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Timestamp: 2020-05-31 17:39:31+00:00

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Además, la situación económica, pese a la nueva política económica no era buena, especialmente por la crisis de las tijeras, es decir, por la desproporción existente entre los precios industriales y los agrícolas, en detrimento de los primeros y, en consecuencia, del campesinado como clase. A través del mecanismo de los precios, bajando los agrícolas y aumentando los industriales, los izquierdistas pretendían drenar recursos en favor de la industria. Pero un transvase exagerado de recursos del campo hacia la industria significaba la ruptura política con el campesinado.
La financiación de la industrialización sólo podía tener dos fuentes, decía Stalin: La clase obrera que crea valores [...] y el campesinado. El campesinado debía pagar precios relativamente elevados por los productos industriales y, a su vez, debía ser subpagado por los productos agrícolas que suministraba. Stalin precisa: Es una especie de tributo, una especie de sobreimpuesto que nos vemos obligados a recaudar temporalmente a fin de mantener y elevar el actual ritmo del desarrollo de la industria, a fin de asegurar la industria para todo el país, a fin de elevar más aún el bienestar del campo y, posteriormente, abolir por completo este impuesto complementario, estas ‘tijeras’ entre la ciudad y el campo.
La nueva política económica se caracterizó:
— por la sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie
— la admisión del comercio privado, que era consecuencia del anterior
— el capitalismo de Estado, es decir, la concesión o arriendo de la empresas públicas a capitalistas privados extranjeros.
El paso a la nueva política económica comenzó con la sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie. Éste era menor que la contingentación. Todo lo que le quedaba al campesino después de abonar el impuesto en especie, que debía pagar al Estado, se hallaba a su disposición y podía venderlo libremente. La implantación del sistema del impuesto en especie y la admisión del comercio privado fueron necesarios para estimular el interés económico de los campesinos, elevar la producción agrícola, restablecer la industria ligera y pesada y, finalmente, emprender una ofensiva resuelta contra los restos del capitalismo en el país.
El giro económico preconizado por Lenin fue caracterizado como un periodo de transición en un periodo de transición. La burguesía imperialista saludó alborozada el nuevo rumbo como una constatación evidente del fracaso del experimento socialista, como un regreso al capitalismo. Aunque el giro no ocasionó debate alguno, no quedó claro que todos los militantes bolcheviques habían comprendido las consecuencias del nuevo periodo. Para unos se trataba exclusivamente de una retirada; para otros era simplemente una vuelta al capitalismo, es decir, un fracaso.
El debate con los trotskistas se abrió el 8 de octubre de 1923, cuando una intervención de Trotski moviliza a todos los descontentos que, desde la polémica sindical de 1921, se habían mantenido agazapados dentro las filas del Partido. Una semana después esa oposición se agrupa y manifiesta su disconformidad con la política económica seguida entre el XII y el XIII Congresos. La crítica adopta la forma de carta dirigida al Buró Político por 46 miembros del Partido, entre otros, Piatakov, Preobrajenski, Osinski, Kaganovich y Sapronov. La carta, que se conoce habitualmente como la Plataforma de los 46, agrupaba a todos los viejos escisionistas: los trotskistas, los centralistas democráticos, los comunistas de izquierda, la oposición obrera, etc. Muchos de ellos tenían motivos para quejarse de la dirección porque ya en el X Congreso, en 1921, no habían sido reelegidos para formar parte de ella y se sentían relegados y mucho más capacitados que los que ocupaban sus antiguos cargos en su lugar.
Por sí mismo este hecho demuestra que todos esos grupos sólo habían acatado de palabra las resoluciones entonces aprobadas. Se comprobaba ya entonces, como se volverá a repetir después, que en realidad todas las plataformas de oposición se componían de los mismos militantes, que debieron ser expulsados mucho antes para evitar males mayores, como efectivamente se produjeron. Por ejemplo, entre los firmantes de la Plataforma estaba también Smirnov, que había defendido las tesis de la oposición militar en el VIII Congreso celebrado en 1918.
La Plataforma atribuye las dificultades económicas encontradas en 1923 (y, en particular, la crisis de la tijeras que caracteriza el final de ese año, a una insuficiente ayuda a la industria. Exige reforzar el papel del Gosplan e incrementar los créditos a la industria pesada. Esto, en las condiciones del momento, sólo se podía hacer en detrimento de la agricultura y del campesinado. Estamos, pues, en presencia de una propuesta -una más- de debilitar la alianza obrero-campesina, poniendo en riesgo la dictadura del proletariado.
Aunque Trotski, miembro del Buró Político, no firmaba esta Plataforma, compartía sus puntos de vista, dada la forma en que la Plataforma se agrupó, y su declaración de 7 de diciembre titulada Un nuevo rumbo que, inmediatamente después, dirigió a los otros miembros del Buró Político con un contenido muy parecido.
Tanto el documento de la Plataforma como la declaración de Trotski fueron distribuidos por los comités y células del Partido. No cabía duda de que se trataba de todo un desafío fraccional. Diez días después de aparecer la Plataforma, el Comité Central se reunió en pleno con la Comisión Central de Control y con representantes de diez organizaciones del Partido. Por 102 votos a favor, 2 en contra y 10 abstenciones se aprobó una resolución que, en síntesis, decía lo siguiente:
— hay un reconocimiento de que el comunismo de guerra había impuesto una disciplina militar dentro del Partido y que, además, la NEP había añadido luego a ello una influencia corruptora que se debía superar para volver a los cauces democráticos habituales
— la declaración de Trotski en un momento de la mayor responsabilidad para la revolución internacional y para el Partido, es un profundo error político y, además, una acción fraccional rechazable incluso en la forma personalista en que lo hace, porque para plantear esos problemas no debe dirigirse a estos o aquellos miembros del partido, sino someterlos a los organismo colegiados de los que forma parte.
— condena también a la Plataforma de los 46 por amenazar con poner toda la vida del Partido bajo una lucha interna en un momento difícil
— aunque la resolución no lo dice, la dirección acordó también mantener en secreto las divergencias existentes.
En este inicio del debate, la actuación de Stalin, como Secretario General del Partido, es extraordinariamente cautelosa. En un momento en el que las partes se lanzaban a la discusión con ataques personales de una inusitada violencia verbal, él aborda el problema con tacto, consciente del riesgo que supone para el Partido la actuación de la Plataforma y de Trotski. Apenas hay intervenciones personales suyas fuera de los pronunciamientos conjuntos de los organismos del Partido de los que formaba parte. Fue Zinoviev quien tuvo una participación personal más destacada en la lucha contra el trotskismo en ese preciso momento, y fue precisamente eso, una participación personal porque, en realidad, las posiciones de Zinoviev tampoco eran las más acertadas; más bien al contrario, compartía buena parte de las tesis trotskistas.
Buena prueba de la actitud prudente de Stalin fue el sutil artículo que escribió en Pravda en noviembre de 1923 significativamente titulado La Revolución de Octubre y la cuestión de las capas medias, subrayando la necesidad de ganárselas como aliados del proletariado. Pero no menciona a ninguno de los contendientes en la polémica, aunque indirectamente se manifiesta contra Kautski, quien al igual que los trotskistas, trataba a los campesinos medios como enemigos de la revolución socialista.
Finalmente, Stalin apunta una cuestión fundamental: dentro de un partido comunista existen límites a las discusiones: El Partido no es solamente una asociación de hombres que profesan las mismas ideas; es más bien una asociación de hombres que actúan conjuntamente. Eso es lo que la oposición -y Trotski en particular- no entendieron nunca: un partido comunista combina la democracia con el centralismo; no es un club de debates permanentes sino que tiene que tomar decisiones y llevarlas a cabo. Llega un momento en que las discusiones se tienen que zanjar. Es conveniente destacar que, frente a los ataques de un militante contra Trotski, por sostener precisamente esa concepción del Partido, en este discurso Stalin sale en defensa de quien entonces era su compañero en el Buró Político.
Un tercer posicionamiento se encuentra en su artículo A propósito de la discusión publicado en Pravda el 15 de diciembre, en el que aborda los planteamientos de la oposición sobre las fracciones y la democracia interna. Al respecto afirma rotundamente lo siguiente: Existen dos tipos de democratismo: el de la masa de miembros del Partido, que dan pruebas de iniciativa y de asociarse activamente a la dirección del Partido, y el 'democratismo' de los altos dignatarios del Partido descontentos, para quienes la esencia del democratismo consiste en remplazar a ciertas personalidades por otras.
Finalmente Stalin aborda la carta de Trotski, que no afirmaba la degeneración del conjunto del Partido sino sólo de la vieja guardia, que Stalin no discute como riesgo posible, y ahí estaba el ejemplo indudable que Trotski expone de los jefes de la II Internacional. Pero de ahí a afirmar que efectivamente la vieja guardia ya había degenerado, va un abismo. Trotski habla de los riesgos potenciales mientras que encubre los riesgos reales, afirma Stalin, que en esta polémica utiliza una ironía no exenta de acerbo reproche. Resulta que en un rasgo de nobleza, Trotski se había incluido él mismo dentro de la vieja guardia bolchevique, pero yo tengo que defender a Trotski de sí mismo, dice Stalin, dejando a entender que Trotski no tenía nada que ver con esa vieja guardia.
¿Cuáles eran las intenciones de Trotski con su carta? Según Stalin había ahí un doble juego: proporcionar un apoyo diplomático a la oposición en su lucha contra el Comité Central, pretextando defender al mismo Comité Central. En realidad Trotski formaba un bloque con los centralistas democráticos y con una parte de los comunistas de izquierda, concluye Stalin.
Ésta fue su primera polémica pública, donde, por parte del Secretario General, era una mera defensa ante un previo ataque por parte de Trotski, que además no tenía razón ni en el fondo de sus argumentaciones, ni tampoco en la forma.
Al margen de las opiniones personales de Stalin, la dirección del Partido siguió condenando la actividad fraccionista de la oposición. éstos no se sometieron a los acuerdos de la dirección y siguieron promocionando sus tesis por su cuenta. A pesar de que el Comité Central había ordenado no divulgar más las divergencias, no hicieron caso. El Buró Político llegó a un acuerdo con Trotski y el 5 de diciembre se adoptó una resolución por unanimidad (es decir, con la firma del propio Trotski) sobre la unidad del Partido (la misma aporobada en 1921 cuando el debate sobre los sindicatos) y se publicó.
Pero la oposición siguió con su labor fraccional, y como la dirección del Partido se había comprometido a no airear las divergencias, se produjo una situación grotesca: mientras el Partido guardaba silencio, la oposición difundía sus planteamientos abiertamente. A los dos días de llegar a un acuerdo con Trotski, éste publicaba su declaración Un nuevo rumbo, en la que criticaba a la vieja guardia bolchevique, a la que comparaba con los degenerados jefecillos de la II Internacional.
En enero de 1924 se reunió la XIII Conferencia del Partido para abordar las cuestiones planteadas por la Plataforma y los trotskistas, pronunciando Stalin el discurso de resumen del debate interno. La resolución de la Conferencia, después de exponer cómo nace y evoluciona la polémica, desentraña la naturaleza pequeño burguesa de la oposición y encuentra en ella dos ramificaciones:
— una de tipo izquierdista que ataca la NEP y parece pretende volver al comunismo de guerra
— otra derechista, que considera mucho más influyente y que personaliza en Radek, que pretende abrir el país al capital extranjero.
Por tanto, ya desde estos primeros síntomas de la batalla ideológica, aparecen claramente las tres líneas que entran en disputa y en la que la mayoría de los bolcheviques, capitaneados por Stalin, debe combatir a unos y otros. Esto desmiente las tesis burguesas que consideran que Stalin adoptó una postura oportunista, consistente en apoyarse en los derechistas primero para deshacerse de Trotski y la Plataforma de izquierda, para luego aplastar a los derechistas poniendo en práctica en 1929 las tesis izquierdistas que había rechazado en 1925. Por el contrario, Stalin mantuvo siempre una línea coherente que no coincidía con ninguna de las otras dos. La incoherencia se aprecia en muchos de los militantes afiliados a cualquiera de las dos tendencias minoritarias, que oscilarán de manera incomprensible de unas a otras.
En cuanto a la situación interna del Partido, las resoluciones son más matizadas. Por un lado, la XIII Conferencia adopta una resolución sobre la construcción del Partido reconociendo que la situación exige un cambio serio de la orientación del Partido en el sentido de una aplicación efectiva y sistemática de los principios de la democracia obrera. La resolución precisa que la democracia obrera significa la discusión abierta por todos los miembros del Partido de las cuestiones más importantes, la libertad de discusión en el seno del Partido y, también, la elección de abajo arriba de los dirigentes y responsables. Pero, por otro lado, la XIII Conferencia condena, como actividad de tipo fraccional, la Plataforma de los 46 y las posturas adoptadas por Trotski.
En este Congreso cambió poco la composición del Buró Político. Trotski siguió siendo miembro de él y entró Bujarin, en sustitución de Lenin, muerto el 21 de enero de 1924. Además, por unanimidad de los 784 delegados, Stalin es reelegido Secretario General pese a haber ofrecido su dimisión después de que el Comité Central y los dirigentes de las delegaciones del Congreso discutieran la Carta al Congreso de Lenin.
La polémica adopta entonces un sesgo sorprendente, que no cabe atribuir a Stalin y en el cual, no sólo él, sino todos los militantes, aparecen como testigos, porque se trata de una verdadera batalla entre personalidades dirigentes que demuestran carecer de principios. En el Congreso Zinoviev exige a Trotski que reconozca públicamente sus errores, a lo que Trotski no sólo se niega, sino que pasa a la ofensiva inmediatamente, atacando a Zinoviev. El 6 de noviembre de 1924 publica un libro provocador titulado Lecciones de Octubre en el que ataca a Zinoviev y a Kamenev por sus vacilaciones en el momento de la Revolución.
Ambos personajes trataban de conducir al Partido -que no estaba de acuerdo ni con unos no con otros- directamente al pantano de la disgregación, ya que a su vez, esta publicación da motivo a la réplica de Zinoviev y Kamenev. La más significativa es la realizado por Kamenev en un discurso del 18 de noviembre de 1924. La principal crítica que Kamenev dirige a Trotski es la subestimación del papel del campesinado, encubriéndola con fraseología revolucionaria. La asamblea del Partido a la que se dirige Kamenev aprueba una moción denunciando la ruptura por Trotski de las promesas que había hecho en el XIII Congreso. Similares resoluciones son adoptadas en otras reuniones del Partido.
El 15 de enero de 1925 Trotski dirige una carta al Comité Central en la que afirma que no ha querido reanudar un debate en el seno del Partido y presenta su dimisión de la presidencia del Consejo Militar Revolucionario. Dos días después el Comité Central constata que en su carta Trotski no reconoce ninguno de sus errores y que ha puesto ya todas sus esperanzas en que los planes del Partido y del Estado fracasen; que entre las tesis leninistas y las de Trotski hay una muralla insalvable que concierne a los aspectos fundamentales de la ideología; el Partido constata, además, que Trotski ha emprendido una cruzada abierta contra su línea política, y apunta: En los últimos tiempos Trotski no se ha pronunciado junto con el partido, sino con mayor frecuencia contra las opiniones del partido, ni sobre un solo problema de importancia; afirma luego que las intervenciones oposicionistas de Trotski en el partido y alrededor del partido han convertido su nombre en bandera de todo lo no bolchevique, de todas las desviaciones y grupos no comunistas y antiproletarios. Por eso el imperialismo se hace eco de todos sus ataques contra el socialismo, a la espera de que el Partido entre en una fase de descomposición interna y la revolución se hunda.
A pesar de unas afirmaciones tan contundentes, Trotski sólo es relevado de sus funciones como presidente del Consejo Militar Revolucionario y se le advierte de que toda nueva violación de las decisiones del Partido suscitaría su exclusión del Comité Central. No hay, pues, una correspondencia entre la gravedad de las acusaciones y la debilidad de las medidas adoptadas. Zinoviev había pedido la expulsión de Trotski del Partido o, al menos, del Comité Central. Rechazada esta demanda, Kamenev había solicitado la exclusión de Trotski del Buró Político. Estas exigencias tropiezan con la oposición de Stalin, Kalinin, Vorochilov y Ordjonikidze. En el XIV Congreso del partido, Stalin recuerda esas propuestas de Zinoviev y Kamenev y explica que no fueron aceptadas porque nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo [...] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotski sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica los más graves riesgos para el Partido [...] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?
La resolución del Pleno de enero de 1925 había ido precedida por la publicación de una serie de artículos criticando la concepción trotskista de la revolución permanente. Uno de estos artículos, publicado el 20 de diciembre de 1924 por Stalin en Pravda e Izvestia, se titulaba Octubre y la teoría del camarada Trotski sobre la revolución permanente. En este artículo Stalin opone a la teoría de Trotski la tesis de la construcción del socialismo en un solo país. La XIV Conferencia del Partido (abril de 1925) incorpora oficialmente esta tesis a una de sus resoluciones.
En su informe a la Conferencia, Stalin subraya que esta resolución implica que la comunidad de intereses de los obreros y los campesinos es suficientemente fuerte como para prevalecer -bajo la dictadura del proletariado- sobre las contradicciones entre esos intereses: de ahí posibilidad del triunfo del socialismo en la URSS. Trotski niega esta posibilidad al sostener que en un país atrasado no pueden ser resueltas las contradicciones entre la clase obrera y el campesinado: sólo pueden serlo a escala internacional. Como en Brest-Litovsk, Trotski sostenía también en este punto que sólo la victoria de la revolución a escala mundial podía salvar de la degeneración y la decadencia a la Unión Soviética. Stalin, por su parte, demuestra que este planteamiento no tiene nada que ver con el leninismo.
Aunque la analogía es absurda, pone de manifiesto las verdaderas concepciones de los izquierdistas, partidarios de un socialismo a punta de bayoneta, de exportar la revolución al exterior, de saquear a la fuerza a los pequeños campesinos e incluso de imponer una disciplina militar también a los obreros sin partido, como vimos en el debate sobre los sindicatos. Las tesis economicas de la izquierda no conducían a construir una sociedad distinta sino a convertir al proletariado en rentistas dedicados a saquear al campesinado y arruinar la alianza entre ambas clases sociales, lo que equivalía a liquidar el fundamento mismo del Estado soviético. Para los izquierdistas el modelo era el comunismo de guerra. Preobrajenski preconizaba el parasitismo: la tarea de la burguesía debia consistir en producir para que luego el proletariado le expropiara la producción. Cualquier semejanza de eso con el socialismo es una pesadilla.
En vísperas de esta Conferencia, diversas intervenciones indicaban que la mayoría de la dirección del Partido se orienta hacia una postura más flexible frente a los campesinos ricos (kulaks), cuyas posibilidades de acumulación y de incremento de la producción agrícola se juzgan indispensables para el desarrollo de la economía. A comienzos de abril Kamenev lo anuncia ante el Congreso de los soviets de la provincia de Moscú y el 17 de abril de 1925, Bujarin insiste en el mismo tema en un mitin de masas también en Moscú, en el que lanza su famosa consigna ¡enriqueceos!.
En el aspecto político la XIV Conferencia insistió en la necesidad -para consolidar la alianza obrera y campesina- del respeto a la legalidad revolucionaria y de la eliminación de las supervivencias del comunismo de guerra en el trabajo político y administrativo.
Reunido el 30 de abril, al día siguiente de la clausura de la Conferencia, el Comité Central adopta una resolución sobre Las tareas de la política económica del Partido en relación con las necesidades económicas del campo. En la línea de la NEP, tan aborrecida por los izquierdistas, esta resolución amplía el derecho al arriendo de tierras, elimina las restricciones al empleo de trabajadores asalariados en la agricultura, reduce el impuesto agrícola y condena la práctica de los precios impuestos a la compra de los productos agrícolas.
Esto desata nuevos ataques contra la alianza obrera y campesina. A comienzos del verano de 1925 se recrudece la discusión entre las tres posiciones divergentes que venían enfrentándose, con la variante de que, en esta fase de la polémica, Zinoviev se desliza hacia las posiciones trotskistas que había combatido sólo un año y medio antes. Zinoviev ocupó el lugar relevante porque era presidente de la Internacional Comunista y, además, responsable de la organización local más grande y gloriosa del Partido bolchevique, la de Leningrado.
En los primeros días de junio de 1925 llega a la redacción de Pravda, cuyo director entonces era Bujarin, un artículo de Krupskaia en el cual criticaba violentamente la línea del ¡enriqueceos!. A su vez, Bujarin preparó un artículo de réplica y ambos textos fueron sometidos al juicio del Buró Político. La decisión adoptada por éste fue la de no publicar ni el artículo de Krupskaia ni la réplica de Bujarin. Pero esta decisión se tomó por mayoría y tanto Zinoviev como Kamenev se opusieron a la misma porque, en realidad, eran los que estaban detrás del artículo redactado por Krupskaia. Quedaba claro, una vez más, que la mayoría no estaba de acuerdo ni con unos ni con otros.
Al igual que en su polémica contra Trotski, los excesos verbales volvían a relucir en los escritos de Zinoviev de una forma innecesaria, y además gratuita, porque tampoco esta vez Zinoviev tenía razón. Se estaban enfrentando dos posiciones ante la mirada estupefacta de la mayoría del Partido, que de nuevo no se sentía identificado con ninguna de ambas posiciones.
En el XIV Congreso, celebrado en diciembre de aquel mismo año, Zinoviev, presenta un contra-informe político, opuesto e inmediatamente después de que Stalin leyera el suyo. Interrumpido con frecuencia por los delegados, polemiza con las posiciones de Bujarin que identificaban a la NEP con el socialismo y eran la expresión de una inclinación a la estabilización que corría el riesgo de convertirse precisamente en una verdadera liquidación. Por otra parte -decía Zinoviev- existía una estabilización del mundo capitalista y en las condiciones del momento no podía pensarse en la posibilidad de abandonar la política económica inaugurada en 1921, basada en una política prudente respecto de los campesinos. Su crítica quedaba a medias tintas, era indecisa, y no se concretaba en propuestas alternativas. En las Cuestiones del leninismo Stalin ironizaba afirmando que las tesis de Zinoviev eran como edificar el socialismo sin la posibilidad de llevar a cabo su edificación. Por eso Bujarin reprocha a Zinoviev el carácter escasamente constructivo de sus críticas. Su línea política aparecía mucho más coherente y, sobre todo, más en correspondencia con el estado de ánimo de un país que, habiendo pasado por tan terribles pruebas, se aprestaba a retomar aliento. En aquella coyuntura peculiar, se trataba de un tipo de argumentación que no podía dejar de impactar y de hallar audiencia en la mayoría de los delegados. Según Bujarin, se trataba de adquirir la firme convicción que no nos iremos a pique a causa de las diferencias de clase que existen en nuestro país, a causa de nuestro atraso técnico, que nosotros podremos construir el socialismo aun sobre esta base pobre, que este crecimiento del socialismo se operará mucho más lentamente, que nosotros avanzaremos en su construcción acaso con paso de tortuga, pero que la llevaremos a cabo.
También muy poco afortunado con sus expresiones, además del polémico ¡enriqueceos, Bujarin introducía otra muletilla no menos famosa: socialismo a paso de tortuga.
A medida que proseguían las labores del Congreso y las diferentes oradores se alternaban en la tribuna, el aislamiento de Zinoviev y de la delegación de Leningrado se hacía más evidente. A Zinoviev no le quedaba otra alternativa que ampliar los términos del problema, introduciendo nuevos elementos en el debate y replanteando cuestiones ya resueltas. Es lo que hizo en su intervención final, exigiendo, entre las continuas interrupciones de la asamblea, el restablecimiento o la adopción de una serie de medidas aptas para garantizar una dialéctica más ágil entre la mayoría y la minoría en el Partido y para preservar en el mismo su carácter proletario y leninista contra la amenaza del funcionarismo y del aburguesamiento. Afirma que la situación de 1921 y de 1923, que había justificado las limitaciones impuestas a la libertad de discusión en el Partido, ya está superada: Sin autorizar las fracciones, aun manteniendo nuestras antiguas posturas sobre esta cuestión de las fracciones, debemos mandatar al Comité Central para que haga participar en el trabajo del partido a todos los antiguos grupos del partido, ofreciéndoles la posibilidad de trabajar bajo la dirección del Comité Central.
De Zinoviev podía decirse -al igual que de Trotski- que resulta inaceptable que hubieran pretendido alzar el estandarte de la democracia dentro del Partido, para luego confundir la dictadura del proletariado con la dictadura del partido en su obra El leninismo. Ambos perdían de vista sus ansias democratizadoras en cuanto salían del interior del partido. Stalin criticó esta confusión de Zinoviev en sus Cuestiones del leninismo que, en el momento en que se proponía, era verdaderamente perturbadora: Es conveniente recordar estos peligros precisamente ahora, en el periodo de ascenso de la actividad política de las masas, cuando la disposición del partido a prestar oido atento a la voz de las masas tiene para nosotros una importancia especial, cuando el prestar atención a las exigencias de las masas es mandamiento fundamental de nuestro partido, cuando se requiere del partido una prudencia y una flexibilidad especiales en su política, cuando el peligro de caer en el engreimiento es uno de los peligros más serios que amenazan al partido en la obra de dirigir acertadamente a las masas.
Zinoviev se echaba en brazos de su viejo enemigo trotskista: a su propuesta final de revolución mundial se añadía otra consigna de la misma procedencia: la libertad de acción para las fracciones. Se pretendía -nada menos- que volver sobre dos cuestiones que ya se deberían tener superadas.
Le tocó a Stalin responderle en su discurso de clausura de las labores del Congreso. En esta oportunidad el Secretario General abandonó el tono circunspecto que había adoptado en el Informe introductorio y atacó el escrito sobre La filosofía de la época de Zinoviev. Aún aceptando en parte algunas de las demandas relativas a la organización interna del Partido que planteaba en su intervención final, insistió sobre todo en la unidad del Partido: El Partido quiere la unidad y logrará obtenerla junto con Kamenev y Zinoviev, si ellos lo quieren; sin ellos si no lo quieren. En su informe Stalin mantuvo que de las dos desviaciones posibles en el problema campesino, la más peligrosa y que debía ser combatida con mayor fuerza era la tendencia a la sobrevaloración del papel de los kulaks en el campo y la consiguiente necesidad de luchar contra los mismos. Esto significaba una aproximación nítida a las posiciones de Bujarin, pero, sin embargo, en su discurso de clausura, no obstante alinearse abiertamente contra Zinoviev y la oposición de Leningrado, se cuida de poner distancia subrayando su desacuerdo con la fórmula del ¡enriqueceos!. El Secretario General declara que las concesiones hechas al campesinado son, ante todo, concesiones a los campesinos medios y están destinadas a reforzar la alianza obrera y campesina. Y recuerda: La NEP es una política peculiar del Estado proletario con vistas a admitir la existencia del capitalismo, cuando las posiciones dominantes están en manos del Estado proletario; es una política con vistas a la lucha entre los elementos capitalistas y los elementos socialistas, con vistas a incrementar el papel de los elementos socialistas en perjuicio de los elementos capitalistas; es una política con vistas a la victoria de elementos socialistas [...] la liquidación de las clases y la construcción de los cimientos de la economía socialista.
Sobre la cuestión del capitalismo de Estado reconoce Stalin que es compatible con la dictadura del proletariado, como Lenin había indicado, pero limita la noción de capitalismo de Estado a las concesiones. En su opinión, basta el papel predominante del sector industrial estatal para eliminar la cuestión del capitalismo de Estado.
Stalin termina su intervención con un llamamiento a la unidad, declarando: El Partido desea la unidad y la logrará, con Kamenev y Zinoviev, si ellos lo quieren; sin ellos, si no lo quieren.
Se ponía así fin a este segundo debate que se había abierto inmediatamente después del cierre de la prolongada polémica sobre el trotskismo y su revolución permanente, en cuyo centro había estado ubicada la cuestión de la construcción del socialismo en un solo país. Así como el primero se había concluido con la derrota política de Trotski, éste terminaba con la derrota de Zinoviev y de la oposición de Leningrado.
Para Stalin, tanto a Zinoviev como a Trotski, les faltaba confianza en la posibilidad de la clase obrera rusa de escapar al dilema de revolución mundial o restauración burguesa-campesina. Son posturas liquidacionistas, dice Stalin, pero no por desconfianza en el campesinado, sino por desconfianza en la capacidad del proletariado para atraer hacia sí al campesinado.
La oposición sufre una severa derrota. El 1 de enero de 1926 es elegido un nuevo Buró Político por un Comité Central parcialmente renovado. Zinoviev, sigue siendo miembro del Buró Político, pero Kamenev, es degradado al rango de miembro suplente. Los miembros reelegidos son: Bujarin, Rikov, Stalin, Tomski y Trotski. Entran en el Buró Político tres nuevos miembros: Vorochilov, Kalinin y Molotov. El grupo dirigente del Partido empezó a ganar homogeneidad. Una delegación del Secretariado reorganiza el aparato del Partido de Leningrado. Zinoviev deja de ser primer secretario de Leningrado y es reemplazado por Kirov. Además es relevado de la presidencia de la Internacional Comunista y reemplazado por Bujarin en el transcurso de 1926. La manera cómo Stalin había conducido la polémica había contribuido notablemente a elevar su prestigio. Su figura iba emergiendo y ganando autoridad entre los militantes comunistas.
Un Pleno conjunto del Comité Central con la Comisión Central de Control celebrado en octubre de 1927 expulsó del Comité Central a Trotski y a Zinoviev, que se había unido al primero. Tras una manifestación contrarrevolucionaria promovida en el X Aniversario de la Revolución de Octubre, fueron expulsados del Partido por el Comité Central y la Comisión Central de Control (14 de noviembre de 1927), decisión que fue ratificada por el XV Congreso en diciembre del mismo año. Por fin, en 1929 Trotski fue expulsado de la URSS por su actividad ya completamente hostil al socialismo. Sus apoyos dentro del Partido eran tan exigüos que no llegaron a 100 los expulsados del Partido por defender sus concepciones, de un total de un millón de militantes aproximadamente.
Los bolcheviques habían confiado que la Revolución en Europa rompería ese aislamiento exterior, pero en 1923 la insurrección proletaria fracasó en Alemania. Entonces algunos dirigentes volvieron los ojos hacia el Oriente, hacia Asia, tratando de encontrar allí las reservas suficientes que permitieran romper el aislamiento exterior de los soviets. En torno a esta cuestión se creó toda una corriente que cabe calificar de tercermundista y que tuvo en Bujarin a uno de sus intérpretes más cualificados. Por tanto, también en la cuestión internacional se delineraron tres corrientes dentro del Partido bolchevique, porque las tesis internacionalistas de Bujarin eran tan erróneas como las trotskistas y también resultaron rechazadas.
Entre ambas corrientes internacionalistas, las posiciones de Stalin y la mayoría del Partido bolchevique fueron calificadas de nacionalistas y, en consecuencia de traición a las tesis tradicionales de Marx y Lenin. Según Zinoviev la tesis de construir del socialismo en un solo país pecaba de estrechez nacional y significaba abandonar la revolución internacional su propia suerte, rechazar el internacionalismo proletario. Pero como preguntaba Stalin: ¿No sería más exacto decir que quien peca aquí contra el internacionalismo y la revolución internacional no es el partido sino Zinoviev? ¿Pues qué es nuestro país, el país del 'socialismo en construcción' sino la base de la revolución mundial? Pero ¿puede acaso nuestro país ser la verdadera base de la revolución mundial si no es capaz de llevar a cabo la edificación de la sociedad socialista?. No son internacionalistas, decía Stalin, sino liquidacionistas.
La prueba más evidente de la falsedad de esta tesis es la creación de la Internacional Comunista que, a su vez, caracterizó a la Unión Soviética como la fortaleza más importante de la revolución mundial. En marzo de 1919 Stalin participó en la fundación de la III Internacional y, durante algún tiempo, jugó también un papel relevante y dirigente en los asuntos de la Internacional. Pero su compromiso más activo empezó en el V Congreso celebrado en 1924, cuando fue elegido miembro del Comité Ejecutivo y de su Presidium. Sus Obras están llenas de discursos sobre la Internacional durante los años 1924 hasta 1928. Sin embargo, tras estos años de participación y vinculación activa, Stalin dejó de intervenir y permaneció ausente durante sus dos últimos Congresos, en 1928 y 1935. Sus Obras no contienen aportaciones a los asuntos de la Internacional después de 1928. Esto contrasta con el retrato estereotipado de Stalin como un tirano que dominaba indiscutidamente en la Internacional y, a través de ella, en todos los países en los que estaba implantada.
Dentro de la Internacional Comunista, Stalin contribuyó a elaborar la táctica de frente unido para lograr la más amplia confluencia en la acción revolucionaria de los trabajadores. En el curso de esta lucha unida, el proletariado debia educarse en el espíritu revolucionario, preparando su principal tarea: el derrocamiento del orden burgués y el establecimiento de la dictadura del proletariado. Puso el énfasis en la creación de frentes unidos por abajo, llamando a los trabajadores de todos los partidos, no a acuerdos con los dirigentes de la socialdemocracia. Ahora bien, la condición imprescindible era que los partidos comunistas mantuvieran siempre la total independencia política. Por eso la táctica de frente unido [...] es una táctica de revolución, no de evolución [...] no es una coalición democrática, una alianza con la socialdemocracia. Sólo es un método de agitación y movilización revolucionaria. Esta correcta línea táctica prevaleció también en el V Congreso en 1924.
Algunas formulaciones sobre un gobierno de los trabajadores, o gobierno de trabajadores y campesinos, fomentaron la ilusión de una vía parlamentaria al socialismo a través de una alianza con la socialdemocracia. Por iniciativa de Stalin, esas formulaciones fueron corregidas a favor de la movilización de los trabajadores para el aplastamiento revolucionario del Estado capitalista porque, en definitiva, el Partido socialdemócrata se vuelve declaradamente contrarrevolucionario, y sus actividades contrarrevolucionarias están dirigidas contra el régimen proletario, sólo cuando éste último se ha convertido en una realidad.
Fue tambien Stalin quien, a partir del ascenso del fascismo al poder en varios paises de Europa, denunció el socialfascismo, la colaboracion abierta de los dirigentes de la socialdemocracia con los fascistas: El fascismo es la organización de combate de la burguesía que se apoya en el respaldo activo de la socialdemocracia. La socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo. No hay bases para asumir que la organización de combate de la burguesía pueda lograr éxitos decisivos en las batallas, o en el gobierno del país, sin el apoyo activo de la socialdemocracia [...] Esas organizaciones no se niegan entre sí, sino que se complementan mutuamente. No son antípodas, son gemelos. El fascismo [...] existe para combatir la revolución proletaria.
Las tesis izquierdistas sobre la cuestión internacional o sobre la cuestión campesina reiteraban las propuestas de Trotski sobre los sindicatos: si antes propuso sacudir a los sindicatos, lo que no significaba sino sacudir a los obreros sin partido, en las demás cuestiones se trataba también de seguir sacudiendo. El socialismo debía imponerse a todos por la violencia. No se podía retroceder. Eran las mismas tesis que sostuvieron cuando boicotearon los acuerdos de Brest-Litovsk. La paz con el imperialismo era inconcebible para ellos bajo ninguna circunstancia. Tampoco cabía cambiar la política económica y replegarse con la NEP. No cabe, pues, achacarles incoherencia.
No menos erróneas eran las tesis de Bujarin, quien separaba las cuestiones internas de las internacionaes y sostenía una concepción ultraimperialista del capitalismo. En su obra El imperialismo y la acumulación de capital, escrita hacia 1915, Bujarin había escrito: Si el capitalismo reproduce sus contradicciones hasta un punto en que comienza la decadencia de las fuerzas productivas, lo cual vuelve imposible la existencia de la fuerza de trabajo e impulsa a la clase obrera a la rebelión, minando el poder de los países metropolitanos, desencadenando las fuerzas de los esclavos coloniales y agudizando los antagonismos nacionales, en ese caso las contradicciones del capitalismo quebrarán el bloque las clases dominantes y el campesinado y permitirán que una parte importante de éste se vuelva en contra de la dominación capitalista. Obviamente en semejante situación, las tácticas, las consignas de la lucha y la actitud hacia el problema de los aliados deberán ser diferentes. En tal caso la necesidad de relacionar las revoluciones proletarias con las guerras campesinas, las rebeliones coloniales y los movimientos de liberación nacional pasa a primer plano (3).
Es justamente la tesis inversa de los izquierdistas, que conducía a una sobrevaloración del campesinado y, de ahí, a poner en primer plano a los países dependientes. Ese tipo de concepciones llevaron a Bujarin a rechazar la consigna leninista de oponer la guerra civil frente a la guerra imperialista en 1915 y tres años después, durante el debate sobre la paz de Brest-Litovsk, a pretender sacrificar la Revolución de Octubre en beneficio de una próxima revolución internacional, lo que Lenin calificó de estupidez izquierdista. Ése era el internacionalismo de Bujarin: si los imperialistas continúan la guerra contra la Rusia revolucionaria, estallará la revolución mundial.
Esa misma postura defenderá luego Bujarin en el debate mantenido con Stalin en 1928 sobre la industrialización. Stalin afirmó que estaba en cuestión no sólo la construcción del socialismo, sino el mantenimiento de la independencia del país, porque era previsible una agresión imperialista contra la Unión Soviética. En su informe al VI Congreso de la Internacional Comunista, Bujarin manifiesta su completo acuerdo con el riesgo de una próxima confrontación bélica, e incluso la configura como el verdadero rasgo carácterístico del momento. Sin embargo, la alternativa que ofrece a ese grave riesgo no es la industrialización sino explotar el papel revolucionario de los pueblos de Asia y a afirmar, por otro lado, que el elemento decisivo en la defensa de la Unión Soviética es su situación política interna y, ante todo, la solidez de la alianza obrera y campesina.
Bujarin desplaza los problemas internos a la esfera internacional y más específicamente hacia el Tercer Mundo, par acabar considerando que el Tercer Mundo es un reducto agrario poblado de campesinos en el que la lucha de clases está ausente: allí, afirmó en el VI Congreso de la Internacional Comunista, no existe el proletariado; las condiciones necesarias para la transformación de la revolución campesina democrática en revolución socalista no existen. Esas condiciones tienen que llegar de fuera, del proletariado de las metrópolis. La lucha mundial está condicionada por los centenares de millones de individuos de la población mundial, que son la fuerza decisiva y son campesinos. Pero las tesis de Bujarin, como ya había advertido Lenin, conducen a la apología del imperialismo: las masas campesinas del Tercer Mundo deben ser guiadas por los obreros de las metrópolis, lo que en definitiva conduce a nuevas formas de imperialismo.
Cuando en el verano de 1928 se celebra el VI Congreso de la Internacional Comunista, Bujarin es el responsable de su Comité Ejecutivo, pero sus divergencias con la mayoría del Partido bolchevique ya habían estallado, aunque no eran públicas. En ese contexto Bujarin expuso en su Informe una serie de tesis que, contrariamente a las reglas habituales, no habían sido sometidas previamente a la delegación del Partido soviético, lo cual obligó a este último a introducir veinte enmiendas, colocando a Bujarin en una situación más que violenta. Las divergencias salieron a la luz frente a terceros y Bujarin fue desautorizado públicamente en su condición de máximo responsable de la Internacional Comunista.
Uno de los puntos de desacuerdo de la delegación sovietica con el informe de Bujarin ante el VI Congreso fue la perspectiva de la crisis económica. La discusión puso de manifiesto que Bujarin no concebía que las crisis tuvieran carácter general que con el imperialismo, que tenía, además, una teoría de las crisis económicas diferente de las marxistas y, finalmente, opinaba que esas crisis no abrían perspectivas revolucionarias a las masas.
Su teoría era otra copia de las de la socialdemocracia, especialmente de Hilferding, a quien emula tanto como critica. Resulta realmente paradógico que Bujarin subraye con énfasis la crudeza de las guerras imperialistas, al tiempo que considera que en el interior de cada país, el capitalismo es capaz de organizarse a fin de amortiguar las crisis. Eso sólo es posible desconectando artificialmente la guerra internacional de la guerra interna.
En su informe Bujarin comienza hablando de estabilización e incluso de un considerable fortalecimiento del capitalismo pero a consecencia de las críticas de la delegación soviética, el tono de los siguientes discursos fue cambiando progresivamente; comienza a relacionar la guerra con la lucha de clases y afirma que una situación revolucionaria también es posible aunque no se desencadene una guerra mundial. Ahora bien, con una guerra, la revolución -sostiene Bujarin- no sólo es posible sino inevitable.
Por eso, para Bujarin, a pesar de la inminencia de la guerra, la crisis económica en los países capitalistas avanzados no conduce a la revolución. Las metrópolis imperialistas no sufrirán un hundimiento interno en los años próximos y el centro de gravedad de la revolución mundial se situará en los países de oriente: Se ha producido un desplazamiento de fuerzas fundamentales del imperialismo hacia el continente asiático, afirma Bujarin. Sin embargo, cuando se celebra el VI Congreso de la IC, faltan sólo trece meses para que estalle la gran crisis captalista de 1929. La discusión no era, pues, académica sino que afectaba a la táctica inminente de todos los partidos comunistas del mundo, que debían estar preparados ante la eventualidad.
Por eso no puede extrañar que Bujarin sea, a la vez, expresión ideológica de la pequeña burguesía campesina y de ciertas formas de tercermundismo en el plano internacional. Paradójicamente Bujarin que inició su enfrentamiento con el Partido a causa del programa mínimo, se convertió entonces en máximo valedor, porque la reforma agraria y el antimperialismo no iban más allá de las reivindicaciones puramente democráticas que en sus teorías, aparecen desconectadas de la lucha por el socialismo. En esto coincidía plenamente con Trotski.
En esta fase final, el proceso de lucha contra el trotskismo había durado cuatro años. Este hecho prueba que no se zanjó de una manera burocrática, con medidas disciplinarias. Pero finalmente todo se había puesto al descubierto, y seguiría descubriéndose cada vez más, con Trotski fuera del Partido bolchevique.
En su origen el trotskismo no había sido más que una variedad más dentro de las existentes entre los mencheviques. Pero en su aspecto práctico el trotskismo resultaba insignificante frente a la fuerza de los mencheviques, una organización con una sólida implantación entre el proletariado. El trotskismo jamás hubiera pasado a la historia de no ser por la infiltración de Trotski entre los bolcheviques. Así como los dirigentes mencheviques (Martov, Potresov, Dan, etc.) permanecieron fuera de las filas bolcheviques, Trotski penetró en ellas convirtiéndose en un enemigo interior.
De manera que para la burguesía imperialista la crítica trotskista se convirtió en el fundamento mismo de su lucha ideológica contra el socialismo. No hacía falta demostrar las críticas a la URSS y al Partido bolchevique: eran ciertas porque venían de los propios bolcheviques. Lo mismo sucedió luego con los ataques de Jruschov, también asumidos como propios por la burguesía. Hasta el punto que los imperialistas abandonaron sus propias críticas y asumieron las de Trotski y Jruschov; sin necesidad de mayores comprobaciones se aceptaron como válidas porque llegaban desde dentro. Esta misma circunstancia concedía mucha más fuerza a los argumentos ante las masas populares, mucha mayor capacidad de influencia porque no aparecían como una defensa del capitalismo frente al socialismo sino como una defensa del socialismo frente a la degeneración que había padecido en le etapa stalinista.
La batalla de los bolcheviques contra el trotskismo comenzó como una batalla principalmente ideológica, como decía Stalin en un discurso de 1924:
La tarea del Partido consiste en enterrar el trotskismo como corriente ideológica.
Hablan de represiones contra la oposición y de posibilidad de escisión. Eso son tonterías, camaradas. Nuestro Partido es fuerte y poderoso. No consentirá ninguna escisión. En cuanto a las represiones, estoy decididamente contra ellas. Lo que ahora necesitamos no son represiones sino una amplia lucha ideológica contra el trotskismo, en trance de resurrección (1).
Herida en su orgullo la reacción tuvo que vencer su repugnancia a los soviets y utilizar a las fuerzas más próximas a la Revolución, primero los eseristas y los mecheviques y, finalmente, penetrar dentro de la filas mismas del Partido bolchevique. Los zaristas se convencieron de que ante el apoyo de la masas a la Revolución, la fortaleza no se podía tomar al asalto sin una previa labor interna de zapa que aprovechara el descontento de los viejos militantes bolcheviques depurados de las filas del Partido. De modo que lo que en un principio eran divergencias políticas e ideológicas, se transformó en una verdadera agresión contra la Unión Soviética proveniente de sus propias filas.
El levantamiento de Cronstadt en 1921 demostró de manera fehaciente a los contrarrevolucionarios que eran las consignas revolucionarias las movían a las masas, que podían utilizar las consignas soviéticas para luchar contra los bolcheviques. Esto marcó todo un giro en la concepción contrarrevolucionaria.
Lo que en un principio fueron únicamente disputas políticas e ideológicas, que Trotski fue transformando en colaboración abierta con el imperialismo. Trotski tuvo todas las posibilidades para defender sus posiciones, tanto dentro del Estado como dentro del Partido y de la misma sociedad soviética. Pero ninguna de sus tesis fueron aceptadas: fue primero destituido de sus funciones dentro del gobierno; luego fue destituido de la direccion del Partido y finalmente expulsado del Partido mismo, hasta que finalmente hubo que expulsarle de la Union Soviética. Esta evolución del trotskismo hacia la contrarrevolución flagrante la describió así el mismo Stalin:
¿Quién dio a la burguesía contrarrevolucionaria un arma moral, un arma ideológica contra el bolchevismo como la tesis de la imposibilidad de la edificación del socialismo en nuestro país, como la tesis de la inevitabilidd de la degeneración de los bolcheviques, etc.? Esta arma se la dio el trotskismo. No se puede considerar fortuito que todos los grupos antisoviéticos en la U.R.S.S. en sus intentos de argumentar la inevitabilidad de la lucha contra el poder soviético, invocaran la conocida tesis del trotskismo de edificar el socialismo en nuestro país, de la inevitibilidd de la degeneración del poder soviético, de la probabilidad del retorno al capitalismo.
¿Quién dio a la burguesía contrarrevolucionaria un arma de organización como los intentos de crear organizaciones clandestinas antisoviéticas? Esta arma se la dieron los trotskistas al organizar su propio grupo antibolchevique ilegal. Es un hecho que el trabajo clandestino antisoviético de los trotskistas permitió que los grupos antisoviéticos de la U.R.S.S. adoptaran forma orgánica.
El trotskismo es el destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria. (2)
Habiendo perdido dentro del Partido todas las batallas que había emprendido contra los bolcheviques, Trotski tuvo que recurrir a la infiltración solapada y el fraccionalismo. Había dejado de ser oposición abierta para pasar a conspirar de manera encubierta. Tras él se agruparon todos los descontentos, los aventureros y los desplazados por las interminables luchas que los oblchevique s se vieron obligados a confrontar. Como escribió Churchill, Trotski se esfuerza por reunir los bajos fondos de Europa para abatir al ejército rojo (Grandes contemporáneos). Una red de matones, mercenarios y espías se puso a su disposición reclutados entre los bajos fondos de Rumanía, Finlandia, Hungría y otros países. En Prinkipo la casa de Trotski era un hervidero de conspiraciones, en las que jamás faltaban agentes británicos ni franceses que pusieron a su disposición gran cantidad de fondos. Uno de los asiduos de Trotski en Prinkipo era el coronel Nicolai, oficial la sección III B del servicio secreto militar alemán.
La burguesía imperialista comenzó a hablar trotskista: el comunismo no era malo sino todo lo contrario; lo que sucedía era que Stalin lo aplicaba de una forma tergiversada. En Estados Unidos los trotskistas estuvieron encabezados desde el comienzo por un especulador sin escrúpulos como Max Eastman, por un diplomático soviético renegado como Alexander Bermin, por un aventurero como el autodenominado general Krivitsky que se hacía pasar por antiguo miembro de la GPU, por el abogado de Trotski, Albert Goldman, condenado en 1941 por un tribunal federal por sedición contra el ejército, por Isaac Don Levin y William Chamberlain, ambos periodistas de la cadena Hearst y que también publicaron un libro sobre los procesos de Moscú en Contemporary Japan, un órgano de propaganda de los militaristas japoneses. Otro conocido trotskista que el imperialismo lanzó como auténitico experto en stalinismo es James Burnham, avalado por innumerables títulos académicos de diversas universidades norteamericanas, presentadas como fachada de solvencia para reproducir lo que no es sino una pura campaña de intoxicación que no ha cesado.
Eso resume en lo que degeneró Trotski y el conjunto de la oposición: un reducido grupúsculo anticomunista, inflado hasta la saciedad por la propaganda burguesa para lucha contra la revolución.
(1) Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo (1923-1930), Siglo XXI, Madrid, 1978, pg.333
(2) V.I.Lenin: «La crisis ha madurado», en Obras Completas, tomo 34, pg.288.
(3) N.I.Bujarin: El imperialismo y la acumulación de capital, Cuadernos de Pasado y presente, Córdoba, Argentina, 1975, pg.208.
(4) Yannick Blanc y David Kaisergruber: L'affaire Boukharin, Maspero, París, 1979, pg.182.

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