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Timestamp: 2019-02-20 10:14:50+00:00

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Capítulo 10 - Cómo Vencer El Pecado
Viernes, 29 de Junio de 2012 22:00
En cada periodo de mi vida ministerial he encontrado muchos cristianos profesantes en un estado miserable de atadura, ya sea al mundo, a la carne, o al diablo. Pero seguramente esto no es un estado cristiano, pues el apóstol ha dicho claramente: "Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia." (Ro. 6:14). En toda mi vida cristiana me ha dolido encontrar tantos cristianos que viven en la atadura legal descrita en el capítulo 7 de Romanos --una vida de pecado que resuelven reformar y que caen de nuevo. Y lo que es particularmente triste, e incluso agonizante, es que muchos ministros y dirigentes cristianos dan con perfección instrucción sobre el tema de cómo vencer el pecado. Las direcciones que generalmente son dadas en este tema, lamento decir, equivalen a esto: Expón tus pecados detalladamente, resuelve abstenerte de ellos y lucha contra ellos, si es necesario con oración y ayuno, hasta que los venzas." Mantén tu voluntad firme contra una recaída en pecado, ora y lucha, y ten la determinación de que no caerás, y persiste en eso hasta que formes el hábito de obediencia y rompe con todos los hábitos pecaminosos". Para asegurarse, generalmente se añade: "En este conflicto no debes depender de tus propias fuerzas, sino ora a Dios por ayuda". En una palabra, mucha de la enseñanza tanto en el púlpito como en la imprenta, realmente equivale a esto: la santificación es por obras y no por fe. Observo que el Dr. Chambers, en sus cátedras sobre Romanos, expresamente sostiene que la justificación es por fe pero la santificación por obras. Hace unos 25 años, creo, un prominente profesor de teología en Nueva Inglaterra mantenía en sustancia la misma doctrina. En mi vida cristiana inicial fui casi engañado por una de las determinaciones del Presidente Edwards, que era, en sustancia, aquello cuando había caído en pecado buscaría su origen y entonces pelearía y oraría contra él con todas sus fuerzas hasta subyugarlo. Esto, se percibirá, está dirigiendo la atención al acto manifiesto de pecado, su origen u ocasiones. Tomar la resolución y pelear contra el pecado fija la atención en él y su origen, y lo desvía enteramente de Cristo.
Ahora es importante decir aquí que tales esfuerzos son más que inútiles, y muy frecuentemente resultan en engaño. Primero, es perder de vista lo que realmente constituye pecado, y segundo, la única forma practicable para evitarlo. De este modo el acto externo o hábito puede ser vencido y evitado, mientras aquello que realmente constituye el pecado es dejado intocable. El pecado no es externo, sino interno. No es un acto muscular, no es la volición que causa acción muscular, no es un sentimiento involuntario o deseo. Debe ser voluntario, la preferencia máxima o estado de entrega de agradarse a uno mismo de donde proceden las voliciones, las acciones, propósitos, intenciones externos, y todas las cosas que comúnmente son llamadas pecado. Ahora, ¿qué se resuelve en contra en esta religión de determinaciones y esfuerzos para suprimir hábitos y formas pecaminosos y formar hábitos santos? "El cumplimiento de la ley es el amor". Pero ¿producimos amor por resolución? ¿Erradicamos el egoísmo por resolución? No, ciertamente no. Podemos suprimir esta y otra expresión o manifestación de egoísmo al decidir no hacer esto y aquello, y orar y luchar contra él. Podemos decidir por una obediencia externa, trabajar nosotros mismos al pie de la letra por una obediencia a los mandamientos de Dios. Pero es absurdo erradicar el egoísmo del corazón de la resolución. Así que el esfuerzo de obedecer los mandamientos de Dios en espíritu --en otras palabras, intentar amar como requiere la ley de Dios por fuerza de resolución-- es absurdo. Hay muchos quienes sostienen que el pecado consiste en deseos. De ser así, ¿acaso controlamos los deseos por fuerza de resolución? Podemos abstenernos de gratificar un deseo en particular por la fuerza de la resolución. Podemos ir más allá y abstenernos de la gratificación del deseo generalmente en la vida externa. Pero esto no es asegurar el amor de Dios que constituye obediencia. Si nos volvemos anacoretas, nos aprisionamos en una celda, y crucificamos todos nuestros deseos y apetitos hasta donde la indulgencia se refiere, sólo habremos evitado ciertas formas de pecado, pero la raíz que realmente constituye el pecado no es tocada. Nuestra resolución no ha asegurado amor, que es la única obediencia a Dios. Todo nuestro batallar con el pecado en la vida externa, por fuerza de resolución, sólo termina haciéndonos sepulcros blanqueados. Nuestro batallar con el deseo por fuerza de resolución es en vano, pues todo eso, no obstante el esfuerzo exitoso para suprimir el pecado que pueda ser, en la vida externa o en el deseo interno, sólo terminará en engaño, pues por la fuerza de resolución no podemos amar.
Tales esfuerzos para vencer el pecado son totalmente fútiles, y nada escriturales. La Biblia expresamente nos enseña que el pecado es vencido por la fe en Cristo. "Ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención" (1 Co. 1:30); es Él "el camino, y la verdad, y la vida" (Jn. 14:6). Se dice de los cristianos que van a purificar por la fe sus corazones (Hch. 15:9). Y en Hechos 26:18 se afirma que los santos son santificados por la fe en Cristo. En Romanos 9:31-32 se afirma que los judíos no alcanzaron la justicia "porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley". La doctrina de la Biblia es que Cristo salva su pueblo de pecado por la fe; que el Espíritu de Cristo se recibe por la fe para que more en el corazón. Es la fe que obra por amor. El amor es forjado y sostenido por la fe. Por la fe los cristianos vencen al mundo, la carne y al diablo. Es por la fe que ellos apagan "todos los dardos de fuego del maligno" (Ef. 6:16). Es por la fe que se ciñen de Cristo y se despojan del viejo hombre y sus obras. Es por la fe que peleamos la buena batalla, y no por resolución. Es por la fe que estamos de pie, por resolución caemos. Ésta es la victoria que vence al mundo, incluso nuestra fe. Es por la fe que la carne es reprimida y los deseos carnales sometidos. El hecho es que es simplemente por la fe que recibimos el Espíritu de Cristo para que obre en nosotros para querer y hacer de acuerdo con su buena voluntad. El derrama su propio amor en nuestros corazones y por eso los enciende. Cada victoria sobre el pecado es por la fe en Cristo, y cuando la mente es desviada de Cristo, al resolver y pelear contra el pecado, estemos conscientes o no, estamos actuando con nuestra propia fuerza, rechazando la ayuda de Cristo, y estamos bajo un error engañoso. Nada más que la vida y energía del Espíritu de Cristo dentro de nosotros puede salvarnos de pecado, y confiar es la condición uniforme y universal de la operación de esta energía salvadora dentro de nosotros. ¿Cuánto tiempo este hecho será por lo menos pasado por alto por los maestros de religión? ¿Cuán profundamente enraizadas en el corazón del hombre están la santurronería y la dependencia de uno mismo? Tan profundamente que una de las lecciones más difíciles para que el corazón humano aprenda es renunciar a la dependencia de uno mismo y confiar enteramente en Cristo. Cuando abrimos la puerta por confianza implícita Él entra y hace habitación con nosotros y en nosotros. Al derramar su corazón da vida a nuestras almas hacia la compasión con Él mismo, y de esta forma, y sólo en esta forma, purifica nuestros corazones mediante la fe. Sostiene nuestra voluntad en la actitud de devoción. Nos vivifica y regula nuestros afectos, deseos, apetitos y pasiones, y se vuelve nuestra santificación. Mucha de la enseñanza que oímos en oración y en reuniones, desde el púlpito y la imprenta, es tan confusa como si consideramos escuchar o leer tal instrucción como bastante dolorosa para ser soportada. Tal instrucción se calcula para concebir engaño, desánimo y un rechazo práctico de Cristo como se presenta en el evangelio.
¡Ay! Por la ceguera que lleva a desconcertar el alma que está añorando la liberación del poder del pecado. A veces he escuchado la enseñanza legalista sobre este tema hasta que sentí como si debiera gritar. Es sorprendente a veces oír a cristianos quejarse de la enseñanza que aquí he inculcado que nos deja en un estado pasivo, para ser salvos sin ninguna actividad. ¡Qué tinieblas hay en esta objeción! La Biblia enseña que al confiar en Cristo recibimos una influencia interna que estimula y dirige nuestra actividad; que por la fe recibimos su influencia purificante en el mero centro de nuestro ser, que mediante y por su verdad revelada directamente al alma Él vivifica todo nuestro ser interior hacia una actitud de una obediencia amorosa; y esto es la manera, y la única forma practicable, para vencer el pecado. Pero alguien puede decir: "¿Acaso el apóstol Pablo no exhortó diciendo "ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad"? ¿Acaso no es una exhortación hacer lo que en este artículo usted condena?" De ningún modo. En el versículo 12 del segundo capítulo de Filipenses Pablo dice "por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad". No hay ninguna exhortación para obrar por la fuerza de la resolución, sino a través y por la obra interior de Dios. Pablo les había enseñado, mientras estaba presente con ellos, pero ahora en ausencia, los exhorta a cuidar su propia salvación, no por resolución sino por la operación interna de Dios. Esto es precisamente la doctrina de este artículo. Pablo había enseñado muy a menudo a la Iglesia que Cristo en el corazón es nuestra santificación, y que esta influencia se recibe por la fe, para ser culpable en este pasaje de enseñar que nuestra santificación es forjada por resolución y esfuerzos para suprimir hábitos pecaminosos y formar hábitos santos. Este pasaje felizmente reconoce tanto la agencia divina y humana en la obra de la santificación. Dios obra en nosotros para querer y hacer, y al aceptar por la fe su operación interna, nosotros querremos y haremos por su buena voluntad. La fe en sí misma es un agente activo y no pasivo. Una santidad pasiva es imposible y absurda. Que nadie diga que cuando exhortamos a la gente a confiar totalmente en Dios enseñamos que cualquiera debe ser o puede ser pasivo en recibir y cooperar con la influencia divina por dentro. Influye en el libre albedrío, y como consecuencia, hace esto por la verdad, y por la fuerza. ¡Ah! que pueda ser entendido que toda la vida espiritual que está en cualquier hombre se recibe directamente del Espíritu de Cristo por la fe, como el pámpano recibe su vida de la vid. ¡Fuera esa religión de determinaciones! Es un lazo de muerte. ¡Fuera ese esfuerzo de hacer la vida santa mientras el corazón no tiene en él el amor de Dios! ¡Ah! que los hombres aprendan a ver directamente a Cristo mediante el evangelio y muy alrededor de él por un acto de confianza amorosa como para incluir una simpatía universal con el modo de pensar de Él. Esto, y sólo esto, es santificación.

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