Source: http://www.paz-cristiana-ensemble.com/cristianos-maduros.html
Timestamp: 2019-07-16 02:26:37+00:00

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Cristianos maduros seremos si perseveramos en la Iglesia de Cristo.
Cristianos maduros.
NO ENOJARNOS CON LA IGLESIA SIGNIFICA SEGUIR EN ELLA CON ACTITUD MADURA
No te enojes con la Iglesia (15)
No debemos huir de la Iglesia por negligencia o temor ante nuestras responsabilidades para con Ella, sino decir, con dedicación y respeto, lo que sinceramente nos parezca que deba corregirse o que pueda mejorarse.
Llegamos ya al artículo final de la presente serie. La secuencia o el orden de los 14 artículos precedentes pudo no haber sido claro para muchos lectores, quizá para la mayoría, por tratarse de un orden poco usual. Y por lo mismo preferí explicarlo al final, ya que al principio, por no conocer todavía los temas que se tratarían, pudo no haber sido del todo claro: ¿De qué orden nos está hablando este autor? Ahora, en cambio, una vez que se han desarrollado y leído los temas, ese orden podrá ser entendido con mayor facilidad. Mucho me gustaría que este artículo final fuera ocasión de que se revisaran los anteriores.
De manera muy breve, que desarrollaré más ampliamente en el resto del artículo, adelanto ya que el orden seguido en esta serie ha sido el de apoyarse en otra de mis series, No te enojes con Dios, donde se dice que Dios decidió crear el mejor de los mundos no con el criterio de minimizar los males, sino con el de maximizar los bienes, aunque para ello tuvieran que arrastrase muchos males, para luego ver que también quiso hacer la mejor Iglesia posible, con el mismo criterio, y que, por tanto, no debemos enojarnos con la Iglesia debido a los males que encontremos en Ella.
No te enojes con la IglesiaCristianos maduros.
Cuerpo del artículoCristianos maduros.
Aquí, en el inicio del cuerpo del artículo, vuelvo a la estrategia de reproducir, para tenerla a la vista, la lista de 20 males que representativamente se han dado en la Iglesia a lo largo de su historia, como hice en casi todos los artículos de esta serie; lista que fue elaborada en el artículo Algunos males que se han dado en la Iglesia. De esta forma será más fácil referirse a cualquiera de ellos, por el número que ocupa en la lista, siempre que sea conveniente. He aquí la reproducción de la lista:
Esta parte abarca los artículos 1 y 2. En el artículo 1 vimos una síntesis de la serie No te enojes con Dios, mencionada arriba. Como dijo el filósofo Leibniz, y hay que darle el crédito correspondiente, Dios ha querido hacer el mejor de todos los mundos posibles. Para lo cual hay dos estrategias básicas: maximizar los bienes o minimizar los males. Obviamente, Dios eligió la estrategia de maximizar los bienes, aunque para ello hubiera que arrastrar males, con preferencia a elegir la estrategia de minimizar los males y correr el peligro de cercenar algunos bienes; y Dios lo hizo así porque es magnánimo y ama el bien más de lo que aborrece el mal, tal como puede comprobarse en la parábola del trigo y la cizaña (cfr. Mateo 13, 24-30).
Vimos también que a la creación del mejor de todos los mundos posibles podemos llamarla Obra Magna de Dios, y que podemos acompañarlo en la realización de su Obra Magna. Y en ese primer artículo finalmente vimos que, dentro de su Obra Magna, Dios quiere hacer la mejor Iglesia posible y que, por los mismos motivos, permite que haya males en Ella. No debemos, pues, extrañarnos ni escandalizarnos de que los haya, ni debemos enojarnos con la Iglesia por tal motivo.
El artículo 2 se dedicó a tratar de visualizar, en la medida de nuestras posibilidades, la magnitud de lo que puede ser la Obra Magna de Dios. Analizamos la posibilidad de que existan seres inteligentes extraterrestres, no humanos. Consideramos incluso la posibilidad de que el Verbo Divino asumiera también otras naturalezas creadas, distintas de la humana. El resultado fue que no habría problema en ello. ¡Los extraterrestres pueden venir en el momento que gusten! Y sin temor alguno podemos afirmar que no afectarán la solidez de la vida cristiana ni siquiera en un ápice. Lo que ciertamente afecta a la vida cristiana es la falta de amor, con o sin la presencia de extraterrestres.
Esta parte abarca los artículos 3 a 6. La llamo fundamental porque esta parte fundamenta los futuros estudios y análisis de los males concretos que se han dado en la Iglesia. En esta parte se describe la naturaleza misma de la Iglesia, su modo de ser y su eficacia redentora, ya que ésa es la Iglesia en la que los males se dan.
En el artículo 3 se dijo que para poder hablar con madurez y sin escándalos de los males que se dan en la Iglesia es conveniente procurar enumerarlos y conocerlos bien. Por tal motivo formulé una lista de los principales males que representativamente se han dado en la Iglesia a lo largo de su historia, y resultó una enumeración de 20 males. Vimos que a fin de realizar su Obra Magna, aunque Dios no quiera los males, quiere permitirlos y ha hecho defectibles a sus creaturas. Y vimos que no sólo somos defectibles, sino que parece que nos gusta estar en esa situación, como permanecer en la ignorancia, e incluso en diversos tipos humanos de ceguera, que analizaríamos en el siguiente artículo de la serie.
Así, pues, en el artículo 4 analizamos lo tipos humanos de ceguera anunciados en el artículo 3. Las grandes cegueras de las que hablamos no son enfermedades, sino actitudes más o menos advertidas y libres; y como bien dice el refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Dichas cegueras son las siguientes:
La ceguera axiológica, que nos impide ver los valores.
La ceguera hipostática, que nos impide ver a la persona.
La ceguera escatológica, que nos impide ver la vida eterna.
La ceguera soteriológica, que nos impide ver la salvación llevada a cabo por Dios en su Iglesia.
La ceguera pneumatológica, que nos impide ver las realidades del espíritu y nos hace materialistas.
El artículo 5 se dedicó a explicar que la Iglesia existe en vistas a nuestra salvación y que, dado su peculiar modo de ser, debe haber males en Ella a fin de que pueda cumplir su misión. Vimos que la Iglesia no es una persona moral, y también analizamos la justicia en el plan salvador de Dios. Revisamos lo dicho por San Pablo referente a que debemos cumplir lo que falta a los padecimientos de Cristo. Notamos que surge, por tanto, otro modo de acompañar nosotros a Dios, que es el de colaborar con Él y acompañarlo en la realización de su Obra Magna, en la que se incluye el modo ya conocido de acompañarlo en su Pasión.
Respecto a la eficacia redentora de la Iglesia, en el artículo 6 vimos que el amar o no amar a Dios nos califica en nuestra condición de pecadores, hasta el grado de que nuestros pecados puedan redundar en nuestro propio bien, si amamos a Dios. Vimos, además, que Dios combate el pecado con el pecado mismo, y que éste puede tener consecuencias redentoras. De tal modo quedó puesta, al menos brevemente, la parte fundamental que permita analizar por menudo, con seriedad y sin escándalos, los diversos males que se han dado en la Iglesia.
Parte genérica de desarrollo
Esta parte abarca los artículos 7 a 9. En toda esta temática el desarrollo consiste en revisar y analizar los males que se han dado en la Iglesia a fin de comprender que no debemos enojarnos con Ella por tal motivo. Y llamo genérica de desarrollo a la parte del desarrollo que de un modo más genérico nos prepara a la parte específica de desarrollo, que sería la de un estudio de dichos males más por menudo o uno a uno. Por eso en esta parte, genérica, vimos algunos males de tipo más genérico, o que están presentes en la Iglesia casi siempre y favorecen la presencia de otros males. Se trata de males como el afán de poder o de control (incisos 3 y 16 de la lista de arriba) y algunos otros.
El artículo 7 se dedicó principalmente al afán de poder. Para llegar a entender sin escándalo el peculiar fenómeno del afán de poder que se ha dado en la Iglesia, hay que entender cómo surge el afán de poder en todas las sociedades humanas. Vimos algunas diferencias entre el poder y la autoridad, y que el poder tiende a corromper a los seres humanos, que estamos dañados por el pecado original. También vimos cómo degeneran algunas ciencias o disciplinas; en concreto vimos que las de carácter práctico suelen degenerar en Derecho, que por lo mismo tiende a ser un derecho malo que suele estar relacionado con el afán de poder.
El artículo 8 revisa algunas peculiaridades del afán de poder en la Iglesia, donde surge principalmente debido a las limitaciones humanas, de manera casi irremediable, más que por mala intención. Analizamos los verdaderos y los falsos caminos de difusión del cristianismo, y también algunas diferencias entre el Derecho bueno y el malo. Vimos, además, algunos ejemplos de derecho canónico malo, y en general que Dios ha querido permitir todos estos males en su Iglesia.
Una de las cosas más notables de la Iglesia es que Cristo la dirige certeramente a la meta querida por Él, independientemente del rumbo por donde la lleven sus Pastores, tema al que se dedicó el artículo 9. Ahí se vio que algunos de los rumbos equivocados han sido el dejar de enfocar la obra redentora de manera antropocéntrica (inciso 6 de la lista de arriba) y el favorecer que la moral se fuera haciendo rigorista y represiva (inciso 7). Salió a la luz que ni los Pastores ni los fieles estamos a la altura de la obra redentora, y se revisó cuál ha de ser nuestra actitud ante toda esta problemática.
Parte específica de desarrollo
Esta parte abarca los artículos 10 a 14. No es posible en esta breve serie de artículos revisar y analizar específicamente todos los males que se han dado a lo largo de la historia de la Iglesia. Por tal motivo, en vez de pasar de modo muy superficial por varios de ellos, preferí analizar con algo de profundidad al menos uno, y elegí uno que afecta negativamente a toda la cristiandad: el haber considerado que el estado de matrimonio es inferior al estado de celibato (inciso 13).
En el artículo 10 vimos que la declaración de dicha supuesta inferioridad se debió a confundir los anatemas con definiciones dogmáticas, que son infalibles (inciso 12). Siempre se ha creído que los Pastores de la Iglesia gozan de infalibilidad, y es verdad, pero no de manera genérica o global; y por eso los avances en el conocimiento de la infalibilidad obligan a revisar y reconocer que algunas doctrinas pudieron ser enseñadas como infalibles, sin serlo; y que tal posibilidad se ha dado de hecho en el pasado.
En el artículo 11 vimos las consecuencias de la falsa infalibilidad. Lo que Cristo dejó en su Iglesia, lo divino, es perfecto e infalible. Todo lo demás es falible, y tarde o temprano se deja ver. Fue necesario reconocer que Pío XII exageró al decir que en el Concilio de Trento fue solemnemente definida como dogma de fe divina la doctrina que declara la superioridad del estado de celibato sobre el de matrimonio. Luego recordamos la inagotable riqueza de la voluntad divina y ponderamos las tremendas negativas consecuencias de la supuesta inferioridad de los casados.
La Iglesia siempre se sobrepone a sus males. Es más amable sostener que entre el matrimonio, el celibato y el sacerdocio hay ordenamiento con fundamento trinitario, en vez de sostener que hay jerarquía de superioridad e inferioridad (si esto es verdad, deberá reconocerse a su debido tiempo). Así lo vimos en el artículo 12, donde revisamos las citas bíblicas usadas en el Concilio de Trento. Analizamos luego el fundamento trinitario de las vocaciones cristianas básicas: matrimonio, celibato y sacerdocio.
Los artículos 13 y 14 se dedicaron a revisar la exégesis de los pasajes de San Pablo que han sido usados para pretender establecer la inferioridad del matrimonio respecto al celibato. El resultado fue que tales textos no nos ofrecen un fundamento sólido de que la superioridad del celibato sobre el matrimonio esté revelada por Dios. También analizamos las relaciones entre Sagrada Tradición, costumbres y exégesis; por ejemplo, vimos que el carácter apasionado de San Pablo, junto con su gran autoridad, han sido causa indirecta e injustificada de que se haya pensado que la superioridad del celibato sobre el matrimonio está revelada por Dios.
Esta parte se reduce al presente artículo, que es el 15. Aquí trato de aclarar el orden seguido en esta serie de artículos destinada a ayudar a comprender que no debemos enojarnos con la Iglesia debido a los males que podamos encontrar en Ella. Como hemos visto, la serie tiene una parte preparatoria, una parte fundamental, una parte genérica de desarrollo, una parte específica de desarrollo y una parte final. En la parte específica revisamos con mayor profundidad uno sólo de los males que se han dado en la Iglesia (el del inciso 13), por ser algo que afecta negativamente a toda la cristiandad. Sería interesante analizar todos los otros males, y puede hacerse con benéficos resultados; pero eso no se pretende ahora, sino sólo poner un botón de muestra para ayudar a comprender que no debemos enojarnos con la Iglesia.
En el artículo 11 vimos que así como las creaturas no podemos amar a toda nuestra capacidad si no tenemos la experiencia del perdón —y por tanto sin la presencia de males—, tampoco podemos entender nuestra total necesidad y dependencia de Dios si no tenemos la experiencia de nuestra propia impotencia: "Sin mí no podéis hacer nada" (Juan 15, 5). Hoy estamos viendo cómo el hombre, apenas tiene un poco de tecnología, de inmediato intenta construir una civilización sin Dios. Por eso Cristo se fue al Cielo y dejó la Iglesia en nuestras manos, para hacernos humildes, para que entendamos que sin Él nada podemos hacer, tampoco en la Iglesia, y por eso permite todos los males mencionados... y muchos más.
En síntesis, como lo hemos visto en nuestro ejemplo específico, la Iglesia siempre se sobrepone a sus males, como se dijo en el artículo 12. Porque sólo hay dos alternativas: el estado de celibato es superior al de matrimonio, o no lo es. En el caso de que sí lo sea, se nos ha venido enseñando la verdad, y no debemos enojarnos con la Iglesia. Y en el caso de que no lo sea, sucede que doctores tiene la Santa Iglesia que lo sabrán explicar, como a mí me ha tocado hacerlo en esta ocasión —si estoy en lo correcto en su debido momento se reconocerá—, por lo que tampoco debemos enojarnos con la Iglesia. En ningún caso, por tanto, debemos enojarnos con la Iglesia. Y así, pues, si a nosotros —a ti o a mí, querido lector, o lectora— nos parece que algo debe corregirse o que puede mejorarse, podemos hacerlo notar, con dedicación y respeto, Dios nos dará sus luces:
"Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2, 19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven... Así Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3, 16)" (Dei Verbum, n. 8).
Y si no lo hacemos notar o no nos atrevemos a ello, no debemos enojarnos con la Iglesia, sino con nosotros mismos, por perezosos o por cobardes, si preferimos huir de la Iglesia antes que afrontar nuestras responsabilidades. Y aun así, ante la presencia de todos los males que se dan en la Iglesia, tenemos la tentación de decir: Dura realidad es ésta, ¿quién la puede soportar? A lo que Cristo podrá respondernos: "¿Esto os escandaliza? ¿Pues y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?... ¿Queréis vosotros también marcharos?" (Juan 6, 60-69). A lo cual responderemos con Pedro, siempre unidos a Pedro: ¿Adónde iremos?... la Iglesia tiene tus palabras de vida eterna...
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References: artículo 1
 artículo 2
 artículo 3
 artículo 4
 artículo 3
 artículo 5
 artículo 6
 artículo 7
 artículo 8
 artículo 9
 artículo 10
 artículo 11
 artículo 12
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 artículo 12