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Timestamp: 2018-04-24 02:55:45+00:00

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Socialismo | El Hidalgo Rural Cubano
La Derecha en Cuba.
Posted on April 13, 2018 by hidalgoruralcubano
El Cowboy Verraco.
No hay peor defensa que el repliegue a las posiciones a las que el enemigo desea llevarnos. La mejor defensa será siempre el ataque, desplazar al contrario de sus fortalezas y dejarlo inerme, expuesto en medio de la llanura al ataque de nuestra caballería.
En los últimos cuatro años, entre cubanos, se ha debatido mucho sobre la existencia de un centrismo político, desde el cual algunos pretenden evitar ciertos sambenitos que el castrismo ha conseguido colgarle a todo aquel que no se declare seguidor disciplinado suyo. Pero, ¿y no será más productivo y más acorde con la verdad debatir sobre el derechismo? O sea, ¿no será más realista que intentar colocarse en una posición defensiva aparte, “éticamente” limpia de las acusaciones con que el castrismo fulmina a quienes “no están con él”, el tratar de sacarlo de la colina en que se ha encastillado?
Para ello debemos comenzar por un claro deslinde.
Forma parte de la izquierda política todo aquel individuo, movimiento o partido, que defiende en primer término el que se amplíe la soberanía a toda la sociedad en cuestión; o sea, el que está porque el mayor número posible de individuos tengan el derecho y la capacidad real de decidir sobre los asuntos comunes. En segundo término, aquel que está porque todos los individuos disfruten de la más completa igualdad de oportunidades, de modo que solo las diferencias naturales influyan en el lugar del que cada uno logre hacerse en su sociedad.
La derecha, por contraposición, se caracteriza en primer lugar por su idea de que lo aconsejable es dejar la capacidad de decisión sobre los asuntos comunes en manos de una élite; en definitiva por limitar lo más posible la soberanía. Un principio suyo que, por cierto, rara vez expresa de manera explícita en la contemporaneidad. Y dado que la derecha defiende los privilegios en el momento actual, y es de humanos desear traspasar a los descendientes todo lo que al presente se disfruta, sobre todo los privilegios, es claro que tampoco está por la igualdad de oportunidades.
Es evidente que en Latinoamérica hay hoy fuerzas políticas que caen dentro de la definición de derecha arriba detallada. Las cuales mediante trucos legales, la manipulación mediática, y en última instancia la fuerza bruta, pretende conservar el histórico privilegio de las oligarquías en la toma de las decisiones. La brasileña quizás sea la más estereotípica derecha del subcontinente, lo que queda demostrado en los más recientes golpes de estado que ha protagonizado: parlamentario contra Dilma Rousseff, y legal contra Lula da Silva; o en sus devaneos descarados con los milicos y los fundamentalistas cristianos.
Pero al interior de Cuba también hay al menos una fuerza que puede ser identificada como de derecha: la castrista.
No obstante, por un fenómeno muy corriente en las relaciones entre corrientes políticas de países diferentes, esa derecha cubana ha tendido siempre a aliarse no con los sectores derechistas latinoamericanos, sino con los de la izquierda occidental.
No son algo nuevo estas extrañas alianzas transfronterizas. Recordemos que los mejores aliados de los rebeldes americanos en 1783 fueron nada menos que las retrógradas monarquías francesa y española, retrógradas si se las compara con la monarquía parlamentaria inglesa contra la que luchaban Washington y el Congreso Continental; que no pocos progresistas del Tercer Mundo prefirieron no pronunciarse contra la Alemania Hitleriana (Gandhi), que otros llegaron hasta expresar su pésame por la muerte de Hitler (Éamon de Valera), o que el movimiento bolchevique no encontraría en 1917 un mejor aliado que el Káiser Guillermo.
Tiene esto que ver con dos razones diferentes, que convergen en definitiva: En el caso de las derechas, las ideologías asumidas, exclusivistas por esencia propia, no tienen un carácter universalista, sino que representan los más bastos intereses de una élite, las cuales por lo tanto se aliarán a quién sea para protegerlos. En el de las izquierdas, aunque sus objetivos si son universalistas, sin embargo el hecho de que proponen algo nuevo, desacostumbrado, y por lo tanto bajo ataque del mayoritario pensamiento tradicionalista que predomina en toda sociedad, se verán obligadas a asumir sin muchos remilgos los aliados que puedan surgirle de más allá de sus fronteras.
En el caso de la derecha el que en lugar de principios haya intereses dota a esta de una gran flexibilidad en la conformación de sus alianzas; en el de la izquierda es la necesidad de quien es acosado desde todas partes quien obliga a no andarse con miramientos.
No se puede, por lo tanto, definir para qué mano tira en Cuba un individuo, un movimiento, o un partido, solo al tener en cuenta sus aliados más allá de las fronteras cubanas. No tiene ningún fundamento histórico pensar desde la Argentina, México o Chile, que en Cuba gobierna una izquierda solo porque esta se mantiene más próxima a la izquierda nacional que a la derecha. Solo se puede llegar a tal definición mediante el análisis de la actitud que ante la soberanía y la igualdad mantiene el individuo, movimiento o partido en cuestión.
En este sentido un análisis somero muestra lo correcto de clasificar al castrismo como una derecha: Los integrantes del gobierno actual, el cuadro administrativo y quienes proveen de justificaciones ideológicas al régimen castrista, periodistas e intelectuales “orgánicos”, forman una apretada élite política, social y hasta económica, que defiende con uñas y dientes sus privilegios. El principal el monopolio absoluto sobre la soberanía, el cual se mantiene gracias a un sistema político-electoral que reduce a cero la capacidad real de las grandes mayorías para decidir sobre los asuntos comunes.
Un sistema político-electoral ambiguo, en que por un lado se establece la soberanía popular en los artículos 3 y 131 de la Constitución, y por otro, como en el 5, que existe una vanguardia, una élite, que es la fuerza dirigente superior de la sociedad. En que el artículo 69 reconoce que la Asamblea Nacional es el órgano supremo del poder del estado, y a su vez el 93 le cede al Presidente del Consejo de Estado poderes de Monarca. En el que la Ley Electoral establece una de las formas más democráticas para nominar y elegir a unos concejales de barrio dotados de escaso poder real al interior del centralizado y piramidal estado cubano, al tiempo que a los diputados de la Asamblea Nacional se los nomina y elige mediante una mascarada.
En el que en fin, hay libertad de queja ante las autoridades, al menos según el artículo 63 de la Ley de Leyes, pero también una hipertrofiada policía política que analiza los motivos ocultos tras cada queja, y que al haber establecido relaciones demasiado próximas, de intercambio de favores, con las autoridades cuestionadas, tiende a protegerlas de las demandas con celo digno de mejor causa, hasta convertir cualquier inocente reclamo en un delito de “colaboración con el enemigo”.
Es de agregar que el núcleo duro del castrismo, llevado contra las cuerdas, y sobre todo en esos discursos más persuasivos que solo se dirigen al interior del país, no tiene escrúpulos en reconocer que en la realidad política limita la soberanía del pueblo cubano. En el discurso habitual de los más sinceros derechistas, que conformarían el bloque de extrema derecha, y el verdadero poder, se reconoce que se controla por quienes saben qué es lo mejor para todos (ellos), porque las mayorías no lo saben, ni nunca lo sabrán. Porque dejado Liborio a su libre albedrío lo primero que haría será el desembarazarse de ellos, los que saben (una pérdida concreta, una contrariedad real a sus intereses, que no puede más que molestar y preocupar), para entregar, atada de pies y manos, la Nación al Imperio (la racionalización, la justificación intelectual de por qué molesta y preocupa ese intento de limitar el privilegio del que se disfruta).
Por otra parte el castrismo, heredero de Rousseau más que de Marx, nunca ha estado por la verdadera igualdad. El castrismo presupone la necesidad de la existencia de una autoridad supra-social, cuya función sea la de recortar las anormalidades-fluctuaciones naturales que constantemente surgen en el cuerpo de todo sistema igualitario, y así ponen en peligro la igualdad impuesta desde arriba.
Es por lo tanto uno de los sistemas sociales más inequitativos, aquel que divide a la sociedad de manera radical entre igualadores e igualados, entre vanguardia y seguidores, entre dominantes y dominados. Un sistema que al no establecer saludables normas como las dictadas por la Iglesia Católica, en 1059 y por inspiración del futuro Gregorio VII, para impedir la reproducción sexual del clero “conductor del rebaño”, rápidamente evoluciona hacia un sistema estamentario en que los derechos de igualador se heredan de padres a hijos (el castrismo quizás habría estado bien, pero solo si los castristas antes hubiesen admitido castrarse).
La consecuencia es clara hoy: Para casi cada destino clave, o de estatus social elevado, como los relacionados con la oficialidad del ejército, la membresía oficial en la todopoderosa Seguridad del Estado (chivato con carnet, sin embargo, es todavía accesible a cualquiera), el cuerpo diplomático, o para conseguir trabajar en un sinfín de empresas e instituciones estratégicas, es un requisito cada vez más decisivo tener antecedentes familiares de incondicionalidad revolucionaria.
El problema no es si en Cuba hay o no, al presente, un centro político, el cual supuestamente cuenta con absoluta independencia del afuera. Algo por demás imposible, aun en los EE.UU., donde los intereses extranjeros manipulan mediante muchísimo dinero la política de la potencia mundial hegemónica, a través de cabilderos y hasta de tanques pensantes –muchos de ellos comprados por dinero saudí. Una independencia con cuya demostración los supuestos centristas pretenden librarse de los sambenitos que el castrismo ha conseguido lanzar sobre todos los que lo enfrentamos de manera abierta. El problema de raíz, el que debe ser atacado, es que en Cuba tenemos una derecha camaleónica, que suele dárselas de izquierda.
Una derecha incapaz de ceder, que se opone y se opondrá siempre, no importa las carantoñas que le hagamos, a lo que todos los demás queremos para Cuba.
Una derecha que histórica e histriónicamente ha sabido enlazar sus intereses a los de las izquierdas occidentales, y que ahora intenta hacer una jugada maestra: Pretende, sin romper esos lazos, acercarse también a las derechas.
Se impone cerrar filas ante esa derecha, no desgastarnos en discusiones bizantinas que lo que hacen es llevarnos al terreno teórico preparado de antemano por ella, admitiendo falsos, equívocos supuestos, que ella misma ha sabido imponernos.
Porque el asunto no es jugar según sus términos y categorías, sino según los nuestros.
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Las muchas paradas de la Zafra en Villa Clara.
A fines de febrero pasado se reajustó el plan de Zafra 2017-18 en Villa Clara, aunque no a la realidad. De más de 180 000 toneladas de azúcar, la provincia ahora solo deberá producir 136 000, un número que no obstante está muy lejano de sus posibilidades reales.
A un mes de esa decisión la provincia solo había alcanzado el 35% de cumplimiento del nuevo plan, mientras para el pasado 5 de abril, a mes y medio, aún se lucha por acercarse al 50%.
Las paradas han sido una constante en esta cosecha. De hecho centrales como el Constancia, al sur de Encrucijada, que sintomáticamente se mantuvo más de 24 horas sin que su chimenea humeara a principios de esta semana, han estado parados durante un tiempo comparable al que han molido.
En algunos centrales, como en el Panchito, los directivos han achacado las continuas paradas a la falta de camiones. En lo que hay algo de verdad, aunque debe de aclararse que la realidad es como siempre mucho más compleja de lo que un miembro del empresariado castrista puede alguna vez concebir:
Los camiones no alcanzan, es cierto, pero por la desorganizada ubicación de los campos de cañas, y sobre todo por las enormes distancias a que suelen localizarse de los centrales. En Placetas, un municipio que perdió todos sus centrales, se puede ver a menudo camiones con dos remolques que se dirigen hacia centrales nunca a menos de 20 kilómetros de los cortes.
Es esta para nada óptima distribución de la materia prima la que estira más allá de sus posibilidades la capacidad de una flota de camiones que, en caso de una más racional distribución de los cortes, seguramente bastaría para las pequeñas zafras que hoy se hacen en Cuba.
Las autoridades achacan además las constantes paradas a los enormes volúmenes de materias extrañas, tierra por sobre todo, que las nuevas combinadas Case hacen llegar a los basculadores. Algo que cabía esperarse a consecuencia del paso del Huracán Irma en septiembre. Entonces la fuerza de los vientos sostenidos por horas y horas aplastó la mayor parte de los cañaverales, con lo cual la caña quedó en una postura para la que estas modernas máquinas no parecen estar preparadas.
Cabe preguntarse si era necesario utilizar estas máquinas para una zafra tan pequeña, y si con las veteranas KTP, y unos quinientos cortadores manuales para los campos más enmarañados, a quienes se les pagara a razón de 12 dólares por 500 arrobas cortadas al día, no habría bastado para tratar de manera efectiva con el lamentable estado de la materia prima.
No obstante el verdadero problema en esta Zafra villaclareña, y la causa de las constantes paradas, no es otro que la falta de cañas. Un problema que dejó la decisión de cumplir a cualquier precio el plan de la Zafra pasada: Aun al precio de no dejar mucha caña para la siguiente.
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De trabajos voluntarios, globos y referendos.
Posted on April 6, 2018 by hidalgoruralcubano
Según el semanario de la CTC, Trabajadores, 70 000 villaclareños participaron el pasado domingo 1 de abril en la Jornada Nacional de Trabajo Voluntario.
O sea, uno más o menos de cada 10 habitantes de esta provincia se sumó a la movilización. Un número que resulta poco creíble para quienes vivimos aquí, y este domingo salimos a la calle desde muy temprano.
Pero si bien el número de participantes no parece concordar con el ambiente de la calle, donde ni se vieron camiones y guaguas camino de la agricultura, ni centros de trabajo en labores de “limpieza y embellecimiento”, los resultados sí parecen confirmar algo que ya hemos dicho: Los trabajos voluntarios tienen la nociva consecuencia de malacostumbrar al trabajador a la bajísima productividad de que suele hacerse gala en los mismos.
Tengamos en cuenta que según Trabajadores los resultados de este trabajo voluntario fueron la siembra de 25 ha de caña, y la recogida de 650 quintales de papa. Lo que equivale a decir que cada uno de los 70 000 movilizados recogió algo menos de una libra de papas, y sembró poco más 15 pedazos de caña en 7 metros de un surco.
Todo un logro en la promoción de la vagancia en Cuba.
Preguntémonos ahora cuánto se gasta en movilizar a 70 000 personas. Seguramente mucho más de lo necesario para organizar uno de los 2 referendos que deberían convocarse anualmente en Cuba, una supuesta democracia directa.
Para sembrar 25 ha de caña, y recoger 650 quintales de papas, unas 30 toneladas, no se requiere movilizar a más del 20% de la población laboral de Villa Clara. Con menos de 300 trabajadores se realiza cualquiera de las dos actividades, en una jornada normal de trabajo, y dadas las condiciones atrasadas del campo cubano.
No se requiere para ello movilizar a tantos villaclareños, o al menos pretenderlo en esos informes que se comienzan a inflar desde la base hasta llegar a globos inmensos al llegar a la oficina de Raúl Castro.
Sería más educativo para nuestro pueblo, en un pleno sentido cívico, y más conveniente para el realista gobierno de este país, que el tiempo que hoy se gasta en ejercitar la infinita capacidad de mentir del cuadro administrativo castrista mediante la convocatoria a trabajos voluntarios, se empleara en su lugar en organizar referendos. En los cuales se le pida la opinión al ciudadano aun sobre los asuntos de apariencia más nimia.
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¿Elegiremos en Cuba, este 11 de marzo, a quienes eligen al Presidente?
Posted on February 22, 2018 by hidalgoruralcubano
En Cuba los ciudadanos no elegimos directamente al Presidente. Pero, ¿acaso elegimos a aquellos que de modo indirecto lo eligen a él: los Diputados a la Asamblea Nacional?
Los cubanos solo ratificamos, y de manera muy condicionada, la lista de candidaturas que las Comisiones de Candidatura y las Asambleas Municipales del Poder Popular (AAMM) nos presentan el día de las elecciones (este 11 de marzo).
Tras un nada claro proceso, las Comisiones de Candidaturas presentan para cada municipio, o distrito donde lo haya, una lista integrada por no menos del doble de los Diputados que le corresponda elegir a cada municipio o distrito. En dicha lista los Delegados a las Asamblea Municipal no deben exceder de un cincuenta por ciento del total (art 87).
Dicha lista es entonces, y solo entonces, sometida a la Asamblea Municipal correspondiente, la cual escogerá de entre ella a un número igual de candidatos a Diputados a la Asamblea Nacional que el que le corresponda a cada municipio, o distrito, donde lo haya. Con la expresa condición, instituida en el artículo 93 de la Ley Electoral, de que nuevamente solo hasta un 50% de los Diputados podrán ser nominados entre los Delegados a la Asamblea Municipal.
Medida esta última que, por el hecho de que algunos municipios y distritos tienen designado un número impar de candidatos a dicha asamblea, obliga en ellos, para no exceder el referido 50%, a dejar la proporción por debajo de ese porciento.
Así, en el caso de 3 nominados solo uno podrá provenir de la legítima 1ª etapa del Proceso Electoral Cubano, ya que si se hubieran escogido dos corresponderían al 66,66%, lo que conlleva a su vez que la representación legal en este caso solo pueda ser del 33,3% (en el caso de 5 candidatos, del 40%). Lo que en consecuencia conlleva a que nuestra Asamblea Nacional nunca llegue a tener entre sus integrantes una mitad de individuos electos durante la etapa de nominación directa en los barrios, sino siempre un poco menos (esta vez poco menos de un 47%).
Esta lista de candidatos escogidos por la Asamblea Municipal es la que finalmente se somete a referendo entre la ciudadanía con derechos electorales en el municipio; o distrito, donde lo haya. Y decimos referendo y no elección porque resulta evidente que con un solo candidato por plaza nuestro votante solo podrá aprobar, o desaprobar, y no escoger entre opciones diferentes.
Pero quizás sería mejor ni tan siquiera hablar de referendo. Y es que en todo referendo en que se juegue limpio se dan siempre dos opciones válidas: aprobar, o desaprobar. Si la suma total de votos desaprobatorios supera a los aprobatorios se considera a esa primera opción la vencedora, y a la propuesta llevada a referendo rechazada. O sea, de esta forma quien pone a referendo juega limpio, ya que deja abierta la opción de perderlo, al aceptar como voto válido el voto desaprobatorio.
Mas en el “referendo” en que las Asambleas Municipales cubanas exponen a sus votantes sus propuestas de candidaturas a Diputados a la Asamblea Nacional, no se le deja abierto más que un mínimo resquicio a la opción perdedora. Lo que ocurre al dejarle a los votantes una única posibilidad válida de voto, la de marcar con una “x”, y convertir a la otra, la de dejar en blanco (ya que no hay ninguna casilla para oponerse a la propuesta), o voto por completo contrario a la propuesta, en voto no válido.
Que el voto en blanco es considerado no válido, lo demuestra una rápida lectura del artículo 116 de la Ley Electoral, en especial en el siguiente fragmento: “…así como, en paquetes separados y debidamente sellados y rotulados, las boletas válidas, las votadas en blanco, las anuladas, las no utilizadas…”, o una más detenida de los artículos 113 y 114. En estos artículos se establece, de manera nebulosa no obstante, que para el acto del escrutinio público se separan en un primer momento las boletas en blanco de las que aparecen votadas, y que es del cómputo solo de estas últimas, tras separar las que anule la Mesa del Colegio Electoral por no conseguir determinar la voluntad del votante, que se obtiene la votación obtenida por cada uno de los candidatos.
Es en definitiva tan evidente el escamoteo del voto en blanco, que en nuestra Ley Electoral el legislador no se atreve, como en cualquier otra, a hacer explícito en un solo artículo cuál es para ella el voto válido. En su lugar “da a entender” cuál es el voto válido de manera implícita y disgregada en varios artículos del Título VI, Capítulo I, sección tercera (para entender cuál es el voto válido hay que hacer una interpretación de varios artículos).
Para ocultar el escamoteo del voto en blanco, y por lo tanto la sustracción casi completa del derecho del elector a elegir a sus Diputados a la Asamblea Nacional, se echa mano de una argucia jurídica: La de que aunque solo existe un candidato por plaza, sin embargo los electores son siempre convocados a votar por una lista. O sea, la boleta del elector siempre contiene el nombre de más de un candidato a ser ratificado en su plaza en la Asamblea Nacional. A la vez que a dicha boleta se le agrega una casilla circular, en su parte superior, en que el si el elector simplemente desea ratificar la propuesta completa que se le ha presentado puede hacer una cruz: el llamado Voto Unido.
Esta pluralización de las candidaturas sometidas al elector, que por tanto siempre se verá representado por más de un Diputado (en Encrucijada por dos, en Placetas por tres), sirve como hemos dicho para hacer menos evidente el escamoteo del voto en blanco. Y es que habría sido el colmo que en una boleta con un solo candidato a ratificar, o no, este último voto fuera declarado no válido.
En una situación semejante salta a la vista que nunca ningún candidato obtendría menos del 100 % del voto válido (a menos que absolutamente nadie marque sus boletas, en cuyo único caso el voto válido sería del 0%).
No obstante debe aclararse que al pluralizar las candidaturas a ser ratificadas o no por el elector, al tiempo que se mantienen como válidas solo las boletas en que se haya votado por todos los candidatos, o por alguno, no se eliminan totalmente las fuertes distorsiones que provoca el escamoteo del voto en blanco. En realidad, aunque con más de uno por boleta se abren algunas puertas a la derrota de la propuesta, parcial o completa, es tan baja la probabilidad de que ello ocurra que resulta en definitiva despreciable.
Así, el sistema cubano de ratificación de los candidatos a Diputados a la Asamblea Nacional, acarrea el “milagro” de que solo en un caso muy extraordinario la propuesta completa pueda ser derrota. Lo cual ocurrirá, al menos para el caso de dos candidatos por boleta, si ninguno de los votantes se decide por ejercer el voto unido y en su lugar dividen de manera exacta sus votos entre los presentes en la boleta, 50 y 50.
De hecho el más probable resultado de que solo fuera derrotado uno, o algunos de los candidatos, al obtener menos del 50 % de los votos admitidos como válidos, tiene aun tan pocas probabilidades de ocurrir que en 5 elecciones generales, y con poco más de 3 000 puestos legislativos a aprobar en ellas, nunca se ha dado.
Para que se entienda en concreto: En el caso de una boleta que solo contenga dos candidatos a ser ratificados, uno de ellos será rechazado solo si la suma de los electores que han votado únicamente por el otro candidato es igual o mayor que la suma del voto unido y los que únicamente hayan votado por él. Algo que solo se conseguiría si el mayor número posible de electores se pusieran de acuerdo, no hicieran uso de la casilla del voto unido y en su lugar seleccionaran un solo candidato, negándose a marcar en la casilla del otro. Por ejemplo, al seleccionar al candidato que integra su AM del PP, y al negarse de paso a votar por el que no pertenece a ella.
El Voto Selectivo, un voto castigo a todo el sistema político-económico.
Tal mecanismo electoral, asentado sobre el escamoteo del voto en blanco, permitiría el disparate siguiente: Imaginemos un municipio o distrito con 35 000 electores registrados, en que hayan dos candidatos en boleta. En el mismo podría darse como resultado el 100% del voto válido, sin faltarse a la más estricta legalidad, si es que el electorado en pleno, menos un solo elector, decidiera votar en blanco por oponerse a la propuesta completa. Bastaría con que ese único elector votara por todos los candidatos, al hacer uso del voto unido.
¿Pero qué ocurriría en el caso muy improbable de que alguno de los candidatos no consiguiera obtener la mayoría simple de las boletas válidas?
Quizás en ningún otro lugar de nuestra ley Electoral se pueda percibir con más claridad el absoluto propósito de no dejar ningún cabo suelto, que en lo legislado para este caso.
El artículo 125 establece que en el supuesto de que “queden plazas vacantes por cualquier causa, se concede al Consejo de Estado las facultades siguientes: a) dejar la plaza vacante hasta las próximas elecciones generales, b) asignar a la AAMM del PP, constituida en Colegio Electoral, la función de elegir Delegado a la AP o al Diputado a la AN del PP, c) convocar nuevas elecciones”.
O sea, que en primer lugar no es obligatorio consultar de nuevo a unos electores tan reacios, y en segundo que la absoluta potestad de determinar si se les consulta o no, si se dejan las plazas vacías o no, no depende del máximo órgano electoral, la Comisión Electoral Nacional, sino del Poder Ejecutivo (este por lo tanto se abroga el poder de decidir en última instancia sobre la elección de quienes tienen la función de elegirlo).
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Naturaleza de la Revolución Cubana.
Posted on July 23, 2014 by hidalgoruralcubano
Para quien conozca el negativo desempeño económico de Cuba durante el último medio siglo, la sobrevivencia hasta hoy de la clase política en el poder desde el 2 de enero de 1959 resulta una paradoja. ¿Cómo es que ha logrado permanecer allí, a pesar de la difícil coyuntura que le sobrevendría a raíz de la desaparición de la “comunidad socialista mundial”, la que, según el artículo 11 de la Constitución de 1976, era una de las premisas fundamentales de la independencia y desarrollo en todos los órdenes de la República de Cuba?
Tal paradoja debe de ser explicada si es que queremos pensar nuestro futuro; y para lograrlo, para comprender en esencia en qué ha consistido, cuáles son en un final sus claves profundas, nada mejor que ubicar al proceso revolucionario cubano en su correcto lugar dentro de otros procesos semejantes ocurridos durante el siglo XX.
Durante el mismo, lo fundamental político a escala global ha sido la contraofensiva del mundo periférico ante el avance globalizador que, bajo la égida del núcleo de occidente (Inglaterra, Francia, los EE.UU.), se había venido dando desde fines del siglo XVIII. En este sentido, los procesos soviético, chino o iraquí comparten la misma esencia última: La resistencia de lo que va quedando de las antiguas sociedades ancestrales y extraoccidentales, revitalizada por la que ahora ofrecen sus nuevas elites intelectuales, a medias occidentalizadas, ante el perfilamiento de un Estado o al menos un Mercado Mundial con su centro en las grandes capitales del mundo occidental.
El caso particular ruso, por ejemplo, es un ejemplo paradigmático de lo dicho arriba. Allí, en la coyuntura de una terrible crisis provocada por la evidente inferioridad rusa, cultural, económica y social, para enfrentar en una guerra a una nación occidental moderna, una minúscula minoría se ha hecho con el poder. Más que por cualquier otra consideración, lo ha logrado por una muy simple razón: Es la única facción política que ha admitido sacar al país de inmediato de la 1ª Guerra Mundial, sin cuidarse de la opinión de sus aliados franceses, británicos y norteamericanos. Actitud que le ganará el incondicional apoyo del gigantesco ejército no profesional, conformado en lo fundamental por reclutas campesinos, que en ese conflicto ha puesto la mitad de las bajas (de 8 millones de muertos, casi 4 corresponden al ejército ruso; aun cuando solo habrá peleado durante tres de los cuatro años que dura el conflicto). Apoyo que a partir del 7 de noviembre, al hacerse los bolcheviques con el poder en Petrogrado, se manifiesta de un modo harto suigeneris: los soldados demostrarán su apoyo a los bolcheviques nada menos que con los pies, ya que de inmediato los ejércitos comenzarán a ser desertados en masa.
El nuevo poder que se formará en Rusia a continuación no será uno de obreros y campesinos, aunque individualmente una parte de sus miembros provengan de dichas clases, sino el de una minoría consciente de la necesidad de modernizar al país, al menos en unos pocos aspectos claves para mantener viva una pretendida “rusidad” frente a los embates de la “occidentalidad”. Una nueva elite que justificará su existencia y poder ante la historia al mostrarse mucho más eficiente que la que le precedió en aprovechar, de lo creado por Occidente en la Modernidad, aquello que le es útil para mantener a la sociedad rusa atada a sus maneras ancestrales profundamente despóticas y antidemocráticas (industrialismo relacionado de modo directo con el abastecimiento del ejército y con su organización, técnicas policiales… pero también, y por sobre todo, una ideología tan ambigua como el marxismo, que a pesar de presentarse como la quintaesencia del progresismo, se demostrará en las realidades del siglo XX más útil para armar sociedades a la usanza faraónica que a la post-capitalista). Una elite que en definitiva cumple ese cometido casi tan eficientemente como la que encabezó Pedro el Grande, dos siglos antes.
Ahora, ¿preguntémonos si, contra la opinión general, cabe ubicar al proceso revolucionario cubano aquí, junto al ruso-soviético, y entre los procesos chino e iraquí?
Lo primero que nos saltará a la vista al compararlo con aquellos y en específico con el someramente analizado más arriba, es el hecho de la mucha mayor participación política en el nuestro. Si en el ruso-soviético son unas minorías que ganan el poder mediante promesas sencillas, prosaicas si se quiere (pan, paz y tierra), en medio de una situación de crisis profunda y lo fundamental, palpable, para ejercerlo casi en seguida en solitario, y por medio del terror indiscriminado, en Cuba no ocurre de igual modo: el poder se ha establecido no mediante una hábil componenda política armada sobre el hambre o las vicisitudes de una guerra atroz, sino gracias a la anuencia consciente de una mayoría de la población (quien lo dude puede consultar los surveys de la revista Bohemia, a inicios y mediados de 1959).
La diferencia esencial, la que sitúa al proceso cubano en otro grupo muy distinto, es que al contrario de la a medias asiática Rusia, por no decir China o Iraq, Cuba es una nación occidental, con un maduro proceso de individuación. Solo que una nación occidental secundaria, pequeña, de escasa población, incapacitada para la autarquía económica y a la vista casi de las costas de la que, a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, se haya llamada a convertirse en la nación central del proceso globalizador: Los EE.UU. Y esta diferencia en cuanto a niveles de individuación se nos transparenta en que si, como entrevimos, en Rusia la conciencia de la desventaja y relegación nacional por el avance de un proceso homogeneizador no concebido desde la “rusidad”, sino desde la “occidentalidad”, solo se dan en una minoría, muchos de los miembros de la cual, por otra parte, solo llegan a esa conciencia en medio y a consecuencia de su ejercicio del poder, en Cuba la conciencia de la inferioridad de facto del cubano ante una de las facetas de lo occidental, lo americano, es más bien un (re)sentimiento nacional a partir de 1901.
A diferencia del ruso, cuyo completo mundo coincide con la docena de verstas cuadradas de tierra en que se desenvuelve su vida, el cubano, cuyos ascendientes en algún momento han cruzado al menos un océano, lo fue desde un inicio por su ansia consciente de abrirse al mundo, por su clara aspiración a desembarazarse de los rígidos corsés que le imponía la mentalidad española. Y en la concreta satisfacción de tal ansia, no es extraño que comenzáramos a crearnos a conciencia una idiosincrasia propia que completara la que ya de hecho iba distinguiéndonos de matritenses, sevillanos, leoneses o aun canarios. Lo que conllevó a su vez buscar modelos más allá de nuestras costas en aspectos no tan prosaicos y automáticos como el comer, el andar o el decir. Así, por ejemplo, los proyectos políticos y económicos cubanos de mediados del siglo XIX, que mantendrán de alguna manera su vigencia hasta los primeros años del XX (con exactitud hasta la crisis financiera de 1920, que dio fin a las “vacas gordas” y comienzo a las “flacas”), imitarán abiertamente primero, y hallarán luego su inspiración en las formas que la política y la economía han adoptado en la única nación americana independiente que no ha terminado en un estado fallido para esa fecha, y en que sus habitantes viven constatablemente mucho mejor que sus ancestros de antes de la independencia: los Estados Unidos de América.
Y es en la búsqueda de realizar dichos proyectos políticos y económicos que nos habremos de lanzar a nuestra Guerra de los Treinta Años (1868-1898) por la independencia. Guerra sin comparación posible en las guerras humanas, por sus marcadas desproporciones en contra nuestra, y que en justicia nos hará creer merecedores de situarnos entre las naciones líderes a nivel mundial.Guerra, sin embargo, de la que saldremos con el monumental fiasco en que terminará convirtiéndose la Intervención de 1898 para 1901: Nuestro paradigma político y económico, en el cual habíamos buscado los modelos de civilización y modernidad que contraponer a la medievalidad española, nos decepcionara muy a lo profundo al demostrar con la Enmienda Platt que no nos creen capaces de seguir su misma senda por nosotros mismos.
Desilusión que es incluso perceptible en la obra de un confeso anexionista como José Ignacio Rodríguez, quien en Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América no se ha propuesto en sí propagandizar dicha idea, sino más bien poner frente a frente los modelos de unión americano-cubana prevalecientes antes de 1860, y de los cuales los Informes presentados respectivamente a la Cámara y el Senado el 24 de enero de 1859 constituyen su expresión más acabada, con los que propugnaban para la fecha de composición de la obra (1899) “McKinley y sus amigos”. Modelos aquellos primeros en los que los “partidarios (cubanos) de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo”, ya “que por medio de aquella (la anexión de aquellos modos) podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, muy al contrario de lo que ocurría con los últimos, encaminados más bien hacia la consecución de una Isla “gobernada militarmente, como colonia, o (considerada como) posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos”, y que por tanto resultaban inaceptables a los anexionistas que mantenían dicha posición por patriotismo.
Es por ello que a partir de 1901 y actuando como si en verdad la telaraña de los poderes mundiales estuviese organizada a modo de un justo mecanismo de premio y castigo, premiando primero que nada las virtudes guerreras y los méritos bélicos de cada pueblo, y no como casi siempre en la realidad, lo abrumador de los números geográficos o censuales, o las bondades del subsuelo, los cubanos, creyéndose víctimas de un malintencionado despojo, serán cubanos por esa sorda aspiración que alienta en lo profundo de todos sus corazones a reponerse al lugar que creen merecer en la mentada telaraña. Lugar que como condición sine qua non deberá ponerlos a un mismo nivel con los americanos. Aspiración o más bien sentimiento, no obstante, que aunque corroe el alma, todos lo tienen por irrealizable… al menos hasta la llegada al poder de un individuo, gústenos o no, excepcional: Fidel Castro Ruz.
Desechado por tanto el intento de clasificar al proceso revolucionario cubano dentro del grupo de aquellos procesos en que ciertas elites semi-occidentalizadas tratan de aprovechar algo de la occidentalización para evitar que sus culturas no occidentales sean relegadas en las escalas del poder mundial, o incluso absorbidas, se impone continuar buscándole una mejor ubicación. En este sentido, si logramos desprendernos de ciertos prejuicios, veremos que solo otro proceso en el siglo XX ha generado una semejante disposición colectiva e individual a la inmolación, a semejanza de la vivida en esta Isla durante 1961 y 1962: el proceso nacionalsocialista alemán.
Y es que en ambos procesos, sobre algunas diferencias significativas, como la de que en el cubano lo racional, al menos al nivel de discurso, predomina sobre lo irracional, se advierten a primera vista innumerables semejanzas:
Ambos ocurren en naciones occidentales, aunque no del núcleo, que por su pasado y por su espíritu se creen merecedoras de una mejor posición en las telarañas de ese poder mundial que se globaliza. En el caso alemán solo recordaremos la larguísima tradición del Sacro Imperio Romano-Germánico, al cual durante siglos, al menos en teoría, se subordinaba hasta el poderoso Reino de Francia.
En el nuestro, además de lo más arriba referido, es bueno entender que Cuba, y por sobre todo La Habana, ha sido durante casi doscientos años el único pedazo de lo que fuera el imperio español que ha continuado viviendo como tal. Su único centro expansivo no anquilosado. Desde el cual se ha asestado la única gran derrota que España le infrigiera a los nuevos imperios europeos, que en los siglos XVII y XVIII pujan por despojarla de sus dominios: La que terminó por propinarle el corso cubano a las piraterías y el corso de ingleses, franceses y proto-americanos. O que la única clase “tercermundista” que ha levantado una economía de plantación con recursos propios ha sido la de nuestros denostados “sacarócratas” de fines del Siglo de las Luces y principios del XIX: La sin comparación hemisférica Generación de 1792.
Naciones que, por otra parte, han tenido como modelo intelectual a otra más hacia el centro de occidente, pero las cuales, con sus actos hacia ellas, han terminado desilusionándolas de muerte en algún momento. En el caso alemán, la Francia revolucionaria, que con su maniquea identificación de lo germano con lo aristocrático y lo feudal, en contraposición a lo celta como lo popular y moderno, pero por sobre todo con el concreto expansionismo napoleónico del otro lado del Rin, terminará inspirando Los Discursos a la Nación Alemana, de Fichte, y luego la jerigonza oracular de Hegel; primer fundamento histórico del futuro nazismo. En el cubano, ya nos hemos referido más arriba a nuestra singular relación espiritual con losamericanos.
Ambos ocurren como resultado del desgaste de avanzados intentos democrático-constitucionales. Desgaste achacable más que a las propias falencias de dichos intentos (que en ambos casos las hay, sin dudas), a las expectativas nada realistas que en ellos ha puesto la mayoría nacional. Expectativas que se encuentran fuertemente predeterminadas por la exagerada idea que dichas mayorías tienen de la posición que debe merecer su nación en el contexto internacional, e incluso, para ciertos sectores intelectuales, por la creencia consciente en un destino que su nación debe cumplir en dicho contexto.
Por tanto, conceptualizando podemos decir que el proceso cubano pertenece más bien al de aquellas naciones occidentales relegadas a un papel secundario en la globalización occidentalizante, y que poseedoras a su vez de un pasado imperial, han intentado revertir esa situación.
Hay una semejanza más entre los procesos alemán y cubano, que de ningún modo puede pasarse por alto:
Por lo general los políticos en naciones con gran influencia de las masas en el poder, como lo es Cuba aun bajo la dictadura de Fulgencio Batista, por no hablar en el periodo auténtico-repúblicano, o Alemania bajo la República de Weimar, tienden a contrapesar, poner diques a las ansias reivindicativas nacionalistas de dichas masas, que ellos perciben atinadamente como potenciales desbordamientos sumamente peligrosos para el futuro de la Nación. Suelen, por lo tanto, cortar las alas de los sueños nacionales para que no terminen convirtiéndose en delirios colectivos. Y es ello algo que se cumple en la aplastante mayoría de los políticos, y de sus decisiones particulares.
En la minúscula fracción restante, nos encontramos con individuos como Adolfo Hitler y Fidel Castro.
Ambos, a su asunción del poder, darán curso abierto a las aspiraciones nacionales constreñidas (pero por sobre todo Fidel, por su negativa casi total a pactar con nadie que las pueda mediar: él nunca pactará con los grandes capitanes de la industria o las finanzas, como si lo hará el Führer, y cuando lo haga con la URSS, lo hará no obstante con los dedos cruzados a la espalda). Serán de hecho los arietes que, con la pasión de sus nada ortodoxas oratorias que enredan y elevan a planos extracotidianos a sus oyentes-seguidores, derribarán todas las posibles reservas, racionales o irracionales, de la gran masa nacional, e incluso las de muchos individuos que poco antes se enorgullecían de su escepticismo metódico.
El proceso revolucionario cubano puede así reducirse a que las mayorías nacionales, asqueadas de la política democrático-social de los cuarentas, que no acierta a ponerlas a vivir, de golpe, porrazo y sin esfuerzo, en un paraíso por demás completamente aislado de cualquier influencia exterior, cual si estuviera ubicada en la cara contraria de la Luna, optan por deshacerse de dicha política. Pero como sin política ninguna sociedad puede vivir, lo que en verdad hacen es dejarla por completo en manos de un ser percibido como sobrehumano; todo pureza y desinterés. El mismo que a su vez resulta ser el primer gobernante en cincuenta años de República que se muestra dispuesto a llevar adelante las desmedidas aspiraciones de las mayorías nacionales.
O sea a la auto-identificación de una nación occidental secundaria, pero con una visión de sí misma particularmente desmesurada, con un individuo extraordinario: Fidel Castro Ruz.
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