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Timestamp: 2020-05-30 06:03:40+00:00

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Y al final la guerra - Escritores con la historia
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El adolescente iraquí mantenía su pie encima de uno de los cadáveres. Se encontraba a un lado de la carretera y levantaba dos dedos de la mano derecha en señal de victoria. Detrás de él, un niño pateaba los restos del mismo hombre. Otros chiquillos se arremolinaban expectantes, entre la indecisión del momento y el escrutinio de las cámaras. Al final todos levantaban con alguna timidez la mano, imitando los gestos de su compañero. Victoria. Los vehículos seguían pasando con escalofriante naturalidad, y a la vez con cierta parsimonia, por la vía. Tenían los faros encendidos y en el cielo, de un azul oscuro, podía percibirse el último resto de luz antes de anochecer.
El color de las imágenes era turbio e impreciso. Por un instante la cámara se centró en el pie del adolescente que descansaba encima del cuerpo exánime. De vez en cuando, detrás, entraba en cuadro otro pie, el del chaval que le propinaba patadas. Había lugareños que cruzaban despreocupados, sin prestar demasiada atención al hecho de que siete españoles, miembros del CNI, yacieran muertos a su alrededor. A continuación, las luces de los coches desvirtuaban la escena mientras el pequeño seguía golpeando, con ahínco ya menguante, el cadáver del militar vestido de paisano. La silueta se perdía, se desenfocaba y la cámara retrocedía a otros dos españoles que yacían boca arriba con las manos y los pies desparramados, como si hubieran muerto de un golpe, los pechos ensangrentados, inmóviles. Una furgoneta de la policía o una ambulancia de luces azules pasaba con los rotativos destellando, sin detenerse. El plano se abría y además de los dos anteriores se apreciaba ahora un tercer cadáver en la misma postura. Muy cerca los unos de los otros, como si hubieran caído luchando codo a codo.
Mientras tanto, en España, un nuevo contingente de tropas se estaba preparando para salir con rumbo a Irak e integrarse en la Brigada Multinacional Plus Ultra (BMNPU) II, que empezaría a relevar a la BMNPU I en apenas dos días. Era la continuación de la denominada operación India/Foxtrot en tierras iraquíes.
La inmensa mayoría de los hombres y mujeres que formaban la BMNPU II estaban concentrados en la Base General Menacho, en Botoa (en los alrededores de Badajoz). Unas modernas instalaciones construidas entre campos arcillosos con predominio del color rojo en techumbres, barracones y hangares, y donde tenía a la sazón su cuartel general la Brigada de Infantería Mecanizada «Extremadura» XI.
Era el día 30 de noviembre de 2003. La hora de la cena. En la televisión repetían por enésima vez las sobrecogedoras imágenes de los cuerpos sin vida de los agentes del CNI, caídos la víspera. Un grupo de soldados vallisoletanos, pertenecientes al Regimiento de Caballería «Farnesio» 12, cenaba en un bar en los alrededores de la base. Observaban con una resignada frustración aquella desagradable escena al tiempo que escuchaban los comentarios de la periodista:
… los ocho formaban un equipo y regresaban de una misión cuando fueron atacados. La agresión se produjo en una carretera muy concurrida donde el convoy era un blanco fácil. La multitud pateó los cadáveres de los españoles y coreó gritos a favor de Sadam…
La locutora continuaba recapitulando las demás víctimas españolas que el conflicto de Irak había producido hasta aquel momento. Otras cinco.
Ciertas noticias hay que mirarlas con talante estoico. Pero es difícil cuando una
semana después tú tienes que estar en ese lugar. El sargento primero Vergara hablaba de ello cuando el cabo Herrero le comentó: «Uno de ellos es hermano de Rodríguez» (un sargento primero de su unidad, con el que tenía contacto diario). A la repulsa de haber visto la escena se le sumó un sentimiento más fuerte que colmó su indignación.
La situación en la zona se ha complicado a causa del mes del Ramadán. El nivel de alerta es máximo y los ataques a los miembros de la Coalición se han intensificado, sobre todo contra los estadounidenses. Por ese motivo, cualquier acción que se efectúa no sólo está planificada y evaluada previamente sino que se ejecuta en coordinación permanente con el responsable de la operación en Madrid. A esto hay que añadir que la capacitación profesional de este tipo de personas es excepcional. A sus brillantes hojas de servicio se suma una formación exhaustiva en casi todas las materias que pueden serles útiles en territorio iraquí: seguridad, autoprotección operativa, conducción evasiva, tiro, fotografía, idiomas (inglés, árabe), explosivos… El riesgo, aun siendo alto, parece estar compensado con la preparación de los integrantes del grupo.
Han salido de Bagdad. Su indumentaria no llama la atención, van de paisano. Tampoco sus coches destacan, ni siquiera llevan blindaje, lo que sería un arma de doble filo. Van con los vehículos repostados a tope para evitar paradas, las armas de dotación ocultas y a mano, el chaleco antifragmentos también cerca. Algunos de ellos se lo han colocado, otros no. Llevarlo, como todo, tiene sus pros y sus contras.
La incomodidad, por un lado, y ser fácilmente detectables, por otro, animan a no ponérselo.
Empieza a oscurecer. Han tomado la denominada ruta Jackson[5], la carretera que une la capital iraquí con Diwaniya y Nayaf. Es una vía secundaria que obligatoriamente debe atravesar pueblos y aldeas. La única opción, ya que la principal está cortada a esas horas. Entre ambos vehículos se comunican mediante teléfonos vía satélite Thuraya.
Son las 15.22, apenas ha transcurrido una hora de viaje. Han sobrepasado hace unos diez minutos Mahmudiyad, localidad cercana a las instalaciones del puesto de mando del 505 Regimiento de la III Brigada de la 82 División Aerotransportada de EE. UU. Al cruzar núcleos urbanos deben reducir la velocidad, pero en ese momento atraviesan Al Latifiya, y van a 120 km/h. La carretera lo permite, es ancha, bien pavimentada y de tráfico escaso. Además transitan por una larga recta. Hace quince minutos que han enlazado entre ellos por medio de los Thuraya. Sin novedad.
Un Cadillac blanco, con cinco ocupantes en su interior, se coloca detrás del segundo vehículo. En éste viajan el brigada Vega, el sargento primero Riera y los comandantes Baró y Rodríguez. Desde el sedán blanco se empieza de pronto a abrir fuego. Han sacado los fusiles por las ventanillas y resuena el ruido peculiar de las ráfagas de AK-47. El conductor del todoterreno acelera y adelanta al coche de sus compañeros con la intención de avisarles. Pretende colocarse a su costado pero no lo consigue, los acontecimientos se desarrollan muy deprisa. De poco sirve la preparación ante una realidad que es infinitamente más cruda, cruel e imprevisible.
No ha pasado ni un minuto. Ellos no lo saben, pero han superado con éxito un punto donde les habían colocado dos trampas explosivas que debían ser accionadas por control remoto. La emboscada parece estar minuciosamente diseñada. Y el sedán blanco que persigue al convoy de agentes españoles se mantiene tras el segundo vehículo, el que antes iba en cabeza. El Cadillac lo sobrepasa por la izquierda y al llegar a su altura uno de los agresores dispara una ráfaga de Kaláshnikov que alcanza mortalmente al conductor, el comandante de Caballería Martínez González. También hiere de gravedad al brigada Egea, que recibe un disparo en la cabeza. El vehículo tiene toda la parte izquierda acribillada a balazos y las dos ruedas de ese lado reventadas.
El ataque no ha durado más de tres minutos: hay dos muertos y dos heridos graves entre los españoles. El segundo de éstos tiene un disparo en el estómago. La prioridad inmediata pasa por salvar las vidas de los hombres alcanzados por el fuego enemigo. El vehículo de los asaltantes se cruza en la carretera sin dejar de disparar.
En el otro coche los agentes supervivientes han retirado el cadáver del comandante Martínez González y lo han colocado en la parte trasera cerca del brigada Egea, que está muy malherido. Aunque el vehículo tiene dos ruedas pinchadas, sigue adelante; lo conduce el comandante Merino, que llega hasta la altura del todoterreno enfangado. Se cruzan con los agresores, intercambian disparos. El Cadillac se va.
Son las 15.27, hora local. No se oyen tiros, todo parece haber terminado. El sargento primero Zanón sale corriendo del todoterreno que se ha acercado a la zona embarrada en busca del otro. El comandante Merino sigue en el coche. Observa que el Cadillac ha parado más adelante y que se aparta de la carretera. Busca el teléfono satélite, su Thuraya, para contactar con Madrid. La conversación es angustiosa:
«¡Nos han atacado, tenemos al menos dos muertos! Avisa a la Brigada. ¡Que manden helicópteros!». La comunicación se interrumpe porque los disparos han vuelto a sonar. Detrás del coche atrapado en el fango hay dos edificios desde donde se ha reanudado el ataque. La potencia de fuego de los atacantes se ha acrecentado brutalmente; disparan con todo: fusiles, ametralladoras, lanzagranadas. Los cuatro españoles ilesos se defienden con lo que tienen: sus armas reglamentarias. Empuñan pistolas ametralladoras HK MP7 A1, de fabricación alemana, contra un fuego que parece ilimitado.
Son las 15.42. A los dos agentes muertos hay que sumar ahora al comandante Rodríguez, que estaba herido en el estómago. Los sargentos primeros Riera y Zanón suben un pequeño talud que separa un vehículo de otro, donde se encuentran con el comandante Merino. Valoran los tres la situación, coinciden en que deben buscar un sitio más seguro. El fuego no deja de recrudecerse. El comandante Baró ha tomado una posición cerca del vehículo y dispara cubriendo a sus compañeros. Debe medir cada cartucho que emplea, porque no sabe cuánto puede durar todo aquello. Deciden que el sargento primero Riera cruce la carretera en busca de ayuda. Por efecto del intenso fuego, los vehículos que circulaban por la vía se han detenido. La carretera está colapsada, y la emboscada se ha convertido en un espectáculo para el personal que deambula.
Riera ha cruzado y se acerca a unos matorrales, mientras el fuego suena endiablado a su espalda. Debe conseguir un vehículo, acercarse a sus compañeros y rescatarlos. Su arma está encasquillada, es el colmo del infortunio. El gentío que está observando la escena se acerca a él. Acaban de salir de una mezquita próxima y lo rodean. Le arrancan violentamente la medalla que lleva encima, una imagen de la Virgen, y empieza a recibir golpes en medio de un griterío incontrolado. Otras manos intentan atarlo e introducirlo en el maletero de un coche aparcado al borde de la carretera. Le han quitado el arma, por suerte inútil. Las voces de la multitud arremolinada a su alrededor son el único sonido que percibe. Sigue recibiendo golpes. Piensa que sus días ya están contados y que no podrá hacer nada para impedirlo, que sólo queda rendirse ante la evidencia de morir a palos, como lo han hecho otros en Irak, por cometer el delito imperdonable de estar allí.
De pronto ve acercarse a un individuo que llama su atención, abriéndose paso entre la masa de gente. Es un hombre bien vestido, delgado, con un aire de distinción. Se acerca a él, no habla, arrima su cara y le besa en la mejilla. En ese mismo instante la turba cambia de actitud, nadie arremete. El hombre delgado parece ser un notable. Riera no se cree lo sucedido ni sabe muy bien en qué situación está, pero los que antes lo empujaban y lo obligaban a introducirse en el maletero del coche ahora le muestran sus respetos.
Camina junto al desconocido hacia los coches. Ahora es su protegido. Lo introducen en un taxi. Riera está desorientado, entretanto ha oscurecido casi por completo. El taxi arranca, en medio de un tráfico de una desconcertante intensidad. Se encuentran con tres coches de policía y el taxi se detiene. Los policías se hacen entonces cargo del militar español, para llevarlo hasta la comisaría de Al Latifiya. Al cruzar por el lugar de los hechos, el sargento primero observa los cadáveres de sus compañeros tendidos en la carretera. Los dos vehículos todoterreno arden. Aún no sabe con seguridad que han muerto todos, después de agotar la munición, pero se lo teme. Sólo han pasado treinta minutos. El hombre que le ha salvado la vida es un agente europeo de un servicio secreto.
Desde el destacamento español se ha enviado en auxilio de los agentes una sección de legionarios, que llegará tarde. Días después de aquella emboscada, la garita de control de acceso de Base España en Diwaniya amanecerá inundada de flores. El tributo mudo de otros iraquíes a los muertos del CNI.
Cuando Vergara llegó a la nave, después de haber cenado en el bar, se tumbó en la cama y volvió a pensar en todo lo que había visto y le habían contado. Las imágenes de aquellos militares españoles, como él, abandonados sobre el asfalto de una carretera extranjera, pisoteados, como si fueran el trofeo de una cacería… ¿Dónde estaba el honor, el respeto por los muertos? Empezó a sentirse mal, no por él, o sí, pero más todavía por lo que había visto. Daba vueltas a la cabeza a lo que estaba a punto de hacer y volvía a ver la imagen de Torrejón y el recibimiento de los cadáveres. Apenas habían pasado treinta horas desde el atentado y ya estaban en España.
Pensaba sobre todo en Rodríguez, su compañero. Cogió el teléfono y lo llamó. A las palabras de condolencia le respondió con una petición: que se cuidara allá donde había muerto su hermano, el comandante Rodríguez. Vergara se emocionó, no podía evitarlo, en aquella soledad y sobrecogido por la entereza de su camarada.
España y la guerra de Irak, la prehistoria de un conflicto
Nayaf, 4 de abril de 2004.
En ese instante, Vergara podía elegir entre dos opciones: disparar y matar, o quedarse quieto y morir. Aquello, sin embargo, no era oficialmente la guerra; tan sólo la situación más parecida a la guerra en que un soldado español podía estar.
Desde luego, él no había ido a ese lugar para luchar con nadie, ni para matar, pero tampoco deseaba morir. Ellos habían empezado y él se limitaba a responder a su fuego y defender su posición. Las reglas de enfrentamiento, las dichosas ROES, así se lo dictaban: no hacía nada ilegal, aunque previera que el enemigo caería abatido. Además tenía la responsabilidad sobre nueve hombres que en ese momento luchaban mano a mano para detener aquel ataque, y detrás, trescientos compañeros más.
Uno combate sobre todo para salvar su vida, y también por los que tiene al lado. Es una cadena, ellos lo hacen por ti y tú por ellos, y eso le da sentido al hecho de seguir luchando; es lo humano, dentro de la vorágine del combate: primero el instinto de conservación, el compañerismo, y luego el sentido del honor, el coraje, las consignas, la disciplina…
Después de varias horas de enfrentamiento sin poder salir del vehículo blindado, mientras sentía cómo su tirador se apartaba apenas del visor del cañón para orinar como buenamente podía en una botella de agua mineral, al militar español le dio tiempo a pensar muchas cosas. Los pensamientos en esas situaciones discurren por la mente a una velocidad pasmosa. Nadie les dijo nunca que aquello iba a ser fácil, pero desde luego pocos presentían que podían llegar a empuñar las armas contra alguien.
Ya habían pasado varios meses de misión, apenas les quedaba un par de semanas para volver a España, y de pronto, casi sin previo aviso, la situación era la que nadie había querido nunca contemplar. A primeros de abril de 2004, todo se había torcido de una forma acelerada para la BMN Plus Ultra II, tercer contingente español desplazado a Irak. La raya quedaría fijada aquel día, el 4 de abril. Habría un antes y un después de esa fecha para los soldados españoles destacados en tierras de la antigua Babilonia. Hasta aquel momento tenían la impresión de estar haciendo una labor valiosa en las ciudades de Diwaniya y Nayaf, contribuyendo a normalizar la vida de sus habitantes después de la destrucción de la guerra. Pero ahora al sargento primero Vergara le tocaba estar sintiendo cómo el silbido agudo de las balas de los combatientes del Ejército del Mahdi pasaba una y otra vez por encima de su cabeza. Uno puede haber oído ese sonido mil veces, en mil pantallas de cine o televisión, con el equipo de alta fidelidad más avanzado. Pero nunca es lo mismo, por muy bien que lo reproduzcan. Cuando una bala quiere decir tu nombre, ese piff… uffff… que bufa a tu alrededor se siente de otra manera. La guerra, para un combatiente, no es lo que hayan podido contarle, sino lo que siente cuando está dentro de ella, y sus versiones son tantas como soldados. El teatro de operaciones es un espacio proteico, que cambia en función de quien lo vive y lo evoca.
El 12 de septiembre de 2001, un día después de haberse derrumbado las Torres Gemelas, el presidente de los EE. UU. de América, George W. Bush, definió aquellos atentados contra el Pentágono y el World Trade Center como «actos de guerra». Y ante el Congreso, una semana después, afirmaría que cada nación debía tomar una decisión: «Estar de nuestro lado, o del lado de los terroristas. A partir de hoy, cualquier nación que continúe albergando o apoyando al terrorismo será considerada un régimen hostil por Estados Unidos».
Las reacciones internacionales se sucedieron y los apoyos gubernamentales fueron masivos. Pronto todas las miradas de EE. UU. y la CIA apuntaron hacia Osama Bin Laden y exigieron al gobierno talibán de Afganistán la entrega de los miembros de Al Qaeda. Ante la falta de respuesta, un ejército compuesto por Gran Bretaña y EE. UU. atacó el 7 de octubre de 2001 Kabul, Kandahar y Jalalabad. Empezaba así la guerra de Afganistán, que pese a su brevedad y el ostentoso despliegue de medios bélicos, no consiguió uno de sus objetivos primordiales: la captura de Bin Laden y del líder talibán, el mulá Mohamed Omar.
La Unión Europea no sólo no se opuso a la guerra, sino que la legitimó en virtud de la resolución 1368 de las Naciones Unidas. Ese mismo 7 de octubre, en el Capitolio, Bush haría una segunda afirmación de especial trascendencia: «Hoy nos concentramos en Afganistán, pero la batalla es más amplia». Y en una carta al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el presidente de EE. UU. avanzó la posibilidad de atacar a otros grupos terroristas y países para autodefenderse. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, expresó su preocupación y los 22 miembros de la Liga Árabe rechazaron «cualquier ataque contra cualquier país árabe». Todas las miradas se dirigieron entonces a Irak.
En enero de 2002, Bush anunció en el Congreso la necesidad de actuar preventivamente contra «los regímenes que respaldan al terror y amenazan a EE. UU. o a nuestros amigos y aliados con armas de destrucción masiva», enumerando a Irak junto con Irán y Corea del Norte. «Estados como éstos —remachó—, constituyen un eje del mal que se arma para amenazar la paz del mundo».
El discurso del llamado eje del mal iba a ser la piedra angular de la nueva política prebélica. Pero el presidente norteamericano se encontró con una Europa profundamente dividida. Bush, ante esa actitud, buscó apoyos en el Viejo Continente, y a lo largo de mayo de 2002 visitó Alemania, Francia, Italia y Rusia. El 1 de junio anticipó sus estrategias de guerra preventiva en una significativa alocución en la Academia Militar de West Point, semillero de los futuros oficiales estadounidenses, donde pidió fortaleza a sus militares para afrontar la guerra contra el terror.
En la celebración del XIV aniversario del final de las hostilidades entre Irán e Irak, el 8 de agosto de 2002, el presidente iraquí Sadam Hussein, por su parte, abrió una lucha verbal en tono apocalíptico donde no faltaron alusiones a la yihad o guerra santa:
Las fuerzas del mal cargarán con ataúdes sobre la espalda, morirán en un vergonzoso fracaso, se llevarán sus planes con ellos o cavarán su propia tumba, provocarán su muerte en cualquier lugar árabe o musulmán contra el que perpetren su agresión, incluido Irak, la tierra de la yihad y la bandera.
Como respuesta, la prensa estadounidense revelaría que el 57 por ciento de los norteamericanos estaba a favor de la guerra con Irak. Y el debate sobre una posible intervención empezó a hacerse público entre los altos mandatarios estadounidenses. Mientras el secretario de Estado Colin Powell aseguraba que EE. UU. no se podía permitir el lujo de un ataque a Irak, la consejera Nacional de Seguridad Condoleezza Rice manifestaba que un cambio de régimen en Bagdad estaba justificado desde el punto de vista moral. También el vicepresidente Dick Cheney opinaba: «La inacción es más arriesgada que la acción… No hay dudas de que Sadam Hussein ya tiene armas de destrucción masiva». Europa, sin embargo, se mostraba cauta e invitó a Irak a permitir el regreso de los inspectores de armas de las Naciones Unidas, cooperación que había interrumpido en 1998. A esta petición se sumó la Liga Árabe. El canciller Schröder, en plena campaña electoral, aseguró que Alemania no participaría en una intervención en Irak. Francia apuntó al Consejo de Seguridad de la ONU como punto de referencia para cualquier actuación.
En ese clima político, Europa se fue disgregando poco a poco. Blair, el primer ministro británico, se mostró partidario de seguir a Bush a pesar de la oposición de la opinión pública de su país. Pronto los planes estadounidenses recibirían otro apoyo europeo: el del gobierno de España, donde una gran parte de la población estaba en contra de cualquier tipo de intervención en suelo iraquí. En su discurso, el presidente Aznar invocó la necesidad de terminar con la amenaza terrorista.
El 20 de septiembre de 2002, Blair difundió un informe asegurando que Irak desarrollaba planes para utilizar armas químicas y biológicas. A esto le siguió una cascada de papeles y declaraciones sobre las hipotéticas operaciones militares que se iban filtrando a la prensa. La posible intervención contaba con la oposición del excandidato a la presidencia de EE. UU., Al Gore, que entendía perjudicial un ataque unilateral, y sobre todo de los intelectuales de aquel país, que lanzaron una campaña con el lema «No en nuestro nombre», animando a los ciudadanos a «oponerse contra la injusta, inmoral e ilegítima guerra y represión que la Administración Bush lanza contra el mundo. Hagamos causa común con los pueblos del mundo».
Este cargado ambiente desembocaría finalmente en las multitudinarias manifestaciones contra la guerra que se celebraron en todo el mundo. El 28 de septiembre fue Londres; el 29, Madrid y Washington. Alguno de los lemas que se corearon en estas manifestaciones fueron «No a la guerra por petróleo», en Washington, o el londinense «No queremos sangre por petróleo».
En octubre, mientras Naciones Unidas acercaba posiciones para lograr un acuerdo con Irak, Bush seguía con su estrategia de presión, con el fin de aprobar una nueva resolución que viniera a reconocer el «carácter automático de una intervención militar» en caso de que Irak no accediera a las inspecciones. La política Bush fue refrendada en las urnas, donde el presidente revalidó su mandato de forma ajustada.
El 7 de ese mes la ONU aprobó la resolución 1441, que daba a Irak «una última oportunidad de cumplir sus obligaciones de desarme». Fijaba un régimen de inspecciones más severo que el anterior, sin autorizar aún el uso de la fuerza. Irak terminó aceptando la disposición «sin reservas ni condiciones», y una semana más tarde entraron en el país los funcionarios de la ONU. El 7 de diciembre, Irak presentó un informe de más de doce mil folios, donde aseguraba no tener armas de destrucción masiva. La documentación fue cuestionada y después rechazada por EE. UU.
Al comenzar 2003, la guerra parecía inminente. Tanto EE. UU. como Gran Bretaña empezaron a movilizar fuerzas, incluyendo reservistas, y a enviarlas hacia el Golfo Pérsico. Irak accedió a una nueva petición para que ampliara la información y permitiera que los inspectores interrogaran a sus científicos. Pero a mediados del mes de enero se encontró un búnker con doce cabezas de misiles vacías.
Quince miembros de la Unión Europea, más Rusia y China, solicitaron más tiempo para que los funcionarios de la ONU prosiguieran su trabajo. El 27 de enero, Hans Blix, jefe de la UNMOVIC, manifestó en su informe: «Irak no ha aceptado genuinamente, ni siquiera hoy, las condiciones del desarme que se exigió [en 1991]». Al día siguiente Bush observaría: «El dictador de Irak no se está desarmando. Al contrario, está engañando». Y adelantó que el 5 de febrero el secretario de Estado Colin Powell presentaría pruebas definitivas contra Sadam Hussein.
Aznar y Blair, junto con un bloque de países europeos, desafiaron a Alemania y Francia, publicando en los principales diarios una proclama a favor de preservar la unidad y cohesión entre Europa y EE. UU. Y por fin el 5 de febrero Powell entregó al Consejo de Seguridad un memorándum basado en grabaciones, imágenes captadas por satélite e informes de inteligencia, en el que se acusaba a Irak de ocultar armas de destrucción masiva burlando las inspecciones y de mantener vínculos con Al Qaeda, lo que hizo que EE. UU. ganara nuevos adeptos a su posición dentro de Europa.
Poco después, el 10 de febrero, la OTAN entró en crisis. Francia, Bélgica y Alemania vetaron un plan impulsado por EE. UU. para ayudar a Turquía militarmente, con el fin de proteger a ese país de un posible ataque de Irak. Más tarde se llegaría a un acuerdo limitado. Días después, Chirac, Putin y Schröder redundaron en la idea de que «el uso de la fuerza no puede ser sino un último recurso». El presidente francés insistió en que «nada justifica en la actualidad una guerra».
El 14 de febrero de 2003 los inspectores del Consejo de Seguridad de la ONU y de la Agencia Internacional de la Energía Atómica reiteraron que no había constancia de que Irak poseyera armas de destrucción masiva. Al día siguiente nuevas manifestaciones antibélicas recorrieron más de 60 países y 400 ciudades. Millones de personas manifestaron un «no» rotundo a la guerra. En Nueva York, París, Roma, Londres, Madrid y Barcelona, se exhibieron masivamente pancartas a favor de la paz.
Dos días después, el 17 de febrero, los máximos dirigentes de la UE asistieron a la cumbre de Bruselas, organizada con el fin de acercar posiciones entre los países miembros. En ella no se descartó la utilización de la fuerza como último recurso, aunque las divergencias se hicieron patentes. Finalmente, el 24 de febrero de 2003, EE. UU., Reino Unido y España presentaron ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un proyecto de resolución que abría las puertas a la guerra, aludiendo a que había fracasado la «última oportunidad» otorgada a Irak en la resolución 1441. Francia, Rusia y Alemania volvieron a insistir en la idea de dar más tiempo, pero la aparición de un nuevo arsenal, formado por 120 cabezas de misiles Al-Samoud 2, que violaban las restricciones impuestas después de la primera guerra del Golfo, dio un nuevo giro a la situación. Hans Blix requirió a los iraquíes la destrucción de estos misiles y desde la Casa Blanca se calificó la medida como insuficiente, exigiendo sin tapujos un cambio de régimen en Irak.
El 5 de marzo, Francia y Rusia manifestaron su voluntad de bloquear cualquier resolución que contemplara el uso de la fuerza. A esta postura se adhirió China. Bush, que había comenzado a presionar a los miembros indecisos del Consejo de Seguridad, manifestó: «Si tenemos que actuar, lo haremos. No necesitamos aprobación». Blix presentó un nuevo informe donde destacaba los progresos en la cooperación de Irak, pero EE. UU., Reino Unido y España introdujeron una nueva enmienda que acortaba el plazo de desarme al 17 de marzo. Desde París se rechazó una vez más la propuesta, alegando que «no hay lugar para hacer la guerra a fin de lograr el desarme de Irak» y que un ataque «sólo puede conducir a un desarrollo terrorista».
El 15 de marzo se producen, una vez más, grandes manifestaciones antibelicistas en las principales ciudades del mundo. Bush, Blair y Aznar se reúnen en las Azores, desde donde exigen un inmediato desarme de Irak y una decisión definitiva del Consejo de Seguridad. A partir de ahí, los sucesos se precipitan. El día 17, las tres potencias de las Azores retiran su propuesta de resolución y el presidente de EE. UU. da 48 horas para que Sadam abandone Irak junto a su familia. «El Consejo de Seguridad no ha estado a la altura de sus responsabilidades, pero nosotros sí estaremos a la altura de las nuestras», manifestó Bush. Chirac afirmó que la decisión norteamericana afectaba a «la estabilidad mundial». Y en el Parlamento británico varios miembros presentaron su renuncia al cargo. Pero en EE. UU. el 66 por ciento de la población estaba a favor de la guerra. La intervención venía a justificarse ante la opinión pública norteamericana por imperativas razones legales, principalmente la resolución 1441 de Naciones Unidas, así como en consideraciones relativas a la llamada seguridad global, la posesión de armas de destrucción masiva y las conexiones con el terrorismo islámico.
El bombardeo anglonorteamericano sobre Bagdad comenzó el 20 de marzo de 2003, sin que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas diera su aprobación. Se iniciaba así la llamada operación Iraqi Freedom, la segunda guerra del Golfo o guerra de Irak, ante un estallido generalizado de manifestaciones en Europa y EE. UU. Sólo en San Francisco fueron detenidas más de mil personas. La Liga Árabe consideró la agresión «ilegítima» y solicitó al Consejo de Seguridad que la frenase.
El mismo día que la Coalición formada por los ejércitos de EE. UU. y Gran Bretaña comenzó los bombardeos sobre Irak, y quizá para hacer así patente el compromiso del gobierno de España con la empresa, partía apresuradamente y sin preparación específica el primer contingente de tropas españolas. En ese instante, tan sólo definido el rumbo, se zarpó sin saber con exactitud dónde atracarían. La misión, denominada «Sierra Juliet», era la primera operación militar conjunta de envergadura que las Fuerzas Armadas españolas emprendían, desde hacía más de un siglo, en un teatro de operaciones distante varios miles de kilómetros del territorio nacional.
Aquella precipitada aventura nacía de una orden política dada el 18 de marzo de 2003 A buena parte de los que se vieron involucrados en ella les sorprendió recién llegados de maniobras. El capitán Picallo, destinado en la Brigada de Infantería de Marina, en San Fernando (Cádiz), acababa de regresar a su domicilio. Saludó a su familia, encendió la televisión y escuchó la noticia: se iban a movilizar tropas para mandarlas a Irak. Poco después sonó su teléfono. Sus parientes, desde Ferrol, le llamaban para saber si él iba a ir en esa operación. Por descontado les dijo que no; a esas alturas, pensó, lo más seguro era que todo estuviera ya preparado. Pero nada más colgar, volvió a sonar el aparato. «¿Quieres ir a Irak?», le preguntó su interlocutor al otro lado de la línea. Su respuesta fue inmediata, porque hay oportunidades que desde el punto de vista profesional no admiten dudas. Algo similar le sucedió al teniente Romero. En cambio, el sargento Varó y el cabo primero Agudo, cuando fueron alertados, se encontraban todavía en el puerto ultimando diversas cuestiones relacionadas con las recientes maniobras. Al menos ellos fueron unos privilegiados, ya que tuvieron unas horas para decir adiós a los suyos. No le sucedió lo mismo al sargento Cerdán, a quien avisaron el día 20 y que apenas tuvo treinta minutos para hacer su mochila y embarcarse: ni siquiera le dio tiempo a pensar adónde lo mandaban. Pero todos ellos eran infantes de marina. Pertenecían a una unidad preparada para estar siempre en primera línea de combate, y que acostumbraba a permanecer destacada en ejercicios o misiones durante varios meses al año.
Rápidamente se activó el plan de llamadas, una cadena piramidal donde en caso de alerta había una estructura solapada para que en muy poco tiempo se pudiera acuartelar la unidad. El cabo primero Agudo aconsejó a sus subordinados que no dijeran nada a sus familias hasta no saber con certeza adónde iban, pese a que todos suponían lo que estaba ocurriendo. Había que organizar sobre la marcha una Unidad de Gran Entidad, con la misión genérica de proporcionar a Irak ayuda humanitaria. Y tenerlo todo listo para zarpar obligatoriamente el 20 de marzo de 2003, ni un día más tarde.
La experiencia anterior, principalmente la adquirida en los Balcanes, facilitaba la designación de los elementos necesarios. En apenas dos horas, el Estado Mayor de la Brigada de Infantería de Marina planeó todo el operativo. Al día siguiente se tuvo alistada, definida y preparada a toda la fuerza. Se organizaron columnas de material y personal que irían embarcando en el buque de asalto anfibio L-51 Galicia. Se efectuaron los reglamentarios reconocimientos médicos y vacunaciones, al tiempo que se realizaba el embarque de todo el complejo dispositivo: materiales, vehículos y personal. Aquella operación se alargó durante la noche del 19 al 20.
La capacidad operativa y de proyección de las diferentes unidades implicadas pasa la prueba. En menos de 48 horas, no sin esfuerzos, se logra salir de la Base Naval de Rota. El contingente, formado por casi novecientos hombres, zarpa a las 10.30 de la mañana a bordo de tres buques de la Armada: el Galicia, el petrolero Marqués de la Ensenada y la fragata de escolta Reina Sofía. El destino: las aguas del Golfo Pérsico. Su cometido, en ese momento aún indeterminado, se concretaría con el paso de los días en proporcionar ayuda humanitaria a la población iraquí y colaborar en la reconstrucción del país. Para ello se dispone de diferentes unidades del Ejército de Tierra, entre ellas una unidad NBQ, otra de ingenieros y un hospital de campaña. Los trabajos se han efectuado sin demora, la gente ha respondido, ha cumplido las órdenes y todos están, como otras veces, embarcados hacia una nueva misión. Aunque cabe prever que ésta tendrá matices y circunstancias que la harán especial.
Muchas de las acciones preparatorias que normalmente se realizan en tierra, en este caso, y debido a la premura de tiempo, tuvieron que resolverse en la travesía. Aquel mismo día 20 se activó en el tránsito por el estrecho de Gibraltar un equipo que asumiría las funciones de fuerza de protección. También comenzó la distribución de vestuario y de material de campaña con los peculiares colores desérticos. Además empezó a elaborarse, con la poca información disponible, un plan de instrucción y adiestramiento específico para las labores que se iban a desarrollar.
Las dificultades de preparar una misión tal y como hubo de hacerse, de un día para otro, son muchas y de muy diversa índole. Para los miembros de la misión Sierra Juliet, la falta de datos (o dicho en terminología militar, de inteligencia) sobre el teatro de operaciones fue abrumadora. Tampoco se fijó a priori la duración de la operación, por lo que la previsión de las necesidades era puramente hipotética. En suma, las fuerzas embarcadas, casi sin tiempo para mentalizarse, estaban metidas en una operación que, pese a introducir el balsámico apelativo de «humanitaria», se iba a efectuar con toda probabilidad en un país en guerra. No había un plan de acción definido: se mandaba a Irak a los militares y los barcos sin precisar qué tipo de tareas iban a desarrollar ni dónde. Todas esas dudas, y otras, se irían solucionando sobre la marcha.
A partir del día 21 comienzan los sofocantes ejercicios de zafarrancho de combate. A la llamada «todos a sus puestos», la gente corre precipitadamente, y en unos minutos todo parece volverse patas arriba. Los primeros ejercicios fueron desastrosos, el personal era demasiado lento y siempre surgían problemas, pero con el paso de los días se fue alcanzando un ritmo satisfactorio y los diez minutos del primer intento lograron reducirse a poco más de uno ejercitando un riguroso adiestramiento. No había tiempo de descanso: los servicios en el barco se compaginaban con la instrucción, y las horas que quedaban se debían dedicar estrictamente a dormir.
Una vez repartida toda la munición de guerra a los soldados, se siguieron desarrollando las labores de entrenamiento del contingente. Se sabía ya más o menos adónde se iba, pero no se tenía una conciencia clara de qué se iba a encontrar. El mayor miedo era la amenaza NBQ: las armas de destrucción masiva que al parecer poseía Sadam y por las que supuestamente había comenzado la guerra. Aquello se tomó muy en serio. La máscara NBQ empezó a ser una parte más del cuerpo de aquellos soldados. En las alarmas o zafarranchos NBQ todo el equipo debía ir bien ajustado y la máscara perfectamente estanca. Aquel detalle, la imperiosa necesidad de que la máscara estuviera completamente ceñida al rostro, obligó al personal que tenía barba a afeitarse, lo que, a su manera, resultó divertido: marinos que durante toda su vida habían lucido generosas barbas amanecían con sus rostros limpios. Parecían gatos escaldados, habían perdido volumen y las bromas, a causa de este motivo, corrían con facilidad. Todo el mundo había tomado buena nota de la amenaza biológica y química de Sadam Hussein y existía un temor real, sobre todo al ántrax. Buena parte de la instrucción se centraba precisamente en ese peligro. Además no hay que olvidar que un importante núcleo del contingente embarcado pertenecía a una compañía NBQ, que tendría como misión la localización de este tipo de agentes y, llegado el caso, la limpieza de residuos.
La seguridad de las embarcaciones se extremó durante el tránsito por el canal de Suez y otros puntos clave, calificados como aguas peligrosas. Se trataba de zonas que se consideraban especialmente conflictivas, y donde se juzgó necesario habilitar una escolta formada por lanchas rápidas de Infantería de Marina, para proporcionar una seguridad perimetral a la flotilla y con ello impedir posibles ataques suicidas de «embarcaciones-bomba». Aquellas lanchas estaban tripuladas por tres hombres equipados con fusiles y un potente lanzagranadas de 40 mm.
La travesía vino a coincidir con la duración de los ataques contra Irak, casi tres semanas. Se hizo escala en el puerto de Yibuti con el fin de aprovisionarse y cargar el material que no había sido posible embarcar en su día y que se había trasladado en avión hasta allí. En resumen, no fue un viaje de placer; los buques militares no reúnen esas comodidades. Los ejercicios se repetían una y otra vez, con el fin de mantener y alcanzar la operatividad de los tripulantes y adquirir sobre la marcha conocimientos básicos respecto de la zona de acción, que por la urgencia del embarque había sido imposible impartir previamente. Se realizaron ejercicios de inclusión mediante fast-rope, empleando los helicópteros embarcados en el buque Galicia, por si hubiera que abordar alguna embarcación (una de las misiones típicas de la Infantería de Marina). Se efectuaron prácticas de tiro y se completaron las vacunaciones del personal.
Las últimas millas de la singladura fueron de total incertidumbre. Especialmente tensa resultó la subida por el canal Jor Abdalá, de unas 45 millas de longitud, minado por los iraquíes aunque en proceso de limpieza por los buques cazaminas de la Coalición. Por este motivo tuvieron que ser escoltados y guiados por el cazaminas británico HMS Ledbury, así como por un buque guardacostas estadounidense, debido al alto riesgo de ataques suicidas. Respecto de las minas se estuvo muy alerta: tanto fue así, que en una ocasión se dio la voz de alarma al ver un objeto circular y negro pegado al casco de la embarcación. Al final resultó que se trataba sólo de una bolsa de basura que alguien había lanzado al mar indebidamente.
La amenaza de posibles ataques con misiles también estuvo presente durante el último tramo de la subida del canal Jor Abdalá, ya que se tenía constancia, según diferentes informes, de la existencia de seis baterías de misiles iraquíes del tipo CSSC-3 Seersucker. De hecho, un par de días antes del atraque habían caído dos misiles de este tipo en la zona. Como puede observarse, hasta el último momento, la situación real que se iba a vivir en la zona de despliegue era una incógnita.
El día 9 de abril, a las 12.26 hora española, el ministro de Defensa, Federico Trillo, informa de que el buque anfibio Galicia ha atracado en el puerto de Umm Qasr. A esa hora, los primeros grupos de periodistas encargados de cubrir los movimientos de las fuerzas españolas ya se encuentran apostados en el muelle.
La maniobra final de acercamiento al fondeadero ha sido sencilla. El día está resultando agotador, ya van nueve horas de trabajo desde el toque de zafarrancho de combate hasta el atraque, pero no hay descanso. La primera misión es dar seguridad perimetral al muelle: a tal efecto, las primeras tropas están preparadas para tomar tierra. El almirante que manda la expedición, Moreno Susanna, ha cedido el paso a los infantes de marina, los primeros que han de pisar tierra, conforme manda la tradición. El gesto da ánimos a las tropas que se disponen a tomar contacto con un Irak que resulta abrasador por la fuerza del sol y la sequedad de la zona.
La seguridad del puerto ha estado encomendada hasta entonces a un equipo americano, un pelotón de los Navy SEAL. El cabo primero Agudo, entre otros jefes de pelotón, ha recibido la orden de tomar posiciones en diferentes sectores del puerto a fin de hacerse cargo de una parte de la seguridad. En cumplimiento de esa orden se ha puesto en contacto con uno de los SEAL. A primera vista tiene la sensación de estar tratando con un veterano de Vietnam: gafas de sol, fusil cruzado. Se sostiene en una silla, sólo apoyado en las patas traseras. La imagen le parece de película.
En esos momentos, el ejército americano se adueña de Bagdad. Las primeras imágenes televisivas muestran la alegría del pueblo y los saqueos que se están llevando a cabo en organismos oficiales de la capital iraquí. Cuatro horas después, a las 16.50, se produce en la plaza de Al-Ferdaous de Bagdad la simbólica caída de la estatua de Sadam, ante el júbilo de la población allí congregada. Los miembros de las fuerzas españolas destacadas en Irak son testigos televisivos desde el buque. La representación ha sido posible gracias a la ayuda de un carro de recuperación estadounidense, después de ser tapada la cara con una bandera americana, luego sustituida por otra iraquí. Aquella escena, como sin duda han previsto sus autores, recorrerá todas las cadenas de televisión. La guerra parece darse por terminada desde muchos medios, aunque Bush, asesorado por altos mandos del Pentágono, no quiere proclamar la victoria. La Coalición angloamericana ha desplegado unos noventa mil soldados en territorio iraquí, y las únicas dificultades las han encontrado en núcleos de población. La guerra ha sido rápida y sólo ha costado 160 vidas a los atacantes, frente a miles de bajas iraquíes.
Ese mismo día, la familia del cámara español de Tele 5 José Couso Permuy afirma que su muerte «es un crimen de guerra» y exige una investigación internacional para esclarecer lo sucedido. Couso falleció el día 8 de abril, como consecuencia de las heridas producidas al impactar un proyectil disparado por un carro de combate americano contra el piso 15 del hotel Palestina de Bagdad, desde donde el cámara filmaba la entrada en la ciudad de la Coalición. El día 7 había muerto el periodista del diario El Mundo Julio Anguita Parrado, a causa de un ataque de misiles iraquíes sobre la unidad militar norteamericana en la que iba «incrustado», al sur de la capital.
Mientras tanto, en España se trabaja a marchas forzadas para desplazar nuevos efectivos a territorio iraquí. «El planeamiento para la organización de la Brigada Multinacional (BMN) empezó nada más iniciarse la ofensiva de la Coalición en marzo de 2003». Pero no sería hasta mediados de junio de 2003 cuando las primeras unidades de reconocimiento se integraron en la operación Iraqi Freedom. Comenzaría entonces la andadura de la Brigada Multinacional Plus Ultra I.
Una vez establecido el perímetro de seguridad, los buques españoles atracados en Umm Qasr empiezan a desembarcar todo el material trasladado a la zona de operaciones. A la maniobra de desembarco le suceden las engorrosas labores de preparación de armas, vehículos y material, a fin de poder afrontar la operación con la eficacia que las circunstancias requieren. Les acaban de informar de que al día siguiente se realizará la primera entrega de ayuda humanitaria. Una misión que para la inteligencia militar parece prematura: aún no se ha tomado un contacto real con la zona. Pero la noticia ya se ha difundido a la prensa: según han anunciado fuentes del Ministerio de Defensa, las tropas españolas repartirán más de 3000 raciones de comida y 5000 litros de agua entre la población de Umm Qasr.
Durante la mañana del día 10 de abril, parte de la cúpula de la expedición española contacta con autoridades militares de la Coalición en la zona, sobre todo británicos. En la reunión se les explica a los militares españoles que realizar la entrega de alimentos es un poco precipitado y se les aconseja estudiarla bien. Pero la orden proviene de los responsables políticos en Madrid: se pretende, después de las manifestaciones en contra de la guerra, dar una imagen de misión humanitaria a pesar de las acciones bélicas que desarrollan otros contingentes en la zona. Inmediatamente después de la reunión, se procede al reconocimiento del lugar donde se va a hacer efectiva la entrega. La premura de tiempo obliga a seguir a pies juntillas el dictamen de las fuerzas británicas, que han elegido para la ocasión un campo abierto. Luego resultará una zona poco apropiada, por la cantidad de frentes para cubrir, pero no cabe barajar otra opción: apenas queda una hora para que la operación se lleve a cabo. La ayuda debe ser entregada sin falta, porque va a acudir la prensa para grabar el acontecimiento.
El operativo se divide en dos partes: un perímetro exterior controlado por británicos y un cerco interior formado por setenta infantes de marina españoles que canalizan con sus cuerpos a los iraquíes que llegan en busca de ayuda. En los primeros momentos el reparto discurre sin contratiempos, por la poca afluencia de personas, pero poco a poco la población civil se va enterando de la noticia y la aglomeración aumenta. A la densidad creciente de gente se suma el ansia por llegar a los camiones, que incrementa la presión que la muchedumbre ejerce para romper la cadena humana que forman los infantes de marina alrededor de la ayuda humanitaria. Varios iraquíes empiezan a azuzar a la población lanzando el bulo de que no hay comida para todos, y algunos agitadores se dedican, confundiéndose entre el gentío, a pinchar con objetos punzantes a los españoles que forman el cerco. Desde dentro, el empuje de la masa de gente que deben contener los militares españoles es impresionante, a lo que hay que añadir el calor, intensamente seco[21]. Empiezan a producirse los primeros calambres de los soldados, y algunos de ellos experimentan síntomas de deshidratación. Llevan alrededor de dos horas de entrega de provisiones y la población civil está soliviantada. Al malestar contribuye la actitud de algún cámara de televisión que ha aprovechado para encaramarse a coches de civiles con objeto de captar mejor las imágenes, lo que provoca protestas entre los iraquíes y más revuelo. Las provocaciones son continuas; a algunos incitadores se les expulsa del cerco, pero esto no facilita la entrega y los ánimos se van encrespando. Al final el almirante opta por suspender la operación, tras haber repartido más de setecientas raciones de provisión y antes de que la situación se complique aún más. El balance para las tropas españolas es de cinco heridos leves por lesiones inciso-contusas. Después de las dos horas de forcejeo, los cuerpos de los infantes de marina están molidos, y sus uniformes tiznados por la intensa polvareda.
Aquél fue con mucho, por las prisas para hacer la foto, el reparto más conflictivo. Los que le sucedieron se realizaron con un planeamiento más sosegado, y los resultados fueron más acordes a las expectativas y la planificación previa, gracias al apoyo del imán chií, que parecía tener cierto control sobre la población del lugar.
A lo largo de toda la operación Sierra Juliet se proporcionó a la población ayuda consistente en víveres, agua embotellada (o reparto de agua potable en aljibes), material sanitario y productos de higiene. Aunque también se entregaron otros artículos más pintorescos, como camisetas de fútbol donadas por entidades deportivas. El reparto se centró principalmente en las familias más necesitadas, localizadas tras un estudio previo de la zona. También se rehabilitaron dos escuelas, incluyendo la compra de mobiliario y material escolar. Se repararon infraestructuras, fundamentalmente pozos de agua potable, se colaboró en la reconstrucción de vías férreas y se prestó asesoramiento técnico para iniciar la recuperación de instalaciones portuarias e industriales locales. Además se organizaron campamentos en España, en concreto en la base aérea de Armilla, para niños iraquíes. Pero no toda la ayuda distribuida se ajustó a las necesidades reales de la población. Las raciones de combate, ideales desde el punto de vista militar, no resultaban adecuadas para los civiles y se convertían en una simple moneda de cambio en mercados locales para la compra de productos de primera necesidad como eran la harina, el aceite o las conservas de carne. Con el tiempo, su dedicación en la entrega de ayuda humanitaria les valdrá a los hombres que formaban la operación Sierra Juliet el apelativo de waterman.
Después del primer reparto se ordenó retirar las banderas colocadas en las antenas de los vehículos españoles. El motivo fue que podía entenderse aquel gesto de ostentación como hostil. No se quería dar la impresión de fuerza de ocupación, sino la de un país que va a otro para ayudar a reconstruirlo.
El segundo día amanece con una imagen anecdótica: un teniente coronel médico intentando hacer unos improvisados hoyos con su palo de golf. Después de más de tres semanas encerrado en el barco, siente la necesidad de relajarse de esa manera. El cabo primero Agudo advierte al oficial de que todavía no se han hecho cargo de la seguridad del puerto y no han efectuado por tanto los preceptivos reconocimientos para localizar las posibles amenazas que el terreno pueda presentar: minas contrapersonal o contracarro, trampas-bombas o cualquier otro tipo de peligro. El oficial médico se enfada al tener que abandonar de pronto la partida pero a la vez comprende que la seguridad del contingente es la máxima prioridad. A los médicos, durante muchos días, les será imposible hacer otra cosa que no sea operar o atender heridos civiles.
Los SEAL que proporcionan seguridad al puerto deben irse al frente. Agudo, en la parte que le corresponde de su sector, tiene poca información. El día anterior le preguntó al militar americano si había alguna novedad y éste le respondió: «Bueno, he colocado algo por ahí». Durante la mañana es necesario hacerse cargo del control de la zona denominada «Puerto Viejo», que es precisamente la parte delimitada como «campamento» para el contingente de la operación Sierra Juliet.
En el comienzo del reconocimiento empiezan a encontrarse trampas explosivas colocadas de forma artera en los pequeños huecos que el muro del puerto presenta al exterior o en antiguas entradas que han sido taponadas con grandes contenedores de transporte. Pronto Agudo entiende en qué consiste aquella explicación que le había dado el americano: «colocar algo», en el argot de los SEAL, debe de significar trampear granadas de mano con sedal para que en el momento en que algo incida todo salte por los aires. Por suerte el reconocimiento de las zonas conflictivas, principalmente el muro, se desarrolla con cuidado y minuciosidad y todas las trampas colocadas en el perímetro son detectadas y desactivadas. Entre ellas hay bengalas, granadas de mano o cargas. Para el cabo primero Agudo, aquél fue su regalo de cumpleaños. A las 9 de la mañana, la seguridad del Puerto Viejo ya estaba asumida por los españoles.
Ese mismo día se escoltó al EMAT al campo de prisioneros de Camp Bucca, donde desplegarían su hospital de campaña y realizarían una valiosa misión humanitaria, por cuanto constituían la única asistencia médica para atender a los más de ocho mil presos que tenía el establecimiento. Por este motivo la formación sanitaria desplegada en Irak quedó dividida en dos fracciones, una en el buque y la otra en Camp Bucca, lo que supuso un problema logístico y organizativo importante.
El trago más duro que tuvieron que soportar los integrantes del FIMIRAK no fueron los continuos servicios de armas y seguridad o las sucesivas escoltas, que tenían que desarrollar con un número de efectivos muy limitado y que les impedían descansar lo debido. Eso podía sobrellevarse: los cabos, al ver lo desproporcionado del trabajo, aceptaron realizar labores que por el empleo correspondían a soldados (aquél fue un ejemplo de compañerismo que reflejaba el espíritu de la gente destacada en Irak). Se estaba preparado para eso e, incluso, llegado el caso, para las imágenes, los sonidos, el tacto de la guerra. Pero no para el horror y la impotencia de ver morir a civiles inocentes mientras solicitaban ayuda en la puerta del destacamento.
Aquel servicio, el de seguridad en la puerta, era un arma de doble filo. Por un lado, el centinela podía ver cómo alguien se desangraba, y por otro, tenía la obligación de pensar que aquel herido podía esconder entre sus ropas una trampa- bomba y hacer saltar por los aires un buen pedazo del barco. Pero estaban en una zona pobre, donde no había infraestructura sanitaria, donde la malnutrición, las deformidades o el cáncer eran el pan nuestro de cada día. En la entrada del puerto, sobre todo los primeros días, empezaba a haber concentraciones de gente que pedía ser atendida. Algunos casos resultaban, más que graves, espeluznantes: quemados, malformaciones físicas… El ingreso e incluso la intervención eran inmediatos. El buque disponía de 12 camas y un quirófano que estaba todo el tiempo desbordado. Los médicos trabajaron sin cesar durante el primer mes para sacar adelante vidas, e incluso mandaron a España a niños que podían ser tratados y que tenían la seguridad de que saldrían adelante. Por esa sobresaturación del quirófano, se había dado la orden al personal de Infantería de Marina que realizaba la guardia de que, en caso de tener algún herido grave, se pusiera en contacto con la enfermería, que le daría entrada o no dependiendo de las posibilidades médicas; si no había medios para atenderlo, se le derivaba por medio de una ambulancia al campamento americano. Hubo episodios crueles, como el no poder llegar a atender a una niña de corta edad que se desangró en la puerta del destacamento, mientras su padre rogaba de rodillas que la curasen. Y es que se puede estar preparado para la guerra, pero nunca para la frustración y la amargura de vivir una situación así.
A medida que pasaban los días el protagonismo informativo lo adquirieron los médicos militares, sumidos desde el primer momento en su labor con la población civil iraquí. En los primeros días operaron a numerosas personas y proporcionaron medicinas a centenares. En toda la misión desarrollarían más de cinco mil asistencias, que sólo fueron limitadas por una infección hospitalaria que obligó a tener cerrados los quirófanos del buque Galicia durante 15 días. Aquella circunstancia tuvo una cierta repercusión en telediarios y prensa española, lo que causó gran alarma entre los familiares de los militares destacados en Irak y un notable malestar, por esta causa, en las tropas españolas. Este hecho, y otros, como las fotografías que salieron en prensa del campo de prisioneros de Camp Bucca, donde unos periodistas se escaparon de una visita con esa intención, produjeron graves consecuencias en las relaciones profesionales entre el contingente español y otros ejércitos de la Coalición desplegados en la zona. Lo que vino a demostrar, una vez más, cómo la labor de los medios de información puede repercutir, y no poco, en la moral de las tropas destacadas en el extranjero.
El 13 de abril se desarrolló una misión de escolta al equipo sanitario que quería visitar el hospital de Umm Qasr, con el objeto de apoyar a los médicos locales en lo que fuera necesario. Para la misión se destacó un pelotón reforzado de Infantería de Marina al mando del teniente Robles. La seguridad del hospital estaba controlada por fuerzas británicas. En la puerta había una multitud inquieta: siempre que las tropas internacionales visitaban algún lugar se producía una rápida aglomeración, motivada por las expectativas de reparto de ayuda. Aquel día, a las afueras del hospital, los soldados españoles empezaron a observar un gran revuelo. Luego entendieron que se estaba llevando a cabo una especie de funeral, ya que un ataúd avanzaba por encima de la masa. La comitiva fúnebre se fue exaltando según se iba acercando al hospital, hasta convertirse en una manifestación por la muerte, el día anterior, de un vecino.
En cierto momento, el gentío supera el cerco y la seguridad británica y entra sin autorización hasta la puerta del hospital. El ambiente se vuelve muy acalorado y violento; el oficial español saca su pistola y dispara varios tiros al aire. La multitud para y parece calmarse, y entonces se despliega el pelotón de Infantería de Marina que se había destacado para dar seguridad y protección. Comienza el registro: la amenaza de ataques suicidas en la zona es alta. Se hace bajar el ataúd y por medio de señales se pide que se abra para observar lo que hay dentro. Probablemente sea un cadáver, pero por el ímpetu que han demostrado los manifestantes saltándose las medidas de seguridad cualquier cosa es posible, y más en el Irak recién conquistado.
En el registro se confirmó que había, sólo, un muerto. Fueron momentos de tensión resueltos a la postre por medio de un intérprete, que transmitió a los manifestantes que no era la forma ni el lugar para ese tipo de actos. La población culpaba de la muerte de un enfermo al hospital. El incidente quedó ahí y no fue a mayores.
Sobre el terreno, la misión se fue reconduciendo de una forma más práctica. La unidad NBQ, que parecía crucial según la documentación que se tenía en España sobre una posible amenaza de este tipo de agentes, resultó prácticamente inútil. Se había sobredimensionado esta unidad, por lo que tuvo que ser empleada en otros cometidos, como el de seguridad o apoyo en labores domésticas. También surgieron otras dificultades, como la de conseguir planos de la zona. Al final la solución se halló en el campo de prisioneros, donde el sargento Cerdán se las arregló para cambiar planos para todos por una botella de vino y una bandera de España.
Pero dejando al margen la ayuda humanitaria, que fue la misión fundamental desarrollada en ese contingente por las tropas españolas, ante los ojos de los soldados que formaban la operación Sierra Juliet, Irak se mostraba como un nuevo mundo, distinto e irreal. Los alrededores de Umm Qasr y Basora no tenían el aspecto de un país destruido por las bombas. No era esa Bosnia de 1993 agujereada por los impactos: la visión era simplemente la de un territorio sumido en la miseria, que por la procedencia de su población, en su mayoría chií, había sufrido desde hacía décadas la incuria del régimen de Sadam Hussein. Sorprendía ver el deterioro de las instalaciones o los saqueos de edificios gubernamentales en desuso o recientemente abandonados.
Había que internarse en el país para observar los efectos palpables de la guerra. Y una vez sobre el terreno, cabía apreciar dos doctrinas muy diferentes. Por un lado la británica, que presumía de ser limpia en el avance y ocupación del territorio enemigo, y por otro la estadounidense, mucho más contundente y demoledora. Aquella mentalidad a la hora de actuar se vería reflejada en la posguerra, muy difícil para el que más destrucción había causado y algo menos complicada para los ingleses.
La primera expedición a Bagdad se produjo el 14 de mayo de 2003. El motivo fue la escolta del embajador para la reconstrucción de Irak, Miguel Benzo, acompañado por el capitán de navío Martín-Oar y el jefe de gabinete Felipe Dragado.
Durante aquella escolta a Bagdad se pudo apreciar la dureza con que se habían desarrollado los combates, y lo poco que quedaba del Irak de Sadam. Los retratos del exdictador habían sido destruidos, derribados o profanados con los sarcásticos rotuladores que pintaban en su efigie grandes mostachos, perilla, anulaban alguno de sus dientes o coloreaban alguna lágrima burlona, para después firmar las artísticas obras: «SSgt Hall U. S. A. F. Edison N. J.» o «Go Lakers». Y también abundantes, las sentencias de inequívoco origen hispano: «Aquí estuvo Villatorres». Aunque lo más impactante, desde el punto de vista militar, eran los restos de la guerra, las columnas de blindados o carros de combate iraquíes desperdigados por todos los lugares, preferentemente junto a las vías de comunicación. Aquí y allá se veían los característicos tanques de fabricación rusa, hechos pedazos de las formas más espectaculares, con las torres desprendidas de las barcazas por la acción devastadora del moderno material bélico americano, que dejaba al de sus enemigos a la altura de la nada más absoluta. Muchos de aquellos vehículos habían sido sorprendidos mientras se replegaban hacia la capital, en busca de zonas arboladas que los cubrieran de las letales vistas de helicópteros y aviones de combate.
El aeropuerto de Bagdad condensaba todo aquello. Las impecables baterías americanas de misiles Patriot, apostadas a las afueras del aeropuerto, eran el contrapunto de los radares iraquíes destruidos y de los búnkeres que no habían podido servir a su fin, perforados por las municiones aliadas como si en vez de hormigón estuvieran hechos de mantequilla. En torno a las instalaciones destruidas todo eran escombros, estructuras metálicas que antes habían sido edificios y que ahora cohabitaban en un paisaje desolador. Y todavía más chatarra sin identificar, restos de aviones comerciales… En suma, la inapelable destrucción dejada por los ataques, donde helicópteros y aviones, principalmente los temibles A-10[29], habían hecho la mayor parte del trabajo.
De aquella potencia bélica impresionaba casi todo; la logística era abrumadora, el despliegue de medios formidable, sólo esa visión constituía ya un arma, aquel arsenal era en sí mismo pura guerra preventiva. Todos los artefactos allí extendidos formaban el diorama de una guerra impredecible. Los imponentes helicópteros «Apache» del U. S. Army, equipados con toda su dotación de combate, dibujaban un arma tan perfecta como sofisticada. Y los «Supercobra» de los Marines, pintados de gris (frente al verde oscuro de los «Apache»), no se quedaban atrás. El aeropuerto de Bagdad, en suma, era toda una exposición, que incluía además los peculiares «Humvee» en sus múltiples versiones, y también camiones, grúas, aljibes y todo el material auxiliar imaginable, incluyendo helicópteros de transporte «Chinook» o«Black Haw».
En lo que se refiere a la escolta propiamente dicha, más que con normalidad se desarrolló con resignación: a las diez horas de viaje hubo que añadir una temperatura de 50 °C. Las siroqueras y las gafas resultaron imprescindibles para evitar quemaduras. Una vez en Bagdad, el personal de la escolta se alojó en la embajada, donde apoyó a los GEO encargados de la seguridad. Con ello contribuiría a aliviar momentáneamente la enorme carga de trabajo de este personal, debida a su escasez de efectivos.
El 17 de mayo es el patrón de Infantería de Marina, san Juan Nepomuceno. Ese día, a primera hora, el pelotón al mando del cabo primero Agudo es alertado poco antes de efectuarse el relevo de la guardia. Los vehículos están preparados y el personal del cabo primero se encuentra en el turno de reacción. Todos están localizados en el sollado y entre ellos tienen una forma de avisarse. En el momento en que alertan al cabo primero, éste llama a los miembros del pelotón. Mientras Agudo recibe en el portalón del barco las instrucciones del teniente coronel y del capitán Picallo, sus subordinados preparan todo lo necesario para salir. Se le informa de que hay que rescatar al equipo CIMIC en el edificio de Correos, donde diariamente se reúnen todos los representantes civiles de la zona. El pelotón sale en un Humvee, apenas seis minutos después de recibir la alerta. El cabo primero enciende las transmisiones, se hace una prueba de enlace con el fin de verificar la comunicación y empieza a recibir instrucciones detalladas, como la situación exacta del personal dentro del edificio.
Apenas han pasado un par de minutos cuando llegan a la puerta del edificio de Correos. Agudo observa mucha gente e informa de la situación. Parece que hay una manifestación en curso. Deja a tres hombres en el blindado; él y cuatro hombres más se despliegan y se acercan a la puerta, pero es imposible acceder por ese lugar. Se procede a localizar otra entrada, y el vehículo de apoyo debe moverse a la orden del jefe para ayudar en el despliegue. En ese momento llega otro todoterreno al mando del cabo primero Chente, que protege la maniobra. Agudo está dentro, se mueve con rapidez y accede al lugar donde se halla resguardado el equipo CIMIC, compuesto por españoles, ingleses y estadounidenses. La muchedumbre que rodea el edificio cada vez parece más exaltada. Fuera, los demás soldados españoles han formado un perímetro de seguridad.
Dentro, Agudo ha tomado contacto con el comandante norteamericano que dirige el equipo. «Me han ordenado que les saque de aquí», le informa. Pero el comandante, antes de salir, quiere rematar algunos asuntos. Además, observa que no le parece bien la forma en que las tropas han intervenido, cree que son demasiado agresivos y piensa, le dice, que no deben empuñar el arma. El cabo primero, por el contrario, entiende que para un rescate de ese tipo, en esas circunstancias, es la forma adecuada de actuar, y así se lo dice al comandante. Al final éste transige y, cubriendo a los españoles, americanos e ingleses, los infantes de marina salen de las instalaciones ante la masa de iraquíes que protestan. Uno de los manifestantes agarra la bocacha de un fusil y se la coloca en el pecho. No se le presta atención y el grupo de rescate continúa la marcha. La operación, pese a la protesta del comandante, ha sido limpia, sin un disparo. Algunos civiles responden con piedras la actuación de la unidad española.
Se escolta al jefe estadounidense hasta su vehículo. El oficial sonríe al cabo primero, le extiende la mano y le da las gracias. Todo ha salido sin contratiempos. La manifestación poco a poco se irá disolviendo. Los soldados del cabo primero Agudo y el vehículo de apoyo regresan al Puerto Viejo. La algarada, según parece, se ha generado por el incumplimiento de alguna promesa que se había hecho a los iraquíes.
Con incidentes aislados como el que se acaba de referir, los integrantes de la operación Sierra Juliet van pasando las semanas inmersos en sus labores cotidianas. Están apoyando en el patrullaje de la zona a unidades inglesas, y llevando a cabo las diferentes tareas de seguridad del contingente. El trabajo de la unidad de ingenieros es importante, aunque sus efectivos son mucho menos numerosos de los que harían falta.
El personal de Infantería de Marina está contento de su labor: como militares se consideran privilegiados, y aunque trabajan de forma agotadora se encuentran animosos. Son testigos de un país distinto en usos culturales y costumbres, donde duele ver, por ejemplo, el trato a la mujer por parte de la población masculina. Hay cuestiones que no se entienden pero se respetan, según les han ordenado que hagan. El clima es insoportable, y más cuando se va acercando el verano: las temperaturas llegan a rozar los 60 °C y hasta beber agua embotellada puede ser peligroso, pues de lo caliente que está, quema. Los barrios que se hallan alrededor del puerto, donde frecuentemente se patrulla, muestran un panorama mísero. Las calles están sin asfaltar, no hay electricidad, alcantarillado ni agua corriente, y el transporte público y los servicios sanitarios son tan deficitarios como el cuadro general. Un paisaje hecho de casas de adobe y niños descalzos que juegan con lo que pueden, incluyendo en muchos casos restos de municiones que no explotaron en su día. A los ojos de los soldados resulta escandaloso comparar ese menesteroso presente con la suntuosidad del palacio de Sadam Hussein en Basora.
Fue aquélla, en resumen, una misión sacrificada y trabajosa, en la que el golpe más duro, sin embargo, habría de venir de Turquía. En el ocaso del 26 de mayo de 2003, los soldados españoles francos de servicio destinados en Umm Qasr formaban en la cubierta de vuelo del buque anfibio Galicia, con sus uniformes de camuflaje árido, sus chambergos. Se había arriado bandera y en ese instante se tocaba a oración. Momentos después se cantaba La muerte no es el final, la canción a los caídos.
Ese mismo día, 62 militares españoles habían perdido su vida cuando regresaban de Afganistán, una vez cumplida la misión humanitaria que allí habían desempeñado durante los últimos meses. Viajaban en un anacrónico avión de fabricación rusa, un Yak-42 que hacía su tercer intento de aterrizaje en el aeropuerto de Trebisonda, en Turquía. Eran las 4.45 de la madrugada, hora local. Muchos de los integrantes de la operación Sierra Juliet tenían amigos, compañeros y familiares entre las víctimas. La desesperación, la indignación o la entereza se hicieron patentes en un clima de luto semejante al que se vivió, aquel día, en todas las unidades del ejército, pero agravado por el hecho de que ellos estaban allí, aislados de la vida cotidiana: en un escenario similar y utilizando, en no pocos casos, los mismos aviones que sus homólogos en Afganistán. Además, parte de los ingenieros destacados en Irak pertenecían a la misma unidad que algunos caídos en el accidente. Incluso hubo cambios entre compañeros que decidieron ir a Afganistán en vez de a Irak. El luto, entre ellos, se hizo más intenso aún.
El 31 de mayo comenzó el repliegue del hospital de campaña destacado en el campo de prisioneros. La operación Sierra Juliet daba sus últimos coletazos: lo que inicialmente se preveía que fuera una cabeza de puente para las sucesivas unidades del ejército español en Irak entró en fase de liquidación. No se supo realmente cuándo se replegaba el contingente hasta que el 11 de junio empezaron a circular los primeros rumores. Hasta ese instante, la situación de incertidumbre producía un efecto negativo en la moral. A erosionar ésta también contribuyeron, a lo largo de la misión, otros asuntos más prosaicos como el dinero: las dietas que ganaba un soldado de Infantería de Marina no eran las mismas que las de los militares del Ejército de Tierra.
El 21 de junio el contingente partió del puerto de Umm Qasr. Ante sus ojos quedaba atrás un muelle que empezaba a ser asaltado por civiles con la intención de arramblar con todo lo que pudieran. La sensación de haber trabajado duro se mezclaba con la conciencia de dejar mucho por hacer. El día 15 de julio de 2003, a las 10 de la mañana, el contingente de la operación Sierra Juliet estaba en España. La misión había terminado. Dos horas después se rendirían los honores militares a sus integrantes.
El 22 de mayo de 2003, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una nueva resolución que ponía fin a trece años de embargo económico contra Irak y por la que se consideraba a EE. UU. y Reino Unido como potencias ocupantes con plenos poderes en la reconstrucción del país. Un día después, la nueva Administración disolvió oficialmente las Fuerzas Armadas iraquíes, así como la policía y el Partido Baaz. Para los críticos militares esa forma de actuar fue uno de los mayores errores, ya que se dejaba sin recursos a una parte de la población iraquí, que por sus conocimientos y su desesperada situación se vio obligada a alistarse en grupos insurgentes (el ejército iraquí poseía unos efectivos de 400 000 hombres).
En España, por acuerdo del Consejo de Ministros del 11 de julio de 2003, queda autorizado el despliegue de la BMN Plus Ultra, con un máximo de efectivos de 1300 soldados. Cambia el cariz de la misión y pasa a denominarse India Foxtrot. La operación Sierra Juliet, que tenía como objeto principal la ayuda humanitaria, se da por concluida, y a partir de entonces los esfuerzos se centrarán en contribuir a la seguridad, estabilización y reconstrucción de Irak, creando con esto el entorno necesario para devolver al pueblo iraquí la soberanía. Por primera vez, España ostentará en Irak el mando de una Brigada Multinacional, integrada dentro de la División Multinacional Centro-Sur de mando polaco, cuyo segundo jefe sería también un general español, Martínez Isidoro, al que acompañaron 35 oficiales de Estado Mayor. Posteriormente, la división desplegaría a la Brigada Plus Ultra en la zona central de Irak, Diwaniya-Nayaf. Al contingente español se unirán 370 soldados hondureños, 360 salvadoreños, 350 dominicanos y 115 nicaragüenses.
Acontecimiento: Guerra de Irak
Comentario de "Y al final la guerra"
Durante trece meses, de Abril de 2003 a Mayo de 2004, más de tres mil soldados españoles estuvieron desplegados en Irak
En un ameno relato, fruto de más de 100 entrevistas a los protagonistas de las acciones, los autores nos llevan de la mano acerándonos al dia a dia del valeroso trabajo que realizó nuestro ejército en una misión de paz de las más complejas que se hayan realizado

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