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ACTIVIDAD ASEGURADORA Y CONTRATO DE SEGURO Nicolás Martí Sánchez * - PDF
ACTIVIDAD ASEGURADORA Y CONTRATO DE SEGURO Nicolás Martí Sánchez *
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Inmaculada Soto Villanueva
1 Derecho y Cambio Social ACTIVIDAD ASEGURADORA Y CONTRATO DE SEGURO Nicolás Martí Sánchez * SUMARIO: I. PLANTEAMIENTO: SEGURO, "ACTIVIDAD ECONÓMICA" Y "CONTRATO". II. EL RIESGO. 1. Aspectos generales. 2. Notas tipificadoras del riesgo. A) Posibilidad de un hecho. B) Incertidumbre. C) Azar; requisitos. III. EXPLOTACIÓN CONFORME A PLAN: MUTUALIDAD. IV. LA PRIMA. V. LA "SOCIALIZACIÓN" DEL SEGURO: SEGUROS PRIVADOS Y SEGUROS SOCIALES. VI. EL "DERECHO DE SEGUROS" Y LA CLASIFICACIÓN "DERECHO PÚBLICO"-"DERECHO PRIVADO". VII. EL CONTRATO DE SEGURO. 1. Planteamiento. 2. Aspecto doctrinal. 3. Definición legal: Carácter unitario. 4. Clasificación general. 5. Seguros marítimos y aéreos. 6. Caracteres. 7. Condiciones generales: A) Su papel en el contrato de seguro. B) La intervención de los "corredores de seguros". C) Situación actual. 8. Contratos de seguros obligatorios. VIII. PERFECCIÓN DEL CONTRATO DE SEGURO: LA PÓLIZA Y OTROS DOCUMENTOS RELATIVOS A DICHO CONTRATO. 1. Contrato consensual. 2. La póliza. 3. La llamada "póliza flotante". 4. Modos de emisión de la póliza. 5. Los otros documentos: La solicitud, la proposición y la "cobertura provisional". IX. ELEMENTOS DEL CONTRATO DE SEGURO: 1. El riesgo. 2. El "interés" en el contrato de seguro. 3. El objeto del contrato de seguro. 4. La suma asegurada: A) Aspectos generales. B) La "póliza estimada". C) La suma asegurada en los "seguros de daños" y en los "seguros de vida". 5. La prima. 6. Los sujetos y su posición en el contrato de seguro: A) El asegurador: a) Aspectos generales; La autorización administrativa. b) Carencia de autorización y nulidad del contrato. c) La obligación de pagar la indemnización y naturaleza de la deuda. d) El coaseguro. B) El tomador del seguro: a) Contratante. b) Modos de actuación. c) Seguro múltiple. C) El asegurado. D) El beneficiario. E) El tercero perjudicado. X. NORMAS DE DERECHO INTERNACIONAL PRIVADO. * Magistrado español. 12 I. PLANTEAMIENTO: SEGURO, "ACTIVIDAD ECONÓMICA" Y "CONTRATO" El contrato, al igual que el Derecho (ya se considere éste en su aspecto científico, ya como norma ciencia del Derecho, Derecho positivo, respectivamente ), constituye un instrumento, no un fin en sí mismo. Por otro lado, el aspecto jurídico de cada una de las distintas relaciones sociales, el Derecho, aparece en la historia con posterioridad a la correspondiente relación social, fenómeno que se repite en la actualidad cada vez que surge una relación nueva necesitada de protección jurídica, si bien existe la tendencia a encajarla en alguna de las figuras o instituciones "tradicionales", modo de operar rechazado con acierto por BOBBIO al afirmar que "la ciencia del Derecho ha estado aplastada durante siglos bajo el peso de la autoridad de una gran experiencia y de una gran cultura jurídica: la romana", de tal manera que, como señala el mismo autor, "la idealización del Derecho romano ha terminado en un cierto momento por obstaculizar el progreso de la ciencia jurídica" (1). Asimismo, cada tipo de contrato y, por supuesto, la institución del "contrato" en general consiste en figuras jurídicas que aparecen con posterioridad a las respectivas relaciones socio-económicas que constituyen su correspondiente sustrato, nacidas éstas para satisfacer las más diversas necesidades del hombre susceptibles de ser cubiertas mediante comportamientos interpersonales de naturaleza patrimonial, relaciones a las que no les dan nacimiento los ordenamientos jurídicos, sino los hombres compelidos por dichas necesidades que solo pueden satisfacer por medio de tales comportamientos o actuaciones de otros miembros de la colectividad. Por consiguiente, la posibilidad de dar nacimiento a tipos contractuales nuevos no previstos ni regulados por las leyes tiene su fundamento en la libertad del hombre, principio o elemento consustancial al ser humano, y no en una disposición legal; concretamente en el caso del ordenamiento jurídico español, el art del Código Civil, precepto que, frente a la opinión generalizada de la doctrina, no recoge el principio de numerus apertus de tipos contractuales. El propio texto así lo indica y corrobora. Menciona expresamente a "los contratantes"; no utiliza la expresión "cualquier persona" u otra similar, sino que se dirige a las partes de un contrato: "los contratantes pueden establecer los pactos... que tengan por conveniente...". Y no reconoce un derecho de la persona, anterior o extraño al precepto, sino que otorga una facultad "pueden establecer..." a quienes celebran un contrato: la de acordar lo que tengan por conveniente, además de lo que constituye el contenido específico del correspondiente tipo contractual, con las únicas limitaciones que el propio precepto señala. Pues bien, en el caso del seguro el fenómeno se repite. Pero con una particularidad; el sustrato, la faceta económica del mismo no agota su función en la de ser factor generador del nacimiento del contrato. La esencia económica del seguro mantiene su decisiva influencia más allá del momento de la aparición de dicha actividad en cuanto que, además de ese originario papel de elemento determinante del surgimiento del contrato de seguro, se encuentra presente en los distintos aspectos fundamentales y definidores de la actividad de naturaleza económica en que el seguro consiste, actividad que sólo posteriormente se introduce en el campo del Derecho o es acogida por éste. Como ha manifestado LA TORRE recientemente en Italia, "el seguro", al igual que "otros institutos nacidos de las necesidades del comercio", "ha penetrado históricamente en el3 mundo del derecho más por su propia fuerza que ex autoritate legis, conquistando un espacio cada vez más amplio a medida que la práctica imponía su éxito", de ahí que añade "precedió tanto a la intervención del legislador como a la labor del jurista, imponiéndose a ambos como Derecho vivo " (2). Y es que fueron los mercaderes italianos del siglo XIV los que como con frase gráfica expresa el mismo autor "prácticamente inventaron el seguro", lo cual le lleva a afirmar que "el nacimiento del seguro con prima... es un hecho que en el vivo clima comercial del tardío medioevo irrumpe con tal carga innovadora que remueve en sus propias raíces la concepción misma de la economía... anticipando en muchos aspectos la era moderna" (3). Son de tal relevancia los elementos económicos del seguro institución esencialmente económica que un previo y diáfano conocimiento de ellos resulta fundamental no ya para adentrarse con éxito en el examen de los aspecto jurídicos de tal actividad entre los que se encuentra el contractual sino sobre todo y principalmente para la interpretación de cada contrato en particular, y resolver así de manera adecuada cualquier conflicto que afecte a las personas implicadas en ese concreto contrato. Y un dato que desde el principio hemos de tener en cuenta. Ese "invento" del seguro tiene como finalidad fundamental poner lo seguro en lugar de lo inseguro, tener de antemano la garantía de que si en el futuro acaece un hecho productor de una necesidad, quien experimente ésta obtendrá efectivamente, con prontitud y en todo caso salvo supuestos de ilicitud o mala fe la prestación, de contenido económico, pactada, consistiendo en esto la auténtica tan cacareada "protección del asegurado". Y para conseguirla como ya expresé en otra ocasión "no es... al asegurado a quien ha de protegerse especialmente, sino al propio seguro", "de ahí que la regulación positiva del seguro" deba "llevarse a cabo, no tanto entendiéndolo como un contrato clásico, con las particularidades propias del de adhesión para proteger a la parte que se considera más débil en este caso el asegurado sino como servicio, del que ha de promoverse su difusión, para proteger así a todos los asegurados actuales o posibles y a la economía nacional", "lo que exige, por supuesto, controlar al asegurador. Pero sin que ello comporte desconocer la necesidad de proteger la actividad", y para ello es necesario "que se trate al asegurador no tanto como el sujeto de un contrato, sino más bien como titular de una actividad económica de interés social..., incluso dentro de un sistema de libertad de empresa en el marco de una economía de mercado" (art. 38 de la Constitución), "pues aun entonces toda la riqueza en sus distintas formas y sea cual fuese su titularidad está subordinada al interés general (art de la Constitución)" (4). II. EL RIESGO 1. Aspectos generales. Presupuesto económico nuclear del seguro es el riesgo. A este respecto manifiestan PICARD y BESSON que "el riesgo constituye un elemento esencial del seguro... aquel elemento que le da a la operación su verdadera fisonomía"; luego, según los mismos autores, "la noción de riesgo es una noción original, propia del derecho y de la ciencia del seguro, muy diferente de la noción de riesgo utilizada en Derecho civil o en el lenguaje corriente" (5). En el campo del seguro el riesgo suele ser considerado así se expresa DONATI como "la posibilidad de que se produzca un acontecimiento económicamente desfavorable de tal naturaleza que provoque una necesidad" (6), pues "más que definir el riesgo como acontecimiento futuro e incierto, esto es, posible, conviene definirlo como la posibilidad del acontecimiento, puesto que el riesgo, sobre el que se asienta la relación de seguro durante 34 toda su vigencia, está constituido propiamente por la pendencia del acontecimiento" (7), de ahí la necesidad de "aislar", delimitar el riesgo y no confundirlo con los contratos de seguro en su conjunto, con los ramos, o la cartera de un ramo, ni con el interés asegurado, o con la persona o cosa asegurada, como tampoco con la relación entre el importe de la prima y el montante de la eventual prestación del asegurador ("riesgo" contractual del asegurador), como igualmente no coincide el riesgo con el acontecimiento temido cuando ya se ha verificado (el siniestro), ni con las consecuencias del siniestro (el daño), o con la cuantía (fija o máxima) del daño (la suma asegurada). De otra parte, es necesario también distinguir entre el riesgo y algunos aspectos del mismo igualmente denominados erróneamente, tanto en la práctica como por la doctrina, la jurisprudencia y los legisladores, riesgo. Tal es el caso de la situación en que se encuentra la persona o la cosa asegurada determinante de la posibilidad del acontecimiento susceptible de causar el daño; las circunstancias que inciden sobre el grado de posibilidad de acaecimiento de dicho evento. Esto es, el hecho (el viaje de la nave o de las mercancías, el curso de la vida humana, u otro cualquiera) del que surge el riesgo o, como lo denomina GARRIGUES, el "estado de riesgo" (8). El riesgo, en cuanto presupuesto económico del seguro, anterior, previamente existente a la aparición del contrato, y a la conclusión de cada contrato de seguro en particular, solo tiene el significado, según la opinión dominante, de posibilidad de un evento desfavorable, de un acontecimiento generador de una necesidad (cuestión distinta es la de si además ha de causar un "daño económico", "concepto más restringido" que el de necesidad (9), cuestión ésta sobre la que no existe unanimidad en la doctrina) a diferencia de lo que ocurre en los campos de las ciencias económica y jurídica en los que el riesgo aparece vinculado a lo aleatorio, pudiendo consistir tanto en una ventaja, en una modificación favorable, como en una desventaja o alteración desfavorable, de una situación dada. 2. Notas tipificadoras del riesgo. A) Posibilidad de un hecho. Si el riesgo supone "la posibilidad de que por azar ocurra un hecho que produzca una necesidad patrimonial" derivada a su vez dicha posibilidad de la existencia de un hecho que la genera (10), nota tipificadora del riesgo es la posibilidad, consistente "ésta no en un hecho del mundo sensible, sino en una representación del mundo lógico" (11), de tal manera que, como señala el propio Donati, "para la ciencia actuarial el riesgo es el fenómeno natural que se introduce con una cierta regularidad en la vida común" (12). La posibilidad se encuentra en un punto intermedio entre la imposibilidad y la necesidad o certeza. Concurre, pues, la posibilidad cuando no está excluido el que un determinado acontecimiento se produzca ni existe seguridad de que no tenga lugar, todo ello según el estado del conocimiento humano en un momento dado. Mas la posibilidad es susceptible de graduación; los grados de la posibilidad es lo que constituye la probabilidad, que a su vez determina la entidad o gravedad del riesgo; tanto menor cuanto más se aproxima a la imposibilidad, y cada vez mayor a medida que se acerca a la necesidad. B) Incertidumbre. En conexión con la posibilidad se encuentra otra de las características del riesgo, la incertidumbre, que bien puede afectar a si se producirá o no y cuándo (eventus incertus an et quando), o sólo a en qué momento tendrá lugar (incertus quando) el hecho causante de la necesidad.5 C) Azar; requisitos. Nota individualizadora del riesgo lo es además el azar, referido a la realización del hecho temido, consistente en que el acaecimiento de éste ha de ser de carácter fortuito tal como lo entienden los economistas: "que el seguro no esté contaminado de riesgo moral ", si bien no en cuanto que el asegurado no pueda influir en la probabilidad de la producción del hecho pues en este sentido "existe riesgo moral en casi todos los seguros" (13) sino que el hecho pueda tener lugar, desde el punto de vista de su propia naturaleza, sin la necesaria intervención de una conducta humana voluntaria. A este respecto afirma GARRIGUES que "el concepto de lo fortuito sufre modificaciones al ser aplicado al seguro" por cuanto aun cuando la conducta del asegurado pueda ser determinante del siniestro (siempre que no opere la intención o voluntad deliberada del mismo) cabe hablar de azar y de acontecimiento fortuito (14). En el riesgo fortuito han de concurrir dos requisitos: 1) Un gran número de "hechos fortuitos"; 2) Una relativa independencia entre ellos, constitutiva de la llamada diversificación de los riesgos (15), referida por un lado a los del mismo tipo (por ejemplo incendios, no circunscritos a un área geográfica reducida o a los originados por una única y determinada causa), y de otra parte, a la clase o tipo (integrantes de los diversos "ramos" incendio, robo, responsabilidad civil, accidentes, vida... ). III. EXPLOTACIÓN CONFORME A PLAN:MUTUALIDAD Requisito o elemento económico del seguro es además la explotación conforme a plan, ya que expresa GARRIGUES "todo seguro se funda en la idea de la mutualidad... de la pluralidad de personas sometidas a riesgos idénticos", de tal manera que funciona "como garantía recíproca entre varias economías... amenazadas por los mismos riesgos" (16). Y esto es así porque, como afirma igualmente GARRIGUES, "el seguro es el antídoto o el anticuerpo del riesgo", "pone lo seguro en lugar de lo inseguro", consistiendo en ello "la esencia de la institución" (17), de ahí el que se afirme que "la esencia del seguro... es siempre la mutualidad" (18). No cabe olvidar afirman PICARD y BESSON que "el aspecto técnico de la operación" de seguro es "la mutualidad que se encuentra necesariamente en la base de toda empresa de seguros, o mejor dicho, en la base de todo seguro" (19). Luego, "transmisión del riesgo y mutualidad" constituyen "la esencia del seguro" (20). Por tanto, si el seguro comporta siempre transmisión del riesgo de un sujeto (el asegurado) a otro (el asegurador), solo mediante la mutualidad se pone lo seguro en lugar de lo inseguro, tanto por los asegurados (al constituir "un grupo de personas que contribuyen... a reparar las consecuencias de los siniestros que afectan a cada una de ellas"), como por los aseguradores, que así escapan "a la inseguridad de la suerte", al tener "a su disposición un fondo con el que" hacer frente económicamente a "los siniestros aislados" (21). Y es que "desde el punto de vista económico" así se expresa Donati "en sentido moderno, verdadero y propio seguro es solamente la operación que... lleva a cabo la transmisión del riesgo junto con la mutualidad... puesto que si el seguro no llega, a través de la mutualidad, a la efectiva eliminación de la aleatoriedad de cada operación aislada, ésta puede reducirse para el asegurado solamente a la sustitución del riesgo asegurado por el riesgo de la insolvencia del asegurador" (22), ya que como afirman PICARD y BESSON "no puede existir seguro en estado aislado, limitado a un solo riesgo en la relación de un solo asegurado y un asegurador, pues esto sería, por parte de éste último, una operación de especulación o de juego. No sería entonces un seguro, sino un simple desplazamiento del riesgo; y el asegurado correría siempre el riesgo de la insolvencia del asegurador, en el 56 sentido de que, en caso de producirse el siniestro, pesaría sobre él el riesgo de no recibir la prestación prometida" (23) eliminación de este efecto inútil que únicamente se consigue a través de una organización (24), la empresa de seguros (el asegurador), "que no es más que un intermediario encargado de gestionar el fondo común", consistiendo su papel en agrupar una multitud de riesgos, según las reglas de la estadística, en compensarlos en el seno de su empresa de la forma más científica posible, a fin de poder, con el total de las primas recibidas (deducidos los gastos generales) entregar a los asegurados siniestrados las cantidades a las que tienen derecho. En una palabra" concluyen PICARD y BESSON "el seguro no puede existir más que en el seno de una empresa científicamente organizada" (25). En esto consiste la denominada "explotación conforme a plan", único mecanismo que permite la existencia del seguro, institución económica, no jurídica aunque con incidencia en el campo del Derecho de ahí el que considere incorrecto hablar de un "concepto económico" de seguro (26), como si existieran otros conceptos de la misma institución, siendo así que seguro es como lo define GARRIGUES siguiendo a MANES "la cobertura recíproca de una necesidad fortuita y estimable, relativa a múltiples economías amenazadas de igual modo"; o según la más completa definición que dan PICARD y BESSON, tomada de Joseph HÉMARD, "una operación por la cual una parte, el asegurado, se hace prometer, mediante una remuneración, la prima, para él o para un tercero, en caso de realización de un riesgo, una prestación por la otra parte, el asegurador, quien, tomando a su cargo un conjunto de riesgos, los compensa conforme a las leyes de la estadística", definición que "pone el acento en el carácter científicamente organizado de la empresa de seguros", comprensiva, pues, de "todas las variedades de seguros privados" (27), de donde "se deduce" así lo afirma GARRIGUES "que la cobertura recíproca o mutua es la característica específica y capital del seguro", de tal manera que concluye este autor "Cobertura expresa la finalidad económica del seguro. Mutua expresa la forma de explotación" (28). Esa forma de explotación la única del seguro, se lleva a cabo por medio de una organización empresarial el empresario de seguros, el asegurador con la existencia en todo caso de un conjunto de personas que soportan riesgos homogéneos y contribuyen recíprocamente a reparar las consecuencias de los siniestros que afecten a una de ellas. Luego, cualquiera que sea el tipo de organización con el que se realice la actividad de seguros también una sociedad anónima siempre existe la mutualidad (29), que en unos casos aparece manifiesta cuando el asegurador es una "mutua" o una cooperativa y en otros se mantiene oculta si el asegurador es una sociedad anónima. IV. LA PRIMA La efectividad de la función del seguro requiere la colaboración pecuniaria de cada una de las personas que corren el riesgo. Pues bien, esa aportación la prima constituye otro elemento económico del seguro, tan esencial como el riesgo (30). Independientemente de los aspectos jurídicos de la prima, su efectiva entrega al asegurador así como la determinación de su cuantía no dependen de la voluntad ni del criterio de éste. En particular por lo que respecta a la cuantía, exige realizar el cálculo mediante la denominada "nota técnica", resultado de una operación matemática en la que intervienen diversos factores tales como, datos estadísticos de siniestralidad del respectivo tipo de riesgo, importancia de las consecuencias económicas del siniestro, valor del interés asegurado y, en general, todos los previstos por las matemáticas actuariales o del seguro para obtener una cifra que, aportada por cada asegurado, permita constituir un fondo en cuantía suficiente para subvenir al pago de las consecuencias de los siniestros que, en su caso, se produzcan. A7 este respecto dispone el art de la Ley de Ordenación y Supervisión el Seguro Privado, 30/1995, de 8 de noviembre (en lo sucesivo Ley OSP) que "las tarifas de primas deberán ser suficientes, según hipótesis actuariales razonables, para permitir a la entidad aseguradora satisfacer el conjunto de las obligaciones derivadas de los contratos de seguro y, en particular, constituir las provisiones técnicas". La prima así determinada, cuyo principal elemento es el riesgo, corresponde a la denominada prima pura, neta o teórica, que consiste en el valor del riesgo, en la "cobertura teórica del riesgo" (31). Ahora bien, para que dicho elemento económico del seguro cumpla su función es necesario que incluya otros conceptos (particularmente gastos de captación de asegurados de producción y gastos de gestión o administración), constitutivos de los denominados "elementos externos" a la prima. La cantidad total resultante es la llamada prima bruta, comercial o de tarifa (32), la prima real, a aportar efectivamente al asegurador. V. LA "SOCIALIZACIÓN" DEL SEGURO: SEGUROS PRIVADOS Y SEGUROS SOCIALES El seguro, actividad económica, comporta al igual que cualquier otra de esta naturaleza una utilidad individual para aquellos que la realizan. Pero además cumple el seguro una función social. En este sentido, la mayor utilidad del seguro, no sólo individual sino sobre todo colectiva, la constituye la seguridad que representa frente a eventos inciertos (33). Así ocurrió desde su origen, pues a través de la satisfacción de intereses individuales, se satisfacía mediatamente el interés colectivo. Mas en la etapa de su evolución iniciada en la segunda mitad del siglo XIX, y continuada a lo largo del XX, el seguro ha experimentado una progresiva socialización, entre cuyas manifestaciones se encuentra la extensión a aquellos riesgos que, amenazando al individuo en su persona (enfermedad, invalidez, vejez), su cobertura presenta un interés social evidente. En esta cobertura se encuentra el germen de los llamados "seguros sociales", diferenciados de los denominados "seguros privados" no por su naturaleza unos y otros son "seguro", institución económica. Afirma DONATI que "la primera y más relevante característica" de los seguros sociales radica en la fuente de la relación, tanto por lo que se refiere al nacimiento de la misma como a su contenido y regulación en todos los aspectos, pues mientras en los seguros privados la fuente es siempre el contrato, aun en los casos excepcionales de obligación legal de celebrarlo, "en los seguros sociales, por el contrario, está siempre en la voluntad de la ley, aun cuando para que exista en cada caso concreto aquélla exija, o un simple hecho (relación de trabajo...) o bien, además de tal hecho,... un acto, voluntario o no (petición,... invalidez, vejez), que no tiene naturaleza negocial ni siquiera unilateral, porque de éstos no deriva la relación, sino directamente de la ley (la llamada automaticidad de la relación)", que es también la que regula íntegramente el contenido de la relación, frente a los seguros privados en los que, aun sometidos a normas imperativas en algunos de sus aspectos, dejan un margen a la voluntad de las partes (34). Mas, como destaca el mismo autor, la diferencia entre seguros privados y seguros sociales no rompe ni fracciona el concepto unitario de seguro, como tampoco afecta a la unidad del "Derecho de seguros", si bien ello no supone olvidar la línea que divide esas dos manifestaciones del seguro como es el que la primera deriva "principal, si no exclusivamente, de la iniciativa privada, de las necesidades industriales y comerciales y del mundo de los negocios, y la otra, por el contrario, de la iniciativa estatal, de la cuestión social y del mundo del trabajo" (35). VI. EL "DERECHO DE SEGUROS" Y LA CLASIFICACIÓN "DERECHO PRIVADO" "DERECHO PÚBLICO"- 78 El concepto de seguro, actividad económica, es el presupuesto necesario de la definición del "Derecho de seguros", consistente, según GARRIGUES, en el "conjunto de normas jurídicas que regulan el seguro como fenómeno social y económico" (36), constitutivo del que DONATI denomina "perfil formal" del "Derecho de seguros", frente al "perfil sustancial" del mismo: "conjunto de relaciones jurídicas que llevan a cabo la operación económica del seguro en todos sus aspectos" (37). Pero del ámbito del "Derecho de seguros" quedan excluidos los seguros sociales pese a pertenecer, desde el punto de vista económico, a esta clase de actividad, porque las peculiaridades que presentan en su vertiente jurídica demandan una regulación específica. Situados en el campo del seguro privado también denominado seguro individual se viene distinguiendo a su vez entre un Derecho privado y un Derecho público del seguro privado. "En el punto central de ese gran complejo de normas" afirma GARRIGUES "está el contrato de seguro", materia, pues, de todo el Derecho del seguro privado; pero mientras el Derecho privado se ocupa de dicho contrato en cuanto tal, integrado en el Derecho de obligaciones o Derecho patrimonial dinámico, constituye contenido del Derecho público del seguro privado la regulación jurídica del control estatal de los aseguradores (38). Mas, como ya expresé en otro lugar, "al menos desde la aparición del Estado social ha perdido vigencia la distinción entre Derecho publico y Derecho privado" por cuanto "en un Estado social de Derecho no existe, particularmente en el campo económico, lo privado y lo público " (39). "La economía ya no es un sistema espontáneo, perfecto y autoregulado, sino que necesita la constante tutela e intervención del Estado como regulador" (40). Si bien los presupuestos teóricos para que el mercado pueda funcionar se considera que "tradicionalmente han sido ofrecidos por el Derecho privado": "autonomía privada, libertad contractual o libertad de empresa", sin embargo, "estos presupuestos teóricos en contraste con la realidad han provocado grandes disfunciones que han determinado la introducción de una acción correctora del Estado y que ha tenido su reflejo jurídico con la aparición de una disciplina pública de la economía... y en la modulación de la autonomía de la voluntad" (41). En esta línea que defiendo se pronunció el Tribunal Constitucional en sentencia de 7 de febrero de 1984, al manifestar que en un Estado social de Derecho se "difumina la dicotomía Derecho público-derecho privado", postura tímida pero significativa y esperanzadora de la que no ha extraído todas las consecuencias en ocasiones posteriores (sentencia del Pleno, núm. 88/1986, de 1 de julio de 1986, que reitera el criterio expresado con anterioridad en sentencia de 16 de noviembre de 1981 en el sentido de que "toda la actividad económica y, dentro de ella, la actividad que, en el sentido más amplio, podemos designar como actividad mercantil, aparece disciplinada hoy... por un conjunto de normas donde se mezclan de manera inextricable el Derecho público y el Derecho privado, dentro del cual hay que situar sin duda" añade "al Derecho mercantil"; conclusión claramente indicativa del mantenimiento de tal distinción, en este caso nada difuminada). A este respecto me parece oportuno recordar lo que hace años expresé en relación concretamente con el seguro: "no deben separarse... aspectos de una institución con conexiones tan estrechas como la actividad aseguradora y el contrato de seguro, pues si con fines científicos o didácticos cabría pensar en un examen analítico, diseccionado, de las diferentes facetas del fenómeno asegurativo, ello no debe hacernos desconocer que la ordenación del seguro forma un todo con el contenido y la función del contrato". Si "ya es dudoso" añadía entonces y repito ahora "que se pueda encuadrar hoy y con visión de futuro al seguro en el marco del contrato... de cualquier manera, ese sería solo un aspecto9 de un fenómeno complejo, con gran incidencia en la economía nacional, como es la actividad aseguradora. Y este relevante papel del seguro que excede los estrechos límites de las relaciones contractuales de carácter eminentemente privado, al estilo tradicional tiene un reconocimiento expreso en la Constitución Española... al señalar entre las materias de competencia exclusiva del Estado... la de seguros, incluida en el mismo apartado que otras grandes facetas de la actividad económica, como son el sistema monetario y las bases de ordenación del crédito y la banca (art ,11ª)". Luego, "si los seguros constituyen... un elemento integrante de la economía nacional... el contrato de seguro no puede desvincularse de la actividad aseguradora en su conjunto" (42). Un criterio similar es el expresado en la Exposición de Motivos de la Ley 30/1995, de 8 de noviembre, de Ordenación y Supervisión de los Seguros Privados: "la legislación del seguro privado constituye una unidad institucional, integrada por normas de Derecho privado y de Derecho público" (punto 2, párrafo primero). VII. EL CONTRATO DE SEGURO 1. Planteamiento. Para llevar a cabo un adecuado examen del contrato de seguro es necesario tener en cuenta, de un lado, que "la actividad aseguradora es algo más y diverso que un común contrato " (43), y de otra parte, que "se trata de un contrato muy especial, tanto por la complejidad de su contenido... como por la intervención del Estado en la preparación y ejecución del contrato para proteger el interés de los asegurados" (44). Y una cuestión previa básica y elemental: el contrato en el caso del seguro al igual que en cualquier otra actividad cumple la función de instrumento jurídico para la protección de los legítimos derechos e intereses de las personas a quienes les afecte su celebración. 2. Aspecto doctrinal. Desde el punto de vista doctrinal son varias y diversas las posturas de los autores sobre el concepto del contrato de seguro, divergencias que derivan fundamentalmente de la discrepancia sobre la naturaleza, indemnizatoria o no, de todo seguro (45), surgida con la aparición de los seguros de vida. Como consecuencia de ello se planteó la dificultad de construir un concepto unitario de contrato de seguro, cuestión que, según SCALFI, aunque a primera vista puede parecer puramente dogmática, sin embargo afecta de manera sensible a la práctica (46). Considero, por el contrario, que el planteamiento de la alternativa entre si existe o no un concepto unitario de contrato de seguro es solo doctrinal, de mera especulación, carente no ya de incidencia práctica, sino incluso de base real. Es más, la preocupación por encontrar un concepto consistente éste en el resultado "de la función lógica de aprehender intelectualmente una realidad" (47) del "contrato de seguro" constituye una de las tantas manifestaciones del "puro dogmatismo jurídico" (48), al que son tan proclives la mayoría de los teóricos, particularmente los "pseudo-científicos" (que no científicos) del Derecho, "encerrados en discusiones de gabinete, en lugar de ser creadores de instrumentos jurídicos aptos para resolver los conflictos de intereses y las exigencias nuevas de cada día, en el ámbito de la actividad económica empresarial" (49), hasta el punto de encontrarnos con quien afirma DE LA CUESTA RUTE que el concepto del contrato de seguro se da "en un plano del conocimiento que nada tiene que ver con aquel en que inciden o se observan los efectos que el negocio... produce o puede producir. El concepto... del contrato de seguro" se obtiene "por el reconocimiento de sus elementos estructurales y de su función tal como aparecen a la conciencia del calificador". Es más, para DE LA CUESTA RUTE "la 910 determinación conceptual y tipológica es previa a cualquier otra consideración", y así llega finalmente a la conclusión de "que puede hablarse de un concepto fenoménico funcional del contrato de seguro" (50). Frente a posturas como la expuesta expresé en otra ocasión que "el concepto del contrato de seguro presupone la realidad. No es un concepto que se da en el plano del conocimiento, y en el cual se haya de introducir después la realidad. El concepto del contrato de seguro se obtiene por inducción" (51), postura que mantengo también hoy, si bien con la matización que señalé anteriormente; esto es, que no existe un "concepto" con el significado y contenido que este término tiene de "contrato de seguro", válido para todo tiempo y lugar. Será "contrato de seguro" el que así sea descrito o considerado por cada ordenamiento jurídico aunque, eso sí, con base en el concepto de "seguro", institución económica, no jurídica. Señala a este respecto LA TORRE que la progresiva ampliación y diversificación del fenómeno del seguro obliga a los científicos del Derecho a reexaminar los resultados ya obtenidos "para adecuarlos a las nuevas dimensiones más amplias... de la realidad", pero teniendo en cuenta añade que esas ampliaciones de horizontes "no pierden el contacto con el núcleo originario y esencial del concepto de seguro, al que toda nueva experiencia termina por vincularse como la species al genus" (52). 3. Definición legal: Carácter unitario. Por lo que se refiere al Derecho español, "contrato de seguro es aquél por el que el asegurador se obliga, mediante el cobro de una prima y para el caso de que se produzca el evento cuyo riesgo es objeto de cobertura a indemnizar, dentro de los límites pactados, el daño producido al asegurado o a satisfacer un capital, una renta u otras prestaciones convenidas" (art. 1 de la Ley 50/1980, de 8 de octubre, de Contrato de Seguro) (53) (en lo sucesivo, Ley CS). Con esta definición en primer lugar se consigue así lo destacó VICENT CHULIÁ "delimitar entre actividad aseguradora y otros tipos de actividad económica (bancaria, financiera, de juegos de azar o apuestas,..)" (54), y en consecuencia utilizar como presupuesto o materia propia del contrato las diversas modalidades de seguro actividad e institución económica existentes en la realidad, con flexibilidad y amplitud suficientes que permitan la inclusión en dicho tipo contractual de nuevas modalidades o variantes del mismo, distintas de las "tradicionales", que puedan surgir en la práctica. Por consiguiente, la transcrita definición legal es "una manifestación del reconocimiento de la unidad del contrato de seguro" (55), como lo corrobora uno de los "coautores" de la ley al manifestar que se inclinaron por "la formulación de una definición amplia y unitaria del contrato" (56), solución coincidente con la realidad actual del seguro, frente a la opinión de quienes consideran que el contrato de seguro "atendiendo a su estructura formal es un contrato dualista o, para decirlo con más precisión" añade "engloba dos contratos distintos" (57), o incluso defienden la necesidad de superar el sistema dualista del contrato de seguro (seguro de daños, indemnizatorio o de resarcimiento; seguro de vida, en que al producirse el evento se recibe un capital o una renta), para, sin pararse ni siquiera en un sistema tripartito (junto a los dos anteriores, contrato de seguro de asistencia en el que al producirse el evento el asegurador realiza una prestación de servicios), "todavía menos homologable con un concepto unitario", concluyen que los tipos de contrato de seguro "son también otros", postura que queda reflejada en el expresivo título del trabajo de Gianguido SCALFI este es el autor que postula esta última tesis : "De la clasificación dualista a la concepción pluralista de los contratos de seguro: contrato o contratos de seguro?" (58).11 Por el contrario, la existencia de un único contrato de seguro ya fue sostenida por la jurisprudencia mucho antes de la publicación de la Ley 50/1980. El Tribunal Supremo, en sentencia (Sala 1.ª) de 19 de enero de 1967 se expresó así: "el contrato de seguro" abarca no sólo "la necesidad de indemnizar o resarcir" un daño efectivamente sufrido, sin que la indemnización pueda exceder de éste, sino también "la simple amenaza de que ocurra un hecho que provoque una necesidad pecuniaria o que se estime productor de ella, y cuyo hecho, lo mismo puede ser un suceso constitutivo de una desgracia que un acontecimiento feliz la boda de una hija del asegurado o el vivir después de una fecha determinada ", en cuyo caso "la prestación del asegurador es independiente del daño sobrevenido; "realmente se compra" añade el Tribunal Supremo el capital o la pensión, sometida su percepción "a la realización de un determinado acontecimiento... abstracción hecha de que tal suceso sea grato o desgraciado y de que produzca aumento o disminución en el patrimonio del asegurado o del beneficiario". 4. Clasificación general. Dentro de este único contrato de seguro se vienen distinguiendo dos modalidades que la Ley española denomina "seguros contra daños" y "seguros de personas" (59), e incluye en este último grupo, además del "seguro sobre la vida", el de "accidentes" (entendiendo "por accidente la lesión corporal" derivada de una causa violenta: art. 100), seguro que cubre, si así se pacta, los gastos de asistencia sanitaria art. 103 y siempre la invalidez, con pago, caso de producirse aquélla, de una indemnización (art. 104) y los de "enfermedad y asistencia sanitaria" (arts. 105 y 106) por supuesto, seguros privados pudiendo consistir la obligación del asegurador, en el de enfermedad, en la prestación de los "servicios médicos y quirúrgicos" (art. 105), modalidad constitutiva del "seguro de asistencia" (60). Pues bien, de utilizar la clasificación de la ley española, el encaje más adecuado de los seguros de "accidentes" y de "enfermedad y asistencia sanitaria" sería en los "seguros contra daños", no obstante afectar el riesgo directamente al ser humano, a la persona... pero riesgo de sufrir un daño valorable económicamente (61). Y es que la distinción, con base en la realidad económica y para incluir los ramos tradicionales, consiste en colocar de un lado los "seguros de daños" (de concreta cobertura de necesidad), y de otro los "seguros de vida" (de abstracta cobertura de necesidad), si bien en la actualidad, ante la aparición de nuevos ramos en que la prestación del asegurador consiste fundamentalmente en un "hacer", considero que como ya expresé hace unos años junto a las dos modalidades expuestas "existe al menos un tertium genus, integrado por los seguros en los que el asegurador se obliga a prestaciones que no son ni la indemnización de un daño, ni una suma de dinero señalada a priori" como es el caso del "seguro de asistencia en viaje", modalidad que encuentra apoyo legal en la definición del contrato de seguro del art. 1 de su ley reguladora, concretamente el último inciso, en cuanto que "también es contrato de seguro el contrato en el que el asegurador se obliga... a la realización de las prestaciones convenidas " (62), postura ésta sostenida actualmente por SCALFI en el artículo ya citado, publicado el pasado año 1995, al afirmar que los seguros consistentes en prestar "asistencia, en vista de situaciones de necesidad o de emergencia surgidas a personas ausentes de su lugar de residencia o de su domicilio", esto es, "una prestación de servicios", constituye una modalidad de seguro "no reconducible... a los seguros de daños", como igualmente ocurre con el seguro de enfermedad, o con una de las variantes del seguro de defensa jurídica (cuando el asegurador se obliga a prestar los servicios de asistencia jurídica), pertenecientes todos ellos a una nueva categoría del contrato de seguro, la de los "seguros de asistencia" (63). 1112 5. Seguros marítimos y aéreos. Con base en la naturaleza del riesgo y el medio mar o aire en el que surge, se ofrecen dos clases de seguros el marítimo y el aéreo de los cuales fue precisamente el seguro marítimo el origen de esta institución del seguro. Uno y otro contrato de seguro tienen una regulación jurídica específica en el Derecho español, por lo que, de acuerdo con el art. 2 de la Ley 50/1980, quedan fuera del ámbito de la misma, ya que según el citado artículo "se regirán por la presente ley" "las distintas modalidades del contrato de seguro, en defecto de ley que les sea aplicable". Para los seguros marítimos rigen los arts. del 737 al 805 del Código de Comercio de 1885 (64), con expresa previsión de que pueden ser objeto de dicho contrato "el buque" (seguro de cascos), "la carga" (seguro de facultades) (art. 740), "el flete" (art. 747) y "los beneficios" (art. 748). Los seguros aéreos se encuentran regulados por los arts. del 126 al 129 de la Ley sobre Navegación Aérea, 48/1960, de 21 de julio, seguros que "tienen por objeto garantizar los riesgos propios de la navegación que afectan a la aeronave, mercancías, pasajeros y flete, así como las responsabilidades derivadas de los daños causados a tercero por la aeronave en tierra, agua o vuelo" (art. 126). Ahora bien, en la Ley de contrato de seguro es necesario distinguir dos partes, constituida una por el Título I, y la otra por los Títulos II y III, comprensivos éstos de los denominados "seguros terrestres", en tanto que el Título I, contiene normas generales sobre dicho contrato, particularmente la Sección Primera (arts. 1 al 4), entre las que destaca la definición (art. 1) (65). Sin duda por ello, y a pesar de que no lo prevé expresamente, es doctrina consolidada del Tribunal Supremo el considerar aplicable "con carácter supletorio, la Ley de Contrato de Seguro" al de "seguro marítimo" (sentencias de 2 de diciembre de 1991, 4 de marzo de 1993, 16 de febrero de 1994, 20 de febrero de 1995, 23 de enero y 12 de febrero de 1996, entre las más recientes aplicación "complementaria" dice la sentencia de 23 de diciembre de 1993 ) (66) interpretación acertada y extensible a los contratos de seguros aéreos (67) si bien pueden surgir dificultades a la hora de ponerla en práctica respecto a los primeros al no coincidir los principios que informan al Código de Comercio y a la Ley CS, principalmente el carácter de sus normas (dispositivas las del Código e imperativas las de la Ley CS art. 2 ), dificultad que no se plantea para los contratos de seguros aéreos al ser también imperativa la Ley que se ocupa de ellos, unido al hecho de la parca regulación de aquéllos que contiene. El indicado criterio no resulta afectado por el texto del párrafo segundo del art. 44 de la Ley CS según la redacción dada por la Disposición Adicional 6ª.4 de la Ley OSP, al disponer que "no será de aplicación a los contratos de seguros por grandes riesgos, tal como se delimitan en esta Ley, el mandato contenido en el art. 2 de la misma" ["se consideran grandes riesgos" expresa el art , párrafo segundo, a) de la Ley CS, redactado por la Disposición Adicional 6ª.7 Ley OSP "los de vehículos aéreos, vehículos marítimos... mercancías transportadas... la responsabilidad civil en vehículos aéreos... y la responsabilidad civil de vehículos marítimos...] precepto idéntico en su contenido al anterior, redactado por la Ley 21/1990, de 19 de diciembre. En efecto, una interpretación sistemática y teleológica de los dos preceptos citados de la Ley CS revela que el mandato del art. 2 de esta Ley al que se refiere el párrafo segundo del art. 44 es el que dispone que los preceptos de la misma "tienen carácter imperativo" (el citado art Ley CS deja a la "libre elección" de las partes "la ley aplicable" a "los contratos de seguro de grandes riesgos", por la misma razón que excluye la imperatividad de sus preceptos: se trata de contratos de seguro celebrados entre empresarios, situados en el mismo plano). Esta interpretación resulta corroborada por el art. 79 de la Ley CS relativo al reaseguro el13 cual, con un texto literalmente idéntico dispone, por la misma razón señalada, que "no será de aplicación al contrato de reaseguro el mandato contenido en el art. 2 de esta ley", mandato que, según la doctrina, es precisamente el del carácter imperativo de sus preceptos (68). 6. Caracteres. Según el Tribunal Supremo, el contrato de seguro definido en el art. 1 de su ley reguladora tiene "caracteres bien definidos"; a saber, se trata de "un pacto bilateral, consensual, oneroso y aleatorio... que reúne la condición de ser un efectivo convenio de adhesión" (sentencia de 27 de noviembre de 1991). En cuanto a la bilateralidad y onerosidad no existe discusión alguna y resulta evidente puesto que genera derechos y obligaciones, de contenido económico, para ambas partes. De la consensualidad, vinculada a la perfección del contrato, me ocuparé luego. Y respecto al carácter de aleatorio, es predicable de cada contrato de seguro en concreto por cuanto, una vez perfecto, puede ocurrir que el siniestro no se produzca jamás o bien que acaezca en fecha próxima a la celebración del contrato, con "mala suerte" para el asegurado en el primer caso, y para el asegurador en el segundo al no cubrir las primas percibidas la indemnización a satisfacer. 7. Condiciones generales. A) Su papel en el contrato de seguro. Esta última característica utilización de "condiciones generales" señalada también en otras ocasiones por el Tribunal Supremo (sentencias de 20 de marzo, 11 de abril y 5 de septiembre de 1991, 28 de julio de 1994), está vinculada al hecho de ser un contrato en masa, peculiaridad inherente al contrato de seguro en razón de la esencia mutualista de dicha actividad económica. En el campo del seguro el contrato aislado no existe, no puede existir; resulta incompatible con la naturaleza del seguro. Es posible, con base en la libertad de pactos, la celebración de un contrato por el que una persona asuma, a cambio de un precio, el riesgo que corre la otra, con la consiguiente obligación de abonarle la cantidad acordada o la indemnización del daño sufrido, si el riesgo se convierte en realidad sucede el hecho temido. Mas ese contrato, aun con apariencia de seguro, no es tal (69), en cuanto que falta el requisito esencial de la actividad aseguradora que es la mutualidad. La elaboración y utilización de "condiciones generales de contratación" por parte del asegurador viene impuesta por la indicada naturaleza del seguro, del que el contrato es su instrumento jurídico. Así ha ocurrido desde que se inició el ejercicio de la actividad aseguradora organizadamente, y continúa en la actualidad (70). En otros sectores de la actividad económica que de hecho se desarrollan mediante actos en masa, como es el caso, por ejemplo, de la bancaria, no repugna la celebración de manera aislada de un contrato del mismo tipo (préstamo, apertura de crédito), al no oponerse a la esencia de la actividad crediticia o de mediación en el crédito, que no exige para su práctica una necesaria inserción de cada acto en un conjunto de actos de la misma clase. El uso cada vez más extendido del sistema de contratación con "condiciones generales" elaboradas unilateralmente por los empresarios, amén de venir exigido por el dinamismo propio de la actividad empresarial resulta, por su gran difusión en la práctica, conocido por el conjunto de los consumidores y usuarios de ahí el que no se adecue a la realidad social de hoy el seguir considerando excepcional a tal sistema de contratación, y como modo habitual de celebrar contratos al contenido en el Código Civil (con discusión y 1314 señalamiento del contenido de cada contrato por las partes que lo celebran), que es precisamente el excepcional, el raro. Pues bien, en el caso del contrato de seguro el empleo de "condiciones generales" es tan evidente que el legislador parte de esa realidad. La Ley CS da por hecho, con la redacción de su art. 3, que así se contrata el seguro: "Las condiciones generales... habrán de incluirse por el asegurador en la... póliza de contrato o en un documento complementario..." (párrafo primero); e insiste luego en el párrafo segundo: "Las condiciones generales del contrato estarán sometidas a la vigilancia de la Administración Pública...", "vigilancia", control que, como hemos visto en la nota 70, se ha suavizado de forma progresiva en las sucesivas regulaciones legales de la materia, precisamente en atención a la menor necesidad de protección del sujeto del contrato de seguro considerado tradicionalmente más débil el asegurado que ya no lo es por la sencilla razón de que las "condiciones generales", uniformes, de conocimiento común, constituyen la forma habitual de contratación del seguro, lo que elimina de hecho ese tan machaconamente repetido desequilibrio entre asegurador y asegurado como algo derivado necesariamente del uso de condiciones generales y la consiguiente consideración de los contratos con "condiciones generales" como una "especial forma de contratación" (así la califica la sentencia del Tribunal Supremo de 27 de noviembre de 1991), frente a otra "general", que actualmente no tiene esta cualidad. El mandato contenido en el art. 3 de la Ley CS al disponer que "las condiciones generales... en ningún caso podrán tener carácter lesivo para los asegurados" (71) no expresa ni incluye una norma imperativa que imponga el que la interpretación de las condiciones generales se ha de realizar en beneficio del asegurado, frente al criterio hermenéutico del Tribunal Supremo expuesto en numerosas sentencias (18 de julio de 1988 según la cual "las dudas que puedan surgir en la interpretación de las relaciones asegurativas deben ser resueltas aplicando el principio in dubio pro asegurado " 28 de julio de 1990, 20 de marzo y 27 de noviembre de 1991, 22 de julio de 1992), precepto que sí ampara en cambio el principio de que, en caso de contradicción entre cláusulas del condicionado general, o de éste con las condiciones particulares, la interpretación no puede favorecer al asegurador (sentencias de 22 de febrero de 1989, 20 de marzo, 11 de abril y 25 de octubre de 1991, 22 de julio de 1992, 28 de julio de 1994 según ésta última se ha de hacer una interpretación en el sentido de restringir la lesividad que, de los legítimos derechos de los asegurados y terceros perjudicados, puedan contener las cláusulas adicionales ) criterio interpretativo que ya encontraba apoyo en el art del Código Civil, no específico, pues, del contrato de seguro (así sentencia TS de 3 de febrero de 1989: las cláusulas oscuras no pueden favorecer al asegurador). Por tanto, no responde a la realidad actual la afirmación del Tribunal Supremo de ser "una jurisprudencia progresiva" la que proclama que en la interpretación de los contratos de seguro con condiciones generales "ha de optarse por la más favorable al asegurado" (sentencia citada de 27 de noviembre de 1991), y no es "progresiva", de un lado porque ese criterio hermenéutico, en el caso de los contratos de seguro ya lo utilizó el Tribunal Supremo, considerándolos contratos de adhesión, al menos desde la sentencia de 23 de diciembre de 1934 (72), seguida por la de 12 de noviembre de 1957; pero además, porque lo "progresivo" hoy sería interpretar las cláusulas de dichos contratos de la manera más adecuada para la protección de la institución del seguro con lo cual resulta amparado el asegurado, pero no directa y exclusivamente el que ha sufrido un siniestro, sino todos (73). Finalmente, el mandato del art. 3 de la Ley CS no va dirigido al intérprete de las condiciones generales tampoco en el caso de las poco claras ordenándole que al llevarla15 a cabo proteja al asegurado, sino a los aseguradores en cuanto autores de dichas condiciones generales. Contiene un mandato con fines preventivos, no para resolver conflictos generados por ausencia de esa previsión. B) La intervención de los "corredores de seguros". A lo expuesto se une la existencia de la figura del "corredor de seguros", persona que "sin mantener vínculos que supongan afección con entidades aseguradoras" ofrecen "asesoramiento profesional imparcial a quienes demandan la cobertura de los riesgos a que se encuentran expuestos sus personas, sus patrimonios, sus intereses o responsabilidades"; "deberán informar sobre las condiciones del contrato que a su juicio conviene suscribir... y velarán por la concurrencia de los requisitos que ha de reunir la póliza para su eficacia y plenitud de efectos"; y además "vendrán obligados durante la vigencia del contrato de seguro... a facilitar al tomador, al asegurado y al beneficiario del seguro la información que reclamen sobre cualquiera de las cláusulas de la póliza y, en caso de siniestro, a prestarles su asistencia y asesoramiento" (art. 14.1, 2 y 3 de la Ley 9/1992, de 30 de abril, de Mediación de Seguros Privados). Son profesionales (han de estar en posesión del diploma de "Mediador de Seguros Privados" si se trata de persona jurídica, el diploma lo han de ostentar las personas físicas que ejerzan la dirección técnica de aquélla ) a los que se les exige autorización administrativa previa (art. 15 de la Ley 9/1992). Y si bien su intervención no es obligatoria, la regulación legal de dichos profesionales y la posibilidad de acudir a ellos por los interesados en celebrar un contrato de seguro, hacen que los mismos cumplan la función de instrumento de protección preventiva del asegurado (74). C) Situación actual. Por todo ello, y como ha señalado recientemente KULLMANN, "hace falta mucha imaginación para descubrir hoy, en los contratos de seguro más corrientes, cláusulas abusivas" (75), ya que "el virus del derecho de las cláusulas abusivas no debe afectar al contrato de seguro", porque "éste recibe periódicamente vacunas legislativas o reglamentarias, o tratamientos jurisprudenciales tales que..." determinan el que "muy raramente se presentan cláusulas que crean un desequilibrio significativo entre los derechos y las obligaciones de las partes" (76). Hasta tal punto considera KULLMANN que esa es la realidad actual en el campo del contrato de seguro opinión que comparto que se llega a plantear "la legitimidad de la protección del contratante con el asegurador" y a mostrar "su exasperación ante los posibles efectos dañosos del derecho del consumo..." por cuanto "la eventual introducción del derecho de las cláusulas abusivas en la esfera del contrato de seguro contaminaría... el sistema protector" que, como afirma KULLMANN, ha de ser el que actúe "en beneficio de todos" (77); esto es, la protección del seguro, y no directamente del asegurado, como expresé hace años y he recordado en esta ponencia (epígrafe I, al final). Y para el supuesto de presencia en las condiciones generales de un contrato de seguro de una cláusula que pueda parecer abusiva, solución "preferible es la de dejar al juez que aprecie soberanamente la relación de fuerzas entre las partes litigantes" (78), solución que encuentra apoyo en el Derecho positivo español en las normas generales reguladoras de la interpretación de los contratos (arts al del Código Civil) (79), con preferente atención a lo dispuesto en el art de la Ley OSP en relación con el art. 3 de la Ley CS, particularmente en cuanto prevé de forma expresa la posibilidad de declarar nula por sentencia una cláusula del condicionado general, sin que tal anulación afecte a las restantes cláusulas, con la peculiaridad, además, de que si la nulidad la declara el Tribunal Supremo todos los aseguradores que contengan una cláusula idéntica en sus condiciones generales 1516 deberán eliminarla cuando así se los ordene la Administración Pública en cumplimiento de la obligación que a ésta le impone imperativamente dicho precepto. Cuestión distinta es que, como señala el Tribunal Supremo, las cláusulas limitativas de derechos del asegurado han de estar expresamente aceptadas por éste, criterio que, en la sentencia de 25 de octubre de 1995, lo basa en el art. 3 de la Ley CS, y en el que insiste en la sentencia de 29 de enero de 1996 con cita de otra de 7 de febrero de 1992 con estas palabras: "las cláusulas limitativas de derechos del asegurado... únicamente tendrán valor y obligarán a quien las suscribe, si éste de forma taxativa, y por escrito bien determinante las hubiere aceptado". 8. Contratos de seguro obligatorios. Una de las manifestaciones de la socialización del seguro la constituyen los seguros obligatorios, seguros privados obligatorios. Quienes ejercen o desarrollan determinadas actividades que, por su naturaleza o características, generan un riesgo para la colectividad, tienen la obligación, impuesta por normas imperativas, de celebrar un contrato de seguro cuya finalidad es garantizar a los terceros, posibles víctimas de tales actividades, la indemnización de los daños que, en su caso, sufran como consecuencia de un siniestro (el hecho dañoso producido con dicha actividad) (80). Por tanto, se trata de un seguro cuya única y específica finalidad es la de proteger a esas terceras personas, ajenas al contratante del mismo (el tomador) y al asegurado ejerciente de la actividad generadora del riesgo y que precisamente para lograr dicho objetivo viene exigido con carácter obligatorio. Se impone la obligación de celebrar un contrato lo cual choca con la naturaleza de esta institución jurídica, considerada el reducto más típico de la autonomía de la voluntad en el campo del Derecho, y además con un conjunto de derechos y obligaciones contenido del contrato establecido legalmente, con previsión de sanciones administrativas para el incumplidor de tal obligación. La explicación es obvia; se exige la celebración del "contrato" porque éste es el medio jurídico para la existencia del seguro-garantía de los terceros (81). Pero en su esencia no es un contrato, ni una relación jurídica típicamente contractual, pues su origen verdadero no se encuentra en la decisión espontánea de los sujetos, sino en el mandato legal. En último término, nos encontramos con una "instrumentalización" del contrato para la obtención de un fin socialmente útil, necesario, al que por consiguiente le son aplicables las normas generales de la contratación que no resulten incompatibles con la función o finalidad de dichos seguros. VIII. PERFECCIÓN DEL CONTRATO DE SEGURO. LA PÓLIZA Y RELATIVOS A DICHO CONTRATO OTROS DOCUMENTOS 1. Contrato consensual. Como hemos visto, según el Tribunal Supremo el contrato de seguro es "un pacto... consensual" (sentencia de 27 de noviembre de 1991). Con referencia a contratos celebrados antes de la entrada en vigor de la Ley CS, el mismo Tribunal rechazó sistemáticamente el carácter constitutivo de la póliza (sentencia de 7 de enero de 1982, con cita de las de 3 de enero de 1948, 6 de octubre de 1964, 9 de diciembre de 1965 y 19 de enero de 1967). Ya vigente dicha Ley, en la sentencia de 22 de diciembre de 1990 manifiesta que "la exigencia formal que establece el art. 5" de la misma no integra "uno de los pocos supuestos admitidos en nuestro ordenamiento jurídico de forma ad solemnitatem o ad sustantiam ", pues "en puridad técnica sólo lo es ad probationem "; y aun con esa función ello "no impide añade el Tribunal Supremo "que, en algún supuesto excepcional (no... frecuente), pueda probarse la existencia de algún contrato de seguro o de alguna modificación en el mismo, aunque no aparezca rigurosamente cumplimentado tal requisito17 formal". En un supuesto de contrato de seguro marítimo sometido al art. 737 del Código de Comercio, según el cual "para ser válido" dicho contrato "habrá de constar por escrito en póliza firmada por los contratantes" también admite el Tribunal Supremo "que a pesar de que no existe... póliza firmada por los contratantes..., sí ha existido consentimiento..." y por tanto contrato, conclusión que basa en que "la ausencia de firma... no suscitó cuestión alguna" entre las partes, que admitieron la existencia del susodicho contrato (sentencia de 16 de febrero de 1994). Criterio similar es el seguido en la sentencia de 20 de febrero de 1995 al expresar que la póliza no firmada por el tomador del seguro pero conocida por éste, según se acredita con el hecho de su aportación con la demanda, obliga. Ante tan contundente y constante criterio del Tribunal Supremo, la pervivencia de discusiones doctrinales sobre la naturaleza consensual o formal del contrato de seguro carece de fundamento y utilidad (82), siendo así que los requisitos de perfección de cada contrato los señala el ordenamiento jurídico, y la interpretación de sus normas por ese Tribunal forma la doctrina que constituye la jurisprudencia, complementadora de dicho ordenamiento (art. 1.6 del Código Civil y sentencia del TS de 7 de noviembre de 1995), interpretación que por lo que se refiere al citado art. 5 de la Ley CS "el contrato de seguro y sus modificaciones o adiciones deberán ser formalizados por escrito. El asegurador está obligado a entregar al tomador del seguro la póliza o, al menos, el documento de cobertura provisional" es la expuesta. El citado precepto en parte transcrito menciona expresamente el deber de formalizar el contrato de seguro "por escrito"; luego, el contrato ya existe. Y el rótulo de la Sección segunda del Título I de la Ley, en la que figura encuadrado el referido artículo dice así: "Conclusión, documentación del contrato...", lo cual indica igualmente que el contrato nace sin necesidad de forma escrita, documentándose cuando ya se ha concluido. Ese documento generalmente la póliza "debe estar redactado en todo caso en castellano y, si el tomador del seguro lo solicita, en otra lengua" (art. 8 Ley CS, redactado conforme a la modificación realizada por la Disposición Adicional 6ª.1 de la Ley OSP, 30/1995, de 8 de noviembre). La doctrina jurisprudencial expuesta, basada sin duda en los referidos textos de la Ley, no resulta modificada ni contrariada por otras resoluciones, frente a la afirmación de VICENT CHULIÁ en el sentido de que "el carácter formal del contrato de seguro ha sido reconocido sin ninguna duda por el Tribunal Supremo en las sentencias" que cita (83). La de 24 de mayo de 1988 se centra en la inexistencia de "una auténtica propuesta u oferta en sentido técnico" dirigida a la entidad aseguradora con la consiguiente no realización por ésta de actuación alguna expresiva de la aceptación, por lo que "el contrato de seguro cuya existencia se discute... no llegó a adquirir vigencia al no haberse producido acuerdo en firme de aseguramiento", sin que la afirmación de "que el alegado principio consensualista... permita[n] obviar en materia de los" contrato de seguro "la exigencia de suscripción de la póliza... o al menos de la proposición de seguro... firmada por el asegurado, con abono por parte de éste de la prima inicial" dé pie para concluir que sostiene el carácter formal del contrato de seguro, ya que la referencia a la ausencia de tales datos externos tiene como finalidad poner de relieve que no existe prueba de la aceptación por el asegurador de dicha propuesta, "aceptación" de la que "devendría un seguro"; esto es, de la concurrencia de la oferta y la aceptación, aunque probada documentalmente. La sentencia de 15 de julio de 1988 se limita a negar que el pago de una cantidad en concepto de prima, realizado con posterioridad a la extinción de un contrato de seguro, valga como expresión de un nuevo contrato al no haber "constancia de solicitud de seguro del futuro asegurado, ni de propuesta por parte del asegurador", lo cual equivale a ausencia de prueba de la 1718 perfección del contrato, cuestión distinta a no nacimiento de éste por falta de un requisito formal esencial o constitutivo. Según la sentencia de 18 de julio de 1988 no tiene el carácter de "mera solicitud" de contrato, sino de "documento de cobertura provisional" el que contiene los datos del contrato y aparece firmado por el asegurado y el agente de la aseguradora; pero ello tampoco permite concluir que el TS considere que sin documento no existe el contrato de seguro. Sólo indica que con el referido documento resulta probado aquél. Por último, la sentencia de 19 de septiembre de 1988 hace una mención expresa de "la conjunción de voluntades que hace nacer a la vida jurídica el contrato de seguro", acuerdo de voluntades, consentimiento, que considera probado con los documentos y elementos o datos formales que relaciona, a los que no les atribuye el carácter de requisitos constitutivos. 2. La póliza. Ahora bien, en la práctica lo habitual es que se firme una póliza al celebrar un contrato de seguro, como instrumento, el más adecuado, para acreditar la existencia del mismo y único modo de reflejar todas y cada una de las características del contrato de que se trate, entre ellas las exigidas por el art. 8 de la Ley CS, hecho que explica la constante alusión a dicho documento la póliza tanto por la ley reguladora del contrato como por la de ordenación y supervisión de los seguros privados. Y si es cierto que "condiciones generales" y póliza no son una misma cosa, aquéllas "habrán de incluirse... necesariamente en la póliza" (art. 3 de la Ley CS), lo cual comporta que será por medio de ésta como pueden ser conocidas las condiciones generales, si bien al no ser éstas requisito esencial del contrato de seguro, teóricamente puede existir el contrato sólo con el acuerdo de las partes sobre los datos o circunstancias imprescindibles para la efectividad del mismo (al menos los mencionados en los números 1, 3, 4, 5, 6, 7 y 8 del art. 8 de la Ley CS). Mas las dificultades de prueba, en ausencia de póliza, resultarán prácticamente insuperables. Precisamente lo ocurrido en los distintos casos resueltos por las sentencias citadas fue que se consideró probada, o no probada, según el supuesto la existencia del contrato de seguro por medio de las actuaciones u omisiones de las partes, exteriorizadas con los documentos aportados (recibo de prima, asiento en libro registro de emisión de pólizas, "solicitud", "proposición", "documento de cobertura provisional") que no eran la póliza. Ésta no es requisito constitutivo, y la perfección del contrato se puede probar por facta concludentia. La naturaleza consensual y no formal del contrato de seguro se encuentra reconocida igualmente en la sentencia del TS de 9 de diciembre de 1994 con su declaración de que "no existe obstáculo alguno para admitir la validez y eficacia de la notificación resolutoria oralmente verificada siempre que, al ser una declaración de voluntad recepticia", sea "conocida en tiempo por la aseguradora", solución no admisible en la hipótesis de que el contrato de seguro tuviera carácter formal, pues en ese caso también el acuerdo de resolución de dicho contrato que es un contrato para extinguir el primero requeriría forma escrita; en esta misma dirección podemos citar la sentencia, también del Tribunal Supremo, de 22 de diciembre de 1995, al admitir la resolución del contrato de seguro por voluntad conforme de las partes, sin referencia alguna a la necesidad de forma escrita. Sin embargo, si nos atenemos al texto del art. 14 Ley CS ("si se han pactado primas periódicas, la primera de ellas será exigible una vez firmado el contrato"), cabría entender que el asegurador sólo puede exigir dicho pago una vez firmado el contrato; y como por otra parte, si no se ha pagado la primera prima antes de que se produzca el siniestro, el asegurador queda liberado de su obligación (aunque salvo pacto en contrario) (art. 15 Ley19 CS), a primera vista parece posible concluir que sin documento no existe contrato de seguro. Mas tal resultado es erróneo; aún sin póliza o cualquier otro documento firmado, si el asegurado paga la prima y prueba por otros medios la perfección del contrato de seguro, tiene derecho a exigir la prestación al asegurador. Luego, el contrato no es formal. 3. La llamada "póliza flotante". Una modalidad de contratación de seguro, de uso generalizado actualmente, de manera particular en los casos de ejercicio de determinadas actividades generadoras de riesgo (por ej., transporte), es la denominada "póliza flotante" o "de abono", a la que se refiere el art. 8, párrafo segundo de la Ley CS. Al celebrar el contrato de seguro se individualiza la clase de riesgo si bien en ese momento no existe objeto alguno sometido al mismo; no se corre efectivamente un concreto riesgo de esa clase, pero ya asegurador y asegurado están contractualmente vinculados. Cuando surge una efectiva situación concreta de riesgo el asegurado se lo comunica al asegurador mediante la denominada "declaración de alimento" o de "abono" de la póliza, sin necesidad, por tanto, de celebrar un contrato para cada caso particular. A estos efectos dispone el párrafo segundo del art. 8 de la Ley CS que "en caso de póliza flotante, se especificará... la forma en que debe hacerse la declaración del abono". 4. Modos de emisión de la póliza. Aun cuando según la Ley CS "la póliza del seguro puede ser nominativa, a la orden o al portador" (art. 9), denominaciones de las clases de títulos-valores según la designación de su titular, sin embargo dicho documento de formalización del contrato de seguro no es un título-valor. Así lo revela el segundo inciso del citado artículo al disponer que "en cualquier caso" la transferencia de la póliza "ocasiona la del crédito contra el asegurador con iguales efectos que produciría la cesión del mismo", sin que opere, pues, la autonomía del derecho al no existir la incorporación de éste al documento, con la consiguiente no necesidad de la posesión de la póliza, junto al contenido, en su caso, de la correspondiente cláusula (nominativa, a la orden) para estar legitimado frente al asegurador a efectos de exigirle el cumplimiento del contrato. 5. Los otros documentos: La solicitud, la proposición y la "cobertura provisional". La Ley CS menciona específicamente (art. 6) la "solicitud" dirigida por el futuro posible asegurado a la aseguradora, la "proposición" efectuada por el asegurador, y el "documento de cobertura provisional" (art. 5) que cumple la función de documento de formalización del contrato en tanto no se entregue la póliza (84), mientras que los dos primeros preceden al nacimiento del contrato, con una diferencia entre ambos: la solicitud no vincula al solicitante; la proposición sí vincula al asegurador durante quince días. Ahora bien, la carencia de vinculación de la solicitud para quien la formula no comporta, sólo por eso, que no sea una oferta de contrato, frente a lo expresado por el Tribunal Supremo en sentencia de 2 de febrero de 1990 con base en que "requisito esencial de" la oferta es "la vinculación al oferente". Por el contrario, en sentencia de 21 de mayo de 1991 manifiesta el mismo Tribunal que "una propuesta de seguro debidamente formalizada (con los datos imprescindibles para poder conocer los elementos esenciales del proyectado contrato) y no rechazada oportunamente por la entidad aseguradora, puede comportar para ésta efectos contractuales vinculantes, aunque no haya llegado a formalizarse mediante la... póliza", solución que es la jurídicamente correcta, al consistir la oferta en "una declaración de voluntad emitida por una persona y dirigida a otra... proponiendo la celebración de un determinado contrato", comprensiva de todos los elementos del mismo ("la oferta debe ser 1920 completa") y "emitida con una seria intención de obligarse", sin que figure entre sus requisitos "la vinculación al oferente" (85). En cuanto a la "proposición" dirigida por el asegurador a un posible asegurado, tiene carácter de oferta de contrato, no porque vincule al proponente durante un plazo de quince días, sino porque reúne (si los reúne) los citados requisitos de la oferta. La indicada vinculación solo significa que la ley quiere concederle un tiempo al destinatario para decidir si celebra o no el contrato de seguro, requiriéndose para el nacimiento del mismo la correspondiente aceptación. A este respecto ha expresado el Tribunal Supremo que la aceptación de la proposición con firma por el asegurado y pago simultáneo de la prima comporta la perfección del contrato (sentencia de 28 de febrero de 1990), así como que una póliza suscrita en fecha posterior a la propuesta aceptada retrotrae los efectos del contrato a la fecha de la proposición (sentencia de 16 de julio de 1990). La Ley CS prevé el supuesto de discordancia del contenido de la póliza respecto a la "proposición de seguro" o a las "cláusulas acordadas" condiciones particulares, en cuyo caso el tomador del seguro puede "en el plazo de un mes a contar desde la entrega de la póliza" "reclamar a la entidad aseguradora... para que subsane la divergencia", y "transcurrido dicho plazo sin efectuar la reclamación, se estará a lo dispuesto en la póliza" (art. 8, último párrafo). Son muchos los problemas que plantea este precepto, pero sólo señalaré dos. En primer lugar, si la facultad que le concede al tomador del seguro puede ejercitarla aun cuando haya firmado la póliza, pese a que esta actuación lógicamente va precedida de la lectura del texto. Para SÁNCHEZ CALERO "la firma de la póliza por parte del tomador del seguro no puede interpretarse como prueba de su asentimiento a la alteración del contrato" porque afirma "la Ley presume que el tomador del seguro tiene un plazo de reflexión... para manifestar al asegurador si acepta o no las modificaciones efectuadas" (86), interpretación que no comparto pues, recibida la póliza, el tomador puede reflexionar todo el tiempo que considere necesario con el tope máximo de treinta días que le concede la Ley antes de estampar su firma en dicho documento. Por consiguiente, el mencionado plazo no opera una vez firmada la póliza por el tomador del seguro. La otra duda entre las varias que suscita el citado precepto de la que específicamente me ocupo consiste en qué ocurre si durante ese plazo de treinta días, y antes de que el tomador del seguro haya hecho uso de la indicada facultad, acaece el siniestro; se atiende a las cláusulas que figuran en la póliza o al contenido de la proposición? Me decanto por esta segunda solución, pues en ese referido momento acaecimiento del siniestro el contenido del contrato es el que figura en la proposición. IX. ELEMENTOS DEL CONTRATO DE SEGURO 1. El riesgo. Su condición de elemento esencial del seguro determina obviamente que presente igual carácter en el contrato de seguro, de tal manera que éste "será nulo... si en el momento de su conclusión no existía el riesgo o había ocurrido el siniestro" (art. 4 Ley CS). El precepto contiene una excepción a la nulidad: "salvo en los casos previstos por la ley", pero no existe tal previsión, sin que considere aceptable la interpretación que le da SÁNCHEZ CALERO a dicho sintagma, en el sentido de que la ley ha pensado en el supuesto de desconocimiento por las partes de la verificación del evento, a semejanza de lo que ocurre en el seguro marítimo (arts. 784 y 785 del Código de Comercio) (87), pues la frase se refiere concreta y expresamente a "casos previstos por la ley" por ésta, no por las leyes, por cualquier ley y además, porque el supuesto de desconocimiento del acaecimiento del evento es puramente teórico en la actualidad. Por otra parte, la excepción está referida a la nulidad, no al riesgo. Mostrar más
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 resolución 
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 artículo 60

RESOLUCIÓN 

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 Artículo 5151
 Resolución 

Resolución 
 artículo 345
 Artículo 1
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REAL DECRETO