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Timestamp: 2017-06-26 14:03:49+00:00

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La Humanidad - Decisiones | Guerra de Mitos
La Humanidad - Decisiones
Autor : Marc Simó
Ilustrador: Ernesto Gomi
9:30 am H.R.
Era domingo y quería descansar, su trabajo como senador le ocupaba más tiempo del que había imaginado cuando se propuso dejar su carrera de abogado y presentarse como candidato en las elecciones de 2008. Pero todo había ido a peor desde la aparición de todos aquellos dioses.
El estadounidense medio ya no se conformaba con algunas hojas desclasificadas llenas de rayas negras o con algún comentario gracioso o burlesco acerca de lo paranormal. Ahora todo aquello existía y se había vuelto en contra del gobierno de los Estados Unidos. Negar ya no era suficiente y admitir que se había ocultado, hasta la fecha, la existencia de seres capaces de prodigios como los que se veían día a día, desde hacía más de un año, pondría a los políticos en una situación todavía más delicada.
A finales de 2013 incluso un grupo de activistas habían tratado de asaltar una instalación militar en mitad de Nevada en busca de la «verdad». «Ingenuos… Todavía creen que hay algo en el Área51… hace décadas que se trasladó todo el material mucho más cerca de Washington». Abrió el Washington Post que le habían dejado delante de la puerta de su habitación y volvió a acomodarse en la confortable cama del hotel.
Las elecciones de noviembre de 2014 se habían adelantado para mediados de abril y eso le había obligado a adelantar su campaña visitando diferentes ciudades por interés propio y por el de su partido. Esta semana tocaba visitar Richmond y a pesar de que podía haber vuelto a Washington después de la conferencia, prefería levantarse tarde y poder pasear por las calles de la ciudad al día siguiente, saludando y sonriendo a sus posibles votantes.
Muork, sin embargo, había sabido utilizar todo esto en su favor, había hecho campaña en pro de la verdad, mezclando la demagogia barata con verdaderas ideas de cambio, unas cuantas banderitas y algunos eslóganes pegadizos, todo muy americano. Exigía, día sí día también, al presidente de los EE.UU. que dijera la verdad. Su empresa le había granjeado muchos futuros votantes y también algún enemigo, pero le había situado a la cabeza de una comisión de investigación que le había dado acceso a mucho más. Hacía tres meses había tenido una reunión con un alto cargo del ejercito y le había mostrado cosas que ahora le preocupaban a otro nivel. Ahora, era él mismo el que pensaba que había cosas que no debían salir nunca a la luz.
Todo esto le había recordado el dossier marcado con el sello rojo de «CONFIDENCIAL» que le había entregado su nuevo amigo en el ejército. Se levantó de la cama y se sentó en la pequeña mesa de madera junto a la venta, abrió su maletín de cuero negro, sacó el montón de hojas y se puso a leer. Habían pasado algo menos de cinco horas cuando un SMS llegó a su Blackberry:
«Yog Sothoth–El Cairo; Azathoth-Madrid // Consejo de Seguridad ONU; N.Y. 06/03. Evite Washington».
9:00 am H.R.
Sede de la ONU, Nueva York.
Artedil llevaba rato sentado en la incómoda silla de plástico rojo para invitados del salón del consejo de seguridad de la ONU. Al principio sólo se había fijado en el enorme mural de Per Krohg que había a su izquierda. Pero a medida que avanzaba la mañana algunas figuras le habían llamado su atención.
Unas sillas más a su derecha un hombre sobre la treintena, rubio, alto y con el cuerpo trabajado, vestía un impecable traje de gala militar de color azul eléctrico y cada poco rato se recolocaba la banda dorada que cruzaba su pecho, más como un tic que por necesidad. Había algo en ese hombre que le resultaba familiar.
En la última fila detrás de él estaba Pak, el hombre con el que había tenido contacto telefónico desde que empezó a organizarse y fundó «El Refugio». No se conocían en persona y dudaba que el monje supiera cómo era él así que prefirió dejar las presentaciones para otro momento, en su primer encuentro tendrían muchas cosas de las que hablar.
Los formalismos de la reunión se desarrollaban lentos y tediosos. Los representantes de los países se limitaban por una parte a establecer los diferentes puntos y condiciones que resultarían de una posible resolución tras la sesión sin entrar todavía en materia y por otra parte a recordarse entre ellos lo mucho que les debían todos y cada uno de los demás representantes. Palabrería y formalismo absurdo que empezaba a impacientar a algunos de los asistentes. En especial, al hombre que estaba sentado en la bancada roja frente a la de él, al otro lado del círculo reservado a los representantes.
El hombre vestía un impecable traje negro, camisa blanca y corbata negra. Y no paraba de mover sus manos alrededor del sombrero de copa que tenía en su regazo ni de martillear nerviosamente su pierna derecha. Debía medir más de 2 metros de alto y lucía una recortada barba que marcaba las duras facciones de su rostro. «Muork… parece más un senador del siglo pasado…» pensó.
Fue en ese momento cuando reparó en el pequeño hombre sentado al fondo de la sala, cerca de la salida. Estaba totalmente concentrado en la discusión que mantenían los representantes de los países y parecía sonreír bajo su poblada barba pelirroja cada vez que el representante Ruso atacaba abiertamente o ridiculizaba alguno de sus homólogos. Empuñaba un bastón negro, tallado en unas extrañas formas retorcidas, llevaba un traje azul oscuro una camisa negra y una corbata lila. Sus enormes ojos heterocromos escrutaban y analizaban cada reacción y cada gesto como si tratara de adivinar que era lo que iba a decirse en la reunión. Sólo dejaba de prestar atención unos segundos para limpiar la lente de su monóculo.
Un profundo silencio hizo volver la atención de todos hacia el círculo central. Ms. Sylvie Lucas, representante de Luxemburgo y presidenta del consejo para el mes de marzo había dado un golpe en la mesa para terminar con todas esas absurdas discusiones.
―Se lo advierto, Mr. Churkin, no voy a tolerar este tipo de agresiones verbales a otros miembros de este consejo ―dijo con voz firme―. Hemos sido convocados para tratar un tema que nos sobrepasa, sin embargo, es nuestra responsabilidad tomar las decisiones adecuadas de ahora en adelante.
El representante de la Federación Rusa acercó sus labios hacia el micrófono que tenía delante e hizo ver que pedía disculpas con una elaborada retórica. Lo que todavía agradó más al misterioso hombre de la última fila.
La presidenta del consejo volvió a tomar la palabra. ―La reunión de esta mañana gira en torno a los últimos acontecimientos sucedidos desde el pasado día 2 de marzo y constará de tres partes. Punto uno: Evaluación de la situación. Punto dos: Escucha de los diferentes ponentes invitados. Punto tres: Votación. Las cuestiones a votar están escritas en el punto 6.4.5 del documento que se ha entregado a todos ustedes al comenzar la reunión. Debo recordar que la principal misión de la ONU y en concreto de este consejo es el mantenimiento de la paz, la seguridad y el respeto por los derechos humanos. Sin embargo, debemos tener presente que estos «Seres», ya sean Dioses, criaturas o demonios como los que habíamos visto hasta el momento y mucho menos estos nuevos Monstruos, responden de manera alguna ante este consejo, ergo cualquier decisión tomada hoy aquí responde exclusivamente a la voluntad del hombre.
Sylvie fue cediendo la palabra a cada uno de los representantes de los países que lo habían solicitado. Gérard Arau, representante de la República Francesa, fue el primero en hablar.
Hacía unas horas que París había caído. Un gigantesco y monstruoso ser en algún punto entre un hombre y una serpiente había tomado posesión de toda la ciudad. La mayoría de los habitantes habían podido escapar, pero los muertos se contaban por miles. Francia, siguiendo el protocolo de actuación que había dejado la OTAN antes de su disolución había lanzado su ejército en un intento vacuo de reducir al ser.
Tras varias horas de combate sólo habían logrado que «eso» volviera a sumergirse bajo tierra. Los informes del representante Francés no revelaban ningún signo de daño real causado a la criatura. Así mismo, aprovechó su intervención para exponer la situación en la capital de su país vecino. Madrid, había quedado completamente arrasada por la explosión causada por el deforme engendro que había aparecido en el cielo de la capital Española. Su ejército, sin embargo, sólo había podido trazar un perímetro de seguridad de más de 70 quilómetros alrededor del erial. Cualquier intento de acercamiento resultaba en más bajas.
Kim Sook, de Corea del Sur, adjuntaba fotografías aéreas del satélite KOMPSAT-2 de la ciudad Japonesa de Hiroshima, pero nadie prestó atención a diarrea verbal llena de excusas y justificaciones por la flagrante violación de derechos y espionaje sobre el país vecino que implicaban las imágenes. Las fotografías mostraban ríos de gente corriendo y alejándose de una extraña figura pseudo-humana de unos 3 pisos de alto y vestida de retales de tela. Alrededor de la figura se distribuían como en círculos un grupo de hombres y mujeres que parecían estar realizando un retorcido baile.
―Hastur… ―El senador Muork se levantó de su silla de plástico interrumpiendo la exposición del representante Surcoreano. Y se puso en medio del círculo para que todos pudieran verle―. A ese monstruo se le conoce como Hastur.
Samantha Power, representante de los Estados Unidos tomó la palabra haciendo un gesto para que Sook se sentara.
—Les presento al Senador Muork, yo misma le he hecho llamar como ponente especial. ―Hizo una leve pausa antes de proseguir―. Como algunos de ustedes ya sabrán, hace menos de doce horas que Washington ha sido tomada por uno de estos seres.
Un rumor seco corrió la sala en todas direcciones.
—Sí. Estamos a menos de cuatro horas de viaje de Washington, pero no se preocupen. Si ese monstruo o cualquier otro se acercara a menos de una hora evacuaríamos inmediatamente el edificio. El ejército de los Estados Unidos está a cargo de garantizar la seguridad de esta reunión. ―Las palabras de la senadora no parecieron tranquilizar del todo a sus compañeros.
—Como les decía... —dijo tratando de recuperar la atención de la sala—. El Senador Muork nos ha traído algo de información para tratar de arrojar un poco de luz en todo este asunto, por favor senador… —Hizo un gesto con la mano para ceder la palabra a Muork quien tuvo que carraspear un par de veces antes de que le regresara la voz.
―Permítanme que les reparta una serie de documentos que nos ayudaran a avanzar en la buena dirección. —El documento estaba encabezado por una vieja fotografía y unos cuantos fragmentos de Lovecraft. —Algunos de ustedes puede que ya conozcan a éste hombre. Se hizo famoso por haber escrito varios relatos de terror, relacionados con unos monstruos de otros mundos o planos como él los llama en alguna ocasión. Sin embargo, esta mañana me gustaría presentarles la figura de este hombre como la de un profeta… Quiero contarles otra versión de la historia.
El senador no dejó de hablar mientras los comisionados de los países pasaban hacia delante y hacia atrás las 50 hojas clasificadas de sus dosieres, repasando cada nombre, cada dirección, cada fecha y cada detalle. Muork habló del incidente del 7 de julio de 1947, explicó todo lo que pudo acerca de los Antiguos, explicó todo lo que habían ocultado al mundo en el Área 51 y los motivos de trasladarla posteriormente a la Universidad de Miskatonik, habló durante más de una hora de los cientos y los miles de manuscritos que hablaban de estos seres que habían regresado.
Cuando terminó su exposición ninguno de los miembros del consejo de seguridad de la ONU parecía dispuesto a romper el silencio. Antes de que la pregunta obvia saltara y desencadenara otra discusión Samantha Power aclaró que haber hecho pública cualquier información de este tipo hasta ahora no hubiera tenido credibilidad alguna, la mujer agradeció al senador su exposición e instó a la presidenta a seguir con la reunión.
―Y se puede saber qué diferencia hay entre estos seres y los que se hacen llamar dioses, han llegado con muerte y destrucción igual que los otros. —El comisionado ruso se había puesto de pie con la cara roja por la rabia—. No podemos tolerar que nadie venga y nos eche de nuestras casas. Tenemos que hacer frente a todos estos invasores.
El hombre vestido de azul se levantó. Se colocó, por enésima vez, la cinta dorada y dio unos pasos hacia el círculo central.
—¿Mr. Churkin? —preguntó.
―¡¿Y usted qué quiere?! —reprochó el embajador ruso con un brusco gesto de brazos.
―Estoy de acuerdo con usted en una cosa, debemos luchar. ―Las palabras del misterioso militar parecieron agradar al representante que comenzó a sonreír victorioso.
Artedil, que no se había perdido ni un solo detalle de la reunión hasta el momento, se acomodó como pudo en su silla y repasó de una ojeada los rostros de sus «vigilados». El extraño hombre del bastón por primera vez no parecía tan contento como su bufón, parecía estar esperando un devastador «PERO» de los labios del ponente. Muork parecía prestar poca atención al debate mientras mantenía un debate en su interior mucho más duro. Pak se movió en su silla para poder prestar más atención y no perderse ningún detalle, sin embargo, su curiosidad no estaba fijada en la mesa central sino en el misterioso hombre del monóculo.
―Sin embargo, no se invade lo que es legítimamente tuyo, se recupera… Mr. Churkin. Y me temo que si bien es cierto que los…, vamos a llamarles, «Dioses Mitológicos» pueden ir acompañados de criaturas o demonios que pueden no ser tan «diplomáticos» no son lo mismo que los monstruos que ahora nos amenazan, se ha demostrado que los humanos no podemos hacer frente solos a estos monstruos —aclaró el hombre.
―¿Entonces? —espetó el ruso―. ¿Pretende ignorar la amenaza que estos dioses suponen y lanzar a nuestros hombres a una batalla que ya da por perdida? Viste usted unas ropas que le quedan grandes…
No mostró signo alguno en su rostro tras las palabras del embajador. Se giró de nuevo hacia las hileras de sillas de las que había salido y continuó su discurso.
―Ya todos conocen a Pak —dijo señalando―. Ha sido una de las pocas voces que se han atrevido a decir lo que otros piensan. Y parece que incluso los dioses le han escuchado. Hace poco fue invitado a una reunión en la que todos los dioses presentes decidieron dejarnos al margen de sus riñas personales y apoyarse en contra de lo que llaman dioses primigenios.
La sala entera se giró en busca de respuestas hacia la silueta del monje. Que se limitó a asentir.
―Permítanme mostrarles algo. —Nadie había visto de dónde había sacado el sedoso pañuelo azul que tenía entre sus manos y que ya estaba desenvolviendo―. Les presento una de las muchas armas con las que podemos luchar los hombres. Algunos la llaman la lanza del destino. Alejandro Magno la empuñó en cada batalla hasta el 323 a.C. Sólo se la recuerda una vez más antes de que sobre el 732 d.C. Carlos Martel la usara en Poitiers. Unos años más tarde, su nieto, Carlomagno fue el hombre que la llevó con orgullo a conquistar el mundo. Y trescientos años después Federico I, la perdió tras portarla en dos impecables campañas contra los musulmanes, el mismo día que la «perdió», murió ahogado por el peso de su propia armadura en el lecho de un río…
Por un momento a Artedil le pareció que el hombre del bastón volvía a ponerse algo nervioso cuando ese hombre había desenvuelto la punta de lanza. Cuando volvió a mirar al hombre de traje azul un recuerdo, oculto hasta el momento entre siglos de confusión, volvió a su memoria. «Él había visto a ese hombre cargando hacia la batalla con esa misma lanza hacía más de dos mil trescientos años… «Alejandro…» no podía ser él… pero se le parecía tanto…» sacudió la cabeza para quitarse el pensamiento de la cabeza y volvió a prestar atención a la reunión. Los nudillos del hombre pelirrojo se marcaban con fuerza alrededor del bastón negro mientras observaba el objeto.
—… 10 días después de tomar Nuremberg, el frente aliado localizó un bunker secreto del ejército Alemán y en él encontraron esta lanza. Una hora y media más tarde Hitler se suicidó. —La explicación había dejado algo confusos a los representantes―. Señores esta arma y otras del estilo han probado su capacidad de llevar a la victoria a su propietario incluso algunos afirman que pueden matar a un Dios… si no tenemos en cuenta que también suelen acabar prematuramente con la vida de su portador ―rió estúpidamente como si nadie más pudiera captar el ingenio de sus palabras.
―Gracias Alex —dijo familiarmente Sylvie mientras se ponía en pie para lo que parecía un discurso final antes de dar paso a las votaciones―. Bien, ahora es nuestro turno señores, debemos decidir. —Hizo una pausa.
―Permítanme recordar las normas de las votaciones, como siempre: La votación se realizará a mano alzada, para la aprobación de cualquier resolución se requiere como mínimo 9 votos a favor. Y, cualquier voto en contra de alguno de los miembros con derecho a veto, es decir de alguno de los cinco miembros permanentes, la Federación Rusa, la República Francesa, el Reino Unido, la República Popular China o los Estados Unidos, será suficiente para su No-aprobación. —Las palabras sonaron mecánicas y vacías, como si de tanto repetirlas hubieran perdido ya todo significado―. Así pues, procedamos.
En unos segundos se hizo un silencio abrumador en la sala. La presidenta del consejo tomo asiento y susurró algo a su ayudante que rápidamente tomo una libreta y garabateó algunas líneas.
―Es absurdo que sigamos más allá si antes decidimos esperar sin hacer nada, por esto, la primera pregunta que debemos valorar es la siguiente. ¿Debemos, la humanidad como conjunto marchar hacia otra guerra mundial? ―Las palabras de la portavoz eran duras y contundentes. Pero dados los recientes acontecimientos parecía que la guerra transcurriría con o sin el consentimiento de los hombres―. Votos afirmativos, por favor.
Prácticamente a la vez, la mayoría de los miembros del consejo de seguridad levantaron sus manos, rápidamente la asistenta de Sylvie anotó los nombres de los países que ella iba dictando uno a uno. Fue en ese momento cuando Artedil se dio cuenta de que Pak se había levantado y se había sentado a su lado en primera fila y tenía la mirada fija en el hombre del bastón.
―Votos en contra, por favor —prosiguió―. Y por último, abstenciones. La ayudante acercó la libreta para que pudiera ver los resultados.
―Bien, por un total de 13 votos a favor y las abstenciones de Nigeria y Chad. Se aprueba la resolución. ―La presidenta del consejo hizo una pausa mientras rebuscaba algo entre sus documentos.
Artedil se sorprendió al ver que el representante Ruso había sido uno de los primeros en levantar su mano después de todas las molestias que se había tomado para sabotear la reunión desde un principio. Sylvie colocó los papeles en los que había estado rebuscando y retomó su discurso. ―En este caso y según a lo acordado al inicio de esta reunión. La Organización de las Naciones Unidas, como representación de toda la humanidad autoriza, y respalda, la acción armada de manera conjunta en todo el planeta, incluidos los territorios no afines a esta organización, siempre que estos soliciten la ayuda. Así mismo, se exige a todos los estados miembros la preparación inmediata de los efectivos contribuyentes asignados al ejército mundial. Dicho ejército se encargara no sólo de garantizar la seguridad de la población civil sino también de actuar como órgano director de todos los ejércitos. —Los miembros del consejo asintieron como muestra de comprensión y aprobación.
―En éste momento debemos tomar otra decisión importante ¿Es legítima la utilización de armamento nuclear? La resolución afirmativa no implica directamente el uso de éste tipo de armas, y la resolución negativa quedaría siempre sujeta a revisión posterior. Sin embargo, su utilización en caso de resolución negativa si implicaría la expulsión de cualquier estado-miembro de esta organización y la negación de cualquier acción militar posterior. Somos conscientes de que las armas convencionales no son efectivas contra todos los Dioses o Monstruos, sin embargo como se ha mostrado ya, tendríamos a nuestra disposición otras armas como la mostrada por Alex y las que pondría a nuestra disposición el presidente de la mayor compañía armamentística de Centro-América Mr. Huitz. —A quien señaló en ese momento. —Cuya única condición es la de no usar armamento nuclear.
—Como antes, primero, votos a favor. —Sylvie levantó su brazo mientras terminaba de pronunciar sus palabras. No se esperaba que la propuesta saliera positiva, pero le daba miedo descartar una buena baza antes de empezar. Poco a poco algunos representantes más fueron levantando sus brazos.
Artedil se sorprendió cuando Pak se inclinó sobre la silla para acercarse a él.
—Fíjate en Churkin —dijo casi en un susurro. El representante Ruso parecía bastante confundido. Se había secado el sudor de su frente dos veces antes de que la presidenta del consejo terminara la pregunta y justo antes de la votación había girado la cabeza hacia su cómplice de monóculo. Sylvie fue nombrando los países que habían votado a favor: Argentina, Australia, Jordania, Lituania, República de Corea, Estados Unidos, Rwanda y Rusia…
Para Artedil el ruso parecía sudoroso y no muy convencido de tener su mano alzada mientras lanzaba miradas de reojo hacia el fondo de la sala.
— M… —susurró Pak.
El extraño hombre tenía, ahora, el brazo derecho, con el que sostenía el bastón, ligeramente levantado y una extraña mueca que podría haber sido una sonrisa, sus ojos ardían por la excitación y fulguraban con un enérgico tono verdoso.
—Votos en contra. —La voz de la presidenta hizo que su atención volviera al círculo.
—Y por último, abstenciones. —Hizo una pausa para hacer el recuento y rápidamente volvió a hablar—. Ningún voto en contra, 7 abstenciones y 8 votos a favor. No se aprueba el uso de armas nucleares por el momento, en las condiciones también antes establecidas. Sin embargo, visto el resultado de votaciones parece que no podemos descartar su posible uso más adelante. De momento este consejo acepta y agradece el apoyo prestado por Mr. Huitz y el Sr. Alexander.
Nadie quiso ser el noveno país y nadie se atrevió a votar en contra de la posible última esperanza del hombre. Pasase lo que pasase nadie quiso ser recordado como «el responsable de…».
Tras la votación Artedil vio como el hombre al que habían identificado como el magnate armamentístico de Centroamérica se levantaba de su silla de plástico rojo y abandonaba la sala con cierta satisfacción. A su lado pudo escuchar extrañado como Pak le decía en tono bajo a su camisa que buscaran información acerca del hombre que estaba a punto de abandonar el edificio.
―Por último, debemos decidir si aceptar la oferta de aquellos que una vez fueron llamados dioses por nuestros antepasados o librar esta batalla solos. Esta votación no sólo determinara quienes son nuestros enemigos, sino también, quienes son nuestros aliados. La guerra contra los dioses primigenios, como les ha llamado el senador, es inevitable, más, ¿Debemos luchar solos? La última resolución versa en torno a la pregunta ¿La humanidad debe aliarse con los autoproclamados Dioses en esta guerra?
La sala volvió a quedar en completo silencio. Incluso parecía que las luces habían bajado en intensidad para dar mayor tensión a la situación.
—Votos a favor. ―Rápidamente diez manos se alzaron en el círculo interior, junto a otra que pareció costarle algo más. La secretaria de Sylvie anotó rápidamente los nombres de los países. Pak volvió a llamar la atención de su compañero de incomodas sillas.
—¡Mira! —exclamó. Mr Churkin estaba pálido, con los ojos en blanco y los brazos completamente rígidos encima de la mesa. Instintivamente los dos hombres buscaron unas filas más atrás al hombre del bastón.
—Votos en contra. ―La mirada de M estaba clavada en el representante Ruso y todo él parecía estar envuelto en el aura fulgurante verde que tenían sus ojos hacía tan sólo unos minutos. Sus huesudas manos apretaban con fuerza el intrincado bastón negro, mientras las tallas parecían moverse con vida propia bajo su puño. El brazo del hombre temblaba a medida que lo alzaba como si algo tirara de él hacia abajo, o como si él estuviera tirando de algo pesado hacia arriba. Los ojos completamente abiertos y una sonrisa triunfal se dibujaban en su rostro. Delante, en el círculo para comisionados, Mr. Churkin seguía en su extraño trance mientras su brazo se alzaba lentamente.
Si Churkin votaba en contra, su capacidad de veto pondría a los hombres en una batalla con doble frente. A pesar de que Artedil se había mostrado en contra del despotismo de los dioses sabía que para poder ganar esta guerra, dioses y hombres no podían luchar por separado y mucho menos en contra. No podía permitir que M utilizara a su pelele de esa manera. Pero Pak ya se había lanzado a la carrera, estaba cruzando la sala de punta a punta para interrumpir el macabro embrujo.
La interrupción de Pak había causado suficiente revuelo para detener la reunión. Por lo que nadie se había percatado del voto del representante ruso. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzar su objetivo, tres encapuchados que estaban sentados cerca de M se habían interpuesto formando una barrera infranqueable. Miró alrededor tratando de buscar alguna vía para llegar hasta M, pero las sillas de plástico no se le antojaron lo suficientemente resistentes para pasar por encima de ellas.
En ese momento Artedil apareció de un salto por detrás cargando y derribando a los encapuchados, abriendo un hueco para que el monje pudiera llegar hasta el maestro de la Orden. De un puñetazo interrumpió el conjuro y tiró el monóculo de su víctima al suelo. Antes de poder propinarle un segundo puñetazo uno de los encapuchados pudo golpearle en un costado sentándole de un golpe en una de las sillas. A la orden de retirada los secuaces del maestre se escabulleron tras él por la puerta de madera que tenían a su lado.
En un último esfuerzo Pak estiró el brazo y agarró la manga de uno de los tres encapuchados frenándole parcialmente y provocando que el hombre golpeara contra el marco de la puerta. El seco sonido a hueso roto fue como una pequeña victoria para él. ―Eso le dolerá unas semanas —dijo Artedil mientras tendía la mano al monje para ayudarle a incorporarse de nuevo.
―Espero que ese brazo no se le cure nunca —escupió. Los guardias de seguridad de la sala se apresuraron en llegar cuando ya todo había terminado. ―Volvamos a nuestros asientos, quiero ver cómo termina todo esto.
La presidenta del consejo tardó unos minutos en recuperar el control de la sesión tras el incidente y cuando logró reanudar la votación, Churkin parecía mucho más aliviado y no hizo ademán alguno de vetar la resolución en curso trasladando su voto a una estéril abstención, sin mayor trascendencia. Tras el recuento Sylvie volvió a tomar la palabra.
—Como resolución final, por 11 votos a favor y 4 abstenciones la humanidad se enfrentará a los seres primigenios del lado de los Dioses, por ahora. CompárteloShare on Facebook

References: resolución 
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