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Timestamp: 2018-03-18 11:34:12+00:00

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Cuando, como entrenadores deportivos infantiles, asumimos el reto de guiar a un grupo de niños y niñas en sus primeras etapas de acercamiento al deporte, debemos afrontar dicha tarea con una enorme responsabilidad educativa.
Cualquier gesto, expresión, consejo u opinión que lancemos a nuestro pequeño y curioso público, será absorbido de inmediato por sus mentes inquietas. Unas mentes en pleno desarrollo, cuya personalidad y características definitivas estarán tomando forma justo en el período en el que vamos a interactuar con ellos.
Por tanto, más que en ningún otro momento de nuestra carrera profesional, deberemos ser capaces de planificar hasta el más mínimo detalle de los entrenamientos, charlas, partidos y actividades sociales que vayamos a desarrollar en su compañía.
Las valiosísimas aportaciones que la comunidad científica ha realizado en el campo de la preparación deportiva, han transformado por completo, en los últimos veinte años, tanto la metodología de trabajo, como las variables que se tienen en cuenta, a la hora de encarar la puesta a punto de un deportista. Especialmente si se trata de aquellos que se acercan por primera vez a la realización de ejercicios físicos programados y vinculados a la competición.
En la actualidad, al cuidado del talento y la mejora de las habilidades técnicas, tácticas y físicas de los más pequeños, se ha añadido un compañero de viaje al cual se le otorga un valor primordial en lo referente a su capacitación personal: la adquisición de aptitudes y destrezas psicológicas que les ayuden a ser personas y deportistas más inteligentes, autosuficientes y capaces de valorar su desempeño, y las situaciones que les rodean con objetividad y realismo.
Precisamente, nuestra primera misión en el puesto de entrenador, debería centrarse en la adquisición de los conocimientos psicológicos necesarios para poder conducir acertadamente el aprendizaje de los niños y niñas que se encuentran bajo nuestra tutela.
No se trata de que estudiemos la carrera de psicología, pero sí que tendríamos que esforzarnos en formarnos adecuadamente o, al menos, de incorporar a nuestro equipo de trabajo, alguien versado en conocimientos de psicología deportiva y, a poder ser, con dotes para la docencia infantil.
¿Por qué resulta tan importante el entrenamiento psicológico de los más pequeños? Las respuestas a este interrogante son prácticamente infinitas, pero hay dos conceptos que sobresalen de modo razonable en el conjunto de variables a considerar:
Son esos pilares de la personalidad los que se van a ir moldeando, en parte, por la interacción que van a experimentar con nosotros, la figura de su entrenador. Y en esta tarea, juega un papel muy importante la capacidad que tengamos para ayudarles a desarrollar unos niveles altos, realistas y objetivos, de autoestima. Un futuro adulto, mental y deportivamente sano, depende en gran medida del acierto en esta materia concreta de la enseñanza.
La autoestima está compuesta por dos contingencias complementarias. La primera de ellas es la confianza que los niños tienen en sus propias capacidades deportivas. La segunda, de una relevancia crucial en el comportamiento de cualquier ser humano, es la valía personal o, lo que es lo mismo, el grado de respeto que los niños tienen por su propia persona.
Si leemos con atención el párrafo anterior, no nos será difícil detectar, una vez más, la enorme responsabilidad que hemos asumido al aceptar una parte destacada de la preparación de nuestro equipo deportivo infantil.
Y lo que es más trascendental: si comprendemos que el objetivo principal de nuestro trabajo es aportar nuestro granito de arena en la construcción de personas que crean en sí mismas, y se acepten y respeten tal y como son, será mucho más fácil que nuestra planificación de trabajo anual incorpore matices y variables que trasciendan sin reparos los tan habituales y extendidos enfoques de entrenamiento basados, desgraciadamente, en la obtención de títulos y victorias por parte del equipo.
Si los motivos son aquello que tiene capacidad para hacer que nos movamos en una dirección, la motivación es, simultáneamente, el proceso completo en el que desarrollamos ese movimiento y la propia acción de avanzar y actuar con una finalidad.
Nuestros pequeños pueden confiar en sus posibilidades y respetarse adecuadamente, pero también necesitan unas metas estimulantes que les hagan creer en el valor de la actividad deportiva que desarrollan, así como unas técnicas psicológicas adecuadas que les ayuden a gestionar, de modo óptimo, los altibajos que se experimentan en el camino hacia los objetivos fijados.
En este punto de nuestro análisis sobre los aspectos claves que debemos atender como entrenadores de un conjunto deportivo infantil, tenemos que interiorizar profundamente esta piedra angular, sobre la que deberán girar todas nuestras actuaciones futuras.
Es el momento de decidir cuáles van a ser esas metas que trataremos de plasmar en el escenario de aprendizaje y vida de nuestros jóvenes pupilos. No van a ser una o dos finalidades específicas, sino todo un conjunto de propósitos de vida que irán conformando una parte muy importante de la razón de ser de las futuras generaciones.
A tenor de los estudios realizados por los expertos en psicología deportiva, es nuestra obligación trasladar desde estas líneas la enorme significación que, para el desarrollo adecuado de los pequeños deportistas, tendrá el hecho de que tanto el disfrute en la práctica deportiva, como la calificación de la mejora personal basada en la superación de los propios límites, tengan un peso considerable en el diseño de ese horizonte ideal que queremos dibujar para ellos.
Sin duda alguna, uno de los principales problemas que el enfoque psicológico aplicado al deporte, no sólo infantil, debe superar, es el de la falta de coherencia que existe, en numerosas ocasiones, entre las variables psicológicas, que queremos corregir o modificar en nuestros deportistas, y las técnicas que aplicamos para ello.
La mayoría de nosotros, entrenadores y técnicos deportivos, tenemos algunas nociones sobre la visualización mental de imágenes y acciones relacionadas con el desarrollo del juego y la competición, la realización de cuestionarios y entrevistas personales, o la aplicación de los incentivos y castigos para la orientación conductual… sin embargo, y es hora de realizar un examen de conciencia personal profundo y sincero, en muy pocas ocasiones podríamos defender con sólidos argumentos psicológicos la utilización de estas herramientas, a nivel individual y grupal, en un equipo infantil. Y esta es la clave de todo el proceso.
Entonces, ¿cómo podemos encarar este tipo de decisiones para tratar de conseguir la máxima eficiencia en el desarrollo personal, deportivo y psicológico, de nuestros niños. gracias a las técnicas y estrategias que pongamos en práctica en el día a día junto a ellos?
Aun no siendo unos grandes expertos en la materia psicológica, existen dos pautas de actuación que los entrenadores no podemos descuidar bajo ningún concepto:
Al igual que variamos los trabajos físicos para orientarlos hacia la mejoría de la resistencia, la fuerza o la velocidad, en psicología debemos identificar de antemano los aspectos que queremos fortalecer para, posteriormente, informarnos con detalle (siempre que no seamos unos psicólogos deportivos experimentados) sobre cuales son las técnicas que mejores resultados obtienen en cada situación.
Resulta determinante que, en nuestro papel de entrenadores, comprendamos la existencia y la naturaleza de estas variables psicológicas que, además, nuestros pequeños están empezando a experimentar poco a poco. La ansiedad, el nerviosismo, el miedo, la motivación, la confianza, la autoestima, la euforia, la autoprotección frente a las agresiones del medio externo y social en el que evolucionan… todas estas variables, y muchas otras, están empezando a moverse en el interior de los niños y niñas que vemos corretear a nuestro alrededor incansablemente.
Aunque pueda provocarnos cierto temor el enfrentarnos a una esponsabilidad tan grande, lo cierto es que nos encontramos ante una extraordinaria oportunidad de convertir a estos niños, a través del deporte, en gente capacitada, autosuficiente, objetiva y con un gran control mental sobre todas las áreas de su vida y su fisiología… merece la pena esforzarse por conseguirlo.
Quienes son padres lo saben mejor que nadie: no hay mejor manera de educar a los hijos que logrando que participen por propia iniciativa, incluso sin darse cuenta, en aquellas actividades que les proponemos, para ayudarles a adaptarse y comprender el mundo que les rodea.
En el deporte sucede exactamente lo mismo. Si conseguimos plantear tareas psicológicas que les hagan disfrutar, que les supongan un reto equilibrado entre la dificultad que presentan y sus habilidades personales y, por encima de todo, que se encuentren totalmente integradas en la actividad deportiva que tan felices les hace, podemos estar seguros de la obtención de unos resultados satisfactorios, respecto a los objetivos que nos hayamos marcado.
Evidentemente, no siempre podremos trabajar cada variable psicológica por medio del refuerzo positivo o del incentivo negativo, (por poner algunos ejemplos), que tan fácilmente se pueden incorporar a los entrenamientos físico-técnicos. Habrá situaciones en las que debamos habilitar sesiones psicológicas específicas. Cuando esto ocurra, jamás debemos obligar a participar en ellas a los niños que no quieran hacerlos. ¿Por qué razón? Porque una mente reacia a una tarea, jamás nos aportará los datos relevantes que necesitamos, para abordar la mejoría psicológica que tratamos de alcanzar. Será el momento de buscar un camino alternativo para lograr ganarnos la confianza de los pequeños más esquivos y que, a medio plazo, accedan con gusto a formar parte de este tipo de sesiones.
Gracias a todos los avances experimentados en el ámbito de la psicología, los entrenadores deportivos infantiles tenemos la oportunidad, y la obligación, de incorporar los ingredientes psicológicos más adecuados a nuestra receta formativa particular. Si lo hacemos, estaremos aportando un granito de arena, de enorme valor, a la educación y el desarrollo de los niños y niñas que, llegado el momento, se convertirán en personas y deportistas de provecho.
Que esas personas, ya adultas, sientan nuestro sello educativo impreso en su interior será para nosotros una recompensa mucho más gratificante que cualquier campeonato o partido que hayan podido conquistar a los ocho años de edad.
• Alto nivel de competición: Conseguir unos buenos resultados de público y deportivos, alcanzar buenas marcas, u ofrecer un buen espectáculo.
• Difusión y desarrollo del deporte: Aumentar la repercusión social de una disciplina, y el interés de la población por practicarla o por seguirla.
• Atractivo para el aficionado: Ofrecer al espectador una experiencia digna de ser repetida, por la vistosidad de la práctica deportiva y del enclave donde se realiza o por la entrega física de sus protagonistas.
• Beneficios para una entidad ajena al deporte: Por ejemplo, mejorar la imagen de una ciudad que acoge, con éxito organizativo y de público, una gran cita deportiva internacional.
Pero estas metas no pueden alcanzarse de cualquier forma, sino que se deben seguir unos cauces procedimentales que respeten varios principios, como la seguridad, la legalidad y los derechos de participantes y espectadores. Por ello, resulta fundamental conocer la normativa aplicable. En las siguientes líneas, se mencionan y analizan los textos jurídicos más relevantes, que son aplicables a este ámbito en todo el territorio español.
El texto principal de la regulación del deporte en nuestro país, realiza en su artículo 46 una clasificación de las competiciones deportivas, que tendrá consecuencias importantes en otras normas:
Esta norma refuerza, en el ámbito específico del deporte, las disposiciones de la Ley Orgánica 1/1992, de 21 de febrero, sobre protección de la seguridad ciudadana. Su ámbito de aplicación incluye las competiciones deportivas oficiales de ámbito estatal, y también las organizadas o autorizadas por las federaciones deportivas españolas.
Entre los objetivos de este texto legislativo están el fomento del juego limpio, la convivencia y la integración en una sociedad democrática, o el mantenimiento de la seguridad ciudadana y el orden público, con ocasión de la celebración de competiciones y espectáculos deportivos.
Por ello, su artículo 2 señala las conductas sancionables, relacionadas con el deporte y su entorno más directo. En ese artículo también resulta relevante destacar, la definición jurídica que se realiza de la persona organizadora: es la persona física o jurídica que haya organizado la prueba, competición o espectáculo deportivo.
Si la gestión del evento se otorga por el organizador a una tercera persona, ambas partes serán consideradas organizadoras, y tendrán que asumir de forma solidaria las responsabilidades que les asigna esta ley en otros apartados, como el artículo 5. En ese precepto se indica que los organizadores son, patrimonial y administrativamente, responsables de los daños y desórdenes que se produzcan por su falta de diligencia o prevención, o cuando no hubieran adoptado las medidas de prevención establecidas en la normativa.
El artículo 3 de la norma también resulta especialmente relevante, ya que enumera las prácticas preventivas que debe seguir el organizador de un evento deportivo. Tres ideas resumen estas medidas: control de los espectadores, colaboración con las autoridades públicas, y adecuación del recinto deportivo o de la vía pública, que sirva de escenario al evento. Las obligaciones de los espectadores se regulan en los artículos 7 y 8, que incluyen una recopilación de prohibiciones fácilmente comprensibles, y basadas en la aplicación del sentido común. Los artículos del 8 al 14 se refieren a los eventos deportivos más complejos, es decir, a los que albergan mayor público, o a los que se consideran de alto riesgo, tratando cuestiones como la instalación de cámaras de seguridad, o la posibilidad de implantar un sistema de venta de entradas, que permita controlar la identidad de sus compradores.
Si se produce alguna anomalía o incidente grave en el desarrollo de un evento deportivo, se puede decidir su suspensión y el desalojo total o parcial del aforo, según se prevé en el artículo 15. Llama la atención en este precepto, que es el árbitro o juez deportivo el primer habilitado para decretar la suspensión, aunque respetando siempre las facultades de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.
Del resto del articulado de esta norma, destaca la descripción del papel de la Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte, que vigila el correcto transcurso de las competiciones deportivas, e informa a las autoridades gubernativas, en caso de que pueda imponerse una sanción. En el caso de los organizadores de eventos deportivos, la sanción más llamativa se recoge en el artículo 24, y consiste en la inhabilitación para organizar espectáculos deportivos, por un máximo de dos años si hay una infracción muy grave, o por un máximo de dos meses en caso de infracciones graves.
Este reglamento desarrolla la ley analizada en el punto anterior. En su artículo 5, obliga a los organizadores a elaborar un Protocolo de Seguridad, Prevención y Control. En este documento se deberá reflejar la adecuación de la instalación deportiva a los requisitos establecidos por la normativa, y se recogerán de las medidas adoptadas por los organizadores, para garantizar el cumplimiento de las obligaciones legales. El Protocolo deberá remitirse a la autoridad gubernativa competente y a la Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte. Hay tres tipos de Protocolo, según las características del evento: abreviado, básico o complementario. El contenido mínimo necesario de cada uno de ellos, se especifica en el citado artículo 5 del reglamento.
Además del Protocolo, los organizadores deben elaborar un Reglamento Interno del recinto deportivo. En él se incluirán aspectos como las indicaciones a los espectadores, relativas a medidas de seguridad, o las posibilidades de colaboración entre organización y aficionados. Por otro lado, en los artículos 8 a 20 de esta disposición, se regulan cuestiones más prácticas, relacionadas con el espacio físico y el acceso al mismo.
Se obliga a los recintos deportivos a mantener un control informatizado del acceso y de la venta de entradas. Se establecen también, unas indicaciones que deben mencionarse en el papel del billete de entrada, y los derechos y obligaciones del espectador adquirente de esa entrada, que resultan similares a los del consumidor en general.
En el caso del fútbol profesional, se obliga a que los estadios tengan asientos numerados para todos los asistentes a un partido.
Los artículos 25 y 26 también regulan asuntos que, con frecuencia, son origen de controversia, ya que se refieren a los productos que pueden introducirse en un recinto deportivo, y al funcionamiento de los establecimientos que desarrollen una actividad en su interior. La publicación de un listado de productos prohibidos en la zona de entrada, es una acción tan simple y provechosa, como poco frecuente en los recintos deportivos, generando en muchos casos, el malestar del espectador. Por último, se pueden citar otras previsiones relevantes y llamativas, como la separación de aficiones de equipos contendientes (artículo 30), o la delimitación de los supuestos en los que pueden utilizarse dispositivos pirotécnicos en acontecimientos deportivos (artículo 31).
Además de las tres disposiciones citadas, existen otros textos de distinto rango jurídico y temática que se deben tener en cuenta para organizar un evento deportivo:
• Normativa propia de las Comunidades Autónomas y, por tanto, de aplicación limitada a ese ámbito territorial.
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References: artículo 46
 artículo 2
 artículo 5
 artículo 3
 artículo 15
 artículo 24
 artículo 5
 artículo 5