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Timestamp: 2020-05-26 20:55:51+00:00

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Colin Powell - WikicharliE
65° Secretario de Estado de los Estados Unidos
1 65° Secretario de Estado de los Estados Unidos
2 1. La formación de la carrera militar de un afroamericano de clase media-baja
3 2. Laureado de guerra y oficial bajo sospecha en Vietnam
4 3. Asesor de políticas de defensa y estratega en el Pentágono y el Gobierno
5 4. Consejero de seguridad nacional en gabinete Reagan; la sombra del escándalo Irangate
6 5. Salto al vértice de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos
7 6. Jefe de operaciones en la guerra del Golfo y aclamación como un héroe nacional
8 7. Colgadura del uniforme y entrada en la política con tentaciones presidenciales
9 8. Reclutado para plataforma republicana de Bush y concesión de la Secretaría de Estado
10 9. Una opción moderada mal ubicada entre radicalismos de derecha
11 10. Efímera recuperación de la diplomacia antiterrorista
12 11. Una gestión poco eficiente en el conflicto palestino-israelí
13 12. Empeño de la solvencia diplomática en los prolegómenos de la guerra contra Irak
14 13. Abandono del Gobierno pese a la reelección de Bush
Fue general en el Ejército de los Estados Unidos, alcanzando el rango de General de Cuatro Estrellas. Alcanzó a ejercer como Presidente del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo, consiguiendo luego ejercer como Presidente del Estado Mayor Conjunto, durante el resto del gobierno de George H. W. Bush. Posteriormente pasó a desempeñarse como Secretario de Estado durante la administración de George W. Bush.
Ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y el afroamericano que más alto ha llegado en el escalafón militar y civil de su país, el general Powell fue el estratega de la guerra del Golfo de 1991 y luego sopesó candidatear a la Presidencia antes de ser reclutado por George W. Bush para la Secretaría de Estado. Desde enero de 2001 siguió una trayectoria oscilante y problemática en el seno de la administración republicana, donde los ideólogos de la derecha neoconservadora tendieron a marginarle. Heraldo de la guerra contra el terrorismo de Al Qaeda y mediador poco creíble en el conflicto palestino, a principios de 2003 su protagonismo cobró relieve en los debates del Consejo de Seguridad de la ONU que preludiaron la invasión anglo-estadounidense de Irak, pero la comprobación de que las denunciadas armas de destrucción masiva no existían malparó irremediablemente su historial diplomático. Desencantado, decidió no seguir en el Gobierno tras la reelección de Bush en noviembre de 2004.
1. La formación de la carrera militar de un afroamericano de clase media-baja
Hijo de campesinos jamaicanos emigrados a Nueva York a comienzos de los años veinte del siglo XX y segundo de dos hermanos, su padre, Luther Powell, se ganaba la vida como encargado en una empresa de transporte naval, y su madre, antes de formar el hogar, había trabajado de costurera y camarera. La familia pertenecía a la Iglesia Episcopaliana de Estados Unidos, una rama de la Iglesia Anglicana de Inglaterra.
El muchacho nació en el empobrecido y populoso barrio de Harlem, morada tradicional de los neoyorkinos de raza negra que ocupa la parte superior de la isla de Manhattan, pero su infancia transcurrió en el cercano Bronx Sur, un barrio de inmigrantes multiétnico que por entonces acogía a europeos orientales y puertorriqueños, y en el que, con los juegos callejeros y los trabajos que realizaba para los pequeños comercios del vecindario, aprendió algo de español y de yiddish judío. El pandillismo y la delincuencia, omnipresentes en el barrio, parece que no interfirieron en su infancia y su primera juventud.
Powell cursó la educación secundaria en una escuela pública municipal, y aunque, como él mismo ha reconocido, no se destacaba por sus calificaciones académicas ni por su afición a los libros, el estímulo de su hermana mayor, quien sí era una estudiante aplicada, le hizo tomarse más en serio su formación y aspirar a la universidad.
Así, en 1954 se matriculó en el City College de Nueva York (CCNY) y se decantó por la especialidad de Geología. Con todo, debía de no seguir teniendo una idea clara sobre a qué dedicarse en la vida, ya que cuando conoció a unos compañeros de aula de su misma raza que lucían el uniforme militar, se sintió tan impresionado que le nació la vocación por lo castrense. Décadas después iba a afirmar que en aquellos años él anhelaba “la disciplina, la estructura, la camaradería, el sentimiento de pertenecer a algo”, y todo eso lo encontró en la milicia.
La consecuencia de este descubrimiento vital fue que pasó a simultanear los estudios en el CCNY con los cursos que impartía el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales en la Reserva (ROTC), y aunque en 1958 terminó aquellos con la diplomatura que le avalaba como geólogo, su futuro profesional ya lo tenía decidido en el Ejército. En 1956 completó su primera instrucción militar en los Fusileros de Pershing con el rango de alférez en la reserva, y en 1957 fue ascendido a subteniente e inscrito en el curso para oficiales de infantería en Fort Benning, Georgia, con el objeto de adquirir la instrucción adecuada por quien aspiraba a ser un soldado profesional. Terminada esta capacitación, en diciembre de 1958 recibió su primer destino en la III División Acorazada, que estaba acantonada en Gelnhausen, Alemania Occidental. En 1959 ganó el ascenso a teniente y hasta 1960 sirvió como jefe de pelotón con el 2º Batallón de Fusileros del 48º Regimiento de Infantería dentro del Mando de Combate B de la III División, en el puesto de avanzada de Coleman Kaserne, en el estado de Hessen.
Tras su vuelta a Estados Unidos, recibió adiestramiento de mayor dureza y especialización en las fuerzas aerotransportadas y en los Rangers, el afamado cuerpo de élite del Ejército de Tierra. En 1961 se hallaba destinado en Fort Devon, Massachusetts, cuando conoció a la que hizo su esposa pocos meses más tarde, ya en 1962, Alma Vivian Johnson, una joven de color especializada en patologías del oído que trabajaba en una institución dedicada al tratamiento de la sordera en Boston, y perteneciente a una familia sureña de muy buena posición. La pareja se casó en Birmingham, Alabama, de donde era natural ella, y después iba a tener tres retoños, un varón, Michael (quien empezó como militar siguiendo los pasos de su padre antes de que un accidente le obligara a colgar el uniforme, tras lo cual se labró una carrera en el mundo del derecho que le abrió las puertas de la alta función pública en la justicia federal) y dos chicas, Linda y Annemarie.
2. Laureado de guerra y oficial bajo sospecha en Vietnam
Powell adquirió una temprana experiencia de combate en Vietnam, lugar de destino de muchos compañeros de generación y primer capítulo relevante de un historial cuajado de servicios de armas y de condecoraciones que le iba a conducir, cosa inimaginable para un oficial afroamericano de bajo rango de principios de los años sesenta, a la cúspide de las Fuerzas Armadas de su país. En 1962, estando recién casado, recibió su bautismo de fuego en el país asiático con las fuerzas especiales, cuando aún quedaban tres años para que Estados Unidos empezara a librar la guerra a gran escala y de manera no encubierta para sostener al régimen derechista de Saigón frente a los embates de la guerrilla comunista sudvietnamita y de su aliado, el Ejército norvietnamita.
En 1963, en el curso de una misión de reconocimiento en la jungla y ostentando el rango de capitán, Powell pisó una trampa de pica de bambú, de las que solía tender embozadas bajo la hojarasca el Viet-Cong sudvietnamita, que le provocó una infección en el pie derecho; evacuado al hospital de campaña, la herida sanó con rapidez. Aunque no grave, la lesión de guerra fue suficiente para hacerle merecedor de la insignia del Corazón Púrpura. Powell fue declarado apto de nuevo para el servicio, si bien por un tiempo anduvo con una leve cojera y sus superiores prefirieron asignarle a un puesto administrativo en la retaguardia. Tras un largo período de permiso en Estados Unidos, que destinó a capacitarse en estrategias de combate, en julio de 1968 inició su segundo servicio en Vietnam, que duró algo más de un año y en el que desempeñó funciones de oficial de operaciones con el rango de mayor -obtenido en 1966-, alternando las tareas de despacho con las misiones en el frente. En uno y otro terreno vivió sendas peripecias de muy diferente naturaleza, una honrosa, la otra controversial.
En el primer caso, estando de campaña, Powell salió ileso de un accidente de helicóptero cuando el aparato en el que viajaba se estrelló en una maniobra de aterrizaje; con unas cuantas heridas superficiales, pudo sacar a rastras del helicóptero en llamas a tres compañeros que estaban en peor estado que él y que no podían escapar por sí mismos, entre ellos su superior al mando. Por este acto valeroso mereció la Medalla del Soldado, y hasta que fue licenciado y devuelto a casa en septiembre de 1969 recibió un segundo Corazón Púrpura, una Estrella de Bronce y la Legión del Mérito.
Por otro lado, en diciembre de 1968, siendo asistente adjunto y jefe de operaciones del comandante de la XXIII División de Infantería -más conocida como División Americal, con cuartel general en Chu Lai-, general Charles Gettys, Powell asumió el cometido de evaluar una carta enviada por un soldado de la 11ª Brigada de Infantería Ligera, encuadrada en la División, al comandante en jefe de la fuerza expedicionaria en Vietnam del Sur, general Creighton Abrams, en la que su autor acusaba a diversas unidades de la División de cometer sistemáticamente actos de brutalidad gratuita contra civiles en las zonas de operaciones. Powell despachó el asunto respondiendo al remitente que las informaciones sobre crueldades cometidas por personal de la División Americal no tenían fundamento, que lo más que podían constatarse eran “incidentes aislados” y que, por lo que a él respectaba, las relaciones entre la tropa estadounidense y los paisanos eran “excelentes”.
Se daba la particularidad de que de la 11ª Brigada de Infantería era la compañía al mando del teniente William Calley, que meses antes, en marzo de 1968, había perpetrado la infame matanza de 347 campesinos, casi todos ancianos, mujeres y niños, en la aldea de My Lai. En marzo de 1969, los rumores generalizados sobre la comisión de una masacre en My Lai fueron confirmados en la denuncia oficial elevada al alto mando por otro soldado, que obligó al Ejército a tomar cartas en el asunto y a designar un inspector general para investigar los hechos y depurar responsabilidades. El escándalo estalló en otoño en la sociedad civil y la opinión pública estadounidense quedó conmocionada. Entonces, Powell y otros oficiales intermedios fueron acusados de haber intentado echar tierra sobre este crimen masivo que suscitaba penosos interrogantes sobre el tipo de guerra que se estaba librando en Vietnam.
En septiembre de 1969 a Calley se le abrió una corte marcial que le terminaría declarando culpable, pero para entonces Powell ya se había distanciado de los altos oficiales destacados en Vietnam que esgrimieron la causa de la defensa del teniente. En su autobiografía My American Journal, publicada en 1995, Powell rememora este vergonzante episodio de la guerra de Vietnam y, en un claro intento de despejar cualquier sombra de duda sobre su papel en el esclarecimiento de lo sucedido en My Lai, destaca el punto de que en marzo de 1969 colaboró con las indagaciones del inspector general facilitando los partes de operaciones de la 11ª Brigada de Infantería correspondientes a marzo de 1968, y concretamente confirmando que el día de la masacre, el 16 de marzo, los archivos bajo su custodia tenían constancia de que el enemigo había sufrido 128 bajas, un balance inusualmente alto para una sola jornada y que bien podía dar fundamento a la versión de una masacre de civiles en My Lai. Según algunos comentaristas, con estas explicaciones, Powell llega a sugerir en su libro que contribuyó a desvelar el crimen cometido por el teniente Calley sus hombres.
3. Asesor de políticas de defensa y estratega en el Pentágono y el Gobierno
Precisamente en septiembre de 1969, Powell se desligó de tan escabroso asunto al ser desmovilizado y enviado de vuelta a Estados Unidos, dentro de la retirada paulatina del contingente expedicionario puesta en marcha por la Administración Nixon y coincidiendo con el arranque de la estrategia de la vietnamización del conflicto. Tras Vietnam, Powell se desenganchó temporalmente del servicio activo para estudiar en la célebre Escuela de Comando y Estado Mayor General de Fort Leavenworth, Kansas, donde se graduó como el segundo de su promoción entre 1.200 oficiales alumnos. No obstante, deseaba tener un currículum académico superior con un pie en lo civil, que complementara su perfil cuartelero de oficial al mando de tropa y le calificara para prestar servicios en el Departamento de Defensa y el Gobierno federal. En ese sentido, parece que su experiencia de guerra en Vietnam despertó en él un interés especial por las cuestiones de estrategia y política militares.
Así, tras concluir su formación puramente castrense en Fort Leavenworth, se sentó en las aulas de la afamada Universidad George Washington de la capital federal, donde alcanzó el socorrido Máster en Administración de Empresas (MBA) en 1971, meses después de adquirir el grado de teniente coronel. Simultáneamente, se procuró una beca muy codiciada entre sus colegas de armas, la White House Fellow adscrita a la Oficina de Administración y Presupuestos, con la que la Casa Blanca descubría a jóvenes promesas en diversas ramas y profesiones. En esta oficina ejecutiva de Washington, Powell tuvo por subdirector y por director, respectivamente, a Frank Carlucci y Caspar Weinberger, dos altos funcionarios del Gobierno federal, futuros secretarios de Defensa, que tomaron debida nota de las aptitudes y la dedicación mostradas por aquel aún joven oficial de color. Ciertamente, el paso de Powell por la Oficina de Administración y Presupuestos, aunque efímero, iba a tener repercusiones decisivas en su carrera ascendente a unos años vista.
Entre 1973 y 1974, antes de empezar a recibir los cometidos de intendencia y asesoría militares en las altas instancias del Ejército y el Gobierno que sin duda ambicionaba, Powell tuvo encomendado un servicio ingrato en el extranjero, la comandancia del 32º Regimiento de Infantería, apostado en Corea del Sur, que estaba sumido en graves problemas de indisciplina con un trasfondo de enfrentamientos raciales. Poco antes de llegar él a la unidad, soldados negros del regimiento habían protagonizado un motín en el curso del cual propinaron una paliza a su oficial blanco. Según parece, Powell restableció la disciplina con presteza, mandando a prisión a algunos de los revoltosos y expulsando del regimiento a otros.
De nuevo, los superiores de Powell quedaron muy gratamente impresionados por cómo se desenvolvía en situaciones y cometidos dispares entre sí. Una vez de vuelta en Estados Unidos, el Departamento de Defensa le seleccionó para su plantilla de oficiales con mando operativo y en 1976, coincidiendo con su ascenso a coronel, le brindó el acceso a la Escuela Nacional de Guerra, en Washington D. C., un centro muy prestigioso que tradicionalmente ha formado a las élites militares de Estados Unidos y al personal de análisis del Pentágono. Al cabo de unos meses, Powell estaba listo para comandar grandes unidades militares con un alto grado de preparación para el combate, así que fue puesto al mando de la 2ª Brigada de la archiconocida CI División Aerotransportada, con base en Fort Campbell, Kentucky.
En 1977 fue nombrado asistente en la Subsecretaría de Defensa, en la época en que el departamento lo encabezaba Harold Brown y regía la Administración demócrata de Jimmy Carter. Dos años después, alcanzó el generalato y pasó a asistir al secretario de Energía del Gobierno, Charles Duncan. En 1981 los republicanos, de la mano de Ronald Reagan, retornaron al Ejecutivo y para Powell sonó la hora de desempeñar puestos de mayor responsabilidad. Aún con el galón de general de brigada, fue promovido a subcomandante de operaciones de la IV División de Infantería en Fort Carson, Colorado, y luego al mando adjunto en Fort Leavenworth. En 1983, su antiguo jefe en la Oficina de Administración y Presupuestos de la Casa Blanca, Weinberger, que ahora fungía al frente del Pentágono, le trajo a Washington para asistirle como asesor militar. El primero de agosto de aquel año recibió la estrella de general de división.
En el sanctasanctórum de la defensa de Estados Unidos, Powell demostró poseer una visión integral de la política exterior y de los retos e intereses internacionales de Estados Unidos, así como una capacidad para formular concepciones estratégicas susceptibles de ser implementadas en las doctrinas de defensa. A esta época se remonta la elaboración de la que en la década siguiente iba a conocerse como la Doctrina Powell, si bien entonces su formulación estaba asociada a los enfoques de Guerra Fría de que hacía gala el secretario Weinberger, anticomunista radical y uno de los paladines de la revolución conservadora reaganiana, partidario de mantener la confrontación estratégica con la URSS.
Según la doctrina en cuestión, inspirada en las enseñanzas de la guerra de Vietnam, Estados Unidos debía evitar intervenir militarmente en los conflictos internacionales a menos que estuviera en juego un interés nacional vital y con la condición de que los objetivos de la operación estuvieran bien definidos y pudiesen ser alcanzados sin lugar a dudas, lo que eventualmente podría requerir un despliegue bélico aplastante, que hiciera imposible la derrota.
Precisamente, la malhadada misión de pacificación de los marines en Líbano en 1983, que hubo de ser evacuada a principios de 1984 a raíz de la muerte de 241 soldados en el atentando con camión bomba contra el hotel de Beirut que los alojaba, disgustó a Powell, que la vio como el paradigma de operaciones exteriores que el Ejército de Estados Unidos nunca debería realizar, según se desprende de los comentarios sobre el particular hechos en entrevistas periodísticas. Por el contrario, la invasión de la isla caribeña de Granada sólo dos días después del desastre de Beirut, el 25 de octubre de 1983, que supuso un paseo militar y el cumplimiento de los objetivos políticos (la remoción, ilegal, claro está, de un gobierno marxista), sí constituyó un buen ejemplo de lo que Powell proponía.
En mayo de 1986 el Ejército le reclamó para el servicio activo, esta vez en Europa, y concretamente en un país que ya conocía, Alemania. En julio fue promovido a teniente general y acto seguido recibió el despacho de comandante del V Cuerpo de Ejército. Con cuartel general en Frankfurt, el V Cuerpo de Ejército estaba asignado al mando aliado de la OTAN y gozaba de la consideración de ser la columna vertebral de la defensa de Europa Occidental, al incluir dos poderosas unidades de combate, la I División Acorazada y la I División de Infantería.
Powell asumió la misión de poner a punto un plan de defensa de las regiones de Hessen y el sur de Renania a lo largo del río Fulda que fuera capaz de frustrar una hipotética ofensiva de las divisiones acorazadas soviéticas, desplegadas prácticamente a tiro de piedra al otro lado del telón de acero. De nuevo, los que apreciaban sus cualidades en Washington demandaron su presencia allí, tal que en diciembre de 1986 Powell recibió su primer nombramiento en el organigrama de la Oficina Ejecutiva de la Casa Blanca, el de asesor presidencial adjunto de Seguridad Nacional, teniendo como superior inmediato a Frank Carlucci.
4. Consejero de seguridad nacional en gabinete Reagan; la sombra del escándalo Irangate
Cuando el 3 de noviembre de 1987 Weinberger dimitió como secretario de Defensa por representar un claro obstáculo a los deseos de Reagan de alcanzar con el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov un acuerdo sobre misiles nucleares de alcance intermedio, Carlucci, veterano del Pentágono y de la CIA pero últimamente identificado con el secretario de Estado, George Shultz, luego desligado de los halcones de la administración que habían salido desacreditados por el escándalo Irangate, o Iran-Contra, se presentó como el candidato natural para ocupar la vacancia abierta al frente del Pentágono. Entonces, Carlucci se encargó de que su protegido, Powell, tomara el puesto que él liberaba en la Casa Blanca; así, el 5 de noviembre, el militar neoyorkino se convirtió en el nuevo asesor de seguridad nacional del presidente Reagan.
Pocas semanas después, Powell se estrenó en la alta política internacional como miembro de la delegación estadounidense encabezada por Shultz que preparó con su equivalente soviética los detalles del histórico tratado de eliminación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), que fue firmado por Reagan y Gorbachov en Washington el 8 de diciembre. Los observadores adjudicaron a Powell un papel muy importante en el trabajo diplomático que despejó los obstáculos para llegar al tratado INF.
Antes de adquirir este puesto preclaro, Powell figuró en la retahíla de altos funcionarios llamados a testificar ante la comisión especial, presidida por el senador John Tower, que llevó el escrutinio público del asunto Irangate. Como Weinberger, el general declaró desconocer que el anterior asesor de seguridad nacional, el almirante John Poindexter, y su mano derecha, el coronel Oliver North, hubiesen urdido una trama para, a través de la CIA e Israel, vender misiles antitanque y antiaéreos al Irán jomeinista con el fin de propiciar la liberación de los rehenes estadounidenses en manos de las milicias proiraníes de Líbano, para luego desviar las ganancias obtenidas a la financiación encubierta de la guerrilla contrasandinista nicaragüense.
Como en el asunto de My Lai veinte años atrás, a la hora de analizar los entresijos del Irangate los reportajes de prensa suelen endosarse a Powell bastante más conocimiento del que quiere admitir. Dado que era el principal ayudante militar de Weinberger en la época en que tuvieron lugar los hechos, este enfoque acusatorio sostiene que Powell tenía que conocer forzosamente todos los detalles de una operación de tráfico de armas no autorizada que involucraba al Departamento de Defensa; eso, como mínimo, ya que no pocos trabajos de investigación periodísticos de aquel entonces le incluyeron entre los artífices de este andamiaje rigurosamente encubierto.
Consejero de uniforme con ideas propias y pruritos de independiente en medio de las luchas de influencia entre el ala dura instalada en los aparatos de defensa y de inteligencia, y los pragmáticos del Departamento de Estado, en el seno del Consejo Nacional de Seguridad Powell no tuvo ambages en exponer opiniones contracorriente, como su escepticismo con el nivel de armamento y la financiación de la Contra que combatía al régimen izquierdista de Managua, ya que aquella le parecía meramente un “ejército mercenario sin ningún futuro político”.
En este sentido, se le presupone al Powell de aquellos años una visión desideologizada y posibilista en el tratamiento de unos conflictos centroamericanos que, como la realidad sobre el terreno se encargaba tozudamente de mostrar, no tenían ya una solución militar. Aunque también es cierto que Powell -y aquí, el estudio de este personaje con una ideología de contornos borrosos topa de nuevo con la contradicción- cumplió celosamente su papel de emisario, presionando a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras para que no dejaran de reconocer y de respaldar a la Contra, justamente lo contrario de lo marcado en el proceso de paz de Esquipulas. La oposición demócrata criticó duramente aquellas visitas de Powell, al que acusó de comportarse como un “procónsul” ante los gobiernos centroamericanos.
En un ámbito de consideración global, Powell, sin duda, se amoldó mejor que otros consejeros y funcionarios de la Casa Blanca al nuevo ambiente que empezó a respirarse en las relaciones entre los bloques occidental y oriental, a rebufo de la Perestroika de Gorbachov y de las propuestas del líder soviético sobre desarme estratégico y convencional, y de ir liquidando los escenarios de enfrentamiento de la Guerra Fría. El intelectual y articulado Powell presentaba una línea pragmática que encajaba bien con el talante de la nueva administración de George Bush, el vicepresidente con Reagan que retuvo el poder para los republicanos en las elecciones de noviembre de 1988. Respetado por doquier y sin enemigos conocidos, a Powell sus superiores le tenían reservado el más brillante colofón a su carrera militar en 1989.
5. Salto al vértice de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos
Después de ceder la consejería de seguridad nacional al general Brent Scowcroft en el cambio de Gobierno en enero, y de añadir la cuarta estrella de general a sus charreteras, Powell fue nombrado, primero, comandante en jefe de las fuerzas continentales del Ejército con base en Fort McPherson, cerca de Atlanta, Georgia, empleo que le proporcionó el mando sobre todo el dispositivo de defensa terrestre de Estados Unidos, y luego, el 10 de agosto, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor o el Estado Mayor Conjunto, esto es, el coordinador de los estados mayores del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y el Cuerpo de Marines; se trataba del puesto más elevado en la jerarquía de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y únicamente estaba supeditado al jefe supremo, que no era otro que el propio presidente de Estados Unidos. Además, el cargo llevaba implícita la consejería principal del inquilino de la Casa Blanca en cuestiones militares.
Obtenida la preceptiva confirmación senatorial, el 1 de octubre de 1989 Powell asumió la jefatura del Estado Mayor Conjunto en sustitución del almirante William Crowe, convirtiéndose no sólo en el primer titular del puesto de raza negra, sino también, con 52 años, en el más joven. Motivo adicional para el pasmo de la opinión pública era el hecho de que no se tratara de un aristócrata del Ejército que hubiese pasado por academias emblemáticas como West Point o Annapolis. En los cuatro años siguientes, Powell lidió con tres guerras que envolvieron a su país y dirigió las grandes transformaciones experimentadas por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, en un período de mudanzas históricas en el sistema internacional, con los sucesivos tratados de desarme convencional (CFE) y nuclear (START), las disoluciones del bloque del Este primero y de la URSS después, la unificación de Alemania y el comienzo de la reestructuración completa de la OTAN.
Así, por las manos de Powell pasaron la aplicación de los recortes presupuestarios de defensa, la reducción del contingente de tropas en Europa, la jubilación de material de guerra obsoleto o incluido en las partidas de desarme a las que Estados Unidos se comprometió por el Tratado CFE de 1990, y la puesta en marcha de nuevos programas de armamento y estrategias militares que ponían el acento en la superioridad cualitativa, basada en la tecnología punta, frente al concepto cuantitativo clásico, todo ello con el fin de cubrir las necesidades de seguridad nacional en un mundo que cambiaba rápidamente y que empezaba a mostrar todo un nuevo elenco de situaciones de riesgo, las cuales iban a convertirse unos años más tarde en sólidas amenazas.
Al poco de posesionarse de la jefatura del Estado Mayor Conjunto, Powell recibió del presidente Bush la orden de preparar la invasión de Panamá, país de mucha importancia estratégica para Estados Unidos. Ejecutada el 20 de diciembre de 1989 por 24.000 soldados, la Operación Causa Justa (Just Cause), aunque ilegal a la luz del derecho internacional y condenada por doquier como un flagrante ejercicio de injerencia en un país soberano, fue celebrada en Washington como un éxito total, al cumplir las metas políticas, que eran derrocar y capturar al dictador Manuel Antonio Noriega y poner en su lugar al líder de la oposición democrática y legítimo presidente electo, Guillermo Endara, y llevarse a cabo con un número muy limitado de bajas propias (23 muertos).
6. Jefe de operaciones en la guerra del Golfo y aclamación como un héroe nacional
Para Powell, todo fueron felicitaciones por la fulminante campaña panameña, pero su prestigio iba a alcanzar el cenit durante la crisis y la guerra con Irak, a raíz de la invasión del emirato de Kuwait el 2 de agosto de 1990 por el Ejército de Saddam Hussein. Con él como comandante coordinador de las operaciones desde Washington y con el general, también cuatriestrellado, Norman Schwarzkopf como comandante del cuerpo expedicionario en el Golfo, más de medio millón de soldados estadounidenses tomaron parte en las operaciones Escudo del Desierto (Desert Shield), centrada en la defensa disuasoria de Arabia Saudí, y Tormenta del Desierto (Desert Storm), que fue la campaña bélica propiamente dicha a partir del 17 de enero de 1991, con sus fases de asalto aéreo sobre Irak y, desde el 24 de marzo, de invasión terrestre de Kuwait. La aplastante superioridad de la coalición internacional liderada por Estados Unidos decidió el desenlace de la guerra en cuestión de horas una vez iniciada la ofensiva terrestre: el 27 de marzo la ciudad de Kuwait fue liberada y en la siguiente jornada cesaron las hostilidades con la derrota total del Ejército irakí, replegado a la desbandada.
Powell salió de este conflicto convertido en una celebridad pública, ya que los estadounidenses se familiarizaron con sus ruedas de prensa en el Pentágono y sus explicaciones del curso de las operaciones frente a un mapa, a la vez que consagrado como un as de la estrategia militar, ya que la exitosa campaña irakí fue presentada como el epítome de su doctrina: un extraordinario ejemplo de despliegue de recursos bélicos, cuantitativos y cualitativos, que ponía el énfasis en la guerra desde el aire con el empleo de la aviación y los misiles de crucero inteligentes, para infligir una derrota total al enemigo, conseguir los objetivos políticos (se entiende que los contenidos exactamente en los mandatos de la ONU, es decir, la exigencia de la restauración del statu quo en Kuwait, puesto que Saddam siguió en el poder y además con ánimo de desafío) y tener un mínimo de bajas propias: en esa guerra murieron 293 soldados norteamericanos, de los que tan sólo la mitad fueron caídos en combate.
Claro que en todo este alarde de guerra del futuro importó mucho menos el ahorro de bajas al enemigo, así que el lado irakí sufrió por lo menos cien veces más de muertos, entre ellos un mínimo de 10.000 civiles no combatientes como resultado de los bombardeos a las ciudades, lo que en la jerga de Powell y sus colegas uniformados eran los lamentables pero inevitables “daños colaterales”. El caso fue que Powell nunca se mostró como un belicista ni se dejó llevar por las fanfarrias de exaltación patriótica que siguieron a la rendición irakí, hasta el punto de que la prensa le bautizó como el “guerrero reluctante”.
Es sabido que Powell aconsejó a Bush que ordenara la terminación de los combates en el momento en que el Ejército irakí, sumido en el caos, desocupara Kuwait, cuando nada impedía a las tropas de la coalición tomar Basora, seguir hasta Bagdad y, probablemente, pegarle el tiro de gracia a Saddam, que era precisamente lo que le habría gustado al general Schwarzkopf. Hoy, existe la convicción de que en 1991 al dictador irakí se le permitió seguir al frente por consideraciones estratégicas relacionadas con la unidad del país árabe y el control por una autoridad central de los campos petroleros de las provincias kurdas del norte y shiíes del sur.
En todo momento serio y contenido, la actuación de Powell durante la campaña de Irak fue la propia del soldado profesional que ejecuta sin vacilar las decisiones tomadas por la autoridad civil y que cuando tiene que hacer uso de la fuerza no escatima la contundencia, por más que la intensidad del fuego contra un enemigo pobremente armado y sin intención de plantear batalla le infligiera un número innecesariamente elevado de bajas. En reconocimiento a los servicios prestados a la nación, el 3 de julio de 1991 Bush impuso a Powell la Medalla presidencial de la Libertad, condecoración civil a la que siguieron las medallas presidencial de los Ciudadanos, de Oro del Congreso, de la Secretaría de Estado al Servicio Distinguido y de la Secretaría de Energía también al Servicio Distinguido, amén del título de caballero de honor de la Orden de Bath que le impuso la reina de Inglaterra y una segunda Medalla presidencial de la Libertad, ésta colocada el 30 de septiembre de 1993 por el nuevo presidente, Bill Clinton.
En enero de 1993 Powell fue confirmado en sus funciones por la flamante Administración demócrata, semanas después de comenzar la operación militar de carácter humanitario Devolver la Esperanza (Restore Hope) en el avispero de Somalia, llamada a naufragar estrepitosamente y a convertirse en ejemplo de manual antitético de la Doctrina Powell. El general nunca vio muy clara la presencia estadounidense en el país africano, a la vez que disuadió a Clinton de desatar una campaña de bombardeos aéreos contra los serbios de Bosnia por considerarla inefectiva, a menos que fuera seguida de un despliegue masivo de tropas de tierra, escenario que fue descartado por la Casa Blanca por el temor a su coste humano.
Para su fortuna, Powell no tuvo que dar explicaciones por el domingo negro del 3 de octubre de 1993, cuando 18 soldados de operaciones especiales fueron abatidos en Mogadiscio por milicianos leales al señor de la guerra Muhammad Farah Aydid, porque dos días antes terminó su ejercicio al frente del Estado Mayor Conjunto, siendo sustituido por el John Shalikashvili, hasta ahora el comandante supremo de la OTAN en Europa. Dicho sea de paso que en febrero anterior trascendió un fuerte desacuerdo entre Powell y Clinton por la determinación del presidente de suspender la ley discriminatoria que prohibía a los homosexuales formar parte de las Fuerzas Armadas. Se aseguró entonces que Powell estaba considerando adelantar su retiro como protesta por la política de la Casa Blanca sobre el particular.
7. Colgadura del uniforme y entrada en la política con tentaciones presidenciales
Culminada su carrera militar y agotados los galones que podía añadir a su uniforme, Powell, a la edad de 56 años, se dio de baja del Ejército y comenzó su andadura como civil. Por de pronto, rehusó hablar de aspiraciones políticas y únicamente confirmó que iba a continuar en la vida pública, por ejemplo dando conferencias –universidades, asociaciones y organismos de toda especie se rifaban sus participaciones-, y a concentrarse en escribir su citado libro de memorias, My American Journal, por el que le pagaron seis millones de dólares en el contrato de autor y que se convirtió en un éxito rotundo de ventas en 1995. En septiembre de 1994 hizo una inesperada reaparición en la política internacional como integrante, junto con el ex presidente Carter y el senador demócrata Sam Nunn, del equipo de mediadores que en nombre de la Administración Clinton negociaron en Puerto Príncipe con la junta militar de Haití el abandono del poder por ésta y la no obstaculización de la ocupación militar estadounidense, llamada a reponer por la fuerza al presidente legítimo, Jean-Bertrand Aristide.
A los ojos de una gran mayoría de estadounidenses, Powell era un héroe nacional que aunaba a su impresionante historial castrense y de servicios a la patria un dechado de virtudes, no vistas en abundancia entre la clase política, como podían ser la rectitud, la integridad, la solvencia y la modestia. Para aquellos miembros de la comunidad afroamericana y, en general, para las minorías étnicas que aspiraban a mayores cotas de integración y respetabilidad en el sistema social de un Estado al que eran leales, Powell brindaba un muy notable ejemplo de, aparentemente, hasta dónde se podía llegar, con tesón y con fe en uno mismo, en un país cuyos puestos de élite seguían dominados por la mayoría blanca de ascendiente europeo. Powell era sacado a colación en los sermones de aleccionamiento a los jóvenes y, en resumidas cuentas, venía a encarnar el sueño americano.
Gozando de un raro carisma que suscitaba aprobaciones independientemente de la orientación electoral del simpatizante, después de publicar su autobiografía Powell fue tentado a convertirse en el Eisenhower de color, a pesar de desconocerse su ideología y su opinión sobre virtualmente todas las cuestiones sociales y económicas. Su faceta neutra facilitaba que se le ubicase tanto en el ala centrista del Partido Republicano como en el ala moderada del Partido Demócrata (como dato añadido, Carter y el reverendo Jesse Jackson eran dos personalidades demócratas que le venían tributando públicas simpatías y amistad), una ubicuidad que él mismo reconoció en una entrevista en septiembre de 1995, si bien entonces apostilló que sus preferencias apuntaban al primero de los campos.
Ciertamente, los guiños para que lanzara su postulación presidencial le fueron realizados con insistencia desde el campo republicano, donde había sectores que no tenían mucha confianza en que precandidatos como el senador Bob Dole pudieran ser capaces de rentabilizar unas circunstancias propicias -la acumulación de errores por el Gobierno demócrata en política interior y exterior, y la mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso desde las legislativas de 1994- y vencer a Clinton en su aspiración a la reelección en noviembre de 1996. Fuera de la dicotomía partidista, había quienes adjudicaban a Powell una estatura moral capaz de reparar, desde la Casa Blanca, las fracturas detectadas en la unidad del país y apaciguar las tensiones sociales, estando fresco en la memoria el violento estallido racial en Los Ángeles en abril y mayo de 1992, que se saldó con 58 muertos. Powell siempre había afirmado que, para él, la raza “no era un problema”, pero también se trataba de un admirador de Martin Luther King.
A lo largo de 1995 el ex general se ocupó de ir desgranando sus opiniones en aquellos temas que definen el repertorio habitual de propuestas y contrapropuestas en las campañas electorales de Estados Unidos. Powell se perfiló como un conservador pragmático, cristiano practicante pero sin discurso religioso, que, un poco paradójicamente, compartía algunas de las inquietudes del establishment liberal, tan detestado por la derecha radical, de reminiscencias reaganianas, que en ese momento marcaba la pauta en el Partido Republicano. Así, Powell se mostró partidario de la discriminación positiva (affirmative action) para abrir puertas a las minorías raciales, de un cierto control sobre las armas de fuego de uso personal y de una política fiscal ciertamente regresiva, pero con “conciencia social”. Apoyaba la pena de muerte, pero se desmarcaba de la ortodoxia conservadora con su defensa del derecho al aborto. Sobre política exterior, sostenía la necesidad de llevar las cosas con más coherencia y firmeza de criterio, todo lo contrario a como lo estaba haciendo la Administración Clinton.
Powell invirtió unos cuantos meses en deshojar la margarita sobre su candidatura y el 8 de noviembre de 1995, finalmente, dijo que no, arguyendo que deseaba preservar la intimidad de su familia. Entonces, la prensa aventuró que su esposa le había convencido de que, siendo negro, corría riesgos físicos adicionales en una aventura presidencial. El anuncio satisfizo al ala ultra del partido de la oposición, pero desconsoló a su legión de seguidores, persuadidos como estaban de que su ídolo habría ganado la nominación republicana y luego batido a Clinton. Sobre este futurible, los sondeos de opinión eran contundentes en señalar al ex general como un contrincante peligrosísimo para Clinton en el caso de que decidiera lanzarse a la arena. Al tiempo que su rechazo cortés, que le mereció los reproches de excesiva cautela e incluso de pusilanimidad, Powell anunció su incorporación a las filas republicanas y su disposición a trabajar para "hacer que el partido de Lincoln se aproxime de nuevo al espíritu de Lincoln".
8. Reclutado para plataforma republicana de Bush y concesión de la Secretaría de Estado
A comienzos de 1997, Powell seguía recorriendo el país dando charlas y conferencias, a cual más lucrativa, permitiéndole amasar una fortuna, y sentándose en las juntas corporativas de universidades y fundaciones cuando, junto con su esposa Alma, puso en marcha America’s Promise-The Alliance for Youth, una ONG caritativa dedicada a formar en valores educativos y sociales a jóvenes sin horizonte escolar susceptibles de caer en la marginalidad y la delincuencia, y a fomentar el voluntariado social. En abril de ese año Powell se apuntó un sensacional éxito de imagen y demostró tener un poder de convocatoria que para sí quisieran políticos de toda la vida al conseguir reunir en Filadelfia, en la llamada Cumbre para el Futuro de América, al matrimonio Clinton, al vicepresidente Gore, a los ex presidentes Carter y Gerald Ford, y a la ex primera dama Nancy Reagan, amén de a una pléyade de gobernadores estatales, alcaldes, ejecutivos de grandes empresas, dirigentes de iglesias, activistas sociales y estrellas del espectáculo. Todos ellos fueron instados por el anfitrión a sumarse a su cruzada para el socorro de los muchachos desarraigados y a detener los procesos de disgregación social desde la infancia mediante donaciones y acciones constructivas.
Las preocupaciones sociales de Powell fueron ensalzadas por sus siempre numerosísimos admiradores, mientras que la defensa del ámbito privado de los individuos en libertad de conciencia de que había hecho gala quedó expuesta de nuevo en 1998 con su oposición a que Clinton pudiera ser destituido por el Congreso a raíz del escándalo de su relación extramarital con la becaria Monica Lewinsky, añadiendo que la nación tenía “asuntos más serios” de que ocuparse.
En 2000 tocaba celebrar elecciones generales y no faltaron quienes emplazaron a Powell a que se presentara a las primarias republicanas, pero la cuestión de la aspiración a la presidencia estaba definitivamente zanjada. En enero de aquel año, Powell formaba parte de la junta directiva de la compañía de servicios telemáticos America Online (AOL) cuando se anunció su fusión con el gigante de la comunicación Time-Warner. La operación lanzó otra de esas nubes oscuras que han amagado con manchar la pretendidamente inmaculada trayectoria del ex general, ya que uno de los miembros republicanos de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) que dio luz verde a la fusión empresarial no era otro que Michael Powell, quien sumó su votó a sabiendas de que su padre tenía reservado en AOL un paquete de participación de capital por valor de 320.000 dólares cotizando en bolsa. El 11 de enero, el mismo día de la aprobación, Powell dimitió de la junta de AOL y se dispuso a ejercer sus opciones sobre acciones, negocio financiero que debió generarle unos beneficios realmente pingües, quizá de hasta nueve millones de dólares.
En la primavera, Powell se subió a la plataforma presidencial del precandidato republicano con más posibilidades, George W. Bush, hijo del ex presidente y gobernador de Texas, quien se rodeó de otros rostros conocidos de la administración de su padre y de anteriores republicanas; de hecho, muchos interpretaron que Bush no anunció su aspiración hasta estar seguro de que Powell descartaba la suya. El ex general fue una de las estrellas de la Convención Nacional Republicana que el 3 de agosto, en Filadelfia, proclamó a Bush candidato. Su intervención del 31 de julio, centrada en las cuestiones sociales y perfectamente compatible con la noción caritativa del “conservadurismo compasivo” esbozada por Bush, fue muy aplaudida. Los medios coincidieron en señalar a Powell como un guiño de centroderecha lanzado por Bush y su gente más afín a los electores que, no simpatizando con los demócratas, podía causarles temor el fuerte regusto a derecha pura y dura que emanaba de la candidatura republicana.
George W. Bush se impuso sobre Al Gore en las ajustadísimas y accidentadas (y con una sombra de sospecha, al tener que dirimir la victoria nada menos que el Tribunal Supremo Federal, dominado por los magistrados conservadores, al mes largo de la cita con las urnas) elecciones del 7 de noviembre. Se había conjeturado con que Powell sería un excelente secretario de Defensa, pero el 16 de diciembre George W. Bush le nominó para la Secretaría de Estado. Dado que el escogido para dirigir el Pentágono era un antiguo halcón de la Guerra Fría, Donald Rumsfeld, que ya había ocupado el puesto entre 1975 y 1977 en la Administración Ford, el nombramiento de Powell al frente de la política exterior se vio como el contrapeso del pragmatismo y la moderación, un reparto de roles que recordaba al dúo Weinberger-Shultz de la época de Reagan. Powell se estrenó en sus funciones el 20 de enero de 2001 como los demás miembros del Ejecutivo; sólo dos días después, su hijo Michael fue designado por Bush presidente de la FCC.
9. Una opción moderada mal ubicada entre radicalismos de derecha
La llegada del primer afroamericano a la Secretaría de Estado de Estados Unidos despertó amplias expectativas en la comunidad internacional, donde se percibía con aprensión el programa exterior de Bush, que pregonaba el repliegue defensivo y el unilateralismo a la hora de manejar las situaciones internacionales. La Doctrina Powell, con su pregón de un intervencionismo militar selectivo y cuidadosamente meditado con criterios de racionalidad para asegurar la victoria en todos los aspectos, que implicaba el rechazo a que Estados Unidos se comportara como el policía o el bombero apagafuegos del mundo, guiaba parte de aquel planteamiento.
Pero el núcleo del poder instalado en la Casa Blanca no esperó mucho para exhibir una forma de ejercer el unilateralismo a la hora de salvaguardar la seguridad y los intereses nacionales que era sustancialmente diferente de la presentada en la campaña electoral: lejos de acomodarse en la pasividad contentiva y en la inhibición desconfiada, Estados Unidos abrazó un activismo exterior trufado de consideraciones ideológicas. Ello condujo, primero, a la impugnación o el boicot sistemáticos de las fórmulas multilaterales y de los compromisos asumidos en esos ámbitos, y, segundo, principalmente a raíz de los catastróficos atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, a la sustitución del aislacionismo por el belicismo y el intervencionismo sin conceder excesiva importancia a las consultas previas entre estrados y los legalismos, con el consiguiente estremecimiento del sistema de relaciones y el derecho internacionales.
En efecto, Powell, heredero a su manera del multilateralismo matizado de la administración de Bush padre, desentonó a las primeras de cambio en el Consejo Nacional de Seguridad, donde estaba rodeado de personajes de una línea ideológica que no era la suya: el ya presentado secretario de Defensa Rumsfeld; el vicepresidente Richard Cheney, un republicano del ala más conservadora que fuera secretario de Defensa con Bush padre; la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice, una experta en temas heredados de la Guerra Fría como Rusia y el balance estratégico que no desdeñaba el unilateralismo armado, y que también era afroamericana; y, el fiscal general John Ashcroft, un servidor público polémico por su radicalismo derechista y su aproximación religiosa a la pena capital y el aborto, apoyando la primera con el mismo ardor con que condenaba el segundo.
Powell entró en una pugna, sólo a veces soterrada, con Rumsfeld, quien, sin ser amonestado por Bush, no tuvo ambages en entrometerse en el ámbito diplomático del primero, generando muchas disonancias que sembraron desconcierto y malestar en los aliados y socios europeos. Powell dejó una agradable estampa de posibilismo y de disposición al diálogo entre iguales en sus primeras visitas a las capitales de la Unión Europea (UE), donde se le prefería con mucho a Rumsfeld, tachado de desabrido y arrogante.
La Comisión Europea y los gobiernos de la UE más comprometidos con la línea de autonomía europea, como el francés y el alemán, esperaban que Powell fuera un emisario con un mandato político fuerte, capaz de negociar acuerdos para resolver la constelación de contenciosos y divergencias que separaban a la UE y Estados Unidos, desde el programa de Defensa Nacional Antimisiles (NMD) y los planes de la UE de avanzar hacia una política común de defensa, hasta las serias pugnas comerciales en los capítulos agrícola, cárnico, del acero o de productos transgénicos, pasando por la decisión de Washington de desligarse del Protocolo de Kyoto de 1997 sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y la forma de afrontar la crisis de Oriente Próximo.
En el primer tramo de 2001, Powell desempeñó con fruición su misión de ahuyentador de suspicacias y temores, y de forjador de respaldos a las políticas de su gobierno, aunque con resultados decepcionantes. Los desencuentros con los europeos no hicieron más que crecer, mientras que China y Rusia no fueron persuadidos de que la NMD (emprendida pero no avanzada más allá de su fase experimental bajo Clinton), de la que la actual administración iba a desarrollar la versión completa no obstante su coste desorbitado, no representaba una amenaza contra ellos ni tampoco era el principio de un rearme general, sino que respondía a la necesidad objetiva de asegurar la inviolabilidad del territorio de Estados Unidos frente a ataques de misiles de países “irresponsables” y “fracasados” (desde el año anterior hacía fortuna la expresión rogue states, o estados bribones), o de organizaciones terroristas con acceso a armas de destrucción masiva, cual podría ser el caso de Al Qaeda.
Transcurridos unos meses desde la toma de posesión, resultaba evidente que Powell no sólo estaba viendo socavada su labor diplomática por las interferencias de Rumsfeld, sino que Bush le estaba marginando en el diseño de la política exterior en beneficio de Rice, quien, según opinaban los observadores, ganaba de largo a su colega de raza en ambición política y en contundencia de discurso. Condoleezza Rice se convirtió en la sombra de Bush en sus desplazamientos internacionales y en sus encuentros con los estadistas.
La influencia principal de la asesora de seguridad nacional se percibió en la decisión del Departamento de Estado de cambiar la política de Clinton de diálogo con Corea del Norte por otra de confrontación, que puso en un brete a la posibilista sunshine policy del presidente surcoreano y premio Nobel de la Paz Kim Dae Jung. Washington acusó a las claras al imprevisible gobierno estalinista de Pyongyang, que desde 1994 estaba sometido a un régimen subsidiado de control sobre su programa nuclear, de contribuir a la proliferación mundial de armas de destrucción masiva, sobre todo en tecnología de cohetes. En este frente, Powell recomendó negociaciones directas y coordinación con los aliados asiáticos, pero no fue escuchado.
En cuanto al conflicto de Oriente Próximo, fuera de control desde el estallido de la intifada de las Mezquitas en octubre de 2000, el papel mediador estadounidense que correspondía jugar a la oficina de Powell quedó completamente arruinado por el activismo del siempre poderoso lobby judío de Estados Unidos y, sobre todo, por la omnipresencia de un grupo de altos funcionarios y asesores del Departamento de Defensa, varios de ellos mismos de ascendencia judía, que estaban empapados de un sionismo maximalista y de una hostilidad visceral a lo palestino.
A la cabeza del grupo estaban dos ideólogos de la llamada escuela neoconservadora, caracterizada por su extremismo derechista y su nacionalismo mesiánico: el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, quien no ocultaba su desprecio por la ONU como organismo responsable de la paz y la seguridad en el mundo, y que abogaba por no escatimar las bazas del poderío militar de Estados Unidos, y el presidente (luego sólo miembro) del Comité Asesor de Políticas de Defensa del Pentágono, Richard Perle, otro veterano de la época reaganiana, portador del sórdido apodo de Príncipe de las Tinieblas y considerado un visionario de la reordenación geopolítica de Oriente Próximo bajo la batuta de la superpotencia norteamericana.
Bajo la influencia de los círculos neoconservador de Wolfowitz y neorrealista (teóricamente más pragmático) de Rumsfeld, Bush y su Administración fueron asumiendo el lenguaje y los análisis del Gobierno israelí y dejaron a los territorios palestinos autónomos y ocupados a merced de la maquinaria de guerra de Israel, que se afanaba en destruir las capacidades terroristas de los grupos radicales palestinos, las cuales, supuestamente, ni la OLP ni la Autoridad Nacional Palestina (ANP) bajo la presidencia de Yasser Arafat estaban en condiciones de impedir.
El mensaje transmitido por Washington al Gobierno derechista de Ariel Sharon fue que mientras durase el presente estado de violencia, Israel estaba en su derecho a tener sepultado el proceso de paz y a responder adecuadamente a las barbaridades del terrorismo palestino, por más que la coyuntura era aprovechada para demoler las infraestructuras de la ANP y expandir los asentamientos de colonos, entre otros hechos consumados inaceptables para la comunidad internacional. Powell, por ejemplo, censuró la política israelí de asesinatos selectivos de líderes políticos y militares de las organizaciones palestinas extremistas, pero en ésta y otras reconvenciones tendía a ser desautorizado por otros altos miembros del Ejecutivo que, invariablemente, respaldaban a Sharon.
Hasta que la crisis de Irak llamó a rebato y al cierre de filas en la Administración estadounidense, en la segunda mitad de 2002, dio la impresión de que Powell y la Secretaría de Estado fueron arrastrados a la vorágine de decisiones unilaterales de la Casa Blanca en el terreno internacional, en muchas de las cuales el titular de la diplomacia pareció asentir con reluctancia y poca fe. Caben destacar las siguientes: el abandono de la pendiente ratificación del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT) de 1996; la retirada oficial del Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM) de 1972, por hallársele incompatible con la NMD, cuyo despliegue a partir de 2004 fue autorizado por Bush en diciembre de 2002; la no ratificación tampoco e incluso –hecho sin precedentes- la retirada de la firma del Estatuto de la Corte Penal Internacional de 1998; la obstaculización de la aprobación de un protocolo de verificación in situ concebido para hacer efectiva la Convención sobre prohibición total de Armas Biológicas (BWC) de 1972; la resistencia también a someterse a los controles de verificación de la Convención de prohibición total de Armas Químicas (CWC) de 1993; y, la negativa a firmar el Tratado de Minas Anti-Personal de 1997, amén de la ya citada ruptura con el Protocolo de Kyoto.
Paulatinamente, Powell fue amoldándose al rol, claramente no entusiasta pero disciplinadamente firme, de mero portavoz de las tesis de dureza de la Casa Blanca, sin que el público tuviera muy claro cuánto de lo que él decía lo decía convencido y cuánto únicamente por lealtad al Gobierno al que servía, y eso cuando Bush, Rice o Rumsfeld no le escamoteaban el protagonismo mediático que por el cargo le correspondía.
Powell, que procedía de la tradición realista en el manejo de las relaciones internacionales, en la línea de un James Baker, no pudo divulgar, y mucho menos desarrollar, las ideas propias de política exterior que pudiera tener, y tuvo que tragarse píldoras tan amargas como la que sin duda le debió parecer la instrucción de Bush de que no encabezara la delegación nacional en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, a celebrar en Durban, Sudáfrica, a comienzos de septiembre de 2001, foro en el que iban a discutirse los problemas que afectaban a los miembros de su raza en diversas partes del mundo. Luego, durante la conferencia, Powell cursó la orden presidencial a los delegados estadounidenses de que regresaran a casa como señal de protesta porque en el borrador de la declaración se tildaba a Israel de país “racista” por el trato que dispensaba a los palestinos. En estas semanas, amigos y personas allegadas a Powell reconocieron que éste se sentía “frustrado”, pero no consideraban probable su dimisión por ser incompatible con el sentido del deber y el acatamiento a la superioridad, tan acendrados en el ex militar.
10. Efímera recuperación de la diplomacia antiterrorista
La conmoción provocada por los atentados que el 11 de septiembre de 2001 perpetró contra Nueva York y Washington la organización Al Qaeda del integrista saudí Osama bin Laden, enemigo declarado de Estados Unidos desde hacía un lustro, devolvió parte de la prestancia perdida a Powell, aunque esta resurrección terminó resultando efímera. Contrastando con la desaparición de escena de Cheney, recluido por razones de seguridad, y con las comparecencias un tanto aturulladas de Bush, que en un error garrafal empleó el término “cruzada”, antipático para los musulmanes, para referirse a su proclamada declaración de guerra al terrorismo internacional, y que bautizó a la operación militar en ciernes como Justicia Infinita (Infinite Justice), expresión que sonó a demasiado revanchista y personal y que fue sustituida a los pocos días por la más integradora de Libertad Duradera (Enduring Freedom), el secretario de Estado exudó serenidad y control, una proyección que resultó balsámica para la traumatizada y angustiada ciudadanía de su país.
La guerra que Estados Unidos se planteaba lanzar en Afganistán para descabezar a Al Qaeda y de paso para destruir al régimen político que le daba cobijo, el de los fanáticos fundamentalistas talibán que lideraba el mullah Mohammad Omar, requería una intensa actividad diplomática y la formación de una alianza de amplio espectro, similar a la fraguada cuando la crisis del Golfo en 1990, y aquí, Powell, contrario al aislacionismo por principio, podía sentirse vindicado. Su tarea le fue muy facilitada por el hecho de que los atentados habían levantado una ola de solidaridad casi universal con Estados Unidos, así que se concentró en explorar si cabía reclutar a Siria e Irán para el esfuerzo antiterrorista y en obtener el máximo nivel de apoyos, logísticos, políticos y diplomáticos, entre los países musulmanes moderados.
Una misión particularmente sensible, en octubre, ya comenzados los bombardeos aéreos en Afganistán, fue convencer al dictador pakistaní, general Pervez Musharraf, de que debía romper completamente los lazos con los talibán y cooperar en firme con los esfuerzos antiterroristas, objetivo que mayormente fue alcanzado, no obstante colocarse a Musharraf en una delicadísima situación interna por el virulento rechazo que estos planes concitaban en la oposición política islamista. Entre noviembre y diciembre la campaña afgana cerró su primera fase con la conquista de Kabul por los aliados locales de la Alianza del Norte, el derrumbe del régimen talibán, la eliminación de muchos combatientes extranjeros y miembros de Al Qaeda y la instalación en el poder de las autoridades interinas elegidas en la conferencia internacional de Bonn, con el proestadounidense Hamid Karzai a la cabeza.
Al comenzar 2002, el público percibió que la estrella de Powell empezaba a declinar de nuevo a la par que tomaba altura el vuelo de los halcones de la Oficina Ejecutiva del Presidente y el Pentágono, quienes, galvanizados por el éxito en Afganistán (si bien los talibán supervivientes pudieron reorganizarse y lanzar contraataques de tipo partisano que prolongaron en el país asiático un estado de inseguridad o de guerra de baja intensidad, además de que los dos trofeos más buscados, bin Laden y el mullah Omar, consiguieron evadir el cerco militar), presionaron denodadamente para que Irak fuese el siguiente objetivo a batir.
En relación con la operación en Afganistán, el secretario de estado contrapuso su parecer al de Bush y los extremistas de la Casa Blanca al demandar que se aplicara la Convención de Ginebra a los cientos de detenidos sin cargos, asistencia legal ni hábeas corpus, presuntamente talibán o miembros de Al Qaeda, que habían ido a parar a la prisión de la base de Guantánamo en Cuba. Powell tampoco creía que debiera dárseles el estatus de prisioneros de guerra, pero consideraba procedente que fueran cubiertos por la Convención de Ginebra hasta que un tribunal determinara su situación legal. En su limbo jurídico, a los presos de Guantánamo, sometidos a unas medidas de incomunicación física y sensorial que encendieron una polémica internacional por lo que pudieran suponer de maltrato y de formas de tortura, la administración Bush les había adjudicado la condición de “combatientes ilegales” recluidos en un ámbito de extraterritorialidad, lo que les privaba de las garantías jurídicas tanto internacionales como estadounidenses.
11. Una gestión poco eficiente en el conflicto palestino-israelí
Cabe dudar de que la invasión de Irak para desarmar por la fuerza y derrocar a Saddam Hussein llenara de contento o que incluso entrara en los planes de Powell, que tenía bajo su responsabilidad el cuidado de la coalición internacional contra el terrorismo, en la que tomaban parte varios países árabes y musulmanes cuya permanencia era fundamental por obvias razones políticas y en aras de un combate más efectivo contra Al Qaeda. Y sin embargo, fue el propio secretario de Estado el encargado de plantear a las claras la amenaza de su país al régimen de Bagdad, el 8 de noviembre de 2001, cuando, sin pelos en la lengua, señaló a Irak como el siguiente objetivo de la maquinaria de guerra de Libertad Duradera, en cuanto terminaran las operaciones de Afganistán.
Ciertamente, los planteamientos belicistas de la Administración Bush fueron ganando ímpetu a lo largo de 2002, mientras seguía sin encararse debidamente el conflicto de Palestina. El 29 de enero, el presidente, en su discurso anual sobre el estado de la Unión, acuñó el concepto del “eje del mal”, que formaban tres países, Irak, Irán y Corea del Norte, puestos en el punto de mira por contribuir irresponsablemente a la proliferación mundial de armas de destrucción masiva, poseer en grado incierto esas mismas armas con aviesas intenciones, fomentar el terrorismo internacional y, en definitiva, entrañar un grave peligro para la paz y la seguridad globales.
Si algo en Oriente Próximo obsesionaba a la Administración Bush era Irak, no el conflicto palestino-israelí, donde la implicación de antaño basada en una diplomacia activa, enérgica con la parte israelí si era necesario, y en la asunción del principio de la retirada de los territorios ocupados en la guerra de 1967 como condición para una paz justa fue sustituida por un enfoque maniqueo según el cual Arafat y su gente eran el mal que había que sacar del proscenio y el Gobierno de Tel Aviv poco menos que el bien, o al menos la parte victimizada, en cuyo respaldo y justificación nada debía escatimarse.
La espiral de violencia y de desafíos a la comunidad internacional alcanzó su paroxismo en marzo y abril de 2002 con el acorralamiento de Arafat en su semiderruido cuartel de Ramallah por los tanques israelíes y con la masacre de un número incierto pero elevado de palestinos en la invadida ciudad autónoma de Jenín, con el consiguiente escándalo internacional. Sólo entonces salió de su letargo el Departamento de Estado y se abrió la oportunidad para el lucimiento de Powell, de cuya actuación hasta ahora en el conflicto de Oriente Próximo no podía decirse que fuera siquiera un pálido reflejo del trabajo desarrollado por predecesores en el cargo como Henry Kissinger en los años setenta con Nixon y Ford, o James Baker en los noventa con Bush padre. Kissinger y Baker eran dos nombres asociados al continuo baile de idas y venidas por la región característico de la shuttle diplomacy, que con Powell se había desvanecido.
Lo que a muchos les pareció el genuino estilo Powell se observó en la constitución del llamado Cuarteto, un marco multilateral inédito desde la asunción de la Administración Bush, en el que los cabezas de las diplomacias de Estados Unidos, Rusia, la ONU y la UE expusieron de manera conjunta demandas y expectativas sobre el conflicto, aunque como esfuerzo de coordinación no consiguió acercar los planteamientos de fondo, que eran radicalmente diferentes. El 10 de abril de 2002 Powell, sus homólogos ruso Igor Ivanov y español Josep Piqué (en tanto que cabeza de turno del Consejo de Ministros de la UE), el alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la UE, Javier Solana, y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, comparecieron en Madrid para presentar el Cuarteto y elevar una exhortación a las partes en conflicto: Arafat debía comprometerse en firme en el combate contra el terrorismo practicado por sus teóricos gobernados y Sharon debía retirar sus tropas de las ciudades de la ANP y detener las operaciones de castigo.
Horas después, Powell partió para la zona en calidad de jefe de la diplomacia de su país y de emisario portador de las propuestas del Cuarteto. Precedida por dos atentados palestinos en Haifa y Jenín, con el balance de 21 israelíes muertos, y la detención de los bombardeos masivos contra esta última ciudad, que quedó sembrada de ruinas y de decenas de cadáveres de civiles y milicianos palestinos, la entrevista sostenida con Sharon en Jerusalén el 12 de abril resultó estéril al no arrancar del primer ministro el cese inmediato de las destructivas ocupaciones militares de las ciudades palestinas, a lo que había conminado Bush a comienzos de mes y el 30 de marzo el Consejo de Seguridad de la ONU. Para tensar más el ambiente, nada más concluir el encuentro un suicida palestino se inmolaba en Jerusalén y asesinaba a seis viandantes.
Por cierto que Powell se personó en Jenín para comprobar in situ las informaciones sobre devastación y matanzas, pero no debió de quedar muy impresionado, ya que a su regresó a Estados Unidos testificó ante el Congreso que no había visto evidencias de fosas comunes ni de masacres deliberadas contra población civil; sólo tenía constancia de terroristas abatidos y, eso sí, de algunos civiles que habían perdido la vida en el fuego cruzado. Pero nada de crímenes de guerra israelíes, como bramaban los palestinos.
Contrariando a Sharon, y es posible que también a algunos prebostes de la Casa Blanca, Powell aceptó entrevistarse con Arafat en Ramallah el 14 de abril previamente a una declaración de condena del terrorismo por el presidente palestino. La reunión fue tormentosa y a su término responsables de la ANP la calificaron de “desastre”, al presentarse Powell sólo con exigencias para ellos y con ninguna concesión de Sharon bajo el brazo, una situación que resultaba grotesca por cuanto que el edificio de la Mukataa continuaba rodeado por los tanques israelíes. El ex general prosiguió su complicada gira en Líbano y Siria, a cuyos presidentes tampoco consiguió convencer de que frenaran las asechanzas artilleras contra el norte de Israel de la guerrilla shií de Hezbollah instalada en el sur del país de los cedros. A Powell le tomaron el relevo su segundo en el Departamento de Estado, William Burns, el director de la CIA, George Tenet, y el enviado especial de Bush, Anthony Zinni.
En resumidas cuentas, el desplazamiento de Powell a la zona se saldó en un fracaso del que Bush se apresuró a distanciarse. La Casa Blanca, consciente de que la mayoría de los votantes judíos de su partido veían con desagrado los contactos con el dirigente de la OLP, llegó a indicar que el encuentro de Powell con Arafat había sido una iniciativa personal por cuenta y riesgo del secretario de Estado, quien, con su inveterada sumisión, se tragó el ninguneo y amortiguó el revés personal con duros reproches a los palestinos, los cuales debían “optar” en la lucha contra el terrorismo como había hecho el resto del mundo. El rapapolvo a Arafat fue acompañado de una crítica a los israelíes con matices de condescendencia: según Powell, Sharon le había presentado un calendario para una retirada militar que empezaría “en una semana, o algo así”, sin especificar fecha de inicio.
Efectivamente, y para consuelo de Powell, entre el 18 y 21 de abril el Ejército israelí declaró terminada su Operación Muro Defensivo y se replegó de las ciudades cisjordanas invadidas, aunque hasta el 1 de mayo mantuvo el asedio a Arafat en Ramallah y hasta el 10 de mayo el de la basílica de la Natividad de Belén. Entre medio, el día 2, Powell y sus colegas del Cuarteto anunciaron en Washington una conferencia de paz para Oriente Próximo a celebrar “este verano”. Sin embargo, puede decirse que el gozo en un pozo, porque en junio las dinámicas dinamiteras contra la salida negociada volvieron por sus fueros con furia redoblada: los radicales palestinos reanudaron sus zarpazos terroristas y el Ejército israelí hizo lo propio con los bombardeos, las incursiones y los asedios, incluido el de Arafat en Ramallah, siempre con la justificación de la legítima defensa. Para empeorar las cosas –o para mejorarlas, en opinión de Sharon y muchos de sus compatriotas-, Israel comenzó a levantar el llamado muro de seguridad a lo largo del límite norte de Cisjordania.
El 24 de junio, Bush condicionó la creación del Estado palestino al apartamiento de Arafat del mando político y sobre las fuerzas de seguridad de la ANP. La declaración presidencial principió la elaboración por el Cuarteto de un nuevo plan de paz, que sustituía al malhadado de Gaza-Jericó (alumbrado en las conversaciones secretas de Oslo en agosto de 1993, adoptado en la Declaración de Washington de septiembre de 1993 e inicializado en El Cairo en mayo de 1994), aunque recogía parte de su espíritu con la salvaguardia del principio de “paz por territorios”. El plan fue desvelado por el Cuarteto el 17 de septiembre en Nueva York.
En sinopsis, la llamada Hoja de Ruta (o Mapa de Ruta), de la que Powell era coartífice, contemplaba la formación de un Estado palestino independiente y soberano, y la resolución de los sempiternos problemas que eran la médula del conflicto (estatus de Jerusalén, refugiados palestinos, asentamientos judíos, fronteras definitivas) a finales de 2005, al cabo de un proceso de tres etapas que pasaba por la superación de la violencia, la reorganización profunda de las instituciones del autogobierno provisional, la elaboración de una verdadera Constitución palestina, la celebración de elecciones y la celebración también de dos conferencias internacionales de paz, una de lanzamiento del proceso y la otra de consolidación de lo logrado.
Desde luego, todo esto, sobre el papel, ya que, de entrada, el Gobierno de Sharon planteó tantas y tan radicales enmiendas a la Hoja de Ruta que, en la práctica, la refutaba, mientras que los extremistas palestinos hicieron como que la cosa no iba con ellos. Además, el Cuarteto condicionó el arranque del plan a la creación del puesto de primer ministro de la ANP, y aquí Arafat, refractario a las reformas internas y más aún a ceder parcelas de poder, se aferró a una actitud obstruccionista que dejó en suspenso la presentación oficial del documento a las partes. Ciertamente, había poderosos imponderables locales para la implementación de la Hoja de Ruta, pero la agudización del debate sobre Irak sustrajo la atención general y las energías de Estados Unidos, que no tuvo inconveniente en trasladar el inicio de la Hoja de Rut a un escenario sin Saddam Hussein, juzgado muy propicio para cualquier iniciativa de paz en Oriente Próximo.
12. Empeño de la solvencia diplomática en los prolegómenos de la guerra contra Irak
Septiembre de 2002 fue un mes decisivo con la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que ordenaba sobre el papel la popularmente llamada Doctrina Bush de "autodefensa preventiva". La nueva doctrina estratégica de Estados Unidos se alejaba de la ahora periclitada Doctrina Powell y apostaba por que la superpotencia ejerciera una hegemonía activa en los asuntos mundiales, de ser preciso a través de ataques militares ("acciones de anticipación") allá donde se detectara una amenaza inminente para su seguridad, sin mediar primera agresión y sin distinguir entre los terroristas y sus amparadores. Viraje revolucionario en el pensamiento estratégico de Estados Unidos que destilaba ideología del destino manifiesto y convencimiento de la superioridad de los valores nacionales, el recurso a la guerra preventiva unilateral suponía dejar atrás más de medio siglo de doctrinas basadas en la disuasión y la contención.
A la luz del derecho internacional, la Doctrina Bush se antojaba insostenible, pero sus elaboradores estaban resueltos a aplicarla, y Saddam aparecía clamorosamente como el primer objetivo a batir basándose en ella. El 12 de septiembre de 2002, cuando, de acuerdo con los sondeos, Powell seguía siendo el miembro de la administración más valorado por el público, dejando muy atrás a Cheney, Rumsfeld y el propio Bush, el jefe de la Casa Blanca expuso ante el mundo en la Asamblea General de la ONU su intención de atacar a Irak a menos que acatara una larga lista de exigencias, a la cabeza de las cuales figuraba el cumplimiento inmediato sin más subterfugios de las prohibiciones del Consejo de Seguridad sobre el desarrollo y la posesión de armas químicas, biológicas y nucleares, y de misiles con más de 150 km de alcance. Además, existían sospechas de que Saddam tenía tratos con Al Qaeda, y, en cualquier caso, la posibilidad de que el sátrapa irakí trabara una alianza con bin Laden con un eventual trasiego de armas de destrucción masiva de por medio era un peligro que no podía tolerarse.
Esos eran los motivos explícitos y públicos de Estados Unidos para ir a la guerra contra Irak, y concernían a la paz, la seguridad y el cumplimiento de la ley internacionales, si bien luego iba a quedar patente cuán injustificados o infundados eran. Pero existían otras razones no confesadas, de índole geopolítica y económica, que excedían con mucho los objetivos tácticos, en primera lectura razonables o válidos para la comunidad internacional, y que apuntaban a metas estratégicas de Estados Unidos extraordinariamente ambiciosas, como el control del petróleo irakí, la búsqueda de un sustituto de Arabia Saudí como portaaviones regional, el acoso físico, en sus mismas fronteras, a Irán y Siria, la eliminación de un enemigo inveterado de Israel y el impulso de la democracia a la occidental y el capitalismo de mercado en toda la zona.
Powell jugó un papel protagonista en los tensos meses que duró la cuenta atrás de la guerra, pero esta actuación casi estelar no contribuyó a dignificar su currículum; antes, al contrario. Mientras la maquinaria de la invasión seguía una pauta independiente e inexorable, el Departamento de Estado se movilizó a fondo con el objeto no tanto de construir una gran coalición de países que incluyera a los principales aliados y socios, ya que, de ser necesario, Estados Unidos iría a la guerra sólo o con la única compañía del fiel aliado británico, como de recibir para sus planes la luz verde del Consejo de Seguridad de la ONU, es decir, una resolución que aunara las nuevas condiciones del desarme y un ultimátum, de plazo cuanto más corto mejor. Toda vez que aliados de Estados Unidos como Francia y Alemania se opusieron a la resolución única de la ONU y, de hecho, a la guerra en sí, la división y la crisis estallaron en el seno de la OTAN. El mismo vínculo transatlántico, ya zarandeado desde el año anterior, se sumió en sus horas más bajas, un desbarajuste que deslucía enormemente a la Secretaría de Estado.
El caso fue que en el período relatado, Powell se comportó como un halcón más de la Casa Blanca, empleando el mismo lenguaje de dureza y prestándose a la campaña de propaganda y de manipulación de la opinión pública (la nacional, se entiende, ya que la de los demás países no quitaba el sueño en Washington) a base de exagerar hasta el despropósito la peligrosidad que en el momento presente entrañaba Saddam, el cual tampoco permitió al mundo tener una sola certeza de que ya se había deshecho de las armas prohibidas, sus componentes o precursores, y puesto fin a los programas de investigación.
Después de aprobarse la ambigua resolución 1.441 (8 de noviembre), que daba a Irak “una última oportunidad” para desarmarse, no incluía un ultimátum, pero sí le advertía de las “serias consecuencias” de persistir en su actitud negativa, de arrancar las inspecciones in situ (27 de noviembre) de la misión de la ONU, UNMOVIC, para el rastreo químico y bacteriológico, y la de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) para el nuclear, y de producirse la primera comparencia informativa (27 de enero) de los respectivos cabezas de misión, el sueco Hans Blix y el egipcio Mohammed El Baradei, quienes dijeron no haber hallado nada comprometedor en dos meses de inspecciones pero que también criticaron al Gobierno irakí por no colaborar y por continuar sin dar explicaciones sobre el paradero de importantes cantidades de componentes y municiones químicos y biológicos de los que la ONU tenía noticia, llegó la hora de un gran esfuerzo de persuasión diplomática de Estados Unidos, que, urgido por los preparativos bélicos, asistía con impaciencia y frustración crecientes a la demora del proceso resolutivo, confusamente pautado por la resolución 1.441, en el Consejo, donde Francia, Alemania, Rusia y China insistían en conceder a los inspectores más tiempo, tal como éstos solicitaban.
El partido de la guerra de la Casa Blanca presionaba a Bush para que se olvidara de los formulismos legales y el farragoso cabildeo diplomático para reunir los apoyos necesarios en el Consejo. El presidente resolvió seguir intentándolo un poco más, pero no para satisfacer el posible prurito legalista de Powell, sino a requerimiento del primer ministro británico, Tony Blair, a quien sí preocupaba mucho, por razones de política interna, lanzarse a la invasión de Irak sin la autorización expresa del Consejo de Seguridad.
El 5 de febrero de 2003 Powell tuvo una intervención especial en el Consejo destinada a convencer a los nueve países miembros que no compartían la opinión de estadounidenses, británicos, españoles y búlgaros de que el tiempo de las inspecciones y los regateos se había agotado, y que era la hora de desarmar a Saddam por la fuerza. Nunca Estados Unidos se había tomado tantas molestas para fundar sus acusaciones, pero el tiempo corría en su contra y su posición se hacía incómoda por momentos.
Valiéndose de abundante material audiovisual, con fotografías tomadas por satélite espía y segmentos de conversaciones telefónicas escaneadas por los servicios de inteligencia, y teniendo sentado a sus espaldas al director de la CIA, Tenet, como refuerzo de veracidad, el secretario de Estado demostró una vez más sus habilidades oratorias y, técnicamente, hizo una contundente exposición de las supuestas pruebas que incriminaban a Saddam. Powell, con sus imágenes, sus gráficos y sus audiciones, mostró lo que podía interpretarse como un cuadro de escamoteos y disimulos, donde las presuntas armas, armas que nunca aparecían a la vista, deambulaban de un lado a otro, con los inspectores internacionales pisándoles los talones.
El punto que más dio que pensar a los miembros del Consejo que le escuchaban con atención, que eran sus homólogos ministeriales de cada país, y a millones de televidentes de todo el mundo fue el de los 18 camiones de gran tonelaje que Powell presentó como laboratorios móviles de armas químicas y biológicas. Al hilo de las fotografías de los remolques rodados, Powell, con efectismo retórico, se preguntó dónde estaban las cientos de toneladas de gas neurotóxico VX y otros agentes químicos, los miles de litros con la bacteria del ántrax o carbunco, y los miles de proyectiles para carga química a los que aludían los informes de la UNMOVIC, que a su vez se basaban en los últimos informes de la UNSCOM, la misión que la precedió hasta 1999.
Para él, las conclusiones saltaban a la vista: Saddam seguía “mintiendo", "ocultando" y "frustrando”, y se encontraba "más cerca del día en que afrontará las serias consecuencias" a que se refería la resolución 1.441. El secretario de Estado difícilmente podía ser más categórico cuando afirmaba: "No hay ninguna duda de que Saddam Hussein tiene armas biológicas y la capacidad para producir más, muchas más. Y tiene la capacidad para difundir esos venenos letales y esas plagas de forma que puedan causar muerte y destrucción masivas. Si las armas biológicas son demasiado terribles para ser contempladas, las armas químicas son igualmente terroríficas".
El esfuerzo de persuasión fue vano, ya que ni uno solo de los países con asiento permanente en el Consejo –Francia, Rusia y China- y de los no permanentes –Alemania, Siria, Chile, México, Angola, Camerún, Guinea y Pakistán- que hasta ahora, con diferentes matices de reluctancia o tibieza, se habían resistido a las presiones del bloque anglo-estadounidense, salió a expresar que cambiaba de postura. Los tres grandes con derecho de veto, en particular, manifestaron que la exposición de Powell no había sido concluyente y que únicamente reflejaba la necesidad de continuar con las inspecciones. En esta fase de la porfía las tácticas se invirtieron y ahora quienes pretendían la segunda resolución, la que autorizase la guerra, eran Estados Unidos y sus compañeros de viaje, mientras que el eje franco-ruso-alemán, secundado por los países sin derecho de veto, salió a rechazar esa eventualidad.
El 7 de marzo tuvo lugar la tercera comparecencia informativa ante el Consejo de los inspectores, que admitieron “progresos” y solicitaron más tiempo, “meses” en el caso de Blix. Además, los dos funcionarios internacionales no dudaron en refutar la veracidad de varias aseveraciones hechas por la administración Bush. Blix, en particular, declaró no tener constancia de la existencia de los laboratorios móviles de los que hablaba Powell, con la consiguiente merma en la credibilidad del secretario de Estado. En realidad, y la evidencia más clamorosa estaba a la vuelta de la esquina, la intervención de Powell al completo no fue más que una mascarada porque todas esas armas, en realidad, no existían.
Que Powell había hecho el ridículo ante todo el mundo, defendiendo informaciones suministradas por la CIA que resultaron ser interpretativamente erróneas -serias dudas iban a quedar de si eso fue así por un garrafal pero oportuno fallo de las labores de inteligencia o por una falsificación deliberada, para justificar una guerra que se quería a toda costa, aunque en cualquier caso hubo una exageración consciente por parte de los responsables políticos-, es algo que él, implícitamente y para su desconsuelo, iba a reconocer más tarde.
13. Abandono del Gobierno pese a la reelección de Bush
El secretario de Estado prácticamente se eclipsó tras el inicio de la Operación Libertad Irakí (Iraqi Freedom), la invasión anglo-estadounidense de Irak, luego de dar Bush por agotado el tiempo de la diplomacia, el 20 de marzo de 2003. Al Departamento de Estado, que había tenido que hacer un trabajo sumamente ingrato a la vista de todos, encima le llovieron críticas desde sectores demócratas y liberales por no haber sabido romper el punto muerto en la ONU y obtener la cooperación militar de Turquía. A su derecha, Rumsfeld, Rice, Cheney y los neocons le ignoraban y puenteaban sin recato.
La consejera de seguridad nacional se hizo tan omnipresente que Bush recurría a ella por sistema para todo lo que tuviera que ver con la política exterior. El secretario de Defensa consiguió que el presidente vetara el nombramiento de funcionarios propuestos por su colega de Estado para asumir responsabilidades cuasi ministeriales en la administración civil del Irak ocupado. La Secretaría de Estado tampoco fue escuchada cuando, en vísperas de la toma de Bagdad el 9 de abril, propuso ceder responsabilidades a la ONU y obtener legitimidad internacional para la ocupación, aunque meses después, en vista de las graves dificultades a que hacía frente sobre el terreno, Bush tuvo que aceptar la implicación de la ONU en el proceso político y la limitación de un régimen de ocupación que había empezado con ínfulas imperialistas a través de los mandatos del Consejo de Seguridad. Los organismos encargados de la administración provisional de Irak tras el derrumbe del régimen baazista, la Oficina para la Reconstrucción y la Ayuda Humanitaria (ORHA) y la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), fueron criaturas del Pentágono y la Casa Blanca. En otras palabras, la influencia de Powell en las decisiones tomadas desde el despacho oval se redujo a su mínima expresión.
El tremendo desbarajuste de una ocupación militar y civil mal planificada y peor administrada, con su dramática incapacidad para atajar los estragos de una resistencia insurgente y terrorista en explosión, las matanzas de paisanos víctimas de los atentados o de los bombardeos aéreos indiscriminados, la acumulación de bajas militares propias, el escándalo de las torturas a prisioneros en la cárcel de Abú Ghraib, las rebeliones de los radicales shiíes, la lentitud de la reconstrucción económica y material, y los retardos en el proceso político debido al clima de absoluta inseguridad y los desacuerdos entre los dirigentes de las distintas confesiones y partidos irakíes, en definitiva, la conversión de la posguerra en un mortífero e interminable epílogo bélico, se tradujo en una pérdida de popularidad para Bush, el descrédito sin remedio de Rumsfeld y la desautorización de los neoconservadores.
El menoscabo sufrido por la credibilidad de los halcones genuinos no se tradujo en un resurgimiento de Powell. Aunque parcialmente vindicado con la aprobación, el 16 de octubre de 2003, por el Consejo de Seguridad de la ONU de la resolución 1.511, que legitimó el poder temporal de la CPA hasta la transferencia de la soberanía a un gobierno irakí representativo y que autorizó una fuerza militar multinacional "bajo mando unificado", el secretario de Estado tenía decidido abandonar la Administración cuando concluyera el actual mandato de Bush, en enero de 2005. Así lo aseguró en agosto el Washington Post, que añadió que Powell quería dejar la política activa, fuera cual fuera el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, para retomar las actividades sociales en favor de las gentes de color y, sobre todo, disponer de más tiempo para la familia.
Hasta entonces, el asunto de las armas de Saddam iba a colear con insistencia mortificante. Primero los equipos de la ONU y luego la propia CIA, en un estudio interno, avanzaron que las pruebas suministradas por Powell ante el Consejo de Seguridad no habrían sido tales. A partir de junio, olisqueándose lo que se le venía encima, Powell, sobre la base del análisis de la Oficina de Inteligencia del Departamento de Estado, empezó a distanciarse de sus propias afirmaciones con una serie de comentarios en los que expresaba su escepticismo sobre la validez de los informes de los servicios secretos. Los famosos "laboratorios móviles" fueron hallados sin que en su interior se detectara el menor rastro de productos químicos o biológicos. Según una información publicada por el diario The Guardian, Powell habría transmitido a su colega británico, Jack Straw, sus reservas sobre el material que le habían suministrado para defenderlo en la ONU el 5 de febrero. El 2 de octubre, el jefe del equipo especial de la CIA encargado de rastrear el paradero de las supuestas armas en el Irak ocupado, David Kay, notificó que todas sus pesquisas habían sido infructuosas hasta la fecha. El arsenal fatídico de Saddam no aparecía por ninguna parte.
El 8 de enero de 2004, recién salido de la convalecencia de la extirpación, practicada el 15 de diciembre, de un tumor canceroso que le habían detectado en la próstata, Powell reconoció que no había "pistola humeante" o "evidencias concretas" del vínculo entre Saddam Hussein y Al Qaeda, aunque insistió en que Irak, al tener un largo historial de posesión y uso de armas no convencionales, entrañaba una amenaza inminente para Estados Unidos, luego el recurso a la fuerza estuvo justificado. El siguiente paso, el 24 de enero, horas después de dimitir David Kay, fue más demoledor: el secretario de Estado admitió la posibilidad de que Irak pudiera no tener armas prohibidas antes de la invasión.
Esta declaración preludió el anuncio el 1 de febrero por Bush, que tenía que aplacar el furor de un sector de la opinión pública, de la creación de una comisión de investigación independiente sobre los posibles fallos en las informaciones fruto del espionaje. A continuación, Powell respondió al Washington Post que si hubiese sabido que Saddam no tenía las armas, habría dudado en recomendar la invasión, ya que "la ausencia de los arsenales cambia el cálculo político, cambia la solución e incluso la fórmula". Con todo, reiteró que el depuesto líder irakí pretendía hacerse con armas prohibidas y mantener la capacidad de producirlas. Un mes después, el 2 de marzo, la UNMOVIC, en su balance final, concluyó que Irak se había deshecho de todas las armas prohibidas por la ONU tras su derrota en Kuwait y hasta 1993.
La cantinela de comentarios, entre contritos y autoexculpatorios, de Powell en relación con su actuación diplomática en vísperas de la guerra de Irak continuó a lo largo de 2004. A principios de abril reconoció que había presentado ante el Consejo de Seguridad información "defectuosa", pero insinuó que el error no fue del Gobierno, sino de la agencia de Tenet, por confiar en unas fuentes de dudosa solvencia. A mediados de mayo, en pleno escándalo internacional por las imágenes que demostraban la existencia de prácticas degradantes por militares norteamericanos contra prisioneros irakíes en la cárcel bagdadí de Abú Ghraib, abusos que él calificó de "inconsistentes con los valores de Estados Unidos", se confesó ante la cadena televisiva NBC "profundamente decepcionado" con la CIA por haberle entregado datos falsos: "Resultó que las fuentes eran imprecisas, erróneas y, en algunos casos, deliberadamente engañosas".
Según sus colaboradores más directos, entre ellos el subsecretario de Estado, Richard Armitage, que además era amigo personal, y el jefe de gabinete del secretario, Larry Wilkerson, que eran citados por terceros, Powell estaba "agotado, frustrado y amargado", se encontraba "incómodo con el programa del presidente y cansado de pelear con el Pentágono", y sentía que "su reputación quedó manchada por el discurso de febrero de 2003 en la ONU", discurso que era aún "una fuente de enorme zozobra". El 9 de julio, la comisión bipartidista del Senado estableció que la CIA había generado información falsa sobre Irak. En septiembre, Powell contradijo a Cheney -con el cual "prácticamente no se hablaba", tal como contaba el periodista Bob Woodward en su libro Plan de ataque- al reiterar que no hubo relación entre Saddam y los atentados del 11-S, y transmitió su creencia de que nunca iban a encontrarse armas prohibidas en Irak.
Tras todo este marcar las distancias y entonar autocrítica, la dimisión comunicada por Powell el 15 de noviembre de 2004, dos semanas después de ganar Bush la reelección frente al demócrata John Kerry, y coincidiendo con el anuncio de un viaje del secretario a Oriente Próximo al hilo de la, en su opinión, "gran oportunidad" para retomar las negociaciones de paz que la muerte de Arafat había abierto, no cogió por sorpresa a nadie. Aunque el ex militar afirmaba que "siempre atesoraré los cuatro años que dediqué a trabajar con el presidente Bush y con los maravillosos hombres y mujeres del Departamento", el público ya sabía que los sentimientos no eran precisamente de dicha. Podía decirse que Irak había encumbrado a Powell, e Irak le obligaba a despedirse de la función pública.
El 26 de enero de 2005 Powell entregó el testigo a su sucesora, Condoleezza Rice, con la que Bush tenía la garantía de que sus decisiones de política exterior serían ejecutadas al pie de la letra. Su último cometido relevante fue participar, el 6 de enero, en la Conferencia Internacional celebrada en Yakarta para organizar la ayuda humanitaria a las víctimas del maremoto del océano Índico, cuyos catastróficos efectos en la costa septentrional de la isla de Sumatra comprobó personalmente.
Una vez liberado del corsé del cargo gubernamental, Powell, próximo a cumplir los 68 años, se sintió más libre para expresar sus opiniones y sentimientos. En febrero, vuelto a preguntar por la tan traída y llevada intervención de dos años atrás en el Consejo de Seguridad, declaró: "Estoy muy dolido. Yo soy el que salió en la televisión. Quedé profundamente decepcionado cuando el origen de todo aquello empezó a resultar sospechoso y todo empezó a venirse abajo". Y en marzo explicó que recordaba "con rabia" su actuación en la ONU, aunque no dejaba de sentirse "feliz de saber que, en lo que respecta a Irak, nunca más tendremos que hablar sobre armas de destrucción masiva". Por cierto que, el 12 de enero, los equipos de inspección de armamento irakí de la CIA y el Pentágono terminaron sus trabajos sin hallazgos, y el 31 de marzo la comisión presidencial independiente concluyó que el espionaje estuvo "completamente equivocado" sobre Irak, si bien exoneró a la Casa Blanca de cualquier responsabilidad en el fiasco al no haber hallado “ninguna indicación” de que la comunidad de inteligencia hubiese recibido “presiones políticas” del Ejecutivo para distorsionar sus evaluaciones.
En julio de 2005 el ex secretario de Estado fue contratado por la sociedad de inversiones Kleiner, Perkins, Caufield & Byers, una de las firmas más conocidas del ramo en el californiano Silicon Valley, en calidad de "socio limitado estratégico". En septiembre siguiente, Powell vertió críticas a la lenta respuesta de los servicios de emergencia federales tras el paso del huracán Katrina por los estados de Louisiana y Mississippi, y señaló que la pobreza, y no el racismo, había sido un factor en la tardanza a la hora de distribuir la ayuda a los damnificados, que en su mayoría fueron ciudadanos de color. En diciembre, aseguró que los líderes europeos sabían de los vuelos secretos fletados por la CIA para trasladar a sospechosos de terrorismo a cárceles clandestinas repartidas por medio mundo, y, a propósito de la última polémica generada por la Administración republicana, comentó que el presidente George Bush debió haber pedido autorización judicial para la realización de escuchas telefónicas en el ámbito doméstico por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) después del 11-S.

References: resolución 
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