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Timestamp: 2017-05-26 09:18:26+00:00

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El artículo 438 | Alberto Granados
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El artículo 438	Publicado por Alberto Granados el 25 noviembre, 2011 en Antología	En pleno siglo XXI muchos nos escandalizamos de que aún subsista un modelo patriarcal y machista que empieza por distribuir a priori roles sociales y salarios desiguales y termina con una enorme dosis de violencia real que cada año acaba con la vida de muchas mujeres y con la estabilidad emocional y la autoestima de muchísimas más. Los sociólogos lo han llamado “violencia de género”, los escépticos contraatacan asegurando que también hay casos de violencia hembrista y los políticos se dividen en los que propugnan políticas igualitarias y los que consideran esa políticas una innecesaria estupidez. Curiosamente, son muchas las mujeres que niegan la mayor con argumentos del tipo de “eso ha pasado siempre”, “eso no tiene remedio” u otros similares, reproduciendo un esquema conservador de sometimiento, de aceptación de su valor secundario.
Tal vez sea el momento de rescatar un planteamiento crítico bastante audaz para la época en que se escribió: se trata del relato “El artículo 438”, de la articulista Carmen de Burgos, “Colombine”, un texto que debería estudiarse en Educación para la Ciudadanía, si es que logra mantenerse (lo dudo) en el currículo de nuestros jóvenes.
El relato tiene, además, el valor añadido de que transcurre en Granada, pero eso es mera circunstancia, ya que se trata de denunciar hasta qué punto el Código Penal de 1870 protege al varón, incluso hasta el punto de minimizar el crimen pasional en la situación de adulterio, lo que dio lugar a situaciones penosísimas, como la que recoge el relato de la valiente Colombine. Dicho artículo estuvo vigente hasta que la República lo eliminó en 1931.
El texto tiene un inconveniente: su larga extensión. Sin embargo, no aparece en la red, lo que me impulsa con mayor motivo a insertarlo.
El relato es este:
EL ARTICULO 438
«El marido que sorprendiendo en adulterio a su mujer matase en el acto a ésta o al adúltero o les causara alguna de las lesiones graves, será castigado con la pena de destierro.» «Si les causara lesiones de segunda clase, quedará libre de pena. Estas reglas son aplicables a los padres en iguales circunstancias, respecto de sus hijas menores de veintitrés años y sus corruptores, mientras aquéllas viviesen en la casa paterna.» «El beneficio de este artículo no aprovecha a los que hubieren promovido o facilitado la prostitución de sus mujeres o hijas» CÓDIGO PENAL
La habitación, con los balcones entornados, las cortinas de yute corridas, ofrecía, en su semiobscuridad, un refugio agradable contra aquel calor que abrasaba las plantas de la vega y marchitaba la lozana floración de los cármenes.
Tenía algo aquella salita de esas habitaciones de las colonias tropicales, con el suelo de ladrillo rojo, recién fregado, las paredes muy blancas, sin pensar en el terrible reflejo que el cegador sol de Granada arrancaba de ellas, y los muebles de madera, ligeros, senillos, blancos y perezosos. Todo el adorno eran jardineras, alcarrazas y jarros con ramos de flores, colocados en las hornacinas, que unían su perfume al fuerte olor de jazmines, madreselvas, reseda y albahaca que subía del jardín.
-¿Conque es decir que te niegas en absoluto? -dijo una voz de hombre, de tono agudo e imperativo, después de un largo silencio.
-Sí -respondió una voz dulce y firme de mujer.
-Muy decidida estás…
-¿Y si yo te lo exijo?
-Será inútil.
-Me harás cometer un desacierto.
-Peor para ti.
-Parece que hay alguien que te ayuda y te sostiene.
-No lo necesito. En cinco años de casados ha desaparecido cerca de la tercera parte del capital que me dejaron mis padres. Yo tal vez podría resignarme a sufrir la miseria pero tengo una hija y no tengo el derecho de arruinarla. No cuentes con mi firma en absoluto para nada.
-Parece que me reconvienes como si yo fuese el culpable de que negocios que parecían seguros hubiesen salido mal, contra toda lógica.
-No quiero saber nada de eso. No te recrimino; pero no puedo seguir consintiendo especulaciones que la suerte no acompaña.
-¿Y crees que vamos a vivir con el mismo pie sólo con las rentas?
-Me reduciré todo lo que sea preciso… Pero nada más que lo que sea preciso, ¿entiendes?
-¿Y vas a negarme los medios de recuperar lo perdido, de volver a rehacer nuestra fortuna?
-Evito que la perdamos por completo.
-Piensa lo que haces.
-Lo tengo pensado.
-Entonces, como yo no me puedo resignar a vivir en Granada, como un buen Juan que vive del dinero de su mujer, sin trabajar, cosa que no he hecho nunca, pues siempre he tratado de aumentar el capital, con buena o mala suerte, nos iremos de aquí.
-Puedes irte cuando gustes.
-Tú me seguirás.
-Te obligaré. Tú olvidas que yo soy el marido, el hombre. Tengo el derecho de administrar los bienes y de elegir el domicilio que me acomode.
-No quiero salir de Granada.
-¿Qué tienes, qué te atrae tanto a ella?
-Que no quiero verme sola, a merced tuya, en tierra extraña.
-¡Linda respuesta! ¡Sola estando con tu marido! Estás obligada a seguirme, y me seguirás.
-¡No quiero! ¡No quiero!…
A pesar de los esfuerzos para conservar la entereza, la voz de la joven, mojada en lágrimas, se estrangulaba en la garganta.
El marido se puso de pie, dio algunos paseos por la estancia, se aproximó a la ventana y la abrió con un movimiento nervioso. Era un hombre muy alto, regular de carnes, de color moreno, con el cabello negro alisado en torno de la frente, ancha la nariz prominente, los labios groseros, un bigote poblado, con las largas guías hacia arriba, y unos ojos grises, indecisos, rodeados de un halo morado, donde se marcaban esas hinchazones y esas arrugas que graban las orgías y el cansancio de los placeres. Era un tipo de hombre guapo y buen mozo, capaz de inspirar ardientes pasiones a mujeres vulgares, pero antipático, repulsivo, con su aire de petulancia y degeneración, para un espíritu un poco delicado.
Ella era una mujercita de estatura regular, de formas finas, redondeadas y graciosas, con esa gracia un poco felina de las mujeres de Granada, todas ritmo y ondulación. La línea de los hombros era perfecta y unía, por medio de una garganta firme y torneada, el busto a la cabeza, de cabellos castaños y ondeados. La tez tenía ese tono pálido y ardiente de las morenas-blancas; el rostro, de la misma suavidad de líneas, ofrecía un aspecto de la cándida pureza humana de las vírgenes de los primitivos italianos. Tenía los labios muy rojos, en corazón, gordezuelos y jugosos, y los ojos grandes, pardos, llenos de luz, con las pestañas espesas, arqueadas, sombreándolos intensamente y velando la luz, que se es-capaba en un chispear luminoso de puntitos de oro de sus pupilas. La ligera bata blanca, escotada, que se rosaba con el transparente de su carne, permitía admirar el cuerpo armónico y juvenil.
Él se paró frente a ella, la contempló largo rato en silencio, sin conmoverse por su belleza, y al fin, cuando creyó haberla sugestionado lo bastante, al verla temblorosa y sin atreverse a levantar los ojos, dijo:
-Piensa bien lo que haces, María de las Angustias.
-Lo tengo pensado, Alfredo.
-Entonces yo sé lo que he de hacer. Hay que vender los muebles… La niña se quedará en un colegio… Nosotros saldremos para Madrid.
-Yo no me separo de mi hija.
-Es indispensable. Yo no la puedo exponer a las vicisitudes de la suerte que vamos a experimentar nosotros.
-Pero yo no me conformo con todo eso… Tenemos para vivir bien y tranquilos aquí.
-Es una apreciación tuya.
-No dejaré que me quites mi hija…
-No es quitártela. Soy el hombre, el marido, el padre, y tengo el derecho de educarla como me plazca.
-Pero yo no puedo consentir esto… Has pisado en mí a la mujer… Bien lo sabes… Me has herido en todas mis delicadezas… Me has hecho sufrir… Me has maltratado… Pero no consentiré que me separes de mi hija ni que la arruines… Pediré el divorcio. Acudiré a los Tribunales…
-¡Pobrecilla! ¡El divorcio! ¿Qué puedes alegar contra mí?
-Tú lo sabes, tú lo sabes… Malos tratos…, borracheras…, queridas.
-No seas niña. Nadie es capaz de atestiguar nada de eso. Soy un buen marido que no hace ni más ni menos que lo que hacen los de-más hombres en mi caso.
-No quiero vivir contigo.
-Pues vivirás, quieras que no…
-Prefiero que me mates.
Ella se levantó, loca de ira, y se abalanzó hacia él, murmurando frases de indignación. El la sujetó con fuerza, sin perder la calma.
-No, hija mía. Tú quisieras una escena violenta. Que yo te hiciese daño… Algo que justificara tus quejas… No soy tan tonto… Me marcho y te dejo que pienses con serenidad lo que te conviene. Si quieres tenerme a tu lado y administrar tus rentas, estoy conforme. Me someto a tu voluntad en castigo de haber cargado con una mujer rica y ñoña, como tú eres, habiendo tantas mujeres interesantes.
-¿Eso más?
El siguió, sin hacer caso de la interrupción:
-Si quieres tener un rasgo de cordura, dame la firma que te pido para vender el cortijo de la Vega… Con ese dinero emprenderé el negocio de la uva en Londres; ya te he explicado lo seguro que es… Puedes venir conmigo.
-¡Oh, no! -exclamó ella con terror-. No he olvidado los otros viajes.
-Que hubiesen sido deliciosos sin tus tonterías de provinciana, de mujer sin cultura y sin distinción… ¡Después de todo, no es culpa tuya! Si quieres, te quedas aquí… Tengo confianza en ti. Pero esto es la separación.
-¿Tardarías mucho en volver?
-Mucho. Aquello, una vez comenzado, no se puede dejar. Haría alguna que otra escapadilla, por verte… ya sabes que, a pesar de todo, te quiero… No hay otra como tú para mí…
Intentó acariciarla y ella retrocedió.
-¿Me guardas rencor?
-No, no es eso… ¿De modo que tú vivirías en Londres y yo aquí?
-¿Y… y… me dejarías tranquila?
-Si tú lo deseas…
-Prométemelo…
Ella meditó.
-Alfredo, tengo tanto deseo de tranquilidad, que te daría esa firma si supiera que me cumplías esto… Pero no te creo…
-Te juro cumplirlo, ya que tanto te pesa tenerme a tu lado.
-Tú sabes que después de lo sucedido entre nosotros, yo no te puedo amar.
-Bueno. Hagamos el trato de la separación amistosa.
-¿Y no pedirías luego el sacrificio de otra finca?
-Te juro, también, que no!
-¿Y será cierto que te vas?
-Entonces…, entonces… Tal vez me atreva a comprar mi tranquilidad… de esta manera.
-Pues firma, y no te molesto más.
-No. Ahora no. Déjame pensarlo… Vete… Hasta mañana.
Alfredo tuvo una sonrisa de triunfo y salió de la estancia. María de las Angustias se dejó caer de nuevo en la mecedora, y tapándose el rostro con las manos, pequeñas y ensortijadas, exclamó con desesperación:
-iDios mío, Dios mío! ¿Por qué no he de poder yo romper este lazo?
Ilustración de la edición en La Novela semanal (1921)
María de las Angustias era la víctima de las leyes y las costumbres españolas. Hija única de una familia distinguida, la habían educado de la manera que se acostumbra a educar las hijas en Andalucía. Sus padres, millonarios, poseedores de una de las primeras fortunas de la provincia, habían procurado que la niña tuviese una ignorancia absoluta de todas las cosas del mundo. Toda la infancia la pasó María de las Angustias en una finca que poseían en Motril, a orillas del mar, sin tratar más que a las hijas de los aldeanos, que miraban a sus padres con el respeto que los andaluces guardan al amo, como una reminiscencia de los tiempos feudales. Ella era la pequeña tirana a quien todos obedecían; la señorita, con la que no se atrevían a familiarizarse. No tuvo amigas, sino servidoras, y no vivió la vida en el concierto de las demás gentes, sino una vida aparte. Aquel ambiente, aquella soledad moral, de la que no se daba cuenta, la hicieron hermética. Elaboró sueños, que escondió dentro de su alma, y anhelos que se fueron reconcentrando en ella de un modo apasionado.
Cuando, con sus diez y seis años, la llevaron a Granada, tomó el barniz externo de la escasa sociedad que la dejaban frecuentar, por ese poder de asimilación que hay en las mujeres; pero en el fondo permaneció inadaptable, entregada a su fantasía. No tenía amigas, no frecuentaba reuniones; salía sólo con su madre para ir a misa y al rosario en las Angustias, a pasear en coche por la Alhambra o por los paseos del Salón y la Bomba, o algunas noches a dar la vuelta por la plaza de Bibarrambla y la Carrera del Darro, para ver los escaparates.
Y en aquel país de mujeres bellas, su belleza llamaba la atención. Los piropos brotaban como flores a su paso, y cada día la seguían en la calle media docena de muchachos. Llovían cartas de declaración; la acera fronteriza al carmen donde moraba tenía siempre guardia de honor, de la multitud de pretendientes que por allí rondaban, paseando sin cansarse de un extremo a otro de la acera. Ella no los veía más que desde su balcón, por cima de la verja que daba entrada al cuadro de jardín que había delante de la casa. Los confundía a todos, no pudiendo tratar a ninguno, y no llegaba a enamorarse de nadie. Ella necesitaba conocer y estimar a alguno para elegir, y los padres la separaban del trato de todos, reservándose el buscar ellos el marido conveniente cuando juzgasen que había llegado la edad a propósito.
Alfredo fué el forastero. Se abrió su corazón con el prestigio del forastero. Vió su nombre en los periódicos y lo contempló triunfante la noche en que daba una conferencia en el teatro. El era el héroe de la fiesta y atraía la atención de todas las muchachas, con sus grandes bigotes a lo Kaiser, su aire fanfarrón, vestido de smoking, con botones de brillantes y el pañuelo en punta, saliendo como una flor del bolsillo izquierdo. Le agradó, sobre todo, por un sentimiento de orgullo satisfecho. Todas las muchachas se esforzaban por hacerse notar del forastero y él la prefirió entre todas. Sólo tuvo ojos para ella… Fue un triunfo que le agradeció en el fondo de su alma, con puerilidad femenina. El placer de ver celosos a sus pretendientes y eclipsadas a sus rivales.
Pensaba ahora en el absurdo de aquellos dos primeros años de su matrimonio, viviendo con sus padres, cuando su marido se negaba a admitir nada más que el modesto sueldo de secretario de su suegro para sus gastos personales. Bien es verdad que vivían en el carmen, con criados, coches, automóviles y todo el lujo habitual, que suponía un gasto de muchos miles de duros al año. Por fortuna, no engañó al suegro aquella hipocresía y dejó bien arreglado el testamento para que no pudiese disponer del capital de la hija.
En cuanto se vio dueño había cambiado de conducta. Primero quiso que ella lo siguiera en su vida de depravación y de lujo. Todo cuanto podía hacer para corromper su espíritu lo ensayó cínica y meditadamente; hasta que, convencido de la incorruptibilidad de su mujer, se desentendió de ella para alternar libremente con amigos degenerados y mujeres de baja estofa.
Recordaba aquellas noches de pesadilla en las que, amándole aún, esperaba en vano. Su dolor, su desconcierto de verlo beodo, grosero, brutal; cuando supo que tenía queridas, no le inspiró ya celos, sino asco. Fue por entonces cuando nació su hija. Su corazón, libre del amor del marido, se refugió en aquel nuevo amor. Sentía en su alma aletear la pasión romántica y sensual con todas «las ansias incumplidas; pero se abrazaba al amor de la hija con el ardor y la fe con que los místicos se abrazan a la cruz. Aquella criaturita blanda y rosa, de grandes ojos turquesa, era su defensa y su fortaleza.
Fue la madre la que tuvo perseverancia para revisar papeles y cuentas mientras él se entregaba a sus diversiones, y así pudo darse cuenta del estado de su fortuna.
Fuerte en su decisión, curada de la pasión imaginativa que su marido le había inspirado, llena de asco y de desprecio, compraba su libertad, dando a Alfredo repetidas veces la firma para que vendiese fábricas o propiedades con el fin -según le decía- de emprender otros negocios más lucrativos.
Mientras duraba el dinero, él la dejaba en paz. Al acabarse, volvía, se fingía apasionado, reclamaba sus derechos de esposo y, exasperado por sus negativas, la maltrataba, la insultaba, le hacía sufrir sus borracheras, de alcohol unas veces y otras de éter y de morfina.
Luchaba por corromperla, por hacerla partícipe de sus vicios, y ante la triste serenidad de la joven se desesperaba y llegaba a todas las violencias.
Era él quien procuraba pervertirla, presentándole amigos, haciéndole alternar con gentes inmorales, humillándola delante de mujerzuelas cuyo trato le imponía. Se veía aislada, sola; no tenía ninguna verdadera amiga, porque las costumbres de su marido habían alejado a toda la severa sociedad que frecuentaban sus padres. Los criados eran todos hechura de Alfredo. El había ido despidiendo uno a uno todos los antiguos servidores y sustituyéndolos por otros que le obedecían ciegamente, comprados a fuerza de dádivas, y que la aborrecían a ella por la disciplina que imponía en la casa y a la que se veían obligados a someterse.
En aquellas condiciones aceptaba de buen grado firmar cuanto él quisiese por tal de verse sola, libre de aquel tormento. Al mismo tiempo sentía un remordimiento que se apoderaba de ella. ¿Tenía derecho, por aquel egoísmo suyo de paz y de sosiego, a dejar que arruinasen a su hija? ¿No era su deber luchar por aquella criatura, de la que no se ocupaba el padre?
Alfredo fingía querer a la niña. La zarandeaba, la besuqueaba, hablaba de sus gracias y del amor que por la criaturita sentía; pero a sus solas no se ocupaba para nada de ella. María de las Angustias tenía la certeza de que era ella sola la llamada a velar por su hija. Eso le daba mayor energía.
María de las Angustias salió a pie, la cabeza cubierta por el velo, y se deslizó por las calles más solitarias, en dirección al paseo de las Angustias, donde estaba el templo de la Patrona. Entró apresuradamente en las altas bóvedas llenas de sombras y se encaminó a la pila de agua bendita, buscando con los ojos algo que no tardó en encontrar. Un hombre estaba allí de pie y se adelantó a ofrecerle el agua, que ella tomó, rozando apenas la punta de sus dedos, y sin mirarlo hizo una ligera inclinación de cabeza y pasó presurosa, cuidando de no tropezar con las sillas y los reclinatorios que invadían todo el templo, para ir a arrodillarse ante el altar, donde, en su camarín, resplandeciente de luces, estaba la imagen venerada de los granadinos.
Se persignó, clavó los ojos en la imagen y quedó como hipnotizada por el brillo que desprendía la alta corona, la pedrería de su manto bordado, entre las luces y las flores del camarín. Parecía un triángulo la imagen, con la cabecita pequeña, acabando en un ángulo, y el ensanche fastuoso de las ropas de brocado. Su gesto triste mostraba su dolor y su miseria entre tantas galas, mientras posaba la mirada en el cuerpo de aquel Cristo muerto, caído en sus brazos, como el niño que se acuesta en el regazo materno.
María de las Angustias quería rezar y pedir auxilio a la Virgen de su nombre en su tribulación; pero su pensamiento se distraía. Sentía sobre su cabeza el calor de una mirada que se fijaba en ella, insistente, y su oración fluía de un modo mecánico, sin el ardor que hubiera querido poner en ella, y la confianza que el ser la divinidad una mujer dolorosa le inspiraba. Nunca un Dios risueño y feliz atraería a los desdichados.
Poco a poco se sentía adormecer, como consolada en la atmósfera del templo, de sombra espesa, con el olor especial de las iglesias, mezcla de incienso desvanecido, de cera quemada, de luces de aceite, de flores marchitas en los jarros y del vaho de las gentes que sin cesar entraban y salían con la piadosa costumbre de la visita a las Angustias, que era aún tan habitual en Granada.
Casi todas las señoras que volvían de los paseos paraban sus coches a la puerta de la iglesia, y muchas salían de sus casas, dando un momento de tregua a sus tareas, para cumplir con aquella consoladora visita. Se sentían más felices después de saludar a la imagen, cubierta de seda, oro y pedrería, inmóvil e inmutable, simbolizando el más agudo de los dolores.
No faltaban gran número de hombres entre la concurrencia. De allí habían salido no pocos matrimonios, entre personas que se conocieron en el templo o que se amaron o se reconciliaron al encontrarse allí.
Bien es verdad que, a pesar de la devoción, se daban los enamorados citas expresas o tácitas en el templo. Más de un amor culpable aprovechaba la ocasión que se le ofrecía para sus entrevistas.
Resonaban los pasos de los visitantes de un modo atronador, con un ruido cóncavo, que se repetía y se quebraba en las aristas de las bóvedas. Los golpes de las sillas al moverse, de las puertas al cerrarse, formaban un estruendo que repercutía de nave en nave.
María de las Angustias seguía sintiendo la mirada de aquel hombre abrasarle la nuca. No sabía quién era, y ya llevaba un mes de encontrarlo allí todos los días. Iba por ella, no le cabía duda; le ofrecía el agua bendita al entrar y al salir, y oía luego sus pasos a distancia, acompañándola y protegiéndola hasta llegar a su casa.
La unía una gran simpatía a aquel hombre de fisonomía abierta, franca, y hermosos ojos oscuros y leales.
Nunca le había dicho nada y ella sabía que estaba allí por ella, que la conocía y la amaba. No sabía quién era él. Se indignaba consigo misma por aquella impresión que experimentaba; pero lodos los días encontraba disculpa para acudir a la cita. «¿Iba a dejar de ir a rezar a la Virgen?» Se proponía no tomar el agua que su desconocido le ofreciera y humillarlo con un gesto de orgullo y de altivez… Sin embargo, sus ojos lo buscaban y su mano se tendía para humedecer los dedos en el agua que él le ofrecía. Después, nada. No volvía la cabeza, no cambiaba una sonrisa, no se permitía él la más ligera familiaridad. Sólo el ruido de sus pasos, siempre a igual distancia, le advertía que era seguida. Sin darse cuenta, el recuerdo de aquel hombre acudía a su memoria como un consuelo, frente a las exigencias del marido. Se sentía como menos sola, como protegida por él, y tenía miedo de perder aquella impresión tan dulce.
-El día en que me hable lo rechazaré, y entonces él se irá y no volveré a verlo -pensaba con miedo.
Por estar cerca de él prolongaba su estancia en la iglesia. Escuchaba aquellas alabanzas que el sacerdote recitaba con acento mecánico a la pobre Virgen angustiada:
Rosa mística;
Torre de David;
Torre de oro;
Arca de la Alianza;
Estrella de la mañana;
Salud de los enfermos;
Y encontraba grato el plural de la súplica que repetían a coro, y que parecía unirla más y más al desconocido.
Cuando salió, él no estaba allí. Se detuvo un momento para tomar el agua, como si esperase que viniera a dársela, y dejó el templo con el corazón triste y oprimido. Lo buscó con la mirada en la calle, y durante el trayecto que la separaba de su casa volvió varias veces la cabeza.
-No está… No está… -pensó con dolor, y añadió, queriendo engañarse a sí misma:- ¿Qué me debe importar esto? Tiene que suceder.
Cuando entró en su casa fue al tocador, se quitó la mantilla y preguntó a la doncella:
-Está en el comedor, con el señorito.
Se sorprendió un poco de la rápida vuelta de su esposo, y aunque no dijo nada a la doncella, debió adivinarla, porque añadió:
-Ha venido con un señor que ha convidado a comer. -¿Quién es?
Entró en el comedor y tuvo que contener una exclamación de sorpresa. El estaba allí.
Lo presentó su marido:
-Mi amigo Jaime González, un antiguo compañero, al que quiero fraternalmente y que no sabía que estuviese en Granada. Te ruego que lo trates como de la familia.
Ella tendió la mano y sus dedos se tocaron tan levemente como cuando le ofrecía el agua bendita.
Por fortuna la niña le alargaba los bracitos y María de las Angustias pudo esconder su rostro entre los vestiditos blancos y rosa.
Se sentaron a la mesa y Jaime habló con un reposo, con una naturalidad que le comunicó serenidad. El era granadino. Sus padres, labradores ricos, lo habían enviado a estudiar a Madrid, con ese empeño de los labriegos andaluces de librar a sus hijos de la esclavitud de la tierra. Había vuelto a Granada después de quince años de ausencia, y no sabía aún si marcharse de nuevo o si quedar allí.
-Debes quedarte -dijo Alfredo con apresuramiento-. Yo me pienso marchar a Inglaterra y me iría más tranquilo si tú estuvieses aquí para velar por María de las Angustias y la niña.
Cuando sirvieron el café, Alfredo miró el reloj.
-Necesito marcharme. Tengo una cita… ¡Cuánto lo siento!… Pero tú, Jaime, puedes quedarte acompañando a María de las Angustias. Quiero que os tratéis como hermanos.
-Es para mí un honor -dijo Jaime, poniéndose en pie-, y te lo agradezco infinito; pero esta noche tengo yo también una ocupación urgente…, y ya iba a pedir permiso a esta señora para retirarme.
Se despidió y salió antes de que Alfredo pudiera detenerlo.
El se volvió hacia su mujer.
-¿Has pensado en nuestro asunto?
-¿Estás dispuesta a darme esa firma?
-Todo lo contario.
-No quiero que te vayas de mi lado ahora.
Le lanzó una mirada altiva, desdeñosa, y él, a pesar de su cinismo, no se atrevió a insistir. Se veía descubierto en la intención que le había hecho llevar a Jaime a su casa. No era ya la primera vez que presentaba a su mujer amigos que pudiesen interesarla. Le estorbaban su pureza, su dignidad, el buen concepto social de que disfrutaba, para imponerle mejor su capricho y dominarla más. Si delinquiera estaría completamente a merced suya.
-Entonces se acabaron las contemplaciones -dijo con brutalidad-. Mañana mismo llevaré la niña al colegio. Nos iremos la semana que viene.
Ella lloraba, pero estaba resuelta a sufrirlo todo. Sentía que le interesaba Jaime; que si se quedaba sola al lado suyo no tendría fuerzas para dominar su pasión, y se asustaba de que llegase un día en que, cediendo a una sugestión cualquiera, pudiese perder aquella fuerza moral, en la que se refugiaba y se escondía, dentro de su propio corazón, como un consuelo supremo.
Sentía, además, un desencanto al ver a Jaime en su casa, amigo de su marido, tal vez igual a él en carácter y en costumbres. ¿Para qué había ido? ¿Pensaba que era una mujer vulgar en cuya casa podía introducirse para seducirla? ¿Era una nueva acechanza de Alfredo? De un modo o de otro, ella debía huir de aquel peligro. Era preciso seguir a Alfredo, ser la esclava de él.
-Déjame llevar con nosotros la niña -suplicó.
El tuvo una sonrisa. Conocía que el amor de madre la haría más fuerte, y contestó con acritud:
María de las Angustias no pudo contener su dolor y cayó sobre la mecedora sollozando convulsivamente. Estaba hermosa en su agitación, con el desorden de sus ropas y los cabellos sueltos. El tuvo una idea diabólica. Se acercó a su mujer, le separó cariñosamente las manos de la cara, la sujetó y comenzó a besarle apasionadamente los hombros, el escote, la garganta, buscando con los suyos sus labios y sus ojos. Ella se debatía, loca de terror, jadeante, forcejeando por escapar a las caricias y suplicando:
-No, no… Déjame, déjame.
Pero él la seguía oprimiendo de un modo brutal.
-¿Dejarte? Eres muy hermosa. Me gustas… Eres mi mujer. Me perteneces… Tienes que ser mía… Es tu obligación.
Trataba de escapar, arañando y mordiendo las manos de su marido. El la dejó un momento, y ella empezó a limpiarse con el pañuelo la cara y la garganta, como si quisiera borrar los besos.
-¿Tanto te repugno?
-Lo deploro, porque me siento enamorado de nuevo de ti. Reanudaremos la luna de miel.
Se acercaba a ella con un gesto apasionado.
María de las Angustias retrocedió. Había comprendido, Alfredo le iba a imponer la mayor de las torturas. Era mejor acceder a sus deseos de firmar la venta del cortijo. Que se fuera, que la dejase en paz, pasase lo que pasase; todo, menos aguantar aquellas caricias.
-No, Alfredo… Es imposible… Tú lo sabes… Yo no te amo.
-Yo te amo a ti… Me gustas… Eres mi mujer… Tengo derecho.
-Escucha, Alfredo. Tú deseas irte a Londres… Quieres mi firma para vender el cortijo de la Vega,.. Estoy pronto a dártela… si me dejas en paz.
El tuvo una sonrisa de satisfacción, y cambiando de aspecto, dijo:
-Bien. Como tú quieras. Pero ya ves que yo había desistido. Eres tú quien me arroja de tu lado.
La noche de luna iluminaba dulcemente el bosque de la Alhambra. María de las Angustias y Jaime habían entrado en él por la Puerta de las Granadas, subiendo la cuesta de Gomeles, y se habían internado por las avenidas que conducen al Generalife.
Se apoyaba ella en su brazo y andaba con paso perezoso, la cabeza sobre su hombro, ofreciéndole los labios, mientras caminaban bajo los altos robles, tan espesos y tan altos que parecían clavar en el cielo sus copas bañadas en la plata de la luna.
El agua de la Alhambra, ese agua que hilaron los árabes en los hilillos de millones de surtidores, formaban la sonata de una orquesta de xilofones cristalinos y límpidos, al golpear la linfa contra las piedras y las ramas, en un acorde maravilloso.
Abajo, en el fondo de la bóveda de los árboles, la oscuridad era tan profunda que no se distinguían unas a otras las parejas que cruzaban, buscando el encanto y la soledad de la noche de la Alhambra, escudados por la seguridad de que se gozaba en la ciudad dichosa y honrada, donde se podían cruzar a media noche aquellos senderos solitarios sin peligro de un mal encuentro.
Los primeros días de la partida de Alfredo, los dos amantes habían evitado encontrarse. Luego, el deseo, más fuerte que su voluntad, les había obligado a buscarse, y desde el primer momento había mediado entre ellos una explicación franca, leal. Habían caído el uno en los brazos del otro de un modo natural, como esposos enamorados que se encuentran después de una larga separación.
Desde aquel día la vida se convirtió para María de las Angustias en un ensueño de felicidad. No sentía remordimiento alguno por entregarse a aquella pasión, moralmente desobligada de su marido. Se sentía alegre, tranquila, confiada, satisfecha de su felicidad y del amor profundo y honrado de que la rodeaba Jaime.
Un banco, en el claro de luna, los invitó al reposo. Se sentaron y ella le rodeó con los brazos el cuello, mientras él la enlazaba por la cintura. La blancura de la luna le daba una palidez de estatua, y sus ojos pardos brillaban como aguas marinas.
-¡Qué hermosa estás, María de las Angustias! -exclamó él-. ¡Si vieras qué miedo tengo de ser tan feliz!
Ella desplegó una sonrisa húmeda y luminosa.
-No pienses más que en nuestro amor, Jaime.
-Por él es por lo que tiemblo. Si ese hombre volviese…
-Me separaría de él. Soy sólo tuya… Te juro que no le daría ni un apretón de manos.
-Te creo, porque te conozco. Lo que no me explico es cómo pudiste amar un día a ese hombre…
-No digas eso. Me creía amar, pero era sólo el amor lo que yo amaba. He pagado bien cara mi equivocación. ¡He sufrido tanto!
-No me lo cuentes. Yo he adivinado tus padecimientos, las exigencias de ese miserable…, sus malos tratos…, sus groserías. ¡Pobre alma mía! Quisiera poder amarte más para resarcirte de todo eso.
-Ya me has resarcido bastante. Lo he olvidado todo, como un mal sueño. En mi pasado, en mi presente, en mi porvenir, no existen nada más que tú… y mi hija.
-¿Y no ves cuánto hay en tu hija de su padre? A pesar de ser tan pequeña, manifiesta hacia mí y hacia ti misma una hostilidad peligrosa.
-Son las criadas, que le inspiran celos de mi cariño hacia ti. Ya ves que no es justo… Yo la adoro…, la adoro como si fuera hija tuya…, y lo es en realidad, porque era tuyo el ensueño de mi mor aun antes de conocerte.
-Y yo la quiero como una hija también, María de las Angustias; pero me asusta ver a lo que te expongo por mi culpa.
-¿Y por qué yo, que he sido víctima de una equivocación, que la he expiado con mis sufrimientos, no puedo formar un nuevo hogar feliz contigo, con el que amo, con el que me comprende y me hace dichosa?
-Es imposible, porque nuestras leyes no aceptan el divorcio.
-Pero si al menos pudiéramos lograr la separación… Yo no quiero el engaño. Sería incapaz de acariciar a mi marido y venderlo por la espalda. No le amo, y no lo oculto.
-Haces mal. Estamos en un mundo en que la lealtad se considera cinismo, impudicia.
-Y, sin embargo, la verdadera moral es la nuestra.
-¿Y no puedo yo pedir la separación?
-No, porque no hay pruebas y testigos de los malos tratos y de los vicios de tu marido.
-Pero tú sabes, todo el mundo lo sabe, que se emborracha, que me martiriza, que me arruina.
-No es bastante para probar la sevicia.
-Tiene una querida.
-No vive con ella.
-Está siempre con mujeres.
-Eso lo hacen todos los hombres, según dicen ellos.
-¿Y no es motivo el que yo te ame?
-Sería motivo para que él procediera en contra tuya. Te podría llevar al convento o al manicomio, que en los tiempos modernos ha venido a sustituirle.
-Pero tú me defenderías.
-No lo dudes: te defendería hasta morir o matar por ti… Con la ley no podría defenderte.
-Porque la ley la hicieron los hombres y es toda contraria a las mujeres; aunque en algún caso como éste sea yo, hombre, la primera víctima.
-¿De modo?
-Que tu marido es un inocente y un hombre honrado contra el que nada puedes intentar, a pesar de arruinarte, envilecerle y maltratarte, pasando la vida entre borracheras y mujeres de todas clases.
-Y en cambio, tú tienes el desprecio de la sociedad, porque rechazas a un hombre indigno y correspondes a un amor honrado. Estás a merced del capricho de tu marido, que puede hacerte condenar por adúltera, llevarte a un manicomio, arrancarte tu hija y tu fortuna, y hasta matarte, sin responsabilidad, acogiéndose al artículo 438 del Código Penal, que absuelve a los asesinos de sus esposas si ellas les son infieles. Ella sintió un escalofrío de terror; pero reponiéndose en el acto, se apretó, en un arranque de pasión, contra el pecho de Jaime, exclamando:
-Maridito, maridito mío: guárdame tú escondidita dentro de tu corazón y no tendré miedo de nada.
La campana de la Vela, con su sonido lento y evocador, hacía estremecer el silencio del bosque, e interrumpía el martilleo rumoroso y cristalino del agua, avisándoles la hora del regreso. Por si esto no fuese bastante, una ráfaga de viento pasó como una ola invisible, haciendo balancearse los árboles con un rumor de papel de seda.
María de las Angustias se distrajo de su impresión, y, levantándose para regresar a su carmen, exclamó:
-¡Pobres ruiseñores! Siempre que hay una noche de viento en la Alhambra tengo la impresión de que va a amanecer el bosque cubierto de pajarillos, que caen de los árboles, como caen las hojas de estos olmos, en las que hay más ruiseñores que hojas. Tengo intención de rezar por los pobres pájaros como se reza por los caminantes en noches de tempestad.
En los primeros meses, María de las Angustias y Jaime se sentían inquietos y turbados. Se daban cuenta de que, a pesar de todo, el marido vivía cerca de ella, afirmando su personalidad en la casa.
Aunque el carmen perteneció a sus mayores, ahora era la casa de Don Alfredo Sánchez, a cuyo nombre iban dirigidos todos los asuntos. Hasta ella misma era ya como una propiedad suya. Angustias Lozano de Sánchez.
Lo que más hacía el hogar del marido era la hija, Pepita, que entre sus gracias infantiles sabía decir que quería a papá con los puños y los dientes apretados, para dar idea de la vehemencia, y a Jaime lo quería volado. Lo que indicaba con el gesto de pasar las palmas de la mano, una contra otra, hacia fuera, como el que arroja al viento alguna cosa.
El ama seca ponía un cuidado especial en inculcar a la niña el culto al padre ausente y la frialdad a la madre cercana. Todo lo que le prohibían se lo prohibían en nombre de ésta.
-No se puede ir de paseo, porque la mamá no quiere.
-No se come dulce, porque la mamá no quiere.
-No se juega con las muñecas, porque la mamá no quiere.
-Hay que tomar la medicina, porque la mamá lo manda.
-Hay que acostarse, porque mamá lo ha dicho.
En cambio, el padre era el dispensador de todas las gracias.
-Cuando venga el papá le traerá bombones a la niña.
-Cuando venga el papá llevará a la niña a pasear en coche.
-El papá le traerá a la niña unos muñecos muy bonitos.
-El papá la llevará al teatro.
-Este traje se lo ha enviado el papá.
Así la criatura se acostumbraba a pensar en el papá como en un ser fantástico y bondadoso. Rezaba ante su retrato, lo besaba, lo acariciaba y procuraba huir de la madre, que representaba todas las severidades. En ocasiones, cuando estaba presente Jaime, sobre todo, Pepita unía los brazos al cuello de la institutriz y no se dejaba acariciar por la madre, envolviendo a ella y a su amante en la misma mirada hostil.
María de las Angustias sentía una amarga tristeza.
-Mi hija también me condenará -pensaba; pero ocultaba su pensamiento, temiendo molestar a Jaime y decidida a sufrir todas las injusticias, con tal de conservar su cariño, aquella ternura, que la envolvía como agua de baño y la hacía tan dichosa.
-Tengo la certeza -le dijo un día a su amante- de que mi marido lo sabe todo y finge ignorarlo.
-Yo también; y esa actitud suya es lo que me asusta.
-No. El finge no saberlo con algún designio perverso, no hay duda; pero no le será fácil encontrar la prueba de nuestras relaciones, estando lejos. El testimonio de las criadas es de escaso valor, y de la demás gente nadie ha visto nada que nos pueda acusar. Que salgamos juntos y que vengas a casa, es natural, habiéndote dejado el encargado de que veles por mí. No existen cartas ni nada que nos condene.
-Es cierto; pero si él viniera, ¿dejaríamos de vernos?
-¿Dejarías que disfrutase sus derechos de marido?
-i Ni pensarlo!
-Pues ahí tienes qué fácil le sería buscar y hallar la prueba para condenarnos.
-También. Soy tu cómplice.
-Pero es absurdo que sea delito amarse y darse libremente. No ya sólo en este caso, sino en todos. No se puede consentir que las personas sean propiedad unas de otras por toda la vida, que lazos que crea el amor se impongan si el amor pasa.
-Claro. Tú llegas por la pasión al conocimiento de todas esas verdades; pero las gentes han legislado contra la Naturaleza, han creado intereses que la libertad ataca, y todo lo que estás diciendo asusta a los hipócritas, como la cosa más inmoral del mundo.
-Qué felices deben ser las naciones donde existe el divorcio!
-Se caen en otros abusos; porque no hay ley mala si los hombres son buenos, y viceversa. Pero en todo caso es mejor que entre nosotros.
-¿Por qué no puedo yo pedir la separación?
-Ya te lo he dicho: no hay pruebas.
-Vicios, malos tratos, queridas, prodigalidad.
-Nada puede probarse en el grado suficiente.
-Pero tú puedes hallar algo, tienes talento, conocimientos.
-Que sólo me sirven para ver más claramente el peligro que corres.
-Yo he oído hablar de casos en que las leyes se han doblegado por una voluntad firme.
-Esos casos sólo se han dado en favor de los hombres. Jamás en favor de la mujer.
Le contó los casos extraordinarios de que un hombre casado se hubiese vuelto a casar allá en América, contando con las leyes de aquellos países libres, que se preocupan más de la población que de la legalidad de las uniones que la producen.
Otro se había casado en Suiza, perdiendo la nacionalidad española, para acogerse a las leyes que permiten el divorcio por incompatibilidad de ideas.
-Es decir, que un hombre decidido -concluyó- puede burlar las leyes, hacer lo que le dé la gana, casarse si le parece; pero las mujeres, no. Hasta en estos casos en que ellos se han libertado, ellas siguen casadas y sometidas a su potestad.
-Pero es así. Sobre todo, para las mujeres ricas.
Le contaba casos en que el dinero, móvil de casamiento sir amor, era el factor más importante. No era sólo Alfredo. Maridos que pasaban por serios, por respetables, que ocupaban cargos en la política y en la banca, habían aprovechado la infidelidad de su mujeres, a veces hipócritamente provocada por ellos mismos para deshacerse de ellas. No les convenía pedir el divorcio, al que sólo recurrían los maridos de mujeres pobres, que deseaban verse libres de su carga. No eran tampoco esa clase de maridos de mujeres ricas de los que llegan al crimen pasional, como los pobres hombres enamorados e ingenuos que se sentían traicionados cuando menos lo esperaban. Ellos se valían fríamente de la ley, para enviar a las esposas a un convento, o bien para considerarlas dementes y relegarlas a un manicomio. No faltaban algunos que tendían hábilmente su red para cogerlas in fraganti, y matarlas sin responsabilidad, después de pasar días y días en acecho, con premeditación y alevosía. A veces estaban entendidos el esposo y el amante para tender un lazo a la pobre mujer. De un modo o de otro, los esposos se quedaban dueños de los bienes y libres para vivir a su capricho.
Asustada por estos ejemplos, María de las Angustias no tenía más deseo que conservar a Alfredo lejos de ella. Quería que fuese feliz, que todo le saliera bien, que se divirtiera y amara a otras mujeres que borrasen su recuerdo.
Por eso no se atrevía a negarse a las constantes peticiones de dinero y de firmas para seguir enajenando sus propiedades.
Cada dos meses llegaba una de aquellas cartas, que María de las Angustias le ocultaba a Jaime: «Si quieres que siga haciendo el sacrificio de estar lejos de ti -le escribía- para salvar nuestra fortuna, envíame, inmediatamente y sin vacilaciones, la autorización de venta de tal o cual propiedad. Si no, me veré precisado a poner fin a esta situación y regresar a tu lado. No te quejes de lo que suceda.»
La joven leía entre las líneas de aquella carta el pensamiento de Alfredo, la amenaza envuelta, en la que le daba a entender que lo sabía todo. Comprendía que si se negara acabaría su felicidad, y así sugestionada, obedecía siempre a sus demandas, creyéndose segura y dueña de sí mientras no se negase a sus deseos. Era como un contrato establecido entre los dos, por el que ella le compraba su libertad, y se sentía tranquila, feliz, encantada del reposo y la dulzura de aquel amor de Jaime, hecho de ternura y de bondad.
Así, poco a poco, los dos amantes habían olvidado sus temores. Se habían acostumbrado a convivir, como si fuesen un verdadero matrimonio, sin darse cuenta de lo que existía de anormal en su situación.
Habían llegado a olvidarse del marido. Este no existía para ellos, no tenía razón de existir. Cada vez pasaban más tiempo juntos y con menos recato.
Se habían acostumbrado a hacer la vida en común sin darse cuenta. El se quedaba en el carmen a almorzar, a comer, la acompañaba todo el día y se pasaba la noche a su lado. Sólo, por un resto de pudor ante los criados, salía Jaime por la mañana, cuando todos dormían aún, para volver cuando se habían levantado. No veía la especie de hostilidad de toda aquella gente que se creía humillada con la falta de respeto al dueño; algo así como si la señora les faltase a ellos también y creyera que los engañaba con aquella hipocresía, cuando, después, veían a Jaime entrar en su alcoba, y pasar el día cerca de ella, con una intimidad que no se cuidaban de disimular.
Ninguno de los dos parecía conceder importancia a la atmósfera que se iba haciendo en torno suyo. Se operaba una reacción en favor de su marido. Ya no se hablaba de sus vicios y sus groserías.
-Pobre hombre! -decían las comadres en sus murmuraciones-. Lo habíamos juzgado mal. Ha tenido que irse y dejarla por no poderla sufrir.
-Pero ella no era así antes -solía decir alguna.
Entonces otra se acercaba para decirle una palabra al oído y le preguntaba después:
Era monstruoso que una mujer se negara a pagar el débito conyugal. ¿Para qué se había casado? Las mujeres que no cumplen su obligación son las responsables de cuanto puede hacer el marido. Seguro que si se confesara no le echarían la absolución.
-Y teniendo una hija -decían, en el colmo del escándalo.
Todas habían dejado de ir a visitarla, y volvían la cabeza para no saludarla en la calle. Se sentían felices de poderse vengar de la superioridad de su belleza con la superioridad de una virtud que no existía a veces más que gracias al misterio en que envolvían sus deslices o por la fealdad que las había hecho respetables.
En cambio, los hombres se atrevían a dirigirle miradas y frases desacostumbradas, con unas risitas que parecían aguardar su turno.
A veces, el rumor de las injurias llegaba a oídos de los amantes.
-La gente es desconsiderada y cruel -decía María de las Angustias-. Ya, porque me ven feliz, no se acuerdan de todo lo que yo he sufrido. Ahora todos compadecen al pobre marido y a la pobre hija. No ven cómo el primero ha pisoteado mi corazón, mi alma, cómo ha roto una a una todas las ternuras que se abrían para él en mi espíritu; y lo que más me indigna es que tomen como pretexto para tener razón el nombre de los hijos. Se habla del amor de los hijos para oponerlo a la pasión, sin ver lo distintas que son ambas cosas. Los hijos no nos pueden amar, no nos aman nunca. Pequeños, son incomprensivos, están fuera de nuestros sentimientos y de nuestra vida. Mayores, se separan por el egoísmo poderoso de los suyos. Los adoramos, los protegemos, pero es una pasión toda abnegación, sacrificio, sin reciprocidad. No es en el corazón de los hijos donde puede reposar nuestro corazón agitado; no pueden ser los compañeros en esta época de la vida en que ellos son niños ignorantes y la pasión enciende nuestra sangre. Así como nosotros no los comprenderemos después. ¿Para qué ese absurdo de pretender que la maternidad borre nuestra ansia de amar?
-No es preciso que hagas esos razonamientos delante de mí, María de las Angustias; no necesitas justificarte a mis ojos. Yo te comprendo y te respeto tanto como te amo. Son los otros, los empedernidos, los que no se convencerán nunca. Se puede tocar a todo lo que hay de más respetable en las viejas creencias de la humanidad, con tal de no tocar a la organización de las familias, baluarte de los hipócritas, que se atrincheran en él.
-Bueno. ¿Y qué más me da con tal que me quieras tú?
-Ya sabes cómo te adoro.
-Eso me hace tan feliz, que en vez de sentir rencor por todas esas pobres gentes que me censuran, siento una gran piedad. Ellas no son amadas como yo. No conocen esta inmensa felicidad de un cariño como el nuestro.
Todo contribuía allí al optimismo: el ambiente de la ciudad clara; la Naturaleza propicia al amor que se respiraba en el carmen. Era la casa hecha para no tener que salir a la calle, para aquella vida moruna y sedentaria. Rodeada de jardín, con jardín en todos los pisos, según la costumbre árabe, aprovechando los desniveles del terreno, todas las habitaciones tenían en las paredes multitud de hornacinas, para colocar ramas de flores y alcarrazas, que daban un aspecto de juventud y alegría.
No salían a la calle las mujeres más que en contadas ocasiones. La belleza estimada era la de las mujeres metiditas en carnes, con la piel muy blanca y los cabellos muy lucientes, como las creaba la vida de inmovilidad.
Paseaban por los jardines y mejor aún por los terrados. La construcción de las casas con terrados era característica de Granada. Lo mismo son los cortijos de la Vega, en el Albaicín y en las calles pobres de la ciudad; mujeres, hombres y chiquillos desgalichados y harapientos buscaban la solana o la umbría, según la estación, para tenderse en su pereza, contemplativa en apariencia, pero vacía en realidad, sin pensamiento alguno, felices de no sentir su vida y de sentirse vivir. Las mujeres ricas o acomodadas vivían en los terrados y azoteas, donde se ocupaban en una labor que no se acababa nunca, o en la lectura de un libro que se llevaba meses. Los maridos se iban al café, a conversar con los amigos, y ellas pasaban la vida en sus terrados o en algún rincón del patio-jardín, en su pereza y en su hastío.
María de las Angustias estaba como redimida de ese ambiente. Ella y Jaime pasaban dulcemente la existencia en aquel fondo de casa, donde todo les era conocido y familiar. Se sentían dichosos frente al optimismo de las mañanas claras, en el cenador rodeado de madreselvas y de jazmines, esos jazmines blancos, perfumados, de Andalucía.
Veían a un lado tenderse la Vega, fecundada por el Darro y el Genil, con la exuberancia de los bancales de hortalizas en su sazón, y los campos de mieses que comenzaban a madurar. A su espalda se destacaba el bosque de la Alhambra, como una mancha de verdura, rodeado de las murallas y torreones, centinelas de los palacios que guardaba en su centro.
Allá, a lo lejos, en el fondo, la Sierra Nevada, azul-pizarra, con el blanco sudario de la tumba de Muley-Hassen en su cima, se confundía con el cielo. Había algo de muy pasional en el ambiente. Aquella naturaleza fuerte, montañosa, incitaba a la pasión. Se respiraba una atmósfera de sensualidad en el olor de las flores, entre cuyos pétalos se incubaba la semilla reproductora. Era todo un poema de pasión de las plantas, que se fecundaban enviándose a distancia besos de polen, de los nenúfares que subían a la superficie de los estanques para cumplir bajo la luz de las estrellas el misterio de su fecundación. Era todo madurez y plenitud en aquel otoño espléndido. Las higueras, henchidas de savia lechosa, esparcían su olor tónico, cargadas de higos, que se partían y dejaban escapar gotas de almíbar, donde se engendraban millones de mosquitos.
Libaban las guerreras abejas de cobre la miel que se escapaba de las flores y las frutas maduras; abrían las allozas sus conchas de veludo para mostrar la madera endurecida que cubría su fruto; las vides, con las ubres de los racimos llenos de zumo, doblaban los sarmientos bajo su peso; se partían las granadas maduras, con sonrisa de coqueta que entre labios jugosos muestra la simetría de sus dientes; los olivos dejaban caer en torno la aceituna, con fuerte olor a óleo; mostraban los maizales la esbeltez de sus cañas, coronadas del florón de sus cabos, llevando en cada nudo una panocha vestida de seda y cubierta por el manto de estameña, bajo el que se vislumbraban las cabelleras de oro.
A la orilla del río gemían los cañaverales, con su melancólico rumor de hojarasca, y los sauces, los enamorados del agua, eternamente atormentados por alcanzarla, tendían hacia ella las largas hojas, tentáculos sedientos y ansiosos en su tormento insaciable.
Jaime, hijo de labradores, acostumbrado al campo en su infancia, conocía todas las plantas y experimentaba la influencia del encanto de la Naturaleza, con un deseo de quedar siempre allí, cerca de María de las Angustias, en el ambiente apacible y sano.
-El único defecto de esta casa -decía- es el estar aún demasiado cerca de la ciudad. Es la proximidad de las gentes ciudadanas lo que nos estorba para ser dichosos.
-Yo vivo como si no existiera nada en torno mío más que tú. Eres lo único que llena toda mi vida -respondía ella.
Y en un olvido completo de su situación, hacían planes para lo porvenir.
-¿No te irás nunca de mi lado? -preguntaba María de las Angustias.
-Nunca. Me estableceré en Granada y viviremos juntos siempre.
Había en el fondo de los dos como una seguridad de que Alfredo no volvería. El no amaba a su mujer, se conformaría con tener su dinero y una vez arruinada no pensaría más en ella. Tenían como la impresión de que un día iban a ser libres y dueños de unir legalmente su destino. Se consideraban ya esposos, unidos por un verdadero amor, por una ternura en que entraban todos los matices de la pasión y de la dulzura de un cariño protector y familiar.
Jaime se ocupaba de la educación de la niña, de sus maestros, de sus estudios, como si se tratase de su propia hija; aconsejaba a María de las Angustias, enseñándole la ciencia de la vida, que ella ignoraba, para conducir su casa y sus asuntos.
Habían hecho el sacrificio de la fortuna de la joven para lograr su tranquilidad; pero Jaime se ocupaba de salvar y hacer producir las cantidades que ella podía economizar para lograr una renta segura y modesta que la pusiera a cubierto de la miseria el día que la disipación de Alfredo la llevase al desastre final.
-Esto es sólo por tu hija -le decía-; para ti seré yo dichoso trabajando y nada te faltará.
A pesar de su seguridad, de vez en cuando sentían un vago terror.
«¿Convendría alguna vez a los planes de Alfredo volver cerca de su mujer?» se preguntaban a veces. «¿No habría algo que le instara a querer deshacerse de ella?», pensaban otras.
Sin embargo, la vida, poderosa y avasalladora, en su juventud y su pasión, los hacía olvidar todo temor para entregarse a la embriaguez de su cariño, sin pensar en nada que no fueran ellos mismos.
-Después de todo -se decían-, no habrá nada capaz de separarnos, y eso es lo único que nos interesa.
Se sentían capaces de defenderse de todos y contra todos, escudados por la fuerza de su pasión.
La noche, blanda y apacible, era calurosa como noche de verano, sin que nada hiciese sospechar aún la dureza del invierno, con sus nieves y sus fríos.
Cerradas ya la verja y las puertas, María de las Angustias miraba desde la ventana de su alcoba el jardín iluminado por la luna, cuya luz blanca formaba con las sombras misteriosas combinaciones. Daba al paisaje un tinte melancólico de misterio, con la luz propicia a los fantasmas. En ocasiones se creía ver cruzar sombras por los senderos solitarios, junto a las tapias y la verja.
Se volvió un poco medrosa; la casa estaba envuelta ya en sombra y silencio, a pesar de la hora temprana; aquella velada le había parecido interminable.
Jaime había tenido que salir para un asunto urgente, cosa que le acontecía pocas veces. Había cenado sola. Trató de leer un rato, entró en la habitación de su hija, que dormía sosegadamente en su camita, cerca del lecho del ama seca, y le dió un beso en la frente.
Inquieta, como atormentada por un presentimiento vago, se retiró a su alcoba. El aspecto del jardín aumentó su malestar.
-Mejor es acostarme -pensó- y esperar que venga Jaime.
El tenía las llaves para poder llegar a su lado.
Se quitó el sencillo traje de casa y se puso la ligera bata de noche, de batista blanca, que se rosaba con la transparencia de su carne, y empezó a deshacerse el peinado ante el espejo. Se sonrió, satisfecha de sentirse hermosa, mucho más hermosa que en su adolescencia, con la belleza de la juventud en toda su fuerza y esplendor.
Había ganado su belleza desde la partida de Alfredo. El amor satisfecho prestaba nueva lozanía a su cuerpo, gallardo y gracioso, al que se asociaba la idea de los claveles andaluces. Tenían sus ojos un brillo de dicha y sus ojeras un halo romántico en el que se grababan sus goces de enamorada, para prestar un mayor encanto a su mirada.
Conservó puestos los pendientes, el collar y las sortijas; se perfumó con esencia de jazmín, y dejó encendida la luz, velada de rosa, que esparcía un tono suave sobre las cosas. Por las vidrieras de colores de la ventana entraba la claridad de la luna.
Se adormecía sin quererse dormir. Su amante no podía tardar y sabía cómo él la encontraría hermosa y la envolvería en su cariño. De pronto creyó oír el ruido de la verja que se abría.., unos pasos, un cuchicheo… Después, nada…
Llamó con tono quedo y como asustada del eco de su propia voz en el silencio; se tapó la cara con la holanda y los encajes de la sábana. No quería ver las vidrieras, por donde le parecía que un espíritu invisible la acechaba; y al poco rato se adormeció de nuevo, riéndose de sus temores.
Esta vez estaba cierta. Se abría la verja y resonaban pasos quedos. Escuchó la voz de Jaime:
-María de las Angustias.
-Cuánto has tardado, Jaime mío.
No tuvo tiempo el joven de responder. Se quedó atónito ante la expresión de terror con que María de las Angustias se incorporaba en el lecho, con la mirada fija en la puerta por donde él había entrado.
Se volvió con rapidez y apenas pudo darse cuenta de lo que sucedía: Alfredo estaba allí, con el revólver en la mano.
Entonces él, que era valeroso, se sintió contagiado por aquella corriente de pánico que le enviaban los ojos abiertos, inmóviles, extraviados, de María de las Angustias.
No era un hombre lo que tenía frente a sí. Eran la ley y la sociedad toda hechas carne. ¡Era el marido! Sin darse cuenta, de aquel modo intuitivo y embrionario, en que los pensamientos acudían en tumulto sin la serenidad del juicio, sentía la influencia de verse ante el marido. No era un hombre que lo atacaba y contra el que no podía defenderse. Aquel hombre calmoso y frío, con el revólver en la mano, tenía esa fuerza de la Guardia civil, contra la que no puede defenderse el criminal. No había defensa posible; el marido fusila, no se desafía.
Por un momento quiso correr hacia María de las Angustias. Pero ¿acaso no sería mejor dejarla con su marido? Entre el tumulto de pensamientos vagos, de cosas planteadas con la velocidad del rayo en su cerebro, no concebía que no se impusieran la gracia y el amor de María de las Angustias, que no le inspirara piedad, un recuerdo de amor a la esposa y a la madre de su hija. Creyó que tendría una compasión para ella que no le inspiraría él jamás.
Aquellos momentos en que se ha planteado la vida de ese modo precipitado, confuso, pero preciso, con que se plantea la vida en los momentos graves, le hace ver todo el horror de su situación. No tiene armas, no está prevenido y preparado para la escena, como lo está el público que después lo ha de juzgar; pero es inútil defenderse, está irremisiblemente perdido. Si él matara no mataría en legítima defensa, resultaría un asesino con agravantes.
Suena un disparo; después otro, otro… Un resplandor de relámpago, olor a humo de pólvora… Ha sentido pasar algo tibio silbando cerca de él. Experimenta el ardor de una quemadura en la mejilla derecha y en el costado.
Le acomete un miedo cerval, inevitable… El instinto de conservación imponiéndose a todo… Siente salir su sangre y cree que su rival lo ha matado… Entonces se vuelve, huye atropelladamente, como el ladrón que se ve sorprendido en casa ajena, loco de dolor y de vergüenza.
En cuanto llega a la calle y se serena siente el impulso de volver, de acudir al lado de María de las Angustias. Tiene la visión confusa de haberla visto caer inmóvil en el lecho, sin pronunciar una palabra, con el cabello revuelto y su hermoso cuerpo desnudo y blanco, apenas cubierto por la camisilla de encaje, y algo muy rojo en el pecho… un puñado de rosas rojas.
Entretanto, la sangre salía de sus heridas, las fuerzas le faltaban y cayó desvanecido en medio de la calle.
El fallo de los Tribunales fue condenatorio para Jaime y absolutorio para el marido. Alfredo estaba incluido, por entero, en el artículo 438. Había matado para lavar su honor mancillado, en el paroxismo de la pasión y de los celos, exasperado al descubrir la traición de su mujer y de su amigo. Era un gesto gallardo y simpático en un país que conservaba el espíritu calderoniano.
Fueron inútiles todos los esfuerzos del defensor de Jaime, verdaderamente empeñado en hacer brillar la verdad. La ley, promulgada por hombre, favorecía siempre a los hombres y humillaba a las mujeres. Ningún artículo del Código les daba a ellas aquella facilidad de asesinar a los infieles; ni siquiera el funesto artículo 438 decía: «Cualquiera de los dos esposos que sorprendiera en adulterio al otro», sino: «El marido que sorprendiese en adulterio a su mujer». Era sólo un privilegio masculino. Los jueces se cuidarían mucho de no quebrantar aquel principio de autoridad que era como su privilegio, la lección indirecta que daban ellos mismos a sus propias mujeres.
Imagen tomada de EOI Elche
Alfredo no tuvo que entrar en la cárcel: puso fianza con el dinero de la muerta.
Fue en vano que se trajesen al tribunal pruebas y testigos de los vicios del marido, de sus borracheras, de su comercio con las hembras más bajas, de los malos tratos dados a su mujer y de la dilapidación de su fortuna. Todo aquello no tenía importancia; eran cosas de hombres, sin la gravedad que una falta femenina.
Cuando el acusador sugirió que Alfredo había facilitado la prostitución de su mujer presentándole a su amigo y marchándose al extranjero, vendiendo sus derechos por la firma para enajenar las fincas, la indignación de la sala llegó al límite. «¡El pobre hombre, que se había ido a trabajar confiado en su amigo y en su esposa!»
Fue un telegrama del ama seca el que le avisó y le hizo volver para sorprender a los amantes. En vez de confiar su querella a los tribunales, se ocultó, preparando el crimen con premeditación y alevosía más de una semana, siempre con la vista fija en la impunidad que el artículo 438 le ofrecía.
El Jurado, aquella institución incompleta y defectuosa por que no formaba parte de ella ninguna mujer, sentía indignación contra el atentado a la santidad de la familia. Estaba de parte del marido, sin reparar en sus vicios y malos tratos, que eran cosa corriente entre la masa popular, en cuya atmósfera vivían.
Hasta la opinión pública, excepto una minoría de gentes de moral superior, era favorable al marido. La burguesía estúpida está siempre de parte del hombre que mata. Las mismas mujeres, en vez de estar unidas por un sentimiento humano de solidaridad de sexo y de ser comprensivas con sus propias pasiones, se ponían de parte de Alfredo, a impulso del odio y de la envidia que les inspiraba la mujer hermosa, triunfante, amada. Las estúpidas, las orgullosas de una virtud inatacada, las biliosas que no sintieron una pasión espontánea y noble jamás, y sobre todo las feas, eran las enemigas de la mujer blanca y desnuda que proclamaba con su muerte, por cima de todo, el triunfo del amor.
La moral hipócrita triunfó. Alfredo, absuelto, dueño de la fortuna de su víctima, en poder de la patria potestad para educar a su gusto a su hija, podría pasar por un hombre honrado al que no faltaría quien estrechase la mano, como no le había faltado abogado capaz de defenderlo.
Jaime, condenado a presidio como cómplice de María de las Angustias, aparecía como el culpable de todo, deshonrado, como un mal amigo y como un hombre que se proponía vivir a expensas de la fortuna de su amada. Los valores de ella, que pretendía salvar de la prodigalidad de Alfredo, constituían una acusación.
Su huida, tan justificada y tan humana, en el momento de peligro, lo hacía más impopular. Las gentes vulgares tal vez se hubiesen dejado seducir por un acto de temerario valor.
Y Jaime fue a presidio, con una indiferencia que demostraba el dolor inmenso que la pérdida de aquella mujer tan amada y tan interesante le causaba.
Vestido con la blusa de presidiario, con la cabeza rapada, revuelto en el montón anónimo de criminales, se sentía más tranquilo, casi más feliz que en la soledad que el mundo había hecho en torno suyo.
Le parecía vivir en el penal un segundo idilio, con los recuerdos de aquella mujer y de aquel amor a los que la fuerza del crimen daba un valor magnífico.
Había puesto toda su alma ahora, de un modo definitivo, más intensamente que en su verdadero idilio, en el amor de María de las Angustias. Quería conservar eternamente, para el goce que le causaba su tormento, la visión del cuerpo desnudo y blanco, con el seno ensangrentado, que se quedó esperando su último beso.
Veía con miedo pasar los días, para volver a la libertad, porque se hacía la ilusión de que iba volver a encontrar a María de las Angustias y tenía miedo a verse frente a la realidad. En la libertad tendría más la certeza de su muerte. El llevaba en su conciencia el convencimiento del crimen horrendo, de la infamia de un marido que había podido hacerlos víctima, empleando ese arma absurda que ofrecía a la inmoralidad y la codicia aquel funesto artículo 438, vigente aún en el Código Penal, como invitando a causar nuevas víctimas.
Este es el terrible contenido de este cuento, que pone el dedo en esa llaga que tanto duele cada vez que aparece una nueva mujer muerta a manos de su pareja. La extensión del relato no debería asustar a nadie; la injustica, sí.
Etiquetas: 25 de noviembre y la violencia contra la mujer, Alberto Granados Palacios, Día contra la violencia de género, El relato “El artículo 438”, Mujeres muertas a manos de sus parejas, Violencia machista Enlace permanente	Navegador de artículos
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10 comentarios el “El artículo 438”	Micoro
25 noviembre, 2011 en 18:29	Responder
Si no aparece en la red, ¿lo has transcrito tú de principio a fin? Tu labor pedagógica es tan ingente como meritoria.
Un abrazo agradecido, amigo
26 noviembre, 2011 en 8:49	Responder
Miguel, me he limitado a escanearlo y pasarlo a word. Ya te dije que me estoy haciendo de un montón de textos digitalizados. Como tú eres carne de antología, también tienes tu hueco, con algunos de tus poemas.
25 noviembre, 2011 en 21:41	Responder
26 noviembre, 2011 en 13:24	Responder
Gracias, veo algún que otro antepasado de la parte rural de la familia retratado, pero éste amenazaba con su pistola en la sien de la señora para conseguir la firma, algún día tendré que escribir la historia, pero no mientras la niña que lo veía pueda leerlo ¿para que voy a hacerle revivir semejante pesadilla?
27 noviembre, 2011 en 19:12	Responder
Pues escríbela, Coco. Llevas mucho sin usar tu blog. Y esas cosas no deberían olvidarse nunca.
¿Le has enesñado a tu hermano el cuadro que me tiene obsesionado?
27 noviembre, 2011 en 20:37	Responder
Se lo voy a enseñar ahora mismo.
La historia va a esperar para que su hija no lo vea.
27 noviembre, 2011 en 21:55	Responder
Dice que tiene toda la pinta de ser de James McNeill Whistler, o de alguno de sus discípulos( siglo IXX Romanticismo norteamericano). El retrato de la madre de éste pintor es ese cuadro que Mister Bean borró a fuerza de limpiarlo en aquella película loca.
29 noviembre, 2011 en 10:55	Responder
Coco, si comparas el cuadro en cuestión con uno que se llama Yes or not? o con otro llamado Yes, ambos del prerrafaelita Sir John Everett Millais, te sorprenderás: creo que la chica es la misma, aunque no estoy seguro.
2 diciembre, 2011 en 15:53	Responder
Gracias por este relato, la propia vida de Carmen de Burgos Seguí es de novela, fue una mujer fuerte y arriesgada. El relato es perfecto para llevarlo al aula, lo haré en mis clases de Lengua y Literatura, siempre llevo el del “Encaje roto” de Pardo Bazán.
2 diciembre, 2011 en 18:06	Responder
Con cierta frecuencia me he ocupdo del tema de la mujer en mis blogs. Me preocupa que la masculinidad llegue a identificarse con barbarie y la femineidad con violencia. Yo también puse “El encaje roto” en este blog y además escribí dos o tres relatos sobre el tema.
Celebro que te guste, pero dudo que sea adecuado para el aula, por su enorme extensión.
Dudé si ponerlo o no, pero es que no estaba en la red y eso me decidió a escanearlo.
Saludos, AG

References: artículo 438
 artículo 438
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