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Timestamp: 2018-03-20 06:09:30+00:00

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Se exilia el amor gay venezolano | OrbitaGay
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Se exilia el amor gay venezolano
“Cada ciudad puede ser otra / cuando el amor la transfigura…”, escribió una vez en un poema el uruguayo Mario Benedetti. Esta noche, Nimega, una pequeña ciudad milenaria al este de Holanda, está a punto de sufrir una transformación inesperada.
La fiesta está encendida. Como en todos los rincones del mundo, donde hay fiesta también hay bulla y licor. La música mantiene ocupada la pista de baile de un conocido bar de la zona. Y en medio de los que bailan está Jesús Ravelo, un venezolano de 42 años que aprovechó su año sabático para escaparse un momento de la desordenada Caracas. Octubre de 2007, Jesús baila y la pasa bien.
Tiene siete meses en Nimega y se quedará sólo por dos más. Debe volver a Venezuela, donde cumple como profesor de computación en la Universidad Simón Bolívar. Al llegar a Holanda, la primera diferenciación que estableció respecto a su Caracas fue la que suele hacer la mayoría de los venezolanos en el exterior: “Aquí todo funciona”. Rayado peatonal, hospitales pulcros, seguridad. Orden, mucho orden. Y eso, a cualquier venezolano lo hechizaría. No tanto a Jesús. Sobre todo por un pequeño detalle: hace mucho frío y él odia el frío. En algunos momentos, el termómetro de la ciudad puede marcar unos cómodos 17 grados centígrados. Pero en un descuido, puede llegar al punto de congelación. Orden y frío. Aunque no esta noche. Hoy, Nimega y Jesús son baile y tragos.
Ni el orden, ni el frío. Lo que más se ha robado su atención durante este tiempo, está bailando frente a él justo ahora. Sus ojos claros, de un azul penetrante, le lanzan miradas cómplices a cada rato. Él sonríe. Los dos sonríen. Su nombre es Oliver Schneider, un alemán de 39 años residenciado desde hace tiempo en Holanda, dedicado al teatro y la danza. Comenzaron a salir sólo hace un par de meses. Sin embargo, ha sido suficiente. Él sí tiene hechizado a Jesús. Pero lo de ellos son –o deberían ser– salidas casuales, temporales, sin futuro. Eso lo habían dejado en claro desde el primer día. Así que no importa que Oliver sea buenmozo, no hay espacio para ningún compromiso. No importa que sea romántico, en dos meses Jesús deberá regresar a Venezuela. No importa que se lleven tan bien, en Holanda hace mucho frío.
Seguro Oliver piensa lo mismo. Aunque mejor no pensar. Mejor bailar. Y todo hubiese seguido según el plan (música, tragos, no futuro), si Oliver no hubiese hecho nada más. Si esa noche terminaba como cualquier otra. Pero no. En medio del baile, Oliver acerca su rostro un poco más a Jesús, para lograr que su voz se imponga a la música que suena a todo volumen. Y allí sucede.
–Jesús, no quiero que te vayas.
Nimega no volverá a ser la misma para él jamás.
“…El amor pasa por los parques / casi sin verlos, pero amándolos / entre la fiesta de los pájaros/ y la homilía de los pinos…”. Es un lunes por la mañana de diciembre de 2008, un día cualquiera para todos en Nimega. Para todos, menos para Jesús y Oliver.
La cita es a las nueve de la mañana. Por eso debieron levantarse muy temprano. Oliver se puso un blue jean de los más conservados que tenía y una camisa manga larga. Jesús hizo lo mismo, pero decidió sumarle dos detalles especiales a su atuendo: una corbata y un prendedor pequeño de color rosado en forma de triángulo. La historia cuenta que un triángulo rosado invertido era el distintivo con el que diferenciaban a los homosexuales en los centros de concentración de la Alemania nazi. Actualmente, el mismo símbolo es motivo de orgullo y reivindicación. Desayunados y listos, cada uno agarró su bicicleta y se echaron a rodar juntos por la ciudad.
Nimega es la ciudad más vieja de Holanda (oficialmente, Países Bajos): fue fundada hace dos mil años. Es un poco más pequeña que el municipio Baruta, de Caracas, y tiene la mitad de su población: cerca de 160 mil habitantes. Nada comparado con los grandes edificios de la capital venezolana. Más bien son construcciones clásicas, de pocos pisos. Y si se presta atención, se puede descubrir algún edificio medieval que todavía se mantiene en pie. Sus grandes parques la pintan de verde por sus cuatro costados, lo que hace de su recorrido un ejercicio amigable. El paseo de Jesús y Oliver por estas calles terminará esta mañana en la oficina del registro civil de la municipalidad.
El “no quiero que te vayas” de Oliver no evitó que Jesús regresara a Venezuela en el tiempo advertido. Pero sí cambió todos sus planes. Jesús volvió a sus clases en Caracas, aunque le fue imposible rescatar la normalidad. Con Oliver había nacido algo que ya era injusto e inútil obviar. Una locura que derivó en una relación a distancia, a semejante distancia, y que ha hecho que varias veces Nimega se convierta en Caracas.
Al menos cuatro viajes en el último año han matizado la lejanía. A las pocas semanas de separarse, Oliver ya estaba conociendo Maiquetía, El Ávila y a la familia de Jesús. Y varios meses después, el venezolano volvió a toparse un par de veces más con el río Wall, que bordea la ciudad europea. Han sido estancias sólo de algunos días. A cada quién lo ata su trabajo, sus conocidos, sus ciudades, sus vidas lejos la una de la otra. Pero la locura ha comenzado a formar bases, serias, con argumentos, y hoy quiere formalizarse. Por eso Jesús regresó otra vez a Holanda. En esta oportunidad, con una apuesta al futuro bajo el brazo.
Pocos minutos después de comenzar a pedalear, llegan a la oficina gubernamental. Como siempre, hace frío. Los dos dejan sus bicicletas en la calle, se acomodan sus ropas y entran al lugar. Escogieron el lunes por la mañana por ser el horario menos costoso para efectuar el trámite. Nadie los acompaña. Ante la imposibilidad de que la familia de Jesús estuviera con ellos este día, habían acordado ir solos. El funcionario que los recibe los saluda sonriente, y repara agradado en el prendedor de Jesús. Los papeles ya están en orden sobre el escritorio. Los testigos, dos desconocidos que corrieron por cuenta de la alcaldía, ya están en sus lugares. El momento ha llegado.
El 1 de abril de 2001, Holanda se convirtió en el primer país del mundo en aprobar legalmente el matrimonio homosexual. La llamaron “Ley holandesa de Acceso al Matrimonio”. La Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (Ilga, en sus siglas en inglés) reseña que, desde entonces, otras 17 naciones han imitado su ejemplo, entre ellos Bélgica (2003), España (2005), Sudáfrica (2006), Francia (2013) y algunos estados de Estados Unidos. Además, otros 21 países han incluido alguna otra figura que legaliza las uniones entre homosexuales. Seis países de Latinoamérica entran en estos grupos: el matrimonio entre iguales ya fue aprobado en México (Coahuila y Distrito Federal), Argentina (2010), Brasil (en 14 de sus estados) y Uruguay (2013); y en Colombia (2009) y Ecuador (2009) cuentan con otra forma de reconocimiento legal para este tipo de relaciones.
–Oliver Schneider, ¿acepta a Jesús Ravelo como su esposo?
–Sí, lo acepto.
Sólo en dos ocasiones ha sonado el tema a las puertas del Parlamento venezolano. La primera fue, oportunamente, en los días de la Asamblea Constituyente de 1999. Oswaldo Reyes, fundador del Movimiento Ambiente de Venezuela, se postuló a las elecciones como constituyentista para así defender el asunto desde adentro. No lo logró, pero insistió presentando la propuesta a los diputados electos. Al final, la lucha se delimitó a conseguir que se incluyera al menos una mención clara sobre la orientación sexual en el artículo 21, apartado que se dedicaría a la prohibición de todo tipo de discriminación.
El boletín número 36 de “Derechos Humanos y coyuntura”, que la organización Provea publicó en octubre de 1999, reseña que la referencia a la orientación sexual había sido propuesta formalmente por la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea y asumida por la Comisión Constitucional, encargada de la redacción formal de la nueva Constitución. Sin embargo, cuando se leyó el artículo en plenaria para su aprobación definitiva, sólo aparecieron especificadas cuatro condiciones: “No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, el sexo, el credo, la condición social…”. Se incluyó una generalidad sobre “cualquier” otro tipo de segregación que menoscabe las “libertades de toda persona”. Pero el detalle sobre la preferencia sexual fue eliminado. Así, sin más. Luego la prensa publicó que Hernán Escarrá, presidente de la Comisión Constitucional, se había reunido la noche anterior con representantes de la Iglesia Católica.
Y hubo otro cambio que sorprendió. Cuando se aprobó el articulado sobre el matrimonio, se puntualizó que el Estado venezolano protegería el casamiento “entre un hombre y una mujer”, una especificación que no figuraba en la anterior Carta Magna aprobada en 1961 y que buscaba dejar por fuera cualquier otra posibilidad.
La polémica regresó 10 años después. Romelia Matute, entonces diputada del partido de gobierno, introdujo en 2009 ante la Comisión de Familia de la Asamblea Nacional una propuesta para incluir la legalización de las uniones homosexuales en el proyecto de la Ley de Equidad e Igualdad de Género. En nota de prensa de la propia Asamblea, publicada el 21 de marzo de 2009, se explica que el tema iba a ser incluido en el artículo 8 de la norma y que su borrador estaba listo para debatirse en segunda discusión dentro de la comisión. El apartado en cuestión señalaba: “Toda persona tiene el derecho a ejercer la orientación e identidad sexual de su preferencia, de forma libre y sin discriminación alguna. En consecuencia, el Estado reconocerá las asociaciones de convivencia constituidas entre dos personas del mismo sexo, por el mutuo acuerdo y el libre consentimiento, con plenos efectos jurídicos y patrimoniales”. Pero, otra vez, todo se cayó a última hora.
Cuatro días después, Marelis Pérez, también diputada chavista y presidenta de la Comisión de Familia, aseguró que nunca habían discutido la posibilidad de reglamentar este tipo de uniones. Que sólo se había incluido en el artículo 8 lo referente a la orientación sexual. Dos meses después de la aclaratoria, la Conferencia Episcopal Venezolana insistió en criticar la posibilidad de que se incluyera el tema del matrimonio gay en la legislación. La Iglesia Evangélica hizo lo propio. Al final, la ley fue engavetada.
Para fortuna de Jesús, él se había fijado en un alemán, ciudadano del país pionero en esto de formalizar amores como el suyo. Para fortuna del venezolano, está a punto de hacer algo que para sus connacionales está prohibido. Por eso su respuesta sabe a victoria. Se trata de un triunfo que llega a sus 43 años de vida.
–Y usted, Jesús Ravelo, ¿acepta como esposo a Oliver Schneider?
–Sí, lo acepto –responde Jesús, antes de plasmarle un beso y un “te amo” a ése de ojos azul penetrante.
Habían prometido dejarlos solos, pero cuando Oliver y Jesús salieron a la calle se encontraron con una botella de champagne y el abrazo de tres amigos. ¡Qué vivan los novios! Había que celebrar a como diera lugar. Pero la fiesta no duró mucho. Jesús debió volver a Venezuela varios días después. Otra vez, lejos de Nimega y de su esposo. “… Y el amor viene y va y regresa/ y la ciudad es el testigo/ de sus abrazos y crepúsculos/ de sus bonanzas y aguaceros…”.
Está dispuesto a dar la pelea. “Yo, Jesús Ravelo, solicito que introduzcan la presente acta de matrimonio en los archivos del registro civil venezolano…”, dice la carta que acompaña una copia certificada de su boda con Oliver, realizada hace ya casi dos años. El objetivo de Jesús es claro: hacer que Venezuela reconozca lo que Holanda le entregó por derecho. Por eso se vino esta mañana a la oficina del registro civil de la parroquia San Pedro, al centro-sur de Caracas. Es octubre de 2010. Con papeles en mano, Jesús se sube al cuadrilátero.
Oliver no lo acompaña. De hecho, tiene tres meses sin verlo. Pero no está solo. Lo apadrina Tamara Adrián, abogada transgénero y líder de la lucha LGBT en Venezuela. Es además una reconocida profesora de Derecho, lo que lo ayuda a hacer una entrada triunfal en la oficina. La encargada de hacer el trámite de Jesús es, precisamente, exalumna suya. Como buenos contendores, no van a desaprovechar la casualidad. Suena la campana y da inicio el primer round.
–¡Profesora!, ¿cómo está? ¿En qué les puedo ayudar?
–Buen día, querida, todo bien. Venimos a registrar el acta de matrimonio del caballero, que se casó en el extranjero–responde Adrián.
–Perfecto, no hay problema–dice la funcionaria sonriente, confiada en que se trata de un trámite rutinario.
–Sólo un detalle: él se casó con otro hombre –golpea la abogada.
No hay que decir más. La cara de la funcionaria ha cambiado por completo. Es sorpresa, confusión, rechazo. Pero reacciona de inmediato.
–Ustedes saben que esto no es legal aquí…
La frase esperada. Nada que los agarre fuera de lugar en este primer asalto. Ellos llegaron dispuestos a insistir. En la estrategia planteada por la abogada a Jesús, es imprescindible que reciban el documento. Y si han de negarlo, el rechazo debe ser por escrito, formalizado. Según lo poco que entendió Jesús, esto le permitiría apelar a instancias superiores y seguir peleando por una respuesta positiva. Segundo round.
–Ustedes saben que aquí sólo se pueden casar un hombre y una mujer– replica de nuevo la encargada–. El artículo 77 de la Constitución dice que sólo un hombre y una mujer…
–Eso sólo se refiere a los matrimonios celebrados en territorio venezolano –contra ataca la profesora–. La ley no dice nada sobre cuáles matrimonios extranjeros aceptar y cuáles no…
¡Punto para Tamara Adrián y Jesús! El artículo 103 del Código Civil sólo señala que, cuando un venezolano se casa en el extranjero, el interesado debe registrar una copia legalizada del acta de matrimonio ante la primera autoridad civil de la parroquia donde residió por última vez. Nada más. Y eso intenta hacer Jesús hoy. Listos para el tercer round.
–De verdad, no le podemos recibir el documento…
Adrián no piensa bajar la guardia. Explica que en este caso sólo hay una inconsistencia entre los requisitos holandeses y los venezolanos para contraer matrimonio. Aquí es requisito que sean un hombre y una mujer, en Holanda no. Se pone más didáctica y plantea una situación hipotética: una venezolana se casa con un hombre de 14 años en otro país, como España, donde se permite el matrimonio a esta edad. ¿Qué pasa si ella quiere registrar su matrimonio en Venezuela, donde uno de los requisitos para que el hombre se case es tener al menos 16 años?…
–¿Qué pasa si Jesús se hubiese casado en Holanda con una mujer menor al límite de edad que existe en Venezuela? – lanza Adrián.
La funcionaria no tarda ni dos segundos en responder.
–Se lo tengo que recibir…
¡Punto otra vez! La mujer les acaba de dar la razón. A pesar de esto, parece que no han ganado todavía. La funcionaria pide permiso para retirarse un momento. Asegura que debe consultar la situación con un superior. A Adrián y Jesús les toca esperar.
Hace falta Oliver. Pero si hay algo que le ha tocado aprender a Jesús en estos años, es a soportar esto de extrañarlo. Luego de su matrimonio, debió venirse casi de inmediato a Venezuela porque todavía no habían resuelto algunos pendientes logísticos y determinantes. Lo mismo que preocupó al principio: que si el trabajo, que si la familia, que si el frío. Escoger cuál de los dos debía renunciar a su vida. Escoger entre Nimega y Caracas. Nada fácil. Sobre todo porque, a pesar de las contradicciones y los “sin sentidos” de su ciudad, Jesús nunca se había planteado convertirse en un emigrante.
Así que se reanudaron los viajes. Febrero: Venezuela. Abril: Holanda. Julio: Holanda otra vez… Hasta que se inventaron una más: Oliver pidió un año de permiso no remunerado en su trabajo y se lo concedieron. Un año completo para vivir la Caracas de Jesús, un año completo para convencerlo.
Todo arrancó muy bien. Ya Oliver contaba con el aval y simpatía de la familia y conocidos de Jesús. Nada mejor que eso. Así que se comenzaron a hacer planes de vida residenciados en Venezuela. Como uno de los proyectos más factibles, se habló de la posibilidad de abrir una posada en la Colonia Tovar o Choroní (Aragua). A Oliver le habían encantado las playas del litoral central, así que parecía una excelente idea sembrar su matrimonio en estas arenas. Todo “chévere”, hasta que aparecieron los problemas.
El alemán comenzó a vivir las dificultades del venezolano promedio. En su año de permiso, consiguió a duras penas un trabajo en un colegio alemán que no duró. Lo demás venía en el combo: inseguridad, inflación, Hugo Chávez, oposición, conflicto. Así, el plan de la posada fue haciéndose cada vez menos prometedor. Y, por si fuera poco, le tocó también lidiar con ser el “esposo” de un hombre en Venezuela.
Entre los primeros trámites que intentó hacer Jesús a la llegada de Oliver fue el de incluirlo en el seguro de salud de la universidad donde trabaja. Como su cónyuge, el derecho le correspondía. Sin embargo, las autoridades universitarias le negaron la solicitud, alegando que su matrimonio era inválido en Venezuela. Luego repararon en que había otro obstáculo que frenaba incluso la estadía de Oliver en el país. El gobierno venezolano le había otorgado visa sólo por ese año. Y como no tenía trabajo, y como para el Estado Jesús y él no eran más que conocidos, no tenían justificativo legal para lograr que le prolongaran su estadía en la nación. Lo mismo aplicaba si hubiesen querido solicitar un crédito conjunto para comprar una casa, un carro o montar la posada. Si tan sólo Oliver fuera mujer.
Entre 4 mil y 6 mil parejas de homosexuales que viven juntos en Venezuela se encuentran en una situación similar, de acuerdo al censo realizado por el Instituto Nacional de Estadística en 2011. Fue la primera vez que se incluyó en un estudio de este tipo a las parejas del mismo sexo. Hasta el censo del 2001, existió una regla que anulaba el registro de aquellos hogares donde los jefes de familia eran dos hombres o dos mujeres. Para efectos de la investigación, se trataba de una inconsistencia en los datos. La ONG Unión Afirmativa pidió ante el instituto en mayo de 2010 la eliminación de esta “regla de validación”. Así se hizo, lo que permitió tomar registro de aquellos jefes de hogar que, al preguntarles sobre su compañero o compañera, declararon que se trataba de una persona del mismo sexo. Organizaciones LGBT aseguran que el número ha de ser mucho mayor, tomando en cuenta a las parejas que no se atrevieron a censarse por discreción.
Por eso Oliver no está aquí: ser esposo de un venezolano en Venezuela e intentar hacer futuro, es muy problemático. Hace tres meses se le venció su visa y tuvo que regresar a Holanda. Pero Jesús no se da por vencido. Cree que vale la pena insistir. Por eso espera, armado de paciencia, que la funcionaria regrese con una respuesta que ratifique que tienen razón. Que el Estado, que Venezuela les den la razón.
-El caso debe ser analizado… No podemos decirles nada ahora –explica la funcionaria al rato.
A esperar más. Pero la respuesta que reciben en este momento Adrián y Jesús no hará más que prolongar la negativa inminente. En una semana, les informarán que el registro parroquial no puede decidir el caso, y que será enviado a la Oficina Nacional del Registro Civil del Consejo Nacional Electoral (CNE). Paciencia. Se volverán a reunir con otro funcionario. Jesús volverá a presenciar otro contrapunteo de abogados, y lo volverá a escuchar: “Sólo un hombre y una mujer…”. Paciencia. Unos días después, recibirá una carta diciendo que su solicitud ha sido negada. “El artículo 77 de la Constitución… Dos hombres no pueden…”. Rabia y frustración.
En 2008, el Tribunal Supremo de Justicia dictaminó que el artículo 77 de la Constitución no limita la posibilidad de reconocer legalmente las relaciones homosexuales. El 28 de febrero de ese año, el máximo tribunal de la República respondió a un recurso de interpretación introducido por Unión Afirmativa en 2003. En el fallo dejó por sentado que, aunque el artículo en cuestión protege sólo las relaciones entre parejas heterosexuales, no existe una prohibición explícita contra el matrimonio entre iguales. La sentencia faculta entonces a la Asamblea Nacional para legislar sobre la materia. Otro punto que no se tomó en cuenta ante el reclamo de Jesús.
De acuerdo al monitoreo que realiza la organización Diverlex, dirigida por Adrián, al menos 48 venezolanos homosexuales han legalizado su unión de pareja en el extranjero hasta junio de 2013: 20 en Canadá, 15 en Argentina, 7 en Brasil, 5 en México y 1 en Holanda. Pero éstos son sólo los casos que ha tratado ella personalmente. Asegura que el estimado de la cifra total, cotejada con otras organizaciones, ha de superar las 1.200 parejas, la mayoría de ellas legalizadas en España y Colombia.
Tras la negativa de la Oficina Nacional del Registro Civil, Adrián y Jesús intentaron quemar un último cartucho. Apelaron la decisión ante los rectores del CNE, los máximos representantes de la institución. Ellos tenían varios meses para responder, pero al final el lapso se venció y no dijeron nada. Jesús dio la pelea pero fue derrotado. Y Oliver, a miles de kilómetros. Y él, extrañándolo. “…Y si el amor se va y no vuelve/ la ciudad carga con su otoño/ ya que le quedan sólo el duelo/ y las estatuas del amor”.
En siete preguntas, siete respuestas, Jesús ofrece el balance final de su disputa personal contra el Estado venezolano.
¿En algún momento creíste que iban a reconocer tu matrimonio con Oliver?
–Honestamente… No. Nunca pensé que en el corto plazo iba a tener una respuesta positiva.
Entonces, ¿por qué insististe?
–Primero, porque debía reclamar lo que por derecho era mío. También porque tenía que agotar todas las instancias nacionales, como me había dicho mi abogada. Siempre pensé que esto necesariamente tenía que llegar a un tribunal internacional si quería ser reconocido. Pero, además, porque tenía curiosidad…
–Sí, curiosidad de qué era lo que me iban a decir, qué se iban a ingeniar para negarme mi petición. Todo el planteamiento que hicimos fue muy serio. Ésta no era una batalla quijotesca, donde yo sólo quería darme golpes contra la pared. No. Teníamos una posición blindada con fuertes argumentos legales, era una solicitud razonable. Pero al final ellos la negaron con una excusa débil, que no convence, ilógica… Y eso es muy frustrante.
¿No podían ingeniárselas de alguna manera para que Oliver se quedara?
–Sí, podíamos hacer trampa. Podía pedirle un amigo que nos diera un trabajo fantasma, y así conseguir la visa de forma ilegal. Lo mismo nos hubiese tocado hacer con lo del seguro. Pero el detalle es justo ése: ¿por qué rayos teníamos que hacer trampa si estábamos casados?… Y teníamos suerte de que nuestros problemas no eran más graves… Nosotros contábamos con nuestras familias, por ejemplo. ¿Pero y si no hubiese sido así? Si yo me hubiese enfermado, no sé, hubiera estado inconsciente en una clínica… Mi familia podía haber pedido que él no entrara a verme y eso iba a ser ley. ¿Me entiendes? Oliver no tenía ningún derecho sobre mí… Y todo, porque Oliver no es mujer.
Ahora, después de haber hecho todo esto, ¿cómo te sientes?
–Nunca en mi vida pensé que iba a hacer algo como esto… Pero me siento bien, feliz… Ya no me importa calarme el frío (risas).
“Cada ciudad puede ser otra/ cuando el amor la transfigura/ cada ciudad puede ser tantas/ como amorosos la recorren…”. Los versos de Benedetti hablan de ciudades como Nimega, que ya no es sólo aquel pueblo milenario. Ya no es la del frío de hace cinco años. La del orden y los hospitales pulcros. Nimega es ahora, en definitiva, la ciudad de Jesús.
Es mayo de 2012. Jesús tiene ya casi seis meses en Holanda. Y hace justo una semana recibió la respuesta oficial a su petición de residencia. “Su solicitud fue aprobada como miembro de familia de un ciudadano de la Unión Europea…”, dice el documento. Allá no son desconocidos. Son familia.
¿Extrañas a Caracas?
–Yo nunca pensé en emigrar. Con todo y nuestro desorden, yo siempre fui feliz allá…. Y es extraño, después de viejo, a mis 47 años, empezar una vida desde cero. Pero, la verdad, es que aquí todo está funcionando de maravilla… Oliver allá no tenía nada, yo acá ya tengo la mitad de su casa (risas)…
Queda pendiente hacer la celebración formal, que compense la ausencia de sus familias y amigos el día de su boda. Prometen que será a lo grande. Pero, para hacer justicia, no será en Venezuela. Se los llevarán a todos a Nimega, la nueva sede de su futuro.
Una última cosa: ¿por qué te casaste?… ¿Para qué?
–(Risas) ¿Por qué nos casamos?… (Risas) Es una pregunta muy interesante… Nos casamos por románticos… Porque uno no decide cuando se enamora. Uno se enamora y punto. En esto no puedes elegir. Pasa o no pasa, y a nosotros simplemente nos pasó.
Y a ellos, también, les pasó.
DATO: El movimiento LGBTIS ha entregado al menos dos proyectos a la Asamblea Nacional sobre el matrimonio igualitario. El primero fue en 2011 y el segundo, el 31 de enero de 2014. Este último fue presentado con el respaldo de 20 mil 940 firmas, de conformidad con el artículo 204 (numeral 4) de la Constitución Nacional de Venezuela, lo que obliga a los legisladores a iniciar la discusión del proyecto en un plazo determinado. Este periodo venció este mes y nada pasó. La Carta Magna estipula que, si los diputados no cumplen con lo establecido, el proyecto debe ser votado en un referendo aprobatorio.

References: artículo 21
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