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Timestamp: 2018-04-21 17:57:57+00:00

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Las teorías de la guerra justa en el siglo XVI y sus expresiones contemporáneas - Tratados novohispanos sobre la guerra justa en el siglo xvi - Centro de estudios mexicanos y centroamericanos
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Figura y configuración de ”enemigo americano” en las crónicas de In...
p. 47-91
1 Fray Guillermo de Santa María, Guerra de los chichimecas, edición crítica de Alberto Carrillo Cáza (...)
Mas esto es fruta de la guerra, que no la lleva mejor ni de su cosecha tiene universidades, sabios ni filósofos, ni eclesiásticos ni policía humana alguna.1
1Dentro del marco de este Coloquio interdiscipliario sobre las teorías de la guerra justa en el siglo xvi y sus expresiones contemporáneas, la presente ponencia se propone presentar ciertos tratados, no por breves menos relevantes, producidos en México sobre la justicia de la guerra a los naturales de estas tierras. Estos escritos revelan la nueva forma como se estaba reproduciendo en la Nueva España el discurso jurídico y teológico con que en España se había enfrentado la duda indiana sobre la ética de la conquista. Inicialmente parecen como una mera prolongación de la doctrina canónica medieval y de su reelaboración en las escuelas de España; pero en cuanto se enfocan a la realidad americana concreta, se manifiestan como testimonios de lo que bien podría llamarse una escuela novohispana en que la sociedad y la Iglesia mexicana del siglo xvi desarrollaron en un intenso proceso de maduración de la conciencia colectiva frente a la dudosa justificación de la guerra contra las indios nativos de estas tierras.
2El estudio que ahora quiero presentar se refiere, pues, al pensamiento de los juristas y teólogos activos en México, en el período de 1530 a 1585, que se ocupan de aplicar la doctrina canónica de la guerra justa a la realidad de las hostilidades contra las naciones de la frontera noroccidental de la Nueva España. Sus tratados son representativos de una conciencia jurídico teológica en proceso de profundización, y de un modelo creciente de discurso político acerca de la ética de la guerra a los naturales de este nuevo mundo.
3Una relectura actual de este corpus doctrinal, nos permite llegar a entender la postura asumida por la Iglesia mexicana en un momento crucial del período fundante, frente al problema de la política de guerra como remedio a la rebelión de los pueblos indios.
4Sabido es que en la Nueva España, como en la España peninsular, se despertó una profunda preocupación, acaso más intensa aquí que allá, por hacer compatible la política de gobierno con la responsabilidad moral que la guerra implicaba. Teólogos, juristas, misioneros, prelados de las órdenes religiosas y obispos de la provincia mexicana se pronuncian sobre la justicia o injusticia de una guerra cuyas causas y gravísimos efectos tenían vivamente ante sus ojos, con ventaja sobre los académicos que al otro lado del océano debatían sobre los títulos que la Corona castellana tenía al dominio del Nuevo Mundo.
2 Fray Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, J. Pérez de Tudela y E. López Oto (editores), (...)
3 Francisco del Paso y Troncoso, Epistolario de la Nueva España, 1505-1818, vol. ix, ”Carta de Pedro (...)
5Nuestro estudio nos lleva a postular que en las Indias se produce un cuestionamiento que en gran medida prolonga el debate jurídico-teológico que se ha desarrollado en España sobre la ética de la conquista de América; pero que acá alcanza una densidad que va más allá de las primeras denuncias consideradas en los medios políticos y universitarios sobre las detestables guerras que se hacen a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas2 y los desoladores efectos de la esclavitud desatada contra estos habitantes del Nuevo Mundo. Es cierto que de acá parten los informes y los testigos que con sus relaciones verbales sobre la destrucción de estas tierras ponían temores en el alma del mismo emperador don Carlos.3
4 Isacio Pérez ha señalado una serie de seis ”rupturas” entre el método de evangelización pacífica y (...)
6Pero es necesario redescubrir cómo los enjuiciamientos contra las conquistas se van formulando principalmente por los religiosos, y provocando entre los gobernantes y los misioneros de estas tierras la tendencia hacia la ruptura entre guerra y evangelización.4
7Parece que es necesario encontrar una nueva metodología para explicar la diferente manera como se desarrolla el pensamiento sobre la guerra en España y en las Indias. Quizá el punto está en descubrir de qué guerra se está hablando en uno y en otro continente. Habría que cotejar, por ejemplo, las fechas de los escritos de los tratados de Las Casas, de Vitoria, de Sepúlveda, por una parte y los de Focher, Guillermo de Santa María y José de Acosta, por otra; por citar a los más notables protagonistas del debate sobre la justicia de la guerra, y comprobar si sincronizan con las fechas de los acontecimientos denunciados como injustas guerras, esto es si se trata de la guerra de exterminio en la conquista de las Antillas, o de la de esa segunda conquista que es la entrada a las tierras de las naciones rebeldes en la Gran Chichimeca o en la Arauca de Chile.
8Por lo que es de conocimiento general, las primeras denuncias que llegan a la metrópoli, se refieren a la guerra de conquista, desde el descubrimiento hasta las entradas a México y al Perú. En cambio los enjuiciamientos indianos enfrentan la segunda conquista, esto es la entrada a las naciones de los confines de uno y otro virreinato.
5 Demetrio Ramos et al., op. cit.
9En los estudios publicados sobre ”la ética de la conquista”5 se ha señalado cómo las primeras denuncias llegadas a España acrecentaron la ”duda indiana” sobre el calificativo de guerra justa aplicado a la conquista del Nuevo Mundo hecha por España, y comenzaron a presionar a una reconversión de la política de la Corona hacia las Indias. De hecho, a raíz de tales informes el emperador ordena revisar su política comenzando por una inspección al Consejo de Indias y mandando convocar una Junta extraordinaria de teólogos (Junta de Valladolid de 1542) sobre los asuntos de las Indias para tomar parecer sobre los remedios a los males denunciados. El debate iniciado en 1542 llegó a un momento culminante en la famosa polémica protagonizada por Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda en las sesiones de la Junta de Valladolid de 1550 y 1551.
10Lo que me parece que hasta ahora poco se ha señalado es que el planteamiento del problema de la guerra tal como se estaba haciendo en la Nueva España y poco después en el Perú, en la segunda mitad del mismo siglo, tomaba rumbos propios difiriendo en varios aspectos del que se había mantenido en la metrópoli.
11La primera diferencia atañe al objeto mismo del debate: mientras que en España se desarrolla la gran polémica sobre la ética de la conquista, en las Indias las denuncias y demandas tienen como blanco no tanto la cuestión de los justos títulos de la conquista, sino la de los métodos de implantación de la fe cristiana y del modo de atraer al dominio de la Corona castellana las naciones pacíficas o rebeldes del Nuevo Mundo. No se trata ya en este lado del Atlántico, de la ética de la conquista en general, sino de la justificación de una segunda conquista por medio de guerra a las naciones de los confines del imperio en América, como las llamadas chichimecas, que en un primer tiempo se mostraron pacíficas ante la presencia española y luego se alzaron en una creciente rebelión frente al dominio europeo.
6 Antonio García y García, El siglo de fray Luis de León: Salamanca y el Renacimiento, ”El mundo del (...)
12El segundo aspecto diferente, consiste en que el debate en las Indias se produce mayormente en el área extraacadémica, aunque varios de sus autores alternan el oficio pastoral con la docencia en los claustros universitarios. En España, en cambio, el debate sobre la ética de la conquista ocupa un lugar eminente en las cátedras de derecho y teología en las universidades, señaladamente en la de Salamanca, donde los grandes maestros aplican la doctrina jurídica de la tradición medieval a una supuesta realidad política concreta, abordando los problemas de su época, como los fundamentos del dominio de los reyes de Castilla sobre el Nuevo Mundo y la ética de la conquista americana.6
13Una tercera diferencia, que merece notarse, es que el debate sobre la ética de la guerra a los indios rebeldes alcanza en la Nueva España un nivel que no se conoció en la España peninsular, y es el haber comprometido a la Iglesia a tal punto que el problema se convirtiera en asunto tratado por el magisterio eclesiástico a su más alto nivel regional, a saber: en las sesiones de un concilio provincial, como el Tercero Mexicano, celebrado en 1585, en plena guerra chichimeca.
14Estas características del debate en la Nueva España sobre la justicia de la guerra contra los indios rebeldes ponen de relieve la importancia de la aportación de los teólogos y juristas novohispanos al desarrollo de las tradiciones jurídicas de la escuela española.
15Ciertamente, el pensamiento sobre la ética de la guerra como remedio a las rebeliones indígenas tiene en las Indias como antecedente la doctrina de los autores que en España desarrollan un proceso doctrinal que enjuicia la guerra de conquista, al paso que va definiendo los alcances del derecho de gentes. La base de esa doctrina es la teoría de la guerra justa, cuyo origen se remonta a San Agustín, se incorpora al Cuerpo de Derecho Canónico en la Edad Media en el Corpus Iuris Canonici, se condensa en la Suma Teológica de Santo Tomás, y se convierte en doctrina común en las universidades del orbe cristiano.
16Tal antecedente constituye, sin duda, un horizonte indispensable para ubicar el debate sobre la guerra chichimeca. Pero el discurso de estos autores indianos no sólo refleja la doctrina impartida en los claustros universitarios de la cristiandad europea (Salamanca y París, principalmente), sino que aportan nuevos elementos provenientes de la experiencia y el contacto con la naturaleza de las naciones indígenas y, específicamente, de la manera como se llevaba a cabo la guerra y el lucrativo cautiverio de los indios.
17Al Nuevo Mundo pasan las doctrinas reinantes en el momento del descubrimiento y la conquista de América, obligadamente medievales, pero también los influjos renovadores del Humanismo y del Renacimiento. Estos hombres, entre los cuales hay misioneros, oidores, catedráticos, obispos, estancieros y aún soldados, han recibido, cada uno en su medida, además de su formación en los antiguos moldes, el poderoso influjo de su nueva tierra y se les ha impreso en el alma la realidad de la vida americana, y la fuerza de procesos históricos tan complejos como el de la guerra y la pacificación chichimeca. De manera que en la Nueva España se va formando un pensamiento jurídico, una reflexión teológica, una prudencia política, que es parte de la historia cultural de este nuevo mundo.
18En estos tratados no se discute la ética de la conquista de América, sino específicamente la cuestión de la ética de la guerra contra las naciones aborígenes. En cierto sentido, se cuestiona en ellos la licitud de una especie de segunda conquista, tanto material como espiritual, en la cual el gobierno virreinal, ”con maduro consejo”, se plantea la posibilidad de llegar a la guerra de exterminio — ”guerra a fuego y a sangre” — al tiempo que intenta hacerla compatible con la responsabilidad moral de conciencia. El consejo en asunto tan grave lo solicita la autoridad civil inicialmente a los teólogos de las órdenes religiosas presentes en México (1569-1575), y finalmente a los obispos reunidos en concilio (1585), dando así a la institución eclesiástica la oportunidad de ejercer una función crítica en servicio de la cosa pública, puesta en riesgo por la política de guerra.
19El examen de estos escritos nos descubre a qué grado la Iglesia mexicana pudo asumir la oportunidad de definirse, en un veredicto histórico, en contra del proyecto de guerra dirigida contra los indios alzados en rebelión.
20En este proceso de definición de la postura de los teólogos y juristas novohispanos frente al problema de la guerra chichimeca, hallamos un largo recorrido que se inicia a partir de las juntas eclesiásticas de México en las décadas de 1530 y 1540, y se va desarrollando con avances, contradicciones, retrocesos y nuevos adelantos a lo largo de todo el siglo xvi, con sentido de compromiso moral, pero también de proyecto político sobre los territorios del norte de la Nueva España. Una nueva lectura y análisis de los textos emanados de las juntas eclesiásticas y de las órdenes religiosas comprometidas con la evangelización en ese primer periodo, nos permite percibir de conjunto el proceso de elucidación y la evolución del pensamiento novohispano sobre la guerra justa.
21En esta ponencia me interesa destacar tres momentos del proceso de reflexión novohispano sobre la doctrina de la guerra justa. El primero es el que enjuicia la conquista de Jalisco por Nuño de Guzmán, en la información que levantan los letrados de la segunda audiencia (1531). El segundo se forma por los pareceres sobre la justificación de la guerra chichimeca emitidos a raíz de las Juntas Teológicas convocadas por le virrey Martín Enríquez de Almansa (1569-1575). Y el tercero está compuesto por los pareceres que, para la consulta sobre la guerra chichimeca, hace el Concilio Tercero Provincial Mexicano en 1585, redactan los teólogos de las órdenes religiosas y los juristas del propio Sínodo.
22Para ubicar doctrinalmente la posición de los autores que trataron sobre la ética de la guerra a los naturales de las nuevas tierras, es preciso dejar asentada la doctrina común de donde parten, que no es otra que la de la ”guerra justa”. Fray Guillermo de Santa María lo asienta así en su tratado:
7 Fray Guillermo de Santa María, op. cit, Texto menor núm. 15, p. 184.
[...] paso a tratar de la guerra. La cual, según Santo Tomás y todos los doctores, para que sea justa y con buena conciencia hecha, requiere en sí tres partes o calidades que son: causa justa, autoridad de príncipe, intención recta.7
23En todos los pareceres que aquí analizamos subyace esta teoría básica; la duda será si en la guerra a los indios se cumplen o no alguna de estos requisitos esenciales para aceptar o rechazar la acción armada.
Pareceres sobre la guerra en las juntas eclesiásticas de México (1531)
8 Ynformación sobre los acaecimientos de la guerra que hace el gobernador Nuño de Guzmán, a los indi (...)
9 Nótese que es inexacto lo que anota Antonio García, diciendo que Barrios trae en apoyo de su parec (...)
24Los primeros cuestionamientos en la Nueva España se producen acerca de la guerra emprendida por el presidente de la primera audiencia, Nuño de Guzmán contra los indios de Jalisco.8 En ella un primer testimonio representa el pensamiento ”oficial” del ala militar del gobierno de la Nueva España, por boca del capitán Cristóbal de Barrios, el único testigo seglar, entre otros siete que son religiosos. Según su parecer, se justifica esa guerra de conquista por tres títulos: 1) por la finalidad de la difusión de la fe entre los indios, 2) por el aumento del señorío de la Corona de Castilla y 3) porque le precede el debido requerimiento en nombre del rey católico.9
25En contraste con ese juicio complaciente, los pareceres de los religiosos, en particular los de los obispos de Tlaxcala y México, en cuanto a la justificación de la guerra, apelan a las condiciones que para ello exige el derecho y la moral. Fray Julián Garcés, reitera que no sería causa justificante hacérsela a los indios sólo por ser infieles. Sostiene que el fin bueno que debe anteponerse a todo, es la dilatación de la fe. Menciona la concesión del Papa a los reyes de España, y admite como otro fin justificativo de la guerra, la idolatría, los sacrificios humanos, los vicios contra natura y el comer carne humana. El ejército debe ir por delante para protección de los predicadores de la fe, quienes tienen también que instruir a los capitanes para que no cometan abusos.
26Por su parte el obispo electo de México, fray Juan de Zumárraga, se pronuncia contra la guerra a los indios teules chichimecas calificándola de injusta, haciéndose, como se hacía, por los medios de violencia que empleaba Nuño de Guzmán. Reitera que no sabe de ninguna otra causa por la que se les deba hacer guerra a estos indios, sino el estarse en su infidelidad e idolatría. El mismo Zumárraga en carta de 1537 que escribe a un religioso, probablemente fray Alonso de la Veracruz, deja claro su pensamiento sobre la guerra ofensiva de conquista, diciendo:
10 Carta de don fray Juan de Zumárraga a un eclesiástico desconocido. México, 4 de abril de 1537, agi(...)
V.R. ha de dar un papel destos dos en su mano al Emperador nuestro Señor comunicándolo con el señor doctor Bernal que persuadirá harto su corazón católico para que se quiten estas conquistas, que son oprobiosas injurias de nuestra cristiandad y fe católica, y en toda esta tierra no ha sido sino carnicerías cuantas conquistas se han hecho, y si S.M. comete esta cosa a su Visorrey Don Antonio de Mendoza, yo creo que cesarán y lo que se descubriere y descubierto se conquistará apostólicamente o cristianamente como lo tenemos platicado con religiosos.10
Pareceres emitidos por los letrados de las órdenes religiosas en las Juntas Teológicas de México: 1569-1575
Unanimidad inicial
11 El texto en agi México 2547 ”Parecer de algunos teólogos de México sobre la justicia de la guerra (...)
27Una serie de juntas sobre la justicia de la guerra a los chichimecas fueron convocadas por el virrey Martín Enríquez de Almansa los años de 1569, 1570, 1574 y 1575.11
12 Antonio F. García-Abasolo, Martín Enríquez y la Reforma de 1568 en Nueva España, Publicaciones de (...)
28Los teólogos participantes en ellas representan en gran medida la intelectualidad universitaria mexicana de su tiempo y forman una corriente significativa del pensamiento vigente sobre la ética de la guerra y la esclavitud, que se fue reforzando durante los años álgidos de la guerra contra los chichimecas. La atención que el virrey Enríquez dedicó al problema chichimeca le llevó a plantearse seriamente la duda sobre la licitud de hacerles la guerra como a enemigos, esto es una guerra ofensiva a fuego y a sangre, ante una eventual llamada a cuentas de parte del Consejo de Indias. Producto de esta preocupación, fueron varias juntas de teólogos, convocadas a iniciativa suya para ventilar la cuestión bélica.12
29Estas juntas reunieron a lo más granado de los teólogos de México pertenecientes a las tres órdenes religiosas. No se incluyó al clero secular. Sus respuestas fueron las más duras ideológicamente en tratar el ”problema chichimeca”, pero también las menos fundamentadas y razonadas, por no incluir el contrapeso de otros aspectos de la realidad social o económica. Sin embargo, la unanimidad ideológica obtenida en esa junta de letrados, era precisamente la que buscaba el virrey para justificar su política.
13 Parecer completo en latín del P. Juan Focher, OFM, dirigido a D. Martín Enríquez, virrey de Nueva (...)
30Un examen detenido de los textos que emanaron de estas consultas me han permitido establecer que se celebraron al menos cuatro juntas: una en 1569, otra en 1570, la tercera el 19 de junio de 1574 y la cuarta después de agosto de 1574. En las dos primeras juntas el dictamen de los consultados fue unánime en favor de la guerra. El teólogo franciscano Juan Focher, cuyo parecer es el paradigma de esta postura, así lo hace constar: ”Donde fue conclusión unánime de todos los allí presentes que no sólo podía sino que estaba obligado a ello por las mismas razones que se acaban de indicar”.13
14 Carta de Pedro Moya de Contreras, arzobispo de México, del 31 de agosto de 1574, al presidente del (...)
31Fue en la tercera junta, celebrada el 19 de junio de 1574, donde por primera vez se rompió la anterior unanimidad de opinión sobre la justificación de la guerra a los chichimecas. El rompimiento vino de la contradicción hecha por los dominicos, que se opusieron y, contra la opinión de todos los demás, defendieron que la guerra a los chichimecas, tal como se hacía, era injusta, puesto que los verdaderos agresores eran los españoles, como se demostraba en que éstos eran los que primero entraban y caminaban y tomaban la tierra de aquéllos.14
32Esta disidencia la conocemos gracias a una carta que el arzobispo Moya de Contreras, entonces partidario de la guerra, escribe el 31 de agosto de 1574 al presidente del Consejo de Indias:
Los días pasados hizo el virrey junta de letrados de las órdenes y de otros de fuera dellas para tratar si sería justo que se les hiciese la guerra a esos indios con rigor y condenándolos a perpetua servidumbre a los que pudiesen haber vivos y entendida su manera de vivir a todos pareció que era justo, ecepto a los dominicos que defendieron que no, diciendo que los españoles eran los agresores, pues entraban y caminaban y tomaban la tierra que era déstos y así lo quél resumió fue que aquellos que por información pareciese culpados sirviesen trece años y que los niños y niñas no los tomasen y así fue no proveer de remedio competente porque nadie quiere ir a la guerra a hacer informaciones tan menudas, pues basta hallarles ropa y armas y preseas que han tomado a los españoles que han muerto y robado.15
33Una cuarta junta (posterior al 19 de junio de 1574) reunió el virrey probablemente en 1575. El motivo parece que fue un creciente clamor que provenía del campo de los religiosos contra las crueldades cometidas por capitanes y funcionarios reales en agravio de los chichimecas, no sólo de guerra, sino pacíficos e inocentes, entre ellos mujeres y niños, que habían sido injustamente presos por los soldados y que se habían dado a servidumbre de los amos que los compraban, y de hecho los tenían como esclavos. Se preguntaba qué se debía hacer con estos indios presos y esclavizados o dados a servidumbre, ante el temor —fundado en la experiencia — de que cuando se volvían a su tierra, se convertían en los más acerbos enemigos de los españoles y de los indios de paz.
16 Véanse los pareceres de estas juntas en Alberto Carrillo Cazares, op. cit, pp. 575-581.
34Sobre este aspecto de la guerra, que producía consecuencias funestas de largo alcance para la supervivencia de las naciones nómadas y responsabilidades morales de difícil reparación para la sociedad novohispana, Enríquez obtuvo un parecer condescendiente a su política de mantener la servidumbre de los chichimecas presos sin cambios sustanciales, de manera que se reforzó el sistema de esclavitud a largo plazo. La resolución que dieron fue que no volvieran los indios chichimecas a sus tierras, sino que siendo ya venidos quedaran acomodados entre cristianos de la mejor forma posible.16 Al dictamen unánime de dos franciscanos y dos agustinos, consiguió sumar esta vez el voto de dos teólogos dominicos altamente reconocidos: fray Bartolomé de Ledesma y fray Pedro de Pravia.
35A los ojos de los teólogos, estos dos órdenes de hostilidad requerían dos enjuiciamientos totalmente diferentes, de donde se explican dos posiciones y pareceres diametralmente opuestos.
36Sin embargo, es patente la total incomprensión de la naturaleza chichimeca y de sus necesidades vitales: en cada una de las juntas se repite el parecer de los letrados, en quienes se vuelve opinión común el tomar como delito las acciones de los chichimecas para defender su natural habitación y el entorno que han ocupado en forma ancestral.
17 Una nota del secretario del concilio, Juan de Salcedo, dice al respecto: ”Están al cabo tres parec (...)
37Además de los pareceres de los religiosos, el virrey Enríquez obtuvo también el dictamen favorable a su política de los letrados de la Real Audiencia de México, el doctor Valdés de Cárcamo, el doctor Céspedes de Cárdenas y el doctor Arévalo Sedeño.17
Dos tratados redactados en ocasión de estas juntas
38En ocasión de estas juntas teológicas de México se redactaron dos tratados más extensos que los simples pareceres que acabamos de referir.
18 Véase el texto latino original, con mi traducción castellana, en Alberto Carrillo Cázares, op. cit (...)
19 Juan Focher, Itinerarium Catholicum ad Infideles Convertendos [Sevilla, 1574], editado por Antonio (...)
39Uno es el del franciscano fray Juan Focher, inédito en su forma original, que lleva el título De justa delinquentium punitione sobre la justificación de la guerra contra los chichimecas (México, 1570)18 y que sustancialmente aunque con modificaciones, había sido publicado por fray Diego de Valadés.19
20 Fray Guillermo de Santa María, op. cit.
40El otro es el del agustino fray Guillermo de Santa María, conocido con el título de Guerra de los Chichimecas (1575-1580) divulgado y ampliamente citado por Philip W. Powell, aunque este notable historiador no alcanzó a conocer al verdadero autor de esta fuente primordial de la cultura chichimeca.20
21 Alberto Carrillo Cázares, op. cit., pp. 706-716.
41Hay otros dos breves tratados que fueron redactados, diez años después de los que acabamos de citar, dados como respuesta a petición del Concilio Tercero mexicano, por dos de sus consultores juristas, los doctores Hernando Ortiz de Hinojosa y Fulgencio Vique, ambos prebendados de la catedral y profesores de la Universidad de México. Los hemos también publicado recientemente.21
42Este conjunto, representa un acervo importantísimo, tan breve cuanto valioso, que testifica el desarrollo alcanzado por el pensamiento novohispano sobre la justificación de la guerra a los indios, concretamente a los chichimecas.
El tratado del franciscano fray Juan Focher (1570)
22 Cf. Jean-Pierre Berthe, Estudios de historia de la Nueva España. De Sevilla a Manila, Universidad (...)
43El padre Juan Focher, según el testimonio de Mendieta, debió nacer el año de 1497, pues afirma que es ”francés de nación, de 73 años, doctísimo in utroque iure y buena lengua mexicana, que ha compuesto innumerables tratados para utilidad de la nueva Iglesia indiana”.22
23 Cf. Juan Focher, Itinerario del misionero en América, ed. de Antonio Eguiluz, Madrid, ofm, 1960, p (...)
44Focher se doctoró en leyes en París, donde también estudió teología y cánones, luego tomó el hábito franciscano en la provincia de Aquitania de donde pasó a la Nueva España, en compañía de otros dos franceses, fray Luis Monleón y fray Francisco de los Ángeles. La cédula de pasaje está fechada el 9 de mayo de 1540.23 En México fue uno de los maestros insignes del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco para jóvenes indios, al lado de Juan de Gaona y Francisco de Bustamante.
24 Alberto Carrillo Cázares, op. cit., pp. 583-606.
45Entre los tratados que compuso sobresalen el Enchiridion baptismi adultorum el matrimonii baptizandorum, escrito por el P. Focher en Tzintzuntzan, su data el 4 de octubre de 1544, y el Parecer sobre la guerra contra los indios chichimecas, fechado en México el 15 de septiembre de 1570. El texto íntegro del Parecer lo hemos dado a conocer recientemente24 en su original latino y traducción castellana por primera vez.
46El catálogo de los numerosos escritos de este pionero de la teología y el derecho al servicio de la Iglesia indiana, manifiesta no sólo de su sólida ciencia, sino además de su extensa experiencia en la conversión de los indios, principalmente en Tlatelolco y San Francisco de México, pero también en otros lugares de la provincia franciscana como Tzintzuntzan, Tula, Ixmiquilpan, Cholula y Ocopetlayuca. El tratado sobre la cuestión chichimeca, fue quizás uno de los últimos que salió de su mano. Focher acabó santamente su vida el año de 1573, en el convento de México, donde fue enterrado.
47El opúsculo sobre la cuestión chichimeca, se compone de tres partes. Comienza con una epístola nuncupatoria en que el autor dedica su obra al virrey don Martín Enríquez de Almansa, prosigue con el texto Parecer propiamente dicho, y concluye con un memorial en que hace algunas recomendaciones personales al presidente del Consejo de Indias.
48La carta en que Focher dedica su tractatulus al virrey reviste la solemnidad y elegancia del discurso panegírico de las dedicatorias de obras mayores tan en boga en escritores de su siglo. El texto es en sí mismo una pieza de pulida hechura literaria, pero más allá de la finalidad laudatoria, el discurso revela la imagen que el autor se ha formado de los chichimecas, sobre cuya punición va a dar su parecer.
49La carta dedicatoria, ofrece, de esta manera, la clave para interpretar la posición desde la cual el autor emite su juicio condenatorio sobre la causa de los chichimecas, llamándolos ”homicidas” y declarándolos ”infieles” contra los cuales se hace justa guerra como contra los agarenos o mahometanos, enemigos del nombre cristiano.
50El tratado propiamente dicho se compone de dos artículos iniciales: Argumento y Cuestión ; y de un cuerpo central o Respuesta, desarrollada en una serie de proposiciones que Focher titula Notanda y Veritates, con que fundamenta la conclusión.
51No hay que olvidar que la obra no es sino el discurso con que los teólogos consultados por el virrey fundamentan la respuesta en que justifican la acción punitiva contra los chichimecas de guerra. Es la misma respuesta a la misma consulta que se hizo en las juntas de 1569 y 1570: a una y otra asistió Focher, como principal actor.
52Como base de su tesis, Focher parte del supuesto de que se trata de una guerra contra ”bárbaros”, es decir infieles, más aún, contra infieles de guerra enfrentados a la república de los cristianos. Considera a los chichimecas como agresores, que estando antes de paz comenzaron a ejercer su tiranía contra los indios pacíficos desollando a unos, matando a otros, robando a los demás sus bienes, e impidiendo a todos el paso por los caminos reales, mientras asechan a los viajeros que por ellos transitan. Sobre tal supuesto, el teólogo expone la teoría común sobre la guerra justa y la aplica a estos indios.
53Cuestión a dilucidar. ”Preguntan algunos, si será lícita la guerra contra los chichimecas que no sólo impiden el camino público sino que dan muerte a muchos fieles que por él pasan y caminan y ejercen cruel tiranía sobre otros ya arrancándoles el cuero de la cabeza, ya hiriendo con sus flechas ya, finalmente, arrebatándoles sus bienes. De tal manera que apenas hay seguridad de caminar por el camino público y real”.
54Viene enseguida la ”Respuesta” que conforma la parte principal del tratado en un discurso de corte escolástico, en el cual queda probado el parecer o respuesta en que se concluye, como concluyeron todos los convocados a la junta de 1570:
25 agi México 2547, loc. cit.
A una voz, tras de conferir el asunto cuidadosamente, de común acuerdo, concluyeron, respondiendo que tenías justa y razonable causa para hacerles guerra, y sin desoir su consejo te apegaste a él, para mandar un ejército contra esos homicidas.25
55Pasa enseguida a exponer las otras condiciones requeridas para que una guerra sea justa, a saber: autoridad del príncipe, causa justa y recta intención. En tal planteamiento no hay mayor originalidad, puesto que es un camino trillado. La particularidad de Focher aparece en la atención que dedica a exponer la responsabilidad de la autoridad a quien incumbe el derecho de declarar una guerra, y en ocasiones el deber de hacerlo, movido no por intereses mezquinos — que no serían intenciones rectas — sino por motivos de paz, en defensa de la patria o de la fe. Aquí aplica la doctrina general al caso particular de la guerra contra los chichimecas.
56Como premisa, aclara que habla de aquellos indios nómadas, que estuvieron de paz y han comenzado recientemente graves hostilidades contra los demás habitantes de la misma tierra, indios y españoles, infieles o cristianos. Partiendo de tal supuesto, considera a esos chichimecas como injustos agresores, culpables de dos clases de delitos que constituyen causa justificante para hacerles la guerra: un delito son las muertes, robos y violencias que ejercen ”tiránicamente” contra los demás moradores de la tierra, y otro es el impedir el paso por caminos públicos a los viandantes pacíficos. Este último delito, que asume como tiranía del pueblo chichimeca en conjunto, lo considera causa suficiente para declararles la guerra como enemigos.
57Como última advertencia, concluye: ”El príncipe debe reprimir a los que perturban la paz pública, y debe hacerlo mediante la mano armada de sus súbditos. Los que por autoridad legítima del soberano van a la guerra hacen obra meritoria si marchan en defensa de la patria, pero pecan si su principal objetivo es el botín o el apoderarse de esclavos”; esto solamente es lícito cuando la defensa de la patria es el fin principal y sólo como una ventaja adicional (et minus principaliter propter aliquod lucrum). En este punto Focher se muestra de manga muy ancha respecto a la codicia de los soldados, que en la realidad de esa guerra lo que principalmente buscaban era la presa de esclavos indios, sin perdonar mujeres y niños; y además, se aparta de la radical oposición de otros franciscanos a la esclavitud chichimeca.
58En suma el breve tratado en que Focher recoge el voto unánime de los teólogos — incluido él mismo — reunidos en la segunda consulta hecha por don Martín Enríquez de Almansa el año de 1570 declarando que el virrey no sólo puede lícitamente, sino que debe obligadamente por su oficio, emprender la guerra para resistir y poner remedio a los asaltos de los chichimecas. El parecer de Focher y del pleno de la junta, muestra varios aspectos particulares que conviene enfatizar para sopesar su importancia dentro del proceso en que se desarrolla el debate sobre la justificación de tal guerra.
59En primer lugar, se hace evidente la duda que persiste en el ánimo del virrey y la necesidad que siente de obtener el respaldo moral de los religiosos a su política de recrudecimiento de la guerra. En segundo lugar, la unanimidad en aprobar tal política denota claramente que la atención general de la población incluidos los religiosos, está dirigida más a los efectos dañosos de los asaltos chichimecas que a las causas que han provocado su insurrección.
60Habrá que esperar hasta la junta de 1574 para que despierte la conciencia de la culpabilidad de los pobladores españoles que son los verdaderos agresores y provocadores de la guerra, con su invasión de las tierras de habitación y sustento de los chichimecas, con el hostigamiento y malos tratos de que les han hecho objeto, y sobre todo con la generalizada esclavitud a que los someten, tanto a indios pacíficos como a combatientes.
61En realidad la intención de los letrados reunidos en las primeras juntas de 1569 y 1570 se limita a considerar el aspecto teórico y hacer gala de erudición canónica, desarrollando el consabido discurso escolástico acerca de la teoría medieval de la guerra justa. Ni en Focher — alumno de París — ni en los otros letrados — algunos de ellos graduados en Salamanca — se manifiesta todavía la nueva actitud teológica impulsada por Vitoria y la Escuela de Salamanca.
26 Véanse: Ángel Galán Sánchez, Los Mudéjares del Reino de Granada, Univ. y Dip. de G. Granada, 1991; (...)
62De hecho Focher responde a la consulta siguiendo los principios teóricos del derecho, más que examinando las causas prácticas de la insurrección chichimeca. Especialmente en lo que atañe a la esclavitud de los chichimecas el teólogo y canonista franciscano se muestra partidario no sólo de someter a servidumbre a los chichimecas capturados en guerra, sino de permitir su esclavitud permanente. Para explicarnos, en parte, esta conformidad con la práctica de la esclavitud de prisioneros de guerra, hay que tener en mente que esa era la política generalizada en esos mismos años en España, con ocasión de la represión de la rebelión de las Alpujarras (1568-1571) en el antiguo reino de Granada donde miles de moriscos cautivos en la guerra estaban siendo dados como esclavos a los soldados españoles que al mando de D. Juan de Austria sofocaban a la insurrección.26
El parecer del agustino fray Guillermo de Santa María (1575)
27 ”Acta de profesión en el Libro de profesiones del monasterio de santo nombre de Jesús de la ciudad (...)
63En ocasión de las mismas juntas teológicas redacta su parecer el agustino fray Guillermo de Santa María (1575). Nació éste en Talavera de la Reina, obispado de Toledo, probablemente en la primera década del siglo xvi. Fue hijo legítimo de Álvaro Maldonado y de Catalina de Vega.27 En su juventud tomó el hábito de la orden de Ermitaños de San Agustín en el convento de Nuestra Señora del Pilar de la Villa de Arenas de San Pedro, provincia de Ávila.
28 José Sicardo, Suplemento Crónico a ¡a Historia de la Orden de n.p.s. Agustín de México, paleografí (...)
64En su primera profesión tomó el nombre de fray Francisco Asaldo,28 aunque no perseveró en esta primera profesión religiosa, se escapó del convento y, dejando Castilla, se vino fugitivo a la Nueva España. En México, tomó segunda vez el hábito en el convento de San Agustín de México profesando el 10 de febrero de 1541. Esta segunda profesión la hizo con el nombre de fray Guillermo de Talavera.
29 Fray Antonio Tello, Crónica miscelánea, libro segundo, vol. ii, cap. cxl, p. 317 (ed. inah, uag, G (...)
30 El Padre Tello refiere: ”...determinó el (el virrey) salir en persona de la ciudad de México a cor (...)
31 El 23 de junio de ese año, el nuevo Provincial de la orden, fray Agustín de Coruña otorgó una cart (...)
65Recién profeso se unió, junto con los otros religiosos que acompañaban al virrey como capellanes y consejeros,29 a la hueste que salió de México al mando del virrey Mendoza a principios de 1542, a enfrentar la rebelión de la Nueva Galicia.30 Después de haber participado en esta expedición, el agustino volvió a Castilla donde permaneció hasta el año de 1547, en que retornó a México. En su tornaviaje aparece con el nombre de fray Guillermo de Santa María. Una vez en México fray Guillermo fue destinado por la orden a ejercer su ministerio en Michoacán en el convento de Guango (actual Villa Morelos). Fray Guillermo desempeña el cargo de prior de ese convento de la frontera michoacana con la Gran Chichimeca, y el año de 1555 funda con indios chichimecas guamare, acompañados de algunos tarascos, el pueblo de Pénjamo. Tiene a su cargo, además de este nuevo poblamiento los pueblos de Conguripo, Numarán, Cuerámaro, Huáscato y los Ayos, Chico y Grande. Es así el primer evangelizador de esa frontera de chichimecas guamare. Todavía en 1560 se halla como prior de Guango.31
66Desde Guango y a partir de la primavera de 1550 fray Guillermo comenzó un intenso apostolado entre los chichimecas guainares de esa frontera, auxiliado por catequistas tarascos de su doctrina, cuya lengua aprendió desde entonces, en la que predicaba y confesaba a los naturales y de la cual se servía como enlace para las diversas lenguas de las naciones guamares y guachichil.
32 ”Relación de la Villa y Monesterio de S. Felipe”, que se halla entre las ”Cartas de Religiosos” qu (...)
67Este ministerio entre tarascos y guamares que tuvo su centro de irradiación en el convento de Guango se prolongó durante diecisiete años, de 1550 a 1567.32
33 Que habían fundado pueblo y convento en ese sitio desde 1553 y se retiraban tras la muerte violent (...)
34 ”Cartas de Religiosos” en Luis García Pimentel, (editor), op. cit., pp. 122- 124.
68Para esta última fecha la frontera de guerra se había extendido hacia el norte, a la altura de la Villa de San Felipe, tierra de guachichiles. Parece que a tal coyuntura corresponde la llegada de los agustinos que tomaron asiento en la villa relevando a los franciscanos,33 para lo cual es de invaluable importancia la experiencia adquirida por fray Guillermo entre los nómadas del priorato de Guango. En San Felipe, se dedicará también a la atención de los guachichiles del cercano valle de San Francisco, en una admirable obra de conversión y de civilización. Ahí trabaja durante los ocho años siguientes (1567-1575).34
69Fray Guillermo desplegó una esforzada labor de persuasión con los cabecillas chichimecas del valle de San Francisco hasta lograr llevar a cuarenta de ellos a México a tratar de paz personalmente con el virrey Almansa a cambio de ciertos beneficios para su nación.
70Desde San Felipe viajó también a la ciudad de México en ocasión de la Junta de Teólogos de 1569, entre los cuales no participó pero habló con algunos de ellos y con el mismo virrey de quienes supo que habían aprobado la guerra y la esclavitud por tiempo limitado (Texto mayor 48).
71Esta es la coyuntura en que fray Guillermo de Santa María escribe su tratado sobre la justificación de la guerra a los chichimecas (1574), que marca un punto sobresaliente del cambio que comienza a darse en el proceso de maduración de la conciencia novohispana sobre la cuestión de la guerra contra los chichimecas, sobre cuya significación hasta ahora no se había percatado la historiografía mexicana.
SUMARIO DEL TRATADO DE FRAY GUILLERMO
72El mismo autor ofrece un sumario de su obra, en estos términos:
35 Fray Guillermo de Santa María, op. cit.
Lo que en el discurso de toda la obra trato, en borrones que desto me quedan, es la descripción de la tierra, con la división de los chichimecas, sus ritos y costumbres y manera de vivir en pelear y comer; de la guerra en general y de la guerra defensiva; de la guerra ofensiva, dividida en conquista, con algunas razones que justifican lo que se ha hecho en las Indias.
Item, de la guerra ofensiva justa contra los chichimecas, y las causas que para ello ha habido.
Item si pueden justamente ser dados por esclavos, y los inconvenientes que hay para dar el servicio dellos por premio a los soldados, con otras cosas anexas a esta materia.
Item de los engaños lícitos o estratagemas que se pueden usar en la guerra y de los ilícitos.
Item, por conclusión, la orden que se podría tener en apaciguar estos chichimecas. Esto va en ésta como epítome abreviado.35
LA ORIGINALIDAD DE LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA DEL AGUSTINO
73El tratado del misionero agustino presenta un adelanto en la reflexión doctrinal, que no se había producido en los pareceres dados en las juntas teológicas, representados en el tratadillo de fray Juan Focher, que acabamos de examinar.
36 Ibid., Texto mayor, núm. 50, p. 206.
74Fray Guillermo comienza exponiendo la misma doctrina común de las condiciones de la guerra justa, pero llega a una conclusión antes no alcanzada. En efecto, fray Guillermo objeta la justificación de la guerra emprendida contra los mismos chichimecas ”dañosos” por ”el modo de hacerse esta guerra”,36 puesto que ciertos procedimientos, a su parecer, ”ponen óbice a la recta intención” requerida en una justa contienda, de los cuales expone algunos en particular. El primero de ellos es el haber señalado como único salario a los soldados las presas que hagan de indios para venderlos como esclavos:
De dar a los soldados por paga los indios que apresen, se siguen muchos otros perjuicios, principalmente que como son pocos los indios de guerra que los soldados pueden prender, éstos se meten la tierra adentro a cautivar a los indios pacíficos que ningún mal han hecho y viven descuidados no teniendo qué temer. [...] Este abuso es el más dañoso, pues carga sobre la conciencia de los que han ido a la guerra. Otra funesta consecuencia de esas presas que los soldados hacen es apartar a los maridos de sus mujeres y a los padres de los hijos, que al venderlos quedan divididos, por lo cual se huyen en cuanto pueden y se vuelven más aguerridos. La guerra de exterminio a fuego y a sangre contra los chichimecas, aunque pudiera llevarse a la cabo, lo cual tiene por imposible, es injusta e inhumana, pues aunque con matar y cautivar a todos estos chichimecas sin quedar ninguno se quisiera conseguir la pacificación de la tierra, tal matanza no es conforme a ley de justicia ni es bien dejar la tierra yerma y despoblada.
75Su propuesta insiste en que hay otros medios contrarios a los bélicos con que estos chichimecas se mantendrían en paz. Estos medios son: ”poblarlos en tierra llana, doctrinarlos en la ley de Dios y buenas costumbres, dándoles todos los medios posibles para que vivan en paz, teniendo casa, vestido y sustento, asegurando esta providencia por un año o hasta que ellos la sepan adquirir por si mismos”. En suma, el misionero propone lo que tiene largamente experimentado en veintidós años de ministerio apostólico entre los chichimecas, quince de ellos con guamares y los siete últimos también con guachichiles, doctrinándolos y asentándolos en pueblos junto con indios tarascos, que les enseñan cultivos, oficios y modos de vida en policía espiritual y temporal.
76Su conclusión final: es en balde y contraproducente esclavizar a los chichimecas, y será imposible dominarlos por guerra, así que por la manera que entonces se llevaba, jamás se conseguiría el fin de pacificar y asentar a las naciones chichimecas, si no era por un adecuado poblamiento.
CONCLUSIONES TÁCITAS Y PRUDENCIA POLÍTICA
77Fray Guillermo deja al buen entendedor las tácitas conclusiones de su argumentación. Entre las cuales dos sobresalen entre todas: una el asemejar la defensa que hacen los infieles chichimecas de sus rancherías, tunas y mezquitales a la que pueden hacer los cristianos de sus ciudades, viñas y olivares.
78La consecuencia, que en la brevedad de su parecer no hace el fraile, es sin embargo obvia: los chichimecas hacen una defensa legítima. El segundo corolario, que lo coloca por delante de otros pareceres favorables a los chichimecas, es concluir que los indios han sido provocados por la agresión de los españoles, pues:
37 Ibid., Texto menor núm. 9, p. 182.
Por estas vastísimas regiones y eferatas gentes tienen los españoles gruesas haciendas de minas, estancias y labores... de lo cual estas bárbaras naciones están turbados y escandalizados y se defienden y ofenden con matanzas y destrucción de los ganados y haciendas, a fin de los echar de la tierra e impedir que no les captiven sus mujeres e hijos, que por esto principalmente han levantado tanta guerra y porque el ganado les destruye sus ciudades, viñas y olivares, que son sus rancherías, tunas y mezquitales, que el robar y saltear es anexo a la guerra.37
38 Ibid., Texto menor núm. 15, p. 184; Texto mayor núm. 40, p. 205.
79Es decir, los españoles son los agresores, y los chichimecas son los agredidos, que responden levantando tanta guerra y haciendo tantos daños robos y asaltos. Simplemente concluye: ”mas esto es fruta de la guerra, que no la lleva mejor ni de su cosecha tiene universidades, sabios ni filosofías, ni eclesiásticos ni policía humana alguna, ni quien los aparte destos destrozos y estragos”.38
80En el Concilio Tercero Mexicano (1585) se planteó, al máximo nivel eclesial de una nación, la cuestión de la licitud de la guerra a los chichimecas:
39 Concilios Provinciales Mexicanos, Mexican manuscripts, Ms. 269, fols. 90r°- 93v°. Véase el texto e (...)
Si a estos indios se les puede dar guerra a fuego y a sangre con seguridad de la conciencia, presuponiendo que esa licencia general se ha de dar con límite de los lugares que se han de acometer, y los soldados han de venir a dar cuenta de las presas que hagan al general desta guerra, para que siendo justas conforme a lo que se decrete, se les adjudiquen, o en su defecto se les castigue y se dé libertad a los presos; segundo, haciéndose estas presas por la moderación referida, si se podrán dar por esclavos perpetuos.39
81El debate ocupa la atención de los consultores del Concilio, pertenecientes a las órdenes religiosas y a los juristas designados ex profeso por el pleno del Concilio. Los dictámenes de los consultores juristas se inclinan por la licitud, mientras que los pareceres de los religiosos teólogos, de las cuatro órdenes, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas se pronuncian en contra de la guerra.
82Finalmente el Concilio hace suya la opinión de estos teólogos y declara la guerra injusta, proponiendo como alternativa el medio pacífico del poblamiento. Veamos sumariamente los pareceres de las órdenes, y dos tratados que redactan sobre la justificación de la guerra dos eminentes juristas consultores del mismo Concilio.
Pareceres de las órdenes religiosas
El parecer de los dominicos
83Los dominicos entran de lleno a un comprensivo examen de la cuestión. El punto arduo del negocio era, naturalmente, declarar si con segura conciencia se les podía hacer guerra de exterminio a los indios chichimecas, y dar los cautivos por esclavos perpetuos. En cuanto a sustancia y fondo se resuelven en contra de la guerra general contra los chichimecas. Sus argumentos son de un enorme peso y de sustancia salmantina y vitoriana. A saber: Primero, no basta entender lo que en la relación de la audiencia, por voz del doctor Robles, se propone, que es alegar el derecho que la nación española dice que tiene contra las naciones chichimecas. También es necesario examinar el derecho que ellos tienen contra los españoles y ver si fueron los españoles los primeros invasores que entraron y están ahora en las tierras de los chichimecas contra su voluntad y por consiguiente con violencia e injusticia.
40 Ms. 269, fol. 89r°. Cf. Alberto Carrillo Cázares, op. cit, p. 700.
84Segundo, también se ha de ver lo que muchos dicen, que los españoles fueron los que primero comenzaron a irritar a los indios, y si es cierto que les han hecho muchos agravios y desafueros y que en lugar de prender a los culpados, cautivaron a los inocentes, y a las mujeres y los niños para venderlos y tener más ganancia. Tercero, so pena de condenación eterna, se ha de examinar si es verdad lo que se dice en esa relación (de Hernando de Robles, presentada por la audiencia) contra los indios chichimecas, y tomar en cuenta que consta por informaciones, que se hicieron procesos contra españoles culpados, y muchos otros se podían hacer con testigos conocidos, que viven hoy día, en favor de la justicia de aquellos indios ”por lo cual obligados están en conciencia todos los que gobiernan a que todo esto venga a la colada”.40 Cuarto y último:
Que por reverencia a Dios se advierta que este Reyno no se debe gobernar en utilidad y provecho precisamente de los Reynos de España, sino principalmente en su propio bienestar, y los que gobiernan, si no procuran esto como último objetivo de su gobierno, están en estado de condenación eterna.41
85De estas premisas los dominicos sacan por conclusión que hay obligación de gastar todas las rentas reales, aunque sean de los quintos de las minas, si fuere necesario emplearlas en apaciguar la tierra, pues de otra manera se daría no un gobierno legítimo sino tiránico:
[...] porque en esto difiere el gobierno justo y legítimo del tiránico que el tiránico principalmente se toma para bien del príncipe, mas el gobierno legítimo principalmente se ordena para el bien de la república.42
43 Así J. Antonio Llaguno se limita a calificar el dictamen de los dominicos como una abstención: ”Su (...)
86El parecer de estos frailes letrados y apostólicos va mucho más allá de una mera cuestión militar y plantea el problema de fondo de un gobierno que no se proponga como meta el provecho del rey y reinos de España, sino principalmente el bien de esta nación indiana. Los padres del Concilio, en su preocupación por la causa de los indios en guerra, no fueron sordos a esta voz profética, como lo demostraron en la determinación final que tomaron sobre la guerra chichimeca. Una lectura detenida de este parecer descubre una actitud firmemente definida en contra de la guerra, mucho más de la que parece haberle concedido hasta hoy la historiografía contemporánea sobre este asunto.43
El parecer de los franciscanos
87El parecer de los franciscanos no tiene la contundencia y fundamentación teológico-política del dictamen de los dominicos. Sin embargo, en su llaneza tiene toda la claridad de conocimiento de la realidad del conflicto que le permite fundamentar su oposición a la guerra a fuego y a sangre contra los chichimecas, de modo que se suma al grupo que critica y desconfía de la relación compuesta por la audiencia para el caso. Su principal aportación es proponer los medios de pacificación. El contenido se puede resumir en tres puntos:
88Primero, que es grande la necesidad de remediar los males que hacen los chichimecas y grande la obligación del rey de amparar los vasallos de los que recibe tributo.
89Segundo, que a pesar de esos daños no se puede hacer la guerra general a fuego y a sangre, y la esclavitud que se proponen, sin agotar antes los medios pacíficos, uno de los cuales es hacer algunas poblaciones de españoles y naturales, con presidio de soldados para guarda suya y de los caminos, pero sin permitírseles ninguna entrada contra los indios y enviando juntamente algunos religiosos que con su doctrina vayan atrayendo de paz a los indios.
90Tercero, que sólo después de haber puesto en práctica este medio, si no fuere suficiente, entonces se podría tratar la duda de la licitud de darles guerra a fuego y a sangre y siempre que antes se averigüen los agravios que los españoles han hecho a los indios, y no sólo los de los indios a los españoles.
91La aportación mayor del parecer de los franciscanos consistió — como se ve— en su propuesta de solución por medios pacíficos de poblaciones en la frontera y de presencia de religiosos dedicados a la persuasión evangélica.
El parecer de los agustinos
92El dictamen de los agustinos señala puntos de gran peso como premisas de su resolución, a saber:
93Primero, que por justa que se estime una guerra, son tantos los males e inconvenientes que trae, que el hacerla debe ser el último recurso que se use, señalando en este primer punto uno de los principios fundamentales de la doctrina de San Agustín sobre la licitud de la guerra.
94Segundo, que la guerra que por tantos años y modos se ha hecho a los chichimecas ha sido inútil para conseguir la paz, y contraproducente, pues el conflicto ha ido de mal en peor.
95Tercero, que aunque la cosa sea difícil, se ha de hacer distinción entre los chichimecas culpados que causan los daños y los otros chichimecas inocentes que no agravian a nadie.
96Cuarto, que el permitir los gobernadores hacer guerra limitándola a los indios culpados — como en años pasados se ha prometido — en realidad ha sido dar licencia para entrar a cautivar inocentes.
97Quinto, que el gran daño que padece la república pide poderoso remedio. Por todo lo cual confiesan, también en términos de cortesía, que no hallan modo de dar una resolución al caso propuesto, y que en definitiva se remiten a lo que el Concilio resuelva.
El parecer de los padres de la Compañía de Jesús
98El parecer dado por los jesuitas a la consulta sobre la guerra chichimeca es conciso y categórico. Su sentir es que no se debe hacer la guerra a fuego, a sangre y a cautiverio, como se pide, sin que primero se haya puesto en efecto con la debida suficiencia el medio pacífico de hacer poblaciones de españoles — como lo manda el rey — en la cordillera por donde los indios salteadores salen, en número y calidad que, a juicio de hombres cristianos prudentes y experimentados, sean bastantes para reprimir los ataques y daños que al presente se ven. Sólo en el caso de que esos indios estorbasen para hacer esas poblaciones pacificadoras, se les podría resistir con guerra y cautiverio.
Dos tratados inéditos presentados al Concilio por los consultores juristas, Dr. Hernando Ortiz de Hinojosa y Dr. Fulgencio Vique
El parecer del Dr. Ortiz de Hinojosa
44 José A. Llaguno, p. 81, la tacha de ser ”la más larga, pesada y pedante de todas” y Stafford Poole (...)
99Entre todos los ocho pareceres dados sobre la guerra chichimeca a petición del Concilio, el más extenso y que reúne las características más peculiares de fondo y forma, de estilo personal y de discurso escolástico, es el formulado por el doctor Hernando Ortiz de Hinojosa. Su estilo, con sus ribetes de erudición y sus entreverados latinos, hace de su texto un caso literaria y socialmente interesante. Cabe señalar, sin embargo, que la dificultad de lectura que puede presentar su texto no merece el menosprecio de que ha sido objeto por parte de algunos escritores.44
45 Cf. José A. Llaguno, op. cit., p. 58.
100Este documento es sólo uno de los ocho memoriales que Ortiz de Hinojosa presentó al Concilio,45 al vicario general del arzobispo Moya, lo cual demuestra su activísima participación en los trabajos conciliares. Para entender mejor el carácter de su discurso, es necesario tener en cuenta la condición de criollo de este letrado, representante de la primera generación de universitarios hijos de conquistadores.
46 Suponiendo que su padre fuera Diego Ortiz de Hinojosa, nieto de Antonio Bravo, que vino con Cortés (...)
47 Según testimonio de Eguiara y Eguren. Cf. José A. Llaguno, op. cit., p. 58.
101Hernando Ortiz de Hinojosa era natural de la ciudad de México, descendiente de conquistadores en cuarta generación.46 Reunía en su persona los títulos de maestro en artes, experto en las lenguas mexicana, griega y hebrea, doctor en teología y cánones, catedrático de prima de filosofía y de vísperas de teología en la universidad de México, abogado y consultor del tribunal de la Inquisición en la misma ciudad, canónigo y vicario general del arzobispado, y autor de varios opúsculos47 y preconizado al fin de su vida obispo de Guatemala, sin haber vivido bastante para verse consagrado.
102Con todo y sus defectos, el parecer razonado de este suntuoso jurista tiene su miga, que no se puede desestimar, y merece una lectura más serena y comprensiva de la que hasta ahora se le ha concedido.
103En todo caso, es un texto representativo de una tendencia política que contaba con numerosos partidarios entre funcionarios y vecinos de las ciudades y centros mineros de la Nueva España y la Nueva Galicia. Contra lo que le achacan sus detractores, el discurso de Ortiz de Hinojosa tiene una clara estructura y sigue un orden lógico, como se puede ver por el esquema que presentamos en seguida. El texto se divide en dos partes, precedidas de una breve introducción. La primera parte está destinada a examinar la posibilidad teórica de justificación de una guerra. La segunda, a resolver las dudas que se puedan presentar al caso de los chichimecas. Veamos sumariamente su desarrollo:
104En el caso propuesto sobre la guerra a los chichimecas se tratan tres puntos: 1) si la guerra limitada que ahora se hace a los chichimecas es justa; 2) si los que se prenden en esa guerra se pueden dar por esclavos perpetuos; 3) si se les puede hacer guerra general, a fuego y a sangre.
105Primera hipótesis: 'los indios son los agresores' (según la relación del doctor Robles).
106Punto primero. Justificación de la guerra que se hace a los chichimecas.
Primera proposición: La guerra que se hace — ahora— a los chichimecas es justa. Advierte Ortiz que se deberían exponer todos los títulos requeridos para que una guerra se considere justa48 y ver si cuadraban a la que se hace contra los chichimecas. Por razón de brevedad, y siendo materia sabida de todos, sólo mencionará dos causas justas que hay para esta guerra: una es el notable agravio e injuria infligida por los indios a los españoles. Que el grave daño es causa justificante de guerra se prueba por la autoridad de San Agustín, Santo Tomás, Silvestre, Francisco de Vitoria, Soto, y es sentencia común de todos los doctores. De donde se puede hacer este argumento: ”el príncipe no tiene más autoridad con los extraños que con los suyos, y contra los suyos no puede mover guerra, si no es precediendo injuria, luego menos la podrá hacer contra los extraños. De donde se colige que a los inocentes que no nos injurian no se les puede hacer guerra, porque es prohibido por derecho natural matar inocentes”.49
50 En realidad, la cita que hace Ortiz de Juan Focher resulta desfasada, pues lo que el franciscano d (...)
107Otra causa justificante de guerra es el impedir el paso de los caminos públicos y matar a los viandantes. Es doctrina de San Agustín, incorporada al derecho canónico, y es también el parecer de Focher.50 De donde se puede hacer un segundo argumento: ”los chichimecas vedan el pasaje de los caminos a los españoles e impiden sus comercios, luego la guerra que se les hace es justa”. Todo lo dicho está señalado en la relación de Hernando de Robles y está contemplado en el derecho civil.
108Punto segundo. Justificación de la esclavitud perpetua.
51 Ms. 269, fol. 102v°. Cf. Carrillo Cázarez, op. cit., p. 708.
109En este segundo punto, Ortiz de Hinojosa desarrolla la consabida doctrina común que considera lícito a los captores el apoderarse de todos los bienes, sean muebles o inmuebles, del pueblo agresor, hasta que se satisfaga el daño causado por él. Y pues está claro que no se puede hacer reparación de los graves daños recibidos de los chichimecas en bienes muebles ni raíces de estos indios, porque no los tienen, entonces se puede y se debe hacer en sus personas haciéndolos esclavos perpetuos. Lo cual es de derecho de gentes y lo sostiene Inocencio. Y no es remedio suficiente darlos por esclavos temporalmente, antes se vuelven peores y ”aun sabiendo los dichos chichimecas la honra que les hacen en darlos por esclavos por tiempo, se hacen más atrevidos”51 y los nuestros se acobardan. Cabe subrayar que en esta parte del discurso el jurista filósofo, hijo de conquistadores, da rienda suelta a su elocuencia, deja de lado la mesura con que venía exponiendo los argumentos tradicionales y se desborda en un parlamento que deja chica la relación del oidor Hernando de Robles.
110Ortiz de Hinojosa remacha su filípica con otra cita de fray Juan Focher, con lo cual pasa al tercer punto.
111Punto tercero. Si se puede hacer guerra a fuego y a sangre contra los chichimecas. Responde con tres proposiciones.
Primera proposición: Durante el acto mismo de la refriega, en la guerra justa es lícito matar a todos los contrarios que pelean, pues de otra manera no podrían los combatientes hacer bien las cosas.
Segunda proposición: Alcanzada la victoria y puestas las cosas fuera de peligro, también es lícito matar a los culpados: esto es lícito con los propios ciudadanos malhechores, luego también con los extraños, porque el soberano tiene autoridad sobre los enemigos como su legítimo juez por derecho de guerra. De donde se saca el siguiente argumento.
Tercera proposición: Es lícito matar a todos los chichimecas culpables porque la guerra también se hace para preparar la paz.
Corolario: Como corolario advierte: ”De todo lo dicho infiero que ofreciéndose las dichas causas justas, el príncipe tiene obligación en conciencia, so pena de pecado mortal, y en justicia, con obligación de restituir todos los daños y menoscabos que sucedieren, porque el que da ocasión de daño, se considera autor del daño”.52
112Desahogados los tres puntos del caso, el autor pasa a dar respuesta a cuatro objeciones o dificultades que se pueden presentar.
113Primera dificultad. ”Los chichimecas vivían pacíficos en sus tierras y fueron nuestros españoles primeros agresores, luego la guerra que nos hacen ellos es justa”.
Respuesta en dos partes: Primero, no se les hizo injuria en tomarles las tierras desiertas y habitarlas, y caso que fueran suyas, se les pudieron tomar por derecho de guerra por los daños que causaban. Segundo, no por haberlos agraviado diez o veinte personas, se habían de vengar de todo este reino. Y si se les hizo agravio por la autoridad pública, en forma de ejército y soldados, entonces no consta que éstos les provocasen primero sin que en ellos hubiese precedido culpa. Y por grave que fuera la injuria, ya se habían satisfecho muchas veces por mucho tiempo, y ya sin nuevas culpas del bando español, hacen ellos repetidos y graves males.
114Segunda dificultad. ”No se les debe hacer guerra, porque con pretexto de los malhechores se trae a perpetua esclavitud a los inocentes y a niños y mujeres que no tienen culpa; y no hay que hacer el mal para obtener el bien”.
Respuesta: Es lícito tomar satisfacción de donde viniere, sea de dañosos, sea de inocentes, y reducirlos a esclavitud. Y como la guerra contra los chichimecas se hace perpetua y nunca se podrán satisfacer los daños recibidos, por lo tanto, no es de dudar que sea lícito reducir a esclavitud a los niños y a las mujeres chichimecas. Esto sostiene Vitoria. De Iure belli, 4. 2.53
115Tercera dificultad. ”El resultado sería matar muchos inocentes, lo que es contra derecho natural: mejor sería dejar los delitos impunes que condenar inocentes. ”
Respuesta: No es pecado matar a los inocentes que están en medio de los combatientes cuando de otro modo, si se quisiese salvar a las mujeres y los niños, se estaría en peligro de perder la victoria. Pero pasado el conflicto armado, no es lícito matar mujeres y niños, sino tan sólo reducirlos a cautiverio, si son infieles.
116Cuarta dificultad. ”¿Se podrá matar a los inocentes niños chichimecos por el temor de que hechos hombres se vuelvan un peligro y hagan guerra a los cristianos? ”
Respuesta: Aunque se podría defender — con algunos autores — que con tal motivo los podrían matar, pero en ningún caso esto es lícito, mayormente por haber otros remedios para prevenirse de ellos, como cautivarlos o desterrarlos.
117Aquí termina la primera parte, en que considera la primera hipótesis: de que fuere cierta y verdadera la relación presentada por el antiguo alcalde de corte y veterano capitán de la guerra contra los chichimecas doctor Hernando de Robles, y comienza la segunda parte, que considera que sea más cierta y veraz la otra hipótesis de las relaciones de religiosos y seglares, que sostienen que los indios chichimecas fueron primero provocados por los españoles. Esta segunda parte del parecer, es también hipotética, basada en una segunda hipótesis.
118Pero vistas y consideradas otras relaciones de religiosos y seglares que muchas veces nos han sido hechas, según las cuales los españoles han sido los primeros agresores de los chichimecas, siendo cristianos muchos de ellos y estando en pacífica posesión de sus tierras, rancherías, mujeres e hijos, de que los españoles les han despojado, si esto es así, hay que deslindar — como en la otra hipótesis — dos casos: o los españoles hicieron tales agravios por privada autoridad o por autoridad pública. Si fue lo primero, ese agravio particular no justifica la venganza chichimeca perpetua contra toda la Nueva España. Si fue lo segundo, y por siniestras informaciones hechas al rey, los españoles se movieron a hacer guerra a los chichimecas, no precediendo culpa a su parte, entonces verdaderamente la guerra que se les hace es injusta y la que ellos hacen es justa, pues proceden a recompensar la injuria con que fueron provocados.
119Conclusión. Ortiz de Hinojosa concluye su razonado parecer proponiendo el remedio que considera posible y necesario, que consiste en cuatro puntos, sumamente interesantes por plantear una revisión a fondo de la cuestión chichimeca. Estos aspectos de su propuesta constituyen la parte más original y crítica de su dictamen por las perspectivas que abren.
120Primero, para entender el origen de este conflicto hay que indagar cuál es de raíz la naturaleza y la principal habitación de estas naciones chichimecas, si por naturaleza es gente feroz y atrevida y que siempre lo ha sido y de dónde viene a hacer los daños a estas partes.
121Segundo, se han de consultar religiosos, soldados viejos, caciques e indios antiguos que los conozcan por vivir en los pueblos cercanos a los chichimecas.
122Tercero, se tienen que ver cuidadosamente las probanzas e informaciones hechas, así contra los chichimecas, como contra los españoles agresores.
123Cuarto, no bastaría hacer poblaciones de españoles entre ellos para lograr lo que justamente se pretende, que es pacificarlos, antes se encarnizarían más por pensar que ya del todo les quitaban su tierra y se harían fuertes en ella. Tales asentamientos sólo podrían servir para defensa de este reino.
124Este es, en síntesis, el parecer del doctor Hernando Ortiz de Hinojosa. Leyendo de corrido el texto, como lo presentamos, y traducidas al castellano las numerosas frases en latín, no resulta su discurso ni tan largo, ni tan tedioso ni tan pedante, como pretendieron algunos autores que habían examinado superficialmente este parecer, que adolece de vehemencia más en la forma y estilo que en el fondo e intención.
125Sin duda el canónigo Ortiz se revela aquí muy apasionado contra los chichimecas, pero en abono del entrelucido letrado hay que enfatizar el estado hipotético en que quiere situar su discurso y no hay que echar en olvido el resto de sus memoriales al Concilio en que demuestra una mayor preocupación por el bienestar de los indios. En todo caso ése era su genio y figura, y de tal palo tal astilla, como este singular parecer que tanto tiempo ha permanecido entre los inéditos.
El tratado del Dr. Fulgencio de Vique
126A semejanza del dictamen de su colega Ortiz, el doctor Fulgencio de Vique o Vich, que era a la sazón provisor del arzobispado, responde a la consulta sobre la guerra a los chichimecas con un parecer razonado, que rezuma erudición canónica y que se apoya en los juristas más conocidos que tratan de las condiciones de la guerra justa.
127Cita principalmente el Corpus Iuris Civilis, el Decreto de Graciano, y los comentaristas Inocencio, Bártulo, Silvestre y Lucas de Penna. Menciona a Cicerón, y con especial respeto a Santo Tomás de Aquino entre los teólogos, y a San Isidoro, entre los padres de la Iglesia. Recurre a las leyes de Castilla y las Siete Partidas, y a los maestros de la Escuela de Salamanca, como Alfonso de Castro, Gregorio López y Francisco de Vitoria. Este dictamen es el segundo en extensión, después del de Ortiz, y en estructura y contenido, se muestra más claro y ordenado, con un discurso fluido y congruente. He aquí una síntesis:
CUESTIÓN Y SUPUESTO
128Se duda y se pregunta si es lícito hacer a los chichimecas guerra formal usando con ellos de los derechos de la guerra justa, que es con muertes de unos y cautiverio de otros. Se presupone ser cierta la relación presentada por el doctor Robles, según la cual los indios chichimecas han hecho enormes daños al estado de la república, sin que por persuasiones ni por mano militar se puedan impedir.
Respuesta: La resolución de esta cuestión consiste en averiguar si a estos indios se les puede hacer guerra justa, porque de ello depende que se les pueda cautivar — salvo que sean cristianos — y despojar de sus bienes y aún matar y echarlos fuera del reino. Según todos los doctores, para que una guerra sea justa requiere de tres elementos: mandato de príncipe no reconociente superior, causa justa y buena intención. Ahora bien:
129Primera dificultad. En cuanto a la intención, está claro que de parte del príncipe ha de ser por el bien común y no por ambiciones reprobables.
130Segunda dificultad. En cuanto a mandato de soberano que no tiene sobre sí superior, también es claro porque no se puede tener por enemigos, sino a aquellos a quienes el soberano declara guerra, los demás en cambio, se tienen por bandidos, y cesa sobre ellos el derecho postliminar. Aquí podría caber la distinción que hace Inocencio de diversas clases de infieles y preguntarse si los reyes de España tendrán jurisdicción sobre estos infieles, pero puesto que efectivamente parecen tenerla por la bula del Papa Alejandro vi, que le hace concesión de esta tierra, y por no ser muy necesario a este punto no se insiste más en ello.
131Tercera dificultad. Resta averiguar si hay causa justa en esta guerra que se hace a los chichimecas. Y de todas las causas que Lucas de Penna pone para justificar una guerra contra idólatras y contra infieles que pecan contra la ley natural, Vique no se atrevería a aprobar ninguna para hacerles guerra a estos indios, teniendo en cuenta lo que dice el apóstol de no tener autoridad sobre los que están fuera del gremio de la Iglesia, y porque Cristo Nuestro Señor no enseñó este modo de convertir infieles haciéndoles guerra, sino enviando a los apóstoles como ovejas en medio de lobos, y por esta causa el maestro teólogo Gregorio López tampoco las aprueba.
132Y llegando a las causas sustanciales Vique cree que hay dos: una para que pueda la nación española defenderse y vivir en paz, y otra para que no se les impida el paso de los caminos. La primera causa se prueba con la autoridad de Tulio Cicerón, San Isidoro, las leyes de las Siete Partidas y los doctores Inocencio y Castro. Para mayor seguridad le parece sería conveniente que hubiese autorización expresa del Papa y del rey. La segunda causa es del derecho de gentes y se deriva del derecho natural:
54 Ms. 269, fol. 108v°. Cf. Alberto Carrillo Cázares, op. cit, p. 716.
[...] y así el paso de los caminos, el labrar las minas sin perjuicio y sin quitar a los naturales su hazienda se puede hazer porque a nadie se haze injuria, y este derecho que es común, no lo pueden impedir los indios, como lo hazen.54
Objeción: Responde luego el doctor Vique a la objeción de que los españoles han sido causa de los daños de los chichimecas, y lo hace con argumento muy semejante al esgrimido por Ortiz de Hinojosa, y dice que según las informaciones, se ha de suponer que lo contrario sea lo cierto, y que si algunos españoles se han excedido, será como particulares, de lo cual ya están bastante vengados los indios, y no ha de ser venganza perpetua para impedir un derecho que deriva de razón natural y, según Vitoria, no se puede impedir el paso a quienes no les hacen mal. Tras responder a esta objeción, pasa a la conclusión de su parecer.
133Conclusión. Se les puede hacer guerra con las dichas reservas, requisitos y diligencias evitando daño a los inocentes en cuanto pueda ser, y que la servidumbre sea a los infieles y no a los cristianos con la moderación necesaria tocante a los niños y las mujeres. Entre las principales diligencias que deben ponerse en práctica antes que declarar la guerra, entiende que convendría poner poblaciones en las partes peligrosas para repeler y estorbar los dichos daños, ya que la guerra ha de ser el último recurso.
Se retracta y suspende su parecer: Después de haber dado este parecer por escrito, en el supuesto que en el hecho tal como lo presentaba la relación de Robles no había más que quitar ni poner, ni cosa de qué dudar, sino teniendo por aceptado que los españoles eran molestados y perseguidos sin causa, el doctor Vique comunica su sentir con los demás consultores en la junta acostumbrada, a la par de las sesiones del Concilio, y en esa comunicación se convence de que — según sus palabras —, ”se nos vuelve esto muy dudoso, por no saber la justicia que hay de parte de los indios, o para recuperación de sus tierras, de que piensan ser despojados con nuestras estancias, o por otras justas causas nos quieren repeler y apartar de sí”.55 El doctor Vique aporta aquí una importante noticia que permite darse cuenta del clima de libertad de opinión y de amplitud de criterio en que los consultores del Concilio se movían y discutían los diversos pareceres, y de su madurez de juicio y capacidad de modificar posturas asumidas sin fundamento suficiente, gracias al cual podían entrar, como lo hicieron, en un proceso de revisión crítica sobre tema tan complejo y sometido a tan poderosos intereses, cual era la guerra contra los indios bravos.
134El doctor Vique informa que en vista de la nueva relación de los hechos que se les hizo en la junta, uno de los consultores — cuyo nombre no da — pidió que antes de dar su parecer se declarase la justicia que hay por parte de los chichimecas. Al escribir este añadido a su dictamen, todavía no se conocía la respuesta dada al consultor que pedía dicha declaración, por lo cual el doctor Vique suspende el parecer que acaba de escribir y firmar, y reitera que lo que tiene firmado se ha de entender en el supuesto de que los indios no tengan justa causa contra los españoles ni de nuevo se les dé ocasión para tenerla. Pide que a los consultores se les dé razón del resultado de la investigación que se hiciere sobre este particular. En consecuencia suspende su parecer, advirtiendo que aunque jurídicamente está bien fundado, podría tener mucha mudanza ante lo que resultare prácticamente de la comprobación de los hechos. Con esta apostilla concluye el cuarto y más erudito de los pareceres de los consultores del clero secular, una de las más interesantes respuestas dadas a la consulta conciliar sobre la guerra chichimeca.
135Una valiosa aportación del doctor Vique es, sin duda, revelar el proceso de cambio de mentalidad para enjuiciar la guerra contra los indios, que se fue produciendo a lo largo de las juntas y sesiones del Tercer Concilio Provincial Mexicano.
La resolución del Concilio en la consulta sobre la guerra chichimeca
136Tanta autoridad reconocieron los padres conciliares a los pareceres emanados de la Consulta sobre la guerra chichimeca, que a ellos se conformaron en la decisión final que tomaron de desaprobar la guerra abierta contra los chichimecas que pedía la real audiencia y el cabildo de la ciudad.
137En consecuencia, el Concilio Provincial Mexicano, en sesión del 31 de julio (1585), vista la relación sobre la guerra que se hace a los chichimecas y vistos los pareceres de las órdenes y consultores sinodales, decretó por resolución y respuesta, que hacen suyo lo mismo que sienten y firman las órdenes de Santo Domingo, San Francisco, y la Compañía de Jesús y el doctor Salzedo, y que así se escriba al rey en la carta que el Concilio ha de escribirle.
138En suma el Concilio decreta lo que en tales pareceres se concluye, a saber:
Que no se puede hacer la guerra a fuego y a sangre a los chichimecas ni el cautiverio perpetuo de ella derivado.
Que se debe examinar no sólo la causa que los españoles tienen contra los indios, sino también la que los indios tienen contra los españoles.
Que antes que por guerra, se debe intentar la pacificación por medio de poblamiento y buenas obras.
Que para llevar a cabo este remedio, el rey tiene obligación de gastar toda su real hacienda si es necesario.
139El decreto del Concilio se pronuncia, en definitiva, contra el hacer la guerra a los chichimecas como a enemigos, que es lo que implica el término ”guerra a fuego y a sangre”, y se declara en favor de la obligación de emprender la pacificación por medio de pueblos, tanto de españoles en la frontera como de chichimecas en sus tierras, y reforzarlas con buena doctrina de religiosos y buenas obras de gobernantes y pobladores.
140El dictamen de los padres conciliares reviste características de notable significación para la vida interna de la Iglesia y para la legitimidad y eficacia de su omnímoda presencia en el escenario de la naciente sociedad novohispana.
141La primera característica es el haberse determinado el concilio en favor de la causa de los indios. Esta opción no parece insólita si se relaciona con los antecedentes de una larga tradición de solicitud pastoral en favor de los indios hostigados por las armas españolas. Basta traer a la memoria la serie de pronunciamientos examinados, desde la junta eclesiástica de 1531, hasta las Juntas Teológicas del período del virrey Enríquez, y los pareceres otorgados en la consulta sobre la guerra chichimeca en las misas sesiones del Concilio Provincial.
142Sin embargo, no deja de ser una opción de sorprendente giro, dadas las condiciones del momento, en que aumentaba la sensación de peligro general, en que se reforzaba la política de guerra emprendida por el último virrey, Martín Enríquez, y en que el mismo presidente arzobispo Moya de Contreras había exigido mayor energía.
56 A saber: el poderoso Moya, representante del rey y presidente del sínodo, hombre del clero secular (...)
143Otro aspecto digno de notar es que el dictamen contra la guerra y en pro de los medios pacíficos para resolver el grave conflicto con los indios chichimecas fue el fruto de un voto unánime entre los obispos, dejando de lado las diferencias de orden religiosa, superando las anteriores opiniones de apoyo a la guerra y confluyendo en un solo compromiso pastoral: el bien espiritual y temporal de la grey cristiana, formada de indios y de españoles y aun de los infieles todavía no incorporados, pero llamados también al gremio de la Iglesia. Un voto en que se unieron obispos tan diferentes en su formación y experiencia, como los que de hecho componían la gran asamblea.56
144Una mayoría de presencia dominicana con cinco obispos de la orden, junto a tres de otros hábitos (un agustino y dos seculares) debió favorecer el consenso de los padres conciliares, que se conforman al parecer de los religiosos. Tal unanimidad de voto de los obispos en un negocio tan arduo, no era cosa frecuente en los sínodos provinciales de la época, ni aun en concilios generales, como el de Trento.
145La otra particularidad significativa del dictamen conciliar en la cuestión de los chichimecas, es el respeto y reconocimiento con que los obispos toman el parecer de letrados, teólogos y canonistas. Elemento integrante de una secular tradición eclesial, la incorporación de los doctores teólogos y canonistas a los trabajos conciliares, fortalecía las decisiones del sínodo mexicano, y mantenía vigente el principio de la mutua subsidiaridad de carismas y ministerios en el cuerpo de la Iglesia. Desafortunadamente después del Concilio tercero mexicano, no se vuelve a ver la presencia de estos coadjutores de la potestad episcopal, o por carencia de teólogos o por extinción de concilios en la Iglesia mexicana.
146Cabe, finalmente, destacar que la determinación del Concilio sobre la injusticia de una guerra a fuego y a sangre contra los chichimecas y la grave obligación moral de emprender la vía pacífica por poblamiento, elevó a nivel de decreto conciliar lo que los consultores formularon a nivel de opinión particular, obligando consiguientemente a su obediencia y ejecución a todos los súbditos de la provincia mexicana, que abarcaba todo el territorio novohispano, más las diócesis de Guatemala y Honduras, más la lejana cristiandad de las Islas Filipinas. Obligación moral que será luego sancionada con la aprobación del rey, patrono de la Iglesia indiana y del Papa, pastor de la Iglesia universal.
147En un proceso de gradual consolidación en que se fue sustentando y madurando la conciencia colectiva de los letrados novohispanos, se dio vida a un proyecto de paz, frente a un proyecto de guerra cuyo diseño y dirección fue obra de políticos gobernantes.
148El diseño y dirección de la guerra fue obra de virreyes, oidores, capitanes y justicias de la gran chichimeca. El proyecto e impulso de la paz fue designio de teólogos, canonistas, misioneros y obispos de la Iglesia indiana, cuyos principales momentos se produjeron en tres fases sucesivas, que hemos resumido en esta breve exposición:
Las juntas eclesiásticas de 1530.
Las juntas teológicas de 1569 a 1575, que dieron origen a los tratados de fray Juan Focher (1570) y de fray Guillermo de Santa María (1574); y
Los pareceres correspondientes a la consulta sobre la guerra chichimeca del Concilio Tercero Provincial Mexicano (1585), en que se formularon los tratados de los consultores doctor Hernando Ortiz de Hinojosa y doctor Fulgencio de Vique.
149En este proceso descubrimos que tras un pensamiento inicial de aceptación de la guerra como recurso usual de conquista, se va conformando una reflexión crítica que pone en tela de juicio la licitud de la guerra contra las naciones nativas de estas tierras.
150Los pasos de ese proceso no fueron, ciertamente, sucesos del azar, sino producto de un cultivo del conocimiento teórico y de aquella madurez de la experiencia práctica, a que aludía Gersón, cuando decía:
57 Juan Gersón [Amberes 1706], Opusculum de solicitudine ecclesiasticorum. Opera omnia, vol. ii, part (...)
Hay quienes se dedican completa y únicamente a examinar lo singular sin llegar a una resolución que alcance los principios... Hay otros hombres, discretos y prudentes, que con cuidadosa experiencia van juntando y componiendo las cosas singulares y con sabiduría las sintetizan en reglas generales, apuntando igualmente la razón de la ley encontrada... [ y ] son rarísimos tales hombres discretos, ya que se requiere una larga aplicación de la experiencia junto con la erudición.57
151Las teorías comunes sobre la guerra justa hallaron en el orbe indiano, y particularmente en la Nueva España, una aplicación y una nueva forma de reproducción del discurso jurídico y teológico, fruto del contraste entre la doctrina canónica medieval reelaborada en las escuelas españolas y su cotejo con la realidad americana concreta, desarrollando un intenso proceso de maduración de la conciencia colectiva frente a la dudosa justificación de la guerra contra los señores de este continente. Por eso nos convencemos de que aquí se formó un nuevo pensamiento jurídico, una nueva reflexión teológica, una nueva prudencia política, que subyace en los cimientos de la historia cultural del Nuevo Mundo.
152El proceso alcanzó un cenit memorable en el consenso a que llegó el Concilio Provincial Mexicano de 1585, respecto a su solidaridad con las naciones indias alzadas en armas, en una resolución de tan alta significación, como quizá no se vuelva a producir en el seno de la jerarquía católica, desde aquella edad dorada de los albores de la Iglesia indiana hasta nuestros días.
1 Fray Guillermo de Santa María, Guerra de los chichimecas, edición crítica de Alberto Carrillo Cázares, osa, Texto mayor núm. 40, Texto menor núm. 15, El Colegio de Michoacán-Universidad de Guanajuato, Zamora, 1999.
2 Fray Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, J. Pérez de Tudela y E. López Oto (editores), t. xcvi, libro iii, cap. 4, p. 176, Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1961.
3 Francisco del Paso y Troncoso, Epistolario de la Nueva España, 1505-1818, vol. ix, ”Carta de Pedro Gallo a Felipe II desde México”, del 30-IV-1562, México, pp. 165-166.
4 Isacio Pérez ha señalado una serie de seis ”rupturas” entre el método de evangelización pacífica y el proyecto de conquista por la fuerza de las armas. Véase el capítulo ”Acusaciones y Reivindicaciones” en: Demetrio Ramos et al., Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. La ética de la Conquista de América, Corpus Hispanorum de Pace, cap. xxv, Madrid, csic, 1984, pp. 134-139.
6 Antonio García y García, El siglo de fray Luis de León: Salamanca y el Renacimiento, ”El mundo del derecho en el siglo de oro de Salamanca”, Salamanca, 1991, p. 71.
8 Ynformación sobre los acaecimientos de la guerra que hace el gobernador Nuño de Guzmán, a los indios, para, con los pareceres de las personas examinadas, tomar resolución, [año de 1531], agi Patronato, Est. 1, caja 1.
9 Nótese que es inexacto lo que anota Antonio García, diciendo que Barrios trae en apoyo de su parecer, como títulos justificantes, la autorización pontificia y la idolatría de los indios o su infidelidad. De nada de esto habla su testimonio. Cf. ”El sentido de las primeras denuncias”, en Demetrio Ramos, op. cit., p. 108.
10 Carta de don fray Juan de Zumárraga a un eclesiástico desconocido. México, 4 de abril de 1537, agi 2-2-4/4.
11 El texto en agi México 2547 ”Parecer de algunos teólogos de México sobre la justicia de la guerra contra los indios chichimecas”, publicado en Alberto Carrillo Cázares, El debate sobre la guerra chichimeca: 1531-1585. Derecho y política en la Nueva España, El Colegio de Michoacán/El Colegio de San Luis, Zamora, 2000, pp. 575-577.
12 Antonio F. García-Abasolo, Martín Enríquez y la Reforma de 1568 en Nueva España, Publicaciones de la Diputación Provincial de Sevilla, Sección Historia, Serie V Centenario del Descubrimiento de América, núm. 2, Sevilla, 1983, p. 351: donde sólo habla de una junta.
13 Parecer completo en latín del P. Juan Focher, OFM, dirigido a D. Martín Enríquez, virrey de Nueva España, justificando la guerra contra los indios chichimecas. Méjico, 16.vu.1570, Archivo del Instituto de Valencia de Don Juan, ”Envío 25, documento núm. 490”, fol. 4r°, Madrid.
14 Carta de Pedro Moya de Contreras, arzobispo de México, del 31 de agosto de 1574, al presidente del Consejo de Indias, en Francisco del Paso y Troncoso, op. cit., t. xi, doc. 669,1940, p. 179.
17 Una nota del secretario del concilio, Juan de Salcedo, dice al respecto: ”Están al cabo tres pareceres simples en forma de carta que al virrey don Martín Enríquez dieron los doctores Cárcamo, Cárdenas y Arévalo Sedeño, oidores que fueron desta real audiencia”, Ms. 269, fol. 81r°, The Bancroft Library, University of California, Berkeley.
18 Véase el texto latino original, con mi traducción castellana, en Alberto Carrillo Cázares, op. cit., pp. 583-606. El P. Manuel de Castro y Castro, ofm, en un artículo ”Documentos sobre los franciscanos de Hispanoamérica. Siglo xvi”, publicado en Missionalia Hispánica, Hispania Sacra, 49, 1997, pp. 143-170, da noticia de este documento: ”Parecer completo en latín del P. Juan Focher, ofm, dirigido a D. Martín Enríquez, virrey de Nueva España, justificando la guerra contra los indios chichimecas. Méjico, 16.vii.1570”, pero no reproduce el texto del memorial diciendo que ”lo publica en la mayor parte el P. Eguiluz en el Itinerario del misionero en América, aunque él no conoció este documento”. Lo cierto es que la versión editada en el siglo xvi por fray Diego Valadés en su Itineratium catholicum, y traducida en el siglo xx, por Eguiluz, da sólo extractos del texto original, desprovistos de la estructura argumental del tratado original de Focher.
19 Juan Focher, Itinerarium Catholicum ad Infideles Convertendos [Sevilla, 1574], editado por Antonio Eguiluz, ofm, con el título de Itinerario del misionero en América, ed. bilingüe, Madrid, 1960.
22 Cf. Jean-Pierre Berthe, Estudios de historia de la Nueva España. De Sevilla a Manila, Universidad de Guadalajara y Centre Français d'Études Mexicaines et Centraméricaines, México, 1994, p. 272.
23 Cf. Juan Focher, Itinerario del misionero en América, ed. de Antonio Eguiluz, Madrid, ofm, 1960, p. xii.
26 Véanse: Ángel Galán Sánchez, Los Mudéjares del Reino de Granada, Univ. y Dip. de G. Granada, 1991; Antonio Domínguez Ortiz, y Vicent Bernard, Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, Bibl. de la Revista de Occidente, 1978; Rafael Carayolgor, Galera, moriscos y cristianos, Guadix, 1999.
27 ”Acta de profesión en el Libro de profesiones del monasterio de santo nombre de Jesús de la ciudad de México”, fol. 7v°, en: The Genaro García Collection of manuscripts, rollo 3, Latin American Collection, University of Texas, Austin, 1970.
28 José Sicardo, Suplemento Crónico a ¡a Historia de la Orden de n.p.s. Agustín de México, paleografía, introducción notas y edición de Roberto Jaramillo Escutia, México, osa-oala, 1996, p. 216.
29 Fray Antonio Tello, Crónica miscelánea, libro segundo, vol. ii, cap. cxl, p. 317 (ed. inah, uag, Gob. del edo. de Jalisco, Guadalajara, 1973). Para la parte del Miztón, véase: Miguel León Portilla, La flecha en el blanco, México, ed. Diana, 1995.
30 El Padre Tello refiere: ”...determinó el (el virrey) salir en persona de la ciudad de México a cortar de raíz el mal que padecían los cercados y del daño y ruina que amenazaban, para lo qual tocó caxas y alistó quinientos españoles riendo yr con él casi toda la ciudad a esta jornada... ”, Fray Antonio Tello, op. cit., libro ii, vol. 2, cap. cxvi, p. 209.
31 El 23 de junio de ese año, el nuevo Provincial de la orden, fray Agustín de Coruña otorgó una carta de poder al prior de Tiripitío, fray Alonso de Alvarado y éste delegó el 9 de agosto siguiente igual facultad al prior de Guango, fray Guillermo de Santa María, para que en nombre suyo siguiera las diligencias del pleito que traía la orden con D. Vasco de Quiroga por la quema del monasterio que los agustinos estaban edificando en el pueblo de Tlazazalca. agi Justicia 163, fols. 354 y 357.
32 ”Relación de la Villa y Monesterio de S. Felipe”, que se halla entre las ”Cartas de Religiosos” que siguen a las ”Relaciones del Obispado de Antequera, de la Nueva España, hecha por el Obispo del dicho Obispado, con mandado de S.M. ”, en Luis García Pimentel (editor), Relación de los obispados de Tlaxcala, Michoacán, Oaxaca y otros lugares, México, 1904, pp. 122-124.
33 Que habían fundado pueblo y convento en ese sitio desde 1553 y se retiraban tras la muerte violenta que sufrió el guardián de esa casa, fray Bernardo Cosín y la destrucción de la iglesia y hospital del pueblo de indios que habían poblado junto a la villa, producto de los asaltos de los indios de guerra.
39 Concilios Provinciales Mexicanos, Mexican manuscripts, Ms. 269, fols. 90r°- 93v°. Véase el texto en Alberto Carrillo Cázares, op. cit., p. 697.
43 Así J. Antonio Llaguno se limita a calificar el dictamen de los dominicos como una abstención: ”Su parecer es claro: nada se puede resolver mientras no se investigue más”, José A. Llaguno, La personalidad jurídica del indio y el Tercer Concilio Provincial Mexicano (1585), Roma, 2a ed. (1983), México, Porrúa, 1962, p. 78.
44 José A. Llaguno, p. 81, la tacha de ser ”la más larga, pesada y pedante de todas” y Stafford Poole repite y redobla el dicho de Llaguno: ”Doctor Hernando Ortiz de Hinojosa in a long, tiresome, legalistic and pedantic memorial comes closest of any conciliar advisor to a full theoretical justification of war a fuego y a sangre against the Chichimecas”, The Americas, 22 (oct. 1965), núm. 2, p. 131.
46 Suponiendo que su padre fuera Diego Ortiz de Hinojosa, nieto de Antonio Bravo, que vino con Cortés, conquistador y vecino de México. Cf. Dorantes de Carranza, Sumaria Relación, p. 146.
48 Siguiendo a Santo Tomás, los doctores señalaban comúnmente las tres consabidas condiciones: autoridad del príncipe, intención recta, causa justa. Lucas de Peña señala hasta trece. Ortiz, sin mencionar a los primeros, cita al último.
49 Ms. 269, fol. 101r°. Cf. Carrillo Cázares, op. cit., p. 706
50 En realidad, la cita que hace Ortiz de Juan Focher resulta desfasada, pues lo que el franciscano dice es que hay necesidad de pedir consejo antes de decidirse por la guerra.
52 Ms. 269, fol. 103v°. Ibid., p. 710.
53 La cita de Vitoria está fuera de su contexto, y su opinión en realidad no es tal, sino que ”si tras la obtención de la victoria o durante el curso de la guerra consta de la inocencia de una persona y los soldados pueden ponerla en libertad, están obligados a hacerlo” (De Iure belli, iv-ii, núm. 80, ed. csic, Madrid, pp. 170-171). Citas como ésta, en que Ortiz da la referencia de una autoridad y una obra, sin presentar el texto, generalmente están fuera de lugar, y dicen otra cosa, a veces contraria, de lo que trata de probar.
55 Ms. 269, fol. 109r°, idem.
56 A saber: el poderoso Moya, representante del rey y presidente del sínodo, hombre del clero secular, Diego Romano, obispo de Tlaxcala, también secular, Gómez de Córdoba, Jerónimo, obispo de Guatemala, el agustino Juan de Medina Rincón, de Michoacán, y cinco obispos dominicos: Gregorio Montalvo, de Yucatán, Domingo de Alzóla, de Nueva Galicia, Bartolomé de Ledesma, de Oaxaca, sin contar a los dos que asisten por procurador, Pedro de Feria, de Chiapas y Domingo de Salazar, de Filipinas.
57 Juan Gersón [Amberes 1706], Opusculum de solicitudine ecclesiasticorum. Opera omnia, vol. ii, partícula xvi, col. goi (p.c), apud Vasco de Quiroga, información en derecho, introducción y notas de Carlos Herrejón, México, Cien de México - sep Cultura, 1985, pp. 54-55.
CÁZARES, Alberto Carrillo. Tratados novohispanos sobre la guerra justa en el siglo xvi In : Las teorías de la guerra justa en el siglo XVI y sus expresiones contemporáneas [en ligne]. Mexico : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1998 (généré le 21 avril 2018). Disponible sur Internet : <http://books.openedition.org/cemca/572>. ISBN : 9782821827950. DOI : 10.4000/books.cemca.572.
Cázares, A. C. 1998. Tratados novohispanos sobre la guerra justa en el siglo xvi. In Bataillon, G., Bienvenu, G., & Velasco Gômez, A. (Eds.), Las teorías de la guerra justa en el siglo XVI y sus expresiones contemporáneas. Centro de estudios mexicanos y centroamericanos. doi :10.4000/books.cemca.572
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