Source: https://ceip.org.ar/Anexo-I-El-nuevo-curso
Timestamp: 2020-08-13 19:38:54+00:00

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Anexo: I. El nuevo curso
Carta a una asamblea del partido
Esperaba estar restablecido lo suficientemente rápido como para poder participar en la discusión de la situación interna y de las nuevas tareas del partido. Pero la duración de mi enfermedad superó las previsiones de los médicos, y por eso me veo obligado a exponerles mis opiniones por escrito.
La resolución del Buró Político sobre la organización del partido tiene una significación excepcional. Demuestra que el partido ha llegado a un importante giro en su historia. Como ya ha sido dicho en muchas asambleas, cuando se produce un giro es necesaria mucha prudencia, pero también firmeza y decisión. La expectativa, la imprecisión serían en esa ocasión las peores formas de imprudencia.
Llevados por su espíritu conservador a sobrestimar el papel del aparato dirigente y a subestimar la iniciativa del partido, algunos camaradas critican la resolución del Buró Político. El Comité Central, dicen, asume obligaciones imposibles; esa resolución sólo conseguirá engendrar ilusiones y sus resultados serán negativos. Este criterio evidencia una profunda desconfianza burocrática con respecto al partido. Hasta ahora, el centro de gravedad había estado erróneamente situado en el aparato; la resolución del Comité Central proclama que en lo sucesivo debe residir en la actividad, la iniciativa, el espíritu de todos los miembros del partido, vanguardia organizada del proletariado. Dicha resolución no significa que el aparato del partido sea el encargado de decretar, crear o establecer el régimen democrático dentro del partido. Dicho régimen lo realizará el propio partido. En resumen, el partido debe subordinar a sí mismo su propio aparato, sin dejar de ser una organización centralizada.
En los debates y artículos producidos en la actualidad, se ha subrayado que la democracia “pura”, “total”, “ideal” es irrealizable y que, para nosotros, no es un fin en sí. Esta afirmación es incuestionable. Pero con igual razón se puede afirmar que el centralismo puro, absoluto, es irrealizable e incompatible con la naturaleza de un partido de masas y que no puede, al igual que el aparato del partido, representar un fin en sí. La democracia y el centralismo son dos aspectos de la organización del partido. Lo que hay que, hacer es lograr su armonización de la manera más justa, es decir que mejor corresponda a la situación. Durante el último período, el equilibrio fue roto a favor del aparato. La iniciativa del partido estaba reducida al mínimo. Esa es la causa de la ‘aparición de hábitos y procedimientos en la dirección que contradicen fundamentalmente el espíritu de la organización revolucionaria del proletariado. La excesiva centralización del aparato a expensas de la iniciativa de todo el partido ha producido un malestar que en los sectores marginales del partido revistió una forma extremadamente mórbida y se tradujo, entre otros hechos, en la aparición de grupos ilegales dirigidos por elementos indudablemente hostiles al comunismo. Al mismo tiempo, el conjunto del partido desaprobaba cada vez más los métodos oficiales de la dirección. La idea o al menos el sentimiento de que el burocratismo amenazaba con sumir al partido en una situación sin salida se había generalizado. Muchas voces se alzaban para señalar el peligro. La resolución sobre la nueva orientación es la primera expresión oficial del cambio que se ha producido en el partido. La resolución será realizada en la medida en que el partido, es decir sus cuatrocientos mil miembros, quiera y sepa realizarla.
En una serie de artículos recientemente aparecidos, se trata de demostrar que para revitalizar el partido es preciso comenzar por elevar el nivel de sus miembros, después de lo cual todo el resto, es decir la democracia obrera, se dará por añadidura. Es indiscutible que debemos elevar el nivel ideológico de nuestro partido para que pueda realizar las gigantescas tareas que le competen, pero este método pedagógico es insuficiente y, por lo tanto, erróneo. Persistir en este sentido, significará provocar infaliblemente una agravación de la crisis.
El partido sólo puede elevar su nivel realizando sus tareas esenciales, es decir dirigiendo colectivamente (gracias al pensamiento y a la iniciativa de todos sus miembros) a la clase obrera y al estado proletario. Hay que abordar la cuestión no desde el punto de vista pedagógico sino desde el punto de vista político. No se puede supeditar la aplicación de la democracia obrera al grado en que los miembros del partido están “preparados” para esta democracia. El nuestro es un partido: podemos tener exigencias rigurosas con respecto a los que quieren entrar y permanecer en él; pero una vez que se es miembro de un partido, se tiene el derecho de participar, por ese solo hecho, en todas sus acciones.
El burocratismo anula la iniciativa e impide de ese modo el elevamiento del nivel general del partido. Ese es su defecto fundamental. Como el aparato está inevitablemente constituido por los camaradas más experimentados y meritorios, el burocratismo incide con mayor peligrosidad en la formación política de las jóvenes generaciones comunistas. Sin embargo, es la juventud, barómetro seguro del partido, la que reacciona con mayor fuerza contra el burocratismo de nuestra organización.
Pero no hay que pensar que nuestro modo de resolver los problemas (decididos prácticamente sólo por los funcionarios del partido) no tiene ninguna influencia sobre la vieja generación, que encarna la experiencia política y las tradiciones revolucionarias del partido. Aquí también el peligro es grande. La inmensa autoridad del grupo de veteranos del partido es universalmente reconocida. Pero sería un gran error considerarla como absoluta. Sólo por medio de una colaboración activa y constante con la nueva generación, en el marco de la democracia, la vieja guardia conservará su carácter de factor revolucionario. En caso contrario, puede cristalizarse y convertirse insensiblemente en la expresión más acabada del burocratismo.
La historia nos ofrece más de un caso de degeneración de ese tipo.
Tomemos el ejemplo más reciente y sorprendente: el de los jefes de los partidos de la II Internacional Wilhelm Liebknecht, Bebel, Singer, Víctor Adler, Kautsky, Bernstein, Lafargue, Guesde, eran los discípulos directos de Marx y Engels. Sin embargo, en la atmósfera del parlamentarismo y bajo la influencia del desarrollo automático del aparato del partido y del aparato sindical, esos jefes sufrieron, total o parcialmente, una involución oportunista. En vísperas de la guerra, el formidable aparato de la socialdemocracia, amparado detrás de la autoridad de la vieja generación, se convirtió en el freno más poderoso para la progresión revolucionaria. Y nosotros, los “viejos”, debemos reconocer claramente que nuestra generación, que desempeña naturalmente el papel dirigente en el partido, no estaría de ningún modo inmunizada contra el debilitamiento del espíritu revolucionario y proletario, si el partido tolerase el desarrollo de los métodos burocráticos que transforman a la juventud en objeto de educación y alejan inevitablemente al aparato de la masa, a los viejos de los jóvenes.
Contra ese peligro indudable, no le queda al partido otro medio que orientarse hacia la democracia y posibilitar la afluencia cada vez mayor de elementos obreros.
No me referiré aquí a las definiciones jurídicas de la democracia ni a los límites que le son impuestos por los estatutos del partido. Aunque importantes, esos problemas son secundarios. Las examinaremos a la luz de nuestra experiencia y aportaremos las modificaciones necesarias. Pero lo que hay que modificar, ante todo, es el espíritu que impera en nuestras organizaciones. Es necesario que el partido propicie nuevamente la iniciativa colectiva, el derecho de crítica libre y fraternal, que tenga la facultad de organizarse a sí mismo. Es necesario regenerar y renovar el aparato del partido y hacerle entender que sólo es el ejecutor de la voluntad colectiva.
En estos últimos tiempos, la prensa del partido ha suministrado una serie de ejemplos característicos de la degeneración burocrática de las costumbres y de las relaciones en el partido. Un crítico se atrevía a levantar la voz, e inmediatamente se tomaba el número de su carné de afiliado. Antes de publicarse la decisión del Comité Central sobre el “nuevo curso”, el simple hecho de señalar la necesidad de una modificación del régimen interior del partido era considerado por los funcionarios del aparato como una herejía, una manifestación del espíritu de escisión, un atentado contra la disciplina.
Y ahora los burócratas están dispuestos, en principio, a “tomar conocimiento” del “nuevo curso”, es decir a enterrarlo en la práctica. La renovación del aparato del partido (en el marco preciso del estatuto) debe tener como objetivo el reemplazo de los burócratas momificados por elementos vigorosos estrechamente vinculados a la vida de la colectividad.
Y, ante todo, es preciso alejar de los puestos dirigentes a aquellos que, ante la primera palabra de protesta u objeción, levantan contra los críticos las amenazas de sanciones. El “nuevo curso” debe tener como primer resultado hacer sentir a todos que en lo sucesivo nadie se atreverá jamás a aterrorizar al partido.
Nuestra juventud no debe limitarse a repetir nuestras fórmulas. Debe conquistarlas, asimilarlas, formarse una opinión, una fisonomía propias y ser capaz de luchar por sus objetivos con el coraje que dan una convicción profunda y una total independencia de carácter. ¡Fuera del partido la obediencia pasiva que hace seguir mecánicamente las huellas de los jefes! ¡Fuera del partido la impersonalidad, el servilismo, el carrerismo! El bolchevique no es solamente un hombre disciplinado; es un hombre que, en cada caso y para cada problema, se forja una opinión firme y la defiende valerosamente no sólo contra sus enemigos sino en el seno de su propio partido. Quizás constituye hoy una minoría en su organización. Entonces se someterá, porque se trata de su partido. Pero esto no significa siempre que esté equivocado. Quizá vio o comprendió antes que el resto el nuevo camino o la necesidad de un giro. Planteará el problema una segunda, una tercera, una décima vez si es necesario. Con ello hará un servicio a su partido, familiarizándolo con el nuevo camino o ayudándolo a realizar el giro necesario sin convulsiones internas.
Nuestro partido no podría cumplir su misión histórica si se dividiese en fracciones. No se disgregará de ese modo porque, en tanto que colectividad autónoma, su organismo se opone a ello. Pero sólo combatirá con éxito los peligros de fraccionalismo desarrollando y consolidando en su seno la aplicación de la democracia obrera. El burocratismo del aparato es precisamente una de las principales fuentes del fraccionalismo. Reprime despiadadamente la crítica y el descontento dentro de la organización. Para los burócratas, toda crítica, toda advertencia es casi fatalmente una manifestación del espíritu fraccional. El centralismo mecánico tiene como complemento obligado el fraccionalismo, caricatura de la democracia y gran peligro político.
Consciente de la situación, el partido realizará la evolución necesaria con la firmeza y la decisión exigidas por las tareas con que se enfrenta. Así, afianzará su unidad revolucionaria, que le permitirá realizar correctamente el inmenso trabajo que le está reservado en el plano nacional e internacional.
Estoy muy lejos de haber agotado el tema. He renunciado intencionadamente a tratar aquí otros aspectos esenciales, pues me propongo exponérselos oralmente cuando mi salud me lo permita, cosa que, espero, ocurrirá pronto.
(Publicada en Pravda el 11 de diciembre)
PS: Como la publicación en Pravda de esta carta se ha retrasado dos días, aprovecho la demora para agregar algunas observaciones complementarias.
Me he enterado que cuando mi carta fue leída en las asambleas de barrio, algunos camaradas expresaron sus temores de que se explotaban mis consideraciones sobre las relaciones entre la “vieja guardia” y la joven generación para oponer (!) a los jóvenes y los viejos. Seguramente esta aprensión sólo puede provenir de aquellos que, hace sólo dos o tres meses atrás, rechazaban con horror hasta la idea de la necesidad de un cambio de orientación.
En todo caso, colocar en primer plano aprensiones de este tipo, en el momento y en la situación actuales, evidencia un desconocimiento de los peligros reales y de su importancia relativa. El actual estado de ánimo de los jóvenes, extremadamente sintomático, ha estado provocado precisamente por los métodos empleados para mantener la “calma” y cuya condena formal fue la resolución adoptada por unanimidad por el Buró Político. En otros términos, la “calma”, tal como era comprendida, amenazaba con alejar cada vez más a la fracción dirigente de los comunistas más jóvenes, es decir de la inmensa mayoría del partido.
Una cierta tendencia del aparato a pensar y decidir por toda la organización conduce a basar la autoridad de los medios dirigentes únicamente en la tradición. El respeto por la tradición es indiscutiblemente un elemento necesario de la formación comunista y de la cohesión del partido, pero no puede ser un factor vital si no se nutre y fortifica constantemente con un control activo de esa tradición, es decir con la elaboración colectiva de la política del partido en el momento presente. En casó contrario, puede degenerar en un sentimiento puramente oficial, no ser más que una forma sin contenido. Ese tipo de vinculación entre las generaciones es evidentemente insuficiente y muy frágil. Puede parecer sólido, hasta el momento en que se advierte que está a punto de romperse. Ese es precisamente el peligro de la política de “calma” en el partido.
Y, si los veteranos que aún no están burocratizados, que han conservado el espíritu revolucionario (es decir, y estamos persuadidos de ello, la inmensa mayoría), se dan cuenta claramente del peligro que hemos señalado y ayudan con todas sus fuerzas al partido a aplicar la resolución del Buró Político del Comité Central, toda razón para oponer a las generaciones entre sí desaparecerá. Será entonces relativamente sencillo controlar la fogosidad, los eventuales “excesos” de los jóvenes. Pero ante todo es preciso actuar de manera que la tradición del partido deje de ser representada por el aparato dirigente sino que, por el contrario, viva y se renueve constantemente en la experiencia cotidiana de toda la organización. De este modo se evitará también otro peligro: el de la división de la vieja generación en “funcionarios”, encargados de mantener la “calma”, y en no-funcionarios. Al ya no estar cerrado en sí mismo, el aparato del partido, es decir su esqueleto orgánico, en lugar de debilitarse se reforzará. Y es indudable que en el partido tenemos necesidad de un fuerte aparato centralizado.
Se podrá quizás objetar que el ejemplo de degeneración de la socialdemocracia en la época reformista, que he citado en mi carta, no tiene mucho valor en la actual época revolucionaria. Evidentemente, el ejemplo no implica una identidad de condiciones. Sin embargo, el carácter revolucionario de nuestra época no constituye en sí mismo una garantía.
Vivimos ahora bajo el régimen de la NEP, cuyos riesgos aumentan con el retraso de la revolución mundial. Nuestra actividad práctica cotidiana de gestión del estado, actividad cada vez más delimitada y especializada, oculta, como lo indica la resolución del Comité Central, un peligro de estrechamiento de nuestro horizonte, es decir, un peligro de degeneración oportunista. Es evidente que este peligro aumenta en la medida en que las órdenes de los “secretarios” tienden a sustituir la verdadera dirección del partido. Seríamos revolucionarios bastante míseros si descansáramos en el “carácter revolucionario de nuestra época” en lugar de superar nuestras dificultades, particularmente las internas. A esta época debemos ayudarla mediante la realización racional de la nueva orientación proclamada unánimemente por el Buró Político.
Otra observación, para terminar. Hace dos o tres meses, cuando los problemas que hoy son objeto de discusión no estaban todavía a la orden del día en el partido, algunos militantes de provincia se encogían de hombros indulgentemente diciendo que en Moscú se estaba buscando el pelo en la leche, que en provincias todo marchaba mejor. Todavía hoy ese estado de ánimo se refleja en ciertas cartas de provincia. Oponer la provincia, tranquila y razonable, a la capital perturbada y contaminada, significa dar pruebas del mismo espíritu burocrático del que ya hemos hablado. En realidad, la organización moscovita es la más vasta, fuerte y vital de las organizaciones del partido. Incluso en los momentos de “calma” la actividad ha sido aquí más intensa que en otras partes. Si Moscú se distingue ahora de los otros puntos de Rusia, es sólo porque ha tomado la iniciativa de una revisión de la orientación del partido, lo que constituye un mérito y no una culpa. Todo el partido seguirá su camino y procederá a la necesaria revisión de ciertos valores. Cuanto menos se oponga el aparato provincial del partido a este movimiento, más fácilmente superarán las organizaciones locales esta etapa inevitable de autocrítica fructífera, cuyos resultados se traducirán en el aumento de la cohesión y en la elevación del nivel ideológico del partido.

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