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Timestamp: 2014-03-11 21:41:10+00:00

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Domingo del Pino: Sahara occidental: un conflicto de grandes repercusiones para España
Sahara occidental: un conflicto de grandes repercusiones para España :: 31/08/1985
D. del Pino. Leviatan_ Otoño de 1985 II Epoca Nº 21
Si el general Capaz hubiera tenido razón cuando afirmaba en 1933 que la pacificación del Sahara Occidental era cuestión de un millón de pesetas, el conflicto actual, que ahora se dispone a entrar en su segundo decenio, habría encontrado solución hace tiempo. Quizá ni siquiera hubiera estallado. Pero invertir en guerra no parece tener mucha importancia en el presente.
Marruecos, al menos, se ha dotado de uno de los ejércitos mejor preparados y equipados de Africa, y de unas fuerzas de seguridad que asesoran a las de media docena de países. Gasta, o gastaba antes de la construcción de los muros defensivos, según estimaciones norteamericanas, unos tres millones de dólares diarios. El Frente Polisario, y Argelia que le presta su territorio e infraestructura logística militar y diplomática, pueden realizar una inversión combinada de un millón de dólares al día para el sostenimiento de la RASD y su esfuerzo militar y civil.
En 1974, en el preludio de los Acuedos Tripartitos de Madrid, el Sahara Occidental era, gastronómicamente hablando, un bocado muy apetecible. Desde los yacicimientos de fosfatos Bu Craa se habían exportado ese año tres millones de toneladas. Se tenían indicios fundados de existencia de petróleo, hierro, uranio, cobre, y de bolsones importantes de agua. La pesca, con un millón y medio de toneladas capturadas en aguas saharianas entre las diferentes flotas que allí faenaban, prometía ser una fuente significativa de renta adicional. El INI había concedido prácticamente toda la costa y la mayor parte de la Sakiet el Hamra a compañías extranjeras que parecían creer que el Sahara occidental se convertiría en un nuevo Eldorado.
No cabe duda hoy de que la guerra porun lado, y Marruecos por otro, han modificado radicalmente la fisonomía humana del territorio. Los combates acabaron con el modo tradicional de vida nómada y tribus itinerantes enteras, y pequeñas localidades sedentarias que quedaron aisladas, debieron optar por uno u otro contendiente. La recuperación de la población autóctona fue la obsesión de todos, confirmando que a fin de cuentas los originarios delterritorio siguen siendo un elemento clave para su futuro. Cuando Mauritania abandonó unilateralmente el Tiris el Gharbia (Río de Oro) en agosto de 1979, la preocupación mayor de Marruecos fue recuperar a los 816 habitantes de La Guera, porque a los 816 habitantes de La Guera, porque ese pequeño puerto pesquero se lo quedaban los mauritanos.
Pero la transformación humana que Marruecos lleva a cabo desde hace unos añosno consiste solamente en recuperar esos racimos de población abandonados por el desierto. Además de los cerca de 100.000 soldados de su ejército estacionados en el territorio, otros 80.000 ó 100.000 marroquíes procedentes del Norte, del interior de las fronteras de 1969, que fue la última expansión de la frontera sur marroquí antes de los Acuerdos Tripartitos y posterior anexión de Río de Oro, han sido trasladados al Sahara Occidental, han establecido allí asentamientos, han hecho crecerlas ciudades, se casan y mezclan con los autóctonos, ocupan puestos en las diferentes dependencias del Estado, en las empresas públicas y privadas, en la policía,la Seguridad, el comercio, la enseñanza, la medicina y los trabajos públicos, y están dando lugar a una realidad social y humana, a una nueva generación de nacidos en el Sahara, que dentro de unos años hará que todas las hipótesis de trabajo que aún se manejan como válidas para una solución del conflicto sean absolutamente impracticables.
Grandes proyectos como el ferrocarril Marrakech-El Aiun, la carretera Agadir-Nuadhibu, el túnel bajo el Estrecho de Gibraltar, el gasoducto Argelia-Europa a través de Marruecos, a enlazar en el futuro con los de Nigeria o Libia, pretendían darle un contenido moderno y económico al sueño imperial del Rey Hassan II y del nacionalismo marroquí de reconstruir en tiempos actuales, y para colmo por etapas, aquel melifuo imperio Almohade de los siglos XII y XIII. Allal el Fassi lo teorizó y el Partido Istiqlal le puso mapa con fronteras que llegaban por el Sur hasta San Luis de Senegal (la actual Dakar), incluía a toda Mauritania y el Sahara Occidental, y mordía por el Este en partes sustanciales a Argelia y Malí.
En 1958 el Ejército de Liberación marroquí, brazo armado del nacionalismo irredentista, quiso anticiparse a los Acuerdos Tripartitos de Madrid y conquistar el territorio por la fuerza, con la probable intención de convertirlo en una base de ataque contra la monarquía alauita. Al moderno diseño de Imperio indicado Marruecos sólo aportaría una especie de renta de situación. Ninguno de sus proyectos ha podido realizarse porque el Rey Hassan II cuenta para ellos con el gas y el petróleo de tres países ajenos, y la financiación de seis o siete países industrializados, que no han mostrado tanto entusiasmo como el Monarca.
A todo lo largo de los años sesenta laconfrontación por el territorio fue eminentemente hispano marroquí. El Rey Hassan II planteó formalmente su reivindicación del Sáhara – y de Ifni – ante las Naciones Unidas en 1963, después de descubiertos los formidables yacimientos de fosfatos de Bu Craa. El 16 de diciembre de 1964 la ONU emitió la Resolución 2.072 que invitaba a España a negociar la descolonización del territorio inmediatamente, con Marruecos, Mauritania y toda otra parte interesada. Por ese entonces el Rey Hassan II aceptaba el principio de la autodeterminación pero con una condición que creía le convertía en ganador seguro: que se reintegrase previamente al territorio, para que pudiesen votar, a los saharauis que el Rey afirmaba que se habían refugiado en Marruecos huyendo de la represión española. El Istiqlal evaluaba el número de esos refugiados en 250.000, y el Gobierno marroquí en la cifra más modesta de 35.000.
Después de reiterar varias veces resoluciones anteriores,la Asamblea General de la ONU invitó a España en 1972 a organizar un referéndum de autodeterminación bajo los auspicios de la propia ONU, después de consultar con Marruecos, Mauritania que también había reclamado el Sahara para sí, y toda otra parte interesa da. La designación digital por España en 1967 de una Yemaa (Asamblea) saharaui, el envío de la Legión Extranjera al Sahara, y la creación de las Fuerzas Nómadas y de la Policía Territorial indígena, trajo un período de confrontación que dio ori gen a nuevas presiones marroquíes en la ONU y, cómo no, a apresamientos de pes queros españoles, y amenazas sobre Ceuta y Melilla.
El Tratado de Fez de 1969, mediante el cual España retrocedió el enclave de Ifni a Marruecos, fue seguido por una etapa de cierta euforia en las relaciones Madrid y Rabat. Hassan II visitó a Franco en Madrid y como gestos de buena voluntad recíprocos, el Caudillo sustituyó a la Dirección General de Plazas y Provincias Africanas por la Dirección General para la Promoción del Sahara – con lo cual dejábamos de tener provincias saharianas y compatriotas saharauis -, y Hassan II eliminó su Ministerio de Asuntos de Mauritania y del Sahara.
El Tratado de Fez incluía un Convenio de Pesca, como contrapartida a España por el abandono del Ifni, que concedía a los armadores españoles ciertos privilegios para la pesca en aguas marroquíes. El Convenio fue unilateralmente denunciado por Marruecos en 1972 a pesar de que su artículo 7º establecía que cualquier ampliación de las aguas jurisdiccionales de una parte que pueda realizarse en el futuro de acuerdo con el Derecho Internacional, no afectará al régimen establecido por el presente convenio, salvo acuerdo entre las dos partes contratantes. Su vigencia había sido fijada en 10 años. El 2 de marzo de 1973 el Gobierno marroquí extendía su Zona Económica Exclusiva a 70 millas, convirtiendo formalmente en superfluas las contrapartidas del Convenio de Pesca de Fez del 4 de enero de 1969. Marruecos interpretaba así a su conveniencia este convenio, como había hecho con otros anteriores y haría con otros posteriores. Un especialista marroquí en cuestiones pesqueras, Abdeladim Tber, escribiría con gran desenvoltura cinco años más tarde que el Convenio de Fez había sido denunciado porque convenía ponerle fin, ya que lesionaba nuestros intereses.
Marruecos contra Argelia
En esa misma década de los años sesenta, una guerra armada revolucionaria dio nacimiento a un país que se proclamaba en la antípoda del régimen marroquí. Marruecos la saludó declarándole la guerra para forzar así la solución de la reivindicación territorial que también había presentado a los nacionalistas argelinos, precisamente sobre porciones considerables de los confines saharianos de Argelia, incluido Tinduf y su hierro. En esa guerra y esa reivindicación, que hace que el trazado fronterizo entre los dos países por el Sur no esté aún hoy día homologado, reside el trasfondo de pugna argelino-marroquí con que se presenta también el conflicto del Sahara.
El nacionalismo saharaui militante contra España no apareció hasta la década de los años setenta. El propio Frente Polisario, al escribir su historia, sitúa su inicio el 20 de mayo de 1973, cuando atacaron el puesto militar español de Janga para liberar a El Uali. Cuando se firmaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid, ese nacionalismo revolucionario tenía corta vida. Se trata de un hecho histórico que no puede ser simplificado y reducido a unas cuantas claves para andar por casa y militar a favor de uno u otro lado, sino que es necesario asumirlo en su totalidad fáctica, entre otras cosas porque ello no altera para nada los datos esenciales del planteamiento actual del conflicto.
Lo que más nos ha preocupado a los periodistas españoles durante esta década transcurrida fue encontrar una racionalidad de Estado a la decisión española favorable a Marruecos, y tratar de hallarle una coherencia a la política exterior del primer Gobierno de la transición, entendiendo por éste todo el período en que Adolfo Suárez estuvo al frente del poder ejecutivo. Lo que más nos ha ocupado, sin embargo, fue intentar desvelar las famosas cláusulas secretas contenidas en los Acuerdos, por suponer que éstas pondrían al descubierto intereses egoístas y posibles deslealtades.
Aunque poco se sabe todavía de ciertas intervenciones de hombres políticos españoles que ya han desaparecido de escena, o lamentable de aquellos Acuerdos, vistos retrospectivamente, al margen del servicio prestado a un lobby pro-marroquí, que en definitiva no tenía intereses relativamente importantes en Marruecos, es que las justificaciones ideológicas dadas por los principales responsables de la cesión del Sahara a Marruecos desde 1975, y sobre todo en la interpelación parlamentaria a que accedieron a someterse algunos en marzo de 1978, parecen perfectamente válidas y suficientes para aquellos hombres y aquella época.
Américo Castro afirma en su libro La Realidad Política de España que l_a historia de España no ha podido imponerse a todos los ánimos bajo la misma forma estructural, y que los españoles son el único pueblo de Occidente que considera como nulos y no conformes siglos enteros de su historia_. Ello puede explicar quizá tanto afán de búsqueda en el pasado. Lo cierto es que el 1 de marzo de 1976 Antonio Carro Martínez, actor privilegiado de aquella hora, pronunció una conferencia en la Sociedad de Estudios Internacionales en la cual afirmó que la solución adoptada había sido milagrosamente favorable para España… Para mi el Sahara nunca fue una provincia de España… Dios quiera que no se repita allí la experiencia de Vietnam. José Solís, personaje también clave, dijo años más tarde que en la Marcha Verde participaron niños, ancianos, mujeres y hombres. Hassan II me dijo que estaba dispuesto a tener 30.000 bajas pero que eso no le importaba. Interpelado en el Congreso en marzo de 1978, el general Eduardo Blanco diría quizá lo más coherente de todo lo que expusieron los protagonistas: La solución adoptada era la única salida. El Polisario creía en una descolonización al estilo de Ho Chi Minh o Mozambique y rechazaba cualquier política pactista con España. Un Sahara independiente, impregnado de la ideología argelina, tendría sin duda la presencia de Cubillo, y Marruecos estaría presionando sobre Ceuta y Melilla. Es decir, y resumiendo, nada menos que un ministro de la Presidencia no creyó nunca que el Sahara fuese provincia española, los españoles nos ahorramos un Vietnam porque Hassan II estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias; evitábamos el peligro de que el territorio sirviese de base de subversión contra Canarias, y Marruecos no nos pondría contra las cuerdas en el tema de Ceuta y Melilla. No vale la pena recordar que ningún servicio secreto de la época consideraba en aquellos días que Marruecos fuese capaz de iniciar una guerra contra España, y menos aún que si la lanzaba pudiera ganarla. Acertadas o no, inteligentes o mediocres, ésas eran las consideraciones estratégicas y los análisis de que eran capaces los hombres que iban a dejar de gobernar en España después de unos larguísimos 40 años de su historia. En la actualidad 63 países han reconocido a la RASD, casi el doble que hace cinco años, pero todos siguen reclamando en la ONU el referéndum de autodeterminación, como si ambas cosas fuesen compatibles. El pensamiento subyacente está, naturalmente, colocado en el principio del respeto de las fronteras heredadas de la colonización, que haría que en el caso del Sahara sólo la independencia fuese admisible, pero que Marruecos cuestiona cuando invoca la Resolución 1.541 de 1960 de la ONU que establece que la autodeterminación no tiene por qué ser solamente la independencia. Frente a esos reconocimientos masivos de la RASD, Marruecos pretende que ejerce un control militar total sobre el territorio, con lo cual sugiere que la ecuación del conflicto está planteada en el presente en términos de control militar contra éxitos diplomáticos. Diez años de problemas para España: la pesca como protagonista
Según versiones españolas contrastadas con otras marroquíes, Marruecos, a cambio de los Acuerdos Tripartitos, concedió derechos de pesca a España en toda su ZEE adyacente al litoral atlántico y mediterráneo. Ochocientos pesqueros podrían faenar en lo próximos 20 años en la aguas sin pagar derechos durante cinco años en las aguas marroquíes y 20 años en las aguas del Sahara; admitía que España conservase el 35 por ciento de las acciones de Fos Bu- Craa, y la Banque Marocaine pour le Commerce Exterieur, BMCE, garantizaba el pago, en cuatro plazos anuales, del 65 por ciento de las acciones que adquiría el Estado marroquí en una empresa en la que el Estado español había invertido ya más de 25.000 millones de pesetas de la época.
En noviembre de 1975 España y Marruecos podían haber tomado en consideración para el Acuerdo la cifra de 800, 8000 o 80 barcos, porque entonces ni Madrid ni Rabat tenían la más remota idea de cuántos pesqueros españoles faenaban realmente en el Atlántico y el Mediterráneo. Pero lo que no podía ignorar el Gobierno español en absoluto era que la famosa Ley del Almirante Boada – otro de los grandes negocios del franquismo – había lanzado a los astilleros españoles a la construcción masiva de pesqueros justamente cuando la evolución restrictiva del Derecho del Mar y la proliferación de los regímenes de Zonas Económicas Exclusivas hubieran debido sugerir todo lo contrario.
Lo cierto es que el Rey Hassan II no iba a respetar los términos de un Acuerdo que le había dado la oportunidad de dotarse de 3.000 kilómetros de costa adquiriendo así un formidable elemento de presión contra España. La oposición de la opinión pública española al Acuerdo, en un principio, le daría argumentos para no respetarlo. El tampoco tenía una situación interna fácil. Aunque la gran reconciliación nacional marroquí, es decir, el retorno del Istiglal al Gobierno después de 14 años de ausencia, la legalización de los comunistas, y el retorno a escena de los socialistas, se había cimentado sobre la unanimidad lograda para la recuperación del Sahara, el grupo de los frentistas que encabezaba el ingeniero de origen judío, Abraham Serfaty, y se expresaba a través de la revista Souffles, se había pronunciado a favor del derecho a la autodeterminación de los saharauis. Introducían así una cuña en la unanimidad con que el Rey sostenía que todos los marroquíes respaldaban su política sahariana. En enero de 1977, 177 frentistas fueron juzgados en un importante proceso político en Casablanca, y 138 de ellos fueron condenados a penas elevadas que incluían varias cadenas perpetuas. Marruecos respondió a la opinión pública española con presiones sobre Ceuta y Melilla y el Gobierno español se vio obligado repetidas veces a reiterar su españolidad, agravando a su vez las reacciones marroquíes. En ese contexto se planteó la negociación del acuerdo pesquero que debía recoger la confirmación de las contrapartidas contenidas en los Acuerdos Tripartitos. El texto del acuerdo firmado, divulgado en la Prensa española cuando aún se suponía secreto, originó un gran debate. Incluía, efectivamente, algunas disposiciones sorprendentes y extraordinariamente lejanas del espíritu de los Acuerdos Tripartitos, como la necesidad de que los pesqueros españoles establecieran contratos de fletamiento con sociedades marroquíes, limitaba las capturas, preveía la progresiva marroquización de la flota española, que debía ser de un 40 por ciento al final del tercer año, en lo que concierne a la flota dedicada a la pesca de la sardina, mientras que el 60 por ciento de la flota de pesca de cefalópodos debía estar marroquizada al final de los cinco años de vigencia del convenio. Además, España concedía un crédito a Marruecos por un total de 3.525 millones de pesetas, de los cuales sólo 1.125 millones de pesetas eran para compra de barcos en España, y el resto para mejorar las infraestructuras pesqueras y portuarias marroquíes.
En el debate parlamentario de febrero de 1978 para la ratificación del Convenio de Pesca de 1977, la oposición sostendría, con razón, que se trataba de un importante retroceso con respecto a las condiciones obtenidas por España con la cesión del Sahara, contenidas en las Actas Anejas a los Acuerdos Tripartitos. El ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, daría una respuesta antológica y asombrosa. Se trataba, según el, simplemente de actas no protocolizadas internacionalmente que reflejan unas conversaciones que entonces se tuvieron. Lo concreto y lo histórico es que Marruecos no cumplió nunca los convenios firmados con España que incluían contrapartidas que podían interpretarse como obtenidas a cambio de alguna solución favorable a las diferentes reivindicaciones territoriales marroquíes. Responsables y tratadistas marroquíes han interpretado esos incumplimientos con gran desenvoltura. El fallecido Príncipe Mulay Abdalá ha escrito que para la pesca y la navegación, Ceuta, Melilla y los Peñones no plantean ningún problema jurídico particular entre España y Marruecos por la sencilla razón de que Marruecos no les reconoce aguas jurisdiccionales. Abdeladim Tber, en su tesis de doctorado de 1980 sobre Las Relaciones hispano-marroquíes en materia de pesca marítima, afirma que conscientes de la inaplicabilidad de los Acuerdos Tripartitos, las dos partes decidieron en febrero de 1976, ! solamente tres meses después de firmados ¡, reexaminar los Acuerdos. Aquel convenio de 1977, que tantas discusiones costó, ni siquiera llegó a entrar en vigor porque Marruecos no lo ratificó.
El año de 1978 sería muy difícil para España y sus relaciones con los países del Mogreb se resentirían. El ministro Marcelino Oreja, con su propensión a no dejar pasar ocasión de hacer declaraciones públicas, pasaría todo su tiempo intentando contentar a una parte, pero disgustando a la otra, y realizando nuevas declaraciones para contentar a la parte anteriormente disgustada, pero irritando a la parte que antes había contentado. La gran sacudida para el Gobierno español vino de Argelia. El 17 de diciembre de 1977 el diario El Muyahid, órgano oficial del partido único gobernante FLN, publicó un editorial en el que proclamaba su apoyo a la independencia de las Islas Canarias, reclamada diariamente desde diciembre de 1975 por Antonio Cubillo a través de la hora de radio La Voz de Canarias Libre, que le concedía la emisora oficial argelina. Con el apoyo del Gobierno argelino, Cubillo pudo ser recibido en la OUA y en enero de 1978 el Comité de Descolonización proponía que el tema de las Islas Canarias fuese a debate en la cumbre de julio que tendría lugar en Jartum. El Gobierno español llamó a su embajador en Argel, Gabriel Mañueco, y se lanzó a una auténtica campaña africana para contrarrestar la acción argelina. Don Juan de Borbón viajó a Trípoli en misión de buenos oficios; Felipe González, líder de la oposición, visitó a varios jefes de Estado africanos con un grupo de diputados, y el ministro de Exteriores, Marcelino Oreja, efectuó una gira por media docena de países. El 11 de enero de 1978 Marcelino Oreja volvió a repetir ante el Congreso que la obligación jurídica de España está en el cumplimiento de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, haciendo posible que los saharauis lleguen a expresar su punto de vista sobre el futuro del territorio. La descolonización no se ha consumado. El 20 de abril de 1978, 15 días después de que Antonio Cubillo fuese herido en un atentado que Argelia atribuyó a los servicios especiales españoles, fueron capturados por el Frente Polisario ocho pesadores del pesquero canario Las Palomas y conducidos a Tinduf. Mohamed Abdelazis, Secretario General del Polisario, afirmó que serían juzgados por pillaje de las riquezas de la RASD. El calvario del Gobierno – los pescadores, por el contrario, regresaron aparentemente muy satisfechos de su estancia entre el Polisario – duró hasta el 14 de octubre en que después de una difícil negociación conducida por Javier Rupérez, responsable de relaciones exteriores de UCD, fueron puestos en libertad. Esa negociación, incluida la asistencia de Rupérez al IV Congreso del Polisario y el comunicado conjunto que firmó con él, reconociéndole como representante único y legítimo del pueblo saharaui en lucha, originó una violenta reacción en Marruecos, que respondió resucitando su reclamación de Ceuta y Melilla, y no firmando con España el esperado acuerdo de pesca a largo plazo que permitiese la estabilidad jurídica para el faenar de los pesqueros españoles.
En los tres o cuatro años siguientes las relaciones de España con sus dos principales vecinos del Mogreb serían de permanentes acciones y reacciones que, en el caso de Marruecos, se traducían en constantes apresamientos de pesqueros, planteamientos esporádicos pero violentos de su reclamación de Ceuta y Melilla, y en su negativa a firmar acuerdos de pesca a largo plazo para mantener a todo el sector pesquero en la angustia de los acuerdos transitorios renovables cada tres meses, dos meses, un mes, y a veces hasta de quince días.
A un grupo de diputados españoles que visitaron Rabat en mayo de 1978, el Presidente del Parlamento marroquí, Dey Uld Sidi Baba, dijo que deseamos negociar (N: sobre Ceuta y Melilla) sin prisas, pero en todo caso antes de la próxima Asamblea General de la ONU. A fines de junio fue el propio Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, quien viajó a Rabat, precedido por algunos globos de sondeo marroquíes, como el artículo aparecido en el diario socialista Al Moharrer del 16 de junio – que recogería Pablo Sebastián en El País el 21 de junio -, en el cual se afirmaba que existía un pacto secreto entre los dos países para llegar a una fórmula sobre Ceuta y Melilla que empezaría a aplicarse en 1981 y que consistía, según el diario socialista marroquí, en la internacionalización transitoria de las dos ciudades durante un período pactado, después del cual quedarían bajo la soberanía marroquí. Pero el derrocamiento del Presidente Mauritano Uld Daddah, en un golpe de Estado el 10 de julio de 1978, cambió radicalmente los datos del conflicto del Sahara. El 14 de agosto de 1979 Mauritania se retiró unilateralmente del territorio de Río de Oro que le había correspondido en los Acuerdos Tripartitos de Madrid y Marruecos, ejerciendo un supuesto derecho de retracto, anexó también esa zona. La ocasión para poner en tela de juicio los Acuerdos Tripartitos de Madrid parecía única. Visto en retrospectiva, asombra el poco interés que pusieron todos los opositores de aquella decisión española de 1975 en intentar al menos forzar un replanteamiento jurídico del problema.
La cumbre de la OUA de Jartum no respaldó los intentos argelinos sobre las Canarias, y el Gobierno español pudo respirar unos días tranquilo. En enero de 1979 el Rey Hassan II, que deseaba crear un ambiente favorable a la visita que había planeado efectuar a España, invitó a un grupo de hombres de negocios y periodistas españoles a visitar Marruecos. A los periodistas les dijo que no plantearía el problema de Ceuta y Melilla hasta que España no recuperase Gibraltar. A los hombres de negocios les hizo ver las supuestas numerosas oportunidades de hacer negocios con Marruecos perdidas por las empresas españolas. Relacionar todas las ocasiones oportunas e inoportunas en que el ministro Marcelino Oreja repitió precisiones sobre los Acuerdos o sobre la posición de España sería tarea ardua y probablemente poco interesante. Lo importante es saber que Marruecos o Argelia nunca dejaron de responder a ninguna de ellas y, en el caso de Marruecos, movimientos de liberación de Ceuta y Melilla fantasmas recurrieron con frecuencia al terrorismo en las dos ciudades.
El viaje del Rey Juan Carlos a Marruecos en junio de 1979 puso al descubierto una cierta disonancia entre la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno, y quizá preludió el cambio de la política – más que política conviene decir de actitud – española hacia el norte de Africa, contenido en el discurso de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo en 1981, y que se mantiene hasta el presente. Los marroquíes siempre creyeron que Adolfo Suárez decidió viajar a Argelia, poco antes de la fecha en que el Rey tenía previsto viajar a Fez, para reducir el alcance del viaje marroquí de don Juan Carlos. Por eso Marruecos pospuso la primera fecha fijada. Cuando el Rey de España llegó a Fez, Hassan II le recibió al son del himno de la Marcha Verde, camuflado entre los himnos nacionales de los dos países. Como prueba de que todos los recelos mutuos no habían sido resueltos, el Rey Juan Carlos llevaba en su bolsillo dos versiones diferentes del discurso que debía pronuciar en la cena que le ofrecería su colega marroquí, uno de ellos en previsión de que el monarca marroquí mencionase el tema de Ceuta y Melilla.
Lo que todavía tardaría un par de años en ser actitud de España hacia el Mogreb estaba, sin embargo, esbozado en el comunicado oficial que se dio a la publicidad después del viaje real. Don Juan Carlos había dicho en su alocución, aludiendo a su reciente gira africana, que el Gobierno español ha reiterado recientemente su vocación africana, respondiendo a un nuevo mandato geográfico, que ahora sólo puede tener la forma de un propósito de amistad y cooperación entre países iguales,y que deberá comenzar, por razones obvias, por Marruecos. Este proyecto de actitud hacia el norte de Africa no comenzaría a concretarse hasta la llegada de Leopoldo Calvo Sotelo al Gobierno el 20 de febrero de 1981. El Gobierno de Calvo Sotelo duró menos de la mitad de una legislatura, y en octubre de 1982 eI partido socialista ganó las elecciones.
Desde entonces hasta el presente aquella nueva actitud se ha traducido en hechos concretos que han llevado a una decrispación de las relaciones con Argelia, Marruecos y el Frente Polisario, lo cual no ha impedido que en lo que va de legislatura socialista se hayan producido fricciones importantes. A un alto coste económico, se han resuelto los dos principales contenciosos pendientes: el acuerdo gasístico con Argelia, y la estabilidad jurídica de los armadores que envían sus barcos a faenar en aguas marroquíes o bajo control de Marruecos. El Acuerdo Pesquero de agosto de 1983, que en justicia puede decirse que es el verdadero convenio de pesca de los Acuerdos Tripartitos de Madrid de 1975, proporciona a la pesca un marco jurídico hasta su expiración en agosto de 1987.
El ingreso de España en la Comunidad Económica Europea permite, sin embargo, a Marruecos, en virtud del artículo 16 del título VI, solicitar nuevas negociaciones para revisar el acuerdo y para introducir las modificaciones que ambas partes juzguen oportuno. Si bien el acuerdo fue alcanzado al comienzo de la legislatura socialista, justo es reconocer que sus aspectos esenciales habían sido ya esbozados en las discusiones entre el Gobierno marroquí y el anterior Gobierno de UCD.
El contencioso gasístico con Argelia también ha sido resuelto, de manera onerosa para el contribuyente, pero en el presente resulta dificil establecer qué aspectos de la política exterior no cuestan caros a la nación en su conjunto. El viaje de Felipe González a Argel, como complemento de los anteriores del vicepresidente Alfonso Guerra, y la visita a Madrid en julio de 1985 del presidente Chadly Benyedid, parecen haber permitido llegar a un modus vivendi, en virtud del cual las dos partes aceptan mantener un perfil bajo en sus relaciones que tal vez algún día pueda transformarse en una política normal. Las relaciones con el Frente Polisario siempre fueron pasionales, y como tales conocen altos y bajos. Durante mucho tiempo, por lo menos durante toda la etapa de UCD, para aquellos hombres políticos salidos del franquismo sin pedigree democrático, respaldar verbalmente al Frente Polisario y a todos aquellos movimientos o países que los hábitos y costumbres han incluido en una cierta cultura de izquierdas parecía imprescindible para una habilitación a vivir en esta nueva sociedad democrática. Después se ha descubierto que existen intereses nacionales, dignidad nacional, que cada cual debe contribuir, preferentemente, a la transformación de su propia sociedad, y sobre todo que los prejuicios políticos deben ser siempre objeto de una segunda valoración antes de dejarse llevar por ellos. En esa tesitura, las condiciones están creadas para unas buenas relaciones, diferentes desde luego, con el Frente Polisario.
La inclinación del Gobierno español, expresada por Felipe González, a considerar en esta materia como válidas aquellas decisiones o soluciones que propongan tanto la ONU como la OUA, parece una plataforma razonable que las otras partes no deberían rechazar. En cuanto a Marruecos, no cabe duda que el triunfo socialista no cabe duda que el triunfo socialista en las elecciones de 1982 colocó a los altos Estados Mayores marroquíes en auténtico zafarrancho de combate. Temían que el Gobierno pudiese intentar derogar los Acuerdos Tripartitos, como había sugerido en alguna ocasión el PSOE. La respuesta marroquí era la presión a ultranza sobre Ceuta y Melilla. El viaje del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, a Marruecos inmediatamente después de las elecciones – respondido por Marruecos con una nueva prorroga de seis meses para llegar a un acuerdo pesquero -, tranquilizaron algo al Rey Hassan II.
La resolución votada en febrero de 1983 por la Unión de Parlamentarios Arabes, reunida en la capital marroquí, en la cual a instancias de los diputados marroquíes se invitaba a España a entablar urgentes negociaciones con Marruecos con vistas a la descolonización de Ceuta y Melilla, debía no obstante servir para recordar a España que en Rabat seguían preparados para cualquier eventualidad. El 28 de marzo, Felipe González, de visita en Rabat, afirmaba que el Gobierno español tiene el firme propósito de mantener relaciones amistosas y constructivas con todos los países, y en particular con aquellos a los que por razones de vecindad geográfica, de convivencia histórica o de cultura compartida, nos sentimos más próximos.
Después se intentó, con relativo éxito, mejorar el papel de la colaboración de las empresas españolas con Marruecos, se estableció una importante cooperación militar que era simbólicamente imprescindible entre dos países cuyas principales zonas de seguridad se solapan en el Mediterráneo, el Estrecho y el Atlántico, y se intentó reducir al máximo las repercusiones del problema originado por la endémica reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla. Ahora el Rey de Marruecos debe devolver la cortesía al Rey Juan Carlos. El monarca marroquí es el único jefe de Estado de país vecino o amigo que nunca ha efectuado una visita oficial a España. Esa primera visita debió tener lugar a fines de 1985 o principios de 1986. Pero la condición que puso el Rey Hassan II a Francisco Fernández Ordóñez, durante su visita a Rabat en agosto pasado – que España no votase en la ONU a favor del proyecto de resolución inspirado por Argelia y que solicita negociaciones directas entre Marruecos y el Polisario -, confirma lo difíciles que continúan siendo las relaciones con el país vecino. Todo lo expuesto, sin embargo, son actitudes o inclinaciones de la política exterior hacia el norte de Africa, pero no son en sí mismas política exterior. El ingreso en la Comunidad Económica Europea, la controversia en torno a la permanencia o no de España en la OTAN, y las próximas elecciones, han alejado de nuevo la preocupación por el norte de Africa del ánimo de los gobernantes y de la apropia opinión pública.
Sín embargo, resulta inconcebible que no exista una política clara y definida, que englobe una posición hacia el conjunto de los problemas actuales y perspectivos con los países de la región, sobre todo de parte de una nación como España que es tratada siempre por sus socios norteafricanos como si ella tuviera siempre las malas cartas y los demás todos los elementos de presión, y sobre cuya opinión pública tanto Marruecos, como Argelia, el Frente Polisario, y los demás países árabes están en condiciones de influir sin que exista para España la posibilidad de actuaciones similares de ningún tipo.
El proyecto de establecimiento de relaciones diplomáticas con el Estado de Israel proporciona el ejemplo más claro a este respecto. Antes de que esas relaciones se establezcan, algunos países árabes han expresado su descontento y otros han llegado incluso a amenazar con tomar represalias. Sin embargo, Egipto, el país árabe más importante e influyente, tiene desde hace tres años un embajador en Tel Aviv, e Israel lo tiene en El Cairo. Si el Rey Hussein de Jordania no ha establecido aún esas relaciones diplomáticas es por temor a que le ocurra como a su abuelo, pero es evidente que mantiene varios canales de comunicación con el Gobierno israelí; el mismo Rey Hassan II de Marruecos ha servido incontables veces de mediador entre los árabes e Israel, y fue el anfitrión de un Congreso judío mundial al que asistieron dos ministros del Gobierno israelí y varios diputados de la Knesseth. El lider palestino Yasser Arafat, Presidente de la OLP, hubiera reconocido el año pasado al Estado de Israel por poco que Tel Aviv hubiese moderado su intransigencia. Según algunos comentarios de prensa, ahora resulta que hasta el propio Gaddafi lleva en sus venas sangre judía.
España ha comenzado a actuar con seriedad, coherencia y firmeza en la defensa de sus intereses. Ya se han acabado – o por lo menos han quedado atenuadas – las controversias públicas con esos países. Ahora es necesario evaluar el posible arsenal de medios de que dispone España para contrarrestar eventuales presiones y amenazas. La única manera moderna de lograrlo es establecer relaciones cordiales y estrechas con todos los vecinos y eso presupone la elaboración de una política a largo plazo, que pueda sobrevivir además a gobiernos de diferente talante ideológico. Nombre

References: Resolución 
 artículo 7
 Resolución 
 artículo 16
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