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Timestamp: 2020-05-27 21:00:34+00:00

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Discos de las cuatro primeras patentes de John Baird (1923-24). De izquierda a derecha y de arriba abajo: 222064, 230576, 235619 y 236978
Baird y Stooky Bill junto la primera televisión electromecánica (izquierda arriba). Diagrama del sistema de 1926 (izq. abajo). Televisión de 1928 (derecha)
Baird con los muñecos Stooky Bill y James (noviembre de 1926)
A la izquierda: Oliver Hutchinson (enero de 1926); se trata de la primera fotografía de una imagen televisada. A la derecha aparece la actriz Paddy Naismith, en la primera fotografía de una imagen televisada a color (1941)
Izquierda: patente británica nº 285738 (fibra óptica). Derecha: patente nº 292185 (radar)
Patente nº 288882 (noctovisión)
Izquierda: Baird demostrando en 1926 el sistema de noctovisión al científico inglés Oliver Lodge (1851-1940). Derecha: cámara de noctovisión (1929)
Sistema de fonovisión. De izquierda a derecha: patentes nº 289104, nº 292632 y nº 324049
Baird enseñando su televisor electromecánico (1926 y 1929)
Izquierda: patente española nº 113013 (televisión a color). Derecha: patente española nº 114619 (sistema de televisión por película intermedia)
Baird, John Logie (1888-1946). Ingeniero e inventor británico, pionero de la televisión y su principal impulsor durante la década de 1920. Nació en Helensburgh (Escocia). Su padre era clérigo presbiteriano y su madre pertenecía a una familia de prósperos constructores de barcos. Entre 1893 y 1906, Baird estudió en la Academia Larchfield de su ciudad natal. Durante aquel tiempo, ya demostró su pasión hacia la técnica. Así, con solo trece años, montó una pequeña red telefónica que conectaba su casa con las de cuatro compañeros de estudios, aunque bien es cierto que a través de una toma ilegal de la línea. En 1902, realizó la primera instalación de luz eléctrica en su localidad, en su propio hogar, empleando para ello un motor de segunda mano y una dinamo diseñada por él mismo que cargó a un banco de acumuladores, también construidos por él a partir de numerosas placas de plomo envueltas en franela y depositadas en frascos de mermelada rellenos de ácido sulfúrico.
En esa fecha, asimismo, decidió producir una película cinematográfica, para lo cual intentó fabricar una célula fotoeléctrica con un cable enrollado alrededor de una pieza de porcelana, calentando el conjunto con la frotación de una barra de selenio, un elemento cuyas importantísimas propiedades fotoconductoras habían sido descubiertas en 1873 por el ingeniero inglés Willoughby Smith (1828-1891). Si bien aquel ingenuo experimento no tuvo otros resultados que unos malos olores y los dedos chamuscados de su artífice, al menos le sirvió para entrar en contacto por vez primera con la posibilidad de transmitir imágenes a distancia, lo que acabaría siendo la principal ocupación de su vida adulta. Poco tiempo después, entusiasmado por el vuelo de los hermanos Wright (1903), Baird construyó un planeador con unas cometas de caja y lo probó lanzándose al vacío desde el tejado de su vivienda, con el milagroso resultado de poder contarlo y, además, sin ningún hueso lastimado.
En 1906, Baird ingresaba en la Universidad Técnica de Glasgow y de Escocia Occidental para hacer estudios de ingeniería, compaginados con prácticas dentro de diversas firmas de automoción (Halleys, Argyllis) y de electricidad (Brash & Russell), donde madurarían sus ideas socialistas. Se graduó en 1914 sin tener un expediente destacable. Al estallar la Guerra Mundial en el verano de ese año, Baird quiso alistarse, pero fue declarado inútil para la milicia a consecuencia de padecer desde la infancia una enfermedad pulmonar crónica (agravada durante su permanencia en los insálubres recintos fabriles). Se matriculó entonces en la Universidad de Glasgow con la idea de cursar la carrera de Ciencias. Sin embargo, tras seis meses de asistencia dejó los estudios y se empleó como ingeniero ayudante en Clyde Valley Electrical Power Company, situada en Glasgow, encargado de supervisar las reparaciones en un suburbio de la ciudad. Con un trabajo mal pagado y sin apenas tiempo libre, la salud de Baird empeoró, causándole numerosas ausencias laborales que, junto a otras cuestiones que se verán luego, le condujeron finalmente a tener que abandonar la empresa en 1918.
A partir de 1916, Baird había emprendido diversos experimentos científicos y proyectos de negocio con tal osada temeridad, peregrina inventiva o, incluso, dudosa honestidad que solo podrían explicarse por la esperanza de lograr algún hallazgo que fuese rentable económicamente y le permitiera salir de la situación de penuria en la que se encontraba. Así, observando lo que necesitaba el mercado, cayó en la cuenta de que la cura de las hemorroides constituía una excelente oportunidad de negocio. Se asoció entonces con un compañero de trabajo para desarrollar un medicamento al efecto. A fin de probar el supuesto remedio, Baird se lo aplicó sobre sí mismo, paciente como era de semejante mal, si bien terminó por acrecentarlo, hasta el punto de que no pudo sentarse durante varios días.
Una vez recuperado, aunque incombustible en su ansia investigadora, decidió abordar un nuevo campo de experimentación, ahora lejos de hacerlo sobre su propio cuerpo e inspirado por el relato El fabricante de diamantes (1894) del escritor inglés de ciencia-ficción Herbert George Wells (1866-1946), del que Baird era un apasionado lector. El escocés se propuso perfeccionar el método que el químico francés Henri Moissan (1852-1907) había desarrollado entre 1892 y 1901 para producir diamantes artificiales a partir del grafito y mediante el empleo de un horno de arco eléctrico a grandes temperaturas (hasta 3500ºC). Para hacer realidad su idea, Baird aprovechó que se encontraba solo en la subestación eléctrica que la empresa tenía en Rutherglen, una localidad cercana a Glasgow. Metió una gruesa barra de carbono dentro de una gran olla de hierro y lo conectó todo a unos cables de alta tensión. Como era de esperar, el resultado no se materializó con relucientes diamantes en el interior de la olla, sino con un apagón por toda la ciudad, que el propio Baird pudo subsanar rápidamente, aunque las explicaciones que tuvo que decir más adelante a sus superiores sirvieron de bastante poco, tan solo para que se hicieran una muy mala imagen acerca de su personalidad.
A continuación, Baird creó una pequeña empresa para vender betún con el que lustrar botas, un material muy escaso debido a la guerra. Baird contrató a varias muchachas para que empaquetaran la sustancia en cajas de cartón. El producto se comercializó bajo la marca “Osmo” y su fórmula secreta habría sido inventada por Baird mismo, aunque algunas fuentes apuntan a que los paquetes no contenían más que betún acaparado de otros lugares con la intención de subir los precios.
Otro negocio, aparentemente estrafalario, en el que Baird anduvo metido durante aquellos años, estaba relacionado con unos “calcetines medicados”, inventados por él con la idea de mantener secos y calientes los pies de las personas, ya fuese en el lluvioso clima de Escocia o en las inhóspitas trincheras. Al principio pensó en añadir unas piezas gruesas de papel a las suelas de sus propios calcetines, pero aquello no funcionaba. Seguidamente, encargó a un fabricante de Hinckley (Yorkshire) 32 pares de calcetas de media pierna hechas en algodón y las roció con bórax en polvo (un compuesto empleado para desinfectar y quitar los malos olores). Se trataba de unas fundas suaves y absorbentes que iban junto a la piel por debajo de los calcetines normales. Anunció el producto en prensa con la denominación “Calcetines Baird”, a un precio de nueve peniques cada par, y envió algunas muestras a un viajante para que las moviese entre farmacias y mercerías. El caso es que los calcetines se vendieron bastante bien por toda Escocia, especialmente en Glasgow, pero asimismo tuvieron cierta difusión por Inglaterra, distribuyéndose en Londres y llegando a ser utilizados por soldados británicos destinados en los campos de batalla de Flandes (Bélgica).
Firme defensor de la publicidad como estrategia fundamental en la buena marcha de los negocios, Baird invirtió los beneficios de la venta de calcetines en innovadoras técnicas de anunciar. Por ejemplo, dada la carencia de varones motivada por la guerra, contrató a varias mujeres para que hicieran de “hombres-anuncio” por las calles de Glasgow, con gran sorpresa de los viandantes. También construyó la réplica en madera de un tanque a escala natural, recubriéndolo de carteles anunciadores y arrastrándolo por el pavimento de la ciudad.
Todas estas actividades mercantiles de Baird al margen de la empresa que le empleaba acabaron por irritar a sus jefes, que le obligaron a que dimitiera de su puesto. Un año después, en 1919, Baird vendía el negocio de calcetines por la suma de 1600 libras, una cantidad considerable, equivalente a doce años de trabajo como ingeniero asistente en la compañía eléctrica. A finales de esa fecha, se embarcó rumbó a la isla de Trinidad, en el Caribe, con el deseo de disfrutar su fortuna en una existencia paradisíaca, lejos del frío y de la humedad de su tierra de origen que tanto le afectaban los pulmones.
Una vez instalado en Puerto España, la capital isleña, Baird concibió otra actividad lucrativa, fabricar mermeladas, aprovechando que la isla ofrecía azúcar de caña en abundancia y una enorme variedad de frutas tropicales (cítricos, guayaba, mango, coco, tamarindo). La factoría, completamente artesana, se estableció en un pequeño poblado al este de la capital, pero la producción se desveló pronto como un auténtico calvario. En primer lugar, por el asfixiante calor de aquellas latitudes, al que se sumaba el de la cocción de los ingredientes de las mermeladas. Y en segundo lugar, y todavía peor, a causa de la invasión de mosquitos y otros insectos, atraídos por el dulzor de lo cocinado. Baird acabó enfermo de fiebres y las ventas del producto no se dieron bien, así que decidió en 1920 volver a Gran Bretaña con poco dinero, algunos tarros de mermelada para vender y la idea de recuperar viejos negocios (como el del betún) o emprender otros nuevos (producir un crecepelo).
Instalado en Londres, se dedicó a la compraventa de mercancías de lo más variopintas (cubos de hierro galvanizado, miel australiana, fertilizantes, polvo de fibra de coco, jabón de resina) y hasta llegó a involucrarse en operaciones fraudulentas como vender gangas inexistentes a compradores incautos que anticipaban el dinero. En 1923, Baird se trasladó a la ciudad costera de Hastings (East Sussex), donde volvió a dar rienda suelta a su desaforada creatividad. Allí inventó unas botas provistas de suelas neumáticas para que la gente pudiera caminar con las mismas ventajas que los automóviles obtienen de sus llantas. Probó a introducir en un par de botas sendos balones medio llenos de aire. Una vez calzado con ellas, Baird se puso a correr zigzagueando violentamente (como si se tratara de un coche derrapando) hasta que uno de los globos estalló, poniendo final a prueba e invención tan estrambóticas. Otro invento suyo de aquella época, y no menos extravagante, fue una maquinilla de afeitar hecha en vidrio para evitar el óxido y la pérdida de lustre.
Sin embargo, fue en Hastings donde Baird comenzó sus primeras investigaciones relacionadas con un invento que le haría mundialmente famoso: la televisión. Resulta difícil entender cómo Baird llegó a tan sofisticada tecnología, a tenor de los tumbos que había ido dando previamente entre negocios de lo más mundanos e invenciones más propias de nuestro Franz de Copenhague (el profesor de la entrañable revista TBO) que de un ingeniero de verdad. Pero el caso es que llegó.
Hasta 1923, la relación de Baird con la transmisión de imágenes a distancia había sido más bien escasa: la malograda célula fotoeléctrica de selenio inventada en su adolescencia, quizá unas investigaciones o experimentos académicos realizados entre 1912-1915 o 1918-1919, pero sobre todo a través de la lectura de artículos divulgativos, especialmente el escrito en 1922 por Nicolaus Langer, ayudante del ingeniero húngaro Dénes von Mihály (1894-1953), otro pionero de la televisión que había patentado en Inglaterra (1919) un sistema de fototelegrafía (conocido como “Telehor” y desarrollado a partir de 1928 por la alemana AEG). En su artículo, Langer describía los principios rudimentarios de la televisión, basado en el uso de escáneres de espejos oscilantes, una célula de selenio y una válvula amplificadora.
La transmisión de imágenes a distancia estuvo vinculada inicialmente al telégrafo, en diversos dispositivos que constituyeron los precedentes del fax. Así, el ingeniero escocés Alexander Bain (1811-1877) desarrolló entre 1843 y 1846 una máquina de reproducir facsímiles, a la que siguieron el telégrafo de imágenes inventado en 1848 por el físico inglés Frederick Bakewell (1800-1869) y, sobre todo, el pantelégrafo, construido en 1856 por el sacerdote y físico italiano Giovanni Caselli (1815-1891) y explotado comercialmente en la década siguiente. El descubrimiento de la fotoconductividad del selenio (1873) permitió plantear la transmisión de imágenes sin requerir mecanismos de impresión, sino por medio de la captación directa de la imagen en vivo de un objeto, es decir, convirtiendo las ondas de luz en impulsos eléctricos.
Entre 1878 y 1922, habían sido inventadas más de cincuenta propuestas precursoras de la televisión, término acuñado en 1900 por el científico ruso Constantin Perskyi (1854-1906). De todas aquellas aportaciones (a medio camino entre el fax, el escáner o la televisión), resultó decisiva la del ingeniero alemán Paul Nipkow (1860-1940). En 1884, Nipkow patentó un “telescopio eléctrico” que consistía en un disco metálico que iba perforado por una serie de agujeros cuadrangulares dispuestos en espiral desde el centro al exterior. Al hacer girar el disco (mediante un motor eléctrico y a unas 600 rpm), cada orificio describía una circunferencia con un radio distinto. De este modo, el disco exploraba (o escaneaba) la imagen de un objeto, lo que resultaba ser equivalente a una línea de un aparato de televisión moderno, de manera que, cuantos más agujeros tuviera el disco, mayor sería la resolución de la imagen finalmente recibida.
El disco de Nipkow convertía la luz que pasaba a través de cada agujero en una variación de la corriente eléctrica, empleando para ello una lente, que proyectaba previamente la luz sobre el disco, y un sensor de selenio, cuya resistencia eléctrica cambiaba de valor según fuese la incidencia de la luz (el brillo de las imágenes) y, debido a ello, se modificaba la cantidad de la corriente que atravesaba el sensor. Con esto se conseguía que la corriente de salida estuviera modulada por la luz procedente del objeto emisor, conteniendo toda la información necesaria para recrear su imagen.
El receptor del disco de Nipkow era un modulador de luz, basado en el efecto magneto-óptico descubierto en 1845 por el científico británico Michael Faraday (1791-1867), y estaba compuesto por un tubo de cristal que llevaba enrollada una bobina situada entre dos prismas polarizadores, inventados a su vez en 1828 por el físico escocés William Nicol (1768-1851). El extremo del tubo era atravesado por un segundo disco, análogo al primero y sincronizado con éste en velocidad y dirección, inicialmente gracias a un mecanismo de relojería, pero que Nipkow lo sustituyó en 1885 por unas ruedas fónicas, un motor síncrono patentado en 1877 por el físico danés Poul la Cour (1846-1908) y constituido por un electroimán gobernado por un diapasón que movía un diente de rueda a cada vibración. Todo ello permitía hacer concordar la intensidad luminosa de las imágenes finales con la de las emitidas, evitando que parpadeasen. Este segundo disco realizaba la función opuesta al anterior, haciendo pasar a través de sus agujeros la señal recibida que se proyectaba sobre una pantalla, donde el espectador podía contemplarla en virtud del fenómeno óptico de la persistencia retiniana de las imágenes.
Las carencias del disco de Nipkow era muchas. Su tamaño y el número de sus agujeros tenían un límite, ya que las líneas dejaban de ser rectas y se hacían curvas si sobrepasaban ciertas dimensiones. Las imágenes transmitidas, además, eran monocromáticas y estáticas, mientras que la escasa eficiencia de las lentes de la época y cualquier pequeño error en las piezas mecánicas impedían reproducir una imagen con fiabilidad, sin distorsiones y fluidamente. Asimismo, la tecnología de Nipkow carecía aún de medios como las válvulas electrónicas o las bombillas de neón para amplificar los impulsos eléctricos o para generar una luz con la fuerza suficiente que garantizara imágenes nítidas. Nipkow nunca llegó a poner en práctica su disco (al menos comercialmente), pero éste fue, en cualquier caso, la base de algunos de los pioneros de la televisión a principios del XX en países como Rusia, Hungría y Estados Unidos (Rosing, 1907; Von Mihály, 1919; Jenkins, 1922).
No obstante, en los comienzos de la década de 1920, las investigaciones sobre la televisión estaban encaminándose sobre todo hacia la inclusión de componentes electrónicos (tubo de rayos catódicos, válvula triodo) en lugar de elementos puramente electromecánicos como el disco de Nipkow. Si Baird optó por la línea abierta por el alemán, se debió a darse cuenta de que los problemas que ésta presentaba eran más sencillos de resolver, comparados con la sofisticación técnica y científica inherente a los dispositivos electrónicos.
Además de Nipkow, otra trascendental influencia recibida por Baird en su trayectoria hacia la televisión electromecánica fue Arthur Korn (1870-1945), uno de los pioneros del fax. Entre 1902 y 1907, este físico alemán había desarrollado los primeros circuitos útiles para transmitir imágenes fotográficas a grandes distancias a través de la telegrafía, superándose el efecto de retardo producido por las células de selenio.
A lo largo de 1923, Baird llevó a cabo varios experimentos en un improvisado laboratorio situado en un ático de Hastings. Dada su precaria economía, puso un anuncio en prensa para recabar la ayuda de inversores y colaboradores. Obtuvo el apoyo financiero (200 libras) de Wilfred E. L. Day (1873-1936), un empresario radiofónico y cinematográfico de Londres, y reclutó a un heterogéneo equipo entre sus vecinos (ingenieros, mecánicos, radioaficionados y escolares).
En julio de 1923, Baird y Day solicitaron una patente británica, concedida en octubre de 1924 con el nº 222064, para un sistema de transmisión visual de retratos y escenas a través de telegrafía (tanto alámbrica como sin hilos). El invento consistía en un disco de Nipkow que giraba a unas 20 revoluciones por segundo y al que se le había añadido un dispositivo amplificador (preferentemente una válvula termoiónica). El receptor estaba formado por un mosaico de lámparas incandescentes, cada una de las cuales recogía la línea de imagen escaneada a través del correspondiente agujero del disco, de modo que cuanto mayor fuese el número de lámparas mejor sería el detalle en la reproducción de la imagen emitida. En diciembre de 1923, Baird y Day registraron una nueva patente (concedida en marzo de 1925 con el nº 230576), donde el sistema había sido perfeccionado mediante la incorporación de lentes dentro de los orificios del primer disco.
En los dos primeros meses de 1924, Baird consiguió transmitir la imagen parpadeante de una cruz de Malta situada a tres metros y también siluetas en movimiento, demostraciones que realizó ante periodistas. El aparato de televisión empleado era completamente artesanal, construido a partir de elementos tan dispares como baratos y heterodoxos. El motor eléctrico que hacía girar los discos (recortados del cartón de sombrereras viejas) procedía de material de chatarra e iba alojado sobre un viejo cofre de té comprado de segunda mano. Las lámparas de proyección estaban dentro de una caja de galletas vacía. Los ensamblajes fueron hechos a partir de agujas de zurcir y madera usada. Las lentes se compraron en tiendas de bicicletas. Las conexiones inalámbricas fueron adquiridas de excedentes gubernamentales a un precio de saldo. Los acumuladores salieron de automóviles. Finalmente, todo aquel conglomerado de trozos y piezas se mantuvo unido con pegamento, lacre y cuerdas.
En marzo de aquel año, Baird y Day solicitaron otras dos patentes más (nº 235619 y nº 236978). Concedidas en 1925, ambas protegían respectivos métodos para superar el tiempo de retraso de la célula de selenio. En el primer caso, los discos (hechos en material transparente como cristal o celulosa) iban situados muy cerca entre sí, girando de modo concéntrico y en direcciones opuestas, así como serrados en dientes muy finos y numerosos para interrumpir la luz a una alta frecuencia (entre diez mil y medio millón de veces por segundo). La otra patente recogía una disposición de los discos en la que el emisor giraba a 100 rps y sus agujeros formaban una espiral, mientras que el otro giraba mucho más lentamente (a una sola revolución por segundo) y llevaba ocho ranuras radiales.
Estas cuatro patentes británicas de 1923 y 1924 tendrían su aplicación poco después en los primeros eventos públicos de la televisión de Baird y fueron asimismo el comienzo de una serie de más de 200 patentes que Baird registró hasta el final de sus días, la mayor parte de ellas a nombre de Television Limited, compañía creada por él en 1925 y domiciliada en Londres.
En julio de 1924, Baird sufría un accidente que pudo costarle la vida, al recibir una descarga de 1200 voltios que afortunadamente solo le quemó la mano. Sin embargo, el propietario del inmueble donde Baird realizaba sus experimentos le conminó a buscarse otro lugar, por lo que tuvo que marchar a Londres, ocupando un laboratorio en el barrio del Soho. En marzo y abril de 1925, Baird realizó la primera demostración pública de su televisión (una transmisión de siluetas en movimiento) en los grandes almacenes Selfridges & Co. de la capital inglesa. El aparato tenía un conjunto de discos giratorios con un patrón espiral de 30 lentes y las señales eléctricas eran enviadas al receptor mediante ondas de radio.
No obstante, la baja sensibilidad de las células de selenio hacía que las imágenes de estos primeros experimentos televisivos careciesen de la suficiente nitidez y contraste como para representar un rostro humano. Para remediar esto, Baird incorporó un banco de luces incandescentes, pero producían tal calor que hacían casi imposible que posara una persona. Baird tuvo que recurrir a “James” y “Stooky Bill”, dos muñecos de ventrílocuo cuyas caras pintadas en vivos colores permitían un mayor contraste al traducirse en imágenes transmitidas en blanco y negro.
En octubre de 1925, Stooky Bill se convirtió en el primer actor de la historia de la televisión, cuando Baird logró en su laboratorio londinense retransmitir su imagen en escala de grises de 30 líneas, escaneadas verticalmente a cinco imágenes por segundo. Aunque el tamaño de la reproducción era pequeño, los rasgos del muñeco podían reconocerse con facilidad. Al poco rato de lograrse esta emisión, el primer actor humano (completamente improvisado) sería William E. Tayton, un joven oficinista de un despacho que estaba en el mismo edificio del laboratorio de Baird.
En enero de 1926, repitió la experiencia dos veces, ante medio centenar de científicos de la Real Institución de Gran Bretaña y ante la prensa, ahora con una velocidad de barrido aún mayor (12,5 imágenes por segundo), lo que significaba las primeras transmisiones en vivo de imágenes televisadas (de 3,5 x 2 pulgadas) en movimiento y con gradación tonal. En esta ocasión, el rostro televisado fue el de Oliver G. Hutchinson (1891-1944), socio de Baird y director general de Television Limited.
El sistema de Baird empleó el disco de Nipkow para escanear la imagen y mostrarla. Se proyectó una brillante luz de neón a través del primer disco, que al girar barría con su treintena de lentes la cara de Hutchinson. La luz reflejada era entonces detectada por un tubo fotoeléctrico de selenio que la convertía en señales eléctricas, transmitidas por ondas de radio de amplitud modulada (AM) a la unidad receptora, situada en la misma habitación que el disco emisor y, luego, en otra contigua. El receptor era un segundo disco sincronizado con el primero y al que se le aplicaba el brillo de una lámpara de neón, variable en proporción al brillo recogido de cada punto de la imagen, que finalmente podía verse en una pantalla de cristal esmerilado.
El éxito de aquellas pruebas motivó que Baird, en diciembre de 1926, pudiera usar como laboratorio para sus investigaciones la estación radiofónica 2LO, situada en el ático de los almacenes Selfridges y propiedad de la British Broadcasting Company Limited, establecida en 1922 y transformada en junio de 1927 en la British Broadcasting Corporation (BBC).
Asimismo, a finales 1926, Baird registró dos inventos muy avanzados para su época: la fibra óptica y el radar. En el mes de octubre, solicitaba una patente (concedida en 1928 con el nº 285738) para un método y los medios con los que producir imágenes ópticas empleando un paquete de tubos de metal hueco o varillas sólidas y delgadas de varios tipos de cristal. Los tubos o barras debían usarse para diseccionar imágenes ópticas, a fin de permitir un escaneo ordenado de los fragmentos de imagen, a su vez diseccionados en un transmisor de televisión. Cada tubo o varilla llevaba un pequeño trozo de la imagen total. La luz de la imagen diseccionada pasaba a lo largo del tubo o varilla, permaneciendo dentro de las barras sólidas gracias a la reflexión interna. El sistema permitía transmitir todas las longitudes de onda de luz infrarroja y visible.
Los principios físicos por los que funciona la fibra óptica, el confinamiento de la luz por refracción y su curvatura por reflexión interna, habían sido descubiertos a mediados del siglo XIX (Colladon, 1841; Babinet, 1843, Tyndall, 1850). Durante la segunda mitad, se desarrollaron diversas aplicaciones de estos principios como la iluminación de fuentes públicas y el uso médico de varillas de cristal para iluminar cavidades del cuerpo. Pero sería en 1880 cuando se hizo la primera comunicación de voz a través de un haz de luz, gracias al “fotófono” de Alexander G. Bell (1847-1922).
La patente de Baird puede ser considerada la primera en abordar la transmisión eléctrica de información visual a través de un cable de vidrio. Un año después, el ingeniero Clarence W. Hansell (1898-1967) patentaba un dispositivo similar para transmitir facsímiles. Sin embargo, las técnicas y los materiales usados no permitían la transmisión de la luz con buen rendimiento. Las pérdidas de señal óptica eran grandes y no había dispositivos de acoplamiento óptico. En 1930, el alemán Heinrich Lamm (1908-1974), estudiante de medicina por entonces, patentó un endoscopio formado por un paquete flexible de fibras transparentes que transportaba una imagen. El cable de fibra óptica tal y como lo conocemos no será posible hasta 1950, desarrollado en Gran Bretaña por el físico indio Narinder Singh Kapany (1926-).
Por otro lado, en diciembre de 1926, Baird registraba una patente (concedida en 1928 con el nº 292185) para un pionero método de radar, tecnología que que por entonces se encontraba aún en un estado bastante preliminar (Popov, 1895; Hülsmeyer, 1904; Marconi, 1916; Tesla, 1917; Taylor y Young, 1922; Watson-Watt, 1923). El método de Baird producía imágenes televisadas a través del empleo de ondas de radio muy cortas, aprovechando que éstas se refractan y reflejan de la misma manera que las ondas lumínicas, de modo que las fuentes de luz y las células fotosensibles podían ser sustituidas respectivamente por un generador y un receptor de ondas de radio. En 1927, Baird solicitó otra patente (concedida un año después con el nº 297014) que perfeccionaba su sistema de radar mediante la incorporación de una pantalla receptora de las imágenes, hecha con partículas de polvo de un metal conductor y distribuidas sobre una placa de un material no conductor, de manera que al ser afectadas por las ondas radioeléctricas se ordenarían para dibujar la imagen del objeto.
En abril 1927, Baird creaba una nueva empresa, Baird Television Development Company Limited (BTDC), esta vez junto al ingeniero eléctrico Edward Manville (1862-1933), encargado de la administración económica. El objetivo era la explotación comercial de la televisión de Baird y de otros inventos suyos. Sin embargo, las relaciones entre Baird y Manville no fueron demasiado buenas, debido a la excesiva y entrometida presencia de este último en las investigaciones de Baird, quien llegó a estrechar la entrada de acceso al laboratorio para entorpecer el paso del ejecutivo, cuya sonora voz le molestaba en exceso y al que solo deseaba ver en el otro extremo de la mesa de juntas “como un atardecer florido visto a través de una nube de humo de cigarro”.
La nueva empresa permitió a Baird llevar a cabo, en mayo de ese mismo año, su primera transmisión televisiva a larga distancia, entre Londres y Glasgow (705 km), a través de una línea telefónica. La demostración fue una respuesta a la impresionante comunicación realizada el mes anterior por la compañía estadounidense Bell Telephone Laboratories, Inc. entre Washington y Nueva York (362 km). Aunque el test de Baird superó con creces la distancia de la transmisión diseñada por los ingenieros americanos Herbert E. Ives (1882-1953) y Frank Gray (1887-1969), la de éstos fue de mucha mayor calidad visual y sofisticación técnica, ya que tuvo una resolución de 128 líneas (con una velocidad de 18 fotogramas al segundo), fue bidireccional, sincronizó sonido y empleó dos pantallas receptoras, una grande (de 24 x 30 pulgadas) y otra más pequeña (2 x 2,5).
En su demostración, Baird usó tres discos giratorios. El primero de ellos giraba a 800 rpm por minuto y contenía 16 lentes dispuestas escalonadamente, en dos conjuntos de ocho, para que cada una enfocase en la célula fotoeléctrica de selenio una sección o franja diferente de la cara del actor, dividida así en ocho líneas e iluminada toda ella por lámparas de incandescencia. Interpuesto entre el disco emisor y la célula, había un segundo disco que giraba a 4000 rpm y tenía más número de perforaciones. Éstas, al moverse rápidamente, interrumpían la luz que procedía de las lentes del otro disco y, de este modo, dividían la imagen en fragmentos más pequeños. Para dar un grano aún más fino a la imagen, un tercer disco con una sola ranura en espiral giraba a 200 rpm entre el segundo disco y la celda sensible a la luz.
Toda esta compleja disposición de discos giratorios provocaba que la imagen de la cara se descompusiera en una sucesión de pequeños cuadrados de luz de intensidad variable que, al recaer sobre la célula fotoeléctrica, se traducían en una corriente eléctrica con una fluctuación de la intensidad proporcional al brillo y al tono de la imagen emitida. Este variado flujo de corriente era amplificado luego y transmitido a la estación receptora, donde la corriente era amplificada una vez más y había un tubo de neón que brillaba acorde con las fluctuaciones de la corriente. La luz del tubo pasaba a través de un disco con una ranura espiral y luego a través de lentes en un segundo disco giratorio. Estas lentes enfocaban los sucesivos parches de luz en una pantalla de vidrio esmerilado, creando y reproduciendo las imágenes completas de la cara original. Para garantizar la adecuada transmisión, los discos receptores debían girar perfectamente sincronizados con los discos emisores, gracias a un generador de corriente alterna acoplado en la estación fuente que llevaba la energía a la estación receptora, donde era amplificada y se controlaba la velocidad por medio de un motor de corriente alterna asíncrona.
A pesar del impacto de la trasmisión a larga distancia ocurrida en EEUU, John Baird puede ser considerado sin género de dudas el inventor de la televisión y su principal impulsor. Pero la demostración realizada por los ingenieros de Bell solo era uno más de los proyectos que estaban en marcha por aquellas fechas. En 1925, Charles F. Jenkins (1887-1934), otro ingeniero estadounidense, ya había trasmitido siluetas televisivas sincronizando sonido. Ese mismo año, el japonés Kenjiro Takayanagi (1899-1990) inventó el primer televisor electrónico, es decir, con tubo de rayos catódicos, consiguiendo una resolución de 40 líneas y, dos años más tarde, de 100 líneas. En 1927, el físico soviético Léon Theremin (1896-1993) también había logrado esa misma nitidez de imagen, empleando la técnica de exploración entrelazada que evitaba el parpadeo de la imagen en las pantallas catódicas.
En setiembre de 1927, Baird presentaba un nuevo invento ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia (ABAC), en Leeds (Inglaterra). Se trataba de la “noctovisión”, el primer sistema de televisión para ver imágenes en la oscuridad, cuya patente Baird había registrado el año anterior (siendo concedida en 1928 con el nº 288882). Esta invención se basaba en el propio método de televisión ya desarrollado y en el mismo principio (el idéntico comportamiento de ondas sonoras y lumínicas) bajo el que patentó el radar. La diferencia se encontraba en que ahora la transmisión se realizaba a través de las ondas pertenecientes al espectro no visible de la luz, es decir, los rayos infrarrojos y los ultravioletas, lo que implicaba introducir un dispositivo sensible a los mismos como el bolómetro, sustituyendo a la célula de selenio, y también una pantalla de ebonita (material opaco a la luz visible) como filtro de los rayos infrarrojos.
Baird pensó la utilidad de la noctovisión para ser aplicada no solo en la noche, sino en días de niebla y especialmente en barcos y, por supuesto, por soldados. Sin embargo, el invento sólo tuvo un par de demostraciones experimentales, además de la acontecida en Leeds: una en Londres para mostrar sus posibilidades militares (1929) y otra en una retransmisión televisada (1933), en la que se anunció el despojamiento de las prendas de algodón de unas bailarinas, lo que produjo no poca sorna y un cierto revuelo.
El año 1928 estuvo plagado de acontecimientos exitosos para la televisión de Baird y también de presentaciones de más inventos suyos. En febrero, con una inversión de 625000 dólares, hizo la primera transmisión trasatlántica de la historia de la televisión, sucedida entre Londres y Hartsdale (Nueva York), así como la primera recibida por un barco en alta mar (a unos 1000 kilómetros de tierra firme), todo ello empleando estaciones radiofónicas de onda corta y un aparato televisor compacto que podía ser llevado en un coche. En junio, realizó la primera transmisión al aire libre, abriendo así un amplio abanico de posibilidades comunicativas que sacaban a la televisión del espacio cerrado del laboratorio o del estudio.
Los buenos resultados de todas estas pruebas atrajeron el suficiente dinero de los inversores como para contratar personal técnico especializado y adquirir unas instalaciones en la calle londinense de Long Acre (situada en el barrio de Westminster), en las que comenzó la fabricación de equipos receptores (llamados ya “televisores”) con destino al mercado (a un precio entre 18 y 150 libras esterlinas), construidos a partir de 1929 por Plessey Company. Además, Baird pudo llegar a un acuerdo con el director general de la BBC, John Reith (1889-1971), quien aceptó a regañadientes que Baird utilizara la estación radiofónica 2LO para ir haciendo programas experimentales de televisión comercial en las horas en las que la emisora no retransmitía.
Asimismo, en 1928, Baird presentó dos nuevos inventos: el “Fonovisor” y un sistema de televisión a color que también era estereoscópica. La “fonovisión” puede considerarse el primer sistema de grabación y reproducción de video. La escasa resolución (30 líneas) de las imágenes de su televisión favorecía, sin embargo, el ser volcadas a un disco gramófono, ya que la frecuencia más alta de la onda lumínica era lo suficientemente baja como para ser audible y, por tanto, podía grabarse igual que una señal de audio en un disco, donde cada surco se correspondía con un línea de imagen.
Baird protegió el invento mediante tres patentes (nº 289104, nº 292632 y nº 324049), registradas entre 1926 y 1928. La primera trataba el sistema de fonovisión, que se basaba en la televisión electromecánica habitual, aunque incluyendo un altavoz telefónico que recibía amplificada la señal visual procedente de la célula de selenio y la trasladaba a un micrófono, encargado de grabarla sobre el disco a través de una aguja. Otro micrófono, separado del primero por una pantalla aislante, se encargaba de recibir los sonidos y grabarlos simultáneamente sobre el disco. La segunda patente abordaba el proceso de registro de las señales visuales, al mismo tiempo o en grupos concurrentes, sobre el disco de acero de una grabadora magnética, tras haber pasado a través de tres bobinas igualmente magnéticas, conectadas a los discos exploratorios. La tercera patente se ocupaba del fonovisor, es decir, del aparato reproductor de las imágenes grabadas, muy parecido a un gramófono y provisto de un pequeño visor por donde contemplarlas.
La presentación de la fonovisión se hizo en el mes de marzo de 1928, ante unos pocos periodistas y en el mismo laboratorio de Baird, pero sin alcanzarse unos resultados muy concluyentes, pues la calidad de las imágenes dejaba mucho que desear. Con todo, han llegado hasta hoy cuatro discos grabados entre 1927 y 1933 mediante este primitivo sistema de video y donde aparecen el simpático muñeco Stooky Bill, un ayudante de Baird, la secretaria de éste y unas bailarinas de un programa de la BBC.
En los meses de agosto y setiembre de 1928, Baird hizo varias demostraciones de su nuevo sistema de televisión estereoscópica a color, en su laboratorio londinense y en la sede de la ABAC en Glasgow ante científicos y reporteros. Se trataron, por tanto, de las primeras transmisiones de televisión tanto a color como en tres dimensiones (con apariencia de volumen y profundidad), en el afán por conseguir el máximo realismo posible en las imágenes transmitidas. Antes de Baird, hubo otros inventores que habían propuesto, desarrollado o patentado sistemas de televisión a color, aunque sin demasiada repercusión (Leblanc, 1880; Szczepanik, 1897; Adamian, 1907).
Baird había registrado este sistema en 1925 a través de una patente que le fue concedida tres años después con el nº 266564. El color se obtenía por medio de filtros de un color primario diferente (rojo, azul y verde), ubicados en los agujeros de los correspondientes discos. En sus demostraciones del color, Baird empleó tres discos emisores con tres espirales de 30 orificios, mientras que el receptor tenía tres fuentes de luz con un conmutador para alternarlas. La luz que atravesaba las espirales era recogida por fotocélulas sensibles a los colores primarios. Las señales eléctricas resultantes se amplificaban y eran enviadas al receptor, donde se reconstruía la imagen haciendo brillar una lámpara a través de otro disco similar.
Por su parte, el efecto tridimensional se lograba mediante la introducción de un estereoscopio. El estereoscopio es un instrumento óptico muy sencillo que consta de dos pequeños espejos, cuya ubicación en un ángulo de 45º en relación al observador permite desviar las imágenes planas de un mismo objeto correspondientes a cada ojo y ser observadas desde dos puntos de vista poco distantes entre sí, colocadas una al lado de la otra, de modo que al verse montadas una sobre la otra proporcionan el efecto de relieve (una liusión óptica producida por la mente). Este aparato fue inventado en 1838 por el científico inglés Charles Wheatstone (1802-1875). A lo largo del siglo XIX se empleó en la fotografía (Brewster, 1849; Duboscq, 1851; Holmes, 1861), pero también en aparatos precursores del cine como el cinematoscopio (Sellars, 1861) y por pioneros del séptimo arte (Friesse-Greene, 1889; Porter y Waddell, 1915), siendo el film The Power of Love (1922) el primero de la historia rodado en tres dimensiones.
En las demostraciones estereoscópicas hechas por Baird, el aparato de televisión llevaba un disco emisor con dos espirales, una dispuesta en la circunferencia superior y la otra en el interior, a una distancia de la primera aproximadamente igual a la existente entre los ojos del observador. Cada una de estas espirales se correspondía con sus respectivas fuentes de luz y lentes, todas situadas delante del disco. El disco emisor escaneaba dos imágenes diferentes, una para cada ojo. El disco receptor tenía la misma disposición de orificios y giraba sincrónicamente con el primero. Detrás del receptor se encontraba un tubo de neón cuya luz cubría ambas espirales iluminándolas alternativamente. En la pantalla se recibían dos imágenes apenas separadas poco más de un centímetro, cada una correspondiendo a dos objetos diferentes, uno visto por el ojo derecho y el otro por el izquierdo. Estas imágenes luego se visualizaban mediante un estereoscopio de doble prisma que las hacía converger y fusionarse en una sola imagen.
En setiembre de 1929, Baird comenzaba las primeras transmisiones televisivas de la historia con carácter regular y propósito comercial. Las emisiones empleaban el sistema de 30 líneas y tuvieron continuidad hasta 1935, realizándose desde diferentes estaciones y estudios londinenses de la BBC (2LO, Brookman’s Park, Savoy Hill, Portland Place, Crystal Palace). Al principio, los programas (llamados “tele-talkies”) duraban apenas dos minutos y mostraban el rostro de una persona hablando, aunque el sonido no era simultáneo, sino que llegaba después de verse la imagen. La sincronización de visión y audio llegó en 1930, lo que permitió emitir por vez primera una obra de teatro completa: El hombre de la flor en la boca de Luigi Pirandello (1867-1936), elegida porque solo tenía tres personajes, discursos muy largos y poca acción. Los actores tuvieron que maquillarse la cara de amarillo y azul para poder ser detectados por la televisión electromecánica, que solo podía escanearles el rostro, por lo que tenían que permanecer sentados en un asiento fijo, turnándose para deslizarse fuera del encuadre y ocupar a continuación su puesto. La representación no solo se pudo ver en receptores domésticos (para entonces ya eran 3000 los espectadores de estos programas de la BBC), sino también en un teatro londinense gracias a una pantalla de gran tamaño (4,6 x 3,7 metros). En 1931, Baird televisó la clásica carrera hípica del Derby de Epson, lo que supuso la primera transmisión en directo hecha en exteriores (vista por unas 4000 personas en un teatro).
Mientras tanto, Baird exportaba su sistema de televisión a otros países, gracias al establecimiento en 1928 de la empresa Baird International Television Limited (BIT). En 1929, se asociaba con el cineasta francés Bernard Natan (1886-1942) en la creación de Télévision-Baird-Natan, la primera compañía televisiva gala, cuya emisora se hallaba en la última planta de la Torre Eiffel de París. Ese mismo año, el Servicio Postal de Alemania requirió el oficio de Baird para el diseño y la construcción de una red de televisión, la primera del mundo a través de cable (mediante la que se retransmitieron las Olimpiadas de 1936). En 1930, se hicieron demostraciones de su televisión a gran pantalla en teatros de Berlín, París y Estocolmo. Sin embargo, un año más tarde, el organismo federal encargado de regular las telecomunicaciones en los EEUU impidió que el sistema de Baird fuera adquirido por la emisora neoyorquina de radio WMCA, al alegar que tenían preferencia los sistemas de televisión inventados por nacionales en detrimento de los foráneos.
En 1930, las compañías BDTC y BIT se fusionaban en una sola, denominada Baird Television Limited (BTL). En 1931, Baird comenzó a experimentar con transmisiones de onda ultracorta (3-30 megaherzios) con el fin de obtener imágenes más detalladas, entre 100 y 240 líneas, aunque el alcance se reducía considerablemente, a unos 65 kilómetros, frente a los cientos de kilómetros que se conseguían con el sistema de 30 líneas (emitido en onda media). En realidad, la televisión electromecánica de Baird estaba quedándose obsoleta ante el empuje de los sistemas electrónicos, mucho más avanzados (provistos de cámaras) y con mejor definición de imagen (hasta 405 líneas), que por entonces estaban siendo desarrollados principalmente en EEUU por Philo Farnsworth (1906-1971), Ernest Alexanderson (1878-1975) y Vladimir Zworkyn (1889-1982), pero también en el propio Reino Unido por Isaac Shoenberg (1880-1963), así como en Alemania por Manfred von Ardenne (1907-1997) o en Hungría por Kálmán Tihanyi (1897-1947).
En 1932, las dificultades financieras de BTL hicieron que fuese adquirida por el productor de cine Isidore Ostrer (1889-1975) y su empresa Gaumont-British Picture Corporation. Para entonces, BTL había instalado emisoras de televisión también en Roma y Moscú. Un año después, reticente a dar el salto hacia la electrónica, Baird acabó destituido de sus funciones de dirección técnica en BTL. Fue relegado al puesto de director gerente (prácticamente honorario y de representación) y poco menos que arrinconado en el laboratorio de su casa, con libertad para inventar y presentar sus inventos ante la prensa, pero sin propia iniciativa para ponerlos en práctica en la compañía, cuya sede londinense se había trasladado a unas instalaciones en el emblemático Palacio de Cristal, provistas de estudios de producción y emisión de programas, planta de fabricación de televisores y laboratorios de investigación. Entre 1933 y 1936, BTL estuvo emitiendo su propia programación al margen de la BBC con una definición de 120 y 180 líneas.
En 1934, el gobierno británico estableció un concurso para proporcionar a la BBC un servicio de televisión de alta definición con un mínimo de 240 líneas que sustituyera al de 30 líneas empleado habitual y mayoritariamente hasta entonces y que sería suspendido al año siguiente. Los dos competidores fueron BTL y Marconi-EMI Television Company, empresa creada ex profeso por la suma de esfuerzos entre Marconi's Wireless Telegraph Company y Electric and Musical Industries Limited (EMI), expertas en comunicaciones y electrónica respectivamente.
La prueba final del concurso consistía en una retransmisión pública de los dos sistemas de televisión y se celebró en noviembre de 1936, en los nuevos estudios que la BBC había construido en el Palacio Alexandra de Londres. El sistema presentado por BTL era puramente electromecánico, de 240 líneas escaneadas secuencialmente a 25 imágenes por segundo. El método adoptado era el de película intermediada (lo que podría llamarse “telecine”), patentado en 1927 por Herbert Ives en los EEUU y un año después por Baird (patente nº 324904), siendo perfeccionado en 1932 por el ingeniero alemán Georg Oskar Schubert (1900-1955). Una cámara cinematográfica filmaba la escena y a continuación la película era revelada rápidamente (30 segundos) en un tanque con agentes químicos (entre ellos cianuro), para luego ser escaneada por el sistema de televisión electromecánica. Por su parte, el sistema de Marconi-EMI era completamente electrónico. Diseñado por Shoenberg, empleaba ondas de alta frecuencia (VHF), exploración entrelazada y proporcionaba una resolución, infinitamente superior, de 243 líneas a 50 imágenes por segundo. En febrero de 1937, a los tres meses de comenzar ambas retransmisiones, la BBC desestimó el sistema de BTL, que además tuvo que soportar el contratiempo de ver destruida su sede tras incendiarse el Palacio de Cristal al mes de iniciarse las pruebas.
A partir de entonces, BTL cesó prácticamente cualquier actividad emisora y se dedicó a proveer de equipos de telecine a teatros y salas cinematográficas, mientras que Baird centró sus investigaciones en la televisión a color y electrónica. En 1938, llevó a cabo las primeras transmisiones públicas emitidas en color. Empleó para ello un sistema electromecánico, en el que la cámara iba sobre una plataforma rodante y contenía un tambor que giraba a 6000 rpm y tenía una veintena de pequeños espejos dispuestos en diferentes ángulos, mientras que el disco receptor llevaba una docena de rendijas con filtros de colores. Además, la fotocélula era un cátodo de rubidio, una lámpara de arco de 150 amperios proporcionaba la luz proyectora y había un sensor para modular los niveles de brillos y sombras.
En 1939, presentó un nuevo sistema de color, híbrido entre lo electromecánico y lo electrónico. Utilizaba un tubo de rayos catódicos tradicional (en blanco y negro), en cuyo frente iba un disco giratorio con filtros de colores. Los tres fotogramas de colores (rojo, verde y azul) se mostraban en el tubo secuencialmente, mientras el disco giraba sincronizado. Sin embargo, este método secuencial no era satisfactorio (aunque fuese utilizado más adelante en los EEUU), porque enviar cada fotograma a color de la imagen en movimiento requería hacerlo de manera simultánea, si se pretendía que el dinamismo de la imagen fuera suave y el parpadeo se redujese. Ello se conseguía con cambios de imágenes de al menos 16 veces por segundo y con velocidades por encima de 40 fotogramas por segundo.
En 1941, Baird consiguió la simultaneidad de los fotogramas a través de un tubo de rayos catódicos de alta intensidad, conocido como “tubo de tetera”, pues realmente los dos tubos que lo formaban le otorgaban tal apariencia. Consiguió una resolución de 600 líneas sobre una pantalla de 70 x 60 centímetros. Este mismo procedimiento lo aplicó a la televisión estereoscópica, logrando 500 líneas a 150 fotogramas por segundo. Las investigaciones de Baird en este campo culminaron en 1942 con la invención del “telechrome”, el primer sistema de televisión electrónica a color. Protegido a través de una patente (concedida un año después con el nº 562168), este método usaba dos cañones de electrones dispuestos a cada lado de una pantalla de mica translúcida, cubierta de fósforo de color azul cian por una parte y de color magenta anaranjado por la otra. Al ser disparados los electrones sobre la pantalla se reproducían dichos colores en una resolución de 600 líneas.
El “telechrome”, que también podía dar una visión estereoscópica, fue presentado en 1944. Despertó el interés del gobierno británico, que barajó la posibilidad de que, cuando terminara la guerra, se convirtiese en el sistema estándar, en sustitución del de 405 líneas de Marconi-Emi, cuya vigencia duró hasta 1985, mientras que el de 625 se introdujo en 1964, si bien Baird siempre aseguró poder obtener una resolución de 1000 (lo que hoy sería auténtica alta definición).
Mientras el conflicto mundial llegaba a su término, Baird acudió a la empresa de radiocomunicaciones Cable & Wireless para explotar comercialmente el nuevo sistema de televisión, pero las negociaciones no prosperaron. Así que se vio obligado a crear su propia compañía: John Logie Baird Limited (1944). Sin embargo, su salud ya estaba muy debilitada y apenas pudo investigar ni ocuparse de la empresa. En febrero de 1946, sufrió un derrame cerebral y cuatro meses después fallecía en Bexhill-on-Sea (East Sussex).
Además de patentar en Gran Bretaña, Baird también lo hizo en Estados Unidos, Suiza, Francia, Alemania, Dinamarca, Austria, Canadá, Grecia y España. En nuestro país depositó siete patentes a nombre suyo y de Television Limited, entre abril y agosto de 1929 a través de los oficios del agente madrileño Santos López Cerezo, siendo concedidas entre los meses de junio y setiembre. La primera de ellas, la nº 112549, protegía el conmutador y los circuitos que permitían la sincronización de los dos discos de 30 agujeros de la televisión electromecánica. La segunda (nº 112566) trataba de perfeccionamientos referidos a lámparas de descarga incandescentes (tubos de neón) en las que el electrodo era de forma cóncava o semicilíndrica para una mayor concentración de la luz. La siguiente (nº 112618) se refería a la configuración de los discos, a fin de que pudieran ajustarse, reglarse y orientarse de acuerdo al objeto a retransmitir. La cuarta (nº 112619) versaba acerca de unas superficies reflectoras, colocadas alrededor o al lado de la trayectoria de la luz desde el objeto hasta el dispositivo fotosensible, con el propósito de concentrar sobre ellas la luz dispersa cuando el objeto se moviese. Los sistemas de televisión a color y estereoscópica quedaron respectivamente protegidos por las patentes nº 113013 y nº 113438, mientras que el de película intermediada lo fue mediante la nº 114619.
Asimismo, en 1932, BTL obtuvo la patente nº 126857 para unas mejoras en las lámparas de arco eléctrico empleadas en la transmisión de señales electro-ópticas, si bien el inventor era George B. Banks, seguramente un técnico de la compañía. En este caso, el representante fue el ingeniero militar Mario Soler Jover (1893-1983), residente en Madrid. Ninguna de estas patentes acudió al preceptivo trámite de la puesta en práctica, por lo que quedaron caducadas a los tres años de ser concedidas por la administración española.
Autor: Sergio Barbosa Martínez
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References: resolución 
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