Source: http://luiszanotti.com.ar/artlacanna.htm
Timestamp: 2019-03-24 23:28:35+00:00

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Artículos Publicados en el diario La Nación bajo el seudónimo de Jorge Lacanna
Algunas personas se preguntan, a veces: ¿pero, quién es Jorge Lacanna? Puedo dar una respuesta fácil, tan fácil que, como suele ocurrir, o no será entendida, o semejará una humorada. Porque yo, al menos, debería contestar: Jorge Lacanna soy yo.
¿Y quién es usted?, seguiría un interrogador racionalista y formal. Pues Luis Jorge Zanotti. Acá está mi cédula de identidad, mi DNI, con fotografía, impresiones digitales y sellos. Hijo de fulano y de mengana, nacido en tal lugar y fecha. Bien documentado, pues. Entonces, el interrogador podría decir, algo molesto: ¿y por qué no firma Ud. con su nombre y apellido verdaderos y nos quita de dudas, y da la cara en cambio de inventarse nombres y seudónimos?
Tate, tate, andemos con tiento, como diría –supongo– algún escritor clásico en nuestro buen español ya un tanto olvidado por las plumas habituales. Porque, si me apuran, yo diría que hay otro interrogante mayor, previo, y esencial. La pregunta de fondo, la gran cuestión, debería ser, o podría ser, creo, otra. Nada menos que esta: ¿y quién es Luis Jorge Zanotti? Porque los documentos, los "papeles", los artilugios abundantes y superpuestos con los cuales las burocracias nacionales e internacionales me fichan, me identifican, me controlan y me coartan, sirven, de verdad, sólo para eso, no para decirme, ni a mí ni al prójimo, quién soy de verdad.
O como diría Unamuno, el altísimo removedor de conciencias, de la fe y de la existencia, el maestro sin par del existencialismo, el filósofo audaz, el lingüista genial, lo que importa es saber quién soy yo "de verdad y no de mentirijillas", porque por ese que soy de verdad, y por ese, sobre todo, que "quiero ser" de verdad y no de mentirijillas, Dios me salvará o me condenará por toda la eternidad.
Ahora podemos empezar de nuevo. Este Jorge Lacanna no es sino un seudónimo como en el mundo han sido tantos y tan famosos, como no lo será el mío, claro está.
¿Y por qué usa seudónimos un escritor? Vaya uno a saber. Porque sí, por ocultarse, por encontrarlo gracioso, por eufonía literaria... la lista de las razones es inacabable.
En más de un caso, empero, la decisión responde al deseo, comúnmente inconfeso, más bien soterrado en la intimidad del ánimo que ni a la almohada quiere confesarse, de hacer algo distinto de o que un destino ya más o menos inmodificable, parece haber señalado como camino y como máscara con la cual –como en el teatro griego de la Antigüedad– debemos circular por el teatro de la vida. Y vaya esto de teatro en todos los sentidos que quiera el lector darle...
Entonces, un médico con algún relieve en una especialidad del arte de curar quiere escribir cuentos policiales o páginas de humor, o un abogado ilustre siente la comezón adolescente de hacer poesías, o el filósofo quiere divertirse haciendo una obrilla de teatro, y una especie de recato o de pudor lo lleva a escindir su nombre en dos y si tiene la oportunidad de publicar los frutos de estas escapadas furtivas del oficio al cual está consagrado y en el cual es conocido, busca un seudónimo que señale la línea divisoria y evite confusiones o provoque, quizás, comentarios o apreciaciones que podrían ser equívocos.
Los ejemplos abundan en el mundo de las letras, y en la Argentina no faltan. Un caso muy poco conocido –en realidad, prácticamente desconocido con excepción de un puñado de estudiosos– es el del que sin duda fue el mayor pedagogo argentino del primer tercio del siglo XX: Víctor Mercante. Fue una figura de prestigio internacional; dejó una serie de obras de Metodología que por décadas sirvieron como textos de cabecera de innúmeras promociones de maestros normales en todo el país y obras de investigación de psicología pedagógica de un nivel científico como nunca se habían conocido, antes, entre nosotros. A él recurrió Joaquín V. González para fundar y organizar la Facultad de Ciencias de la Educación –la primera de este carácter en América latina, hoy Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación– en la Universidad Nacional de La Plata.
Este hombre escribió, relativamente joven, una obra deliciosa, con una pluma notable, en un español de riquísima contextura, que es algo así como una "Juvenilia" de sus años en la Escuela Normal del Paraná, de la que fue uno de sus más famosos egresados, y que abarca los años del rectorado de José María Torres.
A nuestro juicio –perdón por la heterodoxia– es superior a la obra de Miguel Cané. El libro se llama "Los estudiantes" y durante muchísimos años no se supo que el autor era Mercante: lo firmó con el seudónimo de Federico Scanavecchia. La certeza –actualmente indiscutida– de que Scanavecchia y Mercante fueron la misma persona, se alcanzó mediante investigaciones y probanzas ulteriores.
La obra –a la que con motivo del centenario de la Escuela del Paraná dedicamos un ensayo– muestra un hombre muy diferente de la imagen que la vida y la obra pedagógica de Víctor Mercante ofrecen. Contiene rasgos de humor que toman el pelo sin excesiva caridad a los que aplicaban las normas metodológicas del normalismo positivista con rigor de creyentes y terminaban enredados en ellas, para desesperación de los profesores de práctica de la enseñanza.
¿Quién es, pues, el hombre "de verdad"? ¿Quién es el más real? ¿Mercante o Scanavecchia? ¿El severo pedagogo, el autor de la "Metodología" que nutrió a generaciones de normalistas? ¿O el romántico joven que cuenta sus enamoramientos casi adolescentes en la ciudad de Paraná mientras asistía desde afuera a los saraos en las mejores casas de familia? ¿O el sabroso humorista capaz de bromear con las ciencias y las letras? ¿O el jovencísimo diputado provincial en San Juan? ¿O, finalmente, el conmovido amigo de Pablo Beruti, el músico frustrado en una capital de provincia? ¿O el autor de óperas en italiano sobre temas americanos?
¿Quién eres? podrían haberle preguntado. El agnóstico que murió, en 1938, simpatizante del socialismo, amigo de José Ingenieros y confesado admirador del positivismo cuyo maestro principal fue para él Pedro Scalabrini, en Paraná, seguramente no hubiera respondido: Yo soy yo y mi circunstancia, ni, mucho menos, yo soy el que quiero ser o el que Dios querrá que sea. Pero Unamuno no le hubiera admitido que escapara por la tangente. Lo hubiera arrinconado, y desnudándole la conciencia lo hubiera puesto ante la interrogación esencial de la muerte y la inmortalidad y lo hubiera llevado –como Sócrates, bien que con modos menos amables que el ateniense– a reconocer que si bien en cada uno de nosotros hay muchos yo, estamos compelidos, por imperio superior, a encontrar un yo "de verdad y no de mentirijillas", que, por cierto, nada tiene que ver con el yo de nuestros documentos y papeles burocrático, ni con fotos o impresiones digitales ni con sellos multiplicados ad infinitum, y muy poco que ver –además– con el yo que los demás nos asignan, porque por razones de comodidad y hasta de tranquilidad necesitan que seamos uno, de una vez y para siempre, y no los confundamos con imágenes y máscaras de personajes diferentes.
En un hermoso artículo –rescatado por la memoria y la admiración de mi mujer por el autor– escrito con la maestría con que siempre lo hizo, Eduardo Mallea, el 23 de julio de 1970, decía en las páginas de La Nación, debajo de un título suficientemente explícito: "Las no vividas vidas": "Hemos podido ser tal cosa o tal otra, tal existencia o bien aquella, ignota, quizás imaginables, quizás imaginada... ¿Y si hubiéramos adivinado a tiempo eso otro?... Lo más adverso o vanamente cruel de la vida no es que concluya. Es que no haya sido más que ella..."
En todo ser humano surge, en algún momento de su existencia, el afán por hacer algo más de lo que siempre se hizo, por ser algo más, o diferente, mejor dicho, de lo que siempre se fue. Yo soy yo y mis otros yo: esos yo soterrados en lo profundo de mi intimidad, ocultos ya por una existencia en marcha, que entre otras singularidades, ostenta la de no ser desandable. El camino recorrido no se desanda. Pero es posible, quizás, elegir otros caminos nuevos. ¿Y cuál de esos será el mío de verdad, el auténtico, el único? Probablemente, ninguno. Sólo al cabo del caminar, cuando ya no quede tiempo para dar otro paso, todas las sendas serán una y el Señor sabrá quién he sido, o quién soy, de verdad y no de mentirijillas.
Porque "las no vividas vidas" son, o fueron, o serán, también mías, lo sepa mi prójimo o no.
Sólo añadiría algunas muy pocas consideraciones. Una es que Jorge Lacanna está formado, simplemente, por mi segundo nombre y mi segundo apellido. (Y si los aficionados al psicoanálisis dijeran que Luis Jorge Zanotti, firma del especialista en educación, me identifico con la figura paterna, por tantos motivos respetables, y con Jorge Lacanna con la materna, por tantos motivos admirada, sólo diré que la tesis no se puede probar, pero tampoco invalidar, y que, en última instancia, no me molesta).
Otra consideración es que escribir es un hermoso menester. Amo el ejercicio de hilvanar palabras; envidio a los escritores de bien merecidos lauros y encuentro gozo en manejar la lengua mediante el instrumento maravilloso del alfabeto. Y que si por mí fuera, y si tuviera tiempo, fuerzas y ¡ay! algún genio, me encantaría usar más de un seudónimo para escribir sobre asuntos diversos y desbarrar a gusto sobre temas de toda clase.
Y por fin: cada ser humano es más que uno. Creo, con Unamuno, que importa mucho, que es decisivo, en efecto, procurar "saber quién soy" –ya lo dijo Sócrates: conócete a ti mismo– y que importa mucho más "querer ser uno". Pero tengo una pequeña reserva, aunque probablemente espigando a fondo en el pensamiento del rector de Salamanca no se encontrarían discrepancias en este punto: si bien Dios ha de salvarme por lo que yo haya querido ser de verdad y de mentirijillas, el único que sabe de verdad quién soy es, precisamente, Dios.
No preguntemos, pues, a nuestro prójimo: ¿quién eres? La respuesta no es de este mundo.
Luis Jorge Zanotti
Nosotros, los responsables
Publicado el 21 de agosto de 1979
Nuestros hijos entraron a las empresas con la computadora funcionando. Nuestros padres se jubilaron sin conocerla. Nosotros tuvimos que introducirla y hacer el cambio de sistema.
Nuestros hijos se formaron con clases de educación sexual desde el jardín de infantes y aprendieron a hablar explicando cómo las semillitas del papá fecundan a mamá. Antes de terminar la escuela primaria explicaban en la mesa hogareña la anatomía de los órganos reproductores masculinos y femeninos, atreviéndose hasta a nombrar a los espermatozoides. Nuestros padres pasaron a mejor vida sin mencionar en alta voz esos temas, y las operaciones quirúrgicas correspondientes se nombraban con suaves eufemismos o circunloquios.
A nosotros nos educaron nuestros padres en esa mentalidad, pero debimos ubicarnos en la de nuestros hijos para formarlos en la realidad contemporánea.
Nuestras madres nos dieron a luz en sus propios hogares y con el primer vagido sus brazos nos arrullaban en el lecho conyugal y nos arropaban junto con los mimos de abuelas, hermanos, parientes y servidores. Nuestros hijos nacieron en asépticas instituciones hospitalarias y nos los arrebataron, en nombre de la higiene sacrosanta, para custodiarlos en todavía más asépticas “nurseries”, de donde sólo los extraían unos minutos cada tantas horas para ponerlos al pecho de la madre, bajo la mirada vigilante de una enfermera especializada y sin la presencia contaminante ni perturbadora de parientes o allegados.
Nuestros nietos, aunque sigan naciendo en la clínica, volverán, a la usanza antigua, a ser entregados a la madre apenas respiren, para evitarles los horribles traumas derivados del alejamiento brusco del seno materno, porque según ahora nos enteramos nada menos que el latir del corazón de mamá los tranquiliza psicológicamente.
Nosotros debimos convencer a los abuelos para que toleraran la disciplina de la “nurserie” y ahora debemos convencernos, abuelos a nuestro turno, de que la higiene apenas si importa frente a las exigencias del desenvolvimiento psicológico de los días iniciales de la vida.
Nuestros padres hicieron su noviazgo ante la mirada vigilante de los mayores y nuestros hijos en medio de la libertad absoluta de comportamientos, salidas, retornos y expresiones afectuosas. Nosotros seguimos sin saber cuál de las dos conductas era o es peor.
Nuestras madres no estudiaban –salvo excepciones– en las universidades y nuestras hijas miran con desdén a la mamá que no es licenciada. Pero nosotros posibilitamos el cambio.
En las reuniones familiares arreglamos los asuntos de tal forma que nuestros hijos adolescentes no escandalicen a nuestros padres, sus abuelos. Pero en las mismas reuniones pedimos a nuestros padres que no cargoseen a nuestros hijos –sus nietos– con querellas por comportamientos contemporáneos.
Nuestros padres llegaron casi a la vejez sin saber de inflación ni de depreciación monetaria. Creyeron, y creen, todavía, en el ahorro. Nuestros hijos jamás lo creerán porque nacieron con la inflación en marcha y no pueden admitir que valga la pena evitar un gasto. Nosotros, tuvimos que adaptarnos a las dos situaciones.
Nosotros vivimos el cambio de la liturgia, la desaparición del latín en la misa y el reemplazo del órgano y la música gregoriana por la guitarra y el folklore. Debimos entender y aceptar que se puede pasar de la sotana al jean por aquello de que hábito no hace al monje. Y sin embargo, nosotros –los hombres y las mujeres que andamos entre los cuarenta largos y pasamos los cincuenta– somos la generación que sobrellevó el cambio, que paso del tranvía y el transatlántico al avión de reacción y que habiendo conocido los aparatos de radiofonía antiguos vio al hombre poner el pie en la Luna; que aprendió a manejar la presencia de la TV en el hogar y se adaptó a la era del turismo masivo; que comprendió y comprende a los abuelos y a los hijos; que del grito enérgico o la palmada rotunda supo pasar a la colaboración con la maestra reeducadora o a las lecciones de psicología infantil.
Un cierto respeto
Nosotros confortamos a quienes nos antecedieron y a quienes nos siguen. Al fin, probablemente, no sea gran cosa lo que hemos hecho. Pero en medio de los derechos de los niños y de la atención y el respeto a la tercera edad y entre el ayer y el hoy y el mañana, y entre el corte a la americana, símbolo de higiene y decoro de los hombres del 40, y las melenas aceptadas en el 70, haber sabido pasar sin excesivos traumas ni complicaciones del chaleco obligatorio a la chomba para toda ocasión, y aún mantener la serenidad y el equilibrio para mirar cuanto ocurre con un mínimo de humor y hasta de ironía bienintencionada, no parece baladí ni demasiado poco.
Nosotros, también, merecemos cierto respeto y nos hemos ganado nuestro lugarcito en la historia. Al menos en la “petit historie”, la de cada día de la vida corriente.
Hubo una vez una Edad de Oro
Publicado el 26 de agosto de 1979
Hubo una vez una Edad de Oro en la cual los hombres apenas si disponían de los alimentos necesarios para sobrevivir, de los abrigos rústicos indispensables para no morir de frío, de viviendas elementales para protegerse de las inclemencias, de utensilios y útiles que con duro esfuerzo corporal les permitían arrancar de la Naturaleza frutos sin abundancia. En sus chozas o en sus casas no conocían el vidrio, y los ventanuscos se abrían dejando pasar el viento y a veces la lluvia o se cerraban ahogando a sus moradores con el humo de los hogares enclavados en la habitación común.
La vida de los campesinos era dura y las mujeres reemplazaban en ocasiones a las bestias de carga arrastrando los arados.
Un reducidísimo número de grandes señores se atiborraba, en castillos o mansiones, y eso no siempre, con festines en los cuales se comía hasta el hartazgo, pues ni aún esos grandes señores se sentían seguros de disponer de tales mercedes al día siguiente. Las ciudades, desde la Roma imperial, no eran por cierto dechados estéticos y los hedores de los residuos y los efluvios de los desechos de hombres y animales solían convertirlas en sitios malsanos y desagradables.
Desde los orígenes de la presencia del hombre sobre la Tierra, el espectro de la peste y del hambre rondó sobre su existencia, como hoy todavía en algunos países. Entre los siglos XV y XVII, en salones bien protegidos del calor y del frío, iluminados por cientos de velas que innumerables criados habían encendido, unos pocos hombres y mujeres de la realeza y de las cortes podían deleitarse oyendo la mágica belleza de los claves, de las violas y de las flautas que los maestros de capilla componían para ellos, mientras a la intemperie los cocheros procuraban ponerse a buenas con los criados para recibir algo de la pitanza palaciega o acogerse al fuego de las cocinas señoriales. Gutemberg llego con sus tipos móviles y sólo entonces tuvo algún sentido pensar en enseñar a leer a las masas, pues hasta el XVIII o el XIX el analfabetismo era la regla para la inmensa mayoría de la humanidad.
El fin de aquellos buenos tiempos
Esta Edad de Oro –sería mejor decir estas edades doradas– esta bienandanza de la humanidad en medio de la escasez, del hambre, del frío y el rigor de los duros trabajos en los cuales la fuerza de las bestias era la sola ayuda para el músculo de los hombres, aquellas viviendas elementales, aquellas masas de analfabetos ¡ay! se han ido.
Un demonio inteligente, una ráfaga de locura irrazonable, un despertar de descubrimientos en la ciencia y en la técnica, llevó a la humanidad a la insensatez de la Revolución Industrial y de ahí en más los países que la siguieron fielmente comenzaron a atiborrar de proteínas y de grasas a sus habitantes, mientras prolongaban sus vidas y sus condiciones sanitarias hasta llevarlos a vivir generalizadamente más de cincuenta, de sesenta, de setenta años, hasta llegar al punto de tener que alertarlos sobre los riesgos de los lípidos y de las grasas y evitarles los fantasmas de la hipertensión, que nunca llegaron a preocupar a sus antecesores, pues merced a la escasez y a la severidad de los elementos de la Naturaleza dejaban este valle de lágrimas a edad mucho más temprana, cuando ni la hipertensión ni la arteriosclerosis tienen oportunidad de manifestarse.
Se ha perdido aquella Edad Dorada y ahora en los países que siguieron los dictados de este seductor demonio del industrialismo y de la tecnología una inmensa mayoría de sus habitantes leen y escriben, consumen libros de bolsillo y cantidades increíbles de diarios y revistas, mientras el vidrio es un elemento al alcance de todas las viviendas y la energía eléctrica provee de comodidades sin fin.
Ha concluido aquella conmovedora edad en la cual grupos reducidísimos de nobles cortesanos escuchaban a Haydn, a Bach y a Mozart para dar paso a una sociedad masificada en la cual los discos que encierran tanta belleza se venden como simples mercaderías que permiten luego, a millones de hombres de todas las condiciones sociales, disfrutarla en la intimidad de sus hogares mediante aparatos reproductores de fidelidad extraordinaria. Los grandes artistas viajan en estas conquistas perversas que son los aviones de chorro y desparraman su arte ante teatros repletos que estimulan a nuevos cultores de la música y del arte y hasta la cinematografía –¡horror!– emplea su técnica para poner el ballet y la ópera y el concierto en manos de las masas, por pocas monedas, a cualquier hora, en cualquier barrio en cualquier ciudad.
No hay vueltas. Hemos de resignarnos. La dorada edad de la escasez ha sido derrotada por la sociedad de consumo.
Cuando los primeros síntomas se advirtieron, unas pocas mentes clarividentes lanzaron su voz de alarma. Frente al capitalismo que ponía en marcha la industria y la técnica de Occidente, clamaron para convencer a los hombres de la necesidad de oponerse y los advirtieron cómo por ese cambio habría cada vez más pobres y cada vez más ricos que se encerrarían a disfrutar de sus fortunas logradas a expensas de aquellos. Hicieron para demostrarlo un experimento gigantesco y volcaron un inmenso país por la ruta contraria del socialismo.
Sesenta años después, todas las predicciones les fallaron.
En ese país han logrado, empero, mantener en pie la felicidad de la escasez. En los que se entregaron al canto de sirena de la técnica los hombres fueron atrapados por la sociedad de consumo y además de comer, de vestirse, de colmar las aulas de las escuelas medias y de las universidades, escuchan música, leen y ahora hasta llenan los aviones y los hoteles y han transformado la élite del turismo en una masa compacta de hombres y mujeres de clases medias y bajas que viaja descubriendo un mundo que se brinda a su alcance.
Las mentes clarividentes nos lo habían advertido: habría cada vez más ricos y más pobres. Salió mal la profecía, pero no importa. Puesto que el socialismo ha mantenido la escasez y el capitalismo ha traído la abundancia, todo consiste en condenar la sociedad de esa abundancia y mientras desmitificamos a esta mitificamos la escasez. Empero, todo parece indicar que esta historia cambiará, quizá, muy pronto. Unos cuantos hombres con poder para jaquear el nefasto capitalismo industrial de Occidente están haciendo cuanto pueden para que la “edad” dorada de la escasez vuelva a sentar sus reales sobre la Tierra. Quienes se esforzaron hasta hoy sin mucho éxito contra el consumismo alienante han encontrado ya en Irán un aliado que les garantiza que por lo menos en ese país el disco dejará de ser un factor de alienación de la juventud.
Si tenemos suerte, para el siglo XXI la sociedad de consumo habrá dejado de ser este mal sueño que vivimos ahora y la escasez volverá a dorar la vida de los hombres sobre la Tierra. Se la habrán ganado en buena ley.
“Entrar, permanecer, transitar y salir...”
Publicado el 8 de septiembre de 1979
La libertad es un concepto cuya comprensión cabal suele escapársenos. Es probablemente, excesivo el esfuerzo que impone a nuestro intelecto. Por eso, a menudo, las invocaciones a la libertad rinden frutos escasos a los hombres públicos pues los hombres comunes prefieren rendirse a quienes les proponen bienes más tangibles y más inmediatamente a la mano. Pero el problema nace cuando una pequeña libertad nos es negada, cuando un derecho concreto nos es retaceado, cuando nos encontramos con que se nos prohíbe o se nos impone lo que no queremos. Es que el hombre común, aquel que no comprende bien qué quiere decir libertad, entiende en cambio, y muy bien, cuáles son y qué significan “las libertades” concretas y quizá pequeñas, esas de cuyo goce está hecha la vida cotidiana del hombre libre.
Véase, por ejemplo, cómo es fácil comprender –y sin embargo cuántos seres humanos se empeñan en no hacerlo o en olvidarlo– la profunda significación de una de esas que llamamos por razones discursivas “pequeñas libertades. Nuestra Constitución la expresa en síntesis magistral: “entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino” ¿Se quiere algo más decisivo, más definitivo, en fin, para sentirse el hombre en verdad libre que el ejercicio de esta concreta libertad?
Obsérvese la suprema generosidad de la ideología liberal de la Constitución legada por los hombres del 53. El ciudadano y aún el simple habitante de la República tienen obligaciones con su patria, con su tierra natal o adoptada. Debe armarse en su defensa, debe cumplir sus leyes, honrar su bandera, y por imperio de otras leyes derivadas de la Carta Magna, pagar los tributos, prestar servicios obligatorios como carga pública, votar y hasta amar a su patria. Pero es libre de entrar, permanecer, transitar y salir de su tierra, de su patria.
Libertad suprema: salir. No es un prisionero, no está sujeto a condicionamiento alguno. Puede elegir otra tierra, puede renunciar a la suya, puede radicarse definitivamente, si quiere, en otro lado.
Sus compatriotas serán, luego, libres también para evaluar su acción, para juzgarlo en la intimidad de su conciencia. Se puede decir lo que se quiera del compatriota que abandona la tierra natal para radicarse en otro país y allí trabajar, vivir, constituir su hogar o pasar largas temporadas. Pero la ley no puede prohibírselo. Su acción pertenece al sagrado recinto al cual no llega la autoridad de los magistrados y, según la fórmula nobilísima del artículo 19, pertenece al dominio privado y como tal está reservada sólo a Dios.
En los países libres, los hombres libres pueden salir de su tierra cuando quieren; pueden retornar a ella; pueden transitar por su territorio y permanecer dentro de él, donde prefieran.
Si se quiere una diferencia esencial con los despotismos y los totalitarismos de todos los signos, en este punto se la hallará. Apenas se instala el régimen marxista, por ejemplo, en un país cualquiera, la libertad de salir queda suprimida. Todos sus habitantes se han convertido, de pronto, en prisioneros. Las barreras burocráticas y materiales se alzan eficaces e insalvables.
Siempre la dirección en la cual se interpone el obstáculo es la misma. Esa dirección va de Alemania Oriental hacia la República Federal, no a la inversa. Desde Cuba hacia Miami, no al revés. Desde la Unión Soviética hacia los países de este lado de la cortina, no hacia el otro. Siempre desde allá hacia aquí, jamás al revés.
Cuantos quieran pasar de la República Federal a la Alemania Oriental pueden hacerlo. Nadie les disparará si cruzan el muro en esa dirección. Pero da la casualidad que casi nadie lo intenta. En cambio se cuentan por miles quienes arriesgan la vida para franquearlo en dirección opuesta.
Estados Unidos debe defenderse, mediante complicados controles burocráticos, de una especie de invasión pacífica de mejicanos que quieren penetrar en su territorio y de hombres de todas las latitudes que prefieren vivir en su suelo, haciendo de Nueva York, por ejemplo, una Babel de idiomas, de costumbres y de problemas sin cuento. Pero de Cuba no se puede salir.
Salir a pesar de todo
Ya he conversado en Miami con un cubano joven, ingeniero graduado en Estados Unidos, que dejó su tierra alrededor de tres lustros atrás, cuando Castro permitía salir, con un denigrante régimen de cuotas, a grupos familiares que debían declarar previamente su intención y luego, cuando se los llamara, partir “con lo puesto”. Esto no es una frase. Este joven me contó sus recuerdos del niño que era entonces, cuando salió con sus dos padres y su hermana llevando exclusivamente una sola y pequeña valija con algo así como una muda de ropa interior para cada uno y nada más. Es fácil decirlo y difícil imaginarlo: nada más. Todo debió quedar: los milicianos revisaban la valija y a cada uno de ellos. Ni dinero para vivir al menos unos días a su llegada a Miami, ni joyas, por supuesto, ni recuerdos personales. En la casa todo había sido inventariado y debía quedar: muebles, objetos, vajillas, ropas, mantelería, libros, adornos. Quienes querían irse debían dejar absolutamente todo y saber que no volverían ni volverían a ver a los seres queridos. Y en esas condiciones las listas de espera eran interminables porque eran tantos los que querían irse a pesar de todo que las demoras eran de meses. Aún con ese régimen, Castro debió cerrar la puerta definitivamente. Ahora, ni así se sale de Cuba. Entonces, la gente arriesga la vida y se larga en botes. Igual que en Alemania Oriental se cruza, de cualquier modo, y casi siempre hacia la muerta, el muro de la vergüenza y de la humillación.
Yo he conversado con un funcionario de un organismo internacional que se casó con una joven natural de un país detrás de la cortina de hierro. Consiguió tras arduos trámites y demoras que le permitieran “salir” para casarse con él. Tuvieron hijos y la madre de su mujer consiguió permiso –¿se va advirtiendo la tragedia inmensa de obtener permisos para esto?– para conocer a sus nietos y pasar una temporada con ellos. Pero, naturalmente, el esposo de la abuela quedó en el país respectivo. Era, en buen romance, el rehén para asegurar el regreso. Y he aquí el drama: los padres de la chica quisieran, ahora en la ancianidad, radicarse en el nuevo país de su hija, hija única, y vivir los últimos años con ellos y sus nietos. No pueden. La abuela sabe que si se queda con su hija no verá nunca más a su esposo. Si vuelve no verá nunca más a su hija ni a sus nietos. Salir, entrar, permanecer, transitar...
Un bailarín más ha desertado de las filas del Bolshoi y ha decidido radicarse fuera de su patria. La Unión Soviética debe medir con extremo cuidado a quienes permite salir de la tierra para hacer una gira por el extranjero. Debe arbitrar recursos cuidadosos para conservar, de este lado, algún rehén: madre, esposa, hijos. Este hombre ha cometido la herejía de los países donde el Estado es omnipotente y dueño de la vida y de la muerte de sus súbditos: ha salido de su patria. Sabe que no podrá volver. En un país libre esto carecería de sentido: ni exilio ni drama ni problemas. Salir, entrar, permanecer, transitar...
El fascismo y el nazismo hacían lo mismo. El hombre era criatura del Estado. Tenía una patria y a ella estaba sometido. Como en el marxismo, no se era libre siquiera para amar a la patria ni para permanecer en ella, pues sólo permanezco libremente en mi patria, cuando tengo libertad para dejarla.
La libertad es un concepto excesivamente grande como para que el hombre común pueda comprenderlo en su plenitud. Pero el hombre común comprende enseguida cuando su libertad de movimiento queda restringida.
Recordemos, argentinos, la grandeza del pensamiento que en 1853 estampó de una vez para siempre en la Constitución conceptos de esta altura moral: nosotros podemos entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino. La Constitución prohíbe al Estado convertirse en juez de los actos privados de los hombres. Júzgueme, si quiere, con su palabra condenatoria mi vecino o mi amigo; laméntese mi pariente. El Estado debe detenerse, en cambio, ante mi sagrada libertad de salir, de transitar, de permanecer o de retornar.
La diferencia es clara. Podemos salir de un país libre para entrar a otro totalitario. Pero de allá no se retorna. Por eso, los dramas de estas deserciones o las tragedias de los que huyen, llevan siempre la misma dirección. Un hecho tan elemental, tan contundente como argumento, no parece bastar a quienes quieren, todavía, para sí y para sus hijos, instalar el paraíso marxista, ese del cual no se sale.
Las acciones privadas de los hombres...
Publicado el 29 de septiembre de 1979
Alguien dijo alguna vez, en un artículo de valor excepcional que he perdido: cuando el Estado habla de mi felicidad, tiemblo. Porque mi felicidad es cosa mía, es un asunto propio de mi vida privada. Asegúreme el Estado, si quiere y si puede –lo primero es discutible por muchísimas razones y lo segundo se advierte difícil a la luz de los ensayos harto repetidos de nuestro siglo–, vivienda, salud, comida, vestido, recreación. De allí a la felicidad hay un trecho, no se sabe nunca si corto o largo, pero indiscutiblemente de fondo. Y ese trecho debo recorrerlo por mí mismo. Se trata de mi vida privada. De esa vida de la cual las tendencias políticas y sociales –y hasta pedagógicas– contemporáneas parecen estar olvidándose en exceso. Empero, cuánta riqueza política, cuánta sabiduría acerca del hombre, cuánta profundidad religiosa encierra el notable enunciado del artículo 19 de la Constitución Nacional: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”. Parece simple. No lo es. Se trata de la esencia última de una filosofía política basada en la libertad del hombre y respetuosa de la persona no como abstracción semántica sino como realidad individual, irrepetible, concreta, de carne y hueso.
Entendámonos. El hombre es un ser social. Ya lo dijo Aristóteles y desde entonces lo aceptamos y lo comprendemos. Nace y vive en una sociedad y de ella se nutre para ser hombre. Pero en Occidente, desde la misma civilización griega que engendró a Aristóteles, sabemos además que es un hombre libre dentro de su grupo familiar, social, político. Por eso, tiene vida privada. La suya, la propia, la intransferible, la irrepetible, la que lo hace un ser único en la historia. Sus dolores y sus alegrías, sus amores, sus odios, sus afectos, sus pasiones, sus tristezas, sus triunfos, sus derrotas, su nacimiento, su vida y su muerte son actos y episodios únicos e irrepetibles de un ser único e irrepetible, que jamás tendrá un igual absoluto y que –esto duele, pero es así– jamás podrá abrirse del todo, absolutamente del todo, a otro. Porque en el fondo último de mi ser, en la hondura final de mis entrañas, en el rincón decisivo de mi alma, estoy solo conmigo y alo sumo con Dios que me aguarda. Este sufrimiento, que a veces puede ser insoportable, es la condición de mi dignidad suprema: tengo vida privada.
Esa privacidad la transmito, en ondas expansivas y compartidas, a mi grupo primero y esencialmente mío: mi familia. Tengo –tenemos– familia y esto quiere decir privacidad. Tengo hogar, es decir el rincón ante el cual se detiene, como ante un sagrario, el poder del Estado o de cualquier otro grupo de la sociedad. Tengo mi casa, mi asiento, mi soledad en todo caso. Tengo derecho a ello y es mi responsabilidad indeclinable ser de tal modo feliz o desdichado.
Los ataques a la privacidad
El artículo 19 de la Constitución Nacional merece el respeto del mundo por la claridad de su texto y la excelencia de la norma que ha consagrado. Con unos pocos más, es suficiente para consagrar a la Carta del 53 y del 60 como alto monumento político de la civilización occidental. Lástima que los argentinos nos hemos empeñado en olvidarlo o en desdeñarlo. Lástima, también, que los constituyentes no hayan podido ir más allá en la redacción. Porque, como es natural, este artículo es uno de aquellos ejemplarmente necesitados de la reglamentación de las leyes y de la interpretación de los hombres. En ese terreno hemos retrocedido, llevados de la mano por todas las doctrinas totalitarias del siglo XX, enemigas juradas de la vida privada de los hombres y amigas de su subordinación al grupo. Es muy difícil, claro está, trazar los límites precisos y justos en cada caso para distinguir cuándo una acción personal o familiar puede afectar o no a la moral pública –pues este mismo concepto no es fácil de precisar– o cuándo de algún modo perjudica a un tercero. Los casos extremos, solamente, pueden quedar claros. Pero en el medio está el problema.
Sin embargo, es fácil advertir cómo las doctrinas mencionadas se fundan maliciosamente en exégesis interesadas y se las arreglan para que mediante espaciosas argumentaciones o traslaciones de efectos causales aparentemente bien fundados no quede al fin acción privada alguna que no sea susceptible de ser vigilada, reglamentada o supervisada por el Estado o por algún otro grupo social intermedio.
Pues, por supuesto, si llevamos el razonamiento hasta el último extremo, no hay acción posible de individuo alguno que de un modo u otro no afecte a la sociedad y no tenga algún efecto sobre ella, y por ello tanto siempre será pasible de perjudicar o de beneficiar a terceros. Es sencillo, de tal modo, avanzar sobre el campo de las acciones privadas y comenzando por vigilarlas o por exigir cuenta de ellas –aún con el más inocente propósito de compilación de datos o de vigilancia fiscal– terminar con reglamentaciones mediante las cuales no queda ninguna acción privada “exenta de la autoridad de los magistrados”.
En ese instante, la libertad del hombre está liquidada y la vigencia formal de las instituciones es apenas una pantalla apta para enmascarar una realidad cruda y dolorosísima.
Llega entonces el momento en el cual nos damos cuenta –tarde– de que en aras de un grupo omnipotente o del Estado representativo de todos los grupos posibles debo subordinar mis decisiones personales en materia de afectos, de constituir o no una familia y cuándo, de tener o no hijos y en qué número, de trabajar en una u otra actividad, de residir en uno u otro lugar, de participar o no de actividades comunitarias, de quedarme en casa el fin de semana o de leer el libro de mi preferencia, de emplear mi tiempo libre de un modo u otro, de emplear mis recursos económicos y, en fin, de disponer de mi vida a mi antojo, a cuanto me sea dictado por otras instancias superiores para ser un buen miembro del grupo, del partido, del Estado.
Sí, estimado lector. No hemos caído en un exceso verbal por inadvertencia. Hemos decidido concientemente, a sabiendas de todos los riesgos asumidos, cometer el tremendo pecado mortal de la hora presente. Hemos dicho la frase horrenda: disponer de mi vida a mi antojo. Sí, estimado lector. Defendamos este valor olvidado de Occidente: queremos que el hombre sea libre para disponer de su vida. Puede equivocarse, puede andar por mal camino, puede derrocharla por vías lamentables, puede malgastar dotes y recursos. Pero mientras no afecte la moral pública ni perjudique a terceros, queremos, con toda el alma, que sea libre de equivocarse, de malgastarla, de aburrirse, de condenarse. Lo queremos así porque en verdad queremos que no lo haga de tal modo, pero sabemos que sólo tendrá valor su conducta si es libre y de otro modo apenas obtendremos un súbdito, un esclavo o un irresponsable, y a ese precio ningún servicio es válido.
Comprendemos que el Estado debe vigilar mis ingresos para cobrarme los impuestos respectivos y que no puede ni debo quemar mi casa si con ello arriesgo el incendio del vecindario, ni dejar de vacunarme si con ello puedo desatar una epidemia. Pero no quiero que a partir de ahí se avance al punto de que mi vida privada quede reducida a la nada y ninguno de mis actos esté exento de la autoridad de los magistrados.
No quiero, estimado lector, el horror insuperable de los comités de vigilancia revolucionaria o patriótica de los regímenes marxistas que emplean los delegados de manzana o de cuadra para observar si concurro al acto cotidiano o semanal del grupo. Quiero que en cada fin de semana se respete mi derecho a mi vida privada y pueda aprovecharlo o dilapidarlo según la ley suprema de mi antojo.
Temo los procedimientos de enseñanza por grupos, que en sí mismos no son malos ni propiedad de una ideología determinada, pero que a menudo son la trampa para encerrar a las mentes y a los corazones en la subordinación absoluta al equipo estudiantil y conducirlos después a la subordinación absoluta al Estado.
Es penoso que el hombre, que cada hombre, no actúe siempre de la mejor manera posible y que sus acciones sean a veces malas o equivocadas. Pero esa libertad es el precio de ser hombre. Cuidado con las tentaciones grupales o estatistas, que comienzan por fundamentar su derecho a inmiscuirse en mi hogar para cobrarme el impuesto a las ganancias y pueden terminar por destruir mi vida familiar privada; que con el entusiasmo por la moralidad pública terminan vigilando la conducta individual de cada hombre y mujer en sus relaciones privadas y que con el afán aparentemente perfeccionista de planificar los recursos humanos del futuro terminan indicando a cada habitante qué debe estudiar y en qué debe trabajar.
Conviene releer el artículo 19 de la Constitución Nacional. Y evitar que, en su necesaria interpretación y reglamentación por medio de todas las leyes que han de dictarse para organizar la vida de la República, el péndulo se incline tanto hacia un lado que termine por ser letra muerta. El artículo 19 es el custodio principal de la libertad. Y al fin, no hay acción que más afecte a la moral pública y que más perjudique directamente a terceros que atentar contra la vida privada de los hombres.
Deténgase el Estado ante la puerta de mi hogar y ante la puerta de mi alma. La Constitución lo dice sabiamente: déjenme allí a solas con Dios.
Los amigos sinceros
Publicado el 14 de diciembre de 1979
Los amigos sinceros constituyen uno de los grandes riesgos de la existencia. Nada como ellos para evitarnos los males que nos acechan a cada paso, pero nada como ellos, también, para dejarnos en medio de las mayores desazones del ánimo. Los amigos sinceros son quienes, con toda sinceridad y sin tapujos ni medias tintas –para algo nos quieren y son nuestros amigos sinceros– nos advierten que la corbata que nos hemos puesto nova, en modo alguno, con el traje ni con la camisa. Los amigos sinceros son quienes nos abren los ojos para alertarnos sobre algunos defectos estéticos de la amiguita con la cual estábamos saliendo contentísimos, y a quien veíamos como un dechado de belleza y elegancia. Nos advierten sobre muchas otras cosas. Por ejemplo, que estamos empezando a engordar nuevamente. Que debemos cuidarnos de fulanito porque –nos lo confían con la buena intención propia de un amigo sincero y para que estemos advertidos– ha estado hablando regular de nosotros. Que debemos estar atentos en el trabajo porque parece que el gerente no mira con satisfacción nuestro rendimiento. Lo cual nos lo advierte porque nos aprecia y desea que sepamos cómo conducirnos o cómo maniobrar para evitar la amenaza latente.
Con los amigos sinceros no es posible enojarse. Tienen tanta buena voluntad, se preocupan con tanto empeño por nuestra salud cuando nos ven comer o beber con algún exceso; atienden con tanto interés nuestros estados de ánimo si en alguna ocasión gritamos de más o nos enfadamos de menos, que no pueden sino merecer nuestro agradecimiento. Han hecho de la sinceridad su estilo de vida. Son incapaces de mentirnos. Nada de adularnos. Cuando nos presentamos ante sus ojos con un traje recién estrenado, su inquebrantable línea de conducta les impide ocultar o siquiera disimular la severidad del juicio y no se permiten la alabanza pueril –que en el fondo de nuestro corazón de niño-hombre esperamos ansiosamente– sino que explican con corrección, pues por algo nos quieren, el error de haber elegido ese color, ese modelo, esa tela. Disculpame, suelen añadir, sabes que a vos no puedo engañarte.
La sinceridad es un arma terrible. Esgrimida a toda costa y en todo momento, celosamente sostenida y claramente expresada, no distingue de matices. Olvida que los hombres no piden siempre la verdad y confunden el deber del sabio con la dulzura del amigo. La amistad no debe ser nunca sincera enteramente, sino amistosa, lo cual es muy diferente. Al amigo no le pedimos la verdad sino el consuelo y el afecto. Al amigo acudimos cuando estamos inseguros para que nos dé una mano para afirmarnos, por supuesto a costa de la pequeña mentira que estamos buscando para contraponer a la angustia pequeñita o grande que cuidadosamente ocultamos. Del amigo pedimos la frase de aliento. Esperamos que nos diga que se nos ve mucho mejor cuando tememos por el diagnóstico reciente; que nos elogie la mujer amada si en algún resquicio de nuestra intimidad sabemos que no es del todo hermosa; que nos tranquilice en el día en que todo parece haber salido mal en el trabajo.
Yo he aprendido a huir de los amigos sinceros y a refugiarme en los otros, en aquellos que me quieren menos y me consuelan más.
La inversión del tema
Publicado el 16 de diciembre de 1979
Es necesario confesarlo: estamos intimados. Un temor nos detiene en el momento de sentarnos a escribir estas cuartillas acerca del tema que hemos elegido. Pues se trata de algo así como de salir a enmendar la plana a una especie de universalidad de criterios firmemente unidos, a lo largo y a lo ancho del mundo contemporáneo, para condenar sin atenuantes a uno de los presuntos flagelos de nuestro tiempo: la sociedad de consumo.
A pesar de todo, hemos de decirlo: no nos satisface la tesis casi unánimemente aceptada y expresada en casi todas las tribunas, por casi todas las grandes personalidades y por casi todas las instituciones sociales, religiosas o políticas. Permítasenos, pues, recurrir a la idea –y válganos como excusa– sagazmente explicada por Ortega en uno de sus ensayos: “La querella entre el hombre y el mono”.
Habla allí el pensador español de lo útil que resulta, cuando una idea se ha convertido en tesis dominante o “canónica”, es decir, válida y aceptada sin discusiones, invertirla y proponer la opuesta. Como ejercicio mental, sostiene, es inmejorable y suele dar resultados fecundos.
Arriésguese el lector entonces y antes de enojarse por anticipado, o al menos como juego de imaginación, como ensayo hipotético, admita por un momento la tesis contraria: suponga que la sociedad de consumo no es tan mala como la pintan y que la sociedad de escasez puede ser en cambio mucho más perniciosa para la salud moral de la humanidad.
Porque en verdad y para empezar, ha de admitirse que como opuesto a la sociedad de consumo –lo cual significa de la abundancia– no hay sino la sociedad de escasez ¿Es esto lo que se quiere? Sin duda, no. Los enérgicos críticos nos dicen entonces que de lo que se trata es de condenar el ánimo egoísta del ser humano dispuesto a consumir de todo y en cualquier forma, sin distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo conveniente y lo superfluo, entre lo necesario y lo dañoso, y sin reparar, siquiera, en las necesidades ajenas para brindar a quien le falta algo de cuanto a otro le sobra.
Más me parece que la historia prueba abundantemente –diríamos que prueba con la certeza que dan las experiencias repetidas a lo largo de los siglos– que el egoísmo y el afán de goce indiscriminado por los placeres sensuales no son fruto particular de esta hora sino que anidan en el alma de los hombres desde muy atrás en el tiempo. La diferencia, quizá –y he aquí, en todo caso, uno de los argumentos esenciales a favor de esta hora– es que quienes tenían oportunidad de ser tentados por el consumo desenfrenado o innecesario, de hartarse, en fin, de bienes y de goces, eran en otros siglos unos pocos y hoy son muchos. Quienes corrían el riesgo de la condenación por el pecado de la gula eran antaño sólo los grandes señores de la tierra y hoy pueden serlo las masas de los países afectados por la sociedad de consumo, y esto es un enorme bien, porque quiere decir que la hartura está a la mano de inmensas mayorías y que la virtud de la sobriedad o de continencia será auténtica para quienes sepan practicarla desde el fondo de una verdadera libertad.
¿O habríamos de llamar virtud al hambre forzada del siervo que en el siglo X desfallecía desnutrido y moría, ya senil, a los treinta años, mientras su señor en el castillo se hartaba de carne y de vino? Yo llamaría virtuoso, en cambio, a quien limita su comida a lo necesario porque voluntaria y libremente sabe distinguir lo conveniente de lo dañoso ante una vidriera repleta al alcance de su bolsillo, y para que ello sea posible, para tener la ocasión de ser virtuoso, primero debe existir una sociedad de abundancia.
Posters, discos, libros y cassettes
Esta sociedad de abundancia ofrece mercaderías de todo tipo. Baratijas a granel, es verdad. Pero ¿se ha reflexionado acaso que el hombre que compra baratijas lo hace porque tiene su estómago satisfecho? ¿Se ha reflexionado en la increíble conquista que ha logrado la humanidad en esos pueblos donde masas enormes pueden comprar baratijas después de haber satisfecho sus necesidades elementales frente a otros pueblos donde masas enormes mueren diariamente por las calles después de haber padecido una insuficiencia crónica de calorías durante una corta y tristísima vida casi animal?
¿Estamos tan seguros, por otra parte, que esas baratijas son siempre tan despreciables, tan indignas, tan impropias de la condición humana? Infinidad de hogares modestísimos se adornan con cortinitas de plástico, con cuadritos de tres por cinco, con carpetitas de cualquier clase, con adornos, con decorados, con repisitas cubiertas de objetos insignificantes. ¿Estamos absolutamente seguros de que todo eso es despreciable e indigno, o innecesario o directamente condenable desde el punto de vista moral? ¿No podrá significar un cierto afán de logro espiritual por parte de esas grandes masas que apenas cien años atrás sólo disponían de lo absolutamente necesario para sobrevivir o sólo podían comprar lo indispensable para satisfacer su apetito animal primario y jamás podían poner su mirada en otra cosa? ¿No podrá ser que por estas baratijas comience un afán hacia un estilo de vida que supere la satisfacción elemental de las necesidades primarias?
Las calles de la ciudad –de la nuestra, de las de todo el país, de las ciudades de las grandes naciones desarrolladas de la Tierra– están repletas de comercios que exhiben cuatro productos, generalmente sobre la línea de edificación, como quien dice al alcance la mano: libros, posters, discos y cassettes. La juventud, especialmente, gira en torno de esos objetos. Los posters ofrecen imágenes diversas y a menudo textos literarios, poesías, con frecuencia.
Discos y cassettes contienen, ya se sabe, música envasada. Es cierto: en su mayoría, lo que se vende es de calidad mediocre. Pero –aparte el hecho indiscutible de que hoy se escucha y se conoce a los grandes músicos por doquier y en todos los ambientes sociales– de todos modos estos afanes consumistas de discos, cassettes, posters y libros, sean cuales fueren sus calidades, representan un avance cultural y espiritual de las masas. Esa juventud marcha hacia algo superior. La sociedad de abundancia ha satisfecho sus estómagos y ahora está protegido del frío, de la lluvia, de la escasez. Ahora marcha hacia otros rumbos. Quizás no parecen los mejores, pero debemos darle tiempo.
La elección obligatoria
Entre la sociedad de abundancia y la de escasez es necesario optar. Me defino por la primera. Porque no me interesa la sobriedad del mendigo miserable que a la puerta del convento medieval esperaba tiritando la sopa de los pobres y el mendrugo de la caridad, sino la virtud auténtica de los hombres que ante la vidriera colmada eligen el ayuno o la sencillez alimentaria libremente y por motivos bien fundados. Quiero la sociedad de la abundancia porque prefiero que las masas tengan a la mano la posibilidad de satisfacer sus necesidades elementales y en esa forma la libertad de elegir sus caminos de superación espiritual.
Entre el hambre en las calles y los discos y los posters y las baratijas a la mano me quedo con la segunda posibilidad. Cuidado con las condenas fáciles a la sociedad de consumo: la poción no es tan sencilla. Defendamos la supervivencia de esa sociedad, porque volver a la escasez será infamante para la humanidad y no la hará virtuosa, sino hambrienta. El hombre salvará su alma si ha elegido bien sobre la base de su libertad de opción y no porque haya padecido obligatoriamente la escasez.
La mentalidad del ama de casa
Publicado el 3 de mayo de 1980
Existen, como una especie de convenciones universal y tácitamente aceptadas, algunos latiguillos expresivos. En ocasiones constituyen verdaderos latiguillos mentales, formas de pensar aceptadas como principios inamovibles sobre los cuales los hombres se ponen de acuerdo para comodidad del discurso. La mentalidad del ama de casa es uno de estos recursos ¿Quién no lo ha visto alguna vez usado en ensayos o artículos de naturaleza diversa para señalar criterios de escaso vuelo, concepciones de corto alcance, entendederas menguadas? La cuestión viene de antaño y la injusticia, sin duda, también. Pero antaño tenía en cierta forma mayor sentido, una pizca de explicación. Porque los menesteres hogareños propiamente dichos, no aquellos vinculados a la educación de los hijos o al papel de la mujer como apoyo conyugal o como verdadera alma mater hogareña, sino los cotidianos quehaceres de cada día para mantener la vida doméstica en funcionamiento, estaban efectivamente caracterizados por una rutina sin mayores exigencias intelectuales. Para esos quehaceres –y por algo en los círculos de mayor holgura económica se los reservaba para auxiliares reclutados entre las capas más humildes social y culturalmente– las exigencias intelectuales o de capacitación eran harto escasas y en cambio necesarias una buena resistencia corporal ante la fatiga y una actitud mental dispuesta a la repetición.
Los viejos moldes mentales
Todo ha cambiado, en corto tiempo y de manera intensa. Ahora, quienes siguen usando la expresión despectiva referida a la mentalidad del ama de casa no advierten que pecan, precisamente, por cortedad mental y por incomprensión de la nueva realidad del mundo contemporáneo. Hablar, en los grandes países desarrollados de esta segunda mitad del siglo XX, de los quehaceres domésticos en términos parecidos a los que se usaban sólo unas cuantas décadas atrás, es síntoma de cerrazón para entender las circunstancias de nuestro tiempo. El ama de casa de estos días que corren afronta una realidad compleja, hecha de mil y un pequeños –o grandes– detalles que apenas si se relacionan con los que sus madres o abuelas debían atender.
Las necesidades básicas del hogar son, en parte, las mismas. Pero hay otras absolutamente diferentes. Y aún aquellas que no han cambiado –digamos, por ejemplo, las referidas a la alimentación, la limpieza, la organización doméstica en sus menores problemas– exigen modalidades de acción que apenas tienen que ver con las de un ayer, sin embargo, muy cercano.
Un hogar moderno –dentro de un panorama urbano, en una sociedad de mediano desarrollo, como puede serlo en una ciudad como Buenos Aires y sus alrededores o en cualquiera de las ciudades grandes y medianas de nuestro país– configura un núcleo humano cuyas formas de vida cotidiana han cambiado radicalmente con respecto a unas décadas atrás. Ha cambiado toda la organización social en la cual está inmerso, y por supuesto ha cambiado en grado muy amplio toda la estructura social enderezada a satisfacer las necesidades alimentarias, higiénicas y educacionales de los seres que conforman ese núcleo.
El ama de casa típica sigue, en nuestros días como ayer, siendo la responsable de la alimentación del grupo familiar. Pero su responsabilidad incluye hoy estar atenta a cuestiones vinculadas, por ejemplo, a la calidad y al tipo de los envases de los alimentos que lleva a su hogar, a fechas de vencimiento, a procesos de conservación a indicaciones cuidadosamente especificadas por autoridades sanitarias, a distinciones entre contenidos caracterizados con mucha especificidad.
La tecnología alimentaria contemporánea ha logrado avances gigantescos pero requiere del consumidor –el consumidor primero es quien hace las compras– una capacidad de análisis y de discernimiento, fundada en una no sencilla información y en una refinada sagacidad para elaborar rápidamente los datos correspondientes.
¿Es necesario señalar las diferencias de las modalidades introducidas en un hogar de hoy para limpieza y la higiene cotidianas en punto a pisos, vajillas y ropa?
Pero hay algo más, a lo cual casi nunca se alude. Un hogar, hoy, exige una pequeña organización contable y financiera, con no sencillos problemas administrativos.
Comencemos por lo más elemental: el régimen actual para hacer los pagos de los servicios esenciales –electricidad, teléfono, gas, etc.– o de los impuestos. Se leen a diario cartas de lectores que presentan las dificultades o los inconvenientes consiguientes. Pocos meditan cuán grande es la proporción de hogares en los cuales quien corre con esa compleja responsabilidad es la mujer.
El inocente acto de pagar un alquiler mensual –lo cual requería, antes, el simplísimo ritual de tener a mano en la fecha prevista una cantidad de dinero siempre invariable– puede ser hoy, de hecho lo es en la mayor parte de los casos, una compleja operación que exige vigilar recibos, comprender difíciles mecanismos de indexaciones, quizá descontar impuestos a las ganancias para formalizar en su oportunidad los depósitos pertinentes y en no pocas ocasiones discutir con los locadores que sobre unas y otras cuestiones pueden plantear interpretaciones dispares o quizá carecer a su vez de la capacidad mental suficiente para conducirse acertadamente en estos tortuosos vericuetos reglamentaristas y contables.
En un hogar de nuestros días se debe contar con seguros que es necesario actualizar. Si se vive en un departamento en propiedad horizontal hay que abonar expensas, concurrir a reuniones de copropietarios, entender, discutir y decidir en torno de múltiples cuestiones técnicas, legales, laborales, municipales o que simplemente requieren una buena dosis de aquel famoso sentido común del cual se ha dicho con tanto acierto que es más bien escaso.
Enviar a los hijos a la escuela es también mucho menos simple que antaño. Se debe atender indicaciones de maestros, profesores y directores, compaginar compras de materiales escolares y horarios diversos, a menudo ocuparse de tareas complementarias referidas a idiomas o artes o expresiones corporales. Es necesario comprender un nuevo lenguaje pedagógico y psicológico no siempre acertadamente usado por los docentes de nuestro tiempo, discutir sobre la conveniencia o la necesidad de tratamientos especializados apenas los chicos presentan alguna dificultad.
La salud no es, como en los buenos viejos tiempos, un problema reducido al momento en que la enfermedad golpea a las puertas del hogar. Los chicos de hoy, apenas nacen, exigen un cuidadoso cronograma de vacunaciones y luego tratamientos o vigilancias permanentes sobre su desarrollo corporal, dental, óseo y hasta psicosomático.
Y por si hiciera falta algo más, bastaría recordar que un hogar de nuestros días, en esta Argentina de los años que nos toca vivir, impone también al núcleo hogareño una cuidadosa administración de bienes que ya no consiste en una simple caja de ahorros sino que debe entender de inversiones a plazo fijo, divisas extranjeras y –por los menos– un uso relativamente frecuente de cuentas corrientes, tarjetas de crédito y control de efectivos para las necesidades cotidianas.
El ama de casa y su mentalidad
Toda generalización lleva el riesgo de ser falsa. En cada hogar, la balanza se inclina más hacia un lado o hacia otro en esta distribución de tareas y responsabilidades. Pero en una buena proporción, la mayor parte de esas tareas suele estar en manos del ama de casa. Muchas mujeres que “no trabajan” son, hoy, quienes corren con toda la organización de los pagos de facturas y expensas, quienes concurren a las reuniones de copropietarios, quienes transitan por los bancos a renovar inversiones, quienes asisten a las reuniones de padres a escuchar e interpretar las últimas novedades psicopedagógicas que el colegio pone en marcha.
El ama de casa de nuestros días suele conducir el automóvil familiar y atender a su mantenimiento, y discute de igual a igual la renovación del seguro. Hace las compras, como antaño pero no igual que antaño, porque distingue envases, contenidos, durabilidad de contenidos, procesos de esterilización y aprende sistemas de conservación que la convierten en la última responsable de procesos científico-tecnológicos iniciados cuando la materia prima se recoge y continúa después en fábricas o camiones de distribución y termina en la estantería-refrigeradora de un supermercado desde donde el ama de casa la toma para pasarla a la cocina hogareña, cada vez más parecida a una moderna planta procesadora.
Además, a todo esto, suele agregarle, como antaño y ahora igual que antaño, amor por lo que hace, sintiéndose servidora de los suyos en un altísimo menester. Sigue siendo, nada menos, madre y esposa.
¿Mentalidad de ama de casa? Sí, por cierto. Podemos seguir repitiendo el latiguillo. Sólo que si no queremos merecerlo en el viejo y equivocado sentido, debemos aprender a usarlo con admiración y respeto, como sinónimo de buena y alta capacidad mental.
Publicado el 9 de mayo de 1980
Tengo un amigo que se caracteriza por dar ideas disparatadas. No sé si lo hace por simple afán de llamar la atención sobre sí mismo o si, por el contrario, cree de verdad en esas ideas. De todos modos, suele tornarse pesado. Es muy buena persona, y en todo sentido es un hombre de bien. En un amplio círculo de relaciones es estimado y respetado, como lo es también en su vida profesional. Pero, cada tanto, sale con alguna iniciativa peregrina y a veces se pone cargoso, ante la mirada paciente de amigos como yo o simples conocidos, que generalmente prefieren escucharlo en silencio y suelen desviar al fin la conversación por rumbos diferentes para no herirlo con réplicas contundentes. Pero hace poco perdí la paciencia y terminé contestándole mal. Véase si no estaba yo justificado.
La charla en el grupo derivó hacia uno de los temas permanentemente llevados y traídos por los habitantes de Buenos Aires en especial y por los viandantes de las rutas del país en particular. Y razón que tenemos los argentinos para ocuparnos del asunto.
Se trata del problema planteado por la forma de conducir de los choferes de colectivos y por los camioneros, en general, en las rutas. Ya se sabe cuál es la situación en las calles capitalinas. Fallos recientes de la Justicia han señalado la extrema gravedad de los hechos y es imposible encontrar persona alguna que no tenga referencias de conocidos, familiares o amigos que en ocasiones no hayan sufrido accidentes o hayan estado a punto de sufrirlos.
Capítulo aparte es el referido a las agresiones verbales mutuas entre pasajeros y conductores o, simplemente, las modalidades de un desplazamiento hecho de arranques y frenadas continuadas y violentas, mientras en el interior de los coches los pasajeros de pie procuran sostenerse de modos inverosímiles. En la rueda, surgieron después sucedidos verdaderamente inadmisibles protagonizados por enormes camiones en las rutas que a menudo obligan a los automovilistas a maniobras imprevistas y delicadas o provocan riesgos gravísimos. Las coincidencias fueron unánimes en la solución: penas más graves, controles más rigurosos.
Y acá terció, como suele hacerlo cada tanto, mi amigo. Hasta entonces permanecía en silencio, casi sin participar de la charla animada, como si el tema no le interesara. Y cuando la mayoría había dado por agotado el asunto, cuando ya insensiblemente se estaba en esos momentos en los cuales sin que nadie necesite ponerse de acuerdo existía unanimidad sobre las soluciones dadas y nos deslizábamos hacia cualquier otro tópico propicio a la conversación de circunstancias, tomó la palabra y dijo, más o menos, lo siguiente:
“Creo que este asunto no se arregla solamente con penas más rigurosas ni con controles más abundantes, aunque ello siempre vendrá bien. Lo fundamental –prosiguió– es evitar que los riesgos se presenten, que las infracciones se multipliquen. Prevenir, en una palabra, no curar solamente. Hacen falta muchas cosas. Entre otras, yo creo (cuando mi amigo usa la primera persona es terrible) que para conceder registros de conductores profesionales, especialmente para transporte público de pasajeros y para los grandes camiones, debería exigirse certificado de escolaridad media, o por lo menos del ciclo básico cumplido”.
Las miradas de asombro fueron generales en el grupo. De asombro y de desaprobación ¿Se imaginan ustedes que para ser colectivero o camionero sea necesario ir hasta tercer año de la escuela media?
Todavía lo dejamos hablar un poco más. Explicó más su idea.
“No se trata –sostuvo– de que para conducir un colectivo o un camión sea necesario saber ciencias o letras o historia o matemática, ni tener una cultura general. De lo que se trata es de contar con una capacidad mental desarrollada suficientemente como para comprender las responsabilidades civiles, penales, técnicas y aún morales que asume quien está al volante de un pesado vehículo o de un servicio público de pasajeros. Se trata de contar con una persona con un grado mínimo de inteligencia y de desarrollo mental como para poder asimilar nociones básicas de carácter jurídico, entre otras. Además, para conceder los registros respectivos, deberían ser obligatorios cursos previos de seis meses a un año de duración que no solamente incluyeran los aspectos de la conducción propiamente dichos, sino los complementarios de tipo legal.
“Porque no es cuestión de aprender más o menos las reglamentaciones de tránsito. Un chofer de colectivo debe conocer e interpretar qué quiere decir homicidio culposo, por ejemplo, y distinguir con claridad cuáles son las responsabilidades penales en que puede incurrir. Por otra parte con esta exigencia quedarían descartados muchísimos jóvenes cuyo solo aspecto está denunciando a ojos vistas una formación mental y cultural que apenas les permite en realidad menesteres de bajísimo nivel. En una palabra: conducir un colectivo o un enorme camión debe ser entendido como una función social de un nivel distinto del que estamos acostumbrados”.
Pero ya las respuestas lo acallaron. La mayoría de los contertulios de la hasta entonces plácida rueda le hizo saber, de un modo u otro, que semejantes ocurrencias estaban fuera de lugar ¡Enseñanza media para manejar un colectivo o para ser camionero! Mi amigo intentó aún ejemplificar con algún país extranjero –Estados Unidos, la Unión Soviética– donde, por algo, dijo, la enseñanza media era obligatoria universalmente. La rueda se disgregó lenta pero ostensiblemente.
Nos quedamos solos. Lo miré para señalarle no sólo mi discrepancia sino para insinuarle su falta de tacto. Y cuando pretendió insistir y añadir argumentos perdí la paciencia. ¡No digas disparates! fue mi respuesta. Y me fui. Lo lamenté, luego, porque, repito, es una excelente persona. Pero cada tanto se le ocurren cosas así.
Publicado el 12 de enero de 1981
En mi niñez existían los zaguanes. Eran refugios ideales para que los chicos jugáramos. En los días de lluvia resultaban irremplazables y en las siestas del verano guardaban algún fresco entre sus paredes a menudo decoradas con mayólicas y mármoles, entre la puerta de calle y la cancel. Quienes hemos vivido en algunos barrios –Caballito, Flores– en épocas en las cuales las vacaciones y los veranos estaban menos ocupados en playas o clubes, jugábamos en los zaguanes y a veces remendábamos barcos, con capitanes, marineros y motines. A veces, “La Batalla”, con Charles Boyer, nos inspiraba. En otras ocasiones, jugábamos al ajedrez, y también, por qué no confesarlo, a las cartas. Al siete y medio, al póquer, al monte criollo, al truco. De aquellos amigos, ninguno salió jugador. Como ninguno de los bravucones que mataban a todo el mundo se hizo pistolero. Pero dejemos ese tema a pedagogos y analistas. Queríamos ocuparnos de otra cosa.
El póquer lo aprendimos al filo de los doce o trece años. Para mejor situarnos diremos que corría 1940. Usábamos porotos, los mismos que para el truco. De pronto, algún miembro del grupo traía de su casa, a hurtadillas o con permiso concedido a regañadientes, y siempre con recomendaciones tremendas sobre el cuidado indispensable, ¡una caja de fichas! De las de verdad, de las que usaban los mayores. Eran de colores y formas diversas, con cifras impresas o no. Entonces el juego cobraba proporciones impresionantes. Aclaremos, aclaremos. Jamás invertimos un centavo verdadero. Pero la ficción era mejor.
Comenzábamos por cifras acordes con las modestias de los presupuestos con los que por entonces, y en los barrios, nos manejábamos: correspondían a un helado, bolitas, caramelos, el boleto de tranvía, la porción de pizza, la entrada de cine.
Así, pues, el juego se iniciaba por centavos. Las fichas mayores –elegíamos unas de forma romboidal, no recuerdo de qué color– eran de un peso. Y jugábamos un rato. Nuestra seriedad no duraba mucho. En verdad, creo que no teníamos pasta de jugadores y nos aburríamos. Para añadir excitación, invariablemente decidíamos cambiar el valor de las fichas. Lo aumentábamos considerablemente. Lo duplicábamos, triplicábamos, quintuplicábamos. Al cabo de otro rato, alguien proponía ideas disparatadas y decía que las fichas más grandes serían, en adelante, de mil pesos, por ejemplo. Alguno protestaba pero accedíamos. De pronto, otro, ya harto de póquer y quizá con ganas de armar pendencia o de hacer otra cosa, proponía cifras mayores. Diez mil, cien mil... un millón de pesos, decíamos con cara seria. Te gané doscientos mil. Me voy con un millón de ganancia. Todo cobraba la forma del absurdo y no faltaba, en ocasiones, si es que no abandonábamos todo definitivamente, la decisión de volver a la normalidad.
Y entonces reducíamos las cifras otra vez. Volvíamos al peso inicial, y a los centavos. Uno, dos, cinco, diez centavos. Y nos manejábamos nuevamente en la realidad con la cual convivíamos.
Eran, en fin, juegos de niños. ¿Juegos de niños?
Pasaron, claro, muchos años. No volvía jugar al póquer. No tengo cajas de fichas de formas y colores diversos. Pero alguien, un día, decidió que en la Argentina todos seríamos menos pobres y menos ricos. Y nos concedió aumentos y prometió riquezas para todos. Y un día las cifras de todos los días se duplicaron, y se triplicaron, se quintuplicaron, se decuplicaron...
Y llegó un instante en que las cifras parecieron alocadas, y sentimos que estábamos en un absurdo, y alguien dijo que debíamos volver a la normalidad de las cifras. Y de pronto, hace ya más de una década, volvimos a manejar como respetable la cifra de un peso y cuando mi hijo mayor comenzó a tomar el colectivo para iniciar la escuela media pagaba con centavos, como en los buenos viejos tiempos.
En el zaguán de mi infancia, si después de la reducción alguien volvía a proponer aumentar las cifras, ya nadie lo atendía y dejábamos todo, hartos. Pero las cifras han vuelto a aumentar en la realidad después de aquella reducción. Y volvieron a duplicarse, a quintuplicarse, a decuplicarse. Comenzamos a manejar fichas –¡bah!, billetes– que un día eran de cien, después de mil, de cien mil, de un millón.
Parece que tendremos que reducirlas, porque así ya no se puede. Empiezo a estar aterrado ¿Y después las volverán a aumentar?
De aquellos zaguanes podía irme cuando quería, si mis compañeros se enloquecían en exceso. Siento que de este otro zaguán más amplio en el que estoy metido no puedo salir. Y se me ha ocurrido pensar en mis juegos de niños ¿De niños?
Publicado el 16 de septiembre de 1981
La historia comenzó así, a la española, entre rezos e imprecaciones. Entre ahorcados y aventureros. Entre señores y soldados. Entre indios y arcabuceros. Entre Don Pedro, el Adelantado, y el hambre y la peste. Todo comenzó y terminó a las orillas del río. De un río de aguas marrones, ancho como el mar pero de sabor dulce, que lamía orillas barrosas y cambiantes, con un paisaje desolado. Estas tierras no ofrecieron cómo vivir a quienes llegaron a ellas por la vez primera.
Y en sus orillas murieron con la peor de las muertes y dejaron la mayor de las esperanzas. Buenos Aires nació, es verdad, sobre este río cuya presencia los argentinos y en especial los porteños hemos dado en ignorar cada vez más.
Hemos dejado también atrás la historia verdadera y auténtica, que, extrañamente, es más la que nos cuenta la imaginación de poetas y escritores que la narrada en los textos de la escuela primaria, casi la única que recuerdan muchos argentinos para quienes los orígenes de esta tierra conservan un saborcillo de puerilidad y de próceres empolvados.
Y también hubo, después, los esclavos. Porque la trata infame estuvo también entre nosotros y si es verdad que en la benemérita ciudad y puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires no se vieron las atrocidades que en otras latitudes se vivieron y se sufrieron, y si es cierto que la naturaleza del clima y del trabajo y las costumbres hicieron más llevadera la vida de los negros que lo que fue en el resto de América la de muchos indígenas, es también cierto que los esclavos existieron en estas playas y llegaron a estas orillas, siempre por ese río, siempre mojándose los cuerpos para desembarcar y siempre encontrando como primer atisbo concreto de la nueva comarca el contacto físico con esas aguas marrones y esas costas barrosas.
La conjunción de un escritor y del arte del cine pueden ser un feliz punto de partida para recordar la historia que olvidamos. No importa que los hechos sean imaginados. Lo que vale es el despertar de los sucesos dejados al margen de los textos. Y la visión de un río y de unas orillas sobre las cuales comenzó todo.
“Misteriosa Buenos Aires”, de Manuel Mujica Lainez, en la versión cinematográfica que acaba de estrenarse, exige una doble visión. Una es la del filme y la de la crítica respectiva. Otra es la de su alcance como sacudida anímica para los hijos de esta ciudad, olvidados de sus orígenes. De esos orígenes a la española, entre imprecauciones y rezos, adelantados y aventureros. El drama del hambre del capítulo inicial es la contrapartida de la llegada de los españoles a las tierras feraces del trópico, a las islas rebosantes de pájaros, frutos y calor de la América Central. Es la otra cara de la visión de Pizarro ante el oro de los incas. Es, apenas, el encuentro con un río de aguas turbias, de bancos mudables, de costas cenagosas, de paisajes desolados. Así empezó lo nuestro. Con los primeros conquistadores vencidos por el hambre y por el fracaso de los ensueños. Un siglo después llegaban los traficantes de esclavos, y los negros y sus duelos. Y la historia –seguramente cierta aunque ningún documento lo pruebe– del inglés ciego, seguidor de la esclava con su pulsera de cascabeles vengada ferozmente.
Por último, la ciudad olvidada renace otra vez. Desde fines del siglo anterior han pasado muy pocos años, pero insistimos en negar nuestros recuerdos. El salón dorado del ayer renace, en el último episodio, también en una visión descarnada, en una ambición loca de mantener un esplendor extinguido.
En otros países, este aprovechamiento de las grandes obras literarias fundadas en el pasado para recrearlas mediante los poderes mágicos del cine es mucho más frecuente que entre nosotros. Quizá por eso la historia y sus personajes, en aquellos países, son una realidad vital más auténtica y menos escolar, menos aniñada. Esta “Misteriosa Buenos Aires” que las pantallas ofrecen en estos días no es, seguramente, una lección de historia para los noños ni para los estudiantes. Es un encuentro con un pasado irremediablemente nuestro, y más allá de sus méritos o deméritos como obra cinematográfica, es un hermoso ejemplo de cuanto se puede hacer mediante las letras y la esplendidez del cine de nuestro tiempo para que los argentinos recobremos la conciencia de orígenes y de ayeres.
Y para que nos asomemos, cada tanto, a las aguas del río que ciñe a la ciudad con otros ojos.
Bajo consumo y familia numerosa
Publicado el 8 de octubre de 1981
El Estado protector, paternalista... o socialista tiene trabajo abundante y dificultades crecientes. Las buenas intenciones no son sencillas de traducir en actos. Y a veces ocurre que algunos actos, fruto de intenciones nobilísimas, determinan contradicciones con otras intenciones tan plausibles como las primeras. Proteger los bajos consumos domésticos de energía eléctrica y de gas es una de aquellas intenciones nobilísimas. Proteger la familia numerosa es otra, tan inobjetable como la primera. Lamentablemente, de pronto la buena voluntad en pro de una situación ocasiona graves problemas con respecto a la segunda. Y el Estado paternalista, al cual todos acudimos buscando soluciones, se enreda en nuevas fórmulas proteccionistas y “sociales” que día tras día complican más el panorama. Aunque, debe reconocerse, de tal manera se multiplican también las fuentes de trabajo para la administración pública encargada de manejar el inmenso juego de papeles y expedientes necesarios en la normativa reglamentarista y proteccionista derivada.
Estamos, en estos días, ante un ejemplo claro de la situación descripta. Acaban de “congelarse” las tarifas de los servicios de energía eléctrica y de gas para los “bajos consumos”. Quienes no emplean más de 200 kw de la primera y de 60 metros cúbicos del segundo por cada período facturado no sufrirán aumentos de tarifas hasta el último día de este año.
Todos sentimos la tentación de aplaudir. La buena intención es inobjetable. El Estado –decimos– hace bien en “proteger” a los sectores sociales de menores recursos, a los más necesitados. Que paguen más, en cambio, quienes tienen más. He aquí un hermoso ejemplo de solidaridad social. En una palabra: que los ricos ayuden a los pobres. Un pequeño recargo en las tarifas de quienes tienen altos consumos emparejará las finanzas de las empresas respectivas y todos seremos felices.
Pero, he aquí que aparece, de pronto, otro argumento. Es inútil: nunca falta un aguafiestas. Y en esta ocasión, al eterno descontento, uno de esos personajes que siempre encuentran todo mal, se le ocurre acordarse de las familias numerosas. Los altos consumos –argumenta– pueden corresponderse a menudo, es cierto, con sectores sociales de alto nivel económico que habitan mansiones o departamentos amplios, que pueden darse el lujo de iluminaciones generosas, de aparatos de aire acondicionado para el confort de veranos y de inviernos, que no sienten la preocupación por apagar luces decorativas. Más, también, algunos –muchos– “altos” consumos, quizás apenas superiores a la cifra fatídica arbitrariamente fijada, pueden corresponder, y de hecho corresponden, a ese otro sector de la sociedad que ha dado en llamarse “familia numerosa” y que por razones varias absolutamente inobjetables es también merecedor de la protección del Estado y de la solidaridad social.
Imaginemos una familia de cinco, seis, siete u ocho hijos. Aplausos, aplausos. Grandes valores morales, religiosos y políticos están en juego y merecen el estímulo y el interés de la sociedad. Pero este número de hijos, salvo casos de miseria extremada, provoca, necesariamente, mayores consumos de energía eléctrica y de gas. El calefón debe calentar el agua para la higiene de todos y la cocina satisfacer las necesidades del núcleo completo. Ocurre que el conjunto de los hijos no puede hacer sus tareas escolares con la luz de una sola lámpara y, también, simplemente, que hacen falta algunas habitaciones más y quizás alguna estufa eléctrica o de gas más y quizás mayor funcionamiento del lavarropas y de la plancha... Pero esta familia se cataloga entre los “altos consumos” y deberá pagar tarifas mayores.
Hay otros casos. Se trata de las familias de recursos moderados que al casarse alguno de los hijos unifican sus esfuerzos económicos y viven todos juntos: la familia mayor, quizá con una abuela y los hijos solteros, y la flamante pareja, a la cual quizá pronto se le sume un nuevo descendiente. Y ya tenemos la familia de seis, siete u ocho personas en un hogar común, quizá con dos televisores, porque en realidad son dos núcleos generacionales con ritmos de vida, horarios e intereses diferenciados; quizá necesitados de dos heladeras o una grande y otra pequeña, pero que consume energía eléctrica como la primera. Mientras que una familia de buenos recursos económicos quizá pudo facilitar a la flamante pareja su ubicación en un pequeño departamentito independiente, y cada núcleo ahora, puede pasar a ser, o uno de los dos, de “bajo consumo”.
¿Hablaremos también de la posibilidad del matrimonio sin hijos o cuyos hijos ya han formado su propio hogar y con tareas bien remuneradas ambos cónyuges, que están ausentes de su casa casi todo el día, que prefieren comer afuera porque disponen de lo necesario para esa comodidad, que salen frecuentemente el fin de semana y que por lo tanto apenas si consumen gas y electricidad? Pues se benefician con el congelamiento de tarifas a expensas de alguna de aquellas familias numerosas.
Concluyamos. Seguramente, si se pudiera analizar todos los casos –tarea imposible– una mayoría de hogares de “bajos consumos” corresponderá a sectores sociales modestos y necesitados. Pero habrá también situaciones diferentes. Y habrá que pensar qué hacemos, dentro de la política protectora y paternalista del Estado, por las familias numerosas. Con lo cual proseguiremos multiplicando reglamentos, leyes, solidaridades, burocráticamente anudadas y distribuyendo, al azar, justicia e injusticia.
El difícil arte de prohibir
Publicado el 27 de octubre de 1981
Prohibir o no prohibir. Esa es la cuestión. El dilema no es fácil para los gobernantes. Las prohibiciones duelen. La falta de prohibiciones puede provocar problemas, quejas, inconvenientes. No existe régimen político o teoría política que afirme la posibilidad de la vida social sin algún tipo de limitación a la libertad absoluta de los miembros de la comunidad. No existe tampoco régimen o teoría que haya logrado definir los límites precisos, y para cada caso, de la facultad normativa de la autoridad política, es decir, del Gobierno.
Toda ley –en su más amplio sentido de norma de cualquier naturaleza– es, en última instancia, un mandato que obliga a algo o que prohíbe algo. Hágase o no se haga: he ahí, finalmente, la esencia de ese conjunto inmenso que es la normativa completa de la vida social. Las leyes no escritas son la costumbre, el uso, la moda, los hábitos, las maneras corrientes de actuar y de pensar, el qué dirán. El resto va desde la Constitución hasta la más modesta norma dictada por la más pequeña autoridad, que puede ser el edicto de policía o la resolución municipal o la orden verbal del agente de facción o la imposición de formar fila de a dos en fondo del jefe de la oficina del Registro Civil.
El problema está en el límite
Nadie objeta la obligación de que los automotores crucen la esquina cuando el semáforo tiene luz verde: es la obligación de hacer algo de una manera determinada. Nadie objeta la prohibición de cruzar con luz roja. Pero, ¿tiene razón el jefe de la oficina del Registro Civil que pretende que forme fila de a dos en fondo o el agente que me dice que circule, circule? Esa es la cuestión, ¿Dónde está el límite de lo razonable y de lo arbitrario; de lo aceptable en una democracia y de lo que caracteriza al despotismo, al autoritarismo o la peor de las tiranías?
“Cambalache”, o de la música y las canciones
Pero hay momento y ocasiones en que este difícil arte de prohibir o de no prohibir se pone verdaderamente difícil. Porque resulta que dentro de esta preocupación normativa en la que los gobiernos se han metido casi sin darse cuenta, descubrimos que las letras de las canciones populares pueden quizá, merecer prohibiciones o autorizaciones. Y entonces el gobierno advierte que se ha internado en un terreno que se parece mucho al de los cangrejales en los cuales se metió un día, en los pagos de Magdalena, el protagonista de Don Segundo Sombra. Allí el caballo no hacía pie. El terreno se abría a medida que avanzaba y a duras penas consiguió zafarse y retrocedieron temblando hombre y caballo. Es que en este campo es difícil hacer pie. Si el límite es siempre difícil, aquí, entre música y canciones, es casi inhallable.
Apenas comenzamos a prohibir, hoy por esto, mañana por aquello, la tarea, en cambio de achicarse, se agiganta. La política, la religión, la economía, la familia, las instituciones, los próceres, los chicos, los ancianos, el buen gusto, las palabras fuertes, las de doble intención, el amor y el sexo, el humor negro o el humor grosero, la jerga popular, el lunfardo y la germanía, la gramática de la Academia, las tradiciones, los símbolos... Es tanto lo que hay que cuidar. Las listas de prohibiciones, o de autorizaciones, o de recomendaciones, o de insinuaciones, o de solicitaciones, pueden alargarse, acortarse, variarse. Porque al fin los gobiernos están hechos de hombres, falibles, diferentes, renovables. Y la historia cambia cada día y los dichos y las letras modifican su sentido según sean las circunstancias de cada momento.
¿No sería posible ensayar, siquiera un instante, el retorno a la libertad? De pronto podría ocurrir que sin listas de prohibiciones ni de insinuaciones los argentinos encontráramos una sensata capacidad de convivencia.
La tarea de legislar sobre el arte, sobre las letras de canciones populares y sobre su corrección gramatical, estilística, moral o simplemente sobre el buen o mal gusto que puede atribuírseles termina por ser una obra imposible. Está destinada necesariamente, a terminar en el disparate o, lo que puede ser peor y es más frecuente, en el ridículo.
Pero la sociedad, se dirá, no puede quedar inerme, a merced de los cultores de la pornografía o de los explotadores de los peores sentimientos o de los que utilizan el arte con fines de subversión ideológica. Es verdad. La sociedad no tiene por qué quedar inerme. Sólo que la mejor defensa contra esos riesgos no es el dictado de una inacabable lista de prescripciones legales. La sociedad –he aquí el punto clave de todo el razonamiento– no se agota en el Gobierno, en el Estado. El Estado y sus funcionarios son parte de la sociedad, no al revés. La sociedad tiene sus propias defensas al margen de la normativa escrita y de las prescripciones de los funcionarios. Dejemos que sea capaz de actuar por sí misma. Nadie está obligado a comprar las canciones que no quiera oír ni llevar a su hogar un disco subversivo ni hacer escuchar a sus hijos letras groseras.
La sociedad debe encontrar por sí misma las defensas convenientes. La libertad para ofrecer productos innobles se encuentra compensada con la libertad de rechazarlos. Alguna vez dijimos, en un artículo que se batía contra los argumentos corrientes en contra de la sociedad de consumo, que la virtud no consiste en ser sobrio obligadamente, porque los alimentos estén racionados o simplemente no estén al alcance de la población por su precio o su escasez. No son virtuosos los polacos que consumen unos pocos gramos de manteca o de azúcar porque viven en un régimen que los condena al sub-consumo. La virtud consiste en ser sobrio ante una vidriera repleta de manjares y con dinero en el bolsillo suficiente para hartarse. No cuidemos la virtud de los pueblos prohibiéndoles el consumo. Dejemos que la libertad de cada uno marque su camino y su elección y entonces alabaremos sus virtudes. No pretendamos que los argentinos seamos virtuosos sobre la base de cuidadosas protecciones armadas por ignotos funcionarios que evitan a nuestros oídos escuchar letras pecaminosas. Dejemos que la libertad de cada uno y de todos haga su propia elección. Y si la elección es errada, será llegada la hora de lanzarnos a la lucha –nosotros, la sociedad, no los gobiernos– por elevar la calidad moral e intelectual de nuestros compatriotas para que sepan elegir mejor.
En última instancia, ya Sarmiento lo había dicho: un pueblo ignorante elegirá siempre a Rosas. La cuestión no está en prohibir a Rosas, sino en que el pueblo deje de ser ignorante. El problema, entonces, no se resuelve con una lista de canciones prohibidas, sino en ver qué elige el pueblo, la sociedad, cuando tenga todo a su disposición. Si creemos que elige mal, o equivocadamente, entonces, usando de la libertad, saldremos –la sociedad, la prensa, los educadores, no los funcionarios– a batallar para difundir lo que creamos bueno, noble, sensato.
Piedad para Salieri
Publicado el 5 de agosto de 1983
En “Amadeus”, la obra de Peter Schaffer que con singular éxito se da actualmente en Buenos Aires, hay un personaje que ocupa todo el desarrollo del drama, desde el instante inicial hasta el último. No tiene rostro ni forma humana: es Dios. Todo el texto es un diálogo con Dios. Las criaturas dialogan con su creador. Como en los textos del Antiguo Testamento, la relación es personal y directa. Los hombres ruegan a Dios; imploran su favor, pero también lo increpan. Y llegan al horror de querer luchar contra él. Se rebelan, se alzan contra su voluntad.
Hay una constante: el ansia de inmortalidad. El hombre no quiere morir, y para impedirlo procura sobrevivir con sus obras. Mozart lo logrará, por gracia de Dios, con su música. El mundo lo recordará siempre. Estará siempre en el mundo: su música será él mismo. Entonces, si no puede ser inmortal con su música, don que Dios le ha negado, Salieri será inmortal junto a Mozart. Estará en el mundo a su lado, eternamente, como su enemigo, como su asesino. Pero sobrevivirá a la muerte.
La envidia como protagonista
Y hay un protagonista: no es Mozart, ni Salieri. Es un pecado. Porque los pecados existen. El hombre de nuestros días suele creer que ya no hay pecado. En todo caso, ya no están de moda. Que es como si no existieran. En “Amadeus”, el protagonista es la envidia.
Por eso debemos tener piedad de Salieri. El envidioso merece el ejercicio de la caridad. El pecador requiere del amor.
En la obra de Schaffer, Mozart sufre terriblemente. Su padre lo abandona y cuando en el último acto, clama “papá, papá...”, hay razón para estremecerse. Su mujer lo deja, hastiada, luego de conductas no impecables y de una miseria material espantosa. Sólo tiene su música y Dios, que está con él aunque él no lo sepa. Salieri triunfa en el mundo. Lo tiene todo. Pero se ha quedado sin Dios, se ha rebelado contra Él. La envidia lo ha tomado por entero. Por envidia, odia. Primero, a Mozart; luego, a Dios. Odia a lo largo de todo el resto de su existencia. Desde que ha escuchado la primera música de Mozart. Desde que ha comprendido que Dios escribe por la mano de Mozart. Desde que ha comprendido que nunca podrá componer música semejante. En medio de la mediocridad que los rodea, sólo ellos dos, Mozart y Salieri, saben de la grandeza de la música que el joven Amadeus compone. El emperador formula comentarios despectivos sobre la ópera cuyo estreno acaba de escuchar, y toda la corte, todos los cortesanos, prefieren coincidir con el emperador. Salieri es el único que comprende que acaba de escuchar una creación maravillosa. Y por eso odia.
El Abel Sánchez de Unamuno
Para odiar de esta manera es necesario, quizás, amar. Salieri y Mozart se han amado. Sólo así puede explicarse tanto odio. Y sólo así puede explicarse la enfermiza voluntad final de Salieri de acusarse del asesinato de Mozart, al concluir su propia vida, con tal de permanecer inmortal junto con Amadeus en la memoria de los hombres. El pecado de la envidia es el más despiadado, porque hace sufrir al envidioso de una forma atroz. Piedad para Salieri, porque ha sufrido como ninguno.
En “Abel Sánchez, una historia de pasión”, Miguel de Unamuno relata, la envidia de Joaquín con Abel, que le ha arrebatado todo: desde los honores y las simpatías en la escuela de niño, hasta la novia en la juventud y la gloria en la madurez. El odio de Joaquín es atroz y por envidia quiere sustraerle el afecto del hijo varón de Abel, de Abelín, y hacerlo suyo. Y se une para siempre con Abel por medio de la carne de su hija con Abelín. Joaquín merece la caridad del hombre y de Dios, porque sufre la peor de las miserias: la envidia. ¿Pero es que ama, quizás, a Abel?
En “El director de orquesta”, la película que el año anterior despertó también entre nosotros un notable éxito de público, un director joven, de ciudad de provincia, de un país sin libertad y encerrado detrás de la cortina de hierro, sometido a la burocracia oficial, lucha con su orquesta para hacer una labor digna. Lo alcanza a medias. Su mujer ha podido viajar a los Estados Unidos. Le escribe desde allá y le cuenta de su admiración por el famoso y ya viejo director compatriota, que ha partido de la patria común mucho tiempo antes y es uno de los grandes, de los admirados. Algo de celos, algo de envidia, nace en el director de provincia, que no ha salido de su país, que no conquista los aplausos de las grandes salas universales, que no despierta el amor de los ejecutantes de su orquesta, a los que maltrata quizá con rudeza. Y cuando ese viejo director vuelve a dirigir su orquesta, y esta se entrega y el director alcanza con ella las alturas musicales ambicionadas, el joven director siente que el rencor se abre paso en su alma, y cuando vuelve a dirigir la orquesta la maltrata mucho más, hasta romper con ella y fracasar del todo. Piedad, piedad, para el joven director.
El envidioso necesita contar con una parte de genio: lo suficiente para comprender el genio ajeno. El mediocre no puede envidiar: no advierte la grandeza de la creación del prójimo. Por eso a Mozart no lo envidiaban los cortesanos que se marchaban satisfechos a la vera del emperador. El envidioso necesita primero admirar, comprender, gozar del arte o de la inteligencia o de la belleza del prójimo. Y sentir luego su impotencia. Y por eso se rebela contra Dios y a la envidia añade el odio contra Dios. Merece piedad.
En “Abel Sánchez...”, la novela de la envidia, Unamuno intenta salvar al envidioso. Lo pone frente a sí mismo y a Dios y lo hace morir confesando el pecado. Lo compadece.
Cuando el público deja la sala al concluir “El director de orquesta”, se equivoca si deja correr sus sentimientos sólo hacia el viejo director que ha muerto, en medio de la gloria y del amor de sus semejantes, y olvida al envidioso, al joven celoso, que lo ha comprendido como ninguno, que ha advertido su genio y que en el fondo de su corazón ha increpado a Dios por las oportunidades que nunca tuvo. Es el pecador el que merece nuestra oración, porque él necesita salvarse.
Por qué Salieri asesinó
Al concluir “Amadeus”, el protagonista clama a Dios. Mozart ha muerto en la más tremenda soledad en la miseria material absoluta, en medio de tremendos dolores físicos. Fue una pobre vida, pero Dios no lo dejó nunca y le permitió crear. ¿Lo supo Amadeus? Salieri lo sobrevivió muchos años. El odio y la envidia lo empujaron a unir su muerte con el nombre de aquel a quien admiró como a nadie en la Tierra. Quiso hacerse inmortal como asesino de Mozart. Cuando el público sale del teatro, gran parte tiene las huellas de la emoción en las caras. Pero quienes sólo acompañan con su corazón a Mozart no han entendido lo más hondo de las vidas que se han desplegado en el escenario. Si sólo compadecen a Mozart, no han captado la hondura del drama que tienen tres personajes: Amadeus, Salieri y Dios.
Todos los seres humanos sufren y merecen piedad. Pero suele olvidarse que quienes odian son, probablemente, los que más sufren. Por eso quizá, sea conveniente decir, cuando baja el telón: piedad, piedad para Salieri.

References: artículo 19
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 resolución