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Timestamp: 2019-02-16 20:17:00+00:00

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Internacionalismo y paz – Olimpismo
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Los Juegos Olímpicos modernos se convirtieron en uno de los fenómenos sociológico más importantes del siglo xx y continúan sorprendiendo al mundo con su poder de convocatoria, en la cual gracias a la tecnología toman parte miles de millones de personas que se asoman a sus televisores para ser testigos de la máxima fiesta cuadrienal del deporte.
Del 13 al 29 de agosto de 2004 se dieron cita en Atenas (Grecia) los mejores atletas del mundo. Doscientos dos países se hicieron presentes con sus mejores representantes en veintiocho disciplinas deportivas.
Paralela a la participación de más de once mil atletas, se desarrolló una completa muestra de manifestaciones culturales, que integró todas las artes, fortaleciendo el papel del deporte como instrumento integrador de muchas otras disciplinas.
Pocas veces –quizá nunca– hemos reflexionado sobre el significado de la palabra “deporte”, que es en realidad muy común. Sus orígenes datan de los siglos xiii y xiv. Cuentan que se fue conformando por el antiguo término “deportarse” (divertirse, descansar) y que deriva del latín deportare (trasladar, transportar).
Piernavieja, uno de los más importantes investigadores sobre el deporte, nos confirma que “la primera acepción de la palabra deporte es la de diversión en forma de ejercicios físicos” que se encuentra en el libro de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo (xvi, v. 355d).
En forma espontánea y como resultado del desarrollo del transporte, al descender los marinos de los barcos, ávidos de esparcimiento, aprendieron juegos nativos que llevaron de un puerto a otro. De esta forma contribuyeron al uso y popularización del término “ir de puerto”, que poco a poco se transformó en “deporte”.
Este sencillo hecho contribuyó significativamente al desarrollo del deporte, reviviendo su práctica y trasformándola en lo que hoy es, en forma progresiva y cada vez más organizada.
Actualmente podemos disfrutar a través de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, del espectáculo más importante del deporte, los Juegos Olímpicos modernos, una fiesta cuadrienal que reúne a los más selectos deportistas del mundo. Es, para los que vibramos con el deporte, algo espectacular. Quienes llegan a competir son verdaderos campeones que representan con orgullo a sus países y se entregan en la competencia de una forma que despierta la emoción de los asistentes que presencian los esfuerzos de los héroes olímpicos de la época moderna.
Cuando hablamos de lo olímpico tenemos sin duda que remontarnos al origen, es decir, a Olimpia. Este lugar se encuentra en Grecia en un hermoso valle, enmarcado por el monte Cronos y los ríos Alfeos y Cladeos, donde se estableció un santuario en donde rendían culto a Zeus (dios nacional y padre de dioses y hombres).
Allí, en medio de los árboles y del júbilo de los asistentes, que sumaban aproximadamente cuarenta mil, se realizó el lanzamiento de bala. Ésta es la única prueba atlética que en la historia del olimpismo moderno se ha desarrollado en ese recinto sagrado del deporte con motivo de los Juegos Olímpicos de Atenas del año 2004.
El pasado 18 de agosto los fanáticos del olimpismo nos hicimos presentes, y sentados sobre el césped buscamos la mejor posición, ilusionados por evocar el pasado, esperando a los atletas que hicieron su ingreso al estadio por el mismo túnel de acceso que utilizaron casi tres mil años atrás los primeros atletas olímpicos.
Por un instante la emoción de ser testigos de la prueba nos hizo olvidar la intensa temperatura y concentrarnos en los competidores, hombres y mujeres orgullosos de representar a su género en semejante evento. En especial ellas, quienes en la Antigüedad tenían vedada la entrada al estadio, así fuese tan sólo para observar.
Los Juegos Olímpicos antiguos se celebraban desde el año 776 a.C., cada cincuenta plenilunios, el primer plenilunio de agosto, y esta medida de tiempo dio lugar a la aparición del término olimpíada, es decir, período transcurrido desde la finalización de unos juegos hasta la iniciación de los siguientes. De esta forma se hacía referencia a tal olimpíada, en la cual Diágoras de Rodas o Corebos o cualquier otro, había resultado vencedor. Debido a sus características religiosas, dentro de las cuales se enmarcaban toda una serie de ritos en honor al dios Zeus, fueron sembrando un ambiente espiritual y sagrado, que permitió fortalecer en la cultura helénica la búsqueda de la excelencia a través del esfuerzo físico.
Hoy hablaríamos del “espíritu olímpico”, esa actitud mediante la cual denotamos algo muy subjetivo que está representado en la alegría por el esfuerzo y en la entrega denodada que, fortalecida con la mística, se ve complementada con principios morales y patrióticos que hacen de un deportista un modelo a emular por quienes lo rodean y admiran, llegando incluso a colocarlo en posición de ídolo, cosa que lo acerca a lo divino, práctica que en otras culturas y en otros tiempos fueron observadas.
Para garantizar que en el año 884 a.C. los juegos se pudieran celebrar en paz, se pactó una “tregua sagrada” o ekhecheiría entre los reyes Licurgo de Esparta, Cleóstenes de Pisa e Ifito de Élida, mediante la cual se suspendía la guerra. El territorio de Olimpia fue considerado inviolable y nadie podía entrar portando armas. A los peregrinos que se desplazaban hacia Olimpia se les daba un salvoconducto que los protegía durante el viaje de ida y regreso a su lugar de origen.
El programa oficial de los juegos incluía variadas actividades como las carreras, que eran catalogadas de la siguiente manera:
Dromos, que consistía en recorrer la distancia del estadio (192,28 mt). Como no había cronómetro, el ganador era quien cruzara la meta primero.
Diaulos, que era una prueba de ida y vuelta (dos estadios).
Dólicos, que exigía recorrer la distancia del estadio entre siete y veinticinco veces.
Se complementaba el programa con el pentatlón, competencia conformada por cinco pruebas: carreras, saltos con alteras (del griego altéres, aparato gimnástico formado por dos masas), lanzamiento de disco y jabalina y lucha.
Entre las pruebas de combate que hacían parte del programa, estaban la lucha, el pugilato y el pancracio, todas de contacto personal y que exigían del atleta un respeto por la vida de su competidor y, por supuesto, un respeto total a las decisiones del juez encargado de dirigir el combate.
Aun cuando en el santuario de Olimpia las instalaciones contaban con un hipódromo, las pruebas que allí se llevaban a cabo no eran consideradas olímpicas.
Los atletas llegaban al lugar muy conscientes de su compromiso, así que una vez inscritos en sus respectivas competencias se dirigían al templo para orar y prometer al dios Zeus que harían su máximo esfuerzo para ser los mejores en su honor. Allí, en medio de la penumbra, se observaba una de las maravillas del mundo antiguo, la estatua del dios Zeus sentado en su trono. Catorce metros de altura, en oro, con rubíes, perlas y diamantes sobre la frente, su bastón de mando en la mano izquierda, y a la derecha una reproducción de la diosa Niké, impactaban al visitante y le infundían respeto y admiración.
El día de la competencia subían al monte Cronos para esperar la salida del sol y reafirmar su intención de esforzarse y dar lo mejor de sí para llegar a ser vencedores olímpicos. Sobre este particular, es importante saber que sólo había lugar a un vencedor o campeón.
No se premiaba al segundo y al tercero, porque era claro que el vencedor era sólo uno. De otra parte, los Juegos Olímpicos eran exclusivos para los hombres, de manera que las mujeres estaban excluidas. Sin embargo, había una excepción: la sacerdotisa de Deméter, quien era muy especial para los asistentes, principalmente para aquellos interesados en acertar quién ganaría tal o cuál prueba olímpica.
Debido a que los atletas (del latín athleta, que a su vez procede del griego athletés, que significa luchador, combatiente) competían desnudos, cubrían sus cuerpos con aceite para protegerse del sol, y como las competencias se realizaban en la arena, debían limpiar posteriormente la suciedad que se les adhería. Para este procedimiento utilizaban una serie de cucharillas denominadas estrigilos, que permitían fácilmente hacer esta labor. Luego se bañaban con abundante agua, cubrían su cuerpo con túnicas de telas suaves y frescas, que generalmente eran blancas, y calzaban sus pies con sandalias de cuero.
La prueba reina de los Juegos Olímpicos antiguos era la prueba del estadio, que consistía –como quedó dicho– en recorrer ciento noventa y dos metros con veintiocho centímetros, que era la longitud oficial de este escenario. En esa época el ganador era aquel atleta que primero cruzara la línea de llegada. Esta línea era llamada ephesis y estaba formada por una hilera de ladrillos colocados uno al lado del otro hasta completar el ancho del estadio, que era rectangular.
El júbilo de los espectadores no se hacía esperar; todos animaban y reconocían al vencedor olímpico, quien era protegido por Niké –diosa de la victoria–, que se supone descendía de los cielos moviendo suavemente sus alas hasta colocarse sobre el atleta vencedor. Acto seguido, se le colocaba en el brazo derecho una cinta de color rojo que lo identificaba y distinguía en cualquier lugar.
Al final de las competencias se realizaba una ceremonia pública en la cual se premiaba a los atletas vencedores. En el atrio del templo de Zeus se daban cita los más importantes asistentes a los juegos. Allí se colocaba sobre la frente del vencedor una corona de olivo, máximo galardón que obtenía como premio. La corona era hecha de las ramas del olivo kalistéfanos, o “de las buenas coronas”, que se encontraba frente al templo de Zeus, y que debía ser cortada por un niño virgen no mayor de diez años, cuyos padres estuviesen vivos y que como familia fuesen ejemplo para los demás, porque el olimpismo era una filosofía de vida.
JUEGOS OLÍMPICOS DE LA ÉPOCA MODERNA
A finales del siglo xix, con la conflictiva situación ocasionada por las continuas guerras que enfrentaban diferentes países de Europa, fue necesario recurrir a diversos métodos para estimular a los jóvenes a tener una vida sana y entusiasta, que les permitiera mirar lejos con ilusión y esperanza. Por aquella época, diferentes áreas del conocimiento se daban a la tarea de investigar el origen de todo cuanto ha rodeado los distintos procesos de la evolución humana, entre ellos el deporte.
Los maravillosos relatos de Homero, Pausanias y Píndaro, entre los más destacados, calaron en diversos lectores e incluso los alentaron para emprender en la búsqueda de lugares recónditos, inexplorados y fantásticos. Un grupo de excavadores liderados por un apasionado lector de Homero se dio a la tarea de encontrar el sitio de Olimpia. Entre 1875 y 1880, la humanidad recuperó bellas expresiones del arte antiguo que hoy son objeto de estudio y admiración por los visitantes de los principales museos en Grecia, Francia, Alemania e Inglaterra, entre otros.
Abundantes obras artísticas, entre esculturas de mármol y bronce, pinturas sobre ánforas, relieves, mosaicos y frisos representan los cuerpos fuertes y esbeltos de divinidades y atletas.
Entre los estudiosos de la civilización helénica se encontraba un soñador y visionario del deporte moderno, Pierre de Fredy, barón de Coubertin. Su dedicación al conocimiento del origen de los Juegos Olímpicos antiguos significó para la civilización moderna uno de losprincipales hallazgos en su beneficio.
Este conocimiento le permitió entender la fortaleza del pueblo griego que consideraba, debido a su politeísmo, que los humanos no podían equivocarse, como lo hacían los dioses (pues los dioses eran los únicos que podían cometer errores y luego corregirlos), sino que, al contrario, en su honor, debían ser perfectos.
Convencido de la búsqueda de la excelencia del pueblo griego, plasmada en ese culto a los dioses que fue la realización de los Juegos Olímpicos antiguos, este insigne hombre del deporte se dio a la tarea de restablecerlos en nuestros tiempos.
De origen francés, su primer pensamiento fue para la humanidad. Encontró tan importante la riqueza de los juegos antiguos, que trabajó hasta lograr convencer a un grupo de pioneros de que el mundo podía beneficiarse de una actividad tan noble como el deporte en momentos en que los jóvenes reclamaban un espacio para competir, para medir fuerzas, habilidades y destrezas, pero sobre todo para cambiar el escenario de la guerra y buscar la paz y el acercamiento entre los pueblos.
Su equipo de trabajo estaba integrado por un grupo de seguidores y amigos que lo apoyaron en este proyecto en 1894. Por aquella época escribió en su anecdotario personal la razón de por qué restauró los Juegos Olímpicos: “Para posibilitar y consolidar los deportes, para asegurar su independencia y duración, y de este modo permitirles cumplir mejor con el papel educativo que les corresponde en el mundo moderno: la glorificación del atleta individual, cuya actividad muscular es necesaria para el mantenimiento del espíritu general de la competencia”.
Los primeros Juegos Olímpicos modernos se celebraron en Atenas en 1896 del 6 al 15 de abril, con la participación de catorce países y doscientos cuarenta atletas. Se ratificó entonces el precepto helénico: ninguna mujer podía tomar parte en estos juegos. Esto significó una injusticia para las mujeres de la época que anhelaban participar, especialmente para Estamata Raviti, alias “Melpómene”, quien intentó tomar parte en la prueba de maratón y sufrió las consecuencias de la discriminación por parte del Comité organizador.
Demetrius Vikelas presidió el Comité Olímpico Internacional desde 1894 hasta 1896. En un gesto de desprendimiento, Coubertin entendió que era mucho más estratégico que un griego fuera el primer presidente de este organismo, máxime cuando los primeros juegos convocarían al universo en la ciudad de Atenas. Gracias a sus buenas relaciones, Vikelas consiguió que un rico comerciante, de nombre George Averoff, donara un millón de dracmas para construir el más hermoso estadio de la época moderna: el Panathinaikos; su construcción se hizo en el mismo lugar donde había existido en el siglo ii d.C. un estadio similar que fue financiado por un acaudalado romano de nombre Herodes Atticus. Esta infraestructura se ve complementada por dos elementos: el primero, su resplandeciente color blanco, producto de la pureza del mármol con el que fue hecho, y el segundo, su acústica, concebida bajo el mismo criterio con el cual los arquitectos griegos antiguos concibieron sus teatros; de tal forma que los espectadores podían escuchar sin necesidad de parlantes y modernos equipos de sonido al presentador oficial del programa.
El rey Jorge i de Grecia estuvo presente en la ceremonia de inauguración compartiendo la silla de honor con el barón de Coubertin y Demetrius Vikelas. Allí, en medio de la emoción de los espectadores, se coronó vencedor Spiridon Louis en la prueba de maratón, que por primera vez se corría en los Juegos Olímpicos. Su Majestad en persona entregó el premio a este atleta, que fue el único griego en alcanzar el primer lugar en
estas justas. Hoy en día, los griegos lo reconocen como el Filípides de la época moderna, en memoria de un soldado combatiente en una batalla contra los persas, quien corrió 42 kilómetros desde el pueblo de Maratón
hasta Atenas para dar aviso de la victoria. En honor al valiente soldado ateniense se celebra desde 1896 esta exigente prueba atlética.
Para Coubertin el reto de restablecer los Juegos Olímpicos modernos para el mundo estaba cifrado en el internacionalismo. Si los Juegos Olímpicos antiguos habían podido congregar a los Estados griegos en paz cada cuatro años en Olimpia, deberían servir para la búsqueda del acercamiento entre los países y la construcción de un mundo mejor, por lo cual concibió el objetivo del olimpismo como “poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana”.
Entregado a su propósito, estaba convencido de la necesidad de crear unos fuertes lazos para la identificación y posterior preservación de la idea olímpica, y para ello decidió reunirse con sus amigos religiosos y filósofos, que le aportaron conceptualmente a esta causa.
Diseñó personalmente la bandera olímpica, compuesta por los anillos olímpicos sobre fondo blanco. Fue presentada por el barón de Coubertin en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Amberes
(Bélgica) en 1920, y desde entonces se iza en todas las ceremonias oficiales, incluso en las inauguraciones de juegos deportivos que hacen parte del ciclo olímpico, por ejemplo, los Juegos Bolivarianos, Suramericanos, Centroamericanos y Panamericanos.
El lema fue concebido por un amigo suyo, un dominico francés de nombre Henri Didón, quien exploró en el latín y encontró que el más adecuado para el caso era “citius, altius, fortius”. La traducción literal de este lema es “más lejos, más alto, más fuerte”. Sin embargo, Coubertin no habría limitado su significado a algo tan trivial como un resultado.
Es preciso aclarar que este lema trasciende lo físico para fortalecer el espíritu y contribuir a que el atleta alcance la excelencia como ser humano a través del deporte. Lo cual es posible, porque en este caso citius no significa correr más rápido sino ver más lejos, es decir, tener fija en la mente la meta que se ha propuesto, en este caso el podium olímpico. En consecuencia, fortius no es tampoco ser más fuerte, sino tener la fortaleza necesaria para vencer las adversidades, para, si un obstáculo aparece, ser capaz de evadirlo y buscar una salida que permita perseverar en la meta. De manera similar, altius no es saltar más alto; es elevar el espíritu, hacerlo trascender, es dejar una huella en el corazón de los demás, tras el esfuerzo y la dedicación de muchos años para alcanzar el oro olímpico, como nos lo demostró por ejemplo nuestra campeona María Isabel Urrutia, quien no sólo obtuvo la medalla para Colombia sino para toda Suramérica, pues ninguna mujer de este lado del continente había alcanzado tal hazaña en unos Juegos Olímpicos.
La antorcha es actualmente el más fuerte de los símbolos olímpicos; su origen data igualmente de la costumbre antigua de encender una pira de madera colocada frente al templo de Zeus, para luego mantener encendido el fuego en un pebetero hasta el final de los juegos. En las noches, según relatos de Pausanias, los visitantes se daban a la práctica de una serie de carreras de relevos, denominadas lamparodomia, mediante las cuales se transportaba una antorcha encendida de un lugar a otro de la ciudad.
El análisis de este hecho inspiró a Karl Diem, historiador e investigador alemán, para que en 1936 el fuego olímpico fuera encendido por primera vez en Olimpia en el templo de Hera y llevado mediante relevos hasta Berlín, para encender el pebetero en el estadio olímpico.
El sueño de Coubertin es, hoy, parte de una realidad que a algunos les cuesta creer. A pesar de las serias dificultades económicas que hasta 1980 tuvieron los Juegos Olímpicos, al llegar a la presidencia del COI el marqués Juan Antonio Samaranch, la revolución económica no se hizo esperar, cambiando el paradigma y dando paso a la comercialización del deporte.
Sin embargo, y pese a lo controvertido del tema, lo cierto es que este dirigente deportivo se preocupó especialmente por retomar el concepto de internacionalismo y paz, trabajando en equipo con las Naciones Unidas hasta lograr que durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, el movimiento olímpico aprovechara la poderosa fuerza pacífica del deporte e hiciera un llamamiento a la comunidad internacional para establecer la tregua olímpica, lo que se haría realidad al año siguiente durante la sesión 48 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, exigiendo a los jefes de Estado respetar la tregua olímpica durante los juegos.
Los conflictos no desaparecen de un día para otro, pero si podemos detener la guerra durante 16 días, posiblemente podamos hacerlo para siempre. Esta premisa motivó al coi a realizar grandes esfuerzos, que se han visto reflejados en los siguientes hechos:
En 1995 la Resolución de la sesión 50 de la Asamblea General de las Naciones Unidas apoya la idea de construir un mundo mejor y más pacífico a través del deporte y del ideal
olímpico e invita a todos los Estados miembros a establecer la tregua olímpica durante los juegos de la xxvi Olimpíada en Atlanta (eeuu).
En 1997, durante la sesión 52 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se aprobó la resolución de adoptar la tregua olímpica durante los Juegos Olímpicos de Nagano (Japón), en 1998.
Durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Nagano las tensiones en el Golfo Pérsico eran enormes. El cumplimiento de la tregua olímpica de acuerdo con la Resolución de las Naciones Unidas dio la oportunidad a su secretario general, Kofi Annan, de intervenir y buscar una solución diplomática a la crisis en Iraq.
En 1999, ciento ochenta Estados miembros de las Naciones Unidas –número récord– apoyaron una Resolución como respaldo al cumplimiento de la tregua durante los juegos de la xxvii Olimpíada en Sydney (Australia).
En el año 2000 el Comité Olímpico Internacional creó el Centro Internacional para la Tregua Olímpica y la Fundación Internacional para la Tregua Olímpica. Durante los Juegos Olímpicos en Sydney, desfilaron en la ceremonia de inauguración juntas y bajo una misma bandera las delegaciones de Corea del Sur y Corea del Norte.
Al celebrarse la sesión 56 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se adoptó una resolución para hacer cumplir la tregua olímpica durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Salt Lake City en 2002. Las firmas de aprobación de esta resolución fueron recolectadas durante la ceremonia del encendido de la llama en Olimpia, y luego respaldadas por cientos de gobernantes, jefes de Estado, políticos y líderes religiosos.
De igual manera, durante la sesión 58 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se adoptó una resolución para hacer cumplir la tregua olímpica durante la celebración de los siguientes Juegos Olímpicos, a celebrarse en Atenas en el año 2004, obteniendo el respaldo de los gobiernos, jefes de Estado y líderes religiosos y políticos.
De tal forma que el pasado 13 de agosto, cuando el fuego olímpico ingresó al estadio y encendió el pebetero, cerca de once mil relevistas habían transportado la antorcha recorriendo el globo terráqueo y visitando a su paso todas las ciudades que fueron sede de los Juegos Olímpicos modernos, constituyéndose en el mensaje de paz que enviaba con todo su ímpetu la ciudad sede de los juegos. Se fortalecía de esta manera el significado de la tregua olímpica, promoviendo los valores de amistad, alegría, justicia, equidad, solidaridad, tolerancia y entendimiento entre las naciones.
Por primera vez en la historia del fuego olímpico, éste le dio la vuelta al mundo, capturando la atención a su paso al vincular en su recorrido a las grandes figuras del deporte, iconos reales que nos transportan a la noche de los tiempos para concluir que el deporte es una poderosa fuerza capaz de convocar al mundo a su alrededor para proporcionar por unos días la oportunidad de dialogar y buscar soluciones durables para el restablecimiento de la paz en las áreas de conflicto, donde la humanidad renueve su espíritu y clame por un mundo libre de terrorismo y guerra, donde el juego limpio y el respeto por el ser humano sean los valores más importantes y las relaciones internacionales contribuyan al bienestar del hombre sobre la Tierra.
Definitivamente los Juegos Olímpicos de Atenas de este año significaron no solamente el retorno de éstos a su país de origen sino el regreso del humanismo al deporte. Los griegos se prepararon durante un largo tiempo para recibir los juegos y su preocupación estuvo fija en el mensaje de hermandad, en la búsqueda de la excelencia de los atletas participantes, para que el equilibrio de la mente, el cuerpo y el espíritu fuera
digno de exaltación y para que los valores propios de la tierra del sol marcaran un hito en la celebración de los Juegos Olímpicos en el siglo xxi.
En realidad, se hizo un enorme esfuerzo por responder a las expectativas y exigencias del Comité Olímpico Internacional y se demostró al mundo que Grecia es un país pacífico al que respetamos por su ancestro, su cultura y su trascendencia en la civilización contemporánea, y que en consecuencia no podía ser vulnerado por actos violentos o terroristas que cambiaran el principio de internacionalismo que persiguen estos juegos.
Al contrario, las medidas de seguridad fueron excelentes, hasta el punto que Beijing, la sede de los próximos Juegos Olímpicos en el año 2008, ha solicitado la asesoría del Comité organizador de Atenas para todo cuanto se refiere a seguridad en estas justas deportivas. De esa forma se podrá preservar el espíritu olímpico, ese fuego que al apagarse en el estadio olímpico el pasado 29 de agosto, fue guardado en el
corazón de los asistentes para mantener el sentido del olimpismo, de la amistad y del entendimiento entre las naciones.
BRICEÑO JÁUREGUI, Manuel, Historia de los Juegos Olímpicos antiguos.
COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL, Historia de la tregua olímpica.
COROMINAS, Joan, Breve diccionario etimológico de la lengua española.
DURÁNTEZ CORRAL, Conrado, Historia de los Juegos Olímpicos modernos.
Por Clemencia Anaya|2018-09-24T15:09:10+00:0024 septiembre 2004|Cultura y Deporte, Deporte y Paz, Educación Olímpica|0 Comentarios

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