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Timestamp: 2019-06-27 02:02:44+00:00

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Octavio Paz en 1968: perspectivas históricas y jurídicas
La olimpiada... ¡A México! Mexico City Olympic Games Official Report
Este texto es una versión actualizada del que forma parte de mi libro Octavio Paz: El misterio de vocación, México, Aguilar, 2015.
Los acontecimientos ocurridos en México durante 1968 constituyeron una escisión en nuestra historia democrática. Su triste desenlace permanece como cicatriz indeleble en la conciencia ciudadana, pero nos da ocasión para reflexionar en torno al proyecto de nación que intentamos construir y nos invita a cuidar el cumplimiento de las garantías constitucionales.
Quienes vivieron los movimientos estudiantiles —y las secuelas de la tragedia en que desembocaron— han evaluado las reacciones de sus protagonistas como dignas de reprobación o como heroísmo. En este segundo rubro se ubica a Octavio Paz, quien para entonces había alcanzado el máximo escalafón en su carrera diplomática, dado que desde 1962 ocupaba el cargo de embajador en la India, Ceylán y Afganistán. Cuando se enteró de lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas —pese a la relevancia de su encomienda y a diferencia de quienes optaron por la complicidad, la omisión y el silencio—, se manifestó en absoluto desacuerdo con el proceder de las autoridades mexicanas.
Buena parte de la opinión pública reconoció en su reacción una prueba de su inobjetable probidad intelectual. Enrique Krauze, en su análisis de estos hechos, aseguró que Paz vivió su “hora mejor”.[1] En la mayoría de los textos referidos a estos sucesos se ha generado una suerte de consenso en que la valía de su gesto cívico radica en la espontaneidad y la forma en que se distanció del Servicio Exterior, en la enemistad que esta decisión le ganó con Gustavo Díaz Ordaz y en la singularidad de su comportamiento como miembro de la burocracia.
Hay, sin embargo, ciertas imprecisiones técnicas que han generado confusión entre las nuevas generaciones y han distorsionado, en detrimento del propio Paz, las implicaciones de su comportamiento. Para valorarlo en su justa medida y para repensar la historia de las relaciones entre el intelectual y el poder, es necesario atender no sólo el contexto histórico, sino también el jurídico. Con ese objetivo, comentaré punto por punto las particularidades de la determinación de Paz.
La espontaneidad de su separación
Al menos desde 1966, Octavio Paz dejó entrever en su correspondencia el deseo de regresar a su país; sus preocupaciones trascendían la nostalgia pues tenía en trámite una demanda de Elena Garro en su contra y “asuntos familiares” que resolver con su madre, Josefa Lozano.
Desde la India, supo de la abrupta salida de César Sepúlveda de la Dirección de la Facultad de Derecho y de Ignacio Chávez de Rectoría, y ya sospechaba que el desprestigio de las autoridades universitarias era una maniobra generada por Díaz Ordaz para detener el ascenso político de sus posibles adversarios. El 3 de mayo de ese año Paz le transmitió a Arnaldo Orfila: “Los sucesos de la Universidad me han entristecido e indignado. Ignoro el fondo del problema, pero tengo gran respeto por Chávez y me parece horrible lo que ha ocurrido”.[2]
Para entonces, la obra y el prestigio de Paz lo habían convertido en uno de los autores más leídos del panorama nacional y latinoamericano, lo que hizo renacer en él la voluntad de dedicarse por entero a la escritura. En ese año encontró una salida a su agobio, pues fue electo miembro de El Colegio Nacional. Ya como integrante, asumió el compromiso de organizar un ciclo anual de ponencias. Cuando recibió las felicitaciones de Carlos Fuentes, le confesó a vuelta de correo los motivos de su aceptación: “Por dos razones que en el fondo son una: independencia. Los pocos centavos y sobre todo el hecho de que el Colegio es –o puede ser– una tribuna”.[3]
A lo anterior se añadían sus planes de editar una revista, a través de la cual pretendía construir una comunidad de lectores dispuestos a incidir en el horizonte cultural y político. Además, en enero de 1968, Arnaldo Orfila le hizo notar que, para encabezar una iniciativa de esa naturaleza, era indispensable su vuelta:
Estoy convencido de que no será posible hacer una revista sin su presencia fija en México, pues por experiencia sé que un proyecto de esta envergadura no puede prosperar si no es en base a la presencia y a la acción de una persona como usted que puede despertar la adhesión de colaboradores que permitan lograr un resultado digno y permanente.[4]
El clima político no era el más favorable. La intervención que el gobierno había hecho dos años atrás en la administración de la Universidad resultó contraproducente pues, entre otros factores, el apoyo a los grupos de choque derivó en la creación de organizaciones estudiantiles sectarias que coadyuvaron a la exacerbación de la violencia en Tlatelolco.
Meses antes de que se consumara la sangrienta represión, Paz contemplaba en su agenda un viaje a México en noviembre para organizar sus conferencias anuales, como le hizo saber a Tomás Segovia a principios de julio. A la par, empezó a mostrar su inconformidad con el discurso estatal, como puede constatarse en las llamadas “Cartas tlatelolcas”, en las cuales llegó a calificar como brutal la postura asumida por la autoridad. En una misiva que dirigió a Charles Tomlinson el 3 de agosto, escribió “desde hace bastante tiempo proyecto renunciar a mi puesto”, y añadió que no advertía que los hechos estuvieran motivados por un plan de “revolución social, aunque muchos de esos dirigentes sean revolucionarios radicales”;[5] lo que él veía era una llamada de atención hacia una reforma en el sistema político. Algo similar le comentó a Fuentes el 30 de agosto: “Desde hace más de un año tramito mi jubilación y espero concluir ahora ese latoso proceso. Ya no soporto más –no a la India, que amo, sino a la idea de servir a un gobierno, cualquier gobierno, sea el del Gran Mongol o el del Hijo del Cielo. Buscaré un reacomodo en la Universidad o en el Colegio de México”.[6]
El 27 de septiembre se dirigió a Tomlinson con un tono más agravado: “Es incongruente, desde un punto de vista moral tanto como sentimental, mi permanencia en el Servicio Exterior. Precisamente había ya iniciado el trámite para obtener mi retiro. Lo que pasa ahora me reveló que lo debería haber hecho antes. Todo esto me tiene apenado, avergonzado, furioso con los otros, y sobre todo conmigo mismo”.[7]
Si bien su salida fue abrupta, los elementos expuestos sugieren que no fue espontánea, pues detrás de ella se encontraba alguien con deseos expresos de cambiar de vida e informado de la vía más apropiada para conseguirlo.
La forma de su separación y sus consecuencias mediáticas
El número de Vuelta correspondiente a marzo de 1998 incluyó un fragmento del intercambio epistolar entre Antonio Carrillo Flores, secretario de Relaciones Exteriores en la época, y Octavio Paz. Dichas cartas revelan que cuando el segundo supo de la matanza redefinió su situación laboral.
El 4 de octubre de 1968, Paz se comunicó con su jefe para manifestarle su inconformidad con el proceder gubernamental: “Las fuerzas armadas dispararon a una multitud compuesta en su mayoría de estudiantes. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera”[8] Asimismo, externó que a lo largo de su carrera diplomática no había experimentado un desacuerdo tan profundo con una decisión tomada por el Ejecutivo, por lo que añadió:
Mi respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego se sirva a ponerme en disponibilidad, tal como lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud.[9]
El secretario se mostró comprensivo con su indignación y, como puede leerse en misiva del día 16, lo invitó a despejarse para reflexionar sobre lo ocurrido, tomando como base un envío del poeta que no fue compilado por Vuelta: “En el párrafo final de su carta del día 11, dice que espera recuperar la calma para escribir a varios de sus amigos del Servicio Exterior. ¿No sería posible que dejase pasar también un poco de tiempo para tomar una decisión final sobre su retiro?” Inexplicablemente, el mismo día Carrillo le giró un telegrama: “SE ACEPTA SOLICITUD DE DISPONIBILIDAD CONTENIDA EN SU CARTA AL SUSCRITO DE CUATRO DEL ACTUAL”.[10] Paz tomó a bien el mensaje y agradeció a su interlocutor, dejando abierta la comunicación.
Una posibilidad para explicar el empalme la proporciona Paz en una carta a José Bianco, fechada el 5 de noviembre: “José Luis Martínez […] también me dijo que ‘Gustavo Díaz Ordaz estalló en cólera cuando renunciaste y dictó un cese violento e injurioso que Carrillo Flores trató de endulzar’”.[11]
Queda claro que entre Paz y Carrillo Flores hubo la voluntad de mantener discreción sobre el tema. Días después, Paz percibió que el silencio pactado se quebrantó cuando se difundió el rumor de que había sido despedido.
El responsable de esta desinformación fue Excélsior —mismo que no se distinguió en todo el proceso por su imparcialidad—; el 19 del mes tituló un boletín oficial: “Cesa Relaciones a Octavio Paz”. Además de no estar firmado, el contenido del artículo enfatizaba, líneas antes de reproducir el comunicado, que la orden había sido ejecutada por los mandos institucionales y que se trataba de una sanción en su contra. A continuación, reproduzco el boletín:
El embajador de México en la India, señor Octavio Paz, con base en las versiones que la radio y la prensa extranjeras dieron de los recientes sucesos de la Ciudad de México, ha solicitado ser puesto en disponibilidad. En virtud de que es muy grave que un Embajador de México, dando crédito a versiones inexactas, difundidas por ciertos órganos de información extranjeros, juzgue al país o al Gobierno que representa, la Secretaría de Relaciones Exteriores, por acuerdo superior, ha resuelto conceder al Embajador Paz su separación del Servicio Exterior Mexicano.[12]
Otros medios, como El Día, se limitaron a publicar la nota oficial, lisa y llana, con el título “Separación de Octavio Paz del Servicio Exterior Mexicano”.[13] Resulta desconcertante que fuera justamente el diario dirigido por Julio Scherer García el que imprimió el encabezado inquisidor —a pesar de su flagrante contradicción— y que nadie lo haya interrogado al respecto. Posteriormente, Excélsior dio cabida a las réplicas de Paz y, cuando finalmente el escritor regresó a México, lo apoyó en la creación de Plural.
Agraviado, Paz hizo un anuncio contundente desde Nueva Delhi: “No fui despedido; renuncié”.[14] Este discurso originó la confusión que todavía rodea al procedimiento que en realidad se siguió.
Como corolario, el 30 de octubre Scherer autorizó la inserción de un “Cable a Octavio Paz”, en el que se agradecía “Su valerosa actitud y alto ejemplo de dignidad humana” que “merece nuestro más cálido elogio y afectuosa solidaridad”. Lo firmaron: Jesús Silva Herzog, Fernando Benítez, Ignacio González Guzmán, Carlos Monsiváis, Leopoldo Zea, Mario de la Cueva, Vicente Rojo, Horacio Zalce, Juan Manuel Gutiérrez Vázquez, Luis Yáñez Pérez, Rafael Segovia, Luis Villoro, Jaime Augusto Shelley, Olga Pellicer, Ricardo Torres Gaitán, Pedro Uribe, Óscar Oliva, Tomás Segovia, Elena Poniatowska, Raúl Benítez Zenteno, Ema Cosío Villegas, Gustavo Cabrera, José Emilio Pacheco, Juan Bañuelos, Tomás Garza, Eliseo Mendoza Berrueto, Gabriel Zaid, Jorge Alberto Manrique, Jaime Labastida, Alonso Aguilar, Guillermo Bonfil, Enrique Flores Cano, Eraclio Zepeda, Juan García Ponce, Josefina Zoraida Vázquez, Froilán López Narváez, Alejandra Flores Cano, Fernando del Paso, Boso A. Muro, Lilia Carrillo, Fernando García Ponce, Alberto Gironella, Nancy Cárdenas, Jaime Sabines, Beatriz Bueno, José Agustín, Manuel Felguérez, Juan Carlos Becerra y Enrique Angulo.[15]
En entrevista con Guillermo Ochoa de 19 de febrero de 1971, con el título “Sí, vengo a quedarme, si puedo”, Paz relató los avatares de esta controversia:
Yo decidí no seguir representando al Gobierno de México después de los acontecimientos de Tlatelolco y envié una carta al secretario de Relaciones Exteriores […], en la cual dejaba a su elección aceptar mi renuncia o ponerme en disponibilidad. Había decidido, por otra parte, no hacer declaración pública alguna en el extranjero. Sin embargo, en los periódicos de la India se publicó el cable en el cual el Gobierno mexicano anunciaba que me había cesado. Así, tuve que hacer la rectificación correspondiente explicando mi actitud ante lo ocurrido en Tlatelolco y las agencias de noticias difundieron mi aclaración.[16]
Cuando se le cuestionó si volvería al servicio diplomático, al cual todavía pertenecía, respondió contundente: “En primer lugar no me lo han pedido, en segundo lugar, si me lo pidiesen, no volvería”.[17]
La disponibilidad diplomática
Diversos autores han discutido los términos en que Octavio Paz se separó del cargo. Guillermo Sheridan y Christopher Domínguez Michael opinan que no renunció a la embajada por imposibilidades de la legislación. Sheridan escribió: “Es pasmoso: la ley no considera siquiera la posibilidad de que un embajador quiera renunciar. Su única alternativa consiste en solicitar que se ponga ‘en disponibilidad’”.[18] La opinión de Domínguez Michael es similar: “La solicitud de renuncia […] burocráticamente no podía tener otra forma que la puesta en disponibilidad, pues el reglamento diplomático mexicano no contemplaba la posibilidad de renunciar.”[19]
Ya que el gremio jurídico ha sido omiso al análisis de este episodio, considero importante reflexionar sobre la connotación que tenía el recurso en cuestión, de acuerdo con la Ley Orgánica del Servicio Exterior Mexicano de cuatro de marzo de 1967:
Artículo 56.- Los funcionarios y empleados del servicio quedarán en disponibilidad por un plazo máximo de tres años:
I.- A solicitud del interesado.
II.- Por resolución del Secretario de Relaciones Exteriores.
La disponibilidad da derecho a los funcionarios, y en su caso a los empleados del Servicio Exterior, a ser designados para ocupar una vacante de la misma categoría del último puesto desempeñado dentro del Servicio, de acuerdo con las equivalencias que fija el artículo 11.
Artículo 57.- Para tener derecho a la disponibilidad, de acuerdo con la fracción I del artículo anterior, es necesario que el funcionario o empleado que la solicite haya prestado sus servicios por lo menos durante cinco años en el Servicio Exterior. La disponibilidad se concederá siempre que lo permitan las labores del servicio.
Artículo 58.- Durante la disponibilidad, los funcionarios y empleados del Servicio Exterior no podrán tener ascenso alguno. Si la disponibilidad es solicitada por el interesado no podrá computarse su duración para los efectos de esta Ley, y si es acordada por la Secretaría de Relaciones Exteriores, además de la prerrogativa que se concede en el artículo 56, el interesado tendrá derecho a que se compute su duración para los efectos legales.
Las normas citadas evidencian que Paz no renunció, sino que cumplió con los requisitos para solicitar la disponibilidad. Ésta suponía, entre otras prestaciones, el pago de sus gastos de transporte y los de su familia, la posibilidad de reanudar el ejercicio de sus actividades diplomáticas en un futuro, seguir perteneciendo al Servicio Exterior Mexicano, el derecho a cobrar una compensación equivalente a doce meses de sueldo, la conservación de la seguridad social y de su antigüedad laboral. En una carta que le envió a Fuentes el 12 de octubre de 1968 explica cuál fue el criterio que siguió para tomar su determinación:
Aún espero el telegrama de Carrillo Flores, yo pedí la disponibilidad (para no perder mis legítimos derechos de retiro y pensión) aduciendo como única causa mi imposibilidad de representar al gobierno de México […]. Después recibí un telegrama de González de León […] en el que me pedía que reflexionase. Contesté que mi decisión era irrevocable y que si me negaba lo que pedía, mi respuesta sería la renuncia.[20]
La figura de la renuncia también estaba contemplada en el reglamento de la ley citada, mismo que tuvo validez desde el 12 de mayo de 1934 al 22 de julio de 1982:
Artículo 130.- Los funcionarios y empleados del Servicio Exterior que renuncien, deberán continuar prestando sus servicios mientras no reciban notificación de que su renuncia ha sido aceptada.
Artículo 131.- Los funcionarios y empleados que contravengan la disposición anterior, o presenten su renuncia para eludir el cumplimiento de instrucciones superiores, no podrán tener derecho a recibir las compensaciones que fijan los artículos 39 y 42 de la Ley del Servicio Exterior y los relativos de este Reglamento.
En el periodo comprendido de su publicación a la fecha de lo aquí relatado, este ordenamiento sufrió cinco reformas. Ninguna de ellas modificó los artículos ya mencionados.
A diferencia de la disponibilidad, la renuncia sí implicaba una separación definitiva del Servicio Exterior, además daba lugar a la conclusión de la cobertura de la seguridad social y a la prerrogativa de recibir compensaciones. El disponible, a contrario del renunciante, estaba sujeto a la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, con todos los derechos y obligaciones que ésta reconocía. Es de advertir que este tratado internacional no estipula imposibilidad alguna para abandonar un puesto de esa naturaleza.
Vale la pena recordar un caso análogo. Carlos Fuentes, a diferencia de Paz, tuvo una carrera intermitente en Relaciones Exteriores. Su expediente revela que se separó de diferentes cargos a lo largo de su trayectoria, culminando con su renuncia definitiva para abandonar la representación en Francia, a manera de protesta por la designación de Díaz Ordaz como embajador en España en 1977. En su documentación consta que se le dio de baja el 16 de abril de aquel año. Aunque no se habla explícitamente de renuncia, se empleó un concepto eufemístico para referirse a su situación: “término de comisión.”
Sin embargo, el esquema de sus pagos y su historial revelan que no tenía más opción que renunciar, toda vez que no reunía los requisitos necesarios para lograr la disponibilidad. Pese a las particularidades jurídicas de cada alternativa, Manuel Moreno Sánchez, con todo y su filiación priista, acometió la defensa de Paz en un ensayo donde advirtió la necesidad que tuvo el embajador de emplear sus palabras con prudencia, a pesar de que su intención era contestataria: “La renuncia […] a su cargo como embajador tenía que presentarse en una forma diplomática, como lo era el aplicar su separación del servicio, por eso mismo tenía que respondérsele diplomáticamente también, sin caer en la inútil pretensión de ganarle la partida mediante una estéril venganza declarando que era cesado de su cargo”.[21] En este caso, Moreno Sánchez mostró su desconocimiento del marco jurídico aplicable y que no leyó atentamente el comunicado oficial acerca de la situación laboral de Paz.
Por último, hay que mencionar que, por encima de cualquier protocolo prevalece lo establecido en la Constitución, que en su artículo quinto a la letra dice: “Nadie podrá ser obligado a prestar trabajos personales sin la justa retribución y sin su pleno consentimiento, salvo el trabajo impuesto como pena por la autoridad judicial.”
La reacción del gobierno en torno a su actitud
La normativa también contempla el concepto de separación, mismo que podía ejercerse por decisión del presidente en dos modalidades: “Los funcionarios y empleados del Servicio Exterior podrán ser removidos de sus cargos ya sea temporalmente por medio de suspensión o en forma definitiva por cese o destitución.”
Las declaraciones que Paz emitió frente a los medios internacionales pudieron tomarse como pretexto por Díaz Ordaz para negarle su pedido y despedirlo, pues la fracción I del artículo 53 señala como causal la “deslealtad al país o a sus instituciones”. No se usó ese recurso en su contra, a pesar de los temores que le había externado a Fuentes el 6 de octubre: “¿Crees que debo y puedo regresar a México ahora? He pensado que lo mejor sería buscar un ‘job’ en alguna Universidad americana o en algún otro lado. No tengo dinero sino para resistir unos cuantos meses y no es ahora el momento para arreglar lo de mi retiro y pensión –si es que no me quitan ese derecho”.[22]
Cuando ya estaba en disponibilidad viajó a Francia, donde el embajador Silvio Zavala espió durante varios meses sus actividades públicas y privadas. No se limitó a compilar sus opiniones, como puede leerse en el mensaje fechado el 30 de enero de 1969: “Según informaciones orales llegadas a la Embajada, el señor Paz permanecerá en París alrededor de un mes, y luego irá por tres meses a la Universidad de Pittsburgh […]. Posteriormente parece tener el propósito de residir en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) durante un curso anual.” Próximo al delirio nacionalista, Zavala solicitó autorización al gobierno mexicano para pedir la expulsión de Paz, aunque su iniciativa fue ignorada por el presidente.
Partidarios y detractores del escritor interpretaron lo ocurrido. En su relatoría sobre las secuelas de esta controvertida decisión, Krauze habló de la animadversión que Paz provocaba en Díaz Ordaz, quien lo calumnió y lo desdeñó como poeta. Domínguez Michael escribió: “el 2 de diciembre de 1970, lo primero que hizo Díaz Ordaz fue denigrar a Paz insistiendo, en unas declaraciones ante la televisión, en que no había sido un renunciante sino un despedido”.[23] La entrevista se transmitió en vivo por la televisión nacional el martes 17 de noviembre de 1970, el encargado de llevarla a cabo fue Ernesto Sodi Pallares y fue reproducida en El Universal del día siguiente. La transcripción estenográfica muestra un diálogo coloquial que abordó temas tales como la existencia de extraterrestres y las preferencias gastronómicas, entre otros. Sólo se aludió a Paz en un par de preguntas de las más de cien que integraron el guion:
E. S. P. ¿Qué opina usted señor presidente del libro escrito por Octavio Paz y que trata sobre los consabidos sucesos de Tlatelolco?
G. D. O. Pues oiga usted, no lo conozco, honradamente. Si no me equivoco, en la época de lo que usted llama “consabidos sucesos de Tlatelolco”, el señor don Octavio Paz era nuestro embajador en la India.
E. S. P. ¡Ah! ¿Entonces fue cuando renunció?
G. D. O. ¡Ése qué va a renunciar! Mire usted, muy cómodamente, pidió que se le pusiera en disponibilidad, es decir, acudió al expediente burocrático de asegurar la chamba y prácticamente estar con licencia indefinida. Eso es todo.[24]
Desde su separación hasta la toma del poder por Luis Echeverría, Paz no fue objeto de represalias directas. Tal como se menciona en la citada entrevista, Postdata, quizá su libro más vendido, tuvo libre circulación en una época en que la censura era práctica cotidiana. Además, no existió consigna en su contra en el pleito que mantenía con Elena Garro; por lo que pudo calmar la pesadumbre que le había compartido a Fuentes el 8 de octubre de 1968: “Lo único que me inquieta es que mi decisión afecte mi suerte en el juicio de amparo que ha promovido Elena (ayudada por mi hija) en contra de la sentencia de divorcio. Gané la primera instancia pero conozco el servilismo de la justicia mexicana –y también, por desgracia, conozco a Elena”.[25]
La reacción desdeñosa de Díaz Ordaz quizás obedezca a una razón más compleja. Es probable que, aun considerando su carácter iracundo, se haya sentido apoyado por las altas esferas de la cultura en México, que veía representadas por Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, Agustín Yáñez y Martín Luis Guzmán.
El único alto mando burocrático que cuestionó el proceder del gobierno
Domínguez Michael, en su libro dedicado a Paz, expone: “[1968 fue] uno de esos momentos que lo convirtieron, a cabalidad, en un hombre en su siglo, el ciudadano que toma la decisión más sabia en la circunstancia más ardua. De los miles y miles de funcionarios que el Estado mexicano tenía el 2 de octubre nadie, salvo Paz, renunció a su puesto. Ningún otro.”[26]
Si bien es cierto que Paz fue el funcionario gubernamental de más alta jerarquía que mostró su desacuerdo, es muy complicado comprobar que nadie más lo hizo. Lo que sí es verificable es que, además de amplios grupos de ferrocarrileros, electricistas y trabajadores del petróleo, quienes estaban sujetos al férreo corporativismo oficial, hubo otras figuras de envergadura que tomaron partido por los estudiantes. Jesús Silva Herzog menciona en sus memorias a Lázaro Cárdenas, quien hizo hincapié en la necesidad de diálogo entre las facciones en disputa: “Sin que los jóvenes prescindan de sus derechos, corresponde a todos los mexicanos, por elemental patriotismo, excluir los métodos violentos y prestarse todos a disponer su ánimo a la cordura en la justicia y la libertad […]. Los caminos del entendimiento no están cerrados. Por lo tanto, la solución del conflicto es posible, y me atrevería a decir que es urgente”.[27] Aunque su discurso invitaba a la conciliación, el expresidente condenó las determinaciones que condujeron a la matanza.
Otros autores han destacado, además de Paz, a Alfonso Corona Rentería, agregado comercial en París, y al filósofo Leopoldo Zea, a quienes se les suspendieron sus pagos por orden directa del gobierno federal.[28]
Un personaje más que se distinguió por su interés de mediar en la situación fue el rector Javier Barros Sierra, quien dimitió el 23 de septiembre, apelando que los ingresos para el funcionamiento de la Universidad se cubrían “en gran parte con presupuesto federal y se pueden ejercer sobre nosotros toda clase de presiones. Por ello es insostenible mi posición como rector, ante el enfrentamiento agresivo y abierto de un grupo gubernamental. En estas circunstancias ya no puedo servir a la Universidad sino que represento un obstáculo para ella”.[29] El 25, la Junta de Gobierno le hizo saber que no se aceptaba que dejara el puesto ya que se consideraba necesario que todos los integrantes de la comunidad se mantuvieran unidos, y así lo hizo hasta atravesado el conflicto. Consumada la masacre, en el Congreso se le mencionó como uno de los responsables de lo sucedido y se dio por concluida su carrera burocrática.
El temperamento político de Octavio Paz se forjó en un siglo que tuvo como característica preeminente la incertidumbre en torno a la naturaleza de la libertad y sus fronteras. Quizá la valentía de un escritor sea un último gran grito de libertad que sólo podemos agradecer acercándonos a su obra alejados de la silueta sórdida del fanatismo.
[1] Krauze, Enrique, “Octavio Paz en 1968: su hora mejor”, Vuelta, núm. 256, marzo 1968, p.6.
[2] Orfila, Arnaldo y Octavio Paz ,Cartas cruzadas, México, Siglo XXI, 2016, p.79.
[3] Paz, Octavio, “Carta a Carlos Fuentes”, correspondencia personal, 7 de noviembre de 1966.
[4] Orfila y Paz, op. cit., p.213.
[5] Paz, Octavio, “Carta a Charles Tomlinson”, correspondencia personal, 3 de agosto de 1968.
[6] Paz, Octavio, “Carta a Carlos Fuentes”, correspondencia personal, 30 de agosto de 1968.
[7] Paz, Octavio, “Carta a Charles Tomlinson”, correspondencia personal, 27 de septiembre de 1968.
[8] “Un sueño de libertad: cartas a la cancillería”, Vuelta, núm. 256, marzo 1968, p.11.
[10] Ibídem, p.14.
[11] Paz, Octavio, “Carta a José Bianco”, correspondencia personal, 5 de noviembre de 1968).
[12] “Cesa Relaciones a Octavio Paz”, Excélsior, 19 de octubre de 1968, p.1.
[13] “Separación de Octavio Paz del Servicio Exterior Mexicano”, El Día, 19 de octubre de 1968.
[14] “Renuncié, no fui despedido”, Excélsior, 19 de octubre de 1968, p.1.
[15] “Cable a Octavio Paz”, Excélsior, 30 de octubre de 1968.
[16] Ochoa, Guillermo, “Sí, vengo a quedarme, si puedo”, Excélsior, 20 de febrero de 1971, p.1.
[18] Sheridan, Guillermo, Poeta con paisaje, México, Era, 2004, p.487.
[19] Domínguez Michael, Christopher, Octavio Paz en su siglo, México, Aguilar, 2014, p.311.
[20] Paz, Octavio, “Carta a Carlos Fuentes” (Correspondencia personal, 12 de octubre de 1968).
[21] Moreno Sánchez, Manuel, “El derecho a renunciar”, Excélsior, 20 de octubre de 1968, p.6.
[22] Paz, Octavio, “Carta a Carlos Fuentes” (Correspondencia personal, 6 de octubre de 1968).
[23] Domínguez, op. cit., p.311.
[24] “El presidente hace un balance de su gobierno”, El Universal, 18 de noviembre de 1970.
[25] Paz, Octavio, “Carta a Carlos Fuentes” (Correspondencia personal, 8 de octubre de 1968).
[26] Domínguez, op. cit., p.312.
[27] Silva Herzog, Jesús, Una vida en la vida de México, México, Siglo XXI, 1993, p.537.
[28] Ordóñez, Andrés, Devoradores de ciudades. Cuatro intelectuales en la diplomacia mexicana, México, Cal y Arena, 2002.
[29] Barros Sierra, Javier y Gastón García Cantú, Javier Barros Sierra 1968: Conversaciones con Gastón García Cantú, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, p.240.
Calendario de un poema: “México: Olimpiada de 1968”. (Parte I)

References: Artículo 56
 resolución 
 artículo 11

Artículo 57

Artículo 58
 artículo 56

Artículo 130

Artículo 131
 artículo 53