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Timestamp: 2019-09-20 10:28:57+00:00

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Santo Tomás de Aquino – Bienvenido a "El Teologillo"
Santo Tomás de Aquino es el segundo y principal testigo de esta tradición. Era aristotélico hasta los tuétanos. Por eso valoró el comportamiento humano e insertó en el cristianismo el tratado de las virtudes morales comentando y cristianizando las que ya había tratado magistralmente el pensador pagano griego. Sin embargo, vio claro el límite de las virtudes y que sólo llegan hasta donde llegan. Un hombre totalmente virtuoso no es sin más un hombre santo. De la máxima virtud jamás se llega automáticamente al don, ya que se trata de ondas distintas. Ni siquiera las virtudes infusas consiguen este salto porque es cualitativo.
Pese a su sujeción y fervor hacia la filosofía griega, en el tema de la santidad, siguió la tradición de la Orden y la formuló de manera clara e irrefutable. Por eso dijo que para llegar a la máxima perfección no bastan las virtudes sino que es necesario experimentar los dones del Espíritu Santo. La santidad viene de arriba, es un don. Si no vivimos, pues, a nivel de don, podemos ser cristianos muy virtuosos pero siempre seremos mediocres porque las virtudes aún ayudadas por la gracia no pueden superar sus límites humanos. Los dones del Espíritu, sin embargo, introducen a uno en un modo de obrar divino ya que es el Espíritu Santo el que toma en ellos la iniciativa.
Esta postura de Santo Tomás encaja perfectamente en la corriente espiritual iniciada por Santo Domingo. Para colocarnos en el tiempo quiero hacer unas breves anotaciones. Santo Domingo murió el año 1221. Santo Tomás nació en 1224, tres años después. Su familia pertenecía a la nobleza napolitana. Hijo del Conde Landolfo de Aquino, estudió en la Abadía de Montecasino y después en la Universidad de Nápoles. En el año 1244 tomó el hábito de la Orden de Predicadores y conoció a otro gran dominico y doctor de la Iglesia San Alberto Magno, con quien estudiaría en Colonia.
Las ideas, pues, que estamos comentando se escribirían hacia 1270. Santo Tomás, en plena edad, dejó a un lado la inmadurez de los primeros años en que tuvo ciertos ramalazos semipelagianos, fruto por otra parte del tiempo. Ahora no nos damos cuenta de la precariedad con la que trabajaba esta gente. La escasez de libros y copias era enorme. Es un milagro que hayan llegado hasta nosotros la literatura y escritos antiguos ya que las copias a mano, lentísimas y expuestas a todo tipo de arbitrariedades e inclemencias, estaban en peligro continuo. Gracias a los monasterios y a una denodada labor de siglos conservamos muchas cosas, si bien las filosofías paganas nos han venido más bien a través de los musulmanes pasando a la cultura cristiana por medio de la famosa escuela de traductores de Toledo después del año mil. Baste, como ejemplo, la pérdida de las condenaciones semipelagianas de los concilios de Cartago y Orange del siglo VI, de las cuales no pudo disponer Santo Tomás y su época, porque no fueron redescubiertas hasta el año 1538.
Pese a las carencias de la época, Santo Tomás tuvo la iluminación suficiente para darse cuenta de que sin la actuación del Espíritu y sus dones era imposible la santidad. Esta no se identifica con la perfección en algún comportamiento o el cumplimiento de leyes y adquisición de virtudes. Santo Tomás apostilla genialmente: la ley nueva es la gracia del Espíritu Santo. Su atrevimiento al decir esta frase sólo se explica por la fuerza del don, un precioso don de inteligencia. Con esto queda superada la ley y el Antiguo Testamento; ya no valen sus preceptos y criterios. La santidad ahora pertenece al orden de la gracia y se realiza no en alguna abstracción moral sino en el encuentro con Jesús, el hombre Jesús, único mediador entre Dios y los hombres. La gracia del Espíritu Santo nos lleva a ese encuentro. No con Jesús de Nazaret sino con el Resucitado que, aunque es el mismo, ya ha sido constituido Señor y su nombre ha sido declarado como el único en quien podemos salvarnos. Por Jesús, camino, verdad y vida llegamos al Padre y a la Trinidad. Ahora bien, como dice San Pablo, “nadie puede decir Jesús es Señor si no es con el Espíritu Santo”.
Otras teologías hacen depender la santidad de las propias obras. El esfuerzo lo cargan en uno mismo de modo que sólo a base de ganar méritos y pureza con tus sacrificios se llega a Dios. Es uno el que busca a Dios, el que se gana su propia salvación. De esta manera a Dios no le queda otro trabajo que el de juzgarnos. Según esta opinión, Cristo nos ha redimido para abrirnos las puertas del cielo pero el esfuerzo y el mérito de llegar a él dependen de ti, de tu esfuerzo, de tus cruces, de tus sufrimientos, de tus ofrecimientos. La batalla contra el mundo, el demonio y la carne es obra de cada uno aunque suele apostillarse: ”con la ayuda de Dios”. En realidad el protagonismo es de cada uno aunque Dios nos eche una mano.
En nuestra perspectiva uno no se gana la vida eterna con ninguna obra. Es Dios el que viene, el que nos busca y el que nos salva. Todo el protagonismo es suyo. A nosotros se nos pide la aceptación de esta salvación gratuita. En la ley nueva lo que hay que hacer es acoger la gracia del Espíritu Santo. Esta acogida no siempre es fácil porque sucede en tu carne y en tu historia, con lo que la fidelidad a veces se hace muy cuesta arriba. La santidad que viene de arriba, que es gratuita no es nada fácil, porque es Dios el que actúa en tu carne y en tu historia para hacerte santo, para llevarte por los caminos que él quiere no por los que quieres tú. Hay una obediencia a la voluntad de Dios y al amor de Dios que te elije, que es crucificante porque lo que busca Dios es hacerte semejante a su hijo Jesús. Ni a Jesús ni a María les fue nada fácil acoger la voluntad de Dios; más bien la espada les atravesó el alma. Por eso mucha gente tiene miedo a Dios y prefiere vivir su vida.
Sin embargo, en esta elección actúa el Espíritu Santo y la quieres por encima de todo. Intuyes y experimentas los bienes que te reporta y te hace feliz. Te das cuenta de que merece la pena seguir la aventura del Espíritu. Al venir de arriba la salvación y, al apreciarte pobre y pecador, sientes que estás protegido, que eres amado, que no estás solo, que tienes dueño y, con ello, se te van todos los problemas metafísicos de la vida y te entra una alegría y paz tan profundas que nada ni nadie te las puede arrebatar. Para los dominicos esta acción previa de Dios está en la raíz de toda nuestra filosofía y teología. No es teórica sino que se realiza en nuestra carne pasando por la de Cristo.
Este encuentro con Jesús se da en las virtudes o vivencias teologales fe, esperanza y caridad que son infundidas en nosotros por el Espíritu y perfeccionadas por sus dones. La fe nos hace creer en Jesús y en su misterio pascual, la esperanza nos hace desearlo y la caridad amarlo con todo el ser. En Jesús nos encontramos con la Trinidad y la descubrimos ya que él nos descorre el velo que se interpone entre nosotros y Dios. Con él penetramos en las profundidades del misterio y a través de él nos llega la divinidad a nuestros corazones hasta el punto de hacernos partícipes de la naturaleza divina (2Pe 1, 4). Con otras palabras, el Espíritu de Dios lo recibimos por medio de Jesús pero a la vez nos revela quién es Jesús. Sin el Espíritu conoceríamos a Jesús de Nazaret pero nunca al que es Señor y le ha sido concedido todo poder en el cielo y en la tierra.
Este Jesús mediador es el hombre Jesús. Dice Pablo: Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos (1Tm. 2, 5). San Agustín dice en sus Confesiones, 18: Yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Santo Tomás dice que adherirse a la humanidad de Jesucristo es una pedagogía sumamente adaptada para conducirnos a la divinidad, es como un guía que nos lleva de la mano (II-II, 82, 3, ad 2). San Bernardo prorrumpe sobre el nombre de Jesús: Todo alimento es desabrido si no se condimenta con este aceite; insípido, si no se sazona con esta sal. Lo que escribas me sabrá a nada si no encuentro el nombre de Jesús. Si en tus controversias y disertaciones no suena el nombre de Jesús, nada me dicen. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón [1] Santa Teresa añade: Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy, muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos[2].
Sabemos que en Cristo hay dos naturalezas: una divina y otra humana y una sola persona. Lo que llamaríamos en términos actuales, la personalidad, en Cristo, es divina. Es un hombre que tiene una personalidad divina porque está unido hipostática o substancialmente con la divinidad en la segunda persona de la Trinidad. No es Dios el que se hace hombre sino que es una naturaleza humana la que es asumida por Dios. Por eso a través de la humanidad de Cristo que tan cerquísima está de Dios entramos nosotros a formar parte del misterio de la Trinidad, lo cual resulta algo inimaginable y maravilloso.
Es de tener también en cuenta la humildad del Espíritu Santo que siendo Dios y pudiendo venir a nosotros como quisiera lo hace sólo a través de la humanidad de Jesucristo. En este mundo no hay nada de Espíritu Santo, es decir, nada divino, que no pase por Jesús. La tarea de este Espíritu es hacernos amar y comprender las maravillas que Dios ha realizado para nosotros en el hombre Jesús, divino y adorable a la vez, que ha sido concebido por Dios para poder estar de este modo tan cerca de nosotros.
[1] San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, Sermón 15, 6. BAC, Madrid, 1987, pg. 227
[2] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, cap. 22
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25605
Sobre la eternidad de Dios. santo Tomas de Aquino
Artículo 1: ¿Es o no es correcto definir la eternidad como la posesión total, simultánea y completa de la vida interminable?
2. Más aún. La eternidad tiene cierto sentido de duración. La duración afecta más al ser que a la vida. Luego en la definición de eternidad no debe entrar el término vida,sino, más bien, el término ser.
5. Y también. Todo y completo es lo mismo. Así, pues, establecido el total sobra añadircompleta.
Artículo 2: Dios, ¿es o no es eterno?
1. Nada de lo hecho es atribuible a Dios. Pero la eternidad es algo hecho. Dice Boecio:El ahora que fluye hace el tiempo; el ahora que permanece hace la eternidad. Y Agustín en el libro Octoginta trium quaest.: Dios es el autor de la eternidad. Luego Dios no es eterno.
Artículo 3: Ser eterno, ¿es o no es propio de Dios?
Artículo 4: ¿Hay o no hay diferencia entre tiempo y eternidad?
Respondo: Es evidente que el tiempo y la eternidad no son lo mismo. El fundamento de su diversidad consiste para algunos en que la eternidad no tiene ni principio ni fin, mientras que el tiempo sí tiene principio y fin. Pero es ésta una diferencia accidental, no esencial. Porque, aun considerando que el tiempo no hubiese tenido principio ni fuera a tener fin, como sostienen quienes tienen por eterno el movimiento del cielo, aún se mantendría la diferencia entre eternidad y tiempo, como dice Boecio en el libro De consolat., porque la eternidad es totalidad simultánea, cosa que no le corresponde al tiempo; puesto que la eternidad es la medida del existir permanente, mientras que el tiempo lo es del movimiento. Sin embargo, si la anterior diferencia la aplicamos a lo medido, pero no a las medidas, nos encontramos con otra fuerza argumental; pues con el tiempo se mide sólo lo que en el tiempo tiene principio y fin, como se dice en el IVPhysic. De ahí que, si el movimiento del cielo durara siempre, el tiempo no se mediría por su duración total, pues lo infinito no es medible; pero sí podría medirse alguna rotación que en el tiempo tiene principio y fin. Sin embargo, puede haber otra razón argumental por parte de estas medidas, si se toma el fin y el principio en cuanto potencia. Porque, aun considerando que el tiempo siempre dure, sin embargo es posible señalar en el tiempo el principio y el fin siempre que tomemos alguna de sus partes, como, por ejemplo, decimos principio y fin del día o del año. Y esto no es aplicable a la eternidad. Sin embargo, estas diferencias presuponen lo que es la diferencia en sí misma, es decir, que la eternidad es totalidad simultánea y el tiempo no.
Artículo 5: Sobre la diferencia entre evo y tiempo
Artículo 6: ¿Hay o no hay un solo evo?
Con otros movimientos su relación es igual a la existente entre medida y medido, por lo cual, al multiplicarse aquellos, no lo hace éste, ya que una medida independiente de lo medido puede medir muchas cosas. Aceptado esto, hay que tener presente que, con respecto a las sustancias espirituales, hubo una doble opinión. Algunos, como Orígenes, dijeron que todas procedían de Dios con cierta igualdad; otros, que sólo algunas. Otros, por su parte, dijeron que todas las sustancias espirituales procedían de Dios en cierto grado y orden. Este parece ser el sentir de Dionisio cuando dice, en el c.10 De Cael Hier.que entre las sustancias espirituales están las primeras, las intermedias y las últimas. Esto se da en el mismo orden de los ángeles. Así, pues, según la primera opinión, hay que decir que hay muchos evos, puesto que hay muchos seres perpetuos primeros, ya que son iguales. Según la segunda opinión, hay que decir que sólo hay un evo, porque si cada cosa se mide por lo más simple en su género, el ser de todo evo se medirá por el del primer ser perpetuo, que tanto más simple será cuanto más anterior sea. Este es el parecer expresado en X Metaphys. Como quiera que esta segunda opinión parece ser la más verdadera, como se demostrará más adelante (q.47 a.2; q.50 a.4), en la presente cuestión sostenemos que hay un solo evo.
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Sobre la existencia de Dios. Santo Tomas de Aquino
La reflexión sobre Dios abarcará tres partes. En la primera trataremos lo que es propio de la esencia divina; en la segunda, lo que pertenece a la distinción de personas; en la tercera, lo que se refiere a las criaturas en cuanto que proceden de Él.
¿Es o no es evidente Dios por sí mismo?
¿Es o no es demostrable?
Artículo 1: Dios, ¿es o no es evidente por sí mismo?
1. Se dice que son evidentes por sí mismas aquellas cosas cuyo conocimiento nos es connatural, por ejemplo, los primeros principios. Pero, como dice el Damasceno al inicio de su libro, el conocimiento de que Dios existe está impreso en todos por naturaleza. Por lo tanto, Dios es evidente por sí mismo.
2. Se dice que son evidentes por sí mismas aquellas cosas que, al decir su nombre, inmediatamente son identificadas. Esto, el Filósofo en I Poster lo atribuye a los primeros principios de demostración. Por ejemplo, una vez sabido lo que es todo y lo que es parte, inmediatamente se sabe que el todo es mayor que su parte. Por eso, una vez comprendido lo que significa este nombre, Dios, inmediatamente se concluye que Dios existe. Si con este nombre se da a entender lo más inmenso que se puede comprender, más inmenso es lo que se da en la realidad y en el entendimiento que lo que se da sólo en el entendimiento. Como quiera que comprendido lo que significa este nombre, Dios,inmediatamente está en el entendimiento, habrá que concluir que también está en la realidad. Por lo tanto, Dios es evidente por sí mismo.
Respondo: La evidencia de algo puede ser de dos modos. Uno, en sí misma y no para nosotros; otro, en sí misma y para nosotros. Así, una proposición es evidente por sí misma cuando el predicado está incluido en el concepto del sujeto, como el hombre es animal, ya que el predicado animal está incluido en el concepto de hombre. De este modo, si todos conocieran en qué consiste el predicado y en qué el sujeto, la proposición sería evidente para todos. Esto es lo que sucede con los primeros principios de la demostración, pues sus términos como ser – no ser, todo-parte, y otros parecidos, son tan comunes que nadie los ignora.
Por consiguiente, digo: La proposición Dios existe, considerada en sí misma, es evidente por sí misma, ya que en ella sujeto y predicado son lo mismo, pues Dios es su mismo ser, como veremos (q.3 a.4). Pero, puesto que no sabemos en qué consiste Dios, para nosotros no es evidente, sino que necesitamos demostrarlo a través de aquello que es más evidente para nosotros y menos por su naturaleza, esto es, por los efectos.
2. Es probable que quien oiga la palabra Dios no entienda que con ella se expresa lo más inmenso que se pueda pensar, pues de hecho algunos creyeron que Dios era cuerpo. No obstante, aun suponiendo que alguien entienda el significado de lo que con la palabra Dios se dice, sin embargo no se sigue que entienda que lo que significa este nombre se dé en la realidad, sino tan sólo en la comprensión del entendimiento. Tampoco se puede deducir que exista en la realidad, a no ser que se presuponga que en la realidad hay algo tal que no puede pensarse algo mayor que ello. Y esto no es aceptado por los que sostienen que Dios no existe.
3. La verdad en general existe, es evidente por sí mismo; pero que exista la verdad absoluta, esto no es evidente para nosotros.
Artículo 2: La existencia de Dios, ¿es o no es demostrable?
2. Cuando se demuestra la causa por el efecto, es necesario usar el efecto como definición de la causa para probar la existencia de la causa. Esto es así sobre todo por lo que respecta a Dios. Porque para probar que algo existe, es necesario tomar como base lo que significa el nombre, no lo que es; ya que la pregunta qué es presupone otra:si existe. Los nombres dados a Dios se fundamentan en los efectos, como probaremos más adelante (q.13 a.1). De ahí que, demostrado por el efecto la existencia de Dios, podamos tomar como base lo que significa este nombre Dios.
Respondo: La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas. 1) La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en cuanto potencia esté orientado a aquello para lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: el fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.
SOBRE LA ETERNIDAD DEL MUNDO, CONTRA LOS QUE MURMURAN.Santo Tomás de Aquino
SOBRE LA ETERNIDAD DEL MUNDO, CONTRA LOS QUE MURMURAN. Santo Tomás de Aquino
Supuesto, según la fe católica, que el mundo no ha existido desde siempre, como afirmaron equivocadamente algunos filósofos, sino que el mundo ha tenido un comienzo en su duración, como atestigua la Sagrada Escritura, que no puede errar, se plantea la duda de si podría haber existido desde siempre.
Para explicar esta cuestión según verdad, hay que distinguir primero en qué convenimos con los que opinan lo contrario, y en qué diferimos de ellos.
Si se entiende que algo además de Dios pudiese existir siempre, como si pudiese haber algo eterno además de Él, y no hecho por Él, eso es un error abominable no solamente en la fe, sino también entre los filósofos, que confiesan y prueban que todo lo que es de cualquier modo, no puede ser si no es causado por Aquel que máxima y verdaderísimamente tiene ser.
Si por el contrario se entiende que algo existiese siempre, y sin embargo fuese causado por Dios según todo lo que hay en ello, hay que inquirir si esta tesis puede mantenerse. Si se dice que es imposible, o se dice porque Dios no puede hacer algo que exista siempre, o porque no puede ser hecho en sí mismo, aún si Dios de suyo puede hacerlo.
En la primer parte todos están de acuerdo, es decir, que Dios puede hacer algo que exista siempre, considerando su poder infinito. Queda por tanto averiguar si es posible que sea hecho algo que exista siempre.
Si se dice que algo así no puede ser hecho, no puede entenderse sino de dos modos, o tener dos causas de su verdad, es decir, por falta de potencia pasiva, o porque repugna a la razón.
En el primer sentido se puede decir que, antes de que el ángel fuese hecho, no podía ser hecho, porque no fue precedido por alguna potencia pasiva, ya que no fue hecho de materia previa, sin embargo, Dios podía hacer al ángel, y podía hacer que el ángel fuese hecho, porque lo hizo, y fue hecho.
Así entendido, por tanto, hay que conceder simplemente, según la fe, que no puede ser siempre lo que es causado por Dios: porque afirmar esto sería afirmar que la potencia pasiva siempre ha existido, lo que es herético. Pero de esto no se sigue que Dios no pueda hacer que algún ente sea hecho desde siempre.
En el segundo sentido, se dice que algo no puede hacerse por repugnar a la razón, como no puede hacerse que la afirmación y la negación sean verdaderas al mismo tiempo, si bien Dios puede hacerlo, como algunos dicen. Pero otros dicen que ni Dios puede hacer estas cosas, porque no son nada.
Sin embargo, es manifiesto que no puede hacer que estas cosas sean hechas, porque la afirmación que tal cosa afirma, se destruye a sí misma.
Pero si se afirma que Dios puede hacer que estas cosas sean hechas, la afirmación no es herética, aunque sea, como creo, falsa, del mismo modo en que el que el pasado no haya sido incluye en sí mismo una contradicción.
Por lo que dice Agustín en el libro “Contra Fausto”: “Alguno dice así: “Si Dios es omnipotente, que haga que lo que fue no haya sido”. Éste no ve que está diciendo: “Si es omnipotente, que haga que lo que es verdadero, por lo mismo que es verdadero, sea falso””.
Y sin embargo, algunos grandes dijeron piadosamente que Dios puede hacer que el pasado no haya sucedido, y no fue reputado herético.
Es necesario investigar entonces si en la afirmación conjunta de estas dos tesis hay repugnancia para la razón: que algo sea causado por Dios, y sin embargo, sea siempre. Y cualquiera sea la verdad de esto, no será herético decirlo, porque Dios puede hacer que algo causado por Dios sea siempre.
Sin embargo creo que si hubiese repugnancia para la razón, sería falso. Pero si no repugna a la razón, no solamente no es falso, sino que también es imposible que sea lo contrario, y es erróneo, si esto se afirma. Pues como a la omnipotencia de Dios pertenece el exceder toda inteligencia y poder, deroga expresamente la omnipotencia el que dice que algo puede ser entendido en las creaturas, que no puede ser hecho por Dios. Y no vale instar con el caso de los pecados, que en cuanto tales, nada son.
Por tanto, toda la cuestión consiste en esto: Si ser creado por Dios según toda la sustancia, y no tener principio de duración, se oponen entre sí, o no . Y que no se oponen, se muestra de esta manera:
Si se oponen, no puede ser sino por uno de dos, o por ambos: o porque es necesario que la causa agente preceda en duración a su efecto, o porque es necesario que el no ser preceda en la duración al ser, porque la creatura de Dios ha sido hecha de la nada. En primer lugar, por tanto, hay que mostrar que no es necesario que la causa agente, es decir Dios, preceda en la duracion a su efecto, si Él así lo quiere.
En primer lugar, así: Ninguna causa que produce su efecto en forma instantánea, precede necesariamente a su efecto en duración. Pero Dios es una causa que produce a su efecto no por un cambio, sino instantáneamente. Por tanto, no es necesario que preceda en duración a su efecto.
Lo primero es claro por inducción en todos los cambios instantáneos, como la iluminación y cosas así. Y también puede ser probado por razones de este modo: En cualquier instante en que se afirme que la cosa existe, puede ponerse el principio de su acción, como se ve en todos las cosas generables, porque en el mismo instante en que comienza el fuego, comienza la calefacción.
Pero en la operación instantánea, al mismo tiempo, más aún, el mismo es el principio y el fin de la misma, como en todas las cosas indivisibles. Por tanto, en cualquier instante en que se dé el agente produciendo su efecto instantáneamente, puede darse el término de su acción. Pero el término de su acción es simultáneo con la misma cosa hecha. Por tanto no repugna a la razón que se afirme que la causa que produce su efecto instantáneamente no precede en duración a ese efecto suyo.
Sí repugnaría en el caso de las causas que producen sus efectos mediante un movimiento, porque es necesario que el principio del movimiento preceda a su fin. Y porque los hombres están acostumbrados a considerar estas causaciones que son mediante movimiento, por ello no captan fácilmente el que la causa agente no preceda en duración a su efecto. Y por eso es que muchos inexpertos que no consideran todos los aspectos de la cuestión afirman con demasiada facilidad.
No puede objetarse contra esta razón que Dios es causa agente voluntaria, porque no es necesario que la voluntad preceda en duración a su efecto, ni tampoco el agente voluntario, a no ser que obre mediante deliberación, lo cual líbrenos Dios de afirmar en Él.
Además. La causa que produce toda la sustancia de la cosa no puede menos en producir toda la sustancia, que la causa que produce la forma en la producción de la forma; más bien, mucho más, porque no produce educiendo de la potencia de la materia, como sucede en aquel que produce la forma.
Pero algún agente que produce sólo la forma, puede hacer que la forma por él producida exista tanto tiempo como él mismo, como se ve claro en el caso del Sol al iluminar las cosas. Por tanto, con mucha más razón Dios, que produce toda la sustancia de la cosa, puede hace que su efecto sea en todo momento en que Él es.
Además. Si existe alguna causa, que dada en algún instante no pueda darse su efecto procedente de ella, en el mismo instante, esto no es sino porque a esa causa le falta algún complemento. Porque la causa completa y su efecto son simultáneos. Pero a Dios nunca le falta ningún complemento. Por tanto su efecto siempre puede darse, dado Dios, y así, no es necesario que preceda en duración a su efecto.
Además. La voluntad del que quiere no disminuye nada de su poder, y sobre todo en Dios. Pero todos los que refutan las razones de Aristóteles, por las cuales se prueba que las cosas han sido siempre hechas por Dios por el hecho de que el mismo siempre hace lo mismo, dicen que esto sería así, si no fuese Dios un agente voluntario. Por tanto, aún tratándose de un agente voluntario, no por ello se sigue que no pueda hacer que su efecto exista siempre.
Y así es claro que no repugna a la razón que se diga que la causa agente no precede a su efecto en duración, porque Dios no puede hacer que sean aquellas cosas que repugnan a la razón.
Queda por ver si repugna a la razón que algo hecho exista siempre, por el hecho de que es necesario que su no ser preceda en duración a su ser, dado que se afirma que ha sido hecho de la nada.
Pero que esto en nada repugna, se muestra por el dicho de Anselmo en el Monologio, cap. 8, cuando expone cómo la creatura se dice hecha de la nada. Dice que “la tercera interpretación, por la que se dice algo ser hecho de la nada, es cuando entendemos que algo es hecho, pero que no hay algo de donde sea hecho.”
En un sentido semejante parece que se dice que el que se entristece sin causa, se entristece de nada. Según este significado, por tanto, si se entiende lo que arriba se ha dicho, que ademas de la suma esencia toda las cosas que proceden de ella son hechas de la nada, es decir, no de algo, no se sigue nada inconveniente.
Por lo que es claro que según esta interpretación no se afirma ningún orden de lo que es hecho a la nada, como si fuese necesario que antes de ser hecho, nada fuese, y posteriormente fuese algo.
Pero supongamos además que el orden a la nada significado en la proposición permanezca afirmado, de modo que el sentido sea que la creatura es hecha de la nada, es decir, después de la nada: esta expresión “después” importa un orden absolutamente hablando.
Pero el orden es de muchas maneras, a saber, de duración y de naturaleza. Si pues de lo común y universal no se sigue lo propio y particular, no será necesario que, por el hecho de que la creatura se dice ser después de la nada, la nada sea anterior en la duración temporal, y luego haya algo, sino que basta con que la nada sea naturalmente anterior al ser, puesto que por naturaleza siempre le pertenece a cualquier cosa lo que le conviene en sí misma, con anterioridad a lo que tiene solamente por otro.
Ahora bien, el ser no lo tiene la creatura sino por otro, dejada a sí misma, por tanto, y considerada en sí misma, nada es, por lo cual naturalmente la nada le conviene primero que el ser. Ni es necesario que por ello sea al mismo tiempo nada y ser, por el hecho de que no precede según la duración: si la creatura ha sido siempre, no se afirma que alguna vez nada haya sido, sino que se afirma que su naturaleza es tal, que no sería nada si fuera dejada a sí misma, como si supusiésemos que el aire siempre fuese iluminado por el sol, sería necesario decir que el aire es hecho luminoso por el sol.
Y como todo lo que se hace, se hace de lo incontingente, es decir, de aquello que no puede existir al mismo tiempo con aquello que se dice hacerse, hay que decir que [el aire] es hecho lúcido de lo no – lúcido, o de lo tenebroso: no en el sentido de que alguna vez hubiese sido no – lúcido o tenebroso, sino porque sería así, si fuese dejado a sí mismo por el sol.
Y esto aparece más claramente en las estrellas y los mundos que siempre son iluminados por el Sol.
Así por tanto es claro que no hay ninguna repugnancia para la razón en el hecho de decir que algo es hecho por Dios y que siempre ha existido.
Si hubiese alguna repugnancia, es asombroso cómo Agustín no la vió, pues hubiese sido una vía eficacísima para refutar la eternidad del mundo; siendo así que él impugna la eternidad del mundo con muchas razones en los libros 11 y 12 de la “Ciudad de Dios”. ¿Cómo dejó pasar totalmente ésta?
Más bien parece insinuar que no hay en ello repugnancia alguna para la razón, cuando dice en el cap. 31 de la “Ciudad de Dios”, hablando de los Platónicos: “Encontraron cómo entenderlo, que no es de un inicio del tiempo, sino de la creación. Así como, dicen, si el pie siempre, desde la eternidad, estuviese en el polvo, siempre estaría bajo él la huella, y nadie dudaría que esa huella es hecha por el que pisa; y sin embargo ninguno de ellos sería anterior al otro, si bien uno sería hecho por el otro: así, dicen, por un lado el mundo y los dioses creados en él siempre fueron, pues siempre existió Aquel, que los hizo, y sin embargo, son hechos”.
Y nunca dice que esto no pueda concebirse, sino que procede de otro modo contra ellos. También dice en el libro 11, cap. 4: ” Aquellos que confiesan que el mundo ha sido hecho por Dios, pero niegan que haya tenido inicio de tiempo, sino sólo de creación, de modo tal que por manera apenas inteligible siempre haya sido hecho, por aquello que dicen parecen defender a Dios de una fortuita temeridad.”
La causa por la que es apenas inteligible, ya se dijo en el primer argumento.
También es asombroso cómo tan nobilísimos filósofos no vieron la supuesta repugnancia. Dice en efecto Agustín en el mismo libro, cap. 5, hablando contra aquellos que se ha mencionado en la cita anterior: “Tratamos pues de aquellos que también afirman, con nosotros, a Dios incorpóreo y creador de todas las naturalezas que no son lo que Él mismo”, de los cuales más abajo añade: “Estos filósofos vencieron a los demás en nobleza y autoridad”.
Y esto es evidente para el que considera con diligencia la tesis de aquellos que dijeron que el mundo siempre existió: pues sin embargo lo afirman hecho por Dios, sin percibir en ello ninguna repugnancia para la razón. Por tanto, solamente aquellos que tan sutilmente la perciben son hombres, y con ellos comienza la sabiduría.
Pero como algunas autoridades parecen favorecerlos, es necesario mostrar que les proporcionan un débil apoyo.
Dice pues el Damasceno en el libro 1, cap. 8: “Aquello que es sacado del no ser al ser, no es apto por naturaleza para ser coeterno con Aquel que es sin principio y siempre”. También Hugo de San Víctor en el principio de su libro sobre los Sacramentos dice: “La virtud inefable de la omnipotencia no pudo tener junto a sí algo coeterno, de lo que se ayudase para crear.”
Pero la explicación de estas autoridades y otras semejantes es clara por lo que Boecio dice en el último libro de la “Consolación”: “No piensan rectamente algunos que, oyendo el dicho de Platón de que el mundo éste ni tuvo inicio temporal, ni tendrá fin, piensan que de este modo se hace al mundo creado coeterno al Creador . Una cosa es ser llevado por una vida interminable, que es lo que Platón atribuyó al mundo, otra cosa es ser la presencia de una vida interminable toda igualmente junta, que es claro que es propio de la mente divina.”
De donde es claro que tampoco se sigue lo que algunos objetan, que la creatura se igualaría a Dios en duración, y que por ello dicen, que de ningún modo puede algo ser coeterno con Dios, porque nada puede ser inmutable sino sólo Dios; lo que es claro por lo que dice Agustín, en el libro 12 de la “Ciudad de Dios”, cap. 15: “El tiempo, por cuanto transcurre mudablemente, no puede ser coeterno con la eternidad inmutable. Y por esto, aún si la inmortalidad de los ángeles no transcurre en el tiempo, ni es pasada como si ya no fuese, ni futura como si aún no fuese, sin embargo, sus movimientos, de donde proceden los tiempos, pasan de ser futuros a ser pretéritos. Y por ello, no pueden ser coeternos con el Creador, en cuyo movimiento hay que decir que no hay ni “fue” que ya no sea, ni “habrá” que aún no sea.”
De modo semejante dice en el libro 8 del comentario al Génesis: “Porque aquella naturaleza de la Trinidad es totalmente inmutable, por ello mismo es de tal modo eterna, que no puede haber nada coeterno a ella.” Y dice palabras semejantes en el libro 11 de las “Confesiones”.
Agregan también a su favor argumentos que también los filósofos trataron y resolvieron, entre los cuales el más difícil es el de la infinidad de almas: porque si el mundo siempre fue, es necesario que ahora haya infinitas almas. Pero esto no viene al tema, porque Dios pudo hacer el mundo sin hombres y sin almas, o bien, pudo hacer al hombre cuando lo hizo, aún cuando todo el resto del mundo lo hubiese hecho desde siempre; y así no quedarían tras los cuerpos almas infinitas. Y además aún no se ha demostrado que Dios no pueda hacer que existan infinitos entes en acto.
Hay también otras razones a cuya respuesta declino al presente, ya porque han sido respondidas en otra parte, ya porque algunas de ellas son tan débiles, que con su debilidad parecen aportar probabilidad a la parte contraria.
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References: Artículo 1

Artículo 2

Artículo 3

Artículo 4

Artículo 5

Artículo 6

Artículo 1

Artículo 2