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Timestamp: 2018-02-19 23:23:25+00:00

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Memoria Viva: Cóndor vuela hacia Centro América (V)
Cóndor vuela hacia Centro América (V)
Durante la administración Carter, esta percepción "heterodoxamente argentina" del concepto de "Occidente" llevó a los militares a sentirse "incomprendidos". Frente a un Occidente que se mostraba débil y claudicante frente al avance cubano-soviético, la Argentina era "la reserva moral de Occidente" o, directamente, el "Extremo Occidente". Llegado Reagan a la Casa Blanca, los militares argentinos creyeron que "Occidente" había por fin entendido la importancia de la "cruzada" argentina. Pero el estallido de la crisis de Malvinas demostró a las claras los límites del nuevo entendimiento argentino-norteamericano, evidenciando las diferencias entre los intereses "nacionales" de ambos países, ocultadas tras el común ropaje anticomunista.
A partir del inicio de la guerra de Malvinas se abrió una segunda fase en las relaciones argentino-norteamericanas, que abarcó hasta la renuncia de Galtieri en junio de 1982. En esta segunda etapa, Estados Unidos pasó de ser el aliado a ser el enemigo de la Argentina. A fin de comprender las relaciones argentino-norteamericanas durante la gestión de Galtieri, se debe considerar la vinculación en particular de dos temas -al menos desde la particular óptica de los militares argentinos- : la crisis de Malvinas y la participación argentino-norteamericana en América Central.
Por cierto, el estallido de la guerra de Malvinas entre la Argentina y Gran Bretaña -este último país aliado de Estados Unidos en la OTAN- mostró la precariedad de la alianza estratégica forjada entre los "halcones" argentinos y los "globalistas" de la administración Reagan. Un mes antes del desembarco argentino en el archipiélago, en marzo de 1982, el régimen militar argentino buscó sondear la actitud de Washington frente a la cuestión Malvinas, a través de un encuentro entre el presidente Galtieri y el subsecretariode Estado, Thomas Enders. Este contacto resultó crucial en tanto evidenciaba que el interés argentino en América Central estaba vinculado no sólo a coincidencias ideológicas entre Washington y Buenos Aires en torno de la necesidad de contener el comunismo. También se relacionaba con el deseo puntual del régimen militar argentino de que el gobierno de Reagan utilizara su influencia ante la administración conservadora de Margaret Thatcher para obtener concesiones de Londres.
Pero Enders subestimó la importancia de las islas Malvinas en la cultura política argentina. La cuestión de la recuperación de las islas era un viejo anhelo no sólo del gobierno militar, sino también de la mayor parte de la sociedad argentina, factor que explica la popularidad que tuvo la invasión de las islas del 2 de abril de 1982. Consciente de ello, el gobierno de Galtieri utilizó políticamente este "sentimiento" para otorgar un aura de prestigio a un régimen que atravesaba serios conflictos internos. Pero el funcionario norteamericano nunca concibió que los argentinos le otorgaran tal importancia sentimental a un puñado de islas de escasa importancia económica, y que el régimen de Galtieri estuviera dispuesto a invadir el archipiélago como una forma de obligar a las autoridades de Londres a romper con el estancamiento diplomático y, por esta vía, obtener prestigio interno. [76]
La administración norteamericana se sorprendió ante la realidad de la ocupación argentina de las islas Malvinas el 2 de abril de 1982, iniciativa que el propio Reagan había intentado inútilmente disuadir a través de una llamada telefónica a Galtieri. [77] Ante este hecho, el gobierno de Reagan respondió garantizando el aprovisionamiento de la flota británica en la base militar norteamericana de la isla Ascensión y el paso de dicha flota por el canal de Panamá. Además, las autoridades de Washington consideraron al régimen militar argentino como agresor y exigieron el cumplimiento de la Resolución 502 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que exigía el inmediato cese de las hostilidades y el retiro de las tropas por parte de la Argentina como un paso previo para la solución de la disputa. [78]
Tras las infructuosas gestiones de mediación del secretario de Estado, Alexander Haig, en la primera quincena del mes de abril, [79] el Senado y la Cámara de Representantes norteamericanos se pronunciaron mayoritariamente a favor de Gran Bretaña en la disputa por el archipiélago, fundamentando su decisión en lo resuelto por la Resolución 502. Tanto esta actitud del Congreso [80] como la del Ejecutivo [81] generó la sorpresa y el desconsuelo de los "cruzados" argentinos, quienes se sintieron traicionados. [82] Esta sensación de los militares argentinos quedó claramente evidenciada en la calificación que el propio presidente Galtieri hiciera del gobierno de Estados Unidos como país "sorprendentemente enemigo de la Argentina y su pueblo". [83]
La "sorpresa" del gobierno de Galtieriante lo que consideró una "traición" del gobierno de Reagan fue producto de supuestos erróneos. Según la percepción del régimen militar, las autoridades de Washington adoptarían una actitud de apoyo o, al menos de pasividad, en la disputa angloargentina sobre las islas Malvinas, como retribución por la colaboración argentina en la "guerra sucia" en América Central, y como consecuencia de las obligaciones norteamericanas como integrante de la OEA y suscriptor del TIAR. Esta percepción del gobierno de Galtieri fue alimentada a través de sondeos indirectos que el presidente y otros "halcones" militares argentinos mantuvieron con figuras de la administración republicana, entre ellos la embajadora Jeanne Kirkpatrick, el subsecretario para Asuntos Latinoamericanos Thomas Enders, el general Vernon Walters, y un grupo reducido de congresistas republicanos pertenecientes al llamado "lobby sudafricano". En estos encuentros, los militares argentinos tocaron el tema Malvinas y creyeron interpretar en sus interlocutores una actitud de respaldo frente a la opción de recuperar el archipiélago de las islas Malvinas por acciones de fuerza. [84]
La crisis de Malvinas obligó a la diplomacia del gobierno de Galtieri a adoptar un poco creíble sesgo "tercermundista" en la política exterior, lo cual implicó un giro completo respecto del perfil "occidentalista" que había caracterizado la política exterior de Costa Méndez hasta abril de 1982. Así, en el mensaje que dirigiera al pueblo argentino el 1º de mayo de 1982, en plena guerra, el presidente Galtieri señaló :
(...) La inmensa mayoría de los pueblos de América nos dieron una respuesta franca y clara, una respuesta solidaria y fraternal. Fue la actitud de los que siempre creyeron con pureza y sin segundos intereses que este continente tenía su proyecto y su destino y que su pasado colonial estaba muerto y convertido en polvo o rezago de la historia. Contamos, también, con la comprensión y la adhesión de las naciones no alineadas, que han sentido en carne propia el rigor de la lucha anticolonialista y que comprenden el valor de esa lucha y las exigencias que la obtención de la victoria demanda. De tal manera, nuestra causa ha dejado de ser una problema argentino. Se ha convertido en una causa de América y del mundo, que no reconoce al colonialismo como una situación que pueda ser soportada en este siglo. [85]
Asimismo, el canciller Costa Méndez presentó el nuevo discurso anticolonialista y tercermundista del gobierno de Galtieri ante la Reunión de No Alineados en La Habana, Cuba, en junio de 1982 :
(...) La lucha contra el colonialismo (...) tuvo lugar y se sigue desarrollando porque ha sido la reacción legítima de los pueblos contra un sistema de relaciones internacionales destinado a perpetuar un statu quo que es ilegítimo, que es injusto, del cual sólo se benefician las potencias colonialistas e imperialistas... La Argentina compromete su acción en defensa de los principios y propósitos del No Alineamiento, que no son más que los principios dirigidos a construir un sistema de relaciones internacionales basado en la justicia, en la paz y en el desarrollo de los pueblos (...). [86]
Pero los efectos de Malvinas no se limitaron a los cambios en la política exterior argentina. También obligaron a un replanteamiento del diseño regional elaborado por la administración Reagan en 1981. Como sostiene Luis Maira, el conflicto del Atlántico Sur demostró en primer lugar la fragilidad de las alianzas militares de los distintos gobiernos norteamericanos con regímenes anticomunistas desde los años de la Guerra Fría, diseñadas sin tener en cuenta las diferencias entre los intereses nacionales de dichos gobiernos y el de Washington, ocultas tras el común credo anticomunista. La decisión del gobierno de Galtieri de invadir las islas Malvinas, aun contra la voluntad de la Casa Blanca, evidenció los límites del enfoque estratégico de la administración republicana, basado en una supuesta armonía de intereses entre Washington y Buenos Aires. A partir del estallido de la guerra, se quebró definitivamente la "luna de miel" entre la administración Reagan y las gestiones de Viola y Galtieri. [87]
En segundo lugar, la guerra de Malvinas demostró la fragilidad del sistema interamericano, tanto en su armazón institucional como en su expresión militar, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR o Tratado de Río, establecido en 1947). Un ejemplo acabado de esta falencia fue la fallida invocación de la delegación argentina en la OEA a lo establecido por el TIAR, presentando a Gran Bretaña como el país "agresor" y reclamando el respaldo a los restantes miembros del sistema interamericano. [88]
En lo que respecta a la situación centroamericana, el gobierno de Galtieri profundizó el acercamiento de las posiciones argentina y norteamericana iniciado durante la gestión de su antecesor. Así, se mantuvo la actitud de asistir con créditos al gobierno salvadoreño, acosado por la guerrilla. En enero de 1982, Galtieri decidió abrir una línea de créditos al régimen de Duarte, gesto que repercutió favorablemente en Estados Unidos. [89] Pero, como lo demostraron las denuncias efectuadas a mediados del mismo mes por los ministros del Interior y de Relaciones Exteriores de Nicaragua, general Tomás Borge y padre Miguel D' Escoto, la ayuda argentina no se limitó al plano financiero, sino que abarcó también la directa intervención de oficiales del Ejército argentino en la preparación de los grupos contrarrevolucionarios Unión Democrática Nicaragüense (UDN) y Fuerzas Armadas Revolucionarias de Nicaragua (FARN). [90] No obstante, este creciente acercamiento bilateral, basado en una común vocación anticomunista, y que durante el gobierno de Galtieri tuvo un componente más abiertamente mesiánico e intervencionista que en los días de Viola, pronto se enfrentó con sus propias limitaciones. Por cierto, el hecho de que los gobiernos argentino y norteamericano coincidieran en el objetivo de luchar contra los focos de izquierda en América Central y otras partes del mundo, no implicó una total coincidencia a nivel de "intereses nacionales".
Los militares argentinos colaboraron en la "guerra sucia" que Reagan y la CIA impulsaron en América Central, siguiendo dos motivaciones esenciales. Una de ellas, la de "extender" a la región la lucha emprendida contra la subversión a nivel interno, fue compatible con los intereses norteamericanos de exterminar los focos izquierdistas en América Central. La otra motivación, la de "vincular" la "ayuda" en esta guerra a una posible colaboración norteamericana en la disputa anglo-argentina por los derechos de soberanía en Malvinas, no sólo iba más allá de los intereses nacionales de Washington sino que los contradecía, pues ni Reagan ni ningún otro gobierno norteamericano podía adoptar una actitud que implicara el resquebrajamiento de las relaciones con un socio de la OTAN.
No obstante, y evidenciando un absoluto desconocimiento de las más elementales reglas del realismo geopolítico, Galtieri creyó que, tras la invasión a las islas Malvinas del 2 de abril de 1982, podía aún contar con la buena voluntad de la Casa Blanca para frenar una contraofensiva británica. Basado en esta errónea percepción, el presidente argentino decidió cumplir su promesa de ayuda al gobierno derechista de El Salvador, que había sido solicitada por la CIA y por el secretario de Estado Alexander Haig. Esta ayuda se concretóa través del decreto presidencial secreto 721, seis días después del desembarco argentino en las islas. El 10 de abril, Galtieri se encontró en la Casa Rosada con Haig. En esa ocasión, Galtieri manifestó su esperanza respecto de la ayuda norteamericana en el conflicto con Gran Bretaña, y le recordó a Haig el compromiso asumido por las tropas argentinas en América Central y Bolivia. Pero contra las expectativas de Galtieri, Haig no emitió ningún gesto de apoyo concreto. [91]
Durante la guerra, la posición mayoritariamente pro-británica de la administración Reagan socavó la cooperación argentino-norteamericana en la "guerra sucia" en América Central. Esta actitud fue criticada por el senador norteamericano Jesse Helms, uno de los principales apoyos de los "contras". De acuerdo con un informe secreto enviado por el embajador argentino en Honduras, Arturo Ossorio Arana, al canciller Costa Méndez y fechado en Tegucigalpa el 22 de abril de 1982, Helms se quejaba ante el gobierno norteamericano de la falta de "reconocimiento a la labor argentina en Centroamérica" y solicitaba que no se retirara la "asistencia militar argentina a la zona". [92]
No obstante, y a pesar de la innegable crisis que representó la guerra de Malvinas en la cooperación argentino-norteamericana en América Central, ello no implicó necesariamente el fin de la intervención de los "halcones" argentinos. Tras Malvinas, Estados Unidos pasó a ser el "enemigo", pero la diplomacia militar siguió involucrándose en la "guerra sucia" en Nicaragua, Honduras y El Salvador, respaldando con armas y asistencia técnica a los elementos contrainsurgentes de estos países. Sólo que en la etapa post-Malvinas lo hicieron con absoluta prescindencia de Washington. [93]
Por cierto, la posición norteamericana durante la guerra de Malvinas quebró la precaria alianza construida entre los "halcones" militares argentinos y sus contrapartes de la administración Reagan. Como efecto de este sentimiento anti-norteamericano post-Malvinas, el Comando en Jefe de la Armada argentina decidió a principios de marzo de 1983 no participar en el operativo Unitas XXIV con la Marina norteamericana. En su comunicado, los oficiales navales locales hacían expresa referencia al apoyo norteamericano a Gran Bretaña durante la guerra como la causa de esta decisión. [94]
Al mismo tiempo que se conocía la decisión argentina de no participar del operativo Unitas, fue difundido un documento por parte de la CIA norteamericana que describíael apoyo de Cuba a las organizaciones subversivas argentinas Montoneros y ERP. Este documento fue divulgado justo veinticuatro horas después del discurso pronunciado por el presidente Bignone en la Reunión de No Alineados de Nueva Delhi, en el que el primer mandatario argentino precisamente agradeció al gobierno de Fidel Castro su apoyo a la causa argentina durante y después del conflicto de Malvinas. Por cierto, este documento provocó un profundo desagrado en las autoridades de Buenos Aires. [95]
No obstante el pronunciado clima de frialdad que caracterizó las relaciones con Washington durante el último gobierno militar del general Reynaldo Bignone, la actitud de la administración Reagan fue cautelosa, procurando acelerar el ya irrefrenable proceso de transición hacia la democracia. En julio de 1982, levantó las sanciones económicas impuestas el 30 de abril ; en septiembre, anticipó en un gesto simbólico de buena voluntad, el levantamiento de las sanciones militares impuestas desde la enmienda Humphrey-Kennedy de 1978 ; y a fines del mismo mes, a iniciativa de la diplomacia norteamericana, tuvo lugar en Nueva York el primer diálogo a nivel de cancilleres después de la guerra de Malvinas entre Juan Aguirre Lanari y Geoge Shultz. Por último, en noviembre el gobierno de Estados Unidos votó a favor un proyecto de resolución moderado, que se limitaba a solicitar a la Argentina y Gran Bretaña el reinicio de negociaciones "con el propósito de encontrar, a la mayor brevedad, una solución pacífica a la disputa de soberanía" en las Malvinas. Con este último gesto, la Casa Blanca abrió la posibilidad de recomponer relaciones no sólo con la Argentina sino con el resto de la región, que habían quedado notoriamente alteradas tras el estallido del conflicto angloargentino de 1982. [96]
Por cierto, estos gestos conciliatorios del lado norteamericano, sumados a la actitud negociadora de Washington en un tema como el de la deuda externa, tan ríspido para un gobierno de transición como el de Bignone, tuvieron un indudable impacto en la diplomacia argentina, que también adoptó una actitud cautelosa hacia Estados Unidos, aunque sin abandonar la retórica tercermundista. Así, los funcionarios argentinos no dejaron de reclamar la soberanía argentina en Malvinas, pero lo hicieron omitiendo en los foros internacionales toda referencia ofensiva directa a Washington. [97]
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[1] Cabe advertir que también los medios de prensa norteamericanos coincidieron con esta percepción oficial. El diario liberal Washington Post sostuvo que los militares argentinos "merecen respeto por su patriotismo, al tratar de salvar un barco que se hunde. El fin del gobierno civil, normalmente un hecho lamentable, era en este caso una bendición". Por su parte, otro medio relevante como el New York Times coincidió con las apreciaciones del Post, remarcando que "nadie puede discutir con seriedad la declaración de la Junta Militar de que el régimen depuesto creó un tremendo vacío de poder que amenazó con lanzar a la Argentina al abismo de la desintegración económica y la anarquía política." Comentarios del Washington Post y del New York Times citados en E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, pp. 27-28.
[2] Ver al respecto los trabajos de R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 15 ; Aldo C. Vacs, "A delicate balance : confrontation and cooperation between Argentina and the United Sates in the 1980s", Journal of Interamerican Studies and World Affairs, Volume 31, Number 4, Winter 1989, University of Miami, 1989, p. 31 ; Carlos Escudé, "Argentina : The Costs of Contradiction", en Abraham F. Lowenthal (editor), Exporting Democracy. The United States and Latin America. Case Studies, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1991, p. 20, y E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, p. 21.
[3] Wolf Grabendorff, "¿De país aislado a aliado preferido ? Las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos : 1976-1981", en Peter Waldmann y Ernesto Garzón Valdés (compiladores), El poder militar en la Argentina (1976-1981), Buenos Aires, Galerna, 1983, p. 157.
[4] Carta Política, Nº 59, octubre de 1978, y Discurso del general Carlos Suárez Mason, La Razón, 4 de septiembre de 1980, citados en Roberto Russell, "Sistemas de creencias y política exterior argentina : 1976-1989", FLACSO, Serie de Documentos e Informes de Investigación, Nº 204, Buenos Aires, julio de 1996, pp. 15-16.
[5] La decisión del Ejecutivo norteamericano anunciada por Vance en febrero de 1977 implicó la reducción del crédito norteamericano de los 32 millones de dólares recomendados por la administración de Gerald Ford en el presupuesto del Programa de Asistencia para la Seguridad (Security Assistance Program) a tan sólo 15,7 millones. Frente a esta reducción crediticia, ligada a la violación de los derechos humanos por parte del régimen militar argentino, el gobierno de Videla decidió el 1º de marzo de 1977 rechazar la totalidad de la ayuda económica norteamericana, pues en la percepción de la Junta, la aceptación de los remanentes equivalía a convalidar las acusaciones de Washington. Finalmente, el 30 de septiembre de 1978, el Congreso norteamericano decidió "castigar" las reiteradas violaciones a los derechos humanos por parte del régimen militar argentino y prohibió todos los suministros de armas a la Argentina, incluyendo los de carácter comercial. Ver al respecto los trabajos de W. Grabendorff, op. cit., p. 159 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 15-16, y C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit., p. 19. Asimismo editoriales "La Cancillería dio un comunicado sobre el corte a los créditos militares. Se denunció la intervención norteamericana" y "Ni soberanía de la tortura ni tortura de la soberanía", por Enrique Alonso, La Opinión, 1º de marzo de 1977, pp. 12-13.
[6] Sobre este tema ver los trabajos de Carlos Escudé, La Argentina ¿Paria internacional ?, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1984, especialmente pp. 40 a 43 ; C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit,, pp. 19 y 31-32 ; J.A. Tulchin, op. cit., p. 263 ; y Francisco Corigliano, "El impacto de los Estados Unidos en el proceso de democratización en Argentina", en varios autores, El apoyo internacional a la democracia en América Latina, en revista Síntesis, Nº 21, Madrid, julio-diciembre 1993, p. 236.
[7] "Dos voces norteamericanas", Extra, Nº 142, abril 1977, p. 17 ; "El ex embajador en Buenos Aires criticó la política exterior de Carter. Robert C. Hill pidió "paciencia y entendimiento" para la Argentina", La Opinión, 29 de junio de 1977 ; "Argentina-EE.UU. El sillón de Hill sigue vacío", Somos, Nº 42, 8 de julio de 1977, pp. 18-19, y declaraciones de Hill en O. Troncoso, op. cit., pp. 39-40.
[8] C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit., p. 19.
[10] Los pronunciamientos del lado norteamericano en contra de la suspensión de los créditos del Eximbank a la Argentina incluyeron, entre otros, al presidente de la empresa encargada de vender las turbinas, operación justamente financiada por los créditos del Eximbank ; al general Gordon Summers, presidente de la Junta Interamericana de Defensa, quien sostuvo que "sólo los comunistas pueden beneficiarse de esta política", y al vicepresidente de la Asociación de las Cámaras de Comercio norteamericanas en América Latina, quien sostuvo que esta política de suspensión de los créditos del Eximbank sólo perjudicaba a las empresas norteamericanas. Ver al respecto el editorial "¿A quién perjudica el Eximbank ?", Somos, Nº 97, 28 de julio de 1978, p. 9, que citaba el telegrama enviado al presidente Carter, al secretario de Estado Cyrus Vance y a otros funcionarios por la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina, recomendando el cese de las sanciones a la Argentina, pues "innumerables compañías estadounidenses se verán perjudicadas por esta política (...)". También C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit., pp. 19-20.
[11] C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit., p. 20. Ver también editorial "Signo del mejoramiento de las relaciones con EE.UU. Respaldo del Eximbank a la Argentina", La Opinión, 28 de septiembre de 1978, p. 1, que demuestra, más allá de su análisis parcial, las excelentes relaciones del presidente del Eximbank, John Moore, con el ministro de Economía argentino Martínez de Hoz.
[12] Sobre el impacto negativo de las violaciones de los derechos humanos en la Argentina en el poder de veto de los representantes oficiales norteamericanos en organismos multilaterales de crédito como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo ver Wolf Grabendorff, "¿De país aislado a aliado preferido ? Las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos", op. cit., p. 158 ; Jorge Domínguez, "Un valioso desafío para una sabia diplomacia", en A Fondo, Buenos Aires, noviembre-diciembre de 1983, p. 32 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 26 ; y Aldo Vacs, "Regime Change and International Constraints : Democratization and Foreign Policies in Argentina", paper presentado ante la 29º Convención Anual de International Studies Association, St. Louis, Missouri, March 29-April 2, 1988. Para una interpretación opuesta a las anteriores, ver C. Escudé, "Argentina : The Costs...", op. cit., pp. 20-26.
[13] El titular de Economía, actuando de hecho como un canciller, procuró aclarar la "verdadera" situación de los derechos humanos en la Argentina ante figuras netamente políticas del gabinete de Carter. Tal el caso de sus contactos ante el secretario de Defensa Zbigniew Brzezinski a principios de junio de 1977, cuyo objetivo fue superar los escollos políticos que impedían la aprobación de créditos al régimen militar argentino. Ver respecto de estos contactos el editorial "Entrevista de claro contenido político. Martínez de Hoz con Zbigniew Brzezinski", por Guillermo Calisto, La Opinión, 5 de junio de 1977, p. 1.
[14] La tesis presentada por Estados Unidos, Venezuela y Costa Rica se impuso en la OEA por 14 votos y 8 abstenciones -Argentina, Brasil, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, Paraguay y Uruguay-, derrotando por escaso margen a la propuesta argentina -que tuvo 11 votos a favor (entre ellos los de Brasil, Chile, Perú y Uruguay), 6 en contra (Estados Unidos, Grenada, Jamaica, Panamá, Trinidad-Tobago y Venezuela) y 4 abstenciones (México, Barbados, República Dominicana y Ecuador). Ver respecto de este tema y la posición argentina, los trabajos de R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 17, y O. Troncoso, op. cit., pp. 36-37. También los siguientes editoriales : "Mientras la Argentina presentaba en Grenada un proyecto de resolución sobre el tema. Es lejano el logro de acuerdo sobre los derechos humanos", por Alfredo Becerra, La Opinión, 17 de junio de 1977, p. 24 ; "Somos víctimas de aberraciones de quienes dicen luchar por la libertad". Fundamentó Argentina su posición en la OEA", por Alfredo Becerra, La Opinión, 21 de junio de 1977, p. 10 ; "La implicancia del terrorismo. Se pide a EE.UU. mayor realismo", por Haroldo Foulkes, La Opinión, 21 de junio de 1977, p. 10, "Los derechos humanos dividieron a la OEA", La Opinión, 23 de junio de 1977, p. 1 ; "La postura de EE.UU. se impuso en la OEA", por Hugo Infantino, La Opinión, 23 de junio de 1977, pp. 12-13 ; "Por escaso margen no prosperó la tesis argentina", La Opinión, 23 de junio de 1977, pp. 12-13. "OEA. Dos temas en Grenada : Corpus y derechos humanos", Somos, Nº 40, 24 de junio de 1977, p. 12, y "El canciller y los derechos humanos", Extra, Nº 145, julio 1977, pp. 30-31.
[15] Vale acotar que la visita del subsecretario de Asuntos Interamericanos, Terence Todman, y la subsecretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, a Buenos Aires en agosto de 1977 tuvo notables repercusiones internas. Sobre contactos de Todman y Derian con dirigentes políticos y las críticas del MID a estos contactos, ver O. Troncoso, op. cit., pp. 53-56, y E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, pp. 328-330. Por su parte, la subsecretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, mantuvo contactos con los integrantes de la Junta Militar. Como Videla comenzaba a ser percibido por algunos sectores de la administración Carter como el "moderado" de la Junta "cercado" por los "halcones", Massera decidió "ensuciar" la imagen del presidente. Así, en la entrevista que el jefe naval mantuvo con la representante norteamericana en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), Massera responsabilizó exclusivamente al Ejército y a la Fuerza Aérea por las torturas y desapariciones. La estrategia de Massera no resultó convincente para Derian, quien respondió que también tenía testimonios de violaciones a los derechos humanos efectuadas por oficiales navales. Sobre visita de Derian a Massera y sus repercusiones en la interna del régimen militar ver C. Uriarte, op. cit., pp. 172-174 ; "La semana Derian", Somos, Nº 457, 21 de junio de 1985, p. 45, y "Patricia, Todman y Cía. Los días del 'corto circuito' ", Extra, Nº 147, septiembre 1977, p. 93, hace referencia al editorial de Convicción Boletín Político Nº 11, de la primera quincena de agosto de 1977, titulado "La Hora del Pueblo se reunió en la Embajada de Estados Unidos".
[16] El viaje de Videla a Washington, producto de la invitación del gobierno norteamericano a todos los gobiernos de la región para asistir a la firma de los tratados de Panamá, provocó una feroz puja dentro de la Junta Militar. Mientras desde la Secretaría de la Presidencia, Villarreal y Yofre impulsaban el contacto con Carter como una forma de ganar un aliado externo en la transición hacia una "democracia responsable", Massera se opuso al viaje, pretextando que Videla quedaría en una posición de subordinación frente al presidente norteamericano. Finalmente, el viaje de Videla a Washington se concretó, aunque no produjo los resultados esperados por Villarreal y Yofre. C. Uriarte, op. cit., pp. 169-171.
[17] En su visita a la Argentina en noviembre de 1977, el secretario de Estado Cyrus Vance entregó a la Cancillería argentina una lista con 7.500 personas presumiblemente detenidas y desaparecidas, y reclamó el juicio de las mismas. Asimismo, Vance se entrevistó en forma separada con los tres miembros de la Junta Militar. Cuando le tocó el turno a Massera, éste responsabilizó de los excesos de la represión al Ejército, dejando a Vance la impresión de que si el gobierno estuviera en manos de la Armada, la política de derechos humanos sería más afín al gusto de la Casa Blanca. Pero, al mismo tiempo que en este tema asumía una posición agradable ante los ojos de Vance, Massera adoptaba un discurso muy duro en el tema de armamentos, que desconcertó al secretario de Estado norteamericano, pues hizo referencia a la búsqueda de otros proveedores e incluso recurrió a la amenaza de liderar un movimiento anti-norteamericano. En dicha reunión, Massera anunció la decisión de su arma de no participar en los ejercicios conjuntos UNITAS con la Marina norteamericana. Ver al respecto Bruno Passarelli, El delirio armado. Argentina-Chile : La guerra que evitó el Papa, Buenos Aires, Sudamericana, 1998, p. 25 ; C. Uriarte, op. cit., pp. 172-173, e Isidoro Gilbert, El oro de Moscú. La historia secreta de las relaciones argentino-soviéticas, Buenos Aires, Planeta, 1994, pp. 336-338.
[18] R. Russell. "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 18. Los siguientes editoriales son elocuentes respecto de la tendencia señalada por Russell : "Tras el encuentro Videla-Carter, vendrá el canciller Cyrus Vance. ENTENDIMIENTO CON EE.UU.", (en mayúsculas en el original), por Raúl Fain Binda, La Opinión, 10 de septiembre de 1977, p. 1 ; "El viaje del general Videla", La Nación, 6 de septiembre de 1977, p. 8, que subraya un cambio en la posición de Carter hacia América latina ; "La imagen dejada por la gestión presidencial", por Santiago Ferrari, La Nación, 11 de septiembre de 1977, p. 3, y "La gira de Vance. Un nuevo idioma con EE.UU.", Somos, Nº 62, 25 de noviembre de 1977, pp. 16-18. Una interesante excepción a este exagerado optimismo respecto de los contactos de Videla con las autoridades norteamericanas fue la opinión vertida por los editoriales de la revista Cabildo, representativa de la línea nacionalista más "ortodoxa". Así, en sus editoriales correspondientes a los números 10 (septiembre de 1977) y 11 (octubre-noviembre de 1977), p. 3, los columnistas de Cabildo criticaron la actitud de Videla de intentar acercarse al "democratismo de los derechos humanos" impuesto por la administración Carter.
[19] B. Passarelli, op. cit., p. 26.
[20] C. Uriarte, op. cit., pp. 189-191.
[21] Ver al respecto los trabajos de John Spanier, La política exterior norteamericana a partir de la Segunda Guerra Mundial, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, pp. 259-262, y de James A. Nathan y James K. Oliver, Efectos de la política exterior norteamericana en el orden mundial, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, pp. 380-383.
[22] R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 19, y C. Uriarte, op. cit., p. 166.
[23] Este intento de la administración Carter de vincular la cuestión de los derechos humanos a la concesión de créditos a la Argentina muestra, en realidad, dos aspectos interesantes desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales. Uno de ellos es que este esfuerzo de vinculación fue intentado por la administración Carter porque un país como la Argentina, carente de la relevancia estratégica de Japón, los países europeo-occidentales o del Medio Oriente, fue un perfecto test case para que la política norteamericana de defensa de los derechos humanos -una exigencia de los sectores "cruzados" y principistas de la clase política y de la opinión pública norteamericana- pudiera aplicarse sin costos estratégicos. El segundo punto es que el esfuerzo de vinculación de cuestiones impulsado desde el gobierno fue limitado por la negativa de los "pragmáticos" -los sectores privados comerciales y empresariales norteamericanos con intereses en la Argentina-. Ejemplo de la actitud d éstos fue el envío, en el mes de julio de 1978, de un telegrama por parte de la Cámara de Comercio Argentino-Norteamericana al presidente James Carter, al secretario de Estado Cyrus Vance y a unos 150 legisladores y funcionarios de la Casa Blanca solicitando la revisión de una medida que no afectaba a la Argentina sino a Estados Unidos, pues "(...) un país con las reservas y la posición financiera que tiene en este momento la Argentina puede comprar y obtener créditos de cualquier proveedor del mundo". Clarín, 28 de septiembre de 1978, cit. en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 19-20.
[24] Clarín, 1º de octubre de 1978, cit. en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 20.
[25] La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) estaba compuesta por su presidente, el venezolano Andrés Aguilar ; el costarricense Luis Timoco Castro ; el norteamericano Thomas Farer ; el colombiano Marco Monroy Cabral ; el brasileño Carlos Alberto Dunshoe de Abranches ; el salvadoreño Francisco Bertrand Galindo y el chileno Edmundo Vargas Camaño. Entre los contactos que estos miembros de la Comisión tuvieron en su visita de dos semanas a Buenos Aires, en septiembre de 1979, figuraron, además de los miembros de la Junta Militar, la ex presidente María Estela Martínez de Perón, el dirigente sindical Lorenzo Miguel y el periodista Jacobo Timerman, ex director de La Opinión. Ver "Comisión de Derechos Humanos ¿Qué buscan ?", Somos, Nº 155, 7 de setiembre de 1979, pp. 4-9.
[26] "Peronismo y gobierno, frente a frente", Somos, Nº 157, 21 de septiembre de 1979, pp. 4-9.
[27] "Suárez Mason opina sobre la visita", Convicción, 16 de septiembre de 1979, p. 9. Ver también declaraciones de Lezama, director de Convicción y por ende referente del pensamiento de Massera, al rechazar la invitación que le efectuaran los miembros de la CIDH para conversar respecto de la libertad de prensa en la Argentina, en "No", Convicción, 19 de septiembre de 1979, p. 1. Asimismo "Significativos conceptos de Graffigna ante la Cámara de Anunciantes. 'Preservar nuestro estilo de vida no representa violar los derechos humanos' ", Convicción, 21 de septiembre de 1979, p. 1.
[28] Texto de la solicitada publicada en Convicción, 21 de septiembre de 1979, p. 5. Vale remarcar la presencia en la lista de agrupaciones adheridas a la solicitada la presencia de dos vinculadas a la comunidad árabe -la Cámara de Comercio Argentino-Libanesa y la Cámara de Comercio Arabe-Argentina- y la notoria ausencia de agrupaciones representativas de la comunidad judía, hecho explicable por las actitudes antisemitas de los militares argentinos y, en particular, por la negativa repercusión del caso "Timerman".
[29] "Réplica a un informe sobre la Argentina", Convicción, 4 de marzo de 1980, p. 7.
[30] Declaraciones del canciller argentino, brigadier Carlos Washington Pastor, Convicción, 20 de marzo de 1980, p. 13.
[31] Informe final de la CIDH, Convicción, 19 de abril de 1980, p. 1 ; texto completo del comunicado del gobierno argentino del 19 de abril de 1980, refutando las conclusiones del informe final de la CIDH, Convicción, 20 de abril de 1980, pp. 10-11. También referencias en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 21.
[32] J.A. Tulchin, op. cit., pp. 267-268.
[33] Ver "Vaquero afirmó que no se admitirá la revisión de lo hecho contra el terrorismo", Convicción, 18 de noviembre de 1980, p. 10.
[34] J.A. Tulchin, op. cit., pp. 265-268.
[35] Palabras del teniente general del Ejército de Estados Unidos, general Gordon Summer, en "Summer habló del retroceso de los Estados Unidos", Convicción, 1º de noviembre de 1979, p. 12.
[36] Mensaje del teniente general del Ejército norteamericano, general Daniel Graham, Buenos Aires, 16 de junio de 1980, en "Graham aludió al rol argentino en el Atlántico Sur", Convicción, 17 de junio de 1980, p. 12.
[37] "Graham prevé un despertar nacionalista en los Estados Unidos", Convicción, 19 de junio de 1980, p. 13 ; "El acercamiento a la Argentina, una necesidad estratégica para Estados Unidos", por Sergio Cerón, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 12 de noviembre de 1980, p. 2.
[38] "Argentina amenazó con retirarse de la OEA", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 21 de noviembre de 1980, pp. 1 y 6 ; "Derechos Humanos : pugna entre nuestro país y Norteamérica", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 22 de noviembre de 1980, pp. 1 y 8.
[39] "Se leyó en la OEA el informe sobre derechos humanos en nuestro país", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 24 de noviembre de 1980, pp. 1 y 5 ; "Categórico rechazo de Argentina", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 24 de noviembre de 1980, p. 5 ; y "OEA : La Resolución no condena, pero nombra a Argentina", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 28 de noviembre de 1980, pp. 1 y 8.
[40] R. García Lupo, op. cit., p. 42.
[41] Ver al respecto nota 13 del artículo de R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 18-19. A pesar de la ambigüedad del compromiso de Videla respecto de revisar la negativa a la firma del TNP, esta actitud oficial generó fuertes críticas de los elementos nacionalistas "ortodoxos" y "desarrollistas" militares y civiles, como puede apreciarse en el editorial "Crónica nacional", apartado "Un núcleo de nuestra soberanía", revista Cabildo, Nº 11, octubre-noviembre de 1977, en donde se remarca que el compromiso de Videla se contradice con las declaraciones del presidente de la CNEA, vicealmirante Carlos Castro Madero, y del embajador argentino en la ONU, quienes por esos mismos días reivindicaron el derecho argentino al desarrollo nuclear autónomo.
[42] "Argentina y la bomba atómica", Somos, Nº 110, 27 de octubre de 1978, p. 8.
[43] "La Argentina renuncia al programa ordinario de asistencia de la OIEA", y "Una muestra más del criterio independiente que el país sustenta en el campo nuclear", por Martín Olivera, Convicción, 8 de diciembre de 1979, p. 11. También "No, a una ayuda retaceada", Convicción, 12 de diciembre de 1979, p. 8.
[44] "El agua pesada marca un paso decisivo para la independencia nuclear argentina", y "Se firma hoy el contrato para la planta de agua pesada", Convicción, 14 de marzo de 1980, p. 1, y "Agua pesada para cuatro centrales atómicas", Convicción, 15 de marzo de 1980, p. 1.
[45] "Se firmó el contrato para Atucha II", Convicción, 10 de mayo de 1980, pp. 1 y 9, y "Autorizó el PEN un contrato nuclear con Alemania Federal y Austria", Convicción, 6 de enero de 1981, p. 13.
[46] "El núcleo de la misión Smith fue atómico", Convicción, 27 de marzo de 1980, p. 1.
[47] "Por qué Argentina dijo 'No' ", Somos, Nº 174, 18 de enero de 1980, p. 7 ; R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., pp. 27-28. No obstante, Lanús aclara que, en un primer momento, el canciller Pastor se inclinó por la adhesión al embargo norteamericano, alternativa contraria a la que planteaba el ministro de Economía Martínez de Hoz. No obstante, Pastor terminó aceptando la tesis del titular de Economía, quien aconsejó a Videla una actitud "independiente" de condena a la invasión soviética de Afganistán, pero a la vez de no adhesión al embargo propuesto por Washington como represalia por dicha invasión. J.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 111.
[48] Texto del comunicado emitido por la Cancillería argentina el día 10 de enero de 1980, La Opinión, 11 de enero de 1980, p. 7. Párrafos del mismo comunicado citados en J.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 112, y en R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 29.
[49] Carta de Carter a Videla, 11 de enero de 1980, citado en J.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 112.
[50] Texto de la carta de Videla a Carter, 18 de enero de 1980, citado en ibid., p. 113.
[51] Según el jefe de la delegación argentina a la reunión de países productores de granos convocada en Washington, David Lacroze, se registraron frecuentes llamados telefónicos de Washington al presidente Videla y al ministro de Economía Martínez de Hoz con el objetivo de presionar para revertir la negativa argentina a adherirse al embargo. Estas presiones se reflejaron parcialmente en el comunicado final, donde la delegación argentina adhirió a una posición que Lacroze califica de intermedia entre la suya -totalmente opuesta al embargo- y la posición contraria -la de sumarse a Estados Unidos-. Entrevista de Gilbert a Lacroze, en I. Gilbert, op. cit., p. 349 ; declaraciones de Zorreguieta en Clarín, 13 de enero de 1980 ; y documento emitido por el jefe de la delegación argentina en Washington, David Lacroze, luego de la reunión, La Nación, 14 de enero de 1980, cit. en R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 31. Asimismo, ver C.M. Túrolo, op. cit., p. 136.
[52] De acuerdo con Gilbert, Goodpaster intentó obtener la adhesión argentina al embargo cerealero prometiendo algunas decisiones del lado norteamericano : a) la cooperación del gobierno de Carter para "limar" el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ; b) la cooperación en el plano militar ; c) el respaldo norteamericano al plan nuclear argentino, y c) la cooperación norteamericana para los reclamos argentinos en el tema Malvinas. Según el presidente de la Junta Nacional de Granos, también se consideró el levantamiento de la Enmienda Humphrey-Kennedy que prohibía los envíos de armas al gobierno argentino por violar los derechos humanos ; según el ministro Martínez de Hoz este tema no formó parte de la agenda de conversaciones. Por su parte, Vacs sostiene que en realidad Goodpaster no podía ofrecer ninguna seguridad respecto de las condiciones que los militares juzgaban necesarias para plegarse al embargo, tales como la colocación de los granos argentinos, la venta de material nuclear, el cese de las críticas a la violación de los derechos humanos, y el levantamiento del embargo de armas y créditos que Washington hacía pesar sobre el régimen de Videla. En el encuentro que Goodpaster tuvo con el ministro Martínez de Hoz, éste sostuvo dos argumentos : que la Junta Nacional de Granos no tenía ningún control sobre los embarques, y que si Estados Unidos quería garantizar que ningún grano argentino llegara a la URSS, debía comprarle toda la cosecha existente. Ver sobre la misión Goodpaster los trabajos de I. Gilbert, op. cit., pp. 351-352 y 354-355 ; J.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 114 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 23, y R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 35.
[53] R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 33.
[54] "Un boicot olímpico", Somos, Nº 191, 16 de mayo de 1980, p. 12, y los trabajos de J.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 114 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 23-24, y R. Russell, "El proceso de toma de decisiones...", op. cit., p. 35.
[55] Ver sobre la suspensión del viaje de Bowdler y su conexión con la participación argentina en el golpe militar en Bolivia el editorial "Razón de la suspensión del viaje de William Bowdler. Un hecho consumado", por Oscar Raúl Cardoso, Clarín, 30 de julio de 1980, p. 4. El 14 de agosto de 1980, el portavoz del Departamento de Estado norteamericano, David Passage, denunció la presencia de "persistentes informes" sobre la participación militar argentina en el golpe de julio en La Paz. "Inquietud de EE.UU. por denuncias que involucran a la Argentina", Clarín, 15 de agosto de 1980, p. 24. Según el editorial "Panorama político", Clarín, 17 de agosto de 1980, pp. 8-9, la decisión de Bowdler estuvo vinculada también a los informes del subsecretario de Estado Adjunto para América Latina, Samuel Easton, relativos a la participación argentina en el golpe boliviano. Asimismo ver el trabajo de R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 25.
[56] "Una decisión que divide a la OEA", y "La posición argentina", La Opinión, 26 de julio de 1980, pp. 12-13 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 25-26.
[57] Respecto de las diferencias entre los enfoques "regionalista" de Cyrus Vance y "globalista" de Brzezinski, y su aplicación al caso de América Central, ver el trabajo de J. Spanier, op. cit. , pp. 215 y 248-249.
[58] "Un argentino está implicado en la venta de armas a la guerrilla de El Salvador", Convicción, 17 de marzo de 1982, p. 10 ; "Son responsables de actos subversivos en varios países. Varios argentinos traficaban armas hacia El Salvador", Convicción, 18 de marzo de 1982, p. 7, y "Extremistas argentinos en Costa Rica", Convicción, 19 de marzo de 1982, p. 11.
[59] Riordan Roett, "La guerra del Atlántico Sur : una perspectiva de Estados Unidos", en R. Russell (comp.), América Latina y la guerra del Atlántico Sur, op. cit., p. 139.
[60] R. Russell, "Argentina y la política exterior del régimen autoritario...", op. cit., p. 117, nota 42, y Daniel Santoro, Venta de armas. Hombres del gobierno. El escándalo de la venta ilegal de armas argentinas a Ecuador, Croacia y Bosnia, Buenos Aires, Planeta, 1998, pp. 25-27.
[61] Cabe señalar que el dinero con el que Sánchez Reisse financiaba a las fuerzas argentinas en El Salvador provenía de la venta de armas argentinas al narcotraficante boliviano Roberto Suárez Levy, para apoyar el golpe de los militares Luis García Meza y Luis Arce Gómez contra el gobierno democrático de Lidia Gueiler, que tuvo lugar el 17 de julio de 1980. Parte de los narcodólares de Suárez Levy fueron utilizados por Sánchez Reisse para financiar a los militares argentinos en El Salvador y para que el GTE comprara armas para los "contras" y otros grupos mercenarios en América Latina. Ver al respecto D. Santoro, op. cit., pp. 20-21 y 24. También editorial "La conexión Sánchez Reisse-Suárez Mason-Guglielminetti", Somos, Nº 544, 25 de febrero de 1987, pp. 20-22.
[62] D. Santoro, op. cit., pp. 20-21. La conexión "Irán-contras", también conocida como el escándalo "Irangate", se produjo como consecuencia del intento de la administración Reagan de poner punto final a una pesada herencia de su antecesor : la liberación de los rehenes norteamericanos, retenidos por el fundamentalismo islámico tras el asalto a la embajada norteamericana en Teherán, en noviembre de 1979. Para ello, el gobierno republicano decidió apoyar a Irán en su guerra con Irak. En este sentido, el acercamiento de Washington a Teherán apuntó al objetivo de obtener, a cambio de la venta de armas, la liberación de los rehenes. A su vez, los beneficios de la venta de armas a Irán fueron colocados en una cuenta secreta en Suiza con el fin de suministrar apoyo a los "contras" nicaragüenses. Esta ayuda estaba absolutamente prohibida por el Congreso norteamericano, pero la administración Reagan, decidida a contener todo foco izquierdista en América Central, dio el visto bueno a este "desvío" de fondos, y dejó la implementación del respaldo a los "contras" en manos del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), William Casey, y del teniente coronel de Infantería Oliver North, del Consejo Nacional de Seguridad (NSC). El escándalo "Irán-contras", que perjudicó seriamente la autoridad de Reagan, aunque no lo obligó a renunciar, estalló en 1986. Ver al respecto J. Spanier, op. cit., pp. 326-330. Debido a las conexiones del ex integrante del Batallón de Inteligencia 601 Sánchez Reisse con Norman Faber y William Casey, Sánchez Reisse fue citado a declarar en el escándalo "Irán-contras". Ver al respecto "Un argentino en el caso North", Somos, Nº 566, 29 de julio de 1987, p. 50.
[63] A. Vacs, "A delicate balance...", op. cit., p. 33. Ver también editorial de Mariano Grondona, "Compartimos con Reagan lo más importante : el enemigo", A fondo, Nº 2, noviembre de 1980, pp. 10-11.
[64] Entrevista de Enrique Alonso al canciller Oscar Camilión : "Argentina. Su política exterior", Estrategia, Nº 69, noviembre-diciembre de 1981, pp. 36-39.
[65] Acerca de la posición de Viola y del canciller Camilión ver entrevista de Enrique Alonso a Oscar Camilión, op. cit., p. 38, y R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 32-33. También "Camilión trató con Bush y Haig la crisis salvadoreña y las relaciones bilaterales", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 1º de septiembre de 1981, pp. 1 y 4.
[66] R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 33-34.
[67] El general Vernon Walters era un ex subdirector de la CIA, que cumplió las funciones de embajador itinerante norteamericano y emisario personal del presidente Reagan. De acuerdo con Rogelio García Lupo, el motivo de la visita de Walters respondió a tres objetivos concretos : a) obtener la cooperación del gobierno argentino para evitar que Bolivia ingresara en un período de mayor anarquía que el que estaba atravesando en ese momento ; b) conseguir la participación de fuerzas militares argentinas en el contingente internacional que debía garantizar los acuerdos entre Estados Unidos, Israel y Egipto en la península del Sinaí, y c) la adhesión de Buenos Aires al tratado de Tlatelolco, con la consiguiente renuncia a la política autónoma en materia nuclear. R. García Lupo, op. cit., pp. 57-58 ; " 'Vine a la Argentina porque los amigos deben intercambiar informaciones', dijo Walters", Convicción, 25 de febrero de 1981, pp. 12-13, y "Walters se reunió con los tres comandantes", Convicción, 26 de febrero de 1981, p. 7. Véase también O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., pp. 25-27.
[68] A pesar del establecimiento de este sistema de consultas mutuas entre los Ejércitos de ambos países, cabe advertir que en lo conversado entre el comandante en jefe del Ejército argentino, general Galtieri, y el enviado norteamericano Meyer también se registraron importantes divergencias. Una de ellas fue la oposición del enviado norteamericano a la continuación de los vínculos comerciales argentino-soviéticos. En este sentido, Meyer renovó las presiones iniciadas por la misión Goodpaster para que Argentina se plegara a un embargo cerealero contra la URSS. Ver al respecto "Galtieri y Meyer analizaron la situación creada por la ofensiva marxista en América", Convicción, 7 de abril de 1981, p. 1 ; "El general Meyer y el boicot cerealero", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 9 de abril de 1981, p. 1, y "La visita de Edward Meyer", por Sergio Cerón, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 15 de abril de 1981, p. 2.
[69] R. Russell, "Argentina y la política exterior del régimen autoritario...", op. cit., p. 117, y Luis Maira, "La crisis centroamericana y su contexto externo : de la guerra de las Malvinas a la invasión de Granada", Instituto de Estudios de Estados Unidos, México, CIDE, noviembre de 1983, p. 31.
[70] O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van Der Kooy, op. cit., pp. 23-25. Ver asimismo "El comandante en jefe del Ejército fue condecorado en el Pentágono. Galtieri se reunió con el general Meyer y hoy se encontrará con un asesor de Reagan", Convicción, 14 de agosto de 1981, p. 12.
[71] "Argentina y la fuerza de paz", por Angel Amaya, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 5 de agosto de 1981, p. 3 ; "Apoya Galtieri el envío de tropas al Sinaí", La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 14 de agosto de 1981, p. 5, y "Sinaí : el precio de la duda", Criterio, Nº 1867, 10 de septiembre de 1981, pp. 518-519, donde se hace referencia a las divergencias existentes entre la postura "aislacionista" del canciller Camilión y el perfil "occidentalista" del comandante en jefe del Ejército general Galtieri. También editorial "Sinaí sí, Sinaí no. No se vería con malos ojos el envío de tropas argentinas a la zona del conflicto", Somos, Nº 258, 28 de agosto de 1981, p. 10 ; editorial de Joaquín Morales Solá, Clarín, 17 de julio de 1981, fuente también citada en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 35 ; R. Ricardes, op. cit., p. 101 ; O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., pp. 23-25, y R. García Lupo, op. cit., p. 58. Respecto de la participación argentina en la fuerza de paz destacada en el Sinaí, los dos partidos mayoritarios, la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista, se pronunciaron en contra, sosteniendo que el "interés nacional" argentino no podía formar parte de una iniciativa en la que se excluía a la mitad de Occidente y a todos los Países No Alineados y del Grupo de los 77. Por su parte, los partidos de centro y de derecha, en su mayoría, respaldaron la tesis intervencionista de Galtieri, en tanto la percibían como una oportunidad para "recomponer" las relaciones con la Casa Blanca, deterioradas por la política de derechos humanos de la administración Carter. Respecto de este punto consultar O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., p. 24.
[72] "El almirante Train abogó por una defensa coordinada en el Atlántico Sur", Convicción, 4 de junio de 1981, p. 7.
[73] Sobre los contactos de Walters con los militares argentinos, ver O. Cardoso, R. Kirschbaum y E. Van der Kooy, op. cit., pp. 25-27.
[74] D. Santoro, op. cit., p. 27-31.
[75] R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., p. 31.
[76] Sobre la errónea percepción de Enders, ver R. Roett, op. cit., pp. 139-140. Acerca de la popularidad de la aventura del gobierno de Galtieri en Malvinas y los factores culturales que están detrás de este comportamiento, ver los trabajos de Carlos Escudé, "Cultura política y política exterior : el salto cualitativo de la política exterior argentina inaugurada en 1989 (o breve introducción al realismo periférico)", en Roberto Russell (editor), La política exterior argentina en el nuevo orden mundial, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1992, pp. 176-177 y 180, y Carlos Escudé, El realismo de los estados débiles. La política exterior del primer Gobierno Menem frente a la teoría de las relaciones internacionales, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1995, pp. 42-43, nota 18. Para un examen de la posición de los partidos políticos frente a la guerra de Malvinas, ver M.A. Yanuzzi, op .cit., pp. 495-506.
[77] En dicha comunicación telefónica, Reagan le prometió a Galtieri el apoyo norteamericano para una solución diplomática que incluía el compromiso de participación del vicepresidente o de otro funcionario de alto rango en la gestión de una solución. Conversación telefónica entre Reagan y Galtieri citada en editorial "Victoria ¿Y ahora qué ?", Somos, Nº 290, 9 de abril de 1982, p. 13. Ver asimismo el paper de Luis Maira, "La política latinoamericana de la administración Reagan después de la guerra de Malvinas", México, CIDE, enero 1983, p. 7.
[78] La resolución 502 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contó con el voto favorable de 10 países -Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Irlanda, Japón, Jordania, Togo, Uganda, Zaire y Guyana. A pesar de respaldar la soberanía argentina en Malvinas, los miembros de los Países No Alineados, por diferentes razones, también respaldaron la resolución. Por su parte, la URSS, Polonia, China y España se abstuvieron. Sólo Panamá fundamentó un proyecto de apoyo a la Argentina. Ver texto de la Resolución 502 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, del 3 de abril de 1982, citado en Geopolítica, Nº 31, Año XI, Buenos Aires, 1985, Apéndice, Documento 1, p. 57. Asimismo consultar el editorial "La bolilla negra", Somos, Nº 290, 9 de abril de 1982, pp. 54-55, y el trabajo de Ernesto de la Guardia, "La cuestión de Malvinas en las Naciones Unidas", OEA, Anuario Jurídico Interamericano 1986, pp. 115-116.
[79] La mediación del secretario Alexander Haig incluyó dos propuestas de solución al conflicto argentino-británico por las islas Malvinas : a) una solución "tipo Hong Kong", en que Gran Bretaña cediera la soberanía, pero recibiera a cambio las islas en arrendamiento por un lapso prolongado ; y b) un estatuto "tipo Andorra", en el que ambos países continuaran la disputa, pero compartieran provisoriamente la soberanía u otras fórmulas como la de soberanía argentina con control de facto y administración inglesa, la administración de los territorios por Naciones Unidas o el manejo tripartito de las Malvinas por la Argentina, Gran Bretaña y Estados Unidos. Pero tanto el gobierno militar del general Leopoldo Galtieri como el de conservador de Margaret Thatcher, embarcados en mantener una postura nacionalista para mantener la adhesión de sus respectivos frentes internos, mantuvieron posiciones de intransigencia que hicieron fracasar la gestión de Haig. Sobre la gestión mediadora de Alexander Haig, ver J.A. Tulchin, op. cit., p. 275 ; L. Maira, "La política latinoamericana de la administración Reagan...", op. cit., pp. 10-11, y R. Roett, op. cit., p. 142.
[80] Durante su visita a Washington, el ministro de Defensa británico, Francis Pym, fue recibido en el Senado donde recogió amplias expresiones de apoyo para su causa. En las reuniones a puerta cerrada de los días 27 y 28 de abril de 1982, el Congreso norteamericano decidió la estrategia de apoyo a Londres. Se registró una sola nota de reserva, expresada por el senador republicano Ted Stevens, quien se opuso a una resolución pública de apoyo al gobierno británico, sosteniendo que una declaración similar del Congreso había abierto el camino para que el presidente Lyndon Johnson lograra entrar "en el pantano" de la guerra de Vietnam. El 30, el Senado norteamericano aprobó por 79 votos contra 1 (el de Jesse Helms, quien se había declarado a favor de la soberanía argentina en las Malvinas) una resolución de apoyo a Gran Bretaña pidiendo que la Argentina retirara sus tropas de las islas. Por su parte, los miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes aprobaron una declaración expresando su apoyo a Gran Bretaña en caso de guerra. Ver al respecto L. Maira, "la política latinoamericana de la administración Reagan...", op. cit., pp. 13-14 ; R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 39-40, nota 59, y editorial "Jesse Helms : "Nadie quiere otro Chipre en el Atlántico Sur"", Somos, Nº 294, 7 de mayo de 1982, pp. 56-57.
[81] La postura del gobierno de Reagan de respaldo a la posición de Gran Bretaña en el conflicto fue compartida por la mayor parte de los altos funcionarios de la administración republicana, por los líderes de los bloques de los partidos Republicano y Demócrata en el Congreso, por los medios de prensa y por la opinión pública norteamericanos. Incluso esta actitud recibió el respaldo de los ex presidentes Richard Nixon, Gerald Ford y James Carter. Tan sólo un pequeño grupo de funcionarios -representados primordialmente por el secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Thomas Enders, y sobre todo, por la embajadora en la ONU, Jeanne Kirkpatrick- se opuso a la actitud oficial de Washington, aduciendo la importancia de los militares argentinos en una solución de fuerza para la crisis centroamericana y en la negativa repercusión de un apoyo norteamericano a la posición británica en el resto de los países de la región. L. Maira, "La política latinoamericana de la administración Reagan...", op. cit., pp. 9-10.
[82] El propio Galtieri confesó, en una entrevista que le realizara Juan Bautista Yofre el 29 de julio de 1982 y que fuera publicada en Clarín, Suplemento especial del 2 de abril de 1983, p. 1, que "Yo confiaba que ellos (los norteamericanos) conservaran una equidistancia de posiciones (entre Argentina y Gran Bretaña). (...) no esperaba que ellos asumieran la posición (pro-británica) que luego tomaron".
[83] Declaraciones de Galtieri, Clarín, 16 de junio de 1982, cit. en R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos..", op. cit., p. 41. Asimismo, Galtieri señaló, en relación al gobierno de Estados Unidos :
(...) Debo decir que les guardo un gran rencor porque los norteamericanos saben muy bien que siendo comandante del Ejército, es decir antes de ser presidente, siempre traté de acercarme a ellos y a su administración, de reanudar el mutuo entendimiento que se había debilitado durante la administración anterior...Fue muy decepcionante cuando (Haig) se puso de parte de los ingleses...Lo peor es que Reagan y su plana mayor hicieron lo mismo. A decir verdad, los argentinos comparten mi opinión de que esto es una traición.
"Galtieri. Argentina seguirá combatiendo", El Nacional, Caracas, 16 de junio 1982, p. A8, cit. en C.J. Moneta, op. cit., p. 25.
[84] Respecto de la percepción del gobierno de Galtieri de la posible vinculación entre la ayuda argentina en la "guerra sucia" de América Central y la adopción de una actitud de apoyo o al menos de neutralidad por parte de la Casa Blanca con respecto a Malvinas, ver R. Roett, op. cit., p. 140 ; A. Vacs, "A delicate balance...", op. cit., p. 35 ; R. Grabendorff, op. cit., pp. 165-166 ; J.A. Tulchin, op. cit., p. 275 ; y R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 32 y 37-38. Respecta de los supuestos compromisos norteamericanos con el TIAR y la OEA, el propio Galtieri declaró :
(...) no vimos la necesidad de (tener el guiño de los norteamericanos) (...) ya que, reconozco, suponíamos que los Estados Unidos como integrante de la OEA, como suscriptor del TIAR, como país americano, en definitiva, no nos darían la espalda. Creíamos que iban a adquirir más relevancia sus lazos con Latinoamérica que aquellos que lo unen con un aliado extracontinental. Evidentemente, nos equivocamos (...).
"Galtieri. Argentina seguirá combatiendo...", op. cit., en C.J. Moneta, op. cit., p. 26, nota 41. Sobre el eventual visto bueno e incluso apoyo de la Casa Blanca a la recuperación argentina de las islas Malvinas, cabe consignar que la "Fundación Argentina Año 2000", dirigida por el ex ministro de Planeamiento, general Díaz Bessone, amigo personal de Galtieri, había organizado en diciembre de 1981 un seminario que contó con la participación de numerosos congresistas republicanos y del general del cuerpo de marines, Lewis Walt. En dicho simposio se tocaron temas tales como la seguridad en América Central y la cuestión del Atlántico Sur. Por estas referencias indirectas, el gobierno militar argentino creyó contar con el guiño de la Casa Blanca para emprender acciones de fuerza en Malvinas. En realidad, el único de los senadores y representantes norteamericanos que demostró un inequívoco entusiasmo respecto del reclamo argentino de soberanía en las Malvinas fue el senador republicano por Carolina del Norte, Jesse Helms. Ver al respecto C.J. Moneta, op. cit., p. 27, nota 43, R. García Lupo, op. cit., pp. 46-47 ; y el artículo de Carlos Juan Moneta, "La política exterior norteamericana en los inicios de la década del ochenta", Geopolítica, Nº 25, Año VIII, 1982, pp. 13 y 16, nota 28, donde figura una lista detallada de los contactos entre altos jefes militares y personalidades políticas norteamericanos y los militares argentinos.
[85] Mensaje del presidente general Leopoldo Fortunato Galtieri al país, citado en editorial "Clave política", por Polibio, Somos, Nº 294, 7 de mayo de 1982, pp. 16-17.
[86] Discurso del canciller Costa Méndez ante la Reunión del Movimiento de Países No Alineados en La Habana, La Prensa, 4 de junio de 1982, cit. R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 40-41.
[87] L. Maira, "La crisis centroamericana y su contexto externo...", op. cit., pp. 25-27.
[88] Respecto del impacto negativo de Malvinas en el sistema interamericano, ver los editoriales "Los bemoles del TIAR", Somos, Nº 292, 23 de abril de 1982, pp. 54-55 ; "¿Un sistema con muletas ?", Somos, Nº 293, 30 de abril de 1982, pp. 46-47, y "¿Un nuevo orden ?", Somos, Nº 294, 7 de mayo de 1982, pp. 52-53. También los trabajos de L. Maira, "La política latinoamericana de la administración Reagan...", op. cit., p. 44 ; L.A. Lanús, op. cit., vol. I, p. 167, y L. Maira, "La crisis centroamericana y su contexto externo...", op. cit., p. 28. Consultar también para este tema Prepared Statement of Howard J. Wiarda, Professor of Political Science, University of Massachusetts /Amherst, and Resident Scholar and Director Center for Hemisferic Studies, American Enterprise Institute for Public Policy Research, "The United States and Latin America in the Aftermath of the Falklands/ Malvinas Crisis" y Statement of Robert S. Leiken, Director, Soviet-Latin American Project, Georgetown Center for Strategic and International Studies, en Latin America and the United States after the Falklands / Malvinas crisis. Hearings before the Subcommittee on Inter-American Affairs of the Committee on Foreign Affairs House of Representatives Ninety-Seventh Congress Second Session, July 20 and August 5, 1982, Washington, U.S. Government Printing Office, 1982, pp. 32-35, 44-46 y 52-55, respectivamente. También consultar al respecto los trabajos de Helio Jaguaribe, "Reflexiones sobre el Atlántico Sur : América Latina y el Brasil ante la desarticulación del sistema interamericano" ; Celso Lafer, "La política exterior brasileña y la crisis en el Atlántico Sur", y R. Roett, "La guerra del Atlántico Sur : una perspectiva de Estados Unidos..", op. cit., en R. Russell (comp.), América Latina y la guerra del Atlántico Sur..., op. cit., pp. 103-105 y 114 ; p. 134 y p. 137, respectivamente ; y Heraldo Muñoz V., "Las causas del auge y la declinación del Sistema Latinoamericano de Seguridad : una perspectiva latinoamericana", Estudios Internacionales, Nº 77, enero-marzo de 1987, especialmente pp. 107-108.
[89] Este impacto favorable tuvo ocasión de manifestarse con la visita a Buenos Aires, en el mes de enero de 1982, de una misión integrada por representantes de la Comisión de Servicios Armados del Congreso norteamericano, encabezados por el demócrata Melvin Price, quienes expresaron su agradecimiento "por el hecho de que Argentina se haya unido a los Estados Unidos para asistir al gobierno de El Salvador". Ver al respecto "La Argentina abrió una línea de crédito para El Salvador", Convicción, 6 de enero de 1982, p. 1, y "Coincidencias sobre El Salvador", Convicción, 9 de enero de 1982, p. 12.
[90] De acuerdo con las denuncias de Borge y D'Escoto, quienes reprodujeron confesiones de un miembro de FARN, William Baltodano, éste recibió del coronel argentino Mario Davico en Buenos Aires la suma de 50.000 dólares para adquirir el armamento necesario para llevar a cabo el golpe contra el gobierno sandinista. Ver al respecto editorial "Desmienten el apoyo a la oposición en Nicaragua", Clarín, 15 de enero de 1982, p. 3.
[91] D. Santoro, op. cit., pp. 39-41.
[92] Informe secreto enviado por el embajador argentino en Honduras, Arturo Ossorio Arana, al canciller Nicanor Costa Méndez, Tegucigalpa, 22 de abril de 1982, citado en D. Santoro, op. cit., p. 44.
[93] R. García Lupo, op. cit., pp. 186-187.
[94] "No participa la Armada del operativo UNITAS", Clarín, 8 de marzo de 1983, p. 7, y "No al 'Operativo Unitas'", Convicción, 8 de marzo de 1983, pp. 8-9.
[95] "Desagrado del gobierno argentino por un documento de la CIA", Convicción, 10 de marzo de 1982, p. 4.
[96] R. Russell, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos...", op. cit., pp. 41-43.
[97] Así, en la Reunión de Países No Alineados que tuvo lugar en Managua en enero de 1983, la Argentina denunció, sin nombrar a Estados Unidos, la ayuda de "poderosos aliados" con que contó Gran Bretaña. Pero el canciller argentino Aguirre Lanari ejerció, junto a los representantes de India, Yugoslavia y Egipto, una presión moderadora, destinada a eliminar los párrafos de condena a Estados Unidos en la declaración final. Ver al respecto editoriales "Un cambio de planes", por Arnaldo Paganetti, Clarín, 11 de enero de 1983, p. 2, y "Se ahonda el giro político", por Arnaldo Paganetti, Clarín, 13 de enero de 1983, p. 2. Por su parte, en la reunión ministerial del Grupo de los 77 que tuvo lugar en Buenos Aires a principios de abril de 1983, el presidente Bignone alertó en su discurso sobre las elevadas deudas de los países en desarrollo y la necesidad de refinanciarlas "a plazos convenientes e intereses adecuados", atacando duramente a los gobiernos de Gran Bretaña y de la CEE. Pero omitió toda referencia ofensiva respecto de Estados Unidos. Incluso la Cancillería argentina intentó esbozar una posición equidistante entre los "duros" en el tema deuda externa (OLP, Colombia, India y Grenada, entre otros) y los "blandos" (Chile, Jamaica y Filipinas, entre otros). Ver al respecto los editoriales "Bignone alertó sobre las elevadas deudas de los países en desarrollo", y "El mensaje presidencial. Un tira y afloje", Clarín, 6 de abril de 1983, pp. 2-3.

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