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Timestamp: 2017-02-25 09:20:01+00:00

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Racismo | Blog de Xavier Casals
LA LEGISLACIÓN DEL “DISCURSO DEL ODIO” Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL CASO DE DINAMARCA
La UE tiene problemas para dominar un poderoso can -la islamofobia- en nombre de la libertad de expresión (caricatura de www.correomadrid.com)
¿PENALIZAR EL “DISCURSO DEL ODIO” PUEDE COARTAR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN? Este interrogante plantea un debate nada fácil.
Por nuestra parte, en términos generales, consideramos que la persecución penal no es efectiva para combatir el vance de la ultraderecha. De hecho, hemos reflexionado ya en este blog sobre el efecto que tienen las diversas estrategias empleadas en tal sentido y nos hemos pronunciado por aquellas que pasan por la argumentación y la actuación sobre las causas directas del ascenso del extremismo, no por las de su persecución legal.
En este marco, consideramos de especial interés el reportaje publicado por Óscar Gutiérrez en El País titulado “El precio del odio en Dinamarca” (30/I/2017). En él analiza el efecto del artículo 266b del Código Penal vigente en este país, que -según sus detractores- es de difícil encaje con la libertad de expresión e impacto limitado en Internet.
Merece destacarse que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, ya en el 2008 editó un ensayo de Karen Jespersen y Ralf Pittelkow que incidía en el debate público que el Islam genera en Dinamarca: Islamistas y buenistas. Escrito de acusación.
La controversia al respecto es relevante en la medida que actualmente -como señala Gutiérrez- la UE promueve que sus integrantes impulsen legislaciones para combatir el “discurso del odio”. Por esta razón, reproducimos a continuación el citado reportaje de El País (también puede accederse al original clicando aquí).
Llamada oculta. Al otro lado del teléfono suena una voz muy grave, fuerte, de un hombre con un inglés de ligero acento escandinavo. “Soy Lars Hedegaard, creo que querías hablar conmigo”. Verse no es posible. Ni se encuentra en Copenhague ni puede dar su paradero al estar bajo protección policial. Hedegaard, historiador y periodista danés de 74 años, es un reconocido y duro crítico del islam. Le grabaron en su casa, sin previo aviso según defiende, diciendo cosas como que en las familias musulmanas, las niñas eran violadas por padres, tíos y sobrinos. Por esto fue multado en 2011 con unos 700 euros. Recurrió y un año después fue absuelto por el Supremo danés, pero su imagen quedó ya como la del gran condenado en Dinamarca por las leyes contra el discurso de odio. Y una cosa más: el 5 de febrero de 2013 sufrió un intento de asesinato en su domicilio por un individuo miembro hoy del Estado Islámico.
El artículo 266b del Código Penal danés dice lo siguiente: “Cualquier persona que públicamente o con intención de una amplia divulgación, haga declaraciones o divulgue otras informaciones por las que un grupo de personas se vea amenazado, insultado o degradado a propósito de su raza, color, origen étnico o nacional, religión o inclinación sexual se expondrá a una multa o cárcel por un periodo no superior a dos años”.
Hedegaard, según él mismo dice, no cambiaría nada de esa u otras críticas que ha hecho de la religión que practican alrededor de un 4% de los daneses. Ahí va otra: “El islam”, señala al teléfono, “no es una religión sino una ideología totalitaria”. El tipo que trató de matarle a punta de pistola en la puerta de su casa, tras hacerse pasar por un cartero, se llama Basil Hassan y según la investigación, no actuó solo. Logró huir y acabar entre Siria e Irak vía Turquía. El Departamento de Estado norteamericano le ha vinculado al aparato yihadista de operaciones externas.
Intento de asesinato al margen, lo que fastidia a Hedegaard es que un juez le pueda condenar por decir lo que dice atendiendo al ya viejo artículo 266b del Código Penal danés. Muchos lo llaman el “párrafo”, porque es famoso y lo conoce todo el mundo. Este penaliza con multa o cárcel de hasta dos años las expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión. Llegó al Código Penal danés en 1939 para evitar las vejaciones verbales contra los judíos. Hoy se aplica, sobre todo, en casos que salpican a musulmanes. Y es polémico porque, según sus críticos, casa mal con la libre expresión, cuya plataforma hoy más manoseada, visceral e ingobernable es la Red. Ahí, el 266b no puede más que matar moscas a cañonazos.
El periodista danés Lars Hedegaard, en una foto tomada en febrero de 2010 (imagen de Henning Bagger/AFP, publicada por El País).
“El Islam no es un religión sino una ideología totalitaria”
Una ley contra los imanes radicales
Cuando uno pregunta en Dinamarca sobre discursos radicales, el nombre de Abu Bilal Ismail sale con frecuencia. Una cámara oculta de la cadena danesa TV2 le filmó en febrero del pasado año durante un sermón en la mezquita Grimhoj, en la localidad de Aarhus. Entre otras cosas abogaba por lapidar a las mujeres adulteras. Dos años antes, Ismail había sido cazado por otra grabación pidiendo la destrucción de los judíos. Este tipo de discursos han llevado recientemente al Parlamento danés a aprobar una nueva ley (Ley 18) que prevé multas o penas de hasta tres años para aquellas “autoridades religiosas” -no menciona confesión alguna, aunque la norma ha sido pensada para frenar el discurso salafista violento- que defiendan la comisión de actos violentos.
El Parlamento danés, el Folketing, en la capital, Copenhague, es un buen sitio para verlo. Kenneth Kristensen Berth es diputado del Partido Popular Danés [Dansk Folkeparti, DF], la segunda fuerza en escaños (37) en la Cámara. Un juez tiró del artículo 266b en 2003 para condenarlo por racismo a 14 días de prisión, que no tuvo que cumplir. Su delito: difundió un póster en el que alertaba contra una sociedad multiétnica. El cartel, y aquí es donde recae la pena, mostraba a dos individuos cubiertos de sangre con un Corán en la mano.
Cartel del Partido Popular Danés que generó una condena de racismo.
Lo que Kristensen quiso decir, según relata ahora, es que ese tipo de sociedades llevan a “más criminalidad”. Mantiene que así ha sido a la postre y añade otro caso que sacudió a su partido: “Uno de nuestros parlamentarios, Jesper Langballe, ya fallecido, dijo en un debate que era un problema que padres musulmanes violaran e incluso mataran a sus hijas. Fue llevado al tribunal y condenado, a pesar incluso de que es un hecho que entre los musulmanes existen crímenes de honor”. La idea se repite: ¿por qué condenar una expresión por fuerte que sea si hay “hechos” que la avalan? Otra cosa es comprobar esos “hechos”.
Mujeres musulmanas tocadas con velo pasean por el centro de Copenhague, en octubre de 2011 (imagen de Francis Dean Getty, publicada por El País).
¿La ley contra el discurso de odio limita a los reporteros? “No, el mayor problema es la autocensura”, contesta Marcus Rubin, editor del respetado diario Politiken, “sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo, no por temor a que la policía venga y te arreste sino por temor a los terroristas”. El famoso artículo 266b no coarta a la prensa, como tampoco obsesiona a los ciudadanos. Como apunta la columnista y editora de Radio24syv Sofie Allarp, acostumbrada a los comentarios de radicales, sobre todo en la Red, la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Pero alerta del escenario retórico actual: “El mensaje de que la inmigración es solo un problema y no una solución para el futuro es demasiado fuerte”.
“El mayor problema es la autocensura, sobre todo a la hora de decir lo que uno quiera sobre islam, musulmanes o terrorismo”
Marcus Rubin, editor de Politiken
El 266b del Código Penal danés ha caído sobre un grupo variopinto de daneses. A los Hedegaard y Kristensen se podrían añadir el poeta superventas palestino-danés Yahyah Hassan, la artista danesa-iraní Firoozeh Bazrafkan, el imán de origen sirio Mohammed al Jaled Samha… O el joven, no identificado, condenado hace tres años a pagar 280 euros por comparar islam y nazismo en un comentario de un post de Facebook sobre la organización salafista Hizb ut Tahrir. Rebuscado, pero pasó. Hubo más sentencias en el pasado, pero si tomamos esta última, por ejemplo, y la de Kristensen han transcurrido más de una docena de años y las multas o penas no frenan ciertos discursos por mucha tradición que haya.
En la orilla oriental, no muy lejos de la sirenita, icono de Copenhague, en uno de esos edificios inteligentes, trabaja una de las voces más críticas contra el artículo 266b. El abogado Jacob Mchangama es director del think tank jurídico Justitia. Su oposición a criminalizar el discurso de odio es clara. Pero más interesante es su alternativa a la pena: “El contradiscurso, por supuesto”, dice. “Si estás en contra de limitar la libertad de expresión, como yo lo estoy, tienes una obligación moral de pronunciarte en contra del discurso de odio”. Es de los que cree que si penalizas, ganan los radicales y se engorda el mensaje. Pone un ejemplo: “La radicalización es un problema en la comunidad musulmana de Dinamarca, pero no en la hindú o budista; es un hecho y tenemos que poder hablar de ello para resolverlo”.
“Hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”
Si bien son muchos en Dinamarca los que aceptan la existencia del 266b, a los que no lo hacen se les oye más. De vuelta al Folketing, el diputado sirio-danés Naser Khader comparte la visión de Mchangama. Como este último, Khader, nacido en Damasco hace 53 años, cree que el debate abierto funciona mejor que el castigo. Y para muestra el botón de la vecina Suecia, con altos índices de violencia de ultraderecha que, según coinciden ambos, tiene mucho que ver con que hablan muy poco de inmigración. Khader, miembro del Partido Conservador, ha sufrido también la presión de los que condenan su visión del islam, pero él mantiene su postura. Y no es habitual: “Forma parte de la cultura danesa burlarse de las religiones, los dioses, los profetas sin ninguna discriminación, ya sea Jesús, Moisés, ¿por qué no Mahoma? ¿Por qué tienen los musulmanes que forzar los tabúes? Si no te gustan unas caricaturas no compres el periódico”.
El rechazo a la criminalización del discurso de odio no cuaja, sin embargo, ni en la calle ni en el Folketing, donde partidos como el Venstre, liberal y a las riendas de la jefatura de Gobierno, o la opositora Alianza Roji-Verde, conviven bien con el artículo. “Funciona como última estancia contra el racismo y el discurso de odio”, señala Rune Lund, portavoz de la alianza de centroizquierda. ¿Y la libre expresión? “Hay limitaciones, por supuesto”, continúa el diputado danés, “pero hay cosas que no puedes decir en cualquier sociedad porque son ilegales”.
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Escrito por xaviercasals	EL OLVIDADO ANTIZIGANISMO EUROPEO
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Escrito por xaviercasals	DE LA VIEJA A LA NUEVA JUDEOFOBIA*
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Escrito por xaviercasals	CLAVES SOBRE EL ASCENSO POPULISTA EN EUROPA*
El populismo quiere devolver al pueblo su soberanía, supuestamente secuestrada por élites políticas y económicas (cartel del Front National francés).
“EL POPULISMO NO ES UN FENÓMENO MARGINAL O DE PROTESTA Y BASTA, SINO UN VECTOR POLÍTICO QUE ESTÁ AFECTANDO EL CORAZÓN MISMO DEL ORDEN POLÍTICO DE LA POSGUERRA”, sostiene el politólogo holandés René Cuperus.[1] Y es que este término ha devenido omnipresente y habitualmente es empleado como un término descalificador.
¿Es fundada la afirmación de Cuperus? Este breve ensayo pretenden exponerlo. No obstante, antes de continuar la exposición, se impone una mínima aproximación al concepto de populismo, que ha sido objeto de definiciones y valoraciones muy distintas.[2]
Un concepto ambiguo y polémico
El populismo denuncia una distancia entre gobernantes y gobernados, los de “arriba” y los de “abajo”: la existencia de élites oligárquicas que se adueñan de la soberanía popular y nacional en beneficio de sus intereses, conformando una “casta” alejada de los intereses ciudadanos. Para acabar con su poder, las opciones populistas exhortan al “pueblo sano” a movilizarse y recuperar sus derechos, de modo que su mensaje se define por el anti-elitismo.[3] Ahora bien, no existe un consenso sobre este concepto entre los estudiosos, ya que designa una forma de movilización política maleable y que puede adoptar cualquier sector ideológico. Sus mensajes revisten una gran ambigüedad, ya que -como advierte el politólogo Marco Tarchi- pretenden “refundar la democracia, no destruirla, pretensión que a veces desemboca en un riesgo de hiperdemocratismo, es decir, en una idealización de la disponibilidad del hombre de la calle como ciudadano activo”.[4]
Tampoco hay unanimidad sobre su carácter positivo o negativo sobre la democracia, aunque abundan los juicios desfavorables. Así, el académico Ralf Dahrendorf sostiene que el populismo estimula la pérdida de protagonismo y la debilidad de los parlamentos,[5] mientras el pensador Ernesto Laclau consideró que garantizaba la vigencia de democracia, al evitar que se limitara a una “mera administración”.[6]
“El otro”: la frontera entre izquierda y derecha populista
No obstante, no puede homologarse el populismo de extrema derecha con el de otros ámbitos, ya que su mensaje aúna anti-elitismo y xenofobia. El politólogo y filósofo Pierre-André Taguieff alude a él como “nacional-populismo”. Sus formaciones y líderes, señala, se dirigen al pueblo con un llamamiento centrado en su dimensión “nacional”, partiendo de la premisa de que el pueblo es “homogéneo” (su división de clases sociales es irrelevante) y “se confunde con la nación unida, dotada de una unidad sustancial y de una identidad permanente”. En consecuencia, lo que diferencia a los partidos nacional-populistas del resto es que el objeto de su denuncia y crítica prioritaria no son tanto “los de arriba” (las élites), como “los de enfrente” (los extranjeros): “Más exactamente: las élites son rechazadas en la medida que son percibidas como ‘el partido del extranjero’”, subordinando así el anti-elitismo a la xenofobia, destaca Taguieff. Este populismo integrado al nacionalismo proyecta la figura de un enemigo nuevo: la del “otro”, el extranjero-invasor.[7]
El ascenso del nacional-populismo obedece a que sus partidos conforman un movimiento antiglobalización, aunque no se define ni reconoce como tal. De este modo, sus formaciones enarbolan la bandera de la “identidad nacional” y la protesta contra el establishment: se oponen a flujos migratorios o deslocalizaciones industriales; denuncian la pérdida de soberanía nacional en beneficio de organismos supraestatales (la UE es su diana predilecta) y afirman que la identidad peligra ante etnias o culturas foráneas, identificando al Islam como principal amenaza.[8]
Los comicios europeos del 2014 demostraron que la extrema derecha se ha normalizado en el paisaje político y es capaz de ser primera fuerza. Destacaron especialmente los resultados del Partido de la Independencia del Reino Unido [UKIP] (26.7% de los votos), del Partido Popular de Dinamarca [DF] (26.6%), del Frente Nacional [FN] francés (24.8%) y del partido de la Libertad de Austria [FPÖ] (19.7%). Además, sus formaciones ya han participado o participan en gobierno de coalición o brindado apoyo parlamentario a ejecutivos.
Cinco fracturas que favorecen el ascenso nacional-populista
Un análisis del ascenso del lepenismo en Francia realizado por el politólogo Pascal Perrineau retrata las distintas tendencias que generan su crecimiento y que, desde nuestra óptica, consideramos en buena medida extrapolables al conjunto de nacional-populismos. De este modo, alude a cinco “fracturas”.[9]
La fractura económica, que en una Europa en crisis severamente afectada por la globalización, opone a los “perdedores de la mundialización” y a quienes se benefician de ella o la valoran de forma positiva. Se trata de una nueva línea divisoria entre estatistas y liberales, pero dotada de distinto sentido: “la posición estatista es cada vez más proteccionista y defensiva, mientras que la posición liberal se vincula cada vez más a la competitividad nacional en los mercados mundiales”.[10]
La fractura en torno a una sociedad abierta o cerrada, que opone a quienes desean y pretenden ampliar el movimiento de obertura internacional de la sociedad y quienes desean el retorno a “orientaciones más nacionales y proteccionistas” o, si se quiere, una sociedad más cerrada. Este “clivaje” no es solo económico (mayor apertura a los mercados), sino también político (mayor integración en Europa, en la Organización Mundial de Comercio o en las misiones de la ONU) o social (el debate sobre los costes y beneficios de la inmigración).
La fractura cultural, que opone a los partidarios de avanzar en el llamado “liberalismo cultural” (concepto acuñado por los politólogos Gérard Grunberg y Étienne Schweisguth que alude al desarrollo de normas y valores hedonistas y antiautoritarios siguiendo la tendencia conformada en el periodo posterior a mayo de 1968)[11] y los que desean lo contrario: frenar esta dinámica y retornar a los valores tradicionales, en lo que configura una “contrarevolución silenciosa”, en términos del politólogo Piero Ignazi.[12] Esta oposición sería inseparable de una “renacionalización” de la política en la que se insertan los valores tradicionales que defienden “valores nacionales” ante las amenazas foráneas. Ello no impide una tolerancia de valores adscritos al “liberalismo cultural” en la esfera privada, como la libertad sexual, el laicismo o el aborto. La derecha populista encarna, sobre todo, “una demanda de orden público ligada a la importancia de la autoridad en la agenda pública.[13]
La fractura geográfica, vinculada a los cambios que experimenta el territorio. De esta forma, la derecha populista arraiga en las zonas en las que los cambios económicos han comportado una desindustrialización y han generado fenómenos de “periurbanidad” o “neo-ruralidad” en la medida que los espacios se ruralizan, argumenta el economista Laurent Davezies. Mientras la ciudad es una “máquina de modernización”, los habitantes de espacios urbanos conocen una deriva hacia valores rurales: propiedad, casas unifamiliares, colectividades culturalemnte homogéneas). En definitiva, los polos de centralidad urbana se oponen a los territorios periféricos “más o menos desclasados”.[14] Es decir, grandes ciudades dinámicas y emprendedoras, insertas en los circuitos internacionales, y una periferia de ciudades medianas o pequeñas excluidas de esta economía, con clases medias erosionadas y dependientes de beneficios sociales.
La fractura política, hoy quizá la más visible, y que ante la desconfianza hacia la política crea dos grandes polos: el de quienes defienden “culturas de gobierno” ante esta situación y quienes apuestan por “culturas antisistema”. Son los decepcionados de la política los que nutren las filas populistas.
Las redes sociales o el “ciberpopulismo” que viene
No obstante, consideramos que a estas cinco dinámicas hay que añadir otra: el impacto político de las redes sociales, que pueden constituir la base de proyectos populistas de signo opuesto. En los últimos comicios europeos lo reflejaron el Movimiento 5 Estrellas [M5S], orquestado por Beppe Grillo (21.1% de los votos), y Podemos, liderado por Pablo Iglesias (7.9%). Ambos rótulos, más allá de diferencias ideológicas, plasman cómo Internet altera la política.
Grillo, un popular humorista y actor nacido en 1948, formó su partido el 2009 a través del éxito de su blog.[15] Ganó celebridad al convocar una exitosa iniciativa de protesta el 8 de septiembre del 2007, el “Vaffanculo-Day” o V-Day: congregó a cien mil personas en la plaza Maggiore de Bolonia por un “parlamento limpio” (límite máximo de dos mandatos e imposibilidad de concurrir al parlamento quienes hubieran sido condenados). Asumió, como Podemos, la denuncia de las élites. Según su programa, el Parlamento no representa a la mayoría de ciudadanos, que no pueden elegir al candidato, sólo el símbolo del partido. Asimismo, los partidos han suplantado la voluntad popular y se han sustraído a su control. En los comicios legislativos del 2013 fue la lista más votada (25.5%) y exploró un acuerdo fallido con el líder del Partido Democrático, Pier Luigi Bersani. Entonces Grillo tildó de “padres puteros” a los líderes rivales y afirmó que gobernaban “dándonos por el culo” desde hacía años. Tras los citados comicios europeos clarificó su ideología al unirse al grupo parlamentario eurófobo que lidera Nigel Farage (dirigente del UKIP). Tomó esta decisión se a través de un referéndum on-line con 29.584 participantes y un 78.1% de votos favorables.[16]
Podemos surgió también como un movimiento de protesta contra el establishment y tomó como eje de su discurso el concepto “casta”, empleado previamente por otros políticos en Cataluña,[17] para designar a una clase política supuestamente oligárquica (según Iglesias, “señala a los ladrones que construyen dispositivos políticos para robar la democracia a la gente”).[18] Tras lograr un gran éxito en breve tiempo (pues se constituyó en enero del 2014 y se registró en marzo) ese ha emplazado en una órbita opuesta, pues en Estrasburgo se integró en el grupo de la Izquierda Unitaria y su antecedente es el movimiento indignado, surgido el 15 de mayo del 2011 [15-M] con el eslogan “No nos representan”.
Estas formaciones desean hacer realidad la “plaza electrónica” que proyecta Internet: una democracia horizontal, inmediata y sin liderazgos verticales. Podemos lo refleja en su círculo, símbolo y forma de organización a la vez. Escenificó este afán el 21 de agosto, cuando estrenó su canal de comunicación por móvil y casi 11.000 personas participaron en las votaciones.[19] Cristalizó así un partido “15-M”, portador de un populismo crítico con la política de austeridad, aunque su retórica agresiva -como reconoce Iglesias- envuelve un programa que hubieran podido asumir partidos socialdemócratas hace tres o cuatro décadas.[20]
En suma, Podemos y el M5S quieren trasladar la democracia de Internet a la política institucional. Reflejan así lo que el sociólogo Guy Hermet considera ciberpopulismo, al desear articular una democracia directa, “desprofesionalizada” y participativa en tiempo real.[21] Tal tendencia entraña una ruptura espectacular con la vieja política porqu e aúna cambio tecnológico, relevo generacional e hiperdemocracia. Esta política, además, ha venido para quedarse, como anunció el candidato grillino a la alcaldía de Parma, Federico Pizzarotti: “No somos antipolítica. Ahora somos nueva política”.[22]
¿El futuro es populista?
A partir de lo que expuesto, el populismo parece cada vez más presente en el horizonte político europeo, tanto en la derecha como en la izquierda, en gran medida como resultado de un doble efecto de la globalización.
Por una parte, porque los cambios que ha comportado “han excavado un surco entre vencedores y perdedores”, generando entre los últimos una situación psicológica “impregnada de resentimiento, desilusión y chasco sobre la cual los partidos populistas capitalizan sus éxitos, capeando y fomentando la protesta contra las clases políticas responsables de la situación”, advierte Tarchi.[23]
Hoy los partidos tradicionales se reposicionan tanto en la dimensión económica y social (en la que se ha reforzado la oposición clásica entre defensores del Estado y partidarios del libre mercado), como en la cultural (en la que la oposición al liberalismo se ha traducido en una “etnización” de la política, al adoptar ésta un carácter nacional). A la vez, ganan centralidad actitudes que son críticas ante la integración en Europa y defensivas frente a la inmigración.
En el contexto descrito, las expresiones políticas populistas tienden a expandirse porque en la era de la globalización permiten expresar mejor las inquietudes que ésta genera en una gran parte de la ciudadanía, sobre todo porque las “élites” denostadas adquieren a la vez un carácter concreto (son la “casta” política local, regional o estatal) e indeterminado (son la burocracia europea o “Eurocracia” o entes como el FMI). Todo ello crea desconcierto en una población enfrentada en “un mundo sin rumbo”, en expresión del periodista Ignacio Ramonet.[24]
Por otra parte, la globalización ha tenido una incidencia decisiva al generar la “aldea global” comunicativa que apuntó a los años sesenta el filósofo canadiense Marshall McLuhan. Ahora las redes sociales generan una comunicación inmediata y conforman un ágora virtual que se define por la participación de sus miembros sin jerarquías. Internet, pues, abre las puertas a una “democracia electrónica” que puede ser tan imperfecta como la real y -como subraya Taguieff- deviene “de manera inmediata como la forma natural de populismo de nuestra época”.[25]
[1] R. Cuperus, “La revolta populista contra la Globalització. Reflexions basades en el ‘laboratori populista d’Holanda’”, L’espill, 38 (otoño 2011), p. 73. Véase también W. T. Bau, Populisme de droite en Europe: Phénomène passager ou transition vers un courant polítique dominant? (Friedrich Ebert Stiftung-Bureau de Paris, abril 2011).
[2] Lo hemos examinado ampliamente en X. Casals, El pueblo contra el parlamento (Pasado & Presente, Barcelona, 2013). Véase el apéndice dedicado a las definiciones del concepto de populismo, pp. 287-300.
[3] Véase al respecto F. Panizza (comp.), “Introducción”, en El populismo como espejo de la democracia (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009 [1ª ed 2005]), p. 13.
[4] M. Tarchi, L’Italia populista. Dal qualunquismo ai girotondi (Il Mulino, Bolonia, 2003), p. 32.
[5] R. Dahrendorf (entrevista d’Antonio Polito), Después de la democracia (Crítica, Barcelona, 2002), p. 108.
[6] “Ernesto Laclau: ‘El populismo garantiza la democracia‘”, www.lanacion.com.ar (10/VII/2005).
[7] P.-A. Taguieff, L’illusion populiste (Berg International, París, 2002), pp. 132.
[8] Véase al respecto los trabajos de J. P. Zúquete, “The European extreme-right and Islam: New directions?”, Journal of Political Ideologies (octubre 2008), 13(3), pp.321–344; J. P. Zúquete, “Novos tempos, novos ventos? A extrema-direita europeia e o Islão”, Análise Social, vol. XLVI (201), 2011, 653-677.
[9] Véase P. Perrineau, La France au Front. Essai sur l’avenir du Front National (Fayard, París, 2014), pp. 103-171.
[10] P. Perrineau, Ibídem, p. 114.
[11] Citado por P. Perrineau, Id, p. 106, nota 1. Sobre el concepto, véase É. Schweisguth, Le libéralisme culturel aujourd’hui (Baromètre politique français, 1ère vague, CEVIPOF, printemps 2006), 26 p.
[12] P. Ignazi, “The silent counter-revolution. Hypothesis on the emergence of extreme right-wing parties in Europe”, European Journal of Political Research, vol. 22, n. 1 (julio 1992), pp. 3-34.
[13] P. Perrineau, La France au Front, p. 145.
[14] Ibíd., pp. 106-107.
[15] Véase una visión favorable a su movimiento en E. Greblo, Filosofia di Beppe Grillo. Il movimento 5 stelle (Mimesis, Milán, 2011). Sobre la importancia de Internet en el M5S, véase pp. 48-53 y 70-74.
[16] “Alleanze in Europa, il M5S sceglie l’Ukip di Farage. Ma la base accusa: votazione pilotata”, http://www.repubblica.it (12/VI/2014).
[17] Iglesias sitúa el origen del término en el ensayo de los periodistas italianos S. Rizzo y G. A. Stella, La casta (2007). Véase P. Iglesias, Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis (Akal, Madrid, 2014), p. 154. No obstante, tanto la ultraderechista Plataforma per Catalunya [PxC], liderada por Josep Anglada, y el partido independentista Solidaritat Catalana per la Independencia [SI], bajo la dirección de Alfons López Tena, lo habían empleado previamente. Véase una aproximación histórica al uso del término en A. Maestre, “El concepto ‘casta’, de Manuel Azaña a Hermann Terstch”, La Marea (19/VIII/2014).
[18] P. Iglesias, Disputar la democracia, p. 21.
[19] “Podemos suma casi 11.000 personas en el estreno de su aplicación para debatir y votar vía móvil”, La Vanguardia (22/VIII/2015).
[20] P. Iglesias, Disputar la democracia, p. 173.
[21] G. Hermet, Les populismes dans le monde. Une histoire sociologique XIX-XX siècle (Fayard, París, 2001), p. 399.
[22] “Italia cambia de color”, El País (22/V/2014).
[23] M. Tarchi, L’Italia populista. Dal qualunquismo ai girotondi (Il Mulino, Bolonia, 2003), p. 70.
[24] I. Ramonet, Un mundo sin rumbo. Crisis fin de siglo (Temas de Debate, Madrid, 1997 [2ª ed.]).
[25] P. A. Taguieff, L’illusion populiste, p. 120.
* Artículo publicado en SOS racismo, Informe anual 2015 Sobre el racismo en el estado español (Tercera prensa-Hirugarren prentsa s.l., Donostia/San Sebastiá, 2015), pp. 261-267. Puede descargarse aquí el PDF de este artículo Casals-clavespopulismo
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Escrito por xaviercasals	“MI LUCHA”, LECTURA DE ÉXITO EN LA INDIA Y EN OTROS PAÍSES
Ejemplar de Mi lucha, de Adolf Hitler (foto de Deutsche Welle).
EL ENSAYO MI LUCHA, DE ADOLF HITLER, AÚN CONOCE UN NOTABLE ÉXITO DE VENTAS EN DIVERSOS LUGARES DEL MUNDO, como radiografió un interesante ensayo de Antoine Vitkine, “Mein Kampf”. Historia de un libro (Anagrama, Barcelona, 2011). En la obra expuso cómo el libro nazi por excelencia escrito en 1923, pese a los esfuerzos realizados para impedir su difusión por parte de comunidades judías, círculos y entidades antifascistas y el Estado de Baviera (que posee los derechos de autor), mantiene una amplia audiencia.
Vitkine reconstruyó su origen, su difusión, su accidentada historia en la postguerra y su éxito actual en distintos países. En este aspecto, posee un capítulo titulado “‘Mein Kampf’, un libro con futuro”, que analiza su amplia circulación en el presente y señala lo siguiente al respecto:
“A pesar de los esfuerzos de los bávaros, hoy Mein Kampf, tanto en versiones integales como abreviadas, se publica y se vende en todo el planeta: grecia, China, Bulgaria, Japón, Croacia, Rusia, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Australia, Italia, india, Turquía, Finlandia, Indonesia, Colombia, Holanda, Marruecos, Dinamarca, Argentina, Brasil y España son algunos de los países donde Mein Kampf está en las librerías” (p. 195). Acto seguido, dedica un capítulo a exponer como se ha convertido en un best-seller en Turquía (pp. 222-242).
Ahora la obra hitleriana también se ha convertido en un éxito de ventas en la India. Lo han expuesto diversas crónicas periodísticas, como la del corresponsal en la India de La Vanguardia, Jordi Joan Baños publicada el 29 de septiembre y que reproducimos a continuación.
Veremos si esta difusión se incrementa cuando expiren sus derechos de autor el próximo 31 de diciembre, que -como hemos advertido- son propiedad del Estado de Baviera.
‘Mein Kampf’ triunfa en India
Hitler es un autor de culto en el país de la esvástica y su autobiografía, un éxitode ventas
En la librería Bahri, en Khan Market, el encargado tiene que reponerlo constantemente: “Es como un clásico, como las biografías de Gandhi. A muchos indios les gusta tenerlo en su biblioteca. Acabo de pedir dos ejemplares porque sólo nos queda uno, después de vender uno hoy y otro ayer”. Los lectores de Mein Kampf no son los clientes habituales de su sesuda librería de fondo y novedades. “Acostumbran a ser estudiantes de secundaria o universitarios, pero con un perfil poco intelectual”.
La fascinación por Hitler es fuerte entre ciertos jóvenes de escasa cultura humanística, que ven en él un ejemplo de fuerza de voluntad que les ayudará en sus carreras de administración de empresas o similares. Para ellos, Mein Kampf está a medio camino del libro de autoayuda y “cómo triunfar en los negocios”. Solapándose con este tipo de lector están los millones de adeptos al chovinismo hindú del movimiento RSS, cuyo fundador era admirador de Hitler y cuyo uniforme, inalterado desde los años 30, recuerda al de las juventudes hitlerianas.
Entre ellos el racismo de Hitler no hace demasiada mella, puesto que el indio típico que estudia estas carreras, de casta alta, se ve a sí mismo como ario, frente a los compatriotas de castas bajas y piel más oscura. Lo que Hitler habría dicho al respecto les trae sin cuidado y les basta como prueba la esvástica (palabra sánscrita para un símbolo indo-ario aún en uso en templos hindúes, jainistas y budistas).
Hitler como reclamo para vender helados (foto de World.Mic).
En India, la explosión de ventas de Mi lucha empezó al expirar los derechos de autor, que allí se produjo hace una década, a los 60 años de su muerte. Desde entonces Jaico, editorial especializada en autoayuda y espiritualidad, lo reimprime un par de veces al año. Muchas otras editoriales han seguido su ejemplo.
En Alemania, se estudia reeditarlo tras el recién expirado lapso de 70 años con más notas a pie de página que texto, en una edición crítica que valdría más de cien euros. En India, la mayoría de ejemplares cuestan uno o dos euros y utilizan como gancho el rostro de Hitler en portada. No son las librerías al uso las que han convertido Mein Kampf en un éxito, sino los tenderetes de mercadillo o estaciones de tren. ¡Hasta la librería del Partido Comunista lo expone en lugar preferente!
En una acera del sur de Delhi, en Green Park, hay tenderetes de prensa y libros de consumo. Allí acaba de hacerse con un ejemplar Naro, estudiante de informática de 20 años. Para ella también es un bautizo lector,pues no lee casi nada fuera de la pantalla del teléfono u ordenador, a no ser que sea obligatorio para su carrera. El motivo, una mezcla de morbo e ignorancia. “No sé nada de la II Guerra Mundial pero creo que Hitler era un tipo duro”.
La hegemonía de Bollywood blindó a India de la visión de la guerra difundida por Hollywood, por lo que la condena casi universal del Tercer Reich no es un acto reflejo. Esta visión acrítica hace que la imagen de Hitler se utilice incluso con fines comerciales, como por un fabricante de conos de helado.
Otros jóvenes descargan por la cara Mein Kampf, o lo adquieren en Amazon India, donde los comentarios ponen la piel de gallina tanto cuando son apologéticos (meterían a sus autores entre rejas en algunos países europeos) como banales (elogios a la calidad del empaquetado o la rapidez de entrega y quejas, en todo caso, por la calidad del papel).
Imágenes del film Gandhi to Hitler (2011, Rakesh Ranjan Kumar). Según la sinopsis de Imdb, “Adolf Hitler assists India in it’s freedom struggle against the British, while Mohandas Gandhi writes to him to end violence”.
La banalización de Hitler es fruto de la ignorancia y de una historia distinta. Gandhi escribió a Hitler un par de veces, con el encabezamiento “Estimado amigo”, y su Partido del Congreso, con Nehru, optó hasta el final por la salida pactada de los británicos. En cambio, un héroe de la independencia, Subhas Chandra Bose, se alió con Hitler e Hirohito. Fue transportado con un submarino alemán de Europa a Singapur -entonces japonés-, donde fundó el Ejército Nacional Indio, antibritánico.
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Escrito por xaviercasals	DEL SOFÁ A LA CALLE: MOVILIZACIONES RACISTAS EN ALEMANIA
Centro de acogida asaltado en Rottenburg el 7 de septiembre (foto de Afp). ALEMANIA HA CONOCIDO RECIENTEMENTE DIVERSOS EPISODIOS DE VIOLENCIA XENÓFOBA, especialmente graves en la extinta RDA. Sin embargo, El País (4/IX/2015) señaló que “los ataques a refugiados y a centros de asilo se han disparado en todo el país: de enero a agosto hubo más de 340, seis veces más que en 2013” y que “el fenómeno es aún más preocupante en el este: casi la mitad de las agresiones del año pasado ocurrieron en los cinco Estados que se unieron a la República Federal en 1990, una zona que reúne solo al 17% de la población alemana y al 16% de los refugiados”.
En este sentido, el último informe anual de Sos Racismo contiene un interesante informe sobre la situación en Alemania de Frauke Büttner, que analiza las últimas movilizaciones extremistas en Alemania con el título “Del sofá a la calle. Movilizaciones racistas en Alemania y el fenómeno de PEGIDA”. La autora es Frauke Büttner, que pertenece a la Red de Investigación de Mujeres y Extrema Derecha (Forschungsnetzwerk Frauen und Rechtsextremismus) . Puede decsargarse en este PDF: Büttner-Alemania
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Escrito por xaviercasals	SKINHEADS: LOS TÓPICOS MÁS EXTENDIDOS
“Skinheads, un estilo de vida”. El mensaje advierte que estamos ante un estilo juvenil
Uno de los términos buscados en este blog es el de “skinheads”. Con el fin de ofrecer una mínima aproximación a este tema, recuperamos un artículo publicado en El País Catalunya el 26 de septiembre de 2003, a raíz de diversos episodios de violencia. En él se describen los tópicos más usuales sobre el tema.
Recomendamos a los lectores interesados en el tema el blog de quien es el mejor conocedor del tema en nuestro país, el historiador Carles Viñas, así como sus obras sobre el tema.
‘Skinheads’: los tópicos
LOS ÚLTIMOS EPISODIOS de violencia de Castellar del Vallès han reproducido en los medios de comunicación varios tópicos sobre el universo skinhead que aportan más confusión que información al amalgamar clichés erróneos.
En primer lugar, debe destacarse que los skinheads no constituyen un movimiento político. Se encuadran en una cultura juvenil surgida en el Reino Unido a fines de los años sesenta del siglo XX, cuyos miembros hicieron de su estética una exaltación de su carácter neoproletario reflejada en su indumentaria (botas, camiseta de manga corta y tirantes, pantalón y pelo muy cortos) y su imagen agresiva, en una tentativa de recrear la comunidad de la clase obrera británica tradicional (ello supuso una ruptura con culturas juveniles preexistentes, sobre todo los mods, de look elegante). El fenómeno skin, pues, se inserta esencialmente en el ámbito de las llamadas tribus urbanas, no en el político.
En segundo lugar, la pertenencia al mundo skin no presupone una identidad política, y menos que ésta sea homogénea. El movimiento fue apolítico hasta comienzos de los años ochenta. Su politización se inició por el afán de captar seguidores en el ámbito skin del partido neofascista National Front, dando eco en su prensa a colectivos de hooligans y difundiendo su ideario musicalmente gracias al conjunto Skrewdriver, liderado por Ian Stuart (1957-1993). Para oponerse a esta fascistización del movimiento, numerosos skins se sumaron al izquierdismo (desde el laborismo hasta el trotskismo), y cuando se difundió el movimiento skinhead más allá del Reino Unido, lo hizo ya como una realidad políticamente heterogénea.
En tercer lugar, su politización es limitada y se produce sobre todo por ósmosis, a través prioritariamente de la música, pero también mediante consignas de hinchas, pintadas callejeras, skinzines (fanzines skin) y páginas web. Ello, sin embargo, no excluye el desarrollo de colectivos neonazis -o de otro ideario- altamente ideologizados.
En cuarto lugar, no hay patrones claros sobre el skin ultraderechista. Los datos de informes o expertos como Carles Viñas (autor de Música i skinheads a Catalunya) indican que su procedencia es interclasista; son muy jóvenes (incluso de 13 años) y varones, pero destaca cada vez más la presencia de skingirls, y no existen grupos de riesgo claros que sean objetivo de su violencia: si tradicionalmente se consideró que lo eran homosexuales, independentistas y radicales de izquierda, hoy la elección de víctimas tiene un alto componente aleatorio.
En quinto lugar, los cabezas rapadas ultraderechistas no constituyen una vanguardia encuadrada por formaciones políticas. El movimiento skin neonazi tiene un marcado carácter autónomo que se añade a la ostentación pública de su ideología y el protagonismo en algaradas callejeras, difícilmente compatible con una disciplina de partido. Así, en las filas de una ultraderecha deseosa de respetabilidad política los elogios a los skins se combinan con el distanciamiento crítico, y son problemáticas las tentativas de encuadramiento partidista.
En sexto lugar, el movimiento skin neonazi no crece por la acción proselitista de tramas neonazis clandestinas bien estructuradas, sino sobre todo -como ya hemos dicho- por ósmosis y también por mimetismo, dada la fascinación que entre los adolescentes suscita una estética agresiva y satanizada. Ello explica que los miembros de este movimiento sean difíciles de cuantificar.
En séptimo lugar, informar sobre el movimiento skin neonazi no tiene un efecto despotenciador. Los medios de comunicación desempeñan un papel importante en el crecimiento de estos colectivos. Dado que los cabezas rapadas buscan visibilidad social como grupo (raramente como individuos), la magnificación de algunas de sus acciones suele fomentar su crecimiento.
En octavo lugar, la satelización de estos colectivos por parte de ciertas entidades deportivas para neutralizarles no es una cuestión anecdótica y ceñida al ámbito deportivo, pues les otorga una naturaleza institucional oficiosa. Los efectos de tal situación son previsibles: cuanta mayor visibilidad social obtengan los miembros de esta cultura juvenil (como sucede con cualquier otra), mayor resonancia y continuidad tendrán sus actos.
En noveno lugar, los skinheads ultraderechistas no representan “el fascismo que viene”. Sostienen un ideario racista que la nueva ultraderecha europea condena oficialmente (sin desdeñarlo, para hacer guiños a su electorado). Así, líderes políticos como Jean-Marie Le Pen y Jörg Haider no pretenden volver al pasado para restablecer regímenes derrotados en 1945, sino que abanderan un amplio movimiento antiglobalización que mira hacia el futuro. Por ello, la asociación -latente o explícita- hecha a menudo entre la llamada extrema derecha posindustrial y la violencia skin facilita escasa comprensión sobre ambos fenómenos.
En síntesis, las claves para entender el ámbito de los skinheads deben buscarse en la naturaleza poliédrica que conforma su movimiento: es una cultura juvenil en la que confluyen una determinada estética y visión del mundo, la lumpenpolítica (la actuación de grupos de entidad minúscula), la marginalidad juvenil (el mundo de enfrentamientos y rivalidades entre hinchas de distintos equipos o entre bandas juveniles) y la violencia gratuita. Cualquier enfoque del fenómeno que sólo ilumine una de sus facetas aportará más confusión que claridad.
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