Source: http://www.libertadidioma.com/2005/20050515.htm
Timestamp: 2018-11-21 08:09:03+00:00

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AGLI Recortes de Prensa Domingo 15 Mayo 2005
Ignacio CAMACHO ABC 15 Mayo 2005
Juan Luis CARRASCO La Razón 15 Mayo 2005
EDITORIAL Libertad Digital 15 Mayo 2005
Una moción contra el Pacto
Editorial ABC 15 Mayo 2005
Cara a cara ESPACIO INÉDITO
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 15 Mayo 2005
Homenaje a Zapatero
Jaime CAMPMANY ABC 15 Mayo 2005
Cada español en su burbuja
Antonio BURGOS ABC 15 Mayo 2005
CONCENTRACIÓN EFECTUADA ANTE LA OFICINA DE GARANTÍAS LINGÜÍSTICAS DE LA SECRETARÍA GENERAL DE POLÍTICA LINGÜÍSTICA DE LA GENERALITAT
Asociación Tolerancia 15 Mayo 2005
El PP acusa al Gobierno de ejecutar las órdenes de ETA
Diana Valdecantos La Razón 15 Mayo 2005
«¿Apoyamos o apoyaremos», la trampa gramatical de la propuesta del PSOE
R. N. La Razón 15 Mayo 2005
ETA ha colocado 20 bombas contra empresas en dos años
ABC 15 Mayo 2005
Por Ignacio CAMACHO ABC 15 Mayo 2005
UNA de las virtudes imprescindibles para el éxito en la política es la adecuada medida de los tiempos, delicado manejo que consiste en acompasar las tácticas de cada momento al ritmo que piden las circunstancias. Conviene a este respecto mantener la cabeza fría y objetivar al máximo posible el análisis; las prisas, los deseos y hasta las intuiciones suelen ser malos consejeros a la hora de ponderar la correspondencia de cada paso con su oportunidad estratégica.
Muchas veces, en democracia no basta con disponer de una oferta atractiva, ni siquiera con cargarse de razones y fundamentos; es menester esperar el momento de formularlos para coincidir con unas condiciones sociales óptimas. El manual de la política moderna aconseja al respecto tres premisas básicas: la primera, asegurarse el apoyo del partido propio y sus simpatizantes más cercanos; la segunda, acertar con una oferta que supere este ámbito para atraerse el respaldo de una mayoría social; y la tercera, elegir el momento en que el adversario esté más débil, bien por el desgaste del ejercicio del poder o por la agudización de sus propias contradicciones internas.
La vibrante intervención parlamentaria de Mariano Rajoy en el debate sobre el Estado de la Nación, con la demoledora tromba dialéctica que descargó sobre el presidente Zapatero, debe ser analizada desde la óptica del primero de los requisitos citados, y no desde la euforia que puede provocar en el centro derecha el manifiesto vapuleo con que el jefe de la oposición arrinconó y puso en solfa las debilidades del Gobierno, aun a costa de permitir que ETA se enseñoreara del debate central de la política española. A sólo un año de su inesperada derrota electoral, y ante un Ejecutivo experto en soliviantar y agredir a la base social de sus adversarios, Rajoy no tenía más que un camino en su primera comparecencia como líder de la alternativa: asentar su liderazgo interno y levantar un discurso de firmeza que le identifique como referencia de quienes, ahora y en el futuro, se sientan desamparados o disconformes con las políticas emprendidas por el socialismo y sus aliados.
Este objetivo lo logró plenamente, aunque se pasara de vueltas -me consta que de modo consciente- en la agresiva dureza con que zarandeó al presidente y le acusó de «traicionar a los muertos» con una áspera solemnidad que aún retumba en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo. Rajoy hablaba para sus votantes, pero sobre todo para sus simpatizantes y sus afiliados, y a ello subordinó su habitual temple moderado al que más adelante habrá de volver a apelar si quiere convencer a los ciudadanos que aún no se hallan dispuestos a apoyarle. Pero en esta su primera oportunidad lo tenía claro: su obligación moral era la de cimentar su primacía en el Partido Popular mediante un discurso sin fisuras, y dirigirse a los millones de ciudadanos perplejos que, tras quedarse con la miel de la victoria en los labios por mor de la tragedia del 11-M, sienten zozobrar su concepto del proyecto nacional ante el proceso de diálogo con el terrorismo y el camino de reformas territoriales emprendido por Zapatero con un visible espíritu de transformación constituyente.
Añádase a esto el cabreo personal que Rajoy siente en estos momentos con un presidente al que acusa de haberle engañado y de intentar aislarlo, y su estupor de ciudadano biempensante ante la crecida de los independentistas catalanes, que llegaron a saludar con arrogancia la llegada de Zapatero a su particular «vía de Perpiñán» para dialogar con los terroristas, y se podrá comprender el elevado tono de virulencia en que el líder del PP ha situado el diapasón de su hostigamiento al Gobierno. Un tono con el que, desde luego, es imposible conquistar el poder en un país claramente inclinado hacia las posiciones moderadas, y que sin duda va a permitir a los socialistas demonizar por una temporada al, por lo general, templado candidato popular, contraponiendo su tronante cascada a la sonrisa perenne del primer ministro. Pero es que, a pesar de la proximidad de la cita gallega, no estamos tanto ante un combate preelectoral como en una toma de temperatura al pulso de la nación en vísperas de unos acontecimientos decisivos para el futuro.
En este sentido, Rajoy ha marcado los tiempos de acuerdo con su conveniencia, pero se llamarían a engaño quienes, estimulados por tanta vehemencia, se lleguen a creer que Zapatero está contra las cuerdas. Las encuestas se equivocan con frecuencia en los resultados, pero casi nunca en las tendencias, y todas las que se han conocido tras el debate -y otras que no han visto la luz- indican que la mayoría social sigue del lado del presidente y de sus socios. Por más que la continuidad de la vía legal contra ETA y el proyecto de nación defendido por Rajoy frente a Zapatero y los nacionalistas cuenten probablemente con el respaldo de numerosos españoles, entre ellos no pocos socialistas, los ciudadanos necesitan mucho más tiempo para rectificarse a sí mismos. Se equivocan, por ello, quienes desde la euforia del calentamiento dialéctico del miércoles reclaman en el PP unas elecciones anticipadas, salvo que lo hagan con el inconfesable propósito de quemar en ellas al candidato Rajoy para postular otras alternativas internas.
Cada oportunidad tiene su tiempo, y el de Rajoy no es todavía el del asalto al poder. El líder del Partido Popular tiene ante sí un desafío de resistencia, que pasa entre otros obstáculos por las elecciones gallegas de junio, y más allá de ellas por el asentamiento entre sus propias huestes de su condición de liderazgo y de alternativa. Las diferencias demoscópicas con el PSOE son lo bastante cortas para impedir que el Gobierno sienta la tentación de adelantar sin riesgo las elecciones generales y pillar al adversario a medio levantarse, pero no lo suficiente como para cambiar el mapa electoral que actualmente tenemos ante los ojos.
En realidad, el PP tiene ahora mismo poco más armamento que la firmeza ante ETA -en la que se va a quedar solo ante la ruptura de facto del Pacto Antiterrorista, agudizada por el aval que el Congreso se dispone dar a Zapatero para que negocie a su modo y manera- y la denuncia de unos propósitos disgregadores que el Gobierno ni siquiera ha concretado. Con la economía en parámetros razonables, las minorías de izquierda activadas por la legislación social y los nacionalistas rampantes ante la perspectiva cierta de un empujón centrífugo a la medida de sus deseos, no habría modo hoy por hoy de desalojar a un presidente que también sabe -lo demostró el miércoles y lo acaba de poner de manifiesto con la envenenada moción de apoyo a su «vía de paz»- fajarse en el cuerpo a cuerpo correoso con el cuchillo entre la sonrisa de sus apretados dientes.
Como solía decir Pío Cabanillas padre, aquel gallego que navegaba en las aguas revueltas de la UCD tras haber sido fugaz ministro de la imposible apertura del franquismo, lo más urgente es esperar. Ahora sabemos que Mariano Rajoy está dispuesto, más paciente que eufórico, a hacerlo con la guardia alta. Y desde el miércoles ha quedado claro que, si a Zapatero se le va de las manos su aventura neoconstituyente y el vértigo histórico de la violencia vasca, hay un proyecto político en el que confiar, dirigido con firmeza por alguien que está dispuesto a hacerlo sin remilgos ni titubeos. Con la condición, eso sí, de que, llegado el momento, sepa distinguir entre la calentura de un debate a cara de perro y la serenidad necesaria de una alternativa de Gobierno.
El presidente pedirá el martes al Congreso el aval para entablar una negociación con ETA. Todas las circunstancias, datos e informaciones que se manejan apuntan, sin embargo, a que ese proceso ya está en marcha imparable. Rodríguez Zapatero venderá que tiene el apoyo del pueblo para abrir el diálogo con los responsables de la muerte súbita de cientos de españoles inocentes y de la muerte lenta de otras decenas de miles de víctimas. Puede que al presidente le guíen las mejores intenciones, pero el caso es que no se atisban por rincón alguno. Zapatero ha servido en bandeja de plata una negociación a una banda terrorista que agonizaba. A un paso de su derrota, se quiera o no, nuestro Gobierno ha insuflado un respiro a ETA. Se aboca al país a recorrer una senda ya conocida, una autovía directa al fracaso, porque los terroristas interpretarán su gesto como un síntoma de debilidad, y todo volverá entonces a comenzar. Será una derrota de todos, que comenzó por la rendición de unos cuantos. Eran otros tiempos, otras circunstancias, pero recuerdo estos días vergonzantes con envidia y admiración aquel histórico discurso de Churchill, con Inglaterra a un paso de su caída, cuando se dirigió al país por la BBC: «Defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Combatiremos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles; combatiremos en las montañas; no nos rendiremos jamás». Era, desde luego, otro estilo.
EDITORIAL LD 15 Mayo 2005
Cuando en 1939 Winston Churchill inauguró la política de la no rendición había ganado sin saberlo la primera y decisiva batalla a Hitler. El dictador alemán no consiguió lo que pretendía, es decir, sojuzgar Inglaterra, y, con el tiempo, el imperio nazi, que había regado de sangre Europa, fue derrotado en todos los frentes. Por muchos sufrimientos y penalidades que la guerra había hecho padecer a los británicos al final recogieron el fruto de su determinación y pudieron pasear la bandera de la libertad por medio mundo. Churchill era consciente que con el mal no se negocia, estaba persuadido que al mal se le derrota y tales principios los supo transmitir a su país en el momento que más lo necesitaba.
En España el mal tiene un nombre, tres siglas que han llenado de oprobio y dolor los últimos 35 años de nuestra historia. Frente a él se ha ensayado todo y sólo la determinación de no ceder ha dado resultado. La historia de ETA es la historia de un chantaje a la democracia, porque, aunque muchos quieran ahora obviarlo, el programa de los terroristas es el mismo hace un cuarto de siglo que ahora. ETA no mata para obligar al Gobierno a sentarse en una mesa, ETA mata para que el Gobierno claudique sobre una mesa accediendo a sus delirantes aspiraciones. Todos los Gobiernos posteriores a la Transición se han encarado con el problema y sólo han salido airosos los que han entendido en qué frecuencia de onda emite la banda terrorista. No hay engaño por su parte, ETA tiene un programa político que se reduce a separar el País Vasco del resto de España. Si para ello puede contar con la rendición del Gobierno bien, si no, sigue matando. Así de sencillo. Tres décadas y media de tiros en la nuca, coches bomba y secuestros dan fidedigno testimonio de ello.
Si el Gobierno de Zapatero quiere sentarse a negociar con ETA ha de saber de antemano que el precio político es la fragmentación del país que ha jurado servir. No existe otra posibilidad. ETA no cree en vías intermedias, no sabe de arreglos políticos que no pasen por satisfacer su programa máximo, un programa que no sólo es inconstitucional sino que deja abandonada a su suerte y en manos de unos asesinos a la mayoría de la población vasca. Si, además de ceder al chantaje terrorista, el Gobierno pretende cubrirse las espaldas con un plácet parlamentario, el Partido Popular ha de oponerse tajantemente a que la maniobra fructifique. Porque si ya es malo que un Gobierno se entregue a debatir en pie de igualdad con una banda de criminales, más lo es que sea un Parlamento entero el que dé carta blanca a semejante gatuperio. ETA no es ni lo será nunca una interlocutora válida del Gobierno legítimo de la Nación. No lo es porque ETA no representa a nadie más que a sus encapuchados verdugos, y no lo es porque el programa que trae bajo el brazo es ilegal y constituye un insulto para todos los españoles.
El Gobierno puede, entretanto, seguir jugando con un fuego con el que, tarde o temprano, terminará quemándose y con el que, a lo peor, nos termina quemando a todos. En el debe de su gestión queda. Si la banda declara una tregua no significa que haya olvidado cuál es la razón de su existencia, antes o después volverá por donde solía, y oportunidad tuvimos de comprobarlo con motivo de la tregua-trampa del 98. Así las cosas, el Gobierno puede sentarse a negociar lo que crea conveniente con unos asesinos cuyo objeto único es destruir nuestras libertades, eso sí, que no lo haga en nuestro nombre.
LA propuesta de resolución «para un final dialogado de la violencia», presentada por el Grupo Socialista en el Congreso como colofón del debate sobre el estado de la Nación, es la primera confirmación de que el Pacto Antiterrorista entre PSOE y PP ha sido derogado de hecho por el Ejecutivo. El texto de la propuesta está impregnado de una diagnosis propia de otro tiempo, cuando la inocencia de los demócratas y el tacticismo de los nacionalistas se conformaban con obvias declaraciones de principios, acreditadamente ineficaces. Sin embargo, la experiencia histórica no ha servido de mucho y el PSOE busca ahora que sea el Parlamento nacional el que dé cobertura a su nueva política sobre terrorismo, que se describe con literatura neutra (en el mejor de los casos) en el párrafo que, teóricamente, debería fijar las condiciones del fin de la violencia.
Hay un fondo de gratuidad en este debate, porque nadie discute el derecho y el deber de cualquier Gobierno de afrontar la liquidación de la violencia terrorista también con intervenciones políticas, en todo caso posteriores a una rendición incondicional. Pero el diseño de la estrategia socialista consiste en anticipar esa acción política al cese de la violencia y conformarla como una cuestión bilateral entre ETA y el Estado. Por eso se dice que el destino de ETA es «disolverse y deponer las armas», cuando el consenso vigente hasta ahora hablaba de derrotar a ETA, a la vista, precisamente, de que ETA no quiere disolverse ni deponer las armas sin condiciones. Igualmente peligroso es que el lenguaje gubernamental empieza a parecerse, tal vez sin pretenderlo, al nacionalista en la descripción de cómo ha de ser el fin del terrorismo: una decisión voluntaria de los terroristas y no la consecuencia de una acción decisiva del Estado.
Algo positivo hay en esta propuesta: se avanza en la clarificación de intenciones del PSOE. Si se aprueba, el Parlamento y el Gobierno habrán transmitido en términos generales a los terroristas su predisposición a negociar. Éste, y no otro, es el significado real de la moción socialista: el Gobierno ofrece a ETA la posibilidad de un proceso de negociación. Y aquí radica toda diferencia con la respuesta que el Gobierno de Aznar dio a la tregua de 1998, pues ni hubo previamente un Ejecutivo que se ofreciera a los terroristas ni el Parlamento se pronunció anticipadamente sobre lo que habría de hacerse para rematar el final de la violencia. Ahora se ha empezado por el final y no es un buen método, como tampoco lo es buscar la calidad política de esta propuesta de resolución en la inserción de textos de pactos anteriores: en primer lugar, porque los acuerdos, como los contratos, se pactan, aplican e interpretan en su integridad, no por partes; en segundo lugar, porque si algo evocan los Pactos de Ajuria Enea y de Madrid es la historia de la deslealtad nacionalista en la lucha contra ETA.
Este consenso sobre el terrorismo no apela a la derrota incondicional de ETA. La remisión al Parlamento de esta propuesta de resolución busca la coartada necesaria para enterrar el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo de diciembre de 2000. Por eso están más cerca de apoyarlo aquellos partidos que firmaron con ETA el Pacto de Estella -PNV e Izquierda Unida- y que sellaron la tregua de Perpiñán -Esquerra Republicana de Cataluña-, que el PP. Lamentable coincidencia con lo que pedía el editorial del diario «Gara», el pasado viernes, que animaba al presidente del Gobierno a hacer exactamente lo que ha hecho: involucrar al Parlamento en una acción de máximo riesgo para el Estado. Prueba de ello es que Arnaldo Otegi expresó ayer su satisfacción al mismo tiempo que elevó el nivel de exigencias al Ejecutivo. La moción supone un paso atrás, porque otorga a ETA una llave que antes estaba en poder del Estado y, sobre todo, porque establece unas coordenadas difusas a la hora de determinar el fin de la violencia, que nada tiene que ver con el hecho de que el terrorismo esté un tiempo sin cometer atentados. En cualquier caso, y como mal menor, la moción del PSOE, en caso de que se apruebe en el Parlamento y agotada la vía del Pacto Antiterrorista, obliga al Gobierno a asumir su propia responsabilidad ante el conjunto de la sociedad y, muy especialmente, ante las víctimas. Sobre todo porque el consenso que obtenga la propuesta del PSOE -que es respuesta a la presentada por Rajoy para que el Gobierno inste a la ilegalización del PCTV- no tendrá igual ni mayor determinación que los acuerdos que alcanzó con el Gobierno del PP en el Pacto Antiterrorista, porque a la misma podrán sumarse más formaciones que entonces, pero no tendrá más votos ni más respaldo social que aquél que forjaron socialistas y populares.
GOBIERNO e Iglesia inician las negociaciones con el objetivo de alcanzar un acuerdo sobre la clase de Religión. Complicada tarea ante un asunto en el que el Ejecutivo, después de tensar la cuerda, considera «prioritario» establecer un mínimo consenso, mientras IU presiona para que el Gobierno denuncie los Acuerdos con la Santa Sede. Necesario cara a cara para recomponer un escenario complejo que requiere moderación y templanza, porque lo que sobran son frentes abiertos y lo que faltan son puentes de entendimiento. La voluntad de mantener el «vínculo singular» del Estado con la Santa Sede, expresión de Zapatero en el Congreso, debe formalizarse en hechos concretos, para que el talante se haga realidad y no se quede en pura pirotecnia.
El jueves, en el Congreso, Zapatero jugó al «sí» y al «no». De un lado, confirmó la ruptura entre ambos partidos: «Para desgracia del PP y del PSOE, a tenor de lo que hemos visto, sólo compartimos en este momento el mucho dolor que hemos sufrido unos y otros como consecuencia del terrorismo». Del otro, tendió una mano al PP: «Nada me alegraría más que poder recuperar el proceso de entendimiento».
Corren distintas versiones sobre las causas concretas de esta inflexión o cambio de actitud. Pero creo que es tarde para entretenerse en niñerías. Lo ocurrido durante el debate es probablemente irrevocable, o lo es mientras Zapatero y Rajoy permanezcan al frente de sus partidos respectivos. Quedó claro, eminentemente claro, que Zapatero no podrá aproximarse a Rajoy sin que se verifique antes una recomposición radical de sus alianzas. Lo que significa, en moneda contante y sonante, que Zapatero debería renunciar antes a ser Zapatero.
A la inversa, Rajoy ha iniciado un movimiento sin marcha atrás. La fórmula empleada, la de la traición a los muertos, es como una cadena de hierro. Si Rajoy decidiera ser contemporizador, tendría que tragarse la memoria de los muertos. Y eso es difícil. Una persona que no hubiera excluido una retirada táctica, no se habría empeñado de modo tan terrible.
Confieso que la frase de Rajoy me produce estremecimiento. Habría preferido que no se convocara a los muertos. Esto dicho, hay que ponerse a la tarea de encontrar explicaciones y sacar consecuencias. ¿Por qué ha decidido Rajoy quemar las naves? Un motivo obvio, y bastante comprensible, es que no se fía ya de Zapatero.
La propuesta de enero se resolvió en humo. Y los escarceos del Gobierno en el País Vasco son harto preocupantes para quien no esté ciego. El segundo motivo es de naturaleza estratégica. Zapatero ha hecho inversiones políticas enormes en Cataluña y en un desenlace favorable del proceso de paz en las tres provincias del norte.
A partir de cierto momento, las inversiones alcanzan masa crítica. Los costes de recular son tan grandes, que se tiende a elevar la puesta antes que cubrirse frente a un posible fracaso . Por último, la adaptación del PP al escenario generado por las iniciativas socialistas es muy complicada.
Según van las cosas desembocaremos, a no mucho tardar, en una organización del Estado de índole confederal. En mi opinión, esta confederación no programada, sino más bien sobrevenida, sería inviable.
Estaríamos abocados a un desorden feroz de la vida pública, seguido de la defunción del régimen del 78 y acaso de la extinción de los partidos nacionales. Este horizonte provoca angustia en sectores varios del PSOE. Pero es mortífero a corto plazo para el PP, cuyo rasgo cohesivo es una concepción nacional del territorio. Un PP que hubiese renunciado a sus señas de identidad, se disgregaría en poderes regionales, a mayor velocidad incluso que el PSOE.
El hecho de que las CCAA que ceden renta sean en su mayoría populares, opera a favor de esta hipótesis. Rajoy no quiere esto. Y ha cortado de un hachazo las amarras que atan a su partido a un sistema a la deriva.
Se trata, indudablemente, de una determinación de calado histórico. ¿Saldrá con bien Rajoy de su compromiso? Existen desafíos próximos y potencialmente concluyentes. Un revés en Galicia provocaría en el PP el sentimiento de que se va a perder el combate y activaría galvanismos impredecibles en los engranajes del partido.
Los partidos, aún más que organizaciones destinadas a representar el interés general, son empresas cuya prioridad consiste muchas veces en evitar que crezca el paro entre los profesionales que viven de la política. Rajoy se vería en la necesidad de pedir a los suyos que renuncien a la tentación de pactar en un paisaje mudado. No es seguro que lo consiguiera.
Permanece una segunda cuestión, todavía más importante. El miércoles pasado, Rajoy escenificó de modo consciente la soledad del PP. El PP está solo, rigurosamente solo. Según su propio guión, un guión cuando menos atendible, está solo en defensa de la legalidad.
El caso, sin embargo, es que la defensa de la legalidad, o de un régimen y un pacto vulnerados, no pueden acometerse contra el consenso del resto de los partidos sin apelaciones dramáticas a la patria, la razón o la justicia.
Da lo mismo, en este sentido estricto, que los valores que se evoquen sean moderados. El que se atreva a presentar batalla en nombre de la moderación, se verá precisado a hacerlo de modo progresivamente radical. Incluso revolucionario.
Rajoy sabe todo esto. Razón de más para pensar que el paso recién dado proyecta a este gallego tranquilo a un espacio por entero inédito.
Por Jaime CAMPMANY ABC 15 Mayo 2005
EN décimas espiné-,
pero con versos capá-,
le quiero hacer un retrá-
a Rodríguez Zapaté-.
Sus dos cejas circunflé-
le dan aspecto diabó-,
pero sus azules ó-
lo disfrazan de angelí-,
de modo que su palmí-
se muestra contradictó-.
Sólo esto que aquí dejo llevaba yo escrito de mi retrato en décimas espinelas, que cualquier otro día habré de terminar si Dios es servido de ello y si los versos de cabo roto se me dan como hasta ahora, que me salen solos y como sin querer, cuando me picó la curiosidad de quién será el consejero, o quiénes serán los consejeros que metan al pobre Zapatero en esos berenjenales en medio de los cuales de vez en cuando aparece sin que sepa cómo ni acierte a salirse de ellos.
Y se me ocurre la maldad de imaginar que don Pablos Rinconete Guzmán de Rubalcaba y Alfarache le hace mozcorradas semejantes a las que Lazarillo de Tormes le hacía al malvado Ciego. Digo el Lazarillo clásico, porque el de Cela hacia pocas putadas a sus amos, si es que hizo alguna. Es curioso que a Cela, con ser como Cela era, le salió un Lázaro bondadoso y casi tierno, y las pellejadas se las gastaban a él mucho más que él a los otros del cuento.
Recordad aquel episodio del Lazarillo clásico en que el Ciego, habiéndole metido a Lázaro la nariz en la boca hasta el mismísimo galillo, le olió y le hizo devolver en la cara de su dueño la longaniza que le había robado. La paliza que le propinó el Ciego al muchacho ladrón fue de órdago, y cuando las buenas gentes del lugar se lo quitaron de las manos, las llevaba llenas de cabellos, y Lázaro mostraba las carnes cuajadas de moratones.
Llovía con fuerza de día después de llover toda la noche, y en la plaza de la villa donde estaban los dos, Ciego y Lazarillo, cada uno de ellos más cabrón que el otro, se había formado un regatillo o riachuelo que era necesario salvar, brincándolo, si no se quería meter en el agua los pies hasta los tobillos. Para vengarse de la azotaina, puso Lázaro al Ciego frente a un pilar de piedra que en la plaza había, y le animó a que saltara con ímpetu como para brincar por encima del arroyo sin mojarse. «¡Sus! Saltad cuanto podáis», dijo Lázaro, y el Ciego saltó con todas sus fuerzas, pero en vez de hallar una orilla seca, se abrió la sesera contra el pilar de piedra y quedó en el suelo sangrando.
Esa misma mozcorrada le ha hecho don Pablos Rinconete Guzmán de Rubalcaba y Alfarache a Rodríguez Zapaté- (me sale el verso de cabo roto hasta en la prosa) al incitarle a que se salte el Pacto Antiterrorista de un brinco para encontrarse en la paz con ETA. Mañana tendremos que curarle la molondra.
Por Antonio BURGOS ABC 15 Mayo 2005
VIO las encuestas sobre el debate del estado de la Nación... o de lo que queda de ella. O de la nación catalana. O de la nación vasca. O, puestos así, pues de la nación murciana, que tiene como seña de identidad la lengua más seca que un esparto con la paralización del Plan Hidrológico. (Inciso de disco dedicado de Radio Andorra: esto último de huertana e irrigatoria materia va por Jaime Campmany, hermano mayor de la Cofradía de la Columna, en los ochenta primeros años de su murciana nación.)
Digo que el español de a pie, que suele ser el que no va andando, sino en un pedazo de BMW, vio las encuestas del debate de lo que queda de España y exclamó, perplejo:
-¿Pero cómo sólo el 45 dice que venció Zapatero, que estuvo sobrado, que fue el ganador absoluto de esta vuelta a España que le estamos dando, para que se fastidien los fachas?
Y el otro español de a pie, que tampoco va andando, que es de la infantería motorizada del Audi, también negó la realidad:
-¿Pero cómo que sólo el 30 por ciento dice que ganó Rajoy, si le dijo a Zapatero de todo y por su orden?
Y de ahí no saca nadie a ninguno. Estamos en la España de las burbujas. No me refiero a las burbujas del cava que descorchan en la cárcel los presos de la ETA cuando se enteran que los suyos, o los de su calaña con chilaba, han vuelto a matar. No me refiero a las burbujas del cava catalán boicoteado en las compras de Navidad. Son las burbujas nada inmobilia-rias del pensamiento, los islotes sociológicos. Tan hosco y molesto se está poniendo todo, que cada cual busca acomodo en su burbuja. Lee los periódicos que no le suben el colesterol, oye las radios que no le dan disgustos, no habla de política con desconocidos. Cuanto más resucitan las dos Españas, más se instalan los ciudadanos en cómodas burbujas herméticas. Los círculos cada vez se cierran más, temerosos de una violencia verbal en aumento y de un cada día más difícil ejercicio del pensamiento en libertad. Es el acomodo de la burbuja. El chaval de la antiglobalización se busca una burbuja con sus coleguillas, donde todos piensan que el Papa es un talibán; Bush, el demonio; y que a Manolete, en Linares, lo mató Aznar. El progre Visa Oro que vive del carné se busca la burbuja de sus correligionarios de la modernidad y del progreso, y con los mejores reservas de la bodega del pedazo de chalé celebra el desfile de la victoria de los rentabilísimos «nunca mais» y «no a la guerra» y brinda por el Nobel de la Paz que la ETA le dará a Zapatero en plan Rigoberta Menchú. Y el bicho raro que sigue creyendo en España, en las garantías de la Corona, en la Constitución de 1978, en la Ley Antiterrorista, en los principios éticos de la familia, en la libertad y en otras antiguallas que huelen a naftalina, pues también se recluye en su burbuja, a modo de Doñana, de especie en trance de extinción.
Cada cual cree que España entera es igual que su cómoda burbuja de pensamiento único. En este desfile, todos llevan el paso cambiado, menos los amiguetes de la burbuja cuando se reúnen a cenar y a comentar. Hay mucho que comentar. Por ejemplo, estas burbujas en que se ha transformado la famosa burbuja inmobiliaria, gracias a la cual todo el mundo vive feliz en la burbuja domiciliaria que le permite la burbuja bancaria con su burbuja hipotecaria de interés bajísimo. El Gobierno es una burbuja atrabiliaria que se presenta como la burbuja solidaria gracias a la burbuja telediaria. Son felices todos los que viven en la burbuja beneficiaria, y Zapatero saca su medidor de sonrisas. Quien no sonría pertenece a la burbuja reaccionaria. Mucho hablar de diálogo, y muros de silencio y de descalificación rodean a cada burbuja. Instálese, pues, cada cual en la comodidad de su burbuja, ante la que se nos viene encima: sobre todo cuando el Gobierno pacte con la burbuja bestiaria.
Unas trescientas personas se han concentrado en las Ramblas de Bacelona para protestar ante la sede de la Secretaría General de Política Lingüística por la creación por la Generalitat de las denominadas Oficinas de Garantías Lingüísticas ideadas para que los ciudadanos puedan denunciar a otros por el incumplimiento de la Ley de Política Lingüística, esto es que la rotulación de los establecimientos comerciales o la carta del restaurante, por ejemplo, están en castellano.
Esta es la segunda ocasión que la Asociación por la Tolerancia ha acudido a protestar ante la Secretaría General de Política Lingüística. La primera vez, el pasado 21 de febrero, presentó formalmente una carta ante Pasqual Maragall en la que denunciaba la política totalitaria y excluyente del tripartito en materia lingüística. La carta mereció una escueta respuesta de la secretaría del Presidente Maragall defendiendo su política lingüística y haciéndose cómplice de la sectaria política de ERC, partido encargado de esta parcela en el tripartito.
La concentración, claramente festiva, ha estado presidida por varias pancartas en las que se podía leer "No a una política lingüísta totalitaria" y "Sense discriminacions, con libertad català y castellano dentro de un corazón". Asimismo se han entregado pegatinas con el lema "¿Catalán a la fuerza? Pues... va a ser que no".
- El modelo educativo catalán adopta como lengua única de enseñanza el catalán y que los colegios que emplean el español son sancionados con la pérdida de subvenciones. Es más, la Consejera de Educación de la Generalidad ha anunciado que adoptará medidas contra los colegios que eduquen en castellano, y todos los niños extranjeros que se incorporan a las escuelas catalanas reciben como lengua de acogida sólo el catalán.
- En la señalización viaria de las carreteras que son gestionadas por la Generalidad de Cataluña sólo se utiliza el catalán, a pesar de que la normativa estatal dispone, por seguridad, que las indicaciones deben estar al menos en español, lengua internacional que entienden todos los ciudadanos españoles y muchas de las personas que nos visitan.
- En las indicaciones, rotulaciones de los edificios públicos e instituciones en Cataluña gestionados por las Administraciones Públicas catalanas no existe el español, y los impresos oficiales - salvo muy contadas excepciones- sólo están en catalán.
- Las tiendas y demás establecimientos comerciales son sancionados con cuantiosas multas si colocan sus letreros o imprimen sus facturas o albaranes en castellano.
- La Generalidad ha abierto unas Oficinas que denominan de "Garantías LIngüísticas" (en realidad "de delación", para que las personas puedan denunciar a los ciudadanos de Cataluña que utilicen sólo el castellano en sus negocios, en los impresos de sus comercios, en las cartas de los restaurantes...
- El nuevo Estatuto de Cataluña obligará a todos los residentes en Cataluña (sin excepción) a conocer el idioma catalán, y los que lo desconozcan tendrán menos derechos que aquellos que lo dominen. Es decir, habrá ciudadanos de primera y residentes de segunda.
- Una política lingüística tan agresiva que considera el español como algo ajeno a Cataluña está haciendo de Cataluña una comunidad poco interesante para la inversión extranjera.
«Gara» pidió en su editorial una resolución para dialogar que se materializó «a las pocas horas», según Zaplana
La presentación de la propuesta socialista para abrir un hipotético proceso de diálogo con ETA avala- do por el Congreso parece haber roto las pocas esperanzas de «reconciliación» entre el Gobierno de Zapatero y el Partido Popular.
Madrid- Rajoy ya desveló cuál era su postura en torno a la política antiterrorista de José Luis Rodríguez Zapatero. Incluso el líder del Partido Popular advirtió al presidente del Gobierno durante su cara a cara en el Debate sobre el Estado de la Nación con un «no puedo acompañarle». El enfrentamiento dialéctico traspasó el hemiciclo del Congreso de los Diputados y después de tres días de gestos interpretados como manos abiertas y una vaga esperanza de retomar las relaciones todo se ha quedado en eso, en vagas esperanzas. La presentación de las resoluciones finales tras el debate ha vuelto a destapar las diferencias irreconciliables de los dos principales protagonistas políticos en esta materia que como se intuía, no presentarán una iniciativa conjunta para la lucha contra ETA.
La polémica propuesta del Partido Socialista, en la que Rodríguez Zapatero reclama el aval de la Cámara Baja en aras de un hipotético proceso de diálogo con la banda si ésta entrega las armas, ha sido recibida como un jarro de agua fría por la oposición. Parece que las palabras «estoy dispuesto a olvidar» que pronunció el presidente del Gobierno un día después de su encontronazo con Rajoy; no correspondían a las expectativas populares.
Ayer, el presidente del Partido Popular calificaba la resolución socialista de «torpedo en la línea de flotación» del Pacto Antiterrorista, que no es más que, a su juicio, «una irresponsabilidad». «El único mensaje que habría que enviar a la banda es que deje de matar» y no se confía en que este sea el que remite el Gobierno, lo cual es «inaudito».
El líder popular considera que esta moción deja en evidencia que el Ejecutivo «ha tendido la mano a ETA y no al PP», lo que ha obligado Rajoy a hacer memoria, recordar, y sacar sus propias conclusiones. Hace unos años el Partido Popular y PSOE trabajaban «juntos», hoy los socialistas «han pasado de la política de aislar a ETA, a la de aislar al PP». Por ello, Rajoy opina que esta actitud no es más que «tirar por la borda el pacto por las Libertades y contra el Terrorismo», lo que sin duda es una situación «dramática» y una muestra más del «nulo grado de lealtad» del Gobierno a la oposición, que desconoció el contenido de la resolución hasta hacerse pública.
No hay temor a quedarse solo. La reacción del resto de los partidos, con mayor disposición y menos dramática no asusta al presidente del PP, que aludió a la «conciencia de cada uno» para afirmar que el Partido Popular no teme quedarse solo, y optará siempre por situarse al lado de «millones y millones de buenas gentes» que «no entienden lo que hace el Gobierno» en lugar de posicionarse con «Carod Rovira, Llamazares y los señores de Batasuna». Con este panorama, Mariano Rajoy sigue trabajando para defender el Pacto Anti-ETA y proclama su vigencia. Como aval, la resolución de su partido que pide «ratificar su vigencia» en la mano. Cualquier otra decisión, y de un modo muy acusado si se sigue la línea de la propuesta socialista sería «una barbaridad» y supondría a los ojos de Mariano Rajoy «la rendición del Parlamento» a la banda, un «retroceso histórico en lo mucho que se ha hecho a lo largo de estos últimos años».
En su opinión, abrir un proceso de diálogo es un «disparate de dimensiones colosales» y la iniciativa, demuestra que sus palabras en el Debate del Estado de la Nación no estaban vacías de significado. «existe una estrategia por parte del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para negociar con la banda terrorista», concluyó, según informa la agencia Efe.
ETA pide y el Gobierno da. En la misma línea pero algo más duro se mostró el portavoz del Partido Popular en el Congreso, Eduardo Zaplana, quien dijo estar convencido de que el presidente del Gobierno y su equipo claudican a las exigencias etarras. Como prueba de ello se refirió al editorial del diario abertzale «Gara» publicado el pasado viernes, el mismo día de la propuesta socialista, en el que se especificaba que una resolución en el Debate a este respecto, «sería deseable si realmente Zapatero quiere afrontar la solución del conflicto». Este mensaje directo se materializó «a las pocas horas», recuerda Zaplana, en el polémico texto del Partido Socialista. Estos dictados de la banda son los que han propiciado el «cheque en blanco» que a su parecer representa la moción del PSOE, una moción que también fue definida por el portavoz parlamentario como el resultado de un «corta y pega», al apuntar que contenía «párrafos sueltos» del Acuerdo de Ajuria Enea de 1998 y el de Madrid.
Esta labor de aliñar la iniciativa del Partido Socialista responde en su opinión, a la necesidad por parte del Ejecutivo de poseer «una coartada» ante los ciudadanos, pero cuyo resultado es sin duda el «contrario» al espíritu del texto inicial. A su juicio, la finalidad del primero era luchar contra los terroristas y la propuesta socialista es defender las tesis de etarras y batasunos. Incluso Zaplana los ha definido como un «ejercicio de manipulación, o si quiere, una cobertura para poder justificar su decisión.» que le permite al Gobierno «cumplir las tesis de Batasuna y de la banda terrorista ETA». Zaplana expresó el rotundo rechazo de su partido a «todo lo que sea pactar con los terroristas» o «ceder» ante ellos, porque eso fortalece a la banda terrorista.
«Despreciar a las víctimas». Insistió en que «todo el mundo sabe» que el presidente del Gobierno «desea una negociación» y dijo que, para llevar a cabo su cometido, Zapatero «ha tenido que romper» con el Partido Popular, «despreciar a las víctimas» y «no ha tenido ningún reparo en atender la petición de los terroristas». Con esta moción se culmina la «estrategia» de «querer hablar con ETA» y la banda terrorista se sitúa en una posición más fuerte con una moral mayor» para Zaplana, quien además cree que el único interés de los asesinos es «poner de rodillas a España», lo que deja huérfana de «garantías de futuro al país».
Por último, el dirigente popular destacó que en el texto del Partido Socialista no se menciona el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo suscrito entre PSOE y Partido Popular, así como que, en sus respectivas propuestas de resolución, ningún «socio del Gobierno» haga referencia a las víctimas del terrorismo y haya «muchísimas peticiones de diálogo» con ETA.
«¿Apoyamos o apoyaremos?», la trampa gramatical de la propuesta del PSOE
Madrid- Las palabras, a veces, no son lo que parecen. En la propuesta presentada por el PSOE para recabar el plácet del Congreso para dialogar con ETA, por ejemplo, los tiempos verbales no parece que se hayan elegido al azar. ¿Qué más da –pensarán algunos– un verbo en futuro más o menos? En este caso, mucho. Así lo ha puesto de relieve el escritor Arcadi Espada, quien en su web (www.arcadi.espasa.com) ha desvelado la trampa gramatical que esconde el punto segundo de la propuesta. Una simple falta de concordancia verbal (total, nada, un tiempo presente donde debería figurar en futuro) tiene la culpa. Éste es el texto literal del párrafo clave: «Si se producen las condiciones adecuadas para un final dialogado de la violencia, fundamentadas en una clara voluntad para poner fin a la misma y en actitudes inequívocas que puedan conducir a esa convicción, apoyamos procesos de diálogo entre los poderes competentes del Estado y quienes decidan abandonar la violencia». Esta cláusula condicional, argumenta Espada, «exige el verbo en futuro, pero la política tiene razones que la gramática desconoce. Obsérvese la posibilidad de que la cláusula condicional dejara paso a una cláusula causal, constatativa: “Como se producen las condiciones adecuadas (...) apoyamos”». Por tanto, concluye, «si el Congreso aprueba la propuesta, el Gobierno quedará autorizado a iniciar un proceso de diálogo con los terroristas sin necesidad de que los terroristas anuncien su abandono de las armas. Bastará con que lo anuncien los periódicos».
desde mayo del 2003
Las cuatro explosiones registradas esta madrugada en cuatro empresas de las localidades guipuzcoanas de Beasain, Vergara, Elgoibar y Soraluce, elevan a 20 el número de artefactos explosivos colocados por la banda terrorista ETA desde mayo de 2003 contra empresas vascas o con sede en Euskadi.
Tras el atentado que acabó con la vida de dos policías nacionales en Sangþesa (Navarra) en mayo de 2003, la banda terrorista ha colocado un total de 19 bombas, en su mayoría de escasa potencia, y un coche bomba dirigidos contra empresas vascas o ubicadas en Euskadi, además de otras acciones terroristas contra intereses turísticos en la zona de Levante y en la costa cantábrica.
El pasado 27 de febrero, la banda terrorista colocó en una residencia de trabajadores del BBVA en Villajoyosa (Alicante) un artefacto de escasa potencia que provocó daños materiales en el recinto. La explosión se registró treinta minutos después del aviso de un comunicante anónimo al diario 'Gara'.
Un mes antes, el 8 de enero, ETA hizo estallar tres artefactos, también de escasa potencia, en las localidades guipuzcoanas de Ordizia y San Sebastián y en Bilbao. La bomba de Ordizia estaba colocada en el exterior de una empresa de una empresa de grúas, mientras que el artefacto de Bilbao estaba situado a las puertas de un concesionario de automóviles y el de San Sebastián, en los bajos de un camión de la compañía de transportes DHL. Las tres explosiones provocaron daños materiales y todas ellas se produjeron tras el aviso al diario 'Gara' por parte de un comunicante anónimo que hablaba en nombre de ETA.
La banda terrorista también ha tenido como uno de sus reiterados objetivos las empresas inmobiliarias en Euskadi. En noviembre de 2004, hizo estallar una bomba, compuesta por un kilo de explosivo, en el exterior de una agencia inmobiliaria de Bilbao, causando daños en la fachada y en la puerta del establecimiento. En esta ocasión, la detonación no vino precedida de aviso alguno sino que fueron los vecinos de la zona quienes alertaron de lo sucedido a la Ertzaintza.
Un día antes, ETA colocó otro artefacto también compuesto por un kilo de explosivo en una inmobiliaria de San Sebastián situada en la calle Pescadores Terranova, provocando importantes daños materiales en el establecimiento. A la banda también se le atribuye la colocación de una bomba que estalló el 16 de noviembre en una inmobiliaria ubicada en el barrio donostiarra del Antiguo, causando un pequeño incendio que fue posteriormente sofocado sin que se registraran víctimas ni heridos.
En septiembre de 2004, la banda colocó un artefacto explosivo, compuesto por dos kilos de cloratita y dinamita 'Titadyne', en una torre de Red Eléctrica Española en la localidad guipuzcoana de Irún. Tras recibir el aviso de un comunicante anónimo al diario 'Berria', la Ertzaintza consiguió desactivar el explosivo.
Ya en 2003, ETA hizo estallar dos artefactos colocados en dos vehículos de una empresa de transportes vasca en Irún, provocando un incendio que destruyó otros doce vehículos. La empresa ya había sufrido anteriormente otras acciones de la banda. En agosto de ese mismo año, los etarras colocaron otro artefacto en la puerta de un concesionario de Lejona (Vizcaya). La deflagración, que se registró minutos después del aviso de un comunicante anónimo a la DYA, provocó daños en tres turismos del concesionario y en el expositor.
En julio de ese mismo año, la Ertzaintza consiguió desactivar una bomba, compuesta por unos cinco kilos de cloratita, colocada en una empresa de transportes en Azcoitia (Guipúzcoa). La banda terrorista hizo estallar días antes, el 6 de julio, una bomba de escasa potencia colocada en los bajos de un camión de la empresa de transportes Azkar en Vizcaya. A principios de ese mismo mes, ETA hizo estallar un coche bomba cargado con un total de quince kilos de dinamita 'Titadyne' en las instalaciones de Iberdrola en el barrio bilbaíno de Larrasquitu. El artefacto, que explotó 40 minutos después del aviso de un comunicante a 'Gara', llevaba inscrito los nombres de dos etarras muertos cuando estalló una bomba que transportaban en su vehículo.
Durante el mes de junio, tras el asesinato de dos policías nacionales en Sangþesa (Navarra), la banda terrorista colocó dos bombas, la primera de ella en otra instalación de Iberdrola en Vizcaya y la segunda en un hotel de Getxo, deflagraciones ambas que no provocaron heridos ni víctimas mortales.

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