Source: https://axiologiareligiosa.wordpress.com/2011/10/26/antonio-gramsci-sobre-los-corcordatos-%C2%BFquienes-se-benefician/
Timestamp: 2017-11-24 09:18:34+00:00

Document:
Antonio Gramsci sobre los Corcordatos: ¿Quiénes se benefician? | AXIOLOGÍA RELIGIOSA
← Estado laico en Costa Rica: ¿Es conveniente para el país la firma de un concordato?
Día de Muertos: Pratrimonio Cultural de la Humanidad →
Antonio Gramsci sobre los Corcordatos: ¿Quiénes se benefician?
Publicado el 26 octubre, 2011	por axiologiareligiosa
Hace un par de días – en una entrada de su Blog AR – arrojamos la siguiente pregunta: ¿Es conveniente para el país la firma de un concordato?
Con el fin de problematizarla (no de responderla) trajimos a colación un par de artículos escritos por personas no favorables a la firma del convenio entre el Estado costarricense y la llamada Santa Sede. De hecho compartimos con ustedes íntegramente el artículo del abogado Christian Hess Araya, en el cual articula una seria y convincente argumentación en contra de la suscripción – por parte del Estado costarricense – de un acuerdo tal. El autor concluye que un concordato no sólo no aporta nada a Costa Rica sino que, incluso, podría llegar a entorpecer avances en materia de derechos humanos urgentes para una gran cantidad de grupos y personas en el país. Pero entonces: ¿Por qué tanto interés de parte del actual Gobierno en el concordato?
Con el fin de seguir problematizando la cuestión compartiremos un escrito del filósofo italiano Antonio Gramsci[1] (1891 – 1937) dedicado a analizar el tema de los concordatos. El mismo forma parte del volumen, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, escrito por el pensador italiano durante su estancia en las cárceles fascistas, sitio donde falleció. Si bien Gramsci se refiere, particularmente, al concordato celebrado entre el Gobierno italiano y el Vaticano en 1929 como parte de los famosos «Pactos de Letrán», lo cierto es que muchas de sus reflexiones se mantienen vigentes y muestran algunas de las problemáticas asociadas a los pactos concordatarios.
Concordatos y tratados internacionales[2]
La capitulación del Estado moderno, que se verifica en los concordatos, es enmascarada identificando verbalmente concordatos y tratados internacionales. Pero un concordato no es un tratado internacional común. En el concordato se realiza de hecho una interferencia de soberanía en un sólo territorio estatal, ya que todos sus artículos se refieren a los ciudadanos de uno sólo de los Estados contratantes, sobre los cuales el poder de un Estado exterior justifica y reivindica determinados derechos y poderes de jurisdicción (aunque sea de una determinada jurisdicción especial). ¿Qué poderes ha adquirido el Reich sobre la Ciudad del Vaticano en virtud del reciente concordato? Y aún más, la fundación de la Ciudad del Vaticano da una apariencia de legitimidad a la ficción jurídica de que el concordato sea un común tratado internacional bilateral. Pero se estipulaban concordatos antes de que existiese la Ciudad, lo que significa que el territorio no es esencial para la autoridad pontificia (al menos desde este punto de vista). Una apariencia, porque mientras el concordado limita la autoridad estatal de una parte contrayente en su propio territorio e influye y determina su legislación y su administración, ninguna limitación es señalada para el territorio de la otra parte. Si existe alguna limitación para esta última, ella se refiere a la actividad desarrollada en el territorio del primer Estado, sea por parte de los ciudadanos de la Ciudad del Vaticano, como de los ciudadanos del otro Estado que se hacen representar por la Ciudad. El concordado es, por consiguiente, el reconocimiento explícito de una doble soberanía en un mismo territorio estatal. No se trata por cierto de la misma forma de soberanía supernacional (suzeraineté), tal cual era reconocida formalmente al Papa en el Medioevo hasta el advenimiento de las monarquías absolutas y en otra forma también después, hasta 1848: pero es una derivación necesaria de ella, por razones de compromiso.
Por otro lado, aún en los períodos más espléndidos del Papado y de su poder supernacional, las cosas no marcharon siempre muy bien. La supremacía papal, aunque reconocida jurídicamente, era rechazada de hecho de un modo con frecuencia muy áspero y en las hipótesis más optimistas se reducía a los privilegios políticos, económicos y fiscales del episcopado de cada uno de los países.
Los concordados corroen esencialmente el carácter autónomo de la soberanía del Estado moderno. ¿El Estado obtiene una contrapartida? Por cierto que sí, pero la obtiene en su mismo territorio y en lo que respecta a sus propios ciudadanos. El Estado obtiene (y en este caso correspondería mejor decir el gobierno) que la Iglesia no estorbe el ejercicio del poder, y que por el contrario lo favorezca y lo sostenga, de la misma manera que una muleta sostiene a un inválido. La Iglesia por lo tanto, se compromete con una determinada forma de gobierno (que es determinada desde el exterior, como documenta el mismo concordato), se empeña en promover aquel consenso de una parte de los gobernados que el Estado explícitamente reconoce no poder obtener con medios propios; he aquí, en qué consiste la capitulación del Estado, el por qué acepta de hecho la tutela de una soberanía exterior, a la que reconoce prácticamente su superioridad. La misma palabra “concordado” es sintomática…
Los artículos publicados en los “Nuovi Studi” sobre el Concordato son de lo más interesantes y se prestan fácilmente a la refutación. (Recordar el “tratado” firmado por la república democrática georgiana luego de la derrota del general Denikin).
Pero en el mundo moderno ¿qué significa prácticamente la situación creada en un Estado por las estipulaciones concordatarias? Significa el reconocimiento público a una casta de ciudadanos del mismo Estado de determinados privilegios políticos. La forma no es más medieval, pero la sustancia es la misma. En el desarrollo de la historia moderna, aquella casta había visto atacado y destruido un monopolio de función social que explicaba y justificaba su existencia, el monopolio de la cultura y de la educación. El concordato reconoce nuevamente este monopolio, aunque sea atenuado y controlado, por cuanto asegura a dicha casta posiciones y condiciones preliminares que con sus solas fuerzas, con la intrínseca adhesión de su concepción del mundo a la realidad, no podría mantener.
Se comprende entonces la lucha sorda y sórdida de los intelectuales laicos y laicistas contra los intelectuales de casta, por salvar su autonomía y su función. Pero es innegable su intrínseca capitulación y su distanciamiento del Estado. El carácter ético de un Estado concreto, de un determinado Estado, es definido por su legislación efectiva y no por las polémicas de los francotiradores de la cultura. Si éstos afirman “el Estado somos nosotros”, afirman sólo que el llamado Estado unitario es únicamente “apodado así”; ya que de hecho existe en su seno una escisión muy grave, tanto más grave en cuanto es afirmada, implícitamente por los legisladores y gobernantes, al decir que el Estado es, al mismo tiempo, el de las leyes escritas y aplicadas y el de las conciencias que íntimamente no reconocen aquellas leyes como eficientes y buscan sórdidamente vaciarlas (o al menos limitarlas en su aplicación) de contenido ético. Se trata de un maquiavelismo de pequeños politiqueros; de allí que los filósofos del idealismo actual, especialmente aquellos de la sección de papagayos amaestrados de los “Nuovi Studí”, pueden ser considerados las más ilustres víctimas del maquiavelismo. Es útil estudiar la división del trabajo que se trata de establecer entre la casta y los intelectuales laicos; a la primera es cedida la formación intelectual y moral de los más jóvenes (escuelas elementales y medias), a los segundos el desarrollo ulterior del joven en la Universidad. Pero la escuela universitaria no está sometida al mismo régimen de monopolio que impera en la enseñanza media y elemental. Existe la Universidad del Sagrado Corazón y podrán ser organizadas otras Universidades católicas equiparadas en todo a las estatales.
Las consecuencias son obvias: la escuela elemental y media es la escuela popular y de la pequeña burguesía, estratos sociales monopolizados educativamente por la casta, ya que la mayoría de sus elementos no llegan a la Universidad, vale decir, no conocerán la educación moderna en su fase superior crítico-histórica, sino únicamente la educación dogmática.
La Universidad es la escuela de la clase (y del personal) dirigente, es el mecanismo a través del cual se produce la selección de los individuos de las otras clases para ser incorporados al personal gubernativo, administrativo, dirigente. Pero con la existencia en paridad de condiciones de Universidades católicas, la misma formación de este personal no sólo se tornará más unitaria y homogénea, sino que la casta, en las Universidades propias, realizará una concentración de cultura laico-religiosa como no se veía desde hace muchos decenios y se encontrará de hecho en condiciones mucho mejores que la concentración laico-estatal. En efecto, no es comparable ni lejanamente la eficiencia de la Iglesia, que como un sólo bloque sostiene a su propia Universidad, con la eficiencia organizativa de la cultura laica. Si el Estado (también en el sentido más vasto de sociedad civil) no se expresa en una organización cultural según un plan centralizado y no puede tampoco lograrlo, porque su legislación en materia religiosa es lo que es y su carácter equívoco no puede dejar de favorecer a la Iglesia, dada su estructura maciza y el peso relativo y absoluto que de ella se deriva; y si los títulos de los dos tipos de Universidades son equiparados, es evidente que se tenderá a que las Universidades católicas se conviertan en el mecanismo selectivo de los elementos más capaces e inteligentes de las clases inferiores que es preciso incorporar al personal dirigente.
Favorecerán esta tendencia el hecho de no existir discontinuidad educativa entre las escuelas medias y la Universidad católica, mientras que tal discontinuidad existe en la Universidad laico-estatal y el hecho de que la Iglesia, en toda su estructura, está preparada para este trabajo de elaboración y selección desde abajo. La Iglesia, desde este punto de vista, es un organismo perfectamente democrático (en sentido paternalista). El hijo de un campesino o de un artesano, si es inteligente y capaz y sí es lo bastante dúctil como para dejarse asimilar por la estructura eclesiástica y para sentir el particular espíritu de cuerpo y de conservación y la validez de los intereses presentes y futuros, puede, teóricamente, convertirse en cardenal o Papa. Si en la alta jerarquía eclesiástica el origen democrático es menos frecuente de cuanto podría ser, esto ocurre por razones complejas, sobre las cuales incide sólo parcialmente la presión de las grandes familias aristocráticas católicas o la razón de Estado (internacional). Una razón muy poderosa es la siguiente: muchos seminarios están bastante mal preparados y no pueden educar completamente al hombre de pueblo inteligente, mientras que el joven aristocrático desde su mismo ambiente familiar recibe sin esfuerzo de aprendizaje una serie de aptitudes y de cualidades que son de primer orden para la carrera eclesiástica, tales como la tranquila seguridad de la propia dignidad y autoridad y el arte de tratar y gobernar a los demás.
Un motivo de debilidad de la Iglesia en el pasado consistía en que la religión otorgaba escasa posibilidad de carrera fuera de la eclesiástica, el clero mismo era deteriorado cualitativamente por las “escasas vocaciones” o por las vocaciones que se daban únicamente entre los elementos intelectualmente subalternos. Esta crisis era ya muy visible antes de la guerra; era un aspecto de la crisis general de las carreras de renta fija con planteles lentos y pesados, vale decir de la inquietud social del intelectual subalterno abstracto (maestros, docentes medios, curas, etc.) sobre el cual incidía la competencia de las profesiones ligadas al desarrollo de la industria y de la organización privada capitalista en general (periodismo, por ejemplo, que absorbe muchos educadores, etc.). Había comenzado ya la invasión de las escuelas magistrales y de las Universidades por las mujeres y con ellas, por los curas, a los cuales la Curia (luego de la ley Credaro) no podía prohibir que se procurasen un título público que les permitiese concurrir también a los empleos del Estado y aumentar así las “finanzas” individuales. Muchos de estos curas, apenas obtenido el título público, abandonaron la Iglesia (durante la guerra, por la movilización y el contacto con ambientes de vida menos sofocantes y estrechos que los eclesiásticos, este fenómeno adquirió cierta amplitud).
La organización eclesiástica sufría, por consiguiente, una crisis constitucional que pudo ser fatal para su poder, si el Estado hubiese mantenido íntegra su posición de laicismo, aun sin necesidad de una lucha activa. En la lucha entre las formas de vida, la Iglesia tendía a perecer automáticamente, por agotamiento propio. El Estado salvó a la Iglesia.
Las condiciones económicas del clero fueron mejoradas mientras el tenor de vida general, pero especialmente el de las capas medias, empeoraba. El mejoramiento ha sido tal que las “vocaciones” se han multiplicado maravillosamente, impresionando al mismo Pontífice, que las explicaba por la nueva situación económica. La base de la elección de los elementos idóneos para el clericato ha sido ampliada, permitiendo así mayor rigor y exigencia cultural. Pero la carrera eclesiástica, a pesar de ser el fundamento más sólido de la potencia vaticana, no agota sus posibilidades. La nueva estructura escolar permite la introducción en el personal dirigente laico, de células católicas compuestas por elementos que deben su posición solamente a la Iglesia, y que se irán reforzando cada vez más. Hay que pensar que la infiltración clerical en la estructura del Estado aumentará progresivamente ya que la Iglesia es imbatible en el arte de seleccionar a los individuos y de tenerlos permanentemente ligados a ella. Controlando los liceos y las demás escuelas medias, a través de sus fiduciarios, la Iglesia seguirá, con la tenacidad que le es característica, a los jóvenes de las clases pobres y les ayudará a continuar sus estudios en las Universidades católicas. Bolsas de estudio, subsidiadas por los internados organizados con la máxima economía, junto a las Universidades, permitirán esta acción.
La Iglesia, en su fase moderna, con el impulso dado por el actual pontífice a la Acción Católica, no puede limitarse sólo a producir curas; ella desea penetrar el Estado (recordar la teoría del gobierno indirecto elaborada por Bellarmino) y para ello son necesarios los laicos, es necesaria una concentración de cultura católica representada por laicos. Muchas personalidades pueden transformarse en auxiliares de la Iglesia, más valiosos como profesores de la Universidad, como altos funcionarios de la administración, que como cardenales u obispos.
Ampliada la base de selección de las “vocaciones”, una actividad laico-cultural de este tipo tiene grandes posibilidades de extenderse. La Universidad del Sagrado Corazón y el centro neoescolástico[3] son únicamente las primeras células de este trabajo. Y por ello ha sido sintomático el congreso filosófico de 1929[4]. Se enfrentaron allí los idealistas actualistas y los neoescolástícos, participando estos últimos animados de un batallador espíritu de conquista. El grupo neoescolástico, luego del Concordato, deseaba justamente aparecer como batallador, como seguro de sí para atraer a los jóvenes. Es preciso tener en cuenta que una de las fuerzas de los católicos consiste en mofarse de las “refutaciones perentorias” de sus adversarios no católicos. La tesis refutada es retomada por ellos en forma imperturbable y como si nada ocurriese. El “desinterés” intelectual, la lealtad y honestidad científica, no es entendida, o se conciben como debilidades o tonterías de los otros. Ellos parten de la potencia de su organización mundial que se impone como si fuese una prueba de verdad y se basan en el hecho de que la gran mayoría de la población no es todavía “moderna”, es aún tolomeica por su concepción del mundo y de la ciencia.
Si el Estado renuncia a ser un centro activo y permanentemente activo, de una cultura propia, autónoma, la Iglesia no puede menos que triunfar en lo sustancial. Pero el Estado no sólo no interviene como centro autónomo, sino que destruye a todo opositor de la Iglesia que tenga la capacidad de limitar su dominio espiritual sobre las multitudes. Se puede prever que las consecuencias de tal situación de hecho, permaneciendo inmutable el cuadro general de las circunstancias, puede ser de máxima importancia.
La Iglesia es un Shylok aún más implacable que el personaje shakespeariano; querrá su libra de carne aun a costa de desangrar a su víctima y con tenacidad, cambiando continuamente sus métodos, tenderá a lograr su programa máximo. Según la expresión de Disraeli: “Los cristianos son los hebreos más inteligentes, que han comprendido cómo es necesario actuar para conquistar al mundo”.
La Iglesia no puede ser reducida a su fuerza “normal” con la refutación desde un punto de vista filosófico de sus postulados teóricos, ni con las afirmaciones platónicas de una autonomía estatal (que no sea militante), sino únicamente con la acción práctica cotidiana, con la exaltación de las fuerzas humanas creadoras en toda el área social.
Un aspecto de la cuestión que es preciso valorar correctamente es el de las posibilidades financieras del Centro Vaticano. La organización en permanente desarrollo del catolicismo en los Estados Unidos da la posibilidad de recoger fondos muy importantes, además de las rentas normales aseguradas hasta ahora (que en 1937, sin embargo, disminuirán en 15 millones por año, debido a la conversión de la deuda pública del 5 al 3,5 por ciento) y del óbolo de San Pedro.
¿Podrían surgir cuestiones internacionales a propósito de la intervención de la Iglesia en los asuntos internos de aquellos países donde el Estado la subsidia permanentemente? La cuestión es, como se dice, elegante. El problema financiero torna muy interesante el problema de la llamada indisolubilidad entre tratado y Concordato proclamada por el Pontífice. Admitiendo que el Papa se encontrase ante la necesidad de recurrir a este medio político de presión sobre el Estado, ¿no se presentaría de inmediato el problema de la restitución de las sumas cobradas (que están ligadas precisamente al tratado y no al Concordato)?. Pero ellas son tan inmensas que es lógico pensar que habrán sido gastadas en gran parte en los primeros años, de allí entonces que su restitución pueda considerarse prácticamente imposible. Ningún Estado podría facilitar al Pontífice un empréstito tan grande para desembarazarlo, y tanto menos un capital privado o una banca. La denuncia del tratado desencadenaría una crisis tal en la organización práctica de la Iglesia, que su solvencia, aunque sea a largo plazo, sería liquidada. La convención financiera anexa al tratado debe ser por lo tanto considerada como la parte esencial del tratado mismo, como la garantía de una casi imposibilidad de denuncia del tratado, proyectada por razones polémicas y de presión política.
Fragmento de la carta de Napoleón 111 a Francisco José[5]: “Y no silenciaremos, que en medio de tales molestias, Nos falta, sin embargo, el modo de subvenir con lo propio las incesantes y múltiples exigencias materiales, inherentes al gobierno de la Iglesia. Verdad es que nos llegan en socorro las ofertas espontáneas de la caridad; pero siempre ante nosotros surge con amargura el pensamiento de que ellas llenan de agravio a Nuestros hijos, y por otra parte no se puede pretender que la caridad pública sea inagotable. “Con lo propio” significa: recogido a través de impuestos” a los ciudadanos de Estado pontificio, cuyos sacrificios no provocan aflicción según parece; resulta natural que la población italiana pague los gastos de la Iglesia universal.
En el conflicto entre Bismarck y la Santa Sede se encuentran los gérmenes de una serie de cuestiones, que podrían ser causadas por el hecho de que el Vaticano tiene la sede en Italia manteniendo determinadas relaciones con el Estado italiano. Bismarck “hizo lanzar a sus juristas –escribe Salata en la p. 271 de la citada obra– la teoría de la responsabilidad del Estado italiano por los hechos políticos del Papa, que, Italia había constituido en tal condición de invulnerabilidad e irresponsabilidad por los daños y ofensas inferidos por el Pontífice a los otros Estados”.
El Director General del Fondo para el Culto, Raffaele Jacuzio ha publicado un Commento della nuova legislazione in materia ecclesiastica, con prefacio de Alfredo Rocco[6], donde recoge y comenta todas las actas tanto de los órganos estatales italianos, como de los pertenecientes al Vaticano para la vigencia del Concordato. Mencionando el problema de la Acción Católica, Jacuzio escribe (p. 203): “Pero ya que en el concepto de política no entra solamente la tutela del ordenamiento jurídico del Estado, sino también todo cuanto tiene atingencia con las providencias de orden económico y social, es muy difícil… considerar excluida a priori en la Acción Católica toda acción política, cuando… se hacen entrar en ella la acción social y económica y la educación espiritual de la juventud”.
Sobre el Concordato es necesario ver también el libro de Vincenzo Morello, Il conflitto dopo la Conciliazione[7], y la respuesta de Egilberto Martire, Ragioni della Conciliazione[8]. Sobre la polémica Morello-Martire ver el artículo firmado “Novus” en la “Crítica Fascista” del 1ero. de febrero de 1933 (Una polemica sulla Conciliazione). Morello pone de relieve no sólo aquellos puntos, sobre el Concordato, en donde el Estado se ha disminuido a sí mismo, ha abdicado de su soberanía, sino también, cómo, en algunos puntos, las concesiones hechas a la Iglesia son más amplias que las hechas por otros países concordatarios. Los puntos en controversia son principalmente cuatro: 1) el matrimonio. Por el artículo 43 del Concordato el matrimonio es disciplinado por el derecho canónico, vale decir, se aplica en el ámbito estatal un derecho que le es extraño. Por eso los católicos, en base a un derecho extraño al Estado, pueden hasta anular el matrimonio, a diferencia de los no-católicos, cuando “el ser o no ser católicos debería “ser irrelevante a los efectos civiles; 2) por el artículo 5, inciso 3ero., existe la interdicción de algunos cargos públicos para los sacerdotes apóstatas o para aquellos que han sido censurados, es decir, se aplica una “pena” del Código Penal a personas que no han cometido frente al Estado ningún delito punible. El artículo 1ero. del Código dice en cambio que ningún ciudadano puede ser castigado sino por el hecho expresamente previsto por la ley penal como delito; 3) Morello no ve cuáles son las razones de utilidad por las cuales el Estado ha hecho tabla rasa de las leyes de exención, reconociendo a los entes eclesiásticos y a las órdenes religiosas la existencia jurídica, la facultad de poseer y administrar sus propios bienes; 4) enseñanza: exclusión total del Estado de las escuelas eclesiásticas y no ya sólo de aquellas que preparan técnicamente a los sacerdotes (es decir, exclusión del control estatal en la enseñanza de la teología, etc.), sino también de aquellas dedicadas a la enseñanza general. El artículo 39 del Concordato se refiere en efecto también a las escuelas elementales y medias que funcionan en muchos seminarios, colegios y conventos, de las cuales el clero se sirve para atraer niños y jovencitos al sacerdocio y a la vida monástica, pero que en sí no son aún especializadas. Estos alumnos deberían tener derecho a la tutela del Estado. Creo que en otros Concordatos se han tenido en cuenta ciertas garantías hacia el Estado, mediante las cuales el mismo clero no se ha formado de una manera contraria a las leyes y al orden nacional e imponiendo precisamente la condición de que para desempeñar muchas funciones eclesiásticas sea necesario un título de estudios público (que dé acceso a las Universidades).
La circular ministerial sobre la cual insiste “Ignotus” en su folleto Stato fascista, Chiesa e scuola[9] diciendo que “no es juzgada por muchos como un monumento de prudencia política, en cuanto se expresaría con excesivo celo, con el celo que Napoleón (querrá decir Talleyrand) no deseaba en absoluto, con un celo que podría parecer excesivo si el documento más que de un ministerio civil, hubiese emanado de la misma administración eclesiástica”, está firmada por el ministro Belluzzo y enviada el 28 de marzo de 1929 a las Delegaciones provinciales de enseñanzas[10].
Según “Ignotus” esta circular habría facilitado a los católicos una interpretación extensiva del artículo 36 del Concordato. ¿Pero esto es verdad? “Ignotus” escribe que, con dicho artículo, Italia no reconocería, sino apenas (!?) consideraría como “fundamento y coronación de la instrucción pública la enseñanza de la doctrina cristiana según la forma recibida por la tradición católica”. ¿Pero es lógica esta restricción de “Ignotus” y la interpretación sofística del verbo “considerar”? La cuestión es grave, por cierto, y probablemente los compiladores de los documentos no pensaron a tiempo en la importancia de sus concesiones, y de allí, por consiguiente, este brusco retroceso. [Hay que pensar que el cambio de nombre del Ministerio, de “Instrucción pública” a “Educación Nacional” está ligado a esta necesidad de interpretación restrictiva del artículo 36 del Concordato, deseando poder afirmar que una cosa es “instrucción” (momento “informativo”, todavía elemental y preparatorio) y otra “educación” (momento “formativo”, coronación del proceso educativo) según la pedagogía de Gentile].
Las palabras “fundamento y coronación” del Concordato repiten la expresión del Real Decreto del 1ero. de octubre de 1923, n. 2185, sobre el Ordenamiento de los grados escolares y de los programas didácticos de la instrucción elemental: “Como fundamento y coronación de la instrucción elemental en cada uno de sus grados, es puesta la enseñanza de la doctrina cristiana según la forma recibida en la tradición católica”.
El 21 de marzo de 1929, en un artículo sobre L’insegnamento religioso nelle scuole medie, considerado de carácter oficioso, escribe “Tribuna”: “El Estado fascista ha dispuesto que la religión católica, base de la unidad intelectual y moral de nuestro pueblo, fuese enseñada no solamente en la escuela de los niños, sino también en la de los jóvenes”.
Los católicos naturalmente, relacionan todo con el artículo 1ero. del Estatuto, reafirmado en el artículo 1ero. del Tratado con la Santa Sede interpretando que el Estado, en cuanto tal, profesa la religión católica y no ya solamente que el Estado en cuanto necesita de ceremonias religiosas establece que ellas deben ser “católicas”[11].
Vinculada a la ley de las garantías existió una disposición en la cual se fijaba que si en los próximos cinco años después de la promulgación de dicha ley el Vaticano rechazaba aceptar la indemnización establecida, el derecho a la indemnización caducaba. Sin embargo, en los balances hasta 1928 aparece siempre planteado el reclamo de la indemnización al Papa. ¿Cómo es eso? ¿Fue quizás modificada la disposición de 1871 y cuándo y por qué razones? La cuestión es muy importante.
[1] Antonio Gramsci fue un intelectual y activista político italiano, fundador del Partido Comunista (Ales, Cerdeña, 1891 – Roma, 1937). Estudió en la Universidad de Turín, donde recibió la influencia intelectual de Croce y de los socialistas. En 1913 se afilió al Partido Socialista Italiano, convirtiéndose enseguida en dirigente de su ala izquierda. Ante la disyuntiva planteada a los socialistas de todo el mundo por el curso que tomaba la Revolución rusa, Gramsci optó por adherirse a la línea comunista y, en el Congreso de Livorno (1921), se escindió con el grupo que fundó el Partido Comunista Italiano. Enseguida hubo de pasar a la clandestinidad, dado que desde 1922 Italia estaba bajo el poder de Mussolini, que ejercería a partir de 1925 una férrea dictadura fascista. Gramsci fue detenido en 1926 y pasó el resto de su vida en prisión, sometido a vejaciones y malos tratos, que vinieron a añadirse a su tuberculosis para hacerle la vida en la cárcel extremadamente difícil, hasta que murió de una congestión cerebral. En estas condiciones, sin embargo, fue capaz de producir su gran obra escrita: los Cuadernos de la cárcel.
[2] Los subrayados son nuestros.
[3] Centro neo-escolástico: movimiento filosófico do tendencia aristotélico-tomista surgido en Italia a comienzos del siglo XIX. Contó entre sus promotores principales con el padre Luigi Taparelli d’Azeglio y fue sancionado en 1879 por la encíclica Aeterni patris (Del Eterno Padre) de León XIII. La Conciliación dio nuevo impulso al neoescolasticismo con la fundación de la Rivista di filosofia neoescolastica y de la Universidad católica del Sagrado Corazón (1929), ambas por iniciativa del padre Gemelli. (N. del T.).
[4] El Congreso de filosofía del 26-29 de mayo de 1929, señaló el punto de crisis del laicismo y del liberalismo, estallando en su seno la lucha entre Giovanni Gentile y el padre Gemelli, vale decir, entre idealistas actualistas y neoescolásticos. (N. del T.).
[5] Creo que con fecha junio de 1892, mencionada en la p. 244 y sig. del libro de FRANCESCO SALATA, Per la storia diplomatica della Quistione Romana, I, Treves, 1929.
[6] Turín, Utet, 1932, pp. 693.
[7] Bompiani, 1931.
[8] Roma, “Rassegna Romanas, 1932.
[9] Librería del Littorio, Roma, 1929.
[10] Circular Número. 54, publicada en el “Boletín Oficial” del Ministerio de la Educación Nacional el 16 de abril de 1929, publicada íntegramente en la “Civiltà Cattolica” del 18 de mayo subsiguiente.
[11] Cfr. sobre el punto de vista católico con respecto a la escuela pública el artículo (del padre M. BARBERA) Religione e filosofia nelle scuole medie, en la “Civiltà Cattolica”, del 1ero. de junio de 1929.
Esta entrada fue publicada en Lo religioso hoy y etiquetada Relaciones Iglesia-Estado, Religión y política. Guarda el enlace permanente.

References: artículo 43
 artículo 5
 artículo 1
 artículo 39
 artículo 36
 artículo 36
 Real Decreto 
 artículo 1
 artículo 1