Source: http://redroja.net/index.php/noticias-red-roja/opinion/1419-acerca-de-la-teoria-marxista-sobre-el-desarrollo-de-los-principios-politicos-en-su-relacion-con-la-practica
Timestamp: 2018-03-18 09:29:13+00:00

Document:
Red Roja - Acerca de la teoría marxista sobre el desarrollo de los principios políticos en su relación con la práctica
Publicado en Viernes, 04 Enero 2013 08:33
Escrito por Vicente Sarasa Cecilio
“No puede comprenderse totalmente ‘El Capital’ de Marx
y en particular su capítulo I sin haber estudiado mucho
y sin haber comprendido toda la lógica de Hegel.
Por lo tanto, ninguno de los marxistas que vivieron
cincuenta años después que él ha comprendido a Marx”
(Lenin , Cuadernos Filosóficos, 1914-15)
Recientemente en el marco organizativo de Red Roja ha habido ocasión de incursionar en el plano estrictamente teórico de nuestra concepción del mundo al cuestionarse la pertinencia de las denominaciones con las que, históricamente, variadas corrientes políticas comunistas han dado en “actualizar” al marxismo echando mano del “guionismo”: marxismo-leninismo, marxismo-leninismo-maoísmo, etc.
Así, en su último encuentro estatal, Red Roja ha llegado a plantear que "como organización comunista, [nos reivindicamos] evidentemente tanto del marxismo como del leninismo, y no [hacemos] de esta doble condición mayor problema en el plano de la lucha política", pero considera que incluso "el advenimiento en su día [del] primer guión intermedio [el del mismo marxismo-leninismo] no ayudó a la comprensión dialéctica de la propia teoría marxista y está en la base del esquematismo o etapismo y del dogmatismo".[1] Seguidamente en ese mismo documento se avanza al respecto una argumentación teórica con la clara pretensión de sustentar que no estamos ante un simple problema de utilización de términos sino ante la misma cuestión de la comprensión profunda del marxismo: "En realidad, en el terreno estrictamente teórico, bastaría con llamarnos marxistas, porque el marxismo incluye su propio desarrollo sin necesidad de añadir etapas o ‘pensamientos principales’. Al tiempo, la propia teoría marxista nos enseña que ella no sólo es incompleta desde el punto de vista teórico (es decir, siempre es ampliable y precisable en base a la práctica), sino que jamás puede recubrir (ni lo pretende) completamente la riqueza de la propia práctica política, no ya para analizar un fenómeno concreto, sino para caracterizar las diferentes formaciones socio-económicas en sus propios desarrollos y transformaciones históricas."
Lo que estas declaraciones vienen a plantear en el fondo –sobre todo la segunda lo hace de manera más explícita- es la relación de toda teoría (incluida la marxista) con la práctica que queremos transformar revolucionariamente. Y para comprender esa relación es fundamental adentrarse en cómo se desarrolla la propia teoría –también los principios- y cómo una teoría correcta “se ve a sí misma” con respecto a la práctica. En definitiva, interesa avanzar en la comprensión de qué es lo que viene a plantear la teoría marxista acerca de la misma teoría, incluyendo en esta a los principios comunistas en su condición de sistematizaciones teóricas (como los definía Engels). Pues bien, sobre esta cuestión, desde Red Roja estamos en disposición de ir más allá de unas declaraciones generales –no se podía ir más lejos en unos documentos congresuales que buscan, sobre todo, una guía de acción para la militancia- y ofrecer una serie mucho más amplia de reflexiones y argumentarios que en los últimos tiempos ya han sido objeto de discusión fructífera entre una parte de su militancia. Y es que, sencillamente, este asunto, en los términos arriba planteados, no es nada nuevo: supera ya largamente la decena de años.
Efectivamente, será al calor de una polémica concreta que tuvo lugar en 1999 en el interior de la organización en que entonces yo militaba –el PCE(r)- cuando se aborda por primera vez este asunto de la teoría marxista. Insistamos: al menos, en los términos referidos arriba. Se trataba de una discusión que surgió a raíz de un primer artículo que se titulaba “Lo universal y lo particular” y donde su autor –el secretario general de ese partido- procedía a una crítica de la línea teórica de Mao poniéndola en relación con la dirección política impresa en la construcción del socialismo en China y con las propias desavenencias surgidas dentro del movimiento comunista internacional.
El caso es que, para su crítica a Mao, el autor escogió una modalidad con mucha “filosofía” de por medio y, además, en términos que no hacían ciertamente asequible el debate. Así, alertaba sobre la desviación del “marxismo-leninismo” que suponía que Mao pusiera el acento en la “particularidad de la contradicción” en su relación con lo universal a la hora de la construcción del socialismo en China. Lo universal se asociaba a los principios comunes generales del comunismo y lo particular a su aplicación concreta. Desde el mismo comienzo se planteaba que, por el hecho de centrarse en la “particularidad de la contradicción”, Mao iba a configurar toda una concepción (por supuesto, incorrecta) sobre el problema de la contradicción entre lo universal y lo particular. Y pronto se nos daba a conocer el motivo profundo: "...a Mao se le escapa la conexión entre lo universal y lo particular. Además él no concibe lo universal como el contenido esencial de lo particular, ni encuentra en lo particular la forma concreta en que se manifiesta lo universal" (Lo universal y lo particular, M.P.M). Con la misma terminología, le seguiría todo un añadido de formulaciones teórico-filosóficas sobre lo universal y lo particular como, por ejemplo, considerar lo primero, lo universal, como el “todo capaz de parir infinitos particulares”, etc., etc.
Al margen de consideraciones acerca de la pertinencia de la modalidad elegida en la crítica, expresé mi opinión de que, en cuanto a los contenidos vehiculados, se había adoptado una vía teórica incorrecta. Una vía que, de antemano, ni podía servir para valorar plenamente la posición que Mao sostuvo contra los dogmáticos -al defender que había que centrarse en las particularidades de la revolución China, tanto ante el problema de la toma del poder como luego a la hora de afrontar el inevitable y largo proceso de transición al socialismo en una “sociedad atrasada”- ni ayudaba a descubrir correctamente los errores que el mismo Mao pudiera haber cometido, no ya sólo en su práctica concreta, sino a la hora de generalizar, de conceptuar, de desarrollar la teoría revolucionaria a partir de la experiencia “particular” de la revolución china.
Por eso, más allá de ver la justeza o no de la peculiar crítica a Mao que se estaba realizando, sobre todo valoré que había que entrar en este debate porque se estaba dando sustento teórico “universal” al dogmatismo y al esquematismo, al alimentar la incomprensión de los principios (lo universal) y de cómo ir de la mano de ellos a la realidad (lo particular). Sólo por ello merecía la pena entrar al semejante envite que implicaba tener que “lidiar” con los términos en que se estaba planteado un debate que no podía dejar de tomar un aire excesivamente dificultoso y teoricista. Tras un primer escrito crítico mío, “Sobre el artículo Lo universal y lo particular”, se recrudeció la polémica apareciendo sucesivas respuestas y contrarrespuestas.
Con todo, la verdad es que finalmente aquella polémica supuso una oportunidad especial para dar unas cuantas “vueltas de espiral” (por emplear los términos de Lenin) en la comprensión marxista de "la relación que se da entre los principios y la realidad que queremos transformar" (expresión justificativa que utilicé al comienzo de mi primera respuesta) y cómo afectaba a esta compresión lo que se dijera acerca de “lo universal y lo particular”.
La misma introducción de mi escrito “Sobre el artículo Lo universal y lo particular” terminaba así: "Antes de descubrir en qué grado se ‘salió por la tangente’ Mao en sus análisis, lo que tenemos que ponernos de acuerdo es en cuándo nos salimos por la tangente a la hora de hacer un análisis particular, cuándo comenzamos a abandonar los principios universales. O, ¿por qué no?, visto desde el otro lado del asunto: ¿hasta dónde debemos ‘particularizar’, ser ‘concretos’ ante lo nuevo que se nos presenta, para verdaderamente afirmar que dominamos los principios? Porque de lo que se trata es de garantizar una correcta fusión entre los principios y la necesidad de avanzar en el conocimiento y la transformación de la realidad. La cuestión no está simplemente en que nos agarremos a los principios (lo que en muchas ocasiones basta aunque se haga por ‘puro instinto’), sino en encontrar el mejor camino para que agarren bien en nosotros."
Fue, por tanto, a partir de una polémica en un marco militante muy concreto -y sobra decir que muy especial a la hora de dar a conocer y extender los debates- cuando comenzaron a fraguarse los “mimbres” que han dado lugar a las tesis expuestas en las declaraciones arriba recogidas de Red Roja. Aunque ciertamente, su verdadera base teórica ya estaba más que sintetizada por los clásicos del marxismo desde sus primeras obras más “filosóficas”.
Pues bien, el presente escrito es una edición de aquellos artículos de 1999 con el fin de que se sepa algo más de los contenidos que toda esta cuestión de “la teoría marxista de la teoría y de los principios” ha dado ya de sí en nuestro ámbito[2]. Así, se situará mejor su tratamiento (históricamente también), optimizando las bases sobre las que proseguir un debate que, en realidad, hace tiempo que habría requerido que se afrontase lo más públicamente posible, pero que el particular contexto militante en que se dio no jugó a favor de ello.
Es claro que aquí ya no se trata de reproducir polémica alguna concreta, sino de hacer sobresalir las consideraciones que ahora interesan, desprendiéndolas el máximo posible de las particularidades y detalles propios de la discusión militante en que se dieron; lógicamente, allí donde se requiera se procederá a la contextualización de determinadas formulaciones. Igualmente hay que recalcar que este escrito no se pone como objetivo la crítica específica de las obras y prácticas de Mao y de Stalin sino que surge, como ya se ha dicho, de la necesidad de profundizar en la comprensión de la relación dialéctica entre lo universal y lo particular; una correcta comprensión que quedaba, en mi opinión, comprometida a partir de la base de argumentos y tesis generales expresados en los artículos que critiqué en 1999. Esta es la razón por la que en el presente trabajo las citas que aparecen pertenezcan, más que nada, a los principales clásicos del marxismo anteriores a los líderes revolucionarios citados; lo que de, alguna manera, ayuda también a visualizar que estamos ante un problema general previo a la crítica particular de estos.
Se impone, antes de proseguir, una última consideración de carácter histórico acerca de la “osadía antiguionista”. En realidad, fue la persona con la que polemicé –Manuel Pérez Martínez[3]- quien en un escrito crítico con Abimael González (camarada Gonzalo), en el año 1992, terminaba el mismo afirmando que bastaría con denominarnos marxistas a lo sumo revolucionarios, saliendo al paso de aquellos que se reconocían exclusivamente en el marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento principal Gonzalo. No obstante, aquello no fue más allá de aquel artículo, en una especie de compensación a tanta inflación guionista. En todo caso, quede constancia de ello por justicia, pero también porque, como habrá ocasión de comentar, las categorías y tesis están, en rigor, en permanente proceso de precisión y, en ese sentido, los contextos y momentos de “destilación” conviene tenerlos muy en cuenta a la hora de emitir valoraciones y, lo más importante, contribuir a su desarrollo ulterior.
He intentado acompañar esta edición de un esfuerzo “simplificador”, pues no se me escapa lo tedioso que puede resultar meterse en este asunto, máxime en los términos que ha habido que emplear. Sin embargo (o por eso mismo), debemos insistir en que estamos ante un tema que, por crudo que pueda parecer por su naturaleza teórica, es de gran importancia para avanzar en el dominio del marxismo incluso, paradójicamente, para nuestra lucha más cotidiana y, como veremos, en lo que se refiere a la relación de cualquier teoría política con la práctica. Y es que tal como decía en “Comentario a ¿Marxismo o particularismo?”: "[se] ha llevado la discusión -más allá de lo que se propusiera- no al asunto de si se han aplicado correctamente los principios, sino al previo ‘en qué consisten los principios’. Y más aún: nos encontramos de nuevo enfrascados en el problema del proceso de conocimiento (…) y cómo influye en nuestras tareas diarias en la actividad revolucionaria; actividad que puede afectarse ya por el empirismo (prescindir de la teoría y su propio desarrollo como síntesis de la experiencia acumulada), ya por el principismo a la hora de abordar cuestiones ‘menores’ ante las que mantenemos una actitud prepotente, declarando que no nos hace falta ‘caer en detalles’ porque dominamos lo esencial."
La discusión sobre el origen y desarrollo de los principios es fundamental para que la lucha contra el revisionismo sea a su vez efectiva sin que se nos cuele el dogmatismo. Es cierto que, en general, el revisionismo es mucho peor que el dogmatismo, pero no toda acusación de dogmatismo puede ser contestada con que los revisionistas suelen responder con dicha estigmatización cada vez que se les desenmascara. Los revisionistas no lo son por el envoltorio (que puede expresar frases generales correctas, eso sí, descontextualizadas) de sus críticas, sino por el contenido incorrecto de lo que pretenden expresar; no porque digan, por ejemplo, que hay que analizar en concreto, sino porque lo desvinculan de los principios; es decir, de toda la experiencia anterior sistematizada teóricamente, como nos enseñaba Engels que era el comunismo teórico.
A propósito de esto último, nada mejor que traer desde el principio (precisamente) lo que los fundadores del marxismo pensaban acerca de los principios comunistas ya en los primeros años de su actividad teórica. Allí donde se ha dado a conocer la siguiente maravillosa cita de Engels no ha dejado de causar profunda impresión y, en algún que otro caso, un cierto estupor por el lenguaje empleado. Y sin embargo, en sus últimos años, como tendremos ocasión de comprobar, tuvo que insistir en aquellas tesis de… sus principios:
"El señor Heinzen se imagina que el comunismo es una cierta doctrina que partiría de un principio teórico determinado -el núcleo- a partir del cual se deducirían consecuencias ulteriores. El señor Heinzen se equivoca mucho. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no parte de principios, sino de hechos. Los comunistas no tienen por presuposición tal o tal filosofía, sino toda la historia pasada y especialmente sus resultados efectivos actuales en los países civilizados. El comunismo es el producto de la gran industria y de sus consecuencias, de la edificación del mercado mundial, de la competencia sin obstáculos que le corresponde, de las crisis comerciales cada vez más fuertes y universales y que ya se han convertido en perfectas crisis del mercado mundial, de la creación del proletariado mundial y de la concentración del capital, de la lucha entre el proletariado y la burguesía que de ello se deriva. El comunismo, en la medida en que es teórico, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y el resumen teórico de las condiciones de liberación del proletariado." [4]
Así que el comunismo, en tanto que teoría, no es sino el resumen de las condiciones (históricas) en que se dan (en los hechos) la liberación del proletariado. De ahí que podamos afirmar también que todo este tema de la comprensión de los principios es también vital para, a su vez, comprender históricamente el propio devenir real que ha seguido el movimiento comunista y sus diversas experiencias de poder, así como de las luchas ideológicas que en su mismo seno se han venido desatando. No en balde, otro de los escritos que redacté en aquellos años, en que tanto se hablaba de la “crisis del comunismo”, se titulaba “Comprensión de la crisis, crisis de la comprensión”.
A este respecto incluyo en la presente edición un par de apartados en los que, haciendo referencia a la problemática histórica de la construcción socialista en la Unión Soviética y China, en realidad se extraen generalizaciones que se aplicarían a todos los países que se adentran en la revolución socialista desde condiciones de retraso histórico dentro del capitalismo y en la época del imperialismo y con el centro de países capitalistas desarrollados aún “intacto”. Inevitablemente, el tratamiento que en este escrito se le da a esta problemática histórica queda impregnado de esa terminología “filosófica” propia de aquel debate de 1999 sobre “lo universal y lo particular”; un debate que luego se prolongó con la cuestión de la “unidad de contrarios”, donde intervine con un texto que es la base del segundo de los apartados a que me estoy refiriendo.
Ya casi a modo de anexo, finalizo con un apartado que versa sobre la “inevitabilidad de las malinterpretaciones” en relación directa con la teoría marxista sobre cómo avanza el proceso de conocimiento. Es tal la potencia clarificadora que se desprende de los textos incluidos ahí -pertenecientes a figuras tan destacadas del marxismo- que espero que se haya tenido la paciencia suficiente (y soy consciente de que habrá de ser mucha) para llegar al final del presente trabajo y descubrir semejantes joyas...
2. Lo universal y lo particular. La realidad como principio de los principios que nunca terminan de completarse ni de explicar del todo la realidad, ni lo pretenden.
Ciertamente, hablar de universal y particular suena bastante abstracto. Con respecto al asunto que ahora más nos debe preocupar –el desarrollo de la teoría, de los principios y cómo vamos con ellos a la realidad- dicha contradicción se nos hace más entendible cuando la ligamos a la relación que se da entre el proceso de conocimiento por parte de nuestro cerebro y la realidad exterior. ¿Cómo surgen las categorías teóricas y, en general, toda suerte de conceptos? En este sentido, como podremos ver, los principios del socialismo científico también siguen las mismas leyes de nacimiento y desarrollo que Marx describe para todas las categorías cuando aborda en los Grundisse el método que va a seguir para estudiar la economía política.[5]
De la mano de las categorías teóricas nos adentramos en la complejidad de la realidad y la comprendemos mejor. Y conforme más se va desarrollando la realidad material y nuestro propio conocimiento, más también se van desarrollando las categorías existentes y surgen otras. Pero las categorías son una elaboración del cerebro, y jamás coinciden (ni pueden) exactamente con la realidad material. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en la Ley del Valor que descubriera Marx.
No encontraremos determinación exacta de la Ley del Valor en la práctica: es un concepto. Sería una pérdida de tiempo querer descubrir concretamente qué resultado exacto da la aplicación de la Ley del Valor a una mercancía particular. Pero el desorden aparente de los movimientos de los precios sólo desaparece desde que aplicamos dicha ley. Por eso es verdadera, aunque jamás se materialice exactamente en un precio concreto. Es más, a pesar de su única existencia en la teoría, es mucho más verdadera para explicar el movimiento de los precios que cualquier media de éstos que hagamos entre un grupo de mercancías que elijamos, por más práctico que nos parezca esto último. Y es que lo verdadero no es sinónimo de práctico-concreto. Si Marx no hubiese partido de esto, nunca habría podido establecer –mediante un proceso de abstracción intelectual- la siguiente verdad teórica superior: el valor de una mercancía es el tiempo socialmente necesario para elaborarla. En la necesaria ambigüedad (falta de concreción práctica) del término “socialmente” radica la precisión teórica del concepto; y paradójicamente, la comprensión de la maraña práctica que rodea a los precios.
En el primer artículo objeto de mi crítica -“Lo universal y lo particular”- se venía a censurar a Mao por querer generalizar (de manera universal) a partir de la realidad de China ya que, en todo caso, a la situación socio-económica de su país, tenía que haberle dado tratamiento de "individual como excepción o particular" como aquello "que se queda fuera de lo universalmente dominante o establecido". Lo universalmente dominante o establecido eran los cinco regímenes de producción que conoce el análisis marxista[6]. Pero entonces habría que decir, por ejemplo, que en la práctica todos lo regímenes considerados feudales (unos más, otros menos; cuestión de grado) se quedaron en lo “individual excepcional”, ya que como nos dice Engels en una interesante carta donde habla de lo que estamos exponiendo, para encontrar la "expresión más clásica (la más coincidente con su concepto) del feudalismo [hay que irse al] reinado efímero de Jerusalem" (en el período del siglo XI al XIII). Transcribamos más ampliamente dicha carta pues versa magníficamente sobre la relación entre la realidad y los conceptos que producimos para explicárnosla:
"Las objeciones que usted hace a la ley del valor conciernen a todos los conceptos, cuando se les considera desde el punto de vista real (...) El concepto de una cosa y la realidad de ésta transcurren de lado a lado, como dos asíntotas que se acercan sin cesar pero sin jamás unirse. Esta diferencia entre ellos, es precisamente la que hace que el concepto no sea inmediatamente la realidad, y que la realidad no sea su propio concepto. Del hecho de que un concepto posea la naturaleza esencial del concepto, por tanto que no coincida inmediatamente, a primer golpe de ojo, con la realidad, a partir de la cual en primer lugar ha habido que abstraerlo, no puede deducirse que el concepto no sea más que una ficción, a menos que Vd. no llame ficción todos los resultados del pensamiento porque la realidad no corresponda a estos resultados más que por una larga vuelta y que, incluso entonces, nunca se acerquen sino de una manera asintótica." [7] [subrayados míos]
En aquella polémica de 1999 afirmaba por mi parte que sí que hay que estudiar en concreto las formaciones económicas, sacar sus conexiones (leyes) en función de nuestras necesidades políticas, utilizando las categorías económicas como modelos teóricos muy necesarios, muy verdaderos (no son una ficción a pesar de su condición conceptual), pero de la misma manera que estudiamos el movimiento de precios echando mano de esa categoría teórica que es la Ley del Valor. Históricamente todo esto hay que tenerlo más en cuenta si cabe en “sociedades en transición”, atrasadas desde el punto de vista capitalista, donde en muchos casos hablar de socialismo en la práctica concreta esconde un cierto voluntarismo y utopismo.
En general, toda la realidad es una completa transición con respecto a los modelos teóricos, a las categorías, pero sin las cuales la realidad sería -como lo fue antes del materialismo histórico- una completa confusión. Y esto es válido en todos los dominios de la vida, de la ciencia. Efectivamente, el hombre, “artificialmente” y por necesidad, divide la ciencia. Pero no hay fronteras estancas entre los diferentes dominios. ¿Qué leyes específicas sigue el interior del átomo?: ¿químicas, físicas, electrofísicas? Esos seres multicelulares que no sabemos si son plantas o animalitos, ¿siguen las de la botánica o la de la biología? ¿O en estos casos, dicho seres “ambiguos” no tienen su “esencia particular definida”? La cáscara del huevo ¿sigue las leyes de la biología o la de la geología?
Por lo demás, los principios no existen de antemano. Y no es verdad que la práctica se va a encargar de “dibujarse” conforme a ellos. Por más universales que sean, se deducen conforme se acumulan las experiencias prácticas. Pero, es más, el conocimiento de esos principios se va precisando en la medida en que se realiza cada vez más práctica, según se vayan desarrollando más y más “particulares”. Por lo tanto, sin los procesos “particulares” concretos no existirían los principios universales (estos no surgen de meras especulaciones de ninguna cabeza pensante, por brillante que esta sea). De la misma manera, sin realidad material no habría conceptos. Esto es lo que significa que “lo universal reside en lo particular”, como afirmaba Mao. Principios tan universales y consolidados como el de la explotación del obrero como única fuente que tienen los capitalistas para obtener plusvalía se han establecido por una práctica acumulada y en expansión, y no se han podido conocer antes de poder darse en esa práctica y tras un proceso analítico que, en el caso de la plusvalía, fue Marx quien principalmente lo llevó a cabo.
Principios como este ya están lo suficientemente desarrollados como para considerar que ninguna práctica “particular” nueva pueda precisarlos en “esencia” más de lo que ya están. Podrían parecer eternos, pero tienen su propia gestación histórica. En teoría, cualquier práctica nueva es susceptible de precisarlos más, siempre que analicemos esa práctica teniendo en cuenta la abrumadora suma de particulares anteriores (y por tanto, toda la universalidad que ya se ha desarrollado sobre estos asuntos). Son principios, en fin, lo suficientemente establecidos como para que podamos asignar, por ejemplo, a cualquier particular explotación capitalista (china, keniata, australiana, etc.) el carácter de simple “forma” (ahora sí) “sin” contenido añadido apreciable alguno.
Pero hay otras cuestiones que están poco desarrolladas, desde el punto de vista universal, y podemos decir que los nuevos procesos particulares que plantean esas cuestiones tienen mucho relativamente hablando de universal. A partir de esos procesos es como se desarrollarán nuevas leyes universales que nuestro cerebro deducirá. Durante el proceso revolucionario chino, previo a la toma del poder, la forma en que se relacionan las clases en los países atrasados (desde el punto de vista del desarrollo capitalista) que acceden a la revolución en la época imperialista, era una cuestión que tenía menos (en comparación con otros asuntos) de universalmente establecido. Y no digamos nada acerca de cuánto se puede deducir ahora con respecto a la edificación socialista en ese tipo de países, y además cercados por el imperialismo, en relación a la época de Stalin y Mao en base a la experiencia acumulada. (Más abajo volveremos más concretamente sobre la problemática especial, y “no tan conocida a priori”, con la que se encuentran los comunistas ante los procesos revolucionarios por el socialismo en la “periferia” del sistema capitalista internacional)
Ante estas cuestiones tan “desconocidas”, se trata de centrarse en lo particular, no ya porque siempre haya que hacerlo para estudiar algo en concreto sino también para aumentar el fondo universal del socialismo científico, de tal manera que se establezcan las leyes que conexionan todos estos procesos revolucionarios particulares con la época del imperialismo. Es mucho mejor centrarse en lo particular que perderse en especulaciones teóricas demasiado generales que, por muy revestidas de principios que aparezcan, no van a resolver ni un ápice.
Nada de esto debe confundirse con desarrollar etapas por cada problema o conjunto de problemas nuevos que se planteen: el marxismo incluye su propio desarrollo sin necesidad de añadir “pensamientos principales”. De lo que se trata aquí es de comprender que “el conocimiento es infinito” y siempre va por detrás del desarrollo de la realidad material que permite “destilar” los elementos para el análisis.
Cuando los problemas particulares que se presentan no están suficientemente estudiados en sus conexiones con lo demás, cuando aparecen problemas “particulares” bastante nuevos que no se han estudiado aún mucho, entonces, el “peso de universal” que tienen esos particulares es muy grande. Jugando con las palabras, podemos decir que la “responsabilidad universal” de esos particulares es muy grande; tanto, que su estudio concreto no se hace desde la concepción de lo particular como simple forma de un contenido esencial que, en realidad, apenas existe o no conocemos todavía. Ese contenido esencial va a derivarse de más un proceso particular práctico como el que nos hemos encontrado. Ante estos nuevos problemas, lo universal depende mucho de lo particular.
Si cuando me enfrento a mi proceso revolucionario particular me planteo negar o modificar los principios universales ya establecidos, ya sintetizados y prácticamente corroborados y confirmados, estaré incurriendo en el revisionismo. Pero si ante lo que todavía no se conoce mucho, lo poco que se conoce es muy pobre y no pasa de ser bastante general e impreciso, y encima no me esfuerzo por sacar enseñanzas de mi particular, estaré cometiendo dogmatismo. La cuestión es saber por qué, para qué, con qué objetivo pongo el acento en lo particular.
3. El proceso de conocimiento, o cómo se hace absoluta la certeza en la verdad siempre relativa.
En los Cuadernos Filosóficos de Lenin encontramos una excelente base para explicarnos la relación entre lo universal y lo particular. En realidad, cuando hablo de “particulares” estoy abstrayendo tanto como cuando hablo de “universal”. Es decir, los particulares sin más no dejan de ser una generalidad que produce mi cerebro por necesidad del análisis para conocer y transformar. Hay tantos particulares “como queramos” (o como necesitemos) porque el propio proceso de definición de particulares es un proceso de abstracción de nuestro cerebro. Veamos un ejemplo de la vida cotidiana y “políticamente neutral”.
Tras la palabra vaso se pueden esconder muchos “particulares” en función de los límites de nuestro estudio. Todo el mundo material está íntimamente ligado, pero somos nosotros los que para conocer el mundo acotamos unos límites de estudio y definimos un fenómeno concreto, un particular. Pero, insistamos, son límites que nuestro cerebro define por necesidad. Al estudiar esa parcela así definida, al hacerlo de forma concreta con la experiencia acumulada de conocimiento, con toda la universalidad anterior (este sería el modo de visión), además de conocer esa cosa (en realidad, lo que nos hemos propuesto de esa cosa) estamos creando las condiciones para que lo universal se desarrolle o simplemente se precise. Por tanto, y en términos más “filosóficos”, en cada particular se encuentra un elemento de desarrollo de universal, en la medida en que de todo particular, de toda individualidad, nuestro cerebro puede inmediatamente desarrollar un proceso de abstracción, de conceptualización, de génesis de teoría, que en una medida u otra se enfrenta a toda la teoría anterior para precisarla más (conocerla mejor), desarrollarla, etc.
Jamás serán los principios universales lo suficientemente potentes para permitirnos conocer plenamente un particular. En realidad, nunca podremos conocer nada completamente, pero sí lo suficientemente para nuestras necesidades y lo que es más importante: siempre tendremos la posibilidad de avanzar en nuestro conocimiento de forma progresiva. Y aquí hay que advertir que el marxismo toma distancia del kantismo, que, negando la posibilidad de conocer la “cosa en sí”, alimenta la angustia de no poder saber nada y da alas al relativismo mal entendido (el oportunismo en política). Y es que la “cosa en sí” no existe; solo “partes de la cosa” que, una vez establecidos los límites de esas partes, puedo tener la certeza de conocerlas en gran grado y, sobre todo, para las necesidades del momento en que me encuentre.
El hecho de que lo real-concreto sea más complejo o rico que lo abstracto-teórico es lo que hace que toda verdad que sustentemos sea relativa. Pero en unas condiciones concretas, según lo que nos hemos propuesto en el análisis, las verdades que alcanzamos son absolutas. Es sólo relativamente verdad si digo que “sé lo que es un vaso”, ya que desconozco que, desde el punto de vista atómico, tiene más “huecos” que otra cosa. Y es absolutamente cierto que lo conozco cuando digo que “es macizo”, si lo que me propongo es utilizarlo para que contenga la cerveza sin que se me derrame, como pasaría si se tratara de un colador. Pero no nos quepa duda de que para un químico, aunque pueda contener la cerveza, el vaso no se aleja demasiado de un colador... atómico. Y es que el vaso, a efectos de un estudio atómico, no es el mismo particular (aún basándonos en el mismo objeto material) que para el “estudio” de las necesidades de la fiesta del viernes. Sin embargo, utilizo el mismo nombre; límites del lenguaje... que los tiene.
Por lo demás, cuando Lenin nos dice que "lo individual entra incompletamente en lo universal", precisamente nos está diciendo que no hay universalidad (principio, tesis general de partida) que nos ahorre el estudio individualizado de las cosas reales. Es más, en sentido estricto, jamás podremos terminar de conocer un proceso individual (la verdad es infinita, “es proceso”, nos recuerda en Los Cuadernos Filosóficos).
Así pues, hay que insistir mucho en eso, en que los principios universales nunca son lo suficientemente potentes como para ahorrarme el estudio concreto de algo, de un fenómeno; cuanto más, si éste es complejo y bastante “nuevo”, porque en este último caso lo que tenemos más bien es a priori un déficit de universalidad. Y si esto no se tiene claro, cosa que les ocurre a los dogmáticos, habrá que incidir en la importancia de lo particular.
Ahora bien, de la misma manera que un particular no puede ser gran cosa en comparación con los infinitos particulares que pueden definirse, la universalidad que contiene no debe nunca compararse en importancia con toda la universalidad anterior que va desarrollándose. Por ello, jamás será un particular más importante que lo universal. Pero en realidad, lo que queremos decir es que no habrá más conocimiento esencial en un particular, por “grande” que sea éste, que en lo universalmente establecido hasta entonces. De ahí la necesidad de considerar el conocimiento como un proceso en espiral, infinito, que tramo a tramo se va desarrollando. Cada tramo o parcela de estudio lo definimos nosotros y lo consideramos como particular; la curva en espiral, a la que pertenece esa parcela, es la universalidad de conocimientos existente. En el último apartado retomaremos esta noción.
Que lo individual se convierta en universal es el ya mencionado proceso que desarrolla nuestro cerebro para extraer más conocimiento que se sume al ya existente. El problema de “salirse por la tangente”, de olvidar los principios, no es sino romper la unidad que hay entre lo que tiene de conocimiento universalizable cualquier individual con todo lo universal preexistente hasta entonces. Es querer extraer más de lo que se puede de un individual, del estudio individualizado de una cosa, de un fenómeno, de un proceso. Pero si bien no se trata de extraer “de más”, lo que está claro es que hay algo más (por poco que sea) que extraer. Así pues, el estudio concreto de un nuevo fenómeno que se desarrolla ante nosotros ha de partir de que hay algo ahí que todavía no conocemos, y que sólo podremos conocer (por supuesto en parte y en base a los límites que nos ponemos) si partiendo de una posición que tenga en cuenta los principios (lo universal hasta entonces), nos disponemos a estudiar en concreto, particularmente, ese fenómeno, ese proceso. Solo así podremos abandonar toda prepotencia prejuiciosa.
4. Centrarse en lo particular: un viejo problema que siempre se trató, pero no con tanta “filosofía”.
En mi opinión, Mao[8] demostró tener bastante clara la conexión entre lo universal y lo particular con respecto a los dogmáticos en el PCCH. Estos, como todos los dogmáticos, creían poder conocer y superar la realidad que tenían en frente estudiando los principios universales del marxismo sin darse la obligación, a su vez, de estudiar en concreto dicha realidad; error que aún era más grave en China, dados el atraso industrial y la diferenciación étnico-cultural de este vasto país con respecto a Occidente. Y es que, como decimos, los principios universales (lo universal), dada la naturaleza de la que están “hechos” y cómo surgen, no bastan para conocer la realidad. Hemos visto que los principios universales “simplemente” conforman la posición, el modo de visión con el que debo analizar la realidad para que no me pierda entre los inevitables e innumerables detalles que tiene ésta. Pero sin entrar en detalles no podré culminar jamás el conocimiento necesario para transformar la realidad; sobre todo –insistamos constantemente- cuando reparamos en cuestiones complejas e “imprevisibles” como, por ejemplo, las que se les plantearon a los dirigentes comunistas soviéticos y chinos.
Ahora bien, que Mao tuviera claro que había que investigar minuciosamente cada problema particular, no le inmunizó (como a nadie) contra posibles errores en la resolución de esos problemas. Asimismo, tampoco significa que en su lucha contra los dogmáticos eligiera la mejor forma para explicar o expresar que había que centrarse en lo particular. En este sentido, a mi entender, trató tan “filosóficamente” el asunto, le dio tantas vueltas, que es cierto que parece que está tratando algo en “primicia”, cuando, en realidad, ésta era un vieja cuestión que venía preocupando a los fundadores del marxismo, y sobre la que, en esencia, poco más había que añadir.
Efectivamente, esa misma actitud dogmática contra la que tuvo que lidiar Mao, ya era conocida por los propios fundadores del marxismo. Veamos si no, lo que Engels, en los últimos años de su vida, escribía a los dirigentes socialdemócratas alemanes, poniéndoles en alerta contra esa tendencia a no estudiar en detalle; insistiéndoles, en definitiva, en que no hay universalidad que ahorre estudiar en particular:
"En general, la palabra 'materialista' sirve a muchos escritores recientes en Alemania de simple frase con la cual se etiqueta toda clase de cosas sin estudiarlas en profundidad, pensando que basta con pegar esta etiqueta para que todo sea dicho. Ahora bien, nuestra concepción de la historia es, ante todo, una directiva para el estudio, y no una palanca que sirva para realizar construcciones a la manera de los hegelianos. Hay que reestudiar toda la historia, hay que someter a una investigación detallada las condiciones de existencia de las diversas formaciones sociales antes de intentar deducir los modos de concepción (...) que les corresponden. Sobre este punto no se hecho hasta ahora sino muy poco (...) Pero en lugar de eso, las frases vacías sobre el materialismo histórico (todo se puede precisamente transformar en frase) para un número demasiado grande de jóvenes alemanes no sirven sino (...) [para] imaginarse enseguida que poseen unos potentes espíritus." [9]
Es bastante probable que el dirigente chino se encontrara con semejantes poderosísimas mentes ante las que tuvo “machacar” la importancia de centrarse en lo particular, después de que dichos portentos le recordaran cada dos por tres que tenían los principios universales muy asimilados... quizá por esa vía tan “universal” que consiste en repetirlo frase tras frase.
Los fundadores del marxismo sí que insistieron sobre la necesidad de centrarse en lo particular, pero no lo hicieron directamente de forma, digamos, “filosófica”. Es Lenin quien más explícitamente sitúa la importancia de lo particular en sus Cuadernos Filosóficos. En realidad, tanto Marx como Engels recomendaban constantemente que había que estudiar en concreto cada problema y les urgía dejarse de generalidades, “darlas por sabidas” en lo fundamental, y dedicarse a aplicar el materialismo histórico al estudio de la sociedad para guiar su transformación más eficaz.
Es de suponer que Marx y Engels quedaran muy “agotados” de su primera etapa, y dieran por establecidas las leyes más generales de la concepción materialista-dialéctica tras unos años bastante “abstractos y filosóficos” en los que prácticamente se dedicaron a superar a Hegel, a los hegelianos de izquierdas, a Feubarch y, en definitiva, a sí mismos ("[arreglando] nuestras cuentas con nuestra conciencia filosófica anterior" como dijeron en la Ideología Alemana). A partir de entonces, dichas leyes generales (el método de estudio, la dialéctica materialista) las precisan más indirectamente, en la medida en que profundizan el estudio de los problemas prácticos (más o menos generales). Un ejemplo lo tenemos en el -anteriormente aludido- análisis sobre cómo surgen las categorías en los Grundisse de Marx. Pero aquí ya se trata de un análisis ligado a la necesidad inmediata de establecer el método que va a seguir en el estudio de la economía política (concretamente en El Capital), sin prácticamente polémica alguna, sino más bien desarrollo preciso de una concepción general ya establecida en lo fundamental.
Será Engels quien en la última etapa de su vida, respondiendo gran parte de su actividad a las necesidades militantes de los socialdemócratas alemanes, vuelva al asunto de la filosofía. Pero lo hará en el proyecto de sistematizar los principios generales del marxismo, de cara a esas necesidades militantes. Por eso no es tan descabellado decir que, en lo que respecta a la labor formalmente filosófica, los fundadores del marxismo versaron “tan solo” sobre la universalidad de la contradicción, estableciendo un modo de visión general (universal) que dio un paso de gigante con respecto a toda el pensamiento anterior, apareciendo por primera vez la posibilidad de ordenar conscientemente toda la historia... hasta la futura.
No parece que Mao olvide esto y crea que va a llenar un gran olvido poniendo el acento en la “particularidad de la contradicción”. Pero es evidente que en los fundadores del marxismo la importancia de lo particular se canaliza más por la vía de las recomendaciones y el valor del ejemplo propio, y no tanto por una vía tan manifiestamente llena de “generalidades” como la filosofía, después de que a esta la redujeron "a la teoría del pensamiento y de sus leyes, la lógica formal y la dialéctica"[10], ahorrándose así la inevitable abstracción que ello implicaba.
Es cierto que -como dice Mao- para muchos, los éxitos cosechados en la interpretación y transformación de la Historia no hacen sino avalar y explicar, sin necesidad de muchas palabras, los principios universales del marxismo, que luego pretenden trasladar mecánicamente sin más a cualquier situación. Y no ven cómo esos éxitos, esos principios universales, históricamente sólo han podido surgir acumulando análisis concretos y particulares, y conectándolos entre ellos. Es esto lo que aquel nos quiere decir cuando afirma que esa “universalidad de la contradicción” (que tanto declaran los dogmáticos conocer) “reside en la particularidad de la contradicción”. Mao sostiene que la asimilación y utilización correcta (con éxito) de los principios universales del marxismo solo puede venir tras una comprensión de la importancia de la particularidad alejada de toda actitud dogmática.
Seguramente, en la lucha contra los dogmáticos, el dirigente chino no contaba con la autoridad que entre aquellos sentarían los propios fundadores del marxismo. Sobre esto -por lo demás, muy normal- ya había precedentes, como la actitud de los mencheviques (tan “guardianes” de la ortodoxia marxista) contra Lenin. No es tampoco descabellado pensar que Mao sintiera la necesidad de expresar filosóficamente (aunque a mi entender, al final “filosofó” demasiado el asunto) lo que recomendaron y realizaron los anteriores clásicos del marxismo. Pero no se ve, por ejemplo en su escrito Sobre la Contradicción, que pretenda ir más allá de explicar lo ya dicho por estos. No obstante, habría que ver la influencia del líder chino, ya sea por activa o por pasiva, en que se interpretaran sus escritos (sobre todo los filosóficos) como un desarrollo principal del marxismo... leninismo.[11]
5. El concepto de “formación económica”, a mitad de camino entre los modos de producción establecidos por la teoría y la realidad concreta a estudiar.
El concepto de formación económica surge precisamente en el análisis histórico para, dentro del propio plano de la teoría, “compensar” o tener en cuenta la diferencia insalvable entre las categorías (conceptos) de los regímenes económicos (feudalismo, capitalismo, socialismo, etc...) y las propias realidades nacionales o estatales concretas sobre las que actuamos (comprendiéndolas y superándolas). En cualquier caso, el propio concepto de formación económica (como todos) no es inexacto con respecto a la realidad porque se refiera a “una realidad social impura”, sino debido a su propia "naturaleza esencial del concepto" (como nos dice Engels, Op. cit.). Pero, además, en este caso nos encontramos ante una categoría que por propia definición teórica es tan vaga, tan general, que podemos decir que es de las menos inexactas con respecto a la realidad, al “reconocer” la propia inexactitud en su (propia falta de) definición.
Precisamente Marx nos previene en El Capital de que supondrá que toda la formación económica concreta sobre la que principalmente está estudiando (en este caso, la inglesa) es puramente capitalista para deducir ciertas leyes de dicho régimen económico (las más básicas) que solo se pueden deducir, elaborar y plantear si nos abstraemos del conjunto de la formación económica base de estudio. Por tanto, Marx resuelve la contradicción que le supone, por un lado, tener que basarse en formaciones concretas para deducir las leyes universales de los diferentes regímenes económicos, al tiempo que necesita distanciarse de las particularidades más “particulares” de dichas formaciones económicas. Por eso, más que nada, al principio de su obra económica Marx no analiza las formaciones económicas en tanto que tales, sino analiza en base a ellas (como insoslayable elemento material de investigación) para separar los regímenes económicos históricos y luego poder entablar el estudio más ordenado posible de las formaciones económicas en concreto, que es lo que realmente interesa para la actividad revolucionaria.
La formación económica es un concepto que es necesario en la medida en que recuerda que la realidad de un país es una “combinación” que en esencia obedece a distintos regímenes económicos (con importancia diferente). Pues bien, dicha combinación en ningún modo deja de responder también a ciertas leyes en el sentido de conexiones internas; leyes que pueden ser sistematizadas universalmente para un conjunto de formaciones parecidas; leyes cuya comprensión alejan toda sospecha de eclecticismo. Y aquí, en sentido estricto, ya no hablamos en el plano de los diferentes regímenes económicos fundamentales (feudalismo, capitalismo, socialismo...), sino más bien podemos decir que hablamos de: países adelantados industrialmente imperialistas; países no tan adelantados e industriales pero apenas feudales; países con grandes reminiscencias feudales, etc. Concretemos más: por ejemplo, países donde la burguesía ha superado el problema agrario con respecto al feudalismo y la clase obrera cuenta con un gran período de existencia y de experiencias diversas; y entre ellos, países que han conocido un gran período como potencia colonial capitalista. O, por otro lado, países como la Rusia del 17, donde a la vez que se da una clase obrera muy numerosa (en términos absolutos) aunque relativamente pequeña, pero muy joven y concentrada, también se da un gran campesinado que apenas ha salido del vasallaje y que ya no puede contar con la burguesía para que termine de resolver su contradicción feudal con la aristocracia, debido a que ya estamos en la época del imperialismo y de la revolución proletaria mundial (lo que hace que la burguesía timorata se alíe como sea con la propia aristocracia).
Pues bien, aunque el concepto de formación económica es más vago que el de régimen económico, permite también, como decimos, el estudio agrupado de las formaciones económicas concretas para deducir leyes de rango universal, aunque menos importantes (en cuanto a su universalidad) que las leyes propias de los regímenes económicos fundamentales por separado. Son leyes universales porque superan una particularidad concreta, y además nos conducen a entender mejor, a enriquecer el contenido de las leyes universales más importantes que se refieren a los regímenes fundamentales en que clasificamos la evolución histórica. Es así como habría que entender la recomendación de Engels (Op. cit.) acerca de que "hay que reestudiar toda la historia, hay que someter a una investigación detallada las condiciones de existencia de las diversas formaciones sociales antes de intentar deducir los modos de concepción (...) que les corresponden". Y en pura lógica con lo dicho acerca de la inexactitud intrínseca de los conceptos, dichas leyes algo menos universales (pero universales al fin y al cabo) tampoco serán “exactas” con respecto a cada formación económica por separado, lo que siempre obligará a estudiarla en concreto (cada formación por su lado).
6. La construcción del socialismo, algo más complicado que aplicar un manual.[12]
Para la comprensión de los problemas surgidos en el desarrollo de la revolución socialista mundial no vamos a avanzar mucho reavivando posicionamientos entre Stalin y Mao acerca, por ejemplo, de lo que defendían que debería ser considerado como mercancías o no. Algo más complicada debe ser la realidad de la problemática de la construcción del socialismo, cuando resulta que prácticamente en todos los países del campo socialista, con toda las combinaciones posibles de dirigentes más o menos ortodoxos, más o menos dogmáticos, más o menos eclécticos, la contrarrevolución ha cosechado triunfos.
En línea con lo que venimos sosteniendo, Stalin y Mao, para sus políticas inmediatas, no se encontraron con un fondo universal del marxismo tan nutrido como para que ante las cuestiones que se le plantean a una revolución que se quiere socialista -máxime en países atrasados y cercados por los imperialistas- todo se reduzca a una cuestión de forma a la hora de aplicar el “manual socialista”.
A riesgo de parecer teoricista –pero entendiendo que el hilo conductor de este trabajo es cómo vamos de la mano de los principios a la realidad que queremos transformar- de lo que se trata es de adentrarse en la complejidad de las cuestiones prácticas que se le plantean a una revolución y de qué asuntos se “adaptan” a tal o cual principio ya existente y cuáles son en sí mismos tan “desconocidos” que no cabe de momento una respuesta general válida universalmente, sino que se precisa un esfuerzo de los revolucionarios locales por encontrar la situación más óptima que permita el progreso. Y, por supuesto, siempre con el interés de precisar las leyes generales que nos permitan a todos andar menos “a ciegas”. No hay que temer que la vigilancia revolucionaria acerca de los principios se resienta; al contrario, la alejamos de esas “particulares” interpretaciones que la caricaturizan.
Una cosa es que, porque un país sea atrasado industrialmente y además cercado por los imperialistas, los comunistas locales no fomenten una estatalización de todas las empresas ya que lo consideren un voluntarismo que no tiene en cuenta las demandas ni las posibilidades reales de las clases trabajadoras, y otra cosa es que a los obreros de las empresas privadas les quieran convencer de que lo que se embolsan sus propietarios, por muy “patrióticos” que se les presente, no es ya producto de una explotación como la descrita en El Capital. Dichos comunistas locales se ven obligados a reconocer la imposibilidad o inoportunidad de eliminar a todos los capitalistas, pero no pueden (bajo ropaje patriótico alguno para la ocasión) “desburguesar” a los que queden. Como comunistas deben fomentar la lucha de clases para que maduren y se aceleren las condiciones a fin de que la plusvalía desaparezca lo antes posible. Ante lo primero, no hay que apresurarse por estigmatizar a esos comunistas por no “cumplir” el programa comunista establecido internacionalmente. Si no tienen en cuenta lo segundo, habría que entrecomillar su condición de comunistas; y esto, sin necesidad de vivir particularmente su experiencia. Confundirse ante esta situación es tan absurdo como declarar que, porque hayamos acabado con la burguesía, ya el peligro burgués es sólo internacional, cuando resulta que la ideología burguesa se reproduce, por ejemplo, vía corrupción de los funcionarios del estado que en algún modo “mercantilizan” lo que se ha prohibido[13]. Sobre todo, resulta más absurdo con la experiencia que ahora contamos.
Por supuesto que si China y la Unión Soviética eran socialistas y sus dirigentes comunistas, estaban obligados a cumplir unos principios internacionales porque el movimiento comunista se debe más como comunista a sus obligaciones internacionalistas que a las tareas nacionales. Pero la transformación revolucionaria de cada sociedad dependerá fundamentalmente del grado de madurez de la misma, o sencillamente nos encontraremos con un voluntarismo que en un contexto internacional adverso no hará sino favorecer su retroceso.
Por el hecho de decir que China y la Unión Soviética son socialistas, los límites de ambas para la construcción del socialismo no se elevan por arte de magia. Y aunque no sea lo mismo (porque la voluntad en el socialismo pesa más que en el capitalismo), que ahora se declarasen capitalistas no les situaría en la misma situación histórica que la India, como si nada hubiera pasado. En realidad, más bien va a tomar importancia hablar de época socialista mundial que se inicia con la Revolución de Octubre y donde cada revolución, aparte de las tareas nacionales (en función de su composición nacional), tiene una importancia internacional que va a ir más allá de los propios avatares; aunque algunas revoluciones, en el plano nacional, no puedan de momento ir mucho más lejos de un programa democrático y algo “ecléctico”.
Además, y hablando de revolución en países atrasados en el desarrollo capitalista industrial, para ser más precisos hay que recalcar que es más justo hablar de revoluciones populares que conscientemente se adentran en la vía socialista y bajo la dirección de los comunistas; vía socialista que, en realidad, es la única “viabilidad” progresista, en la época del imperialismo, y cuando ya la burguesía no es capaz de hacer, ni aún menos de concluir, su revolución clásica. Y sobre todo, vía socialista, en la medida en que se materializan las medidas socialistas que ya se exigen.
En la época del imperialismo, desde el momento en que se plantea el objetivo del socialismo, las sociedades revolucionarias poco desarrolladas, en realidad, no tienen otra salida que incluir sus etapas de “nueva democracia” (en la terminología maoísta) como eslabones intermedios dirigidos en todo momento a la propia construcción del socialismo con los únicos límites admisibles que definen la maduración interna de la sociedad y las condiciones internacionales. Por esto, las medidas y etapas o fases democráticas en la revolución de “países atrasados” dirigidas por la clase obrera, y que se adentran en la vía socialista, debieran ser consideradas como problemas del socialismo científico (de su universal) y no desechadas porque no están hasta entonces recogidas de manera clara o acabada en los principios del movimiento comunista.
La Revolución de Octubre ya se denomina socialista, pero históricamente se impone muchas tareas que no son, en sentido estricto, socialistas. Por ejemplo, una de las tareas que se da es consumar al máximo las reivindicaciones democráticas de las masas campesinas en cuanto a la propiedad y reparto de la tierra; reivindicaciones que no superan (porque no se podía) el marco capitalista. Esto llevó a Kautsky y otros a decir que en Octubre no se debería haber “impuesto” una revolución socialista. Los bolcheviques respondieron que no iban a esperar más a lo que previamente debería llegar para avanzar hacia el socialismo pero que nunca iba a llegar (de la mano de la burguesía). Y que, por tanto, con la clase obrera como núcleo de dirección del poder se iba a ayudar a los campesinos a materializar por fin reivindicaciones de la democracia-burguesa. Con ello, los bolcheviques -que ya están comenzando a dirigir la aplicación de medidas socialistas- esperan que a partir de ahí se pueda dar un salto en la conciencia de la masa de campesinos pobres y se sumen a la obra de construcción del socialismo. O sea, si bien la medida de la nacionalización de la tierra no es una medida en sí socialista, no tiene el mismo significado (y por supuesto, consecuencias) cuando se toma tras la revolución socialista; revolución esta que desplaza de la dirección del Estado a la burguesía, que destruye su maquinaria represiva y burocrática, que comienza a edificar el poder obrero. Y que, en fin, por nada en el mundo es más apropiado denominarla como revolución democrático-burguesa, por más que se dé en un “país atrasado”.
En definitiva, históricamente el planteamiento y solución de las reivindicaciones y tareas anteriores al socialismo, pero con la clase obrera en el poder, no se parece a cómo se plantean y solucionan cuando la burguesía no ha sido derrocada. Y de esa experiencia se derivan enseñanzas para el movimiento comunista que van más allá de lo particular y que, en definitiva, enriquecerán el conocimiento universal sobre la problemática de la superación del capitalismo por el socialismo.
Por tanto, más allá de nombres, lo importante es cómo contextuar la complejidad de cada sociedad y su revolución en función de su madurez en la época del tránsito del capitalismo al socialismo y al comunismo en un plano internacional. En ese lento y largo proceso, ningún esfuerzo y sacrificio nacionales serán en vano, por más que parezca que a veces se está dando marcha atrás. En realidad, ¿no es este el significado profundo de esa tesis universal que cada vez se precisa más y que ya comenzara a establecer Marx cuando planteó en La Ideología Alemana que “el comunismo solo podría ser un acto de países desarrollados”?[14] A lo que no se refirió (y no podía referirse) es a la complejidad de ese acto y al papel que en él representarían el resto de los pueblos del mundo. Y, además, hay que reparar en que hoy los propios conceptos de “desarrollo” y “atraso” han quedado muy modificados; solo sea teniendo en cuenta la experiencia socialista vivida que hace que, en muchos aspectos, las masas que la han protagonizado hayan tomado la delantera a las que viven en los más “modernos” países imperialistas: son muchas las décadas en que el propio imperialismo capitalista ha sido limitado por el campo socialista, son muchas décadas como para que la historia se escriba como si sólo hubiera habido imperialismo.
El conocimiento y dominio de las leyes históricas de la construcción socialista van a superar con mucho lo que dio de sí la teoría que acompañó a las políticas inmediatas que tuvieron que afrontar Stalin y Mao. Estos se encontraron con la “patata caliente” de construir el socialismo cercados por el imperialismo. Quizá por esto, sus contribuciones teóricas en este campo están impregnadas de los propios límites históricos con los que se encontraron. E impregnadas también de demasiada “inmediatez” como para ligar sus problemas urgentes e inaplazables con el proceso de maduración para el socialismo, no ya en sus países, sino a escala mundial. Además, no se podían ni imaginar cómo se han desarrollado los acontecimientos de la famosa “caída del campo socialista”. Por todo esto, es por lo que para la comprensión de la problemática inherente al desarrollo del socialismo se imponga, paradójicamente, una vuelta a Marx como punto de partida sólido. A partir del cual, las contribuciones particulares y necesarias de Stalin y Mao encuentran mejor su sitio.
Efectivamente, a pesar de las actualizaciones pertinentes, dada la experiencia vivida, sigue siendo en Marx (en el plano teórico) donde encontramos bastantes claves para comenzar a abordar cuestiones como: revolución popular o ya socialista; diferenciación de revolución en época socialista con contenido socialista de una revolución; sociedades de transición; desarrollo de la conciencia comunista de los pueblos más allá de momentos de euforia histórica que se llenan de proclamas pero que no pasan de ser de hecho movimientos con aspiraciones democráticas; etc. ¿Cómo es posible encontrar más universalidad en Marx si le faltaron “los particulares” de las revoluciones rusa y china?
Las leyes más precisas para la construcción sólida del socialismo van a surgir de una práctica de masas que incluya tanto a los propios países desarrollados como a los países “en transición”. Hay que tener en cuenta también que las leyes para la construcción del socialismo no comienzan a surgir con los primeros pasos prácticos dados allí donde la revolución ha triunfado, sino que se vienen gestando desde la propia práctica acumulada por el desarrollo capitalista y la lucha de clases internacional que lo acompaña. De aquí que, a pesar de que Marx no protagonizó ninguna política inmediata de construcción socialista, sí pudo adelantar -solo sea en retazos- bastantes tesis geniales.
Las tesis específicas para la construcción del socialismo se corresponden con una gran etapa histórica: necesitan sumar una gran experiencia. Y precisamente, desde la perspectiva histórica de conjunto de la evolución de la humanidad, y por haber comenzado la revolución socialista por países atrasados desde el punto de vista del desarrollo capitalista, la gran comprensión de conjunto de Marx, su genialidad, sigue siendo más potente para la elaboración de esas tesis específicas que los años de “ventaja” práctica directa o indirecta que muchos le podamos llevar.
Toda la época que vivimos no es sino el desarrollo necesario de toda la historia anterior, y muchos comportamientos de las masas en las revoluciones socialistas pueden ser en gran parte explicados por la manera de actuar -comprobada y estudiada- de los pueblos a lo largo de los movimientos revolucionarios que se suceden desde hace ya más de 200 años. Máxime, cuando objetivamente las grandes masas de países atrasados desde el punto de vista capitalista han actuado en la revolución socialista no tanto como los comunistas hubiésemos deseado, sino en bastantes ocasiones a semejanza de las revoluciones cuyas aspiraciones no podían superar las meramente democráticas.
La madurez de las masas no debe medirse por las consignas que proclaman, sino por aquello a lo que aspiran. No es lo mismo que las masas pongan en duda el modo de distribución de las mercancías que el modo de producción de las mismas. ¿No supondría un avance aún mayor que quisieran enviar la misma producción de mercancías al basurero de la historia porque comprendan que hoy, en cualquier cambio mercantil, ya no es posible reproducir otra cosa que no sea un “trozo” de ideología burguesa (por más que ya hubiera mercancías antes del capitalismo)?
Cada vez quedará más claro que no es lo mismo el socialismo como transición mundial hacia el comunismo que incluya, por fin, a los países capitalistas desarrollados, que lo que hay detrás del nombre ‘socialismo’ en países más atrasados (siempre según el punto de vista del desarrollo industrial capitalista) en los que el imperialismo ha logrado desarrollar directa o indirectamente en capas de la población el apetito mercantilista por “insuficientemente satisfecho” (lo desconocido); incluso, si se ha procedido a la eliminación de la clase burguesa local.
Precisamente, una cuestión muy importante estriba en saber en qué grado las masas han superado “ideológicamente” a las mercancías, en qué grado se imposibilitan las condiciones internas para que se reproduzca lo burgués, ya que sobre esas condiciones internas actúa el imperialismo como factor externo. Se ha visto que el imperialismo no ha necesitado exportar físicamente burgueses en el campo ex-socialista; han surgido muchos candidatos de los propios “aparatos oficiales”. En el siguiente apartado trato más específicamente sobre este aspecto.
Es imposible, pues, avanzar sólidamente en la conciencia necesaria para desarrollar el socialismo sin avanzar en la destrucción del imperialismo a escala mundial. En este sentido, traigo a colación un extracto de un comentario que redacté poco antes de que estallara la polémica sobre “lo universal y lo particular” y cuando todavía el capitalismo estaba pletórico de su “triunfo eterno” sobre el comunismo. Un texto que resalta la responsabilidad de nuestros procesos revolucionarios en el centro del campo de países imperialistas. Y ello, independientemente de la “lejanía” en la toma del poder y por el solo hecho de debilitar a nuestros estados:
"Es cierto que el Occidente reaccionario no puede jugar el papel de 'centro' revolucionario, pero sobre todo no lo es, en cuanto al comienzo de la revolución. Sin embargo, seguramente sigue teniendo en sus manos las llaves para su 'consolidación'. Esto es importante, porque lo que ha pasado y podrá aún pasar, ‘independientemente' del revisionismo [entrecomillo independientemente porque sí le doy importancia a la lucha contra el revisionismo], tiene que ver con el límite histórico-mundial que supone que los países imperialistas continúen siéndolo. No en vano, la tesis de Marx de que el comunismo es sobre todo un acto de los pueblos desarrollados, de que sólo puede entenderse a escala mundial, debe ser tenida en cuenta. (...) Cada revolución, además de sus consecuencias nacionales, en cuanto a sus realizaciones, tiene una significación internacional. Y esto, cada partido nacional o estatal ha de tenerlo en cuenta.
La responsabilidad internacional de las revoluciones en Oriente finalmente ha sido la de ‘abrir la veda’ contra el monstruo imperialista; las del Occidente, ese Occidente tan reaccionario ahora, sigue siendo la de consolidar la construcción mundial del comunismo. (...) El Occidente reaccionario, en tanto continúe, seguirá siendo fuente de problemas, seguirá limitando la construcción del socialismo allí donde comience este, por más claridad en la línea que se tenga allí. (…) Y no sólo el Occidente reaccionario limitará por su agresividad y chantaje militares, sino porque en no pocos aspectos, muchas sociedades que acceden a la revolución socialista (en este sentido, la época de tránsito del capitalismo al socialismo marca a todos los pueblos) siguen arrastrando muchos atrasos históricos, a que ese mismo Occidente reaccionario condena al estar dominando permanentemente las relaciones económicas internacionales.
Históricamente, para muchos pueblos, su ‘tragedia’ se sintetiza en la imposibilidad de seguir la vía capitalista, porque en la época imperialista sólo el desastre les puede tocar en la división internacional del trabajo, pero a su vez, nacionalmente no han superado toda una serie de experiencias que les haga afrontar el socialismo de la forma más madura. Esos pueblos sólo podrán profundizar incluso en la propia construcción del socialismo de una manera internacional. Este, el socialismo, sin embargo se presenta a menudo como estandarte de independencia nacional, patriótico, cuando no el sustituto de muchas referencias ancladas en el pasado". [15]
El imperialismo impide el proceso “natural” de madurez de los pueblos. Por supuesto que no se debe seguir la consigna de “revolución mundial ya o nada"; en cualquier caso, como ya hemos dicho, los pueblos no esperan, y tropezón a tropezón, con sus “limitadas” y “particulares” revoluciones van llenando de contenido a la propia revolución socialista mundial y explicándonos su “esencia”, diciéndonos que si bien la revolución socialista mundial no avanzará sólidamente sin el concurso de los pueblos desarrollados dentro del sistema capitalista, estos no se moverán sin los esfuerzos y sacrificios de los pueblos situados en su “periferia”.
Entre tanto, incluso cuando las revoluciones nacionales “se niegan”, la revolución mundial madura cada vez más. Una mayor madurez para el socialismo en su conjunto, por ejemplo, es la que se da cuando muchas personas en el campo ex-socialista experimentan y desgraciadamente sufren el coste de querer hacer realidad esas “ilusiones mercantiles insatisfechas”; cuando comprenden que el socialismo está reñido con una actitud pasiva que espera del Estado socialista lo que se le ha negado por años de atraso con respecto al capitalismo avanzado. Y extraen sus conclusiones acerca de un ilusionismo que se les ha convertido en pesadilla.
Las revoluciones son necesarias tanto por sus “épocas doradas” como por sus “negaciones”. La revolución mundial hacia el comunismo finalmente será (está siendo) un conjunto aparentemente desordenado de muchas revoluciones “locales” que se irán apoyando entre sí, que se irán tropezando, ridiculizando a sí mismas (por emplear las palabras de Marx), al echar un vistazo atrás a la obra realizada. Un proceso donde el significado histórico de cada revolución nacional va más allá de las propias aspiraciones y transformaciones nacionales. Y es que, a modo de ejemplo, aunque todos los rusos negaran Octubre, Octubre no les pertenece en exclusiva; la Historia no sólo “les encomendó” que lo protagonizarán para ellos solos.
7. Acerca de la identidad de los contrarios: su interpenetración y reproducción.[16]
La cuestión filosófica de la unidad de contrarios forma parte de la base teórica de cómo llevar la lucha de clases en general y en particular contra la burguesía en las diferentes fases o etapas por las que pasa la revolución socialista.
Hay quienes deducen que la raíz de la restauración capitalista en China está en no haber eliminado al contrario burgués, debido fundamentalmente a una mala interpretación o comprensión por parte de Mao del problema de la “unidad de contrarios”. Y que Stalin lo comprendió bien en la Unión Soviética, procedió correctamente en la eliminación de la burguesía, la declaró aniquilada, señaló “el exterior” como el mayor peligro y, en base a esto último, llamó a fortalecer el Estado.
Sin embargo, entre quienes así piensan, no niegan también que unos “señores” –que, por cierto, aplaudían y juraban fidelidad a Stalin como los que más- comenzaron inmediatamente tras su muerte a abonar el terreno para la correspondiente restauración capitalista en la Unión Soviética. De ahí, que deberían preguntarse, en toda lógica, por la idea que tenía Stalin acerca de la reproducción del contrario en una unidad determinada donde este ha sido prácticamente eliminado. Y no estamos hablando de la reproducción capitalista a partir de los restos que han quedado de lo que hasta entonces había sido la burguesía, sino a partir de la aparición de nueva burguesía.
En línea con lo ya apuntado en el anterior apartado, estaremos de acuerdo en que la restauración capitalista en la Unión Soviética no vino de los restos físicos de kulaks y capitalistas que quedaron tras su eliminación como clases culminada oficialmente en 1934. ¿En qué grado de maduración quedó la unidad de contrarios soviética como para que elementos interiores a esa unidad y situados del lado positivo (al menos oficialmente) no hayan ido progresivamente llenando el vacío dejado, configurándose a fin de cuentas como el “contrario necesario”? Si bien esto es un proceso en alguna medida inevitable (y culpar a Stalin es de un simplismo absurdo que agrada a la burguesía internacional), ¿en qué condiciones ideológicas se encontraba la clase obrera y el resto de trabajadores para al menos contrarrestar el fenómeno criminal que se les venía encima, si prácticamente sólo veían contrario peligroso en el exterior?
Cabe preguntarse si la pasividad del pueblo soviético en la lucha de clases no viene mucho de esas recomendaciones a centrarse en la producción y en el fortalecimiento de un Estado que, mientras le pedía más y mejor trabajo para salvar el retardo histórico, le aseguraba que se encargaría él mismo de “gestionarle” la lucha de contrarios con la burguesía en el único terreno donde se le decía que solo había físicamente burguesía como clase: en el extranjero.
En cualquier caso, los problemas de inmadurez para afrontar el socialismo en sociedades “atrasadas” (en lo que a desarrollo de capitalismo se refiere) y cercadas por el imperialismo han quedado corroborados. Sin embargo, como venimos diciendo y por paradójico que parezca, en la época imperialista no hay otra vía que la de profundizar en la perspectiva socialista, aunque el conjunto de las masas no lo vea siempre. Tanto, que por mucha etapa previa al socialismo que se considere, la lucha de clases contra la burguesía y, en definitiva, la independencia de clase con respecto a ella es algo que la clase obrera no debe relajar tras el triunfo de la revolución. Esto es importante remarcarlo porque, incluso en las primeras etapas de la revolución (esas que se se denominan simplemente “democráticas”), la Historia demuestra que el control político de la burguesía debe ser más estricto que su permisividad económica.
En el tratamiento teórico-filosófico de este asunto, la clave está en tener en cuenta cómo se relacionan los aspectos contrarios dentro de una cosa y las cosas contrarias entre sí. Porque todo esto tiene que ver mucho con la posibilidad de “reproducción del contrario”, incluso después de su eliminación. (No me voy a extender en la abstracción -por otro lado necesaria- que conlleva el concepto de “cosa”; en este sentido, valdría con lo ya dicho anteriormente acerca del concepto de los límites que definen un particular determinado.)
Que el mundo material está unido todo él y que todo está en alguna medida relacionado con todo es verdad, pero más interesante es destacar cómo se unen las cosas bajo el criterio de la necesidad de existencia mutua por más que se excluyan. Soy consciente de que el término necesidad mutua puede llevar a equívocos si consideramos necesidad como connivencia; lo empleo en el sentido de relación de existencia histórica: el proletariado necesita (se conexiona) a la burguesía y no a la nobleza que necesitaba a los siervos. Solo en este sentido hay que interpretar las palabras de Mao de que “una piedra no pone un huevo” porque no se necesitan (despreciando las relaciones que en última instancia tiene todo).
Hay que adelantar que ello no significa que no se deba en una revolución en una sociedad relativamente atrasada, y dada unas circunstancias determinadas adversas y de cerco imperialista, eliminar totalmente a la burguesía como clase por más que sus condiciones de reproducción interna continúen; es decir, a pesar de que el proletariado no ha madurado lo suficientemente todavía para eliminarse a sí mismo. Pero debe hacerse admitiendo siempre dicho peligro de reproducción interna.
La Historia viene a hacer una síntesis, por un lado, de la superior visión de Mao en este asunto (sus textos están llenos de verdaderas profecías, aunque dicha visión no fuera lo demasiado consecuente como para deshacer en todo momento el peligro de conciliación) con, por otro lado, la justa implacabilidad antiburguesa de Stalin (más allá de que no viera todos los posibles caminos de la restauración capitalista).
Stalin hablaba de lo viejo y de lo nuevo, de acuerdo, pero ¿y de la reproducción de lo viejo en la nueva unidad en caso de que lo nuevo victorioso no conforme una unidad suficientemente madura?
No se debe confundir existencia de contrarios ni exclusión de los mismos con que debe eliminarse ya el contrario viejo. (Otra cosa, como ya se ha indicado, es que nos veamos obligados a despejar el horizonte por un buen rato, antes de meternos en experimentos pedagógicos inservibles). El aspecto nuevo se desarrolla en lucha con el aspecto viejo para que, llegado un momento, se alcance una unidad donde ambos desaparezcan. Pero, sobre todo, lo nuevo debe garantizar una madurez suficiente a la nueva unidad que posibilite su consistencia; si no, siempre ha de estar alerta a la reproducción de lo viejo.
La clase obrera soviética no quedó en buena disposición de madurar, de superarse a sí misma, al reconocerse solo el aspecto viejo capitalista en la burguesía extranjera imperialista; y, encima, delegando su lucha al Estado que la va a mantener a raya. Difícilmente se puede mantener una lucha de clases si se declara liquidada una de ellas. Aquí puede haber mucho de deseo que la realidad se encarga de negar.
Hay que insistir en la necesidad de avanzar en la comprensión de la naturaleza interna de las cosas, en la interpenetración entre ellas, no sólo en su relación externa. Las cosas se excluyen, sí, pero también se modulan e interpenetran; son sistemas abiertos. Por ejemplo, mucho de lo que creemos nuevo se desliza progresivamente a ocupar la naturaleza y posición de lo viejo (capas superiores de la sociedad socialista, pequeña burguesía...). No solo es cuestión de restos anteriores de la burguesía, ni de contradicciones con los campesinos, intelectuales, y pequeños-burgueses simplemente como tales. Hay que estudiar con más detenimiento dicho proceso de interpenetración de los contrarios: cómo se relacionan unidades “parciales” de contrarios (la Unión Soviética y el resto del mundo) y se condicionan; cómo ante un defecto de lo viejo y un subdesarrollo de lo nuevo en una unidad parcial (como la URSS, en tanto que parte de una unidad superior, internacional) se crean las condiciones para que algo de lo “nuevo” se haga “viejo” y se reemprenda la lucha de contrarios interiormente en esa unidad parcial de contrarios.
En ese sentido, por ejemplo, mucho de lo nuevo actualmente se está poniendo al día en el campo ex-socialista, y sin mediación de Estado-padre alguno, tras haberse reproducido lo viejo; en realidad, ahora, mediante la lucha reemprendida, se está madurando más. Esto no quiere decir que tenía que haberse buscado lo que ocurrió. (Lo que ha acontecido no estaba determinado en el sentido de determinismo histórico. Pasado y futuro están “hechos” de la misma naturaleza; si no defendemos el determinismo histórico ante el futuro, ¿por qué habremos de defenderlo ante el pasado?)
Es muy cierto que el cerco a la Unión Soviética no dio mucho margen de maniobra, pero quizá una determinada política coyuntural se generalizó o sistematizó demasiado. Es comprensible que tras la Segunda Guerra Mundial hubiera mucha necesidad de paz como para, además de los enemigos imperialistas (que “se olvidaron” muy pronto de su condición de aliados antinazis), alertar de que interiormente se podía alumbrar más de un “monstruito revisionista”, cuando encima se había procedido a una “limpieza” considerable en los años 30.
En un plano internacional, cuando desaparezca la burguesía desaparecerá el proletariado. Y surge una nueva unidad donde sólo habrá trabajadores, donde los problemas y contradicciones serán otros, y el huevo que daba pollos burgueses habrá desaparecido, siendo imposible que de la nueva piedra a la que se ha llegado salgan polluelos capitalistas. Con la desaparición del imperialismo -o con un considerable debilitamiento del mismo- este dejará de actuar como factor externo que “caliente” a las sociedades revolucionarias para que lo que tengan de huevo burgués alumbren cada cierto tiempo sus criaturitas capitalistas.
Como decimos arriba, en el caso de que en un momento determinado se elimine a la clase burguesa, el mayor problema no viene de los restos que hayan quedado. Pero amenaza mayor sí que todavía subsiste: son los elementos más reaccionarios de lo “nuevo” los que poco a poco van regenerando la burguesía aprovechándose del atraso relativo de la nueva sociedad. Comienzan por lo que menos acumulación de riqueza material se necesita, la ideología, y de momento se contentan en tomar posiciones en la disposición de los medios de producción que el pueblo trabajador les delega para, llegado el mes del parto capitalista, estar en condiciones de poseer lo que antes simplemente disponían (que se lo pregunten si no a los Chernomyrdin[17] de turno) y convertir en títulos de propiedad sus “derechos” políticos. Son estos personajes quienes se postulan como negociantes ante el capitalismo internacional porque, evidentemente, algo sí que conocen del análisis marxista, y saben muy bien que en la época imperialista está más que asignado el papel de cada burguesía. Es decir, al tiempo que se aprovechan de que no es tarea fácil dar con la tecla para construir el socialismo en sociedades relativamente subdesarrolladas, no desconocen que es imposible convertirse en potencia capitalista “autónoma”.
En términos de “unidad de contrarios”, la sociedad ex-socialista ha sufrido una polarización aún mayor, pero esta vez el fortalecimiento es del lado positivo, y muchos que objetivamente reforzaron lo viejo ahora refuerzan lo nuevo. Otra vez, una interpenetración de contrarios, pero ahora inversamente. Así, uno de los factores positivos que podrían contribuir a la reiniciativa de la revolución socialista en Rusia es sin duda la imposibilidad de encaje en el capitalismo mundial y la desaparición de muchas ilusiones mercantilistas. Pero está claro que esto no basta. La conciencia comunista experimentará un fuerte avance cuando se acabe con la concepción del Estado socialista como un Estado paternalista que asegura lo que el desorden burgués no permite. No obstante, es bueno que hasta los patriotas, los nacionalistas, vociferen contra la burguesía internacional, ya que sirve para demostrar que lo que tuvieron es mucho más realista que el propio capitalismo real. Es una gran experiencia que ayuda a las fuerzas comunistas, pero estas no olvidan que ser comunista no es una etiqueta ni una foto de quita y pon, y que, por tanto, aunque la cosa avanza se va a sufrir: ni ahora tenemos el pleno sol a la vuelta de la esquina, ni todo era sombrío cuando lo de la famosa “caída del Muro”. [18]
En fin, sabemos que la burguesía, además de clase pérfida que habrá que eliminar, juega un papel histórico. Pero en la época del imperialismo ya ha quedado más que demostrado que ningún país “subdesarrollado” (sobre todo sus pueblos) puede ya soñar ser “desarrollado” dentro del campo capitalista, por lo que la perspectiva socialista es la única viable incluyendo en esta la etapa meramente anti-imperialista (o de nueva democracia). No obstante, debe considerarse un serio problema las condiciones internas en que queda la sociedad “atrasada”, que accede al camino socialista, para superar enteramente a la burguesía.
Dado que lo nuevo no ha podido madurar suficientemente, las unidades parciales que conozcan el triunfo revolucionario no podrán extirpar definitivamente al contrario burgués o, mejor dicho, no podrán hacer desaparecer la amenaza de que se desarrolle en base a sus condiciones de reproducción interna, mientras exista el “calor imperialista”. De ahí la importancia que damos al desarrollo del movimiento antiimperialista en el centro mismo del imperialismo. Y ello, en base a una convicción de responsabilidad internacionalista: antes de entrar en la crítica detallada y “lejana” de por qué se ha reproducido lo viejo en una unidad revolucionaria parcial que no es la nuestra (en un país donde triunfó un proceso que se quiso socialista), antes, habrá que ganarse el derecho a esa crítica “exterior” desarrollando en nuestro propio marco el proceso revolucionario que dificulte que los agentes inductores de misma nacionalidad que la nuestra (“nuestra” burguesía) contribuyan a reproducir lo viejo allí.
En sociedades relativamente atrasadas, toda destrucción de la burguesía interior debe ir acompañada de una fuerte ayuda exterior de sociedades socialistas más avanzadas y de un combate por el debilitamiento imperialista; en cualquier caso, de un despliegue de la lucha de clases que vaya combinando el ataque a la burguesía exterior (ayuda a otras revoluciones) con un fuerte control de la burguesía interior con respecto a la cual puede caber diferentes tratamientos según las etapas en que se encuentre el proceso revolucionario, no considerando a este como una línea recta.
Habrá que estar alerta ante los vaivenes que se puedan dar y, en definitiva, ante las interpenetraciones entre contrarios, en un sentido y otro (habrá que saber moverse en la inestabilidad), todo ello en una línea de desarrollo histórico ascendente, en busca de que la unidad de contrarios internacional dé paso a un nueva donde tanto la burguesía (lo viejo) como el proletariado (lo nuevo) desaparezcan.
8. La inevitabilidad de las malinterpretaciones: ¿otra “ley universal”?
Está claro que siempre hay que esforzarse por procurar a toda a costa no dar argumentos a los revisionistas. Pero, en realidad, es imposible que los teóricos del marxismo puedan mantenerse tan perfectos, tan “puros”, tan “completos” y “exactos” en todo momento, como para evitar que los que se quieran “salir por la tangente” no encuentren algún tipo de “agarraderas” en el desarrollo de su obra. En este sentido, ¿ha quedado libre alguno de los clásicos del marxismo (incluido el propio Marx) de esos discípulos que, jurando mantenerse en la ortodoxia de su Maestro, no lo hayan utilizado para encubrir, en no pocos casos, su vocación de vulgares Judas?
El hecho de que, por ejemplo, Mao, en su intento de contribuir al desarrollo de la revolución en China, formulara ciertas tesis, hiciera afirmaciones y practicara ciertas cosas que contravinieron leyes universales (por tanto, aplicables a China) ya establecidas, eso es algo que por principio no hay que descartar a la vista del proceso seguido posteriormente por la revolución china y lo que allí ha habido de restauración capitalista. Es más, conforme vaya transcurriendo el tiempo y tengamos un mayor conocimiento de lo que ha pasado en China durante y después de Mao, es indudable que estaremos en mejores condiciones para contrastar su obra. Pero de la misma manera que deberemos contrastar la de cualquier líder revolucionario. Sobre todo, la de aquellos cuya tarea ha sido la de dirigir de forma inmediata la revolución, sin tiempo ni elementos para ver cómo conjugar con la realidad de los países atrasados desde el punto de vista capitalista una teoría revolucionaria que ha deducido sus principios universales teniendo en cuenta el desarrollo de los países industrializados avanzados. Este es el caso de Mao y hasta del propio Stalin.
Es muy posible que el líder revolucionario chino, en la necesaria lucha teórica que tuvo que llevar a cabo (esa que consideraba Engels como ‘tercer apartado de la lucha de clases’), forzara las cosas hasta un punto que, o bien él mismo se salió a veces por la tangente, o bien dio elementos justificativos para que otros desarrollaran su revisionismo y oportunismo. Y que uno de los campos que Mao trató, y que fue especialmente utilizado por el revisionismo y el oportunismo, era el de la “filosofía”; concretamente, cuando aquel tuvo que poner el acento en la importancia de lo particular en su relación dialéctica con lo universal. Debe quedar claro que la importancia de centrarse en lo particular no es algo que se le deba a “pensamiento maoísta” alguno y, desde luego, Mao cometió un error si no se enfrentó a semejante interpretación y no siempre defendiera de forma consecuente que el marxismo no necesita que se le añada ninguna etapa de desarrollo general.
Pero, independientemente de las imperfecciones o límites (tanto teóricos como prácticos) de tal o cual líder revolucionario, parece que se precisa como una ley universal la inevitabilidad de que el revisionismo y el oportunismo busquen y encuentren “agarraderas” en todo desarrollo concreto de la teoría revolucionaria.
Efectivamente, todo desarrollo de la teoría revolucionaria se hace en lucha concreta contra unas tesis falsas que pretenden establecerse. Y toda tesis falsa pone el acento en un aspecto de la teoría, por lo que los revolucionarios se ven obligados a resaltar lo que se pretende negar como cierto, y que, además, en ese momento es necesario destacar. Pero, precisamente, desde el momento en que se resalta un aspecto, sobreviene el peligro, se establecen condiciones (y “agarraderas”) para salirse por la tangente. Incluso es muy posible que ya se salga, solo sea un “poco”, el propio revolucionario que en ese momento está representando la posición avanzada, progresista y justa, en definitiva, lo nuevo. El riesgo aumenta cuando los revolucionarios marxistas que se enfrentan a este asunto son, a lo sumo, talentosos discípulos de Marx, aunque alejados de la genialidad de este (como diría Engels, incluyéndose él mismo entre ellos). Pero ni la misma genialidad de Marx pudo conjurar el maleficio que supone la posibilidad de falsas interpretaciones.
Podríamos referirnos a otros ejemplos similares, pero baste por el momento con la queja expresada por el propio Engels en una carta dirigida, en septiembre de 1890, a J.Bloch, líder socialdemócrata alemán, en la que se lamenta de las interpretaciones unilaterales hechas por algunos “marxistas” de los planteamientos de Marx y de él mismo: "El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. (...) Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos ‘marxistas’, y hay que decir también que han hecho cosas singulares" [19]
En realidad, si reparamos en cómo avanza el propio conocimiento humano, ayudamos a explicarnos la amenaza de falsas interpretaciones. Sin referirse exactamente a este asunto, Lenin ya nos dice que "el conocimiento humano no describe una línea recta, sino una curva que se aproxima indefinidamente a una (...) espiral. Todo segmento, trozo, de esta curva puede ser cambiado (cambiado unilateralmente) en una línea recta independiente, entera (donde ella es fijada por el interés de clase de las clases dominantes)” [20]. Cierto que aquí Lenin está explicando la causa científica del idealismo, pero es evidente que si esto lo relacionamos con la necesidad de estudiar en concreto las cosas -de recorrer la curva del conocimiento tramo a tramo- es cuando debemos reparar no ya en el riesgo de que un autor de una tesis sea él quien protagonice, en lo fundamental, la salida de tangente, sino que sean otros los que aprovechándose de los lugares más vulnerables (y siempre los hay) de esa tesis la interpreten falsamente. Imaginemos lo que resultará de si a poder hacerlo se le suma el interés de hacerlo.
Ni que decir tiene que se trata, en cualquier caso, de analizar sin tapujos toda formulación teórica, por más buena intención que abrigue su autor, pero teniendo en cuenta, al mismo tiempo, el contexto en que se da esa formulación. Y ello, a fin de descubrir la “esencia” de lo que se pretende formular -más allá de sus inexactitudes y de las interpretaciones falsas e interesadas- sirviendo el contexto para dilucidar qué es lo que hay superar en el momento de la formulación de esa tesis. De esta manera seremos capaces de precisar posteriormente aún mejor lo que el autor se ha propuesto, no ya superando las propias inexactitudes que en su momento podía haber -con el grado de conocimiento entonces existente- sino, ahora, contando con la experiencia posterior y viendo cómo se ha interpretado en su conjunto esa tesis. Sólo así podremos valorar justamente al autor.
Desde luego, lo que no es buen remedio para situar correctamente a un autor y contrarrestar la amenaza de malinterpretaciones, incluidas las involuntarias, es que la crítica caiga en la tentación de esa lógica “deductiva”, pero muy facilona, consistente en decir que “algo tiene que haber porque algo tiene que explicar lo que ha pasado”. Ya que afirmar esto último no deja de ser una generalidad que, por sí misma, no nos hace avanzar un ápice en la búsqueda de la verdad, y que, además, justifica muchos “saltos mortales” entre causas y efectos. Máxime, cuando todo está relacionado en última instancia y, en algún que otro grado, todo es causa de todo.
[1] Documento “Espacio político e ideológico (identidad)” aprobado en el 1º Encuentro Estatal de Red Roja en octubre de 2012.
[2] Los escritos de 1999 en que se basa el presente trabajo son: "Sobre el artículo Lo universal y lo particular", "Comentario al escrito ¿Marxismo o particularismo?" y "Comentario sobre El problema de la identidad".
[3] Manuel Pérez Martínez, más conocido como “camarada Arenas”, se encuentra actualmente en prisión únicamente, en realidad, por su condición de secretario general del PCE(r), bajo figuras de acusación completamente forzadas y que contravienen hasta el propio ordenamiento jurídico del Estado español. Después de 19 años entre rejas, en períodos diferentes, la exigencia de su liberación es una tarea prioritaria de todo comunista, antifascista y, en general, de toda persona progresista.
[4] F. Engels, Los comunistas y Karl Heinzen. Octubre 1847.
[5] Consúltese el apartado III (“El método de la economía política”) de la introducción del capítulo 1º (“El dinero”) de los Fundamentos de la crítica de la economía política de Marx.
[6] Comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo.
[7] Extracto de una carta a Conrad Smith, fechada el 12 de marzo de 1895, incluida en Études Philosophiques, Paris, Edition sociales, 1972, pág. 257. La traducción es mía.
[8] Hay que recordar que si se “implica” tan insistentemente a Mao en esta cuestión de la comprensión de la teoría y de su relación con la práctica –asunto que, evidentemente, es mucho más universal que el caso del proceso revolucionario en China- es porque el debate surgió en torno a una crítica a él; también porque, ciertamente, Mao le dedicó un tratamiento teórico especial.
[9] Extracto de una carta a Conrad Smith, fechada el 5 de agosto de 1890, incluida en Études Philosophiques, Paris, Edition sociales, 1972, pp. 236-237. La traducción es mía.
[10] F. Engels, Anti-Dühring, Introducción.
[11] Ya en su momento elegí poner puntos suspensivos y no el guión para visualizar la negativa a “etapizar” el marxismo incluso con respecto al leninismo.
[12] El artículo que critiqué en 1999 terminaba con un apartado que versaba sobre la construcción económica en el socialismo y enfrentaba las posiciones de Stalin y Mao acerca de lo que “el “manual socialista” (retomando los términos que entonces utilicé) dictamina por mercantilizable o no, y en general, sobre la línea de edificación socialista a seguir. Una cuestión, esta, de máximo debate en lo referente al desarrollo del socialismo en los países que históricamente no son precisamente los más centrales y desarrollados del capitalismo en la época del imperialismo.
[13] Sobre este asunto que denomino “interpenetración y reproducción de contrarios” volveré en el posterior apartado, que es una edición de mi escrito, también de 1999, “Comentario sobre la unidad de contrarios”.
[14] En la parte primera, titulada “Historia”, del apartado A “La ideología en general y la ideología alemana en particular” de La Ideología Alemana aparece una nota marginal de Marx en la que habla del comunismo como "la acción simultánea de los pueblos [de países] dominantes, lo que presupone a su vez el desarrollo universal de la fuerza productiva y de los intercambios mundiales". Antes llega a decir que "toda extensión de los intercambios [universales] aboliría [experiencias de] comunismo local". Evidentemente, estas afirmaciones de Marx no pueden tomarse al pie de la letra sin las debidas actualizaciones y precisiones. Pero con todas las salvedades pertinentes, estamos frente a unas palabras que reflejan una extraordinaria potencia de análisis teórico-histórico del comunismo como conclusión e “inserción” práctica en el propio desarrollo de la humanidad. En esta misma nota marginal es donde se encuentra también la afirmación: "El comunismo no es para nosotros ni un estado que deba ser creado, ni un ideal ante el cual la realidad deba adaptarse. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado actual de las cosas". En realidad, toda esta nota marginal debería ser de lectura obligada. (Todas las citas son de traducción propia del texto en francés correspondiente a l’Idéologie allemande, Paris, Editions sociales, 1974).
[15] Parte de este texto fue incluido en el artículo “La comprensión como ánimo” publicado en Insurgente y en Cádiz Rebelde-Red Roja.
[16] Lo siguiente es una edición de mi comentario de 1999 al escrito “El problema de la identidad” donde su autor, M.P.M., trataba de las interpretaciones de este problema por parte de Mao y Stalin y las ponía en relación con el curso histórico tomado por la construcción socialista en sus países.
[17] Víctor Chernomyrdin ocupó altos cargos administrativos, como miembro del PCUS, en la industrial estatal soviética. Tras la desaparición de la URSS, fue primer ministro de Rusia con Boris Yeltsin de 1992 a 1998. Celebrado por Occidente por su rol clave en la transición a la “economía de mercado”, era al mismo tiempo considerado como “oligarca de los negocios rusos”.
[18] Frase redactada en 1999.
[19] Extracto de una carta a Joseph Bloch, fechada el 21 de septiembre de 1890, incluida en Études Philosophiques, Paris, Edition sociales, 1972, pp. 240-241. La traducción es mía.
[20] Lenin, Cuadernos Filosóficos.

References: e contrario
 resolución 
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario
e contrario