Source: http://www.libertadidioma.com/2005/20050109.htm
Timestamp: 2020-05-29 17:51:04+00:00

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AGLI Recortes de Prensa Domingo 9 Enero 2005
«TORTAS» Y PROCESO CONSTITUYENTE
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 9 Enero 2005
ZP le da a Rajoy cuerda donde ahorcarse
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 9 Enero 2005
EL INQUIETANTE HOMBRE TRANQUILO
Ignacio CAMACHO ABC 9 Enero 2005
Jon JUARISTI ABC 9 Enero 2005
Un mecanismo constitucional
Editorial La Razón 9 Enero 2005
Jaime CAMPMANY ABC 9 Enero 2005
España en venta compra Europa
José A. SENTÍS La Razón 9 Enero 2005
José María CARRASCAL La Razón 9 Enero 2005
LA BURLA PENITENCIARIA
Editorial ABC 9 Enero 2005
EMILIO GUEVARA El Correo 9 Enero 2005
Otegui, en el Parlamento
Antonio PÉREZ HENARES La Razón 9 Enero 2005
Ahora, los empresarios
EL SUBMARINO La Razón 9 Enero 2005
Felicidades señor Ibarreche
Alberto GARRE LÓPEZ La Razón 9 Enero 2005
Agravio a las víctimas
Editorial El Correo 9 Enero 2005
CARLOS ITURGAIZ ANGULO El Correo 9 Enero 2005
¿Se puede gobernar con quien apoya a Ibarretxe
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 9 Enero 2005
Morir de pie y vivir de rodillas
JESÚS LOZA El Correo 9 Enero 2005
¿Arnaldo Otegi, lehendakari
JULIO I. LAESPADA El Correo 9 Enero 2005
Cartas al Director ABC 9 Enero 2005
Campaña por la Constitución
El Gobierno iraquí asegura que Siria e Irán facilitan coches bomba a la guerrilla
Namir Shubi La Razón 9 Enero 2005
Los españoles ven tras el Plan Ibarreche una argucia secesionista
Diana Valdecantos La Razón 9 Enero 2005
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 9 Enero 2005
LA decisión del Gobierno de no recurrir ante el Tribunal Constitucional la aprobación en el Parlamento Vasco del denominado Plan Ibarretxe no responde al deseo de evitar «un paso en falso» , sino al propósito de buscar con el lendakari primero, y con el tripartito catalán después, un arreglo político, eludiendo que un pronunciamiento normativo previo del intérprete de la Constitución lo condicione de manera determinante, como sin duda haría. Aducir que el Constitucional rechazó antes la admisión a trámite del recurso interpuesto por el Gobierno del PP contra la remisión del proyecto secesionista a la Cámara Vasca y contra la calificación del texto hecha por la mesa del órgano legislativo autonómico para justificar esta omisión es, técnicamente, deshonesto, porque aquellos actos recurridos eran de trámite -según el TC, que lo dilucidó en una reñida votación entre sus miembros- pero la aprobación de la proposición secesionista por el pleno del Parlamento Vasco es ya sustantivo.
En la misma línea de simulación política por parte del Gobierno de Rodríguez Zapatero se inscribe la decisión de la Fiscalía General del Estado de no recurrir el auto de la magistrada Nekane Bolado que exculpa a Juan María Atutxa de un delito de desobediencia a la sentencia del Tribunal Supremo que ordenó en su momento la disolución del grupo parlamentario Sozialistas Abertzaleak (Batasuna), parte del cual ha sido el que ha dado el pase al Plan Ibarretxe. Se consuma así, por parálisis, la efectiva inaplicación de la sentencia del máximo órgano jurisdiccional y, al mismo tiempo, el posible regreso a la legalidad de Batasuna se incluye en el orden del día de la negociación política que se proponen los gobiernos de Madrid y Vitoria.
Pero hay más: la iniciativa del Partido Socialista de Euskadi de proponer un nuevo Estatuto -cuyo redactor-ponente ha sido el que fuera peneuvista Emilio Guevara- en el que se contempla el País Vasco como una «comunidad nacional», asimilable según Guevara a «una nación sin Estado», compone una formulación de nulo rigor constitucional y sentencia, al igual que el plan nacionalista, el final del Estatuto de Guernica. Y las casualidades, en política, las justas.
El Gobierno, en consecuencia, no quiere -y por su política de alianzas tampoco puede- judicializar el plan Ibarretxe. De ahí que trate por todos los medios de llevarlo al terreno de la negociación política y a un debate en el Congreso de los Diputados en el que la presión de los socialistas vascos, catalanes y de los distintos grupos nacionalistas -entre ellos ERC, socio principalísimo del Ejecutivo- ofrezca un nuevo consenso para revisar en profundidad la actual concepción constitucional de España en su naturaleza de Nación única y de Estado unitario autonómico. Es en este contexto de desjudicialización del plan secesionista de los nacionalistas vascos, y de propuestas de los socialistas vascos y catalanes para sustituir el término de nacionalidades por el de comunidades nacionales, en el que Ibarretxe va a jugar sus bazas, que no son escasas.
Entramos, diga lo que diga el Gobierno, en un proceso constituyente porque hay deseo nacionalista y necesidad socialista de impulsarlo. Unos y otros se precisan porque ambos están en el poder y pretenden seguir estándolo. De lo contrario, es ininteligible que el Gobierno no salve su responsabilidad con el oportuno recurso ante el Tribunal Constitucional. La teoría del «acto consentido», bien conocido por los administrativistas -es decir, aquel que se da por bueno de modo implícito al no recurrirse- cobra aquí una significación definitiva. A estos efectos, las proclamaciones constitucionalistas del presidente del Gobierno son de una relatividad manifiesta y merecen, por tanto, un cauteloso escepticismo.
El proceso constituyente que inicia la aprobación del plan Ibarretxe en el Parlamento Vasco -y que se inserta en una dinámica alocada de cambios estatutarios promovidos por socialistas vascos y catalanes, muy próximos a tesis nacionalistas- es propio de un Gobierno de corte radical que debe comportarse con extremosidad en sus decisiones -talante aparte- porque es un Ejecutivo débil y aritméticamente demasiado dependiente. Por eso la más grave tentación del Gabinete de Rodríguez Zapatero es manejar criterios de oportunidad antes que los de fondo, que son, en este caso, los de carácter nacional.
Por estas y otras razones escribí que se veía venir una ruptura con la Constitución de 1978. Ya está aquí. La renuncia a que el garante de la Constitución intervenga a instancia gubernamental en el examen del Plan Ibarretxe es una prueba evidente de ello, porque remite la cuestión central de la unidad nacional a una negociación política en la que los criterios normativos son secundarios y variables, tal y como desean fervientemente los nacionalistas y ha manifestado el propio Ibarretxe, que no reconoce ni norma ni institución que pueda oponerse a sus designios. Hacerlo sería tanto como terminar a «tortas».
Ha mencionado el lendakari el mayor y mejor argumento para la deslegitimación de su Plan: el ejercicio de la fuerza. Las «tortas» en forma de casi mil asesinatos, ejecutados por los que apoyaron su Plan y lo han hecho coyunturalmente viable, con el permiso epistolar del jefe de los terroristas protocolizado en sede parlamentaria, son justamente las que le permiten conducirse y comportarse de la manera en la que lo hace, prepotente y sectaria. Esas «tortas», algo más que consentidas por el nacionalismo en el que milita, repartidas inmisericordemente durante décadas por ETA , hijuela del PNV en los años sesenta, banda con la que su organización pactó en 1998 y con la que ha vuelto a pactar ahora, son, en el fondo, su gran argumento de convicción, porque ni la sociedad vasca en su conjunto ni los tres territorios históricos vascos institucionalmente hubiesen permitido el despropósito de su Plan si no fuera por el miedo a los pistoleros que votan de consuno con el PNV y el hastío que provoca el «régimen» impuesto por su partido allí. Más de ocho mil millones han costado «las tortas» etarras al resto de España en estos últimos diez años; los chantajes de Lemóniz y Leizarán y los secuestros etarras elevaron la siniestra cuenta entre 1970 y 1993 a otros tres mil, y el Estado hubo de abonar entre 1994 y 2003 casi 400 millones más a las víctimas del terrorismo por muerte y lesiones. «Tortas», además de asesinas, ruinosas, como para que Juan José Ibarretxe miente la soga en casa del ahorcado y se la espete, gesticulante y ridículo, a una España con tanta experiencia en arremetidas como en sufrimientos y que estaría dispuesta a mantenerse firme si su Gobierno también lo estuviera, extremo éste que está por ver porque como Maragall ha predicho los procesos constituyentes, la mayoría, por cierto, frustrantes y frustrados, son reiterativos en nuestra historia. Y ahora parece comenzar otro más, abanderado esta vez por el peor resentimiento colectivo de nuestra reciente historia, aquel que nace del complejo de inferioridad.
Es ya evidente que el PSOE ha puesto en marcha una estrategia cuyo fin esencial es impedir la vuelta del PP al Poder, es decir, evitar la alternancia democrática, y cuyo mecanismo es la apertura de un proceso entre subversivo y revolucionario que pasa por el desbordamiento de la legalidad y la instauración de ipso de un proceso constituyente. O mejor: desconstituyente, puesto que de lo que se trata es de romper la base misma de la Constitución, que es la nación española. La única forma de asentar esa estrategia y de consolidar al PSOE en la Moncloa mientras los separatistas consiguen sus objetivos a medio plazo es marginar, machacar y destruir al PP. Y da la impresión de que en el PP no se enteran o no quieren enterarse de que esta es la realidad. Tan dramática como cierta.
Es comprensible que gente de centro, es decir, geológica y hasta patológicamente de derechas, como Rajoy o Elorriaga anden atónitos y espeluznados ante este terrorífico panorama. Tal vez por eso responden de la forma habitual en la Derecha cuando la izquierda echa un órdago, que es la de no responder. La impresión que está dando el PP no es de prudencia, como sin duda buscan sus líderes, sino de apocamiento e indecisión. A un partido que representa no ya a media España, sino a la mayor parte de la ciudadanía que sigue considerándose inequívocamente española, no se le puede tratar con el desprecio que muestra Zapatero. A diez millones de votantes no se les puede tratar a puntapiés, sin que sus representantes reaccionen con la contundencia debida. A veces tenemos la impresión de que la misma indecisión y debilidad que ZP muestra ante los separatistas vascos y catalanes la muestra a su vez el PP ante ZP y el PSOE.
Y al revés de lo que ha dicho el presidente del Gobierno a propósito del 34, que por lo visto también desconoce, eso es justamente lo único que la Derecha no puede hacer. Porque Alcalá Zamora, Lerroux y Gil Robles, atenazados por el miedo y los complejos, se limitaron a la suspensión temporal de la autonomía catalana tras fracasar el golpe de estado del PSOE y Companys, porque no fueron capaces siquiera de poner fuera de la ley a los partidos golpistas, vino después la reacción de los derrotados: la campaña de absoluta manipulación de la represión de Asturias, las elecciones de febrero del 36, la escalada revolucionaria, el asesinato de Calvo Sotelo y la generalización de la guerra civil, como el PSOE había decidido desde 1933, al perder el Poder en las urnas.
No es que la Historia sea maestra infalible de todo, pero la de España sí lo es en una cosa: cuando la Izquierda hace lo que quiere y la derecha no hace lo que debe, las cosas acaban muy mal. Esta vez, tan mal que, simplemente, acabarán. Muerta España, ya no habrá más errores. Ni aciertos, claro está. El PP merece nuestro respaldo. Pero merecemos también el respaldo del PP. Zapatero le está dando a Rajoy cuerda donde ahorcarse. Ni a él (obviamente), ni a su partido, ni a sus votantes nos gustaría que lo consiguiera.
Por Ignacio CAMACHO ABC 9 Enero 2005
Acaso el aspecto más desasosegante de la gestión presidencial de José Luis Rodríguez Zapatero sea su confianzudo optimismo en el manejo de los tiempos políticos mientras los problemas crecen a su alrededor de un modo exponencial, provocando seria inquietud en la opinión pública. Lejos de constituir un elemento tranquilizador, ese dontancredismo sonriente de que hace gala el presidente del Gobierno tiene la propiedad de sembrar por doquier la sensación de una irritante pasividad, cuando no la sospecha de una flagrante incompetencia.
Hay que admitir, no obstante, que hasta ahora Zapatero tiene motivos para confiar en su táctica quietista y apaciguadora, que le ha permitido enfriar los problemas a la medida de sus conveniencias. Aunque el presidente parece olvidar que el éxito principal de su trayectoria, la victoria en las elecciones del 14 de marzo, contó con el inesperado soporte de la convulsión provocada por el horrendo atentado de Atocha, la forma en que dominó las críticas durante su etapa de liderazgo de la oposición le hacen acreedor a una cierta confianza. Lo que él no puede soslayar, sin embargo, es que su papel de dirigencia le obliga a un esfuerzo particular para transmitir a la ciudadanía la seguridad necesaria, y que en momentos críticos como el presente no bastan gestos de sosiego y apariencias de normalidad para implantar un clima de serenidad ante el evidente desafío que supone para la comunidad española el plan secesionista de Ibarretxe.
Veinte millones de españoles necesitan la certeza inmediata de que el Gobierno y el principal partido de la oposición, las dos únicas fuerzas políticas que sostienen un proyecto nacional e integrador del Estado, están de acuerdo en frenar la aventura sin retorno que supone el órdago nacionalista vasco. Y ésa es una demanda estratégica de índole superior a los planteamientos tácticos de cada cual, legítimos pero subordinados a un interés común de mayor envergadura. Zapatero tiene todo el derecho y la legitimidad para afrontarla como mejor considere, pero ha de saber que en política muchas veces las cosas no sólo son como son, sino también como parecen.
Y lo que parece la actitud de Zapatero ante el plan Ibarretxe es que responde a la voluntad de conciliar su respuesta con las alianzas de conveniencia con el independentismo catalán y su afán de marcar distancias respecto del PP y de los métodos adustos y enérgicos empleados por el anterior inquilino de La Moncloa. Con toda seguridad no se trata -solamente- de eso: el presidente intenta por todos los medios evitar que el lendakari obtenga réditos electorales inmediatos de la imagen frentista que ofrecería un nuevo pacto explícito entre el PSOE y el PP. Partiendo de la derrota de la alianza constitucionalista en las elecciones autonómicas de 2001, Zapatero pretende disolver las reclamaciones nacionalistas en un clima de aparente normalidad política para detraer apoyos que impidan la previsible mayoría absoluta de Ibarretxe en mayo. Y entiende que para ello necesita alejarse de cualquier plan de actuación común con el PP.
Este análisis será o no correcto en función de los resultados de las próximas elecciones vascas; si el nacionalismo no logra sus propósitos, Zapatero podrá blasonar de un nuevo éxito de su táctica de apaciguamiento. Pero hay dos problemas esenciales. Uno, que al fijar distancias con el centro-derecha en un asunto tan crucial no hace sino alejar las posibilidades de un pacto poselectoral entre los constitucionalistas vascos. Y dos, y principal, que el presidente parece no tomar en cuenta que es Ibarretxe, y no él, el que dispone de la posibilidad de marcar los tiempos en su bien planeado desafío al Estado.
Sobre el primer asunto es posible que el jefe del Gobierno tenga también sus propios cálculos, y que éstos pasen por la hipótesis de configurar al PSOE como una fuerza central en el País Vasco, capaz de articular acuerdos con el PP... o con el PNV, rebajando sus pretensiones rupturistas mediante el llamado «plan Guevara», que no es otra cosa que una versión descafeinada del de Ibarretxe, con importantes concesiones soberanistas. Ésta es, de hecho, la tesis de Pasqual Maragall, el verdadero cerebro de la política territorial de este Gobierno, diseñada con un ojo puesto en Euskadi y el otro en Cataluña, donde una exigua minoría separatista actúa como eje ventajista del equilibrio de poder. Semejante salida no supondría sino un ablandamiento de la tensión, un regate en corto al problema esencial de la estructura del Estado, trufado con elementos de ruptura constitucional que, por ende, podrían traer graves consecuencias de ruptura en el propio socialismo vasco. Es decir, se trataría de un despeje del balón para dejarlo de nuevo en el campo adversario, desde donde se reorganizaría, tarde o temprano, el contraataque.
Pero, sobre todo, el segundo problema es el más grave, porque Ibarretxe ha medido con inteligencia las etapas de su reto. La baza del referéndum ilegal planea sobre el Estado como una espada de Damocles cuyo hilo sujeta en exclusiva el lendakari. También las alianzas más o menos explícitas con ETA y su entorno, verdaderos artífices de los impulsos del plan soberanista, y cuya potestad de declarar o no una tregua escapa de largo a la voluntad normalizadora de un Gobierno en frágil equilibrio con socios más amigos del adversario que del aliado. La confianza de Zapatero en desactivarlo todo con una (relativa) derrota electoral del nacionalismo reduce a una sola carta sus bazas reales, porque si esa derrota no se llegara a producir toda la ventaja quedaría en manos de los desaprensivos autores del desafío. Y no está claro que se disponga de un plan B para dicha emergencia, sea a través de la ahora indebidamente descartada vía jurídica o del polémico artículo 155 de la Constitución, que algunos invocan con demasiada ligereza a la vista de que ni siquiera está reglamentariamente desarrollado.
Es evidente que los planes B nunca se cuentan, pero esos veinte millones de españoles que respaldaron a PSOE y PP en las últimas elecciones merecen la seguridad de que el futuro de España no está al albur de unas elecciones autonómicas en una sociedad enfermada por la violencia y el miedo. Y el presidente, a quien corresponde la iniciativa de hacer frente al enorme reto planteado, está en la obligación de emitir signos de que dispone de alternativas diferentes para evitar que se consume la ruptura. La alianza, explícita o no, de fuerzas constitucionalistas sería, además, la mejor forma de cerrar en gran medida las heridas abiertas por el 11 de marzo. Dejarla pasar soñando con erigirse en solitaria solución a los males de España constituiría una enorme irresponsabilidad histórica. Y la realidad es que, ante un monumental envite contra su marco de convivencia y libertad, la sociedad española no tiene en estos momentos elementos de juicio para sentirse tranquila.
Por Jon JUARISTI ABC 9 Enero 2005
ES posible que las tortas de Ibarreche se hayan sacado de contexto. No por ello dejan de ser tortas en potencia. Cuestión distinta es quién se las llevaría, de pasar al acto, aunque por el contexto mismo se infiere que Ibarreche cree que habría de sobra para todos. El problema que plantean no es semántico, porque, en español, arreglar algo a tortas es una expresión que conserva su sentido con independencia del contexto. No es siquiera psicoanalítico: que Ibarreche esté de los nervios no nos ayuda demasiado a entender por qué tal frase pudo ser proferida. Hace un año, Ibarreche tenía la personalidad tan alterada como ahora. Sin embargo, se guardó mucho de echar roncas semejantes. En resumen, lo que necesita explicación es el contexto, ni más ni menos. Hay que preguntarse qué ha cambiado en el contexto para que Ibarreche se atreva a presentar a los españoles la alternativa negociación o tortas, que no es todavía la alternativa democrática de ETA (independencia o muerte) pero se le va acercando. O sea que, en vez de sacar las tortas del contexto, tendríamos que sacar el contexto de las tortas y examinarlo para ver si averiguamos por qué Ibarreche, de repente, se nos ha puesto tan chulo.
UNA primera hipótesis tendría que ver con un cambio general en el carácter de los españoles, que de bronco y peleón se habría trocado en blandengue y merengado, pero, al tratarse de una hipótesis absurda (y además indecente, como nos recordó el presidente Mao, quiero decir Rodríguez, hace cosa de un mes), me abstendré de tomarla en consideración. No obstante, quizá los nacionalistas hayan llegado a una conclusión parecida -y, por descontado, indecentemente errónea- a partir de percepciones parciales y distorsionadas del contexto político que, obviamente, no es todo el contexto. Téngase en cuenta que los nacionalistas tienen de los demás españoles una opinión estereotipada, construida en lo esencial sobre las dicotomías del catecismo racial de Arana Goiri: el vasco es alto; el español, bajito. El vasco es laborioso; el español, más vago que la chaqueta de un guardia. El vasco es honrado; el español, un criminal nato. Los vascos (y vascas) son viriles; los españoles, sarasetas. Y así sucesivamente. Pero -y esto es lo insólito- los españoles del estereotipo abertzale solían ser camorristas, rasgo que los hacía peligrosos. Algo habrá detectado Ibarreche -¿quizá la humildad programática del Gobierno socialista ante quien haga falta, mientras no sea americano o del PP?- que entra en contradicción con el prejuicio aranista tradicional. Y acaso su provocación del martes no sea más que un modo de cerciorarse de que, efectivamente, los españoles han dejado de ser un obstáculo para las aspiraciones nacionalistas. De haber sido así, la suave reacción (o sea, la ausencia de reacción) de Rodríguez ha debido tranquilizarle lo suyo.
SEGUNDA hipótesis: lo que los nacionalistas perciben acertadamente es el quiasmo, la simetría invertida de la situación actual respecto a la del año pasado por estas fechas. Entonces había un gobierno fuerte, sin hipotecas y capaz de resistir a la ofensiva secesionista. Cada iniciativa desestabilizadora del frente abertzale era sistemáticamente contrarrestada por una medida correctora. Para los nacionalistas vascos, Aznar encarnaba el estereotipo del español buscabroncas, pero era precisamente esta percepción lo que inhibía política (y verbalmente) la estrategia puesta en marcha en 1998 por el frente de Estella. Por otra parte, Aznar sabía que dicha estrategia estaba meticulosamente escalonada y que, por tanto, pretender que no había llegado todavía a un grado de desarrollo preocupante habría sido insensato. Pues bien, una de las fases decisivas de la marcha nacionalista hacia la independencia -la aprobación del plan Ibarreche en el Parlamento vasco- se ha cumplido sin que a Rodríguez le haya turbado el sueño. El propio Ibarreche ha debido quedar tan desconcertado que no ha podido resistirse a amagar unos tortazos por ver si lo de la modorra española va en serio. Lógico pues, Pachi.
La encuesta elaborada por Celeste-Tel para LA RAZÓN demuestra que ninguno de los alambicados argumentos y subterfugios del lendakari Ibarreche y del Partido Nacionalista Vasco para presentar el plan soberanista como una reforma estatutaria ha conseguido calar en la opinión pública española. La inmensa mayoría de los consultados, un rotundo 81,17 por ciento, cree que detrás de toda esta maniobra se esconde el intento de independizar el País Vasco y segregarlo de España. Y, por supuesto, tres de cada cuatro españoles no están nada de acuerdo. Sin embargo, lo más significativo de los resultados del sondeo es la conciencia ampliamente instalada entre los ciudadanos de que la soberanía nacional reside en el conjunto del pueblo español, en plena identificación con el fundamento de nuestra Carta Magna, explícitamente recogido en el Artículo 1. Y así, el 80,83 por ciento de los encuestados considera que deben ser todos los españoles, y no sólo los vascos, quienes tengan derecho a decidir sobre una hipotética independencia del País Vasco. Es una cuestión fundamental, si tenemos en cuenta que desde el PNV y sus socios del gobierno autónomo se intenta negar la legitimidad al Parlamento para intervenir en el futuro de una parte de España.
Estos resultados, que se pueden calificar de plenamente plebiscitarios, se repiten en la pregunta de si el PP y el PSOE deberían hacer frente común contra el Plan Ibarreche, a lo que el 73,33 por ciento de los consultados responde afirmativamente, demostrando la percepción general de que nos hallamos ante un problema de Estado, grave, cuya resolución debe primar por encima de las diferencias de partido.
Este estado de opinión permite al actual Gobierno socialista plantear la resolución del problema con tranquilidad, pero en una sola dirección y, además, inequívoca: la que garantiza la indisoluble unidad de la Nación española. Comprendemos que el presidente, Jose Luis Rodríguez Zapatero, se muestre renuente a la hora de invocar el empleo de uno de los instrumentos legales del Estado, la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que prevé la suspensión de una autonomía. Es evidente, y nadie plantea otra actitud, que la puesta en práctica del artículo citado debe contemplarse como un último recurso, una vez agotadas todas las vías de acuerdo político y los instrumentos legales de nuestro ordenamiento jurídico. Este es el sentido que hay que dar a las palabras de políticos como Juan Carlos Rodríguez Ibarra o Manuel Fraga, ambos presidentes autonómicos, y figuras notables en el proceso democratizador que configuró el actual modelo territorial español. La aplicación del artículo 155 es una medida, sin duda, indeseada, pero es un instrumento legítimo de nuestro Estado de Derecho.
Por Jaime CAMPMANY ABC 9 Enero 2005
SIN novedad, madame la marquise. No hay novedad, señora baronesa. No hay motivo de preocupación. Los españoles podemos dormir tranquilos. Hay que tener confianza en España y en las instituciones, y no debemos sembrar la alarma. Los que alarman en estos momentos le hacen un flaco servicio al país y a sus habitantes. A su debido tiempo funcionarán las instituciones democráticas. Hala, sosegaos y que ustedes descansen del ajetreo de las fiestas.
Viejas y avisadas voces desde la derecha y desde la izquierda piden nada menos que la suspensión de la autonomía del País Vasco. Manuel Fraga y Rodríguez Ibarra son partidarios de abrir un paréntesis en la autonomía de los vascos antes de que lleven a término el plan Ibarreche, que supone la ruptura de la Constitución, la secesión de Euskal Herría y la desmembración de España. Pero esas voces, al menos de momento, no sólo son desoídas sino que han sido rechazadas. Zapatero dice que «no pasa nada». Sin novedad, señora baronesa.
Los obispos salen abiertamente al campo político y social y condenan el plan Ibarreche. Consideran ese invento del lendakari una propuesta inaceptable y creen que encierra, tan claramente como para denunciarlo, un «riesgo para la convivencia». La voz sabia y antigua de los obispos alerta sin eufemismos: «Peligro, peligro». Los peligros para la convivencia tienen nombres que causan espanto. Pero eso debe de ser un puro cabreo de los pastores por lo del matrimonio gay, el aborto a gogó y otros avances del progresismo. Recuerden las palabras de Zapatero: «No pasa nada». Sin novedad, señora baronesa.
No acierto a conocer por qué regla de tres, uno de los etarras más sanguinarios, José Ignacio de Juana, autor de veintitantos asesinatos y condenado a casi tres mil años de cárcel, va a ser excarcelado después de cumplir sólo dieciocho años de reclusión. Los familiares de las víctimas echan cuentas: este sujeto sale a menos de año por asesinado. Y ni siquiera ha mostrado arrepentimiento. Desde los partidos políticos y desde las asociaciones de víctimas del terrorismo se clama contra esta incomprensible política penal. Pero esa es la ley y debe ser cumplida. Además, lo tiene dicho Zapatero: «No pasa nada». Sin novedad, señora baronesa.
Un sector de socialistas vascos, entre los que se encuentra el nombre significativo de Rosa Díez, ha aplaudido sin reservas la claridad del discurso de José Bono en defensa de la Constitución y su mandato a las Fuerzas Armas para preservar la integridad y la unidad de España. Se pone de manifiesto la contradicción de las palabras del ministro de Defensa y la indiferencia de Zapatero ante la gravedad creciente de la situación política. Los sectores socialistas más conscientes buscan un alivio en el posible acuerdo parlamentario con Convergencia i Unió para poder liberarse de la presión insufrible, insoportable y chulesca de Esquerra Republicana. Pero Zapatero sufre y soporta mientras sonríe. Lo tiene dicho y repetido: «No pasa nada». Sin novedad, señora baronesa.
No hay novedad, no hay novedad. El Gobierno de España es una amplia sonrisa, una indiferencia impertérrita y un paciente abobado en La Moncloa.
Resulta curioso que ahora se pretenda que compremos Europa mientras se vacila ante quienes ponen a España en venta. Hay más fe de nuestro Gobierno en la «nacionalidad» europea que en la española. Hay que decir «sí» a la Europa transnacional, pero se puede dudar de la nación española; concepto este «discutido y discutible», mientras que el eurocontinente se plantea como indiscutido e indiscutible, al que hay que llegar los primeros sin poner pega alguna, sin reticencias, con ardor patriótico, con fe ciega. El cielo está en los otros, una vez más, ya que los demonios están entre nosotros. Entreguémonos, pues, a la benéfica asociación multinacional, ya que nos fiamos lo justo de la asociación nacional. Así, aunque no sepamos quiénes somos los españoles, podremos por lo menos clasificarnos como metaespañoles, es decir, europeos. Y, ya que no hay ideal nacional, inventémonos un ideal supranacional que, como es bastante más desconocido, no nos causa recelos. Además, si dedicamos los próximos dos meses al debate sobre Europa, igual nos olvidamos en ese tiempo de la ofensiva contra el ser de España.
Y mientras las famas nos machacan con el articulado del Tratado Constitucional europeo, los cronopios perdemos la Constitución Española por el retrete. Toda esta gran falacia propagandística del abrazo a Europa se convierte en definitivamente obscena cuando se plantea el Tratado que se someterá a referéndum el 20 de febrero como el remedio para nuestros males interiores. Cuando se propaga que ese Tratado «blindará» a España de las escisiones independentistas. Un argumento que demostraría que el pueblo español está en la infancia democrática, ya que necesita de otros para garantizar su propia convivencia y para asegurar su modelo de Estado.
Porque decir que el amago de Constitución Europea va a frenar a los nacionalismos, es decir, que el pueblo español, presuntamente soberano, y sus instituciones estatales, son incapaces de frenarlos por sí solos. Acudamos, por tanto, se nos viene a decir, a la madre Europa, ya que los niños nos pegamos en la mesa. Que alguien sea referente de autoridad, ya que nuestro Gobierno y demás poderes estatales son incapaces de esgrimirlo. No es, por tanto, un buen momento para el debate europeo. Primero hay que lavar los trapos sucios de nuestra colada. Saber qué España queremos, qué España heredamos, cuál pretendemos para nuestros hijos.
Y saber si tenemos derecho a dilapidar nuestra herencia o a poner en subasta nuestro ideal nacional mientras pujamos por el gran ideal hegemónico franco-alemán. Porque estamos con gobernantes que parecen tener claro el modelo de Europa con el que debemos asociarnos, pero no tienen ni idea del modelo de Estado español que quieren asociar a Europa. Y, por cierto, que estos gobernantes pusilánimes, cercanos a las historias de traición que pueblan nuestro pasado, no sueñen con que los demás estados europeos serán el bálsamo para los dramas interiores. Europa blindará la España que sea capaz de blindarse por sí misma. Si no lo hace, lo hacemos, bailará sobre nuestros despojos.
Desdichado el país cuyo jefe de Estado tiene que salir en defensa de su integridad pues el encargado de defenderla, el Gobierno, no sabe, no quiere o no puede hacerlo. Ya saben el país al que me refiero y de quién estoy hablando.
A mí, y supongo que a buena parte de los españoles, no me interesa saber qué opinan los nacionalistas de las palabras del Rey en la Pascual militar. Lo sabemos sin oírles. Ni lo que opina Llamazares. ¿Qué puede esperarse de un admirador del modelo cubano? Ni siquiera me interesa saber lo que opina Bono, un señor que dice una cosa en un sitio, y otra en otro, dependiendo del lugar y de la audiencia. Lo que me interesa es saber qué opina el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.
Es a él a quien toca hablar en estos momentos críticos, ante un desafío abierto, insolente, brutal. ¿Por qué calla? ¿Por qué no dice nada? ¿Porque no tiene nada que decir o porque tiene miedo? No sé qué será peor. Bueno, sí, lo sé: que continuemos igual, con los nacionalistas avanzando y el Gobierno sólo preocupado porque no le confundan con el PP. ¡Como si defender la Constitución y la unidad de España fuera cosa exclusiva del PP! Si el gobierno piensa así, merece, por eso sólo, no gobernar. La Constitución y la unidad de España no son patrimonio de ningún partido. Son patrimonio de todos los españoles. O, al menos, de todos los que se sienten españoles, pues está visto que algunos no se sienten. ¿Pero les da eso derecho a contar más que los que se sienten? Yo diría que no. Yo diría que más bien al contrario. Pero parece que en esta Zarzuela, a la que pronto cambiarán de nombre por resultar demasiado castizo, se les da más importancia.
¿De qué van a dialogar –esa palabra favorita de nuestro presidente– Ibarretxe y Zapatero el próximo jueves? Pues de antemano sabemos que no hay nada que negociar, y lo peor sería que lo hicieran. Nuestros nacionalistas han mejorado aquella táctica de los soviéticos en las negociaciones «lo que es mío es sólo mío, y lo que es tuyo vamos a repartírnoslo». Ellos dicen «lo que es mío es sólo mío, y lo que es tuyo, también». ¿Qué se puede dialogar, qué hay que negociar con gente como ésta?
El «New York Times» decía el otro día que ésta es la primera crisis del gobierno Zapatero. ¡Si fuera eso sólo! Es una crisis del Estado español. Un asalto a su integridad territorial, a su progreso y a su convivencia. La mayor crisis desde el 23-F. Por eso el Rey ha tenido que intervenir, tras ver que su comedida reconvención de Nochebuena caía en saco roto. ¿Va a caer ésta también? No lo sé. Para este gobierno no unirse al PP parece más importante que la unidad de España. Con permiso de Bono, que en el gobierno Zapatero es un cero a la izquierda. A la derecha, mejor dicho. El pecado más horrible.
LA próxima excarcelación del etarra De Juana Chaos ha expuesto ante la opinión pública las consecuencias de una legislación penitenciaria atrapada por un planteamiento gravemente equivocado sobre los fines de las penas. En ocasiones como ésta la lógica jurídica se muestra ilógica para la mayoría de una sociedad perpleja. Los teóricos de la reinserción del delincuente como prioridad constitucional de toda condena tendrían ahora que salir al estrado para explicar cómo se aplica la vertiente negativa de su doctrina, es decir, cuando el delincuente se ha reafirmado en su criminalidad y, sin embargo, ya tiene un pie en la calle. Hay que ser coherente, y si el delincuente rehabilitado debe salir de la cárcel, aunque no haya cumplido la condena que le fue impuesta, el argumento nos llevaría a mantener en prisión a quien, aun habiéndola cumplido, no se ha rehabilitado, lo que no es legalmente posible. La Constitución sólo dice en el artículo 25.2 que las penas de prisión «estarán orientadas» a la reinserción social y a la reeducación -término éste poco grato al progresismo científico- del delincuente, pero, como ha dicho el Tribunal Constitucional, tales no son los únicos fines, ni los principales, de la pena. Antes están la retribución del delincuente por su delito, es decir, el castigo; la reparación de la víctima y la satisfacción de la demanda de justicia por la sociedad. El único límite constitucional -además de la proscripción de la pena de muerte y las penas físicas- es la prohibición de trabajos forzados. Salvo esta limitación, el artículo 25.2 no condiciona ni la extensión de la pena -el TC no ha opuesto reservas de inconstitucionalidad a la cadena perpetua cada vez que ha tenido que resolver recursos de amparo de mafiosos italianos condenados a esa pena- ni la forma en la que puede ser ejecutada.
DE Juana Chaos fue condenado a casi 3.000 años de prisión por su implicación directa en decenas de asesinatos, pero la aplicación inevitable de las reducciones de condena previstas por el Código Penal de 1973 las ha limitado a sólo 18 años. Este etarra es un criminal convencido, que no se ha retractado de su pasado terrorista, ni ha condenado la violencia de ETA, ni ha pedido perdón a las víctimas, sino que se ha jactado de sus acciones criminales y ha brindado en prisión por los asesinatos. Dentro del bestiario etarra, De Juana es uno de sus más sanguinarios referentes. Se dice que la pena debe facilitar la rehabilitación del delincuente, pero los que elevan este aserto a categoría absoluta no dicen qué hay que hacer cuando el delincuente es incorregible y, aun así, se le reconoce la libertad condicional. La excarcelación de De Juana Chaos enfrenta al Estado de Derecho con sus incongruencias y sus carencias y obliga a una actuación urgente para evitar este escarnio, que aún puede ser más grave si se confirman las puestas en libertad de varios etarras en los dos próximos años.
Justo es no buscar culpables en este Gobierno ni en el anterior, porque tanto PP como PSOE pactaron las medidas necesarias para que no se produjeran estas excarcelaciones anticipadas. Su diagnóstico y su respuesta fueron acertados. El resultado de ese acuerdo fue la reforma del Código Penal para asegurar el cumplimiento íntegro de las condenas. El Ministerio Fiscal y la Audiencia Nacional deberían al menos valorar la procedencia de aplicar esta reforma al caso de De Juana Chaos. Justo es también reconocer que desde el Ministerio de Justicia se está intentando buscar una salida que evite la puesta en libertad de éste y otros sanguinarios terroristas. En su día, el Consejo General del Poder Judicial informó favorablemente sobre la aplicación de la nueva Ley a las excarcelaciones que hubiera que resolver tras su entrada en vigor, lo que no supondría su retroactividad, pues en ningún caso se estaría ampliando la condena impuesta, sino variando la forma de ejecutarla. Ciertamente, es un asunto complejo, en términos jurídicos, y son respetables las opiniones de quienes piden que no se fuerce su aplicación a casos anteriores a su vigencia. Tan respetables y comprensibles como las de aquéllos que reclaman, sobre la base de que no hay retroactividad ilícita, el esfuerzo de evitar una injusticia material y moral como la libertad de un terrorista contumaz que no ha cumplido ni un año de prisión por cada asesinato que cometió. Cuando los Tribunales -de todo orden y categoría- han querido encontrar argumentos para justificar una decisión, los han encontrado. Dogmas jurídicos, los justos.
Es lamentable que un Estado y una sociedad que han sufrido lo indecible por el terrorismo y que han construido afanosamente un sistema penal contra esta lacra, escrupuloso con las garantías de los sospechosos y firme en la persecución de sus entramados, tenga que estar ahora escudriñando intersticios de la ley para evitar la libertad inmerecida de De Juana Chaos. Un juez central de instrucción de la Audiencia Nacional va a citar a este terrorista por un delito de exaltación del terrorismo, cometido mediante la publicación de una carta en el diario «Gara», titulada «El escudo». Esta citación podría dar lugar a medidas preventivas que mantengan a De Juana en prisión, pero, aun siendo el destino que merece, seguirá resultando un remedio de urgencia. Sobre todo, porque más allá del caso De Juana, hay otros terroristas condenados a largas penas que podrían salir en breve de la cárcel. No es así como debe responder un Estado fuerte y con respeto por sí mismo.
LAS víctimas del terrorismo tienen motivo para sentirse agraviadas, porque se trata de una excarcelación hiriente e injusta que, si se acaba produciendo, será el resultado de un automatismo legal exento de cualquier valoración equitativa de los intereses preferentes en juego, entre los que no está la imposible rehabilitación de un asesino orgulloso.
Si Machado hubiera vivido hoy en el País Vasco de Ibarretxe no diría solamente «que el deber de la mentira es embaucar a los papanatas», sino también el justificar a los asesinos y engordar a los aprovechados. Hoy el autobús de la Gran Mentira acelera su marcha. Al volante el Gran Mentiroso -¿o el Gran Loco?, ¿o ambas cosas?-, con los asesinos sonrientes vigilando el rumbo, y con un pasaje de aprovechados, tibios e indiferentes que engrosan las filas de este nacionalismo arrogante y trastornado que nos gobierna. Entretanto todavía hay papanatas dispuestos a abrirle paso, creyendo que nos conduce al progreso, a la libertad, a la paz. Todavía hay quienes creen posible el diálogo y la negociación con ese capitán y con esa tripulación. Hoy el Gran Farsante que nos gobierna y su partido han ratificado la legitimación de los asesinos que ya supuso el pacto de 1998 con ETA. En vez de derrotarles, se han hecho como ellos: secesionistas, totalitarios, radicales, iluminados, inmisericordes. Les han dicho a los verdugos que tenían razón, que éste es un pueblo oprimido a liberar, y que sólo este reconocimiento serviría para desactivar el conflicto político y armado. Cuando ETA vuelva a matar porque no se ha reconocido el derecho a la secesión, ¿qué nos va a decir el Gran Compungido?
Hoy es evidente que el PNV nunca ha querido la derrota de ETA, sólo fagocitarla. Primero puso en nómina a muchos de los ideólogos del radicalismo abertzale, y luego ha querido aprovechar la ilegalización de HB, que repudia con la 'boca pequeña', para arrimar esos votos a su alforja y obtener una ficticia mayoría absoluta. Que nadie se engañe: el PNV desde 1998 siempre ha querido contar con los votos de los terroristas y de su mundo, aunque prefería que ello no se produjera de manera directa y escandalosa, a través de Otegi y compañía, sino mediante unos escaños ganados con los mismos votos. Ahora el Gran Embaucador conduce rodeado por quienes le han estropeado la jugada y no parecen dispuestos a permitirle que fije la ruta y la velocidad.
Tras veinticinco años de ventanas cerradas sin que entre aire fresco, son los aprovechados, los profesionales del poder, los expertos en manipular los sentimientos y la generosidad de la gran mayoría quienes han programado este viaje a la nada y utilizan como mascarón al Gran Delirante. No lo hacen por Euskal Herria, ni por sus ciudadanos, ni siquiera por nosotros, los que les hemos aupado, los papanatas, esto es, esas personas simples y crédulas o demasiado cándidas y fáciles de engañar, como dice el Diccionario de la Real Academia Española -con perdón- de la Lengua. En efecto, una de las mayores mentiras del nacionalismo hoy es la de que la identidad vasca o el autogobierno estén en peligro. No, lo que peligra es su gobierno, la continuidad de un régimen político nacionalista. Eso, y no la construcción de la nación vasca, es lo que preocupa realmente a los concelebrantes del Gran Predicador.
Tras veinticinco años de gobierno del PNV se ha creado una considerable nomenclatura de aprovechados que conforman una red clientelar cada vez más tupida, repleta de privilegios, negocios y beneficios que el poder ha ido repartiendo entre los fieles sumisos. Por eso no quieren que haya cambio y están dispuestos a lo que sea para evitarlo. No porque el euskera vaya a peligrar, sino porque algunos perderán el sello y el chiringuito que han montado en torno a la lengua. No porque la cultura vasca vaya a desaparecer, sino porque a muchos editores, articulistas, bertsolaris, payasos, dibujantes, cantantes y comunicadores varios se les acabaría el inocular la mentira en las mentes de nuestros niños y jóvenes a cambio de cachés suculentos. Ésa es la corte a la que el Gran Iluminado salvó 'in extremis' en 2001, y que ahora se encomienda a Aitor, a Sabino y a Josu para que el milagro se repita. No quieren mirar por la ventanilla, ya que al fin y al cabo quienes están siendo atropellados no se han montado en el autobús porque no han querido, quizás porque no son ni piensan como los vascos auténticos, como ellos. No quieren que nada ni nadie les estropee la digestión en sus agradecidos estómagos de los sublimes guisos que nuestros prudentes cocineros vascos les ofrecen. Ése es el pasaje de un autobús sin marcha atrás que muchos de los que están fuera no saben o no quieren detener, o no se atreven a intentarlo.
No parecen quererlo esos intelectuales, artistas, deportistas y demás personas influyentes que firman manifiestos contra cualquier guerra menos contra la que ETA nos ha declarado, y que sólo se acuerdan de que no se debe politizar el arte, la ciencia o el deporte cuando se trata de justificar la negativa a un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas. Tampoco demuestran, al menos aparentemente, interés alguno por detener esta locura esos empresarios, expertos en presentarse de una manera en Madrid, Valdepeñas o Antequera y de otra en Bilbao, Elorrio o Mondragón, cuyo silencio interesado y timorato atruena, y que invocan a todos los poderes espirituales y terrenales, reyes incluidos, para que los españoles, ésos a los que el Gran Divisor niega cualquier derecho a decidir sobre algo que les afecta directamente, continúen, como si no pasara nada, comprándoles sus productos y aportándoles sus ahorros para financiar esas inversiones que, según Egibar, nos permiten acceder a la independencia. Algunos seguramente están muy preocupados, y hasta horrorizados, ante lo que se avecina si el Gran Insensato sigue al mando. Pero callan. Sólo se atreven a expresar discretamente sus mejores deseos de consenso, buena voluntad y paz como si se tratase sólo de felicitar las Pascuas. Tampoco van a detener el avance de la Gran Mentira quienes votan a los nacionalistas o se manifiestan como tales porque es lo cómodo, lo fácil, lo que se lleva, lo que garantiza una vida tranquila.
Esto sólo lo podemos parar los que hemos contribuido a crearlo. Los que siempre han dado más de lo que han recibido. Los que de verdad quieren lo mejor para esta tierra. Los que de verdad sienten compasión por las víctimas y asco por los verdugos y por los que miran a otro lado. Los que siempre han vivido de su trabajo. Los que no se han aprovechado del poder o de la influencia para medrar. Los que hemos creído que era posible un nacionalismo cívico, constitucional, respetuoso con la pluralidad, integrador. Los que creíamos que Sabino Arana estaba realmente muerto y sepultado, que Arzalluz era un hombre de Estado, que Ibarretxe iba a utilizar el poder que le confirió su victoria electoral para ser el lehendakari de todos, que nunca se le daría la razón a ETA adoptando sus reivindicaciones, y que lo del pacto estatutario iba en serio. Los que creían, como yo, que era posible ser nacionalista sin desarrollar, antes o después, la enfermedad del fanatismo, de la discriminación, de la falta de piedad, del esencialismo barato, del historicismo falsario. Todos los que hemos sido y estamos siendo engañados miserablemente.
Se acabó. Me niego a seguir identificándome con una ideología que se ha convertido en un cáncer peligroso, cuya metástasis hay que impedir. Me niego a que me sigan engañando los que se niegan a reconocer que no se puede levantar una nación vasca de ciudadanos libres sobre las patrañas aranistas. Me niego, sobre todo, a seguir engañándome a mí mismo. En su día me echaron del PNV por el terrible delito de disentir. Ahora soy yo el que, en un meditado ejercicio de liberación personal, se aparta de toda relación, simpatía o sentimiento de pertenencia con el nacionalismo.
Tengo que agradecer al Gran Oficiante y a sus acólitos el que por fin haya comprendido que es una contradicción 'in terminis' hablar de nacionalismo incluyente, de nacionalismo cívico, de nacionalismo moderado, de nacionalismo dialogante, de nacionalismo solidario. Al menos en Euskal Herria no existe ninguno de esos nacionalismos. Tengo la cólera del que se siente manipulado y estafado. Y pienso hacer todo lo que en mi mano esté para que el mayor número posible de incautos, de ingenuos y de crédulos, como yo hasta hoy, vean caer la venda de sus ojos y comprueben que no podemos seguir en manos del Gran Mentiroso y de su guardia pretoriana, porque nos llevan al desastre. Quiero hacer todo lo posible para que podamos los ciudadanos de Euskadi avanzar por el camino que abrió el Estatuto de Autonomía, mejorándolo y ensanchándolo. Porque no creo ya en el nacionalismo, pero sí en mi país, en mis conciudadanos y en la fuerza solutoria y transformadora de la Ley. Hasta Sabino Arana se volvió españolista cuando le encerraron.
Que Zapatero dedique sus energías a abofetear al PP que le ofrece su apoyo y en regalar sonrisas a quienes le amenazan y chantajean, ERC, está llenando de zozobra a la sociedad española. Cuando más necesita confiar en su fortaleza son mayores sus síntomas de debilidad. Quizá tenga una estrategia pero la nación necesita certezas en momentos de tribulación. Debatir el Plan Ibarretxe en el Parlamento, depositario de la soberanía popular, rechazarlo allí de plano y con un importante mensaje a España no es mala idea. Recurrir después, y con ese bagaje añadido, al Constitucional puede ser una línea acertada. Acordar las cuestiones esenciales con Rajoy, además de necesidad, sería virtud. Prevenir provocaciones no estaría de más. Se imaginan si en el colmo de este desvarío entre los tres parlamentarios vascos que habrán de defender ante el Pleno su propuesta se presenta Otegui. Sus votos han sido imprescindibles y las tragaderas del lendakari con el brazo político de ETA, ilimitadas. Ilegales por terroristas, allí gozan de todos los derechos y una jueza de plantilla nacionalista, a la que el fiscal del Estado humillando al Supremo ha consentido consumar el desafuero, ha bendecido su burla de la Ley. Otegui en el Congreso leyendo la carta de cualquier asesino como argumentación esencial puede parecer delirante. Pero, ¿algo de lo que está pasando deja de ser un trágico esperpento?
Después de una semana de dimes y diretes sobre el Plan Ibarreche, de declaraciones y contradeclaraciones a favor y en contra, y una vez que el presidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, se ha pronunciado al respecto, ya no queda nadie por posicionarse en torno al desafío del lendakari. ¿Nadie? Pues no exactamente, porque una de las voces que más tiene que decir en todo este asunto, la del empresariado vasco, no ha dicho aún esta boca es mía. Sí lo han hecho, y con notable valentía y claridad, los sindicatos UGT y Comisiones Obreras, mas la patronal ha optado, por el momento, por mantener un cauteloso silencioso. Hay quien se pregunta los motivos de esta actitud, especialmente después de que en otras ocasiones destacados miembros del tejido empresarial de esa comunidad han demostrado tener la gallardía suficiente como para denunciar las prácticas mafiosas de los terroristas y la política equivocada del Gobierno autonómico. Y más incomprensible es aún este silencio cuando se tienen en cuenta las consecuencias dramáticas que tendría para el conjunto de las empresas vascas una hipotética independencia. Al menos eso es lo que siempre han denunciado. ¿Por qué no lo hacen ahora?
Se despide el año 2004 y comienza 2005 con aparentes éxitos para el Gobierno del País Vasco. La sentencia del Tribunal Superior de aquella Comunidad Autónoma exculpando al Presidente del Parlamento Vasco, Señor Atucha, por su apoyo al grupo parlamentario que lidera el Señor Otegui; la autorización a los presupuestos autonómicos, merced a un fallo técnico del sistema de votación y, posteriormente, la aprobación del denominado Plan Ibarreche, con los votos de los ilegales, han sido muy celebrados por ambos dirigentes, como para felicitarse.
A virtud de tan memorables acontecimientos, los presidentes del Gobierno y Parlamento Vasco, y hasta es posible que Otegui ,Yosu Ternera y otros de su misma reala, como estos últimos, vean inmortalizados sus nombres en calles y estatuas del País Vasco.
Sin embargo, a comienzos de un nuevo año, quiero en mi propio nombre y en el de tantos otros políticos, de una y otra opción, tener en el recuerdo a los que nunca tendrán una calle, ni una plaza en aquella noble tierra vasca; a aquellos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado que, en estas mismas fechas, o a lo largo de un calendario anual tristemente repleto, en cumplimiento de su deber de protección a los ciudadanos, también de los vascos, dejaron su vida a manos de las bestias de ETA.
Es necesario, ahora más que nunca, poner de manifiesto que la ciudadanía española en su conjunto, como la inmensa mayoría de sus representantes, no sabemos de traiciones, ni de olvidos, mantenemos vivo el recuerdo de aquellos honestos hombres que, como el murciano García Rabadán, fueron asesinados por una banda terrorista, cuya representación social el señor Atucha defendió en su parlamento y el Señor Ibarreche aprovecho para sacar adelante su proyecto soberanista, precisamente cuando se pretende aunar Europa.
Es preciso que todos iniciemos el nuevo año recordando que no solo los terroristas son responsables de que no fecunde la buena fe del pueblo vasco, si no también la negligencia y temeridad de quienes tienen la responsabilidad de combatirlos por todos los medios constitucionales y no lo hacen, de la misma manera que corresponde al agricultor segar de raíz la mala hierba que ahoga la buena semilla.
No basta con sentir la muerte de los honestos si se consiente la vida en libertad de los que ejecutan o alientan el asesinato; en este asunto o se está por combatirlos o nos estaríamos vendiendo a los malvados y olvidando a sus victimas. Para los que así pensamos, Judas no podría ser nunca un buen presidente, ni del Ejecutivo, ni del legislativo vasco, ni de ningún régimen democrático.
La perseverancia en la tibieza frente a los terroristas y quienes les amparan es un grave error, apoyarse en ellos para sus fines un suicidio político, supondría tanto como ofrecer a unos electores antropófagos misioneros para cenar, dirigir un circo con el apoyo de las fieras, o, como poco, pretender calzar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que a uno le salgan callos. Tome nota de esto último el señor Zapatero, presidente del Gobierno de una nación con sistema de monarquía parlamentaria, sustentado en un grupo que se apellida republicano y cuyos miembros prometieron su cargo por imperativo legal.
Sigan felicitándose los señores del PNV, con la aprobación de sus necias, efímeras y permanentemente insatisfechas pretensiones, es posible que hasta les voten los caníbales de Euskadi de siempre y consigan lo que quieren, seguir en el poder, aunque no sepan muy bien de dónde vienen ni adónde van. Mientras tanto, la mayoría del pueblo vasco y la totalidad del pueblo español no olvidamos la memoria de las victimas, que recordaremos permanentemente, ni la unidad de España, forjada en siglos y sangre. Lo nuestro no es para felicitaciones, pero sí para sentirnos satisfechos del camino que, desde el concierto o la disparidad de ideas, amparados en la indisoluble unidad de la nación española marcada en nuestra Constitución, hemos recorrido juntos y unidos hemos de seguir trazando a próximas generaciones. Diputado Nacional del PP
El miembro de ETA e integrante del 'comando Madrid' José Ignacio de Juana Chaos quedará en libertad en febrero tras haber cumplido sólo 18 años de los 30 que como máximo establecía el Código Penal vigente cuando fue condenado a penas de mas de 3.000 años por su participación en 25 asesinatos. Ha redimido doce años acogiéndose a beneficios penitenciarios. La salida en libertad de este terrorista sin asomo de arrepentimiento, sin desvinculación de la banda, sin pedir perdón ni indemnizar a las personas que sufren por sus crímenes, supone un agravio para la sociedad democrática y una afrenta para las víctimas. Con la aplicación de las reformas del Código Penal aprobadas la pasada legislatura y la creación del Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria esta excarcelación sería inviable, porque obliga al cumplimiento íntegro de las penas a condenados por actos terroristas si no media arrepentimiento e indemnización a las víctimas.
El perfil de este etarra, conocido por su desprecio hacia el dolor que causan sus crímenes y su fanatismo militante, hace más difícil que la sociedad asuma el hecho de que el cumplimiento de las leyes hace inevitable su puesta en libertad. De no mediar alguna última contingencia legal, De Juana Chaos tiene derecho a los beneficios del Código Penal de 1973 vigente cuando fue juzgado, porque la aplicación retroactiva de las reformas de 2003 es una eventualidad estrictamente inconstitucional. El obligado respeto al Estado de Derecho tiene en este caso la consecuencia indeseada del dolor moral que la excarcelación producirá en la memoria de las víctimas, dado que no existe correspondencia entre la magnitud de los delitos cometidos y la pena satisfecha. Ante una situación como la planteada ahora, hay que lamentar la lentitud del Estado durante muchos años a la hora de legislar contra el terrorismo y sus militantes. Bien es verdad que durante décadas la sociedad democrática albergó la esperanza de que, con el paso del tiempo, el fenómeno terrorista iría difuminándose y sus activistas acogiéndose a fórmulas de reinserción social. Difícilmente se trabajaba con un escenario de más de treinta años de muerte y de terroristas que irían cumpliendo sus penas y accediendo después a una libertad que posibilitaría la intolerable escena del encuentro cotidiano de la víctima y su verdugo. La zozobra que ahora produce la excarcelación de criminales de aquella época desmiente dramáticamente aquel optimismo injustificado. Y obliga a mantener alta la guardia y a preservar el Pacto Antiterrorista, la más valiosa herramienta de la que se ha dotado el Estado para combatir tantos años de crímenes.
CARLOS ITURGAIZ ANGULO/DIPUTADO DEL PP EN EL PARLAMENTO EUROPEO El Correo 9 Enero 2005
Estaba cantado. Que durante los últimos años el PNV fuera abogado defensor de ETA-Batasuna en el Parlamento vasco tenía un precio; que Atutxa y su partido no cumplieran ni acatasen las sentencias y decisiones judiciales tenía un precio; que el PNV abandonase la defensa de la autonomía y el autogobierno vasco refrendado y aprobado en el Estatuto de Gernika, colocándose en la secesión y el separatismo... todo esto tenía un precio.
Y el suculento precio es, ni más ni menos, el apoyo de la ilegalizada Batasuna, es decir, el apoyo de ETA, al plan separatista del lehendakari.
Lo que ha ocurrido en el Parlamento vasco es, sencillamente, la confirmación de una certeza moral que teníamos algunos desde hace mucho tiempo: que el plan Ibarretxe es el plan de ETA, ya que, lejos de ser un plan de convivencia como nos lo intenta vender el lehendakari, sólo pretende dividir y quebrar la convivencia de los vascos, se dispone a romper con España, y para aprobar dicho Plan sabíamos desde el principio que necesitaba el apoyo del comando parlamentario de ETA, como así ha sido.
Durante estos últimos días, semanas y meses la 'cocina' del PNV ha funcionado, sus contactos con los verdugos han funcionado (sólo hay que fijarse en la cara de satisfacción de Egibar), y el proyecto común y compartido de todos los nacionalistas ha funcionado.
Viene bien recordar a estas alturas que hace años, cuando Jaime Mayor Oreja propuso un proyecto común y compartido para todos los vascos basado en la libertad y el respeto al marco político y a las leyes vigentes, Arzalluz se dirigió a mí en una reunión de la Mesa de Ajuria Enea para mandarle un recado a Mayor. «Dile a ése que nosotros los vascos nacionalistas haremos un proyecto común entre nacionalistas y para nacionalistas, incluidos los patriotas descarriados de ETA, y vosotros los españoles haced los proyectos que os dé la gana en vuestro país».
A renglón seguido esa profecía se hizo realidad, llegó el bochornoso Pacto de Estella, donde la firma y el sello del PNV se juntaba con la firma del hacha y la serpiente de ETA para, entre otras cosas, echar del País Vasco a los no nacionalistas, y además sirvió de preparación y preámbulo a lo que tenemos hoy. A este plan Ibarretxe, donde a toda la comunión nacionalista (término muy acertado acuñado por Nicolás Redondo Terreros), entre otras cosas, se les llena la boca de la palabra libertad (utilizada reiteradamente el jueves 30 de diciembre en el Parlamento); hablan de una forma cínica e hipócrita de libertad mientras votan a favor del plan Ibarretxe aquellos que pueden pasear y votar sin escoltas a su lado. Mientras los protegidos, los escoltados, los privados de libertad votan en contra de dicho plan. ¿Qué bonito es hablar de libertad y dar clases de libertad, como hacen los nacionalistas, cuando compran sus salvoconductos a ETA bailando al son que marcan los criminales!
Desde el comienzo de su mandato, Ibarretxe sólo quiso ser el lehendakari de los vascos nacionalistas, se ha negado a ser el lehendakari de todos los vascos, y no ha tenido empacho en mentir canallescamente, como cuando dijo que este plan sólo se votaría en el Parlamento vasco en ausencia de violencia por parte de ETA. Ibarretxe no sólo se ha burlado de muchos vascos y españoles, sino, más grave aún, lo ha hecho de las víctimas del terrorismo, quienes han tenido que aguantar y soportar una vez más que un asesino en busca y captura como 'Josu Ternera' siente cátedra y avale con su guadaña de muerte el plan Ibarretxe en sede parlamentaria.
Llegado a este punto, todo lo demás da igual, podemos perdernos en disquisiciones jurídicas, políticas, adjetivar el plan etcétera. Pero la realidad objetiva es inequívoca, 'Josu Ternera' ha colocado el pulgar hacia arriba e Ibarretxe ha respirado hondo. Ibarretxe-Ternera, Ternera-Ibarretxe, PNV-ETA, ETA-PNV, tanto montan, montan tanto a la hora de conseguir la independencia de Euskadi.
Algunos han calificado todo esto como un reto al Estado, y desde mi juicio se quedan cortos; es un intento de golpe de Estado en toda regla, a la nación, a la Constitución, al Estatuto de Gernika... Y ante este desafío es imprescindible la firmeza desde las convicciones democráticas, sobran talantes, sonrisas, abrazos, reuniones y posiciones melifluas. Ante planes separatistas en marcha no caben otros ridículos planes compensadores ni poses políticas.
El PNV hace mucho tiempo que tiene las cosas claras, ya no hay ambigüedad en su discurso y sí mucha ofensiva nacionalista en sus posiciones, y por si fuera poco la fuerza centrífuga del ventilador que puso en marcha con este plan no le permitirá retroceder, ni querrá hacerlo. Seamos conscientes de que la aprobación del mismo es una estación intermedia, y que la próxima estación por parte de los nacionalistas será la convocatoria del referéndum, digan lo que digan las Cortes.
En definitiva, seguir dando jaque a España, pero de lo que no cabe duda es de que sólo está en las manos de todos los españoles y de nuestras instituciones que no sea jaque mate, y para ello lo práctico y lo necesario será aunar esfuerzos en la defensa de nuestra historia y nuestro país.
¿Se puede gobernar con quien apoya a Ibarretxe?
ZAPATERO dijo el jueves que su oposición al plan Ibarretxe no haría peligrar el apoyo de ERC al Gobierno socialista. Nada dijo, sin embargo, sobre la cuestión contraria, que es la que hoy preocupa a todos los demócratas: la de si será posible gobernar con un partido que dice respaldar «sin dudas y sin fisuras» a Ibarretxe.
De hecho esa cuestión no afecta sólo al futuro del ejecutivo que preside Zapatero, sino también al de Cataluña -donde, como en Madrid, ERC tiene cogida por el mango la sartén- e incluso a un eventual Gobierno alternativo al de la Xunta, pues la alternancia sólo se producirá en Galicia por medio de una coalición entre el PSdeG y el BNG, fuerza ésta que ha manifestado ya su indetificación total con el plan del lendakari.
En realidad, si lo de Ibarretxe no fuera un plan sino un proyecto, el asunto no daría para más. El PP tendría, claro, unos días de gloria criticando otra vez las incoherencias del Gobierno Zapatero, pero, pasada la votación del proyecto secesionista en el Congreso, todos podríamos decir, más o menos aliviados, a otra cosa mariposa.
Sucede, sin embargo, que la llamada propuesta de Ibarretxe ni es hoy, ni lo fue nunca, un mero proyecto de reforma estatutaria, sino una plan . Es decir, un conjunto de acciones coordinadas y dirigidas a la consecución de un objetivo: que el proyecto de secesión del nacionalismo vasco (violento y no violento) no pueda ser bloqueado por las instituciones del Estado. Por eso, tras el seguro rechazo por el Congreso del texto legal secesionista -con el que Ibarretxe contó, claro, desde siempre-, vendrá la convocatoria del referéndum ya anunciado.
¿Qué pasará, entonces, si ERC, o el BNG, decidiesen apoyar al lendakari en la convocatoria de un referéndum a todas luces ilegal? ¿Podrían gobernar con ellos Zapatero, Touriño o Maragall? ¿Podrían hacerlo con partidos dispuestos a sumarse a un desafío que, además de violar de modo flagrante el Estado de derecho, pondría en serio riesgo la convivencia democrática? Y ya no quiero siquiera imaginarme el escenario final de esta locura: ¿Qué sucedería, en efecto, si declarado ilegal el referéndum, el lendakari insistiese en hacerlo por las bravas? ¿Apoyarían ERC y el BNG la única medida constitucional que cabría ya en esa hipótesis extrema, hoy por desgracia perfectamente concebible?
Tales son las preguntas que muchos ciudadanos nos hacemos. Los líderes del BNG y ERC deberían contestarlas. Y los del PSOE asegurarnos que no gobernarán de ningún modo con nadie que siga apoyando el plan secesionista una vez que éste sea rechazado en el Congreso. Hacer lo contrario sería una traición intolerable a la democracia y a sus reglas.
JESÚS LOZA/PARLAMENTARIO VASCO DEL PSE-EE POR ÁLAVA El Correo 9 Enero 2005
Decía Dolores Ibárruri, una vasca universal, con ocasión de la guerra civil, que «más vale morir de pie que vivir de rodillas». Dicha frase es un compendio de dignidad democrática y de decencia política. Y muchos vascos y muchos españoles la pusieron en práctica durante la Guerra Civil y la postguerra. Entre ellos muchos socialistas y comunistas como Pasionaria. Entre los nacionalistas hubo de todo, como casi siempre. Desde la vergonzosa rendición a los italianos en Santoña, traicionando a la República, a la represión y al exilio de muchos de ellos.
Recuperada la democracia tras la aprobación de la Constitución de 1978, todos pensábamos que podríamos inaugurar una nueva etapa en la que podríamos vivir de pie y con dignidad, superando la dicotomía antes expuesta. Y en el resto de España esto fue realmente así y hoy en día sigue siéndolo para el disfrute de la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles. Pero en nuestra tierra, en el País Vasco del famoso plan, todavía hay quienes tenemos que pronunciar diariamente la famosa frase de Pasionaria y anteponer la dignidad de poder morir de pie a la cobardía del vivir de rodillas, ante las amenazas de ETA y su entorno. En palabras de José María Calleja, somos muchos los que colocamos la dignidad varios peldaños por encima de nuestra lógica preocupación por la seguridad.
Y en esa lucha por la libertad y la dignidad nos hemos encontrado desde siempre las gentes de izquierda. Los nacionalistas, como siempre, poniendo una vela a Dios y otra al diablo. Y viviendo tan ricamente. Disfrutando del poder, sin amenazas, y además yendo de víctimas ante 'la opresión de Madrid'. Cierto es que en los últimos años se han añadido a esta lucha gentes de la derecha de toda la vida que también se resisten a doblar la rodilla ante el terror y la voluntad de exclusión. Y, que paradoja, los hay que han abandonado la dignidad y se han apuntado con carros y carretas al vivir de rodillas. Me refiero claro está, a los actuales dirigentes de Izquierda Unida.
Decía Javier Madrazo en 2001 que no entrarían en el Gobierno vasco sin los socialistas. Y dentro están. Dijo después que él no sería consejero. Y ahí lo tienen. Ya dentro, afirmó que serían el referente de la izquierda en el Gobierno. Y ha comulgado con la rueda de molino del déficit cero, tan querida por Aznar. Suya es la responsabilidad de la desastrosa gestión de las ayudas a las víctimas del franquismo, que tras una campaña de propaganda engañosa y autobombo personal, ha conducido a que menos del 30% de los solicitantes accedan a las ayudas prometidas a bombo y platillo, y con diez meses de retraso, generando una comprensible indignación entre los luchadores por la libertad y contra la dictadura franquista.
Pero el colmo del servilismo al nacionalismo soberanista y excluyente, el no va más del 'vivir de rodillas' lo hemos presenciado con ocasión del debate del denominado plan Ibarretxe. Dice Javier Madrazo que ese no es su plan, pero vota a favor. Dice tener una alternativa, el federalismo de libre adhesión, y la presenta como enmienda de totalidad para, al final, retirarla. Las alternativas, cuando se cree en ellas, no se retiran, se defienden, aunque esa defensa pueda suponer costes e incomodidades.
Decía Javier Madrazo que el plan tenía, y tiene, muchos defectos. Y hasta ahí coincidimos. Y podemos decir, siguiendo la frase bíblica, que, como los Mandamientos se encierran, se compendian, en dos, claves de bóveda para todo ciudadano progresista. El primero es la distinción entre nacionalidad y ciudadanía, vieja doctrina sabiniana, antesala del nacionalismo etnicista y base de la distinción entre vascos de primera -los nacionalistas-, y vascos de segunda -el resto-. Y la segunda, la ruptura de la caja única de la Seguridad Social, pilar fundamental de la solidaridad y conquista de los trabajadores, de los sindicatos y de los partidos de izquierda durante el pasado siglo XX. Pues bien, Izquierda Unida, ahora EB, qué curioso, ha votado a favor de la distinción entre nacionalidad y ciudadanía y a favor de la ruptura de la caja única de la Seguridad Social en el pleno del pasado 30 de diciembre. Y, además, tiene la poca vergüenza política de pedir a la Izquierda Unida federal que defienda en el Congreso lo que él ha sido incapaz de defender en el Parlamento vasco.
Y si no lo ha hecho, no ha sido por no estar convencido de la perversidad del plan, sino por temor a que la defensa de sus posiciones le reportara la salida del Gobierno y la pérdida de las prebendas que tal situación conlleva. Es decir, ha preferido vivir de rodillas, traicionando a muchos de sus electores y traicionando a una vasca universal como Dolores Ibárruri Pasionaria.
¿Arnaldo Otegi, lehendakari?
JULIO I. LAESPADA/EX CANDIDATO A LA ALCALDÍA Y EX PORTAVOZ DEL PNV EN EL AYUNTAMIENTO DE VITORIA-GASTEIZ El Correo 9 Enero 2005
Llama seriamente la atención la deriva del PNV en los últimos años. Me viene a la memoria la mañana del día de Nochebuena de 1987, en que acudí al palacio de Ajuria Enea a reunirme con el lehendakari Ardanza, un hombre de bien, un político de pactos y de acercamientos. Era un momento crucial, ya que se estaba en las postrimerías de la redacción del documento de la Mesa por la Paz, llamada 'Mesa de Ajuria Enea', en la que entraron sin objeciones todas las formaciones políticas, a excepción de los de siempre. Los periodistas esperaban a pie de Ajuria Enea esa mañana navideña a conocer la redacción final del documento, lo que me cargaba de razón para inquietarme por la atención prestada a mi visita familiar, tanto por el lehendakari Ardanza como por su esposa Mari Glori en tan señalado día. Luego el documento no se finalizó hasta después de la Asamblea Nacional del PNV, que tuvo lugar el 9 de enero siguiente en el Teatro Arriaga, de Bilbao, y a la que asistí invitado por el EBB. En ella, Xabier Arzalluz prodigó a los cuatro vientos lo que posteriormente se denominó 'el espíritu del Arriaga': un llamamiento a todos los ciudadanos vascos, nacidos donde fuera y de cualquier pensamiento y condición, a luchar unidos contra la violencia y en la defensa a ultranza de los valores democráticos, respetando las reglas de juego en un Estado de Derecho.
En los últimos años de su eficaz y nada dudoso mandato, José Antonio Ardanza era, posiblemente, un estorbo para los objetivos ocultos de Sabin Etxea (sede del PNV). Una década más tarde del tan cacareado 'espíritu del Arriaga' todo se venía abajo. ¿Qué había pasado? ¿Qué había detrás del presidente del EBB para semejante giro? ¿Irritó a los violentos el apoyo a la investidura de Aznar? Un buen día dijo Arzalluz desde el balcón de un batzoki que los socialistas le «olían mal, muy mal». Ardanza le replicó al día siguiente -en la Cámara de Comercio de Bilbao y a preguntas de un periodista- que a él los socialistas «no le olían mal», ni mucho menos, pues era «con quienes estamos gobernando en franca colaboración y buena armonía». La defenestración del buen lehendakari Ardanza estaba cantada. Su jefe de partido no perdonaba ni una sola corrección de nadie a sus aseveraciones, así que mucho menos iba a consentir diferencias a tal nivel político dentro del partido. Quizás el escarmiento de la escisión por la rebeldía de Garaikoetxea le hacía estar demasiado alerta a todo cuanto viniera de Ajuria Enea.
Mi gran sorpresa vino cuando se puso a Ibarretxe al lado de Ardanza como vicelehendakari. Conociéndole muy bien como compañero de partido, además de como amigo personal, con el que me reunía a comer con alguna frecuencia en la muy grata compañía de Emilio Olabarria, no me encajaba nada el nombramiento. Yo tenía de siempre a Juanjo Ibarretxe como hombre afable, prudente, comedido y de acciones muy tecnificadas, como buen economista y brillante ejecutivo que fue en una agencia de aduanas de Bilbao. Aunque llegó a presidente de las Juntas Generales de Álava, tras ocupar la Alcaldía de su natal Llodio, no me parecía un tipo carismático y de carácter como para gobernar a esos niveles. Con el tiempo demostró ser la cuña del sillón de Ardanza. Iba a ser destinado como el monaguillo fiel del gobernante de Sabin Etxea, que necesitaba un 'amén-jesús' en el palacio de Ajuria Enea. Mucha gente coincidía en esta apreciación.
Tras el abandono de mis cortas obligaciones políticas en el Ayuntamiento de Vitoria, por cierto muy desagradecidas por los rectores del PNV vitoriano en momentos familiares muy duros para mí, y a raíz de mi cambio de residencia fuera de Euskadi, por razones de matrimonio, en 1998, pedí la baja del partido en la Junta Municipal de Vitoria y en mi batzoki correspondiente. En estos años me he venido encontrando en Bilbao y Vitoria con viejos amigos del partido, con compañeros de colegio y de la facultad que, sobre todo en vísperas de las elecciones del pasado marzo, me decían no saber a quién votar. Antes siempre lo hacían al PNV, pero «ahora -me decían algunos- se está batasunizando de tal manera que no me apetece darles mi voto, pero no tengo alternativa posible». Algunos, todavía dentro del alderdi (partido), dudan acerca de si continuar o no, ante el hermanamiento indeseado con los radicales, pero no se atreven a dar ningún paso.
Está claro que mucha gente votante del PNV se encuentra desorientada. Los propios alderdikides (afiliados) están en un mar de confusión. Especialmente tras la sorpresa del 30 de diciembre, cuando Ibarretxe rompió la palabra dada y pactó con Batasuna (SA). Y lo hizo tras la inconcebible lectura consentida del testamento político del señor Urrutikoetxea, inductor y protagonista de una buena parte de las muertes en Euskadi y fuera, entre ellas de la de mi amigo y compañero de frontón Luis Hergueta (Vitoria 1977), además de otros muchos cercanos y conocidos que sería largo enumerar. La gente no se explica esta postura de Ibarretxe, que no parece ser lehendakari de todos los vascos. Habiendo prometido en campaña no pactar nunca con los violentos, recuerdan algunos, «ha adulterado y deshonrado una de las grandes frases del orgullo de nuestra tierra: palabra de vasco no se escribe». Los visionarios puede que le vean como un gigante, como un valiente, encandilados por sus sueños paradisíacos de una Euskadi independiente y próspera pero, repiten otros, «se equivoca».
Lo que Ibarretxe aún no ha captado es que las alas que le dio el anterior inquilino de Sabin Etxea se le han tornado en destructivos misiles de la convivencia vasca, de lo que no parece consciente, quizás emborrachado por su mimetismo con Moisés conduciendo a su pueblo a la tierra prometida (?), ciego absoluto de la realidad nacional, tanto vasca como española. Hoy ya no parece el hombre ecuánime de antes. ¿La siguiente viñeta de esta historia vasca del siglo XXI va a ser un Arnaldo Otegi sentado en Ajuria Enea, no consintiendo manejos de nadie, menos aún del PNV, consiguiéndolo por la fuerza de una ETA armada detrás, con el balance de toda la sangre derramada, y la aún por derramar?. O sea, el terror al poder, cuyo preludio podemos estar presenciando. ¿Llegará Batasuna a conseguirlo?
Será entonces, y sólo entonces, cuando se produzca un éxodo masivo a la cubana, o el comienzo de una guerra civil entre vascos. Imaginémonos, más aún, tan grotesco final: expulsados de la Unión Europea y sin recursos para poder ser tan europeos como nuestros vecinos burgaleses, sino 'sólo vascos', única acepción de origen que contenta a los radicales, en la que a veces, tentadoramente, muchos nacionalistas de bien hemos caído, pero que no lleva a sitio alguno. ¿No nos han servido estos 25 años como experiencia para asentar nuestro futuro de una forma más acomodada, más sensata y menos enfrentada? ¿Para qué tanto frentismo llevando a un pueblo a metas con la mitad en contra? ¿Dónde está el diálogo y la negociación que tanto predica el lehendakari actual? Todo es escenario de buenas palabras, con una trastienda de horror y desolación.
¿Y la visión del Parlamento vasco? ¿Qué piensa el ciudadano vasco de a pie? ¿Dónde estás, Pujana, que tan democrática y eficazmente dirigías el Parlamento vasco en sus albores? ¿De dónde ha salido este Atutxa rebelde, rasputín, impertinente, dictador y antidemocrático? ¿Qué fue de aquel Atutxa valiente, carismático, ejemplo de coraje y valor, amenazado por ETA y luchador impenitente del nacionalismo radical, la kale borroka y el entorno etarra? ¿A quién se ha rendido? ¿Es que no queda ya gente con coraje entre los jeltzales (militantes del PNV) que sepa encarar de una vez la realidad, dejando cegueras paradisíacas de lado? Todo se está perdiendo en esta Euskadi llena de suelos falsos, sostenidos por la radicalidad y el fanatismo, tal y como Hitler comenzó a encandilar a sus fracasados seguidores el siglo pasado. Ya se vio el resultado: ombliguismo igual a destrucción. ¿Que Dios nos coja confesados!
Artur Mas se equivoca al apoyar el plan Ibarretxe. El miedo a no ser lo suficientemente nacionalista está llevando a Mas a cometer errores importantes. Mas y los políticos responsables, debe haberlos, deberían reconocer que la aprobación del plan en el Parlamento vasco es ilegal. Hay votos de parlamentarios ilegalizados y, por si fuera poco, estos leyeron antes una carta de un asesino de ETA en una institución democrática.
Apoyar este plan por simpatías nacionalistas es un error, ya que los votos que lo han sacado adelante son de gente que colabora con asesinos que han provocado, además, no poco dolor en Cataluña. ¿Qué nos queda a los ciudadanos si se acepta por nuestra clase política la desobediencia a determinadas leyes? ¿Podrán obligarnos a acatar la Ley cuando ésta no nos parezca suficientemente adaptada a nuestros intereses?
Mas está dilapidando un capital político que muchos le dimos con nuestro esfuerzo, y también con nuestro voto, pero si esto sirve para promocionar un plan ilegal apoyado por ETA y la idea de que sólo provocan los que se oponen a estas barbaridades, seguramente ganará adeptos entre los que se reúnen con asesinos de niños en Perpiñán, pero los perderá de los que creemos que ninguna idea vale, en una democracia como la nuestra, mil muertos y miles de familias destrozadas. Ahora sólo falta incorporar a la sociedad catalana el factor «miedo al Estatuto» por culpa de posiciones contrarias al plan Ibarretxe para sembrar la simiente de la incomprensión y el agravio comparativo, que va muy bien para justificar la mala gestión de nuestros «governants», y seguir empequeñeciendo nuestra querida Cataluña. Quintí Planas. Sabadell.
Moratinos ha presentado la campaña publicitaria en la que el Gobierno dará a conocer la Constitución Europea. Quiere que votemos sí y convoca a famosos, artistas y deportistas, pero sin tiempo para explicar ni entender esa nueva Constitución. Además, pide al PP que se esfuerce más, que sea telonero del Gobierno, aunque ya ha expresado su rotundo sí a la Constitución, y a pesar de los mandobles que recibe a diario de los socialistas.
Pero el problema está en la falta de credibilidad y de liderazgo de Zapatero que no es capaz de hacer cumplir la Constitución española a los secesionistas como Ibarretxe. ¿Acaso cree que nos va a entusiasmar con unas caras bonitas? Tiene razón Mingote cuando muestra la preocupación de los Reyes Magos ante la carta de los españoles: ¡Socorro! Salvador L. Aguirre. Madrid.
Muestra el interrogatorio a un coronel de Sadam, convertido en el jefe del «Ejército de Mahoma»
El ministro de Defensa iraquí, Hazem Shalan, responsabilizó ayer nuevamente a Siria e Irán de la violencia que sacude todo el país. En una conferencia de Prensa, Shalam, que representa a la línea dura del Gobierno, afirmó tener «pruebas concretas» de que los regímenes sirio e iraní facilitan armas y coches bomba a la guerrilla, obtenidas del interrogatorio a un coronel de Sadam recientemente detenido y que se había convertido en el jefe del grupo insurgente Ejército de Mahoma. Shalan advirtió: «conocemos el camino para trasladar la lucha de las calles de Bagdad a las de Damasco y Teherán».
Bagdad- El jefe de la Defensa iraquí mostró a los periodistas una grabación de vídeo, en la que un líder de la insurgencia detenido hace dos meses en la ciudad de Faluya aseguraba que Irán ha provisto de dinero, armas, e incluso de coches bomba, a varios grupos de la guerrilla.
En las imágenes, difundidas por canales de televisión árabes, aparecía Moayad Ahmed Yasin, antiguo coronel del Ejército de Sadam Husein y jefe del grupo iraquí «Ejército de Mahoma», durante un interrogatorio grabado el pasado 24 de diciembre. Yasin aseguró que dos ex militares del depuesto régimen, ahora miembros de su organización, viajaron entre los meses de abril y mayo a Irán, «donde mantuvieron reuniones con la Inteligencia iraní».
Agregó que agentes iraníes les entregaron dinero y armas para que continuaran sus operaciones de castigo contra las fuerzas de EE UU e iraquíes, y contra los responsables del Gobierno provisional. Aseguró, además, que el propio Sadam le encomendó tras la caída de su Gobierno, en abril de 2003, la misión de viajar a Siria para entrevistarse con responsables de los servicios de Inteligencia y pedirles dinero y armamento.
El Ejército de Mahoma [integrado, según EE UU, por miembros de los antiguos servicios secretos y del Ejército de Sadam] está acusado de perpetrar atentados y de secuestrar y asesinar a ciudadanos iraquíes y extranjeros. El ministro de Defensa iraquí subrayó que su país «no es enemigo de nuestros vecinos. El régimen sirio y el iraní han negado cualquier relación con la resistencia iraquí e instado al ministro de Defensa a que presente pruebas en su contra.
EE UU sospecha que en la capital siria se ocultan importantes responsables del derrocado régimen de Sadam, que organizarían desde Damasco las operaciones de la insurgencia contra el Gobierno interino iraquí y las tropas norteamericanas. Además, acusa a Teherán de tratar de influir en los resultados de las elecciones a través de la población chií de Iraq, que supone el 60 por ciento de los habitantes del país.
Las declaraciones de Shalan se producen días después de que los países vecinos de Iraq, incluidos Siria e Irán, firmaran en Jordania un documento en el que se hace un llamamiento a todos los iraquíes a acudir a las urnas el próximo 30 de enero, y se insta a todas las facciones del país a participar en el proceso político.
Por otro lado, el Ejército estadounidense anunció ayer el arresto de Abdelaziz Sadun Ahmed Hamdan, presunto cerebro de la célula de Al Qaida en Mosul. El supuesto líder, a quien se vincula, además, con el terrorista jordano Al Zarqawi, ha reconocido haber recibido «importantes sumas de dinero y armas» de otro jefe de la organización en Iraq, identificado como Abu Talha. Efe
Encuesta de CELESTE-TEL para LA RAZÓN Un 80 por ciento de los ciudadanos opina que corresponde a todos los españoles decidir la aplicación del proyecto Un 76 por ciento está en contra del mismo El 63 % opina que Álava estaría en su derecho de segregarse en caso de que Ibarreche consiguiera sus fines
Ocho de cada diez españoles opinan que detrás del Plan Ibarreche se esconde un proyecto independentista. Según una encuesta realizada por Celeste-Tel para LA RAZÓN, el 81,7 por ciento cree que el Plan es sólo una estrategia para lograr la futura independencia del País Vasco y su segregación de España. Además, según esta consulta, a casi el 76 por ciento de los ciudadanos les parece mal o muy mal el proyecto del lendakari y más de un 80 por ciento considera que le corresponde a todos los españoles decidir sobre una hipotética independencia. La propuesta de Juan José Ibarreche inquieta y preocupa a uno de cada dos españoles.y el 84 por ciento dice no confiar en el lendakari vasco, según el estudio.
Madrid- El 76 por ciento de los españoles rechaza el Plan Ibarreche, es decir, prácticamente 3 de cada 4 españoles se oponen al proyecto soberanista. Según una encuesta realizada por Celeste-Tel para LA RAZÓN, a la mayoría de la población española les parece mal o muy mal el proyecto del lendakari, frente a apenas un 7,6 por ciento cuya opinión acerca de la propuesta del dirigente vasco es buena o muy buena. Un porcentaje del 16,50 dice no conocerlo o no se pronuncia al respecto. Según la muestra, casi el 76 por ciento de los contrarios al Plan son jóvenes de entre 18 y 30 años, en cambio, los jóvenes partidarios de la propuesta de Ibarreche representan tan sólo un 5,8 por ciento. Además de en esta franja, en el resto de los grupos de edad se impone el rechazo al plan soberanista.
Esconde la independencia. Ocho de cada diez españoles creen que el Plan esconde un proyecto independentista. Según la consulta una gran mayoría de los españoles no se deja engañar por Ibarreche y opina que lo que esconde tras el Plan es un intento separatista. Al ser preguntados si consideran que el fondo del Plan Ibarreche esconde la futura independencia del País Vasco y su segregación de España, el 81,17 por ciento respondió que «sí», frente atan sólo un porcentaje del 6,5 cuya respuesta fue «no». La opinión de aquéllos que consideran el proyecto vasco como una estrategia para lograr la independencia es mayoritaria en todos los segmentos de edad. A todos los españoles nos correspondería decidir una hipotética independencia del Vasco, o al menos eso es lo que opina casi un 81 por ciento de los ciudadanos. La encuesta muestra que ante la disyuntiva de definir a quién correspondería decidir una posible segregación de España, el 80,83 por ciento afirma con rotundidad que sería competencia de todos los españoles.
Esta cifra choca con el escaso 7,3 por ciento cuya opinión es que correspondería de forma única a los vascos. De estas respuestas y teniendo en cuenta que 3 de cada 4 españoles rechaza el plan soberanista, se desprende que no se permitiría, en ningún caso la hipotética independencia vasca.
Sin embargo, cerca de dos tercios de los españoles, concretamente el 63,33 por ciento, aceptaría la segregación de Álava en el hipotético caso de la aplicación del Plan Ibarreche y considera que dicha ciudad vasca está en su derecho de independizarse del País Vasco, tal y como han propuesto sus dirigentes, en el caso de que el proyecto soberanista prosperase. Frente a esta postura mayoritaria, un 12,3 por ciento de los ciudadanos se manifiesta en contra de esa posible segregación. Ante el desafío del lendakari, el estudio lanza un dato revelador. La inmensa mayoría de los españoles quiere que los dos grandes partidos políticos, el Partido Popular y el Partido Socialista, formen un frente común para responder al envite de Juan José Ibarreche. Un 73,33 por ciento de los ciudadanos cree que el Gobierno y el primer partido de la oposición, deberían unir sus fuerzas contra el Plan Ibarreche, frente a un 12,5 por ciento cuya opinión es que no debería formarse un frente común.
A pesar de ser partidarios de un frente común, cuatro de cada diez españoles hubieran preferido una reunión previa del presidente del Gobierno con el presidente del PP, Mariano Rajoy, a la visita de Ibarreche a la Moncloa. Agotar la vía política es el método que desea un 43,67 por ciento de los españoles encuestados, y casi un 40 por ciento opina que el Gobierno debería presentar un recurso ante el TC.

References: artículo 155
 Artículo 1
 resolución 
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 artículo 155
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 artículo 25
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