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Timestamp: 2017-07-20 12:34:27+00:00

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La Grandeza de España es la dignidad
máxima de la nobleza española, inmediatamente después de la de Infante de
España, que es la que corresponde a los hijos del Rey y a los hijos de los
Los Grandes de España son considerados
como los sucesores de los antiguos Ricos hombres de los reinos de Castilla y de
León así como de las Coronas de Aragón y de Navarra, y es, en sí misma, la más
elevada dignidad nobiliaria que existe en España y en Europa, tras los miembros
de las casas reales, sus honores y privilegios los anteponían a los Príncipes
Mediatizados del Imperio, a los Pares de Francia y los del Reino Unido (peers).
Aunque desde el advenimiento de la
dinastía Trastámara en 1369 se venía llamando “Grandes” a los más poderosos jefes
de las grandes familias feudales castellanas y a las ricas casas fundadas por
los segundones de la estirpe real, el origen de la Grandeza de España, tal y
como hoy la conocemos, se sitúa en el reinado de Carlos I.
En 1520, tras su coronación como Emperador
del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V, hizo una
diferenciación definitiva entre los simples Títulos (los poseedores de un
título de nobleza) y los Grandes (merced que concedía el soberano y acompañaba
al título nobiliario), otorgando el tratamiento de primo a los grandes de
España y el de pariente al resto de títulos, junto con el derecho de “cobertura”,
es decir el derecho a permanecer con la cabeza cubierta en presencia del rey
(de ahí la tradicional fórmula de concesión de la dignidad: ¡Cubríos!), entre
sus prerrogativas también se encontraba el poder sentarse en presencia de los
reyes o no poder ser detenidos salvo por expresa orden del Rey.
En ésta primera distinción de 1520 fueron
reconocidos como Grandes 25 poseedores de los más antiguos y principales
títulos nobiliarios españoles de aquella época y que son:
Duque de Alba Duque de Alburquerque Duque de Arcos Duque de Béjar Duque de Cardona Duque de Frías Duque de Gandia Duque del Infantado Duque de Medina-Sidonia Duque de Medinaceli Duque de Nájera Duque de Segorbe Duque de Villahermosa Marqués de Aguilar de Campoo Marqués de Astorga Marqués de Denia, subrogada en la del Duque
de Lerma Marqués de Priego Marqués de Villena y Duque de Escalona Conde-Duque de Benavente Conde de Cabra Conde de Lemos Conde de Lerín, se incorporó después a la
Casa ducal de Alba Conde de Melgar, subrogada en la del Duque
de Medina de Ríoseco Conde de Miranda del Castañar, subrogada
en la del Duque de Peñaranda de Duero Conde de Ureña, subrogada en la del Duque
Todos los tratadistas coinciden en que no
existía precedencia alguna entre estos primeros “Grandes”, ya que el protocolo
los situaba en el orden en que iban llegando. Estos veinticinco títulos y
algunos más, cuya grandeza fue también reconocida en el transcurso del reinado
del propio Carlos y en el de su hijo Felipe II, son los que serían conocidos
como Grandes de Primera Clase, cerca de 40 a finales del siglo XVI. Ni que
decir tiene que, salvo raras excepciones, como el caso de los descendientes de
Colón (Duques de Veragua, concedido en 1537), estos ilustres personajes
representaban a los más poderosos clanes nobiliarios medievales españoles y
acumulaban un enorme poder territorial y económico.
En el siglo XVII varios títulos más
fueron recibiendo el alto honor que representaba la Grandeza tales como el
Conde-Duque de Olivares o el Conde de Oñate.
Con el advenimiento de los Borbones al
trono español, se otorgó la Grandeza de España a varios Pares de Francia que
ayudaron a Felipe V durante la Guerra de Sucesión, desde entonces los monarcas
españoles han continuado concediendo, con mesura, esta alta distinción a
destacadas personalidades de la nobleza y de la vida pública nacional, como por
ejemplo la concedida por Juan Carlos I al que fuera presidente del gobierno
durante la transición a la democracia, Adolfo Suárez junto con el título de
En el siglo XIX dejó de hacerse
diferenciación entre los Grandes de Primera Clase y el resto de los poseedores
de esta dignidad, siendo también en ese siglo en el que más aumentó el número
de Grandes concediéndose esta elevada dignidad a diversas personalidades
No obstante se sigue considerando a los
célebres 25 primeros, a quienes también se conoce como “Grandes de Inmemorial”,
como la cabeza del estamento nobiliario español y aunque sus prerrogativas
honoríficas sean hoy en día las mismas que las del resto de los grandes, su
estimación como representantes de los más grandes y poderosos linajes de la
España bajo medieval continúa intacta.
El título de Grande de España, como el
resto de títulos nobiliarios, estuvo legalmente abolido durante la Segunda
República Española mediante el Artículo 25 de la Constitución de 1931.
La legislación nobiliaria se restauró en
1947 con la promulgación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, en la
que según su artículo 1, España se declara constituida en reino y en su
artículo 2 establece: “La jefatura del estado le corresponde al Caudillo de
España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos Don Francisco Franco
Bahamonde”, desde entonces Francisco Franco se arrogó el derecho de reconocer y
conceder títulos nobiliarios.
artículo 62, reconoce al Rey el Derecho de Gracia, al amparo del cual se
desarrolla la vigente legislación española en materia de títulos nobiliarios.
Aunque la dignidad de grande se asocia
tradicionalmente a los duques, puede acompañar a los títulos de marqués, conde,
vizconde, barón y señor, incluso en algunas ocasiones puede poseerse esta dignidad
por sí misma, es decir sin estar adscrita a un determinado título nobiliario.
Los Grandes de España, sus consortes y
sus hijos primogénitos tienen tratamiento de Excelentísimos Señores; los hijos
no primogénitos de los “Grandes” reciben el tratamiento de Ilustrísimos Señores.
En la actualidad cerca de 400 títulos
nobiliarios ostentan la Grandeza de España, aunque el número de “Grandes” es
menor, ya que varias Grandezas de España están en posesión de un mismo individuo
(i. e. los Duques de Alba, los Duques de Osuna o los de Medinaceli, entre
otros, poseen varios títulos con Grandeza).
En 2005, existían en España 2.789 títulos
nobiliarios en posesión de 2.199 personas, según el Ministerio de Justicia. De
éstos, cerca de 400 poseen la distinción de Grandes de España (representada por
el Consejo de la Diputación Permanente de la Grandeza de España).
En España la posesión de un título de
nobleza no supone, hoy en día, ningún privilegio, es una distinción de carácter
honorífico acompañada del tratamiento de Excelentísimos Señores para aquellos
títulos que poseen la dignidad de Grandes de España y de Ilustrísimos Señores
para los demás. El último privilegio, suprimido en 1984, fue la titularidad de
Pasaporte Diplomático por parte de los Grandes de España. Este privilegio
desapareció tras el Real Decreto 1023/1984. Sin embargo, los títulos sin Grandeza
de España nunca tuvieron este privilegio.
Los títulos nobiliarios estuvieron
legalmente abolidos durante la Segunda República Española mediante el Artículo
25 de la Constitución de 1931, restaurándose en 1947 con la promulgación de la
Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, por la que el dictador Francisco
Franco se arrogó el derecho de reconocer y conceder títulos nobiliarios.
Los consortes legales de quienes ostentan
las dignidades nobiliarias así como los cónyuges viudos, mientras permanezcan
en este estado, disfrutan del mismo tratamiento y honores que sus cónyuges.
La legislación española reconoce los
títulos nobiliarios y protege a sus poseedores legales frente a terceros; los
títulos nobiliarios españoles no son en ningún caso susceptible de compra ni
venta ya que su posesión se encuentra estrictamente reservada para los
parientes consanguíneos de mejor derecho del primer poseedor del título. El uso
indebido de títulos nobiliarios está perseguido por la Ley.
Los títulos nobiliarios son otorgados por
el rey, el cual también sanciona cada una de las sucesiones en los mismos.
Hasta 2006, Juan Carlos I ha otorgado una veintena de títulos de nobleza, entre
ellos el ducado de Suárez al ex-presidente del gobierno Adolfo Suárez o el
marquesado de Iria Flavia para al Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela.
También ha otorgado sendos títulos ducales a sus hijas, las infantas Elena,
duquesa de Lugo y Cristina, duquesa de Palma de Mallorca.
Históricamente, existía preferencia
masculina a la hora de suceder en un título nobiliario, tal como estableció el
Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. No
obstante, el Congreso de los Diputados aprobó el 18 de octubre de 2005 el
inicio del trámite de una ley que ha igualado a hombres y mujeres en la
sucesión de los títulos nobiliarios (no afecta a la Corona). Por lo tanto los
títulos son heredados por el primogénito independientemente de su sexo, según
la Ley 33/2006, de 30 de octubre, sobre igualdad del hombre y la mujer en el
orden de sucesión de los títulos nobiliarios.
Los títulos nobiliarios en España pueden
provenir de diferentes regiones históricas, siendo llamados, por ejemplo
El rey de España es depositario de
numerosos títulos de los diversos dominios en los que históricamente han
ejercido su soberanía los monarcas españoles. Su título es el de Rey de España
y puede utilizar todos los títulos reales que dinásticamente corresponden a la
Corona de España:
Rey de Castilla, de León, de Aragón, de
las Dos Sicilias*, de Jerusalén*, de Navarra, de Granada, de Toledo, de
Valencia, de Galicia, de Cerdeña*, de Córdoba, de Córcega*, de Murcia, de Jaén,
de los Algarves*, de Algeciras, de Gibraltar*, de las Islas Canarias, de las Indias
Orientales y Occidentales*, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano*;
Archiduque de Austria*; Duque de Borgoña*, de Brabante*, de Milán*, de Atenas y
Neopatria*; Conde de Habsburgo*, de Flandes*, del Tirol*, del Rosellón*, y de
Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina.
Los marcados con asterisco son títulos
únicamente nominales. Al heredero de la corona se le otorgan
también diversos títulos nobiliarios:
Príncipe de Asturias Príncipe de Gerona Príncipe de Viana Duque de Montblanc Conde de Cervera Señor de Balaguer Manto heráldico sobre el que los grandes plasman su escudo de armas.
Los Grandes de España gozaron durante la
historia de numerosos privilegios, los cuales fueron disminuyendo a partir del
siglo XIX. El último privilegio legal del que han gozado los Grandes de España,
es la titularidad de pasaporte diplomático en sus viajes, privilegio suprimido,
o más bien, no reflejado en el Real Decreto 1023/1984. Técnicamente, si un
Grande de España expidió su pasaporte en 1984 antes del nuevo Real Decreto,
conservó este privilegio como máximo hasta 1986, ya que la validez de este tipo
de pasaportes es de dos años. Un grande de España poseía pasaporte diplomático,
ya que en cierto modo y tradicionalmente era representante de la Corona
Española. En este pasaporte figuraba como preámbulo en la segunda hoja lo
Su Majestad el Rey y en su nombre el
Ministro de Asuntos Exteriores concede Pasaporte Diplomático al Exmo. Sr. D.
XXX, Duque de XXX, Grande de España. Por lo tanto ordena a las Autoridades civiles
y militares de España le dejen transitar libremente, y espera que las de los
países extranjeros a donde se dirija no le pongan impedimento alguno en su
viaje, antes bien, le den todo el favor y ayuda que necesitare por convenir así
al bien del servicio nacional.
Hoy en día, la dignidad de Grande de España,
no conlleva privilegios legales, salvo aquellos de carácter honorífico,
protocolario y social tales como el ya referido tratamiento de Excelentísimos
Conde Vizconde
tratamiento que reciben los poseedores de este título nobiliario es el de
Ilustrísimo, si dicho título no posee la Grandeza de España, o de Excelentísimo
si lo posee.
Esta zona del límite
occidental de Lleida tiene la singularidad de vivir el presente en un contexto
marcado por la historia, que ponen de manifiesto los numerosos monumentos,
iglesias y ermitas que invaden el paisaje. En casi todos los pueblos del
pequeño valle pirenaico de Boí, se conservan hermosas parroquias románicas,
todas de finales del siglo XI principios del S. XII.
Santa María de Coll puede considerarse como el monumento más reciente del
valle, pues data de principios del siglo XIII; el estilo del campanario no pasa
de ser una simple espadaña con tres ojos. La iglesia tiene una sola nave. La
bóveda de cañón descansa sobre elevadas columnas. Los arcos ciegos se prolongan
a lo largo del muro hasta la fachada. Destaca el portal con arquivoltas con
friso ajedrezado. También hay que señalar el bajorrelieve con la figura de
Cristo. Se trata de una de las más pequeñas iglesias del valle, pero es una de
las más bellas. La torre es más baja que en las otras iglesias y presenta un
interesante y sencillo pórtico con cerradura de hierro forjado.
Fue una iniciativa del
monasterio de Lavaix, dueño del lugar. El templo tiene una sola nave cuya cabecera
se soluciona con un ábside semicircular. Éste está decorado con arcos lombardos
y leseñas, mira hacia el valle y luce un pequeño rostro labrado en piedra
dentro del segundo arquito ciego de la banda lombarda. La pronunciada pendiente
del terreno obligó a diseñar una superposición de dos plantas, dejando a nivel
semi-subterráneo una pequeña cripta. La capilla, de planta rectangular, está
añadida al muro norte, mientras que en el muro sur ocurre lo mismo con la
sacristía. El portal es un arco rebajado y goza de un pequeño porche cubierto a
doble vertiente. La decoración interior es, fundamentalmente, de tipo barroco.
Del XI o XII, está
dedicada a Sant Feliu y está precedida por una pequeña y bonita alameda que conduce
hasta un porche con cubierta de doble vertiente que protege el pórtico. El
portal se encuentra bajo un arco abovedado de medio punto con molduras. Aunque
ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de los siglos, no deja de
tener fuertes atractivos: el notorio cerrojo de la puerta, rematado con una
singular cabeza de toro. El templo tiene una sola nave acabada en ábside semicircular.
En el lado sur sobresale un brazo en forma de transepto con un ábside
secundario sin decoración exterior. En el muro norte hay dos capillas de planta
cuadrada y cubierta de vuelta de cañón. La decoración exterior, arcuaciones
lombardas. Adosado al muro sudoeste, se alza un campanario de planta cuadrada y
cuatro pisos. En las dos plantas superiores, se abren ventanas de arco de medio
punto, delimitadas a su vez por una cornisa.
Del siglo XII, tiene una
estructura muy alargada, de una sola nave, con un ábside semicircular y absidiolo
formando crucero. El pórtico aparece con arcadas sobre columnas. Dispone de un
magnífico campanario de torre, de seis pisos de tipo lombardo, con ventanas
geminadas. De aquí proviene el famoso grupo escultórico del Descendimiento,
conservado hoy en parte en el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC) y en
parte en el Museo Episcopal de Vic.
Nativitat de la Mare
de Dèu
La Iglesia Parroquial de la Natividad de
la Mare de Dèu data del siglo XII, aunque se aprecian las modificaciones
posteriores. Entre las últimas reformas destaca la desaparición de los dos
ábsides románicos o la capilla lateral realizada a expensas del porche. La
puerta principal, cubierta, está en un lateral y se enmarca bajo varias
arquivoltas que apoyan en columnas con capiteles labrados y un friso ajedrezado
presidido por un crismón. La decoración interior posee caracteres barrocos.
Un poco más hacia arriba,
pero sin abandonar Durro, se encuentra la ermita de Sant Quirc. A ella se llega
por una pista que parte desde el pueblo y merece la pena acercarse sólo por ser
un excelente mirador de cara al valle. La ermita consta de una pequeña nave
cubierta con bóveda de cañón, ábside semicircular y una espadaña de dos arcos.
Amílcar Barca llego procedente de Cartago
junto con su yerno Asdrúbal y sus tres hijos Asdrúbal, Magón, y Aníbal, a
España y más concretamente a la ciudad de Mastia,
(actual Cartagena), fundando Asdrúbal en esta, la nueva ciudad de Qart-Hadast, como capital del nuevo
imperio en Hispania. Aníbal centralizó en Cartagena las riquezas obtenidas en
las campañas, propuestas tanto para sujetar a las tribus que rodeaban el
naciente imperio del sudeste de Hispania como para obtener soldados para sus
ejércitos así como medios económicos para garantizar la campaña contra Roma que
Seguramente el plan de la Segunda Guerra
Púnica fue elaborado por Amílcar y Asdrúbal, de quien Aníbal fue lugarteniente,
que facilitó los medios con la fundación de Cartago Nova y el dominio del litoral.
De esta forma pudo plantear Aníbal su marcha sobre Roma. En el año 219 a.C.
ocupó y destruyó Saguntum, única
ciudad al sur del Ebro que permanecía fiel a Roma, con lo que obligó a los
romanos a declarar la guerra. Aníbal regresa a Cartago Nova para dar descanso a
sus tropas tras el largo sitio y preparar el gobierno de los dominios Hispanos
que quedaron al mando de su hermano Asdrúbal, tras dejar a Magón como jefe de
la capital, debiendo suponer que la conquista de Saguntum dejaba franco el camino terrestre hasta la propia capital
Desde Cartago Nova se seguirían con
interés los progresos de la marcha de Aníbal por los caminos de la costa,
pasando el Ebro hasta atravesar los Pirineos. Quedaban en Cartago Nova 57
navíos, 2.650 jinetes libio-fenicios, mauritanos y númidas y 12.700 infantes
africanos, ligures y baleáricos, con veintiún elefantes. Frente a su ejército
se preparaba en Italia un contingente de 273.000 ciudadanos además de un
crecido número de reservistas.
Mientras tanto, los romanos asumieron la
audaz iniciativa de atacar a los cartaginenses en Africa y España enviando a
Cornelio Escipión sobre los dominios hispanos. Escipión fue derrotado en la batalla
del Tesino, lo que valió a Aníbal el
concurso y apoyo de numerosos galos. El grito de “Hannibal ad portas” hacía
presagiar la catástrofe total que sería celebrada jubilosamente en la lejana Qart-Hadast.
Aníbal progresaba decididamente hacia el
sur de Italia, y el Senado romano enviaba a Escipión a Hispania, mientras la
política de batallas decisivas que equivocadamente plantearon los romanos dio
lugar a la resonante victoria de Cannas,
con movimientos envolventes cartaginenses que arrollaron las fuerzas romanas
que sufrieron el mayor desastre de su historia en la llanura al pie de la
ciudad: 45.000 muertos y 20.000 prisioneros infundieron pánico en Roma; apulos,
lucanos y bruttios se asociaron a Aníbal y en la ciudad se practicaron
sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses, mientras Aníbal se
dirigía a Capua, que abandonaba su alianza con Roma, para montar sus cuarteles
de invierno el año 216 a.C. y terminar en “sus delicias” la gran marcha sobre
No obstante, Fabio Maximo Cunctator,
partidario de campañas de desgaste inesperadas para la mente helenística de
Aníbal, atosigó a las tropas de Aníbal con una política de tierra quemada. En Cartago
Nova se estaba lejos de suponer que la triunfal campaña conduciría al fracaso
absoluto y que Escipión, que ganaría más tarde el sobrenombre de Africano, la
atacaría y ganaría en una asombrosa marcha el año 209 a.C.; la dispersión de
los ejércitos en distintos puntos de la península confirman esta confianza, más
cuando el padre y tío de Publio Cornelio Escipión habían sido vencidos y
muertos en Ilorci (Lorquí). El resto
de la guerra se contempló desde una Cartago Nova romana.
Cartago Nova, que quedó desguarnecida por
imaginar que su fortaleza la ponía a resguardo de cualquier ataque y no
obstante fue conquistada por Escipión en una operación que antecedió en siglos
a la Blitzkrieg moderna. Roma, que había pensado en su próximo fin al gritar
“Hannibal ad portas”, respondía con astucia al audaz paseo militar de los
cartaginenses atravesando los Pirineos y venciendo en Trebia, Tesino, Trasimeno y Cannas, enviando un importante ejército a Hispania, el año 218,
para cortar los aprovisionamientos de Aníbal, contando con la alianza de las
atemorizadas colonias griegas del litoral.
La victoria naval de Cissa sobre los cuarenta barcos armados en el arsenal cartaginense
dejó a los romanos libre el camino hacia Saguntum.
Durante el año 216 a.C., los arsenales de la capital debieron trabajar
ininterrumpidamente en la preparación de naves ordenada por Asdrúbal para mantener
libre la comunicación por mar con Aníbal. Hasta el año 212 a.C., los Escipiones
habían llegado a saquear la comarca de Cartago Nova, pero fueron derrotados y
muertos el 211 a.C. El ejército cartaginés pasó el invierno del año 210 en Cartago
Nova, dispersándose luego las fuerzas (en la creencia de que la potencia de
Roma en Hispania se había hundido).
Publio Cornelio Escipión, hijo del
derrotado y muerto Publio, llegó a España en el otoño del año 210 con el cargo
de procónsul. Desechando el plan de atacar a cada uno de los cuerpos de
ejército cartaginenses, que es lo que, probablemente, esperaba el enemigo,
decidió un atrevido plan, el de atacar la propia capital supuestamente
inexpugnable en una operación por sorpresa. Unos pescadores de Tarraco le
documentaron sobre la existencia del estero o albufera y el mecanismo de
comunicación con el mar, en relación con las mareas, así como de su carácter
pantanoso y de la posibilidad de vadearlo en algunos puntos, especialmente al
retirarse la marea a la caída de la tarde.
El campamento de Escipión quedó en el
actual barrio de Santa Lucía, probablemente en la falda del Cabezo de los
Moros. Después de ocupadas las posiciones, dio orden a Cayo Lelio para que
bloquease la ciudad por el lado del mar. Dos mil ciudadanos, escogidos entre
los mejores, fueron armados y situados en la puerta del istmo, frente al
campamento romano. Los hombres de armas eran solamente mil y se dividieron en
dos destacamentos. Finalmente, quedaban varios contingentes de ciudadanos
armados dispuestos a acudir a los puntos de las murallas o puertas donde fueron
primer encuentro se verificó por iniciativa cartaginesa entre las fuerzas
romanas de las que quedaron formadas en el istmo y la guarnición de la puerta,
que, anticipándose al ataque, cayó sobre los soldados de Escipión, resistiendo
éstos la salida hasta que los atacantes volvieron a refugiarse detrás de las
murallas. Escipión, que vigilaba el desarrollo de los acontecimientos desde lo
alto del Cerro de los Moros o monte de Mercurio, observando que en muchos
puntos las murallas habían sido desguarnecidas, ordenó el asalto con escalas,
dirigiéndolo él mismo. La narración de Polibio y Livio no hace sino disfrazar
un desastre romano, escudándose en la gran altura de los muros, que hicieron
gran mortandad, hasta que Escipión se vio obligado a ordenar la retirada.
Mientras tanto había atacado la escuadra, desde el mar, “con más tumulto que
éxito”, como escribió Tito Livio. Ocurrió entonces la maniobra que había de dar
el triunfo a Escipión, y que probablemente tenía ya preparada, al ser rechazado
el ataque frontal, para atraer la atención de los sitiados sobre la puerta y
que se desguarneciesen otras defensas de la muralla.
Había ordenado un nuevo ataque con
escalas, valiéndose de las tropas de refresco, atacando por todos los puntos
simultáneamente. Quinientos hombres, también provistos de escalas, estaban
preparados por la parte del estero. Cuando las aguas del estanque seguían ya el
movimiento natural de la marea, quedando tan descubiertos los vados que en
algunos puntos los soldados solamente tenían agua hasta la cintura. De esta
forma los quinientos hombres “atravesaron la laguna sin trabajo”, y hallando
desiertas las almenas se apoderaron del muro sin sacar la espada, “la muralla
en aquel punto no estaba fortificada porque la naturaleza del terreno y la
barrera de agua las había hecho considerar inexpugnable”. Los soldados que subieron
por las escalas hasta el remate de la muralla corrieron por el camino de ronda
hasta la puerta no muy lejana, (mientras que los que atacaban la puerta
formaban la tortuga con los escudos y trataban de abrirla despedazándola con
hachas y azuelas), y una vez allí, atacando por la espalda a quienes la
defendían, lograron abrirla aunando sus esfuerzos con los de fuera. Los que
entraron por la puerta (en orden de batalla, con sus jefes y sin dejar las
filas, según Livio) tomaron el monte Esculapio, llegando hasta el foro. Para
atemorizar a los habitantes se ordenó un degüello general que solamente cesó,
sustituido por el saqueo, cuando se rindió Magón. De esta forma casi inverosímil, con sólo
dos días de asedio, se tomó la plaza más fuerte del Mediterráneo, en el año 209
a.C., en la primavera, hacia el mediodía. La caída de Cartago Nova significa el
principio de la decadencia cartaginesa, el fracaso de la gran operación de
Aníbal y el que cuatro años más tarde, con la entrega de Cádiz, los romanos
destruyeran la potencia del Imperio cartaginés en Hispania.
El botín obtenido fue inmenso: 120
catapultas de las más grandes y 281 de las pequeñas; 23 balistas grandes y 52
pequeñas; extraordinario número de escorpiones grandes y pequeños, de armas
ofensivas y defensiva, y 72 enseñas. Además, grandes cantidades de oro y plata
en pasta; 276 pateras de oro, casi todos de una libra de peso (325 g); 18.300
libras de plata trabajada o acuñada y gran cantidad de vasos de plata. Se
apoderaron los romanos además de 40.000 modios de trigo y 270.000 de cebada. En
el puerto fueron capturadas 63 naves, algunas con su cargamento, compuesto de
trigo, armas, cobre, hierro, velas, cordajes de esparto y otros materiales
necesarios para el equipamiento de las flotas. Los prisioneros fueron cerca de
10.000, dejando en libertad a los que eran de Cartago Nova, aunque no sabemos
si esta referencia puede aludir a los mastienos; unos 2.000 artesanos fueron
declarados siervos públicos o esclavos del pueblo romano y se les prometió la
libertad, y los demás fueron destinados a reforzar las tripulaciones de la
flota; se capturaron además unos 300 rehenes de diversos pueblos y se les
devolvió la libertad para que volvieran a sus lugares de origen cantando la
generosidad de los romanos.

References: Artículo 25
 artículo 1

artículo 2

artículo 62
 Real Decreto 
 Artículo
25
 Real Decreto