Source: https://www.desdeelrincondeademuz.com/2018/06/convento-san-francisco-moya-cuenca.html
Timestamp: 2018-12-10 06:44:29+00:00

Document:
DESDE EL RINCÓN DE ADEMUZ: EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO (MOYA, CUENCA).
Breve reseña histórica y archivo fotográfico.
“[Situado] unos mil pasos al Occidente;
pero tiene tan áspera y penosísima subida, al dicho pueblo,
que siempre se tendría a mejor partido, y conveniencias,
el caminar por tierra llana, una o dos leguas, que ascender,
trepando por tan inaccesible risco, aquella sola milla”
-De Crónica de la provincia franciscana de Cartagena (1740)-.
Camino de las ruinas del convento de San Francisco.
Para visitar las ruinas del Convento de San Francisco de Moya (también, Convento de San Francisco de la Vega) pueden seguirse varios caminos. Indicaré el que yo sigo, yendo desde el Rincón de Ademuz, vía Pedro Izquierdo y Santo Domingo -ambas localidades son pedanías de Moya.
Cabe coger la variante de la carretera N-330, en dirección a Landete. Estando ya en pleno Pinar Llano veremos una señal indicando el cambio de comunidad, de Valencia pasaremos a Castilla-La Mancha. El desvío de Pedro Izquierdo de Moya está un poco más adelante, hay que dejar la vía nacional por la derecha para entrar en la CUV-5008, que discurre entre labradas de cereal, bordea el cerro de San Cristóbal y entra en la población por la calle Real. En cierto punto veremos un poste de madera con señal de pala indicando el camino peregrinal de la Vera Cruz, procedente de Ademuz. Siguiendo las indicaciones atravesaremos el lugar, descendiendo por la calle del Olmo. La vía urbana discurre por el centro del pueblo, buscando la vega. Saldremos del casco urbano por la calle de la Iglesia, a la derecha de la carreterita hay una fuente con abrevadero, frente a la iglesia de Santa Elena, que queda a la izquierda.
Vista general (nororiental) de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
Desde la salida de Pedro Izquierdo podremos ver la localidad de Santo Domingo, al poniente. El panorama se ensancha en este punto, al fondo izquierda queda el cerro de Moya, sobre el que asientan las ruinas de la antigua villa medieval y moderna. Al llegar a Santo Domingo hay que seguir la carretera CUV-5003 que viene de Algarra, vía Casas de Garcimolina. Siguiendo esta vía, que bordea la población por el este, llegaremos al cementerio municipal, que queda en un somero altozano, a la izquierda. Desde la carretera el panorama es majestuoso, teniendo como fondo el cerro de moya con la silueta de las ruinas recortándose en el alto horizonte; las murallas de La Coracha descendiendo por la ladera septentrional, el torreón de San Roque en el centro, la torre del Agua en la parte baja. En cualquier estación del año la vista resulta espléndida, generosa; el cerro de Moya resulta siempre atractivo, su belleza es antigua, natural, perfecta. Dejando atrás el cementerio, unos cientos de metros más adelante la carreterita discurre por la base de un suave altozano para girar de inmediato a la derecha. Al final de la revuelta el panorama se amplía de nuevo, con el omnipresente cerro al frente. Al pie del cerrito la carretera tiene una salida por un camino de tierra; cabe dejar la vía asfaltada en este punto y aparcar el vehículo en las inmediaciones, el lugar es amplio y despejado.
Dejamos el coche en este punto y bien pertrechados, pues hay que hacer una pequeña caminata hasta las ruinas del convento, tomaremos el camino de la izquierda, que discurre por el centro de la vega. Hay otro camino a la derecha que se interna en la ladera; podríamos seguirlo también, porque al fin lleva al mismo punto. Pero como decía arriba, les indicaré el que yo sigo, creo que más aconsejable. Se trata de un camino de tierra que pasa entre fincas de cultivo, siempre ameno. En otoño rastrojeras, en invierno labradas, en primavera cereal tierno, en verano trigales y cebadales sazonados, con hierba y humildes flores de mil colores en sus márgenes. En todo el trayecto nos acompañará la imagen cambiante del cerro de Moya, a la izquierda del camino. En cierto punto hay que vadear el río Algarra (también, Ojos de Moya), que viene de Santo Domingo. El riachuelo suele llevar poca agua, aunque su cauce es hondo; unas grandes piedras a modo de pasaderas nos permitirán vadearlo. En las márgenes del río crecen frondosos chopos y tupidos sargales.
Vado del río de Algarra (Ojos de Moya), camino de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
Situados en la ribera derecha continuaremos el camino, ahora aguas abajo. A la izquierda el río, a la derecha fincas de cultivo. El trayecto es sombreado y agradable, particularmente en verano, siempre que vayamos por la mañana, antes que el sol alcance su cenit. En cierto punto la vía se bifurca, a la izquierda hay un puente de cemento que cruza el río, a la derecha el camino asciende hacia las ruinas del convento, que se divisan al fondo, recostadas contra la ladera. Junto al puente nuevo hay señales de otro pasadero anterior de piedra. Seguiremos pues el camino de la derecha, que discurre entre fincas de cultivo, las de la izquierda con un largo muro de piedra en seco. Sobre la media ladera de un suave altozano quedan las ruinas del convento de San Francisco. Este mismo camino debieron transitarlo muchas veces los frailes del convento, camino de la villa y de regreso de ella. Vestían tosco sayal de paño, iban pobremente calzados, cuando no descalzos. La soledad del lugar y la hermosura del paisaje ayudarán al visitante a situarse en el tiempo en que el convento estuvo lleno de vida, con frailes que oraban, trabajaban y pedían limosna –siempre al amparo del divino san Francisco, la villa de Moya al fondo, sobre el cerro.
Las ruinas del convento de San Francisco de Moya.
El camino que venimos siguiendo nos llevará directamente al complejo conventual del antiguo claustro de San Francisco de la Vega. Las ruinas se disponen en un somero rellano, entre la loma del cerrito sobre el que asienta (que queda al poniente) y los huertos de la vega (que quedan al levante). Al arribar al lugar, lo primero que veremos será el muro septentrional de un edificio anexo, en cuya parte alta todavía pueden verse unos curiosos vanos labrados en piedra que figuran vasijas, las rejas de hierro que tuvieron desaparecieron hace ya mucho tiempo. El camino continúa por la parte de la cabecera, permitiendo rodear por occidente el conjunto conventual.
Orientado en sentido ese-oeste, la fachada de la iglesia conventual mira hacia la vega, por donde discurre el río Algarra, teniendo como fondo el imponente cerro de Moya. Frente al convento, en la parte baja, hay un recinto circundado por un muro de piedra en seco; se trata de los huertos del convento, dispuestos en cuatro niveles, que se extienden hacia la vega y el río. Curiosamente, los huertos vallados del convento permanecen yermos, esperando quizá que los frailes vuelvan algún día para laborarlos de nuevo -probablemente nadie los ha arado desde la exclaustración. En cualquier caso se respetan, no obstante hallarse los del entorno cultivados. Porque nadie los ha hecho suyos, de algún modo permanecen consagrados. Es de imaginar que los frailes cultivarían hortalizas y legumbres, frutas y cereales; pues los observantes de san Francisco -que habían elegido como forma de vida la “vía estrecha”- eran santos varones dedicados a la oración y al trabajo; vivían austeramente de las limosnas que recolectaban en la villa y lugares del entorno; pero también de los campos que cultivaban. Además, tendrían animales de corral, conejos, gallinas, incluso cabras y alguna oveja... que no solo de pan vive el hombre.
Vista parcial (oriental) de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
Las ruinas que mejor se conservan corresponden a los edificios religiosos, la iglesia conventual y alguna capilla; seguramente fueron más respetadas. Todo lo demás, me refiero a la obra civil, casa-convento y edificios anexos (corrales, almacenes...), se halla muy perdido, con los muros desmochados, arrasados hasta prácticamente los cimientos. Tras la exclaustración los edificios conventuales fueron abandonados; lo que no se llevaron los frailes, se lo llevarían los vecinos de los pueblos circundantes. Rejas, puertas, vigas de madera, piedras labradas... todo fue desapareciendo. Aquellos fueron tiempos de escasez y lo utilizable se lo llevaron. Es comprensible: Lo que el tiempo ha de arrasar que aproveche a los cristianos... -pensarían los lugareños. Los decretos de la Desamortización indicaban el procedimiento a seguir en cada caso, pero aquellas normas no siempre se cumplieron...
Visto al frente pueden observarse dos edificios de planta rectangular con la misma línea de fachada y distinta altura, los muros de mampostería ordinaria con revoco parcialmente conservado, mejor en la parte baja. Las esquinas de piedra sillera, al igual que las aberturas de la entrada y ventanas. El de la derecha posee un vano labrado en piedra, dispuesto sobre la entrada, que ha perdido todo el jambaje. Atravesando su umbral se entra en un recinto cuadrangular con un arco de medio punto al fondo, se trata de un atrio interior que permite acceder a un recinto posterior que por las pilastras y arcadas que conserva pudo ser una capilla anexo al templo conventual por la epístola.
Detalle del interior de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
Adjunto a este primer edificio y con la misma línea de fachada se halla la iglesia conventual, cuya entrada muestra un arco de medio punto adovelado, que luce una cornisilla labrada en la parte alta y sobre ésta una hornacina cegada. En la parte superior de la fachada puede verse otra abertura, con el jambaje en piedra labrada, correspondiente a una ventana para iluminar el interior. El templo conserva algunas pilastras con el arranque de los arcos laterales y otro a la cabecera, sobre lo que sería el presbiterio. Conserva también restos del enlucido y algunos estucos barrocos muy perdidos. El muro situado de la epístola, por donde probablemente había una comunicación con la capilla anexa, se halla parcialmente caído, así como el del evangelio, éste recientemente desmoronado. En el interior de los distintos recintos crecen jaras y malas hierbas, incluso nogales de grueso tronco, cuyo ramaje sobresale de las ruinas. Frente a la entrada principal pueden verse abundantes retoños de olmo común, ello induce a pensar que en la plazoleta del convento pudo haber algún frondoso árbol de este género sombreando el lugar.
Adjunto al templo, lado del evangelio, hay varios recintos rellenos de escombros, pudieron corresponder a la casa-convento y otros edificios conventuales. Los huecos de las vigas que todavía se conservan en los muros permiten deducir que dichos edificios tuvieron al menos planta baja y piso alto. Al fondo hay un sólido muro contra el terraplén de la ladera, en el que puede verse un arco de piedra apuntado, probablemente la entrada a la bodega y despensa del convento.
Si tomamos como referencia el "Diccionario" de Pascual Madoz (1806-1870) veremos que al decir de Moya escribe (1848): "hubo también 2 conventos de frailes y uno de monjas".[1] El estadista acierta en el número, pero no en el género, ya que hubo dos conventos de monjas (el de las Recoletas Bernardas de Santo Domingo y el de la Concepción Franciscana, intramuros de la villa). Y uno de frailes observantes, el de San Francisco de Moya, también extramuros, cuya historia se remonta siglos atrás.
El Convento de San Francisco de Moya se construyó a expensas de un matrimonio de la villa –Francisco Caballón y Beatriz Ana Balacloche-, que decidió fundar un claustro bajo la advocación del santo de Asís (1586).[2] Aceptada la cesión por la Orden Franciscana, las estipulaciones se firmaron al año siguiente (1587) y las obras comenzaron de inmediato: “con tanta celeridad que en marzo del mismo año ya tomó posesión de la parte habitable el superior de este convento Fray Bernardino de Carrascosa y cuatro religiosos más”.[3]
El convento se fundó en la huerta de Moya, al poniente de la villa, margen derecha del río Ojos:
<[...] unos mil pasos al Occidente; pero tiene tan áspera y penosísima subida, al dicho pueblo, que siempre se tendría a mejor partido, y conveniencias, el caminar por tierra llana, una o dos leguas, que ascender, trepando por tan inaccesible risco, aquella sola milla>.[4]
Los franciscanos solían buscar parajes solitarios y apartados para fundar sus conventos, lugares propicios para la vida sosegada y en contacto con la naturaleza, además de hermosos. Prueba de ello es el Convento de San Guillermo en Castielfabib, el de San Francisco en Chelva y éste de Moya.
Cuatro años después de haber tomado posesión del claustro moyano, el censo de frailes era de once religiosos (1591).[5]
El convento estaba mantenido por un Patronato, del que en 1598 entró a formar parte el Marques de Villena, Juan Gaspar Fernández de Pacheco (1574-1615).[6]
Originariamente perteneció a la Provincia Franciscana de Valencia. No obstante, a finales del primer tercio del siglo XVII (1631) pasó a depender de la Provincia Franciscana de Cartagena, amplio territorio peninsular entre Molina de Aragón y Almería.[7]
El monasterio disponía de una casa-convento, habilitada como vivienda para dos docenas de religiosos (situada en posición meridional), con una iglesia conventual (al norte), una zona de huerta circundada por un muro de piedra (al levante), que se extiende hacia el río Ojos de Moya y otras dependencias, entre ellas una bodega excavada en la roca del monte con la entrada en arco ojival.
Una calzada, que cruzaba el río Ojos por un puente, unía el convento con la antigua población de Moya, ascendiendo por la ladera noroeste del cerro y atravesando la muralla septentrional del Tercer Recinto (siglo XIV) por la denominada “Puerta Falsa” o “Puerta de San Francisco”.[8] La "Puerta de San Francisco", más conocida como "Puerta Falsa", no poseía la monumentalidad de las otras puertas de Moya (San Juan, San Diego, de la Villa, de la Calzadilla, de los Ojos...), y se hallaba más escondida -siendo quizá por estas razones que se la nombraba como "Puerta Falsa". Sea como fuere, el nombre de Puerta de San Francisco no lo tuvo hasta la construcción del claustro franciscano, esto es, hasta finales siglo XVI, principios del XVII.[9] No obstante carecer de la monumentalidad de las demás puertas de la villa, debía tener su encanto, pues consta que sobre el dintel de la "Puerta Falsa" había un escudo sin inscripción, actualmente perdido, como el resto del jambaje.[10]
Entre las personas vinculadas al convento de Moya (residentes o relacionados con él) cabe destacar la figura del venerable padre Juan de Molina, natural de la villa de Moya (1645): fray Molina cursó estudios en la Universidad de Valencia, ordenado sacerdote fue destinado a la parroquia de la vecina población de Landete, profesando posteriormente como franciscano terciario en el convento de Moya.[11]
Otro personaje notable fue fray Atanasio Rama, natural de Landete y fallecido en Orihuela. Fraile lego de ejemplar vida religiosa, fue conocido entre los lugareños como “el santurrón”, también “el santo idiota”. Ejerció como maestro de novicios en el convento de Orihuela, llegando a ser padre Guardián: fue inhumado en la capilla mayor de la iglesia a finales del siglo XVII (1700).[12]
El clero regular (sujeto a regla), en particular el de las órdenes mendicantes, dada su implantación en pueblos y lugares apartados, ejerció una gran influencia sobre el mundo rural; muy particularmente durante el reinado de Fernando VII (1814-1833), siendo superior de los franciscanos fray Cirilo de Alameda Brea (1817-24), que se destacó por sus ideas conservadoras. En los años veinte (1820), el censo de religiosos en España era de 25.264 profesos. Sin embargo, el número de mendicantes había disminuido desde principios de siglo. Los franciscanos, que a principios de la centuria eran unos 18.000, mediada la década (1827) apenas llegaban a los 11.000.[13]
En la disminución del clero regular influyó el Real Decreto de 25 de octubre de 1820, aprobado tras la Revolución de Riego.[14] A lo largo de treinta artículos, el texto del Decreto contiene las claves del futuro de las órdenes religiosas, y de sus miembros. En su artículo 1º dice: “Se suprimen todos los monasterios de las órdenes monacales”. En general, el articulado resulta muy minucioso, incluyendo las distintas situaciones que podían presentarse. Respecto de los religiosos, el artículo 5º dice: “A todo monge ordenado in sacris, que no pase de 50 años el tiempo de la publicación del presente decreto, se abonarán anualmente 300 ducados: al que excede de 50, pero no llegue á 60, se le abonarán 400, y 600 á los mayores de 60”. Aquí se refiere a los “ordenados in sacris”, esto es, a los que habían recibido órdenes sagradas. Como puede verse, no les dejaba desamparados. Éste artículo se complementa con el siguiente (art.6º), que dice: “Los demás monges profesos percibirán anualmente 100 ducados, no llegando á la edad de 50 años, y 200 si pasaren. Quedan ademas habilitados para obtener empleos civiles en todas las carreras, asi como estaran sujetos á las cargas de legos”. La formación recibida como clérigos les facultaba para la obtención de empleos civiles. La subvención se les mantendría hasta que obtuvieran una renta eclesiástica o del Estado, compensándose la diferencia si ésta fuera menor a la establecida en el Decreto (art.8º). En la práctica, el proceso de secularización del Trienio Liberal (1820-1823) provocó la salida de muchos frailes de los conventos, que posteriormente ya no se reintegraron a los claustros, quedando como sacerdotes seculares (diocesanos: sujetos al ordinario).
Desde el momento de la publicación del Decreto no se permitía la fundación de nuevos conventos, ni dar hábitos, ni profesar a ningún novicio (art.12). El Gobierno debía proteger por todos sus medios a los frailes que desearan secularizarse, “impidiendo toda vejación ó violencia de parte de sus superiores”, promoviendo además su habilitación para la obtención de prebendas o beneficios. Asimismo, “La Nación dará 100 ducados de cóngrua á todo religioso ordenado in sacris que se secularize”, el cual disfrutará de la misma hasta que obtenga medio de vida que le permita subsistir (art.14).
El Decreto contenía artículos de gran trascendencia: “No podrá haber mas que un convento de una misma orden en cada pueblo y su término, exceptuando el caso extraordinario de alguna población agrícola que haga parte del vecindario de una capital, y que á juicio del Gobierno necesitase la conservación de algún convento que hubiese en el campo hasta que se erija la correspondiente parroquia” (art.16). Asimismo, “La comunidad que no llegue á constar de 24 religiosos ordenados in sacris se reunirá con la del convento más inmediato de la misma orden, y se trasladará á vivir en él; pero en el pueblo donde no haya mas que un convento, subsistirá este si tuviere 12 religiosos ordenados in sacris” (art.17). Se estableció el número de doce religiosos atendiendo a que según varias constituciones pontificias, este número era el preciso “para formar comunidad, y para cumplir sus individuos con la observancia de la disciplina religiosa” –un número por lo demás simbólico, pues doce fueron también los apóstoles de Cristo-.
Respecto a los bienes materiales, dice: “Todos los bienes mueble é inmuebles de los monasterios, conventos y colegios que se suprimen ahora, ó que se supriman en lo sucesivo [...], quedan aplicados al Crédito publico; pero sujetos como hasta aquí á las cargas de justicia que tengan, asi civiles como eclesiásticas” (art.23). Asimismo, “Todo regular que se secularice, ó cuya casa quede suprimida, podrá llevar consigo los muebles de su uso particular” (art.25º). Es decir, los frailes podían llevarse sus pertenencias.
El Decreto preveía también el destino de los edificios conventuales que quedaran vacíos: “El Gobierno podrá destinar para establecimientos de utilidad pública los conventos suprimidos que crea mas á propósito” (art.26). La mayoría de ellos, sin embargo, particularmente los ubicados en lugares alejados de las poblaciones, quedaron vacíos y abandonados. Al hilo de lo dispuesto, cabe preguntarse, ¿qué fue del contenido ornamental y mueble, de los archivos y bibliotecas de aquellos conventos? La respuesta se halla en el artículo 27: “Los Gefes políticos custodiarán todos los archivos, cuadros, libros y efectos de biblioteca de los conventos suprimidos, y remitirán inventario al Gobierno, quien los pasará originales á las Cortes para que estas destinen á su biblioteca lo que tengan por conducente, según el reglamento aprobado por las ordinarias”. Este artículo se complementaba con el siguiente: “Será cargo del Gobierno aplicar el residuo de los efectos mencionados en el artículo anterior á las bibliotecas provinciales, museos, academias y demas establecimiento de instrucción pública” (art.28). Así, al obispo de cada diócesis se le adjudicaba la función de repartir entre sus parroquias más pobres ciertos objetos particulares: “Queda al arbitrio de los respectivos ordinarios disponer a favor de las parroquias pobres de su diócesis de los vasos sagrados, alhajas, ornamentos, imágenes, altares, órganos, libros de coro y demas utensilios pertenecientes al culto” (art.29). Al respecto, consta que la Comisión Provincial de desamortización de Cuenca hizo entrega de los ornamentos sagrados del convento franciscano de Moya a don Vicente Olivares, párroco de la vecina población de Alcalá de la Vega, a la sazón delegado del Obispo de Cuenca.[15] Entre los objetos mueble y ornamentales del convento había también un “Santísimo Cristo de la Vega”, estimable obra de veneración popular desaparecida con la desamortización.[16]
No obstante el Decreto de 25 de octubre de 1820, muchas de las disposiciones no se llevaron a cabo. Este fue el motivo de que años después, ya en la Regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840), durante el primer periodo de la minoría de Isabel II, se diera el Real Decreto de 25 de julio de 1835, suprimiendo los monasterios y conventos que no tuvieran 12 individuos profesos, de los cuales las dos terceras partes debían ser de coro.[17] La consecuencia inmediata de este nuevo Decreto sería “la supresión de mas de 900 casas de órdenes religiosas”, casi la mitad de las existentes entonces, “y la aplicación de sus propiedades para la amortización de la deuda del Estado”. Esta última disposición contemplaba la desaparición de 181 conventos de frailes franciscos. El mismo año se dio el Real Decreto de 11 de octubre de 1835, suprimiendo los monacales.[18]
Vista parcial (suroriental) de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), con detalle del monumental nogal (Juglans regia) que ha crecido en su interior (2018).
Vista parcial (suroriental) de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
El Convento de San Francisco de Moya fue contemporáneo del Convento de San Guillermo de Castielfabib (fundado en 1577), asimismo habitado por franciscanos observantes.[19] Ambos claustros pertenecieron inicialmente a la Provincia Franciscana de Valencia, pero como se dice arriba el del Moya acabó formando parte de la Provincia Franciscana de Cartagena.[20] La vicisitud histórica de estos monasterios es similar, pues sus frailes fueron exclaustrados con las desamortizaciones del primer tercio del siglo XIX, y los edificios desalojados, lo que labró su ruina. La desamortización -mejor desamortizaciones, pues hubo varias-, supuso la pérdida de una parte considerable del patrimonio histórico-artístico español; sin embargo, lo más lamentable es que el saneamiento de la Hacienda Pública que se pretendía con la desamortización no se logró.
Vista general (suroriental) de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), 2018.
Las ruinas del complejo conventual de San Francisco de la Vega -así se conocía también al Convento de Franciscano de Moya- se halla en grave estado de deterioro , aunque todavía podría evitarse su ruina total, definitiva. Falta un Plan General de Actuación sobre las ruinas de Moya –de existir lo desconozco-; un plan que integre las actuaciones llevadas a cabo hasta el presente y que constituya una guía para el futuro, ordenado al fin que se pretenda.
En dicho Plan General deberían incluirse actuaciones sobre el antiguo convento franciscano de Moya, despejando el lugar, descombrando los recintos, consolidando las ruinas y haciéndolo accesible con la mejora de los caminos, poniendo señales, paneles ilustrativos... Asimismo, cabría contemplar la rehabilitación de la calzada que comunicaba el convento con la villa. Todavía se conservan algunos tramos de aquella vía, su trazado ascendía por la ladera noroccidental del cerro moyano y entraba en la villa por la puerta falsa (propiamente denominada de San Francisco), circundando la base del torreón anexo a la puerta de La Calzadilla.
Vista general de las ruinas del Convento de San Francisco (Moya, Cuenca), desde la Puerta de San Francisco (2018).
Puerta de la Calzadilla (segundo Recinto, siglo XIII), circundando el torreón derecho se accede a la Puerta de San Francisco (2018).
En suma: el conjunto de las ruinas de Moya constituye uno de los lugares arqueológicos bajo-medievales y renacentistas más bellos de España: aúna paisaje, construcciones antiguas, historia, tradiciones... cultura. Su puesta en valor –su valorización- contribuiría a optimizar la decaída economía de la zona, al tiempo que a revitalizar la población con nuevos asentamientos si el proyecto prospera. Al final todo se reduce a voluntad política y a economía; pero mientras estas llegan las ruinas continúan su deterioro. Lo milagroso –porque tiene algo de milagroso- es que, no obstante los avatares de una desdichada historia, todavía se conserve algo. Vale.
[1] MADOZ, Pascual (1848). Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar, Madrid, tomo XI, p. 664.
[2] ORTEGA, Pablo Manuel (1981). Crónica de la provincia franciscana de Cartagena [Introducción: Juan Meseguer Fernández; índices y coordinación general de la edición, Víctor Sánchez Gil], Madrid, Vol. III, p. 380. ISBN: 978-84-70470233. Citado por SÁEZ FERNÁNEZ, Teodoro (2000). “Los conventos de Moya, en Moya, su historia, sus tierras, sus hombres, sus tradiciones [Coordinadores Eusebio Gómez García y Teodoro Sáez Fernández], Edita Asociación Amigos de Moya, Valencia, p. 105. SÁEZ FERNÁNDEZ, Teodoro (2011). Guía práctica de Moya (Cuenca) [Teodoro Sáez Fernández, Cronista Oficial de Moya. Colaboración especial de Eusebio Gómez García y Niceto Hinarejos Ruiz], Edita Asociación Amigos de Moya, Segunda edición, Valencia, p. 46. ISBN: 84-607-8117-8
[3] SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 105.
[4] ORTEGA, 1981: 380. SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 106. SAÉZ FERNÁNDEZ, 2011: 46.
[5] GARCÍA ESPAÑA, Eduardo (1985). Censo de Castilla de 1591: Vecindarios [Edición facsimilar: Eduardo García España, redactor. Colaboración de la Unidad de Estadísticas Históricas del INE. Introducción de Annie Molinié Bertrand], Edita Instituto Nacional de Estadística, Madrid, ISBN: 84-260-1241-8
[6] ORTEGA, 1981: 379. SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 105. SAÉZ FERNÁNDEZ, 2011: 46.
[7] SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 106. SAÉZ FERNÁNDEZ, 2011: 46.
[8] SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 106. SAÉZ FERNÁNDEZ, 2011: 46.
[9] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Puertas y calles de la antigua villa de Moya (Cuenca) [I], del jueves 22 de noviembre de 2012.
[10] SAÉZ FERNÁNDEZ, 2011: 49.
[11] SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 106.
[13] SÁNCHEZ MONTERO, Rafael (1996). Fernando VII. Un reinado polémico, en Historia de España 21, Edita Información e Historia, S.L. Historia 16-Temas de Hoy, S.A., Madrid, p. 134. ISBN: 84-7679-299-9 (volumen 21)
[14] Gaceta del Gobierno núm. 123, de 29 de octubre de 1820, página 544.
[15] SÁEZ FERNÁNDEZ, 2000: 106.
[17] Gaceta de Madrid núm. 211, de 29 de julio de 1835, páginas 841 a 842.
[18] Gaceta de Madrid núm. 292, de 14 de octubre de 1835, página 1157.
[19] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo (2001). Aproximación a la Historia del Convento de San Guillermo en Castielfabib (Valencia), y noticia del Hospital de la Villa (1446, julio 1), Edita Ayuntamiento de Castielfabib, Valencia. ISBN: 84-931563-3-7
[20] MARTÍNEZ FRESNEDA et al, Francisco. Provincia Franciscana de Cartagena, Edita Verdad y Vida: revista de las ciencias del espíritu, Año 1988, vol. 46, Nº 182-183, pp. 215-224. ISNN: 0042-3718

References: Real Decreto 
 artículo 1
 artículo 5
 artículo 27
 Real Decreto 
 Real Decreto