Source: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-64422018000200417&lng=es&tlng=es
Timestamp: 2020-06-04 05:54:14+00:00

Document:
http://dx.doi.org/10.24201/es.2018v36n107.1662
Perceptions of protest: a partial approach to those who do not mobilize
Gustavo Adolfo Urbina Cortés*
* Centro de Estudios Sociológicos-El Colegio de México, México. Correo electrónico: gaurbina@colmex.mx.
Palabras clave: protesta; espectadores; movilización; eficacia; percepción; acción colectiva
This research advance addresses the subjective dimension of collective action between mobilized and immobilized individuals. Due to the importance of spectators as a potential “reserve army” to swell the protest, these notes focus on an exploratory comparative analysis between a group with mobilization antecedents and another without involvement. The main objective was to extract some hypotheses which could help to problematize in a partial way the link, not often studied in Mexico, between the perception of social protest, its moral dimensioning and its importance to summon a political involvement.
Key words: protest; spectators; mobilization; efficacy; perception; collective action
En un país donde 43 jóvenes pueden desaparecer de la noche a la mañana, 49 niños pueden morir calcinados en una guardería o más de 30 000 personas pueden desvanecerse en forma súbita,1 parece imprescindible preguntarse qué hace falta para cimbrar las raíces de la movilización social. Desde luego, las premisas con las cuales se detonan algunas inquietudes inquisitivas no niegan la salida histórica de distintos contingentes, ni mucho menos la articulación de diversos frentes sociales en torno a esas y otras causas. Por el contrario, lo que resulta poco intuitivo y redundante en los albores de esta pesquisa radica en tratar de comprender por qué, pese al amplio volumen de tales movilizaciones, no hubo una mayor presencia de gente volcada en las calles; por qué, pasadas ciertas escenas coyunturales, el ritmo y la constancia de los reclamos se tornó en algo pasajero. ¿Acaso se pueden dar por zanjados los agravios provocados por tales hechos? ¿Se ha tornado en costumbre el horror de las vidas prescindibles? O simple y llanamente, ¿nos hemos dado por vencidos frente al peso de algunas de nuestras más calamitosas adversidades?
Aunque este no es espacio para una reflexión de enlace con las interrogantes anteriores, se hará notar que algunos de los planteamientos aquí esbozados están fuertemente conectados con el enmarcado subjetivo de la protesta social. Por su centralidad en el debate subdisciplinario de la acción colectiva, y dada la amplia bibliografía precedente sobre afectividad, cognición y racionalidad en los procesos de movilización social, dicha dimensión no puede ser considerada novedosa ni inexplorada para los propósitos investigativos que alientan estas notas.2 No obstante, el objetivo de este texto consiste en delimitar algunos apuntes sobre la relación entre disposiciones y prácticas políticas de tipo contencioso, donde se logren problematizar algunos ángulos poco considerados en el desarrollo del campo temático y escasamente centrados en el referente empírico nacional.
Circunstancias de partida
Los tiempos aciagos suelen albergar contradicciones. El curso de los últimos años ha dado cuenta de un flujo creciente de protestas sociales. En comparación con otras épocas, quizá hoy se goza de otras libertades que, si bien habrá quien arguya que no son plenas, se reflejan en la condensación de personas en las calles.
De acuerdo con datos del Laboratorio de Análisis de Organizaciones de los Movimientos Sociales (LAOMS ), entre 2013 y 2016 han tenido lugar poco más de 9 000 protestas a lo largo y ancho del país. Con registros contados mediante el método de análisis de eventos de protesta,3 las dinámicas anuales indican claramente algunos repuntes asociados a temáticas específicas, como la aprobación de la Ley del Servicio Profesional Docente y, por supuesto, la indignación por la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.
Fuente: elaboración propia con base en datos del LAOMS, 2017.
Gráfica 1 Dinámica de eventos de protesta 2013-2016 en México
A lo largo de esos cuatro años han ocurrido en promedio 193.5 incidencias mensuales. El año de mayor repunte fue 2014, aunque con una tendencia estable de concentración de actores y demandas en los campos de oposición a la reforma educativa y de ciudadanos que protestan por la inseguridad pública (contra la impunidad) y la corrupción en los sistemas de procuración de justicia.4
El panorama contestatario no resulta desdeñable. No obstante, tal como se advertía desde las líneas introductorias de este texto, aunque es innegable la presencia de frentes sociales organizados y otros más espontáneos en la movilización social, algunos indicios despiertan la atención. Destaca que, pese a la persistencia de los reclamos sobre justicia y el recrudecimiento de distintos sucesos a nivel nacional, la tónica y el ritmo de la protesta tiendan a ser altamente irregulares. Un análisis focalizado en el peso relativo de los actores sugiere que si bien las demandas relacionadas con la impunidad, la inseguridad, el acceso y la procuración de justicia forman parte primordial de la agenda de reclamos, las capacidades de movilización tienden a concentrarse en unos cuantos flancos (véase Gráfica 2).
Gráfica 2 Mapeo de actores según peso relativo en la dinámica de la protesta, 2013-2016 *
Detrás de la condensada nube de organizaciones que acaparan el protagonismo contencioso, reside un enigma irresuelto sobre las motivaciones y prácticas de quienes se adhieren a la acción sin pertenecer a una plataforma asociativa u ostentar una membresía concreta (Klandermans et al., 2014). Como potenciales adherentes, simpatizantes o solidarios, son esas personas las que constituyen buena parte de la mayoría ausente, la que igual comparte el agravio y la frustración, pero deciden no salir a colmar las calles en momentos críticos como los presentes.
Al margen de la disciplina militante y la capacidad aglutinadora de las estructuras orgánicas están los espectadores, a quienes no se les puede consignar en forma absoluta como figuras pasivas frente a los temas nucleares de la protesta social. En ese amplio conjunto se mezclan posiciones diversas de indiferencia, simpatía o rechazo, entre muchas otras, las cuales facilitan o inhiben la propagación del involucramiento (Klandermans & Oegema, 1987; Klandermans, 1997; Simon & Klandermans, 2001).
Entre los múltiples y variados aspectos estudiados en el campo subdisciplinario de la acción colectiva, la percepción de la protesta social como recurso político de interpelación ha ocupado un lugar secundario. Aunque uno de los propósitos cruciales de la movilización radica en incrementar la sonoridad de la denuncia, poco se conoce acerca de cómo el empleo de repertorios contenciosos afecta a la opinión pública, cómo se evalúa su utilidad entre sus potenciales movilizados y de qué manera se dimensiona moralmente la posibilidad de contender por el cambio social.
De acuerdo con Thomas y Louis (2014), el vínculo entre lo contencioso y la conformación de opinión no resulta trivial en la medida en que permite pensar en algunos de los procesos clave para fomentar y sostener la participación. Concretamente, para ambas investigadoras el punto medular reside en cómo las formas de la protesta tienden a impactar en las percepciones de legitimidad de las contiendas. Asimismo, importa el modo ulterior en que logran invocar a otras audiencias, incluidos simpatizantes, opositores y autoridades de gobierno.
Además del flujo de gente y los recursos materiales y simbólicos envueltos en el despliegue de repertorios, las protestas movilizan opiniones, juicios de valor y discursos morales (Jasper, 1997). En la relación entre percepciones de legitimidad y producción de acción colectiva, distintas contribuciones también han señalado cuán relevante es la reconversión de los espectadores en agentes de la protesta social. A menudo soterrado en la relación entre antagonistas y protagonistas de una contienda, dicho grupo alberga un cúmulo heterogéneo de personas, donde se juega una parte importante del éxito de una movilización (Louis, 2009). Quienes promueven o resisten el cambio social no solo tienen la enorme tarea de ocupar el espacio público. A su vez, adquieren la responsabilidad de convencer a otros de que una situación específica es inaceptable y, por ende, avaladora del desahogo de cierto tipo de acciones con mayor o menor grado de disrupción de las normas (McCauley & Mostalenko, 2008; Lepreucht, Hataley, Mostalenko & McCauley, 2010).
A partir de lo anterior, se pensó en la necesidad de generar un estudio exploratorio sobre la manera en que se percibe la protesta social como recurso de interpelación política a la autoridad. Por la importancia de los espectadores como potencial “ejército de reserva” para engrosar la movilización, se decidió establecer una comparación entre un grupo con antecedentes de movilización y otro sin involucramiento. El objetivo primordial consistía en extraer algunas hipótesis que ayudaran a problematizar en forma parcial la ausencia de un enorme conjunto de personas que ni militan ni transitan por los circuitos de una organización, pero que probablemente comparten los mismos descontentos y desazones de quienes deciden sumarse a una marcha o alguna otra expresión contenciosa.
Punteos analíticos y pistas exploratorias
De acuerdo con Piven y Cloward (1964), la génesis de la protesta supone distintas experiencias entre sus potenciales protagonistas. En primera instancia, se percibe que algunos de los rasgos, reglas o procedimientos del sistema de poder pierden legitimidad. En segundo lugar, aun entre personas aquiescentes surge la tentativa de exigir derechos o demandar cambios. Como tercer aspecto, individuos que normalmente se consideran indefensos llegan a creer en su capacidad para alterar su suerte, como si adquirieran o renovaran cierto sentido de eficacia.
Las protestas, tal y como las entienden Piven y Cloward, constituyen síntomas de desafío colectivo. Esto implica no sólo a los directamente agraviados por una situación peculiar, sino a todas aquellas personas que de un modo u otro comparten sus juicios acerca de lo que les aqueja.
Como se mencionó, los espectadores conforman un grupo heterogéneo donde se alojan posibles adherentes a la movilización. No obstante, su sello distintivo consiste justamente en su pasividad frente al empleo de repertorios contenciosos. ¿Acaso entre estas personas no prevalece una noción de agravio o injusticia similar a la de quienes participan activamente? ¿Será que no comparten la legitimidad de ciertas causas o demandas enarboladas por los movilizados? ¿Habrá un rechazo o desestimación de la protesta como mecanismo de interpelación política?
Con esas preguntas como punto de partida se decidió realizar un ejercicio exploratorio. Para ello se reunieron tres muestras distintas, dos de 48 personas y una más con 42 observaciones (véase Cuadro 1). El muestreo fue escindido, dado que la dinámica de trabajo consistió tanto en la aplicación de cuestionarios de encuesta como en la realización de sondeos cualitativos.
Cuadro 1 Composición muestral de la exploración
Número de registros 48 48 42
Hombres 26 23 19
Mujeres 22 25 23
Entre 15-17 años 2 4 1
Entre 18-21 años 10 8 6
Entre 22-25 años 11 12 9
Entre 26-29 años 9 10 9
Entre 30-35 años 6 5 8
Entre 36-40 años 5 4 4
Entre 40-45 años 3 4 4
Más de 45 años 2 1 1
C/antecedentes de movilización 12 13 14
S/antecedentes de movilización 36 35 28
Punto de afluencia Zócalo Barranca Coyoacán
Los informantes fueron captados en tres puntos de afluencia al término de una movilización convocada a finales de marzo de 2015: (1) la plaza central de Coyoacán; (2) la plancha del Zócalo, y (3) el metro Barranca del Muerto. El único criterio de selección consistía en excluir a individuos que ostentaran alguna membresía o adscripción vigente en alguna organización, contingente o colectivo de interés público, como partidos o agrupaciones políticas, sindicatos u otras instancias facilitadoras de la movilización. Esta última restricción se introdujo con el propósito de favorecer la comparabilidad entre personas con y sin antecedentes de participación en protestas sociales.
La aplicación de cuestionarios in situ tras la realización de una marcha y sus correlativas concentraciones permitió obtener registros tanto de espectadores como de participantes en distintos contingentes. El operativo en campo se focalizó en puntos de afluencia y no en rutas de la protesta a fin favorecer el contraste entre individuos activos y audiencias pasivas.
El cuestionario aplicado consistía en interrogar a las personas acerca de su grado de concordancia con distintas afirmaciones sobre la protesta social. Los reactivos correspondientes a cada dimensión pueden ser consultados en el Cuadro 2.
Cuadro 2 Reactivos del cuestionario exploratorio*
a) Acudir a una protesta sirve para expresar el descontento ante las autoridades y para que éstas tomen resoluciones frente a las problemáticas que nos aquejan [ins1]
b) El gobierno y sus instituciones cuentan con la capacidad para resolver de manera efectiva los reclamos que realizamos distintos actores sociales [ins2]
c) El gobierno funcionaría mucho mejor si hubiera mayores presiones sociales por parte de los ciudadanos, tal y como se hace a través de las protestas [ins3]
d) Las autoridades están dispuestas a escuchar y a atender las demandas que se plantean a partir de las protestas y movilizaciones [ins4]
Cumplimiento de objetivos y satisfacción de necesidades
a) Protestar, en general, permite satisfacer las necesidades o demandas de la gente movilizada [sat1]
b) La protesta es el mecanismo más eficiente para hacerse escuchar ante las autoridades gubernamentales cuando otros recursos institucionales no están disponibles [sat2]
c) Quienes protestan tienen amplias posibilidades de lograr sus objetivos y de satisfacer sus demandas [sat3]
d) Protestar incrementa las posibilidades de que se resuelvan las necesidades más graves de cierto tipo de personas [sat4]
Razonamientos de la protesta
a) Protestar tiene sentido no sólo por la probable resolución de ciertas demandas, sino por el simple hecho de que existe un trato indigno o con escaso apego a la ley, la justicia y el respeto de las personas [raz1]
b) Protestar tiene sentido cuando se violenta una condición general de justicia y dignidad, más allá de si ésta me afecta o no directamente, o a alguno de mis allegados [raz2]
c) Protestar sólo tiene sentido si se presiona para conseguir un objetivo concreto o la resolución de un problema inmediato [raz3]
d) Protestar sólo tiene sentido cuando mis derechos se ven directamente cuestionados o en peligro inminente [raz4]
* Se siguió un sistema de escalas donde 0 es total desacuerdo y 10 es total acuerdo con la afirmación.
Adicionalmente, a cada “respondiente” se le proporcionó una boleta con un listado de siete temas donde debía indicar en una escala de 0 a 10 qué tan agraviado, molesto o afectado se sentía por tales situaciones (véase Cuadro 3).
Cuadro 3 Puntuación promedio asignada al listado de agravios según grupo de pertenencia y conjunto muestral
Con Ant. Mov. Sin Ant. Mov. Con Ant. Mov. Sin Ant. Mov. Con Ant. Mov. Sin Ant. Mov.
a) Desigualdad de ingresos entre personas 7.3 7.2 7.4 7.1 7.6 7.5
b) Desaparición injustificada de personas a lo largo y ancho del país 7.5 6.9 8.1 7.4 7.7 7.1
c) Corrupción en los distintos niveles de autoridad y de gobierno 6.9 6.8 6.1 6.1 6.3 6.6
d) Impunidad y acceso desigual a la justicia 6.4 6.2 6.7 6.3 6.8 6.6
e) Falta de oportunidades educativas y laborales 8.1 7.9 7.7 7.6 8.3 8.6
f) Acotada libertad de expresión 4.2 3.9 4.7 4.1 4.9 4.4
g) Mala calidad de vida (malos servicios, mala atención gubernamental, etc.) 7.5 7.2 7.6 7.5 7.6 7.7
Los sondeos cualitativos sirvieron para indagar con mayor detalle sobre algunas de las posturas reportadas en el cuestionario. Mediante ellos se inquirió a las personas respecto a los siguientes aspectos: (a) ¿por qué razones consideraban que la protesta resultaba útil (o inútil) como medio de expresión política?; (b) ¿por qué consideraban que la protesta permite (o no) satisfacer los objetivos y necesidades de quiénes participan; y (c) ¿cuándo consideran que tiene sentido salir a protestar? El éxito logrado mediante este último acercamiento fue más bien tenue, considerando que ya se había solicitado a las personas que llenaran dos instrumentos de forma previa. Así, de 138 entrevistas cortas sólo se logró completar un total de 36; 20 de espectadores y 16 de participantes en la movilización.
En términos analíticos interesaba contrastar de qué manera se pueden captar distinciones en tres dimensiones clave. La primera es la eficacia externa de la protesta social, la cual se refiere a la percepción de la capacidad gubernamental e institucional para dar solución a las demandas interpuestas por agentes contestatarios. La segunda es la eficacia interna, la cual se conecta con la percepción de que el uso de repertorios contenciosos es útil para plantear necesidades y exigencias ante la autoridad. Finalmente, está la teleología de la protesta, la cual tensa la relación entre justicia procedimental y justicia distributiva.
Las primeras dos dimensiones han sido ampliamente problematizadas en el trabajo de Stephen C. Wright (2001), quien apunta la importancia del control colectivo para invocar a la acción. Dicho control presupone al menos la combinación de dos elementos: (a) la creencia intragrupal de que el escenario contextual es relativamente sensible a la acción colectiva, y (b) la percepción de que grupalmente se pueden conjuntar mayores habilidades para provocar o resistir el cambio social.
Por su parte, la tercera dimensión permite determinar moralmente el sentido de la protesta. De acuerdo con Tyler y Smith (1998), se podría trazar una polaridad entre dos tipos distintivos de justicia: (a) la distributiva y (b) la procedimental. Según ambos autores, la primera es mucho más cercana a la resolución de “imparcialidad en los resultados”, mientras que la segunda se conecta con la rectitud en las decisiones y los aspectos asociados a éstas (trato digno, respetuoso, etc.). El dimensionamiento moral permite cuestionarse de qué manera se percibe el sentido de la protesta social en relación con una injusticia, si ésta se asume como recurso legítimo en cualquier circunstancia de perpetración de daño, o si se valora sólo en función de sus objetivos cumplidos o de la proximidad con los sujetos directamente agraviados.
Los resultados fueron tratados con un mero propósito informativo a fin de generar hipótesis de mayor especificidad en el campo de investigación. En ningún sentido se asumió la premisa de generalización o de inferencias insesgadas, dado el carácter acotado de la muestra.
De ese modo, en primera instancia destaca que, en relación con el listado de agravios entre el grupo de espectadores y aquellos con antecedentes de movilización, las tendencias tiendan a ser bastante similares entre sí (véase Cuadro 3).
En ningún caso las diferencias entre grupos dentro de cada conjunto muestral resultan estadísticamente significativas. Este hallazgo preliminar resulta sugerente, pues incita a contrastar con muestras más amplias si la proximidad en el juicio de situaciones agravantes tiende a mantenerse entre personas con y sin antecedentes de haber participado en alguna movilización social. Desde luego, también se precisa la cautela correspondiente teniendo en consideración que en el ejercicio no se establecieron controles por otras variables sociodemográficas. Asimismo, es necesario tener en cuenta los riesgos asociados al sesgo de conveniencia social, el cual es frecuente en el trabajo con variables disposicionales, donde la gente tiende a contestar aquello que la presenta de mejor forma ante el encuestador, y no necesariamente lo que realmente piensa sobre el reactivo interrogado.
Ahora bien, asumiendo como válida la ausencia de distinciones preponderantes en la percepción de adversidades contextuales, interesaría entonces conocer cómo se valora la efectividad y el sentido de la protesta social. En este caso, se observa una mayor divergencia entre el grupo de espectadores sin antecedentes de movilización y aquellos que declararon haber tenido algún involucramiento en alguna protesta (véase Cuadro 4).
Cuadro 4 Media y desvío estándar de los ítems sobre percepción de la protesta social en los subgrupos de cada conjunto muestral
Ant. Mov. Sin. Ant. Mov. Ant. Mov. Sin. Ant. Mov. Ant. Mov. Sin. Ant. Mov.
Media Des Típ. Media Des Típ. Media Des Típ. Media Des Típ. Media Des Típ. Media Des Típ.
ins1 8.083 0.996 4.750 2.034 8.000 0.913 4.743 2.241 8.000 1.038 4.286 2.679
ins2 6.417 0.793 3.611 2.309 6.308 0.855 4.371 2.129 5.929 0.829 4.071 2.666
ins3 7.000 1.859 4.000 2.165 7.000 1.581 4.229 2.302 7.143 1.351 4.000 2.434
ins4 6.750 1.215 3.444 1.978 7.077 1.188 3.429 2.019 6.500 0.941 3.357 1.929
sat1 6.750 0.754 3.750 2.310 6.692 0.947 4.114 2.285 6.929 0.829 3.929 2.693
sat2 5.750 1.357 3.389 2.046 5.923 1.382 3.657 1.970 5.857 1.099 4.000 2.073
sat3 5.250 1.357 3.028 1.859 5.538 1.198 3.200 1.907 5.500 1.286 3.143 1.995
sat4 5.917 0.669 3.250 2.062 5.769 0.927 3.371 1.942 5.857 0.770 3.321 2.056
raz1 7.083 1.165 5.083 1.156 7.308 1.377 4.914 1.269 6.571 0.756 4.857 1.177
raz2 5.500 1.087 3.611 2.032 5.538 1.198 3.429 1.975 5.786 0.975 3.607 1.950
raz3 4.917 0.996 7.917 1.317 5.077 1.115 8.000 1.328 5.071 1.072 7.679 1.219
raz4 4.167 1.586 6.167 1.254 3.769 1.481 6.057 0.998 3.643 1.336 6.357 0.951
Entre los respondientes con antecedentes de movilización prevalecen varios puntos de confluencia. Por ejemplo, la función de la protesta como medio para expresar el descontento social; la noción de que el gobierno funcionaría mejor si hubiera mayores presiones sociales; y que protestar tiene sentido no sólo por la probable resolución de ciertas demandas, sino por el simple hecho de oponerse a un trato indigno o con escaso apego a la ley.
En contraste, entre los espectadores parece prevalecer la ausencia de expectativas sobre el recurso de la movilización social. No hay plena certeza de la capacidad de reacción de la autoridad gubernamental, de la atención de necesidades ni del cumplimiento de ciertos objetivos. Más aún, pese a la varianza en las respuestas, el sentido de la protesta aparece mucho más ligado a la resolución de un problema inmediato o al reclamo cuando los derechos personales se ven directamente cuestionados o amenazados.
La pauta distintiva entre ambos grupos no es sorprendente. El trabajo de Christopher Cocking y John Drury (2014) muestra cómo la participación en acciones colectivas funge como mecanismo fundamental para incrementar las nociones de eficacia entre las personas. Los hallazgos de ambos autores sugieren que, pese a la imposibilidad de concretar el objetivo o la resolución del problema que detona la acción, las personas adquieren un renovado sentido de sus capacidades a la luz de su adherencia grupal.
No obstante, las diferencias no sólo radican en una distinción de juicio sobre la efectividad de la protesta. Quedarse satisfechos con una respuesta a ese nivel implicaría, en buena medida, reproducir el reduccionismo común de equiparar a los activos como comprometidos y a los pasivos como cínicos. Debido a que el grupo de espectadores alberga un importante grado de heterogeneidad en sus respuestas, parecía importante llevar a cabo un ejercicio de contrastación de observaciones a la luz de todas y cada una de las dimensiones de la exploración. Para ello se recurrió a la técnica de escalamiento multidimensional, la cual permite representar proximidades entre estímulos a partir de distancias trazadas en un plano de baja dimensionalidad. De forma didáctica, esta herramienta permite conocer qué tan disímiles son nuestras observaciones a la luz de un conjunto de atributos analíticamente relevantes.
Las distancias entre observaciones se estimaron a partir de los 12 parámetros vinculados a los reactivos del cuestionario exploratorio.5 El propósito principal de la maniobra consistía en cotejar qué tan alejados podían estar los informantes pertenecientes al grupo de espectadores de aquellos ubicados en el conjunto de los movilizados (véase Gráficas 3, 4 y 5).
Gráficas 3, 4 y 5 Escalamiento multidimensional (MDS) entre movilizados y espectadores
En las tres muestras recogidas, la distinción entre movilizados y espectadores se relaja de algún modo, dando lugar a diferentes ópticas de interpretación. Particularmente en las muestras 1 y 2 resulta bastante clara una partición en tres subgrupos.
El primero está caracterizado por participantes activos con una noción relativamente alta de efectividad de la protesta como mecanismo de interpelación a la autoridad, independientemente de la consecución de objetivos o la resolución de problemas, y de que el agravio se corresponda con una situación que les afecte de forma directa o indirecta. El segundo es el extremo polar, el de los espectadores poco convencidos de la protesta como recurso de expresión política, acuciosos de la incapacidad gubernamental para atender sus demandas y del escaso sentido de movilizarse ante situaciones que no les trastocan de manera inmediata. Finalmente, está un tercer grupo, donde se conjuntan espectadores y movilizados, coincidentes en la incertidumbre de la efectividad de protestar y ser escuchados, pero seguros de la importancia de ejercer presión social y reaccionar ante circunstancias que van más allá de la esfera personal y cotidiana.
Para cerrar este reporte panorámico de hallazgos, vale la pena señalar algunas de las cuestiones obtenidas mediante los sondeos cualitativos. La noción de dimensionamiento moral parecía una nomenclatura útil para detonar hipótesis en este acercamiento inicial. El gran reto de estudiar espectadores o adherentes radica en centrar la mirada en actores entre quienes no necesariamente se concentra el daño, el sufrimiento o la injusticia que suele abonar a la producción de la protesta social. En ese sentido, en otros contextos de investigación, estudios centrados en espectadores como el de Van Zomeren, Spears, Fischer y Leach (2004), y el de Saab, Tausch, Spears y Cheung (2014), muestran que la eficacia no sólo está ligada a emociones como la ira, sino al despliegue de otros rasgos, como la simpatía, la solidaridad o el reconocimiento de las personas agraviadas.
Por tratarse de un ejercicio incipiente de inmersión, y por razones de espacio, aquí sólo se apuntan algunos rastreos obtenidos mediante la sistematización de las 36 entrevistas logradas. En particular destacan tres elementos.
En primer lugar, la polaridad en la concepción del valor de la protesta. Entre los participantes activos queda clara la utilidad de salir a la calle por el hecho mismo de denunciar una situación considerada ilegítima. Por esa razón, para algunos de ellos, quienes no se movilizan son susceptibles de ser caracterizados como “indolentes”, “inconscientes” o “valemadristas”. No obstante, llamó la atención que entre un grupo importante de espectadores se equiparara la protesta con una actividad de “revoltosos”, “chairos”, “paleros”, entre otros tantos adjetivos. Aunque no resulta sorpresivo encontrar este tipo de denostaciones entre algunas personas, es importante preguntarse desde dónde se construyen estas apreciaciones y cuáles son sus consecuencias.
En segunda instancia, sobresale la tensión entre una percepción de cambio y otra de monotonía. Entre las personas activas figura el consenso de que la protesta introduce cambios graduales y sutiles en el contexto social, no siempre dependientes de quienes participan ni al alcance de sus recursos. Empero, en buena parte de los espectadores prevalece la idea de que incluso la movilización es “hacer más de lo mismo”, “gritar para que nadie escuche” o “pasar a perjudicar a otros que ni la deben”. Ambas posiciones resultan sugerentes a la luz de preguntarse qué y ante quiénes se comunican aquellos que salen a protestar.
Finalmente, como último asunto, está la paradoja de los agravios solucionables. Al cuestionar sobre cuándo tiene sentido salir a protestar, pareció emerger dicha singularidad. Entre los previamente movilizados, la respuesta fue menos oscilante, pero también más abstracta: “cuando se puede”; “cuando aqueja una injusticia” o “cuando se necesita”. Entre los espectadores, la situación fue más inquietante, con respuestas más oscilantes, pero más concretas. Para algunos de estos últimos, salir a la calle era pertinente “cuando no hay agua”, “te cortan la luz”, “te suben tarifas de servicios”. Para varios de quienes no se habían involucrado en la protesta de aquel día de entrevistas, tenía poco sentido marchar o concentrarse por temas de justicia, violencia o inseguridad, puesto que eran mucho más difíciles de resolver por la autoridad, incluso “difícil de esclarecer quién es criminal y quién no”. El elemento paradojal invita a investigar más a fondo en qué medida prevalece esta distancia moral entre protestar por lo resoluble y protestar por lo más indignante, o incluso hasta qué punto se pueden hacer conmensurables y comparables distintos tipos de agravio.
Hipótesis de cierre y futuras vetas de investigación
El ejercicio que alienta estas notas es una provocación. Como tal, es bueno señalar algunas de sus más evidentes fallas. Además del escaso control en el muestreo, se tienen muy pocos elementos para conocer qué factores o circunstancias inciden en la prefiguración de cierto tipo de juicios o percepciones acerca de la protesta social. En segundo lugar, se omitió preguntar acerca de cómo o por qué fue que los participantes activos decidieron sumarse a la movilización y cuánto tiempo llevan involucrados, entre otras tantas cuestiones. Finalmente, se dejan de lado otros componentes explicativos presentes en otras perspectivas, los cuales no soslayan ni el papel de las organizaciones ni la tenencia de recursos o de relaciones, entre otros aspectos.
Empero, dado que el objetivo no estaba centrado en formular una explicación alternativa en el campo, sino en extraer algunas conjeturas, aquí se precisan algunos puntos de cierre. En primer lugar, remarcar la importancia de formular preguntas relacionadas con la percepción de la protesta social como recurso de expresión e interpelación política. En el plano internacional se cuenta con una bibliografía incipiente sobre el tema. No obstante, en lo nacional el debate ha prevalecido ausente de la tarea investigativa. Una hipótesis sugerente relacionada con este tema y con los datos aquí trabajados implica contrastar que aun entre personas con nociones de agravio relativamente similares, pudiera presentarse un sentido disímil de la protesta. Dicha cuestión lleva a preguntarse de qué manera se dimensiona moralmente la posibilidad de contender por cierto tipo de cambio social.
En segunda instancia, dado el papel diferenciador de lo que Wright (2001) denomina control colectivo, y considerando algunos de los rastreos obtenidos mediante el sondeo cualitativo, parecería importante preguntarse de qué forma las protestas prevalentes inhiben o favorecen el involucramiento de los espectadores. Una hipótesis que vale la pena contrastar es que en la medida en que se visibilicen mayores logros por parte de agentes contestatarios, mayor será la eficacia atribuida al empleo de repertorios contenciosos.
Finalmente, como una hipótesis de orden más general, vale la pena contrastar si las tasas de participación están asociadas a la capacidad efectiva de respuesta de las instituciones ante las demandas de la sociedad. Esto implica preguntarse hasta qué punto se ha generalizado la percepción de ineficacia de la protesta social como recurso de interpelación, en qué tipo de contextos se ha condensado mayormente dicha idea, e incluso si cierto tipo de repertorios se asocia en mayor o menor medida con la efectividad de manifestarse políticamente.
Más allá de toda preocupación académica, lo que queda claro es que es preciso comprender las distancias que imperan entre quienes ocupan las calles y aquellos que no lo hacen. Sin la premura de los juicios de valor entre partes o de la mera especulación, urge entender qué frena a unos de ejercer su derecho político a la protesta, y qué pueden aprender otros de sus espectadores. La escena presente no está como para dar por sentadas las diferencias entre quienes se involucran y quienes no, sino para tratar de dilucidar cómo hacer frente de mayor y mejor manera los problemas que nos aquejan.
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1La cifra de 30 000 desaparecidos aludida en este texto está basada en las declaraciones del representante la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México, Jan Jarab, recién vertidas en el Foro sobre Desaparición Forzada “Contra el dolor y el miedo: un grito de esperanza”, celebrado en Chilpancingo, Guerrero, el martes 8 de agosto de 2017. Desde luego, se sabe que toda aproximación peca de imprecisa ante la carencia de un sistema oficial de conteo de personas desaparecidas, así como por la falta de mecanismos de denuncia e identificación de casos que operen de manera oportuna.
2Para una inmersión inicial en el debate, se recomienda revisar Aminzade & McAdam (2002).
3El LAOMS es un espacio de colaboración académica con sede en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Con un proyecto encabezado por Jorge Cadena-Roa, una de las tareas del LAOMS ha consistido en conjuntar una base de datos donde se consigna información sobre algunos de los aspectos más relevantes vinculados a las dinámicas de la protesta en México. El método de trabajo se ha basado en el análisis de eventos de protesta, cuyo acercamiento consiste en el seguimiento sistemático de unidades informativas en distintas fuentes. Pese a los sesgos informativos y editoriales ampliamente discutidos por sus proponentes y críticos (Hutter, 2014; Oliver, Cadena-Roa & Strawn, 2003; Danzger, 1975; Snyder & Kelly, 1977; Mueller, 1997; Urbina, 2016), en el LAOMS se ha optado por compilar un acervo de registros basado en las noticias consignadas de forma diaria en el periódico La Jornada. Un evento de protesta está definido como una expresión de acción colectiva que presenta demandas a otros, usa uno o varios repertorios de protesta, transcurre en lugar y momento específicos, y ocurre en el espacio público (Cadena & Urbina, 2015).
4Entre la información consignada en la base de datos del LAOMS figuran catálogos de clasificación temática de las demandas de los actores involucrados en la protesta, así como el campo de los movimientos sociales a los cuales se circunscriben el evento y sus involucrados. La categoría de campo permite aludir a un cruce analítico entre núcleo de los reclamos de quienes protestan y su adscripción, identidad o membresía organizacional que ostentan.
5Técnicamente se empleó un método de escalamiento moderno basado en una matriz de productos escalares entre vectores, la cual permite calcular las distancias entre puntos a partir de una función de ajuste sensible a relaciones no lineales entre variables, conocida como sammon mapping.
Recibido: 18 de Septiembre de 2017; Aprobado: 09 de Enero de 2018
Gustavo Adolfo Urbina Cortés es doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Actualmente es profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológicos de esta institución. Sus intereses investigativos giran en torno a las formas de participación política, la acción colectiva y la movilización social. Asimismo, ha realizado trabajos sobre el vínculo entre el curso de vida, las desigualdades políticas y la ciudadanía activa. Entre sus publicaciones más recientes están, en colaboración con Minor Mora, “Ciudadanía activa y transición a la adultez en México: la impronta del origen social y la participación desigual de los jóvenes”, Sociedad y Economía, núm. 33, 2017, pp. 175-205; y “Activarse políticamente: un caso de estudio sobre participación política juvenil en México”, en S. A. Colognese, Novas fronteiras para o saber sociológico, Porto Alegre, Evangraf, 2013.

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