Source: https://www.scribd.com/document/25162342/Descartes-Discurso-del-Metodo
Timestamp: 2017-01-20 06:44:21+00:00

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La piedra angular del racionalismo cartesiano es la formulación del ideal epistemológico de que el conocimiento debe ser una verdad absoluta con un fundamento cierto, objetivo y seguro. Tal es, lo que con mucha propiedad se ha llamado, el “sueño de Descartes”. En su temprana obra Reglas para la dirección del espíritu lo dice sin ambages: “Toda ciencia es un conocimiento cierto y evidente”. Por ello, resulta claro que, para Descartes, el principal enemigo es el escepticismo que justamente niega la plausibilidad de este ideal fundamental. Teniendo como fuente principal el ideal epistemológico de la certeza, Descartes desarrolla una filosofía de la naturaleza que se puede describir como una concepción mecanicista y racionalista del mundo. Si, como su método lo asegura, el principio de simplicidad es fundamental para entender realidades complejas como el mundo considerado en su totalidad, entonces se debe plantear una forma de reducir toda la diversidad de la naturaleza a elementos simples que se puedan someter a análisis matemáticos. El siguiente paso es aplicar esta suerte de mathesis universalis: Así Descartes sostiene que todas las cualidades de la materia son reductibles a extensión y movimiento. Una vez planteada esta tesis, se puede ver con transparencia (pues el principio de simplicidad es un principio de transparencia) que una ciencia exacta de la naturaleza es posible.
Esta formulación mecanicista implicaba, dentro de una explicación unitaria del desarrollo del mundo, que aun la vida orgánica debía ser explicada en términos de leyes generales de la naturaleza. No sólo la astronomía es una ciencia mecanicista, sino también la fisiología. Esta implicación se vio refrendada por el descubrimiento de William Harvey logrado en 1628: el mecanismo básico de la circulación de la sangre. En una obra no publicada, De homine [Tratado del hombre] (1633), Descartes describe cómo el cuerpo humano puede ser considerado como una mera máquina. Ahora bien, a partir de que el cuerpo humano pueda analizarse (Prohibida su venta y reproducción)
como una máquina, no debe inferirse que la psicología sea una ciencia mecanicista. Descartes se apartó tajantemente de este mecanicismo en psicología cuando propuso su particular teoría del dualismo psicofísico: los seres humanos son alma y cuerpo, el alma una naturaleza pensante (res cogitans) y el cuerpo una naturaleza física (res extensa). El denominado dualismo cartesiano sólo debe ser aplicado al hombre ya que sólo los seres humanos tienen alma racional dentro del mundo natural. ¿Qué es el cuerpo? Es el portador de todos los atributos materiales que se definen por ser extensos en el espacio y tener movimiento. ¿Qué es el alma? Es la portadora de todos los atributos espirituales. Aunque hay una diferencia entre estas dos naturalezas, también hay una interacción básica entre ellas. Descartes dice enfáticamente que su alma no está alojada en su cuerpo «como el piloto en su nave, sino también unida a él muy estrechamente, fundida y mezclada con el cuerpo de tal manera que forma como un solo todo con él». Tal es la base para el problema alma-cuerpo, que se podría formular como sigue: ¿Cómo es posible la acción recíproca entre dos sustancias mutuamente excluyentes? Sin embargo, desde nuestra actual perspectiva, podemos decir que Descartes no dio una solución plenamente adecuada a este problema y su tesis particular de que el alma se encuentra en la glándula pineal oscurece aún más la cuestión. Desde el punto de vista cartesiano, se puede dudar de la existencia del cuerpo en la medida en que no hay contradicción en sostener que somos seres puramente espirituales. Ahora bien, Descartes claramente sabe que esa duda es de índole gnoseológica, dado que es un corolario de su método fundado en la duda hiperbólica, esto es, la duda exagerada. En el plano de los hechos, Descartes sabe que él tiene un cuerpo, que interacciona con su alma, etc., pero su existencia no responde a una intuición fundamental. El gran historiador de la filosofía Étienne Gilson (Discours de la méthode. Texte et commentaires. París: J. Vrin, 1925) condensa el método cartesiano en cuatro puntos medulares:
A. Sólo debemos creer en aquello que se nos presenta como absolutamente evidente. De ahí el gran principio: Pienso, luego existo [Je pense, donc je suis]. (Prohibida su venta y reproducción)
B. Debemos escindir los problemas con el fin de lograr una buena aproximación que nos lleve a resolverlos. C. En nuestras indagaciones, debemos ir de lo más simple a lo más complejo. D. Debemos verificar exhaustivamente cada hipótesis y cada conclusión que hayamos obtenido.
Gracias a este método y una vez que logremos proposiciones evidentes, obtendremos, por una vía deductiva, las verdades siguientes:
1. Los objetos que percibimos clara y distintamente son verdaderos. 2. Dios existe. El razonamiento es el siguiente: Soy un ser que duda, soy un ser imperfecto, soy un ser finito. Sin embargo, tengo en mi mente la noción de perfección, la idea de infinitud. Esta noción debe provenir de un ser distinto, dado que yo soy un ser imperfecto y finito. ¿Cómo un ser imperfecto podría generar la idea de perfección? ¿Cómo un ser finito podría crear la idea de infinitud? El ser distinto que ha anidado en mi mente las ideas de perfección e infinitud, necesariamente, es un ser perfecto e infinito. Este ser, la causa eficiente de la idea de perfección, sólo puede ser Dios, de cuya existencia no se puede dudar. 3. El alma es inmortal. Esto es, el alma es eviterna: ha tenido un principio, pero no tiene fin. En contraste, los animales carecen de alma racional: son como autómatas naturales.
El Discurso del método, una suerte de autobiografía intelectual, lo escribió el filósofo francés como una introducción epistemológica a tres obras científicas Dióptrica, Meteoros y Geometría. El título original de la obra escrita en francés fue Discours de la méthode pour bien conduire sa raison et chercher la verité dans les sciences. Plus la Dioptrique, les Météores et la Géometrie, qui sont des essaies de cette méthode [Discurso del método para guiar bien su razón y buscar la verdad en las ciencias. Más la Dióptrica, Meteoros y Geometría, los ensayos de este método]. El Discurso es una sola pieza literaria, pero, como su amplitud puede generar problemas de comprensión, fue dividido por el mismo Descartes en seis partes: La Primera Parte es una presentación de ciertas circunstancias (Prohibida su venta y reproducción)
de la vida de Descartes. En la Segunda Parte se presentan las reglas fundamentales y la naturaleza misma del método como un método de investigación. En la Tercera Parte se dan ciertas consideraciones provisionales sobre la conducta moral. En la Cuarta Parte se presenta la intuición fundamental del “Pienso, luego existo” y se trata de dar una demostración de la existencia de Dios. En la Quinta Parte se plantea diversas consideraciones atingentes a la Cosmología y la Biología, analizando la bondad del descubrimiento de la circulación de la sangre hecho por Harvey en 1628, aunque cabe decir que Descartes discrepa con el científico inglés en lo tocante al mecanismo de la circulación. Asimismo, se fundamenta la diferencia entre hombres y animales, gracias a la facultad del lenguaje netamente humana. Se concluye en la Sexta Parte con algunas reflexiones personales acerca de diversos aspectos de la investigación científica.
Según Descartes, el aspecto esencial del método radica en proceder de forma clara y evidente conforme a cuatro preceptos que constituyen el método de investigación o de la búsqueda de la verdad. De esta forma, se diferencia de la lógica clásica que sólo es un procedimiento de exposición de una verdad ya obtenida. El primer precepto a seguir en toda empresa cognoscitiva es hallar una proposición inmediatamente evidente. Así sólo debe aceptarse las ideas que son claras y distintas. La segunda norma es el método analítico de dividir una cuestión dificultosa en varios aspectos de tal modo que su abordaje nos conduzca a la adecuada solución. El tercer precepto entraña un orden determinado en la investigación, aconsejando partir de lo más simple y claro para llegar a lo más complejo y oscuro. Y el último principio aconseja tratar de ser exhaustivos en nuestra indagación, enumerando todos los aspectos que sean relevantes para dar con una comprensión global y detallada.
De este modo, Descartes fundamenta la construcción de una estructura del pensamiento absolutamente cierto en la duda metódica. (Conviene aclarar que esta duda es muy diferente a la practicada por los escépticos. Además, el razonamiento de Descartes apunta a sostener que el escepticismo no sólo es falso, sino absurdo). Con esta duda metódica, se (Prohibida su venta y reproducción)
puede dudar de todos los objetos y contenidos de la consciencia puesto que los sentidos son engañosos (como lo atestigua el hecho de que un lápiz dentro de un vaso de agua parece torcido sin estarlo realmente). Ahora bien, se puede dudar de todo, pero de lo que no puedo dudar (ya que en ese caso se cometería una contradicción, es decir, una falsedad necesaria) es del hecho de que dudo. Pero toda duda es una actividad de la consciencia y, para Descartes, una forma de pensamiento. Luego, pues, al dudar estoy pensando y con la certeza de que estoy pensando se sigue que existo. De este modo, se llega a una intuición simple e indubitable: Pienso, luego existo (Je pense, donc je suis). Esta básica verdad no es un razonamiento (por más que se emplee el término “luego”) sino una intuición inmediata, primordial y absolutamente incontrovertible. El enunciado cartesiano «Pienso, luego existo» [Je pense, donc je suis, en francés; Cogito, ergo sum, en latín] es, muy probablemente, el pensamiento más famoso de la historia de la filosofía (sólo compite con el enunciado socrático «Sólo sé que no sé nada»).
DISCURSO DEL MÉTODO [1637] René Descartes
Si este discurso parece demasiado extenso para ser leído todo de una vez, podrán distinguirse en él seis partes. En la primera, se hallarán diversas consideraciones acerca de las ciencias. En la segunda, las principales reglas del método que el autor ha buscado. En la tercera, algunas normas de la moral que él ha sacado de este método. En la cuarta, las razones mediante las cuales prueba la existencia de Dios y del alma humana, que son los fundamentos de su metafísica. En la quinta, el orden de las cuestiones de física que él ha investigado, y en particular la explicación del movimiento del corazón y algunas otras dificultades que pertenecen a la medicina; y luego también la diferencia que hay entre nuestra alma y la de los animales. Y en la última, qué cosas cree él que se requieren para ir en la investigación de la naturaleza más adelante de lo que se ha llegado, y qué razones lo han llevado a escribir.
El buen sentido es la cosa mejor distribuida en el mundo, pues cada cual piensa estar tan bien provisto de él que aun aquellos que son más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen desear más del que ya tienen. No es verosímil que todos se equivoquen en eso, antes bien ello acredita que la facultad de juzgar bien (distinguir lo verdadero de lo falso –que es propiamente lo que se denomina buen sentido o razón–) es por naturaleza igual entre todos los hombres. Así la diversidad de nuestras opiniones no viene de que unos sean más racionales que los demás, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por caminos diferentes, y no consideramos las mismas cosas. En efecto, no basta tener un buen entendimiento, sino que lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los más grandes vicios, como también de las más grandes virtudes; y los que no caminan sino muy lentamente, si siguen siempre el camino recto, pueden adelantar mucho más que los que corren y se apartan de él.
En cuanto a mí, jamás presumí que mi espíritu fuera en nada más perfecto que el del común de las gentes. Más aún: a menudo deseé tener el pensamiento tan listo, o la imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan amplia, como algunos otros. Y no sé de otras cualidades que sirvan a la perfección del espíritu, puesto que respecto de la razón, o el sentido, siendo la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros, y seguir en esto la opinión común de los filósofos, que dicen que el más y el menos existen solamente entre los accidentes, y no entre las formas, o naturalezas, de individuos de una misma especie.
Sin embargo, no temeré decir que pienso haber tenido mucha suerte por haberme encontrado desde mi juventud en ciertos caminos que me condujeron a consideraciones y máximas con las que formé un método, (Prohibida su venta y reproducción)
mediante el cual me parece que tengo medios de aumentar por grados mi confianza y elevarla poco a poco al punto más alto al cual le permitirán llegar la medianía de mi espíritu y la breve duración de mi vida. En efecto, he recogido ya tales frutos que, aun cuando en los juicios que hago de mí mismo, trato siempre de inclinarme del lado de la desconfianza antes que del de la presunción y que, mirando con ojos de filósofo las diversas acciones y empresas de todos los hombres, no hay casi ninguna que no me parezca vana e inútil, no dejo de recibir una extrema satisfacción del progreso que pienso haber hecho ya en la búsqueda de la verdad. Estoy, asimismo, tan contento de concebir para el porvenir tales esperanzas que si, entre las ocupaciones de los hombres puramente hombres, alguna hay que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que he elegido.
Sin embargo, puede ser que me equivoque, y acaso no sea más que un poco de cobre y vidrio lo que yo tomo por oro y diamantes. Sé cuán sujetos estamos a equivocarnos en lo que nos afecta, y hasta qué punto deben ser sospechosos para nosotros los juicios de nuestros amigos cuando nos son favorables. Pero estaría muy satisfecho si, en este discurso, hiciera ver cuáles son los caminos que he seguido y representar en él mi vida como un cuadro, a fin de que cada cual pueda juzgarla, y enterándome por el rumor común de las opiniones que merezca, será un nuevo medio de instruirme que añadiré a los que suelo emplear.
Por consiguiente, no es mi propósito enseñar aquí el método que cada cual deba seguir para conducir bien su razón, sino solamente hacer ver de qué modo traté de conducir la mía. Los que se lanzan a dar preceptos, deben juzgarse más hábiles que aquellos a quienes los dan; y si fallan en lo más mínimo, merecen ser censurados por ello. Pero como no propongo este escrito sino a modo de historia, o si se prefiere de fábula, en que, entre algunos ejemplos que cabe imitar, se hallarán también otros que habría motivos para no seguir, espero que será útil a algunos sin ser nocivo para nadie, y que todos me agradecerán mi sinceridad.
Me nutrí en las letras desde mi infancia, y puesto que me persuadían de que mediante ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, yo tenía fuerte deseo de aprenderlas. Mas no bien hube terminado todo ese curso de estudios, al final del cual se suele ser recibido en el rango de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues me sentía entorpecido con tantas dudas y errores, que me parecía que, tratando de instruirme, lo único que había logrado era descubrir cada vez más mi ignorancia. Y, no obstante, estaba yo en una de las más célebres escuelas de Europa, donde pensaba que si en algún lugar de la tierra había hombres sabios, debía ser allí. Yo había aprendido en ella todo lo que aprenden los demás, y aun, no contento con las ciencias que nos enseñaban, había recorrido todos los libros que trataban de las que se tiene por más curiosas y más raras, que pudieron caer en mis manos. Con eso, sabía los juicios que los demás se hacían de mí, y no veo que se me considerara inferior a mis condiscípulos, a pesar de que entre ellos había ya algunos a quienes se destinaba a ocupar los lugares de nuestros maestros y, por último, nuestro siglo me parecía tan floreciente, y tan fértil en espíritus buenos, como no lo fuera ninguno de los precedentes. Eso me hacía tomar la libertad de juzgar a todos los demás por mí, y de pensar que no había en el mundo doctrina alguna que fuese como la que antes me habían hecho esperar.
Sin embargo, yo no dejaba de apreciar los ejercicios en que se ocupan las escuelas. Sabía que las lenguas que se aprenden en ellas son necesarias para la comprensión de los libros antiguos; que la gentileza de las fábulas despierta el espíritu; que las acciones memorables de las historias lo elevan y que, leídas con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de libros buenos es como una conversación con las gentes más probas de los siglos pasados, y aun una conversación estudiada, en la cual sólo nos descubren sus mejores pensamientos; que la elocuencia tiene fuerzas y bellezas incomparables; que la poesía tiene delicadezas y dulzuras muy seductoras; que las matemáticas tienen invenciones muy sutiles, y que pueden servir mucho, tanto para satisfacer a los curiosos como para facilitar todas las artes y disminuir el trabajo de los hombres; que los escritos que tratan de las costumbres contienen diversas enseñanzas y varias exhortaciones a la virtud (Prohibida su venta y reproducción)
que son muy útiles; que la teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía da el medio de hablar con verosimilitud de todas las cosas y de hacerse admirar por los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina y las demás ciencias proporcionan honores y riquezas a quienes las cultivan; y, por último, que es bueno haberlas examinado todas, aun las más supersticiosas y las más
falsas, con el objeto de conocer su valor justo y evitar ser engañado por ellas.
No obstante, creía que había dedicado ya bastante tiempo a las lenguas, y asimismo a la lectura de libros antiguos, y a sus historias y a sus fábulas. Pues casi es lo mismo conversar con los de otros siglos que viajar. Es bueno saber algo de las costumbres de los diversos pueblos, a fin de juzgar a las nuestras más prudentemente, y de que no pensemos que todo lo que esté contra nuestros modos sea ridículo y contra razón, como suelen hacer quienes nada vieron. Pero cuando se invierte demasiado tiempo en viajar, se acaba siendo extranjero en su país; y cuando se es demasiado curioso de lo que se practicaba en los siglos pasados, se suele permanecer muy ignorante de lo que se practica en éste. Eso sin decir que las fábulas hacen imaginar como posibles varios acontecimientos que no lo son; y aun las historias más fieles, si no alteran ni aumentan el valor de las cosas para hacerlas más dignas de ser leídas, por lo menos omiten siempre las circunstancias más bajas y menos ilustres; de ahí que el resto no parezca tal como es, y que quienes rigen sus costumbres por los ejemplos que toman de esas historias, están expuestos a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas y a concebir designios superiores a sus fuerzas.
Yo apreciaba mucho la elocuencia y estaba enamorado de la poesía; pero pensaba que una y otra eran dones del espíritu más que frutos del estudio. Quienes tienen el razonamiento más fuerte y dirigen mejor sus pensamientos, a fin de hacerlos más claros e inteligibles, pueden convencer siempre mejor sobre lo que proponen, aunque sólo hablen lengua vulgar y no hayan aprendido jamás los principios de la retórica. Y quienes tengan las invenciones más agradables y las sepan expresar con mayor ornato y dulzura, no dejarán de ser los mejores poetas aunque les sea desconocido el arte poético. (Prohibida su venta y reproducción)
A mí me gustaban, sobre todo, las matemáticas, a causa de la certidumbre y evidencia de sus razones. Mas, no advertía aún su verdadero uso y, pensando que sólo servían para las artes mecánicas, me asombraba de que, siendo tan firmes y sólidos sus fundamentos, no se hubiera edificado sobre ellas algo más elevado. Como, por el contrario, yo comparaba los escritos de los antiguos paganos, que tratan de las costumbres, con palacios muy soberbios y muy magníficos, que sólo estaban edificados sobre arena y sobre barro: elevan muy en alto las virtudes y las hacen parecer estimables por encima de todas las cosas que hay en el mundo, pero no enseñan bastante a conocerlas, y a menudo lo que designan con un nombre tan hermoso no es sino insensibilidad, orgullo, desesperación o parricidio.
Yo respetaba nuestra teología y pretendía ganar el cielo como cualquier otro; pero habiéndome enterado, como cosa muy segura, de que el camino no está menos abierto a los más ignorantes que a los más doctos, y que las verdades reveladas que conducen a él, están por encima de nuestra inteligencia, yo no me habría atrevido a someterlas a la debilidad de mis razonamientos, y pensaba que, para ponerse a examinarlas y con éxito, era preciso tener alguna asistencia extraordinaria del cielo y ser más que hombre.
No diré de la filosofía sino que (al ver que fue cultivada por los más excelentes espíritus que vivieron desde hace siglos y que, no obstante, no se encuentra todavía cosa alguna de que no se discuta y, en consecuencia, que no sea dudosa) yo no tenía bastante presunción para esperar encontrar algo mejor que los demás. Asimismo, al considerar cuantas opiniones distintas puede haber sobre una misma materia, sostenidas por personas doctas sin que pueda haber nunca sino una verdadera, yo tenía casi por falso todo lo que no era más que verosímil.
Luego, para las demás ciencias, dado que toman sus principios de la filosofía, yo juzgaba que no podía haberse edificado nada que fuera sólido sobre fundamentos tan poco firmes. Y ni el honor ni el provecho que prometían, eran suficientes para inducirme a aprenderlas, pues, gracias a (Prohibida su venta y reproducción)
Dios, no me sentía en un estado que me obligara a hacer de la ciencia un oficio para aliviar mi fortuna; y aunque no profesaba por la gloria el desprecio de un cínico, me interesaba bien poco la que yo no esperaba poder adquirir sino con falsos títulos. Y, por último, respecto de las malas doctrinas, yo pensaba conocer ya bastante lo que valían, para no estar expuesto a ser engañado, ni por las promesas de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o la jactancia de quienes presumen saber más de lo que saben.
Por esto es por lo que, no bien la edad me permitió salir de la sumisión a mis preceptores, abandoné por completo el estudio de las letras. Y dado que he resuelto no buscar otra ciencia que la que se pudiera hallar en mí mismo o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos, en frecuentar personas de diversos humores y condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí mismo en los casos que la fortuna me ponía delante y, en todas las ocasiones, a hacer sobre las cosas que se presentaban una reflexión tal que de ellas pudiera sacar algún provecho. Pues me parecía que en los razonamientos que cada cual hace sobre los asuntos que le importan, y cuyo resultado ha de castigarlo sin tardar mucho si ha juzgado mal, podía encontrar yo mucha más verdad que en los que hace un hombre de letras en su gabinete sobre especulaciones que no producen efecto alguno y que no tienen otra consecuencia sino, tal vez, que sacará de ellas tanta más vanidad cuanto más alejadas estén del sentido común, puesto que habrá debido emplear tanto más espíritu y artificio para tratar de hacerlas verosímiles. Y yo sentía siempre un vivo deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y caminar con seguridad en esta vida.
Bien es verdad que, mientras sólo consideraba las costumbres de los demás hombres, yo no hallaba nada que me tranquilizara. Además, notaba en ellas tanta diversidad como antes me había ocurrido con las opiniones de los filósofos. De suerte que el mayor provecho que obtuve de esto fue que (viendo varias cosas que, aun pareciéndonos extravagantes y ridículas, no dejan de ser corrientemente recibidas y aprobadas por otros grandes (Prohibida su venta y reproducción)
pueblos) aprendí a no creer tan firmemente en nada de lo que no me hubiera convencido más que por el ejemplo y la costumbre. Así fui librándome poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural y hacernos menos capaces de entender razones. Pero después de haber invertido algunos años en estudiar así en el libro del mundo, y en tratar de adquirir alguna experiencia, un día tomé la resolución de estudiar también en mí mismo y emplear todas las fuerzas de mi espíritu en elegir los caminos que yo debía seguir. Lo cual me salió mucho mejor –me parece– que si nunca me hubiera alejado de mi país ni de mis libros.
Me hallaba entonces en Alemania, adonde me había llamado la ocasión de guerras que todavía no han terminado. Al volver al ejército, después de la coronación del Emperador, el comienzo del invierno me hizo detener en un lugar donde, no encontrando ninguna conversación que me divirtiera y, por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones ni pasiones que me turbaran, permanecía todo el día encerrado solo al lado de la estufa, donde tenía todo el ocio para entretenerme con mis pensamientos.
Entre ellos, uno de los primeros que se me ocurrió considerar fue que a menudo en las obras compuestas de varias piezas y hechas por la mano de diversos maestros no hay tanta perfección como en aquellas en que sólo ha trabajado uno. Es así como se ve que los edificios, que un solo arquitecto emprendió y terminó, suelen ser más hermosos y mejor ordenados que aquellos que muchos trataron de restaurar utilizando antiguos muros construidos para otros fines. Así, esas antiguas ciudades (que al principio sólo fueron pequeñas villas y con el tiempo llegaron a ser grandes ciudades) están de ordinario tan mal equilibradas, en comparación con esos sitios regulares que un ingeniero proyecta a su fantasía en un llano.
Podemos considerar que los edificios de esas grandes ciudades tienen algo de arte en su construcción, pero al ver cómo están dispuestos, aquí uno grande, allí uno pequeño, y cómo las calles resultan tortuosas y desiguales, se diría que quien así las dispuso fue más bien la fortuna que la voluntad de algunos hombres dotados de razón. Y si se considera que, no obstante, en todo tiempo ha habido funcionarios encargados de cuidar de que los edificios privados sirvieran de ornato público, se comprenderá bien que es incómodo hacer cosas bien acertadas cuando se trabaja solamente sobre las obras de otro. Así me imaginé que los pueblos que, habiendo sido antaño semisalvajes y habiéndose civilizado sólo paulatinamente, no hicieron sus (Prohibida su venta y reproducción)
leyes sino a medida que a ello les obligó la incomodidad de los crímenes y querellas, no pueden estar tan bien regidos como aquellos que desde el primer momento se reunieron y acataron las constituciones de algún legislador prudente. Como es bien cierto que el estado de la verdadera religión, cuyas ordenanzas sólo Dios hizo, debe estar incomparablemente mejor regido que todos los demás. Y hablando de las cosas humanas, creo que si Esparta fue en otro tiempo tan floreciente, no fue a causa de la bondad de cada una de sus leyes en particular, dado que varias eran bastante peregrinas y aun contrarias a las buenas costumbres, sino porque, habiendo sido inventadas por un solo legislador, tendían todas al mismo fin.
Así pensaba yo que las ciencias de los libros, por lo menos aquellas cuyas razones no son más que probables y que no tienen demostraciones, habiendo sido compuestas y aumentado poco a poco a partir de la opiniones de diversas personas, no están tan cerca de la verdad como los razonamientos simples que puede hacer naturalmente un hombre de buen sentido sobre las cosas que se presentan. Y así pensaba yo que, habiendo sido todos nosotros niños antes de ser hombres, y que habiendo sido necesario ser regidos por nuestros apetitos y nuestros preceptores, a menudo contrarios unos a otros, y que ni unos ni otros quizá nos aconsejaban siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros ni tan sólidos como si desde el momento de nuestro nacimiento hubiésemos estado en el uso entero de nuestra razón y nunca hubiésemos sido conducidos sino por ella.
Bien es verdad que no vemos que se echen abajo todas las casas de una ciudad con el solo propósito de rehacerlas de otro modo y de hacer las calles más hermosas; pero sí se ve que muchos hacen derribar las suyas para reconstruirlas y que aun a veces se ven obligados a hacerlo cuando están en peligro de caerse por sí mismas y cuando los cimientos no son muy firmes. Por ello, me convencí de que realmente no tendría justificación que un particular concibiera el propósito de reformar un Estado cambiándolo todo desde los fundamentos y derribándolo para volverlo a levantar; ni aun tampoco reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las (Prohibida su venta y reproducción)
escuelas para enseñarlas; pero que, respecto de todas las opiniones que yo había recibido hasta entonces en mi creencia, yo no podía hacer mejor que acometer de una vez la tarea de eliminarlas, a fin de poner en su lugar, después, o bien otras mejores, o bien las mismas, cuando yo las hubiera ajustado al nivel de la razón. Y yo creí firmemente que, por este medio, lograría conducir mi vida mucho mejor que limitándome a construir sobre viejos cimientos y apoyándome solamente en principios que me había dejado inculcar en mi juventud sin haber examinado nunca si eran verdaderos. Pues, aunque yo notara en eso diversas dificultades, no eran insalvables ni podían compararse a aquellas con que se tropieza en la reforma de las menores cosas que afectan a lo público. Esos grandes cuerpos son muy difíciles de volver a levantar una vez que son derribados, o aun es muy difícil fijarlos cuando se tambalean, y sus caídas sólo pueden ser muy violentas. Luego, por lo que respecta a sus imperfecciones, si las tienen, como la sola diversidad que existe entre ellos basta para asegurar que muchos las tienen, sin duda el uso las ha atenuado mucho; y además ha evitado o corregido imperceptiblemente gran cantidad que con la prudencia no se habrían subsanado tan bien. Y, por último, son casi siempre más soportables de lo que se lograría cambiándolas: del mismo modo como los grandes caminos, que serpentean entre montañas, poco a poco van uniéndose y haciéndose tan cómodos, a fuerza de ser frecuentados, que es mucho mejor seguirlos que tratar de ir por lo recto subiendo por las rocas y descendiendo hasta el fondo de los precipicios.
De suerte que no podría aprobar en modo alguno esos temperamentos perturbadores e inquietos que, no habiendo sido llamados al manejo de los asuntos públicos por su nacimiento ni por su fortuna, no pasan un momento sin hacer, en idea, alguna nueva reforma en ellos. Y si pensara que en este escrito hubiera la menor cosa que permitiera sospechar que yo tengo tal locura, me sentiría muy contrariado de permitir que se publicara.
Mi intención no fue nunca más lejos que tratar de reformar mis propios pensamientos y de edificarlos sobre unos cimientos totalmente míos. Que si, habiéndome gustado mi obra, muestro aquí el modelo, esto no significa que (Prohibida su venta y reproducción)
yo aconseje a nadie que lo imite. Aquellos a quienes Dios distribuyó mejor sus gracias, tendrán quizá propósitos más elevados, pero me temo mucho que éste no sea ya demasiado atrevido para muchos. La sola resolución de desprenderse de todas las opiniones que uno ha recibido antes en su creencia, no es un ejemplo que cada cual deba seguir; y el mundo casi se compone solamente de dos clases de espíritus a quienes no conviene en modo alguno, a saber: Primero, los que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden menos que precipitar sus juicios ni tienen paciencia suficiente para llevar por orden todos sus pensamientos; de donde resulta que, si una vez se hubieran tomado la libertad de dudar de los principios que recibieron y apartarse del camino común, jamás podrían seguir el camino que es preciso tomar para ir más derecho, y permanecerían extraviados toda su vida. Segundo, aquellos que, teniendo bastante razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que aquellos otros por los cuales pueden ser instruidos, deben contentarse más bien con seguir las opiniones de estos otros en lugar de buscar otras mejores por sí mismos.
En cuanto a mí, sin duda habría figurado en el número de estos últimos si nunca hubiera tenido más que un solo maestro, o si no hubiese sabido las diferencias que en todas las épocas ha habido entre las opiniones de los más doctos. Sin embargo, aprendí desde el colegio que no se puede imaginar nada tan peregrino y poco razonable que no haya sido dicho por algún filósofo. Debido a mis viajes, después, pude reconocer que todos los que tienen sentimientos muy contrarios a los nuestros, no por eso son bárbaros ni salvajes; antes bien, muchos usan la razón tanto o más que nosotros; y consideré cómo un mismo hombre (con su mismo espíritu) de haber sido criado desde su infancia entre franceses o alemanes, resultaría muy diferente que si hubiese vivido entre chinos o caníbales. Asimismo, consideré que aun en las modas de nuestros trajes, lo mismo que nos gustó hace diez años – que acaso no tarde diez años en gustarnos de nuevo– nos parece ahora extravagante y ridículo; de suerte que sin disputa es la costumbre y el ejemplo lo que nos persuade, más que un conocimiento cierto, y, no obstante, la pluralidad de votos no es una prueba que valga nada para las verdades un poco incómodas de descubrir, porque es mucho más verosímil que las haya (Prohibida su venta y reproducción)
encontrado un solo hombre que todo un pueblo. En virtud de las anteriores consideraciones, yo no podía elegir a nadie cuyas opiniones me parecieran mejores que las de los demás, y me encontré como obligado a decidirme a guiarme por sí mismo.
Cual hombre que camina solo y en las tinieblas, resolví andar tan lentamente y usar tanta circunspección en todas las cosas que, aunque avanzara muy poco, me guardaría bien por lo menos de caer. Ni siquiera quise comenzar desechando totalmente ninguna de las opiniones que hubieran podido deslizarse otro tiempo en mi creencia sin haber sido introducidas por la razón, hasta después de haber pasado bastante tiempo haciendo el proyecto de la obra que emprendía y buscando el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas de que mi espíritu fuera capaz.
Cuando era más joven había estudiado, dentro de la filosofía, un poco de lógica, y en el campo de las matemáticas, un poco el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que parecían poder contribuir en algo a mi búsqueda de la verdad. Sin embargo, al examinarlas, advertí que, respecto de la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus instrucciones sirven para explicar a otro las cosas que uno ya sabe (o aun, como el arte de Raimundo Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que uno ignora) que para aprender algo nuevo. Y aunque realmente contenga preceptos muy buenos, están mezclados con tantos otros que son nocivos y superfluos; de modo que separarlos es casi tan difícil como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol todavía sin esbozar. Luego, respecto del análisis de los antiguos y del álgebra de los modernos (aparte de que se aplican a materias muy abstractas y que no parecen de utilidad alguna), el primero está siempre supeditado a la consideración de las figuras que no puede ejercitar el entendimiento sin cansar mucho la imaginación; y, en la última, uno está sometido a tantas reglas y a tantas cifras, que se ha hecho de ellas un arte confuso y oscuro que entorpece el espíritu en lugar de ser una ciencia que lo cultive.
Todo lo anterior fue la causa de que yo pensara que era preciso buscar otro método que, abarcando las ventajas de esos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la multitud de leyes sirve a menudo de excusa para los vicios, de suerte que un Estado está mejor regido cuando, teniendo pocas, se observan estrictamente; así, en lugar de ese gran número de preceptos de que se compone la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, a condición de que tomara una firme y constante resolución de no dejar de cumplirlos ni una sola vez.
El primero consistía en no admitir jamás nada por verdadero que yo no conociera que evidentemente era tal; es decir, evitar minuciosamente la precipitación y la prevención, y no abarcar en mis juicios nada más que lo que se presentara tan clara y distintamente en mi espíritu que no tuviera ocasión de ponerlo en duda.
El segundo, en dividir cada una de las dificultades que examinara en tantas partes como fuera posible y necesario para mejor resolverlas.
El tercero, en conducir por orden mis pensamientos comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para subir poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos, y suponiendo un orden aun entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.
Y el último, en hacer en todo enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que tuviese la seguridad de no omitir nada.
Esas largas cadenas de razones, todas simples y fáciles, de que los geómetras suelen servirse para llegar a su demostraciones más difíciles, me habían dado ocasión de imaginarme que todas las cosas que pueden caer en el conocimiento de los hombres, se deducen unas de otras de igual modo, y que, a condición solamente de abstenerse de admitir por verdadera ninguna que no lo sea, y de que se guarde siempre el orden debido, para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna tan lejana que no se pueda alcanzar (Prohibida su venta y reproducción)
ni tan escondida que no pueda descubrirse. Y no me costó mucho esfuerzo buscar por cuáles convenía comenzar, pues ya sabía que era por las más simples y más fáciles de conocer; y considerando que entre todos los que antes han buscado la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos pudieron hallar demostraciones, es decir, razones ciertas y evidentes, no dudé de que era por las mismas que ellos examinaron, a pesar de que no esperara de ellas otra utilidad que la de que acostumbraran mi espíritu a saciarse de verdades y a no contentarse con razones falsas. Mas no por eso tenía el propósito de tratar de aprender todas esas ciencias particulares que de ordinario se denominan matemáticas; y viendo que, aun siendo diferentes sus objetos, no dejan de conciliarse todas, porque no consideraran otra cosa que las diversas relaciones o proporciones que se encuentran en ellos, pensé que valía más examinar solamente esas proposiciones en general y sin suponerlas más que en los asuntos que sirvieran para hacerme más fácil su conocimiento; y aun, sin supeditarlas en modo alguno a ellos, a fin de poder aplicarlas luego tanto mejor a todos los demás a los cuales convinieran. Luego, habiendo advertido que, para conocerlas, tendría necesidad de considerarlas a veces cada una en particular, y otras veces sólo retenerlas, o abarcar varias conjuntamente, pensé que, para considerarlas mejor en particular debía suponerlas en líneas porque no hallé nada más simple ni que yo pueda representar más distintamente a mi imaginación y a mis sentidos; mientras que, para retenerlas o para abarcar muchas conjuntamente, era preciso que las explicase por cifras, lo más cortas posible; y que, mediante eso, tomaría todo lo mejor del análisis geométrico y del álgebra y corregiría todos los defectos de uno por medio de la otra.
Como, en efecto, me atrevo a decir que la exacta observación de estos pocos preceptos que escogí, me dio tal facilidad para desentrañar todas las cuestiones a las cuales se extienden esas dos ciencias, que en dos o tres meses que invertí examinándolas, habiendo comenzado siempre por las más simples y más generales, y cada verdad que hallaba era una regla que me servía después para encontrar otras, no solamente resolví muchas que antaño había considerado muy difíciles, sino que, hacia el final, me pareció también que, en aquellas mismas que ignoraba, podía determinar por qué (Prohibida su venta y reproducción)
medios y hasta dónde era posible resolverlas. Quizá no parezca muy vana esta pretensión si se considera que, no habiendo más que una verdad para cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe tanto como pueda saberse de ella, y que, por ejemplo, un niño instruido en aritmética y que haya hecho una suma siguiendo sus reglas, puede estar seguro de haber hallado por lo que concierne a la suma que examinaba, todo lo que el espíritu humano sabría encontrar. Pues al fin y al cabo, el método que enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca, contiene todo cuando da certidumbre a las reglas de aritmética.
Sin embargo, lo que más me satisfacía de este método era que, mediante él, estaba seguro de usar en todo mi razón, si no perfectamente, por lo menos lo mejor que yo pudiera. Además, al aplicar el método, sentía que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a concebir más nítida y más distintamente sus objetos y que, no habiéndolo sometido a ninguna materia particular, me prometía aplicarlo tan útilmente a las dificultades de las demás ciencias como lo había hecho ya a las del álgebra. No es que por eso me atreviera a acometer desde el principio todas las cuestiones que se presentaran, pues eso mismo habría sido contrario al orden que el método prescribe.
Una vez que hube advertido que sus principios deben estar tomados todos de la filosofía, en la cual no hallaba aún ninguno cierto, pensé que, ante todo, era preciso que yo tratara de establecerlos en ella y que, siendo eso la cosa más importante del mundo, y en la cual más son de temer la precipitación y la prevención, no debía acometer la empresa de resolverlo sin antes tener una edad mucho más madura que la de veintitrés años que yo tenía entonces. Además, para llevar a cabo mi proyecto debía invertir mucho tiempo con el fin de preparar mejor mi alma. Por ello, expulsé de mi espíritu todas las malas opiniones que antes de esa época había admitido y me apercibí de varias experiencias que fueran después materia para mis razonamientos. Así me ejercitaba siempre en el método que yo me había prescrito para afianzarme cada vez más en él.
En fin, como antes de comenzar a reconstruir la casa en que habitamos, no basta derribarla y hacer provisión de materiales y arquitectos (o ejercitarse uno mismo en arquitectura y además haber trazado esmeradamente el proyecto), sino que también es preciso haberse agenciado otra donde podamos alojarnos cómodamente mientras duren los trabajos; así, a fin de que yo no quedase indeciso en mis acciones mientras la razón me obligase a serlo en mis juicios, y que no dejase de vivir desde ese momento lo más felizmente que pudiera, me formé una moral provisional que consistía en sólo tres o cuatro máximas que voy a exponer en lo que sigue.
La primera era obedecer las leyes y costumbres de mi país, conservar constantemente la religión en la cual Dios me concedió la gracia de ser instruido desde mi infancia, y regirme en todo lo demás según las opiniones más moderadas y más alejadas de todo exceso, que fuesen aceptadas comúnmente en la práctica por los más sensatos de aquellos con quienes tuviera que vivir.
En efecto, como desde entonces comencé a no contar para nada con las mías, puesto que quería someterlas todas a examen, tenía la seguridad de que lo mejor que podía hacer era seguir las de los más sensatos. Y aunque es tal vez posible que entre los persas o los chinos haya personas tan sensatas como entre nosotros, me parecía que lo más útil era regirme según aquellos con quienes había de vivir; y que, para saber cuáles eran verdaderamente sus opiniones, tenía que fijarme más bien en lo que practicaban que en lo que decían; no solamente porque a causa de la corrupción de nuestras costumbres hay pocos que quieran decir todo lo que creen, sino también porque muchos lo ignoran ellos mismos, pues como el acto del pensamiento mediante el cual se cree una cosa es diferente del acto por el cual conocemos que la creemos, los dos actos existen a menudo uno sin el otro. (Prohibida su venta y reproducción)
Entre varias opiniones igualmente admitidas, yo elegía sólo las más moderadas: tanto porque son siempre las más cómodas para la práctica (y verosímilmente las mejores, pues todo exceso suele ser malo) como también a fin de apartarme menos del verdadero camino en caso de que corriera este riesgo (lo que no podría hacer si al haber elegido uno de los extremos, fuera el otro el que hubiera sido preciso seguir).
En particular, incluía yo entre los excesos todas las promesas mediante las cuales se renuncia a algo de la propia libertad. No es que yo desaprobara las leyes que, para subsanar la inconstancia de los espíritus débiles, permiten que (cuando se tiene una buena intención o, aun para la seguridad del comercio, una intención que sólo sea indiferente) se hagan promesas o contratos que obliguen a mantenerse fijos en ellas; pero como yo no veía en el mundo nada que permaneciera siempre en el mismo estado y que, para mi caso particular, me prometía perfeccionar cada vez más mis juicios, y no hacerlos peores, habría pensado que cometía una gran falta contra el buen sentido si, por el hecho de que aprobara entonces algo, me hubiera obligado a tomarlo por bueno aun después de que tal vez hubiera dejado de serlo, o de que yo no lo considerara ya como tal.
Mi segunda máxima era ser lo más firme y resuelto que yo pudiera en mis acciones y seguir las opiniones más dudosas, una vez que me hubiera resuelto a asumirlas, con no menor constancia que si hubiesen sido muy seguras. Imitaba en eso a los viajeros que, encontrándose extraviados en un bosque, no deben vagar dando vueltas tan pronto de un lado como de otro, ni menos aún detenerse en un sitio, antes bien caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un mismo lado sin cambiarlo por razones endebles, aun en el caso de que tal vez al principio haya sido solamente el azar lo que los determinó a elegirlo. Al proceder así, si los viajeros no van exactamente adonde desean, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, donde verosímilmente estarán mejor que en medio de un bosque. Y así como a menudo las acciones de la vida no admiten demora, es una verdad muy cierta que, cuando no depende de nosotros el discernir las opiniones más (Prohibida su venta y reproducción)
verdaderas, debemos seguir las más probables; y aun, a pesar de que no notemos más probabilidad en una que en otras, debemos empero determinarnos por unas y considerarlas luego, no ya como dudosas, por lo que respecta a la práctica, sino como muy verdaderas y ciertas, por ser la razón la que nos hizo decidir en ese sentido. Y esto me permitió desde entonces librarme de todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen agitar la conciencia de esos espíritus débiles y perplejos que con inconstancia se dejan arrastrar a practicar como buenas acciones que después juzgan malas
Mi tercera máxima era tratar siempre de vencerme antes a mí mismo que a la fortuna, y modificar antes mis deseos que el orden del mundo; y en general, acostumbrarme a creer que nada hay que dependa enteramente de nosotros, salvo nuestros pensamientos, de suerte que después de haber hecho lo que hayamos podido respecto de las cosas que nos son exteriores, lo que no logramos es, respecto de nosotros, absolutamente imposible. Y eso sólo me parecía suficiente para impedir que en adelante deseara nada que no pudiera adquirir, y para permanecer así satisfecho. Pues como por naturaleza nuestra voluntad no es inducida a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le representa de algún modo como posibles, es cierto que si consideramos todos los bienes que están fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, no nos dolerá ya que nos falten aquellos que parecen sernos debidos por nuestro nacimiento, cuando nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra, como no nos duele no poseer los reinos de China o México; y haciendo, como se dice, virtud de la necesidad no desearemos ya estar sanos cuando estemos enfermos, ni ser libres cuando estemos en la cárcel, como no deseamos ahora tener cuerpos de una materia tan poco corruptible como los diamantes o alas para volar como los pájaros. Sin embargo, confieso que se requiere largo ejercicio y meditación a menudo reiterada, para acostumbrarse a mirar desde este ángulo todas las cosas; y creo que es precisamente en esto en lo que consistía el secreto de esos filósofos que en otros tiempos pudieron sustraerse al dominio de la fortuna y, a pesar de los dolores y la pobreza, competir con sus dioses en felicidad. En efecto, dedicados sin cesar a considerar los límites que les había (Prohibida su venta y reproducción)
prescrito la naturaleza, se convencían de que, salvo sus pensamientos, nada dependía de ellos, tan perfectamente que eso sólo les bastaba para impedirles sentir afecto para otras cosas; y disponían de ellos tan absolutamente que en eso tenían alguna razón para considerarse más ricos, más poderosos, más libres y más felices que ninguno de los demás hombres que, no teniendo esa filosofía, por más que la naturaleza y la fortuna los favorecieran, no disponían nunca de todo lo que querían.
Por último, para terminar con esta moral, me decidí a hacer una revisión de las diversas ocupaciones de los hombres en esta vida, para tratar de escoger la mejor; y sin que pretenda decir nada de las de los demás, pensé que no podía hacer nada mejor que continuar en la misma en que me encontraba, es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi razón, y en adelantar cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad siguiendo el método que me había prescrito. Había sentido tan extremas satisfacciones desde que comencé a servirme de este método, que no creía que pudieran tenerse más gratas ni más inocentes en esta vida; y como todos los días descubrí mediante él algunas verdades que me parecían bastante importantes y comúnmente ignoradas por los demás hombres, la satisfacción que eso me proporcionaba colmaba de tal modo mi espíritu que todo el resto me dejaba sin cuidado. Además de que las tres máximas precedentes no se fundaban sino en el propósito que yo tenía de seguir instruyéndome; pues, habiéndonos dado Dios a cada cual alguna luz para discernir lo verdadero de lo falso, yo no hubiese creído que debía contentarme por un solo momento con las opiniones de otros si no me hubiese propuesto emplear mi propio juicio para examinarlas a su debido tiempo, y no hubiese sabido librarme de escrúpulo siguiéndolas si no hubiera esperado, en cambio, no perder ocasión alguna de hallar otras mejores en el caso de que las hubiera. Y por último, no habría sabido limitar mis deseos, ni estar satisfecho, si no hubiese seguido un camino por el cual, pensando estar seguro de la adquisición de todos los conocimientos de que yo fuera capaz, pensaba estarlo por este mismo medio de la de todos los verdaderos bienes que dependieran de mí; tanto más cuanto que, si nuestra voluntad no se inclina a seguir ni a rehuir nada como no sea según que nuestro entendimiento se lo represente bueno o malo, (Prohibida su venta y reproducción)
basta juzgar bien para hacer bien, y juzgar lo mejor que uno pueda para hacerlo también todo lo mejor que se pueda, es decir, para adquirir todas las virtudes, y con ellas todos los demás bienes que podamos adquirir; y cuando estamos ciertos de que es así, no podemos menos que estar satisfechos.
Después de haberme asegurado de estas máximas, y de haberlas puesto aparte, con las verdades de la fe que siempre fueron las primeras en mi creencia, juzgué que respecto del resto de mis opiniones podía lanzarme libremente a desprenderme de ellas. Y como esperaba lograrlo mejor conversando con los hombres que permaneciendo más tiempo encerrado al lado de la estufa donde había tenido todos estos pensamientos, no había terminado aún el invierno cuando me puse de nuevo a viajar. Y en todos los nueve años que siguieron no hice otra cosa que rodar de un lado para otro en el mundo tratando de ser espectador más que actor en todas las comedias que se representan en él. Al analizar, en toda materia, acerca de lo que podía hacerla sospechosa y darnos ocasión a equivocarnos, desarraigué entonces de mi espíritu todos los errores que antes hubieran podido deslizarse en él. No es que en eso imitara a los escépticos que sólo dudan por dudar y pretenden estar siempre perplejos, pues, por el contrario, todo mi propósito tendía sólo a adquirir seguridad y a desechar la tierra movediza y la arena para hallar la roca o la arcilla. Lo cual, a mi parecer, me salió bastante bien, puesto que, tratando de descubrir la falsedad o incertidumbre de las proposiciones que examinaba, no mediante endebles conjeturas sino mediante razonamientos claros y seguros, no encontré ninguna tan dudosa que no pudiera sacar siempre de ella alguna conclusión bastante cierta, aun cuando sólo fuera la de que no contenía nada cierto. Y como al derribar una vieja mansión se reservan de ordinario las demoliciones para poder construir otra nueva, así, al destruir todas mis opiniones que yo creía mal fundadas, hice diversas observaciones y adquirí varias experiencias, que luego me sirvieron para establecer otras más ciertas.
Y, por añadidura, seguí ejercitándome en el método que me había prescrito, pues, además de que me cuidaba de conducir generalmente todos mis pensamientos según sus reglas, de vez en cuando me reservaba alguna (Prohibida su venta y reproducción)
horas que invertía especialmente para practicarlo en dificultades de las matemáticas, o en otras que podían ser casi semejantes a las de las matemáticas, separándolas de los principios de las otras ciencias que no consideraba bastante firmes, como se verá que hice con muchas cuestiones que se explican en este mismo volumen. Y así, sin vivir en apariencia de otro modo que aquellos que, sin otra ocupación que pasar una vida agradable e inocente, procuran separar los placeres de los vicios y, para gozar de sus ocios sin aburrirse, emplean todas las diversiones honestas, yo no cesaba de perseguir mi propósito y de utilizar el conocimiento de la verdad, quizá más que si me hubiese limitado a leer libros o a frecuentar hombres de letras.
Sin embargo, esos nueve años transcurrieron sin que yo hubiera adoptado partido alguno respecto de las dificultades que suelen discutirse entre los doctos, ni empezado a buscar los fundamentos de una filosofía más cierta que la vulgar. Y el ejemplo de varios excelentes espíritus que habiendo tenido hasta ahora este propósito, me parece que no lo lograron, me hacía imaginar tanta dificultad que acaso no me habría atrevido a ponerlo en práctica tan pronto si no hubiera visto que algunos hacían circular ya el rumor de que yo lo había logrado. No sabría decir en qué fundaban esa opinión; y si en algo contribuí a ello con mis discursos, debe haber sido confesando más ingenuamente lo que ignoraba de lo que suelen hacer los que han estudiado un poco más y quizá también haciendo ver las razones que yo tenía para dudar de muchas cosas que los demás juzgaban ciertas, antes que jactarme de otra doctrina. Pero teniendo el corazón bastante bueno para no querer que me tomaran por lo que no era, pensé que era preciso que tratara por todos los medios de hacerme digno de la reputación que me daban; y hace justamente ocho años, este deseo me hizo decidir a alejarme de todos los lugares donde pudiera tener conocidos, y retirarme aquí; en un país donde la larga duración de la guerra ha hecho establecer órdenes tales que los ejércitos que aquí se mantienen, no parecen servir sino para hacer que se goce de los frutos de la paz con tanta mayor seguridad, y donde, entre la muchedumbre de un gran pueblo bastante activo, y más cuidadoso de sus propios asuntos que curioso por los de los demás, sin carecer de ninguna de
las comodidades que hay en las ciudades más frecuentadas, he podido vivir tan solitario y retirado como en los desiertos más apartados.
No sé si deba relatar las primeras meditaciones que hice, pues son tan metafísicas y tan poco conocidas que tal vez no serían del agrado de todo el mundo. Y, sin embargo, para que pueda juzgarse si los fundamentos que tomé son bastantes firmes, de algún modo me veo obligado a hablar de ellas.
Hacía mucho tiempo que, respecto de las costumbres, había advertido que a veces es bueno seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, como ya hemos dicho antes; pero, como ahora sólo deseaba dedicarme a la investigación de la verdad, pensé que era preciso que hiciera todo lo contrario y que rechazara como absolutamente falso todo aquello en que pudiera concebir la menor duda, a fin de ver si después de eso no quedaría algo en mi espíritu que fuera completamente indudable. Así, a causa de que nuestros sentidos nos engañan a veces, quise suponer que no hay nada que sea como ellos nos lo hacen imaginar. Y puesto que hay hombres que se equivocan razonando, aun respecto de las más simples materias de la geometría, y cometen en ellas paralogismos, juzgando que yo estaba expuesto a errar como cualquier otro, rechacé como falsas todas las razones que antes había tomado por demostraciones. Y, por último, considerando que todos los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos, nos pueden venir también cuando dormimos, sin que haya entonces ninguno que sea verdadero, me resolví a fingir que todo lo que alguna vez me había penetrado en el espíritu, no era más verdadero que las ilusiones de mis sueños. Mas, inmediatamente después, me fijé en que, mientras yo quería pensar así que todo era falso, era preciso que yo, que lo pensaba, fuera algo. Y advirtiendo que esta verdad Pienso, luego existo, era tan firme y segura que no podían conmoverla todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que yo buscaba.
Luego, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo y que no hay mundo, ni lugar donde yo estuviera, (Prohibida su venta y reproducción)
pero que no podía fingir por eso que yo no fuera y que, por el contrario, del hecho mismo de que yo pensara en dudar de la verdad de los demás, se seguía muy evidentemente y muy ciertamente que yo existía (en lugar de que, si solamente hubiese cesado de pensar, aunque todo el resto de lo que alguna vez hubiera imaginado hubiese sido verdadero, no tendría ninguna razón para creer que yo hubiese existido). De lo anterior pude determinar que yo era una sustancia cuya total esencia o naturaleza no es sino pensar y que, para ser, no necesita lugar alguno ni depende de cosa material alguna. De suerte que ese yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, y que es más fácil de conocer que él y que, aun en el caso de que no tuviera cuerpo, el alma no dejaría de ser todo lo que ella es.
Después de esto, consideré en general lo que se requiere de una proposición para que sea verdadera y cierta, pues como acababa de hallar una que yo sabía que lo era, pensé que también debía saber en qué consiste esta certidumbre. Y habiendo observado que en la verdad Pienso, luego existo, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser, juzgué que yo podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy claramente y muy distintamente son todas verdaderas; aunque haya cierta dificultad para observar bien cuáles son las cosas que concebimos distintamente.
Después de esto, reflexionando sobre aquello de que dudaba, y que por consiguiente mi ser no era todo perfecto –pues yo veía claramente que es mayor perfección conocer que dudar–, traté de buscar de dónde yo había aprendido a pensar en algo más perfecto que lo que yo era, y conocí evidentemente que debía ser de alguna naturaleza que fuera efectivamente más perfecta. Respecto de los pensamientos que yo tenía de varias otras cosas exteriores a mí, como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no me costaba tanto saber de dónde venían, puesto que, no observando en ellas nada que me pareciera hacerlas superiores a mí, eran dependencias de mi naturaleza en cuanto posee alguna perfección; y si no lo eran, yo las tenía de la nada, es decir, que estaban en mí porque yo tenía defectos. Mas no podía (Prohibida su venta y reproducción)
ser lo mismo de la idea de un ser más perfecto que el mío, puesto que era notoriamente imposible que la tuviera de la nada; y como suponer que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto, no es menos inadmisible que suponer que de la nada proceda algo, yo no podía tenerla de mí mismo. Quedaba pues que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza que fuera verdaderamente más perfecta que yo, y que tuviera en sí todas las perfecciones de las cuales pudiera tener yo idea. Es decir, para explicarme con una sola palabra: que fuera Dios.
Asimismo, puesto que yo conocía perfecciones
que yo no tenía,
determiné que yo no era el único ente que existía (aquí, si parece bien, usaré palabras de la Escuela), sino que era del todo necesario que hubiera otro ente más perfecto, del cual yo dependiera y del cual hubiese adquirido yo cuanto tenía. Pues si yo hubiese sido solo y totalmente independiente, de suerte que yo hubiese tenido de mí mismo todo este poco en que yo participaba del ente perfecto, por la misma razón hubiera podido tener de mí todo lo más que yo conocía que me faltaba: ser yo mismo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en fin, tener todas las perfecciones que yo podía advertir que estaban en Dios.
En efecto, según los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que yo era capaz de ello, sólo tenía que considerar de todas las cosas de las cuales hallaba en mí alguna idea si era perfección o no el poseerlas, y estaba seguro de que ninguna de las que señalaban alguna imperfección estaba en Él, pero sí estaban en Él todas las demás. Así veía que la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas parecidas no podían estar en él, puesto que yo mismo habría estado muy satisfecho de estar exento de ellas.
Asimismo, yo tenía ideas de varias cosas sensibles y corporales porque, en el supuesto de que yo soñara y que fuera falso todo cuanto veía o imaginaba, no podía negar que las ideas estuvieran realmente en mi pensamiento. Ahora bien, como ya había logrado determinar que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que toda (Prohibida su venta y reproducción)
composición acredita dependencia y que la dependencia es notoriamente un defecto, de ahí juzgaba yo que no podía ser una perfección en Dios el estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba. No obstante, si en el mundo había cuerpos, inteligencias u otras naturalezas que no fueran del todo perfectas, su ser debía depender de la potencia de Él, de suerte que sin Él no podían subsistir un solo momento.
Después de esto quise buscar otras verdades y, habiéndome propuesto considerar el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo continuo (o como un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes que podían tener diversas figuras y tamaños, y ser movidas o traspuestas de muchas maneras, puesto que los geómetras suponen todo eso en su objeto), recorrí algunas de sus demostraciones más simples. Pues bien, al notar que esa gran certidumbre que todo el mundo les atribuye, sólo se funda en que se las concibe evidentemente, según la regla que hace poco exponía, advertí también que no había en ellas absolutamente nada que me garantizara la existencia de su objeto. En efecto, por ejemplo, yo veía bien que suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fueran iguales a dos rectos; mas no por eso veía nada que me garantizara que en el mundo hubiera ningún triángulo. En cambio, volviendo a examinar la idea que yo tenía de un ente perfecto, encontraba que la existencia tiene que estar comprendida en él, del mismo modo como en la de un triángulo que sus tres ángulos son iguales a dos rectos (o, en la de una esfera, que todas sus partes son equidistantes de su centro) y hasta con más evidencia aún. Por consiguiente, es por lo menos tan cierto que Dios (el Ser perfecto) es o existe, como lo pueda ser cualquier demostración de geometría.
Lo que hace que haya muchos que se convencen de que hay dificultad en conocer a Dios, y asimismo en conocer qué es el alma, consiste en que no elevan jamás su espíritu más allá de las cosas sensibles y que están acostumbrados a no considerar nada sino imaginándolo, que es un modo de pensar particular para las cosas materiales, hasta el punto de que lo que no es imaginable les parece que no es inteligible. Lo que resulta bastante (Prohibida su venta y reproducción)
manifiesto de lo mismo que los filósofos tienen por máxima en las escuelas: que nada hay en el entendimiento que no haya estado primero en los sentidos. No obstante, es totalmente cierto que las ideas de Dios y del alma son inteligibles y nunca estuvieron en los sentidos. Me parece que quienes quieren usar su imaginación para comprenderlas, hacen exactamente como si, para oír los sonidos o sentir los olores, quisieran servirse de sus ojos; aunque hay todavía una diferencia: que el sentido de la vista no nos garantiza la verdad de sus objetos menos que los del olfato o del oído la de los suyos. En cambio, ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían garantizarnos jamás cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniera.
Por último, si todavía hay hombres que no estén convencidos de la existencia de Dios y del alma mediante las razones que yo he aportado, quiero que sepan que son menos ciertas aún todas las demás cosas que acaso piensen ellos más seguras, como tener un cuerpo, que hay astros, una tierra y cosas parecidas. En efecto, aunque tengamos de esas cosas una seguridad moral tal que parece que no pueda dudarse de ellas sin ser extravagante, tampoco empero, a menos de ser poco razonable, puede negarse –cuando se trata de una certidumbre metafísica– que, para no estar absolutamente seguro, no sea motivo suficiente el haber advertido que del mismo modo cabe imaginar estando dormidos que tenemos otro cuerpo, que veamos otros astros y otra tierra, que no existen. Pues ¿de dónde se sabe que los pensamientos que vienen en sueños son más falsos que los demás, dado que a menudo no son menos vivos y expresos? Y por más que los mejores espíritus lo estudien, no creo que puedan dar razón alguna que sea suficiente para suprimir esta duda si no presuponen la existencia de Dios. En efecto, en primer lugar, eso mismo que hace poco tomé como regla (esto es, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente) no está garantizado más que a causa de que Dios es o existe, que es un ente perfecto y que todo cuanto hay en nosotros viene de Él. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo cosas reales, y que vienen de Dios en todo cuanto son claras y distintas, no pueden ser en eso sino verdaderas. De suerte que si muy a menudo tenemos ideas o nociones que contienen falsedad, sólo puede ser de aquellas que tienen algo de (Prohibida su venta y reproducción)
confuso y oscuro porque en ello participan de la nada, es decir, que si en nosotros son así confusas es porque nosotros no somos del todo perfectos. Y es evidente que admitir que la falsedad o imperfección como tales provengan de Dios, no cuesta menos que admitir que la verdad o la perfección procedan de la nada. Pero si no supiéramos que todo cuanto hay en nosotros de real y verdadero viene de un ser perfecto e infinito, entonces por claras y distintas que fueran nuestras ideas, no tendríamos razón alguna que nos garantizara que tuvieran la perfección de ser verdaderas.
Ahora bien, después que el conocimiento de Dios y del alma nos ha dado certidumbre de esta regla, es bien fácil conocer que los sueños que imaginamos estando dormidos, no deben hacernos dudar en modo alguno de la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos, pues si se diera el caso de que, aun durmiendo, se tuviera una idea muy distinta, como por ejemplo que un geómetra inventara alguna nueva demostración, su sueño no le impediría ser verdadera. Ahora bien, después que el conocimiento de Dios y del alma nos han dado certidumbre de esta regla, es bien fácil conocer que los sueños que imaginamos estando dormidos no deben hacernos dudar en modo alguno de la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos, pues si se diera el caso de que, aun durmiendo, se tuviera una idea muy distinta, como por ejemplo que un geómetra inventara alguna nueva demostración, su sueño no le impediría ser verdadera. Y por lo qué respecta al error más corriente de nuestros sueños, que consiste en que nos representan diversos objetos del mismo modo que hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos dé ocasión de desconfiar de la verdad de tales ideas, porque también pueden engañarnos muy a menudo aun sin dormir: como cuando los que tienen ictericia lo ven todo de color amarillo, o que los astros y otros cuerpos bastante lejanos nos parezcan más pequeños de lo que son. Pues, al fin y al cabo, dormidos o despiertos, no debemos dejarnos convencer nunca sino por la evidencia de nuestra razón. Y obsérvese bien que digo de nuestra razón y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos. Asimismo, aunque veamos el sol muy claramente, no por eso debemos juzgar que sea sólo del tamaño que lo vemos; y podemos muy bien imaginar distintamente una (Prohibida su venta y reproducción)
cabeza de león pegada al cuerpo de una cabra sin que por eso sea necesario concluir que hay en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que sea verdadero lo que así vemos o imaginamos. Mas sí nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener un fundamento de verdad, pues no sería posible que Dios, que es del todo perfecto y del todo verdadero, las hubiese puesto en nosotros sin eso.
Asimismo, como nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni tan completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque a veces nuestras imaginaciones sean entonces tanto o más vivas y expresivas, nos dicta también que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos porque no somos del todo perfectos, lo que tengan de verdad debe encontrarse indefectiblemente en los que tenemos despiertos más que en nuestros sueños.
Me gustaría mucho continuar y hacer ver aquí toda la cadena de las demás verdades que he deducido de estas primeras; mas como, a este efecto, sería preciso ahora que hablara de varias cuestiones que se debaten entre los doctos, con los cuales no deseo disputar, creo que será mejor que me abstenga y que diga en general cuáles son, a fin de dejar juzgar a los más sabios si sería útil que el público estuviera más particularmente informado de ellas. Me mantuve siempre firme en la resolución que había tomado de no suponer otro principio que el que acabo de utilizar para demostrar la existencia de Dios y del alma y de no aceptar por verdadero nada que no me pareciera más claro y más cierto que las anteriores demostraciones de los geómetras. Y, no obstante, me atrevo a decir que, no solamente he hallado satisfacción en poco tiempo acerca de todas las dificultades que se suelen tratar en la filosofía, sino también que he notado ciertas leyes que Dios ha establecido de tal modo en la naturaleza y de las cuales ha impreso tales nociones en nuestras almas que después de haber reflexionado bastante en ello no podríamos dudar de que no se observen exactamente en todo cuanto es o se hace en el mundo. Luego, considerando la serie de estas leyes, me parece que he descubierto varias verdades más útiles y más importantes que todo cuanto había aprendido antes o aun esperado aprender.
Mas como intenté explicar las principales en un tratado que algunas consideraciones me impiden publicar, no se me ocurre darlas a conocer
mejor que diciendo sumariamente aquí lo que contiene. Tuve el propósito de abarcar en él todo lo que yo pensaba saber, antes de escribirlo, acerca de la naturaleza de las cosas materiales. Pero así como los pintores que no pueden representar igualmente bien en un cuadro llano todas las diversas caras de un cuerpo sólido, eligen una de las principales y sólo ella ponen a luz dejando en la sombra las demás, y no las hacen parecer sino en la medida que cabe verlas mirando aquélla, así, yo, temiendo no poder poner en mi discurso todo cuanto tenía en el pensamiento, resolví limitarme a exponer (Prohibida su venta y reproducción)
bien ampliamente lo que yo concebía de la luz; luego, con ese motivo añadir algo acerca del Sol y las estrellas fijas, porque casi toda procede de ellos; de los cielos, porque la transmiten, de los planetas, los cometas y la Tierra, porque la reflejan; y en particular de todos los cuerpos que hay sobre la faz de la tierra, porque son de color, transparentes o luminosos; y por último, del hombre, porque es su espectador. Pero para sombrear un poco todas estas cosas, y poder decir más libremente lo que yo juzgaba de ellas sin verme obligado a seguir ni a refutar las opiniones admitidas entre los doctos, resolví dejar todo este mundo para sus disputas y hablar solamente de lo que sucedería en uno nuevo si Dios creara ahora en alguna parte, en los espacios imaginarios, bastante materia para componerlo y agitara diversamente y sin orden las diversas partes de esta materia, de suerte que compusiera un caos tan confuso como el que los poetas puedan fingir y que, en lo sucesivo, se limitara a prestar su concurso ordinario a la naturaleza y la dejara hacer según las leyes que él estableció. Así, en primer lugar, describí esta materia y traté de representarla como nada hay en el mundo –me parece– más claro ni más inteligible, salvo lo que antes se ha dicho de Dios y del alma, pues hasta supuse, expresamente, que no había en ella ninguna de esas formas o cualidades de que se discute en las Escuelas, ni nada en general cuyo conocimiento no fuera tan natural para nuestras almas que ni siquiera pudiera fingirse ignorarlo. Además hice ver cuáles eran las leyes de la naturaleza; y sin apoyar mis razones en ningún otro principio que en las infinitas perfecciones de Dios, traté de demostrar todas aquellas de que pudiera caber alguna duda y de hacer ver que aunque Dios hubiera creado varios mundos, no podría haber ninguno donde dejaran de observarse. Después de eso, mostré cómo la mayor parte de la materia de ese caos debía, a causa de esas leyes, disponerse y arreglarse de cierto modo que la hiciera parecida a nuestros cielos; cómo, empero, ciertas de sus partes deben componer una tierra, y algunos planetas y cometas, y algunas otras un sol y estrellas fijas. Y aquí, extendiéndome sobre el tema de la luz, expliqué bien extensamente cuál era la que debía hallarse en el Sol y las estrellas, y cómo desde allí atravesaba en un instante los inmensos espacios de los cielos, y cómo se reflejaba de los planetas y los cometas hacia la Tierra. Añadí también varias cosas relativas a la sustancia, la situación, los movimientos y todas las (Prohibida su venta y reproducción)
diversas cualidades de esos cielos y esos astros, de suerte que pensé decir bastante de ellos para hacer conocer que o se nota en los de este mundo nada que no deba, o por lo menos pueda, parecer muy semejante a los del mundo que yo describía. De ahí pasé a explicar particularmente la tierra: cómo, aun habiendo supuesto yo expresamente que Dios no había puesto peso alguno en la materia de que estaba compuesta, todas sus partes no dejaban de tender exactamente hacia el centro de ella; cómo, habiendo agua y aire en su superficie, la disposición de los cielos y de los astros, principalmente de la luna, debía causar en ella un flujo y reflujo semejante en todas sus circunstancia al que se observa en nuestros mares; y además cierta corriente tanto del agua como del aire, del levante al poniente, como la que se observa también entre los trópicos, cómo las montañas, mares, fuentes y ríos podían formarse naturalmente en ella, y los metales producirse en las minas, y las plantas crecer en sus campiñas, y en general generarse todos los cuerpos que se denominan mezclados o compuestos. Y entre otras cosas, puesto que después de los astros no conozco yo nada en el mundo que produzca la luz salvo el fuego, procuré hacer entender bien claramente todo lo que pertenece a su naturaleza: cómo se hace, cómo se nutre; cómo a veces sólo tiene calor sin luz y otras luz sin calor; cómo puede producir colores diferentes en diferentes cuerpos, y otras varias cualidades; cómo funde algunos y endurece oros; cómo puede consumirlos casi todos, o convertirlos en cenizas y humo; y, por último, cómo de esas cenizas, por la sola violencia de su acción, forma vidrio; como esa transmutación de las cenizas en vidrio me parecía ser tan admirable como cualquiera otra que se haga en la naturaleza, me complací particularmente en describirla.
Sin embargo, yo no quería inferir de todo eso que este mundo haya sido creado del modo que yo proponía, pues es mucho más verosímil que desde el principio lo hiciera Dios tal como debía ser. Pero es seguro –y opinión comúnmente aceptada entre los teólogos- que la acción mediante la cual él lo conserva, es exactamente la misma mediante la cual lo creó; de suerte que aunque al principio no le hubiera dado otra forma que la del caos, con tal de que, habiendo establecido las leyes de la naturaleza, le prestara todo su concurso para obrar como ella tiene por costumbre, puede creerse sin (Prohibida su venta y reproducción)
menoscabo del milagro de la creación que por esto solo todas las cosas que son puramente materiales habrían podido con el tiempo llegar a ser en ella tal como nosotros las vemos actualmente. Y su naturaleza es mucho más fácil de concebir cuando se las ve nacer poco a poco de esta suerte que cuando solamente se las considera ya hechas del todo.
De la descripción de los cuerpos inanimados y de las plantas pasé a la de los animales y en particular a la de los hombres. Mas como no la conocía aún bastante para hablar de ella con el mismo estilo que del resto, es decir, demostrando los efectos por las causas, y haciendo ver de qué modo debe producirlos la naturaleza, me limité a suponer que Dios formó el cuerpo de un hombre enteramente semejante a uno de los nuestros, tanto en la figura exterior de sus miembros como en la conformación interior de sus órganos, sin componerlo de otra materia que de aquella que yo había descrito, y sin poner en él, al principio, un alma racional ni otra cosa que le sirviera de alma vegetativa o sensitiva, sino que él excitó en su corazón uno de esos fuegos in luz que yo había explicado ya y que yo no concebía de otra naturaleza que el que calienta el heno cuando se lo encerró antes de secarse, o el que hace hervir los vinos nuevos cuando se ponen los racimos a fermentar en la cuba. Pues examinado las funciones que a consecuencia de eso podía haber en ese cuerpo, hallaba en él exactamente todas las que puede haber en nosotros sin que lo pensemos, ni por consiguiente que contribuya a ellas nuestra alma, es decir, esta parte distinta del cuerpo de la cual hemos dicho antes que su naturaleza consiste sólo en pensar, y que son exactamente las mismas en que puede decirse que se nos parecen los animales desprovistos de razón; sin que en ellos pudiera encontrar por eso ninguna de las que, dependiendo del pensamiento, son las únicas que nos pertenecen como hombres, y en cambio las hallaba como consecuencia suponiendo que Dios creó un alma racional y que la unió a este cuerpo en cierta forma que yo describía.
Pero con el objeto de que pueda verse de qué modo trataba yo este asunto, voy a incluir aquí la explicación del movimiento del corazón y las arterias, que, siendo el primero y más general que se observa en los (Prohibida su venta y reproducción)
animales, por él se juzgará fácilmente lo que deba pensar de todos los demás. Y para que se encuentre menos dificultad en entender lo que diré de él, quisiera que quienes no estén versados en anatomía se tomaran la molestia, antes de leer esto, de hacer cortar ante sí el cuerpo de algún animal grande que tenga pulmones, pues en todo es bastante semejante al del hombre, y que se hagan mostrar las dos cámaras o concavidades que hay en él. Primeramente, la que está en su lado derecho, a la cual van a parar dos tubos muy grandes, a saber, la vena cava, que es el principal receptáculo de la sangre, y como el tronco del árbol cuyas ramas son todas las demás venas del cuerpo, y la vena arterial, que así ha sido mal denominada, puesto que en realidad es una arteria, que, teniendo como origen el corazón, se divide después de salir de él en varias ramas que van a esparcirse en todas direcciones por los pulmones. Luego la que hay en su lado izquierdo, de la cual salen del mismo modo dos tubos, tan grandes o más aún que los precedentes, a saber, la arteria venosa, también impropiamente llamada así, pues no es otra cosa que una vena, que viene de los pulmones, donde se divide en varias ramas entrelazadas con las de la vena arterial, y las del conducto llamado garganta por donde entra el aire de la respiración; y la gran arteria que, saliendo del corazón,, envía sus ramas por todo el cuerpo. Desearía también que se les mostrara cuidadosamente las once películas que, cual otras tantas pequeñas puertas, abren y cierran las cuatro aberturas que hay en estas dos concavidades, a saber: tres a la entrada de la vena cava, donde están dispuestas de tal manera que en modo alguno pueden impedir que la sangre que contienen se vierta en la concavidad derecha del corazón y, no obstante, impiden exactamente que salga de ella; tres a la entrada de la vena arterial que, estando dispuestas de modo totalmente contrario, permiten perfectamente que la sangre que hay en esta concavidad pase a los pulmones, pero no a la que hay en los pulmones que vuelva a ella; y así, en la entrada de la arteria venosa, otras dos que dejan circular la sangre de los pulmones hacia la concavidad izquierda del corazón, pero se oponen a su regreso; y tres a la entrada de la gran arteria, que le permiten salir del corazón, pero le impiden volver a él. Y no hay necesidad de buscar otra razón del número de esas pieles sino que siendo ovalada la abertura de la arteria venosa a causa del lugar en que se halla, puede ser cerrada (Prohibida su venta y reproducción)
cómodamente con dos, mientras que las demás siendo redondas, lo pueden ser mejor con tres. Además, desearía que se les hiciera considerar que la gran arteria y la vena arterial son de una composición mucho más dura y más firme que la arteria venosa y la vena cava, y que estas dos arterias se dilatan antes de entrar en el corazón, y formar en él como dos bolsas, denominadas orejas del corazón, compuestas de una carne semejante a la suya; y que hay siempre más calor en el corazón que en cualquier otro lugar del cuerpo; y, por último, que este calor es capaz de hacer que si entra alguna gota de sangre en sus concavidades, se hinche pronto y se dilate, como hacen generalmente todos los licores cuando se los hace caer gota a gota en alguna vasija que esté muy caliente.
Después de esto, no necesito decir otra cosa para explicar el movimiento del corazón, sino que, cuando sus concavidades no están llenas de sangre, necesariamente corre ésta de la vena cava a la derecha, y de la arteria venosa a la izquierda, puesto que estos dos vasos están siempre llenos y sus aberturas que miran hacia el corazón, no pueden estar cerradas entonces; pero que, no bien han entrado así dos gotas de sangre, una en cada una de sus concavidades, estas gotas que sólo pueden ser muy gruesas porque las aberturas por donde entran son muy grandes, y los vasos de donde vienen están llenos de sangre, se enrarecen y dilatan a causa del calor que encuentran allí, mediante lo cual, haciendo hinchar todo el corazón, empujan y cierran las cinco puertecitas que hay en las entradas de los dos vasos de donde vienen, y así impiden que baje más sangre al corazón; y siguiendo encareciéndose cada vez más, empujan y abren las otras seis puertecitas que se hallan en las entradas de los otros dos vasos por donde salen, y así hacen hinchar todas las ramas de la vena arterial y de la gran arteria casi al mismo instante que el corazón, el cual inmediatamente después, se deshincha como así también esas arterias porque la sangre que entró en ellas se enfría, vuelven a cerrarse sus seis puertecitas y las cinto de la vena cava y de la arteria venosa se abren de nuevo para dejar pasar dos gotas de sangre que otra vez hacen hinchar el corazón y las arterias, exactamente igual que las precedentes. Y puesto que la sangre que entra así en el corazón, pasa por esas dos bolsas llamadas sus orejas, de ahí viene (Prohibida su venta y reproducción)
que el movimiento de éstas sea contrario al suyo y que se contraigan cuando él se hincha. Por lo demás, para que quienes no conozcan la fuerza de las demostraciones matemáticas y no estén acostumbrados a distinguir las razones verdaderas de las verosímiles, no se arriesguen a anegar esto sin examinarlo, quiero advertirles que ese movimiento que acabo de explicar, resulta tan necesariamente de la sola disposición de los órganos que cabe ver a simple vista en el corazón y del calor que puede notarse con los dedos y de la naturaleza de la sangre que puede conocerse por experiencia, como sucede con el de un reloj por la fuerza, la situación y la figura de sus contrapesos y ruedas.
Mas si se pregunta cómo la sangre de las venas no se agota corriendo así continuamente al corazón, y cómo las arterias no están demasiado llenas puesto que toda la sangre que pasa por el corazón va a parar a ellas, no tengo necesidad de contestar sino lo que ya ha sido escrito por un médico de Inglaterra, a quien debe elogiarse por haber roto el hielo en este punto y haber sido el primero que enseñó que hay varios pequeños pasos a las extremidades de las arterias por donde la sangre que reciben del corazón entra en las pequeñas ramas de las venas, desde las cuales vuelve al corazón, de suerte que su marcha no es más que una circulación perpetua. Lo prueba muy bien mediante la experiencia ordinaria de los cirujanos, quienes, habiendo atado el brazo con mediana fuerza por encima del sitio en que abren la vena, logran que la sangre salga más abundantemente que si no lo hubieran atado. Y sucedería todo lo contrario si lo ataran por debajo, entre la mano y la abertura, o bien que lo ataran muy fuertemente por encima. En efecto, es notorio que la atadura medianamente apretada, aunque puede impedir que la sangre que ya está en el brazo vuelva al corazón por las venas, no impide empero que no venga más sangre por las arterias, porque éstas se hallan situadas por debajo de las venas, y sus pieles, siendo más duras, son menos fáciles de apretar, y además la sangre que viene del corazón tiende a pasar por ellas hacia la mano con más fuerza que la que pone para volver de ellas al corazón por las venas. Y como esta sangre sale del brazo por la abertura que hay en una de las venas, necesariamente tiene que haber algunos pasos por debajo de la atadura, es decir, hacia las (Prohibida su venta y reproducción)
extremidades del brazo, por donde pueda venir de las arterias. De esta suerte demuestra muy bien lo que dice de la circulación de la sangre, mediante ciertas películas de tal modo dispuestas en diversos sitios a lo largo de las venas que no le permiten pasar del centro del cuerpo hacia las extremidades, sino solamente volver de las extremidades hacia el corazón; y, además, mediante la experiencia de que toda la sangre que hay en el cuerpo puede salir en muy poco tiempo por una sola arteria cuando se la corta, aunque esté fuertemente atada muy cerca del corazón, y cortada entre él y la atadura, de modo que no exista motivo para imaginar que la sangre que saliera viniera de otra parte.
Pero hay muchas otras cosas que acreditan que la verdadera causa de este movimiento de la sangre es la que he dicho. Así, en primer lugar, la diferencia que se observa entre la que sale de las venas y la que sale de las arterias, sólo puede proceder de que, habiéndose enrarecido, y como destilado, al pasar por el corazón, es más sutil, más viva y más caliente inmediatamente después de haber salido, es decir, en las arterias, de lo que es un poco antes de entrar, es decir, estando en las venas. Y si bien se mira, se encontrará que esta diferencia sólo aparece bien hacia el corazón y no tanto en los sitios más alejados de él. Luego la dureza de las pieles de que están compuestas la vena arterial y la gran arteria, muestra suficientemente que la sangre da contra ella con más fuerza que contra las venas. Y ¿por qué la concavidad izquierda del corazón y la gran arteria son más anchas y más grandes que la derecha y la vena arterial, si no fuera que la sangre de la arteria venosa, habiendo estado solamente en los pulmones antes de haber pasado por el corazón, es más sutil y se enrarece más fuerte y más fácilmente que la que viene inmediatamente de la vena cava? Y ¿qué pueden adivinar los médicos tomando el pulso si no saben que, según la sangre cambie de naturaleza, puede enrarecerse por el calor del corazón más o menos fuertemente y más o menos rápidamente que antes? Y si se examina cómo este calor se comunica a los demás miembros, ¿no es preciso confesar que es por medio de la sangre que pasando por el corazón vulva a calentarse en él y de él se extiende luego por todo el cuerpo? De donde viene que si se quita la sangre de alguna parte, se le quita al mismo tiempo el calor; y aunque (Prohibida su venta y reproducción)
el corazón fuera tan ardiente como un hierro candente, no bastaría para volver a calentar los pies y las manos como lo hace, si no enviara a ellos continuamente sangre nueva. De ahí se conoce también luego que la verdadera utilidad de la respiración consiste en traer al pulmón aire nuevo suficiente para que la sangre que viene de la concavidad derecha del corazón –donde se ha enrarecido y como transformada en vapores- vuelva a espesarse de nuevo en él y a convertirse en sangre antes de caer de nuevo en la izquierda, sin lo cual no podría servir propiamente de alimento al fuego que hay en ella. Lo cual se confirma porque se ve que los animales que no tienen pulmones, tampoco tienen más que una concavidad en el corazón, y las criaturas que no pueden usarlos mientras están en el vientre de la madre, tienen una abertura por la cual pasa sangre de la vena cava a la concavidad izquierda del corazón y un conducto por donde llega sangre de la vena arterial a la gran arteria sin pasar por el pulmón. Luego la digestión ¿cómo podría hacerse en el estómago si el corazón no le enviara calor por las arterias, y con eso algunas de las partes más fluidas de la sangre que ayudan a disolver los alimentos que allí se han metido? Y la acción que convierte en sangre el jugo de esos alimentos, ¿no es fácil de conocer considerando que se destila pasando y volviendo a pasar por el corazón quizá más de cien o doscientas veces todos los días? ¿Y qué más se necesita para explicar la nutrición y la producción de los diversos humores que hay en el cuerpo, salvo decir que la fuerza con que la sangre al enrarecerse pasa del corazón a las extremidades de las arterias, hace que algunas de sus partes se detengan entre las de los miembros donde se encuentran y ocupen el lugar de otras a las cuales expulsan; y que, según la situación, la figura o la pequeñez de los poros que encuentran, unas se dirigen a ciertos sitios de preferencia a otras, del mismo modo como cada cual puede tener diversos cedazos que, estando diversamente agujereados, sirven para separar entre sí diversos granos? Y, por último, lo más notable de todo esto es la generación de los espíritus animales, que son como un viento muy sutil, o mejor dicho, como una llama muy pura y muy viva, que subiendo continuamente en gran abundancia desde el corazón al cerebro, se dirige desde allí por los nervios a los músculos y da movimiento a todos los miembros; sin que para explicar que las partes de la sangre que, siendo la más agitadas y más penetrantes, sin las más (Prohibida su venta y reproducción)
apropiadas para componer esos espíritus, se dirijan más bien hacia el cerebro que hacia otras partes, sea preciso imaginar otra causa sino que las arterias que las llevan allí, son las que vienen del corazón más en línea recta que ninguna otra, y, según las reglas de la mecánica –que son las mismas que las de la naturaleza-, cuando varias cosas tienden a moverse conjuntamente hacia un mismo lado donde no hay sitio bastante para todas, como ocurre con las partes de la sangre que salen de la concavidad izquierda del corazón y tienden hacia el cerebro, las más débiles y menos agitadas deben ser apartadas por las más fuertes que por este medio serán las únicas que lleguen allí.
Yo había explicado bastante especialmente todas estas cosas en el tratado que antes había tenido la intención de publicar. Y luego había mostrado cuál debe ser la estructura de los nervios y de los músculos del cuerpo humano para hacer que los espíritus animales que hay dentro tengan fuerza para mover sus miembros; así se ven cabezas que, poco después de cortadas, se mueven aún, y muerden la tierra, a pesar de que ya no están animadas; qué transformaciones deben hacerse en el cerebro para causar la vigilia, el sueño y los ensueños; cómo la luz, los sonidos, los olores, los sabores, el calor y todas las demás cualidades de los objetos pueden imprimir en el cerebro diversas ideas por medio de los sentidos; cómo el hambre, la sed y demás pasiones interiores, le pueden enviar también las suyas; qué debe ser tomado allí por el sentido común, donde esas ideas son aceptadas; por la memoria, que las conserva; y por la fantasía, que puede modificarlas diversamente y componer otras nuevas, y por el mismo medio, distribuyendo los espíritus animales en los músculos, hacer mover los miembros de ese cuerpo de tantas diversas maneras y tanto con motivo de los objetos que se presentan a esos sentidos como de las pasiones interiores que hay en él, que los nuestros puedan moverse sin que la voluntad los conduzca. Lo cual no extrañará en absoluto a quienes, sabiendo cuántos diversos autómatas, o máquinas en movimiento, puede hacer la industria de los hombres sin emplear más que muy pocas piezas, en comparación con la gran multitud de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y todas las demás partes que hay en el cuerpo de cada animal, consideren este cuerpo como una máquina que (Prohibida su venta y reproducción)
habiendo sido hecha por las manos de Dios, está incomparablemente mejor ordenada, y tiene en sí movimientos más admirables que ninguna de las que puedan ser inventadas por los hombres.
Y aquí me detuve muy especialmente a hacer ver que, si hubiera tales máquinas que tuvieran los órganos y la figura de un mono, o de cualquier otro animal desprovisto de razón, no tendríamos medio alguno para reconocer que no fueran en todo de la misma naturaleza que esos animales; en cambio, si las hubiera que se parecieran a nuestro cuerpo, e imitaran nuestras acciones tanto como fuera posible moralmente, tendríamos siempre medios muy seguros para reconocer que no por eso serían verdaderos hombres. El primero de ellos es que jamás podrían usar palabras ni otros signos componiéndolas como hacemos nosotros para manifestar a los demás nuestros pensamientos. Pues se puede concebir perfectamente que una máquina esté hecha de tal modo que profiera palabras, y aunque profiera algunas con motivo de acciones corporales que causen algún cambio en sus órganos, por ejemplo, si tocándola en cierto sitio, pregunte lo que se le quiere decir, o si en otro, que grite que se le hace daño, y otras cosas parecidas, pero no que se arregle de diversos modos para contestar el sentido de todo cuanto se diga en su presencia como pueden hacer los hombres más torpes. Y el segundo es que, aunque hicieran varias cosas tan bien, o acaso mejor que ninguno de nosotros, fallarían indefectiblemente en algunas otras, por las cuales se descubriría que no obran por conocimiento sino solamente por la disposición de sus órganos. Pues, a diferencia de la razón, que es un instrumento universal que puede servir en toda clase de ocasiones, esos órganos tienen necesidad de alguna disposición especial para cada acción en particular; de donde viene que es moralmente imposible que las haya con suficiente diversidad en una máquina para hacerla obrar en todas las circunstancias de la vida del mismo modo como nos hace obrar nuestra razón.
Pues bien, por estos dos medios puede conocerse también la diferencia que hay entre los hombres y los animales. En efecto, es cosa muy notable que no haya hombres tan torpes y tan estúpidos, sin exceptuar (Prohibida su venta y reproducción)
siquiera a los locos, que no sean capaces de coordinar diversas palabras y componer un discurso mediante el cual hagan entender sus pensamientos, y que, por el contrario, no hay otro animal por más perfecto que sea y más felizmente dotado que esté, que haga algo parecido. Y eso no sucede porque les falten órganos, pues se echa de ver que las urracas y los loros pueden proferir palabras como nosotros y, no obstante, no pueden hablar como nosotros, es decir, mostrando que piensan lo que dicen. En cambio, los hombres que han nacido sordos y mudos y que carecen –tanto o más que los animales– de los órganos que sirven a los demás para hablar, suelen inventar por sí mismos algunos signos mediante los cuales pueden hacerse entender de quienes, estando de ordinario con ellos, tienen ocasión de aprender su lenguaje, y eso acredita no solamente que las bestias tienen menos razón que los hombres, sino que no tienen ninguna en absoluto. Pues se ve que bien poco le falta para que sepan hablar, y aunque se nota desigualdad entre animales de una misma especie, lo mismo que entre los hombres, y que unos son más fáciles de adiestrar que otros, no es de creer que un mono o un loro que fuera de lo más perfecto de su especie, igualara en eso a niños de los más estúpidos –o por lo menos a un niño que tuviera el cerebro trastornado– si su alma no fuera de naturaleza totalmente diferente de la nuestra. Y no deben confundirse las palabras con los movimientos naturales que revelan las pasiones y pueden ser imitados tanto por máquinas como por animales; ni pensar como algunos antiguos, que las bestias hablan, bien que no entendamos su lenguaje; pues si eso fuera verdad, teniendo varios órganos parecidos a los nuestros, podrían hacerse entender igualmente por nosotros que por sus semejantes. También es muy notable el hecho de que, aun habiendo varios animales que revelan más industria que nosotros en algunas de sus acciones, se ve empero que no la revelan en absoluto en muchas otras, de suerte que lo que hacen mejor que nosotros no demuestra que tengan espíritu, pues de lo contrario tendrían más que ninguno de nosotros y serían mejores en todo; antes bien no lo tienen, y es la naturaleza la que obra en ellos según la disposición de sus órganos, así como se ve que un reloj, que sólo está compuesto de ruedas y resortes, puede contar las horas y medir el tiempo, más exactamente que nosotros con toda nuestra sabiduría.
Después de esto había descrito el alma racional y hecho ver que no puede sacarse en modo alguno de la potencia de la materia como las demás cosas de que yo había hablado, sino que debe ser creada expresamente. Puesto que no basta que se aloje en el cuerpo humano como un piloto en su navío, como no sea quizá para mover sus miembros, sino que es preciso que esté junta y unida más estrechamente con él para tener, además, sentimientos y apetitos parecidos a los nuestros y constituir así un verdadero hombre. Por lo demás, me he extendido aquí un poco sobre el asunto del alma porque es uno de los más importantes; en efecto, después del error de los que niegan a Dios, error que pienso haber refutado suficientemente antes, no hay otro que aparte más pronto a los espíritus débiles del camino de la virtud que el imaginar que el alma de los animales sea de la misma naturaleza que la nuestra y que, por consiguiente, nada hemos de temer ni esperar después de esta vida, como les ocurre a las moscas y a las hormigas; en cambio, cuando se sabe cuán diferentes son ellas, se comprenden mejor las razones que demuestran que nuestra alma es de naturaleza enteramente independiente del cuerpo y, por consiguiente, no está sujeta a morir con él; luego, como no se ven otras causas que la destruyan, nos sentimos naturalmente inducidos a juzgar que el alma es inmortal.
Pues bien, hace ahora tres años que había llegado a terminar el tratado que contiene todas estas cosas y comenzaba a revisarlo con el objeto de entregarlo a un impresor, cuando me enteré de que ciertas personas, a quienes respeto y cuya autoridad tiene no menos poder sobre mis actos que mi razón sobre mis pensamientos, habían desaprobado una opinión de física publicada un poco antes por otro, de la cual no diré que yo la compartiera pero sí que, antes de haber sido censurada por ellas, no había notado en ella nada que yo pudiera imaginar perjudicial a la religión ni al Estado, ni en consecuencia que me hubiese impedido escribirla si la razón me hubiera convencido. Y eso me hizo temer que no se hallara asimismo entre las mías alguna en que me hubiese extraviado, a pesar del gran cuidado que siempre tuve de no admitir en mi creencia opiniones nuevas de las cuales no tuviera yo demostraciones muy ciertas, y de no escribir otras que pudieran ser perjudiciales a nadie. Lo cual fue suficiente para obligarme a modificar la resolución que yo había tomado de publicarlas, pues a pesar de que fueran muy fuertes las razones por las cuales la había tomado antes, mi inclinación que siempre me hizo detestar la profesión de escribir libros, me hizo hallar en seguida otras suficientes para disuadirme. Y estas razones en pro y en contra son tales que no solamente yo tengo cierto interés en decirlas aquí sino quizás también el público en saberlas.
Nunca hice demasiado caso de las cosas que venían de mi espíritu y mientras no recogí otros frutos del método de que me sirvo que el de sentirme satisfecho acerca de algunas dificultades propias de las ciencias
especulativas, o bien que traté de regir mis costumbres por las razones que él me enseñaba, no me creí obligado a escribir nada. En efecto, por lo que concierne a las costumbres, cada cual se entrega tanto a su sentido que podrían hallarse tantos reformadores como hombres si se permitiera a otros, y no sólo a quienes Dios estableció como gobernantes de sus pueblos –o a quienes dio bastante gracia y celo para ser profetas– que se lanzaran a modificar algo en ellas; y aunque mis especulaciones me gustasen mucho, (Prohibida su venta y reproducción)
creí que los demás hacían también otras que quizá les gustaran más. Pero tan pronto adquirí algunas nociones generales relativas a la física y que, comenzando a ponerlas a prueba en diversas dificultades particulares, observé hasta dónde pueden conducir, y cuánto difieren de los principios de que se ha hecho uso hasta ahora, creí que no podía guardarlas ocultas sin pecar grandemente contra la ley que nos obliga a procurar en la medida que depende de nosotros el bien general de todos los hombres, pues me hicieron ver que es posible llegar a conocimientos que sean muy útiles para la vida, y que, en lugar de esa filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, es posible encontrar una práctica mediante la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, el agua, el aire, los astros, los cielos y todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, los podríamos emplear del mismo modo para todos los usos a que se prestan y convertimos así en una especie de dueños y poseedores de la naturaleza. Lo cual no sólo es de desear para la invención de una infinidad de artificios que harían que sin esfuerzo alguno se disfrutara de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en ella se encuentran, sino principalmente también para la conservación de la salud, que sin duda es el primer bien y fundamento de todos los demás bienes de esta vida, pues aun el espíritu depende tanto del temple y de las disposiciones de los órganos del cuerpo que si cabe hallar algún medio que convierta comúnmente a los hombres es más sabios y más hábiles de lo que han sido hasta ahora, creo que es en la medicina donde hay que buscarlo. Bien es verdad que la que actualmente se usa, contiene pocas cosas cuya utilidad sea tan notable; pero sin que yo tenga el menor propósito de despreciarla, aseguro que no hay nadie, aun de aquellos que la tienen como profesión, que no confiese que todo lo que se sabe es casi nada en comparación con lo que queda por saber, y que sería posible librarse de una infinidad de enfermedades, tanto del cuerpo como del espíritu, y aun también quizá de la debilidad de la vejez, si se tuviera suficiente conocimiento de sus causas y de todos los remedios que la naturaleza nos ha proporcionado. Pues bien, como yo tenía el propósito de emplear toda mi vida en buscar una ciencia tan necesaria, y habiendo hallado un camino que me parece tal que indefectiblemente hay que encontrarla siguiéndolo, si no nos lo impiden la (Prohibida su venta y reproducción)
brevedad de la vida o la insuficiencia de las experiencias, juzgué que no habría mejor remedio contra estos dos obstáculos que comunicar fielmente al público lo poco que yo hubiera hallado, e invitar a los buenos espíritus a tratar de pasar más allá contribuyendo, cada cual según su inclinación y poder, a las experiencias que sería preciso hacer y comunicando asimismo al público todo cuanto aprendieran, a fin de que, comenzando los últimos donde los precedentes hubieran terminado, y uniéndose así las vidas y los trabajos de varios, fuéramos todos juntos mucho más lejos de lo que podría hacer cada cual por sí solo.
Por lo que respecta a las experiencias, observé que son tanto más necesarias cuanto más adelantado se está en el conocimiento, pues al principio es preferible no utilizar más que las que se presentan por sí mismas a nuestros sentidos y que no podríamos ignorar a poco que reflexionáramos sobre ellas, en lugar de buscar otras más raras y estudiadas; la razón es que esas más raras engañan a menudo cuando no se saben aún las causas más comunes, y las circunstancias de que dependen son casi siempre tan particulares y pequeñas que resulta difícil observarlas. Pero el orden que he seguido en esto ha sido éste: Primero traté de hallar en general los principios, o causas primeras, de todo lo que es, o puede ser, en el mundo, sin considerar a este efecto más que Dios solo que lo creó, ni sacarlos de otra parte que de ciertas semillas de verdades que están naturalmente en nuestra alma. Después de esto examiné cuáles eran los primeros y más ordinarios efectos que cabía deducir de esas causas; y me parece que, por ahí, encontré cielos, astros, una tierra, y aun sobre la tierra aire, agua, fuego, minerales y algunas de las cosas que son las más comunes de todas y las más simples, y en consecuencia las más fáciles de conocer. Luego, cuando quise descender a las que eran más particulares, se me presentaron diversas en tal cantidad que no creí posible para el espíritu humano distinguir las formas o especies de cuerpos que hay en la tierra de una infinidad de otras que podrían haber en ella si hubiese sido voluntad de Dios ponerlas en ella, ni, por consiguiente, relacionarlas con nuestra utilidad salvo anticipándose a las causas por los efectos y sirviéndose de varias experiencias particulares. Después de lo cual, volviendo a pasar mi espíritu por todos los objetos que se (Prohibida su venta y reproducción)
habían presentado alguna vez a mis sentidos, me atrevo perfectamente a decir que nunca observé cosa alguna que yo no pueda explicar bastante cómodamente mediante los principios que yo había hallado. Pero –debo confesarlo también- el poder de la naturaleza es tan amplio y tan vasto, y estos principios tan simples y tan generales, que no observo casi ya efecto alguno particular que de antemano no conozca yo que no pueda deducirse de estos principios de muchas y diversas maneras, y que de ordinario mi mayor dificultad consiste en hallar en cuál de esas maneras depende de ellos. Pues para eso no conozco otro expediente que buscar de nuevo algunas experiencias tales que su acaecimiento no sea el mismo si hay que explicarlo de uno de esos modos que si hay que explicarlo de otro. Por lo demás, actualmente he llegado al punto que –según me parece– veo bastante bien desde qué ángulo hay que colocarse para hacer la mayor parte de las que pueden servir a este efecto; pero veo también que son tales y en número tan grande que ni mis manos ni mis rentas, aunque fueran mil veces mayores, podrían bastar para todas; de suerte que, según que en lo sucesivo tenga la comodidad de hacer más o menos, adelantaré también más o menos en el conocimiento de la naturaleza. Es lo que me prometía dar a conocer mediante el tratado que había escrito, y mostrar tan claramente la utilidad que el público puede obtener que obligaría a todos los que desean en general el bien de los hombres, y no por falsa apariencia, ni solamente por opinión, tanto a que me comunicaran las que ya hubieran hecho como que me ayudaran en la investigación de las que quedan por hacer.
Pero después de esos días tuve otras razones que me hicieron mudar de opinión y pensar que debía verdaderamente seguir escribiendo todas las cosas que juzgara de alguna importancia a medida que descubriera su verdad y haciéndolo con el mismo esmero que si quisiera hacerlas imprimir: tanto a fin de tener más ocasión de examinarlas bien, pues sin duda se mira siempre más detenidamente lo que se cree deberá ser visto por varios que lo que sólo se hace para uno mismo, y a menudo lo que me pareció verdadero cuando comencé a concebirlo, me pareció falso cuando quise ponerlo en papel, como a fin de no perder ocasión alguna de aprovechar al público siendo yo capaz, y de que si mis escritos valen algo, quienes los tengan (Prohibida su venta y reproducción)
después de mi muerte puedan utilizarlos como les parezca más conveniente; pero que no debía consentir en modo alguno que se publicaran durante mi vida, a fin de que mi las oposiciones y controversias, a que quizá estarían expuestos, ni siquiera la reputación que pudieran proporcionarme, me dieran ocasión alguna de perder el tiempo que me propongo invertir en instruirme. Pues aunque es muy cierto que todo hombre está obligado, en cuanto depende de él, a procurar el bien de los demás, y que propiamente no vale nada quien no es útil a nadie, también lo es empero que nuestros cuidados deben extenderse más lejos que el tiempo actual, y que es bueno omitir lo que acaso proporcionaría cierto provecho a los que viven, cuando es con el propósito de hacer otras cosas que proporcionen más a nuestros nietos. Y así, en efecto, quiero que se sepa que lo poco que aprendí hasta ahora, no es casi nada en comparación con lo que ignoro y que no desespero de poder aprender; pues les ocurre casi lo mismo a los que descubren poco a poco la verdad en las ciencias que a los que, al empezar a hacerse ricos, hacen grandes adquisiciones con menos trabajo que el que emplearon, antes, en adquirir cosas mucho menores, siendo más pobres. O bien puede compararse con los jefes de ejército cuyas fuerzas suelen crecer en proporción con sus victorias, y que necesitan mayor esmero para mantenerse después de perder una batalla que para tomar ciudades y provincias después de haberla ganado. En efecto, tratar de vencer todas las dificultades y errores que nos impiden llegar a conocer la verdad, es realmente dar batallas, y equivale a perder una el admitir alguna falsa opinión relativa a una materia lago general e importante; para volver luego al mismo estado en que se estaba antes se necesita mucha más habilidad de lo que hace falta para hacer grandes progresos cuando se tienen ya principios que son seguros. En cuanto a mí, si hasta ahora encontré algunas verdades en las ciencias (y espero que lo que se contiene en este volumen hará juzgar que algunas hallé), puedo decir que no son sino consecuencias y accesorios de cinco o seis principales dificultades que logré vencer y que yo cuento como otras tantas batallas en que la suerte estuvo de mi lado. Es más aún, no temeré decir que pienso que ya no necesito ganar más que otras dos o tres parecidas para llegar totalmente a la meta de mis propósitos, y que mi edad no es tan avanzada que, según el curso ordinario de la naturaleza, no me (Prohibida su venta y reproducción)
quede aún bastante tiempo para este efecto. Pero tanto más obligado me creo estar a administrar el tiempo que me queda cuantas más esperanzas tenga de poderlo emplear bien; y sin duda tendría varias ocasiones de perderlo si publicara los fundamentos de mi física. Pues aunque sean casi todos tan evidentes que sólo es preciso oírlos para creerlos, y que no hay uno solo del cual no piense yo poder dar demostraciones, siendo empero imposible que estén de acuerdo con las diversas opiniones de los demás hombres, preveo que a menudo se me distraería con las oposiciones que provocarían.
Cabría decir que esas oposiciones serían útiles, tanto para hacerme conocer mis defectos como para que, teniendo yo algo bueno, los demás tuvieran por medio de ello más comprensión, y como muchos pueden ver más que uno solo, comenzando a utilizarlo desde ahora, me ayudarían también con sus invenciones. Aun cuando me reconozca sumamente expuesto a errar y casi nunca me fíe de los primeros pensamientos que se me ocurran, la experiencia empero que tengo de las objeciones que puedan hacérseme me impide esperar provecho alguno de ellas, pues a menudo he examinado ya los juicios tanto de quienes tenía por amigos como de toros a quienes yo pensaba ser indiferente y aun también de algunos de quienes sabía que por malevolencia y envidia harían no poco por descubrir lo que el afecto ocultaría a mis amigos; pero raras veces ha sucedido que me hayan objetado algo que yo no hubiese previsto totalmente, salvo que ello estuviese muy lejos de mi tema; de suerte que casi nunca encontré ningún censor de mis opiniones que no me pareciera menos riguroso o menos equitativo que yo mismo. Y tampoco he notado jamás que mediante las disputas que se practican en las escuelas se haya descubierto verdad alguna antes ignorada, pues mientras cada cual trata de vencer, se aplica más a hacer valer la verosimilitud de lo que afirma que a sopesar las razones en pro y en contra, y quienes durante mucho tiempo fueron buenos abogados no por eso serán luego mejores jueces.
Respecto de la utilidad que los demás obtengan de la comunicación de mis pensamientos, tampoco podrá ser muy grande, sobre todo porque no los (Prohibida su venta y reproducción)
he llevado aún tan lejos que no sea necesario añadirles mucho antes de ponerlos en uso. Y pienso poder decir sin vanidad que si alguien puede hacerlo, seré más bien yo que otro; no porque no pueda haber en el mundo varios espíritus incomparablemente mejores que el mío, sino porque no puede concebirse tan bien una cosa, y hacérsela suya, cuando se aprende de otro como cuando la ha inventado uno mismo. Lo cual es tan cierto en esta materia, que, a pesar de que yo he explicado algunas de mis opiniones a personas de muy buen espíritu, y que mientras yo les hablaba parecían comprenderlas bien distintamente, luego cuando las repitieron noté que casi siempre las modificaban de suerte que yo ya no podía declararlas mías. Aprovecho esta ocasión para rogar a nuestros descendientes que no crean nunca que viene de mí lo que les digan si no lo que he divulgado yo mismo. Y no me asombran en lo más mínimo las extravagancias que se atribuyen a todos esos filósofos antiguos cuyas obras no conservamos, ni juzgo por eso que sus pensamientos fueran tan poco razonables, puesto que eran los mejores espíritus de su época; simplemente, nos han informado mal de ellos. Como se ve también que jamás sucedió que ninguno de sus seguidores los superaran; y estoy seguro de que los más apasionados que siguen actualmente a Aristóteles, se considerarían dichosos si conocieran la naturaleza tanto como él, aunque fuera a condición de que nunca supieran más. Hacen como la hiedra que no tiende a subir más arriba que los árboles que la sostienen, y aun a veces vuelve a bajar después de haber llegado hasta su copa; pues me parece también que vuelven a bajar de ella –es decir, de algún modo se hacen menos sabios que si se abstuvieran de estudiar– quienes, no contentos con saber todo lo que está explicado inteligiblemente en su autor, quieren todavía encontrar allí la solución de varias dificultades de las cuales él nada dice y en las cuales tal vez jamás pensara. Sea como fuere, su modo de filosofar es muy cómodo para quienes tienen sólo espíritu mediocre, pues la oscuridad de las distinciones y de los principios de que se sirven, es causa de que puedan hablar de todo con la misma audacia que si lo supieran, y sostener todo lo que dicen contra los más sutiles y más hábiles sin que haya medio de convencerlos. En eso me parecen semejantes a un ciego que, para batirse sin desventaja contra uno que ve, lo hubiera hecho descender al fondo de una cueva muy oscura; y puedo decir que ésos están (Prohibida su venta y reproducción)
interesados en que me abstenga de publicar los principios filosóficos de que me sirvo, pues siendo muy sencillos y muy evidentes, si yo los publicara haría casi lo mismo que si abriera algunas ventanas e hiciera entrar luz en esa cueva a la cual bajaron para batirse. Pero aun los mejores espíritus no tienen motivo de desear conocerlos, pues si quieren saber hablar de todo, y adquirir la reputación de ser doctos, lo lograrán más fácilmente contentándose con la verosimilitud –que sin esfuerzo puede hallarse en toda clase de materias– que buscando la verdad, la cual sólo poco a poco se descubre en algunas y, cuando es cuestión de hablar de las demás, obliga a confesar que se las ignora. Que si prefieren conocer algunas pocas verdades a la vanidad de parecer no ignorar nada –lo cual es sin duda preferible–, y quieren seguir un propósito parecido al mío, para eso no necesitan que yo les diga más de lo que ya he dicho en este discurso, pues si son capaces de llegar más lejos que yo lo lograrán también, con mayor motivo, si hallan por sí mismos todo cuanto yo pienso haber hallado, tanto más cuanto que, como nunca examiné nada sino por orden, es cierto que lo que me queda por descubrir, es de suyo más difícil y más oculto que lo que hasta ahora haya podido encontrar, y les proporcionará menos placer conocerlo por mí que por ellos mismos; por añadidura, el hábito que adquirirán buscando primero cosas fáciles y pasando paulatina y gradualmente a otras más difíciles, les servirá más que todas mis instrucciones. Asimismo yo, por mi parte, estoy convencido de que si desde mi juventud me hubieran enseñado todas las verdades cuyas demostraciones busqué después, y que no me hubiese costado esfuerzo alguno aprenderlas, acaso no hubiera sabido jamás otra alguna, y por lo menos no habría adquirido el hábito y la facilidad que pienso tener de hallar siempre otras nuevas a medida que me pongo a buscarlas. Y en una palabra: si hay en el mundo una obra que no pueda ser tan bien terminada por nadie que no sea quien la empezó, es aquella en que yo estoy trabajando.
Bien es verdad que respecto de las experiencias que pueden servirme a este objeto, un hombre solo no sería capaz de hacerlas todas; pero tampoco podría emplear útilmente otras manos que las suyas, sino las de artesanos o gentes a quienes él pudiera pagar, y a quienes la esperanza del lucro, medio muy eficaz, haría hacer exactamente todo cuanto les encargara. (Prohibida su venta y reproducción)
En efecto, en el caso de voluntarios que por curiosidad o deseo de aprender se ofrecerían tal vez a ayudarlo, aparte que de ordinario prometen más de lo que hacen, y se limitan a hacer bellas proposiciones ninguna de las cuales da resultado jamás, querrían indefectiblemente ser retribuidos mediante la explicación de algunas dificultades, o por lo menos mediante cumplidos y conversaciones inútiles, que por poco tiempo que le costaran serían para él una pérdida. Y en cuanto a las experiencias que los demás hayan hecho ya, aunque estuvieran dispuestos a comunicárselas, lo cual no harán quienes las denominan secretos, las más de ellas están compuestas de tantas circunstancias o ingredientes superfluos que le resultaría muy incómodo descifrar la verdad; además que las encontraría casi todas tan mal explicadas, o aun falsas –porque quienes las hicieron procuraron hacerlas parecer de conformidad con sus principios– que si hubiera algunas que le sirvieran, tampoco le compensarían el tiempo que tendría que invertir en escogerlas. Por lo tanto, si en el mundo hubiera alguien de quien se tuviera la seguridad de que es capaz de hallar las cosas más grandes y que, por esta cauda, los demás procuraran por todos los medios ayudarle a realizar sus propósitos, no veo que pudieran hacer por él otra cosa sino contribuir a los gastos de los experimentos que tuviera que hacer, y además impedir que su tiempo no le fuera quitado por nadie que fuera a importunarlo. Mas, sin contar que yo no soy tan presuntuoso que pretenda prometer cosas extraordinarias, ni me imagine que el público deba interesarse mucho por mis propósitos, tampoco tengo el alma tan baja como para aceptar de nadie un favor que pudiera creerse que no he merecido.
Todas estas consideraciones juntas fueron hace tres años la causa de que no quisiera divulgar el tratado que tenía entre manos, y aunque tomara la resolución de no hacer ver durante mi vida otro alguno que fuera tan general ni por el cual pudieran entenderse los fundamentos de mi física. Pero ha habido después otras dos razones más que me obligaron a poner aquí algunos ensayos especiales y a dar al público alguna cuenta de mis propósitos y de mis actos. La primera es que, si dejaba de hacerlo, muchos que conocieron la intención que yo tenía hasta ahora de hacer imprimir algunos de mis escritos, podrían imaginar que las causas de que me (Prohibida su venta y reproducción)
abstuviera fueran para mí más desfavorables de lo que son. En efecto, aunque yo no ame demasiado la gloria pues la juzgo contraria a la tranquilidad que yo estimo por encima de todas las cosas, tampoco traté de esconder mis actos como si fueran crímenes ni he empleado muchas precauciones para permanecer desconocido, tanto porque yo habría creído que me perjudicaba como porque eso me habría dado una especie de inquietud, que también habría sido contraria a la perfecta tranquilidad de espíritu que yo busco. Y puesto que, habiéndome mantenido así, indiferente entre el afán de ser conocido y el de no serlo, no puede impedir que adquiriera alguna especie de reputación, pensé que debía hacer todo lo que pudiera para, por lo menos, no tenerla mala. La otra razón que me obligó a escribir esto, es que, viendo todos los días cada vez más el retraso que surge el propósito de instruirme, a causa de una infinidad de experiencias que necesito, y que es imposible que haya sin la ayuda de otro, aunque no me hago la ilusión de esperar que el público coopere mucho en mis intereses, tampoco quiero desalentarme hasta el punto de dar motivo a quienes me sobrevivan para reprocharme un día que les habría podido dejar varias cosas mejores si no hubiese descuidado de enterarles en qué podían contribuir a mis propósitos.
Y pensé que me era fácil escoger algunas materias que, no estando sujetas a muchas controversias, ni obligándome a declarar sobre mis principios más de lo que deseo, no dejarán de hacer ver con bastante claridad qué es lo que yo puedo o no puedo lograr en las ciencias. No sabría decir si lo he logrado ni quiero prevenir los juicios de nadie hablando yo mismo de mis escritos; pero me gustaría que alguien los examinara y, para facilitar mejor esa ocasión, ruego a todos los que tengan objeciones contra ellos, se tomen la molestia de enviarlas a mi librero, y habiéndome avisado éste, trataré de unir mi respuesta a esas objeciones; de este modo, mis lectores, viendo frente a frente ambos escritos, podrán juzgar tanto más fácilmente la verdad. Pues no prometo poner nunca largas respuestas, sino solamente confesar mis faltas muy francamente si la conozco, o, si no puedo percibirlas, decir simplemente lo que yo crea necesario para la defensa de lo que haya escrito,
sin añadirle la explicación de ninguna nueva materia para no lanzarme sin fin de una a la otra.
Si alguna de las que he hablado al principio de la Dióptrica y de los Meteoros choca a causa de que yo las denomino suposiciones, y que al parecer no tengo deseo de demostrarla, téngase la paciencia de leerlo todo con atención y espero que quien así lo haga se sentirá satisfecho. Pues me parece que las razones se entrelazan de tal suerte que, como las últimas se demuestran por las primeras, que son sus causas, estas primeras se demuestran recíprocamente por las últimas, que son sus efectos. Y no debe imaginarse que yo cometo en esto la falta que los lógicos llaman círculo vicioso, pues como la experiencia hace muy seguros los más de estos efectos, las causas de las cuales los he deducido no sirven tanto para probarlos como para explicarlos, y, al contrario, son ellas las probadas por ellos. Y solamente las he denominado suposiciones para que se sepa que pienso poderlas deducir de estas verdades primeras que expliqué antes, y si no he querido hacerlo expresamente ha sido para impedir que ciertos espíritus que se imaginan que saben en un día todo lo que otro pensó en veinte años tan pronto se les diga de ello sólo dos o tres palabras, y que están tanto más expuestos a equivocarse y menos capaces de hallar la verdad cuanto más penetrantes y sagaces son, no puedan aprovechar esto como ocasión para construir alguna filosofía extravagante sobre lo que crean que son mis principios y me echen la culpa. En efecto, en cuanto a las opiniones que son del todo mías, no las excuso como nuevas, tanto más cuanto que si se consideran bien sus razones, estoy seguro de que se las encontrará tan simples y tan conformes al sentido común que parecerán menos extraordinarias y menos extrañas que cualesquiera otras que puedan tenerse sobre los mismos asuntos. Tampoco me envanezco de ser el primer inventor de ninguna, antes bien que jamás las acepté ni porque hubieran sido dichas por otros ni porque no lo hubieran sido, sino solamente porque la razón me convenció de ellas.
Si los artesanos no pueden ejecutar en seguida la invención que se explica en la Dióptrica, no creo que por eso pueda decirse que sea mala, (Prohibida su venta y reproducción)
pues así como se necesita destreza y hábito para hacer y ajustar las máquinas que describí sin omitir ninguna circunstancia, si lo encontraran desde el primer momento no me extrañaría menos que si alguien pudiera aprender en un día a tocar el laúd a la perfección por el solo hecho de que le hubieran dado un buen pentagrama. Y si escribo en francés, que es la lengua de mi país (y no en latín, que es la de mis preceptores), es porque espero que quienes sólo se sirven de su pura razón natural juzgarán mejor mis opiniones que quienes sólo creen en los libros antiguos. Y respecto de aquellos que unen el buen sentido al estudio, que son los únicos que deseo por jueces, estoy seguro de que no serán tan parciales a favor del latín que se nieguen a escuchar mis razones por el hecho de que las explique en lengua vulgar.
Por lo demás, no deseo hablar aquí especialmente de los progresos que tengo esperanza de hacer en lo sucesivo en las ciencias, ni obligarme respecto del público con promesa alguna que yo no tenga la seguridad de cumplir; antes bien me limitaré a decir que he resuelto no emplear el tiempo que me queda por vivir en otra cosa que en tratar de adquirir de la naturaleza algún conocimiento tal que se puedan deducir de él reglas para la medicina más seguras de las que se tienen hasta ahora, y que mi inclinación me aparta tanto de toda otra suerte de propósitos –principalmente de los que sólo podrían ser útiles a unos perjudicando a los otros– que si algunas ocasiones me obligaran a ocuparme de ellos, no creo que fuese capaz de acertar. Por lo tanto, hago aquí una declaración que sé perfectamente que no puede servir para hacerme importante en el mundo, pero tampoco tengo deseo alguno de serlo; y me sentiré siempre más obligado a quienes con su favor me ayuden a gozar sin obstáculos de mi ocio que a quienes me ofrecieran los empleos más honrosos de la tierra.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN EN TORNO AL DISCURSO DEL MÉTODO DE DESCARTES
I. TEXTOS SOBRE EL DISCURSO DEL MÉTODO TEXTO 1 El racionalismo cartesiano sostiene que el conocimiento debe identificarse con una verdad inconcusa, esto es, debe tener un fundamento cierto, objetivo y seguro. Así, pues, Descartes erige una argumentación con el fin de garantizar la certeza y la evidencia. Por ello, resulta claro que, para el pensador racionalista, el principal enemigo es el escepticismo que justamente niega toda posibilidad de certeza. Ahora bien, si este ideal es el crucero básico del sistema filosófico cartesiano, entonces podemos colegir que para él sólo puede haber dos procedimientos para alcanzar la verdad: la intuición y la deducción. Todo conocimiento tiene como primordial condición, pues, encontrar una proposición inmediatamente evidente. Sólo así se podrá construir el edificio de la ciencia sobre sólidas bases y macizos cimientos, sin ningún temor de construir castillos en el aire. He aquí que Descartes desarrolla un concepto capital, la noción de evidencia. Ésta se opone a la conjetura en cuanto que es el fundamento de la certeza y el acto mental por el cual se capta lo evidente es la intuición. Luego, la intuición es definida como la percepción inmediata de la verdad. Pero no sólo de intuiciones, está empedrado el camino del conocimiento, también es necesaria la deducción. La deducción (que se opone a la inducción) el es procedimiento lógicamente seguro de derivar consecuencias verdaderas a partir de las proposiciones claras y autoevidentes obtenidas por la intuición. Así, pues, dada una sucesión de intuiciones, se puede avanzar paso a paso con la deducción en un continuo movimiento del pensamiento que tiene como coronación el logro de la verdad. 1. ¿Cuál es la idea principal de Descartes que se expone en el texto? A) La verdad se consigue mediante la intuición y la deducción. B) La autoevidencia es un rasgo fundamental de la ciencia. C) El conocimiento debe aspirar al nivel superlativo de certeza. D) La verdad puede ser absoluta si se basa en un criterio claro. E) Hay un nexo indisoluble entre la evidencia y la deducción. 2. El vocablo CAPITAL significa A) caudal. B) ideal. D) original. E) compleja.
3. Se infiere del texto que la intuición, para Descartes, es A) pasajera. B) empírica. C) deductiva. D) inductiva. E) infalible. 4. Resulta incompatible con el texto decir que Descartes aspira a una verdad (Prohibida su venta y reproducción)
CEPREUNMSM A) objetiva. D) irrefutable.
Descartes: Discurso del Método B) segura. E) irrefragable. C) relativa.
5. Si se elaborase una teoría sin recurrir a la evidencia, A) la teoría en cuestión podría refutarse en cualquier momento. B) la deducción podría conferirle un grado absoluto de verdad. C) debería apoyarse en la inducción para llegar a la certeza. D) la certeza se podría conseguir de un modo más directo. E) Descartes apoyaría el procedimiento como el más plausible. TEXTO 2 Si bien Descartes consideraba a la matemática como el paradigma del conocimiento, supo también que sus verdades a priori no eran indudables, en el sentido que él exigía. Admitía la posibilidad de que un demonio maligno lo engañase aun en aquellos asuntos en los cuales él tenía la mayor convicción. El demonio obraría sobre su inteligencia de modo que él tomase por evidentemente verdaderos a enunciados falsos. La hipótesis de la existencia de semejante archiengañador es completamente infundada, pues sus operaciones no podrían descubrirse nunca. Pero se la puede considerar como una manera pintoresca de expresar el hecho de que la convicción no es una garantía lógica de verdad. La cuestión planteada por Descartes es, pues, la de si puede haber, entre todas las proposiciones que creemos conocer, alguna que se sustraiga al alcance de la duda que nos infunde el demonio. Su respuesta es que sólo hay una proposición semejante: el célebre cogito ergo sum (pienso, luego existo). El demonio no puede engañarme haciéndome creer que no estoy pensando cuando pienso, pues si creo que estoy pensando debo estar en lo cierto, ya que mi creencia en que estoy pensando es, ella misma, un proceso de pensamiento. En consecuencia, si pienso, es indudable que estoy pensando; y si es indudable que estoy pensando, entonces –argumenta Descartes– es indudable que existo, al menos en tanto que pienso.
1. ¿Cuál es la idea fundamental de Descartes que el texto reseña? A) Cogito ergo sum es la proposición fundamental con certeza indubitable. B) El demonio maligno es el ser que infunde de duda a todos los hombres. C) La convicción no es una garantía de certeza irrefutable en las ciencias. D) Si existo en un momento dado, puedo inferir que estoy pensando en algo. E) Las verdades a priori de la matemática son el paradigma del conocimiento. 2. En el texto, el término INTELIGENCIA designa A) aptitud. B) arte. D) mente. E) sagacidad.
3. Determine el enunciado incompatible con el texto. A) Las verdades a priori, según Descartes, son pasibles de hesitación. B) Para Descartes, la matemática es el paradigma del conocimiento. C) Según Descartes, la convicción es garantía lógica de certeza. D) Si pienso, de acuerdo con Descartes, es verdad que existo. (Prohibida su venta y reproducción)
E) El demonio nos engaña presentado como verdad la falsedad. 4. Se puede inferir del texto que la duda cartesiana A) carece de todo sustento racional. B) sólo se aplica a las matemáticas. C) es capaz de negar toda existencia. D) es empleada como un recurso. E) permite negar la realidad del pensar. 5. Si no existiera ningún principio indubitable, sería imposible A) el pensamiento. D) la duda. B) la experiencia E) la certeza. C) el demonio. II. ÍTEMS SOBRE EL DISCURSO DEL MÉTODO 1. De la lectura de las primeras páginas del Discurso se puede establecer que el método cartesiano A) parte de una certeza. D) critica el buen sentido. B) tiene un sello personal. E) es común a todos los hombres. C) no conduce a ningún progreso. 2. Gracias al conocimiento de las costumbres de otros pueblos, se puede propender A) al universalismo. D) al sentido matemático. B) al silogismo lógico. E) a la actitud tolerante. C) a la irracionalidad. 3. Con respecto a la virtud en la poesía, se infiere que, según Descartes, A) no es susceptible de enseñanza. B) carece de todo valor estético. C) es una guía para la ciencia. D) es idéntica a las matemáticas. E) está divorciada de la retórica. 4. Resulta incompatible con el pensamiento cartesiano decir que A) todos los seres humanos disponemos de buen sentido. B) los inventos de las matemáticas tienen utilidad. C) todas las ciencias se apoyan en la filosofía. D) para llegar al cielo no es necesario ser un sabio. E) toda forma de ocio es negativa y censurable. 5. En la segunda parte, Descartes se refiere a los silogismos lógicos y los censura por A) ser una consecuencia del arte de Raimundo Lulio. B) ser inútiles en la tarea del descubrimiento. C) tener menor valor que los análisis del álgebra. D) conducir necesariamente a falacias y engaños. E) explicar a otros los principios del conocimiento.
6. De la exposición de las normas cartesianas, se desprende que A) el paso de las enumeraciones completas es lógicamente anterior a ir de lo simple a lo complejo. B) el criterio de verdad en las ciencias se basa en la aceptación de las leyes formuladas por los científicos. C) la carencia absoluta de hesitación es una de las propiedades fundamentales de la evidencia. D) el criterio de las enumeraciones detalladas es una fase prescindible en la aplicación metódica. E) el orden puede variar a voluntad y, por ende, se puede ir de lo más complejo hasta lo más simple. 7. Se puede determinar que el segundo precepto del método cartesiano es de índole A) algebraica. B) sintética. C) analítica. D) empírica. E) enumerativa. 8. En la Tercera Parte, Descartes habla de su moral provisional. Un rasgo fundamental de esta moral es la A) racionalidad. B) vehemencia. C) prudencia. D) tolerancia. E) versatilidad. 9. El objetivo de la moral provisional es A) evitar la irresolución. D) abrazar el escepticismo. B) censurar a la religión. E) aplicar la certeza. C) llegar a la verdad. 10. El primer principio de la filosofía cartesiana resulta de A) estar convencido de la existencia del alma. B) hacer indubitable todo lo que es incierto. C) demostrar que todo es verdadero. D) aplicar la duda a todas las creencias. E) advertir la verdad de los sentidos. 11. ¿En qué radica la prueba de la existencia de Dios que da Descartes en la Cuarta Parte? A) Dios es un ente que une materia y espíritu en su ser. B) Un espíritu imperfecto no puede crear la idea de perfección. C) Las almas humanas no pueden ser de ningún modo eternas. D) Un ente perfecto puede existir sin base corpórea. E) La idea de Dios es el primer principio de la metafísica. 12. Si un geómetra le hubiera dicho a Descartes que los tres ángulos de un triángulo suman más de 180 grados, Descartes A) lo habría admitido como posibilidad. B) habría dudado de la geometría. C) habría estado totalmente de acuerdo. D) lo habría considerado contradictorio. E) habría pensado que es probable.
13. En la Cuarta Parte, Descartes sostiene que la idea del alma refuta la tesis de que A) la existencia de Dios es una verdad necesaria. B) lo inteligible es más que lo imaginable. C) sólo se entiende lo que es sensible. D) los entes inmateriales son intangibles. E) los sentidos pueden ser engañosos. 14. Casi al final de la Cuarta Parte, Descartes argumenta que se puede poner en duda la existencia del cuerpo sobre la base de que A) la idea de Dios es algo totalmente incognoscible. B) el alma humana vive sin necesidad de creación. C) la seguridad es imposible de ser obtenida. D) el sueño y la vigilia son indiscernibles. E) los astros poseen una total certidumbre. 15. Al inicio de la Quinta Parte, el símil del pintor pone de relieve el criterio de A) belleza. B) simplicidad. C) jerarquía. D) simetría. E) autonomía. 16. Al final de la Quinta Parte, se establece la siguiente diferencia esencial entre los hombres y los animales: A) Los hombres tienen el mecanismo físico para proferir palabras. B) Todos los hombres disponen de un alma vegetativa. C) Todos los hombres muestran las mismas percepciones. D) Los hombres son únicos al emplear creativamente el lenguaje. E) Solamente los hombres están guiados por su pasión y volición. 17. Al inicio de la Sexta Parte, Descartes asevera que decidió no publicar su tratado en virtud de que A) se convenció de que sus fundamentos eran falaces. B) no había estudiado a fondo la naturaleza de la luz. C) demostraba que el alma humana era mortal. D) se hubiere deslizado una hipótesis equivocada. E) alguien podría pensar que no valía la pena. 18. Si Descartes hubiera considerado que la gloria vale más que la tranquilidad psicológica, A) habría publicado de todos modos su tratado sobre el mundo. B) se habría dedicado a la magnífica poesía y a la retórica. C) habría tomado los hábitos como un solitario eremita. D) no habría tratado de buscar con ahínco la verdad en las ciencias. E) habría decidido no publicar sus escritos metafísicos. 19. Si un animal pudiese articular sonidos, A) Descartes estaría profundamente equivocado. B) se demostraría que posee un alma racional. C) Descartes se habría maravillado ante el prodigio. D) se demostraría que es un ser muy inteligente. E) el argumento de Descartes quedaría incólume. (Prohibida su venta y reproducción)
20. Si Descartes hubiese valorado preponderantemente la evidencia de los sentidos, podría haber sido considerado como un filósofo A) racionalista. B) escéptico. C) metafísico. D) solipsista. E) empirista.
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