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Timestamp: 2020-02-22 04:48:17+00:00

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CONFESIÓN BELGA O DE LOS PAÍSES BAJOS - icr-grancanarias jimdo page!
Guido de Brés, co-escritor de la Confesión de las Iglesias de Francia (1559) escribió el contenido de la Confesión Belga en 1561. Fue aceptado como una confesión de las iglesias reformadas en la reunión eclesiástica de Wezel (1568) y en el famoso Sínodo de Dort en 1618-1619.
NOTA. LOS TÍTULOS QUE APARECEN EN CADA ARTÍCULO NO SE CORRESPONDEN CON LA ELABORACIÓN ORIGINAL. SON AGREGADAS POR MÍ PARA USO PERSONAL PARA SERVIRME COMO GUÍA.
Artículo 1 Confesión del Dios Único
Artículo 2 Formas de conocer a Dios
Artículo 3 De las Santas Escrituras
Artículo 4 De los libros canónicos
Artículo 5 De los libros canónicos como única regla
Artículo 6 De los libros apócrifos
Artículo 7 De la suficiencia de las Santas Escrituras
Artículo 8 Del Dios único y trino
Artículo 9 De la Santa Trinidad
Artículo 10 De la naturaleza del Hijo
Artículo 11 Del Espíritu Santo
Artículo 12 De la Creación
Artículo 13 De los Decretos de Dios
Artículo 14 De la caída del hombre
Artículo 15 De la imputación del pecado
Artículo 16 De la elección y reprobación
Misericordioso: porque saca y salva(2) de esta perdición a aquellos que Él, en su Eterno e inmutable consejo(3), de pura misericordia(4), ha elegido en Jesucristo, nuestro Señor(5), sin consideración alguna a las obras de ellos(6).
Justo: Porque a los otros deja en su caída y perdición(7) en que ellos mismos se han arrojado.
Artículo 17 De la promesa del Mesías
Artículo 18 De la encarnación del Hijo
Artículo 19 De las dos naturalezas de Cristo
Artículo 20 Del sacrificio sustitutorio de Cristo
Artículo 21 De los Oficios de Cristo
Artículo 22 De la justificación por Cristo
Artículo 23 De los beneficios de nuestra justificación
Artículo 24 De la fe y las buenas obras
Artículo 25 De la Ley y el Evangelio
Artículo 26 De Cristo el Mediador
Artículo 27 De la Iglesia
Creemos y confesamos una única Iglesia católica universal(1) la cual es una santa congregación(2) de los verdaderos creyentes en Cristo(3), quienes toda su salvación la esperan en Jesucristo(4), siendo lavados por su sangre, y santificados y sellados por el Espíritu Santo(5). Esta Iglesia ha sido desde el principio del mundo, y será hasta el fin(6), deduciéndose, según esto, que Cristo es un Rey eterno(7) que no puede estar sin súbditos. Y esta santa Iglesia es guardada por Dios, sostenida(8) contra el furor del mundo entero(9); si bien, a veces, durante algún tiempo ella parece a los ojos de los hombres haber venido a ser muy pequeña y quedar reducida a una apariencia(10); así como el Señor, durante el peligroso reinado de Acab, retuvo para sí a siete mil almas que no doblaron sus rodillas ante Baal(11). Esta santa Iglesia tampoco está situada, sujeta o delimitada a cierto lugar o a ciertas personas, sino que se halla esparcida y extendida por todo el mundo; estando, sin embargo, ensamblada y reunida(12) con el corazón y la voluntad en un mismo Espíritu, por el poder de la fe.
Artículo 28 De la comunión de los santos
Artículo 29 De las señas de la verdadera Iglesia
Creemos, que por medio de la Palabra de Dios se ha de distinguir diligentemente y con buena prudencia, cuál sea la Iglesia verdadera(1); puesto que todas las sectas existentes hoy día en el mundo se cubren con el nombre de Iglesia(2). No hablamos aquí de la compañía de los hipócritas(3), los cuales se hallan en la Iglesia entremezclados con los buenos y, sin embargo, no son de la Iglesia, si bien corporalmente están en ella; sino que decimos, que el cuerpo y la comunión de la Iglesia verdadera se han de distinguir de todas las sectas que dicen que son la Iglesia. Los signos para conocer la Iglesia verdadera son estos; la predicación pura del Evangelio(4); la administración recta de los Sacramentos(5), tal como fueron instituidos por Cristo; la aplicación de la disciplina cristiana, para castigar los pecados(6). Resumiendo: si se observa una conducta de acuerdo a la Palabra pura de Dios(7), desechando todo lo que se opone a ella, teniendo a Jesucristo por la única Cabeza(8). Mediante esto se puede conocer con seguridad a la Iglesia verdadera, y a nadie le es lícito separarse de ella. Y respecto a los que son de la Iglesia, a éstos se los puede conocer por las señales características de los cristianos, a saber: por la fe, y cuando, habiendo aceptado al único Salvador Jesucristo(9), huyen del pecado(10) y siguen la justicia, aman al verdadero Dios y a sus prójimos, no se apartan ni a derecha ni a izquierda, y crucifican la carne(11) con las obras de ella. No es que ya no haya grandes debilidades en ellos(12), sino que luchan contra ellas todos los días de su vida por medio del Espíritu, amparándose(13) constantemente en la sangre, muerte, dolor y obediencia del Señor Jesús, en quien tienen el perdón de sus pecados, por la fe en Él.
En cuanto a la falsa iglesia, ésta se atribuye a sí misma y a sus ordenanzas más poder y autoridad(14) que a la Palabra de Dios, y rehúsa someterse al yugo de Cristo(15); no administra los Sacramentos como lo ordenó Cristo en su Palabra, sino que quita agrega a ellos como mejor le parece; se apoya más en los hombres que en Cristo; persigue a aquellos que santamente viven según la Palabra de Dios(16), y a los que la reprenden por sus defectos, avaricia e idolatría(17). Estas dos iglesias son fáciles de conocer, y de distinguir la una de la otra.
Artículo 30 De los oficiales de la iglesia
Artículo 31 Del nombramiento y trato de los Oficiales
Creemos, que los Ministros de la Palabra de Dios, Ancianos y Diáconos deben ser elegidos para su oficios(1) por elección de la Iglesia(2), bajo la invocación del Nombre de Dios(3) y con buen orden según enseña la Palabra de Dios(4). Así, pues, cada uno debe cuidarse muy bien de no entrometerse por medios inconvenientes sino esperar el tiempo en que sea llamado por Dios, para que tenga testimonio de su llamamiento, y estar asegurado y cierto de que éste proviene del Señor. Referente a los Ministros de la Palabra, en cualquier parte que estén, tienen un mismo poder y autoridad, siendo todos ellos Ministros de Jesucristo(5), el único Obispo universal y la única Cabeza de la Iglesia(6). Además, a fin de que las santas ordenanzas de Dios no sean lesionadas o tenidas en menos, decimos que cada uno debe tener en especial estima a los Ministros de la Palabra y a los Ancianos de la Iglesia(7), en razón del trabajo que desempeñan, llevándose en paz con ellos(8), sin murmuraciones, discordia o disensión, hasta donde sea posible.
Artículo 32 De la disciplina de la Iglesia
Artículo 33 De los Sacramentos
Artículo 34 Del Santo Bautismo
Creemos y confesamos, que Jesucristo, el cual es el fin de la Ley(1), por su sangre derramada ha puesto término a todos los demás derramamientos de sangre que se pudieran o quisieran hacer para propiciación y paga de los pecados; y que Él, habiendo abolido la circuncisión que se hacía con derramamiento de sangre, en lugar de ésta ha ordenado el Sacramento del Bautismo(2), por el cual somos recibidos en la Iglesia de Dios, y separados de todos los otros pueblos y religiones extrañas, a fin de estarle a Él totalmente consagrados, llevando su enseñanza y estandarte; y nos sirve de testimonio de que Él será eternamente nuestro Dios, siéndonos un Padre clemente. Así pues Él ha mandado bautizar a todos los suyos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, solamente con agua; dándonos con esto a entender, que así como el agua limpia la suciedad del cuerpo al ser derramada sobre nosotros, lo cual se ve en el cuerpo de aquel que recibe el Bautismo y lo rocía, así la sangre de Cristo hace lo mismo dentro(3) del alma al ser rociada por el Espíritu Santo(4), ser ésta purificada de sus pecados(5), y hacer que de hijos de ira seamos regenerados(6) en hijos de Dios. No es que esto sucede por el agua externa(8), sino por la aspersión de la preciosa sangre del Hijo de Dios(9); el cual es nuestro Mar Rojo, a través del cual debemos pasar(10), a fin de evitar las tiranías de Faraón, que es el diablo, y entrar en la tierra del Canaán espiritual. Así los ministros nos dan de su parte el Sacramento, y lo que es visible; pero nuestro Señor da lo que por el Sacramento es significado, a saber, los dones y gracias invisibles, lavando, purificando y limpiando nuestra alma(11) de todas las suciedades e injusticias, renovando nuestro corazón y colmándolo de toda consolación, dándonos una verdadera seguridad de su bondad paternal, revistiéndonos del hombre nuevo(12), y desnudándonos del viejo con todas sus obras. Por esta razón, creemos, que quien desea entrar en la vida eterna debe ser bautizado una vez con el único Bautismo(13) sin repetirlo jamás(14); porque tampoco podemos nacer dos veces. Más este Bautismo es útil no sólo mientras el agua está sobre nosotros, sino también todo el tiempo de nuestra vida.
Por tanto, reprobamos el error de los Anabaptistas, quienes no se conforman con un solo bautismo que una vez recibieron; y que además de esto, condenan el bautismo de los niños de creyentes; a los cuales nosotros creemos que se ha de bautizar y sellar con la señal del pacto, como los niños en Israel eran circuncidados en las mismas promesas(15) que fueron hechas a nuestros hijos. Y por cierto, Cristo ha derramado su sangre no menos para lavar a los niños de los creyentes, que lo haya hecho por los adultos(16). Por lo cual, deben recibir la señal y el Sacramento de aquello que Cristo hizo por ellos; conforme el SEÑOR en la Ley mandó(17) participarles el Sacramento del padecimiento y de la muerte de Cristo, poco después que hubieran nacido, sacrificando por ello un cordero, lo cual era un signo de Jesucristo. Por otra parte, el Bautismo significa para nuestros hijos lo mismo que la Circuncisión significaba para el pueblo judío; lo cual da lugar a que san Pablo llame al Bautismo “la circuncisión de Cristo”(18).
Artículo 35 De la Santa Cena
Creemos y confesamos, que nuestro Señor Jesucristo ha ordenado e instituido el Sacramento de la Santa Cena(1) para alimentar y sostener(2) a aquellos que ya ha regenerado e incorporado en su familia, la cual es la iglesia. Aquellos que han sido regenerados tienen ahora en sí dos clases de vida(3): una corporal y temporal, que han traído de su primer nacimiento y es común a todos los hombres; otra espiritual y celestial, que les es dada en el segundo nacimiento, el cual se produce por la Palabra del Evangelio(4), en la comunión del Cuerpo de Cristo; y esta vida no es común a todos, sino sólo a los elegidos de Dios. De este modo, Dios ha dispuesto, para mantenimiento de la vida corporal y terrenal, un pan terrenal y visible que sirve para ello y que es común a todos, de la misma manera que la vida. Pero, para mantener la vida espiritual y celestial que poseen los creyentes, Él les ha enviado un pan vivo, que descendió del cielo(5), a saber, Jesucristo; esta pan alimenta y sostiene(6) la vida espiritual de los creyentes, cuando Él es comido, esto es: cuando Él es apropiado y recibido por la fe, en el espíritu. A fin de representarnos este pan celestial y espiritual, Cristo ha dispuesto un pan terrenal y visible por Sacramento de Su cuerpo, y el vino por Sacramento de Su sangre(7), para manifestarnos, que tan ciertamente como recibimos el sacramento y lo tenemos en nuestras manos y lo comemos y bebemos con nuestra boca, por lo cual es conservada nuestra vida, así es de cierto también que recibimos en nuestra alma(8), para nuestra vida espiritual, por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro único Salvador.
Ahora pues, es seguro e indudable, que Jesucristo no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que Él nos pone ante los ojos por estos santos signos; si bien la manera excede a nuestro entendimiento y nos es incomprensible, al igual que la acción del Espíritu Santo es oculta e incomprensible. Mientras tanto, no erramos cuando decimos, que lo que por nosotros es comido y bebido, es el propio cuerpo y la propia sangre de Cristo(9); pero la manera en que los tenemos, no es la boca, sino el espíritu por la fe. Así pues, Jesucristo permanece siempre(10) sentado a la diestra de Dios, su Padre, en los cielos(11), y sin embargo no por eso deja de hacernos partícipes de Él por la fe. Esta comida es una mesa espiritual, en la cual Cristo mismo se nos comunica con todos sus bienes, y en ella nos da a gustar tanto a sí mismo, como los méritos de su muerte y pasión; alimentando, fortaleciendo y consolando nuestra pobre alma por la comida de su carne, refrigerándola y regocijándola por la bebida de su sangre. Por lo demás; aunque los sacramentos están unidos con las cosas significadas, sin embargo no son recibidos por todos(12) de igual manera. El impío recibe sí el sacramento para su condenación. Pero no recibe la verdad del sacramento(13); igual que Judas y Simón Mago, ambos recibieron el sacramento, pero no a Cristo, que es significado por eso mismo, y quien únicamente es comunicado a los creyentes(14). Por último, recibimos el Sacramento en la congregación del pueblo de Dios, con humildad y reverencia, guardando entre nosotros un santo recuerdo de la muerte de Cristo, nuestro Salvador, con acción de gracias, y además hacemos confesión de nuestra fe y de la religión cristiana(15). Por eso, es conveniente que nadie se allegue al sacramento sin haberse probado(16) primero a sí mismo, para que al comer de este pan y al beber de esta copa, no coma y beba juicio para sí(17).
Artículo 36 De las autoridades civiles
Artículo 37 De la segunda venida del Señor

References: Artículo 1

Artículo 2

Artículo 3

Artículo 4

Artículo 5

Artículo 6

Artículo 7

Artículo 8

Artículo 9

Artículo 10

Artículo 11

Artículo 12

Artículo 13

Artículo 14

Artículo 15

Artículo 16

Artículo 17

Artículo 18

Artículo 19

Artículo 20

Artículo 21

Artículo 22

Artículo 23

Artículo 24

Artículo 25

Artículo 26

Artículo 27

Artículo 28

Artículo 29

Artículo 30

Artículo 31

Artículo 32

Artículo 33

Artículo 34

Artículo 35

Artículo 36

Artículo 37