Source: http://revistamo.org/article/5nov2018.asp
Timestamp: 2019-10-18 18:35:18+00:00

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ReVista de Medio Oriente : Los medios, el conflicto árabe-israelí y su sesgo en tres teorías III
Los medios, el conflicto árabe-israelí y su sesgo en tres teorías III
Como resultado de la negligencia periodística, o - lo que cada vez parece más ajustado a la realidad - de la decisión personal y/o editorial de sesgar la información del conflicto árabe-israelí, las coberturas parecen ser más bien una hoja de ruta. Pero no hacia la paz. No. Sino más bien una suerte de mapa emocional que deben seguir los propios líderes palestinos y las organizaciones afines a la hora de dirigirse (de presentarse) ante la audiencia en español: un guion que, en realidad, escribieron y reescriben esos propios líderes y organizaciones (sabedores de lo que los medios necesitaban y necesitan), y que estos últimos internalizaron como propio.
Y para inclinar la cobertura, los medios disponen de otra práctica más: el agenda-setting (el establecimiento de la agenda). Sobre ésta, explicaban Vincent Price y David Tewksbury (News Values and Public Opinion: A Theoretical Account of Media Priming and Framing) que, a diferencia de la elaboración de los marcos mediáticos (frames) – que tratáramos en el artículo anterior, y que no se centra en qué temas o cuestiones son seleccionados para ser cubiertos, sino en las formas particulares en que se presentan esos temas -, el agenda-setting considera la selección de historias como un determinante de lo que el público percibiría como temas relevantes.
L.J. Shrum (Media Consumption and Perceptions of Social Reality) refería que el politólogo Shanto Iyengar y sus colegas han argumentado que la cobertura realizada por los medios de comunicación puede crear un sesgo de accesibilidad a través de la frecuencia de cobertura de temas particulares; y que, a su vez, se ha demostrado que este sesgo de accesibilidad influye en una serie de juicios, entre los que se incluyen la importancia de los temas, las evaluaciones del desempeño de los políticos.
De hecho, Maxwell E. McCombs y Donald L. Shaw (The Agenda-Setting Function of Mass Media) apuntaban que, “con la elección y difusión de las noticias, los editores y el personal de la redacción juegan una parte importante en la conformación de la realidad política. Los lectores no sólo se enteran acerca de un asunto determinado, sino sobre la importancia atribuida al mismo en la noticia y en su posición”.
Así, Kurt Lang y Gladys Engel Lang (Mass Media and Voting, 1966) llegaban a aseverar que:
“Los medios de comunicación obligan a dirigir la atención a ciertas cuestiones. Construyen imágenes públicas de figuras políticas. Constantemente presentan objetos que sugieren lo que los individuos deberían pensar, conocer y sentir”.
En este sentido, y como se citara en el artículo precedente, Bernard Cohen (The Press and Foreign Policy, 1963) apuntó que si bien puede que los medios “no tengan mucho éxito a la hora de decir a la gente qué pensar, … tienen un éxito asombroso a la hora de decirles a sus lectores en qué pensar”.
Y una de las formas de indicarle a la audiencia en qué pensar, es mediante la imposición de la agenda del medio (o del periodista). Es decir, eligiendo un tema, una historia en concreto (enmarcada, además, de una manera característica), y reiterándola frecuentemente.
En este sentido, Price y Tewksbury describían el agenda-setting como “la capacidad de los medios de comunicación - en virtud de la cobertura selectiva de determinados problemas y cuestiones de interés público - para indicar a sus audiencias cuáles son las cuestiones o problemas son importantes”.
De tal manera, los investigadores sostenían que la idea de que la selección de la historia, del tema, afecta a las evaluaciones de la audiencia a través de un impacto intermedio en la activación del conocimiento, es esencial para el agenda-setting (y también para el priming que se mencionara en el texto precedente). Esto ocurre porque al influir en la probabilidad de que algunos temas, en lugar de otros, vengan a la mente de la audiencia, los medios pueden afectar precisamente sobre los juicios de la audiencia acerca de la importancia del asunto o sobre la aprobación de los actores públicos.
Y el conflicto árabe-israelí, es decir, la historia “Israel-ataca”, o “Israel-ocupa”, o “Israel-viola-el-derecho-internacional”, “Israel, Israel, Israel”, está casi a diario en las pantallas, radios o páginas de los medios. Está con los marcos particulares, las omisiones recurrentes, la opinión colada en los textos pretendidamente informativos, la elección interesada de fuentes – entre ellas, preferentemente de activistas anti-israelíes, líderes palestino y el grupo terrorista Hamás, ni más ni menos -; la ausencia de verificación, poniendo sistemáticamente en duda la versión israelí. Está sobredimensionado (basta pensar en el conflicto sirio; en Irak o en Yemen) y sobre-representado (se habla de Israel – negativamente -, incluso cuando no hay noticia). Lo que, además, implica la trivialización de todo otro conflicto: a fin de cuentas, si el árabe-israelí es el gran conflicto mundial, el gran desestabilizador, no puede haber, evidentemente, nada peor.
Si es necesario, para señalar a Israel – no sea cosa que al lector no se olvide su “vileza” -, se recurre a hechos de escasa o nula relevancia informativa para la audiencia, y que en su momento ni siquiera se cubrieron, presentándolos como de actualidad.
Wilhelm Kempf exponía en Peace journalism: A tightrope walk between advocacy journalism and constructive conflict coverage que:
“El periodismo es una forma de comunicación pública que está sujeta a normas profesionales. Debido a estas normas, se diferencia de otros tipos de comunicación pública como, por ejemplo, las relaciones públicas. Las normas profesionales del buen quehacer periodístico incluyen en particular las siguientes: veracidad, objetividad, neutralidad y distanciamiento. Para las relaciones públicas, en cambio, estas normas son, en el mejor de los casos, irrelevantes. Lo único que importa es el éxito. Y este éxito se mide por la consecución de objetivos específicos de comunicación...”.
De manera que, concluía Kempf, el buen periodismo se diferencia de las relaciones públicas precisamente en que no pretende influir en el público, sino, antes bien, perseguir el objetivo de informar verazmente sobre la realidad; es decir, “representar la realidad fielmente”; para lo cual, la objetividad y la imparcialidad son sus herramientas.
Mas, precisamente el “buen periodismo”, según esta definición, no es el practicado por la mayoría de los que cubren en español el conflicto - ni siquiera la meta a la que aspiren -. Antes bien, parecen esforzarse para parecer réplicas fieles del activismo anti-israelí.
Michael Dorf, profesor de Derecho en la Universidad de Cornell, y Sidney G. Tarrow, profesor emérito de Gobierno en la misma institución (Stings and Scams: “Fake news”, the First Amendment, and the New Activist Journalism), afirmaban que algunos de los nuevos periodistas activistas operan desde dentro de movimientos; en tanto que otros provienen del periodismo tradicional, pero abrazan las metas de un movimiento. Finalmente, decían, otros abrazan lo que se puede llamar “la práctica del objetivo”, en la que alcanzar la meta u objetivo por sí mismos es el mensaje del movimiento.
Si bien Dorf y Tarrow olvidaban el caso de los periodistas que, aun trabajando en medios de comunicación, se dedican al activismo, algo de los dos últimos casos que mencionaban se puede intuir en la paupérrima cobertura en español del conflicto árabe-israelí – porque a esta altura suponer desconocimiento del tema que tratan es más bien una oferta de coartada: un periodista no puede desconocer aquello de lo que trata; de hecho, es posible que documentarse sea una de las obligaciones primeras.
Mientras tanto, las cometas de Gaza eran noticia por ser utilizadas como vehículos para provocar incendios en Israel…
Fuente: Ynet, julio de 2018 (Para entonces, los incendios provocados por palestinos a través de este método, habían quemado unas 900 hectáreas de tierras israelíes. Según el Jerusalem Post, a 17 de octubre de 2018, aproximadamente la mitad de los bosques colindantes con Gaza habían sido calcinados – unas 1200 hectáreas incendiadas).
Todo termina siendo reducido a un “periodismo” parcial y valorativo; de impacto emocional. Y es que, sesgados por desconocimiento (nuevamente, ¿es realmente posible tal cosa?) o ideológicamente (y, quizás, algunos también “egocéntricamente”: en pos del aplauso, de ser identificados con el “lado bueno”), “informan” desde las antípodas de la tan pregonada, como inexistente, imparcialidad.
Sí, volvemos irremediablemente a esta ello porque, como mencionaba Michael Neureiter (Sources of media bias in coverage of the Israeli-Palestinian conflict: The 2010 Gaza flotilla raid in German, British, and U.S. newspapers), con frecuencia se omite información contextual y de fondo importante (cuando no, directamente, hechos), y esta supresión puede llevar a alimentar sentimientos anti-israelíes.
Además, porque, como apuntaba el profesor Robert M. Entman (Framing: Toward Clarification of a Fractured Paradigm), “la mayoría de los marcos se definen por lo que omiten, así como por lo que incluyen para guiar a la audiencia”.
Por su parte, Norbert Bilbeny (Ética del periodismo) decía que omitir información que debería ser conocida por los profesionales, o que debe estar presente, para poder comprender los hechos de manera sistemática, denota intención de engañar, es decir, de desinformar.
Este silenciamiento, cuando es llevado a su extremo, opera una verdadera reconstrucción histórica. En este caso, los orígenes del conflicto, la responsabilidad árabe y árabe palestina, son borrados o cambiados, de manera que pueda ofrecerse un “relato” en el que Israel resulta ser la parte agresora.
Porque, una vez que comienza a borrarse, termina por obrarse con afán de censura y reescritura histórica, ante cualquier suceso o situación – por ejemplo, el fracaso de las conversaciones de paz – relativa al conflicto. El fin es producir una “historia” que sea escenario apropiado para el mutis de los árabes (que únicamente intervienen como “víctimas” de las circunstancias y de los afanes israelíes) y para dejar que el foco de la culpa ilumine a Israel.
Las omisiones alrededor de este conflicto son algo que en ReVista hemos visto y señalado demasiado a menudo.
Brevísimo muestrario de lo que la prensa en español decide hacer de cuenta que no sucedió (que no ocurre):
1- En marzo de 2018, el presidente de la Autoridad Palestina – cuyo mandato finalizó a principios de 2009, y aún no ha convocado a elecciones – y líder de Fatah, Mahmoud Abbas, nombró a Mahmoud al-Aloul como su suplente temporal. Los medios no dieron cuenta de ello.
Aloul fue uno de los asistentes de Jalil Al-Wazir, conocido como “Abu Yihad”, fundador de Fatah y ex jefe del “ala militar” de la OLP. Al-Wazir planeó numerosos ataques que costaron la vida de 125 israelíes. Entre dichos atentados, se encuentra el más letal de la historia de Israel: el secuestro de un autobús y el asesinato de 37 civiles, 12 de ellos niños. Además, Jalil Al-Wazir supervisó el asesinato de diplomáticos estadounidenses en Sudán, en 1973. Aloul, que tomó el nom de guerre de su mentor Al-Wazir, participó, tal como indicaba el analista de CAMERA Sean Durns, en operaciones terroristas de la OLP.
El mismo que declaró:
“Tenemos relaciones con el BDS, nuestra gente trabaja ahí, tenemos delegados ahí. Cooperamos en todos los niveles con el BDS, y no sólo con el BDS, sino que estamos con todo grupo cuyo fin sea el boicot de Israel. Estamos con todo grupo que trabaja para asediar y aislar a Israel del mundo”.
2- Cuando en enero de 2018 Abbas afirmó que Israel “es un proyecto colonialista que no tiene nada que ver con los judíos”, y que “Israel ha importado escalofriantes cantidades de drogas para destruir a la generación más joven” de palestinos, los medios callaron nuevamente. El antisemitismo de Abbas no debe llegar a la audiencia. De manera que ya en diciembre del año anterior, los medios habían silenciado declaraciones similares del líder palestino: “[los judíos]son excelentes en fingir y falsificar la historia y la religión”. “Son maestros en esto, y se menciona en el sagrado Corán que fabrican la verdad…”.
Otro de los asuntos que incomoda a los medios es el importantísimo componente religioso que el conflicto tiene para los palestinos. Por ejemplo, Mahmoud Al-Habbash, ni más ni menos que el asesor en asuntos religiosos e islámicos de Abbas, explicaba en 2015 de qué va el conflicto para los palestinos:
“Este es un conflicto entre dos entidades, bien y mal; entre dos proyectos: el proyecto de Alá versus el proyecto de Satán; un proyecto conectado con Alá, que es su voluntad – verdadero y bueno –, y un proyecto conectado a la opresión y al satanismo, al satanismo y animosidad, ocupación y barbarismo”.
Para el público en español que se informe a través de los principales medios de comunicación, la carta de la OLP y la constitución de Fatah no existirán. Es decir, no conocerá los verdaderos objetivos y carácter de dichas organizaciones.
Por ejemplo, los dos primeros artículos de la carta de la OLP estipulan:
Por su parte, el artículo 1 de la constitución de Fatah declara que “Palestina es parte del mundo árabe, y que el pueblo palestino es parte de la nación árabe…”; y el artículo 2, que “el pueblo palestino tiene una identidad independiente” y que “tiene completa soberanía sobre sus tierras”. Y, ¿cuáles son estás? El artículo 12 lo explica al decretar la “completa liberación de Palestina, y a la erradicación de la existencia económica, política, militar y cultural sionista”, de la que el artículo 8 decía que “es una invasión”.
3- Acaso como en ningún otro conflicto, los niños palestinos son forzados a jugar un papel en el mismo: como herramienta de propaganda y como operativos. Los medios en español no sólo acallan este hecho de manera sistemática, sino que ofreciéndole sus páginas a estos niños “símbolo”, “emblema” de una “causa” - que no es ni de lejos la que los medios creen o pretenden hacer creer es -, no sólo validan su utilización, sino que la convierten en una estrategia rentable.
Se dice a menudo que el fin no justifica los medios. Pero los líderes palestinos los ensalzan, glorificando y recompensando a aquellos que perpetran ataques contra Israelíes/judíos. Y los medios lo ocultan. De la misma manera que silencian el fin declarado de Fatah (constitución de Fatah, artículo 19) de “arrancar la existencia sionista” y de “liberar Palestina completamente”. Palestina (carta de la OLP artículo 2) “con las fronteras que tenía durante el mandato británico, es una unidad territorial indivisible”.
Esta práctica de ocultación (y, en definitiva, de tergiversación y reescritura) permite crear un “relato” ajustado a los intereses ideológicos o de “mercado” de los medios. Es decir, les permite, en definitiva, inventar otra “realidad” – por lo demás, de lo más cómoda, puesto que no exige documentarse, buscar fuentes, corroborar información -.
La Gran Omisión: reescribiendo la historia
Sin duda, la más conspicua omisión es aquella que la directora de ReVista de Medio Oriente denominó como Gran Omisión. Lo es porque además, o sobre todo, distorsiona la historia al más claro estilo 1984.
El resultado de la misma es un “relato” o “realidad” en la cual el conflicto comenzó a partir de 1967. Antes de dicha fecha no hubo nada – o nada claro, o nada digno de mencionarse -. De esta forma, para la audiencia sólo existe (o, lo que es lo mismo, que el conflicto es consecuencia de) la “ocupación” israelí - sin causa, sin antecedentes; con lo que, por tanto, respondería a meras ambiciones expansionistas, colonialistas -. Es decir, sólo hay un Israel “opresor”, “agresor”, “colono”.
Pero, como indicaba Mario Bunge (A la caza de la realidad), ningún hecho social “comienza de cero y nadie construye la realidad por sí mismo… [Se] comienza a partir de una realidad social preexistente y con la ayuda de otros humanos”. Y la realidad preexistente en este caso fue la agresión árabe de 1967 (Guerra de los Seis Días) contra Israel. Ataque que seguía al de 1948. Ambas guerras (y la que vendría en 1973) tenían el mismo objetivo: eliminar a Israel. Y al no lograrlo, los árabes decidieron cambiar de estrategia (algo que en realidad ya había comenzado a perfilarse poco antes de la Guerra de los Seis días, en 1964, cuando la Liga Árabe creó, durante una Cumbre en Alejandría, y a instancias del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, la OLP).
Y a esta omisión le sigue necesariamente el silenciamiento o maquillaje de todo aquello que pudiese debilitar la “historia” que ha creado: desde los atentados palestinos, a de la utilización de los niños en el conflicto, la incitación al odio y la violencia sistemática por parte del liderazgo palestino, de su corrupción; y, sobre todo, de las negativas palestinas a llegar a un acuerdo de paz - en definitiva, a la consecución de un estado propio -.
Don Fallis decía (On verifying the accuracy of information: Philosophical perspectives) que una persona puede ser inducida a error tanto por la falta de rigor informativo (accuracy - fiabilidad, exactitud) como por la información incompleta.
Y es que, como indicaba Entman, las respuestas de la audiencia se ven claramente afectadas si estas perciben y procesan información sobre una interpretación y poseen pocos datos sobre las alternativas. Algo que pasa a menudo en la cobertura que nos compete, donde no sólo se omite información, sino que se da un notorio y crónico desbalance de fuentes que ahonda la brecha entre el hecho del que la audiencia cree estar siendo informada y el suceso real (con su adecuada contextualización).
La consecuencia evidente de esta cobertura ladeada es, pues, la identificación de Israel como causa del conflicto. Después de todo, Shanto Iyengar (Framing Responsibility for Political Issues: The Case of Poverty) comentaba que investigaciones psicológicas sugieren que ser responsabilizado por el resultado de algo es, en buena medida, ser visto como una causa de esa consecuencia, de ese resultado. De ahí, justamente, y como ya se indicara, que haya que borrar todo lo que pueda siquiera poner en duda esa “culpabilidad” israelí.
“Los responsables (ya sean individuos o instituciones) – explicaba Iyengar - son los que se consideran facultados para controlar el resultado”. De este modo, es Israel el que debe ceder, ofrecer, conceder, entregar; prácticamente, crear el estado palestino.
“Sospechamos de cualquier hecho cuando los testigos [o para el caso, las fuentes]… tienen algo que ganar con su testimonio…”, David Hume (An enquiry concerrning human understanding).
A propósito de las fuentes, Fallis proponía una serie de interrogantes que el periodismo debería hacerse: ¿Esta fuente de información ha proporcionado información precisa en el pasado? ¿Hay algo que sugiera que esta fuente de información no proporcionaría información precisa en este caso particular? Y advertía que el sesgo es sólo una de las características que podrían sugerir que una fuente de información no proporcionaría información precisa en un caso particular (véase el caso del Dr. Erik Fosse, por ejemplo).
Y, aun así, la elección preferente de los medios en español para abordar el conflicto son las fuentes obviamente sesgadas. El disimulo, al parecer, no es un requerimiento necesario en este caso.
Además, Fallis prevenía que el acuerdo (o consenso) entre las fuentes de información no siempre indica que su información sea exacta. En particular, añadía, si todos han obtenido su información del mismo lugar (es común que los periodistas y organismos internacionales reciban su información de ONG con intereses en el conflicto; véase más adelante el recuadrado sobre ONG – que además suelen recibirla, en el caso de Gaza, del grupo terrorista Hamás). Sin ir más lejos, que líderes palestinos, organizaciones no gubernamentales afines y organismos internacionales bajo el control de las mayorías automáticas árabes y musulmanas repitan el mismo libreto una y otra vez, no implica que sea cierto. Que los ciudadanos y periodistas palestinos se ciñan a esta “narrativa”, tampoco lo hace más cierto: tanto la Autoridad Palestina (o Fatah), en Cisjordania, como el grupo terrorista Hamás, en Gaza, ejercen un férreo control sobre su población (sobre sus opiniones) y sobre la información que sale de los territorios bajo su poder. De hecho, y a propósito de las condiciones que padecen los ciudadanos palestinos, en junio de 2018 un empleado de Amnistía Internacional fue detenido por la policía en el marco de unas manifestaciones en Cisjordania, y “golpeado brutalmente”. En los medios, claro, mutis.
Son, las fuentes de preferencia (casi exclusivas) del periodismo en español para abordar este conflicto, unas que, o bien amplifican la “narrativa” palestina, o bien son parte de su creación. Algo que recuerda a la cita de Wachbroit que incluía Fallis en su trabajo:
“Wittgenstein en Sobre la razón presenta la imagen [absurda] de alguien que intenta comprobar una historia en un periódico comprando otros ejemplares del mismo periódico y leyendo de nuevo la historia”.
Una imagen que sin duda hace pensar en los corresponsales en español en Medio Oriente.
Amén de las fuentes altamente tendenciosas, los profesionales también evitan toda voz israelí o toda aquella que pueda contradecir la “versión” palestina. Y en el caso de incluir dicha fuente, esta siempre tendrá el tono frío y distante de lo oficial, burocrático, dudoso; a la vez que será relegada a en el texto.
De esta manera, en no pocas ocasiones la audiencia se encuentra ante lo que el historiador Daniel Boorstin denominó “pseudoacontecimiento”: un acontecimiento creado o ideado por la propia fuente. El caso de la llamada “Marcha de Retorno” es un ejemplo de ello: Hamás organizó actividades violentas de las que, además, a través del Ministerio de Sanidad de Gaza controlado por ella, ofrecía la información sobre el suceso. Y los medios cumplían: cubriendo lo orquestado, repitiendo y legitimando lo que afirmaba Hamás y, sobre todo, lo que hacía. Lo que hace. Ergo: el grupo terrorista crea experiencia.
A la declaración palestina, pues – en voz de sus líderes, ciudadanos o de una ONG afín –, se le otorga automáticamente valor de verdad, como si se tratara de un hecho contrastado.
Cuando vez tras vez la noticia está apoyada (o, incluso, es) una única fuente, ya no es noticia. Acaso, uno de los llamados publi-reportajes. Vamos, propaganda.
ONG: fuente y, sobre todo, productores de noticia
Son las ONG fuentes que extienden sus propios certificados de legitimidad y autenticidad: el título de humanitarias o solidarias es suficiente para avalar su credibilidad. No hace falta verificar aquello que dicen. Ni importa de dónde provenga el grueso de sus financiaciones – en muchísimos casos, precisamente de gobiernos; lo cual resulta un tanto contradictorio dada su designación de “no gubernamental”, pues, ya se trate de un estado (o varios) o de una organización supra-nacional, éstos tienen agendas muy concretas, y la misión de las ONG termina por parecerse, como mínimo, a una tercerización de actividades que a otra cosa -.
Y a los medios no les importará si las mismas tienen agendasideológicas (máxime teniendo en cuenta que la mayoría es parte activa del hecho del que se da cuenta), si sus investigaciones no son ni mucho menos rigurosas. Siempre y cuando sus conclusiones apunten a Israel, al parecer puede hacerse aquello que ni remotamente se parece al periodismo: reproducir sin más. Como una grabadora, que no añade nada.
Proximidad e intervención
Los medios, a la hora de abordar este conflicto, a menudo suelen fundar sus crónicas en información proporcionada por ONG “reconocidas”, “respetables” - también en otras de lo más turbias (aunque claras en sus objetivos), que en muchas ocasiones son, a su vez, fuente de las primeras – y por organismos internacionales cuya imparcialidad es, cuanto menos, dudosa (cuando no, directamente, inexistente).
Muchas de estas organizaciones no gubernamentales y de movimientos (como por ejemplo, el del BDS) son notoriamente anti-israelíes, aunque se promocionan como pro-palestinos: esta pretendida afinidad se agota en Siria, donde los palestinos fueron hambreados y masacrados por Assad; o en Líbano, donde según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, los palestinos “han sido históricamente marginados y excluidos de aspectos fundamentales de la vida social, política y económica, sin derecho a poseer bienes inmuebles; severas restricciones de acceso a los servicios públicos (distintos de los que presta la UNRWA), como la salud y la educación; y restricciones relativas a profesiones específicas y oportunidades de empleo limitadas”. En estos casos, “si te he visto, no me acuerdo”.
Las ONG son, además, un excelente recurso para crear “proximidad” entre el público occidental y los palestinos (en realidad, los líderes palestinos; sus intereses, sus agendas); es decir, para que los occidentales se sientan “útiles” obrando o colaborando por el “bien”: en definitiva, una suerte de producto que ofrece la oportunidad de “sentirse” moralmente superiores o satisfechos. Así, las ONG, además de un instrumento político para varios gobiernos, instituciones o fundaciones, son las necesidades morales y de aventura política occidental (y las de las ONG de obtener más financiación a través de particulares). Así, se acerca el conflicto a casa sin el incordio del conflicto: es decir, sin el terrorismo palestino ni el fanatismo de sus líderes y organizaciones. De esta manera, el conflicto se hace de “todos” – y será, pues, el motivo no sólo de la inestabilidad en Oriente Medio, sino, por extensión, mundial -: ya no está restringido a sí mismo; es de todo aquel que quiera sentirse ofendido, indignado, con Israel.
Y en todo ello, claro está, reside el comportamiento simbiótico entre ONG y periodistas, en un ciclo que se refuerza – relación que muchas ONG reproducen con organizaciones palestinas y hasta con grupos terroristas palestinos (no sólo obteniendo ingredientes para sus informes, a la vez avanzan la “narrativa” de los mismos; sino también llegando a servir como cobertura para miembros de éstos) -. En esta relación, las ONG ofrecen “documentos”, con lo que los periodistas tienen “material informativo” que publicar; lo que, a su vez, supone una promoción de estas organizaciones. El resultado acumulativo de este proceso es una desviación de la atención del público de los problemas sistemáticos subyacentes, y que son verdadera causa del conflicto (entre ellos, la negativa palestina a negociar – aparente falta de voluntad para siquiera construir un estado propio -; la motivación religiosa palestina del conflicto; la incitación sistemática en todos los ámbitos al odio y la violencia – que asegura la perpetuación del conflicto -; etc.).
En definitiva, y en lo que respecta a este conflicto, las ONG son más portavoces de una ideología, de una “causa”, que otra cosa. Y, utilizadas sin filtro alguno por los medios, terminan por ser una suerte de ortografía ineludible a la hora de abordar el conflicto y la realidad israelí: es decir, parte indiscutible del sistema centralizado de información, de narración.
El programa de Radio Nacional de España ofrecía una idílica imagen de la actividad de una ONG. Pero la realidad es bien distinta:
Algunas de las fuentes predilectas (y no contrastadas) de los medios en español
Michael C. Dorf, profesor de Derecho en la Universidad de Cornell, y Sidney G. Tarrow, profesor emérito de Gobierno en la misma institución (Stings and Scams: “Fake news”, the First Amendment, and the New Activist Journalism) señalaban que más allá de la innovación en las tecnologías de difusión, que ha posibilitado que casi todo el mundo pueda convertirse en un “periodista” accidental - por ejemplo al grabar un suceso con la cámara de su teléfono móvil, y subir las imágenes a las redes sociales -, el fenómeno que más les preocupaba era el de los activistas que salen a capturar pruebas (reales o imaginadas), para luego difundirlas.
Y esto se hace aún más preocupante, si los medios de comunicación se hacen eco de las mismas y, divulgándolas (a una audiencia mucho mayor) sin corroboración, las validan ante las audiencias.
Un caso paradigmático es el de la ONG israelí B'Tselem, una de las fuentes habituales de los medios en español, que según la organización israelí NGO Monitor, ya “se ha enfrentado a serias críticas debido sus tergiversaciones del derecho internacional, la inexactitud de sus investigaciones y sus estadísticas sesgadas”.
A modo de ejemplo de lo que señalaran Dorf y Tarrow, un artículo de 2011 de CAMERA apuntaba que en enero de 2007 B'Tselem lanzó su proyecto de vídeo, distribuyendo más de 100 cámaras a palestinos con el fin de documentar cualquier material para incriminar a los soldados, policías y “colonos” israelíes. Pero los llamados “periodistas ciudadanos”, al parecer, comenzaron a ramificando su actividad hacia las producciones escenificadas.
CAMERA ha detallado a lo largo de los años (tal como puede verse en su página web realizando una búsqueda de los artículos en los que se menciona a la ONG) los elementos que llevan a concluir que B'Tselem tiene sesgo anti-israelí.
Un sesgo que se trasmite al público sin filtros – no como sus “periodistas ciudadanos” que utilizan mucho “filtro”.
La ONG afirmaba que el fallecido “no participó de las hostilidades”, a pesar de manifestar que “trató de entrar a Israel con artefactos incendiarios”. Tal parece que ni cuidadosos hay ser en la fabricación.
Breaking the Silence (Rompiendo el silencio)
Otra de las fuentes israelíes “aprobadas”, y por tanto, habituales en los medios, es la ONG Breaking the Silence. Se trata de una organización que tiene predilección por los informes basados en testimonios anónimos y en ausencia de pruebas documentales. Y, si bien asegura que su finalidad es abrir o alimentar un debate interno (en Israel), no sólo recibe sustanciales fondos del exterior, sino que presenta sus informes u opiniones en foros internacionales – que invariablemente retratan muy negativamente a Israel.
Organización que bien podría ser rebautizada como “obsesiva fijación con Israel”, y que, tal como recogía The New Republic en 2010, un editorial del Wall Street Journal firmado por uno de los fundadores de HRW señalaba que HRW había solicitado donaciones en Arabia Saudita alardeando de las críticas a las que se enfrentaba por parte de “grupos de presión pro-israelíes”. Es decir, buscando fondos con la credencial de señalador y demonizador del Estado judío.
¿Esta ONG puede ser considerada una fuente seria? ¿Imparcial?
¿Puede serlo alguna de todas las sucintamente mencionadas?
Amnistía y Goldstone
Amnistía Internacional – muy inclinada a exonerar a Hamás - fue una de las organizaciones que estuvo detrás del bochornoso informe Goldstone de la ONU. Se trata de una organización que, según NGO Monitor, en “violación de su política de imparcialidad, emplea como investigadores, en su sección ‘Israel, Territorios Palestinos Ocupados y Autoridad Palestina', a dos activistas anti-israelíes con trayectorias bien documentadas de activismo radical en el contexto del conflicto árabe-israelí: Deborah Hyams y Saleh Hijazi”.
Pero, centrémonos en el mencionado informe de las Naciones Unidas – del que, por cierto, HRW fue un importantes lobista -. A propósito del mismo, Hillel Neuer, director ejecutivo de la organización UN Watch, subrayaba el papel decisivo desempeñado por la Oficina de del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR por sus siglas en inglés)”, que sirve al Consejo de Derechos Humanos de la ONU llevando a cabo sus investigaciones, redactando informes solicitados y actuando a lo largo del año como su secretariado. Dicha redacción, explicaba Neuer, es llevada a cabo por personal compuesto por funcionarios de la OHCHR y por personal externo contratado para el proyecto por la propia OHCHR. Y, según reveló UN Watch, el personal externo contratado por la OHCHR para dicha ocasión incluía a “algunos de los activistas anti-israelíes más radicales”. Es decir, los órganos de la ONU trabajaron como una aceitada máquina cuyo propósito era presentar a Israel ante el mundo como un criminal sin igual.
Así, el informe Goldstone – todo su proceso – resultó ser uno los ejemplos más acabados de cómo ONGs y organizaciones que dicen velar por los derechos humanos son, o terminan por transformarse, en activistas, es decir, en fuentes sesgadas (o en medios para homologar la “narrativa” o las cifras de Hamás). Y es vergonzoso ejemplo, porque quien encabezaba el comité que produjo dicho informe finalmente reconoció el mamarracho documental y moral del que había participado.
La amplia mayoría de la cobertura en español del conflicto árabe-israelí consiste en una contorsión de la realidad, de manera que esta encaje en el prejuicio del periodista y/o del medio. Algo así como si un psicólogo le exigiese al paciente que sueñe las escenas que se ajusten a su diagnóstico apriorístico.
El medio idealizaba como “marcha” la violencia organizada por el grupo terrorista Hamás.
El objetivo parece evidente: inclinar al lector hacia una cierta postura – favorable a los palestinos o, lo que cada vez parece más manifiesto, contraria a Israel-. Para esto, los medios anteponen la emoción a la reflexión – mediante testimonios desgarradores (de fuentes parciales, muchas veces inverificables), la utilización de un lenguaje ideológica y emocionalmente cargado -. Es decir, buscan convencer a través de una suerte de chantaje: “si no apoya esto (que ha sido acicalado y presentado muy a propósito), es que usted (lector, televidente, etc.) no tiene sensibilidad, valores, o inteligencia suficiente”.
Por otra parte, en muchos casos la cobertura sirve como una caracterización o reivindicación propia del periodista (y/o del propio medio): al escoger cierta “aproximación” al conflicto, es decir, al escoger el “bando bueno” (que, en definitiva, ha sido construido como tal, como ya se explicara, omitiendo, maquillando con eufemismos y falacias), el profesional se muestra como moralmente intachable.
Y la rigurosidad informativa, a todo esto, es la gran perjudicada.
Pero más allá de estas cuestiones nada secundarias, el resultado de esta mala praxis es la definición (mediática) de Israel a través de la “narrativa” palestina; es decir, a través de su deslegitimación; de su, en definitiva, negación.
Algo que, por lo demás, se ajusta a la difuminación de la distinción entre periodismo y activismo. Porque, en realidad, cuando decimos activista, bien cabría utilizar el término propagandista. Después de todo, Henry I. Silverman apuntaba (Reuters: Principles of Trust Or Propaganda?) que el propagandista intenta construir fundamentalmente un caso para una conclusión en particular, utilizando sólo aquellos materiales que dan apoyo a esa conclusión.
Una descripción bastante acabada de lo que venimos señalando.
Pero vale la pena ahondar, si acaso levemente. Silverman señalaba que Ted J. Smith (Propaganda: A pluralistic perspective) estableció cuatro categorías principales de técnicas de propaganda: falsedades, omisiones, distorsiones (incluyendo falacias lógicas) y sugerencias. Dentro de estas construcciones, se encuentran dispositivos como la ficción simbólica (una afirmación falsa respaldada por alguna parte supuestamente respetable y); la alusión (una afirmación avanzada sin pruebas); múltiples estándares (juzgar asimétricamente valores o logros entre dos individuos o grupos); la reconstrucción histórica (la eliminación o fabricación sistemática de elementos del registro histórico); y la definición asimétrica ( uso de palabras que tienen un significado substancialmente diferente para la audiencia que para el propagandista).
Como si fuese una suerte de resumen de lo que se ha ido mencionando en esta serie de artículos…
En conclusión, está visto que, puesto que las normas del periodismo y la historia no sirven para probar la tesis avanzada por la mayoría de medios en español, o directamente su fijación, las alteran. Sin más. Y lo hacen de tal manera que el resultado de dicha operación termina siendo propaganda. Pero no pro-palestina, sino contra el Estado judío.
Flaco favor les hacen a los palestinos al reducir su identidad al antagonismo. Aunque, a fin de cuentas, el conflicto ha sido erigido por sus propios líderes – e interiorizado generación tras generación - en parte primordial de su biografía.

References: artículo 1
 artículo 2
 artículo 12
 artículo 8
 artículo 19
 artículo 2