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Timestamp: 2014-08-01 03:42:50+00:00

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HISTORIAS, ANECDOTAS y TESTIMONIOS�
* * * Del Prof.�Alberto Jorge Plá, doctor en Historia, docente�y escritor, en el fascículo titulado Nacionalismo, Peronismo, América latina, de la colección Polémica, editorial CEAL S.A. ( Centro Editor de América Latina ), Buenos Aires, 28 páginas, con ilustraciones y fotografías, año 1971: 1945 es un momento clave, porque el 17 de octubre, con la tremenda movilización obrera que se produce para defender al coronel Juan Domingo Perón implica, en los hechos, la objetivación de la alianza de un sector de la burguesía industrial con el movimiento obrero.
El triunfo electoral de febrero de 1946 no es más que la consecuencia legal del triunfo obrero del 17 de octubre de 1945.
A partir de allí se abre una experiencia a la que diversos autores le han asignado rótulos distintos. Perón realiza desde el poder una política que sustenta directamente la instalación de una verdadera industria nacional a los efectos de establecer las bases de una independencia o un enfrentamiento con los grandes centros económicos. Es así que, a nivel estructural, la economía sufre una transformación en la línea de la tendencia esbozada desde diez años atrás. Pero con una gran debilidad: el desarrollo industrial es de la industria liviana, de consumo. Ello era así porque el peronismo debía satisfacer las exigencias de las masas obreras, y había sólo un pequeño margen para una acción dirigida a establecer una industria de base, por otra parte siempre saboteada desde el exterior. Ante la oposición virulenta e incluso armada de la oligarquía, el peronismo se decidió por una política social. Para ello debió hacer hincapié en la elevación del nivel de vida de la clase obrera y ello estaba directamente ligado a la formación de una industria nacional cuyos productos se dirigieran a satisfacer a ese mercado interno en expansión.
Perón lo consiguió. Sólo que lo hizo por medio de una política nacionalista burguesa, sin traspasar los límites estructurales del sistema. Por ello, cuando en 1955 se produce la reacción de la oligarquía le resulta fácil reconstituir su funcionamiento, y al mismo tiempo integrar en su esquema económico esa misma economía de industria liviana.
El peronismo nunca traspasó esos límites, y de allí que las características de su gobierno correspondan a de una burguesía industrial, que realiza un bonapartismo entre el proletariado y el imperialismo. Quiere aprovechar la fuerza social de la clase obrera para frenar la presión imperialista, y cuando esa dinámica corre el riesgo de escapar a su control, gira y frena la acción independiente del movimiento obrero, en clara defensa del sistema capitalista. Es cierto que la línea es de zigzags pero hay que destacar y elogiar una política nacionalista como la de estatizar los ferrocarriles, el Banco Central, los transportes, los teléfonos, gas, etc. etc., crear un cierto monopolio del comercio exterior a través del IAPI, aun cuando en sí mismas estas medidas no eran suficiente para romper la relación de dependencia estructural. A pesar de todas las medidas contra los capitales extranjeros no tocó a los frigoríficos ni a los grupos eléctricos. La Argentina a nivel económico es productora de carne y cereales para el mercado mundial. Esto no fue afectado en su estructura, aun cuando se les haya estropeado algunos negocios a la oligarquía. La política económica del peronismo fue lejos. Lo más lejos que en ese momento podía ir sin afectar al sistema.
Por un lado el peronismo fue la expresión de un sector de la burguesía industrial que realiza esta política pendular; y por otra parte el peronismo es una experiencia riquísima de las relaciones entre dirección y bases a nivel del proletariado, en un país dependiente.
En lo que se refiere a la primera cuestión, señalemos los siguientes indicadores importantes: el aporte de la manufactura al producto bruto interno salta de ser del 18 % en la década del 30 a ser el 23 - 24 % en este período, cosa que se mantendrá después de la caída de Perón; aumenta en forma extraordinaria la cantidad de establecimientos lo mismo que la cantidad de obreros ocupados en la industria; el aporte del sector de la industria a la formación del producto bruto interno es dos o tres veces mayor que el aporte del sector ganadero, y de toda forma es de una vez y media más sumando la ganadería y la agricultura; el auge de la industria liviana se lo puede medir tanto en números absolutos como relativos; el porcentaje del capital extranjero fijo total que era el 30 % del total en 1930, bajó a ser el 5,1 % en 1955. Y así se podría seguir.
En lo que se refiere a la segunda cuestión: las relaciones de clase obrera y peronismo, este proceso implica toda una relación de concesiones y conquistas. Concesiones del movimiento obrero hacia Perón, y de éste al movimiento obrero. Conquistas del proletariado con respecto al Estado, por reivindicaciones sociales y económicas, y también conquistas del peronismo como dirección burguesa nacionalista sobre las masas. El peronismo juega�esto hasta sus últimas consecuencias durante los diez años de gobierno. Hay una permanente oscilación del peronismo como dirección, en buscar apoyar en las bases o reforzar su fisonomía�burguesa.
Los sucesos de 1955 son la expresión de que ya no se puede seguir jugando a esta ambivalencia entre los dos extremos. �A partir de aquí y ante la caída de Perón, los polos desaparecen en los hechos, aun cuando ideológicamente, todavía se mantengan por más tiempo.
Todo movimiento social requiere una dirección. Sin una dirección ningún movimiento social de masas se lanza a acciones que no sabe cómo pueden terminar. Las acciones pueden ser espontáneas, lo que es muy importante desde el punto de vista de que ponen en peligro la estructura de funcionamiento�del régimen social y político existente, pero si son así siempre tienen un determinado límite: el límite que impone el espontaneísmo, el hecho de que al no existir una dirección reconocida y con autoridad de masas, esas acciones o esas rebeliones empíricas se diluyen, o incluso llegan a un punto en que retroceden.
El estallido de rebeldía en la etapa formativa del peronismo ( 17 de octubre de 1945 ) encontró un centro. Y ese centro fue una dirección burguesa nacionalista originada en el Ejército, que se pudo consolidar como dirección de un� movimiento de masas obreras por el rol contrarrevolucionario y antiobrero de los partidos obreros tradicionales y las organizaciones sindicales preexistentes.
A partir de allí, la clase obrera organizada en los sindicatos aparece como la columna vertebral del peronismo. Es decir que este movimiento tuvo contenido de masas, y que no funcionó al nivel del paternalismo populista de Getulio Vargas en el Brasil. Además la clase obrera argentina se centralizó en sus sindicatos y la CGT y ello le permitió jugar un rol concentrado y mucho más protagónico. Si no avanzó más, las limitaciones fueron de las direcciones, especialmente a nivel del movimiento obrero. En el caso de Argentina, vuelve a minifestarse hasta qué punto, la debilidad o el raquitismo de la burguesía industrial como clase, le impide enfrentar con éxito la dependencia exterior, y cuando lo hace sólo puede hacerlo sobre la base de una fuerza social prestada, no propia. La clase obrera prestó ese apoyo. El movimiento obrero entendía que a través de Perón podría seguir avanzando. No era su intención detenerse a mitad de camino. Pero el peronismo como concepción burguesa nacionalista, al no estar dispuesto a avanzar como se lo exigían las grandes masas en 1955, optó por retirarse. En la caída de Perón surgen más claros estos elementos. Perón ya se ha ido, y sin embargo en los barrios obreros y populares las masas salen a la calle en una expresión desesperada de oposición a la oligarquía, que recupera el poder por abandono del mismo por parte de la dirección peronista. La caída de Perón se da en dos tiempos: junio y setiembre de 1955. En esos meses los obreros peronistas querían seguir avanzando. Pero su dirección no los había preparado. Por ejemplo: con qué programa avanzar, tomando qué clase de medidas. La dirección seguía haciendo seguidismo de Perón, y no obstante cuando Perón�informa renunciar el 30 de agosto de 1955, le piden que se quede. Mitin tremendo el 31 de agosto de 1955.
Y aquí aparece la combinación en la coyuntura, del otro elemento del análisis. Perón busca contener al movimiento obrero,�argumentando que no desea que se derrame sangre. No accede a lo que le solicita la CGT, y al mismo tiempo hace la famosa apertura a la conciliación nacional con la oligarquía y los partidos tradicionales, que le están organizando el golpe de Estado. O sea, en vez de apoyarse en el movimiento obrero para avanzar en la línea de�vulnerar la relación con la oligarquía liberal, se inclina a pactar la conciliación con sus antiguos enemigos. Triunfante a nivel político, la oligarquía no tenía por qué acceder a dicha conciliación y en setiembre depone a Perón, sin que éste organizara la resistencia. Es más, en pleno momento de crisis, pide por radio a la clase obrera y a los peronistas, que se queden en sus casas y confíen en�él. De allí que se puede discernir un peronismo de los obreros y un peronismo de sus direcciones sindicales. En sus direcciones el fracaso no es menos lamentable que en el caso de Getulio Vargas.
* * * De Víctor Oscar García Costa, docente, historiador especializado en Historia Social, escritor, en el fascículo titulado La nacionalización de los ferrocarriles, colección Polémica, número 82, editorial CEAL S.A., Buenos Aires, 28 páginas, año 1971: El gobierno peronista ( 1946 - 1955 ) se planteó básicamente recuperar la independencia del país. Si independencia económica y justicia social son dos conceptos inseparables, la puesta en práctica de la justicia social sobre la base de una redistribución de los ingresos que no afectara al sistema mismo, sólo tuvo posibilidades reales mientras duró la favorable coyuntura económica de posguerra; tan pronto aquella disminuyó, también comenzó a perder fuerza el ritmo redistributivo puesto que en el período en que se aplicó no se alcanzaron al mismo tiempo las condiciones para un desarrollo interno autosostenido.
Que el gobierno de Perón tenía conciencia de este peligro lo prueban los sostenidos esfuerzos para apoyar el afianzamiento de una industria nacional mediante el crédito y tarifas proteccionistas. Sin embargo el intento de crear un motor capaz de impulsar un desarrollo según los moldes tradicionales se vería frenado por la subsistencia de relaciones de dependencia intrínsecas al sistema.
La Constitución de 1853 creó la bases liberales indispensables y suficientes para hacer ingresar a la Argentina en el esquema del mundo capitalista dándole un lugar en la división internacional del trabajo. Con la Constitución vino el ferrocarril.
El ferrocarril mostró lo que el país era: expresión del crecimiento " para afuera ", cabecera de un puente que cruzaba el Atlántico sobre barcos de una flota mercante, la mayor del mundo, que también era inglesa.
Desde el 29 de agosto de 1857� - en que la primera locomotora, La Porteña,�inició el recorrido de los primeros diez kilómetros de vías instaladas en la Argentina� -� pueden distinguirse tres tiempos en la historia del ferrocarril: el tiempo nacional, el tiempo mixto concesional y el tiempo colonial que, en abanico de hierro, hace converger los centros productores de materias y receptores de manufactura europea de producción mecanizada hacia el puerto de Buenos Aires.
Desde 1863, en que se inicia el sistema de concesiones con utilidades garantizadas y donaciones de tierras, hasta 1890, se otorgan 139 concesiones. Paralelamente se vende a los ingleses el Ferrocarril Andino. El 28 de abril de 1890 se formaliza el contrato de venta del Ferrocarril Central Oeste con H. G. Anderson, que compra por cuenta de la Western Railway. El ferrocarril hizo una estructura a su antojo, levantó pueblos a sus costados, valorizó regiones, aplicó tarifas diferentes con las que frenó o alentó amplias zonas, determinadas producciones y posibilidades de manufacturas. Como si eso fuera poco, con el flete proporcional centralizó las industrias en Buenos Aires, la mayoría de ellas de productos perecederos. Las conferencias de fletes, la primera de 1911, repartieron los cupos de exportación. Los ingleses tenían menor porcentaje pero sabían que suyos eran los barcos y los ferrocarriles. Las inversiones extranjeras, para las que se abrieron anchas las puertas del desierto, no se aplicaron a nuestras necesidades internas, sino a la producción de artículos alimenticios� requeridos por el extranjero y a los servicios ( ferrocarriles, gas, electricidad ), bien redituables, otorgando " concesiones temporales de privilegios y recompensas de estímulo ". De ahí que los capitales que ingresaran al país sólo tuvieran aplicación en las industrias vinculadas con la exportación.
En 1933, el gobierno del presidente argentino general Agustín Justo envía a Londres una embajada extraordinaria, presidida por el vicepresidente Dr. Julio Argentino Roca ( hijo ) e integrada en calidad de asesores por Raúl Prebisch y Guillermo Leguizamón. Allí habrían de pronunciar el vicepresidente Roca y el representante Leguizamón unas frases célebres: " La Argentina es, por su interdependencia recíproca, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Reino Unido ", y " La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad ".
El 1� de Mayo de 1933 se firma en Londres la Convención y Protocolo que suscriben el vicepresidente argentino Julio Argentino Roca ( hijo ) y Sir Walter Runciman, presidente del British Board of Trade, encargado de negocios de Gran Bretaña. A más de tratarse el comercio de las carnes argentinas, que quedaban bajo el control inglés, se aseguraba que:�
" El Gobierno Argentino, valorando los�beneficios de la colaboración del capital británico en las empresas de servicios públicos y otras, ya sean nacionales, municipales o privadas ... se propone dispensar a tales empresas ... un tratamiento benévolo que tienda a asegurar ... la debida y legítima protección de�los intereses ligados a tales empresas ". Gran Bretaña se comprometía a comprar carnes argentinas, en tanto y cuando el precio fuera el menor al de todos los proveedores mundiales. Argentina aceptó la liberación de impuestos para los productos ingleses y el compromiso de no habilitar frigoríficos de capitales nacionales.
En 1935, el Banco Central de la República Argentina fue creado bajo la conducción de un directorio con fuerte predomio de funcionarios ingleses, y se le adjudicó a Gran Bretaña el monopolio de los transportes de Buenos Aires. El 17 de diciembre de 1940 los diarios de la mañana informaban sobre " un plan de nacionalización de los ferrocarriles particulares ". Se trataba de un proyecto preparado por encargo de las empresas a un estudio jurídico, redactado por el Dr. Federico Pinedo, y en el cual se proponía la organización de una entidad formada por los ferrocarriles particulares y el Estado. El estudio, que entroncaba con el " plan de reactivación económica " enviado por el Poder Ejecutivo al Senado y preparado hacia mediados de 1938, proponía la constitución de la Corporación de Ferrocarriles Argentinos, que integrarían los Ferrocarriles Sud, Central Argentino, Oeste, Pacífico y las líneas explotadas por esas empresas, con la posibilidad de extenderlas a las demás compañías ferroviarias.
El capital se estimaba, al 30 de junio de 1937, en 240.279.284 libras esterlinas para las cuatro empresas, es decir, 3.610.000.000 de pesos moneda nacional, al cambio de 15 pesos la libra esterlina. Se contemplaba la existencia de capital privilegiado. La nueva corporación funcionaría como una sociedad anónima por acciones sin valor nominal. Las empresas transferirían a la corporación todos sus bienes a cambio de hacerse cargo del pasivo privilegiado de 131.496.598 libras esterlinas al 4 % de interés y 1/2 de amortización acumulativa. Se fijaba la renuncia por parte del Estado a la rebaja de las tarifas en los transportes por él efectuados lo que significaba 13.800.000 pesos moneda nacional, y se comprometía al Estado a renovar las concesiones en favor de la corporación. El Estado recibiría gratuitamente el 30 % de las acciones clase B pudiendo llegar a adquirir el 50 % de la propiedad de la corporación en 30 años y la totalidad en 60 años, mediante el rescate de acciones por un fondo de amortización creado con las ganancias. El Estado tendría el derecho inicial de elegir el 30 % del Directorio. De las ganancias líquidas, cuya significación dependería de la voluntad del Estado ( aumento de tarifas ) y de cómo encarara éste la coordinación del transporte, se separarían 36.000.000 de pesos moneda nacional anuales para las acciones A, esto es las empresas británicas, y luego 18.000.000 de pesos moneda nacional para el Estado. El resto, si lo hubiere, se repartiría en la proporción de 70 y 30 para las compañías y el Estado, respectivamente. Todo el plan debía contar con la garantía del Estado.
Al día siguiente, el 18 de diciembre de 1940, comentadas en Londres las gestiones de adquisición de ferrocarriles de capital británico, Sir Follet Holt, presidente del directorio del Ferrocarril Sud, dijo que se estudiaba un plan que incluía la compra de valores bursátiles de ferrocarriles.
El diario La Prensa de ese día transcribe un anteproyecto de ley, examinado en esferas oficiales, que es prácticamente la reproducción del plan Pinedo para los ferrocarriles.
El plan Pinedo para los ferrocarriles fue un anticipo del plan Pinedo para la constitución de una sociedad sui generis, SEGBA ( Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires ), con la que se impidió la recuperación por parte de la Municipalidad de la Capital de la empresa CADE ( Compañía Argentina de Electricidad ), por vencimiento de la concesión, en la que había cláusula de reversión. En las concesiones ferroviarias,�esa cláusula no existía, pero a los ingleses ya no les interesaba la explotación�ferroviaria porque el�1� de enero de 1947 vencían las franquicias impositivas y la liberación de los derechos de aduana.
El 24 de agosto de 1946, en el Instituto Popular de Conferencias, disertaba el ingeniero Ricardo Ortiz sobre el tema " El Vencimiento de la ley Mitre 5.215 " Despues de señalar que el desarrollo ferroviario se realizó cautelosamente hasta 1880, en forma agitadada hasta 1890 y en desarrollo vertiginoso entre 1906 y 1915, señalaba: " A partir de entonces, el crecimiento de la red ferroviaria en la Argentina, considerado como iniciativa privada, ha entrado en la penumbra que caracteriza su desarrollo en casi todo el resto del mundo; el progreso de nuestra red a partir de la�Primera Guerra Mundial y particularmente desde el comienzo de la década de los treinta, ha estado exclusivamente a cargo de las líneas del Estado ". La verdad es que no hubo obra de fomento ni por el capital externo ni por el capital interno. Sí por el Estado. Los ingleses vinieron al país a realizar un negocio y lo habían hecho. Eran negociantes, no benefactores. Con el negocio habían determinado nuestro crecimiento y desarrollo geográfico - político colocándonos como país periférico en la situación de productor - proveedor de materias primas, sentando las�bases de�nuestra nueva dependencia y su consecuencia: el deterioro en los términos del intercambio. Cabría aquí repetir lo que se había dicho en la Cámara de Diputados al debatirse el problema eléctrico: " Cuando�al país hay alguien que lo�compra, es porque hay alguien que lo vende ". La caducidad del artículo 8� de la ley 5.315, de concesiones ferroviarias ( Ley Mitre ) significaba que desde el 1� de enero de 1947 las empresas concesionarias deberían pagar los�derechos por tarifas de avalúos establecidos para las mercaderías importadas, el impuesto a los réditos y los impuestos provinciales y municipales. Es verdad que ellas dejarían de contribuir con el 3 % de sus productos líquidos, pero calculadas las exenciones en 40.000.000 de�pesos anuales y la contribución en 5.000.000 de pesos, era evidente que las concesionarias incrementarían sus gastos en 35.000.000�de pesos,�o sea unos�2,3 millones de libras esterlinas al cambio de 15 pesos. He ahí otra de las razones por la que las empresas encargaron a Pinedo su plan para ferrocarriles, adelantándose en 6 años al fin de la vigencia del artículo 8� de la ley 5.315.
La necesidad de dejar atrás la Argentina pastoril era necesidad de los argentinos, no de los ingleses. El ferrocarril les interesó porque había relación entre éste, la llanura, el sector ganadero y los intereses económicos ingleses. En 1946 no les interesaban a los ingleses porque eran obsoletos y porque el rendimiento del crecimiento necesario no podía ser inmediato. De las soluciones posibles había que descartar la prórroga de la ley 5.315 y el aumento de tarifas en proporción suficiente. Tampoco la empresa mixta porque " es un escamoteo del problema�de fondo ". En la empresa mixta todo el esfuerzo quedaría en manos del Estado sin decisión del Estado. El único camino era el de la nacionalización. El 29 de agosto de 1946 se pedía ante la Cámara de Diputados se tuviera en cuenta en las conversaciones�con la misión comercial inglesa que la nacionalización debía ser emprendida por el Estado, que no debía�consentirse la formación de una sociedad mixta, ni concederse privilegio o monopolio sobre cualquier otra forma de transporte, que no debía prorrogarse el artículo 8� de la ley 5.315. En otro proyecto se solicitaba la fijación del justo valor de la red ferroviaria sobre la base del costo histórico, no tomándose como válido el contabilizado por las empresas, deduciendo lo radiado por inutilidad�técnica y económica, y las amortizaciones, excluyendo las renovaciones que son gastos de explotación, los gastos de conservación y las obras inútiles. Se pedía también que se determinara la prudencia en la inversión del capital, para descontar la pérdida reditual de las empresas que no hubieran alcanzado el 6,8 % de lo producido neto.
Asimismo, se solicitaba que se tuviera en cuenta el aguamiento de capitales, lucro obtenido por las empresas negociadoras de tierras, las tierras entregadas por la�Nación que no salieron del dominio de las Empresas, previniendo que no sirviera de base el monto de los capitales actualizados y que no se aplicara el artículo 16 de la ley Mitre de reserva para la Nación del derecho de expropiar por el monto del capital reconocido, aumentado en un 20 %.
El 17 de setiembre de 1946, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, se firmaba un convenio comercial entre Argentina y Gran Bretaña.�En medio de aplausos hicieron su entrada los delegados ingleses, presididos por el jefe de la Misión Comercial Británica, Sir Wilfred Eady.
Concluída la firma de los documentos, habló el presidente de Nación, general Perón, señalando que las actas suscriptas eran un paso " más firme y promisorio en el camino de la recuperación nacional ". El tratado firmado, Eady - Miranda, se refería a tres aspectos fundamentales: normalización de los saldos de libras acumuladas, comercio de carnes y situación de los ferrocarriles. Se firmaba en momentos difíciles para Gran�Bretaña y mostraba una vez más que carnes, ferrocarriles y comercio exterior habían marchado de la mano de los ingleses.
Con respecto al primer asunto, la normalización de los saldos de libras acumuladas, se suponía que podíamos disponer de parte de las libras esterlinas para repatriar deudas públicas, para transferir al Brasil hasta 10.000.000 de ellas y para rescatar inversiones de capital británico en la�Argentina. No se especificaba qué inversiones eran rescatables y por qué importe pero en lo que se hacía especial hincapié era en resaltar� -� aunque las libras eran nuestras� -� que sólo podíamos disponer de una parte de ellas. Además, se aseguraba la disponibilidad de 5.000.000 de libras por año durante los cuatro que iba a durar el convenio, para el pago de transaciones corrientes y para cubrir los déficits de las balanzas de pago en el área de la libra. En lo sucesivo�las libras por ventas a Gran Bretaña serían de libre disponibilidad.
En relación con las carnes, el gobierno británico se comprometía durante�los cuatro años y a partir de 1��de octubre de 1946, a adquirir los saldos exportables, reservándose a la Argentina para su venta a otros mercados el 17 % para el primer año y el 22 % para el segundo, comprometiéndose los británicos a comprar todo�saldo no vendido. Los precios excederán el 45 % sobre el contrato global de 1939 y Gran Bretaña pagaría 5.000.000 de libras liberadas para ajustar los�precios del período 1939 - 1945.
Por último, en materia ferroviaria decíase que se formaría una compañía argentina con participación del Estado argentino y/o de particulares argentinos con el propósito de adquirir y explotar los bienes directos e indirectos de las compañías ferroviarias de capital británico situadas en la Argentina, bienes que debían detallarse en planilla a convenir. La nueva compañía debía tomar a su cargo todos los derechos y obligaciones de las empresas británicas, excluyendo cualquier responsabilidad relativa a los debentures emitidos por las empresas británicas.
El Gobierno�argentino convenía designar una Subcomisión Técnica Asesora antes de fin de octubre de 1946 para determinar el monto del capital inicial, la constitución de la nueva compañía, las transferencias y las bases de la explotación.
Igualmente era compromiso del Gobierno argentino exonerar a la nueva compañía de todos los impuestos nacionales, provinciales y municipales, de todos los derechos de aduana sobre materiales y artículos de importación y explotación presentes y futuros con la excepción de que se tratara de artículos producidos en la Argentina al momento de su importación.
Los pagos de dividendos de la nueva sociedad a las compañías británicas o a cualquier compañía de holding o formada por las mismas serían bajo el mismo régimen de exención. La totalidad del capital inicial de la nueva compañía consistiría en acciones en pesos moneda nacional, iguales, asignadas a las compañías británicas, como precio de compra y el Gobierno argentino, mediante un preaviso razonable, podía adquirir a la par, en cualquier momento, parte o totalidad de ellas, que las compañías ferroviarias quedaban facultadas a vender.
El Gobierno argentino aseguraba un rendimiento anual del 4 %, que si excediera del 6 % la diferencia sería aplicada a la amortización, rescate o extensión.
Para el caso de que el rendimiento fuera inferior a los 80.000.000 de pesos, la diferencia hasta alcanzarlos sería costeada por el Estado argentino. Esta cláusula es importante porque mediante ella se aceptaba y fijaba el capital en 2.000.000.000 de pesos dado que 80.000.000 es el 4 % de esa cifra.
Como si fuera poco, el�Gobierno argentino�se comprometía a incorporar 500.000.000 de pesos durante los siguientes�cinco años para ser invertidos en la modernización del sistema, que como se ve, sería pagada por el Estado argentino.
Al conocerse lo tratado, el Banco de Inglaterra decía: " Las negociaciones han sido como una difícil partida de�póker y hemos salido de ella lo bastante bien ".
El Financial Times decía en su editorial: " El acuerdo es menos oneroso de lo que se esperaba ".
EL Yorshire Post expresaba: " Satisfacción por los arreglos�y�por los saldos en libras esterlinas ".
El Manchester Guardian calificaba el acuerdo sobre los ferrocarriles: " Altamente satisfactorio ".
The Times, el Glasgow Herald, el Daily Herald, el Daily Mail, el News Chronicle, el Evening Standard�y The Star saludan el convenio con satisfacción.
Los ingleses contentos. En Argentina, el�Partido Radical exigía amplia publicidad de las negociaciones, en la ruta del pedido de informes que había llevado las firmas de las dos líneas en que se escindiría más tarde: Ricardo Balbín y Arturo�Frondizi. El Partido Comunista calificó el acuerdo como " Un triunfo de las exigencias�de las empresas británicas y lesivo para los intereses nacionales ".
El 18 de diciembre de 1946 el gobierno adquiría las compañías de ferrocarriles de capital francés: Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires, Compañía Francesa de Ferrocarriles de Santa Fe y Compañía del Ferrocarril de Rosario a Puerto Belgrano, en 182.796.173,98 pesos.
El capital de origen, sin amortización, era de 287.107.539 pesos y la compra se efectuó por el 63 % del precio que tenían cuando eran nuevos. Las dos compañías de trocha angosta hacía 14 años que no pagaban dividendos, el material era anticuado y se hallaba en muy mal estado; el rendimiento del último ejercicio había sido de 487.855 pesos, lo que significaba que si se había aceptado esa cifra como el 3 % de las utilidades del capital, éste era 10 veces menor de lo que se había pagado. La Unión Ferroviaria en carta al presidente Perón saludaba la adquisición y alentaba la compra de los ferrocarriles británicos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña consideró que la explotación del servicio ferroviario ya no era de su interés y que el material se hallaba en franca obsolescencia, optó por ofrecer al gobierno de Argentina dos alternativas: la formación de una sociedad mixta o la adquisión de los ferrocarriles.
En el primer caso, como lo decía el Manchester Guardian, la formación de una empresa mixta significaba mantener el control de la misma y con ella el de un importante sector económico, recibir el apoyo del Estado con 500.000.000 de pesos y tener asegurada una garantía del 4 % con una ganancia no menor de 80.000.000 de pesos anuales.
No hay que olvidar que el 1� de enero de 1947 vencía la vigencia del artículo 8� de la Ley Mitre que había otorgado a las empresas la liberación de los derechos de aduanas para todos los artículos de construcción y explotación que introdujeran al país, como así también�la exoneración de todo impuesto nacional, provincial y municipal, debiendo satisfacer únicamente un 3 % del producto líquido de sus líneas, reconociéndosele como gasto hasta el 60 % de las entradas. Inicialmente el Gobierno argentino apareció rechazando la posibilidad de compra. El 18 de julio de 1946, a poco de haberse hecha pública la intención de las compañías ferroviarias, expresó: " No nos proponemos usar los�fondos bloqueados para comprar hierro viejo ". La Argentina tenía acreditadas y bloqueadas 140.000.000 de libras esterlinas. Los ingleses, que afirmaban no estar en condiciones de pagarlas, ofrecían saldar la deuda con los ferrocarriles.
Como respuesta, Miguel Miranda dijo al enviado británico Sir Wilfred Eady: " Propongo concederles un préstamo por toda esa suma al mismo interés que les fijaron sus aliados norteamericanos: al 2 y 1/2 %. Ustedes nos pagarán con maquinarias y artículos manufacturados que nos hacen�falta. Los ferrocarriles ya los tenemos y están prestando servicio ". Los Estados Unidos habían concedido en julio de 1946 un préstamo a Gran Bretaña por 3.750.000.000 de dólares, con la condición de que saldara sus deudas por suministros bélicos con los países americanos.
Es evidente que el negocio de la sociedad mixta aparecía el 17 de setiembre de 1946 como el más viable, pero los Estados Unidos, conocedores de las negociaciones, señalaron al representante inglés Hugh Dalton que el préstamo de 3.750.000.000 de dólares obligaba a liberar las libras esterlinas de los países americanos bloquedas en el Banco de Inglaterra para que aquellos las convirtieran en cualquier moneda mientras que las tratativas establecían que las libras esterlinas se iban a utilizar en el área de la libra. No se trataba de generosidad norteamericana. Es que nuestros saldos favorables con Europa siempre fueron a saldar nuestros déficits con los Estados Unidos.
Haciendo su juego, Inglaterra, para salvar esa dificultad, ofreció en venta los ferrocarriles. Miguel Miranda desmintió las versiones diciendo:�" Jamás soñamos con hacer tal cosa ".
Poco menos de un mes más tarde se firmaba en la Casa Rosada la compra de los ferrocarriles. Miranda explicó la excelencia de la operación y se justificaba en el cambio de actitud diciendo: " Los ferrocarriles nos interesaban, pero no íbamos a gritarlo a los cuatro vientos para que los ingleses subieran el precio. Había que demostrar poco interés, porque ellos eran los que querían vender ".
El 13 de febrero de 1947 se suscribía el convenio. Sir Wilfred Eady ya había telegrafiado a Londres, alborozado: " We got it ".
EL 30 de enero de 1947 la Comisión Pronacionalización de los Ferrocarriles dio a conocer un informe en el que afirmaba: " Los ferrocarriles no valen más de 1.000.000.000 de pesos y pagar más o reconocer un capital mayor es hacer pesar sobre la producción argentina imposiciones que no representan valores reales, ya que forzosamente habrá que abonar otro tanto para renovarlos y hacerlos funcionar de acuerdo a las necesidades del servicio. Antes de pagar más de 1.000.000.000 sería preferible no hacer nada y exigir a las compañías el estricto cumplimiento de sus obligaciones ".
Por decreto N� 15.634 del año 1946, el Poder Ejecutivo había designado una Subcomisión Técnica Asesora que se�expedió casi simultáneamente y cuya estimación del valor de los ferrocarriles era inferior a los 1.000.000.000 de pesos.
La operación, que había sido calculada por Miguel Miranda en setiembre de 1946 en 1.000.000.000 de pesos y duplicada por él mismo " por razones sentimentales y de agradecimiento a Gran Bretaña " en la última semana de enero se incrementó en 700.000.000 pesos provenientes de que el Estado se hizo cargo de las escrituras, deudas con las cajas de jubilaciones, inspecciones contables, aumentos retroactivos al personal, aguinaldo y juicios hasta el mes de junio de 1946.
Como si ello hubiera sido poco, se concedió a las empresas todo el dinero en efectivo, valores y créditos hasta la misma fecha, como también se las liberó de pagar todos los gastos.
" Todo lo que se pagó multiplicó por tres la cotización inicial, a razón de 90.000 pesos el kilómetro ",�afirmaría Héctor Iñigo Carrera en su�libro del año 1955.
El 1� de marzo de 1948, seis días antes de las elecciones de renovación de las Cámaras, frente a la Estación Retiro� -� a donde había sido trasladada la locomotora La Porteña� - se realizó una enorme concentración popular para celebrar la toma de posesión de las compañías ferroviarias. Perón no pudo asistir, afectado y operado de una apendicitis aguda. Ni el secretario de la CGT, José Espejo, ni los representantes de la Unión Ferroviaria y la Fraternidad, Juan Rodríguez y Alberto Sívori, pudieron hacerse oír.
A duras penas el ministro de Obras Públicas, general Juan Pistarini, pudo hacer su�discurso y la concentración,�que reclamaba por�el presidente Perón, sólo se acalló cuando Evita desde el Instituto�Argentino de�Diagnóstico y Tratamiento pidió por radio silencio para escuchar al Presidente convalesciente, que dijo: " ¡ Buenas noches a todos !� Les pido que festejen esto que nos ha costado mucho y que esta noche estén muy alegres y muy felices. Hasta pronto ". Evidentemente nos había costado mucho, muchísimo. Pero menos de lo que nos había costado como resultado de la dependencia en manos de los ingleses. Por sobre el efecto simbólico y psicológico que�la nacionalización produjo, " el déficit en el período 1947 - 1951 de uno sólo de los ferrocarriles, el Belgrano, ascendió a 1.373.243.117 de pesos ", según el escritor e historiador Héctor Iñigo Carrera en su libro El engaño de las nacionalizaciones totalitarias, editorial Gure,�Buenos Aires, 146 páginas, año 1955.�
La operación de nacionalización, muy costosa sin duda, fue, a nuestro juicio y a pesar del precio, un hecho positivo, aunque tardío.
Nota: El Dr. Mario Rapoport, investigador del CONICET, doctor en Historia y licenciado en Economía Politica, en su excepcional Historia económica, política y social de la Argentina ( 1880 - 2000 ), editorial Emecé S.A, Buenos Aires, 1.044 páginas, año 2007,�expresa que: Las nacionalizaciones de múltiples empresas tuvo un papel muy importante sobre la evolución del sector público�y del conjunto de la economía durante los gobiernos peronistas ( 1946 - 1955 ).�En el corto plazo, interesa analizar la afectación de fondos para la adquisición de esas empresas. Pero su impacto mayor se daría en el largo plazo, por múltiples razones. Primero, porque la ampliación y mejora de los servicios públicos pasaba a depender por completo de las decisiones del Gobierno. Luego, por el poderoso efecto inductor o disuasor de la inversión pública sobre la inversión privada. En tercer término, por la influencia directa que cobraba el Estado en la evolución de los agregados macroeconómicos, en la distribución del ingreso ( tanto por el pago de salarios como por el peso de las tarifas en la canasta familiar ) y en la generación de empleo. Por último, porque sus nuevas funciones incrementaban la influencia de las políticas públicas en la orientación sectorial y regional de la producción.
Todo esto le daba al Estado la posibilidad de corregir algunos desequilibrios manifiestos que, en materia económica, tenía la Argentina, pero incrementaba también el riesgo y la responsabilidad gubernamental ante un eventual fracaso.
Uno de los ejemplos más tempranos de la nacionalización fue el de la distribución del gas. En 1945, se nacionalizó el servicio de gas en la Capital Federal y, entre 1947 y 1948, el Estado adquirió varias compañías de gas en la provincia de Buenos Aires y extendió la red con nuevos centros de distribución, procurando transformarla en un servicio social y rebajando las tarifas en un 30 %. Para abastecer el gran centro consumidor de Buenos Aires y sus alrededores se construyó un gasoducto desde Comodoro Rivadavia que fue único en su tipo en aquella época, con un recorrido de 1.700 kilómetros y capacidad para transportar un millón de metros cúbicos diarios. Esto permitió aumentar el número de clientes de los servicios de gas que pasaron de 216.000 en 1943 a 400.000 en 1949.
También fue nacionalizado el sector telefónico. El 3 de setiembre de 1946, la empresa " The United River Plate Telephone Company Ltd. ", subsidiaria del trust norteamericano ITT, pasaba a manos del Estado por la suma de 95.000.000 de dólares. La adquisición fue acompañada de un convenio por el que la ITT proveería asistencia técnica y materiales de renovación telefónica por el término de�diez años.
En general, la compra de empresas por parte del Estado se encontraba lejos de�ser un proceso compulsivo. Las propias compañías extranjeras estaban interesadas en desprenderse de sus activos en la Argentina, y no por recelo contra la nueva estrategia del Gobierno, sino porque percibían que su ciclo ya estaba agotado. Es precisamente por ello que habían dejado virtualmente de invertir mucho tiempo atrás. En ese sentido el ejemplo más prístino fue el caso de los ferrocarriles.
Ya en diciembre de 1946 fueron adquiridos por el Estado los ferrocarriles de capital francés, operación pequeña, por el escaso volumen de esas empresas, pero que prefiguraba una de las negociaciones más publicitadas y también más discutidas del gobierno de Perón: la compra de las compañías ferroviarias de origen británico.
Las inversiones realizadas en este rubro por capitales británicos habían sido muy elevadas hasta la Primera Guerra Mundial. Pero el deterioro de la economía inglesa durante la posguerra motivó una disminución considerable de ellas. Entre 1918 y 1946 no se registraron nuevos emprendimientos, correspondiendo al Estado Nacional la iniciativa en torno a la construcción de los últimos ramales.
La competencia que se desató a partir de los años �30 entre la ruta y el riel desalentó aún más la renovación del sector, al tiempo que la creciente obsolescencia del material rodante tendió a disminuir aceleradamente los márgenes de ganancia de los empresarios, provocando en los años��30�una fuerte baja en la cotización de las acciones de las compañías ferroviarias. Su valor promedio cayó de m$n 96,62 en 1929 a m$n 11,62 en 1936. El agravamiento de este cuadro al estallar la Segunda Guerra Mundial condujo a los prestatarios a proponer recurrentemente la venta de los servicios al Estado argentino; interés que habría de acentuarse durante la posguerra, debido a que en 1947 caducaba la " Ley Mitre ", de 1907, que eximía por 40 años a los ferrocarriles británicos del pago de impuestos nacionales, provinciales y municipales a cambio de un gravamen único más favorable.
Ya en 1940, el Plan de Reactivación Económica Nacional presentado por el ministro de Hacienda Federico Pinedo incluía un artículo por el cual se autorizaba al gobierno a adquirir en todo o en parte los ferrocarriles. Al mismo tiempo, se daba a conocer un plan de nacionalización de los ferrocarriles, cuyo autor era el mismo Pinedo ( y por el que, se decía, había cobrado una importante suma en libras esterlinas ), que planteaba la creación de una compañía mixta, con un 70 % de las acciones para el capital británico y un 30 % para el Estado argentino. Pero hacia mediados de los años �40 ninguna de esas iniciativas había prosperado.
La Segunda Guerra Mundial había colocado a Gran Bretaña en una difícil situación económica debido a la prioridad que recibió la producción bélica en detrimento de sus exportaciones. Con los Estados Unidos, casi todos los países�del Commonwealth y otras naciones con las que mantenía importantes relaciones comerciales, el Reino Unido tuvo saldos deudores durante la guerra. Pero mientras algunos países demandaron su pago en dólares u oro, al menos hasta que Londres agotara sus exhaustas reservas, otros se conformaron, en lugar del pago en efectivo, con ir aumulando créditos en la forma de libras esterlinas con garantía oro en el Banco de Inglaterra, no disponible en lo inmediato e inconvertibles en otras divisas desde 1939: las llamadas " libras bloqueadas ". Tal fue el caso de la Argentina que entre 1940 y 1945 tuvo un balance comercial bilateral favorable de m$n 1.560.000.000, haciéndose cargo del pago a los frigoríficos y exportadores del valor de los productos vendidos a Gran Bretaña y acumulando, en contraprestación, esas libras bloquedas. Hacia 1946 el total acumulado�de libras bloqueadas a favor de la Argentina ascendía a cerca de 112.000.000, dentro de los 3.500.000.000 de libras acumuladas en Londres de esa forma, siendo el saldo más alto de América latina y superando al de muchas colonias británicas.
El fin de la guerra�mundial encontró a Gran�Bretaña en un estado de extrema debilidad, acentuando la declinante posición británica en el escenario internacional y aumentando su dependencia con respecto a los Estados Unidos, que emergió de la contienda como el principal acreedor de Occidente. A la pérdida de sus reservas en oro y dólares y de gran parte de sus inversiones en el exterior se agregaba para los británicos una fuerte deuda con Washington por los préstamos obtenidos duarante la guerra y por los saldos negativos que resultaban de las importaciones impagas.
El Programa de Préstamos y Arriendos, instrumentado por el gobierno norteamericano, había permitido que el Reino Unido importara sin necesidad de exportar o utilizar sus reservas en divisas. Pero a los dos meses de finalizada la guerra, Washington suspendió esa ayuda económica complicando la difícil situación británica. Esto obligó a Gran Bretaña a negociar una línea de creditos en los EE.UU., con el costo político de ratificar los acuerdos de Bretton Woods y retornar a la convertibilidad de la libra desde el 15 de julio de 1947. El propósito perseguido era que�los países que comerciaran con el Reino Unido pudieran tener una disponibilidad de divisas para comprar en otros mercados, sobre todo en Norteamérica. Pero la prematura vuelta a la convertibilidad resultó un fracaso. La debilidad de la posición externa del Reino Unido hizo que los tenedores de libras esterlinas se desprendieran rápidamente de ellas y las convirtieran en dólares. En la práctica, se generó una gran pérdida de divisas ( la Argentina también transformó libras a dólares por un valor de m$n 562.000.000�) lo que obligó a suspender nuevamente la convertibilidad de la moneda británica, en medio de una seria crisis económica, el 20 de agosto de 1947. En un contexto de escasez mundial de dólares y de una aguda crisis de la balanza de pagos, el Reino Unido no estaba dispuesto a desbloquear las libras adeudadas y procuró buscar distintas alternativas para solucionar esta grave situación.
Una alternativa para sortear estas dificultades pasaba por acrecentar sus exportaciones y reconquistar los mercados perdidos durante la guerra, entre los cuales estaba el argentino. Otra era vender la mayor parte de sus activos en el exterior. También se hablaba de consolidar los saldos en deudas a largo plazo con un interés determinado o destinar las libras a la compra de productos británicos. Cualquier combinación de estas posibilidades sería también bienvenida. En ese contexto, Perón, que asumió la presidencia en junio de 1946, debió enfrentar el problema de las libras bloquedas y del futuro de las relaciones anglo - argentinas y uno de sus primeros pasos fue comenzar las negociaciones entre el gobierno argentino y el británico a fin de resolver las distintas cuestiones que suscitaban controversias entre los dos países, entre ellas la situación de los ferrocarriles.
Así, el 17 de setiembre de 1946, el industrial Miguel Miranda, presidente del Consejo Económico Nacional, por el lado argentino, y el jefe de la misión comercial británica, Sir Wilfred Eady, firmaron el�tratado por el que se intentaba resolver las cuestiones más apremiantes de la vinculación bilateral. Ante todo, se acordó normalizar parcialmente los saldos acumulados en el Banco de Inglaterra de manera de poder disponer de esas libras esterlinas para repatriar parte de la deuda pública y rescatar inversiones de capital británico radicadas en el país. En lo sucesivo, las libras esterlinas obtenidas por ventas a Gran Bretaña serían de libre disponibilidad para la Argentina. En cuanto al controvertido problema del comercio de carnes, los ingleses se comprometían a adquirir los saldos exportables del país durante los siguientes cuatro años, reservándose la Argentina el 17 % durante el primer año y el 22 % durante el segundo, para su venta en otros mercados. Finalmente, con respecto�a la cuestión de los ferrocarriles, se dispuso� -� tal como lo preveía el " Plan de Reactivación Económica " de 1940� -� la creación de una empresa mixta integrada por capitales argentinos y británicos, garantizándoles a los británicos un beneficio del 4 % anual, que habría de estar exento de una amplia gama de impuestos.
Sin embargo, el tratado Eady - Miranda� -� como se lo denominó informalmente� -� fue objeto de diversos tipos de críticas; tanto internas, pues el consenso mayoritario de la opinión pública coincidía con la idea de una nacionalización, y no de una compañía mixta, como externas, por las presiones de los norteamericanos para suprimir del tratado las disposiciones sobre el uso exclusivo de los fondos bloqueados para pagos en Gran Bretaña, que impedían que esas libras se usen en el comercio con la Argentina y no pudieran convertirse a dólares.
Esto motivó que cobrase fuerza la idea de vender totalmente los ferrocarriles al Estado argentino. Miguel Miranda, que en principio negó las negociaciones sobre el plan de nacionalización, cerró trato con las empresas británicas a principios de 1947. Justificaría sus primeras declaraciones diciendo que: " ... los ferrocarriles nos interesaban, pero no lo íbamos a gritar a los cuatro vientos para que los ingleses subieran los precios. Había que mostrar poco interés, porque ellos eran los que querían vender ... ".
El precio que pretendían los ingleses era de m$n 3.000.000.000, mientras que la posición argentina, que defendía Miguel Miranda, era la de no pagar más de m$n 2.000.000.000. Finalmente, el 13 de febrero de 1947 se firmaba el contrato de compraventa de los ferrocarriles británicos por 135.000.000 de libras esterlinas, que con compañías colaterales incluidas en la transación daban un total de 150.000.000 de libras esterlinas, equivalentes a m$n 2.029.000.000, menor que su valor nominal de 250.000.000 de libras esterlinas ( m$n 3.375.000.000 ), pero algo mayor que su valuación en la Bolsa de Londres. El importe de la venta iba a ser provisto por los saldos bloqueados en Londres, que sumaban en ese momento 130.000.000 de libras esterlinas, y el resto, por los excedentes en la balanza comercial.
La suspensión de la convertibilidad de la libra, en agosto de 1947, que constituyó un duro golpe para la economía argentina, porque anulaba la posibilidad de que el superávit comercial del país pudiera ser utilizado para cancelar sus deudas fuera del área de la libra, cambió, sin embargo, las condiciones de pago. Para el gobierno argentino era preferible abonar la compra de las empresas ferroviarias británicas con libras no garantidas producidas por el excedente del comercio exterior, y no utilizar aquellas disponibles en el Banco de Inglaterra, que eran convertibles en oro y no estaban sujetas a una devaluación.
El 12 de�febrero de 1948 con el pacto de Andes se formalizó finalmente la compra de los ferrocarriles británicos. Mediante el mismo, el Estado argentino pagó a las empresas ferroviarias británicas un adelanto de 100.000.000 de libras esterlinas que le hizo el gobierno inglés a cuenta de las exportaciones de carne de 1948, con un interés anual del 0,5 %, más 10.000.000 que el gobierno británico acreditó por la diferencia de precio de productos argentinos ya vendidos a Gran Bretaña, más 40.000.000 de libras esterlinas de los fondos bloqueados en el Banco de Inglaterra. El saldo existente a favor de la Argentina de 80 a 90.000.000 de libras esterlinas garantidas siguió a disposición para pagos en el área de la libra. El 1� de mayo de 1948, el gobierno argentino tomó formalmente posesión de los ferrocarriles británicos en un acto público multitudinario.
El precio de adquisición de los ferrocarriles fue motivo de fuertes controversias entre el oficialismo y la oposición y, en tiempos más recientes, entre historiadores y analistas de la época. Los críticos señalaban que se había comprado " hierro viejo " a valores injustificados. Sin embargo, más allá de las discusiones� -� atizadas tal vez por la poco feliz justificación de Miguel Miranda de un eventual sobreprecio " por razones sentimentales y de agradecimiento a Gran Bretaña "� -� y del hecho de que el Estado argentino debió encargarse, entre otras cosas, del pago de las escrituras, de las deudas con las Cajas de Jubilación, del costo de las inspecciones contables y de los aguinaldos y aumentos de salarios al personal, la nacionalización tenía sus razones, defendidas por el Gobierno.
Una de ellas se sustentaba en el control del sistema tarifario. Por un lado, éste favorecía el transporte que tenía como destino el puerto de Buenos aires y perjudicaba a las producciones que circulaban en el interior sin llegar a la ciudad porteña. Por otro, discriminaba según el tipo de productos. Por ejemplo, cada 1.000 kilómetros, 25 toneladas de ganado vacuno abonaban m$n 366,19; pero por el mismo recorrido y peso, el trigo debía pagar m$n 1.268; el azúcar, m$n 2.009; los tejidos, m$n 4.304, y los artículos de almacén, m$n 33.209. Estos fletes habían generado regiones con mayores privilegios y beneficiado determinadas actividades económicas en desmedro de otras.
Otra razón que se daba era que, mediante el promocionado proceso de nacionalización, el Estado había incorporado 4.720.950.000 m2 de tierras en todo el país a lo largo de 24.453 kilómetros de vías y a razón de m$n 0,20 el m2, dado que se declaró haber incluido un monto de 944,2 millones de pesos por esos terrenos. También se incorporó una serie de empresas de transportes, eléctricas y de aguas corrientes, compañías de tierras e inmobiliarias, hoteles, frigoríficos, tiendas de distinto tipo, edificios y terrenos en todo el país que pertenecían a las compañías ferroviarias.
Entre las empresas subsidiarias de los ferrocarriles, el Puerto de Dock Sud fue, sin duda, uno de los más importantes. Significó la adquisición de 3.434 metros lineales de muelle, 80 hectáreas de terrenos, el servicio para abastecer de combustibles a los buques, 46 guinches eléctricos, 7 galpones con capacidad para almacenar 57.600 toneladas, una usina de suministro eléctrico, caminos de acceso y 3 elevadores de granos con capacidad para almacenar 47.000 toneladas. La nacionalización de los puertos, menos publicitada por el gobierno, pero esencial para controlar el sistema de transportes y comunicación del Estado, significó también la incorporación al patrimonio estatal de muelles, embarcaderos, depósitos, elevadores, silos, grúas, locomotoras portuarias, vagones, pontones, vías férreas y guinches. De esta forma fueron nacionalizados los puertos de San Nicolás, El Dorado, Zárate, Arroyo Las Parejas ( B. Blanca ), Puerto Galván, Ing. White, de San Isidro, Madryn, Bajada Grande ( Paraná ), Ibicuy, Villa Constitución y el ya mencionado Dock Sud.
El valor de los terrenos, los rieles, las líneas telegráficas, los durmientes, los postes de alambrados, los galpones y las propiedades y empresas mencionadas representaron, para el Gobierno, un total de m$n 2.927,9 millones, mientras que se había pagado por la nacionalización m$n 2.028 millones, lo cual equivalía a un ahorro de 900 millones de pesos. Difícil resulta calcular las condiciones de servicio del material ferroviario y de las empresas y propiedades adquiridas, aunque, como señala el investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de�la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, profesor Pedro Skupch, el estado del material rodante era lamentable según la estadística brindada por los mismos ferrocarriles: de las 3.965 locomotoras aún en uso más de la mitad eran obsoletas y habían sido puestas en funcionamiento antes de 1910.
* * * Del Dr.�Joaquín Díaz de Vivar, abogado, docente, político, legislador argentino, de destacada actuación en la Cámara de Diputados de la Nación, cuya vicepresidencia ocupó entre 1947 y 1955: La señora Eva Perón tenía un entorno muy nutrido, muy particular, del que yo particularmente no participaba. Tuve muy poca vinculación con ella.
En una oportunidad yo había invitado a un grupo de legisladores mejicanos� -� luego de una misión diplomática que había cumplido en Méjico� -� y ellos concurrieron a una visita al despacho de Evita, a una de esas sesiones que sabemos comenzaba�temprano y terminaba en horas de la madrugada del día siguiente. Había varios embajadores y senadores esperando ser recibidos, pero ella minuciosamente admitía antes a la gente de la más modesta condición popular que se apiñaba en su despacho. Cuando salimos, los legisladores aztecas se mostraron entusiasmados con la personalidad de la señora de Perón y no ocultaron su admiración expresada en frases ditirámbicas.
De la historia argentina, Perón debió ser uno de los hombres más heridos, más violentamente injuriado, más implacable y perversamente denostado. Claro está que la verdadera grandeza del hombre público reside en tener la serenidad suficiente para asimilar el agravio sin que quede en el alma del personaje ningún oculto resentimiento. Desgraciadamente en el presidente Perón, su situación personal singular, el hogar�de sus progenitores que tenía ribetes muy particulares y la circunstancia de no tener hijos, creo que oscurecía de alguna manera la limpidez de su espíritu y sentía muy acerbadamente los agravios que recibía cotidianamente.
Recuerdo algunas frases prudentes de Perón que lamentablemente fueron olvidadas en la realidad de los hechos. Perón decía que, si bien era cierto que el peronismo tenía no sé cuantos millares de Unidades Básicas en todo el país, la Iglesia Católica tenía millones de�Unidades Básicas en todo el mundo y que, en consecuencia, advertía la imprudencia de embarcarse en una política de beligerancia. Sin embargo en los hechos no ocurrió así y esa fue una auténtica tragedia, que no sólo dibuja sombras acentuadas en la figura histórica de Perón� -��incluso disminuyendo sus méritos como táctico político y hasta como estratega� -� sino que provocó y dejó el camino abierto a la llamada Revolución Libertadora de 1955, sobre la que no he de ensayar ningún tipo de juicio de valor, aunque fui una de las víctimas propiciatorias de esa infausta jornada, ya que estuve alejado de mi patria, y hube de escapar de ella con peligro de mi vida, por casi tres años, que yo estimo robados a mi vida personal.
Estando yo en Madrid� -� era�a principios de la década del��70,�siendo presidente de la Argentina el general Roberto Marcelo Levingston� -, Perón regresaba de París,�porque había una especie de convenio entre el General y el Gobierno de España que consistía en que, cuando llegaba un ministro o un alto personaje del gobierno argentino, Perón debía retirarse de España mientras durara esa visita. Cuando se fue el ministro�argentino, que ahora no recuerdo quién era, Perón me hizo�invitar para que lo viera en su casa de Puerta de Hierro. El día que fui era de un frío excepcional, la calle estaba cubierta de nieve y el auto que me llevaba patinó varias veces. Eran las siete de la mañana.
Tuvimos una conversación bastante prolongada. Me retiré de la casa del General casi a la una de la tarde. Yo tenía que asistir a una comida que me daban unos amigos españoles en el cercano Club de Puerta de�Hierro. En esa larga conversación tocamos varios temas, pero recuerdo perfectamente uno y a sus palabras con gran precisión: Yo le pregunté que hubiera pasado si declarada la rebelión de la Revolución Libertadora del �55 hubiese estado viva la señora Evita. Noté que esa pregunta lo molestó profundamente y pensé que acaso había sido imprudente, pero ya estaba�formulada la pregunta.
" No hubiera pasado�nada distinto a lo que pasó� -� me�respondió en forma enérgica y tajante� -� porque Eva hacía lo que yo le decía�".
Pero General� -� le dije entonces� -, según los informes que yo tenía la�fuerza que estaba detrás del general�Lonardi en Córdoba era absolutamente inferior a las fuerzas que confluían de Buenos Aires y Mendoza para someterla.
" Sí, así era� -��respondió Perón con firmeza� -, nosotros hubiéramos podido dominar militarmente esa rebelión y ese era el convencimiento del general Sosa Molina expresado en una reunión de ministros. Pero�al preguntarle al general Sosa Molina qué me decía de la amenaza del�almirante Rojas de bombardear la refinería de petróleo de La Plata él me contestó que, a pesar�de ese peligro, no vacilaría y sofocaría la revolución si él fuese Perón. Entonces yo le contesté que así procedería si yo fuese�Sosa Molina, pero soy el general Perón y me niego a ver destruída esa que es una de mis obras más queridas ".
* * * Del Dr.�Horacio Vázquez - Rial, doctor en Geografía e Historia, escritor y periodista, autor del libro titulado Perón: tal vez la historia,�editorial El Ateneo, Buenos Aires, Argentina, 688 páginas, año 2005: La Fundación Eva Perón fue un instrumento de poder que asumió una importante porción de la estructura del Estado: todo lo que hoy correspondería a un Ministerio de Bienestar Social, y parte de la que sería encargada a los ministerios de Trabajo, Educación y Sanidad. Es llamativo, e indicador de las verdaderas relaciones internas en el matrimonio Perón - Duarte y en los distintos sectores de Gobierno, que�Perón haya hecho caso omiso de sus propias tendencias estatistas en este caso, si bien es cierto que, si la Fundación no quedaba dentro del Estado, al menos quedaba dentro del peronismo. Más llamativo aún resulta comprobar que nadie ha observado las consecuencias de esa segregación de funciones del Estado, que llegan hasta el día de hoy.
Cuando la comisión nombrada al efecto por el gobierno surgido del golpe de Estado de 1955, procedió a la liquidación de los bienes de la Fundación Eva Perón, nadie se hizo cargo de su tarea. Si Perón hubiese convertido a Evita en ministro y ella hubiese trabajado en el marco institucional del Estado, los gobiernos sucesivos se hubiesen visto en la obligación de continuar atendiendo a las necesidades a las que ella atendía, so pena de inmediata e irrevocable impopularidad. La obra de la Fundación Eva Perón fue enorme: instaló mil escuelas y dieciocho hogares - escuela, con miles de alumnos, con niños que no conocían las camas, porque�hasta entonces habían dormido en el suelo. Los niños del todo el país� -� 100.000 en 1949, 200.000 en 1953� -� participaban en los Campeonatos de Fútbol Evita,�y los de las provincias viajaban a Buenos�Aires con todo pago, buena alimentación, estudios médicos y ropa nueva: muchos de ellos se calzaban por primera vez. Cuatro policlínicas en Buenos Aires y nueve en provincias, y dos clínicas pediátricas� -� en Termas de Reyes, provincia de Jujuy, y Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires� -� son la parte más visible de la labor de la Fundación Eva Perón en el campo de la salud. El Hogar de la Empleada, una institución de paso, una especie de hotel de lujo en la Avda. de Mayo para las muchachas recién llegadas del interior del país, hasta�que encontraban trabajo, albergaba�hasta 500 simultáneamente, entre ellas no pocas madres solteras: Evita se había negado a crear�establecimientos�especiales para ellas, con modernísimo criterio en materia de integración.
Evita regalaba máquinas de coser y dentaduras, besaba leprosos, sifilíticos, piojosos y miserables de toda índole y cada mañana el peluquero Julio�Alcaraz le lavaba el pelo, le ponía vinagre y�le pasaba un peine para liendres antes de recogérselo en un rodete, reproduciendo siempre el mismo peinado, el del resto de su vida y el de la mayoría de las imágenes que de ella se conservan.�Inauguró locales e instituciones que llevaban invariablemente su nombre o el del general Perón, aunque más a menudo el suyo: la Ciudad Infantil, la Escuela de Enfermería de la Fundación Eva Perón, el Hogar de la Empleada General San Martín, el Hogar de Ancianos, la Ciudad Estudiantil y decenas de hogares de tránsito, colonias de vacaciones y clínicas en todo el país. Aunque todo se hiciera para mayor gloria de Evita, nadie puede, con un mínimo de honestidad, restarle mérito.
Ninguno de los hombres que fueron oposición desde 1943 hasta 1955 y que después ocuparon cargos de gobierno, civiles o militares, hizo nada comparable, ni siquiera lo intentaron. Y en esa desidia de gobernantes no peronistas o antiperonistas, desidia respecto de cosas esenciales y que, además, eran probadamente posibles, hay que buscar una de las causas de la perduración del peronismo como pensamiento o sentimiento dominante en la sociedad argentina hasta la fecha. A eso se refería Perón cuando, en los días de su regreso al país, dijo: " No es que nosotros hayamos sido buenos, sino que los que vinieron después fueron peores ".
En 1955, había 23 policlínicas modelo en construcción, la mayoría de ellas en fase muy avanzada, con capacidad para 7.500 camas. Ninguna se terminó. El edificio destinado a alojar el Hospital de Niños y de Epidemiología Infantil, cuya estructura estaba completa, fue abandonado y, pocos años después, se convirtió en un refugio de malvivientes y aguantadero de delincuentes, que los porteños de cierta edad lo recuerdan como " el albergue Warnes ", por el nombre de la calle en la que hubiera debido tener su entrada. Fue dinamitado en 1991, por el presidente Carlos Menem. Ni siquiera el peronismo pudo continuar al peronismo. * * * De Silvio Juan Maresca, licenciado en Filosofía, docente universitario, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, escritor, en la presentación del libro titulado Eva Perón - Bibliografía - 1944 - 2002, del licenciado Roberto Baschetti, editado por la Subsecretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, el Senado de la Nación y la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 246 páginas, año 2002, un imprescindible trabajo para todos aquellos estudiosos e investigadores de Evita: El peronismo ha signado la historia y la vida política argentina en forma viva e ininterrumpida desde su�aparición hasta hoy.
Pero si esa fuerte persistencia en el tiempo de un movimiento político de enorme adhesión popular es un elemento notable de nuestra historia, acaso sea mayor el que conforma la supervivencia intensa de la figura de Eva Duarte de Perón. Estrechamente vinculada al partido desde el que surgió y a su fundador, fue sin embargo gestora por mérito personalísimo de un perfil de dimensiones excepcionales, que se ha mantenido intacto hasta el presente. Pero lo más sorprendente es que esa carrera, iniciada en el anonimato de un humilde hogar de provincia y culminada en la leyenda, fue alcanzada tras sólo siete años de actividad y apenas treinta y tres de vida,�y en ese paso fugaz por el escenario político fue suficiente para que Eva se convirtiese en protagonista de una verdadera epopeya social y se instalase en la memoria popular en forma indeleble.
Si la situación de Eva fue exaltada hasta el mito por expresiones individuales y colectivas, también fue denostada en no pequeña medida�por muchas voces y fuerzas de la oposición. Los atributos con que se la calificó� -� mártir, hada, santa, heroína, abanderada de los humildes, Cenicienta de las pampas, reina de los descamisados, jefa espiritual�de la Nación, pero también presidenta en un sentido irónico, mujer del látigo y otros menos reproducibles por ofensivos� -� pueden dar cuenta de la devoción y el encono que en unos�y otros suscitaron su encumbramiento, sus maneras y lenguaje transgresores, su manifiesta incapacidad para sostener las exigidas formas de la hipocresía cortesana y, sin duda, su fundamentalismo en la prédica y en la acción en favor de los sectores socialmente más postergados del país.
Lo señalado podría ser considerado como�fruto de una visión particular de la realidad política argentina. No puede serlo, en cambio, el hecho objetivo del interés que la figura de Eva ha despertado en historiadores, politicólogos, sociólogos, novelistas, poetas, dramaturgos y cineastas� -� argentinos y extranjeros� -, claramente manifiesto en la copiosa bibliografía que la tiene como tema.
Pese a su abundancia, el material periodístico, ensayístico, histórico, literario y documental sobre Eva Perón no es fácilmente compilable ni localizable en su totalidad. Su adscripción a un partido político no menos controvertido y algunas violentas y conocidas circunstancias de nuestra vida institucional explican el que gran parte de la documentación oficial referida a ella haya sido destruida. Ya ha habido, no obstante, importantes intentos de dar cuenta de toda esa producción escrita sobre Eva. Bástenos hacer mención del Catálogo Centralizado de la Biblioteca Justicialista y de las más modernas recopilaciones bibliográficas de Nicholas Fraser y Marysa Navarro, J. M. Taylor, Sharon Akridge, Paul Montgomery y Gabriela Sonntag.
El volumen que se presenta, Eva Perón - Bibliografía - 1944 - 2002, es el resultado de cinco años de labor de investigación dedicados al tema por el director del CIBINA ( Centro de Investigaciones de la Biblioteca Nacional ), Roberto Baschetti. La obra, que con sus 4.200 entradas es la de mayor envergadura�publicada hasta el momento, se propone registrar la totalidad de la producción escrita de y sobre Eva Perón, con la novedad de incluir también las referencias a las películas y videos inspirados en ella. El tiempo transcurrido, al haberse serenado muchas de las pasiones de entonces y suavizado la rigidez de las canonizaciones laicas y las demonizaciones, permite inaugurar un espacio propicio para la investigación, el análisis y la reflexión crítica. Esta bibliografía es ofrecida como un instrumento adecuado�para el mejor conocimiento de un pasado que para las generaciones más jóvenes ya comienza a ser lejano, pero en el cual es posible identificar más de una clave de nuestro presente.�
Nota: Para conocer�material bibliográfico�sobre Evita, por favor, aquí.
* * * Del Dr. Samuel Amaral, doctor en Historia, académico de número de la Academia Nacional de la Historia, en la excepcional Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo VII, 560 páginas, editorial Planeta S.A., Buenos�Aires,�año 2001: Cuando Perón cayó, en septiembre de 1955, había sido presidente de la Argentina durante algo más de nueve años ( 1946 - 1955 ).
En los dieciocho años que transcurrieron entre su caída y su regreso al poder en octubre de 1973, gobernaron 10 presidentes. Cinco de ellos llegaron al poder como producto del ejercicio de la fuerza, otros tres llegaron al poder por medio de elecciones y dos debido al distorsionado uso de los mecanismos constitucionales de sucesión.�Ninguno� -� ni los presidentes de facto�ni los elegidos� -� duró demasiado: dos permanecieron en el cargo menos de dos meses; otro, nueve meses; y quien más estuvo, cayó pocos días�antes de cumplir cuatro años.
Dentro del período de inestabilidad institucional que se había inaugurado en septiembre de 1930 y se cerraría en 1983, el subperíodo 1955 - 1973 fue el más inestable. Esa inestabilidad se debió, sin duda, al problema que la herencia de Perón presentaba para el orden político de la Argentina: la reconstrucción democrática no podía realizarse con el peronismo, pero tampoco sin él. Fueron necesarios 18 años para que los distintos actores políticos se aceptaran unos a otros. En 1973, el peronismo ya no era el paria político sino un partido más.
Cuando el 20 de septiembre Perón se refugió en la embajada del Paraguay, para los antiperonistas se cerraba una década viciada por la demagogia y la opresión autoritaria. Para los peronistas, por el contrario, se cerraba una década en la que habían accedido a bienes y servicios antes desconocidos y a un reconocimiento social que excedía la magnitud de los favores materiales. Frente a quienes habían sido tocados por la generosidad de la Fundación Eva Perón y por los beneficios concedidos por el gobierno, como la estabilidad laboral, las vacaciones pagas y la jubilación, estaban quienes añoraban una prensa libre y se sentían abrumados por la omnipresencia del nombre del presidente y de su�difunta esposa en estaciones de trenes, calles, ciudades, hospitales y libros de lectura.
Perón era dos cosas distintas para dos mitades de la sociedad argentina y ambas tenían razón: para la clase trabajadora, como se llamaba en el lenguaje oficial, Perón encarnaba la justicia social; para los sectores medios y altos, Perón había conculcado los derechos civiles, manteniendo las formas de la democracia pero vaciándola de sus contenidos sustanciales.
La dos décadas siguientes a la caída de Perón estuvieron marcadas, por un lado, por la dificultad de reconstruir las bases de un orden político legítimo; por otro, por la dificultad en reconocer que las transformaciones sociales eran definitivas.
Los gobiernos argentinos de las décadas siguientes siguieron creyendo que el Estado, como si no se encarnara en hombres, era inocente y los hombres, culpables de que el país no encontrase la ruta de la prosperidad, de la que parecía haber sido desviado sólo por la " demagogia del tirano prófugo ". El dilema de la reconstrucción democrática fue: un orden político democrático no podía fundarse sin el peronismo, por el apoyo de que aún gozaba en el pueblo,�ni con el peronismo, por un pasado de intolerancia.
El general Eduardo Lonardi, jefe de la conspiración que desembocó en el levantamiento de septiembre de 1955, no duró en la presidencia. Su posición como vencedor de la " segunda tiranía " fue establecida con palabras�del general Justo José de Urquiza ( 1801 - 1870 ): " ni vencedores ni vencidos ". Esto anunciaba a los peronistas cierta tolerancia de sus personas, pero no necesariamente de su identidad política; pero a los antiperonistas más aguerridos les mostraba que su lucha no había terminado. Falto de fuerzas físicas por la enfermedad que en pocos meses lo llevaría a la tumba y falto de fuerzas políticas por el convencimiento de la mayoría de los " vencedores "� -� la Marina y una parte del Ejército surgido de la rebelión� -� de que el peronismo debía sucumbir, Lonardi no tardó en ser desplazado. El general Pedro Eugenio Aramburu, el reemplazante de Lonardi en la presidencia, encabezaba la amplia franja que sostenía que el peronismo no estaba muerto y que era necesario eliminarlo. A pesar de la prohibición de la publicación de los nombres del " tirano prófugo y de su esposa y de su partido y de su marcha ", el peronismo sobrevivió. El orden político no pudo reconstruirse sin el peronismo.
Después de diecisiete años y dos meses�en el�exilio, transcurrido desde enero de 1960 en la España de Franco, Perón regresó a la Argentina, en noviembre de 1972.�Apenas un mes estuvo en la Argentina, en la casa de la calle Gaspar Campos, de Vicente López, que había comprado el partido peronista. Allí recibió a un antiguo adversario, Ricardo Balbín, quien, para eludir la concentración de seguidores del general Perón, saltó�la tapia de una casa vecina. Muy cerca, en el restaurante Nino, de Avenida del Libertador, Perón se reunió con el arco completo de los partidos políticos.
Tras su breve permanencia en el país, Perón regresó a España. Dejó como candidato a la presidencia a su último delegado personal, Héctor Cámpora, un hombre al que las circunstancias habían puesto cerca del grupo guerrillero de izquierda peronista Montoneros.
En las elecciones presidenciales de Argentina del 11 de marzo de 1973, las primeras elecciones tras 8 años de abstinencia , Cámpora obtuvo casi el 50 % de los votos. Aún cuando en la campaña los Montoneros y sus organizaciones aliadas fueron más visibles que sus antagonistas sindicales, desde el mismo momento del triunfo Perón se preocupó de desengañarlos de cualquier ilusión que se pudiesen hacer de que ellos llegarían al poder. Mientras el país se preparaba para la difícil transición de un gobierno de facto a otro democrático, complicada por la continuación de los actos de la organizaciones guerrilleras, Perón iniciaba un operativo de clarificación de su poder: a las declaraciones de un dirigente juvenil vinculado a Montoneros, en favor de las milicias obreras, respondió con su exclusión del Movimiento Peronista; a la visita que le hicieron los dirigentes Montoneros, respondió explicándoles que su lugar no estaba�en el�Gobierno sino en una rediviva Fundación Eva Perón; a través de su secretario, el todavía ignoto José López Rega, les hizo saber que si no se desarmaban voluntariamente, sabía cómo derrotarlos. El ERP ( Ejército Revolucionario del Pueblo ), la guerrilla no peronista, dejó expresa constancia de que su lucha no cesaba.
Pronto se descubriría que la vuelta a la democracia no significaba el fin de la guerrilla.
El 25 de mayo de 1973, el presidente elegido por el pueblo, Cámpora, asumió la presidencia de la Nación. Se cerraba de esta manera no solamente un período�de excepción que había durado siete años, sino también un período de reconstrucción democrática de casi dieciocho años. El peronismo volvía al poder como un partido�democrático, elegido por el democrático método del voto popular. Esos dieciocho años de dificultades habían servido�para que los otros actores políticos reconocieran finalmente al peronismo como una pieza clave de orden político, pero también para que el peronismo, y especialmente Perón, reconocieran que el orden político debía basarse, como querían sus adversarios, en la tolerancia del disenso.
La democracia había sido restaurada, pero quedaban varios dilemas por resolver: primero, el papel de Perón; segundo, el papel de los militares; tercero, el papel de la guerrilla. El primer dilema se resolvió con el regreso definitivo de Perón a la Argentina, el 20 de junio de 1973. En menos de un mes, tras la renuncia de Cámpora, inició el camino hacia su tercera presidencia, que obtuvo en las elecciones del�23 de septiembre de 1973, con casi el�62�% de los votos. El segundo dilema, el papel de los militares, se solucionó después con algunos equívocos. La conducción del Ejército había adquirido desde la asunción de Cámpora un matiz populista, que se manifestó sobre todo en la colaboración con la Juventud Peronista controlada por Montoneros en una operación de ayuda a zonas afectadas por inundaciones. A fines de 1973, Perón, ya presidente, eliminó esa conducción en favor de otra más profesional y menos proclive a mezclarse con quienes él ya veía como sus principales enemigos. El tercer dilema, el papel de la guerrilla, no se resolvió tan fácilmente: las organizaciones guerrilleras, no sólo el ERP sino también las que se proclamaban peronistas, Montoneros, continuaron operando. La ruptura de Perón con las organizaciones guerrilleras había comenzado en el mismo momento del triunfo electoral. Aunque en el pasado reciente Perón hubiese admitido su fervor revolucionario, también había subrayado su compromiso democrático. Perón había dicho a todos cuanto querían escuchar, pero él tenía sus propias intenciones y no había hecho mucho por ocultarlas. Dentro de esa democracia restablecida, el poder derivaba de la voluntad popular expresada en el voto. Perón no tenía por qué arriesgar el poder que había conseguido de esa manera, con tanto esfuerzo, en nombre de un proyecto que, ya antes de las elecciones pero con mayor claridad aun después de su regreso, dejó saber que le era ajeno. En su propio proyecto, el que lo había desvelado desde su caída, las guerrillas que le manifestaban su adhesión no eran solamente una adición tardía sino también una molestia. Las guerrillas no comprendieron la nueva mecánica política que la democracia imponía, ni aceptaron pasivamente el ejercicio del poder por Perón. Por un lado, reafirmaron su confianza en las movilizaciones masivas más que en la representatividad de las instituciones. Por otro, reaccionaron con violencia contra el símbolo de otrora reencarnado en un político que luchaba por el poder, incluso contra ellos.
Ejemplo de lo primero fue la conducta de la conducta de Montoneros en la masiva manifestación del 20 de junio de 1973 en Ezeiza: se creyeron no ya vanguardia sino el pueblo mismo y como tal, con derecho a hostigar con estudiada espontaneidad al aparato de seguridad que Perón había dispuesto para su custodia personal. Las palabras de Perón de esa noche y de la siguiente dejaron en claro a todos los oyentes que quisieron entenderlo quiénes eran los nuevos contendientes por el poder.
Ejemplo de lo segundo fue el asesinato de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, dos días después del triunfo de Perón en las elecciones presidenciales. Fue ésa la acción de mayor envergadura política de Montoneros y FAR ( Fuerzas Armadas Revolucionarias, que poco después se fusionaron bajo el nombre de Montoneros ) en 1973. En el lenguaje montonero, " había que tirarle un cadáver a Perón " para advertirle que debía tenerlos en cuenta. Para Perón, esa parte de la " juventud maravillosa " ya había dejado de serlo y sólo quedaba contestarle del modo que les había anunciado en abril a través de su secretario. En los ocho meses y medio de su presidencia se preocupó por hacérselos entender.
Perón asumió la presidencia el 12 de octubre de 1973, acompañado en la vicepresidencia por su tercera esposa, María Estela Martínez de Perón. La incógnita acerca de los motivos de Perón para elegirla también como compañera institucional aún no ha sido despejada. Las circunstancias posteriores sólo complicaron la respuesta. La tesis cínica, indemostrable, es que quiso vengarse del fracaso que su segunda esposa, Evita, había sufrido en su intento de alcanzar esa posición. La tesis realista subraya la soledad política del exilado y las consecuencias de su técnica pendular de conducción: sólo gente para él inocua, cuya existencia política dependía completamente de su voluntad, ampliaba su espacio político y le evitaba cedérselo a miembros de fracciones enfrentadas de su movimiento. Si algún rasgo de cinismo se atisba en esta aplicación, debe recordarse su predilección por Ricardo Balbín, cuyo extremo apego a las formalidades de la vida del radicalismo impidió que participara en semejante artimaña política. Alguna virtud habrá visto Perón en ese antiguo adversario de torcida prosa.
Perón gobernó hasta su muerte, el 1� de julio de 1974.
Su fugaz paso por la presidencia tuvo, en más de un sentido, consecuencias decisivas para la política argentina. Por un lado quedó claro que el peronismo estaba integrado plenamente a la constelación democrática y que Perón pensaba que debía aprender de la oposición a comportarse correctamente dentro de ella. Por otro, quedó claro que veía a la guerrilla como el principal problema por resolver, por las buenas mediante una reforma de la legislación penal para dificultar la acción guerrillera, que promovió en enero de 1974; por las malas, a través de acciones políticas que provocaron la caída de los gobernadores de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, aliados de Montoneros, y del comienzo de las acciones directas de hostigamiento a esa organización, que sólo tras su muerte llevaron la marca de la Triple A. En un mismo día, el 1��de mayo de 1974, Perón actor central de tres décadas de política argentina, clausuró el pasado con su elogio a la oposición en el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso e inauguró el futuro con la expulsión de los Montoneros de la Fiesta del Trabajo celebrada esa misma tarde en la Plaza de Mayo.
Así se cerró un momento crucial de la historia argentina con el regreso del peronismo al poder, con Perón como su líder, aceptado por todos los otros actores políticos, en el contexto de la reconstrucción democrática. Semejante final no era inevitable. Perón podría haber muerto en el exilio y el peronismo podría haber demorado mucho tiempo más en integrarse al orden político democrático o podría no haberse integrado jamás. Decisiones tomadas en el curso de dieciocho años de enfrentamientos llevaron a los adversarios a encontrarse en el terreno común de una democracia cuyos principios, finalmente, compartieron. La concepción unificada de la libertad chocaba contra quienes la negaban. Quedaba el problema que presentaban los adversarios de la democracia, la guerrilla peronista y la guerrilla no peronista, cuya propia naturaleza los excluía de ese acuerdo. Perón no pudo solucionar ese problema en el plano militar ( aunque sabía cómo hacerlo ), pero antes de morir lo resolvió en el plano político, al definir claramente la orientación democrática de su movimiento. Sólo restaba pacificar el país para consolidar el pleno ejercicio de esa libertad.
En el libro Una Charla con Ignacio Miri - Félix Luna: La vejez ayuda a desechar palabras altisonantes, del periodista y licenciado en Ciencia Política Ignacio Miri, editorial Capital Intelectual, Buenos Aires, 120 páginas, año 2008, el prestigioso Dr. Félix Luna ( 1925 - 2009 ), abogado, historiador y escritor,�expresa que: Los últimos discursos de Evita son de un enorme fanatismo. Cuando dice, por ejemplo," yo saldré, viva o muerta, para no dejar en pie�ningún ladrillo que no sea peronista ... " esas son palabras terribles. Es fundamentalista. Esto que digo seguramente no me va a traer muchos amigos, pero me refiero a su vehemencia y combatividad. Yo respeto mucho a Evita. Ella hizo lo que creía que había que hacer, con seriedad, madurez y fervor. Pero su discurso�agresivo y fanático ganó las filas del odio antiperonista. La Revolución Libertadora llevó una gran carga de odio. Nota:
Sin dudas las palabras de Evita exacerbaron los odios antiperonistas de la Libertadora,�pero fueron discursos que quedaron como tales. La�Libertadora se ocuparía de concretar en hechos esas palabras, pero en sentido contrario: " no dejar en pie ningún ladrillo que sea peronista ". Para conocer Bibliografía sobre Eva Perón, clickear,por favor, aquí.

References: sui generis
 artículo 8
 artículo 8
 artículo 8
 artículo 16
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