Source: http://elprofedefisica.naukas.com/pagina/34/
Timestamp: 2017-08-22 05:29:32+00:00

Document:
El profe de Física | El blog de Arturo Quirantes | Página 34
Arturo Quirantes 13 may 11 4 Comentarios
Hace muchos años, un italiano llamado Raffaele Bendandi predijo (por decirlo de algún modo) un terremoto en Roma para el día 11 de mayo de 2011. Por supuesto, se equivocó. Sin embargo, nuestros compatriotas de Lorca retiran los escombros y entierran a sus seres querios mientras hablo, víctimas de un terremoto que sucedió ese mismo día. Todavía no se han alzado voces relacionando fenómenos, pero no os extrañe que lo hagan. Ya sucedió cuando la superluna de Japón hace un par de meses.
¿Hay de cierto en ello?
Como escrito en Newtons salen cantidades muy pequeñas, permítanme que me invente una nueva unidad. ¿Recuerdan la película Atracción Fatal? Pues imaginemos la fuerza de atracción (gravitatoria, ojo) entre sus dos protagonistas, en el punto de máxima aproximación. Redondeando, sale del orden de una millonésima de Newton, cantidad que voy a denominar Dan. He aquí las fuerzas que se obtienen cuando nuestro pequeña placa de basalto es el objeto de deseo de los siguientes objetos:
Cuerpo                Fuerza (Danes)
Sol                   5.900
Luna (perigeo)           38,6
Júpiter                   0,32
Otra placa de basalto     0,3
Venus                     0,19
Saturno                   0,023
Marte                     0,007
Mercurio                  0,0026
Urano                     0,00078
Neptuno                   0,00036
Una mosca                 0,00003
Plutón                    0,000000025
Una mosca              1000
Un mosquito             100
Un glóbulo rojo           0,001
Una bacteria              0,00001
Así que, si le intentan marear con historias de alineamientos planetarios, no se deje timar. Números cantan. Incluso si todos los planetas estuviesen perfectamente alineados, sumando sus fuerzas de atracción gravitatoria, seguirían representando una cantidad ridículamente pequeña. Eso suponiendo que hubiese realineamientos planetarios de verdad … que esa es otra.
Uno de los problemas que en mi Departamento más nos tomamos en serio es el de la igualdad de género. El número de hombres sigue siendo mayor que el de mujeres, pero cada vez tenemos más chicas en los puestos inferiores: becarios, contratados Ramón y Cajal, etc. En los escalones más altos, la proporción es menor, lo que creo que se debe a una inercia histórica: hay menos catedráticas ahora porque hace algunos años había menos profesoras, y antes aún había menos becarias.
En general, creo que la cuestión de géneros es algo que vamos dejando atrás. La directora de mi departamento y la Secretaria de la Universidad son mujeres. Algunos añitos más, y nos importará tan poco el detalle del género que no le prestaremos la menor atención.
Me pregunto, pues, ¿por qué no sucede así en el cine?
Gracias a la escritora de ciencia Jennifer Ouellette, he descubierto una web donde me han introducido al Principio de la Pitufina. Es un concepto que introdujo Katha Pollit en un artículo en el New York Times allá por 1991. Básicamente, viene a describir una situación en la que una obra de ficción tiene una sola mujer entre un elenco casi en su totalidad masculino. En dicha obra, el protagonista y los demás elementos principales serán hombres. El nombre del principio viene, por supuesto, de los dibujos animados de Los Pitufos. Un grupo de pequeños seres azules viven en el bosque. Un día, aparece una chica pitufa. Al principio, nadie le hacía caso, pero unos pases mágicos de Papá Pitufo y, zas, se convierte en una atractiva pitufina de pelo rubio largo, pestañas seductoras, tacones altos y cara de pobrecita desvalida. Y ese es todo su cometido: hacer de pitufina Barbie.
El Principio de la Pitufina dicta que el papel del personaje femenino será, en el mejor de los casos, aislado y sin mayor relevancia; en el peor, una mera decoración y una especie de reposo del guerrero. El centro de su mundo tiene que ocupado por los hombres; bien hablando de ellos (las “conversaciones de chicas”), bien dejándose salvar por ellos, bien alabándolos por su valentía y arrojo. ¿Alguien recuerda qué hacía Olivia salvo dejarse secuestrar por Brutus y gritar “Popeye, sálvame”?
El hombre ha de ser la medida de todas las cosas. Esto cliché es, por desgracia, tan común, que nos habituamos a él y ni siquiera lo notamos. ¿Alguien recuerda cuántos caracteres femeninos había en Los Teleñecos? Solamente uno, Miss Piggy, y aun así su existencia solamente parecía centrarse en perseguir a su enamorado la rana Gustavo y a atizar trompazos cuando alguien le contradecía. Algo así como una sombra, que solamente existe cuando hay luz. Sin luz, no hay sombra. Sin machos, no hay mujer.
Un debate sobre el papel de la mujer en el cine sería muy interesante, pero podríamos pasarnos aquí meses y gastar anchos de banda monstruosos debatiendo el tema. Así que permítanme centrarme en la temática de este blog. ¿Hay pitufinas en la Física de Película? Entendamos aquí ese término para describir papeles de personajes femeninos, cuya existencia está solamente justificada en términos de sus compañeros masculinos, o cuyo sometimiento a un personaje masculino fuerte exceda ciertos límites. Me gustaría encontrar personajes de científicos en el cine, caracterizados por mujeres, y que vayan más allá del papel de sombra. Y, si es posible, que no tenga que pasarse la película recordándonos que son mujeres fuertes y de marcada personalidad (de algún modo, me hace recordar eso de “dime de qué presumes, y te diré de lo que careces”)
Se me ocurren algunos personajes, así a primera vista. Voy a centrarme en ciencias físicas, y que me perdonen biólogos, médicos, etc, pero no puedo abarcarlo todo. Vamos a comentarlos sin ningún orden en particular, y evaluaré su grado de “pitufinismo” aproximado en lo que respecta exclusivamente al personaje científico. Es decir, una película puede ser machista y políticamente incorrecta, o contar con pocas mujeres (no buscamos necesariamente la paridad), y a pesar de todo tener personajes científicos femeninos no pitufinos.
Hay algún que otro spoiler, quedáis avisados. Y ahora, sin más dilación, vamos con nuestras pitufinas (o no).
– Sigourney Weaver, en Avatar (Grado de pitufinismo: nulo). Si hay una pitufina por excelencia en el cine de ciencia-ficción … Sigourney Weaver se ha situado en el polo opuesto. Las películas de la serie Alien en las que aparece así lo demuestran. Es el personaje principal. Nunca es la jefa, no dirige un escuadrón de soldados y no siempre le hacen caso, pero es la líder clara. No tiene a ningún hombre al lado para justificar su existencia, ni falta que le hace. Al contrario, en la serie Alien aparecen hombres y mujeres casi por igual, repartiéndose los papeles en todos los niveles. De hecho, el jefe de los malos es … la reina Alien. Pero tampoco eso lo convierte en una saga feminista, ni siquiera femenina. Hay hombres y mujeres igual que hay blancos y negros, altos y bajos.
En Avatar, Sigourney Weaver interpreta un papel secundario pero fuerte. Es la científica de la expedición a Pandora, la que sabe lo que pasa en el planeta, la que pone de gilipollas para arriba a los machitos burócratas y a los machotes de gatillo fácil; y a la que le importa un pepino que el administrador sea un idiota chupatintas o una idiota chupatintas. Contrasta con el resto del elenco, casi exclusivamente masculino. Los científicos a su mando aceptan su autoridad de modo natural, sin comentarios del tipo “para ser una mujer, lo hace muy bien.” Sencillamente, lo hace muy bien, punto.
– Kate Reid, en La Amenaza de Andrómeda (Grado de pitufinismo: nulo). Basado en una historia de Michael Crichton, muestra los esfuerzos de un grupo de científicos, encerrados en un laboratorio de alta tecnología y luchando por controlar un virus extraterrestre. Uno de los personajes femeninos es la doctora Ruth Leavitt. Se trata de una persona poco atractiva físicamente, que no se queda embobada por ninguno de sus homólogos masculinos. Además de ello, es eficiente en su campo, cascarrabias, retraída y tiene que ocultar una epilepsia latente. No deja de ridiculizar al jefe, y no se corta un pelo en espetarle a cualquiera lo que piensa de él. En este punto, el espectador deja de olvidarse de que es una mujer, y tiende sencillamente a etiquetarla como el personaje huraño del grupo, del mismo modo que tenemos un líder, un simpático y un pensativo. Esta película muestra muy bien el modo de trabajo habitual de los científicos (salvo por lo del dispositivo nuclear de autodestrucción), y el detalle de que no muestre a científicas florero le da puntos extra. Y todo eso en un film de 1971. Bravo.
– Sharon Stone, en Esfera (Grado de pitufinismo: bajo): Érase una vez un objeto extraño sumergido bajo el mar. Para investigarlo, reclutan a un equipo de científicos: un psicólogo, un matemático, un astrofísico y un biólogo. Salvo que no es biólogo, sino bióloga: la doctora Elizabeth Halperin, interpetada por la bella Sharon Stone (quien, si es cierto lo que he leído, tiene un cociente intelectual de superdotada total). Cada uno de ellos, experto en su campo, tienen que lidiar con lo que parece ser una inteligencia extraterrestre.
En principio, parece que el personaje de Stone tiene cierto nivel de pitufina, pero sólo en apariencia. El guión incluye una especie de tensión sexual no resuelta entre ella y el psicólogo (Norman Goodman, interpretado por Dustin Hoffman), resultado de un anterior encuentro entre ellos. Se trata de un asunto entre profesor y alumna, pero no parece que tenga relación con las habilidades científicas de la bióloga. Ciertamente, se podría hablar de un papel subordinado de Stone, pero también se podría decir lo mismo del papel de Hoffman. Se trata más bien de un aspecto de las relaciones entre los protagonistas, como el “pique” entre el matemático y el astrofísico por ver quién es el más listo, o la tensión existente entre los científicos y el militar.
En general, creo que, desde el punto de vista científico, la actuación de la doctora Halperin no es mucho más diferente que el de los demás miembros de la expedición. Cada uno de ellos presenta sus hipótesis, plantea alternativas, muestra sus creencias. La científica tiene sus traumas, sus problemas personales, ¿y quién no? En general, me parece un personaje bastante creíble, sin llegar a la exageración.
– Kim Hunter, en El Planeta de los Simios (Grado de pitufinismo: bajo). ¿Quién no recuerda a la entrañable doctora Zira? Una simia capaz de arrancarle un beso al propio Charlton Heston es un personaje excepcional por derecho propio. Junto con su esposo, forma un matrimonio que se enfrenta al orden imperante, dando la cara para proteger al humano y buscando la dolorosa verdad en una expedición arqueológica. Posteriormente viajan al mundo humano, donde forman parte fundamental en el origen de los simios inteligentes. Aunque no tengo las pelis a mano, creo recordar que resultaba, digamos, poco dúctil. Incluso su propio marido tenía dificultades para convencerla de algo. Me recuerdan, salvando las distancias, al matrimonio Curie. Lástima que el resto de la asamblea de simios sea tan machistamente antipitufínico, pero tampoco Heston es un metrosexual que digamos.
– Anne Heche, en Volcano (Grado de pitufinismo: bajo). Tommy Lee Jones es Mike Roark, el machote que intenta salvar a la ciudad de Los Ángeles de un volcán, va de machito por la vida. Pero no tiene reparos en pedir ayuda cuando necesita un científico (ver el post ¡Llamen a un científico!). A su llamada responde la doctora Amy Barnes, vulcanóloga. Roark es algo ambivamente sobre la joven y rubia científica. Al principio acepta los consejos técnicos de sus expertas (la doctora Barnes tiene una ayudante, también chica) pero haciéndose el machito: les prohíbe bajar a las alcantarillas a buscar datos. Las propias chicas se burlan de él (a sus espaldas, claro) y escenifican un “momento pitufina:”
Ayudante: ¿Qué te ha dicho?
Barnes: “Oh, es peligroso, esto es un trabajo para hombres y vosotras sois unas niñitas”
Ayudante: Le gustas, se nota
Barnes: ¿Tú crees?
Por supuesto, al final ambas chicas se meten en las alcantarillas, descubren lo que sucede y van cobrando protagonismo. En un momento dado, Barnes imparte órdenes directamente a los bomberos, y acaba dándole instrucciones a Roach, quien la obedece a pies juntillas. Al final, el hombre de acción se reconoce deudor ante la científica:
Barnes: Bueno, yo habría evacuado a toda la zona Oeste … pero me habría equivocado
Roach: Con usted al mando, hubiéramos sabido esto 24 horas antes. Ha salvado muchas vidas
En general, Volcano tiene su buena dosis de pitufinismo, ya que la mayoría de los personajes son masculinos y mandones. Pero tanto la doctora Barnes como la doctora Calder (una cirujana que se pasa media película curando gente) actúan de modo autónomo. En ambos casos, los (¿las?) personajes comienzan en un estado de subordinación a sus contrapartes hombres, pero acaban saliendo de sus sombras y acaban como caracteres independientes, fuera de sombras masculinas. En mi opinión, este proceso es una evolución deliberada, y es uno de los elementos que hacen de Volcano una excelente película en muchos aspectos. Sí, lo sé, la Física es mala (por no hablar de la geología), pero la perfección cuesta. Casi lo prefiero a Dante´s Peak, donde el vulcanólogo es un guaperas resabidillo y la chica no hace más que seguirle ciegamente a la espera de una cita a solas, ¡y eso que es la alcaldesa!
– Nichelle Nichols, en Star Trek (Grado de pitufinismo: variable) La oficial de comunicaciones Uhura, de la Nave Estelar Enterprise, no es precisamente una científica (el señor Spock se pide ese papel), pero en una serie tan friki como esa (y en un blog tan friki como este), no podíamos dejarla al margen. En los años 60, su papel era toda un desafío al estatus quo, introduciendo a una mujer en el puente de mando, en un puesto de responsabilidad. Más aún, ¡era negra! Ahora lo llaman afroamericano, pero seguía siendo una revolución en su momento. Se cuenta que el propio Martin Luther King la animó a permanecer en la serie como modelo positivo para las chicas de color de su época.
En general, su papel es bastante subordinado al de los hombres, quienes se llevan todo el mérito. De hecho, aparte de ella, solamente salía una mujer más o menos destacada: la ayudante del doctor McCoy (en un papel tan subordinado que hace saltar la escala de pitufinismo). El resto de la tripulación parecía ser más o menos paritaria, pero las mujeres hacían poco más que pasear por los pasillos con minifaldas que dejaban muy poco a la imaginación.
En este panorama, la teniente Uhura cumplía bien su papel. Se trataba de un personaje subordinado al macho alfa Kirk (y al vulcaniano alfa Spock), cierto; pero no resultaba más subordinado que el de Chejov, Sulu o el ingeniero Scott. De hecho, me parecen más creíbles las escenas de Uhura abriendo canales de comunicación que el de Scott perorando sobre los cristales de dilitio o quejándose de que él es ingeniero, no mago. Uhura era discreta, eficiente y no salivaba cuando aparecía el hombre de sus sueños.
Teniendo en cuenta los valores imperantes en aquella época, Uhura era un personaje con pitufinismo bajo. Al hacer el “reseteo” de la serie de películas con la última Star Trek XI (2009), deberíamos esperar que Uhura y otras mujeres adquirieran papeles mejores, con facetas renovadas. Por desgracia, parece que la Uhura del siglo XXI es más pitufínica aún que la de medio siglo antes. Han intentado darle un aspecto de mujer dura, pero sigue siendo tan ignorada como antes, perdida en un mundo de hombres. Para eso, me quedo ahora y siempre con la Uhura tradicional.
– Elizabeth Sue, en El Hombre sin Sombra (Grado de pitufinismo: alto). Linda McKay es una científica que ayuda a Sebastian Cane (Kevin Bacon) a conseguir un suero de invisibilidad. Bacon es aquí el verdadero macho alfa. Controla el proyecto en todos sus aspectos, decide cuándo y cómo se dará publicidad a los resultados, y cuando consigue su objetivo no duda en hacer de todo por mantener el control. Más aún, aprovecha su invisibilidad para violar a su vecina, acosar sexualmente a Sue e incluso inducirle sueños eróticos. Al final, ella acaba con la vida de él, en un acto que parece la afirmación de una mujer fuerte pero que, en el fondo, no es más que una justificación de su propia existencia.
– Denise Richards, en El Mundo Nunca es Suficiente (Grado de pitufinismo: muy alto). Vale, estamos en una película de James Bond, y no podemos esperar gran cosa. En ese sentido, la doctora Christmas Jones no defrauda. La primera visión que tiene Bond de ella no puede ser más sugestiva: Jones se quita el traje antirradiación y muestra una figura femenina enbutida en un top ajustado y unos pantalones muy cortos. Se le acerca con pasos de modelo en pasarela y saca las uñas. A partir de ahí, sigue a Bond dondequiera que vaya sin apenas chistar, se autoinvita a cualquier tiroteo, se deja capturar por los malos, y en general cumple todos los tópicos de la chica florero.
En el aspecto meramente científico, se supone que es física nuclear o algo así, pero lo único científico que hace es llevar al cinto una PDA, que al parecer es la versión moderna de la calculadora en el bolsillo de la chaqueta. Conecta dos cables de un generador, sabe aflojar tornillos y pronunciar la palabra tritio. Y poco más.
Es que ni siquiera hay un poco de solidaridad de género. En un momento dado, Jones y Bond se suben a un cachivache para desactivar un arma nuclear. Se supone que Jones, la chica, es la experta en desactivar chismes de esos. Pues la jefa de bond (¡jefa!) lo sigue todo a distancia, y murmura: “si hay una oportunidad, por pequeña que sea, Bond lo conseguirá, es nuestro mejor hombre.” No me extraña que la pobre Christmas Jones esté siempre a la defensiva.
– Rachel Welch, en Un Viaje Alucinante (Grado de pitufinismo: muy alto). Basada en una novela homónima de Isaac Asimov, esta película narra la aventura de un grupo de personas que son introducidos en un submarino, reducidos de tamaño e inyectados en el cuerpo de un científico clave para la supervivencia del mundo libre, el estilo de vida occidental y todo eso. La espectacular y megacurvilínea Cora Peterson (Rachel Welch) da vida a la ayudante del doctor Duval, el cirujano que operará al científico desde el interior.
Creo que no hay que esforzarse mucho por mostrar lo obvio. La chica es, sencillamente, la ayudante subordinada al doctor, y suspira por su atención. El general al mando no la quiere porque “no hay puesto para una mujer en este servicio.” El guaperas intenta ligar con comentarios tan ingeniosos como “está hecha una perfecta ama de casa, ¿también cocina?” En un momento dado, toda la tripulación (masculina) la manosea a base de bien, con la excusa de que está cubierta de anticuerpos. Finalmente, se trata de Rachel Welch, belleza neumática de la época, que muestra escote más veces que Pamela Anderson. En defensa del Buen Doctor, hemos de decir que la novela algo menos machista.
– Kelly McGillis, en Top Gun (Grado de pitufismo: extremo). El medidor de pitufismo roza el límite de la escala. Es difícil encontrar una película más machista que Top Gun. La rubia de turno sirve como pitufina total al macho alfa: le ríe las gracias, le toma el pelo, cae rendida a sus brazos y no parece tener vida propia cuando Tom Cruise no se pasa por su casa. Lo más divertido es que, al presentarla como experta en táctica, el espectador se entera casi de pasada de que tiene ¡un doctorado en Astrofísica! Vale, y seguro que el portero de mi comunidad hace doblete los fines de semana como jugador de la NBA.
Y hagamos un pequeño descanso aquí. Otro día seguimos, que todavía tengo pitufinas en el tintero.
Arturo Quirantes 5 may 11 1 Comentario
Acabo de ver un increíble video del cielo de Canarias. Disfrutad de él, y un aplauso para Daniel López y Amazings:
http://amazings.es/2011/05/05/el-cielo-de-canarias/
Este humilde blog que tantos buenos ratos me está dando es una continuación natural de un Proyecto de Innovación Docente que, como profesor, coordino en la Universidad de Granada. Básicamente, se trata de coger pequeños fragmentos de películas y usarlos en clase como ayuda a la docencia. Este año creo que mis alumnos se lo han pasado en grande.
Ahora toca dar la cara en público. De aquí a un par de semanas, la Universidad de Granada celebra las IV Jornadas de Innovación Docente, donde los profesores molones chachipirulis innovadores presentaremos los resultados de un año de trabajo.
Si queréis verme en acción, ponerme verde, asediarme a preguntas o cualquiera de las anteriores, esta es la cita:
Lugar: Sala de Conferencias del Complejo Administrativo Triunfo (frente al Hospital Real), Granada
Fecha: Martes 17 de mayo de 2011, a las 8:45 horas. Y, si luego cae un buen desayuno sin diamantes, pues caerá.
Por cierto, que no soy el único profe de película en la Universidad de Granada. Entre las ponencias de las IV Jornadas, hay dos relacionadas con el cine:
– La historia moderna, Contemporánea y de América a través de la música, el cine y la imagen (de Inés Gómez González). Martes 17, 13:45 horas.
– La enseñanza de la toxicología a través del cine, la literatura y el arte (de Fernando Gil Hernández)
¡Ah! Para más información sobre mi Proyecto, ahí va una copia (pdf)
Si lo que cuenta la prensa en estos momentos es cierto, Osama bin Laden ha muerto. Un equipo de comandos ha entrado en su casa, equipados (imagino) con lo último en inteligencia electrónica, mientras alguien capta la escena desde un satélite. No habrá sido muy similar a lo que imaginan los cineastas. Durante los últimos años, cualquier película que se precie cuenta con imágenes por satélite que ayudan a tener controlado el campamento de los malos, facilitando así la tarea del inevitable equipo de asalto.
Una de esas películas, Estado de Sitio, me produce escalofríos cada vez que la veo por su carácter profético. Filmada en 1998, narra un escenario muy similar al de Septiembre de 2001. Un jeque, sospechosamente parecido a bin Laden, es secuestrado en las arenas del desierto. Como respuesta, un grupo terrorista tras otro desencadena atentados terroristas en Nueva York. El Gobierno de Estados Unidos, desbordado, no tiene mejor idea que poner al ejército al mando, y el general de aspecto duro y mirada implacable (Bruce Willis) se lanza a la captura del enemigo como un elefante en una cacharrería: torturas, espionaje, detenciones masivas, un Guantánamo improvisado en un estadio. El agente del FBI (Denzel Washington) intenta desesperadamente detener tanto a los terroristas como los desmanes del ejército. En una de las escenas cumbre, en una sala de interrogatorios, usa estas proféticas palabras:
“¿Y si ni siquiera quieren al jeque? ¿Se le ha ocurrido eso? ¿Y si lo que en realidad quieren es vernos hacinar a críos en estadios, tal como lo hacemos, y poner soldados en las calles, y que los americanos se miren con recelo; amañar la ley, reducir la Constitución en pedazitos? Porque si le torturamos, general, si hacemos eso, todo por lo que hemos sangrado, y peleado, y muerto, se habrá acabado. De hecho, ya han ganado”
Proféticas palabras, en efecto. Por desgracia, la realidad no es como en las películas: ni los malos son capturados en pocos días, ni el general malvado paga por sus acciones, ni aquí hay paz y después gloria.
Pero vamos a lo nuestro. Al comienzo de Estado de Sitio, aparecen las inevitables imágenes aéreas supuestamente captadas por un satélite. Pueden verse la carretera y el vehículo del jeque, aunque con poco detalle. En la película Enemigo Público, también de 1998, se ve con mucho mayor detalle a Gene Hackman, que es el bueno de la película. Aunque su figura es borrosa, pueden apreciarse la cabeza con sus entradas (abonos de temporada, que diría mi hermano), las orejas, la pistola que tiene en la mano. Posteriormente siguen su coche, y de nuevo la imagen se degrada, impidiendo obtener detalles claros.
¿Por qué sucede así? ¿Acaso en pleno siglo XXI, con satélites de última generación y lo último en realce digital, no pueden hacer nada mejor? Sorprendentemente, no, no pueden. Y no se trata de un problema técnico. En este punto, nos topamos con los límites de la naturaleza ondulatoria de la luz.
Desde tiempos de Newton, hay dos teorías para explicar la naturaleza de la luz. La corpuscular afirma que la luz son partículas, que se mueven por medios materiales como si fuesen pequeñas bolitas. La ondulatoria, por su parte, dice que la luz es una onda, y que tiene las características de ésta: interferencia, difracción, polarización. ¿Cuál de las dos teorías es la correcta? En realidad, ambas y ninguna. La luz puede manifestarse como onda o como partícula, según sea el experimento que estemos diseñando.
Normalmente, cuando diseñamos sistemas ópticos como lupas o telescopios, usamos la teoría corpuscular. Es clara, sencilla, y da buenos resultados. Pero para que funcione bien, hay que partir de un conjunto de hipótesis. Una de ellas es que la longitud de onda de la luz que usemos sea mucho menor que el tamaño de los obstáculos o rendijas que la luz se encuentre en su camino. De ese modo, las interferencias que produce al pasar por esas rendijas u obstáculos serán pequeñas, y la imagen no sufrirá apenas deformación. La luz tiene longitudes de onda en el entorno de la milésima de milímetro, así que en la mayoría de los casos todo va bien.
El problema lo tenemos cuando forzamos las cosas. Tomemos una imagen del típico satélite espía. La imagen parece muy nítida. Conforme vayamos aumentando el tamaño de la imagen, comenzaremos a tener problemas: nubes, capas de polvo, la propia atmósfera, irán degradando la imagen. Supongamos que no hubiese atmósfera (o que tengamos un buen software de corrección de imágenes). Incluso así, llegará un aumento por encima del cual no podremos ver más detalles. Si aumentamos más, solamente veremos borrones más gordos, como una imagen de periódico.
Eso se debe a que, a fin de cuentas, la luz es una onda, y produce fenómenos de difracción dentro de la abertura de la cámara o telescopio. La imagen de un objeto puntual es, en realidad, una sucesión de anillos claros y oscuros, algo así:
Eso afecta a la resolución, es decir, a la capacidad para distinguir detalles. Si hay dos objetos puntuales muy cercanos, observaremos algo así:
Esos dos objetos se encuentran en el límite de resolución. Un pelín más cerca, y la imagen se parecería demasiado a la de un solo objeto. Y ahí no nos sirve el Photoshop, ni todos esos truquitos informaticos de esos tramposos del CSI. Este límite está impuesto por el hecho de que la luz es una onda electromagnética. De hecho, es un problema común a cualquier tipo de onda electromagnética.
Eso nos deja la pregunta siguiente. Si no puedo obtener una resolución infinitamente buena, ¿hasta dónde podemos llegar? John Rayleigh propuso un criterio, ampliamente usado en la actualidad, según el cual, podremos suponer que dos imágenes han sido “resueltas” (separadas en dos) cuando el anillo brillante de una de ellas coincide con el anillo oscuro de la otra. O, dicho en términos gráficos:
A la izquierda, tenemos dos imágenes bien resueltas, es decir, se ve claramente que son dos puntos diferentes. A la derecha, una imagen individual, o bien dos imágenes tan cercanas que no pueden distinguirse. Y en el centro, dos imágenes que apenas comienzan a distinguirse como tales. Se encuentran cumpliendo el llamado criterio de Rayleigh. Es una regla nos dice que dos imágenes podrán ser distinguidas (separadas e identificadas como imágenes individuales) si se cumple esta condición:
sen(theta) = 1.22 L/D
donde theta es el ángulo que subtienden las imágenes (es decir, la separación angular vista por el observador), L es la longitud de onda y D es el diámetro de la abertura.
Como lo que queremos es detectar a los malos por satélite, podemos transformar levemente esa ecuación para hacerla más cómoda. Otra imagen para aclararnos:
Tenemos nuestro satélite (con una cámara de abertura D) observando desde una distancia R. El menor detalle x capaz de apreciarse viene dado por:
x = 1,22LR/D
De ese modo, para captar detalles (x) lo más pequeños posibles hemos de usar una longitud de onda L pequeña, acercarnos una distancia R todo lo posible, y usar una cámara con una abertura D lo más grande posible.
¿Hacemos números? Esa imagen es la entrada a la Faculta de Ciencias de mi Universidad, captada por Google (copyright, todos los derechos reservados, bla, bla, bla). La uso precisamente para explicar el criterio de Rayleigh a mis alumnos. No sabía (ni sé ahora) los parámetros del satélite, pero hice lo mismo que George Clooney: un “reasonable guess.” Un satélite a unos 100 km de distancia (no puede ser menos sin que la atmósfera frene tu órbita), con una cámara del orden de 1 metro de diámetro, y observando en el visible (longitud de onda de unos 600 nm) da una resolución de unos 7 cm. Es decir, no podemos distinguir detalles menores que esa cantidad. Bien, pues si ustedes toman esa imagen en Google Maps y la aumentan al máximo, podrán comprobar que la imagen se convierte en cuadritos (los píxeles). Hice cuentas, y cada píxel tenía una longitud de … 7,5 centímetros. ¡En toda la boca! Parafraseando al coronel Smith, me encanta que los números salgan bien.
Eso significa que la pistola que esgrimía Gene Hackman en Enemigo Público no podría apenas verse, ya que su grosor es menor que eso. Tampoco podríamos ver sus orejas. Y eso, les recuerdo, suponiendo condiciones atmosféricas perfectas. Si queremos leer el periódico desde el espacio, habrá que hacerlo mejor que eso.
El criterio de Rayleigh molesta no sólo a los espías de la NSA (sí, ya lo sé, en realidad son de otra agencia), sino a los astrofísicos. Uno de los motivos de construir telescopios de gran diámetro es el de poder recoger luz de fuentes muy débiles, pero el criterio de Rayleigh también juega un papel importante. Por lo general, a menor longitud de onda y mayor diámetro del aparato, mayor resolución.
Los radioastrónomos tenían en su contra lo de la longitud de onda. Las ondas de radio son millones de veces más largas que las de luz, así que el criterio de Rayleigh imponía una resolución horriblemente mala a los mapas radio. Lo primero que se les ocurrió fue, por supuesto, construir radiotelescopios grandes. ¿Recuerdan esa gigantesca antena que servía de refugio (y tumba) del malo en la película de 007 Goldeneye? Pues es el radiotelescopio de Arecibo, un plato con un diámetro de 300 metros.
Esto sigue siendo insuficiente para poder “ver” con de detalle el Universo en longitudes de onda de radio. Pero a alguien se le ocurrió un truco interesante. Si ponemos dos radiotelescopios a cierta distancia, y conseguimos combinar sus señales con precisión, la resolución será igual a la de un solo aparato con un diámetro igual a la distancia entre los dos radiotelescopios. Ahora D será igual a la distancia entre los dos instrumentos. Es lo que se denomina “línea base” (baseline). Y la podemos hacer muuuuy grande.
En la película Contact, podemos ver a la doctora Arroway frente a una cadena de radiotelescopios, el llamado VLA (Very Large Array) de Nuevo México. Es una cadena de 27 radiotelescopios, dispuestos en tres brazos con forma de Y. Cada brazo tiene hasta 21 kilómetros de longitud. Eso nos da una resolución 21.000/300 = setenta veces mejor que la de Arecibo. Por cierto, que el VLA sale también en la película 2010, Odisea Dos (no se la recomiendo, pero ustedes mismos).
Y después alguien pensó: ¿por qué conformarse con unos pocos kilómetros? ¿Y si pudiésemos combinar las señales de radiotelescopios separados por miles de kilómetros? Imagínenselo. Un plato en California y otro en España nos daría un instrumento de medida con una D de más de 10.000 kilómetros. Eso es un millón de veces el diámetro del mayor telescopio óptico. Sería grandioso, ¿no? ¡Pues funciona! Se trata de un concepto llamado Interferometría de Línea Base muy Larga (VLBI). Es un sistema con una resolución tan enorme, que incluso se usa para medir la separación entre las placas tectónicas. Y, como dicen los norteamericanos, “el cielo es el límite.” Un satélite japonés llamado HALCA contiene un radiotelescopio que se ha usado para VLBI. Su órbita es de hasta 21.000 kilómetros. Imaginen lo que podrían hacer con radiotelescopios orbitales situados a millones de kilómetros.
De repente, la radioastronomía puede escrutar el cielo con mayor resolución que sus primos los astrónomos “visibles.” Por supuesto, también ellos pueden usar la interferometría. El sistema de telescopios dobles Keck, en Mauna Kea, puede combinar las señales captadas por sus dos objetivos (espejos de 10 metros cada uno), creando una línea base de 85 metros.
A lo mejor es lo que hacen ahora los satélites espía. En lugar de un solo satélite, utilizarán dos para aumentar la línea base, y por tanto, la resolución. Sería un proyecto con una complejidad técnica formidable, pero con presupuestos sin fondos y los mejores técnicos, probablemente lo hayan hecho ya. Por si acaso, tenga cuidado, señor Hackman, y siga sin mirar hacia arriba.
Hace algún tiempo, escribí un artículo sobre los elementos químicos, en los que dejé a Tony Stark descubriendo elementos nuevos. Si hubiera sido algo menos vago, habría hablado sobre la tontería de creer que un solo hombre, trabajando en su casa, pudiera construir él solo un acelerador de partículas.
¡Tonto de mí! Resulta que construir un colisionador de hadrones es tan sencillo, que podemos incluso comprar las piezas en IKEA:
Voy corriendo al IKEA más próximo, a comprarles uno a mis hijos. Están deseando descubrir el Quirantio.
[Imagen original procedente de esta web]
Como todos bien sabemos, los catalanes son unos tacaños, los gallegos unos indecisos, los madrileños unos centralistas, y los andaluces unos salaos. Y con eso, y el españolito vestido de torero, podemos inaugurar la sección de topicazos. En las películas en las que salen científicos, y salvo excepciones, éstos aparecen haciendo y diciendo cosas que no suelen corresponder con el mundo real. Se trata de tópicos como el del policía devorador de donuts, el general con cara de perro, el hacker revientaclaves o el político besaniños.
1) No nos llamamos doctor unos a otros. Contrariamente a lo que pueda parecer, los científicos no van llamándose por el título. El motivo es que los científicos, o tienen el título de doctor, o están trabajando en ello, así que decir “doctor” o “profesor” en una reunión de científicos es como decir “agente” en una reunión de policías. Por lo general, nos llamamos por el nombre de pila, si hay confianza. En caso de duda, el tratamiento de usted resulta más educado, sobre todo cuando se trata de alguna personalidad científica reconocida. En algunos países son más protocolarios, y pueden mirarte con malos ojos si no llamas Herr Professor Doktor a quien lo merece, pero en general no somos tan estirados.

References: resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución