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Timestamp: 2019-05-20 02:38:15+00:00

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LA PRIMERA MONEDA ACUÑADA EN EL PARAGUAY (VIRIATO DÍAZ-PÉREZ)
LA PRIMERA MONEDA ACUÑADA EN EL PARAGUAY
por el doctor VIRIATO DÍAZ-PÉREZ
Cortesía del doctor WASHINGTON ASHWELL.
Remitido desde Washington, D. C. (USA).
(Conferencia pronunciada en el Archivo Nacional,
Instituto de Numismática y Antigüedades del Paraguay,
el 3 de agosto de 1945,
en ocasión de conmemorarse el centenario
de la acuñación de la primera moneda).
No sería tan paradójico como parece el afirmar que la moneda, o su equivalente, es tan antigua como el hombre y que le ha seguido en su evolución adaptándose a las innúmeras etapas de la cultura humana, reflejando ya los aciertos ya las desviaciones y aún las fallas y anormalidades de esta cultura.
Así ocurre pensar cuando recorremos las enormes colecciones numismáticas de los grandes Museos (recordemos el de Madrid o el Louvre) con sus asombrosos monetarios. Allí están sus millares de monedas, restos de los siglos y las civilizaciones, estructurando en todas las formas, lenguas y materias conocidas. Cuadradas, ovoides, redondas, en plancha, en lingote, taladradas como las chinas; en vidrio y porcelana, en madera, barro y cuero; o bien en oro, plata, cobre y hierro; bimetálicas el electrum del Asia Menor, o cuadrimetrílicas como el arofar galo; toscas o artísticas; avaras de inscripción o repletas de leyendas: con efigies o símbolos; con fechas bélicas o pacifistas; con emblemas étnicos, políticos, geográficos, religiosos, estéticos... A los ingleses, que inventaron la frase, según ellos indiscutible, de que THE TIME IS MONEY podría sugerírseles que THE MONEY, la moneda, es también historia.
No es pues de extrañar que la numismática venga a ser una de las más importantes ciencias auxiliares de la historia, hasta el punto de que seguir el devenir de la moneda a través de los siglos, podría resultar algo así como ir evocando la sucesión en ellos del actuar humano. Como la lengua, el arte o la literatura, la moneda, puede revelarnos el pasado de un pueblo. La contemplación -por ejemplo- de los rostros y de los signos tan admirablemente conservados de las monedas celtibéricas -para hablar de algo que conocemos- nos comprueba hoy gráficamente las veraces palabras de Estrabón referentes a la civilización peninsular anterior a Roma. Y así, pensando en este orden de ideas, nos atrevemos a creer, en nuestro restringido campo del pasado nacional, que la historia del Paraguay no estará completada en lo que no hayamos podido trazar sin prejuicios, y con las exigencias que la ciencia reclama -la historia de su moneda, vale decir, los orígenes, vicisitudes, anomalías, y alteraciones por las cuales fue atravesando el medio circulante desde el pasado hasta nuestros días-. Ya existe -y es grato recordarlo- bibliografía meritísima nacional y extranjera sobre la materia; entusiastas y cultísimos cultivadores de la numismática patria -tal entre otros el investigador F. G. Carrón- trabajan silenciosamente iniciando y analizando colecciones que algún día formarán el monetario nacional; selecto grupo de entendidos colaboran noblemente con el INSTITUTO cuyas actividades van siendo conocidas y utilizadas en el mundo intelectual. Y en la ocasión presente este Instituto de Numismática, honrándome en extremo y bien inmerecidamente, me ha designado para que traiga su palabra ante vosotros en este acto en el que conmemoramos el CENTENARIO DE APARICIÓN DE LA PRIMERA MONEDA NACIONAL DEL PARAGUAY.
Desde un punto de vista rigurosamente científico, en lo que a la numismática atañe, no ha sido aún estudiado cómo, en lo monetario, se desenvolvía en el Paraguay en los días antañones del virreinato. Algún culto componente del Instituto, examinará, analizará, desapasionadamente algún día, la bibliografía pertinente y nos documentará sobre cuál era el mecanismo utilizado en la época de los ochavos, cuartos, maravedíes y de las famosas onzas peluconas, popularizadoras de la peluca borbónica, que alcanza, sabido es, hasta los días de la Emancipación y que llegaron a conocer nuestros abuelos. Suponemos que, careciéndose en el país de medio circulante propio, la moneda tendría el mismo valor que la peninsular, y estaría sujeta a las mismas anomalías.
Nosotros apenas hemos tenido ocasión de reunir algunos datos referentes a los tiempos de Francia. Vamos a evocarlos lamentando tener que repetirnos. Se relacionan estrechamente con nuestro tema advirtiendo que, no siendo fácil determinar equivalencias con lo actual tendremos que hablar más que de monedas, de su relación con el valor adquisitivo de la época.
En los días de Francia las cosas debían estar organizadas tan excepcionalmente que hoy nos parecerían muchas de ellas inconcebibles. La vida material, por ejemplo, debía ser enormemente barata; baste consignar de pasada los datos: la arroba de yerba costaba en 1821, cuatro REALES; y los habitantes de la ciudad compraban seis grandes velas por un REAL... ¿Cómo era retribuido el trabajo en la época? El manual, dada la abundancia de condenados utilizados en todas partes, muy pobremente. Veamos el trabajo oficial que en cierto modo era el único «intelectual» entonces.
El Dictador ganaba 8.000 PESOS FUERTES anuales; según recibos que constan en el Archivo Nacional. Estos 8.000 pesos, alguna vez se cobraban EN METÁLICO y EN EFECTOS. En otros recibos se habla de MEDIO REALES CORRIENTES, de pesos EN DINERO EFECTIVO, de REALES FUERTES y de EFECTOS.
Toda la nómina o presupuesto del Ministerio de Hacienda estaba dotada con 495 PESOS trimestrales. No estaba el Ejército mejor remunerado. En 1821, toda una COMPAÑÍA DE INFANTERÍA DE PLAZA, estaba retribuida con 316 PESOS, lo que hoy no puede menos de hacernos pensar que, o aquellos pesos y aquellos tiempos eran muy distintos de los actuales, o que Francia obligaba a realizar milagros superiores al de la multiplicación de los panes y los peces. De otro recibo referente a sueldos de maestros podemos deducir, aunque bien vagamente, alguna relación entre el valor de la moneda y las subsistencias. Existe un recibo de «556 PESOS Y SEIS MEDIO REALES CORRIENTES» a repartir por asignación mensual, entre un maestro de primeras letras, un capataz y el encargado de la manutención de los aprendices de música militar, siendo lo grave que de esta asignación TENÍA QUE MANTENERSE A LOS EDUCANDOS. La documentación es abundante pero no hemos de insistir en ella en honor a la brevedad.
Tendríamos, pues, que en el sistema de medio circulante del Paraguay de Francia, se producen las denominaciones de «PESOS FUERTES», «PESOS EN METÁLICO», «REALES», «REALES CORRIENTES», «MEDIO REALES», «EFECTIVO», «EN PRODUCTOS». A esto habría que añadir que se aceptaba alguna circulación de moneda portuguesa y brasileña; alguna de plata argentina y aun boliviana; sin contar la moneda CORTADA en fragmentos de medio y un cuarto de pieza, llegándose a una verdadera anarquía designativa monetaria que se agudiza en tiempos de don Carlos Antonio López.
Contra este sistema es contra el que se propuso reaccionar don Carlos Antonio, gobernante de espíritu administrativo renovador y organizador.
Seguramente en el pensar de López había venido gestándose la idea de dotar a la patria de una moneda nacional. De realizarse el hecho la nación, que había llegado a poseer todos los atributos de su soberanía conquistaría asimismo el símbolo de su emancipación monetaria...
Madurada la idea, llegamos a los días del año 42. Es en este año, el 24 de noviembre, cuando don Carlos Antonio envía un Mensaje a las Cámaras, en el que señala las deficiencias del medio circulante existente, aconsejando como solución la acuñación de monedas de plata o cobre, nacionales, patrias, especificando la existencia de metal en Tesorería. Sugiere a la vez que la operación podría hacerse en el país o en el extranjero según el mejor parecer de la Cámara.
Reunida ésta a los dos días, sanciona con fuerza de ley, la autorización para que el Gobierno proceda a la acuñación. El Acta es suscrita por los 400 asistentes a la Asamblea General Extraordinaria. El Gobierno queda autorizado para acuñar donde crea más conveniente la cantidad de 25 ó 30 mil pesos fuertes, en moneda de cobre. Se resolvió que la acuñación se realizara en el extranjero. Y no dejan de ser interesantes los incidentes que acompañaron a la operación.
Con motivo de las gestiones que habían de realizarse, el Gobierno entró en negociaciones con un ciudadano norteamericano residente en Buenos Aires, el señor Henry Gilbert. Con él ajustó convenio. Para ello don Carlos Antonio envió una carta de autorización al ciudadano paraguayo don Esteban Cordal -residente asimismo en Buenos Aires- para firmar el contrato. Representante y contratista cumplieron su cometido y 30.000 monedas fueron acuñadas de acuerdo al dibujo facilitado por el Gobierno. Mas sucedió que no fueron puestas en circulación sino mucho más tarde. Con gran sorpresa del Gobierno, resultó que los agentes de don Carlos en Montevideo comunicaron que allí habían encontrado monedas con el Escudo de Armas del Paraguay. La noticia sobresaltó al Gobierno que exigió complicadas explicaciones con las dilaciones consiguientes. La documentación detallada de estos hechos, sus antecedentes y consecuencias, obran en el Archivo del digno señor presidente del Instituto de Numismática don Ramón Lara Castro.
Los términos del convenio-contrato son significativos y de una simplicidad que sorprendería en nuestros días. Dice así:
CONVENIO ENTRE EL EXCMO. GOBIERNO DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY
Y EL CIUDADANO NORTE AMERICANO D. HENRIQUE GILBERT
Deseando el Gobierno emitir a circulación una moneda de cobre, para facilitar las transacciones por menor, ha fijado con el Empresario nombrado las siguientes bases para su Amonedación: a saber:
ARTÍCULO 1.º D. Henrique Gilbert, ciudadano Norte Americano, residente en la ciudad de Buenos Aires, se obliga a hacer acuñar, conforme al dueño que obra en poder del Excmo. Gobierno, o a otro que se sirviese remitirlo, la cantidad de treinta mil pesos, moneda de cobre.
ARTÍCULO 2.º El valor de cada peso de plata será dividido en «NOVENTA Y SEIS PARTES IGUALES», a razón de setenta y dos piezas de dicha moneda de cobre: Y así los treinta mil pesos se dividirán en 2 millones, ochocientos ochenta mil piezas cuyo peso total será de cuarenta mil libras.
ARTÍCULO 3.º (Modificado por el Presidente). El peso total del cobre que deba emplearse en dichos treinta mil pesos, será de cuarenta mil libras inglesas; que se acuñará en monedas de a treinta y seis en libra, en monedas de a setenta y dos en libra, y en monedas de a ciento cuarenta y cuatro en libra (dividiéndose cada clase proporcionalmente de modo que las cuarenta mil libras sean repartidas en dos millones, ochocientos y ochenta mil partes). ARTÍCULO 3.º Será de obligación cuenta y riesgo de dicho señor Gilbert entregar en tierra dicha moneda, bien acondicionada en cuñetes o cajones, libre de flete u otro gasto, en la Villa del Pilar, del Paraguay, a la persona o personas que fuesen comisionadas por el Excmo. Señor Presidente para el efecto.
ARTÍCULO 4.º En pago de dicha cantidad en moneda de cobre, el Excmo. Gobierno de la República del Paraguay, mandará entregar al Sr. Gilbert o a la persona que él autorice al efecto, la cantidad de treinta mil arrobas de Yerba Mate puesto a bordo, libre de derechos u otro gravamen, en la misma Villa del Pilar.
ARTÍCULO 5.º Es de la obligación de dicho Gilbert cuidar que el cobre de que se fabrique la moneda sea puro y sin mezcla, y del mismo modo el Excmo. Gobierno, cuidará que la yerba mate sea de primera clase.
ARTÍCULO 6.º Es de la elección del Sr. Gilbert, hacer la entrega de dicha moneda, toda de una vez o en varias entregas; pero ninguna entrega bajará del valor de mil pesos.
ARTÍCULO 7.º En la misma razón que se vaya entregando la moneda se irá entregando la Yerba Mate.
ARTÍCULO 8.º Será de la perentoria obligación del Sr. Gilbert poner en poder del Excmo. Gobierno con la última entrega toda cuña estampa o diseño, de que se hubiese hecho uso para dicha amonedación.
HENRIQUE GILBERT. «31 de Agosto de 1844. Vol. 3. N. 32 del A. N.». «Nada más».
Difícilmente podríamos encontrar documento similar, en el que, operación tan importante y transcendente fuese enunciada en términos más breves, sencillos e ingenuos.
Don Carlos Antonio López realiza finalmente su deseo de dotar al Paraguay de su primera moneda nacional. Lleva ésta la fecha de 1845. En su anverso ostenta una leyenda que dice «REPÚBLICA DEL PARAGUAY». En el centro, en campo rayado horizontalmente, lleva los números «1/12» dentro de un círculo. En el exergo, la fecha «1845». En el reverso, aparece el ASTA CON EL GORRO FRIGIO y a su pie el LEÓN SENTADO, vuelto a la derecha y mirando de frente. Él todo, en CORONA DE LAUREL.
Según el meritísimo numismático Enrique Peña, en su notable «CATÁLOGO DE MONEDAS Y MEDALLAS PARAGUAYAS» (Revista del Instituto Paraguayo, febrero 1900. Asunción) esta moneda es la que se acuñó por ley de 27 de noviembre de 1842. Era un doceavo, vale decir que doce de ellas equivalían a un real de plata. La nación sabría en lo sucesivo a qué atenerse en punto a equivalencias, en su medio circulante.
El valor mencionado se alteró más tarde. Por decreto del 1.º de mayo de 1847 se dispuso que las 12 piezas sólo representasen medio real de plata.
La acuñación se hizo, parte en Inglaterra y parte, nada menos que en la CASA DE LA MONEDA DE LA ASUNCIÓN. Esta Casa yace hoy soterrada bajo el edificio de Correos, en las calles denominadas otrora, Florida y Atajo, hoy Benjamín Constant y Alberdi. Para el funcionamiento de esta CASA DE LA MONEDA se contrató -por intermedio del benemérito Gelly- al técnico señor Coronil, que trajo maquinarias y operarios. Todo esto está esperando un Mesonero Romanos que lo eleve a la Historia.
La primera moneda del Paraguay es bella; vais a comprobarlo en las proyecciones que el culto y distinguido miembro del Instituto Numismático señor don José Guillermo Carrón en un notabilísimo trabajo, concienzudo, definitivo, de técnica irreprochable, va a hacernos conocer. Es de cuño resaltante y, en general, nítido; de claro metal batido en Inglaterra. Ha sido estudiado profunda y minuciosamente por el señor Carrón, según veréis. Su símbolo es sencillo y sugerente. Se denominaba popularmente a esta moneda «EL COBRECITO DEL LEÓN».
Al evocarla en este año de 1945 consagramos nuestro más respetuoso homenaje de recordación al gobernante laborioso, de sano y cristiano espíritu nacionalista, en cuyas manos se afirma en tantos sentidos la soberanía nacional.
Y, asimismo, al terminar estas palabras, debemos reconocer que una vez más el Instituto de Numismática ha cumplido con su cometido nobilísimo. Esta vez, gracias a él, el «COBRECITO DEL LEÓN» se ha visto arrancado del olvido de los tiempos, y siquiera unos instantes ha revivido entre nosotros, los hombres del níquel y del aluminio, y con todas nuestras simpatías.
Fuente del documento (Enlace interno):
/ VIRIATO DÍAZ-PÉREZ ;
Introito, presentación texto aparecido en Helios,
de Madrid, noviembre de 1904
Edición digital basada en la de Palma de Mallorca, Luis Ripoll, 1991.

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