Source: http://nodulo.org/ec/2013/n131p01.htm
Timestamp: 2017-01-20 09:48:30+00:00

Document:
Luis Carlos Martín Jiménez, Hispanidad o Europeísmo, El Catoblepas 131:1, 2013
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org El Catoblepas • número 131 • enero 2013 • página 1
Hispanidad o Europeísmo
Reconstrucción de las notas para las XV Jornadas de la Sociedad de Filosofía de Castilla-la Mancha (Talavera de la Reina, 26-27 octubre 2012) sobre las ideas con las que establecer las coordenadas mínimas para el análisis de la disyunción entre los términos del programa 1
Cuando hace casi un año (otoño de 2011) conocí a José Luis Pozo Fajarnés, empezó una grata amistad. Por entonces le habían encomendado la dirección del XV Jornadas de la Sociedad de Filosofía de Castilla-la Mancha, y junto a Rafael Plaza y Gerardo Fernández hicimos el programa del congreso ordenado en torno al Cádiz de 1812, que en atención a los 200 años de su Constitución lo titulamos: «1812-2012. De la Hispanidad al europeísmo».
Nos pareció que sería interesante enlazar la crisis de 1812 con la actual crisis de 2012, la llamada crisis financiera o de deuda soberana, no sólo como un ejercicio indispensable de análisis histórico-filosófico, sino antes bien, pensando en el presente, es decir en la evolución de había llevado a España del ojo de un huracán mundial a principios del siglo XIX, a estar a principios del siglo XXI en el centro de otro huracán, si es que se podían establecer conexiones que tuvieran algún fundamento, esto es en lo que incidía el subtítulo: «Diferencias, paralelismos y continuidades».
La amplitud del tema, en la medida en que comprendía 200 años, permitía una gran gama de análisis filosóficos e históricos, adecuándose a un congreso que tiene entre sus objetivos la concurrencia de comunicaciones, lo que se cumplió con las quince ponencias que se recibieron para tan sólo un día y medio.
Esto hizo que cuando Josechu, por sorpresa, me pidió un título para la conferencia que me tocaba, no se me ocurriese otra cosa que oponer o enfrentar los términos titulares del Congreso. Por problemas personales que no vienen al caso, no tuve tiempo para escribir la conferencia que ya había titulado; ¿cómo pasar de una cierta idea, de una noción más o menos vaga o difusa, a su exposición formal? Éste, que es un problema general para todo el que como nosotros se inicia en filosofía, se resuelve (por lo menos en cuanto finis operantis) en la filosofía concreta desde la que se habla, en nuestro caso, la del Materialismo Filosófico; y todo aquel que se asome a este sistema podrá comprobar la cantidad ingente de materiales, el andamiaje de que disponemos los escolares que trabajamos con las doctrinas del maestro, Gustavo Bueno; sólo se trata de ponerlos convenientemente en marcha.
De hecho, fue sorprendente, tal fue mi impresión, ver como estos «escolares» a modo de inundación barrieron literalmente el Congreso de academicismos, cursilerías, vaguedades y mitos que envuelven a modo de agarraderas filosóficas a tantos compañeros, la mayoría profesores de instituto, que flotan entre los grandes cascotes de las filosofías pretéritas. Profesores que, en estas provincias castellanas, vieron aparecer sin previo aviso un ejército de tesis, argumentos e ideas que a distinta escala y en un mismo sentido combatían tópicos y lugares comunes, me refiero a exposiciones como las de Tomás Gómez, Santiago Armesilla, Iván Vélez y cerrando el Congreso a viva voz, Gustavo Bueno Sánchez.
¿Puede alguien aventurar las consecuencias de este despliegue al ir extendiendo su radio de acción? ¿Se le podrá eludir, evitar, obviar o despreciar como hasta ahora ha hecho la universidad española? ¿Quién podrá parar su metabolismo?
Por lo que a mí me toca, me dispuse a tomar ciertas ideas del sistema para atacar la disyunción de referencia: Hispanidad o europeísmo; en concreto me pareció que era imprescindible a este efecto introducir las ideas de Razón, Estado y Guerra.
Sin embargo esto no es suficiente, es necesario aplicar un cierto orden expositivo en la medida en que la escolástica materialista implica tratamientos lógico-sistemáticos de los campos con los que trabaja, no sólo para la coordinación de estas ideas (que de algún modo ya asegura el sistema) sino porque estas ideas son el resultado del trato con problemas como el que nos atañe, y en cierta medida, lo que hace el escolar es re-aplicarlas sobre materiales análogos a los de partida.
Por eso es importante la cuestión de su puesta en marcha, pues son estas aplicaciones (o re-aplicaciones) las que las mantienen vivas, en la medida en que lo que podemos denominar como complejos institucionales filosóficos son principalmente instituciones pragmáticas-dialógicas. Aplicado a este caso, cabría empezar con una fase introductoria de los términos a tratar (la Hispanidad por un lado y el europeísmo por otro) así como de la estructura en que están insertos (la disyunción), lo que nos permite incorporar otras teorías y doctrinas, es decir, los tratamientos más significativos que de estas ideas se han dado históricamente.
En segundo lugar sería necesario regresar en una fase de ascenso, a ciertas ideas desde las cuales progresar, en la fase de descenso, sobre los fenómenos histórico-políticos que se trata de comprender.
El título del congreso, «1812-2012. De la Hispanidad al Europeísmo», tal y como planteamos en el programa, podría entenderse como una sección temporal, un tránsito o recorrido histórico que tendría como punto de inicio la crisis de la Monarquía Católica o constitucional en Cádiz (el Imperio español) y como punto final la Europa actual; es decir, se trataría de analizar una sección, secuencia o transito espacio-temporal que arranca en el fin político de lo que luego se llamo Hispanidad, que comprendía como sujeto de la soberanía (Artículo 4) a la Nación española definida como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios» (Artículo 1) así como un territorio esparcido por todo el globo terráqueo (Artículo 10), y que tendría como punto final o como término de ese recorrido a una Europa actual, presente, que aunque no concluida, realizada o unida, ya estaría en camino, y de la que España sería un parte integrante. Se trataría de analizar los términos y el sujeto de ese movimiento.
Es decir, enfocar el análisis hacia la variación orto-gramática de la unidad imperial de 1812, en la que los peninsulares eran llamados «españoles europeos» (distinguiéndoles de los «españoles americanos», pues en cualquier provincia o reino americano de la monarquía católica, por ejemplo en el Santiago de 1812, un nacido se inscribía como español nacido en Santiago), a una organización política en que a la inversa, los peninsulares se llaman actualmente «europeos españoles», en una unión de mercados europeos que nos identifica con franceses o finlandeses.
Este cambio de rumbo orto-gramático, que pasa de la proa atlántica que mira a América, al «corazón de Europa» que mira al eje franco-alemán, requeriría una explicación objetiva, pues las voluntades en historia se neutralizan mutuamente en una con-causalidad estructural, que sólo se puede percibir desde el presente donde confluyen los cursos. Se trataría de analizar el significado de la inversión que supone pasar de ser «españoles europeos» a ser «europeos españoles», puesto que en el primer caso España incorpora como parte suya algo de lo europeo (y entonces mucho de lo americano), y en el segundo caso Europa incorpora como suya la totalidad de lo español; lo español, como sujeto queda subordinado al proyecto europeo, precisamente cuando la Hispanidad, vista retrospectivamente, empezó a dejar de serlo. Y si bien la Hispanidad no es ya un sujeto político, Europa tampoco existe a día de hoy como tal, es decir, más allá de una sinécdoque, un complejo de soberanías o partes que se identifican con el todo, que acuerdan pactos económicos frente a terceros (China, Japón, Rusia, EE.UU.).
En este «hecho» se sitúan los que quieren «más Europa», que son la práctica totalidad de formaciones políticas españolas, si bien hay quien, a raíz de esta variación orto-gramática entiende que la nación política española deambula o se arrastra a lo largo de estos dos siglos en que se la expulso del concierto internacional; un deambular «hipnótico», ilusorio, como es guiado aquel que no ha comprendido la magnitud o importancia de lo que le ha pasado o no se atreve a confesarlo; como una especie de Sancho Panza que muerto ya su señor Don Quijote, duda entre confesar sus ambiciones de grandeza o defender la locura de la que era cómplice, opciones ambas vedadas por la ignorancia de la naturaleza de los proyectos en que participó.
Nuestro objetivo consistirá en medir lo que parecen ser términos disyuntos (Hispanidad o europeísmo) suponiendo que la variación histórico-política lo prueba, tratando de hacer pie en algún factor capaz de determinar su grado de incompatibilidad de un modo lo más «claro y distinto» posible, no decimos objetivo (unívoco), pues no damos por probado de ningún modo la imparcialidad del historiador, pero es que tampoco se han dado las consecuencias que una filosofía dialéctica necesita para poder juzgar la cuestión; lo que no imposibilita que «in media res» una filosofía actualista no pueda juzgar la presencia y la función de las ideas que se han ido generando en la realidad desde la que hablamos, pues cabrá reconocer ciertas analogías.
Y decimos medir o juzgar alguno de los términos implicados en la disyuntiva, más que apostar o defender, porque dudamos con razones de peso, que se pueda convencer o influir en política a través de razones o argumentos; un aspecto que creemos derivar en parte, de las tesis que vamos a desarrollar.
Hemos empezado identificando la Monarquía borbónica o constitucional en Cádiz (ambos católicos) con lo que se entiende por Hispanidad, si bien esto es relativamente reciente. La prueba la obtenemos de los datos que el Proyecto de Filosofía en español ofrece a todo aquel busque alguno de estos rótulos. Y es que las primeras referencias al término «Hispanidad» las encontramos en 1531, en la medida en que la idea imperial se proyecta sobre el pasado romano, pudiendo hablarse de «la hispanidad de Quintiliano». De igual modo en el Diccionario de la lengua de 1803, el término Hispanidad aparece vacío de contenido al identificarse con el hispanismo, que se define por el área de difusión de la cultura y el idioma español, tal y como ahora puede hacer una «Asociación del hispanismo filosófico» o un «Proyecto de filosofía en español».
Pero no será hasta después de que desaparezcan los restos del Imperio cuando se empezará a defender una idea de Hispanidad que por analogía a otras (como contrafigura a la argentinidad o como especificidad de la cristiandad) utilizará el sufijo –dad hipostático, que tantos adeptos tiene en filosofía.
En efecto, será Unamuno en 1910 quien rescate la idea, que hasta 1926 no se generalizará con el viaje del Plus Ultra y con la apropiación de la idea que se lleva a cabo desde el Catolicismo franquista, multiplicando el uso de una idea de hispanidad católica como obra de España en el mundo que una infinidad de autores van a defender: Zacarías de Vizcarra, el Cardenal Gomá, Ramiro de Maeztu, García Morente y tantos otros.
Hoy en día la idea de Hispanidad es más bien un centro de polémicas, en tanto intersectan en el día de la Hispanidad o 12 de octubre (día de la fiesta nacional) elementos tan cargados como puedan ser la Virgen del Pilar, el descubrimiento de América, el día de Colón o el día de los derechos de los pueblos indígenas.
En todo caso, lo más destacado de este rótulo está en la utilización del sufijo –dad. A este respecto el corpus doctrinal de Gustavo Bueno ofrece análisis que es obligado recordar{1}. En efecto, la totalización que implica todo concepto o idea, puede ser de tres tipos o formatos: cuando el formato es subjetivo referencial, el todo conceptual envuelve el referente que queda como sujeto (parte), ya sea de modo atributivo (como podría ser «hemisferio terrestre») o distributivo (como ocurre con «triángulo isósceles»); cuando se trata de un formato predicativo, el todo conceptual reabsorbe el referencial también de modo atributivo (el caso anterior ahora sería «planeta terrestre») o distributivo (siguiendo con el ejemplo, «este triángulo»); por último, cuando el formato es subjetivo-esencial, el todo «descansa en sí mismo», caso del sujeto hipostático de las ideas platónicas, bien del modo atributivo (caso de la geoeidad) o atributivo (caso de la triangularidad).
Ahora bien, la conexión entre el objeto hipostasiado (triangularidad) con el sujeto referencial (triángulo) a través del predicado (triangular) no es uniforme, pues puede ser accidental (según el «quinto predicable») o necesario (la triangularidad); en el segundo caso, cuando la conexión es accidental, la operación tiene como consecuencia que se «cosifique» una estructura incompleta, hipostasiando un término sincategoremático, haciéndolo un fetiche: nos referimos a casos como Identidad, Felicidad, Igualdad, Humanidad, Deidad, &c.
No ocurre lo mismo con el sufijo –ismo, del segundo término a analizar, el europeísmo se diferencia notablemente del primero (aunque también se podría hablar de Europeidad), precisamente porque se concibe a Europa más como un proyecto a realizar que como una realidad efectiva, política. Si la Hispanidad puede hipostasiarse es porque fue una realidad histórico-política, independientemente del contenido que le atribuyamos: imperial, estatal, pluri-reinal, efímero-constitucional o incluso colonial, como tantos detractores necesitan postular a la hora de atacarla, lo que no podrían hacer si no hubiera existido durante trescientos años.
De Europa, se pueden tener múltiples ideas, su clasificación en función de su modelización histórica también la encontramos en Bueno, distinguiendo cuatro tipos generales: la Europa sublime, la Europa como Occidente, la Europa sin fronteras y la Europa política{2}. En cualquiera de ellos se puede constatar que no es un sujeto político, un Estado, la prueba es el énfasis que se pone en la idea de su realización como federación. Es esta «intención» en la que se incide con el sufijo –ismo; en efecto, a diferencia del hipostasiador –dad, el –ismo coloca a un concepto o idea dentro de un sistema de alternativas o disyuntivas frente a las que se definen, generando una polaridad marcadamente axiológica al resaltar un carácter positivo o negativo (carácter axiológico que entendemos derivado de la dialéctica institucional){3}.
En el caso del «europe-ismo» la alternativa polémica fundamental que le sale al paso es la del «nacional-ismo», es decir, no el nacionalismo periférico que se alimenta precisamente de la idea de Europa de los pueblos, sino el nacionalismo de las naciones soberanas (Alemania, Francia, Italia o España) que tendrían que desaparecer en pos de la Europa política, lo que implicaría la abdicación de la corona borbónica, la negación de la soberanía de la Nación española, acaso la imposición de un idioma común europeo, &c.; futuribles que nunca se han discutido en tanto cada Estado puede salirse de la U.E.E. cuando quiera, lo que en teoría consta en su articulado.
Es curioso que el término europeísmo en el idioma español tenga su origen en los mismos años en que empieza a utilizarse el de Hispanidad, en concreto hemos encontrado su primera utilización en Unamuno, un año antes que introdujese el término Hispanidad; en efecto, escribe Unamuno una carta en 1909 donde dice estar pasando una crisis de «anti-europeísmo».
Sin embargo, a medida que avanza el siglo XX, y en el contexto del régimen franquista, las corrientes pro-europeas, europeístas tendrán cada vez más fuerza, ya sea dentro del régimen ya sea en la oposición en el exilio. Y es que las ideas con que se identificó a Europa en este proceso elevaban las componentes axiológicas a los cielos del progreso, el bien-estar, la ciencia, la filosofía o la paz, como así se ha reconocido al otorgar a la U.E. el Nobel de la paz 2012, obviando que la O.T.A.N., es decir, Inglaterra, Francia, Alemania o España han participado en gran parte de las guerras de los últimos 50 años.
Pero entre todos los valores que forman la aureola que rodea la idea de Europa, es la Democracia la que tuvo más fuerza en el contexto de la dictadura franquista. Una fuerza que sigue actuando en el marcado Fundamentalismo democrático del presente.
Y lo más significativo del europeísmo español no es sólo que esté diez puntos por encima del europeísmo francés o alemán (los baremos dan un 63% de media española frente al 53% de media europea, una media que va a la baja con la crisis económica), sino que sea España el único país donde no haya habido ningún tipo de debate político sobre su integración europea; es decir, es el único país donde ha habido unanimidad para su incorporación, una unanimidad que ya se compartía dentro y fuera del régimen, aunque por distintos motivos: en el interior, los llamados «tecnócratas» de los años 50 que necesitaban incorporar a España a las principales instituciones resultantes de la segunda guerra mundial, asociaciones o particulares como Tierno Galván (que funda la Asociación para la Unidad Funcional de Europa en 1955) o Ruiz Giménez con los Cuadernos para el diálogo; en el exterior por exiliados como el ex ministro de la República y eminente hispanista, Salvador de Madariaga, cuyo avance más destacado se llevó a cabo en lo que se llamó el contubernio de Múnich de 1949 por su «abrazo» con Gil Robles, lo que llevó a la fundación en París del CFEME (Consejo Federal Español del Movimiento Europeo).
En años sucesivos las asociaciones europeístas se multiplican en todos los ámbitos, ya sean sociales (por ejemplo será miembro del CFEME la «Asociación del hispanismo filosófico») o políticos, donde el hito fundamental será el tratado preferencial que firma Franco con la Comunidad Europea el 29 de Julio de 1970.
De hecho el giro al Euro-comunismo de Santiago Carrillo, en el Congreso del P.C.E de París de 1972, podría interpretarse en la línea de la democratización española, y así se pacto la Junta Democrática con Calvo Serer en 1975; una idea europeísta que expresó el heredero del régimen y Rey de España en su discurso ante unas Cortes ya «democráticas»: «Europa deberá contar con España pues los españoles somos europeos».
En Julio de 1977 se presentó la solicitud de adhesión, aunque primero se incorpora España al Consejo de Europa (en noviembre de ese año), en 1982 a la OTAN y hasta 1986 no es miembro de la CEE.
Como decimos lo característico de este proceso de incorporación a los tratados de comercio europeos, común a otros países que no eran «democráticos» como Portugal o las posteriores repúblicas ex soviéticas, pero único en nuestro caso, es la falta de discusión sobre las ventajas o inconvenientes de la adhesión.
Ahora bien, la unanimidad no implica el acuerdo, al contrario, como sucede en este caso, supone paradójicamente objetivos incompatibles, opuestos o contradictorios: el P.S.O.E. veía antes que otra cosa la Europa social o de derechos, la Europa del bien-estar y el progreso; A.P., que tuvo ciertas reticencias en cuanto al tratado de adhesión, sobre todo por la rigidez de las fechas, sin embargo firmó principalmente porque veía las ventajas de una Europa sin fronteras, la Europa del comercio; y por su parte los nacionalistas porque veían en Europa la Europa de los pueblos libres de sus Estados respectivos. Reticencias puntuales a tratados como el de Maastricht o el de Lisboa por I.U., o al sistema de doble mayoría en el consejo de Ministros de la U.E. del P.P. de Aznar (que finalmente firmó Zapatero), no obstaculizan la línea general de europeización, diríamos de modernización, o en otras palabras, la incorporación de España a la Modernidad (con mayúsculas).
Entonces, si esto es así, podríamos preguntar: ¿cuál es el término opuesto a la Modernidad donde se incluya como carácter distintivo la democracia? Si suponemos que lo contrario es la «antigüedad» (moderno/antiguo o anticuado) quizás encontremos un candidato que responda a nuestra pregunta en el «Antiguo Régimen», ya sea como proyecto político actual (la derechona cavernícola franquista y anti-demócrata) ya sea en lo que se consideran sus «obras», los frutos podridos que dio un Imperio monárquico colonial, como se viene entendiendo al español, es decir, la Hispanidad.
Parece que entonces sí es posible encontrar incompatibilidades entre las direcciones ortogramáticas atlántica y europea, a la que parece aludir el título del congreso. Y es que si «De la Hispanidad al Europeísmo» supone diferencias respecto de los ejes en que se mueve, lo que habría que considerar es si entre un cabo y el otro no hay sólo diferencias accidentales, sobreañadidas, circunstanciales, que no afectan a la esencia de «lo español», sino que el cambio ortogramático afecta a la médula de la «identidad» española.
Es decir, lo que habría que medir son las inconmensurabilidades o incompatibilidades objetivas, entre la Hispanidad de la que se parte y el europeísmo por la que se apuesta, fase última de una España que después de la discusión de su ingreso en la CEE (con 285 votos a favor y sólo dos en contra el 27 de junio de 1979) y su ingreso efectivo, tras 26 años, se encuentra en el centro de la crisis económica mundial, con cerca de seis millones de parados y en trance de ser «rescatada», es decir, controlada, dirigida, guiada, es decir, intervenida, maniatada; algo positivo sin duda, si compartiésemos la idea de la vieja educanda de naciones que ha llegado a la senectud; es decir, si el cambio supone el suicidio del mismo sujeto, lo que podríamos llamar «eutanasia política»; sin embargo también podría sostenerse todo lo contrario, que la vitalidad de las Instituciones con que cabe identificar a España son a día de hoy, imparables.
Como se aprecia, es en estas diferencias o incompatibilidades en las que incidimos con la disyuntiva «Hispanidad o europeísmo», y lo que se trataría es de medir el carácter de la disyunción.
Los términos disyuntos, generalmente se han considerado como opuestos, aquellos que dentro de la tradición aristotélica-tomista se decía de cuatro maneras distintas: «o como lo son los relativos, o como son los contrarios, o como privación y posesión, o, por último, como afirmación y negación» (Categorías, cap. 10, 1139); sin embargo los opuestos, podrían ser entendidos como especies (especificaciones, determinaciones) de la contradicción o negación indeterminada, de modo que la contrariedad (por ejemplo de «todo» a «ningún»), especifica la contradicción (de «todo» a «no ocurre que alguno»), la contradicción sería la simple remoción y la privación, la contrariedad y las relaciones serían determinaciones de esa remoción común.
La discusión empieza cuando la contradicción es la primera de todas las oposiciones, a modo de un género unívoco que necesitaría las especies para su resolución real. De modo que la oposición quedaría como un análogo que tendría a la contradicción como primer analogado si refiere a una realidad última, el no-ser o la nada, tal sería la solución tomista, pero en la medida en que con Aristóteles negamos la nada, se resolvería en uno de los opuestos del movimiento (si la materia es eterna), es decir, el no-ser relativo o privación que supone la privación de un ser-relativo. De modo que los opuestos obtendrían su realidad de la privación.
En todo caso, la oposición mengua desde el primer analogado según una escala descendente (climacológica) hasta las relaciones, donde se diluye.
Una reformulación moderna de estas cuestiones llevarían a Hegel a considerar toda forma de oposición como contradictoria y con él, la concepción de todo movimiento como contradictorio, siguiéndole en esto el materialismo dialéctico de Engels, Lenin o Mao. Lo curioso es que tales aplicaciones de la oposición parece que permiten su resolución en términos de relaciones, precisamente en tanto el fundamento de las relaciones sea la mente o el entendimiento que al modo idealista conoce los opuestos por su relación. Por ejemplo al modo en que Kant pone las contradicciones de la Razón Pura en las categorías de la relación: los juicios categóricos, hipotéticos y disyuntivos.
De aquí se comprende que sea necesario determinar el grado de oposición con que identificar la disyunción entre los términos del enunciado: «Hispanidad o europeísmo». La pregunta entonces será ¿de qué características priva al sujeto uno u otro opuesto?
Desde luego si cabe medir el grado de oposición entre los términos es porque disponemos de varias conectivas binarias posibles en que se gradúa la contradicción; por nuestra parte creemos que la negación alternativa o incompatibilidad (NAND) es la que mejor se adecua al caso, en la medida en que ni supone una disyunción débil en que no cabe que se dé ninguno de los términos pero cabe que se den a la vez (pueden ser verdaderos a la vez pero no falsos), ni la disyunción fuerte donde uno está incluido en el otro; la incompatibilidad supone que se pueden dar por separado, o no darse a la vez, en la medida en que no tienen nada en común, lo que precisamente se dice en los conjuntos disyuntos, los razonamientos disyuntivos como los dilemas, donde dada una disyunción y afirmando o negando uno de los términos, se concluye con la negación o afirmación del otro.
La incompatibilidad en combinatoria supone que «dos sucesos son mutuamente excluyentes o incompatibles si no pueden ocurrir del mismo modo; dos sucesos mutuamente excluyentes se representan como dos conjuntos disyuntos». De hecho la llamada falacia de inconsistencia, consiste en razonar a partir de premisas que son incompatibles entre sí. Podría recordarse aquí que desde un punto de vista formal, la «incompatibilidad» o «negación alternativa» fue enunciada por Sheffer en 1913 como el functor capaz de definir todas las demás funciones en términos de ésta (lo que teóricamente también le ocurre a la negación conjunta o función flecha).
En este caso, en tanto tratamos de problemas histórico-políticos creemos que es imprescindible medirla en cuanto a su incompatibilidad, por cuanto ésta supone decidir, obliga a tomar decisiones. Es decir, es precisamente el campo político donde más claramente aparecen las oposiciones, y donde la incompatibilidad de cursos y proyectos institucionales respecto a recursos por definición escasos (en derecho administrativo público el concurso-oposición) o contextos finitos, obligan a «salvar» los conflictos objetivos, obligados por la propia recursividad del sistema; en este sentido, la prudencia como virtud política se podría redefinir o consistiría en advertir o prever cuándo y qué cursos y proyectos institucionales son incompatibles, y en el supuesto en que se diesen la incompatibilidades, resolverlas del modo más eficiente posible, con éxito.
De hecho, las incompatibilidades afectan a múltiples campos tanto prácticos como teóricos; baste citar el caso de la inmunología (un contraejemplo lo tenemos en la inmunización por antígenos fetales en la mujer embarazada como «anticuerpos bloqueadores» que evitan que se rechace el feto, es decir, posibilitan su compatibilidad, pues el 50% de genes paternos lo harían incompatible), el caso de la farmacología donde se habla de fármacos incompatibles en cuanto los efectos químicos se neutralizan o interfieren en su operatividad llegando a generar graves consecuencias, el caso del derecho administrativo y la llamada ley de incompatibilidades, ya no sólo de juez y parte o subvencionante y subvencionado, sino respecto de la buena ejecución del cargo que su tiempo limitado hace imposible desempeñar a la vez que otro. En el caso de las leyes políticas, dado su carácter regulativo respecto de los conflictos entre ética y moral, o entre la multitud de mores que confluyen en la sociedad pluri-cultural, las incompatibilidades aparecen en términos de intolerancia o la políticamente correcta llamada «tolerancia cero», es decir, en aquellos casos en que instituciones básicas chocan con instituciones «exportadas», y donde la incompatibilidad toma la forma de «intolerancia con el intolerante».
A nivel técnico-filosófico, las incompatibilidades o en general las contradicciones entre cursos de operaciones nos remiten a la larga tradición de la dialéctica, bien a partir de Parménides (o las paradojas de Zenón), de Heráclito «el oscuro», o desde Platón. Por referirnos a tesis más actuales, la incompatibilidad aparece entre el uso cognoscitivo de la razón y su uso dialéctico, cuando trabaja con juicios categóricos, hipotéticos y disyuntivos, es decir, cuanto genera paralogismos, antinomias o demostraciones de la existencia de Dios, incompatibles entre sí, e incompatibles con el uso analítico trascendental de la razón, lo que le parecerán a Kant «ilusiones necesarias» pero a la vez incompatibles con la consecución de una «paz perpetua» (un término que quizás tomó de las consideraciones que hace Rousseau sobre un texto de 1713 del Abate Sant-Pierre: «Proyecto para alcanzar la paz perpetua en Europa»), es decir con el origen y resolución de las incompatibilidades a nivel normativo-práctico.
El papel de la dialéctica en el idealismo hegeliano ya no será corregible o neutralizable, sino la médula del propio desarrollo de la realidad y de su conocimiento; una ley heredada por el materialismo histórico y que el Diamat eleva a ley de la Naturaleza.
En el caso que nos ocupa, la disyunción que nosotros entenderemos como incompatibilidad (entre la disyunción inclusiva, en que se afirman los dos conjuntos a la vez, y la disyunción exclusiva, que implica la inclusión de uno dentro del otro), nos especifica el problema sobre el juicio que quepa establecer entre los términos co-implicados en la medida en que no pueden darse a la vez, como los dioscuros.
Este juicio ya ha sido hecho innumerables veces a lo largo de estos dos siglos, por ello vamos a tomar dos casos paradigmáticos por su influencia y su significación; nos referimos a la posición de Ortega y a la posición de Julián Juderías, en tanto que la solución de la disyuntiva tendría sentidos opuestos.
Son bien conocidas las tesis de Ortega, ya expuestas en La idea de principio en Leibniz, o en su posteriores escritos políticos sobre Europa y España; y que en líneas generales se resume en «España es el problema y Europa la solución»; tesis que consistiría en ver la contrarreforma como el principio de tibetanización de España, contraria a la Modernidad que con el protestantismo, la filosofía cartesiana y la ciencia triunfan en Europa; la España aristotélico-tomista e inquisidora queda aislada, y se moverá entre lo castizo y lo europeo, polos que según Menéndez Pidal permiten interpretar la «Historia de España», un tópico que repite Díez del Corral, Julián Marías y tantos epígonos que entienden la incompatibilidad disyuntiva entre la España católica de la Hispanidad y la España europea, inclinando la balanza claramente a favor de esta última, una idea con completa vigencia en la actualidad. En este caso, Ortega sigue argumentos paralelos al Husserl que tras trasladarse a Friburgo en 1914, y con la primera guerra mundial como fondo, se ve obligado a replantearse el problema de la filosofía en cuanto fenomenología y el problema del mundo de la vida, lo que dará como fruto las tesis de La crisis de las ciencias europeas, es decir, la idea de la Europa sublime que guíe a la humanidad y el papel del filósofo como funcionario de la misma; ante tales pretensiones, ¿cabe parangón?
Curiosamente también será en 1914 cuando aparece editada la obra principal de Julián Juderías: La leyenda negra y la verdad histórica: contribución al estudio del concepto de España en Europa, de las causas de este concepto y de la tolerancia política y religiosa en los países civilizados; cuyo planteamiento, como se ve por el largo título, es muy similar al que nos ocupa en este congreso: en primer lugar se juzga la obra de España, respecto a la política, la literatura, el arte, la historia, a continuación se analiza el origen, la función y las fuentes de la leyenda negra anti-española, generada por hispanistas que desde el siglo XVIII denigran antes como hispanófobos que como hispanófilos todo tipo de hechos (muchas veces sacados de los propios españoles, caso de las Casas, Antonio Pérez –el secretario de Felipe II– o el último secretario de la Inquisición, Juan Antonio Llorente), injurias que empiezan a inocularse en la sociedad española con los Borbones y que culmina con la Constitución de Cádiz, cuando el «veneno» ya ha calado principalmente en los liberales que como el sacerdote Muñoz Torrero o el poeta Manuel José Quintana («Proclama a los pueblos americanos») echan pestes de la monarquía y de su trato a América; el resultado será la identificación de España con la «España inquisitorial», la de los delatores anónimos, la de las hogueras y los sambenitos. Por ello, Juderías analiza la obra de los restantes Estados europeos en términos de intolerancia religiosa o colonialismo político. Su intención es equilibrar los juicios negativos respecto a España y los positivos respecto a Europa desde la imparcialidad que supone rige la labor del historiador en cuanto se atiene a la objetividad científica.
Ahora bien, desde nuestro punto de vista esta imparcialidad es imposible en tanto el carácter beta-operatorio del campo histórico, impide su cierre categorial, y sólo en algunos tramos alcanza estructuras alfa-operatorias; las ideas (o si se quiere los valores) que atraviesan los hechos, los conceptos y las teorías históricas obligan a tomar partido, y hacen que la supuesta imparcialidad en muchos casos se convierta en un ejercicio de falsa conciencia.
Parece pues evidente, que para juzgar la disyuntiva en la que nos movemos, «Hispanidad o europeísmo», hace falta regresar a ideas que atraviesan constitutivamente las determinaciones históricas o políticas sobre su unidad o identidad, ideas tan pregnantes como puedan ser la idea de Dios, la idea de Humanidad, la idea de Democracia o la misma idea que se tenga sobre la Historia universal. El problema entonces está en tratarlas sin que caigamos en lo que Zadeh llama «principio de incompatibilidad»: «en la medida en que crece la complejidad de un sistema, en esa medida disminuye nuestra capacidad para hacer precisiones y aún significativos enunciados acerca de su conducta, hasta alcanzar un umbral más allá del cual la precisión y la significación (o relevancia) resultan, características mutuamente excluyentes»; es decir, necesitamos diferenciar tratamientos lisológicos (uniformes, generales) y tratamientos morfológicos (diferenciales, delimitados) de estos problemas.
Para eludir el principio de incompatibilidad en tanto en cuanto queremos decir «algo» respecto a problemas tan amplios, nos parece necesario regresar a tratamientos metodológicos y temáticos del Materialismo Filosófico, precisamente en la medida en que se diferencian de los usos a los que nos tiene acostumbrado el idealismo.
En efecto, en líneas generales una característica fundamental de la metodología idealista, prácticamente omnipresente en la actualidad, consistiría en medir los hechos, la realidad, la historia, en función de la idea, es decir, respecto a la realización de la idea de referencia; el juicio en realidad consistiría en medir la distancia entre lo real y la idea, o sea, los «déficits» que cabría ir corrigiendo para acercarnos a lo que «debería ser».
La España de Carlos V, o la Francia de Luis XVI, se juzgan respecto de los déficits de justicia, de igualdad o de libertad social y política; pero también la Iglesia respecto de lo que predica, o el comunismo respecto de sus principios, o la democracia española respecto del efectivo «gobierno del pueblo», y que o bien se conseguirá con la ley del progreso o bien se quiere ya: «Democracia real ya» pide el 15-M desde su fundamentalismo democrático.
El Materialismo Filosófico no sólo niega esta metodología idealista en virtud de la hipóstasis de las ideas que supone, sino que niega su estatuto, su contenido ideativo, no ya porque sean ideas «formales», sino porque son «aureolares», esto es, aquellas que piden su realización para ser tales ideas, para la determinación de sus contenidos, para ser las ideas que dicen ser, problema que se esconde en su carácter lisológico, incapaces de progresar sobre los fenómenos.
Frente a esta metodología, suponemos que las ideas son reales, en cuanto tales ideas, que están dadas «in media res» de los fenómenos, como resultantes o modos posibles de hacerse cargo de su complejidad, precisamente porque surgen de las incompatibilidades dadas, es decir, en cuanto suponen conflictos objetivos; de modo que lo que cabe hacer es clasificar el papel que quepa atribuirles respecto de su alcance sobre los propios procesos en marcha, contando con que no están sueltas, sino que arrastran concatenaciones con otras ideas a la vez que incompatibilidades con terceras.
Por lo que respecta a la temática que nos ocupa, nos parece esencial vincular los términos «Hispanidad» y «europeísmo» al campo histórico-político precisamente en la medida en que afecta a la propia delimitación del espacio antropológico; es decir, porque la temática en juego parece que está comprometiendo la propia racionalidad humana, la cuestión de su praxis.
Por ello es necesario regresar a la idea de razón como característica definitoria con que quepa entender las operaciones humanas.
La idea de razón con que trabajamos en la escuela, no es una facultad mental o una propiedad que dimana del espíritu, sino que está ligada esencialmente a las Instituciones, de modo que la razón humana propiamente es razón institucional (pues cabe encontrar también comportamientos racio-morfos en los animales, o por lo menos en determinados animales).
Seis son las características que definen estas Instituciones y que resumiremos esquemáticamente; en primer lugar cada Institución formaliza una materia concreta, que siempre está en trance de desbordar la forma institucional, en segundo lugar cabe diferenciar Instituciones elementales e Instituciones complejas, e incluso complejos institucionales, pues en cualquier caso, en tercer lugar, las Instituciones no son independientes ni están sueltas, sino que están dadas co-existiendo, pero tampoco armónicamente, sino antes bien en Symploké (es decir, que cabe suponer incompatibilidades entre ellas); en cuarto lugar, la racionalidad institucional se da en diferentes grados según sea una racionalidad abierta o cerrada, simple o compleja; atendiendo a un arco de racionalidad que tiene tres fases: una posición, una contraposición respecto al medio y una recomposición, que supone una recursividad en la que se muestra la normatividad propia de cada Institución (quinta característica), ya que suponen fines o Telos que remarcan la actividad operatoria de los sujetos, y que no aseguran, ni mucho menos la compatibilidad de esos procesos finalísticos, antes al contrario, garantiza, por así decir, su conflictividad; pues, según su sexta característica, toda institución es un valor, al generar en su coordinación o incompatibilidad una carga axiológica resultante de su posición respecto de las restantes.
Ahora bien, esta racionalidad institucional se puede analizar desde su momento (punto de fuerza) técnico o nematológico, por ello vamos a introducir algunas instituciones complejas (o complejos institucionales) que creemos necesarios a la hora de establecer un juicio sobre las supuestas incompatibilidades entre la Hispanidad y el europeísmo. Nos referimos por un lado a la idea de Estado como primer analogado en el que cabe resolver las cuestiones histórico-políticas en que estamos envueltos. Por otro lado y ligado al mismo, la idea de Guerra, en tanto la podemos identificar como una Institución dialógica que está vinculada esencialmente al Estado; el problema en buena medida consistirá en determinar estos vínculos.
A este efecto, la tesis básica que tomamos como punto de referencia para progresar sobre los fenómenos que analizamos comparativamente, es la idea de la dialéctica de Estados (en cuanto que incluye la dialéctica de clases); es decir, partimos de la idea de que el Estado es constitutivamente plural, implicando otros estados, de modo que la instauración, la Institucionalización del Estado-ciudad inicia lo que llamamos producción y metabolización institucional a escala política (y que hemos aplicado a la idea de América), es decir, con los Estados, en principio griegos, luego mediterráneos y a partir de América, modernos, aparece una dialéctica de generación, multiplicación y expansión de las Instituciones que podría entenderse como «objetiva», expansiva y universal, «necesaria», principalmente porque junto al Estado aparecen los complejos institucionales científicos (cuyos principales logros se dan primero en Grecia y luego con el descubrimiento de América), ya sean de «cada pueblo» como la jurisprudencia o la política, ya sean de «todos los pueblos», como la geometría, la lógica o la mecánica.
En último lugar, cabrá regresar a aquellas Instituciones que desde nuestra tesis, surgen implantadas políticamente, es decir a partir de los primeros Estados, y en función de las ciencias que toman como base para su ejercicio, la actividad filosófica, la filosofía como complejo institucional de «segundo grado».
Para que no parezca que nos perdemos de nuevo en la escala lisológica donde se diluyen los referentes, es necesario, determinar los aspectos morfológicos de las instituciones a los que hemos creído necesario regresar.
Por lo que respecta al Estado, suponemos que no se trata de una idea super-estructural derivada de la lucha de clases al modo marxista, en la que se resuelven las contradicciones por la propiedad de los medios de producción entre las clases, pero tampoco cabe reducirla a las teorías de los tres poderes al modo idealista: ejecutivo, legislativo y judicial.
Suponemos que las estructuras del Estado se componen de nueve poderes que según la dirección de la fuerza serían ascendentes o descendentes. A este respecto, cabe entender la tesis de Clausewitz, «la guerra es la continuación de la política por otros medios», de muchos modos, en este caso lo haremos, para salir del paso, respecto de los poderes en que se cifra la eutaxia del Estado.
De estos nueve poderes, los ejecutivos, legislativos y judicial serían el objetivo principal de las guerras civiles o revolucionarias, la conquista del poder entre las clases o secciones que intervienen en su desarrollo (el tipo de guerra quinto){4}.
Ahora bien, el Estado implica necesariamente para su existencia de la apropiación, no de los medios de producción, sino del propio territorio donde se asienta y que es el límite de la soberanía, la capa basal constituida por los poderes gestor, productor y redistribuidor, en este caso, la incompatibilidad llega a la contradicción en la medida en que el territorio es finito y como dirá Espinosa en su Tratado político, no cabe llevárselo u ocultarlo. Conexión entre el sujeto de la soberanía y el territorio (entre la «mens» y la idea de que es objeto, el «cuerpo extenso territorial», por seguir con la analogía espinosista) que obedece a la ley de todo o nada (la ley que rige la comunicación neuronal y muscular, donde el estímulo nervioso o intensidad de la carga electro-química neuronal debe llegar a un punto –clímax– a partir del cual se genera la descarga por entero o no se genera ninguna), se comprende que el punto de incompatibilidad es objetivo, no sólo entre estados que se disputan un territorio, sino en la secesión de una parte del Estado (en esta fase temporal encontraríamos en primer lugar las guerras tipo cero, entre tribus que constituyen los primeros estados, entre el Estado y las tribus que lo rodean y entre las tribus y el Estado: primero y segundo tipo de guerras).
Por último, pero dándose estructuralmente a la vez, la pluralidad de Estados y la imposibilidad de su auto-sostenimiento obliga a generar una serie de poderes que constituyen su capa cortical, tres poderes que están determinados en función de los demás estados en el modo de una Symploké de relaciones, ya sean a través de tratados de defensa, ejércitos desplazados, órganos de espionaje, bases geoestratégicas en lo que respecta al poder militar, pero también fines meta-políticos, ideologías y credos tras-nacionales que delimitan la identidad del Estado frente a terceros, donde se encuentran las sedes diplomáticas como territorios inviolables; y por último, en lo que respecta al poder federativo, relaciones comerciales desde las que controlar los flujos termodinámicos, energéticos, esenciales a la vida del Estado, ya sea por las fuerzas productivas humanas, como la mano de obra, la inmigración y la emigración, o naturales, materias primas, carburantes, alimentación, &c., que obliga a inversiones, sedes empresariales, mano de obra desplazada, confederaciones de comercio y órganos supra-nacionales que arbitran estas relaciones en la medida en que son recíprocas y afectan tanto a la capa basal de un Estado como a su capa conjuntiva. Será en torno a estas capas respecto a las que cabe ver formarse las guerras de tipo tres, entre Estados o Imperios; y por último las guerras de tipo cinco, guerras de tipo mixto donde interfieren con igual intensidad los problemas basales (emancipaciones, secesiones), conjuntivos (civiles o revolucionarias influidas por el exterior) o corticales (la intervención directa externa).
Parece pues evidente que el desarrollo de la idea de Estado supone una dialéctica institucional que por su dinámica constitutiva y expansiva, multiplica el número de relaciones y por tanto el de las posibles incompatibilidades. Es decir, la dialéctica entre Estados implica desde un principio los imperios universales, ya sean diapolíticos o metapolíticos, en tanto sus proyectos u ortogramas suponen el conjunto o totalidad de Estados, y en este sentido, implica la reacción de los otros, unas reacciones obligadas en tanto chocan los proyectos de unos con la propia eutaxia de los otros, lo que en términos generales conllevará procesos de homologación entre la potencia de esos Estados; una homologación que sólo se ve a escala histórico universal, una homologación que resulta de la reacción obligada de los otros Estados ante el incremento de la potencia de un tercero.
La tesis que cabría defender por nuestra parte, consiste en identificar dos modos de tratar los conflictos a la mayor escala posible, es decir, dos modos de tratar estas inconmensurabilidades o incompatibilidades institucionales, objetivas (en la medida en que implican normativamente a los sujetos operatorios antropológicos), uno referido principalmente a su momento técnico (práctico), el otro a su momento nematológico (teórico).
En cuanto al momento o plano técnico de resolución de incompatibilidades generadas por los desarrollos que las relaciones políticas, económicas o productivas de la dialéctica de Estados, cabe identificar la institución de la guerra, o como ahora se le llama, la resolución de conflictos.
En cuanto al momento o plano nematológico del tratamiento de las incompatibilidades, cortes o inconmensurabilidades dadas entre los complejos institucionales científicos o en general «teóricos», podemos señalar en primer plano a la filosofía.
Por empezar por este último, pues no son planos independientes o separables, el plano de las incompatibilidades entre los momentos nematológico, ideológico o teórico de las instituciones (el desarrollo de la racionalidad humana) aparece cuando se puede dar el campo político y se generan los primeros cierres operatorios (objetivos) en que se da la incompatibilidad estructural categorial y con ello el punto de apoyo contra las religiones, caso particular de la geometría y la aritmética con el problema que tanto citan Platón y Aristóteles, el de la inconmensurabilidad de la diagonal; a este respecto cabe citar las doctrinas sobre las incompatibilidades o inconmensurabilidades entre las partes de la realidad de la symploké platónica de los cinco géneros supremos de El sofista (ser, movimiento, reposo, lo mismo y lo otro), o doctrinas como las inconmensurabilidades entre los predicamentos aristotélicos en la medida en que la normatividad de los principios lógicos, como el de no-contradicción se aplica dentro de cada género supremo pero no afecta a su conjunto; o para seguir con las categorías, la contradicción se desarrolla en su aplicación a las ideas totalizadoras, incondicionadas de la razón humana, Alma (yo), Mundo y Dios en la dialéctica trascendental kantiana.
En este sentido, tal ejercicio del tratamiento lógico de las contradicciones o incompatibilidades entre las partes de la realidad, es lo que dará lugar a la institución del Ego Trascendental, bien en sus formas mito-poiéticas (Zeus, Yavhe) o metafísicas (Nous de Anaxágoras, Demiurgo platónico, Dios trinitario, Humanidad o Yo trascendental kantiano), que el Materialismo Filosófico entiende en torno al propio sujeto corpóreo que pone o constata esas operaciones lógico-dialécticas.
Por otro lado, en lo que respecta al tratamiento y resolución técnica, práctica, física de esas incompatibilidades, dadas a la máxima escala histórica-política, ponemos la institución de la guerra, que como la filosofía (el complejo de instituciones filosóficas) es una institución pragmática dialógica, cuyo cierre técnico implica escalas de diferente radio, como son las estrategias, la técnica y la logística; una idea de guerra cuya funcionalidad supone de hecho que las relaciones de co-implicación entre las relaciones jurídicas, económicas, culturales, productivas hayan llegado a un grado de saturación en el que no cabe su resolución dentro de los cursos normativos implicados, es decir, hay una confluencia o una divergencia entre ámbitos categoriales que impiden su resolución desde cada categoría en que se resuelven los términos, y suponen los límites de inteligibilidad y de operatividad de las acciones y los fines de los sujetos; en lenguaje llano, no cabe entendimiento, en la medida en que el entendimiento –el diálogo– es precisamente el dado a través de los fines de esas instituciones en las que se encuentran los sujetos operatorios que se entienden, es decir, las relaciones como inteligibilidad mutua. Por eso no cabe al modo idealista, superponer procesos relacionales por encima de las propias instituciones desde donde se ejerce la racionalidad. De modo que no se trata, por nuestra parte de dar importancia, valorar, las guerras, como si el que investiga un cáncer se le acusa de ensalzar el cáncer o ponerlo en valor, sino de entenderlas, único modo de manejarse respecto de ellas, como respecto de un cáncer, que no por negarlo o despreciarlo va a desaparecer.
Lo que se trataría de señalar, supuesto el eclipse de ciertas instituciones (aquellas que dese el idealismo monopolizan la racionalidad, caso del diálogo o la diplomacia) es que el cierre técnico que como operación política explica la guerra, consiste en regresar sobre el fundamento mismo de las relaciones categoriales, esto es, de regresar sobre la mismas comunicaciones que han generado las relaciones categoriales (una idea de conexión que a escala mundial se realiza con América, la cual suponemos es la condición de posibilidad positiva del nacimiento de la ciencia moderna). Es decir, la guerra tendrá como objetivo superar las contradicciones objetivas con la misma destrucción de las instituciones básicas que sirven de conexión entre los poderes del Estado, lo que se llama control de las infraestructuras, como las fuentes energéticas, estrategias de bloqueo comercial, como el cierre de fronteras; o estrategias de desconexión nematológica (propaganda), de aislamiento lingüístico (como los nacionalismos periféricos en España), o con tácticas concretas, como toma de puertos, pasos, aeropuertos, puntos estratégicos, telecomunicaciones; pero sobre todo en la destrucción del sujeto operatorio que con sus desplazamientos es el fundamento de las mismas conexiones, el cuerpo humano, aquel que es desde nuestro punto de vista el referente del mismo sujeto trascendental, pues a través de las conexiones que establece, es el fundamento de las relaciones, que tras su «desbloqueo», tras cortas los nudos gordianos, se vuelven a establecer, esto es, a producir, pero ahora ya desde el Estado victorioso. Fin que como decía Espinosa hace buena la guerra.
De este modo ha aparecido a través de la Institución del Sujeto trascendental materialista una analogía entre guerra y filosofía, en tanto ambas tenderían a tratar las incompatibilidades institucionales a escala técnica o nematológica respectivamente, si su labor fundamental consiste en «destruir», como único modo de salir adelante.
Cabría ahora progresar sobre los fenómenos que nos ocupan, la disyuntiva entre la Hispanidad y el Europeísmo, para medir desde estas instituciones o complejos institucionales, como son el Estado, la guerra y la filosofía su grado de incompatibilidad; ya hemos dicho, que partimos de su posible divergencia, y en la medida en que ésta disyuntiva para muchos es inexistente, como es natural tendremos que suponer fases o estratos donde se da una involucración entre los términos dioscuros, lo que habría que analizar en ese caso, es el tipo de involucración y su consistencia, para ello vamos a diferenciar tres fases o modos de involucración o incompatibilidad entre ellas.
Desde el punto de vista lógico, tres son las posibilidades, pues la cuarta que supondría que se dan los dos a la vez no cabe considerarla; la primera en que no se dan ninguno de los términos, la segunda donde se da uno y la tercera donde se da el otro. Nos limitaremos a indicar o señalar algunos hitos de sobra conocidos.
Una primera fase o fase inicial supondría que todavía no se ha dado ninguno de los elementos que cabe incluir en los conjuntos complejos que tratamos, Hispanidad y europeísmo serían conjuntos vacíos, una relación en que cabe afirmar la compatibilidad entre ambos términos, precisamente para constatar que cuando desde el presente se les ve constituirse al proyectarse su idea hacia el pasado, es el momento en que aparecen las figuras dialógicas que tratan las incompatibilidades, según hemos dicho, la guerra a nivel técnico y a nivel nematológico los mitos configuracionales; nos referimos a las tesis que ponen en la batalla de Roncesvalles con Bernardo del Carpio y Alfonso II el Casto por una parte y el mito del Roldan y Carlomagno por otra; en efecto, si desde la Hispanidad se puede regresar a los Reyes Católicos, el Cid, la Virgen de Covadonga y Pelayo o más atrás aún con la Virgen del Pilar, veríamos en sus inicios la disyunción, rompimiento o incompatibilidad con los proyectos expansivos del Imperio carolingio, la Marca hispánica de corta duración (unos diez años), aquel en el cual se ve desde las instituciones europeas actuales el origen de la idea política de Europa. Una batalla que en el 809 dio como vencedor a la parte castellana. La línea iría de los Emperadores castellanos en ejercicio al Emperador oficial Carlos I, cuando recibe la espada Durandarte que del Carpio arrebata a Roldan: «Una vez nombrado emperador, Carlos V, volvió, desde Laredo, el 30 y 31 de Julio de 1522, a Aguilar de Campoo, a visitar de nuevo la tumba de Bernardo del Carpio, y entonces recibió como propia la espada Durandarte. Este es el hecho objetivo que prueba la continuidad del ortograma imperialista en torno al cual se organiza la Historia de España desde Alfonso II hasta Carlos I y sucesores»{5}.
Es decir, si en la fase inicial la Hispanidad como expansión de España en el Mundo aún no existe, tampoco la vertiente europeísta. Lo que sí existe es la tendencia que culmina en los Estados modernos, y sus enfrentamientos constitutivos, desde los cuales cabe determinar sus inicios. Una vez que están dados es como podemos pasar a las fases de la tendencia hacia la subordinación mutua.
La fase primera o de Hispanización podríamos ponerla precisamente con el Descubrimiento de América y su evangelización, fase imperial que en la Monarquía de los Austrias incluye buena parte de Europa, pero que ya supone sus divergencias, lo que aparece de inmediato, por ejemplo, cuando los comuneros se rebelan contra un rey nacido en Flandes y educado por extranjeros, aquel Rey que en 1519 vuelve con el tesoro que le envía Cortés a tierras alemanas, donde los príncipes electores le hacen firmar una serie de capitulaciones temiendo la hispanización de sus instituciones. Pues bien, el inicio de esta fase que se revolvería en favor de España cabría ponerlo precisamente en la batalla de Pavía, donde se captura al propio Francisco I, y en cuyas negociaciones de liberación es cuando se utiliza por primera vez el español usado como lenguaje diplomático, internacional.
Este proceso vendría a acabar con los tratados que rodean la llamada paz de Westfalia, perdiéndose las provincias unidas en el norte de Europa y con la batalla de Estremoz, perdiéndose Portugal dentro de la península, ambas con la influencia esencial del ejército inglés y francés. De la llamada guerra de sucesión, que en realidad fue una guerra europea librada en España, aún se conserva la propiedad de Gibraltar para los ingleses.
Ni que decir tiene que la gran batalla ideológica, nematológica o filosófica se dio en torno a la defensa del catolicismo por parte española y las distintas ilustraciones por parte inglesa, francesa y alemana, con una aplastante victoria propagandística de la Enciclopedia y los autodenominados «filósofos».
La fase segunda en que se invertiría la tendencia es resultado de un proceso que se inicia en 1808 y llega a la actualidad, un choque donde el imperialismo napoleónico, quien se consideró a sí mismo heredero de Carlomagno haciéndose coronar por el Papa, podría entenderse como la inclusión de la Hispanidad en el europeísmo; sin embargo, como en otros casos, las incompatibilidades surgieron espontáneamente, es decir, de acuerdo a la tradición, incompatibilidades objetivas entre instituciones que se «resolvieron» con las cruentas guerras peninsulares y americanas, llamadas de «independencia» y de «emancipación» en nuestra historiografía, donde la dialéctica de imperios en sus momentos técnico y nematológico tienen mayor calado, y por tanto generan mayor confusión y mayores dificultades; por ello la invasión napoleónica, tragándose la España peninsular y la política inglesa y norte-americana después, «tragándose» hispano-América, que culmina con el desastre del 98 a finales del siglo XIX iniciaría la posibilidad efectiva de incorporación de España a las directrices franco-alemanas de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
¿Qué conclusiones cabría sacar del análisis de las guerras en que hemos cifrado la resolución de las incompatibilidades entre las partes disyuntas?
Desde la dialéctica de imperios que creemos básica para entender la historia, creemos que la figura que mejor explica esta dialéctica es la catástasis, es decir, el proceso por el cual la reiterada confluencia desde alguna de las partes en conflicto, llevada a cabo por Carlomagno, Carlos V, Napoleón o Hitler, ha resultado o supuesto una refluencia hacia las partes originarias con dos consecuencias principales, o bien la consolidación o bien la disminución de alguna de las partes en litigio según obtengan o no la deseada victoria, ejemplos de lo segundo pueden ser la disolución del imperio austrohúngaro o la partición de la Alemania nazi. Pero, sobre todo, por lo que respecta al título de este congreso, creemos que en todo este proceso el ejemplo más significativo es precisamente el de la disolución política de la Hispanidad.
Por ello, parece conveniente finalizar señalando esquemáticamente{6} algunos hechos destacables de las guerras que de 1802 a 1824-30 disuelven la entidad estatal, imperial que se denomina a nivel político el Imperio español, la Monarquía católica o Hispanidad.
De nuevo cabría ver estas guerras desde la perspectiva idealista, frente a los análisis que se podrían hacer desde la perspectiva materialista.
En el primer caso creemos que prima en la atribución de causas el momento nematológico (la realización de ideas como justicia, igualdad, libertad, democracia son las que mueven), tendiendo al análisis lisológico; en el segundo caso primaría el carácter técnico de las causas, tendiendo al análisis morfológico.
En efecto, las líneas maestras del análisis «idealista» de las llamadas guerras de emancipación americanas o de independencia, parten de la relación colonial entre la metrópolis y las colonias americanas, y ponen las causas de su inicio en las ideas ilustradas que a través de la independencia americana primero, y de la revolución francesa después, como modelos a seguir, permiten a las clases burguesas americanas desatarse el yugo monárquico y feudal que los impide sumarse a la Modernidad con mayúsculas: el libre comercio internacional, las ideas masónicas contra-católicas de las logias, los ideales de libertad de las clases esclavas cuyo primer levantamiento se da en Haití, y los ideales igualitarios y democráticos de las nuevas repúblicas.
Alrededor de estas «causas» se mueven gran parte de las tesis clásicas y casi toda la historiografía que surge de las nuevas repúblicas.
La perspectiva materialista es muy otra y no considera a las ideas con capacidad de movilización en la medida en que una misma idea se combina con otras, y puede mover en sentidos contrarios, de hecho la pluralidad supone múltiples ideas, pero sobre todo, en contexto, lo que determina su influencia.
El tratamiento que cabe dar a las ideas desde el punto de vista materialista se aplica en las ciencias históricas en la medida en que son capaces de construir, no re-construir pues más que recoger los hechos ya configurados de la construcción destruida, la construcción toma su figura de los consecuentes que se dan al final –lo que siempre se entendió en filosofía dialéctica–, de modo que las «reliquias y los relatos» serían los hechos o ladrillos, configurados en su significación desde el proceso como tal, lo que nunca habría podido darse anteriormente, las cadenas de principios y consecuencias que determinan la estructura de los fenómenos, y que son en el caso que nos ocupa (las guerras que destruyen la Hispanidad y que son fundamentales para entenderla) internos al desarrollo de la Hispanidad en su forma de unidad y de identidad, y no externos o importados, nos referimos a la incompatibilidad entre el centralismo (borbónico, pero también liberal) y el pluralismo (legado de los Austrias y muy presente en América) por un lado y por otro el fundamento de la soberanía en la Monarquía o el constitucionalismo de la Nación política que se está abriendo paso.
La combinación de estas ideas en contexto, con los parámetros pertinentes, es decir, según el ámbito en que se diriman, permiten identificar gran parte de los conflictos, bien al nivel de la dialéctica de los imperios (desde el que se hace la Pepa u opera la Monarquía), el de los virreinatos o reinos donde operan San Martín, Bolívar o Iturbide, y por fin el de las innumerables capitales o cabildos que se arrogan la soberanía.
Estas tomas de posición, monárquico-centralista como las borbónicas, monárquico pluralista como las Juntas (principalmente en América), liberal-centralista como las corrientes principales de Cádiz o liberal-pluralista como el federalismo de los diputados americanos en Cádiz, varía a lo largo del tiempo en los mismos individuos según el contexto internacional, ya sea en los seis años de ocupación francesa de la Península, la intervención inglesa en América a partir de 1814 (los cientos de voluntarios y figuras tan destacadas como Coltrane y Brown) o a partir de 1823 con la Santa Alianza y los cien mil hijos de San Luis. Sin embargo las instituciones en que se desarrolla el proceso son hispánicas, es decir, contrarias a las ilustradas; por poner ejemplos:
El hecho que se invoca en las Juntas fernandinas de 1808 emanan de las tesis escolásticas tradicionales españolas que vienen enseñándose desde el siglo XVI: Suárez, Vitoria, Mariana, Menchaca y tantos otros; nos referimos principalmente a los casos que se dieron efectivamente: la reversión de la soberanía al pueblo si falta el rey y el tiranicidio si el rey es un tirano.
En América no sólo se «despacha» a los comisionados napoleónicos, sino que las Juntas de 1809 y 1810 se hacen contra autoridades godoystas, aquellas que se suponen afrancesadas, y convencidos de que España estaba perdida, como de hecho lo estaba en los seis años de guerra. ¿Cómo explicar una independencia de la Monarquía católica española tradicional, si ahora la Monarquía es bonapartista y anti-católica? En 1811 los primeros levantamientos independentistas se hacen donde más fuerte presencia de los ejércitos ingleses hay, en Caracas y en la Plata, precisamente en tanto no se reconoce una regencia, impuesta en Cádiz por los ingleses; regencia que la misma Junta Central había tachado de traición.
Pero es que la idea de hacer Juntas soberanas a partir de 1810 es el modelo político que propone el Cádiz liberal y revolucionario para América, y así lo llevan los comisionados Villavicencio, Cos y Montufar a toda América, en la idea de no acatar las autoridades monárquicas y elegir diputados en Cortes.
Que el papel de la iglesia es fundamental para el desenlace independentista, no sólo por la importancia de los jesuitas a raíz de su expulsión, sino porque muchos de los promotores de las mismas fueron religiosos, lo demuestra el hecho novo-hispano del cura Hidalgo y Morelos con la Virgen de Guadalupe, fracasado, pero también las que triunfaron, como es el caso de la primera independencia efectiva, la de las Provincias Unidas de Sudamérica de 1816, donde dieciséis de los veintinueve firmantes son doctores, doctores en Teología.
Que no es una guerra de emancipación, sino una autentica guerra civil, lo demuestra el hecho comparativo con Norte-América, donde dos millones de súbditos arrojados de Inglaterra tardan seis años en independizarse de un imperio en alza como el inglés con dieciocho millones de habitantes; en el Español, no hay «casus belli» económico, cuanto se financia desde América la guerra al francés en la península (precisamente no contra el Rey, sino cuando falta), pero es que hay tantos súbditos o ciudadanos en la parte americana como en la peninsular (en torno a trece millones por parte) y donde no es hasta quince años después de la caída de la monarquía, cuando el proceso es irreversible. Pero es que si se va a las Actas de independencia, éstas se dirigen de unas partes contra otras, según un signo político u otro, según se da su proceso de desarrollo, y sólo en algunas contra la España peninsular: Paraguay se declara independiente de la Plata, Chile del Perú, la Plata de la Monarquía fernandina, el Uruguay del Brasil, Venezuela de la Gran Colombia, La Nueva España de la España liberal, las Provincias Unidas de Sud-América de la Nueva España, &c. Por último advertir que las nuevas Repúblicas salen de las mismas partes formales que se generan por el Imperio, ya sean capitanías generales, audiencias o virreinatos; unas naciones que seguirán independientes con problemas vinculados a su mismo pasado, ya sean las tensiones centralistas-federalistas, ya sean los gobiernos constitucionales o acaudillados, algo que ocurrió del mismo modo en la península con las tres guerras carlistas y con el secesionismo periférico actual.
Un proceso que regresa a los cabildos con que se expande en su inicio y que ya no podrá progresar al todo originario, una vuelta que aún se busca.
¿Qué conclusión podemos sacar sobre los grados de incompatibilidad que, desde estos análisis, cabe establecer en la disyuntiva: «Hispanidad o europeísmo»?
Si aplicamos a estos términos complejos las ideas de Estado o Imperio y guerra, para presentar del modo más objetivo posible la cuestión, en tanto los resultados de la política y las guerras como núcleos institucionales de la vida histórica, son los campos de operaciones donde se desarrolla su racionalidad (pues una racionalidad exenta que sobrevuela la historia o que está por llegar es pura metafísica), parece necesario constatar que las incompatibilidades son manifiestas, como cabría prever.
En efecto, suponiendo que ni la Hispanidad ni Europa tienen realidad política estatal, una porque la dejó de ser, y el otro porque busca serlo, cabe verlos como ortogramas incompatibles que casi 1200 años pueden corroborar.
Pero si atendemos a los últimos doscientos años, cabría ver ejercitadas las incompatibilidades con una frase que pusiese en términos «positivos», morfológicos, lo que Ortega acuñó de forma abstracta, lisológica y casi metafísica: «España es el problema», y así lo vieron los Estados o imperios del resto de Europa desde un principio, y «Europa es la solución», es decir, la disolución del problema en tanto implica soltar, desgajar, las partes de lo que llegó a ser: la Hispanidad; es decir, España es un problema para otras partes de Europa y Europa (frente a España) significa, como tal la disolución de España. Europa, como ideología, el europeísmo sería o supondría la disolución en la que los nacionalistas periféricos esperan soltarse del yugo que les ata y resolver sus problemas en una futura Europa de los pueblos que les unirá de nuevo, aquella Europa de los Antropólogos que proyectó Hitler.
Sin embargo cabría preguntarse de nuevo ¿qué realidad cabe darle actualmente a las partes de esta disyuntiva atendiendo a sus incompatibilidades?
Al europeísmo la duración que tenga un tratado o una suma de tratados económicos en función de sus intereses contra terceros, una duración y vigencia que suele acabar, o de mutuo acuerdo, o con la guerra.
A la Hispanidad cabe darle la realidad de un idioma y un acervo cultural común que tarda siglos en constituirse y que tardará siglos en desaparecer.
{1} Gustavo Bueno, El mito de la felicidad, Ediciones B, Barcelona 2005.
{2} Gustavo Bueno, España no es un mito, Temas de hoy, Madrid 2005.
{3} Gustavo Bueno, «Historia (natural) de la expresión «fundamentalismo democrático», El Catoblepas, nº 95, 2010.
{4} Gustavo Bueno, La vuelta a la Caverna. Terrorismo, guerra y globalización, Ediciones B, Barcelona 2004.
{5} Gustavo Bueno, «Bernardo del Carpio y España», El Catoblepas, nº 72, 2008.
{6} Nos tenemos que remitir al estudio «inédito» que titulamos «América: fenómeno y realidad» donde le dedicamos varios capítulos. © 2013 nodulo.org

References: resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución