Source: http://www.libertadidioma.com/2005/20050114.htm
Timestamp: 2020-04-05 22:36:11+00:00

Document:
AGLI Recortes de Prensa Viernes 14 Enero 2005
Firmeza frente al chantaje
Editorial La Razón 14 Enero 2005
BANDAZOS CONSTITUCIONALES
CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 14 Enero 2005
Las últimas nueces
Luis María ANSON La Razón 14 Enero 2005
LA PROVOCACIÓN DE IBARRETXE LLEGA AL LÍMITE
LUIS IGNACIO PARADA ABC 14 Enero 2005
Gabriel ALBIAC La Razón 14 Enero 2005
¿Es fiable Zapatero como aliado
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Enero 2005
EL PRESIDENTE HOMOSEXUAL
Valentí PUIG ABC 14 Enero 2005
RODRÍGUEZ DIJO NO
Carlos HERRERA ABC 14 Enero 2005
IU debe pagarlo
Iñaki EZKERRA La Razón 14 Enero 2005
HILO A LA BIRLOCHA
Jaime CAMPMANY ABC 14 Enero 2005
ALGO MÁS QUE PROTOCOLO
M. MARTÍN FERRAND ABC 14 Enero 2005
IBARRETXE EN LA MONCLOA
Editorial ABC 14 Enero 2005
La sombra del artículo 155
Lorenzo Contreras Estrella Digital 14 Enero 2005
ZP y el lehendakari de ETA
Isabel Durán Libertad Digital 14 Enero 2005
El de las tortas pide educación
Ignacio Villa Libertad Digital 14 Enero 2005
La base de la firmeza
Editorial El Ideal Gallego 14 Enero 2005
Socialistas y “peneuvistas”
Fernando González Urbaneja Estrella Digital 14 Enero 2005
El veneno de la Ley
Agapito Maestre Libertad Digital 14 Enero 2005
Un cínico Ibarretxe aprovecha los errores tácticos de Zapatero
Editorial El Mundo 14 Enero 2005
Federico Jiménez Losantos El Mundo 14 Enero 2005
Rechazo al plan
Editorial El Correo 14 Enero 2005
Oportunidad para empeorar
Editorial El País 14 Enero 2005
El voto de los prudentes
Miguel Ángel Quintanilla Navarro Libertad Digital 14 Enero 2005
Ibarreche lo tiene claro, ¿y Zapatero
EDITORIAL Libertad Digital 14 Enero 2005
El PNV, por la ruptura
José CLEMENTE La Razón 14 Enero 2005
El modelo catalán
José Cavero El Ideal Gallego 14 Enero 2005
Del referéndum europeo al Plan Ibarreche
Carmen Leal Libertad Digital 14 Enero 2005
Ibarretxe rechaza la oferta de negociación de ZP
Guillermo Dupuy Libertad Digital 14 Enero 2005
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 14 Enero 2005
Hipótesis inquietante
Ramón Pi El Ideal Gallego 14 Enero 2005
Carmen MARTINEZ-CASTRO La Razón 14 Enero 2005
CABALGAR SOBRE PRINCIPIOS
JOSEBA ARREGI ABC 14 Enero 2005
CAROD, ¿AUTISTA
COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO 14 Enero 2005
No queremos plan
Cartas al Director ABC 14 Enero 2005
El Foro Ermua se querella contra el lehendakari «por conspirar para la rebelión»
O. B./BILBAO El Correo 14 Enero 2005
En política, las formas son tan importantes como el fondo. Por ello, hay que cuidar que una escenificación excesiva no acabe por desdibujar la percepción de las cuestiones básicas. Es, ciertamente, el único reproche que se le puede hacer al presidente del Gobierno con respecto a la reunión que mantuvo ayer en Moncloa con Ibarreche. Porque la firmeza y claridad con las que el jefe del Ejecutivo rechazó las propuestas inviables de un «plan» que supone la ruptura de la unidad constitucional de España, pudieron quedar obscurecidas ante la opinión pública por la actitud de un presidente autonómico que en todo momento procuró trasmitir la sensación de que se había producido una reunión entre iguales. Era evidente, por otra parte, y así se había advertido desde el PP, que la loable cortesía política desplegada por Zapatero, no iba a ser correspondida por un interlocutor que, como arrebatado por una fe mesiánica, no solo niega los principios sobre los que se asienta el Estado español, y que son además el origen de la legitimidad del actual autogobierno del País Vasco, sino que pretende arrebatar el derecho de soberanía que nuestra Carta Magna otorga en exclusiva a todo el pueblo español. Resonarán durante mucho tiempo en los pasillos de la sede de la Presidencia del Gobierno las palabras del lendakari: la voluntad de los vascos está por encima de lo que digan el PP y el PSOE, despreciando paladinamente la voz y la voluntad, democráticamente expresadas, de la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Sin embargo, sería injusto que la crítica a la forma ocultara el merecido elogio a la actuación del Gobierno. Pese a la presión de algunos de sus socios, como ERC, Rodríguez Zapatero ha cumplido, como no podía ser de otra forma, con el mandato constitucional. No sólo ha rechazado una negociación imposible por indigna, sino que ha empeñado su palabra de que tal desafuero no se producirá mientras él esté en el Gobierno.
Otra cuestión es el rédito que intenten obtener el lendakari y su partido, el PNV, de la deferencia institucional y pólítica con la que el Gobierno ha tratado hasta ahora su incalificable pretensión. Aunque es indudable que esa deferencia no iba destinada al lendakari, en cuanto a miembro caracterizado del nacionalismo independentista, sino al conjunto de la sociedad vasca, hubiera sido mucho más eficaz responder a su propuesta con un simple, pero firme y educado, «no».
Lo importante es que el lendakari Ibarreche ha recibido una respuesta clara y contundente. Debería ser capaz de transmitirla con todas sus implicaciones a los ciudadanos vascos, pero es de temer que intente convertir la próxima cita con las urnas de su comunidad en un plebiscito; lo que sería adulterar el verdadero sentido del proceso democrático. Las elecciones autonómicas no pueden modificar la Constitución. Zapatero se lo ha intentado explicar durante más de tres horas pero, por lo visto y oído al lendakari tras la reunión, no parece haber entendido nada.
Hoy se reunirán en Moncloa los máximos representantes de los dos principales partidos políticos españoles. Es de desear que el sentido de Estado que ha evidenciado Zapatero se refuerce con la aceptación sin reservas de la mano tendida del presidente del Partido Popular para afrontar, juntos, el desafío a la nación española.
Por CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN. Profesor de Filosofía. Universidad del País Vasco ABC 14 Enero 2005
ANDAMOS metidos a la vez en dos procesos constitucionales que en principio deberían ser congruentes pero que cada día resultan más contradictorios. La peculiar Constitución europea que pronto votaremos aparece cada día más alejada de la reforma constitucional encubierta que algunos intentan colar. La primera consolida los Estados existentes, que ceden soberanía a una entidad centralizada, la Unión Europea, para avanzar hacia la consecución de una ciudadanía europea común. En cambio, la reforma encubierta en curso renuncia a la soberanía común aceptando los «ámbitos autonómicos de decisión» (admitidos por el Plan López y el proyecto de Maragall), y debilita seriamente el significado de la ciudadanía española, abriendo el camino a figuras tan peligrosas como la doble nacionalidad prevista en el Plan Ibarretxe. Y las diferencias entre ambos procesos no terminan aquí. Hay días en que se tiene la sensación de viajar en un autobús, del que no hay modo de apearse, que va cuesta abajo a toda velocidad dando brutales bandazos de un lado a otro porque el conductor tampoco sabe a dónde va.
Resulta tan significativo como sospechoso que el Gobierno reclame consenso y apoyo a todos los partidos para el arriesgado referéndum de febrero mientras anuncia a la vez que el consenso con el PP es «deseable» pero no «imprescindible» para reformar nuestra Constitución. ¿Cómo se entiende este imposible jurídico? Sólo hay una interpretación coherente: que, para salvar el escollo de la anunciada oposición de la oposición a las exigencias nacionalistas, el Gobierno auspicie una reforma encubierta a través de reformas radicales de los Estatutos de autonomía, comenzando por el catalán (como era lo previsto) y el vasco (intento frustrado por el pacto entre Ibarretxe y ETA). En efecto, la mayoría parlamentaria es suficiente para aprobar nuevos Estatutos que desborden de hecho los límites constitucionales vigentes, una política como la de hechos consumados que tan rentable ha sido al nacionalismo, sobre todo al vasco.
El referéndum de la Constitución europea viene que ni pintado como oportuna cortina de humo de la otra reforma constitucional. A pesar de sus muchas deficiencias y de su horrendo tono burocrático, la Constitución europea afirma con rotundidad que los sujetos políticos constituyentes de Europa son los Estados y sus ciudadanos, no los «pueblos» o las «comunidades nacionales», y que la integridad territorial de los Estados constituyentes es inviolable. Por consiguiente, la defensa de la Constitución europea sirve para hablar de «más España» y distanciarse retóricamente de los nacionalistas excluyendo sin embargo del consenso constitucional al PP, como se vio claramente en el debate parlamentario para la aprobación del referéndum. Pero esta defensa de la Europa futura es fraudulenta porque escamotea el futurible de la no-España. No es coherente defender la unidad e integridad de los Estados y la igualdad de los ciudadanos europeos dentro de la Unión -para viajar, residir, trabajar, votar, asociarse, etcétera- mientras en casa se relativizan y vacían de significado esos principios.
La educación ofrece un magnífico ejemplo de la vergonzosa incongruencia que se ha ido imponiendo. Mientras las universidades españolas están inmersas en otra reforma a escala europea, llamada de Bolonia, que obliga a todas ellas a unificar titulaciones, planes de estudios y sistemas de evaluación, los sistemas educativos preuniversitarios, igual que la financiación de las universidades, están en gran parte en manos de los gobiernos autonómicos. ¿Cómo se explica que dentro de unos años cualquier europeo pueda matricularse en cualquier universidad europea -los planes serán casi iguales, exceptuando (y cada vez menos en ciencias) el idioma vehicular-, pero exijamos a un niño de Madrid una traumática y arbitraria adaptación escolar si emigra al extranjero educativo de Bilbao o Barcelona, y viceversa? El sistema educativo español ha producido una metáfora imprevista del reaccionario proyecto constituyente que promueven algunos: desiguales y enfrentados por abajo, igualados y cosmopolitas por arriba: regreso al siglo XVI, ¡todo un programa de izquierda y progresista!
Tanto sinsentido y absurdo no son casuales, y una vez más debemos agradecer a la sinceridad estratégica del PNV el desvelamiento de lo que se cuece. El PNV pide el voto positivo a la Constitución europea pero, dada la hostilidad de este tratado a las aspiraciones nacionalistas, no hace ninguna campaña efectiva en ese sentido. Sus afiliados desconfían de un proyecto que, de cumplirse estrictamente, haría imposible la independencia de cosas como Euskadi, Cataluña, Escocia o Padania. Como de costumbre, los nacionalistas vascos resuelven sus contradicciones dejando que otros sacudan el árbol bajo el que se cobijan. Pero, y esta es la cosa, ¿qué nueces esperan del nogal europeo? ¿No habíamos quedado en que les dejaba fuera de juego?
Es una paradoja aparente. Los nacionalistas saben muy bien que las garantías constitucionales europeas dependen en realidad de la voluntad de permanencia de los Estados miembros, y ésta de sus ciudadanos. Si el Estado español decide disolverse ante la indiferencia de los ciudadanos concernidos, lo probable es que los demás Estados europeos se encojan de hombros y se limiten a evitar el contagio, admitiendo (o no, porque los trágicos errores de Yugoslavia son muy recientes) como socio de segunda ese gran parque temático descompuesto en una docena de taifas malavenidas, cainitas e insolidarias, consagradas a la apología plañidera de patéticas diferencias etnográficas. Aunque sea pésimo para el ciudadano español corriente, no es un panorama tan malo para los nacionalismos y sus socios locales, dueños y señores de sus respectivas «comunidades nacionales».
La autodisolución del Estado español dentro de la Unión Europea permitiría de facto la sustanciación de engendros como los de Ibarretxe o Carod. La idea es tan simple que puede tener éxito. Soy partidario de la Constitución europea, pienso votar a favor y espero que la mayoría haga lo mismo, pero no por la repulsiva campaña de propaganda ni porque confíe en que los demás europeos vayan a salvarnos de los bárbaros y estúpidos domésticos. Son cosa nuestra y a nosotros corresponde ponerles en su sitio, o nos dejarán sin sitio alguno que llamemos nuestro. Eso debería estar claro para todos, comenzando por los amigos socialistas (con perdón).
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 14 Enero 2005
«Si aceptas mi Plan, Eta anunciará una tregua indefinida. Si lo rechazas, se desencadenará una fuerte ofensiva terrorista». Ahí reside el doble chantaje del Ibarreche depredador ante Zapatero I, el de las mercedes. El PNV es un partido democrático que está contra la violencia. Pero, desde 1976, utiliza a Eta para obtener concesiones. Condena con palabras batracias sus asesinatos pero defiende con descaro el brazo político etarra, incluido al asilvestrado Otegui. La política áptera de ceder ante el chantaje del PNV nos ha conducido a la situación actual que es, sin dramatismos ni nerviosas intranquilidades, de extrema gravedad. Rajoy tiene razón. No exagera. No sataniza. No alarma. Denuncia la política encharcada. Dice la verdad.
El PNV, con su visita de ayer a Moncloa, recoge ya las últimas nueces. Arzallus lo entendió muy bien en su día. Alguien tenía que zarandear el árbol si los nacionalistas querían beneficiarse de los frutos. Para la estrategia del PNV, una Eta ofidia era imprescindible. Todas las concesiones que, desde la Transición, se han hecho, han conducido al Plan Ibarreche. Aquellos polvos nos han instalado en el lodo actual. Una sola concesión más y la situación se hará irreversible. El Gobierno Zapatero, aunque Carod Rovira exija lo contrario, no tiene otro camino que la aplicación estricta de la Constitución, artículo 155 incluido, si fuera necesario. En otro caso al sonriente Zapatero le corresponderá el destino histórico de haber recibido un país unido desde hace 500 años y dejarlo en unos meses troceado y convulso.
CON una provocación inadmisible, como es la de dirigirse a los periodistas en eusquera dentro del Palacio de la Moncloa, respondiendo así groseramente a la innecesaria cortesía del presidente del Gobierno, Ibarretxe dejó claro ayer dos cosas: que ignora el significado de la palabra legitimidad, pues dijo que las ideas de Zapatero son igualmente legítimas que las suyas, y que engaña y se engaña cuando dice que su plan expresa la voluntad de la sociedad vasca frente a la PP y el PSOE: Miente de forma culpable porque sólo es la mitad de la sociedad vasca la que le votó, unas 600.000 papeletas, y que esa voluntad no está legitimada democráticamente para imponerse a la de los veinte millones de votos del resto de España, aunque no lo dijera la Constitución.
Los necios llaman razonamiento a la forma de encontrar argumentos para seguir creyendo lo que creen. Necio no es un insulto: es el nombre que se debe dar al que no sabe lo que debía saber, al imprudente o falto de razón, al terco y porfiado en lo que hace o dice. Así que lo que el jefe del Gobierno vasco le «razonó» ayer al presidente del Gobierno español fue una retahíla de supuestos argumentos basados en la ilegalidad, la utopía y el victimismo. Lo que hizo fue recitar su mantra, sus palabras supuestamente sagradas que inducen al sueño autohipnótico; salmodias incomprensibles salvo para los que practican una misma comunión basada en la raza, el idioma y la posesión de un territorio; matracas insufribles, en fin, sostenidas en la retórica, el sofisma y el metalenguaje. Zapatero le ha reiterado ayer a Ibarretxe la petición de que retire su plan, su rechazo a una negociación entre Gobiernos, su propósito de impedir un referéndum ilegal, su apelación al Constitucional en el momento oportuno. Pero al lendakari le ha bastado la audiencia para lograr su objetivo: dar la impresión de que ha discutido de igual a igual.
Lo paradójico de la actual crisis es que un cambio de Constitución no supone, en sí, nada insalvablemente grave para una sociedad democrática. Y, en lo que a mí concierne, no me causaría excesiva angustia ver escindidas a las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya (Alava, es más que claro que no quiere ni oír hablar de esa historia). Si no fuera por el temor, cada vez más acentuado, a la espantosa indefensión en la que podrían verse los ciudadanos no nacionalistas de esos parajes, gustosamente votaría yo a favor de la independencia. Del «Estado asociado», no. Ni en broma. Los costes –sin duda, altos– de la segregación vizcaíno-guipuzcoana tendrían una contrapartida muy rentable: quitarnos de encima ese anacronismo cavernícola de los locos de amor por el terruño. Cosmopolita y escéptico como soy, estaría más que contento ante la hipótesis de que los enamorados de sangre, tierra y genes formen su propio mundo aparte (mejor sería planeta aparte, pero no es viable): mundo de ellos y para ellos. Lo más blindado y hermético posible, lo más impermeabilizado en sus autocráticas fronteras. ¿Asociación con eso? Ni loco.
No es grave modificar Constitución y fronteras. Ni en lo personal ni en lo jurídico. Ya recordé aquí, hace un par de semanas, la escéptica sensatez florentina de Guicciardini: todo es efímero, las naciones también. Y es verdad, como lo subrayaba el Wall Street Journal hace cuatro días, que las viejas naciones europeas también mueren. Lo grave, lo que pone en peligro a todos y cada uno de nosotros, es que un sujeto, individual o colectivo, pueda delinquir sin que nada pase. Que no haya ley que rija para todos.
Y los delitos –llamémoslos «presuntos», para no herir la cursilería dominante– se encadenan. Por parte, sí, de la Administración vasca, que, tras redactar un estatuto incompatible con la constitución vigente, ilegal pues, merced a los votos de un partido ilegal, anuncia su ilegal dictado de desobedecer las decisiones del Parlamento español. Pero también, por parte –y es más grave– de un Gobierno central que rechaza recurrir a los tribunales para aplicar la ley y admite votar en el Parlamento lo que, como ilegal, no es votable. Sin previo dictamen del Tribunal Constitucional, acerca de la legalidad o no del texto de Ibarreche, debatirlo en el pleno del Congreso viola el principio de división de poderes. Y arrastra la nulidad de cualquier cosa que se vote.
Pueden ser segregadas de la nación dos provincias. Pero eso, para ser legal, requiere un paso previo: reformar la Constitución. Conforme al procedimiento que toda Constitución prevé. También ésta. No es cosa de melodrama. Sólo, de rigor jurídico, mayoría parlamentaria y ciudadana y una cierta paciencia. No hay atajos legales. Insurreccionales, sí. Pero no salen gratis. Para nadie.
¿Es fiable Zapatero como aliado?
Para los que defendemos la unidad de la nación y la continuidad del régimen constitucional, inseparable de la continuidad de España, es relativamente reconfortante el optimismo de Mariano Rajoy tras su entrevista con Zapatero en la Moncloa. Reconfortante porque, tras el horrendo espectáculo de sumisión ante Ibarreche, todo lo que sea sensatez y seriedad nos parece bueno, y Rajoy representa esos valores. Pero es un confort muy relativo, porque si la confianza en la Izquierda nunca debe ser absoluta, confiar en Zapatero es como jugar a la lotería. O a la ruleta rusa. La deriva antinacional que ha tomado para mantenerse en el Poder acredita una amoralidad que impide cualquier confianza. El sectarismo atroz que sigue exhibiendo su Gobierno obliga a la máxima cautela. Todavía más a un político de natural cauteloso como el Presidente del PP.
No dudamos de que cuando Rajoy dice que Zapatero ha mostrado su acuerdo con las propuestas del líder de la Derecha española, no inventa nada. Tampoco dudamos de que a Zapatero le conviene mitigar su escandaloso fracaso ante Ibarreche sonriéndole al PP y diciendo que van a colaborar mucho en la defensa de la Nación y de la Constitución. El problema es que mientras sus aliados estratégicos sean Maragall y Carod y mientras su propósito en el País Vasco sea distanciarse del PP y colaborar con el PNV y su luctuosa compañía en la marginación del primer partido español, es imposible creer en la seriedad de sus promesas. Porque Zapatero es de por sí muy poco sincero y porque su escuálida y desestabilizadora mayoría se sustenta en arenas movedizas. ¿Es fiable ZP? Para el PP, evidente y lamentablemente, no.
Eso, sin olvidar la frase que, con diferentes variantes, suele atribuirse a Napoleón: cuando quiero dejar que algo se paralice, nombro una comisión.
Por Valentí PUIG ABC 14 Enero 2005
EL aire frío de La Moncloa tonifica a quien salga de un espeso encuentro con el presidente de Gobierno, después de haberle arrullado con la prosa política de un dispositivo de relojería. La bola bajó rodando y ahí paró, ante la mesa de trabajo de Rodríguez Zapatero. El presidente Truman siempre tenía una advertencia a la vista de sus visitantes: «The buck stops here». El muerto que unos y otros se habían estado pasando paraba ahí: nadie había más responsable que aquel hombre, el presidente de los Estados Unidos. Las cosas llegaban hasta allí porque él era el responsable último de encauzarlas y de perfilar una solución, de tomar las decisiones. Después de la visita del lehendakari Ibarretxe, ahora Rodríguez Zapatero es el responsable máximo al tener que solventarse uno de los más graves conflictos de España como Estado.
Un sinfín de irresponsabilidades históricas y de demagogias anacrónicas ya intrínsecamente propias del nacionalismo vasco le obligan severamente a un ejercicio de responsabilidad en cuyo desempeño no se puede ni tan siquiera descartar cierto sacrificio, la voluntad de conservar por encima del lógico deseo de permanecer. Luego vienen los historiadores y dicen lo que les da la gana. Harry Truman se hubiese llevado las manos a la cabeza de saber que una nueva biografía de su admirado Lincoln dice que era homosexual. La prueba está en que, yendo de viaje por el salvaje Oeste, Lincoln tuvo que dormir en una sola cama con alguno de sus acompañantes.
Es cierto que Truman también decía que un estadista es un político que lleva muerto unos diez o quince años, pero en alguna hora es de agradecer que el estadismo se sobreponga a los intereses de la partitocracia. Esa es la soledad del poder y de La Moncloa. Tras el burbujeo, las responsabilidades hoscas; tras el poder, el olvido, si no el desagradecimiento. Por ahí ha pasado Ibarretxe, llegado a Madrid intacto, aislado en los compartimentos estancos de un particularismo ultra que busca alterar la naturaleza civil de la sociedad vasca y abrir un gran boquete en el consenso histórico que representa la Constitución de 1978.
NADA más propio de la democracia que discutirle a Rodríguez Zapatero, desde la oposición o desde la crítica mediática, su concepción del «tempo» político que requiere enfrentarse al plan Ibarretxe para desmantelarlo. Desde luego, uno no pone un zorro -como también decía Truman- a vigilar las gallinas únicamente porque tenga ya mucha experiencia en los gallineros. De ahí tantos obstáculos a la hora de tejer un entendimiento con Rajoy. Habrá de ser con ese hilo excepcional que se usa para suturar heridas y que al cabo de un tiempo se cae por sí solo, al fijarse los puntos. También hay que reducir gas entre los apoyos parlamentarios tan pintorescos que tiene el Gobierno Zapatero. Al otro extremo del espectro, asomaría el error de buscar la complicidad en Ibarretxe para capitidisminuir al PP.
AHORA Rodríguez Zapatero no puede mirar a derecha o izquierda, ni bajo la mesa, para señalar a alguien que tenga mayor responsabilidad que él: Juan José Ibarretxe le ha dejado un muerto sobre la mesa y esa mesa y la presidencia del Gobierno no permiten traspasar el muerto a quien sea. Candor, calma, confianza, talante, espíritu de transacción: todo eso valdrá en la medida que sirva para algo. De adoptar un «tempo» u otro va todo un trayecto que puede ser políticamente mortífero. Harry Truman lo sabía: «The buck stops here». Lo demás es celofán, toreo de salón, bombonería selecta y ese brote de perejil que los nuevos cocineros andan plantando en todos sus guisos.
vpuig@abc.es
Por Carlos HERRERA ABC 14 Enero 2005
SONÓ un estruendo en la España radial. Como una saeta afilada y negra, un «no» espeso e impenetrable surgió de las entrañas de Palacio y se esparció velozmente por los puntos cardinales que arrancan de ese rompeolas de secano al que siguen llamando Madrid. No, señor lendakari, mire mi sonrisa, lea mis labios, sonría usted también, que está en España: no puede aplicar su plan, no puede convocar el referéndum, déjelo todo como está o mire usted lo que están haciendo los catalanes, que son más listos; y ahora, sabiendo eso, ¿quiere tomarse una copita?
La sensación estremecedora llegó hasta los restos de los bonsáis que cuidaba Felipe, hasta los álamos que bordean la carretera de La Coruña, hasta los pajarillos que sobrevuelan entretenidos la boca del búnker: el hombre de traje gris dijo «No». Un «no» bajito y educado, modulado desde ese talante que le hace hablar en una permanente esdrújula: «dÉbo dÉcirle clÁramente que la pÓsicion gÚbernamental es cÓntraria a la cÓnstitución y en la cÓnvivencia de los Éspañoles». Pero vamos, un «no». Dijo «no». No sería justo, por lo tanto, extender la sombra de la confusión o proyectar la deseada imagen de hombre débil, timorato, melifluo, tenue. Ayer, Rodríguez hizo lo que tenía que hacer: recibir la embestida, reconducirla, torear en redondo y darle salida a la misma. Lo debió de hacer con ese pasmo suyo, que tanto enerva a los toristas, y con esa sonrisilla que se le ha quedado en la cara desde que debutó. Pero lo hizo. Los habituales socios del inquilino del palacete monclovita lamentarán, desde hace no pocas horas, haber sido testigos de ese estremecimiento por el «no», como los álamos, como los pajarillos, como los bonsáis: los que le dan soporte a él están, en cambio, con el otro, y en esa paranoia van definiendo a diario la política española. El «no» de Rodríguez, no por esperado menos lamentado, ha abierto otras carnes sobre las que brasear determinadas impotencias: los del PP quisieran que hubiera dicho «yes», pero ha dicho «no» y eso les joroba la estrategia. Los amiguetes de Izquierda Unida titubean, como las hojas de los árboles de otoño antes de la caída final, y «matizan» su «no» cabreados por no decir «sí», que es lo que quisieran para derribar este Estado injusto lleno de Reyes y católicos. Un tal Juan Boada, portavoz de «Iniciativa per Catalunya» al que el brillante García Barbeito prefiere llamar «Juan Bobada», se ha convertido en un desamortizador renovado, en un nuevo Mendizábal, y ha exigido que las autoridades confisquen los bienes de la Iglesia y conviertan las catedrales en «centros de cultura popular». Es difícil de superar, reconozcámoslo. Decía que los diputados de IU se han reunido en el taxi que les lleva a todos al Congreso y han decidido no decidir nada y así parecer tan blandos como duros, desear que el toro coja al torero, pero que el torero corte luego dos orejas desde la enfermería. El morbo de los ocultos. El de los confusos, que tanto nos atraen a los buscadores de tesoros y de bobadas.
Ese «no» ha devuelto a los paseantes la confianza en la sobriedad castellana, en la determinación histórica. Muchos meses mareando la perdiz sólo consiguieron desanimar a los que creían que el Estado se defendía desde la firmeza, que no desde la intransigencia. O sea, que se puede decir «no» y no ser un intransigente: ¡qué me dice usted! Al señor que vivía oculto tras un bigote y que atravesaba corriendo de madrugada la espesura de los bosques que circundan el caserón del «no» le hicieron un traje de intransigencia a la medida. En realidad, sólo se adelantó a los acontecimientos, visto lo visto. Que Rodríguez sea bienvenido al club de quienes son capaces de negarles caramelos a los niños cuando se sabe que están muy altos de azúcar.
www.carlosherrera.com
Llamazares se ha desmarcado del apoyo parlamentario de Madrazo al Plan Ibarretxe pero ese desmarcamiento no es nada convincente. Hace ese tardío gesto para salvar la cara ante los electores del resto de España y los afiliados a sus siglas dada la mala situación que atraviesa en su partido. Llamazares no se desmarcó de Madrazo al verlo en Lizarra ni en el Gobierno vasco ni en los municipios en los que los nacionalistas mandan con IU y gracias a IU. Sobre todas esas infamias no ha dicho nunca una palabra Llamazares y lo que ha hecho Madrazo no es más que la consecuencia de la política indecente que lleva IU con respecto a ETA y a los nacionalismos desde Madrid. IU está con los ricos del País Vasco, con los que mandan y amenazan, con los terratenientes, con los chupones, con los chulos del pueblo, con los que viven bien y sacan pechito por la calle y se permiten además ir de rompedores y rebeldes políticos. IU está con la oligarquía nazi, corrupta y gangsteril de Arzalluz, con los mafiosos y las fuerzas vivas de cada aldea. IU adula a los señoritos del etnicismo y a los capataces de la red clientelar, a los que no les importa que la escuela pública vasca sea una fábrica de analfabetos y etarras pues ellos envían a sus hijos a colegios privados cuando no a Londres. Esa es la política social y de izquierdas que IU apoya en Euskadi: el pobre al paro, a la incultura, a la kale borroka, a ETA, a la cárcel… Pero el niñato del PNV a prepararse lejos para dirigente y padre de la patria.
Y la mierda de IU no se detiene en Madrazo sino que afecta a toda España. Sigan ustedes la pista allí donde se celebra una conferencia de Ibarretxe o un concierto de Muguruza. Darán infaliblemente con un decano, un rector, un edil, un idiota de IU que es el que hace posible el milagro. La experiencia me ha demostrado que aquí no hay puntada sin hilo. Si se contrata en un pueblo de Toledo a los músicos que insultan a las víctimas del terrorismo es porque hay un concejal de IU detrás de ello. IU es el apoyo político-logístico que el nacionalismo totalitario hoy tiene allí adonde no puede llegar, o sea en toda España. Los comunistas que había en la República desestabilizaban la vida política por una consigna de Moscú y con el objetivo de traer el estalinismo a España, pero IU hoy desestabiliza la vida política española en nombre de nada y para nada, por simple, pura y desinteresada estupidez. ¿Qué logra IU con apoyar el Plan Ibarretxe y antes el Pacto de Lizarra? ¿Qué logra apoyando al tripartito del período más negro del País Vasco? ¿Qué logra con darle al PNV los concejales que necesita para gobernar el Ayuntamiento de Bilbao y con avalar todo veto nacionalista a cualquier reconocimiento a las víctimas de ETA? No logra nada que no pudiera lograr siendo coherente con las ideas y valores de la izquierda. Por eso, porque lo hace por estupidez, España no debe dejar que le salga gratis ese incomprensible desprecio a los alienados, los humillados y los amenazados de Euskadi.
Por Jaime CAMPMANY ABC 14 Enero 2005
EL lendakari Ibarreche ha venido a La Moncloa pertrechado con el apoyo de la deslegalizada Batasuna, ofrecido en una larga conversación por el terrorista Arnaldo Otegui, y una oferta-chantaje de tregua ofrecida por la banda etarra. El presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, le ha recibido con su habitual y ya famosa sonrisa helada en sus labios, quizá como una confirmación de la respuesta negativa a la petición de Ibarreche.
Lo que el vasco pretendía es cosa que todos saben, y lo que Zapatero iba a responder es cosa que todos conocen. Entonces, ¿de qué hablan? Porque hace exactamente tres horas y media que comenzó esa entrevista y aún no han terminado de parlamentar los dos sujetos políticos. No parece sino que estuviésemos en Bizancio. Cuenta la Historia que mientras los turcos escalaban los muros de Constantinopla, en la ciudad discutían vehementemente los teólogos y filósofos sobre el sexo de los ángeles. No parece que el sexo de los ángeles sea un argumento que apasione a este filósofo del talante y este teólogo de la autodeterminación.
Juan María Atucha, presidente del Parlamento vasco, entrega hoy en el Congreso de los Diputados el «plan Ibarreche» para que se debata en la institución que representa la soberanía indivisible del pueblo español, esa soberanía que los autores y patrocinadores del plan no reconocen. Podría parecer que todo este paripé que se traen gobernantes vascos y gobernantes de España sea una manera espectacular de perder el tiempo. Pues no, señor. Pasan las horas, pasan los días, pasan las semanas, pasan los meses y Zapatero sigue en La Moncloa, que es de lo que se trata. Y por otro lado, nadie podrá negar a Zapatero sus esfuerzos por hallar una fórmula que termine con el conflicto entre el País Vasco y España. Es el «Gobierno de Madrid» quien no quiere la negociación ni el diálogo para llevar la paz a Euskadi y acabar de una vez con el terrorismo. Ya saben ustedes que siempre que el nacionalismo habla de acabar con el terrorismo es siempre a base de ceder lo que el terrorismo y sus beneficiados exigen. Satisfechas las exigencias, se acabó el conflicto. Total, que a lo que nosotros puede parecernos tiempo perdido es en realidad tiempo ganado.
Llegado a este punto, miro el reloj. Faltan diez minutos para que este diálogo con un final anunciado cumpla las cuatro horas de desarrollo. Yo estoy a punto de pensar que el lendakari y el presidente del Gobierno español se han puesto de acuerdo para echar una siestecita y así dar la impresión de que han pensado largamente las dos palabras sustantivas del diálogo: «¿Qué?» «¿Que no?» Me rindo. Para conocer lo que ya sabemos todos, me parece una espera demasiado dilatada. Y si hay alguna novedad, mañana será otro día. Al fin y al cabo, con este desafío del «plan Ibarreche» tendremos para rato. Lleva años esperando que llegue a La Moncloa alguien como Zapatero, que le da cuerda en vez de enviarlo a donde se debe enviar un documento que viola la Constitución: al Tribunal Constitucional. Pero Zapatero está dándole hilo a la birlocha.
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 14 Enero 2005
NO es por buscar el lado negro de las cosas, que tampoco sería tarea ociosa y estéril en el análisis de la realidad; pero conviene una cierta y mínima proporción entre la sustancia y sus formas o, mejor, entre las ideas y su expresión litúrgica. El que, por ejemplo, Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, reciba hoy con pompa, ceremonia y vociferado preaviso a su homólogo, de rango menor, en el Parlamento Vasco, Juan María Atutxa, es algo claramente desproporcionado y sintomático de lo que el talante de José Luis Rodríguez Zapatero conlleva, envuelto en el excipiente de los buenos modos, de principio activo de debilidad y flaqueza. El Parlamento español no es, en ningún caso, «equivalente» al vasco. Las dimensiones son distintas.
Atutxa viaja de Vitoria a Madrid como una pieza más -simbólica y propagandística- del plan Ibarretxe, para presentar su esqueleto por si procediera su estudio y revisión en la Carrera de San Jerónimo y eso, protocolaria y funcionalmente, se hace en la oficina del registro en la que su funcionario responsable, tan digno como innominado, recibe los papeles, da razón de su entrega y devuelve sellada, como mejor comprobación, la copia oportuna. Ampliar la ceremonia de algo tan elemental es, en la más favorable de las contemplaciones, un alarde de cortesía para con Atutxa y, aun siendo lo cortés conveniente y hasta exigible, parece éste un caso de notable sobredosis.
Podría parecer una frivolidad centrar la atención, como hoy pretendo, en este trámite que no debe de ser tan menor, ni para lo que Marín representa o Atutxa simboliza, si ha sido materia de una sutil y larga negociación, varios repasos protocolarios y hasta notas y programas anticipadores que, por su insistencia, elevan el rango ceremonial. Peor hubiera sido que el lehendakari le entregara en mano los papeles de su plan a Zapatero, como quien le encarga un recado a un amiguete; pero, en lo que hay, el papelón que hoy le toca interpretar al socialista Marín es todo un síntoma de los muchos que arrastra el Gobierno en la gran limitación y mucho desconcierto que, fruto de su debilidad parlamentaria, le generan sus amigos del tripartito catalán y otros apoyos más o menos confesados y eficaces.
Lo que el exceso protocolario evidencia es lo mismo que se esconde en el fondo político del problema. Zapatero, que teóricamente podría escoger y en puridad debiera optar por el Tribunal Constitucional como estación de destino del disparatado e ilegal plan Ibarretxe, tiene que renunciar a esa vía y correr el riesgo de un debate en el Congreso que, yendo bien, abrirá en toda la sociedad española heridas e indignaciones. Su compromiso con el Estatut que elabora el Parlament, que es el compromiso que sostiene a Pasqual Maragall con quienes le enmiendan la minoría electoral, le obliga a tratar las churras como si fueran merinas. Cosas de mal pastor.
LA visita de Juan José Ibarretxe a La Moncloa se saldó, como estaba previsto, con la intransigencia del lendakari y con la firmeza negativa de Rodríguez Zapatero, matizada por su estilo de cortesía y su propósito de no ofrecer aristas de abierta confrontación al nacionalismo. La intervención posterior del jefe del Gobierno vasco demuestra, tanto en las formas como en el fondo, que vino a Madrid a hablar y a plantear, sin ningún recorte dialéctico, el mantenimiento de su plan. Tras la reunión quedó claro, por si alguien tenía duda, cuáles son las intenciones y los proyectos del nacionalismo. Ya se sabía que el presidente del Gobierno iba a rechazar el plan, pero acertaba Ibarretxe cuando declaró que su propuesta de libre asociación no es el problema. Efectivamente, tiene razón: el problema es la estrategia nacionalista que arrancó en 1998 y que continuará después de que el Congreso rechace la propuesta del Parlamento vasco. La declaración de la vicepresidenta De la Vega no aportó demasiada luz sobre la disposición del Ejecutivo ante esa estrategia futura, ni siquiera precisó, a pesar de ser preguntada, qué hará si el Gobierno de Vitoria convoca finalmente la consulta popular. Cabe esperar que a lo largo de esas cuatro horas Zapatero le explicara a Ibarretxe cuáles son los instrumentos con los que cuenta el Estado para hacer frente a sus propósitos. Pese a que los hermeneutas del nacionalismo pronosticaban un freno de Ibarretxe ante el vértigo de la confrontación, el lendakari fue otra vez explícito al confirmar que «dará la palabra al pueblo» si no hay negociación. El escenario que se debe afrontar, y que es el que realmente compromete al Gobierno, se abrirá cuando el nacionalismo vasco ponga nuevamente a prueba a las instituciones del Estado con la convocatoria de la consulta popular.
EL claro «no» del presidente del Gobierno a la propuesta soberanista estuvo acompañado con la indicación de Zapatero de que si elige el camino del consenso y de la ley, contará con su colaboración. Hizo bien en rechazar el plan, pero quizás perdió la ocasión de ser más claro y de eliminar toda duda sobre cómo será el futuro a corto plazo. Las instituciones en un Estado de Derecho deben ofrecer certidumbres, dar seguridad a los ciudadanos en aquellas encrucijadas en las que el Estado debe imponerse sin reservas.
La encrucijada más grave no será la votación sobre el plan Ibarretxe en el Congreso, sino el día después, cuando el nacionalismo apele «a la palabra de los vascos», como ayer anunció el lendakari. No es suficiente insistir en la obviedad de que el plan es ilegal. Ante todo es preciso que el Estado transmita autoridad y confianza a los ciudadanos. El problema seguirá siendo el nacionalismo desleal e insolidario, no un documento u otro. Pensar lo contrario es hacer el juego a los nacionalistas, cuyo empeño constante es sobreponer la falta de soberanía a la falta de libertad. Por eso, ETA no existió ayer. El lendakari se olvidó de la banda terrorista, aunque la tregua planee sobre la estrategia nacionalista, y sólo condicionó el bienestar de los vascos a un mayor autogobierno. Otra vez, el conflicto no es ETA ni su terrorismo, sino la incomprensión de España hacia el País Vasco, que arranca desde 1839, según dijo el lendakari, repitiendo la misma frase que pronunció cuando visitó a Aznar por última vez. Entrar en el juego de que hay que buscar consensos para cambiar el régimen político actual en el País Vasco puede tener efectos negativos como que sea aprovechado por los doctrinarios del nacionalismo, tanto el gobernante como el terrorista, que argüirán que los vascos sufren no porque la mitad de ellos son víctimas potenciales y reales de ETA, sino porque les falta un poco o mucho de autogobierno.
SI el Gobierno de Zapatero ha dado a entender que este plan de Ibarretxe no sirve, pero otro puede que sí, podría producirse un retroceso del constitucionalismo en el País Vasco. El jefe del Ejecutivo no puede caer en la tentación de la suficiencia aunque tenga todo el derecho a diseñar su propia estrategia política. Será él, a la postre, el encargado de dar respuesta al desafío secesionista, pero no debería nunca olvidar que ante la gravedad del órdago y sus previsibles consecuencias en la solidez del Estado de Derecho ha de contar con el Partido Popular. Por eso la reunión verdaderamente importante no es la mantenida ayer con Ibarretxe, sino la que hoy mantendrá con Rajoy.
Las prioridades del Estado no pueden venir dadas por la estrategia del partido gobernante. No se trata de que Ibarretxe deje su plan para hacer una variable que se acomode a los equilibrios del PSOE con las fuerzas nacionalistas, sino de exigir al nacionalismo que, sin condiciones, contribuya a la derrota incondicional de ETA, sin transacciones políticas con sus testaferros parlamentarios. El único proceso que hay que exigir al nacionalismo es el de la paz, que no se logrará con sucedáneos soberanistas.
Ibarretxe ha dejado claro su mensaje. El Gobierno, no tanto, pues debió ser aún más preciso ante los diferentes escenarios. Además Zapatero se queda con el aviso de que el nacionalismo explotará el agravio victimista otra vez, pero no con cargo a los españoles en su conjunto, como era habitual, sino a los catalanes. Por dos veces recordó el lendakari que el acuerdo del tripartito presidido por Maragall contempla la convocatoria de una consulta si la reforma del Estatuto catalán es rechazada o no progresa. Y también recordó el compromiso del jefe del Ejecutivo de aceptar la reforma estatutaria tal y como fuera aprobada por el Parlamento de Cataluña. Estas palabras, a diferencia de los silencios, pueden esclavizar a Zapatero y a su Gobierno cuando tengan que asumir la responsabilidad de unas decisiones que o se ejercen o se pierden, pero, cuando llega el momento de aplicarlas, no se reservan. El nacionalismo ha llegado hasta donde se le ha dejado, y llegará mucho más allá si sólo se le oponen clases teóricas de derecho constitucional y buen gobierno.
El inagotable asunto del Plan Ibarretxe ha conocido su enésima reedición o actualización con motivo de la entrevista celebrada por Zapatero y el lehendakari en el palacio de la Moncloa. Los datos esenciales están ya a la vista, pero tal vez lo más interesante, fuera de la reiteración de las posiciones respectivas, es la progresiva aclaración del significado del artículo 155 de la Constitución, interpretado comúnmente como la suspensión posible de la autonomía vasca en caso de convocatoria de un referéndum ilegal sobre el citado proyecto. Zapatero ha hecho trascender su opinión sobre el alcance de la norma constitucional, que “no tiene por qué consistir en la suspensión de la autonomía vasca”. Parece oportuno recordar la literalidad de dicho precepto, que reza así: “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la Comunidad Autónoma, y en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general”. Éste es el contenido del punto primero del artículo. El segundo añade: “Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas”.
Hay un cierto clamor, que Zapatero no comparte en absoluto, a favor de que el artículo 155 se aplique. En Sigüenza, donde se ha reunido con la cúpula del PP, Rajoy habrá tenido oportunidad de meditar sobre este tema. En declaraciones a la emisora Antena 3, el jefe de la oposición mayoritaria ha hecho saber que si él fuera presidente del Gobierno “impediría por todos los medios legales que ese referéndum ilegal se celebrase”. Y cuando le han preguntado cuáles serían esos medios, respondió que “todos los legales, empezando por el requerimiento al presidente de esa Autonomía para que cumpla la ley”. O sea, exactamente el enunciado más general del artículo 155, en el sentido de “las medidas necesarías”, pero sin concretar cuáles porque se refiere a “todas”. Lo que ZP ha repudiado hasta ahora es la comparación entre la aplicación drástica del artículo 155 y lo que hizo el Gobierno de la República con la autonomía catalana en 1934. En este sentido, el pasado 8 de enero manifestó que “el recordatorio que ha hecho el señor Fraga, quizá, por el año en que lo ha situado, el 34, sea muy ilustrativa y sea una luz de por dónde no creo que deban ir las cosas. No me parece brillante el ejemplo de invocar 1934”.
Parece claro que Zapatero cita o recuerda el año 1934 como el preludio de la guerra civil española, lo cual indica el grado de alarma que le empieza a producir la polémica sobre el Plan Ibarretxe y sus consecuencias legales y punitivas más extremas. El presidente del Gobierno ha preferido recordar “la tradición histórica democrática del PNV”, que se puso en 1936 al lado de los leales a la República frente a la rebelión militar de Franco. Por supuesto que eran otros tiempos y otras las circunstancias, entre ellas el hecho de que el lehendakari era el siempre respetado y moderado José Antonio Aguirre.
Ibarretxe, en La Moncloa
El presidente del Gobierno ha recibido a Juan José Ibarretxe en La Moncloa para hablar del plan bendecido por los terroristas, a pesar de que las pistolas humean, esta vez, encima de la mesa. Ni Adolfo Suárez, ni Leopoldo Calvo Sotelo, ni Felipe González ni, por supuesto, José María Aznar hubieran cometido tal acto contra el pueblo español.
El lehendakari escenifica así su afrenta secesionista con una farsa cuyo primer acto se desarrolló en el Parlamento vasco siguiendo instrucciones del jefe de la ETA, Josu Ternera, y tiene su momento estelar en La Moncloa, con un presidente del Gobierno socio de quienes apoyan sin fisuras al lehendakari de ETA.
A pesar de tantos años de información manipulada e interesada para convertir a Ibarretxe en la cara amable del nacionalismo, al Partido Socialista en la solución del diálogo y el talante y, por ende, al Partido Popular en la bestia negra de la democracia, la realidad es bien distinta. Juan José Ibarretxe fue investido lehendakari el 30 de diciembre de 1998 con los votos de Herri Batasuna para “preservar el tesoro de la unidad abertzale”, según declaró entonces el propio Arnaldo Otegui. Y vive el cielo que lo ha preservado y hasta encumbrado a La Moncloa. Es por tanto el lehendakari de ETA, y ZP su colaborador necesario. El PP, tras la sacudida que le viene en esta legislatura, está por ver en lo que se queda.
La primera legislatura del lehendakari de ETA, el bienio negro –bautizado así por el defenestrado líder socialista Nicolás Redondo Terreros–, constituyó la primera parte del viaje conjunto del nacionalterrorismo, a la que puso fin la ruptura de la tregua por parte de la banda asesina. La ruptura concluyó con el abandono del comando terrorista en el Parlamento, dejando al lehendakari en precaria minoría.
El resultado fue que el Gobierno de Ibarretxe acumuló medio centenar de derrotas parlamentarias. Y aprendió la lección. Pese a las discrepancias internas del nacionalterrorismo entre Ibarretxe y ETA, la banda proclamó su victoria. “Si el Estatuto de la Moncloa (el de Guernica) está muerto, es gracias al trabajo de la izquierda abertzale”, aseguró en su Zutabe número 98. Y sentenció: mientras los nacionalistas del PNV tratan de vender la moto (sic) de que con su pan van a acabar con el terrorismo, nosotros seguiremos matando. Tal y como ocurrió.
La segunda legislatura del presunto presidente de todos los vascos ha producido la conjunción definitiva del nacionalismo gobernante y su ejército en la sombra durante 40 años. Concluye ahora con el asalto final a la unidad de España de la mano de Josu Ternera y Arnaldo Otegui, los verdaderos mentores de Ibarretxe, alias “el dialogante”.
Cada paso de Juan José Ibarretxe es una victoria del terrorismo. Junto al presidente del presunto Parlamento de todos los vascos que acude a la institución de la soberanía nacional, ambos se mofan de ella y declaran por anticipado que harán lo que ETA quiere que hagan, digan lo que digan las leyes y el Estado de Derecho.
Lo peor de esta farsa es que tiene un artista invitado, ZP, encantado de haber conseguido el papel de estrella. Y lo más grave de todo es que cada paso que avanzan los farsantes nacionalterroristas es una grave humillación a las víctimas y una mofa del millar de muertos y los miles de mutilados que han quedado en el camino. Y de los que están por caer. Porque la pólvora, esta vez, humea encima de la mesa.
El presidente Zapatero amigo de los gestos a la hora de hacer política, se ha visto atrapado por su propia estrategia. Alguien como él que centra toda su atención en las formas ha caído en sus artimañas.
Tanto talante, tanta sonrisa y tanto golpe de efecto al final pasa factura. Zapatero ha recibido a Ibarretxe con un protocolo medido pero acogedor. El presidente del Gobierno ha atendido al Jefe del Ejecutivo vasco sin entusiamos -¡faltaría más!- pero sin ninguna frialdad. Conversación fluida, largo apretón de manos y sonrisa reprimida de Zapatero. Dos enormes banderas española y vasca de iguales dimensiones.
Con esa llegada han comenzado las tres horas y media de reunión. ¿Para qué? Para nada. Ibarretxe ha mantenido punto por punto su plan independentista. Zapatero ha escuchado y ha dicho no. En el primer caso era previsible; en el segundo, el problema no está en la respuesta negativa. El problema está en la reacción débil y desdibujada ofrecida por Zapatero a la hora de responder, pero especialmente a la hora de abordar la propuesta del Lehendakari. Del presidente del Gobierno todavía –quince días después– no hemos escuchado una declaración institucional. Y eso es muy preocupante.
Al abrir las puertas de La Moncloa al Plan Ibarretxe, muchos españoles nos hemos sentido insultados por la actitud del presidente del Gobierno. Zapatero ha abierto La Moncloa a un Plan que quiere romper la estabilidad institucional y constitucional; Zapatero ha abierto La Moncloa a un político –Ibarretxe– que se chotea de las Instituciones españolas; Zapatero ha abierto las puertas de La Moncloa a un texto apoyado por los terroristas batasunos. El presidente del Gobierno español ha dicho no -¡de acuerdo!- pero se espera más cuando alguien le propone negociar la ruptura de España.
Por su parte, las palabras de Ibarretxe son simplemente la constatación de las intenciones de dinamitar la estabilidad del Estado. Este hombre visionario en sus ideas y necesitado de los terroristas en el Parlamento ha dejado claro que no sabe lo que es dialogar. Pide hablar, pero sin ceder. Pura demagogia.
Por cierto –paradojas de la política– Ibarretxe, el mismo que amenaza con las tortas, nos pide educación a los ciudadanos. Oír para creer.
Demasiadas horas, muchas más de las que cabía esperar, fueron las que invirtió Zapatero en explicarle a Ibarretxe una idea tan simple como que su plan no admite negociación alguna y que, por lo tanto, será rechazado en las Cortes. Pero es que ya la entrevista empezó apartándose del guión previsto, ya que el presidente del Gobierno cumplió a medias su promesa de explicarle al lehendakari con una sonrisa que su proyecto secesionista no tiene cabida en la Constitución, ya que el jefe del Ejecutivo recibió al mandatario vasco con un semblante más serio de lo que en él es habitual. La gravedad del asunto que iban a tratar merecía un rostro severo, ya que se trata del mayor compromiso en el que se ha visto sumida la democracia española. El plan Ibarretxe, por su carácter secesionista, era ya de por sí intolerable, pero desde que los proetarras se han convertido en sus padrinos -a través de su apoyo en el Parlamento de Vitoria, correspondido con el deferente trato que el lehendakari dispensó el miércoles a Otegi- no admite la mínima discusión. Los socialistas y los populares tienen que olvidar su disputa en torno a si se debe tramitar o no en el Parlamento el texto; es preciso que refuercen su unidad de acción, ya que ambos partidos están de acuerdo en que no cabe ninguna negociación. Zapatero se mostró ayer firme en ese sentido, sentando las bases de lo que ha de ser en los próximos meses la política nacional, porque la unidad de España es una cuestión de Estado que exige una firmeza inquebrantable.
El presidente Zapatero ha dicho en alguna ocasión que él nunca ha protagonizado acuerdos con el PNV. Quería decir que todos sus predecesores en el cargo, en su partido y en el Gobierno, tienen alguna foto y escena, a lo largo de su vida política, sonriendo y firmando con algún líder peneuvista. Puede que el dato no tenga relevancia, que si no ha firmado ningún pacto es porque no hubo ni ocasión ni tuvo necesidad, pero es un hecho. Y a ese mismo señor apellidado Zapatero le toca ahora jugar una mano decisiva con unos nacionalistas a los que ve de lejos.
Los socialistas y los peneuvista han estado cercanos, han sido primos hermanos; solían decir que juntos estuvieron durante el franquismo, conocieron el exilio y predicaron la democracia. Es cierto, aunque hay matices. También es cierto que en esa larga amistad el papel de primos, (en la acepción de incauto) lo han jugado los socialistas. Aceptaron que Rubial fuera un presidente vasco descafeinado y luego cedieron el sillón de lehendakari a un militante del PNV, con todo lo que implicaba de confundir partido, gobierno, patria soñada, nación imaginada; la bandera del partido convertida en bandera nacional. Y la historia acabó mal. Ramón Jáuregui, uno de los líderes socialistas que conocen las entretelas del caso, reconoce sin reserva, en público y en privado, que se siente engañado, que le tomaron el pelo; no se ha dicho alguna vez que se sintió traicionado, pero se le entiende algo parecido.
Con esos antecedentes, la actitud de Zapatero frente a Ibarretxe y demás cofrades tiene que ser cauta y muy recelosa, distante y poco propicia. Quienes apuestan por un entendimiento inmediato entre socialistas y PNV puede que vayan más lejos de lo razonable o que operen con impresiones y datos que están superados. Entre los socialistas, quienes aún mantienen hilos de confianza con los nacionalistas vascos son minoría y los que han levantado muros de recelo efectivo e incluso alergia y rechazo crecen por semanas.
La división, la ruptura de la sociedad vasca es probablemente irreversible para muchos años. El nacionalismo más cerrado, pero en una sociedad fragmentada y amedrentada. El debate político, social, familiar vasco es arriscado, duro, insoportable, lleno de silencios y vacíos, no pueden creer lo que les pasa. Además sienten que la excusa del victimismo, la eterna coartada de culpar a los otros, puede quedarse insuficiente. La historia les dice que su tesón ancestral logra vencer la resistencia de los del sur, que al final los castellanos, los españoles, se allanan y otorgan. Pero, ¿y si no ocurre ahora?, ¿y si resulta que estos del sur se ponen tan amables como firmes y dicen NO, hasta aquí llegó la riada?
A Zapatero de ha tocado esta singular hora histórica de desbordar la Constitución o fijarla para otra generación. Tiene razón Mayor Oreja cuando dice que la transición no se repite, que no hay otra transición pendiente, que ya se hizo. Y tiene sentido que la Constitución que abrió los procesos autonómicos y los estatutos no puede quedar consumida y desbordada por esos estatutos que son menores.
Los socialistas y los peneuvistas estuvieron juntos como primos bien avenidos. Hoy no lo están y tiene difícil retorno a aquel idilio; se sabe cómo las gastan. Otra cuestión es que acierten o yerren a la hora de establecer y ordenar objetivos y prioridades.
FG.urbaneja@terra.es
Todos somos esclavos de la ley, decía Cicerón, para poder ser libres. Por desgracia, la sentencia de Cicerón, en España, no podemos aplicarla a los nacionalistas vascos. Esta gente no sólo no se ha sometido a la ley, sino que su primera pretensión es matarla. Su comportamiento es salvaje. Sin embargo, lo extraño, lo realmente alarmante, es que esta obviedad no ha sido corregida por el famoso “Estado de Derecho”. Más aún, ha sido ocultada por los partidos políticos nacionales desde 1978 hasta hoy.
Todos los partidos políticos, excepto el PP durante la segunda etapa del Gobierno de Aznar, jugaron al idealismo embaucador y perverso del “como si”. Pensemos y actuemos “como si” los nacionalistas respetasen España y el Estado de Derecho. Naturalmente, de paso, intentamos sacar votos de esta indigna colaboración. Nunca se ha querido reconocer que el nacionalista se define formal y materialmente matando a España, a la Nación, que le da vida. Parecía que a los partidos políticos nacionales les faltase coraje moral suficiente para combatir el comportamiento criminal de los nacionalistas.
Por todo eso, actuar y relacionarse con los nacionalistas de acuerdo a un programa idealista ha sido un suicidio lento pero seguro para España. El idealismo con los nacionalistas es un veneno, un sin-sentido, que no sólo nos conduce a la mentira en términos argumentativos, sino al abismo oscuro y viscoso de unas elites políticas que parecen están al margen de la historia y de los ciudadanos que pretenden representar. No me importa ahora analizar el miedo, la cobardía, la estulticia y otros tantos motivos de ese jaez, que han llevado a los políticos profesionales a la ocultación del problema, cuando no a su colaboración, sino levantar acta de la perplejidad que ha producido siempre esta tropelía en los ciudadanos españoles.
Si todo se sabe, preguntan estupefactos los ciudadanos, ¿por qué los políticos no aplican contra el nacionalismo el Estado de Derecho?... Lo cierto es que el nacionalismo persiste en matar la Ley, en aprobar ilegalmente y con todo tipos de trampas un plan para separarse de España, y Rodríguez Zapatero, en una actitud que recoge y amplía todas las miserias de los políticos profesionales de los últimos 25 años, recibe a un “presunto delincuente” con el ánimo de que la ciudadanía siga peor que perpleja, estupefacta e inmovilizada, ante la desfachatez del presidente del Gobierno. España puede desaparecer, parece balbucearnos Zapatero, pero nos protege la Ley. Falso, protege a quien no la respeta, ampara a quien no la cumple. La Ley, según Zapatero, es un veneno para quien la respeta.
Por fortuna, ha tenido que ser el Foro de Ermua, una asociación cívica ejemplar, quien haya venido a decirle Zapatero, y de paso darle ánimos a los españoles: cuidado, presidente, con el recibimiento a Ibarretxe. Ojo, señor, está usted recibiendo a un presunto delincuente. Ojo, señor, que podría usted verse envuelto en un problema. Cuide, pues, sus relaciones con alguien que puede ser juzgado por “haber conspirado para cometer rebelión”. Éste es, precisamente, el delito del que la genial, inteligente y de un coraje civil envidiable iniciativa del Foro de Ermua acusa al lehendakari, Ibarretxe, en una querella que presentará contra él y quienes han colaborado o estimulado un programa secesionista y conspirativo contra el Estado de Derecho del Gobierno vasco. La legalidad de un Estado de Derecho ya no debería amparar por “motivos” electoralistas o personales la ilegalidad nacionalista.
El Foro de Ermua no sólo manda un recado, un aviso ciudadano, a Zapatero para decirle que se deje de zarandajas idealistas y respete las exigencias ciudadanas, sino que también le recuerda al presidente que su Gobierno corre el gravísimo peligro de no someterse al dictum de Cicerón, o sea, de situarse al margen de la Ley. Pues eso, exactamente, parecía la entrevista de este jueves entre Zapatero e Ibarretxe: “Una negociación fuera de la Ley”.
Lo que sucedió ayer se puede resumir en muy pocas palabras: Zapatero dejó claro a Ibarretxe que no va a negociar su plan soberanista, mientras que el lehendakari anunció que seguirá adelante al margen de lo que decida el Parlamento de la nación.
El encuentro entre los dos presidentes había suscitado una enorme expectación pero sólo sirvió para perfilar nítidamente dos posiciones absolutamente enfrentadas: Zapatero se comprometió a que, mientras él sea jefe de Gobierno, «jamás se aprobará ni aplicará» el plan soberanista; e Ibarrretxe aseguró que, mientras él sea lehendakari, la voluntad de los vascos no podrá ser sustituida por la voluntad del Parlamento español.
Es evidente que las dos alternativas son incompatibles, por lo que sólo uno de estos dos gobernantes podrá estar a la altura de sus promesas. El que pierda habrá arruinado su carrera política.
El que gane podrá capitalizar el éxito. Pero lo que hay en juego es mucho más que el triunfo o la derrota de una opción personal política o ideológica. Se está dilucidando el modelo de Estado, las libertades y el bienestar de todos los españoles. Por ello, no podemos ni queremos creer otra cosa sino que esta batalla la va a ganar Zapatero con el apoyo del PP y de otras fuerzas democráticas.
Por eso, resulta tan preocupante que Ibarretxe encontrara ayer en La Moncloa la plataforma soñada para manipular a la opinión pública vasca con un catálogo de cínicas falsificaciones de la realidad, envueltas en un lenguaje melifluamente tartufesco.Si Zapatero aspira a ganar la partida de las elecciones vascas, ayer se marcó un gol en propia meta.
Ello pone en evidencia los errores tácticos del presidente, convencido hasta ayer de que la mano izquierda, el diálogo y el talante podrían hacer recapacitar a los nacionalistas. Hoy ya sabe que esa actitud no sirve para nada.
El presidente ha cometido tres errores muy importantes desde el pasado 30 de diciembre, fecha en la que el Parlamento vasco aprobó el plan secesionista. En primer lugar, no haber presentado ya el recurso de inconstitucionalidad, lo cual era perfectamente posible al ser una resolución con efectos jurídicos. En segundo lugar, no haber sido capaz de articular una estrategia conjunta con el PP para responder a la magnitud del desafío. Y, en tercer lugar, no haber preparado ayer una mejor respuesta del Gobierno a los planteamientos -altamente ofensivos para la mayoría de los españoles- que el lehendakari hizo a la puerta de su casa, que es la de todos.
Mezcla de fanático y farsante, Ibarretxe acertó a transmitir una imagen de falsa moderación ante su clientela nacionalista, mientras que María Teresa Fernández de la Vega le daba una réplica firme en el fondo pero llena de titubeos y dudas en la forma.Si quería fingir menosprecio ante el inquietante mensaje de Ibarretxe, Zapatero podría haber delegado en una persona de menos nivel para responderle. Pero se equivocó al encargar el papel a la vicepresidenta, que pareció amedrentada y vacilante ante la trascendencia de la ocasión.
El preludio del desencuentro que tuvo lugar en Moncloa fue la fría recepción de Zapatero a Ibarretxe, al que esta vez no sonrió ni trató de cautivar con el talante. En esto sí acertó. Pero la gravedad de los argumentos tan moralmente humillantes como intelectualmente inconsistentes requerían luego una respuesta más rica, articulada y contundente.
Ibarretxe afirmó ayer que «los vascos y las vascas» tienen derecho a autodeterminarse al margen de la legalidad vigente y de la Constitución aprobada por todos los españoles. Pero soslayó que igualmente tiene derecho Alava a decidir su futuro o la ciudad de Barakaldo -o la manzana de una barriada- a quedarse al margen del proyecto soberanista si así lo quieren sus habitantes. Ibarretxe se arrogó el derecho a decidir quién, cuándo y cómo debe encauzar el ejercicio de esa supuesta soberanía mediante su prometida consulta sin base legal alguna.
Con la lógica de un tahúr, el lehendakari contrapuso la voluntad de «la inmensa mayoría» de la sociedad vasca a lo que decidan unilateralmente PSOE y PP cuando en realidad lo que está enfrentado es un plan impulsado por los partidos nacionalistas -incluida la ilegal y terrorista Batasuna- frente a la soberanía del conjunto de la nación.
Su cinismo llegó a la infamia cuando habló del «crispado debate» con que ha sido acogido su plan frente a la pretendida «tranquilidad» de la sociedad vasca. Los casi 1.000 asesinatos de ETA y la eliminación de oponentes políticos directos suyos como Ordóñez y Buesa le deben parecer a Ibarretxe un elemento más del idílico paisaje que dibujó.
No hizo ni una sola mención a ETA ni a sus víctimas, ni al chantaje de la izquierda radical a la población no nacionalista ni a la falta de libertades básicas que existe en el País Vasco.
Remontó la legimitidad del nacionalismo vasco a la sucesión de Fernando VII y las guerras carlistas, lo que hurta cualquier comentario sobre la consistencia intelectual de este personaje, que fundamenta los derechos históricos de los vascos en una revuelta ultramontana y vinculada a la monarquía absoluta.
Y para rematar el fraude, afirmó de forma solemne que Batasuna se había alineado con el PP y el PSOE en la Cámara de Vitoria en numerosas ocasiones. Sólo omitió mencionar que Batasuna es ilegal gracias a la ley impulsada por ambos partidos, mientras que el PNV ha desobedecido al Supremo y ha protegido de forma descarada a la formación de Otegi.
El odioso desafío de Ibarretxe hace urgente y necesario un acuerdo entre PSOE y PP, que debería gestarse en el encuentro de hoy entre Zapatero y Rajoy. Este habló ayer de «un pacto generoso» para que el Gobierno pueda dar una respuesta adecuada al plan soberanista. La gran mayoría de los ciudadanos esperan este entendimiento por encima de las legítimas diferencias políticas, que deben ser puestas en segundo plano ante la dimensión del reto.
Por Federico Jiménez Losantos El Mundo 14 Enero 2005
Quizás lo peor del montaje teatral de Zapatero con Ibarretxe, humillante en sí mismo y lesivo para la poca legalidad que va quedando, es que le sirve para vender mejor en España la mercancía de Maragall, que en lo sustancial es la misma: adiós a la nación española como sujeto político, adiós a la Constitución, adiós a la igualdad de los ciudadanos ante la ley, adiós, en fin, a la unión multisecular de unas partes que se han desentendido absolutamente del todo.
Ibarretxe es malo para Zapatero en la medida en que permite convertir a ’Roviretxe’ en bueno y al plan michelín o Guevara-López en buenísimo.
Pero lo cierto es que el concepto de «comunidad nacional» que plantea el PSE como alternativa al plan de PNV-EA-IU y ETA es de Maragall. Y que si el plan de reforma del Estatuto de Cataluña se plantea de forma distinta no es porque busque algo sustancialmente diferente, sino porque dispone de una mayoría nacionalista más amplia en su Parlamento.Eso, si el PNV y sus ex michelines, hoy al frente del PSE, no negocian una mayoría similar marginando al PP y a todos los ciudadanos que en una y otra comunidad no querrían romper con España, aunque por lealtad tribal, partidista o simple comodidad se vean inexorablemente embarcados en este naufragio.
Suele decirse que hay una diferencia esencial entre el separatismo catalán y el vasco, que es el terrorismo.
Pero eso es cierto sólo en parte. Y hoy es menos cierto que nunca. Pujol sólo se animó a disolver Terra Lliure para los Juegos Olímpicos del 92, pero una parte de la banda se colocó en ERC y Pujol siguió presumiendo de que podía tener su propia ETA y no quería. El PNV era el nacionalismo moderado frente al asesino, Pujol era estupendo comparado con Arzalluz, los mismos sacudían el árbol y todos recogían las nueces.Recuérdese la Declaración de Barcelona auspiciada por CiU para respaldar al PNV de Estella.
Maragall sigue el guión de Pujol para desesperación de Artur Mas, que ve así ocupado su sitial de Josué. Con un agravante en la semejanza: el Pacto de Perpiñán entre ERC y ETA, avalado por el PSC y el PSOE. Porque pese a su fingido escándalo cuando se descubrió el acuerdo de Roviretxe y los jefes de ETA, tanto Maragall como Zapatero siguen gobernando en Barcelona y en Madrid con el apoyo de los republicanos y sin que Carod haya dejado la política, bien al contrario.
La aplastante mayoría mediática progre nos presenta a Maragall como el Ibarretxe bueno, aunque vayan juntos y para España sea, a medio plazo, letal. Ya está en TVE El Gran Wyoming, ese tipo tan simpático que dijo en la Ser tras el 11-M aquello de lo malo que tenía que ser Aznar para que ellos prefirieran a Bin Laden.
Y a la ETA si se tercia, porque, ayer como hoy, todo vale contra el PP, incluso cargarse a España. En ello están.
El encuentro entre el presidente Rodríguez Zapatero y el lehendakari Ibarretxe ofreció ayer el único resultado que cabía esperar: la rotunda negativa del jefe del Ejecutivo a que el plan soberanista se abra paso mediante la engañosa oferta negociadora del Gobierno vasco. Estos dos últimos años han sido testigos de lo que el lehendakari y su partido entienden por el diálogo y la negociación. Su cerrazón ante las críticas y discrepancias, su obstinación en negar la obviedad de que el plan constituye una palanca para la fractura política y social y su empeño en confundir la mayoría absoluta del Parlamento vasco con la absoluta mayoría de la sociedad vasca reflejan hasta qué punto su intención no es otra que la de justificar su salida del marco constitucional transfiriendo la responsabilidad de sus actos a quienes tienen la obligación de velar por la legalidad.
El nacionalismo vasco intenta presentar su proyecto como si se tratara de un mero reflejo de la normalidad democrática cuando, en realidad, quiebra esa normalidad conduciendo al País Vasco hacia una situación de excepcionalidad. La terquedad ha sido la única virtud mostrada por el lehendakari desde que gestara su plan. Su tenacidad ha tratado de disuadir a la sociedad vasca advirtiendo de que su proyecto no va a dar marcha atrás. El hecho de que el nacionalismo conciba la confrontación política como una colisión de soberanías entre el País Vasco y España, el hecho de que escenifique su política como si, de facto, Euskadi constituyera una entidad libre asociada con el Estado constitucional español, demuestra hasta qué punto resulta ingenuo esperar del Gobierno vasco y de las formaciones que lo sostienen una mínima modificación de posturas.
Ayer el presidente Rodríguez Zapatero desaprovechó la oportunidad de comparecer personalmente ante la opinión pública. La posición del Gobierno habría quedado más nítida y la ciudadanía se habría sentido mejor correspondida si el presidente se hubiera decidido a expresar con sus propias palabras su negativa a enredarse y enredar a la España constitucional en un diálogo fingido con el empecinamiento nacionalista. Tanto quienes en la sociedad vasca albergan graves motivos para sentirse inquietos ante los propósitos abertzales como la inmensa mayoría de los españoles pueden estar seguros de la firmeza con la que el Gobierno impedirá cualquier aventura al margen de los cauces constitucionales. El lehendakari Ibarretxe volvió a advertir ayer de que la negativa de las Cortes a tramitar su proyecto le llevará a someterlo a consulta popular. Ése será el momento de la ruptura. Ante semejante amenaza, al Gobierno le corresponde velar por la legalidad y a la ciudadanía vasca, impedir que se perpetre un atropello cuya principal víctima será ella misma.
La propuesta de ruptura del Estatuto de Gernika aprobada por el Parlamento vasco el 30 de diciembre no debe ser vista, según Ibarretxe, como "un problema", sino una "maravillosa oportunidad". Tras entrevistarse con Zapatero por espacio de casi cuatro horas, el lehendakari repitió ayer, con el aire de quien proclama verdades evidentes de suyo, los tópicos acostumbrados, incluyendo falacias manifiestas, a la vez que despachaba las críticas que se han dirigido contra su plan como "insultos y descalificaciones". Y volvió a decir que lo aprobado en Vitoria con el respaldo de la mitad más dos de los diputados del Parlamento vasco era la voluntad de la sociedad vasca, mientras que su previsto rechazo por el 90% de los diputados del Congreso no sería la voluntad de la sociedad española, sino la "del PP y PSOE".
El acuerdo que dijo perseguir es imposible en tales términos. La voluntad de los vascos se expresó en el Estatuto de Gernika: un triple pacto entre vascos nacionalistas y no nacionalistas, entre vascos y el resto de los españoles y entre los tres territorios de Euskadi. El resultado de la iniciativa del lehendakari para sustituir ese Estatuto por su proyecto supone la ruptura unilateral de los tres pactos. Resulta un sarcasmo hablar en esas condiciones de propuesta para la convivencia y oportunidad para resolver un problema cuyo origen situó en 1839.
El propio Estatuto de Gernika establece sus vías de reforma, que contempla, de acuerdo con la lógica de los regímenes federales, la intervención del Parlamento central. Precisamente para evitar rupturas unilaterales, como la que ahora pretende Ibarretxe. Lo absurdo es afirmar que se sigue el procedimiento de reforma previsto en el art. 46 del Estatuto y adelantar que si la intervención de Las Cortes no confirma el texto aprobado en el Parlamento de Vitoria convocará un referendum (con ese u otro nombre) para desbloquear la situación. Eso no es una reforma, sino la pretensión de que se dé vía libre a un proceso de ruptura. La lógica autonómica implica que el Estado reconoce el derecho al autogobierno a cambio de la renuncia a planteamientos soberanistas o autodeterministas. Ibarretxe pretende que sean los vascos no nacionalistas quienes renuncien a sus derechos e intereses para satisfacer nuevas demandas nacionalistas.
Se percibió un interés de Ibarretxe por equiparar su propuesta con la reforma en marcha del Estatuto catalán. Preguntó por qué Zapatero dijo que convalidaría lo aprobado por el parlamento catalán y hace lo propio con su proyecto. La respuesta es: porque la reforma catalana se construye desde una voluntad expresa de consenso y de respetar el marco constitucional. Mientras que, como hizo notar la vicepresidenta Fernández de la Vega, la propuesta que Ibarretxe defendió ante Zapatero vulnera la Constitución española y la europea, y no sólo no cuenta con un respaldo comparable al del Estatuto que pretende sustituir, sino que divide profundamente a la sociedad vasca.
Tal vez lo más penoso de la comparecencia del lehendakari ayer fue la absoluta omisión de cualquier referencia a los intereses y sentimientos de esa otra mitad de la sociedad vasca. Negó que existiera crispación y reiteró su mensaje acerca de lo bien que se vive en Euskadi. Lo mismo que dijo en un hospital de San Sebastián ante la figura doliente del exconsejero socialista Ramón Recalde, al que acababan de pegar un tiro en la boca, en septiembre de 2000. También se le olvidó mencionar el hecho de que la mitad de los diputados vascos, así como los concejales y otros representantes del PP y PSOE, están obligados a vivir con escolta permanente.
No a la Constitución Europea
La inmensa mayoría de los españoles desconoce qué es la Constitución europea. Menos del 20% afirma saber lo suficiente. Lo sensato hubiera sido que el Gobierno, que dice asentar su oficio en “la razón democrática” (y sea lo que fuere esa razón cabe suponer que no consista en la promoción o en la preservación de la ignorancia), nada más conocerse los datos obtenidos por el CIS y por otras instituciones hubiera retrasado la celebración del referéndum que tendrá lugar el próximo día 20 de febrero. Es imposible que en el tiempo que falta hasta esa fecha los votantes lleguen a tener un conocimiento suficiente sobre lo que se les pregunta, y es extremadamente dudoso que si lo tuvieran votaran “sí”. Es evidente, además, que el Gobierno no da explicaciones.
Ante esta situación el voto preferible es “no”. El “sí” es un voto definitivo e irreversible; el “no” es un voto transitorio y revocable. Si gana el “no”, el Gobierno podrá convocar otro referéndum, y todos tendremos tiempo de explicarnos y de aprender. Así ha ocurrido varias veces en Europa, por ejemplo recientemente en Irlanda, con motivo del Tratado de Niza. De hecho, los partidarios del “no” estamos deseando dejarnos convencer por los partidarios del “sí”, y suponemos que éstos no tendrán inconveniente en tomarse la molestia de convencernos. Sólo es cuestión de tiempo, el que ganaríamos si la Constitución europea –que no es una Constitución pero tiene poder constituyente, lo cual es doblemente malo– fuera rechazada en el primer referéndum. El “no” es, por tanto, el voto de los prudentes, el de quienes no saben lo suficiente y desean votar con conocimiento de causa.
Hay razones que permitirían convencer de que el voto definitivo preferible es “no” a las siguientes personas:
1. Quienes creen que la última palabra sobre la política española debe tenerla el Gobierno español.
2. Quienes creen que los resultados de las pasadas elecciones generales del mes de marzo estuvieron parcialmente influidos por los atentados del 11-M.
3. Quienes creen que la Constitución española de 1978 debe ser protegida en lo esencial, sin que por ello se deba excluir la posibilidad de reformarla de manera consensuada y prudente.
4. Quienes creen que una Constitución no debe favorecer a un partido o ideología, sino respetarlas a todas, siempre que sean democráticas.
5. Quienes creen que España no debe firmar acuerdos elaborados con la expresa intención de perjudicar a nuestro país.
6. Quienes piensan votar “sí” por miedo a quedarse fuera de la Unión Europea.
7. Quienes creen que la Unión Europea ha sido útil hasta ahora y no desean que el proceso de integración europea se arruine.
8. Quienes piensan votar “sí” para no hacer lo mismo que ETA o que ERC u otros partidos o grupos cuya ideología y comportamiento rechazan.
9. Quienes piensan votar “sí” porque creen que la única razón para votar “no” es “castigar” a Zapatero, y eso les parece mal si va contra el interés nacional.
10.Quienes creen que “toda Europa nos mira” y que si gana el “no” pensarán mal de nosotros.
11. Quienes piensan votar “sí” porque creen que la UE evitará que siga adelante el Plan Ibarretxe y limitará el poder de los partidos nacionalistas.
Pero para explicar todo esto, y para que los partidarios del “sí” tengan ocasión de refutarlo, hace falta tiempo. Si gana el “no transitorio”en febrero, seguramente se podrá votar “sí” o “no” más adelante, sabiendo lo que se vota. No basta con abstenerse, se debe votar “no” en febrero.
Ibarreche lo tiene claro, ¿y Zapatero?
Cuatro horas duró una reunión en la que, oficialmente, no se iba a negociar nada. El presidente del Gobierno y el de la Comunidad Autónoma vasca sostuvieron en la tarde de ayer una absurda farsa que vino a confirmar lo que ya muchos antes habían previsto, es decir, el diálogo con los nacionalistas no existe y la decisión de Juan José Ibarreche de tirar para delante es definitiva e inamovible.
Por un lado, no deja de sorprender cuál es el concepto de diálogo y negociación que tiene el lehendakari. El proyecto de reforma estatutaria no admite discusión; o se toma o se deja. Si se toma Ibarreche se lava las manos y las consecuencias que de esa decisión suicida se derivarían son de sobra conocidas. Si se deja, el presidente vasco daría por cerrado el círculo y, automáticamente, convocaría un plebiscito para su aprobación en las tres provincias vascas. No existe vuelta atrás, no hay lugar a engaños
Por otro, es cuando menos curioso que un político que se llena la boca -a la mínima que tiene oportunidad para ello- de buenas palabras de tolerancia, diálogo y entendimiento sea, en la práctica, tan intransigente en sus postulados. La oferta que hizo ayer en la puerta del Palacio de la Moncloa no puede ser más indicativa de esto. Iba cargada de ese veneno lento de las amenazas que viene inoculando a la sociedad española desde que fue investido lehendakari hace seis años. Ibarreche no pudo ser más claro, empezó su intervención en vascuence, con todo el significado que ello entraña, y reservó la parte en español del discurso para desgranar los motivos por los que se había dignado a viajar a la capital.
Su propuesta, dijo, “no es para romper, es para convivir con España”. Su propuesta quizá, la región a la que representa ya convive con el resto de España desde hace siglos aunque a él y a sus socios abertzales no les guste lo más mínimo. El presunto nuevo “modelo de relación entre Euskadi y España” es en sí mismo una aberración porque una cosa no es distinta de la otra, el País Vasco es una parte de un cuerpo nacional y jurídico conocido como Reino de España y, por lo tanto, sólo a través de una Ley acorde para toda la Nación pueden darse modificaciones para cualquiera de sus regiones. El País Vasco es una región y, por mucho que se empeñe el partido que allí gobierna, sus legisladores no pueden saltarse a la torera las leyes que rigen en el resto del país. El llamado Plan Ibarreche se las salta, dinamita la Ley principal que regula la convivencia de todos y vulnera el principio de soberanía en ella contenido. El resto son juegos florales en politiqués –a los que son tan dados nuestros representantes– y amenazas de matón de barrio.
El tapete está limpio y las cartas boca arriba. La minoría secesionista vasca no va a dar su brazo a torcer. El presidente del Gobierno se encuentra en una disyuntiva histórica, nunca antes desde que España se reencontró a sí misma en la Transición a la democracia un inquilino de la Moncloa se había encontrado con semejante órdago encima de la mesa. Lo siguiente será presentar el Plan en el Congreso de los Diputados. De manera que el proyecto es abiertamente inconstitucional, éste será devuelto al Parlamento de Vitoria para su remache y ajuste a Carta Magna. Y volvemos al punto de partida. Si el Plan no es aprobado intacto el lehedakari se reserva la prerrogativa –también ilegal– de convocar a los ciudadanos de su Comunidad Autónoma para dirimir en la urnas lo que ha sido rechazado en la Cortes. Entonces el Gobierno tendrá que demostrar hasta que punto es el representante de todos y cada uno de los ciudadanos de esta gran Nación que se llama España y que tiene la intención de seguir llamándose así durante muchos años. Juan José Ibarreche parece que está a la altura de su delirio nacionalista y excluyente. ¿Estará José Luis Rodríguez Zapatero a la altura de lo que nosotros, sus compatriotas, esperamos de él?
No me detendré un solo instante ni dedicaré una sola letra a criticar el llamado Plan Ibarreche como lo vienen haciendo muchos de los mejores columnistas españoles, que recuerdan de manera insistente los tres votos prestados por HB a dicho plan siguiendo las indicaciones del jefe terrorista Josu Ternera, ni tampoco recordaré que el citado proyecto político nace en plena ofensiva navideña de ETA, ni que vulnera los principios jurídicos en los que dice sustentarse, pues la esencia misma del plan nacionalista del PNV consiste en romper con aquello que le ha atado constitucionalmente estos últimos 25 años, bien con el Estatuto de Gernica, los Pactos de Estella o contrariando la legislación nacional ora sí, ora también. No. No les hablaré de todo ello, pues son argumentos tan suficientemente conocidos y tantas veces repetidos que una vez más no harán sino aburrir al lector.
Les hablaré del génesis de la Transición, de la época en la que vascos y catalanes se debatían, con Franco en los estertores de la muerte, por la reforma o la ruptura del Estado. Había entonces grupos políticos de izquierdas muy radicalizados que abogaban directamente por la segunda de estas opciones, es decir, la ruptura, grupos que, dicho sea de paso, acabaron agrupándose bajo el paragüas de ERC o HB, o anidaron en esa amalgama de siglas que representan ecologistas, okupas, grupos antifascistas y violentos de todo pelaje. Pero no son ellos los únicos culpables de que nos encontremos donde nos encontramos, es decir, en puertas de la mayor amenaza a nuestra democracia y en vías de acabar a tortazos (Ibarreche, dixit), pues su influencia a lo largo de todo este periodo ha ido decreciendo proporcionalmente a la consolidación de nuestras libertades. ¡No señores, no! La culpa de este desaguisado la tienen partidos como el PNV, que sin lograr que ETA abandone las armas y la violencia acepta sus tesis como las únicas que permitirán la pacificación del País Vasco. Luego, la llave de todo este embrollo, desafío al Estado o como quieran que se llame la tiene el PNV, que se suma a la teoría de ETA en su huida hacia delante o en su camino al precipicio. Aquí quien únicamente ha cambiado es el PNV, que deja la vía de la reforma por la de la ruptura. ¡Ya avisaron hace tiempo!
Horas antes de que se produjera el encuentro de Zapatero e Ibarretxe, creían saber los informadores más avezados que el presidente del Gobierno tenía perfectamente estudiada su actitud ante el lehendakari: primero, su texto de reforma del Estatuto no cabe en la Constitución. El rechazo sería rotundo. Tampoco tendría cabida el propósito de convocar un referéndum con el que hallar apoyo a las ideas contenidas en el plan. Por consiguiente, se proponía Zapatero recomendar a Ibarretxe que recondujera sus planes y que siguiera el modelo catalán. ¿Cuál es ese modelo? El que acometen representantes de todas las fuerzas políticas catalanas para elaborar un texto que cumpliera unos propósitos claros: primero, atenerse a las limitaciones que impone la Constitución. Segundo, elevar los niveles de autogobierno hasta ese punto en que pudieran chocar con las competencias del Estado. Y tercero, conseguir que en esa elaboración estatutaria estuvieran de acuerdo todas las fuerzas políticas.
De momento, los redactores del futuro Estatuto catalán siguen esas pautas, por más que no falten los recelos ante lo que contendrá el borrador. Hace pocas horas contemplábamos el chispazo entre Piqué y Mayor Oreja, cuando éste sugería que la reforma estatutaria catalana seguiría las pautas de los independentistas de ERC. Piqué protestó y Rajoy, poco dado a inclinarse por unos y otros, no tuvo más remedio que salir en defensa de su representante en Cataluña, quitando autoridad a Mayor. ¿Se puede producir la recomposición del plan Ibarretxe al modelo catalán? Es improbable. La obstinación de Ibarretxe es conocida. Lleva unos años en su empeño, y era perfectamente consciente, antes de viajar a Madrid, de las objeciones que iba a escuchar y de lo que él mismo respondería. Hubiera sido ingenuo suponer que un encuentro de Zapatero e Ibarretxe conseguiría la reconducción que han intentado otra serie de personalidades, incluidas algunas del PNV. Pero resultaba imprescindible que el encuentro se produjera para que el lehendakari escuchara las advertencias que el jefe del Gobierno estaba obligado a transmitirle: el Estado tiene sus procedimientos de autodefensa, y no podrá prescindir de ellos ni olvidarlos si se ve en riesgo de supervivencia.
“Si no la hemos leído, ¿cómo no la vamos a apoyar” Así razonaban Los del Río, uno de los grupos folclóricos contratados por el Gobierno para la promoción del referéndum sobre la Constitución europea. Este razonamiento es el propio de un porcentaje de la población no desdeñable. El texto no se lo ha leído nadie, o casi nadie y sospecho que, de aquí al día de la votación, el común de los ciudadanos no se lo va a leer. Es sólo para iniciados en Derecho internacional. Así que hemos de votar atendiendo a los razonamientos de los medios de comunicación, y por afecto o desafecto a tal o cual comentarista político que exponga con coherencia las ventajas e inconvenientes para el ciudadano español del “sí” o el “no” de nuestro voto. El otro razonamiento de los del Río era que “si la mayoría de los políticos de derechas e izquierda la apoyan ¿por qué no la vamos a apoyar nosotros?”. Razonamiento lógico para una ciudadanía que se tiene que fiar de sus representantes, porque no todos podemos ser expertos en Derecho. Hay que suponer que nuestros representantes buscan el bien común de todos los españoles y no el bien de su partido o el suyo propio, excepción hecha de los partidos nacionalistas que, por definición, solo buscan proteger a “algunos” de los que residen en su territorio, aquellos que están de acuerdo con su ideología.
El Plan Ibarretxe tampoco se lo ha leído nadie, o casi nadie, y este sí que nos toca mucho mas de cerca y tiene consecuencias graves e inmediatas para todos los españoles y no solamente para “los vascos y vascas”. Así que los mismos razonamientos de “los del Río” son válidos aquí, solo que en sentido contrario. Los comentaristas políticos de todas las tendencias están dando buenos e interesantes razonamientos para no apoyar el Plan Ibarretxe, y advierten de las consecuencias políticas, sociales y económicas que se derivan de semejante propuesta. Los ciudadanos no nacionalistas de Vascongadas y Cataluña están amedrentados. No nos piden opinión, no nos piden un voto en esta encrucijada. Les otorgamos nuestra confianza el mes de marzo en las elecciones para que bien nos gobiernen y no para que nos partan el país en tres trozos (con argucias e interpretaciones constitucionales abiertas) sin nuestro consentimiento Si los partidos de izquierda y de derecha no apoyan el plan Ibarretxe tampoco la ciudadanía vasca y española lo va a apoyar. Y aquí está el problema. ¿Realmente se van a unir en un gran pacto los dos partidos mayoritarios? ¿Van a presentar un frente compacto ante cualquier ataque a una Constitución que nos ha permitido convivir en paz y prosperidad durante tantos años? ¿Van a ser capaces de no negociar lo innegociable? Porque no es negociable la unidad nacional, no es negociable la igualdad de derechos de todos los españoles vivan en el territorio que vivan, hablen la lengua que hablen, tengan la religión que tengan, se sientan (porque también de sentimientos se trata) de la Nación española o de la nacionalidad autonómica que sea, o de esta u otra tendencia política con tal que este contenida en nuestra Constitución. A esto se llama libertad y la libertad no es negociable.
Los ciudadanos tenemos miedo. Tenemos miedo de que todo esté ya pactado, de que toda esta propaganda del “no pasarán de aquí los nacionalismos”sea una farsa. Tenemos miedo de que se rechace el “plan Ibarretxe” y se acepte el Plan Maragall-Carod Rovira que, con otras palabras y ligeros retoques, nos lleve hacia las mismas metas que pretende el Plan Ibarretxe. (¿Cuál fue el pacto de Carod Rovira con ETA: no matas en Cataluña y yo apoyo tu plan secesionista, que también es el mío?) Tenemos miedo de que este gobierno , presionado por las amenazas de ERC que le puede descabalgar del poder, llegue a donde no debe.
La mayoría de la ciudadanía no ha leído el Plan Ibarretxe , pero confía en que sus representantes de izquierda y de derecha sepan anteponer el bien común de todos los españoles a los posibles réditos electorales y las prebendas personales. La política honesta es el servicio al bien común.
Desafío Nacionalista
En lugar de dedicarle cerca de cuatro horas de negociación, ya podía habérselas ahorrado ZP decidiendo no recibir al lehendakari mientras este fuera del brazo de una ensangrentada e ilegal propuesta de ruptura nacional que lleva el expreso respaldo de una organización terrorista que ha asesinado a casi un millar de españoles. Ese tiempo que ZP se habría ahorrado, y ese bochorno que nos habría evitado a los españoles que todavía no confundimos la claridad y la firmeza con el mal talante.
No haciéndolo así, surgen además las dudas de que efectivamente sea verdad lo que el Gobierno, a través de su vicepresidenta, nos ha querido hacer creer nuevamente tras las más de cuatro horas que ZP le ha dedicado al lehendakari: Que el Gobierno no piensa negociar. Esas dudas vienen a unirse a las que ya habían surgido del hecho de que el PSOE, en lugar de impugnar el Plan ante el Constitucional o rechazarlo a trámite parlamentario, prefiera debatirlos y votar que “no”, llegado el caso, sin que el máximo Tribunal tome cartas en el asunto.
Tras rehuir ese mucho más claro compromiso en defensa de los valores constitucionales, el anunciado “no” del Gobierno al Plan Ibarretxe se devalúa todavía más si tenemos presente que, en lugar de haberlo afrontado haciendo un piña con el PP, ZP ha dado su visto bueno a que los socialistas vascos propongan también una reforma del Estatuto en el que también se afrenta a la unidad nacional y que tiene imposible encaje constitucional, si no se procede a una reforma de nuestra Carta Magna. ¿Acaso no es el plan de Patxi López, tanto como una estrategia electoral, un claro intento de negociación y acercamiento a las posiciones de los nacionalistas? Que ETA no respaldara esta negociación no sería, en modo alguno, señal suficiente de su legitimidad, de la misma forma que el Plan Ibarretxe seguiría siendo inaceptable por mucho que ETA se hubiera abstenido por considerarlo insuficiente.
Por otra parte, ahí está el claro respaldo que ETA ha ofrecido en sus comunicados a la forma escogida por los independentistas catalanes para contribuir a la “crisis del Estado español”. ¿Y no hay, acaso, un entendimiento entre socialistas e independentistas catalanes, con el beneplácito de ZP, para llevar a cabo una reforma del Estatuto que proclame a Cataluña como nación?
Tras esta claudicante actitud que el presidente del gobierno está dispuesto a mantener, ¿hay que sorprenderse porque Ibarretxe mantenga el pulso tras la entrevista? Si de algo tenía que haber informado ZP al lehendakari —y de paso, a los españoles— es de lo que el Gobierno está dispuesto a hacer si los nacionalistas vascos no hace caso al “no” de las cortes generales, no en volver a hablarnos de una negativa de la que ya todos teníamos conocimiento. ¿Y aun pretende hacernos creer ZP que ni ha estado ni está dispuesto a negociar?
ISRAEL, que también sabe mucho del acoso del terrorismo y se encuentra amenazado como nación, acaba de dar un ejemplo de inteligencia, sensatez y de sentido de la realidad al formar una gran coalición entre el Likud y el Laborismo para aumentar así la base de la legitimidad política que ha de acometer una importante y estratégica negociación con la dirección palestina saliente de las urnas. Todo lo contrario que aquí. En España, el presidente persigue a la leal oposición y chalanea con los nacionalistas, recibiendo a un chantajista en su residencia oficial, incluso antes que a los demócratas, lo que representa un significativo insulto desde el punto de vista simbólico, así como una estupidez más a añadir en su escalofriante suma y sigue de frivolidades y despropósitos. Claro que ZP ha llegado al poder tras el mayor atentado terrorista de la historia de España y se mantiene gracias a los votos de los aliados, beneficiarios, o instrumentos políticos de los terroristas. El PSOE de ZP no se comporta como un partido socialdemócrata homologable con los europeos, quizás porque en su líder parecen dominar el revanchismo, la estulticia e indigencia técnica y la cobardía. O la inmoralidad del que sacrifica el bienestar y libertad de su país a mezquinos cálculos electoralistas. Ante una crisis tan grave como la que padece España, los militantes y votantes honrados del PSOE deberían reaccionar antes de que sea demasiado tarde. Como se teme The Wall Street Journal, a los actuales dirigentes socialistas les va a caber la triste gloria de emular el desastre de los Balcanes. Si sigue la incapacidad socialista probablemente no va quedar otra solución que plantearse una gran coalición al estilo israelí, entre el PSOE y el PP; pero ¿qué podemos hacer con ZP y su triste cuota para que se parezca a un Simon Peres?
El profesor Alberto de la Hera, ocho años director general de Asuntos Religiosos, me dijo hace unos días que no se podía imaginar al PSOE enviando el plan Ibarretxe al cesto de los papeles, y que no sabía cómo se las arreglaría Rodríguez, pero que encontraría la manera de no votar en contra. De la Hera es catedrático de Historia y de Derecho Canónico, lo que significa que posee una cabeza magníficamente organizada, y sus intuiciones son dignas de ser tenidas en cuenta. Yo no tengo su cabeza, pero poseo el oficio del observador político, y empecé a dar vueltas a sus palabras. Y resulta que no es tan absurda la hipótesis que plantea, en cuanto se ponen en relación con frialdad los elementos de este embrollo.
Los socialistas nos han llenado los medios de comunicación de palabras patrióticas, pero es con los hechos no han puesto el menor obstáculo a que vaya prosperando la iniciativa del PNV. ¿Por qué? Por tres razones: primera, porque Rodríguez tiene pavor a aparecer alineado con el PP; Rodríguez sabe cómo ganó la Moncloa, y en qué circunstancias anómalas y emocionalmente excepcionales, y sabe, por tanto, que necesita destruir al PP antes de las próximas generales. Segunda, porque el PSOE está loco por volver a tocar poder en el País Vasco, y la única posibilidad es aliándose con el PNV. Tercera, porque después del plan Ibarretxe llegará el proyecto catalán, avalado por una mayoría aplastante del Parlament, y Rodríguez sabe que depende del apoyo de los separatistas de Esquerra para seguir en La Moncloa.
En estas condiciones, no es descartable este escenario: llega el plan Ibarretxe al Congreso. La Mesa lo admite a trámite, cosa escandalosa, porque me gustaría ver si el PSOE haría lo mismo con una proposición de ley que restableciera la pena de muerte. Admitido a trámite, se inicia un proceso parlamentario, en el que se modifican, cosméticamente, algunos aspectos más anticonstitucionales y se le añaden aportaciones del mal llamado plan López , que en realidad es el plan Guevara, nacionalista vasco peleado con el PNV y hoy en las filas del PSOE. Y terminado este proceso, el PSOE vota a favor del texto resultante, que ya no es, en sentido estricto, el plan Ibarretxe, pero que deja contento al PNV. ¿Es tan absurdo eso? A mí no me lo parece. Podemos estar en vísperas de un bochorno nacional de esta magnitud.
...y plañideros, por aquello de ser ridículamente correctos. Este 2005 ha arrancado con un estruendo de lamentos, con una algarabía de recriminaciones: Ibarreche les ha engañado, les ha mentido, se le ha ocurrido aprobar su plan sin hacerle ascos a los votos de los ETA y les ha tirado abajo todo el tenderete propagandístico. Tantos esfuerzos derrochados para convencer a Madrid de la necesidad de dialogar y de buscar un nuevo pacto constitucional; tanto trabajo para denunciar la ausencia de talante en Aznar y la perversa cerrazón Mayor Oreja; tanta energía empleada en alfombrar el pacto con los nacionalistas y no se le ocurre al lendakari nada mejor que plantarse en Madrid, con su plan inconstitucional, con los votos de Otegui, con la carta de «Josu Ternera» y con las «tortas» en caso de duda. A ver quién es el guapo capaz de sacar la cara por el PNV en estas condiciones. Sólo Herrero de Miñón y eso porque su rostro es de una pasta de dureza casi paranormal.
Este espectáculo ya lo conocemos. En los últimos años hemos tenido varias ocasiones de ver en acción al coro de los lamentadores y siempre por el mismo motivo: la deslealtad de los nacionalistas vascos incluso hacia sus más esforzados defensores. Ahora lloran y se lamentan, incluso se enfadan con Ibarreche, pero ya están cocinando los argumentos para volver a ponerse al servicio de los nacionalistas dentro de un par de semanas.
Patxi López se mostraba indignado por los desprecios de Ibarreche, pero no reconoce su gravísimo error al participar en una ronda de contactos esencialmente perversa. Un líder democrático no puede aceptar que le traten en condición de igualdad con el portavoz de ETA y correo de «Josu Ternera». Un nutrido y admirable grupo de socialistas vascos jamás admitirían ser socios del mismo club que Otegui. Ese mismo grupo de socialistas repudian el bajonazo ramplón con el que la ejecutiva de PSOE ha archivado su política de defensa del Estatuto de Guernica.
Sin debate y con toda discreción el PSOE ha oficializado su apuesta por el plan Guevara, que es tanto como renunciar a la batalla que dieron Fernando Buesa, Fernando Mújica, Joseba Pagaza y tantos otros. Su memoria y sus convicciones de socialistas asesinados por defender ese Estatuto en los tiempos duros, merecerían un debate de mayor altura intelectual y moral. Otro argumento para las plañideras de mañana.
Es una frase hecha que utilizan los alemanes -Prinzipienreiterei- cuando quieren indicar una supuesta característica alemana conducente a romperse la cabeza contra el muro de la realidad.
Por lo que estamos viendo en el debate español en estos momentos, no debe ser una característica exclusivamente alemana. En el debate sobre el procedimiento y la actitud necesarios para derrotar al plan Ibarretxe hay quien, desde el primer momento, está contraponiendo la defensa de los principios constitucionales a la debilidad política, dando a entender que la defensa de principios es igual a inflexibilidad -empezando por la gestual-, y la matización o la capacidad de diferenciar igual a la debilidad.
La verdadera cuestión política, sin embargo, es dilucidar si la defensa de los principios es compatible con la inteligencia, y si la flexibilidad y la capacidad de matizar, que ciertamente pueden ser indicativos de debilidad, pueden también ser compatibles con una defensa inteligente de los principios.
Por mucho que los humanos nos empeñemos, la realidad generalmente es más compleja de lo que nos gustaría. La simplificación de la realidad no denota, necesariamente, fortaleza en los principios, sino que puede ser indicativo o bien de comodidad y pereza mentales o de resistencia dogmática ante la riqueza fenomenal.
No está en mi ánimo negar importancia ni gravedad a los problemas políticos que se están planteando en España en estos momentos. Pero su importancia misma, y la eficacia de los planteamientos para hacerles frente, exigen, más que nunca, capacidad de matización, capacidad de diferenciación.
Y en esa línea es insensato e irresponsable afirmar que el plan Ibarretxe y la propuesta del PSE sean lo mismo. De la misma forma es insensato e irresponsable afirmar que es lo mismo el plan Ibarretxe que la propuesta de reforma del tripartito catalán. Y es insensato e irresponsable decir que la propuesta del PSE es una vía intermedia entre el Estatuto de Gernika y el plan Ibarretxe.
Además de todo ello convendría recordar que todo político responsable debiera ser muy cuidadoso con lo que los ingleses llaman self-fulfilling prophecy, las profecías que se cumplen a sí mismas, porque la profecía se convierte en causa del acontecimiento que anticipa proféticamente. Afirmar que existe hoy en la política española un fin compartido por distintas fuerzas, la destrucción -que no reforma o cambio- del marco constitucional, y tres formas distintas, tres caminos distintos que conducen a ese fin único -el plan Ibarretxe, el plan del tripartito catalán y el plan del PSE-, es una auténtica invitación al desastre. Significa crear más problemas de los que realmente existen.
Aunque debiera estar a la vista de todos, es preciso recordar en qué consiste la diferencia fundamental entre el plan Ibarretxe y los demás planteamientos. El plan Ibarretxe gira en torno a la voluntad y a la intención de sustituir la definición jurídico-institucional de la sociedad vasca por pacto -Estatuto de Gernika- por la definición por medio de mayoría -mayoría parlamentaria, mayoría popular, consulta popular, referéndum, derecho de autodeterminación-.
La propuesta del PSE se reafirma en el núcleo fundamental del Estatuto de Gernika: Euskadi sólo se puede definir en y desde el pacto entre quienes ven, sienten y conciben a Euskadi de forma distinta. Ese es el núcleo estatutario a salvaguardar en cualquier caso y en cualquier circunstancia. Y en ese punto la propuesta del PSE no se mueve ni un milímetro.
Creo que el caso catalán, por lo que al PSC afecta al menos, se plantea de la misma forma, y así lo ha afirmado el presidente Rodríguez Zapatero cuando ha subrayado que cualquier reforma estatutaria debe basarse en el consenso -tan amplio o más que el inicial- y en el respeto al marco constitucional, cuenta tenida de las cuatro reformas concretas planteadas y asumidas por el presidente.
Esto no quiere decir que no sea legítimo criticar diciendo que falta visión del conjunto por parte del partido del Gobierno, ni que el término comunidad nacional no sea criticable. Tampoco quiere decir que no sea posible criticar los proyectos de reforma vasco y catalán porque en lugar de hablar de adaptación y adecuación a los nuevos tiempos sólo hablan de ampliación y aumento de competencias. Lo dicho en los párrafos anteriores no quiere decir que no se pueda criticar la concepción del conjunto sólo como suma de las partes que lo componen, o como algo residual, el resto que queda después de maximizar la asignación de competencias a las comunidades autónomas, crítica planteada desde la conciencia de la necesidad del conjunto para la defensa de las libertades individuales y de los derechos de ciudadanía. Y tampoco quiere decir lo anterior que no se pueda criticar la ecuación de más autogobierno igual a más bienestar, y que no haya que recordar que, en cultura democrática, el bienestar no tiene sentido sin libertad.
Pero es preciso poner cada cosa en su sitio. El que quiera formular estas críticas, puede y debe hacerlo, de la misma forma que están en su derecho quienes crean que son infundadas. Pero no tiene sentido crear enemigos falsos, para no equivocar el tratamiento que merece cada cuestión y cada planteamiento diferenciado, para no conjurar, en definitiva, lo que se quiere evitar.
El escritor alemán Heinrich von Kleist escribió una novela titulada Michael Kohlhaas. En ella cuenta la historia imaginada de un campesino que se siente injustamente tratado por el alcaide en un paso de puente al querer cobrarle más de lo que le correspondía. Al no conseguir justicia por parte del señor a cuyo servicio estaba el alcaide, decide tomarse la justicia por su cuenta y termina ajusticiado después de haberse convertido, en busca de la justicia, en el mayor bandido de su época, en un pirómano de mieses, en una figura temida por toda la población.
Es una imagen metafórica de a dónde puede conducir la Prinzipienreiterei, el andar cabalgando sobre principios olvidando la obligación del matiz y la diferencia.
CAROD, ¿AUTISTA?
Republicanismo versus independentismo
www.crepublicano3m.com COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO 14 Enero 2005
Se dice que los autistas deforman la realidad. El señor Josep Lluis Carod Rovira ha sido noticia de primera plana durante gran parte del pasado año 2004, para regocijo de los medios de comunicación dinásticos y sonrojo de los republicanos españoles. Unas veces por sus concomitancias con ETA y otras por sus desleales y mezquinos ataques a la candidatura olímpica de Madrid, sus continuos delirios anti españoles, expuestos con la visceral pasión del converso, han hecho un flaco favor al republicanismo.
¿Por qué? Porque como el antedicho señor lidera un partido que se denomina Esquerra Republicana, los medios de comunicación al servicio de nuestra crepuscular institución monárquica se han apresurado a difundir la especie de que su insolidaridad es compartida por todos los republicanos españoles y que republicanismo es sinónimo de independentismo. Tan“goebelsiano” y malintencionado infundio no se tiene en pie porque:
A) El partido político Esquerra Republicana de Catalunya carece de implantación fuera de su ámbito territorial y, excepto allí, su magisterio e influencia son nulos.
B) El independentismo a ultranza es defendido solamente por una parte de sus votantes (muchos son federalistas aglutinantes) y ciertos convergentes.
C) Este partido fue republicano cuando se fundó en 1931, y sobre todo por la incorporación del grupo de Companys, pero hoy, bajo su actual dirección, es accidentalista: perfectamente puede ser monárquico independentista.
D) A este respecto, los lideres de la Esquerra Republicana de Catalunya deberían aclarar si participan o apoyan el maquiavélico e insidioso plan para lograr la soberanía de una Cataluña monárquica –separada del resto de España– por medio de la vinculación estrictamente personal con la corona, vía condado de Barcelona.
E) La mendaz partitocracia dinástico-parlamentaria que padecemos dice que la forma de Estado es accesoria, porque su ansia de poder y pesebre dorado les ciega hasta el punto de no ver que solo la República Democrática Española puede solucionar el vigente caos territorial e institucional. Aún más hipócrita, a la Esquerra lo mismo la da República que Monarquía, porque solo pretende separar Cataluña de España; y ante un futuro tan oscuro e incierto como el intuido, desafía a la crematística ceguera reinante.
F) Las conflictivas manifestaciones de los actuales dirigentes de la Esquerra Republicana son exclusivamente suyas. Los republicanos del resto de España, y los no independentistas de Cataluña, NO LAS COMPARTEN EN ABSOLUTO.
Es incierta, pues, la tacha disgregadora difundida con el sórdido y lioso propósito de calumniar. Lo esencial para los republicanos españoles es la forma del Estado. Para los actuales dirigentes de la Esquerra, y alguno de sus militantes, lo es la segregación de su territorio; han dejado claro que ni España, ni su forma de Estado les importan un comino.
Esta manera de pensar –respetable, como todas– no es nueva. Durante el reinado de Alfonso XIII, en una reunión de la Lliga Regionalista celebrada en Barcelona, se discutió si debían apoyar la monarquía o era preferible apostar por la República; su presidente, el muy conservador Francesc Cambó, resolvió la cuestión diciendo: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». Seguramente el actual e insolidario líder de la Esquerra Republicana estará de acuerdo con esa egoísta opción. Los republicanos, no.
Casi tres décadas después desde la exitosa llegada de la democracia a España, regenerado y asentado ya nuestro sistema democrático, y sin olvidar que nuestro país hizo un extraordinario esfuerzo por dar respuesta y satisfacción a las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos, Ibarretxe nos amenaza con su enmascarado plan secesionista.
Un plan, tengan presente, que ya no sólo es que sea ilegal en su contenido y procedimiento, y haya sido aprobado gracias a los votos de la ilegalizada Batasuna en un contexto donde persiste la amenaza terrorista; sino que, además, nos aleja de Europa, crea una gran incertidumbre económica, nos enfrenta y divide irremediablemente a los vascos, acaba con nuestro avanzado Estatuto de Guernica -valedor y garantía de nuestro progreso y bienestar- y rompe unilateral e ilegítimamente el consenso constitucional que trajo a España la democracia, la modernidad y la paz social.
Yuri Morejón Ramírez de Ocáriz. Leioa (Vizcaya).
Argumenta que hay un plan «definido y concertado» para «subvertir» el actual ordenamiento
El Foro Ermua presentó ayer ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco una querella contra el lehendakari Ibarretxe al considerar que con la propuesta aprobada el día 30 en el Parlamento de Vitoria ha incurrido en un delito de «conspiración para cometer rebelión», castigado con penas de tres años y nueve meses a veinticinco años de prisión e inhabilitación absoluta. En caso de que el TSJPV, que deberá decidir primero si admite a trámite la querella, estimase que no existe este delito, el Foro cree que debería considerarse el de «conspiración para la sedición».
Iñaki Ezkerra, vocal del colectivo, formalizó la demanda a última hora de la mañana acompañado por un abogado y un procurador y explicó que se dirige contra el jefe del Ejecutivo vasco por ser «la cara visible del plan Ibarretxe», aunque señaló que el Foro no descarta ampliarla a otros dirigentes nacionalistas. La plataforma tomó la decisión de querellarse hace una semana y así se lo comunicó al presidente del PP, Mariano Rajoy, en la reunión que sus representantes mantuvieron con la cúpula popular el martes, según explicó el vicepresidente del Foro, Mikel Buesa. «También solicitamos una entrevista con Zapatero porque creíamos que debíamos informarle, pero no hemos recibido respuesta», añadió.
La querella argumenta que Ibarretxe y los partidos que le apoyan han anunciado públicamente la existencia de una «estrategia» para «imponer» la propuesta «contra las legítimas decisiones que puedan tomar las Cortes Generales y el Tribunal Constitucional». En opinión del Foro, el anuncio de que se convocará una consulta incluso si el plan es rechazado por el Congreso así lo demuestra.
Por ello, consideran que existe un proyecto «definido y concertado» para «llegar a un escenario de desacato generalizado al Estado, subversión del ordenamiento vigente y declaración de la soberanía de una parte del territorio nacional por la vía de los hechos».

References: artículo 155
 artículo 155
 artículo 155
 artículo 155
 artículo 155
 artículo 155
 resolución