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¿Revelamos aspectos ocultos de nuestra personalidad cuando caminamos? Club de Lenguaje No Verbal.
27 julio, 2019 / Sara Carreño / Sin comentarios
Amigos del Club de Lenguaje No Verbal esta semana presentamos el artículo Are we revealing hidden aspects of our Personality when we walk?” de Blaskovits y Bennell. En este artículo se habla sobre cómo algunos individuos pueden mostrar vulnerabilidad al andar y de cómo los observadores catalogan a esta persona como más sumisos respecto a los demás y su relación con una posible victimización.
Los rasgos de personalidad los deducimos de los comportamientos, que también sirven para evaluar el estado y la interacción del individuo. A partir de la comunicación no verbal se pueden hacer inferencias del estado de ánimo, la actitud, el rol interpersonal, la personalidad o la gravedad de una patología. Además, la comunicación no verbal inspira la acción en el observador (por ejemplo, acercarse o evitar a una persona).
La investigación indica que las señales de vulnerabilidad son muy importantes a la hora de la selección de una víctima en los delitos interpersonales (asalto, agresión sexual), ya que al ser personas vulnerables aumentan las posibilidades de que el agresor se fije en ellas. Dentro de estos comportamientos parece que destaca el modo de andar, que es un componente clave de la comunicación entre individuos y que los delincuentes lo tienen muy en cuenta.
Para profundizar más en estos conceptos se realizan dos experimentos. El propósito del primero de ellos era comprobar si la asociación entre historial de victimización y la “marcha de la víctima” podían explicarse por la personalidad. El patrón de la “marcha de la víctima” era zancada larga o corta, movimiento cambiante arriba y abajo, marcha gestual (el movimiento solo activa una parte del cuerpo), movimiento unilateral de piernas o brazos (movimiento anti-sincrónico) y movimientos de pies levantados. Se utilizó la visualización cinemática de puntos de luz ya que esta tecnología servía para los propósitos que se buscaba y a la vez evitaba que se tuvieran en cuenta otros factores como puede ser la apariencia o el atractivo. La hipótesis de partida era que las personas que habían sido previamente víctimas mostraran características vulnerables al andar. Además, se consideró que aquellos que presentarán características vulnerables en la marcha tendían una personalidad más sumisa y que los que hubieran sido víctimas de algún delito reportarían tener rasgos sumisos de personalidad.
Para comprobarlo se utilizó a 28 estudiantes, 18 eran mujeres y 10 hombres con edades comprendidas entre los 18 y los 32 años. El 71% eran caucásicos, el 12’9% asiáticos, el 6’5% africanos y 3’2% aborígenes canadienses. El 57’1% de la muestra había sido víctima de un delito violento o sexual. El 42’9% no tenía victimización previa y fue establecido como grupo control. Se le grabó en el laboratorio de captura de movimiento de la Universidad de Carleton. Además del vídeo cada participante completó una encuesta demográfica, el Cuestionario de Historia de Victimización y el IAS-R de personalidad. Dos evaluadores codificaron los movimientos de los sujetos con los vídeos de puntos de luz. No conocían el historial de victimización de la muestra. El código de movimiento se adoptó de Ritchie (2014). El acuerdo entre los jueces fue alto para todas las categorías.
El 53’5% de los participantes tuvieron una puntuación de vulnerabilidad total baja y el 46’4% alta. No hubo diferencias significativas entre hombres y mujeres. Se encontró que el patrón de marcha y el historial de victimización se correlacionaban significativamente. Es decir, las personas que habían sido victimizadas eran significativamente más propensas a exhibir características vulnerables en su modo de andar. A través del test de personalidad se comprobó que aquellas personas con más características vulnerables en su marcha informaban de tener rasgos de personalidad más dominantes. No se encontró ninguna correlación entre el historial de victimización y la personalidad. Aquellas personas que habían sido víctimas de un delito violento o sexual recibieron puntuaciones más altas en la vulnerabilidad de la marcha. Parece que los individuos con un historial de victimización tienen personalidades más dominantes que aquellos que no han sufrido victimización.
En resumen, en este primer experimento se encontró que las personas con un historial de victimización tenían más posibilidades de mostrar señales de marcha vulnerable y que los que presentan características más vulnerables tenían rasgos de una personalidad más dominantes. Sin embargo, no se puede asociar la dominación y el historial de victimización con la vulnerabilidad al andar. Estos dos la predecían, pero de manera individual.
En el segundo experimento se utilizaron los vídeos grabados de los puntos de luz para investigar hasta que punto la marcha es un indicador confiable de vulnerabilidad de la víctima. La hipótesis era que los observadores se pondrían de acuerdo sobre que personas tendría más posibilidades de convertirse en víctima. Para llevarlo a cabo se contó con una muestra de 129 canadienses mayores de 18 años. El 55’3% eran mujeres y el 44’7% hombres, con una edad media de 46 años. El 90’6% eran caucásicos, el 5’5% asiático, el 0’8% africanos, el 0’8% aborígenes. Se les pidió que contestaran un cuestionario online de dos partes, la primera era un cuestionario demográfico y la segunda el Cuestionario de Ranking de Vulnerabilidad de la Víctima que consistía en 28 ítems puntuados del 1 al 10 sobre la vulnerabilidad que mostraba al andar la persona. Había preguntas relativas a la independencia, la explotabilidad o la capacidad del objetivo. También había preguntas relativas a la dominación y a la sumisión percibida. Cada participante visualizaba 14 vídeos de diez segundos de duración y después de cada uno tenían que completar el cuestionario correspondiente.
Los resultados mostraron que si bien los observadores pueden no estar de acuerdo sobre qué caminantes son más vulnerables a la victimización violenta. Los observadores también acordaron una posible tendencia hacía que individuos eran objetivos más fáciles en general y cuales más vulnerables a la victimización sexual. En relación a la personalidad estaba de acuerdo en cuanto a la autoconfianza, pero no en lo relativo a la asertividad, timidez o la agresividad. Los observadores fueron preciso en un 64% para recibir la victimización violenta y en 54% para los sexuales.
Los observadores coincidieron entre sí en cuanto a que caminantes eran más vulnerables a la experiencia de victimización sexual, así como a los que parecían ser “objetivos más fáciles”. Sin embargo, no estuvieron de acuerdo en qué caminantes eran más vulnerables a experimentar una victimización violenta. No queda claro porque ocurre esto, quizás sea porque se manejan gestos diferentes para adivinar la idoneidad para ser víctima de un delito violento que para uno sexual. También puede deberse al tamaño de la muestra y quizás con una mayor sí que se podrán conseguir. Además, alguna de las personas de los vídeos habían sido víctima tanto de delito violento como sexual. Los observadores también estuvieran de acuerdo en que caminante estaban más seguros de sí mismos, pero no en los que eran más asertivos y sumisos. También hay que tener en cuenta que, aunque se intentó que el andar fuera lo más natural posible, puede ser que las personas lo modificaran al sentirse observados por las cámaras.
En conclusión, los individuos que exhibían pasos largos o cortos, un movimiento lateral o diagonal, con cambios hacía arriba y hacía abajo, una marcha gestual, movimientos unilaterales de manos y pies y movimientos con el pie levantado tienden a ser percibidos como lo más vulnerables a experimentar una futura victimización. Las personas que habían sido víctimas en el pasado tenían más posibilidades de exhibir entre características al andar. La sumisión como rasgo de personalidad no se relacionó con la marcha ni con la victimización previa y no puede explicar a relación entre el historial de victimización y que presente señales vulnerables al andar. Sorprendentemente se observaron una asociación significativa entre el dominio y la vulnerabilidad en la marcha. Además, se concluyó que los observadores no pudieron detectar ningún rasgo de personalidad de los caminantes.
18 mayo, 2018 / Javier Sanz Sierra / Sin comentarios
Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos la continuación del estudio “Children’s emotional reactivity to interadult nonverbal conflict expressions” de los autores Gina De Arth-Pendley y Cummings, E Mark. En nuestra anterior entrada especificamos los principios del estudio, por lo que a continuación expondremos el método de evaluación, los resultados obtenidos y las conclusiones del estudio.
Para evaluar los niveles de complejidad dentro de las estrategias de resolución de problemas, los asistentes de investigación pidieron a los niños que sugirieran lo que cada padre podría haber hecho para sentirse mejor. A los niños también se les preguntó qué harían si vieran a sus padres comportarse de la misma manera que los padres del video, para recopilar datos para evaluar las estrategias de intervención personal. Finalmente, se les pidió a los niños que calificaran en la escala de tipo Likert de 5 puntos usada anteriormente lo seguros estaban de que las intervenciones propuestas resolverían con éxito una disputa similar entre los padres.
Para evaluar los resultados, si un niño experimentó una reacción negativa a cualquiera de las expresiones se anotó el campo de reacciones negativas como un 1 y reacciones no negativas como 0. Es decir, cuando los niños informaron sentir una emoción negativa («enfadado», «triste» o «asustado») en respuesta a expresiones de conflicto negativas, sus respuestas se calificaron como 1. Cuando un niño informa sentimientos no negativos (p. ej., «bien» o «feliz») en respuesta a expresiones negativas, se dio una puntuación de 0. Este procedimiento sirvió como un control de manipulación para responder emocionalmente. Los grados o niveles de negatividad emocional que los niños informaron sentir en respuesta a la madre y el padre se calificaron en una escala tipo Likert de 5 puntos derivada de la escala móvil utilizada por los participantes (por ejemplo, 0 = calificación otorgada por reacciones positivas a expresiones negativas, 1 = muy poco, 2 = un poco, 3 = mucho, 4 = mucho, 5 = mucho). Por lo tanto, en efecto, las respuestas se calificaron en una escala de 1 a 5 para las reacciones negativas.
Las calificaciones para el nivel de complejidad de las estrategias de resolución de problemas proporcionadas por los niños para los adultos en conflicto se basaron en un sistema de codificación en el que las respuestas de los participantes se clasificaron en uno de tres niveles de calidad (es decir, 1 = sin solución, 2 = solución general, y 3 = solución específica / compleja). Una solución general consistía en estrategias que no eran específicas del tema que se discutía o estrategias de solución que eran vagas o simplistas, como «Se he podría jugar un juego». Una solución específica / compleja incluía estrategias que se relacionaban específicamente con el problema que se discutía o incluía una solución más detallada para el problema, como «podría recoger sus cosas en la casa y ayudar más».
Las estrategias de intervención personal se evaluaron en cinco dimensiones diferentes. Estas dimensiones incluían acercarse solo a la madre (por ejemplo, «le diría a la madre que se calmara», «ayudaría a mi madre a preparar la cena», etc.); acercarse solo al padre (por ejemplo, «le diría a mi padre que no se enfade», «ayudaría a mi padre a limpiar la casa», etc.); acercarse a ambos padres (por ejemplo, «le diría a mi mamá que se calme y a mi padre que no se enfade», «los ayudaría a ambos a limpiar la casa», etc.); evitar activamente el conflicto parental (por ejemplo, «iría a mi habitación», «me iría» etc.) y una reacción hostil al conflicto parental (por ej., «les gritaría que dejaran de pelear», «Me enfadaría con ellos y los separaría», etc.). Estas dimensiones también se calificaron con el formato de codificación mencionado previamente.
Por último, se evaluó el grado de confianza que cada participante tenía en su capacidad para resolver el conflicto parental, utilizando la escala de tipo Likert de 5 puntos mencionada anteriormente (1 = muy poco a 5 = mucho). En resumen, cada tipo de interacción se asoció con escalas para el (a) grado de emocionalidad negativa experimentada por los participantes, (b) nivel de complejidad de resolución de problemas, (c) tipo de intervención personal y (d) confianza en la propia capacidad para resolver el conflicto de los padres.
Para evaluar las respuestas de los participantes con respecto a las áreas de interés, se realiza un análisis de varianza de medidas repetidas con dos factores entre sujetos (es decir, edad y género) y un factor dentro de los sujetos (es decir, finales, con ocho niveles de expresión negativa, incluyendo orientación corporal evitativa, evitación a través de una barrera, exasperación, miedo, intimidación, tristeza, tratamiento silencioso y enojo verbal sin resolución).
En cuanto a la negatividad emocional en respuesta a exhibiciones parentales de conflictos no verbales y verbales no resueltos, las pruebas revelaron que el miedo (M = 2.77, SD = 1.91) produjo más sentimientos negativos que todas las expresiones no verbales, excepto la tristeza (M = 1.87, SD = 1.60). La ira verbal (M = 2.27, SD = 1.87) también produjo una mayor negatividad que el tratamiento silencioso (M = 1.21, SD = 1.67). También se encontró que los participantes reaccionaron más negativamente hacia las muestras de miedo de los padres (M = 2.74, SD = 2.07) que a cualquiera de las otras terminaciones no verbales excepto la tristeza (M = 1.90, SD = 1.84).
Los niños reaccionaron de manera similar a la mayoría de las formas de expresiones de conflictos no verbales; sin embargo, informaron sentirse más negativos en reacción a las muestras paternas de miedo (M = 2.77, SD = 1.91, para la madre; M = 2.74, SD = 2.07, para el padre).
En cuanto al nivel de Complejidad de las soluciones sugeridas para el conflicto de los padres, no se encontraron contrastes significativos para el efecto principal de los finales. Sin embargo, se encontraron diferencias de género que sugerían que las soluciones generadas por las niñas eran más complejas (M = 2.21, SD = 0.78) que las generadas por los niños (M = 1.97, SD = 0.81).
Sobre los tipos de estrategias de intervención personal, se encontraron resultados significativos solo para las intervenciones de acercamiento a ambos padres, evitación activa y reacciones hostiles. Los análisis de las intervenciones en las que se abordarían ambos padres revelaron un efecto principal de la edad que sugirió que los niños pequeños (M = 0,44, SD = 0,50) y preadolescentes (M = 0,33 , SD = 0.47) fueron más propensos a acercarse a ambos padres que los adolescentes (M = 0.19, SD = 0.40). Con respecto a los informes de los participantes que evitarían el conflicto parental, un efecto principal de la edad sugirió que los niños más pequeños (M = 0.19, SD = 0.40) eran más propensos que los preadolescentes (M = 0.01, SD = 0.23) o adolescentes (M = .004, SD = 0.21) para informar que evitarían intervenir en disputas parentales. Además, los niños más pequeños reportaron más hostilidad (M = 0.30, SD = 0.46) que preadolescentes (M = 0.13, SD = 0.30) o adolescentes (M = 0.13, SD = 0.33) en respuesta al conflicto de los adultos.
Sobre el nivel de confianza de los niños en su capacidad para resolver con éxito las disputas de los padres, las pruebas indicaron que los niños más pequeños tenían más confianza (M = 3.61, SD = 1.36) que los preadolescentes (M = 2.91, SD = 1.29) y adolescentes (M = 2.43, SD = 1.21) en su habilidad para resolver el conflicto entre padres. Además, las pruebas de contraste también revelaron que los preadolescentes tenían mucha más confianza en sus habilidades de resolución de conflictos que los adolescentes.
Los hallazgos de este estudio implican que los comportamientos de conflicto no verbal utilizados en las disputas parentales no pasan desapercibidos para los niños. Por el contrario, los niños reaccionan negativamente al conflicto no verbal de forma similar a sus reacciones ante el conflicto verbal, como se refleja en sus informes de mayor negatividad, hostilidad y evitación activa. Uno de los hallazgos clave fue que las muestras de miedo de los adultos produjeron mayores sentimientos de negatividad que cualquier otro final no verbal excepto la tristeza. Puede ser que el miedo produzca más negatividad que enfado porque representa una amenaza más directa para la seguridad emocional de los niños. Es decir, un niño puede ver a un padre temeroso como más vulnerable y menos capaz de proporcionar protección que un padre enfadado.
Hemos visto además que varias reacciones hacia el conflicto no verbal variaron en función de la edad. En primer lugar, los niños más pequeños reaccionaron de manera diferente a los niños mayores en sus intervenciones de conflicto. Como se esperaba, los niños más pequeños tenían más probabilidades que los adolescentes de evitar activamente la intervención en el conflicto parental. Esas reacciones evitativas sugieren que el conflicto es más angustioso y, tal vez, más amenazante para los niños más pequeños. Sin embargo, cuando los niños más pequeños sí proponían intervenciones, tenían más probabilidades que los adolescentes de acercarse a ambos padres en lugar de mostrar una preferencia por interactuar con uno de los padres sobre el otro. Los niños más pequeños también mostraron niveles de confianza más altos que los niños mayores en su capacidad para resolver conflictos no verbales, lo que indica que pueden tener una comprensión más simplista del conflicto y la resolución de conflictos debido a su falta de exposición a la resolución de problemas.
Con respecto a las diferencias de género, las niñas generaron soluciones más complejas para la madre que los niños. Es posible que las niñas ofrezcan soluciones más complejas porque son más propensas que los niños a reaccionar ante el conflicto parental con suposiciones de responsabilidad personal, mayor autoculpación, y una mayor mediación. Aunque no está claro por qué las chicas no difieren de los chicos en sus soluciones para el padre, es posible que, además de los factores antes mencionados, las chicas se identifiquen más con su madre y, por lo tanto, puedan generar soluciones más complejas para ella.
Los informes de los niños sobre la desregulación emocional y conductual, así como los déficits de afrontamiento evaluados en respuesta a formas no verbales de conflicto, resaltan las implicaciones de estos hallazgos para la hipótesis de la seguridad emocional. Primero, en el área de la regulación emocional de los niños, encontramos que las expresiones de conflictos no verbales producen una respuesta emocional negativa. En segundo lugar, las niñas propusieron que intentarían regular el comportamiento de los padres al convertirse en mediadores más directamente involucrados en disputas parentales que involucran comportamientos de conflicto no verbal. En tercer lugar, en comparación con los niños más grandes, los niveles más altos de confianza de los niños más pequeños demostraron representaciones internas de habilidades de afrontamiento que pueden reflejar una comprensión más pobre de la complejidad del conflicto.
Para finalizar, los resultados de este estudio muestran que las evaluaciones de los niños sobre el significado del conflicto parental, ya que afecta su seguridad emocional, no difieren en función de si ese conflicto se expresa verbal o no verbalmente. En sus evaluaciones del conflicto familiar, los niños pueden considerar que las expresiones no verbales del conflicto son tan amenazantes para su bienestar emocional como el conflicto verbal. Además, las expresiones de miedo no verbales de los adultos pueden aumentar significativamente las implicaciones negativas de los conflictos sobre la seguridad emocional. Por tanto se puede concluir que solo reconociendo la naturaleza multidimensional del conflicto, pueden los investigadores obtener una mejor comprensión de los procesos específicos y las características del estímulo que influyen en las reacciones de los niños al conflicto conyugal.
A continuación, se pidió a los participantes que indicaran sus intenciones de ayudar a que el nuevo gerente se ajustara a la nueva situación participando en actividades (es decir, estaría dispuesto a: “pasar tiempo con el nuevo director escolar para describir el prácticas educativas », » pasar tiempo con el nuevo director de la escuela para mostrar nuestra ciudad », » trabajar junto con el nuevo director de escuela », etc.).

References: resolución 
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