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El Socialismo en un solo País.
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Sobre la polémica de Stalin con Trotsky, luego con Zinoviev y Kamenev y luego con Bujarin.
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Curso de Estudio: Principios de Marxismo-Leninismo - William B. Bland
La oposición trotskista, antes y ahora - Stalin (1927)
Enver Hoxha - Los trágicos acontecimientos de Chile, enseñanza para los revolucionarios de todo el mundo (1973)
La Clase de Los Proletarios y El Partido de Los Proletarios - Stalin (1905)
Respuesta a los camaradas Sanina y Venzher - Stalin (1952)
España 1936 - Alvaro Yunque (1937)
La Revolucion Francesa - Thorez, Duclós, Politzer, Peri, Bouthonnier, Fajon, Prenant, Billiet, Jackson
Discurso Sobre Polonia - Karl Marx
Historia de La Vida de Lord Palmerston - Karl Marx
Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel - Karl Marx
Marxismo Como Ciencia. Refutar a Karl Popper - Bob Avakian
La poesía cósmica de un poeta revolucionario: Karl Marx
Juche: una teoría y practica revisionista - N. Steinmayr
Filosofia y Socialismo - Antonio Labriola (1899)
Perestroika (prefacio a la edición española) - Harpal Brar
Albania frente a los revisionistas jruschovistas - Enver Hoxha (1960)
Manual de Psicologia de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. - Smirnov, Leontiev, Rubinstein y otros. (1967)
El socialismo en un sólo país
El debate sobre la construcción del socialismo fue, ante todo, un debate sobre la alianza obrero-campesina, que es la esencia misma de la Revolución de Octubre y, por tanto, de la dictadura del proletariado. No se trata de modelos diversos o de vías diferentes para construir el socialismo, sino de la esencia misma de lo que debía ser el socialismo en las condiciones concretas de la Unión Soviética.
Parece indudable que detrás de la polémica latía en ciertos sectores del Partido una desmoralización, en parte provocada por la agonía de Lenin. El Partido parecía quedarse huérfano y el vacío se dejaba sentir, de modo que, sin el peso de su autoridad, muchos fraccionistas pensaron que sus planteamientos podrían introducirse con mayor facilidad.
Por otro lado, la situación internacional tampoco era favorable: la revolución en Alemania y en Bulgaria fue aplastada en el otoño de 1923, lo que intensificaba el aislamiento de los soviets. Estaba claro que el proletariado europeo no acudiría en auxilio de la Unión Soviética, al menos por un tiempo.
Además, la situación económica, pese a la nueva política económica no era buena, especialmente por la crisis de las tijeras, es decir, por la desproporción existente entre los precios industriales y los agrícolas, en detrimento de los primeros y, en consecuencia, del campesinado como clase. A través del mecanismo de los precios, bajando los agrícolas y aumentando los industriales, los izquierdistas pretendían drenar recursos en favor de la industria. Pero un transvase exagerado de recursos del campo hacia la industria significaba la ruptura política con el campesinado. La financiación de la industrialización sólo podía tener dos fuentes, decía Stalin: La clase obrera que crea valores [...] y el campesinado. El campesinado debía pagar precios relativamente elevados por los productos industriales y, a su vez, debía ser subpagado por los productos agrícolas que suministraba. Stalin precisa: Es una especie de tributo, una especie de
sobreimpuesto que nos vemos obligados a recaudar temporalmente a fin de mantener y elevar el actual ritmo del desarrollo de la industria, a fin de asegurar la industria para todo el país, a fin de elevar más aún el bienestar del campo y, posteriormente, abolir por completo este impuesto complementario, estas ‘tijeras’ entre la ciudad y el campo.
Bujarin se oponía al tributo, al que calificaba como una forma de explotación militar-feudal del campesinado que multiplicaría los aparatos del Estado y la burocracia.
El comunismo de guerra había sido el intento de tomar por asalto, atacando de frente, la fortaleza de los elementos capitalistas de la ciudad y del campo. En este ataque, el Partido había avanzado demasiado, exponiéndose al peligro de perder el contacto con su base. En cuanto se acabó con la intervención armada extranjera y la guerra civil, el poder soviético pasó en 1921 a aplicar la nueva política económica. Entonces Lenin propuso efectuar un pequeño repliegue, retroceder provisionalmente para acercarse a la retaguardia, pasar de la lucha por asalto al método más lento de cercar la fortaleza, para acumular fuerzas y luego lanzarse de nuevo al ataque.
La nueva política económica se caracterizó: — por la sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie — la admisión del comercio privado, que era consecuencia del anterior — el capitalismo de Estado, es decir, la concesión o arriendo de la empresas públicas a capitalistas privados extranjeros.
El paso a la nueva política económica comenzó con la sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie. Éste era menor que la contingentación. Todo lo que le quedaba al campesino después de abonar el impuesto en especie, que debía pagar al Estado, se hallaba a su disposición y podía venderlo libremente. La implantación del sistema del impuesto en especie y la admisión del comercio privado fueron necesarios para estimular el interés económico de los campesinos, elevar la producción
agrícola, restablecer la industria ligera y pesada y, finalmente, emprender una ofensiva resuelta contra los restos del capitalismo en el país.
El giro económico preconizado por Lenin fue caracterizado como un periodo de transición en un periodo de transición. La burguesía imperialista saludó alborozada el nuevo rumbo como una constatación evidente del fracaso del experimento socialista, como un regreso al capitalismo. Aunque el giro no ocasionó unos se debate trataba alguno, no quedó de claro una que todos los militantes otros era bolcheviques habían comprendido las consecuencias del nuevo periodo. Para exclusivamente retirada; para simplemente una vuelta al capitalismo, es decir, un fracaso.
Se imponía un repliegue, pero había quienes pensaban que el socialismo era una ofensiva permanente, un avance continuo y sostenido. Así se abrió la polémica con los trotskistas e izquierdistas.
El debate con los trotskistas se abrió el 8 de octubre de 1923, cuando una intervención de Trotsky moviliza a todos los descontentos que, desde la polémica sindical de 1921, se habían mantenido agazapados dentro las filas del Partido. Una semana después esa oposición se agrupa y manifiesta su disconformidad con la política económica seguida entre el XII y el XIII Congresos. La crítica adopta la forma de carta dirigida al Buró Político por 46 miembros del Partido, entre otros, Piatakov, Preobrajenski, Osinski, Kaganovich y Sapronov. La carta, que se conoce habitualmente como la Plataforma de los 46, agrupaba a todos los viejos escisionistas: los trotskistas, los centralistas democráticos, los comunistas de izquierda, la oposición obrera, etc. Muchos de ellos tenían motivos para quejarse de la dirección porque ya en el X Congreso, en 1921, no habían sido reelegidos para formar parte de ella y se sentían relegados y mucho más capacitados que los que ocupaban sus antiguos cargos en su lugar.
Por sí mismo este hecho demuestra que todos esos grupos sólo habían acatado de palabra las resoluciones entonces aprobadas. Se comprobaba ya entonces, como se volverá a repetir después, que en realidad todas las
plataformas de oposición se componían de los mismos militantes, que debieron ser expulsados mucho antes para evitar males mayores, como efectivamente se produjeron. Por ejemplo, entre los firmantes de la Plataforma estaba también Smirnov, que había defendido las tesis de la oposición militar en el VIII Congreso celebrado en 1918.
La Plataforma atribuye las dificultades económicas encontradas en 1923 (y, en particular, la crisis de las tijeras que caracteriza el final de ese año, a una insuficiente ayuda a la industria. Exige reforzar el papel del Gosplan e incrementar los créditos a la industria pesada. Esto, en las condiciones del momento, sólo se podía hacer en detrimento de la agricultura y del campesinado. Estamos, pues, en presencia de una propuesta -una más- de debilitar la alianza obrero-campesina, poniendo en riesgo la dictadura del proletariado.
Como era inevitable, conociendo el origen de los miembros de la Plataforma, de ahí pasaban a la cuestión interna del Partido, declarando que si las dificultades económicas habían podido acumularse de esa manera no se debía a incapacidad de la dirección sino a que los problemas no se discutían suficientemente. Aunque no lo planteaban de esa forma, volvían a la carga con la cuestión de tolerancia para las fracciones dentro del Partido. Según ellos, los debates tenían lugar entre funcionarios del Partido reclutados por arriba, mientras se excluía a la masa de sus miembros.
Aunque Trotsky, miembro del Buró Político, no firmaba esta Plataforma, compartía sus puntos de vista, dada la forma en que la Plataforma se agrupó, y su declaración de 7 de diciembre titulada Un nuevo rumbo que, inmediatamente después, dirigió a los otros miembros del Buró Político con un contenido muy parecido.
Tanto el documento de la Plataforma como la declaración de Trotsky fueron distribuidos por los comités y células del Partido. No cabía duda de que se trataba de todo un desafío fraccional. Diez días después de aparecer la Plataforma, el Comité Central se reunió en pleno con la Comisión Central de
Control y con representantes de diez organizaciones del Partido. Por 102 votos a favor, 2 en contra y 10 abstenciones se aprobó una resolución que, en síntesis, decía lo siguiente: — hay un reconocimiento de que el comunismo de guerra había impuesto una disciplina militar dentro del Partido y que, además, la NEP había añadido luego a ello una influencia corruptora que se debía superar para volver a los cauces democráticos habituales — la declaración de Trotsky en un momento de la mayor responsabilidad para la revolución internacional y para el Partido, es un profundo error político y, además, una acción fraccional rechazable incluso en la forma personalista en que lo hace, porque para plantear esos problemas no debe dirigirse a estos o aquellos miembros del partido, sino someterlos a los organismo colegiados de los que forma parte. — condena también a la Plataforma de los 46 por amenazar con poner toda la vida del Partido bajo una lucha interna en un momento difícil — aunque la resolución no lo dice, la dirección acordó también mantener en secreto las divergencias existentes.
En este inicio del debate, la actuación de Stalin, como Secretario General del Partido, es extraordinariamente cautelosa. En un momento en el que las partes se lanzaban a la discusión con ataques personales de una inusitada violencia verbal, él aborda el problema con tacto, consciente del riesgo que supone para el Partido la actuación de la Plataforma y de Trotsky. Apenas hay intervenciones personales suyas fuera de los pronunciamientos conjuntos de los organismos del Partido de los que formaba parte. Fue Zinoviev quien tuvo una participación personal más destacada en la lucha contra el trotskismo en ese preciso momento, y fue precisamente eso, una participación personal porque, en realidad, las posiciones de Zinoviev tampoco eran las más acertadas; más bien al contrario, compartía buena parte de las tesis trotskistas.
Buena prueba de la actitud prudente de Stalin fue el sutil artículo que escribió en Pravda en noviembre de 1923 significativamente titulado La Revolución de Octubre y la cuestión de las capas medias, subrayando la
necesidad de ganárselas como aliados del proletariado. Pero no menciona a ninguno de los contendientes en la polémica, aunque indirectamente se manifiesta contra Kautski, quien al igual que los trotskistas, trataba a los campesinos medios como enemigos de la revolución socialista.
Otra intervención suya es un discurso de 2 de diciembre del mismo año titulado Las tareas del Partido, en el que comienza advirtiendo que interviene en nombre propio, sin representar al Comité Central del Partido. Apunta que no se puede hablar de degeneración del Partido como consecuencia del debate que se ha abierto en sus filas sino, muy al contrario, la discusión entablada es una buena muestra de su fortaleza: La discusión que se ha abierto no es para el Partido un signo de debilidad y menos aún de descomposición o de degeneración; es un signo de mejora cualitativa del Partido, de su creciente actividad.
Sin embargo -afirma- aunque existen deformaciones burocráticas, e incluso supervivencias del régimen militar en el Partido, la línea general es justa y no pueden exagerarse las deficiencias que, ciertamente, existen.
Finalmente, Stalin apunta una cuestión fundamental: dentro de un partido comunista existen límites a las discusiones: El Partido no es solamente una asociación de hombres que profesan las mismas ideas; es más bien una asociación de hombres que actúan conjuntamente. Eso es lo que la oposición -y Trotsky en particular- no entendieron nunca: un partido comunista combina la democracia con el centralismo; no es un club de debates permanentes sino que tiene que tomar decisiones y llevarlas a cabo. Llega un momento en que las discusiones se tienen que zanjar. Es conveniente destacar que, frente a los ataques de un militante contra Trotsky, por sostener precisamente esa concepción del Partido, en este discurso Stalin sale en defensa de quien entonces era su compañero en el Buró Político.
Un tercer posicionamiento se encuentra en su artículo A propósito de la discusión publicado en Pravda el 15 de diciembre, en el que aborda los
planteamientos de la oposición sobre las fracciones y la democracia interna. Al respecto afirma rotundamente lo siguiente: Existen dos tipos de democratismo: el de la masa de miembros del Partido, que dan pruebas de iniciativa y de asociarse activamente a la dirección del Partido, y el 'democratismo' de los altos dignatarios del Partido descontentos, para quienes la esencia del democratismo consiste en remplazar a ciertas personalidades por otras.
Finalmente Stalin aborda la carta de Trotsky, que no afirmaba la degeneración del conjunto del Partido sino sólo de la vieja guardia, que Stalin no discute como riesgo posible, y ahí estaba el ejemplo indudable que Trotsky expone de los jefes de la II Internacional. Pero de ahí a afirmar que efectivamente la vieja guardia ya había degenerado, va un abismo. Trotsky habla de los riesgos potenciales mientras que encubre los riesgos reales, afirma Stalin, que en esta polémica utiliza una ironía no exenta de acerbo reproche. Resulta que en un rasgo de nobleza, Trotsky se había incluido él mismo dentro de la vieja guardia bolchevique, pero yo tengo que defender a Trotsky de sí mismo, dice Stalin, dejando a entender que Trotsky no tenía nada que ver con esa vieja guardia.
¿Cuáles eran las intenciones de Trotsky con su carta? Según Stalin había ahí un doble juego: proporcionar un apoyo diplomático a la oposición en su lucha contra el Comité Central, pretextando defender al mismo Comité Central. En realidad Trotsky formaba un bloque con los centralistas democráticos y con una parte de los comunistas de izquierda, concluye Stalin.
Ésta fue su primera polémica pública, donde, por parte del Secretario General, era una mera defensa ante un previo ataque por parte de Trotsky, que además no tenía razón ni en el fondo de sus argumentaciones, ni tampoco en la forma.
Al margen de las opiniones personales de Stalin, la dirección del Partido siguió condenando la actividad fraccionista de la oposición. éstos no se
sometieron a los acuerdos de la dirección y siguieron promocionando sus tesis por su cuenta. A pesar de que el Comité Central había ordenado no divulgar más las divergencias, no hicieron caso. El Buró Político llegó a un acuerdo con Trotsky y el 5 de diciembre se adoptó una resolución por unanimidad (es decir, con la firma del propio Trotsky) sobre la unidad del Partido (la misma aprobada en 1921 cuando el debate sobre los sindicatos) y se publicó.
Pero la oposición siguió con su labor fraccional, y como la dirección del Partido se había comprometido a no airear las divergencias, se produjo una situación grotesca: mientras el Partido guardaba silencio, la oposición difundía sus planteamientos abiertamente. A los dos días de llegar a un acuerdo con Trotsky, éste publicaba su declaración Un nuevo rumbo, en la que criticaba a la vieja guardia bolchevique, a la que comparaba con los degenerados jefecillos de la II Internacional.
En enero de 1924 se reunió la XIII Conferencia del Partido para abordar las cuestiones planteadas por la Plataforma y los trotskistas, pronunciando Stalin el discurso de resumen del debate interno. La resolución de la Conferencia, después de exponer cómo nace y evoluciona la polémica, desentraña la naturaleza pequeña burguesa de la oposición y encuentra en ella dos ramificaciones: — una de tipo izquierdista que ataca la NEP y parece pretende volver al comunismo de guerra — otra derechista, que considera mucho más influyente y que personaliza en Radek, que pretende abrir el país al capital extranjero.
Por tanto, ya desde estos primeros síntomas de la batalla ideológica, aparecen claramente las tres líneas que entran en disputa y en la que la mayoría de los bolcheviques, capitaneados por Stalin, debe combatir a unos y otros. Esto desmiente las tesis burguesas que consideran que Stalin adoptó una postura oportunista, consistente en apoyarse en los derechistas primero para deshacerse de Trotsky y la Plataforma de izquierda, para luego aplastar a los derechistas poniendo en práctica en 1929 las tesis
izquierdistas que había rechazado en 1925. Por el contrario, Stalin mantuvo siempre una línea coherente que no coincidía con ninguna de las otras dos. La incoherencia se aprecia en muchos de los militantes afiliados a cualquiera de las dos tendencias minoritarias, que oscilarán de manera incomprensible de unas a otras.
Cinco meses después, tanto en el XIII Congreso y como en el V Congreso de la Internacional Comunista, la oposición es derrotada otra vez en lo que a la construcción del socialismo se refiere. El XIII Congreso refuerza las posiciones de la mayoría del Partido que se pronuncia por la consolidación de la alianza obrera y campesina.
En cuanto a la situación interna del Partido, las resoluciones son más matizadas. Por un lado, la XIII Conferencia adopta una resolución sobre la construcción del Partido reconociendo que la situación exige un cambio serio de la orientación del Partido en el sentido de una aplicación efectiva y sistemática de los principios de la democracia obrera. La resolución precisa que la democracia obrera significa la discusión abierta por todos los miembros del Partido de las cuestiones más importantes, la libertad de discusión en el seno del Partido y, también, la elección de abajo arriba de los dirigentes y responsables. Pero, por otro lado, la XIII Conferencia condena, como actividad de tipo fraccional, la Plataforma de los 46 y las posturas adoptadas por Trotsky.
En este Congreso cambió poco la composición del Buró Político. Trotsky siguió siendo miembro de él y entró Bujarin, en sustitución de Lenin, muerto el 21 de enero de 1924. Además, por unanimidad de los 784 delegados, Stalin es reelegido Secretario General pese a haber ofrecido su dimisión después de que el Comité Central y los dirigentes de las delegaciones del Congreso discutieran la Carta al Congreso de Lenin.
La polémica adopta entonces un sesgo sorprendente, que no cabe atribuir a Stalin y en el cual, no sólo él, sino todos los militantes, aparecen como testigos, porque se trata de una verdadera batalla entre personalidades
dirigentes que demuestran carecer de principios. En el Congreso Zinoviev exige a Trotsky que reconozca públicamente sus errores, a lo que Trotsky no sólo se niega, sino que pasa a la ofensiva inmediatamente, atacando a Zinoviev. El 6 de noviembre de 1924 publica un libro provocador titulado Lecciones de Octubre en el que ataca a Zinoviev y a Kamenev por sus vacilaciones en el momento de la Revolución.
Ambos personajes trataban de conducir al Partido -que no estaba de acuerdo ni con unos no con otros- directamente al pantano de la disgregación, ya que a su vez, esta publicación da motivo a la réplica de Zinoviev y Kamenev. La más significativa es la realizada por Kamenev en un discurso del 18 de noviembre de 1924. La principal crítica que Kamenev dirige a Trotsky es la subestimación del papel del campesinado, encubriéndola con fraseología revolucionaria. La asamblea del Partido a la que se dirige Kamenev aprueba una moción denunciando la ruptura por Trotsky de las promesas que había hecho en el XIII Congreso. Similares resoluciones son adoptadas en otras reuniones del Partido.
El 15 de enero de 1925 Trotsky dirige una carta al Comité Central en la que afirma que no ha querido reanudar un debate en el seno del Partido y presenta su dimisión de la presidencia del Consejo Militar Revolucionario. Dos días después el Comité Central constata que en su carta Trotsky no reconoce ninguno de sus errores y que ha puesto ya todas sus esperanzas en que los planes del Partido y del Estado fracasen; que entre las tesis leninistas y las de Trotsky hay una muralla insalvable que concierne a los aspectos fundamentales de la ideología; el Partido constata, además, que Trotsky ha emprendido una cruzada abierta contra su línea política, y apunta: En los últimos tiempos Trotsky no se ha pronunciado junto con el partido, sino con mayor frecuencia contra las opiniones del partido, ni sobre un solo problema de importancia; afirma luego que las intervenciones oposicionistas de Trotsky en el partido y alrededor del partido han convertido su nombre en bandera de todo lo no bolchevique, de todas las desviaciones y grupos no comunistas y antiproletarios. Por eso el imperialismo se hace eco de todos sus ataques contra el socialismo, a la
espera de que el Partido entre en una fase de descomposición interna y la revolución se hunda.
A pesar de unas afirmaciones tan contundentes, Trotsky sólo es relevado de sus funciones como presidente del Consejo Militar Revolucionario y se le advierte de que toda nueva violación de las decisiones del Partido suscitaría su exclusión del Comité Central. No hay, pues, una correspondencia entre la gravedad de las acusaciones y la debilidad de las medidas adoptadas. Zinoviev había pedido la expulsión de Trotsky del Partido o, al menos, del Comité Central. Rechazada esta demanda, Kamenev había solicitado la exclusión de Trotsky del Buró Político. Estas exigencias tropiezan con la oposición de Stalin, Kalinin, Vorochilov y Ordjonikidze. En el XIV Congreso del partido, Stalin recuerda esas propuestas de Zinoviev y Kamenev y explica que no fueron aceptadas porque nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo [...] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotsky sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica los más graves riesgos para el Partido [...] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?
La resolución del Pleno de enero de 1925 había ido precedida por la publicación de una serie de artículos criticando la concepción trotskista de la revolución permanente. Uno de estos artículos, publicado el 20 de diciembre de 1924 por Stalin en Pravda e Izvestia, se titulaba Octubre y la teoría del camarada Trotsky sobre la revolución permanente. En este artículo Stalin opone a la teoría de Trotsky la tesis de la construcción del socialismo en un solo país. La XIV Conferencia del Partido (abril de 1925) incorpora oficialmente esta tesis a una de sus resoluciones.
En su informe a la Conferencia, Stalin subraya que esta resolución implica que la comunidad de intereses de los obreros y los campesinos es
suficientemente fuerte como para prevalecer -bajo la dictadura del proletariado- sobre las contradicciones entre esos intereses: de ahí posibilidad del triunfo del socialismo en la URSS. Trotsky niega esta posibilidad al sostener que en un país atrasado no pueden ser resueltas las contradicciones entre la clase obrera y el campesinado: sólo pueden serlo a escala internacional. Como en Brest-Litovsk, Trotsky sostenía también en este punto que sólo la victoria de la revolución a escala mundial podía salvar de la degeneración y la decadencia a la Unión Soviética. Stalin, por su parte, demuestra que este planteamiento no tiene nada que ver con el leninismo.
Se ve claramente así que la cuestión en litigio en la oposición entre la concepción de la revolución permanente de Trotsky y el reconocimiento de la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, incluido un país de mayoría campesina, es la solidez de la alianza obrera y campesina y, por tanto, ahí radica la extraordinaria importancia de la NEP. La tesis de Trotsky reduce la NEP a una retirada, una concesión que conduce ineluctablemente a reforzar cada vez más el capitalismo. Según esta tesis, la materialización de tal amenaza sólo puede ser aplazada, en las condiciones de Rusia, por medio de una industrialización a costa del campesinado, porque la industria es demasiado débil para disponer de su propia base de acumulación. Este erróneo punto de vista fue desarrollado sistemáticamente por Preobrajenski en su concepción de la acumulación socialista primitiva.
Las tesis económicas de Preobrajenski, principal expositor de la oposición izquierdista, son absolutamente descabelladas y por competo ajenas al marxismo. La tesis de la acumulación socialista primitiva establece un paralelismo entre el capitalismo y el socialismo, muy frecuente por lo demás entre los diversos oposicionistas en aquella época, que resulta insostenible. La acumulación originaria fue una larga etapa de formación y expansión del capitalismo en la que la burguesía expropia la tierra a los campesinos a fin de transformarlos en obreros, obligados a vender su fuerza de trabajo en las fábricas. El socialismo, por el contrario, había repartido las tierras entre los campesinos. El paralelismo era absurdo pero no era más que uno de tantos otros, como el de la supuesta conversión de la clase obrera soviética
en clase explotadora de los campesinos (como decía Bujarin) y del Estado soviético en un Estado militar feudal o el supuesto colonialismo practicado por un proletariado metropolitano frente a la pequeña burguesía rural que denotan bien a las claras el extraordinario nivel analítico de aquellos brillantes teóricos del bolchevismo.
Aunque la analogía es absurda, pone de manifiesto las verdaderas concepciones de los izquierdistas, partidarios de un socialismo a punta de bayoneta, de exportar la revolución al exterior, de saquear a la fuerza a los pequeños campesinos e incluso de imponer una disciplina militar también a los obreros sin partido, como vimos en el debate sobre los sindicatos. Las tesis económicas de la izquierda no conducían a construir una sociedad distinta sino a convertir al proletariado en rentistas dedicados a saquear al campesinado y arruinar la alianza entre ambas clases sociales, lo que equivalía a liquidar el fundamento mismo del Estado soviético. Para los izquierdistas el modelo era el comunismo de guerra. Preobrajenski preconizaba el parasitismo: la tarea de la burguesía debía consistir en producir para que luego el proletariado le expropiara la producción. Cualquier semejanza de eso con el socialismo es una pesadilla.
Las decisiones adoptadas por aquella Conferencia versaron sobre los problemas económicos, y en especial a la política que debe seguirse con los campesinos acomodados. En aquel informe Stalin rechazó tales concepciones y admitió la posibilidad, en el marco de la NEP, de tratar correctamente las contradicciones que de modo inevitable enfrentan al
proletariado con la clase de los propietarios privados, es decir, de los campesinos. Además, demostró que en esas condiciones la vía socialista podía prevalecer sobre la vía capitalista: La vía socialista [...] es el desarrollo a través del ascenso constante del bienestar de la mayoría del campesinado. Tanto el proletariado como, en particular, el campesinado están interesados en que el desarrollo siga la segunda vía, la vía socialista, pues es la única que puede salvar a los campesinos de la pauperización y del hambre.
En el aspecto político la XIV Conferencia insistió en la necesidad -para consolidar la alianza obrera y campesina- del respeto a la legalidad revolucionaria y de la eliminación de las supervivencias del comunismo de guerra en el trabajo político y administrativo. Reunido el 30 de abril, al día siguiente de la clausura de la Conferencia, el Comité Central adopta una resolución sobre Las tareas de la política económica del Partido en relación con las necesidades económicas del campo. En la línea de la NEP, tan aborrecida por los izquierdistas, esta resolución amplía el derecho al arriendo de tierras, elimina las restricciones al empleo de trabajadores asalariados en la agricultura, reduce el impuesto agrícola y condena la práctica de los precios impuestos a la compra de los productos agrícolas.
Esto desata nuevos ataques contra la alianza obrera y campesina. A comienzos del verano de 1925 se recrudece la discusión entre las tres posiciones divergentes que venían enfrentándose, con la variante de que, en esta fase de la polémica, Zinoviev se desliza hacia las posiciones trotskistas que habían combatido sólo un año y medio antes. Zinoviev ocupó el lugar relevante porque era presidente de la Internacional Comunista y, además, responsable de la organización local más grande y gloriosa del Partido bolchevique, la de Leningrado.
En los primeros días de junio de 1925 llega a la redacción de Pravda, cuyo director entonces era Bujarin, un artículo de Krupskaia en el cual criticaba violentamente la línea del ¡enriqueceos! A su vez, Bujarin preparó un
artículo de réplica y ambos textos fueron sometidos al juicio del Buró Político. La decisión adoptada por éste fue la de no publicar ni el artículo de Krupskaia ni la réplica de Bujarin. Pero esta decisión se tomó por mayoría y tanto Zinoviev como Kamenev se opusieron a la misma porque, en realidad, eran los que estaban detrás del artículo redactado por Krupskaia. Quedaba claro, una vez más, que la mayoría no estaba de acuerdo ni con unos ni con otros.
Por medio de aquel artículo, varios dirigentes del Partido, especialmente Zinoviev, querían atacar las decisiones adoptadas en abril en la XIV Conferencia y poner en cuestión la misma NEP. Su primer ataque público contra las decisiones adoptadas en la XIV Conferencia fue un discurso pronunciado el 21 de junio de 1925 en el que declaró que dichas decisiones constituían una prueba de la determinación de la dirección de no apoyarse en el 'miserable jamelgo' del campesino sino en el 'rollizo caballo del kulak'.
Al igual que en su polémica contra Trotsky, los excesos verbales volvían a relucir en los escritos de Zinoviev de una forma innecesaria, y además gratuita, porque tampoco esta vez Zinoviev tenía razón. Se estaban enfrentando dos posiciones ante la mirada estupefacta de la mayoría del Partido, que de nuevo no se sentía identificado con ninguna de ambas posiciones.
Según Zinoviev las posiciones expuestas por Bujarin significaban una renuncia a las tradiciones proletarias e internacionalistas del Partido bolchevique. En el artículo La filosofía de la época, que publicó en setiembre de aquel año, volvía a atacar violentamente las tesis de Bujarin como una canonización de los kulaks, mientras la gran consigna de la época histórica abierta con la Revolución de Octubre, era la de igualdad. El artículo, que era un verdadero grito de guerra, fue publicado en Pravda, tras suavizar algunas crudas afirmaciones como la que equiparaba a Bujarin con el ministro zarista Stolypin.
El 5 de septiembre, Zinoviev, Kamenev, Sokolnikov y Krupskaia ultiman un documento conocido generalmente como Plataforma de los 4. Este documento lleva, por tanto, la firma de dos miembros del Buró Político y de la viuda de Lenin. El apoyo de Sokolnikov, partidario resuelto, hasta entonces, de una concepción derechista de la NEP, hace que esta Plataforma aparezca como el punto de convergencia de miembros de la oposición situados en posiciones diferentes.
La nueva oposición, nacida de esa manera, ataca la NEP y, haciéndose eco de las reivindicaciones obreras, reclama aumentos de salarios. También denuncia las prácticas de aparato, exige libertad de discusión y democracia en el seno del partido.
La exigencia de aumento de salarios, como afirma Bettelheim, en la situación existente reviste un carácter demagógico. Esta exigencia conduce a algunos miembros del Partido a colaborar en huelgas 'salvajes'. En conjunto, sin embargo, la oposición obtiene poco apoyo en el partido. El viraje realizado por Zinoviev y Kamenev, hasta la víspera defensores incondicionales de la NEP y de la política de salarios seguida hasta entonces, no puede por menos de provocar escepticismo (1).
Por aquellas fechas Zinoviev, publica un libro titulado El leninismo, en el que afirmaba que al abandonar el comunismo de guerra por la NEP, el Partido abandonó las formas socialistas de economía por el capitalismo de Estado en un Estado proletario. Zinoviev había comenzado a trabajar en él a finales de 1924, concibiéndolo como una refutación del trotskismo. Pero, probablemente, la segunda parte de la obra fue redactada ya en el transcurso del verano de 1925, cuando la polémica sobre el ¡enriqueceos! de Bujarin era ya la que dominaba la escena política soviética. Por eso el libro introduce súbitamente un ataque contra todos aquellos -refiriéndose a Bujarin- que pretenden que el partido se apoye en los kulaks para transformar al país en una democracia burguesa de kulaks enriquecidos y apacentados.
A continuación Zinoviev pasa a tratar el problema de la NEP, planteando que la NEP y el régimen económico de capitalismo de estado conectado con ella, constituían una retirada estratégica, útil y necesaria, pero retirada al fin, respecto a la línea leninista que seguía siendo en esencia una línea de ofensiva. Sostiene que esa retirada estaba llegando a su término y que era necesario entonces retomar la línea de ofensiva para preservar a nuestro país de la restauración de las relaciones burguesas [...] y asegurar el rumbo que conduce al comunismo.
Luego analizaba la construcción del socialismo en un solo país. Resulta evidente la conexión entre este problema y la NEP y el peligro de una regeneración del capitalismo en la URSS. El socialismo en un solo país, siendo Rusia ese país, no podía dejar de ser un socialismo de tipo particular, en el cual los rasgos proletarios originales estuviesen atenuados y casi sumergidos en la potente realidad de la vieja Rusia campesina, en el reino del estrecho espíritu campesino y en el cual la influencia burguesa y pequeño burguesa empujase a la clase obrera de nuestro país a encerrarse en la estrechez nacional y en la suficiencia pequeño burguesa.
Las conclusiones de Zinoviev, a partir de esas premisas, no podían ser otras que la idea que una victoria definitiva del socialismo en Rusia no iba a ser posible sin la victoria del mismo en una seria de países, es decir, un nuevo relanzamiento del trotskismo que el propio Zinoviev, más que ningún otro, había contribuido a combatir y a derrotar.
Durante el otoño, en los meses que precedieron la convocatoria del XIV Congreso en diciembre de 1925, la polémica asumió la forma de una verdadera contraposición entre la organización de Leningrado y la de Moscú, entre la ciudad que había sido la cuna de la revolución y la capital de la vieja Rusia campesina.
En el XIV Congreso, celebrado en diciembre de aquel mismo año, Zinoviev, presenta un contra-informe político, opuesto e inmediatamente después de que Stalin leyera el suyo. Interrumpido con frecuencia por los delegados,
polemiza con las posiciones de Bujarin que identificaban a la NEP con el socialismo y eran la expresión de una inclinación a la estabilización que corría el riesgo de convertirse precisamente en una verdadera liquidación. Por otra parte -decía Zinoviev- existía una estabilización del mundo capitalista y en las condiciones del momento no podía pensarse en la posibilidad de abandonar la política económica inaugurada en 1921, basada en una política prudente respecto de los campesinos. Su crítica quedaba a medias tinta, era indecisa, y no se concretaba en propuestas alternativas. En las Cuestiones del leninismo Stalin ironizaba afirmando que las tesis de Zinoviev eran como edificar el socialismo sin la posibilidad de llevar a cabo su edificación. Por eso Bujarin reprocha a Zinoviev el carácter escasamente constructivo de sus críticas. Su línea política aparecía mucho más coherente y, sobre todo, más en correspondencia con el estado de ánimo de un país que, habiendo pasado por tan terribles pruebas, se aprestaba a retomar aliento. En aquella coyuntura peculiar, se trataba de un tipo de argumentación que no podía dejar de impactar y de hallar audiencia en la mayoría de los delegados. Según Bujarin, se trataba de adquirir la firme convicción que no nos iremos a pique a causa de las diferencias de clase que existen en nuestro país, a causa de nuestro atraso técnico, que nosotros podremos construir el socialismo aun sobre esta base pobre, que este crecimiento del socialismo se operará mucho más lentamente, que nosotros avanzaremos en su construcción acaso con paso de tortuga, pero que la llevaremos a cabo.
También muy poco afortunado con sus expresiones, además del polémico ¡enriqueceos!, Bujarin introducía otra muletilla no menos famosa: socialismo a paso de tortuga.
A medida que proseguían las labores del Congreso y los diferentes oradores se alternaban en la tribuna, el aislamiento de Zinoviev y de la delegación de Leningrado se hacía más evidente. A Zinoviev no le quedaba otra alternativa que ampliar los términos del problema, introduciendo nuevos elementos en el debate y replanteando cuestiones ya resueltas. Es lo que hizo en su intervención final, exigiendo, entre las continuas interrupciones de la asamblea, el restablecimiento o la adopción de una serie de medidas aptas
para garantizar una dialéctica más ágil entre la mayoría y la minoría en el Partido y para preservar en el mismo su carácter proletario y leninista contra la amenaza del funcionarismo y del aburguesamiento. Afirma que la situación de 1921 y de 1923, que había justificado las limitaciones impuestas a la libertad de discusión en el Partido, ya está superada: Sin autorizar las fracciones, aun manteniendo nuestras antiguas posturas sobre esta cuestión de las fracciones, debemos mandatar al Comité Central para que haga participar en el trabajo del partido a todos los antiguos grupos del partido, ofreciéndoles la posibilidad de trabajar bajo la dirección del Comité Central.
De Zinoviev podía decirse -al igual que de Trotsky- que resulta inaceptable que hubieran pretendido alzar el estandarte de la democracia dentro del Partido, para luego confundir la dictadura del proletariado con la dictadura del partido en su obra El leninismo. Ambos perdían de vista sus ansias democratizadoras en cuanto salían del interior del partido. Stalin criticó esta confusión de Zinoviev en sus Cuestiones del leninismo que, en el momento en que se proponía, era verdaderamente perturbadora: Es conveniente recordar estos peligros precisamente ahora, en el periodo de ascenso de la actividad política de las masas, cuando la disposición del partido a prestar oído atento a la voz de las masas tiene para nosotros una importancia especial, cuando el prestar atención a las exigencias de las masas es mandamiento fundamental de nuestro partido, cuando se requiere del partido una prudencia y una flexibilidad especiales en su política, cuando el peligro de caer en el engreimiento es uno de los peligros más serios que amenazan al partido en la obra de dirigir acertadamente a las masas.
Zinoviev se echaba en brazos de su viejo enemigo trotskista: a su propuesta final de revolución mundial se añadía otra consigna de la misma procedencia: la libertad de acción para las fracciones. Se pretendía -nada menos- que volver sobre dos cuestiones que ya se deberían tener superadas. Le tocó a Stalin responderle en su discurso de clausura de las labores del Congreso. En esta oportunidad el Secretario General abandonó el tono
circunspecto que había adoptado en el Informe introductorio y atacó el escrito sobre La filosofía de la época de Zinoviev. Aun aceptando en parte algunas de las demandas relativas a la organización interna del Partido que planteaba en su intervención final, insistió sobre todo en la unidad del Partido: El Partido quiere la unidad y logrará obtenerla junto con Kamenev y Zinoviev, si ellos lo quieren; sin ellos si no lo quieren. En su informe Stalin mantuvo que de las dos desviaciones posibles en el problema campesino, la más peligrosa y que debía ser combatida con mayor fuerza era la tendencia a la sobrevaloración del papel de los kulaks en el campo y la consiguiente necesidad de luchar contra los mismos. Esto significaba una aproximación nítida a las posiciones de Bujarin, pero, sin embargo, en su discurso de clausura, no obstante alinearse abiertamente contra Zinoviev y la oposición de Leningrado, se cuida de poner distancia subrayando su desacuerdo con la fórmula del ¡enriqueceos! El Secretario General declara que las concesiones hechas al campesinado son, ante todo, concesiones a los campesinos medios y están destinadas a reforzar la alianza obrera y campesina. Y recuerda: La NEP es una política peculiar del Estado proletario con vistas a admitir la existencia del capitalismo, cuando las posiciones dominantes están en manos del Estado proletario; es una política con vistas a la lucha entre los elementos capitalistas y los elementos socialistas, con vistas a incrementar el papel de los elementos socialistas en perjuicio de los elementos capitalistas; es una política con vistas a la victoria de elementos socialistas [...] la liquidación de las clases y la construcción de los cimientos de la economía socialista.
Sobre la cuestión del capitalismo de Estado reconoce Stalin que es compatible con la dictadura del proletariado, como Lenin había indicado, pero limita la noción de capitalismo de Estado a las concesiones. En su opinión, basta el papel predominante del sector industrial estatal para eliminar la cuestión del capitalismo de Estado. Stalin termina su intervención con un llamamiento a la unidad, declarando: El Partido desea la unidad y la logrará, con Kamenev y Zinoviev, si ellos lo quieren; sin ellos, si no lo quieren.
Las contradicciones de la nueva oposición y las posturas antitéticas defendidas muy poco antes por Zinoviev, y Kamenev hacen que sus propuestas no tengan casi ningún eco. El 23 de diciembre se presenta un proyecto de resolución cuyos términos tienden a evitar una ruptura con los miembros de la oposición. La resolución es adoptada por 559 votos contra los 65 de la oposición.
Se ponía así fin a este segundo debate que se había abierto inmediatamente después del cierre de la prolongada polémica sobre el trotskismo y su revolución permanente, en cuyo centro había estado ubicada la cuestión de la construcción del socialismo en un solo país. Así como el primero se había concluido con la derrota política de Trotsky, éste terminaba con la derrota de Zinoviev y de la oposición de Leningrado.
Tras la XIV Conferencia Stalin habló y escribió poco. Su trabajo más relevante en el período comprendido entre esta Conferencia (mayo de 1925) y el XIV Congreso (diciembre del mismo año), fue el discurso pronunciado el 9 de junio en la Universidad Sverdlovsk, bajo la forma de respuesta a varias preguntas. En él, entre otras cosas, encaraba el problema de los kulaks sobre el cual el ¡enriqueceos! de Bujarin que había provocado tantos desacuerdos.
En enero de 1926 aparecen las Cuestiones del leninismo con las que Stalin, intenta poner punto final a la larga discusión que se venía desarrollando en el Partido y, al mismo tiempo, sellar en el plano teórico la victoria política obtenida por el XIV Congreso. Zinoviev sigue siendo el blanco principal de la polémica y, más aún en particular, su obra El leninismo.
Para Stalin, tanto a Zinoviev como a Trotsky, les faltaba confianza en la posibilidad de la clase obrera rusa de escapar al dilema de revolución mundial o restauración burguesa-campesina. Son posturas liquidacionistas, dice Stalin, pero no por desconfianza en el campesinado, sino por desconfianza en la capacidad del proletariado para atraer hacia sí al campesinado.
La NEP no es un puro retorno del capitalismo, no es sólo un retroceso, dice Stalin, sino una contraposición de elementos capitalistas y socialistas, con la pretensión de que estos últimos triunfen: En realidad, sólo el comienzo de la NEP ha sido ha sido un repliegue; pero lo que se persigue es efectuar en el curso del repliegue un reagrupamiento de fuerzas e iniciar la ofensiva. En realidad, llevamos ya unos cuantos años luchando con éxito a la ofensiva, pues vamos desarrollando nuestra industria, vamos desarrollando el comercio soviético, vamos desalojando de sus posiciones al capital privado.
Por todo ello las Cuestiones del leninismo constituyen el verdadero epílogo de una determinada fase de la historia de la URSS. Es uno de los mejores escritos de Stalin, realmente profundo y esclarecedor.
La oposición sufre una severa derrota. El 1 de enero de 1926 es elegido un nuevo Buró Político por un Comité Central parcialmente renovado. Zinoviev, sigue siendo miembro del Buró Político, pero Kamenev, es degradado al rango de miembro suplente. Los miembros reelegidos son: Bujarin, Rikov, Stalin, Tomski y Trotsky. Entran en el Buró Político tres nuevos miembros: Vorochilov, Kalinin y Molotov. El grupo dirigente del Partido empezó a ganar homogeneidad. Una delegación del Secretariado reorganiza el aparato del Partido de Leningrado. Zinoviev deja de ser primer secretario de Leningrado y es reemplazado por Kirov. Además es relevado de la presidencia de la Internacional Comunista y reemplazado por Bujarin en el transcurso de 1926. La manera cómo Stalin había conducido la polémica había contribuido notablemente a elevar su prestigio. Su figura iba emergiendo y ganando autoridad entre los militantes comunistas.
Un Pleno conjunto del Comité Central con la Comisión Central de Control celebrado en octubre de 1927 expulsó del Comité Central a Trotsky y a Zinoviev, que se había unido al primero. Tras una manifestación contrarrevolucionaria promovida en el X Aniversario de la Revolución de Octubre, fueron expulsados del Partido por el Comité Central y la Comisión Central de Control (14 de noviembre de 1927), decisión que fue ratificada
por el XV Congreso en diciembre del mismo año. Por fin, en 1929 Trotsky fue expulsado de la URSS por su actividad ya completamente hostil al socialismo. Sus apoyos dentro del Partido eran tan exiguos que no llegaron a 100 los expulsados del Partido por defender sus concepciones, de un total de un millón de militantes aproximadamente.
Las posiciones disidentes de la minoría, lo mismo que las de Bujarin, surgían acobardadas y desmoralizadas por el feroz cerco imperialista y, en última instancia, negaban la posibilidad de construir el socialismo en un país como Rusia que, además de atrasado, estaba aislado internacionalmente.
Los bolcheviques habían confiado que la Revolución en Europa rompería ese aislamiento exterior, pero en 1923 la insurrección proletaria fracasó en Alemania. Entonces algunos dirigentes volvieron los ojos hacia el Oriente, hacia Asia, tratando de encontrar allí las reservas suficientes que permitieran romper el aislamiento exterior de los soviets. En torno a esta cuestión se creó toda una corriente que cabe calificar de tercermundista y que tuvo en Bujarin a uno de sus intérpretes más cualificados. Por tanto, también en la cuestión internacional se delinearon tres corrientes dentro del Partido bolchevique, porque las tesis internacionalistas de Bujarin eran tan erróneas como las trotskistas y también resultaron rechazadas.
Entre ambas corrientes internacionalistas, las posiciones de Stalin y la mayoría del Partido bolchevique fueron calificadas de nacionalistas y, en consecuencia de traición a las tesis tradicionales de Marx y Lenin. Según Zinoviev la tesis de construir del socialismo en un solo país pecaba de estrechez nacional y significaba abandonar la revolución internacional su propia suerte, rechazar el internacionalismo proletario. Pero como preguntaba Stalin: ¿No sería más exacto decir que quien peca aquí contra el internacionalismo y la revolución internacional no es el partido sino Zinoviev? ¿Pues qué es nuestro país, el país del 'socialismo en construcción' sino la base de la revolución mundial? Pero ¿puede acaso nuestro país ser la verdadera base de la revolución mundial si no es capaz de llevar a cabo
la edificación de la sociedad socialista? No son internacionalistas, decía Stalin, sino liquidacionistas.
Como venimos viendo, el internacionalismo de los izquierdistas era falso, puramente verbal, porque la mejor aportación que podía proporcionar la URSS a la revolución mundial era construir y fortalecer el socialismo, dando un ejemplo a los obreros de todo el mundo de que no se trataba de una utopía, de que era posible una sociedad distinta, sin explotación. Lenin decía que el internacionalismo no consiste en frases, no consiste en expresiones de solidaridad ni en resoluciones sino en hechos (2). El país de los soviets tenía que convertirse en el faro del proletariado mundial con hechos: acabando con el analfabetismo, planificando la economía, colectivizando el campo, promoviendo la paz mundial, etc.
De ninguna manera Stalin y el Partido bolchevique abandonaron la causa de la revolución internacional al desarrollar el principio de que el socialismo se podía construir en un solo país. De hecho, la victoria de la Revolución de Octubre representaba, en palabras de Stalin, el comienzo y la condición previa para la revolución mundial [...] No puede haber duda de que la teoría universal de una victoria simultánea de la revolución en los principales países de Europa, la teoría de que la victoria del socialismo en un país es imposible, ha demostrado ser una teoría artificial e insostenible [...] La victoria de la revolución en un solo país, en el caso actual Rusia, no es sólo el producto del desarrollo desigual y la decadencia progresiva del imperialismo; al mismo tiempo es el comienzo y la condición previa para la revolución mundial [...] El desenlace de la revolución mundial será más rápido y completo, mientras más efectiva sea la asistencia del primer país socialista a los obreros y masas trabajadoras de todos los demás países [...] No sólo la Revolución de Octubre necesita apoyo de la revolución de otros países: la revolución en esos países necesita el apoyo de la Revolución de Octubre para acelerar y avanzar la causa del derrocamiento del imperialismo mundial.
La prueba más evidente de la falsedad de esta tesis es la creación de la Internacional Comunista que, a su vez, caracterizó a la Unión Soviética como la fortaleza más importante de la revolución mundial. En marzo de 1919 Stalin participó en la fundación de la III Internacional y, durante algún tiempo, jugó también un papel relevante y dirigente en los asuntos de la Internacional. Pero su compromiso más activo empezó en el V Congreso celebrado en 1924, cuando fue elegido miembro del Comité Ejecutivo y de su Presídium. Sus Obras están llenas de discursos sobre la Internacional durante los años 1924 hasta 1928. Sin embargo, tras estos años de participación y vinculación activa, Stalin dejó de intervenir y permaneció ausente durante sus dos últimos Congresos, en 1928 y 1935. Sus Obras no contienen aportaciones a los asuntos de la Internacional después de 1928. Esto contrasta con el retrato estereotipado de Stalin como un tirano que dominaba indiscutidamente en la Internacional y, a través de ella, en todos los países en los que estaba implantada.
Stalin, junto con las demás delegaciones que asistieron al Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional en noviembre-diciembre de 1926, reconoció la necesidad de la alianza y la solidaridad más estrechas posible entre la Unión Soviética, el proceso revolucionario internacional y las variadas luchas de liberación de los países coloniales. En absoluto la construcción del socialismo en un solo país entraba en contradicción con la revolución proletaria mundial.
Dentro de la Internacional Comunista, Stalin contribuyó a elaborar la táctica de frente unido para lograr la más amplia confluencia en la acción revolucionaria de los trabajadores. En el curso de esta lucha unida, el proletariado debía educarse en el espíritu revolucionario, preparando su principal tarea: el derrocamiento del orden burgués y el establecimiento de la dictadura del proletariado. Puso el énfasis en la creación de frentes unidos por abajo, llamando a los trabajadores de todos los partidos, no a acuerdos con los dirigentes de la socialdemocracia. Ahora bien, la condición imprescindible era que los partidos comunistas mantuvieran siempre la total independencia política. Por eso la táctica de frente unido [...] es una táctica de revolución, no de evolución [...] no es una coalición democrática, una
alianza con la socialdemocracia. Sólo es un método de agitación y movilización revolucionaria. Esta correcta línea táctica prevaleció también en el V Congreso en 1924.
Algunas formulaciones sobre un gobierno de los trabajadores, o gobierno de trabajadores y campesinos, fomentaron la ilusión de una vía parlamentaria al socialismo a través de una alianza con la socialdemocracia. Por iniciativa de Stalin, esas formulaciones fueron corregidas a favor de la movilización de los trabajadores para el aplastamiento revolucionario del Estado capitalista porque, en definitiva, el Partido socialdemócrata se vuelve declaradamente contrarrevolucionario, y sus actividades contrarrevolucionarias están dirigidas contra el régimen proletario, sólo cuando éste último se ha convertido en una realidad. Fue también Stalin quien, a partir del ascenso del fascismo al poder en varios países de Europa, denunció el socialfascismo, la colaboración abierta de los dirigentes de la socialdemocracia con los fascistas: El fascismo es la organización de combate de la burguesía que se apoya en el respaldo activo de la socialdemocracia. La socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo. No hay bases para asumir que la organización de combate de la burguesía pueda lograr éxitos decisivos en las batallas, o en el gobierno del país, sin el apoyo activo de la socialdemocracia [...] Esas organizaciones no se niegan entre sí, sino que se complementan mutuamente. No son antípodas, son gemelos. El fascismo [...] existe para combatir la revolución proletaria.
En consecuencia, la diferencia entre la mayoría bolchevique y los disidentes no estaba en el nacionalismo de los primeros frente al internacionalismo de los segundos. La diferencia radicaba en que el internacionalismo no tiene nada que ver con la exportación de la revolución. La URSS podía ayudar al proletariado de otros países, como efectivamente ayudó en numerosas ocasiones. Pero no podía sustituir a las fuerzas revolucionarias de otros países e imponerles la revolución por la fuerza del Ejército Rojo, que es lo que los izquierdistas pretendían.
No era diferente ese punto de vista de la cuestión campesina, porque para los trotskistas los campesinos eran la burguesía y, como tales, una masa reaccionaria a la que había que someter por la fuerza. Ambas cuestiones, la campesina y la internacional, se complementaban en la ideología izquierdista. Dado que no consideraban a los campesinos como aliados sino como enemigos, el proletariado ruso estaba aislado y sólo podía encontrar sus reservas en el proletariado internacional. La revolución no se podría sustentar sin que estallara la revolución en otros países.
Es claro a dónde conducían las tesis de los izquierdistas respecto a los campesinos: como se trataba de burgueses, había que arruinarles, bien a través de impuestos confiscatorios, bien a través de los precios de compra y venta de sus productos, reduciendo los precios de venta e incrementando los precios de compra. De seguir esa línea, los bolcheviques no sólo hubieran arruinado al campesinado, sino toda la economía campesina, lo que, a su vez, en un país agrario, significaba arruinar la posibilidad misma de construir el socialismo.
Las tesis izquierdistas sobre la cuestión internacional o sobre la cuestión campesina reiteraban las propuestas de Trotsky sobre los sindicatos: si antes propuso sacudir a los sindicatos, lo que no significaba sino sacudir a los obreros sin partido, en las demás cuestiones se trataba también de seguir sacudiendo. El socialismo debía imponerse a todos por la violencia. No se podía retroceder. Eran las mismas tesis que sostuvieron cuando boicotearon los acuerdos de Brest-Litovsk. La paz con el imperialismo era inconcebible para ellos bajo ninguna circunstancia. Tampoco cabía cambiar la política económica y replegarse con la NEP. No cabe, pues, achacarles incoherencia.
No menos erróneas eran las tesis de Bujarin, quien separaba las cuestiones internas de las internacionales y sostenía una concepción ultraimperialista del capitalismo. En su obra El imperialismo y la acumulación de capital, escrita hacia 1915, Bujarin había escrito: Si el capitalismo reproduce sus contradicciones hasta un punto en que comienza la decadencia de las
fuerzas productivas, lo cual vuelve imposible la existencia de la fuerza de trabajo e impulsa a la clase obrera a la rebelión, minando el poder de los países metropolitanos, desencadenando las fuerzas de los esclavos coloniales y agudizando los antagonismos nacionales, en ese caso las contradicciones del capitalismo quebrarán el bloque las clases dominantes y el campesinado y permitirán que una parte importante de éste se vuelva en contra de la dominación capitalista. Obviamente en semejante situación, las tácticas, las consignas de la lucha y la actitud hacia el problema de los aliados deberán ser diferentes. En tal caso la necesidad de relacionar las revoluciones proletarias con las guerras campesinas, las rebeliones coloniales y los movimientos de liberación nacional pasa a primer plano (3).
Es justamente la tesis inversa de los izquierdistas, que conducía a una sobrevaloración del campesinado y, de ahí, a poner en primer plano a los países dependientes. Ese tipo de concepciones llevaron a Bujarin a rechazar la consigna leninista de oponer la guerra civil frente a la guerra imperialista en 1915 y tres años después, durante el debate sobre la paz de BrestLitovsk, a pretender sacrificar la Revolución de Octubre en beneficio de una próxima revolución internacional, lo que Lenin calificó de estupidez izquierdista. Ése era el internacionalismo de Bujarin: si los imperialistas continúan la guerra contra la Rusia revolucionaria, estallará la revolución mundial.
Ante el fracaso de la revolución en Europa en 1928 Bujarin volvió a exponer las mismas tesis con una ligera variante: hay que abandonar la Unión Soviética a la suerte del próximo levantamiento de los campesinos de Asia. Su internacionalismo se había convertido en tercermundismo, tesis que Lin Piao difundirá con el sello inconfundible de la Revolución Cultural china.
Esa misma postura defenderá luego Bujarin en el debate mantenido con Stalin en 1928 sobre la industrialización. Stalin afirmó que estaba en cuestión no sólo la construcción del socialismo, sino el mantenimiento de la independencia del país, porque era previsible una agresión imperialista contra la Unión Soviética. En su informe al VI Congreso de la Internacional
Comunista, Bujarin manifiesta su completo acuerdo con el riesgo de una próxima confrontación bélica, e incluso la configura como el verdadero rasgo característico del momento. Sin embargo, la alternativa que ofrece a ese grave riesgo no es la industrialización sino explotar el papel revolucionario de los pueblos de Asia y a afirmar, por otro lado, que el elemento decisivo en la defensa de la Unión Soviética es su situación política interna y, ante todo, la solidez de la alianza obrera y campesina.
Como se observa es una reedición de las posiciones que ya había mantenido durante la paz de Brest-Litovsk. Vistas hoy día, estas tesis de Bujarin son una anticipación de ciertas formas de maoísmo que tanto proliferan con una aureola ultraizquierdista. Por ejemplo, como escriben Blanc y Kaisergruber: Bujarin ha sido el primero en definir el proceso de la revolución mundial como una conquista de las ciudades a partir del campo, de las metrópolis a partir de las colonias, fórmulas que como se sabe, han sido retomadas en China durante la Revolución cultural (4).
Bujarin desplaza los problemas internos a la esfera internacional y más específicamente hacia el Tercer Mundo, para acabar considerando que el Tercer Mundo es un reducto agrario poblado de campesinos en el que la lucha de clases está ausente: allí, afirmó en el VI Congreso de la Internacional Comunista, no existe el proletariado; las condiciones necesarias para la transformación de la revolución campesina democrática en revolución socialista no existen. Esas condiciones tienen que llegar de fuera, del proletariado de las metrópolis. La lucha mundial está condicionada por los centenares de millones de individuos de la población mundial, que son la fuerza decisiva y son campesinos. Pero las tesis de Bujarin, como ya había advertido Lenin, conducen a la apología del imperialismo: las masas campesinas del Tercer Mundo deben ser guiadas por los obreros de las metrópolis, lo que en definitiva conduce a nuevas formas de imperialismo.
Cuando en el verano de 1928 se celebra el VI Congreso de la Internacional Comunista, Bujarin es el responsable de su Comité Ejecutivo, pero sus
divergencias con la mayoría del Partido bolchevique ya habían estallado, aunque no eran públicas. En ese contexto Bujarin expuso en su Informe una serie de tesis que, contrariamente a las reglas habituales, no habían sido sometidas previamente a la delegación del Partido soviético, lo cual obligó a este último a introducir veinte enmiendas, colocando a Bujarin en una situación más que violenta. Las divergencias salieron a la luz frente a terceros y Bujarin fue desautorizado públicamente en su condición de máximo responsable de la Internacional Comunista.
Uno de los puntos de desacuerdo de la delegación soviética con el informe de Bujarin ante el VI Congreso fue la perspectiva de la crisis económica. La discusión puso de manifiesto que Bujarin no concebía que las crisis tuvieran carácter general que con el imperialismo, que tenía, además, una teoría de las crisis económicas diferente de las marxistas y, finalmente, opinaba que esas crisis no abrían perspectivas revolucionarias a las masas.
Su teoría era otra copia de las de la socialdemocracia, especialmente de Hilferding, a quien emula tanto como critica. Resulta realmente paradójico que Bujarin subraye con énfasis la crudeza de las guerras imperialistas, al tiempo que considera que en el interior de cada país, el capitalismo es capaz de organizarse a fin de amortiguar las crisis. Eso sólo es posible desconectando artificialmente la guerra internacional de la guerra interna.
En su informe Bujarin comienza hablando de estabilización e incluso de un considerable fortalecimiento del capitalismo pero a consecuencia de las críticas de la delegación soviética, el tono de los siguientes discursos fue cambiando progresivamente; comienza a relacionar la guerra con la lucha de clases y afirma que una situación revolucionaria también es posible aunque no se desencadene una guerra mundial. Ahora bien, con una guerra, la revolución -sostiene Bujarin- no sólo es posible sino inevitable.
Por eso, para Bujarin, a pesar de la inminencia de la guerra, la crisis económica en los países capitalistas avanzados no conduce a la revolución. Las metrópolis imperialistas no sufrirán un hundimiento interno en los años
próximos y el centro de gravedad de la revolución mundial se situará en los países de oriente: Se ha producido un desplazamiento de fuerzas fundamentales del imperialismo hacia el continente asiático, afirma Bujarin. Sin embargo, cuando se celebra el VI Congreso de la IC, faltan sólo trece meses para que estalle la gran crisis capitalista de 1929. La discusión no era, pues, académica sino que afectaba a la táctica inminente de todos los partidos comunistas del mundo, que debían estar preparados ante la eventualidad.
La delegación soviética al VI Congreso, por el contrario, consideró acertadamente que la agravación de la crisis económica mundial abría la perspectiva de maduración de las condiciones de un nuevo auge revolucionario. En su opinión de Stalin y de la mayoría, los países capitalistas avanzados se encontraban en vísperas de sublevaciones revolucionarias. La crisis de 1929 y la proclamación de la República española dos años después le dieron ampliamente la razón. La crisis afectó al corazón del capitalismo, no a los países asiáticos.
Por eso no puede extrañar que Bujarin sea, a la vez, expresión ideológica de la pequeña burguesía campesina y de ciertas formas de tercermundismo en el plano internacional. Paradójicamente Bujarin que inició su enfrentamiento con el Partido a causa del programa mínimo, se convirtió entonces en máximo valedor, porque la reforma agraria y el antimperialismo no iban más allá de las reivindicaciones puramente democráticas que en sus teorías, aparecen desconectadas de la lucha por el socialismo. En esto coincidía plenamente con Trotsky.
En esta fase final, el proceso de lucha contra el trotskismo había durado cuatro años. Este hecho prueba que no se zanjó de una manera burocrática, con medidas disciplinarias. Pero finalmente todo se había puesto al descubierto, y seguiría descubriéndose cada vez más, con Trotsky fuera del Partido bolchevique.
En su origen el trotskismo no había sido más que una variedad más dentro de las existentes entre los mencheviques. Pero en su aspecto práctico el trotskismo resultaba insignificante frente a la fuerza de los mencheviques, una organización con una sólida implantación entre el proletariado. El trotskismo jamás hubiera pasado a la historia de no ser por la infiltración de Trotsky entre los bolcheviques. Así como los dirigentes mencheviques (Martov, Potresov, Dan, etc.) permanecieron fuera de las filas bolcheviques, Trotsky penetró en ellas convirtiéndose en un enemigo interior.
De manera que para la burguesía imperialista la crítica trotskista se convirtió en el fundamento mismo de su lucha ideológica contra el socialismo. No hacía falta demostrar las críticas a la URSS y al Partido bolchevique: eran ciertas porque venían de los propios bolcheviques. Lo mismo sucedió luego con los ataques de Jruschov, también asumidos como propios por la burguesía. Hasta el punto que los imperialistas abandonaron sus propias críticas y asumieron las de Trotsky y Jruschov; sin necesidad de mayores comprobaciones se aceptaron como válidas porque llegaban desde dentro. Esta misma circunstancia concedía mucha más fuerza a los argumentos ante las masas populares, mucha mayor capacidad de influencia porque no aparecían como una defensa del capitalismo frente al socialismo sino como una defensa del socialismo frente a la degeneración que había padecido en le etapa stalinista.
La batalla de los bolcheviques contra el trotskismo comenzó como una batalla principalmente ideológica, como decía Stalin en un discurso de 1924: La tarea del Partido consiste en enterrar el trotskismo como corriente ideológica.
Hablan de represiones contra la oposición y de posibilidad de escisión. Eso son tonterías, camaradas. Nuestro Partido es fuerte y poderoso. No consentirá ninguna escisión. En cuanto a las represiones, estoy decididamente contra ellas. Lo que ahora necesitamos no son represiones
sino una amplia lucha ideológica contra el trotskismo, en trance de resurrección (1).
Pero de la lucha ideológica se pasó a la lucha armada; la derrota en toda línea de la oposición le obligó a recurrir al sabotaje abierto, a la provocación callejera y todas las demás formas de ataque violento a la URSS. Lo que en principio sólo era una corriente reformista adobada con una fraseología izquierdista, acabó degenerando en la contrarrevolución.
Herida en su orgullo la reacción tuvo que vencer su repugnancia a los soviets y utilizar a las fuerzas más próximas a la Revolución, primero los eseristas y los mencheviques y, finalmente, penetrar dentro de las filas mismas del Partido bolchevique. Los zaristas se convencieron de que ante el apoyo de las masas a la Revolución, la fortaleza no se podía tomar al asalto sin una previa labor interna de zapa que aprovechara el descontento de los viejos militantes bolcheviques depurados de las filas del Partido. De modo que lo que en un principio eran divergencias políticas e ideológicas, se transformó en una verdadera agresión contra la Unión Soviética proveniente de sus propias filas.
El levantamiento de Cronstadt en 1921 demostró de manera fehaciente a los contrarrevolucionarios que eran las consignas revolucionarias las movían a las masas, que podían utilizar las consignas soviéticas para luchar contra los bolcheviques. Esto marcó todo un giro en la concepción contrarrevolucionaria. Lo que en un principio fueron únicamente disputas políticas e ideológicas, que Trotsky fue transformando en colaboración abierta con el imperialismo. Trotsky tuvo todas las posibilidades para defender sus posiciones, tanto dentro del Estado como dentro del Partido y de la misma sociedad soviética. Pero ninguna de sus tesis fueron aceptadas: fue primero destituido de sus funciones dentro del gobierno; luego fue destituido de la dirección del Partido y finalmente expulsado del Partido mismo, hasta que finalmente hubo que expulsarle de la Unión Soviética. Esta evolución del trotskismo hacia la contrarrevolución flagrante la describió así el mismo Stalin:
El trotskismo hace ya mucho que dejó de ser una fracción del comunismo. En realidad, el trotskismo es el destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria que lucha contra el comunismo, contra el poder soviético, contra la edificación del socialismo en la U.R.S.S.
¿Quién dio a la burguesía contrarrevolucionaria un arma moral, un arma ideológica contra el bolchevismo como la tesis de la imposibilidad de la edificación del socialismo en nuestro país, como la tesis de la inevitabilidad de la degeneración de los bolcheviques, etc.? Esta arma se la dio el trotskismo. No se puede considerar fortuito que todos los grupos antisoviéticos en la U.R.S.S. en sus intentos de argumentar la inevitabilidad de la lucha contra el poder soviético, invocaran la conocida tesis del trotskismo de edificar el socialismo en nuestro país, de la inevitabilidad de la degeneración del poder soviético, de la probabilidad del retorno al capitalismo.
¿Quién dio a la burguesía contrarrevolucionaria en la U.R.S.S. un arma táctica como los intentos de acciones públicas contra el poder soviético? Esta arma se la dieron los trotskistas, que intentaron organizar manifestaciones antisoviéticas en Moscú y en Leningrado el 7 de noviembre de 1927. Es un hecho que estas acciones antisoviéticas de los trotskistas alentaron a la burguesía y desencadenaron el trabajo de sabotaje de los técnicos burgueses. ¿Quién dio a la burguesía contrarrevolucionaria un arma de organización como los intentos de crear organizaciones clandestinas antisoviéticas? Esta arma se la dieron los trotskistas al organizar su propio grupo antibolchevique ilegal. Es un hecho que el trabajo clandestino antisoviético de los trotskistas permitió que los grupos antisoviéticos de la U.R.S.S. adoptaran forma orgánica.
contrarrevolucionaria. (2)
Las derrotas que padeció no hicieron más que alimentar la insolencia de un personaje ya de por sí soberbio y falto de escrúpulos. Con tal de lograr sus propósitos no vaciló en conspirar para atacar a los soviets, aún a costa de ponerse al servicio del imperialismo.
emprendido contra los bolcheviques, Trotsky tuvo que recurrir a la infiltración solapada y el fraccionalismo. Había dejado de ser oposición abierta para pasar a conspirar de manera encubierta. Tras él se agruparon todos los descontentos, los aventureros y los desplazados por las interminables luchas que los bolcheviques se vieron obligados a confrontar. Como escribió Churchill, Trotsky se esfuerza por reunir los bajos fondos de Europa para abatir al ejército rojo (Grandes contemporáneos). Una red de matones, mercenarios y espías se puso a su disposición reclutada entre los bajos fondos de Rumanía, Finlandia, Hungría y otros países. En Principio la casa de Trotsky era un hervidero de conspiraciones, en las que jamás faltaban agentes británicos ni franceses que pusieron a su disposición gran cantidad de fondos. Uno de los asiduos de Trotsky en Principio era el coronel Nicolai, oficial la sección III B del servicio secreto militar alemán.
En unos momentos en que la Internacional Comunista se hallaba proscrita y perseguida en casi todo el mundo, en unos momentos en que se iniciaba el ascenso del fascismo, con lo que esto suponía de privación de derechos para la clase obrera, los imperialistas tradujeron y distribuyeron la autobiografía de Trotsky por millones de ejemplares en todo el mundo. La burguesía se llenó la boca con las consignas trotskistas, mucho más eficaces que las suyas propias y así llegó a parecer normal que el magnate americano de la prensa William Hearst atacara a Stalin por traicionar a la revolución. La Editorial Granat de Berlín, una de las más fuertes de Alemania, imprimía y distribuía La revolución permanente de Trotsky. Al mismo tiempo la cadena norteamericana de Hearst difundía una entrevista con el primer disidente soviético, realizada en Turquía. La multinacional cinematográfica Fox filmaba un discurso suyo; la discográfica CBS grababa sus conferencias. En España en 1967 la censura franquista autorizaba la difusión por la Editorial Plaza y Janés de la biografía de Stalin escrita por
Trotsky. Los militaristas japoneses obligaban a leer a los comunistas chinos detenidos en Manchuria la autobiografía de Trotsky para desmoralizarlos. En Polonia sus libros se difundían hasta en las cárceles. A Gramsci, Secretario General del Partido Comunista de Italia, preso por el fascismo, le ocurrió algo parecido: tuvo que alertar a los demás comunistas detenidos diciendo que Trotsky es la puta del fascismo, debido a la proliferación de sus obras dentro de las cárceles fascistas.
La burguesía imperialista comenzó a hablar trotskista: el comunismo no era malo sino todo lo contrario; lo que sucedía era que Stalin lo aplicaba de una forma tergiversada. En Estados Unidos los trotskistas estuvieron encabezados desde el comienzo por un especulador sin escrúpulos como Max Eastman, por un diplomático soviético renegado como Alexander Bermin, por un aventurero como el autodenominado general Krivitsky que se hacía pasar por antiguo miembro de la GPU, por el abogado de Trotsky, Albert Goldman, condenado en 1941 por un tribunal federal por sedición contra el ejército, por Isaac Don Levin y William Chamberlain, ambos periodistas de la cadena Hearst y que también publicaron un libro sobre los procesos de Moscú en Contemporary Japan, un órgano de propaganda de los militaristas japoneses. Otro conocido trotskista que el imperialismo lanzó como auténtico experto en stalinismo es James Burnham, avalado por innumerables títulos académicos de diversas universidades norteamericanas, presentadas como fachada de solvencia para reproducir lo que no es sino una pura campaña de intoxicación que no ha cesado.
Eso resume en lo que degeneró Trotsky y el conjunto de la oposición: un reducido grupúsculo anticomunista, inflado hasta la saciedad por la propaganda burguesa para lucha contra la revolución.
Notas: (1) Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo (1923-1930), Siglo XXI, Madrid, 1978, pg.333 (2) V.I.Lenin: «La crisis ha madurado», en Obras Completas, tomo 34, pg.288. (3) N.I.Bujarin: El imperialismo y la acumulación de capital, Cuadernos de Pasado y presente, Córdoba, Argentina, 1975, pg.208.
(4) Yannick Blanc y David Kaisergruber: L'affaire Boukharin, Maspero, Paris, 1979, pg.182.
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