Source: http://eljanoandaluz.blogspot.com.es/2016/06/juan-andrade-apuntes-para-una-historia.html
Timestamp: 2018-03-17 20:18:14+00:00

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Alegría: Juan Andrade Apuntes para una historia del PCE
Nada está más sometido a sospechas, recusaciones y críticas como pretender escribir la historia contemporánea. Los protagonistas de ella formulan un juicio que coincide con las posiciones que adoptaron, adorna sus actuaciones, pero no es siempre veraz. El historiador profesional acumula datos y referencias y, en general, es incapaz de interpretar los hechos y se queda en lo accesorio.
Si esto es cierto para los historiadores de una forma global y general, es fácil suponer lo que puede dar de sí la historia escrita por la dirección burocrática del Partido Comunista, a pesar de disponer de todos los elementos documentales, por lo menos para relatar. Si puede sin reparo falsificar lo sucedido hace una semana, se comprende muy bien el enorme campo que le dejan para la especulación y la mentira hechos acaecidos hace 30 o 40 años, interpretación que, por otra parte, puede rectificar otra vez por completo en futuras reediciones, si un nuevo viraje político se lo impone. El ejemplo nos lo da la Historia del Partido Comunista de España redactada por la dirección del partido, el resumen de esta misma historia por ”Pasionaria”, e incluso las propias memorias de ésta.
Yo me limitaré a hacer un resumen, en los límites que supone una charla como ésta, sobre la creación del Partido Comunista Español hasta empezar la guerra civil en julio de 1936. Es posible que yo tampoco sea estrictamente objetivo a juicio de algunos, pero me apoyo en textos existentes y, por lo menos, tendréis otra versión que la ”oficial” con la que podréis equilibrar un juicio sobre los acontecimientos (1) .
Como seguramente sabéis, el primer Partido Comunista Español fue constituido por la Federación Nacional de Juventudes Socialistas, después de un proceso interno de discusiones, y como consecuencia de la crisis que había provocado en el Partido Socialista Obrero Español, primero la Guerra Mundial, y después la Revolución Rusa y la constitución de la III Internacional.
Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes, Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra era únicamente porque España no se encontraba preparada para ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista de Madrid, que fue la única organización socialista española adherida a la Conferencia de Zimmerwald.
Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna. No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional. La adhesión a ésta quedó planteada a través de discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo, pero sin oponerse francamente.
La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional produjeron también una profunda transformación en el seno de las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid había estado integrada hasta entonces principalmente por hijos de militantes socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo en el culto paternalista del ”Abuelo” (Pablo Iglesias). La Revolución Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvenir del proletariado internacional dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros, no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos a la situación concreta de España. Por otra parte, en 1919, se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes. La lucha entablada por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso de la Federación de fines de 1919, en el que los antiguos dirigentes ligados al reformismo del partido fueron barridos totalmente de la dirección nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la adhesión a la III Internacional.
”Renovación”, el órgano de la Federación de JJSS, cambió fundamentalmente de orientación, de tono, de fisonomía. Dejó de estar influenciado por Andrés Saborit, cuya mediocridad, grosería y altivez perpetuas era una de las cosas que más nos sacaba de quicio. Con la colaboración de algunos miembros del Grupo de Estudiantes Socialistas, que seguíamos el proceso que se operaba en los demás países y la literatura europea de los partidos de la III Internacional, desaparecieron de las columnas del órgano de la Juventud la reproducción de las crónicas sentimentales de Tomás Meabe y los artículos simplemente obreristas de los hijos de la familia pablista. Comenzaron a publicarse los artículos que nos llegaban de Lenin y Trotsky, se abrió el ataque contra los propios dirigentes del partido y se defendía abiertamente la creación de un partido comunista en España.
Al mismo tiempo, en el partido la discusión a favor de la III Internacional adquiría una gran amplitud, y se había constituido un comité para la adhesión a ella. Pero la compenetración no era muy completa, ni mucho menos, entre las Juventudes y los partidarios de la III Internacional. Eran dos generaciones diferentes, dos mentalidades divergentes. Prevalecían en los adultos todos los prejuicios del pasado, su actitud estaba inspirada en muchos por lo que podríamos llamar una posición romántica ante la Revolución Rusa, no acertaban a comprender toda su trascendencia e introducían elementos de confusión típicamente socialdemócratas. Sin embargo, su presión se manifestaba en el seno del partido y el planteamiento de la cuestión de la adhesión dio lugar a la celebración de tres congresos extraordinarios del Partido Socialista en el plazo de año y medio.
En el Congreso de diciembre de 1919, la votación fue de 14.010 votos a favor de la II Internacional y 12.498 por la III. En el segundo Congreso extraordinario, reunido para tratar la misma cuestión, la división de los votos cambió bastante fundamentalmente: 8.269 votos a favor de la III Internacional, 5.016 contra y 1.615 abstenciones. Ante este resultado, los dirigentes reformistas del partido lograron hacer prosperar una maniobra para demorar la aplicación del acuerdo: enviar a Moscú una delegación para que se informase directamente de la situación, delegación integrada por Fernández de los Ríos y Daniel Anguiano, o sea, un representante de la derecha y otro de la izquierda. Esta delegación debía someter al Comité Ejecutivo de la III Internacional tres! condiciones para la adhesión del partido español: 1.a) el PSOE pedía una plena autonomía para determinar la táctica a adoptar en España; 2.a) derecho para el PSOE de revisar en sus Congresos los acuerdos que se adoptasen por la III en los suyos; 3.a) que en el PSOE existía la tendencia a unificar a todos los partidos como lo hacía el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista Independiente Alemán. Lo que quería decir conformidad con la Internacional de Viena, a la que se denominaba entonces Internacional Segunda y Media, lo cual era una trampa para evitar la adhesión a la III Internacional sin solidarizarse totalmente, de manera pública, con la II Internacional, que estaba demasiado desacreditada entre los trabajadores.
Como puede comprenderse fácilmente, estas condiciones ultimatistas hacían inaceptable la adhesión, pero permitían a los reformistas aplazar el acuerdo y maniobrar todavía más para el próximo congreso del partido, que debía adoptar la decisión definitiva.
Entre estos dos congresos se había producido un hecho político y orgánico importante: la constitución el 15 de abril de 1920 del Partido Comunista Español. El Comité Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas, que se encontraba ya en estado de ruptura completa con la dirección del partido, había entrado en contacto a primeros de 1920 con Borodín y Rey, que representaban a la III Internacional y que, camino de Rusia, procedentes de Estados Unidos, tenían la misión de proponer la constitución de un partido comunista en España. La idea fue aceptada fácil e inmediatamente por el Comité Nacional de las JJSS, tanmás porque coincidía con su propósito, que sólo retrasaba el temor a las dificultades económicas para mantener un órgano propio y la propaganda. Ante la promesa de una ayuda financiera, la decisión fue aceptada sin vacilación.
En la historia del PC de ”Pasionaria” se da una versión sobre la formación del Partido Comunista Español que no responde a la verdad, como además todo el conjunto de los hechos a que se refiere la obra. Explica su origen como consecuencia de una asamblea nacional celebrada en la Casa del Pueblo de Madrid. Bien es cierto que Dolores Ibarruri no intervino en la vida del Partido Comunista hasta 1930. La verdad es totalmente diferente. Fue lo que pudiéramos llamar un verdadero golpe de estado del Comité Nacional de las Juventudes, con el asentimiento, claro está, de la mayoría de los militantes. Puestos de acuerdo todos los integrantes del CN menos dos, a los que se eliminaba de las reuniones, y la totalidad del comité de la organización de Madrid, se adoptó la resolución secreta de transformar la Federación de JJSS en Partido Comunista Español. El CN comunicó esta decisión a todas las secciones por medio de una ”carta cerrada”, que sólo debían abrir en una fecha determinada, que se les comunicaba en una circular adjunta, para ”conocer y discutir una proposición del Comité Nacional”. La fecha señalada era la del 15 de abril de aquel año 1920. Al abrir la carta en el plazo indicado, las secciones se encontraron con que la Federación se convertía en el Partido Comunista Español.
Se invitaba a continuación a todas las secciones de España de las del Juventudes a que se transformasen en Agrupación del Partido Comunista Español, y los comités de las Juventudes en Comités de las Agrupaciones. Y al mismo tiempo se comunicaba que ”Renovación” se titularía en la sucesivo ”El Comunista”, órgano del Partido Comunista Español. Todas las secciones respondieron favorablemente al llamamiento. Aparte de algunas excepciones, los partidarios adultos de la III Internacional no se incorporaron en el nuevo partido, en espera del regresó de los delegados que habían ido a Moscú, y con la esperanza de ganar a la mayoría de los militantes. Por eso, en su origen, el Partido Comunista Español fue un partido de jóvenes.
El Comité Nacional del PC quedó constituido en la siguiente forma: secretario general Merino Gracia; secretario adjunto, Luis Portela; vocales, José Illescas, Eduardo Ugarte, Emeterio Chicharro, Ricardo Marín, Rito Esteban, Tiburcio Pico y Juan Andrade; director de ”El Comunista”, Juan Andrade.
La Agrupación Socialista de Madrid había convocado a una asamblea general con objeto de deliberar sobre la proposición presentada por su Comité para la expulsión del partido del secretario general de las Juventudes a consecuencia de su campaña contra los dirigentes del partido. Dicha asamblea se celebró algunos días después de ya constituido el PC. En el teatro de la Casa del Pueblo de Madrid, cuando iba a celebrarse dicha reunión, nos presentamos los jóvenes obreros y estudiantes vendiendo un número extraordinario de ”Renovación”, en el que, en primera plana, con grandes titulares se decía: ”La Federación de Juventudes Socialistas se transforma en el Partido Comunista Español”, y se reproducía el manifiesto de constitución. He aquí como se expresaba éste: ”Los cuatro años de guerra y la revolución rusa han modificado mucho la ideología, el punto de vista, la táctica y los fines del proletariado en la lucha social. La II Internacional ha fracasado... Los socialistas rusos, acérrimos enemigos de la guerra imperialista y ardientes marxistas, han roto en la teoría y en la práctica con los socialistas europeos traidores de la II Internacional y han fundado la Internacional Comunista... Hemos llegado a un momento en que seríamos cómplices de tal estado de cosas si titubeásemos en dar el paso que hoy damos constituyendo el Partido Comunista español.”
En abril de 1921 se celebró el tercer congreso extraordinario del PSOE para oír el informe de sus delegados a Moscú y decidir sobre la adhesión a la III Internacional. Fernández de los Ríos, naturalmente, hizo un informe violentamente en contra. Explotó de mala fe la expresión con que le había respondido Lenin al preguntarle el profesor español: ”¿Y la libertad?”, contestándole: ”¿Libertad para qué?”, lo que, por otra parte, toda la prensa reaccionaria española explotó para explicar ”el carácter antidemocrático de la revolución bolchevique”. El profesor docto en marxismo no había comprendido el sentido de la frase, no sabía que, para el marxismo, libertad genérica sin libertad económica no es nada. Pero Fernández de los Ríos fue toda su vida ajeno al socialismo, aunque militó en el partido.
Daniel Anguiano, según su costumbre, hizo un informe lleno de sentimentalismo, haciendo reparos a la adhesión, pero aconsejándola. Lo que más le acongojaba era que las 21 condiciones (y aquí) llevaban implícitamente otra haciendo incompatible la militancia comunista con pertenecer a la masonería. Y él era, ante todo, masón. Su intervención y el carácter dubitativo de su propuesta, restó bastantes votos a la adhesión a la III Internacional.
Como resultado, fue rechazada la adhesión a la III Internacional en el congreso socialista, por 8.858 votos contra 6.094. Durante un año los dirigentes socialistas habían maniobrado bien el partido. Al conocerse el resultado, los delegados partidarios de la III Internacional hicieron una declaración en la que decían:
”Con la serenidad de los que cumplen un deber de conciencia, nos retiramos de este congreso en el que nada tenemos que hacer. Queremos incorporarnos de hecho, espiritualmente ya lo estamos, a la Internacional Comunista, que, inseparable de la revolución rusa, a pesar de todas las sutilezas y argumentos dialécticos que intenten distinguir entre ésta y aquélla, trata de acelerar el derrumbamiento de la sociedad capitalista...
”Recabamos, pues, nuestra íntima libertad de movimiento. Quedan rotos los vínculos que, sólo materialmente, nos mantenían aún juntos con los que habéis rechazado la adhesión a la Internacional Comunista. Entre vosotros y nosotros ha cesado de existir la comunidad de pensamiento. No puede continuar la comunidad de esfuerzos. Unos y otros vamos a comparecer ante la clase trabajadora. Ella nos juzgará... ”
La resolución había sido redactada por Oscar Pérez Solís. Se agregaba que a partir de ese momento constituían el Partido Comunista Obrero Español, para distinguirse así del primero. Desde entonces existieron dos Partidos Comunistas en España, y dos órganos de prensa distintos: ”El Comunista” y ”Guerra Social”.
No ofrecía duda que era absolutamente diferente la mentalidad de los dirigentes de los dos partidos y la manera de enfocar los problemas. A pesar de su juventud, los del primero tenían una formación teórica más seria, como reconocían los delegados de la Internacional. Pero hoy, llego a la conclusión de si no fue un error la creación del Partido Comunista español. Los votos de que nosotros habríamos podido disponer seguramente habrían sido suficientes, sin poder afirmarlo, para obtener la mayoría cuando se produjo la segunda escisión. Mientras que en los otros partidos los ”terceristas” buscaban obtener la mayoría para disponer de los periódicos y del aparato del partido, los jóvenes socialistas no nos habíamos planteado este problema en modo alguno. Puede ser que la suerte del PC francés no hubiera sido la misma si no hubiera dispuesto desde el primer momento de ”L'Humanité”.
La existencia de los dos partidos comunistas se manifestó inmediatamente por un combate violento, llevado a cabo especialmente por el PCE que era el reconocido por la III Internacional, contra el PCOE. Se denunciaba en él a los viajeros reformistas – inasimilables, decíamos – que habían sido y eran los dirigentes del PCOE, y su inadaptación a la nueva orientación revolucionaria del movimiento obrero. Declarábamos nuestra incompatibilidad total con ellos.
Pocos meses después, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista resolvió intervenir en la situación española para lograr la fusión de los dos partidos. Del 7 al 14 de noviembre de 1921, se celebraron en Madrid las reuniones para la unificación, entre un delegado de cada uno de ellos y un delegado de la IC, que era Graziadei, diputado comunista italiano. ”El Comunista” estaba suspendido por el gobierno cuando se celebró la reunión y todo el Comité Ejecutivo y numerosos militantes encarcelados, a consecuencia de la campaña contra la guerra de Marruecos. Debido a esto, nuestra representación recayó en un camarada que no era el más adecuado, pero el cual debía atenerse a las instrucciones que se le enviaban desde la cárcel.
Por lo que duraron estas conversaciones, una semana de sesiones diarias, se puede calcular la intransigencia de las dos posiciones, a pesar del espíritu conciliador del delegado de la Internacional. Las cuestiones litigiosas quedaron, finalmente, reducidas a dos por parte del PCE: se exigía la expulsión de Isidoro Acevedo, García Cortés, Daniel Anguiano y Pérez Solís, y la mayoría absoluta en el comité del partido unificado. Por el PCOE había una oposición rotunda a que yo fuera designado director del nuevo órgano, ”La Antorcha”. Había sido el que más se había distinguido en la violencia de los ataques contra ellos, y consideraban una cuestión de honor no confiarme tal misión. El acuerdo final se estableció a base de que no habría exclusiones, pero que el comité ejecutivo estaría integrado por 9 representantes del PCE y 6 del PCOE. En lo que se refería al director de ”La Antorcha”, el PCOE planteaba como cuestión terminante que no fuera yo, se llegó al acuerdo de que hubiera dos directores, uno de cada tendencia.
Estos acuerdos fueron ratificados por el I Congreso del Partido unificado, llamado desde entonces Partido Comunista de España, que se celebró en marzo de 1922. Al hacerse la fusión, según los informes de los delegados de la IC, el PCE tenía 2.050 afiliados y el PCOE 4.500. El PCE publicaba dos periódicos: ”El Comunista” (bisemanal) y ”Juventud Andaluza”, en Sevilla, y el PCOE seis: ”La Guerra Social”, ”Nueva Aurora”„ ”El Comunista Balear”, ”El Campesino Rojo” y ”Bandera Roja”.
Pero muy pronto volvió a abrirse una nueva crisis en el partido fusionado. De los nueve miembros del Comité Ejecutivo procedentes de las Juventudes Socialistas, cinco comenzaron a identificarse casi totalmente con los dirigentes del PCOE. Los otros cuatro, ante nuestra imposibilidad de influenciar positivamente la orientación del partido, decidimos la constitución de un grupo en el interior del partido llamado ”Oposición Comunista Española”. En realidad, esto no hacía más que prolongar las luchas interiores, que ya habían desmoralizado a bastantes militantes. Los cuatro miembros oposicionistas fuimos excluidos del partido. Esta lucha fue muy intensa, pero se terminó con el II congreso del Partido Comunista de España, que fue el verdadero congreso de fusión y que restableció el sentido de unidad y la responsabilidad en el partido.
En el II Congreso del Partido Comunista de España se designó el siguiente Comité Nacional: secretario general, César R. González; secretario del interior, Luis Portela; secretario internacional, José Baena; secretario agrario, Feliciano Alonso; secretario sindical, Ramón Lamoneda; secretario administrativo, Joaquín Ramos; secretario femenino, María Mayorga; vocales: Vicente Arroyo, José Rojas, Torralba Beci, Vicente Calaza, Gonzalo Sanz, Carlos Romero (Daniel Ortega), José Barón y Juan Andrade; director de ”La Antorcha” Juan Andrade.
Debo citar un hecho desgraciado, acaecido una vez fusionado el partido, que tuvo graves consecuencias para nuestro desarrollo por la forma como fue explotado por los socialistas. En noviembre de 1922 se celebró el congreso de la Unión General de Trabajadores. Era la primera vez que los sindicatos dirigidos por comunistas se presentaban como oposición organizada. Los socialistas, para coaccionar a los delegados comunistas, habían organizado un servicio de orden integrado por sus militantes de acción. Nosotros habíamos formado otro equipo para que nos protegiera los delegados. El origen quedó siempre misterioso, pero el caso es que surgió una refriega a tiros en la que resultó muerto un albañil socialista bastante conocido, y hubo varios heridos de ambos lados. Explotado sentimentalmente con la expresión ”los comunistas son asesinos”, creó una gran hostilidad contra nosotros porque eran métodos a los que no estaba acostumbrada la clase obrera madrileña. Como consecuencia de estos sucesos, la Comisión Ejecutiva acordó expulsar de la UGT a los catorce sindicatos que estaban representados por comunistas.
El partido se regía en aquellos tiempos a base de la más sana democracia interna, y no se había llegado aún al monopolismo de pensamiento.
Era el período de Lenin y Trotsky y antes de la stalinización de la IC y sus secciones nacionales. La crítica estaba abierta en el interior del partido. El PCE primero, y los que procedíamos de éste después, en el partido unificado, no dejábamos de expresar nuestras discrepancias. Me referiré brevemente a algunas.
”El Comunista” abrió en sus columnas una polémica sobre el antiparlamentarismo, que defendió muy brillantemente un camarada. Era meramente un intento de concesión al anarcosindicalismo, pero que pronto se disipó. Es cierto también que corrientes antiparlamentarias se manifestaban en otras secciones de la Internacional, principalmente en Italia y Alemania.
Cuando, bajo la inspiración de Lenin, la Internacional se manifestó por el frente único con los partidos socialdemócratas, hubo una corriente en contra. Estaba demasiado reciente la polémica con éstos, y entonces nos considerábamos suficientes para llevar a las masas obreras a la revolución.
Bastante después se impuso a los partidos la ”bolchevización". Surgieron también reparos sobre todo porque bajo el imperio de Zinoviev se establecía un porcentaje de obreros e intelectuales en las direcciones de los partidos. Estimábamos algunos que, después del ingreso en el PC con las condiciones que se imponían para ser miembro en él, no se podía establecer ninguna discriminación entre los militantes. Una vez en el interior del partido, un ingeniero tenía los mismos derechos que un obrero metalúrgico, y no se le podía considerar como militante disminuido.
Y, cuando se estableció la organización por células, se manifestaron prevenciones porque, si bien se aceptaban como medios de trabajo directo entre los obreros y para la ilegalidad, considerábamos que las asambleas generales de militantes eran la suprema expresión de la democracia interna, donde las opiniones debían manifestarse y en las que se podía reconocer a los camaradas de más valor político. La práctica ha demostrado después que, tal y como se aplica, el régimen de células es el mejor mecanismo para ahogar toda crítica y establecer sólidamente el dominio del aparato dirigente.
Cuando el partido comenzaba a emprender armonizadamente sus tareas, a convertirse en un verdadero partido comunista, surgió el golpe de estado militar de Primo de Rivera. Al establecer éste su poder, los comunistas dirigían en Vizcaya una huelga general de mineros, de un carácter violentísimo porque, además del combate contra la burguesía minera, estaban también en dura lucha, incluso sangrienta, con los socialistas. Eran métodos locales que los comunistas de Bilbao, ya dirigidos por Bullejos, aplicaban en forma que el CN del partido no aceptaba, pero con los que se veía obligado a solidarizarse públicamente. Los comunistas habían realizado varios atentados contra los socialistas, que por su parte respondían de la misma manera; refugiados en la Casa del Pueblo de Bilbao, los comunistas se habían tiroteado con la guardia civil, con el resultado de un joven comunista muerto y bastantes heridos, entre los cuales estaba Pérez Solís.
El local del partido de Madrid fue clausurado por la policía, que dejó sólo una habitación abierta para la redacción y administración de ”La Antorcha”, y el partido fue declarado ilegal. Naturalmente, esto tuvo repercusión sobre la moral de una gran parte de los militantes procedentes del antiguo PCOE y de casi todos los dirigentes, que lo abandonaron o pasaron a la más estricta inactividad.
Sin embargo, aunque ilegal, los restos del partido llevábamos a cabo nuestra actuación centrada principalmente contra la guerra de Marruecos. La policía había seguido una táctica hábil en lo referente a ”La Antorcha”: no suspender la publicación, pero intervenir toda su correspondencia y después hacerla seguir; localizaba así a sus vendedores y propagan distas, y podía establecer las fichas de los militantes activos de toda España. Por otra parte, sometido el periódico a la censura, no había peligro de que pudiera realizar ninguna agitación contra la dictadura. Sin embargo, dejaba bastante libre la información y los temas teóricos no relacionados con los problemas españoles. A pesar de todos estos inconvenientes, ”La Antorcha” fue en aquel período un buen instrumento de educación política de los militantes, y llegó a tener una tirada de 12.000 ejemplares. Dos o tres veces, corno director del periódico, consulté a la dirección del partido si debía continuar publicándose, dadas las facilidades que ofrecía para la localización de los militantes. La respuesta fue siempre la misma, había que aprovechar todas las oportunidades legales y con todos sus riesgos. El punto de vista era justo a pesar de todos los sacrificios que imponía, y gracias a la publicación de ”La Antorcha” durante todo el período primorriverista pudieron formarse teórica y políticamente bastantes militantes comunistas.
La represión de la dictadura mantenía en prisión a todos los militantes más activos, que apenas permanecíamos algunos días en libertad cuando ya éramos encarcelados de nuevo durante meses como ”gubernativos”. ”La Antorcha” se hacía en la cárcel, recurriendo a toda clase de habilidades para sacar el original y recibir información y documentación de la calle.
Pero en 1924 brotó una nueva crisis en el partido, en apariencia por razonamientos casi geográficos pero, en el fondo, profundamente políticos porque ya se sometía a discusión la táctica de la Internacional en España, a lo que se agregaban ambiciones personales bien definidas. Se habían constituido dos grupos de oposición al Comité Central: uno en Bilbao y otro en Barcelona que, aunque en desacuerdo en sus posiciones políticas, coincidían en su hostilidad al Comité Central nombrado en el Congreso. Según ellos, el Comité Central, por motivos tanto de orden geográfico como político, se encontraba en Madrid; el órgano central del partido por las misma razones se publicaba en la capital; el núcleo más capacitado del partido militaba también en Madrid. En cambio, los elementos más destacados de la oposición residían en provincias, es decir, en centros más específicamente industriales que Madrid. Sobre la residencia de la dirección del partido se constituyeron los dos grupos de oposición, el de Bilbao, que pedía que la dirección estuviera allí y el de Barcelona, que lo demandaba para su ciudad.
Jacques Doriot era en aquella época el delegado de la IC en España, en nombre de Zinoviev. Doriot, el de tan nefasto fin, pedía al partido español la realización de un plan de trabajo inmediato sobre la guerra de Marruecos (¡ Viva Abd-el-Krim! era el lema), plan imposible de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia numérica y organizativa de la sección española. El CC fue unánime al reconocer lo disparatado de la propuesta y convocó a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud, creyendo que ésta suscribiría su conducta. Pero la conferencia les cayó como llovida del cielo a los dos grupos de la oposición; por adhesión a la Internacional, la mayoría de los delegados a la conferencia aceptaron la política que ésta preconizaba a través de Doriot, que no se llevó nunca a cabo porque superaba las fuerzas del partido. El CC presentó la dimisión, pasó a residir en Bilbao (por pocos días porque en seguida fueron detenidos todos sus miembros), después en Barcelona, donde ocurrió lo mismo.
A principio de 1925 el partido estaba desarticulado, no había posibilidad de establecer una dirección y de reorganizarlo. El contacto entre camaradas se limitaba a la correspondencia que se mantenía entre nosotros de prisión a prisión. Fue entonces cuando, como último recurso, creo recordar que por iniciativa de los que se encontraban presos en Barcelona, pero respondiendo a una necesidad que todos sentíamos, se acordó que la Internacional designase una dirección en París puesto que allí se encontraban emigrados camaradas de valía. Andrés Nin fue nombrado por el CE de la Internacional para organizarlo, tarea que no pudo cumplir porque al poco de llegar a París fue detenido, condenado a un mes de prisión y expulsado de Francia. Pero el nuevo CC quedó constituido en 1925, bajo la dirección de José Bullejos, que asumió los plenos poderes y que así llegó al pináculo de sus ambiciones.
No quiero extenderme sobre las luchas intestinas que se produjeron en París hasta que Bullejos logró eliminar a todos los discrepantes, ni sobre la política sectaria desarrollada, consistente en querer imponer a las docenas de militante que había en España tareas que superaban sus fuerzas y posibilidades. Desde París se era muy activo y muy rígido en la disciplina.
En realidad, la mayor actividad de este comité consistía en sus informes a la IC, valorizando la importancia del partido y adjudicándose toda la oposición que comenzaba a manifestarse en España. A título anecdótico, citarédos ejemplos: el número de un periódico clandestino que no llegó ni siquiera a circular llevaba el número 5, y no habían aparecido los otros cuatro. La prensa comunista internacional publicó una fotografía de ”una gran manifestación comunista”, que se decía celebrada en Madrid, facilitada por el Comité de París, que no era más que la salida de los espectadores de la Plaza de Toros de Madrid.
Es posible que estos informes influyeran sinceramente en el CE de la IC, si, tal como creía, a la caída de la dictadura primorriverista, el PC español estaba en condiciones de formar los soviets y tomar el poder. Esto explicaría, aunque es dudoso, que Moscú impusiera una política ultrademagógica, y como tal negativa, cuando comenzaron a recobrarse las libertades.
Puede decirse que, prácticamente, durante los cuatro últimos años de la dictadura militar no existía el PCE en España. La represión y la política sectaria de su dirección de hecho lo habían liquidado.
Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas libertades, el comité de París se trasladó a España y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas ”Conferencia de Pamplona”. Entonces, el equipo Bullejos se disponía a hacer la revolución en España y continuar la misma política sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París, pero ya ahora en gran escala.
Cuando se implantó la República, había ya en España cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial, la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda..
La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la mayoría deltas que integraban el CC en 1924 y que habían sido expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luis Portela, militante de gran autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había en la capital pero, políticamente, sus posiciones no eran muy diferentes de las del partido oficial, y su acatamiento a la Internacional Comunista era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité director.
La Federación Catalano-balear mantenía puntas de vista originales pero siempre también haciendo promesa de fidelidad a la Internacional. Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían adherido al partido oficial verdaderamente nunca se habían integrado en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano de la Internacional y sus posiciones iban sólo encaminadas a apoderarse de fa dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política, que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los caprichos políticos de circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era básica para él, pero le divorciaba de las verdaderas posiciones comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y pudo seguir su propia política y destino. La Izquierda Comunista estuvo en constantes polémica con la Federación Catalano-balear y Maurín.
La Oposición Comunista de Izquierda había sido fundada el 28 de febrero de 1930 en Lieja por algunos militantes obreros que trabajaban allí y en Luxemburgo y que después lograron ponerse en contacto con los que en el interior de España mantenían sus mismas posiciones, o sea, las del trotskismo. La Oposición de Izquierda, lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas únicamente en el plano político nacional español sino en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación de Madrid corno la Federación Catalano-balear querían separarse totalmente de la Oposición de Izquierda para no ”comprometerse” ante la IC.
En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación de Madrid entró en descomposición, minada por el partido oficial, la Federación Catalano-balear y la Izquierda Comunista. La mayoría de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin condiciones y sólo un pequeño grupo de militantes resolvió resistir algún tiempo más. La Federación Catalano-balear prosiguió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza con todos sus defectos.
Un Congreso de Unificación de las cuatro organizaciones habría dotado a España de un partido capaz, fuerte y experimentado. Pero el equipo dirigente del partido oficial, en esto fiel a los métodos de la Internacional staliniana, se negó a todo acuerdo y, convencido de que con los medios económicos de que disponía terminaría por vencer, emprendió el camino solo causando un gran mal a la revolución española.
La República no llegaba, en realidad, para cambiar nada, sino para conservar el mismo estado de cosas que durante la monarquía después de liquidada ésta por desacreditada e impopular. Los que ocupaban las posiciones clave al proclamarse la República procedían precisamente del campo monárquico (Alcalá Zamora y Miguel Maura), y estaban dispuestos a conservar el mismo orden cambiando la fachada. La actividad de éstos, lo mismo antes que después del cambio de régimen estuvo orientada a que el pueblo se convenciera de que el cambio era necesario. Por otra parte, para las grandes masas populares la simple palabra de República tenía al principio casi un sentido mágico. Después de la tiranía de la monarquía, interpretaban la simple forma republicana como la solución a todos sus males, y para conocer prácticamente su verdadero carácter tenían que hacer su propia experiencia, sobre todo a través de la conducta socialista.
La monarquía había llegado a una situación insostenible. Desde el advenimiento de Primo de Rivera era evidente que la monarquía y la dictadura debían caer juntas. Los esfuerzos que la monarquía hizo a última hora para no ser arrastrada por la dictadura no podían tener éxito. La inmensa mayoría de los españoles sentía la cuestión planteada como un problema constitucional. La monarquía, a su vez, tenía un interés especial en no sacar las cosas de este plano. La monarquía no podía recurrir en aquel momento a un régimen de fuerza – acababa de caer la dictadura completamente falta de base – ni tenía en sí misma solución de recambio democrática. La posición más conservadora era, por consecuencia, descargar todas las culpas sobre un régimen que no tenía salvación, y procurar acentuar en lo posible las consecuencias de su caída. A un movimiento conscientemente dirigido le correspondía no dejarse engañar por las apariencias, no sobrevalorar el desarrollo del proceso revolucionario y preparar las condiciones para explotar las desilusiones que no tardarían en manifestarse. Sin embargo, dadas las condiciones que concurrían en el movimiento obrero, principalmente por la actuación del Partido Comunista que había impedido la formación de un partido fuerte y experimentado, la burguesía no encontró grandes dificultades para unificar todo el campo revolucionario en torno a ella. El abismo que se abría ante la burguesía vino a llenarlo la conjunción republicano-socialista.
Es decir, en la situación concreta española de recién proclamada la República, no se podía emprender la ruta de la realización socialista sin que las masas populares consumieran la experiencia democrática de la revolución burguesa. No se trataba de fantasías, sino de una realidad histórica que ningún radicalismo palabrero podía anular. Lo ilusorio estribaba en creer que los partidos democráticos burgueses podían resolver los problemas de la democracia. Había que dar la batalla a la burguesía en el propio terreno de la democracia para quitar a las masas la ilusión. En los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, la dirección del Partido Comunista se limitaba a afirmar que ésta sólo podía ser derribada por la insurrección armada de los obreros y campesinos. Los hechos demostraron que cuando la experiencia de la dictadura burguesa descarada fracasa y la clase obrera, en el momento de la crisis, no cuenta con un partido vigoroso, la burguesía tiene aún la posibilidad de explotar las ilusiones democráticas para prolongar su dominación, incluso con la colaboración inconsciente de la clase obrera. Por no haber tenido esto en cuenta, la dirección del partido, en vez de prever los acontecimientos, se vio sorprendida por ellos. Destruido por la realidad el esquema forjado arbitrariamente, lo natural hubiera sido que la dirección del partido renunciara a sus errores; pero en vez de ello, como los hechos no se ajustaban a dicho esquema, afirmó que la dictadura militar no tenía ninguna importancia. Entre tanto, el proceso de descomposición de la monarquía continuaba; era fácil de prever la caída del régimen sin la intervención revolucionaria de las masas; sin embargo, la dirección comunista oficial seguía afirmando, como lo había hecho con la dictadura militar, que la monarquía no podía ser derrocada más que por la revolución proletaria. Por esto, la proclamación pacífica de la República, fue una nueva sorpresa para la fracción dirigente. La consecuencia fue que el partido estuvo completamente al margen del movimiento popular y no ganó ninguna influencia entre las masas sino, incluso recién proclamada la república, tropezó con una gran hostilidad. La política de colaboración con la burguesía practicada por los socialistas, el apoliticismo y aventurerismo de los anarquistas y la ausencia de un verdadero partido comunista, fueron la causa de que la burguesía democrática resolviera la crisis a su favor.
El equipo dirigente del Partido Comunista no tenía una interpretación marxista del desarrollo de los acontecimientos, y quería someter éstos a su concepción; al proclamarse la República, las dos principales consignas difundidas por los comunistas oficiales fueron las de ”¡Abajo la República! ”, ”Todo el poder a los soviets” y ”Dictadura del proletariado”. En lugar de comprender el proceso que se desarrollaba y que no podía simplemente oponer la República Obrera y Campesina a la República burguesa, y unos soviets inexistentes a unas Cortes Constituyentes del nuevo régimen, sino que era necesario previamente destruir las ilusiones democráticas y conquistar a las masas y organizarlas, sobre todo dada la enorme debilidad del partido, la dirección bullejista se lanzó a una demagogia que agotaba a los militantes y que sólo recogía antipatía. En Madrid. por ejemplo, incluso los obreros emprendieron la persecución de los comunistas y casi llegaron al linchamiento por considerarlos juguete de los monárquicos.
La situación y la táctica a seguir era definida por nosotros, la Oposición de Izquierda, en los siguientes términos: ”la revolución española sólo puede tener su coronamiento victorioso efectivo en la instauración de la dictadura del proletariado. Los comunistas deben preparar a la clase obrera para la conquista del poder, pero sería puro aventurerismo incitar al proletariado a la insurrección inmediata. Nos hallamos no en la etapa de la lucha inmediata y directa por el poder, sino en la de preparación de esta lucha. Para este combate inmediato faltan las condiciones indispensables y muy particularmente: la desmoralización de la clase enemiga, el íntimo convencimiento de la misma de que el fin de su dominación está próximo, arrancar a las masas campesinas y a una buena parte del proletariado industrial de la influencia socialista, conquistar para la causa de la revolución proletaria a una parte de la pequeña burguesía radical, o por lo menos neutralizarla, construir organizaciones de masas análogas a los soviets, crear un gran partido comunista”.
Por cierto que es curioso observar hoy día, cuando se vuelven a leer y repasar los documentos y publicaciones de la época, que, consideradas superficialmente las posiciones de la Izquierda Comunista y del mismo Trotsky, parecían las más moderadas en aquellas circunstancias, sin embargo, eran las más positivamente revolucionarias porque trataban de poner orden en la locura demagógica, porque partían de un análisis marxista de la relación de fuerzas en presencia, porque valorizaban ante todo la más importante aportación leninista de que no es posible una revolución proletaria sin la existencia de un partido comunista fuerte, consciente de su misión y provisto de la adecuada interpretación del desarrollo de cada hecho.
Las esperanzas despertadas en las masas obreras y campesinas, el idealismo que el cambio de régimen había despertado y los bienes que se esperaban de él, daban lugar a toda clase de extravagancias contra lo cual era necesario reaccionar. Por ejemplo, en la cuestión de las nacionalidades, el partido no se dejaba superar en concesiones demagógicas: se manifestaba por la independencia, nada menos que inmediata, de Catalunya, Vasconia y Galicia. Era la solución más fácil ante un problema tan fundamental para el conjunto de España, y cuyo estudio no parece por cierto interesar a los teóricos de las nuevas generaciones que, por otra parte, analizan tan acertada y profundamente los problemas económicos.
A los cuatro meses de proclamada la República, cuando mayores eran las ilusiones equivocadas de las masas populares sobre los beneficios que podían obtener de su gobierno, y ante la reunión de la Asamblea Constituyente, el Partido Comunista convocó una manifestación el 1 de agosto de 1931 que fue un fracaso, para demostrar, según decía el manifiesto de la convocatoria, el verdadero carácter de la Asamblea ”que intenta conseguir una amplia base de concentración y alianza de las clases dominantes, de los grandes propietarios y latifundistas, de la gran burguesía industrial y financiera, del clero y de los jefes superiores del ejército”. Y, después de esta caracterización de las Cortes Constituyentes, daba su propia consigna: ”frente a estas Cortes, órgano de la contrarrevolución, los obreros y campesinos deben alzar su propio poder revolucionario: los soviets de obreros, soldados y campesinos”. Esto era, verdaderamente, como después dijo José Díaz, el nuevo secretario del partido, al hacer la crítica del grupo Bullejos, ”pretender establecer la república de los soviets con ochocientos afiliados y grandes escándalos”.
Considerada teóricamente la situación como la de la hora de la toma revolucionaria del poder por el proletariado, toda la táctica estuvo determinada por esta concepción. Queriendo mantener al mismo tiempo una rivalidad en el terreno de las acciones revolucionarias con los anarcosindicalistas, desarrollaba movimientos de violencia que conducían a los mismos resultados de fracaso. Un día era ”Bilbao la roja”, y sacrificaba la influencia sindical que había adquirido allí realizando ”pequeñas insurrecciones”. Otro día ”Sevilla la roja”, con el mismo resultado y la dispersión de los mejores militares, sobre todo de los que tenían más prestigio y sentido de la responsabilidad en el movimiento obrero en general.
Había un cierto malestar difuso en el seno del partido, que no se manifestaba en forma coordinada, que no encontraba su expresión como consecuencia de la poca formación política de los militantes y de la dictadura caciquil que habían implantado los dirigentes. Los afiliados eran meramente ”activistas” (la actividad simplemente por la actividad), y aunque sintieran la necesidad de expresar su disconformidad no tenían la posibilidad de hacerlo.
La confusión de las consignas, diariamente diferentes, que desconcertaban a los militantes y expresaban el enredo más completo y la mayor ignorancia de la dialéctica de los acontecimientos. Hoy era ”Lerroux Bonaparte”, mañana Miguel Maura, jefe del fascismo, pasado mañana Ortega y Gasset era el verdadero jefe del fascismo español, y al otro Sanjurjo, y finalmente todos juntos, sembrando una confusión entre los obreros y campesinos que hizo época. Se llegó a anunciar sensacionalmente para el 5 de marzo de 1932 la contrarrevolución fascista. Más que responsabilizar conscientemente a los trabajadores en el desarrollo de la revolución y la contrarrevolución, se deseaba.) mantener una tensión nerviosa, un griterío histérico por donde asomaba el ”bluff”, y que fatigaba incluso a los más adictos. El partido no aprendía a saber distinguir los antagonismos existentes en el interior de las clases explotadas, utilizándolos en provecho propio. Prefería aglomerar a todos en montón que explicar sus contradicciones.
Pero al mismo tiempo, para hacer frente a tanto peligro anunciado y establecer la unidad necesaria entre la clase obrera, se insultaba a los obreros de las otras organizaciones de clase llamándoles ”socialfascistas – o ”anarcotraidores”. Y en el terreno sindical, donde se precisaba principalmente una mayor unidad, más fácil de obtener que en el campo político, se llevaba a cabo una táctica de escisión. En menos de cinco años hubo cuatro intentos de crear nuevas organizaciones sindicales, dividiendo las existentes: los Sindicatos Rojos, el Comité de Reconstrucción Sindical, el Comité de Unidad Sindical, y finalmente la Confederación Nacional del Trabajo Unitaria.
La consecuencia de esta estrategia era que en lugar de lograr influenciar a los obreros socialistas, decepcionados por la conducta de sus jefes en el gobierno, y a los trabajadores anarcosindicalistas demasiado hartos de tanta gimnasia huelguística y de tanta irresponsabilidad faísta, soldada a unos y a otros más sólidamente con sus organizaciones, y les convertía en más hostiles hacia el Partido Comunista. Éste, para llegar a la revolución social, tenía que haber sido como primera condición un partido de masas y no una secta como era en realidad. Y era también un inconveniente que el socialismo y el anarquismo continuaran teniendo una influencia decisiva entre la mayoría de los trabajadores de toda España.
En octubre de 1931, antes de que se manifestase orgánicamente la crisis del partido, la Internacional Comunista, a través de sus órganos ”La correspondencia internacional” y ”La Internacional Comunista” formulaba ya toda una serie de críticas contra la política del Partido Comunista español. Stirner, que era el secretario de la Internacional para los países de habla española, en un artículo formuló así sus críticas:
1. °) Un análisis inexacto y superficial de la estructura de clase y de las relaciones de clase antes e inmediatamente después del 14 de abril.
2. °) Durante la Dictadura de Primo de Rivera, el partido ha llevado a cabo una política sectaria, ha estado aislado de las masas... El partido ha sido cogido de improviso por la caída de la monarquía; no ha visto en esto más que un cambio de fachada, y al principio ha negado incluso que la revolución democrático-burguesa hubiera comenzado.
3. °) El partido, que no comprendía su propio papel ni el del proletariado lanzó consignas erróneas como la de ”¡ Abajo la República burguesa! ”
4. °) La subestimación y la negligencia de la acción sindical ilegal durante la dictadura... la creación prematura de pequeños sindicatos rojos y el desprecio absoluto de la táctica del frente único.
5. °) Este cuadro deplorable está completado por toda una serie de faltas y debilidades: subestimación de la lucha por las reivindicaciones inmediatas, negligencia de la acción entre las mujeres (fábricas textiles), ayuda insuficiente a la juventud (el trabajo de los niños está extremadamente extendido), trabajo insuficiente en el ejército, ausencia de todo trabajo entre los obreros y campesinos de Marruecos”.
Como puede comprobarse fácilmente, a excepción de la última parte del párrafo 5.°, formulado con un desconocimiento completo de las posibilidades del partido en aquella situación, cuya debilidad se derivaba de toda la falsa política que había llevado a cabo hasta entonces el CE de la Internacional, las críticas hechas en el anterior documento eran idénticas a las que habían ido manifestando la Izquierda Comunista y Trotsky. Sin embargo, en cada escrito de la Internacional se señalaba como otro de los errores del grupo Bullejos el no combatir con suficiente energía y constancia al”trotskismo contrarrevolucionario, aliado a la burguesía española”.
Y esta acusación no era menos falsa, porque la dirección bullejista en este terreno incluso superaba a Moscú en calumnias; pero las injurias no tenían el menor eco en el movimiento obrero español, y esto era lo que exasperaba a la Internacional.
Lo que ocultaba el escritor anterior, como después también la ”carta abierta” del CE de la Internacional, es que esta política había sido impuesta a la dirección española por la misma Internacional, y que pocos días antes de emprender francamente la ofensiva, una resolución del propio CE de la Internacional decía: ”Esta dirección (la de Bullejos) que ha dado ya numerosas pruebas de heroísmo en la lucha revolucionaria, tiene toda nuestra confianza. El CE de la IC aprueba sin reservas la política seguida por la dirección del PC de España.”
¿Cómo podía explicarse, pues, este cambio en la Internacional con respecto al equipo Bullejos? La Internacional staliniana no podía engañarse nunca ni reconocer los errores. Era la norma. Los delegados que la representaban en España informaban de la situación catastrófica del partido y buscaban afanosamente una dirección de recambio. Cuando la táctica que había impuesto a una dirección nacional conducía a la ruina, era la dirección la responsable, no la Internacional. Era necesario liquidar al grupo dirigente español, y se llevó a cabo la maniobra. Estaba previsto que ante una situación revolucionaria en la que la IC había cometido profundas faltas, sería sacrificada la dirección nacional para salvar a la Internacional. Stalin sacrificaba siempre a sus criados cuando él fracasaba. Había también otro problema importante, al que me referiré después, y que la Internacional consideraba muy grave para su hegemonía.
Cuando después, antes de su viaje de exclusión, estuvieron en Moscú los cuatro dirigentes máximos, Bullejos, Trilla, Adame y Vega, tuvieron que sufrir incluso ataques personales de Manuilski, que ya había comenzado a interesarse por los asuntos españoles. A través de sus acusaciones se prueba que el criterio mantenido por el jefe de la IC no era nada diferente del que había desarrollado el equipo Bullejos, teniendo como resultado un gran desastre.
A pesar de reconocer la debilidad del partido, fijaba como tarea constituir los soviets, aconsejaba la disolución del Comité de Reconstrucción Sindical y reemplazarlo por un Comité de Unidad Sindical, que tenía el mismo alcance de escisión, proponía toda una serie de realizaciones, totalmente demagógicas y desproporcionadas.
Pero como se trataba también de combatir a una dirección que escapaba a su mandato, y que se defendía e incluso atacaba, la principal preocupación era desacreditarla y el primer argumento acusatorio se basaba en que había trasportado las ideas anarquistas al interior del partido; no era la primera vez que se decía esto de los españoles, porque, en verdad, desde la construcción de la sección española siempre se calificó al partido de anarquizante. Dirigiéndose a los delegados Manuilski se manifestó así: ”Porque, camaradas de la delegación española, os lo digo claramente, estoy un poco decepcionado de vuestro informe. Es la segunda vez que hacéis un informe ante nosotros y parece que nos tratáis como ignorantes completos.” Si esta hubiera sido la intención, no habría estado mal del todo.
Al mismo tiempo hacía algunas justas observaciones, como ésta: ”Nos decís que en Jaén hay 5.000 obreros que quieren ingresar en el partido, pero que no hay carnets, y que lo mismo sucede en Sevilla, yo os pregunto por qué entonces el camarada Bullejos sólo ha obtenido 3.400 votos.”
O como esta otra: ”Hemos hablado de democracia y hacemos bien, porque entre vosotros existe un estado de caciquismo en el partido. En cada región hay un cacique que dirige el partido sin tener relaciones con el Comité Central. Y a esto lo llamáis partido. Existe un cacique en Bilbao, otro en otra provincia, etc., pero esto no es un partido.”
Realmente el representante de la Internacional staliniana no era el más autorizado para hablar de un régimen de democracia interna, pero expresaba bastante bien la política de engaños con que el equipo Bullejos informaba a la Internacional, y de lo que he dado anteriormente dos ejemplos muy característicos.
Por fin, el 27 de enero de 1932, ”La correspondencia Internacional”, ante la celebración del IV Congreso del PCE, publicó una extensa ”carta abierta” a todo el partido, que en realidad era un documento completamente contradictorio. El Buró Político no dio a conocer dicha carta al partido, francamente la saboteó. Fue conocida públicamente porque fue publicada por un diario burgués de Madrid, según se sospechó facilitada por un delegado de la Internacional. La carta no fue ampliamente discutida en la base del partido, a excepción de algunos Radios de Madrid, donde la Izquierda Comunista tenía influencia. El Congreso se reunió el 17 de marzo de 1932 en Sevilla, porque allí era más fuerte el partido y más incondicional del Buró Político. Este supo imponerse, se defendió y acusó, y fue de nuevo reelegido, principalmente porque los delegados de la Internacional no tenían aún un equipo de recambio que ofrecer.
Pero la crisis en el partido surgió de nuevo a los pocos meses, no por la presión de la base, sino por la del CE de la Internacional. Y la causa fue, o más bien el pretexto, la actuación determinada por la intentona reaccionaria del general Sanjurjo el 10 de agosto de 1932, en Sevilla precisamente. Volviendo por un momento a la realidad de la situación, el partido había dado como consigna a los trabajadores la de ”Defensa de la República”, porque no tenía fuerza para más, y porque el propio hecho de la insurrección militar mostraba el peligro de la contrarrevolución. Los delegados de la Internacional en España no estuvieron conformes con esta posición, creían que el partido debía haber ido más lejos en sus aspiraciones. He aquí las principales acusaciones: ”El partido ha señalado la necesidad de hacerse fuertes en los barrios obreros, de transformar cada casa en una ciudadela, es decir, ha señalado la necesidad de la defensa sin hacer resaltar la necesidad de una contraofensiva rápida y enérgica. La organización comunista de Sevilla no ha hecho los esfuerzos necesarios para entrar en contacto con los soldados vacilantes, para desarmar con ello a la guardia civil, para crear un soviet de obreros y soldados.”
El propio José Bullejos, en su libro Europa entre dos guerras, publicado en México en 1945, qué tiene un evidente acento de sinceridad y que está escrito sin acritud, ponderadamente, expone lo sucedido en la reunión del Buró Político en que se trató la cuestión.
”La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que culminó con la ruptura entre el Buró Político y la Internacional, y nuestra expulsión posterior. El 10 de agosto llegaban a Madrid noticias de que la guarnición de Sevilla se había pronunciado, al mando de Sanjurjo, contra el gobierno de la República...
”Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos en Madrid, Astigarrabía, Etelvino Vega y yo, no quisimos repetir las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos, que atribuíamos a la política de contemporización del gobierno, lanzamos la consigna de ”Defensa de la República”. Con esta misma directiva táctica marchó Etelvino Vega a Sevilla la noche del 10 de agosto. Lo sucedido en Sevilla no dejaba en muy buen lugar a la organización del partido. Pese al predominio de ésta en aquella ciudad, los acontecimientos más decisivos se habían desarrollado bajo la dirección de la CNT y de los republicanos.
”Días después celebraba reunión el Buró Político para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido. La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña, sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas populares sobre las bases de un programa revolucionario de defensa de la República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político y económico de todos los elementos reaccionarios. El Buró Político, con la sola excepción del Secretario de Organización, Hurtado, y de Mije, que asistía en representación del Comité de Unidad Sindical, compartió mi punto de vista. Al día siguiente, en vísperas de marchar a Moscú, adonde debía acudir por mi calidad de miembro del Comité Ejecutivo para asistir al Pleno Ampliado de la Internacional, la delegación del Comité provocó inesperadamente una reunión del Buró Político para exigir que éste se pronunciara acerca de una resolución en la que se nos tildaba de contrarrevolucionarios, si no accedíamos a rectificar el acuerdo y la posición adoptada el día anterior. Antes de discutir la proposición, Adame, Vega y yo presentamos la dimisión de nuestros cargos, no aviniéndonos a discutir una proposición que de rechazarse entrañaba la ruptura pública con la Internacional, y de aceptarse exigía nuestra baja en el partido, ya que, después de aprobada, nuestra dignidad revolucionaria no nos permitiría permanecer ni un sólo minuto en la organización.”
A las pocas semanas el equipo Bullejos, Adame-Trilla-Vega, era expulsado del partido, después de haber sido todos ellos separados previamente del Buró Político. Pero dejamos de nuevo la palabra a Bullejos que, en la misma obra ya citada, explica cómo la crisis se abrió de manera violenta en el interior de la dirección:
”En realidad, los sucesos de agosto de 1932 fueron la causa accidental, pero no la única, ni siquiera la más importante, de la crisis. Hacía tiempo que se habían manifestado profundas discrepancias entre nosotros y el CE de la IC, y más particularmente con su delegación en España. La principal consistía, sin embargo, en las relaciones entre la dirección nacional del partido y la delegación. Durante varios años nos habíamos obstinado en mantener el Buró Político en un plano no de independencia como se nos imputó, sino de relativa autonomía respecto a la dirección de sus actividades. Considerábamos que la responsabilidad plena de la política del partido recaía en nosotros, y nos negábamos en consecuencia a desempeñar el papel subalterno que la Internacional pretendía asignarnos. Las diferentes delegaciones lucharon sin éxito para imponernos su hegemonía absoluta y limitar las atribuciones del BP del partido a simples funciones auxiliares. A partir de la proclamación de la República, esta lucha se acentuó. La Internacional tomó determinadas medidas de organización y políticas contra nosotros, encaminadas a debilitar la influencia que se nos atribuía al partido.”
Llamamos a Moscú para tratar los problemas españoles, Bullejos relata las entrevistas en estos términos: ”Durante un mes y en un ambiente de hostilidad mutua, discutimos los problemas de la revolución y, principalmente, las causas que determinaron nuestra separación del BP. La imputación más grave que se nos hizo en el orden táctico fue nuestra consigna de "Defensa de la República". En este punto, el Ejecutivo de la Internacional compartía el criterio de su delegación en España de que la lucha debía orientarse no contra la reacción sino contra Azaña y los socialistas. Nuestras posiciones eran irreductibles, y por lo tanto nuestra expulsión inevitable. Sin embargo, una gestión conciliadora por parte del Ejecutivo pareció dar buenos resultados. Se nos propuso la incorporación de Adame al Ejecutivo de la Profintern, la permanencia de Vega en una Academia de Moscú y mi reincorporación al cargo de secretario general del partido... Cuando el Secretariado de la Internacional preparábase para aprobar los acuerdos llegó a Moscú la prensa española. En el órgano del partido, entonces "Frente Rojo", y en lugar preferente, se publicaba una resolución del comité del partido condenando nuestra actitud política y acusándonos de escisionistas y enemigos de la Internacional... A los pocos días, el secretariado de la Internacional, reunido en sesión plenaria, acordada nuestra expulsión del partido.”
Inmediatamente de expulsado el equipo Bullejos, e instalado el nuevo grupo dirigente, comenzaron las sumisiones debidamente ”trabajadas” de todos los que en el Comité Central habían sido sus mejores sostenedores. Vale la pena recordar la posición de ”Pasionaria”, que había sido una de las más incondicionales del ”grupo sectario” o ”grupo traidor”, como se le denominaba indistintamente. Primeramente, escribió en ”Frente Rojo” un artículo en el que se le escapó una expresión lamentando ”la expulsión de los antiguos camaradas”. Esto no satisfizo al nuevo BP, que exigió de ella una condenación más neta y más terminante. Entonces, Dolores Ibarruri hizo una declaración, en la que decía:
”Ahora bien, ¿son solamente los componentes del grupo los culpables de que el partido no haya tenido la dirección del movimiento revolucionario, retrasando así la descomposición del régimen y fortaleciendo, por tanto, aunque momentáneamente, las posiciones de la burguesía y de los terratenientes? Con franqueza bolchevique digo que no: aunque la responsabilidad más grande le quepa al grupo, yo y conmigo todos los que componíamos el Comité Central tenemos una parte de responsabilidad por haber sido débiles, por haber sido cobardes, por habernos prestado a ser comparsas del Comité Ejecutivo sectario.” ”Pasionaria” es maestra en el oportunismo táctico y parece educada en una escuela de cinismo.
Por su parte, José Díaz, el nuevo secretario general, comentó la expulsión diciendo: ”Se echa a cuatro hombres, pero los trabajadores vendrán por docenas de millares a combatir bajo la roja bandera del PC Español.”
Y en la arena internacional se desencadenó toda la artillería pesada para combatir al ”grupo”. Hubo una resolución de todos los principales partidos europeos, llena de denuestos y calumnias. André Marty, el de los tristes destinos y que no se paraba en barras, escribió en ”L'Humanité”: ”El grupo traidor, que se había pasado hacía tiempo al campo enemigo, se ha puesto frente a la Internacional, y con ello demuestra su naturaleza de agente enemigo”. Y a continuación agregaba lo más fuerte: ”su expulsión será acogida por los que luchan y mueren por nuestra causa gloriosa, con entusiasmo, desde Bombay a Varsovia, y de Berlín a Shangai”.
Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional, era verdaderamente la política de ésta, que incluso tenía la responsabilidad de la escisión sindical al haber aconsejado la constitución del Comité de Reconstrucción. Manuilski era su máximo exponente, y es conocida su expresión: “una revolución en España tiene menos importancia que una huelga económica en cualquier país”.
Fue solamente después de algunos meses de proclamada la República, ante los grandes movimientos huelguísticos y de masas, cuando la Internacional concedió envergadura a los hechos españoles. Pero al mismo tiempo, con sus defectos y terribles errores, la dirección de Bullejos era independiente en sus determinaciones, como ya hemos dicho. Las sugestiones, las indicaciones de los delegados de la Internacional, que con frecuencia viajaban por España, eran aplicadas solamente en el mismo grado en que coincidían con el criterio del equipo bullejista. Era la época en que, por lo menos en España, los dirigentes no estaban aún todos vinculados a la función política por una dependencia económica, por lo que al abandonar su situación no temían el porvenir personal ni retornar al trabajo, y no habían hecho de la calidad de dirigentes un empleo. En resumen, no se había ultimado todavía la transformación de los revolucionarios profesionales en burócratas sin independencia. Bullejos admitía el stalinismo para su aplicación en el interior del partido, pero no lo aceptaba contra él.
Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario español, el primer interés fue domesticar una dirección nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito porque todas las otras direcciones de Europa estaban ya totalmente sometidas a su mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación de la táctica política por la dirección nacional, y se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban ”el espíritu anarquista de los comunistas españoles”. Los expulsados no realizaron después ninguna acción independiente, porque la base del partido les abandonó totalmente, harta de tanta arbitrariedad e irresponsabilidad.
El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde 1932 el partido, seguía una táctica similar a la del ”grupo sectario”, porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto se demostró en la crisis gubernamental de mayo de 1933, en que volvió a formular la consigna de ”todo el poder a los soviets”, precisamente cuando la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado circulaba en el vacío, en medio de la indiferencia de las masas. En mayo de 1933 era igualmente improcedente. Pero es que seguía la misma táctica de no analizar cada situación, que entonces era muy fluida, de no explicarse políticamente, día a día, la evolución que seguían los acontecimientos. Para la nueva dirección, en 1933 el eje del fascismo era el gobierno republicano-socialista. El método marxista de interpretación se sustituía por la frase hecha.
Al mismo tiempo no se daba una consigna verdaderamente tangible como hubiera sido entonces la de que los socialistas asumieran la totalidad del poder, responsabilizándose ante los trabajadores. Por una vez me permitiréis que me cite. En aquella ocasión, expresando la opinión de la Izquierda Comunista, escribí lo siguiente en la revista ”Comunismo”: ”El socialismo, desgraciadamente, en la época actual todavía ejerce una gran influencia sobre la clase obrera. Su influencia sobre los explotados es mucho mayor que la de los propios partidos comunistas. La principal tarea es arrebatarles esta fuerza, haciendo que descubran cada vez más claramente toda la falsedad de su socialismo. Para esto no es posible establecer como táctica la que sólo pueda alcanzar a los ya convencidos. Es necesario que comprenda esta verdad el núcleo principal de la masa que sigue a la socialdemocracia. Si la burguesía, para inutilizar al socialismo desde el punto de vista obrero, compromete a sus dirigentes en la colaboración en los gobiernos burgueses, ¿por qué el PC por motivos totalmente diferentes, claro está, no puede utilizar un procedimiento similar obligando al Partido Socialista a que recoja solo la totalidad del poder para que se descubra en toda su traición?”.
Me extiendo demasiado, y es imposible que me refiera a cada acontecimiento, a cada decisión adoptada, porque al mismo tiempo sería necesario interpretar y explicar cada situación, en momentos en que ésta cambiaba cada día, y exponer su carácter, dado que sería interesante establecer por contraste todos los errores cometidos. Pero en los primeros tiempos de su hegemonía, la dirección de José Díaz prácticamente no cambió en los hechos su orientación.
La confirmación de esta orientación quedó comprobada con la actitud del Buró Político de José Díaz a propósito de las Alianzas Obreras. Éstas surgieron a raíz de las elecciones generales de 1933, como consecuencia de la necesidad que inmediatamente sintió la clase trabajadora de ofrecer a la reacción un bloque compacto. Surgió también porque las minorías que las integraban (Izquierda Comunista y Bloque Obrero y Campesino), quisieron someter a un acuerdo concreto las declaraciones que los más caracterizados dirigentes socialistas hacían en pro del frente único. El Partido Socialista se había opuesto reiteradamente a esta conjunción, pero, bajo la influencia de Largo Caballero, terminó aceptando la creación de las Alianzas.
En el mes de diciembre de 1933, se constituyó en Barcelona la primera Alianza Obrera. El manifiesto de fundación, después de exponer ]os peligros que corría la situación española, decía:
”Para impedirlos, aquí estamos nosotros. Las entidades abajo firmantes, de aspiraciones y tendencias doctrinales diversas, pero unidas en un común deseo de salvaguardar todas las conquistas conseguidas hasta hoy por la clase obrera española, hemos constituido la "Alianza Obrera" para oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país, para evitar cualquier intento de golpe de estado o la instauración de una dictadura, si así se pretende, y para mantener intactas, incólumes, todas aquellas ventajas conseguidas hasta hoy, y que representan el patrimonio más estimado de la clase obrera.”
El manifiesto estaba firmado por: Unión General de Trabajadores, Vilà Cuenca; Unió Socialista, Martínez Cuenca; Izquierda Comunista, Andrés Nin; Bloque Obrero y Campesino, Joaquín Maurín; Partido Socialista Obrero Español, Vidiella; Sindicatos de Oposición, Angel Pestaña, y Unió de Rabassaires, J. Calvet.
Al reproducir este manifiesto, ”El Socialista” lo hizo preceder del siguiente comentario: ”Reproducimos con el mayor gusto el manifiesto que las fuerzas de Cataluña han dirigido al proletariado, de cara a los acontecimientos políticos de estos días. Socialistas, comunistas y "treintistas" se unen leal, fervorosamente, para cortar el paso al fascismo. El ejemplo de los camaradas de Cataluña debe tener sucursales en toda España. Es preciso organizar el ataque y la defensa con toda prisa. Se aproximan días de prueba para nuestra causa de proletarios. Nadie puede negarse a intervenir en ellos. ¡Atención al manifiesto de nuestros camaradas de Cataluña! ”
Efectivamente, tuvo ”sucursales”. En Asturias, Valencia y Madrid se constituyeron también las AO. El 6 de mayo de 1934, se hizo público en Madrid el siguiente comunicado, que tiene un gran interés recordar porque daba satisfacción a la situación del momento:
”La experiencia de dos años de régimen republicano ha demostrado a la clase trabajadora que nada puede esperar de la burguesía y de sus organizaciones coactivas, como no sea represión si se rebela y hambre y dolor si no se somete.
”Esta experiencia ha llevado al proletariado al convencimiento de la necesidad de crear el arma eficaz para defenderse de las arremetidas cada día más brutales de la reacción y la burguesía y, en su momento, poder dar la batalla definitiva.
”Esta arma sólo puede ser la unión de todos los explotados. Consecuentes con este criterio, varias organizaciones políticas y sindicales: Partido Socialista (Agrupación de Madrid), Administrativa de la Casa del Pueblo, Sección Tabaquera de Madrid, Agrupación Sindicalista, izquierda Comunista y Juventud Socialista, han constituido la Alianza Obrera, organismo que tiene por finalidad, en primer término, la lucha contra el fascismo en todas sus manifestaciones y la preparación de la clase trabajadora para la implantación de la República Socialista Federal en España, como condición indispensable para su total liberación.”
Esta determinación de las organizaciones de Madrid sirvió para dar un gran impulso a las AO, dado que en Madrid se encontraban las direcciones nacionales del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores, y que servía de ejemplo para las secciones de provincias. Sin embargo, de ellas estaba ausente el Partido Comunista, que las calificó primeramente nada menos que de ”Santa Alianza de la Contrarrevolución”.
Invitados los comunistas a la reunión celebrada en Madrid para su constitución, se presentó una delegación que, después de pronunciar un discurso lleno de improperios, se retiró de la reunión por no querer hacerse cómplice, según sus propias palabras, de ese ”intento contrarrevolucionario”.
Explicando el porqué se opuso el partido en un comienzo a las AO, se expresó así José Díaz en unas declaraciones que eran un verdadero galimatías: ”Era algo que se creaba para impedir el desarrollo del frente único, como una cosa estrecha y sin principios para evitar que los obreros siguieran al PC. La contestación que daba el Partido Socialista a nuestras proposiciones de frente único era que, si lo deseábamos, ingresásemos en las AO, pero, como éstas no eran aún órganos de frente único, proponíamos que en ellos pudieran ingresar los anarquistas, los sindicatos autónomos, los obreros desorganizados y los campesinos”.
Era evidente que no se cerraba la puerta a nadie, y la prueba estaba en que se había invitado muy insistentemente al PC. En lo que se refería a los anarquistas, la Federación de la CNT de Asturias pertenecía a ella. Y en todas las otras federaciones había corrientes muy favorables, y se discutía apasionadamente sobre la adhesión o no. En Madrid mismo, el dirigente anarquista de mayor valor, Orobón Fernández, propagaba su necesidad.
Para ”Pasionaria”, en su llamada Historia del Partido Comunista de España, la causa inicial de la oposición del partido a las AO era debida ”a que llevaban en su propia esencia una contradicción que anulaba su eficacia: la ausencia en esa Alianza de los campesinos; la negativa en el fondo a reconocer a los campesinos como una de las fuerzas motrices de la revolución española”.
Lo que era igualmente falso, porque en la AO de Cataluña figuraba la Unió de Rabassaires, y la Federación de Trabajadores de la Tierra era completamente favorable a las AO. Tanta contradicción, tanta maniobra, no exige de mi parte comentarios. Pero el fondo del problema estaba en que el PC deseaba una unión más limitada de lo que él calificaba a las únicamente entre el Partido Socialista y él. O, en el caso de que esto no fuera hacedero, la integración de todos sus organismos fantasmas: los Amigos de la URSS, los obreros desorganizados, las Mujeres Antifascistas, los Intelectuales Antifascistas, el Comité de Unidad Sindical, los pioneros, etc., pero al mismo tiempo la eliminación de la Izquierda Comunista y el Bloque Obrero y Campesino, que formaban parte de las cuatro organizaciones principales de las AO: Asturias, Barcelona, Madrid y Valencia.
Pero, comprendiendo después que habían quedado al margen de un gran movimiento revolucionario y popular, un pleno extraordinario del CC, poco antes de estallar la insurrección asturiana de 1934, acordó ingresar en ellas, ”pero, decía la resolución, donde los delegados sean elegidos democráticamente por asambleas de obreros”. Era una manera de salvar la cara. Y, después de haber desaparecido las AO, otra resolución invitaba a ”hacer de las AO el eje de toda la actividad política de nuestro partido. Dotar a estas AO de un programa de lucha, convertirlas de hecho en nervios vitales de todo el movimiento de frente único de los obreros y campesinos”.
Desgraciadamente, las AO fueron al poco tiempo liquidadas prácticamente por el Partido Socialista, y en su vanguardia las propias Juventudes Socialistas, campeonas de la frase revolucionaria demagógica y del oportunismo político más desenfrenado. Estimaron que habían ido demasiado lejos haciendo concesiones a las otras fuerzas obreras, se consideraban las determinantes de la situación, se situaban en un terreno ultimatista defendiendo el criterio de que todo el mundo debía ingresar en el Partido Socialista, ”partido de la revolución española”. Publicaron las JJSS un folleto destinado exclusivamente a combatir a las AO, principalmente a la de Madrid, centro y dominio total del PS. En este folleto, ”Octubre” se titulaba, las JJSS acusaban a la AO madrileña de haber intervenido en la huelga de metalúrgicos y de haber desencadenado la huelga general del 8 de setiembre. Eran empresas que se reservaban los jóvenes socialistas, que no hacían más que gritar y que no desarrollaban ninguna acción coordinada. El Partido Comunista seguía propagando las AO, sin gran calor tampoco, porque preparaba ya el viraje hacia el Frente Popular.
A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer un sistema flexible de alianza, no sólo con los Partidos Socialistas y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de revolucionarios.
Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática, y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente de conocidos los acuerdos de Moscú, el Buró Político español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo: realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular, marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.
Dos hechos habían transformado ya entonces el ambiente revolucionario español: la conversión de Largo Caballero, máximo líder del Partido Socialista, hacia posiciones revolucionarias, y la agitación de las Juventudes Socialistas. Dos movimientos que no contribuían mucho a aclarar la lucha política hacia el socialismo, que se destacaban por una falta absoluta de interpretación de la situación y de programa, pero que servían para caldear terriblemente los espíritus.
El viejo líder socialdemócrata Largo Caballero, de muy buena fe y como una especie de iluminado, no se puede negar, había asumido una función superior a su formación teórica e incluso a su capacidad mental. Sus colaboradores más íntimos no estaban mejor dotados que él. El hombre un día descubría que Marx y Engels habían escrito el Manifiesto Comunista y en un mitin leía grandes párrafos de él. Otro día hacía de Júpiter tronante y decía en un acto: ”Los acontecimientos van precipitando el desenlace del capitalismo español. Estamos a las puertas de una acción de tal naturaleza que conduzca al proletariado a la revolución social. De los jóvenes es la tarea de fortalecer a los indecisos y de apartar a los elementos pasivos que no sirven para la revolución”. (Grandes aplausos, agregaba la reseña de ”El Socialista”.)
Los comunistas comprendieron muy bien el partido que podían sacar de este hombre. Inmediatamente le bautizaron con el nombre de ”Lenin español”, que le halagaba bastante, y trataron de hacer de él el canal para llegar a la unificación de los dos partidos obreros. Consciente o inconscientemente, más bien convencido de su fuerza determinante, Largo Caballero les hizo el juego y les concedió una beligerancia que hasta entonces no habían tenido los comunistas en el movimiento obrero español.
El caso de las Juventudes Socialistas es típico de cómo en un período de confusión revolucionaria, sin el verdadero partido que sepa comprender cada situación y orientarla, puede surgir una corriente jacobina confusionista. En su propaganda no había más que gritos y frases, y su órgano era meramente un panfleto. Pero a la sombra de Largo Caballero y del prestigo de éste, lograron crear un movimiento de una extraordinaria importancia, al que respondía la juventud, principalmente la estudiantil, sobre todo en Madrid. El alcance logrado por su organización, la resonancia que tenía y la no escasa ambición de sus dirigentes, les hizo proyectar durante algún tiempo el crear un partido. Primeramente pensaron en la IV Internacional, el retrato de Trotsky se exhibía en todas sus secretarías, y su periódico ”Renovación” expresaba una gran simpatía por él. Después incluso propugnaron una nueva Internacional. En el gran mitin del Stadium de Madrid, celebrado en setiembre de 1934, Santiago Carrillo se expresó así: ”Nosotros hemos roto con la II Internacional porque creemos que ha fracasado. Pero no estimamos que el frente único se haga en ninguna de las Internacionales existentes. Tenemos que volver a la Primera Internacional de Marx.” Lo que quería decir con esto no era muy claro, pero expresaba una ambición, no ya nacional sino internacional. Durante otra temporada pensaron, nada menos, que en absorber al Partido Comunista, y sus llamamientos se dirigían a todo el mundo para que ingresase en el Partido Socialista, que tan poca consistencia demostraba ante los acontecimientos. ”El Partido Socialista, decía también Carrillo en 1935, sigue el camino que conduce a la victoria. Las Juventudes Socialistas están identificadas con él, y sobre todo con su jefe Largo Caballero, que conducirá al proletariado español a la victoria.”
¿Por qué proceso interno renunciaron a tanta ambición pocos meses antes de la guerra civil y decidieron sólo unificarse con las Juventudes Comunistas? Lo ignoro; el acuerdo fue adoptado después de viajes a Moscú y de reuniones con los dirigentes de la Internacional Juvenil Comunista. Pero el hecho es que con esta fusión Santiago Carrillo y su equipo concedieron al Partido Comunista una gran fuerza de complemento de que carecía. En realidad, los hechos la demostraron después, esta aportación fue fundamental para el partido. No disponiendo las JJSS de verdaderos cuadros formados políticamente, las Juventudes Comunistas impusieron sus concepciones, su disciplina y su mentalidad a los neófitos comunistas procedentes del socialismo, que se convirtieron pronto en fervientes stalinianos, que jugaron un papel esencial durante la guerra civil. No es menos cierto que tuvieron su compensación porque colmaron su mayor deseo: hacer su ”carrera política”, desempeñando altos cargos miliares y de la administración, sobre todo en la policía y el SIM, y fueron ellos, más que los antiguos comunistas, los que llevaron a cabo la criminal represión contra las otras tendencias obreras. El fenómeno de la conversión de los jóvenes socialistas, su actuación y conducta durante la guerra civil, es algo que valdría la pena tratar a fondo desde todos los puntos de vista.
Como he dicho, a consecuencia de los acuerdos del VII Congreso de la Internacional, el PC, bajo la dirección de José Díaz, dio el gran viraje que fue verdaderamente de 100 grados. Se inauguró la táctica de las ”cartas abiertas” a los ”camaradas socialistas”, el deseo de discutir amistosamente, la desaparición del insulto de ”socialfascistas” y se centró toda la propaganda en torno a la unidad. El artificial Frente antifascista, creado por unas cuantas organizaciones fantasmas, desapareció de la circulación y los demócratas burgueses dejaron de ser ”la contrarrevolución”. Se hizo de Largo Caballero, del ”Lenin español”, el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de vanidad del viejo jefe socialdemócrata, y se trataba de halagarlo para que realizase la política definida por Dimitrov. La política del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad por parte del Partido Socialista (la experiencia ha sido muy grande y los datos han variado ahora), porque no era más que practicar la misma táctica que había practicado desde la proclamación de la República: prestar la colaboración de las masas obreras y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.
Sin embargo, hay que agregar que el Frente Popular establecido tuvo un carácter limitado, estuvo reducido de hecho a un Bloque Electoral, porque el Partido Socialista no quería comprometerse a más. Eran los comunistas los que en su propaganda le prestaban una trascendencia que no tenía en los hechos. Largo Caballero seguía su inveterada conducta de hacer concesiones genéricas verbales, sin darles aplicación. Ya en 1934, bajo la insistencia de las ”cartas abiertas” del PC, hizo la concesión de aceptar lo que se llamó Comité Nacional de Enlace; integrado por el PC y el PSOE, que sucribió como una transigencia, pero sin efecto práctico alguno. El PC no llegó a lograr ni siquiera la firma de un solo manifiesto en común. De igual manera, el Bloque Popular Electoral quedó limitado a la firma de un programa, con una gran demagogia en sus reivindicaciones, que había sido redactado por el más conservador de todos los republicanos: Sánchez Román. Los comunistas, que en realidad hacían sólo de parientes pobres cerca de Largo Caballero, que decidía por sí, y ante sí, en aquella situación no hicieron más que firmar el documento que se les presentó.
El único resultado efectivo del Bloque Electoral fue facilitar, puede decirse que también por condescendencia de Largo Caballero, 17 diputados al PC, que jamás habría tenido posibilidad de obtener sin esta ayuda. Pero las elecciones de febrero de 1936 demostraron también la enorme influencia que había adquirido en cierta parte de la opinión la reacción antirrepublicana. La diferencia de votos entre el Bloque Popular y la conjunción de las fuerzas reaccionarias no fue muy extraordinaria, a pesar de que por una ley electoral favorable el Bloque obtuvo una gran mayoría. Temiendo más el impulso revolucionario de las masas obreras que la propia acción de la burguesía, el Partido Socialista había neutralizado al proletariado primero, había sido incluso el artesano de la represión contra él cuando desarrollaba la lucha por sus reivindicaciones y por superar la etapa democrática burguesa, y después, durante la dirección de Largo Caballero, había sustituido la eficacia revolucionaria por la charlatanería demagógica. Todo el desarrollo del PC había sido una cadena de errores, el ultraizquierdismo de todo el período de la República, el verdadero aislamiento de la mayoría de la opinión obrera, le habían restado autoridad e influencia. El anarcosindicalismo no tenía la menor concepción de la evolución de la situación, reducía, toda su acción a movimientos huelguísticos y ”putschs”, y se negaba a toda acción concertada.
Ante el avance de la reacción, antes del 18 de julio, se fueron librando combates esporádicos, sin concierto ni método, pero con un gran heroísmo, hasta que estalló la insurrección militar fascista.
Entonces, durante la guerra civil, el Partido Comunista logró llegar a la dominación a que había aspirado. Pero no por voluntad de la clase trabajadora española sino por presiones exteriores, y no para responder al desarrollo del socialismo sino para servir la política nacional exterior de la Unión Soviética.
Pero los límites que me había fijado son precisamente hasta el comienzo de la guerra civil, porque la actuación posterior del PCE no se puede estudiar sin referirse a cómo estaba implicada internacionalmente y sin deducir ampliamente todas sus enseñanzas.
(1) Luis Portela, secretario del PCE en 1920, prepara una historia a base de documentación, referencias y experiencia. [Portela, Luis; El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España en Estudios de Historia Social nº 14, Madrid, 1980 – Ed ].
Dolores Ibárruri en una reunión en Valencia el 10 de agosto 1937.
Cuando señalamos la necesidad de una lucha contra el trotskismo, nos encontramos con un fenómeno muy extraño, porque se levantan voces en su defensa en las filas de ciertas organizaciones y entre ciertos círculos en ciertas partes. Estas voces pertenecen a personas que se están saturados con esta ideología contrarrevolucionaria. Los trotskistas tiempo se han transformado en los agentes del fascismo, en los agentes de la Gestapo alemana. Vimos esto en la práctica durante el golpe de Estado de mayo en Cataluña; vimos claramente en los brotes rebeldes en varias otras localidades. Y todo el mundo va a ver esto cuando comience el juicio contra los dirigentes del POUM que quedaron atrapados en su actividad de espionaje. Y vemos la mano del fascismo en todas las acciones que se dirigen hacia desmoralizar a nuestra retaguardia, hacia socavar la autoridad de la República. Por lo tanto, es esencial que destruimos trotskismo con mano firme, por el trotskismo ya no es una tendencia política en la clase obrera, sino un arma de la contra-revolución.
Joaquín Maurin. Revolución y contrarrevolución en España
https://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2008/05/maurin-revolucion-y-contrarevolucion.pdf
Lenin y el socialismo en un solo país. El término Marxismo-Leninismo y del Trotskismo fue creado por Stalin.
JV Stalin 1924 ¿Trotskismo o leninismo?
J. Stalin 1924 Los fundamentos del Leninismo
https://www.marxists.org/espanol/stalin/1920s/fundam/
La tontería del capitalismo de Estado.
http://www.vozproletaria.com.ve/2015/08/formacion-lenin-la-catastrofe-que-nos.html
Publicado por Jano andaluz en 14:07

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