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Timestamp: 2019-09-18 00:41:03+00:00

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1969, cerrojazo a la confianza. 50 aniversario del cierre de la verja de Gibraltar – Descubrir la Historia
1969, cerrojazo a la confianza. 50 aniversario del cierre de la verja de Gibraltar
El 8 de junio de 1969 el Gobierno español tomó la decisión unilateral de cerrar la verja de Gibraltar. Así permaneció hasta 1982. En este informe especial repasamos los antecedentes y las consecuencias que tuvo la incomunicación entre España y Gibraltar durante más de una década, que fue devastadora para la ciudad de La Línea. Uno de los principales efectos fue la desconfianza de la población gibraltareña hacia las autoridades españolas, algo difícil de reparar.
Lo primero que llamará la atención de los lectores es el uso de la palabra verja, para referirnos a lo que se cerró en Gibraltar el 8 de junio de 1969. Por supuesto, había una verja física que se cerró en el lado español de la frontera. Pero, en realidad, es una manera casi oficial de aludir a la frontera entre España y Gibraltar, porque se evita a toda costa utilizar esa palabra: frontera. Y esto es porque España no reconoce la ocupación del Istmo ni la verja como frontera. Esto es sólo una muestra de la complejidad del contencioso, que se fundamenta, en la parte española, sobre todo en las cláusulas del Tratado de Utrecht (1713).
Antecedentes del cierre de la verja
Si dejamos a un lado las dificultades de la terminología jurídica, Gibraltar dejó de ser un territorio administrado por las autoridades españolas en 1704, cuando la ciudad fue conquistada por una flota angloholandesa con el almirante Rooke al mando, pero que luchaba a favor de los intereses del archiduque Carlos de Austria, candidato de la casa de Habsburgo al trono español, y era apoyado por los ingleses. Allí se asentaron, después de haber mostrado interés por el Peñón de manera previa, ya que tenemos documentación del siglo XVII que atestigua planes bastante elaborados para conquistar el peñón, con el fin de hostigar el tráfico marítimo en el Estrecho. Toda esta historia es bien conocida para nuestros lectores, pues en el número 18 de la revista el historiador Ángel J. Sáez Rodríguez publicó un artículo sobre la toma de Gibraltar y su contexto.
En 1713, con la guerra de Sucesión finalizada, y con Felipe V en el trono español, se firmó el Tratado de Utrecht, que cedía en su artículo X «la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su
puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno». Con esto, comienzan más de tres siglos de reivindicación española sobre el peñón. A veces, mediante las armas; y otras, por la vía diplomática.
El istmo de Gibraltar en 1928 o 1930, años antes de la construcción de la pista de aterrizaje (Wikimedia).
En el primer siglo de dominio británico sobre Gibraltar encontramos tres asedios (1704-1705, 1727 y 1779-1783). Tuvieron diferente desarrollo, pero idéntico resultado: la plaza no se rindió y finalmente las fuerzas españolas levantaron el sitio. El siglo XVIII fue así, sumamente belicoso. Pero el XIX no comenzó mucho mejor, aunque en este caso con un enemigo diferente: Napoleón. En el contexto de las guerras napoleónicas en Europa, y la guerra de Independencia en particular, España y Reino Unido tuvieron que aliarse, aunque no con demasiado entusiasmo (ya se sabe: el enemigo de mi enemigo es mi amigo). Son memorables las campañas de Wellington, tanto que, en enero de 1938, Francisco Franco las mencionó a Robert Hodgson, agente oficioso británico en Burgos. Tal y como lo recoge Enrique Moradiellos: «[Franco] expresó sus sentimientos de amistad hacia Inglaterra, mencionando la buena relación que había unido a ambos países en el pasado y haciendo breve referencia a la historia y la campaña del duque de Wellington».
Durante la guerra de Independencia española los británicos destruyeron buena parte de las construcciones defensivas ideadas durante los asedios de Gibraltar, incluida la línea de contravalación, aunque esto lo hicieron con el consentimiento de las autoridades españolas. Una vez finalizó esta contienda, hubo algunos movimientos de acercamiento entre ambos lados. Fue el momento en el que las autoridades británicas construyeron una serie de barracones con una finalidad médica para paliar los efectos de una epidemia de fiebre amarilla, algo que España aceptó, aunque sólo con un carácter provisional (que, luego, se tornó en permanente). También están documentados algunos ejemplos de relaciones transfronterizas, uno de ellos al abrigo de la Royal Calpe Hunt a finales del siglo XIX y principios del XX.
A finales del siglo XIX, tuvo lugar un evento crucial: la segregación de La Línea de la Concepción de San Roque. Es decir, la fundación de una ciudad, que sucedió en enero de 1870. La nueva urbe se había ido gestando poco a poco en el entorno de la antigua línea de contravalación, especialmente motivada por los requerimientos de mano de obra en Gibraltar, y a partir de esa fecha empezó a caminar sola por una senda que no iba a ser fácil.
Y llegamos al siglo XX. Hasta ahora, y todavía nos queda recorrido en esta puntualización, debemos hablar de autoridades británicas cuando nos referimos a la toma de decisiones en Gibraltar. Quedaban varias décadas para que los gibraltareños comenzaran a tener cierta voz en relación con sus propias autoridades, todavía coloniales, y con sus propios deseos. El primer tercio de esta centuria estuvo marcado por cierta fluidez y relaciones transfronterizas que llegaron a ser buenas también en los niveles institucionales y militares. Todo ello, a pesar de la construcción de una valla en 1908-1909 sobre el territorio ganado en el istmo. El espacio del istmo es considerado por los británicos, desde 1966, como un territorio bajo su jurisdicción mediante prescripción adquisitiva. Esa valla es la que fue evolucionando hasta convertirse en lo que hoy conocemos como verja.
Durante la Primera Guerra Mundial, Gibraltar fue un foco de grandísimo interés para los países aliados. España facilitó el trabajo encomendado a Gibraltar durante la Gran Guerra, especialmente en relación con el aprovisionamiento de la colonia. En este sentido, se ratificó la «neutralidad benévola» que el Gobierno de Eduardo Dato manifestó a Londres al inicio de la contienda.
Otro periodo de gran intensidad con respecto a las relaciones entre ambos lados de la verja fue la guerra civil española, momento en el que Gibraltar sirvió de refugio para muchos. Recordemos que la guerra barrió el sur de la península ibérica en sus primeros momentos. Sin embargo, también es importante mencionar que, tal y como señalan varias investigaciones, algunos de esos refugiados fueron retornados a España hacia un futuro incierto, porque también en el peñón había divergencias en las opiniones con respecto a la guerra española.
Hacia una identidad propia: la evacuación
Un momento fundamental para los gibraltareños fue la evacuación que vivieron a cusa de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la evacuación y el cierre de la verja fueron dos hitos para la configuración de una identidad colectiva diferenciada tanto de España como de Reino Unido (aunque más próxima a los británicos, por supuesto).
Hay un proyecto de investigación muy interesante y sobre historia oral que ya ha arrojado sus principales resultados. Se llama Bordering on Britishness. Ese término, britishness alude a la «britanidad», es decir, las cualidades o características de ser británicos. El estudio realizó numerosas entrevistas a gibraltareños y también a linenses con el fin de profundizar en la configuración de la identidad gibraltareña durante el siglo XX. En los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial, existía cierta identificación entre las poblaciones de ambos lados de la frontera, aunque había importantes diferencias en el plano económico. Pero se hablaba el mismo idioma con naturalidad, el español, y las relaciones sociales eran tan fluidas que los matrimonios entre gibraltareños y linenses estaban a la orden del día. Sin embargo, el franquismo cambió de manera notoria esta identificación social, y más con los acontecimientos que estaban por venir. Pero no nos adelantemos.
Gibraltar supuso para los británicos un punto clave en las operaciones en el Mediterráneo. El control de las dos entradas y salidas de este mar (Suez y Gibraltar) era fundamental para evitar acciones conjuntas de las armadas italiana y alemana. Por eso, Gibraltar también fue un objetivo muy claro para los italianos y para los alemanes. Todo esto se desarrolló en el informe especial del número 17 de esta revista. Ante la amenaza que podía suponer para la población civil que Gibraltar fuera receptor de ataques en el desarrollo de la guerra, las autoridades decidieron hacer una evacuación masiva.
En mayo de 1940 empezó la evacuación de, sobre todo, mujeres, niños y ancianos. Hasta el 24 de junio se llevó al Marruecos francés a un total de 13.082 gibraltareños. Sin embargo, el 22 de junio se produjo el armisticio de Francia tras la rápida derrota ante el contundente avance alemán. El principal aliado de Reino Unido cayó en poco más de un mes. Estos evacuados tuvieron que ser retornados a Gibraltar en una atropellada operación, ya que habían pasado de estar en un país aliado a uno hostil. Tras su regreso a Gibraltar, donde inicialmente no les dejaron desembarcar para encontrarse con sus familias, fueron reevacuados a Reino Unido, Madeira y Jamaica. Esta operación se desarrolló entre el 19 de julio de 1940 y el 4 de julio de 1941. En total, casi 15.000 civiles marcharon fuera de Gibraltar.
Infografía de Juan Pérez Ventura.
Durante el periodo en el que permanecieron estos lugares, los gibraltareños incrementaron su cohesión social como grupo con una identidad propia. Justamente, los evacuados de Londres se organizaron en alguna ocasión para reivindicar mejoras de su situación. Un ejemplo muy sencillo fue la desobediencia masiva registrada en octubre de 1943 por los gibraltareños instalados en West London, sometidos a la absurda norma que les obligaba a almorzar en una sala común y les prohibía hacerlo en su propio alojamiento. Esto fue recogido en varios artículos de The Times, ya que fue un asunto llevado a los tribunales, y que tuvo trascendencia mediática. Pero hubo más, como las peticiones, una vez empezaron a regresar a Gibraltar, para que fueran repatriados los que faltaban. Este proceso fue muy lento, pues el programa duró desde abril de 1944 hasta agosto de 1951, cuando llegó el último grupo de evacuados procedentes de Reino Unido.
Este acontecimiento, en el que hubo algunos momentos de grandes tensiones con las autoridades británicas, llevó a que los gibraltareños adquirieran notoriedad como grupo social con derechos frente al gobierno colonial del peñón, y a que comenzaran a organizarse políticamente. Hubieron de hacerlo para resolver sus propios problemas. Por ejemplo, la repatriación tuvo que demorarse tanto porque no había viviendas suficientes para alojar a quienes habían sido evacuados. Todo ello tuvo que tratarse con las autoridades coloniales, que todavía ostentaban el mando sobre el futuro de Gibraltar.
Volvemos a los resultados del proyecto Bordering on Britishness, que reflejan que uno de los cambios más importantes tras la Segunda Guerra Mundial fue el incremento del inglés como idioma primario en Gibraltar en detrimento del español, sobre todo por tres razones: ser la lengua vehicular del sistema educativo, el acceso a la televisión por satélite y el descenso de los matrimonios entre españoles y gibraltareños. Además, el uso del inglés daba prestigio social y permitía acceder a puestos en la administración, lo que suponía una mayor identificación con el Reino Unido. De modo que durante la Segunda Guerra Mundial aumentó esa «britanidad» a la que aludíamos antes, algo que se disparó en los años del cierre de la verja.
Consulado español en Gibraltar e Instituto Cervantes
Hasta ahora, hemos ido repasando algunos hitos de la historia moderna y contemporánea de Gibraltar y el germen de la identidad propia gibraltareña, que incorpora numerosos aspectos británicos en ella. Pero no hemos hablado mucho de creaciones y destrucciones españolas que han intentado acercar (o alejar) posturas al margen de las acciones diplomáticas desde Madrid.
En primer lugar, es necesario hablar del consulado español en Gibraltar. El periodista e investigador Luis Romero Bartumeus es uno de los principales expertos en esta institución que pervivió entre la tempranísima fecha de 1716 y 1954. En 237 años de historia, hubo 59 cónsules nombrados por España para dicho cargo. El primero fue Francisco García Caballero de Andrade y el último Ángel de la Mora y Arena. Sólo se interrumpió la actividad del consulado durante varias décadas del siglo XVIII con motivo de los asedios sobre Gibraltar.
Como apunta Romero Bartumeus en sus publicaciones, no debemos pensar que los cónsules nombrados en Gibraltar eran personajes irrelevantes de la vida pública española. Todo lo contrario: «No pocos cónsules fueron, antes o después de pasar por Gibraltar, ministros, embajadores, gobernadores civiles, diputados a Cortes o altos funcionarios de la Secretaría de Estado, y muchos se hicieron acreedores a las más prestigiosas condecoraciones del Estado». Esto no puede significar otra cosa que era un puesto valioso para la diplomacia española.
La situación cambió en el año 1954. Tras la coronación de Isabel II en junio de 1953 se anunció que la reina iba a recorrer la Commonwealth a bordo del yate Britannia entre noviembre de 1943 y mayo de 1954. El último destino, antes de regresar a Londres, iba a ser Gibraltar. Esa visita se planteó para los días 11 y 12 de mayo de 1954. El Gobierno español no respondió ante esta visita oficial hasta enero de 1954. Intentó, a través del embajador en Londres (Miguel Primo de Rivera) que dicha parada no se realizara. El gobernador de Gibraltar, George Holmes Alexander MacMillan, afirmó ante el gobernador militar del Campo de Gibraltar, José Cuesta Monereo, que la visita no era oficial, sino una escala para descansar y saludar a los súbditos británicos de Gibraltar, aprovechando su paso por el Estrecho. Esto mismo reafirmó MacMillan el 23 de febrero de 1954 por radio, algo que recogió la prensa local al día siguiente.
El ministro de Asuntos Exteriores pidió al cónsul, Ángel de la Mora, que durante la visita de la reina se ausentaran del consulado, cerraran las puertas y no izaran la bandera española en honor de la reina. Esta decisión fue tomada en el Consejo de Ministros, que la consideró después de que se decretaran dos días festivos en Gibraltar. Pero esto no convenció al cónsul, que opinaba que la principal preocupación en Madrid no era que el consulado no se abriera ese día con motivo de la festividad y por respeto a esa decisión, sino que no se izara la bandera española. Sin embargo, esto se hacía hasta los días festivos, cuando un funcionario acudía sólo para cumplir con esa labor. De modo que sugirió que la única solución viable era cerrar el consulado, lo que no podría suponer una ofensa para la reina, pero sí una protesta ante la decisión de que visitara Gibraltar.
Portada del periódico Gibraltar Chronicle del 9 de junio de 1969 (Imagen cedida por Gibraltar Garrison Library).
Eso sí, se planteó que la actividad del consulado era importante, y que debía plantearse la reapertura. La propuesta de Ángel de la Mora fue llevada a Francisco Franco, que ordenó que se hiciera lo que había indicado el cónsul. Esto fue aprobado por el Consejo de Ministros del 9 de abril de 1954, y el consulado permaneció abierto hasta el día 30 de ese mes. Así mismo, también el Gobierno «había decidido prohibir el paso de españoles para que así no se nos pudiese hacer reproche de ninguna clase», en palabras del cónsul. Por eso, durante los dos días de la visita de la reina se cerró la verja a los españoles.
Este fue el fin del consulado español, que nunca se reabrió. Pero podemos ver en él un claro antecedente del cierre de la verja, quince años después, pues a partir de ahí se incrementó la presión española sobre el contencioso, sobre todo en la reclamación de la soberanía, algo que llegó a instancias de la Organización de las Naciones Unidas, aunque no a propuesta de España, como veremos.
Pero antes de llegar a eso daremos un salto hacia el futuro, concretamente hasta el año 2011, cuando se inauguró el Instituto Cervantes en Gibraltar. Este acontecimiento fue todo un revulsivo para el contencioso y, aunque se miró con recelo desde algunas capas de la sociedad gibraltareña, la habilidad diplomática del sociólogo Francisco Oda Ángel, nombrado director del centro, logró que fuera una entidad no sólo aceptada en Gibraltar, sino muy valorada por su afán de acercamiento.
Era una institución conveniente desde el punto de vista de los intereses españoles, en tanto que favorecía la difusión de la cultura española entre los gibraltareños y facilitar que el español fuera reimpulsado. Su creación fue aprobada mediante los Acuerdos de Córdoba (2006), que también incluían la utilización conjunta del aeropuerto (cuya terminal gibraltareña está construida hasta la frontera, pero no se continuó la obra en el territorio español) o el problema existente con las pensiones de algunos antiguos trabajadores españoles en Gibraltar.
Sin embargo, esta ilusión de reconciliación, diálogo y apertura se quebró en 2015 cuando el ministro de Exteriores José Manuel García Margallo anunció que, en Gibraltar, «salvo los simios, todos hablan español» y decidió el cierre del Instituto Cervantes. También aludió a la inviabilidad económica del centro, algo difícil de justificar debido al elevado número de alumnos que había. Recordemos que en Gibraltar no sólo necesitaban aprender español los jóvenes que ya no lo estudiaban en las escuelas ni lo practicaban en su ámbito familiar, sino también quienes venían a trabajar a Gibraltar desde Reino Unido y otros lugares del mundo. Además, esa supuesta carga económica fue fácil de rebatir en tanto que ni siquiera el lugar donde se ubicaba suponía un coste porque fue una cesión de una familia gibraltareña, que ofreció el espacio gratuitamente para que se ubicara en él el Instituto Cervantes.
ONU y Constitución
Volvemos a nuestro relato cronológico. Nos habíamos quedado en el cierre del consulado de España en Gibraltar. Tras esto vino un acontecimiento muy significativo. Fue la reclamación de devolución de Gibraltar planteada ante la Asamblea General de la ONU por la delegación española en 1956. La propuesta pasaba por el reconocimiento de soberanía de España sobre Gibraltar y la entrega de garantías a Reino Unido para disfrutar de la base en el peñón. No había ningún aspecto especial relativo a la población gibraltareña. Con ligeras variaciones, esta ha sido la fundamentación de la postura española durante los últimos años del franquismo.
Más tarde entró en escena un nuevo actor (o conjunto de actores): el Comité de Descolonización o Comité de los 24 de las Naciones Unidas. Dos países aparentemente alejados de toda esta cuestión, Camboya y Bulgaria, presentaron al Comité la cuestión de la descolonización de Gibraltar. Esto no era algo que interesara a España, que ha evitado sistemáticamente aceptar la resolución del contencioso en tribunales internacionales, y ha preferido que todo se negociara mediante relaciones bilaterales con Reino Unido. El motivo de que esos dos países pidieran al Comité que trataran este asunto estaba más relacionado con el contexto de la Guerra Fría y el interés por que desapareciera la base británica del peñón.
Portada del periódico Diario Área del 9 de junio de 1969 (Imagen cedida por Diario Área).
A partir de ese momento, una de las preocupaciones fundamentales para España fue evitar que el territorio de Gibraltar fuera descolonizado mediante un proceso de autodeterminación. Para esto, España se acogió a la cláusula final del artículo X del Tratado de Utrecht, que dice: «Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla». Por tanto, para España, cualquier cambio en el estatus jurídico de Gibraltar debía tener su aprobación.
Todo esto es bastante complejo, y todavía hoy se publica mucho acerca de la cuestión. De hecho, se han celebrado algunos interesantes congresos donde juristas han expresado sus interpretaciones acerca del posible derecho de autodeterminación gibraltareño. Y gran parte del conflicto parte de la falta de claridad de la ONU en su resolución 1514 (XV) de 1960, que fue interpretada de un modo divergente por ambas potencias. Esto es porque su segundo punto de acuerdo afirma: «Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación; en virtud de este derecho, determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural». Mientras que el sexto declara: «Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas». Reino Unido y Gibraltar consideran que no son incompatibles entre sí, en tanto que Gibraltar no es un territorio español y, por tanto, su autodeterminación no rompe la integridad territorial española. Las posteriores resoluciones vinieron a complicar el asunto y, sobre todo, estaban menos alineadas con la autodeterminación para resolver situaciones coloniales. Nos referimos a las resoluciones 2070 (XX), 2231 (XXI), 2353 (XXII) y 2429 (XXIII) de 1965, 1966, 1967 y 1968, respectivamente.
La primera de estas cuatro resoluciones instaba a la negociación entre las partes. La segunda volvía a invitar al diálogo y pacto, considerando los intereses del pueblo del territorio, pero en consulta con el Gobierno de España, para proceder de manera inmediata a la descolonización de Gibraltar, que instaban a resolver antes de la siguiente sesión de la Asamblea General. La tercera insistía en la negociación y condenaba el referéndum de Gibraltar 1967 (del que hablaremos más tarde). La cuarta lamentaba «el incumplimiento por la potencia administradora de la resolución 2353» y volvía a requerir que se pusieran en marcha las negociaciones entre Reino Unido y España.
Esta decisión resultó un tanto sorprendente en el marco de la legislación internacional, ya que sólo las Malvinas y Gibraltar, como explicó el catedrático emérito de Derecho Internacional Público Antonio Remiro Brotóns en una conferencia y un posterior artículo en Cuadernos de Gibraltar, «son los únicos dos supuestos en los que no se aplica a una población colonial la libre determinación». Según afirmó Remiro Brotóns, esa resolución se logró gracias al empuje latinoamericano en la ONU, que tenía entonces mucho más peso que ahora. Si no, asegura que difícilmente se hubiera podido evitar la eliminación de la cláusula de retracto, que sí desapareció de otros acuerdos entre países que hicieron una «reserva para recuperar la soberanía de un territorio colonial».
Antes de llegar al referéndum de 1967, debemos comentar que, en mayo de 1966, Michael Stewart, ministro de Exteriores británico, se reunió en Londres con Fernando Castiella, su análogo español. Castiella presentó la propuesta española, similar a la que Franco hizo en 1956, pero con un mayor detalle. Las argumentaciones fueron rechazadas por Stewart, y el Gobierno británico presentó una proposición de resolución basada en la creación de un clima de confianza, el derribo de la verja, la aceptación de un agente español en Gibraltar o el uso compartido del aeropuerto y la base naval en tiempos de paz.
De este modo, dada la incompatibilidad de ambas propuestas, España volvió a ejercer un poder duro, y a iniciar una política de sanciones con la prohibición de sobrevolar el espacio aéreo español (lo que hacía inviable en muchos casos el uso del aeropuerto y, sobre todo, creaba situaciones de peligro con determinadas condiciones climatológicas) o la exigencia de la eliminación de la verja. Tras este proceso coagulante del contencioso, Reino Unido propuso dirimirlo en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, algo a lo que España se negó.
En junio de 1967 Reino Unido expuso la realización de un referéndum entre la población gibraltareña con el fin de conocer si quería alinearse con la propuesta de Castiella o mantener el vínculo con Reino Unido. Ese referéndum se celebró el 10 de septiembre y el resultado fue, como era de esperar, abrumador a favor de fortalecer los lazos británicos con instituciones locales democráticas.
La reacción de la ONU fue la resolución 2353 (XXII) que, como ya hemos dicho, rechazaba el referéndum y consideraba que a la situación colonial de Gibraltar debía aplicarse el punto sexto de la resolución 1514 (XV), aquel que afirmaba que no podía vulnerarse la integridad territorial de un país por ser algo incompatible con la Carta de la ONU. Pero ese documento, la Carta de la ONU, es el que Gibraltar considera que, en su artículo 103, anula el derecho de reversión de España con respecto a Gibraltar que se incluyó en el Tratado de Utrecht, ya que establece: «En caso de conflicto entre las obligaciones contraídas por los Miembros de las Naciones Unidas en virtud de la presente Carta y sus obligaciones contraídas en virtud de cualquier otro convenio internacional, prevalecerán las obligaciones impuestas por la presente Carta». Es decir, que la Carta de la ONU debía prevalecer sobre el Tratado de Utrecht.
Portada del periódico ABC del 9 de junio de 1969 (Hemeroteca ABC).
Al margen de toda la interpretación jurídica, lo que sucedió fue la creación de una Conferencia Constitucional para la elaboración de la Constitución de Gibraltar, que finalmente se aprobó el 30 de mayo de 1969 y que incluía un preámbulo que era toda una declaración de intenciones, pues aseguraba que Gibraltar permanecería bajo los dominios británicos hasta que una ley del Parlamento lo estipulara, así como el Gobierno británico nunca llegaría a acuerdos de soberanía con otro Estado contra los deseos democráticamente y libremente expresados de la población de Gibraltar.
La verja cerrada, tres palabras para aludir a un desastre
España reaccionó de manera tajante y decidió cancelar a casi 5.000 españoles su permiso para trabajar en Gibraltar el día 8 de junio de 1969, fecha que ha quedado grabada a fuego a ambos lados de la frontera, especialmente en La Línea y en Gibraltar. El 1 de octubre se bloquearon también las líneas de teléfono y telégrafo y se dejaba, así, incomunicado al peñón. No se podía entrar por la frontera terrestre ni por la marítima. En este último caso, no se podía llegar en barco desde España, pero sí desde otros lugares, como Tánger.
Ante esta situación, Londres tuvo que reaccionar rápido y dio apoyo financiero y logístico a Gibraltar. La mano de obra española que tan necesaria había sido en el peñón se sustituyó paulatinamente por personal procedente de Marruecos. El soporte de Londres a Gibraltar estrechó en el periodo de 1969 a 1982 todavía más los lazos de los gibraltareños con Reino Unido. El historiador Tito Benady afirmó: «El cierre de la frontera en 1969 fue tan traumático y penoso para el pueblo de Gibraltar como la evacuación de 1940 y les cambió su forma de vivir».
Si la idea del Gobierno franquista era que Gibraltar cayera como fruta madura, como había afirmado Franco al diario Arriba en 1950, se equivocaba de pleno. La situación volvía a ser similar a las vividas en el siglo XVIII, pues no se cerraba la frontera terrestre de manera continuada desde los famosos asedios. Además, durante los años del cierre de la verja influyó un asunto que, en el siglo XVIII, no era tan poderoso: la propaganda mediática. En Gibraltar se podía ver la televisión española o escuchar la radio, y fueron testigos de la maquinaria informativa que se creó en España frente a Gibraltar, con el fin de convencer a la opinión pública española de que había sido una decisión correcta. De este modo, no podía más que aumentar la desconfianza de los gibraltareños hacia España, que se tornó en decidida aversión. Todavía se recuerdan en Gibraltar los difíciles primeros momentos, en los que la carestía de alimentos y de otros recursos (que entraban por la frontera) complicaron mucho sus vidas.
El cierre de la frontera redujo considerablemente el uso del español, en tanto que los contactos con el Campo de Gibraltar y el resto de España fueron mínimos en comparación con la fluidez de las relaciones familiares, sociales, laborales y comerciales entre ambos lados de la verja antes de 1969. Desde 1704 hasta 1969 se habían creado unos intensos vínculos culturales de los gibraltareños con España. Pero se redujeron de tal modo que, en la actualidad, existen problemas con la calidad del español hablado y escrito en Gibraltar, algo que no había sucedido hasta el cierre de la frontera en 1969, y que las autoridades gibraltareñas intentan resolver hoy. Recordemos que uno de los fines del Instituto Cervantes era contribuir a recuperar el español y volver a introducir la cultura española en Gibraltar.
Así mismo, todo esto tuvo unas consecuencias sociales difíciles de medir en La Línea. Hemos visto que, de la noche a la mañana, alrededor de 5.000 personas perdieron su permiso de trabajo en Gibraltar y ya no pudieron cumplir con sus responsabilidades laborales. Muchas de estas personas tuvieron que marcharse a otros lugares, donde eran reubicados como conserjes de colegios o celadores de hospitales. Pero no sólo trabajaban en Gibraltar 5.000 españoles. Se cifra que podían ser alrededor de 13.000 los que tenían una actividad laboral relacionada de manera directa con el Peñón.
La Línea tenía en 1950 una población superior a la de Algeciras (55.000 frente a 52.000), y era una ciudad con enormes posibilidades económicas, ligadas tanto con la relación económica con Gibraltar como con una posible vinculación con la que sería en el futuro muy bien promocionada como Costa del Sol, en la que podía haberse incluido como bastión occidental.
Todavía hoy, las personas más mayores de La Línea recuerdan con claridad ese año 1969 y los posteriores, y expresan que La Línea perdió el 50% de la población tras el cierre (este dato lo corrobora, por ejemplo, The New York Times). Otras fuentes indican que fue el 30%. Es difícil saberlo, en tanto que la información censal nos dice que en 1960 había una población de 60.708 y en 1970 52.749. En este caso, se trataría de una pérdida de 7.959 ciudadanos, alrededor del 13% con respecto a 1970. Sin embargo, habría que analizar los datos de 1969 y 1971 o 1972, para tener una información más precisa.
Pero esa conciencia ciudadana de que La Línea perdió a la mitad de sus habitantes con el cierre, responde a la sensación colectiva de éxodo en la ciudad, con miles de personas marchándose a otros lugares para buscar un empleo. Y también a la caída en picado de la actividad económica y comercial, pues no sólo la economía se vio perjudicada en los que trabajaban directamente en el Peñón y la actividad económica que generaban en la comarca, sino en las compras e inversiones de los gibraltareños, casi 30.000 personas entonces, que gastaban parte de su dinero en comercios, restaurantes y servicios de la comarca.
Planes de desarrollo para el Campo de Gibraltar
La economía de la comarca no se destruyó completamente a causa de su peso demográfico, que siempre ha sido uno de los principales de la provincia de Cádiz, pero también debido a los planes de desarrollo industrial que se llevaron a cabo en el Campo de Gibraltar.
En la década de los 60, el Gobierno español puso en marcha los Planes Nacionales de Desarrollo. En ese marco se calificó el Campo de Gibraltar como Zona de Preferente Localización Industrial, que favoreció que en la bahía de Algeciras se instalaran varias grandes empresas que favorecieron el crecimiento económico de la zona, que hoy es el primer polo industrial de Andalucía. Entre ellas, una refinería de petróleo (1967), la procesadora de papel CELUPAL (1969), la factoría de ACERINOX (1973) o la central térmica de carbón de Los Barrios (1974), entre muchas otras.
Un grupo de personas trata de comunicarse con el otro lado de la verja, algo que tenían que hacer a gritos.
Por otro lado, este plan de desarrollo en la zona vino acompañado de una mejora de las infraestructuras y a la dotación de nuevos centros educativos, como la Escuela de Maestría Industrial de Algeciras (1967), que permitió a numerosos campogibraltareños que se formaran para los empleos que se generaraban en la industria comarcal, y la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial en Algeciras (1975).
En total, el Estado invirtió unos 23.000 millones de pesetas en la comarca y la inversión privada fue de más de 75.000 millones. Se crearon más de 7.600 puestos de trabajo. La inversión privada fue atraída con beneficios fiscales y ventajas financieras. Todo ello tuvo un importante impacto también en la actividad portuaria, que ha terminado aupando al Puerto Bahía de Algeciras como el principal del Mediterráneo y uno de los más importantes de toda Europa.
Originales formas de acercamiento
El cierre de la verja en 1969 impidió que los trabajadores pudieran mantener sus empleos en Gibraltar. Pero también separó a las familias que se habían formado con miembros a ambos lados. A partir del cierre, dado que era imposible acceder mediante la frontera terrestre y la marítima (desde Algeciras), la manera oficial de llegar a Gibraltar era en barco desde otro país. En este caso, desde Tánger. Ese viaje de Algeciras a Tánger y de Tánger a Gibraltar hacía que hubiera que dedicar muchas horas para recorrer unos pocos metros de separación física. Era el modo en que podían visitarse las familias o visitar Gibraltar con otros motivos.
Pero no fue la única manera que encontraron los campogibraltareños de desplazarse hasta Gibraltar. Se cuentan historias de personas aficionadas a la pesca submarina que iban nadando hasta Gibraltar y allí dejaban su equipo y se cambiaban de ropa para, días después, volver del mismo modo. Aunque quizá el caso más significativo sea el de Gonzalo Arias que, aunque no era oriundo de la comarca, hizo varias veces una gesta memorable. Este vallisoletano, influido por la filosofía del activismo no violento y sensibilizado con la cuestión de Gibraltar, se mudó en 1980 definitivamente a La Línea con su familia, después de haber saltado la verja en varias ocasiones como protesta ante la situación que se había generado con esa decisión. Todo esto le acarreó numerosos problemas con las autoridades españolas.
Además del contacto físico, posible gracias a esa fórmula del barco desde Tánger o métodos menos convencionales, las familias pudieron mantener el contacto viéndose a través de la verja y hablándose a voces. Pero en estos años se desarrolló una interesante actividad de radioaficionados en la comarca, que en La Línea tenía el estímulo añadido de la comunicación por radio con personas de Gibraltar.
El 2 de diciembre de 1982 Felipe González comenzó su andadura como presidente del Gobierno de España. Este primer ejecutivo socialista, en su primer consejo de ministros, tomó la decisión de reabrir la verja, inicialmente sólo para el tránsito peatonal. El resto de las comunicaciones permanecieron cortadas, y el proceso para los vehículos se demoró hasta 1985.
En 1984 se firmó la Declaración de Bruselas, que trataba de implementar lo que se había acordado cuatro años antes, con la verja cerrada, en la Declaración de Lisboa. En pocas palabras, se trataba de un compromiso mutuo para resolver las divergencias en relación con Gibraltar, poner fin al cierre de la verja y restablecer las comunicaciones. Todo ello, con la finalidad de tener un entendimiento más estrecho. Sin embargo, la concreción de esto merecería otro artículo.
El proceso de apertura de la verja no fue un camino fácil, ni exento de críticas. Tito Benady califica la forma en que se abrió de «catastróficamente mala». Asegura que el Gobierno de España lo llevó a cabo a «regañadientes, y fue evidente que lo hizo forzado por Inglaterra, que le advirtió que, si no se abría la frontera, España no sería admitida en la Comunidad Europea».
La pesada verja de hierro se volvió a abrir en la parte española la medianoche del 14 de diciembre, tras 13 años de cierre, dando paso a las lágrimas de los familiares y amigos que se encontraban por primera vez después de todo ese tiempo. El día de la reapertura, muchas personas decidieron esperar en los alrededores. Desde luego, tenían motivos para hacerlo.
—Página web del proyecto Bordering on Britishness: http://borderingonbritishness.net/es/
—Finlayson, T. J. (1991). The Fortress Came First. Gibraltar: Gibraltar Books.
—Jackson, W. G. F. (2003). The Rock of the Gibraltarians. A History of Gibraltar. Gibraltar: Gibraltar Books.
—Ojeda Vila, E. y Sánchez Mantero, R. (2008). Gibraltar y los gibraltareños. Los orígenes y la situación de un enclave estratégico en las puertas del Mediterráneo. Sevilla. Fundación Tres Culturas.
—Sáez Rodríguez, A. J. (2007). La Montaña Inexpugnable, Seis siglos de fortificaciones en Gibraltar (XII-XVIII). Algeciras: IECG.
Temas1969 Campo de Gibraltar Cierre de la Verja Cuestión de Gibraltar DlH20 Gibraltar Historia del Mundo Actual Número 20 Relaciones internacionales Revista Descubrir la Historia
Vistas del pasado. La crucifixión de san Pedro

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