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Timestamp: 2018-01-19 07:18:33+00:00

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El general Eulalio Gutierrez, presidente de la Republica, Capitulo octavo del Tomo Quinto de Emiliano Zapata y el agrarismo en Mexico del General Gildardo Magaña. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
TOMO V - Capítulo VII - Triunfo del Plan de Ayala en la Convención
TOMO V - Capítulo IX - El señor Carranza abandona la capital
Colaboración del Profesor Carlos Pérez Guerrero
EL GENERAL EULALIO GUTIÉRREZ, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
La sesión del 30 de octubre estaba anunciada para las diez de la mañana; pero desde mucho antes la multitud pugnaba por entrar al teatro Morelos. La guardia tenía la consigna de impedir el acceso porque el presidente de la Convención había dispuesto que la junta fuera privada, esto es, ni pública ni secreta, pues además de los convencionales estarían presentes los corresponsales de la prensa nacional y extranjera. La incontenible ansiedad por escuchar los debates estalló en duras críticas contra el general Villarreal, de quien lo menos que se dijo fue que estaba meditando la actitud del señor Carranza, que lo afectaba.
Después de los acostumbrados preliminares dieron comienzo los trabajos en medio de gran desorden, pues todos los delegados hablaban a la vez. Muchos presentaron mociones infundadas y no pocos impacientes golpeaban el piso en señal de protesta por la tolerancia del presidente, al que parecía agradar aquel caos.
Se leyeron cinco dictámenes sobre otras tantas credenciales; se oyó la protesta del delegado David G. Berlanga por la orden dada en México suspendiendo el envío de petróleo crudo a Aguascalientes, como consecuencia de la actitud del señor Carranza; también se oyó la protesta del general Hay por haberse aprehendido en México al señor Francisco Díaz Lombardo, tan sólo por ser hermano de don Miguel, quien formaba parte de la División del Norte. Todavía más: se dió lectura al dictamen de la comisión de Hacienda, con motivo de los cincuenta mil pesos donados, proponiendo que se nombrara un tesorero. El dictamen volvió a la comisión para que presentara otro más en armonía con las circunstáncias. Impacientes, los señores convencionales exclamaban a cada momento: ¡Ya! ¡Basta! ¡Al grano, al grano!
Sensacional dictamen
A todo esto, el presidente procedía con una estudiada calma. Pausadamente dispuso que se leyera el dictamen de las comisiones de Guerra y Gobernación unidas, sobre la respuesta del señor Carranza. Integraban la comisión de Guerra los generales Alvaro Obregón, Eugenio Aguirre Benavides, Eulalio Gutiérrez y Felipe Angeles; la de Gobernación la formaban los generales Manuel Chao, Martín Espinosa, Guillermo García Aragón, Miguel M. Peralta y Raúl Madero.
Reinaba silencio sepulcral en el recinto cuando el secretario leyó:
1° Contéstese al C. Primer Jefe que esta Convención deplora el que no haya aceptado la invitación que se le hizo por medio de la comisión nombrada al efecto, pues esperaba mucho de su contingente personal en las arduas labores de pacificar el país y darle la forma adecuada de gobierno.
2° Como la nota aludida contiene una serie de preguntas respecto al sentir de esta Convención acerca de la necesidad de que se retire el ciudadano Venustiano Carranza, dígasele que aprecia en lo que vale su labor revolucionaria; pero que cree indispensable la aceptación de su retiro del poder para la organización formal del gobierno de la República sobre la base de la unidad revolucionaria.
3° En vista de que la renuncia del Poder Ejecutivo que en la referida nota hace el ciudadano Venustiano Carraaza no está redactada en términos susceptibles de ser discutidos y votados por esta asamblea, las comisiones unidas dictaminan que en este punto no debe tomarse en consideración el referido memorial debido a los términos en que está redactado.
4° Tomando en cuenta las mismas comisiones que es de urgente necesidad adoptar una resolución definitiva acerca de la separación del Poder Ejecutivo del C. Venustiano Carranza, y que al mismo tiempo deben tenerse presentes las ideas contenidas en el escrito cuyo estudio hemos hecho antes, en pro de la más pronta pacificación del país, someteremos a la inmediata resolución y aprobación de la asamblea las siguientes proposiciones, que están condensadas en la más adecuada forma para aprobar las solicitudes del Primer Jefe y las exjgencias de la pacificación:
Primera. Por convenir así a los intereses de la Revolución, cesan en sus funciones como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo, el C. Venustiano Carranza, y como Jefe de la División del Norte, el C. General Francisco Villa.
Segunda. Procédase a nombrar por esta Convención un Presidente Interino de la República.
Tercera. Dicho Presidente protestará ante la Convención cumplir y hacer cumplir el programa de gobierno que emane de ella, así como sus demás acuerdos, para realizar un período preconstitucional, y las reformas sociales y políticas que necesita el país.
Cuarta. Reconózcase el grado de General de División con antigüedad de la fecha del Plan de Guadalupe al ciudadano Venustiano Carranza.
Quinta. Dése un voto de gracias a los ciudadanos Carranza y Villa pdr su actitud patriótica y por los altos servicios que han prestado a la Revolución.
Sexta. Se suprimen las jefaturas de los Cuerpos de Ejército; y las de las Divisiones y sus jefes, el general Villa inclusive, pasarán a depender de la Secretaría de Guerra del Gobierno Interino emanado de la Convención.
Séptima. Con relación al general Zapata, dígase al Primer Jefe que este asunto se discutirá cuando hayan ingresado a la Convención los delegados del Ejército libertador y sometídose a su soberanía.
Aceptación clamorosa del dictamen
Una tempestad de aplausos siguió a la lectura del dictamen. Algunos delegados pidieron que se le diera nueva lectura, y al terminar hubo nuevos, ensordecedores y prolongados aplausos.
La presidencia ordenó que se pusiera al calce, e inmediatamente después de las firmas de los miembros de las comisiones dictaminadoras, la siguiente nota:
Este dictamen fue aprobado por unanimidad por las comisiones unidas en el día de la fecha.
Nota innecesaria, puesto que las firmas estaban diciendo que el dictamen había sido aprobado. Pero hasta esa minuciosidad convenía al presidente de la asamblea, empeñado como estaba en ganar tiempo al diferir la resolución del asunto. De no haberse interpuesto sus personales intereses es seguro que hubiera sometido a votación el dictamen, que se habría aprobado inmediatamente por aclamación, a juzgar por los aplausos prodigados ...
La secretaría anunció que el dictamen estaba a discusión en lo general. Los delegados no dieron muestras de objetarlo; pero pidieron copias, y al accederse a que se les proporcionaran, quedó prácticamente de primera lectura el dictamen, sobre el que se hicieron algunas proposiciones, y se pasó a discutir asuntos de poca importancia.
Fuera del recinto de la Convención los delegados se mostraban un tanto pesimistas, pues los representantes de los generales más adictos al señor Carranza estaban recibiendo telegramas en que se les apremiaba a presentarse a sus poderdantes, lo que hacía comprender que se estaban tomando dispositivos en contra del segundo acuerdo de separar del Poder Ejecutivo al señor Carranza.
Los elementos de la División del Norte apretaron sus filas y trataron de establecer mejores vínculos con la delegación suriana, la que a su vez, veía aproximarse por momentos la realización del augurio hecho por el licenciado Díaz Soto y Gama, de que no valdrían las firmas puestas en la bandera de la Convención.
El general Villarreal estaba ocupadísimo en trabajos de su candidatura, pues la de don Eduardo Hay se hallaba en menguante y la del general Blanco no había pasado de la fase inicial.
Tempestuosa sesión vespertina
El público, más numeroso que en la mañana, esperaba impaciente que se le permitiera la entrada; pero la guardia tenía órdenes de franquearla sólo a quienes llevaran permiso por escrito. A las cuatro en punto de la tarde comenzó la tormentosa sesión, que era la suma de la inquietud de los convencionales.
Difícilmente se oyó la lectura de una solicitud presentada por el delegado Salvador Cervantes para retirarse de la asamblea, pues su representado, el general Francisco Murguía, lo llamaba con urgencia. Era el primer caso, por lo que se turnó la solicitud a la comisión dictaminadora. Siguió la lectura de varios telegramas: uno del general Benjamín G. Hill, acusando al gobernador Maytorena de haber hecho pasar la frontera a setecientos federales armados para aumentar sus fuerzas; otro, del general Francisco Coss, acusando a los zapatistas de hostilizar a sus tropas y de cometer depredaciones; otro más del general Pablo González, enviado de Querétaro, en el que dijo que la actitud de los mismos zapatistas lo obligaron a dar órdenes a sus fuerzas para que los batieran. En la asamblea se comentó que los telegramas podían tomarse como anticipadas explicaciones de la actitud que asumirían los firmantes.
Siguió un largo y enojoso altercado, más que discusión, porque don Antonio Díaz Soto y Gama comentó los telegramas y dijo que, por desgracia, ponían de manifiesto que la guerra continuaba y que el país seguía incendiándose. Como culpó de ello al señor Carranza, sus partidarios arremetieron contra el orador, llenándolo de injurias y hasta remedando su voz y sus ademanes. Uno de los impugnadores dijo que debía tomar ejemplo de los delegados de la División del Norte, quienes trataban siempre al Primer Jefe con todo respeto y comedimiento, sin hacerle imputaciones. El licenciado repuso:
- ¡No faltaba más! Se discute a Juárez, a Hidalgo y hasta a Morelos, y no íbamos a discutir a Carranza. ¿Por qué?
Después de muchos esfuerzos del presidente para tranquilizar a los delegados, preguntó si deseaban que se pusiera a discusión el dictamen leído en la mañana. El general José Isabel Robles opinó que debía discutirse, pues era necesario saber si los señores Carranza y Villa acataban los acuerdos y respetaban la soberanía de la Convención. La asamblea estuvo conforme con este criterio y el dictameh se puso a discusión en lo general.
Se discute el dictamen
En pro y en contra hablaron varios delegados. Hernández García dijo, en apoyo del dictamen, que los intereses del país y de la Revolución estaban por encima de los personales del general Villa y del señor Carranza. David G. Berlanga objetó varios párrafos y propuso que el Presidente que se nombrara fuese miembro de la asamblea, porque sólo así estaría impregnado de las ideas de la Revolución. Castillo Tapia adujo en pro desaciertos militares y políticos del señor Carranza; pero lo comparó con Garibaldi, quien después de sus triunfos se retiró a llorar la ingratitud de su pueblo. Para finalizar, dijo que el señor Carranza estaba siendo causa de la desunión de los revolucionarios.
El delegado Ríos Zertuche opinó que debía aceptarse el retiro del señor Carranza a condición de que las partes contendientes se comprometieran desde luego a cesar las hostilidades, pues de otro modo todo sería inútil. En mi concepto -dijo el doctor Siurob-, el dictamen está inspirado en un espíritu de justicia. El doctor Gutiérrez de Lara, quien cerró la lista de los oradores, hizo observaciones a la forma del dictamen; pero no atacó su fondo.
Se declaró agotado el debate y se puso el dictamen a votación nominal, debido a su trascendencia. Mientras la secretaría pasaba lista e iba anotando el voto de cada señor delegado, muchos abandonaron el salón; pero no desintegraron el quorum, pues la misma secretaría dió a conocer el resultado: ciento doce votos por la afirmativa y veintiún votos por la negativa. Se hizo la declaración de que el dictamen quedaba aprobado en lo general. Eran las nueve y quince minutos de la noche.
Telegramas del señor Carranza
Después de la sesión se formaron grupos en los alojamientos de diversos delegados para comentar los sucesos, así como el texto de dos telegramas que muchos convencionales ya tenían en su poder. He aquí lo que decía el primero de esos telegramas:
A los cc. Generales y Gobernadores de la Convención.
Por los informes publicados en la prensa he visto el dictamen rendido por la comisión encargada de estudiar mi nota de fecha 23 del actual, dirigida a esa junta. Por el mismo conducto me he enterado del sesgo de las discusiones verificadas con motivo de ella.
He de agradecer a los jefes militares que integran esa junta, se sirvan fijar su atención detenidamente en los términos de mi referida nota, con el fin de que no se interprete en un sentido distinto del que verdaderamente tiene.
El propósito de mi nota, como claramente se expresa en ella, fue dar a conocer a esa junta las condiciones previas bajo las cuales estaría yo dispuesto a presentar mi renuncia, que aun no he formulado.
Dicha renuncia la presentaré al tener conocimiento de que esa Convención ha resuelto ya la forma de gobierno provisional que garantice la realización de las reformas revolucionarias; de que el general Villa ha dejado ya el mando de la División del Norte, en los términos expresados en mi nota, y en tal forma que se asegure la efectividad de ese retiro, y de que esa junta haya obtenido del general Zapata el cumplimiento de las condiciones que a éste se refieren.
Siendo este asunto de suma importancia, cualquiera precipitación en resolverlo podría dar por resultado que la Convención tomara determinaciones respecto a mí sin haberse asegurado de que están debidamente llenadas las condiciones que he puesto para presentar mi renuncia.
Suplico, por lo tanto, a ustedes, se sirvan darme aviso oportuno de haber obtenido de los generales Villa y Zapata su aceptación en los términos de mi nota, y de haberse discutido y aprobado la forma de gobierno, para presentar entonces mi renuncia.
El segundo telegrama dirigido a los mismos convencionales dice:
Por el inciso segundo del dictamen de la Comisión Mixta de Gobernación y Guerra veo que no se estima necesario resolver las preguntas que he hecho con el fin de conocer las verdaderas causas para que se desee mi retirada de los cargos que actualmente desempeño. Aunque para los miembros de la Convención sería más fácil no resolver estas cuestiones, sino dar por supuesto y como indiscutible que es necesaria mi retirada, por lo que a mí se refiere, y como una constancia histórica de cómo se estime por la nación mi labor pasada y cuáles son las exigencias políticas del país que, en concepto de la Convención, yo no puedo llenar, considero altamente necesario que se haga una declaración a ese respecto, para que la historia pueda juzgarme debidamente.
Termino reiterando a ustedes mi buena voluntad para contribuir a resolver las dificultades políticas por que átraviesa el país y ratifico mi promesa formal de retirarme inmediatamente que se encuentre asegurado ante esa junta el cumplimiento de las condiciones que he puesto para ello.
En los comentarios que se hicieron hasta muy entrada la noche se aceptaba, generalmente, que los telegramas eran dos impactos para producir estupefacción y detener cualquier acto que afectara al firmante.
Analizando las condiciones por éste impuestas, se veía que eran difíciles de llenar, pues en lo tocante al general Zapata no había que pensar mucho en su respuesta y actitud, que, secundadas por la División del Norte, crearían un estado de cosas peor que el existente al trasladarse la Convención a Aguascalientes. Se decía: tendrá el Primer Jefe motivos muy personales para querer que el general Zapata deje la jefatura de sus tropas; pero la Convención no puede hacer suyos esos motivos.
¿Cómo pedirle su separación cuando acaba de concedérsele razón en sus demandas sociales y en su perseverante actitud? No valdría decirle que así lo exige el señor Carranza, porque, ¿de dónde le resulta al general Zapata la obligación de satisfacer un deseo o de acatar una exigencia del Primer Jefe?
El sur señala como uno de los grandes desaciertos de este señor, no haber concedido atención alguna a los problemas sociales, y resulta curioso que el señor Carranza no tome en cuenta al general Zapata como revolucionario ni le importen sus principios; pero que pida a la Convención que lo elimine ...
Otra condición que se comentaba era la de que previamente a la presentación de la renuncia debía estar aprobada la forma de gobierno que garantizara las reformas revolucionarias, lo que en realidad se quiere es ganar tiempo -decían quienes comentaban-, pues el estudio de las reformas no es cuestión de un día. Además, debe entenderse que se refiere al modo de implantarlas, pues hace tiempo que México adoptó la forma republicana, y la Convención, aun habiéndose declarado soberana, no puede cambiar la forma de gobierno.
Hemos hablado de los convencionales que veían los sucesos con interés y sin apasionamiento; pero los telegramas electrizaron hasta la belicosidad el caldeado ambiente de la Convención.
Un grupo compacto
Algunos comisionados de los guías recorrieron los alojamientos de los delegados trasmitiéndoles la cita para una junta secreta a la mañana siguiente. Por su parte, el general Villarreal citó a sesión de la asamblea a las cuatro de la tarde. La causa por la que no habría sesión en la mañana se comprende fácilmente: estaba ocupadísimo en los preparativos de su elección.
El ambiente que se advertía en las primeras horas de la mañana del 31 continuaba siendo el de la víspera; pero poco después de las nueve comenzaron a reunirse los delegados carrancistas. Sus determinaciones no tardaron en filtrarse, a pesar de las recomendaciones de guardar mucha reserva. Primeramente se supo que se había formado un grupo disciplinado y compacto; luego, se tuvo conocimiento del compromiso de votar por la separación del señor Carranza.
Los delegados de la División del Norte estaban satisfechos; pero no así los representantes surianos, pues supusieron que la actitud de la mayoría encerraba necesariamente un ardid. La suposición se comprobó hacia el mediodía. Efectivamente: iba a votarse por la separación del señor Carranza, aun cuando no por unanimidad, pues no se pudo convencer a todos. Se nombraría Presidente interino al general Antonio I. Villarreal; pero con el compromiso de apoyar al señor Carranza cuando apareciera la convocatoria para las elecciones constitucionales.
Se expusieron dudas de si el general Villarreal haría cambios de funcionarios, altos empleados federales y gobernadores; pero los delegados Santos, Mariel y Osuna, quienes ya habían tratado este asunto con amplitud, aseguraron que el futuro Presidente interino pensaba respetar lo hecho por el señor Carranza y seguir sus indicaciones, pues debía tener toda influencia en el nuevo gobierno.
Un grupo de delegados de la División del Norte preguntó por sorpresa al teniente coronel Filiberto Sánchez, representante del general Jesús Agustín Castro, si en verdad estaban conformes los delegados carrancistas con la separación del Primer Jefé.
- Sí -contestó el interrogado-; lo hacemos por patriotismo y para evitar el derramamiento de sangre.
- Pero vamos a oponernos a la separación -se le dijo capciosamente-; haremos que Carranza continúe, que su gobierno sea brevísimo y que convoque a elecciones para eliminarlo definitivamente.
- Nosotros -contestó el delegado Sánchez- tenemos mayoría de votos y ustedes tienen que aceptar lo que hagamos, pues sus firmas están en la bandera.
Ya se sabía más de lo deseado. Por otra parte, ya comenzaba a verse la maniobra denunciada por el licenciado Díaz Soto y Gama.
A las cuatro de la tarde dió comienzo la sesión. El recinto estaba lleno hasta los pasillos porque no se impidió el acceso al público. La presidencia puso a discusión en lo particular el dictamen aprobado la víspera en lo general.
La secretaría leyó:
Contéstese al Primer Jefe que esta Convención deplora el que no haya aceptado la invitación ...
No había qué discutir; pero hablaron los delegados Gallegos, González Garza, Gutiérrez de Lara y Raúl Madero; éste, como miembro de las comisiones dictaminadoras, para hacer las necesarias aclaraciones. El punto fue aprobado por mayoría de votos.
Se puso a discusión el segundo punto del dictamen, que propone decir al Primer Jefe que la Convención estima en lo que vale su labor revolucionaria, pero cree indispensable su eliminación para que pueda organizarse el gobierno formal sobre la base de la unidad revolucionaria.
El general Obregón apoyó el punto y pidió su aprobación para lograr la paz; pero dijo que ni el Ejército Libertador ni la División del Norte sofocarían cualquier movimiento rebelde, sino todos los que hicieron la Revolución, que no era obra exclusiva de esa División ni de ese Ejército. Siguió diciendo que cuando el licenciado Díaz Soto y Gama criticó la respuesta del señor Carranza debió haber hecho lo mismo con el manifiesto del general Villa, que parecía estar redactado por un fraile.
Terminó de esta manera:
No es el señor Carranza el que ha hecho crecer el descontento, ni es el que ha dado motivo para que surjan dificultades; es la reacción que se agrupa en torno del general Villa.
Don Eduardo Hay hizo un cálido elogio de las prendas personales del señor Carranza. Dijo luego que por afecto, respeto, gratitud y veneración que le tenía deseaba que se apartara del peligro, pues estaba llamado a fracasar por hallarse rodeado de incondicionales inconscientes.
García Vigil opinó que se desechara el punto, por absurdo. Debía contestarse explícitamente al señor Carranza, pues la respuesta de la Convención no era una epístola, sino un documento histórico que debía tener características de categórico, firme y concreto.
Un sesgo a la discusión
En aquellos momentos llegaron a manos del presidente de la asamblea los telegramas del señor Carranza, que ya conocemos. Se leyeron dos veces, con lo que se provocó un acalorado debate. Las comisiones pidieron permiso para retirar el dictamen, que poco después presentaron con reformas al punto que se estaba discutiendo. Decían así:
Con referencia a las preguntas que el ciudadano Primer Jefe presenta para que la Convención manifieste de una manera clara su opinión, y en vista de que el ciudadano Carranza desea poseer la opinión de la Convencion, opinión que necesariamente debe ser sólo de la mayoría, y no del total de sus miembros, para que exista una constancia histórica en que la nación se base para estimar su labor pasada, las comisiones creen conveniente que el señor Carranza sepa que no nos creemos suficientemente capacitados, y que por razones de las circunstancias y de la situación política del país, hoy tan agitado, no somos suficientemente imparciales para emitir un juicio ni de sus errores ni de sus virtudes que pueda servir como base para la crítica histórica. Pero siendo que el Primer Jefe insiste en conocer nuestra opinión, y concretándonos a las preguntas que hace, en el orden en que están enunciadas, las comisiones proponen las siguientes respuestas ...
Consideramos innecesario transcribir las preguntas del señor Carranza, por ser ya conocidas. Las resumiremos para dar en seguida el texto del dictamen, y procuraremos condensar la discusión.
En la primera, pide se precise si se estima necesaria su eliminación como medio efectivo para el restablecimiento de la armonía entre los revolucionarios. La contestación propuesta por las comisiones fue:
Existiendo grupos numerosos que están actualmente en pugna con la Primera Jefatura, grupos que han reconocido la soberanía de esta asamblea, lográndose con esto la unificación revolucionaria, el retiro del C. Primer Jefe es uno de los medios para restablecer inmediatamente la armonía.
Inició la discusión el licenciado José Inocente Lugo, impugnando únicamente la forma; el general Obregón la sostuvo; González Garza hizo observaciones sobre la forma y fondo del párrafo a discusión. Siguieron hablando varios delegados, a quienes el general Peralta explicó que las comisiones dictaminadoras no creían conveniente que se contestara con mayor claridad a las preguntas, por estimar que atacaban la soberanía de la Convención. Refiriéndose a las condiciones impuestas por el señor Carranza para separarse del poder, dijo que sólo se habían tomado en cuenta dos de ellas, pues por lo que respecta a la tercera no estaba en las facultades de la asamblea imponer su voluntad al general Zapata. porque aun no había declarado someterse a las determinaciones de la Convención.
El Primer Jefe -siguió diciendo- sí debe estar sujeto a la Convención, puesto que él mismo ha dicho que nosotros pusimos en sus manos el poder supremo de la República. Y nosotros creemos que no está en lo justo al fijar condiciones para retirarse; es decir: para devolvernos lo que le confiamos.
Arguyó que las comisiones creían indispensable la inmediata eliminación del señor Carranza, pues de otro modo sería imposible atraer al general Zapata.
La discusión continuó desordenadaménte. Casi todos los oradores se desviaron del punto a debate, por lo que e! delegado Aguirre Benavides los exhortó para que no siguieran perdiendo el tiempo al ocuparse hasta de la puntuación del parrafo que se discutía. Se dirigió a toda la asamblea, y enfáticamente dijo:
¿Qué es lo que queremos? ¿Que se retire el señor Carranza? ¡Pues bien; que se retire! ¿Que se retire al general Villa? ¡Pues que se quite a Villa! De este modo también nos quitaremos de tanta politiquería y no perderemos el tiempo mientras nuestros hermanos continúan matándose.
El punto se aprobó por mayoría de votos.
La segunda pregunta era si se creía necesaria la separación del Primer Jefe para el triunfo completo de la Revolución y subyugamiento de los grupos hostiles a ella. La respuesta que propusieron las comisiones reza:
Como hemos asentado en la respuesta anterior que la unificación de la Revolución depende de la renuncia del Primer Jefe, y como dicha unificación es condición sine qua non para el completo triunfo de la Revolución, creemos que es necesario el retiro del ciudadano Carranza.
Como la segunda parte de su pregunta es, en esencia, diferente de la primera parte, puesto que habla de elementos hostiles a ella -la Revolución-, creemos de justicia declarar que no entra en nuestras convicciones que la renuncia del ciudadano Primer Jefe sea indispensable para el subyugamiento de ellos.
Se pusieron a discusión los dos párrafos, y, como era de esperarse, la provocaron acalorada por cuestion de forma y de fondo.
En la tercera pregunta, el señor Carranza decía que si se estimaba necesario su retiro para que pudiesen llevarse a cabo las reformas sociales y políticas exigidas por el país para conquistar la paz definitiva. Las comisiones propusieron que se contestara:
Respecto a la tercera pregunta, nos referimos a la respuesta de la primera, en que asentamos que para la unificación de la Revolución es necesaria su renuncia, y como sin dicha unificación no podrán realizarse las reformas sociales y políticas que exige el país para la conquista de la paz definitiva, creemos que la renuncia de! Primer Jefe redundará en pro de la realización de las aspiraciones nacionales.
La morbosa verborrea prolongó demasiado la discusión de este párrafo, que al fin fue aprobado como lo dejamos transcrito. Se pasó a la discusión de la cuarta pregunta, en que el señor Carranza pidió a la Convención le dijera si creía que su permanencia en el poder era un obstáculo para la realización de los ideales revolucionarios. La contestación propuesta por las comisiones estaba concebida así:
Creemos que el ciudadano Venustiano Carranza no es un obstáculo para la realización de los ideales revolucionarios y que, al contrario, sería un gran factor si tuviera agrupados y en perfecta armonía a todos los elementos hoy disidentes; pero como esto, desgraciadamente, no es así, tenemos que ser consecuentes con la respuesta a la primera pregunta.
Opiniones personales de algunos convencionales
Mientras en el recinto de la Convención se discutía hasta el cansancio, algunos delegados fueron saliendo para procurarse un refrigerio, respirar aire libre y reponerse de la fatiga causada por las vacuas y desordenadas discusiones.
En el obligado comentario, los delegados estaban de acuerdo en que la discusión salía sobrando, pues aquella misma noche se aprobaría la separación de los señores Carranza y Villa y se nombraría Presidente interno al general Villarreal, según el compromiso adquirido; pero culpaban en no pequeña parte a las comisiones, porque, según decían, debieron haber propuesto un sí enérgico a cada pregunta del señor Carranza. Los comentadores calificaban de curialescas las preguntas y las atribuían al licenciado Luis Cabrera, quien, aseguraban, se había convertido en la sombra del señor Carranza.
Continúa la discusión
A las nueve de la noche quedaron discutidas y aprobadas las respuestas al Primer Jefe; pero la asamblea siguió ocupándose de los demás puntos del dictamen. Por momentos iba creciendo la ansiedad, pues se esperaba la discusión del párrafo más importante: el que proponía la separación de los señores Carranza y Villa. A las nueve y media se puso a discusión el párrafo que decía:
Por convenir así a los intereses de la Revolución, cesan en sus funciones: como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo, el C. Venustiano Carranza, y como Jefe de la División del Norte, el general Francisco Villa.
Se inscribieron en pro y en contra muchos delegados. En primer término, y contra el dictamen; habló el coronel González Garza, quien no estuvo de acuerdo en lo que afectaba a su representado. En su exposición, oída con visibles muestras de impaciencia, dijo que el párrafo constaba de dos proposiciones que debían discutirse y votarse por separado, pues una se relacionaba con el señor Carranza y la otra con el mando de la División del Norte. La última proposición estaba comprendida en otro párrafo del dictamen: en la supresión de los Cuerpos de Ejército y de las Divisiones, cuyos jefes quedarían a disposición de la Secretaría de Guerra y Marina.
La impaciencia iba en aumento. Un murmullo de satisfacción se oyó cuando el general Hay renunció a hablar. El delegado Gallegos, a quien correspondió hacerlo, sólo propuso que se substituyera la palabra cesan por cesarán. Nuevo murmullo de satisfacción por la brevedad del orador.
El delegado Aguirre Benavides y los representantes del sur, entre ellos Paniagua y Díaz Soto y Gama, también declinaron hablar; pero ninguno siguió su ejemplo, y la discusión se hizo tormentosa por los cargos lanzados a los señores Carranza y Villa, defendidos por sus respectivos simpatizadores.
Se dijo con vehemencia que el señor Carranza estaba aferrado al poder sin más títulos que las firmas de unos cuantos en el Plan de Guadalupe, y que ahora, ante la ásamblea que representaba a toda la Revolución, ponía condiciones para su retiro. Se trajo a colación el hecho de que en la ciudad de México había dimitido; pero que la dimisión había sido farsa. Por último, que con su presencia había sembrado la división en dondequiera; que militarmente no tenía ganada una sola escaramuza y que estaba rodeado de un grupo de mancebos rapaces e intrasigentes.
En correspondencia, los enemigos de Villa arremetieron contra éste. Hablaron de su ignorancia supina; de sus impulsos de hombre primitivo; de sus raptos de ira, en los que había hecho no pocas víctimas y creado verdaderos conflictos; de su afán de sobreponerse a todos; del enorme peligro que corría el país si lograba encumbrarse el Centauro del norte.
Lamentables extremos a los que condujo el apasionamiento. Se salpicaron de cieno los mismos que cieno arrojaban sobre las dos figuras constitucionalistas discutidas. Lo peor fue que se contestara el cargo con el cargo, sin el contrapeso de la exposición de una sola virtud.
La asamblea vota la separación de los señores Carranza y Villa
A las once y media de la noche habían hablado todos los oradores que quisieron hacerlo. Previa la lectura del discutido párrafo se pasó a la votación nominal, en la que fue aprobada la separación de los señores Carranza y Villa por una mayoría de noventa y ocho votos. Sólo votaron en contra veinte convencionales.
Damos a continuación las listas de los señores genérales y gobernadores que estando en lá Convención emitieron su voto personalmente en pro y en contra de la separación del Primer Jefe y del de la División del Norte. Igualmente damos las listas de los señores delegados que votaron en pro y los que votaron en contra.
Generales y gobernadores que personalmente votaron la separación del señor Carranza
Aguirre Benavides, Eugenio.
Arroyo, Isaac.
Almanza, Mateo.
Avila, Fidel.
Angeles, Felipe.
Bañuelos, Santos.
Buelna, Rafael.
Cerecedo Estrada, Daniel.
Cabral, Juan G.
Carbajal, Pedro A.
Cazarín, Joaquín (quien además tenía la representación del general Ignacio L. Pesqueira, subsecretario de Guerra y Marina).
Ceniceros, Severino.
Cervantes, José Trinidad.
Chao, Manuel.
Espinosa, Martín.
García Aragón, Guillermo.
Gaxiola, Macario.
Gutiérrez, Eulalio.
Hay, Eduardo.
Hernández, Eduardo.
Laveaga,Miguel V.
Madero, Raúl.
Mariel, Francisco de P.
Márquez, Esteban.
Medina, Julián C.
Salazar, Vicente.
Sérvín, Martiniano.
Urbina, Tomás.
Villarreal, Antonio I.
Zuazua, Fortunato.
Delegados que votaron por la separación
Alcaraz, Salvador R., por el general Alfredo Elizondo.
Alessio Robles, Vito, por el general Eduardo Carrera.
Balderas, Isabel P., por el general Herminio Alvarez.
Barrera, Atilano, por el general Alfredo Ricaud.
Betanzos, Francisco, por el licenciado Jesús Acuña, gobernador de Coahuila.
Berlanga, David G., por el doctor Alberto Fuentes D., gobernador de Aguascalientes.
Costa, José, por el general José M. Acosta.
Cárdenas, Rafael, por el general Antonio Medina.
Castillo Tapia, Guillermo, por el general Abraham Cepeda.
Contreras, Mauricio, por don Felipe Riveros, gobernador de Sinaloa.
Cantú, José T., por el general Pedro C. .Colorado.
Chargoy, Elfego, por el general Víctor Monter.
De la Torre, Rafael, por el general Francisco Coss, gobernador de Puebla.
Durán, Félix, por el general Benjamín Garza.
Domínguez, Carlos, por el general Gonzalo Novoa.
Flores Garza, Valentín R., por el general Isidro Cortés.
García Balderrama, Agustín, por el general Juan Lechuga.
Gaona Salazar, Guillermo, por el general Alejo González.
González Garza, Roque, por el general Francisco Villa.
Garza, Jesús, por el general Juan Dosal.
González, Eduardo G., por el general Gustavo Elizondo.
Gámez, Ramón, por el licenciado Pablo A. de la Garza, gobernador de Guanajuato.
González, Ricardo, por el ingeniero Eleuterio Avila, gobernador de Yucatán.
González, Luis, por el general Tomás Ornelas.
Gutiérrez de Lara, Felipe, por don Carlos C. Echeverría, jefe político del Territorio de Tepic.
Hernández, Lázaro J., por el general Jesús Dávila Sánchez.
Hernández García, Juan por el general Fortunato Maycotte.
Herrejón, Salvador, por el general Martín Castrejón.
León, Encarnación.
Madero, Julio, por el general Benjamín G. Hill.
Marines, Valero Dionisio, por el general Ernesto Santos Coy.
Mancilla, Francisco S., por el general Eugenio Aviña.
Miranda, Renato, por el general Francisco Cosío Robelo.
Morales, Pedro, por el general Máximo Rojas.
Montaña, Alberto, por el general Ramón F. Iturbe.
Ortega, Félix, por el general Angel Flores.
Ortega, Manuel, por el general José María Cabanillas.
Osterman, José H., por el general Francisco Urbalejo.
Oyerbides, Ramón, por el general Lucio Blanco.
Peralta Miguel A., por el general José de la Luz Romero.
Pérez, Rafael, por el general Sergio Pazuengo.
Piña, Alberto B., por don José María Maytorena, gobernador de Sonora.
Ramírez, Jacinto, por el general Emiliano P. Navarrate.
Ríos Zertuche, Daniel, por el general Abel Menchaca.
Roncal, Manuel, por el general Juan Carrasco.
Rodríguez, Alfredo, por el general Pablo González.
Rodríguez Cabo, José.
Salinas, Francisco, por el general P. Hernández.
Santana, Rosalío R., por el general Alejo Mastache.
Sánchéz, Filiberto, por el general Jesús Agustín Castro, gobernador de Chiapas.
Sánchez, Guadalupe, por el general A. Portas.
Serrano Tamés, Manuel, por el general Alfredo Aburro Landero.
Siurob, José, por don Federico Montes, gobernador de Querétaro.
Silva, Benjamín c., por don Joaquín Poucell, gobernador de Campeche.
Sáinz, Josué, por el general Antonio de P. Magaña.
Valladares, Sabás, por el general Gertrudis G. Sánchez, gobernador de Michoacán.
Vázquez, Samuel G., por el general Miguel M. Acosta.
Generales que personalmente votaron en contra
Galeana, Andrés.
González, Salvador.
Lugo, José Inocente.
Santos, Samuel M., quien tenía, además, la representación del general Jacinto B. Treviño.
Delegados que votaron en contra
Aceves, Alejandro, por el general Anastasio Pantoja.
Carpio, Fermín, por el general Manuel M. Diéguez, gobernador de Jalisco.
Fierros, Carlos S.,.por el general Francisco Murguía.
Figueroa, Francisco, por el general Rómulo Figueroa.
García Lozano, Germán, por el general Trinidad Rojas.
Herrera, Alfonso J., por el general Abraham García.
Jaimes, Alfredo M., por el general Pilar R. Sánchez.
Murrieta, Marcelino M., por el general Heriberto Jara, gobernador del Distrito Federal.
Neira Barragán, Félix, por el general C. Camacho.
Paniagua, Enrique W., por el general Agustín M. Galindo.
Ramos, Miguel M., por el general Joaquín Amaro.
Ruiz, Leopoldo, por el general Nicolás Flores, gobernador de Hidalgo.
Silva, Federico, por el general Cesáreo Castro.
Vallejo, Ignacio, por el general T. Gómez.
Vela, Francisco, por el general Luis F. Domínguez.
Zaldívar Cervantes, Bibiano, por el general Luis Caballero.
Que se nombre Presidente
Aun cuando estaba convenido votar por el retiro del Primer Jefe, no por ello dejó de ser impresionante el resultado de la votación, que la asamblea recibió con estruendosos aplausos. Los partidarios del señor Carranza creían haber obtenido un gran triunfo, pues la separación calmaría los enconados ánimos, y esta circunstancia debía aprovecharse para hacer una activa propaganda y presentarlo como candidato para el período constitucional. De este modo volvería a asumir el poder con grandes ventajas y sin los graves inconvenientes del momento.
Las miradas de los comprometidos con el general Villarreal se dirigían a su candidato como al ya seguro sucesor del señor Carranza; pero los villistas y los zapatistas no compartían esa opinión, pues los primeros, que gozaban del derecho de voto, no lo habían comprometido y todos pensaban que don Venustiano Carranza no entregaría voluntariamente el poder.
Al grupo de villistas y zapatistas que no deseaban la inmediata designación del Presidente Interino se habían unido algunos adictos al señor Carranza, que tampoco deseaban la designación inmediata.
El general Villarreal tenía seguridad en su elección; por ello dejó la presidencia de la asamblea a cargo del vicepresidente, general Pánfilo Natera, quien al filo de la media noche puso a discusión el párrafo del dictamen que reza:
Seis horas de discusión
Torrente, catarata, diluvio de oratoria cayó sobre la asamblea en el lapso de seis largas horas, en que treinta y seis oradores hicieron gala de sus dotes. El teniente coronel Alfredo Rodríguez, delegado del general Pablo González, dió la pauta. Dijo que era preciso no perder tiempo; que los momentos eran solemnes; que debía aprobarse el párrafo sin discusiones y procederse aquella misma noche a la elección, pues en la tardanza estaba el peligro. Muchos de los comprometidos con el general Villarreal bordaron sobre el mismo tema.
En contra hablaron los señores licenciado Díaz Soto y Gama y coronel Roque González Garza, quienes sostuvieron la tesis de que por haber aprobado la Convención el artículo 12 del Plan de Ayala debía esperarse a que el Ejército Libertador enviara a sus delegados para que la elección se hiciese por todos los revolucionarios. No poca sorpresa causó la exposición, pues se había supuesto que al estar interesados los generales Villa y Zapata en la separación dél señor Carranza, sus respectivos representantes abogarían por que a la mayor brevedad entrara en funciones el nuevo Presidente interino.
A pesar de que se había hablado hasta el exceso, aquella discusión parecía no tener fin, pór lo que fueron abandonando el recinto muchos delegados. El vicepresidente levantó la sesión a las seis de la mañana del 1° de noviembre.
Se aprueba lo discutido
Faltaban quince minutos para las cuatro de la tarde cuando el general Villarreal declaró abiertos los trabajos de aquel domingo, 1° de noviembre. El público, impaciente, esperaba el resultado de la discusión suspendida en la mañana. Don Eduardo Hay pidió que se votara nominalmente el párrafo discutido hasta el exceso. La presidencia dispuso que se leyera ese párrafo y se notó que estaba cambiada la palabra interino por provisional, que señalaba la condición que tendría el Presidente de la República que la asamblea iba a elegir.
Varios delegados pidieron hablar para oponerse a la votación; pero la presidencia no concedió la palabra. Se aprobó el punto por sesenta y nueve votos contra cuarenta y nueve, en los que estaban incluídos los de la División del Norte.
El coronel González Garza hizo constar su voto en contra. Recordó que hablaba en nombre del general Villa, quien, dijo, no era inconsecuente como la Convención, pues adoptado el artículo 12 del Plan de Ayala era indebido lo que acababa de hacerse.
Villarreal abandona la Presidencia
El licenciado Díaz Soto y Gama solicitó la palabra, con evidentes deseos de reforzar lo expuesto por el coronel Gonzalez Garza; pero la presidencia no le permitió hablar. La negativa provocó la protesta y un violento diálogo en que el abogado acusó al general Villarreal de parcialidad y de estar aprovechando su situación para obtener la Presidencia de la República. Indignado, el general Villarreal dejó la presidencia de la asamblea, que asumió el general José Isabel Robles; pero después se supo que en realidad, se había retirado para vestir, en su alojamiento, el traje de ceremonias y presentarse a otorgar la protesta.
El vicepresidente, general Robles, concedió la palabra al licenciado Díaz Soto y Gama, quien con vehemencia expresó que como no se respetaba el acuerdo de la asamblea adoptando el artículo 12 del Plan de Ayala, podía el movimiento suriano declararse desligado y sin compromisos con la Convención. Airadamente lo rebatió el delegado Carlos Prieto; pero el general José Inocente Lugo terció, y calmosamente dijo que en su concepto no estaba en desacuerdo lo que acababa de aprobarse con el artículo mencionado.
Se interrogó a don Paulino Martínez como presidente de la representación del sur, quien se expresó en términos ambiguos, pero inclinándose por que no había desacuerdo. El general Obregón dijo que cuando se trató de separar al señor Carranza no fue tomado en cuenta el artículo, pues la asamblea procedió como soberana, y era clarísimo que si tenía facultades para quitar al Primer Jefe también las tenía para nombrar al sucesor.
No estaba fuera de razón el representante suriano, pues el invocado artÍculo 12 llamaba a una junta de principales, revolucionarios de la República para designar al Presidente interino. Esa junta podía ser la Convención; pero no lo era en aquellos momentos de todos los revolucionarios, pues faltaba el concurso de los jefes surianos, sostenedores del Plan de Ayala. Había, sí, una representación; pero sus integrantes no tenían el carácter de miembros de la asamblea y estaban privados del voto.
Proposición conciliadora
El incidente entre el general Villarreal y el licenciado Díaz Soto y Gama evidenciaba que el primero no era grato a la representación suriana. Apoyada ésta por los delegados de la División del Norte, bien podían villistas y zapatistas retirarse en son de protesta; dejando en situación comprometida a los demás delegados. A las siete y media de la noche se discutía aún el asunto, que parecía no tener otra solución que el rompimiento. Para evitarlo, y que con él se vieran frustrados los planes que se estaban poniendo en práctica, se presentó una melosa proposición conciliadora firmada por los delegados Julio Madero y Alfredo Domínguez. Decía así:
Considerando que el Ejército Libertador forma parte importante de las fuerzas que combatieron al usurpador;
Considerando necesario que el Ejército Libertador se halle representado en esta Convención, ya que ha demostrado los mejores deseos de contribuir a la resolución de los problemas nacionales;
Proponemos que se adicione el artículo 2°, recientemente aprobado, en el siguiente sentido:
Inciso B. La elección que conforme al inciso A de esta Ley se haga será rectificada o ratificada el día 20 del actual, con asistencia de 30 delegados del Ejército Llbertador.
La proposición que hemos calificado de melosa tenía la apariencia de alejar motivos de objeciones por parte de la representación suriana; pero el alcance estaba bien calculado, pues hasta se determinaba el número de delegados surianos que debían rectificar o ratificar la elección. Si ésta se hacía desde luego, como eran los deseos del grupo mayoritario, resultaría elegido el general Villarreal por más de cien votos. Al cumplirse los veinte días señalados volverían a votar los mismos delegados o mayor número quizá contra treinta y siete de la División del Norte y treinta del Ejército Libertador; en total, sesenta y siete votos, que no pondrían en peligro la permanencia del general Villarreal en el Poder Ejecutivo.
Se discute la iniciativa
Al ponerse a discusión la iniciativa, el delegado Castillo Tapia hizo bambolear la armazón de la candidatura del general Villarreal, pues dijo que en la mente de los convencionales estaban los nombres de varios candidatos: los generales Juan G. Cabral, José Isabel Robles y Antonio I. Villarreal; que aun cuando se proponía atacar a los tres, la Convención debía estudiar quién de ellos era el más conveniente.
Don Julio Madero expuso el papel que correspondía en la elección a los representantes del sur. Dirigiéndose al licenciado Díaz Soto y Gama le pidió que expusiera su parecer sobre los tres generales señalados como candidatos. El interpelado contestó rápidamente que la delegación suriana tenía instrucciones para oponerse a la candidatura del general Villarreal. Era cierto; el general Zapata había tenido en cuenta el papel desempeñado como partidario inoficial.
Hablaron varios delegados sobre la inconveniencia de una elección por veinte días, sujeta a ratificación posterior. Debe tenerse en cuenta -dijeron- que al Ejército Libertador pueden presentársele dificultades para enviar a sus delegados en ese lapso. El coronel Alfredo Rodríguez, como proponente, dijo que estaba dispuesto a modificar la iniciativa presentada por don Julio Madero y por él, en el sentido de que el Ejército Libertador podía enviar desde uno hasta treinta delegados, para así obviar dificultades.
El general Obregón, a su vez, dijo que mientras los representantes surianos no hicieran suya la proposición que se discutía, o declararan que en esas condiciones aceptaban ir a la Convención, no podía resolverse el asunto. El delegado Castillo Tapia interpeló al licenciado Díaz Soto y Gama si los comisionados surianos estaban dispuestos a sostener al candidato que surgiera de la asamblea. El interpelado repuso que el generai Zapata había dado instrucciones de que en caso de que se destinara el establecimiento de un nuevo gobierno se propusiese a un triunvirato. Luego, vacilante, agregó que si el candidato era grato al sur trataría la representación de obtener el apoyo del general Zapata. Castillo Tapia insistió:
- Al candidato que ustedes acepten, ¿están dispuestos a apoyarlo ante el general Zapata?
El interesado contestó afirmativamente. A continuación, el coronel González leyó las instrucciones del general Zapata a sus répresentantes e hizo notar que estaban facultados para la elección de Presidente o de una Junta Provisional de Gobierno. El orador excitó a la representación para que se ajustara a las instrucciones; pero lo interrumpió el licenciado Díaz Soto y Gama diciéndole que la representación tenía, además de las instrucciones leídas, otras de carácter confidencial.
Naufraga la candidatura del general Villarreal
Con esa declaración se prolongó el debate. Entre otros, hablaron los delegados Buelna, Gutiérrez de Lara, Sáinz, Rodríguez y García Vigil. El último expuso que era inútil continuar la discusión si los surianos no se comprometían a acatar la elección o la hacían suya. Contestó Díaz Soto y Gama que tal cosa sólo podría decirse después de saber quién era el candidato. El delegado Vela dijo que don Paulino Martínez, como presidente de la representación, había manifestado que los surianos no tenían candidato.
Interrogado el señor Martínez, echó abajo la candidatura del general Villarreal, pues dijo que se le habían presentado los nombres de varios candidatos, y que con tres de ellos estaba conforme la representación suriana.
- ¿Cuáles son? - inquirieron muchos delegados.
El señor Martínez, con toda solemnidad, repuso:
- Los generales Juan G. Cabral, José Isabel Robles y Eugenio Aguirre Benavides.
Se consideró suficientemente discutida la proposición de los señores Madero y Rodríguez, se puso a votación y fue aprobada. Sólo faltaba proceder a la elección. El coronel González Garza habló sobre las votaciones y la estimación de los resultados por el número de votos. Se llegó al acuerdo de que se declarase electo a quien obtuviera mayoría relativa.
La presidencia invitó a la asamblea a que presentara candidatos. La ansiedad iba en aumento, y con ella, la desorientación de los villarrealistas. El general Eugenio Aguirre Benavides dijo que, de acuerdo con el general Villa, ningún elemento de la División del Norte aceptaría figurar como candidato, y en prueba de ello propuso al general Juan G. Cabral, a quien elogió y llamó buen revolucionario, probo y ponderado. La proposición fue recibida con entusiasmo y pareció que no se presentaría otro candidato, pues todos los convencionales gritaban:
- ¡A votar, a votar!
Otra candidatura que naufraga
Pero, apenas calmado el entusiasmo, el general Obregón pidió que se le concediera la palabra y dijo que la elección no debía hacerse por sorpresa. Sugirió que se concediesen treinta minutos para que los señores delegados cambiaran impresiones. La presidencia accedió a que los trabajos quedaran en suspenso durante media hora.
Hábilmente la aprovechó el general Obregón, pues se acercó a los representantes suriands y habló con ellos; luego, con rapidez recorrió los lugares en que estaban los villarrealistas, con quienes también habló, convenciéndolos, como se vió después, de que votaran por determinada persona, toda vez que su candidato estaba totalmente descartado.
El Primer Jefe ha sido depuesto. ¡Viva el Presidente!
A las diez y treinta minutos se reanudaron los trabajos de la asamblea. El general Obregón interrogó a don Paulino Martínez, quien contestó:
- La delegación del Ejército Libertador acepta como candidatos a los señores generales Juan G. Cabral, José Isabel Robles y Eulalio Gutiérrez.
Sin que se hicieran más proposiciones se procedió a la votación. El secretario Marciano González llamó por riguroso orden de lista a los delegados; éstos pasaron a depositar su voto, contenido en una cédula, hasta la parte delantera del escenario; allí las recogió el secretario Alessio Robles echándolas en un sombrero que oficiaba de urna.
Dada la inquietud de los convencionales, la votación les parecía interminable. Al fin se hizo el escrutinio. Los escrutadores fueron extrayendo las cédulas; el secretario González iba leyendo los nombres de los favorecidos por la votación, mientras que otros secretarios tomaban la debida nota.
Muy luego se vió que el general Eulalio Gutiérrez iba a la cabeza de la Votación. Terminado el cómputo se informó que había obtenido ochenta y ocho votos; que el general Juan G. Cabral, por quien sólo votó la delegación villista, obtuvo treinta y siete; a favor del general José Isabel Robles se anotaron dos votos, y uno por don Eduardo Hay.
La inquietud de la asamblea se tornó en delirante entusiasmo. Todos lbs delegados estaban alegres, satisfechos, complacidos. Y comenzaron los vítores:
- ¡Viva el general Eulalio Gutiérrez!¡Viva el Presidente de la República! ¡Viva la Revolución! ¡Viva la Soberana Convención! ¡Viva el general Zapata! ¡Viva el general Villa! ¡Viva don Venustiano Carranza! ¡Viva México!
Los aplausos parecían interminables después de cada grito.
El general Eulalio Gutiérrez, Presidente
El general Pánfilo Natera, quien había substituído al general Robles en la presidencia de la asamblea, irguió su alto cuerpo, y empuñando la bandera que le fue llevada, dijo solemnemente:
- Es presidente Provisional de la República Mexicana el general Eulalio Gutiérrez, por haber obtenido la mayoría de votos.
Estruendosos aplausos y vivas brotaron de la asamblea, mientras los delegados felicitaban al Presidente electo. Eran las once y media de la noche del domingo 1° de noviembre.
Palabras del general Gutiérrez
El licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, en nombre de la representación suriana, declaró que ésta, con toda lealtad, aceptaba al candidato triunfante. Entonces el general Gutiérrez, conmovido por la cálida ovación, ascendió al escenario y con voz entrecortada dijo:
Agradezco la muestra de confianza que me han dispensado, y protesto aquí, en este lugar, cumplir y hacer cumplir todas las disposiciones que emanen de esta honorable asamblea.
En los pocos días que yo esté aquí, los señores del sur, todos los bandos, menos los reaccionarios, tendrán todas las garantías posibles con que deben contar los hombres honrados que buscan el bien de su patria.
Se repitió la ovación. Don Paulino Martínez hizo un elogio del general Gutiérrez, en quien reconoció espíritu revolucionario y honradez. Terminó ofreciendo que el Ejército Libertador lo apoyaría con entusiasmo. El general José Isabel Robles encomió la vida revolucionaria del elegido y ofreció también que la División del Norte, como un solo hombre y con el espíritu en alto, apoyaría y obedecería al nuevo Presidente de la República.
A las doce de la noche abandonaron los delegados el recinto de la Convención, llenos de júbilo y de optimismo, pues creían que la paz estaba asegurada. Los carrancistas se anotaban un gran triunfo, pues habían votado disciplinadamente a favor de quien ni siquiera se sospechaba que surgiría y, además, los zapatistas y villistas habían declarado reconocer leal y honradamente la elección. Un numeroso grupo acompañó hasta su alojamiento al general Gutiérrez, en cuyo honor fueron echadas a vuelo las campanas de los templos; las locomotoras y las fábricas dejaron oír sus silbatos, y las bandas de guerra recorrieron las calles lanzando al aire las alegres notas de la diana.
Desagravio al general Villarreal
Luego, otros delegados se dirigieron a la casa del general Villarreal, quien apareció en uno de los balcones para oír a los señores Aguirre Benavides y García Vigil, quienes, en nombre de sus colegas, hablaron allí. El general Villarreal agradeció las muestras de estimación; pero dijo que le dolía que se le hubiera imputado estar aprovechando su situación para alcanzar la Presidencia, y expresó sus deseos de renunciar a la de la Convención, pues era hombre de trabajo y no un político.
La manifestación, además de espontánea, era necesaria, pues los periodistas Carlos Quirós, Arturo Cisneros y el fotógrafo Muñana llevaron a la Convención el informe de que el general Villarreal, vistiendo levita, alba camisa y cruzada la banda tricolor, esperaba el momento de ser llamado para otorgar la protesta.
Hasta el amanecer hubo discursos en la plaza pública de Aguascalientes, acompañados por descargas de fusilería.

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