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Colegio Nacional de Buenos Aires - Whoiswhoargentina
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Desde los primeros tiempos de la conquista y colonización americana, Perú y México fueron los centros principales de la atención hispánica. La región del Plata, en cambio, acaso por su carencia de riquezas minerales, ocupó un lugar secundario en el ordenamiento de Indias. Y si esto es así en el aspecto económico, político y jerárquico, necesariamente debe serlo también en el plano cultural. Durante un extenso período, el Plata careció de vida intelectual propia, y sus pobladores se orientaron hacia otros centros educativos cuando pretendieron instruirse. En 1538, cuarenta y seis años después del descubrimiento, fue fundada en Santo Domingo la primera universidad del continente, a la que siguieron, durante ese mismo siglo XVI, las de México, Lima y Bogotá; y desde 1613 hasta 1791, Córdoba, Charcas, San Carlos de Guatemala, Caracas, Santiago de Chile, La Habana y Quito. Al promediar el siglo XVIII, Buenos Aires carecía de universidad y de institutos públicos que impartieran enseñanza media o superior; los más próximos quedaban en Córdoba y Charcas. Sólo ciertos conventos mantenían cursos de teología o filosofía, sobre todo la orden de los jesuitas, que desde 1617 dictaba, privadamente, una docencia elemental. Alrededor de 1654, el Cabildo solicitó a esa misma orden que asumiera plenamente la educación de la juventud, a cuyo efecto le cedió un solar en la Plaza Mayor para que edificase su convento y sus aulas. El 25 de mayo de 1661 los jesuitas se trasladaron a un nuevo local ubicado en el mismo sitio que hoy ocupa el Colegio Nacional de Buenos Aires entre las actuales calles Bolívar, Moreno, Perú y Alsina; donde, gracias al legado del padre Juan de Alquizalete y a la generosidad de otros vecinos, habían construido, hacia 1767, el edificio en que proyectaban instalar un colegio Convictorio, es decir, con internado: el Colegio Grande de San Ignacio. Pero el 2 de julio de ese año, el monarca Carlos III dispuso la expulsión de la orden. En 1769 creó la Junta de Temporalidades, a efectos de administrar y dar destino a los cuantiosos bienes de los expulsos. La urgencia de contar con una casa de estudios superiores era entonces tan grande, que en algún momento se pensó en trasladar la Universidad de Córdoba a Buenos Aires. El Cabildo así lo propuso, pero ante la protesta levantada en Córdoba, la medida no se concretó. Fundación del Real Colegio de San Carlos. En esto, Juan José Vertiz fue designado gobernador. Hombre ilustre y progresista, de inmediato se abocó a la tarea de organizar un establecimiento educativo. Para tal propósito contaba con las rentas y los bienes -inclusive una chacra y una estancia-, confiscados a los jesuitas, que la Junta de Temporalidades, integrada por el mismo Vértiz, administraba con destino a beneficencia. Por lo tanto, el gobernador se dirigió, con fecha 16 de noviembre de 1771, en base a un informe de la Junta, a los Cabildos Eclesiástico y Secular, para "que coadyuven con sus dictámenes" sobre materia pedagógica. El Cabildo Eclesiástico se expidió de inmediato (5 de diciembre), mediante un informe medular, atribuidos según todos los indicios, a Juan Baltazar Maziel. Este informe proponía la creación de un Convictorio y universidad en el Colegio Grande, tomando por modelo el Colegio de Monserrat fundado en Córdoba en 1687; explicaba con detalle sus programas y el modo de atender sus erogaciones. El despacho del Cabildo Secular (28 de diciembre) coincidía con el anterior, proyectando además un seminario para "indios nobles y principales". La Junta de Temporalidades resolvió pronto, acorde con los dos dictámenes, la creación de los cursos del Real Colegio de San Carlos, -llamado así en homenaje al monarca, Carlos III-, que Vértiz inauguró el 10 de febrero de 1772, en condiciones un tanto precarias, porque las cátedras no estaban aún provistas. El 28 de febrero se cubrieron las de latín y primeras letras, en las personas de Villota y García. Meses después las de filosofía, a cargo del presbítero Juan Montero. A comienzos del año siguiente, 1773, la Junta designó carcelario y regente de los reales estudios a Juan Baltazar Maziel, que redactó el reglamento de estudios y dirigió con acierto los destinos del Colegio durante catorce años. El Convictorio Carolino. Vertiz, elevado a la jerarquía de Virrey, estableció, el 3 de noviembre de 1783, el Real Convictorio Carolino; su primer rector fue Vicente de Jaunzaras, cuya autoridad, referida al Convictorio, coexistió con la de Maziel, que atendía los reales estudios. A este ultimo; desterrado en Montevideo por el virrey Loreto (1787), sucedió Montero; y a Jaunzaras, tras el interinato de José Antonio Acosta (1786-91), Luis José Chorroarin, ahijado de Vértiz y brillante egresado del propio Colegio, quien desde 1804, por renuncia de Montero, unifico ambos cargos. El Convictorio existió hasta 1806, cuando con motivo de la invasión inglesa las aulas del internado fueron transformadas en cuartel, y sólo subsistieron lánguidamente, los reales estudios. Régimen interno del Colegio. Durante este periodo inicial, el Colegio conoció momentos de auge y decadencia. Se inauguró con unos setenta alumnos, que vistieron la "veca" especie de banda o faja que llevaban suspendida de los hombros-, en el solemne acto preliminar presidido por Vértiz. Las Constituciones, dadas por Vértiz en 1783, explican con detalle las funciones de las autoridades, los deberes estudiantiles y el régimen de vida. Para ingresar como pensionado era preciso tener autorización del virrey; saber leer y escribir; contar por lo menos diez años de edad; ser hijo legítimo, y "cristiano viejo y limpio de toda mácula y raza de moros y judíos". Existían varias becas, para hijos de "pobres honrados" y de militares. La disciplina interna era rígida, y según las constituciones, estaban prohibidos una serie de actos, como fumar, jugar a los naipes, dardos, ni de pies o manos, andarse tirando de la ropa, comer en los cuartos, leer libros contrarios a la religión, el estado y las buenas costumbres, etc. Las salidas, visitas y feriados eran muy reducidos, y generalmente cumplían en días fijos, con gran protocolo y solemnidad; el día del cumpleaños del soberano, por ejemplo, correspondía acudir a saludar al virrey. Las prácticas religiosas ocupaban un lugar preponderante: se oía misa antes de entrar a clase, los alumnos confesaban y comulgaban una vez por mes, más los días de precepto, y el domingo hacían ejercicios espirituales. El reglamento preveía severos castigos, incluyendo el cepo, grillos y azotes. Los estudios más importantes eran de teología, filosofía y gramática, realizándose semanalmente torneos dialécticos. Los profesores, por lo común, fueron designados en concursos de oposición. El Colegio, pese a los esfuerzos de Maziel, nunca tuvo atribución para otorgar grados académicos, privilegio que sólo el rey podía conferirle. Pero las universidades americanas reconocieron validez oficial a los exámenes aprobados en el mismo, con lo cual el problema de los títulos quedó parcialmente resuelto. En 1778, y por pedido de Montero, se reformó el plan de estudios. Los de filosofía se extendieron a tres años, y a cuatro los de teología; fue habilitada la biblioteca que había pertenecido a los jesuitas, y aumentó el rigor disciplinario. Al respecto cabe señalar que los jóvenes resistían las medidas compulsivas, escapando con frecuencia de clase y de las ceremonias religiosas. El alumno Pedro José de Agrelo, más tarde congresista, ministro, juez y orador ilustre, fugó del Colegio cinco veces consecutivas. Los actos de indisciplina fueron reprimidos a veces "con auxilio de la tropa", llegando el caso de querer conducir a un alumno maniatado "a la casa de sus padres, donde fuese más bien educado". Hacia 1773 debió prohibirse a los conventos que impartían enseñanza particular, que admitieran estudiantes pasados del Colegio, para evitar un éxodo creciente. Valoración del período colonial. Mucho se ha discutido sobre la utilidad y méritos del Colegio en esta época, citando sus detractores el juicio del doctor Manuel Moreno, quien en el examen sobre la vida y escritos de su hermano Mariano manifiesta que los alumnos llevaban una vida "monástica, según el gusto del que la preside: son educados para frailes y clérigos y no para ciudadanos", criterio que compartieron Korn, Salvadores, Ravignani y otros estudiosos, afirmando que se perdía mucho tiempo útil y que no existía autonomía académica, pese al variable liberalismo de algunas autoridades y profesores: Maziel, Paso, Chorroarin, etc. Los males del Colegio fueron, en todo caso, los de su época y condición histórica. El absolutismo monárquico no toleraba mayor libertad. En cambio, es notorio que allí se educó la generación de mayo, y casi todos los hombres que contribuyeron a nuestra independencia. Entre ellos, seis de los nueve miembros de la Primera Junta: el presidente Saavedra, los secretarios Moreno y Paso, y los vocales Belgrano, Castelli y Alberti; y otras prominentes personalidades como los escritores José Antonio Miralla, Juan Cruz Varela, Esteban de Luca; los hombres públicos, Feliciano Chiclana, Domingo French, Manuel J. García‚ Valentín Gómez, Manuel Moreno, Bernardo Monteagudo, Martín Miguel de Güemes, Nicolás Rodríguez Peña, Manuel Dorrego, Antonio Balcarce, Julián S. de Agüero, Saturnino Somellera, Hipólito Vieytes, Diego Zavaleta, Mariano Necochea, Tomás Guido; nueve de los veintiún diputados Asamblea del año XIII; el presidente del Congreso de Tucumán Francisco N. Laprida; el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, el primer presidente de la República, Bernardino Rivadavia, y su interino Vicente López y Planes, autor del himno nacional. La Chacarita de los colegiales. Las constituciones de 1783, que tan minuciosamente reglaban hasta lo relativo al vestido, aseo y asueto de los colegiales, también ordenaban unas "vacaciones generales" que "no pasen de dos en cuyo tiempo irán a la casa de campo del colegio en compañía del rector o vicerrector". Dicha casa de campo era una chacra-una chacrita, o "chacarita"-, antigua propiedad de los jesuitas que con la estancia de las Conchas, contribuía con sus productos agrícolas al mantenimiento del Colegio. Un capellán, un capataz y algunos esclavos, estaban a cargo de la quinta. Allí los estudiantes pasaban vacaciones "para que así cobren nuevo aliento para las tareas siguiente". La chacrita era, por tanto: lugar de descanso, fuente de renta y ocasionalmente, sede de importantes festejos, como el suntuoso dispensado en 1799 al Virrey Avilés. Cané alcanzó a veranear en el sitio, y ha narrado en "Juvenilia" sus traviesas expediciones a la frontera quinta de los vascos. El Colegio sostuvo pleitos contra varios vecinos de la Chacarita; sobre todo uno, interminable y de "tradición vetusta" según Cané, con la Municipalidad de Belgrano. Sobrevenidas nuevas condiciones y necesidades públicas, hubo varios proyectos para sustraer la Chacarita a su patrimonio. El rector Agüero logró evitarlo desde su banca de senador, pero finalmente, y a raíz de la epidemia de fiebre amarilla que diezmó en 1 tercio de la población de Buenos Aires, la parte principal de la quinta fue destinada a cementerio municipal. En la casa de campo se levantó la primitiva capilla del cementerio, y alrededor de algunos ranchos fueron surgiendo caseríos que más tarde darían origen a los barrios de Chacarita y Colegiales. El Colegio y la Revolución de Mayo. El Cuartel de Patricios; "motín de las trenzas". En 1806 y 1807 tuvieron lugar las invasiones inglesas. Los alumnos defendieron la ciudad desde sus azoteas, y muchos de ellos prefirieron continuar la carrera de las armas en previsión de los acontecimientos que se presagiaban. Por eso fueron abandonando los estudios, en busca de "otros destinos", tal como oficiaba Chorroarín al gobierno. En el recinto tomó asiento el Regimiento de Patricios que, al mando de Cornelio Saavedra -graduado de la primera promoción-, influyó decisivamente en los sucesos de mayo, alejando a los regimientos españoles adictos a Cisneros. Los episodios posteriores y las urgencias del momento despoblaron las aulas. Mariano Moreno escribía al respecto en "La Gaceta" (setiembre 13 de 1810): "Los jóvenes quisieron ser militares antes de ser hombres", y al lamentar la destrucción del establecimiento anticipaba que la Junta llamaría "hombres sabios y patriotas" para crear un nuevo centro de estudios. En ese mismo cuartel estalló el 7 de diciembre de 1810 "el motín de las trenzas" contra el comandante del cuerpo, Manuel Belgrano, que obligó a cortar las trenzas, usadas por los soldados al estilo español. La orden se cumplió, pese a la resistencia que despertó; y casi un siglo más tarde, al producirse el hundimiento de un pozo en el llamado "Mercado viejo" -hoy Diagonal Julio A. Roca-, se encontraron algunos restos de cabello humano que parecen vinculados con el hecho. EL PERIODO DE LA EMANCIPACIÓN (1810-1852)
El Colegio de la Unión del Sud. Los propósitos de Moreno no pudieron cumplirse. Nuestros gobiernos patrios, absortos por la vorágine política y bélica, apenas atendían cuanto no tuviera relación directa con esas necesidades. Empero, en 1810 se fundó la Escuela de Matemáticas; en 1813 el Instituto Médico, de carácter militar, y en 1814 la Escuela de Dibujo y la Academia de Jurisprudencia, precursora de estudios universitarios. El Colegio, fusionado con el Seminario Conciliar por orden de la Asamblea del Año XIII, arrastró precaria existencia, como lo acreditan los informes requeridos a sus Padres Prefectos por el Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, hacia 1816. En vista de ello, el 2 de junio de 1817, Pueyrredón organizó el Colegio de la Unión del Sud, inaugurado un año más tarde. El regocijo que esta posibilidad educativa creó en la ciudad, está reflejado en una "letrilla" atribuida al alumno Florencio Varela, que circuló por entonces, y que luego de elogiar al "gran Pueyrredón", agregaba: "Pues, porque no dañe a nuestra instrucción la triste aflictiva pobre situación unos nos reparten su fortuna poca; otros nos alargan el pan de su boca, y así, socorridos por un nuevo estilo, nuestra escasa suerte ya tiene un asilo". Estos versos aluden a las setenta becas dotadas gracias al sacrificio de empleados y corporaciones, incluso militares, que las suscribieron de sus cortos sueldos. El Colegio de la Unión del Sud -nombre significativo que acreditaba el propósito americanista proclamado en la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América-, tuvo un espíritu bastante ágil y moderno, incluyendo el estudio de lenguas vivas (francés, inglés e italiano), y una posición liberal, contraria al escolasticismo. Por primera vez la docencia de filosofía estuvo a cargo de un laico, Juan Crisóstomo Lafinur; y se iniciaron estudios de ciencias naturales, dirigidos por el sabio francés Bonpland. Creación de la Universidad. El plan del Director Supremo, asesorado por sus ministros Vicente López y Planes, y Domingo Trillo, era completar esta obra creando una Universidad, creación "que no se puede dilatar más tiempo sin agravio", como dijo en nota al Soberano Congreso. Pero las angustias políticas nuevamente difirieron la realización. Ni Pueyrredón, ni los breves y sucesivos gobiernos que lo siguieron, pudieron concretarla. Sólo en 1821, bajo el de Martín Rodríguez, fue posible establecer la Universidad de Buenos Aires, gracias al esfuerzo de los ministros Esteban de Luca y Bernardino Rivadavia y del primer Rector, Antonio Sáenz, todos ex-alumnos del San Carlos. Funcionó en la misma manzana que el Colegio ocupa en la actualidad; la cual congregaba además, la biblioteca pública, las escuelas de dibujo, la sala de Representantes, el Tribunal de Cuentas y el Archivo General; razón por la que un artículo publicado en "El Argos" el 19 de setiembre de 1821, la denominó "Manzana de las Luces". La vida del Colegio de la Unión del Sud registra frecuentes episodios de indisciplina por parte de los alumnos - Florencio Varela y Justo José de Urquiza que revistaban en esa época -, y algunas desavenencias entre profesores y autoridades, que deterioraron su prestigio. El Colegio de Ciencias Morales. Por fin, en 1823, y bajo la égida de la flamante Universidad, el Colegio de la Unión del Sud se transformó en el de Ciencias Morales, dirigido por Manuel Belgrano. Rivadavia pretendía conferir al nuevo organismo un carácter nacionalizador, y otorgó becas a hijos de ciudadanos beneméritos" del interior. El tucumano Alberdi obtuvo una y el sanjuanino Sarmiento lamentó en "Recuerdos de provincia la suerte no lo favoreciese de igual modo, no obstante merecerlo. El Colegio era internado de la Universidad; poco a poco fue ampliando sus planes de estudio, alcanzando esplendor alrededor de 1825. La disciplina interna, al principio demasiado solemne y rígida se suavizó luego. En 1824 se crearon los puestos de "adjuntos", de carácter docente y disciplinario, a cargo de alumnos aventajado, que así se iban formando en la tarea pedagógica al modo lancasteriano. Sin embargo, crecientes dificultades económicas motivaron que al caer Rivadavia, el gobernador Viamonte refundiera el Colegio con el de Estudios Eclesiásticos, originando así el Colegio de la Provincia de Buenos Aires. Tras una campaña del diario rosista "La Gaceta Mercantil" en pro de su disolución, ésta fue decretada por el gobernador Balcarce en setiembre de 1830. El Colegio de Ciencias Morales formó a los hombres de la nación de 1838: Esteban Echeverría, Vicente F. López, Juan M. Gutiérrez, Miguel Cané (padre), José Mármol, Félix Frías, Carlos T. Luis Domínguez, Marco Avellaneda, Antonino Aberastain, Marcos Paz, Juan Bautista Alberdi, inspiradores de la Constitución de 1853 y promotores de la organización nacional. La época de Rosas. Privatización del Colegio. Luego de la clausura, y a falta de un colegio oficial, cobraron cierto predicamento las instituciones privadas de enseñanza, entre ellas que rigieron Pedro de Angelis y otros profesores extranjeros, a veces contaron con apoyo del gobierno. En 1836, Rosas entregó el Colegio a seis religiosos jesuitas llegados a Buenos Aires. Pero más tarde dispuso su expulsión, seguramente por razones políticas, pues llegó a acusárselos de conspirar junto con los unitarios. En ese lapso (1836-41), el "Colegio de San Ignacio" educó hombres como Guillermo Rawson, José Benjamín Gorostiaga y Eduardo Costa. Pese a aquella medida, el Colegio Republicano Federal, como se lo llamó luego, continuó desde 1842, con la dirección de Marcos Sastre y de un ex-jesuita. De carácter particular, obtenía sin embargo ayuda o subvención oficial, y brindaba enseñanza primaria y secundaria. El reglamento interno era severo, y su estructura recuerda en algo a la del período colonial. Luego de Caseros, el solar del Colegio, fue nuevamente destinado a cuartel. EL PERIODO DE LA CULTURA NACIONAL (1852-1962)
El Colegio Eclesiástico. Rosas cayó en 1852. A partir de entonces, pueden advertirse intentos aislados, en provincias, por establecer colegios que atendieran la urgencia educacional del país. En Corrientes, el Colegio Argentino (1853), en Tucumán el de San Miguel (1854) que Amadeo Jacques regenteó; en Salta el de San José (1856); en San Juan el Preparatorio, etc. A su turno, el gobernador porteño Pastor Obligado, había restablecido la vieja institución, ahora llamada Colegio Eclesiástico - Seminario y Colegio de estudios generales al mismo tiempo, 1854 -, bajo la dirección del canónigo Eusebio Agüero. Este había tenido actuación importante en distintos momentos de la historia nacional, como profesor, político y asesor de gobernantes; fue secretario del general Paz, prisionero de Ibarra y prófugo de Rosas. Luego de Caseros, retornó del Uruguay, fue electo senador, y administró el Colegio con el rigor y la pulcritud de un asceta. Tobal y Cané, que lo conocieron bien, han dibujado certeramente la figura del canónigo, a veces mediante simples anécdotas reveladoras: en una ocasión, por ejemplo, los alumnos colocaron un estandarte en las ventanas exteriores con un lema que reclamaba: "Socorro, aquí nos morimos de hambre". En el Colegio Eclesiástico estudiaron, además de Tobal: Juan José Romero, Octavio Bunge, el famoso médico Juan A. Argerich, y el hijo adoptivo de Sarmiento, Dominguito. Fundación del Colegio Nacional por decreto de 1863. Al asumir Mitre la presidencia de la Nación unificada, en 1862, sólo dos colegios dependían del poder central: el Montserrat, nacionalizado junto con la Universidad de Córdoba en 1854, y el de Concepción del Uruguay, de data reciente (1849). No existía un plan pedagógico concreto, ni unidad de criterio y esfuerzos. Corregir esa deficiencia en forma orgánica fue objetivo de Mitre, que aspiraba a ordenar la educación, con sentido total, nacional. Sirviendo este propósito, dictado el 14 de marzo de 1863, el decreto Nº 5447, de fundamental importancia, que refrendado por el Ministro Eduardo Costa, decía: "Departamento de Instrucción Pública.- Buenos Aires, Marzo 14 de 1863. - El Presidente de la República - considerando: Que uno de los deberes del Gobierno Nacional es fomentar la educación secundaria , dándole aplicaciones útiles y variadas, a fin de proporcionar mayores facilidades a la Juventud de las provincias que se dedica a las carreras científicas y literarias: Que es sentida por todos la falta de una casa de educación de este género, en que los jóvenes que han cursado las primeras letras se preparen convenientemente para las carreras que han de seguir: Que esta casa puede establecerse sin mayor recargo del presupuesto, sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales que existe actualmente en la Capital: Que a la vez puede atenderse como corresponde a la creación de un verdadero Seminario Conciliar, que llene las necesidades que se tuvieron en vista al instituir dicho Colegio, sobre lo cual se dictarán oportunamente las medidas convenientes: - Ha acordado y decreta: - 1º Sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales, y bajo la denominación de "Colegio Nacional", se establecerá una casa de educación científica y preparatoria, en que se cursarán las Letras y Humanidades, las Ciencias Morales y las Ciencias Físicas y Exactas, con arreglo al programa anexo a este decreto, y según la distribución de materias que en él se determina. 2º La enseñanza del Colegio durará cinco años, y sus certificados de estudios serán válidos en las Universidades de la República, a fin de ingresar a estudios mayores, u optar a grados universitarios. 3º El Colegio será inmediatamente regido por un Rector, un Director de estudios y cinco profesores que dictarán todas las cátedras del programa. 4º Mientras el Congreso fija la asignación que haya de gozar el personal del Colegio, el rector continuará con el sueldo de que actualmente disfruta por el presupuesto nacionalizado; el Director tendrá la compensación de seis mil pesos m / c al mes, y tres mil pesos cada uno de los profesores, con cargo de servir dos o más cátedras, según la distribución que de ellas se haga, incluso el Director. 5º Continuará como Rector del Colegio el Dr. Eusebio Agüero, y nombrase de Director de los Estudios a D. Amadeo Jacques, quien propondrá oportunamente los profesores que han de servir las cátedras; debiendo el Rector tener a su cargo la dirección económica del establecimiento y el cuidado de su disciplina interna con independencia de la dirección profesional que estará exclusivamente a cargo del Director de estudios. 6º Serán educados por ahora en dicho Colegio por cuenta de la Nación, cuarenta niños pobres de toda la República, pudiéndose admitirse cien internos por cuenta de sus padres y tutores, y los externos que admita el local, abonando las pensiones que se determinarán más adelante, 7º El Estado pasará al Rector doce pesos plata al mes, o su equivalente en moneda, por cada uno de los cuarenta niños que se eduquen en el Colegio por cuenta de la Nación. Los alumnos internos pagarán trescientos cincuenta pesos al mes, y cien los externos. 8º Será condición para ingresar al Colegio, saber correctamente leer y escribir y las cuatro operaciones fundamentales de la Aritmética. 9º El gobierno atenderá los gastos que demande el establecimiento con la asignación que determina el presupuesto nacionalizado, con los intereses del capital que hoy tiene el Colegio instituido en fondos públicos, con los arrendamientos de los terrenos de la Chacarita afectos a él, y el producido de las pensiones que paguen los alumnos internos y externos. Las economías que serán agregadas al capital del establecimiento y depositadas a interés en el Banco, y sus rentas aplicadas a beneficio del mismo Colegio, y en caso de déficit, él será cubierto por el Tesoro Nacional con los fondos del presupuesto destinados al fomento de la educación pública. 10º La apertura del Colegio tendrá lugar inmediatamente de practicarse en el local las reparaciones necesarias, pudiendo los que deseen ingresar en él, ocurrir al Rector a tomar su matrícula hasta el fin del presente año. 11º El Gobierno proveerá oportunamente al Obispado de Buenos Aires del Seminario Conciliar, que está adscripto a los demás Obispados de la República. 12º El Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública queda encargado de este decreto. 13º Dése cuenta de este decreto al Congreso Nacional, comuníquese a quienes corresponde, publíquese y dése al Registro Nacional. - MITRE - Eduardo Costa". El plan pedagógico de Mitre E1 5 de mayo de 1863, al inaugurar las sesiones del Congreso Legislativo. Mitre precisó sus propósitos de la siguiente manera: "Sobre la base del Colegio Eclesiástico existente en esta Capital, que quedó a cargo de la autoridad nacional, podía fundarse para el erario un Colegio en que se educase un número proporcionado de jóvenes de todas las Provincias. Así procedió el gobierno" establecimiento en el interés de la juventud, contando con vuestra sanción que no duda alcanzar. "Colocado este establecimiento en el centro de los recursos que ofrece la Capital, bajo la dirección de distinguidos profesores, él debe necesariamente prestar importantes servicios en la formación de ciudadanos virtuosos y capaces, que al volver a sus hogares, llevaran además los sentimientos de fraternidad indispensables en la comunidad en los primeros años de la vida, y la influencia tan benéfica para la estrecha unión de los pueblos. "Bajo su inmediata y especial atención, este Colegio podrá servir de norma para regularizar la enseñanza de los establecimientos que costea la Nación, y en los demás que se propone crear con vuestro auxilio en otras localidades, ajustándola a un plan uniforme como es de notoria conveniencia". - Con esta fundación, Mitre reivindicaba a Pueyrredón y Rivadavia, colocándose en su misma línea educativa El Colegio significó una importante contribución a la unidad nacional, y el punto de partida de un amplio programa: establecimiento modelo, a cuyo ejemplo se trazaron los restantes. En diciembre de 1864, Mitre fundó los colegios nacionales de Catamarca, Mendoza, Salta, San Juan y Tucumán, creando una red cuya trama continuaron Sarmiento y Avellaneda. El plan de estudios, dictado por decreto Nº 5848, comprendía tres ramas principales: letras y humanidades; ciencias morales, y ciencias exactas El predominio de la tendencia humanista no excluía una importante atención científica. Por decreto Nº 5858 se distribuyeron entre las provincias, las cuarenta becas votadas, teniendo en cuenta "que en algunas de ellas hay Colegios costeados por la Nación; que no puede ser sino más cómodo para los mismos alumnos no ser removidos del lugar donde tienen sus padres o parientes; que por consiguiente, en aquellas provincias donde no hubiere establecimientos de educación costeados por la Nación, convendrá aumentar el número de los alumnos nacidos en ellas, disminuyéndolos en otras". En suma, las becas se asignaban de este modo: Buenos Aires 6 Santa Fe 3 Entre Ríos 1 Corrientes 3 Córdoba 1 San Luis 2 San Juan 3 Mendoza 3 Santiago 3 Salta 3 Catamarca 3 La Rioja 3 Jujuy 3 Tucumán 3 Agüero continuó al frente del Colegio, pero sólo en materia disciplinaria y económica. Ya era anciano, y Mitre confió la dirección de estudios a Amadeo Jacques. Agüero fue casi un Rector simbólico; enfermo, no tardó en alejarse y murió en 1864. Jacques lo sucedió, y le bastaron pocos meses, pues falleció al año siguiente, para ejercer un poderoso influjo renovador. El rectorado de Amadeo Jacques No podía ser de otro modo. Jacques comprendía la misión del Colegio, y contaba para realizarla con dotes extraordinarias: personalidad, talento, juventud, honda formación pedagógica y filosófica, y hasta una talla imponente que infundía respeto por mera presencia. Nacido en Francia, nieto del pintor Gérard, influido por el eclecticismo filosófico de Victor Cousin, Jacques era figura descollante de la generación del 48, amigo y compañero de Alfred de Musset, de Gustave Planche, de Jules Simon. Cursó la Escuela Normal Superior, ocupando a temprana edad, cátedras y tribunas. Fundó revistas, publicó libros. Participó en la revolución de 1848, reclamando desde las columnas de su edición "La libertad de pensar", un régimen republicano con amplias garantías de libertad y fines sociales. Pero al producirse el golpe de estado de Napoleón III, Jacques fue perseguido. Expulsado de sus cátedras, clausuradas sus publicaciones, en 1851 tomó el camino del exilio, como tantos compatriotas ilustres: Tocqueville, Hugo, Quinet, etc. En 1852 llegó a Montevideo, y luego a nuestro país, donde asociado con Alfredo Cosson, para subsistir se dedicó primeramente a la daguerrotipia, novedad muy en boga. En 1855, el gobierno de Urquiza le encomendó varias investigaciones de carácter geográfico y económico, en el Chaco y Tucumán. Realizó desde entonces diversos estudios antropológicos, zoológicos, botánicos, hizo pie en Santiago del Estero y luego pasó a Tucumán, donde contrajo enlace y ejerció durante cuatro años la dirección del Colegio de San Miguel, que organizó entre dificultades de toda índole. Por consejo de Marcos Paz, Mitre lo llamó a Buenos Aires en 1863. La influencia que Jacques ejerció, durante su breve rectoría del Colegio, en el movimiento cultural y el desarrollo educacional del país, aún perdura. Autor del plan de estudios de 1863, Jacques pretendía dotar de un sentido propedéutico a la enseñanza secundaria; es decir, que el bachillerato fuera algo así como un grado universitario inicial, y que tuviese carácter formativo mediante el adecuado equilibrio de las humanidades clásicas y las científicas. También aconsejó que este ciclo preparatorio tuviera una duración superior a la de cinco años, que se le asigno en principio. Jacques era enemigo de la especialización prematura; comprendía bien, por otra parte, las necesidades del país en materia educativa. Y fue bajo su influjo que la comisión creada por el gobierno para elaborar un proyecto de instrucción general y universitaria, al expedirse en 1865 aconsejó la institución de estudios que educasen para el comercio, la agrimensura, la minería; y de escuelas primarias superiores que enseñasen de acuerdo a las características regionales; amén de otras innovaciones en materia universitaria. "Juvenilia". El Colegio en la literatura Es muy posible que los méritos de su rectorado, no hubieran bastado para hacer subsistir la imagen de Jacques con la fuerza vital que aun hoy la acompaña, si no hubiese contado con el auxilio de las páginas, vibrantes de admiración, que Miguel Cané le dedicó en "Juvenilia"; libro que retrata con vivacidad el período en que su autor cursó las aulas del Colegio (1863-1868), recordando las travesuras del internado y la personalidad de profesores y condiscípulos. El Colegio ha inspirado otras expresiones literarias de mérito, como la "Elegía al viejo Nacional Central", de Baldomero Fernández Moreno, y diversos trabajos de Manuel Podestá, Martín García Merou, Enrique Larreta, Aníbal Ponce, Federico Tobal, Florencio Escardó, Ricardo Guiraldes, Ricardo Rojas, Paul Groussac, Osvaldo Loudet, Juan Mantovani, Ricardo Sáenz Hayes, Marco Denevi, Manuel Antín, Pedro Pico, etcétera. El Colegio hacia fines de siglo. La disciplina en esos años fue dura. Subsistía el calabozo, los alumnos vivían en fugas y rebeldías constantes, pese a la represión que por lo común estaba a cargo del vicerrector José M. Torres. El propio Cané cuenta cómo fue expulsado, por organizar una "conjuración" contra éste. A Jacques sucedió su viejo amigo Alfredo Cosson, quien siguió las hondas huellas del maestro hasta 1876, en que debió retirarse afectado por una dolencia mental. En esa misma fecha el ministro Leguizamón suprimió el internado en todos los Colegios Nacionales donde aún subsistía. Allá por 1877 tuvo lugar la primera exposición Industrial de la República, que el presidente Avellaneda inauguro en el celebre patio de arena del Colegio. El rector, desde un año antes, era José Estrada. E1 18 de enero de 1881 la Universidad fue nacionalizada; se suprimieron los estudios preparatorios que quedaron a cargo del Colegio, y una comisión proyectó que éste pasase a depender de la Facultad de Humanidades, pero el Congreso nunca trató tal proyecto. Al producirse el conflicto de 1884 entre el presidente Roca y el Nuncio Papal, Estrada intervino en la polémica y fue separado de sus cátedras y de la dirección del Colegio, despidiendo a sus alumnos con una alocución memorable. Lo reemplazó Amancio Alcorta (1884-90), autor de muy valiosos estudios sobre la enseñanza secundaria en nuestro país; y luego Adolfo Orma (1890-92). A esta altura, la disciplina interna se había resentido y los conflictos de ese orden hicieron crisis en un episodio durante el cual, los alumnos abuchearon al inspector general de enseñanza, don Santiago Fitz Simons. Este solicitó de inmediato al Poder Ejecutivo la exoneración del rector, a quien acusó de "abandono o falta de tino" en el cumplimiento de sus funciones. Orma fue separado por decreto del 25 de abril, que firmaron el presidente Pellegrini y su ministro Balestra. Quince días más tarde, se designó el sucesor, Valentín Balbín, ingeniero y hombre público, ex condiscípulo de Cané. Pero aquella circunstancia llevó a un grupo de personas, encabezadas por el rector destituido, a fundar el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, adscripto a la Universidad desde 1893 y que hasta hoy sigue el mismo plan de estudios del Colegio, sin llegar a ser realmente un incorporado. En 1911 el Colegio admitió como tales a tres colegios particulares (el Salvador, el Lacordaire y el de Nuestra Señora de Luján), pero el 10 de junio de 1912 el ministro Garro dejó sin efecto la incorporación. Reestablecida más tarde, subsistió poco más de dos lustros. El rector Balbín (1892-96) y sus sucesores Juan P. Aguirre (1896-1900) y Manuel B. Bahía (1900-02), debieron afrontar problemas disciplinarios, e inclusive una notoria politización del alumnado; que influido por las agitaciones iniciadas en 1890, llegó a constituir un Comité en el mismo Colegio, editando un periódico que regentearon los futuros dirigentes radicales Mario Guido y José P. Tamborini. El hecho en sí no era novedoso, si se recuerda el apasionado enfrentamiento entre "porteños" y "provincianos" que Cané relata. En 1902 asumió el cargo de rector don Enrique de Vedia, que ya lo había sido del Colegio de Concepción del Uruguay. A él alude Fernández Moreno cuando en su "Elegía", recuerda la "renegrida barba rectoral". Era hombre de vasta cultura; admirador de Echeverría, en su tiempo los alumnos del Colegio donaron a la ciudad una estatua del prócer civil, modelada por el profesor Torcuato Tasso. Erigida en los jardines de Palermo, en 1957 se la trasladó a la plaza San Martín. Por entonces (1903) comenzaron las obras de reedificación del Colegio, parte de cuyo edificio fue demolido, funcionando sus cursos en espacio reducido y precario durante mucho tiempo, pues las tareas se suspendieron en 1906, y sólo estuvieron totalmente concluidas treinta anos más tarde. Anexión del Colegio a la Universidad. Entretanto, la ciudad crecía y sus necesidades educativas también. El Colegio Nacional fue origen de cuatro secciones que dependían de la casa central y estaban a cargo de vicerrectores; "la Norte" (antecedente del actual Colegio Nacional Sarmiento); "la Sud" (Colegio Nacional Rivadavia); "la Oeste" (Colegio Nacional Mariano Moreno), y "la Noroeste" (Colegio Nacional Avellaneda). Queda dicho que la sede tradicional comenzó a ser conocida como el "Colegio Nacional Central", nombre que oficialmente nunca tuvo, sino que comprendía un sentido jerárquico y geográfico. Durante mucho tiempo el Colegio, tan vinculado a la Universidad desde los orígenes, había cumplido una finalidad preparatoria de estudios superiores. Por decreto del 22 de febrero de 1907, el Poder Ejecutivo resolvió transferir a las Universidades de Córdoba y La Plata los respectivos Colegios Nacionales, y a la de Buenos Aires, el Colegio y el Instituto del Profesorado Secundario. Su propósito era realizar un ensayo, cuyo resultado serviría para fijar la orientación de los establecimientos de pendientes del Ministerio, mientras la Universidad obtenía la oportunidad dad de completar la práctica de un régimen que ella misma había creado. Esta incorporación fue aceptada por Córdoba y La Plata; y también por el Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires, el 12 de abril. Sin embargo dicho Consejo puntualizó ciertas disidencias con el decreto de anexión, solicitando que se ampliaran atribuciones para organizar y designar personal, modificar planes agregando un sexto año de estudios polifurcados, etc. En suma, una resolución del ministro Bibiloni del 22 de octubre, suspendió la anexión del Colegio y del Instituto de Profesorado. El Poder Ejecutivo no accedía a aquellos requerimientos, y el intento se desdibujó hasta nuevo estudio. En su memoria correspondiente al año 1910, el rector de la Universidad dad, Eufemio Uballes, advertía que desde años atrás, se intentaba separar los estudios secundarios generales de los que deberían ser preparatorios para el ingreso a las Facultades, atribuyendo "la escasísima preparación de los jóvenes que pretenden ser admitidos en la Universidad", a la que confundía en una sola clase de institutos, dos tareas diversas: la instrucción secundaria en general "debe tender a dotar al alumno del mayor número posible de nociones prácticas e inmediatamente aplicables", mientras que "la instrucción preparatoria de los estudios superiores debe prescindir de la utilidad inmediata, y preocuparse sobre todo, de la disciplina mental del alumno". Terminaba propugnando la reincorporación del Central a la Universidad, o bien la creación de un liceo bajo dependencia de ésta. La perseverante acción del Rector Uballes fue oída por el poder Ejecutivo; y otro ex-alumno, el presidente Roque Sáenz Peña, dictó el 4 de noviembre de 1911, el siguiente decreto: "Considerando: Que el Rector de la Universidad de esta Capital ha representado encarecidamente al Poder Ejecutivo, por modo especial en su última Memoria, la necesidad de un liceo de segunda enseñanza donde sean preparados los aspirantes a cursar los estudios profesionales o meramente científicos de sus respectivas Facultades, según las exigencias de los mismos; Que de la preparación con que los alumnos ingresen en las Facultades universitarias depende en gran parte el provecho que obtienen de su enseñanza y el éxito en el cultivo ulterior de las ciencias que la constituyen; como también, consiguientemente, el adelanto y difusión de ellas en el país; Que la instrucción secundaria general que se imparte en los colegios nacionales debe ser integral y bastarse a sí propia para su objeto, consistente en suministrar a la mayoría de los habitantes los conocimientos necesarios para actuar con eficacia en la vida individual y colectiva, conscientes de sus derechos y deberes; Que este concepto de la enseñanza secundaria general no se aviene con el carácter de preparatoria de la superior o universitaria que hasta el presente se le ha dado a falta precisamente de institutos especiales de la índole del que con insistencia propicia el Rector de la Universidad; Que razones análogas a las expresadas determinaron la anexión del Colegio Nacional de Buenos Aires y de los de Córdoba y La Plata, a las respectivas Universidades, por decreto de 22 de febrero de 1907; y que si bien no se llevó a efecto en cuanto al primero, fue por causas ajenas a la conveniencia de la medida; Que siendo las mismas Universidades las que preparan a los alumnos que han de recibir la enseñanza de sus facultades, podrán hacerlo correlacionando debidamente los estudios preparatorios con los universitarios y graduado con acierto su duración; Que el medio más fácil, rápido y económico de llevar a la práctica la reforma que prestigia la Universidad, es el que se adoptara por el predicho decreto de 22 de febrero de 1907, o sea anexar a ella el Colegio Nacional de Buenos Aires, para que sus autoridades directivas le den la organización correspondiente al fin que se tiene en vista; EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA, DECRETA: Artículo 1 - Anéxase el Colegio Nacional de Buenos Aires de esta Ciudad a la Universidad de la misma, con todo su personal, edificio en construcción, gabinetes, laboratorios y demás material de enseñanza. Artículo 2 – Desde el 1º de enero de 1912 el mencionado Colegio, Pasará a depender de la Universidad, como parte integrante de ella, con amplitud de facultades para la organización de la enseñanza que en él deba darse. Artículo 3 - La Universidad reorganizará el personal del Colegio en la forma requerida por la condición de instituto preparatorio para el ingreso en sus estudios, que en adelante debe tener, y los cargos directivos y docentes se proveerán por el Poder Ejecutivo a propuesta en terna del Consejo Superior. Artículo 4 - El monto de las partidas que el presupuesto asigna para dicho Colegio, se incluirá en lo sucesivo en el subsidio universitario con destino a su sostenimiento. Artículo 5 -La entrega del Colegio a la Universidad se hará por la Inspección General de Enseñanza, previo inventario de las existencias labrándose las notas del Caso y elevando copia de lo actuado al Ministerio. Artículo 6 - De forma. SAENZ PEÑA Juan M. Garro.” La anexión no conformó a todos. El 13 de noviembre renunció el rector del Colegio, Enrique de Vedia, manifestando "inavenible incompatibilidad entre mis ideas sobre educación secundaria" y las que el decreto trasuntaba. "Soy un convencido -agregaba- de la extemporaneidad de los dos ciclos de nuestra escuela secundaria, que se basta y sobra para preparar jóvenes capaces de "actuar con eficacia en la vida individual" y en las aulas universitarias, cuya alta dirección ejercen en la actualidad distinguidos caballeros que salieron de este Colegio Nacional y que no necesitaron cursar estudios especiales de preparación para estudiar descolladamente en aquéllas". Acaso el rector temía que el Colegio perdiese su sentido formativo -pese a los principios que proclamaba el decreto de anexión-, y se tornase una simple fábrica de aspirantes a cursar carreras profesionales; acaso desconfiase de una "iniciación" universitaria prematura. Lo cierto es que se alejó definitivamente del Colegio central, y pasó a dictar cátedras en otros. Lo sucedió Eduardo Otamendi (1911-1915), que ejercía hasta entonces funciones de vicedirector. Al quedar librado este cargo, el rector Uballes designó en el mismo al docente más joven que tenía el Colegio: Juan Nielsen, profesor de Ciencias Naturales, cuya personalidad pesó hondamente en el perfeccionamiento ulterior de la institución. Pero la anexión era provisoria. No había sido sancionada por ley, sino por decreto, y año tras año, al discutirse en el Congreso el rubro presupuestario: "Para sueldos y gastos del Colegio Nacional de Buenos Aires (anexado a la Universidad): $ 450.636", el debate se reabría. Censores mal informados intentaron, en diversas oportunidades cortar el cordón umbilical entre la Universidad y el Colegio, atribuyendo privilegios a los alumnos de éste, exentos de rendir pruebas de ingreso en las Facultades. En realidad, los propósitos de la anexión estaban condicionados por un sentido de prudencia y provisorato, confiando a los resultados de la experiencia la estabilidad o no del nuevo sistema que exigía profundos cambios en la estructura del Colegio y en sus planes, métodos, programas, etc. En 1912, el Consejo Superior de la Universidad dictó la ordenanza sobre plan de estudios, ampliando la tendencia humanista de su enseñanza: se implantaron seis años de latín, la Historia del Arte y otras materias, amén de intensificarse los estudios históricos, filosóficos y de ciencias naturales. También se agregó un sexto año de cultura desinteresada, necesaria a investigadores y profesionales. A efecto de fijar la estructura del Colegio, el Consejo Superior sancionó poco después otra ordenanza que organizó su régimen interno, otorgándole un grado de autonomía didáctica y científica, y ciertas atribuciones en orden al nombramiento de personal administrativo y auxiliar que evitaren menudencias burocráticas. En 1914, el diputado Saavedra Lamas -ex colegial-, obtuvo que la comisión de presupuesto que presidía, eliminara la leyenda "anexado a la Universidad", a efecto de devolver el Colegio al régimen ministerial. Pero en la Cámara, tras intensa polémica, tal dictamen fue rechazado; como rechazados fueron asimismo otros intentos realizados por el mismo Saavedra Lamas desde el Ministerio de Instrucción Pública. Por fin en 1919 el ex-alumno y entonces profesor, doctor Luis Agote planteó, desde su banca de diputado, un debate de fondo que concluyó con la sanción de su proyecto, convertido en ley Nø 10.654, que decía así: "Art. 1.- Bajo el nombre de Colegio Nacional de Buenos Aires, anéxase a la Universidad de Buenos Aires el Colegio Nacional (central) entregado a la misma por decreto del 4 de noviembre de 1911. El edificio actual y el en construcción, los muebles, útiles, enseres y demás elementos de enseñanza que comprenda pasará a formar parte del patrimonio de la Universidad. Art. 2.- La Universidad propondrá al Poder Ejecutivo, el personal docente, nombrará directamente el administrativo, redactará los planes de estudio, establecerá las condiciones de ingreso, sus reglamentos y todo lo referente a la enseñanza, disciplina y administración del Colegio; como también fijará el arancel respectivo con la aprobación del Ministerio de Instrucción Pública. Art. 3.-La ley general de presupuesto fijará anualmente los gastos necesarios para el sostenimiento de dicho Colegio". Es útil conocer, al menos parcialmente, las discusiones esclarecedoras que se registraron con motivo de esta sanción. En la sesión del 11 de junio, el diputado Adolfo Dickman, también ex-alumno, expresó entre otras cosas: "La Universidad es la más llamada para preparar los alumnos en la enseñanza secundaria para la carrera universitaria; puede dar normas de enseñanza y formular programas con más criterio y comprensión de las necesidades del bachillerato que los colegios nacionales que dependen del Ministerio. Más todavía: los colegios nacionales adheridos a la Universidad, sin menoscabar, con esto a los que dependen del Ministerio, han suministrado en el hecho a las universidades alumnos más preparados que los que egresan de los otros colegios nacionales. Pero aún admitiendo que los otros colegios preparen con la misma extensión a los alumnos, siempre convendría mantener a unos y otros, para poder comparar los métodos de enseñanza y los sistemas didácticos respectivos”. "Se ha sostenido que los colegios nacionales dependientes de la Universidad tienen un carácter aristocrático. Precisamente ahora, cuando se ha democratizado la Universidad, cuando en ella rige un sistema de sufragio universal, cuando las facultades y sus consejos se han constituido sobre la base de elecciones donde intervienen todos los alumnos, precisa mente el argumento de la enseñanza aristocrática sería aplicable a los colegios nacionales dependientes del ministerio, pues estos son de una organización perfectamente burocrática, mientras que la Universidad ahora es una organización democrática”. "Yo no deseo negar que, como en toda enseñanza secundaria del país, hay en este Colegio sus defectos. Todavía reina cierto espíritu inorgánico, y la selección del cuerpo de profesores tal vez no ha sido del todo perfecta, pero sin duda alguna la estabilidad de este Colegio, que no sufre los cambios de Ministerio, que depende de un organismo docente en cierto modo más consenador y por lo tanto más estable, da un carácter más orgánico a su enseñanza que a la de otros" Y el diputado Demaría manifestó: "El ensayo iniciado lleva unos cuantos años. Insisto en que es necesario que haya dos o tres generaciones que bajo este plan hayan terminado sus estudios universitarios para que recién podamos formar opinión consciente sobre sus calidades. Puedo anticipar que la impresión de muchos profesores de la Facultad con quienes he hablado, es que los alumnos que salen de esos colegios nacionales (universitarios) llegan a la Facultad en mejores condiciones de las que llegan de los otros colegios dependientes del ministerio" El "Colegio de la patria". Andando el tiempo, los hechos demostraron el acierto de esta experiencia, y pronto surgieron iniciativas enderezadas a extender los beneficios del sistema. Córdoba y La Plata adoptaron en sus Colegios, planes de estudio siguiendo las bases del vigente en Buenos Aires, y dejaron claramente establecido que la docencia secundaria debe ser formativa y ajena a toda preocupación utilitaria. Bien pudo decir el rector de la Universidad de Buenos Aires, Ricardo Rojas, en su discurso en el Colegio, el 12 de agosto de 1926: "Grande es la responsabilidad que la Universidad de Buenos Aires tomó sobre sí al reanexionar este instituto, cuyo pasado obligaba por lo menos a mantener el prestigio de esa tradición, y creo que hemos sabido mantenerla... Mi presencia en el estrado no obedece a pasivo cumplimiento de un deber oficial, sino a móviles más dinámicos de simpatía humana, que nacen de mi culto por la tradición de este colegio histórico en el cual se formaron hombres de nuestra emancipación, y al cual después de ciento cincuenta años de labor civilizadora, podríamos, por antonomasia, llamarle ya el colegio de la patria". Esta definición no es caprichosa. El "Colegio de la patria" es el que ha formado mayor proporción de hombres eminentes. Es un hecho de fácil comprobación que los ex-alumnos se destacan en aulas, gabinetes, laboratorios, y en todo orden de actividades universitarias, respondiendo a la plástica modeladora del Colegio. Comparativamente, tiene el más elevado porcentaje de laureados y de individualidades sobresalientes en cualquier campo de la inteligencia organizada. En él estudiaron los presidentes Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña y Marcelo T. de Alvear; dos premios Nobel argentinos - Bernardo Houssay y Carlos Saavedra Lamas-, y un sinnúmero de científicos como Luis Agote, Angel Gallardo, Ignacio Pirovano; juristas como Estanislao Zeballos, Alfredo Colmo, Luis Maria Drago, Eleotoro Lobos y Roberto Repetto; literatos de la talla de Rafael Obligado, Ricardo Guiraldes, Baldomero Fernández Moreno, Calixto Oyuela, Eugenio Cambaceres, Lucio V López y Enrique Larreta; personalidades públicas como Antonio Dellepiane, José Nicolás Matienzo, Pedro Goyena, Aristóbulo del Valle, José Ingenieros, Mario Sáenz, Ernesto Quesada, Belisario Roldán, Martín García Merou, Carlos Ibarguren, Abel Cháneton, Manuel Carlés, Nicasio Oroño, José León Suárez, Tomás Le Breton, Norberto Piñero, Rodolfo Rivarola, Juan B Illsto, Nicolás Repetto, Alfredo Palacios, Aníbal Ponce, Juan José Díaz Arana, el presidente paraguayo Juan B. Egusquiza y muchos más, cuya cuenta se hace difícil; incluso algunas mujeres, bajo el sistema de coeducación existente a comienzos de siglo y reimplantado en 1957. El cuerpo docente del Colegio también contó con universitarios eminentes y con muchos artistas y sabios de significación en todos los aspectos de la cultura. El "Colegio de Nielsen". La fecha de anexión coincide, como dejamos dicho, con el advenimiento a los cargos directivos de un hombre llamado a ejercer gran influencia en los destinos de la casa: Nielsen Tanto bajo el rectorado de Otamendi como el de sus continuadores José Popolizio (1915-18) y Tomás Cullen (1918-24), Juan Nielsen fue, como Jacques respecto de Agüero, no un colaborador más, sino quien orientó, en verdad, toda la política educacional. Egresado del Instituto Nacional del Profesorado Secundario, no poseía título universitario, hasta que la Universidad de Buenos Aires en reconocimiento a su mérito, lo doctoró "honoris causa" en 1924. Designado por fin rector del Colegio, lo reorganizó y desde 1924 hasta 1941, le infundió un nuevo impulso creador. En un ciclo de treinta años, su mano rigió el complejo mecanismo de la casa, dejando en ella una impronta inconfundible. No es fácil formular, con detalle, un repertorio de la tarea renovadora ensayada en el "Colegio de Nielsen", como solía llamarlo el presidente Yrigoyen, consustanciando por tal manera al hombre con su obra. Obra muchas veces resistida por el misoneísmo y la "tradición" mal entendida. En un apresurado bosquejo, cabría señalar la terminación del edificio, "gran palacio" donde Nielsen cuidó cada detalle: luz, colores, dimensiones, conservando por otra parte algunas reliquias del pasado, tales como la fuente emplazada en el patio "Mariano Moreno"-desarmada hace más de una década, y luego extraviada-, y un rincón que mantiene la arquitectura antigua, respetando las características columnas y el embaldosado blanco y negro. Para proyectar la remodelación, así como la sede de los Tribunales, el Poder Ejecutivo había contratado al arquitecto belga Maillard. El 21 de mayo de 1938, al celebrarse el 75º aniversario del decreto 1 de Mitre, el presidente Ortiz presidió el acto de inauguración oficial del local, concluido un año antes. En 1943 fue declarado solar histórico. Además, se equiparon los gabinetes desmantelados, cobrando especial auge los de Dibujo y Geografía. Se edificó el observatorio, cuyo telescopio dotó la Facultad de Filosofía y Letras. Se instaló en el salón de actos, el órgano donado por el profesor Nicolás Avellaneda (h.), y diseñado por su primer ejecutante, el profesor ingeniero José A. Medina. Se fichó y amplió extraordinariamente la biblioteca. Se estableció el régimen de concursos para la selección de profesores; y entre los alumnos, una disciplina severamente patriarcal, adecuada a las condiciones del momento. Los estudiantes sin recursos recibieron becas, suministradas en forma reservada para que no se sintiesen disminuidos frente a sus compañeros más pudientes. Fueron implantados los trabajos prácticos, a fin de abandonar la enseñanza rutinaria y libresca, y despertar vocaciones científicas y experimentales. Se utilizaron, por primera vez en el país, la cinematografía y las proyecciones como elementos auxiliares de la docencia. Conferenciantes y concertistas de fama mundial visitaron el Colegio: Einstein, Ortega y Gasset, Orlando, Getulio Vargas... y hasta el dúo Gardel-Razzano en alguna oportunidad ilustró con música vernácula una conferencia, como para que la sensibilidad Popular no quedara ausente de los claustros académicos. El 20 de noviembre de 1922, el Consejo Superior de la Universidad instituyó el Premio "Rector Uballes", medalla de oro y diploma que se otorga "al bachiller sobresaliente" de cada promoción. Desde entonces, los premios han ido aumentando en cantidad e importancia. Año tras año, el 12 de agosto, aniversario de la creación de la Universidad, tiene lugar la colación de grados, ceremonia en la cual el Colegio despide a sus bachilleres y les distribuye diplomas y distinciones. En el período 1952-1956 dicho acto académico fue suspendido. El 23 de agosto de 1934 quedó constituida la Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires, que congrega a buena parte de los graduados. Nielsen tampoco descuidó la educación física de los jóvenes; inauguró el gimnasio y natatorio cubiertos, en el subsuelo de la casa, y el campo de deportes ubicado sobre la avenida Costanera. Docente admirable, que despertó y definió muchas vocaciones, Nielsen vivió exclusivamente dedicado al Colegio, hasta su muerte acaecida en 1941.
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