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Timestamp: 2019-03-22 14:15:13+00:00

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Los Dossieres 1228 Tiempos de hoy
Política / J.G.A.
Ángel Ron renunció a la presidencia del Popular y dejó vía libre a Emilio Saracho, quien, a la postre, echó el cierre a la persiana del banco. / EUROPA PRESS
Ya está a la venta el nuevo libro de José García Abad
'Cómo se
hundió el Banco Popular'
Mario Vargas Llosa inicia su novela Conversación en la Catedral con esta pregunta que se hace Zavalita: «¿En qué momento se había jodido el Perú?». Al autor le interesaba el cuándo, pero también el cómo se jodió el Banco Popular. Esta doble pregunta es la que guió su investigación. El resultado: un nuevo libro de José García Abad que aporta inéditas informaciones sobre los personajes, lealtades, traiciones y conspiraciones que confluyeron en el trágico final del banco que presumía de ser “el más rentable” del mundo.
Los mayores errores de Ángel Ron fueron la compra del Banco Pastor, que estaba en quiebra camuflada, y no entregar los activos tóxicos a la Sareb, el banco malo de control estatal
El cuándo puede situarse en 2003 con el párkinson de Luis Valls que proporciona algún indicio del cómo, aunque en puridad se había introducido un virus mucho antes con un presidente en la cúspide de la gloria, un virus inofensivo en vida de éste pero que contribuyó a su caída cuando Ángel Ron tomó las riendas. El autor se refiere a la decisión de Valls de mantener la independencia a toda costa.
La decisión de Valls era coherente pues el Popular no era un banco como otro cualquiera que se compra y se vende según las leyes del mercado, propiedad de unos accionistas encantados de perder su independencia a un buen precio. El Popular tenía una misión sagrada como Obra de Dios. Debía obtener beneficios y lo consiguió sobradamente pero ello era secundario, supeditado a su divino propósito. No era un banco del Opus Dei pero sí producto del matrimonio de Luis Valls con el Opus Dei, en el que mandaba el primero pero que no tenía sentido sin el segundo.
Para librarse o dificultar el control ajeno, operaciones que se sucedieron porque el Popular era una novia sumamente atractiva, dejó que un par de consejeros delegados optaran por el crecimiento rápido que hiciera más difícil una OPA para Valls siempre hostil. La vía más rápida la proporcionaba la senda inmobiliaria en la que el Popular entró. En el peor momento, poco antes de que estallara la burbuja, asumiendo riesgos que no se podía permitir.
Fue Valls quien nombró a dos consejeros delegados que se lanzaron a esa carrera sin que, sumido en la enfermedad, tuviera las capacidades de otrora para embridar el proceso. Eran Fulgencio García Cuellar y, sobre todo, Francisco Fernández Dopico. Ángel Ron, ya de presidente, mantuvo a Fernández Dopico y le dejó hacer.
Sería demasiado simple explicar como única causa de la decadencia y muerte del Popular el relevo en la cúpula por razones de causa mayor y el ascenso a la sala de control del Edificio Beatriz de Ángel Ron. Éste hizo lo que pudo, pero no fue suficiente.
Según explica al autor un importante consejero, Ron siguió de forma demasiado literal las indicaciones de Luis Valls sobre la independencia como misión sagrada, sin entender que las circunstancias habían cambiado pues, tras la muerte de Luis Valls y de Rafael Termes en un lapso corto de tiempo, el control del banco por el Opus Dei había decaído. Y la banca entraba en una nueva época.
Los mayores errores de Ángel Ron fueron la compra del Banco Pastor, que estaba en quiebra camuflada, y no entregar los activos tóxicos a la Sareb, el banco malo de control estatal. «Se metieron en todos los saraos —se lamenta Revuelta, un accionista importante—. Y en vez de decir: "Esto no va bien, vamos a coger el toro por los cuernos", procedieron a una huida hacia adelante suicida. Nos estaban dando a los accionistas un mensaje equivocado: "Este banco es la leche, estamos cojonudamente. Sobra dinero. Un acto de prepotencia total”.
El mayor error de Ángel Ron fue la compra del Banco Pastor, que estaba en quiebra camuflada.
El autor proporciona detalles de primera mano de la invasión del astur-mexicano Antonio del Valle, miembro de los Legionarios de Cristo a la Obra de Dios, un multimillonario que se enfrenta hoy a los tribunales de justicia españoles que no son como los mexicanos con los que tan bien se maneja. Del Valle representa no sólo a la familia, sino también a conocidos suyos. «Gente muy rica —le dice al autor un consejero del Popular—, que cuando profundizas en sus historiales te entra el vértigo».
Era admirable cómo manejaba Del Valle a la prensa mexicana y de qué forma seducía a los políticos y se valía de instituciones religiosas, primero el Opus Dei y después la Congregación de los Legionarios de Cristo, que le proporcionaron más oportunidades que los miembros de la Obra de Dios. Del Valle aplicó al Popular las técnicas amedrentadoras que manejó a la perfección en México. Presionó a Ángel Ron para que en la ampliación de capital que se preparaba éste le entregara las llaves del Beatriz en bandeja de plata. La conversación transcurrió, en su esencia, de la siguiente guisa:.
—Antonio del Valle (ADV): Quería plantearte sobre el fondo del asunto, de la ampliación. La cosa está clara y espero que tú también lo veas así. Lo que vengo a proponerte es que de la ampliación de capital de 2.500 millones, yo me quede con 1.000 millones.
La irrupción de Antonio del Valle, como un elefante en una cacharrería, terminó de hundir al Popular.
—Ángel Ron (AR): Querido Antonio, lo veo clarísimo y te digo ya que de eso nada.
—ADV: Sí, y se lo que es jugármela y que me la jueguen, porque algo tendrá que ver tu gestión en el desastre. Yo sólo quiero resarcirme. Lo del control no es por la ambición de mandar, que la tengo bien cumplida a mi provecta edad, sino para salvar mi inversión y la de la gente que ha confiado en mí de la forma más hermosa y conmovedora: confiándome su lana. Así que, qué tiene de malo mi propuesta. El banco necesita dinero y yo lo pongo en la cantidad que se necesite, mil millones y lo que sea menester. Y si pongo dinero, mando. No sé si lo entiendes.
Es entonces cuando Del Valle decide utilizar el Camino del Opus, tratando de llegar a su cúpula. El mexicano le pregunta a Francisco Aparicio, albacea de Valls y máxima referencia del Opus en el banco: «Oye, Paco, quiero hablar con el que manda en el Opus. ¿Quién es el jefe del Opus? ¿Con quién tengo que hablar? Aparicio le responde: «Pues con nadie, Antonio».
Y es que, muerto Franco, monseñor Escrivá ascendido a los altares, y gozando también de las bienaventuranzas del cielo Luis Valls y Rafael Termes, ambos numerarios, ni el banco ni el Opus son ya lo mismo.
Del Valle intenta seducir sin éxito a Francisco Aparicio y a continuación dirige su atención, con pleno éxito, a Reyes Calderón, una vallisoletana afincada en Pamplona. Reyes será una aliada valiosa desde las campañas de prensa hasta la decapitación final de Ángel Ron.
El Consejo de Administración está ensimismado plenamente en la lucha cainita. Del Valle trata de enrolar tras su bandera al mayor número posible de consejeros. Ron, que sigue contando con la mayoría del Consejo, advierte: «Este señor es un trilero. No caigáis en el viejo timo de la estampita. Acordaos de lo que hizo con el banco Bital de México: llevarlo al borde del abismo para forrarse él. A partir del momento en que consiga su propósito, Antonio del Valle no será del banco, el banco será de Antonio del Valle».
Estamos en el último cuatrimestre del año 2016. Ángel Ron confía en que, en el año nuevo, el Popular y él mismo puedan respirar con más tranquilidad. El banco está mal, no puede negarlo, pues por mucho que se torturen los números presenta pérdidas, lo que exige actuaciones acertadas urgentes. Pero Ron tiene un plan de negocios, aceptado por la mayoría del Consejo, en el que destaca la segregación del ladrillo, causa de los mayores males de la entidad.
La noche del 13 de noviembre el mexicano telefonea a Ron, que está en su casa a punto de acostarse. “Ángel, lo siento pero tienes que irte —le comunica, como apesadumbrado—. Ya no puedes aguantar un día más pues el Consejo va a rechazar tu plan de negocio y lo del banco malo. Ya no tienes nada que hacer aquí.”
—Creo, Antonio, que como en el Tenorio, los muertos que vos matáis gozan de buena salud. Lo siento por ti —asegura con voz firme—, pero sigo contando con la confianza del Consejo y no vas a salirte con la tuya. El Plan seguirá adelante porque es lo mejor para esta casa.
Al parecer, antes de su viaje a México, Antonio del Valle se había entrevistado con Emilio Saracho y con Manuel Pizarro. El primero le dice que no aceptará el cargo sin la unanimidad del Consejo y el segundo salió con una de sus frases lapidarias: «Te lo agradezco Antonio, pero siempre he mantenido una norma: ni entrar en casa ajena ni interponerme en matrimonio mal avenido».
Luis de Guindos no asumió riesgos políticos y dejó en manos europeas la ‘solución’ del problema. / EP
Obviamente, Emilio Saracho no aparece en el candelero financiero de forma natural. Nadie hubiera pensado en él a bote pronto. La forma en que entra en escena está sometida mayormente a elucubraciones y fantasías.
El 24 de noviembre, los consejeros se reúnen en un almuerzo informal que transcurre con una tensión inesperada al haber publicado el diario Expansión que Emilio Saracho sucederá a Ron. «Para mí —le dice al autor un colaborador de Ángel Ron—, la noche trágica del presidente Ron no fue la del 30 de noviembre, sino cuando el día 23 el diario Expansión, y poco después El Confidencial, sacan la noticia de que el Consejo de Administración ha encargado a Stuart Spencer, la empresa encabezada por una persona de la Obra a la que recurre el banco del Opus para estos menesteres, que busque un nuevo presidente y que se había inclinado por Emilio Saracho”.
Son tres días trepidantes. Los conjurados tienen prisa. No quieren que Ángel Ron se les escape vivo. Saben que está acelerando sus conversaciones con el presidente del BBVA, Francisco González, en un intento de que haga una oferta para la compra del banco y estiman que, en ese caso, Ron seguiría al frente del mismo. «Hay que matarlo ya», urge Calderón con la ardorosa aquiescencia de los conjurados.
Reyes Calderón deja reunidos a los consejeros rebeldes y se persona en la plaza de Cibeles donde se entrevista con el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, a quien asegura que Ron no cuenta con el apoyo del Consejo y pide su cese inmediato. Le asegura Calderón que había propuesto una terna integrada por Emilio Saracho, Manuel Pizarro y Antonio González-Adalid, presidente a la sazón de Enagás. También le dice que la mayoría del Consejo, así como los mayores accionistas se inclinan por el primero.
Reyes: “No me he traído el pijama”
—Desde luego —arenga Reyes— hay que salir de aquí con un acuerdo. Debemos comunicar que mañana se abre un proceso de sucesión y que el presidente actual estará en el cargo hasta que se convoque una junta general extraordinaria, que decidirá si confirma como presidente al señor Saracho.
—Pues no sé a qué hora saldremos de aquí y yo no he traído pijama —se lamenta Reyes Calderón.
Albella, recién aterrizado en la CNMV, urgió a una salida ordenada de la crisis. / EP
Albella: “O lo arregláis ya o suspendo la cotización”
Es la 1.30 de la madrugada del 30 de noviembre. Los consejeros se levantan y se van. El presidente Ron y el secretario consejero, Francisco Aparicio, se reúnen con el presidente de la CNMV, Sebastián Albella; con Ángel de Benito, jefe de Mercados de la Comisión, que asesoraba a aquél, que acababa de tomar posesión del cargo; y con el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, a quienes informan de que no hay fumata blanca porque Saracho no termina de decidirse.
Albella tomaba posesión ese día y se encuentra con ese tomate. Le dice a Ron: «¿Cómo coño nombráis un presidente y lo hacéis público sin que lo acepte?. En media hora suspendo la cotización por incertidumbre en la presidencia y en el banco no queda ni un duro. ¿Es eso lo que queréis?».
Albella, que lo conoce desde hace tiempo, llama a Saracho al móvil:
—Emilio –reconoció al autor un consejero–, en el fondo fue generoso. Pidió cuatro millones de euros como prima de enganche incondicional, fuera o no finalmente presidente, le respaldara o no la junta de accionistas, pero podía haber pedido cualquier cosa.
El acta del Consejo recoge la queja de los consejeros Jorge Oroviogoicoechea; José Francisco Mateo, delegado de la Sindicatura; Vicente Pérez; Ana María Molins, de los Cementos Molins; el vicepresidente Roberto Higuera; y Francisco Aparicio, líder espiritual de la Sindicatura y secretario consejero. Siete consejeros sobre un total de quince, catorce si quitamos al presidente que seguía siendo Ángel Ron.
Ron se despide “con la satisfacción del deber cumplido”
Ángel Ron, casi 13 años al frente del banco, abandona la presidencia tras percibir un finiquito de 254.000 euros. Se le garantizaba por otra parte una pensión vitalicia de 1,1 millones de euros al año para lo que el banco dota un fondo de 24,21 millones. La contrapartida es que Ron no podrá trabajar en ningún banco mientras viva. A esta figura se la denomina «Pacto de no competencia». Su sueldo como presidente era de 1,47 millones al año.
Ron se despide «con la satisfacción del deber cumplido» y el orgullo de seguir «siendo independientes» y sin haber recibido ayudas públicas.
“Elegimos a la búlgara”
La asamblea general de accionistas que debía aprobar el cambio de presidente transcurrió en calma tensa. «No tocamos madera –cuenta un empleado accionista– porque no había donde tocarla. Pero procurábamos no respirar fuerte al borde del abismo. Esperábamos que Emilio Saracho Rodríguez de Torres, a quien atribuíamos genio milagrero, nos sacara del hoyo. Así que lo elegimos a la búlgara, con el 98,57 por ciento del capital presente y representado”
Si en la junta extraordinaria del 20 de febrero predominó el miedo en la ordinaria de abril reinó la perplejidad. Los presentes no daban crédito a lo que oían. Esperaban que el nuevo presidente, la persona en la que habían depositado sus esperanzas, les expusiera sin tapujos la realidad y lo que pensaba hacer para salir adelante. Saracho defraudó profundamente cuando en lugar de explicar y defender sus propuestas balbuceó sus dudas. Un empleado/accionista me comentó: «En más de tres meses desde que le elegimos ya podía venir con soluciones y no con preguntas. O si no las tenía podía haber aplazado la asamblea otros tres meses si ello le permitía explorar el terreno y venir a decirnos de una puñetera vez si ampliamos la casa o nos trasladamos a la del comprador».
El orador había desechado las advertencias de sus expertos en comunicación. «Di la verdad pero suavízala, presidente. Tienes que poner cara de póker, como si no quisieras dar a entender que ya tienes una solución pero que te lo reservas para no joderla –le habían aconsejado–, pero que los accionistas no te vean vacilar y mucho menos poner cara de degollado presumiendo de decir la verdad por cruda que sea. Nunca dejes dudas en una Junta pues te pagan para despejarlas».
“Se equivocaron los que creyeron que yo tenía que mentir”
Saracho maneja otra versión. Se atiene a su firme decisión ética de que no pensaba mentir a los accionistas sobre la verdadera situación. Le habían dicho que en la banca comercial hay que mentir y que él tenía que asegurar convincentemente que no había problema. «Si yo digo eso, exploto –asegura Saracho–. Me dicen que en banca comercial no se puede ser tan crudo, pero cómo coño dices que no hay problema en que el banco hubiera perdido un 98 por ciento de su valor cuando yo entro. ¿Hay que decir que tenemos un problema? Yo tengo que decir las cosas claras como he hecho toda mi vida aunque pasara lo que pasó: que a raíz de la junta la acción cayera un 17 por ciento. Si cae la liquidez es porque había razones para ello y no cayó después de la junta sino la semana antes”.
Saracho confiaba en que el sexto banco del país era demasiado grande para quebrar porque España, atravesada por formidables crisis bancarias, pocas veces se había dejado quebrar a un banco reduciendo a la nada el valor de las acciones. Quizás se había creído la Teoría del Avión que había acuñado basada en nadie querría que se estrellara o la del banco zombi que podía mantenerse sin terminar de morirse. ¿O bien –según sostienen los más desconfiados– se le fue la mano en su propósito de provocar la caída de las acciones con intenciones menos confesables?
“Me convenzo de que no hay solución”
Saracho se mantiene en la versión de que creía que el Popular tenía solución y que él podía dársela y cuando penetra en sus entrañas se convence de que aquello no tiene arreglo. Una de las pocas declaraciones que hace es que no le dieron la información correcta, una versión que hay que contrastar con el hecho de que el banco del que procede había hecho, a petición del Popular, un informe sobre la situación de la entidad de cara a la ampliación de capital de mayo de 2016.
Saracho filosofa con los amigos y con la familia: cuando se anuncia su presidencia la prensa prodigó grandes alabanzas sobre su persona, hasta entonces poco conocida, unos elogios que no le hacen mella. En casa le decían: «Joder, papá, eres un genio». Y él les alertaba: «Preparaos porque todo lo que dicen ahora a favor lo volverán en contra al primer error que cometa. Si hoy soy un genio benefactor me convertiré en un cabrón o en un hijo de puta, pues hasta ahí llegará la división de opiniones. Ojo, no creáis nada de lo que dicen ahora ni tampoco cuando digan lo contrario».
Saracho llega a la conclusión de que el banco murió en el último hecho relevante. «Ahora podemos echar la culpa al mexicano, a Reyes, o a la madre que los parió –concluía–, el personal se puede distraer con lo que quiera pero lo importante es el hecho relevante emitido, oh, putada, al mes de que yo entrara”.
Este aspecto no se ha resaltado pero fue definitivo. Redactaron en la CNMV un hecho relevante basado en la técnica de la llamada «Rescensión», el mecanismo contable que se aplica a la revisión de un ejercicio ya cerrado. En este caso los 600 millones de euros en que se quedaron cortas las provisiones.
«Es la mierda sobre la moqueta –como lo calificaba Saracho ante sus colaboradores más leales–. Yo no levanté la moqueta para ver lo que había debajo, no soy tan estúpido, pero la que está encima había que quitarla porque es que olía”.
Entre las «mierdecitas» a las que se refería Saracho, una era bastante fea porque indicaba la existencia de una trama bien diseñada: los préstamos para comprar acciones propias que unidos a un proceso informático mal llevado respecto a la forma de provisionar dejaban al banco en evidencia.
Tales incorrecciones o errores se elevan a la Comisión de Auditoría Interna y, si la cosa es grave, se informa a la externa, a PricewaterhouseCoopers (PwC) y a Uría. La gente de Pwc se descompone y escribe una carta a la CNMV, como es su obligación. La CNMV llama a Saracho quien, tras informar al gobernador del Banco de España, se reúne con la tropa de la CNMV, a cuyo frente está Angel Benito un viernes a las 9 de la mañana a finales de marzo.
De entrada, para abrir boca, Ángel Benito le dice a Saracho, a quien conocía desde hacía muchos años, que está «hasta los cojones del Popular». Saracho intercambia con Benito un mutuo chorreo. «Oye Ángel –le dice el presidente del Popular–, yo he venido a contarte cosas que mi gente y yo hemos descubierto de las cuentas del banco. Ahora no me vale que me digas que estás hasta los cojones». Ángel de Benito advierte, sin bajar el tono: «Pues que sepas que esto es Reformulación». Y pasan varias reuniones discutiendo si es «Reformulación» o simple «Reflexión». Todo muy esotérico.
Ciertamente la «resolución» del Banco Popular se ha decidido en Bruselas pero la intervención del Mecanismo Único de Resolución (MUR), órgano del Banco Central Europeo (BCE) junto con el Mecanismo único de Supervisión (MUS) no se hubiera producido si Luis e Guindos hubiera tirado por la “vía italiana”, Las malas lenguas propagan que el Banco Central Europeo aprovechó su condición de última instancia en la vigilancia bancaria para cargarse al Popular, cuya crisis era sistémica por los pelos, al no atreverse a meter mano a los italianos o alemanes entidades supervivientes en peor estado.
Elke König apuntiló desde Bruselas el banco con su alerta temprana.
La señora König apuntilló el banco cuando el 31 de mayo de 2017 declaró «alerta temprana» para la entidad. La directora ejecutiva de la Junta Única de Resolución del Mecanismo Único de Resolución (MUR) declaró a la agencia Reuters que estaba siguiendo el proceso del Popular con particular atención con vistas a una posible intervención. Acto seguido las acciones se desplomaron un 17,9 por ciento y retrocedieron a su mínimo histórico.
Elke König, aseguró durante la conferencia anual de la Junta que preside que la resolución de Banco Popular fue un "logro". Se declaró «satisfecha por el éxito de la operación», una satisfacción que también expresó el ministro Guindos en su comparecencia ante el Congreso de los Diputados. Y, en efecto, la operación fue un éxito pero, lástima, el enfermo a quien no podía calificarse tan alegremente de quebrado había muerto.
Fueron pocos, incluso entre los banqueros y perspicaces analistas, los que se percataron de las consecuencias del tratado que creo la Unión Bancaria Europea. Y, sin embargo, la fecha del 4 de noviembre de 2014 en que se crearon los mecanismos de supervisión y de resolución que representa un antes y un después entre la tradicional forma de arreglar los problemas de los bancos en los ámbitos nacionales y la nueva en la que la última palabra la tiene Fráncfort. Y en la que se instaló un automatismo sin corazón que paralizó el muy sufrido del Popular.
El Mecanismo Único de Supervisión (MUS) , dirigido por Danielle Nouy, supervisa a 128 bancos del Eurogrupo con mano dura. El nuevo ente cuenta con casi mil funcionarios y casi 25.000 colaboradores para la vigilancia bancaria. Luis de Guindos expresó su satisfacción ante el nuevo mecanismo, el supervisor único del 90 por cien del sector bancario. Tras la creación de este Mecanismo puede decirse que la crisis del Popular es la última manifestación de la crisis de 2008 y la primera de lo que viene.
Lo cierto es que en 2011 todos los bancos estaban jodidos, para decirlo técnicamente, y el Popular no se distinguía de la manada. Pero si bien los problemas de los demás, más sólidos, se van solucionando, el Popular se queda rezagado. Como suele explicar Saracho, el Popular es la última oveja de un rebaño y, por ser la última, es a la que el perro muerde sin piedad porque apenas puede andar. El resto del rebaño está jodido también pero el último es el último.
Elke König y Danielle Nouy son las dos piernas de la Unión Bancaria Europea. König dirige el Mecanismo Único de Resolución y Nouy gestiona el Mecanismo Único de Supervisión. Ésta vigila y aquella ejecuta. König obedece a Merkel y Nouy a Draghi.
Saracho habló con una y con otra y a ambas les dio el mismo mensaje: «El banco es vuestro, no es de los accionistas. Vosotros con la Regulación del 14 hacéis del banco lo que queráis. Yo lo sé pero os invito a que vengáis al Edificio Beatriz, os sentéis en mi despacho si queréis, habláis con el Consejo si lo preferís y veáis in situ lo que conviene».
La presidenta del MUS, a quien Saracho había conocido en relación con una operación francesa de la Morgan, le expresó su honda preocupación y Saracho le pide tiempo.
—Sinceramente, Emilio. ¿Hay alguna posibilidad de que el Popular amplíe el capital según nuestros requerimientos? –fue la primera pregunta tras los saludos de ritual.
—Pues sinceramente te digo que ninguna —confiesa Saracho.
—O sea, que sólo queda la opción de que lo compre otro banco —concluye Nouy.
—Pues eso tampoco es fácil —objeta Saracho—. Yo diría que eso es casi imposible porque el Popular está en pérdidas y los demás bancos no están tampoco muy allá. Todos están digiriendo el ladrillo.
Ana Botín dio el paso al frente a pesar de la valoración negativa y para evitar la iniciativa del BBVA.
Al parecer, Ana Botín estaba dispuesta a quedarse con el Popular, del que tenía una valoración negativa sólo si veía el riesgo de que se lo comiera el BBVA, por lo que no dejaba de mirar de reojo a su presidente Francisco González.
«Si la autoridad o el banquero no adoptan medidas enérgicas en este momento –sentencia Aristóbulo– el banco está condenado a estar sumido en una «gestión de maquillaje» y en una «gestión desesperada», bien de forma sucesiva o simultánea. También en el fraude, tal vez». En su opinión el maquillaje es un fraude. La rampa hacía la caída está lista.
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