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Timestamp: 2018-01-18 01:52:25+00:00

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La Constitución de 1917: del Tratado de las miserias nacionales al arma de papel del pueblo – Grado Cero Prensa
La Constitución de 1917: del Tratado de las miserias nacionales al arma de papel del pueblo
Por Rodrigo Rafael Vidal Pérez
La Revolución Mexicana marcó un gran momento histórico en nuestro país. Durante el cual se vivió un largo periodo de guerra civil en la que se demandaba, principalmente, democracia; reparto agrario y restitución de tierras; y mejoras laborales. Todas estas demandas se vieron finalmente reflejadas en un documento, un simple pedazo de papel llamado Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Grandes figuras incurrieron en este proceso de lucha armada: Madero, Villa, Zapata, los hermanos Flores Magón, Obregón, Carranza, entre otros muchos conocidos y anónimos. Todos y cada uno de ellos aportaron sus ideales para construir aquel sustento legal que regiría a México terminado el conflicto armado. Algunos por medio de programas escritos (Plan del PLM, Plan de San Luis, Plan de Ayala y Plan de Guadalupe), otros por sus ideales expresados en sus acciones (Francisco Villa y su División del Norte), intentarían aportar su visión acerca del camino a seguir para solucionar los problemas de México.
El verdadero interés por crear una Constitución que culminara con la lucha armada de los campesinos y de algunos obreros, llega con el ejército Constitucionalista encabezado por Carranza. Integrado como casi todos los grupos revolucionarios, por hombres letrados y por otros legos; los letrados veían la necesidad de incluir desde el Plan de Guadalupe soluciones a los problemas que mantenían armados a diversos sectores de la sociedad, sin embargo, Carranza se opuso rotundamente argumentando que “primero era el triunfo militar y después las reformas sociales”.[1]
Más tarde su ejército fue rebasado militarmente por la División del Norte, de Villa, y por el Ejército Libertador del Sur, de Zapata, por lo que se vio obligado a convocar a una Convención donde convergieran las demandas y los ideales de los dos principales bandos revolucionarios y poner fin, de una vez por todas, a los levantamientos armados. En pocas palabras pacificar al país.
En esta Convención, situada en Aguascalientes, debía surgir un acuerdo que satisficiera a ambos bandos, pero Carranza, sin la mínima intención de ceder demandas a sus oponentes, desconoció la resolución lograda entre sus generales y los de Villa, imposibilitando el término de la Revolución. Así fue como frustró uno de los mayores ejemplos de consenso en nuestro país, del cual no sólo debían haber salido acuerdos entre los jefes militares, sino que de ella tendría que haber surgido el Congreso Constituyente que pusiera “la base de una legislación que vaya de acuerdo con la sangre, con la raza y con las necesidades del indio”[2] mexicano.
Debido a la prepotencia de Carranza ningún acuerdo era posible y la lucha armada se mantendría como necesaria, continuando durante un par de años más, hasta lograr el reconocimiento de su gobierno internacionalmente, principalmente por parte de los Estados Unidos; y, además, persuadido por Obregón, notó la imperiosa necesidad de ceder derechos y acciones a favor de obreros y campesinos para debilitar las fuerzas que mantenían vivo el villismo y el zapatismo, pues el campesino “se lanzó a la revuelta no para conquistar ilusorios derechos políticos que no dan de comer, sino para procurar el pedazo de tierra que ha de proporcionarle el alimento y la libertad”;[3] mientras que el obrero confió más en el establecimiento de dichos derechos. Por esta razón, Carranza, audazmente, empleó una gran oleada de reformas, lo que le permitió obtener una victoria parcial sobre Villa y Zapata, una victoria parcial que le daría tiempo para implantar ese Constituyente que consolidaría su gobierno y el triunfo de la Revolución, aunque fuera sólo el triunfo de la Revolución Constitucionalista. Por ello, con el apoyo yankee y tras la disminución de las fuerzas de Villas y Zapata, “después de que el Ejército Constitucionalista logró vencer militarmente, Carranza optó por tratar de moderar el reformismo”.[4]
El Congreso Constituyente tuvo como cede la ciudad de Querétaro y duró todo diciembre de 1916 y enero de 1917. El fin de éste era “removerlo todo. Crear una nueva Constitución cuya acción benéfica sobre las masas nada ni nadie pueda evitar”.[5]
Este Congreso tuvo una peculiaridad, pues si bien estuvo conformado en su totalidad por generales y personas afines a Carranza, esto no significó que su proyecto de Constitución fuese aprobado sin discusión alguna, por el contrario, en algunas ocasiones se desvió tanto de las moderadas reformas de Carranza que implantó en la Constitución grandes principios radicales e innovadores en el mundo, surgió de ese congreso un “código netamente liberal, tolerante, progresista y moderno; un código magno” que pretendió “restablecer cuanto antes la paz en México y garantizar su estabilidad por un tiempo indefinido”.[6]
La Constitución emanada de este Congreso, tras un largo debate dio repuesta a todas las demandas sociales y políticas exigidas en el país. Se plasmó un artículo 3° que atendió a la resolución de la falta de educación existente en el país; un artículo 5° que prohibió el trabajo forzado e intentó poner fin al abuso de los capitalistas, por lo que de su mismo seno nace la idea de un nuevo artículo que marcara uno por uno todos los derechos básicos de los obreros, finalmente plasmados en el artículo 123; y el artículo 27, dando las pautas para disipar los problemas del reparto agrario y del origen de la propiedad privada, un extenso artículo, a forma de reglamento, que poco a poco especificara cómo debería hacerse la restitución de tierras y el reparto agrario entre todos los campesinos que careciesen de ella
Tan controversiales y criticados fueron estos artículos, pues se argumentaba que “las constituciones ciertamente […] no deben ser un tratado de las miserias humanas, ni mucho menos una especie de terapéutica nacional, es decir, un catálogo de los remedios que necesitamos”.[7] Sin embargo, a pesar de todo lo que los abogados dogmáticos presentes en el Constituyente argumentaron para seguir las pautas de lo que, según ellos, debía ser una constitución, la mayoría de los generales presentes sabían que era “más noble sacrificar esa estructura a sacrificar al individuo”,[8] era preferible ignorar toda la doctrina jurídica que dejar indefenso al pueblo mexicano, que tantas veces había sido masacrado “por imposiciones de los que han tenido en sus manos la fuerza pública” y se han investido a sí mismos “con el carácter de representantes del pueblo”,[9] únicamente usurpando su soberanía para beneficiarse a sí mismos.
Nuestra Constitución resultó la primera en su especie en todo el mundo y fue recibida “con beneplácito y júbilo […] un hurra universal recibirá ese sagrado libro de uno a otro confín del mundo”;[10] rompiendo con todo modelo ya establecido, aún contra la voluntad y el pensamiento de diversos diputados y generales Carrancistas por la amenaza que representaba Estados Unidos, pues los intereses más afectados no eran sino los de los capitalistas de ese país. No obstante, otros más consideraban que la Constitución era la respuesta a todos los males que sufría el país, por lo que era su deber como mexicanos firmar la Constitución sólo fijándose en nuestra bandera de tres colores, “sin tener presente la de las barras y las estrellas”.[11] Lo importante era la solución de los problemas presentes para conseguir la paz, creyendo asegurar con ello la paz futura.
Y a pesar de todo, el Constituyente de 1916-1917 merece todo nuestro respeto y admiración por su gran labor para crear ese pedazo de papel tan valioso y poderoso que es “resultado de la experiencia, el resultado de los deseos, el resultado de los anhelos del pueblo, condensados en eso que se ha dado en llamar Constitución”.[12]
La Constitución representaba, al parecer de quienes la creaban, el fin de las guerras entre campesinos, obreros y burguesía, pues la nueva norma fundamental sería, a partir de su puesta en vigor, lo que serviría de sustento legal para exigir todas las necesidades de los distintos sectores de la población al Estado, es decir, que aunque nuestra Constitución “parecerá un Cristo con pistolas” y “se ve ridícula con esas armas […] nuestro pueblo tendrá una defensa con esas armas”,[13] el pueblo tendría un arma que a modo de bandera dirigiría sus luchas sociales e, inclusive, sus pugnas judiciales, pues recordemos que en esta constitución se conservaba la institución del amparo para hacer valer los derechos frente a la autoridad.
Empero, con la Constitución no se resolvieron los problemas que acongojaban al país, pues no basta con que la solución se escriba en un papel, era necesario que las autoridades nacionales pusieran en marcha los preceptos constitucionales. Cosa que Carranza jamás realizó.
La Revolución se vio marcada por luchas no únicamente sociales, sino que también presentó batallas por el poder, que se aprovecharon de las primeras para lograr sus fines: Madero contra Díaz, Huerta contra Madero, Carranza contra Huerta, Obregón contra Carranza, Calles contra Obregón, hasta llegar al Maximato, donde Plutarco Elías Calles decidió no buscar la reelección como Obregón, pero buscó la forma de permanecer en el poder siendo el verdadero mandatario por detrás de los presidentes formales.
Muchos eran los generales revolucionarios que deseaban la presidencia, sin embargo entre todos destacó uno, de nombre Lázaro Cárdenas, al que se erigió como el nuevo Presidente Constitucional de México. Este nuevo Presidente logró independizarse del poder de Calles, y al mismo tiempo logró mantenerse en el poder durante todo su periodo presidencial. Fue él quien, en mayor medida, “llevó a su realización, después de casi dos décadas de retrocesos, los objetivos sociales de la revolución y de la Constitución de 1917”.[14]
Cárdenas, ranchero de origen y militar por las circunstancias, era como los demás generales revolucionarios que “actuaban en nombre de la nación, de la Constitución y de una idea de justicia que ellos veían plasmada en esa ley fundamental”,[15] pero al mismo tiempo era afín a las ideas de los campesinos y de los obreros, ya que durante su periodo como militar tuvo acercamiento con los obreros, principalmente petroleros, y conoció las condiciones deplorables en las que trabajaban.
Todos sus antecedentes marcaron su actuar durante su presidencia, los grandes repartos agrarios que realizó, el apoyo a las huelgas y paros obreros, la implementación de la educación socialista y, para coronar su mandato, la expropiación petrolera, que unificó moralmente al país, dándole las circunstancias de paz y de aprobación necesarias para cumplir con sus políticas públicas que permitieran poner en práctica los preceptos constitucionales.
Gracias a Cárdenas es que vimos los alcances que nuestro “simple pedazo de papel”, donde se marcan derechos abstractos “que no dan de comer”, podía lograr. Con él por primera vez se hicieron valer esos preceptos constitucionales que tanto anhelaban los mexicanos (los de carácter social y no tanto los relativos al gobierno), pues si bien no lo logró solo, sino que necesito ayuda de esa “larga, difusa, anónima, terca acumulación de movimientos”[16] obreros y campesinos, su honestidad y amor por la patria lo llevó a poner en práctica aquellos derechos que el pueblo mexicano tenía plasmados en su Carta Magna, aún a sabiendas de los problemas que se le pudieran originar.
Y justamente eso es lo que necesita México en estos días, un Presidente como Cárdenas, con “fama de ser, personalmente, honesto en extremo; un hombre de carácter firme, dotado de la típica tenacidad india”[17], y que además, sepa hacer uso de la Constitución como lo que es, un arma de papel para defender al pueblo mexicano de todo aquello que lo quisiera dañar y de todos aquellos que desearan aprovecharse de él. Un presidente que conozca bien las problemáticas sociales, pero que además reconozca el poder y el valor del derecho, dándole eficacia, porque en ello debe recaer su función.
Pero, a carencia de políticos del forje de Cárdenas, es nuestro deber como abogados y como mexicanos aprender a usar esas armas que nos brinda nuestra Constitución, para posteriormente enseñar cómo usarlas al resto del pueblo de México, y entre todos hacer valer los valores históricos que la Revolución Mexicana nos heredó en forma de Constitución; para que así nunca más haya mexicano alguno que se cuestione “si la justicia se nos niega y la paciencia se nos agota ¿qué haremos?”,[18] porque podremos responder firmemente: hacer valer nuestra Constitución, tomarla como bandera y luchar hasta lograr nuestros objetivos. Respondamos de una vez por todas qué queremos para México “¡Oscuridad, o gloria! ¡Fuerza y poderío, o abyección, ignorancia y servilismo para las razas futuras! ¡Independencia o yugo moral!”.[19]
Gilly, Adolfo. La Revolución Interrumpida. 2ª ed., Ed. Era, México, 2007.
Gilly, Adolfo. El Cardenismo: una utopía mexicana. Ed. Era, México, 2010.
Marván Laborde, Ignacio. Nueva edición del Diario de debates del Congreso Constituyente de 1916-1917. Tomo I, Suprema Corte de Justicia de la Nación, México.
[1] Adolfo Gilly, La Revolución Interrumpida, 2ª edición, Era, México, 2007, pág. 124.
[2] Ibid, pág. 165 (pie de página).
[3] Ibid, pág. 156.
[4] Ignacio Marván Laborde, Nueva edición del Diario de debates del Congreso Constituyente de 1916-1917, Tomo I, Suprema Corte de Justicia de la Nación, México, pág XIV (Introducción).
[5] Ibid, pág XI.
[6] Ibid, pág. 161.
[7] Ibid, pág. 388.
[8] Ibid, pág. 396.
[9] Ibid, pág. 3.
[10] Ibid, pág. 1039.
[11] Ibid, pág. 1041.
[12] Ibid, págs. 1038-1039.
[13] Ibid. pág. 427.
[14] Adolfo Gilly, El Cardenismo: una utopía mexicana, Era, México, 2010, pág. 195 (pie de página).
[15] Ibid, pág. 193.
[16] Ibid, pág. 157.
[17] Ibid, pág. 61.
[18] Ibid, pág. 182.
[19] Marván Laborde, op. cit.¸ pág. 232.
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References: resolución 
 artículo 3
 resolución 
 artículo 5
 artículo 123
 artículo 27