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Timestamp: 2019-09-18 12:16:41+00:00

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Resolución y calidad de imagen | www.pixel-depot.com
Samyang AF 18mm ƒ/2.8 FE
Nuevas ópticas Sony G para formato APS-C
Canon EOS 90D / EOS M6 Mark III
A los fabricantes de cámaras fotográficas siempre les ha interesado relacionar resolución y calidad de imagen y en vista de lo que piensan muchos aficionados parece que la repitición de una mentira se acaba convirtiendo en verdad. El concepto de “a mayor resolución, más calidad de imagen” ha sido y sigue siendo una poderosa arma de márqueting.
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Me siento un privilegiado por haber sido testigo de la transición de la fotografía de soporte químico a la fotografía digital. Pasar de la película al sensor supuso una revolución mayor que pasar del blanco y negro al color. La evolución de los haluros de plata al píxel se cobró la extinción de nombres míticos en la historia de la fotografía: Kodak y Agfa, en película; Contax, Yashica y Minolta, en cámaras de 35mm y Rolleï y Bronica, en cámaras de formato medio.
Incluso algunos de los supervivientes han quedado seriamente heridos y su presencia en el mercado es meramente testimonial, como Pentax y Ricoh –en cámaras compactas y SLR– y Mamiya, en formato medio y pese a que Sinar sigue asomando la nariz de vez en cuando, podría afirmar que su estado de hibernación es permanente.
La fotografía digital llegó con cámaras compactas muy básicas, como la Casio QV-10, que ofrecía una resolución máxima de… ¡320 x 240 píxeles! Por contra, su precio de casi 1.000 euros (más de 150.000 Ptas.) contrastaba con las prestaciones –mínimas– que ofrecía la primera cámara digital de consumo que incorporaba una pantalla LCD, de tan solo de 1,8″.
En dos años la resolución se incrementó hasta los 1,3 millones de píxeles y fabricantes como Agfa con su ePhoto 1280, Fujifilm con la MX700 y Olympus con las cámaras Camedia empezaron a ofrecer una calidad de imagen capaz de ofrecer copias en papel (sí, en esa época aún se hacían) con calidad fotográfica a un tamaño de 15 x 20cm.
El segmento profesional estaba en manos (¡cómo no!) de Canon y Nikon, que con modelos de apenas 2 millones píxeles se permitían precios superiores (equivalentes) a los 7.000 euros. Los respaldos digitales Phase One, Agfa y Sinar superaban ampliamente los 30.000 euros… y puedo asegurar que más de un profesional acabó trabajando con ellos, aunque tardasen casi un lustro en amortizarlos.
Y el píxel se estableció entre nosotros
Ofrecer cámaras con mayor resolución se volvió la obsesión de muchos fabricantes que primaron cantidad en lugar de calidad, especialmente en el segmento profesional. Si bien ya era posible conseguir copias en papel fotográfico a un tamaño 50 x 75cm. con apenas 5 millones de píxeles, la calidad fotográfica aún no era equiparable a la que se obtenía con una buena película de soporte químico. Las fotografías de este apartado se dispararon una una Sony DSC-F717 a ISO 100.
Las cámaras compactas de altas prestaciones (como la citada Sony DSC-F717) incorporaban ópticas de muy alta calidad de imagen y prestaciones y suponían una alternativa a las carísimas primeras réflex digitales. En el caso de la 717 de Sony, incorporaba un zoom Carl Zeiss de focal equivalente a un 38–190mm y luminosidad máxima de ƒ/2
Poco a poco, los fabricantes de cámaras compactas abandonaron el carrete de 35mm y apostaron por la tecnología digital. El sensor Super CCD de Fujifilm y las cámaras Canon IXUS y Olympus Stylus empezaron a formar parte del día a día digital. Por su parte, las cámaras réflex adoptaron el sensor de formato APS-C (el gran fracaso de la historia de la fotografía de soporte químico), con modelos tan recordados como las Canon 30D y Nikon D80.
La carrera de la resolución
La primera década de la fotografía digital resultaba incierta para todos los fabricantes. Mientras unos trataban de mantener su liderazgo en el mercado réflex, los fotógrafos profesionales veían con impotencia como las cámaras de segmento más alto superaban fácilmente el millón de pesetas (6.000€), un coste que no siempre podía amortizarse en el plazo en que el mercado se renovaba. Con el píxel, llegó a la fotografía la obsolescencia programada y el consumismo más duro.
Recuerdo cuando Canon y Nikon tardaban una década (sino más) entre modelos profesionales. De la Nikon F2 a la F3 pasaron más de 10 años y lo mismo sucedió con la F4. Canon siguió lo mismos pasos entre la “vieja” F-1 y la nueva versión F-1. Las cámaras profesionales de 35mm estaban hechas para durar y aún hoy es posible encontrar algunas en perfecto funcionamiento que reposan en los escaparates de tiendas de segunda mano, con tan solo las marcas que deja el tiempo en la piel.
De los primeros modelos réflex (ver las dos fotografías inferiores, realizadas con una Nikon D1) que ofrecían entre 2 y 3 Megapíxeles se saltó a los 6 millones de píxeles. Además, la calidad de imagen se incrementaba y la diferencia entre película y digital era cada vez menos evidente. Y llegaron los 12 Megapíxeles y con ellos la sensación que no hacía falta más resolución.
Modelos como la Nikon D3 (y su versión “económica”, D700) permitían por primera vez a los profesionales competir en calidad de imagen con la película de soporte químico. Junto al incremento de la resolución, había llegado la calidad de imagen y una respuesta mejorada a las sensibilidades más elevadas.
Las películas fotográficas de 35mm más utilizadas ofrecían sensibilidades comprendidas entre 100 y 400 ASA (el equivalente al ISO actual). Honrosas excepciones como el Kodachrome 25 o T-Max 3200 (de 25 y 3.200 ASA), completaban un universo comprendido en apenas 2 E.V, que es lo mismo que decir dos diafragmas o dos velocidades de obturación. A excepción de la fotografía deportiva y de espectáculos (donde forzábamos el Tri-X de 400 a 1.600 ASA), el mundo podía reflejarse con películas de 100 y 400 ASA.
Las primeras cámaras compactas digitales ofrecían una sensibilidad fija y poco a poco los usuarios de cámaras digitales (en especial, los profesionales) empezaron a exigir poder trabajar con sensibilidades cada vez más elevadas. Los valores ISO se convirtieron en un argumento de márqueting, que en realidad escondía la mayor pesadilla a la que se enfrentaron los fabricantes de cámaras fotográficas. Las fotografías superior e inferior se realizaron a ISO 800 con una Sony DCS-F717.
La respuesta al disparar por encima de 1.600 ISO de modelos que costaban más de 6.000€ era –en el mejor de los casos– decepcionante: la señal de ruido era muy elevada, se perdía la fidelidad cromática y el contraste y aparecían “artefactos” (píxeles de color alterado). Los fabricantes entonces decidieron estabilizar la resolución y desarrollar modelos que ofrecieran una mejor respuesta al trabajar con ISO altos, con modelos como la Canon EOS 1D Mark IV, el primer modelo que ofreció una elevada calidad de imagen al disparar por encima de 3.200 ISO.
La calidad de imagen al utilizar sensibilidades elevadas se ha convertido –junto a la resolución– en uno de los argumentos de venta y son la razón de existir de cámaras como la Sony A7S, un modelo que supera los 400.000 ISO. Sin llegar a extremos tan drásticos (y en mi opinión, sólo necesarios para un muy reducido grupo de usuarios), las cámaras suelen manejar un rango de sensibilidades comprendido entre 100 y 25.600 ISO (en el peor de los casos), llegando la mayoría de las ocasiones a 51.200 ISO.
Ningún fabricante ha alzado la voz para declarar que resolución y calidad de imagen son conceptos sin relación, porque uno de sus argumentos de venta es precísamente renovar sus modelos al añadir unas libras más de píxeles. Hoy en día, el destino de las fotografías realizadas por los aficionados suelen ser –con mucha fortuna– álbumes fotográficos o redes sociales como Facebook o Instagram. El resto, acaban olvidadas en lo más profundo de un disco duro.
Internet se ha convertido en el escaparate donde miramos las imágenes de productos, las obras míticas de los grandes maestros o simplemente las fotos de amigos y familiares. La mayor parte de las fotografías que se realizan en estudios profesionales acaba en páginas web, ya sea en forma de catálogo o ilustrando un artículo. La máxima resolución exigida para una imagen en internet ver con la mayor calidad posible es de apenas 4 millones de píxeles (resolución 4k) y –por ahora– basta con 2 Megapíxeles para cubrir el formato Full HD de los monitores 1920 x 1080.
Muy pocos usuarios necesitan en verdad más de 6 Megapíxeles para cubrir sus necesidades reales (remarco REALES), pues las fotos suelen acabar en redes sociales o visualizándose –incluso– en un smartphone o tablet. La fotografía de segmento aficionado –salvo contadas y muy honrosas excepciones– se ha convertido en una práctica efímera y con una fecha de caducidad muy cercana al momento del disparo.
Uno de los factores que suele determinar la calidad de imagen (sin importar el número de píxeles) es el formato del sensor. Pese a que en el mercado encontramos cámaras de formato completo (full frame) que ofrecen una excelente calidad de iamgen, las fotografías realizadas con cámaras de formato medio van un paso más allá y consiguen una calidad muy superior. Al trabajar con modelos como la Hasselblad H5D-50 nos damos cuenta que estas cámaras juegan en ligas mayores.
Además de ofrecer tamaños de archivo muy grandes y –por ello– una elevada capacidad de recorte, la calidad de imagen es la máxima que podemos conseguir en todo el panorama fotográfico. Eso sí, a un precio solo reservado para los bolsillos más afortunados.
Otro de los factores que deteminan la calidad de imagen es la óptica. El concepto réflex se popularizó en los años 60 de forma masiva y buena parte de los objetivos que utilizan los modelos más novedosos de Canon y Nikon tienen diseños de hace una o dos décadas. Los nuevos sensores necesitan objetivos con una muy elevada resolución lineal (que favorece el detalle o la “definición”) y alto contraste, de ahí que las ópticas desarrolladas para película de 35mm no alcancen las necesidades de los sensores de mayor resolución.
Éste es el motivo por el que algunas cámaras mirrorless ofrecen una calidad de imagen muy similar al que muestran las réflex de gama alta; todos los objetivos del sistema mirrorless están diseñados para sacar el máximo rendimiento del sensor. Éste es uno de los motivos por los que las cámaras mirrorless –como la nueva Fuji X-Pro2– ofrecen una calidad de imagen muy similar a la que podemos conseguir con réflex de gama alta.
Solemos asociar la máxima calidad de imagen con las cámaras réflex, pero –fuera del segmento profesional, que ronda los 6.000 ó 7.000€– las cosas no son tan evidentes. La proximidad del objetivo al sensor y el diseño de ópticas adecuadas a los sensores hacen que las cámaras mirrorless ofrezcan una calidad de imagen igual –sino superior– a los modelos SLR de gama alta. Incluso un modelo con sensor de formato APS-C como la Fujifilm X-Pro2 es capaz de medirse con cámaras réflex de formatro completo, como la Canon 6D o la Nikon D610.
Personalmente, he decidido que ni mi espalda ni mis clientes aprecian el peso y diferencia de calidad del sistema réflex, pues modelos como la Sony A7R II (una mirrorless de formato completo) son capaces de mostrar un nivel de detalle, contraste y fidelidad cromática superior a los modelos de gama Prosumer de Canon y Nikon.
Resolución y calidad de imagen son términos que deberían ir de la mano, pero no es así en el ámbito de las cámaras réflex. La poca oferta de ópticas diseñadas para los nuevos sensores castra las prestaciones de una elevada resolución, de ahí que los mejores modelos mirrorless sean capaces de plantar una lucha de igual a igual con cámaras muchos más grandes, pesadas y caras.
Por otra parte, las fotografías de los usuarios no profesionales suelen acabar en redes sociales o –máximo– álbumes de fotos, donde con apenas una resolución de 3 millones de píxeles se puede imprimir una doble página. En el supuesto más exigente, aquellos usuarios que hagan ampliaciones de sus fotografías con 6 Megapíxeles podrán realizar una copia en papel fotográfico a tamaño 50 x 75cm.
¿Necesitamos resoluciones de más de 2o millones de píxeles? La respuesta es un NO rotundo, pues incluso la mayoría de fotógrafos profesionales suelen destinar sus trabajos a web y tan solo aquellos que trabajan en revistas y precisan archivos para imprimir una doble página con “calidad arte” necesitarán resoluciones superiores a 24 Megapíxeles.
La carrera del píxel ha sido el argumento de venta que durante más de una década ha servido a los fabricantes (especialmente, del segmento réflex) para crear el impulso de compra de cámaras con resoluciones que en realidad no necesitamos. Prefiero imágenes con mayor riqueza en el detalle, mayor contraste y rango dinámico y una mejor respuesta en ISO medios y altos a millones de píxeles que al final solo sirven para agotar más rápido las tarjetas de memoria y los discos duros.

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