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Una crítica al posmodernismo, nueva forma de revisionismo (III. La clase preñada de futuro) – Bonjour Karl
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Una crítica al posmodernismo, nueva forma de revisionismo (III. La clase preñada de futuro)
29 abril, 2017 by Kakarot
La revisión del Socialismo Científico
La tercera fuente es la política revolucionaria francesa evolucionando el socialismo utópico y tornándolo en socialismo científico.
La relación entre el estudio de la economía política y la propuesta revolucionaria es profunda y se lee sobre y entre líneas en toda la obra de los clásicos del marxismo-leninismo.
Negri y Pablo Iglesias también lo tienen claro, por eso el segundo escribe: «Si la hegemonía en la producción de plusvalor no corresponde ya al obrero fordista (los monos azules de la cadena de montaje), la nueva teoría del valor habrá de implicar una nueva teoría política de la liberación y de las nuevas subjetividades de potencial antisistémico/revolucionario».1
Pablo Iglesias y Antonio Negri. Imagen: La Tuerka.
Una de las obsesiones del posmodernismo ha sido el concepto de ‘subsunción de Capital’ con el cual se describe un proceso de dominación del trabajo en la fábrica donde el trabajador pierde la iniciativa y deviene un resorte más de la producción; partiendo de ahí, este dominio del Capital sobre el trabajador se va tornando más y más intensivo hasta que, de una manera nebulosa, toda la sociedad se subyuga, se aliena y resulta explotada por la lógica del Capital.
Históricamente estas tesis —bajo variaciones menores— han servido para vertebrar las teorías más claudicantes. Por un lado, la Escuela de Frankfurt defendió que la revolución era imposible, ya que el dominio «intensivo» del Capital había llegado a ser tal que cualquier forma de emancipación estaba viciada de raíz. La confrontación dentro del sistema era imposible.
Todos los intelectuales de la nueva izquierda han especulado con una nueva manera de realizar la superación del capitalismo: la revolución debía surgir “desde fuera” del propio sistema, sin embargo, este “desde fuera” era tan difícil de encontrar que lo lógico era claudicar en la lucha.
Para Negri y Hardt, el enemigo que dibujan, el Imperio, representa el dominio en todo el globo de la subsunción real del Capital: «El capital ya no mira hacia el exterior sino que, antes bien, se dirige hacia el interior de su propio dominio y su expansión se hace más intensiva que extensiva».2
Según Negri, en ese sentido el conjunto de la sociedad es explotada “inmaterialmente”: «El capital subsume a la sociedad organizándola a su imagen y semejanza, el trabajo productivo deviene trabajo intelectual, cooperativo, inmaterial».3
Bajo tal visión del dominio del Capital absolutamente anti-materialista y formada de humo y luz, Negri llega a definir que la sociedad, en su conjunto, no sólo está siendo subyugada y disciplinada por el Capital sino que el Capital extrae plusvalía de todo lo que hace la sociedad; toda la sociedad deviene una sociedad-fábrica sobre todo si se tiene una concepción del trabajo tan vaporosa: «Hoy la fuerza laboral es inmediatamente una fuerza social animada por los poderes del conocimiento, el afecto, la ciencia y el lenguaje. En realidad, el trabajo es la actividad productiva de un intelecto y un cuerpo generales fuera de toda medida. El trabajo se presenta simplemente como el poder de actuar, que es a la vez singular y universal: singular por cuanto el trabajo ha llegado a ser el dominio exclusivo del cerebro y el cuerpo de las multitudes; y universal por cuanto el deseo que expresan las multitudes en el movimiento de lo virtual a lo posible se constituye constantemente como algo común. […] El poder para actuar está constituido por el trabajo, la inteligencia, la pasión y el afecto desplegados en un lugar común».4
Independientemente de la relación contractual que establezca con la burguesía, en ese sentido N&H anuncian que la importancia que le da el marxismo-leninismo al proletariado está demodé: «El hecho de que incluyamos en la categoría de proletariado a todos aquellos explotados por la dominación capitalista y sujetos a ella, no debería indicar que el proletariado es una unidad homogénea o indiferenciada. En realidad está dividida en varias direcciones por diferencias y estratificaciones. Algunos son asalariados, otros no; […] Sostendremos que entre las diversas figuras de la producción activa actual, la figura de la fuerza laboral inmaterial (dedicada a tareas relacionadas con la comunicación, la cooperación y la producción y reproducción de afectos) ocupa una posición cada vez más central, tanto en el esquema de la producción capitalista como en la composición del proletariado».5
De esa lógica, evidentemente, surgen las teorías de las plusvalías femeninas domésticas, que el engendrar un niño es producción de nuevo valor o que cantar en la ducha genera valor.
¿Entonces dónde está la salida?
Negri nos lo expone con cierta claridad en el siguiente parágrafo:
«El trabajo inmaterial incluye inmediatamente interacciones y cooperaciones sociales. En otras palabras, el aspecto cooperativo del trabajo inmaterial no se impone ni se organiza desde el exterior, como ocurría en las formas anteriores de trabajo, sino que ahora la cooperación es completamente inmanente a la actividad laboral misma. Este dato pone en tela de juicio la antigua noción (común en la Economía política clásica y a la marxista) según la cual la fuerza laboral se concibe como un “capital variable”, es decir, como una fuerza a la que sólo el capital activa y da coherencia, porque los poderes cooperativos de la fuerza laboral (particularmente el poder del trabajo inmaterial) ofrecen al trabajo la posibilidad de valorarse a sí mismo. Los cerebros y los cuerpos aún necesitan de los demás para producir valor, pero esos otros que necesitan no tienen que provenir forzosamente del capital y de sus capacidades para orquestar la producción. Hoy, la productividad, la riqueza y la creación de superávit social adquieren la forma de la interactividad cooperativa a través de redes lingüísticas, comunicacionales y afectivas. En la expresión de sus propias energías creativas, el trabajo inmaterial parece proveer así el potencial para un tipo de comunismo espontáneo y elemental».6
Como hemos visto, para Negri la producción a día de hoy es biopolítica, es decir creación y productividad libre “de la vida”. Al tornarse “hegemónicamente” inmaterial tiene la potencialidad de escapar, de producir fuera del Capital.
Ser autónoma, libre, única, insólita.
La asociación estudiantil Contrapoder —fundada por Pablo Iglesias—, en su página web pone: «La libre circulación de saberes, deseos, personas e información es un principio comunista que choca con la necesaria disciplina que el capital debe imponer. Podemos crear mucho más variado y profundo de lo que la mercancía y la guerra pueden absorber. La multitud y sus posibilidades son el Leviathán del capital, obligado a metamorfosearse continuamente para tapar toda posible línea de fuga, toda grite por donde la potencia fluya construyendo ríos de comunismo. La Autonomía es el proyecto político para liberar esas capacidades desde lo múltiple, dinámico y recombinante».7
A costa de descoyuntar toda la economía política, Negri sugiere a todo individuo que debe —singularmente— ser creativo y crear fuera del yugo del Capital. Pablo Iglesias lo explica con suma claridad: «En este sentido, se nos sugiere que la supuesta liberación en y del trabajo se inicia curiosamente tras la derrota definitiva del movimiento obrero; se nos dice que el modo de producción postfordista no representaría la generalidad de las condiciones laborales, quedando fuera el precariado; y se nos propone, por último un camino de liberación extraño: Puesto que el capitalismo jamás ha generado posibilidad de su superación, esta posibilidad tiene que ser descubierta, siendo la clave de la emancipación del trabajo, la apuesta por liberar definitivamente… tiempo y espacio de los hábitos del trabajo y de la reproducción cultural del consumo… —creando— nuevas posibilidades de vida al margen de lo consentido». 8
Huir y ser libre
Esa fuga enlaza con el odio posmoderno a la norma y a lo normal, a la disciplina y a la organización, como formas más o menos directas de subyugación disciplinaria a un Capital de niebla y humo. La lucha por encontrar esa liberación fuera del dominio del Capital, para la posmodernidad, es sugerida siempre a la senda de lo raro, lo anormal, lo marginal, lo alternativo, lo no consentido.
«Lejos de ser en una cuestión de lenguaje desfasado, de adaptación o modulación de lenguaje, su interés de enterrar a los enterradores del capitalismo parece tener una base ideológica relativamente profunda».
Esta es la base de la propuesta política de Negri: “el éxodo”. Tal es la base teórica para que nuestro autor afirme que la okupa con su huerto ecológico, los procesos migratorios, romper las rutinas, la okupa-comuna, drogarse, escapar de lo hetero-normativo o ser un outsider es más importante que la lucha de la clase obrera en su puesto de trabajo: «Mientras en la rea disciplinaria, la noción fundamental de la resistencia era el sabotaje, en la era del control imperial esa noción básica puede ser la deserción. Mientras en la modernidad estar en contra frecuentemente significaba una oposición de fuerzas directa y/o dialéctica, en la posmodernidad la actitud de estar en contra bien podría adquirir su mayor efectividad adoptando una forma oblicua o diagonal. Las batallas contra el imperio podrían ganarse a través de la renuncia y la defección. Esta deserción no tiene un lugar; es la evacuación de los lugares de poder. […] La deserción y el éxodo son una potente forma de la lucha de clases que se da en el seno de la posmodernidad imperial y contra ella».9
Negri, parapetándose en su visión ambigua de la generación de nuevo valor —donde todo el mundo valoriza el Capital—, desplaza al proletariado de su papel histórico, reemplazándolo por un sujeto amorfo compuesto —desde una perspectiva marxista-leninista— por elementos pequeñoburgueses, lumpenproletarios y hegemonizados por las capas de los trabajadores no productivos (aristocracia obrera y pequeñoburgueses intelectuales) que son los que, con el trabajo “inmaterial”, crean mayor nuevo valor para el Capital y permiten, al resto, la organización de un mundo fuera del mundo del Capital.
Evidentemente y por eso mismo, para N&H, la realidad de clase —tal y como la entiende el marxismo-leninismo— no tiene una centralidad política, el nuevo sujeto también está compuesto por la fragmentación y deconstrucción y destrucción del sujeto histórico y, por tanto, de la negación del sujeto histórico y su sustitución por los pobres, las mujeres, las razas discriminadas, los inmigrantes, los ecologistas, etc.
Las singularidades cuanto más al margen de lo establecido mejor.
Lejos de ser en una cuestión de lenguaje desfasado, de adaptación o modulación de lenguaje, su interés de enterrar a los enterradores del capitalismo parece tener una base ideológica relativamente profunda.
Pablo Iglesias, doctorado con la tesis Multitud y acción colectiva postnacional dice:
«Hardt y Negri sostienen que las formas contemporáneas de organización del trabajo y de la producción contienen, a su vez, las posibilidades para la acción política antagonista (2002: 273). La noción multitud caracteriza ciertos comportamientos sociales en el Postfordismo así como ciertas potencialidades de la acción política, en un momento histórico de decadencia del Estado en tanto que detentador de facultades soberanas (Hardt/Negri, 2002:372). La multitud representaría, en definitiva, a la multiplicidad de sujetos subordinados a los modos de producción contemporáneos, sin concretarse en una suerte de equivalente al proletario industrial, sino en un conjunto de sujetos múltiples postsoberanos, irreducibles a la noción de pueblo que hace referencia a la escala estatal-nacional».10
Para el posmodernismo, cuanto más fragmentadas y concretas sean las caracterizaciones de estas singularidades mejor, menos encasilladas estarán por categorías que “homogenicen” las singularidades. Ni el concepto de pueblo le vale a Negri. Las formas de homogenización, estructuración y organización del nuevo sujeto revolucionario es una remanente de planteamientos que beben del sentido disciplinante fabril de la subsunción y por consiguiente una forma de sometimiento de las singularidades a la lógica intensiva de dominación del Capital.
La libertad creativa del éxodo individual de la “singuralidad” es la base del proyecto político, por tanto, suponemos que Negri desea que “la mujer, de EEUU, trabajadora, soltera, negra, embarazada, con VIH, con 3 empleos a jornada parcial de carácter temporal…” —y así ad infinitum— sea integrada en la lucha como causa específica unida a todas las demás causas ultra-específicas por firmes lazos de comunicación, información y afecto.
N&H dicen que el proletariado ha sido desplazado por esa amalgama integradora de singularidades tutti-frutti que Negri ha llamado “por probar” la Multitud.
En los “movimientos sociales”, el proletariado clásico sindicado se ve relegado a un segundo plano como sujeto histórico, se ve incluso como un elemento reaccionario con unas condiciones laborales relativamente buenas.
La falta de un análisis dialéctico hace confundir la parte con el todo, identificando a todo el proletariado con los traidores corporativistas. Y tal consideración se extiende, no sólo al sindicato sino al Partido Comunista… «También hoy podemos ver que las formas tradicionales de resistencia, tales como las organizaciones institucionales de trabajadores que se desarrollaron a lo largo de la mayor parte de los siglos XIX y XX, han empezado a perder su poder. Una vez más hay que inventar un nuevo tipo de resistencia».11
Entendemos que a lo sumo se podría salvar el sindicalismo alternativo ya no por estar formado por la clase obrera sino por ser precariado, por ser aquello que “lucha”, por renunciar a los liberados, a las subvenciones o subordinar su línea a los más peregrinos, posmodernos o pequeñoburgueses planteamientos de los nuevos movimientos sociales.
En esos vaporosos parámetros de la valorización producida por el trabajador inmaterial en base a la cooperación, a la comunicación y “la producción de afectos” no sólo resalta la nula base materialista de la propuesta negrinista sino que desplaza a su vez la propia centralidad de la contradicción capital-trabajo clásica, la contraposición del proletariado y la burguesía como clases antagónicas. ¿Si lo que genera valor es la nada, qué no genera valor? Las luchas de la Multitud son las luchas de las “singularidades” que integra, se dan en todas las direcciones, en el éxodo, siendo todas las direcciones y todos los “éxodos” igualmente prioritarios.
Además condenado por la lógica posmoderna —que no es otra que la lógica anarquista de la propaganda por hecho—, Negri defiende que la propia autonomía de las singularidades que existen en la Multitud es la garantía del éxito al no limitar el potencial creativo de éste, al salirse, en su libertad, de la lógica de la subsunción.
Esto condenará a que las formas bajo las que se organiza este nuevo sujeto son cuanto menos endebles y artesanales: unas redes difusas que en ningún momento histórico han demostrado la capacidad organizativa para acometer las tareas políticas que Negri veremos que le lega.
En ese sentido, las organizaciones clásicas, disciplinadas, son rechazadas de plano: «En los decenios finales del siglo XX emergieron también, particularmente en EEUU, numerosos movimientos que aparecen clasificados con frecuencia bajo el epígrafe de “políticas identitarias”, que nacen primordialmente de las luchas del feminismo, de las luchas de los gays y lesbianas, y de las luchas de las minorías raciales. Las características orgánicas más importantes de estos diversos movimientos son su afán de autonomía y su rechazo a las jerarquías centralizadas, a los líderes o a los portavoces oficiales. El partido, el ejército popular y la guerrilla moderna les parecen obsoletos por su tendencia a imponer la unidad, a negar sus diferencias y a subordinarlas a intereses ajenos».12
«El prisma postmoderno es por lo general reformista y tiende a fragmentar la lucha, a enfocarse en lo pequeño, la propuesta pseudo-revolucionaria».
Está en el ambiente, el sujeto histórico ya no se ha de buscar en la fábrica ya que los trabajadores se han vuelto reaccionarios y otros grupos tienen que desempeñar ahora el papel de sujeto histórico. Los excluidos, las personas que se niegan a trabajar, los inmigrantes, las minorías sexuales, los ecologistas, los precarios, los marginados, los lumpens, los indígenas, los pacifistas, las mujeres que no usan sostén, los promotores del software libre… Ahora Negri nos dice que todos ellos son válidos para la tarea de la revolución, la tarea entonces estará: 1) en que todos sean respetados y todos prioritarios 2) en fomentar su comunicación y cierta coordinación 3) construir estructuras del todo laxas que no ahoguen la “creatividad” de cada singularidad.
Si el prisma postmoderno es por lo general reformista y tiende a fragmentar la lucha, a enfocarse en lo pequeño, la propuesta pseudo-revolucionaria de Negri se basa en que de alguna forma todas esas luchas si se comunican y reverberan puedan golpear y tumbar, por arte de magia, al sistema de dominación en su totalidad o en todo caso dejar al capitalismo sólo como una cáscara vacía. Hasta aquí, a grosso modo, la propuesta de Negri que hemos intentado explicar con el mayor rigor y claridad posibles.
El punto común de estas teorías novísimas posmodernas es que todas tienen una sustentación científica cuestionable, no se basan con el máximo rigor en las leyes de los modos de producción, mistificando la cuestión de la producción y el control de esta producción.
Desdibuja las formas de lucha, las prioridades y los fundamentos, apoyando finalmente el ser ajeno al campo de batalla política, ser ajeno a la lucha de clases, el centro del potencial emancipador: la centralidad de la clase obrera.
Y lo sustituye por la huída y la evasión. Siendo aún una táctica útil para presentar batalla más tarde en condiciones más favorables, al tener centralidad, al considerar la batalla en el corazón del sistema como imposible, el posmodernismo “revolucionario” se desvela como un cuerpo político-ideológico de derrotados.
En ese sentido, nos tomamos la libertad de citar a Miguel Hernández:
«Estos hombres, estas liebres, / comisarios de la alarma, / cuando escuchan a cien leguas / el estruendo de las balas, / con singular heroísmo / a la carrera se lanzan, / se les alborota el ano, / el pelo se les espanta. / Valientemente se esconden, / gallardamente se escapan / del campo de los peligros / estas fugitivas cacas, / que me duelen hace tiempo / en los cojones del alma».
Para los parámetros del marxismo-leninismo, la realidad es bastante diferente.
El capitalismo es un extraordinario generador de progreso. Su único inconveniente es que pone ese progreso al servicio de unas pocas personas que tan sólo buscan extraer el máximo beneficio en el menor tiempo posible. Todo avance que se da en el margen del capitalismo tiene la potencialidad de hacer mejor la vida del pueblo pero, bajo el modo de producción capitalista, lo que en principio nos tendría que liberar, nos esclaviza.
Tal caso es la máquina de la fábrica que podría aligerar el trabajo, poder producir más fácilmente, pero en el capitalismo produce el despido de los trabajadores y la condena del resto de los obreros que se quedan a trabajar en peores condiciones al acelerar intensivamente el proceso de producción.
Lo mismo cabría decir de la energía nuclear o los transgénicos como elementos científicos encuadrados en el desarrollo de las fuerzas productivas. La potencialidad creciente de incidir en nuestra realidad para hacernos la vida más fácil se torna, en el capitalismo, la amenaza de las peores consecuencias para el conjunto de la humanidad.
«Lejos de las fórmulas desiderativas del socialismo utópico o más allá del lloriqueo y la indignación por tal o cual injusticia, los clásicos del marxismo-leninismo establecieron que la fuerza motriz de la sociedad es la lucha de clases y que el proletariado ha de acabar con tal lucha de clases».
El sistema expropia el valor del trabajo social producido. La solución está en confrontar al sistema en su totalidad, acabar con él y con todas las lógicas que le rigen. La idea está no en generar nuevo valor fuera del Capital sino acabar con la lógica del valor y desplegar una lógica diferente a la de la mercancía. Esto sería la lógica de la producción social para satisfacer las crecientes necesidades sociales tanto materiales como espirituales.
Marx y Engels decían: «De todas las clases que se enfrentan con la burguesía, no hay más que una verdaderamente revolucionaria. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar».13
El marxismo-leninismo establece que hay unas leyes sociales de desarrollo y un sujeto histórico que lleva en su seno la semilla de una sociedad nueva. Lejos de las fórmulas desiderativas del socialismo utópico o más allá del lloriqueo y la indignación por tal o cual injusticia, los clásicos del marxismo-leninismo establecieron que la fuerza motriz de la sociedad es la lucha de clases y que el proletariado ha de acabar con tal lucha de clases.
Si al campesino lo “libraban” de su tierra o si el esclavo sólo le hace falta liberarse de las relaciones de la propiedad referentes a la esclavitud, «el proletario sólo puede liberarse suprimiendo toda la propiedad privada en general».14 La misión histórica del proletariado es la destrucción del capitalismo y la instauración de la dictadura revolucionaria como poder obrero cuyo objetivo será la sociedad sin clases, sin Estado o explotación del hombre por el hombre.
Todo mediante la instauración de la dictadura del proletariado, en contraposición a la dictadura de la burguesía.
Y esto no viene dado porque el proletariado sea la clase mayoritaria, es decir, no se defiende una “dictadura de la mayoría” cuantitativamente y, formalmente, más democrática que la dictadura de una burguesía minoritaria. Lo que distingue al proletariado no es una cuestión cuantitativa sino cualitativa.
El proletariado, por su función en el proceso productivo, se convierte en el último agente de la realización de la historia universal, en sus intereses como clase encierra y representa los intereses universales de las demás clases sociales y, más allá de eso, de toda la humanidad. En esa propiedad cualitativa reside el contenido democrático del proletariado.
En ese sentido, el proletariado, aun siendo una minoría más o menos flagrante, expresa los intereses de las demás capas trabajadoras y populares que sí son la gran mayoría cuantitativa de la población. El proletariado es la parte más importante de los trabajadores por su lugar en el proceso de producción ya que sufre la explotación, creando la plusvalía repartida entre los diferentes sectores no productivos y a su vez dominando la productividad y los engranajes estratégicos de la economía.
Como hemos visto, el Capital sólo aumenta con la plusvalía generada en el proceso de la producción material. Ahí está la clave del proletariado como sujeto histórico: proletariado está en el centro mismo de la producción de los bienes y se encara día a día con la contradicción capital-trabajo, está en la mejor situación posible para entender la esencia del sistema.
El corazón del sistema y el centro de la lucha.
Y, aún más importante, la clase obrera puede existir perfectamente sin los patronos capitalistas sin embargo estos no son nada sin el proletariado.
En ese sentido, mientras el capitalismo no sea superado, siempre habrá proletariado, éste jamás desaparecerá. Mientras haya capitalistas, estos estarán condenados a generar a sus propios enterradores y mientras existan estos enterradores existirá la lucha de clases y la consecuente resolución dialéctica entre la incoherencia de la producción social y la apropiación privada de tal producción.
El proletariado es el “núcleo duro” de la revolución socialista, es el elemento más importante de los activos revolucionarios. Arrastra tras de sí las demás capas obreras al tener iguales condiciones de explotación. El proletariado arrastra tras de sí a los demás sectores populares que se suman a los activos revolucionarios.
«En cualquier país capitalista, la fuerza del proletariado es incomparablemente mayor que su proporción numérica, en la masa general de la población. Y esto es así porque el proletariado domina económicamente en el centro y en el nervio de todo el sistema económico del capitalismo, y también porque, bajo el capitalismo, el proletariado expresa, económicamente y políticamente, los verdaderos intereses de la inmensa mayoría de los trabajadores. Por eso, incluso cuando constituye una minoría de la población (o cuando su vanguardia consciente y verdaderamente revolucionaria constituye una minoría de la población), el proletariado es capaz de derribar a la burguesía y de ganarse después muchos aliados entre esa masa de semiproletarios y pequeños burgueses que antes no se habría manifestado jamás a favor del dominio del proletariado, que antes no comprendería las condiciones y las tareas de ese dominio y a la que sólo su experiencia ulterior habrá de convencer de que la dictadura del proletariado es inevitable, acertada y necesaria».15
Y aquí entramos en una cuestión eminentemente práctica, en la práctica revolucionaria, en la práctica militante diaria, se debe fijar mucho en lo que une al proletariado y al resto de las capas trabajadoras se debe fijar más que en lo que les separa. La vanguardia debe trabajar con todo el pueblo laborioso uniéndolo en un único frente, sin olvidar la supremacía absoluta del trabajador productivo respecto a los demás trabajadores asalariados, sin el proletariado industrial como “núcleo duro” no tendría sentido hablar de revolución más éste contagia con la mayor facilidad su fuerza revolucionaria al conjunto del pueblo trabajador.
Pequeños y grandes problemas
Entendido la cuestión de la contradicción principal (capital-trabajo) como la base de la centralidad de la intervención política de un Partido revolucionario, cabría hablar de las contradicciones secundarias.
¿Qué importancia tiene la problemática concreta de la cuestión de la homosexualidad, la mujer, del inmigrante o la problemática nacional?
Tienen toda importancia, ninguna es más “justa” que otra. Sin embargo, en todos estos conflictos, la resolución de la contradicción capital-trabajo es la llave para la resolución de las otras problemáticas.
«Tan sólo, mediante la resolución de la contradicción capital-trabajo y la derogación de la propiedad privada, se pueden dar las condiciones objetivas para resolver de una manera real y duradera los demás problemas».
¿Eso quiere decir que al marxista-leninista no les preocupe que el homosexual sea discriminado o agredido por su condición? Para nada, la cuestión de la homosexualidad viene ligada íntimamente a la cuestión de la familia patriarcal como forma de perpetuación ideológica y social que en última instancia reproduce las relaciones de producción mediante la herencia.
¿Esto querría decir que al marxista-leninista no le preocupe la problemática de la mujer? Para nada, es una problemática que afecta a no menos que la mitad de la población y que, por tanto, merece destacadamente ser resuelta. La instauración de la dictadura del proletariado sin la resolución de la problemática de la mujer no tendría mayor sentido y por lo tanto requiere de la mayor atención. Por otra parte, la opresión que siente la mujer viene derivada de las contradicciones en el capitalismo. La igualdad salarial y de oportunidades, una red gratuita, colectiva y de calidad de comedores, lavanderías, casas cuna, educación, sanidad, etcétera, sería la base material de la emancipación de la mujer. Es inconcebible el capitalismo sin opresión concreta a la mujer como inconcebible es la construcción del socialismo sin la liberación de la mujer.
¿Esto quiere decir que al marxista-leninista no le preocupan los inmigrantes? Para nada, el inmigrante forma parte del “ejército industrial de reserva” de otro país que prueba fortuna en nuevos “mercados laborales”. La lógica de la unidad de los trabajadores cubre los intereses objetivos de la clase obrera en general y el inmigrante en particular: la lucha contra toda forma de racismo y xenofobia es un pilar de la unidad obrera para defender los intereses conjuntos de la clase.
¿Esto quiere decir que al marxista-leninista no le preocupa la cuestión nacional? Para nada, los clásicos elaboraron una extensa reflexión sobre el tema de la cuestión y la liberación nacional. Así como sólo el socialismo garantiza la independencia nacional y el derecho de los pueblos a la libre autodeterminación.
Y así sucesivamente, lo mismo cabría decir por preocupaciones de la mayor importancia como la contradicción entre trabajo manual e intelectual o entre campo y ciudad… La base de la centralidad del proletariado no es porque sea una causa más o menos “justa” que las anteriormente mentadas. La base de la centralidad del proletariado en la lucha revolucionaria es porque el proletariado es el único sujeto histórico que permite superar revolucionariamente el capitalismo para pasar a un modo de producción superior donde se tendrá una base, un suelo firme para resolver estos y otros importantes problemas.
También para que se generen otros.
Estas contradicciones son secundarias en el sentido que tan sólo, mediante la resolución de la contradicción capital-trabajo y la derogación de la propiedad privada, se pueden dar las condiciones objetivas para resolver de una manera real y duradera los demás problemas, incluso, de considerarse oportuno, “los pequeño problemas” de cada “singularidad” que tanto cacarea el posmodernismo.
Lo demás es puro reformismo especiado con la desorganización a la sazón del intelectual pequeñoburgués que pese airear la igualdad absoluta de todas las singularidades, está tan prendado de sí mismo que no puede dejar de decir como coletilla: “pese a todo yo soy el más importante”.
Contenido de clase del posmodernismo
La influencia burguesa de la ideología posmoderna en las luchas contra el capitalismo tiene una base material y una serie de condiciones que explican sus elementos novedosos, aparentes o reales, respecto a corrientes ideológicas clásicamente confrontados por el marxismo-leninismo.
La influencia del posmodernismo se da en un marco de grandes retrocesos en el campo ideológico, la pérdida de influencia de la fuerza organizada del movimiento obrero, de la desbolchevización de muchísimos partidos en diferentes países.
La pérdida de hegemonía del marxismo-leninismo dentro del movimiento obrero haría que cada vez sectores de la clases menos firmes adopten posiciones funcionales a la burguesía, tal es el caso como hemos visto de la aristocracia proletaria o la pequeña burguesía y el intelectual. El oportunismo tiene su base material en ciertos sectores de la clase obrera y otras capas.16
Históricamente el intelectual se ha compuesto por diferentes capas y clases sociales. A veces elementos pequeño-burgueses, semi-proletarios, cuando no burgueses en función de su relación con el Capital.
«En general, dentro de la clase obrera existió, a caballo entre la realidad y la quimera, la esperanza de que, convirtiéndose en cuadros intelectuales, los hijos de la clase obrera conseguirían una mejora sustancial de las condiciones de vida para la generación que venía».
Sin embargo, en el marco de la revolución científico-técnica de finales del siglo XX, la burguesía necesitó dotarse de cuadros técnicos y científicos asalariados y provenientes de la clase obrera. Decía Marx :«un personal numéricamente insignificante, ocupado en el control de toda la maquinaria y su constante reparación, como ingenieros, mecánicos, carpinteros, etc. Se trata de una clase obrera más alta, en parte con formación científica y en parte artesanal, que está fuera de los círculos fabriles y solamente agregada a ellos».17
En ciertos países, el cuerpo de intelectuales ya no es “numéricamente insignificante”.
En el marco de varios fenómenos: el avance del movimiento obrero con la existencia de muchísimos países socialistas, las organizaciones de clase en lucha consiguieron arrancarle muchísimas concesiones a la burguesía como la posibilidad que el hijo del pueblo trabajador fuera a la universidad.
Este hijo de trabajador, intelectualizado: estudiantes de ingeniería, humanidades, sociología, historia, filosofía, ciencias, etc. en el marco de la influencia ideológica y las arremetidas de la burguesía y del retroceso ideológico en el seno de la clase, fácilmente acabaron por adoptar aspiraciones de vida más propias de la aristocracia obrera con su actitud típicamente corporativista así como la autosuficiencia individualista del pequeño-burgués intelectual.
En general, dentro de la clase obrera existió, a caballo entre la realidad y la quimera, la esperanza de que, convirtiéndose en cuadros intelectuales, los hijos de la clase obrera conseguirían una mejora sustancial de las condiciones de vida para la generación que venía.
Sin embargo, tras el sueño viene la dura realidad.18
Está en aumento ese trabajador con alta cultura científica y humanística que puede formar parte del “obrero colectivo” de la fábrica, de círculos académicos, del paro o de trabajos para los que está, como se dice, está “sobre-cualificado”.
Cada vez más y más obreros han obtenido y accedido a puestos de trabajo que requieren formación superior. Esto ha ido aumentando progresivamente según las necesidades de la acumulación de Capital en un marco de altísimo desarrollo de las fuerzas productivas.
El intelectual que trabaja gracias a su conocimiento de los lenguajes técnico-científicos se obsesiona con la importancia de transmitir, de buscar una forma de comunicación con aquellos que no conocen tales lenguajes. El propio estudio y aplicación de la ciencia al servicio de la valorización del Capital le hace tener una visión neokantiana y cínica sobre lo que representa la ciencia. La ciencia ya no nos serviría para conocer la realidad sino que sería una “caja de herramientas” para resolver acertijos y solucionar los problemas “técnicos” en el modo de producción capitalista.
La propia concepción del intelectual le llevaría a formas funcionales al anti-materialismo filosófico y una importancia no científica respecto al papel que tiene su trabajo en concreto —la comunicación, la información, el conocimiento o los afectos— en la valorización del Capital. Sin embargo, sin proletariado que cree casas, coches, ropa y todos los bienes materiales sociales, la comunicación, la información, el conocimiento y los afectos no dan para vivir. Toda riqueza social está sustentada históricamente en un producto social, material, medible y tangible.
La propia lógica posmoderna del “todo vale” y porque nada vale nada afecta también a como se enfoca la lucha.
El luchador posmoderno no se cree nada. Ni su propia causa. Ni se toma a si mismo muy en serio. Será por eso que con tanto ahínco se intenta que las manifestaciones, por poner un ejemplo, sean divertidas y buen rollistas, siempre se ha de vivir en lo inmediato. Si todo es relativo, mejor vivirlo todo con humor y frívolamente.
Un comunista con un proyecto definido, sus símbolos, sus banderas y sus siglas debe ser anulado en las “manifestaciones” donde la Multitud amorfa, amante de lo espontáneo, puede contener, mientras no destaquen: los que quieren pasear, los que quieren hacer de la manifestación una especie de fiesta de cumpleaños con globos, música, torsos desnudos, disfraces o algún punk que quiera “expresar su rabia”.
Era muy frecuente la idea del joven revolucionario estudiante, pasándoselo bien luchando cual hobby para luego, tras acabar la carrera, mientras tenía un curro propio del “precariado”, asentarse, encontrar un buen trabajo con un buen sueldo e intelectualmente estimulante.
Aún más frecuente es una fuga de la realidad, creando pequeños espacios subculturales que le permitan más o menos tiempo ser ajenos a su situación material inmediata y a la lucha de clases.
En el mejor de los casos, poco a poco irse acomodando y desclasando para acabar haciendo las paces con el establishment como gesto del definitivo salto a la madurez.
Sin embargo, caídos los velos, enfrentados a una alta tasa de paro, sin que se cumplan sus aspiraciones y con alto aprecio a sí mismo, el posmodernismo tiende cada vez a expresar más fuertemente sus posiciones cual pequeñoburgués se lanza al radicalismo una vez ve próxima la posibilidad de proletarización.
La fuerza con la que han irrumpido ciertos fenómenos políticos (el 15-M o Podemos) es reflejo de esto último.
«El culto a sí mismo del intelectual es la base del “empoderamiento”, la libre creación ajena a la subsunción es lo que Negri quiere hacer extensiva a toda la sociedad».
Junto con lo anterior, creemos que esta larga pero clarificadora cita resuelve sintéticamente el meollo clasista de la cuestión:
«En el momento actual presenta de nuevo un vivo interés para nosotros el problema del antagonismo entre los intelectuales y el proletariado. […] Este antagonismo es de un tipo distinto al que existe entre el trabajo y el capital. El intelectual no es un capitalista. Es cierto que su nivel de vida es burgués y que se ve obligado a mantener este nivel a menos que se convierta en un vagabundo; pero, al mismo tiempo, se ve obligado a vender el producto de su trabajo y muchas veces su fuerza de trabajo y sufre con frecuencia la explotación por los capitalistas y cierta humillación social. De este modo, no existe antagonismo económico alguno entre el intelectual y el proletariado Pero sus condiciones de vida y de trabajo no son proletarias y de aquí resuelta cierto antagonismo en su sentir y pensar.
»El proletariado no es nada mientras sigue siendo un individuo aislado. Todas sus fuerzas, toda su capacidad de progreso, todas sus esperanzas y anhelos las extrae de la organización, de su actuación cuando constituye una parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo es todo para él, y el individuo aislado, en comparación con él significa muy poco. El proletariado lucha con la mayor abnegación como partícula de una masa anónima, sin vistas a ventajas personales, a gloria personal, cumpliendo con su deber en todos los puestos donde se le coloca, sometiéndose voluntariamente a la disciplina, que penetra todos sus sentimientos, todas sus ideas.
»Muy distinto es lo que sucede con el intelectual. No lucha aplicando, de un modo u otro, la fuerza, sino con argumentos. Sus armas son sus conocimientos personales, su capacidad personal, sus convicciones personales. Sólo puede hacerse valer merced a sus cualidades personales. Por esto, la plena libertad de manifestar su personalidad le parece ser la primera condición de éxito en su trabajo. No sin dificultad se somete a un todo determinado como parte al servicio de este todo, y se somete por necesidad, pero no por inclinación personal. No reconoce la necesidad de la disciplina sino para la masa, pero no para los espíritus selectos. Se incluye a sí mismo, naturalmente entre los espíritus selectos (…) La filosofía de Nietzsche, con su culto del superhombre para el que todo se reduce a asegurarse el pleno desarrollo de su propia personalidad, al que parece vil y despreciable toda sumisión de su persona a cualquier gran fin social, esta filosofía es la verdadera concepción del mundo del intelectual […] ».19
El culto a sí mismo del intelectual es la base del “empoderamiento”, la libre creación ajena a la subsunción es lo que Negri quiere hacer extensiva a toda la sociedad.
Esto ya no lo pregona tanto Negri, sino personas de tanta actualidad como Pablo Iglesias, que ha revolucionado tantísimo la política que ahora sabemos el curriculum vitae de nuestros candidatos.
Y con la nueva política sabemos ahora que, evidentemente, el curriculum de Pablo era el mejor.
[1] Postoperaismo y fin de la teoria laboral del valor, Pablo Iglesias.
[2] Imperio, p.253. Michael Hardt y Antonio Negri.
[3] Marx más allá de Marx, p.8. Antonio Negri.
[4] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 327
[5] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 327
[6] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, p. 327
[7] http://aucontrapoder.wordpress.com/2006/10/26/definicion-politica-de-contrapoder/
[8] Pablo Iglesias, Postoperaismo y fin de la teoría laboral del valor
[9]Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, pp. 201-2
[10] http://eprints.ucm.es/8458/1/T30518.pdf
[11] Michael Hardt y Toni Negri, Imperio, p. 284.
[12] Michael Hardt y Antonio Negri, Multitud, p. 115.
[13] Carlos Marx y Friederich Engels, Manifiesto comunista, p.51.
[14] F. Engels, Principios del comunismo, Ed. Política CJC, p. 7.
[15] Lenin, Las elecciones a la asamblea constituyente
[16] «Una serie de nuevas “capas medias” son inevitablemente formadas, una y otra vez por el capitalismo (…) son nuevamente arrojados, de modo no menos infalible, a las filas del proletariado. Es muy natural que la concepción del mundo pequeñoburguesa irrumpa una y otra vez en las filas de los grandes partidos obreros. » Lenin, Marxismo y revisionismo
[17] C. Marx, El Capital Libro I Tomo II, p.144.
[18] «Nosotros. Estudiantes y trabajadores, la generación más preparada de la historia de España. Se nos educó para formarnos, para estudiar duro, para competir y llegar a ser excelentes profesionales sin que nadie nos regalase nada. Nuestros padres nos alentaban para ello. Sus manos callosas, la mirada ausente, el cuerpo exhausto tras cada jornada, fueron el mejor testimonio que podían darnos para que luchásemos por una vida mejor, por una vida en la que ser útiles a la sociedad nos recompensaría. Muchas fueron las dificultades, muchos los gastos que cubrir, tremendo el tiempo invertido en nuestros estudios universitarios, masters, cursos de idiomas, diplomas, prácticas sin remuneración, certificaciones, carnés de conducción. Sin embargo hemos sido traicionados.» Extracto del “Manifiesto por una Huelga General de trabajadores, estudiantes y consumidores” del 27 de Enero de 2011, el promotor dice ser una “Iniciativa espontánea popular”.
[19] Lenin, Un paso adelante dos pasos atrás, Madrid: Editorial Akal, 1975, pp. 125-126
© Bonjour Karl 2017

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