Source: http://www.alejandronestorsala.com/lineamientos-para-abordar-el-problema-de-la-violencia-en-el-futbol/
Timestamp: 2018-12-12 11:00:42+00:00

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Lineamientos para abordar el problema de la violencia en el fútbol – Alejandro Sala
Lineamientos para abordar el problema de la violencia en el fútbol
(ESTE TRABAJO FUE ELABORADO PARA SER PRESENTADO COMO PONENCIA EN UN SEMINARIO, FINALMENTE NO REALIZADO, QUE LA AFA PROYECTABA ORGANIZAR. TEXTO ESCRITO APROXIMADAMENTE EN EL AÑO 2008)
La eliminación de la violencia en los estadios de fútbol es, conceptualmente, un problema bastante más sencillo de lo que parece. La razón por la cual no ha sido resuelto hasta ahora es que no se ha aplicado la política acertada. Por lo tanto, es lógico que no se hayan obtenido resultados satisfactorios.
Conviene, antes de seguir adelante, detenernos por un instante en lo que acabamos de señalar. Imaginemos un paciente enfermo, por ejemplo, de pulmonía… Los libros de medicina señalan que, para curar la pulmonía, es necesario aplicar determinada terapéutica y, al aplicarse ese método curativo prescripto, después de cierto tiempo, el paciente estará restablecido.
En relación a la violencia vinculada con el fútbol, nunca se aplicó la terapéutica adecuada. Por eso el problema, desde que hizo su aparición, nunca fue satisfactoriamente resuelto. Así como, para curar una pulmonía, es necesario aplicar una determinada terapéutica y si no se aplica esa terapéutica, la que corresponde de acuerdo con los conocimientos disponibles, el paciente nunca se curará; del mismo modo, para eliminar la violencia de los estadios de fútbol hay que aplicar determinada política y, en tanto esa política no se aplique, el problema no se resolverá. De hecho, eso es lo que viene ocurriendo desde hace más de veinte años: no se han aplicado políticas acertadas y por eso la violencia en el fútbol no desaparece.
La pregunta es: ¿qué es lo que corresponde hacer para eliminar la violencia de los estadios de fútbol? ¿Cuál es la terapéutica apropiada para curar esta enfermedad? ¿Qué dicen “los libros” acerca de este problema?
Conviene, ante todo, conceptualizar apropiadamente el problema. ¿En qué campo del quehacer humano se sitúa el problema de la violencia en el fútbol? ¿Es un problema filosófico, científico, sociológico, cuál es la naturaleza del problema?
Para mí, esto no admite dudas. Voy a ser categórico en relación a esto: el problema de la violencia en el fútbol se inscribe, pura y exclusivamente, dentro del campo del derecho penal… Se lo puede estudiar desde cualquier otro campo pero, a los efectos de su resolución práctica, éste es un problema situado en el ámbito del derecho penal. Todo lo demás que se diga es –les pido disculpas por la expresión poco académica- “sanata”…
Por lo tanto, de acuerdo con la idea que estoy procurando desarrollar, la cuestión que debemos resolver es: ¿cuál es el enfoque penal que corresponde aplicar para abordar y resolver el problema de la violencia en el fútbol?
Pero antes de seguir adelante con este tema y de desarrollarlo con mayor detalle es oportuno que nos detengamos en una cuestión previa. Yo he dicho pero no he aclarado por qué creo que este tema demanda un enfoque desde la óptica del derecho penal y no desde ninguna otra. Creo que, por respeto a las reglas del “fair play” intelectual, tengo la obligación de explicar aquello que, para mí, es axiomático, es decir, no requiere demostración alguna.
El problema de la violencia en el fútbol se inscribe en el campo del derecho penal porque los actos de violencia en las canchas y en los clubes durante los días que no hay partidos (un aspecto este último bastante desconocido y sobre el cual algo diremos más adelante) son delitos, contravenciones, en definitiva, son conductas punibles.
Yo no soy abogado, no soy un técnico en derecho y no es mi propósito dar una explicación técnica acerca de las diferentes conductas que se practican dentro de una cancha y, consecuentemente, las respuestas que la sociedad, a través de sus instituciones de seguridad y de administración de justicia debe aplicar. Yo hablo desde la perspectiva de la experiencia práctica (conozco todas las canchas del ámbito de Capital Federal y Gran Buenos Aires y muchas del interior), la reflexión y mis convicciones personales.
Las razones por las cuales ciertos individuos practican la violencia en los estadios y clubes de fútbol es, a los efectos de la resolución práctica del problema, irrelevante. Filósofos, sociólogos, psicólogos, etc pueden, si lo desean, analizar el tema desde sus respectivos campos de estudio y, eventualmente, sugerir algún tipo de curso de acción destinado a paliar el problema. Pero la solución no puede provenir sino desde el derecho penal porque ésa es el área donde el problema se plantea esencialmente. La violencia en el fútbol es un fenómeno que admite ser analizado desde otros campos pero en esos otros campos no es problemático, no genera conflictos, no plantea complicaciones. Un sociólogo puede analizar el tema largamente pero para el sociólogo la violencia en el fútbol no es un problema sino un fenómeno, como puede serlo un terremoto para un geólogo. Pero el geólogo no tiene que reparar los daños provocados por el terremoto y el sociólogo no tiene que hacerse cargo de los efectos nocivos de la violencia en el fútbol…
En definitiva, yo afirmo que el problema de la violencia en el fútbol debe ser abordado desde la óptica del derecho penal porque creo que es la única disciplina que está en condiciones de aportar soluciones reales al problema. El periodista y abogado Norberto Castrogiovanni suele afirmar que “la violencia en el fútbol se combate con el Código Penal en la mano”, posición a la que yo adhiero categórica y enfáticamente.
Ahora bien, el derecho penal, como toda disciplina, admite debates, puntos de vista divergentes, doctrinas antagónicas. Yo soy de aquellos que, en materia de derecho penal, piensan “a la antigua”. Para mí, un ladrón es un ladrón, no una víctima de un sistema social injusto. Por lo tanto, ese ladrón debe ser sancionado. El motivo de la sanción penal es doble.
En primer término, una persona que comete delitos es socialmente peligrosa y, por lo tanto, debe ser sacada del contacto con la sociedad para que no continúe provocando perjuicios a terceros. No se trata de una estigmatización prejuiciosa sino de la evidencia de que una persona que no respeta los derechos ajenos, dejada en libertad, representa un peligro público. Para algunos, en rigor, para quienes gobiernan el país, éste enfoque es erróneo o, en el mejor de los casos, electoralmente inconveniente.
El segundo motivo por el cual quien delinque debe ser sancionado penalmente es, en realidad, el más importante. La sanción penal sirve como advertencia para aquellos que puedan ser propensos a delinquir pero, al tener ante sus ojos la evidencia de las consecuencias que el delito trae aparejado –es decir, una sanción efectiva- encuentran un poderoso argumento para sentirse desalentados a cometer conductas antisociales, es decir, delitos.
Estos razonamientos son sencillos y están al alcance de cualquiera. Por eso yo dije al principio que la eliminación de la violencia en el fútbol es, conceptualmente, un problema mucho más simple de lo que parece. La violencia en el fútbol es un caso particular del derecho penal y por eso era necesario plantear una concepción general del derecho penal, de modo de poder encuadrar el caso particular en un contexto más amplio.
La Ley 24.192, conocida como “Ley De la Rúa” porque fue el doctor Fernando De la Rúa quien impulsó su sanción cuando era Senador Nacional, establece, en su artículo 7º que “será reprimido con prisión de un mes a tres años el que impidiere, mediante actos materiales, aunque sea momentáneamente, la realización de un espectáculo deportivo en un estadio de concurrencia pública”. Este texto, conviene dejarlo en claro, forma parte de una ley sancionada por el Congreso Nacional en pleno funcionamiento de la democracia y fue aprobado por ambas cámaras. No se trata de una ley de la dictadura y lo aclaro para que no aparezca quien diga que se trata de un resabio del autoritarismo o alguna otra argumentación descalificatoria.
El artículo 8º de la misma Ley establece que “será reprimido con prisión de seis meses a tres años el que destruyere o de cualquier modo dañare una cosa mueble o inmueble, total o parcialmente ajena en las circunstancias del art. 1º” (el artículo 1º aclara que esta Ley será de aplicación en el ámbito de los espectáculos deportivos).
El artículo 9º de la Ley indica que “será reprimido con prisión de seis meses a tres años el que, sin crear una situación de peligro común impidiere, estorbare o entorpeciere, el normal funcionamiento de los transportes e instalaciones afectadas a los mismos, hacia o desde los estadios”.
Como puede apreciarse, la aplicación de sanciones penales está nítidamente tipificada en las leyes de la democracia. La violencia en el fútbol se explica porque estas leyes no se aplican en la práctica. Nadie sufre consecuencias por provocar actos de violencia en las canchas o en los clubes. Por lo tanto, no se cumple esa doble función de la sanción penal a la que habíamos descripto más arriba. Recordemos cuáles eran los sentidos de la sanción penal:
En primer término, una persona que comete delitos es socialmente peligrosa y, por lo tanto, debe ser sacada del contacto con la sociedad para que no continúe provocando perjuicios a terceros. El segundo motivo es que la sanción penal sirve como advertencia para aquellos que puedan ser propensos a delinquir pero, al tener ante sus ojos la evidencia de las consecuencias que el delito trae aparejado –es decir, una sanción efectiva- encuentran un poderoso argumento para sentirse desalentados a cometer conductas antisociales, es decir, delitos.
Al no aplicarse en los hechos las sanciones penales previstas por las leyes, el problema de la violencia en el fútbol no queda resuelto. No es tan difícil de entender, no hace falta estudiar para comprenderlo y, en caso de haber estudiado, hay que haber leído los autores correctos porque, lamentablemente, en éste tema hay muchos tratadistas charlatanes que desvían la atención del foco del problema.
Habíamos dicho al principio que, para curar una pulmonía, hay que aplicar la terapéutica apropiada y, de ese modo, el enfermo recobrará la salud. Y que, en el caso de la violencia en el fútbol, la situación es similar. Hay que aplicar la terapéutica apropiada, que es la que está prevista en las leyes, en la Ley 24.192, en el Código Penal. Hay que sancionar con dureza a los culpables para “sacarlos de circulación” y que no continúen cometiendo actos de violencia en las canchas y en los clubes y para que, quienes pudieran sentirse tentados de imitarlos, se sientan desalentados ante la evidencia de que “quien las hace, las paga”. Esta es la terapéutica para curar esta enfermedad. Si no la aplicamos, no nos quejemos de que no nos curamos. Si tenemos una enfermedad y el médico nos indica que para recuperar la salud debemos seguir determinado tratamiento, debemos hacerle caso o, de lo contrario, atenernos a las consecuencias. El mismo concepto es válido para el problema de la violencia en el fútbol… Hagámonos cargo y obremos en consecuencia.
La conceptualización que hemos hecho hasta aquí del problema de la violencia en el fútbol es exclusivamente teórica. Vamos a pasar ahora al plano de los hechos prácticos. Por supuesto, este enfoque del tema en términos prácticos representa una aplicación operativa del enfoque teórico que hemos descripto.
Hemos dicho que el problema de la violencia en el fútbol debe ser abordado desde el campo del derecho penal. Esto supone que hay responsabilidades individuales en el asunto en cuestión. ¿De quién es la responsabilidad de los hechos relacionados con los actos de violencia en los estadios de fútbol?
No sé lo que piensan ustedes pero yo no tengo duda alguna de que la principal responsabilidad es de aquellos que producen incidentes en las canchas y en los clubes. ¿De quién es la culpa del accionar de las barras bravas? Repito: no sé lo que piensan ustedes pero yo creo que los culpables de las conductas de los barrabravas son… los propios barrabravas…
Quizá parezca innecesario aclarar esto porque puede parecer demasiado obvio. Sin embargo, en medio de la confusión en la que estamos inmersos, no está de más aclararlo taxativamente. En los análisis superficiales que se hacen cada vez que hay problemas en una cancha, aparecen siempre argumentos tales como “la culpa es de la policía, de los dirigentes, del COPROSEDE, etc”. Ya veremos qué lugar tiene cada uno de los actores del problema pero antes de seguir adelante es necesario entender que la responsabilidad central es de quien comete actos violentos.
Porque nadie está obligado a ir a una cancha a provocar violencia… No sé lo que hace cada uno de ustedes pero yo voy a la cancha dos veces por semana como mínimo y jamás se me ha cruzado por la cabeza pelearme con la hinchada rival, agredir a un jugador o prepotear a un árbitro… Por eso, como dije recién y lo recalco, hay responsabilidades individuales que deben ser deslindadas nítidamente en relación a la violencia en el fútbol.
La cuestión es: una vez que, por decisión individual de ciertos concurrentes a los estadios se producen incidentes ¿cuál es el ámbito de responsabilidad del resto de los actores involucrados?
Este es el punto donde la concepción teórica que desarrollamos inicialmente adquiere toda su significación. En primer lugar, hay que señalar que, en la medida en que exista una percepción nítida del hecho de que la Ley será aplicada con rigurosidad, los actos de violencia relacionados con el fútbol disminuirán abruptamente. Las razones de esa disminución son las dos que hemos mencionado ya dos veces y que, en razón de su importancia, voy a volver a repetir:
Recalco y repito estos conceptos porque son la médula de todo el problema. Debemos grabarnos estas ideas en la cabeza si es que queremos entender cuál es el camino para superar el problema de la violencia en el fútbol…
Para que haya sanciones penales efectivas contra quienes delinquen en el ámbito del fútbol, es esencial que el sistema previsto en las instituciones públicas opere satisfactoriamente. Si el sistema penal previsto opera apropiadamente, la cantidad y gravedad de los hechos de violencia en las canchas descenderá hasta prácticamente desaparecer porque quienes los cometan estarán sancionados y quienes se sientan inclinados a cometerlos se abstendrán de hacerlo para eludir las sanciones que les esperan si vulneran la Ley.
El problema de la violencia en el fútbol es, por lo tanto, de acuerdo con esta tesis, una consecuencia de la ineficacia del sistema penal… Esta es la clave del problema, no otra. Hay que tener un sistema penal eficaz para que no haya violencia en las canchas. Y, agrego, de paso, también hay que tenerlo para que disminuya el nivel general de delitos en todos los ámbitos de la sociedad. Porque el fenómeno de la violencia en las canchas no es más que un caso particular del fenómeno más amplio del alto nivel de criminalidad en general.
Como el sistema penal argentino es absolutamente ineficaz, los problemas de la criminalidad en general y de violencia en las canchas en particular han crecido hasta tornarse inmanejables. Y lo seguirán siendo en tanto el sistema penal no adquiera eficacia en la aplicación de sanciones. En esto, señores, no hay alternativa. Si es que queremos resolver el problema de la criminalidad en general y de la violencia en el fútbol en particular, debemos instrumentar, en el ámbito del país, un sistema penal eficaz, que saque de circulación a los delincuentes y le haga ver a quienes se sientan tentados de delinquir que serán sancionados si lo hacen.
Pero esto, la instrumentación de un sistema penal eficaz, no es un problema que pueda resolverse desde el fútbol. ¿Qué medida podría adoptar la AFA para inducir la creación de un sistema penal eficiente? Esto es algo que debería hacer el estado, no los clubes de fútbol.
La función de los clubes de fútbol es practicar fútbol, no sancionar delincuentes. Pero el problema radica en que el estado no sanciona a los delincuentes. No “saca de circulación” a los que delinquen en las canchas ni le hace ver a los demás que quien delinque sufrirá las consecuencias. Entonces, aquellos que son propensos a delinquir no encuentran argumentos para dejar de hacerlo. Si alguien es propenso a delinquir, como lo son los barrabravas, y no existe un freno institucional para dejar de hacerlo, continuará haciéndolo y además incrementará su accionar delictivo porque no tiene motivo para contenerse. El Estado, no los dirigentes de fútbol, es el responsable de instrumentar las medidas institucionales destinadas a aplicar plenamente el derecho penal. Como el Estado no cumple con la tarea que le corresponde, el problema de la violencia en el fútbol no se resuelve y se agrava constantemente.
La necesidad de un cambio de política
Conviene reiterar algo que ya hemos dicho pero que, por su importancia, también es necesario recalcar: en la medida en que se instrumente un apropiado sistema penal, la violencia en el fútbol caerá abruptamente hasta casi desaparecer. Entonces, se podrá ir tranquilamente a la cancha, no habrá necesidad de montar costosos y complejos operativos policiales, serán superfluas las cámaras de video en las canchas y no se seguirá discutiendo sobre la quita de puntos entre muchos otros temas relacionados.
Por supuesto, será necesario hacer un “monitoreo” permanente para evitar cualquier conato de rebrote. Pero una vez que haya conciencia generalizada acerca de que “quien las hace, las paga”, cambiará la cultura con la que se va a la cancha. Nunca faltará algún foco aislado de violencia pero estará seguramente muy acotado y, al funcionar el sistema de sanciones penales previstas en la propia Ley, nadie se sentirá tentado de imitar a los revoltosos, quienes habrán sido “sacados de circulación”, lo cual habrá puesto en evidencia ante los demás las consecuencias de tales conductas.
¿Qué debería suceder para que este cambio cultural se produzca? Lo primero es que las autoridades gubernamentales comprendan el problema y actúen en consecuencia. Porque el problema tiene su origen en que nuestros gobernantes no actúan del modo apropiado…
Sé que esta afirmación quizá parezca interesada o desvinculada de las creencias generalizadas. La idea más arraigada está en que la responsabilidad no es de los gobernantes sino de los dirigentes, la policía, los organismos de seguridad, etc. Pero esto no es así. Ni los dirigentes ni la policía ni los organismos de seguridad tienen en sus manos la creación de un sistema de sanciones penales efectivas, que “saque de circulación” a los revoltosos y desaliente a sus potenciales imitadores.
Esto es algo que sólo puede hacer el gobierno, en sus tres ramas, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Cuando ese sistema de sanciones penales efectivas esté plenamente en funcionamiento, todas las medidas de seguridad que se plantean ahora, cientos de efectivos para cubrir los partidos, cámaras de video, descuento de puntos, etc. van a ser innecesarias porque todo el desenvolvimiento de la actividad futbolística será infinitamente más tranquilo.
¿Por qué entonces el gobierno no se ocupa de resolver el problema? Yo no lo sé exactamente pero lo intuyo: porque nuestros gobernantes no creen en las ideas que yo he desarrollado en esta exposición. Nuestros gobernantes tienen una concepción diferente del derecho penal. Nuestros gobernantes –el ministro de seguridad de la Provincia de Buenos Aires, León Arslanian, por ejemplo- creen que los delincuentes no son delincuentes sino víctimas de un sistema social injusto. Por lo tanto, tienen una actitud permisiva hacia aquellos a quienes consideran víctimas…
Yo pienso diferente que este gobierno. Yo soy tradicionalista. Para mí, un ladrón es un ladrón, un barrabrava es un barrabrava y, si cometen delitos o producen incidentes en una cancha, deben ser sancionados, como, por otra parte, lo establece la Ley. Hasta ahora, hemos venido aplicando una política permisiva y no hemos obtenido resultado positivo alguno. No estaría mal, por lo tanto, que nos planteemos la posibilidad de poner en marcha una política de orientación opuesta a la que ha fracasado hasta ahora.
Las relaciones entre actores del fútbol y barras bravas
En este tema de la violencia en el fútbol, hay algunas cuestiones puntuales a las que conviene aclarar específicamente porque existe una profunda confusión en relación a ellas. Uno de esos puntos es la responsabilidad de los actores del fútbol en el tema y, específicamente, la supuesta “connivencia” de los dirigentes con las barras bravas.
Quienes sostienen que tal connivencia existe como un fenómeno generalizado no saben de qué están hablando… Lamento ser tan categórico si es que a alguien estas expresiones no le gustan o contrarían sus creencias. Pero es así como se los digo, créanmelo.
Hay o ha habido algunas excepciones. Los dirigentes de fútbol que están vinculados con la actividad política suelen tener alguna relación más fluida y en algunos casos muy estrecha con la barra brava. Pero el genuino dirigente de fútbol tipo puede indudablemente tener muchos defectos pero para ese dirigente la barra brava es un “karma”…
A los dirigentes de fútbol se les puede cuestionar, por ejemplo, poca transparencia en el manejo de las transferencias de jugadores. No estaría mal que AFA, en este saludable afán de abrir al debate público temas de interés general vinculados con el fútbol, organizara en el futuro un seminario sobre el manejo administrativo de los clubes. Pero la idea de que los dirigentes tienen una connivencia voluntaria con las barras bravas demuestra un profundo desconocimiento del tema.
Todos los clubes tienen barras bravas. Las barras bravas están enquistadas en los clubes. Todos los dirigentes, jugadores, técnicos no sólo conocen sino que tienen trato permanente con las barras. Pero de ahí a decir que hay connivencia hay un abismo. ¿Cuál es entonces la relación entre los actores del fútbol y las barras?
Las barras bravas son asociaciones delictivas que, bajo la excusa de que representan a una hinchada, se organizan y nuclean para extorsionar a los dirigentes, jugadores, entrenadores, etc. Y todos los actores del fútbol, con sus más y sus menos, están obligados a ceder a las extorsiones de los barras.
La hipocresía social dominante plantea ante esta situación la pregunta: ¿y por qué no los denuncian? La respuesta es: porque es peor el remedio que la enfermedad. Si un dirigente, un jugador, un técnico denuncia a la barra por extorsión, no puede contar con el respaldo de la policía para detener a los extorsionadores ni con el apoyo de la justicia para que los condene. Un dirigente, jugador o técnico que denuncie a los barras que cuentan con impunidad como consecuencia de la ineficacia del sistema penal, queda luego expuesto a que esos barras tomen represalias contra ellos por haberlos denunciado… Por eso nadie los denuncia. Nuevamente nos encontramos aquí con el problema de la falta de un sistema penal que opere apropiadamente, nuevamente nos encontramos aquí con la inoperancia del estado, que deja en una situación de indefensión a las víctimas de la violencia en el fútbol.
Esta violencia, la de los barras que extorsionan a dirigentes, jugadores y técnicos en los días que no hay partido, es menos visible pero mucho más corrosiva que la que se produce durante los partidos. Los barras exigen dinero, entradas, camisetas, pago de micros, todo ello bajo la amenaza de que, si no se los deja conformes, provocarán incidentes o, directamente agrederán a los jugadores, a los dirigentes, a sus automóviles o a sus familiares.
Así es también, como los barrabravas obtienen fondos para moverse o entradas para vender y generar recursos. En algunos clubes, los barras obligan a los dirigentes a que les cedan el control del estacionamiento, la venta de choripanes, souvenirs del club o directamente del buffet. En cierto modo, algunas de estas actividades son semilegales pero lo cierto es que, en muchos casos, si no se cede a las exigencias de esos individuos, se “pagan las consecuencias”.
Hay quienes afirman que los dirigentes emplean a los barras para generar votos en épocas electorales. Esto es cierto. Sucede, simplemente, que los barras forman parte de la realidad de cada club, son socios, están en condiciones de movilizar cierto número de votos y el dirigente que prescinde de ellos le estaría cediendo esa posibilidad a su adversario. Por lo demás, esto, en sí mismo no tiene nada de cuestionable, aunque suele suceder que el dirigente que emplea a los barras para obtener votos puede quedar comprometido con ellos y luego verse obligado a cumplir con las promesas formuladas previamente bajo la amenaza de que la barra tome “represalias”…
El problema de fondo, vuelvo a repetirlo, es la ausencia de un sistema penal eficiente, que permita denunciar y condenar a quienes incurren en conductas ilícitas. Esto es lo que se necesita para resolver el problema. Para los dirigentes, la presencia de las barras bravas en sus respectivos clubes es un problema porque desnaturalizan el desarrollo de toda la actividad de la institución. Como el Estado no implementa un sistema penal eficaz, al dirigente no le queda otra alternativa que convivir con ellos y ceder a las extorsiones que estos delincuentes les imponen.
Los dirigentes de fútbol no son “carmelitas descalzas”. La mayor parte de los dirigentes “fuma debajo del agua”. Pero, en lo referido a las relaciones con las barras bravas, son víctimas, más allá de que no todos los clubes son iguales, no todos los dirigentes son iguales y no todas las barras son iguales. Pero la acusación generalizada de que hay “connivencia” entre los dirigentes y las barras bravas no tiene fundamentos válidos. Hay, eso sí, una convivencia forzada, que no sería tal si el sistema penal permitiera denunciar y condenar las acciones delictivas de los barras. Mientras ese sistema penal no sea instrumentado, las barras seguirán existiendo, la violencia en el fútbol no desaparecerá y los dirigentes, jugadores y técnicos seguirán cediendo a las extorsiones a las que son sometidos porque no tienen una alternativa mejor para manejar la situación.
Los señores Mario Gallina y Javier Castrilli sostienen pero no explican que, para combatir la violencia en el fútbol, es conveniente la aplicación de la quita de puntos a los clubes cuyos hinchas producen incidentes. Esta afirmación no tiene fundamento válido alguno. Yo desearía desafiar a los señores Gallina y Castrilli a que demuestren con argumentos válidos y no con sofismas la validez de sus ideas.
La afirmación de que la quita de puntos contribuye a eliminar la violencia del fútbol es un mito, ya que no establece relación alguna entre aquel en quien la pena recae y la responsabilidad por los incidentes sucedidos en las canchas. No es cierto, y esto se podría probar documentalmente, que la quita de puntos haga mejorar la conducta de los hinchas. El club Colegiales, por ejemplo, había sufrido la quita de nueve puntos por incidentes provocados por sus hinchas en un partido en la cancha de Tigre, lo cual le costó la perdida de la categoría que nunca más recuperó, y luego fue reincidente en un encuentro en su propio estadio ante San Miguel. Gallina no dice que en ese partido ante San Miguel la policía dejó completamente descuidado el campo de juego y permitió que se produjera el incidente a partir del cual se desencadenó una gresca generalizada.
La actitud de Gallina y Castrilli en el sentido de exigir la quita de puntos es una pantalla tras la cual ocultan sus respectivas inoperancias y, lo que es aún peor, su ignorancia acerca de cuál es la naturaleza del problema que tienen entre manos y, por lo tanto, su incapacidad para promover medidas de solución.
Pero la quita de puntos es una iniciativa que tiene “buena prensa”. Queda bien demandar a la AFA la aplicación de la quita de puntos. De ese modo, se genera la idea de que la responsabilidad está en los clubes y no en los hinchas que producen incidentes y en el estado, al que Gallina y Castrilli pertenecen y del cual cobran suculentos honorarios pagados con el dinero del pueblo argentino, sin que ellos presten servicio alguno que conduzca a que la situación mejore. La solución al problema de la violencia en el fútbol, lo reitero una y otra vez y no me voy a cansar de decirlo, está en la instrumentación de un sistema penal eficaz, que aplique sanciones efectivas a quienes generan incidentes en las canchas, los “saque de circulación” y desaliente la aparición de imitadores. La quita de puntos es una burda cortina de humo creada por Gallina y Castrilli para ocultar la ineficacia del estado al que ellos representan para resolver un problema que es de su exclusiva responsabilidad.
El negocio policial
A la policía, hay que decir esto sin eufemismos, no le conviene que la violencia en el fútbol desaparezca. El motivo de esta preferencia es esencialmente económico. La policía recauda con el fútbol. Los efectivos que cubren los partidos cobran un adicional por esta tarea y, en innumerables casos, la cantidad de efectivos que se presentan a cubrir los partidos es inferior a la requerida, de modo que la diferencia queda en la “caja”. El procedimiento es simple: se le exige a un club que abone, por ejemplo, 400 efectivos antes de que el partido se juegue, en la cancha se presentan 300 agentes que cobran sus correspondientes honorarios y esa diferencia por los 100 efectivos que faltan… bueno, queda como una contribución para la cooperadora policial.
En relación a esto, es llamativo el hecho de que, ni bien se produce un mejoramiento de las condiciones de seguridad en las canchas, producto de la realización de buenos operativos policiales y cuando los clubes comienzan a solicitar que se les reduzca la cantidad de efectivos que les cubren los partidos, “misteriosamente” empiezan a producirse incidentes en algunas canchas, con lo cual el requerimiento de que aumente la cantidad de efectivos que cubren los partidos vuelve a encontrar un fundamento que le da sustento… Que cada cual saque de esto las conclusiones que le parezcan oportunas.
Dos propuestas simples
Hemos tratado, en esta intervención, de explicar cómo cabe resolver el problema de la violencia en las canchas de fútbol. Hemos explicado que el problema se inscribe en el campo del derecho penal, que es necesario reformular la orientación de la política seguida hasta ahora y hemos tratado tres temas puntuales sobre los cuales hay graves confusiones: la relación de los actores del fútbol con las barras bravas, el mito de la quita de puntos y el negocio policial alrededor de los incidentes en las canchas. ¿Queda algo por decir? Se podría agregar que, si se siguen las recomendaciones aquí planteadas, no será ya necesario cambiar los partidos de escenario, jugar en días y horarios absurdos, contar con operativos policiales gigantes, instalar cámaras de video en los estadios, etc. Si se aplican sanciones penales efectivas, si los revoltosos son “sacados de circulación” y sus potenciales imitadores desalentados, todo lo demás pasa a ser secundario, accesorio, casi superfluo. Con pocos policías, con operativos de seguridad sencillos y sin necesidad de contar con recursos particularmente sofisticados, la tranquilidad se restablecerá en las canchas.
Sin perjuicio de lo anterior, hay dos medidas prácticas muy sencillas que yo sí sugeriría tomar, acalrando que, en tanto no se aplique un sistema penal eficiente, estas medidas, por sí solas son inútiles. Pero las medidas que yo sugeriría tomar son las siguientes:
1º) Incluir en la Ley 24.192 un artículo que pene la extorsión en relación con el fútbol. Esto permitiría penar específicamente las demandas que los barrabravas realizan a dirigentes, jugadores y entrenadores durante la semana, los días en los que no hay partido. Conviene tener en cuenta que es de estas prácticas extorsivas de donde las barras bravas obtienen los fondos que les permiten financiarse y generar beneficios para los miembros del grupo. Por supuesto, si no se instrumenta un sistema penal efectivo, el solo hecho de incluir una cláusula en una ley no resuelve nada. El problema de la violencia en el fútbol se resuelve con hechos, no con leyes. Pero las leyes le dan sustento jurídico a los hechos. De eso se trata esta propuesta. Una vez sancionada esa modificación legal, habrá que aplicarla. Pero no puedo menos que se escéptico porque, si no se aplican las normas que ya están vigentes ¿por qué yo debería creer que sí se aplicarán las que se sancionen de ahora en adelante? Discúlpenme por esta apreciación tan pesimista pero no quiero pecar de ingenuo.
2º) Hay una medida terriblemente antipática e impopular pero que, creo, sería eficaz: la eliminación absoluta de las banderas de alambre… Sé que casi nadie está de acuerdo con esta propuesta pero las banderas son un factor de provocación en las canchas y el hecho de hacerlas desaparecer contribuiría mucho a serenar los ánimos. La bandera empieza siendo un acto de simpatía por un club pero tiene el efecto secundario de que resulta un desafío para el adversario. Por eso, aunque en sí misma no habría por qué cuestionarlas, lo cierto es que la presencia de banderas en las canchas tiene un efecto muy nocivo sobre el clima que es conveniente establecer alrededor del fútbol. Soy conciente de que es una medida impracticable en lo inmediato –porque no hay consenso para hacerlo- pero de todos modos no quería dejar pasar la oportunidad de expresar la idea porque creo que, en plazos más extensos, y cuando las circunstancias den la posibilidad de hacerlo, habrá que plantearse la aplicación de esta medida.
No puedo, para finalizar, dejar de manifestar que soy escéptico acerca de que se instrumente un sistema penal eficiente y, por lo tanto, que el problema de la violencia en el fútbol en particular y de la alta tasa de criminalidad en general, encuentren una vía de solución. Creo que la orientación ideológica del actual gobierno, tanto nacional como de la Provincia de Buenos Aires, que es donde se plantean los mayores problemas, los llevan a actuar en una dirección inapropiada. Pero nada dura para siempre, nada es eterno. La marcha de la humanidad se rige por el principio de que las ideas más eficaces son las que se consolidan y las ideas desacertadas son las que quedan de lado. Este proceso no es lineal pero en el largo plazo esa es la tendencia. “El equilibrio siempre se restablece al final del día y se restablecerá aún más al final de todos los días” escribió Winston Churchill. En eso estamos, en restablecer el equilibrio, perdido por la aplicación de ideas erróneas, criterios extraviados y orientaciones desviadas. No podemos esperar resultados satisfactorios en el corto plazo. Pero no por eso vamos a dejar de expresar nuestro pensamiento, en la convicción de que nuestras ideas son acertadas y de que, por el propio peso de su eficacia, serán, en última instancia, las que efectivamente conducirán a la definitiva eliminación de la violencia sistémica en los estadios de fútbol. Muchas gracias.

References: resolución 
 resolución 
 artículo 7
 artículo 8
 artículo 1
 artículo 9