Source: http://www.uca.edu.sv/publica/proceso/proc1067.html
Timestamp: 2017-11-23 01:40:51+00:00

Document:
Editorial: Uno del montón
Política: Manipuladores de la verdad
Economía: Una lectura del Informe Anual 2002 del Banco Mundial para América Latina y el Caribe
Economía: El CAFTA: imperialismo económico de EEUU en Centroamérica
Regional: La visita de Zoellick a Centroamérica
Derechos Humanos: Más retardación de justicia
Documento: Mensaje del presidente Francisco Flores en la 58ª Asamblea General de la ONU
Entre los jefes de las grandes potencias, pero siempre del montón. Así le tocó el turno en el podio de la Asamblea General de Naciones Unidas al presidente Flores. Habló en la misma sesión en que tomaron la palabra el Secretario General, quien inauguró la actividad, Bush, Chirac, Schröder y Lula. Sin embargo, el presidente salvadoreño no se distinguió. Su discurso pasó desapercibido para la prensa, excepto la salvadoreña, que destacó sus palabras. Para colmo de males, al presentarlo, lo confundieron con el presidente guatemalteco.
En su intervención, Flores trató dos temas e hizo una referencia al derecho de Taiwán a ser reconocida oficialmente como nación independiente. Era una referencia obligada, por el apoyo económico que esa isla da a los gobiernos centroamericanos. Uno de los temas tratados por Flores fue la invasión de Iraq y la situación actual. Ajeno al debate de las grandes potencias, se alineó sin dudar con Estados Unidos, cuyo presidente no dijo nada nuevo, ni cedió en sus posturas, pero pidió soldados y dinero, porque no controla la situación actual.
El Secretario General criticó en términos muy severos la doctrina estadounidense sobre la guerra preventiva con la que Bush justifica la invasión. Afirmó que la guerra preventiva puede llevar a la proliferación del uso unilateral de la fuerza, con o sin justificación creíble. En cambio, Flores criticó a Naciones Unidas, porque considera que no estuvo a la altura de las circunstancias, es decir, no se plegó a Estados Unidos, y pidió su reorganización, esto es, convertirse en un apéndice del gobierno de esa nación.
Las potencias europeas denunciaron que la invasión colocó a Naciones Unidas en una grave crisis, que nadie podía actuar solo en nombre de todos y que nadie podía aceptar una sociedad sin reglas, en clara alusión a Estados Unidos. Estas potencias desean el traspaso del poder cuanto antes a los iraquíes y la salida de las tropas de ocupación. Estarían dispuestas a colaborar con Estados Unidos, si éste les da participación en las decisiones. En cambio, Flores justificó la actuación unilateral de Washington con el pretexto de atacar el terrorismo. No es extraño que, fuera de El Salvador, nadie se haya fijado en las palabras de un mandatario que se limitó a repetir el discurso del amo del imperio. A diferencia de Flores, Lula señaló que se puede ganar una guerra de forma unilateral, pero no construir la paz sin el concurso de las naciones. Brasil tiene opinión propia y una postura digna.
En el segundo tema, el presidente Flores adoptó una perspectiva provinciana. Comenzó su intervención con la presentación de El Salvador como un modelo exitoso de experimento neoliberal. Nadie le prestó atención. Era un tema inoportuno para una tribuna mundial, agobiada por las exigencias imperiales de Estados Unidos; pero como el podio es libre, cada mandatario habla de lo que le place. En la asamblea, nadie que se sepa se entusiasmó con los presuntos éxitos salvadoreños. Tampoco en este asunto el mandatario salvadoreño estuvo a la altura y siguió siendo del montón.
El presidente de Brasil, por ejemplo, propuso crear una comisión mundial para combatir el hambre en el mundo, integrada por jefes de Estado y adscrita a Naciones Unidas. La propuesta encontró eco en el presidente francés, quien propuso un impuesto a los beneficios de la globalización, en concreto, a las inversiones y al comercio. El hambre afecta a un cuarto de la población mundial, incluyendo a 300 millones de niños. Pero este no es un asunto que preocupe al mandatario salvadoreño, no obstante que en el país, según registros de Naciones Unidas, hay hambre, desnutrición y enfermedades relacionadas con ellas. La población salvadoreña tiene hoy menos estatura y su rendimiento escolar es bajo por causa del hambre. En cambio, el presidente Flores pintó un cuadro idílico del país, para lo cual utilizó unas estadísticas desconocidas. De todas ellas, sólo la tasa de mortalidad infantil es correcta. Las demás no coinciden con las del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, ni con las mismas fuentes oficiales.
Según los cálculos presidenciales, en los tres gobiernos de ARENA, la pobreza se habría reducido a la mitad, al pasar del 60 al 33%, pero Naciones Unidas sostiene que, en el año 2000, el 45% de la población vive por debajo de la línea de pobreza y es poco probable que en dos años ese índice haya disminuido doce puntos para alcanzar el nivel del presidente, pues de por medio están los terremotos, la recesión y el hambre. La extrema pobreza también se habría reducido a la mitad, al pasar del 30 al 15%, pero Naciones Unidas precisa de nuevo que casi el 20% de la población vive en extrema pobreza. El analfabetismo es otro índice que se habría reducido a la mitad, al pasar del 25 al 13%, pero Naciones Unidas indica que es del 21%. Lo mismo sucede con el agua potable, la electrificación y el desempleo, bastante más elevado de lo que el gobierno reconoce, cerca del 17%, contra el 6% del presidente. Sólo el subempleo llega al 30% y afecta sobre todo a la mujer.
Si fuera cierto que el gobierno de Flores ha levantado 106 viviendas diarias, el déficit habitacional estaría a punto de ser superado, pero el viceministerio del ramo dice otra cosa. Si es cierto que ha construido un kilómetro de carretera diario, en sus cuatro años de gobierno, el país tendría ahora más de mil cuatrocientos kilómetros adicionales y la gente no le pediría al candidato de ARENA tanta calle ni puente. Si es cierto que cada cinco días construye una unidad de salud y que cada día levanta tres escuelas, el país tendría hoy 292 unidades y 4,380 escuelas adicionales. Tal vez el presidente confunde reparación con construcción y aulas con escuelas; sin embargo, la Comisionada Presidencial para lo social explicó que esos datos son una manera de cuantificar el esfuerzo hecho en esas áreas. Ciertamente, una extraña manera de cuantificar. Con tan poca altura, Flores compareció ante la Asamblea General de Naciones Unidas como un mandatario del montón. Ni siquiera fue consistente con el derecho a la verdad, que proclamó en el mismo discurso, pues ocultó la verdad sobre el estado del país que gobierna.
Manipuladores de la verdad
Flores fue a la ONU a decir que El Salvador es un país de maravillas, en donde la pobreza y el desempleo son temas relegados a la prehistoria. En su momento, Bush dijo a los estadounidenses y al mundo entero que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva y que por eso era válido destruir su país y matar a miles de iraquíes inocentes. También Blair dijo a sus compatriotas que había que actuar rápidamente porque cuarenta y cinco minutos eran suficientes para que, de ser amenaza, se convirtieran en realidad las bombas de Hussein sobre Londres. Estos tres mandatarios, tan dispares en su trayectoria y profesión política —Bush se caracteriza por ser un conservador confeso, Blair por ser un líder político de la llamada izquierda moderna y Flores por provenir de una derecha recalcitrante, heredera de un nacionalismo rancio—, se dan la mano en su capacidad de manipular la verdad y propagar, sin inmutarse, abyectas mentiras.
Una lectura del Informe Anual 2002 del Banco Mundial para América Latina y el Caribe
Durante la última década, las economías latinoamericanas y caribeñas han experimentado una serie de contracciones que han influido sobre su Producto Interno Bruto (PIB). Según el Informe Anual 2002 del Banco Mundial, desde 1998 a 2001, el crecimiento de dichas economías se encuentra en constante fluctuación, debido principalmente a la recesión de la economía mundial, el malestar de los mercados financieros en Rusia y Asia Oriental en 1998 y, finalmente, a sucesos propios de la región que han generado distorsiones en algunas variables macroeconómicas: la deuda externa argentina y las graves sequías de América Central y Brasil.
El CAFTA: imperialismo económico de EEUU en Centroamérica
Con la reciente visita de Robert Zoellick —la máxima autoridad en materia de gestión comercial de Estados Unidos, en el marco de la negociación del TLC con Centroamérica—, comienzan a activarse mecanismos “de fuerza mayor” con el objetivo expreso de desentrampar las negociaciones que hasta la fecha se habían dado entre la posición de los cinco países de centroamericanos y la potencia económica del Norte. La presencia de Zoellick se muestra como un indicio sobre lo que podría suceder si los países de la región se niegan a “flexibilizar” sus posiciones ante los deseos de apertura total exigidos por los norteamericanos.
La visita de Zoellick a Centroamérica
El consenso alrededor de los intereses de los países hegemónicos está roto. Otro consenso, el de los países subalternos, se expresó en la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebrada en Cancún. La posición de los países agrupados en el G-21 fue un ruido en la sinfonía cuyo compás marcan los EEUU y la Unión Europea. Washington parece no haber encajado bien la derrota política que implicó la propuesta del G-21 sobre el proteccionismo a la agricultura que practican las naciones ricas.
Una muestra de lo anterior es la inminente visita a Centroamérica del responsable del comercio exterior de la administración Bush, Robert Zoellick. Viene a reunirse con los gobiernos del área y a reconvenir a aquellos que pertenecen al G-21 por su mala conducta. El gobierno salvadoreño se salvó de la reprimenda, puesto que se salió del mismo, al ver que el G-21 contradecía la idea de meterse a negociaciones rápidas de libre comercio, sin considerar las implicaciones socioeconómicas de éstas.
Más retardación de justicia
En el trámite de Amparo seguido para el caso de la masacre de los Jesuitas se ha observado, al menos, una considerable “parsimonia” por parte de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Así tenemos que, luego de presentada la demanda en noviembre del 2000, no fue sino hasta el 13 de febrero del 2002 que la referida Sala resolvió hacer prevenciones a nuestra demanda. Eso sí, la UCA dio una pronta respuesta a sus exigencias pues en tan sólo tres días se contestaron todas las interrogantes de ese Tribunal. Pero, pese a esta reacción inmediata y ajustada al plazo establecido, la denuncia fue admitida hasta octubre del 2002; es decir, casi siete meses después de dar contestación a las prevenciones y a once meses de la presentación de la demanda. Después, se siguieron los trámites que establece la ley hasta llegar al alegato final que fue presentado por la UCA el 10 de marzo del año en curso.
Desde esa fecha, han transcurrido cinco meses sin que se pronuncie la sentencia definitiva. Debido a la mora judicial, el catorce de julio de este año la UCA presentó otro escrito ante la misma Sala de lo Constitucional solicitando que se emitiera la sentencia definitiva “a la mayor brevedad posible”. A fecha de hoy se sigue sin obtener respuesta. Debido a ello, seguimos sin comprender cuáles son los motivos del retraso, pues a pesar de que el caso presenta alguna complejidad, la misma no es tan abrumadora como para que los honorables jueces todavía mediten su resolución. Creemos que el tiempo transcurrido es más que suficiente como para haber analizado los escritos, alegatos y pruebas presentadas por las partes.
Sobre lo anterior debe decirse, que si bien es cierto, la Ley de Procedimientos Constitucionales no establece un plazo específico para que la Sala de lo Constitucional dicte una sentencia definitiva sobre un Amparo, ello no ello no significa que los ciudadanos que acudimos a la misma debamos esperar más allá de un tiempo razonable para que nuestra litis sea sentenciada. Para tales efectos se debe recordar que el artículo 2 del Código Procesal Civil, determina que “los juicios no penden del arbitrio de los jueces”.
En este caso, procede entonces alegar que el plazo razonable es efectivamente el tiempo máximo que —en los límites racionales— tiene un tribunal para sentenciar definitivamente una causa. Este concepto abstracto es el que debe aplicarse, cuando la ley no señala expresamente un período determinado en el que los jueces deban resolver una controversia jurisdiccional. Con ello se evita la incertidumbre y la inseguridad jurídica de los ciudadanos que esperan un pronunciamiento concreto de un tribunal, aun en los procedimientos que no obligan al juzgador a emitir su valoración en determinado espacio temporal.
De esa forma se tiene que, aunque una ley procesal no establezca que un Juez deba pronunciar sentencia en un tiempo preciso, éste se encontrará obligado a dictarla en un plazo razonable. El sustento legal de esta apreciación se encuentra en el artículo 2 de la Constitución, que otorga el derecho a la seguridad jurídica, y en los artículos 7.5 y 8.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos.
Al respecto, se puede delimitar aún más la idea sobre el plazo razonable, tomando en cuenta que la Corte Interamericana de Derechos Humanos “comparte el criterio de la Corte Europea de Derechos Humanos, la cual ha analizado en varios fallos el concepto de plazo razonable y ha dicho que se debe tomar en cuenta tres elementos para determinar la razonabilidad del plazo en el cual se desarrolla el proceso: a) la complejidad del asunto, b) la actividad procesal del interesado y c) la conducta de las autoridades judiciales”
Con esos antecedentes, al estudiar el trámite del Amparo al que hacemos referencia se tiene que: La complejidad jurídica del caso no es extraordinaria. Que como demandante, la UCA siempre ha estado atenta y pronta a solventar en legal tiempo y forma todos los trámites judiciales pertinentes; incluso, en vista del silencio del tribunal en cuestión, solicitó hace tres meses que se pronunciara la sentencia definitiva. Y que, desde el inicio de la tramitación del Amparo, se ha evidenciado una excesiva tardanza por parte de la Sala de lo Constitucional para depurar el caso.
Visto lo anterior, no cabe duda de que —al haber transcurrido veintidós meses desde la interposición de la demanda en cuestión, sin que a la fecha no haya sentencia definitiva sobre el asunto— la Sala de lo Constitucional ha violentado el principio de plazo razonable consagrado en la Convención Americana sobre Derechos Humanos y recogido en el derecho a la seguridad jurídica que establece la Constitución de la República; de igual forma, ha transgredido el principio de pronta y cumplida justicia, aun cuando no existe un plazo determinado para pronunciar sentencia definitiva en Amparo dentro de la Ley de Procedimientos Constitucionales. Evidenciándose una vez más, que los trámites judiciales en El Salvador no son ágiles y que, sólo en los casos que políticamente convienen a ciertos sectores, la justicia se apresura a tomar decisiones.
En consecuencia, en virtud del artículo 2 de la Constitución, relacionado con el artículo 7.5 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y, tomando en cuenta el antecedente jurisprudencial de la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya citado, la Sala de lo Constitucional sí tiene un plazo fijado por la ley para pronunciar sentencia definitiva en el Amparo que hemos explicado; éste es el de un PLAZO RAZONABLE, el cual se ha incumplido en el trámite del amparo presentado por la UCA.
Hechos como los descritos son considerados por nuestra ley procesal como “retardación de justicia”, a la cual se refieren los artículos 1104 y 1111 del Código Procesal Civil.; por ello es que la UCA, ha presentado recientemente un recurso de Queja por Retardación de Justicia en perjuicio de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.
Dicho recurso será evaluado por la totalidad de magistrados de la Corte Suprema de Justicia, con excepción de los que integran la Sala cuestionada, quienes, luego de verificar la tardanza, deberán despachar una “carta acordada” a los denunciados para que administren prontamente justicia y provean la sentencia definitiva que han retrasado tanto. Al final de este trámite, se espera que los miembros de la Sala de lo Constitucional pronuncien el fallo definitivo apegado a derecho.
Finalmente, es de señalar que la mora judicial es uno de los males crónicos que afectan a la mayor parte de los tribunales de nuestro país. Irónicamente, la Corte Suprema de Justicia ni siquiera cumple dando el ejemplo requerido a los demás juzgadores. El retraso en la tramitación y resolución de los casos es escandalosa, ya que hablamos del tribunal nacional que cuenta con mejores recursos económicos, técnicos y humanos. La media habitual para la resolución de procedimientos y juicios en las diferentes Salas de la Corte Suprema de Justicia —civil, constitucional, penal y contencioso administrativo— se encuentra entre los dieciocho y veinticuatro meses; es decir, que para que en un solo caso se consiga una sentencia definitiva han de pasar aproximadamente dos años. Es inexplicable entonces, que contando con los medios necesarios, nuestras máximas autoridades de justicia no tengan la voluntad por alcanzar óptimos resultados.
Todavía hay quienes justifican, que la mora judicial también es habitual en los altos tribunales de los países más avanzados, lo cual es una manera desafortunada de abordar esta problemática, ya que el “mal de muchos es el consuelo de los tontos”. Esconderse tras semejantes argumentos no es más que querer justificar lo injustificable. Con ello no estamos diciendo que la balanza de la justicia tenga que inclinarse a un lado o a otro caprichosamente, sino que el Órgano Judicial cumpla cabalmente con sus principios más básicos, entre ellos el de ofrecer una pronta y cumplida justicia.
Reproducimos a continuación el texto del discurso pronunciado por el Presidente Francisco Flores en la 58ª Asamblea General de la ONU, el 23 de septiembre de 2003, tomado del sitio de Internet del Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador.
Mensaje del presidente Francisco Flores en la 58ª Asamblea General de la ONU
El pasado 6 de enero del año en curso, el comunicado oficial del Secretario General, en el cual se nos informaba sobre la finalización de la función de verificación que ejercieran las Naciones Unidas sobre el Acuerdo de Paz; acuerdo que diera terminación a trece años de guerra en nuestro país.
Han pasado once años, desde que el histórico Acuerdo de Paz finalizara un conflicto armado que por más de una década destruyó nuestro país. Antes de la guerra, éramos un país pobre, el sesenta por cierto de nuestros compatriotas, vivían bajo la línea de la pobreza.
Somos un país golpeado por la naturaleza. Todas las generaciones de salvadoreños, han tenido que reconstruir sus vidas, pues a través de nuestra historia, nunca han transcurrido veinticinco años sin que suceda una catástrofe natural de enormes proporciones.
Somos un país sobrepoblado. Más de seis millones de habitantes compartimos veintiún mil kilómetros cuadrados, convirtiéndonos en uno de los países más poblados del continente americano.
Totalmente dependiente de la agricultura, el comportamiento de los precios del café y del azúcar, determinaban todas nuestras posibilidades de desarrollo. Hace poco más de una década, no teníamos posibilidades de hacer nuestros compromisos financieros, nuestras deudas sobrepasaban todas nuestras capacidades de pago.
Pobres, pequeños, sobrepoblados y endeudados, dependientes de la agricultura, golpeados por la naturaleza y sumidos en un profundo conflicto armado, El Salvador hace apenas doce años parecía no tener futuro.
La violencia sumada a las crudas realidades del subdesarrollo, parecían condenarnos a un ciclo vicioso sin esperanza. Hoy somos un país diferente, vemos el futuro con confianza, pues hemos descubierto nuestras capacidades.
En escasos doce años, hemos reducido la pobreza a la mitad, del sesenta por ciento de nuestra población general en 1991, al treinta y tres por ciento hoy en día; más del treinta por cierto de nuestra población vivía en la extrema pobreza, hoy sólo la mitad de ellos, el quince por ciento vive esta angustiosa realidad. Nuestro esfuerzo ha impactado, directamente, las condiciones de vida de todos nuestros compatriotas.
Hace doce años, el veinticinco por ciento de los salvadoreños, no sabían leer ni escribir, hoy solamente el tres por ciento. La tasa de mortalidad infantil, era de cuarenta y cinco por mil nacidos; hoy, es de veinticinco por cada mil nacidos. Hemos logrado esto, al dedicarnos a las necesidades más apremiantes de nuestros compatriotas.
En los últimos cuatro años, cada día construimos un kilómetro de carreteras para conectar a nuestros poblados más aislados. Cada día, construimos tres escuelas, para educar a nuestros niños más pobres. Cada día, construimos 106 viviendas, para familias de bajos ingresos. Y cada cinco días, construimos una nueva unidad de salud.
Después de ser completamente dependientes de la agricultura, somos hoy el tercero, de veinticuatro países latinoamericanos en crecimiento de exportaciones. Logramos en la difícil década de los noventa, crecer muy por encima de nuestra región, para convertirnos en el segundo país, de toda Latinoamérica, en crecimiento económico.
A pesar de la inmensa carga que nos impuso la reconstrucción por los terremotos del 2001, reducimos año con año el déficit fiscal, para llevarlo en el 2004 a menos del uno por ciento. Esto nos ha permitido controlar la inflación, de un treinta por ciento a un dos por ciento este año y evitar así el deterioro de los ingresos familiares.
Tenemos cero riesgo de devaluación, y tenemos hoy, después de cumplir tasas de interés del treinta por cierto, las tasas de interés bancario más baja de nuestra región, 6.8 por ciento. Llevamos ya once años sin fluctuaciones cambiarias, eso nos ha llevado a adquirir el apetecido grado de inversión, que únicamente tienen Chile, México y El Salvador en Latinoamérica.
Las condiciones de vida de los salvadoreños han cambiado notablemente. La tasa de desempleo cayó del trece por cierto al 6.8., de sólo doscientas cincuenta mil líneas telefónicas en 1992, hemos pasado a tener un millón seiscientas mil líneas. Es más barato hacer una llamada telefónica de El Salvador a Naciones Unidas, que de Naciones Unidas a El Salvador.
En un poco más de una década, el número de los vehículos en nuestro país se ha cuadruplicado. Logramos aumentar la cobertura de agua potable en el área rural, en más del cincuenta por ciento, y también la electrificación rural. Logramos la paz, ocupamos nuestras energías para el desarrollo económico, y nuestros recursos son para los más pobres.
Me he permitido ampliar sobre la evolución de mi país en los últimos años, porque me parece que en El Salvador hemos descubierto, no únicamente una forma efectiva de resolver conflictos violentos, sino una forma efectiva de combatir la pobreza.
Estas formas, que son las que busca la Comunidad Internacional para enfrentar las complejidades de nuestro mundo, se sustentan sobre principios universalmente válidos. Y por lo tanto, entender el caso de El Salvador, es entender nuevas posibilidades para otras naciones y soluciones para otros problemas.
Los dos retos más importantes para una nación, son aprender a vivir y entender por qué vivimos. Lo primero, es absolutamente práctico, requiere del conocimiento sobre la mecánica del mundo contemporáneo, cómo funciona, cuáles son las oportunidades de un país pobre, en un mundo que evoluciona tan aceleradamente.
Lo segundo es absolutamente abstracto, pero tanto más importante, por cuanto sólo cuando tenemos claro cuál es el significado de nuestra vida compartida, podemos desarrollar el sentido de propósito, que permita canalizar las energías de una colectividad en un objetivo nacional.
Es una paradoja rica en significados, que nosotros, los salvadoreños, para descubrir nuestro compromiso con el futuro, debimos ahondar en las tradiciones que nos dieran identidad en nuestro pasado.
Al encontrarnos en el callejón sin salida de la guerra, debimos repensar nuestro destino, a pesar de nuestro sufrimiento, teníamos todos los recursos para salir adelante, talento, energía, experiencia, fe y voluntad. Teníamos prudencia para evitar futuros peligros y valentía para enfrentar los retos presentes.
El principio fundamental sobre el cual hemos construido nuestro país, es que todo salvadoreño tiene acceso a la verdad, desde cualquier punto de nuestro territorio puede elevar su voz y expresar, sin limitación alguna, por su condición particular; es sobre el criterio de nuestros compatriotas que hemos construido nuestro nuevo El Salvador.
Decimos que para que esto fuese una realidad, eran necesarios tres principios: libertad, justicia y el derecho inalienable a la vida. La manifestación concreta de estos valores son la democracia, la libertad económica y el estado de derecho. Esto, que es cierto para El Salvador y los salvadoreños, es cierto para todos los habitantes del planeta.
Todo ser humano tiene acceso a la verdad, en su capacidad de razonar se encuentra su potencia moral, y es por eso que debe ser libre. En un momento en que nos preguntamos cuál es la función de las Naciones Unidas, debemos recordar que nació para garantizar estos derechos fundamentales. No es posible que este foro se paralice en debates cuando se trata de liberar a una nación de una tiranía,. Todos debemos actuar frente a la opresión. El terrorismo es una negación de todos los valores que compartimos.
Necesitamos un consenso sobre los valores que nos unen y una renovada voluntad y acción. Podemos discutir interminablemente aquí, sobre Iraq y las circunstancias actuales del pueblo iraquí.
Lo que no admite discusión es que este foro no estaba a la altura de las exigencias de un mundo cada vez más complejo.
Las Naciones Unidas deben ser repensadas y reestructuradas para poder enfrentar los objetivos para lo que fue creada.
Los salvadoreños hablamos con la solidez que nos confiere el haber asumido plenamente nuestras responsabilidades con la comunidad internacional. Somos partícipes de la reconstrucción de Iraq.
Nos expresamos con la legitimidad de haber sido, nosotros mismos, escenarios del último conflicto de la guerra fría y comprendemos cómo la intermediación de la comunidad internacional puede favorecer la solución a un conflicto y darle esperanza a una nación desesperada.
Quiero, para finalizar, expresar nuestro pesar por el fallecimiento de los representantes de las Naciones Unidas en Bagdad.
Quiero, asimismo, reafirmar el derecho de todas las naciones, a tener una voz en este foro, la ausencia de la República de China en las deliberaciones de este foro, es un rechazo, a las legítimas aspiraciones de una nación, que debe hablar con voz propia como lo hacemos nosotros, en este foro y en el concierto de las naciones.
El libertador de las Américas, resumió en palabras mucho más elocuentes que las mías, los valores que deben animar este fórum en nuestras conversaciones.
Pueblos dijo: “Ninguno puede poseer nuestra soberanía, sino violenta e ilegítimamente. Huid del país donde uno solo busca ejercer todos los poderes, ese será un país de esclavos”.

References: artículo 2
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 artículo 7
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