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Perspectiva crítica al nepad y nuevas alternativas para el desarrollo en África
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Perspectiva crítica al NEPAD y nuevas alternativas para el desarrollo
(Publicado en Globalización y Agricultura, Àgora Nord-Sud, Barcelona, 2003)
En su reunión de Kananaskis, en junio de 2002, el G8 manifestó su apoyo a la iniciativa africana, conocida como el Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África (NEPAD, según sus siglas en inglés), adoptado por la cumbre de la Organización de la Unidad Africana (OUA) en julio de 2001 en Lusaka, mediante el compromiso de proporcionar la asistencia técnica y financiera a los países africanos para prevenir y resolver los conflictos de aquí a 2010.
En la reunión de junio de 2003 en Evian, el G8 volvió a tomar una serie de medidas a favor del NEPAD, entre ellas: el fortalecimiento de las capacidades militares y de programas de formación de fuerzas africanas de mantenimiento de la paz, el aumento de la ayuda al desarrollo y el fomento de la seguridad alimentaria en África, el apoyo a la educación y la lucha contra el SIDA. Es decir, la adopción del Plan de Acción para la concreción del NEPAD mediante la movilización de 6 mil millones de dólares anuales de aquí al año 2006.
De este modo, ninguna iniciativa africana había encontrado una acogida tan favorable por parte de los organismos financieros internacionales y de los gobiernos del Norte como el NEPAD.
Inspirado en la filosofía del “renacimiento africano”, El NEPAD se fundamenta en la idea del partenariado, que exige a los socios externos la colaboración en el desarrollo del continente a cambio de la buena gobernabilidad política y económica de los gobiernos africanos, que se comprometen a realizar las condiciones previas del desarrollo: la instauración de la paz y de la seguridad, la lucha contra la corrupción, los fraudes electorales y la mala gestión de los fondos públicos, el respeto de los derechos humanos, la creación de un adecuado marco jurídico para las actividades económicas, la erradicación de los obstáculos culturales y la adopción de proyectos de cooperación regional. El objetivo es reducir la pobreza, fomentar el desarrollo sostenible y conseguir la incorporación de África en las redes de la economía globalizada de aquí al año 2015.
Dicho con otras palabras, El NEPAD es un plan de desarrollo concebido y elaborado por los propios africanos, para poner fin a la marginación del continente y conseguir su desarrollo a partir de esfuerzos internos y apoyos externos orientados hacia los sectores prioritarios: las infraestructuras, la educación, la agricultura, la salud, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y el medio ambiente. Este plan tiene la ventaja de ser una iniciativa más creíble y un discurso inteligente, que se inspira en las propias reglas del juego de la comunidad internacional o de la globalización neoliberal, renunciando a la contraproducente estrategia de confrontación Norte-Sur y al discurso tercermundista de la década de los 70. Es decir, la adhesión a las reglas de la ortodoxia económica y política, impuestas por la comunidad internacional en cambio de su apoyo político y financiero.
El aspecto positivo del NEPAD estriba en el hecho de que por primera vez los dirigentes africanos reconocen que no puede haber desarrollo sin unas previas reformas políticas, económicas, sociales y culturales interrelacionadas. Sin embargo, se ha de puntualizar que se trata de un proyecto elitista de unos dirigentes, pragmáticos y no democráticos, que consideran la globalización como un proceso irreversible y huyen del debate público sobre este fenómeno. Se han adherido al “fukuyamismo” y al “fondomonetarismo”, que confunden el desarrollo con la adopción del modelo de crecimiento occidental, o sea el etnocentrismo y el mimetismo económicos.
El propósito del presente análisis consiste, por una parte, en evaluar hasta que punto el NEPAD constituye una adecuada solución a los problemas de desarrollo en África o el instrumento idóneo para acabar con la marginación económica del continente y, por otra, en diagnosticar las posibilidades reales que tienen ambas partes para encargarse unos de su propio desarrollo y otros para contribuir a dicho desarrollo mediante cambios estructurales. Es decir, analizaremos sus posibilidades de concreción, partiendo de las experiencias del pasado, la propia filosofía del NEPAD, las prácticas internacionales en materia de desarrollo y las realidades políticas y económicas africanas, sin caer en lo que los dirigentes africanos y otros responsables del NEPAD consideran como una “crítica suicidaria”, limitándonos a una crítica constructiva.
I. Orígenes del NEPAD
El NEPAD nace de la fusión de tres planes o iniciativas de desarrollo definidos en 2000 y 2001.
El primero es el Plan del Milenio (o el Programa para la Recuperación de África -MAP-), concebido por el presidente Mbeki de Sudáfrica en colaboración con el presidente Obasanjo de Nigeria y Bouteflika de Argelia. Partiendo de su filosofía del “renacimiento africano”, Mbeki fundamentó la recuperación de África no sólo en el desarrollo, sino también en los aspectos o cambios culturales, sociales y políticos. El objetivo era la presentación de un frente común con respecto al Norte, para conseguir el aumento de la ayuda y las inversiones extranjeras en cambio de la buena gobernabilidad, y la unión de los países africanos frente a los problemas económicos y sociales tales como el SIDA.
El segundo es el “Plan Omega de A a Z” del presidente Abdoulaye Wade de Senegal, que insistió en la integración regional con énfasis en el desarrollo de las infraestructuras regionales o continentales y la educación, financiadas a partir de la movilización de las aportaciones externas, aspectos que según Wade (2002: 18) beneficiarán a los propios intereses de los países del Norte.
El tercero es el “Programa consensuado para la recuperación de África”, elaborado por el secretario ejecutivo de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para África, a petición de los ministros africanos de Hacienda. El Programa enfatizó en el partenariado, la transparencia mutua y el papel fundamental de los actores externos.
Los ministros de Economía y Hacienda, reunidos en Argelia en mayo de 2001, decidieron fusionar todos estas propuestas bajo la denominación de “Nuevas Iniciativas Africanas”, convertidas en la cumbre de la OUA de julio de 2001 en Lusaka en el “Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África” (NEPAD).
Dicha fusión se acompañó de una división de tareas entre los promotores o “padres del NEPAD”: Hosni Mubarak (acceso a los mercados internacionales y diversificación en la exportación de productos), Thabo Mbeki (paz, seguridad, democracia y buena gobernabilidad), Olusegun Obasanjo (gestión económica y movimientos de capitales), Abdelaziz Bouteflika (desarrollo humano) y Abdoulaye Wade (la incorporación de África en la economía mundial y el comercio internacional a partir de las inversiones privadas).
El NEPAD se origina, pues, en la comprobación de hechos siguientes, y la necesidad y urgencia de superarlos:
El fracaso de las estrategias de desarrollo experimentadas hasta ahora en África.
La marginación o exclusión del continente en la globalización/mundialización.
Las pocas inversiones extranjeras en el continente (menos del 2% de las inversiones mundiales).
El fracaso de 30 años de ayuda pública al desarrollo y la crisis de la deuda.
El balance globalmente desastroso de las cuatro décadas de las independencias: más de ochenta golpes de Estado, 24 asesinatos políticos de los máximos dirigentes, más de 7 millones de muertos en los 32 conflictos armados y más de 10 millones de refugiados y personas desplazadas y el 70% de personas infectadas por el SIDA.
En definitiva, se insiste en la toma de conciencia y de responsabilidades por los propios africanos para superar todos estos problemas a partir de sus propios recursos y de las aportaciones externas, en particular el fomento y promoción del sector privado.
2. Estructuras, mecanismos y principios del NEPAD
El NEPAD se estructura en torno a cuatro órganos: la Unión Africana, el Comité de jefes de Estado, el comité de gestión y la Secretaría.
La Unión Africana que ha sucedido a la OUA reúne una vez al año a los jefes de Estado y de Gobierno, para definir los objetivos generales y la política de la organización.
El Comité de Jefes de Estado, integrado por 15 miembros en representación de las cinco regiones del continente (África del Norte, Occidental, Oriental, Central y Austral). Se encarga de la realización del NEPAD. Se reúne una vez todos los tres meses y está presidido por un presidente (Olusegun Obasanjo de Nigeria) y por dos vicepresidentes (Abdelaziz Bouteflika de Argelia y Abdoulaye Wade de Senegal).
El Comité de Gestión, compuesto por los cinco países fundadores (Argelia, Egipto, Nigeria, Senegal y Sudáfrica) y cinco grupos de trabajo (infraestructuras, paz y seguridad, gobernabilidad política y económica, acceso a los mercados, normas financieras y bancarias), tiene como principal objetivo la definición en estos aspectos de las reglas de buena conducta y de vigilancia y los mecanismos, recogidos en un convenio, y a los que los Estados son libres de adherir.
La Secretaría, con sede en Pretoria y confiada a Sudáfrica, está integrada por cinco personas encargadas de la administración, la coordinación, la comunicación y el marketing.
Para realizar sus objetivos, el NEPAD ha definido los principios y estrategias siguientes (véase también Ronald Hope, 2002: 390ss):
La buena gobernabilidad política y económica: la lucha contra la corrupción y a favor de la transparencia en la gestión pública. Es decir, la democracia liberal y la economía de mercado como estrategia de desarrollo, o lo que es lo mismo la adhesión a las reglas de la globalización neoliberal, conforme al “consenso de Monterrey”1.
El partenariado con el Norte para la lucha contra el subdesarrollo del continente, mediante la realización del objetivo del 7% de crecimiento anual y la movilización de las finanzas externas orientadas hacia los sectores clave o estratégicos arriba mencionados.
La integración regional (política y económica) según el modelo librecambista para luchar contra la pobreza, conseguir el desarrollo y la futura incorporación de África en la globalización. Se considera las cinco regiones, y no los Estados nacionales, como espacios económicos de los proyectos de desarrollo.
El fortalecimiento de la paz y de la seguridad, o sea la prevención y resolución de conflictos como condiciones previas para el desarrollo duradero y sostenible.
5. Evaluaciones críticas del NEPAD: Contradicciones y limitaciones externas e internas
El NEPAD, aunque producto de la reflexión de los dirigentes africanos, no es un instrumento del “renacimiento africano”, sino de la incorporación del continente en los mercados internacionales en posición subordinada.
En todos estos casos, se han perdido de vista los problemas de fondo, que son estructurales: ¿Está dotada África de infraestructuras físicas y de capital humano para rentabilizar o atraer las inversiones extranjeras?¿Los países del Norte están realmente dispuestos a cambiar su política de ayuda y cancelar o reducir la deuda de los países africanos? ¿Están capacitados los países africanos para eliminar las causas y raíces de los conflictos internos y crear un mecanismo fiable de resolución de los mismos y de mantenimiento de la paz?.
Estas dudas vienen justificado por tres hechos: teniendo la más alta tasa de rentabilidad del mundo (en la agricultura, la minería, la construcción y las industrias de ingeniería y medioambientales), África sólo tiene acceso al 2% de las inversiones realizadas en el mundo; los Estados Unidos, que dan la máxima prioridad a la lucha contra el terrorismo internacional y que dedican pocos fondos a la ayuda a los países del Sur, proyectan mejorarlos ligeramente pasando de 10 mil millones dólares actuales a 15 mil millones para el año 2006, ayuda orientada con prioridad a los países que adoptan la economía de mercado, erradican la corrupción y promueven la democracia; muchos de los conflictos africanos nacen de la manipulación y del mal comportamiento de los dirigentes africanos junto a los intereses extranjeros. Por lo tanto, no se puede confiar demasiado en los factores externos y en los dirigentes africanos, tal y como está sucediendo, a título ilustrativo, en Zimbabue, la RDC o Costa de Marfil, para el desarrollo y la paz en el continente.
Se imponen una serie de rupturas como queda subrayado en los métodos de gobierno, de prácticas económicas y de resolución de conflictos en África, así como radicales cambios en las relaciones económicas internacionales, pues existe una contradicción entre la máxima apertura que se exige a las economías africanas y el proteccionismo que siguen manteniendo los países ricos. En los casos que les interesan, privilegian las medidas proteccionistas en detrimento de su ideología neoliberal.
El NEPAD destaca por una serie de debilidades y contradicciones. Nace de la iniciativa de un grupo de países que más inversiones extranjeras reciben (Sudáfrica, Nigeria, Egipto y Senegal) con la posibilidad de excluir a los demás países, tal y como se puede comprobar en los distintos proyectos adoptados: 9 de los 13 grandes proyectos están concentrados en África Austral y Occidental, que reúnen a 3 de los 4 iniciadores o promotores del NEPAD, y muy pocos en África Central, Oriental y en el Magreb. Esta idea de exclusión de algunos Estados viene ilustrado por el mecanismo “de presión entre los socios”, pudiendo conducir a la exclusión del “Club del NEPAD” de Estados no respetuosos de los compromisos contraídos. No fue precedido por un previo debate público, de ahí su carácter elitista, es decir limitados a los funcionarios y expertos en clara ruptura con los pueblos. Los criterios elegidos (buena gobernabilidad, elecciones democráticas, lucha contra la corrupción y la transparencia en la gestión pública) son de difícil aplicación a corto y medio plazo para la mayoría de los gobiernos africanos, que no son modelos de democracia y de buena gobernabilidad, tal y como se puso de manifiesto con el apoyo que brindó el “grupo africano”, en 2002, a Mugabe hacia quien expresaron la “solidaridad africana” contra las sanciones “neocolonialistas” de la Unión Europea. El bloqueo por 14 países africanos de la resolución contra Sudán y Zimbabue, considerados como países violadores de derechos humanos, en la 59ª sesión de la comisión de derechos humanos de la ONU, donde han creado un verdadero “club de solidaridad de países violadores de derechos humanos”, choca con los objetivos de Londres, que condiciona su apoyo al NEPAD por la previa condena del régimen dictatorial de Mugabe por los gobiernos africanos.
Además, las aportaciones extranjeras a las que se da la máxima prioridad no predisponen al optimismo: la reducción de la ayuda al desarrollo de África que ha pasado de 32 dólares por habitante y al año a 19 dólares en la última década; el papel preponderante de las multinacionales, que no son modelos de transparencia, en la economía mundial; la determinación de los gobiernos del Norte a seguir subvencionando su agricultura y manteniendo el proteccionismo en algunos sectores de su economía, y las condicionalidades de las instituciones financieras internacionales en contra de los aspectos de desarrollo social y humano de los pueblos africanos. La apuesta por el sector privado, considerado como el motor del desarrollo económico y de lucha contra la pobreza, ha de ser precedido por la adopción de un marco jurídico adecuado y un saneamiento político propicio a las inversiones extranjeras, condiciones éstas difíciles de cumplir en muchos Estados africanos aún marcados por prácticas neopatrimoniales y autoritarias y fraudes electorales2.
De este modo, la buena gobernabilidad que se exige a los africanos será más económica que política (lucha contra la corrupción y la adhesión a la disciplina financiera), pues es difícilmente concebible que los regímenes autoritarios africanos se sometan a las condicionalidades políticas o a los criterios de buena gobernabilidad definidos por sus propios colegas para beneficiarse del NEPAD.
En resumen, frente a la filosofía del NEPAD (programa neoliberal de partenariado) y las expectativas que ella suscita, se nos plantea una serie de interrogantes: ¿Qué nos puede asegurar ahora que los gobiernos africanos realizarán su compromiso de lucha contra la pobreza, el respeto de derechos humanos, la promoción del desarrollo, es decir la realización de la agenda del NEPAD, máxime cuando los anteriores documentos adoptados y ratificados por ellos mismos, tales como el Plan de Acción de Lagos (PAL), el Programa Prioritario para la Recuperación Económica de África (PPREA) o la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (CADHP), para citar sólo los más relevantes, han caído en el capítulo de las buenas intenciones? ¿Pueden los países africanos conseguir la tasa de crecimiento anual del 7% de aquí al año 2015 como se han comprometido en el NEPAD, cuando en la actualidad sólo 2 países han conseguido tal hazaña: Botsuana y Mauricio3? ¿Qué nos puede convencer ahora que África ha dejado de ser considerada como una zona de alto riesgo para las inversiones extranjeras o para rentabilizar los 64 billones de dólares anuales previstos para la realización del NEPAD, y que los gobiernos africanos están dispuestos a favorecer las energías creativas de sus pueblos, verdadera condición para el futuro y rápido crecimiento?
A la luz de lo que antecede, siguen planteándose dos principales dudas en cuanto a las prácticas e intenciones de los socios del NEPAD. Por una parte, es difícilmente concebible que los países del Norte (EE.UU., UE y Japón) sigan adoptando políticas agrícolas proteccionistas al tiempo que contribuyan a desarrollar la agricultura africana que puede hacer competencia a sus agricultores subvencionados con mil millones de dólares diarios4. Por otra, los Estados africanos, que fundamentan sus relaciones en los principios de la igualdad soberana y de la no injerencia en los asuntos internos, no están dispuestos a renunciar, a corto plazo, a una parte de su soberanía para permitir el buen funcionamiento del NEPAD, en particular la promoción del buen gobierno y la resolución de los conflictos dentro o entre los Estados.
Los últimos acontecimientos sucedidos en el continente dan más razones de desaliento que de optimismo con un número cada vez más importante de Estados en delicuescencia o fallidos (Liberia, RDC, Congo Brazzaville, Costa de Marfil, Centroáfrica, Angola, Sudán, Eritrea, Etiopía, Ruanda, Burundi, Somalia, Madagascar), cuya inestabilidad política crónica y guerras civiles latentes o declaradas bloquean el desarrollo socioeconómico y ponen de manifiesto que se está lejos de acabar con el “desorden africano”, pues no existe en uno u otro caso la voluntad de resolver los conflictos sin el uso de la violencia.
Lo más sorprendente es que el NEPAD adhiere a los Programas de Ajuste Estructural (PAE), consagrando un claro “derrotismo” frente a las condicionalidades, precisamente en este momento en el que el propio Banco Mundial y el FMI reconocen los efectos negativos de estas políticas macroeconómicas en los aspectos de infraestructuras públicas, desarrollo humano, paz y seguridad, objetivos prioritarios del proyecto africano5.
El NEPAD, concebido desde arriba sin ninguna vulgarización o implicación de la sociedad civil, en particular de las mujeres y de la juventud, que constituyen la mayoría de la población africana, destaca por su verticalidad. Las dudas en cuanto a su concreción y eficacia se explican, de una parte, por apoyarse en las potencias e instituciones financieras externas (Banco Mundial, FMI, UE y G8) cuya concepción sobre África no ha cambiado mucho (Traoré, 2002: 170), potencias convertidas en socios para la recuperación, y que durante décadas bloquearon el desarrollo en África por imponer a los países del continente el ajuste privatizador, responsable de la nula industrialización del continente y de la destrucción de servicios públicos, y por crear el caldo de cultivo de los conflictos6. De otra parte, por confiar el desarrollo de África a unos dirigentes poco creíbles para encarnar la “nueva África” en los aspectos de democracia, transparencia y tolerancia. Su silencio o complicidad, arriba mencionados, con respecto a las prácticas políticas de Robert Mugabe en Zimbabue (Taylor, 2002: 406) les desacreditan para pretender encarnar tales ideales.
Todas estas prácticas, persistentes, nos hace creer que se camina hacia el mantenimiento y fortalecimiento del mal gobierno y de la dependencia de la ayuda y deuda externas y hacia la incorporación de las clases gobernantes africanas en las elites transnacionales (Taylor y Nel, 2002:166ss), con la consiguiente exclusión de los pueblos, pues en el partenariado en cuestión se insiste más en las relaciones entre los gobiernos africanos y los acreedores de fondos del Norte que entre aquellos y sus pueblos. Se ha perdido de vista, según recuerda Rufin (2001:256-257), que el futuro no está en la alianza con el Norte con su sistema basado en la defensa de las ventajas adquiridas, en el productivismo o economicismo y en las desigualdades que destruye las identidades y la verdadera libertad, sino en la coalición con los pueblos del Sur que encarnan valores verdaderamente humanos (humanidad) con importantes actividades de renovación o cambio y de mantenimiento de la vida.
No se trata de poner en tela de juicio la buena fe de la iniciativa de Thabo Mbeki, Abdoulaye Wade, Olusegun Obasanjo y Abdelaziz Bouteflika, que encarnan la nueva generación de dirigentes africanos que han realizado un notable trabajo de autocrítica y de crítica hacia Occidente. Es también verdad que se debe mirar al futuro y no al pasado y que con el NEPAD habrá menos corrupción que antes. Sin embargo, su proyecto es de difícil realización, pues África es víctima de la globalización y los países africanos están mal preparados para hacer frente a la competitividad, selectividad y productividad en las que se fundamenta el neoliberalismo globalizado. O según puntualizan Cling y Roubaud (2003: 51), el NEPAD se enfrenta a los obstáculos siguientes difícil de superar: la heterogeneidad entre los países africanos en particular entre los cinco promotores que tienen muy poco en común; es considerado por los demás países como un instrumento de hegemonía de aquellos y en particular de Sudáfrica en el continente; el principio de buena gobernabilidad en el que se fundamenta y que no comparten todos los Estados africanos puede crear un abismo entre los objetivos y la realidad, y su falta de apropiación y/o identificación con los pueblos que le puede convertir en otro capítulo de buenas intenciones.
5. Alternativas al NEPAD: ecodesarrollo, economía popular e integración regional
Una estrategia fiable y realista de desarrollo ha de fundamentarse en los pueblos africanos, y no en los Estados en ruptura con sus sociedades. Es la condición sine qua non para la recuperación de África. Un partenariado con África no puede imponerse exclusivamente desde el exterior o desde la cumbre. Por lo tanto, el NEPAD debe desmarcarse de su orientación estatal e institucional para arraigarse en las aspiraciones populares, es decir se ha de fundamentarse en el partenariado entre el Estado y la sociedad civil, “para resolver ante todo sus problemas a partir de sus propios recursos y fuerzas” (Tevoedjre, 2002: 106). Dicho con otras palabras, es preciso instaurar las relaciones de partenariado entre los gobiernos y las poblaciones locales, que luchan a diario con la pobreza y encargadas de diagnosticar sus propios problemas, antes de extenderlas a los países del Norte, siendo el objetivo la identificación de los problemas estructurales, el atacarse a las verdaderas causas de la miseria, la creación de polos de desarrollo con la institución de redes de empresas con finalidades económicas y sociales a nivel regional, el aprovechamiento de recursos locales ecológicamente evaluados (ecodesarrollo), la ayuda dirigida a los más pobres y a las capas más desfavorecidas y el favorecer la autonomía y la toma de responsabilidad de un gran número posible de beneficiarios (Tipoteh, 2000: 112ss), mediante el fomento de las iniciativas locales y la participación popular en las transformaciones estructurales de la economía.
5.1. La apuesta por el ecodesarrollo
En el proceso de recuperación de África, el ecodesarrollo constituirá el eje esencial: el desarrollo no puede realizarse a coste del medio ambiente y de las necesidades de las futuras generaciones. La participación de las mujeres, que representan aproximadamente el 52% de la población africana, y la revalorización del saber y de técnicas tradicionales socio-ecológicas de las poblaciones locales y de los campesinos deben formar parte de la estrategia para conseguir el desarrollo, es decir la autodeterminación femenina y campesina. Al respecto es preciso recordar que la cultura animista africana siempre ha sido ecologista, pues fundamenta su filosofía de la vida en la fecundidad de los hombres, los animales y las plantas.
En un continente amenazado por el hambre (el 43% de desnutridos del mundo está en África, el 45% de la población vive en la pobreza absoluta) y en el que 7 de cada 10 personas viven de los recursos naturales, cada vez más escasos, en lugar de adoptar los modelos de desarrollo impuestos desde el exterior, a menudo perjudiciales para el ecosistema local al fomentar las exportaciones de productos básicos y la explotación de selvas para conseguir las divisas destinadas al pago del servicio de la deuda o a la compra de armas, el Estado ha de crear las condiciones necesarias para permitir a las poblaciones desarrollarse por sí mismas, mediante una adecuada política de inversión en los aspectos de desarrollo humano, de medio ambiente y de precios agrícolas, precios destinados a animar a los campesinos para que desarrollen los cultivos de autoconsumo y la repoblación forestal.
Antes que un continente mineral y energético, África es un continente agrícola, pues la agricultura constituye el motor del crecimiento para la mayoría de los países africanos. Sin embargo, obsesionados por la “revolución verde” o productivista, recomendada por sus mentores del Norte para conseguir el desarrollo agrícola, los gobiernos africanos están favoreciendo el uso de innovaciones bioquímicas o de ingeniería agrícola, es decir un enfoque de desarrollo rural desde arriba, que fortalece la dependencia tecnológica y la biopiratería, en detrimento de las comunidades locales confinadas en las tierras pobres y marginales, dando prioridad a los cultivos de exportación dominados por las multinacionales con sus técnicas devastadoras de modos de vida, culturas y ecosistemas locales. Se contribuye de este modo a la destrucción irreversible de un medio ambiente, ya frágil, y se pierde de vista que el desarrollo social y ecológicamente sostenible pasa por la participación y organización de las comunidades locales, y su capacidad de resistir contra las políticas destructoras de su medio ambiente fomentadas por los gobiernos, las multinacionales mineras o petroleras y las prácticas comerciales de los terratenientes sin escrúpulos (cf. Kabunda, 1998: 33-48).
Las hambrunas en África se explican fundamentalmente por el deterioro medioambiental, las guerras civiles y los inadecuados modelos de desarrollo nacionales e internacionales, que constituyen las principales causas de la deforestación y de la desertificación del continente, más que las prácticas de las poblaciones locales.
La erradicación de la pobreza, objetivo sublime del NEPAD, pasa por rotundas actuaciones y cambios radicales en aquellos niveles, en particular el exigir el fin de las políticas proteccionistas del Norte responsables de la caída de los precios mundiales de los productos agrícolas tropicales7, y no en la búsqueda de financiaciones externas del sector privado. Es obvio que el éxito del NEPAD depende de importantes cambios en las estructuras financieras internacionales, para favorecer el trasladado de sustanciales fondos hacia el continente.
El desarrollo de países africanos es función ante todo de la prosperidad de su agricultura o de la economía rural y de la protección del mercado regional de la competencia desleal mundial mediante una política agrícola común (Bové, 2002: 357ss), para conseguir la soberanía alimentaria y el precio justo de los productos agrícolas africanos. La incorporación depredadora del continente en la globalización neoliberal no es la solución, pues la apertura de mercados y la adhesión a la economía globalizada no es una garantía para la reducción de la pobreza y de desigualdades en África y entre el continente y el resto del mundo. De ahí la necesidad de los países africanos de adoptar políticas agrícolas proteccionistas para conseguir la seguridad y/o la autosuficiencia alimentaria y la producción de excedentes (Founou-Tchuigoua, 1990: 38).
5.2. El apoyo a la economía popular
La economía popular o solidaria, es la expresión de la capacidad de supervivencia, invención y resistencia de los pueblos africanos a los desafíos de la modernidad. Ante la incapacidad del Estado y de sus elites políticas a encontrar soluciones o definir un modelo de desarrollo fiable, los pueblos han desarrollado estrategias destinadas a resolver sus problemas de supervivencia diaria mediante las actividades de solidaridad y de inversión en lo humano, actividades que explican que la vida siga todavía en el continente pese a las agresiones coloniales y poscoloniales, a manos de los gobiernos y de los señores de la guerra poco propensos al respeto de la vida humana.
Es esta economía, que es que la verdaderamente funciona en muchos países africanos, la que crea puestos de trabajo ante la crisis de la política oficial de empleo y el fracaso del desarrollo desde arriba y desde el exterior (sistema escolar y ajuste privatizador), convirtiéndose en la expresión de la creatividad y de la fecundidad de los pobres, que han encontrado ellos mismos soluciones a sus problemas de supervivencia diaria: cajas de ahorro colectivo o tontinas, escuelas de la calle, redes de empresarios populares en su mayoría mujeres y jóvenes, huertas en las ciudades, resurrección de la medicina tradicional8, etc. Se impone la institucionalización de sus actividades en la economía oficial, el suministrarles la ayuda, los conocimientos y la tecnología, para que este sector no se convierta en un mero refugio de la pobreza con privaciones. Es decir, la inversión en proyectos colectivos de desarrollo. Este sector es el futuro del continente y es preciso convertirlo en el sector privado nacional endógeno y dinámico, pues ha conseguido una síntesis entre la cultura africana del desarrollo basada en los valores de solidaridad y humanidad y las aportaciones de la modernización.
5.3. La ineludible integración regional endógena
La recuperación de África pasa también por la integración regional, no en el sentido librecambista y neoliberal del NEPAD, sino de un proceso de complementariedad de espacios nacionales mediante políticas económicas y socioculturales convergentes, es decir un proceso endógeno mediante la cesión de la soberanía de los Estados a las instancias supranacionales africanas. El objetivo es resolver el imposible desarrollo aislado de cada Estado y el fracaso de la construcción de Estados-nación, cuestionados desde arriba por la globalización y desde abajo por el etnismo o los particularismos identitarios.
El modelo de integración por el mercado experimentado en África no ha funcionado, e incluso ha sido contraproducente (cf. Lee, 2000: 124). Salvo algunos intercambios transfonterizos fraudulentos y contrabandistas9 no se ha notado un incremento significativo del comercio interregional dentro de las agrupaciones africanas, cuya tendencia general es al estancamiento. Este modelo librecambista adoptado por dichas organizaciones, eficaz entre los países industrializados con un nivel de desarrollo equiparados y un alto nivel de intercambios comerciales entre ellos, no es indicado por los países africanos caracterizados por un débil nivel de industrialización y de comercio y una nula capacidad de producción, además de no disponer de mecanismos de compensación adecuados. En estas condiciones, son los países menos industrializados de la unión económica que están perjudicados. Se impone la búsqueda de nuevas estrategias menos costosas y menos complicadas en cuanto a su aplicación, en particular la creación de las bases de la integración en la agricultura, la ganadería y la industria o la creación de intereses económicos comunes mediante un enfoque global, pues en África donde todo es prioritario no se sabe con exactitud lo que se debe integrar con prioridad: ¿los pueblos, los territorios, las infraestructuras de transportes y comunicación, los mercados o la producción?
Por lo tanto, es preciso la aplicación de un enfoque multidimensional, basado en la aplicación simultánea o concomitante de tres estrategias, para que la integración económica se convierta en un instrumento eficaz para el desarrollo de África y su incorporación como fuerza colectiva o protagonista en la mundialización. La primera consiste en la conciliación o combinación del enfoque liberal, para una mejor colocación de recursos y del enfoque dirigista, para evitar las contradicciones y las duplicaciones (Kamadini Ouali, 1994: 160ss). La segunda estriba en la institucionalización de los intercambios populares transfronterizos siendo el objetivo favorecer la participación popular en dicho proceso. La creación de instituciones supranacionales para superar paulatinamente el marco estrecho del Estado-nación y los pequeños mercados nacionales constituye la tercera estrategia. La experiencia y el éxito de la Unión Económica y Monetaria del África Occidental (UEMOA) y de la Comunidad Económica y Monetaria del África Central (CEMAC) podrían servir de modelo con el apoyo de la Unión Europea, para fortalecer las capacidades físicas y el capital humano de los países africanos y dotar a sus agrupaciones con una cierta dosis de supranacionalidad. En esta última estrategia, queda claro que se ha de tomar en cuenta las aspiraciones panafricanistas y no sólo las de mera incorporación en la globalización neoliberal en condiciones subordinadas. La ventaja que presenta este tipo de integración es la resolución del eterno problema del reparto de costes y beneficios, a través de la ayuda, y la financiación de las infraestructuras regionales. La desventaja estriba en el hecho de que este planteamiento va en contra del proyecto de autosuficiencia colectiva panafricanista.
Los debates sobre el futuro o la recuperación de África suelen basarse en el dilema entre la máxima apertura externa o la adhesión a las reglas de la economía internacional, y la endogeneidad o la autosuficiencia colectiva, es decir la concepción y concreción por los propios africanos de su desarrollo que no interesa a los demás.
La globalización/mundialización, concebida en el descuido de las especificidades africanas y de la cultura africana del desarrollo, ha tenido efectos perversos diametralmente opuestos a los previstos, en lo económico (profundización de los sufrimientos humanos y de la miseria), lo político (deslegitimación y descomposición del Estado), lo social (aumento del analfabetismo, reducción de la duración de vida, feminización de la pobreza etc.) y las graves consecuencias medioambientales con la destrucción del capital verde africano insustituible para satisfacer a las necesidades de las poblaciones del Norte con un gran poder de compra. De ahí que África se haya convertido en “la principal víctima de la mundialización”, por ser los africanos los menos preparados a la competencia económica sin piedad (Ngoupandé, 2003: 155). Son los países ricos y las multinacionales los que más sacan beneficios de la globalización o de la integración económica internacional al concentrar y controlar la casi totalidad de las inversiones.
Todo ello aboga por el afrocentrismo que consiste en el aspecto económico en dar prioridad a los mercados africanos y a las necesidades de la mayoría de la población, junto a un proceso de integración regional endógeno y no extrovertido; en lo político, se ha de proceder a un proceso de democratización original, mediante el reconocimiento de la diversidad y del pluralismo étnico dando la oportunidad y el derecho de existir a los partidos llamados “tribales” como marco de interiorización de la cultura política democrática y de expresión de sus aspiraciones. Es decir, una democracia de participación y no de exclusión mediante la instauración del diálogo y de debates entre los gobiernos y los pueblos africanos.
La concepción de otro modelo de Estado, un Estado híbrido y plural encarnación de dichas aspiraciones, y de otro modelo de desarrollo a escala humana y con rostro social basado en el dinamismo social de la economía popular y de la cooperación Sur-Sur, constituye la clave de la recuperación de África. Dicho de otra manera, con la mundialización que somete el desarrollo interno a las lógicas del mercado único o a la homogeneización de los gustos, África seguirá hundiéndose en la marginación internacional. Con el afrocentrismo consistente en el “sometimiento de las relaciones externas a la racionalidad interna” y a las exigencias del desarrollo interno, África saldrá de su exclusión internacional y tendrá un cierto control sobre su propio destino, actualmente en manos de los demás.
La referencia a los recientes análisis de Sandbrook (2000: 131-147), Rufin (2001), Stiglitz (2002), Ziegler (2002) y Traoré (2002), entre muchos otros, y a la crisis argentina considerada como “la crisis del neoliberalismo”, hubiera aportado muchas aclaraciones a los globalizadores africanos del NEPAD, que han preferido el derrotismo a la reflexión crítica, poniendo sólo de manifiesto algunos beneficios y oportunidades que los países africanos pueden sacar de esta iniciativa. Por lo tanto, se debe considerar el NEPAD como una de las lecturas, y no la única, de los problemas de desarrollo en África y las consiguientes propuestas de soluciones, acertadas o no, y que el paso del tiempo confirmará o infirmará.
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1 La economía de mercado, el comercio mundial y las inversiones extranjeras directas constituyen los pilares del nuevo sistema económico mundial, según el documento adoptado en la conferencia de las Naciones Unidas en Monterrey en marzo de 2002, es decir los principales instrumentos del desarrollo económico y de erradicación de la pobreza. Considera cada país responsable de su propio desarrollo y pone fin al deber de asistencia de los países ricos.
2 Las últimas elecciones celebradas en Nigeria y Togo, marcadas por fraudes masivos y prácticas de exclusión, ponen de manifiesto la poca preocupación de los dirigentes africanos por la transparencia y los principios democráticos. Esta falta de respeto por los principios democráticos viene ilustrada por el reconocimiento del gobierno del general François Bozizé de Centroáfrica, que derrotó al gobierno democráticamente elegido de Ange-Félix Patassé en marzo de 2003, por los países miembros de la Comunidad Económica y Monetaria del África Central (CEMAC) reunidos en junio del mismo año en Libreville, en contra del principio de la Unión Africana de no reconocimiento de regímenes anticonstitucionales nacidos de golpes de Estado.
3 Es preciso recordar que, entre 1991 y 2000, la tasa de crecimiento promedia del continente ha sido del 2,1% (cf. Chabal, 2002: 3).
4 La Unión Europea está llevando a cabo la reforma de la PAC reduciendo las subvenciones a las exportaciones del 25 al 5% para favorecer el desarrollo de los países más pobres, en particular africanos, mientras que Estados Unidos ha elegido el camino contrario mediante el aumento de las subvenciones agrícolas decididas por Georges Bush en mayo de 2002, para ayudar a los agricultores norteamericanos. Cf. Romano Prodi (2003: 15). Durante mucho tiempo la reforma de la PAC de la UE se enfrentó a las reticencias de Francia, Italia y España. La reunión de ministros de Agricultura de la UE, en junio de 2003 en Luxemburgo, decidió eliminar el productivismo mediante la reducción de ayudas agrícolas directas a partir de 2005, y 2007 para países como Francia, que es el principal beneficiario de la PAC al recibir 9,2 mil millones de dólares de los 45 mil millones previstos para la financiación de la PAC (Cf. Le Monde del 27 de junio de 2003, pp, 2 y 19).
5 Según el profesor Yash Tandon, director de la Iniciativa de Información y Negociaciones sobre Comercio del África Austral y Oriental, “el NEPAD es peor que el ajuste estructural, porque no tiene mecanismo de contingencia sobre el costo social de su implantación, lo que sí estaba previsto en los programas del Banco Mundial, aunque de manera inadecuada. En el caso de NEPAD, los problemas sociales son parte del plan. Ellos saben que hay millones de personas pobres que se van a perjudicar de este programa, y los únicos que se van a beneficiar de NEPAD son las elites”. En el mismo orden de ideas, Demba Moussa Dembele, líder del Foro Social Africano con sede en Dakar, pide a los pueblos africanos que rechacen el NEPAD por no ser diferente de los PAE, impulsados y encabezados esta vez por sus dirigentes.
6 En el mismo orden de ideas Haynes (1997: 97) puntualiza que los PAE han destruido la capacidad de los pueblos de hacer frente a las necesidades de la vida, además de cambiar las estructuras del Estado perjudicando la construcción nacional y la paz social. Han quitado al Estado la capacidad de conseguir recursos para crear empleos generando divisiones. De ahí el autoritarismo desarrollado por dicho Estado para imponerse contra la sociedad civil y las ideas democráticas, que deberían acompañar las reformas económicas.
7 Si la Unión Europea y los Estados Unidos suprimieran las subvenciones a sus agricultores, África aumentaría considerablemente sus ingresos de exportación, que le permetiría ganar tres a cinco veces el monto total de la ayuda al desarrollo.
8 Refiriéndose al caso particular de la RDC donde el Estado no cumple con sus funciones desde hace más de una década, Braeckman (2003: 181), puntualiza que los profesores de universidad, maestros y carteros que no cobran sus sueldos desde hace varios años, sobreviven y mantienen a sus familiares gracias a la agricultura que practican en sus actividades extramuros y a al pequeño comercio de sus mujeres que venden los excedentes agrícolas, así como el uso de la medicina tradicional.
9 Este comercio lejos de resucitar las vías de intercambios o las relaciones sociológicas precoloniales sirve a los intereses de las redes mafiosas nacionales, regionales e internacionales, que se aprovechan de la crisis o informalización de los Estados para realizar beneficios exorbitantes a través de las delictivas e ilegales actividades comerciales transfronterizas, dando lugar a un “regionalismo de redes”. De este modo, la integración regional desde abajo se ha convertido en un mito, pues saca beneficio de la existencia de las fronteras. Cf. Bach, (1994: 93-115).

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