Source: http://www.olimon.org/manuel/ponencias/republica.htm
Timestamp: 2017-03-01 19:59:34+00:00

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Una República laicamanuel olimón nolasco Historiador UNA REPÚBLICA LAICA
1.- Una palabra agregada a un texto venerable.
Mientras las ocupaciones y preocupaciones de la mayoría del pueblo mexicano corren por vías muy diferentes, en la Cámara de Diputados se aprobó el 18 de febrero, sin demasiado dificultad ni discusión, pero sobre todo sin lucidez acerca de la terminología utilizada y de su significación en el siglo XXI, la adición de una palabra al artículo 40 constitucional. Una vez que se obtenga el voto aprobatorio del Senado y de las legislaturas de los estados, el citado enunciado constitucional dirá: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal [y laica].”
A nadie se le oculta que la propuesta, llevada adelante en el seno de la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara por su presidente, el antiguo magistrado de la Suprema Corte Juventino Castro y Castro, fue trabajada desde antes por algunos profesores universitarios y políticos. A nadie se le oculta tampoco, que ciertos temas fronterizos que han estado en el ámbito público en fechas recientes, como la despenalización del aborto y el “matrimonio” civil entre personas del mismo sexo, así como las reacciones no siempre bien pensadas y comedidas de algún jerarca católico y un “vocero”, han caldeado los ánimos. También, evidentemente, una cierta tradición liberal irreflexiva en cuanto a la evolución y caducidad de ese pensamiento, presente en medios políticos y de sobrevivencia extraordinaria en relación con la de otros países, se encuentra detrás de su génesis y desarrollo. Aunque en ámbitos académicos se han organizado foros y se ha presentado la reflexión de vanguardia en cuanto a los conceptos matrices de laicidad y Estado laico, los oídos sordos y la pemanencia de posturas sobrepasadas, con olor a anticlericalismo a pesar de la aceptación teórica de la pluralidad mexicana de hoy llegan a lograr casi unanimidad en el espacio de los legisladores.[1]
Sin embargo, la cuestión, más allá de esas y otras circunstancias, más debida a la difusión no siempre responsable y muchas veces sesgada que se hace por los medios de comunicación sobre todo escritos, merece el tema de fondo un trato menos superficial y menos apresurado, pues lo que se está gestando con apresuramiento y ánimo exaltado parece conducir a una más de tantas “letras muertas” que se han impreso en la legislación mexicana, a la cual el prurito de hacer leyes y reglamentos le ha impreso características de inflación y poco respeto al que debía ser un orden jurídico sereno y ampliamente consensuado.
En una intervención que me fue solicitada dentro de un coloquio sobre libertad religiosa organizado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados el 6 de mayo de 2008, tuve la oportunidad de presentar algunas consideraciones sobre la comprensión más reciente del derecho fundamental a la libertad religiosa y la laicidad del Estado.[2] Para entonces no había tenido lugar todavía el encuentro entre el Papa Benedicto XVI y el Presidente de la República Francesa Nicolás Sarkozy del 12 de septiembre de ese año, que constituyó, me parece, un hecho de significación profunda en la materia tanto teórica como práctica a la que aludí entonces y vuelvo hoy a aludir.
Con ese material y con algunas palabras que tuve a la mano en referencia a las palabras expuestas por algunos diputados de la Comisión respectiva y un artículo editorial, elaboré las siguientes reflexiones que comienzan con un apunte sobre la historia constitucional mexicana y las únicas constituciones nacionales que usan la palabra “laico” o su casi equivalente si bien, más filosófico que político, “secular” y su contexto.
La tradición constitucional mexicana y los modelos externos.
Me llamó particularmente la atención, que el artículo 40 es uno de los pocos que, a lo largo de los noventa y tres años de vigencia de la constitución de 1917 no había recibido modificación alguna. Es más, que esas líneas calcaron, dentro del rubro de “soberanía nacional y forma de gobierno”, los términos en que se plasmó el artículo del mismo número de la constitución de 1857, que he citado párrafos atrás. Y no es todo. Al rastrear en nuestra historia constitucional, la carta magna de 1824 afirmaba ya los elementos básicos del modo de ejercitar la soberanía de la Nación, esa sociedad nueva formada por ciudadanos, que se había perfilado en las discusiones de Cádiz de 1812 donde el Rey, de quien en el antiguo régimen derivaba todo ejercicio de soberanía, habría de estar solamente en el lugar que le concedía el pueblo soberano: el poder ejecutivo y la promulgación de las leyes, no darles contenido y forma. En el artículo 4° del documento de 1824 se lee: “La nación mexicana adopta para su gobierno la forma de república representativa, popular, federal.” Podemos pensar, acercándonos a la mentalidad de aquellos legisladores, que les resultaba más preciso hablar de nación que de pueblo y que éste y la democracia (el gobierno del pueblo) quedaba expuesta de modo suficiente en el adjetivo popular. La expresión “la nación adopta para su gobierno” presentaba, bajo la forma de un acto de voluntad realizado por completo, menos riesgos de demagogia que la de “voluntad del pueblo mexicano,” abierta la crítica sobre la profundidad de la representación de quienes forman parte de las cámaras.
Cabe preguntarnos: ¿Por qué en tanto tiempo no habrá sufrido reformas este artículo? Quizá porque, al referirse a algo así como la columna vertebral de la nación y de la forma de gobierno, requería redactarse con una fuerza sintética peculiar a fin de que las posibilidades de interpretaciones complejas y muy abiertas fueran mínimas. El régimen republicano, como es evidente, se opone diametralmente al monárquico, la representatividad a la masa y la federación al centralismo. Elementos fundacionales sin duda tanto de la legalidad como del espacio político ciudadano.
No obstante --y por esta senda caminó la tarea de algunos cabilderos mexicanos en estos últimos años-- en dos constituciones vigentes en el mundo se adjetiva a la “República” con un término más. La francesa de la Quinta República, promulgada el 4 de octubre de 1958 expresa: “Francia es una República indivisible, laica, democrática y social.” Pero, a diferencia del aislamiento en que nuestros legisladores pretenden dejar al adjetivo, el texto de ese primer artículo constitucional precisa el ámbito interpretativo del mismo y su sustento en la calidad ciudadana de todos sus integrantes: “[…] Ella asegura la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos sin distinción de origen, de raza o de religión. Respeta todas las creencias.” La constitución turca, promulgada el 7 de noviembre de 1982, en un artículo 2 muy complejo en el que se incluyen elementos políticos, como la ideología de Ataturk, dice: “La República de Turquía es un Estado democrático, secular y social gobernado por la regla de la ley…” El contexto de la vida en Turquía contemporánea y sus raíces históricas son bastante lejanos de nuestros antecedentes como para encontrar un símil medianamente adecuado. Sin embargo, me han ayudado a comprender un poco de la contemporaneidad turca, donde el laicismo oficial no únicamente plantea situaciones limítrofes con el fundamentalismo islámico sobre el que se habla y escribe con poca precisión sino con la noción misma de la libertad religiosa en el marco de la comprensión contemporánea sobre los derechos humanos los libros de Oram Pamuk, premio Nobel de literatura 2006, Mi nombre es rojo, Nieve, La casa del silencio y Estambul.
Lo que dijeron nuestros legisladores.
Vayamos a lo dicho por algunos miembros de la LXI Legislatura en apoyo a la propuesta de reforma del artículo 40.
Lo primero que encontré es el uso sinónimo de dos conceptos que en la teoría y en la práctica histórica son diferentes: laicidad y
laicismo. Si esta sinonimia puede aceptarse en la conversación informal o entre legos, es inaceptable en el espacio legislativo donde los matices de los conceptos deberían ir unidos a la precisión y al conocimiento de la evolución histórica de los mismos.
Laicidad posee, por lo menos, tres maneras de reconocerse: como independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de autoridades religiosas, como neutralidad de los órganos estatales y como garantía de la libertad religiosa, comprendida ésta en todas sus dimensiones y no únicamente como libertad de culto u opción negativa o positiva frente a convicciones religiosas o filosóficas. La tercera manera representa el punto de llegada de la lenta evolución del concepto y está presente en la mente y en la práctica de las legislaciones más avanzadas. En México el tema ha sido tratado con amplitud en instancias universitarias y con atingencia por juristas de la talla, por ejemplo, de Raúl González Schmal.[3]
Laicismo es sobre todo una militancia antirreligiosa o por lo menos anticlerical. Observando la historia mexicana moderna, como derivaciones del laicismo y no de la laicidad tenemos que definir buen número de posturas de regímenes mexicanos tanto liberales como revolucionarios.
Entremos a los términos usados por algunos diputados de la actual legislatura.
Hugo Círigo Vázquez señaló “[…] que el nuevo texto contenga una definición clara, ‘más conceptual’ sobre el carácter del Estado laico mexicano.”[4] Y agregó: “[…] En ese tenor, puede afirmarse de manera contundente que el laicismo posibilita la existencia de un Estado que no inculca o impone entre los ciudadanos religión o creencia alguna y se mantiene en absoluta neutralidad frente a ideas o expresiones.” Y más adelante: “[…] Esta definición no debe entenderse…como antirreligiosa. En ningún momento se procurará socavar la libertad de culto, libertad de religión o de convicciones filosóficas. Por el contrario, la laicidad es la condición necesaria para que quienes profesen cualquier religión o quienes no tengan ninguna, cuenten con un ámbito de libertad.” A pesar de estas frases dijo en la misma intervención: “[…] Es imprescindible suscribir que los ministros religiosos no podrán oponerse al laicismo que la Constitución determina.”
El diputado Emilio Chuayffet consideró “[…] que el laicismo ya está en la Constitución, pero falta la premisa mayor: que el Estado es laico; por eso las reformas deben resaltar de forma muy puntual dicha declaración, lo que se traduce como la supremacía del Estado y sus leyes como espacio de validez para la conducta de cada uno de los mexicanos. Indicó que con las modificaciones se pretende garantizar que el Estado, sin tener religión o credo oficial, permita la igualdad jurídica de todos.”
El diputado Castro y Castro, en el pleno de la Cámara, explicó de esta manera la reforma propuesta, que fue aprobada el 11 de febrero: “[…] En pleno siglo XXI es necesario que México siga tres principios constitucionales: respeto a la libertad de conciencia, autonomía de lo político frente a las normas religiosas y no discriminación directa o indirecta de los seres humanos. El interés de los legisladores es lograr que la laicidad sea la ‘fórmula eficaz’ para la pluralidad y una solución positiva entre religiones mayoritarias y el Estado ‘evitando que la injerencia de unos cuantos se haga dominante a través de la fuerza del gobierno y no del convencimiento legítimo’. La reforma al artículo 40 implica el reconocimiento de que todos los seres humanos tienen el derecho a la libertad de conciencia y a adherirse a cualquier práctica filosófica colectiva o individual, sin que el Estado sea garante de convicciones.”
El dictamen leído ese día 11, en vistas a la aprobación de la propuesta “[…] subraya que el Estado debe ser el garante de los derechos de libre elección de religión o de convicciones y es a través del carácter laico la mejor forma de cristalizarlos, por lo que se evitaría que los valores o intereses religiosos se erijan en parámetros para medir la legitimidad o justicia de las normas y actos de los poderes públicos. La ética que debe regir la vida pública, empieza por la consolidación del principio de laicidad en nuestro orden jurídico mexicano.”[5]
En las intervenciones, sin embargo, no faltaron las alusiones de circunstancia. El diputado César Augusto Ramírez “[…] aseguró que a pesar de existir y tener una definición de Estado laico, las actividades religiosas pretender participar en los debates políticos, lo que ha complicado la relación Iglesia-Estado, la cual debe ser pulcra y libre.”
Y Feliciano Martín Díaz expuso: “[…] El laicismo rechaza los orígenes teocráticos en los que una Iglesia controla el poder político y a la vez rechaza los regímenes políticos que se sirven de una religión oficial para legitimarse ideológicamente. Además, rechaza que se pretendan utilizar las creencias religiosas para apoyar o descalificar adversarios políticos exacerbando las contradicciones y divisiones de la población.”[6]
Hago algunos comentarios teniendo en cuenta, desde luego, que la retórica parlamentaria puede oscurecer precisiones y que el ambiente en que se llegó a la aprobación no estaba exento de pulsiones afectivas. En primer lugar, a pesar de que la argumentación de Don Juventino Castro y Castro tiene líneas impecables y apegadas a la evolución internacional de la temática, requiere una explicación en cuanto a “[…] la autonomía de lo político frente a las normas religiosas”, pues cabe, si se entiende por lo político el espacio de la ciudadanía y si todos los ciudadanos tienen iguales derechos y responsabilidades, que éstos puedan y deban expresar su posición dentro de él, aun aquella que se encuentra inspirada en convicciones religiosas o filosóficas. Acciones de esta índole enriquecen y no empobrecen la pluralidad de la sociedad, elemento presente en nuestra contemporaneidad. No obstante, si, como pensaron muchos liberales en el siglo XIX, las normas religiosas pretendiesen suplantar el orden jurídico, podría caber la invitación a la autonomía, aunque siempre habría de quedar abierto el recurso contra lo que se considera inadecuado o injusto dentro de los canales democráticos y, sobre todo la objeción de conciencia sobre la que en México hay casi sólo vacíos y silencios que ya pesan.
Me llamó también la atención que el diputado Castro y Castro, después de expresar que […] la laicidad sea la ‘fórmula eficaz’ para la pluralidad y una solución positiva entre religiones mayoritarias
y el Estado”, haya agregado inmediatamente: “[…] evitando que la injerencia de unos cuantos se haga dominante a través de la fuerza del gobierno y no del convencimiento legítimo.” Si, como creo entender, se trata de unos pocos que buscarían la vía de la “influencia” para conseguir determinados fines en materia legislativa, eso puede deberse, precisamente, a la falta de ámbitos de diálogo de altura donde tenga lugar la controversia que habría de conducir al “convencimiento legítimo.” El objetivo más claro que se buscó a la hora de estudiar las reformas constitucionales de 1991 y 1992 fue dejar atrás las simulaciones, las transacciones nebulosas y la falta de un diálogo de altura en asuntos de interés común y fortalecer una opinión pública sana.
Los diputados Chuayffet y Marín Díaz trajeron a colación argumentaciones claramente decimonónicas: el primero el asunto de la “supremacía” del Estado y de las leyes y el segundo la alusión a una pretendida “teocracia” que controlara “el poder político” o a un Estado legitimado por “una religión oficial.” Me vinieron a la memoria algunos de los debates en el congreso constituyente de 1856 y 1857 y no la realidad de nuestro mundo contemporáneo. ¿Puede pensarse con seriedad en la Ley nimbada con rayos celestes, suprema sobre toda supremacía y en la pretensión de parte de alguna entidad religiosa y concretamente de la Iglesia católica por establecer en algún rincón de la tierra un régimen teocrático?
4.- Un Abecedario del Estado laico.
Entre lo que se ha publicado en estos días en los medios de comunicación, no muy abundante y menos aún reflexivo, me detendré solamente en un artículo de la autoría de José Woldenberg – “Abecedario del Estado laico”--[7]
que, además de ser una especie de compendio de una línea de pensamiento que conlleva cierta coherencia interna, amplía el horizonte hacia la cultura y la educación, alude a conceptos filosóficos aunque contiene contraposiciones no equivalentes en densidad de significado que vale la pena confrontar. A pesar de que su linealidad y redacción contundente parecen no admitir objeciones, se encuentran entre sus líneas elementos de una perspectiva epistémica[8] cuestionable y apelaciones históricas discutibles.
Casi todos los párrafos del “abecedario” están construidos a base de contraposiciones que, de acuerdo a la lógica común, no son contradicciones en sentido estricto, no son equivalentes en densidad de significado y cometen varias de ellas, desfases epistemológicos de consideración al equipar alguna afirmación filosófica o incluso teológica con otra sociológica a jurídica. Vale, pues, la pena, confrontarlos. Y por si causa sorpresa la mención de lo teológico, si bien el autor no menciona la palabra y el concepto “Dios”, hace referencia a “[…] una voluntad superior preexistente.”[9]
Vayamos al texto mencionado:
“[La república laica es] una construcción histórica producto de una larga y complicada tensión entre el poder que busca una legitimación terrenal
y aquel otro que deviene de una entidad metafísica.” [10] Aquí el centro de la cuestión es el poder y su ejercicio legítimo
y, a lo que parece, las comunidades religiosas no podrían, a base de la participación en el espacio plural de una sociedad, legitimar sus posturas, podrían sólo apelar a “entidades metafísicas”, lejanas de las que podrían tal vez llamarse “entidades físicas” tangibles y, por consiguiente estarían flotando en un mundo ajeno al real. ¿Una comunidad religiosa no es, además de depositaria de un legado doctrinal, un ente social?
El postulado “H”, en una redacción confusa, le otorga al “Estado moderno” un estatuto de autonomía respecto “a los poderes eclesiales” (sic: “eclesiales”, o sea, de la Iglesia y no “religiosos” en general). Estos últimos vendrían a estar sustentados en “una voluntad exterior a la vida común”, de tal modo que pareciera que los miembros de una organización religiosa no formaran parte de la “vida común” que, según entiendo, constituye a la sociedad real. Don José contrapone –y en esto no es el único-- fe a política y fe a ciencia. En el primer caso, la fe ya no le resulta sólo un derivado de la relación con alguna “entidad metafísica” sino el instrumento de la edificación “[…] de un Estado teocrático, donde se funden y confunden los asuntos del César y Dios y donde normalmente los individuos son súbditos, no ciudadanos, fieles no sujetos de derechos.”[11] Antes que otra cosa, habría que precisar lo que se entiende por Estado teocrático, pues a pesar de la aparente fuerza del adjetivo, su orientación hacia alguna realidad concreta es muy difusa y nebulosa. Si en la geografía del mundo donde está presente la tradición cristiana hubiese en los años que corren alguna pretensión “teocrática”, la misma exégesis contextual del pasaje del Nuevo Testamento donde se pone en labios de Jesús la frase: “Den al César lo que es del César…” señalaría en sentido contrario: la imagen divinizada del César romano, “César y Dios” en las monedas del tiempo fue rechazada y, por consiguiente, la divinización y el culto al Estado a la vez que la pretensión de organizar todo el orden jurídico. Y a propósito de “súbditos”, la condición de “súbditos” del llamado “Supremo Gobierno” a los supuestos ciudadanos está claramente expuesta en no pocos escritos de los liberales mexicanos del siglo XIX, con el pretexto de la “supremacía de la ley”. Benito Juárez le escribió al obispo michoacano Clemente de Jesús Munguía en 1855 argumentando que, a propósito de leyes,: “[…no es] conveniente a su decoro y dignidad [del gobierno] entrar en discusión con algunos de sus súbditos.”[12] La condición de fieles, al menos en la Iglesia católica, no presupone la ausencia de derechos individuales y sociales ni la simple sumisión a preceptos de índole política. Dos citas de Valerio Zanone, senador italiano liberal y “laico”[13], tomadas quizá de sus intervenciones parlamentarias, hacen referencia a cuestiones que deberían ser discutidas a partir de sus perfiles epistemológicos hacia su presencia en lo fáctico, pues las separaciones tajantes sólo existen en la teoría. La afirmación de que “[…] la filosofía y la moral” están emancipadas de modo absoluto y por consiguiente, en esferas sin contacto alguno, “[…] de la religión positiva”,[14] por ejemplo, es demasiado contundente para poder sostenerse sin admitir matices y lo mismo acontece con “[…] la autonomía de las instituciones públicas y de la sociedad civil respecto al
magisterio eclesiástico.”[15]
La sociedad civil, me parece, no tiene por qué ser laica, pues un número mayor o menor de sus integrantes y las estructuras sociales y culturales que han creado en su seno en el uso de su libertad personal, ciudadana y colectiva, pueden tener arraigo y motivación en convicciones religiosas. Además, el magisterio eclesiástico de la Iglesia católica, al que parece referirse Zanone, tiene diversos grados de densidad y pretende inspirar y no modelar un sistema social, económico o político. La vertebración de una república católica no está en la mira, sobre todo después del Concilio Vaticano II que de manera clara hizo hincapié en la dinámica autónoma de las realidades temporales. Benedicto XVI ante la Asamblea General de las Naciones Unidas puntualizó: “[…] El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto, privilegiaría un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.”[16]
Regresando al artículo que nos ocupa, su afirmación acerca de que “[…] la educación sea un circuito independiente al de la fe”[17] traza una independencia que supondría fragmentación o dicotomía en el ser humano, irreal en el mundo y esa tendencia queda manifiesta también en la tajante separación, poco aceptada en el ámbito intelectual contemporáneo, entre “[…] la vida pública y la privada”[18] y la ya mencionada entre ciencia y fe o, en otra versión, “[…] la ciencia sin los prejuicios que de ‘manera natural’ emanan de las nociones metafísicas.”[19] No creo que haga falta insistir en la cantidad y calidad de las intervenciones del Papa Benedicto XVI en estas materias, desde mucho antes que ocupara la cátedra romana.
El fenómeno y proceso de secularización, que claramente ha marcado la cultura sobre todo en Occidente no puede situarse en el mismo plano que las cuestiones políticas como parece hacerlo el autor del texto al que aludimos, pues pertenece al desarrollo de las sociedades y las culturas, como consecuencia de la pluralidad.[20] Si bien son bastante aparentes los resultados del proceso en cuanto a “[…] la ampliación de las posibilidades de optar”, si observamos a los estratos populares y hacia ámbitos a los que no suelen acceder los intelectuales, como la preocupación por los pobres, por los marginados o por la defensa de la dignidad humana, ese “[…] estrechamiento de la esfera de influencia de las iglesias,”[21] no es tan evidente.
José Woldenberg expone que “como lo marca la Constitución”, “[La república laica es] el instrumento para hacer de la educación un ámbito ‘ajeno a cualquier doctrina religiosa’”[22] y también que ella misma es: “[…] la premisa de la que se deriva que el ‘criterio que orientará a la educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios…’”[23]
No cabe duda que la terminología usada en la redacción de la fracción II del artículo 3° puede interpretarse en la línea de calificar a la religión como “fanatismo y prejuicio”. De hecho así se interpretó sobre todo en el tiempo de la radicalización que llevó a la reforma “socialista” de 1934, en la que se incluyó, a propósito quizá de “los resultados del progreso científico” una definición más ajustada del criterio, expresando que debería regirse por “una visión racional y exacta del universo”. Sin embargo, además que en cualquier ambiente cultural actual medianamente civilizado, no sería responsable la identificación simple de religión con fanatismo y prejuicio, la lectura atenta del artículo 3° actualmente vigente, reformado el 5 de marzo de 1993, mantiene la afirmación de “ajena a cualquier doctrina religiosa” (fracción I) en referencia a la educación que imparte el Estado, pero no a la que impartan los particulares dejando así, sin mencionarla, una puerta abierta a la libertad de educación y a la posible inspiración religiosa de la misma. Además, la distinción entre Estado y “particulares” (¿podríamos hablar de sociedad civil?), apunta a que el Estado no es omnicomprensivo, como en la noción correspondiente del liberalismo “puro” sino que la sociedad es más amplia que el mismo. De estas consideraciones pueden surgir amplísimos comentarios y puntualizaciones. La permanencia de la fracción II, sobre el “criterio”, que sí se aplica a la educación particular, permite, en congruencia con la fracción I, concluir que hay mucho más que decir al respecto y que el mismo espíritu del artículo constitucional apunta a que no es sostenible que “las doctrinas religiosas” equivalen a “fanatismos y prejuicios.”
Por último, leo: “[La república laica es] el postulado que intenta no sobrecargar la vida política con las pulsiones que emanan de la vida religiosa, de por sí portadora de ‘verdades’ únicas, incontrovertibles, definitivas.”[24] Pregunto: ¿no existe, incluso dentro de “la vida religiosa”, gradualidad en el acceso a la verdad? ¿Los enunciados filosóficos sobre los temas fundamentales y las posiciones concretas inspiradas en el patrimonio de las religiones, no pueden ser puestos, en igualdad de oportunidades, en la pública palestra donde se forja la opinión pública con aquellas que, aunque no apelen a tradiciones religiosas, tienen necesariamente una base filosófica? ¿Se trata de una pulsión o de un reto?, ¿de una molestia o de una necesidad que nace de la misma condición plural de la cultura actual? En el fondo, al leer el enunciado, veo la vieja posición del liberalismo mexicano histórico, propensa a excluir y silenciar y no a aceptar que “los otros, los diferentes” tomen parte en un diálogo que, precisamente a partir del postulado que acepta que se vive en una sociedad y una cultura plurales, se requiere la ascética de escuchar, convivir y coexistir “[…] con ‘otros’ [y] con los ‘diferentes.’”[25] Los temas fronterizos a los que se refiere el autor del Abecedario (“[…] interrupción legal del embarazo, la píldora del día siguiente o los derechos de los homosexuales”)[26] creo que tienen el espacio natural para su planteamiento y discusión, no en la “república laica” o el “Estado laico”, sino en el seno de la sociedad real y sus ámbitos. Baste, a propósito de asuntos recientemente planteados en dos diversos lugares de la geografía del mundo, tener en cuenta ciertos hechos. Primero: los elementos presentados en la discusión sobre el “matrimonio” entre personas del mismo sexo en el estado de California no pusieron de relieve argumentos religiosos sino que las consideraciones no por estrategia sino porque precisamente pueden plantearse en el terreno secular con argumentaciones racionales que no presuponen la opción religiosa sino una orientación ética abierta y quizá hasta pragmática.[27] Segundo: la aprobación en España, gracias a la “cargada” del PSOE, de algunos rasgos extremistas en materia de la despenalización del aborto provocado, este partido no sólo omitió dialogar directamente con quienes sostenían una posición diversa con argumentaciones científicas y filosóficas, sino que ha puesto en riesgo algunos fundamentos del orden jurídico común como, por ejemplo, la patria potestad sobre los hijos menores y la necesidad de precisión acerca de “causas graves” de índole física o psicológica. Estas últimas cuestiones plantean un reto muy difícil para la jurisprudencia que tendrá necesariamente que sobrevenir, a no ser que la política supere las exigencias del estado de derecho.
La laicidad positiva.
Las consideraciones de las páginas anteriores las he hecho acogiendo como ocasión el cambio constitucional recientemente aprobado en la Cámara de Diputados y que podrá obtener su inclusión definitiva después de recibir el voto de la Cámara de Senadores y de las legislaturas estatales.
No considero, sin embargo, que basten para ofrecer el servicio de una reflexión de mayor amplitud y utilidad, sobre todo teniendo en cuenta que el “modelo francés” se encontró en las motivaciones laicistas de algunos mexicanos que incentivaron la reforma, si a ellas no agrego el acercamiento a dos discursos de singular hondura y proyección que, abordando el tema de la laicidad pertenecen, el primero, al presidente francés Nicolás Sarkozy y el segundo al Papa Benedicto XVI. Ambos fueron pronunciados en el Palacio del Elíseo de París el viernes 12 de septiembre de 2008. Los conceptos vertidos en esa ocasión, además de ofrecer los resultados de la evolución de un pensamiento que en Francia ha superado lo sostenido en las fechas de la separación entre la Iglesia y el Estado en 1905 con el rompimiento unilateral de lo concordado en la época napoleónica, permiten reconocer el estado de la cuestión en este momento de la evolución de la conciencia universal sobre los derechos humanos, a propósito de esta temática que tan superficial, sectaria y apresuradamente ha sido tratada en México.
El preámbulo a dicho encuentro fue la ocasión en que el presidente francés, asumiendo una tradición centenaria que ha correspondido a los Jefes de Estado tanto en la monarquía como en la república, recibió el título de canónigo honorario de la basílica de San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, el 20 de diciembre de 2007.[28]
El presidente señaló, en primer lugar de qué manera en la historia de la nación, “[…] la fe cristiana ha echado profundas raíces en la cultura, el paisaje, la forma de vivir, en la arquitectura y la literatura” y cómo, por consiguiente, “[…] las raíces de Francia son esencialmente cristianas.” Y a propósito, calificó de “crimen contra la historia y la cultura arrancar esas raíces, pues sin ellas, se pierde su significación.” Enlistó a buen número de católicos franceses y su contribución al caudal cultural del siglo XX, entre otros a Paul Claudel, Georges Bernanos, Jacques Maritain, Henri de Lubac.
En un esbozo que sería enriquecido en septiembre de 2008, entró al tema de la laicidad y más en concreto, de la “república laica” apuntada en la constitución gala.[29] Ella es, primariamente, “un hecho” y –podemos colegir— un hecho y un criterio jurídicos. La referencia histórica a la separación violenta entre la Iglesia y el Estado en 1905 y el sufrimiento de los católicos así como de los sacerdotes y miembros de las familias religiosas como consecuencia no puede soslayarse. Sin embargo, en buena medida, el mismo clero francés, con su actuación de altura a la hora de la Primera Guerra, hizo inútil el anticlericalismo y de esta manera, “[…] la reconstrucción histórica del pasado” ha llevado a comprender la laicidad como un espacio “[…] de tolerancia, neutralidad y libertad.” Ésta última, situada en el centro de la comprensión y su dinamismo, conduce naturalmente a la no discriminación y a la posibilidad de educar a los hijos conforme a las convicciones sostenidas, entre otras realidades.
“[…] La laicidad positiva –siguió exponiendo—brota de la libertad de pensamiento” y dentro de ella conviven, por ejemplo, la moral laica y la de inspiración religiosa. En esta línea, después de reconocer que “la república laica” no fue históricamente suficientemente sensible a la espiritualidad, expuso que la concepción de la laicidad, tras un proceso de maduración, tiene delante “el hecho espiritual” y el respeto a “[…] la búsqueda de la trascendencia, el sentido de la vida y el misterio de la muerte.”
Esa tarde en el palacio romano de Letrán fue –no es posible dudarlo—un punto de llegada de maduración en cuanto a la concepción de la laicidad y su arraigo en los entramados constitucionales y en la vida pública. Sería reductivismo sin sentido referirlo sólo a Francia o aducir que la religión pertenece con exclusividad al ámbito privado.
En París, en septiembre de 2008, en el discurso de recepción al Papa Benedicto XVI en el palacio del Elíseo, Sarkozy partió de un reconocimiento doble: la pluralidad de la configuración social y religiosa francesa en la actualidad, el hecho de la presencia de creyentes y no creyentes en su seno y de la aportación para la construcción de esa misma realidad, valiosa para todos, de la herencia judeocristiana. En una primera alusión a la laicidad, al darle la bienvenida al Pontífice expuso: “[…] En la República laica que es Francia todos lo acogen con respeto, Santo Padre, en cuanto jefe de una familia espiritual cuya contribución a la historia de Francia, a la historia del mundo y a la civilización, no es ni discutida ni discutible.”[30]
Y en alusión al acervo de intervenciones del Papa Ratzinger en materia de relaciones entre la fe y la razón –uno de los pilares de sus reflexiones y enseñanzas-- dijo: “[…] Usted no solamente no ha dejado de sostener la compatibilidad entre la fe y la razón, sino que piensa que la especificidad y la fecundidad del cristianismo no pueden disociarse de su encuentro con los fundamentos del pensamiento griego.”[31]
Pasó adelante: La democracia –dijo el presidente—está ligada a la razón y no sólo a la suma de los votos: “[…] Debe proceder por medio de argumentación y raciocinio, buscar con honestidad lo que es bueno y necesario así como respetar los principios esenciales reconocidos por la comprensión común. ¿Cómo podría privarse la democracia de las luces de la razón sin negar que ella misma es hija de la razón y de las Luces? Se trata de una exigencia cotidiana para el gobierno de las cosas públicas y para el debate político.”
Y, entrando de lleno al asunto de la laicidad en un contexto democrático, continuó: “[…] Es algo legítimo para la democracia y respetuoso de la laicidad, el diálogo con las religiones. En éstas, y notablemente en la religión cristiana con la que compartimos una larga historia, se encuentran patrimonios vivos de reflexión y de pensamiento, no sólo sobre Dios, sino también sobre el hombre, la sociedad e incluso sobre la preocupación actualmente central de la naturaleza y la defensa del medio ambiente. Sería locura privarnos de este patrimonio, sería simplemente una falta contra la cultura y el pensamiento.”
A continuación Nicolás Sarkozy entró a definir el alcance de lo que tituló “laicidad positiva”: “[…] una laicidad que respeta, una laicidad que reúne, una laicidad que dialoga, y no una laicidad que excluye o que denuncia.” Penetra en la entraña de ese espacio cultural de diálogo: “[…] En esta época donde la duda y el repliegue sobre sí mismo presentan a nuestras democracias el reto de responder a los problemas de nuestro tiempo, la laicidad positiva ofrece a nuestras conciencias la posibilidad de intercambiar, más allá de las creencias y de los ritos, acerca del sentido que deseamos darle a nuestras existencia: la búsqueda del sentido…”
Hago un comentario, dada la importancia de estas últimas líneas: si alguna característica denota a las auténticas creencias religiosas, es precisamente ese acercamiento a las conciencias y a la búsqueda del sentido de la vida humana sobre la tierra.
Al reconocer las preocupaciones principales de la Iglesia católica en materia social y económica, la laicidad positiva abre puntos de encuentro con ellas: los requerimientos de una ética económica (“[…] la moralización del capitalismo financiero”), la crítica al consumismo, la búsqueda del desarrollo de la persona: “[…] Esta enseñanza, que se encuentra en el corazón de la doctrina social de la Iglesia, está en perfecta consonancia con lo que se encuentra en juego en la economía mundializada contemporánea. Nuestro deber es escuchar lo que Usted nos dirá acerca de esta cuestión.”[32] De igual forma, reconociendo la difusa frontera entre la ética “laica” y la de inspiración religiosa, añadió: “[…] Los importantes y rápidos progresos de la ciencia en el ámbito de la genética y la procreación, presentan a nuestras sociedades actuales delicadas cuestiones de bioética. Confrontan nuestra concepción del hombre y de la vida y pueden llevar a mutaciones en la sociedad. Por ello, no pueden quedar sólo como asunto de los expertos. Es responsabilidad de los políticos organizar el marco propio para esta reflexión…Naturalmente, las tradiciones filosóficas y religiosas deberán estar presentes en este debate.”
Y concluyó esta parte de su discurso: “[…] La laicidad positiva, la laicidad abierta, es una invitación al diálogo, una invitación a la tolerancia, una invitación al respeto. Dios sabe que nuestras sociedades necesitan diálogo, respeto, tolerancia, calma.”[33]
Ampliando el argumento a la reflexión acerca de los derechos humanos, enriquecida con sesenta años de trabajo y luchas constantes, continuó el presidente: “[…] Progresivamente, la dignidad humana se ha impuesto como un valor universal. Ésta se encuentra en el corazón de la Declaración universal de los derechos del hombre adoptada aquí en París hace sesenta años. Se trata del fruto de una convergencia excepcional entre la experiencia humana, las grandes tradiciones filosóficas y religiosas y el mismo camino de la razón. Los dos caminos no son opuestos. Los dos nutren nuestra reflexión. En esta hora en que resurgen tantos fanatismos, en la que el relativismo ejerce una seducción creciente, donde la misma posibilidad de conocer y participar de una parte de la verdad se pone en duda, a la hora donde los egoísmos más duros amenazan las relaciones entre las naciones y en el seno mismo de ellas, esta opción absoluta por la dignidad humana y su anclaje en la razón han de ser salvaguardados como un tesoro de los más preciosos.”[34]
El Papa, en su discurso de respuesta, no sólo asumió prácticamente la integridad de lo expresado por Sarkozy, sino que aportó elementos de cooperación concreta entre la Iglesia y el Estado. Cito con amplitud: “[…] Numerosas personas […] se han detenido para reflexionar acerca de las relaciones de la Iglesia con el Estado. Ciertamente, en torno a las relaciones entre el campo político y el campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.’ (Marcos 12, 17). La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha trasformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más…Por otra parte, Usted, Señor Presidente, utilizó la bella expresión ‘laicidad positiva’ para designar esta comprensión más abierta. En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria. En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto con otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad.”[35]
Benedicto XVI, en medio de esos ecos de consonancia y nuevos elementos de consideración en el tema, no dejó de puntualizar que hay pendientes. En materia de relación Iglesia-Estado, “[…] Un instrumento nuevo de diálogo existe desde el 2002 y tengo gran confianza en su trabajo porque la buena voluntad es recíproca, Sabemos que quedan todavía pendientes ciertos temas de diálogo que hará falta afrontar y afinar poco a poco con determinación y paciencia.”
Me permito, en este asunto de las relaciones Iglesia-Estado que no se identifican sin más con el amplio tema de la libertad religiosa, si bien lo suponen, y en particular entre el Estado mexicano y la Iglesia católica, la buena voluntad mostrada a la hora de los cambios constitucionales y el establecimiento de las relaciones diplomática con la Santa Sede en 1992, ha quedado en suspenso. Mientras que Francia y Brasil han intercambiado instrumentos jurídicos de alto nivel sobre materias sociales comunes y Rusia ha elevado el nivel de su representación en el Vaticano, en México hemos tenido que escuchar intervenciones patéticas como la de Porfirio Muñoz Ledo, ahora diputado, en nuestro recinto legislativo advirtiendo al embajador ante el Vaticano los “riesgos” de violar el laicismo mexicano en el ejercicio de su tarea. ¿Recordará el diputado su intervención en la confección del discurso que el presidente Luis Echeverría pronunció en su visita al Papa Paulo VI en febrero de 1974 cuando promovía su “Carta de los derechos y deberes económicos de los Estados? ¿O la reproducción masiva de su fotografía saludando al Papa Juan Pablo II durante su presencia en la Asamblea General de la ONU cuando él fungía como embajador mexicano ante ese organismo internacional?
6.- Ante una oportunidad.
Salta a la vista la diferencia entre lo que hemos oído y leído procedente de nuestros ambientes intelectuales y parlamentarios y la plataforma de amplios horizontes que se planteó a partir de ese encuentro en París. No es posible, sobre todo porque las raíces francesas del estilo de la política mexicana y de la tradición reflexiva sobre ella son reales, soslayarla como exótica o diametralmente diferente. La globalización del pensamiento y las influencias multifacéticas de la misma son hechos innegables y propician, tras una sana crítica, la fecundación de las ideas y los derroteros no sólo en materia jurídica sino en muchas más.
Me parece que el encierro en que se pretende enclaustrar al concepto dinámico de laicidad en nuestro ambiente mexicano y la fidelidad dramática y en el fondo absurda a parámetros del siglo XIX dentro de los cuales toda hipótesis relacional entre el Estado y el hecho religioso debería enmarcarse en intocadas esferas donde una es pública y la otra privada, afectan la posibilidad de reflexionar y actuar con la aceptación de una realidad incontrovertible: la democracia contemporánea tiene como campo de realización y ejercicio una sociedad multirreligiosa y multicultural, pero aunque la igualdad jurídica de las asociaciones religiosas no tiene por qué reducirse, la densidad de la herencia cristiana y católica y de la doctrina social que ha surgido de ella, no es equiparable a la de otras presencias. Por tanto el diálogo, la tolerancia y el respeto de todos hacia todos, son ingredientes fundamentales para construir la democracia, sobre todo si tenemos en cuenta que en la propia constitución mexicana vigente, a propósito del “criterio que orientará la educación” se afirma: “[…] será democrática, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.”
Considero lamentable el nivel de los argumentos que condujo a la aprobación en la Cámara de Diputados del término laica a la adjetivación de república, presente en el artículo 40 de la constitución. Lamento que, estando pendientes cuestiones fundamentales referentes a la vigencia de los derechos humanos, como los relativos a la objeción de conciencia ante las leyes en casos particulares, se gaste el tiempo en proclamar doctrinas anacrónicas que, en su formulación legal, sólo llevarán a la acumulación de más “letra muerta” a nuestra legislación, carga ya de por sí pesada. ¿Cómo podría, por ejemplo redactarse una ley reglamentaria sobre una palabra -- pues no es ni siquiera un inciso del que se trata-- dentro de un artículo constitucional? Por otra parte, me parece importante subrayar que los católicos, individualmente y como miembros de una comunidad, poseemos convicciones definidas en materia de la naturaleza del ser humano de la sociedad, que no hemos recibido de parte de las instituciones del Estado sino del cúmulo milenario de un pensamiento que se ha encontrado en relación con los más variados modelos políticos y económicos y podemos y debemos manifestarlos en los espacios privados y públicos. El patrimonio de doctrina social que se ha ido integrando en relación con el mundo moderno sobre todo a partir de 1891 pertenece ya con justa razón a la humanidad entera. Somos igualmente conscientes de que la cultura nacional mexicana posee en sus orígenes y en su desarrollo histórico un sustrato radical cristiano y católico que no puede sin más hacerse a un lado en aras del sostenimiento de un laicismo de otras épocas y que, por el contrario, al constituir un patrimonio que desborda los límites de lo estrictamente religioso, puede aportar a todos los mexicanos elementos para proyectar una vida mejor y una conciencia más propia de la dignidad propia y de la de los demás. Sin dejarnos arrollar por un vano triunfalismo, podemos afirmar que las raíces cristianas de nuestra cultura las encontramos en el paisaje, en la arquitectura, en la literatura y en la vida cotidiana y que el asedio del consumismo y el secularismo ha encontrado en ellas cuestionamientos de alto aliento. No obstante, tal parece que los ojos de nuestros intelectuales “laicos” están nublados para ver lo que es patente a los ojos de los habitantes del “México profundo.” Parece, por otra parte, que los intelectuales y académicos católicos no acabamos de valorar o revalorar el tronco recio de ese legado no sólo como pasado sino sobre todo como futuro. Corresponde no asumir posturas miméticas o de falso pudor, pues la vergüenza habría que encontrarla más bien en no expresar lo que ha sido y es el patrimonio católico de nuestra nación y no tener miedo de decir la propia palabra con atingencia y responsabilidad.
A pesar, pues, de lo que he señalado acerca de lo lamentable de ciertos hechos y palabras y sobre todo de la reciente aprobación de un cambio constitucional en la Cámara de Diputados, portadores, aunque se afirme lo contrario, de patente anacronismo, estoy convencido de que hay que ir más adelante y no anclarse en lamentaciones. Tal vez la mención explícita de que la forma de gobierno republicano, “voluntad del pueblo mexicano” es, además de representativa, democrática y federal, laica, haga que llegue el momento de que, en ejercicio de una laicidad abierta y positiva en una sociedad que acepta el diálogo y los retos como instrumentos cotidianos, podamos vivir tiempos de saludable controversia, desarrollando la creatividad en cuanto a modos y espacios, se asuma con valentía los retos y la ausencia de exclusiones sea completa.
Es algo, sostengo, altamente deseable y aportará sin duda elementos de avance civilizado a nuestro tiempo mexicano.
[1] Apunto una bibliografía mexicana mínima perteneciente a la década más reciente: Jorge Adame Godard, ¿Qué significa el “Estado laico” hoy en México, pro ms., México 2008. Roberto J. Blancarte (comp.), Laicidad y valores en un Estado democrático, Secretaría de Gobernación/El Colegio de México, México 2000. Conferencia del Episcopado Mexicano (ed.), La libertad religiosa en el México democrático,
México 2002. 15 años de relaciones Santa Sede-México,
México 2008. Carlos de la Torre Martínez (ed.), Memoria del Primer Congreso Internacional sobre iglesias, Estado laico y sociedad, divs. eds., México 2006.José María Setién, Laicidad del Estado e Iglesia, PPC/IMDOSOC, Madrid/México 2007. José Luis Soberanes Fernández, El derecho de libertad religiosa en México. (Un ensayo), Comisión Nacional de Derechos Humanos. VV.AA., En torno al espacio social de la laicidad, Secretaría de Gobernación-Subsecretaría de Asuntos Religiosos, México 2000. El asunto del anticlericalismo en México desde el punto de vista histórico lo he tratado en: Justo Sierra y la consolidación del anticlericalismo mexicano en: Andrea Mutolo/Franco Savarino (coords.), El anticlericalismo en México, Cámara de Diputados/Tecnológico de Monterrey/Miguel Ángel Porrúa, México 2008, 53-62. Los espacios en que la Iglesia católica realiza su trabajo en el México contemporáneo fuera del ámbito político lo he tocado en: La Iglesia que hoy existe en México. Una conversación inacabada sobre libertad religiosa en: El Cotidiano (Universidad Autónoma Metropolitana) 23/149 (mayo-junio 2008), 91-95
[2] La titulé: Libertad religiosa y laicidad del Estado. Algunas consideraciones actuales. Se encuentra en vistas a la publicación junto con las demás ponencias del coloquio. En 1999 fui también invitado a participar en la subcomisión para la reforma del Estado del Senado de la República. Entonces intervine con el tema: Un Estado digno de su vocación. Nueva relación entre el gobierno y las entidades religiosas en la sociedad. Está publicado en: VV. AA.,
La libertad religiosa, derecho humano fundamental, IMDOSOC, México 1999, 123-134. [3] Solamente hago referencia a dos de sus estudios: Reformas y libertad religiosa en México, IMDOSOC, México 1992 y
Derecho eclesiástico mexicano. Un marco para la libertad religiosa, Porrúa, México 1997. Es amplia su producción respecto del tema de la laicidad del Estado en obras en colaboración.
[4] Cito de acuerdo al Boletín n. 0740 de la Dirección de Comunicación Social de la Cámara de Diputados del 13 de enero de 2010.
[5] Nota n. 1457. Cámara de Diputados. Comunicación Social. 11 de febrero de 2010.
[7] Diario Reforma, 18 de febrero de 2010. Entre lo publicado en las primeras semanas del año podría haber hecho referencia, por ejemplo al artículo: Iglesias: ¿quién les dice que no se puede?, de Pedro Salazar Ugarte, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, (diario
El Universal, 11 de enero de 2010), escrito típico de los que, utilizando un marco teóricamente preciso acerca de la laicidad y el Estado laico, conduce a conclusiones no jurídicas de circunstancia y a insistir en espejismos sobre incitación a la violencia.
[8] Según el Diccionario de la Real Academia Española: referente a episteme: “Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo.”
[9] Enunciado “Z”.
[10] Enunciado “A”.
[11] Enunciado “J”.
[12] Juárez a Munguía, México, 6 de diciembre de 1855, en: Clemente de Jesús Munguía, Defensa eclesiástica en el obispado de Michoacán, Vicente Segura, México 1858, 17. Cita y contexto en mi libro: El incipiente liberalismo de Estado en México, Porrúa, México 2009, 175-179.
[13] En Italia el término laico conlleva la significación orientada al laicismo militante, por razones históricas y partidistas. Por ello la constitución republicana italiana vigente, utiliza, a propósito de la cuestión Iglesia-Estado, la referencia a independencia de esferas o ámbitos, sin negar las posibilidades concretas de cooperación y la existencia de espacios comunes en la sociedad y en la cultura.
[14] Enunciado “Q”.
[15] Enunciado “W”.
Discurso en su encuentro con los miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 18 de abril de 2008.
[17] Enunciado “R”.
[18] Enunciado “O”.
[19] Enunciado “U”.
[20] Sobre este tema es importante: Karen Dobbelaere, La secularización, un concepto multidimensional, Universidad Iberoamericana-Departamento de Investigación y Posgrado, México 1994.
[21] Enunciado “P”.
[22] Enunciado “S”
[23] Enunciado “T”.
[24] Enunciado “N”.
[25] Enunciado “G”.
[26] Enunciado “X”.
[27] Un resumen puntual del estado de la cuestión: Margaret Talbot, A risky proposal, The New Yorker, January 18, 2010, 40-51.
[28] Hago las referencias correspondientes mediante notas tomadas sobre la videograbación que hizo pública la oficina de la Presidencia de la República Francesa: Présidence de la Republique. TV. 20.12.2007. (Página electrónica: elysée.fr). Agradezco al Lic. José Luis Olimón haber aportado esta importante referencia. Entre los presidentes franceses de la época más reciente, mencionó Sarkozy al General Charles De Gaulle, a Valery Giscard d’Estaing y a Jacques Chirac. Tal vez Francois Mitterand, omitido, no siguió la tradición.
[29] Desde el punto de vista histórico es importante: Jean Baubérot, Historia de la laicidad francesa, ed. en español, El Colegio Mexiquense, Zinacantepec (México) 2005. Un estudio complexivo y multilateral sobre la religión en el régimen jurídico francés: Bernard Jeuffroy/Francois Tricard,
Liberté religieuse et régimes des cultes en droit francais. Textes, pratique administrative, jurisprudence,
Cerf, Paris 1996.
[30] Cito y traduzco siguiendo la versión oficial del texto en francés presentada por la misma oficina de la Presidencia: Présidence de la République, Allocution de M. le Président de la République. Visite en France de Sa Sainteté le Pape Benoît XVI. Vendredi 12 septembre 2008. P. 1.
[31] P. 2.
[32] De hecho Benedicto XVI emitió una encíclica a propósito de los retos de la economía global contemporánea bajo el título de Caritas in veritate (La caridad en la verdad) del 29 de junio de 2009. En ella, partiendo de los elementos fundamentales de la antropología cristiana y recuperando y actualizando la noción de desarrollo estudiada a fondo por Paulo VI en su encíclica Populorum Progressio
de 1967, analiza la situación crítica de la economía actual y enlaza de manera concreta la ética y la economía.
[33] Las citas no indicadas expresamente, hasta ésta, corresponden a la página 2 del discurso.
[34] Pp. 3s.
[35] Texto en español difundido por L’Osservatore Romano: Viaje apostólico a Francia con ocasión del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes…Ceremonia de bienvenida. Encuentro con las autoridades del Estado. Discurso del Santo Padre Benedicto XVI. París, Palacio del Elíseo. Viernes 12 de septiembre de 2008.

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