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Timestamp: 2019-12-11 12:03:41+00:00

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La Respuesta Ineficaz de las Organizaciones Internacionales con Relación a la Militarización de la Vida de las Mujeres - Sur - Revista Internacional de Derechos Humanos
Cristina Radoi, "La Respuesta Ineficaz de las Organizaciones Internacionales con Relación a la Militarización de la Vida de las Mujeres", SUR 17 (2012), visitado el 11 de diciembre 2019, https://sur.conectas.org/es/la-respuesta-ineficaz-de-las-organizaciones-internacionales-con-relacion-la-militarizacion-de-la-vida-de-las-mujeres/
El presente trabajo analiza en qué medida las resoluciones internacionales sobre el rol de las mujeres en materia de seguridad, reflejan realmente los intereses de las mujeres.
A pesar de que los funcionarios internacionales afirman que el papel de las mujeres es muy importante en la prevención de conflictos, en el establecimiento de la paz y en la reconstrucción de la sociedad en las zonas donde hubo conflicto, las mujeres sólo tienen un rol formal, ya sea como parte de las fuerzas armadas o como civiles en las zonas de conflicto. El derecho internacional ve a las mujeres como víctimas, y no como actores importantes, iguales a las contrapartes masculinas en la consecución de dichos objetivos.
En la primera sección, se presentan los efectos de la militarización en la vida de las mujeres. En la segunda sección, se analizan las resoluciones internacionales y estrategias de seguridad alternativas, desde una perspectiva feminista.
Género | Mujeres en instituciones militares | Resoluciones Internacionales | Defensa y seguridad
1. Los efectos de la militarización en la vida de las mujeres
Luego de los eventos del 11 de septiembre, la política de defensa de la mayoría de los Estados se enfocó principalmente en sus fuerzas militares. Una vez adoptada la doctrina Bush de la guerra preventiva, creció la militarización de las sociedades. Por lo tanto, “la lógica de las instituciones militares permeó el lenguaje, la cultura popular, las prioridades económicas, los sistemas educativos, las políticas de gobierno, los valores e identidades nacionales”. (SUTTON; NOVKOV, 2008, p. 4).
Una vez que Estados Unidos sintió que había perdido su supremacía, desató un proceso largo y doloroso, para retomar su dominio global militar y económico. La doctrina de la guerra preventiva de Bush, muy bien expresada en la siguiente expresión: “O están con nosotros, o están con los terroristas” (BUSH, 2001), determinó condiciones insostenibles para la población civil, principalmente para mujeres y niños e incluso para el personal militar. Las consecuencias de la doctrina de la guerra preventiva repercutieron en la población de todo el mundo, desde los americanos hasta los ciudadanos de Estados aliados, cuyos fondos públicos se reorientaron al financiamiento del poder militar […] “también se ponen en riesgo sus propios procesos políticos internos en los que el alineamiento con el dominio de EEUU se produce con un alto costo para sus ciudadanos […] Los gobiernos aliados apoyan estas guerras a pesar de que sus propias poblaciones se oponen a que la nación se involucre” (KIRK, 2008, p.38). En lugar de usar los fondos para desarrollar proyectos nacionales valiosos, el gobierno de Bush pone en riesgo la vida de civiles en la zona de conflicto, incurriendo en encarcelamientos injustificados o cometiendo atrocidades en nombre de la democracia o de los derechos humanos (SUTTON, NOVKOV, 2008, p. 9-11). Por lo tanto, las atrocidades de Guantánamo y de Abu Ghraib “refuerzan la noción de que algunas vidas son más prescindibles y algunas muertes son simplemente inevitables” (LEE, 2008, p. 58 -59).
Estados Unidos anunció inicialmente que desarrollaba la guerra contra el terrorismo en nombre de la seguridad de los ciudadanos, y cuando esta causa dejó de ser convincente, sostuvo que la tarea de Estados Unidos era derrocar a los regímenes despóticos y salvar a las mujeres árabes, en nombre del respeto a los derechos humanos. Comenzó entonces, tanto en EEUU como en Irak y Afganistán, un proceso de encarcelamiento generalmente sin pruebas reales de que las personas encarceladas fueran miembros de Al Qaeda. El gobierno de Bush comenzó también con los ataques en Afganistán sin pruebas de que los terroristas continuaran allí (SUTTON; NOVKOV, 2008, p.39). No se respetó la proporcionalidad en la acción de defensa, uno de los principios de la “guerra justa” (WALZER, 2004, p. 10), teoría utilizada por Estados Unidos. Aún si esos ataques fueron una respuesta a los ataques del 9/11, estos condujeron a atrocidades y abusos contra afganos e iraquíes, e incluso contra musulmanes de otras nacionalidades.
Las brutalidades y los abusos perpetrados tanto por el personal militar masculino como femenino en Guantánamo y Abu Ghraib, son también violaciones a los principios de los derechos humanos. La imagen de mujeres ejerciendo violencia demostró que la asociación de las mujeres con la paz es falsa, y aún más, que “raza y nación ‘priman’ sobre el género […] Había mujeres blancas estadounidenses entre las perpetradoras (apropiándose de un rol masculinizado); mientras que los hombres iraquíes eran violados (forzados a un rol feminizado) (KIRK, 2008, p. 43). Esta asociación refuerza el patriarcado al aceptar el mito del “protector/protegido” (ELSHATIN 1995, TICKNER 2001).
El tipo de guerra impuesto por la doctrina Bush se basó en “un proyecto sexualizado de ‘masculinización”. Con el objetivo de derrocar a los gobiernos de Afganistán e Irak, el gobierno de Bush se involucró en un proyecto que sumió a los ciudadanos afganos e iraquíes en desplazamientos, invalidez, abusos, tortura e incluso muerte. Este proyecto de ‘masculinización’ construyó un nuevo tipo de ciudadanía. El deber de un “verdadero” ciudadano era valorar y apoyar la guerra contra el terrorismo y honrar la masculinidad nacional (MANN, 2008, p. 180-181).
La literatura feminista, al examinar la militarización y las características de la guerra, muestra que la masculinidad ha sido construida en base a la desvalorización de la feminidad (ENLOE, 1989; STEANS, 1998; TICKNER, 2001). El militarismo legitimó a los hombres masculinizados como protectores, mientras que las personas feminizadas han sido etiquetadas como débiles, sensibles e incapaces (ENLOE, 2004, p. 154). Para construir la masculinidad en la guerra, se les ha enseñado a los soldados a reprimir todas sus supuestas características femeninas.
Como podemos ver, prevalecen aún en nuestra sociedad los estereotipos en debate: “Guerreros Justos y Almas Bellas” o el mito del “protector/protegido” (ELSHTAIN, 1995; TICKNER, 2001), que se corporiza en la imagen del rescate de las garras del enemigo de la mujer de oriente medio cargando a un niño en sus brazos. Esta imagen ha sido una justificación efectiva para manipular a la opinión pública sobre la necesidad y la importancia de una “causa justa” (SJOBERG, 2008, p.4) Al promover los principios democráticos, los Estados occidentales están usando la necesidad de proteger a las mujeres y a los niños como una justificación para pelear la guerra de los hombres contra el terrorismo. La forma en la que un padre protege a su familia1 y la forma en que los Estados occidentales intentan proteger al mundo, son similares. Los Estados occidentales son la personificación del padre patriarcal, y de esta forma justifican su presunto deber de garantizar la seguridad (SCOTT, 2008, p. 112).
Los efectos de la guerra, tales como las privaciones económicas, desplazamientos, pobreza o violencia de género, afectan desproporcionadamente a las mujeres y a los niños, así como además ningún conflicto es neutro en términos de género. (SCHIRCH; SEWAK, 2005, p. 97). Las estadísticas indican que 80-90% de las víctimas de guerra son civiles mujeres y niños. Hay 22 millones de refugiados en el mundo y 25 millones de personas que fueron reubicadas en campamentos, debido a la destrucción de sus hogares (SHAW, 2003, p. 239-240).
Dado que los conflictos no son neutros en términos de género, las feministas han señalado cómo el “militarismo pone en peligro al medioambiente y la salud de los individuos, lo que significa una carga especial para las mujeres como encargadas de los cuidados” (SUTTON; NOVKOV, 2008, p.17). En países asolados por la guerra, los conflictos destruyeron agricultura y bosques, fuentes de agua y combustible, la infraestructura básica y el medioambiente natural. Las mujeres han sido las principales afectadas porque son las encargadas de garantizar la supervivencia de sus familias durante y después de los conflictos. Estos conflictos, como todas las misiones militares consumen importantes recursos que podrían ser usados para proyectos más útiles como la salud o la educación, y también determinan el alcance de “la degradación ambiental y de los problemas de salud incluso durante el período de paz” (SUTTON; NOKVOK, 2008, p. 17).
La política militar de EEUU relativa a la guerra contra el terrorismo es, por un lado, una estrategia para garantizar sus intereses capitalistas en el extranjero y por otro, una forma de manipulación usada por la administración Bush para obtener apoyo para todas las medidas drásticas impuestas en nombre de la guerra. Estas políticas generaron desigualdades tanto en EEUU como en el extranjero “cre[ando] condiciones insostenibles de tensión social, violencia y crisis en muchos países en desarrollo” (Frances Fox Piven apud SUTTON; NOKVOK, 2008, p. 17).
La historia humana ha sido dominada por la guerra, y en la percepción de las personas, habiendo estado presente en sus vidas, la guerra se volvió inevitable e incluso extremadamente necesaria (FRANCIS, 2004, p. 5-9). En lugar de admitir la posibilidad de la guerra, incluso como último recurso, Francis sostiene que los ciudadanos deberían valorar preceptos morales característicos de la humanidad y no apoyar la guerra. En este sentido propone “un enfoque constructivo sobre las relaciones humanas” que debería estar guiado por los valores positivos de la humanidad, como: el respeto por la dignidad y las necesidades humanas. Desde su punto de vista, este enfoque constructivo es la alternativa válida a un mundo imbuido de guerra y auto destrucción (FRANCIS, 2004, p. 5- 9).
La militarización está invadiendo todas las actividades de la vida, comenzando por los medios de comunicación y continuando por el sistema educativo. Al ser presentada en los noticieros a través de los actos valientes de soldados, de mujeres con hijos que son rescatadas, o en las películas basadas en la masculinidad hegemónica, que es la que al final va a salvar al mundo, la militarización se ha transformado en un valor internalizado (SUTTON; MORGEN; NOKVOK, 2008, p. 19). Las campañas mediáticas que presentan las noticias en la dicotomía “Nosotros vs. los Otros” deshumanizan al enemigo y justifican la sociedad militarizada. Al presentar intencionalmente sólo el número de víctimas de nuestro lado, omite las pérdidas humanas del enemigo, haciendo como si estas pérdidas no existieran. Las noticias hablan un lenguaje de opuestos como ‘nuestros muchachos’ contra ‘el enemigo’; los soldados estadounidenses tienen caras humanas, no así los del oponente (FRANCIS, 2004, p. 15-19).
Esta manera de presentar las cosas es muy seductora porque expresa las relaciones de poder entre Estados y porque también hace parecer válida a la presunta “justa causa”. La dicotomía “Nosotros – los Otros” es específica de un patrón de poder y dominación, y habla sobre “ganadores y perdedores, controladores y controlados” (FRANCIS, 2004, p. 59). Este tipo de dualidad es específica de las relaciones de poder de género, porque impone la jerarquía de género. Las relaciones de poder entre Estados, así como las relaciones de poder entre géneros, se basan en el intento de dominación de “el otro”. Estos tipos de relaciones de poder son específicos de las sociedades patriarcales.
El lenguaje de la guerra permea nuestras vidas y es internalizado como normal y aceptable. La militarización del idioma inglés distrae a los ciudadanos norteamericanos de las realidades de la guerra (KIRK, 2008, p. 41). Todas las expresiones técnicas usadas para referirse a la guerra son neutrales, porque no expresan el daño real que implican, pero su objetivo es ocultar y minimizar las consecuencias reales de la guerra (FRANCIS, 2004, p. 19). Por lo tanto, expresiones como “fuerzas de paz” representan de hecho “lanzamiento intercontinental de misiles”, los Patriots (patriotas en castellano) son de hecho “s misiles aire-tierra” (smaller surface-to-air missiles), y la seguridad nacional es supuestamente una justificación para pelear en la guerra contra el terrorismo (KIRK, 2008, p. 41). “Una frase sin sangre tal como ‘daños colaterales’ se refiere a la destrucción de casas y hospitales y a víctimas civiles, como un efecto colateral desafortunado del bombardeo de los así llamados blancos militares” (KIRK, 2008, p. 41).
Este tipo de lenguaje no solo disfraza las atrocidades cometidas contra civiles, sino que brinda una justificación moral para apoyar estas acciones, porque “al matar al ‘enemigo’ estamos haciendo algo bueno, no cometiendo homicidio” (FRANCIS, 2004, p. 15).
Este tipo de pensamiento dual es específico de todos los sistemas jerárquicos como el militarismo, el colonialismo, el racismo, el chauvinismo o el sexismo, y se basa en atributos opuestos: cultura/naturaleza, mente/cuerpo, masculino/femenino, yo/otro (PLUMWOOD, 1993). Entre todas las ideologías mencionadas anteriormente, el “sexismo es una de las más antiguas y es universal” (MIROIU, 2004, p. 50, 172). Todas las vertientes del feminismo concuerdan en que este tipo de ideologías se basan en atributos duales, sostenidos por la superioridad de un grupo sobre otro y contribuyen a la deshumanización del “otro”. Las desigualdades y la discriminación pueden encontrarse en las intersecciones entre clase, nacionalidad, raza, sexualidad, pero el género se circunscribe a todos. Por lo tanto, la discriminación contra las mujeres puede tomar múltiples formas, “la desigualdad de género continúa siendo la última de todas las desigualdades” (PASTI, 2003).
El sistema educativo es otro mecanismo que justifica moralmente la guerra. Se enseña desde temprana edad sobre las batallas heroicas y sobre la construcción y reconstrucción de naciones, pero se olvida de enseñarnos las experiencias difíciles por las que pasa la gente durante la guerra, las matanzas en las batallas, y la destrucción humana de gran escala. El arte también retrata la guerra: pinturas o esculturas situadas en el centro de las ciudades donde “hombres a caballo blanden sus espadas triunfales y honrados, pareciendo que lo hacen más por su desnudo y violento poder, que por su humanidad” (FRANCIS, 2004, p. 11).
Somos socializados para aceptar y honrar una estatua en una calle central de un héroe nacional minusválido como consecuencia de una guerra, pero no la estatua de una mujer minusválida embarazada. En este sentido, la escultura de Marc Quinn “Alison Lapper embarazada”, que muestra a la artista minusválida desnuda y embarazada, desató un gran debate en 2005-2006 sobre si era correcto que estuviera emplazada junto a tantos héroes nacionales hombres. Parece que hemos internalizado el hábito de valorar sólo el tipo de coraje que está representado por “la primacía masculina” (KENNEDY PIPE, 2007, p.79).
En esta sección del artículo se presentan algunos enfoques teóricos sobre seguridad, como el enfoque tradicional, el enfoque crítico sobre los estudios de seguridad, y el enfoque feminista.
Aún si el realismo y sus principios no representan el principal enfoque teórico de las relaciones internacionales, cabe señalar que todas las teorías que se presentan a continuación están basadas en estos principios. Aún si, en general, la teoría determina la práctica, en relaciones internacionales ocurre lo contrario (KEOHANE, 2005, p. 406). Sin embargo, la ortodoxia realista está bien vigente con sus principios sobre el sistema internacional, el Estado Nación, el mantenimiento de la paz y la seguridad (GOLDMAN, 2005, p. 355). Resulta evidente que las teorías evolucionaron de enfoques centrados en el Estado a enfoques que también pueden centrarse en mecanismos institucionales y admitir el rol de otros actores más allá del Estado.
Mientras que las teorías tradicionales se enfocan en la seguridad estatal, obtenida gracias a la defensa de la soberanía nacional contra cualquier tipo de amenazas, existen algunas nuevas teorías como los Estudios Críticos de Seguridad o Seguridad Humana cuyo eje es la garantía de la seguridad de la comunidad o del pueblo a través de la emancipación humana y del empoderamiento (SMITH, 2005, p. 41). Estas nuevas teorías añaden la dimensión moral al concepto de seguridad. A pesar de que los Estudios Críticos de Seguridad consideran que debe realizarse un viraje de la seguridad estatal hacia una definición más amplia de la seguridad, refiriéndose directamente a la sociedad, mantienen el mismo marco tradicional, incluyendo “las amenazas que se reconozcan como peligro, referentes que deben ser protegidos, agentes encargados de brindar seguridad y medios para contener las amenazas” (WIBBEN, 2008, p. 457).
La Seguridad Humana, por otra parte, propone una comprensión más amplia de la seguridad de las personas, considerando que incluye seguridad económica, alimentaria, sanitaria, ambiental, personal, comunitaria, política (UNITED NATIONS DEVELOPMENT PROGRAMME, 1994, p. 24-25). En este sentido, las teorías tradicionales proponen una definición negativa de la seguridad concentrándose en la falta de amenazas hacia el Estado, mientras que la Seguridad Humana define a la seguridad positivamente, concentrándose en el bienestar y el empoderamiento de las personas (STEANS, 1998).
La teoría feminista de relaciones internacionales también critica la perspectiva tradicional en materia de seguridad, enfatizando que esta perspectiva ve al Estado como una entidad abstracta y que omite intencionalmente el género en sus análisis (TICKNER, 2001, p. 22-27; ELSHTAIN, 1995; ENLOE, 1989). Los enfoques feministas ofrecieron una nueva perspectiva sobre el tema, pues desarrollan un pluralismo constructivo, al presentar las voces silenciadas de las mujeres en este ámbito (COCKBURN, 2007)
En el intento de proponer una alternativa a las teorías, Elshtain (especialista en filosofía política) y Laura Spelman Rockefeller, (profesora de ética social y política de la Universidad de Chicago) deconstruyen el discurso de la guerra, destacando que la misma construye estereotipos tanto para los hombres como para las mujeres. Los hombres son vistos como “Guerreros Justos”, y las mujeres como “Almas Bellas” (ELSHTAIN, 1995). Los hombres son tanto el tema de la guerra, como también sus narradores, mientras que las mujeres deben permanecer en la esfera privada y, a través de su estatuto de persona que necesita protección, se transforman en el motivo de la guerra de los hombres (SYLVERSTER, 2004, p. 4). Las feministas argumentan que al usar un discurso muy técnico, estas teorías no toman en cuenta las vidas humanas y por lo tanto, el rol de las mujeres debería ser el de ofrecer una perspectiva moral sobre la guerra (ELSHTAIN, 1995, p. 75).
Elshtain fue la primera en señalar que la asociación de las mujeres con la paz y la asociación de los hombres con la guerra no beneficia a ninguno de los dos. Estos estereotipos perjudican tanto a hombres pacifistas como a mujeres combatientes, al afirmar que el lugar de la mujer es en el ámbito privado como no combatiente y que el rol del hombre es el de ser guerrero (ELSHTAIN, 1995, p. 4). A pesar de que Elshtain ha criticado estos roles tradicionales, ella no apoya la admisión de las mujeres en las fuerzas armadas, argumentando que sólo van a representar un trofeo y que no van a conseguir tener poder real como ellas creen. (ELSHTAIN, 1995, p. xi)
Para Cynthia Enloe (Profesora e investigadora del Departamento de Desarrollo Internacional, Comunidad y Medioambiente de la Universidad de Clark en Worcester, Massachusetts) las miradas de género son un importante instrumento de análisis, destacando que las relaciones de género son, de hecho, relaciones de poder que persisten en cada aspecto de la política estatal. Ella hace hincapié en que a pesar de que las experiencias de las mujeres son invisibles, y que no se toman en cuenta los servicios que ofrecen a sus comunidades, las mujeres tienen un rol muy útil en el mantenimiento de las relaciones internacionales al realizar un trabajo no reconocido en turismo, diplomacia, agricultura, textil, servicios domésticos, o su trabajo en las bases militares (ENLOE, 1990, p1-5). La masculinidad de los hombres se construye y mantiene en correlación con los servicios sexuales de las mujeres. Por lo tanto, el patriarcado del que están embebidas las relaciones internacionales, objetiviza sexualmente a las mujeres para el desarrollo apropiado de sus actividades (ENLOE, 1990, p.197). A pesar de que las mujeres contribuyen con el desarrollo de las relaciones internacionales, ellas son vistas como meras víctimas ya sea en un conflicto, o en las fuerzas armadas (ENLOE, 2000, p. 235-244). Enloe considera que el concepto de poder en las relaciones internacionales debe incluir también la contribución de las mujeres en ese campo. Incluso subraya la importancia de un concepto reconstruido que elimine las relaciones de poder (ENLOE, 1990, p. 195).
J. Anne Tickner, (profesora feminista de Relaciones Internacionales en la Universidad de Southern California), agrega algunas críticas importantes a las teorías tradicionales de relaciones internacionales y también a las teorías de seguridad, al considerar que es necesario valorar también el papel de las mujeres en el mantenimiento de la paz y en la promoción de la seguridad, no sólo en su papel de soldados y oficiales (TICKNER, 2001, p. 37, 127-130). Argumenta a favor de cambios institucionales como el aumento del acceso de las mujeres a las fuerzas armadas y el incremento de su rol para alcanzar la paz global sostenible, insistiendo en que las mujeres, dada su posición de madres, esposas y ciudadanas defensoras2 pueden ofrecer una perspectiva diferente sobre la guerra (TICKNER, 2001, p. 60). También critica el concepto de ciudadanía, sugiriendo que está imbuido de una mirada hegemónica sobre la masculinidad y correlacionada con una feminidad devaluada. La construcción social de una feminidad devaluada hace que se perpetúe el “mito del protector/protegido”, que ha permitido que los hombres subyuguen a las mujeres debido a sus presuntas vulnerabilidades (TICKNER, 2001, p. 25-28, 34-35)
Tickner sostiene que la perspectiva feminista que valora el universo relacional podría contribuir en la reconstrucción del concepto de seguridad. El universo relacional impone la necesidad de cooperar con “el otro” (Estado, organización, comunidad próxima). Por lo tanto, este tipo de universo es diferente de uno dicotómico o competitivo. En este sentido, argumenta que el enfoque de seguridad que se basa en la inseguridad de otros Estados es insostenible. Un enfoque feminista de la seguridad no considera como referente a cualquier Estado en abstracto sino más bien a los seres humanos en sí mismos (TICKNER, 2001, p. 83).
3. Estrategias de seguridad desde la perspectiva de la OTAN y de la UE
Como se señaló anteriormente, tener seguridad es visto como sinónimo de tener seguridad militar. Los Estados tienen el monopolio de la violencia y pueden usarla legítimamente en caso de emergencia. En estas condiciones, el único objetivo de los Estados es preservar su territorio y soberanía, y usar legítimamente la violencia para eliminar cualquier amenaza a sus intereses nacionales (CHENOY, 2005, p. 168). La seguridad de los ciudadanos es percibida como equivalente a la seguridad del Estado. (STEANS, 1998, p. 104-107).
El 9/11 condujo a un cambio de perspectiva en lo que concierne al enfoque sobre la seguridad, incluso para los aliados de EEUU. La doctrina Bush de la guerra preventiva fue un incentivo para considerar que la seguridad en todo el mundo depende de la guerra contra el terrorismo. En nombre de la libertad y la seguridad, el gobierno de Bush invocó el artículo 5 del Tratado de Washington, que expresa que los aliados de la OTAN deben siempre ayudarse mutuamente frente a los ataques. “La OTAN disuadirá y se defenderá contra cualquier amenaza de agresión y contra los emergentes desafíos a la seguridad cuando amenacen la seguridad fundamental de los aliados o a la Alianza en su conjunto” (NATO, 2010, p. 7).
Al obedecer al proyecto de EEUU de la guerra contra el terrorismo, “los gobiernos aliados comercian la soberanía nacional a cambio de apoyo y protección de parte de EEUU, real o imaginaria” (KIRK, 2008. p. 39). Los ciudadanos de todos los Estados aliados se vieron afectados cuando gran parte de sus presupuestos normalmente destinados a promover el acceso igualitario a la educación, salud, a los campos políticos o económicos, fueron reorientados hacia la defensa. Así, los gobiernos aliados perdieron el apoyo de sus electores. Ser miembro de la alianza OTAN implica dedicar un gran presupuesto a los gastos militares, porque los Estados deben estar en un “proceso continuo de reforma [militar], modernización o transformación” (NATO, 2010, p. 9). Consecuentemente, cuando se recortan los presupuestos, se refuerzan las desigualdades estructurales y el militarismo impone la violencia estructural (CAPRIOLI, 2004, p. 412-413)
Los deberes asumidos por la OTAN para alcanzar la seguridad de todos sus miembros son: defensa colectiva, gestión de crisis y seguridad cooperativa (NATO, 2010). La OTAN cumple con estos deberes a través del uso de todos los medios políticos y militares necesarios. El Concepto Estratégico de la OTAN se basa en los principios de los enfoques tradicionales de relaciones internacionales, que ven al sistema internacional como anárquico y hostil y por lo tanto, concluyen que la soberanía y seguridad de los Estados, sólo pueden ser alcanzadas mediante el aumento del poder militar (CHENOY, 2005, p. 168; THICKNER, 2001).
Aun asumiendo que la gestión de crisis y la seguridad cooperativa pueden aportar beneficios reales tanto para los ciudadanos de los países aliados, como no aliados, si los objetivos de las operaciones de la OTAN continúan siendo conseguir “una combinación apropiada de capacidades nucleares y militares”, la seguridad general continuará estando en peligro. La OTAN no va a promover el desarme puesto que la OTAN en sí, va a continuar siendo una alianza nuclear y sus elementos centrales continúan siendo:
El mantenimiento de una combinación apropiada de fuerzas nucleares y convencionales, el mantenimiento de la habilidad de sostener las principales operaciones conjuntas y varias operaciones menores para la defensa colectiva y la respuesta a las crisis, [sic] desarrollar y mantener fuerzas convencionales robustas, móviles y desplegables.
(NATO, 2010, p. 6-14)
Hay una fuerte contradicción entre la “garantía suprema de la seguridad, representada por las fuerzas nucleares estratégicas de la Alianza” por un lado, y el supuesto objetivo de prevenir conflictos y las políticas de desarme por el otro (NATO, 2010, p. 14, 20, 23).
La OTAN colabora con otros actores como ONU y UE para el mantenimiento de paz, estabilidad y seguridad en el mundo. Incluso si la OTAN declara que acepta las nuevas medidas adoptadas por el Tratado de Lisboa concernientes a la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD), a lo largo de los años han existido tensiones entre OTAN y UE sobre las capacidades de la UE (VAN HAM, 2000, p. 215).
Los objetivos de la PESD son prevenir el conflicto y participar en la reconstrucción de zonas post conflicto proveyendo capacidad civil y militar en las siguientes áreas: fuerzas de policía, administración de la ley, administración civil y protección civil. El Tratado de Lisboa dio un paso más en la construcción de la PESD al crear el cargo de un Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, al adoptar la “Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea” y al ratificar la “Carta de Derechos Fundamentales de la UE”. A pesar de los cambios significativos que se han realizado en lo que respecta a la defensa de la UE, el control sobre la capacidad militar continúa estando en el nivel nacional.
Al igual que la OTAN, la Unión Europea considera que el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva representan dos de las principales amenazas para la seguridad global. Sin embargo, la UE considera que el crimen organizado, los Estados fallidos y los conflictos regionales, son amenazas igualmente importantes a las cuales se debería prestar la debida atención, para evitar el estallido de conflictos. Por lo tanto, uno de los principios clave de la Estrategia Europea de Seguridad (EES) es tener seguridad por medio de la “difusión del buen gobierno, apoyo a las reformas políticas y sociales, combate a la corrupción y al abuso de poder, instauración de la supremacía de la ley y protección de los derechos humanos” (EUROPEAN UNION, 2003, p.10).
Dado el tipo de amenazas que atentan contra la seguridad global, la Unión Europea considera que debe desarrollarse una acción constante para la prevención del conflicto y de las amenazas. La UE admite que ninguna de las amenazas anteriormente mencionadas puede ser erradicada sin la coordinación de esfuerzos económicos, políticos, jurídicos, militares, de policía y humanitarios (EUROPEAN UNION, 2003, p. 7-11). Por lo tanto, si la “seguridad es una precondición para el desarrollo”, esto requiere una variedad de acciones, desde diplomáticas, de negociación, de comercio, hasta de desarrollo y de reconstrucción (EUROPEAN UNION, 2003, p. 2). La Unión Europea está intentando tener seguridad para sus ciudadanos a través del desarrollo de programas que apoyen la igualdad de oportunidades, la justicia y la protección de los derechos humanos.
Si antes de la elección del Presidente Obama, la OTAN se basaba en el desarrollo de sus “capacidades militares duras” y la UE en sus “capacidades blandas”, el cambio hacia un “poder inteligente” fue adoptado por ambas. Mientras que el “poder duro” consiste en medidas restrictivas impuestas por el poder militar, económico y financiero, y el “poder blando” incluye medidas que implican la diplomacia, la negociación, cláusulas sociales y económicas para la reconstrucción; el concepto de “poder inteligente” combina las características de estos dos conceptos y construye una “estrategia integrada” (CSIS Commission on Smart Power apud LECOUTRE, 2010, p. 4-5).
Al comparar el Concepto Estratégico de la OTAN (NSC sus siglas en inglés), y la Estrategia de Seguridad Europea, puede observarse que para la OTAN, el objetivo máximo es la seguridad del Estado, mientras que para la UE, es la seguridad de los ciudadanos de la UE. La EES considera todo tipo de amenazas, al explicar el proceso de interdependencia entre las mismas y al ofrecer soluciones válidas para confrontar estas situaciones. La EES se enfoca en sus “capacidades blandas” para abordar todo tipo de problema que pueda afectar la seguridad de los ciudadanos y argumenta que el uso del enfoque exclusivamente militar no es sostenible.
Los conceptos abstractos “duro” y “blando” en referencia a las capacidades de estas organizaciones son la encarnación de todo el pensamiento patriarcal que define como valioso a un enfoque masculinizado de lo militar y a un enfoque feminizado para los civiles. Ninguna estrategia hace referencia al género, asumiendo un enfoque neutro en términos de género, que ha sido ampliamente criticado por las feministas por enmascarar una perspectiva masculina (HUDSON, 2005, p. 157; TICKNER, 2001). Aun si ninguna de las estrategias se refiere directamente a las mujeres, el NSC es un enfoque masculino y militarizado de la seguridad, mientras que EES es un enfoque menos militarizado, debido a que se centra en los ciudadanos, siendo una versión situada entre la perspectiva militarizada y el enfoque de la Seguridad Humana. Una perspectiva feminista sobre seguridad podría generar una asociación sostenida con el enfoque de la seguridad humana, extendiendo la comprensión básica de este concepto, a la inclusión de cuestiones específicas de las mujeres (HUDSON, 2005, p. 157).
Al considerar la cohesión social, igualdad de oportunidades, igualdad de género, la Unión Europea puede ser un aliado importante para aquellos que luchan contra la violencia de género. Esta “cultura política femenina” que está caracterizada por la democracia, la confianza y la participación, puede proporcionar un buen soporte para integrar el género en los principales enfoques de seguridad y para construir consecuentemente una perspectiva más inclusiva de los intereses de las mujeres en este terreno (Hubert apud LICHT, 2006, p. 210).
4. Críticas feministas a las resoluciones internacionales sobre mujeres, la paz y la seguridad3
Uno de los momentos más importantes en el tratamiento de la seguridad de las mujeres fue el de la adopción de las resoluciones de la ONU: 1325, 1820, 1888, 1889, y 1960 (UNITED NATIONS, 2000, 2008, 2009a, 2009b, 2010). La adopción, en octubre de 2000, de la resolución “Mujeres, Paz y Seguridad”, fue el resultado del lobby de las organizaciones de mujeres y organizaciones feministas por la paz y la seguridad (UNITED NATIONS, 2000). La resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU (CS) es la primera que reconoce el rol activo de las mujeres en la prevención del conflicto y en el proceso de construcción de paz. Uno de los grandes méritos de la resolución fue la propuesta de integrar una perspectiva de género en todos los documentos que están vinculados a la prevención del conflicto, acuerdos de paz y mantenimiento de paz.
Esta resolución se basa en la necesidad de la activa participación de las mujeres como participantes iguales, “en todos los esfuerzos por el mantenimiento de la paz y de la seguridad y en el proceso de decisión para la prevención y solución de conflictos” (UNITED NATIONS, 2000). El Consejo de Seguridad requirió que todos los Estados miembros aseguraran una mayor participación de las mujeres en todos los niveles de decisión relativos al mantenimiento y construcción de la paz, a la prevención del conflicto y a la reconstrucción post conflicto, y que adoptaran las medidas de apoyo financiero necesarias que podrían determinar la implementación de sus objetivos.
La Resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (RCSNU) recomienda fuertemente que las mujeres ocupen posiciones de representación del Secretario General de la ONU y sean enviadas para “ejercer los buenos oficios” en su nombre, y recomienda también ampliar el rol de las mujeres, “especialmente entre los observadores militares, policía civil, [y] personal dedicado a los derechos humanos y humanitario” (UNITED NATIONS, 2000, p. 1-2). La Resolución menciona que el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) “expresa su voluntad de incorporar una perspectiva de género en las operaciones de mantenimiento de paz y urge al Secretario General a garantizar que, cuando sea apropiado, las operaciones en el territorio incluyan un componente de género”4 (UNITED NATIONS, 2000, p. 2). Con el fin de incorporar una perspectiva de género, el CSNU propone la adopción de algunas medidas que mejorarían el estatus de mujeres y niñas en situaciones de conflicto. Esto incluye medidas acerca de las necesidades especiales de mujeres y niñas, medidas que estimulen la participación de las mujeres en todas las etapas de la implementación de acuerdos de paz y “medidas que garanticen la protección y el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas” (UNITED NATIONS, 2000, p.3).
Para alcanzar este objetivo, el CSNU recomienda que los Estados monitoreen tanto el impacto del conflicto armado en mujeres y niñas, como el impacto del proceso de construcción de la paz en un conflicto o en una sociedad post conflicto. Para el mismo fin, el CS declara que colaborará con las organizaciones de mujeres y feministas locales e internacionales (UNITED NATIONS 2000, p. 3).
Con relación a la adopción de esta resolución, las feministas concuerdan con que es un buen comienzo para que la normativa internacional incorpore ideas feministas, con el fin de promover la “igualdad de género y garantizar la paz”, pero critican la forma superficial en la que se incorporan estas ideas, pues le quita su valioso contenido (OTTO, 2009). Diane Otto, especialista en derecho internacional y feminista, argumenta que “la recepción institucional y el manejo de las ideas feministas sirve para despojarlas de su contenido emancipatorio” al incorporarlas de manera cooptada en lugar de utilizarlas por su potencial de “gobernanza feminista” (OTTO, 2009). Si la “gobernanza feminista” supone intencionalidad en los resultados de implementar poder legal o institucional a las mujeres, la “cooptación” por el contrario implica incorporar las ideas feministas sin ningún interés real de hacerlo.
Para que una norma internacional pueda tener resultados positivos en lo que respecta al rol de las mujeres en la construcción y mantenimiento de la paz y en el mantenimiento de la seguridad, el lenguaje que utilice debe ser inclusivo de género y reconocer a las mujeres como autónomas y portadoras de derechos humanos en estos procesos. Segundo, este tipo de resoluciones crea un ambiente institucional para el debate de ideas feministas y por lo tanto, para una nueva forma de construcción política en esta área. A su vez le da legitimidad al desarrollo de nuevas redes y organizaciones en el ámbito de los derechos de las mujeres (OTTO, 2009). No puede negarse el rol positivo de las organizaciones internacionales en tanto que actores, en la definición de un rol constructivo para las mujeres en un área que tradicionalmente enfatiza la perspectiva de los hombres. Las limitaciones para obtener resultados positivos, pueden atribuirse al motivo por el cual se adoptan estas resoluciones, principalmente, para aumentar la legitimidad de las acciones de la ONU y no para empoderar a las mujeres. Esto se demuestra a través de la forma en la que se describe a las mujeres en el texto de las resoluciones. Ellas están asociadas con los niños, la paz o las víctimas, siendo vistas de esta forma, como vulnerables. En la formulación del texto se usa la perspectiva de género para aumentar la legitimidad, sin embargo, falta el vínculo entre la perspectiva feminista mencionada y el contenido de las resoluciones. Este argumento se refuerza por el hecho de que las críticas feministas al militarismo de la ONU no son tomadas en cuenta. Estas críticas provienen de la argumentación feminista de que una sociedad con un alto nivel de igualdad de género tiene mayor tendencia a medidas pacíficas (CAPRIOLI; BOYER, 2001).
Como se mencionara anteriormente, las feministas también han criticado duramente la forma de las resoluciones. Primero, deberíamos mencionar el hecho de que las mujeres, así como los niños, se presentan sólo como víctimas. Las resoluciones reflejan la tendencia a evaluar el papel de las mujeres en los procesos de seguridad en base a un tipo de esencialismo que asocia a las mujeres con la paz y que también las define como las principales víctimas de la guerra y las que necesitan protección. (CHARLESWORTH, 2008, p. 351). Las feministas de las relaciones internacionales consideran que es necesario que las mujeres superen el estatus de víctimas o pacifistas, para ser verdaderamente empoderadas en el proceso de lograr la igualdad de género en las instituciones a las que se les delega la seguridad y su mantenimiento (TICKNER 2001, CAPRIOLI; BOYER, 2001). Diane Otto señala que:
La resolución 1325 continúa invocando muchas otras representaciones independientes y autosuficientes de las mujeres como personal de mantenimiento de paz, incluyendo “observadoras militares, policía civil, trabajadoras de los derechos humanos y humanitario, como participantes en la construcción de la paz, como defensoras de la paz e implementadoras de acuerdos de paz, como portadoras de derechos humanos, como refugiadas y ex combatientes, a la vez que representa a las mujeres como víctimas de los conflictos armados y con necesidades especiales de repatriación y relocalización, y como quienes necesitan protección en tanto que civiles durante el conflicto armado y requiriendo medidas ‘ especiales’ para protegerlas de la violencia de género.
(OTTO, 2009)
La crítica teórica de Elshtain puede aplicarse también a las resoluciones, ya que ella señala el hecho de que la sociedad retrata a los hombres como Guerreros Justos, y a las mujeres como Almas Bellas (ELSHTAIN, 1995) y que esta no es una buena estrategia para ninguno de los dos. Estos estereotipos perjudican tanto a los hombres pacifistas como a las mujeres combatientes (ELSHTAIN, 1995, p.4).Éstos argumentan que el lugar de las mujeres es en la esfera privada, como no combatientes y que el rol de los hombres es ser guerreros (ELSHTAIN, 1995, p. xi). Los hombres son tanto el tema de la guerra como sus narradores, mientras que las mujeres deben permanecer en el ámbito privado y su estatus es el motivo para la guerra de los hombres (SYLVERSTER, 2004, p. 4). Las feministas han argumentado que al usar un discurso muy técnico, estas teorías no toman en cuenta las vidas humanas y por lo tanto, el rol de las mujeres se limita a ofrecer una perspectiva moral sobre la guerra (ELSHTAIN, 1995, p. 75).
Otto resalta el uso del género en el contexto institucional. “El término es entendido como sinónimo de temas de mujeres, lo que limita significativamente su progresividad, ya que la competitividad entre las concepciones de feminidad y masculinidad, así como su relacionalidad, es ignorada.” (OTTO, 2009).
La asociación de las mujeres con los niños, las hace ser vistas como madres y, de esta forma, como pacifistas, y vulnerables en las zonas de conflicto. La historia de los conflictos armados contradice esta percepción de las mujeres como pacifistas; las mujeres bomba suicidas y las combatientes son sólo dos ejemplos (SJOBERG; GENTRY, 2007). Esta asociación de las mujeres con los niños enfatiza sus vulnerabilidades como madres en el contexto del conflicto, omitiendo el hecho de que las vulnerabilidades se originan más bien en general, a partir del aumento de la desigualdad de género en una sociedad (CARPENTER, 2006).
Nadine Puechguirbal señala que
Las mujeres no son más vulnerables de por sí en tiempos de guerra; se vuelven más vulnerables a causa de las desigualdades preexistentes en las así llamadas sociedades pacíficas. […] Como resultado, las mujeres continúan siendo asociadas con niños en la esfera privada y por extensión, sus necesidades son definidas en concordancia con las necesidades de niños y niñas en áreas de conflicto.
Al ser percibidas como las que dan vida y las responsables de los cuidados, en las sociedades donde existen jerarquías de poder en base al género, las mujeres son vistas como incapaces de asumir un rol dinámico en las negociaciones de paz o en la resolución de conflictos.
La asociación de las mujeres con las víctimas proviene de los estereotipos de los roles de los hombres y de las mujeres. Estos estereotipos representan a los hombres como los fuertes, poderosos y autoritarios y a las mujeres, como débiles, vulnerables, pasivas. Debido a estos estereotipos, las mujeres son vistas como víctimas de guerra y, los hombres como protectores/guerreros/quienes hacen la política.
Estas críticas a las nociones de seguridad dominadas por lo masculino, han ayudado a reformular el concepto de seguridad en una forma que permite una respuesta más integral sobre la paz y la seguridad, una que sea inclusiva, más que excluyente, y que empodere a aquellos que anteriormente eran invisibles para el discurso y la práctica de la seguridad.
(WILLETT, 2010, p. 146)5
Estos supuestos estereotipados sobre roles de los hombres y de las mujeres no sólo niegan el rol de las mujeres como combatientes activas, sino que también niegan que los hombres pueden ser víctimas del conflicto (MOBEKK, 2010, p. 288-289). Estos tipos de supuestos destacan un tipo de esencialismo específico de las organizaciones internacionales. Esto trae a la luz otra limitación importante del discurso de la ONU sobre las víctimas del conflicto armado. El discurso oficial de la ONU generalmente asocia “víctimas” con “mujeres y niños”. Puechguirbal argumenta que, con una mirada más afinada, los hombres y no las mujeres no combatientes, son más generalmente las víctimas del conflicto armado (2010, p. 176, 181). La asociación de las mujeres con las victimas está integrada en una argumentación de que las mujeres pacíficas son víctimas del conflicto y que por lo tanto, necesitan la protección de los hombres que están más inclinados al conflicto que ellas.
Como se explicó anteriormente, las críticas feministas a que la mujer sea asociada con niños, la paz o las víctimas no pueden ser tomadas por separado. Estas asociaciones están interconectadas, principalmente, con el fin de destacar el rol mínimo que tienen las mujeres en el ámbito de la resolución de conflictos y del establecimiento de la paz. Esta enfatización se produce en sociedades con claras jerarquías de género donde las dicotomías como mujer y paz, mujer y víctimas, mujer y niños prevalecen. Estas dicotomías desvalorizan a la mujer y de esta forma construyen estereotipos también para los hombres – hombre y guerra, hombre y protector, hombre y agresor. Una de las principales críticas feministas a las resoluciones de la ONU se basa en el hecho de que las mismas están construidas sobre estas dicotomías y, por lo tanto, refuerzan la relación de poder jerárquico de género en la sociedad y más particularmente, en la zona de conflicto.
Otra crítica importante a las Resoluciones se refiere a la forma inapropiada en la que fueron adoptadas. Específicamente, cuando se trata de la inclusión de la perspectiva de género en las resoluciones, los funcionarios de la ONU no tuvieron en cuenta las sugerencias feministas. En consecuencia, estas resoluciones se refieren al género con relación sólo a las mujeres, no a los hombres (CHARLESWORTH, 2008, p. 351). El género representa una construcción social que define relaciones de poder. La dinámica de las relaciones de poder entre los géneros se distiende cuando se equipara únicamente a lo femenino. Género es un concepto que supone la existencia de relaciones estructurales, lo que significa que las normas y las jerarquías son relaciones institucionalizadas de dominio y no dominio (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 216; GROVES; RESURRECCION: DONEYS, 2009, p. 193-194). Una redefinición feminista de la seguridad, promoverá la colaboración entre mujeres y hombres y por lo tanto, ambos se verán beneficiados (HUDSON, 2005, p. 156).
Otra de las críticas se basa en el hecho de que a pesar del importante rol de las mujeres en la prevención del conflicto y en la construcción de la paz, no tienen la oportunidad para participar visiblemente en las iniciativas. Para garantizar la paz sostenida es importante que las mujeres sean incluidas, dado que representan a más de la mitad de la población, que garantizan la continuidad familiar, y que han sido constantemente objeto de discriminación y de relaciones desiguales de género, y por lo tanto, están más propensas a sentir empatía con las víctimas del conflicto (WALLSTROM,2010).
Una de las limitaciones de las Resoluciones se debe al hecho de que no se constituyen como tratados vinculantes sino, por el contrario, sólo comprenden un conjunto de directivas sin crear mecanismos de cumplimiento. En consecuencia, Willett señala que:
Faltan recursos para apoyar a las asesoras de género en el terreno, para apoyar el entrenamiento de las fuerzas de paz y concientizarlas en términos de género, para entrenar a las mujeres como fuerzas de paz, mediadoras, negociadoras y para altos cargos diplomáticos, para priorizar las necesidades de las mujeres en la construcción de la paz y para fortalecer a los grupos locales de mujeres por la paz y sus prioridades de seguridad y sus iniciativas
(WILLET, 2010, 143).
Por lo tanto, se puede observar una falta de consistencia entre el objetivo de las Resoluciones y su aplicación en la práctica. “Hasta que las políticas se traduzcan en una práctica significativa, la inclusión institucional de las mujeres es sólo un juego de sombras” (OTTO, 2009).
Debido al descontento generado por la falta de responsabilidad del CSNU en la implementación de las resoluciones, feministas y organizaciones de mujeres presionaron para que se adoptase otra resolución que resolviera el problema. Desafortunadamente, la adopción de la Resolución CSNU 1820 no remedió significativamente la falta de responsabilidad del CSNU. Incluso, se puede decir que los objetivos de esta resolución son aún más limitados que los de la primera. Esta nueva resolución apunta al problema de la violencia sexual, usada como ‘táctica de guerra’ contra las mujeres durante y luego del período del conflicto armado. Esta resolución no consigue aumentar “el potencial de las mujeres para hacer valiosas contribuciones a la resolución del conflicto y al establecimiento de la paz”, y las trata nuevamente como víctimas de guerra, lo que se manifiesta en el uso del lenguaje “mujeres y niños”, y en el supuesto estereotipado de que las mujeres necesitan protección debido a su exposición a la violencia sexual (OTTO, 2009).
Aún si “rechaza la idea de que la violencia sexual es una expresión ‘natural’ de la masculinidad”, la resolución trata a este problema “como una ‘realidad establecida’ en la vida de las mujeres” (OTTO, 2009). El CSNU considera que el abuso sexual sólo puede ser ‘resuelto’ de forma legal omitiendo establecer un plan para enfrentar la base neurálgica de este tipo de violación de los derechos humanos. Proponer sólo medidas que suponen la necesidad de frenar este tipo de actividad masculina, evidencia la convicción de que las mujeres son vistas como “indefensas frente a la violencia sexual y de que es inútil defenderse” (OTTO, 2009).
En consecuencia, continúa vigente la crítica feminista de que la ONU no consigue incorporar la igualdad de género como un componente político. La resolución 1820 no reconoce que la desigualdad de género es un factor que permite que exista la violencia sexual. “En ausencia de un compromiso con la igualdad de género, y a pesar de que aprueba desacreditar los mitos, la Resolución 1820 está basada en el viejo argumento de las certezas biológicas, que acepta a la desigualdad de género como algo natural y a los conflictos como inevitables” (OTTO, 2009).
Frente a la crítica feminista concerniente al tipo de actor mujer que la ONU menciona en la Resolución 1325, la ONU no puede afirmar que ha luchado de manera creíble contra la violencia sexual. Una respuesta de la ONU debería haber implicado la propuesta de algunas medidas de empoderamiento para las mujeres y estrategias de participación para las mujeres que han pasado por este tipo de experiencias y para que se transformen en agentes del cambio social, estimulándolas a ser parte de la “capacitación en autodefensa y acciones colectivas” (OTTO, 2009). “Este tipo de medidas abordaría las causas de la violencia de género al tratar a las mujeres como sujetos completos y competentes de la normativa y política internacional, en lugar de fortalecer la mitología de que las mujeres son siempre las víctimas que necesitan ser rescatadas” (OTTO, 2009).
Desde 2008 hasta el presente, la ONU adoptó otras tres resoluciones concernientes a la situación de las mujeres en conflictos armados. Si la resolución del CSNU 1820 establece el marco para tratar la problemática de la violencia sexual, la resolución del CSNU 1880 da un paso más allá al abordar la necesidad del balance de género, recomendando para resolver este problema que las mujeres asuman un rol como fuerzas de paz.
La resolución resalta la importancia del enrolamiento de las mujeres en las actividades de mantenimiento de paz. Por ejemplo, las mujeres miembro de las fuerzas de paz han probado ser de gran ayuda en las sociedades musulmanas, donde han desarrollado ciertas tareas de una forma más apropiada. Para llevar a cabo las operaciones de mantenimiento de paz y de establecimiento de paz, las oficiales mujeres pudieron buscar a mujeres sospechosas sin violar la cultura musulmana. En áreas de conflictos hay ejemplos de hombres camuflados de mujeres musulmanas, o incluso mujeres bomba suicidas (MOBEKK, 2010, p. 281).
No obstante, la importancia de la resolución 1880 palidece frente a los tipos de argumentos que emplea. En efecto, la resolución refuerza el viejo mito que presenta a las mujeres como inherentemente pacíficas, vulnerables o madres. Un ejemplo elocuente es el supuesto de que en un área de conflicto, las mujeres y los niños se sentirían más confortables en la presencia de mujeres en las fuerzas de paz, o incluso su propio ejemplo las estimularía a enrolarse en su policía nacional o fuerzas armadas. (UNITED NATIONS, 2008, p. 2).
Este tipo de esencialismo “puede llevar al supuesto de que cuando las mujeres son incluidas en las fuerzas de seguridad [es porque] están mejor preparadas que los hombres para lidiar con violaciones y violencia contra las mujeres.” (MOBEKK, 2010, p. 286). Todos los miembros de las fuerzas armadas o de las fuerzas de policía deberían recibir la capacitación adecuada para lidiar con ese tipo de situaciones, por lo tanto, no hay garantía de que las mujeres estén más capacitadas o quieran desarrollar este tipo de tareas. Para incorporar la perspectiva de género y el balance de género es importante que las mujeres tengan acceso a todo tipo de tareas, no sólo a aquellas tareas enmarcadas en la normativa de género y que desvalúan su trabajo. La reafirmación del esencialismo anteriormente mencionado expresa que los hombres son construidos para servir como protectores y como quienes hacen la política, mientras que los roles activos de las mujeres en la resolución del conflicto y en la construcción de la paz continúan estando idealizados y subvalorados (WILLET, 2010, p. 143). Incluso si existen estudios sobre el uso de la fuerza por parte de oficiales mujeres que las retratan como menos violentas, como capacitadas para desactivar “situaciones potencialmente violentas” y como menos posicionadas para implementar la policía comunitaria, el esencialismo de la resolución devalúa su trabajo, sus logros y sus habilidades (WILLET, 2010, p. 143).
Las feministas critican las operaciones de establecimiento y mantenimiento de paz debido a su cultura hegemónica y masculinizada (WILLET, 2010, p. 147). Esta afirmación se entiende si se considera que dichas operaciones son conducidas por las fuerzas de seguridad masculinizadas de los Estados Miembro. La masculinidad de las fuerzas de seguridad se ve reforzada por el supuesto de que los hombres tienen el rol de los protectores de las mujeres y niños. La norma masculina en este tipo de operaciones está representada a través de “un conjunto de comportamientos y actitudes que privilegian la dureza física [y] la bravura del macho heterosexual”, construida a través de “la denigración de las mujeres y la feminidad” (PUECHGUIRBAL, 2010, p. 174). De esta forma, el vínculo ‘natural’ entre protectores y protegidos explica la movilización de fuerzas de paz.
Las fuerzas de paz/protectores ‘naturales’ no sólo tienen los recursos físicos colectivos para ejercer con autoridad el poder militar, sino que también asumen que son más capaces de pensar de forma estratégica y racional […] Para que las fuerzas de paz/protectores ejerzan esta forma de superioridad deben existir “protegidos” construidos socialmente. Por lo general, esto se constituye en la forma de mujeres y niños indefensos, víctimas del conflicto. En las estructuras binarias de la paz liberal, la feminización de los protegidos es el corolario necesario del masculinizado protector/fuerza de paz.
(WILLET, 2010, p.147)
Infelizmente la última resolución analizada no mejora el contenido. El lenguaje de la resolución 1880 se inscribe en el estándar de las resoluciones de la ONU, imponiendo su lenguaje masculino en los documentos de las fuerzas de paz y lo que a la vez se traduce en la estructura de relaciones de poder de dichas operaciones. El mito del protector/protegido, de las mujeres indefensas frente a la violencia sexual, los mitos de las mujeres oficiales inherentemente pacíficas perpetúa “la visión de los roles de género que refuerzan desigualdades e impiden el avance de la perspectiva de género” (PUECHGUIRBAL, 2010, p.173).
Aún si se desarrollaron directivas de género para el personal militar en operaciones de mantenimiento de paz para facilitar la implementación de las resoluciones de la ONU, la situación en el campo demuestra que no se alcanzó el resultado esperado en las resoluciones. “Las medidas disciplinarias militares [y] el entrenamiento de tropas sobre la categórica prohibición de todo tipo de violencia sexual contra civiles” (UNITED NATIONS, 2008, p. 4) no elimina o disminuye el número de casos de mala conducta contra sus colegas mujeres o contra civiles. Frecuentemente,
Las fuerzas de paz pueden transformarse en predadores sexuales frente a las vulnerabilidades de las mujeres locales, conspiran para hacer invisible la inseguridad de las mujeres en situaciones de conflicto y en sociedades post- conflicto, ignoran las voces proactivas de los grupos de mujeres por la paz, y en muchos escenarios -en connivencia con los jefes y comandantes militares-, refuerzan el privilegio masculino y el poder, e imponen la subordinación de las mujeres en el período subsiguiente a la guerra.
(WILLET, 2010, p. 147).
La resolución del CS 1889 trata sobre la sub-representación de las mujeres en “todas las etapas de los procesos de paz, particularmente el muy escaso número de mujeres en funciones oficiales en los procesos de mediación” (UNITED NATIONS, 2009b, p. 2). Puede observarse un cambio de perspectiva en lo que se refiere al rol de las mujeres en el conflicto armado. De esta forma, el contenido de esta resolución toma en consideración las críticas feministas en lo que se refiere a la necesidad de condenar el conjunto de los mitos patriarcales sobre la condición de las mujeres, “acentuando la necesidad de enfocarse no sólo en la protección de las mujeres, sino también en su empoderamiento para la construcción de la paz” (UNITED NATIONS, 2009b, p.2). Sin embargo, al no establecer un plan de implementación de dichas metas, este pequeño progreso continúa siendo superficial y el texto de la resolución sigue vacío. La promoción de políticas de igualdad de género en zonas de conflicto es un objetivo que no puede ser alcanzado si la ONU se sigue caracterizando por “una norma masculina…” que domina todas las esferas de toma de decisión en “representación de otros hombres y mujeres”, siendo legitimado por un proceso de institucionalización. (PUECHGUIRBAL, 2010, p. 182).
La resolución del CS 1960 hace hincapié en la necesidad de seguir las directivas de las Resoluciones 1820 y 1888 con relación a la erradicación de la explotación sexual en áreas de conflicto y post-conflicto. Esta resolución no aporta nuevos elementos a la agenda internacional (UNITED NATIONS, 2010).
También expresa la necesidad de incluir un mayor número de mujeres militares en zonas de conflicto que podrían aportar sus perspectivas en el establecimiento de la paz y seguridad. Las feministas apoyan la idea del “defensor ciudadano”, que tiene acceso a las esferas de decisión política y militar, pero también argumentan que no es suficiente con que las mujeres representen un determinado porcentaje del staff militar y terminen por imitar el modelo establecido de comportamiento masculino (TICKNER, 2001). Así, uno de los límites más importantes de estas resoluciones desde una perspectiva feminista, es que las mujeres deben mejorar su estatus aparente para tener un rol importante en la conformación del concepto de defensa, en función de sus propios valores.
Desde la adopción de la primera Resolución sobre el rol de las mujeres en zonas de conflicto, la posición de la ONU sobre este tema no ha cambiado, pues no incluye las críticas feministas. Con la adopción de varias resoluciones con relación al tema, la posición de la ONU sólo acentuó más el rol pasivo de las mujeres como protegidas en las zonas del conflicto. La crítica feminista a la Resolución 1325 no fue tomada en cuenta por los funcionarios de la ONU, y estas resoluciones sólo acentúan más la asociación de las mujeres con niños, paz o víctimas.
5. Seguridad humana feminista como una alternativa a las estrategias de seguridad tradicionales
Si la perspectiva tradicional sobre seguridad es la expresión de un punto de vista predominantemente masculino que reproduce sólo las “estructuras patriarcales”, la perspectiva de la Seguridad Humana expresa una agenda más amplia con un rango más abarcador de las cuestiones de seguridad. Por esta razón, se lo etiqueta como “feminizado”, y por lo tanto no está a la altura del estándar impuesto (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 210). La Seguridad Humana es una perspectiva que se centra en “la seguridad cotidiana de las personas” (SUTTON; MORGEN; NOVKOK, 2008, p. 20), y el feminismo se preocupa por las experiencias cotidianas de las mujeres, por lo que podría haber una sólida asociación entre estos dos enfoques.
Naciones Unidas (ONU) propuso el enfoque de la seguridad humana particularmente con relación a las sociedades post- conflicto (GROVES; RESURRECCION; DONEYS, 2009, p. 190). Dentro de este enfoque hay dos líneas de pensamiento en base al tipo amenaza definida. La primera línea se enfoca en la violencia como fuente de inseguridad o “libertad del temor”, mientras que la segunda incluye más ampliamente: hambre, enfermedades, desastres naturales (SUTTON; MORGEN; NOVKOK, 2008, p. 20). El enfoque de la ONU, “libertad de la miseria” se centra en una agenda más amplia, que incluye: seguridad económica, seguridad alimentaria, seguridad sanitaria, seguridad medioambiental, seguridad personal, seguridad comunitaria y seguridad política (UNITED NATIONS DEVELOPMENT PROGRAMME, 1994, p. 24-25).
La ONU sostiene la visión de que la seguridad humana no es una alternativa a la seguridad estatal, sino “más bien la refuerza desde la perspectiva del individuo” (GROVES; RESURRECCION; DONEYS, 2009, p. 192). La seguridad humana legitima instituciones y gobiernos al apoyar el objetivo de lograr el desarrollo humano, los derechos humanos y la contribución de los actores no estatales (HUDSON, 2005, 165). Los métodos de la seguridad humana se centran en la diplomacia preventiva, la gestión del conflicto y el establecimiento de la paz post- conflicto, en desarrollar las capacidades económicas y del Estado y en el empoderamiento humano (SUTTON; NOVKIK, 2008, p. 20).
Aún si esta perspectiva aborda los problemas que amenazan la seguridad de las personas, las feministas han argumentado que su ámbito debe expandirse de forma que incluya la violencia hacia las mujeres, la desigualdad de género, los derechos humanos de las mujeres, de forma que mujeres y hombres sean vistos como actores y no como víctimas (Woroniuk, apud GROVES; RESURRECCION; DONEYS, 2009, p. 191).
El análisis de género podría enriquecer la perspectiva de la seguridad humana, considerando que fue propuesta por altos funcionarios de organizaciones internacionales o de gobiernos nacionales, que pueden no tratar apropiadamente las experiencias y problemas de las personas “desde abajo”. De esta forma, “los enfoques de género brindan mayor crédito y sustancia a un concepto de seguridad más amplio, pero también permiten una conceptualización teórica que refleja más las preocupaciones de seguridad que emanan de “abajo hacia arriba” (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 2009). La perspectiva feminista sobre seguridad humana podría brindar un marco más libre para el campo de la seguridad.
El término “humano”, neutral en cuanto a género, que en principio representa tanto la perspectiva de los hombres como de las mujeres, “es en general expresión de lo masculino” (HUDSON, 2005, p. 157). Por lo tanto, un análisis de género podría dar espacio a las voces de las mujeres. También es una trampa cuando se consideran los conceptos tradicionales de género como universales, porque hay diferentes grupos de mujeres, con sus rasgos específicos y, por lo tanto, diferentes tipos de feminismo (HUDSON, 2005, p. 157). Además, la perspectiva de la seguridad humana no puede ser válida y tener credibilidad si es construida sólo por los “actores estatales dominantes” e impuesta sobre aquellos que están en una posición más desventajosa (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 219). Una definición unilateral del concepto “perpetúa la distinción entre ‘nosotros’ y ‘ellos’: nosotros, los seguros, versus ellos, los inseguros” (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 219), hombres versus mujeres, mujeres blancas versus mujeres negras o latinas. Para evitar la construcción de una definición unilateral, se puede agregar “pensamiento relacional” al análisis de género. Este concepto es útil para la perspectiva de la seguridad humana porque introduce la subjetividad, la sensibilidad y también clarifica sus dimensiones de poder, desde el género (HUDSON, 2005, p. 169)
La seguridad humana se refiere al respeto por los derechos humanos, sosteniendo el establecimiento de una autoridad política legítima, definiciones multilaterales, la construcción de un enfoque de abajo hacia arriba, con eje en la prevención del conflicto (KALDOR; MARTIN; SELCHOW, 2007, p. 282-286). “Integrar el género en el concepto de seguridad humana más que aplicar la seguridad humana al género” va a garantizar que el concepto ofrezca un mejor entendimiento de la seguridad de las personas, mujeres y hombres, para que puedan alcanzar su objetivo en un ambiente seguro y positivo (HOOGENSEN; STUVØY, 2006, p. 219).
Si las resoluciones internacionales no estimulan la igualdad de género y la participación de las mujeres, o no promueven los intereses de las mujeres, es porque no hay un poder real para generar un cambio institucional. Por este motivo, es importante que las mujeres sean vistas como actores reales en la consecución de la seguridad, el acceso de las mujeres a las fuerzas armadas no es suficiente para que haya igualdad de género y paz sostenible. Para que las mujeres sean verdaderas “defensoras ciudadanas” y promuevan sus valores e intereses en la política de defensa, es también necesario promover políticas que cambien la percepción de los roles de género, ayudar a promover a las mujeres en posiciones de toma de decisión y crear instituciones fuertes para prevenir y sancionar actitudes prejuiciosas y discriminatorias.
La sociedad e instituciones patriarcales, que han impuesto los roles diferenciados de género, son responsables por impedir el acceso de las mujeres a puestos altos en el área de la seguridad, negando así su derecho a contribuir en la construcción de una política de defensa con equilibrio de género. En consecuencia, el enfoque feminista sobre la seguridad humana, es el que mejor resalta los intereses de las mujeres sobre la seguridad.
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1. El ‘padre’ representa la incorporación del patriarcado en una familia a través de la construcción social del jefe de familia.
2. El concepto de ciudadana defensora fue propuesto por Judith Steihm en su trabajo “Guerra de Mujeres y Hombres” (1989)
3. Una versión previa de esta sección fue presentada en el artículo “On Romanian military gender training and peace missions” (2011) – Cristina Radoi y Ilona Voicu, presentado en Armed Forces and Society: New Domestic and International Challenges, organizado por International Political Science Association and R24 Committee, 17-19 Junio 2011, Ankara, Turkey.
4. El énfasis es del texto original de la resolución 1325 del CSNU, 2000.
5. Ver también Mobekk (2010, p.28)
Cristina Rădoi es Doctora en Ciencias Políticas de la Escuela Nacional de Estudios Políticos y de Administración de Bucarest, Rumania, con tesis de doctorado en Defensa y Guerra desde un punto de vista feminista y el impacto de las mujeres en las instituciones militares. Rădoi está graduada en Ciencias Políticas y es Magister en Estudios de Género. Los principales temas de investigación de la autora son, Estudios de Género, especialmente las condiciones de las mujeres en las instituciones militares y las condiciones de las refugiadas musulmanas.
Recibido en noviembre de 2011. Aceptado en mayo de 2012.

References: artículo 5
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