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El nuevo modelo de financiación autonómica. Análisis exclusivamente constitucional. Javier PÉREZ ROYO. Universidad de Sevilla - PDF
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Lourdes Álvarez Alvarado
1 El nuevo modelo de financiación autonómica. Análisis exclusivamente constitucional Javier PÉREZ ROYO Universidad de Sevilla Working Paper n.136 Barcelona 1997
2 PRIMERA PARTE DELIMITACIÓN CONSTITUCIONAL DEL PROBLEMA La reforma del sistema de financiación autonómica se ha instrumentado a través de la LO 3/1996, de 27 de diciembre, de modificación parcial de la LO 9/1980, de 22 de septiembre, de financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA), reforma completada con la Ley 14/1996, de 30 de diciembre, de cesión de tributos del Estado a las Comunidades Autónomas y de medidas fiscales complementarias, y traducida contablemente en la Ley 12/1996, de 30 de diciembre, de Presupuestos Generales para En la LOFCA, por tanto, es donde está el origen, jurídicamente hablando, de la reforma de la financiación autonómica y es, por ello, el núcleo esencial de la misma desde una perspectiva constitucional. En consecuencia, es en ella en la que habrá que centrar la argumentación. Los motivos que vician de inconstitucionalidad tanto la LO 3/ 1996 como la Leyes 12 y 14/96 son numerosos y variados y los iremos viendo escalonadamente a lo largo de la exposición de la Segunda Parte del presente Trabajo. Pero antes de entrar en el análisis detallado de cada uno de ellos, hemos de plantear dos cuestiones previas de carácter exclusivamente constitucional y de alcance general, que, incomprensiblemente, han estado ausentes del debate sobre la reforma de la financiación autonómica. La primera es la siguiente: cabe territorializar el Impuesto general sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) sin reformar previamente la Constitución? No me refiero a la atribución de capacidad normativa a las Comunidades Autónomas en este impuesto y en otros impuestos «cedidos», que es una cuestión que analizaremos más adelante, sino a la cesión parcial del IRPF a las Comunidades Autónomas sin más. Permite la Constitución tal como está redactada esa cesión? La segunda también tiene alcance general y exige, en consecuencia, una respuesta previa antes de entrar en el análisis de motivos de inconstitucionalidad específicos o puntuales. Es la siguiente: en 1997, con la Constitución española tal como está redactada desde 1978, pero en 1997, cabe introducir una reforma de la financiación de las Comunidades Autónomas a través de una ley del Estado, aunque tenga el carácter de Ley Orgánica y aunque esté prevista
3 expresamente en la Constitución, o tiene necesariamente que hacerse a través de la reforma de los Estatutos de Autonomía? Estamos en 1997 y no en Es constitucionalmente admisible proceder en materia de financiación autonómica en 1997 como se procedió en 1980? Son las mismas las exigencias constitucionales hoy que en el momento de la inicial puesta en marcha del Estado compuesto o Estado de las Autonomías? Es igual la posición del legislador del Estado antes que después del ejercicio del poder estatuyente en los términos previstos en la Constitución, es decir, a través de la colaboración entre las Comunidades Autónomas y el Estado? El hecho de que existan diecisiete Comunidades Autónomas desde hace más de un decenio es indiferente, constitucionalmente hablando, para el ejercicio de la competencia prevista en el artículo CE? La rigidez de los Estatutos de Autonomía, exigida por el artículo CE, no alcanza a la financiación autonómica? Estos son los interrogantes que el legislador del Estado tendría que haberse planteado antes de proceder como lo ha hecho. Si se los hubiera planteado y hubiera confrontado la forma en que iba a proceder con la decisión del constituyente respecto de la ordenación jurídica del Estado de las Autonomías, incluida la financiación, se habría dado cuenta de que no podía hacerlo. La definición constitucional de la estructura del Estado de las Autonomías, una vez aprobados los Estatutos de Autonomía, exige que cualquier reforma se haga bien a través de la reforma de la Constitución bien a través de la reforma de los Estatutos de Autonomía. No cabe reforma alguna, ni siquiera en materia de financiación, a través de la ley del Estado. Aunque la ley sea orgánica y aunque esté expresamente prevista en la Constitución. No hay nada en el artículo CE, ni en su tenor literal, ni en su interpretación sistemática o teleológica, ni en su proceso de génesis, que justifique la manera de proceder del legislador del Estado, cuya constitucionalidad estamos cuestionando. Quiere decirse, que, en nuestra opinión, la reforma de la financiación autonómica está viciada en su origen, porque ha sido instrumentada de una manera radicalmente incompatible con la definición constitucional de la estructura del Estado de las Autonomías, así como con el sistema de fuentes del derecho vigente desde Es lo que vamos intentar demostrar a continuación, empezando por donde hay que empezar, esto es, por la definición constitucional de dicha estructura.
4 LA ESTRUCTURA DEL ESTADO: PRINCIPIO DE UNIDAD Y DERECHO A LA AUTONOMÍA El constituyente español de 1978 ha definido la estructura del Estado de una manera singular, combinando, por una parte, el establecimiento de un principio con el reconocimiento, por otra, de un derecho. El principio, obviamente, es el de unidad. El derecho, no menos obviamente, es el de autonomía. Con ello el constituyente ha querido indicar de manera inequívoca que unidad y autonomía no tienen el mismo status en nuestra Constitución. La unidad es el principio político del Estado. La autonomía es el instrumento a través del cual el constituyente pretende que el principio se haga real y efectivo. El principio de unidad es, por tanto, simultáneamente presupuesto del reconocimiento del derecho a la autonomía y resultado del ejercicio efectivo de tal derecho por los titulares del mismo. Esta es la razón por la que la Constitución no pudo dejar cerrada la estructura del Estado (TOMÁS Y VALIENTE, RUBIO LLORENTE, CRUZ VILLALÓN), ya que ello sólo sería posible a partir del momento en que se hubiera ejercido realmente el derecho a la autonomía dentro de las posibilidades y límites fijados en la Constitución y se hubieran constituido los titulares del derecho a la autonomía en Comunidades Autónomas. El poder constituyente remitía al poder estatuyente para acabar definiendo la estructura del Estado. Hasta que el poder estatuyente no hubiera sido ejercido, no se podría saber cuál era la estructura del Estado. La Constitución, en consecuencia, no estaría completa, en lo que a la estructura del Estado se refería, hasta que no hubieran sido aprobados los diferentes Estatutos de Autonomía. Ahora bien, si la Constitución, como se acaba de decir, no cerraba la estructura del Estado, sí había algo que establecía con claridad: la unidad que se alcanzara como consecuencia del ejercicio del derecho a la autonomía tenía que ser coherente con la unidad de la que se había partido como presupuesto para el reconocimiento de dicho derecho. La unidad como presupuesto no pre-decidía la forma concreta del ejercicio del derecho a la autonomía. Pero sí la circunscribía dentro de unos límites que hacían imposible un resultado que estuviera en contradicción con el punto de partida. El constituyente estableció inequívocamente la vigencia de la regla lógica de la no-contradicción entre el principio de unidad como presupuesto del reconocimiento del derecho a la autonomía y como resultado del ejercicio del mismo.
5 Así fue aceptado pacíficamente en el debate constituyente. Así resulta de la redacción del texto constitucional. Así ha sido interpretado de manera concluyente por el Tribunal Constitucional. En el proceso constituyente, aunque hubo diferencias respecto de la articulación concreta que debería dársele al Estado, no hubo ninguna respecto a que el Estado de la Constitución de 1978 tenía que ser un Estado presidido por el principio de unidad y organizado jurídicamente de forma descentralizada, así como tampoco la hubo respecto del sentido del ejercicio del derecho a la autonomía como instrumento de renovación de la unidad política de España. Miquel Roca lo diría en unos términos compartidos por todos: «Desde mi perspectiva nacionalista no puedo dejar de constatar, no sin emoción, que hoy coincidimos todos en la voluntad de poner fin a un Estado centralista; coincidimos todos en alcanzar por la vía de la autonomía un nuevo sentido de la unidad política de España». Coherentemente con ese designio, la Constitución incluiría en el Título Preliminar una decisión política inequívoca, aunque su redacción testimoniara las dificultades que históricamente habíamos tenido para alcanzar un compromiso en este terreno. «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas» (art. 2 CE). Desde su primer pronunciamiento en la materia, en la STC 4/ 1981, el Tribunal Constitucional, con base en el artículo 2 CE, haría una interpretación entre el principio de unidad y el derecho a la autonomía que no deja lugar a dudas: «...en ningún caso el principio de autonomía (debería haber dicho el ejercicio del derecho a la autonomía) puede oponerse al de unidad, sino que es precisamente dentro de éste donde alcanza su verdadero sentido, como expresa el artículo 2 de la Constitución». Ahora bien, lo que la Constitución expresa acerca de las relaciones entre el principio de unidad y el derecho a la autonomía es un deber ser. El derecho a la autonomía debe ser ejercido de tal manera que no suponga menoscabo del principio de unidad. Pero ese deber ser tiene que ser canalizado jurídicamente y, sobre todo, tiene que ser garantizado en su resultado.
6 Y tiene que serlo, porque, si bien es verdad que entre el principio de unidad y el derecho a la autonomía puede no darse incompatibilidad, no lo es menos que también puede darse, ya que no existe identidad entre ambos. Al contrario. No sólo son diferentes, sino que apuntan en principio en direcciones distintas. En consecuencia, su compatibilidad no puede ser dada por supuesta como algo evidente, sino que tiene que ser explicada. Pues no toda concepción del principio de unidad es compatible con el ejercicio del derecho a la autonomía, de la misma manera que no todo ejercicio del derecho a la autonomía desemboca en el principio de unidad. Habrá que ver, por tanto, qué ejercicio del derecho a la autonomía es compatible con el principio de unidad, porque ese únicamente será el constitucionalmente legítimo. Y habrá que ver asimismo como ha instrumentado jurídicamente el constituyente esa compatibilidad, a fin de garantizar la coherencia del resultado final. Entre unidad y autonomía hay, pues, siempre una relación de tensión. Tensión que es radicalmente insuprimible y que no deja de operar en ningún momento. Dicha tensión es la que da vida a la estructura del Estado y la que la acaba dominando por completo. Precisamente por eso, no se la puede dejar nunca de lado y tiene que ser tomada en consideración a la hora de interpretar todos los preceptos constitucionales, como dejó dicho el Tribunal Constitucional en un pronunciamiento de importancia capital en la STC 35/82: «...al consagrar ésta (la Constitución) como fundamentos, de una parte, el principio de unidad indisoluble de la Nación española y, de la otra, el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran, determina implícitamente la forma compuesta del Estado en congruencia con la cual han de interpretarse todos los preceptos constitucionales». Ahora bien, la tensión por sí sola no basta para mantener la estructura del Estado. Hace falta algo más. Pues si es verdad que sin ella no hay vida en la estructura del Estado, no lo es menos que ella sola no puede conseguir que dicha estructura funcione de manera estable. De ahí la necesidad de que la tensión sea permanentemente reconciliada, esto es, simultáneamente afirmada y negada, de tal manera que el permanente ejercicio del derecho a la autonomía acabe en la reafirmación asimismo permanente del principio de unidad. En términos hegelianos se podría decir, que el constituyente ha querido que la unidad política del Estado se alcanzara no mediante la identidad abstracta, sino mediante la constante negación de la negación. Justamente por eso, porque el principio de unidad como presupuesto no es el mismo que el principio de unidad como resultado y porque el derecho a la
7 autonomía que se interpone entre ambos no permite por sí solo evitar que se pueda producir la contradicción entre uno y otro, es por lo que la Constitución tiene que completar la definición del derecho a la autonomía con otros principios que garanticen que esa contradicción no llegue a producirse. Dichos principios son los de igualdad y solidaridad. Los principios de igualdad y de solidaridad son los instrumentos de los que se sirve el constituyente para garantizar que el ejercicio del derecho a la autonomía no sea contradictorio con el principio de unidad. La igualdad y la solidaridad son los mediadores entre el principio del Estado y el instrumento a través del cual dicho principio debe hacerse real y efectivo. Dicho en otras palabras: la igualdad y la solidaridad son intercalados por el constituyente entre el principio de unidad y el derecho a la autonomía y son, por ello, elementos que entran en la propia definición constitucional del núcleo esencial de la estructura del Estado. En consecuencia, la igualdad y la solidaridad no pueden ser interpretados como límites externos para el ejercicio del derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones, sino que tienen que serlo como elementos que integran la definición constitucional del propio derecho a la autonomía. En este sentido es perfectamente transplantable a la definición del derecho a la autonomía la argumentación del Tribunal Constitucional en la STC 37/1987 sobre el derecho de propiedad. En esta sentencia el Tribunal Constitucional afirmaba que «la fijación del contenido esencial de la propiedad privada no puede hacerse desde la exclusiva consideración subjetiva del derecho o de los intereses individuales que a éste subyacen, sino que debe incluir igualmente la necesaria referencia a la función social, entendida no como mero límite externo a su definición o a su ejercicio, sino como parte integrante del derecho mismo. Utilidad individual y función social definen, por tanto, inescindiblemente el contenido del derecho de propiedad». Exactamente lo mismo o todavía más cabe decir del derecho a la autonomía. De la misma manera que la utilidad individual está inescindiblemente unida a su función social y que ambas conjuntamente definen constitucionalmente el derecho de propiedad, así también la manifestación de voluntad autonómica por las nacionalidades y regiones está inescindiblemente unida a los principios de igualdad y solidaridad, a través de los cuales se garantiza que el ejercicio del derecho acaba en la reafirmación de la unidad política del Estado.
8 La estructura del Estado español, constitucionalmente definida, descansa en el principio de unidad, presupuesto del reconocimiento abstracto del derecho a la autonomía y resultado del ejercicio concreto del mismo con base en los principios de igualdad y solidaridad. Sin igualdad y solidaridad el principio de unidad y el derecho a la autonomía no son reconciliables. De ahí que todo ejercicio del derecho a la autonomía que no sea coherente con los principios de igualdad y solidaridad tenga que ser reputado anticonstitucional. Qué límites se desprenden de dicha estructura del Estado constitucionalmente definida para el legislador estatal, en particular en lo que a la financiación de las Comunidades Autónomas se refiere? Para dar una respuesta adecuada a este interrogante hay que avanzar un poco más y transitar del terreno de los principios al de la traducción de los mismos en normas específicas, a través de las cuales se los hace operativos, esto es, se los convierte en ordenación jurídica concreta de la estructura del Estado. El constituyente español, en lo que a la estructura del Estado se refiere, no se limita a decir qué es lo que quiere, sino que decide también cómo conseguir el objetivo que se propone. De ahí que, junto al reconocimiento del derecho a la autonomía, en los términos que acabamos de ver, se ocupe también de las condiciones de ejercicio de dicho derecho, en los términos que vamos a ver. Si hasta ahora hemos visto el qué, ahora nos toca pasar a examinar el cómo. Entre ambos, como no podía ser de otra manera, la coherencia del constituyente es absoluta. Pero no adelantemos conclusiones y pasemos a ver las condiciones de ejercicio del derecho a la autonomía. Al final dispondremos de todos los elementos necesarios y suficientes para ver cuales son los límites a los que está sometido el legislador del Estado en materia autonómica en general y en lo que a la financiación se refiere en particular. CONCRECIÓN NORMATIVA DE LA DEFINICIÓN CONSTITUCIONAL DE LA ESTRUCTURA DEL ESTADO
9 El constituyente español ha procedido de dos maneras en la concreción normativa de los principios constitucionales definidores de la estructura del Estado. La Constitución establece, por un lado, un límite absoluto y previo al ejercicio del derecho a la autonomía. O si se prefiere decirlo de otra manera: reconoce en abstracto el derecho a la autonomía con un límite absoluto a su posible ejercicio. Hay un territorio en el que el ejercicio del derecho a la autonomía está excluido a priori. Esa decisión la adopta el constituyente español en el Título I, «De los derechos y deberes fundamentales». La Constitución establece, por otro, las condiciones de ejercicio del derecho a la autonomía, contemplando los cinco momentos indispensables para que dicho derecho pueda tener un contenido real y efectivo: iniciativa del proceso autonómico, elaboración y aprobación del Estatuto de Autonomía, organización política de la comunidad autónoma, delimitación de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas y financiación de las Comunidades Autónomas. Tales condiciones están reguladas en el Título VIII de la Constitución en unos términos parecidos para cada uno de estos momentos o fases del ejercicio del derecho a la autonomía, aunque también con diferencias en lo que a la financiación autonómica se refiere respecto a las demás. A continuación vamos a pasar al examen de cada una de estas dos maneras de proceder del constituyente, a fin de extraer las consecuencias pertinentes para el problema que tenemos que resolver. LOS DERECHOS Y DEBERES FUNDAMENTALES COMO ELEMENTOS DEFINITORIOS DE MANERA INMEDIATA Y DIRECTA DE LA UNIDAD POLÍTICA DEL ESTADO Y SUSTANCIALMENTE RESISTENTES, POR ELLO, A LA TERRITORIALIZACIÓN DEL PODER Desde fecha muy temprana, desde la STC 25/1981, el Tribunal Constitucional definiría la naturaleza de los derechos fundamentales en nuestro ordenamiento constitucional y haría suya la tesis del «doble carácter» de dichos derechos fundamentales, extrayendo de dicha tesis la conclusión de que no se ven ni pueden verse afectados, ni en su definición ni en su ejercicio, por la territorialización del Estado. En el Fto. Jco. 5 de la mencionada sentencia el Tribunal Constitucional afirma: «Ello resulta lógicamente del doble carácter que tienen los derechos
10 fundamentales. En primer lugar, los derechos fundamentales son derechos subjetivos, derechos de los individuos no sólo en cuanto derechos de los ciudadanos en sentido estricto, sino en cuanto garantizan un status jurídico o la libertad en un ámbito de existencia. Pero al propio tiempo, son elementos esenciales de un ordenamiento objetivo de la comunidad nacional, en cuanto ésta se configura como marco de una convivencia humana justa y pacífica, plasmada históricamente en el Estado de Derecho y, más tarde, en el Estado social de Derecho o el Estado social y democrático de Derecho, según la fórmula de nuestra Constitución (art. 1.1)». Y una vez sentada esta afirmación, el Tribunal Constitucional añade: «En el segundo aspecto, en cuanto elemento fundamental del ordenamiento objetivo, los derechos fundamentales dan sus contenidos básicos a dicho ordenamiento, en nuestro caso al del Estado social y democrático de Derecho, y atañen al conjunto estatal. En esta función, los derechos fundamentales no están afectados por la estructura federal, regional o autonómica del Estado. Puede decirse que los derechos fundamentales, por cuanto fundan un status jurídicoconstitucional unitario para todos los españoles y son decisivos en igual medida para la configuración del orden democrático en el Estado central y en las Comunidades Autónomas, son elemento unificador, tanto más cuanto que el cometido de asegurar esta unificación...compete al Estado. Los derechos fundamentales son así un patrimonio común de los ciudadanos individual y colectivamente, constitutivos del ordenamiento jurídico cuya vigencia a todos atañe por igual. Establecen por así decirlo una vinculación directa entre los individuos y el Estado y actúan como fundamento de la unidad política sin mediación alguna». La cita es larga pero vale la pena. Entre el principio de unidad política del Estado y los derechos y deberes fundamentales no caben intermediarios. El ejercicio del derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones no puede penetrar en este terreno, que está reservado de manera exclusiva y excluyente al Estado. Así lo especificaría expresamente la Constitución en el art ª: «El Estado tiene competencia exclusiva sobre...la regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales». Obviamente este precepto constitucional y la propia doctrina del Tribunal Constitucional de la que acabamos de dejar constancia, no pueden ser interpretados en el sentido de que les esté vedada a las Comunidades Autónomas cualquier actuación que incida de alguna manera en el terreno
11 delimitado por los derechos y deberes fundamentales, ya que eso conduciría a dichas Comunidades Autónomas a la inactividad más absoluta. Tanto desde el punto de vista material como desde el punto de vista de la eficacia territorial de sus normas, el Tribunal Constitucional, desde la STC 37/1981, reconoció la capacidad de las Comunidades Autónomas para actuar de una manera que pudiera incidir en el ejercicio de los derechos y deberes fundamentales. «El principio de igualdad de derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio nacional...no puede ser entendido en modo alguno como una rigurosa y monolítica uniformidad del ordenamiento de la que resulte que, en igualdad de circunstancias, en cualquier parte del territorio nacional se tienen los mismos derechos y obligaciones, ya que, en virtud de las competencias legislativas de las Comunidades Autónomas, nuestro ordenamiento tiene una estructura compuesta por obra de la cual puede ser distinta la posición jurídica de los ciudadanos en las distintas partes del territorio nacional, siempre que quede a salvo la igualdad de las condiciones básicas de ejercicio de los derechos o posiciones jurídicas fundamentales». Qué consecuencias se derivan de esta doctrina constitucional para el cumplimiento del deber fundamental establecido en el art. 31 CE? Para dar respuesta a este interrogante es oportuno reproducir los términos utilizados por el constituyente, que son los siguientes: «Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio». El deber constitucional fundamental está definido como un deber universal, cuyo cumplimiento tiene que individualizarse de acuerdo con la capacidad económica con base en los principios de igualdad y progresividad, ya que, como afirma el Tribunal Constitucional, «la igualdad que se reclama en el art. 31 CE va íntimamente enlazada al concepto de capacidad económica y al principio de progresividad» (SSTC 27/1981, 54/1993, 134/1996). Las figuras tributarias a través de las cuales se hace real y efectivo ese deber constitucional son variadas y es cierto que la Constitución no menciona ninguna en particular en el mencionado artículo 31, ni en ningún otro artículo de la Constitución. El IRPF no figura expresamente en la Constitución. En consecuencia, podría pensarse que en este terreno la libertad de configuración del legislador del Estado respecto de cualquiera de los posibles tributos es prácticamente total.
12 Y sin embargo, no es así. No todas las figuras tributarias ocupan la misma posición, tienen el mismo status, en lo que a la definición del deber fundamental se refiere. La posición jurídica fundamental de cada ciudadano en el cumplimiento del deber constitucional no se ve afectada por igual por los diferentes tributos. Y entre todos es claro que el IRPF ocupa una posición distinta de todos los demás. Se trata del único tributo del que son predicables de manera inmediata y directa todas las características que, según el art. 31 CE, definen el deber constitucional. Se trata, por tanto, del tributo que no agota el deber constitucional, pero que sí define la posición jurídica fundamental del ciudadano en el cumplimiento de dicho deber. Y en este sentido no hay posibilidad alguna de admitir su territorialización. Para que eso fuera posible, el constituyente tenía que haber previsto expresamente esa posibilidad en el texto constitucional. El constituyente tenía que haber excepcionado de manera explícita la normación general que estaba imponiendo respecto de los derechos y deberes fundamentales, para que la territorialización del IRPF fuera posible. Sin manifestación expresa de la voluntad del constituyente en ese sentido, no es posible interpretar la Constitución de esa manera. Con base en qué teoría general de los derechos y deberes fundamentales puede alcanzarse una solución de este tipo a partir de la redacción actual de la Constitución? Una comparación con el otro deber fundamental creo que puede ayudar a entender la decisión constitucional. Hay alguien en su sano juicio que considere que se podría admitir la competencia de las Comunidades Autónomas para decidir sobre el treinta por ciento del tiempo de la prestación del servicio militar o de la prestación social sustitutoria? En lo que a la definición de la posición jurídica fundamental del ciudadano en el cumplimiento del deber fundamental de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos se refiere, el IRPF es el instrumento decisivo. El IRPF no es un tributo más. Es el tributo a través del cual se define para cada ciudadano el núcleo esencial del deber constitucional. Justamente por eso, sin previsión expresa del constituyente, su territorialización no es posible. Lo que impide la territorialización del IRPF es su propia naturaleza y no su mayor o menor potencia reacaudatoria o su mayor o menor incidencia en la definición de la política económica general o en la unidad del mercado. No son las consecuencias, más o menos previsibles, de su territorialización las que hacen que dicha territorialización sea anticonstitucional. También, como tendremos
13 ocasión de ver en la Segunda Parte del Trabajo, pero no son lo decisivo. Son las premisas constitucionales desde las que se incorpora al ordenamiento, las que impiden una operación de este tipo. Por eso decíamos al iniciar este apartado de nuestra argumentación que se trata de un límite a priori y, en cuanto tal, absoluto para el ejercicio del derecho a la autonomía por las nacionalidades y regiones. Límite que, sin manifestación expresa de voluntad del constituyente, no puede ser sobrepasado por el legislador del Estado. Para territorializar el IRPF resulta absolutamente indispensable la reforma de la Constitución. LAS CONDICIONES DE EJERCICIO DEL DERECHO A LA AUTONOMÍA: SU INDISPONIBILIDAD PARA EL LEGISLADOR DEL ESTADO La Constitución regula los cinco momentos a través de los cuales se podrá hacer efectivo el ejercicio del derecho a la autonomía por los titulares del mismo, esto es, por las nacionalidades y regiones: iniciativa del proceso autonómico, elaboración y aprobación del estatuto de autonomía, determinación de la organización política de la Comunidad Autónoma, delimitación de las competencias entre el Estado y la Comunidad Autónoma y financiación de la Comunidad Autónoma. La forma en que la Constitución regula estos cinco momentos es tan singular como lo fue la manera de definir la estructura del Estado en el art. 2 CE. Aunque la Constitución reconoce la titularidad del derecho a la autonomía a las nacionalidades y regiones de manera exclusiva, impone, sin embargo, en su ejercicio, la colaboración de dichas nacionalidades y regiones con el Estado, de tal manera que dicho ejercicio no es resultado exclusivamente de la manifestación de voluntad de las nacionalidades y regiones, sino de la manifestación de voluntad conjunta de las nacionalidades y regiones y del Estado. La colaboración tiene una intensidad distinta según los diversos momentos o fases del ejercicio del derecho, pero se da en todos. El constituyente no permite que, en ningún momento, el derecho a la autonomía se ejerza independientemente de la voluntad del Estado. Es la forma que tiene el constituyente de garantizar la subordinación del instrumento, derecho a la autonomía, al principio, unidad política del Estado. Ahora bien, si la colaboración se da en todas las fases, en la financiación se produce en unos términos distintos. En las primeras cuatro fases la
14 colaboración se produce única y exclusivamente en el ejercicio del poder estatuyente y desde el punto de vista de la definición del marco jurídico de las relaciones entre el Estado y la Comunidad Autónoma dicha colaboración se agota en ese ejercicio. No hay actividad del Estado constitucionalmente relevante antes de la aprobación del Estatuto, ni puede haberla después. Las remisiones que se contemplan en la Constitución al legislador del Estado en el art. 144 o en el art. 150 de la Constitución no afectan al marco definidor del ejercicio del derecho a la autonomía por las nacionalidades y regiones y no se integran, por tanto, en el bloque de constitucionalidad. Se trata en ambos casos de cláusulas de cierre contempladas por el constituyente bien como cautelas para que el proceso de territorialización del Estado no quede incompleto, pudiendo el Estado sustituir la iniciativa de alguna provincia para convertirse en Comunidad Autónoma (art. 144 CE), bien como complemento puntual de la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas operada a través del Estatuto de Autonomía dentro de las posibilidades establecidas en la Constitución (art. 150 CE). La actuación del legislador del Estado prevista en el art. 144 CE es simplemente un acto «preparatorio» para el ejercicio del poder estatuyente. La actuación del legislador del Estado prevista en el art. 150 CE es simplemente un acto «complementario» del ejercicio del poder estatuyente, que presupone en todo caso la vigencia del marco constitucional-estatutario sin poder alterarlo. Una vez que las nacionalidades y regiones y el Estado han fijado de común acuerdo en el proceso estatuyente el marco en el que se va a mover el ejercicio del derecho a la autonomía, dicho marco es indisponible para el Estado. Sólo puede ser modificado a través de la renovación del acuerdo entre la Comunidad Autónoma correspondiente y el Estado. La necesidad de colaboración no puede desaparecer en ningún momento. La Constitución impone, pues, a las nacionalidades y regiones para constituirse en Comunidades Autónomas la colaboración del Estado. Sin colaboración del Estado no pueden ejercer el derecho a la autonomía. Pero una vez que el Estado ha prestado su colaboración en el proceso estatuyente, los términos en que la ha prestado son indisponibles para él. Si la Constitución limita a las nacionalidades y regiones en el ejercicio del poder estatuyente, imponiéndoles un control externo a través de la intervención del Estado, la Constitución limita también al Estado, una vez que el poder estatuyente ha sido ejercido, impidiéndole actuar unilateralmente sobre el resultado normativo de dicho poder estatuyente. A partir del momento en que el Estatuto de Autonomía ha sido aprobado, el marco jurídico del ejercicio del derecho a la autonomía por las Comunidades Autónomas y de sus relaciones con el Estado ha quedado fijado de manera indisponible unilateralmente tanto para las Comunidades
15 Autónomas como para el Estado. Ni el legislador de la Comunidad Autónoma ni el legislador del estado pueden alterarlo. Únicamente a través de la reforma del Estatuto podrá introducirse algún tipo de modificación (STC 76/1983). Y para la reforma hace falta de nuevo la colaboración entre las Comunidades Autónomas y el Estado. Así es como resuelve la Constitución las relaciones de colaboración entre los titulares del derecho a la autonomía y el Estado en cuanto portador del principio de unidad política en las cuatro primeras fases o momentos de ejercicio de tal derecho. Pero qué ocurre con la quinta, con la financiación? Procede el constituyente de manera idéntica o se aparta de la forma en que ha regulado las cuatro anteriores? La simple lectura de los artículos de la Constitución relativos a la financiación autonómica pone de manifiesto que el constituyente tenía conciencia de que la financiación era un momento «singular» en el ejercicio del derecho a la autonomía, que comportaba «peculiaridades», que lo diferenciaban de los otros momentos o fases. Dichos artículos comienzan en el 156 con una especie de reproducción parcial del artículo 2 de la Constitución en términos financieros y acaban en el 158 con una reafirmación, también en términos financieros, de los principios de igualdad y solidaridad. El constituyente reafirma expresamente los principios constitucionales definidores de la estructura del Estado en el primero y último de los artículos dedicados a la financiación autonómica, intercalando entre ambos el artículo en el que regula materialmente dicha financiación, el art. 157 CE. En ninguna de las otras fases de ejercicio del derecho a la autonomía el constituyente había procedido así. Si ahora lo hace, algún sentido tiene que tener. Volveremos sobre ello. Ahora hay que pasar a analizar el artículo 157 de la Constitución, para ver en qué términos ha quedado fijada la relación de colaboración de los titulares del derecho a la autonomía y el Estado en esta fase de ejercicio de dicho derecho. El artículo 157 tiene tres apartados. En el primero se enumeran «los recursos» de las Comunidades Autónomas. En el segundo se establecen los «límites» al ejercicio del poder tributario por las Comunidades Autónomas. En el tercero se hace una remisión al legislador del Estado en los términos siguientes: «Mediante ley orgánica podrá regularse el ejercicio de las competencias financieras enumeradas en el precedente apartado 1, las normas para resolver
16 los conflictos que pudieran surgir y las posibles formas de colaboración financiera entre las Comunidades Autónomas y el Estado». Se trata de la única ocasión dentro del Título VIII en la que el constituyente remite al legislador del Estado y no exclusivamente al poder estatuyente en el momento en que regula una de las fases o momentos de ordenación jurídica de la estructura del Estado. En el terreno de la financiación la Constitución no remite exclusivamente al Estatuto de Autonomía, como ha hecho en las demás fases del ejercicio del derecho a la autonomía, sino que remite tanto al Estatuto de Autonomía como a la ley orgánica del Estado. Quiere decirse que la actuación del legislador del artículo es constitucionalmente relevante para la definición de la colaboración del Estado con las Comunidades Autónomas en esta fase del ejercicio del derecho a la autonomía. Cómo se compatibiliza esta actuación con la colaboración prestada por el Estado en el ejercicio del poder estatuyente? Qué relación tiene la LOFCA con el Estatuto de Autonomía? Qué lugar ocupa cada una de estas normas en la definición de la financiación autonómica? La remisión al legislador del Estado del art CE debe ser entendida como una remisión posterior al ejercicio del poder estatuyente o anterior o tanto anterior como posterior? Y en el caso de que sea posible una intervención del legislador del Estado tanto antes como después de aprobados los Estatutos de Autonomía, es la misma la posición del legislador en el primer caso que en el segundo? La LOFCA anterior a los Estatutos de Autonomía puede ser la misma que la LOFCA posterior a dichos Estatutos? Cabe una intervención unilateral del Estado en la financiación autonómica después de la aprobación de los Estatutos de Autonomía? Que la intervención del legislador del Estado de manera unilateral con base en el art CE antes del ejercicio del poder estatuyente era no sólo posible sino conveniente y hasta imprescindible, ha sido admitido de manera reiterada por el Tribunal Constitucional: «Con el art CE, que prevé la posibilidad de que una Ley Orgánica regule las competencias financieras de las Comunidades Autónomas, no se pretendió sino habilitar una intervención unilateral del Estado en este ámbito competencial a fin de alcanzar un mínimo grado de homogeneidad en el sistema de financiación autonómico, orillando así la dificultad que habría supuesto que dicho sistema quedase al albur de lo que se decidiese en el procedimiento de elaboración de cada uno de los Estatutos de Autonomía. Su función no es, por tanto,...sino sencillamente permitir que una Ley Orgánica -la actual LOFCA- pudiese insertarse en el bloque de la constitucionalidad delimitador del concreto alcance de las competencias
17 autonómicas en materia financiera (por todas, SSTC 181/1988 Fto. Jco. 7; 183/1988 Fto. Jco. 3; 250/1988 Fto. Jco. 1 y 150/1990 Fto. Jco. 3)» (STC 68/1996 Fto. Jco. 9). En la inicial puesta en marcha del Estado de las Autonomías la intervención unilateral del legislador del Estado en la delimitación del bloque de la constitucionalidad era no sólo admisible sino indispensable en lo relativo a la financiación autonómica. En esto la financiación autonómica se diferencia de los otros cuatro momentos o fases del ejercicio del derecho a la autonomía. Pero es admisible hoy? Puede el legislador del Estado con base en el art continuar definiendo de manera unilateral el bloque de la constitucionalidad en materia de financiación autonómica? Continúa siendo diferente la posición del legislador de la LOFCA respecto del bloque de constitucionalidad que la del legislador del Estado respecto de las demás fases o momentos de ejercicio del derecho a la autonomía? Nada hay en la Constitución que justifique esta interpretación. El inciso primero del apartado 3 del art. 157 CE dice textualmente: «Mediante ley orgánica podrá regularse el ejercicio de las competencias financieras enumeradas en el precedente apartado 1...». Y en la Constitución española, en el Título VIII, el término competencia hace referencia a la asunción por una Comunidad Autónoma de la disponibilidad sobre una determinada materia a través de su Estatuto de Autonomía dentro del marco previsto en la Constitución. Competencias estatutariamente asumidas dentro de las materias constitucionalmente asumibles. Esta es la norma constitucional para la delimitación de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas. Y esta norma es aplicable también a la financiación autonómica. La Constitución no contiene «impuestos cedidos», aunque estos sean los términos que utiliza en el art a), sino «impuestos cedibles», esto es, susceptibles de ser cedidos. La LOFCA de 1980 no regulaba impuestos cedidos sino impuestos cedibles. Los impuestos cedibles sólo se convierten en impuestos cedidos, cuando así lo deciden los Estatutos de Autonomía. La LOFCA, de acuerdo con el tenor literal del art CE y de acuerdo con la «lógica» de la estructura del Estado constitucionalmente definida, no es una norma atributiva de competencias, sino reguladora del «ejercicio» de la competencias asumidas por las Comunidades Autónomas a través de los Estatutos de Autonomía dentro de los «recursos» previstos en la propia Constitución. Así lo reconoce expresamente la LOFCA, cuyo art dice textualmente respecto de la figura de los impuestos cedidos lo siguiente: «Se entenderá efectuada la cesión cuando haya tenido lugar en virtud
18 de precepto expreso del Estatuto correspondiente, sin perjuicio de que el alcance y condiciones de la misma se establezcan en una ley específica». Dicho con otras palabras: la LOFCA como decisión unilateral del Estado pudo insertarse en el bloque de constitucionalidad autonómico cuando el derecho a la autonomía no había sido ejercido por las nacionalidades y regiones en colaboración con el Estado. Hoy la LOFCA sólo puede ser una norma «reactiva», es decir, una norma que reacciona ante los cambios que introduzcan los Estatutos de Autonomía en la financiación autonómica a través del procedimiento de reforma en ellos previstos. Si se reforman los Estatutos de Autonomía y se revisa la financiación autonómica, entonces, pero únicamente entonces, podrá o tendrá incluso que intervenir el legislador del Estado para regular el «ejercicio» de las nuevas competencias financieras. Lo que no puede admitirse constitucionalmente es la reforma unilateral por el legislador del Estado del bloque de la constitucionalidad. Esta solución, además de incompatible con la propia dicción literal del art CE e incongruente con la regulación general del ejercicio del derecho a la autonomía, es inaceptable desde el punto de vista del principio democrático. La reforma de los Estatutos de Autonomía es el procedimiento a través del cual se garantiza el derecho de las minorías a participar en la definición del bloque de la constitucionalidad. Con el procedimiento que se ha seguido, se produce una modificación del bloque de la constitucionalidad, sin que las minorías en las Comunidades Autónomas hayan tenido ninguna posibilidad de intervenir, ya que en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, que es donde las Comunidades Autónomas han aprobado el «nuevo modelo de financiación autonómica», únicamente están presentes los Gobiernos de las Comunidades Autónomas. De aceptar esta manera de proceder, resultaría que el bloque de la constitucionalidad se puede modificar unilateralmente por el legislador del Estado previo acuerdo con los gobiernos de las Comunidades Autónomas (y no de todas) en un órgano, del que no sólo están excluidas las minorías, sino que discute además a puerta cerrada y cuyas decisiones no se publican siquiera en el BOE. Si la LOFCA forma parte del bloque de constitucionalidad, como dice el Tribunal Constitucional, esta forma de proceder es inadmisible. De forma unilateral pudo entrar en el bloque de constitucionalidad, porque el Estado de las Autonomías todavía no existía y porque su contribución era indispensable para que existiera. De forma unilateral no puede modificar el bloque de constitucionalidad una vez que el Estado de las Autonomías existe y funciona desde hace más de una década. El Estado de las Autonomías no es el mismo antes de su nacimiento que cuando ha llegado a ser adulto. Las exigencias
19 constitucionales, derivadas del principio democrático y de la propia definición constitucional de la estructura del Estado, son muy distintas en uno y otro momento Cómo se puede admitir en 1997 que cambie el bloque de la constitucionalidad sin reforma constitucional o estatutaria? Es verdad que, en materia de financiación autonómica, los Estatutos de Autonomía, todos en términos prácticamente copiados del Estatuto de Autonomía de Cataluña, han abierto la puerta a la reforma de la financiación autonómica sin necesidad de reformar el Estatuto de Autonomía. En efecto en la Disposición Adicional Sexta del Estatuto de Autonomía de Cataluña, tras enumerar en el apartado 1 los impuestos que se ceden a la Generalidad, se añade un apartado 2, que dice así: «El contenido de esta Disposición se podrá modificar mediante acuerdo del Gobierno de la Generalidad, que será tramitado por el Gobierno como proyecto de ley. A estos efectos, la modificación de la presente Disposición no se considerará modificación del Estatuto». (El precepto, en lo que aquí interesa, figura en términos idénticos en todos los demás Estatutos de Autonomía). La finalidad de esta disposición es clara. Al exigir la Constitución que las CC.AA. asuman sus competencias, del tipo que sean, y por tanto también las tributarias, a través de sus Estatutos de Autonomía y al imponer, consiguientemente, el art de la LOFCA la mención estatutaria como un requisito imprescindible para que se materializara la cesión del impuesto, es lógico, que, ante la previsible hipótesis de una alteración en el número de los impuestos cedidos a medida que se avanzara en la construcción del Estado de las Autonomías, se adoptase un mecanismo de «modificación» de estos preceptos mucho más simple que el previsto para la verdadera reforma del Estatuto de Autonomía. Así ha venido a reconocerlo el Tribunal Constitucional, que vincula la redacción de la Disposición Adicional Sexta del Estatuto de Autonomía de Cataluña a la finalidad de que «las Cortes Generales puedan disponer otras cesiones de tributos complementarias» (STC 181/1988, FJ 3). Ahora bien, una cosa es que se admita esta vía de reforma «impropia» para «cesiones complementarias» y otra muy distinta que se la utilice para establecer un «nuevo modelo de financiación autonómica», que exige nada menos que la modificación del bloque de la constitucionalidad. Dicho proceder sólo podría ser calificado de «fraude de Constitución». No nos encontramos ante un «complemento» de financiación, sino ante una reforma de la financiación autonómica. Y una reforma de la financiación autonómica es una reforma de la
20 estructura del Estado y, como tal, tiene que ser instrumentada a través de la reforma de la Constitución y la reforma de los Estatutos de Autonomía, según el alcance de la misma, o en todo caso, a través de la reforma de los Estatutos de Autonomía. La Ley Orgánica 3/1996, de 27 de diciembre, de modificación parcial de la Ley Orgánica 8/1980, de 22 de septiembre, de financiación de las Comunidades Autónomas, está, pues, viciada de inconstitucionalidad en su origen. Ha reformado la Constitución al posibilitar la territorialización parcial del IRPF sin seguir el procedimiento de reforma previsto en ésta y ha reformado las competencias financieras de las Comunidades Autónomas sin que se haya seguido el procedimiento de reforma previsto en los Estatutos de Autonomía. El legislador del Estado ha hecho lo que en ningún caso puede hacer. Toda la reforma de la financiación autonómica nace, en consecuencia, viciada de inconstitucionalidad. SEGUNDA PARTE En la Primera Parte del Trabajo hemos partido de la definición constitucional de la estructura del Estado de las Autonomías y hemos comprobado como la reforma de la financiación autonómica, al haber sido instrumentada de la forma en que lo ha sido, está viciada de inconstitucionalidad en su origen. El nuevo sistema de financiación autonómica es, por tanto, anticonstitucional en sus fundamentos. Pero lo es también en sus detalles, que es lo que vamos a ver en esta Segunda Parte, en la que vamos a proceder de manera inversa a como lo hemos hecho en la primera. Vamos a partir de los preceptos de la LO 3/1996 y de la leyes 12 y 14/1996, a través de los cuales se han introducido los cambios en el sistema de financiación autonómica, para acabar en la Constitución y comprobar si tales preceptos son compatibles o no con ella. La razón de que la reforma de la financiación autonómica sea anticonstitucional desde esta doble perspectiva no es distinta. Al contrario. Si la reforma es anticonstitucional tanto en sus fundamentos como en sus detalles es porque el legislador ha quebrado la «lógica» que presidió la construcción jurídica
21 del Estado de las Autonomías, lógica que le proporcionó y le continúa proporcionando coherencia a la estructura del mismo. En la Primera Parte lo hemos visto con mucha claridad. El constituyente español del 78 dio una respuesta a un problema de alcance general y no exclusivamente español, como es el de la compatibilidad del poder del Estado con el de los entes territoriales de ámbito inferior al Estado, pero le dió una respuesta «española», esto es, una respuesta específica a la forma singular en que el problema se presentaba en España a mediados de los setenta. La «lógica» del constituyente español del 78 era, como la lógica de todos los constituyentes que en el mundo han sido, una lógica «histórica», tributaria de la evolución de los distintos reinos medievales españoles en el tránsito de la Baja Edad Media a la Edad Moderna, así como de las respuestas que a la estructura del Estado se había pretendido dar en el siglo XVIII con la llegada de los Borbones y en los siglos XIX y XX con el Estado Constitucional en sus diferentes manifestaciones legítimas o en las diversas dictaduras ilegítimas. El constituyente llegó a la conclusión de que no existía en el derecho comparado una respuesta para la forma específica en que el problema se presentaba en España. Por eso tuvo que innovar. Pero no innovó de cualquier manera. Lo hizo de manera coherente, con una «lógica» jurídica. Distinta de la utilizada por otros países, pero no por ello menos lógica, menos coherente, que la de los demás. Dicha lógica se fundamentó y tomó como punto de partida un compromiso de naturaleza política, consistente en la integración armónica de las dos grandes alternativas que se habían enfrentado en la interpretación de la historia de España: aquella que considera que España es una Nación única y aquella que considera que España es una realidad plurinacional. España acabaría siendo definida constitucionalmente como una Nación integrada por nacionalidades y regiones. Dicho compromiso de naturaleza política tenía que encontrar una traducción constitucional en una estructura del Estado que pudiera ser operativa. Es lo que se consiguió en la forma en que hemos visto, a través del establecimiento del principio de unidad y el reconocimiento del derecho a la autonomía. A partir de ahí se diseñaron todos los elementos de la estructura del Estado de tal manera que se garantizara en todo momento tanto la unidad política del Estado como el ejercicio real y efectivo del derecho a la autonomía por las nacionalidades y regiones. Dicho resultado se consiguió imponiendo una

References: artículo 2
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 artículo 31
 artículo 2
 artículo 157
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