Source: http://marxismo.school/5.html
Timestamp: 2018-11-18 09:44:16+00:00

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Cuaderno 5: La Revolución rusa de 1917IntroducciónFebreroLa dualidad de poderesLas jornadas de julioLa sublevación de KornílovOctubre
Sobre todo no debe olvidarse que la Revolución Rusa fue parte de una oleada revolucionaria internacional que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Estallaron revoluciones en los siguientes años en Alemania, Hungría y Austria mientras en todo el mundo -no solo en Europa- los años 1918-1923 veían una serie movimientos masivos de clase. Solo un partido anticipó y promovió ese movimiento internacional: el partido Bolchevique ruso. Todos los demás partidos socialdemócratas que pertenecían a la IIª Internacional -salvo los pequeños partidos serbio y búlgaro- se apresuraron en apoyar a sus propios gobiernos imperialistas o degeneraron en pacifismo. A pesar de las posiciones anti-bélicas de grupos de individuos en otros países, solo los bolcheviques rusos como conjunto levantaron la posición de oponer a la guerra imperialista la guerra de clases. Aunque no hubieran hecho más, los bolcheviques serían importantes en la historia de la clase obrera solo por éso: levantarse contra la ola de chovinismo en 1914.
Fueron ellos los que, de hecho, sustituyeron al gobierno provisional burgués por el poder de los soviets. Y el poder de los soviets en aquel momento era una democracia muchísimo más vibrante y viva que cualquier cosa que la burguesía haya producido nunca. Los delegados en los consejos obreros eran revocables instantáneamente y por tanto mucho más responsables ante aquellos que les habían dado el mandato que ningún representante burgués que se elige por cuatro años y puede hacer lo que le plazca y salir de rositas. Por supuesto no todo era perfecto en este incipiente sistema proletario.
Para empezar, el «Consejo de Comisarios del Pueblo» no era directamente responsable ante los consejos y tendía a funcionar como un consejo de ministros burgués.
En esta breve historia no podemos hacer justicia del todo a la vitalidad del proletariado ruso de 1917. Lo que tratamos de mostrar es que el descubrimiento histórico que fue su forma de gobierno, los soviets o consejos obreros, fueron un triunfo duradero para la clase trabajadora en todo el mundo, y cómo, a pesar de los errores subjetivos inevitables -exagerados en mucho por nuestros enemigos de clase- el partido bolchevique se convirtió en un instrumento genuinamente revolucionario del proletariado ruso. En el camino derribaremos el mito de que la Revolución de Octubre fue un golpe de estado cuidadosamente planeado por una grupito de conspiradores profesiones y demostrar el profundo carácter de masas de Octubre de 1917.
En julio de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y al mismo tiempo comenzó una nueva época en la Historia. Hasta 1914, los trabajadores de Europa se habían ligado a los partidos socialdemócratas que componían la Segunda Internacional. Aunque unos pocos de sus miembros revolucionarios supieron ver que estaban plagados de oportunismo, ninguno de ellos anticipó la gran traición de agosto de 1914. Cuando llegó a Lenin en Austria la noticia de que los partidos socialdemócratas, comenzando por el partido alemán, habían votado a favor de los créditos de gerra y dado por tanto apoyo a sus propias clases dirigentes en la guerra imperialista, creyó que la copia del Vorwarts -el periódico del SPD- que estaba leyendo era una falsificación hecha por la inteligencia militar alemana. Más cercana a los hechos, Rosa Luxemburgo quedó paralizada y se dijo que había contemplado el suicidio.
No es sorprendente cuando recordamos que Luxemburgo y Lenin, junto a Martov, habían propuesto con éxito una moción en el congreso de 1907 de la IIª Internacional que exigía que, en caso de guerra, los socialistas:
Harán todo lo que esté en su poder para utilizar la crisis política y económica causada por la guerra para levantar a los pueblos y de este modo adelantar la abolición del gobierno de la clase capitalista.
Esta resolución se reafirmó después un muchas otras ocasiones. Todavía en una fecha tan tardía como julio de 1914, la ejecutiva del Partido Socialdemócrata Alemán insistía en que:
Ni una gota de sangre de un soldado alemán debe sacrificarse por… los intereses del beneficio imperialista
Esta «tragedia», como la llamó Bujarin, no solo revelaba la naturaleza contrarrevolucionaria de los movimientos socialdemócratas y laboristas de Europa sino que hizo de la clase obrera rusa la vanguardia de la lucha contra la guerra que solo ganaba impulso lentamente en el resto de Europa.
El Partido bolchevique, nacido formalmente en 1912, era el resultado directo del rechazo de la idea de un partido de masas según el modelo socialdemócrata al uso. Las luchas con los mencheviques sobre la definición exacta de lo que era un miembro del partido no habían sido un mero debate semántico, sino habían sido el núcleo definitorio de un partido que se orientaba ante todo a la revolución. Mientras los partidos de Europa occidental crecían grandes y gordos, dando por hecho confortablemente que podrían ser elegidos para ejercer el poder, los bolcheviques tuvieron que operar largo tiempo en la ilegalidad, así que nunca amasaron el patrimonio que la socialdemocracia alemana y sus sindicatos amasaron, un patrimonio que les hizo incapaces incluso de contemplar la idea de una vuelta la existencia fuera de la ley. 1914 probó categóricamente que no es posible un espacio confortable para los revolucionarios dentro de la sociedad capitalista y que el futuro no pertenece a los partidos electorales de masas sino a partidos del tipo bolchevique.
Pero el bolchevismo hizo una contribución aun más valiosa, no solo en su oposición a la guerra, sino sobre todo en la forma en que se opuso a la guerra. Mientras había muchos pacifistas en esa época que llamaban a una paz «justa» (como el laborista británico Ramsey Macdonald o el PSOE), los bolcheviques permanecieron fieles a la resolución de Stuttgart e intentaron transformar la Iª Guerra Mundial de guerra entre naciones a guerra entre clases. La posición de Lenin es bien conocida, pero merece la pena remarcar aquí sus bases teóricas. El derrotismo revolucionario se basaba en la idea de que:
La guerra europea significa una grandiosa crisis histórica, el comienzo de una nueva época.
Lenin. Chovinismo muerto y socialismo vivo. Tomo 26 de las Obras Completas, página 105.
Y como afirmó en «El imperialismo, fase superior del capitalismo», esta era la época del imperialismo, «de la descomposición del capitalismo», el «periodo final del capitalismo» (OOCC, tomo 27). Y para subrayar que no era una perspectiva pasajera sino la base de una nueva plataforma política:
¡En alto la bandera de la guerra civil! El imperialismo ha apostado a una carta los destinos de la cultura europea: a esta guerra, si no hay una serie de revoluciones victoriosas, no tardarán en seguir otras guerras; la fábula de la «última guerra» es una ficción vana y perniciosa, un «mito» filisteo. La bandera proletaria de la guerra civil, si no hoy, mañana -si no en esta guerra después de ella-, si no en esta guerra , en la próxima que siga, agrupará alrededor de ella no solo a cientos de miles de obreros conscientes, sino a millones de semiproletarios y pequeños burgueses embaucados por el chovinismo, a quienes los horrores de la guerra no solo les han de intimidar y aturdir sino que les han de instruir, enseñar, despertar, organizar, templar y preparar para la guerra contra la burguesía, tanto de «su propio» país como de los países «ajenos».
La IIª Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo y viva la IIIª Internacional!
Lenin. La situación y las tareas de la Internacional Socialista. 1 de noviembre de 1914. OOCC T26, pp 441 y 42.
El derrotismo revolucionario no era una mera táctica momentánea sino una perspectiva a largo plazo fundamentada en la idea fundamental de que el imperialismo, la fase superior en la que había entrado el capitalismo, era una época completamente nueva en su curso histórico, la era de la decadencia del capitalismo, la época de la guerra imperialista. Este aspecto de su pensamiento no puede subrayarse lo suficiente dado que fue la base para su ruptura con la socialdemocracia en el periodo 1914-1921 (es decir, el periodo de avance revolucionario). Es también el aspecto de las ideas de Lenin que es omitido o diluido por los autodenominados leninistas, las escuelas trotskistas, stalinistas y maoistas, que basándose en el retorno de la Tercera Internacional a la socialdemocracia en los años veinte, buscan resucitar alguna de las formas de programa mínimo socialdemócrata entre la clase trabajadora. En otras palabras, son los portadores de las ideas contrarrevolucionarias en la clase obrera de hoy.
Los historiadores burgueses aceptarán que, al adoptar el derrotismo revolucionario, Lenin fue, por supuesto, un genio de la táctica, lo que para ellos significa un oportunista, negando con naturalidad o no comprendiendo el método marxista bajo su táctica. Así refuerzan su «teoría del gran hombre tras la Historia». Son numerosas las referencias sobre cómo Lenin «aguantó en solitario» en las conferencias socialistas contra la guerra mantenidas en Suiza en 1915 (Kienthal en abril y Zimmerwald en septiembre). Nos cuentan que solo ocho delegados en Zimmerwald y solo doce en Kienthal apoyaron el derrotismo revolucionario mientras la mayoría apoyaba una declaración pacifista que perseguía reformar la IIª Internacional. Lo que por supuesto esta imagen deja fuera es el hecho de que Lenin no era un profeta en el desierto sino parte de un vivo movimiento que, aunque activo en más lugares, tuvo sus raíces materiales más firmes en las luchas contra la guerra del proletariado ruso.
Los historiadores burgueses aceptarán que, al adoptar el derrotismo revolucionario, Lenin fue, por supuesto, un genio de la táctica, lo que para ellos significa un oportunista, negando con naturalidad o no comprendiendo el método marxista bajo su táctica. Así refuerzan su «teoría del gran hombre tras la Historia». Son numerosas las referencias a cómo Lenin «aguantó en solitario» en las conferencias socialistas contra la guerra mantenidas en Suiza en 1915 (Kienthal en abril y Zimmerwald en septiembre). Nos cuentan que solo ocho delegados en Zimmerwald y solo doce en Kienthal apoyaron el derrotismo revolucionario mientras la mayoría apoyaba una declaración pacifista que perseguía reformar la IIª Internacional. Lo que por supuesto esta imagen deja fuera es el hecho de que Lenin no era un profeta en el desierto sino parte de un vivo movimiento que, aunque activo en más lugares, tuvo sus raíces materiales más firmes en las luchas contra la guerra del proletariado ruso.
La Iª Guerra Mundial estalló en un momento en el que la lucha de clases se hacía más y más intensa por toda Europa. Las huelgas de masas de 1904-1905 en Rusia, Polonia y Bélgica tuvieron su réplica en todos los países europeos. La oleada de lucha de clases fue de hecho mundial: en 1907 la huelga del salitre en Chile es la primera gran huelga de masas americana. Otro ejemplo interesante entre los países menos desarrollados fue España y entre los capitalismos más poderosos, Gran Bretaña, donde desde 1910 hasta el estadillo de la guerra se desarrolló la mayor ola de luchas obreras desde el cartismo.
No hubo una sola clase dirigente en Europa que no fuera consciente de los beneficios que la guerra imperialista podría traerles en términos de paz social. El dos de agosto de 1914, el Zar dio un ejemplo típicio en su «Manifiesto Imperial» cuando pedía que «en estas horas de peligro amenazante, el conflicto interno se olvide». Y ciertamente había conflicto interno de sobra del que preocuparse. En 1910 el número de trabajadores participando en huelgas políticas había caído a 4.000, pero en 1912 en las huelgas de la cuenca aurífera del Lena, en la que cientos de trabajadores murieron tiroteados por la policía, fue la señal para una nueva oleada de luchas, como muestra la siguiente tabla:
1914 1.054.000 (enero a junio)
Incluso durante las tres primeras semanas de julio comenzaron 42 huelgas en las que participaron 200.000 trabajadores, pero…
el estallido de la guerra en agosto 1914 difuminó el ánimo insurreccional… una ola de apoyo patriótico a la guerra combinada con represión de las autoridades llevó a la virtual desaparición de huelgas hasta julio de 1915.
Red Petrograd, S.A. Smith, p. 49
En ese mes hubo 29 huelgas -frente a una media de cinco en el año anterior- y unas 200 más en el último trimestre del año. En otras palabras, la guerra solo había dado al capitalismo ruso un respiro para tomar aliento y, como Lenin había previsto, la crisis económica creada por la guerra solo podía llevar a una a una lucha aun más intensa después.
¿Cómo lidiaron los bolcheviques con esta situación? Se argumenta a menudo que el Partido bolchevique dentro de Rusia no reflejó la intransigencia de Lenin sobre la cuestión de la guerra. La prueba que se cita habitualmente es la débil actuación de los diputados bolcheviques en la Duma -el Parlamento- cuando fueron juzgados en febrero de 1915 y el rechazo por Kamenev de las posiciones de Lenin sobre la base de que no habían sido adoptadas formalmente por el Comité Central.
En cualquier caso, tales fallos a la hora de «mostrar la suficiente firmeza», como Lenin los definió tibiamente, fueron pocos y no se extendieron a las bases del Partido. A pesar de que muchos de los comités locales no estaban seguros del significado último de la posición de Lenin, y a menudo carecían de información, tuvieron a muy pocos que fueran socialpatriotas. Muchos comités locales, de forma independiente, agitaron contra la guerra antes de tener noticia de los órganos centrales. El comité de Petrogrado, en fecha tan temprana como julio de 1914 -incluso antes del voto de la Duma sobre la guerra- publicó su primer folleto internacionalista y contra la guerra; lanzaba las consignas:
¡Abajo la guerra! ¡Guerra a la guerra! deben difundirse con fuerza a lo largo y ancho de Rusia. Los trabajadores deben recordar que no tienen enemigos al otro lado de la frontera; en todos lados la clase trabajadora está oprimida por los ricos y el poder de los propietarios… ¡¡Viva la solidaridad mundial del trabajo!!
Citado en «On the Eve of 1917» por Alejandro Shliapnikov, pp. 20-1
Shliapnikov que fue el principal organizador bolchevique en Petrogrado durante la mayor parte de la guerra, se quejaba de que en ese momento muchos intelectuales desertaban de las luchas de la clase trabajadora, a menudo para tomar trabajos en el esfuerzo de guerra, y que esto hacía más difícil la elaboración de propaganda. Además, la Ojrana -la policía política zarista- trataba continuamente de decapitar al partido bolchevique. No solo detuvieron a los diputados bolcheviques en la Duma en noviembre de 1914, sino que el comité de Petrogrado fue arrestado en julio de 1914 y mayo de 1916. Y por encima de todo estaba la detención de cientos de los trabajadores más activos y una gran escasez de fondos. En cualquier caso, la organización del partido nunca fue aplastada gracias a la creciente capacidad de los comités locales que no solo aprendieron a hacerlo sin los intelectuales, sino que en realidad fueron la columna vertebral del bolchevismo.
Casi en todos lados las organizaciones obreras se encontraban sin intelectuales pero esto no paralizó su actividad como en el periodo previo de reacción antibélica. Las organizaciones obreras habían elevado a sus propios líderes puramente proletarios…
De ese modo el Partido bolchevique fue capaz de funcionar durante la mayor parte de la guerra sin el Buró Ruso (los representantes del Comité Central en el interior de Rusia) y sin quedar paralizado. Esto se consiguió porque el Comité de Petrogrado fue capaz de tomar su papel de coordinación y liderazgo. Y cuando fue arrestado la tarea pasó al comité del distrito de Viborg en Petrogrado. Y fueron estos comités locales los que dieron vida a las posiciones defendidas por Lenin en el escenario internacional. Como Shliapnikov nos dice una vez más:
…el punto central del trabajo ideológico de las células clandestinas de nuestro partido, esparcidas por todos los centros industriales de Rusia fue la actitud frente a la guerra, la lucha contra el chovinismo y la explotación «patrótica»… Las pruebas del activo trabajo de las organizaciones obreras en la guerra es el exilio de miles de trabajadores organizados, las detenciones y el envío de huelguistas a las primeras líneas del frente.
Las memorias de Shliapnikov están llenas de textos de propaganda contra la guerra publicados por los bolchevique en cada ocasión imaginable, hasta alcanzar una media de un panfleto a la semana durante la guerra. En cada huelga siempre intentaban lanzar la consigna «¡Abajo la guerra!» incluida entre las demandas económicas, del mismo modo que intentaban aprobar resoluciones contra la guerra en cada fábrica.
Un ejemplo típico de esto fue la resolución de septiembre de 1916 «adoptada en asambleas generales en muchas de las mayores empresas» propuesta por el Comité de Petrogrado del Partido bolchevique. Las memorias de Shliapnikov están llenas de textos de propaganda contra la guerra publicados por los bolchevique en cada ocasión imaginable, hasta alcanzar una media de un panfleto a la semana durante la guerra. En cada huelga siempre intentaban lanzar la consigna «¡Abajo la guerra!» incluida entre las demandas económicas, del mismo modo que intentaban aprobar resoluciones contra la guerra en cada fábrica.
Nosotros trabajadores de … …., habiendo discutido la cuestión del agravamiento de la crisis de alimentos, nos damos cuenta de que:
La crisis de alimentos observable en todos los países es una consecuencia inevitable de la guerra actual que ha adquirido ampliamente el carácter de una guerra de desgaste;
la continuidad de la guerra conllevará una profundización de la crisis de alimentos, hambruna, pobreza y degeneración de las masas populares;
En Rusia la crisis de alimentos se complica por el domino sostenido de la monarquía zarista que coloca a la economía del país entero en un estado de desorganización, rindiéndose al capricho del capital rapaz y suprimiendo despiadadamente cualquier iniciativa de las masas populares;
Todos los medios fragmentarios de lucha contra la crisis de alimentos (cooperativas, aumentos de salarios, cantinas, etc.) solo pueden mitigar marginalmente los efectos de la crisis y no eliminar las causas;
El único medio efectivo de lucha contra la crisis es la lucha contra las causas que la producen. Esto es una lucha contra la guerra y las clases dirigentes que la tramaron; tomando esto en cuenta, llamamos a la clase obrera de Rusia y a todos los demócratas a tomar el camino de la lucha revolucionaria contra la monarquía zarista y las clases dirigentes bajo la consigna «¡Abajo la guerra!».
En tanto que único partido con una organización extendida por toda Rusia, los bolcheviques estaban ya mejor preparados para los sucesos de febrero que ninguna otra organización obrera, pero estaban sobre todo políticamente armados y activos en el seno de la clase trabajadora. Ambas cosas se iban a demostrar activos inestimables durante la Revolución de febrero y sus consecuencias.
Como hemos visto, el movimiento huelguístico contra los efectos económicos de la guerra comenzó a tomar cuerpo en agosto de 1916, un mes que «fue testigo de más huelgas económicas que ningún otro durante la guerra» (Red Petrograd, p. 51). Llegados a este punto los trabajadores consiguieron por primera vez subidas salariales significativas conforme «se desarrollaba un profundo ánimo contra la guerra» (op.cit.). Pero, a pesar de la masiva ola de solidaridad, estas luchas eran aplastadas físicamente a finales de marzo. Esto solo sirvió para asegurar una militancia aun mayor cuando la ola de huelgas se renovó a sí misma durante el otoño. Por el momento la escasez de comida y las subidas de precios de los alimentos habían llevado a los trabajadores de Petrogrado hasta el límite. Ahora incluso el rumor de que el Partido bolchevique iba a lanzar un folleto bastaba para poner en marcha una huelga. Desde septiembre de 1916 en adelante, cada huelga tenía un sentido más abiertamente político, llamando al derrocamiento del zarismo y haciendo suya la consigna bolchevique de «¡Abajo la guerra!».
Es en este momento cuando Shliapnikov escribe a Lenin desde Jarkov que:
…algunos camaradas toman la posición de que estamos viviendo una era de revolución social.
op. cit., pp. 189-90
Esta no era la posición de los líderes bolcheviques en Petrogrado, aunque Lenin estaba diciendo a los socialistas suizos algo muy similar por aquellas fechas. Pese a que mantuvieron el liderazgo en las huelgas de la fábrica Putilov (la mayor de Europa en la época) que comenzaron el 18 de febrero de 1917, advirtieron a las mujeres que intentaban convertir la manifestación del Día Internacional de la Mujer Obrera del 23 de febrero en una protesta de la máxima amplitud contra la escasez de comida. La manifestación y las revueltas reclamando alimentos que la acompañaron fueron la chispa de la Revolución de febrero. No solo fueron acompañadas de una huelga general sino que llevó también a los primeros y decisivos motines generalizados contra el régimen. El 25 de febrero no quedaban tropas fiables en las que el gobierno pudiera llamar. En este torbellino espontáneo:
Los militantes bolcheviques no estaban inactivos… seguían de cerca los hechos y tomaban parte en ellos. Pero eran incapaces de tomar la dirección del movimiento o colocarlo tras un programa claro de acción…
Leninism under Lenin, M. Leibman, p. 117
Por ejemplo, Shliapnikov rechazó dos veces distribuir armas a los obreros que lo pedían (aunque más tarde se justificaría argumentando que unas pocas armas eran insignificantes cuando la tarea real era ganar a los obreros en uniforme) y algunos bolcheviques hablaron incluso de poner fin a este movimiento «prematuro». Fue solo el 25 de febrero, cuando más de 200.000 trabajadores llevaban dos días movilizados, que los bolcheviques distribuyeron un panfleto llamando a la huelga general.
Su precaución no es difícil de entender. Después de años de paciente construcción de la organización estaban comenzando a obtener un prometedor crecimiento y a recobrar mucho del terreno perdido por la represión que siguió a la Revolución de 1905. Una revuelta parcial fallida podría haber destruido todas esas conquistas cuando era evidente que un levantamiento general no podía estar demasiado lejos. Básicamente: no esperaban que las tropas se pusieran del lado de las masas tan pronto (aunque desde septiembre de 1915 hubiera células bolcheviques activas en el ejército). Como el propio Lenin destacó más tarde:
La historia en general, y la de las revoluciones en particular, es siempre más rica de contenido, más variada de formas y aspectos, más viva y más «astuta» de lo que imaginan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas…
La cuestión es cómo esos partidos respondieron la situación. A veces se aduce que la pobre representación de los bolcheviques en el soviet de Petrogrado en marzo de 1917 se debió a la falta de preparación cuando estalló la revolución. Es patente que esto no es cierto. Los bolcheviques, a lo largo de la guerra, habían sido el único partido en ligar la lucha por demandas económicas a la necesidad de derrocar el gobierno y poner fin a la guerra. En febrero, a pesar de todas sus dudas, permanecieron enraizados dentro de la lucha de clases. Como asegura Marc Ferro, el 25 de febrero
los bolcheviques eran los principales organizadores de huelgas y manifestaciones.
Marc Ferro. «February 1917», p. 37
También destaca que fueron los primeros en plantear revivificar el soviet de 1905 (habían propuesto esto ya en septiembre de 1915 en respuesta a las elecciones para el comité zarista de industrias de guerra). El hecho de que el soviet llegara a finalmente a ser creado por mencheviques liderados por Gvozdev, el líder belicista del grupo del comité de industrias de guerra, evidencia por sí solo que el ánimo real de revivir el soviet era recuperar la lucha de los trabajadores para los objetivos imperialistas de la burguesía rusa.
Esto se evidenciaba en la forma de elección de los representantes: uno por cada 1.000 trabajadores industriales y un delegado por regimiento. Muchas fábricas pequeñas, en las que los mencheviques predominaban, enviaron un delegado con independencia de su tamaño. Muchos regimientos fueron representados por sus oficiales y, como el componente militar era dos tercios del soviet, se puede ver que el componente revolucionario (que en cualquier caso, todavía seguía luchando en la calle contra la policía el 28 de febrero, día de las elecciones al soviet) fue tremendamente infrarepresentado.
Esto significó que los bolcheviques estuvieran infrarepresentados en los primeros días del soviet de Petrogrado. Pero conforme los soviets locales comenzaron a brotar en los barrios obreros, los bolcheviques a menudo ganaron la mayoría gracias a su papel previo en las luchas contra la guerra. Fue sobre esta base que los bolcheviques fueron capaces de construir sus apoyos y mas adelante de convertir al soviet de Petrogrado en un cuerpo capaz de emprender una transformación revolucionaria en septiembre de 1917.
Los bolcheviques consiguieron la victoria porque solo ellos rechazaron dejarse arrastrar tras el esfuerzo nacional de guerra una vez la república había sido proclamada. Transformar la guerra imperialista en una guerra civil no era una mera consigna táctica sino que se fundamentaba en las raíces mismas del programa político bolchevique. Este programa solo se perfiló completamente en abril de 1917 cuando Lenin ganó la batalla interna y el partido se libró de sus últimos vestigios socialdemócratas.
Nadie había pensado antes, ni podía haberlo hecho, en una dualidad de poderes.
El tres de abril de 1917 Lenin volvió a Rusia desde su exilio político en Suiza. El «levantamiento popular», como le llamó el Consejo de Estado zarista, había llevado a la abdicación y arresto de Nicolás y otros miembros de la dinastía Romanov. La monarquía semifeudal que había oprimido al pueblo ruso durante siglos había sido derrocada. Los terratenientes y capitalistas que habían blandían el poder económico habían pensado en cortar de raíz la marea revolucionaria con una monarquía constitucional pero ahora ponían su confianza en que el «Gobierno Provisional» designado por un comité de la Duma, con el objetivo de:
Preparar las Cortes Constituyentes
Gobernar el país hasta que las Cortes se reunieran
Pero a pesar de que este comité auto-designado del antiguo régimen había tomado sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar la nueva «Rusia Liberada», el poder real del que depende cualquier gobierno estaba en otro lado: con los trabajadores y soldados hastiados de la guerra que habían hecho la Revolución de Febrero, y que estaban recreando los órganos de democracia popular, los soviets, que habían florecido en Rusia durante la insurrección revolucionaria de 1905. En el mismo edificio, el mismo día que la Duma formaba su comité en el Palacio Tauride, un Comité Ejecutivo Provisional del Soviet de de diputados obreros (compuesto sobre todo de mencheviques) anunciaba la convocatoria del primer Soviet desde 1905. Esa tarde los delegados abarrotaron el palacio donde, como relata Sujanov (elegido en el CE del Soviet, después menchevique internacionacionalista):
Fue entonces, en ese lugar, donde se aprobó entre estruendosos aplausos, fundir el ejército revolucionario y el proletariado de la capital para crear una organización que se llamaría, a partir de ese momento «Consejo de delegados de los trabajadores y los soldados»
En esta misma sesión los delegados eligieron una Comisión Ejecutiva, compuesta fundamentalmente de mencheviques, que fue ampliada al día siguiente para incluir representates de todos los partidos de izquierda. Era ahí, en el órgano dinámico de democracia popular creado por los los trabajadores armados y los soldados, donde descansaba el poder real. No hay evidencia más impresionante de esto que la «Orden número 1 a la guarnición del distrito militar de Petrogrado» que el soviet dio el primero de marzo. Esta orden convocaba elecciones al soviet entre la base del ejército haciendo notar significativamente:
En todas las acciones políticas, las unidades de tropa están subordinadas al Consejo de Delegados de los trabajadores y soldados y de los comités surgidos de él.
Las órdenes de la la Comisión Militar del Parlamento estatal deben ser obedecidas, excepción hecha de esas instancias en que contradigan las órdenes del Consejo de delegados de trabajadores y soldados.
Claramente era el Soviet y no el gobierno provisional del Parlamento, quien controlaba el fundamento del poder armado del estado. Y de hecho, el poder del Soviet se amplió mucho más allá de la emisión de decretos. Basado en el principio de electibilidad y revocabilidad de los delegados elegidos de forma directa, era el corazón del proceso revolucionario y tenía la confianza de las masas. En Petesburgo el transporte, la distribución de alimentos y toda la administración municipal eran organizados por el Soviet. Los guardias revolucionarios eran enviados a ocupar insituciones como el banco nacional, el tesoro público, la casa de la moneda y la imprenta estatal con su boletín oficial. A mediados de marzo, Guchkov, otrora presidente del Comité de industrias bélicas zarista, ahora ministro del ejército y la marina del Gobierno provisional, se quejaba a uno de sus generales:
En gobierno provisional no tiene un poder real y sus órdenes son ejecutadas solo y en la medida en que el Soviet de trabajadores y soldados lo permite. El Soviet tiene en sus manos los elementos más importantes del poder real como tropas, ferrocarriles y los servicios telegráficos y postales. Se podría decir directamente que el gobierno provisional existe solo mientras lo permite el soviet.
Carmichael. A Short History of the Russian Revolution, p. 69
Pero si el soviet tenía el apoyo de las masas, ¿de dónde provenía la autoridad del gobierno provisional que era reconocido como el gobierno «oficial» de Rusia? La respuesta está en el Soviet mismo, que, el dos de marzo cedió voluntariamente su propio poder al dar su apoyo al gobierno provisional.
Para los mencheviques que disfrutaban del apoyo de la gran mayoría de los delegados del soviet en las primeras fases de la revolución, así era como tenía que ser. De acuerdo con su «marxismo» mecánico, la revolución que estaba avanzando podría ser solo una revolución democrático-burguesa clásica, cuyas tareas eran destruir los restos del feudalismo en Rusia y abrir el camino al desarrollo del capitalismo ruso, el cual, en el curso del tiempo, crearía las condiciones para una revolución proletaria socialista. Dado que la revolución era capitalista, correspondía a a la clase capitalista ejercer el poder del estado. Para los supuestamente socialistas mencheviques el gobierno provisional era la fuente natural de autoridad. El único papel posible de los soviets podía ser el de una especie de supervisor de la burguesía para asegurarse de que no renunciaba a sus tareas democráticas.
Aunque el partido bolchevique no quería ver el papel de las masas trabajadoras reducido al de mero espectador o supervisor de la revolución burguesa, la actividad del partido estuvo también constreñida por la teoría de la revolución democrática. Después de la revolución de 1905, que había revelado la debilidad y el carácter invertebrado de la burguesía rusa, Lenin había trazado la táctica del partido socialista en la revolución por venir en Rusia. Lenin argumentaba que, lejos de abstenerse de tomar el poder político, el proletariado ruso debía aliarse con el campesinado para establecer una «dictadura democrático-revolucionaria» y completar así la revolución burguesa. A su momento, esto se convertiría en el preludio de una revolución proletaria socialista. Aunque esta era una perspectiva infinitamente más dinámica que la de los mencheviques y que tenía en cuenta el hecho de que la lucha de clases entre trabajadores y capitalistas ya existía en Rusia a pesar del que la población rural fuera predominante, todavía ponía en la cabeza del orden del día las tareas de la revolución democrática.
Cuando estalló la revolución de febrero, el programa del Partido bolchevique todavía se basaba en la idea de que la primera tarea era completar la revolución democrática y en consecuencia, las actividades de las distintas organizaciones del partido en Petesburgo, sin importar su fortaleza política, lo reflejaron. Así, el manifiesto bolchevique lanzado en febrero por la mesa del Comité Central en Rusia (Shlipnikov, Molotov y Zalutski), aunque continuaban con la política de oposición revolucionaria a la guerra, llamaban al Soviet a convocar unas Cortes constituyentes para establecer una «república democrática».
El comité del distrito de Viborg, que trabajaba en un enclave obrero clave de Petrogrado en la que había jugado un papel de liderazgo durante las acciones revolucionarias, entrevió un papel mucho más significativo para los soviets. El 5 de marzo propuso al comité de Petrogrado que:
La tarea del momento es la fundación de un gobierno revolucionario provisional a partir de la unificación de los Consejos de delegados locales de Trabajadores, Campesinos y Soldados en el conjunto de Rusia.
La propuesta proseguía defendiendo el fortalecimiento de los soviets en preparación de una…
toma completa del poder central [y reconocimiento limitado del gobierno provisional] solo hasta la formación de un gobierno revolucionario de los Consejos de delegados de Trabajadores, Campesinos y Soldados y solo en la medida en que sus acciones sean coherentes con los intereses del proletariado y de las más amplias masas democráticas.
Pero los líderes del comité de Petrogrado se estaban mucho menos dados a disociar al proletariado del gobierno provisional. Incluso antes de que Kamenev, Muranov y Stalin volvieran del exilio siberiano a la redacción del Pravda, el comité aceptó al gobierno provisional como el agente de la revolución democrática y rechazó adoptar la propuesta del comité de Viborg. En su lugar aprobó no oponerse al gobierno provisional en tanto que:
sus acciones coincidieran con los intereses del proletariado y de las amplias masas democráticas del pueblo.
Cuando Kamenev fue incluso más lejos en las páginas de Pravda y socavó toda la política bolchevique sobre la guerra llamando sin pudor al «defensismo nacional», afirmando que un pueblo libre solo puede «responder bala contra bala, escudo contra escudo», hubo un clamor entre la base obrera del Partido. Según Shliapnikov:
La indignación de los miembros del Partido fue enorme y cuando los proletarios descubrieron que Pravda había sido tomado por tres antiguos editores llegados desde Siberia solicitaron su expulsión del Partido.
Las protestas de comités locales como estas de Viborg (que se publicó en Pravda) hizo que los nuevos editores no publicaran abiertamente más artículos a favor del gobierno provisional y su política de defensa nacional. Pero la confusión se mantuvo. Al final, la línea del partido en relación con el gobierno provisional, propuesta por Stalin y aparentemente adoptada por la Conferencia del Partido en marzo para la Primera Conferencia Panrusa de los Soviets de finales de marzo, era difícilmente distinguible de la de la mayoría menchevique. La Conferencia del Partido no consiguió aprobar una resolución sobre la guerra, pero en la Conferencia de los soviets los bolcheviques votaron a favor de la «Resolución de apoyo al gobierno provisional» que reconocía…
…la necesidad de ganar gradualmente control político e influencia sobre el gobierno provisional y sus órganos locales así como de persuadirlos para conducir la más enérgica lucha contra las fuerzas contrarrevolucionarias, dar los pasos más decididos hacia una completa democratización de todas las facetas de la vida rusa, y hacer los preparativos de una paz universal sin anexiones ni indemnizaciones basada en la autodeterminación de las naciones.
No es de extrañar que muchas de las secciones del Partido pensaran que la unificación con los mencheviques era ahora posible. Dada la confusión dentro del Partido bolchevique, sería erróneo explicar la cesión del poder por los soviets a los capitalistas como algo debido simplemente a un bajo nivel de consciencia como el reflejado por la minoría bolchevique en los soviets. La Revolución de febrero fue la primera de la época imperialista. Ningún partido tenía, ni podía haber tenido, una estrategia completamente trabajada sobre cómo el proletariado debía conducir la lucha como una parte de la revolución socialista mundial. Los trabajadores y soldados tenía que aprender por sí mismos cómo luchar por el poder total para los consejos. El Partido bolchevique representaba tanto la altura como las limitaciones de la consciencia de clases. El hecho de que aquellas secciones de la clase obrera preparadas para luchar por el poder soviético en fecha tan temprana como febrero, fueran también baluartes bolcheviques, da testimonio de esto.
Así, incluso en lugares como Viborg, donde los bolcheviques eran mayoría en el soviet local desde el día uno, los trabajadores altamente conscientes se encontraron en la posición contradictoria de llamar por un lado a los soviets a prepararse para tomar el poder de forma completa y al mismo tiempo dar apoyo al gobierno provisional. Mientras se pensara que «el problema fundamental es el establecimiento de una república democrática», como había dicho el número uno del Pravda, las demandas de poder de los consejos -poder para los órganos del incipiente estado obrero sobre las líneas trazadas por la Comuna de París- y los llamamientos a los trabajadores a convertir la guerra imperialista en guerra civil -lucha de clases revolucionaria- serían inconsistentes. La democracia parlamentaria, basada en el «voto ciudadano» y «el pueblo» -explotados y explotadores juntos- cada cierto número de años, es la forma más elevada de democracia burguesa. Bero es irreconciliable con el poder de los consejos que solo puede tener significado cuando la clase trabajadora ha derrocado a la maquinaria del estado capitalista. De modo similar, los intereses de «la nación», hasta en la más democrática y parlamentaria de las repúblicas, exigirá la participación de toda la población en sus guerras de «defensa nacional» contra otras potencias capitalistas.
Para principios de abril el intento del Partido bolchevique de no separarse de su programa democrático-revolucionario, de reconciliar lo irreconciliable, había llevado a la confusión en la cuestión de la guerra y se movía hacia la conciliación con el gobierno provisional. Antes de que el Partido pudiera guiar firmemente de nuevo a la clase trabajadora rusa por el camino del internacionalismo proletario y la independencia política de la clase capitalista, el viejo marco tenía que ser abandonado y otro nuevo tomar su lugar.
Esta era la tarea que Lenin ya había comenzado en sus «Cartas desde lejos», solo uno de las cuales había sido publicada (y con cortes significativos) por Pravda. Al llegar a Rusia mejoraba su posición para hacerlo.
Como es bien sabido, aquellos que escucharon su primer discurso en la estación de Finlandia, quedaron atónitos. El contraste entre lo que decía y la dirección del liderazgo que el partido había tomado a lo largo del mes de marzo era realmente asombrosa.
Nos cuenta Sujanov que en respuesta al discurso oficial de bienvenida de Chkeidze (el presidente menchevique del soviet de Petrogrado) en el que hacía votos porque Lenin evitara el sectarismo y persiguiera el supuesto objetivo común de «cerrar filas democráticas» para «defender la revolución», Lenin anunció:
Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros, me siento orgulloso de saludar en vosotros a la victoriosa revolución rusa, de saludaros en tanto destacamento de vanguardia del ejército proletario mundial. La guerra de rapiña imperialista es el comienzo de la guerra civil en toda Europa. No está lejos el día en que los pueblos, siguiendo la llamada de nuestro camarada Karl Liebknecht, volverán sus armas contra sus explotadores capitalistas. El alba de la revolución socialista mundial resplandece. En Alemania, todo está en ebullición. Cualquier día a partir de ahora todo el capitalismo Europeo puede caer. La revolución que habéis hecho ha marcado el comienzo y ha puesto los cimientos de una nueva época. ¡Viva la revolución socialista mundial!
Para los mencheviques y los viejos bolcheviques atrapados en los estériles límites de la revolución democrática, el retrato que hacía Lenin de la Revolución rusa como el comienzo de la revolución socialista internacional, parecían «los desvaríos de un loco» o de alguien que hubiera permanecido demasiado tiempo alejado de la realidad política rusa. Para los miles de trabajadores normales y soldados movilizados por el Comité de Petrogrado -muchos de ellos del distrito de Viborg- el discurso debe haber sido un soplo de aire fresco. Pero las palabras de Lenin no eran retórica oportunista. Eran consistentes con las contribuciones teóricas que él y Bujarin habían hecho al análisis del imperialismo; se alineaban con la política derrotista revolucionaria que Lenin había perfilado para el Partido y la izquierda de Zimmerwald sobre la guerra. De lo que tenía que convencer ahora al partido era de que el marco para determinar la política del Partido no era ya simplemente el de la economía y la sociedad rusas, sino la situación del capital internacional, cuya guerra imperialista había creado una devastación sin precedentes y estaba generando una situación revolucionaria internacional. En breve, tendría que probar que la realidad misma había ido más allá del programa democrático-burgués, que:
Esta fórmula ha caducado ya. La vida la ha trasladado del reino de las fórmulas al reino de la realidad, haciéndola de carne y hueso, concretándola y con ello, transformándola
Lenin. Cartas sobre táctica, abril de 1917
No se trataba de una disputa académica. Para los marxistas «la teoría no es un dogma sino una guía para la acción» y las tesis de «Las tareas del Proletariado en nuestra revolución» pretendían mostrar una vía práctica por la que avanzar al Partido proletario. Partido que estaba en peligro de perder a las secciones más avanzadas de la clase por su apego dogmático a un programa desfasado. Al principio estuvo casi totalmente aislado entre los líderes del partido. El 4 de abril presentó sus tesis en dos mítines: uno de delegados bolcheviques a la Conferencia del Partido y otro, que incluía delegados bolcheviques y mencheviques a la Conferencia del soviet que acababa de terminar. Solo Kollontai, una nueva conversa al bolchevismo, habló para secundarle. Las tesis se publicaron en Pravda como posición personal de Lenin con una advertencia de los editores que declaraba:
En lo que respecta al esquema general del camarada Lenin, nos parece inaceptable que comience dando por hecho que la revolución democrático-burguesa ha finalizado, y contar con ello para la inmediata transformación de la esta revolución en revolución socialista.
Pero este aislamiento no le detuvo. Estaba preparado para dimitir del Comité Central y argumentar su caso como un miembro de la base antes que cambiar sus perspectivas. Así que paso el resto de abril repitiendo los argumentos de sus tesis y desarrollando los puntos esenciales para la Conferencia del Partido que iba a realizarse. Podemos resumirlas como sigue:
Da igual la existencia de un nuevo gobierno en Rusia, la guerra todavía es una guerra imperialista en la que se lucha por los intereses del capitalismo. Dado que amplias secciones de las masas están siendo engañadas por la burguesía para que piensen que la guerra puede darse ahora como una guerra defensiva revolucionaria, la tarea es explicar pacientemente «la inseparable conexión existente entre el capital y la guerra imperialista y probar que sin derrocar al capital es imposible dar fin a la guerra y establecer una paz autenticamente democrática». El partido debe exponer las contradicciones entre las palabras del gobierno provisional sobre la «paz sin anexiones» y sus acciones. Esta campaña debería se llevada a cabo también en el frente junto a llamamientos a la confraternización. Esto último de be animar a «elevar la confraternización desde el nivel de una repulsa instintiva ontra la guerra a una clara comprensión política de como salir de ella».
La Revolución rusa está ahora pasando de su primera a su segunda fase. El anterior, careciendo de «insuficiente conciencia de clase y organización del proletariado», puso el poder en las manos de la burguesía.
La siguiente fase «debe entregar el poder a las manos del proletariado y los grupos más pobres del campo».
Ningún apoyo para el gobierno provisional. No alimentar ilusiones de que un gobierno de capitalistas puede dejar de ser un gobierno imperialista.
Mientras los bolcheviques estén en minoría en los soviets, la tarea del Partido es explicar los errores de otros partidos que oscilan frente a las masas (mencheviques, socialistas revolucionarios) al tiempo que predican la «necesidad de transferir todo el poder del estado a los Soviets de delegados de los trabajadores».
No a una república parlamentaria.
El mayor énfasis del programa agrario ha de cambiar hacia los soviets de delegados de los trabajadores agrarios.
Soviets propios para los capesinos pobres. Confiscación de toda la propiedad de los terratenientes y puesta a disposición de los Soviets de trabajadores agrarios «para el servicio público»
Necesidad de convocar un Congreso del Partido para cambiar el programa sobre el imperialismo y la guerra; la naturaleza del estado proletario; el caduco programa mínimo; y cambiar el nombre del Partido a Partido Comunista.
La necesidad de tomar la iniciativa creando una nueva internacional revolucionaria.
Las tesis, que arrancaban de la realidad de la guerra imperialista y de la existencia de soviets, dieron estrategia y táctica a un partido que aspiraba a liderar a las masas trabajadoras en una revolución socialista.
Formemos un partido comunista proletario; los mejores militantes del bolchevismo han creado ya los elementos de ese partido; unámonos estrechamente en la labor proletaria clasista y veremos cómo vienen a nosotros, en masas, cada vez mayores, los proletarios y los campesinos pobres.
Lenin. La dualidad de poderes, 9 de abril 1917
En el curso de un mes, la actitud en el Partido hacia las tesis cambió de la hostilidad y la mofa hacia su amplia aceptación como bases para las resoluciones en la Conferencia de abril. Sería demasiado fácil y simplemente falso explicarlo por el liderazgo carismático de Lenin. A pesar de su importancia en el partido, que nadie cuestiona, sus posiciones al volver del exilio habían sido despachadas como carentes de realismo por el Comité Central. Fue la realidad misma la que forzó a la dirección a aceptar en bloque la perspectiva de Lenin.
De hecho las tesis ya reflejaban los sentimientos de los miembros de la base del partido en distritos como Viborg y Kronstadt donde no hubo problemas para persuadir a los trabajadores y marineros revolucionarios de la necesidad de oponerse al gobierno provisional y establecer el poder de los consejos. En otras palabras, Lenin estaba mucho más unido a la clase obrera revolucionaria que muchos de los demás líderes bolcheviques.
Pero cuanto más duraba el doble poder, más disparatado se hacía presionar al gobierno provisional y esperar que actuara en interés de las masas. Mientras los ministros vacilaban y tartamudeaban cuando tocaba hablar del destino de los latifundios, los campesinos tomaban ya las tierras.
El problema de los alimentos no había sido resuelto; amenazaba hambruna y el precio del pan seguía subiendo. Sobre todo, la guerra seguía. La paz parecía tan lejos como siempre. La política del gobierno provisional de arrastrar a las masas, a través de los soviets, a compartir la responsabilidad por la guerra bajo la divisa de defender la revolución tropezó cuando Miliukov -Ministro de Asuntos Exteriores- telegrafió una nota a los aliados asegurándoles que la declaración de paz sin anexiones no incluía…
…ningún relajamiento por parte de Rusia en la lucha común de los aliados. Por el contrario, las aspiraciones de toda la nación de llevar la guerra mundial a una victoria decisiva han crecido con más fuerza.
De inmediato hubo manifestaciones masivas contra Miliukov y la guerra por toda Rusia. El 21 de abril 100.000 trabajadores y soldados se manifestaron por la paz en Petrogrado. El soviet de Petrogrado recibió resoluciones protestando contra la nota de Miliukov de soviets de toda Rusia.
Durante esta crisis de abril, tres días antes de la Conferencia del Partido, algunos comités del Partido (Kronstadt, Petesburgo, Helsingfors) interpretaron la consigna «Vivan los soviets» como un llamamiento al derrocamiento inmediato del gobierno provisional. El comité de Kronstadt condujo soldados y marineros armados a las manifestaciones por la paz llevando la consigna «Abajo el gobierno provisional». Incluso antes de que el partido adoptara formalmente las propuestas de Lenin y la consigna «Todo el poder para los soviets» como consigna del momento, el partido bolchevique se enfrentó a un problema que reaparecería en los meses siguientes: la sobrevaloración por parte de las secciones militantes de la madurez política del momento y el peligro de caer en la trampa de un intento insurreccional prematuro. Pero estos eran los problemas de un Partido determinado a crear las mejores condiciones posibles para asaltar el poder con éxito. En las postrimerías de la crisis de abril y la conferencia del Partido la cuestión que se planteaba el Partido bolchevique a si mismo no era si los consejos debían tomar el poder del estado, sino «cómo» y «cuándo».
La burguesía resolvió su crisis política negando que la nota de Miliukov significara lo que decía y deshaciéndose de su autor. El Comité Ejecutivo del Soviet salió al quite aceptando entrar en un gobierno de coalición. Seis ministros, autodenominados «socialistas», fueron propuestos por el Comité (eseritas y mencheviques). El cinco de mayor una moción bolchevique en el Soviet de Petrogrado, oponiéndose a los «ministros socialistas» recibió solo cien votos. A pesar de la creciente influencia del Partido bolchevique, quedaba todavía un largo camino para determinar la política de los consejos como un todo. A comienzos de mayo, los capitalistas rusos y sus aliados todavía tenían la esperanza de revivir los frentes colapsados y ganar de nuevo apoyo popular para una nueva ofensiva militar. Eso era lo que esperaban conseguir involucrando a los soviets en su gobierno.
Kerenski, que se había declarado a sí mismo portavoz de los Soviets en el anterior gobierno provisional, se convirtió ahora en Ministro de Guerra y Marina en un nuevo intento de embaucar a las masas con discusiones sobre fortalecer el control de los soviets sobre el gobierno. De este modo las masas no fueron todavía lo suficientemente conscientes para darse cuenta de que el poder de los soviets era incompatible con un gobierno de ese tipo, es decir, que es imposible imponer una política de paz con agentes del imperialismo.
Como Trotski dijo, la sensación era que si un Kerenski en el gobierno era algo bueno, seis kerenskis serían incluso mejor.
Pero mientras Kerenski en persona informaba a Buchanan, embajador del imperialismo británico, que «los soviets morirán de muerte natural», los verdaderos socialistas y revolucionarios, los bolcheviques, respondían a la retórica pequeño-burguesa sobre la democracia revolucionaria con lo que ahora era una política claramente definida. Explicaban pacientemente la «necesidad de que todo el poder del estado pase al proletariado y el semiproletariado». El Partido como un todo aceptaba ahora que su tarea era «aumentar el número de soviets, reforzarlos y consolidar la unidad de nuestro partido» en la preparación de la victoria sobre los capitalistas. Victoria que no podía conseguirse «en unos pocos días por un simple estallido de ira popular» ni por actos de prematuro aventurerismo, sino que requería organización y, por encima de todo, consciencia de clase. Esto es, la emancipación del proletariado de la influencia de la la pequeña burguesía.
Al ganar la batalla contra los «viejos bolcheviques», Lenin y sus seguidores habían «rearmado» con éxito al Partido bolchevique. El Partido tenía ahora un nuevo programa que correspondía al cambio real producido por la Revolución de febrero. Hasta qué punto significó un paso adelante para los bolcheviques puede verse en el hecho de que el número de miembros del partido se multiplicó y que el apoyo al Partido en las organizaciones obreras de Petersbugo alcanzara, según casi todas las estimaciones, el 30% en mayo. Esto era en sí mismo un problema dado que los bolcheviques eran ahora la única fuerza organizada que llamaba a la extensión de la revolución y se oponía a cualquier cooperación con los ministros burgueses del gobierno provisional. Muchos trabajadores jóvenes que estaban impacientes por entrar en acción, se unieron a las filas del Partido, especialmente a su Organización de militares y a su club de soldados, el «Club Pravda». Estos nuevos elementos comprendían que los bolcheviques defendieran «todo el poder a los soviets» y «abajo el gobierno provisional». Lo que no entendían del todo es que no fueran consignas inmediatas.
El gobierno debe ser derrocado, pero no todos interpretan esto acertadamente. Mientras el poder del gobierno provisional se apoye en el Soviet de diputados obreros, no se puede «sencillamente» derribarlo. Se lo puede y se le debe derribar conquistando la mayoría en los Soviets.
Lenin. Conferencia de la ciudad de Petrogrado del POSD(b)R, 15 de abril
Este consejo llegaba tras las manifestaciones espontáneas contra la nota de Miliukov. Muchos bolcheviques, con el comité de Petrogrado a la cabeza y el apoyo de los marineros de Kronstadt, habían deseado convertir esas manifestaciones en una insurrección armada. Argumentaban que las masas ya habían hecho suyas las consignas contra el gobierno provisional de Lenin. Muchos bolcheviques, de hecho, se unieron a las manifestaciones. Pocos días después en la séptima Conferencia Panrusa del Partido, Lenin subrayó el mensaje de que era demasiado pronto para actuar:
Al gobierno le convendría que el primer paso irreflexivo hacia la acción lo diéramos nosotros; eso le convendría.(…) Para un partido proletario no hay error más peligroso que basar su táctica en deseos subjetivos allí donde lo que hace falta es organización. No podemos decir que la mayoría está con nosotros; en este caso es necesario desconfiar, desconfiar y desconfiar. Basar sobre los deseos la táctica proetaria significa matarla.
Lenin. Informe sobre el momento actual, 24 de abril
Lenin paso entonces a criticar a aquellos bolcheviques que habían apoyado el que los trabajadores usaran la consigna de «Abajo el gobierno provisional!» contra la insistencia del Comité Central en que solo la consigna de «¡Viva el Soviet de diputados de Trabajadores y Soldados» estaba justificada en aquel momento. Lenin lo condenó -«consideramos eso como el mayor de los crímenes, como un crimen de desorganización»- llegando a la conclusión de que:
El aparato de organización no ha demostrado ser lo bastante fuerte: no todos ponen en práctica nuestras resoluciones.
Lenin. Discurso de resumen de la discusión del informe sobre el momento actual, 24 de abril.
Pero éstas eran debilidades propias de un partido proletario que reflejaban los desniveles de consciencia en el seno del mismo proletariado.
Conforme avanzaba 1917, el hecho de que los bolcheviques eran la única fuerza que representaba genuinamente a la clase trabajadora se volvió más claro cada día. El gobierno provisional había nacido como resultado de la Revolución de febrero, producto del colapso de la economía rusa tras 1915. En febrero los salarios reales habían caído a un tercio de los de antes de la guerra y, a pesar de las grandes subidas en términos nominales para algunos trabajadores, la situación no era mejor en julio debido a la inflación masiva.
Los precios de los alimentos se duplicaban aproximádamente una vez al mes durante 1917 y el el hecho de que el gobierno provisional fuera aun peor a la hora de resolver los problemas de transporte que el zarismo, significó que las raciones de pan se redujeran de una libra diaria a tres cuartos en abril. Lo peor estaba por venir pues el número de vagones con comida que llegaban a Petrogrado diariamente pasó de 351 en abril de 1916 a 230 un año después. Solo un tercio de la demanda de carbón llegaba a la ciudad y en mayo los trabajos de fábricas como Putilov tuvieron que parase hasta agosto en unos casos y septiembre en otros. Además de estos cierres temporales, 568 fábricas quebraron, aumentando el desempleo. No es sorprendente si cada vez más obreros tomaban parte en huelgas: se pasó de 35.000 en abril a 1.200.000 en octubre.
Las huelgas eran una experiencia de politización para los que tomaban parte en ellas; veían con sus propios ojos cómo los empleadores hacían huelga de capitales y organizaban paros patronales, (…) cómo el gobierno se aliaba con los patronos, doblegando a los comités de fábrica y enviando tropas a sofocar los desórdenes (…) Las huelgas eran importantes (…) porque hacían atractivas las políticas del Partido bolchevique a los trabajadores que tomaban parte en ellas.
S.A. Smith Red Petrograd p.118
Además, el gobierno provisional no podía resolver los otros dos problemas desesperantes en la Rusia de 1917, el de la distribución de la tierra y el de la guerra. Incluso la llegada al gobierno del partido que supuestamente representaba a los campesinos, el Socialista Revolucionario, hizo poco por poner en cuestión a los latifundistas en el gobierno provisional. Esto se debía a que los eseritas eran rigurosamente patrióticos e intentaban que los campesinos abandonaran las tomas de tierras hasta «después de la guerra».
Los campesinos hacían oídos sordos y seguían con su propia reforma agraria espontánea, ocupando tierras y, donde encontraban resistencia, atacando a los terratenientes. Con tan escasa base social el gobierno provisional -que nunca había sido elegido sino elegido por aquellos elegidos en las últimas Cortes zaristas) se vio forzado a apoyarse en los soviets, que en aquel momento estaban dominados por los mencheviques y los eseritas. Bajo su influencia los soviets habían ejecutado lo que Lenin calificó como «una cesión voluntaria del poder estatal a la burguesía y su gobierno provisional». Su bancarrota política mostró pronto a los trabajadores rusos que solo había un partido con un programa que defendía sus intereses contra el patriotismo y el «marxismo» abstracto de los mencheviques y los eseritas.
Esta división llegó su clímax en junio de 1917 en el primer Congreso Panruso de los Soviets, cuando el ministro menchevique Tsereteli anunció que:
En el momento presente no hay partido político que pueda decir «dejad el poder en nuestras manos, iros, tomaremos vuestro lugar». No hay un partido así en Rusia.
Lenin respondió sin levantarse siquiera de donde estaba. El resto de la Conferencia fue un forcejeo permanente de los bolcheviques para intentar que los otros partidos votaran por el poder soviético y el derrocamiento del gobierno provisional. Habiendo fracasado a la hora de conseguir que los otros partidos votaran a favor de su declaración de guerra al gobierno, los bolcheviques decidieron llevarlo a las masas convocando una manifestación el 10 de junio. El Ejecutivo de los soviets la denunció y forzó a que se abandonara, causando que Lenin fuera severamente criticado por sus vacilaciones en el interior del partido. En cualquier caso, Tsereteli se extralimitó cuando pensó que llamando a una manifestación masiva en apoyo de los soviets la semana siguiente, podría dejar en evidencia la debilidad de los bolcheviques. Resultó que su juicio del ánimo de los obreros de Petrogrado había sido un tremendo error. Cuando la manifestación tuvo lugar el 18 de junio, solo unas pocas pancartas expresaban confianza en el gobierno provisional -e implícitamente en el apoyo que el Soviet le daba- mientras, de acuerdo con el menchevique Sujanov, las consignas que trascendieron fueron en un 90% bolcheviques. Este éxito, sin embargo, llevaría al Partido bolchevique a la prueba más dura de 1917: las «jornadas de julio».
Se suele argumentar en las historias burguesas sobre la Revolución de octubre que las jornadas de julio fueron un golpe bolchevique que salió mal, a diferencia de octubre que, según arguyen, fue un golpe de estado del mismo tipo pero con éxito. Es uno de los elementos principales del argumentario que defiende que lo que había en Rusia en 1917 era un vacío de poder en el que una banda de gangsters pudo introducirse y alzarse con el poder.
Sin embargo, durante los últimos diez años se han publicado nuevas pruebas, incluso por historiadores burgueses (en particular A. Rabinowitch en su «Prelude to Revolution») que demuestran que no era ése el caso. El origen de las jornadas de julio fue la revuelta espontánea del Primer Regimiento de Ametralladoras de Petrogrado contra una orden que les enviaba al frente para participar en la ofensiva de junio organizada por el gobierno. En vez de intentar prevenir un estallido prematuro por la acción de un único regimiento, parece que la Organización de Militares Bolcheviques, contra toda disciplina de partido, fue arrastrada por el movimiento. Su periódico, la «Soldatskaia Gazeta» llamó a derrocar el gobierno provisional y ayudaron a llevar la noticia de la insurrección del regimiento de ametralladoras a los distritos obreros de Viborg y a la base naval de Kronstadt.
Los representantes bolcheviques, Raskolnikov y Roshal, ya habían sido aconsejados por una llamada de teléfono de Kamenev de intentar enfriar el movimiento. Sin embargo no tuvieron éxito y solo pudieron retrasar durante unas horas la participación de los marinos en una manifestación armada. Cuando miles de trabajadores llegaron en manifestación al cuartel general bolchevique de Petrogrado la noche del 3 de julio, tanto la Organización de Militares Bolcheviques como el Comité de Petrogrado aceptaron dar apoyo a la manifestación y ponerse a su cabeza en la calle.
Al día siguiente los marineros de Kronstadt llegaron, armados, al cuartel general bolchevique. Ellos y con ellos, miles de trabajadores y soldados más, solicitaban que Lenin les hablara. Lenin estaba fuera de la capital cuando tuvo noticias de la nueva movilización. Solo había vuelto poco antes. Al principio era reacio a hablar a los manifestantes pero finalmente accedió ha hacerlo, gruñendo a Podvoiski, líder de la Organización de Militares, «habría que mandarte a la mierda por esto».
Su discurso fue una decepción para las masas ya que solo convocó a una manifestación pacífica, apuntando que obtendrían la victoria «un día por venir». A los trabajadores armados, listos para acabar con el enemigo de clase allí y en ese mismo momento, resultó incomprensible.
Lenin fue criticado por los elementos más impacientes del Partido tanto en aquel momento como después por su «carencia de liderazgo». Sin embargo, para entender su posición debemos ver la realidad de la situación en 1917. Sin duda, si los bolcheviques hubieran convertido la manifestación en un ataque directo al gobierno provisional el 4 de julio, le hubiera llevado al colapso. Pero si los bolcheviques hubieran derrocado al gobierno provisional, ¿qué hubiera ocurrido entonces? No podían entregar el poder a los soviets dado que estos estaban todavía dominados por la política menchevique y eserita de apoyo a la burguesía. Un marinero de Kronstadt dio rienda suelta a la frustración que los trabajadores sentían ante esta política cuando, en mitad de una intervención del líder eserita Chernov le gritó: «¡¡Estúpido, toma el poder cuando te lo sirven en bandeja!!». Y los bolcheviques no podían mantenerse en el poder por sí mismos dado que no tenían un apoyo suficiente, ni siquiera en las ciudades, como para sacar adelante su programa. Como Lenin había declarado en muchas oportunidades antes y durante la crisis:
No se puede pasar por encima del pueblo. Solo los soñadores o los conspiradores creían que la minoría puede imponer su voluntad a la mayoría. Así pensaba el revolucionario francés Blanqui y estaba equivocado. Cuando la mayoría del pueblo no quiere tomar el poder en sus manos, porque aun no lo comprende, la minoría, por revolucionaria e inteligente que sea, no puede imponer sus deseos a la mayoría del pueblo.
De aquí surge precisamente nuestro modo de actuar.
Nosotros, los bolcheviques, debemos explicar a los obreros y campesinos nuestros puntos de vista, paciente, pero insistentemente. Cada uno de nosotros debe olvidar como concebía antes nuestra labor; sin esperar la llegada del agitador, del propagandista o del camarada que tiene más conocimientos y puede explicarlo todo, cada uno debe multiplicarse, ser agitador, propagandista y organizador de nuestro Partido.
Solo así lograremos que el pueblo comprenda nuestra doctrina, pueda analizar sus propias experiencias y tome realmente el poder en sus manos.
Lenin. Informe en la reunión de la organización de Petrogrado, 8 de mayo de 1917
Esto es lo que muchos en el Partido bolchevique pasaron por alto. Ardiendo en deseos de librarse del enemigo de clase, no vieron que un deseo subjetivo no era condición suficiente para la victoria de la clase trabajadora.
Sin embargo, aunque Lenin era crítico con los golpistas y blanquistas dentro del Partido, también reconoció el 4 de julio que el partido de clase tenía que permanecer con la clase. Esto lo expresó también Raskolnikov en sus memorias de lo que había pasado en Kronstadt. A pesar de los argumentos bolcheviques contra el levantamiento,
…para nuestro Partido haber roto con el movimiento espontáneo de las masas de Kronstadt hubiera sido un golpe irreparable a su autoridad. Por otro lado, un levantamiento armado nos habría condenado a una derrota segura. Podríamos haber tomado el poder con relativa facilidad pero no estábamos en posición de conservarlo.
Raskolnikov. «Kronstadt and Petrograd», p.150
Como el propio Lenin apuntaba casi dos años después de la crisis:
Cuando las masas luchan, los errores en la lucha son inevitables. Y los comunistas, que ven esos errores se los explican a las masas y se esfuerzan por que los corrijan, los que defienden la consciencia sobre la espontaneidad, siguen con las masas. Vale más estar con las masas combatientes, que en el curso de la lucha se libran paulatinamente de los errores, que con los intelectualillos, filisteos y kautskianos, que esperan la «victoria completa» desde su retiro.
Lenin. Los prohombres de la Internacional de Berna, 28 de mayo de 1919
Este es seguramente el epitafio que mejor cierra el episodio. Las jornadas de julio mostraron que incluso contra una burguesía que es débil, que está fragmentada y quebrada políticamente como la de Rusia en 1917, la clase trabajadora no puede aspirar a derrocarla sin unir todas sus fuerzas mediante un instrumento político que dirija su lucha, el Partido.
Los soviets, aunque son la expresión del movimiento del conjunto de la clase trabajadora no son el instrumento del asalto al poder del estado burgués dado que, como muestra la experiencia de julio, contienen elementos que apoyan a ése poder. No fue el gobierno provisional el que llamó a las tropas que reprimieron a los trabajadores que tomaron parte en las jornadas de julio, sino el ejecutivo menchevique-eserita del Soviet de Petrogrado. A pesar de haber sido un tremendo revés en el corto plazo para los bolcheviques, las jornadas de julio también subrayaron la naturaleza proletaria del bolchevismo frente a los partidos de la mayoría en el soviet.
Esto fue aun más claro en los días que siguieron a las jornadas de julio. Haciendo circular la calumnia de que Lenin era un espía alemán y que los bolcheviques estaban pagados por los alemanes para perturbar al ejército ruso, el gobierno persuadió a muchas unidades de Petrogrado a volver a los cuarteles. Al mismo tiempo el gobierno provisional no tardó en usar el apoyo del Comité Ejecutivo del Soviet para traer del frente tropas leales al esfuerzo de guerra. Cuando el 5 de julio Pravda anunció el fin de las manifestaciones, la represión ya había comenzado. Las oficinas del Pravda fueron tomadas y sus rotativas destruidas. Lenin las abandonó poco antes de que llegara el destacamento envidado por el gobierno provisional, pero detención, la de Kamenev y la Zinoviev ya se habían ordenado y cientos de bolcheviques fueron arrestados y muchos de ellos linchados. Reaccionarios de todo tipo salían ahora de sus madrigueras para participar en la caza del bolchevique. La delantera la tomaron los líderes mencheviques del gobierno provisional, Tsereteli y Dan, que incluso ¡¡ordenaron el cierre de un periódico menchevique («Novaia Zhizn») dirigido por Gorki!!
Todo eso solo podía dar alas al ataque contra los trabajadores en general, así que pronto los mismos mencheviques y eseritas estaban bajo el ataque de los antisemitas de las «Centurias Negras» que habían sido instrumentos del terror anti-obrero durante la época zarista. Esta reacción desvergonzada solo sirvió para subrayar a la clase trabajadora la naturaleza proletaria del Partido bolchevique.
De hecho, aunque los bolcheviques pasaron por una crisis temporal de confianza entre algunos de sus seguidores en las fábricas, que se distanciaron durante un tiempo del Comité Central, e incluso se pusieron bajo el control del Comité Ejecutivo del Soviet, en apenas quince días lo peor había pasado. Dadas las intenciones asesinas de la burguesía y su creencia en que «los bolcheviques habían sido destruidos» en esta ocasión, lo destacable es que fueran capaces de sobrevivir.
La principal razón fue su apoyo entre las masas, que nunca se rompió a pesar los titubeos durante los momentos álgidos de la represión. Los bolcheviques habían hecho causa durante demasiado tiempo de los intereses proletarios, especialmente de la lucha contra la guerra, para que las masas los abandonaran ahora. El gobierno culpó a de las jornadas de julio solo a los bolcheviques, pero en los centros de la clase obrera en Petrogrado su supresión por un gobierno reaccionario por permanecer junto a las masas, al final consagró su apoyo entre la clase trabajadora. Por eso la mayoría de los 32.000 bolcheviques de Petrogrado pudieron encontrar refugio en Viborg y otros barrios obreros donde las fuerzas del gobierno no se atrevían a entrar. Aunque muchas fábricas fueron registradas en busca de armas, pocas fueron encontradas y Kerenski -que se convirtió en primer ministro el siete de julio- sabía que se arriesgaba a una guerra civil a escala nacional si intentaba ir más allá. Además, los líderes del Soviet tuvieron buen cuidado de dar una pausa a la represión ya que su naturaleza reaccionaria estaba ayudando al proletariado a ver aun más claramente que los bolcheviques eran la única fuerza genuinamente proletaria en la Rusia del momento.
La debilidad de la represión contra los bolcheviques puede calibrarse por el hecho de que solo uno de los miembros del Comité Central fue encarcelado -Kamenev- y a pesar de que Lenin y Zinoviev permanecieron ocultos hasta octubre, pudieron tomar parte en los debates del Partido. En fecha tan temprana como el siete de julio, el Comité de Petrogrado pudo lanzar folletos de nuevo y sus miembros no solo no cayeron sino sino que tomaron protagonismo una vez más tan pronto como la espina dorsal del aparato del Partido se reorganizó. El 26 de julio arrancó «en una amplia sala de asambleas en el corazón del distrito de Viborg» el Sexto Congreso del Partido bolchevique, y continuó sus trabajos, sin percances, durante los cinco días que duraron los debates sobre el nuevo curso del Partido. El Partido ya había aprendido la necesidad de una mayor centralización en sus propias filas y la Organización de Militares había sido puesta bajo estrecha supervisión por el partido. El Comité Central tomo para sí sus responsabilidades en el Pravda y sus líderes fueron criticados por su aventurerismo durante las jornadas de julio.
El tema principal en el orden del día del Sexto Congreso fue, en cualquier caso, el siguiente paso de la clase trabajadora. Los seguidores de Lenin habían circulado un texto, «Sobre las consignas», cuya principal idea era que las jornadas de julio habían demostrado que ya no era posible un desarrollo pacífico de la revolución. No podían ponerse esperanzas en que el Soviet simplemente reemplazaran al gobierno provisional mientras los líderes eseritas y mencheviques de los soviets se mantuvieran comprometidos con la burguesía. Este argumento se había demostrado por su apoyo a la represión de Kerenski contra la clase obrera e vez de tomar el poder que los manifestantes de julio le habían colocado en bandeja. De todo esto Lenin concluía que no tenía sentido llamar a «Todo el poder para los Soviets» mientras estuviera claro que el Soviet era, de hecho, el mayor obstáculo.
Para todo tipo de liberales, progres, reaccionarios y formalistas el deseo de Lenin de abandonar la consigna basta para confirmarles en su creencia que que los bolcheviques no creían realmente en los soviets como forma de democracia proletaria. Sin embargo, se puede llegar a esta conclusión solo si se ignora el marco de la argumentación de Lenin y la naturaleza del debate en las semanas que siguieron. Lenin, antes de nada, dejó claro que hubiera preferido que los Soviets tomaran el poder con independencia de quién tuviera en ellos la mayoría.
El desarrollo pacífico habría podido realizarse entonces también en el sentido de que la lucha de las clases y de los los partidos dentro de los Soviets, si éstos hubieran sumido oportunamente todo el poder del Estado, habría transcurrido del modo más pacífico y menos doloroso.
Lenin. A propósito de las consignas, mediados de julio de 1917
Pero el tema clave que el partido de clase debe considerar en primer lugar es como aplastar los últimos vestigios del estado burgués antes de que las condiciones para la democracia proletaria puedan emerger. Con la dirección de los soviets atrincherada en su apoyo al gobierno provisional, y con los bolcheviques con un apoyo mucho más amplio en las fábricas que en el Soviet -algunos mencheviques admitían ya que el apoyo bolchevique no se veía representando en la composición del Soviet- Lenin llegaba a la conclusión de que el Soviet, al menos en el futuro inmediato, no tenía ninguna utilidad revolucionaria al proletariado. Pero no estaba contra el principio del Soviet:
En esta nueva revolución podrán y deberán surgir los Soviets, pero no serán los Soviets actuales, no serán órganos de conciliación con la burguesía, sino órganos de lucha revolucionaria contra ella. Cierto que también entonces propugnaremos la organización de todo el Estado según el tipo de los Soviets. No se trata de los Soviets en general, sino de la lucha frente a la contrarrevolución actual y frente a la traición de los Soviets actuales.
Los oponentes de Lenin, como Volodarski dejaron muy claro que aceptaban el análisis de Lenin sobre la naturaleza política del Soviet, pero que no aceptaban que ese fuera a seguir siendo siempre el caso. Estando en Petrogrado -y no en la clandestinidad en Finlandia- podían ver que para finales de julio el apoyo bolchevique en los Soviets de distrito estaba creciendo rápidamente. Además, más y más mencheviques desertaban de su partido y su colaboracionismo de clases para unirse a los bolcheviques.
En cualquier caso se acordó que se establecería un comité para estudiar la cuestión de las consignas del Partido. Aunque esto significó que los bolcheviques pasaron un mes sin llamar a «¡Todo el poder para los soviets!». El objetivo del debate sobre las consignas fue poner en guardia al Partido entero sobre la inminencia creciente de la cuestión de la insurrección. En este debate Lenin apuntó que:
… el poder está en manos de una pandilla de militares a lo Cavaignac (en manos de Kerenski, de ciertos generales, oficiales, etc.), apoyados por la burguesía como clase, con el partido de los Demócratas Constitucionalistas [kadetes] a la cabeza y con todos los monárquicos, que actúan a través de toda la prensa ultrarreacionaria.
Cavaignac fue el general que había dirigido la carnicería de los trabajadores parisinos en Junio de 1848. La burguesía rusa pensó que habían encontrado su propio Cavaignac un mes después en la persona del General Kornílov. Su intento de golpe supondría la tercera gran prueba de los bolcheviques en 1917.
A esto hay que añadir la debilidad crónica de la burguesía rusa que había fracasado en todos sus intentos de derrocar al zarismo. Después de la Revolución de febrero, estaba intentando construir un estado que dependía completamente del capricho de la clase trabajadora para seguir existiendo. Solo eran capaces de aparentar que mantenían el poder mientras los trabajadores no se dieran cuenta de que sus propios intereses de clase, es decir mientras los mencheviques y los eseritas pudieran sostener una mayoría, cada vez más ficticia, en el Soviet de Petrogrado. Para la burguesía rusa la caída del zar solo había significado apartar el mayor obstáculo para ganar la guerra a la burguesía alemana. Así que el proletariado tuvo que encarar privaciones continuas a lo largo de 1917 y solo pudo apoyarse en el único partido que se había opuesto a la guerra desde el principio. A principios de agosto, cuando el voto en el parlamento de la ciudad mostró un incremento del 14% para los bolcheviques respecto a mayo, parecía claro que las jornadas de julio solo habían supuesto un pequeño alto para las esperanzas bolcheviques. Y conforme el proletariado ruso se unía cada vez más tras el Partido bolchevique, las grietas en la burguesía estallaban abiertamente.
Una vez que Kornílov fue nombrado, el esquema contrarrevolucionario echó a andar. Riga fue cedido deliberadamente a los alemanes para que Petrogrado se convirtiera en parte del frente y por tanto estuviera bajo gobierno militar. Esto señaló el comienzo de la crisis. Dejaremos a los historiadores burgueses la tarea de analizar el grado de complicidad de Kerenski en los primeros movimientos del golpe de Kornílov. Nuestra tarea es mirar al cambio de drástico que se produjo en la consciencia del proletariado como consecuencia de las acciones de Kornílov.
Este pasaje refleja un nuevo paso adelante en la consciencia y organización de la clase trabajadora. Ya no estamos ante acciones a la carrera propuestas por marineros impetuosos, sino acciones cuidadosamente consideradas de grandes masas de trabajadores. La resistencia a Kornílov también deja ver cómo se armó la clase trabajadora a gran escala por primera vez. Fue en ese momento cuando los guardias rojos se entretejieron con los soldados de la guarnición de Petrogrado por primera vez y también cuando la tolerancia hacia las bufonadas de Kerenski, los mencheviques y los eseritas en el Soviet fue reemplazada por la suspicacia.
Lenin, que todavía estaba escondido en Finlandia, fue sorprendido por las circunstancias en mayor medida que los demás líderes bolcheviques. Esto se debía a que reconoció que el fracaso de julio había dado a la burguesía la oportunidad de hacer retroceder a la revolución hacia una dictadura militar. Sin embargo, asumía que la burguesía había encontrado su dictador en Kerenski y que, aunque fuera solo una caricatura de Bonaparte, probablemente sobreviviría algún tiempo. Era claro sin embargo afirmando que Kerenski no perviviría:
El bonapartismo ruso de 1917 se diferencia del comienzo del bonapartismo francés en 1799 y 1849 en una serie de condiciones, por ejemplo, en que no se ha resuelto ni un solo problema cardinal de la revolución.
Al frente de estas tareas estaba tomar posición sobre las cuestiones de la tierra y la guerra. Incluso a pesar de que Chernov, el líder de los eseritas, el supuesto partido campesino, era ministro de Agricultura, las tomas de tierras por los campesinos encontraron resistencia armada porque el gobierno provisional y sus aliados del Soviet no deseaban romper con la burguesía y los terratenientes. Estos les demostraron su gratitud buscando un general para arrasar los Soviets. Es por esto que suicidaron políticamente al optar por la aventura Korníloviana. Fue esto lo que cogió a Lenin por sorpresa. Una vez que vio lo que había pasado, no dudó en apoyar las acciones de los bolcheviques de Petrogrado.
De hecho este episodio socava en buena medida el relato de los historiadores burgueses, stalinistas y trotskistas al estilo de Tony Cliff, según el cual sin Lenin el partido bolchevique era incapaz de actuar. En este caso, el aporte de Lenin fue enmarcar la respuesta proletaria en el dilema en el que todo hecho como el golpe de Kornílov coloca al proletariado. En una carta «Al Comité Central del POSDR-b» escribe:
Como todo viraje brusco, exige una revisión y un cambio de táctica. Y como con toda revisión, con ésta hay que ser extraordinariamente prudente para no caer en una falta de principios.
A mi juicio incurren en una falta de principios quienes (como Volodarski) descienden hasta las posiciones del defensismo o (a modo de otros bolcheviques) hasta el bloque con los eseritas, hasta el apoyo del gobierno provisional. Esto es archiequivocado, es una falta de principios. (…)
Sería incorrecto pensar que nos hemos alejado del objetivo de la conquista del poder por el proletariado. No. Nos hemos acercado extraordinariamente a él, pero no en forma directa, sino de costado. Y hay que hacer agitación en este mismo instante, no tanto directamente contra Kerenski como indirectamente, pero también contra él, esto es: exigiendo una guerra activa, muy activa, auténticamente revolucionaria contra Kornílov. Solo el desarrollo de esta guerra puede conducirnos a nosotros al poder, pero en la propaganda hay que hablar poco de eso (recordando firmemente que mañana mismo los acontecimientos nos pueden colocar en el poder y entonces nosotros no lo dejaremos escapar). Me parece que debería comunicarse, esto en una carta a los agitadores (no en la prensa), a las comisiones de agitación y propaganda y, en general, a los miembros del Partido. Hay que luchar despiadadamente contra las frases acerca de la defensa del país, del frente único de la democracia revolucionaria, del apoyo al gobierno provisional, etc., etc., demostrando que que no son sino frases. Ahora, hay que decirles, es el momento de obrar: ustedes, señores eseritas, y mencheviques, hace tiepo que han gastado estas frases. Ahora es el momento de obrar. La guerra contra Kornílov hay que hacerla de manera revolucionaria, atrayenndo a las masas, levantándolas, inflamándolas (y Kerenski teme a las masas, teme al pueblo).
Lenin rápidamente añadió una nota felicitando a los bolcheviques en Petrogrado por haber conducido ya la política que había defendido. Sin embargo, la postura tomada por los bolcheviques necesita ser discutida con cierto detenimiento si queremos explicar su significado real. La táctica adoptada por los bolcheviques durante la sublevación de Kornílov, ha sido a menudo citada como precursora del «frente único» de 1921 o las consignas antifascistas de 1930. Sin embargo, como Lenin -y Marx- a menudo apuntaron, la clave para cualquier comprensión de la acción política es colocarla en su contexto histórico específico. Si hacemos esto la equivalencia se desmorona y nos quedarán por un lado dos expresiones de la derrota de la clase y por otro, una táctica correcta respondiendo a una situación completamente diferente.
En agosto y septiembre las masas de Petrogrado estaban avanzando sólidamente, como la cita anterior de Ferro atestigua. En este contexto era posible para los bolcheviques luchar junto a los mencheviques y los eseritas sin comprometer su independencia política. No haber actuado así habría significado dar la espalda a una oportunidad de demostrar su capacidad y resolución en la práctica.
Por el contrario, el resultado de la táctica bolchevique frente a la Korníloviada fue arrastrar a esas fuerzas hacia la revolución más de allá de lo que hubiesen querido. Durante la sublevación de Kornílov, la defensa de Petrogrado tuvo lugar bajo la égida de los órganos propios de los trabajadores: los Soviets. Así que no había peligro de que los defensores de la democracia capitalista se fortaleciera con ella. A decir verdad, la lógica del la sublevación de Kornílov desde el punto de vista de los Soviets llevaba a derrocar al gobierno provisional inmediatamente para prevenir que llegara más lejos cualquier trama de Kerenski y la derecha.
No era un paso que los líderes mencheviques o eseritas pudieran dar. Tras seis meses de apoyo a la coalición con la burguesía no estaban preparados para abandonarla por desleales que fuesen sus antiguos aliados. Y sin embargo, una fábrica tras otra estaba estaba dándose cuenta de que solo podía confiar los Soviets para defender la revolución. Al día siguiente de la derrota de Kornílov, los trabajadores del taller mecánico del la fábrica de tuberías de Petrogrado declaraban que:
Mientras los 8.000 trabajadores de la fabrica Metallist aprobaron una voto de censura a los socialistas que cooperaban con el gobierno provisional. Estas declaraciones eran seguidas en todas las grandes fábricas de Petrogrado y tuvieron pronto eco en las guarniciones, incluso entre aquellos regimientos que habían participado en la represión de las jornadas de julio. Tres dís después de la derrota de Kornílov el Soviet de Petrogrado apoyó una resolución a propuesta de Kamenev, que afirmaba que el gobierno debía reemplazarse por otro compuesto de verdaderos representantes de los trabajadores. Era la primera vez que una propuesta de resolución bolchevique ganaba la mayoría en el Soviet. Lo que resultaba evidente es que el golpe de Kornílov había llevado a un enorme salto adelante en la consciencia de clase.
Llegados a este punto, Lenin volvió a plantear la posibilidad de que todavía pudiera haber un desarrollo pacífico de la revolución si los mencheviques y los eseritas permitían a los soviets tomar el poder.
Pero la consigna de «El poder a los Soviets» se entiende muy a menudo, si no casi siempre, de una manera completamente equivocada: en el sentido de «un ministerio formado con los partidos mayoritarios de los Soviets»; y esta opinión, profundamente equivocada, es la que desearíamos examinar con más detalle.(…)
El pasaje anterior no solo deja de mentirosos a quienes siguen citando el «Qué hacer» para mostrar que Lenin solo veía a las masas como algo a manipular, sino que al formular claramente lo que significaba el poder soviético, pone en evidencia a los autodenominados demócratas: mencheviques y eseritas. No podían abandonar al gobierno provisional porque, como Kerenski, temían las acciones de las masas. Como todavía no se separaban de Kerenski, éste intentaba bajar la ola de agitación lanzando decretos que ordenaban disolver todos los comités revolucionarios creados ad hoc, incluido el «Comité para la Lucha contra la Contrarrevolución». El hecho de que los bolcheviques furan el único partido que apoyaba coherentemente el poder de los soviets se volvía ahora en su favor. A principios de septiembre los bolcheviques habían ganado el control del Soviet de Petrogrado con 4 de 7 de los asientos de la Presidencia. Trotski se convirtió de nuevo en el líder del Soviet de Petrogrado, posición que ya había tenido en 1905. Seis días más tarde Moscú fue para los bolcheviques, y después vinieron Kiev, Kazan, Bakú y muchos otros centros industriales. Y algo muy parecido pasó en el ejército donde en unidades como la guarnición de Moscú, de una mayoría del 70% a favor de eseritas y mencheviques, se pasó a un 90% de votos para los bolcheviques en septiembre. Cabría añadir el relato del avance bolchevique en ayuntamientos y parlamentos locales -solo en Moscú, su representación pasó de 11 a 475 representantes- en sindicatos e incluso en mutualidades de salud. Todo ello, como apunta Ferro:
Al mismo tiempo la fata de deseo revolucionario por parte de mencheviques y eseritas llevó al estallido de sus organizaciones. Mientras la escisión de los eseritas dio lugar a la formación de los eseritas de izquierda, que generalmente actuaron junto a los bolcheviques, los mencheviques se convirtieron en residuales a medida que muchos de sus delegados abandonaban el partido para inundar las filas bolcheviques. Sin embargo, esto no significaba automáticamente una victoria para el proletariado.
El anochecer del 24 de octubre el gobierno provisional tenía a su disposición poco más de 25.000 hombres. Un día después, cuando los preparativos estaban ya en marcha para asaltar el Palacio de Invierto, los bolcheviques habían reunido unos 20.000 guardias rojos, marineros y soldados ante el último refugio del gobierno provisional. Pero en el palacio no quedaban más de 3.000 defensores, muchos de los cuales habían abandonado sus posiciones durante la noche. Gracias a la superioridad abrumadora de los bolcheviques no hubo batallas graves en la capital del 24 al 26 de octubre, y el número total de bajas entre ambos lados no superó los 15 fallecidos y 60 heridos.
Durante estas horas críticas en las que todos los puntos estratégicos de la ciudad pasaron a control bolchevique -centralitas de telégrafo y telefonía, puentes, estaciones de ferrocarril, el Palacio de Invierno, etc.- Petrogrado en su conjunto continuó su vida normal.
La mayoría de los soldados permanecieron en sus cuarteles, las plantes y fábricas siguieron trabajando y en las escuelas no se interrumpieron las clases. No hubo huelgas ni manifestaciones masivas como las que habían acompañado a la Revolución de febrero. Los cines -que en la época se llamaban «cinematógrafos»- estaban llenos, los teatros dieron sus funciones y la gente paseó como siempre por la Avenida Nevski. La persona apolítica media probablemente ni se dio cuenta de los hechos históricos que estaban ocurriendo; incluso las líneas de tranvías, la principal forma de transporte de la época- siguieron en servicio con normalidad. Fue en uno de esos tranvías que Lenin, disfrazado y acompañado de su guardaespaldas Eino Rahya, viajó al Instituto Smolni a última hora del día 24.
Así es como el historiador «disidente» Roy Medvedev describe la Revolución de octubre. Esta imagen de Lenin yendo a la revolución en tranvía también concuerda con a mirada de Trotski sobre aquellos momentos.
Casi no hubo manifestaciones, combates callejeros, barricadas, todo lo que se entiende normalmente por «insurrección»; la revolución no necesitaba resolver un problema ya resuelto. La toma del aparato gubernamental podía efectuarse a través de un plan, con ayuda de destacamentos armados poco numerosos, a partir de un centro único. Los cuarteles, la fortaleza, los depósitos, todos los establecimientos donde actuaban los obreros y soldados podían ser tomados desde el interior mismo. Pero ni el palacio de Invierno, ni el Preparlamento, ni el Estado Mayor de la región, ni los ministerios, ni las escuelas de junkers podían ser tomados desde el interior. Igualmente en lo que se refiere a los teléfonos, los telégrafos, el correo, el Banco del Estado: los empleados de esos establecimientos, aunque pensaban poco en la combinación general de fuerzas, eran sin embargo los dueños detrás de esos muros, que además estaban muy protegidos. Había que penetrar desde fuera hasta las altas esferas de la burocracia. Aquí la violencia sustituía a la ocupación a través de medios políticos. Pero como la pérdida reciente por parte del gobierno de sus bases militares había hecho casi imposible la resistencia, estos últimos puestos de mando fueron tomados en general sin choques.
León Trotski. Historia de la Revolución rusa
Las clases privilegiadas rusas habían esperado una orgía de saqueos y asesinatos, anarquía política y colapso de la moralidad humana. En vez de eso se enfrentaron a una transición ordenada que debió ser mucho más terrorífica para ellos. Las masas proletarias habían mostrado que no tenían necesidad de gobernantes y que podían encontrar sus propias formas de gobierno. Por supuesto esto se convirtió después, en manos de los historiadores de nuestra clase enemiga, en una crítica pues retrataron la revolución proletaria solo en los términos de su acto final. Pudieron así hacer correr la leyenda de que se trató simplemente de un «putsch», un golpe de estado de un pequeño grupo de fanáticos que las masas siguieron sentadas, pasivas, desde fuera. Es sorprendente que esa especie no haya colapsado bajo el peso de su propio absurdo. Aparte del hecho de que el Partido bolchevique tenía 300.000 miembros o del hecho de que tenía el apoyo activo de casi cada soldado en Petrogrado (unos 300.000 hombres), ¿cómo iba a ser posible para los bolcheviques discutir públicamente, en la prensa, la toma del poder durante los quince días que precedieron al gobierno provisional y que lo leyera todo el mundo si fuera así?
Establecer la naturaleza proletaria de la Revolución de Octubre no es nuestro objetivo en este curso, lo damos por hecho. Lo que es necesario es atender a las circunstancias bajo las que la revolución tuvo lugar, examinar no solo cómo el proletariado hizo del Partido bolchevique su instrumento sino también cómo las tácticas de los bolcheviques fueron puestas a prueba en la compleja situación de septiembre y octubre de 1917.
La suerte del orden burgués en Rusia quedó echada desde el momento en el que los ejércitos del Kaiser ocuparon Riga en agosto de 1917. En vez de las victorias prometidas, los alemanes tenían el camino abierto a Petrogrado. Lenin, sin embargo, había argumentado a favor de la insurrección desde el momento en que se dio cuenta de que los otros partidos autodenominados socialistas -los mencheviques y los eseritas- fieles a su teoría de apoyar al sistema burgués, no pretendían apoyar al poder de los soviets.
Pero el Comité Central bolchevique parecía ignorar sus cartas. Y lo que era peor, mientras permanecía en la clandestinidad, el Comité Central bolchevique parecía deslizarse hacia los intentos de Kerenski de apuntalar su gobierno tambaleante. En las postrimerías de la derrota de Kornílov el gobierno provisional convocó una pretendida «Conferencia Democrática» para intentar concentrar a los partidos representados en el Soviet alrededor del gobierno burgués. Para horror de Lenin el Comité Central bolchevique cayó en la treta y participó en esta charada -Lenin solo salvó a Trotski y le felicitó especialmente por haber defendido el boicot de la asamblea de Kerenki. Además, estuvieron de acuerdo en participar en el denominado «Preparlamento» (o «Anteparlamento» en las traducciones rusas) con el que Kerenski tenía la esperanza de poder legitimar la posición de su gobierno no electo.
Lenin respondió en un texto llamado «Del diario de un Publicista» en el que denunciaba al Comité Central:
Está fuera de toda duda que en «las altas esferas» de nuestro Partido se observan vacilaciones que pueden ser funestas, pues la lucha se desarrolla y, en determinadas condiciones, las vacilaciones son capaces, en cierto momento, de echar a perder la obra. Antes de que sea atarde, hay que emprender la lucha con todas las fuerzas y defender la línea justa del partido del proletariado revolucionario.
No todo marcha bien en las altas esferas «parlamentarias» de nuestro Partido; hay que prestarles mayor atención, hay que aumentar su fiscalización por los obreros; hay que determinar con mayor rigor las atribuciones de las minorías parlamentarias.
El error de nuestro Partido es evidente. Los errores no son terribles para el partido combatiente de la clase avanzada. Lo terrible sería empecinarse en el error, sentir falsa vergüenza de reconocerlo y corregirlo.
Lenin. Diario de un publicista, los errores de nuestro Partido, 24 de septiembre de 1917
No solo los líderes bolcheviques alrededor de Kamenev persistían en los errores sino que los habían empeorado al suprimir todas las críticas de Lenin a su acercamiento a la Conferencia Democrática y la futura insurrección.
A pesar que Lenin escribió miles de palabras para estimularles a la acción, se aseguraron de que los pasajes clave fueran eliminados. Frustrado Lenin envió finalmente su dimisión al Comité Central pero «reservándome la libertad para hacer campaña en contra desde la base».
Aunque el Comité Central ni siquiera discutió su carta de dimisión, prohibió a Lenin mantener correspondencia privada con individuos que estuvieran en otras organizaciones del Partido.. Esto revela de nuevo que Lenin no era una figura aislada luchando contra un partido mediocre como todas las historias (burguesas, stalinistas, etc.) de la Revolución rusa señalan. Su lucha fue contra un liderazgo del partido que se se preocupaba más de la supervivencia del Partido que de la victoria de los trabajadores. Una vez que el resto del Partido se diera cuenta seguiría a Lenin. El mejor ejemplo de esto fue el comité de Petrogrado. Cuando descubrió que la discusión había sido censurada se enfureció con el Comité Central.
De hecho la discusión realmente interesante sobre la necesidad de la insurrección había tenido lugar en el Comité de Petrogrado. Ahí no había ningún Kamenev queriendo un acuerdo con los mencheviques y que no aceptara realmente la orientación internacionacionalista de los bolcheviques. Esta se había desarrollado a partir de las conferencias de Zimmerwald y Kienthal a principios de la Primera Guerra Mundial y habían tomado una nueva forma programática a partir de «El Imperialismo fase superior del capitalismo» de Lenin. La cuestión internacional era ahora obvia en las preocupaciones de los bolcheviques en Petrogrado. En el debate sobre la necesidad de la insurrección el oponente más coherente de Lenin fue Volodarski. Señalaba el carácter atrasado de Rusia e insistía en que los bolcheviques debían ganar tiempo porque la Revolución rusa podía tener éxito solo si triunfaba en el marco de una revolución mundial. Los seguidores de Lenin estaban de acuerdo en que la Revolución rusa dependía del destino de la Revolución mundial. Pero argumentaron que el proletariado en la Rusia atrasada tenía una oportunidad de la que no había disfrutado la clase obrera en ningún otro lugar. Los trabajadores rusos debían tomar el poder y mantenerlo mientras se desarrollaba la Revolución europea.
Este argumento a favor de no retrasar aun más la insurrección fue el que ganó en aquel momento. Lenin había consagrado la posición internacionalista en «La crisis ha madurado». Este texto, como muchos otros escritos en este periodo, merece ser leído en su totalidad, aunque nos contentaremos con solo unas líneas que señalan la esencia internacionalista del bolchevismo -el factor que lo distinguió para la clase trabajadora en la Primera Guerra Mundial.
Es indudable que las postrimeras de septiembre nos han aportado un grandioso viraje en la historia de la revolución rusa y, al parecer, de la revolución mundial.
La revolucion obrera mundial comenzó con las acciones de hombres aislados, que representaban con abnegada valentia todo lo honesto que había quedado del podrido «socialismo» oficial, el cual es, en realidad, socialchovinismo. Liebknecht en Alemania, Adler en Austria y Maclean en Inglaterra son los nombres mas conocidos de estos heroes individuales que han asumido el difícil papel de precursores de la revolución mundial.
La segunda etapa en la preparación histórica de esta revolución fue la vasta efervescencia de las masas, plasmada en la escisión de los partidos oficiales, en la edición de publicaciones clandestinas y en las manifestaciones callejeras. A medida que se intensificaba la protesta contra la guerra fue aumentando el numero de victimas de las persecuciones gubernativas. Las cárceles de los países celebres por su legalidad e incluso por su libertad -Alemania, Francia, Italia e Inglaterra- empezaron a llenarse de decenas y centenas de internacionalistas, de enemigos de la guerra, de partidarios de la revolución obrera.
Ha llegado ahora la tercera etapa, que puede ser denominada víspera de la revolución. Las detenciones en masa de los lideres del partido en la libre Italia y, sobre todo, el comienzo de las sublevaciones militares en Alemania son síntomas seguros del gran viraje, síntomas de la víspera de la revolución a escala mundial.
Es indudable que en Alemania hubo también antes motines aislados entre las tropas; pero eran tan insignificantes, tan desperdigados y tan débiles que se conseguía sofocarlos y silenciarlos, radicando en ello el factor principal que permitía cortar el contagio masivo de las acciones sediciosas. Por ultimo, en la marina maduro asimismo un movimiento de este carácter, que ya no pudo ser ni sofocado ni silenciado, pese incluso a todos los rigores del régimen presidiario militar alemán, concebidos con precisión inusitada y observados con increíble pedantería.
Las dudas están descartadas. Nos encontramos en el umbral de la revolución proletaria mundial. Y por cuanto nosotros, los bolcheviques rusos, somos los únicos entre los internacionalistas proletarios de todos los países que gozamos de una libertad relativamente inmensa, que contamos con un partido legal y unas dos docenas de periódicos, que tenemos a nuestro lado a los Soviets de diputados obreros y soldados de las capitales y la mayoría de las masas populares en un momento revolucionario, puede y debe aplicársenos las conocidas palabras: «a quien mucho se le ha dado, mucho se le exige».
Lenin. La crisis ha madurado. 29 de septiembre de 1917
Fue el argumento que ganó al partido y el 10 de octubre, el Comité Central votó aceptar en principio la idea de organizar la insurrección. No fue simplemente la victoria de un hombre o incluso de un partido, sino para la clase obrera internacional. El problema ahora era cómo podía tener lugar una insurrección.
Como mostramos en el capítulo anterior, los bolcheviques ganaron un enorme apoyo para sus políticas tiempo antes de que el Segundo Congreso Panruso de los Soviets fuera convocado. De hecho, el 80% de los delegados obreros en ese cuerpo apoyaban a los bolcheviques. Sin embargo, esto no significa que el proletariado estuviera imbuido de una consciencia comunista ya que esto hubiera sido imposible bajo las condiciones que prevalecían entonces. Lo que tenían eran demandas concretas que se iban acumulando conforme se desarrollaba 1917. Querían el fin de la guerra y de las miserias asociadas a ella: los racionamientos de comida y la inflación.
Habían visto que la coalición con el gobierno provisional burgués solo daba continuidad a la guerra. Además, los alemanes continuaban avanzando cada vez más cerca de Petrogrado y se creía ampliamente que Kerenski jaleaba la idea de permitir que cayera en manos enemigas para que la revolución pudiera ser aplastada. Todo esto quiere decir que los bolcheviques estaban destinados a ver incrementado su apoyo pues eran el único partido que se oponía a la guerra sin ambigüedades y que había hecho desde tiempo atrás un llamamiento a «Todo el poder para los Soviets». En octubre de 1917 estas cuestiones se ligaron unas a otras cuando los cuarteles votaron uno tras otro no obedecer las órdenes de marchar al frente y escuchar solo a los soviets. Una resolución típica entre estas fue la de los Guardias del Regimiento Egerski el 12 de octubre:
Sacar a la guarnición revolucionaria de Petrogrado es necesario solo para la burguesía privilegiada como un medio de ahogar la revolución… Declaramos a quién quiera escucharnos que, mientras rechazamos dejar Petrogrado, no obstante acataremos la voz de los líderes verdaderos de los trabajadores y campesinos pobres, es decir, el Soviet de delegados de trabajadores y campesinos. Le creeremos y le seguiremos porque todo lo demás es pura traición y una mofa de la revolución mundial.
Citado en «The Bolsheviks Come to Power» de Rabinowitch, p. 227
Esta resolución fue aprobada como parte de la lucha crítica final por el control de las fuerzas en Petrogrado. El 9 de octubre Trotski había sido capaz de hacer aprobar una resolución en el Soviet de Petrogrado que llamaba a la paz, el derrocamiento del gobierno Kerenski y, lo más significativo, proponía que la defensa de Petrogrado fuera asumida por el propio Soviet. Como resultado de la aprobación de esta propuesta se creó el famoso «Comité Militar Revolucionario» que había de coordinar en la práctica la toma del poder el 25 de octubre. Al contrario de lo que relatan los últimos mitos stalinistas, el comité no se puesto en marcha premeditadamente para coordinar la toma del poder. Solo se convirtió en eso porque los mencheviques rechazaron tomar parte en él. En consecuencia el comité estaba compuesto estaba compuesto solo por bolcheviques y eseritas de izquierda que estaban unidos sobre la necesidad de transferir el poder a los soviets. Además, la resolución para establecer el Comité Militar Revolucionario fue anterior al momento en que el Comité Central aceptó finalmente los argumentos de Lenin sobre la necesidad de tomar inmediatamente el poder. La prueba final de que el Comité Militar Revolucionario no estaba previsto que fuera el organizador de la Revolución de octubre fue que Lenin y la mayoría de los bolcheviques -excepción hecha de Trotski y Volodarski- pensaban en la propia organización de militares de los bolcheviques para hacer los preparativos. En cualquier caso, la Organización Militar Bolchevique, que había caído en el aventurerismo en julio, había sido tan severamente criticada en el partido que ahora no quería pillarse los dedos de nuevo. Sus preparativos fueron tan prudentes y cautos que al final jugaron un papel complementario más que de vanguardia.
La principal razón fue, como con tantas cosas en 1917, el deseo de la burguesía imperialista de continuar la guerra. La guerra había traído la caída del zarismo, traería finalmente el fin de la burguesía rusa y de sus perritos falderos socialdemócratas del menchevismo y el eserismo. En vista del hecho de que Kerenski necesitaba a la guarnición de Petrogrado en el frente y que las tropas no iban a ir, Kerenski estaba de hecho enfrentando un motín desde el momento en que las tropas se pusieron bajo el liderazgo del Comité Militar Revolucionario del Soviet. Cuando Kerenski y su comandante en jefe en Petrogrado, Polkovnikov, se dieron cuenta de esto, ya era demasiado tarde. El Comité Militar Revolucionario se las había arreglado para conseguir que se eligieran comisarios leales al Soviet en la mayoría de los regimientos. Cuando Kerenski se dio cuenta de que tenía demasiado pocas fiables en la capital telegrafió al frente pidiendo tropas, pero le respondieron que las tropas estaban tan «infestadas de bolcheviques» que rechazarían moverse si no se les decía el porqué. En breve el gobierno provisional estaba ya virtualmente paralizado. Cuando Kerenski actuó finalmente el 23 de octubre fue para dar la orden de arresto de todos los bolcheviques que estaban en libertad bajo fianza desde los días de julio -lo que incluía a los miembros militares del Partido- y para cerrar la prensa bolchevique por sedición. Bero para ejecutar esas medidas tenía que confiar en cadetes de las escuelas de oficiales, un batallón femenino de tropas de asalto y un regimiento de fusileros formado por heridos de guerra. La toma por la fuerza de la imprenta «Trud», donde se hacía el «Rabochii Put», un periódico bolchevique destinado a los obreros, fue la señal para que el Comité Militar Revolucionario reaccionaria. La imprenta estuvo pronto en manos de los trabajadores de nuevo y las tropas leales al Comité Militar Revolucionario persuadieron a aquellos que pensaban en secundar al llamamiento de Kerenski, de permanecer neutrales. Igual que había pasado ya durante el intento de golpe de Kornílov, las tropas que iban hacia la capital fueron convencidas de no ayudar a la contrarrevolución.
Militarmente no había obstáculos para una toma del poder por la clase obrera pero seguía abierto el cuándo y el cómo. Este debate, que se había propagado por el Partido bolchevique a lo largo del mes de septiembre, todavía no había sido resuelto a pesar del famoso voto del 10 de octubre. Mientras algunos miembros del Comité Militar Revolucionario querían el inmediato derrocamiento de Kerenski, otros bolcheviques veían todavía un levantamiento como erróneo o prematuro. Trotski resumió la situación correctamente:
El gobierno es impotente; nosotros no lo tememos porque tenemos la fuerza suficiente… Algunos de nuestros camaradas, como Kamenev y Riazanov, no están de acuerdo con nuestro juicio de la situación. En cualquier caso no nos estamos inclinando ni a la derecha ni a la izquierda. Nuestra línea táctica se ha desarrollado con las circunstancias. Crecemos más fuertes cada día. Nuestra tarea es defendernos y ampliar gradualmente nuestra esfera de autoridad para así construir unos cimientos sólidos para el próximo Congreso de los Soviets.
Citado por Rabinowitch, p. 253
No era como le hubiera gustado a Lenin, por supuesto. Después de siete semanas haciendo campaña por un levantamiento inmediato contra un enemigo derrotado, no podía contenerse. Por segunda vez en un mes desobedeció las instrucciones del Comité Central de permanecer escondido y tomó el famoso tranvía al cuartel general bolchevique en el Instituo Smolni. Ya había enviado un llamamiento a los niveles inferiores del Partido urgiéndoles a actuar ante el Comité Central. Era un resumen de todo lo que había defendido hasta entonces:
Lenin. Carta a los miembros del Comité Central, 24 de octubre de 1917
Vio que las cosas se movían lo suficientemente rápido como para llevarlas a un desenlace y que Trotski estaba entre los más activos a la hora de asegurar la aceleración del proceso. Trotski además sabía algo que Lenin desconocía: la composición del Segundo Congreso Panruso de los Soviets estaría abrumadoramente a favor del derrocamiento del gobierno provisional. Lenin temía que todavía pudiera contener suficientes mencheviques y eseritas como para posponer cualquier decisión sobre el poder soviético hasta que se reuniera la Asamblea Constituyente, «que no puede sernos favorable de ninguna manera». Quería presentarles la toma del poder a los otros «partidos socialistas» un hecho consumado, así, si los mencheviques rechazaban se mostrarían como burgueses frente a la clase trabajadora. Y de hecho, es prácticamente lo que ocurrió.
La Revolución de octubre ha sido calificada como la revolución mejor planificada de todos los tiempos. Un proletariado militante, forjado en la batalla y con su propio instrumento político, el Partido bolchevique, tomó el poder en la más ordenada de las acciones de masas de la Historia. Sin embargo, esto no debería oscurecer ciertos hechos que son característicos de la relación del partido y la clase. El Comité Central bolchevique nunca, en ningún momento, decidió la fecha de la insurrección. Fue simplemente superado por la marcha de los acontecimientos y fue el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado -de mayoría bolchevique- quien dirigió el ataque final. Incluso entonces, el verdadero liderazgo del Partido bolchevique estaba en las calles y no en las salas del Instituto Smolni.
Cuando Kerenski envió cadetes a cerrar los puentes sobre el Neva para separar así el centro de Petrogrado de los barrios obreros del lado de Viborg, como había hecho ya en julio:
…fueron encarados por una multitud de ciudadanos, muchos de ellos armados. Forzados a abandonar sus armas, los cadetes fueron humillantemente escoltados de vuelta a su academia; en la medida en que se puede comprobar, esta acción tuvo lugar sin ninguna dirección específica del Comité Militar Revolucionario. De forma similar, tan pronto como la lucha por los puentes comenzó, Ilin-Zhenevski, también actuando por su cuenta, vio como los soldados de la guarnición tomaban el control de los puentes más pequeños de Grenadersky y Samsonevsky
Rabinowitch p.261
En pocas palabras, a pesar de toda la planificación y de todos los debates, la revolución no fue la obra de una minoría que lideraba a una mayoría pasiva. Los bolcheviques, como centro militar director no estaban tan bien preparados como las historias stalinistas han vendido. Su éxito real como liderazgo de la clase trabajadora consistió en imbuir al movimiento de masas de metas claras y asequibles.
El puente Liteini fue defendido por trabajadores actuando de acuerdo a su propia consciencia de la importancia de la situación, mientras que un bolchevique individual (Ilin-Zhenevsky) no esperaba instrucciones del «dentro», sino que podía actuar tomando su propia iniciativa de acuerdo con lo que la situación exigiese. Como hemos mostrado a través de este curso, la idoneidad de los bolcheviques para la tarea revolucionaria no fue el resultado de la supuesta infalibilidad de su estrategia y táctica sino, en que de hecho fue un partido auténticamente arraigado en la consciencia de lo más avanzado de la clase trabajadora, un partido capaz de aprender de sus errores. En este sentido fue el «organizador» del proletariado en la Revolución de octubre.
Sin esta dirección en términos generales de la vanguardia de clase, la Revolución de octubre habría sido otro un fracaso heroico más en una lista que ya es demasiado larga.
La prueba final del liderazgo bolchevique de las masas vino en la forma de la lealtad de los delegados al Segundo Congreso Panruso de los Soviets que dio a los bolcheviques 300 delegados y a los eseritas 193 -la mitad de los cuales apoyaban el derrocamiento del gobierno provisional- mientras solo había 68 mencheviques de los cuales 14 eran «mencheviques internacionalistas» del grupo de Martov. El resto estaban en su mayoría no afiliados a ninguna organización pero, como mostraron pronto las votaciones, seguían mayoritariamente a los bolcheviques.
Los bolcheviques apoyaron una moción de Martov para establecer una coalición de gobierno de todos los partidos socialistas, que fue saboteada por los mencheviques y los eseritas, que habían dejado claro que se marchaban del Congreso. Tenían la esperanza de movilizar al proletariado contra los bolcheviques pero de hecho, como el proletariado apoyaba a los bolcheviques, simplemente se fueron, en famosas palabras de Trotski, al «basurero de la Historia». Un menchevique-internacionalista, Sujanov, era consciente de ello cuando escribió:
Al abandonar el Congreso, nosotros mismos le dimos a los bolcheviques el monopolio del Soviet, de las masas y de la revolución.
A pesar de los posteriores intentos de los mencheviques internacionalistas de Martov de intentar formar una coalición, incluyendo aquellos partidos que habían rechazado el poder del Soviet, el Congreso apoyaba ahora abrumadoramente la insurrección. Aproximadamente a esa hora el Palacio de Invierno caía en manos de la clase obrera y los miembros del gobierno provisional eran arrestados -los únicos arrestos que hizo la clase trabajadora. Kerenski había escapado antes para intentar arrastra a las tropas del frente. Esto se convirtió en otra demostración de la victoria abrumadora de los bolcheviques ya que sus esfuerzos estuvieron a punto de acabar con su propio arresto. Disfrazado de mujer, dejó Rusia para escribir memorias cada vez más mendaces en la «Hardvard Law School» durante los siguientes cincuenta años.
Mientras tanto Lenin había salido de las sombras de la clandestinidad para saludar al Congreso de los Soviets con la sencilla declaración de que «ahora debemos proceder a construir el orden socialista». La verdadera historia de la revolución de la clase trabajadora había comenzado…
1 Este ensayo está basado en «1917» de CWO/TCI publicado originalmente en 2007 en «leftcom.org». En noviembre de 2017 tradujimos el texto original en inglés para su publicación por entregas en «marxismo.school». Añadimos entonces algunos elementos de estilo y mínimas correcciones. Las citas se han contrastado con sus traducciones al español cuando existían. Para las de Lenin hemos usado la edición de las Obras Completas publicada por la Editorial Progreso de Moscú. ↩

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