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Timestamp: 2017-10-19 03:25:49+00:00

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Sólo tú puedes salvar a la Humanidad.
Timunmas. Biblioteca Terry Pratchett. Barcelona, 2009. Titulo original: Only You Can Save Mankind. Traducción: Miguel Martínez Lage (Gabriella Ellena Castelloti por la Nota del autor). 207 páginas.
En este, primer libro de los tres que Pratchett dedicó a seguir las «aventuras» del joven Johnny Maxwell, el protagonista se encuentra pasando una mala época, sobre todo por el estado lamentable de su hogar y por el de la inestable relación de sus padres, desatendido, al borde de la desnutrición sino fuera por lo que come en el centro comercial con sus amigos, su único escape y refugio parecen ser los videojuegos que le piratea su compinche el Cojo ―y hay que recordar que los juegos de ordenador de principios de los 90 del siglo pasado eran muy, muy diferentes de los actuales―; sobre todo uno titulado Sólo tu puedes salvar a la Humanidad, donde tiene que aniquilar a las naves de los invasores extraterrestres.
Pero ¿qué puede hacer Johnny cuando los alienígenas en su pantalla, en vez de enfrentarse valerosamente a sus misiles hasta el exterminio, le envían un mensaje en el que le comunican que se rinden y que quieren establecer una vía de diálogo? Eso no puede formar parte del juego, ¿o sí? ¿O acaso está terminando por volverse un poco loco? Cuando cada vez que se duerma se vea al frente de los mandos de su nave espacial comandando la retirada de los alienígenas y combatiendo a quienes, dentro y fuera de la flota, intentan impedir dicha huida, pronto comenzará a cuestionarse cuál es la auténtica realidad.
Escrita y ublicada en 1992, Pratchett sitúa la acción en el momento en que estaba en pleno apogeo la, primera, Guerra del Golfo, y aprovecha para desplegar toda la fuerza de su habitual sátira social reflejando como trasfondo del libro la retransmisión casi en directo de la contienda al tiempo que Johnny intenta salvar a los SreeWee, quienes no terminan de entender las formas contradictorias de pensar de los humanos. La novela es así, y entre otras cosas, una brillante y demoledora denuncia de las formas de la guerra y a los “parches” que se colocan para evitar sus peores consecuencias. Retratados a través de los ojos de la incomprensión de los alienígenas, los humanos adquieren una imagen muy poco agraciada. Mientras Johnny se enfrenta a un juego que de repente le parece real, la TV no para de ofrecer imágenes de una guerra lejana que parece sacada de un juego, con sus armas teledirigidas, sus bombas inteligentes y sus explosiones que parecen fuegos artificiales repetidas hasta la saciedad.
Pero no es tan solo un divertido alegato anti belicista; viviendo en una familia de esas que ahora se llama desustructuradas, Johnny crece en Blackbury, una deprimida ciudad británica, junto a sus amigos Bigmac, el Cojo y el Serio, parias sociales todos ellos por diferentes motivos, invitando a través del retrato que hace de ellos a enfrentarse a la xenofobia, a ponerse en el lugar del «otro», a ver el mundo a través de la realidad de sus ojos y a implicarse contra las injusticias, a sentir empatía por aquellos más desfavorecidos de entre los que nos rodean; mostrando una afilada crítica social, por ejemplo, con la visita a ciertos barrios degradados donde vive uno de los protagonistas. Y todo sin renunciar en absoluto al humor de Pratchett que no da descanso en momento alguno, con situaciones divertidas y a veces francamente hilarantes asaltando continuamente al lector. Dirigido a un público principalmente infantil o juvenil, Sólo tú puedes salvar a la Humanidad seguramente no es un libro tan elaborado o profundo, con tantos dobles sentidos, como sus novelas del Mundodisco, siendo mucho más directo en su planteamiento y sentido de humor, pero sin duda es una magnífica lectura de iniciación al autor.
Pratchett consigue construir unos personajes tremendamente reales, unos niños ―apenas adolescentes―, enfrentados a un mundo que se les antoja bastante hostil, luchando por crecer sorteando obstáculos sin perderse por el camino. A un tiempo es una historia enormemente divertida que encierra unas grandes dosis de reflexión, un libro juvenil que da algunas claves sobre cómo enfrentarse a los retos del crecimiento ―incluso si estos no son tan complicados como los de los protagonistas―, y con una lectura especial para aquellos que conocieron de primera mano los “maravillosos” videojuegos de aquella época, con sus toscos gráficos y repetitivas misiones. Incluso me atrevo a pensar que gustará más a ciertos adultos que a los propios adolescentes. Para definirla con una sola palabra «entrañable» sería decir poco.
Escrita hace casi veinte años, la novela continúa hoy tan vigente como entonces, aunque quizá haya lectores a los que les falten ciertas referencias o antecedentes ―el público «objetivo» de la novela ni siquiera había nacido cuando sucedieron los hechos narrados como telón de fondo―. Puestos en situación, Pratchett, con su habitual humor y amenidad, muestra a sus jóvenes espectadores cómo lo que puede parecer muy emocionante, incluso fascinante, visto a través del filtro de una pantalla, seguramente no lo sea tanto cuando uno se ve inmerso de lleno en ello. Una vez más, demuestra que tiene mucho que decir, incluso lejos de su Mundodisco. Ameno, ágil, sencillo, divertido y entretenido, de rápida lectura es un libro perfecto para pasar un buen rato. Como reza el lema del videojuego causante de todo el lío: Si no lo haces tú, entonces ¿quién?
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Etiquetas Ciencia ficción, Humor, Libros, Reseñas, Timun Mas
Durante estos dos últimos meses, hemos recibido los siguientes títulos como servicio de prensa cortesía de Timunmas, Minotauro, Ediciones B, NGCficción!, Quaterni, Alfaguara, Nocturna ediciones y Grupo Ajec :
Sombras sobre Baker Street.
Varios autores (edición de Michael Reeves y John Pelan).
La Factoría de Ideas. Col. Solaris Terror # 29. Madrid, 2006. Título original: Shadows over Baker Street. Traducción: Paz Fernández-Xesta Cabrera . 352 páginas.
Nos encontramos ante un libro que une dos mundos bastante diferenciados. Por un lado tenemos a los seguidores de H.P.Lovecraft, acostumbrados a un terror hacia lo desconocido y agobiante, donde la lógica parece no existir, y por el otro a los de Sir Arthur Conan Doyle, que disfrutan de un mundo en el que la lógica es la base para solucionar casos. Sombras sobre Baker Street es un libro en el que tenemos relatos cortos que sitúan al mejor detective del mundo frente a situaciones del universo creado por Lovecraft en La llamada de Cthulhu. Numerosos autores de prestigio dentro del mundo del terror, la fantasía o la ciencia ficción tales como Poppy Z. Brite, Barbara Hambly, Tim Lebbon o Brian Stableford, se reúnen para ofrecernos relatos cortos sobre cómo situarían al conocidísimo consultor de Scotland Yard dentro del mundo creado por Lovecraft. Entre ellos destacaría el relato de Neil Gaiman, autor de The Sandman, American Gods o Los Hijos de Anansi, titulado “Estudio en esmeralda” (guiño a Estudio en escarlata, la aventura en la que el doctor Watson y Sherlock Holmes se reúnen por primera vez) en la que el nuevo ocupante del 221B de Baker Street ya no es el Doctor John H. Watson. Dicho relato le propició a Gaiman el premio Hugo en el 2004, siendo una historia que cuanto menos, resulta atractiva.
Considerando que nos encontramos ante múltiples autores dentro de una misma obra, desconociendo este hecho sería difícil adivinarlo. Cada relato está empapado de la misma atmósfera sombría que encontraríamos leyendo a Lovecraft y podríamos afirmar que la parte referente a Sherlock Holmes pudiera ser obra póstuma de Conan Doyle, viendo la misma esencia de los personajes, e imitando los detalles previos a los casos de Holmes, como encontrarlo en su estudio fumando en su pipa y anticipando la llegada del inspector Lestrade u obteniendo datos sobre la procedencia de sus visitantes con el mero hecho de observar pequeños detalles en sus ropas. Cualquier seguidor de las historias de Holmes, y ligeramente interesado en cuentos de terror, posiblemente quedará satisfecho en el tratamiento que se le ha dado a los personajes, e incluso con el estilo literario que han usado en cada parte. Los interesados en Lovecraft, van a encontrar detalles claramente reconocibles, y referencias continuas a personajes y criaturas que habitan su siniestra obra.
Dentro de la cronología del relato, cabe indicar que los mismos Holmes y Watson que encontramos en la primera historia no son los mismos que encontramos en las siguientes, como si se tratara de versiones alternativas, cada autor ha trasladado a los personajes al mundo de horror de Lovecraft siguiendo su propio criterio, a mi parecer muy acertadamente, llegando a ser desde los clásicos compañeros hasta completos desconocidos. Ése es un punto añadido a la originalidad, así como que no siempre es Holmes quien protagoniza las historias, algunas de ellas están basadas en el propio Doctor Watson, Mycroft (hermano de Holmes, sorprendentemente, más inteligente que él) o cómo no, el Doctor James Moriarty, su eterno archienemigo. ¿Cómo incluir la fantasía de Lovecraft? Pues contando con la presencia del Necronomicón, referencias al propio Cthulhu, al árabe loco, Abdel Alhazred, o a los famosos primigenios, esperando su regreso a nuestro mundo.
¿Qué se le puede reprochar a un libro así? La respuesta es fácil. Tenemos un libro de cuentos cortos escritos por varios autores. Lógicamente cada autor escribe como sabe, y basándose en sus propias preferencias, por lo que tenemos unas historias que se centran más en unos aspectos de la mezcla. Podemos encontrar relatos basados casi plenamente en las aventuras del detective que tienen el mito de Cthulhu como algo muy secundario, y otros que reflejan obsesión compulsiva por el mismo. Asimismo, son historias cortas. Algunas de ellas parecen escritas bajo presión, vemos la introducción al caso, una mínima trama y el desenlace. En el caso de algunas historias, dan ganas de que se prolonguen, ya que consiguen introducirnos completamente en el mundo sombrío de Lovecraft, y cuando crees que la historia puede dar un giro te encuentras con que al detective ya no le hacen falta más pistas, y al volver la página ves cómo ha resuelto el caso.
En cuanto al estilo, habría que leer la versión original para poder apreciar matices entre los diversos autores, pero como ya he indicado antes, produce la sensación de estar leyendo a Conan Doyle. Tienes textos simples, redactados de una forma pulcra y descriptiva, cuando de repente empieza el estilo agobiante de Lovecraft y sientes como algo ha pasado en el texto, sobrecargado con la adjetivación. En otros encuentras el punto perfecto de mezcla de ambos mundos, siendo éstas las historias que más puede agradecer un lector que desconoce ambas obras. Ya sea por curiosidad o interés en los personajes o situaciones, es un libro que no resulta pesado, resultaría extraño que varios autores que utilizan dos temáticas basadas en lo misterioso y lo desconocido cayeran en ese error.
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Etiquetas Fantasía mitológica, La Factoría, Libros, Misterio, Reseñas, Sherlock Holmes, Terror
David Wellington parece decidido a revisitar y dejar su particular impronta en todos los monstruos clásicos de la literatura de terror; si anteriormente dedicara sus obras a zombies y vampiros, en esta ocasión la ha tocado el turno a los hombres lobo o licántropos. Unos licántropos que, alejándose de la corriente tan de moda de la fantasía urbana en que hay que encontrar un punto humano y bondadoso en las criaturas sobrenaturales, son absolutamente inhumanos, criaturas fruto de una terrible maldición que tan solo buscan absoluta libertad y disfrutan destrozando a cualquier hombre o mujer que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino. Mientras se encuentran transformados en lobo, no tienen conocimiento de su otra existencia, no tienen una conciencia humana dentro de un cuerpo lobuno, no tienen piedad ni sentimientos morales más allá de su odio ancestral a la raza de sus alter-egos, no hay una dualidad coexistiendo que contenga sus impulsos transgresores, son totalmente otra cosa, puro animal; dominados por sus instintos agresivos y la sed de sangre, solo se les puede matar mediante la plata, que los envenena... Y cuando vuelven a ser humanos los recuerdos de lo que han hecho en su forma lobuna son tan difusos que se podrían considerar prácticamente inexistente, aunque los resultados que suelen encontrarse a su alrededor al volver en sí, no les dejan dudas sobre a lo que han estado dedicándose mientras la Luna se encuentra, en cualquiera de sus fases, por encima del horizonte.
En estas circunstancias, el autor comienza la novela directamente con una escena de acción, sumergiendo al lector y de paso a la protagonista, Cheyenne Clark, una excursionista medio perdida en las inhóspitas tierras del noroeste del Ártico canadiense, directamente en un torrente súbitamente inundado de agua helada que la arrastrará y zarandeará hasta llevarla cerca de la muerte y de donde saldrá con pocas esperanzas de supervivencia dados los escasos recursos que le quedan tras la ordalía. Sin embargo, cuando decide luchar y seguir adelante para salvar su vida, pronto descubrirá que la escasez de sus pertenencias es el menor de sus problemas al verse asediada por una manada de lobos de los que apenas podrá escapar gracias a la presencia de un ser más aterrador todavía... ¿o no ha escapado en absoluto?
Cambiando, justificadamente, los escenarios urbanos tan cercanos al género últimamente, Wellington hace que prácticamente toda la acción se desarrolle en una zona de bosques deshabitados, en un territorio de fría soledad donde lo normal sería que un excursionista no se encontrase son otro ser humano a lo largo de días y días y que termina convirtiéndose en un elemento definidor de toda la narración. Plantea desde un principio el autor la idea de que Chey no es una excursionista que solo busca hacer turismo de aventura, sino que esconde un secreto propósito tras su viaje. Cuando se vayan incorporando más personajes a la acción (el enigmático Dzo, el ermitaño Monty Powell, el agente Robert Fenech, el militar retirado Bannerman, los hermanos Pickersgill con su empresa de control de cánidos...), la madeja se irá liando cada vez más, mezclando los rastreros intereses humanos con la fuerza bruta y desatada de que hacen gala los licántropos, hasta que la violencia sea el único camino para resolver la situación planteada. Se producirá, claro está, un enfrentamiento en que cada protagonista deberá elegir un bando sin tener demasiado claras las consecuencias.
Como un punto negativo en una historia como la que relata Balas de plata, Wellington no se rompe demasiado la cabeza con la transformación, que es más bien un intercambio mágico de cuerpos; si en un momento dado se encuentra presente la persona, cuando aparece la luna ésta se desvanece, como si se hiciera intangible, y de pronto allí está el lobo (un lobo “real”, quizá más grande de lo normal, pero no antropomórfico), sin transición, sin transformación. Es quizá en eso, y en la falta de una explicación a fondo del origen del mito, de la maldición inicial que les ha condenado a esa naturaleza, donde más falla la trama, dejando al lector con ganas de conocer de dónde vino el primer licántropo. La forma de contagio es también algo insatisfactoria, llevando a pensar que si fuese tal y como se narra los hombres y mujeres lobos del mundos serían mucho, pero que mucho más habituales y numerosos de lo que se da a entender en la novela, a pesar de justificaciones de erradicaciones pasadas (sobre todo en Europa) que aparecen en el texto. Se da a entender que la existencia de la licantropía es de dominio público, vistas ciertas conversaciones, actuaciones y situaciones (se antoja imposible que el común de los mortales desconozcan su existencia visto lo que se explica de las circunstancias de la Europa medieval); sin embargo hay momentos en que el autor parece dar a entender, algo contradictoriamente, que ese conocimiento no está tan extendido como pudiera parecer, sorprendiendo a los implicados cuando se produce el fatalmente mortal ataque de unos de estos seres que toma desprevenidos a los implicados.
La prosa de Wellington es directa, libre de artificios, fluida y ágil, muy adecuada para la historia que se está narrando, dotando a la trama de una rapidez no exenta de emoción que se ve quebrada por algún momento de mayor introspección, y algunos largos flash back, centrados sobre todo en la vida pasada de Cheyenne y de Powell, que aporta conocimientos sobre la situación general del mundo más allá de los bosques árticos. Con un atisbo de romance que no llega a desarrollarse (ni falta que hace), los personajes, salvo la protagonista principal, se encuentran excesivamente desdibujados, planos, y de ellos el lector tan solo va a conocer lo necesario para que la acción siga adelante. Al final parece que todo se reduce a la lucha entre la naturaleza desatada y la codicia humana, con una poco sutil crítica al abuso de los recursos naturales, a la contaminación de los parajes “vírgenes” y a la ambición económica por encima de cualquier otra consideración. Acción, violencia, sangre, decepciones, traiciones y un final cerrado que, sin embargo, deja abierto el camino para una continuación que, al ritmo al que está ofreciendo Timun Mas las obras del autor, no creo que tardemos mucho en ver publicado en nuestro país (o al menos eso espero, ya que entretener, entretiene).
Los juegos del hambre 3.
Molino. Barcelona, 2010. Título original: Mockingjay. Traducción: Pilar Ramírez Tello. 422 páginas.
Antes de empezar a leer este libro, sería muy recomendable que quien no haya leído Los juegos del hambre y En llamas lo hiciera y solo entonces volver aquí a seguir leyendo esta reseña. Justo al termino de la anterior, Katniss Everdeen, la protagonista principal de la serie, había sido rescatada in extremis de los 75 Juegos del Hambre, tercer Vasallaje de los Veinticinco, por enviados del, supuestamente, erradicado Distrito 13, mientras su compañero Peeta quedaba atrás, abandonado en manos de Panem. La acción de Sinsajo comienza muy poco tiempo después de ese punto, cuando Katniss, y el lector con ella, asiste a las terribles consecuencias que tal suceso ha supuesto. A partir de ese momento, de una forma bastante reticente ―como sucediera en las anteriores entregas― se verá inmersa en el centro de la acción bélica del Distrito 13 contra Capitolio. Poco a poco sus inquietudes le harán implicarse de forma activa, a pesar de todo lo que le dicta la mente y el corazón. Así, los rebeldes desean que asuma el papel del Sinsajo, el símbolo de su lucha contra el gobierno de Panem, utilizándola como imagen propagandística ante el resto de distritos para conseguir la adhesión de estos a la rebelión.
Con el corazón dividido entre el cautivo Peeta y el combativo Gale ―que ha terminado también en el Distrito 13, uniéndose fervientemente a la lucha―, la joven que harta de tanto enfrentamiento y tanta muerte tan solo deseaba que le dejasen en paz debe tomar partido en la guerra a pesar de que siente en lo más íntimo que no se le está contando toda la verdad, que no es sino un mero instrumento en manos de quienes buscan derrocar al presidente Snow a cualquier precio después de tantos años de totalitarismo y abusos de poder. Inevitablemente se verá inmersa en lo más crudo de la contienda, un enfrentamiento total con la amenaza nuclear flotando sobre los dos bandos, y tendrá que asistir a alguno de los mayores horrores de los que es capaz el ser humano. Katniss de forma inevitable va a darse cuenta de que ella no es sino un peón en manos de otros, que realemente nunca ha sido dueña de su destino, lo que no le impedirá luchar con todas sus fuerzas por los suyos y por lo que cree correcto, se equivoque o no.
Es este un libro oscuro, más adulto quizá que los anteriores, como si la autora pensase que sus lectores han crecido mientras seguían a Katniss a través de todas sus ordalías y solo ahora pudieran hacer frente a la verdadera oscuridad, a la crueldad definitiva, al dolor de la guerra y de la pérdida, al sentimiento de saber que han jugado contigo y tener que plegarte a designios ajenos para no perder lo que más quieres en el mundo y aún así perderlo. Sinsajo es un libro sin duda duro, que no esconde lo peor del ser humano, sino que lo saca a la luz con una claridad diseccionadora, mostrando la fragilidad del alma humana, lo fácil que es romperla, en todos los sentidos y como algunos son capaces de cualquier cosa, cualquier atrocidad para mantener sus privilegios y que se cumpla su voluntad. Todos los personajes sufren, todos son cambiados por las circunstancias que les tocan vivir, todos contemplan el horror, son partícipes del mismo, y deben tomar sus decisiones, incluso aunque sean erradas, y seguir viviendo con las consecuencias que de ello se derive.
Katniss debe enfrentarse a todo lo que ha hecho para sobrevivir hasta el momento y a las represalias que cree derivadas de sus actos, tiene que asumir y aceptar su sentimiento de culpabilidad, tiene que asimilar que tras todo lo sufrido no hay un auténtico hogar al que volver, que las cosas nunca podrán volver a ser como eran antes de los Juegos; como un combatiente que abandona el campo de batalla cargado de estrés, se encierra en sí misma, huye a esconderse en los armarios para intentar negar su realidad, una existencia de la que no puede escapar a riesgo de perder lo poco que le queda. Y cuando finalmente se pone en pie es para darse cuenta que la pesadilla continúa, que debe seguir combatiendo y que si consigue sobrevivir a la guerra muy posiblemente lo único que le quedará será recomponer los pedazos y tratar de seguir adelante mientras intenta descubrir un nuevo yo. Cuando se ha descendido a los Infiernos, ¿es posible volver a ascender? ¿Se puede conseguir la independencia cuando siempre se ha dependido o se ha sido juguete de otros? Cuando has visto los oscuros entresijos del poder, el feo rostro de la manipulación, ¿es lícito renunciar a ejercerlo y querer ser feliz? Cuando has visto todo el horror, ¿puede alguien reprocharte querer darle la espalda y buscar algo de paz? ¿Y dónde se sitúa la incierta línea entre la venganza y la justicia?
La novela se cuestiona en todo momento la «razón» de las guerras, la moralidad de utilizar todas las armas que se tienen a mano con el objetivo de vencer y erradicar al enemigo sin importar el precio que se deba pagar y quién deba pagarlo, el trozo de alma que se deba dejar atrás, por las tácticas y tretas utilizadas para conseguirlo. El Distrito 13 ha pasado 75 años en la clandestinidad, sobreviviendo con sus propios y escasos recursos, y eso ha dejado una huella indeleble en sus habitantes, en su forma de pensar y actuar, y tendrá sus consecuencias en la manera de afrontar el conflicto y del pensamiento de cómo debe ser el futuro.
Es cierto que, supongo que por su inicial carácter de novela juvenil de la serie, las escenas bélicas son retratadas con una cierta falta de realismo un tanto anticlimático. Más parece que el lector está asistiendo a un videojuego, con una serie de «pruebas» a ser superadas, que a una auténtica acción de guerra. Los combates no están plasmados con excesiva verosimilitud ―lo que tampoco les quita emoción― y el desarrollo de la guerra se siente algo artificial, pero supongo que la intención de la autora no era ofrecer tanto un relato bélico coherente ―al fin y al cabo para algo ha elegido el maquillaje ciencia ficcinionero―, sino provocar la reflexión sobre tan comprometido tema mediante una narración amena y cautivadora. De todas maneras, Sinsajo es la más violenta de las tres novelas ―al menos por la cantidad de los implicados y por un par de acciones tácticas realmente sangrientas donde las muertes, en vez de producirse de una a una como en los Juegos, afectan a grandes grupos de personas―, alcanzando un nivel que busca denunciar los abusos y el absurdo de la guerra, del uso de la violencia, en cualquiera de sus facetas.
Se resuelve de manera paralela, por fin, con un desarrollo un tanto sorpresivo el triángulo amoroso planteado anteriormente, aunque no sea el tema central de la novela en momento alguno. Creado para dar cierta tensión a las relaciones de la protagonista, las cosas se le pondrán difíciles a Katniss en esta ocasión, con Peeta lejos de ella, sabiendo que lo están utilizando en su contra, torturándolo para hacerle daño a ella, y sin saber si volverá a verlo en persona de nuevo, al tiempo que Gale se encuentra inmerso en la maquinaría bélica del Distrito 13, firmemente implicado en la guerra, y puede perderlo en cualquier misión. Las relaciones son tensas, y los sentimientos de Katniss siguen siendo tan confusos como lo eran antes; al fin y al cabo, los quiere a los dos por distintos motivos y cada uno de ellos le aporta cosas muy diferentes a su vida. A lo largo de la novela el tema se irá polarizando, de manera que el lector puede intuir fácilmente cuál será la elección de la protagonista, aunque no sospeche cómo podrá llevarla a cabo. Desde luego es un tema muy bien tratado en toda la serie, que fluye de una forma muy natural y que añade un punto de tensión e interés dentro del tono general de amenaza de muerte ―en los Juegos y en la guerra― que domina los tres libros.
Maneja Collins de manera perfecta el «tempo» de la narración, ofreciendo las revelaciones pausadamente, terminando cada capítulo con un cliffhanger que carga de tensión la lectura, entregando a los lectores un mensaje anti belicista y anti totalitario tan perfectamente integrado en la narración que en ningún momento se siente una intención didáctica en la novela. Y a pesar de la oscuridad, del dolor o la violencia que impregnan el texto, no se resiste la autora a ofrecer una flor entre las cenizas, a dejar un resquicio a la esperanza, al triunfo del anhelo humano por la paz y la convivencia. Un cierre perfecto a una trilogía «juvenil» ciertamente agradable y recomendable que de alguna manera se sale de lo típico y lo tópico al tiempo que juega con todo ello.
En llamas. Los juegos del hambre 2.
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Etiquetas Ciencia ficción, Libros, Literatura juvenil, Molino, Reseñas
Acantilado. Col. Narrativa # 162. Barcelona, 2009. 350 páginas.
Esta es una novela que, sin duda, levanta o ha levantado pasiones. Una obra que provoca inquebrantables adhesiones de entusiasmo y terribles decepciones. Desde luego, no es una obra destinada a dejar a nadie indiferente; puede que con un sentimiento de cierta ambivalencia entre la admiración y el rechazo sí, pero no indiferencia. Es un libro que se puede disfrutar muy a gusto mientras se está desarrollando ―a pesar de algunos pequeños fallos que hubiera sido fácil evitar―, y odiar profundamente cuando se produce el mazazo ―para el lector― final de encontrarse con que la novela no tiene ningún «fin» al misterio en su última página. Es un libro con tantas opiniones radicalmente enfrentadas que es imprescindible leerlo uno mismo para poder sacar sus propias conclusiones.
Veinticinco años después de que la pandilla se reuniera para pasar un fin de semana maravilloso en un refugio de montaña que todos recordarían, los antiguos amigos deciden cumplir la vieja promesa y volver a reunirse en el mismo lugar para ver cómo les ha ido en sus vidas. Con el contacto prácticamente roto durante muchos años, al principio todo resulta un tanto incómodo y tirante. Algunos van en solitario y un par llevan a sus parejas, y uno de ellos, al que pusieran el mote de El Profeta y al que parece que antaño gastaran una broma cruel y de mal gusto, ni siquiera aparece. Durante la noche, nubosa y tormentosa, empiezan a conocerse de nuevo, aunque parece evidente que se guardan muchos secretos los unos a los otros, y de repente a medianoche un apagón, que deja inertes no solo las luces, sino los móviles y cualquier otro aparato con componentes eléctricos como sus propios vehículos, los saca al exterior y pueden contemplar un cielo despejado donde lucen grandiosas una miriada de estrellas, más brillantes de lo que ninguno pudiera recordar. Tras ciertas agrias discusiones y encontronazos, el grupo se va a dormir; por la mañana, sin ninguna explicación, uno de ellos ha desaparecido, aunque todos asumen que, enfadado por los hechos de la velada anterior, se ha marchado por su propia voluntad. Como el apagón persiste, el resto del grupo decide volver andando a la «civilización», esperando encontrar al desaparecido por el camino. Y así empieza su aventura.
Quien haya estudiado o conozca algo de teoría literaria sabe que lo «ideal» es que todo relato conste de tres partes: presentación, nudo y desenlace. Obviamente, cualquier autor puede eludir cualquiera de ellas en beneficio de la trama o la narración; el problema surge, como sucede aquí, cuando el autor decide no ofrecer al lector una explicación para resolver todo el misterio que había ido planteando anteriormente. Podría argumentarse que Monteagudo deja un final abierto para que cada lector decida a su gusto las causas del suceso; pero entonces el autor debería haber sugerido muchas más claves o pistas para poder hacerse una visión del conjunto y poder especular con cierta base que aquí no existe.
La recurrente situación de inicio, tantas veces utilizada en la literatura apocalíptica, guarda en este sentido cierto paralelismo con la reciente Algo más oscuro que la noche, partiendo de un punto prácticamente igual, salvo que allí es un único individuo y aquí es un grupo, y es que después de viajes y paranoias diversas, no existe ninguna explicación o justificación de las causas que han llevado a esa situación anómala, dejándolo todo en manos de la imaginación del lector.
Tiene también reminiscencias de ciertas obras de Stephen King, sobre todo en su atmósfera, donde partiendo de lo más cotidiano, la reunión de un grupo de amigos después de mucho tiempo sin verse, pronto da paso a una historia de cariz fantástico con el trillado planteamiento de la posible desaparición de la humanidad y de las reacciones de los únicos que, aparentemente, permanecen sobre el planeta.
La narración se sustenta sobre la psicología y el retrato emocional de los protagonistas a través de sus diálogos e interacciones, mientras las rencillas del pasado van aflorando y cada uno tiene que afrontar, desde la crisis existencial de aquellos bien adentrados en la cuarentena, lo que ha hecho de su vida respecto a sus sueños y esperanzas juveniles. Así, el autor crea a lo largo de la narración la necesaria tensión, manteniendo el interés dosificando los golpes de efecto y con algunas escenas llenas de emoción; pero la duda sobre la posible resolución va minando los pensamientos del lector mientras crecen sus, justificados, temores. Monteagudo consigue contagiar al «espectador» la incertidumbre de no saber lo que está pasando que sienten los personajes, manteniendo en todo momento el suspense sobre lo que está sucediendo y sobre lo que ocurrió en el pasado, un pasado que se va desgranando muy lentamente mientras los protagonistas se van recriminando actuaciones pretéritas los unos a los otros.
Al final lo que realmente parece interesar al autor son más bien los conflictos planteados entre los antiguos amigos antes que el propio misterio; los dilemas de una generación bien entrada en la cuarentena que vive navegando entre dos aguas, sin haberse liberado todavía de una herencia algo rancia y sin duda pesada ―las claras diferencias «mentales» de los amigos con María, la acompañante más joven de uno de ellos, es una brillante muestra de ello― que lastra sus formas de pensar y de actuar, sobre todo en torno al concepto de la «culpa». Así los diálogos se llenan de discusiones de carácter social, político o sexual con un alto componente de crítica implícita a formas de pensar algo desfasadas.
El narrador, omnisciente, sobre todo en cuanto al paisaje que los rodea y a las acciones que emprenden, y no tanto a sus motivaciones internas, y que en ocasiones llega incluso a interpelar directamente al lector como si también éste tuviera un ojo indiscreto puesto sobre ellos, rompe el aislamiento que el autor ha impuesto a sus personajes, al tiempo que mantiene una distancia un tanto forzada con sus creaciones, conociéndolos sin juzgarlos ―de eso ya se encargan ellos mismos―. Es éste un narrador demasiado trascendente, demasiado pagado de sí mismo, que acompañando a los protagonistas desde la lejanía deshace la soledad en la que supuestamente caminan. El tipo de descripciones, usando un lenguaje cercano en ocasiones ―sobre todo en los momentos que buscan situar el entorno de la acción, la «escena»― al de un guión cinematográfico, rompe con la linealidad del relato, distanciando la cotidianidad y cercanía del habla coloquial de los personajes, muy bien conseguida por otra parte.
Hay un pasaje en que uno de los protagonistas dice que odia las historias donde después de montar una intrigante trama todo se resuelve con el protagonista despertándose y viendo que todo había sido un sueño. La sensación que provoca el cierre en falso de esta novela es, sin duda, peor. Ofrece el autor una apasionante trama con un «fin» decepcionante que hecha por tierra todo lo anterior. Con personajes bien construidos, con unos diálogos cotidianos, cercanos, muy humanos que sirven para caracterizar a la perfección a cada protagonista, con unas descripciones de paisajes idílicas en ocasiones, agobiantes en otros, con situaciones llenas de interés ―la secuencia de los galgos es realmente taquicárdica―, y con todo el trabajo previo tirado por la borda al no saber o no querer cerrar la trama y dejar al lector ―al menos a este lector― con mil palmos de narices y una sensación de tomadura de pelo realmente exasperante.
Es cierto que las páginas se devoran sin que uno casi se de cuenta, pero también lo es que lo que impulsa esa compulsión lectora, lo que engancha, es la curiosidad sobre descubrir lo que auténticamente está sucediendo, la resolución del misterio... sin ésta, la novela queda coja y el lector, en muchos casos al menos, decepcionado. Es un libro que, sin duda, me atreveré a recomendar con la advertencia de la inexistencia de explicaciones al misterio planteado; de esta forma se puede disfrutar de la historia sin esperar nada de ella y la frustración debiera ser mucho menor. Esperemos que el autor tome nota y próximas obras suyas sí que tengan un «Fin».
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Etiquetas Acantilado, Libros, Misterio, Reseñas
Ediciones B. Barcelona, 2010. Título original: Acacia. Traducción: Albert Solé y Mª Antonia Menini. 787 páginas.
Durham previamente a este libro había escrito varias novelas de género histórico y ha aplicado a la creación de su mundo fantástico todas las herramientas y resortes habituales en ese tipo de obras, lo que por un lado lo dota de un importante realismo, pero que también le trasmite cierta lentitud y un distanciamiento de lo narrado.
Acacia es la historia de un próspero reino milenario en que todo parece funcionar de manera idílica, con un bondadoso rey, Leodan Akaran, donde todos sus súbditos son felices y las cosas funcionan de maravilla. Pero, claro está, por debajo de esta corriente de bienestar fluyen las condiciones negativas necesario para mantener el estatus. Y no todos los pueblos bajo su dominio son tan felices como podría pensarse. Los Mein, subyugados muchas generaciones atrás y exiliados al helado norte, sueñan con liberarse del dominio de los acacios, para lo que no dudarán en organizar una complicada conspiración que les lleve a hacerse con el poder por medio del asesinato y la guerra.
Los cuatro hijos del rey, dos chicos y dos chicas, que han crecido como si viviesen en medio de un cuento de hadas, protegidos de la realidad por el amor de su padre, se verán dispersados para permanecer con vida, adquiriendo la novela una estructura en tres partes bien diferenciadas con distintas direcciones ―incluso con un buen lapso de tiempo entre la primera y la segunda― que casi son tres novelas cortas en sí mismas sino fuera porque se continúan las unas a las otras formando una evidente unidad narrativa.
A la novela le cuesta un tanto arrancar y no es que le falten precisamente sucesos interesantes, todo lo contrario, ahí están la conspiración, la traición, el auge de los Mein, la diáspora de los hijos del rey..., sino que están contados con una falta de emoción realmente curiosa. El autor parece dedicar buena parte del tercio inicial en presentar, pausadamente, personajes, localizaciones, pueblos, tribus, razas y situaciones con excesivo distanciamiento, al tiempo que va introduciendo retazos de historia antigua de los hechos y datos importantes que llevaron al reino a ser tal y como es en el principio de la narración. Se suceden los momentos destacables, pero con tal desapego que el lector no termina de verse implicado en la suerte de ninguno de los protagonistas. La prosa es un tanto plana, muy descriptiva, pero dotada de una alarmante falta de ritmo y un exceso de páginas. El lector recibe una gran cantidad de información, incluso más de la necesaria, referida a la construcción del mundo y a la preparación de la auténtica aventura. Como introducción se antoja demasiado larga.
En la segunda parte la narración, años después de los hechos acaecidos en la primera, va mejorando cualitativamente y Durham consigue que el lector se vaya sintiendo más a gusto con el mundo de Acacia, empatizando más con alguno de los hijos del rey y sus privaciones y padecimientos, al tiempo que la suerte del Imperio se va haciendo más y más intrigante. Cada uno de los jóvenes, inmersos en diferentes culturas, irá adquiriendo una serie de habilidades que les acercan rápidamente a sus destinos, al tiempo que modifican su forma de ver el mundo. Durham ha creado para la ocasión unos escenarios muy variados, con localizaciones dotadas de gran veracidad y coherencia ―aunque a veces se exceda en su afán de sentar las bases de cada pueblo, raza, historia y circunstancias, con todas sus tradiciones y mitos, sus religiones y creencias, sus ritos y costumbres―. El duro proceso de aprendizaje no será fácil para todos, tendrán que renunciar a mucho, despojarse de antiguos prejuicios y abandonar la vida de comodidad que habían conocido. Todos crecerán, en diferentes direcciones, influidos por el ambiente y las costumbres de sus lugares de acogida. De hecho, llegados aquí, si antes era la construcción del mundo, el relato ahora parece más interesado en el desarrollo de los caracteres que en la acción propiamente dicha, que parece reservada para el último tramo de la novela, donde cada uno de los cuatro hijos del rey deberá asumir el papel que el destino parece haberles tenido reservado.
Cuando las líneas que habían estado separadas finalmente confluyen ―al menos unas cuantas de ellas― en la tercera , con todo el rico trasfondo finalmente presentado, con cada protagonista con su personalidad formada, aceptada y asentada, es cuando realmente la cosa toma fuerza y el relato se llena de pasión e interés, aunque quizá ya sea tarde para quien no haya sido capaz de llegar hasta aquí. Alcanzado el momento decisivo, el autor se libera de la necesidad de establecer un escenario lleno de detalles y de dotar de vida a sus personajes y se desata en la parte bélica en dos frentes bien diferenciados y emocionantes, irrumpiendo con fuerza, además, el componente mágico ancestral con gran acierto y cierta irónica originalidad. Ciertas sorpresas inesperadas para las que el lector quizá no estuviera en absoluto preparado consiguen dejar un buen recuerdo de la lectura y con ganas de que no se retrase demasiado la publicación del segundo libro de la trilogía ―a la espera de la edición original del tercero―. Al final, los protagonistas han «crecido», han madurado y cambiado, evolucionado según sus circunstancias, alejándose bastante de los arquetipos que amenazaban ser, la sangre ha sido derramada, muchos hombres y mujeres ―que combaten juntos en el ejército― han muerto y muchas cosas han cambiado. La novela tiene un cierre perfectamente atado que, sin embargo, sienta las bases para su continuación que promete una nueva escala aunque solo sea en su dimensión geográfica.
Es curioso constatar cómo conforme va avanzando la novela la prosa se nota cada vez más suelta, mucho más fluida ―y sin conocer el original no me atreveré a decir mucho sobre la existencia de dos traductores distintos― y agradable. Además la historia aumenta significativamente su componente épico en este último tercio, alcanzando unas cotas de emoción inexistentes en las partes anteriores. Es por ello por lo que se puede asegurar sin temor que la novela termina mucho mejor de lo que empieza.
Al provenir de la novela histórica, Durham se recrea mucho en el ambiente palaciego y cortesano de las tramas, desarrollando en profundidad las intrigas y conspiraciones, los juegos de poder, las inquebrantables lealtades y las mezquinas traiciones de los que ostentan o se encuentran cerca del poder. El autor sabe y da a entender que muchas veces las guerras se vencen lejos de los campos de batalla y que detalles aparentemente irrelevantes, que parecen no tener nada que ver con los grandes hechos ―como un soldado cobrándose una pequeña y privada venganza― pueden modificar el discurrir de la Historia, cambiando el destino. El relato tiene un buen número de capas y lecturas, y mientras parece que la acción se centra en determinado tema por debajo del mismo existe una corriente sutilmente diferente que llevará la resolución por derroteros totalmente contrarios a lo que parecía. Durham utiliza todos los recursos de la novela histórica para dotar de realismo a su mundo fantástico, rodeando las decisiones de los poderosos de una red de complejidades, de influencias externas, de consecuencias múltiples que consiguen la verosimilitud de saber que el resultado de un hecho nunca puede ser del todo lineal, sino que tiene muchas y variadas repercusiones, incluso en personas y regiones lejanas que parecería que no debían ser afectadas. Todo está conectado, y un acto de bondad o maldad puede causar mucho tiempo después el vuelco de una batalla o el resultado inesperado en el ascenso de un rey. En primera instancia, son los pequeños y grandes actos humanos, y no de «seres superiores», los que finalmente impulsan la Historia. Además, el autor parece consciente de que precisamente la Historia siempre la escriben, en un primer momento al menos, los vencedores y a veces lo que ha llegado hasta el presente no es siempre lo que realmente sucedió, pudiendo existir diferentes versiones según quién cuente lo sucedido.
La narración se desarrolla a través de múltiples narradores en varias terceras personas no omniscientes, siguiendo a cada uno de los personajes sin que sepa lo que le está sucediendo a los demás, con un buen número de focos y voces distintos ―el rey de Acacia, sus cuatro hijos, su canciller Thaddeus Clegg, el general acacio Leeka Alain, el caudillo Mein y sus dos hermanos...―. El distante narrador particular es en cada momento uno de los protagonistas, que desconoce el destino del resto hasta que se vuelvan, si es que lo hacen, a reunir
Hay grandes temas, algunos muy actuales, subyaciendo bajo la superficie de Acacia, la novela y el mundo: la esclavitud, el racismo, la guerra, las drogas como elemento embrutecedor y de control de las masas, la justicia social, la prepotencia de ciertas naciones que se arrogan el derecho a gobernar a otras, el precio que se ha de pagar por mantener el poder, el que muchas veces las buenas intenciones tengan que verse respaldadas por malas acciones, el de la «justicia» de que el bienestar y la prosperidad de unos cuantos, incluso de una mayoría, esté apoyado sobre el sufrimiento de muchos, la predestinación como algo contra lo que luchar, la constatación de que en la eterna lucha del Bien y el Mal lo más normal es el gris ―es fácil ver que en la novela todos los bandos luchan con el convencimiento de estar haciendo lo correcto, mostrando argumentos válidos para justificar sus razones para realizar cada acción por cruel que sea, partiendo quizá de los errores ajenos del pasado―... Durham ha escrito una novela histórica de un mundo inexistente, pero con unas firmes bases y cantidad de detalles que lo dotan de verosimilitud.
Como reflexión final, está claro que la editorial puede, y debe, utilizar todas las herramientas a su alcance para llamar la atención de los lectores, pero por mucho que lo pregonée en portada, también se hace evidente que el autor juega, por el momento, en una liga diferente que la que Martin ―allí citado― comparte con Sapkowski, Sanderson o Erikson, por citar alguno escritores de Literatura Fantástica de los que están ahora en boca de todos; y no pasa nada por ello, salvo que alguien se lleve a engaño. Le falta un pelín para alcanzar el escalafón, pero libre de la construcción de su mundo muy bien podría conseguirlo en la siguiente novela de la serie: The Other Lands.
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Etiquetas Ediciones B, Fantasía medieval, Libros, Reseñas
Dorina Basarab 1.
Pandora. Madrid, 2010. Título original: Midnight's Daughter. Traducción: Eva Iluminada Fernández Luzón. 315 páginas.
Dorina Basarab es una dhampir, el fruto de la unión carnal entre una mujer mortal y un vampiro, con una serie de cualidades extraordinarias y una tendencia a cazar a los congéneres de su padre cuando muestran su vena más cruel y sádica. Eso es algo que no la hace precisamente muy popular para el Senado Vampírico, cosa que a ella no parece importarle excesivamente, sobre todo porque cuenta con la extraña protección de su progenitor dentro de una muy disfuncional familia. Y es precisamente esa familia quien va a solicitar su ayuda para capturar a Drácula, fugado de su prisión (donde “Dory” había colaborado en encerrarlo) y en busca de venganza contra quienes le pusieron allí. Para semejante tarea Dorina contará con la ayuda de un vampiro, maestro duelista, llegado recientemente de Europa llamado Louis-Cesare, con el que establecerá una difícil y tensa relación de “trabajo”. Ella quiere a Drácula muerto, pero el poderoso Mircea, miembro del Senado y hermano de éste desea que se le capture con vida, lo que hace particularmente difícil, casi imposible la misión. Así, la novela es casi acción pura y dura, con apenas una pincelada erótica introducida con calzador en medio de la lucha, sin tiempo para demasiadas reflexiones o florituras.
Y si a los lectores de la serie de Cassandra Palmer, de la misma autora, les suenan alguno de estos nombres, es precisamente porque los libros de Dorina Basarab son lo que los ingleses llaman un spin off de aquella y ambas comparten el mundo, la ambientación y algunos personajes con todos sus aciertos y defectos (de hecho el vampiro Mircea o, más bien, toda su "familia" son el centro de la acción; y la liberación de Drácula había tenido lugar allá). Dicho esto, y aunque la narrativa sigue siendo en ocasiones igual de confusa, debo decir que La hija de la medianoche me ha parecido con un nivel algo por encima del decepcionante tercer libro de Cassie Palmer, Envuelta en la noche.
Sin embargo, no es necesario en absoluto haber leído aquellas para entender la que nos ocupa. Comparten el trasfondo y algún personaje, sí, pero las tramas están perfectamente separadas. Supongo que habiendo leído las de Cassie uno se situará mejor en las de Dory cuando se habla de la guerra entre los vampiros y los brujos, en pleno proceso aquí, o de otros temas de “fondo” similares, pero no hay nada que no se pueda pillar por el contexto.
Dorina, narradora en primera persona de la acción, es una “chica” dura e independiente que lleva quinientos años viviendo según sus propias reglas (cuando los dhampir no suelen ser demasiado longevos, sobre todo dada su propensión a enfrentarse con los vampiros y otras criaturas sobrenaturales creándose multitud de enemigos muy poderosos). Individualista acérrima, es muy consciente del alcance de sus habilidades, de lo que puede o no hacer y no suele meterse en situaciones de las que necesite ser salvada por terceras personas; sobre todo porque cuando las cosas se ponen realmente feas su cuerpo y mente entran en una especie de estado berserker, de furia asesina, que la arrastra a una locura homicida de la que no recuerda prácticamente nada al salir de ella, pero cuyos mortíferos efectos quedan bien a la vista. Por eso, aunque siempre le ha gustado trabajar sola, sabe que el encargo de volver a encerrar a Drácula en su prisión la supera ampliamente y decide aceptar, renuentemente, la ayuda de otros, aunque no esté realmente claro quién ayuda a quién.
Además su compañera de piso y mejor amiga, Claire, quien además anula la magia en su cercanía calmando o evitando así los “ataques” de Dorina, ha desaparecido, seguramente raptada, y Mircea agitará ante ella, como la zanahoria del burro, la promesa de ayudarla en su búsqueda y rescate. Una misión que se verá complicada cuando surja el rumor de que Claire esté embarazada de un poderoso personaje, motivo por el que nuevas fuerzas se sumergirán en la búsqueda con sus propios objetivos. Hay que advertir que la “presentación” de Claire y de Heidar (un personaje que tendrá su particular importancia en la narración) tiene lugar en la novela corta On the Prowl, inédita en nuestro país, con lo que es posible que nos estemos perdiendo algo de la historia tras su desaparición (al final se explica algo, pero queda algo difuso).
La protagonista, sin ser abiertamente odiosa, si que se muestra como un personaje con el que es muy difícil empatizar, no solo ya por sus especiales habilidades y longeva vida, sino por una rebeldía contra todo el mundo y un cinismo que termina haciéndose en cierto modo antipática. Parece estar permanentemente enfadada con todos los que le rodean (vale que son mayoritariamente vampiros, sus tradicionales enemigos, pero no hace falta estar todo el rato recordándoselo al lector), y sus reacciones son siempre de rechazo, sin llegar a hacerse simpática en ningún momento, y es que encontrarse en un perpetuo estado de enojo no es algo que atraiga precisamente.
El vampiro Louis-Cesare adquiere aquí un estatus de protagonista después de haber aparecido por primera vez en la primera novela de Cassie Palmer, El aliento de la tinieblas. El formar equipo con Dorina hará que salten chispas entre los dos, con una más que evidente tensión sexual marca de la autora que, sin embargo en esta ocasión, se antoja demasiado forzada y poco natural. No obstante, los enfrentamientos dialécticos, y físicos, entre los dos seguramente sean de lo más entretenido y divertido de la novela.
Chance aprovecha la ocasión para dar una nueva vuelta de tuerca a la figura “histórica” de Vlad Tepes y de su familia, sus hermanos Mircea (el mayor) y Radu (el menor). Una historia llena de traiciones y de sangrienta rivalidad. De la forma en que los tres llegaron a ser vampiros en una época de una Europa convulsa por las guerras contra los turcos en unas tierras dominadas por al superstición y el miedo. La novela es, lo he dicho ya, pura acción, con muy poca “introspección”, y mucha sangre y combates, con varias incursiones en el pasado de la protagonista, profundizando de paso en esa historia de la familia de Drácula y compañía, creando un trasfondo más rico que el de la serie de Cassie Palmer, pero dejando muy poco tiempo para el descanso y la relajación. Tomará especial importancia el mundo feérico, con sus no precisamente amistosos “hadas” y duendes.
Sin embargo, pese a la existencia casi lineal de tan solo dos tramas que se solapan (el intento de captura de Drácula y la búsqueda de Claire), la narración resulta innecesariamente confusa en muchas ocasiones, como en esas películas de acción en el que el frenético movimiento de cámara impide ver quién está haciendo qué en medio de las peleas o batallas. La prosa es farragosa en ocasiones, con una tendencia a no identificar claramente a los sujetos participantes en las escenas, causando en el lector la duda sobre la identidad de los personajes que van apareciendo (caso que se hace particularmente evidente con la aparición de los duendes oscuros y otros secundarios paranormales). Sobre saliendo del lío, pese a la existencia de personajes mucho más importante e incluso poderosos, como el misterioso “duende” Caedmon, la que consigue llevarse toda la simpatía del “público” es Olga, una troll que da lugar a algunas de las situaciones más divertidas y más enternecedoras (aunque parezca irónico refiriéndose a uno de estos seres) de la novela. Todo un acierto de la autora haberla incluido en la misión de Dory.
El final se siente algo apresurado, sobre todo en la trama correspondiente a la historia de Claire, vital para la resolución del enorme castillo de fuegos montado por la autora, pero un poco traído por los pelos. La confusa batalla final, en la que de repente se producen un buen montón de revelaciones vitales, se antoja apresurada y falta de un punto de tensión. Drácula en ningún momento llega a hacer realmente honor a su fama como uno de los vampiros más poderosos, crueles y sanguinarios del mundo, jugando al gato y al ratón sin demostrar su inteligencia sobrehumana ni cristalizar unos planes geniales. Como lector esperaba que se hubiera implicado mucho más en la acción, en vez de dejar todo prácticamente en manos de sus sicarios y aliados.
La hija de la medianoche es una lectura rápida, plena de acción, de ritmo frenético (lo que a veces, entorpecida por su prosa, lleva a confusión), con ciertas pinceladas erótico-románticas, mucha sangre y combates, aventura paranormal pura, magos desatados y medio enloquecidos, vampiros sedientos de sangre, duendes de la luz y la oscuridad a cada cual más salvaje, y que, sin duda, podría haber dado, o al menos yo lo esperaba, para más. Deja con el suficiente buen sabor de boca como para darle una oportunidad a la siguiente, pero cabe decir que entre ésta y Envuelta en la noche a la autora se le está terminando el crédito, así que esperemos que las próximas entregas de cualquiera de sus dos series hagan recuperar la confianza, ya que con este lector en particular bien podría ser una de sus últimas oportunidades.
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Alianza Editorial. Col. Antropología. Madrid, 1974-2010. Título original: The Chrysanthemum and the Sword: Patterns of Japanese Culture. Traducción: Javier Alfaya. 310 páginas.
En 1944 la "United States Office of War Information"solicitó a la antropóloga Ruth Benedict que elaborase un informe sobre la cultura japonesa con el propósito de comprender mejor al enemigo y de ese modo poder facilitar su derrota. Debido a las limitaciones propias de la guerra, el trabajo de campo debió quedar circunscrito al estudio de la producción literaria japonesa, sus películas, periódicos, datos económicos y a un elevado número de entrevistas que Benedict sostuvo con americanos de origen japonés prisioneros de guerra y personal diplomático occidental destinado en Japón antes de 1941. Este estudio "a distancia" siempre quedó como una de las grandezas y debilidades de la obra de la antropóloga, concentrando en las limitaciones de este modelo la mayor parte de las críticas y alabanzas.
El crisantemo y la espada, vio la luz en 1946, ya acabada la guerra, y se convirtió rápidamente en el libro de referencia sobre cultura japonesa tanto en el ámbito de los estudios antropológicos como en los históricos. A la claridad expositiva de Benedict se unió una profundidad de conocimientos que permitieron a varias generaciones de estudiosos reinterpretar la mayor parte de los escasos trabajos que habían centrado su atención en Japón, su Historia y su cultura durante el siglo XIX y la primera mitad del XX.
La autora basó su interpretación antropológica en tres aspectos cruciales y completamente desconocidos de la cultura japonesa, al menos en esos extremos, en el ámbito occidental: La visión radicalmente jerárquica de todos los aspectos de la vida, la llamada "cultura de la vergüenza" (en contraposición a nuestra "cultura de la culpa") y el omnipresente peso del honor en la vida cotidiana.
A partir de ellos comienza a desgranar la estructura social japonesa en función de la relación del individuo consigo mismo, su familia, su trabajo, la sociedad y el Emperador. Para facilitar la comprensión, acude en bastantes ocasiones a ejemplos concretos de comportamiento tanto reales (anécdotas) como extraídos de las producciones literarias o cinematográficas.
La visión jerárquica. Ruth Benedict señala desde las primera páginas del libro que el motivo por el cual Japón participó en la Segunda Guerra Mundial no respondió a un impulso ideológico sino que fue una respuesta militar a la búsqueda del lugar en el concierto de las naciones que, a juicio de sus dirigentes, se le negaba a Japón por otros medios. Esta visión jerárquica del mundo (organización clara y rotunda en la que los poderosos estén en la cúspide) era una sencilla extrapolación del modo en que los japoneses percibían su propia organización social a todos los niveles. En una frase sencilla se podría decir que para ellos "cada cosa debe estar en su sitio" y saltarse ese orden (aunque sea con buena intención o por una causa justificada) debe ser evitado a toda costa y sancionado si se da el caso.
La cultura de la vergüenza. Esta aportación al discurso antropológico por parte de Benedict ha supuesto, desde su origen en 1946 hasta nuestros días, uno de los debates más enconados entre sus partidarios y sus detractores. En resumen la idea consiste en señalar que las sociedades basadas en la vergüenza priorizan el control sobre sus habitantes en la capacidad de inculcar a los niños, y luego a los adultos, el temor a la vergüenza y, por extensión, al ostracismo derivado de ella. Su contraposición sería la "cultura de la culpa" en la que el medio de control se basaría en el concepto de "culpa" asociado a unos determinados comportamientos concretos que la sociedad rechaza y aborrece y sobre los que se actúa por medio de castigos en caso de ser descubiertos. Japón sería, en el momento del estudio, un caso extremo de "cultura de la vergüenza" y eso explicaría comportamientos como la resistencia de los soldados nipones a rendirse en la guerra.
El peso del honor. La piedra angular de la sociedad japonesa (y que sitúa en su justa medida los dos pilares ya citados) se conforma en relación al original sentido del honor que impregna por completo la concepción que tiene Japón de la realidad. En líneas generales la autora sostiene que el japonés se encuentra sometido a una constante presión estructural que sitúa en la cúspide de su existencia la "deuda" de honor ("on") que se contrae con los padres y ancestros ("oya on"), con los maestros ("shi no on"), con los jefes o amos ("nushi on") y, en última instancia, con el Emperador ("ko on"). Esta deuda se recibe de modo pasivo (al nacer o al obtener un trabajo, por ejemplo) sin posibilidad de elegir contraerla o no, y se convierte en referencia de comportamiento durante toda la vida. Ir en contra de alguna de esas deudas (no mostrar devoción por los padres, no ser respetuoso con los maestros, no obedecer los dictados del Emperador o de sus representantes) supone caer bajo el oprobio de la vergüenza y el estigma social.
Estas "deudas contraída pasivamente" han de ser devueltas y pagadas de modo activo y consciente, dividiéndose el tipo de deudas en dos grupos:
El Gimu implica que son deudas que se arrastran durante toda la vida y que no pueden ser nunca pagadas del todo. Incluye el "chu" (deber hacia el Emperador, la ley, el Japón), el "ko" (deber hacia los padres, antepasados y descendientes) y el "nimmu" (deber hacia el trabajo propio).
El Giri son deudas que deben ser pagadas con equivalencia matemática al favor o deuda recibidos existiendo un límite temporal para llevar a cabo la devolución. Incluye dos tipos, que Ruth Benedict calificó como "Giri hacia el mundo" (los deberes hacia el señor feudal, hacia la familia del cónyuge, hacia personas con las que se han contraído deudas de honor -"on"-) y "Giri hacia el nombre de uno mismo" (deber de limpiar la reputación personal, deber de no admitir el fracaso o la ignorancia, deber de respetar los cánones sociales japoneses).
Por medio de la explicación concienzuda del modo en que se relacionan los tres pilares de la "realidad japonesa", Ruth Benedict termina por llegar a una serie de conclusiones sobre el modo en que EE.UU. debería dirigir la posguerra evitando que se perciba como una sucesión de afrentas al honor japonés la ocupación militar. Apelando a la jerarquización, muestra que los japoneses están predispuestos a aceptar que el camino que eligieron para situarse a la cabeza (la guerra) era equivocado y la derrota sufrida (y la posterior ocupación) la consecuencia lógica de su error (de ahí que sea dolorosa pero no deshonrosa). Apelando al honor, señala que la figura del Emperador y la deuda de honor que toda la población tiene con él, es una herramienta muy útil para controlar a los elementos potencialmente más hostiles y rebeldes (los militaristas y las sociedades secretas anti-occidentales) siempre que se mantenga intacta la estructura social japonesa. y a su cabeza perdure el Emperador. Los consejos de la antropóloga fueron seguidos por los presidentes Roosevelt y Truman y eso garantizó la transición del Japón de una potencia imperialista a una democracia fiable y aliada.
¿Sigue siendo El crisantemo y la espada una obra referente sobre la sociedad japonesa sesenta años después de su composición? Para un elevado número de antropólogos los métodos empleados no permitieron obtener un verdadero reflejo del objeto de estudio, siendo el resultado del trabajo de Benedict ampliamente superado, matizado y mejorado en todos sus aspectos. Sin embargo, se sigue considerando una buena base a la hora de comprender las estructuras profundas que han conformado la cultura japonesa hasta mediados del siglo XX. Asimismo, se sigue recomendando como una obra "iniciatica" en lo referido a Japón ya que, en pocas páginas y de un modo ameno, explica una gran cantidad de factores que siguen teniendo sus reflejos en la sociedad japonesa actual (desde la aparente falta de inhibición sexual hasta las elevadas tasas de suicidios, por poner dos ejemplos).
Así que, si quiere conocer mejor Japón y su cultura y no sabe por dónde empezar, la lectura de esta obra puede ser una muy buena manera de entender mejor el país del Sol naciente. Altamente recomendable.
Etiquetas Alianza Editorial, Antropología, Ensayo, Historia, Libros, Reseñas
Las monarquías de Dios 2.
Segunda novela de las cinco que componen Las monarquías de Dios, comenzadas con El viaje de Hawkwood ―imprescindible haberla leído antes de hacer lo propio con ésta―, Los reyes heréticos es una obra de transición dentro de la serie sin renunciar en absoluto a su propia entidad e interés. La narración mantiene el ritmo y la emoción de la anterior ―e incluso lo incrementa― en la difícil tarea de recolocar a sus piezas en el sitio indicado al tiempo que ofrece una historia atractiva y con auténtica «enjundia». Después del enorme estallido que se producía en la entrega anterior, aquí se trata de ver cómo los fuegos empiezan a extenderse por todo el continente amenazando con arrasar a todos los reinos ramusianos, más centrados en lidiar con sus problemas internos que en preparar una defensa conjunta contra los merduk. Con nuevas revelaciones que seguro que tienen una vital importancia más adelante, la novela se dedica a posicionar a los actores en medio de una inestable situación bélica para la previsible «explosión» que amenaza el horizonte, donde acechan a la espera del deshielo los «infieles» y su ambicioso sultán mientras la alianza de los reinos se desmorona y se producen los primeros enfrentamientos internos.
El autor ha depurado sus descripciones respecto a la anterior, integrándolas mejor en la acción a través de los ojos de sus protagonistas y no tanto ―aunque todavía sucede en ocasiones puntuales― a través de la contemplación de un narrador distante y lejano. Se mantiene un interesante equilibrio entre la vertiente militar y la política de la historia. Las conspiraciones se suceden a varios niveles, tanto en los reinos heréticos como en el seno de la iglesia, con sus dirigentes más preocupados del poder terrenal, de crear un imperio bajo su mando, que de las preocupaciones espirituales de sus fieles. Y los que mantienen la fe corren el riesgo de ser acusados de herejes y arrojados a las piras con todos los practicantes de dweomer y aquellos que se oponen al nuevo orden.
Tal vez a la novela le falte algo de la escala épica de la primera. Aunque hay un par de escaramuzas, una marítima y otra terrestre, y una batalla urbana a mayor escala, sin duda no alcanzan la altura de la intensidad y la fuerza narrativa desplegada en la defensa del dique de Orman a la que se asistía en la anterior novela, pero sirven para que la emoción esté garantizada.
Se inicia para la ocasión una nueva trama, en este caso en torno a la cuestión religiosa, cuando el monje Albrec encuentre un manuscrito en las catacumbas bajo la biblioteca de Charibon cuyo contenido podría cambiar radicalmente la visión de la fe de los reinos rasmusianos y la historia de la propia Normannia. Junto a su compañero Avila tendrá que hacer frente a una conspiración de silencio que ha regido los destinos del mundo durante mucho tiempo.
En la vertiente político-militar, destaca la emergente figura de Corfe, el soldado que desertase de la caída de Aekir y que se verá inmerso sin desearlo en los juegos políticos de Torunna, enfrentándose tozudamente a las adversidades tratando de redimir de alguna manera su deserción mientras lucha por mitigar la pena por la pérdida de su esposa. Cargado de arrojo e ímpetu es un personaje que sale renovado de la novela y aspira a hacerse con una parte importante del protagonismo de futuras entregas. Desde luego las tropas bajo su mando darán, sin duda, mucho juego.
Hebrion, mientras tanto, se encuentra en una comprometida situación. Con el rey Abeleyn ausente, regresando del cónclave de los reyes, la iglesia inceptina, con el respaldo de sus caballeros militantes y de ciertos nobles con aspiraciones, se han hecho con el gobierno y emprendido la tarea de «limpiar» la ciudad. El equilibrio de poderes en ausencia del rey convertirá la ciudad en un auténtico polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las intrigas palaciegas en pos de conseguir y mantener el gobierno hacen, como suele decirse, extraños compañeros de cama, y la traición y las felonías parecen garantizadas. Mientras la amenaza merduk permanece inactiva pero siempre presente en el futuro, los reyes heréticos deben concentrarse en sus propios problemas internos, destinando las tropas que deberían garantizar la protección de los reinos a sofocar las revueltas de sus tierras instigadas por ambiciosos nobles que se pliegan al edicto del nuevo prelado, Himerius, con la esperanza de recibir suculentas recompensas a cambio de su apoyo y fidelidad.
Con una estructura que divide en tres partes el libro, diferenciando a la perfección la acción situada en los reinos ramusianos y la situada en el nuevo continente occidental ―que ocupa el tercio central de la novela en vez de intercalar sus capítulos con el resto como sucediera en la anterior―, se antoja que mientras la expedición de Murad y Hawkwood tiene un carácter unitario, la de los reinos tiene demasiadas líneas abiertas, dispersando mucho más la atención. A largo de la tercera parte se van cerrando cada una de ellas con un cliffhanger que deja la emoción preparada para la lectura de la siguiente entrega. Muchas tramas que discurren por separado, uniendo a veces sus destinos o separándose para enfrentar diferentes misiones. Esta profusión hace que a veces alguna de las líneas se antoje meramente presencial, como el ejército fimbrio que se dirige al dique, que tan solo hace acto de presencia en un par de ocasiones apenas como trasfondo de otras tramas.
La acción del nuevo continente se revela mucho más compacta, al seguir tan solo el foco de los dirigentes de la expedición en su misión de exploración, sin llegar a separarse. La situación de los expedicionarios es agobiante, enfrentándose en adversas condiciones a lo desconocido que acecha en el interior de la húmeda jungla ante la que han desembarcado. Recordando más que nunca la llegada de los «conquistadores» al Nuevo Mundo de nuestra realidad, la descripción del deterioro físico de los soldados y «colonos» está realmente conseguida, sufriendo la asfixiante humedad y las lluvias torrenciales, con sus armaduras oxidándose, con las ropas pudriéndose y desintegrándose, con soldados enfermando por la ingesta de frutas desconocidas, por el miedo a los secretos del nuevo continente que pronto rebelará encontrarse habitado, pero no en la forma que podría suponerse... Es este tercio muy diferente al resto de la novela, más cohesionado ―solo hay una trama sobre la que mantener la atención―, lleno de misterio, de dudas e incertidumbres, de muerte y amenazas.
Es curioso como la quema de «herejes» y la participación dentro de la expedición de Hawkwood de un buen número de practicantes del dweomer ha hecho que el uso de la magia se limite casi en exclusiva a la parte de la novela que sitúa la acción en el nuevo continente, siendo la acción desarrollada en los reinos ramusianos prácticamente realista ―dentro del mundo ficticio creado por Kearney― salvo cuando irrumpe algún elemento fantástico como el pájaro de Golophin, la presencia de cambiantes en lugares inesperados, aunque no del todo insospechados, o la existencia de «familiares» en el entorno de ciertos personajes poderosos. Nada realmente «espectacular», sino muy sutil y por tanto más intrigante si cabe.
Como corresponde a una narración ficticia tan pegada a la realidad «histórica» en la que lejanamente se basa, la presencia femenina se muestra prácticamente testimonial, con tan solo tres o cuatros personajes femeninos en papeles que podrían considerarse secundarios y que, sin embargo, tienen una enorme importancia en el orden de las cosas, pudiendo cambiar con sus decisiones el destino de las naciones o, cuando menos, el de alguno de los implicados en sus derroteros. No se trata, en absoluto, de objetos del deseo masculino ―aunque de eso también haya algo―, sino de personajes que tratan de hacerse un hueco en un mundo de hombres. Odelia, la reina madre de Torunna, Heria, la esposa de Corfe con una breve aparición, Jemilla, la cortesana con muy altas aspiraciones y ciertas debilidades, Kersik, la indígena del nuevo continente de intrigante comportamiento y ocultos secretos e intenciones... son mujeres que buscan mantener su identidad dentro de un mundo que condena a las féminas casi a ser meros objetos decorativos o sexuales ―tal vez con la excepción precisamente de Kersik―. Kearney lidia a la perfección con esa limitación y dentro de las posibilidades que el marco le da, refleja a la perfección y verosimilitud la auténtica influencia que ejercerían las mujeres dentro de una sociedad como la retratada.
La brevedad, relativa, del texto hace que el autor vaya directo al grano, evitando las recurrentes escenas en este tipo de novelas de dilatados entrenamientos, preparativos, movimientos de tropas, caminatas, tiempos de sosiego y demás. Es sintomático el caso de Corfe que en tres pinceladas, no exentas en absoluto de un humor socarrón, pone en marcha su misión y se mete de cabeza en ella, sin apenas transición ni periodos muertos. Es de agradecer esa concreción que hace que la acción avance a marchas forzadas sin perder por ello ni un ápice de interés ni claridad. El autor hace gala de una especial precisión en su escritura, embutiendo en apenas 300 páginas gran cantidad de acontecimientos, y todos importantes, aunque dé la sensación de que no lleva a su resolución ninguno de ellos, dejándolo todo para más adelante. Para el lector es algo insatisfactorio ―por el deseo que le queda de saber más o por la situación complicada en que quedan varios de los protagonistas―, pues muchas de las líneas «terminan» justo en un punto álgido, en un momento de tensión, dando paso a otros temas y dejando todo preparado para la siguiente novela sin culminar realmente nada. Es por eso que la novela en ocasiones adquiere aún más carácter de transición hacia la siguiente.
Es por eso Los reyes heréticos un libro que se cierra con una sensación de anhelo insatisfecho por la propia estructura de la serie, que deja todo colgado para la siguiente entrega en su punto más álgido, sin cerrar ninguna trama sino todo lo contrario, abriendo caminos intrigantes que deberán ser resueltos en próximas entregas. Un libro apasionante que deja con ganas de más. Esperemos que Alamut no tarde demasiado con la tercera novela, la ya anunciada Las guerras de hierro ―ni con las siguientes tampoco―.
El viaje de Hawkwood. Las monarquías de Dios 1.

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