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Memorias by Porfirio Díaz by Porfirio Díaz - Read Online
by Porfirio Díaz
Length: 392 pages11 hours
Nací en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. Mi padre fue José Faustino Díaz y mi madre, su esposa, Petrona Mori. Aunque de origen español, mi padre era de los que llamamos raza criolla, es decir, con alguna mezcla de sangre india. Mis abuelos paternos fueron Manuel Díaz y Marcela Bohórquez, ambos de Oaxaca; y mis abuelos maternos Mariano Mori y Tecla Cortés, de Yodocono.
Publisher: LinkguaReleased: Jan 1, 2014ISBN: 9788499533377Format: book
Memorias - Porfirio Díaz
Título original: Memorias.
ISBN rústica: 978-84-9953-338-4.
ISBN ebook: 978-84-9953-337-7.
ISBN cartoné: 978-84-9953-382-7.
Capítulo I. Antepasados-Infancia 13
Capítulo II. Adolecencia-Estudios 16
Capítulo III. Lucha por La vida. 1852 a 1853 22
Capítulo IV. Don Marcos Pérez 24
Capítulo V. Revolución contra el gobierno del general Santa Anna 30
Capítulo VI. Jefatura política de Ixtlán 35
Capítulo VII. Ixcapa 39
Capítulo VIII. Primer sitio de Oaxaca 44
Capítulo IX. Asalto de Oaxaca 48
Capítulo X. Tehuantepec 50
Capítulo XI. Tehuantepec 55
Capítulo XII. Tehuantepec 60
Capítulo XIII. Mitla 66
Capítulo XIV. Segundo sitio de Oaxaca 69
Capítulo XV. Ixtepeji 71
Capítulo XVI. Hacienda de San Luis 73
Capítulo XVII. Félix Díaz 78
Capítulo XVIII. Salida del Estado de Oaxaca 80
Capítulo XIX. Garita de Tlaxpana 83
Capítulo XX. Jalatlaco 84
Capítulo XXI. Pachuca 88
Capítulo XXII. Intervención francesa 89
Capítulo XXIII. Acultzingo 91
Capítulo XXIV. Puebla 95
Capítulo XXIV Bis. Orizaba y El Borrego 106
Capítulo XXV. Sitio de Puebla 108
Capítulo XXVI. Manuel González 110
Capítulo XXVII. Sitio de Puebla 112
Capítulo XXVIII. Sitio de Puebla 123
Capítulo XXIX. Batalla de San Lorenzo 126
Capítulo XXX. Rendición de Puebla 128
Capítulo XXXI. Primera evasión de Puebla 130
Capítulo XXXII. Evacuación de la Capital 132
Capítulo XXXIII. Ejército del Centro 134
Capítulo XXXIV. Marcha para Oaxaca 136
Capítulo XXXV. Llegada a Oaxaca 138
Capítulo XXXVI. Invasión de Ortega al Estado de Chiapas 140
Capítulo XXXVII. Maximiliano y los franceses 141
Capítulo XXXVIII. San Antonio Nanahuatipan 144
Capítulo XXXIX. Invitación del general Uraga para servir a Maximiliano 146
Capítulo XL. Patentes de corso 152
Capítulo XLI. Preparativos para el sitio de Oaxaca 152
Capítulo XLII. Sitio de Oaxaca por el general Bezaine 157
Capítulo XLIII. Rendición de Oaxaca 161
Capítulo XLIV. Conducción a Puebla como prisionero de guerra 164
Capítulo XLV. Prisión en Puebla 164
Capítulo XLVI. Segunda evasión de Puebla 169
Capítulo XLVII. En camino de Puebla para el rancho del coronel Bernardo García 172
Capítulo XLVIII. Tehuitzingo 174
Capítulo XLIX. Piaxtla. 23 de septiembre de 1865 174
Capítulo L. Tulcingo 176
Capítulo LI. Visita al general Álvarez en La Providencia 177
Capítulo LII. Ocupación de Tlapa 179
Capítulo LIII. Comitlipa 180
Capítulo LIV. Operaciones contra Silacayoapan y Tlaxiaco 182
Capítulo LV. Reposición en el mando de la Línea de Oriente 186
Capítulo LVI. Lo de Soto 192
Capítulo LVII. Pinotepa y Jamiltepec 193
Capítulo LVIII. Putla 195
Capítulo LIX. Prórroga del periodo constitucional del señor Juárez 198
Capítulo LX. Pláticas con el general Trujeque 200
Capítulo LXI. Chiautla-Tlaxiaco 201
Capítulo LXII. Operaciones militares 206
Capítulo LXIII. Huajuápan de León 211
Capítulo LXIV. Regreso a la campaña del coronel Félix Díaz 216
Capítulo LXV. Nochixtlan 217
Capítulo LXVI. Miahuatlán 219
Capítulo LXVII. Cuarto sitio de Oaxaca 227
Capítulo LXVIII. La Carbonera 229
Capítulo LXIX. Quinto sitio y toma de Oaxaca 235
Capítulo LXX. La Chitova 237
Capítulo LXXI. Tequisixtlan 238
Capítulo LXXII. Don Justo Benítez 241
Capítulo LXXIII. Canje de prisioneros arreglado con el mariscal Bazaine 245
Capítulo LXXIV. Armas enviadas por nuestro ministro en Washington 251
Capítulo LXXV. Don Juan Pablo Franco 253
Capítulo LXXVI. Marcha sobre Puebla 254
Capítulo LXXVII. Solicitud de Maximiliano por conducto de Mr. Bournof 256
Capítulo LXXVIII. Ixcaquistla, Tepeaca y Huamantla 258
Capítulo LXXIX. Tercer sitio de Puebla 259
Capítulo LXXX. Preparativos para el asalto de Puebla 262
Capítulo LXXXI. Asalto de Puebla 267
Capítulo LXXXII. Capitulación de los cerros de Guadalupe y Loreto 271
Capítulo LXXXIII. Don Vital Escamilla 276
Capítulo LXXXIV. San Diego Notario 277
Capítulo LXXXV. San Lorenzo 279
Capítulo LXXXVI. Principios del sitio de México 283
Capítulo LXXXVII. Sitio de México 286
Capítulo LXXXVIII. Sitio de México 291
Capítulo LXXXIX. Últimos días del sitio de México 292
Capítulo XC. Rendición de las fuerzas Austro-húngaras 295
Capítulo XCI. Sitio de México 296
Capítulo XCII. Rendición de México 298
Capítulo XCIII. Ocupación de México 301
Capítulo XCIV. Don Santiago Vidaurri 302
Capítulo XCV. Entrada del presidente Juárez a la ciudad de México 303
Capítulo XCVI. Cuentas del Ejército de Oriente 307
APÉNDICE. Documentos del 1 al 10 308
APÉNDICE. Documentos del 11 al 20 322
APÉNDICE. Documentos del 21 al 30 333
APÉNDICE. Documentos del 31 al 39 348
APÉNDICE. Documentos del 40 al 47 357
APÉNDICE. Documentos 48 y 49 370
Capítulo I. Antepasados-Infancia
1830 a 1836
Mi bisabuelo materno vino de Asturias y se casó con una india del pueblo de Yodocono, parroquia de Tilantongo, Distrito de Nochistlán, del Estado de Oaxaca; de manera que mi madre tenía media sangre india de raza mixteca. Después de algún tiempo mis abuelos maternos se establecieron en la ciudad de Oaxaca en donde se casó mi madre. Mi padre era herrador y veterinario de profesión y antes de casarse, siendo muy joven, había servido en un Regimiento como mariscal.
Cuando mi padre se casó, por el año de 1808, era dependiente de una empresa de minas que tenía las haciendas de beneficio de metales y minas anexas de Cinco Señores, San José y el Socorro, situadas en el Distrito de Ixtlán, llamado hoy Villa Juárez porque en uno de sus pueblos, San Pablo Guelatao, nació don Benito Juárez. Esas haciendas pertenecían a la catedral de Oaxaca: más tarde las arrendó una compañía inglesa y por último, siendo yo jefe político de Ixtlán, se las adjudiqué al licenciado don Miguel Castro, quien las denunció en virtud de las leyes de Reforma que nacionalizaron los bienes de la iglesia.
Mi padre era dependiente de confianza de la compañía minera, y con una pequeña escolta que él mismo había armado, conducía plata de las haciendas a Oaxaca, y de retorno, dinero para las rayas. El general don Vicente Guerrero dio a mi padre, durante la guerra de Independencia, un nombramiento de capitán, por haberle servido como mariscal o veterinario.
Mi padre era pobre cuando se casó. Mirando que a su mujer no le gustaba vivir en la sierra de Ixtlán, se lanzó a correr fortuna y se trasladó a la costa que el Estado de Oaxaca tiene en el Pacífico, sin más fondos que el valor de los caballos y mulas con que llegó al Distrito de Ometepec: se estableció en él y se decidió a sembrar caña de azúcar. Vio que el terreno era a propósito para ese cultivo y arrendó una extensión de tierras del pueblo de Xochistlahuaca, pagando por toda renta unas cuantas libras de cera al año, para la fiesta del Santo Patrón de aquel pueblo. Hizo desmontes y sembró caña. Tenía dificultad para pagar mozos porque contaba con poco dinero, y él mismo construyó su trapiche. Era hombre atrevido y emprendedor, y le gustaba afrontar y vencer dificultades.
Ocurrió un incidente que le permitió ganar algún dinero. Un ganado cabrío que pastaba por aquellos campos, se envenenó probablemente con algunos pastos, y empezaron a morirse centenares de cabezas. Sabedor de esto mi padre fue, con los pocos hombres de que pudo disponer, a quitar violentamente pieles porque se descomponían pronto, comprometiéndose los pastores a darle la mitad de las pieles que quitara; se hizo dueño de muchas pieles por este medio, y compró las demás a muy bajo precio, quedándose al fin con todas, y entonces le ocurrió la idea de curtirlas. Se puso a buscar libros para ver cómo se hacía esa operación, y estableció allí una curtiduría con muchas dificultades, porque no tenía material con que hacer las tintas ni las substancias necesarias para la operación. Labró en una roca una gran taza para las operaciones consiguientes; quemó piedra para hacer cal, y suplió el salvado que se usa en las curtidurías, con la fécula del arroz, que obtuvo de un molino construido por él mismo y a su manera.
Con algunos centenares de pieles curtidas de que hizo buenos cordobanes, se dirigió a un lugar de la costa a donde supo que se esperaba un buque contrabandista, al que acudieron otros muchos compradores de mercancías, pues la guerra de Independencia no permitía al Gobierno cuidar sus costas; cambió sus cordobanes por varios efectos, y después de haberse provisto de los que necesitaba, puso una tienda en el pueblo de Xochistlahuaca.
Así pudo hacerse de algún dinero, y con él montó un pequeño ingenio y vivió allí de ocho a diez años. Cuando sus hijos comenzaron a crecer, hablo de los que me precedieron, comprendió la necesidad de educarlos; realizó todo lo que tenía en la costa y se fue a Oaxaca: tomó en arrendamiento una casa en que estableció una posada que se llamó el Mesón de la Soledad, en donde puso su banco de herrador y su hospital de veterinaria, y compró dos pequeñas casas, una cerca de la iglesia de Guadalupe y la otra junto al convento de la Merced. En ésta estableció una curtiduría y arrendaba la otra.
Como traía algún capital que le había producido su trabajo en la costa, compró también un terreno en la hacienda de Tlanichico, donde estableció un plantío de magueyes, y él administraba en Oaxaca el mesón que tenía y servía su banco de herrador.
En los últimos años de la vida de mi padre se hizo muy místico en Oaxaca sin ser fanático; era un católico muy ferviente. Rezaba mucho y aun llegó a usar un traje monacal de los terceros de San Francisco, aunque no había recibido ninguna orden eclesiástica.
El bienestar de la familia terminó con la muerte de mi padre, ocurrida en el año de 1833, en que fue atacado del cólera. Apenas tenía yo entonces dos años y unos cuantos meses. Los pocos bienes que dejó mi padre, los consumió mi madre en la subsistencia y educación de la familia. Recuerdo que ella manejó el mesón algunos años y que esto le ayudaba en sus gastos, y si su aptitud de mujer no le permitió aumentar el haber paterno, su buen juicio y sus deberes de madre le proporcionaron la manera de prolongar por mucho tiempo aquellos escasos recursos. Cuando las circunstancias se lo exigieron, fue vendiendo sus fincas en pequeños abonos, algunas veces hasta de 10 pesos al mes, y así pudimos afrontar las necesidades de la vida, mientras que yo cumplí diez y ocho años y tomé a mi cargo la subsistencia y educación de la familia.
Mi padre tuvo siete hijos: cuatro varones y tres mujeres. Primero nació una mujer llamada Desideria; después dos hombres, Cayetano y Pablo; luego otras dos mujeres, Manuela y Nicolasa, después yo y al fin Félix.
Cayetano y Pablo murieron en la infancia. Desideria se casó, y murió en 1867 de cosa de cincuenta y ocho años de edad. Su marido fue Antonio Tapia, de Acatlán, y tuvo varios hijos de los cuales le sobrevivieron dos hijas: María de Jesús y Amada. Las dos se casaron y la mayor, María de Jesús, fue esposa del licenciado Ignacio Muñoz. Tuvo tres hijos, que yo he adoptado como míos: Ignacio, María y José. De los varones, el mayor, es capitán de Estado Mayor facultativo del Ejército y el menor, José, es ahora cabo alumno del Colegio Militar y saldrá despachado como teniente a fines de este año (1892) que acabará su carrera en el Colegio Militar. Amada se casó con José Castillo y sus hijos murieron en la infancia.
Manuela murió en 1856 de veintisiete años de edad. Dejó una hija, Delfina, nacida en 1843, que fue mi primera esposa y falleció en 1880. Nos casamos en 1867 y tuvimos ocho hijos de ese matrimonio; pero solamente sobreviven Porfirio, nacido en 1874 y Luz en 1875.
Nicolasa se ha casado dos veces: primero con el coronel don Vicente Lebrija y después con el coronel don Francisco Borjes. De ninguno de los dos matrimonios ha tenido hijos. Solamente vivieron conmigo las dos mujeres que me precedieron y mi hermano Félix, quien se casó en 1868 con doña Rafaela Varela y tuvo dos hijos, un varón y una niña, quienes murieron en la infancia. Después hablaré de mi hermano que falleció en 1872 y llegó a ser general en el Ejército y gobernador del Estado de Oaxaca.
Mi madre murió en 1859. Estaba yo a la sazón en Tehuantepec, cuando las necesidades del servicio me hicieron venir a Oaxaca, en donde permanecí dos días solamente. La encontré enferma; pero ignoraba su gravedad por una parte, y por otra las exigencias del servicio militar no me permitieron diferir mi marcha. No tuve el consuelo de verla morir, pues falleció dos días después de mi salida de Oaxaca.
Capítulo II. Adolecencia-Estudios
1837 a 1852
Cuando tenía yo seis años de edad fui enviado a la escuela de primeras letras, llamada en Oaxaca Amiga, en que se enseñaba a los niños a leer solamente, reunidos los de ambos sexos y siendo todos de muy tierna edad. Allí se aprendía muy poco. Después fui a una escuela municipal donde aprendí a leer y a escribir, en cuanto esto se enseñaba entonces, es decir, mal, pues más tarde y casi siendo ya hombres, era cuando teníamos que aprender; y en 1843, cuando contaba yo trece años de edad, entré al colegio Seminario Conciliar de Oaxaca.
Los recursos que entonces se exigían para graduarse de bachiller en artes, conforme al plan de estudios vigente, eran dos años de latinidad y tres de filosofía. El primer año de latinidad se llamaba de mínimus y menores. En 1843 era profesor de mínimus el presbítero don Nicolás Arcona; siendo rector el canónigo don Vicente Márquez quien fue después canónigo y más tarde obispo de Oaxaca. Entre los condiscípulos que tuve en esa cátedra y que después figuraron algún tanto en el Estado, recuerdo a don José Adrián Santaella, don José Blas Santaella, don Flavio Maldonado y don Joaquín Ortiz, quien fue amigo y compañero de armas mío, tenía aptitudes especiales para la milicia, y falleció en una acción de guerra.
Por haber entrado a la clase, a mediados del año escolar, no pude examinarme al terminar éste, y a principios del año siguiente de 1844, entré a la nueva cátedra de mínimus de la que era profesor el presbítero don Macario Rodríguez, pues se seguía la costumbre de que cada año comenzaba el curso de latinidad un profesor nuevo, quien continuaba con los mismos alumnos hasta que éstos acababan el curso de artes.
A fines de 1844 me examiné del primer año de latinidad, y en 1845 del segundo, llamado de medianos y mayores. En 1846 comencé el curso de Filosofía que comprendía en el primer año el estudio de Lógica y Metafísica, en el segundo el de Física general y Matemáticas, y en el tercero el de Física particular y Ética. De todos estos cursos me examiné con buen éxito al fin de los años escolares de 1846, 1847 y 1848.
En el curso de Filosofía tuve de condiscípulos, como hombres que después se distinguieron de varias maneras, a don Juan Palacios, que llegó más tarde a ser canónigo de Oaxaca, a Mariano Jiménez, quien fue después general y gobernador de Oaxaca y de Michoacán.
Un día del año de 1846, durante la guerra con los Estados Unidos, mi maestro de Lógica, el presbítero don Macario Rodríguez, no se ocupó para nada de la clase sino de llamarnos la atención sobre el deber que teníamos algunos alumnos, ya en edad competente para tomar las armas, de ofrecer nuestras personas al servicio militar para defender al país contra el invasor extranjero. Sobre esto nos habló nuestro maestro, larga y elocuentemente, dando por resultado que al terminar la clase yo y algunos de mis condiscípulos, fuéramos a presentamos al señor don Joaquín Guergué, gobernador del Estado, para ofrecerle nuestros servicios. El gobernador, ignorando lo que nos impelía a proceder así, nos preguntó: ¿qué diablura habrán hecho ustedes? Contestamos que era una inspiración espontánea de nuestro deber, fundada en la situación del país. Mandó tomar nota de nuestros nombres y al organizarse los batallones de guardia nacional que se llamaban Constancia y Trujano, fuimos alistados en el último. No llegó a prestar más servicio militar nuestro batallón, que el hacer ejercicio en los días festivos y dar algunas guardias y patrullas, cuando la guarnición se debilitaba por alguna salida de las tropas que estaban en servicio activo.
Al acabar el curso de artes, me inclinaba yo a la Teología y hasta había ya comenzado a preparar el estudio en las vacaciones, en las obras de texto del primer año que me regaló el señor doctor José Agustín Domínguez. El señor Domínguez era primo mío, pero yo por respeto, lo trataba como tío. Era entonces una de las primeras dignidades de la catedral de Oaxaca y después fue obispo de esa diócesis. Tenía grande influencia y cumplía religiosamente todo lo que prometía. Era a la sazón obispo de Oaxaca don Antonio Mantecón.
El cura don Francisco Pardo, pariente mío, dejaba en esos días una capellanía, la cual se me ofreció por el señor Domínguez y me correspondía por ser yo pariente más cercano del fundador que el poseedor que la dejaba. No recuerdo el capital que representaba esa capellanía, pero probablemente sería como de 3.000 pesos, porque daba un interés de cosa de 12 pesos al mes, cantidad que aunque pequeña en sí, era en mis circunstancias gran cosa.
Aunque mi madre deseaba ardientemente que yo siguiera la carrera eclesiástica, no ejercía presión sobre mí, pues yo me sentía muy inclinado a ese género de estudios; porque los niños se aficionan a lo que ven, y cuando tuve después otras amistades que me inspiraron otras ideas y me abrieron más amplios horizontes, cambié de modo de pensar y causé con esto una decepción a mi familia. Tuvieron grande influencia en este cambio mis relaciones con don Marcos Pérez.
Don Marcos Pérez era, como Juárez, un indio zapoteca de raza pura, nacido en el pueblo de Teococuilco, del Distrito de Ixtlán y ambos podrían figurar con ventaja entre los hombres de Plutarco. Pocos años mayor que Juárez, fue enviado por su padre, quien tenía algunas proporciones, a la ciudad de Oaxaca, para aprender el castellano y educarse. Era hombre de claro talento, vasta instrucción, gran pureza de costumbres y extraordinaria rectitud, honradez y fortaleza de carácter. Llegó a ser de los mejores abogados del foro de Oaxaca y de los hombres más distinguidos del Estado, desempeñando los puestos de presidente de la Corte de Justicia y de gobernador. Acaso más severo que Juárez, a quien estaba unido por los lazos de la sangre, mancomunidad de ideas y por una amistad sincera y perdurable, era, como Juárez, de los liberales más firmes e ilustrados, no solo de Oaxaca, sino de la República entera. Tuve la fortuna de tratarlo íntimamente, de conocer su carácter, de aprender mucho de él, pues lo admiraba, lo respetaba y lo tenía como modelo digno de imitarse. Él me trataba como hijo, y su amistad me sirvió de mucho para mejorar mi situación cuando era yo un muchacho pobre y desvalido.
El licenciado don Francisco Pérez, pariente de la señora doña Juana España, esposa del licenciado don Marcos Pérez, me propuso diera lecciones de latinidad, para facilitarle el aprendizaje de esa lengua, a Guadalupe Pérez que cursaba en el colegio, siendo yo un pasante como nosotros decíamos entonces. Guadalupe era hijo del licenciado don Marcos Pérez, quien fungía a la sazón como Magistrado del Tribunal del Estado y catedrático de Derecho Público y Constitucional en el Instituto de Ciencias y Artes del Estado, y con ese motivo comencé a ir a su casa. Daba yo lecciones de gramática y de otros estudios a varios alumnos, con el fin de poder llevar un pequeño contingente a los gastos de mi familia. La señora trató conmigo respecto de las lecciones y empecé a darlas al joven. Algunos días después comenzó don Marcos Pérez a concurrir a la clase que daba yo a su hijo, para oír los ejercicios que le hacía, y tener idea de mi sistema de enseñanza. Cuando se formó concepto de él, volvía de tarde en tarde a preguntarme cómo seguía el alumno, y si adelantaba algo, porque el muchacho era de escasa capacidad y su padre dudaba que pudiese aprender el latín.
Una noche, al salir de la clase que daba yo a don Guadalupe Pérez, me invitó su padre para concurrir a la solemne distribución de premios que iba a tener verificativo en esa misma noche, en el Colegio del Estado. Acepté la invitación y en ese momento me presentó con el señor don Benito Juárez, que era entonces gobernador. Me sedujo el trato abierto y franco de estos personajes; cosa que no había yo visto en el Seminario, en donde no se podía ni saludar a los profesores y mucho menos al rector ni al vicerrector, si no era haciéndoles una reverencia. Oí enseguida, en la distribución de premios, discursos muy liberales pronunciados por los profesores licenciado don Manuel Iturribarria y don Bernardino Carvajal; discursos en que se trataba a los jóvenes como amigos, como hombres que tenían derechos, y entusiasmado entonces por lo que había visto y oído, formé la resolución de no seguir la carrera eclesiástica. Luché conmigo mismo toda la noche y no pudiendo soportar el estado en que se encontraba, comuniqué a mi madre mi resolución al día siguiente.
Mi madre, como era natural, se afligió mucho: me consideró un muchacho perdido y creyó que mi conducta no podría ser buena puesto que había operado en mí un cambio tan radical. Pero después de haber pasado dos o tres días en ese estado violento, y cuando vi que mi madre lloraba y se apenaba mucho por mi resolución y que nada la consolaba, le dije que había cambiado de propósito, que aceptaría lo que ella quisiera y que seguiría la carrera que me indicara; y entonces, reponiéndose tanto como pudo en su semblante y dándome una prueba de abnegación, me hizo notar que me vendrían grandes dificultades, puestas las cosas como estaban, de no seguir la carrera eclesiástica, porque, en ese caso, perdería la capellanía que se había ofrecido, una beca de gracia que se me iba a dar en el Seminario y de la categoría de San Bartolo, que eran las más estimadas, y eso para mí era mucha pérdida y especialmente para mi madre. Sin embargo de todo esto, ella me estimulaba a no seguir la carrera eclesiástica sino la que más me agradara, decidido ya a abandonarla, tomó mi madre a su cargo la tarea de notificar mi resolución a mi protector el señor Domínguez, lo cual era para mí muy terrible.
El señor Domínguez quedó grandemente contrariado de mi determinación y dijo a mi madre que retiraba todas las ofertas de auxilio que me había hecho; que no tuviera en cuenta nada de lo pasado; que eligiera yo la carrera que me conviniera, pero que si ésta no era la eclesiástica que no lo volviera yo a ver. El señor Domínguez se mostró muy disgustado en esa entrevista y manifestó que estaba yo perdido, que me había prostituido; exigió que le devolviera sus libros que me había regalado para el estudio de la Teología y terminó notificando a mi madre que ya no me cumpliría nada de lo que me había prometido. Algunos años después, en 1857, siendo el señor Domínguez obispo de Oaxaca, y yo jefe Político de Ixtlán, tuve la pena de notificarle por escrito la denuncia de las haciendas de beneficio de la Sierra, hecha por don Miguel Castro y no recibí respuesta a mi notificación. No lo volví a ver sino después de muerto, porque no consintió que lo viera antes.
Entonces comprendí que debería atenerme a mis propios esfuerzos y me propuse trabajar para auxiliar a mi madre, serle útil y ayudarle a mantener a sus hijos. La suerte que me había privado de un protector eclesiástico me deparó otro de carácter civil, en la persona del licenciado don Marcos Pérez.
Al formar la resolución de no seguir la carrera eclesiástica, no tenía más alternativa que optar por la de abogado, porque estas dos y las de medicina eran las únicas que se enseñaban entonces en Oaxaca y no me sentía yo con vocación especial para la última. Me inscribí en los cursos de Derecho del Instituto del Estado. Allí encontré nuevos condiscípulos, entre ellos a don Matías Romero a quien había conocido de vista en el Seminario, pero no lo había tratado. Cuando estudiaba yo el segundo año de Derecho él entró a estudiar el primero, y como los alumnos de esos dos cursos concurrían a las mismas cátedras, fuimos condiscípulos y después nos ha unido una cordial amistad. Entre los demás condiscípulos que tuve en las cátedras de Derecho, recuerdo a Francisco Díaz, a quien llamábamos El Zuavo, que después fue coronel y ayudante de don Benito Juárez, y a José Juan Canseco. Estuvieron un poco de tiempo, sin completar el curso, Mariano Cruz y Margarito García que es ahora Promotor Fiscal en Oaxaca, y Pedro Ramírez. Varios de mis condiscípulos del Seminario me acompañaron en las clase de Derecho del Instituto.
En los dos primeros años estudié conforme al plan de estudios vigente entonces, Derecho Público y Constitucional con el profesor licenciado don Marcos Pérez, y Derecho Natural y de Gentes con el licenciado don Manuel lturribarría; en el tercero y cuarto año Derecho Civil y Procedimientos con el licenciado don José Inés Sandoval, Magistrado del Tribunal del Estado, y Derecho Canónico con el presbítero don Francisco Apodaca. Don Benito Juárez era el profesor de Derecho Civil; pero no pudiendo dar la cátedra por ser entonces gobernador del Estado, lo sustituía el licenciado don José Inés Sandoval.
Mi vida de muchacho se deslizó como las de los demás niños de mi edad y sin que se marcara por ningún incidente notable. Estaba yo bajo la influencia del medio en que vivía: me inclinaba a la carrera eclesiástica cuando pasé cinco años en el Seminario y mientras no vi más amplios horizontes. Sentí entusiasmo por los principios liberales cuando los conocí, y tuve afición a la carrera militar, cuando comencé a servir como soldado. No se me consideró como un joven muy aprovechado en el curso de latinidad del Seminario; pero mejoré mucho en el de Filosofía. En el Instituto alcancé las primeras calificaciones; aunque no llegué a obtener ningún premio ni acto público que se daban a los estudiantes más sobresalientes. Mis condiciones especiales eran, buena talla, notable desarrollo físico, grande agilidad y mucha inclinación, aptitud y gusto por los ejercicios atléticos. Llegó a mis manos un libro de gimnasia, el primero probablemente que fue a Oaxaca, y esto me permitió improvisar en mi casa un pequeño gimnasio en que hacíamos ejercicio mi hermano, yo y varios amigos aficionados.
Capítulo III. Lucha por La vida. 1852 a 1853
Con el transcurso del tiempo aumentaban las dificultades de mi madre para sostener a su familia, las cuales pesaban ya sobre mí, por ser yo el hijo varón de más edad y por tener el deseo de auxiliarla. Mi madre había dejado ya el Mesón de la Soledad y vendido las dos pequeñas casas y terrenos que dejó mi padre. Agotados estos recursos, todo el peso de la casa gravitaba sobre mí, débilmente auxiliado por algunos trabajos de mujer que hacían mis hermanas.
Aguijoneado por la necesidad y con el deseo de obtener recursos para subvenir a los gastos de mi familia, solicité por conducto de mi madre, cuando estudiaba yo Lógica en el Seminario, de don Joaquín Vasconcelos, comerciante acomodado de Oaxaca, que me empleara como dependiente en alguna de sus tiendas. El señor Vasconcelos ofreció resolver después de tomar informes de mí, y sea porque no quisiera emplearme o porque creyera que me convenía más acabar mi carrera literaria, contestó que era preferible que siguiera yo mis estudios, y me auxilió regalándome un ejemplar de la obra de Jaquier que servía de texto en ese año y a los dos siguientes de mis cursos, y un barragán que los estudiantes del Seminario tenían obligación de usar y que era para mí artículo muy caro, y por lo mismo difícil de adquirir.
Como éramos muy pobres y no teníamos criados, mi madre hacía los servicios de la casa; mi hermano Félix por su edad nos era gravoso, y yo procuraba ayudarme para los gastos de la casa con mis lecciones que me producían poco, porque solamente las daba al fin del año escolar, pues los padres de familia generalmente ocurren a pagar profesor particular a sus hijos, a fin de año para facilitarles sus exámenes. Para obtener más recursos me dediqué a hacer algunos trabajos de mano y comencé por hacer los zapatos de mi familia.
El zapatero, don Nicolás Arpides, tenía su taller frente al Instituto, y en mis ratos de ocio iba a platicarle y a verlo trabajar; después le compré algunos de sus útiles y los usaba en mi casa. Un día que él me visitó, vio que había en mi casa obra de zapatería y me preguntó quién hacía zapatos allí; le dije que yo, y entonces inquirió quién me había enseñado ese oficio. Le contesté que él, y le expliqué cómo los hacía. Examinó la obra y aunque le puso algún defecto, la aprobó en lo general como buena.
Con retazos de paño y pedazos de suela que entonces costaban muy poco, hacía yo los zapatos de las mujeres, y regularmente en vacaciones hacía muchos pares para tener más tiempo libre en el resto del año que dedicar a otros trabajos. Después hice zapatos para mí y para mi hermano. Llegué a hacer zapatos finos, botas buenas, y naturalmente a mucho menos costo del que tenían compradas en la zapatería.
Era yo también muy afecto a las armas y a la caza, y como no podía disponer de lo necesario para adquirir un arma, por humilde que fuese, compré de los fierros viejos que se vendían en el portal del Señor, de la Plaza de Armas de Oaxaca, un cañón viejo de escopeta y una llave de chispa. La llave era de pistola y apenas le hacía al cañón de la escopeta. Me fui a la casa de un amigo que hacía guitarras y tenía alguna herramienta de carpintería, y me puse a hacer una mala caja de escopeta. Me dediqué después con empeño a hacer obras de madera y logré así tener un nuevo recurso para la vida. Llegué a hacer mejores útiles y me puse a hacer buenas armas para mí y para mi hermano, porque me costaban poco, y al ir a las cacerías, en las inmediaciones de Oaxaca; me encontraba con indios cazadores del Valle Grande, a quienes les agradaba mi escopeta, y me daban las suyas, se las componía y arreglaba a su gusto y al domingo siguiente se las llevaba, recibiendo el pago respectivo.
Me gustaba mucho trabajar la madera y después me hice de una herramienta imperfecta e incompleta y llegué a fabricar mesas, sillas y otros objetos. Me faltaban muchos instrumentos: no tenía, por ejemplo torno y para sustituirlo, me valí de unos muelles sostenidos del techo, que movía con el pie, y en la misma forma reemplazaba otros varios instrumentos de carpintería.
Esos eran los recursos con los que yo contaba, además de las lecciones, que no me producían gran cosa, pues se pagan de 2 a 4 pesos al mes. Por el año de 1854 fui bibliotecario del Instituto, como substituto de don Rafael Unquera a quien daba yo la mitad de los 25 pesos mensuales asignados a este empleo. Este fue el primer sueldo que tuve, y él, aunque pequeño, vino a mejorar grandemente mi situación pecuniaria. Por ser desafecto al Gobierno del general Santa Anna, tuve que renunciar a la biblioteca del Instituto. Después me encargué por poco tiempo como pasante o profesor interino, de la clase de Derecho Natural y de Gentes por ausencia del profesor propietario don Manuel Iturribarría.
Me dediqué entonces, ya como pasante, a la práctica del foro, bajo la dirección de don Marcos Pérez, lo cual me produjo algunos recursos. Después de dos años de práctica que prescribía la ley y que hice en el gabinete del mismo, don Marcos Pérez, pasé mi examen general de Derecho; pero los sucesos posteriores no me permitieron recibirme de abogado. Hice viajes a Zimatlán, a Ocotlán, a Ejutla y a otros juzgados foráneos, con el objeto de abrir informaciones referentes a negocios judiciales que seguía mi maestro, y esto me producía más que cualquiera otro trabajo. Al fin tuve el poder del pueblo del Valle Nacional que me fue lucrativo porque entonces se pagaban viáticos además de los honorarios, que eran dobles por tratarse de comunidad.
Varias veces vi al señor Juárez antes de que fuera desterrado por la administración del general Santa Anna, y siempre en la casa de don Marcos Pérez. Como en ella se me trataba como amigo, el día de alguna fiesta de familia concurría yo y allí encontraba al señor Juárez, quien tuvo siempre gran cariño y predilección por mí, hasta que desgraciadamente nos separaron los sucesos políticos.
Capítulo IV. Don Marcos Pérez
Durante mi práctica de Derecho cambió el Gobierno Nacional, por la salida del país del presidente don Mariano Arista, en enero de 1853, el triunfo del Plan Revolucionario de Jalisco, que fue después modificado y la proclamación y regreso del general Santa Anna. El nuevo Gobierno era enteramente conservador, comenzó persiguiendo a los liberales y tenía mucha hostilidad contra los abogados. Esa política, mi iniciación en la carrera militar, seis años antes, durante la guerra con los Estados Unidos, y mis ideas liberales en que me había iniciado don Marcos Pérez, me hicieron formar la resolución de hacerme hostil al Gobierno del general Santa Anna.
Era yo además, el confidente de mi maestro en los trabajos revolucionarios que había emprendido en Oaxaca, en combinación con don Mariano Zavala, don José García Goytia, don Manuel Ruiz y don Pedro Garay, que estaban en México, y habían sido Diputados por el Estado de Oaxaca al Congreso de la Unión.
Se descubrió una correspondencia revolucionaria que estos señores dirigían, en cifra, a don Marcos Pérez, y con este motivo se le procesó y se le puso en una prisión muy rigurosa; y fueron conducidos a Oaxaca sus cómplices, con excepción de don Pedro Garay, porque su nombre no aparecía en la correspondencia interceptada y los presos no lo denunciaron.
Yo debí haber caído preso entonces y me liberté por una verdadera casualidad. Don Marcos Pérez me había encargado que sacara yo del correo la correspondencia revolucionaria que venía con un nombre supuesto, y siempre la sacaba yo; pero la impaciencia de don Marcos Pérez por recibir la correspondencia, un día al llegar el correo, hizo que no me esperara sino que mandara a sacarla a Remigio Flores, su concuño, quien fue por supuesto su compañero de prisión.
Estando ya preso don Marcos Pérez, se me presentó la ocasión, que con gusto aproveché, de prestarle un importante servicio. Era yo a la sazón cobrador de una casa de la propiedad del cura don Francisco Pardo, tío mío, en la que vivía el coronel don Pascual León. Yo era apoderado del cura Pardo; le llevaba su correspondencia con su coadjutor encargado de su parroquia de Chilapilla, en la Mixteca, y por esos servicios me daba una casa para vivir y alguna remuneración pecuniaria.
El coronel don Pascual León, era el Fiscal en la causa que se estaba formando a don Marcos Pérez y era a la vez mi deudor. Con este motivo y siendo muy moroso para hacer sus pagos, procuraba verlo a la hora que sabía que almorzaba. Por supuesto que no era muy agradable al deudor la presencia del cobrador y mandaba que lo esperara en su escritorio. Esto me hacía pasar largo tiempo en su despacho, y en una de esas ocasiones y estando el proceso sobre la mesa, pude darle una hojeada, burlando la vigilancia del ordenanza que cuidaba el cuarto, y después me decidí a poner en conocimiento de don Marcos Pérez las declaraciones de sus cómplices. Con este objeto emprendí en compañía de mi hermano, el escalamiento del convento de Santo Domingo, que servía de cuartel y de prisión.
En el convento de Santo Domingo, que por su solidez era casi una fortaleza, estaba el Cuartel del Batallón activo de Oaxaca, cuyo coronel era don Marcial López de Lazcano de la artillería y de algunos piquetes. Había en él una prisión especial para los frailes llamada La Torrecilla, en donde se puso a don Marcos Pérez. Tendría la Torrecilla como tres metros de largo por dos de ancho, con una puerta en un extremo y una ventana alta en uno de sus lados; de modo que desde la puerta se podía ver todo lo que pasaba en el interior. La bóveda que la cubría era muy sólida y la ventana de la Torrecilla que daba al patio de la sacristía de la iglesia, estaba muy elevada y muy cerca del techo, con una reja de fierro incrustada en el grueso de la pared, lo cual permitía poner los pies en el dintel de la ventana.
El escalamiento del convento se me facilitó por la agilidad que había adquirido en mis ejercicios gimnásticos y por haberlo hecho en compañía de mi hermano. Cuando teníamos que subir una altura que no excediera de tres metros, uno de nosotros se subía a los hombros del otro y una vez arriba echaba una cuerda al que quedaba abajo para que subiera, y cuando la altura era mayor, tirábamos la cuerda sobre uno de los ángulos del edificio para que quedara asegurada y uno de nosotros la sostenía mientras el otro subía, lo cual era muy difícil, pues el que sostenía la cuerda tenía, para aguantar el peso del que subía, que meter cuadril, usando de una frase de arrieros, en cuya postura se tiene mucha resistencia. Después de que uno estaba arriba, sostenía la cuerda para que subiera el otro.
Por la puerta del campo del convento subimos a cosa de la media noche a la barda de la huerta, que tendría como cuatro metros de altura: la primera noche bajamos a la huerta con el objeto de saber si había centinelas en ella; enseguida volvimos a subir a la barda de la huerta y andando sobre ella llegamos a la azotea de la panadería del convento. A esa hora estaban trabajando los panaderos y como esta gente acostumbraba cantar durante su trabajo, no era fácil que nos sintieran en la azotea del amasijo, además de que nosotros andábamos con mucho cuidado para no hacer ruido.
De la azotea de la panadería subimos a la azotea de la cocina de la comunidad, que era el escalón más alto que teníamos que ascender: los cocineros estaban durmiendo a esa hora y por consiguiente podíamos andar con más libertad, procurando siempre que nuestras pisadas no hicieran ruido.
De la azotea de la cocina seguía la terraza o el patio de la celda del Provincial, quien dormía. En la azotehuela de esta vivienda había una pequeña pieza que servía de cocina particular del Provincial, a la cual subimos sin dificultad, uno en los hombros del otro, y así pudimos llegar a la azotea principal y más elevada del convento.
Al llegar a ésta era necesario ir con gran cautela, porque había muchos centinelas en la azotea y la primera noche tuvimos que esperar antes de dar paso, hasta oír el alerta de los centinelas, pues no había otra manera de conocer su posición, y esto nos obligaba a permanecer en quietud hasta que dieran el alerta, el cual repetían cada quince minutos.
Para facilitar nuestra evasión en caso de ser vistos en la azotea, retiramos una cuerda que estaba amarrada al badajo de una campana, con objeto de poderla tocar desde abajo, y que llegaba hasta el piso de la sacristía. Esto lo hicimos con sumo cuidado para no ser notados en caso de que estuviera en el patio alguna persona junto a la cuerda; y una vez retirada ésta la aseguramos de una almena que daba a la calle, con el propósito de descolgarnos por la cuerda si llegábamos a ser descubiertos y cortada nuestra retirada. Antes de bajarnos de la azotea volvimos a poner la cuerda de donde la habíamos tomado, y en las noches siguientes llevamos una, suficientemente larga, con un gancho de hierro en uno de los extremos, para usarla en caso necesario por cualquiera parte.
La llegada a la azotea principal del convento fue lo más peligroso de la operación, por los muchos centinelas que había en ella. Con este motivo nuestra marcha era muy tardía, porque teníamos que permanecer acostados en la azotea, vestidos con un traje gris, para no hacernos muy visibles, escuchando un alerta cada quince minutos que nos indicaba la situación de los centinelas. Así llegamos hasta la azotea de la Torrecilla y no encontramos ningún centinela allí. Había uno abajo de la ventana de la prisión, en otra ventana que quedaba exactamente debajo de la Torrecilla y cuya reja, como la de la ventana superior, estaba metida a medio grueso de la pared y no permitía al centinela ver para arriba. Para burlar la vigilancia de ese centinela era necesario no hacer ruido. Una vez allí me descolgaba yo, o sostenía a mi hermano hasta llegar a la ventana, y estando ya en ella y

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