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Timestamp: 2013-05-22 22:20:23+00:00

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Actualización: 4 de Septiembre de 2012
Mohammed Hosni Sayyid Mubarak	Egipto
Kafr El Meselha, gobernación de Al Minufiyah	, 04 de Mayo de 1928	Partido político:
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El 11 de febrero de 2011, Hosni Mubarak, de 82 años, presidente de Egipto desde 1981 y símbolo de la solidez de los regímenes árabes, se vio obligado a abandonar el poder bajo la presión de un gigantesco levantamiento popular iniciado tan sólo 17 días atrás por jóvenes activistas de Internet, y ante el desvalimiento, en los últimos instantes, de las Fuerzas Armadas, las cuales detentan ahora las riendas del país y han prometido realizar en breve plazo las transformaciones democráticas exigidas por la calle. Atrás quedaron las imágenes de una nación enardecida, un mandatario desconectado de la realidad y aferrado al cargo, y una represión inútil en El Cairo y otras ciudades que causó más de 800 muertos. La extraordinaria revolución egipcia, seguida en directo por un mundo atónito y segunda ficha del dominó que empezó en enero en la vecina Túnez y avanza imparable por el orbe árabe, terminó con la carrera de este antiguo héroe de guerra, mariscal del Aire y sucesor del asesinado Sadat, que durante tres décadas presentó su férula como garantía de estabilidad y orden.
Mientras daba cancha a una economía de mercado que generaba crecimiento pero no distribuía los ingresos y sí enriquecía a la oligarquía afecta, el rais toleró un pluralismo limitado y no permitió la competencia en lo que afectaba a su puesto, ritualmente refrendado en las urnas cada seis años, la última vez en 2005, en unas elecciones directas de múltiple candidatura pero sin credibilidad democrática. La lucha sin cuartel contra el integrismo islámico, que desafió al Estado con dos ofensivas terroristas en 1992-1997 y 2004-2006, fue otra tónica de su mandato. Los subversivos fueron derrotados, mientras que el estado de emergencia amparó los miles de arrestos, los juicios marciales y el uso sistemático de la tortura. Los Hermanos Musulmanes, principal fuerza política de la oposición, permanecieron en la ilegalidad y la semitolerancia electoral. Los fraudes de ley, la corrupción generalizada, las maniobras sucesorias en favor de su hijo Gamal y el fracaso socioeconómico terminaron enajenándole a Mubarak, en su papel de dictador paternalista, indispensable y presuntamente benévolo, la legitimación de sus gobernados.
De puertas al exterior, Mubarak jugó un papel de primera magnitud. Luego de confirmar la alianza estratégica con Estados Unidos, testimoniada por una copiosa ayuda económica, consiguió sacar a Egipto del aislamiento regional heredado de Sadat e hizo compatible la restaurada amistad de los vecinos con el tratado de paz con Israel, devolviendo a Egipto su posición señera en la Liga Árabe. Pionero en la defensa de la solución negociada del conflicto de Oriente Próximo, Mubarak ejerció una influencia positiva en la aplicación de los Acuerdos de Oslo sobre la autonomía palestina. Una vocación de puente mediador que fue perdiendo fuelle y credibilidad –cediendo parte de protagonismo a Arabia Saudí, el otro pilar de la estrategia estadounidense en la región- en la medida que crecían la intransigencia y el belicismo de Israel, de cuyo bloqueo a Gaza fue cómplice. Hasta la misma víspera de su caída, el hombre fuerte de Egipto gozó del favor, el respeto y hasta la gratitud de Occidente, cuyo miedo al islamismo egipcio Mubarak explotó presentándole un falso dilema: que la única alternativa a su autocracia era la teocracia.
1. Jefe de la Fuerza Aérea Egipcia y vicepresidente con Sadat 2. El magnicidio de 1981 y asunción de la Presidencia; el afianzamiento del nuevo poder 3. Confirmación de la alianza con Estados Unidos y la paz con Israel; la reconciliación con los países árabes 4. Las inercias de un régimen pseudodemocrático y especulaciones sucesorias 5. El embate del terrorismo islamista 6. Política económica promercado y fracaso social 7. Papel estimulador de la paz para Oriente Próximo e influencia declinante en el concierto regional 8. Cuenta atrás para una protesta nacional insospechada
9. La revolución de 2011: repudio, obstinación y destronamiento del rais
1. Jefe de la Fuerza Aérea Egipcia y vicepresidente con Sadat Procedente de una familia de la burguesía media radicada en la región del delta al norte de El Cairo, en 1947, en el duodécimo año de la monarquía de Faruk I, ingresó en la Academia Militar Egipcia con la intención de convertirse en soldado profesional. En febrero de 1949, nada más concluir la primera guerra árabe-israelí con derrota para las armas egipcias (si bien tras el armisticio el país se quedó con la franja de Gaza), obtuvo la graduación en Ciencias Militares. Inmediatamente después fue admitido en la Academia del Aire en El Cairo, de la que en marzo de 1950 salió convertido en oficial piloto junto con una titulación en Ciencias de la Aviación.
Desde entonces, el joven Mubarak desempeñó diversos mandos en la Fuerza Aérea Egipcia, que a partir de 1953, con la proclamación de la República por el Consejo del Mando Revolucionario del general Naguib y el coronel Gamal Abdel Nasser, perdió la condición de Real. A lo largo de la década de los cincuenta, Mubarak sirvió en varias unidades, desempeñándose como piloto de cazas Spitfire, instructor de vuelo, jefe de escuadrón y comandante de base, amén de profesor en la Academia del Aire. No hay constancia de que tomara parte en los combates de la crisis de Suez y la subsiguiente guerra contra Israel en 1956.
Entre febrero de 1959 y junio de 1961 recibió en la URSS, en Moscú y cerca de Frunze (la actual Bishkek, en Kirguizistán), un adiestramiento especial como piloto de bombarderos medios Ilyushin Il-28 y bombarderos estratégicos Tupolev Tu-16. En 1964 estuvo de vuelta en la URSS, principal proveedor de armamento del régimen de Nasser, como cabeza de una delegación militar en la Academia Militar de Frunze. A su retorno a Egipto pasó a ocupar despachos castrenses de mayor responsabilidad, siendo sucesivamente comandante de la Fuerza Aérea en la región occidental, con base en El Cairo (octubre de 1966), y director de la Academia del Aire (noviembre de 1967). Desde la primera posición asistió con impotencia a la aniquilación de la casi totalidad de la flota aérea destacada en el desierto del Sinaí, más de 300 aparatos, destruida en los aeródromos por la aviación israelí en la ofensiva sorpresa que dio inicio a la Guerra de los Seis Días, el 5 de junio de 1967. Ya general, en junio de 1969 fue promovido a jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea y el 23 de abril de 1972, año y medio después de fallecer Nasser y de sucederle Anwar as-Sadat en la Presidencia de la República, su carrera en dicho ejército llegó a la cima con su nombramiento como comandante en jefe de la Fuerza Aérea, en sustitución del general Ali Mustafa Baghdady. Además, asumió su primera tarea política en calidad de viceministro de Defensa. En estos años, Mubarak jugó un papel destacado en los operativos bélicos de la llamada guerra de desgaste, librada con Israel a rebufo del desastre sufrido en la guerra de junio de 1967 y que se prolongó, con un sinfín de bombardeos y escaramuzas de diversa intensidad, hasta 1970, así como en la ejecución de la decisión de Sadat, en 1972, de expulsar a los consejeros militares soviéticos como expresión de enfado por la reticencia de la URSS a suministrar a Egipto –los dos países habían suscrito un Tratado de Amistad el año anterior- armamento ofensivo sofisticado.
En la siguiente conflagración abierta, la Guerra de Yom Kippur, de octubre a noviembre de 1973, el Ejército egipcio, que esta vez golpeó primero, volvió a ser derrotado por la formidable maquinaria bélica israelí, pero, a diferencia de la guerra de 1967, mostró unas notables determinación y valía, que pusieron en apuros al enemigo y le infligieron cuantiosas bajas. Mubarak, prestigiado como uno de los "cinco héroes de la travesía del Canal de Suez", en referencia al ímpetu atacante de las unidades egipcias en los primeros días de la guerra, fue elevado antes de firmarse el alto el fuego, el 11 de noviembre, a la condición de mariscal del Aire. En 1974 sumó el galón de teniente general. El 15 de abril de 1975 Sadat premió la hoja de servicios de Mubarak, quien a diferencia de casi todos los colegas del alto mando no procedía del movimiento de los Oficiales Libres que hicieron la Revolución antimonárquica y antibritánica de 1952, nombrándole vicepresidente de la República en sustitución de Hussein ash-Shafei, un veterano de la vieja guardia nasserista, quien ostentaba el puesto desde 1961; para la comandancia de la Fuerza Aérea fue designado el teniente general Mahmoud Shaker Abdel Monem. Al vínculo de confianza establecido entre Sadat y Mubarak no era ajena una circunstancia familiar: la segunda e influyente esposa del primero, Jehan, tenía un lejano parentesco con la mujer del segundo, Suzanne, una egipcia de madre inglesa nacida en 1941. Los Mubarak eran padres de dos chicos, Alaa y Gamal, el benjamín, nacido en 1963. En el sexenio siguiente, Mubarak se fogueó en las palestras políticas, área donde apenas tenía experiencia, como enlace de El Cairo con los gobiernos amigos. Su identificación con Sadat, al que acompañó en varios viajes de alto nivel, en materia de política exterior fue total. Así, fue el encargado de explicar a los países del bloque soviético las razones del viaje de su jefe a Jerusalén en noviembre de 1977, espectacular movimiento que certificó el viraje estratégico de Egipto en un sentido favorable a la cooperación con el bloque occidental y al arreglo de la paz con Israel a cambio de la recuperación de la península del Sinaí perdida en 1967, pero que concitó la ira de los países árabes, los cuales lo tacharon de traición.
Las capacidades diplomáticas de Mubarak salieron a relucir en una iniciativa de mediación de El Cairo entre Marruecos, Argelia y Mauritania en relación con el conflicto del Sáhara Occidental. También a esta época se remontan sus buenos contactos con el Departamento de Estado de Estados Unidos, superpotencia que en 1976, cuando Sadat declaró abrogado el Tratado de Amistad de 1971, reemplazó a la URSS como principal interlocutora y socia de Egipto. Asimismo, el vicepresidente llevó las conversaciones con la República Popular de China para la firma de un acuerdo de cooperación militar.
Considerado un servidor fidelísimo de Sadat, Mubarak fue uno de los dignatarios del régimen que se movieron en las bambalinas diplomáticas previas a las signaturas por el líder egipcio y el primer ministro israelí Menahem Begin de los Acuerdos de Camp David en septiembre de 1978 y del Tratado de Paz Egipcio-Israelí en marzo de 1979, ambos bajo la égida del presidente anfitrión, Jimmy Carter. Tras concluir la paz con los israelíes con el rechazo general, y en algunos casos, muy virulento, de los gobiernos árabes, Sadat encomendó a su mano derecha la complicada misión de intentar obtener de los regímenes moderados de la región con los que Egipto mantenía relaciones más fructíferas, el saudí del rey Jalid y el sudanés del general-presidente Jafar an-Numeiry, su visto bueno al tratado. En septiembre de 1980 Mubarak efectuó otra gira por Europa para exponer la posición egipcia en la cuestión de la autonomía palestina, otro de los temas acordados en Camp David pero devenida letra muerta. Al mes siguiente, aseguró en Washington que Egipto estaba dispuesto a conceder "facilidades militares" a Estados Unidos para "defender la región del Golfo".
En octubre de 1978 Sadat volvió a recompensar la lealtad del diez años más joven Mubarak orquestando su elección como vicepresidente también del nuevo Partido Nacional Democrático (PND), formación oficialista que tomaba el relevo al Partido Árabe Socialista Egipcio (PASE), a su vez heredero, dos años atrás, de la Unión Socialista Árabe (USA), fundada por Nasser en 1962. En las elecciones legislativas de octubre de 1976, la tendencia ideológica que poco después dio lugar al PASE, la Organización Socialista Árabe, había capturado cuatro quintas partes de los escaños, condenando a la irrelevancia a las otras dos plataformas, una de izquierda y otra de derecha, que junto con la ganadora (ubicada teóricamente en el centro del espectro) se habían emancipado de la USA dentro del proyecto de Sadat de pasar página al sistema de partido único en beneficio de marco pluralista muy restringido y férreamente controlado por el Gobierno. En las siguientes elecciones, las de junio de 1979, el PND volvió a arrollar a los comparsas de este pluralismo de fachada, el izquierdista Partido Socialista Laborista y el derechista Partido Socialista Liberal.
2. El magnicidio de 1981 y asunción de la Presidencia; el afianzamiento del nuevo poder El 6 de octubre de 1981 la plana mayor del Gobierno y las Fuerzas Armadas egipcios se congregó en el estadio-memorial de Medinet Nasr, en las afueras de El Cairo, para pasar revista al desfile conmemorativo del asalto y destrucción de la Línea Bar Lev, la cadena de fortificaciones israelíes a lo largo de la costa oriental del Canal de Suez, en el primer y triunfal día de la Guerra de Yom Kippur. La tribuna estaba presidida por Sadat, con Mubarak a su derecha y el recién nombrado ministro de Defensa y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el general Abdel Halim Abu Ghazala, a su izquierda. Los tres vestían sus uniformes de gala, dando realce a la solemnidad del evento, e intercambiaban comentarios. Mubarak y Sadat se mostraban relajados y animosos, aunque corrían rumores de fuertes desavenencias entre ellos. De todas maneras, de cara al público, el vicepresidente, retratado como un hombre austero amante de la seguridad y la disciplina, aparecía investido como el virtual heredero del rais. 100.000 personas asistían a la ceremonia, dotada por el régimen del mayor boato.
En un momento de la parada militar, unos soldados saltaron de un camión y, antes de que nadie pudiera reaccionar, ametrallaron y arrojaron granadas de mano al estrado de autoridades, alcanzando fatalmente a Sadat (quien no murió en el acto, sino dos horas después, en la mesa de operaciones del hospital cairota a donde fue evacuado aún con vida), matando a otras 11 personas e hiriendo a una treintena más. Mubarak, milagrosamente, salió del brutal atentado prácticamente indemne, sólo con una herida superficial en una mano.
En las tensas horas que siguieron a la matanza de Medinet Nasr, Mubarak mostró rapidez de reflejos y resolución para cubrir el inquietante vacío de poder. Ese mismo día, por la noche, el Buró Político del PND le designó sucesor oficial del malhadado jefe del Estado y él mismo se encargó de anunciar por la televisión la celebración antes de 60 días, tal como dictaba la Constitución, de un plebiscito de validación o rechazo del candidato que presentara el régimen a la Presidencia de la República; hasta entonces, el puesto lo desempeñaba en funciones el presidente de la Asamblea Popular (Majlis Ash-Shaab, la Cámara baja del Parlamento bicameral instituido en 1980), Sufi Abu Talib. El estado de emergencia, levantado por Sadat el año anterior tras 13 años en vigor, fue restablecido en todo el territorio nacional, con las consiguientes restricciones de derechos y libertades. Al día siguiente, sin sorpresas, el Majlis, con la misma unanimidad con que se había decantado por la reelección de Sadat en 1976, proclamó la candidatura única de Mubarak, quien sin esperar hasta el plebiscito tomó las riendas del Gobierno como primer ministro, cargo dejado igualmente vacante por Sadat. De manera inmediata, Mubarak, autoinvestido de la autoridad de comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y el general Ghazala, comandante en jefe y ministro de Defensa, pusieron firmes y en guardia a los uniformados de los tres ejércitos. La vindicación del magnicidio desde su exilio libio por el teniente general Saad-Eddine El Shazly, uno de los héroes de octubre de 1973, ex jefe del Estado Mayor, fuerte detractor de los Acuerdos de Camp David y líder del opositor Frente Nacional Egipcio, junto con el estallido, el mismo día 6, de una rebelión armada de signo religioso en la ciudad de Asyut, en el Alto Egipto, reciente escenario de pogromos musulmanes contra la minoría cristiana copta, indujeron a Mubarak a tomarse en serio la posibilidad de un golpe de Estado, o al menos de nuevos ataques contra la cúpula del régimen, por parte de elementos del Ejército conjurados contra la nueva orientación exterior de Egipto y en connivencia con alguna o varias de las organizaciones subversivas del fundamentalismo islámico que ya habían decretado la muerte de Sadat. En el tótum revolútum de enemigos del poder también cabía identificar a los nasseristas "auténticos" y a los comunistas.
La pista islamista adquirió plena certeza en el rastreo de los autores intelectuales del asesinato del rais. El oficial al mando del pelotón de soldados ejecutores del atentado, el teniente Jalid Islambouli, fue la clave que permitió esclarecer la responsabilidad de la Jihad Islámica Egipcia, si bien años después se destacó también la probable implicación de otra organización extremista más importante, Al Jamaa Al Islamiyya (La Asamblea Islámica). Islambouli y otros cuatro conspiradores que habían sido capturados vivos en el lugar del crimen fueron sometidos a juicio sumarísimo, condenados a muerte y ejecutados en abril de 1982.
El 6 de octubre, de hecho, los ambientes religiosos y estudiantiles estaban muy caldeados luego de que dos semanas atrás, Sadat ordenara encarcelar a 1.600 revoltosos y disidentes, muchos de ellos pertenecientes a los Hermanos Musulmanes, el más influyente partido-organización confesional, fundado en Egipto en 1928 pero con vocación transnacional, conforme al principio de la umma. Prohibidos en 1954 por Nasser bajo la acusación de pretender asesinarle, los Hermanos egipcios, partidarios de implantar el Gobierno islámico regido por la sharía, aseguraban haber dejado atrás los métodos violentos de lucha política y aspiraban a participar en la vida política, aunque por el momento apenas podían esperar de la dictadura de hecho que era el Gobierno del PND algunos resquicios de tolerancia. El respaldo social de la Hermandad, incluidas las clases profesionales liberales, era amplio y su presencia en las esferas educativa y cultural más que notable.
Con el transcurrir de las semanas y los meses, quedó más o menos claro que la participación de militares renegados en las asechanzas de los grupos integristas se reducía a un sector muy limitado de la baja oficialidad del Ejército de Tierra, lo que no restó urgencia, a los ojos de Mubarak, a la intensificación de la campaña de depuraciones ya emprendida por Sadat en los medios castrenses y que, a tenor de lo sucedido, se había quedado corta. En cuanto a la insurrección en Asyut, fue aplastada con la ayuda de tropas paracaidistas enviadas desde El Cairo, con un balance, por parte del Estado, de 68 policías y soldados muertos.
La fuerte sensación de inseguridad en los días posteriores a la muerte de Sadat empujó a Mubarak y los demás capitostes a cerrar cuanto antes la interinidad institucional. El 13 de octubre tuvo lugar el referéndum de confirmación con un 98,5% de síes y una participación, siempre según las cifras facilitadas por el Gobierno, del 81,1%. En la jornada siguiente, Mubarak, con 53 años, prestó juramento como cuarto presidente de la República Árabe de Egipto, con un mandato de seis años.
En noviembre, en un discurso ante el Majlis, el flamante presidente desgranó los principios de su acción de gobierno y habló sobre el futuro de Egipto. Por de pronto, seguía intacta la política de apertura (infitah) inaugurada por Sadat tras la guerra de 1973 en el terreno económico, que entrañaba reformas liberalizadoras del sistema productivo con el fin de aligerar el peso del sector público y dar cancha a la empresa y las inversiones privadas, así como el diálogo crediticio con el FMI y el Banco Mundial. El dirigismo estatista heredado del la Revolución de 1952 no iba a ser abandonado sin más, pero sí paulatinamente reducido. Los subsidios a los alimentos básicos, uno de los pilares del socialismo nasserista y cuya retirada anunciada por Sadat en enero de 1977 había provocado un descomunal estallido popular –la famosa revuelta del pan-, se mantendrían. En el terreno político, se permitiría actuar a partidos de oposición propiamente dichos. Y de puertas al exterior, el Tratado de Paz con Israel debía considerarse un hito inamovible.
El 2 de enero de 1982 Mubarak se desprendió de la jefatura del Gobierno con el nombramiento como primer ministro de Ahmed Fuad Mohieddin, un político del oficialismo civil con una reputación de socialdemócrata moderado. El 26 del mismo mes el PND celebró un congreso que eligió a Mubarak presidente de la formación. Por lo demás, el jefe del Estado dejó sin cubrir el puesto de vicepresidente. A pesar de ello, el número dos del régimen era indiscutiblemente el general Ghazala, quien sumó al Ministerio de Defensa el cargo de viceprimer ministro; además, fue promovido a mariscal de campo. Aunque el estado de emergencia entró en una dinámica de renovaciones regulares, Mubarak puso en libertad a los cientos de detenidos en la última operación represiva de Sadat.
Las promesas de Mubarak de mejorar el pluralismo político en Egipto se sometieron a su primera prueba en las elecciones legislativas del 27 de mayo de 1984. Los comicios presentaron dos novedades con respecto a los celebrados en 1979: el sistema electoral mayoritario a dos vueltas basado en 176 circunscripciones binominales fue reemplazado por otro de tipo proporcional basado en 48 circunscripciones multinominales, dando lugar a un Majlis de 448 escaños, a los que había que añadir la decena de puestos reservada al nombramiento personal por Mubarak. Para obtener representación, las listas debían superar la barrera del 8% de los votos en todo el país. Cuatro partidos además del PND fueron autorizados a concurrir.
El resultado de estas particulares reglas del juego fue que el PND, con el 72,9% de los votos, se quedó con 390 escaños y sólo un grupo alternativo consiguió entrar en el Majlis, el Neo Wafd, partido nacionalista liberal inscrito el año anterior, luego de ganar una batalla en los tribunales, y considerado el heredero directo del Wafd histórico, la fuerza predominante en tiempos de la monarquía y prohibida por la junta revolucionaria en 1952. Incluyendo a candidatos de los Hermanos Musulmanes en sus listas, el Neo Wafd sacó el 15,1% de los votos y 58 diputados, un resultado meritorio que causó sensación. Luego, Mubarak dio al Majlis electo una pátina adicional de pluralismo simbólico nombrando a cuatro asambleístas del Partido Socialista Laborista (el 7,1% de los votos), a uno de los nasseristas de izquierda del Partido Unionista Progresista Nacional (Tagammu, el 4,2%) y a cuatro de la minoría copta. El gesto presidencial no sirvió ni para maquillar la realidad de la hegemonía abrumadora de su partido.
3. Confirmación de la alianza con Estados Unidos y la paz con Israel; la reconciliación con los países árabes En el momento de la asunción de Mubarak, la comunidad internacional expresó dudas sobre su actitud con respecto a Israel y su capacidad para sobrellevar el riguroso boicot de los demás países árabes, que no perdonaban a El Cairo por el carácter unilateral y "traidor" de su paz con el Estado judío. Egipto sólo mantenía relaciones normales con su vecino sureño, Sudán, y desde marzo de 1979 estaba suspendido en la Liga Árabe, la organización de la que había sido artífice, a la que había dado todos sus secretarios generales y de la que había sido sede desde su fundación en 1945 (ahora, la Liga tenía sus cuarteles en Túnez).
Carecía del liderazgo mediático y el porte aristocrático de Sadat, y no poseía ni de lejos el carisma del gran conductor de masas que había sido Nasser, pero esto no impidió al reservado y casi taciturno Mubarak (un hombre de complexión maciza y en excelente forma física, como correspondía a un ávido practicante de deportes como el squash y la natación) demostrar la solidez de sus promesas continuistas. Israel recibió las debidas garantías de la intangibilidad del Tratado de Paz de 1979 y las relaciones diplomáticas establecidas en febrero de 1980, aunque a cambio le fue exigido el cumplimiento íntegro del plan de restitución por etapas del Sinaí. En abril de 1982 las tropas y los colonos israelíes evacuaron la última gran porción del Sinaí aún no devuelta a la soberanía egipcia, el tercio oriental de la península hasta la frontera de 1967 (Gaza, que no entraba en el Tratado de Paz y donde vivían medio millón de palestinos, siguió siendo un territorio ocupado). La Fuerza Multinacional de Observadores, aprobada por las partes en un Protocolo anexo al Tratado de Paz en agosto de 1981, se encargó de supervisar la implementación de las provisiones de seguridad. La península quedó organizada en tres zonas, A, B y C; en la primera, el tercio occidental hasta el Canal de Suez, Egipto podía estacionar una división de infantería mecanizada; en la segunda, el tercio central, cuatro batallones; y en la tercera, el tercio oriental hasta la frontera, sólo efectivos policiales. Sin embargo, Israel se resistió a devolver el emplazamiento costero de Taba, en los límites internacionales del golfo de Aqaba, donde había levantado un emporio turístico. Meses después de la retrocesión de la zona C se produjo la invasión de Líbano por Israel y Mubarak, obligado a expresar su disgusto, llamó de vuelta a casa al embajador en Tel Aviv. En septiembre de 1986 el presidente y el entonces primer ministro israelí, Shimon Peres, mantuvieron en Alejandría la primera reunión de este nivel desde agosto de 1981. El rais expuso la necesidad de convocar una "conferencia internacional" sobre Oriente Próximo. Tras el encuentro, El Cairo nombró y despachó al nuevo embajador. Además, las partes aceptaron someter el contencioso sobre Taba a un arbitraje internacional; Egipto vio reconocida su reclamación, tal que en marzo de 1989 su bandera volvió a ondear en la ciudad bañada por el mar Rojo. En resumidas cuentas, Mubarak preservó la "paz fría" con Israel, una paz firme, pero desprovista de calidez.
El otro cimiento de la política exterior heredada de la era Sadat, la cooperación privilegiada con Estados Unidos, fue igualmente reafirmado y fortalecido por Mubarak, quien prestó su primera visita oficial a Washington en febrero de 1982, siendo recibido por Ronald Reagan en la Casa Blanca. Comenzada en 1974, nada más reanudarse las relaciones diplomáticas interrumpidas siete años atrás, cuando Nixon solicitó al Congreso un paquete de ayuda para la reconstrucción posbélica de Egipto por valor de 250 millones de dólares a modo de acicate de las negociaciones con Israel, la asistencia norteamericana fue renovada y aumentada cada año fiscal hasta superar con creces los 2.000 millones de dólares a partir de 1983; en 1986 la ayuda alcanzó la cifra récord de 2.539 millones de dólares, sólo superados por los 2.588 millones liberados en 1979, el año de la paz con Israel. Semejante caudal de fondos convirtió al árabe en el segundo país del mundo más subvencionado por Estados Unidos después de Israel, una posición en la que había sustituido al Irán del Sha. La parte del león de la asistencia, 1.300 millones de dólares, era destinada a atender las necesidades de las Fuerzas Armadas más poderosas de África y Oriente Próximo salvo, claro estaba, las israelíes. Así, los arsenales egipcios fueron sustituyendo (aunque no totalmente) los viejos carros de combate y aviones de fabricación soviética por modernos equipamientos adquiridos con la financiación antedicha a Estados Unidos, mientras que los oficiales de los tres ejércitos recibían su formación superior en escuelas militares norteamericanas. En 1989 Egipto fue el primer país árabe en recibir de Estados Unidos la consideración de "Aliado principal no de la OTAN" (MNNA), estatus estratégico otorgado por la Casa Blanca a la vez que a Israel, Australia, Japón y Corea del Sur.
Para entonces, y Estados Unidos lo apreciaba el que más, la influencia moderadora y conciliadora del Egipto de Mubarak se hacía sentir en todos los escenarios de enfrentamiento regionales. Al comenzar la última década del siglo XX, el país del Nilo era visto desde Washington como un puntal de su estrategia de paz para la región y concretamente para Palestina.
Egipto se sacude del ostracismo árabe En efecto, la labor exterior del presidente egipcio, en sintonía con una personalidad sobria ajena a declaraciones estridentes y procederes erráticos (lo que podía ser visto como una valiosa virtud desde una capital occidental atribulada por la imprevisibilidad o la belicosidad de otros liderazgos en Oriente Próximo), se encaminó al apaciguamiento de conflictos. Sin embargo, Mubarak no habría resultado creíble como facilitador si antes no hubiera puesto en marcha una campaña diplomática para conseguir el levantamiento de la cuarentena de los mismos países en los que deseaba hacer sentir la vieja autoridad de Egipto, adalid indiscutible del mundo árabe hasta el dramático viraje de Sadat. Esta empresa de reconciliación con las naciones vecinas y hermanas, que tan tremendamente cuesta arriba se presentaba a priori, la realizó Mubarak con éxito total.
Los tanteos iniciales de Mubarak, dirigidos a los regímenes moderados y más susceptibles de asumir, respetándolo aunque no celebrándolo, el derecho de Egipto a hacer la paz con los israelíes por separado, encontraron un eco favorable al socaire de las dos grandes turbulencias que mantenían fracturado el Oriente Próximo de aquellos años: por un lado, la guerra irano-irakí, que alentó el apoyo de los moderados a la república baazista, en tanto que sirios y libios se alinearon con la república shií de Jomeini y los ayatolás; por otro lado, la lucha intestina que desangraba el campo palestino, donde los partidos y facciones radicales apadrinados por el dictador de Damasco, el intrigante e implacable Hafez al-Assad, libraban una lucha a muerte con el sector oficialista de la OLP encarnado por Yasser Arafat.
Fue Arafat quien abrió la primera grieta en el aislamiento egipcio visitando a Mubarak en diciembre de 1983, cuando su segunda expulsión de Líbano. El atribulado líder palestino acudió a El Cairo en busca de apoyo frente a la feroz persecución a que le sometían Siria y la disidencia radical palestina. Pocos meses después, en marzo de 1984, Egipto fue readmitido en la Organización de la Conferencia Islámica (OCI). El 25 de septiembre de 1984 Mubarak obtuvo su primera victoria diplomática de gran calado al acceder Jordania a restablecer las relaciones bilaterales, anuncio que fue seguido, el 9 de octubre, por una histórica visita al rey Hussein en Ammán. El presidente egipcio, como el monarca hachemí, empezó a recomendar a Arafat que cambiara de estrategia en su lucha de liberación nacional, renunciando a emplear toda forma de violencia contra Israel y apostando exclusivamente por las vías políticas y diplomáticas.
Mientras tomaba forma un entendimiento tripartito egipcio-jordano-palestino, Mubarak, el mismo octubre de 1984, comunicó la retirada de su país de la Federación de Repúblicas Árabes, un proyecto de unión confederal con Siria y Libia que en realidad llevaba muerto hacía más de una década. En marzo de 1985 el presidente, acompañado por Hussein, viajó a Bagdad, donde se encontraron con Saddam Hussein. En abril de 1985 el rais brindó un seguro exilio al sudanés Numeiry, derrocado por una junta militar en Jartum luego de abrazar la fórmula islamista; Mubarak le estaba muy agradecido a Numeiry, quien había sido el único gobernante asistente a los funerales de Sadat y, junto al sultán de Omán, la excepción del boicot árabe.
Las pretensiones de Mubarak se apuntaron un tanto decisivo en noviembre de 1987, cuando la Liga Árabe, reunida en Ammán en su XVI Cumbre para analizar la guerra irano-irakí y la cuestión palestina, accedió a los deseos de El Cairo y dio luz verde a los estados miembros para que reanudaran sus relaciones diplomáticas con Egipto si así lo deseaban. A estas alturas, los países árabes moderados estaban listos para pasar página al agravio de 1979 porque necesitaban la contribución egipcia en materia de seguridad en el golfo Pérsico, donde Irán era una amenaza constante para la navegación y las instalaciones petroleras, e incluso para la estabilidad de los propios gobiernos. Mubarak, por su parte, ansiaba la contribución financiera de las monarquías del Golfo para reactivar la economía egipcia. Pero también se involucró en los esfuerzos internacionales para dar una salida diplomática a la terrible guerra entre Irak e Irán, que en efecto llegó a su fin con un acuerdo de cese de hostilidades en agosto de 1988. A partir del 14 de noviembre de 1987 optaron por restablecer las relaciones Marruecos, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Qatar, Yemen del Norte, Mauritania y Arabia Saudí. Túnez lo hizo el 24 de enero de 1988, Yemen del Sur en febrero de 1988, Líbano el 17 de agosto de 1989 y, finalmente, Siria el 27 de diciembre de 1989. En su cumbre de Casablanca de junio de 1989, con Mubarak presente y blanco de todos los focos, la Liga Árabe acogió de nuevo a Egipto en su seno. Quedó así revocada la decisión aplicada por la reunión de ministros de la Liga celebrada en Bagdad en marzo de 1979. De la cascada de reconciliaciones con Egipto no se marginó Libia, cuyo líder, el coronel Muammar al-Gaddafi, se había llevado la palma en la visceralidad de las invectivas árabes contra Sadat a partir de 1977 (cuando el rais fue asesinado en 1981, el libio no ocultó su júbilo). Mubarak sostuvo sus primeros encuentros con Gaddafi el 16 y el 17 de octubre de 1989, el primer día en la localidad egipcia de Marsa Matruh y el segundo en Tobruk. Se trataba de la primera cumbre entre los dos países desde la celebrada en Bengasi en 1972. El 24 de marzo de 1990 aconteció en Tobruk un significativo encuentro a tres que rememoró las cumbres Gaddafi-Assad-Sadat de comienzos de los años setenta; en la reunión, sólo Mubarak puso el rostro nuevo. En realidad, Assad y Gaddafi habían asistido con mucha frustración a la rehabilitación gradual de Egipto como actor político principal en el concierto árabe, pero no tuvieron más remedio que aceptar la nueva situación. El 2 de mayo de 1990 Mubarak fue recibido en Damasco con todos los honores por el presidente Assad, en el poder desde 1971 y, como él, un antiguo general en jefe de la fuerza área. En julio siguiente, Mubarak devolvió a Assad el hospedaje en Alejandría, alentando las expectativas del restablecimiento del eje El Cairo-Damasco, tan dinámico en el pasado. En septiembre de 1990, como colofón a este espectacular proceso restaurador, El Cairo volvió a ser la sede de la Liga Árabe. En mayo de 1991 la organización eligió de nuevo a un egipcio, Esmat Abdel Meguid, ministro de Exteriores desde 1984, como su secretario general.
Los dividendos de la guerra del Golfo La compleción de la normalización de las relaciones de Mubarak con todos sus colegas regionales se produjo, con gran fortuna para él, justo en la víspera del estallido de la gran crisis militar del golfo Pérsico por la invasión irakí de Kuwait, el 2 de agosto de 1990. Fueron momentos de protagonismo para el mandatario egipcio, que presidió en El Cairo una cumbre de emergencia de la Liga Árabe, el 9 y el 10 de agosto, en la cual se decidió enviar de manera inmediata una fuerza panárabe de protección a la Arabia Saudí del rey Fahd. La medida, sin precedentes en la historia de la organización, no contó con la aprobación de varios gobiernos árabes, algunos de los cuales simpatizaban abiertamente con Irak. Los únicos estados miembros dispuestos a llegar a las manos, si era necesario, con Saddam fueron, además de Egipto y las monarquías del Golfo, Siria y Marruecos. Mubarak aportó el grueso, 35.000 hombres, de los 52.000 soldados de la fuerza árabe tripartita, a la que se sumaron los efectivos movilizados por Arabia Saudí, Qatar, Omán y los Emiratos, y que se integró en la gran operación multinacional, Escudo del Desierto, capitaneada por Estados Unidos y autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Luego, en febrero de 1991, las unidades egipcias jugaron un papel muy menor (aunque no meramente simbólico, pues sufrieron nueve bajas de combate) en la campaña terrestre para la liberación de Kuwait, pero la experiencia forjó el nacimiento de una nueva era de relaciones con Siria y Arabia Saudí. Acabadas las hostilidades en el Golfo, Egipto y sus dos aliados formaron un triángulo vigilante del status quo posbélico en tan estratégica zona. El nuevo sistema de seguridad panárabe quedó oficializado por la Declaración de Damasco, el 5 de marzo, suscrita por Egipto, Siria y el Consejo de Cooperación del Golfo. El 8 de mayo siguiente, sin embargo, El Cairo anunció la retirada de sus tropas de Arabia Saudí.
El presidente George Bush padre premió la valiosa contribución de Egipto a la alianza antiirakí cancelándole la deuda militar contraída con Estados Unidos, de 7.000 millones de dólares. Las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo hicieron sus propias condonaciones. Al final, la decisión de Mubarak de participar en la liberación de Kuwait le permitió ahorrarse a Egipto de manera inmediata 15.000 de sus 49.000 millones de dólares de deuda externa, provecho que compensó las pérdidas ocasionadas por la ruina de la temporada turística, la expulsión de cientos de miles de trabajadores egipcios de Irak y Kuwait, y el descenso también de los ingresos generados por el Canal de Suez.
Por otra parte, en mayo de 1990, con su desplazamiento a Moscú, Mubarak descongeló las relaciones con la URSS, que en la antesala de su colapso estaba haciendo un replanteamiento general de sus relaciones exteriores en consonancia con el final de la Guerra Fría. En esa misma gira, Mubarak recaló en Beijing, su cuarto viaje a una potencia asiática con la que las relaciones eran sumamente cordiales.
4. Las inercias de un régimen pseudodemocrático y especulaciones sucesorias El régimen encabezado por Mubarak era indiscutiblemente autocrático (dos décadas después del cambio de liderazgo en 1981, y aún bastantes años después, muy raro era el despacho de prensa o el análisis politológico que lo tachaba de dictadura), pero el presidente mostró en todo momento un gran celo por recubrirlo de un barniz legalista: los procedimientos institucionales habían de seguirse al pie de la letra y cualquier acto político debía estar en consonancia con la Constitución de 1980. La legislación de emergencia, que mantenía en suspenso derechos constitucionales, autorizaba la censura informativa y expandía los poderes policiales, brindaba una amplia cobertura a las disposiciones represivas, concentradas sistemáticamente, pero no de manera exclusiva, en el Islam político y militante.
Para legitimarse ante la población, Mubarak y sus lugartenientes, que en su mayoría eran, como él mismo, mariscales y generales de uniforme o sin él, apelaban sobre todo al espíritu patriótico y a las hazañas bélicas de 1973, la única guerra en la que Egipto puso en aprietos a Israel. Los ecos de la Revolución de 1952, equivalentes al nasserismo, fueron desvaneciéndose de los discursos oficiales. El poder se sustentaba en una burocracia militar amalgamada con unas élites civiles de economistas, juristas, empresarios y tecnócratas. Los rasgos unipersonales del mismo se acentuaron en abril de 1989, cuando Mubarak degradó a Ghazala a la condición de mero asistente presidencial luego de verse envuelto el mariscal en un escándalo de importación ilegal de misiles de Estados Unidos. Tres años antes, en febrero de 1986, Ghazala había demostrado su eficacia en la liquidación por las tropas de una furibunda asonada de 17.000 reclutas policiales amotinados en exigencia de mejores pagas. Entonces, se dijo que el mariscal había salvado al régimen tras tres días de violencia y destrucción que se saldaron con un centenar de muertos y 1.300 arrestados. En diciembre de ese mismo año, 1986, el Ministerio de Defensa anunció la desarticulación de sendos complots urdidos por comunistas y la Jihad Islámica. La captura de algunos oficiales en la segunda operación antisubversiva constituyó el primer caso conocido de infiltración fundamentalista en las Fuerzas Armadas desde el magnicidio de 1981.
Para suplir a Ghazala en el puesto de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa, Mubarak optó por el teniente general Youssef Sabri Abu Taleb, un oficial al que no se le presuponían ambiciones políticas. En mayo de 1991 Taleb fue relevado a su vez por el teniente general Mohammed Hussein Tantawi, en lo sucesivo un colaborador dócil de Mubarak y sin el menor atisbo de pretender su sucesión. En enero de 1990 Mubarak prescindió además del general Zaki Badr, ministro del Interior desde 1986 y bestia negra de los movimientos islamistas, a los que venía persiguiendo con una saña tal que incomodaba a otros dignatarios del régimen. El reemplazo del considerado máximo responsable de la generalización de la práctica de la tortura en los centros de detención egipcios fue Abdel Halim Moussa, partidario de un enfoque más conciliador de la insurgencia integrista.
La rutina de los formalismos electorales Mubarak imponía el exiguo cauce a un proceso político que, año tras año, no veía cristalizar una verdadera reforma. El 12 de febrero de 1987 un referéndum aprobó la disolución del Majlis y la convocatoria de elecciones anticipadas sobre la base de un nuevo código electoral, aprobado dos meses antes en previsión de una declaración por el Tribunal Supremo Constitucional de la inconstitucionalidad de los comicios de 1984 porque no se había permitido la presentación a los mismos de candidaturas independientes. La nueva normativa permitía que 48 escaños fueran ocupados por independientes elegidos por el sistema mayoritario uninominal . Las votaciones adelantadas tuvieron lugar el 6 de abril de 1987 y en ellas el PND revalidó su aplastante mayoría absoluta, aunque descendió a los 346 escaños. La Alianza formada por laboristas socialistas, laboristas liberales y, extraoficialmente, los Hermanos Musulmanes obtuvo un resultado relativamente bueno, 60 escaños, de los que 37 fueron ganados por los islamistas, obligados, como en 1984, a concurrir sin presentarse como tales y sin hacer propaganda de su partido. Se produjo así la paradoja de que el grupo opositor con más peso en el Parlamento pertenecía a una fuerza política ilegal. El Neo Wafd retrocedió sensiblemente pero no cayó por debajo del 8%, consiguiendo retener una representación de 35 diputados. Siete independientes ajenos a la Hermandad lograron el escaño. Oficialmente, justo la mitad del censo acudió a votar, aunque observadores foráneos estimaron que la abstención real superó el 75%. Esto era así porque una parte muy considerable del cuerpo electoral no estaba inscrita en el registro de electores y no contaba para la estadística. El resultado era un Majlis muy poco representativo, tónica que iba a repetirse en las próximas convocatorias. En julio siguiente, el Majlis nominó a Mubarak para su segundo mandato sexenal con la preceptiva mayoría de dos tercios y el 5 de octubre de 1987 la candidatura única fue aprobada en referéndum nacional con el 97,1% de votos favorables y un 88,5% de participación. La Constitución no ponía límites a los mandatos presidenciales, y nada sugería que Mubarak descartara continuar indefinidamente al frente de la institución.
A las terceras elecciones legislativas desde 1981, las del 29 de noviembre y el 6 de diciembre de 1990, se llegó por el mismo atajo escandaloso que había privado de toda legitimidad a la legislatura iniciada en 1984. El 20 de mayo de 1990 el Tribunal Supremo Constitucional declaró no ajustados a la ley los comicios de 1987, obligando a Mubarak a disolver las cámaras y a convocar un referéndum de validación. Las subsiguientes votaciones fueron boicoteadas por las principales fuerzas opositoras, salvo los izquierdistas del Tagammu, al considerar que no se reunían las mínimas condiciones de transparencia y limpieza. En el nuevo Majlis de 454 miembros (444 elegidos directamente y 10 nombrado por el presidente), el PND recibió 348 escaños, a los que debían sumarse 56 de los 83 puestos adjudicados a candidatos concurridos fuera de sus listas con la etiqueta de independientes pero que en realidad eran afiliados suyos. El teatro electoral escenificó otro acto el 4 de octubre de 1993 con el referéndum de confirmación de Mubarak, reelegido por otros seis años con un 96,3% de votos afirmativos.
La resistencia de Mubarak a ensanchar, siquiera mínimamente, los límites al desenvolvimiento de los actores políticos y segmentos más amplios de la sociedad civil quedó especialmente de manifiesto en la Conferencia de Diálogo Nacional de junio y julio de 1994, abierta a los partidos y los colectivos sociales y profesionales, pero que excluyó de entrada a los Hermanos Musulmanes y que concitó el boicot del Neo Wafd. La Conferencia, dominada de principio a fin por los representantes del PND, soslayó la verdadera reforma política y concluyó con recomendaciones al Ejecutivo para que abordara cambios limitados. En vísperas de la Conferencia, el poder había anunciado la supresión de las elecciones municipales y la asunción por el Ministerio del Interior de la prerrogativa de nombrar directamente a los alcaldes. En estos momentos, Mubarak tenía la coartada perfecta para negarse a liberalizar el régimen: la ofensiva terrorista sin precedentes de la Asamblea Islámica y la Jihad Islámica, que no cejaban en su empeño de derrocar el Gobierno e instaurar el Estado teocrático.
Las legislativas del 29 de noviembre y el 6 de diciembre de 1995 no registraron boicot y los Hermanos Musulmanes, sometidos a la estrecha vigilancia del Gobierno, presentaron 150 candidatos independientes para competir por los 44 escaños reservados al sistema mayoritario uninominal. Eso, pese a que la campaña estuvo trufada de desafueros sufridos por los partidos de la oposición, como la condena a penas de prisión por tribunales militares a varias decenas de militantes y dirigentes, el allanamiento y clausura de sedes y el hostigamiento sistemático de mítines. A la hora de votar, proliferaron las denuncias de intimidaciones y falsificaciones descaradas en muchos colegios, como el llenado de urnas con papeletas del PND y el robo o destrucción de otras con los colores de la oposición. Las violencias dejaron una cincuentena de muertos. Al final, el PND vio disminuida su representación directa a los 318 diputados, pero al constituirse el Majlis, 99 de los 112 diputados electos como independientes se pasaron en bloque al grupo parlamentario oficialista. En las laminadas filas opositoras, los mejor parados fueron el Neo Wafd y el Tagammu, con 11 escaños entre los dos. Que las denuncias de los abusos tradicionales del régimen fueran especialmente airadas esta vez no hizo mella en la imperturbabilidad de Mubarak, refrendado ritualmente en la Presidencia por cuarta vez consecutiva el 26 de septiembre de 1999 con el 93,8% de los votos. Hecho significativo de los límites de la contestación legal, la postulación del rais fue apoyada por los principales partidos de la oposición legal con la excepción de los nasseristas. El 4 de octubre, en su discurso de investidura ante el Majlis, Mubarak anunció el cese del primer ministro Kamal al-Ganzouri, en el cargo desde 1996, y el nombramiento de Atef Ebeid, antiguo ministro de Desarrollo y de Planificación.
Tras la reelección de 1999, arreciaron las demandas desde los sectores políticos y sociales más reivindicativos para que el poder aflojara su dogal y emprendiera reformas políticas de calado. En particular, se exigía la abolición de la legislación de emergencia, el levantamiento de las restricciones a la formación de partidos y sindicatos, una mayor libertad de prensa y garantías judiciales de la libertad y la limpieza de las elecciones. Como en ocasiones anteriores, fue el Tribunal Supremo Constitucional, abundando en su desconcertante proceder dentro del sistema autoritario del que era parte, la institución receptiva a las reclamaciones de juego limpio electoral. El 8 de julio de 2000, en un rapapolvo al poder político que no se sabía cuanto tenía de ejercicio de independencia y cuánto de pactado con la Presidencia para ofrecer una imagen de separación efectiva de poderes, el Tribunal dictaminó que el Majlis era inválido porque los comicios de 1995 no habían respetado el requisito constitucional de que los órganos de justicia fueran los únicos responsables de supervisar el proceso electoral. A toda prisa, el Majlis aprobó dos enmiendas al código electoral para asegurar la constitucionalidad de las siguientes votaciones.
La fijación por ley de la monitorización por los jueces de todos los colegios electorales despertó en la oposición fundadas esperanzas de que los comicios, esta vez sí, serían transparentes. Sin embargo, la decepción no tardó en llegar porque el Ministerio del Interior se arrogó el nombramiento de dichos magistrados y porque el fiscal general del Estado tomó para sí la presidencia del Comité Electoral Nacional. Celebradas en tres fases el 18 de octubre, el 29 de octubre y el 8 de noviembre, las legislativas de 2000 no depararon ninguna novedad democrática en cuanto al reparto de fuerzas: el partido gobernante ascendió a los 353 diputados, cuota que engordó al colocarse bajo sus órdenes 35 de los 72 independientes. 17 de estos últimos eran Hermanos Musulmanes. El ascenso de Gamal Mubarak A estas alturas de la presidencia de Mubarak, el sistema político egipcio se presentaba como uno de los menos evolucionados de entre los estados árabes, ya fueran repúblicas o monarquías, que toleraban un pluripartidismo más o menos representativo de la oposición. Así, el pluralismo parlamentario era superior en Líbano o Marruecos, mientras que Argelia y, en menor medida, Yemen, Mauritania y Túnez, al menos permitían más de una candidatura, en ocasiones no meramente testimonial, en las elecciones presidenciales.
Al producirse el cambio de siglo, sin embargo, la flagrante ausencia de alternativas electorales a Mubarak daba bastante menos que hablar que la incierta sucesión del rais dentro del régimen, la cual, nadie lo dudaba, no iban a decidirla las urnas, sino el presidente y, a lo sumo, un grupo muy selecto de colaboradores. Aunque al antiguo comandante en jefe de la Fuerza Aérea se le conocían pocos problemas de salud y su robusto aspecto físico, acentuado por un tinte capilar inmutablemente negro, no hacía justicia a su condición de septuagenario, Mubarak no podía eludir las elucubraciones sobre su sucesor, más a falta de un vicepresidente, delfín oficioso o cualquier otro notable que presentara el perfil de candidato al uso. Al comenzar la tercera década de la presidencia de Mubarak, el Ejecutivo egipcio aparecía dominado por tecnócratas grises muy poco conocidos por el público. El generalato seguía involucrado en las tareas de gobierno, pero bajo el mando del mariscal Tantawi, oficial nada sospechoso de simpatizar con el aperturismo, las Fuerzas Armadas se amoldaron mejor al patrón profesional de no inmiscuirse en la política diaria, sin menoscabo de un papel vigilante y garante de la estabilidad del régimen por todos reconocido. Los sucesivos primeros ministros, seis entre 1982 y 1999, no contaban más que como hombres de servicio, encargados de despachar las directrices presidenciales, gestionar la economía y negociar con los donantes de fondos. De todos ellos, el más descollante fue el general Kamal Hassan Ali, antiguo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa con Sadat, el cual fungió de primer ministro entre 1984 y 1985 y luego dirigió la Inteligencia General hasta 1989.
Dado este vacío de liderazgo visible en torno a Mubarak, sólo matizado por una muy hipotética postulación del mariscal Tantawi (nacido en 1935, era siete años más joven que Mubarak), quien al parecer gustaba mucho en Washington, resultó inevitable la inclusión en las quinielas sucesorias de los dos hijos del rais, el primogénito, Alaa, dedicado a los negocios privados, y su hermano menor, Gamal, ejecutivo bancario, inversionista y consultor financiero igualmente próspero, con buenos contactos en los medios de negocios de Estados Unidos. El nombre de Gamal empezó a barajarse en serio a partir de febrero de 2000, cuando su padre dispuso su ingreso en el Secretariado del PND. En julio siguiente, la sucesión directa en Siria del fallecido Hafez al-Assad por su hijo, Bashar al-Assad, instituyendo la primera dinastía republicana del mundo árabe, estimuló las especulaciones sobre una herencia similar en el Egipto de los Mubarak. Además, el Irak de Saddam Hussein hacía años que se movía en esa dirección, mientras que en la vecina Libia, en estos mismos momentos, se registraba el rápido ascenso del hijo de Gaddafi, Saif al-Islam, al primer plano de la actualidad. En septiembre de 2002, en el VIII Congreso del PND, Gamal fue puesto al frente del nuevo Comité Político, en lo sucesivo el órgano más influyente del partido, por delante del Buró Político, al poder decidir la titularidad de varios ministerios del Gobierno. Los medios afines comenzaron a retratar al vástago del jefe del Estado como un reformista que aspiraba a modernizar Egipto y traía ínfulas liberales. En noviembre de 2003, la interrupción por un Mubarak indispuesto de un discurso ante el pleno del Majlis seguida de su incomparecencia, por primera vez desde 1981, en la entrega de los premios de un certamen de recitación coránica con mucha solera, desataron los rumores sobre un deterioro del estado de salud del rais, aquejado aquellos días de una gripe acompañada de hipotensión. Gamal fue el encargado de comunicar que el presidente sólo tenía una afección leve y que desempeñaba sus funciones con normalidad. En los años siguientes, tanto el hijo como el padre desmintieron de manera reiterada que hubiera planes sucesorios en familia y subrayaron que la república egipcia no se heredaba al estilo de una monarquía. Gamal en particular negó expresamente que ambicionara la Presidencia, aunque matizó que él no podía evitar que otros, llegado el caso, le nominaran para el puesto. En realidad, el hijo menor de Mubarak aún debía ganarse el afecto de la calle y además tenía en su contra la frialdad del Ejército, que no apreciaba su nulo bagaje militar. Por otro lado, comenzó a adquirir relieve la figura del teniente general Omar Suleiman, el director desde 1993 de la omnipresente Inteligencia General, por cuyas manos pasaba todo lo relacionado con la seguridad interna, el espionaje y el contraterrorismo, así como, con una implicación más personal, los aspectos más sensibles de la asociación estratégica con Estados Unidos y las relaciones diplomáticas con Israel.
En septiembre de 2004, tres meses después de ser su padre intervenido quirúrgicamente en la espalda por una hernia discal en un hospital de Munich y dos mes después de dimitir en pleno el Gobierno encabezado por el septuagenario Atef Ebeid, a quien sucedió el ex ministro de Comunicaciones Ahmed Nazif a guisa de recambio generacional (y varios de cuyos ministros fueron escogidos por el Comité Político del PND), Gamal fue la estrella de la convención anual de su partido.
En este cónclave, con el asentimiento complacido de su padre allí presente, Gamal explicó en qué consistían el "nuevo pensamiento" y las "reformas prioritarias" a que se refería el eslogan de la asamblea partidaria; en síntesis, que adquirían prevalencia las "reformas económicas radicales" para elevar el nivel de vida de la población sobre cualquier reforma política, ya fuera la abolición de las leyes de emergencia (necesarias, según el responsable del Comité Político, para "combatir el terrorismo") o una enmienda constitucional para introducir la elección presidencial directa. En diciembre, un millar de personas se manifestó en El Cairo en contra tanto de la quinta postulación de Mubarak el año siguiente como de su sucesión algún día por Gamal, cuya "cualificación" para la Presidencia fue mencionada por el primer ministro Nazif en enero de 2005. La elección presidencial de candidatura múltiple en 2005: ¿un plebiscito encubierto? Las protestas callejeras, de pequeña magnitud pero estridentes, se repitieron en las siguientes semanas al grito de kefaya (basta), proferido a la vez por conservadores, liberales, islamistas, nasseristas y comunistas. Representantes de todos estos colectivos, junto con activistas de Derechos Humanos y otros ciudadanos sin filiación partidaria, pusieron en marcha el Movimiento Egipcio por el Cambio, el cual, con una claridad nunca vista antes, cargó las tintas en la deslegitimación de los Mubarak como detentadores del poder. Al presidente se le llamaba abiertamente, de viva voz o en pancartas, "dictador", agravio que las fuerzas de seguridad intentaban no dejar impune.
Pese a lo pregonado en el congreso del PND, Mubarak hubo de plegarse a una reforma política, la mayor de toda su presidencia, por las presiones de Estados Unidos, donde George Bush hijo, tras derrocar manu militari a Saddam Hussein en Irak, vislumbraba un "Gran Oriente Medio" transformado democráticamente. Egipto, corazón geográfico, líder cultural y gigante demográfico del mundo árabe, era el pivote esencial de la nueva estrategia de la Casa Blanca para la región, donde los cambios políticos debían ayudar a asentar "la paz y la estabilidad". El rais rechazó categóricamente un escenario de acatamiento de los sermones extranjeros sobre democracia y dio a entender que simplemente era sensible a lo que le pedían sus gobernados.
El 26 de febrero de 2005, por sorpresa, Mubarak anunció en un discurso televisado la encomienda al Parlamento de la reforma del artículo 76 de la Constitución para, por primera vez en la historia de Egipto, permitir a los ciudadanos elegir directamente al jefe del Estado entre varias candidaturas. "He tomado esta iniciativa para abrir una nueva era de reformas (…), para dar a los partidos políticos la oportunidad de tomar parte en las elecciones presidenciales y para permitir que más de un candidato pueda ser elegido libremente por el pueblo", explicó Mubarak, que definió dicho "cambio fundamental" como el "producto de la estabilidad política."
Figuras de la oposición dieron la bienvenida a la elección presidencial directa, pero reclamaron pasos adicionales, como el levantamiento del estado de emergencia, el respeto de los Derechos Humanos, la reducción de los poderes del jefe del Estado y la limitación de sus mandatos a dos, así como el recorte de la duración de los mismos, de los seis a los cuatro años. Obedientes, las dos cámaras del Parlamento dieron luz verde a la nueva modalidad electoral, a estrenar en el año en curso. En marzo, Gamal Mubarak terció para aclarar que él no sería candidato por el PND. Los peores temores de la oposición quedaron confirmados al comprobar que las próximas elecciones presidenciales a dos vueltas iban a ser cualquier cosa menos equitativas y competitivas. Quedaron vetados para presentar candidatos los Hermanos Musulmanes, en tanto que no legales, y cualquier partido con menos de cinco años de antigüedad y por debajo del 5% de representación en las dos cámaras del Parlamento. Las candidaturas independientes debían contar con el aval de al menos 65 diputados del Majlis, 25 miembros del Consejo de la Shura y 10 miembros de cada uno de los consejos municipales de por lo menos 14 gobernaciones; 250 respaldos, entre unos y otros, eran el mínimo exigido para poder inscribirse fuera de un partido. Se trataba de otra fuerte cortapisa incluida en la enmienda constitucional pensando en la Hermandad. Y la Comisión Electoral Presidencial bajo estricto control judicial resultó ser un cuerpo híbrido de 10 miembros, la mitad jueces y la otra mitad "personalidades públicas" escogidas por el Parlamento. A mayor abundamiento, la Comisión prohibió a cualquier observador independiente o extranjero monitorizar la elección.
La movilización de la maquinaria del poder para apuntalar la segura candidatura de Mubarak con todos los mecanismos habituales de las elecciones legislativas en perjuicio de los adversarios (barreras normativas, ninguneo mediático, intimidación), incluyendo esta vez triquiñuelas legales para echar de la partida al contrincante de la oposición más prominente, el abogado Ayman Nour, del nuevo Partido del Mañana (Ghad, liberal) y recién salido de prisión, empujó al movimiento Kefaya, que estaba ganando miles de adhesiones, a solicitar el boicot al referéndum convocado por el régimen para ratificar la reforma constitucional. La Policía salió a dispersar las manifestaciones del Kefaya con gran violencia y practicó cientos de detenciones. La represión se cebó, como de costumbre, en los Hermanos Musulmanes. El 25 de mayo, el 53,5% del censo, según el Gobierno, votó en el referéndum y el 82,9% lo hizo en sentido favorable. Luego, el Kefaya quedó fracturado de manera irreversible porque algunos de sus miembros aceptaron participar en las elecciones, sometiéndose a las reglas del juego dictadas por el oficialismo
El 28 de julio, tal como se esperaba, Mubarak comunicó su candidatura reeleccionista. En la breve campaña electoral, desarrollada por su parte con el mínimo esfuerzo, el presidente prometió subidas salariales, empleos para los jóvenes, un ambicioso plan de inversiones públicas y el seguro médico universal, y dejó abierta la puerta al final del período de emergencia. Con Mubarak fueron autorizados a medirse nueve rivales. Otros 20 aspirantes no pasaron la criba de la Comisión Electoral; entre ellos estaba Talaat Sadat, sobrino del anterior presidente. Los Hermanos Musulmanes no respaldaron a ningún candidato, pero instaron a la población a acudir a votar, a cualquiera menos Mubarak.
Las elecciones del 7 de septiembre de 2005 discurrieron entre las quejas de irregularidades y coacciones violentas por parte de los partidos opositores y las ONG, estas autorizadas a última hora a realizar un seguimiento, bien que muy limitado, del desarrollo de la jornada en los colegios junto con los jueces asignados a los mismos. Dos días después fueron facilitados los resultados oficiales, que daban a Mubarak como ganador con el 88,6% de los sufragios. Ayman Nour quedó segundo con el 7,3% y Numan Gomaa, del Neo Wafd, tercero con el 2,8%. La participación reconocida por el régimen fue bajísima, del 22,9%, dato que deslució el elevado dígito cosechado por Mubarak. Nour denunció de inmediato un cúmulo de violaciones de la normativa electoral y, en vano, exigió la repetición de las elecciones. En diciembre siguiente, el opositor iba a ser hallado culpable de falsificar firmas necesarias para la inscripción de su partido y condenado a cinco años de prisión con trabajos forzados. El movimiento Kefaya arguyó que, a la luz de los resultados, las elecciones presidenciales directas no se diferenciaban gran cosa de los anteriores referendos de aclamación, y llamaron a nuevas manifestaciones de protesta, si bien el eco de su rebeldía empezó a disiparse. Mubarak recibió las felicitaciones del presidente Bush y él mismo se congratuló porque la "verdadera victoria" fuera, no la suya en las urnas, sino de "la democracia y el pluralismo", al tiempo que enfatizaba el carácter "irrevocable" de la senda reformista. El 27 de septiembre prestó juramento de su quinto mandato, que expiraba en 2011; entonces, tendría 83 años.
El siguiente e inmediato test de la voluntad democratizadora del presidente fueron las elecciones legislativas celebradas por fases en diferentes gobernaciones (para que los jueces del país dieran abasto en su misión supervisora de todos los colegios electorales) el 9 de noviembre, el 20 de noviembre y el 1 de diciembre, con segundas vueltas el 15 de noviembre, el 26 de noviembre y el 7 de diciembre. Aunque las votaciones comenzaron con abundantes denuncias de fraude –y terminaron con violentos choques entre policías y miembros de la principal fuerza islamista, con un balance de una decena de muertos-, los resultados dibujaron el Majlis menos desequilibrado desde los comicios de 1987: el PND retrocedió a los 311 escaños, conservando por poco la crucial mayoría de dos tercios, y los Hermanos Musulmanes, en el mejor rendimiento de su historia, se posicionaron como la segunda fuerza parlamentaria con 88 puestos, idos a otros tantos candidatos presentados como independientes. El PND hizo una lectura positiva de las elecciones, que enmarcó en el "maravilloso despertar" que experimentaba Egipto. Pero con la reciente reforma constitucional en la mano, resultaba que ningún partido reunía las condiciones para poder presentarse a las presidenciales de 2011.
En diciembre de 2006, en su lectura de la agenda legislativa para 2007, Mubarak anunció la reforma de 34 artículos de la Constitución para "consagrar la soberanía del pueblo como fuente de poder y dar al Parlamento más autoridad para controlar al Gobierno". Más aún, el estado de emergencia sería abolido tan pronto como entrara en vigor una nueva legislación antiterrorista. "El paso histórico de hoy abre la puerta de par en par a la democracia y su práctica", sentenció el rais.
La reforma constitucional, emanada directamente del Palacio de Heliópolis y la segunda en dos años, fue aprobada por el Parlamento y sometida a referéndum nacional en un tiempo récord (sólo seis días pasaron entre uno y otro trámite), sin un verdadero debate político y con el rechazo frontal de la oposición porque, entre otros puntos de improbable naturaleza democrática, establecía la prohibición de los partidos de base religiosa y eliminaba de un plumazo la supervisión judicial de las elecciones. En cuanto al polémico artículo 76, sobre las condiciones para aspirar a la Presidencia, la reforma bajaba el listón representativo de los partidos del 5% al 3%, o bien la tenencia de un único escaño, en el Parlamento, y siempre que sus candidatos formaran parte de sus cúpulas dirigentes, aunque dejaba intactas las severas exigencias a los independientes. Por si fuera poco, el nuevo marco legal antiterrorista no iba a reemplazar, sino a solaparse, con las cláusulas de emergencia, situación que reforzaba el Estado policial y podía restringir aún más los derechos individuales. Por todo ello, los partidos opositores hablaron de "golpe de Estado constitucional". El 26 de marzo de 2007 las enmiendas a la Carta Magna fueron aprobadas con el 75,9% de los votos depositados por el 27,1% de los electores; para la disidencia, la participación no sobrepasó el 5%.
En noviembre de 2007, el PND, en su IX Congreso, dio otro paso que en apariencia reforzaba las posibilidades sucesorias de Gamal, desde febrero del año anterior secretario general adjunto del partido, al aprobar, tal como exigía la Constitución a las fuerzas políticas, la creación de un Comité Supremo, órgano de 50 miembros del que debía emanar el candidato de la formación gobernante para las próximas elecciones presidenciales, las de 2011. El hecho de que Mubarak, reelecto por el Congreso, en su primer voto secreto sobre esta cuestión, presidente del partido, no figurara en este Comité Supremo pero sí su hijo (quien, al contrario que su padre, no era miembro del Buró Político, la instancia de la que hasta ahora salía la candidatura presidencial del PND), resultaba bastante esclarecedor sobre los planes del poder, en opinión de algunos observadores.
5. El embate del terrorismo islamista Mubarak hizo frente a un dramático rebrote de la confrontación Estado-extremismo islámico en 1992. Ese año, las dos principales organizaciones del integrismo armado, la Asamblea Islámica y la Jihad Islámica, emprendieron una brutal campaña de ataques terroristas contra objetivos del Estado, desde simples policías y soldados hasta las más altas autoridades institucionales, así como representantes de la sociedad civil laica y la intelectualidad (como el escritor y periodista Farag Foda, asesinado en 1992, y el Nobel de Literatura Naguib Mahfouz, apuñalado en el cuello y malherido de por vida en 1994), y, novedad absoluta, el turismo occidental, que asediaron con atentados indiscriminados. Durante un sexenio, las autoridades se mostraron incapaces de frenar una ola de terror que buscaba golpear al régimen donde más le dolía, desbaratando la publicidad de Egipto como país acogedor y seguro para el extranjero, meca del turismo exótico y popular, atraído por los grandiosos monumentos de una nación cinco veces milenaria. La violencia fundamentalista fue la mecha también de una escalada en los enfrentamientos interconfesionales con la minoría copta, blanco de multitud de ataques sectarios.
Hasta 1997, decenas de turistas europeos, norteamericanos y de otras nacionalidades fueron asesinados por comandos integristas que, portando armas de fuego o blancas, irrumpían en vías públicas, hoteles, cafeterías, cruceros por el Nilo y hasta en los mismos recintos arqueológicos, obligando al Gobierno a militarizar los parajes más emblemáticos del Egipto faraónico y a emitir desesperados llamamientos a la calma para frenar las desbandadas de turistas en los momentos de conmoción y más tarde las cancelaciones en masa por los operadores de los países de origen. Los peores atentados tuvieron lugar: el 18 de abril de 1996, con la muerte bajo una lluvia de balas de 18 turistas griegos alojados el Hotel Europa de la cairota Avenida de las Pirámides; el 18 de septiembre de 1997, cuando nueve alemanes y su chófer egipcio fueron mortalmente ametrallados dentro de su autobús junto al Museo Egipcio de la capital; y, coronando la sangrienta secuencia, el 17 de noviembre del mismo año, la masacre de 58 visitantes de varias nacionalidades (suizos en su mayoría) y de cuatro egipcios, cosidos a balazos o degollados, en el Templo de Hatshepsut en Deir El Bahari, cerca de Luxor. Los seis atacantes, que se abalanzaron sobre los turistas disfrazados de policías con armas automáticas y cuchillos, fueron abatidos por las fuerzas de seguridad cuando intentaban escapar. El atentado de Luxor, atribuido a la Asamblea Islámica, provocó una viva consternación internacional y supuso un golpe casi letal a la industria turística.
Fuera de los ataques contra el turismo, de gran repercusión en el exterior, varias gobernaciones, en particular Asyut y Minya, en el Alto Egipto, se sumieron en un virtual estado de guerra por la multiplicación de las emboscadas a patrullas policiales. El régimen intentó atajar el desafío integrista practicando miles de detenciones y juzgando en cortes militares de excepción a gran número de acusados de cargos de subversión, algunos de los cuales fueron condenados a muerte y fusilados. Organizaciones defensoras de los Derechos Humanos de dentro y fuera de Egipto, en particular la Organización Egipcia de los Derechos Humanos (OEDH), acusaron al Gobierno de estar cometiendo todo tipo de arbitrariedades y violaciones, incluidas las ejecuciones extrajudiciales.
Por otro lado, Mubarak buscó contentar a los ulemas radicales y a los eruditos religiosos conservadores de la Universidad Al Azhar, faro cultural del mundo árabe, con concesiones en materia de derechos civiles de las mujeres, sujetos a recorte, y de censura, aplicada a determinados textos con referencias al Corán y el Profeta. Sólo en 1993, quizá el año más crudo de este estado de cosas, se reportaron las muertes de 120 policías y 111 presuntos terroristas.
Sin embargo, el peligro más directo contra el régimen lo entrañaban los atentados selectivos de la máxima relevancia política, pues los terroristas no se conformaban con poner en su punto de mira a policías y militares. El 12 de octubre de 1990, antes del comienzo de la gran violencia, cayó asesinado el presidente del Majlis, Rifaat al-Mahgoub, presunta víctima por error de un atentado perpetrado por la Jihad Islámica que tenía como objetivo real al ministro del Interior, Abdel Halim Moussa, cuya táctica de la zanahoria con los extremistas se saldó, a la luz de los hechos, con un rotundo fracaso. En abril de 1993 Mubarak cesó a Moussa y lo sustituyó por el general Hassan al-Alfi, gobernador de Asyut y considerado un oficial más enérgico. El 18 de agosto de 1993, tan sólo cuatro meses después de su nombramiento, el propio Alfi resultó herido en un atentado con bomba. El 25 de noviembre siguiente el primer ministro, Atef Sedki, salió indemne de la explosión de otro coche-bomba. Tras la matanza de Luxor, Mubarak, furioso, destituyó fulminantemente al general Alfi.
El rais no fue la excepción en esta arremetida contra el liderazgo egipcio. En 1993 se dio parte del desbaratamiento de dos complots contra su vida urdidos por los secuaces del jeque ciego Omar Abdel Rahman, el jihadista egipcio encarcelado en su país por lanzar contra Sadat la fatwa que preludió su asesinato en 1981, considerado el líder espiritual de la Asamblea Islámica y al que las autoridades federales arrestaron este año en Nueva York por su conexión con el atentado contra el World Trade Center. La primera intentona, doble, se concibió aprovechando sendas estancias de Mubarak en Estados Unidos en abril y octubre; el segundo intento de magnicidio, también abortado a tiempo, se habría producido en la frontera libio-egipcia con ocasión de una entrevista con Gaddafi, en noviembre.
El 26 de junio de 1995 la Asamblea Islámica intentó acabar con Mubarak en Addis Abeba atacando desde los dos flancos con fusiles de asalto, metralletas y granadas anticarro su Mercedes blindado en el trayecto entre el aeropuerto de la capital etíope y el lugar de reunión de la trigésimo primera cumbre de la Organización para la Unidad Africana (OUA, de la que Mubarak había sido presidente anual de turno en 1989-1990 y 1993-1994), donde el dirigente egipcio iba a realizar una intervención. El rais, al que acompañaba el general Suleiman, salió ileso del atentado, pero en el tiroteo, que roció de impactos el coche presidencial, mandado a toda prisa por el chófer de vuelta al aeropuerto, perecieron dos agentes locales del servicio de escolta y dos atacantes; otros tres miembros del comando terrorista, egipcios, fueron abatidos días después por la seguridad etíope.
Una vez en El Cairo, Mubarak imputó el ataque, cuya autoría material reivindicó la Asamblea Islámica, a los servicios de inteligencia del régimen militar-islamista instalado en Sudán desde el golpe de Estado de 1989; en consecuencia, las relaciones egipcio-sudanesas, que ya eran pésimas, entraron en una etapa de máxima tensión. Cuatro años después, el 6 de septiembre de 1999, mientras saludaba a la gente por la ventanilla bajada de su vehículo en un recorrido urbano en Port Said, un hombre se abalanzó contra el presidente y consiguió herirle levemente con un cuchillo. El agresor fue muerto en el acto por los guardaespaldas y el Gobierno indicó que el mismo, quizá un perturbado, no tenía ninguna vinculación con grupos islamistas.
Como consecuencia del atentado de Luxor, las operaciones policiales ganaron eficacia y a partir de 1998 Egipto gozó de una relativa calma. El balance de estos siete años de plomo era estremecedor: no menos de 1.300 muertos entre uniformados, subversivos y civiles, y 106 penas capitales, de las que 68 habían sido ejecutadas. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el espectacular ascenso de Al Qaeda (varios de cuyos dirigentes, empezando por el ideólogo Ayman al-Zawahiri, "emir" de la Jihad Islámica y máximo lugarteniente de Osama bin Laden, y Mohammed Atef, jefe militar y número tres de la organización, eran renombrados integristas egipcios, filiación extensible a Mohammed Atta, líder de los kamikazes de las Torres Gemelas) a la condición de primera amenaza global, el Gobierno de El Cairo pudo sentir, aunque no sin cierto resquemor tras años de críticas a sus métodos de lucha contra el terrorismo local, que la historia se ponía de su parte. Mubarak se integró sin reservas en el vasto dispositivo de seguridad de la Operación Libertad Duradera, montada por Estados Unidos para combatir a Al Qaeda allí donde se escondiera, aunque prefirió no enviar tropas a Afganistán.
La impresión, alentada por las autoridades, de que el Estado había ganado la batalla al terrorismo de casa saltó por los aires el 7 de octubre de 2004, cuando el país sentía acentuarse las fracturas sociales, económicas, políticas y hasta geopolíticas por culpa de dos factores exógenos: el malogro de la paz en Oriente Próximo y la invasión y ocupación de Irak. Aquel día, tres vehículos-bomba, uno un camión conducido por un suicida, detonaron junto a dos instalaciones hoteleras en Taba y Ras Al Shitan, en el Sinaí, frecuentadas por turistas israelíes. 34 personas fallecieron, 15 de ellas egipcios y 12 israelíes, y otras 171 resultaron heridas. La autoría fue atribuida a un grupo subversivo formado por palestinos, egipcios y beduinos del Sinaí. En relación con este atentado fue practicado un número exorbitante de arrestos, hasta 3.000, sólo en el Sinaí.
El de Taba fue el primero de cuatro grandes atentados sufridos por Egipto hasta 2006, todos con componente suicida y dirigidos contra el turismo. El 7 de abril de 2005 un kamikaze mató con una bomba adosada a su cuerpo a dos franceses y un estadounidense cerca del mercado cairota de Jan Al Jalili. El 23 de julio siguiente el país sufrió el peor acto terrorista de su historia con una secuencia de explosiones contra un bazar y dos hoteles en Sharm El Sheij, a orillas del mar Rojo, en el extremo meridional de la península del Sinaí, que provocaron 88 muertos, la mayoría ciudadanos egipcios pero también turistas de diversas nacionalidades, incluidos 11 británicos. De la carnicería se responsabilizó un grupo nuevo, las Brigadas de Abdullah Azzam, autovinculado a Al Qaeda. El Gobierno apuntó a los militantes beduinos que habían participado en el atentado de Taba el año anterior y en esa comunidad centró las detenciones. Entonces, Mubarak pronunció unas enérgicas palabras: "Este cobarde y criminal acto trata de socavar la seguridad y la estabilidad de Egipto. Pero que sepan que sólo acrecienta nuestra determinación a erradicar el terrorismo". El cuarto sobresalto mortífero fue el triple bombardeo el 24 de abril de 2006 de un restaurante, un café y un mercado en la ciudad de Dahab, en el golfo de Aqaba, saldado con 23 muertes, cinco de ellas de turistas. Volvió a acusarse a los beduinos y las sospechas recayeron también en una organización alqaedista denominada Monoteísmo y Jihad. Entre medio, en octubre de 2005, Alejandría fue el escenario de unos disturbios anticoptos que ocasionaron tres víctimas mortales.
En octubre de 2006 Mubarak, al hilo de la agitación en el orbe musulmán por las caricaturas de Mahoma publicadas por varios periódicos occidentales y con motivo del fin del Ramadán, declaró que, si bien no podían aceptar el "insulto a nuestros valores sagrados en nombre de la libertad de opinión o de prensa, porque la falta de respeto a nuestras creencias incita las reacciones de ira y el extremismo", ellos, los musulmanes, podrían tener una "parte de responsabilidad en esas ideas falsas sobre el Islam", ya que existía un "terrorismo ciego" que actuaba en su nombre y muchos creyentes se habían "apartado de las esencias" de dicha fe, que necesitaba "un retorno a los principios del perdón, la rectitud y la reforma". En los meses siguientes, el Gobierno, con el respaldo intelectual del jeque de la Universidad Al Azhar y gran imán de la Mezquita Al Azhar, Mohammed Sayyid Tantawi, y del gran muftí de Egipto, Ali Gomaa, emprendió una campaña para combatir el empleo del niqab, velo que cubre el rostro de la mujer salvo los ojos y al que negó cualquier justificación religiosa o relación con la tradición nacional. Su proliferación, empero, era mucho menor que la del hiyab, o pañuelo cobertor de la cabeza y el cuello que deja el rostro descubierto, de uso generalizado por las mujeres egipcias sin distinción de edad en un proceso que había comenzado en la década de los ochenta. Representantes de la sociedad civil laica y asociaciones feministas expresaron su preocupación por el auge del conservadurismo religioso en la vida diaria y la infiltración de códigos de indumentaria considerados ajenos a la cultura local, como el niqab, procedente de la península arábiga.
6. Política económica promercado y fracaso social Como se señaló arriba, Mubarak, al asumir el poder, se comprometió a mantener la política liberal de la infitah aplicada por Sadat en la economía pero no a costa de los subsidios al consumo básico. Sin embargo, la dinámica de apertura y desregulación pautada por el FMI condujo inexorablemente a una liberalización gradual también de estos precios sensibles. Mubarak tomó la senda que ya había dado disgustos a su predecesor, a sabiendas de que el súbito encarecimiento de la vida desataba disturbios populares. En 1983, los fuertes desequilibrios financieros y la alta inflación (el 16%) empujaron al Gobierno a recurrir al socorro crediticio del FMI, que recetó a El Cairo una drástica reducción de los subsidios. Mubarak pospuso la impopular medida hasta después de las elecciones legislativas de mayo de 1984 y, como temía, cuando la aplicó, la cólera de la calle se desató. En septiembre de ese año, unas violentas algaradas en la ciudad industrial de Kafr El Dawwar, al norte de la capital, obligaron al Gobierno del primer ministro Kamal Hassan Ali a recular. En 1987 Egipto y el FMI alcanzaron otro acuerdo sobre un préstamo stand-by, pero al año siguiente la ayuda fue cancelada por la lentitud del Gobierno en la poda de los subsidios.
Hasta el final de la década de los ochenta y aún después, la situación socioeconómica fue de mal en peor. Al tiempo que la infitah daba alas a un capitalismo salvaje y parasitario fundado en la especulación inmobiliaria, las importaciones de bienes de consumo y el mercadeo de divisas, y operado por empresarios e inversores bien conectados con el régimen o directamente miembros de mismo, más y más crecían las desigualdades sociales, el paro y la pobreza, una debacle social que tuvo mucho que ver en el crecimiento de los Hermanos Musulmanes y el auge del integrismo violento. Mientras la corrupción rampante y los negocios no generadores de riqueza drenaban ingentes recursos, el Estado, entre la desidia y la incapacidad, obviaba las políticas activas de reparación social. Esta pasividad resultó evidente al menos hasta 1991. Los tres pilares de la economía nacional, los derechos de tránsito del Canal, el turismo y las remesas de los emigrantes, tan expuestos a los avatares internacionales, generaban unos ingresos fluctuantes, en tanto que la industria, casi toda de titularidad estatal, se estancaba y la producción petrolera, nunca copiosa, declinaba. El comportamiento de los distintos sectores tuvo su reflejo en el PIB: este retrocedió todos los años sin excepción desde 1983, cuando la tasa fue del 8,9%, hasta 1992, cuando sólo se creció el 0,3%. En este sentido, no cumplieron sus expectativas ni el primero (1982-1986) ni el segundo (1987-1991) planes quinquenales de la era Mubarak, centrados en un sector industrial que fue perdiendo importancia paulatinamente en favor de los servicios.
Por otro lado, Egipto, que en tiempos de Nasser había sido autosuficiente en casi todos los alimentos básicos y producía el 70% del trigo que consumía, vio descender dramáticamente este ratio hasta el 20%. El Gobierno hubo de destinar una parte importantísima de su capacidad de gasto a la importación masiva de cereales y otros productos para cubrir las necesidades de un país abocado a la explosión demográfica. En enero de 1991 el presidente creó por decreto el Fondo Social de Desarrollo, instrumento de inversión social cofinanciado por Estados Unidos. Orientado a dar oportunidades laborales a los miles de trabajadores expulsados del Golfo, fomentar los pequeños negocios con microcréditos y dignificar las condiciones vitales en las áreas más deprimidas, el Fondo obtuvo algunos resultados apreciables, pero se quedó corto.
El recrudecimiento de las tensiones en la balanza de pagos y los apuros financieros volvieron a poner a Mubarak a merced de los dictados fondomonetaristas. En junio de 1989 el organismo, a cambio de su asistencia, impuso a Egipto fuertes subidas en los precios de los carburantes, la electricidad y alimentos como el pan, el arroz, el aceite y el azúcar, así como en las tarifas del transporte público. El te fue retirado de la lista de productos subvencionados y el tipo de cambio quedó devaluado. El efecto más inmediato del ajuste fue la subida de la inflación, que trepó al 21%. Para sorpresa general, las medidas no produjeron disturbios populares.
1991 marcó un cambio de tendencia macroeconómica. Al alivio que supuso en la abultadísima deuda externa las condonaciones de Estados Unidos y los estados del Golfo como gratificación por la contribución a la derrota de Irak en Kuwait hubieron de añadirse los acuerdos con el FMI y el Club de París de países acreedores, que trajeron nuevas anulaciones de débitos y el rescalonamiento del servicio de otros montantes. Como consecuencia, la balanza de pagos egipcia pasó de padecer un déficit de 8.000 millones de dólares en 1990 a gozar de un superávit de 2.500 millones un año después. Además, el final de la guerra trajo de vuelta al turismo y mandó de regreso a sus países de acogida (si bien no a todos) a los trabajadores emigrados.
La otra cara de la moneda fue el draconiano plan de ajuste estructural impuesto por el FMI, sin el cual Egipto no podría obtener un 20% adicional de condonación de deuda. El país del Nilo debió unificar totalmente los tipos de cambio, depreciar un 20% el valor de la libra con respecto al dólar, liberalizar aranceles, introducir el IVA con un tipo básico del 10%, limitar los incrementos salariales en la función pública y eliminar subvenciones a los productos agrícolas y la energía de manera gradual hasta 1995. De entrada, la gasolina se encareció un 33% y la electricidad un 53%. El tijeretazo a los precios subsidiados, junto con otros recortes, debía permitir al Gobierno elaborar unos presupuestos con bajo déficit, meta que, en efecto, fue consiguiéndose en los ejercicios sucesivos.
A partir de 1993, la economía egipcia experimentó tasas de crecimiento anual de entre el 3% y el 7,5% (ritmo récord alcanzado en 1998), mientras que la inflación, en una tendencia inversa poco habitual, fue decayendo hasta el sobresaliente 2,4% registrado en 2001. El impacto demoledor del atentado de Luxor, que arruinó la temporada turística de 1998, quedó compensado por el buen comportamiento de otros sectores. No obstante ser robusto, el crecimiento económico aún resultó insuficiente para absorber a los cientos de miles de jóvenes que cada año intentaban abrirse paso en el mercado laboral, de manera que el paro oficial (el real era sustancialmente superior) fue trepando hasta situarse en torno al 10%. En la década de los noventa, a pesar de la evolución positiva de algunos indicadores sociales, las expectativas de un desarrollo económico capaz de traer bienestar a una población que aumentaba vertiginosamente (44 millones en 1980, 55 en 1990, 67 en 2000, 78 en 2010) continuaron sin ser satisfechas. La aguda inequidad en el reparto de la renta nacional, un serio problema estructural, hacía el resto. Los atentados del 11-S pasaron factura a la economía egipcia, que, de nuevo, no vio materializarse las previsiones de ingresos por el turismo (luego de su recuperación tras la hecatombe de Luxor) y las tasas del Canal. Las exportaciones flaquearon, lo mismo que las reservas de divisas y las inversiones foráneas, el servicio de la deuda externa se hizo más gravoso, la libra inauguró una dinámica de depreciaciones y la inflación volvió a desmandarse, hasta el 8% anual. En 2003, la guerra de Irak y su secuela de protestas populares no ayudaron en nada a enderezar la situación.
En respuesta al palpable malestar, no sólo social, sino también de los estamentos del régimen, el 9 de julio de 2004 Mubarak aceptó la dimisión del primer ministro Atef Ebeid, acusado de negligente en el manejo de la economía y de no hacer nada para frenar la corrupción que invadía los ámbitos de la vida diaria. Fue la hora de Ahmed Nazif, séptimo primer ministro desde 1982, y de la muy liberal agenda de Gamal Mubarak, quienes dieron prioridad a la lucha contra la inflación, la atracción de inversión foránea, el desarrollo del libre comercio, el adelgazamiento de los subsidios a la energía y la privatización de empresas industriales, imprimiendo un acelerón a un proceso que venía desarrollándose con parsimonia desde 1991.
El Gobierno Nazif fue muy activo en lo tocante al comercio exterior. En diciembre de 2004 firmó con Estados Unidos e Israel una histórica asociación para la puesta en marcha en febrero de 2005 de tres Zonas Industriales Cualificadas (QIZ) en el Gran Cairo, Alejandría y el área de Port Said, a las que luego se añadió una cuarta en el Delta Central. El acuerdo, el primero de carácter estratégico adoptado con Israel desde 1979, permitía a Egipto exportar a Estados Unidos libres de tasas de aduana determinados productos ensamblados en las QIZ que incluyeran al menos un 11,25% de componentes israelíes. Mubarak confiaba en que el experimento de las QIZ fuera la antesala de un tratado de libre comercio egipcio-estadounidense. Luego, en junio de 2005, Egipto e Israel firmaron un acuerdo de venta de gas natural por el primero al segundo valedero por 15 años y con un volumen de negocio inicial de 2.500 millones de dólares. La última singladura comercial del gas egipcio, prometedora alternativa del petróleo, complementó el proyecto egipcio-sirio-libanés de diciembre de 2000 para la construcción de un gasoducto submarino.
Las agresivas medidas aplicadas por el Gobierno Nazif favorecieron la recuperación de tasas de crecimiento de hasta el 7% hasta 2008. Sin embargo, en 2007 la inflación volvió a galopar, poniéndose en el 11%, y luego la gran crisis de las economías desarrolladas hizo sentir sus efectos nocivos en las exportaciones y el turismo egipcios. En abril de 2008 el país registró una huelga general, seguida sobre todo por los trabajadores de la industria pública del textil, en protesta por los bajos salarios y el encarecimiento de la vida. En 2009 el PIB creció a una tasa más moderada, el 4,6%, y el ímpetu del equipo económico del presidente empezó a desfondarse. En 2009 el Ejecutivo destinó 2.700 millones de dólares a un paquete de estímulo de proyectos de infraestructura y subsidios a las exportaciones, pero la sensación general era que el régimen había fracasado en sus esfuerzos, nunca denodados, de elevar los estándares vitales del egipcio medio en los años de las vacas gordas. Las realidades del desempleo y la pobreza, consolidada en el 20% (según el Gobierno y organismos internacionales, aunque algunas ONG y estudios académicos duplicaban el índice de quienes subsistían con ingresos inferiores a los dos dólares diarios), adquirieron una insistente cotidianidad. Había ansiedad social, a añadir al descontento permanente de los partidos políticos opositores y a las reverberaciones de la lucha baldía del movimiento Kefaya en el año electoral de 2005, desazón que se manifestaba en huelgas, protestas laborales y manifestaciones que el régimen sólo toleraba en los centros fabriles y las universidades.
En 2010 Egipto aparecía en la posición 101 en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) confeccionado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Se trataba de un IDH medio que tenía por encima los de seis países africanos, incluidos sus vecinos más próximos de la ribera mediterránea. En el mundo árabe, Siria, Marruecos, Yemen, Mauritania, Irak y Sudán salían peor parados que Egipto, que una década atrás ocupaba la posición 115. En algunas variables, el país de Mubarak estaba comparativamente mucho peor. Así, con una tasa de alfabetización del 66,4%, ocupaba la posición 148, sólo por delante de Sudán, Yemen, Mauritania y Marruecos. De acuerdo con el FMI, el PIB (nominal) egipcio por habitante, de 2.770 dólares, era similar al de un Irak asolado por la guerra, inferior al marroquí, el sirio, el tunecino, el argelino y el jordano, cuatro veces menor que el libanés y cinco veces menor que el libio, por no hablar de la abismal diferencia con los índices de los petroleros estados del Golfo. En la tabla del Banco Mundial, Egipto, cuantificada su renta en los 2.070 dólares, se situaba en un remoto 147º lugar, justo por detrás de la República del Congo.
7. Papel estimulador de la paz para Oriente Próximo e influencia declinante en el concierto regional En 1991, el desenlace de la Guerra del Golfo y el arranque del proceso de paz en Oriente Próximo bajo la batuta de Estados Unidos alumbraron un nuevo escenario regional de oportunidades que Mubarak se afanó en aprovechar. Egipto se dispuso a jugar sus bazas para barrer los vestigios de la incomprensión árabe por su paz unilateral con Israel y reforzar su posición internacional, recordando su situación en una doble encrucijada: entre los flancos, occidental (africano) y oriental (asiático) del mundo árabe-musulmán, en un sentido más general, a caballo ente dos continentes; y, desde una perspectiva estratégica más económica, como puente entre el mar Mediterráneo y el océano Índico merced a esa cremallera que era el Canal de Suez. Mubarak y el proceso de Oslo La Conferencia de Madrid de octubre-noviembre de 1991, en la que Egipto tuvo un papel harto discreto (la delegación nacional estuvo encabezada por el ministro de Exteriores, Amr Moussa, y, a diferencia de palestinos, sirios e israelíes, no acudió a la capital española para jugarse nada), fue, sin embargo, la conferencia internacional para Oriente Próximo que Mubarak venía preconizando desde hacía años. Tras ser marginado por Estados Unidos y la URSS en la preparación y las primeras fases de la cita de Madrid, Egipto se integró en las conversaciones multilaterales con la satisfacción de Israel, que, pese a tener que tratar directamente con viejos enemigos de siempre y a saber que Mubarak era un aliado de la OLP cuyas reclamaciones de soberanía nacional compartía plenamente, seguía viendo al país vecino como un intermediario muy provechoso.
El reconocimiento de la influencia moderadora y conciliadora de Egipto estaba ahí, y la diplomacia egipcia jugó un rol activo durante las conversaciones secretas palestino-israelíes de Oslo. Dos reuniones de Mubarak con Yitzhak Rabin, en julio de 1992 en El Cairo y en abril de 1993 en Ismailía, precedieron el histórico apretón de manos del primer ministro israelí con Arafat como colofón a la firma de la Declaración de Principios sobre los Acuerdos del Autogobierno Interino palestino, en Washington en septiembre del último año. En octubre siguiente, el rais concertó en El Cairo una cita entre los dos dirigentes.
A partir de aquí, Mubarak fue el anfitrión indispensable, presencial o no, de las reuniones que aportaron la mayoría de los hitos del proceso de paz entre palestinos e israelíes, casi siempre tortuoso pero al principio resolutivo y esperanzador. Para empezar, fue en el Palacio de Congresos de Medinet Nasr, el 4 de mayo de 1994, donde Arafat y Rabin suscribieron ante un jubiloso Mubarak el Acuerdo Gaza-Jericó (u Oslo I), que puso en marcha la autonomía palestina por etapas en Cisjordania y Gaza. En julio siguiente, el líder palestino hizo su entrada triunfal en la franja por el puesto fronterizo de Rafah para inaugurar la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Meses después, Mubarak sostuvo sendas reuniones a tres con Arafat y el presidente Bill Clinton, en octubre en El Cairo, y con el presidente Hafez al-Assad y el rey Fahd, en diciembre en Alejandría. Hiperactivo, Mubarak intentó este año mediar, aunque sin éxito, en la guerra civil yemení (el Gobierno central del norte acusó a El Cairo de parcialidad en favor de los separatistas sureños) y solicitó el estatus de observador permanente, como antesala del ingreso, en la Unión del Magreb Árabe (UMA, compuesta por Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Mauritania); la petición no fue atendida.
El 2 de febrero de 1995 Mubarak recibió en El Cairo a Arafat, Rabin y el jordano Hussein para una cumbre cuatripartita, la primera de esta naturaleza, dedicada a analizar los crecientes problemas a que hacía frente el proceso de paz (acciones terroristas de los radicales palestinos, tensiones provocadas por los colonos judíos, retrasos israelíes en el calendario de extensión de la autonomía, expansión de los asentamientos en el contorno de Jerusalén) y conferir un nuevo ímpetu al mismo. El 27 de agosto fue acordada en la capital egipcia la transferencia de nuevas competencias civiles a la ANP y el 24 de septiembre Arafat y el ministro de Exteriores Peres ultimaron en Taba el Acuerdo Interino sobre Cisjordania y Gaza, más conocido como Acuerdo de Taba (u Oslo II), con el fin de implementar la segunda fase del autogobierno. Sin abandonar 1995, el 6 de noviembre, Mubarak asistió en Jerusalén occidental a los funerales del malogrado Rabin, en cuya memoria leyó un discurso: se trató de su primer viaje como presidente al Estado de Israel.
El auge del terrorismo en la región condujo a la celebración de una cumbre especial de mandatarios, llamada informalmente la "cumbre de los pacificadores", en Sharm El Sheij el 13 de marzo de 1996. Mubarak y Clinton fungieron de copresidentes del evento, al que asistieron entre otros Peres (primer ministro en sucesión de Rabin), Arafat, el rey Hasan II de Marruecos, el presidente ruso Borís Yeltsin, el presidente francés Jacques Chirac, el canciller alemán Helmut Kohl y el primer ministro británico John Major, amén del secretario general de la ONU, el egipcio Boutros Boutros-Ghali. Representantes de 31 naciones, 14 de ellas de la Liga Árabe, suscribieron una declaración de condena a "toda forma de terrorismo" y de apoyo a los acuerdos palestino-israelíes. Sirios y libaneses boicotearon la reunión de Sharm El Sheij, decepcionando a un Mubarak que había intentado que las negociaciones bilaterales sirio-israelíes desembocaran en un acuerdo sobre los Altos del Golán.
El 5 de mayo de 1996 Taba puso el punto de arranque de las negociaciones sobre la tercera fase del proceso de paz. Una semana más tarde, Mubarak trajo de vuelta a El Cairo a Arafat y Hussein, y el 5 de junio se desplazó a Aqaba para proclamar con los mismos dirigentes que el establecimiento del Estado palestino era algo "inevitable". El 22 y el 23 de aquel mes el rais presidió en El Cairo una cumbre de la Liga Árabe, primera desde la celebrada en agosto de 1990, convocada con carácter de emergencia tras formar gobierno en Israel el líder del partido Likud, Binyamin Netanyahu, quien se declaraba contrario al principio, medular en el proceso de Oslo, de paz por territorios. La cumbre denunció el terrorismo y el radicalismo, pero al mismo tiempo reafirmó el "derecho inalienable [de los palestinos] a resistir la ocupación y la agresión".
Fue el comienzo de una etapa de fuerte tirantez en las relaciones con Israel, a cuyo Gobierno Mubarak presionó para que mostrara más flexibilidad negociadora y solvencia en la aplicación de los acuerdos ya firmados con los palestinos, y de paso para que se adhiriera al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), el cual Egipto tenía firmado desde 1968 y ratificado desde febrero de 1981. Los encuentros entre Mubarak y Netanyahu en El Cairo el 18 de julio de 1996 y en Sharm El Sheij el 27 de mayo de 1997 no consiguieron templar la frialdad. La preocupación por el estancamiento del proceso de paz impregnó las reuniones de Mubarak con Arafat y Hussein en El Cairo en septiembre de 1997 y julio de 1998.
La incertidumbre que se vivía en Palestina no aflojó el interés de Mubarak en muñir acuerdos en otros puntos de la región. En octubre de 1998 medió ante los presidentes Assad y Süleyman Demirel para tratar de superar la peligrosa tensión entre Siria y Turquía a causa del apoyo prestado por el país árabe al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), en guerra separatista contra el Estado turco, lo que incluyó sendas visitas facilitadoras a Damasco y Ankara. Tampoco cejó en su empeño de mediar en la interminable disputa entre Irak y Estados Unidos por el incumplimiento por Saddam de las resoluciones punitivas aprobadas por la ONU desde 1990. Aunque Mubarak no tenía por Saddam la menor simpatía personal, tampoco contemplaba con gusto el permanente forcejeo cuasi bélico que se traían entre manos Bagdad y Washington. De todas maneras, a partir de 1998 las relaciones egipcio-irakíes fueron deteriorándose.
Con el vecino africano del sur, Sudán, Egipto, como se indicó arriba, inició una fase de gran hostilidad a raíz del intento de magnicidio de Mubarak en Addis Abeba en 1995. En enero de 1996 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución de advertencia al régimen de Jartum para que extraditara a los sospechosos de atentar contra el rais so pena de imponerle un régimen de sanciones económicas y diplomáticas, amenaza que materializó en abril siguiente a instancias sobre todo de Estados Unidos. Tres años después, en 1999, Mubarak hizo las paces con el dictador sudanés, el general Umar al-Bashir, al constatar su voluntad de quitarse de encima a sus aliados hasta la fecha, los civiles islamistas de Hassan al-Tourabi, y de alcanzar un modus vivendi con la guerrilla separatista del sur, entendimiento que Mubarak estaba auspiciando conjuntamente con Gaddafi. Como prólogo del nuevo capítulo en las relaciones egipcio-sudanesas, Mubarak acogió a Bashir el 22 de diciembre en El Cairo. Los tratos entre Mubarak y Bashir iban a alcanzar tal grado de confianza que en marzo de 2009 el dictador sudanés no tuvo reparos en aterrizar en la capital egipcia para celebrar otra reunión presidencial: sabía que allí no corría ningún riesgo de ser detenido en cumplimiento de la orden emitida por la Corte Penal Internacional, que lo acusaba de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Darfur.
Volviendo al conflicto de Palestina, Mubarak acogió con alivio la elección como nuevo primer ministro de Israel del laborista Ehud Barak, más abierto a conceder que su predecesor, a quien el rais recibió en Alejandría el 9 de julio de 1999, tan sólo tres días después de tomar posesión del cargo. El 4 de septiembre siguiente Sharm El Sheij ofreció el marco para la firma por Barak y Arafat, flanqueados por Mubarak y el recién entronizado monarca jordano, Abdallah II, de un Memorándum (Wye II) sobre la implementación de la segunda etapa de las retrocesiones territoriales contempladas en el Acuerdo de Wye I, de octubre de 1998, dejado a medio cumplir por Netanyahu. El 9 de marzo de 2000 Mubarak, Arafat y Barak celebraron una cumbre en la ciudad balneario.
Hasta la fecha, El Cairo fue la sede de numerosos eventos de carácter multilateral que superaron el marco concreto del conflicto palestino-israelí, o que bien no guardaron relación con el mismo: la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD), en septiembre de 1994; la Conferencia que supuso la firma del Tratado de Pelindaba para la Desnuclearización de África, en abril de 1996; la III Cumbre Económica de Oriente Medio y el Norte de África, en noviembre de 1996; y las cumbres del G-15 de Países en Desarrollo octava, en mayo de 1998, y décima, en junio de 2000.
Menoscabo diplomático egipcio El estallido de la segunda intifada palestina en Jerusalén oriental el 29 de septiembre de 2000, que sumió a Palestina en un sangriento estado de guerra y llevó al ya moribundo proceso de Oslo al colapso definitivo, dinamitó el legado de años de esfuerzos mediadores invertidos por Mubarak. A partir de entonces, la desastrosa evolución del conflicto palestino-israelí restringió considerablemente la capacidad de acción de Egipto, merma que no opacó la inanidad de la Liga Árabe. Por de pronto, Mubarak se movilizó para impedir que las luchas en Palestina desbordaran los Territorios Ocupados y arrastraran a los países del entorno a una conflagración regional.
la XXII Cumbre de la Liga, celebrada en El Cairo con carácter de emergencia el 21 y 22 de octubre de 2000, días después de reunirse en Sharm El Sheij Mubarak y Clinton con Barak y Arafat para intentar arrancarles un alto el fuego, los estados miembros expresaron su solidaridad con el levantamiento palestino e insistieron en que una paz "justa y plena" pasaba por el cumplimiento de las resoluciones 242 (1967) y 338 (1973) del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la retirada de los Territorios Ocupados, sin excluir la parte este de Jerusalén, y el retorno de los refugiados, y que la meta ineludible era la creación del Estado palestino. En este foro, al que algunas delegaciones nacionales acudieron con los ánimos muy exaltados, el presidente egipcio dejó clara su postura matizada. Por un lado, acusó en muy duros términos a Israel de ser el culpable de la situación, por su intransigencia en la mesa de negociaciones y por descargar contra los palestinos una violencia desproporcionada. Pero, por el otro, amonestó a quienes, entre los presentes, reclamaban acciones militares contra Israel, descalificando como insensatas unas proclamas que se lanzaban "sin conocer los costes de una guerra". La cumbre concluyó con una condena rotunda a Israel y la petición de un tribunal especial de la ONU para juzgar los "crímenes de guerra" cometidos por este país en las últimas décadas, similar al establecido para Bosnia-Herzegovina y Rwanda. Por enésima vez, las potencias occidentales alabaron la prudencia de Mubarak, aunque este dejó patente su irritación con Israel ordenando, el 21 de noviembre, la retirada del embajador en Tel Aviv, forma de protesta diplomática que sólo se había producido otra vez desde la paz de 1979, cuando la invasión de Líbano en 1982. Casi un año después, en octubre de 2001, el presidente arremetió con inusitada destemplanza contra el Estado judío, donde según él imperaba una "dictadura" y cuyo nuevo primer ministro, el veterano halcón derechista Ariel Sharon, sólo entendía "de guerras, matanzas y carnicerías". Un mes más tarde, en el III Foro de Formentor y delante del ministro de Exteriores Peres, Mubarak reclamó a la comunidad internacional y a Estados Unidos en particular que, de la misma manera que combatían al terrorismo de Al Qaeda, aumentaran la presión sobre el Gobierno Sharon para que abandonara la "represión" contra los palestinos. En abril de 2002 el Gobierno egipcio, presionado por una opinión pública intensamente propalestina, congeló todo contacto oficial con Israel, aunque mantuvo abiertos los canales diplomáticos.
En 2002 Egipto y la Liga Árabe, con Amr Moussa de secretario general, fueron marginados del Cuarteto, formato de mediación multilateral integrado por Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU, cuya propuesta a las partes, la llamada Hoja de Ruta, fue a la postre convertida en papel mojado por Israel con la condescendencia del Gobierno de George Bush hijo.
Otro acontecimiento en 2002 vino a reforzar la impresión de que la influencia y la autoridad de Egipto y Mubarak en los asuntos de Oriente Próximo estaban en retroceso. Fue el ofrecimiento, histórico pero caído en saco roto, hecho a Israel por la Liga Árabe en su cumbre de marzo en Beirut del reconocimiento diplomático y el establecimiento de la paz a cambio de su retirada de los Territorios Ocupados, la negociación del retorno de los refugiados y la creación del Estado palestino independiente con capital en Jerusalén oriental. La llamada Iniciativa de Paz Árabe partió del príncipe heredero saudí y regente de hecho, Abdullah Al Saud, quien se adjudicó el protagonismo. Mubarak, pillado totalmente desprevenido por la iniciativa de Riad, se ausentó de la cumbre entre rumores de desavenencias con los Saud y otros líderes de la Liga, pero el 11 de mayo siguiente, en plena escalada bélica, hizo suyo el planteamiento de Beirut en una declaración conjunta tras reunirse en Sharm El Sheij con Abdullah y el presidente sirio Bashar al-Assad. Los tres ofrecieron a Israel una "paz verdadera" basada en la Iniciativa Árabe y rechazaron la violencia "bajo todas sus formas". También, Mubarak defendió hasta el final a Arafat, desahuciado políticamente por israelíes, estadounidenses y europeos, como un interlocutor válido de la ANP. En su visita a Bush en junio de 2002, el presidente egipcio tomó nota de la poca receptividad a sus tesis.
El 3 de junio de 2003, mientras Arafat continuaba parapetado en su medio derruido cuartel general de Ramallah y se exponía a ser liquidado o deportado por el Ejército israelí en cualquier momento, Mubarak sostuvo en Sharm El Sheij una minicumbre con Bush, el príncipe Abdullah, el rey Abdallah II, el rey bahreiní Hamad Al Khalifah y el recién nombrado primer ministro de la ANP, Mahmoud Abbas, para dejar patente el apoyo a la Hoja de Ruta como la fórmula que podría poner término al enquistado conflicto entre palestinos e israelíes. En noviembre de 2004 Mubarak tuvo una presencia conspicua en el sepelio de Arafat, fallecido en París; el rais palestino fue enterrado en Ramallah tras honrársele con unos solemnes funerales en Heliópolis.
En estos años, el Egipto de Mubarak halló más satisfacciones internacionales en otros ámbitos multilaterales, en particular los que atañían a la Unión Europea. Socio imprescindible del Partenariado Euromediterráneo o Proceso de Barcelona (proyecto geopolítico que en 2008 tomó la denominación de Unión por el Mediterráneo) e interlocutor en la llamada Política Europea de Vecindad, Egipto firmó con la UE un Acuerdo Euromediterráneo de Asociación (EuroMed) el 25 de junio de 2001. En vigor el primero de junio de 2004, el EuroMed contenía un diálogo político reforzado y preveía la creación de una zona de libre comercio al cabo de un período transitorio de doce años. En El Cairo tuvo lugar en abril de 2000 la primera Cumbre Euro-Africana, que reunió a los países de la UE y la OUA. Por otro lado, como portavoz del Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África (NEPAD), en junio de 2003 Mubarak asistió junto con sus colegas de Sudáfrica, Argelia, Senegal y Nigeria a la Cumbre del G8 en Evian, Francia, para participar en el "diálogo alargado" con los líderes de las potencias desarrolladas. El egipcio fue invitado también a las cumbres del G8 en Heiligendamm, Alemania, de junio de 2007, y en L'Aquila, Italia, de julio de 2009. Ese mismo mes, días después de la cita del G8, Mubarak fue elegido secretario general del Movimiento de Países No Alineados en su XV Cumbre, en Sharm el Sheij.
Las malas repercusiones de la invasión de Irak y del bloqueo y la guerra de Gaza Las fricciones con la Administración Bush por su alineamiento con las tesis israelíes, que dejó sin sentido el tradicional rol mediador de la diplomacia estadounidense, se intensificaron a raíz de los planes de invasión de Irak, ejecutados en marzo de 2003 sin el aval de la ONU, para derrocar a Saddam Hussein. A diferencia de la crisis de 1990-1991 y poniendo un nítido límite a la cooperación antiterrorista practicada en el contexto posterior a los atentados del 11-S, Mubarak rehusó sumarse a la coalición internacional comandada por la Casa Blanca, que de hecho no reclutó a ningún gobierno árabe de manera oficial, aunque por la puerta trasera las monarquías del Golfo prestaron a Estados Unidos todo el apoyo logístico que necesitaba. En su cumbre del 1 de marzo en Sharm El Sheij, la Liga Árabe expresó su rechazo a la operación militar en ciernes, a la sazón tremendamente impopular en Egipto. Cuando comprobó que el inicio de las hostilidades, el 20 de marzo, era inevitable, el presidente cambió súbitamente de tono y se puso a despotricar contra Saddam, culpándole de la suerte que fuera a correr. Al mismo tiempo, la Policía cairota sofocaba a los manifestantes que, desafiando el estado de emergencia, vociferaban su ira con Estados Unidos y llamaban "cobarde", "corrupto" y "liberticida" al jefe del Estado. Dos diputados de la oposición nasserista fueron golpeados y arrestados a pesar de su inmunidad parlamentaria. Los observadores hablaron de la peor alteración del orden público en la capital desde las revueltas de 1977.
De todas maneras, Mubarak seguía pensando que la invasión a sangre y fuego de Irak seguida de una ocupación multinacional sin el mandato legal de la ONU era un error garrafal: "vamos a tener cien Bin Ladens", advirtió a finales de mes, cuando la guerra se hallaba en su apogeo, ilustrando el temor a que Al Qaeda hiciera su agosto ideológico y reclutador a costa del incendio que asolaba el país árabe. El reinicio de la campaña terrorista en Egipto en 2004, al hilo del hundimiento del Irak ocupado en un caos de violencia, hizo recordar a muchos la lúgubre profecía de Mubarak, quien en abril de ese año aseguró en Francia, luego de visitar Washington, que ahora los árabes profesaban "un odio a los americanos como nunca antes en la región".
La conferencia del 8 de febrero de 2005 en Sharm El Sheij, donde Mubarak consiguió que Abbas, ya presidente de la ANP, y Sharon pactaran el primer alto el fuego desde el inicio de la segunda intifada, y las conversaciones celebradas a continuación en El Cairo entre representantes de la ANP y trece organizaciones radicales palestinas, incluido el movimiento islamista Hamas (pero no la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa), las cuales acordaron el 17 de marzo suspender las "operaciones de resistencia" y respetar un "período de calma", arrojaron cierta esperanza de paz a la torturada Palestina y devolvieron algo de lustre a la capacidad concertadora de Egipto. También permitieron sacar del congelador las relaciones con Israel. No por casualidad, el mismo 17 de marzo, El Cairo despachó a un embajador a Tel Aviv, Mohammed Assem Ibrahim, poniendo fin a casi un lustro de ausencia. La medida sucedió al acuerdo comercial sobre las QIZ de diciembre de 2004 y precedió al acuerdo gasífero de junio de 2005.
A partir de entonces, se hizo notar la determinación de Mubarak de preservar las relaciones constructivas con Israel a toda costa, no obstante perpetrar sus Fuerzas de Defensa las peores masacres de palestinos desde la firma de los Acuerdos de Oslo. El rais se reunió dos veces en Sharm El Sheij con el nuevo primer ministro, Ehud Olmert, y en junio de 2007 ordenó sellar la frontera con Gaza, evacuada y descolonizada unilateralmente por las fuerzas israelíes en 2005 (el llamado plan de desconexión), colaborando así con el férreo bloqueo impuesto por Israel, a renglón seguido de la caída de la franja en manos de Hamas como remate de su enfrentamiento bélico con la ANP y el partido Fatah del presidente Abbas, quienes se quedaron con Cisjordania. Este fue el desenlace de la brecha abierta en el campo palestino por las elecciones legislativas de 2006, que catapultaron a Hamas al Gobierno autonómico. El terremoto político fue contemplado con horror por El Cairo, que temía una alianza de intereses entre Hamas y los Hermanos Musulmanes así como un aumento de la influencia en Palestina de Irán, que ya tenía una considerable presencia en Líbano gracias a los shiíes de Hezbollah y también en Irak.
Fue Arabia Saudí (tanto o más inquieta con las andanzas iraníes en la región), y no Egipto, la potencia árabe que buscó con ahínco la reconciliación entre Fatah y Hamas, los cuales forjaron en marzo de 2007 un Gobierno de unidad nacional, bien que efímero, al cabo de una conferencia interpalestina celebrada en La Meca. La reunión sostenida por Mubarak con Abbas, Olmert y Abdallah II en Sharm El Sheij el 25 de junio fue, más que una expresión de apoyo a la ANP representada por Fatah y la OLP, la escenificación de una verdadera coalición contra Hamas, a la que se quería estrangular en un rincón de territorio superpoblado y asfixiado económicamente. La cooperación con Israel en el bloqueo de Gaza, mantenida tras proceder Egipto a taponar de manera controlada el boquete abierto por milicianos de Hamas en las barreras terrestres del puesto fronterizo de Rafah en enero de 2008 (en los días que duró la brecha, cientos de miles de habitantes de la franja salieron en tromba para proveerse de comida y suministros), causó mucho daño a Mubarak en términos de credibilidad interna. En junio de 2008 Egipto orquestó un frágil compromiso de cese de hostilidades entre Hamas e Israel sujeto al final del lanzamiento de cohetes por el primero y al levantamiento del bloqueo por el segundo. Las acusaciones mutuas, sobre que Hamas seguía municionando sus arsenales valiéndose de túneles subterráneos por los que traía armas desde Egipto y, por el otro lado, sobre que Israel sólo permitía el tránsito de mercancías a cuentagotas, condujeron al colapso de la tregua y al comienzo, el 27 de diciembre, de la Operación Plomo Fundido, el bombardeo masivo y la invasión terrestre de Gaza por Israel para destruir la infraestructura armada de Hamas. La gélida actitud de Mubarak ante la matanza masiva de palestinos, muchos de ellos civiles, durante la guerra de Gaza, en la que rechazó levantar el cruce de Rafah para aliviar los padecimientos de la población local y prefirió imputar la responsabilidad del desastre bélico a Hamas, agravó su desprestigio entre sus paisanos y las masas árabes que, iracundas, veían a El Cairo como un colaborador sumiso y, aún peor, como un cómplice de Israel. Pero, dada su situación geográfica, Egipto era un mediador indispensable en esta crisis. En la primera semana de enero de 2009 Egipto y Francia elaboraron una propuesta de alto el fuego consistente en la detención por Israel de su ofensiva y la retirada de sus tropas a cambio del final del lanzamiento de cohetes por Hamas. La frontera de Gaza con Israel quedaría abierta al igual que el lado egipcio, donde los pasos serían controlados por agentes de la ANP y los de misión europea EUBAM Rafah, desplegada en noviembre de 2005 pero inactiva desde el bloqueo egipcio de junio de 2007. El plan fue asumido por la UE y por Estados Unidos. Hamas se sometió al mismo a regañadientes, mientras que Israel hizo como que con él no iba la cosa, aunque, de común acuerdo con Estados Unidos, se avino a parar los combates. Dando la espalda a los egipcios, israelíes y estadounidenses decidieron por su cuenta una serie de aspectos sobre la seguridad en Gaza.
El 18 de enero de 2009, tras 23 días de violencia extrema con un balance de 1.400 palestinos y 13 israelíes muertos, entró en vigor la tregua unilateral anunciada por Israel en la víspera, mientras que Hamas y la Jihad Islámica declaraban un cese de hostilidades de una semana, tiempo en el cual las fuerzas israelíes debían completar su retirada de Gaza y reabrir las fronteras con Egipto. El mismo día, Mubarak y el presidente francés Nicolas Sarkozy, en calidad de copresidentes de la iniciativa, reunieron en Sharm El Sheij a un ramillete de personalidades internacionales para entre todos reclamar un alto el fuego duradero en Gaza, comprometerse con la reconstrucción de la franja e impedir el contrabando de armas favorable a Hamas. A la cita acudieron el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, Amr Moussa por la Liga Árabe, el presidente Abbas, el rey Abdallah II y los primeros ministros del Reino Unido, Italia, España, Alemania y la República Checa, más el presidente de Turquía. En la jornada siguiente, durante la Cumbre Económica Árabe en Kuwait, Mubarak condenó el "arrogante uso de la fuerza" por Israel, al que urgió a aceptar la Iniciativa de Paz Árabe de 2002. El Gobierno de Olmert, sin embargo, dejó claro que la apertura de los pasos fronterizos de Gaza y la concesión de facilidades para la reconstrucción del territorio estaban condicionadas a la liberación del soldado Gilad Shalit, en manos de Hamas desde 2006. El 11 de mayo de 2009 el rais recibió a Netanyahu, de nuevo primer ministro, en Sharm el Sheij, pero en junio siguiente denostó su discurso sobre la disposición de su Gobierno a reconocer el Estado palestino siempre que este estuviera desmilitarizado y reconociera a su vez a Israel como un Estado judío y el carácter indivisible de Jerusalén. Para Mubarak, imponer estas condiciones equivalía a "abortar cualquier oportunidad para la paz".
Al mismo tiempo, el mandatario cruzó las espadas con el Hezbollah libanés, ordenando la detención de 50 milicianos suyos infiltrados en Egipto con la aparente intención de cometer atentados contra el turismo israelí en el Sinaí, atentar también contra embarcaciones en el Canal de Suez y suministrar pertrechos a Hamas en Gaza. La crisis en la franja estuvo detrás de unas diferencias con Qatar que llevaron a Mubarak a boicotear la cumbre de la Liga Árabe celebrada en Doha a finales de marzo de 2009. El rais tampoco se había dejado ver en las cumbres de Jartum en 2006 y de Damasco en 2008.
La elección por el nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de El Cairo como la capital árabe desde la que dirigir un histórico discurso al orbe musulmán, el 4 de junio de 2009, produjo gran satisfacción en Mubarak, quien confiaba en recobrar la excelencia de las relaciones bilaterales tras años de decepciones con la Administración Bush, la cual había rebajado la ayuda anual a un montante inferior a los 2.000 millones de dólares. Ahora, Obama no ocultaba su interés en que El Cairo volviera a ocupar el centro del tablero diplomático regional. En agosto siguiente, su visita a la Casa Blanca, primera en cinco años, permitió a Mubarak confirmar el deseo de la nueva administración norteamericana de sacar al conflicto palestino del marasmo total en que se encontraba, y en este sentido los presidentes compartieron su optimismo sobre la próxima reanudación de las conversaciones entre la ANP e Israel. Mubarak ensalzó a su anfitrión por su "fantástico" discurso de El Cairo, que había "despejado todas las dudas" en el mundo islámico, que (en los años de Bush) había llegado a creer que "Estados Unidos estaba contra el Islam", aunque por otro lado Obama le animó a dar fuste a las reformas políticas democratizadoras.
8. Cuenta atrás para una protesta nacional insospechada Mubarak, con unos 81 años que su rostro, ajado y céreo, ya no podía disimular, llamado mordazmente entre sus gobernados La Vaca que ríe por la supuesta semejanza de su semblante habitual con el logotipo de la célebre marca francesa de quesitos, encaró el inicio de 2010 con unas vibraciones muy poco auspiciosas. Las huelgas laborales proliferaban y en Internet bullía el Movimiento de la Juventud 6 de Abril, colectivo contestatario movilizado a través de las redes sociales y que tomaba su nombre de la huelga general del 6 de abril de 2008, cuyos fundadores habían ayudado a convocar. Las recientes concesiones, cicateras en cualquier caso, en el terreno de la libertad de expresión estaban dando alas al runrún radicalmente oposicionista de una juventud instruida, enganchada a las nuevas tecnologías, ajena a los partidos políticos e ideológicamente sin definir, pero imbuida de un profundo sentimiento cívico y democrático, amén de laico. Las represalias ya estaban cayendo sobre ellos, pero el movimiento juvenil, que continuaba los pasos del Kefaya de 2005, no cejaba.
El factor Baradei, enfermedad cancerígena y los fraudulentos comicios de 2010 Ahora bien, el verdadero sobresalto para el poder llegó en febrero, cuando regresó al país, una vez concluidos sus doce años de mandato como director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), Mohammed El Baradei, ahora mismo el egipcio de mayor prestigio internacional luego de obtener el Premio Nobel de la Paz de 2005. Sin andarse con rodeos, Baradei irrumpió en la enrarecida escena política nacional denunciando la ausencia de democracia en Egipto y, de la mano de políticos profesionales, intelectuales y otros representantes de la sociedad civil, poniendo en marcha la plataforma opositora Asociación Nacional por el Cambio (ANC), que entre otros puntos reclamó al régimen la revocación del estado de emergencia y la reforma de la Constitución para reintroducir la supervisión judicial de los procesos electorales, limitar los mandatos presidenciales y, cuestión crucial, consagrar la igualdad de oportunidades de todos los candidatos que quisieran postularse a la jefatura del Estado. El oficialismo encontró muy inquietante que la Asociación de Baradei recibiera la adhesión de los Hermanos Musulmanes y, más todavía, que su cabeza visible dejara abierta la puerta a presentarse como independiente en las elecciones presidenciales de septiembre de 2011.
Mientras Baradei, objeto de una implacable campaña de ataques por la prensa adicta al régimen, aglutinaba en torno a su figura a personas y sectores de la dispersa oposición al PND y alimentaba las expectativas sociales de cambio, el viejo autócrata batallaba contra la enfermedad. El 6 de marzo, luego de mantener una reunión en Berlín con la canciller Angela Merkel, el rais fue operado de la vesícula y de un pólipo intestinal "benigno" en el Hospital Universitario de Heidelberg. Aunque la intervención no revistió complicaciones, el paciente necesitó tres semanas de convalecencia en Alemania, tiempo en el cual el primer ministro Nazif llevó las riendas del Ejecutivo. Su indisposición impidió a Mubarak asistir a la cumbre anual de la Liga Árabe en Sirte. El 27 de marzo, acompañado de su mujer, Suzanne, un enflaquecido Mubarak aterrizó directamente en Sharm El Sheij para descansar unas semanas más en su suntuosa villa a pie de mar. Los medios de comunicación volvieron a escrutar los movimientos de Gamal. Sin embargo, el clan Mubarak no daba indicios de que el padre, mientras mantuviera las condiciones físicas, fuera a renunciar a la reelección en 2011.
La presidencia de Mubarak se sumió en un desazonador letargo. En estas circunstancias de liderazgo indolente, Egipto fue sobresaltado por el sangriento incidente del asalto militar israelí a la flotilla humanitaria turca que intentaba romper el bloqueo de Gaza. El ataque, producido en aguas internacionales, se saldó con nueve pasajeros muertos. El revuelo internacional fue mayúsculo y el 1 de junio, bajo la presión de la indignada opinión pública, el Gobierno levantó la barrera de Rafah parcialmente, sólo para el paso de personas. También, convocó al embajador israelí para expresarle su protesta. Estos gestos, sin embargo, no aplacaron a los sectores políticos y sociales que exigían la congelación total de las relaciones con Israel, el final del bloqueo de Gaza y una condena del asalto naval mucho más enérgica. Mientras se fustigaba la pacatería del régimen de casa, se ensalzaba la vehemencia del primer ministro turco, el islamista moderado Recep Tayyip Erdogan, aupado a la paradójica condición de paladín de la causa árabe y ejecutor de una "diplomacia neo-otomana" que estaba eclipsando el liderazgo de egipcios y saudíes en el Islam sunní de Oriente Próximo.
En julio siguiente, las alarmas saltaron violentamente al publicar el diario The Washington Times, citando fuentes de agencias de inteligencia occidentales, que Mubarak padecía un cáncer terminal de estómago con metástasis en el páncreas, y que sólo le quedaba un año de vida. El Ejecutivo guardó mutismo, como tampoco confirmó o desmintió la información, esta vez procedente de la prensa del país europeo, de que el presidente había recibido un tratamiento especial en Francia a principios de este mismo mes, ocasión en la que se habría comprobado el agravamiento de su enfermedad. Con todo, Mubarak seguía plenamente al frente de los asuntos del Estado y con sus facultades mentales aparentemente intactas. El 14 de septiembre acogió en Sharm El Sheij a Abbas, Netanyahu y a la secretaria de Estado Hillary Clinton en el contexto de las rondas de conversaciones palestino-israelíes, directas y al máximo nivel, impulsadas por la Administración Obama. Fue el enésimo y poco creíble intento de reflotar y conducir a buen puerto el barco de la paz zozobrado una década atrás, y, como la Hoja de Ruta de 2002-2006 y la Conferencia de Annapolis de 2007, terminó en nada: a últimos de mes, expiró la moratoria israelí de la construcción de nuevos asentamientos judíos en Cisjordania, el Gobierno Netanyahu se negó a prorrogarla y la ANP, en consecuencia, declaró que no tenía sentido seguir conversando. De nuevo, la intermediación egipcia sólo había servido para la vacua escenificación de un proceso estéril. En diciembre, el fracaso se hizo completo con la resignación de Obama a dejar de presionar a Netanyahu para que detuviera la expansión colonial en territorio ocupado.
El apagado discurso oficial sobre que Egipto estaba embarcado en un proceso de reformas políticas fue espectacularmente demolido por las elecciones legislativas del 28 de noviembre y el 5 de diciembre. Durante la campaña, el régimen se apuntó un tanto al ser incapaz la oposición de presentar un frente común, ya que el llamamiento al boicot de Baradei y Ayman Nour fue ignorado por el Neo Wafd, los nasseristas, los progresistas unionistas y los Hermanos Musulmanes, estos no obstante haber puesto el grito en el cielo cuando las elecciones de junio al Consejo de la Shura, que les privaron de toda representación en la Cámara alta.
Precedida por una operación administrativa y policial de amedrentamiento a gran escala, con más de un millar de secuestros temporales y encarcelamientos sin cargos, y la clausura de varios programas de radio y televisión de medios no sumisos al Gobierno, tuvo lugar la primera vuelta electoral. Candidatos opositores y ONG internacionales coincidieron en denunciar un volumen de manipulación sin precedentes, a la luz de la avalancha de testimonios sobre papeletas marcadas a favor de los aspirantes del PND, el relleno de urnas, la intimidación de electores, la compra de votos y el veto a la observación independiente en los colegios. Los Hermanos Musulmanes no obtuvieron ningún escaño y ante las evidencias de un gran pucherazo decidieron boicotear la segunda vuelta, al igual que el Neo Wafd. Como resultado, el PND se adjudicó una mayoría apabullante de cuatro quintas partes del Majlis: 420 de los 508 escaños en juego. La impresión de comentaristas y observadores era que el resultado de los comicios, probablemente los más fraudulentos de la era Mubarak, respondía al deseo del poder de conformar un Parlamento enteramente dócil, sin rastro de los Hermanos Musulmanes, de cara a la previsible sucesión presidencial, que apuntaría al siguiente escenario: un Mubarak al final de sus días pero decidido, siempre que llegara con vida a las elecciones, a iniciar su sexto y último mandato para cerciorarse del relevo paterno-filial. Según esta hipótesis, Mubarak buscaría que el PND y el componente policial-militar del régimen cerraran filas tras la candidatura post fúnebre de Gamal, quien se presentaría a la elecciones presidenciales convocadas, de acuerdo con el artículo 84 de la Constitución, 60 días después de quedar vacante la jefatura del Estado por la hipotética defunción de su titular desde 1981. Otros, por el contrario, creían que un Mubarak moribundo ya no se presentaría en septiembre de 2011, adelantando así la gran hora de su hijo.
9. La revolución de 2011: repudio, obstinación y destronamiento del rais La mascarada electoral de finales de 2010 y la sensación de que el plan dinástico estaba perfectamente a punto terminaron de hundir la legitimidad de Mubarak y su régimen, que, engrasado por el dinero estadounidense (30 años de subsidios se saldaban con unos ingresos totales de 63.800 millones de dólares, de los que 37.700 tuvieron como destino las Fuerzas Armadas) parecía tan sólido e inamovible como siempre. Al iniciarse 2011, nadie podía imaginar que los sectores más dinámicos de la sociedad egipcia estaban a punto de alzarse contra el rais. Y lo iban a hacer con una fuerza y una determinación inauditas.
En las dos primeras semanas de enero, Egipto contempló con asombro los sucesos revolucionarios vividos en Túnez, donde la situación social y económica, aun deteriorada, no era tan mala como aquí. Los súbditos del rais fueron testigos de cómo un acto individual desesperado, el suicidio a lo bonzo de un joven en paro y atropellado por la Policía, prendió en el país vecino el fuego de una insurrección popular contra la dictadura del presidente Zine El Abidine Ben Alí, en el poder desde 1987 y buen amigo de Mubarak, al que no le salvaron ni las concesiones tardías ni la represión policial a mansalva: el 14 de enero, acorralado por decenas de miles de manifestantes que exigían su caída y abandonado por el Ejército, Ben Alí y su corrupto clan familiar hubieron de poner los pies en polvorosa. Habían sido derribados por una revuelta espontánea y ciudadana, carente de líderes, al margen de los partidos opositores (tanto o más débiles y fustigados que sus equivalentes egipcios) y sin el menor estímulo exterior.
Mientras Ben Alí corría a refugiarse en Arabia Saudí, cientos de jóvenes egipcios celebraron el triunfo de la revolución de los jazmines ante la Embajada de Túnez en El Cairo, coreando eslóganes de elogio a los tunecinos y de aviso mordaz a Mubarak sobre que él sería "el siguiente". El Gobierno de Ahmed Nazif quitó credibilidad a la hipótesis de un contagio de las protestas, pero su inquietud era palpable; por si acaso, aparcó su plan de subir los precios de la energía, alzas que se habrían sumado al fortísimo encarecimiento de los alimentos básicos en los últimos meses. La posibilidad de que la chispa del levantamiento democrático prendiera en Egipto ganó nitidez a partir de los días 17 y 18, cuando se registraron seis inmolaciones con fuego relacionadas con las precarias condiciones de vida y los abusos de las autoridades locales; uno de los incidentes, producido en Alejandría, tuvo fatal desenlace.
25 de enero: comienza la revuelta Los acontecimientos se sucedieron con rapidez. El Movimiento de la Juventud 6 de Abril y otros activistas organizados en Internet convocaron un "día de la revuelta" para el 25 de enero, jornada que era festiva en todo el país por celebrarse el Día de la Policía. La ANC de Baradei, los Hermanos Musulmanes, el Neo Wafd y otros partidos comunicaron su apoyo a la iniciativa. Aquel martes, respondiendo a la convocatoria difundida en las redes sociales y los foros de Internet, miles de personas salieron a manifestarse de manera pacífica en El Cairo y otras ciudades. Más que reclamar trabajo, justicia o reformas democráticas, quienes protestaban exigían lisa y llanamente el final del régimen. La intervención de las fuerzas del orden produjo las primeras víctimas, tres muertos (uno de ellos un policía) en la capital y en Suez, y al menos 500 manifestantes fueron detenidos, pero el mayor desafío a los 30 años de presidencia de Mubarak, con su panoplia de actos de resistencia civil, ya estaba en marcha.
Algaradas antigubernamentales de gran magnitud se reprodujeron en El Cairo y Suez el día 26. En la jornada siguiente regresó desde Viena Baradei con la intención de unirse a las protestas. La confrontación abierta convirtió la urbe capitalina en un campo de batalla el viernes 28, "día de la ira" para los manifestantes, que sostuvieron crudos choques con miles de agentes bien provistos de material antidisturbios y atacaron edificios oficiales como la enorme sede central del PND, incendiada por completo. En Alejandría, Suez, Port Said e Ismailía los enfrentamientos registraron una virulencia igualmente inédita. Visto el panorama, el Gobierno declaró el toque de queda y unidades del Ejército, tropas y carros de combate, hicieron su aparición en determinados puntos estratégicos para apoyar a la Policía, incapaz de controlar la situación pero ella misma responsable del enardecimiento de las masas por su brutal represión. Egipto entró en una fase de rebelión total contra el régimen, con su cohorte de actos vandálicos y anarquía, de los que fueron buena muestra el pillaje y los destrozos sufridos por el Museo Egipcio de El Cairo.
En las últimas horas de este día de furia y violencia desatadas, Mubarak, apremiado por la preocupada Administración Obama para que no respondiera con violencia a las "legítimas aspiraciones" de sus gobernados, cuyos "derechos de expresión, asociación y manifestación" Estados Unidos apoyaba, y para que abordara reformas políticas profundas, incluida la celebración de "elecciones libres y justas", rompió su embarazoso silencio con un discurso a la nación que fue televisado por la cadena estatal Nile TV.
Sereno y firme, el presidente declaró su "profundo pesar por la pérdida de vidas inocentes", pero advirtió que existía una "fina línea entre la libertad y el caos", línea que las protestas estaban traspasando por la pretensión de "perturbar la estabilidad y atacar la legitimidad". "Me inclino por la libertad del pueblo para expresar sus opiniones tanto como me aferro a la necesidad de preservar la seguridad y al estabilidad de Egipto", ponderó Mubarak, quien se declaró comprometido además con la continuación de las "reformas políticas, económicas y sociales", un camino que era "irreversible". En respuesta a las "expectativas legítimas" de "nuevos pasos" en favor de "más democracia y libertades" y de avances en la lucha contra la corrupción, el desempleo, la pobreza y el deterioro de las condiciones de vida, la Presidencia de la República disponía el cese del Gobierno Nazif y el nombramiento inmediato de otro Gabinete.
Concesiones insuficientes y sordera frente al clamor popular Dicho y hecho, el 29 de enero, con el balance luctuoso de la insurrección aproximándose al centenar de víctimas, Mubarak encargó formar el nuevo Gobierno a Ahmed Shafiq, comandante de la Fuerza Aérea, con el grado de mariscal, entre 1996 y 2002 y desde entonces ministro de Aviación Civil. El deseo del dictador de rodearse de veteranos capitostes con galones de la mayor confianza resultó más claro aún al nombrar vicepresidente de la República, cubriendo así el puesto institucional que él mismo había dejado vacante en 1981, al general Suleiman, el jefe de la Inteligencia General, quien acaparó las miradas del Gobierno estadounidense como el posible hombre clave de un proceso de transición.
Los nombramientos de Suleiman y Shafiq, sin embargo, no tuvieron el menor efecto en la sublevación, que siguió su marea ascendente. Fortalecidos por la actitud contenida y hasta amistosa de las tropas desplegadas en los accesos a la Plaza Tahrir (liberación en árabe), el emblemático epicentro de la protesta, las cuales confraternizaban con los paisanos e incluso permitían que estos se subieran a los tanques, los manifestantes se reafirmaron en su voluntad de no parar hasta echar a Mubarak, meta que ya veían cercana. En el frente opositor con rostros y nombres –que no era ni de lejos la punta de lanza de la revolución-, Baradei alzó su voz para reclamar la dimisión del presidente. Obama volvió a instar a la abstención represiva y a la concreción de reformas, mientras que desde Europa, los gobiernos del Reino Unido, Francia y Alemania pidieron conjuntamente el fin de la violencia contra los manifestantes, la constitución de un Gobierno de amplia base y elecciones democráticas.
El 30 de enero, mientras aviones F-14 realizaban inquietantes pasadas sobre la atestada Plaza Tahrir, Mubarak hizo una escenificación de autoridad reuniéndose con el mariscal Tantawi, el teniente general Sami Anan, jefe del Estado Mayor, y el resto del alto mando de las Fuerzas Armadas. No trascendió ninguna información sobre lo tratado o decidido en la reunión, que incluyó a Suleiman. Lo único que quedaba claro era que el presidente estaba decidido a resistir el embate de la calle, pero para ganar esa partida era de todo punto imprescindible contar con el respaldo firme de los militares, un respaldo proactivo y enérgico llegado el caso. Ahora bien, en la actitud vigilante de Tantawi y los generales afloraban abundantes elementos de ambigüedad: por un lado, se erigían en defensores del orden establecido, con lo que implícitamente expresaban lealtad al régimen del que eran soportes; pero, por otro lado, no hacían cumplir el toque de queda y se guardaban de reprimir a los manifestantes. Era como si las Fuerzas Armadas no quisieran ver comprometido su prestigio, reconocido por los ciudadanos, de institución que nunca había atacado al pueblo, y desearan proyectar una imagen de neutralidad, no dejándose arrastrar por los acontecimientos. Lo que se estaba cociendo en la trastienda del poder era todo un enigma. El mismo día 30 Washington, a través de la secretaria de Estado Clinton, elevó el tono de sus urgencias a Mubarak exigiéndole el arranque de una "transición pacífica y ordenada a una verdadera democracia".
El 31 de enero tomó posesión el Gabinete Shafiq, que podía considerarse de continuidad. Entre los ministerios de peso sólo experimentaron mudanza los de Interior, donde entró Mahmoud Wagdi, y Finanzas, cuya cartera fue para Samir Radwan. Wagdi, un cancerbero del régimen, al que había servido como jefe del departamento de investigación criminal y del sistema de prisiones, sustituyó a Habib el-Adly, titular desde 1997, particularmente aborrecido por los manifestantes porque les había lanzado con saña a la Policía, ahora mismo desaparecida de los principales escenarios de la protesta.
Más expectación suscitó el comunicado leído en la televisión estatal en nombre de las Fuerzas Armadas por el general Ismail Etman, director del Departamento de Moral del Ejército, quien leyó: "Vuestras Fuerzas Armadas, conscientes de la legitimidad de vuestras demandas y dispuestas a asumir su responsabilidad en la protección de la nación y los ciudadanos, afirman que la libertad de expresión pacífica está garantizada para todos".
A este movimiento de los militares, que parecían inclinarse del lado de la oposición, siguió el 1 de febrero por la noche un segundo discurso de Mubarak. Con tono vindicativo y desafiante, el impugnado mandatario se refirió a su trayectoria personal como servidor, "en la guerra y en la paz", de los intereses de Egipto, el país donde había nacido y por cuya defensa había luchado como soldado, y donde esperaba también terminar sus días ("moriré en esta tierra y la historia me juzgará a mí y a otros por nuestros méritos y faltas"). Él nunca había "buscado el poder", sino que la responsabilidad del mismo le había sobrevenido en las "difíciles circunstancias" por todos conocidas.
Los egipcios se enteraron ahora de que su presidente, "con toda sinceridad, a pesar de las actuales circunstancias, nunca intentó ser candidato a otro mandato". Mubarak renunciaba a presentarse a las elecciones de septiembre, pero hasta entonces continuaría en el cargo porque su obligación era "asegurar la transferencia pacífica del poder" a quienquiera que el pueblo eligiera en las próximas elecciones y porque "los sucesos de los últimos días requieren de nosotros, como pueblo y como liderazgo, que elijamos entre el caos y la estabilidad". Además, él era "un hombre de las Fuerzas Armadas, y no entra en mi naturaleza traicionar la confianza o abandonar mis responsabilidades y deberes", subrayó. Dentro de esa su "absoluta determinación", Mubarak ordenaba al Parlamento que iniciara la discusión de la reforma de los artículos 76 y 77 de la Constitución relativos a los requisitos de las candidaturas presidenciales y el número y duración de los mandatos. De paso, emplazaba a todas las fuerzas políticas para que se integraran en un diálogo nacional con el Ejecutivo representado por el vicepresidente Suleiman. "Encomendaré al nuevo Gobierno la aplicación de las fórmulas que den expresión a los derechos del pueblo y permitan realizar sus aspiraciones de reformas políticas, sociales y económicas, así que generen oportunidades laborales, combatan la pobreza y logren la justicia social", prometió el porfiado dirigente.
Los manifestantes, del orden de cientos de miles, y los grupos opositores se apresuraron a rechazar las concesiones de Mubarak, tachadas de maniobra de distracción. El objetivo fundamental de la revolución, recordaron, era la salida incondicional e inmediata de Mubarak. Sin eso por delante, nada cabía discutir. Además, quedaba más o menos claro que la renuncia al sexto mandato no había partido espontáneamente del autócrata, sino que había sido en respuesta a las imperiosas exhortaciones de Obama, quien ya veía a su viejo aliado políticamente amortizado. Dos horas después de la intervención de Mubarak, el mandatario norteamericano dejó claras su impaciencia y decepción insistiendo en que la transición debía ser "verdadera y pacífica", y que debía "empezar ahora". Por su parte, Baradei, única personalidad visible de una oposición formal que eludía ser la vanguardia de una revuelta estrictamente popular y colectiva (hasta los Hermanos Musulmanes se mostraban reacios a hacerse notar como grupo), exigió a Mubarak que se fuera antes del viernes 4.
Sin embargo, el rais no estaba dispuesto a claudicar, y el 2 de febrero sus partidarios, supuestamente sin instrucciones desde arriba, contraatacaron con furia. Ese día, con el Ejecito pasivo, una turbamulta de miles de civiles irrumpió en el corazón de la protesta e intentó arrebatar el control de Tahrir a los antigubernamentales. El mundo fue testigo de la fiereza de las refriegas libradas con piedras, objetos incendiarios y otras armas arrojadizas, y del acoso, en ocasiones brutal, a los medios de comunicación extranjeros para impedirles contar los hechos. Para los agredidos, sus atacantes no eran sino policías de paisano y matones contratados por el poder para amedrentarles y reventar su resistencia pacífica, diluyéndola en un caos de violencia y disfrazándola de enfrentamiento civil no instigado. Se recrudecería así el estado de anarquía al que Mubarak se refería para justificar su tutela de los ocho meses que quedaban hasta las elecciones. Las batallas callejeras se prolongaron al día 3 y dejaron al menos una veintena de muertos y cientos de heridos. La artimaña represiva del régimen airó al Gobierno de Estados Unidos, que deshizo sus últimas dudas sobre si Mubarak debía continuar en el poder un minuto más.
El mismo día 3, mientras El Cairo hervía de violencia, Suleiman, con ademán apaciguador, tendió una oferta de diálogo a la oposición sobre la base del "marco constitucional" anunciado por el presidente, quien por su parte, en una entrevista informal concedida a una periodista de la cadena estadounidense ABC, hizo más explícitas sus intenciones y sensaciones: aunque, "tras 62 años en el servicio público", le gustaría marcharse porque ya había tenido "suficiente" y se sentía "hastiado", no podía renunciar en este momento porque sobrevendría "el caos" y del mismo podrían sacar provecho los Hermanos Musulmanes, los mismos que, según él, estaban instigando la violencia fratricida en las calles, espectáculo que le producía "mucha tristeza". También tuvo palabras para Obama, al que describió como "un muy buen hombre" que sin embargo "no comprende la cultura egipcia y lo que sucedería si dimito ahora".
El viernes 4 de febrero, bautizado "día de la partida" por los revolucionarios, discurrió entre multitudinarias manifestaciones en El Cairo y Alejandría, señoreadas de nuevo por la oposición, pero terminó con Mubarak obstinadamente aposentado en el Palacio de Heliópolis. Moussa, el secretario general de la Liga Árabe y antiguo ministro de Exteriores, expresó su paso al bando antigubernamental dejándose ver por Tahrir. En la jornada siguiente, la situación de tenso impasse registró el anuncio de la dimisión en bloque del Buró Político del PND, del secretario general del partido, Safwat El Sherif, y del jefe del Comité Político, Gamal Mubarak, el cual, según había anunciado Suleiman el día anterior, no sería en ningún caso candidato presidencial. Contrariamente a lo informado en los primeros días de la revolución, el vástago del presidente no había volado a Londres junto con su esposa desde 2007, Jadija, y la hija de ambos, Farida, y se encontraba en El Cairo, compartiendo las vicisitudes al lado de su padre. Hossam Badrawi, ubicado en el ala "reformista liberal" del partido, se convirtió en el nuevo secretario general y jefe del Comité Político del PND. Simultáneamente a esta señal de que el aparato civil del régimen se estaba agrietando, el general Anan instó in situ a los acampados en Tahrir a que despejaran el área y se retiraran a sus casas.
El último cartucho (salvo un baño de sangre perpetrado por el Ejército, solución a la china que en este escenario, tal como estaban las cosas, parecía inconcebible) que le quedaba a Mubarak para intentar parar la acometida popular era la mesa de diálogo Suleiman-oposición. Pero el conservadurismo de que hizo gala el vicepresidente, incapaz de desmarcarse de su jefe tocado y de convencer de que él podría pilotar algo parecido a una transición, condenó al fracaso las conversaciones sostenidas el 6 de febrero con la delegación opositora integrada entre otros por Baradei Aquel encuentro terminó con un vago compromiso del régimen para poner en marcha un comité para el examen de la reforma constitucional, liberar a los detenidos desde el inicio de las protestas, garantizar la libertad de prensa y derogar la legislación de emergencia "conforme a las condiciones de seguridad", lo que era como dejar la ejecución de la medida en el limbo.
Los delegados de la oposición quedaron completamente decepcionados, ya que se hacía caso omiso a sus reclamaciones fundamentales. En cuanto a las masas se sintieron burladas, prendiendo en ellas una indignada frustración que, en vez de desmotivarlas, las aguijoneó. Todo indicaba que el régimen no tenía una sincera voluntad de acometer reformas democráticas radicales, o de cualquier tipo siquiera. Al final, el desenlace del insólito alzamiento contra Mubarak lo iban a forzar los cientos de miles de egipcios anónimos, no los partidos ni los notables de la sociedad civil montados en la ola sobre la marcha, que habían desencadenado el movimiento y que en estas dos semanas no habían dejado de marcarle el paso al país. El 7 de febrero Mubarak, aparentando normalidad, reapareció en las pantallas presidiendo el primer Consejo de Ministros del Gobierno Shafiq, que se estrenó aprobando sendas subidas del 15% en los sueldos de los funcionarios y en las pensiones. El presidente ordenó la formación de tres comités: el de la reforma constitucional (que, tal como se informó el día 9, iba a afectar a los artículos 76, 77, 79, 88, 93, 179 y 187 de la Constitución), otro de seguimiento de lo acordado durante la reunión del día 6 y un tercero encargado de investigar los sangrientos incidentes vividos en Tahrir los días 2 y 3. Además, tal como Suleiman había prometido, el Ministerio del Interior puso en libertad a varias decenas de activistas juveniles detenidos desde el principio de la revuelta. El barrunto de normalización fue sólo un espejismo. El empuje de la calle, inasequible a las concesiones parciales del poder, regresó con fuerza redoblada.
La revolución alcanza su clímax Los días 8 y 9 de febrero la revuelta desbordó con creces la Plaza Tahrir, ganando más y más adhesiones de la gente. Los manifestantes instalaron una segunda acampada frente al edificio del Parlamento para exigir la disolución de la Cámara baja elegida fraudulentamente meses atrás. Muchos ya no sólo querían descabalgar a Mubarak; ahora pedían también que fuera "juzgado" para que respondiera por la fabulosa fortuna que, según medios occidentales, tenía repartida en cuentas bancarias del Reino Unido y Suiza, y en propiedades en numerosas capitales de Europa, Estados Unidos y el golfo Pérsico. Así, de acuerdo con la cadena ABC, el patrimonio de la familia Mubarak podría estar entre los 40.000 y los 70.000 millones de dólares, riqueza exorbitante que tendría su origen en los contratos militares firmados por el rais en su etapa de jefe de la Fuerza Aérea. La fortuna personal del presidente alcanzaría los 10.000 millones, lo que de ser cierto –algunas fuentes consideraban muy exageradas estas cifras y apostaban por quitarles uno o dos ceros- le convertía en uno de los estadistas más ricos del mundo, sólo por detrás de unos pocos monarcas árabes y asiáticos, pero por delante por ejemplo de Silvio Berlusconi.
El régimen se tambaleaba y su destino quedaba en manos del Ejército. El aumento de la tremenda presión interna y, tanto o más importante, la externa, con Estados Unidos desgañitándose por los canales diplomáticos para que la transición sin Mubarak arrancara ya, obligaba al mariscal Tantawi y sus colegas a plantearse hasta dónde estaban dispuestos a llegar con sus malabarismos, eludiendo implicaciones y riesgos: no querían disparar contra el pueblo, pero tampoco derribar a un Gobierno constitucional al que habían jurado fidelidad; y, por si fuera poco, no podían ignorar el apremio de la potencia que les financiaba y armaba –y que se jugaba mucho en términos diplomáticos y estratégicos- para que se diera una salida a la crisis con una transmisión real de poder, aunque controlada.
El ímpetu revolucionario de los ciudadanos amagaba con tomar un vericueto impredecible. El Movimiento 6 de Abril, la ANC, los Hermanos Musulmanes y el resto de grupos opositores descartaron la vía del diálogo hasta que Mubarak arrojara la toalla. El 9 de febrero, Suleiman, para turbar más el ambiente, advirtió que el Gobierno no iba "a tolerar la desobediencia civil" y que cabía la posibilidad de un "golpe de Estado". El vicepresidente, que volcó su enfado con las "irrespetuosas" e "insultantes" demandas de partida del presidente y la ausencia de "cultura democrática" en la sociedad egipcia, no aclaró si con ese ominoso comentario se refería a un autogolpe del régimen, a una sedición de un sector del Ejército alineado con los manifestantes o incluso a una toma del poder por los islamistas. El 10 de febrero Egipto amaneció convertido en un hervidero de rumores sobre que la dimisión de Mubarak era inminente. Varias informaciones y declaraciones, difundidas a lo largo de la mañana y la tarde, dieron pábulo a la especie: el nuevo secretario general del PND, Badrawi, afirmó que el presidente "debería" renunciar; la CIA consideraba "altamente probable" que la dimisión se produjera hoy mismo; y un reguero de confusos despachos de prensa hablaba de preparativos para la partida de Mubarak a algún país árabe, o de que esta ya se había producido y que el fugado había dejado un discurso de despedida grabado.
A la ceremonia de la confusión contribuyeron los militares convocando una sesión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, órgano de 18 miembros que sólo había mantenido dos reuniones anteriormente: con motivo de las guerras de 1967 y 1973. La Constitución de Egipto no hacía mención del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, pero sí estatuía, en su artículo 182, el Consejo Nacional de la Defensa, cuyo cometido, siempre bajo la dirección del presidente de la República, era "examinar los asuntos relacionados con los métodos que aseguren la seguridad del país". Se suponía que el Consejo Supremo equivalía al Consejo Nacional de la Defensa.
Al término del cónclave, presidido por Tantawi, el Consejo emitió su "comunicado número uno", denominación que traía a mientes los pronunciamientos de una junta militar. En el mismo, las Fuerzas Armadas reiteraban su "compromiso de proteger al pueblo y supervisar sus intereses y seguridad", repetían su "apoyo a las legítimas demandas" de aquel e informaban de su decisión de mantenerse en "sesión continua para considerar qué procedimientos y medidas pueden adoptarse para proteger a la nación, así como los logros y aspiraciones del gran pueblo de Egipto". Llamó poderosamente la atención que Mubarak, pese a ser el comandante supremo, no participara en la reunión del Consejo. Además, en Tahrir, un representante militar, el general Hassan al-Roueini, comandante de la guarnición de El Cairo, inflamó las esperanzas de los manifestantes asegurándoles micrófono en mano que "todas vuestras demandas se cumplirán hoy". Los arengados, exultantes, le subieron a hombros y le pasearon por la plaza mientras gritaban: "El Ejército y el pueblo son uno". El despliegue de tropas y blindados en el centro de la capital era muy superior al de anteriores jornadas. Avanzada la tarde, la expectación se disparó con el anuncio de que Mubarak se disponía a dirigirse a la nación por tercera vez desde el inicio de la crisis. El presidente inició su comparecencia hacia las 10 de la noche y lo dicho en ella cayó sobre sus detractores como un brutal jarro de agua fría. Haciendo alarde de un pasmoso alejamiento de la realidad –o de un supremo cinismo-, el dictador se reafirmó en su decisión de agotar el mandato para "garantizar el marco de una transición pacífica" y "proteger la Constitución y los derechos del pueblo", hasta la celebración de elecciones "libres e imparciales". Se trataba de un juramento hecho "ante Dios y ante vosotros". De paso, reiteró su compromiso con la reforma constitucional y el "diálogo nacional", y dio cuenta de una "delegación de poder" a Suleiman cuyo contenido y alcance quedó en el misterio. Un paternalismo y un sentimentalismo más bien teatrales envolvieron todo el discurso, en el que Mubarak volvió a recordar sus servicios de armas a la patria, llenos de "sacrificios" y de riesgos de muerte, como "el que afronté en Addis Abeba y otros lugares". Dirigiéndose a los oyentes como sus "hijos" y sus "hijas", les aseguró que "la sangre de los mártires y los heridos no será en vano", ya que él no dudaría "en imponer a los responsables de violar los derechos de nuestros jóvenes los más duros castigos que contempla la ley". Los familiares de las "víctimas inocentes" debían saber que él había "sentido mucho dolor por su dolor", y que su "corazón se afligía como los suyos". "Cualquier gobierno puede cometer errores en cualquier país", continuaba Mubarak, "pero lo más importante es reconocer estos errores y corregirlos a tiempo (…) Para mí no es un error escucharos y responder a vuestras demandas. Pero es una vergüenza, no los acepto ni aceptaré, escuchar dictados del extranjero (…) No somos seguidores o marionetas de nadie, ni recibimos órdenes de nadie", aseveró el presidente, que, por si quedaba alguna duda, remachó: "Esta será la tierra de mi vida y de mi muerte (…) No la abandonaré hasta que sea enterrado en su suelo". A continuación, Suleiman leyó su propia alocución para reclamar el final de las protestas, toda vez que "el movimiento juvenil del 25 de enero ha tenido éxito en traer un cambio importante, ya iniciado". Más peregrina resultó su demanda a los jóvenes de no escuchar aquellos "canales de radio y televisión rapiñadores que no hacen más que encender la sedición, debilitar a Egipto y empañar su imagen".
Mubarak sucumbe y el Ejército asume el poder La consternación popular por los desatinados discursos de Mubarak y Suleiman dio paso instantáneamente a la ira. Además, el segundo comunicado del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que según distintas fuentes debía emitirse hacia medianoche, no se produjo. En estas circunstancias, 11 de febrero, "viernes de la despedida", se inició en un clima de movilización general y de máxima tensión en el que cualquier cosa podía pasar. A lo largo de la mañana, una gigantesca marea humana cubrió Tahrir, las calles adyacentes y las avenidas que conducían a los palacios legislativo y presidencial, custodiados por un fuerte dispositivo militar. La sede de la televisión pública fue cercada. Un número incalculable de personas, muchos cientos de miles, millones seguramente, llenaron El Cairo con un solo clamor: Mubarak debía irse al instante. En Alejandría, Port Said, Suez, Mansura, Tanta, Fayyum, Asyut, Sohag o Damietta la situación era la misma, con inmensas muchedumbres rodeando edificios oficiales y cuarteles de la Policía, uno de los cuales, en El Arish, la capital del Norte del Sinaí, fue atacado con cócteles molotov, con el resultado de varios muertos. En todo el país, trabajadores y colectivos profesionales se declaraban en huelga general indefinida. Poco antes del mediodía, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas emitió su esperado "comunicado número dos". Los redactores, sin abandonar la ambigüedad calculada, empleaban un tono más propio de unos hacedores del proceso político que de unos simples supervisores del mismo. Así, los militares insistían en "proteger las legítimas demandas del pueblo", declaraban su voluntad de "garantizar la implementación" de las enmiendas constitucionales y legislativas conducentes a la celebración de "elecciones presidenciales libres y limpias", así como del levantamiento del estado de emergencia "una vez terminada la actual situación", y se encargarían de "asegurar la transferencia pacífica de autoridad y el logro de la sociedad libre y democrática que el pueblo demanda". De paso, afirmaban la necesidad de "restaurar la normalidad a fin de preservar los intereses y propiedades de nuestra gran nación". La declaración del mariscal Tantawi podía interpretarse como un ultimátum al poder político. Pasadas las tres de la tarde, el canal Al Arabiya aseguró que Mubarak acababa de aterrizar en Sharm El Sheij. Hacia las seis, minutos después de presenciar la gente cómo dos helicópteros aterrizaban y despegaban del complejo presidencial de Heliópolis, y de conocerse la dimisión de Badrawi como secretario general del PND, un lúgubre Suleiman salía por la televisión para leer lo siguiente: "Ciudadanos. En estas difíciles circunstancias que el país está atravesando, el presidente Hosni Mubarak ha decidido renunciar al puesto de presidente de la República y ha encargado al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas la dirección de los asuntos del Estado. Que la paz esté con vosotros, y la misericordia de Dios y sus bendiciones". Concluida la sucinta alocución, una incontenible explosión de euforia retumbó en las calles de El Cairo. En Washington y las capitales europeas, la caída de Mubarak tras 17 días de levantamiento, 365 muertos y 5.500 heridos –según un balance oficial no definitivo- produjo un considerable alivio. En las horas y días siguientes al relevo en el mando del país, que en realidad no guardó las formas constitucionales, fueron conociéndose algunos detalles del trasfondo privado del desmoronamiento de Mubarak, ya refugiado junto con sus deudos más directos en su villa playera de Sharm El Sheij. Según el diario Al Ahram, el rais pasó las últimas 48 horas en una base militar donde le fue garantizada su seguridad. Otro periódico controlado por el Gobierno, Al Akbar, dibujó un cuadro de gran tensión familiar en Heliópolis, con los hermanos Alaa y Gamal Mubarak discutiendo acaloradamente y casi llegando a las manos por diferencias sobre los pasos que debía tomar su progenitor, quien en los últimos días ya sólo escuchó los consejos errados de su ambicioso benjamín y del embaucador ministro del Interior, Habib el-Adly, el cual le convenció de que la agitación en las calles era cosa de los Hermanos Musulmanes.
Así, Alaa recriminó a su hermano pequeño que hubiera aislado al presidente del sentir popular transmitiéndole una imagen distorsionada de la revuelta, y que hubiera arrastrado al país a la corrupción con su tráfico de influencias a favor de una camarilla de hombres de negocios. De acuerdo con Al Akbar, Alaa perdió los estribos cuando se enteró de que en la tarde-noche del jueves 10, Gamal había impedido que el presidente, aturdido por la situación, leyera un texto acordado con los militares donde anunciaba su dimisión, convenciéndole para que leyera otro redactado por él mismo, el que finalmente salió a antena. "Arruinaste el país cuando abriste el camino a tus amigos empresarios, y este es el resultado. En vez de ayudar a que tu padre sea honrado al final de su vida, has mancillado su imagen de esta manera", le gritó Alaa a Gamal, según los testigos de la violenta escena, que provocó el desmayo de la madre de ambos, Suzanne Mubarak.
Al Ahram indicó además que el Ejército, visto lo sucedido, grabó por su cuenta un mensaje en el que se anunciaba la renuncia del presidente y que el general Anan llevó personalmente a las oficinas de la televisión estatal. Minutos después se produjo la alocución de Suleiman, haciendo innecesaria la lectura del comunicado castrense. Mientras Egipto se adentraba por la senda de una transición democrática bajo férula militar no escasa de incertidumbre (entre sus primeras disposiciones, el Consejo Supremo, arrogado de plenos poderes, mantuvo al Gobierno Shafiq con carácter provisional, suspendió la Constitución, disolvió el Parlamento y puso en marcha una reforma exprés de los artículos constitucionales que obstaculizaban la celebración de elecciones democráticas en seis meses), la prensa egipcia se hizo eco de abundantes informaciones sobre que la salud del ex presidente, con el disgusto añadido por su traumática partida, había experimentado un drástico deterioro, hasta el punto de caer en un estado comatoso tan sólo un día después de instalarse en Sharm El Sheij, donde estaba siendo atendido por una nube de facultativos. Otros medios indicaron que el defenestrado autócrata no estaba en coma, sino sumido en una profunda depresión, y que se negaba a ser trasladado a extranjero, a Alemania, para recibir tratamiento. Algunos comentaristas apuntaron que la combinación de enfermedad física y devastación psicológica le conducía a Mubarak inexorablemente hacia la muerte.
A falta de confirmaciones oficiales sobre su estado de salud, Mubarak empezó a afrontar problemas jurídicos tan pronto como quedó apartado del poder. Ya en la misma noche del 11 de febrero, el Gobierno suizo, nada más conocer su renuncia, anunció la congelación de las cuentas bancarias del dictador. Los manifestantes de Tahrir, que prometieron mantener su movilización vigilante para cerciorarse de que los militares no se desviaran de los objetivos de la revolución, exigieron que se le procesara por corrupción y por "crímenes contra la humanidad".
El 21 de febrero la Fiscalía General egipcia solicitó al Ministerio de Exteriores la inmovilización de los haberes en el extranjero de Mubarak, su esposa, sus hijos y sus dos nueras. El último día del mes, la Fiscalía ordenó congelar sus cuentas bancarias en Egipto y les prohibió abandonar el país. A principios de marzo, Al Akbar informó de que la familia Mubarak había partido a Arabia Saudí para someter al padre a un tratamiento de quimioterapia, pero la Embajada egipcia en Riad lo desmintió. El 12 de marzo el nuevo secretario general del PND, Mohammed Ragab, anunció la expulsión del partido de Mubarak y una veintena de altos miembros, antiguos ministros y empresarios que ya estaban siendo arrestados y procesados con cargos de corrupción. Gamal y otros dirigentes se anticiparon a la purga dándose de baja voluntariamente.
(Cobertura informativa hasta 15/3/2011)	Ampliar información
Hosni Mubarak en YouTube
Recopilatorio de noticias de Hosni Mubarak en Al Jazeera
Recopilatorio de noticias de Hosni Mubarak en The New York Times
Galería fotográfica en Life - "Hosni Mubarak: The Last Pharaon"
Dossier CIDOB - Revuelta democrática en Egipto Discurso presidencial del 28/1/2011 (Reuters)
Discurso presidencial del 1/2/2011 (Al Jazeera)
Discurso presidencial del 10/2/2011 (texto, Danielberhane's Blog)
Discurso presidencial del 10/2/2011 (video, YouTube)
Mensaje del vicepresidente Suleiman, 11/2/2011 (YouTube)
Artículo Foreign Policy - "Mubarak's 9 biggest mistakes" (1/2/2011, Blake Hounshell)
Artículo American Thinker - "The Story of the Egyptian Revolution" (2/2/2011, Sam Tadros)
Entrevista ABC News - "If I Resign Today There Will Be Chaos" (3/2/2011, Christiane Amanpour)
Análisis El País - "Adiós, Mubarak, adiós" (3/2/2011, Jesús A. Núñez Valverde)
Noticia Ahram Online - "Mubarak resigns, Egypt celebrates" (11/2/2011)
Comentario Carnegie Endowment for International Peace - "The Presidents Left, the Regimes are Still Here" (14/2/2011, Marina Ottaway)

References: resolución 
 artículo 76
 artículo 76
 resolución 
 artículo 84
 artículo 182