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Timestamp: 2018-02-25 09:43:44+00:00

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Las próximas semanas serán clave en la carrera presidencial. Me atrevería incluso a decir que serán las definitivas. Con las convenciones de los partidos a la vuelta de la esquina y poco más de dos meses para los comicios, serán las tendencias de las próximas tres o cuatro semanas las que, a falta de un evento inesperado a finales de septiembre u octubre —un deterioro significativo de la zona euro, una bajada súbita en la generación de empleo, un bombardero de Israel a Irán—, determinen el ánimo definitivo de los votantes. Sobre todo en un ciclo electoral con un comportamiento muy estable en las encuestas.
A dos meses vista el escenario es bastante claro —mucho más de lo que están dispuestos a reconocer los mainstream media, que pintan la elección como una carrera apretadísima que no se definirá hasta el último momento—. Obama está adelante. Incluso, se podría afirmar, muy por delante. El promedio de promedios de Real Clear Politics —el instrumento demoscópico más consultado— tiene a Obama con una ventaja de casi tres puntos. Aunque pueda parecer un margen ajustado, no lo es. Por varias razones.
Primero, porque ya toma en cuenta la designación del vicepresidente Republicano. El nombramiento de Paul Ryan no ha alterado la tendencia de las encuestas. En este caso, el llamado VP bump —la subida inmediata en las encuestas después de nombrar al compañero de fórmula y energizar a las bases— simplemente no se ha producido. Un síntoma y mal presagio para Mitt Romney.
Segundo, porque en Estados Unidos no se elige al presidente por voto directo. Se hace por medio del Colegio Electoral. Y en él, la ventaja proyectada de Obama es aún mayor. Su mayoría simple en el voto popular se traduce en una mayoría de más de 40 votos electorales. Es decir, de los 270 necesarios para asegurar la presidencia, Obama tiene una ventaja de más de 15 puntos porcentuales. Otra tendencia a favor de Obama es que las encuestas en los llamados battleground states —decisivos— se mantienen estables con márgenes suficientes para que Obama alcance los 270 votos vía varias combinaciones de estados.
Y, por último, la batalla en la arena intelectual. La historia principal de Newsweek esta semana es un ataque del historiador conservador Niall Ferguson al Gobierno de Obama. Un intento por construir desde la derecha un argumento sólido e irreprochable sobre por qué ha fracasado el presidente y por qué Romney representa, en sus palabras, el único camino a la prosperidad. El análisis, no hay otra manera de decirlo, es vergonzoso. Sobre todo, viniendo de un historiador de la estatura de Ferguson. Los argumentos que esgrime, los datos con los que los respalda su tesis, las razones que proporciona para describir a Romney/Ryan como única salida. Ninguno resiste el menor escrutinio.
Algunos ejemplos. Ferguson acusa a Obama de no haber creado suficientes puestos de trabajo. Lo que no dice es que el presidente heredó una máquina de destrucción de empleo que en enero de 2009 estaba enviando al paro a alrededor de 800.000 personas al mes. Hoy la economía está incorporando a la fuerza laboral a entre 100.000 y 150.000 personas al mes. Una diferencia neta de casi un millón de empleos que el historiador obvia.
En política exterior hace la misma crítica ramplona que se hacía hace tres años: Obama solo es capaz de disculparse ante el mundo por los excesos estadounidenses. Obviada, también, está la salida de Irak, la estrategia de seguridad en Afganistán, la intervención en Libia, el realineamiento asiático, incluso el asesinato de Bin Laden —Ferguson, en el colmo de la pereza intelectual y la complacencia, llega a sugerir entre líneas que la Primavera Árabe fue resultado de la política exterior neoconservadora—.
Y, por último, ataca temas fiscales y de presupuesto muy complejos (con cuyos detalles no aburriré al lector) que inmediatamente provocaron reacciones contundentes de expertos en el tema calificando a Ferguson de, en el mejor de los casos, distorsionar deliberadamente la realidad.
Todo esto para decir que, a diez semanas de la elección, la derrota de Obama no se sostiene, ni intelectualmente. Pronto veremos si los electores —y la caprichosa aritmética del Colegio Electoral— están de acuerdo.
Mitt Romney tenía opciones. Pudo haber elegido a David Petraeus: General condecorado, experto en temas de seguridad nacional, arquitecto de la estrategia de retirada de Irak. A Condoleezza Rice: asesora de Seguridad Nacional y secretaria de Estado con George W. Bush, miembro de una minoría racial. O a Tim Pawlenty: ex gobernador de Minnesota, moderado, con amplia experiencia ejecutiva.
Sin embargo, para acompañarlo en el ticket presidencial, Romney eligió a Paul Ryan. Conservador, doctrinario, halcón fiscal, en el extremo derecho de la extrema derecha. Ninguno de estos términos asociados con frecuencia a su nombre terminan de describir plenamente al joven político —42 años— Representante por Wisconsin y ahora candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos —o, como dice el dicho, a un latido de corazón del Despacho Oval—. Ryan es un producto sui generis del conservadurismo estadounidense —en sí mismo sui generis— más recalcitrante. Un guardián del dogma y las buenas costumbres del partido; abanderado de una praxis ideológica en la que el alumno no solo supera al maestro, lo reprimenda y corrige.
Carismático y tremendamente versado en los aspectos técnicos más oscuros de la política fiscal y el presupuesto federal, Ryan pertenece a una nueva generación decepcionada por la poca valentía del liderazgo conservador de los últimos 25 años —de Bush padre a la fecha—. Su rol auto conferido es el de hacer cumplir la doctrina y apretar las tuercas del partido para devolverlo a su estado más puro. A pesar de haber llegado a la Cámara de Representantes en 1999 —con solo 28 años—, su nombre saltó a los titulares hasta el 2008, cuando retó a Obama con un presupuesto alternativo que se convirtió en el sueño húmedo de todo conservador de cepa.
Conocido como Path to Prosperity, el presupuesto de Ryan es un proyecto radical de redistribución del ingreso —de abajo hacia arriba— que llega a asustar a muchos dentro de su propio partido. La columna vertebral del proyecto es la reducción del déficit. Cuadrar las cuentas del Estado a cualquier precio. Y para conseguirlo, predica el congresista, solo hace falta reducir los impuestos y dejar libre el espíritu emprendedor estadounidense. El documento, vacío de cualquier análisis económico serio, está lleno de referencias a la Constitución, a Locke, a Durkheim, a Hayek y a Adam Smith. Una propuesta pomposa y grandilocuente que no cuenta con el respeto de economista calificado alguno.
En el semanario New York, Jonathan Chait disecciona al personaje y advierte: “no hay que perder de vista que Ryan fue entrenado en el mundo de los think tanks Republicanos de Washington. Y estos, a su vez, fueron creados desde la convicción de que los economistas mainstream estaban inevitablemente aliados con la izquierda. Crearon un ecosistema intelectual alternativo en el que sus ideas —el planeta no se está calentando, la distribución de la riqueza no es más desigual, etc.— no tienen que ser comprobadas empíricamente”. Ryan, concluye Chait, es el heraldo del dato blando, los seudo-hechos y la imaginación pura.
En los últimos 30 años uno de los coup d’état más espectaculares ha tenido lugar sin que la mayoría de los medios siquiera lo registrara. El asalto al establishment conservador tradicional. Este ha sido reemplazado por una facción más radical ideológicamente, menos respetuosa de las instituciones y sus rivales políticos y obsesionada con una agenda monotemática de degradación de las competencias del gobierno.
En su It’s Even Worse Than It Looks: How the American Constitutional System Collided with the New Politics of Extremism (Basic Books, 2012), Thomas Mann y Norman Ornstein se lamentan: “Uno de los dos partidos principales, el Republicano, se ha convertido en un actor integrista: ideológicamente extremo; en riña con la herencia social y el régimen económico; contrario al acuerdo; indiferente a los hechos, los datos y la ciencia; y desdeñoso de la legitimidad política de la oposición”.
Paul Ryan, mucho más que el propio Romney, es el más fervoroso apologista de esta nueva estirpe.
“La lujuria y el encuentro furtivo era exactamente lo que me gustaba. Lo mismo que le gustaba a Jack Kennedy, a Tennessee Williams y a Marlon Brando. Los cuatro éramos contemporáneos. Y los menciono porque éramos promiscuos de una manera en la que hoy, en la era del sida, ya no es posible”.
Al micrófono, Gore Vidal. En 1995. En entrevista con Charlie Rose. En el ocaso de su carrera como escritor, ensayista, crítico cultural, bon vivant y hombre público inquieto hasta la médula con la vida política de su país. El mismo que murió la semana pasada a los 86 años después de más de 60 de formar parte de esa reducida élite que dicta los términos de la conversación en Estados Unidos.
Obsesionado desde la infancia con la idea de ser presidente, Vidal abandonó el sueño y se dedicó a escribir prolíficamente sobre múltiples aspectos de la vida pública del país. De su historia política a sus miserias partidistas; de guiones para Hollywood —fue co-guionista del Ben-Hur de William Wyler— a ácidas críticas de sus líderes electos; de crónicas para Vanity Fair a una nutrida correspondencia con Timothy McVeigh, el terrorista de Oklahoma ejecutado en 2001.
Uno de los aspectos más interesantes del personaje era su visión de la sexualidad. Reducirla a un binomio le resultaba chocante, maniqueo, un tanto vulgar incluso. No creía ni en la heterosexualidad ni en la homosexualidad. Si tenía que definirse por algo lo hacía más bien por la bisexualidad. Por una condición quizá post sexual en la que no era necesario definir ni clasificar la identidad y condición sexual del individuo.
Algo similar le sucedía en política. Crítico acérrimo tanto de Demócratas como Republicanos, Vidal se ubicaba a la izquierda del centro, a medio camino entre un socialdemócrata europeo y una tradición de corte autoritario. En más de una ocasión llegó a afirmar: “No existe problema humano que no se resolvería si la gente simplemente siguiera mi consejo”. En 1960 se presentó a la Cámara de Representantes y en 1982 intentó cerrar el paso a Jerry Brown —gobernador actual de California— y conseguir la nominación al Senado por ese estado. En ambas ocasiones fracasó.
Sus duelos verbales en televisión con figuras como William F. Buckley —el ideólogo más brillante que ha tenido la derecha estadounidense— y Norman Mailer son materia de leyenda. Insultos, agresiones y sobre todo muchas horas de la mejor discusión acalorada sobre la esencia de la República, el papel del gobierno, la moral en la guerra y el rol del intelectual público. Vidal detestaba rabiosamente la corrección política estadounidense y a sus principales apologistas: los mainstream media.
En los años sesenta comenzó un autoexilio sui generis en un palacete de la costa amalfitana. Se instaló en Ravello, con el Mediterráneo a sus pies y Pompeya y Nápoles a tiro de piedra. Desde allí y durante más de cuatro décadas mantuvo su particular punto de observación de la realidad estadounidense. Al final de su vida y con su pareja de más de 50 años enferma —el secreto para mantenerse juntos, aseguró en varias ocasiones, era “no acostarme con él”—, se mudó de vuelta a Estados Unidos.
Como sucede con casi todo escritor de su estatura —y ego— la sensatez intelectual no siempre fue fiel compañera de Vidal. Partidario de las teorías de la conspiración llegó a afirmar que Roosevelt provocó deliberadamente el ataque japonés a Pearl Harbor y que George W. Bush tenía conocimiento previo de los ataques del 11 de septiembre. ¿Cómo llegó a estas conclusiones? La respuesta y la evidencia se las llevó a la tumba.
En esa misma entrevista de 1995, Charlie Rose le preguntó: “¿Qué te enorgullece más de tu obra: las novelas, los ensayos, qué?” La repuesta de Vidal sintetiza tanto su obra como su vida. “A lo largo de mi vida conseguí que la gente viera de una manera muy distinta tanto el sexo como la República Americana. Cada cierto tiempo conseguí cambiar el sentido de la conversación en estos dos temas fundamentales”.
Sexo y política, pues, entrelazados en su más sofisticada expresión.
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Las campañas presidenciales en Estados Unidos tienen una característica que las ubica por encima de la mayor parte de los procesos electorales: el escrutinio mediático. Profesional, exhaustivo e implacable con los candidatos. Sean del partido que sean. Una de las razones por las que las campañas se extienden a lo largo de tantos meses es para que la prensa haga esa labor. Y, las más de las veces, la hace. Con rigor, seriedad y, más importante, desenterrando facetas desconocidas de aquellos que aspiran a gobernar el país. En otras palabras, gracias a la prensa, la vida de los candidatos se convierte en un libro abierto. Un elemento fundamental del proceso democrático.
Eso, precisamente, es lo que está sucediendo con Mitt Romney en los últimos días. Su vida profesional, que ha intentado blindar y esconder de la luz pública —rehúsa, por ejemplo, presentar sus declaraciones de impuestos de los últimos años, como es práctica habitual entre los candidatos que aspiran al Despacho Oval— está siendo revelada capa a capa por investigaciones especiales de la prensa.
El eje de las críticas al candidato se centran sobre sus actividades en Bain Capital, la compañía financiera que dirigió y convirtió no solo en su mina de oro personal, sino también en una de las empresas más eficaces del ramo. ¿Qué hace Bain? Sus actividades se ubican a medio camino entre la gestión de capital de riesgo, los fondos de inversión y la restructuración empresarial. Una compañía que se especializa principalmente en hacer más eficaz la gestión de las propias empresas. De reinventar procesos: contables, financieros y operativos.
El escrutinio público —de los medios de comunicación y más recientemente de la campaña de Obama— gira en torno a las prácticas empresariales de Bain y el tipo de capitalismo que Romney favorecería como presidente.
Desde hace meses diversos medios han investigado a Bain y encontrado una empresa que opera muy cerca de los márgenes de la ley. En esas zonas grises en las que fácilmente se transgrede y en las que sus prácticas —sobre todo para un aspirante a un cargo público— resultan más que cuestionables. El tipo de operaciones por las que Bain se ha caracterizado a lo largo de las últimas dos décadas son precisamente de ese capitalismo financiero de alto riesgo que entró en desdicha después de la caída de Lehman Brothers en 2008.
Compañías tapadera en paraísos fiscales; deudas colosales financiadas por complejos mecanismos que blindan legal y financieramente las pérdidas a las filiales en Estados Unidos; políticas de outsourcing siempre a la búsqueda del mínimo denominador común; y esquemas contables en los que en muchos casos el pago de impuestos en Estados Unidos es prácticamente inexistente. ¿Ilegal? No. Pero sí cuestionable para un aspirante a la presidencia.
Y, ahora —y aquí viene a cuento la importancia del escrutinio público de la prensa—, el candidato republicano se intenta alejar tanto de su papel como presidente de la compañía como de las prácticas instituidas. En las últimas semanas hemos visto una lucha sin tregua entre la campaña Republicana —que intenta esconder datos sobre las actividades de Romney— y una prensa que indaga como sabueso en los detalles y documentos más oscuros y olvidados. Así, recientemente nos enteramos que en 1999 Romney informó a la Securities and Exchange Commission que dejaba todos los cargos de responsabilidad en Bain. A lo que no renunció durante los siguientes años fue a las recompensas económicas de la compañía. Y en 2002, con el ojo puesto en avanzar su carrera política como gobernador de Massachusetts, Romney aseguró tener residencia legal en el estado debido a sus cargos en la compañía cuando en realidad no vivía allí.
El efecto puede ser letal. Pocos días después de que se hicieran públicos estos hechos, el número de búsquedas en Google por Bain y su situación fiscal se dispararon exponencialmente. Sobre todo en los estados denominados indecisos.
La prensa de investigación, pues, se ha anotado un tanto y ha hecho la primera gran revelación de la temporada electoral. La figura y solidez moral de Romney muestran grietas. Grietas que con el debido tiempo bien podrían derrumbar al candidato. Porque en algunos países, lo que investiga y revela la prensa, sí tiene consecuencias.
La cifra de nuevos empleos anunciada el viernes es más que un balde de agua fría para Obama y sus posibilidades de reelección. El agua, en este caso, es gélida. El nuevo dato es doblemente malo: se ubica muy por debajo del crecimiento necesario para volver a los niveles de empleo anteriores a la crisis y encadena el tercer mes consecutivo en el que el mercado laboral no crece al ritmo necesario —entre 150.000 y 175.000— para llegar a noviembre con un escenario favorable para el presidente.
El dato clave del viernes son 80.000 nuevos empleos creados a lo largo del mes de junio. Previsiones pesimistas de Goldman Sachs y otros observadores apuntaban a la franja de 100.000 a 125.000. Un mes más en el que no se cumplen las expectativas mínimas. La cifra confirma el estancamiento generalizado de la economía y entierra por completo la hipótesis de algunos economistas que aseguraban que el mercado laboral estaba creciendo a un ritmo más rápido del reflejado por las cifras oficiales debido a ajustes estacionales que no estaban contemplados en los modelos de medición.
El empleo y su mal estado han cambiado ya el clima electoral. Las previsiones de principios de año que apuntaban a que se podría llegar a noviembre con un índice de desempleo por debajo del 8% hoy parecen virtualmente imposibles de cumplir. Obama está ante un dilema: ¿cómo defender una gestión económica que sigue siendo aceptada por la mayor parte de los economistas pero que no ha dado los resultados esperados? En esta pregunta radica, en mi opinión, la clave electoral del mensaje de Obama. Será su capacidad para explicar a un electorado frustrado y decepcionado la enorme complejidad de las medidas económicas tomadas en los últimos tres años lo que hará que gane o pierda la elección. Tendrá que saber enmarcar con suficiente amplitud —y detalle al mismo tiempo— la realidad económica del país y las medidas de corto y largo plazo tomadas para desatascar el empleo. En Ohio, la semana pasada, lo intentaba explicar así: “Quiero volver a los tiempos en los que la clase media y aquellos que buscan ingresar en ella tengan seguridades básicas. Tenemos que enfrentarnos a lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas”.
Sin decirlo explícitamente —en parte en ello radica la complejidad del mensaje que debe transmitir— Obama apunta a un proyecto de reconstrucción económica nacional de la clase media en un país en el que cualquier esfuerzo federal es recibido con escepticismo y desconfianza. El reto principal, en otras palabras, radica en desmontar los mitos económicos con los que se ha regido el país durante los últimos 30 años de una manera entendible y clara para el votante promedio de clase media sin que le resulte amenazante.
Romney, por el momento, se limita a lanzar la trillada y vacía interrogante típica de cualquier oposición: ¿más de lo mismo o cambio verdadero? Sin abordar la verdadera problemática económica a la que se enfrenta Estados Unidos, el candidato Republicano receta impuestos bajos y mínima intervención del gobierno como fórmula universal e infalible para resolver sus problemas. Se limita, sin más, a atribuir el pobre desempeño económico a la gestión política de los últimos tres años.
Será en el contexto de la lucha entre estas dos visiones donde los candidatos disputarán el mayor número de votos. Para cada uno, el objetivo fundamental será acercar —o alejar— el análisis de los acontecimientos en relación a las premisas antagónicas de las que parte cada uno.
Por lo pronto, la mala tendencia en el empleo ya se asoma en las encuestas. Ayer, el Washington Post y ABC cifraban en 47% la intención de voto tanto para Obama como para Romney. Y aunque todavía es pronto para otorgarle demasiada importancia a la demoscopia, sin ninguna duda la ventaja con la que partía Obama a comienzos de año se ha recortado. También, sin ninguna duda, la variable fundamental marcando el movimiento de esta tendencia es la oscilación de la cifra del empleo.
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¿Victoria clara y rotunda para Obama o una decisión dividida y demasiado imbricada para poder establecer una conclusión contundente? Esa es la pregunta que flota sobre Washington desde el viernes pasado, cuando la Suprema Corte de Justicia se pronunció sobre el Affordable Care Act o, como se conoce popularmente, Obamacare. La reforma sanitaria, la apuesta legislativa más importante del Gobierno, fue impugnada por varios estados y llevada hasta la máxima instancia judicial.
Pocas decisiones han provocado tal expectativa y dividido tanto al país; pocos temas nos llevan de manera tan clara al corazón de la confrontación política en Estados Unidos.
La decisión del viernes tiene dos implicaciones importantes. La primera, estrictamente política, gira en torno a determinar si la apuesta de Obama por transformar el sistema y la estructura sanitaria es legal. Es decir, si la apuesta política más importante del presidente, en la que invirtió buena parte de su capital inicial y en la que pasó el mayor número de tiempo trabajando, era respaldada por el Supremo. La resolución de la corte, en términos amplios, fue que sí: la ley es legal y no vulnera ninguno de los principios impugnados por los estados que demandaron al Gobierno. Mucho estaba en juego para Obama en esta cuestión simplemente porque, de haber sido derribada toda o parte de la ley, la percepción de su liderazgo hubiera cambiado de manera inmediata: un presidente que invirtió tanto tiempo y esfuerzo en una iniciativa que termina siendo tumbada por el Supremo, hubiera sido percibido como naif.
Resuelto el tema político, la segunda y más importante cuestión es cómo se implementará una ley tremendamente compleja que busca brindar cobertura sanitaria a más de 40 millones de personas. Aquí, la resolución de la Corte es más complicada y existen múltiples interpretaciones sobre el significado último de la resolución y qué podría suceder entre ahora y 2014 —cuando la mayor parte de las estipulaciones de la nueva ley tendrían que entrar en vigor—. Tanto detractores como partidarios han declarado que la sentencia del viernes es un triunfo para su causa.
Los detractores (principalmente dentro del Partido Republicano) hacen una interpretación de largo aliento en la que el voto decisivo, del juez conservador y presidente de la Corte John Roberts, sienta las bases para restringir el papel del Gobierno en decisiones futuras. Es decir, interpretan la decisión de cinco votos contra cuatro como una jugada preventiva y brillante en la que aunque ahora no se derriba Obamacare, hará más fácil restringir esta y acciones similares en el futuro. Un columnista del Washington Post lo resumía así: ¿Perdieron los Republicanos la batalla de la reforma sanitaria pero ganaron la guerra?
Para Ezra Klein, uno de los expertos en el tema, el fondo de la decisión del viernes fue una maniobra judicial muy inteligente en la que básicamente la Corte se pronunció sobre los aspectos macro y dejó los micro (los que determinarán al final de cuentas cómo se implementará la ley) para ser resueltos por quien sea que ocupe el Despacho Oval en 2013.
Lo que de facto convierte inesperadamente la reforma sanitaria en el tema estelar de la campaña presidencial. Aprobada en el Congreso en 2010 y sentenciada por la Suprema Corte en junio de 2012, nadie esperaba que la resolución final de la reforma se llevara hasta las presidenciales del otoño y se convirtiera en tema de campaña.
El ganador en noviembre, asegura Klein, “decidirá el futuro del Affordable Care Act. Y no solo eso, muy probablemente tendrá la oportunidad de nominar a uno o más jueces a la Corte, lo que determinará si esta continúa moviéndose hacia la derecha o da un giro a la izquierda. Así que aunque poco cambió con la decisión del viernes, fue un recordatorio de cuánto podría cambiar en noviembre”.
Los dados se cargan todavía más para la presidencial de noviembre. Elegir entre Obama o Romney se convierte también en una elección entre dos filosofías sobre el ejercicio y alcance del poder del Gobierno federal.
Tags: Elecciones presidenciales, Presidenciales 2012, Reforma sanitaria

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