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Timestamp: 2018-08-15 05:16:21+00:00

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Fronteras – Juan José Téllez » Ban Ki Moon
Fronteras – Juan José Téllez
Libia, más allá de la resolución 1973
Otra vez nos han tomado el pelo. A Naciones Unidas y a todos los ciudadanos que aplaudimos la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia y nos encontramos de la noche a la mañana con una guerra en toda regla que va más allá de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el pasado 17 de marzo y que, a grandes rasgos, decidía “establecer una prohibición de todos los vuelos en el espacio aéreo de la Jamahiriya Árabe Libia a fin de ayudar a proteger a los civiles”, autorizando tan sólo los vuelos humanitarios. Se dejaba bien claro que se autorizaba “a tomar todas las medidas necesarias” a fin de “proteger a los civiles que estén bajo amenaza de ataque en la Jamahiriya Árabe Libia, incluida Bengasi, aunque excluyendo el uso de una fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase en cualquier parte del territorio libio”.
¿Entre “todas las medidas necesarias” figura, acaso, esa toma de partido a favor de los rebeldes que parece haber adoptado la fuerza aliada que lleva a cabo las operaciones y cuyo mando acaba de ser asumido por la OTAN? Cierto es que la resolución permitía derribar aviones libios si estos persistían en atacar a la población civil. Y que incluía, por supuesto, el embargo de armas y la necesidad de establecer mecanismos para que Gadafi dejara de contratar mercenarios que atacasen a su propio pueblo. Sin embargo, lo que está hoy por hoy sobre la mesa es un ataque masivo y un apoyo explícito al derrocamiento del excéntrico coronel a quien la resolución 1970 adoptada el pasado 26 de febrero por el mismo Consejo de Seguridad, ponía en manos del Tribunal de la Haya, al tiempo que se condenaban activos de empresas, propiedades y bancos vinculados al dictador.
Entre los precedentes de estas medidas suele citarse como en 1991, EEUU, Reino Unido y Francia acordaron, por si cuenta y riesgo, sin una resolución de la ONU, la creación de una zona de exclusión aérea en Irak, por encima del paralelo 36, para defender al pueblo kurdo y en el contexto de la primera guerra del Golfo. En años sucesivos, la zona se ampliaría ilegalmente aunque sin sanción alguna por debajo del paralelo 32 y alcanzó finalmente al paralelo 33, en un carísimo dispositivo que se mantuvo en vigor en algunos casos hasta 2003, cuando se llevó a cabo la actual guerra que a su vez conllevó la caída y muerte de Sadam Hussein, sin que Naciones Unidas moviera un dedo a pesar de que ninguna resolución amparaba específicamente tales actuaciones.
En cambio, Naciones Unidas estableció en 1992, a través de la resolución 781 del Consejo de Seguridad, la prohibición del tráfico aéreo militar en Bosnia-Herzegovina, lo que sin embargo no evitó el terrible asedio a Sarajevo o la célebre matanza de civiles en Srebrenica. Hizo falta nuevas resoluciones del Consejo –786 y 816—para ampliar el operativo a medida que las hostilidades proseguían. Y, de hecho, la zona de exclusión duró tres años, hasta la firma de los acuerdos de Dayton que pusieron fin al conflicto.
¿Por qué ahora los aliados, incluyendo a España, no fuerzan la máquina para una nueva resolución que les ampare? Todos los indicios apuntan a que se está aprovechando la resolución 1973 como coartada y que lo que está en presencia es una clara toma de partido hacia los rebeldes –una amalgama de fuerzas que convergen en el rechazo a las prácticas despóticas de Gadafi pero que no presentan un frente cohesionado ni un mismo proyecto de futuro–, lo que suscita el rechazo de numerosos países árabes, incluidos aquellos que hasta ahora no han conocido revueltas internas como las que vienen sacudiendo a la región desde el pasado año.
Naciones Unidas hasta ahora excluye explícitamente la actuación de una fuerza terrestre, pero esa hipótesis no deja de barajarse y provoca un lógico temor a una colonización occidental similar a la que se ha llevado a cabo en Irak, afectando curiosamente a dos países cuyos líderes –el extinto Sadam Hussein y el contumaz Gadafi cuya caza y captura tampoco ha autorizado el Consejo de Seguridad—mantenían serias diferencias con Al Qaeda.
El 17 de marzo, en su 6498ª Sesión, el Consejo de Seguridad venía a satisfacer las expectativas de muchos que creíamos que, de nuevo, la ONU estaba tardando en actuar frente a una matanza de civiles. Ahora, mucho nos tememos que dicho organismo que sigue siendo nuestra última esperanza blanca ante los excesos particulares de los más fuertes del planeta, va a volver a ser el hazmerreir de la historia. Tras acabar literalmente con la aviación del régimen libio, ¿nuestras unidades aéreas –también las españolas—no tendrían que limitarse a vuelos de rutina sobre dicho espacio?
A todos, empezando por el Consejo de Seguridad a tenor de aquella Resolución, nos aflige el “deterioro de la situación en el país, la escalada de violencia y el elevado número de víctimas civiles”. Sin embargo, ir más allá de su letra y de su música supondría una clara injerencia que desestabilizaría aún más esa zona especialmente sensible del planeta y dejaría desautorizado nuevamente a Ban ki Moon, que tuvo que implicarse personalmente en esta resolución, y a todos quienes seguimos creyendo en el célebre edificio de la primera avenida a la altura de la calle 46 de Nueva York.
Cierto es que la resolución deplora tanto las “detenciones arbitrarias, las desapariciones forzadas, los casos de tortura y las ejecuciones sumarias”, así como “los actos de violencia e intimidación cometidos por las autoridades libias contra periodistas”, pero también la utilización de fuerzas mercenarias –sobre todo, soldados de fortuna procedentes de países situados más allá del desierto–. Sin embargo, uno de los epígrafes del acuerdo desautoriza el “uso de una fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase en cualquier parte del territorio libio”. Era algo más que un guiño a la comunidad árabe y su vulneración, cada vez más próxima a la luz de los últimos acontecimientos, exigiría al menos una nueva resolución de Naciones Unidas que difícilmente aceptarían China y Rusia, con derecho a veto en el Consejo de Seguridad.
Una nueva ilegalidad internacional en Oriente Próximo, que vendría a sumarse a las frecuentes irregularidades del Estado de Israel y a la invasión ilegal de Irak, sólo serviría como un nuevo y formidable pretexto para multiplicar el espectro del yihadismo en sus diferentes versiones. En cualquier caso, los aliados difícilmente podrían escudarse para ello en la polémica modificación del párrafo 11 de la resolución 1970 sobre el embargo de armas que autoriza a los estados miembros a que, “actuando a título nacional o por conducto de organizaciones o acuerdos nacionales, y a fin de garantizar la estricta aplicación del embargo de armas establecido en los párrafos 9 y 10 de la resolución 1970, inspecciones en su territorio, incluidos los puertos y aeropuertos, y en alta mar, los buques y las aeronaves con origen o destino en la Jamhiriya Árabe Libia, si el Estado en cuestión tiene información que ofrezca motivos razonables para creer que la carga contiene artículos cuyo suministro, venta, transferencia o exportación, estén prohibidos”. La modificación de la resolución anterior incluye “el suministro de personal mercenario armado”, lo que compromete seriamente a las posiciones de Argelia y Siria, también zarandeadas por revueltas internas y que aceptaron servir como puente para la contratación de fuerzas mercenarias y armas por parte de Tripoli. Al mismo tiempo, Naciones Unidas exhortaba “a todos los Estados del pabellón de estos buques y aeronaves a cooperar con estas inspecciones, y autoriza a los Estados Miembros a aplicar toda medida acorde con las circunstancias concretas para realizar esas inspecciones”. Sin embargo, nada se habla de inspecciones sobre el territorio libio que pudieran camuflar operaciones militares de distinta catadura.
Claro que Gadafi, cuyo ministro de Exteriores Musa Kusa anunció un inmediato alto el fuego, siguió bombardeando Bengasi y ello provocó el ataque sobre su aviación, hasta aniquilarla durante la pasada semana. También el ataque de las fuerzas aliadas habría aniquilado a numerosos civiles, a los que en principio pretendía proteger. Daños colaterales, según la jerga de los especialistas en Defensa. Tampoco estaban previstos por la Resolución 1973.
Quizá, visto lo visto, a estas alturas de la película, la OTAN tendría que limitarse a mantener una especie de guardería aérea que impidiera nuevas matanzas. Y dejar la guerra y los pozos de petróleo en manos de los libios. O, en cualquier caso, de los cascos azules.
"Vivimos en un tiempo que rechaza las fronteras pero que las reinventa a diario. Las suprime para las mercancías y el capital, las refuerza para los seres humanos. También son tiempos fronterizos y no sabemos qué aguarda a uno y otro lado de la empalizada de la globalización". Juan José Téllez es periodista, guionista y escritor [+].
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