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Timestamp: 2016-12-09 19:13:47+00:00

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JUICIO POLÍTICO A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA EN 2003 Escrito de descargo del Ministro Dr. Luis Lezcano Claude | luislezcanoclaude
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JUICIO POLÍTICO A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA EN 2003 Alegatos →
enero 28, 2014 · 4:59 pm	↓ Ir a los Comentarios
JUICIO POLÍTICO A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA EN 2003 Escrito de descargo del Ministro Dr. Luis Lezcano Claude
Caso 1: Declaración del vitaliciado de sus propios miembros, violación de los deberes de excusación previstos en el Código Procesal Civil.
Caso 2: Alteración del procedimiento constitucional para la confirmación de magistrados judiciales, interferencia en funciones propias de otro órgano judicial.
Caso 3: Usurpación de atribuciones legislativas en materia tributaria.
Caso 4: Interferencia en el ejercicio de funciones constitucionales de la Cámara de Diputados.
Caso 5: Incumplimiento de plazos procesales con grave perjuicio al funcionamiento de la administración pública.
Caso 6: Atentado contra atribuciones del Poder Legislativo para mantener en vigencia al Tribunal de Cuentas, Segunda Sala.
Caso 7: Atribución de potestades constitucionales expresamente reservadas al Poder Legislativo, con grave afectación del equilibrio de poderes consagrado en el Art. 3° de la Constitución y que constituye el hecho punible de “atentado contra el orden constitucional” (Art. 277 del Código Penal – Ley N° 1160/97).
Caso 10: Irregularidades en la licitación de las obras de la Torre Norte del Palacio de Justicia.
Caso 12: La insólita promoción del Juez Juan Carlos Paredes.
Caso 13: Autoaumento de salarios.
Caso 14: “Mundy Recepciones” o de las “Croquetas de Oro”.
Caso 15: Caso Nissen, el acoso judicial a un fiscal que investigaba casos de corrupción.
Señoras Senadoras:
Justificación de la defensa. Vengo a ejercer mi defensa ante esta Cámara en esto que se ha dado en llamar “juicio político”, convencido de que todo se trata de una farsa o, quizá, de una comedia. En efecto, creo que anticipadamente todos sabemos cual va a ser el sentido de la sentencia que habrá de dictar esta Cámara y todo lo que pueda expresar y demostrar aquí no servirá para la formación del criterio de cada uno de ustedes y para influir en la determinación del sentido del voto que habrán de emitir en una próxima sesión extraordinaria. Por lo menos, esto será así en cuanto a la mayor parte de los integrantes de la Cámara.
Como se ha dicho, ¿de qué vale entonces ser payaso en este circo? Descartada la idea de poder influir en ustedes, salvo excepciones, mi presencia aquí se justifica únicamente por dos razones:
a) Aprovechar esta tribuna para intentar que algunos ciudadanos puedan tener acceso de primera mano a algunas aclaraciones referentes a los hechos supuestamente irregulares que constituyen las endebles acusaciones formuladas por la Cámara de Diputados. Intentaré, en una lucha de David contra Goliat, sustraer a algunos de la maléfica influencia que, en particular, en este tema han ejercido los medios masivos de comunicación. La contaminación y la deformación mediática, como indicaré más adelante, incluso se pueden apreciar en las acusaciones. Es decir, incluso personas – como los diputados – que se suponen debieran tener un criterio propio, han sucumbido ante la acción de los medios masivos.
b) En segundo lugar, mi presencia encuentra justificativo en la necesidad de dejar constancia de la verdad en cuanto a los hechos que se me atribuyen, en los archivos del Congreso. Nada más que esto.
Confabulación contra el Poder Judicial. Desde un inicio, el procedimiento se ha caracterizado por la más absoluta arbitrariedad, comenzando por la infeliz expresión del titular del Ejecutivo de “pulverizar el Poder Judicial”. En un Estado de Derecho que se precie de tal, ex abruptos como éste nunca deben pronunciarse, ni ser tolerados. Esto no constituye sino una clara confesión del deliberado deseo de un poder del Estado (inicialmente el Poder Ejecutivo, al cual luego de alía el Poder Legislativo), de arrasar con el restante poder, el Poder Judicial.
Revela a idea de volver a convertir a éste último en un poder dependiente de los poderes políticos, como lo fue durante gran parte de la historia de nuestro país. Pero a la vez, esta actitud constituye un atentado al principio de independencia y equilibrio de los poderes del Estado, consagrado en el Art. 3º de la Constitución. En particular, el proceder que se ha utilizado hasta ahora constituye una grave conculcación de la independencia del Poder Judicial (Art. 248 Cn.).
Pero es más, constituye, dentro de la terminología del Código Penal vigente, los crímenes de “Coacción a órganos constitucionales” (Art. 286) y de “Coacción … a los miembros de un órgano constitucional” (Art. 287), en este caso a miembros de la Corte Suprema de Justicia.
La farsa adoptó, en su fase previa al juicio político, la forma de reuniones de autoridades y líderes políticos, en las cuales la discusión inicialmente giró en torno a determinar el número de Ministro de la Corte Suprema de Justicia que debían ser separados. En otras palabras, primeramente se intentó decidir el número de lugares de que se iba a disponer. Aquí la cosa parecía una tómbola: 4, 5, 6, 7, 8 y hasta 9. Se bajaba luego a 8, a7, a 6, etc. El procedimiento equivalía a lo que comúnmente se describe como “colocar la carreta delante de los bueyes”. No se procedió como correspondía de acuerdo con criterios lógicos, es decir, a determinar primeramente la existencia de determinadas irregularidades, para luego individualizar a los responsables de tales irregularidades y someterlos a juicio político. Se procedió exactamente a la inversa, en forma totalmente ilógica e irresponsable: se acordó el número de lugares de que se quería disponer y luego se buscaron o inventaron las supuestas causales.
Actuación del Ejecutivo. En todo este procedimiento la actuación del titular del Ejecutivo fue exactamente la contraria a lo que la Constitución de 1992 quiere. En efecto, el Ejecutivo se ufanaba y se ufana de liderar esto que se da en llamar “reforma del Poder Judicial”.
En el régimen de la Constitución de 1967, la intervención del Presidente de la República era gravitante en la integración del Poder Judicial. Designaba a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, con acuerdo de la Cámara de Senadores (cf. Arts. 195, 151 inc. 2, y 180, inc. 8). Designaba a los miembros de los Tribunales, a los Jueces y demás Magistrados del Poder Judicial, con acuerdo de la Corte Suprema (Arts. 195 y 180 inc. 8). Además, todos los magistrados eran designados por períodos de cinco años, coincidentes con el presidencial, y podían ser reelectos (Art. 196). La inamovilidad era relativa, es decir, circunscripta a los cinco años. No existía posibilidad de adquirir la inamovilidad definitiva.
La Constitución de 1992 quiso limitar la intervención del Poder Ejecutivo en cuanto se refiere al Poder Judicial. En efecto, de acuerdo con la Norma Suprema en vigor, las facultades de aquel poder se circunscriben a tener un representante (sobre ocho integrantes) en el Consejo de la Magistratura, y, en el caso de la Corte Suprema de Justicia, a dar o no su acuerdo a los candidatos a Ministros que la Cámara de Senadores designe de las ternas que le envía el Consejo de la Magistratura. Se ve, pues, que la voluntad de la Constitución de 1992 es la reducir enormemente la intervención del Presidente de la República en la conformación del Poder Judicial (la maléfica influencia del Ejecutivo).
Cuando se trata de magistrados de las instancias inferiores, el Ejecutivo no tiene más que un representante en el Consejo de la Magistratura y nada más.
Cuando se trata de la Corte Suprema de Justicia, además de su representante en el citado Consejo, el Ejecutivo tiene la facultad de otorgar o no su acuerdo al candidato designado por el Senado, y nada más. Esto es lo que quiere nuestra Ley Suprema.
En la realidad, las cosas son muy diferentes, como todo el mundo lo sabe. Es el Presidente de la República el que lidera, el que marca el compás, y los demás (léase: líderes de los partidos políticos) danzan al ritmo que se les impone. La actuación del Ejecutivo debe encuadrarse, de hecho, en la prohibición prescripta en el Art. 3º de la Constitución, de que ninguno de los poderes puede atribuirse facultades extraordinarias.
El protagonismo debió haber estado en las Cámaras del Congreso. Pero, por lo menos, en la Cámara de Diputados se vio que se los puede manejar como borregos (borregos por su mansedumbre o docilidad, mas no por su blancura).
Tortura psicológica. Yo nunca fui sometido a ninguna tortura física. Ahora sé lo que es la tortura psicológica.
En una carta dirigida al Presidente del Partido Liberal Radical Auténtico, Julio César Franco, le expresaba lo siguiente:
“ … esta refinada tortura moral y psicológica a la que nos tienen sometidos desde hace tres meses, resulta particularmente dolorosa e insoportable por ser tremendamente injusta e inmerecida.
He cumplido con las tareas que me corresponden de la mejor manera posible. Nunca estuve comprometido en ninguna cuestión turbia. Me he desempeñado en forma absolutamente honesta. No existe ningún fallo del cual tenga que arrepentirme.
Pero todo esto duele mucho más al saber que quienes tienen cierta proximidad a uno, conocen que todo es verdad, como en tu caso que, cuando me pediste mi renuncia, me dijiste que no existía duda en cuanto a mi honestidad y mi capacidad.
Duele más aún cuando todo esto repercute inmerecidamente y sin razón alguna, en mi esposa, en mis hijos, en mi madre y en mis hermanos.
El daño moral que nos han causado ya no tiene posibilidad de ser reparado en forma alguna”.
Estas chicas, asistentes mías durantes años, que hoy me acompañan, y que han podido observar mi actuación de cerca y conocen el movimiento de expedientes en mi despacho, que conocen los entretelones del despacho, la trastienda, saben que nunca existió ninguna preferencia, favoritismo o irregularidad alguna.
Menoscabo del Poder Judicial. Nunca el Poder Judicial, a través de su cabeza: la Corte Suprema de Justicia, había sido tan pisoteado, denigrado, manoseado, vilipendiado, humillado, ultrajado. Todo este supuesto proceso de “reforma del Poder Judicial” se ha caracterizado por un salvajismo inaudito y una inconmensurable arbitrariedad.
La triste experiencia que hemos vivido en los últimos meses, me colocó en la situación de tener que expresar un único y tardío elogio al gobierno que nos subyugó de 1954 a 1989: “Ni siquiera durante la dictadura se trató tan mal al Poder Judicial”. Esto refleja a cabalidad el terrible perjuicio que la clase política en general está causando a la institucionalidad y a la construcción de un Estado de Derecho.
No es que no existan deficiencias en el Poder Judicial y, en particular, en la Corte Suprema de Justicia, como también en el Poder Legislativo y en el Poder Ejecutivo. Pero la forma vandálica en que se lleva adelante el proceso, es propio sólo de pueblos primitivos y salvajes.
No afirmamos que la independencia del Poder Judicial estuviera plenamente consolidada. Pero, al menos, con tropiezos se la iba construyendo. ¿Qué Corte son anterioridad se había atrevido a declarar la inconstitucionalidad de resoluciones de las Cámaras legislativas, de leyes dictadas por el Congreso, de decretos del Poder Ejecutivo? Esto refleja la independencia del Poder Judicial, pero parece que precisamente esto es lo que no se quiere.
¡Ay de los nuevos Ministros de la Corte Suprema! Tendrán que consultar con los poderes políticos antes de tomar cualquier resolución que les pudiera afectar. Si gran parte de las acusaciones se refieren a sentencias en las cuales supuestamente existen irregularidades, si el propio Presidente de la República advierte a los magistrados que no pueden dictar sentencias que perjudiquen al Estado, ¿como podrán los magistrados actuar con una mínima independencia de criterio?
Traiciones y conductas pusilánimes. Este proceso fue una “larga noche de traiciones”. Nunca había descendido tanto como para ver tan de cerca la faz miserable de la existencia humana. Promesas formuladas en forma categórica y cara a cara, que a los pocos días eran incumplidas totalmente.
Por lo menos en mi caso, debo decir que tuve una ventaja, si así pudiera llamarse, pues las traiciones fueron mayormente de personas con las cuales tenía escasa proximidad y confianza. Pero he podido ver como en otros casos, compañeros de juventud, de varios años de amistad (o falsa amistad?), de luchas políticas, gremiales o estudiantiles, vendían sus conciencias por menos de un plato de lentejas.
Pero yo también tuve la traición de algunos amigos, o mejor, pseudo amigos, como el actual diputado Francisco Rivas. Siendo gobernador de la Cordillera, me pidió ser padrino de bautismo de mi hijo. El acto religioso, por gestiones suyas, se realizó en la Basílica de Caacupé y el festejo en su casa de esa misma ciudad.
Hace poco fui a su oficina a hablarle sobre el juicio político. De muy buen grado, me prometió no sólo su voto sino el de tres diputados más sobre los cuales, según dijo, podía ejercer influencia. A partir de unos días después, ya fue imposible ubicarle. Su pusilanimidad, su cobardía y sus intereses personales políticos y crematísticos, pudieron más que cualquier otra consideración.
El diputado Efraín Alegre me dijo algo así: “No voy a votar por vos, doctor, porque me va a perjudicar demasiado en mi carrera política”.
De esta “larga noche de traiciones”, tampoco usted, señor presidente (Carlos Mateo Balmelli), estuvo ajeno. Me visitó en varias ocasiones en mi despacho en la Corte Suprema de Justicia[1]. En ese entonces Vd. no ocupaba ningún cargo público. No obstante, recibía un trato preferencial en cuanto a la facilidad de acceder a mi despacho. Varias veces fue a verme por motivos personales vinculados a un banco de plaza.
Gastábamos siempre algunas bromas, antes de abordar el tema motivo de la visita. Recuerdo que en una ocasión, con inocultable intención de causarme molestia, al entrar me dijo: “Te manda saludos Laino”. Sin embargo, dadas las características de mi vinculación con el Dr. Domingo Laino, esto no podía causarme molestia alguna. No obstante, respondiendo a la aviesa intención suya, instantáneamente y sin pensar, le respondí: “Y a vos te manda saludos Fermín de Alarcón”.[2] Abruptamente se acabó la conversación previa y fuimos al tema que le interesaba.
Su conducta posterior, ya iniciadas las actuaciones que precedieron al juicio político, en lo más mínimo respondió a la confianza y trato deferente que le había sido prodigado.
La senadora Ana María Mendoza de Acha fue otra gran decepción. Durante largos años trabajó como adscripta al Registro Notarial de mi padre, en la oficina que funciona en la casa paterna. Atendiendo a la circunstancia mencionada, le pedí si podía adelantarme los motivos de la acusación en mi contra, dado que su hijo, el diputado Acha, había sido designado como uno de los fiscales acusadores. No creo haberle pedido nada indebido, ya que de todos modos, esa información tendría que serme comunicada. El favor consistiría nada más en adelantarme algo, tal vez sólo las grandes líneas, con vistas a tener mayor tiempo para preparar mi defensa. Incluso, su respuesta podría haber sido simplemente que le era imposible hacerlo.
Sin embargo, cuando me llamó para darme su respuesta, me dijo algo que resultaba de consultas que yo no le había pedido que hiciera y que ella debió negarse a trasmitir: “Pedro dice que renuncies”. Esto reflejaba su falta de independencia personal, su comportamiento de marioneta, su falta de dignidad y su inconsecuencia. Aunque me causó una gran indignación, me limité a decirle que estaba bien.
Con el diputado Nelson Chávez, otro de los fiscales acusadores, prácticamente no he tenido contacto alguno. Sin embargo, se formó una opinión negativa de mí a partir de la vez que no pude recibirlo cuando fue a visitarme a mi despacho de la Corte Suprema, sin anuncio previo. Esto refleja su chatura mental, su arbitrariedad y la errada sobreestimación de su persona.
Otro caso es el de la diputada Blanca Lila Miñarro. La misma goza, en general, de buen concepto entre los periodistas y la gente, aunque lo que voy a narrar retrata con exactitud su personalidad. En una ocasión fue a verme a mi despacho de la Corte Suprema. Yo no la conocía personalmente. Se hizo anunciar como “diputada”, aunque el asunto por el cual iba era estrictamente personal. Estaba acompañada por otros dos empresarios, pero no dijo que entrarían con ella. Era la “diputada liberal” que iba a ver al “ministro liberal”. Ingresaron al despacho los tres y me hablaron de un juicio en que las contrapartes eran dos sociedades anónimas. Presté debida atención a la explicación, tratando ex profeso de no saber de lado de que S.A. estaban ellos; tampoco me lo dijeron. Les prometí celeridad y efectivamente cumplí lo prometido. Al poco tiempo me enteré que la beneficiada con la sentencia había sido la S.A. equivocada. Este fue el origen de la aversión de la diputada hacia mi persona. En su aberrante forma de pensar, era inconcebible que el “ministro liberal” pudiera fallar contra los intereses de la “diputada liberal”.
Todas estas anécdotas las narro para ver las increíbles razones (?) en que se basan los diputados para desacreditar a una persona. Esto da una idea clara de los “fundamentos” en que basan sus actuaciones y decisiones.
En dos ocasiones me solicitaron mi renuncia. El martes 14 de octubre de 2003, acudieron a mi despacho los Senadores Armando Espínola y Juan Carlos Ramírez Montalbeti, para hacerlo por primera vez. Eran portadores del pedido como emisarios del Comité Político u otras autoridades del Partido Liberal Radical Auténtico. Esta actitud reflejaba la equivocada y perversa idea que tienen los políticos en cuanto a disponer de un cargo que consideran que pertenece a un partido determinado y que sólo es ejercido por delegación y autorización del mismo, por el tiempo que éste determine. Lo cierto es que poco tiempo después me dijeron que no era necesario que presentara mi renuncia. De todos modos, yo tenía ya la firme decisión de no presentarla por ningún motivo.
El martes 21 de octubre, el propio presidente del Directorio del PLRA, Julio César “Yoyito” Franco, me la volvió a solicitar. Según me dijo, la idea era que le entregara mi renuncia sin fecha y que él haría uso del escrito de acuerdo con las circunstancias. Yo entendí que lo que se pretendía era un acto de sometimiento a las autoridades partidarias, una especie de trofeo que sería exhibido en ámbitos partidarios como prueba de mi acatamiento y de mi sumisión. Franco y las demás autoridades del PLRA no tienen la más mínima idea del respeto que deberían guardar a la independencia y a la dignidad de un magistrado judicial. Por supuesto, Franco no se imaginaba cuán lejos estaba de poder alcanzar su objetivo.
De todos modos, me dijo que no era algo que debía resolverlo inmediatamente, sino que podía tomarme algunos días para hacerlo. Sin embargo, a los pocos días recibí una llamada de su esposa, la senadora Mirta Vergara quien en forma categórica me dijo que por ningún motivo renunciara. En ese momento ya no entendía que pasaba pues daba como un hecho resuelto mi salida de la Corte. No comprendía tampoco si el PLRA tenía un presidente, o, en realidad y efectivamente, una presidenta. Por mi parte, seguía invariable en mi postura de no renunciar y resistir hasta el final[3].
Crítica al reglamento dictado por la Cámara de Senadores para el juicio político. El reglamento dictado por la Cámara de Senadores resulta inconstitucional, por lo menos, en cuanto a los siguientes puntos:
En su Art. 2º expresa: “… Las resoluciones que dicte la Honorable Cámara de Senadores como Tribunal no podrán ser objeto de recurso alguno”.
En un Estado de Derecho como el nuestro, ningún acto puede escapar al control de constitucionalidad, ni siquiera la actuación de un Poder del Estado, menos aún cuando están en juego principios y garantías que hacen al legítimo derecho a la defensa.
Ley Nº 609, en su Art. 12, prescribe: “No se dará trámite a la acción de inconstitucionalidad en cuestiones no justiciables”. Esta disposición legal debe ser interpretada en el sentido de que únicamente el órgano encargado de entender y decidir en un juicio en que se plantee una cuestión de constitucionalidad (es decir, la Corte Suprema de Justicia), es el que debe pronunciarse acerca de dar trámite o no a la acción planteada; y es el que, eventualmente, denegará tal trámite por tratarse de un cuestión no justiciable. En otras palabras, sólo la Corte Suprema, en ejercicio de una facultad que es exclusiva de ella, puede decidir cuándo nos encontramos ante una cuestión de ese carácter. No corresponde que por la vía de una disposición reglamentaria de una de las cámaras del Congreso, esto es, de una parte del órgano legislativo, se pretenda determinar la irrecurribilidad de una decisión adoptada por dicha cámara legislativa.
El Art. 4º del reglamento hace referencia al plazo establecido para la notificación del traslado de la acusación: dos días hábiles. Este tiempo es a todas luces insuficiente tan siquiera para hacer una lectura superficial del contenido de la acusación que cuenta con más de 900 fojas. Lo es aún más para preparar una defensa digna y suficiente que dé credibilidad a este circo y permita a los ciudadanos tener una adecuada aclaración respecto de los hechos supuestamente irregulares de mi actuación como Ministro de la Corte Suprema de Justicia.
En cuanto dice que “cada defensa no podrá durar más de tres horas”, tengo que expresar que esta es una disposición a todas luces inconstitucional, porque se pretende coartar el derecho a la defensa en juicio consagrada en la Carta Magna y válida para todos y cada uno de los ciudadanos paraguayos.
En cuanto se refiere al procedimiento seguido durante un juicio político, G. J. Bidart Campos expresa lo siguiente: “En todo cuanto puede comprometer derechos y garantías constitucionales del enjuiciado durante el procedimiento aplicable para su remoción, la decisión del órgano competente queda sujeta a control judicial” (La Ley argentina, 1996).
Agrega el mismo Bidart Campos: “… si se impugna la decisión senatorial por motivos de procedimiento, el aspecto de forma (v. gr., violación del derecho de defensa), si podría cuestionarse por vía de dicho recurso, ya que con eso no se invade lo privativo del Senado, sino que se controla el procedimiento; y el procedimiento jamás es privativo de ningún órgano cuando está comprometida o violada una garantía individual, porque por encima de toda competencia de los órganos prevalece el derecho a la jurisdicción de los individuos”.
La Corte Suprema de Justicia argentina, expresó en un fallo de 1993 cuanto sigue: “… no son revisables judicialmente las decisiones sobre el fondo, pero sí las condiciones bajo las cuales la Constitución otorgó el poder de juzgar, ya que la Corte puede evaluar si los otros poderes se han mantenido dentro de sus competencias, pues si se hubieran excedido, la decisión no hallaría respaldo constitucional (ej. si no hubieran respetado los dos tercios o si no hubieran permitido defenderse al imputado o si no hubiera existido congruencia fáctica entre la acusación y el fallo)”.
“Sagués … avanza aún más: además del control de los principios del debido proceso y de defensa en juicio, sostiene que mal podría retacearse a la Corte el control de razonabilidad sobre la sustancia del fallo del Senado (esto es, que no sea arbitrario).
Obviamente … es mucho más simple y fácil decir que el fallo dictado en el juicio político es asunto “político no justiciable” y archivar el recurso extraordinario, “pero tal actitud ya no es admisible en el derecho argentino, a las puertas del siglo XXI. Un asunto, no por ser político, deja de ser justiciable en lo que hace a la evaluación de la constitucionalidad de lo decidido” (La Ley argentina, 1994).
Acusaciones de la Cámara de Diputados. En general se puede afirmar que las acusaciones son descabelladas y carentes de todo fundamento jurídico serio. En el mencionado escrito de acusación prevalecen la superficialidad y la ligereza en el tratamiento de los diversos casos.
Gracias a Dios, no he sido incluido en todos los supuestos casos en que los redactores del escrito han encontrado irregularidades imputables, a su criterio, a la Corte Suprema de Justicia.
No he sido incluido en el caso de las aeronaves decomisadas a narcotraficantes, en los casos de nepotismo, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito y otros delitos. Esto no significa, en lo más mínimo, que exista razón alguna para incluirme en los casos en que los acusadores decidieron hacerlo.
Efectos erga omnes y conducta incoherente de legisladores. Merece una mención especial el caso 7 en el cual se discute si la Corte Suprema tiene o no facultades para dar a sus fallos alcances erga omnes En sentido estricto, se trata de dilucidar si puede dictar sentencias dándoles el alcance previsto en el Art. 137, último párrafo, de la Constitución, pues en realidad la expresión erga omnes no fue utilizada en la parte resolutiva de ninguno de los fallos dictados.
En relación con este caso, la Cámara de Diputados no puede formular acusación alguna, pues el propio Congreso Nacional cuando en el año 1998 impugnó de inconstitucionalidad el Decreto N° 117, del 18 de agosto de 1998, pidió que la Corte Suprema declarara la nulidad del mencionado decreto, lo cual equivale a solicitar el dictamiento de una sentencia con efectos erga omnes.
En particular, los diputados Efraín Alegre Sasiain, Rafael Filizzola y Wildo Legal, integrantes de la Comisión de Asuntos Constitucionales, no debieron firmar el dictamen favorable de la citada comisión, pues ello implica una grave contradicción con actuaciones suyas anteriores. En efecto, participaron de la sesión del Congreso Nacional en la cual se autorizó al Presidente y al Vicepresidente de dicho cuerpo a promover la acción de inconstitucionalidad contra el Decreto N° 117 pidiendo su nulidad, y votaron a favor de esta postura. Al referirnos al caso 7 ampliamos considerablemente esta sintética referencia al punto.
Asunción indebida de facultades jurisdiccionales por parte de legisladores. Debe destacarse también la actitud de los redactores del escrito de acusación de arrogarse por sí mismos facultades jurisdiccionales, y constituirse en juzgadores de los fallos dictados por la Corte Suprema de Justicia. Con ello, desvirtúan el sistema judicial vigente en la República al crear un cuerpo (los redactores del escrito de acusación, al que se han sumado algunos de los integrantes de la Comisión de Asuntos Constitucionales) que está en la cúspide de los órganos jurisdiccionales, con potestad pronunciarse sobre la constitucionalidad o inconstitucionalidad, sobre la legalidad o ilegalidad de las sentencias pronunciadas por la Corte Suprema de Justicia.
Estoy acusado en doce casos. Seis de ellos se refieren a cuestiones jurisdiccionales, es decir, a sentencias dictadas por la Corte Suprema de Justicia.
El Art. 192 de la Constitución prohíbe a las Cámaras del Congreso solicitar informes sobre la actividad jurisdiccional.
El Art. 193 del mismo cuerpo, prohíbe a las Cámaras del Congreso citar e interpelar a los miembros del Poder Judicial en materia jurisdiccional.
El Art. 195 de la Ley Suprema establece que los magistrados judiciales no pueden ser investigados en materia jurisdiccional, por las Comisiones de Investigación que en forma conjunta constituyan las Cámaras del Congreso.
El Art. 255 de la Constitución prescribe que ningún magistrado judicial podrá ser acusado o interrogado judicialmente por las opiniones emitidas en el ejercicio de sus funciones.
Como se ve, las Cámaras no pueden pedir informes sobre la actividad jurisdiccional, ni interpelar a magistrados sobre cuestiones jurisdiccionales; las comisiones conjuntas no pueden investigarlos sobre el mismo tema; y los magistrados no pueden ser acusados o interrogados por las opiniones emitidas en el ejercicio de sus funciones.
La Constitución en forma expresa, clara y categórica prohíbe a las Cámaras del Congreso realizar actuaciones mucho menos gravosas que la de pretender fundar la acusación de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia para un juicio político, en las opiniones vertidas en fallos y en lo resuelto en los mismos. Sin embargo, varios de los “casos” del escrito de acusación se refieren a sentencias de la Corte Suprema. Esto es realmente absurdo y constituye una condenable violación de la Ley Suprema.
Resulta evidente que las acusaciones no pueden estar fundadas en la discrepancia que pudieran tener los señores Diputados, con el sentido de los fallos dictados por el máximo órgano jurisdiccional.
La Ley N° 1084 es la única que define el mal desempeño de funciones, pero ella no es aplicable a la Corte Suprema. Sin embargo, la traemos a colación, a fin de demostrar que en los casos en que se alude a supuestos en que el mal desempeño puede derivar del ejercicio de la función jurisdiccional, previamente debe haber un pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia o de otro órgano de rango superior al magistrado enjuiciado. En ningún caso esta determinación puede quedar en manos del órgano juzgador pues ello implicaría darle funciones jurisdiccionales ordinarias y elevarlo a la categoría de órgano jurisdiccional supremo.
En la misma denominación del caso se incurre ya en ligereza al aludir al “vitaliciado”, con lo cual igualmente se revela la extraordinaria influencia que ciertos medios periodísticos ejercen sobre quienes redactaron la acusación. En efecto, tal denominación no es sino la forma caricaturesca con que dichos medios se refirieron al tema en forma irresponsable, sin seriedad ni sentido jurídico.
No existe “vitaliciado”, sino eventual permanencia en el cargo, en virtud del principio de la inamovilidad de los magistrados judiciales, hasta la edad límite fijada constitucionalmente.
Al respecto, a pesar de que todo este procedimiento constituye un total avasallamiento del Poder Judicial, debe señalarse que la inamovilidad judicial es la conditio sine qua non de la independencia del órgano jurisdiccional. Si no está consagrada la inamovilidad de los magistrados no existe independencia del Poder Judicial.
En otras palabras, al estar los acusadores en contra de la inamovilidad judicial, como consecuencia están en contra de la independencia del Poder Judicial. Ambos temas están íntimamente vinculados y no se puede escindir uno del otro.
El problema que los acusadores llaman “vitaliciado” no es tal, o en todo caso, implica una burla o un desprecio de una disposición consagrada por la Ley Suprema. En efecto, de acuerdo con la Constitución todos los magistrados pueden llegar al “vitaliciado” (Art. 252 Cn.). Según el criterio de la Corte Suprema, reflejado en los fallos que los acusadores impugnan, la diferencia estaría nada más, por disposición de la Lex legum, en que los integrantes del máximo órgano jurisdiccional adquirirían dicha inamovilidad ab initio, en tanto que los demás magistrados luego de dos confirmaciones en sus cargos (lo cual significa en tiempo, después de diez años).
De todos modos, usando la terminología de los acusadores, el “vitaliciado” existiría ya sea desde el mismo nombramiento inicial, ya sea tras las dos confirmaciones en el cargo. Para todos, el límite del “vitaliciado” es la edad de setenta y cinco años.
El intento de fundamentación del caso se destaca porque refleja una extraordinaria superficialidad y un supino desconocimiento del Derecho Constitucional. Se afirma, por ejemplo, que “ningún artículo constitucional hace referencia al carácter vitalicio del cargo de ministro de la Corte Suprema de Justicia”. Es cierto, pero creo que a los acusadores les resultará imposible encontrar en las sentencias cuestionadas la más mínima a alusión a dicho “vitaliciado”, lo cual sólo puede encontrarse en ciertos artículos periodísticos, y por reflejo en la mente de los acusadores.
El análisis simplista de los acusadores consiste en afirmar que los Ministros de la Corte Suprema de Justicia son también magistrados y por tanto debe aplicárseles lo dispuesto en el artículo 252 de la Constitución. Si seguimos con este mismo criterio, ¿por qué se promueve este juicio político contra Ministros de la Corte Suprema, y no se nos somete al Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, si al final somos también magistrados?
Este razonamiento por la vía del absurdo, lo hago para revelar la incomprensión total del tema por parte de los acusadores. A la pregunta formulada se debe contestar que se promueve el juicio político, porque para los Ministros de la Corte Suprema de Justicia, la Ley Suprema legisla un procedimiento especial para su eventual destitución, a pesar de que son también magistrados. Es decir que en este punto se hace una distinción.
En el mismo sentido, en cuanto a la adquisición de la inamovilidad, la Constitución también distingue. Establece por una parte, en el artículo 252 un régimen aplicable a todos los magistrados judiciales, con excepción de los Ministros de la Corte Suprema, respecto de los cuales estableció el artículo 261, es decir, un régimen especial.
En el análisis simplista de los acusadores no cabe la posibilidad de que la Constitución haya usado la expresión “magistrados” en un sentido lato, comprensivo de todos los magistrados judiciales incluidos los Ministros de la Corte Suprema; y también en un sentido específico o limitado, en el cual están incluidos sólo los magistrados judiciales de las instancias inferiores al máximo órgano. El ejemplo más claro y categórico del uso del vocablo “magistrados” con este último alcance es la ya aludida denominación del órgano Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, el cual tiene competencia para enjuiciar a todos los magistrados, con exclusión de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia.
El hecho de que el tema no haya sido objeto de discusión en la Convención Nacional Constituyente no agrega nada, y, por el contrario, permite con mayor amplitud que el mismo pueda y deba ser objeto de interpretación en sede judicial, específicamente por el órgano investido por la Norma Suprema de la facultad de ser el intérprete final de la misma (Art. 247 Cn.).
El núcleo de la discusión planteada por medio de las acciones a que se alude en este caso, consistía en la determinación de la disposición constitucional aplicable a la permanencia y cesación de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia en sus cargos.
Por una parte tenemos el Art. 252 de la Constitución, que reza así: “De la inamovilidad de los magistrados. Los magistrados son inamovibles en cuanto al cargo, a la sede o al grado, durante el término para el cual fueron nombrados. No pueden ser trasladados ni ascendidos sin su consentimiento previo y expreso. Son designados por periodos de cinco años, a contar de su nombramiento.
Los magistrados que hubiesen sido confirmados por dos periodos siguientes al de su elección, adquirirán la inamovilidad en el cargo hasta el límite de edad establecido para los ministros de la Corte Suprema de Justicia”.
El Art. 19 de la Ley N° 609/95, “Que organiza la Corte Suprema de Justicia”, la Resolución N° 421, de fecha 5 de noviembre de 1999, dictada por la Cámara de Senadores y el Decreto N° 6131, del 9 de noviembre de 1999, dictado por el Poder Ejecutivo, impugnados de inconstitucionalidad, se basaban en la aplicación del mencionado Art. 252 Cn.
Debe señalarse que el artículo 252 Cn. está incluido en la Sección I, “De las disposiciones generales”, del Capítulo III, “Del Poder Judicial”, de la Constitución.
Por otra parte, tenemos el Art. 261 de la Constitución, que expresa lo siguiente: “De la remoción y cesación de los ministros de la Corte Suprema de Justicia. Los Ministros de la Corte Suprema de Justicia sólo pueden ser removidos por juicio político. Cesarán en el cargo cumplida la edad de setenta y cinco años”.
El precepto que acabamos de transcribir está incluido en la Sección II, “De la Corte Suprema de Justicia”, del mencionado Capítulo III, “Del Poder Judicial”, de la Constitución.
Se puede afirmar que, en general, todas las disposiciones incluidas en la Sección I, del Capítulo III, de la Constitución, son aplicables a todos los magistrados, considerando este vocablo en su acepción amplia, es decir, comprendiendo incluso a los Ministros de la Corte Suprema de Justicia.
Vemos, pues, que, cuando la palabra “magistrados” es usada en sentido amplio o lato, incluye a los “ministros”. Con este alcance está empleado el vocablo “magistrados” en el último párrafo del Art. 248 Cn., lo cual hace que la sanción prevista para “los que atentasen contra la independencia del Poder Judicial y la de sus magistrados”, deba entenderse como aplicable también cuando el atentado está dirigido contra Ministros de la Corte Suprema de Justicia. Igualmente, cuando en el Art. 254 Cn., que determina las incompatibilidades , y en el Art. 255 Cn., que establece las inmunidades, se habla de “magistrados”, debe entenderse que el vocablo incluye a los Ministros de la Corte Suprema de Justicia, los cuales quedan sometidos a aquéllas y gozan de estas últimas.
Pero la Constitución también emplea el vocablo “magistrados” en sentido restringido o específico, y en este caso no incluye a los Ministros de la Corte Suprema Justicia. Por el contrario, ambos apelativos se refieren a individuos que forman parte de categorías diferenciadas por determinadas circunstancias o características.
Tal cosa ocurre, por ejemplo, en los artículos 252 Cn. (De la inamovilidad de los magistrados) y 253 Cn. (Del enjuiciamiento y de la remoción de los magistrados). En estos casos, el vocablo “magistrados” comprende solamente a “los integrantes de los demás tribunales y de los juzgados” (Art. 250 Cn.) o a “los miembros de los tribunales y juzgados” (Art. 251 Cn.), distinguiéndolos de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia, como se hace en los preceptos que acabamos de mencionar. Nótese que también en la denominación del órgano “Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados” la palabra está usada en su acepción restringida.
El Art. 252 Cn., transcripto más arriba, merece un estudio más detenido. Como dijimos está incluido entre las disposiciones generales referentes al Poder judicial. Lo precede un artículo que se refiere a la designación de “los miembros de los tribunales y juzgados de toda la República” (Art. 251 Cn.); y a continuación se encuentra el artículo que regula el enjuiciamiento y la remoción de los magistrados, entendida esta palabra en sentido restringido, sin lugar a dudas (Art. 253 Cn.).
En nuestra opinión, como ya lo expresamos, en el Art. 252 Cn. la palabra “magistrados” está empleada en su acepción restringida, es decir, no comprensiva de los “ministros” de la Corte Suprema de Justicia. Esto se refleja en las afirmaciones referentes a que los “magistrados” son inamovibles en cuanto a la sede (cuando los “ministros” de hecho tiene una sede única: la capital de la República), o a que los “magistrados” no pueden ser trasladados ni ascendidos (cuando tales posibilidades no caben en relación con los “ministros”).
Pero más claramente se nota la circunstancia mencionada, cuando en el segundo párrafo del Art. 252 Cn., la inamovilidad definitiva en el cargo adquirida por los magistrados (en sentido restringido) tras dos confirmaciones, queda referida en cuanto a su duración al “límite de edad establecido para los ministros dela Corte Suprema de Justicia”.
En definitiva, el Art. 252 Cn. es aplicable sólo a los demás magistrados, pero no a los Ministros de la Corte Suprema de Justicia.
El Art. 261 Cn. está incluido en una Sección en que todos los preceptos que la integran se refieren en forma específica a la Corte Suprema de Justicia. Por tanto, en virtud del principio de que la norma de carácter especial prevalece sobre la de carácter general, el aludido Art. 261 Cn., en la medida en que contenga disposiciones que consagren excepciones a lo preceptuado en los artículos incluidos en la Sección I, del Capítulo III de la Constitución, debe prevalecer sobre éstos.
El Art. 261 Cn. contiene dos normas. La primera se refiere a la remoción de los ministros de la Corte Suprema de Justicia: “Los Ministros de la Corte Suprema de Justicia sólo pueden ser removidos por juicio político”. Esta disposición establece un régimen especial en cuanto a la remoción de los ministros de la C.S.J., es decir, consagra una excepción al régimen de remoción por medio del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, establecido en el Art. 253 Cn. para los demás magistrados (o para los magistrados, si usamos este vocablo en sentido restringido).
La segunda norma contenida en el Art. 261 Cn. se refiere a la cesación de los Ministros de la C.S.J.: “Cesarán en el cargo cumplida la edad de setenta y cinco años”. Esta disposición constituye una excepción a lo establecido en el 2° párrafo del Art. 252 Cn. en relación con los demás magistrados. En el caso de éstos, además de la elección se necesitan dos confirmaciones para adquirir la inamovilidad hasta los 75 años.
En realidad, se puede afirmar que esta segunda norma habla de la permanencia o duración en el cargo. En efecto, cabe interpretarla en el sentido de que los Ministros de la C.S.J. permanecen en sus cargos hasta la edad de 75 años. No es necesaria confirmación alguna, pues la norma no alude a esta exigencia. De modo que, sólo el haber cumplido la edad mencionada, o circunstancias como la muerte o la renuncia, o –integrando la primera norma- el mal desempeño de funciones o la comisión de delitos que conlleven la remoción por juicio político, pueden determinar el cese de un ministro de la Corte Suprema de Justicia en el ejercicio de sus funciones.
El Fiscal General del Estado afirmó lo siguiente: “La carta política de la República crea, pues, el instituto de la inamovilidad para los miembros (“ministros”) de la Corte Suprema de Justicia, con un objetivo específico: asegurar al Poder Judicial las condiciones mínimas de estabilidad, independencia y prescindencia de las tempestades del debate político, a fin de que pueda cumplir adecuadamente con su función jurisdiccional.
La Convención Constituyente de 1992 se propuso, a nuestro entender, establecer un proceso de transición hacia una administración de justicia plenamente independiente. Para ello, dotó al órgano rector del Poder Judicial –la Corte Suprema de Justicia- de la seguridad jurídica que deviene de la inamovilidad absoluta y que le permite desenvolverse con equidad, imparcialidad y al abrigo de cualquier tipo de presión.
Volviendo el escrito de acusación, vemos que el intento de fundamentación es pobrísimo. Ello se aprecia también en la alusión al Art. 128 Cn. en la parte que dice “en ningún caso el interés de los particulares primará sobre el interés general”, al Art. 3° (Del Poder Público) y al Art. 47 (De las garantías de la igualdad). No guardan relación con el tema en absoluto.
Pero otras alusiones que se hacen, no sólo reflejan pobreza en los argumentos, sino un desconocimiento supino y una intención de ofender y de descalificar con irresponsabilidad la labor desempeñada. En efecto, raya en la locura la afirmación de que el dictamiento de los fallos cuestionados, además de constituir mal desempeño de funciones, configuraría los delitos de prevaricato y asociación criminal!!!
Como se expresa en el escrito de acusación, se trataba de los casos de los Ministros Felipe Santiago Paredes, Jerónimo Irala Burgos y Enrique Sosa Elizeche, por lo que a nuestro entender no estaba configurada la causal de excusación prevista en el Art. 20, inc. b, del Código Procesal Civil.
Los Acuerdos y Sentencias Nº 222 y 223, de fecha 5 de mayo de 2000, fueron subscriptos por el Dr. Antonio Fretes, entonces miembro de un Tribunal de Apelación, quien integró la Corte Suprema de Justicia en reemplazo de uno de sus miembros naturales.
La Cámara de Diputados rechazó el enjuiciamiento del Dr. Fretes, de modo que este caso no debe ser tomado en consideración. Proceder en forma contraria, importaría una irritante discriminación y arbitrariedad en la actuación de la Cámara baja.
La causal no puede ser válida para unos, y no válida para otros. Esto constituye una flagrante violación del derecho a la igualdad consagrado en nuestra Ley Suprema.
Solicito se oficie a la Corte Suprema de Justicia a fin de que remita copia autenticada de los fallos mencionados.
El caso se refiere a la Ley N° 1634 “Que establece el procedimiento para la confirmación de los magistrados del Poder Judicial”.
Los redactores de la acusación se constituyen en juzgadores de los fallos dictados por la Corte Suprema de Justicia y deciden que el Acuerdo y Sentencia N° 1033, del 19 de diciembre de 2001, es inconstitucional. Creíamos que la facultad de ejercer el control de constitucionalidad correspondía a la Corte Suprema, como instancia única y final. Pero al parecer no es así.
Se discuten los criterios sustentados por la Corte. ¿Qué puede hacerse al respecto?
El máximo órgano sostuvo que en la Ley Suprema no está definido el procedimiento para la confirmación de los magistrados de las instancias inferiores. Los redactores de la acusación afirman lo contrario y además están convencidos de que su opinión es la que debe prevalecer.
En verdad, a nivel de legislación secundaria se buscó suplir esta falta. La Corte Suprema, en el marco de un caso concreto, no hizo otra cosa que interpretar una disposición de la Ley N° 1634, como a diario lo hacen los magistrados de todas las instancias en miles de casos. En el caso que nos ocupa se trataba de una interpretación a la luz de la Constitución.
A pesar de que no corresponde analizar los argumentos sustentados en el fallo, no podemos dejar de mencionar que la inclusión necesaria del magistrado en la terna correspondiente a su cargo, respondía a la idea básica de que el órgano que realizó la designación es el que debía encargarse de la confirmación. Tal criterio, en su oportunidad, había sido sustentado también por el propio Congreso Nacional.
En la práctica se observó que en un porcentaje cercano al ciento por ciento, el Consejo de la Magistratura incluyó en las ternas a los magistrados en ejercicio, con un número de votos elevado, pues de todos modos se votó también en estos casos. Por otro lado, se observó que la necesaria inclusión en la terna respectiva, no significó la necesaria confirmación por parte de la Corte Suprema, pues ésta en varios casos designó a otro de los integrantes de la terna.
No ha existido, pues, alteración del procedimiento constitucional para la confirmación de magistrados judiciales, ni indebida atribución de funciones legislativas, ni interferencia en funciones propias de otro órgano.
Por medio de una ley se ha suplido la falta de dicho procedimiento. Ante la promoción de una acción de inconstitucionalidad por quienes se consideraban agraviados en sus derechos, la Corte Suprema resolvió el caso en ejercicio de la facultad de que está investida. Lo hizo, como ya dijimos, en el marco de un caso concreto, interpretando una disposición de la propia ley objetada – ya que la acción fue desestimada – a la luz de la Ley Suprema, conforme a una facultad que le es exclusiva.
El Acuerdo y Sentencia Nº 1033, del 19 de diciembre de 2001, que supuestamente sirve de base a este caso, fue subscripto por los Ministros Wildo Rienzi Galeano y Antonio Fretes.
La Cámara de Diputados rechazó el juicio político, es decir, decidió no formular acusación contra los mismos. Por ello esta causal no debe ser tenida en cuenta por las razones apuntadas en el caso precedente.
En este caso, quienes redactaron la acusación no distinguen entre la facultad de establecer tributos y la facultad de reajustar o actualizar el monto de los mismos. La primera es – como se afirma en la acusación – facultad exclusiva del Congreso, en el sentido de que los tributos sólo pueden ser establecidos por ley (cf. Arts. 44, 179 y 202, inc. 4, de la Constitución). Sin embargo, la segunda puede ser delegada a otro órgano, en determinadas circunstancias y dentro de ciertos límites.
Las tasas judiciales (es decir, el tributo) han sido establecidas por ley: Ley N° 284/71 y actualmente Ley N° 669/95, modificada, a su vez, por la Ley N° 1273/98 y ésta, por la Ley N° 2046/02. Se ve, pues, que no ha existido “usurpación de atribuciones legislativas en materia tributaria”. La Corte Suprema de Justicia no ha creado tributo alguno.
Debemos analizar ahora si existe delegación legislativa de la facultad de regular, reajustar o actualizar el monto del tributo.
En la acusación se alude a dos resoluciones de la Corte Suprema por medio de las cuales se habría incurrido en irregularidad. Son ellas las siguientes: Resolución N° 977, del 8 de febrero de 2002, y Resolución N° 1134, del 30 de enero de 2003. Sólo voy a referirme a la primera de ellas, pues la segunda no fue subscripta por mí.
Transcribimos a continuación las disposiciones legales que deben ser analizadas:
* Resolución N° 977, del 8 de febrero de 2002.
Art. 1° Ajustar en ocho con cuatro décimas por ciento (8,4 %), las tasas judiciales, especiales y demás ingresos no tributarios vigentes en el Poder Judicial, de conformidad con la variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) correspondiente al cierre del ejercicio fiscal 2001, a partir de la entrada en vigencia de la presente Resolución.
* Ley Nº 1857/2002 “Que aprueba el Presupuesto General de la Nación para el Ejercicio Fiscal 2002”.
Art. 6º: Las tasas, aranceles y otros ingresos no tributarios de carácter institucional cuyas disposiciones legales no contemplen un factor de ajuste monetario, deberán ser actualizados o incrementados de conformidad a la variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) correspondiente al cierre del ejercicio fiscal 2001. Esta medida deberá estar en vigencia antes del 15 de enero de 2002.
* Ley 669 “Que modifica los gravámenes específicos establecidos en la Ley Nº 284/71, de Tasas Judiciales”.
Art. 11: La Corte Suprema de Justicia dispondrá las medidas que correspondan para implementar el reajuste automático de los gravámenes establecidos en el Artículo 1º de la presente Ley, en los casos de incrementos salariales autorizados por el Poder Ejecutivo.
De las disposiciones legales transcriptas se deduce que la Corte Suprema de Justicia está autorizada por la ley a ajustar el monto de las tasas judiciales y demás, como lo hizo por medio de la Resolución N° 977, del 8 de febrero de 2002. Por una parte, debe señalarse que tal actuación está respaldada en las normas jurídicas insertas precedentemente, y por la otra, está claro que ello no constituye una creación de tributos, sino simplemente una actualización o ajuste de un tributo que ha sido creado por ley.
En el supuesto negado de que existan dudas acerca de la ley aplicable, ello constituye una cuestión opinable respecto de lo cual no vemos por qué debe prevalecer – como verdad indubitable – el criterio de quienes redactaron la acusación, sobre el criterio sustentado por la Corte Suprema.
No existe, pues, violación de precepto constitucional o legal alguno, y la afirmación de que esta actuación de la Corte Suprema puede ser incursada en figuras delictivas, sorprende por su ligereza y superficialidad.
Los Ministros Wildo Rienzi Galeano y Antonio Fretes también subscribieron las resoluciones que supuestamente sirven de sustento a este caso.
La Cámara de Diputados no admitió el juicio político en relación con los mismos. En consecuencia, esta causal no puede ser tenida en cuenta.
Solicito se oficie a la Corte Suprema de Justicia a fin de que remita copia autenticada de los documentos mencionados en el presente caso.
La Cámara de Diputados había dictado la Resolución N° 864/2002 “Que cita e interpela al Director paraguayo de la Entidad Binacional Yacyretá, Arquitecto Walter Reiser”.
Contra dicha resolución fue interpuesta una acción de inconstitucionalidad, y la Corte Suprema, por medio del A.I. N° 487, del 24 de abril de 2002, dispuso como medida cautelar la suspensión de efectos de la citada resolución de la Cámara de Diputados.
En la acusación se considera que “de esta manera, los ministros de la Sala Constitucional, interferían en el ejercicio de una función atribuida a las cámaras del Congreso por la propia Constitución”.
Los redactores de la acusación sostienen, imaginando lo que debió haber sido la actuación jurisdiccional correcta, que la Corte Suprema no debió conceder la suspensión de efectos de la Resolución de la Cámara de Diputados o, quizá, debió rechazar in límine la acción de inconstitucionalidad interpuesta.
Aluden a la doctrina de los “actos de gobierno”, “que normalmente están exentos en cuanto al fondo de la posibilidad de ser justiciables. Afirman que “en la Argentina existe abundante doctrina al respecto y la Corte Suprema normalmente no interviene en cuestiones políticas que hacen a los mencionados “actos de gobierno”. Pero sostienen igualmente y por suerte, que “en nuestro país tenemos poco discutido el tema”.
En primer lugar, debemos señalar que la doctrina argentina a que aluden, no es uniforme. Por el contrario, existen autores de gran envergadura que sostiene la justiciabilidad de todo tipo de actos de gobierno.
Así, G. J. Bidart Campos afirma lo siguiente: “Es fácil advertir que la no judiciabilidad de una cierta cantidad y calidad de actividades -las llamadas privativas y políticas-, al excluir la revisión judicial, impide que se remedie la inconstitucionalidad que puede afectar a aquellas actividades. Y con ello, una transgresión a la constitución escapa a la sanción invalidante, queda sin reparación en el orden de las garantías, y permanece impune. Consolidar tal efecto es una defección de la técnica tutelar de la constitución; un cúmulo de actos adquiere, por consiguiente, vía libre de poder vulneratorio de la constitución, por propia concesión del estado, que entrega inerme su orden jurídico fundamental y supremo a la discreción de sus órganos de poder”.[4]
El mismo autor agrega: “Cuando un juez revisa un acto del poder ejecutivo o del congreso, y lo descubre como lesivo de la constitución (aunque ese acto sea «político»), no está penetrando en el ámbito de otro poder para violar la división, sino todo lo contrario, controlando la supremacía constitucional para volver a su cauce la actividad que se evadió de él en detrimento de la constitución”.[5]
Bidart Campos resume las consecuencias de la admisión de “cuestiones no judiciables”, en los siguientes puntos:
“a) El no juzgamiento de las cuestiones políticas viola el derecho a la jurisdicción de la parte afectada, en cuanto le impide obtener una sentencia que resuelva la cuestión política propuesta o comprometida en la causa; la sentencia se dicta para limitarse a decir que sobre aquella cuestión el juez no puede pronunciarse.
b) El no juzgamiento de las cuestiones políticas implica también declinar el ejercicio pleno de la función estatal de administrar justicia.
c) Con ello se impide asimismo remediar la eventual inconstitucionalidad de las actividades que, por configurar cuestiones políticas, quedan exentas de control judicial.
d) Por último, si el estado no es justiciable cuando algunas de sus actividades se escudan tras la pantalla de las cuestiones políticas, la «responsabilidad» estatal se esfuma, pese a la eventual infracción constitucional en que incurra”.[6]
Linares Quintana, citado por Lazzarini, sostiene que “… los Tribunales están llamados a intervenir apenas estos poderes, usando de sus facultades privativas, actúen arbitraria u opresivamente, violando los derechos y garantías constitucionales y en general cuales quiera norma establecida por la Constitución. En efecto, el principio de la división de los poderes únicamente puede ser invocado para paralizar la acción del Poder Judicial con respecto a la actuación de los poderes políticos del gobierno, en tanto éstos se desenvuelvan dentro del ámbito que la Constitución les ha trazado y sin afectar los derechos y libertades constitucionales; pero nunca podría servir para dejar sin el amparo de los tribunales a los valores supremos que el sistema institucional sirve: la libertad y la dignidad del hombre; como que, precisamente, el instituto de la separación de los poderes reconoce como finalidad última asegurar la protección efectiva de la libertad individual … Es evidente que la no justiciabilidad de los actos políticos lo será en tanto y en cuanto los poderes políticos ejerzan su competencia dentro del límite demarcado por la Constitución, y no cuando bajo la apariencia de facultades privativas violen abiertamente la Carta Fundamental, saliendo de la órbita que el poder constituyente ha fijado”.[7]
Por su parte, Humberto Quiroga Lavié afirma: “El acto de control judicial respecto de una decisión política para verificar si ella ha excedido o no el marco constitucional no puede significar sustituir al gobernante en la decisión política, sino, simplemente, impedir que la violación constitucional se produzca”.[8]
Nosotros suscribimos este último criterio, y en apoyo del mismo también se pueden mencionar las siguientes palabras de Gozaíni: “… la supremacía constitucional opera en todos los ámbitos, y al permitirse la irrevisión, lo único que se obtiene es convalidar un acto agresivo a la carta fundamental”.[9]
En el mismo sentido, G. J. Bidart Campos sostiene cuanto sigue: “Es fácil advertir que la no judiciabilidad de una cierta cantidad y calidad de actividades impide que se subsane la eventual inconstitucionalidad que puede afectar a aquellas actividades … Entregar un margen discrecional a la exclusiva actividad de ciertos órganos de poder, sin que la judicatura cuide la razonabilidad, es dar curso a la posible arbitrariedad en que aquéllos pueden incurrir … La evasión al control judicial en una clase de actividad, aunque se pregone que esa actividad debe respetar la constitución, conduce en sus consecuencias irreparables a poner la voluntad del estado por encima de la constitución, y a despojar a los jueces de su jurisdicción para asegurar la vigencia de esa misma constitución con la sanción rigurosa de las sentencias”. Más adelante agrega: “… los tribunales deben ejercer el control judicial de constitucionalidad en todos los ámbitos y sobre todas las cuestiones”.[10]
En consecuencia, ningún acto, proviniere de quien proviniere, puede escapar a la posibilidad de ser sometido al control de constitucionalidad, por parte del órgano encargado del cumplimiento de dicha función por mandato constitucional. En un Estado de Derecho los actos de las autoridades públicas deben estar encuadrados en el marco legal, y en particular, constitucional. La verificación de este hecho, provocada por quien tiene derecho a ello, no puede ser soslayada en ningún caso.
Puede ser que en la Argentina la Corte Suprema no pueda intervenir cuando se trata de “actos de gobierno”. Pero en el Paraguay, la solución que se ha adoptado es un tanto diferente. Por ley, es decir, por un acto emanado del Congreso, se ha dejado a cargo de la propia Corte Suprema la determinación de las cuestiones no judiciables. En efecto, la Ley Nº 609 establece en su artículo 12 que “no se dará trámite a la acción de inconstitucionalidad en cuestiones no justiciables”. De este modo, compete al propio órgano jurisdiccional decidir, en cada caso concreto, si una cuestión determinada será o no sometida a control. No existen cuestiones no judiciables, ya se trate de “actos de gobierno”, “facultades privativas o políticas”, predeterminadas. Es más, en el proyecto de ley de la que sería la Ley N° 609, se incluía una enumeración de cuestiones no justiciables, pero tal criterio no fue aceptado por el órgano legislativo.
En concordancia con esta solución, Vanossi afirma lo siguiente: “Que sea la propia Corte por mandato constitucional la que asuma o resigne poderes, parece preferible a la recomendación de que las abstenciones de control tengan como base una cuestionable interpretación de «oportunidad» y «conveniencia»”.
El Art. 193 de la Constitución, al aludir a los funcionarios que pueden ser citados e interpelados por cualquiera de las Cámaras del Congreso, menciona las siguientes categorías:
a) Ministros (que debe entenderse del Ejecutivo)
b) Otros altos funcionarios de la Administración Pública.
c) Directores y administradores de entes autónomos, autárquicos y descentralizados.
d) Directores y administradores de entidades que administren fondos del Estado.
e) Directores y administradores de empresas de participación estatal mayoritaria.
La inclusión del Director paraguayo de una Entidad Binacional en una de las categorías mencionadas precedentemente, no es directa y, por el contrario, ofrece reparos y requiere de un estudio. Igual cuestionamiento nos habíamos planteado en la cátedra en cuanto a los miembros de las Fuerzas Armadas.
Tal fue la razón que determinó el dictamiento del auto interlocutorio de suspensión de efectos de la resolución de la Cámara de Diputados. El criterio sentado por la Corte Suprema es el de que no existen cuestiones no justiciables consideradas en abstracto. El Código Procesal Civil en su Art. 553 le confiere la facultad discrecional de proceder a decretar tal suspensión y, además, se trataba de una cuestión respecto de la cual no existía ningún precedente.
Estamos de acuerdo en que hoy, cuando ya existe el precedente del fallo en virtud del cual se decidió que corresponde la citación e interpelación de un Director paraguayo de una Entidad Binacional, una actuación similar de la Corte Suprema constituiría una “interferencia en el ejercicio de funciones constitucionales de la Cámara de Diputados”.
Pero recalcamos la diferencia: cuando se planteó el caso a que se alude en la acusación no existía ningún precedente, es decir, la cuestión no estaba clarificada. Hoy existe un fallo que admite la posibilidad de esa citación e interpelación. Esta facultad efectivamente es privativa de las Cámaras del Congreso, pero no ilimitada, pues, como vimos, no puede exceder de las cinco categorías a que alude el artículo 193 de la Constitución.
Solicito se oficie a la Corte Suprema de Justicia a fin de que remita copia autenticada de los instrumentos mencionados en el presente caso.
El problema de la mora judicial no puede ser enfocado en abstracto, sin ninguna referencia a ciertos parámetros, entre los cuales principalmente debe tenerse en cuenta la capacidad material del órgano. Por ello, resulta mucho más real y equitativo el estudio del nivel de producción en cuanto a cantidad de fallos dictados, refiriendo tal cantidad a años anteriores y a lo que se estima que en condiciones normales se puede producir.
Si el tema se ve desde este punto de vista, no puede concluirse sino que la producción de la Corte Suprema ha ido creciendo enormemente con el transcurso de los años, lo cual se puede apreciar en los datos estadísticos que se insertan más abajo. Por otra parte, esa producción está por encima de la mayor parte de los demás órganos jurisdiccionales.
A continuación insertamos una “Estadística de resoluciones dictadas por la Corte Suprema de Justicia”
2003 (a octubre)
Nótese como la producción de Acuerdos y Sentencias y de Autos Interlocutorios, se ha venido incrementando en forma constante. Resulta aleccionador también ver cómo, en cuanto a los Acuerdos y Sentencias, las turbulencias políticas producidas durante uno de los años que abarca el estudio, determinaron la disminución en la producción de tal tipo de resoluciones.
Debe verse especialmente la alta producción alcanzada en el presente año y en los dos precedentes. Lo señalado no es algo circunstancial, sino marca una clara y sostenida tendencia que constituye un gran esfuerzo que está determinando la substancial disminución de la mora judicial. Como se puede apreciar no se trata de algo reciente o de último momento, sino de un plan con objetivos bien precisos.
La alusión específica que se hace en este punto a la Ley N° 1626, “De la Función Pública”, denota un desconocimiento total de las características y de la magnitud del problema.
No saben quienes redactaron la acusación que todos los artículos de la mencionada ley han sido impugnados por lo menos en una de las acciones de inconstitucionalidad promovidas.
Tampoco saben que existen artículos que han sido impugnados en 104, 106, 114, 119, 122, 123, 126, 133, 134, 136, 138, 142, 144, 150, 151, 153, 165, 172, 185, 190, 195, 199, 202, 210, 212, 257, 298, 310, 325 y hasta en 343 acciones de inconstitucionalidad planteadas ante la Corte Suprema (acerca del punto anterior y de este punto, se acompaña la tabla respectiva).
Ignoran igualmente que varias de las acciones han sido promovidas por los propios órganos estatales, tales como la Fiscalía General del Estado, el Ministerio de Agricultura y Ganadería, la Dinac, el Instituto Nacional de Salud, la Gobernación del Depto. de Concepción, la Universidad Nacional de Asunción, el Ministerio de Salud Pública, Senacsa, la Administración Nacional de Navegación y Puertos, el Hospital Nacional de Itauguá, el Ministerio de Educación y Culto, el Banco Nacional de Fomento, el Crédito Agrícola de Habilitación, el Ministerio de Relaciones Exteriores, Conatel, ANDE, Petropar, Gobernación del Depto. de Caazapá, Banco Central del Paraguay, varias municipalidades, Dirección General de Aduanas. También han sido promovidas por numerosos sindicatos de funcionarios de entes públicos y grupos de funcionarios públicos.
Como se puede apreciar, no se trata de una situación normal. Hemos creído que la solución del problema escapaba al mero control de constitucionalidad de todas las disposiciones de la ley, con una eventual declaración de inconstitucionalidad con efectos restringidos, como están convencidos y exigen que sea quienes redactaron la acusación. Esto crearía un verdadero caos jurídico y haría realidad lo afirmado por éstos de que “en Paraguay existan regímenes legales diferentes para los funcionarios del Estado”, en forma definitiva.
El convencimiento de que la solución a este problema debía ser encarada con criterios más amplios y en un marco de colaboración entre los distintos poderes, llevó a intensas, aunque infructuosas gestiones, ante los integrantes de la anterior legislatura. Ante la situación excepcional de cuestionamiento de la totalidad de la ley, entendimos que lo más razonable y lógico, era que el propio órgano legislativo reestudiara su propio acto con vistas a aceptar o no las impugnaciones formuladas.
Se buscaba con esto que el número de disposiciones de la ley que debieran ser sometidas a control de constitucionalidad, quedara reducido a algo razonable. No se trataba de eludir el trabajo, sino de evitar lo que en proporciones reducidísimas irrita a los redactores de la acusación: el supuesto papel de legislador que asume la Corte Suprema al declarar la inconstitucionalidad de algunos artículos de una ley. Ante el cuestionamiento total de la ley, podríamos pensar que nos encontramos ante la eventualidad de que la Corte Suprema deba decidir cual es el régimen de la función pública, con el agravante de que – como quieren quienes redactaron la acusación – tal decisión deba tener alcances restringidos, creando así una doble regulación legal de la situación.
La situación real es la descripta. No existe una conducta “lesiva de las atribuciones legislativas del Parlamento, Poder del Estado constitucionalmente facultado para aprobar las leyes”. Es exactamente lo contrario, esperamos que el Congreso (quizá se tenga mejor suerte con esta legislatura) contribuya a dar solución a este problema de gran envergadura mediante una intervención determinante en un campo que, por supuesto, es de su competencia.
Solicito se oficie a la Corte Suprema de Justicia a fin de que informe acerca del número de A.I. y Acuerdos y Sentencias dictados desde 1995 a la fecha, y sobre las acciones de inconstitucionalidad planteadas en relación con la Ley Nº 1626.
Se trata de la Ley N° 2248/03, Que modifica el Artículo 30 de la Ley N° 879 del 2 de diciembre de 1981 Código de Organización Judicial.
El Art. 265 de la Constitución dice: Se establece el tribunal de cuentas. La ley determinará su composición y su competencia …
La citada ley limitó las atribuciones del Tribunal de Cuentas a lo contencioso-administrativo.
Se plantearon ante la Corte Suprema de Justicia, Sala Constitucional, varias acciones de inconstitucionalidad contra la mencionada ley y se dispuso la suspensión de efectos de la misma.
En el escrito de acusación se considera que la determinación de la suspensión de efectos constituye “una muestra más de la arbitrariedad con la que actúa la Corte Suprema de Justicia”, “un ejemplo más de cómo la Corte responde a intereses corporativos, sectarios …”.
Se afirma, asimismo, que al suspender los efectos de la ley, en vigor desde hace pocos días, la Corte Suprema impide al Congreso el ejercicio de la facultad contenida en el Art. 202, inc. 20 de la Constitución.
El conflicto o la superposición de atribuciones entre el Tribunal de Cuentas, Segunda Sala, y la Contraloría General de la República, existe desde junio de 1992, es decir, desde hace más de 11 años. Se sostiene que ahora que el Congreso dictó la Ley N° 2248/03 para solucionar el problema mediante la limitación de funciones del Tribunal de Cuentas a lo contencioso-administrativo, la Corte Suprema de Justicia al dictar la medida cautelar de suspensión de efectos de la citada ley, impide que el Congreso pueda ejercer plenamente una atribución que durante 11 años no la pudo ejercer en debida forma, aún cuando el dictamiento de la ley pudo haberlo hecho mucho antes.
La argumentación parece traída de los pelos. El Art. 553 del Código Procesal Civil confiere a la Corte Suprema la facultad discrecional de suspender los efectos de una ley contra la cual se interpusiere una acción de inconstitucionalidad. En otras palabras, es el propio Congreso que dicta las leyes, el que autoriza a la Corte Suprema a proceder eventualmente de este modo. Ahora se pretende que el ejercicio de esta facultad pueda derivar en una responsabilidad por mal desempeño de funciones. De prosperar esta interpretación, ello implicaría la tácita derogación de la facultad discrecional conferida a la Corte Suprema para decidir en qué casos procede y en qué casos no procede la suspensión de efectos de una ley atacada de inconstitucional.
Debemos señalar, además, que en ocasión de la Convención Nacional Constituyente el tema de la existencia o no de superposición entre las funciones de la Contraloría General de la República y las del Tribunal de Cuentas, fue objeto de un prolongado debate. De modo que no se puede afirmar, como se hace en el escrito de acusación, que la forma correcta de dilucidar el tema consista necesariamente en la solución que se da en la Ley N° 2248/03, negando a la Corte Suprema su carácter de intérprete final de la Constitución.
No obstante, debo señalar que en esa oportunidad propuse que la denominación “Tribunal de Cuentas” fuera substituida por la de “Tribunal Contencioso-administrativo”, delegando a la ley la regulación de los diferentes aspectos relacionados con el mismo.
De cualquier manera, no puede verse en el ejercicio por parte de la Corte Suprema de una facultad que la ley le confiere, un “atentado contra atribuciones del Poder Legislativo”, que configure mal desempeño de funciones. Francamente esto constituye una tremenda exageración sin sentido alguno.
Los autos interlocutorios en virtud de los cuales se suspenden los efectos de la Ley Nº 2248/2003 fueron suscriptos también por el Dr. Wildo Rienzi Galeano (véanse los A.I. Nº 1687 a 1694, todos de fecha 30 de octubre de 2003).
a) En este caso, la cuestión está centrada en el alcance erga omnes que la Corte Suprema de Justicia, actuando en pleno, dio a algunos de sus fallos. Antes que nada, debe aclararse que en la parte resolutiva de ninguna de las sentencias dictadas se ha utilizado la expresión erga omnes, sino que se ha hecho una remisión a lo que expresamente establece el Art. 137 de la Constitución, en su último párrafo.
Igualmente, debe señalarse que los diputados Efraín Alegre Sasiain, Wildo L. Legal Martínez y Rafael Filizzola no pueden invocar esta actuación de la Corte Suprema de Justicia como mal desempeño de funciones o como actos por medio de los cuales se cometieron delitos, salvo que no tengan reparos en incurrir en contradicción con sus propios actos anteriores.
En efecto, en el acta de la Sesión del Honorable Congreso Nacional, celebrada el 19 de agosto de 1998, figuran, entre los nombres de otros senadores y diputados, los de los diputados Pedro Efraín Alegre Sasiain, Rafael Augusto Filizzola Serra y Wildo Luis Legal Martínez. En dicha sesión se aprobó la Resolución N° 1 del Congreso “Que autoriza al Presidente y Vicepresidente del Congreso Nacional a recurrir ante el Poder Judicial”. Dicha resolución, en su artículo 1°, reza así: “Autorizar al Presidente y al Vicepresidente del Congreso Nacional a recurrir ante el Poder Judicial, solicitando la nulidad del Decreto N° 117 de fecha 18 de agosto de 1998 …”.
Consecuentemente con esta resolución, en el escrito de promoción de la acción de inconstitucionalidad en nombre del Congreso Nacional, se solicitaba en el petitorio, lo siguiente: … IV) Oportunamente, dicte sentencia haciendo lugar a la acción promovida, declarando la inconstitucionalidad, nulidad e inaplicabilidad del Decreto N° 117, de fecha 18 de agosto de 1998, del Poder Ejecutivo, impugnado mediante esta presentación” (f. 49 del expediente “Acción de inconstitucionalidad: “Contra Decreto N° 117 de fecha 18 de agosto de 1998, del Poder Ejecutivo (presentada por el Congreso Nacional)”.
Era el propio Congreso Nacional el que solicitaba la declaración de inconstitucionalidad con efectos erga omnes. Obviamente el Acuerdo y Sentencia N° 415, del 2 de diciembre de 1998, por el cual se resolvía el caso, fue recibido con gran algarabía y plena aceptación por el Congreso Nacional.
Dicho fallo expresaba en su parte resolutiva, lo siguiente: “Hacer lugar a la acción de inconstitucionalidad promovida por el Congreso Nacional contra el Decreto N° 117 del 18 de agosto de 1998, dictado por el Poder Ejecutivo, con el alcance previsto en los artículos 137 in fine y 248 segundo párrafo de la Constitución Nacional”.
Ahora, sin embargo, no se menciona el Acuerdo y Sentencia N° 415, entre los que se objetan por el alcance de la decisión adoptada. ¿A qué se debe esta posición dual? ¿Debe quedar a criterio del Congreso decidir la aceptación del alcance que la Corte Suprema da sus fallos o, por el contrario, considerar que existe mal desempeño o comisión de delitos si el alcance es general?
Creemos que constituye una enorme incoherencia tratar casos idénticos en forma diferente según el buen humor o mal humor de quienes tienen que calificar la cuestión.
En el acta de la sesión mencionada, además de los nombres de los diputados Alegre, Filizzola y Legal, figuran los de los siguientes senadores y diputados: Martín Chiola, Armando Vicente Espínola, Ana María Figueredo, Juan Carlos Galaverna, Enrique González Quintana, Bader Rachid Lichi, Juan Carlos Ramírez Montalbetti, Blas N. Riquelme, Amado Enrique Yambay, Carmelo Juan Benítez Cantero, Miguel Corrales Irrazabal, Marcelo Alberto Diego Duarte Manzoni, Óscar Alberto González Daher, Blas Antonio Llano Ramos, Benjamín Maciel Pasotti, Carlos Manuel Maggi Rolón, Teodoro Rivarola Galarza, Francisco Rivas Almada, Mario Gualberto Soto Estigarribia, Juan José Vázquez Vázquez y Cándido Carmelo Vera Bejarano.
Suponemos que para la mayor parte de ellos, este caso no tendrá ninguna importancia, dado que en la oportunidad señalada dieron su voto favorable para que la acción de inconstitucionalidad contra el Decreto N° 117 fuera instaurada, pidiendo la nulidad del mismo, es decir, el dictamiento de una resolución con efectos generales o erga omnes.
b) Bidart Campos dice: “Nosotros somos partidarios de los efectos erga omnes de la declaración de inconstitucionalidad, es decir, de la invalidación total y general de la actividad contraria a la Constitución, sea que esa actividad se haya ejercido con formas de ley, de decreto, de resolución, etc.” (G. J. Bidart Campos, Derecho de amparo, Bs. As., Ed. Ediar, 1961, p. 130).
El principal argumento esgrimido por quienes sostienen que la declaración de inconstitucionalidad de un acto normativo pronunciado por un órgano jurisdiccional, no debe producir efectos erga omnes, consiste en afirmar que de ser así se produciría una grave violación de la división tripartita de poderes, ya que una declaración con tal alcance tiene efectos derogatorios.
Para derogar una ley se necesita otra ley; y ésta sólo puede ser dictada por el Poder Legislativo. Una sentencia declarativa de inconstitucionalidad no podría tener nunca efectos derogatorios, pues ello importaría una flagrante violación del principio señalado, esto es, una injerencia del Poder Judicial en el ámbito que está reservado en exclusividad al Poder Legislativo.
Creemos que esto no es verdad, porque no existe con este tipo de declaración una invasión del ámbito de un poder por otro.
La Constitución establece el ámbito de ejercicio de atribuciones de cada uno de los poderes, y en cuanto cada órgano se mantenga dentro del ámbito que le es propio y exclusivo, ningún otro poder puede interferir en esa actividad. Pero, si los poderes se salen del círculo de sus atribuciones específicas, entonces sí se puede declarar la inconstitucionalidad de sus actos.
En forma más clara podemos decir: el Congreso tiene facultades para dictar leyes, pero no está autorizado a dictar cualquier tipo de leyes. Solamente puede dictar leyes que se enmarquen en la Constitución, es decir, leyes que sean constitucionales.
En tanto en cuanto el Congreso dicte leyes que sean inconstitucionales, no está obrando dentro del marco que la Constitución le fija, es decir, se está excediendo. Y el Poder Judicial no interfiere en el círculo propio del Poder Legislativo sino que, por el contrario, actuando como “custodio de la Constitución”, está cortando lo que sobrepasa los límites de las atribuciones del órgano legislativo. Por eso, no hay ningún tipo de intromisión de un Poder en otro. Cuando cualquier otro Poder se sale del ámbito propio que le confiere la Constitución, al Poder Judicial le corresponde dejar sin efecto tales actos, sean del Poder Legislativo, sean del Poder Ejecutivo, como en el caso de una ley inconstitucional o de un decreto inconstitucional.
No vemos que el atribuir este tipo de efectos a una sentencia declarativa de inconstitucionalidad importe una violación del principio de división de poderes, pues sólo se refiere a actos inconstitucionales, es decir, a actos dictados por los otros poderes saliéndose de sus atribuciones, pues es evidente que dentro de ellas no puede estar la facultad de violar la Constitución. El control de constitucionalidad busca en última instancia el restablecimiento del principio de supremacía de la Constitución en los casos en que ella ha sido violada.
c) La declaración de inconstitucionalidad con efectos generales o erga omnes produce, como ya hemos apuntado, efectos derogatorios, es decir, la norma reputada violatoria de la Ley Suprema es retirada del ordenamiento jurídico positivo y deja de tener vigencia para todos los casos futuros que eventualmente pudieran presentarse.
En cambio, la declaración de inconstitucionalidad con efectos limitados, sólo determina la inaplicabilidad de la disposición jurídica impugnada al caso concreto en estudio, pero en relación con todos los demás casos, la norma sigue vigente.
Se puede afirmar, entonces, que entre ambos tipos de declaración de inconstitucionalidad existe una diferencia cualitativa. Sin embargo, en cuanto a los efectos derivados de uno y otro, se puede sostener que en la práctica, la diferencia es más bien cuantitativa. La declaración de inconstitucionalidad con efectos generales, priva de efectos a la norma cuestionada en relación con todos los casos que pudieran presentarse; la declaración con efectos limitados, se circunscribe a cada caso concreto. Pero no se debe olvidar que por acumulación de casos concretos -supongamos que una ley afecte a mil personas y todas ellas la impugnen- se puede lograr el mismo efecto de una declaración erga omnes, es decir, que la norma de hecho deje de tener vigencia. Esto demuestra que la diferencia en el aspecto cuantitativo, invocada como ventaja de lo restringido sobre lo amplio, puede ser superada en ciertos casos, equiparando en la práctica los efectos de uno y otro tipo de declaración de inconstitucionalidad.
Si aceptáramos el razonamiento precedente, no resulta lógico considerar que cuando la declaración produce efectos erga omnes, el ejercicio del control de constitucionalidad importa un atentado contra el principio de división de poderes y consagra un avance del órgano jurisdiccional en un campo reservado al Congreso; y, en cambio, cuando únicamente origina efectos inter partes, no se produce dicho atentado. Esta distinción no puede fundarse sólo en que los efectos del acto sean más amplios o menos amplios.
En todo caso, para ser coherentes, deberíamos hablar de que en los dos casos hay un atentado contra el órgano legislativo, porque tanto en uno como en otro, se deja sin efecto una disposición dictada por el Congreso. De manera que si bien la afirmación de que se hiere de muerte a la ley, se aplica en sentido estricto a la declaración de inconstitucionalidad con efectos erga omnes; no es menos cierto que la declaración con efectos inter partes, también hiere a la ley al privarle de efectos en un caso concreto.
Ya mencionamos que la acumulación de casos concretos puede producir efectos similares a la declaración con efectos generales. En ciertas situaciones incluso se llega al extremo de que el número de sujetos afectados por la ley es tan escaso, que la declaración de inconstitucionalidad con efectos limitados produce, de hecho, efectos erga omnes; v.gr.: una ley de expropiación.
d) Ocurre que muchas veces en los debates sobre la redacción de una norma jurídica, se dice una cosa, y luego se escribe otra, o se escribe más de lo que se dijo. En estos casos, la norma adquiere vida propia más allá de lo que se expresó en los debates. Algo de esto sucedió en el tema de la declaración de inconstitucionalidad.
La forma en que están redactados los artículos constitucionales referidos al tema, permite interpretar que la declaración de inconstitucionalidad puede tener efectos limitados o efectos generales.
Por una parte, la disposición contenida en el artículo 260, apartado 1, prescribe efectos limitados cuando se trata de la declaración de inconstitucionalidad de “leyes y de otros instrumentos normativos”. Pero puede afirmarse que en este supuesto, la declaración produce como efecto únicamente “la inaplicabilidad de las disposiciones contrarias a esta Constitución en cada caso concreto y en fallo que sólo tendrá efecto con relación a ese caso”, porque ella es pronunciada por la Sala Constitucional y no por la Corte en pleno.
Por otra parte, el artículo 132 de la Constitución dice: La Corte Suprema de Justicia tiene facultad para declarar la inconstitucionalidad de las normas jurídicas y de las resoluciones judiciales, en la forma y con los alcances establecidos en esta Constitución y en la ley. El artículo 259 de la Constitución cita entre las atribuciones de la Corte la de conocer y resolver sobre inconstitucionalidad (inciso 5).
Además, el artículo 137 de la Constitución, expresa en su último párrafo lo siguiente: Carecen de validez todas las disposiciones y los actos de autoridad opuestos a lo establecido en esta Constitución.
Bien cabe la interpretación de que lo dispuesto en los artículos 132 y 259, inciso 5, de la Ley Suprema, en concordancia con lo expresado en el artículo 137, último párrafo, otorgan a la Corte, actuando en pleno, la facultad de declarar la inconstitucionalidad con efectos erga omnes.
El artículo 259 de la Constitución al mencionar entre las atribuciones de la Corte Suprema de Justicia, la de conocer y resolver sobre inconstitucionalidad (inciso 5), no especifica nada en cuanto a que la declaración de inconstitucionalidad debe tener efectos limitados, como se tuvo el cuidado de establecer en relación con la Sala Constitucional. En este último caso la declaración no tiene más alcance que el de la inaplicabilidad de la norma cuestionada al caso concreto (Art. 260, ap. 1, de la Constitución).
Evidentemente se necesita un mecanismo que haga operativa la disposición contenida en el artículo 137, último párrafo, de la Constitución, que de otro modo quedaría sin posibilidad de aplicación práctica, como una mera declaración retórica. Creemos que vinculando dicha norma con lo preceptuado en los artículos mencionados con anterioridad (132 y 259 inc. 5, de la Constitución), se puede afirmar que las decisiones de la Corte Suprema de Justicia sobre inconstitucionalidad, cuando son adoptadas por el pleno, pueden tener alcance general, es decir, efectos erga omnes.
Este es el criterio que el máximo órgano jurisdiccional sostuvo en algunos fallos. Debe puntualizarse con énfasis que existe, por lo menos, un antecedente jurisprudencial de la anterior Corte Suprema. La sentencia N° 183, del 1° de julio de 1994, en su parte resolutiva dice: “Hacer lugar a la demanda de inconstitucionalidad deducida y en consecuencia declarar la inaplicabilidad de la Ley N° 244/93, con el alcance previsto en el Art. 137 in fine, de la Constitución Nacional”.[11]
En otras palabras, la Corte declaró que la Ley N° 244/93, referente a la organización de las Fuerzas Armadas, carecía de validez. Se sentó así una jurisprudencia novedosa: la declaración de inconstitucionalidad de una ley puede tener efectos derogatorios. La Ley N° 244/93, sancionada por el Congreso, dejó de tener vigencia por resolución de la Corte Suprema de Justicia.
Siguiendo este mismo criterio, la actual Corte Suprema, actuando en pleno, dictó algunos fallos con el alcance mencionado. En el escrito de acusación se hace alusión a ellos, aunque, como dijimos, se omite el Acuerdo y Sentencia N° 415, del 2 de diciembre de 1998, que declaró la inconstitucionalidad del Decreto N° 117, a pedido del propio Congreso Nacional.
f) En el escrito de acusación se afirma que para fundamentar esta jurisprudencia de la Corte Suprema se hace referencia en forma exclusiva al sistema español, que los redactores de la acusación consideran que es diferente al vigente en nuestro país y que, por tanto, no puede servir de sustento a la postura de nuestro máximo órgano jurisdiccional.
Sabemos que el sistema español es diferente, básicamente porque el control de constitucionalidad está en manos de un Tribunal Constitucional, que constituye un órgano extrapoderes, y no a cargo del órgano máximo del Poder Judicial. Pero esta sola circunstancia no invalida toda referencia que se pueda hacer al mismo, precisamente si se tienen en cuenta las diferencias que existen entre uno y otro sistema.
Pero para evitar discusiones estériles vamos a hacer referencia al derecho comparado latinoamericano, en el cual encontramos casos muy similares al nuestro en que, incluso, la Sala Constitucional, por si sola, puede declarar la inconstitucionalidad de actos normativos (leyes) con alcances erga omnes.
Esto ocurre, por ejemplo, en el sistema constitucional salvadoreño, con la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.
A continuación transcribimos los preceptos constitucionales pertinentes:
Art. 174: “La Corte Suprema de Justicia tendrá una Sala de lo Constitucional, a la cual corresponderá conocer y resolver las demandas de inconstitucionalidad de las leyes, decretos y reglamentos …
La Sala de lo Constitucional estará compuesta de cinco magistrados designados por la Asamblea Legislativa, uno de los cuales será el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, quien también la presidirá.”
Art. 183: “La Corte Suprema de Justicia por medio de la Sala de lo Constitucional será el único tribunal competente para declarar la inconstitucionalidad de las leyes, decretos y reglamentos, en su forma y contenido, de un modo general y obligatorio, y podrá hacerlo a petición de cualquier ciudadano”.
En cuanto al sistema costarricense, Rubén Hernández Valle afirma lo siguiente: “Las sentencias estimatorias de inconstitucionalidad, además de anular la norma o actos impugnados, tienen efectos de cosa juzgada y los eliminan del ordenamiento jurídico. En otros términos, la sentencia estimatoria en esta materia tiene efectos abrogativos y erga omnes hacia el futuro, pues la norma o acto declarados inconstitucionales desaparecen del ordenamiento jurídico, tal y como si hubieran sido derogados” (R. Hernández Valle, El Derecho de la Constitución, San José, Costa Rica, Ed. Juricentro, 1993, Vol. II, p. 718).
En Panamá, la declaración de inconstitucionalidad de actos normativos, con efectos erga omnes, corresponde a la Corte Suprema de Justicia en pleno.
El Art. 203 prescribe cuanto sigue: “La Corte Suprema de Justicia tendrá entre sus atribuciones constitucionales y legales, las siguientes:
1- La guarda de la integridad de la Constitución para lo cual la Corte en pleno conocerá y decidirá, con audiencia del Procurador General de la Nación o del Procurador de la Administración, sobre la inconstitucionalidad de las leyes, decretos, acuerdos, resoluciones y demás actos que por razones de fondo o de forma impugne ante ella cualquier persona …
… Las decisiones de la Corte en ejercicio de las atribuciones señaladas en este artículo son finales, definitivas, obligatorias y deben publicarse en la Gaceta Oficial.”
En Venezuela, de acuerdo con la Constitución de 1999, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia tiene la atribución de declarar la nulidad de leyes y otros instrumentos normativos. Esto equivale a la declaración de inconstitucionalidad con efectos generales.
Las disposiciones constitucionales pertinentes son las siguientes:
Art. 334: “…Corresponde exclusivamente a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia como jurisdicción constitucional, declarar la nulidad de las leyes y demás actos de los órganos que ejercen el Poder Público dictados den ejecución directa e inmediata de la Constitución o que tengan rango de ley.”
Art. 336: “Son atribuciones de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia:
1. Declarar la nulidad de total o parcial de las leyes nacionales y demás actos con rango de ley de los cuerpos legislativos nacionales que colidan con esta Constitución.
4. Declarar la nulidad total o parcial de los actos en ejecución directa e inmediata de la Constitución, dictados por cualquier otro órgano estatal en ejercicio del Poder Público…”.
g) Como conclusión de este caso, queremos remarcar los siguientes puntos:
– En este caso de la acusación, se nota que se han “cortado y pegado” diferentes “trabajos”, sin mucho cuidado, ni lógica.
– Los redactores de la acusación, en un acto de soberbia, se arrogan en exclusividad la capacidad de poder realizar una acertada interpretación de las disposiciones de la Constitución. Por no sabemos que acto, a ellos les ha sido conferida la posibilidad de poseer la verdad indubitada y de calificar, en cambio, a la interpretación realizada por la Corte Suprema de errada, cuando menos.
– Deducen ellos, no sabemos de donde, que la Corte Suprema sostiene que cuando actúa en pleno siempre y necesariamente sus resoluciones referentes a la declaración de inconstitucionalidad producen efectos erga omnes. En ningún caso se ha sostenido esto.
Lo que se ha dicho es que cuando actúa la Sala Constitucional, por expresa disposición de la Ley Suprema, sus resoluciones sólo tienen efectos limitados o inter partes; y para darle efectos erga omnes a un fallo necesariamente debe intervenir el pleno de la Corte Suprema, aunque si no se hace la referencia al Art. 137, último párrafo, de la Constitución, los efectos no tienen tal alcance.
Creen que se confunde la potestad de ampliar las salas con la facultad de dictar fallos con efectos erga omnes. Tremendo error. Sólo un análisis simplista, poco profundo y sin base jurídica puede sostener esto. La facultad de dictar sentencias con efectos erga omnes no deriva del hecho de que las salas puedan ser ampliadas con intervención de todos los miembros de la Corte Suprema. Dicha facultad le está conferida al máximo órgano jurisdiccional por las disposiciones constitucionales mencionadas más arriba, y la necesidad de que intervenga el pleno es indispensable porque la facultad le está conferida al pleno de la Corte Suprema y no a una de sus salas. Es lo contrario al razonamiento absurdo utilizado en el escrito de acusación.
– Señalan una opinión doctrinaria – que no es más que eso: una opinión doctrinaria – como si fuera la verdad absoluta, en tanto que cualquier otra en sentido contrario, carecería de todo valor.
– Los redactores de la acusación cometen el grave error de querer hacer prevalecer la legislación secundaria por encima de la Constitución. Sostienen que porque el Código Procesal Civil – legislación secundaria que regula la materia – no se refiere a los efectos erga omnes, no existe posibilidad de concluir que la propia Ley Suprema admita tales efectos.
Olvidan que el C.P.C. es de 1988, es decir de antes de la Constitución de 1992, por lo que ha quedado desfasado y obviamente el supuesto argumento al que aluden, de que en él no están previstos los efectos erga omnes de las sentencias que declaran la inconstitucionalidad, carece en absoluto de todo sustento lógico y jurídico.
– No es cierto que la exclusividad de conocer y resolver las cuestiones de constitucionalidad esté reservada a la Sala Constitucional. No se puede afirmar tal cosa si se pretende un mínimo de rigurosidad científica, cuando el Art. 259 Cn. al hablar de los deberes y atribuciones de la Corte Suprema de Justicia, sin ninguna limitación, le confiere en su inc. 5, el conocer y resolver sobre inconstitucionalidad. En nuestro sistema, la Corte Suprema de Justicia reúne la triple calidad de Tribunal Constitucional, Tribunal de Casación y Tribunal de Apelación, en ciertos casos.
– En la enumeración de los fallos en los cuales la Corte Suprema ha declarado la inconstitucionalidad del acto normativo impugnado, con los alcances previstos en el Art. 137, último párrafo, de la Constitución, se omite ex profeso el Acuerdo y Sentencia N° 415, del 2 de diciembre de 1998, que se refería al Decreto N° 117/98.
Es que en ese caso, el propio Congreso Nacional, como vimos más arriba, pidió la declaración de nulidad del mencionado decreto. Es decir, el órgano legislativo admitió en forma expresa al pedir y luego al aceptar la decisión, que la Corte Suprema de Justicia estaba investida de la facultad de actuar del modo en que lo hizo en este caso.
No se puede ahora – si existe un mínimo de decencia y coherencia – sostener en relación con casos similares, que ello constituye mal desempeño de funciones.
En particular, los diputados Efraín Alegre Sasiain, Rafael Filizzola Serra y Wildo Legal, no debieron admitir este caso como uno de los supuestos fundamentos de la acusación.
– La alusión a “Hechos punibles contra la constitucionalidad del Estado y el sistema electoral”, es delirante.
El Acuerdo y Sentencia Nº 415, del 2 de diciembre de 1998, fue subscripto también por el Dr. Wildo Rienzi Galeano.
El Acuerdo y Sentencia Nº 979, de fecha 18 de septiembre de 2002, fue subscripto también por los Doctores Wildo Rienzi y Antonio Fretes.
Este caso refleja desconocimiento del tema y una gran ligereza en el tratamiento del mismo. Igualmente se aprecia la influencia que ciertos medios de prensa ejercen sobre el público en general y, por lo visto, también sobre personas calificadas que, no obstante esta circunstancia, aceptan acríticamente como verdad indubitada todo lo publicado en los medios periodísticos.
Al respecto existen datos categóricos que echan por tierra todo lo afirmado en la acusación.
De acuerdo con el Art. 12 del Pliego de Bases y Condiciones de la Precalificación y Licitación Pública Nacional N° 01/2002 “De empresas o consorcios de empresas para la refacción y terminación de obras en la Torre Norte del Palacio de Justicia”, “la Corte Suprema se reserva el derecho de declarar desierta la Precalificación y Licitación en el caso que considere no ser de su conveniencia ninguna de las ofertas presentadas, sin que esta situación dé derecho a los licitantes para reclamar daños y perjuicios”.
Esta condición – así como todas las otras del Pliego de Bases y Condiciones -, fue aceptada por todos los participantes de la licitación, y es una disposición que con frecuencia se incluye en los citados pliegos.
La Corte Suprema, en ejercicio de una atribución que le correspondía, declaró desierta la aludida Precalificación y Licitación Pública Nacional. En definitiva, las obras no se llevaron a cabo. En estas circunstancias, ¿qué irregularidad o perjuicio para el Estado pudo haber derivado de este hecho?
Algunos de los oferentes promovieron ante el Tribunal de Cuentas, Primera Sala, una acción contra la Corte Suprema de Justicia, pero luego desistieron de la misma. ¿Qué irregularidad existe en esto? Esta era la vía natural para cualquier reclamación o cuestionamiento sobre aspectos relacionados con la licitación, y, por ello, el desistimiento constituye, por el contrario, una prueba categórica de que todo terminó por los cauces normales.
Dados los extremos señalados, constituye una irresponsabilidad que ofende sensiblemente la integridad y la honorabilidad de cualquier persona, el afirmar que “incurren los acusados dentro de la tipificación del delito de Lesión de Confianza tipificado en el art. 192 del Código Penal, en el presente caso en grado de tentativa”.
Rechazo categóricamente esta afirmación. Se ha demostrado que no hubo adjudicación, que la Corte Suprema declaró desierta la licitación haciendo uso de una atribución de que estaba investida, y que los supuestos afectados promovieron un juicio contencioso-administrativo, del cual luego desistieron. No existe irregularidad alguna. No ha existido perjuicio alguno al erario público, ni nada parecido.
La Resolución Nº 1172, “Por la cual se declara desierta la Precalificación y Licitación Pública Nacional Nº 01/2002, de empresas o consorcio de empresas para la refacción y terminación de obras en la Torre Norte del Palacio de Justicia”, de fecha 30 de abril de 2003, fue subscripta también por los Doctores Antonio Fretes y Wildo Rienzi Galeano.
Se califica de “insólita” la promoción del Juez Juan Carlos Paredes. Se afirma que el mismo “… no solamente no fue destituido del cargo, sino que inclusive la Corte lo premió con un ascenso a magistrado de segunda instancia …”. Se agrega que esto demuestra “negligencia y actitud corporativa … falta de voluntad para combatir la corrupción”.
Todo lo afirmado carece en absoluto de fundamento y es fruto de la liviandad en el tratamiento del tema y del desconocimiento de procedimientos y disposiciones constitucionales.
En primer lugar, debe señalarse que no es atribución de la Corte Suprema de Justicia el enjuiciamiento y la eventual destitución de los magistrados de grados inferiores. Tal atribución corresponde al Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados (Art. 253 Cn.), de modo que la expresión “no solamente no fue destituido del cargo” no puede ser referida a la Corte Suprema de Justicia.
Es más, el Juez Juan Carlos Paredes fue absuelto en el mencionado caso, por el órgano constitucional competente para enjuiciarlo. En efecto, en virtud de la S.D. N° 14/2000, de fecha 26 de julio de 2000, el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados resolvió absolver al Magistrado Juan Carlos Paredes, Juez Penal de Liquidación y Sentencia N° 1 de la Capital (se adjunta copia del fallo).
Si el órgano competente lo absuelve, independientemente del criterio u opinión que se tuviera sobre el caso, la Corte Suprema de Justicia y cualquier otro órgano o persona, deben actuar en consecuencia de la resolución adoptada. No pueden hacerlo de otro modo, pues ello implicaría sobreponerse a la decisión adoptada de conformidad con la Constitución y la ley, y actuar indebidamente de acuerdo con su propio criterio como si este constituyera una decisión de jerarquía superior. Todo esto es inadmisible.
No hubo, pues, “negligencia y actitud corporativa” ni “falta de voluntad para combatir la corrupción”. Si la decisión del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados fue de absolución, la actuación de la Corte Suprema de Justicia no podía ni debía estar condicionada a una supuesta situación irregular del citado magistrado, porque ello implicaría que la Corte, contra la decisión del órgano competente y sin el debido proceso –del cual, por el contrario, no resultó nada- le está imponiendo una sanción.
Además, debe agregarse que, como es de público conocimiento, la designación de los magistrados se hace por votación secreta, de modo que resulta imposible determinar quienes fueron los ministros de la Corte Suprema de Justicia que votaron a favor de su nombramiento, ya que la decisión se adoptó por mayoría, no por unanimidad. Sería sumamente absurdo y arbitrario sostener que ante la imposibilidad de esta determinación, la supuesta responsabilidad por el hecho debieran cargarla todos los integrantes del mencionado cuerpo.
La S.D. Nº 14/2000, del 26 de julio de 2000, por la cual se absuelve al Magistrado Juan Carlos Paredes, fue subscripta por el Dr. Wildo Rienzi G. y por el actual Senador Oscar González Daher.
En la denominación del caso se incurre en un error. No se trata aumento de salarios, sino de la determinación de bonificaciones por responsabilidad en el cargo.
Se alude a la Acordada N° 250 de fecha 15 de febrero de 2002 y a la Resolución N° 1139 del 7 de febrero de 2003.
La ligereza en el tratamiento del tema se puede apreciar en otro error. En efecto, se afirma que la Acordada N° 250 del 15 de febrero de 2002 contraviene el Decreto N° 20.139 “Por el cual se reglamenta la Ley N° 2061/02 Que aprueba el Presupuesto de Gastos [sic] de la Nación para el ejercicio fiscal 2003”.
La Acordada supuestamente viola un Decreto de fecha posterior. Como se sabe, el Presupuesto General de la Nación para el año siguiente, es aprobado en los últimos meses del año precedente (en este caso noviembre/diciembre de 2002, nunca antes del 1° de septiembre de 2002 – Art. 216 Cn.). La Acordada N° 250 fue dictada el 15 de febrero de 2002.
El caso es muy simple. En el referido Decreto se establece que las bonificaciones por responsabilidad en el cargo no deben sobrepasar el 40 % de la remuneración básica mensual (sueldo más gastos de representación).
En la acusación, sin prueba alguna, se afirma que lo establecido en dicho concepto supera el porcentaje fijado. Por el contrario, basta atender a lo que se establece en el Presupuesto General de la Nación como remuneración básica mensual de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia, para comprobar que no se ha incurrido en ninguna irregularidad al determinar las bonificaciones por responsabilidad en el cargo.
Por último, debe señalarse la malicia que contiene la denominación que se da a este caso al hablar de “autoaumento”. Indudablemente es la Corte Suprema de Justicia, como cabeza del Poder Judicial y por disposición legal, la que debe dictar la resolución mediante la cual se adopta una medida como la que nos ocupa. Dicha decisión beneficia, es cierto, a los integrantes del máximo órgano, pero ello es así porque se trata de una resolución en la cual se determina la bonificación por responsabilidad en el cargo de los magistrados de todas las instancias.
La Acordada Nº 250, del 15 de febrero de 2002, y la Resolución Nº 1139, del 7 de febrero de 2003, fueron subscriptas por los Doctores Wildo Rienzi Galeano y Antonio Fretes.
En este punto se hace una serie de observaciones fundadas antes que en criterios jurídicos objetivos, en deformaciones cargadas de subjetividad y superficialidad.
a) Comienza el tratamiento ligero del tema con la misma denominación del caso: “croquetas de oro”, con lo cual se cede sin ningún sentido crítico a la caricaturización del tema, realizado por algunos medios periodísticos.
Al respecto debe señalarse que los servicios comprendían por mes, 9400 almuerzos, 5854 almuerzos en viandas (Marmitex), 36.840 lunches. Estos servicios fueron prestados durante dos años.
b) No se comprende, en absoluto, el alcance del control de constitucionalidad, aunque se afirme que “por supuesto que no se pretende que la Acción de Inconstitucionalidad constituye un recurso ordinario”.
En nuestro ordenamiento jurídico, la facultad de ejercer el control de constitucionalidad está conferida a la Corte Suprema de Justicia, y en particular a la Sala Constitucional. Dicho control puede recaer sobre actos normativos (leyes) o sobre actos jurisdiccionales (sentencias). Dicho control puede ser provocado por la vía de la acción (directamente ante la Corte Suprema) o por la vía de la excepción (en cualquier instancia, en el marco de cualquier juicio, sin perjuicio de que las actuaciones se eleven luego a la Corte para decidir la cuestión).
En el presente caso, se trataba de una acción de inconstitucionalidad promovida contra las sentencias dictadas en primera y segunda instancias. Se sabe que el objetivo de la acción planteada es el provocar el control de constitucionalidad de las sentencias impugnadas, no una nueva revisión de ellas en tercera instancia. El control de constitucionalidad consiste en verificar si en el dictamiento de las sentencias no se ha incurrido en violación de preceptos constitucionales. En otras palabras, consiste en constatar la adecuación de dichos actos jurisdiccionales al marco constitucional. No se trata de una revisión amplia y general de las sentencias, lo cual podría ser propio de los recursos. La Corte Suprema no actúa ni puede actuar en el marco de una acción de inconstitucionalidad como un tribunal de tercera instancia, ni puede convertir a dicha acción en un recurso de revisión de los fallos dictados en las instancias ordinarias, aunque discrepara con el criterio de los magistrados intervinientes, siempre que el proceso se hubiere llevado con observancia de las disposiciones consagradas en la Ley Suprema.
En cuanto al alcance del control de constitucionalidad ha sido sentada una jurisprudencia uniforme, pacífica y de larga data, que arranca desde antes de 1995 y que ha sido mantenida en forma invariable por esta Corte Suprema.
En relación con este punto, transcribimos a continuación ejemplos relativamente reciente de la jurisprudencia sentada sobre el punto.
Acuerdo y Sentencia Nº 393 – 11 de noviembre de 1998
…La lectura de los expedientes traídos a la vista revela que el accionante pretende reabrir el estudio de temas extensamente debatidos en las instancias ordinarias. Al respecto han sido dictadas las resoluciones respectivas, las cuales se basan en criterios razonables y en la aplicación de las disposiciones legales pertinentes. Dados estos extremos, se puede pensar que lo que se intenta es abrir indebidamente una tercera instancia de revisión por medio de una acción de inconstitucionalidad. Pero esto, dada la naturaleza del juicio principal así como la finalidad específica del control de constitucionalidad, es en absoluto improcedente…
Acuerdo y Sentencia Nº 53 – 11 de marzo de 1999
…Ciertamente que es posible disentir con la valoración de las pruebas realizada por los magistrados, pero este solo hecho no justifica la promoción de una acción de inconstitucionalidad. De acuerdo con una jurisprudencia pacífica y constante, la apreciación de las pruebas constituye materia opinable, y siempre que los magistrados se mantengan dentro de los límites de sus facultades jurisdiccionales, la simple discrepancia de esta Corte con el criterio de los mismos no autoriza su intervención si no existe conculcación de preceptos constitucionales, como en el presente caso. Este máximo Tribunal, tratándose de este tipo de acción, no actúa por vía de apelación, sino a los efectos del control de constitucionalidad de los fallos dictados en las instancias ordinarias.
Si, como se observa en el caso en estudio, no ha existido violación alguna de norma de rango constitucional a todo lo largo del proceso, no cabe la intervención de éste órgano…
Acuerdo y Sentencia Nº 105 – 5 de abril de 1999
…La Corte Suprema de Justicia, actuando como tribunal de control de constitucionalidad, no constituye una instancia más para pronunciarse sobre cuestiones procesales que han sido debatidas y resueltas en las instancias ordinarias, salvo que exista una ostensible violación de normas constitucionales. Esta circunstancia, no se presenta en caso de autos…
Acuerdo y Sentencia Nº 223 – 12 de mayo de 1999
… Los argumentos esgrimidos por el accionante se basan en su discrepancia con la valoración de las pruebas realizada por los magistrados de las instancias ordinarias. Este hecho no constituye, sin embargo, base suficiente para una nueva revisión del tema cuando se han agotado las instancias previstas en la ley. Pretender servirse para ello de una acción de inconstitucionalidad, resulta improcedente conforme lo ha señalado esta Corte en innumerables ocasiones. Los magistrados tienen la facultad legal de valorar las pruebas ofrecidas de conformidad con las reglas de la sana crítica, por lo que si sus apreciaciones se mantienen dentro del campo de lo razonable, la intervención de este máximo tribunal no corresponde ya que la vía escogida está orientada al control de constitucionalidad, exclusivamente…
Acuerdo y Sentencia Nº 281 – 23 de junio de 2000
…Por medio de la presente acción se pretende lograr la declaración de inconstitucionalidad, y consiguiente nulidad, de los fallos impugnados, por estar ellos afectados por supuestos vicios procesales que los invalidan. Como los mismos no fueron debida y oportunamente cuestionados, esta acción deviene improcedente pues se pretende convertirla en una instancia más de revisión de sentencias dictadas por magistrados de las instancias inferiores. Hacer lugar a la presente acción importaría desvirtuar el objeto propio y específico de la misma, que no es otro sino el control de constitucionalidad, pues en el caso en estudio no se observa conculcación alguna de preceptos de máximo rango…
Acuerdo y Sentencia Nº 422 – 22 de agosto de 2000
… Los argumentos expuestos por el accionante en su escrito de promoción, son los mismos que ya han sido objeto de consideración y detenido estudio en las instancias ordinarias. Esta circunstancia revela la intención de utilizar a esta vía, estatuida en forma específica a los efectos de ejercer el control de constitucionalidad, como un recurso ordinario más para la revisión de decisiones adoptadas en las instancias precedentes. Dicha intención no puede ser avalada por esta Corte, pues, de conformidad con las opiniones doctrinales prevalecientes y la jurisprudencia constante y pacífica existente sobre el tema, la acción de inconstitucionalidad no debe ser equiparada a una tercera instancia…
Acuerdo y Sentencia Nº 61 – 20 de marzo de 2001
… El accionante, al fundamentar la presente acción, repite los argumentos esgrimidos en las instancias ordinarias. Se puede apreciar que los mismos se refieren a la valoración que los magistrados intervinientes realizaron de las pruebas ofrecidas y a la interpretación y aplicación del derecho efectuada por los aludidos juzgadores. Pero no existiendo conculcación de preceptos de máximo rango, como ocurre en el presente caso, la utilización de esta vía –legislada en forma específica para ejercer el control de constitucionalidad resulta improcedente. Admitir lo contrario importaría reconocer a la acción de inconstitucionalidad el carácter de un recurso ordinario más para la revisión de decisiones adoptadas en las instancias precedentes y constituir esta Corte en un tribunal de tercera instancia, cuando ello no corresponde. Las opiniones doctrinales prevalecientes y la abundante, constante y pacífica jurisprudencia existente sobre el tema, no admiten tal posibilidad…
Acuerdo y Sentencia Nº 399 – 26 de julio de 2001
…La lectura de las constancias procesales permite afirmar que los juzgadores han actuado guiados por tales reglas, aplicando las disposiciones legales que regulan el caso en estudio. Se han observado las normas que garantizan el debido proceso y el ejercicio del derecho a la defensa en juicio, por lo que no puede sostenerse que exista arbitrariedad.
En el momento de dictar las sentencias se ha tenido en cuenta la ley vigente en la materia así como los principios del derecho laboral, la doctrina y jurisprudencia existentes sobre el tema.
No se observa violación alguna de preceptos de rango constitucional. En las circunstancias descriptas, la acción promovida deviene improcedente. En efecto, la misma tiene una finalidad específica: hacer efectiva la supremacía de la Constitución mediante un procedimiento de control de constitucionalidad que conduzca a la declaración de la nulidad de las resoluciones judiciales que contradigan a aquella. El caso en estudio no puede prosperar. Lo contrario implicaría desvirtuar la acción de inconstitucionalidad, utilizándola como un recurso ordinario más de revisión; y provocar la intervención indebida de esta Corte como un tribunal ordinario …
Acuerdo y Sentencia Nº 351 – 29 de abril de 2002
…El accionante no comparte la decisión adoptada por los magistrados de las instancias ordinarias y sostiene que los fallos dictados son arbitrarios. Sin embargo, los argumentos expuestos por el accionante no resultan adecuados como para que una acción de esta naturaleza pueda prosperar. En efecto, no corresponde utilizarla como un recurso ordinario de revisión, con el fin de que en tercera instancia sean estudiados nuevamente los fallos dictados por los magistrados de las instancias ordinarias, en ejercicio de sus funciones.
Las discrepancias que se pudiere tener con las decisiones de éstos, no pueden ser planteadas por esta vía, cuando los fallos se enmarcan en las leyes vigentes en la materia, en las constancias de autos y en las reglas de la lógica. Solamente en caso de que se observen violaciones de principios, derechos o garantías constitucionales, resulta procedente la intervención de esta Corte con vistas a ejercer el control de constitucionalidad…
c) Se critica el “pronto despacho”, “la notoria celeridad con la cual fue evacuada la cuestión” y de ello se deduce que existen “graves indicios de parcialidad en el juzgamiento”. Es más, con todo desparpajo se pretende que “dicha conducta se halla encuadrada dentro de la tipificación del delito de prevaricato previsto en el Código Penal en su artículo 305”.
Palos por que bogas y palos por que no bogas. Es cierto que existen casos en que hay retraso, pero también existen cientos de casos en que se da la “notoria celeridad” que tanto llama la atención de los redactores del escrito de acusación. No pueden afirmar estos que sólo en este único caso se dio tal circunstancia. Eso sería muy llamativo, aunque por sí sola no constituiría ninguna irregularidad. Pero la verdad es que existen múltiples casos comunes, que no llaman la atención, en que se da tal celeridad.
d) Se afirma que no se “busca realizar un análisis sobre el acto jurisdiccional de la CSJ”, sin embargo, se avanza sobre el tema en forma indebida, como si la comisión encargada de redactar el escrito de acusación estuviera investida de atribuciones que le permitieran juzgar actos emanados de la Corte Suprema de Justicia, como si constituyeran una instancia superior e infalible.
No se hace otra cosa sino asumir el carácter de un tribunal que pretende estar por encima de la Corte Suprema, cuando se afirma que “se ha partido de premisas falsas para condenar a la Binacional como oportunamente será demostrado si necesario fuere”. Tal afirmación resulta totalmente desubicada e irrespetuosa.
Se alude luego, siguiendo siempre en el papel de juzgador supremo, analizando cuestiones jurídicas y fácticas que fueron objeto de estudio y pronunciamiento en sede judicial en las instancias pertinentes. No pueden los redactores del escrito de acusación tener la soberbia de creerse dueños de la justicia y de la verdad. Más adelante haremos mención a una serie de circunstancias que demuestran que la ligereza y el desconocimiento prevalecieron en el análisis de este caso. Esta alusión demostrará asimismo que la Corte Suprema hizo un estudio profundo del expediente y no “una lectura ligera de los fallos de los inferiores”. Lo que no saben los redactores es que no es necesario hacer una descripción detallada de cada paso que se da.
Los supuestos problemas de proporciones para la Itaipú, el embargo de sus bienes, la dificultad de pago de salarios al personal de la entidad, los cuestionamientos de la dirección brasileña, etc., son cuestiones que sobrepasan los límites de un juicio y que escapan a la responsabilidad y a las posibilidades del órgano juzgador.
La irresponsable alusión a una supuesta ligereza en la condena a la Entidad Binacional Itaipú, sobre la base de una “dudosa interpretación”, con lo cual se pretende de nuevo suplir con carácter supremo la función de los órganos jurisdiccionales, así como la mención de nuevo del mal desempeño de funciones y del delito de prevaricato, descalifican por completo esta acusación.
f) No saben los redactores de la acusación que la fórmula matemática de reajuste del precio que debía pagarse fue establecida por la propia Entidad Binacional Itaipú en el Pliego de Bases y Condiciones de la Licitación Pública Binacional que llamó para la provisión de los servicios.
No se podrá afirmar que la Itaipú sea una entidad débil, carente de un asesoramiento jurídico adecuado. La fórmula de reajuste fue establecida en forma deliberada, unilateralmente y con pleno conocimiento de causa, con precedencia a cualquier actuación judicial.
En sede judicial nunca se cuestionó la fórmula en sí, sino la forma de aplicarla. Se sabe que los jueces no pueden pronunciarse, en principio, más que sobre lo que las partes someten a jurisdicción.
No saben los redactores de la acusación que ambas partes accedieron a someter la cuestión a un análisis pericial, teniendo en cuenta que la aplicación de la fórmula era una cuestión de carácter contable y administrativo.
Fueron designados tres peritos, dos propuestos por cada una de las partes y el tercero por el juez.
Las partes aportaron puntos al cuestionario que sería dirigido a los peritos y el juzgado resolvió incluir en el cuestionario todos los puntos que ambas partes solicitaron.
Las respuestas dadas por todos los peritos (incluido el propuesto por la Itaipú) al cuestionario que les fuera dirigido fueron concluyentes, categóricas, concordantes y coincidentes en todo lo substancial.
La suma que la Itaipú Binacional debía abonar a la firma demandante fue fijada ya en primera instancia. Dicho monto fue confirmado en segunda instancia. Hasta ese momento no existió ninguna reacción por parte de la Itaipú. De ningún modo cabe pensar que no tenía un buen asesoramiento jurídico, o que siendo víctima de arreglos espurios en las instancias ordinarias no pudiera solicitar los buenos oficios de altas autoridades, aunque bastaría la intervención de las propias autoridades de la Itaipú, para alertar a la Corte Suprema sobre las irregularidades que supuestamente se estaban cometiendo. Tampoco se recurrió a denuncias a la prensa.
Silenciosamente se planteó una acción de inconstitucionalidad, como si se tratara de un caso más. Nunca recibí la visita de un abogado de la Itaipú en relación con este caso. Con anterioridad, en casos ínfimos comparados con éste, de pago de indemnizaciones y otros rubros en materia laboral (que no excedían de 40 o 50 millones de guaraníes), había recibido la visita de profesionales interesados en los casos encomendados a ellos.
El escándalo estalla luego de que se rechaza la acción de inconstitucionalidad promovida. Existieron cosas raras en este caso, pero ninguna de ellas estuvo vinculada con las actuaciones en sede judicial.
Los redactores de la acusación debieran escandalizarse no porque se rechaza una acción de inconstitucionalidad dado que no se había observado en todo el curso del juicio ninguna conculcación de preceptos de máximo rango, sino de lo que precede a lo realizado en sede judicial. Allí está el meollo del asunto.
Debieran escandalizarse por la inclusión de una fórmula de reajuste de las características de la que por sí misma, unilateral, deliberada y voluntariamente la Itaipú Binacional incluyó en el Pliego de Bases y Condiciones de la Licitación Pública Binacional que llamó.
No existió nada irregular en el dictamiento del fallo que rechazó la acción de inconstitucionalidad, en consecuencia, no cabe hablar de mal desempeño de funciones y mucho menos de la comisión de delitos.
En este punto se repiten acríticamente los supuestos argumentos formulados por el propio Nissen.
En el caso Nissen, la Corte Suprema de Justicia no ha hecho otra cosa que actuar como lo ha venido haciendo en numerosos casos similares de sentencias dictadas por el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados contra las cuales se plantean acciones de inconstitucionalidad, y de pedidos de suspensión de magistrados enjuiciados.
En cuanto a lo primero, en el mismo escrito de Nissen se afirma que, planteada una acción de inconstitucionalidad contra la Sentencia Definitiva N° 2/03, del 07/04/03, dictada por el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, la Corte Suprema dispuso la suspensión de efectos de la misma de conformidad con lo dispuesto en el Art. 559 del C.P.C., “haciendo posible con dicha resolución, la reincorporación al cargo del Agente Fiscal Alejandro Nissen y la continuidad en las causas que hasta hoy se encuentran postergadas”.
En cuanto a lo segundo, debemos decir que el hecho de que el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados se haya reunido de manera extraordinaria y urgente a la tarde del mismo día (16/05/03) en que la Corte Suprema dispuso la suspensión de efectos de la sentencia mencionada en el párrafo precedente, el que haya dado “trámite de manera irregular a la denuncia formulada por el Abog. Luis Humberto Arévalos”, y el que haya solicitado a la Corte Suprema la suspensión del Agente Fiscal Nissen, en todo caso constituirían, si lo fueran, irregularidades imputables al Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. En esta parte se puede apreciar que la acusación está dirigida más bien a los integrantes de dicho órgano.
Recibido por la Corte Suprema de Justicia el pedido de suspensión del Agente Fiscal Nissen, cuya premura en el envío –si ello constituyere irregularidad- no es imputable a aquella, se procedió como se ha venido haciendo en todos los casos anteriores.
En efecto, fue dictada la Resolución N° 1182, del 20/05/03, por la cual se dispuso la suspensión del Agente Fiscal Nissen.
La Constitución establece en su Art. 259 lo siguiente:
… 7) suspender preventivamente por sí o a pedido del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados por mayoría absoluta de votos de sus miembros, en el ejercicio de sus funciones, a magistrados judiciales enjuiciados, hasta tanto se dicte resolución definitiva en el caso …
La misma disposición encontramos también el Art. 3°, inc. d), de la Ley N° 609/95, Que organiza la Corte Suprema de Justicia.
La facultad de suspender preventivamente a magistrados judiciales enjuiciados, es una atribución de la Corte Suprema, y en el caso de Nissen, como numerosos casos más en que se procedió del mismo modo, existió un pedido del órgano al cual la Constitución confiere la facultad de enjuiciar a los aludidos magistrados. Se trataba de un pedido de un órgano competente, no de cualquier pedido. Se trataba de una suspensión preventiva durante el tiempo que durara el enjuiciamiento.
En absoluto se puede hablar de que la Resolución N° 1182, del 20/05/03, haya sido “suscripta de manera arbitraria y en violación de las garantías constitucionales al debido proceso”. No es arbitraria pues se basa en las disposiciones constitucional y legal mencionadas más arriba. No viola las garantías del debido proceso, pues se trata nada más de una suspensión preventiva y la observancia de dichas garantías debe darse en el marco del proceso llevado a cabo ante el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados.
Rechazo, pues, categóricamente que se haya incurrido en violación alguna de preceptos constitucionales y legales. Más desacertada aún es la pretensión en encuadrar esta actuación dentro de la figura penal de prevaricato. No corresponde en absoluto.
La alusión a un supuesto delito de “producción de documentos oficiales de contenido falso”, resulta altamente ofensiva. La acusación no puede basarse en las meras afirmaciones del Agente Fiscal Nissen.
De todos modos, en el supuesto negado de que la firma obrante en la Resolución N° 1182 no perteneciera al Dr. Irala Burgos, ello no sería responsabilidad de los demás firmantes del documento, pues a ellos no les corresponde la certificación de la firma de los otros.
Ofende enormemente que el escrito de acusación haya hecho suyas, sin ninguna comprobación y sin ningún sentido crítico, expresiones vertidas con toda irresponsabilidad por el Agente Fiscal Nissen en su escrito de denuncia. Entre ellas menciono la siguiente: “… la conducta desleal, vergonzosa y manipuladora del resto del cuerpo merece el repudio y la condena de toda la sociedad”.
Repito: en el caso Nissen la actuación de la Corte Suprema ha consistido en el ejercicio de una atribución que le confiere la Ley Suprema y dicho ejercicio ha sido realizado a pedido del órgano constitucional competente para el juzgamiento de los magistrados judiciales.
Todo este proceso constituye una página de la historia que hubiera sido mejor no haberla vivido. Este proceso salvaje, arbitrario e inmisericorde es lo que las autoridades y los líderes políticos son capaces de producir.
A esta altura de los acontecimientos lo que debemos hacer es apresurarnos a dar vuelta esta ignominiosa página de la historia, escrita supuestamente en nombre de la democracia, para mejorar el Poder Judicial y erradicar de él la corrupción. Pero muchos de quienes pretenden llevarla a cabo carecen en absoluto de autoridad moral para ello y otros, llevados por el vedetismo, el moralismo y cosas similares, se suman a la comparsa como meros agregados que danzan al ritmo que se les marca.
Hemos analizado uno a uno los casos en que se nos imputan actos supuestamente irregulares, y hemos dejado al desnudo la absoluta carencia de sustento jurídico serio de las acusaciones que con soberbia y en forma irresponsable y superficial han formulado los fiscales acusadores.
Creemos que no existe razón alguna para que prospere el juicio político en el cual estamos inmersos. Por ello pedimos a los señores Senadores su voto en contra del mismo, por no existir causal alguna que amerite la condena.
En caso contrario, el huevo de la serpiente se seguirá incubando al calor de las incautas Cámaras legislativas y de líderes políticos pseudo religiosos y moralistas de derecha, o pseudo profetas revolucionarios hipócritas e inconsecuentes de izquierda.
1º de diciembre de 2003.
[1] P.S.: Recuerdo que al hacer esta alusión, Mateo Balmelli puso cara de sorprendido, negando con gestos la veracidad de lo narrado. Fue una actitud torpe, pues su reiterada presencia en la Corte Suprema y, en particular, en mi despacho, era algo que les constaba, por lo menos, a cinco funcionarios entre ascensoristas, guardias y asistentes.
[2] Fermín de Alarcón era un personaje de nacionalidad española que había aparecido por el Paraguay. Cobró notoriedad al ser vinculado, incluso por medios periodísticos, con cuestiones turbias relacionadas con bancos de plaza. Es prácticamente seguro que Mateo Balmelli haya tenido contacto, cuanto menos profesional, con el citado individuo.
[3] Sobre este punto se consignan más datos en las “Anotaciones personales”, incluidas también en este blog.
[4] G. J. Bidart Campos, El Derecho Constitucional del Poder, Bs. As., Ed. Ediar, 1967, T. II, p. 335.
[5] Id., íd., p. 339.
[6] G. J. Bidart Campos, Tratado Elemental de Derecho Constitucional argentino, Bs. As., Ed. Ediar, 1988, T. II, p. 372.
[7] José Luis Lazzarini, El juicio de amparo, Bs. As., Ed. La Ley S.A., 1967, p. 198.
[8] H. Quiroga Lavié, Derecho Constitucional, Bs. As., Ediciones Depalma, 1987, p. 493.
[9] Osvaldo Alfredo Gozaíni, La Justicia Constitucional. Garantías, proceso y tribunal constitucional, Bs. As., Ed. Depalma, 1994, p. 122.
[10] G. J. Bidart Campos, La interpretación y el control constitucionales en la jurisdicción constitucional, Bs. As., Ed. Ediar, 1987, pp. 162 y 165.
[11] El citado Acuerdo y Sentencia N° 183 fue dictado en el expediente: “Acción de inconstitucionalidad contra la Ley N° 244/93, contra la Resolución de la Honorable Cámara de Diputados N° 60, de fecha 20 de noviembre de 1993 y la Resolución de la Cámara de Senadores N° 183, de fecha 9 de diciembre de 1993”.
JUICIO POLÍTICO A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA EN 2003 Alegatos
JUICIO POLÍTICO A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA EN 2003 Nota a la Cámara de Diputados

References: resolución 
 artículo 252
 artículo 252
 artículo 261
 Resolución 
 artículo 252
 Resolución 
 Resolución 
 Resolución 
 Artículo 1
 Resolución 
 Resolución 
 resolución 
 resolución 
 Resolución 
 artículo 12
 resolución 
 artículo 193
 Artículo 30
 Resolución 
 artículo 1
in fine
 resolución 
 artículo 260
 artículo 132
 artículo 259
 artículo 137
 artículo 137
 artículo 259
 artículo 137
in fine
 resolución 
 Resolución 
 resolución 
 Resolución 
 resolución 
 resolución 
 Resolución 
 artículo 305
 Resolución 
 resolución 
 Resolución 
 Resolución 
 Resolución 
 Resolución