Source: http://www.comision-economia.com.ar/2013/02/
Timestamp: 2020-02-23 07:30:05+00:00

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febrero « 2013 « Comisión de Economía
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LAS CRISIS ECONÓMICAS Y LAS NUEVAS POTENCIAS CAPITALISTAS EMERGENTES
Estas breves reflexiones tienen cuatro puntos principales. El primero es que de la crisis de 1929/33 se salió definitivamente por la Segunda Guerra y no por el New Deal de inspiración keynesiana. El segundo es no considerar esa guerra como un fenómeno meteorológico sino como la expresión del desarreglo en las reglas de las zonas de influencia y dominio de las potencias económicas. El tercero es considerar los llamados ¨treinta gloriosos¨ años de recuperación, crecimiento y redistribución del ingreso en Europa Occidental como un período excepcional y no repetible, dado que no existen las dos causas que le dieron origen (la magnitud de la destrucción previa y el peligro del comunismo soviético).
El cuarto es la utilización de la baratura de los bienes industriales asiáticos como ariete en la lucha por el disciplinamiento de los trabajadores en los países desarrollados, proceso que ha ido mucho más allá de la visión original (control social en Occidente) ya que ayudó a la emergencia de un conjunto de países que están llamados a cambiar las relaciones internacionales de dominación.
Estas reflexiones terminan ahí, sin ahondar en las posibles resoluciones de las contradicciones previas y las emergentes de este nuevo proceso, contradicciones que cruzan las condiciones de dominación previas, con la prevalencia de los Estados Unidos, las luchas de clases en el centro y la periferia, y las contradicciones que el desarrollo económico mundial con su explotación irrefrenable de los recursos naturales plantea a la sustentabilidad del planeta.
Son reflexiones que están dirigidas a generar más preguntas que respuestas. Esperamos lograr algo de eso.
1.- Los ciclos en el capitalismo
2.- La Gran Depresión de 1929/1933
3.- El New Deal y el surgimiento del pensamiento keynesiano
4.- La Segunda Guerra Mundial no fue un fenómeno meteorológico
5.- La postguerra europea: “los treinta gloriosos”
6.- El abandono del patrón-cambio-oro en 1971
7.- La reacción conservadora: el retorno de los (neo) liberales 8.- La implosión del sistema socialista.
9.- La emergencia del capitalismo asiático.
10.- La última crisis
11.- Perspectivas
1.- Los ciclos en el capitalismo:
Desde sus orígenes en la Inglaterra del Siglo XVIII el capitalismo industrial revolucionó permanentemente las fuerzas productivas, disolviendo la sociedad feudal y conquistando en forma acelerada todas las formas previas de producción, primero a nivel europeo y luego a nivel mundial. Su propia naturaleza lo lleva a superproducciones periódicas de bienes que al no encontrar demanda suficiente terminan en crisis, que se resuelven con quiebras de las unidades de producción menos productivas, la desocupación y sufrimiento de millones, y la concentración de la riqueza en el sector más productivo para iniciar un nuevo ciclo de crecimiento. Las sucesivas crisis económicas reforzaron, además, el crecimiento del sector financiero del capital, que se fue erigiendo durante el siglo XIX en el corazón del sistema económico a nivel de las naciones desarrolladas y al mismo tiempo de la arquitectura económica mundial.
2.- La Gran Crisis
El fin de la Primera Guerra Mundial pone en evidencia el cambio de liderazgo entre los países desarrollados, con el desplazamiento de Gran Bretaña por los Estados Unidos. De allí la importancia de la crisis de 1929. En ese año estalla la burbuja financiera en la bolsa de Nueva York arrastrando en su caída al mundo entero por la dimensión colosal que había adquirido la especulación y la cuantía inmensa de bienes acumulados sin demanda solvente. La primera reacción de los gobernantes en aquel momento agravó la crisis: se redujo el gasto público, se restringió el crédito y se buscó “sanear rápido” la parte ¨podrida¨ para volver a crecer, pero la magnitud de la ¨enfermedad¨ y lo equivocado del remedio no hicieron sino acelerar la caída.
La caída del PBI (GDP: Gross Domestic Product) en dólares corrientes fue mucho más significativa (66.4 % hasta 1933) que la caída en dólares constantes de 2005 (32.5 %). Esto es, si el volumen de la producción y las transacciones reales cayeron un 32,5 % entre 1929 y 1933, la caída brutal de los precios hizo que la caída nominal del producto bruto fuese del 66,4%. La desocupación llegó al 25 % de la fuerza laboral.
Year	GDP percent change based on current dollars	GDP percent change based on chained 2005 dollars
1930	-12,0	-8,6
1931	-16,1	-6,5
1932	-23,2	-13,1
1933	-3,9	-1,3
1934	17,0	10,9
Fuente: US Bureau of Economic Analysis
3.- El New Deal y el surgimiento del keynesianismo
En forma independiente al embrionario pensamiento de Keynes sobre el particular, el recién electo Presidente Roosevelt inicia en 1934 una política de activación del gasto público para balancear la ausencia de demanda efectiva que la crisis había producido. Lo que Keynes empezó a desarrollar como la teoría de “cebar la bomba” de la lánguida economía privada con gasto público deficitario, el New Deal americano lo fue haciendo en forma intuitiva, y la economía se recuperó parcialmente. Asimismo se impusieron serias limitaciones al accionar bancario para evitar descontroladas especulaciones, y se crearon entes estatales para el manejo y control de innumerables actividades económicas.
Sin embargo, asustados por los niveles del déficit de aquellos años (pequeños comparados con los actuales en Estados Unidos) en 1937 el gobierno americano levantó el pié del acelerador de los gastos esperando que el ¨agua cebada¨ previamente fluyera por el impulso de la actividad privada, lo que volvió a sumergir a EEUU en una recesión en 1938, aunque de menor magnitud.
1935	11,1	8,9
1936	14,3	13,0
1937	9,7	5,1
1938	-6,3	-3,4
1939	7,0	8,1
1940	10,0	8,8
1941	25,0	17,1
1942	27,7	18,5
1943	22,7	16,4
1944	10,7	8,1
1945	1,5	-1,1
Lo que realmente terminó por sacar de la atonía al sistema económico de los países centrales fue el gasto público más efectivo inventado en toda la historia: la carrera armamentista, que goza del apoyo del exacerbado nacionalismo, gasta de una sola vez los elementos producidos, y cuyo cambio tecnológico acelerado garantiza su rápida obsolescencia y necesidad de creciente gasto para (nunca en opinión de sus beneficiarios) garantizar la seguridad nacional amenazada. A diferencia de quién hace la pirámide más alta o esbelta, los gastos de guerra sirven para dominar al enemigo, en todos los campos. Faltaba sólo cambiar el espíritu aislacionista del pueblo americano y embarcarlo en la “lucha por la democracia”, luego que Alemania y la Unión Soviética se hubiesen desangrado en el frente del Este.
Estamos acostumbrados a considerar a las guerras como fenómenos meteorológicos (antes de la guerra, después de la guerra, como si dijésemos antes del terremoto, o después del tsunami). No vamos a desarrollar aquí las causas profundas de cada guerra, ni caer en la simpleza de que Hitler era la encarnación del Imperio del Mal y los buenos tuvieron que dar la lucha por la democracia y el bien de la Europa sojuzgada. Esas verdades parciales no hacen sino ocultar y caricaturizar procesos sumamente complejos pero en cuya base están en disputa áreas de influencia económicas, o simple rapiña de bienes y recursos de los países involucrados, en este caso formas tardías de reparto de las potencias imperialistas e intento de hacer desaparecer el peligro creciente que para estas potencias era la Unión Soviética.
La Segunda Guerra fue una carnicería increíble, con más de 50 millones de muertos y una destrucción de bienes materiales de una magnitud igual a la suma de siglos y siglos de guerras anteriores. Este “fenómeno” fue reducido al poco tiempo al análisis moral del bien y el mal, la historia de las batallas, y el filón para infinitos y edulcorados filmes de Hollywood.
El conflicto bélico fue una ¨gran crisis¨ política y social que envolvió al mundo desarrollado y a su vez fue la resolución de la crisis de sobreproducción y burbuja financiera de la década anterior, con una destrucción extraordinaria de bienes y personas en Europa y un crecimiento extraordinario de la producción industrial en los Estados Unidos. La superación de la crisis económica de los treinta encontró su salida en la irracionalidad de destrucción varias veces superior a su propia magnitud original. Por lo tanto, al final de la guerra se daban las condiciones de volver a crecer pero sobre nuevas bases, sin la rémora de industrias envejecidas que limitaban el crecimiento a las nuevas tecnologías.
Hay que tener en cuenta estas enseñanzas de la historia, para entender que si una crisis futura es de una dimensión no resoluble por los medios habituales, el sistema político y económico generará las condiciones (o contradicciones) necesarias para que se encuentre una resolución aunque vuelva a ser de la magnitud bélica de la Segunda Guerra. Antes de que se produjeran, nadie en los educados países desarrollados de aquella época preveía carnicerías y destrucciones de las proporciones que fueron la Primera y Segunda Guerras Mundiales, librada entre los países más cultos y preparados del mundo. Nadie puede garantizar que no se repitan carnicerías de esa magnitud ahora que en las clases dirigente no existe el temor que una nueva conflagración internacional produzca un período de revoluciones sociales que cambie el sistema económico vigente.
La resolución de la guerra fue la derrota de Alemania en Europa y de Japón en Asia, y la destrucción o agotamiento de las economías de los aliados europeos, con un ganador principal que fueron los Estados Unidos, que sólo cargó sobre sus hombros 250.000 muertos sobre los más de 50 millones del conflicto en su conjunto, además de su propio territorio intacto.
Con los países capitalistas de Europa en ruinas y todo el poder militar, industrial y financiero en manos americanas, la forma de retomar la actividad productiva se inició con el Plan Marshall que consistió en prestarles dinero a los países europeos devastados (ganadores y perdedores, mientras estuviesen políticamente con la economía de mercado) para que compren bienes americanos y la ¨rueda económica¨ vuelva a girar.
El plan Marshall logró tres objetivos: por un lado ayudaba a la reconversión de industria de guerra en industria civil en los Estados Unidos, reactivaba a los países capitalistas destruidos y alejaban el fantasma del comunismo de Europa Occidental. Los partidos comunistas habían obtenido un fuerte respaldo obrero y popular por la defensa de los intereses de su clase y por su decidida oposición al fascismo (valores democráticos) y a la invasión alemana (valores nacionales). Los acuerdos de Yalta y Postdam habían dejado para la Unión Soviética un área de influencia que abarcaba a los países de Europa Oriental y hasta la mitad de Alemania, con excepción de Berlín que se repartía entre las cuatro potencias ganadoras. Para los EEUU el crecimiento de la influencia de los partidos comunistas en Europa Occidental era muy preocupante, especialmente en algunos países como Grecia, Italia y Francia. El descontento y desorden de postguerra podía derivar en situaciones revolucionarias como la Gran Guerra del 14 lo había probado en la Rusia de los Zares.
Es en 1944, poco antes de la finalización de la guerra, que se reúnen en Bretton Woods los líderes económicos y se diseña el mundo que vendrá, donde tienen especial importancia las tesis desarrolladas por John Maynard Keynes sobre la necesidad de incentivar la demanda efectiva cuando el sector privado no puede hacerlo, aún a costa de momentáneos déficits que serán compensados y absorbidos más adelante cuando el sistema vuelva a retomar su ímpetu ahora ya impulsado por las inversiones y generación de empleo privadas. El plan Marshall fue un ejemplo claro del keynesianismo en acción.
La magnitud de la recuperación y expansión europea fue proporcional a la magnitud de la carnicería y destrucción previas. Las oportunidades económicas de rehacer las tasas de ganancias con la reconstrucción por delante se unió a la imperiosa necesidad política y militar de evitar que las clases trabajadoras y los pueblos europeos en general desbordaran sus luchas políticas y sociales más allá de las reivindicaciones reformistas y terminen llevando a Europa Occidental al socialismo, con el apoyo de la Unión Soviética y el nuevo bloque de países socialistas del Este.
En ese triple juego militar, económico y político, se combinaron el despliegue de bases militares americanas, el crédito fácil para poner a andar nuevamente el aparato productivo (incluida la reconversión a economía civil de Estados Unidos), y, como resultado de la acción sindical y la presión política, la concesión de beneficios reales a las masas trabajadoras, como la generalización de la jornada de 8 horas, aguinaldo y vacaciones pagas, obras sociales y atención médica gratuita, generosas jubilaciones y otros beneficios a los trabajadores y el conjunto de la población, como la generalización y ampliación del acceso a la educación y al crédito de largo plazo para vivienda. Las demandas sociales fueron canalizadas mediante una política económica de tipo keynesiano, en donde la necesidad económica de mantener elevada y creciente la demanda agregada como generadora de ganancias para el capital, se combinó con la participación de parte de esas ganancias con los trabajadores mediante el conjunto de conquistas que se fueron concediendo en los distintos países. El Estado cumplió las funciones del capital privado en aquellos emprendimientos que por su magnitud no eran posibles para aquellos, como los servicios públicos, infraestructura, electricidad, petróleo y muchas áreas conexas. Ello fue posible a medida que la reconstrucción progresaba y se volvían a desplegar las habilidades y conocimientos de sus trabajadores manuales e intelectuales, sus técnicos, profesionales, científicos y empresarios innovadores, unido a los préstamos americanos y masivas inversiones de capital de ese origen en las industrias más expansivas. Lo mismo ocurrió en Japón aunque con características propias ligadas a su historia e idiosincrasia.
Este crecimiento se dio, no sin crisis y contradicciones, de manera generalizada y muy marcada hasta mediado de los años setenta. Las contradicciones se manifestaron por medio del desarrollo de sindicatos de distintas tendencias, comunistas, socialistas y demócrata cristianos, y la habilidad política de los gobiernos y empresarios europeos consistió en otorgar los beneficios económicos como contrapartida de mayor involucramiento de los trabajadores en las conquistas obtenibles mediante la reforma del sistema capitalista, alejándolos de alternativas revolucionarias.
Fue el período conocido en los países centrales como la ¨economía de bienestar¨, y ahora que ese período quedó atrás se lo recuerda como ¨los gloriosos treinta¨ o ¨la era dorada del capitalismo¨. Fue un período de excepción por las razones que lo posibilitaron y quedará por muchos años grabado en las mentes como la arcadia perdida.
Podemos decir que en algún momento las clases dirigentes en su conjunto comenzaron a percibir que los beneficios que con su combatividad sindical y política obtenían el conjunto de los asalariados, industriales y de servicios, excedía los incrementos de productividad y por lo tanto estaban llevando lentamente hacia atrás a la tasa de ganancias, al tiempo que la misma puja había acelerado el proceso inflacionario y deterioraba el rendimiento real del capital financiero.
Esta percepción de que los avances de la combatividad de los trabajadores por medio de sus sindicatos reformistas estaba reduciendo las ganancias reales se hizo al tiempo que se fue percibiendo que ni siquiera los partidos comunistas ni sus sindicatos evolucionarían hacia posiciones revolucionarias que quebrasen la vía capitalista de desarrollo en Europa.
Esa doble percepción de las clases dirigentes es la que comienza a cambiar la política económica, tanto en Europa como en Estados Unidos. La alta inflación de los años setenta, fruto combinado de la suba del petróleo y de la puja distributiva, fue derivando en una reducción del ritmo de crecimiento, período conocido como ¨stagflation¨, estancamiento con inflación. Los cambios en la política económica comenzaron con el ascenso de Margaret Tatcher en Inglaterra en 1979 y Ronald Reagan en Estados Unidos en 1980. Los economistas keynesianos habían agotado sus recetas y el lugar central lo ocuparon los economistas neoliberales, economistas como Milton Friedman y los Chicago-boys de la apertura comercial, desregulación financiera y reducción de la presencia del Estado en la economía.
El crecimiento de las economías de Europa fue, por lógica ante la magnitud de su destrucción previa, más acelerada que el crecimiento americano, y en algún momento el patrón cambio oro que había reinado desde 1944 comenzó a ponerse en entredicho cuando algunos países, en especial la Francia de de Gaulle, no quisieron mantener sumas crecientes de dólares en sus reservas y comenzaron a pedir al tesoro americano el oro de respaldo que se atesoraba en Fort Knox.
La inconvertibilidad del dólar en oro se produce en 1971, bajo la presidencia de Richard Nixon, y desde ese momento el respaldo de las monedas mundiales no es más el oro sino el poderío de Estados Unidos. Si el sistema monetario no se desmoronó ante la inconvertibilidad fue porque los Estados Unidos eran en aquellos momentos la potencia dominante en lo económico, financiero y militar, en una dimensión abrumadora, con un PIB superior al 40 % del total mundial (hoy siguen siendo la mayor potencia pero son el 20 % del PIB mundial). Ese cambio le permitió a los Estados Unidos aprovechar de su condición dominante y expandir la emisión monetaria sin respaldo.
En forma independiente de este proceso se da el incremento del precio del petróleo por la acción concertada de la OPEP en 1973, con subas significativas que se repiten en 1978, reforzando una espiral alcista de precios ya en ascenso por las presiones de los sindicatos al alza de salarios y beneficios sociales.
Petróleo, inconvertibilidad del dólar y activismo sindical en todo Occidente no eran las mejores perspectivas para la valorización del capital.
La pérdida del valor del dólar desde 1971 hasta 2010 fue significativa. En efecto en ese período la inflación americana fue más del 440 %, lo que es lo mismo que decir que un dólar de 2010 vale un 20 % del dólar de 1971. De alguna forma el oro refleja esa debilidad del dólar, al pasar de los u$s 35 por onza troy en el período de la convertibilidad 1944/1971 a superar los u$s 1.500 en la actualidad. Pero estos valores son, además de una demostración de la pérdida del valor del dólar, parte de un proceso especulativo del que no escapan otros commodities, como los agrarios que exporta nuestro país, entre otros.
Esta libertad de utilizar el señoreaje de su moneda por su condición de reserva internacional le permitió a los Estados Unidos financiar parte importante de su expansión productiva internacional. Con los años, la principal economía productora del mundo se fue transformando en una economía dependiente del fácil crédito externo y el endeudamiento creciente. Esta inconvertibilidad es uno de los aceleradores de las crisis económicas que padeció Estados Unidos en los últimos años, como las de 1974/75, 1979/82, 1987, 1991 y la actual que comenzó en 2007 y se profundizó en septiembre de 2008.
A partir de la inconvertibilidad, los Estados Unidos, que habían emergido de la Segunda Guerra como fuertemente superavitarios, comenzaron a tener déficit comerciales crecientes (en 2008 superaba los u$s 600.000 millones) y déficits públicos, financiados por ingresos de capitales del resto del mundo que veían en el dólar la moneda de reserva por excelencia. Su deuda pública total (no importa si interna o externa, ya que está mayoritariamente nominada en sus propios dólares) es de la magnitud de su producto bruto interno.
7.- La reacción conservadora: el retorno de los (neo) liberales
El liberalismo, que había sido desplazado del comando de la política económica a partir de la crisis de los treinta y en especial después de la finalización de la Segunda Guerra, volvió renovado por sus fueros, adquiriendo el nombre de neo-liberalismo, o como se lo conoce en los Estados Unidos , neo-conservadurismo.
La caída de la tasa de ganancias por la mayor combatividad sindical en los países desarrollados - con economías relativamente cerradas a la salida de la última guerra, importantes áreas bajo el control del Estado, numerosas regulaciones resultado de las concesiones al movimiento obrero en el afán de alejar la radicalización política, sus manifestaciones externas como la alta tasa de inflación con bajo crecimiento y estancamiento del aumento de la productividad que había caracterizado al período anterior - convencieron a muchos que la pólvora de las recetas keynesianas se había mojado irremediablemente, y uno tras otro los gobiernos europeos y del resto del mundo se fueron plegando al nuevo credo. Así fueron cayendo los derechos de importación y las trabas para-arancelarias, tanto en el centro como en la periferia, se desregularon las actividades financieras, se privatizaron las áreas de servicios públicos que antes habían estado en manos del Estado, y los resultados fueron el disciplinamiento del movimiento obrero y sindical que no se había podido lograr antes.
La amenaza de mayores importaciones puso un primer límite a las exigencias obreras de aumentos anuales de la misma magnitud que la tasa de inflación más el aumento de la productividad real o estimada. Si la importación no surtía efecto, la relocalización de las empresas en países con costos laborales menores comenzó a hacer estragos en la combatividad obrera, y la morigeración salarial permitió el incremento de la tasa general de ganancia.
A su vez, la importación de mercancías más baratas, al tiempo que fue el elemento de limitación de los incrementos salariales en el centro, fue un motivo de reducción del costo laboral por abaratamiento de los bienes consumo importados, reduciendo de esa manera por doble vía la presión inflacionaria previa. No olvidemos, además, que en la estructura ocupacional de los países avanzados, los sectores productivos (agro e industria) son, por el acelerado incremento de su productividad, cada vez más una fracción en reducción (no llegan en conjunto al 20 % de la mano de obra) con lo que las demandas de proteccionismo y aumentos salariales de los obreros industriales chocaba contra las apetencias de consumo barato de bienes importados del conjunto de los trabajadores que no eran campesinos u obreros industriales, esto es, de la mayoría de las clases medias asalariadas y de los trabajadores de servicios.
Una consecuencia del cambio de paradigma fue que una parte cada vez más importante de toda la ganancia del capital mundial se fue expresando en acumulación de capital dinero, de excedentes financieros que buscan oportunidades para aumentar su valorización. Las restricciones al capital financiero que se habían comenzado a desplegar en los años treinta como reacción a la gran crisis y que se generalizaron en las políticas keynesianas de posguerra fueron barridos en pocos años, y la especulación propia del sistema capitalista se exacerbó hasta el paroxismo con el desarrollo de nuevos esquemas de ingeniería financiera con productos complejos como los derivados. La forma capital financiero reafirma su dominio sobre todas las otras formas de capital.
8.- La implosión del sistema socialista.
Estas tendencias neoliberales se hallaban firmemente implantadas cuando se produce la implosión de los países socialistas. En 1985 el nuevo secretario general del PCUS, Mihail Gorbachev, intenta reformar el sistema socialista que estaba próximo a la parálisis económica, fruto de sus contradicciones internas y la presión que sobre su presupuesto militar tenía la carrera armamentista con los Estados Unidos.
El análisis detallado de las causas de este fracaso quedan fuera de este trabajo, pero la reducción del ritmo de crecimiento primero y el estancamiento después ya estaban generalizados en la mayoría de los países socialistas de Europa. A ello se sumaba el descreimiento político de los ciudadanos de esos países en la posibilidad de que el sistema socialista resuelva sus carencias económicas o permita la expresión de sus opiniones políticas, lo que retroalimentaba un círculo vicioso de baja productividad y poco esfuerzo laboral de la población. La alternativa elegida por Gorbachev (la Perestroika o reestructuración y el Gladnost o transparencia) fueron cambios superestructurales (a nivel político pero no sobre la estructura económica) realizados desde el voluntarismo y llevaron al fracaso más absoluto con la desestructuración de un esquema que se había estancado pero aún funcionaba. El sistema que se estaba estancando fue suplantado por la improvisación y la eliminación de las reglas económicas previas pero sin la fijación por etapas de las nuevas. El resultado fue el caos económico más absoluto. Sus fracasos son crecientes y la economía soviética entra en caída libre. Cuando en Alemania del Este toman conciencia que la Unión Soviética no reprimiría, cae el muro y todo lo que era sólido se disuelve en el aire, al decir de Marx imaginando situaciones totalmente diferentes.
En dos años más la mismísima Unión Soviética se disuelve, se abandona el socialismo y las viejas nacionalidades anteriores a la dominación de los zares se independizan de Rusia. El capitalismo en su versión más salvaje y de acumulación primitiva por saqueo y pillaje toma el control de Rusia que continúa en caída libre hasta casi el año 2000 en que comienza su recuperación de la mano del precio creciente del petróleo.
La caída de la Unión Soviética terminó con los pocos temores de las clases dirigentes de Occidente de un giro radical de la situación social en sus países, lo que permitió acelerar la aplicación de las recetas neoliberales sin límites.
Por otro lado, el otro gigante socialista de Oriente, China, había comenzado ya su marcha hacia el desarrollo capitalista, de la mano de una política de intervención del Estado en escala mayor que la que antes aceleró el desarrollo de Japón o Corea. Se dio la paradoja de un estado formalmente socialista poniendo todo su peso y esfuerzo en desarrollar y promocionar el surgimiento de una burguesía nacional china, y mirada con la perspectiva de más de treinta años, esa promoción fue desde el punto de vista económico muy exitosa, aún con las crecientes desigualdades sociales que produce. Muy pocos países quedaron en un sistema socialista de generalizada propiedad estatal, como Cuba y Corea del Norte.
Para que la apertura comercial tuviera la posibilidad de frenar la combatividad sindical y recomponer la rentabilidad del capital industrial y financiero era necesario que hubiese nuevos países industriales que bombardearan los salarios altos de los países desarrollados con mercancías baratas. Ese proceso ya estaba en marcha y provenía del lejano Oriente, proceso que cambiará radicalmente el curso de la historia del desarrollo económico mundial y el balance de poder en los años por venir.
Asia es un continente de muy larga historia. Hasta el año 1500 el país más poderoso de la Tierra era China. Mientras en capitalismo despegó a Europa, todo el continente asiático fue quedando relegado. A fines del siglo XIX despega Japón, transformándose en una potencia regional. Tras la Segunda Guerra Mundial en la que fuera derrotado retoma su impulso industrial y llega a ser la segunda potencia industrial. Luego le siguen en los sesenta Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Malasia, para a fines de los setenta sumarse la República Popular China y en los noventa la India y otros países menores. La característica de todos estos países es la abundancia de mano de obra barata, de origen campesino, y el agotamiento, tras miles de años de explotación, de muchos de sus recursos naturales y sus tierras de labor. El cambio en China se produce a pocos años de la muerte de Mao Tse Tung. En 1978 toma el control del Partido Comunista y el Estado Deng Tsiao Ping y pone en marcha un programa de modernización consistente en utilizar la baratura de la mano de obra para industrializar el país al inicio con exportaciones baratas de textiles y calzados, para ir complejizándose después, dejando en forma progresiva que sea una nueva burguesía industrial naciente la que lleve a cabo esa tarea, siempre con el control del Estado, tanto en las políticas y ramas a desarrollar como en el área financiera y bancaria. La mezcla de iniciativa privada, con planificación de las áreas a desarrollar y control estatal tuvieron los mismos exitosos resultados que similares políticas habían tenido antes en Japón y Corea, y hoy China se ha transformado en la segunda economía del mundo, detrás de la americana y por arriba de la japonesa. El despliegue de India fue posterior pero sigue la misma impronta general aunque con diferencias de implementación.
La importancia de estos desarrollos tardíos en Asia es la magnitud de los nuevos actores. Así como Japón y Corea involucran a 100 y 40 millones de personas, China e India involucran a 1350 y 1150 millones, sumando entre ambas el 40 % de la población mundial.
Su éxito económico, canalizando sus exportaciones a los principales países occidentales, ha sido, como contrapartida, el principal elemento de freno para las demandas de las clases trabajadoras en estos países y abaratamiento de los bienes de consumo en Occidente. La importación por un lado y la migración de industrias de Occidente a los países asiáticos ha tenido un efecto devastador sobre la capacidad reivindicativa de sus trabajadores, y la lógica los empuja a ir cediendo de a poco a los dictados del capital para mantener sus fuentes de trabajo. Estos retrocesos a nivel económico de los asalariados en los países desarrollados no derivó en radicalización de sus expresiones políticas, y en el caso de Europa, se vio el retroceso hasta la casi extinción de los partidos comunistas, y la aceptación de las recetas neoliberales con algunos reparos (cada vez menores) de los partidos socialistas. Es más, en el caso europeo se ha visto el crecimiento de las expresiones políticas nacionalistas y racistas, opuestas a la inmigración, soportada en no despreciable medida por los sectores sociales que otrora respondían a los partidos comunistas y socialistas.
Si éstas son las consecuencias del emerger de Asia en el centro desarrollado, las características de alta población con demandas crecientes en territorios explotados desde hace milenios abren oportunidades de crecimiento a otras zonas del mundo con abundancia de materias primas, como son los casos de los países petroleros, Sudamérica y determinadas zonas de África.
Las altas tasas de desarrollo de Sudamérica en los últimos ocho años no son independientes de este proceso de crecimiento asiático que ha elevado la demanda y los precios de los commodities agropecuarios, petrolíferos y mineros. De alguna manera, para nuestro subcontinente, la emergencia de India y China vendría a ser parcialmente una repetición del ciclo de crecimiento de la región a fines del siglo XIX como abastecedora de materias primas de Europa. El tipo de aprovechamiento de esta ¨ventana¨ (especialización primaria o desarrollo industrial) que se abre determinará en gran medida la estructura económica de los distintos países de la región en los años venideros.
La última crisis tiene fecha cierta de inicio pero no está claro si la tiene de terminación. Para 2007 ya era claro que la especulación con instrumentos financieros sofisticados, como los derivados que contenían partes de hipotecas malas o llamadas subprime, estaba llegando a su fin. Ello eclosionó definitivamente con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers en Septiembre de 2008, y allí se desplomaron las bolsas mundiales. Lo demás es conocido, y no entraremos en sus detalles, hubo salvataje masivo de los bancos e instituciones importantes en problemas por parte de los erarios públicos de las principales potencias, empapelando al mundo, con lo que lograron que lo que iba a transformarse en otra crisis de los años treinta se fuera larvando (estiramiento suave en el tiempo en vez de profundización rápida y aguda) en Estados Unidos y se manifieste con mayor virulencia en Europa y Japón.
En efecto, según las estadísticas del Fondo Monetario, en 2009 la caída del PIB americano fue del 2,6 %, la de la zona Euro del 4,1 %, Reino Unido el 4,9 %, Japón el 6,3 % y el mundo en su conjunto un 0.5 %. El contrapeso a esta caída tan brutal de los países centrales fue la dinámica mantenida por los nuevos países capitalistas de Asia, con China creciendo al 9,2 % y la India al 6,8 %. En nuestra América Latina el golpe fue mucho más amortiguado, con una caída general del 1,7 %, la caída más pronunciada en México con un 6.5 % y el resto de los países importantes de la región en niveles cercanos a cero. La recuperación en 2010 fue parcial y anémica en el centro, y las perspectivas en esa zona avanzada son débiles.
CRECIMIENTO DEL PRODUCTO BRUTO (VARIACIÓN PORCENTUAL)
AREA	2009	2010	2011 EST	2012 EST
MUNDO	-0,5	5,1	4,3	4,5
1.- ECONOMÍAS AVANZADAS	-3,4	3	2,2	2,6
ESTADOS UNIDOS	-2,6	2,9	2,5	2,7
AREA EURO	-4,1	1,8	2	1,7
JAPÓN	-6,3	4	-0,7	2,9
GRAN BRETAÑA	-4,9	1,3	1,5	2,3
CANADA	-2,8	3,2	2,9	2,6
OTRAS ECON. AVANZADAS	-1,1	5,8	4	3,8
ECON. INDUSTRIALES ASIA	-0,7	8,4	5,1	4,5
2.- PAISES EMERGENTES Y 2,8	7,4	6,6	6,4
CHINA	9,2	10,3	9,6	9,5
INDIA	6,8	10,4	8,2	7,8
LATINO AMERICA	-1,7	6,1	4,6	4,1
MEDIO ORIENTE/NORD AFRICA	2,5	4,4	4,2	4,4
AFRICA SUBSAHARIANA	2,8	5,1	5,5	5,9
Fuente: Fondo Monetario Internacional. World Economic Outlook. Junio 2011
No vamos a entrar en los detalles de las acciones emprendidas por los estados centrales, porque la variedad de árboles no nos van a dejar ver el bosque. Lo que queremos destacar es la tendencia general mirada desde el largo plazo y con igual perspectiva.
Si la presente crisis, que se originó en el centro, fue de magnitud muy superior a las anteriores es básicamente por dos razones:
a)	desaparecido el campo socialista la presión del capital por limitar las reivindicaciones de sus trabajadores se reforzó significativamente, contando como ariete para esa limitación a la importación barata proveniente de los nuevos países industriales asiáticos.
b)	Sin oposición política que los limite, el capital financiero, que asume el comando del capital en general, se lanza a un frenesí de especulaciones financieras que engrosan sus ganancias en forma creciente, ganancia que necesita reciclarse para volver a incrementar el capital, dando origen a la última oleada especulativa.
El capital financiero gana cada día más participación en la renta mundial, y si al mismo tiempo los productos que ese capital financia encuentran cada vez menos clientes que los compren por la reducción de los salarios reales en los países centrales, llega un momento en que la plétora de bienes volcados al mercado no encontrará demanda solvente ni posibilidad de continuar con la cadena de la felicidad del crédito.
Las mercaderías impagas comenzaron a crecer, con la diferencia que la magnitud de la especulación estuvo en relación con los grados de libertad con que contó el capital financiero, grados de libertad que no contaba en la época anterior de economías más cerradas, con menos competencia asiática, mayor regulación financiera y con el freno que significaba el temor de un cambio político hacia el socialismo.
La crisis que estalló en septiembre de 2008 es una crisis importante pero una crisis más, no es la crisis final de un sistema, ya que los sistemas se agotan cuando está maduro el sistema que lo ha de suplantar y los actores que llevarán a cabo el cambio, y nada de ello está a la vista.
Toda contradicción tiende a su resolución y la presente crisis, ante la ausencia de desafíos políticos que puedan poner al sistema en juego, se resolverá con sufrimientos para muchos y salvatajes para otros.
Lo más probable, desde el punto de vista de la lógica económica intrínseca del sistema y las acciones que tomaron los estados centrales, es que la recuperación sea muy lenta, que el conjunto de los países centrales caigan en una especie de letargo o bajo crecimiento, con agudización de las contradicciones sociales internas, tanto en el centro como en la periferia. Los cambios políticos en curso en Oriente Medio y Nord África son un ejemplo no previsto de las consecuencias del incremento del precio de los alimentos a nivel mundial, alimentado por el capital especulativo que queda libre luego de ser salvado por sus estados de los desbordes de las hipotecas subprime.
Desde el punto de vista económico es posible que el centro se mantenga en un letargo tal como ocurrió con el Japón a partir de 1990 cuando estalló su mega burbuja, desde el punto de vista político será diferente, en función de las distintas historias de Japón por un lado y Europa y Estados Unidos por el otro.
Esta crisis involucró principalmente a los Estados Unidos y ellos tienen la moneda de referencia mundial. Por el momento parece que la emisión descontrolada de dólares para salvar al sector financiero no ha limitado su aceptación por el resto del mundo que teme que decir que no aceptan papeles sin respaldo termine por hundir al mundo más aún.
En pocas palabras, Estados Unidos, al usar el señoreaje del dólar hace un chantaje mundial y se beneficia de los países, empresas y personas que en él buscan su refugio.
Estimamos que esta crisis se resolverá, con derivaciones en el campo político serias pero no críticas o disruptivas del orden social imperante en los países desarrollados. Por otro lado, el previo y paralelo crecimiento de los emergentes, en especial de China hace pensar que más tarde o más temprano se estarán replanteando las reglas generales del sistema económico mundial.
En algún momento futuro de su desarrollo, cuando la fuerza de su desarrollo económico esté acompañada por una mayor paridad militar, China comenzará a hacer cambiar esas reglas. A diferencia de Japón y Alemania, las otras potencias económicas detrás de Estados Unidos y China, ésta tiene una fuerte capacidad nuclear, un poderoso ejército y un presupuesto militar creciente. El momento y las formas que adoptará la resolución de esta contradicción no lo podemos prever claramente ahora.
Lo único que podemos decir es que no hay ¨fin de la historia¨ y que ésta no terminará tampoco con esa resolución.
En su irrefrenable desarrollo de las fuerzas productivas la economía mundial hace emerger constantemente nuevas contradicciones que se suman a las no resueltas aún de etapas anteriores. El conjunto de contradicciones entre potencias establecidas y emergentes, contradicciones de las clases sociales dentro de cada país, contradicciones entre estadios de desarrollo y culturas diferentes, contradicciones entre el desarrollo sustentable del planeta y la tendencia irrefrenable a una mayor explotación de sus recursos por todos y cada uno de los actores, se irán sucediendo y resolviendo sin cesar, para dar origen a otras nuevas. El sentido o curso probable de resolución de estas contradicciones queda más allá del objetivo de las presentes reflexiones.
Desde septiembre de 2008, cuando en Estados Unidos estalló la crisis de las hipotecas subprime, todos los países centrales entraron también en ella, siendo al momento actual Europa el centro de la tormenta.
Las razones por las cuales la persistencia de la crisis se manifiestan más en el viejo continente que en Estados Unidos han sido motivo de análisis, lo mismo que la persistencia de la crisis en el lejano Japón, que parece nunca haber levantado cabeza después de su propia crisis de especulación inmobiliaria de principios de los noventa del siglo pasado.
Trataremos en lo que sigue, de entender las diferencias entre el derrotero de EEUU y Europa, especialmente de la zona Euro, y las posibles resoluciones de esta crisis.
Para sintetizar los motivos últimos de la crisis en el centro, podemos decir que se originan en el cambio de paradigma que se terminó de imponer en los años ochenta del siglo pasado. Los “años dorados” de la postguerra habían traído bienestar para las grandes mayorías pero al costo de reducción de la tasa de ganancias para el capital, mayor inflación por puja redistributiva y desafío a la prerrogativa del capital en la definición de sus cursos de acción. Cuando el keynesianismo de postguerra no pudo hallar las recetas para continuar el crecimiento sin estas contradicciones para el capital, fue que se produjo la reacción conservadora conocida como neoliberalismo. Esa reacción ya estaba en marcha y triunfante en los principales países, especialmente Gran Bretaña (1979) y EEUU (1980), cuando se produce la implosión del campo socialista entre 1989 (caída del Muro de Berlín) y 1991 (disolución de la Unión Soviética).
La apertura comercial y financiera, la desregulación bancaria montada desde el New Deal (1934) en adelante, la “flexibilización salarial”, etc. se impusieron y en los primeros años el crecimiento económico se revitalizó, al tiempo que maduraban las industrias fruto del cambio tecnológico en el campo de la computación, las comunicaciones e Internet.
El resultado fue un incremento significativo de la productividad en los países centrales con un incremento casi nulo de los salarios reales de los trabajadores, tanto de la industria como de los servicios, y una división cada vez más marcada al interior de los distintos asalariados, con pocos ganadores (sector financiero, servicios especializados) y muchos perdedores (industrias maduras, servicios simples, etc.).
La tasa de ganancias se rehizo en todos los países centrales y parecía que la hegemonía del capital había logrado el equilibrio necesario para eternizar las nuevas relaciones de distribución entre capital y trabajo, con una posición dominante del capital financiero por sobre el industrial y comercial, y una posición subordinada del conjunto de los trabajadores asalariados, la inmensa mayoría de las poblaciones centrales. Estas mayorías están formadas al momento actual por una minoría en reducción de asalariados industriales y una mayoría significativa de asalariados de servicios, parte significativa de servidores públicos, educación y salud.
Sin embargo, este nuevo “equilibrio” no duró mucho, pues la hegemonía del capital sobre el trabajo en los países centrales se exacerbó al nivel que la concentración de riqueza en el pináculo de la estructura social, no permitía la realización de la capacidad de producción incrementada por los aumentos de la productividad general.
Es el momento en que se expande el crédito para que el consumo no caiga y el resto es conocido, las burbujas especulativas, que a inicios del siglo XXI fueron las punto com en 2008 estallan por la especulación inmobiliaria, primero en Estados Unidos y luego en Europa, siendo España la más afectada por esta especulación, pero no la única con problemas (Islandia, Gran Bretaña, Irlanda, Italia, Portugal y Grecia también fueron afectadas seriamente, el resto con menor intensidad).
¿Por qué el proceso que se absorbió parcialmente en EEUU y Gran Bretaña no cesa de agravarse en los países del sur de la zona Euro? Porque a la ola especulativa se le suma que al momento de buscar resolución, la Europa del Euro no es una nación sino un conjunto de naciones con una moneda que ellos no emiten y que está regulado por la economía principal, la de Alemania.
Hay que explicar, muy brevemente, por qué el Euro, que era una panacea, ahora es un problema para muchas economías. La base del tema es la diferencia de productividades y de variaciones de precios y salarios entre los distintos integrantes del Euro.
Si al momento de ingreso en el Euro – aparte de un conjunto de condicionalidades que no analizaremos aquí para no complicar en análisis – los tipos de cambio utilizados hubiesen expresado un equilibrio y luego la evolución hubiese sido pareja en todos ellos, no habría habido desequilibrios mayores. Pero a varios países les pasó algo parecido a la Convertibilidad en Argentina.
Ejemplifiquémoslo con España, país cercano para nosotros y cuya realidad es más accesible que la de Grecia o Portugal, para nombrar otros con problemas.
Cuando a inicios de los noventa España ingresa en el Euro, los bancos internacionales comienzan a hacer prestamos a los bancos españoles en función de la desaparición del riesgo de devaluación, y por lo tanto reduciendo fuertemente las tasas de interés con respecto a las vigentes en la época de la peseta. Los bancos españoles, “la principal industria ibérica luego del turismo”, expandió el crédito para construcción, primero en zonas turísticas y luego en general, a un nivel tal que la demanda interna explotó hacia arriba produciéndose un doble proceso de crecimiento de los precios de las propiedades en Euros, y de los salarios por el recalentamiento que esta actividad difundía a toda la economía.
La tasa de inflación acumulada en Euros de España entre 1992 y el presente es mucho más elevada que la de la economía de referencia, Alemania, y durante esos años el incremento de productividad de Alemania fue más importante que el de España. Resultado, cada vez los productos y servicios españoles eran más caros comparativamente que los de Alemania, expresados en Euros. El déficit comercial creciente de España comenzó a afectar al país. Eso es lo que pasó con la mayoría de los países que ahora tienen problemas dentro de la zona Euro.
La crisis en Europa pone estas tendencias preexistentes al descubierto, acelerando los tiempos para una resolución, en un sentido u otro. En otro momento eso se hubiese resuelto o morigerado con la devaluación de la moneda nacional, cosa que sí puede hacer Gran Bretaña porque mantiene la libra esterlina, al igual que otros que quedaron fuera del Euro.
España descubre de pronto que es “cara” y con salarios por arriba de la productividad relativa. Ejemplo: si un obrero alemán promedio es el doble de productivo que un español, para que haya equilibrio en su intercambio comercial el salario del español debería ser la mitad del teutón. Sin embargo en los últimos 20 años los salarios, que podrían haber partido (no necesariamente) de una posición de equilibrio como la ejemplificada, crecieron en España por sobre su productividad, al tiempo que Alemania crecía mucho en ésta y poco en salarios.
Lo demás ya es conocido, estalla la burbuja inmobiliaria en España, los precios caen la construcción se detiene y la inmensa mano de obra desocupada lleva a las cifras que conocemos cercanas al 25 % la tasa de desocupación. Los bancos españoles endeudados buscan el rescate para poder pagar a los bancos europeos (especialmente alemanes y franceses) y apelan al “socialismo bobo” de ser garantizados por el estado español y cargar su insolvencia así a todo el pueblo español. Otros sectores y otras características desataron la crisis en Grecia o Portugal, pero el esquema es siempre el mismo: precios y salarios muy por arriba de la diferencia de productividad comparada con Alemania y los europeos septentrionales.
El punto final es este: ¿cuáles son las salidas que tiene esta crisis? Desde Argentina sabemos que una de las salidas es devaluar, en el caso europeo sería salir del Euro y volver a las monedas nacionales. Pero no es gratis ni indolora.
En nuestro caso – quizá lo olvidamos al recomendar la receta a europeos en problemas – la devaluación no fue ordenada ni se hizo en la proporción de atraso cambiario existente al momento de la salida. Esta salida fue desordenada y la ausencia de dólares (allá de Euros) llevó en pocos meses al dólar de 1 peso a 3,50, la friolera de 250 % de devaluación, con incrementos de más del 40 % del costo de vida y cero movimiento de salarios, con pérdida de trabajo hasta llegar a más del 21 % de desocupados.
Los españoles bien se pueden preguntar qué pasaría si se salen del Euro, y la peseta se devalúa un 250 % respecto del valor de equilibrio actual, y la desocupación, que ya está en 25 % trepa al 40 % al tiempo que todos los bienes importados suben su precio en forma piramidal.
Dado que nadie puede programar una salida ordenada y no hay marco o experiencia de un desenganche de esa magnitud, nadie quiere salir del Euro, como nadie quería salir de la Convertibilidad en Argentina.
En nuestro país recuerdo las personas que decían que era imposible salir de la Convertibilidad porque sería un desastre y mi respuesta inexorable era que íbamos al desastre y nadie podía pararlo. El año 2002 fue durísimo, y a la asunción de Kirchner la situación apenas había mejorado por la extraordinaria competitividad que nuestros bienes tenían luego de la devaluación.
Aquí está la diferencia con Europa. Nuestro país remontó porque tuvo una política económica que funcionó en un contexto expansivo: nuestros vecinos no estaban en crisis y compraron todo lo que podíamos exportar, no solo agro sino industria, al momento que el despliegue de Asia comenzaba a expandir los precios agropecuarios y recibíamos entonces el segundo empujón para rehacer las heridas de la salida de la Convertibilidad.
Europa en su conjunto está parada, y los países del sur que tienen problemas no tienen claro qué sector productivo puede beneficiarse con una devaluación importante ya que no existe la demanda potencial que existió para Argentina a la salida de la Convertibilidad. No son productores eficientes de bienes agrarios, ni existe la demanda industrial de lo que ellos producen en Europa septentrional o el resto del mundo que les compense al corto plazo.
Es más, aunque así fuese ellos no están dispuestos a dar el paso.
Llegamos así a la conclusión que la vía devaluatoria, posible pero difícil por las circunstancias de crisis de toda la zona, no garantiza la salida que encontró Argentina. Los europeos saben los momentos especialmente difíciles que nuestro país pasó cuando devaluó, sin garantías de la recuperación espectacular que nosotros tuvimos.
Les queda entonces agachar la cabeza y aceptar el dictado de Alemania que les dice: si pidieron prestado, paguen, si tienen salarios elevados, bájenlos, si hay leyes que impiden la flexibilización, deróguenla. Es el disciplinamiento nacional y social. Los desórdenes sociales que se producen no cambiarán el panorama general.
En biología se dice que cuando el entorno cambia para peor, los animales tienen tres opciones: adaptarse, emigrar o morir. Eso es lo que están haciendo en estos momentos, España ya tiene menos personas este año que el pasado por migración de vuelta de muchos inmigrantes y el inicio de una salida de nacionales en busca de mejores horizontes.
El hombre, a diferencia de los animales, es el que se puede plantear modificar el medio. Pero si no se imagina para dónde está la salida se aguantará, se morirá o hará la de los pajaritos y emigrará.
Creo que es muy difícil que algún país salga del Euro, quizá Grecia, y no estoy seguro. El resto no lo hará, con lo que se reforzará la preeminencia de Alemania sobre el resto, disciplinando países y clases populares con problemas. El capital financiero, por otro lado, deja en claro, que no hay default de deudas con ellos, que no hay salidas, y que cualquier atisbo significará un aislamiento. Aislamiento que hará palidecer a lo que los argentinos venimos padeciendo del capital financiero internacional desde que Rodríguez Saa cantó default ante el alborozado Congreso Nacional.
Si por la parte económica veo que la resolución consistirá en la subyugación de países y clases populares a los dictados del capital financiero corporizado por los bancos alemanes, la pregunta es por donde irán a resolverse o manejarse las tensiones sociales que esa subordinación impondrá. La respuesta es clara: hacia la derecha, a encontrar los nuevos judíos del siglo XXI, tal como nos lo adelantó el querido y recordado Ettore Scola en el corto que vimos.
Muchos se preguntarán como es posible que Europa, con todas sus tradiciones y su historia de movimientos obreros reivindicativos, termine recostándose en la derecha xenófoba, y la explicación está en los cambios en la estructura social del viejo continente. Pero ese es otro tema que desarrollaremos oportunamente.
Eric Hobsbawm – 1917-2012 – Su tiempo, nuestro tiempo
A pesar que por su elevada edad era esperable en cualquier momento, nos apenó mucho saber de la muerte de Hobsbawn, uno de los historiadores que hemos leído con más interés a lo largo de los últimos treinta y cinco años. La tríada de las eras (de la revolución, del capital y del imperio) nos dio la dimensión de la erudición y solidez sustentada en una visión materialista histórica para nada escolástica. Pero las obras que más nos interesaron fueron las que hizo sobre la fantástica época que le tocó vivir, y nos referimos sobre todo a La era de los extremos – El breve Siglo XX (1914-1991), 1994, Años Interesantes- Una vida en el siglo XX (autobiografía), 2002, y Como cambiar el mundo, 2011.
Tuvimos la suerte de asistir a una de sus conferencias en Buenos Aires, hace pocos años, dictada en el aula magna del Colegio Nacional de Buenos Aires. Versaba sobre la diferencia entre el imperio británico y el americano, y la dio en un castellano bastante aceptable. Tenía una hija casada con un chileno según nos comentó, de allí sus conocimientos de la lengua, una más dentro de las muchas que dominaba.
Perteneció al Partido Comunista Británico hasta casi su disolución, cuando muchos intelectuales marxistas contemporáneos se habían retirado de él durante la invasión soviética de Hungría (1956) o la de Checoslovaquia (1968). Sin embargo, las tres obras finales, escritas tras la disolución de la Unión Soviética (1991) dan lugar a un refinado análisis histórico de los pasos que llevaron a ese final tan inesperado por propios y ajenos. Ello sin ahorrar críticas a las políticas que desembocaron en esa disolución.
En las tres obras se recorren los sucesos del siglo XX, y en la última hasta se llega a hacer un análisis de la crisis que comenzó en 2008 y aun no ha concluido. El primero de los tres en clave histórica general, el segundo en clave personal y el tercero en clave de historia del marxismo en el siglo pasado, nos transportan a este período, que también es parte de nuestras propias vidas. Es pasado y presente, con algunas claves para la intuición del futuro.
Periodiza Hobsbawm el corto siglo XX como una primera Era de Catástrofe (1914-1945), una segunda Era de Oro y una tercera de Desmoronamiento, tanto del Estado de Bienestar en el Occidente capitalista, como la disolución del campo socialista.
No haremos aquí una consideración detallada sobre esos períodos, contados en las tres claves indicadas en sus distintos libros. El placer de leerlos y reflexionar sobre cada uno de los procesos allí historiados no puede ser reemplazado por una síntesis. Solo nos centraremos en los capítulos finales, el desmoronamiento del Estado de Bienestar, la disolución del campo socialista, el retroceso de las ideas marxistas, la crisis que comenzó en 2008 y sus consecuencias.
La salida de la Segunda Guerra Mundial dio inicio en los países beligerantes (Europa, Estados Unidos y Japón) a una época de alrededor de treinta años de crecimiento acelerado y mejoramiento de las condiciones de vida de las masas asalariadas. Tanto los salarios reales, como las condiciones sociales (jubilación, vacaciones, salud, educación, etc.) se elevaron fuertemente, sobre todo en aquellos países que habían sufrido la guerra en su propio territorio. El capital había concedido esos beneficios al trabajo, presionado por el activismo sindical y la presencia política de partidos socialistas (muchos de ellos en el poder político) y comunistas (fuera de los gobiernos salvo alguna participación parcial y por breve tiempo). “¿Cuánto (de los beneficios otorgados) se debía al temor al comunismo, cuyas fuerzas habían aumentado exponencialmente durante los años de la resistencia antifascista? Lo que ahora les respaldaba era una superpotencia”
Hobsbawm relata cómo se inicia el fin de esta Edad de Oro, a partir de mediados de los setenta (inconvertibilidad del dólar en 1971, saltos de los precios del petróleo en 1973 y 1978) y sus consecuencias negativas sobre la tasa de ganancias en los países centrales. La combatividad de los trabajadores, con pleno empleo y sin competencia a la vista, hizo que esos aumentos de precio se tradujesen en mayor inflación, y la baja tasa de ganancias en menor inversión lo que dio lugar a la famosa stagflation (combinación de inflación y estancamiento), que terminó la etapa de los buenos resultados de las políticas keynesianas y el retorno de los liberales, ahora llamados neo-liberales. Si ese fue el inicio del
cambio en Occidente, había otro proceso independiente de deterioro del sistema socialista real en la URSS y los países de Europa Oriental. Hobsbawm analiza las consecuencias de burocratización e ineficiencia que en todos lados parecía llevar adelante la economía planificada sin propiedad privada de medios de producción ni siquiera en escala mínima. Ineficiencia, burocratización, corrupción, caídas progresivas de las tasas de crecimiento, endeudamiento y atraso frente al dinamismo de los países occidentales, que eran la vidriera que miraban, en cuanto podían, los ciudadanos de esos países.
Apenas esboza las causas últimas por las cuales una economía centralmente planificada y sin mercado de precios ni mercado de trabajo, termina inexorablemente en lo que terminaron todos los países socialistas. Nos indica que independientemente de su origen político y recorrido histórico todos los países socialistas han sufrido estos procesos: la aislada Unión Soviética con su revolución y guerras civiles y mundiales a cuesta, los países de Europa Oriental que ingresaron al campo socialista como resultado de los acuerdos de Yalta y Postdam, la revolución china que partió del movimiento campesino, la revolución cubana de la dictadura de Batista y la explotación americana, etc. Analiza las consecuencias de esta falta de flexibilidad que da el plan central, la permanente divergencia entre las preferencias de los consumidores y lo producido, el despilfarro de capacidades instaladas, materias primas y personal, en resultado, la ineficiencia a la hora de brindar bienes y servicios de mejor calidad en forma creciente.
Haremos una breve digresión en aquello que no profundizó Hobsbawm. ¿Cuál es el factor común en todas las revoluciones socialistas que tomaron el poder (Rusia, China, Cuba, etc,), o en los países que se impuso como consecuencia de la Segunda Guerra (Europa Oriental)?: que se realizaron en países atrasados. En aquellos que no eran atrasados (la parte oriental de la derrotada Alemania y Checoslovaquia) fue el resultado de los acuerdos de Yalta y Postdam, aunque en Checoslovaquia el Partido Comunista era muy fuerte previo a estas decisiones.
No se cumplieron las previsiones de Marx en cuanto a por dónde comenzaría el proceso de cambio social que derivaría en el socialismo a nivel mundial. En la idea
de Karl Marx, las contradicciones del capitalismo llevarían a una polarización social con los capitalistas cada vez más concentrados, y la disolución del resto de las clases precapitalistas que irían a formar parte de la mayoría proletaria, que identificó con la clase obrera industrial, única generadora de valor para él. Poco es lo que Marx escribió sobre el estadio del socialismo. Puede que no llegue a ocupar en toda su obra más que un par de carillas sumando todo, con indicaciones de tipo general, más como consignas de acción que como análisis de una realidad inminente. Algunas precisiones de las que dio Marx son importantes para nuestro análisis: entendía que la revolución socialista sería del conjunto de los proletarios, sin distinción de países, de allí la formación de la Internacional Socialista, y descontaba que esa revolución iba a tener lugar en Europa, y el resto del mundo, poco más o menos, “se enteraría por telegrama”.
La primer revolución socialista triunfante, la bolchevique de 1917, contaba con que su movimiento sería apoyado por la sublevación del proletariado europeo al fin de la primer guerra, y su esperanza era un alzamiento triunfante en la Alemania vencida tras la guerra, donde los socialistas (SPD) eran mayoría en la población y habían formado gobierno. La fracción más radicalizada del socialismo, ya escindida de él, era el Movimiento Espartaquista, al que pertenecían Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Pero el proletariado alemán ya era profundamente reformista, y ni los horrores de la Primera Guerra lo hicieron revolucionario. El intento revolucionario de los espartaquistas, mal preparado y sin apoyo en las bases obreras, fue derrotado, y con ello comenzó el aislamiento de la revolución rusa. En los países más adelantados, como Inglaterra y Estados Unidos, el socialismo marxista nunca tuvo predicamento importante en la clase obrera.
De allí en más la reciente Unión Soviética trató de sobrevivir e hizo de la necesidad una virtud: era posible el desarrollo del socialismo en un solo país, contra todas las ideas previas del marxismo internacional y del bolchevismo inclusive. Ese fue uno de los puntos de divergencia entre Iosif V. Stalin y Lev D. Trotsky a la muerte de Vladimir I. Lenin en 1924.
La situación de oposición interna y cerco internacional llevó a una lógica para mantenerse en el poder que no dejó lugar a otras alternativas: en momentos
difíciles como esos, la democracia política quedaba abolida, se ilegalizaron los partidos políticos que no apoyaron la revolución bolchevique (al principio sólo subsistieron el PC (b) y los Socialistas Revolucionarios de Izquierda, luego éstos se afiliaron al PC (b) o pasaron a la oposición). Poco después el fragor de las batallas contra los blancos y el cerco imperial eliminaron la democracia interna dentro de los bolcheviques, luego dentro de su comité central, por último dentro de su comité ejecutivo, y a la muerte de V.I. Lenin se terminó por concentrar el poder en el secretario general, Stalin. Éste actuó en nombre del partido, y el partido en nombre del proletariado, un proletariado que era importante en Moscú y Petrogrado (ahora San Petersburgo) pero era una minoría muy pequeña en el mar de campesinos rusos. El resto es historia conocida. La pregunta es por qué esta suplantación del proletariado por la conducción política (personal o del núcleo dirigente del partido) se produjo no sólo en la Unión Soviética sino en todos los movimientos socialistas revolucionarios triunfantes, y en los países “que se enteraron por telegrama” como los de Europa Oriental.
La lógica interna es siempre la de la supervivencia en el poder. En Rusia, China, Cuba o cualquier otro movimiento revolucionario triunfante, las clases obreras industriales, el sujeto histórico de Marx, eran minoritarias. La revolución se terminaba de legalizar en su nombre, pero había que crear el sujeto revolucionario para una revolución ya realizada. El atraso y el cerco impusieron la receta de sobrevivencia: en vez de la dictadura del proletariado ideada por Marx, la férrea dictadura del Partido. La democracia interna dentro del Partido también era un escollo pues en momentos de decisión difíciles el estado asambleario no es el más adecuado para determinar los cursos de acción necesarios de inmediato. Más aún cuando la mayoría del pueblo no era el proletariado industrial, sino campesinos, pequeño burgueses y clases y fracciones precapitalistas. La suplantación del proletariado minoritario por su vanguardia fue el “atajo” ideado ante la falta de estallido revolucionario en el centro, y de un procedimiento excepcional en Rusia se volvió la regla general en adelante. Pero en la historia no existen los atajos a los procesos sociales, y andando el tiempo ello fue evidente.
Esa “lógica perversa” a nivel político tenía un correlato a nivel de la organización económica. Las revoluciones triunfantes lo eran en países atrasados, por lo que
para evitar ser derrotados por las clases opositoras y el cerco de los poderosos países capitalistas, había que emprender la industrialización a marcha forzada, dejando de lado las preferencias de las mayorías y concentrarse en la producción de bienes de producción que fuesen la base del poderío industrial futuro, incluido el de defensa nacional. Para ello la colectivización completa y la planificación fueron necesarias, y al hacerlo se eliminaron los mecanismos de mercado (precio de insumos, de productos, mercado de trabajo). Aún los mínimos actos de mercado se eliminaron (ni siquiera kioscos), dado que, al permitirlos se volvería a generar el espíritu pequeñoburgués de la propiedad, semilla del capitalismo que se quería abolir.
Los intentos de reforma en la economía soviética y de Europa Oriental se iniciaron tras la muerte de Stalin (1953) pero siempre tropezaron con la oposición política del Partido y la estructura de mandos del Estado. Lo mismo ocurrió en el resto del campo socialista.
El plan omnipresente no dejaba lugar a los incentivos económicos. Había que lograr determinada producción, y los trabajadores no debían estar motivados por intereses económicos sino por el objetivo último de la creación de una patria socialista. Los incentivos económicos iban en contra del igualitarismo en los salarios, era un “signo de mercado” y la puerta abierta a posiciones burguesas. La debilidad interna y externa no permitió la más mínima fisura en este aspecto. Al inicio había castigo a quienes no cumplían el plan, pero no premios. Luego no hubo ni premios ni castigos, y el resultado fue ni esfuerzo ni productividad. Los incentivos morales operaron en los momentos extraordinarios, como la época de la guerra civil o la segunda guerra y la invasión alemana, pero no se puede mantener la producción exclusivamente por incentivos morales. Ello fue así en la Unión Soviética, en China y en el ejemplo más cercano y comprensible de Cuba, para citar algunos casos de procesos revolucionarios genuinos. Para los países de Europa oriental los incentivos morales fue un chiste de mal gusto, ya que no habían hecho una revolución que no querían, y sólo simulaban hasta que se dieron cuenta que no sólo el pueblo lo hacía sino también sus dirigentes. Las consecuencias son las que describe Hobsbawn, y a él volvemos.
Son muy ilustrativos sus párrafos sobre el proceso que se inicia con la llegada al poder en la URSS de Mihail Gorvachev (1985), que hereda un país que cada vez crecía más lentamente, como crujiendo casi para pararse. Sin embargo, a pesar del evidente retraso y alejamiento de los países occidentales, la vida de los setenta y ochenta en la URSS fue lo mejor que habían tenido los soviéticos desde la revolución de 1917.
Los años de Nikita Kruschev habían quedado atrás, los logros espaciales, y la promesa de superar al capitalismo en la esfera económica en pocos años. Si bien se contaba con un nivel de vida mejor que en el pasado, el ritmo cada vez más lento de crecimiento hacía prever que sin cambios el poderío soviético se iría diluyendo. Parte importante de ese estancamiento del crecimiento de bienes para la población civil fue la carrera armamentista contra los Estados Unidos, que tomaba una parte muy importante de los bienes producidos en la URSS. No fue esa, en nuestra opinión, la causa de la caída sino las contradicciones del sistema de planificación central y sus resultados en la productividad en general y la posibilidad de entregar más y mejores bienes y servicios a las mayorías. El armamentismo aceleró el proceso.
“Lo que llevó a la Unión Soviética con rapidez creciente al precipicio fue la combinación de glasnost (transparencia en la esfera política), que equivalía a la desintegración de la autoridad, con una perestroika (reestructuración económica) que equivalía a la destrucción de los viejos mecanismos que hacían funcionar la economía, sin ofrecer ninguna alternativa, y consecuentemente el colapso cada vez más dramático del nivel de vida de los ciudadanos”
“Él (Gorbachev) fue una figura trágica, y así va a entrar en la historia, un “zar-libertador” comunista, como Alejandro II (1855-81) que destruyó lo que quería reformar y fue destruido al hacer eso”
El “cuco” de Occidente cayó sin disparar una bala. Nadie salió a defender la economía socialista, el pueblo estaba apartado del poder político y los funcionarios del partido y el Estado (nomenkaltura) no creían en el socialismo. A su caída sin pérdida de tiempo se hicieron capitalistas, no sólo ideológicamente, sino que fueron los principales beneficiarios de las corruptas privatizaciones.
En su último libro (Como cambiar el Mundo, 2011), llega a analizar la crisis que comenzó en 2008 y la compara con la caída del muro de Berlín. Así como ésta indicaba claramente que el socialismo realmente existente había sido un fracaso y no podía pensarse seriamente en su retorno, la nueva crisis de un sistema capitalista que fue eliminando los contrapesos sociales de las regulaciones e intervenciones del Estado, le hacen concluir que tampoco es el capitalismo la solución a los problemas sociales. El capítulo 16 (Marx y el trabajo: el largo siglo) resume sus impresiones sobre el momento actual.
“Los bolcheviques rusos habían accedido al poder en nombre del proletariado y sus planes quinquenales crearon una ingente clase obrera industrial, pero abolieron el movimiento obrero tal como lo conocemos.” El movimiento obrero como tal fue abolido en todos los estados obreros, y cuando pudo reorganizarse (Solidarnosc en Polonia) fue para sepultar al sistema político que gobernaba en su nombre. Lech Walesa, el dirigente obrero, llegó a la presidencia de Polonia y su principal logro fue crear nuevamente la clase burguesa que el comunismo había liquidado en el nombre de sus representados.
En el campo capitalista, fue el keynesianismo en acción, “el triunfo de Bernstein” según E.H., la vitrina que desmoralizó a los países socialistas y a los comunistas de Occidente. Pero para mediados de los setenta la pólvora de las recetas keynesianas del Estado de Bienestar se había mojado y sólo se traducía en inflación, estancamiento y caída de la tasa de ganancias para los capitalistas. “El pleno empleo fue reemplazado por la flexibilidad del mercado laboral y la doctrina de la tasa natural del desempleo. Fue también el período en que los Estados-nación retrocedieron ante el avance de la economía global trasnacional”….”Con el retroceso de los Estado–nación, los movimientos obreros y los partidos socialdemócratas perdieron su arma más poderosa.” “Los socialistas, tradicionales cerebros de los trabajadores, no saben cómo superar la crisis actual, pero tampoco ningún otro lo sabe. A diferencia de lo ocurrido en la década de 1930, no pueden recurrir a ejemplos de regímenes comunistas o socialdemócratas inmunes a la crisis, ni tienen propuestas realistas para un cambio socialista” “Pero también quedaron indefensos aquellos que creían en la reductio ad absurdum de la sociedad de mercado del 1973-2008”
“Una vez más es evidente que las operaciones del sistema económico han de ser analizadas históricamente, como una fase y no como el fin de la historia, y de manera realista, es decir, no en términos de un equilibrio de mercado ideal, sino de un mecanismo intrínseco que genera crisis periódicas susceptibles de cambiar el sistema. La actual puede ser una de ellas”.
Fue Hobsbawm un materialista histórico toda su vida, pero mudó la consideración sobre los sujetos sociales del cambio. El proletariado, imaginado por Marx y Engels como la inmensa mayoría de la población y por su condición de explotación el sujeto revolucionario por definición, no llegó a ser el 50 % de la población en ningún país avanzado. El aumento de la productividad industrial nos brinda cada vez mayores cantidades de bienes con fracciones cada vez menores de proletariado industrial, inferiores al 20 % de la población en los países centrales, luego de haber alcanzado su zenit en los sesenta y setenta del siglo pasado. Las clases medias asalariadas, los comerciantes y los distintos trabajadores por cuenta propia son la parte mayoritaria de las poblaciones de los países centrales, relegando al proletariado industrial, como antes la población urbana había desplazado a las mayorías campesinas.
Eric Hobsbawm interpreta que a largo plazo los problemas centrales serán las contradicciones que presentarán la demografía y lo ecológico. El crecimiento permanente (la mera idea del progreso indefinido en que creían iluministas y socialistas por igual) se encuentra con el límite de los recursos del planeta. Nos plantea que es más fácil para un europeo ser ecológicamente consciente, dispuesto a no consumir más de lo que consume en el presente, y proponiendo congelar el grado de explotación de los recursos a nivel mundial. Pero esa solución poco puede ayudar a superar el hambre y la falta de bienestar a millones de personas que viven en zonas atrasadas, y en su desarrollo y pretendida igualación de consumos está otra vez la contradicción principal que avizora, más allá de las clases sociales que dinamizaron las contradicciones principales en la segunda parte del Siglo XIX y todo el Siglo XX y sin que éstas hayan desaparecido. Muy por el contrario claramente se han profundizado en los últimos años.
Nos indica que se deben seguir explorando alternativas que no sean semejantes al socialismo real sin mercado, ni el mercado no regulado del neo liberalismo. Pero tampoco pudo sobrevivir, al menos en el centro, la alternativa “mixta” del Estado de Bienestar. Se mostró como un breve período de treinta años de equilibrio con crecimiento, consumo y bienestar, que terminó en el centro desarrollado, mientras emergen nuevos países que pueden disputar la hegemonía actual en un futuro no muy lejano.
Es posible una combinación de Estado y mercado que haga crecer y mejorar la distribución de la riqueza, en determinadas regiones y en circunstancias específicas. Pero – en el actual estado de desarrollo de las fuerzas productivas mundiales y la conciencia política que de ello deriva - no existe una receta general, Estado, mercado o mixta, que sirva para todos. Ese “modelo” está por escribirse, para volver a modificarse, tanto como la realidad que nos rodea.
El centenario de “La Acumulación del Capital” de Rosa Luxemburgo
Hace 100 años, a fines de 1912, terminaba Rosa Luxemburgo (1871-1919) su trabajo teórico más importante, “La Acumulación del Capital”. Es Rosa recordada más por su martirio, ya que fue asesinada junto a Karl Liebknecht a inicios de 1919, tras el fracaso del levantamiento espartaquista de 1918 en Alemania, a la finalización de la Primera Guerra Mundial.
Fue una de los grandes pensadores socialistas anteriores a la revolución rusa, y son importantes sus aportes y tesis tanto como sus discusiones, coincidencias y divergencias con los dirigentes de su propio Partido Socialdemócrata Alemán (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, SPD), como con Lenin y los bolcheviques antes e inmediatamente después del Octubre ruso.
Rosa Luxemburgo nació en Polonia pero su vida política se desarrolló en Alemania, sin dejar por ello de pertenecer también al partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania y ser miembro fundador del Partido Comunista de Polonia, así como del Partido Comunista Alemán, poco antes de su asesinato. Su internacionalismo la llevó a oponerse a la independencia de Polonia del Imperio Ruso. Las tesis que terminan de plasmarse en su obra principal ya habían comenzado a esbozarse años antes, en distintos artículos publicados en la prensa socialista europea. En el SPD integró su ala izquierda, junto a Clara Zetkin, Karl Liebknecht y Franz Mehring, opuesta tanto a los centristas comandados por August Bebel y Karl Kautsky como a las tendencias reformistas de Eduard Bernstein. La ruptura con el ala derecha fue total cuando en 1914 el SPD emitió su declaración social patriótica a favor de Alemania en la Guerra Mundial, lo que provocó la disolución de la Internacional Socialista. Sus discusiones con Lenin se agudizaron a la toma del poder por los bolcheviques, ya producida su ruptura con el centro de Kautsky y la formación de los espartaquistas (luego Partido Comunista Alemán, KPD).
Rosa saluda la revolución rusa como señal de la proximidad de la revolución mundial que todos los marxistas daban por descontado, pero al mismo tiempo criticaba fuertemente al bolchevismo por la política hacia los campesinos, por la cuestión nacional y por la supresión de la legalidad de los demás partidos de izquierda que apoyaron la revolución. Posteriormente, el stalinismo la negó en forma rotunda, borrándola de la historia, dado que ligaba su posición internacionalista y revolucionaria con la idea que el socialismo no se podía desarrollar plenamente si no se tomaba el poder al mismo tiempo en los principales países europeos, lo que emparentaba su pensamiento, en opinión de Stalin, al de León Trotsky (la revolución permanente como concepto contrario a la posibilidad del socialismo en un solo país).
2.- Las Tesis de Luxemburgo
La tesis principal es el colapso inevitable del sistema capitalista por contradicciones insalvables entre la acumulación y el consumo. En la lógica interna del capitalismo no encontraba posibilidades de crecimiento y continuidad, lo que la hizo concluir que sólo podía expandirse absorbiendo las áreas no capitalistas, tanto de los países europeos como del resto del mundo. Al ir incorporando a las áreas precapitalistas a su dominio el capitalismo iba dejando sin alternativas posteriores al sistema, y al completar su dominio del mundo, las contradicciones internas lo harían colapsar. El capitalismo puro y sin otro sistema al que explotar y asimilar, estaría condenado al colapso por sus contradicciones internas.
La obra tiene más de quinientas páginas de análisis y crítica de las distintas escuelas y pensadores económicos. Ninguno encuentra, en opinión de Luxemburgo, la explicación de las razones de la expansión del capitalismo como sistema cerrado. Analiza los desarrollos teóricos de Quesnay, Adam Smith, el mismo Marx, Sismondi, Malthus, Say, Ricardo, Mac Cullock, Rodbertus, Kirchmann, Struve, Bulgawor, Tugan Baranowski y otros pensadores.
Luxemburgo sigue la metodología de Marx en sus esquemas de reproducción. El valor está generado exclusivamente por el trabajo. El capital es trabajo acumulado. La plusvalía es la parte del trabajo que se apropia el capitalista, siendo que el trabajador es remunerado por su fuerza de trabajo. En su ejemplo de reproducción simple:
I. 4.000 c + 1.000 v + 1.000 m = 6.000
Total……………………. = 9.000
La sección I es la producción de medios de producción, bienes y equipos y la sección II la producción de bienes de consumo). El capital constante (bienes de producción y materias primas) es “c”, el capital variable es “v” (remuneración a la fuerza de trabajo) y la plusvalía es “m”.
Los medios de producción elaborados en I son iguales a los medios de producción consumidos en las dos secciones (6.000 = 4.000 c I + 2.000 c II) El producto entero de la producción de medios de subsistencia es igual a la suma de salarios y plusvalía en ambas secciones (3.000 = 1.000 v I + 1.000 m I + 500 v II + 500 m II). En este caso la tasa de plusvalía es 1.500 m/1.500 v = 100 %, y la tasa de ganancia es 1.500 m / (1.500 v + 6.000 c) = 25 %
La reproducción simple fue la norma de muchas sociedades precapitalistas, estáticas durante siglos. Pero el capitalismo vino al mundo para revolucionar permanentemente las condiciones de producción por medio de la reinversión del plusvalor m que lleva a la reproducción ampliada. En su ejemplo, la reproducción ampliada se expresaría:
Total …………………………….= 9.000
Aquí los medios de producción (6.000) exceden en 500 al valor de los efectivamente consumidos en la sociedad (4.000 c + 1.500 c = 5.500 c). Concluye que “El supuesto general de la reproducción ampliada es: el valor del producto de la sección I es mayor que el capital constante de ambas secciones juntas, el valor del producto de la sección II es, por el contrario, menor que la suma del capital variable y de la plusvalía de ambas secciones”.
Una primera respuesta provisional es que la demanda creciente la suministra el aumento natural de la población. Luego vuelve a profundizar el análisis: “¿De qué población se trata cuando hablamos de su aumento? No conocemos aquí – en el esquema de Marx – más que dos clases de población: capitalistas y obreros. El aumento de la clase capitalista queda ya comprendido en la magnitud absoluta creciente de la parte por ella consumida de la plusvalía. Pero, en todo caso no puede consumir enteramente la plusvalía, pues entonces volveríamos a la reproducción simple. Quedan los obreros. Pero este crecimiento en si mismo para nada le interesa a la economía capitalista como punto de partida de necesidades crecientes.” (subrayado nuestro)
Observa Luxemburgo que la sociedad, aún bajo el régimen capitalista, no está formado exclusivamente de capitalistas y obreros asalariados (cita a “propietarios territoriales, empleados, profesionales, médicos, abogados, artistas, científicos, la Iglesia con sus ministros, y finalmente, el Estado con sus funcionarios y ejército”). Sin embargo “los propietarios territoriales consumen su renta que es una parte de la plusvalía, los profesionales reciben su dinero…… directa o indirectamente de los capitalistas”, “que les satisfacen con migajas de su plusvalía”……….. “lo propio ocurre con los sacerdotes”…….. “Finalmente el Estado con sus funcionarios y ejército se mantienen de los impuestos, y estos gravan, bien la plusvalía, bien los salarios”. Para concluir: “En general no hay – dentro de los límites del esquema de Marx – más que dos fuentes de renta en la sociedad: salarios de los trabajadores o plusvalía”. La conclusión más importante del capítulo VII es “Como por consiguiente, no se pueden descubrir dentro de la sociedad capitalista clientes visibles para las mercaderías en que se incorpora la parte acumulada de la plusvalía, no queda más que un recurso: el comercio exterior”.(subrayado nuestro)
En el último capítulo (XXXII, El Militarismo) añade la importancia de la política militar para la función imperialista de conquista y explotación de colonias de ultramar, para agregar “que el militarismo es
también, en lo puramente económico, para el capital, un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación.”
3.- Análisis crítico de las tesis
Hemos citado in extenso los párrafos más salientes de la dilatada obra porque desde los trabajos de Marx y Engels, la suya era una de las pocas que se adentraban en una materia tan ardua, y concluyen con resultados tan importantes. Desde el punto de vista teórico sus aportes están a la altura de los avances hechos por Hilferding y Lenin en la comprensión del capitalismo en su etapa superior. Sus conclusiones eran explosivas en varios sentidos, y las esquirlas de esa explosión se diseminaron en muy diversas direcciones.
Exactamente un siglo después, el mundo que Rosa intuyó, el socialismo mundial, no se ha concretado. Llegó a ver y saludó entusiasmada el nacimiento de la Unión Soviética. Luego de la Segunda Guerra Mundial, creció un campo socialista con Europa Oriental, luego China, Corea del Norte, Cuba, Vietnam, Laos y Camboya. Todo eso implotó entre 1989 y 1991 o cambió de rumbo, y quedó reducido, a los efectos prácticos, a Cuba y Corea del Norte en la actualidad.
¿Eran válidas las premisas de Rosa Luxemburgo, y lo que estamos viviendo es un reflujo de la marea revolucionaria a la espera que el dominio total del mundo por el capitalismo lo lleve a su propia extinción?
Hay otras razones para explicar la persistencia del capitalismo, al margen de las tesis del mundo no capitalista. Pero para analizar esta alternativa tenemos que volver sobre lo que entendemos es la parte más controversial de la teoría de Rosa Luxemburgo.
3.1.- La evolución económica en Europa entre el primer tomo de El Capital y 1912
Cuando Marx concluyó su primer tomo de El Capital (1867) el capitalismo industrial se había desplegado ampliamente en Inglaterra, y estaba recorriendo sus primeros pasos firmes en el continente, especialmente en las distintas zonas que formarían la Alemania unificada pocos años después, en Francia, Países Bajos e Italia y en Estados Unidos. El resto del mundo era el atraso de distintos regímenes precapitalistas, resabios feudales en Europa, estructuras semicoloniales y de enclave en Latinoamérica, el modo de producción asiático, tribalismo en África, etc.
La formación de la clase obrera inglesa, la cual Marx y Engels habían estudiado minuciosamente, les había hecho concluir que el salario era y seguiría siendo el mínimo de subsistencia, y que todo excedente sobre ese nivel iría a parar a la plusvalía. En su opinión ello estaba garantizado por la existencia de un permanente ejército industrial de reserva, formado por el flujo permanente de campesinos desplazados (en Inglaterra por la política de los cerramientos de campos para la cría de ganado), la proletarización de la pequeña burguesía urbana y otras capas subalternas de la sociedad. Lo mismo era válido en los capitalismos más recientes de Alemania y Francia, no así en el caso de Estados Unidos, pero tanto Marx como Engels no tenían una información tan precisa sobre este país como de Europa Occidental.
Lo real es que, dentro del sistema capitalista, en los años finales de la vida de Marx (muere en 1883), las condiciones objetivas de la clase obrera inglesa al menos, habían comenzado muy lentamente a cambiar, en el medio de avances y retrocesos. La acción combinada de mayor productividad industrial y en años posteriores una creciente actividad sindical, fueron arrancando concesiones a los empresarios capitalistas. Limitación de horas trabajadas, cambios en el trabajo infantil, tiempos de descanso, y mejoras parciales, aquí y allá, en los salarios. Por otro lado, el comercio internacional contribuía a abaratar el costo de vida de las clases populares, con el abaratamiento de la alimentación (Argentina contribuyó a ello en su intercambio comercial con las islas británicas), lo que redundó en un aumento del consumo absoluto de las familias obreras, cambio apenas perceptible en los años sesenta, pero cada vez más evidente a medida que pasaban las décadas.
La clase obrera inglesa se fue organizando detrás de esquemas tradeunionistas (sindicalismo) y nunca tuvieron un partido socialista de importancia que objetara el sistema capitalista como tal. Se sentían socios menores del imperio, con serias contradicciones de clase, pero indirectamente se beneficiaban de esa explotación colonial y semicolonial. El laborismo es la expresión de esta lucha reformista por obtener de los capitalistas ingleses, devenidos en el imperio más importante del siglo XIX, parte de la plusvalía a ellos extraída y parte de la plusvalía que como imperio obtenían de sus colonias y semicolonias.
El caso que nos interesa es el del SPD, en donde la influencia ideológica y personal de Marx y Engels lo llevó a adoptar un programa socialista con el objetivo de eliminar el sistema capitalista. Es en este partido que desarrolló gran parte de su vida política Rosa Luxemburgo. Cuando Rosa escribe su “La Acumulación del Capital” en 1912 la importancia del SPD en Alemania era muy grande, llegando a ser el partido más importante del país, representando a los sectores trabajadores. Si bien el partido reverenciaba a Marx y a Engels en sus plataformas formales, la realidad del SPD era cada vez más inclinada hacia el reformismo, que adquirió status teórico a partir de los escritos del adalid de su ala derecha, Eduard Bernstein (1850-1932), el fundador oficial del “revisionismo” teórico y opuesto al marxismo, que era sostenido por las alas centrista (Bebel, Kautsky) y la minoritaria ala izquierda (Luxemburgo, Clara Zetkin, Karl Liebknecht y Franz Mehring).
Bernstein había escrito profusamente sobre esto antes de 1912. Su principal obra, “Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia” fue escrita en 1899. El SPD realmente era “revisionista” mucho antes de la escritura de esta obra, y las razones hay que buscarlas en los avances políticos y sobre todo sindicales de los trabajadores socialdemócratas en las décadas previas a la guerra.
Los estudios sobre las condiciones de la clase obrera alemana entre 1850 (inicio del despliegue del capitalismo industrial en ese país) y el inicio de la Primera Guerra Mundial muestran, con marchas y contramarchas, un doble proceso de cambio de las condiciones laborales (menos horas trabajadas, inicio
de beneficios sociales como las jubilaciones en determinadas actividades, regulación del trabajo infantil, etc.) y de los salarios. Los primeros años (1850/1870) son el paso de las relaciones precapitalistas a las relaciones de mercado de trabajo a la inglesa, trabajadores obligados por las circunstancias a trabajar de 10 a 12 horas diarias seis días por semana por pagas miserables. Recién en el último tercio del siglo comienzan a cambiar lentamente algunas condiciones. Los primeros sindicatos (tipógrafos y obreros del tabaco) fueron ganando fuerza, sobre todo por la falta de personal especializado en esas tareas. Más adelante la sindicalización y politización fue avanzando, y el estado alemán reaccionó de manera dual. Por un lado reprimió la actividad política (ley antisocialista, 1878) pero por el otro lado comenzó a hacer concesiones sociales (seguro social, 1882-1889). El crecimiento de los sindicatos, sin embargo, no logró contratos colectivos de trabajo sino desde 1890 en adelante. Para 1912 los sindicatos ya eran una fuerza importante en Alemania, las concesiones que arrancaban a sus patronales también, y el SPD había crecido en paralelo con la sindicalización industrial. Cada avance sindical o parlamentario alejaba más al partido de la acción revolucionaria como método para el cambio de sistema, y la promesa de Bernstein de llegar al socialismo por reformas graduales les dio a sus cuadros la justificación del abandono práctico del marxismo, al margen de los reconocimientos protocolares, que cesaron para la época de la Primera Guerra Mundial. Rosa lo ignoró totalmente en su libro, sin dedicarle un párrafo de crítica.
El error de apreciación de Luxemburgo fue no percibir esos cambios en la situación objetiva de la clase obrera alemana. Desde la época de Marx la crítica socialista revolucionaria indicaba que la lucha exclusivamente sindical era un método errado para lograr el cambio de sistema, pero esas tendencias se fueron imponiendo a medida que los sindicatos y sus afiliados percibían que, lentamente, por medio de sus luchas los objetivos de mejoras parciales se iban consiguiendo. En el esquema de Luxemburgo, siempre estaba la idea del salario de subsistencia, sin aumentos de salarios reales. Hay una interpretación que el salario de subsistencia no es una magnitud absoluta, sino que está determinado socialmente. Así lo expresa Marx. Pero esa explicación hoy no es más que una forma elegante de aceptar los cambios sin cambiarle los nombres a las cosas. Si una familia obrera disponía de determinada cantidad de bienes en 1860 y para 1910 disponía de más de esos bienes, o nuevos bienes, lo que había ocurrido era un incremento de salario real, aunque se lo considere salario de subsistencia en el contexto social del nuevo momento. Lo que importa es la consecuencia sobre la reproducción ampliada, no el nombre que le queramos poner al salario obrero.
3.2. La crisis de 1929/1933, el New Deal y Keynes
Ese error de percepción era entendible en la época de Marx, con muy poco crecimiento de los salarios reales en Inglaterra. Es más difícil de aceptar en la época de Luxemburgo, con un período prolongado de
mejoras parciales – arrancados al capital mediante la acción sindical y política del SPD - que se fueron haciendo carne en los trabajadores, alejándolos de la acción revolucionaria.
Sin embargo los grandes cambios vinieron después de la gran crisis de 1929/1933 que tuvo su epicentro en Estados Unidos. La ausencia de demanda efectiva, con la magnitud que se presentó tras la orgía de especulación en el mercado de valores de Nueva York, parecía dar la razón a la principal tesis de Luxemburgo. Hasta su época pocos pensadores podían imaginar la realización de la producción fruto de la reproducción ampliada en base al incremento de los salarios reales. Menos aún podían imaginar la acción deliberada del Estado, proveniente del riñón del sistema capitalista, para activar la demanda de los sectores populares y reducir el desempleo. Esos cambios fueron el resultado de la crisis prolongada que tuvo consecuencias desequilibrantes en el campo económico en todo el mundo, y consecuencias políticas muy distintas en ambas orillas del Atlántico. En EEUU la reacción del nuevo gobierno de Franklin Delano Roosevelt fue de activar la demanda con obras públicas, regulaciones a las actividades financieras y reconocimiento a la actividad sindical y otros beneficios que permitieron un mayor consumo. Comienza la era del Estado presente. En Europa, la crisis cayó sobre una Alemania vencida y pagando reparaciones de la primera guerra, y produjo una crisis de tal magnitud que fue uno de los elementos que permitieron el avance del nazismo en ese país. El armamentismo, a ambos lados del Atlántico, fue la forma de terminar de salir de la crisis, empleo no faltó, pero la consecuencia fue la segunda gran carnicería del siglo XX.
Con estas recetas, a la salida de la Segunda Guerra Mundial se combinan deliberadamente la acción estatal para cubrir el bache de la demanda privada, y la concesión de beneficios salariales y sociales a las masas trabajadoras en Occidente, en lo que se dio en llamar “la sociedad de consumo”, el “Estado de Bienestar” y que en Alemania terminó por cristalizar, después de la Segunda Guerra Mundial en los "Normalarbeitsverhältnis” (contratos de trabajo normalizados).
Un elemento que no había eclosionado aún en la época de Luxemburgo era la reducción relativa de la población obrera industrial en el conjunto de las sociedades capitalistas avanzadas. Ella seguía percibiendo una creciente polarización en donde por un lado se concentraban los capitalistas, cada vez más importantes en tamaño y capacidad financiera, y por el otro, las clases agrarias y precapitalistas urbanas alimentaban incesantemente al nuevo proletariado industrial. Ese proceso recién culmina pasada la Segunda Guerra, y luego se percibe que, resultado de la elevadísima productividad industrial, las sociedades avanzadas disponen de más y mejores bienes industriales producidos por cada vez menos obreros. Este proceso está presente en todas las sociedades, y en el caso de Estados Unidos y Europa en los últimos treinta años están reforzados por la migración de muchas ramas de producción a países de mano de obra más barata. En los países desarrollados no sólo hay reducción relativa de la población obrera industrial sino absoluta, a pesar del incremento de la población, tema más evidente en Estados Unidos.
En vez de una sociedad dividida en capitalistas industriales y obreros, éstos últimos crecieron hasta ser algo más del 40 % de las sociedades desarrolladas y hoy no llegan al 20 % en la mayoría de esos países, siendo los otros sectores asalariados, de distintos tipos de servicios, la parte mayoritaria de ellas. Al margen de los capitalistas y los nuevos sectores asalariados, las sociedades desarrolladas también mantienen una proporción importante de personas que actúan por cuenta propia, desde los profesionales independientes, a distintos tipos de comerciantes individuales, pasando por oficios muy variados (desde plomeros hasta peluqueros, artistas, etc.). A su vez las poblaciones agrarias, que eran más del 80 % de la población europea en 1800, hoy no son más del 4 % al 5 % en esos países. Muchas de las actividades que llevan a cabo estas nuevas mayorías de trabajadores asalariados de servicios no se hubiesen considerado creadoras de valor en una versión simple de la teoría del valor de Marx (donde solo el trabajo productivo, definido estrechamente, lo crea).
Han pasado 100 años de su obra principal, y más de 90 años del fin de la Primer Guerra, la revolución rusa, el fracaso del movimiento espartaquista y su asesinato. El sistema capitalista entró en crisis en 1929 y desde dentro encontró un remedio en la activación de la demanda efectiva desde el Estado. Al mismo tiempo fue acosado por más de setenta años por la existencia de la Unión Soviética primero y un amplio campo socialista después. El temor de su avance en la Europa Occidental y en las áreas coloniales y semicoloniales fue la principal causa de las reformas de postguerra que permitieron el mayor poder adquisitivo de los asalariados en los países centrales.
Merece destacarse que la salida efectiva de la crisis de 1929/1933 no fue el New Deal “pacífico” de las reformas de Roosevelt, que fueron muchas e importantes. Para 1937, al haber levantado el pie del gasto público por los déficits incurridos, se volvió a caer la actividad económica y agravar el desempleo. La salida efectiva fue el militarismo, el rearme, y su consecuencia, la guerra. En estos pasos se pueden ver ecos del capítulo final del libro de Rosa, un capítulo añadido recién allí, sin un desarrollo previo, pero que demostró una clarividencia extrema.
Podemos decir que la parte principal de la tesis de Luxemburgo de la imposibilidad de la expansión indefinida del capitalismo no se cumplió en Occidente. Deliberadamente usamos el tiempo pasado pues las condiciones políticas y económicas que hicieron posible obtener las concesiones no están presentes actualmente.
Sin desconocer la importancia de los otros elementos que sí indica Rosa como senderos de expansión capitalista (las áreas no capitalistas tanto en el centro como en la periferia, el militarismo) el principal motor del crecimiento de los países centrales fue, en el Siglo XX, el incremento del consumo de las masas trabajadoras, ya sea de los obreros industriales como de los distintos tipos de trabajadores de servicios.
La clase obrera europea fue de las más combativas en su desarrollo, pero se fue alejando del pensamiento socialista revolucionario a medida que percibió las posibilidades de mejoras efectivas bajo la hegemonía capitalista. Mantuvo su capacidad combativa con fuertes sindicatos y partidos políticos, pero la usó con fines reformistas, no revolucionarios.
Las posibilidades de aumentar los salarios reales eran ciertas con los cambios de productividad. Si el incremento de los salarios reales de las sociedades occidentales se hacía en paralelo con ese incremento productivo, la tasa de ganancias no sufriría, ni la distribución del ingreso variaría, simplemente cambiaría de nivel, elevándose. Por otro lado, las clases dominantes tenían la clara percepción, a la salida de la Segunda Guerra, que el estado de insatisfacción de las masas europeas y el crecimiento de los partidos comunistas, podía llevar al socialismo a Europa Occidental, con el apoyo de la creciente influencia de la Unión Soviética. Las concesiones (aumento del gasto público, mejoras salariales y sociales) fueron “necesidad y virtud” al mismo tiempo.
Pero andando el tiempo, esas concesiones, tanto en Estados Unidos, Japón y una Europa semicerrada (a la salida de la última guerra había un fuerte control de movimiento financiero y elevados derechos de importación) significaron una baja en la tasa general de ganancias. Se estaba produciendo una redistribución progresiva del ingreso de tal magnitud que el capital temía por la posibilidad de mantener su tasa de ganancia. Si ese era el precio para que los obreros no se inclinen por el socialismo revolucionario había que hacer algo para cambiar las circunstancias.
Es a fines de los setenta del siglo pasado que se produce el cambio de percepción de los sectores dominantes en Europa y Estados Unidos, que para rehacer la tasa de ganancia había que disciplinar al movimiento reivindicativo sindical, y el método fue abrir las economías al comercio exterior y al capital financiero, volviendo al liberalismo de los años veinte (rebautizado neoliberalismo). Estos cambios se fueron imponiendo en todos los países, al margen de sus signos políticos (republicanos o demócratas en EEUU, conservadores o socialistas en Europa). El capital industrial concentrado lleva parte de sus actividades al exterior y ello le permitió un mayor control de las demandas salariales en el centro. La apertura financiera consolidó el rol dominante del capital financiero cuya meta exclusiva es la recomposición de su tasa de ganancia, no ligada a las necesidades de la realización de las mercancías como en el sector industrial. Son las exigencias de ambos sectores del capital las que llevan a amplios ajustes de salarios y la permanente reducción del Estado de Bienestar creado en la postguerra, proceso que se profundiza tras cada crisis en el centro.
En la otra punta del desarrollo, los obreros chinos han comenzado el proceso de crecimiento de sus salarios reales, aunque con una velocidad menor que la que se verificó en los incrementos de sus pares de Japón y Corea años atrás. Ello es el resultado del “gran ejercito industrial de reserva” con que cuenta ese país, una masa de campesinos que hoy, después de más de treinta años de crecimiento vertiginoso y urbanización creciente, aún suman casi 700 millones de personas.
Estos procesos estaban bien lanzados para cuando implosiona el campo socialista, con los avisos previos de Polonia (Solidarnosc, 1980) y la Perestroika (1985), seguido por la caída del muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991).
El incremento de los salarios reales como vía de expansión sería la forma de avance del capitalismo una vez que todas las áreas precapitalistas entren en el sistema. Sin embargo alcanzar el equilibrio entre el incremento de la productividad y los salarios reales, condición para una expansión “armónica”, no es lo que caracteriza al sistema desde hace alrededor de treinta años. La productividad ha crecido en Occidente en los últimos años, y los salarios reales se han estancado. La tasa de ganancia se ha incrementado, pero su realización vuelve a estar amenazada, una recurrencia de la tesis de Rosa, ahora a un nivel mucho más elevado, y en un contexto diferente.
Es que ese equilibrio social fue logrado sólo en períodos muy especiales del desarrollo de las fuerzas productivas y los escenarios políticos. Después de dos carnicerías del nivel de las grandes guerras del siglo pasado, que significaron la muerte de más de 100 millones de personas, y el temor al socialismo luego de la segunda, se entiende la proclividad al pacto social en Occidente. Desaparecidas unas causas y olvidadas otras, no hay a la vista elementos de balance necesarios que vuelvan al equilibrio “virtuoso” de producción y consumo. Es más, aún si lo hubiese, es difícil que el planeta aguante por mucho tiempo una presión sobre sus recursos de la magnitud que ha alcanzado actualmente, sin que ello genere otro tipo de contradicciones sociales (guerras o presiones por conquista de materias primas, etc.)
Serán estas contradicciones u otras, el mundo avanza en desequilibrio permanente. Ese desequilibrio es una de las consecuencias inevitables de la revolución permanente de las fuerzas productivas, etapa que se inicia a partir del desarrollo del capitalismo industrial en la Inglaterra de la segunda mitad del Siglo XVIII.

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