Source: http://travesias.tripod.com/obras-completas-vicente-icuza-tercera-parte1.htm
Timestamp: 2018-08-17 17:20:37+00:00

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5 — Nubarrones; en el horizonte
No faltarían preocupaciones a Icuza en los largos días de su navegación de Cádiz a las costas de Venezuela. Además de las que, naturalmente, la dirección de la pequeña escuadra no dejaría de traerle, el rechazo de Urtesabel en quien sabía podía confiar como en sí mismo y la relegación de José Antonio de Álzate, a¡ que desde niño había conocido en el puerto de Pasajes hasta verlo después convertirse, con los años, en un verdadero hombre de mar, como hecho de encargo para capitanear a su lado su embarcación favorita, la balandra "Aranzazu", le escocían en lo más íntimo, más que por lo que suponía de desconsideración hacia sus personales elecciones, por lo que sabía él, como Gálvez no podía saberlo, qué perdía al no poder contar en los puestos claves de su empresa con la cooperación de hombres del mayor valor y de toda su confianza.
No dejaban tampoco de poner cuidado en su ánimo, no obstante el decidido que traía para triunfar en su intento, los mil obstáculos que habría de encontrar en su camino de la parte de sus naturales enemigos los practicantes del comercio ilícito, muy especialmente los poderosos negociantes de Curazao y otros. Pero lo que ni de lejos podía imaginar es que, por los días en que estaba preparando su partida de Cádiz, se había puesto en marcha una maquinación, precisamente en el punto al que ahora enderezaba su rumbo; maquinación que
atacaba en su misma raíz a la organización de la que le habían constituido en jefe y de la cual era cabeza visible nada menos que el propio Intendente de Caracas, don Francisco de Saa-vedra.
En efecto, en cuanto el Intendente tuvo conocimiento de la Real Orden de 19 de Mayo por la que se disponía el restablecimiento del Resguardo Marítimo, hubo de reaccionar vivamente contra tal medida que consideraba innecesaria, ineficaz y dispendiosa. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque « cinco años ha que en esta Provincia no se hace contrabando considerable ». Y esta feliz situación no es, ciertamente, algo que se haya conseguido por medio del Resguardo que durante cincuenta años mantuvo la Compañía « sin poderlo cortar ni disminuir ». La causa del milagro, como Saavedra sin excesiva modestia declara, se debe * al establecimiento de un Intendente que vigile con inteligencia y con celo los intereses del Rey y del público », es decir, un funcionario que venía a resultar, cabalmente, la imagen opuesta a los Gobernadores cuyo * descuido y poca inteligencia» fomentaba el contrabando, así como «la codicia de sus allegados, el interés que en él tenían los Auditores, los Secretarios y hasta los mismos Ministros Reales... », es decir, todos los miembros más destacados de la tradicionalmente corrupta burocracia española de la cual sólo se salvaban, no sabemos cómo ni por qué, los Intendentes. Reconoce Saavedra que «la Compañía tenía mucho interés en que no se hiciese el trato ilícito... pero no todos sus dependientes tenían el mismo interés ».
El éxito actual, siempre según Saavedra, es debido a que, con el establecimiento de la Intendencia, « el país se hallaba provisto de los géneros que necesitaba, porque todos sus frutos encontraban buena salida y porque en los puertos no había condescendencias ni soluciones ». Que no se dejen seducir en la Corte por las noticias que puedan darles los interesados en la Compañía Guipuzcoana, porque *
Ellos tenían aquí cimentado un imperio que les ha sido muy doloroso perder. Buscarán todos los medios para restablecerlo », etc. etc.
Todas estas razones y otras exponía el Intendente Saavedra al Ministro Calvez en carta reservada, fechada en La Guaira el 24 de Octubre de 1783 y que el lector hallará, fiel y totalmente, transcrita a continuación y es como sigue:
i RESERVADA. — Muy señor mío: Soy incapaz de demorar un punto el cumplimiento de las resoluciones de S.M. y por consiguiente, se pondrá en práctica cuanto prescribe la Real Orden de 19 de Mayo último, que trata sobre el resguardo marítimo, luego que don Vicente Antonio de Icuza se presente en esta capital. Pero faltaría a la confianza que he merecido al Rey, al concepto con que V.E. me honra, y a lo que debo a la felicidad de las provincias que se me han confiado si no manifestase con sinceridad lo que se me ofrece sobre uno de los asuntos más arduos e importantes que pueden ocurrir durante el desempeño de mi empleo.
. Yo quisiera que la resolución de establecer resguardo marítimo se hubiese demorado algún tiempo hasta que la experiencia nos convenciese de su necesidad. El costo de cerca de doscientos mil pesos a que ascenderá anualmente su subsistencia, merecía que se hiciese este ensayo, y, si por lo que actualmente pasa, hemos de sacar conjeturas para lo venidero, este exorbitante gasto, será, por la mayor parte, infructuoso.
» Cinco años ha que en esta Provincia no se hace contrabando considerable, sin embargo que dos de ellos mantuvo todavía la Compañía Guipuzcoana su privilegio exclusivo, y que los otros tres los ocupó la guerra, tiempo de confusión y de abuso en que la falta de comercio legítimo hace inmensas las ganancias del clandestino. Desde que se publicó la paz hasta ahora, no se ha hecho tampoco contrabando alguno, en la actualidad no se hace, ni los negociantes de Curazao de donde tengo puntuales noticias, esperan que se haga en lo sucesivo. Así, lejos de destinar al fraude las pequeñas embarcaciones de que usaron durante la guerra para el comercio, las van vendiendo todas a los habitantes de este puerto, el de Cabello y Barcelona que se emplean en el tráfico permitido de muías y carnes, y en el cabotaje de unas provincias a otras.
» Esta casi extinción del trato ilícito no ha sido efecto del resguardo marítimo. La Compañía le mantuvo por espacio de cincuenta años sin poderle cortar ni aun disminuir. Se ha debido al establecimiento de un Intendente que vigile con inteligencia y con celo los intereses del Rey y del público, se debe a la buena forma y distribución que mi antecesor dio al resguardo de tierra que es el que, verdaderamente, impedirá el contrabando siempre que proceda con fidelidad, se debe a las precauciones tomadas en los puertos de la provincia por donde, en el día, es dificultosísimo se introduzca y se extraiga cosa alguna clandestinamente, se debe, en fin, a la abolición de una multitud de abusos de donde traía su origen aquel mal.
» El principal y aun el único contrabando nocivo se hacía en este puerto de La Guaira y en el de Cabello, tenían parte en su ejecución las personas más condecoradas de la Provincia, le fomentaba el descuido y poca inteligencia de los Gobernadores, la codicia de sus allegados, el interés que en él tenían los Auditores, los Secretarios y hasta los mismos Ministros reales y el poco celo con que se miraban los adelantamientos del Erario y la felicidad de la Metrópoli. Lejos de servirle de remora el resguardo de mar, casi todos los comandantes de él disimularon, hicieron o tuvieron una considerable parte en el trato ilícito. Estas, Señor Excelentísimo, son verdades que yo no puedo ocultar, cuando se trata de un asunto tan interesante a la Real Hacienda y a la nación: aquí las conocen todos los que tienen alguna práctica del país, y se podrían demostrar a V.E. de un modo que no le quedase la menor duda. Pero sírvale, a lo menos, de prueba que casi todos los Gobernadores han sacado de esta Provincia crecidas sumas que lo mismo, poco más o menos, ha sucedido a los Auditores, que una gran parte de las casas ricas del país traen su origen de oficiales reales que las fundaron y que últimamente, todo el mundo sabe que ningún Comandante del resguardo, durante el privilegio de la Compañía, ha dejado su empleo sin haber adquirido cincuenta mil pesos, cuando menos. No pretendo decir con esto que la Compañía se mezclase en el trato ilícito: por el contrario, tenía mucho interés en que no se hiciese, pero no todos sus dependientes tenían el mismo interés y mientras ella ha empobrecido, muchos de ellos se han hecho opulentos.
» La mayor parte de estos abusos que fueron el origen y apoyo del contrabando los abolió el establecimiento de la Intendencia. Por los puertos principales no se hace en el día ninguno; el que puede hacerse por las costas ni es remediable ni merece consideración. Se reduce y ha reducido siempre a algunos pobres mochileros que llevan a hombro una fanega de cacao por caminos intransitables y la cambian por una pieza o dos de coleta. Este trato ni ha causado ni causará jamás perjuicio al comercio de la metrópoli. No lo puede cortar el resguardo marítimo en una costa de más de trescientas leguas donde para acudir de una extremidad a otra necesitan los
corsarios dos meses. Si alguien puede interrumpirle es el resguardo de tierra bien -distribuido, porque hay ciertos puntos precisos fuera de los cuales no se puede hacer ni aun este fraude miserable.
» Es, pues, negocio de experiencia que el establecimiento de la Intendencia ha hecho más para aniquilar el contrabando en cinco años de lo que el resguardo hizo en cincuenta. Seguramente, si fuese fácil eludir las precauciones aquí establecidas para cortar las introducciones clandestinas, nunca se hubiera hecho un contrabando tan fuerte como durante la guerra que acaba de concluirse, porque jamás ha habido tanta ganancia en hacerle. Suponga V.E. que el cacao ha valido aquí por dos años consecutivos a ocho pesos fanega, mientras que en Curazao pasaba su precio de veinte y cinco. Además de eso mi antecesor exigía, al que se exportaba para las colonias amigas, veinte y uno por ciento de derechos sobre el avalúo de diez y seis pesos, que era lo mismo que exigirle cuarenta y dos sobre su verdadero valor. Todas las mercaderías que entraban satisfacían también veinte y uno por ciento de extranjería y cinco de alcabala. De todo lo dicho se deduce que el contrabandista hubiera ganado, por una parte, doscientos por ciento de la diferencia del precio del cacao, y sesenta y siete por ciento de los derechos que se dejasen de pagar. Ninguna época puede presentarse en que el fraude produjese utilidades tan asombrosas. Las costas, por otro lado, se hallaban desguarnecidas, porque no había corsarios ni buques de guerra, los holandeses se encontraban armados, la atención de los Ministros del Rey estaba en gran parte distraída con los alborotos de tierra adentro y la entrada y salida de buques de diferentes naciones era favorable al desorden; sin embargo, nadie habrá que diga que durante la guerra se ha hecho contrabando en esta provincia, y todas las señales son de que ha estado interrumpido.
> ¿Y por qué, con tantas proporciones para el trato ilícito, no se ha hecho en la época en que había más incentivo para hacerle? Porque el país se hallaba provisto de los géneros que necesitaba, porque todos sus frutos encontraban buena salida y porque en los puertos no había condescendencias ni soluciones. Es, evidente, pues, que el contrabando es extinguido sin resguardo de mar: que el modo de conseguirlo es continuar con las precauciones tomadas y fomentar los comercios permitidos por todos los medios que dicta la buena política. Si es cierto lo que aquí se ha publicado de que a el cacao que se introduzca en España de países extranjeros se le ha impuesto seis reales de derecho por libra, no hay resguardo en el mundo que equivalga a esta oportuna providencia.
» Estoy muy lejos de pretender que mi parecer se tenga por infalible en una materia en que mis luces y mi práctica son muy limitadas, pero hubiera querido que, a lo menos, se hubiese hecho la experiencia de dejar las cosas, por un año, en el estado en que estaban, a ver que incremento tomaba el comercio con la libertad concedida, sin la costosa protección de los corsarios. Siempre estábamos a tiempo de establecerlos y entonces, con mejores luces, porque las mismas cosas hubieran enseñado el camino que se debía seguir.
» Supiico a V.E. encarecidamente que en materia de comercio o resguardo de estas provincias desconfie de cuantas noticias puedan darle los interesados en la Compañía Guipuz-coana. Ellos tenían aquí cimentado un imperio que les ha sido muy doloroso perder. Buscarán todos los medios de restablecerle y quisieran que este Erario se hallase gravado con un peso insoportable para que, volviendo a soltarles la carga, los reintegrasen en su comercio exclusivo. Desde el principio se propusieron fundar en el resguardo marítimo un baluarte para resistir a los ataques de sus contrarios. Nunca el tal resguardo fue necesario, pudiéndose suplir sus efectos por medios más sencillos y menos gravosos, como lo ha demostrado la experiencia.
•> Le fue menos costoso de lo que figuran, y de lo que le será al Rey porque empleaban en este objeto los mismos marineros y buques que, por otra parte, servían a su tráfico; pero la Compañía se escudó con este espantajo del resguardo para hacer miedo a la Real Hacienda siempre que se trataba de libertad al comercio de esta Provincia. No soy ni apasionado ni enemigo de la Compañía Guipuzcoana; como a comerciante particular la serviré en cuanto pueda: pero tampoco permitiré que perjudique al comercio nacional, guardando el justo medio de la imparcialidad y de la razón.
» Repito a V.E. que en todo lo dicho no llevo más objeto que el deseo de que no se perjudique a los intereses del Rey, ni a la prosperidad de estas Provincias. Examine V.E. mis proposiciones: tome sobre ellas los informes que quiera de personas inteligentes e imparciales y las hallará arregladas a la exacta verdad.
» Dios guarde, etc., etc ».'
No contento con la anterior, remite Saavedra, en la misma fecha, 24 de Octubre, otra comunicación que, como la anterior, damos íntegra a continuación:
« Excmo. Señor. — Muy Señor mío: Con esta fecha de 19 de Mayo último se sirve V.E. prevenirme haber resuelto el Rey que se estabJezca, de cuenta de la Real Hacienda, un resguardo marítimo que reemplace el que antes mantenía en estas costas la Compañía Guipuzcoana y de que ha sido relevada en consecuencia de la extensión del libre comercio a estas Provincias. Al mismo tiempo, me manifiesta V.E. haber nombrado S.M. por Comandante del referido resguardo, con el grado de Teniente Coronel de Infantería y sueldo de vivo al de Fragata de ¡a Real Armada don Vicente Antonio de Icuza con quien debo proceder de acuerdo sobre varios puntos pertenecientes a la ejecución de este establecimiento para que corresponda a los fines que S.M, se ha propuesto de asegurar sus Reales intereses, el beneficio de este público y el comercio de la Metrópoli, impidiendo el contrabando que es verosímil hagan Jas colonias extranjeras con los países de esta jurisdicción. Desde luego, concurriré, por mi parte, a que tengan el debido efecto las resoluciones de S.M. superando cuantas dificultades se opongan a ponerlas en práctica. La mayor de todas, preveo será el encontrar medios con que cubrir los gastos que ofrecerá el referido establecimiento. La Compañía Guipuzcoana gastaba anualmente en su resguardo marítimo ciento y cincuenta mil pesos, no obstante que las soldadas de los marineros se satisfacían en Europa y que los buques corsarios servían a veces también para el comercio. Según los cálculos que he podido hacer hasta ahora, valiéndome de los mejores datos, este asunto le costará al Rey doscientos mil pesos con poca diferencia. El Erario de esta Provincia reducido en tiempo de paz a su nivel regular no puede sufragar por sí este gasto. Será menester, pues, establecer algún impuesto y aquí está la dificultad, porque en cacao, que es el fruto principal, tienen los habitantes muy poca ganancia, y ya está gravado en donde tengo a mi familia a la que debo atender > para que, atendidos motivos de salud, se le destine a un puesto en tierra, quien dice como en el guardacostas * va llevándole la pluma a don Vicente Antonio de Icuza en todo lo que corresponde a su comisión pues haga reparar V.E. que todos los oficios que le dirijo son de la misma letra ... r,1 Sabemos pues, a que atenernos sobre la redacción de las cartas de Icuza.
De la misma fecha que la anterior (30 Diciembre 1783) es la siguiente carta, también dirigida a Calvez, que denota otra clase de preocupaciones, no por prosaicas menos dignas de ser atendidas, de nuestro corsario:
« Excmo. Señor: Habiendo hecho recurso al Gobernador y Capitán General de estas Provincias por mi despacho de grado y sueldo de Teniente Coronel de Infantería, que en oficio de 3 de Julio, me avisó V.E. le había dirigido, con fecha de 19 de Mayo último, he experimentado que después de mi arribo al puerto de La Guaira se le ha puesto el cúmplase y pasados los oficios de toma de razón, acaban de hacerse los correspondientes asientos.
» Hago presente a V.E. que, por Abril próximo pasado, recibí la Real orden con el nombramiento para esta Comandancia, e inmediatamente me puse en la Corte a presentar y recibir las órdenes de V.E., y habiendo regresado a mi casa de Bilbao, pasé luego a San Sebastián a la carena y habilitación del bergantín "Nuestra Señora del Coro", con cuyo motivo se me ocasionaron varios gastos; y siendo así que en todo este tiempo me mantuve en Real Servicio y que los demás individuos embarcados en el mismo bergantín "Coro" entraron al goce de sus sueldos, desde la salida del Pasaje, que fue el 8 de Septiembre, como igualmente los empleados en el bergantín "San Joaquín" y balandra "Nuestra Señora de Aran-zazu" desde la suya de Cádiz: suplico a V.E. que siendo justa mi instancia se digne mandar se me abone mi sueldo, desde el día de la fecha del expresado despacho o bien desde la salida de Guipúzcoa, cuya gracia espero de la justificación de V.E.
» Nuestro Señor guarde ... *.a
Empleados los primeros días del año en trámites administrativos y otros detalles de organización que no faltarían, ya estaba Icuza en campaña para el día 16, como podemos ver por la siguiente carta a Calvez:
* Muy señor mío: Desde Caracas avisé a V.E. mi arribo y que en las cercanías de Barcelona me había detenido algunos días, solicitando a un bergantín inglés que supe andaba, habiendo dejado mi conserva en este sitio y marchádose a La Guaira el bergantín "San Joaquín" y balandra "Aranzazu". Igualmente, noticié a V.E. que, de acuerdo con el Intendente, pensaba hacer una campaña con los dos bergantines y lancha "San Vicente Ferrer", al mando de don Juan Antonio Careaga, y que, a mi regreso a aquella ciudad, arreglaría el número de guardacostas y clase que debe haber en adelante.
> Habiendo, pues, salido el 16 de Enero los tres referidos buques desde La Guaira, navegando cerca de la punta de Araya, a la vista de Cumaná e isla Margarita, rompió su palo de trinquete y mastelero el bergantín "San Joaquín", por cuyo motivo deliberé habilitarlo con los palos y aparejo del bergantín "Coro" y transbordarme con mi gente a aquél, enviando a éste a Puerto Cabello al cargo de D. Manuel de Echeandia.
» Estando en la punta de Araya fondeados, en la faena de cambiar palos de un bergantín a otro, me noticiaron estaban cerca de la isla Margarita, distantes de mí como cinco leguas, un bergantín y una balandra inglesas. Me fue muy doloroso el no poder hacerme a la vela en aquellas circunstancias, e Ínterin me aprontaba a toda diligencia, pedí un práctico al Gobernador de Cumaná para que con bote registrase, como en efecto registró, si se mantenían en su puesto los buques ingleses citados, pero regresando el práctico, me aseguró habían marchado y que, sin duda, alguna lancha, de las muchas que cruzan aquella costa, les noticiaría de los bergantines guardacostas.
»Inmediatamente que estuve habilitado con el "San Joaquín", me hice a la vela para la isla de Puerto Rico, trayéndola conmigo a la lancha "San Vicente", y habiendo recalado el 13 del corriente sobre el cabo Mala Pascua de ella, apresé una goleta inglesa a la que, sin pérdida de tiempo, la armé en guerra, al mando de D. Domingo de Jauregui. El 14 avisté dos balandras, con bandera inglesa, que salían de la costa. Me dirigí sobre ellas, pero conociendo huían dirigiéndose a entrar en los bajos, hice seña a la lancha y goleta para que las siguieran, y, en efecto, antes de una hora, al ver los ingleses que Careaga y Jauregui se preparaban al abordaje, hicieron fuga en su bote a tierra los de una balandra de la que, mientras se apoderó Jauregui, marchó sin pérdida de tiempo Careaga, con su lancha, hacia la segunda cuya tripulación, al ver igual demostración de abordaje, practicó la misma diligencia que la de la primera: ambas están forradas en cobre; la primera cargada de palo de mora, y la segunda de muías las que he enviado al puerto de La Guaira.
» El día 15 reparé salían de varios puertos hasta 9 barcos, entre ellos dos bergantines ingleses de 18 y 14 cañones, huyendo a toda diligencia, con los que se encontró dicho Careaga y se vio bastante apurado entre ellos, al ver que me hallaba muy a sotavento dando caza, desde que amaneció a otros tres barcos; de modo que pudimos coger tres solamente y, el inmediato día, otras tres, que, en todo, son nueve: los cinco de ellos ingleses y los cuatro restantes dinamarqueses.
» Si hubiera yo logrado venir con el otro bergantín y balandra "Aranzazu", la que también quedó con el bauprés rendido, sin duda alguna hubiera tenido la mayor complacencia en dirigir a V.E. una relación de veinte a veinticinco presas; pero pierda V.E. el cuidado que se les perseguirá con tesón.
» Los expresados Careaga y Jauregui, como todos los demás oficiales, han trabajado con la mayor actividad y manifiestan deseos de tener ocasiones de acreditar su amor y celo al Real Servicio, y son acreedores a que S.M. los atienda.
> Aguada de San Francisco de Puerto Rico, Febrero 20, 1784 >.i
Complemento de esta carta es la que con fecha de 10 de Marzo siguiente, envía el mismo al mismo « A bordo del "San Joaquín", en el Puerto Real de Ponce, costa de Puerto Rico » y reza así:
' Muy señor mío: Con fecha 20 de Febrero último tengo comunicado a V.E. haber apresado hasta aquel día nueve embarcaciones extranjeras; y ahora que estoy continuando la misma campaña, noticio a V.E. he apresado otros dos buques españoles. El primero es un guairo que parece había estado en el Guárico y la segunda que es una balandra procedente de Santa Cruz, isla dinamarquesa, demuestra también por su ban-
dera ser española, pero no he podido averiguar cuando arribaron a la isla de Puerto Rico, ni que cargazón condujeron, pues ambas tripulaciones por estar los dos barcos fondeados, se han huido a tierra hacia los montes. » Dios guarde, etc.. .. «-1
En otra carta, de fines del mismo mes, vuelve Icuza a referirse a las presas ya citadas, precisando algunos detalles más. Dice así:
« Muy señor mío: Desde la costa de Puerto Rico, tengo escritas a V.E. dos cartas participándole haber apresado en ella cinco barcos ingleses, cuatro dinamarqueses y dos españoles. Y que la causa de no haber logrado apresar a otros tantos fue por no haber podido acompañarme a esta campaña los otros dos buques de mi mando del cargo de D. Antonio Rodríguez y D. Manuel Basarte y Echeandia, por haber rendido sus respectivos palos de trinquete y bauprés.
» Habiendo dejado limpia la costa de Puerto Rico, recalé cerca de la isia de la Trinidad, desde donde hasta este puerto, aunque ha habido los días pasados una balandra inglesa de 14 cañones, cargada de ganado vacuno y un balaux francés de muías, no he encontrado a otro ninguno. La causa de no haberme dejado ir a la costa de Santo Domingo y Maracaibo, ha consistido en que hacían suma falta, en caso de encuentro con enemigos, los sesenta hombres enviados a la conducción de las citadas presas, y porque el gobernador de Puerto Rico, don Juan Saban, me avisó anduviese con cuidado respecto a que en Tórtola isla inglesa, se estaban armando dos bergantines y algunas balandras de Santo Tomás, isla dinamarquesa.
* De acuerdo con el Intendente, arreglaré ahora el corso que debe subsistir en el día y, puntualmente, daré a V.E. la noticia de lo que llegaremos a obrar.
»Dios guarde a V.E. muchos años. A bordo del bergantín "San Joaquín", en La Guaira. 28 de Marzo de 1784 ».2
En ese mismo mes de marzo, el día 9, se escribía al Comandante de los Corsarios la siguiente carta sobre cuyo interés por lo que significa de espontánea solicitud para la solución de un problema agudamente sentido y para atender al cual se hace el ofrecimiento * de noticias que gustosísima-mente les inspiraremos », no necesitamos insistir. Obsérvese también que, en la misma fecha, los signatarios de esta comunicación han hecho presente el problema al Intendente Saavedra. La carta dice así:
« Sr. Don Vicente Antonio de Icuza.
» Muy señor nuestro: Con esta fecha hacemos presente a nuestro amado jefe, el señor Intendente don Francisco de Saavedra, lo importante que será al servicio del Rey se destinen dos o más corsarios marítimos para el resguardo de estas dilatadas y desamparadas costas. En esta virtud, estimaremos a Vuestra Merced que, por su parte, facilite la pronta remisión de ellos ordenando a sus capitanes que, en las primeras salidas que ejecuten a recorrer dichas costas sea con la directiva de noticias que gustosísimamente les inspiremos, y a que nos anima el sincero fiel deseo del desempeño de las confianzas que corren a nuestro cargo.
» Dios guarde a Vuestra Merced muchos años, Coro, 9 de Marzo de 1784.
« Besan la mano de Vuestra Merced sus atentos servidores. » José Antonio de Echearte, José de Navarrete *.*
Apenas regresa Icuza de su campaña y en conocimiento de la carta que acabamos de leer, se apresura a informar sobre eJla a Calvez por medio de la siguiente, fechada en La Guaira el 7 de Abril de 1784:
« Muy señor mío: En la fragata "Aurora" que se despachó ayer desde este puerto para el de Cádiz tengo escritas a V.E. dos cartas noticiándole lo que ocurría; y ahora con motivo de haber recibido la adjunta que me han escrito los administradores de la Real Hacienda de la ciudad de Coro, vuelvo a hacer presente a la consideración de V.E. que sin embargo de los empleados por el Comandante del Resguardo de tierra don José de Pizarro, así a caballo como a pie, y estar bajo su mando cuatro lanchas y un balaux guardacostas; me piden en ella dos o más guardacostas prometiendo instruirán a los Capitanes que yo enviare con noticias oportunas al Real ser-
vicio para lograr el resguardo de aquellas dilatadas y desamparadas costas.
> Al verme sin el mando de las cuatro lanchas y del balaux que sin necesidad han habilitado causando gastos, sin conocimiento mío, como V.E. verá por una de las citadas, con fecha 5 de éste, he dejado do enviar a la balandra "Aranzazu" la cual, sin el riesgo de perderse, no podría internarse en los bajos de Arícula en la explicada costa de Coro en donde comercian los holandeses, y por lo mismo era precisa la compañía de una o dos lanchas que podrían atracarse en tierra para poder apresar goletas o balauxes que continuamente trafican desde la isla de Curazao que no dista más de doce o quince leguas; y a la balandra "Aranzazu" sola se le escaparían de noche, por lo mismo que se vería sin poder entrar de día en los bajos referidos. Espero que V.E. sin pérdida de tiempo tomará las disposiciones que más convengan al servicio de S.M. pues no podré hacer se verifiquen lo que V.E. me encargó, desea y yo quisiera, sino es teniendo o concediéndoseme el mando sobre todo buque guardacostas sea grande o pequeño. » Dios guarde... ».*
Pero no estaba para atender a esas ni a ningunas otras razones el ministro español cuya resolución respecto al corso de las costas venezolanas había sido tomada ya para esas fechas, como muy pronto lo hemos de ver.
Por otra parte, mientras Icuza andaba de corso por aguas de Puerto Rico, el Intendente Saavedra había convocado a una Junta cuyo objeto era tratar del establecimiento de un fondo o dotación con que acudir a los gastos y subsistencia del Resguardo de mar y tierra, con arreglo a lo dispuesto por la Real Orden de 19 de Mayo de 1783.
Se reunieron en esta junta, con el Intendente, diversas personalidades y representantes de distintos sectores de la Provincia que eran: el señor José de La Guardia, contador mayor de Cuentas; don Francisco de Múgica, contador principal de Ejército y Hacienda; don José de Vidaondo, Tesorero General; don José de Oraa, Administrador General de la Real Hacienda; don José de Limonta, Fiscal de Real Hacienda; los señores don Manuel de Clemente y Francia y don José de Escorihuela «diputados del muy Ilustre Ayuntamiento de osta ciudad »; los señores coroneles Conde de Tovar y don Juan Vicente Bolívar « representando la parte de los cosecheros y labradores de estas provincias »; los señores don Esteban Antonio de Otamendi y el Factor Principal de la Real Compañía Guipuzcoana don José de Amenabar por todo el comercio de esta Provincia, y el señor don José Pizarro, Comandante General del Resguardo de Tierra.
No deja de llamar la atención que mientras este último, enemigo encarnizado de Icuza, toma parte en la junta, ésta se celebre en la ausencia del Comandante Corsario que algo parece que hubiera tenido que decir en ella. No es así de extrañar que entre las conclusiones figure la de que: « Considera el Ilustre Ayuntamiento que no son necesarias embarcaciones para guardacostas, pues aunque los tuvo la Compañía, es notorio que le servían más de perjuicio, en los grandes gastos que hacían, que de provecho: que bastará el resguardo de tierra como lo tiene acreditado la experiencia en los tres últimos años en que la Compañía ni el Rey han tenido corsarios ".
* Pero... como deben tener el más pronto cumplimiento las órdenes de S.M.. .. que de los doscientos mil pesos que se han graduado para este objeto, lo más que se puede regular a la provincia de Caracas... es cien mil y éstos se podrán extraer imponiendo sobre dicho comercio un cinco por ciento... .-1
No conocemos la reacción de Icuza ante los resultados de esta junta en su ausencia celebrada y que tan directamente afectaba a sus planes. Al no tener noticia de queja alguna suya ni tan siquiera de comentario a ella referente, debemos pensar que, al fin y al cabo, debió considerar razonable la reducción acordada, puesto que en sus actuales campañas había podido comprobar que, indudablemente, la acción de !os contrabandistas no era ya como la de los antiguos tiempos ni de la magnitud que sus informes le habían hecho creer, ni por otra parte le iba a servir de nada el oponerse a opinión que tan claramente se había manifestado mayoritaria y habría de gozar de la simpatía de la Provincia en cuanto reflejaba una mayor defensa contra la exacción de sus recursos.
Pero otra contrariedad le aguardaba ante la cual, ciertamente, no podía callar: las lanchas guardacostas con las cuales contaba fundamentalmente para el completo servicio y cuya utilidad se le revelaba ahora aun mayor que nunca en vista de las reducciones a que habría de estar sujeto éste, habían sido puestas a las órdenes del Comandante del Resguardo de Tierra « que ha puesto capitanes con encargo a sus patrones no se acerquen al buque comandante ni obedezcan orden mías y que de lo contrario serán conducidos a Caracas con un par de grillos, y así se ha verificado en lo que corresponde a la primera parte, pues ninguno se me ha presentado ». Se trataba de unas embarcaciones que la experiencia de muchos años le obligó, en el 1771, a construir, es decir, se trataba de una obra hija de su propia experiencia; se trataba de algo que el más elemental sentido común proclamaba como una verdad que rompía los ojos y hacía hervir el pecho de indignación, como herviría ciertamente el de Icuza, pues sobre la condición de los de su raza ya había escrito acertadamente Larramendi:
« El genio del guipuzcoano es salido como el del vizcaíno. Del guipuzcoano de bien a bien se logrará todo; pero por mal nada se logrará, porque se emperra y obstina, y jura a Dios, Jauncho que no ha de ser lo que tu quieres.. . Tratados bien son admirables para amigos, son fieles, secretudos, serviciales. Tratados mal y duramente saltan y se enojan con facilidad ».*
Se comprende, pues, bien, y se siente la cólera escondida tras las fórmulas corteses y las razones legales de la carta que, con fecha 3 de Abril, dirige desde La Guaira, al Intendente Saavedra y de los esfuerzos que habrá tenido que hacer el escribano EIduayen, el « Vecino concejante de Fuenterra-bía » y hombre « que lleva la pluma al Comandante Icuza », para escribir en los tonos más comedidos y del modo más objetivo la carta cuyo texto completo damos a continuación y en la cual también, dentro de la mayor sobriedad, se hace referencia a otro agravio que acaba de recibir: el que a varios de los oficiales de los que bajo sus órdenes han venido a servir en los guardacostas, se les haya destinado a tierra, sin que a él, su Comandante, se le haya siquiera avisado de ello. Dice así la carta:
del resguardo de tierra, como se ha executado, y facultarle la proposición de capitanes y demás relativo a este objeto, sin que a ello pueda obstar la Real Orden que Vuestra Merced cita por no declarar a que Comandante han de estar sujetas las lanchas de que se trata, y hablar únicamente del sujeto encargado para mandarlas. En estas circunstancias, y hasta que se me presente orden del Rey que terminamente decida que las lanchas deben estar bajo la dirección del Comandante del Corso, no puedo variar la resolución tomada en consecuencia del capítulo de instrucción citado del cual incluyo a Vuestra Merced una copia para su inteligencia. De los oficiales que, bajo las órdenes de Vuestra Merced, vinieron en los guardacostas, sólo sé que se haya destinado en tierra al Capitán de la "Aranzazu", cuya novedad se le avisa a Vuestra Merced para que proponga quien le suceda en el mando. Dios guarde, etc., etc. » 1
A la vista de esta carta, Icuza, acompañando copia de ella y de la suya antecedente, eleva la cuestión a Calvez, en los términos siguientes (La Guaira, 5, abril) :
« Muy señor mío: Con fecha 28 de marzo, tengo escrito a V.E. mi llegada a este puerto, y muy lejos de pensar en molestar sus respetos con recursos, discurría entonces arreglar, de acuerdo con el Intendente, el corso que por ahora debe subsistir en el resguardo de estas costas. Pero al primer paso, me he hallado sin facultades para poder disponer sobre las cuatro lanchas guardacostas que, en tiempo de la Real Compañía, y aun en el de D. José de Abalos, estuvieron bajo mi mando. Porque durante la campaña de Puerto Rico, las ha apropiado bajo del suyo don José Pizarro, comandante del resguardo de tierra, como si fueran buques semejantes a las dos falúas de rentas que, destinadas a su disposición, hay en este puerto y otra más en el de Cabello.
» Me hallo algo indispuesto de un pie que me embaraza subir a Caracas, por cuyo motivo he escrito al Intendente don Francisco de Saavedra, una carta que su copia y la de la respuesta incluyo a V.E. a una con la del capítulo 59 de la Real Instrucción de Intendencia que me ha dirigido la cual parece, no habiendo disposición expresa que derogue su con-
tenido, da facultades al comandante del resguardo de tierra D. José Pizarro sobre las lanchas guardacostas. De modo que no ha tenido su Señoría arbitrio para dejar de ponerlas bajo su mando, según dice en la citada respuesta, sin embargo de habérsele hecho presente en mi instancia que la piedad del Rey, en su Real patente, me nombra Comandante en Jefe, no sólo de los buques que conduje desde Cádiz, sino también de los que aquí hubiese armados con el objeto de guardar estas costas.
» En lugar de lanchas o canoas que en otro tiempo tenían los Factores de la Real Compañía, y después debían entender también en su dirección los administradores de Real Hacienda, y que las cita la expresada Instrucción de Intendencia, ha hallado y tiene hoy a sus órdenes don José Pizarro, las tres falúas referidas, dos en éste y una en Puerto Cabello, con cada ocho a diez hombres, suficientes para las visitas de barcos y resguardo de bahía; para cuyo fin no teniendo, como no tiene necesidad de lanchas guardacostas, las ordena ir a todas partes lejos de los puertos, separadas de mi compañía y mando, aun el balaux que han armado en guerra y enviado desde Puerto Cabello con una de las lanchas a la costa de Coro, sin inteligencia mía. Si se debe seguir esta regla, esté V.E. en la segura persuasión de que jamás podremos lograr hacer el servicio con aquella quietud, eficacia, felicidad y economía que la recta intención de V.E. desea y yo quisiera. Y, por consiguiente, me será doloroso al ver que, encontrándome con algunos barcos enemigos y, al mismo tiempo, por casualidad, con lanchas guardacostas, no obedezcan éstas, como no obedecerán orden mía, y que se malogre el fin de apresarlos, pues la experiencia de muchos años me enseña que los buques mayores guardacostas sin el auxilio de las lanchas no podrán siempre apresar todos los barcos de ilícito comercio que llegaren a encontrar, ni tampoco éstas sin la sombra y respeto de aquellos, como se ha verificado en la campaña que acabo de hacer en los bajos de Puerto Rico con el bergantín "San Joaquín" y lancha nombrada "San Vicente Ferrer", al cargo de don Juan Antonio de Careaga que se halla con alguna aptitud más que la que tienen los jóvenes que don José Pizarro ha colocado por capitanes, teniendo yo en los dos bergantines y balandra "Aranzazu" varios oficiales a quienes poder destinar para que las manden, sin añadir nuevos sueldos, respecto el resguardo marítimo desde la costa de la Trinidad hasta la de Maracaibo, respecto a haber reconocido yo, en las recorridas que he dado y noticias que he tomado, de no recalar a estas costas embarcaciones extranjeras contrabandistas en tanto número y con la fuerza que venían hasta algo antes de la guerra, ni como se conceptuó vendrían después de la declaración de la presente paz, y deben consistir en:
2 balandras de 14 cañones cada una con 85 a 90 hombres de Capitán a paje, cuyo costo se considera al año, atento al crecido de carenas que se ahorra en el forro de cobre de 22.000 a 23.000 pesos .... 46.000
1 balaux ligero con 4 cañones y demás armamento
correspondiente y 30 hombres ............... 6.000
4 lanchas con su cañón y armamento y tripulación
de 20 hombres, cada una a 4.000 pesos ........ 16.000
Pesos: 68.000
» Nota. — Que no teniendo en el día más que una balandra se puede hacer la presente campaña con ella y el bergantín "San Joaquín" y en el caso de que, por apresamiento, se consiga otra que sea proporcionada, se deberá armar luego, y en el de que no se logre el apresamiento, se deberá comprar para dejar dicho bergantín "San Joaquín", en Puerto Cabello desarmado, al cuidado de dos hombres para en caso de urgente necesidad de habilitarlo o para en los que haya noticia de contrabandistas de mayor fuerza que la de las dos balandras en Puerto Rico cuando se suele recorrer aquella costa y podrá destinarse el bergantín "Nuestra Señora de Coro", siendo del Real agrado, a la costa de Honduras con su capitán don Manuel de Echeandia, por haber navegado éste por aquellos mares, y ínterin puede emplearse dicho buque con una de las balandras presas en la conducción de la madera que existe en Cumaná y se está perdiendo y podrá tener salida en Puerto Cabello a beneficio de la Real Hacienda.
» Caracas, 27 de Abril de 1784... .-1
Al día siguiente, 28, Saavedra remite a Gálvez el nuevo plan de Icuza, al parecer <> formado con su acuerdo ».2
Mientras tanto Icuza, no dispuesto a perder su evidente derecho sobre las lanchas, prepara la debida réplica a Saave-dra. Lo hará dejando que pasen unos días más a fin de que el hervor de la cólera remita lo bastante como que para las razones legales sean expuestas en el mejor orden y con la máxima claridad. Y la péñola de Klduayen se mueve sosegadamente para poner a la firma del Comandante del Corso la siguiente carta:
- Muy señor mío: En carta de 3 del corriente, contestación a la mía del propio día, en que hice presente a V.S. la novedad de haber hallado las lanchas del resguardo a las órdenes del comandante de tierra con todo lo demás relativo a este punto, se sirve V.S. manifestarme que, habiéndose procedido en esto con arreglo a lo declarado por el capítulo 59 de la Instrucción de la Intendencia cuyo tanto se ha servido V.S. incluirme, no puede variar la resolución tomada hasta que se le presente a V.S. orden del Rey que, determinadamente, decida que las lanchas deben estar bajo la dirección del Comandante del corso.
» Si el espíritu del referido capítulo 59 fuese tal como parece se ha conceptuado, sería justo y bien fundado el no variar la resolución tomada sin expresa orden del Rey; pero, permítame V.S. le haga presente que el referido capítulo se ha tomado en el accidente y no en la sustancia, como lo conocerá V.S, de lo que expondré.
»Lo primero, el referido capítulo no tuvo otro origen ni fundamento que el de varios litigios que tuvieron los Oficiales Reales antes del establecimiento de la Intendencia, y el ultimo, muy inmediato a él, en Puerto Cabello con una goleta que salió de allí, y sospechando por lo muy metida que estaba y de sus maniobras afuera, salió una de las lanchas del resguardo desde el puerto, la reconoció, realizó su sospecha y la condujo al mismo puerto de que resultó, como en otras ocasiones, la cuestión y litigio de si debía reputarse presa o comiso, y este y otros casos de su naturaleza obligaron a declarar el punto por el referido capítulo que es la sustancia de él, como V.S. lo reconocerá.
»Lo segundo, que comprueba eficazmente esto mismo es que, habiendo sido el señor don José de Abalos, antecesor de V.S. el que bajo la instrucción referida estableció esta Intendencia y sabía bien el verdadero espíritu del citado capítulo y no perdonar ningún derecho o acción de su ministerio, no separó de mi comando ninguna de las lanchas, sino que todas estuvieron a mis órdenes como que fui Comandante del Resguardo de Mar cuasi en todo el tiempo de su Intendencia.
» Lo tercero que en la nominación que hace al principio dicho capítulo de lanchas del Resguardo en los puertos de La Guaira y Cabello, confunde la cualidad de embarcaciones destinadas expresamente para este fin, porque en La Guaira sólo había una falúa que corría a las órdenes de los Oficiales Reales y en Puerto Cabello otra falúa y canoa y aquélla confusa de nombre, pues aunque había dos lanchas en La Guaira y una en Puerto Cabello para cargar y descargar, no eran éstas del Resguardo, y sólo en algún caso raro de haber recelo de algún contrabando en la inmediación del puerto, se armaban y, hecha la diligencia, se volvían a desarmar y lo que se aprehendía con ellas en las inmediaciones, se reclamaba como comiso y no así con todo cuando las mismas lanchas alguna rara vez se armaron para salir fuera del recinto del puerto, pues entonces se reputaba lo cogido como presa, y no por comiso, como en el otro caso, lo cual apoya no haber estado nunca destinadas las lanchas al resguardo ni fuera de mi comando se reforma o aclara al fin de dicho capitulo, cuando se trata del nombramiento de los cabos, pues dice: de lancha o canoas de resguardo, y de que habla de éstos únicamente destinados al resguardo en los puertos se evidencia del pasaje en que dice: les han de expedir sus títulos por solo el Intendente como a individuos del Resguardo de tierra, pero que tampoco han de poder alejarse en sus empresas del puerto y sus inmediaciones.
> Finalmente, por el oficio que me pasó el Excelentísimo Señor don José de Calvez en respuesta al de mi proposición de oficial que tuviera comando particular de las lanchas bajo de mis órdenes, se ve que no deben éstas distraerse de mi comando, porque si hubiesen de estar al del Comandante de tierra, se lo avisaría a V.S. su Excelencia expresamente. De no ser así, como todos los demás referidos antecedentes del origen del capítulo de no haberse hecho por él variación después de establecida la Intendencia por el antecesor de V.S. hay sobre lo J primero varios cuerpos de autos ante el escribano don Antonio ;¡ Juan Tejera, y consta lo segundo a los Factores de la Beall Compañía y aun a los Ministros de la Real Hacienda de aquél tiempo, si tuviese V.S. a bien informarse, mediante lo cual sobre estar, como está, clara y terminante la justicia de mi acción sobre dichas lanchas, me son indispensablemente necesarias para hacer el resguardo de mar con toda la actividad posible o no exponiendo a malograr los lances que se ofrecen en la persecución de las embarcaciones contrabandistas, y en los casos de imposibilidad de acercar con los corsarios mayores entre bajos y parajes de poca agua en que suelen abrigarse y hallar su refugio, en cuya atención espero de la prudente consideración de V.S. se servirá dar la correspondiente providencia a fin de que se me entreguen dichas lanchas.
»Nuestro Señor guarde, etc., etc. (Caracas, 26 Abril, 1784) «
La disputa se prolonga a través de todo el mes de mayo, hasta que, a principios de junio, el Intendente Saavedra convoca a una reunión, a fin de buscarle salida al asunto. Reúne, con él, a don José de la Guardia, Contador Mayor; don Francisco de Múgica, Contador Principal de Ejército y Hacienda; don José de Vidaondo, Tesorero General; don José Antonio de Oraa, Administrador General y don José de Li-monta, Fiscal de la Real Hacienda.
Los reunidos consideran los puntos en disputa entre los Comandantes de los Resguardos de Mar y Tierra sobre la utilización de las cuatro lanchas guardacostas y, al fin, adoptan la salomónica decisión de adjudicar dos de ellas, la "San Vicente" y la "San Nicolás" para el servicio del corso marítimo al mando de Icuza, y reservan las otras dos para el resguardo de tierra, a las órdenes de Pizarro.2
Saavedra da cuenta de tal decisión, que seguramente a ninguna de las dos partes contenta y que ciertamente a Icuza no puede satisfacer, en carta que dirige al ministro Calvez. *
Pero una decisión de mucha mayor entidad y gravedad ha sido ya tomada por éste y es la que vamos a considerar en el apartado que sigue.
6 — Descarga la tormenta
Se recordará cómo en sus cartas de 23 de Octubre y la de 30 de Diciembre de 1783, el Intendente Saavedra, al recibir el despacho conteniendo la Real Orden de 19 de Mayo del mismo año en que se mandaba establecer el Resguardo marítimo de cuenta de la Real Hacienda, se apresuró a exponer a Calvez toda una serie de razones según las cuales tal establecimiento sería además de muy costoso, inútil y hasta contraproducente. Esa actitud, desde el principio adoptada contra la empresa de Icuza y en que lo hemos visto continuar en la convocatoria de la Junta de personalidades representativas para discutir el financiamiento del Resguardo, en el de las lanchas, etc., es mantenida en varias comunicaciones posteriores, entre la que hemos de señalar la de 4 de Abril de 1784 en la que se repiten los argumentos ya en las anteriores expuestos y se añade alguno que otro nuevo; contra todo lo cual nada tendríamos que decir si no viéramos que, por desgracia, en el ánimo del Intendente la pasión le hace ignorar la verdad de un modo que, realmente, no admite disculpa.
Porque empieza repitiendo cómo Icuza a su llegada, en su recorrido de las costas de Cumaná y Margarita, etc., no había hallado una sola embarcación de ilícito comercio, lo cual es cierto; pero no lo es menos que los administradores de Real Hacienda de Coro, como a su hora lo hicimos constar, se habían dirigido a Icuza diciéndole que « con esta fecha hacemos presente a nuestro jefe el señor Intendente D. Francisco de Saavedra lo importante que será al servicio del Rey se destinen dos o más corsarios marítimos para el resguardo de estas dilatadas y desamparadas costas «, cosa sobre la que Saavedra guarda el más absoluto de los silencios.
Habla después, por cierto bastante despectivamente, de las siete presas que ha hecho Icuza en su campaña por la costa de Puerto Rico, cuando para la fecha en que esto escribe le consta positivamente que no son siete sino once las presas realizadas; omitiendo, désele luego, lo que dice Icuza de las desgraciadas circunstancias, como la de la rotura del mastelero del "San Joaquín" y el bauprés rendido de la "Aranzazu", las que le impidieron que el número de presas se elevara fácilmente al doble. Y da la casualidad de que estas cosas ocurren en las dos embarcaciones donde Icuza no pudo poner mandos de su propia elección, como en la "Aranzazu" de la que tanto partido habría sabido sacar José Antonio de Álzate y de la cual Rodríguez, el sustituto impuesto por Calvez, termina por irse para buscar un acomodo en tierra; la "Aranzazu" de la cual no se muestra dispuesto a prescindir Icuza, que tan bien la conocía, en su nuevo plan y que terminará por ser vendida por inútil para el corso por los nuevos doctos en la materia.
De otro punto de evidente gravedad habla Saavedra al Ministro de Indias: el de las competencias suscitadas entre los dos resguardos cuyos dos jefes, dice, « salieron ya de Cádiz implacables enemigos », añadiendo que « El resguardo de mar, apoyado por la Compañía, y compuesto todo de vizcaínos, ha levantado el estandarte de la discordia contra el resguardo de tierra compuesto por la mayor parte de andaluces », aunque tiene que confesar a renglón seguido que « es cierto que estos (los andaluces) han cometido alguna otra violencia que yo no he podido remediar. .. ». Por donde nos encontramos con otro caso semejante a aquel que, cuando la rebelión de Juan Francisco de León, diagnosticaba Ramón de Basterra diciendo: * Las entrañas meridionales de Venezuela habían de sentirse heridas por aquella intervención (la de la Compañía Guipuz-coana) imprevista y avasalladora de una raza hasta entonces desconocida ».*
Sin embargo, los venezolanos habían tenido ya suficientes ocasiones de ir conociendo a esa nueva raza de la que, cuando la hora de la suprema prueba se acercaba, podrán decir, refiriéndose concretamente a sus hombres de mar, cosas como éstas:
« De Cumaná, la Nueva Barcelona, Guaira, Puerto Cabello, Coro y Maracaibo se encuentran marinerasos con que poder tripular hasta cuarenta barcos cañoneros, y una escuadra de veinte buques de guerra. Y entre los Oficiales de mar y Pilotos los más vizcaínos muy capaces para estos mandos y de espíritu sobresaliente en los casos de ataque, que son los únicos en quienes fiaría tales facciones, y no en los oficiales de tierra
que discurren los eventos de esta carrera con poca madurez careciendo de experiencia >^
Por lo demás, en la carta de Saavedra se repiten las acusaciones contra la Compañía de la cual «los Factores, los Comandantes del Corso y todos los dependientes hacían el contrabando a banderas desplegadas », para terminar diciendo que - ellos (los de la Compañía) han llevado el fin de despachar sus malos barcos a buen precio, como lo han logrado, etcétera, etcétera ».
Y sin más comentarios, damos a continuación copia completa de la carta que es como sigue:
« Excmo. Señor:
» Muy señor mío: El 27 del pasado en la noche, dio fondo en ei puerto de La Guaira el Teniente Coronel don Vicente Antonio de Icuza, de vuelta de su primera campaña que ejecutó únicamente, con el bergantín "San Joaquín" porque el bergantín "Coro" perdió un palo poco después de su salida, y la balandra "Aranzazu" se quedó en Puerto Cabello, a componerse por haber experimentado en la navegación de España que no barloventeaba con el aparejo que tenía.
> Icuza ha recorrido todas las costas de esta provincia, desde Coro hasta Trinidad, y no ha hallado en toda ella una sola embarcación de ilícito comercio. También recorrió la costa del sur de Puerto Rico donde apresó siete barcos dinamarqueses o ingleses que, anclados en aquellas radas, hacían el contrabando, aunque no hubiera podido hacer estas presas, si no hubiese llevado consigo una lancha corsaria de las cuatro que había aquí anteriormente, las cuales son las embarcaciones verdaderamente útiles para la persecución del contrabando.
> De aquí puede V.E. inferir dos cosas: la primera, que las embarcaciones grandes, como las que ha traído Icuza, no son a propósito para el corso que se necesita en las costas de esta Provincia, especialmente el bergantín "Coro" y la balandra "Aranzazu" que ni andan ni barloventean, como lo ha acreditado la experiencia, y que, por consiguiente, son absolutamente inútiles, La segunda, que en esta Provincia no se hace en el día sino poquísimo contrabando, y ese no se ejecuta en las costas, a viva fuerza, sino en los dos puertos principales de La Guaira y Cabello, por medio de varias estratagemas que con el tiempo, la constancia y la observación se van descubriendo y cortando. Desde mi ingreso a esta Intendencia, se han hecho varias aprehensiones de varios fraudes y todas se han ejecutado en los puertos o a la entrada de ellos en embarcaciones que venían confiadas en las inteligencias que tenían con los mismos empleados de la Real Hacienda. Habrá diez días que se descubrió una redada de defraudadores que, con facturas falsas, sacaban guías de la aduana de géneros que iban a tomar en Curazao, y después introducían, a golpe seguro, en Puerto Cabello, sobre lo cual estoy siguiendo la causa con el mayor ardor, habiendo preso a una multitud de reos, entre ellos el guarda mayor de La Guaira que, según lo que hasta ahora, resulta, será necesario quitarle el empleo porque contribuía, con su disimulo, a este método diabólico de hacer el contrabando, que, según aparece, ha mucho que estaba establecido y se ha rastreado por una rara casualidad. Con este y otros ejemplares que anteriormente he hecho, se hallan desanimados los defraudadores en términos que, acabo de saber por noticias muy verídicas, que una gran cantidad de pesos que había depositada en Curazao para hacer el contrabando, la han mandado los interesados remitir a Europa, temerosos de no poder lograr sus intentos.
»Crea V.E. lo que dice el que está verdaderamente interesado en la felicidad de estas provincias y que no tiene más ahinco que el que florezca su agricultura y el comercio de la metrópoli. El contrabando puede extinguirse fácilmente en este país, sólo con el resguardo de tierra bien establecido y ayudado de las cuatro lanchas corsarias. -El resguardo de mar absolutamente es inútil. La Compañía Guipuzcoana lo sostuvo porque afianzaba, en la apariencia, un servicio que realmente le costaba mucho menos de lo que ha clamoreado la estabilidad de un privilegio exclusivo que le valía millones.
El resguardo de tierra nunca lo estableció sobre un pie vigoroso porque los Factores, los Comandantes del resguardo y todos los dependientes hacían el contrabando a banderas desplegadas. Los mismos barcos que venían de Europa traían lo menos la mitad de la carga fuera de registro. Estas son verdades que aquí se hacen palpables al hombre menos ilustrado, y V.E. las reconocera experimentalmente luego que el comercio libre que se va entablando con felicidad, llegue a su pleno vigor.
» Aún cuando los dos resguardos fuesen verdaderamente útiles, dos comandantes, tan autorizados como los que aquí han venido, los harían perjudiciales con sus competencias. Los dos salieron ya de Cádiz implacables enemigos, han tenido aquí discordias ruidosas y, por más que apuro todos los recursos de la prudencia, y de mi espíritu conciliador, preveo que las tendrán aún mayores en lo sucesivo. El espíritu de partido que domina en esta Provincia se ha mezclado ya en estas disensiones. El resguardo de mar, apoyado por la Compañía, y compuesto todo de vizcaínos, ha levantado el estandarte de la discordia contra el resguardo de tierra compuesto, por la mayor parte, de andaluces.1 Es cierto que éstos han cometido alguna otra violencia que yo no he podido remediar, pero han puesto el puerto de La Guaira y van a poner el de Cabello en estado que no pueda entrar en ellos ni una hilacha por alto. En el día se disputan los dos Comandantes el mando de las lanchas corsarias sobre cuyo punto consulto a V.E. separadamente, previendo que después de decidido, altercarán sobre otros muchos en que, indispensablemente, se han de encontrar.
» Aseguro a V.E. que cuando llegué aquí y vi la faz de este país, sus proporciones y el genio de sus habitantes, me prometí una Intendencia feliz, pero la venida de los dos resguardos, sus desaveniencias y la dificultad de mantenerlos me ha perturbado la tranquilidad, me distrae la atención de los objetos más importantes de mi ministerio y me quita aquel fondo de satisfacción y de paz tan necesario para hacer cosas buenas.
» Repito a V.E. lo que varias veces le he dicho. El resguardo de mar es absolutamente inútil,2 y, en las actuales circunstancias, perjudicial. El contrabando se cortará del todo con el resguardo de tierra bien establecido, el comercio libre fomentado, y el derecho de seis reales por cada libra de cacao introducido por mano de extranjeros que se ha puesto en esa Península cuya providencia vale sola más que todos los resguardos. No le deslumhren a V.E. las siete presas que acaba de hacer Icuza en la costa de Puerto Rico. Todas ellas apenas valen ocho mil pesos y sólo la balandra "Aranzazu" y el bergantín "Coro" han gastado, desde que llegaron a Puerto Cabello inválidos, más de diez mil sin haber hecho el menor servicio. Además, en la costa del sur de Puerto Rico se apresan con tanta facilidad los barquillos extranjeros que están a!lí haciendo el contrabando de muías que los guairos que van a aquella isla por los correos se traen siempre una o dos presas, y este servicio podría ejecutarlo una goleta del Rey que hay en Puerto Cabello que lo ha hecho ya muchas veces.
- Estas ideas serán poco concordes a las que le influirán a V.E. los interesados en la Compañía Guipuzcoana que son los ünicos votos que aquí tiene el corso marítimo, pero debe V.E. advertir que ellos han llevado el fin de despachar sus malos barcos a buen precio, como lo han logrado, y ejecutar lo mismo con los almacenes y arreos navales que les quedan en Puerto Cabello. Además quisieran ver esta Provincia gravada con más carga de la que puede sufrir a ver si puede recobrar su antiguo privilegio.
* Dios guarde, etc. Caracas, 4 Abril, 1784 n.1
Y al día siguiente, 5 de Abril, vuelve Saavedra a insistir en sus ataques al resguardo de mar en una extensa comunicación en que repite lo de la competencia suscitada entre los Comandantes de los Resguardos de Mar y Tierra, la inutilidad del corso, el gran gasto que ocasiona al erario, etc., etc. En cabeza de la primera página de esta carta, se puede ver una nota que dice así:
" En vista de anteriores representaciones de este Intendente se le ha mandado envíe al resguardo de las costas de Cartagena de Indias al Comandante Icuza con los buques sobrantes de Caracas y que arregle como le parezca el resguardo de mar de aquellas costas ».2
Efectivamente, ya con fecha de 18 de Marzo se había dado la siguiente Real Orden:
« El Rey quiere que los guardacostas sobrantes en esa Provincia pasen a Cartagena de Indias a las órdenes del Arzobispo Virrey con la mayor prontitud que fuera posible, lo que prevengo a V.S. de orden de S.M. para su puntual cumplimiento.
» Dios guarde a V.S. muchos años. El Pardo, 18 de Marzo de 1784 ».J
Pronto, pues, recibiría el Intendente Saavedra con el alborozo que es de suponer en quien logra una cosa en cuya consecución tantos afanes había derrochado, el siguiente despacho de Calvez:
» Por cartas de V.S. de 24 de Octubre y 30 de Diciembre del año último, números 17 y 35, y su reservada de la primera fecha número 1, se ha enterado el Rey de cuanto en ellas manifiesta S.S. acerca del Resguardo Marítimo mandado establecer por orden de 19 de Mayo del mismo año, para reemplazar el que antes mantenía en estas costas la Compañía Guipuz-coana, haciendo presente el exorbitante gasto que la subsistencia de dicho resguardo causaría a la Real Hacienda; la necesidad de establecer algún impuesto para ocurrir a él por no alcanzar a cubrirlo ese erario; la dificultad de hallar medios que faciliten dicho impuesto y, sobre todo, lo infructuoso que expresa V.S. es la manutención del expresado Resguardo Marítimo, por hallarse cuasi extinguido el trato ilícito desde e! establecimiento de esa Intendencia, por la buena forma que dio al Resguardo de tierra, el celo con que se ha mirado este punto por los Ministros de Real Hacienda, y las precauciones que se han tomado para impedir las grandes introducciones clandestinas por los puertos principales que era por donde en lo antiguo se ejecutaban, no mereciendo consideración alguna el que pueda ejecutarse por las costas el cual no es posible tampoco lo impida el corso del mar por lo dilatado de ellas, habiendo enseñado la experiencia que lo que éste no pudo lograr en cincuenta años que lo mantuvo la Compañía, se ha conseguido en sólo cinco que se ha establecido la Intendencia. En la inteligencia de todo lo expresado, y supuesto haberse mandado a V.S. en Real Orden del 18 del próximo anterior, que con la mayor prontitud posible hiciera pasar a Cartagena
de Indias a las órdenes del Arzobispo Virrey de Santa Fe, los buques corsarios sobrantes en esa Provincia, me manda S.M. prevenir a V.S. que destinando al Comandante don Vicente Antonio de Icuza al resguardo de las costas de Cartagena, arregle el de las de esas Provincias, según lo regulare conveniente y preciso a evitar enteramente el contrabando y no recargar demasiado al erario ni al comercio con sus costos y los del resguardo de tierra que no pueda excusarse. Dios guarde V.S. muchos años. Aranjuez, 21 de Abril de 1784. José de Calvez. Señor Intendente de Caracas «-
Con ese despacho recibía Saavedra la siguiente carta reservada :
> Reservada.
» En Real Orden separada de esta fecha, contesto a V.S. a sus tres cartas que tratan del resguardo marítimo mandado establecer en esa Provincia, añadiéndole por ésta queda S.M. enterado de todos los particulares que toca V.S. en la reservada número 1, manifestando cuanto su celo le ha dictado, así sobre las verdaderas causas de que había dimanado el excesivo contrabando que antes del establecimiento de esa Intendencia se ejecutara y se halla ya cortado con las precauciones tomadas por ella, como en cuanto a las ideas de la Compañía Guipuzcoana y medios de que presume V.S. se valdrá siempre para reintegrarse en su comercio exclusivo que le ha sido tan doloroso perder. Y puede V.S. estar asegurado de que los influjos de los empleados en ella no tendrán lugar jamás en el Ministerio de mi cargo. Dios guarde a V.S. muchos años. Aranjuez, 21 de Abril de 1784
Lo primero que sorprende en la drástica decisión de Gál-vez es la precipitación con que pasa a destruir, de un plumazo, toda la empresa que, bajo su patrocinio y en labor paciente de varios meses, había puesto en marcha Icuza.luego que esta brusca vuelta de timón haya sido dada sin que para obrar así contara más que con la información de una sola de las partes. Y si se alega que esa parte era precisamente la del funcionario con quien, antes que nadie, debía confiar en Caracas, ¿por qué no lo hizo antes de poner en marcha la empresa o una vez puesta, por qué no esperó a que un prudencial plazo de varios meses pusiera la verdad en su punto ? ¿ Por qué no aguardó a que posteriores informes de este funcionario fueran confirmando sus primeros asertos, pues aunque la verdad es que esas posteriores informaciones siguieron machacando sobre los mismos tópicos, no lo es menos que ni llegó a conocerlas, puesto que tomó su decisión en cuanto le llegaron esas primeras cartas del 24 de Octubre y 30 de Diciembre, es decir, antes de que siquiera empezara a funcionar el corso en toda su amplitud, conforme al plan trazado por Icuza y aprobado por el propio Calvez? ¿No podía haber consultado en Caracas con otras fuentes de información que le ofrecieran plena garantía de imparcialidad, sin tomar esa incomprensible decisión, basada enteramente en las afirmaciones de un hombre a quien hemos visto callando unas veces y otras falseando la verdad cuando ésta no se acomodaba a sus miras? ¿No es por lo menos chocante que las razones en que Calvez fundamenta su decisión no sean más que una servil copia, como puede comprobarse a simple vista, de las sugeridas por Saavedra?
Quizá las últimas líneas de la «Reservada » nos den la explicación, o por lo menos parte de la explicación del asunto. Cuando vemos al Ministro de Indias escribir a su subordinado, repitiendo aquí también, casi a la letra, las palabras de éste, sobre « las ideas de la Compañía Guipuzcoana y medios de que presume V.S. se valdrá siempre para reintegrarse en su comercio exclusivo que le ha sido tan doloroso perder ». Y añadir, no sin cierta impropia jactancia: « Y puede V.S. estar asegurado de que los influjos de los empleados en ella no tendrán jamás lugar en el Ministerio de mi cargo ». Cuando nos ponemos a pensar que por aquellos mismos días estaba preparando Calvez el golpe de gracia a la Compañía a la cual hábilmente le hacía ver Saavedra como la principal interesada en la restauración del corso marítimo, dirigido por quien precisamente fuera el más famoso de sus comandantes corsarios, no nos cuesta mucho creer que, en esta ocasión, el omnipoderoso Ministro, con todo el sombrío y despótico carácter que los historiadores le atribuyen, no hace sino obrar al dictado de su hábil e insidioso subordinado quien, ofreciendo cebo a sus fobias y a las reacciones a que aquellas fatalmente
le han de conducir, se vale de su superior como de un simple instrumento para conseguir sus propios fines.
Naturalmente, no perdió el tiempo Saavedra en cumplimentar la orden superior dando noticia a Icuza de la novedad con otros particulares de interés que pueden verse en su carta fechada en 28 de Junio:
« Excelentísimo Señor.
» Muy Señor mío: Por la orden de V.E. de 18 de Marzo quedo enterado de ser la voluntad del Rey que los guardacostas sobrantes en estas provincias pasen a Cartagena de Indias a las órdenes del Arzobispo Virrey de Santa Fe con la mayor prontitud posible y por otra Real orden de 21 de Abril que recibí ai mismo tiempo, me manda que con los buques corsarios que pasen a Cartagena vaya don Vicente Antonio de Icuza a quien ha destinado S.M. al mando del resguardo marítimo de aquellas costas, facultándome, al mismo tiempo, para que arregle el de estas provincias según lo regulare conveniente y preciso a evitar enteramente el contrabando y no recargar demasiado el erario ni el comercio.
Inmediatamente pasé orden a Icuza para que dé cumplimiento a la determinación de S.M. y dentro de dos o tres días saldrá para Puerto Cabello a alistar los dos bergantines y hacerse a la vela con ellos para Cartagena. He tenido por conveniente tratar este asunto con la mayor reserva: lo primero porque al esparcirse la noticia en las islas extranjeras de que se van de aquí la mayor parte de los corsarios y el mismo Icuza cuyo nombre es bastante respetado no se alienten los contrabandistas a venir a hacer sus introducciones por la costa. Lo segundo porque no den aviso a los que están haciendo el contrabando en las cercanías de Cartagena y pueda sorprenderlos con su impensado arribo. Con este fin le he dado dos órdenes: la una pública en que le prevengo vaya a hacer una recorrida a las costas de Puerto Rico; la otra reservada que le manifiesta su verdadero destino.
Luego que se verifique su salida y se liquiden las cuentas de los gastos que han hecho los corsarios, pondré el resguardo marítimo sobre el pie más económico posible, adaptándolo a lo necesario para extinguir el contrabando, y en consecuencia se arreglará la contribución del corso reduciéndola a una cuota
» Muy Señor mío: Con fecha de 24 de Abril último se sirve V.E. decirme que habiéndole dado noticia extrajudicial de que don Vicente Antonio de Icuza, valiéndose de la ausencia del Comandante del Resguardo de Cádiz, había embarcado en los guardacostas de su mando una partida considerable de géneros, sin pagar derechos, me lo advierte V.E. a fin de que procure indagar este hecho con el mayor cuidado, y, resultando ser cierto, proceda con todo el lleno de mis facultades contra los reos y dé cuenta de las resultas.
Cuando Icuza llegó a esta Provincia, la primera vez que se me presentó me dijo, confidencialmente, que con anuencia del que hacía de Comandante del resguardo de Cádiz, había embarcado en el bergantín "Coro" una pacotilla de géneros; pero para evitar que se publicase en Cádiz que en un barco del Rey se traía cosas de comercio, no habían pasado por la aduana de aquel puerto, sino que se habían embarcado con sólo el pase del resguardo. Efectivamente, me presentó la factura de los géneros firmada de él y de un tal don Juan de Calvez, y me suplicó permitiese aquí su entrada pagando los derechos que yo prescribiese.
» Hálleme perplejo sobre el partido que debía tomar sobre un asunto tan espinoso. Reflexioné que Icuza se había delatado a sí mismo confiando en mi generosidad; Que su proceder no parecía ser de mala fe cuando teniendo, mediante sus facultades, mil medios de introducir los géneros clandestinamente sin que yo lo supiese, había tomado el camino real de que pasasen por la aduana de La Guaira. En la factura cuyo importe sería como de unos seis mil pesos, no había género alguno prohibido, ni eran de mucho perjuicio al comercio nacional por su cortedad y su especie. Por otro lado, me pareció no era conveniente hacer un ejemplar ruidoso con un hombre elegido por V.E., para una comisión importante en el acto mismo de llegar a esta Provincia; mucho más, siendo frecuente el venir a veces en los barcos de España algunas cortas porciones de mercancías fuera de registro con sólo el pase del Comandante del resguardo.
» Fundado en estas razones, permití que los tales géneros se desembarcasen, pero pagaron por la aduana donde fueron registrados prolijamente y satisfacieron los derechos corres-
pendientes a su salida cíe Cádiz y su entrada aquí, como consta de expediente formado sobre el particular.
» Dios guarde a V.E. muchos años. Caracas, 28 de Junio de 1784 ».i
• Muy Señor mío: Con fecha de 21 de Abril último me dijo Vuestra Excelencia que habiéndosele dado noticia, aunque sin documentos comprobantes, de que don Vicente Antonio de Icuza había embarcado en Cádiz, en los buques guardacostas de su mando, una partida considerable de géneros sin pagar derechos, me lo advertía para que procurase indagar este hecho con el mayor cuidado y resultando ser cierto procediese contra los reos. A esta Real orden contesté en últimos de Junio próximo pasado que, efectivamente, el referido Icuza trajo aquí varios géneros en el bergantín "Coro" de su mando, pero que habiendo hecho presentación de ellos en La Guaira y manifestándome que por la angustia del tiempo cuando salió de Cádiz no pudo practicar las formalidades acostumbradas, pero que había dejado apoderado que las practicase, le permití su desembarco, pagando no sólo los derechos de entrada sino los que debió satisfacer en Cádiz a su salida. Después presentó una certificación de la aduana de Cádiz de haberse satisfecho los expresados derechos, y yo mandé devolverle los que se le habían cobrado de más en este puerto. El adjunto testimonio de todo el expediente enterará V.E. de todo lo que ha habido sobre este particular.
» Dios guarde ... ».2
Para cuando esto se escribía, Icuza ya había partido para su nuevo destino de Cartagena de Indias. Llevaba, sin duda, el alma lacerada. Había venido a luchar como en los viejos tiempos. Podía hallarse en su elemento sobre la cubierta de su buque, entre los rugidos de la tormenta y el fragor de los combates. Pero sentía que le faltaba el aire en los despachos de las Intendencias y salas de los dignatarios donde se forjan
las insidias y asechanzas de los espíritus mediocres que no han nacido para respirar el viento bravo que se goza en engendrar montañas sobre los lomos del mar,
7 — Santa Marta: el fin
En Septiembre de dicho año de 1784, salía Icuza para su nuevo destino al mando de los bergantines "San Joaquín" y "Nuestra Señora del Coro" y el balaux "Nuestra Señora del Carmen". Y la primera noticia que tenemos de él es la de un doloroso suceso testimoniado por un documento que hallamos en el Archivo de Caracas,1 firmado por el propio Icuza, a bordo de) bergantín "San Joaquín", el 8 de Diciembre de 1784, en el que da cuenta de la muerte de diecisiete hombres pertenecientes a los tres buques arriba citados. Perdieron la vida estos hombres « defendiéndose contra los indica en el territorio de Bahía Honda con motivo de haber desembarcado a hacer agua por impróxima necesidad para las tripulaciones de los tres referidos buques ». Así lo certifica nuestro conocido el escribano José de Elduayen, « como contador del bergantín "San Joaquín" de S.M. », quien nos describe a los tres muertos de la tripulación del propio bergantín: el maestro Bernardo Salaverria, « natural de la plaza de San Sebastián en donde reside su viuda Juana Bautista Alberdi»; el patrón de bote Francisco Hernández, * natural de la misma plaza de San Sebastián donde reside su madre Micaela Artola y el ayudante de condestable José Dionisio de Sagarzazu «natural de la plaza de Fuenterrabía en donde reside su madre Agustina Basterrechea con una hija », así como a los cuatro pertenecientes al "Coro" y los diez restantes del balaux, la mayor parte venezolanos.
Con referencia a sus compatriotas, Icuza podría haber tenido presentes en aquellos momentos las palabras del Padre Larramendi: « Caracas ha sido sepultura de guipuzcoanos sin número; esto es público y no obstante, Caracas es donde aspiran, como si cada uno de ellos hubiera de ser un factor de los que en seis u ocho años se han hecho riquísimos por arte de Merlín, que aquí no se sabe y allí se aprende ».
Mal comienzo era éste que, al de pocos días de la llegada de Icuza a su nuevo teatro de operaciones le deparaba la costa de Bahía Honda cuyo nombre evoca uno de los hermosos sueños del Libertador: * La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maraeaibo, una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda. Esta posición, aunque desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganado, y una grande abundancia de madera de construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados. .. >.
Menos, si cabe, que cuando Bolívar escribió estas líneas lo serían los que atacaron a los hombres de Icuza del cual nada nos autoriza a afirmar que resultara herido en aquella desgraciada acción — que por su propia mano comunicó, o al menos firmó, a la superioridad. Pero sí es lícito imaginar que ella vendría a golpear duramente en su espíritu seguramente decaído por los recientes sucesos de Caracas. El hecho es que el silencio se hace por unos meses en torno a él y la primera noticia que después de ésta nos llega es la de su fallecimiento, según se hace constar en Real Orden dirigida al Arzobispo Virrey de Santa Fe, con fecha 17 de Noviembre de 1785.
Teniendo en cuenta los pocos meses que median entre esta fecha y la agresión de Bahía Honda e incluso el que Icuza falleciera, como se dice, * en jurisdicción de Santa Marta », es razonable pensar que desde el citado infeliz suceso su salud quedara resentida y, tal vez, por ello no se alejara mucho de aquellos parajes en los meses que siguieron.
En cuanto a la fecha exacta de su muerte — que en ningún documento establece —, podemos decir que, según certificación expedida, en Octubre de 1788, por el Contador de Real Hacienda de Río Hacha, Alfonso Gutiérrez; « dicho teniente coronel recibió de estas cajas en el tiempo que se mantuvo en este crucero... 1.762 pesos, 5y2 reales... » que es el monto de una cuenta que adjunta y que la forman partidas recibidas por Icuza para pagar al mayordomo Juan José de Acha y al cocinero Ignacio Echeberría « que servían a dicho teniente coronel » y a los cuales « consta que hasta el 4 de Julio del mismo año (1785) se le quedaron debiendo. .. 192 pesos ». Y como el último recibo de lo que « a cuenta de sus sueldos » percibe Icuza es de 23 de Junio, parece indicar todo ello que para fines de Junio o primeros de Julio ya hubo de retirarse del servicio.
Tenemos después otro certificado, fecha 2 de Agosto de 1785, expedido por « Don Miguel de Basterra, contador sustituto de Ejército y Real Hacienda •>, en el que se hace constar : * Que al Teniente Coronel de Infantería, comandante del corso de estas costas don Vicente Antonio de Icuza se le han satisfecho sus sueldos vencidos desde 31 de Agosto de 1783 hasta otro igual día del presente año... ». Y como la copia de este certificado figura en el expediente de testamentaría como expedida también en Octubre de 1788 y constituye, con la anterior, una de las últimas piezas de él, claramente nos está diciendo que se refieren a los últimos pagos hechos a Icuza cuyo fallecimiento debió de ocurrir, pues, lo más tarde, a primeros de Septiembre, si además de lo expuesto no perdemos de vista que, si la Eeal Orden en que se hacía constar su muerte se despachó el 17 de Noviembre, es razonable calcular un tiempo de alrededor de dos meses para que la noticia de su deceso llegase a la Península.
Dice así la R.O. firmada por el marqués de Sonora, el 17 de Noviembre de 1785, en San Lorenzo:
s Todos los papeles, muebles y bienes que hayan quedado por fallecimiento del teniente coronel don Vicente Antonio de Icuza, Comandante de los guardacostas de Tierra Firme, deben recogerse y depositarse en cajas reales, dando cuenta al Rey para que disponga lo que fuere de su Real agrado. Y aunque no queda duda de que Vuestra Excelencia, con su celo y acreditado empeño, habrá dispuesto lo conveniente en esta parte, me manda Su Majestad prevenirle que me de noticia individual de lo que haya quedado por muerte del referido Icuza, en inteligencia de que con esta fecha se comunica la orden que corresponde al gobernador e intendente de Caracas para que de acuerdo con Vuestra Excelencia dispongan el expresado depósito por si conviniere hacerle en las cajas reales de Maracaibo, sujetas a esta jurisdicción. Dios guarde... s.
En el Archivo General de la Nación, en Caracas, puede verse la respuesta que, por su parte, dan, en 6 de Marzo de 1786, el Gobernador y el Intendente de Caracas al citado Ministro de Indias, marqués de Sonora:
- En Real Orden de 17 de Noviembre último se sirve V.E. prevenirnos haber resuelto S.M. que expidamos las más activas y estrechas providencias para que se recojan los papeles del Keal Servicio, muebles y bienes que hayan quedado por fallecimiento del Teniente Coronel don Vicente Antonio de Icuza, Comandante de Guardacostas, abonándosele las pagas hasta el día en que éste se verificó y que todo lo practiquemos de acuerdo con el señor Arzobispo Virrey de Santa Fe.
» En su consecuencia exponemos a V.E. que el expresado Teniente Coronel falleció en la jurisdicción del Gobernador de Santa Marta quien, noticioso de que el equipaje y papeles correspondientes al difunto existían en poder del Gobernador de Maracaibo (bajo un formal inventario) los reclamó, por su carta de 17 de Julio próximo pasado, acompañando copia autorizada de la Real Cédula de 29 de Enero de 1777 que comete al Capitán General o Gobernador el conocimiento de las testamentarías de oficiales militares que mueren en sus distritos, y en cumplimiento remitió el expresado Gobernador de Maracaibo al de Santa Marta, los papeles y demás que pertenecían a Icuza, de que nos dieron aviso uno y otro Gobernador, añadiéndonos el segundo en carta de 16 de Agosto último que reservaba en su poder (con todo lo demás) los papeles relativos a la comisión muy reservada que se le había confiado, hasta la resolución del señor Virrey a quien había dado cuenta, en cuyo estado nada nos queda por hacer en e! particular, ni menos en el abono de las pagas del referido Comandante por corresponder a las obligaciones del Reino de Santa Fe a donde estaba destinado con los buques de su mando, sin perjuicio de habérseles auxiliado por esta Capitanía General e Intendencia con cuanto han necesitado y pedido a Maracaibo para conservar el crucero sobre aquellas costas.
» Nuestro Señor guarde, etc.... Juan Guillelmi, Francisco de Saavedra ».*
A este despacho contesta el Marqués de la Sonora, es decir, don José Calvez, con este otro fechado en Aranjuez, 18 de Junio de 1786:
« Por la carta de V.S. de 6 de Marzo de este año, quedo enterado de haberse recogido los papeles y bienes pertenecientes a la testamentaría del Teniente Coronel y Comandante de Guardacostas de Tierra Firme don Vicente de Icuza por el Gobernador de Santa Marta en cuya jurisdicción falleció. Y respecto de lo que el referido Icuza estaba destinado con los buques de su mando bajo las órdenes del Virrey de Santa Fe, le comunico lo correspondiente con esta fecha a fin de que mande entregar a la viuda y heredera doña Ramona Barbachano los papeles, muebles y bienes procedentes de su testamentaría, previniéndole así mismo que por aquellas Cajas se le debe satisfacer la pensión del Montepío Militar que goza por la Real declaración de 20 de Mayo de 1783, según lo avise al Gobernador de esa Provincia, y aunque parece no haberse hasta ahora pagado cosa alguna por esta razón encargo se me dé aviso si se hubiese ejecutado alguna paga para su descuento en las Reales Cajas de Santa Fe. Dios guarde, etcétera ».»
Esto es todo lo que sabemos del fin de Vicente Antonio de Icuza quien andaba entonces por los cuarenta y ocho años; casi la misma edad en que, desde aquel mismo territorio de Santa Marta, abandonaría el mundo, medio siglo después, el Hombre grande de América. Podía aún haber dado lo mejor de sí y, como su compañero de corso Lorenzo de Goicoechea, quien le sobrevivió catorce años, hacer ilustre su nombre en campañas famosas sobre los siete mares.
Pero acaso es mejor que fuera así. Que terminara su vida en un rincón de estas costas que tanto debió de amar, y que la terminara casi a la par con la Compañía de la que fue uno de los hombres más cabalmente representativos.
Creemos verlo en su lecho de agonizante, entregado por última vez a la visión interior de su vivir: desde su infancia en la casa paterna de Rentería que anima la visita del capitán Guillamasa quien, frente al humeante chocolate, narra una y otra vez, sus aventuras por los mares del trópico; sus escapadas a Pasajes en las que la visita a su madrina, doña Juana de Lezo, eran el pretexto alegado ante su madre doña Teresa que se dejaba engañar, sabiendo bien que en Pasajes eran el puerto y los cuentos del viejo Shanti los que arrastraban al muchacho; la emoción de su primera salida en los guardacostas; el recuerdo de aquellos hombres formados a su lado y bajo su mando: el bravo Joaquín de Mendizabal y el gallardo Manuel Antonio de Urtesabel, y Francisco Xabier de Jaure-gui, Ignacio de Barrena, Domingo y José Antonio de Álzate, Juan Antonio de Careaga que le sucedió en el mando del corso de Caracas... todos aquellos compatriotas valientes y leales, hombres de una pieza y de una sola palabra que corrieron con él su suerte tantas veces en aquellos abordajes «sable y cuchillo en mano », según se dice en los viejos folios, como la corrieron otros más lejanos en la sangre o más humildes en sus puestos, pero no por eso menos firmemente centrados en su afecto, como Garachico, aquel avezado marinero maracucho y tantos otros... Después un rictus de desagrado marcado por el pasar de las figuras de los Calvez, los Saavedra, los Pizarro... y con ellos, de repente, aquellas ideas en Bilbao entrevistas y que ahora se le hacen claras. .. ; el último recuerdo para la fiel compañera que allá lejos habría de vestir el luto de la viudez... y, por fin, la serenidad definitiva del que entra en el eterno reposo.
Queda en nuestro recuerdo su imaginaria figura. Estampa de hombre recio, forjado entre aventuras y trabajos, que escruta la lejanía del mar, con sus ojos azules de acerado fulgor, desde el puesto de mando de su capitana. Aquella gallarda balandra "Nuestra Señora de Aranzazu", que cruzaba estas costas bordando espumas, en arrogante empopada, como si la poseyese el orgullo de saber que, entre todas las naves guipuzcoanas ninguna tan marinera como ella cuando la gobernaba la mano firme y experta de su capitán Vicente Antonio de Icuza.
TERCERA PARTE (1) En el corso de Su Majestad - TERCERA PARTE (2) En el corso de Su Majestad

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