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Timestamp: 2018-01-18 03:34:53+00:00

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Primera parte de La situacion en el mes de septiembre, Capitulo segundo del Tomo Quinto de Emiliano Zapata y el agrarismo en Mexico del General Gildardo Magaña. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
TOMO V - Capítulo I - Panorama durante el mes de agosto de 1914
TOMO V - Capítulo II - Segunda parte - La situación en el mes de septiembre
LA SITUACIÓN EN EL MES DE SEPTIEMBRE
Al principiar el mes de septiembre, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo continuaba entregado a las actividades militares y gubernativas de su doble cargo.
Ei día 1° nombró Procurador de Justicia Militar al general Ramón Fraustro, y agentes auxiliares a los señores Manuel Padilla y Agustín Urdapilleta.
El día 4 convocó a una junta -la Convención-, que se reuniría en la ciudad de México el 1° de octubre siguiente. Fueron llamados a integrar esa junta los gobernadores y los generales constitucionalistas con mando de fuerza, por medio de telegramas similares al que vamos a reproducir:
Palacio Nacional, el 4 de septiembre de 1914.
H.D. 10. 30 H.R. 1.38.
Desde el principio de la lucha actual ofrecí a todos los jefes que secundaron el Plan de Guadalupe que al ocupar esta capital y hacerme cargo del Poder Ejecutivo llamaría a todos los gobernadores y jefes con mando de fuerza a una junta que se verificaría en esta ciudad, para acordar en ella las reformas que debían implantarse, el programa a que se sujetaría el gobierno provisional, la fecha en que deberían hacerse las elecciones de funcionarios federales y demás asuntos de interés general, y habiéndome hecho cargo del Poder Ejecutivo de la Nación, he acordado señalar el día 1° de octubre para que se celebre aquella junta. Siendo usted uno de los jefes que deben concurrir, se servirá pasar a esta capital personalmente o por medio de un representante amplia y debidamente autorizado, con el objeto indicado.
El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación. Venustiano Carranza.
El día 8 decretó la siguiente modificación a la fórmula de la protesta constitucional de los funcionarios y empleados públicos:
¿Protesta usted cumplir fiel y patrióticamente el cargo de ... que el C. Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión le ha conferido, cuidando en todo por el restablecimiento del orden constitucional de la República, de acuerdo con el Plan de Guadalupe, de 26 de marzo de 1913?
El mismo día acordó el ascenso de Francisco Villa a general de división. La prensa capitalina comentó elogiosamente el acuerdo, que atribuyó a los méritos del ascendido. Así debió de ser; pero la disposición tuvo más de política que de justiciera, pues poco antes, en el pliego de peticiones privadas de los delegados a las conferencias de Torreón, se pidió ese ascenso, que justificaba el reciente mérito en campaña de la toma de Zacatecas. El Primer Jefe negó entonces lo que ahora concedía sin otro motivo inmediato que la actitud asumida por el general Villa al lado del general Obregón.
En la misma fecha pidió la desocupación del puerto de Veracruz que continuaba en poder de las fuerzas norteamericanas.
El día 9 designó al general Jacinto B. Treviño oficial mayor encargado del despacho de la Secretaría de Guerra y Marina. El mismo día nombró comandante militar de la plaza de México al general Jesús Dávila Sánchez, en substitución del general Juan G. Cabral, a quien confirió una comisión, de la cual nos ocuparemos.
El 10 quedó instalado el Consejo de Guerra Permanente. El mismo día concedió licencia al general Roberto V. Pesqueira para separarse del puesto de presidente del Tribunal Superior de Justicia Militar, y nombró al general Martín I. Espinosa para substituirlo.
El 11 designó oficial mayor encargado del despacho de la Secretaría de Justicia al licenciado Manuel Escudero Verdugo.
El 15 se publicó por bando solemne, en Mérida, el decreto expedido por el Primer Jefe en Piedras Negras, el 10 de julio de 1913, en el que dispuso que el Territorio de Quintana Roo quedara incorporado al Estado de Yucatán. Este decreto se comentó desfavorablemente, pues era una reforma a la Constitución para la que el señor Carranza no estaba autorizado.
La convocatoria para la Convención
Vamos a ocuparnos del acto más trascendental entre los realizados por el señor Carranza en la primera quincena de septiembre: la convocatoria para que se reuniera la Convención. La deriva de una promesa suya; pero cabe atribuida a una de las cláusulas de los Tratados de Torreón, aunque modificada por dicho señor (La cláusula dice: Al tomar posesión el ciudadano Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, conforme al Plan de Guadalupe, del cargo de Presidente Interino de la República convocará a una Convención que tendrá por objeto discutir y fijar la fecha en que se verificarán: las elecciones, el programa de gobierno que deberán poner en práctica los funcionarios que resulten electos y los demás asuntos de interés general. La Convención quedará integrada por delegados del Ejército Constitucionalista nombrados en junta de jefes militares, a razón de un delegado por cada mil hombres de tropa. Cada delegado acreditará su carácter por medio de una credencial, que será visada por el jefe de la División respectiva. Anotación del profesor Carlos Pérez Guerrero).
En esa cláusula no se menciona a los gobernadores ni a los generales con mando de fuerza. Se pide el nombramiento de un representante por cada mil individuos de tropa, con el fin de dar oportunidad a la masa de luchadores para exponer su sentir, y que la Convención así integrada forme el programa de gobierno, pues se había visto la necesidad de tomar en cuenta los problemas sociales ante el vacío del Plan de Guadalupe. También se pide fijar la fecha de las elecciones, pues si los generales de la División del Norte, como constitucionalistas, no objetaban que el Primer Jefe asumiera interinamente la Presidencia de la República, sí deseaban que fuera brevísima su actuación en el Supremo Poder Ejecutivo. La sugerencia para llevar a cabo la Convención, representativa del conglomerado revolucionario, tuvo, pues, dos cauces confluentes.
Hemos visto que el general Zapata ha aludido también a una asamblea revolucionaria; mas no a la sugerida en los Tratados de Torreón, a los que fue completamente ajeno, sino a una junta de finalidad diversa. El artículo 12 del Plan de Ayala llamaba a los principales jefes revolucionarios del país para nombrar al Presidente Interino. Podría ocuparse de la formación del programa de gobierno; pero no se le encomendó expresamente esa labor porque estaban trazados sus grandes lineamientos en diversos artículos del mencionado plan (El artículo 12 del Plan de Ayala dice: Una vez triunfante la Revolución que hemos llevado a la vía de la realidad, una junta de los principales jefes revolucionarios de los distintos Estados nombrará o designará un Presidente Interino de la República, quien convocará a elecciones para la nueva formación del Congreso de la Unión, y éste, a su vez, convocará a elecciones para la organización de los demás poderes federales. Anotación del profesor Carlos Pérez Guerrero).
No obstante que la Convención sugerida en los Tratados de Torreón y que la junta a que se refiere el Plan de Ayala tenían finalidades distintas, hay un punto de coincidencia: el llamamiento a una asamblea revolucionaria. Esa coincidencia pudo haberse explotado con éxito de haber existido comprensión para los hombres del sur, un poco de estimación a sus esfuerzos y un dejo de respeto a sus principios.
Con espíritu conciliador y sincero deseo de evitar la efusión de sangre revolucionaria pudo convocarse a la Convención para cumplir los ofrecimientos a que alude el Primer Jefe, para atender lo sugerido en los Tratados de Torreón y para satisfacer lo que pedía el Plan de Ayala. Así convocada la asamblea, hubiera satisfecho al Ejército Libertador, entidad revolucionaria de perfiles definidos que había luchado independientemente; también hubiera satisfecho a la División del Norte, pues aun cuando estaba distanciada del Primer Jefe formaba una muy importante parte del Ejército Constitucionalista.
Nada hubiera menoscabado la dignidad del señor Carranza, pues el Plan de Ayala era muy anterior al de Guadalupe y de un fondo' social innegable. Admitimos que hubiera sacrificado una parte de su orgullo personal -que no es la dignidad-; pero valía la pena hacerlo en aras de la concordia y de la paz. La delicada situación de aquellos días estaba condenando la intransigencia y aconsejaba un viraje político para deshacer la tormenta que amenazaba desencadenarse en el norte y los densos nubarrones que se estaban formando en el sur.
Esa misma situación estaba aconsejando un paso prudente y hábil, comó hubiera sido el de encomendar a la Convención que armonizara el artículo 12 del Plan de Ayala con la cláusula V del Plan de Guadalupe. Dirigida con inteligencia y sinceridad la gran asamblea revolucionaria, es seguro que habría votado ratificando el precepto del Plan de Guadalupe, pues los surianos no tenían candidato ni pensaban en él. Cifraban su confianza en la asamblea, y como debía integrarse por jefes revolucionarios, era evidente que llevaría a la Primera Magistratura a quien tuviera esa misma condición.
Decimos lo anterior, no especulando, sino porque vivimos la vida revolucionaria del sur y porque el sentir y las opiniones que recordamos nos autorizan para expresarnos así. Hasta el momento en que aparecieron las dificultades, se pensaba en el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista como en una grande esperanza, y buena prueba de ello son las espontáneas entrevistas que con él tuvieron algunos miembros del Ejército Libertador.
Esfuerzos del general Obregón
Continuamos la narración de los conflictos en el norte, recordando al lector que dejamos a los generales Obregón y Villa cuando habían firmado en Chihuahua, el 3 de septiembre, las bases copiadas en el capítulo anterior.
Quedaba en pie el más espinoso de los problemas: el acercamiento del general Villa al señor Carranza. El general Obregón, con la tendencia de colocar al Jefe de la División del Norte en un plano de subordinación al señor Carranza, y de absoluto reconocimiento de su cargo de Presidente Interino, tuvo con el general Villa algunos cambios de impresiones, cuyo resultado fue la formación de un memorándum que consta de una parte expositiva muy razonada, pero demasiado amplia, y otra parte que contiene proposiciones de ambos generales. Prescindimos de la parte expositiva.
Proposiciones de los generales Obregón y Villa al señor Carranza
Primera. El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista tomará, desde luego, el título de Presideme Interino de la República, e integrará su gabinete con secretarios de Estado.
Segunda. Tan pronto como esté integrado el gabinete del Presidente Interino, con acuerdo del consejo de ministros procederá a nombrar, con carácter de provisionales, a las personas que deban desempeñar los cargos de magistrados de la Suprema Corte de Justicia. Nombrará también a las autoridades judiciales de la Federación, correspondientes a los Territorios y al Distrito Federal.
Tercera. Los gobernadores constitucionales o militares de los Estados, de acuerdo con los ayuntamientos que estén funcionando en las respectivas capitales, designarán a las personas que deban integrar los Tribunales Superiores, con carácter de interinas, y los jueces de Primera Instancia e inferiores.
Cuarta. Los gobernadores de los Estados, el gobernador del Distrito Federal y los jefes políticos de los Territorios convocarán a elecciones de ayuntamientos tan pronto como hayan sido nombradas las autoridades judiciales. Las elecciones se verificarán al mes de la convocatoria, y dentro de los ocho días del en que se haya celebrádo la elección, los ciudadanos designados se reunirán para erigirse en colegio electoral para calificar las elecciones, y al siguiente día instalarán el ayuntamiento respectivo.
Quinta. Luego que hayan quedado instalados los ayuntamientos, el Presidente Interino de la República y los gobernadores constitucionales o militares de los Estados convocarán a elecciones; el primero, para representantes al Congreso de la Unión, y los segundos, para gobernador constitucional, diputados a la Legislatura local y magistrados de los Tribunales Superiores, en los casos en que la Constitución del Estado prevenga que en esa forma se elijan estos últimos. Estas elecciones se verificarán precisamente un mes después de expedida la convocatoria y servirá de base para la división territorial la de la última elección que haya tenido lugar antes del 18 de febrero de 1913.
Sexta. Instaladas las Cámaras Federales y las Legislaturas de los Estados, las primeras, en sesiones extraordinarias, se ocuparán preferentemente del estudio de las reformas constitucionales siguientes, que propondrá el Presidente Interino:
a) Supresión de la Vicepresidencia de la República y manera de suplir las faltas absolutas o temporales del Presidente;
b) Modificar la composición del período durante el cual deba desempeñar sus funciones el Presidente de la República;
c) La organización de la Suprema Corte de Justicia y la manera de proceder a la designación de sus ministros;
d) La declaración de inhabilidad,. de todos los jefes que formen parte del nuevo Ejército Nacional, para desempeñar los cargos de Presidente de la República, gobernadores de los Estados y demás de elección popular, a menos que se hayan retirado seis meses antes de lanzar su candidatura. Aprobadas las reformas constitucionales por las Cámaras Federales, las Legislaturas de los Estados, también de preferencia y en sesiones extraordinarias, si hubiere lugar, discutirán las expresadas reformas.
Octava. No podrán ser electos para Presidente de la República ni para gobernadores de los Estados los ciudadanos que hayan desempeñado estos cargos con carácter de provisional, al triunfo de la Revolución, ni los que desempeñen desde la fecha de la convocatoria hasta el momento de la elección.
Novena. Los gobernadores interinos de los Estados, inmediatamente que entren a desempeñar sus funciones, nombrarán una junta que tendrá su residencia en la capital del Estado y será compuesta por un representante por cada distrito, a fin de que estudie el problema agrario y forme un proyecto que se remitirá al Congreso del Estado para su sanción legal.
Chihuahua, Chih., septiembre 3 de 1914.
El general Álvaro Obregón.
En el documento copiado hay una gran parte que puede atribuirse al general Obregón y que, a excepción del párrafo primero, difiere del Plan de Guadalupe. Casi toda la atención se enfoca al nombramiento de autoridades, pues hasta las reformas constitucionales que se proponen concurren a ese fin; meta señalada en la bandera del constitucionalismo. Sólo en el último párrafo se concede ligera importancia al problema agrario; pero se deja que lo estudien las juntas estatales -cuya creación se propone-, sin basarse en un cuerpo de doctrina y sin apoyo en una ley sustantiva. Como las funciones de esas juntas serían propiamente las de un cuerpo consultivo, es de suponer que las conclusiones quedarían primero al arbitrio del congreso local y luego sujetas a veto del gobernador.
Un poco más precisas, sin ser eficaces, son las recomendaciones que se hacen al Primer Jefe en los Tratados de Torreón sobre los problemas de carácter social; pero aun con la vaguedad y cierta timidez con que se presenta el problema agrario en las proposiciones que acabamos de reproducir, el hecho es significativo, pues demuestra que sí pensaban en dicho problema algunos jefes constitucionalistas, aunque no hubieran penetrado en su fondo social.
Hay en las proposiciones un punto que no debemos pasar por alto: el párrafo primero sugiere que desde luego tome el señor Carranza la denominación de Presidente Interino y que nombre secretarios de Estado para integrar su gabinete. Comparando ese párrafo con la cláusula octava, en la que se sugiere que no podrán ser elegidos para los cargos constitucionales quienes los hubieran desempeñado con carácter provisional, es fácil ver la tendencia de alejar de la escena política al señor Carranza.
También la cláusula sexta, en su inciso d), tiene el mismo fin, pues sugiere inhabilitar a todos los jefes del nuevo Ejército Nacional para el desempeño de los cargos de Presidente y gobernadores, a menos que de sus puestos se separen con seis meses de anticipación al día en que lanzaran su candidatura. Esa tendencia ya la habían expresado aisladamente los generales Obregón y Villa.
El general Obregón emprendió su viaje de retorno a la capital acompañado de los señores licenciado Díaz Lombardo y doctor Miguel Silva, a quienes el general Villa comisionó para que, con el primero, hicieran entrega de las proposiciones al señor Carranza. Llegaron el día 6 de septiembre a México; pero hasta el 9 no fueron recibidos por el Primer Jefe, quien ofreció estudiar los puntos y dar una conveniente respuesta.
Contestación del señor Carranza
He aquí la contestación del señor Carranza, que fue puesta en manos del general Obregón el día 13:
Con la atención y escrupulosidad que la trascendencia de la materia exige, me he impuesto del contenido de las proposiciones presentadas en nombre del Cuerpo de Ejército del Noroeste y de la División del Norte, ya que se me hizo el honor, como Jefe Supremo de la Revolución, de someterlas a mi criterio.
En lo general, cuestiones de tan profunda importancia no pueden ser discutidas por un reducido número de personas, ya que ellas deben trascender a la nación entera, y son, por lo mismo, de su soberana competencia.
De ingente necesidad es el establecimiento de un gobierno verdaderamente nacional que sea la representación genuina del pueblo, y, por ende, la segura garantía de sus libertades y derechos; es decir: que ese gobierno sea una resultante natural y legítima de la voluntad popular. si la revolución ha creado con el pueblo compromisos que debe cumplir, justo y necesario es que esa Revolución se inspire en los intereses de ese pueblo investigando y extrayendo las raíces de sus males, aplicando los remedios consiguientes y orientándolo de manera definitiva hacia una finalidad progresista y firme. Esta finalidad, en mi concepto, solamente puede alcanzarse con las reformas propias y adecuadas a la transformación de nuestro actual medio político-económico y con las leyes que deben garantizarlas.
En las expresadas ideas se fundamenta mi criterio -seguro estoy que el de ustedes también- para proceder a la reconstrucción del país, siendo esta reconstrucción una consecuencia forzosa de los ideales revolucionarios. Claro que el Plan de Guadalupe, inspirado en las anormales y urgentísimas circunstancias del momento, no pudo diseñar siquiera todos y cada uno de los problemas que debieran y deben resolverse; pero tras el movimiento inicial, esos problemas han surgido de manera espontánea y urge su resolución más o menos inmediata, ya que podemos decir que la insurrección llega a su fin, destruyendo -tal es su objeto- los obstáculos para el proceso regenerador e innovador.
De las nueve proposiciones contenidas en el estudio a que me refiero, la primera debe considerarse como definitivamente aprobada; en la cuarta se necesitaría la modificación en el sentido de que se convoque a elecciones de ayuntamientos y jueces municipales en aquellos lugares en que está establecida la elección popular para el caso, y en los demás, conforme a las leyes respectivas. Las demás proposiciones, de trascendentalísima importancia, no pueden considerarse objeto de discusión y aprobación entre tres o cuatro personas, sino que deben discutirse y aprobarse, en mi concepto, por una asamblea que pueda tener imbíbita la representación del país.
Inspirado en este espíritu democrático-práctico, además, he creído de altísima conveniencia la convocatoria a una junta en que deben discutirse y aprobarse no solamente las proposiciones a que me refiero, sino todas aquellas de la trascendencia de éstas y de interés general. Esta junta deberá celebrarse en esta ciudad, el día primero del próximo octubre, y es seguro que de ella surgirá la cimentación definitiva de la futura marcha política y económica de la nación, ya que tendrá que ser ilustrada con los más firmes criterios y los más enérgicos espíritus que han sabido sostener los ideales revolucionarios.
En consecuencia, espero que sabrán interpretar ustedes las sanas intenciones mías y que sabrán cooperar en la trascendente obra con esas mismas intenciones, lo cual, además de ser en bien de la patria, redundará en gratitud de la colectividad mexicana hacia sus actuales directores.
Obligado comentario
Desde luego, es notable que el señor Carranza confiese que la Revoluci6n había creado para con el pueblo compromisos que debía cumplir. El 20 de agosto declaró que la Revolución no tenía compromisos. No había pasado un mes cuando el señor Carranza parece otro hombre contradiciendo al Primer Jefe.
Justo y necesario considera el 13 de septiembre que la Revolución se inspire en los intereses del pueblo, y no queda allí, sino que señala el procedimiento: investigando y extrayendo las raíces de sus males para que puedan aplicarse los remedios comiguientes. Habla, además, de reformas propias y adecuadas a la transformación del medio político-económico y de leyes que garanticen la transformación; menciona ideales revolucionarios, y llega hasta reconocer el vacío que en materia social dejó el Plan de Guadalupe, del que afirma rotundamente que no pudo siquiera diseñar los problemas que deben resolverse. Cuando así se expresa el Primer Jefe es porque no puede negar la realidad que se le estaba presentando.
Si no conociéramos sus opiniones, expuestas cuando se firmó el Plan de Guadalupe; si no recordáramos la resistencia ofrecida para que se incluyeran algunos principios sociales, aceptaríamos como muy sincera la expresión de que las deficiencias se debieron a las circunstancias anormales y urgentísimas del momento, que inspiraron ese plan. Pero conociendo las opiniones que tenía cuando se lanzó a la lucha, habiéndolas expresado nuevamente en el momento del triunfo y repetido a los surianos que le visitaron, no podemos menos de lamentar que el documento que comentamos esté lleno de palabras, muy bellas palabras, a las que falta el espíritu, falta el hálito revolucionario que les diera vida. Tan es así, que el señor Carranza afirma que tras el movimiento inicial, los problemas han surgido de manera espontánea.
No es exacta la afirmación, pues los problemas no aparecieron durante el movimiento constitucionalista. No los comprendió y no los tomó en cuenta el señor Carranza, pero existían ya, y se hicieron demandas, se hicieron Revolución, cuando humildes hombres tomaron como bandera el dolor humano y reclamaron la implantación de reformas.
Esos problemas los habían sentido los liberales en 1902, el Partido Liberal Mexicano en 1906 y el señor Madero en 1910. Uno de esos problemas, el agrario, se agudizó tanto que creó su bandera -el Plan de Ayala- en la necesaria continuación del movimiento del señor Madero. Cuando éste fue traicionado, ya la Revolución Agraria tenía su doctrina claramente expuesta y su trayectoria definida.
Y porque era un movimiento de principios y de ideales, combatió al usurpador, a pesar de los ofrecimientos que a muchos hombres, sin temple genuinamente revolucionario, hubieran doblegado.
Enorme hubiera sido la figura del señor Carranza si con ese caudal de ideas, si con ese conjunto de pensamientos que hay en su nota y animado por un deseo real de investigar y extraer las raíces de los males del pueblo, para aplicar los remedios consiguientes, se hubiera tomado la molestia de investigar, con ánimo sereno y libre de prejuicios, las causas del movimiento revolucionario del sur.
Cumplimiento a los compromisos contraídos con el pueblo, que había ofrendado generoso su hirviente sangre; reconstrucción del país dentro del marco de las demandas auténticamente revolucionarias, esto es, desde la base económica que sustenta la estructura social; inspiración en los grandes y nobles intereses del pueblo trabajador y hambriento, productor y desnudo; investigación de las causas de su miseria y de su ignorancia; aplicación de los remedios eficaces. ¿Qué otra cosa pedía el Ejército Libertador?
Pero he aquí que el señor Carranza ni siquiera alude al único problema social que tímidamente se le presenta. Dice que la asamblea que ha convocado será ilustrada por los más firmes criterios y los más enérgicos espíritus que han sabido sostener los ideales de la Revolución. Pero, ¿a qué ideales se refería? ¿A los que estaban en la mente de varios constitucionalistas? No se les había alentado siquiera. Revolucionarios auténticos, idealistas innegables, había en las filas del constitucionalismo; pero su sentir y sus opiniones eran personales.
Precisamente por esto resultaba una labor ímproba y de dudosa efectividad la que imponía a esos revolucionarios e idealistas: exponer sus opiniones, formarles ambiente y lograrles aceptación en una asamblea de indefinidos rumbos filosóficos, como forzosamente debía ser la convocada por el señor Carranza.
Piensa este señor que la asamblea llevaría imbíbita la representación del país, y no estaba equivocado; llevaría la representación más importante en el momento: la de los hombres que habían expuesto su vida por el bienestar de la nación.
Mas ¿qué otra cosa pedía el Plan de Ayala en su artículo 12? Una asamblea que llevara imbíbita la representación nacional para designar al Presidente Interino de la República. Nada más; porque la doctrina estaba expuesta y no iba a surgir de las discusiones. Con su alta investidura, el Presidente recibiría esa doctrina como el depósito de las más caras esperanzas del pueblo.
Nada había que se opusiera a que la asamblea ampliase su cometido con la formación de un programa de gobierno. Hasta creemos que hubiera sido conveniente señalar los capítulos de acción al Primer Magistrado. Nada había que se opusiera a que la asamblea se fijase en el señor Carranza para investirlo con el más alto cargo de la República. Hasta pensamos que hubiera sido el candidato único de los surianos, despojados, como estaban, de toda ambición de mando y de poder. Lo pensamos y lo decimos sinceramente, repitiendo lo asentado en páginas anteriores, en el supuesto de no haber existido la tremenda divergencia ideológica que había.
Se agrava el conflicto de Sonora
Mientras tanto, el conflicto de Sonora iba agravándose. El general Obregón, al informar al señor Carranza de su cometido, abogó por el retiro del señor Maytorena. El señor Carranza aprobó la proposición, y para que el general Juan G. Cabral pudiera hacerse cargo del gobierno y de la comandancia militar de Sonora lo relevó de la comandancia militar de la plaza de México y lo substituyó, el día 9, con el general Jesús Dávila Sánchez, como dijimos.
Las fuerzas comandadas por el general Benjamín G. Hill, entre las que se contaban las del coronel Plutarco Elías Calles, habían tenido ya un encuentro con las que sostenían al gobernador. De ahí que el general Villa se dirigiera el día 10 al general Obregón, por medio de un telegrama urgente, pidiéndole que ordenara la salida de Hill de Casas Grandes o a cualquiera otro punto, pues lejos de contribuir a la solución del conflicto lo estaba agudizando. El general Obregón contestó en la misma fecha diciendo que consideraba inconveniente dictar las órdenes, porque estaba próximo a asumir el gobierno y la comandancia militar el general Cabral, y a éste correspondía proceder conforme a las circunstancias.
Dos días más tarde salió el general Cabral hacia Sonora. El 13 salió hacia Chihuahua el general Obregón, quien tenía como plan ponerse de acuerdo con el general Villa, como la vez anterior, para seguir ocupándose del conflicto sonorense.
El 16 llegó a la ciudad de Chihuahua, en donde presenció una parada militar de la División del Norte para celebrar el aniversario de la Independencia Nacional. El general Obregón y el jefe de su Estado Mayor, que lo era el coronel Francisco R. Serrano, independientemente hicieron un cálculo de los hombres que desfilaron, los cuales ascendían a cinco mil doscientos, con cuarenta piezas de artillería. Además, se dieron cuenta de que en el palacio federal había un depósito de parque hasta de cinco millones solamente del calibre de 7 milímetros; pero no pudieron estimar sino en una cantidad considerable el armamento nuevo que estaba depositado allí.
El choque entre la tropa del general Hill y la del gobernador, siendo aquélla la agresora, determinó que el general Villa se inclinara fuertemente por la inmediata retirada del primero, por estimar que había faltado a las órdenes de no hostilizar al señor Maytorena y a sus fuerzas. El general Obregón, por su parte, deseaba solucionar la situación deponiendo al gobernador.
A esta divergencia de opiniones vino a sumarse la noticia de que habiéndose presentado el general Juan G. Cabral al gobernador Maytorena, éste se negó a entregarle el gobierno, porque, según sus propias expresiones, no se lo había conferido el Primer Jefe, sino el pueblo del Estado y, en consecuencia, la sola pretensión de que se retirara del cargo era un atentado a la soberanía de Sonora.
La enérgica actitud del señor Maytorena hizo pensar al general Villa que si no se retiraba al general Hill como resultado de su desobediencia era porque había la intención de deponer al gobernador y no la de solucionar el conflicto en forma enérgica, pero razonable; por lo mismo, creyó que se había buscado su intervención para envolverlo en una maniobra política nada limpia.
No faltó quien le hiciera saber la atención con que el general Obregón y el coronel Serrano habían seguido el desfile militar, así como que habían visto el depósito de parque y armas. Mal avenido, como estaba, con el señor Carranza, tuvo que estallar el nada apacible carácter del general Villa.
Obregón, en grave peligro
Al mediar la tarde del 17 de septiembre, Villa mandó a buscar al general Obregón. De mal talante lo recibió, pues a continuación de expresarle que no toleraría que el general Hill se burlara de él, le dijo que lo consideraba como un traidor y un espía del señor Carranza, por lo que iba a ordenar que lo fusilaran en el acto. Sin dar tiempo a una respuesta mandó a su secretario que redactara un telegrama para Hill, con la firma del general Obregón, ordenándole que se reconcentrara inmediatamente en Casas Grandes. Mientras se redactaba el mensaje, los dos generales medían a grandes pasos la estancia en que se hallaban.
Al entregarle el borrador del telegrama al general Villa, éste, mostrándolo al general Obregón, le preguntó si podían pasarlo, a lo que el interrogado contestó afirmativamente. Luego dió órdenes para que veinte hombres de su escolta, al mando del mayor Cañedo, se hicieran cargo del general Obregón y lo fusilaran.
El general Obregón, dominándose cuanto pudo, dijo a Villa que desde el momento en que había puesto su vida al servicio de la Revolución estaba en la creencia de que era una verdadera fortuna perderla. Estas palabras, dice una de las pocas personas que presenciaron la escena, llamaron poderosamente la atención del general Villa, en quien era visible el choque de sentimientos encontrados.
Un incidente dió otro sesgo a la situación. Sucedió que en la pieza contigua estaba el doctor Felipe Dussart, quien, con exagerados ademanes y voz destemplada, dijo al general Villa:
- ¡Bravo, mi general; así se necesita que proceda usted!
Toda la cólera del general Villa se concentró en una fulminante mirada que dirigió al intruso, a quien con gran energía, increpó:
- ¡Largo de aquí bribón, fantoche, o lo saco a patadas!
Llegó la escolta; pero no le fue entregado el general Obregón, y, al fin, Villa ordenó que aquélla se retirara.
Los dos jefes revolucionarios continuaban paseando por la estancia, de la que salió bruscamente el general Villa para volver poco después. Estaba emocionado, conmovido, con el semblante alterado y los ojos enrojecidos; pero ya no lo dominaba la cólera. Tomó asiento, invitó al general Obregón a que hiciera lo mismo y le dijo:
- Francisco Villa no es un traidor. Francisco Villa no mata a los hombres indefensos y menos a ti, compañerito. Te voy a probar que soy hombre, y si Carranza no me respeta sabré cumplir los deberes de la patria ...
Su voz fue turbada por el llanto y éste corrió por la faz bravía del jefe de la División del Norte. Si su ira se había desviado poco antes hacia Dussart, la tempestad que ahora había en el pecho del guerrillero se resolvía en una nueva manifestación.
Creemos que no es difícil interpretar las emociones que impulsaron las contradictorias actitudes del general Villa. Sentíase lastimado por el nada airoso papel que se le había hecho desempeñar, pues con la apariencia de mediador en un conflicto había intervenido en una maniobra política que comprometía seriamente su personalidad. Teniendo motivos de resentimiento con el señor Carranza, había aceptado de buena fe la comisión y la desempeñó con lealtad; pero ahora este señor, escudándose con los documentos que tenía en sus manos, podía decir que él jamás había pensado en deponer al gobernador constitucional de Sonora; pero que sus comisionados -dos altos jefes del Ejército Constitucionalista- así lo habían propuesto como la mejor solución por ellos encontrada. El general Obregón era adicto al señor Carranza; pero, ¿hasta qué punto podía culpársele? La presencia de un ordenanza puso fin a la muda y prolongada escena. El general Villa se secó los enrojecidos ojos y dijo a su acompañante:
- Ven a cenar conmigo, compañerito. ¡Ya pasó todo!
Para esa noche estaba preparado un baile con el que el general Obregón deseaba corresponder a las atenciones que había recibido de los jefes de la División del Norte, residentes y de Chihuahua. El general Villa se excusó de asistir, pues no podía hacerlo debido a los sucesos ocurridos; pero el general Obregón sí estuvo presente y bailó hasta el amanecer. Necesitaba ahogar uas fuertes impresiones del día en el vértigo del vals y en la charla de los amigos.
Nueva nota al señor Carranza
El general Obregón permaneció en la ciudad de Chihuahua hasta el día 21, pues en esa fecha se firmó la respuesta a la nota del señor Carranza. Dice así la contestación:
A fin de que la presente sea la expresión del sentir general de la División del Norte, y para poder estudiar el asunto con toda la atención que su importancia requiere, han sido consultados los señores generales de dicha División y se les ha sometido tanto la convocatoria que se sirvió usted hacer para la junta que debe tener lugar en México el 1° de octubre próximo como la nota a que al principio nos referimos.
El sentir general de esta División, debemos decirlo con franqueza, es contrario a la celebración de esa junta, no sólo porque ésta no fue prevista en el Plan de Guadalupe, que en un principio sirvió de bandera única a la Revolución, sino porque las bases para la constitución de dicha junta se consideran poco democráticas, pues que los señores generales y gobernadores convocados no llevan la representación de sus tropas, sino que su nombramiento procede de una sola y misma persona.
Es verdad que en el pacto de Torreón la División del Norte propuso la celebración de una Convención y podría ahora tachársenos de inconsecuentes al oponernos a la celebración de la junta por usted convocada; pero hay que advertir que aquella Convención se propuso sobre bases más democráticas y con objeto de zanjar dificultades que, por fortuna, en la actualidad ya no existen.
Al no estar prevista en el Plan de Guadalupe la celebración de la junta se falta, en nuestro humilde concepto, a lo que el mismo Plan se propone de un modo inmediato; es decir, a la reorganización del Gobierno Constitucional, y al no especificarse de antemano la clase de reformas que habrán de acordarse se corre el riesgo de que la cuestión agraria, que, puede decirse, ha sido el alma de la revolución, sea postergada y hasta excluída por la resolución de otras cuestiones de menor importancia.
Consideramos, por otra parte, que el estado de desorden y debilitamiento económico y financiero a que ha llegado nuestro país, por virtud de una guerra prolongada, exige, imperiosamente, antes que todo, el restablecimiento en el interior y en el exterior del crédito nacional, y esto sólo podrá conseguirse mediante la constitución de un gobierno que tenga por origen la voluntad popular y no un movimiento revolucionario.
Hemos ofrecido al pueblo de un modo explícito el inmediato restablecimiento del orden constitucional y no la continuación del actual estado de incertidumbre, que, sin duda, seguirá si se establece un interinato largo, que, como todos los interinatos, carecerá de la fuerza que tiene un gobierno electo popularmente.
No debe ocultársenos que la invitación a la junta, por no precisar programa ni indicar las cuestiones que serán tratadas, ha producido en el país gran alarma, que es necesario hacer cesar, y esto sólo se conseguirá haciendo público que los objetos primordiales de ella son la inmediata convocatoria a elecciones de Poderes Federales y de los Estados y la implantación de la reforma agraria.
Desde el punto de vista de la conveniencia política, es también de capital importancia que las elecciones se lleven a efecto cuanto antes, para evitar que el elemento reaccionario, en la actualidad desorganizado, pueda oponer obstrucciones al nuevo gobierno, como vimos, desgraciadamente, en la época del señor Madero.
Por otra parte, como es nuestra convicción que para que haya paz orgánica no sólo es condición indispensable el establecimiento de un gobierno popular, sino que también lo es la repartición de las tierras, no podremos asistir a la junta por usted convocada sin tener previamente la seguridad de que en su seno será resuelta esa cuestión en un sentido prácticamente favorable para las clases populares.
En tal virtud, aunque somos opuestos a la idea de la junta, tal y como va a funcionar y por las razones asentadas, sin embargo, como un testimonio de subordinación y de respetuosa consideración al Primer Jefe del movimiento constitucionalista, iremos a ella; pero en la inteligencia de que en primer término se resolverán el refrendo a dicho Primer Jefe del cargo de Presidente Interino de la República; en segundo, la inmediata convocatoria a elecciones generales, y en tercero: la aprobación de las medidas cuyo resultado sea el reparto inmediato de las tierras, a reserva de ser sancionado por el próximo Congreso General.
Es nuestro deber manifestar a usted que fuera de las cuestiones apuntadas la División del Norte no se podrá considerar obligada por ningún otro acuerdo que se tome en la junta.
Hay al calce una nota que dice: Creo que la resolución favorable de los tres puntos indicados consolidarán la paz y salvarán los intereses nacionales.
Complace ver que a los firmantes de la nota preocupara el problema agrario, al que llaman alma de la revolución, pues, en verdad, era fundamental.
Satisface ver que, como testimonio de respetuosa subordinación al Primer Jefe, la División del Norte estuviera dispuesta a concurrir a la junta a pesar de la opinión adversa, porque los integrantes no irían a representar a la masa revolucionaria, toda vez que estaban designados por una sola y misma persona.
Mas satisface que como primer punto de los trabajos figurase la ratificación del cargo de Presidente Interino en la persona del Primer Jefe, pues la División del Norte deponía una vez más su acritud y dejaba la situación en las manos del señor Carranza. Con un poco de buena voluntad podían darse por terminados los conflictos en el Norte, pues nada indicaba que el señor Maytorena no se plegara a las circunstancias.
Finalmente, para la solución de todos los conflictos sólo faltaba un sincero llamamiento al Ejército Libertador y una buena disposición de ánimo para atender a sus principios revolucionarios y hacer justicia a sus esfuerzos.
El regreso de Obregón se frustra
Dijimos que el general Obregón permaneció en la ciudad de Chihuahua hasta el día 21. Por la tarde salió hacia México, acompañado de los generales Eugenio Aguirre Benavides y José Isabel Robles, designados para ese objeto por el general Villa; pero al llegar a la estación de Ceballos les fue entregado a Robles y a Aguirre Benavides un telegrama por el que se les ordenaba regresar llevando consigo al general Obregón.
El señor Carranza había tenido informes de lo sucedido entre los generales Obregón y Villa, por lo que dirigió a este último un severo telegrama sin tener en cuenta que mientras el general Obregón estuviera en el territorio dominado por la División del Norte sobre él recaería todo el efecto que causaran los términos del mensaje. Además, mandó suspender el tránsito ferroviario y las comunicaciones con la región ocupada por las fuerzas del general Villa.
En la madrugada del 23 regresaron a Chihuahua los generales Aguirre Benavides, Robles y Obregón. Como a las siete de la mañana se presentó un oficial diciendo que el general Villa enviaba su automóvil para llevar a los viajeros a su casa.
Villa recibió al general Obregón nerviosamente, pero sin enojo hacia él. Todo su disgusto era con el señor Carranza, por lo que le mostró la copia del telegrama que le había enviado la víspera, y que reproducimos a continuación:
En contestación a su mensaje le manifiesto que el general Obregón y otros generales de esta División salieron anoche para esa capital con objeto de tratar importantes asuntos relacionados con la situación general de la República; pero en vista de los procedimientos de usted, que revelan un deseo premeditado de poner obstáculos para el arreglo satisfactorio de las dificultades y llegar a la paz que tanto deseamos, he ordenado que suspendan el viaje y se detengan en Torreón. En consecuencia, le participo que esta División no concurrirá a la Convención que ha convocado, y desde luego le manifiesto su desconocimiento como Primer Jefe de la República, quedando usted en libertad de proceder como le convenga.
Sobre el firmante del telegrama llovieron peticiones: unas, en el sentido de que se fusilara al general Obregón; otras, en sentido contrario, y, justo es decirlo, una mayoría de los jefes y oficiales de la División del Norte abogó por que se respetara la vida del jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste. Se nos ha asegurado que la más activa intervención correspondió a don Raúl Madero y al general Felipe Angeles. También es justo decir que el general Villa no estaba inclinado a sacrificar a quien llamaba su compañerito, pues ni una sola amenaza brotó de sus labios en esta ocasión, por más que lo consideraba adicto al señor Carranza, de quien Villa estaba definitivamente distanciado.
Obregón retorna a México
Cenaron juntos los generales Obregón y Villa. Este dijo al primero, al terminar la cena, que aquella misma noche podía volver con Carranza, pues sólo esperaba que acabaran de salir los trenes que estaban transportando tropa del general Mateo Almanza.
Y así sucedió. Muy cerca de las once partió el tren del general Obregón. habiendo designado el general Villa al coronel Roque González Garza para que lo acompañara hasta los límites del territorio dominado por la División del Norte.
Una orden telegráfica del señor Carranza al general Pánfilo Natera para que levantase la vía entre Aguascalientes y Zacatecas provocó dos graves incidentes: que el general Obregón estuviera a punto de ser regresado a Chihuahua, y un cambio de telegramas entre el Primer Jefe y el general Natera.
Al llegar el tren a la estación de Corralitos, el conductor recibió órdenes de regresar. Obedecían a que el general Villa estaba ya informado de lo dispuesto por el señor Carranza. El general Obregón se dispuso a jugarse el todo por el todo para no regresar nuevamente a Chihuahua; pero en esos momentos el jefe de estación recibió contraorden, por lo que dió vía libre al tren, que continuó su camino hasta la capital.
El general Natera objeta una orden del señor Carranza
Veamos el otro incidente que surgió. Estaba el general Natera en la ciudad de Aguascalientes, y como no pertenecía a la División del Norte, el señor Carranza le ordenó levantar la vía entre dicha ciudad y Zacatecas, pues supuso que el general Villa emprendería sin demora la marcha hacia la capital.
La fecha del telegrama que acabamos de reproducir, y las de los que reproduciremos a continuación, no dejan la menor duda de que la orden fue precipitada y que se dió a sabiendas de que el general Obregón estaba en manos del general Villa. Por fortuna, el general Natera hizo las objeciones que veremos en el siguiente mensaje:
Aguascalientes, 22 de septiembre de 1914.
(Muy urgente)
Refiriéndome su respetable telegrama fecha de hoy, hónrome manifestarle que no por desobediencia, sino por una explicación que creo justa para provecho de nuestra patria y de nuestra causa revolucionaria, se sirva concederme una conferencia telegráfica a fin de conocer las causas que han impulsado a usted para ordenarme corte avance fuerzas División del Norte, pues no conozco antecedentes para considerar dichas fuerzas enemigas de la causa. Respetuosamente.
El General Pánfilo Natera.
El señor Carranza no concedió la conferencia solicitada; pero contestó telegráficamente lo que sigue:
Palacio Nacional, septiembre 22 de 1914.
Impuesto su comunicación manifiesto a usted que he procurado evitar conflicto tanto con la División del Norte como con Zapata, pues es mi deber obrar con la mayor prudencia, pero no está en mi mano hacer que otros la tengan.
Ayer transcribí a usted, y creo que el gobernador de ese Estado recibiría también mis mensajes, comunicando a ustedes lo ocurrido al general Obregón con el general Villa en Chihuahua. El general Villa ha estado procediendo de mala fe y con el propósito manifiesto de rebelarse contra la Primera Jefatura, a pesar de las consideraciones con que lo he tratado para evitar pretexto de una rebelión. No obstante haber terminado la lucha con los federales y estar ya desarmadas todas las fuerzas que las componían, el general ha continuado introduciendo armas y parque para combatir a esta Primera Jefatura; él ha fomentado la rebelión de Maytorena en Sonora, amenazando al jefe de las fuerzas locales con mandar tropas para batirlo si atacaba a las fuerzas de Maytorena; mandó a Angeles a la parte Norte de Baja California a mantener con federales esa parte en poder de ellos; ha mandado tropas suyas a Durango a hostilizar a los Arrieta, y ha reclutado gente estos últimos días.
Todos estos actos prueban su propósito de rebelarse en contra del gobierno que yo represento. Convoqué para el día primero del mes entrante una junta de generales y gobernadores constitucionalistas para que en ella se tratara del programa del gobierno provisional, si se acordaba implantar algunas reformas indispensables para la Nación y, en caso de que no se acordara, fijar la época en que se verifiquen las elecciones.
A este respecto, el general Villa me manifestó que no convenía que se verificara la junta hasta que se hubiera arreglado con Zapata y a quien él instigaba, según me han manifestado jefes de Zapata, a que no se arreglara conmigo.
Las medidas que tomé ayer por lo acaecido con Obregón no eran motivos suficientes para un rompimiento si no hubiera estado buscando pretextos para verificarlo. Con tal proceder de él es un deber mío asegurar el territorio ocupado por fuerzas de mi mando contra cualquiera intención de él de invadirlo. Es por esto por lo que he ordenado a usted tomar las medidas que le indiqué para evitar mayores males. Para tomar tales medidas, en este caso como en cualquiera otro semejante, es un deber del gobierno tomarlas, pues si en cada caso que se ofrezca al gobierno ha de consultar a todos los jefes no hay gobierno posible.
Sírvase usted decirme qué jefes han discutido en ésa acerca de este asunto y la resolución de ellos y de usted para proceder como yo crea conveniente. Espero su contestación.
Huelga decir que el general Zapata no estaba instigado por el general Villa. De haber existido, no instigación, sino intercambio de impresiones, seguramente que el general Villa se hubiese referido con amplitud en su manifiesto, que luego reproduciremos, a la situación del Sur. No era indebida ni ofensiva la sugerencia de que se tuviese un arreglo con el general Zapata antes de convocar a la Convención, pues sólo se ve el deseo de que el suriano participara en ella; pero sí tuvo que contrariar al señor Carranza, quien no procedía con la prudencia que se atribuye ni trató de evitar el conflicto con las huestes del Sur.

References: artículo 12
 artículo 12
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 resolución 
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