Source: http://www.ceipleontrotsky.org/C-Balance-y-perspectivas-de-la-revolucion-china
Timestamp: 2018-01-17 17:58:28+00:00

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Balance y perspectivas de la revolución china; sus enseñanzas para los países de Oriente y para toda la Internacional comunista
Fue mediante el análisis de la experiencia, de los errores y de las tendencias de la Revolución de 1905 como se constituyeron definitivamente el bolchevismo, el menchevismo y el ala izquierda de la socialdemocracia alemana e internacional. El análisis de la experiencia de la revolución china tiene hoy la misma importancia para el proletariado internacional.
Sin embargo, este análisis, lejos de haber comenzado, está prohibido. La literatura oficial se ocupa de ajustar inmediatamente los hechos a las resoluciones del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, cuya inconsistencia se ha manifestado plenamente. El proyecto de programa redondea todo lo posible las aristas vivas del problema chino, pero, en lo esencial, avala la política funesta seguida por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Se sustituye el análisis de uno de los más grandes procesos de la historia por una defensa literaria de los esquemas que han fracasado.
1.-Sobre la naturaleza de la burguesía colonial
El proyecto de programa dice:
“Los acuerdos provisionales [con la burguesía indígena de los países coloniales] no son admisibles más que en tanto que no sean un obstáculo para la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y lleven una lucha efectiva contra el imperialismo.”
Esta fórmula, aunque está intercalada a sabiendas dentro de una oración subordinada, es una de las tesis fundamentales del proyecto, al menos para los países de Oriente. La oración principal habla, evidentemente, de “liberar [a los obreros y los campesinos] de la influencia de la burguesía indígena”. Sin embargo, no juzgamos desde el punto de vista del gramático, sino desde el del hombre político; utilizando nuestra propia experiencia, decimos: la oración principal no tiene aquí más que un valor secundario, mientras que la oración subordinada contiene lo esencial. Considerada en su conjunto, la fórmula es el clásico nudo corredizo menchevique, que se cierra aquí alrededor del cuello de los proletarios de Oriente.
¿De qué “acuerdos provisionales” se habla? En la política, como en la naturaleza, todo es “provisional”. ¿Puede ser que se trate aquí de “ententes” circunstanciales estrictamente prácticas? Es evidente que no podemos, en el porvenir, renunciar a acuerdos semejantes, rigurosamente limitados y sirviendo cada vez a un objetivo claramente definido. Este es el caso, por ejemplo, cuando se trata de un acuerdo con los estudiantes del Kuomintang para la organización de una manifestación antiimperialista, o bien de la ayuda prestada por los comerciantes chinos a los huelguistas de una empresa concesionaria extranjera. Tales fenómenos no pueden ser excluidos en absoluto para el porvenir, ni siquiera en China. Pero entonces qué hacen aquí condiciones políticas de orden general: “En tanto que [la burguesía] no se oponga a la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y lleve una lucha efectiva [¡!] contra el imperialismo”. La única “condición” de todo acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, práctico, limitado a medidas definidas y adaptadas a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones ni las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día ni por una hora, en distinguir el rojo del azul, en no creer jamás que la burguesía sea capaz de llevar una lucha real contra el imperialismo y de no ser un obstáculo para los obreros y los campesinos, o que esté dispuesta a hacerlo. La otra condición nos resulta absolutamente inútil para los acuerdos prácticos. Por el contrario, no podría resultarnos más que perjudicial, al eliminar la línea general de nuestra lucha contra la burguesía, lucha que no cesa durante el breve período del “acuerdo”. Desde hace mucho tiempo, se ha dicho que los acuerdos estrictamente prácticos, que no nos atan de ninguna forma y no nos crean ninguna obligación política, pueden, si ello resulta ventajoso en el momento considerado, ser concluidos con el mismo diablo. Pero sería absurdo exigir al mismo tiempo que en esa ocasión el diablo se convirtiese al cristianismo, y que se sirviese de sus cuernos, no contra los obreros y los campesinos, sino para hacer obras piadosas. Al plantear semejantes condiciones, actuaríamos ya, en el fondo, como los abogados del diablo, y le estaríamos pidiendo que nos dejase convertirnos en sus padrinos.
Planteando estas condiciones absurdas, embelleciendo de antemano a la burguesía, el proyecto de programa dice, con una nitidez y una claridad perfectas (a pesar del carácter diplomático subordinado de la oración), que se trata precisamente de coaliciones políticas duraderas, y no de acuerdos ocasionales concluidos por razones prácticas. Pero entonces, ¿qué significa esa exigencia de que la burguesía luche “efectivamente” y “no sea un obstáculo...”? ¿Imponemos esas condiciones a la misma burguesía y exigimos que haga públicamente una promesa? Hará todo lo que queramos. Incluso enviará sus delegados a Moscú, se adherirá a la Internacional Campesina, se unirá como simpatizante a la Internacional Comunista, guiñará el ojo a la Internacional Sindical Roja; en una palabra, prometerá todo aquello que le permita (con nuestra ayuda) engañar mejor, más fácil y más completamente a los obreros y los campesinos, echándoles arena a los ojos... hasta la próxima ocasión (siguiendo el modelo de la de Shangai)
¿Tal vez no se trata aquí de promesas políticas de la burguesía que, repitámoslo, las hará inmediatamente, asegurándose así nuestra garantía ante las masas obreras? ¿Es posible que se trate de una valoración “objetiva”, “científica”, llevada a cabo sobre la burguesía indígena, de una especie de medición “sociológica” de las aptitudes de esta burguesía para combatir y “no ser un obstáculo”? Pero, ¡ay!, como lo testifica la experiencia más reciente, habitualmente resulta de tales mediciones que los expertos quedan como unos imbéciles. Esto no importaría nada si sólo se tratase de ellos…
Pero no cabe la menor duda: en el texto se trata precisamente de bloques políticos de larga duración. Sería superfluo incluir en un programa el problema de los acuerdos prácticos circunstanciales; sería suficiente con una resolución sobre la táctica “en el momento actual”. Pero se trata de justificar y consagrar la orientación seguida hasta ayer con respecto al Kuomintang, que hizo sucumbir a la segunda revolución china y es capaz de hacerla sucumbir todavía más de una vez.
De acuerdo con el pensamiento de Bujarin, verdadero autor del proyecto, se trata precisamente de una apreciación de la burguesía colonial, cuya capacidad para combatir y “no ser un obstáculo” debe ser probada, no por su propio juramento, sino por medio de un esquema estrictamente “sociológico”, es decir, el mil-y-un esquema estrictamente adaptado a esta obra oportunista.
Para que la demostración sea más clara, citaremos aquí el juicio emitido por Bujarin sobre la burguesía colonial. Después de una referencia al “fondo antiimperialista” de las revoluciones coloniales y a Lenin (totalmente fuera de lugar), Bujarin declara:
“La burguesía liberal ha ejercido en China, durante toda una serie de años, y no de meses, un papel objetivamente revolucionario, y después se ha agotado. No se trató en absoluto de una “jornada gloriosa” comparable a la revolución liberal rusa de 1905.”
Aquí todo es erróneo desde el principio hasta el final. En efecto, Lenin enseñó que hay que distinguir rigurosamente la nación burguesa oprimida de la que la oprime. De ahí se desprenden dos consecuencias de excepcional importancia; por ejemplo, en el caso de una guerra entre países imperialistas y coloniales. Para un pacifista, esta guerra es como cualquier otra; para un comunista la guerra de una nación colonial contra una nación imperialista es una guerra burguesa-revolucionaria. Lenin elevaba así los movimientos de liberación nacional, las insurrecciones coloniales y las guerras de las naciones oprimidas al nivel de las revoluciones democrático- burguesas, en particular al de la rusa de 1905. Pero Lenin no planteaba en absoluto, como lo hace en la actualidad Bujarin, después de su giro de 180 grados, las guerras de liberación nacional por encima de las revoluciones democrático-burguesas. Lenin exigía distinguir entre la burguesía del país oprimido y la del país opresor. Pero en ninguna parte ha presentado Lenin este problema (y no hubiera podido hacerlo) afirmando que la burguesía de un país colonial o semicolonial, en la época de la lucha por la liberación nacional, fuera más progresista y más revolucionaria que la burguesía de un país no colonial en el período de la revolución democrática. Nada exige que sea así en el plano teórico; la historia no lo confirma. Por muy digno de lástima que sea el liberalismo ruso, aunque su mitad de izquierda (la democracia pequeño burguesa, los socialistas revolucionarios y los mencheviques) haya resultado un aborto, no es posible demostrar que el liberalismo y la democracia burguesa chinos hayan mostrado más altura y capacidad revolucionarias que sus homólogos rusos.
Presentar las cosas como si el yugo colonial asignase necesariamente un carácter revolucionario a la burguesía colonial, es reproducir al revés el error fundamental del menchevismo, que creía que la naturaleza revolucionaria de la burguesía rusa debía desprenderse de la opresión absolutista y feudal.
La cuestión de la naturaleza y de la política de la burguesía está determinada por toda la estructura interna de las clases en la nación que lleva a cabo la lucha revolucionaria, por la época histórica en que se desarrolla esta lucha, por el grado de dependencia económica política y militar que liga a la burguesía indígena al imperialismo mundial en su conjunto, o a una parte de éste, en fin (esto es lo principal), por el grado de actividad de clase del proletariado indígena y el estado de sus relaciones con el movimiento revolucionario internacional.
Una revolución democrática o la liberación nacional pueden permitir a la burguesía profundizar y extender sus posibilidades de explotación. La intervención autónoma del proletariado sobre la arena revolucionaria amenaza con arrebatarle todas las posibilidades.
Veamos los hechos de cerca. Los animadores actuales de la Internacional Comunista repiten sin descanso que Chiang Kai-chek hizo la guerra al “imperialismo”, mientras que Kerensky marchó cogido de la mano con los imperialistas. Conclusión: había que entablar una lucha implacable contra Kerensky, pero había que apoyar a Chiang Kai-Chek.
La ligazón entre el kerenskysmo y el imperialismo es indiscutible. Nos podemos remontar más lejos y señalar que la burguesía rusa “destronó” a Nicolás II con la bendición de los imperialistas ingleses y franceses. No solamente Miliukov y Kerensky apoyaron la guerra de Lloyd George y Poincaré, sino que Lloyd George y Poincaré apoyaron la revolución de Miliukov y Kerensky, primero contra el zar y después contra los obreros y los campesinos. Este es un hecho indiscutible.
Pero sobre este punto, ¿cómo han marchado las cosas en China? La “Revolución de Febrero” se produjo en China en 1911. Esta revolución fue un gran paso adelante, aunque hubiera sido llevada a cabo con la participación muy directa de los imperialistas. En sus Memorias, Sun Yat-Sen cuenta cómo su organización obtuvo para todas sus actividades la “ayuda” de los estados imperialistas (tanto Japón, como Francia, como los Estados Unidos). Si Kerensky, en 1917, continuó participando en la guerra imperialista, la burguesía china, que era “nacional”, “revolucionaria”, etc., apoyó también la intervención de Wilson en la guerra, en espera de que la entente ayudase a liberar a China. Sun Yat-Sen, en 1918, se dirigía a los gobiernos de la entente con sus proyectos de desarrollo económico y liberación política de China. Nada permite afirmar que la burguesía china, en su lucha contra la dinastía Manchú haya demostrado unas cualidades más revolucionarias que la burguesía rusa en su lucha contra el zarismo, o que la actitud de Chiang Kai-Chek y la de Kerensky frente al imperialismo hayan diferido en principio.
Pero Chiang Kai-Chek, afirma el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, ha hecho también la guerra al imperialismo. Presentar las cosas de esa forma es disfrazar burdamente la realidad. Chiang Kai-Chek ha hecho la guerra a los militaristas chinos, agentes de uno de los estados imperialistas. Esto no es, en absoluto, lo mismo que hacer la guerra al imperialismo. Incluso Tang Ping-Sian comprendía esto. En el informe que presentó al VII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (a fines de 1926) caracterizó así la política del Kuomintang, dirigido por Chiang Kai-Chek:
“En el dominio de la política internacional tiene una actitud pasiva, con el pleno significado de la palabra… Sólo está inclinado a luchar contra el imperialismo inglés; en cuanto a los imperialistas japoneses, está dispuesto a admitir un compromiso con ellos bajo determinadas condiciones.” (Actas taquigráficas, Vol. 1, pág. 406.)
La actitud del Kuomintang con respecto al imperialismo fue desde el principio no revolucionaria, sino totalmente colaboracionista: el Kuomintang buscaba derrotar a los agentes de ciertas potencias imperialistas para entablar posteriormente negociaciones con estas mismas potencias o con otras, en condiciones más ventajosas. Esto es todo.
Toda esta forma de abordar el problema es errónea. Lo que hay que considerar no es la actitud de cada burguesía indígena respecto al imperialismo en general, sino su posición frente a las tareas históricas revolucionarias que están a la orden del día en su propio país. La burguesía rusa fue la de un estado imperialista opresor. La burguesía china es la de un país colonial oprimido. El derrocamiento del zarismo feudal fue un factor de progreso en la vieja Rusia. Derribar el yugo imperialista es un factor histórico de progreso en China. Pero la conducta de la burguesía china con relación al imperialismo, al proletariado y al campesinado, no solamente no es más revolucionaria que la conducta de la burguesía rusa con respecto al zarismo y las clases revolucionarias de Rusia, sino que tal vez sea todavía más reaccionaria y cobarde. Esa es la única manera de plantear la cuestión.
La burguesía china es lo bastante realista y conoce lo bastante bien al imperialismo mundial para comprender que una lucha realmente seria contra él exige una presión tan fuerte de las masas revolucionarias que, desde el comienzo, es la burguesía misma la que va a verse amenazada. Si la lucha contra la dinastía Manchú fue una tarea de menor envergadura histórica que el derrocamiento del zarismo, en cambio, la lucha contra el imperialismo mundial es, históricamente, un problema más vasto. Y si, desde nuestros primeros pasos, hemos enseñado a los obreros de Rusia a no creer que el liberalismo estuviera dispuesto a derribar el zarismo y abolir el feudalismo ni que la democracia pequeño burguesa fuera capaz de ello, de la misma forma, deberíamos haber inoculado, desde el comienzo, este sentimiento de desconfianza a los obreros chinos. En el fondo, la nueva teoría de Stalin y Bujarin, tan absolutamente falsa, sobre la “inmanencia” del espíritu revolucionario de la burguesía colonial, no es más que un menchevismo traducido al lenguaje de la política china; sirve simplemente para hacer de la situación oprimida de China una prima política a favor de la burguesía china; arroja sobre el platillo de la balanza, del lado de la burguesía, un suplemento de peso en detrimento del proletariado chino, doblemente oprimido.
Pero, nos dicen Stalin y Bujarin, autores del proyecto de programa, la marcha de Chiang Kai-Chek hacia el norte provocó un potente despertar de las masas obreras y campesinas. Esto es indiscutible. Pero ¿es que el hecho de que Gutchkov y Chulguin llevasen a Petrogrado el acta de la abdicación de Nicolás II no ejerció un papel revolucionario, no despertó a las capas populares más aplastadas, más fatigadas, más tímidas? ¿Es que el hecho de que el laborista Kerensky se convirtiese en presidente del Consejo de Ministros y comandante en jefe de las fuerzas armadas no despertó a la masa de los soldados, no los empujó a los mítines, no levantó a los campesinos de las aldeas contra los propietarios rurales? Se puede plantear también la cuestión de una forma más amplia: ¿es que, en general, toda la actividad del capitalismo no despierta a las masas, no las arranca, siguiendo la expresión del Manifiesto Comunista, a la estupidez de la vida del campo, no lanza los batallones proletarios a la lucha? ¿Es que un juicio histórico sobre el objetivo del capitalismo en su conjunto, o de ciertas acciones de la burguesía en particular, puede sustituir a nuestra actitud activa de clase revolucionaria hacia el capitalismo y la actividad de la burguesía? La política oportunista siempre se ha basado sobre un “objetivismo” de este tipo, no dialéctico, conservador, seguidista. El marxismo siempre ha enseñado que las consecuencias revolucionarias de ciertos actos que la burguesía se ve obligada a llevar a cabo a causa de su situación, serán tanto más decisivas, incontestables y duraderas, cuanto más independiente con relación a la burguesía y menos dispuesta a dejarse pillar los dedos en el engranaje burgués, a adornar a la burguesía, a sobreestimar su espíritu revolucionario y su capacidad para establecer el “frente único” y luchar contra el imperialismo, sea y esté la vanguardia proletaria.
El juicio formulado por Bujarin sobre la burguesía colonial no resiste mejor la crítica en el plano teórico que en los planos histórico y político. Sin embargo, es precisamente a este juicio el que pretende el proyecto de programa consagrar, como ya lo hemos visto.
Un error que no es reconocido o condenado implica siempre otro posterior, o lo prepara.
Si ayer la burguesía china estaba incorporada al frente revolucionario único, hoy se proclama que “se ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución”. No es difícil ver hasta qué punto estas incorporaciones y estos traspasos efectuados de manera totalmente administrativa, sin un análisis marxista un poco serio, carecen de fundamento.
Es absolutamente evidente que la burguesía no se une al campo de los revolucionarios por azar, por ligereza de espíritu, sino porque sufre la presión de sus intereses de clase. Por temor a las masas, abandona inmediatamente la revolución o manifiesta abiertamente contra ella un temor hasta entonces disimulado. Pero no puede pasarse definitivamente al campo de la contrarrevolución, es decir, liberarse de toda nueva obligación de “apoyar” a la revolución o, al menos, de flirtear con ella más que cuando, por medios revolucionarios o por otros (los de Bismarck por ejemplo), logra satisfacer sus aspiraciones fundamentales de clase. Recordemos la historia de los años 1848 y 1871. Recordemos que si la burguesía rusa pudo volver tan resueltamente la espalda a la Revolución de 1905, es porque recibió de ella la Duma de Estado, es decir, el medio de actuar directamente sobre la burocracia y de tratar con ella. Pero cuando la guerra de 1914-1917 reveló de nuevo que el régimen “renovado” era incapaz de asegurar la satisfacción de los intereses fundamentales de la burguesía, ésta se volvió de nuevo al lado de la revolución, y su giro fue más brutal que en 1905.
¿Puede decirse que la revolución de 1925-1927 en China haya satisfecho, siquiera parcialmente, los intereses fundamentales del capitalismo chino? No; China está tan alejada hoy de la unidad nacional y la independencia aduanera como antes de 1925. Sin embargo, la creación de un mercado interior único y su protección contra las mercancías extranjeras menos caras constituyen para la burguesía china casi una cuestión de vida o muerte; es la segunda por orden de importancia después de la del mantenimiento de las bases de la dominación de clase sobre el proletariado y los campesinos pobres. Pero para la burguesía inglesa y francesa, el mantenimiento de China en situación de colonia no tiene menos importancia que la autonomía para la burguesía china. He aquí por qué habrá todavía numerosos zigzags hacia la izquierda en la política de la burguesía china. El porvenir reserva muchas tentaciones a los aficionados del frente único nacional. Decir hoy a los comunistas chinos: vuestra coalición con la burguesía fue correcta desde 1924 hasta el final de 1927, pero ahora no sirve para nada porque la burguesía se ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución, es preparar de nuevo a los comunistas chinos para nuevas ocasiones de confusión ante los futuros giros objetivos y los zigzags hacia la izquierda que la burguesía china inevitablemente realizará. La guerra que Chiang Kai-Chek está llevando contra el Norte ya hace bascular completamente el esquema mecanicista de los autores del proyecto del programa.
Pero el error de principio cometido en la manera oficial de plantear la cuestión aparecerá de forma aplastante, convincente, indiscutible, si recordamos un hecho muy reciente y de gran importancia: la Rusia zarista fue una combinación de naciones dominantes y naciones oprimidas, las gran-rusas y las “alógenas”, muchas de las cuales se encontraban en una situación de colonias o semicolonias. Lenin no solamente exigía que se prestase la mayor atención a la cuestión nacional de los pueblos de la Rusia zarista, sino que también proclamaba contra Bujarin y consortes que el deber elemental del proletariado la nación dominante era apoyar la lucha de las naciones oprimidas por el derecho a disponer de sí mismas, incluso hasta la separación. ¿Ha deducido el partido que la burguesía de las nacionalidades oprimidas por el zarismo (polacos, ucranianos, tártaros, judíos, armenios, etc.) era más radical, más progresiva, más revolucionaria que la burguesía rusa? La experiencia revela que la burguesía polaca, a pesar de la combinación del jugo absolutista y el yugo nacional, fue más reaccionaria que la burguesía rusa: en la Duma no se sentía atraída por los kadetes sino por los octubristas. Lo mismo ocurrió con la burguesía tártara. La gravísima privación de derechos que afectaba a los judíos no impidió a la burguesía judía ser todavía más miedosa, reaccionaria y cobarde que la burguesía rusa. ¿Los burgueses estones, letones, georgianos o armenios fueron más revolucionarios que los burgueses de la Gran Rusia? ¿Cómo se pueden olvidar semejantes lecciones históricas?
Pero ¿es posible que debamos reconocer ahora, después de los hechos, que el bolchevismo se equivocaba cuando, contrariamente al Bund a los dachnaks, a los miembros del Partido Socialista polaco a los mencheviques georgianos y otros, llamaba, desde los albores de la revolución democrático-burguesa, a los obreros de todas las nacionalidades oprimidas, de todos los pueblos coloniales de la Rusia zarista, a reagruparse en una organización autónoma de clase, a romper todo lazo organizativo no sólo con los partidos liberales burgueses, sino también con los partidos revolucionarios de la pequeña burguesía, a conquistar a la clase obrera en la lucha contra estos últimos y, por intermedio de los obreros, a luchar contra estos partidos para influenciar a los campesinos? ¿No hemos cometido aquí un error trotskysta? ¿No hemos saltado, en lo que se refiere a esas naciones oprimidas, algunas de las cuales estaban extremadamente atrasadas, por encima de la fase de desarrollo que habría correspondido al Kuomintang? ¡Qué fácil es, en efecto, edificar una teoría según la cual el Partido Socialista polaco, el Dachnak-Tsutiun, el Bund, etc., fueron las formas “particulares” de una colaboración necesaria entre clases diversas en lucha contra el absolutismo y el yugo nacional! ¿Es que, verdaderamente, se pueden olvidar semejantes lecciones de la Historia?
Antes de los acontecimientos chinos de los tres últimos años, estaba claro para un marxista (y ahora debe estar claro incluso para un ciego) que el imperialismo extranjero, al intervenir directamente en la vida interior de China, hace a los Miliukov y a los Kerensky chinos más cobardes todavía, en última, instancia, que sus prototipos rusos. No es en vano que el primer Manifiesto de nuestro partido había proclamado ya que, cuanto más se avanzaba hacia Oriente, más mezquina y cobarde se volvía la burguesía, y más grandes las tareas que incumbían al proletariado. Esta “ley” histórica se aplica enteramente a la China.
“Nuestra revolución es burguesa: es por eso que los obreros deben apoyar a la burguesía, dicen los políticos desprovistos de toda clarividencia que provienen del campo de los liquidadores. Nuestra revolución es burguesa, decimos nosotros, nosotros, los marxistas; es por eso que los obreros deben abrir los ojos al pueblo, haciéndole ver los engaños de los políticos burgueses, enseñarles a no creer en las palabras, a no contar más que con sus propias fuerzas, su organización, su unión, su armamento.”
Esta tesis de Lenin conserva todo su valor para el Oriente entero; es absolutamente preciso que encuentre un lugar dentro del programa de la Internacional.
2.- Las etapas de la revolución china
La primera etapa para el Kuomintang fue un período de dominación de la burguesía indígena, bajo la enseña apologética del “bloque de las cuatro clases”. El segundo período, después del golpe de estado de Chiang Kai-Chek, vio la dominación paralela y “autónoma” del kerenskysmo chino. Si los populistas rusos y los mencheviques dieron a su corta “dictadura” la forma de una dualidad de poderes abierta, la “democracia revolucionaria” china, por su parte, no tenía bastante fuerza para llegar a ello. Y como, en general, la Historia no trabaja por encargo, no queda más que comprender que no hay y no habrá otra dictadura “democrática” que la que ejerce el Kuomintang desde 1925. Será así tanto si la semiunidad de China conseguida por el Kuomintang se mantiene en el inmediato porvenir como si el país se desmiembra de nuevo. Pero precisamente cuando la dialéctica de clase de la revolución, después del agotamiento de todos los demás recursos, puso a la orden del día la dictadura del proletariado y arrastró a los millones de oprimidos y desheredados de las ciudades y los campos, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista colocó en primer plano la consigna de la dictadura democrática (es decir, democrático-burguesa) de los obreros y los campesinos. La respuesta a esta fórmula fue la insurrección de Cantón, que, a pesar de su carácter prematuro y de su dirección aventurista, muestra que la nueva etapa, la tercera, será la futura revolución china. Es necesario insistir en ello.
Buscando un seguro contra los pecados del pasado, la dirección, hacia finales del año anterior, imprimió de forma criminal un ritmo a la marcha de los acontecimientos que desembocó en el aborto de Cantón. Pero incluso un aborto puede enseñarnos mucho sobre el estado de la madre y el proceso del embarazo. Desde el punto de vista teórico, la importancia enorme, decisiva, de los acontecimientos de Cantón con relación a los problemas esenciales de la revolución china, es que nos encontramos en presencia de un hecho extremadamente raro en historia y en política: una experiencia de laboratorio a una escala gigantesca. La hemos pagado cara; esto nos obliga todavía más a asimilar bien las enseñanzas.
Según la información de Pravda (nº 31), una de las consignas del combate en Cantón fue el grito: “¡Abajo el Kuomintang!” Después de la traición de Chiang Kai-Chek y después de la de Wan Tin-Wei (que no traicionaron a su clase, sino nuestras ilusiones), el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hizo solemnes promesas: “¡No cederemos la bandera del Kuomintang!” Sin embargo, los obreros de Cantón prohibieron el Kuomintang y proclamaron fuera de la ley a todas sus tendencias. Esto significa que para realizar todas las tareas fundamentales, la burguesía (no solamente la grande, sino también la pequeña) no presenta una fuerza política, de partido, de fracción, al lado de las cuales el partido del proletariado pueda resolver los problemas de la revolución democrático- burguesa. El problema de la conquista del movimiento de los campesinos incumbe ya enteramente al proletariado y directamente al partido comunista. Ahí se encuentra la clave que permitirá tomar la posición. Para que pueda haber una solución verdadera de los problemas democrático-burgueses, será necesario que todo el poder se concentre en las manos del proletariado.
A propósito del poder soviético efímero de Cantón, Pravda comunica:
“En interés de los obreros, el Soviet de Cantón ha decidido... el control sobre la producción por los obreros y la realización de este control por los comités de fábrica..., la nacionalización de la gran industria, de los transportes y la banca.”
Más adelante se citan medidas de este género:
“Confiscación de todas las viviendas de la gran burguesía en provecho de los trabajadores.”
Así, pues, los obreros de Cantón estaban en el poder y el poder estaba de hecho en manos del Partido Comunista. El programa del nuevo poder comprendía no solamente la confiscación de las tierras de los terratenientes, por mucho que hubieran pertenecido al Kuomintang, sino también la nacionalización de la gran industria, los bancos, los transportes e incluso la confiscación de las viviendas de la burguesía y de todos los bienes de ésta en provecho de los trabajadores. ¡Si éstos son los métodos de la revolución burguesa, uno se pregunta a qué se parecerá en China la revolución proletaria!
Aunque las directrices del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no hayan hablado jamás de la dictadura proletaria ni de medidas socialistas, aunque Cantón se distinga por su carácter pequeño-burgués de Shangai, Hankow y otros centros industriales del país, el golpe de estado revolucionario realizado contra el Kuomintang ha llevado automáticamente a la dictadura del proletariado; desde sus primeros pasos, debido a la situación de conjunto, ha debido aplicar medidas más radicales que las que fueron tomadas al principio de la Revolución de Octubre. Y este hecho, a pesar de su apariencia paradójica, deriva normalmente tanto de las relaciones sociales en China como de todo el desarrollo de la revolución.
La propiedad terrateniente (grande y mediana, tal como se encuentra en China) se mezcla de la manera más íntima con el capitalismo de las ciudades, e incluso con el capitalismo extranjero. No existe en China casta de terratenientes que se oponga a la burguesía. El explotador más común y el más aborrecido en el campo es el kulak usurero, agente del capitalismo financiero de las ciudades. También la revolución agraria tiene un carácter tanto antifeudal como antiburgués. En China no habrá, o no habrá apenas, una etapa parecida a la primera etapa de nuestra Revolución de Octubre, durante la cual el kulak marchaba con los campesinos medios y pobres, y a menudo a su cabeza, contra el propietario terrateniente. La revolución agraria en este país significa y significará, de ahora en adelante, la insurrección no solamente contra el reducido número de propietarios y burócratas verdaderos, sino también contra el kulak y el usurero. Si, entre nosotros, los comités de campesinos pobres sólo intervinieron en la segunda etapa de la Revolución de Octubre, hacia mediados de 1918, por el contrario, en China, aparecerán en escena, sea bajo el aspecto que sea, tan pronto como renazca el movimiento agrario. La “deskulakización” será, en China, el primero, y no el segundo paso del Octubre chino.
Sin embargo, la revolución agraria no constituye el único fondo de la lucha histórica que se desarrolla actualmente en China. La revolución agraria más radical, el reparto de las tierras (es evidente que el Partido Comunista lo apoyará hasta el final), no permitirán por sí solos salir del callejón sin salida económico. China necesita igualmente su unidad nacional, su soberanía económica, es decir, la autonomía aduanera o, más exactamente, el monopolio del comercio exterior; pero eso exige que se libere del imperialismo mundial. Para este último, China no es solamente la fuente más abundante de enriquecimiento; garantiza también su existencia, al constituir una válvula de seguridad para las explosiones que se producen hoy en día en el interior del capitalismo europeo y que se producirán mañana en el interior del capitalismo norteamericano. Es esto lo que determina de antemano la excepcional amplitud y la monstruosa aspereza de la lucha que las masas populares chinas deberán sostener, sobre todo ahora que su profundidad ha podido ser medida por todos los participantes.
El papel enorme del capital extranjero en la industria china, y el hábito que ha adquirido, para la defensa de sus apetitos, de apoyarse directamente sobre las bayonetas “nacionales”, convierten el programa del control obrero en todavía menos realizable de lo que lo fue entre nosotros. La expropiación directa de las empresas capitalistas, en primer lugar las extranjeras, después de las chinas, será, con gran verosimilitud impuesta por el curso de la lucha al día siguiente de la revolución victoriosa.
Las mismas causas objetivas, sociales e históricas, que determinaron la aparición de Octubre en la revolución rusa se presentan en China con un aspecto todavía más agudo. Los polos burgués y proletario de la nación están opuestos en China con más intransigencia aún, si es posible, que en Rusia, porque, por una parte, la burguesía china ha nacido directamente ligada al imperialismo extranjero y a su aparato militar, y por otra parte, el proletariado chino ha tomado contacto, desde el principio, con la Internacional Comunista y la Unión Soviética. Numéricamente, el campesinado chino representa dentro del país una masa mucho más considerable todavía que el campesinado ruso; pero, atenazado por las contradicciones mundiales (de su solución, en un sentido o en otro, depende su destino), el campesinado chino es todavía más incapaz de jugar un papel dirigente que el campesinado ruso. En la actualidad esto no es ya simplemente una previsión teórica, es un hecho enteramente comprobado en todos sus aspectos.
Estas premisas sociales y políticas, cuya importancia no se puede discutir, muestran que, para la tercera revolución china, no solamente ha caducado definitivamente la fórmula de la dictadura democrática, sino también que, a pesar de su gran atraso, o más bien a causa de ese atraso, China no pasará, a diferencia de Rusia, por un período “democrático”, ni siquiera de una duración de seis meses como fue el caso, de noviembre de 1917 a julio de 1918, de la Revolución de Octubre; desde el principio deberá llevar a cabo una gran transformación y suprimir la propiedad privada en las ciudades y en el campo.
Es cierto que esta perspectiva no concuerda con la concepción pedante y esquemática de las relaciones entre la economía y la política. Pero la responsabilidad de esta discordancia que hace conmoverse los prejuicios enraizados de nuevo (aunque Octubre les haya asestado ya un serio golpe), no incumbe al “trotskysmo”, sino a la ley del desarrollo desigual. En este caso es justamente aplicable.
Sería una muestra de pedantería afirmar que si se hubiese seguido una política bolchevique en la Revolución de 1925-1927, el Partido Comunista chino se habría adueñado del poder con seguridad. Pero afirmar que esta posibilidad estaba completamente excluida sería algo propio de un filisteísmo vergonzoso. El movimiento de masas de los obreros y los campesinos, lo mismo que la desagregación de las clases dominantes, podía permitir su realización. La burguesía indígena enviaba sus Chiang Kai-Chek y sus Wan Tin-Wei a Moscú; llamaba a las puertas de la Internacional Comunista por medio de sus Hou Han-Min precisamente porque frente a las masas revolucionarias se sentía débil en grado extremo: conocía esta debilidad y buscaba protegerse por adelantado. Los obreros y los campesinos no habrían seguido a la burguesía indígena si nosotros no los hubiéramos cogido a lazo y les hubiésemos hecho seguirla. Si la política de la Internacional Comunista hubiera sido un poco correcta, el resultado de la lucha del Partido Comunista por la conquista de las masas habría estado decidido por adelantado: el proletariado chino habría apoyado a los comunistas, y la guerra campesina habría apoyado al proletariado revolucionario.
Si desde el comienzo de la marcha hacia el Norte hubiéramos comenzado a establecer soviets en las regiones “liberadas” (y las masas aspiraban a ello con todas sus fuerzas), habríamos adquirido la base necesaria y reunido el impulso revolucionario; habríamos concentrado en torno nuestro las insurrecciones agrarias; habríamos creado nuestro ejército y descompuesto el del enemigo; a pesar de su juventud, el Partido Comunista chino habría podido madurar bajo la dirección juiciosa de la Internacional Comunista en el curso de esos años excepcionales; habría podido llegar al poder si no en toda China de una sola vez, al menos en una parte considerable de su territorio. Y, lo más importante de todo, habríamos tenido un partido.
Pero precisamente en el dominio de la dirección se ha producido una cosa absolutamente monstruosa, una verdadera catástrofe histórica: la autoridad de la Unión Soviética, del Partido Bolchevique, de la Internacional Comunista, ha servido enteramente para apoyar a Chiang Kai-Chek contra la política propia del Partido Comunista, y posteriormente para apoyar a Wan Tin-Wei como dirigente de la revolución agraria. Después de haber pisoteado la base misma de la política leninista y haber roto la columna vertebral del joven Partido Comunista chino, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista determinó de antemano la victoria del kerenskysmo chino sobre el bolchevismo, de los Miliukov chinos sobre los Kerensky, del imperialismo anglo-japonés sobre los Miliukov chinos. Esta es la significación (la única significación) de lo que ha sucedido en China en 1925-1927.
3.- ¿Dictadura democrática o dictadura del proletariado?
¿Cómo ha juzgado, pues, el último Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista la experiencia adquirida en la revolución china, comprendida la que ha aportado el golpe de estado de Cantón? ¿Cuáles son las perspectivas que ha esbozado para el porvenir? A propósito de la revolución china, la resolución del Plenario de febrero de 1928 permite abordar las partes del proyecto de programa consagradas a este respecto; dice así:
“No es exacto caracterizar [esta revolución] como una revolución “permanente” (posición del representante del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista). La tendencia a saltar [¿?] por encima de la etapa burguesa y democrática de la revolución estimando al mismo tiempo [¿?] que esta revolución es “permanente” es un error análogo al de Trotsky en 1905 [¿?].”
Desde que Lenin dejó su dirección, es decir, desde 1923, la actividad ideológica de la Internacional Comunista consiste sobre todo en luchar contra el pretendido “trotskysmo”, y en particular contra la “revolución permanente”. ¿Cómo ha sido posible entonces que, sobre el problema fundamental de la revolución china, no solamente el Comité Central del Partido Comunista chino, sino también el delegado oficial de la Internacional Comunista (es decir, un delegado que había recibido instrucciones especiales), cometan precisamente el “error” por el que cientos de hombres se encuentran en Siberia o en prisión? La lucha respecto a la cuestión china dura ya dos años y medio. Cuando la Oposición declaró que el antiguo Comité Central (Tchen Du-Siu), sufriendo la influencia de las falsas directrices de la Internacional Comunista, practicaba una política oportunista, esta valoración fue tratada de “calumnia”. La dirección del Partido Comunista chino fue considerada como irreprochable. El célebre Tan Pin-Sian, aprobado por todo el VII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, juraba:
“Desde que surgió el trotskysmo, el Partido y las Juventudes Comunistas adoptaron por unanimidad una resolución contra él.” (Actas taquigráficas, pág. 205.)
Cuando, a pesar de todas estas conquistas, los acontecimientos desarrollaron trágicamente su lógica, que condujo al primer desastre de la revolución y posteriormente al segundo, aún más espantoso, la dirección del Partido Comunista chino, antes ejemplar, fue bautizada de menchevique y destituida en veinticuatro horas. Al mismo tiempo se anunció que la nueva dirección representaba enteramente la línea de la Internacional Comunista. Pero cuando comenzó una nueva etapa seria, se acusó al nuevo Comité Central del Partido Comunista chino de haber pasado (como hemos visto, no de palabra, sino con actos) a una actitud de pretendida “revolución permanente”. El delegado de la Internacional Comunista tomó la misma vía. Este hecho sorprendente, realmente inconcebible, no puede explicarse más que por la separación “sorprendente” que se abre entre las directrices del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y la verdadera dinámica de la revolución.
No insistiremos aquí sobre el mito de la “revolución permanente” de 1905, que fue puesto en circulación en 1924 para crear problemas y despistar. Nos contentaremos con examinar cómo se ha reflejado este mito en el problema de la revolución china.
El primer párrafo de la resolución de febrero, del que ha sido tomada la cita reproducida más arriba de las motivaciones suficientes de su actitud negativa hacia la pretendida “revolución permanente”:
“El período actual de la revolución china es el de la revolución burguesa y democrática, que no está acabada ni desde el punto de vista económico (transformación agraria y abolición de las relaciones feudales), ni desde el punto de vista de la lucha contra el imperialismo (unidad de China e independencia nacional), ni desde el punto de vista del carácter de clase del poder (dictadura del proletariado y del campesinado).”
Esta exposición de motivos es un encadenamiento ininterrumpido de errores y contradicciones.
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha enseñado que la revolución china debe asegurar a China la posibilidad de desarrollarse en la vía del socialismo. Sólo se puede alcanzar este objetivo si la revolución no se detiene en las tareas democráticas burguesas, sólo si en su crecimiento, al pasar de una fase a otra, es decir, al desarrollarse sin interrupción (o de una forma permanente), conduce a China a un desarrollo socialista. Esto es precisamente lo que Marx entendía por revolución permanente. ¿Cómo se puede, entonces, hablar por una parte de la vía no capitalista seguida por el desarrollo de China y negar, por otra, el carácter permanente de la revolución en general?
Pero, según replica la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, la revolución no está acabada ni desde el punto de vista de la transformación agraria, ni desde el punto de vista de la lucha nacional contra el imperialismo. De ahí se deduce el carácter democrático burgués de la revolución china en el período actual. En realidad, el período actual es el de la contrarrevolución. Sin duda, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista quiere decir que la próxima oleada de la revolución china, o, más exactamente, la tercera revolución china, tendrá un carácter burgués democrático, puesto que la segunda revolución china de 1925-1927 no ha resuelto ni la cuestión agraria ni el problema nacional. De todos modos, incluso bajo esta forma enmendada, un razonamiento semejante descansa sobre una total incomprensión de la experiencia y las enseñanzas tanto de la revolución china como de la revolución rusa.
La revolución de febrero de 1917 había dejado sin solucionar en Rusia todos los problemas interiores e internacionales: el feudalismo en el campo, la vieja burocracia, la guerra y el desastre económico. Era partiendo de esta situación como no solamente los socialistas revolucionarios y los mencheviques, sino también numerosos responsables de nuestro partido, demostraban a Lenin que “el período actual de la revolución era el de una revolución democrático-burguesa”. Sobre este punto esencial la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no hace más que volver a copiar las objeciones que hicieron los oportunistas a Lenin en 1917 a fin de oponerse a la lucha por la dictadura del proletariado.
En el texto, más adelante, se dice que la revolución democrático-burguesa no está terminada no solamente desde el punto de vista económico y nacional, sino tampoco “desde el punto de vista de la naturaleza de clase del poder (dictadura del proletariado y los campesinos)”. Esto no puede significar más que una cosa: la prohibición al proletariado chino de luchar por el poder en tanto que no haya a la cabeza de China un “verdadero” gobierno democrático. Desgraciadamente, no se indica dónde encontrarlo.
La confusión aumentó todavía más desde el momento en que la consigna de los soviets fue rechazada para China en el curso de estos dos últimos años, ya que, según se decía, la creación de los soviets sólo es admisible cuando se pasa a la revolución proletaria (“teoría” de Stalin). No obstante, cuando fue realizada la transformación revolucionaria, cuando los que participaban en ella llegaron a la conclusión de que se trataba precisamente del paso a la revolución proletaria, se les acusó de “trotskysmo”. ¿Se puede, con semejantes métodos, educar al partido y ayudarle a cumplir sus grandes tareas?
A fin de salvar una posición desesperada, la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (en ruptura con el curso de otras ideas), saca prematuramente su último argumento: invoca al imperialismo. Se encuentra con que la tendencia a saltar por encima de la etapa democrático-burguesa:
“…es tanto [¡!] más nociva cuanto que al plantear así la cuestión se elimina [¿?] la particularidad nacional más importante de la revolución china, que es una revolución semicolonial”.
La única significación que pueden tener estas palabras absurdas es la idea de que el yugo del imperialismo será derribado por una especie de dictadura no proletaria. Es lo mismo que decir que se invoca la “particularidad nacional más importante” en el último momento para embellecer la imagen bien de la burguesía china indígena, bien de la “democracia” pequeño burguesa de China. Este argumento no puede tener otro sentido. Pero ya hemos examinado de una forma bastante detallada esta concepción en el capítulo que trata “sobre la naturaleza de la burguesía colonial”. Es inútil volver sobre ello.
Es preciso que China conozca todavía una lucha gigantesca, encarnizada, sangrienta, prolongada, por conquistas tan elementales como la liquidación de las formas más “asiáticas” de servidumbre, la emancipación y la unidad del país. Pero como lo ha mostrado el curso de los acontecimientos, es precisamente este hecho el que hace imposible en el porvenir la existencia de una dirección, o incluso de una semidirección burguesa de la revolución. La unidad y la emancipación de China constituyen hoy un problema internacional, lo mismo que la existencia de la URSS. Sólo se puede resolver este problema por medio de la lucha encarnizada de las masas populares, masas aplastadas, hambrientas, perseguidas, bajo la dirección directa de la vanguardia proletaria. Lucha no solamente contra el imperialismo mundial, sino también contra sus agentes económicos y políticos en China, contra la burguesía, incluida la burguesía indígena. Esta es la vía de la dictadura del proletariado.
A partir de abril de 1917, Lenin explicaba a sus adversarios, que le acusaban de haberse pasado a la “revolución permanente”, que la dictadura del proletariado y del campesinado se había realizado ya, en parte, en la época de la dualidad de poder. Más tarde precisó que esta dictadura había encontrado su prolongación en el primer período del poder de los soviets cuando el campesinado entero realizaba con los obreros la transformación agraria, mientras que la clase obrera no procedía todavía a la confiscación de las fábricas y hacía la experiencia del control obrero. En lo que se refiere a “la naturaleza de clase del poder”, la “dictadura” socialista revolucionaria y menchevique dio lo que podía dar: un aborto de dualidad de poder. En lo que se refiere a la transformación agraria, la revolución arrojó al mundo un bebé sano y fuerte, pero fue ya la dictadura del proletariado quien ejerció de comadrona. En otras palabras, todo lo que la fórmula teórica de la dictadura del proletariado y el campesinado trataba de unir se vio descompuesto en el curso de la lucha de clases. La cáscara vacía del medio poder fue entregada provisionalmente a Kerensky y Tseretelli, mientras que el verdadero núcleo de la revolución agraria y democrática pertenecía a la clase obrera triunfante. Esta es la disociación dialéctica de la dictadura democrática que no han comprendido los dirigentes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Se han hundido en un callejón sin salida político, al condenar mecánicamente el procedimiento que consiste en “saltar por encima de la etapa burguesa y democrática”, y al intentar dirigir un proceso histórico por medio de circulares. Si se entiende por etapa burguesa y democrática la realización de la revolución agraria por la vía de la dictadura “democrática”, entonces es la Revolución de Octubre la que saltó audazmente “por encima” de la etapa burguesa y democrática. ¿Hay que condenarla?
¿Por qué, entonces, lo que fue inevitable históricamente en Rusia, lo que expresó el bolchevismo en su más alto grado, resulta ser ahora “trotskysmo” en China? Es, evidentemente, en virtud de la misma lógica que proclama que la teoría de Martynov, que durante veinte años ha estado el bolchevismo desacreditando en Rusia, es conveniente para China.
¿Pero se puede a este respecto, en general, admitir una analogía con la situación en Rusia? Nosotros respondemos que la consigna de la dictadura del proletariado y el campesinado es lanzada por los dirigentes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista basándose solamente en el método de las analogías, pero de las analogías literarias, formales, y no a partir del materialismo histórico. Se puede admitir una analogía entre China y Rusia si se aborda la comparación de una forma correcta. Lenin lo hizo excelentemente no después de los hechos, sino adelantándose a ellos, previendo los errores futuros de los epígonos. Cientos de veces Lenin tuvo que defender la revolución proletaria de Octubre, que se atrevió a conquistar el poder aunque los problemas burgueses y democráticos no hubieran recibido todavía solución; Lenin respondía: es precisamente por esta razón y justamente para darles una.
El 16 de enero de 1923 Lenin escribía a propósito de los pedantes que se pronunciaban contra la conquista del poder refiriéndose a un argumento “indiscutible”, el hecho de que Rusia no estaba madura:
“Ni siquiera se les ocurre, por ejemplo, que Rusia, situada en la divisoria entre los países civilizados y los que han emprendido definitivamente la primeras vez, a causa de esta guerra, el camino de la civilización (los países de todo el Oriente, los países no europeos), que Rusia, digo, podía y debía mostrar, por eso, ciertas peculiaridades que, claro está, no se salen de la pauta general del desarrollo mundial, pero que distinguen su revolución de todas las revoluciones anteriores habidas en los países de Europa Occidental, introducen algunas innovaciones parciales al desplazarse a los países orientales” (Lenin, Obras Escogidas en doce tomos, Tomo XII, p 386, edición española)
La “particularidad” que precisamente aproximaba a Rusia a los países de Oriente era, para Lenin, que desde los albores del movimiento, el joven proletariado debía, para abrir la vía hacia el socialismo, barrer la barbarie feudal y todas las demás antiguallas.
Si se toma como punto de partida la analogía leninista entre China y Rusia, podemos decir: desde el punto de vista de la naturaleza política del poder, todo lo que podía realizar la dictadura democrática ha sido intentado en China, primero en el Cantón de Sun Yat-Sen, después en la marcha de Cantón a Shangai con el golpe de estado de Shangai como acto final; después en donde el Kuomintang de izquierda apareció en su forma pura, es decir, según las directrices del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, como organizador de la revolución agraria y, en realidad, como su verdugo. En cuanto a las tareas de la revolución burguesa y democrática, deberán llenar el primer periodo de la futura dictadura del proletariado y de los campesinos pobres chinos. Cuando no solamente el papel de la burguesía china sino también el de la “democracia” ha podido desvelarse enteramente, cuando se ha convertido en algo absolutamente incontestable que, en las batallas futuras, la “democracia” ejercerá sus funciones de verdugo más vigorosamente aún que en el pasado, avanzar en la actualidad la consigna de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado es, simplemente, permitir disimular nuevas variedades del Kuomintang, es tender una trampa al proletariado.
Recordemos, para completar, lo que Lenin dijó brevemente respecto a los bolcheviques que continuaban oponiendo la experiencia socialista revolucionaria y menchevique a la consigna de la “verdadera” dictadura democrática:
“El que no habla más que de “dictadura revolucionaria democrática del proletariado y el campesinado”, marcha con retraso, se pasa de hecho del lado de la pequeña burguesía contra la lucha de la clase proletaria; debe ser relegado a los archivos de las “rarezas” bolcheviques de antes de la revolución (podríamos llamarlos los archivos de los “viejos bolcheviques”)” (Estas palabras fueron pronunciadas durante las discusiones de las Tesis de Abril en 1917)
Estas palabras suenan todavía hoy como si fueran actuales.
No hay que decir que no se trata en absoluto, en la actualidad, de llamar al Partido Comunista chino a levantarse inmediatamente por la conquista del poder. No se puede suprimir las consecuencias de una derrota revisando simplemente la táctica. Actualmente, la revolución está en un reflujo. La verborrea apenas disimulada que contiene la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista cuando asegura que la revolución sigue de nuevo su curso ascendente, porque hay en China ejecuciones sin número y una dura crisis comercial e industrial, revela una ligereza de espíritu criminal, pero nada más. Después de tres derrotas considerables, una crisis económica no excita al proletariado, sino que le deprime. Se encuentra ya agotado sin ella, y las ejecuciones están destruyendo al partido, políticamente debilitado. En China, hemos entrado en un período de reflujo; por tanto, hay que profundizar en los problemas teóricos, favorecer la autoeducación crítica del partido, establecer y consolidar firmes puntos de apoyo en todos los dominios del movimiento obrero, constituir células en los pueblos, dirigir y unificar los combates parciales, primero defensivos y después ofensivos, de los obreros y los campesinos pobres.
¿Por dónde comenzará el nuevo flujo de las masas? ¿Cuáles son las circunstancias que darán a la vanguardia proletaria, situada a la cabeza de masas formadas por varios millones, el impulso revolucionario necesario? No se puede predecir. Es el porvenir el que mostrará si bastarán los procesos internos por sí solos, o si será un choque venido desde fuera el que ayude.
Existen razones suficientes para pensar que el desastre de la revolución china, estrechamente condicionado por una dirección errónea, permitirá a la burguesía china y extranjera salir triunfante, en cierta medida, salir triunfante de la espantosa crisis económica que asola actualmente al país; no es necesario decir que este resultado será conseguido a expensas de los obreros y los campesinos. Esta fase de “estabilización” agrupará de nuevo a los obreros, les dará cohesión, les devolverá la confianza de clase en sí mismos y los opondrá de nuevo, más brutalmente, al enemigo; pero este movimiento se situará en una etapa histórica más elevada. Sólo cuando se levante una nueva ola ofensiva del movimiento proletario se podrá evocar seriamente la perspectiva de una revolución agraria.
No está excluido que, en el primer período, esta tercera revolución reproduzca, en forma muy abreviada y modificada, las etapas ya atravesadas, presentando, por ejemplo, algunas nuevas parodias de “frente nacional unificado”. Pero difícilmente dará este primer período tiempo al partido de proclamar ante las masas populares sus “tesis de abril”, es decir, su programa y su táctica para tomar el poder. Ahora bien, ¿qué dice el proyecto de programa a este respecto?
“La transición que lleva aquí [en China] a la dictadura del proletariado no es posible más que a través de toda una serie de grados preparatorios [¿?], después de todo un período de transformación durante el crecimiento [¿?] de la revolución democrática en revolución socialista.”
Con otras palabras, todos los “grados” pasados no cuentan, el proyecto de programa ve delante lo que ya ha quedado atrás. Esta es una manera conformista de abordar la cuestión. Es abrir en toda su amplitud la puerta a nuevas experiencias del tipo de la del Kuomintang. De esta forma, escondiendo los viejos errores, se prepara inevitablemente el camino a nuevos errores.
Si abordamos el nuevo impulso revolucionario cuyo ritmo, con seguridad, será incomparablemente más rápido que el de los precedentes, conservando el esquema caduco de la “dictadura democrática”, podemos estar seguros de que la tercera revolución irá a la ruina igual que la segunda.
4.- El aventurerismo como consecuencia del oportunismo
El segundo párrafo de la misma resolución del pleno de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista dice así:
“La primera oleada del amplio movimiento revolucionario de los obreros y los campesinos, cuyo curso, en lo esencial, seguía las consignas y en gran parte la dirección del Partido Comunista, ya se ha retirado. Ha terminado, en toda una serie de centros del movimiento revolucionario, con las derrotas más crueles de los obreros y los campesinos, con la destrucción material de los comunistas y, en general, de los cuadros revolucionarios del movimiento obrero y campesino.”
Cuando subía la marea, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista decía que todo el movimiento marchaba bajo la bandera azul y bajo la dirección del Kuomintang, que sustituía incluso a los soviets. Es precisamente por esto por lo que el Partido Comunista se subordinó al Kuomintang. Pero también es precisamente por esta razón que el movimiento revolucionario ha terminado en “las derrotas más crueles”. Ahora, estando reconocidas las derrotas, se intenta borrar completamente al Kuomintang, hacer como si no hubiera existido, como si el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no hubiera proclamado que la bandera azul era también su bandera.
Antes se nos decía que no había habido una sola derrota, ni en Shangai ni en U-Tchang; que se trataba de etapas de la revolución, que pasaba a “un estadio más elevado”. Esto es lo que nos enseñaban. Ahora se proclama brutalmente que la suma de todas esas etapas constituye “las derrotas más crueles”. De todos modos, para camuflar en cierta medida este error inaudito de previsión y de valoración, el párrafo con que concluye la resolución declara:
“El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista prescribe como un deber para todas las secciones de la Internacional Comunista luchar contra la calumnia de la socialdemocracia y los trotskystas, que afirman que la revolución china está liquidada [¿?] ...”
En el primer párrafo de la resolución se nos decía que el “trotskysmo” consistía en creer que la revolución china es permanente, es decir, que se transforma en el curso de su crecimiento, pasando precisamente ahora de la fase burguesa a la fase socialista. Leyendo el último párrafo, nos enteramos que, según la concepción de los “trotskystas”, “la revolución china está liquidada”. ¿Cómo puede una revolución liquidada ser permanente? Esto es puro Bujarin. Hay que ser totalmente irresponsable e irreflexivo para permitirse presentar contradicciones semejantes, que minan en su raíz todo pensamiento revolucionario.
Si por “liquidación” de la revolución se entiende el hecho de que la ofensiva de los obreros y los campesinos ha sido rechazada y ahogada en sangre, que las masas están en un retroceso y un reflujo, que antes de que haya un nuevo ascenso de la ola, a no ser que concurran otras circunstancias, deben todavía producirse dentro de las mismas masas procesos moleculares que necesitan una cierta duración imposible de determinar por adelantado, si es esto lo que entiende por liquidación, entonces no se distingue en nada de las “derrotas más crueles” que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha debido reconocer finalmente.
¿O quizá debemos entender la palabra “liquidación” literalmente, como el aplastamiento definitivo de la revolución china, la imposibilidad de su renacimiento en una nueva etapa? Se podría hablar de una perspectiva parecida con seriedad, es decir, no para crear confusión, solamente en dos casos: si China estuviese abocada al desmembramiento y la desaparición completa (pero nada autoriza semejante hipótesis), o bien si la burguesía china se mostrase capaz de resolver los problemas fundamentales de su nación por sus propios medios no revolucionarios. ¿No es esta última variante la que intentan atribuirnos, ahora, los teóricos del “bloque de las cuatro clases”, que han hecho doblarse al Partido Comunista bajo el yugo de la burguesía?
La historia se repite. Los ciegos que, durante un año y medio, no comprendieron las proporciones de la derrota de 1923, nos acusaron, a propósito de la revolución alemana, de ser unos “liquidadores”. Pero esta lección que costó tan cara a la Internacional no les ha aprovechado. En la actualidad retoman sus viejas fórmulas, aplicándolas no a Alemania, sino a China. Es cierto que experimentan con más urgencia que hace cuatro años la necesidad de encontrar “liquidadores”. En efecto, ahora es algo patente que si ha habido alguien que haya “liquidado” la segunda revolución china, han sido precisamente los autores de la alianza con el Kuomintang.
La fuerza del marxismo reside en su capacidad de previsión. En este punto, la Oposición puede subrayar la completa confirmación de sus previsiones por la experiencia: primero con respecto al Kuomintang en su conjunto, después con respecto al Kuomintang “de izquierda” y el Gobierno de U-Tchang, y, en fin, el “anticipo” de la tercera revolución, el golpe de estado de Cantón. ¿Puede haber una confirmación mejor de la justeza de nuestras opiniones en el plano teórico?
La misma línea oportunista que, a través de una política de capitulación ante la burguesía provocó ya, en las dos primeras etapas, las derrotas más crueles para la revolución, “se transformó, pero para agravarse” durante la tercera etapa, hasta convertirse en una política de incursiones aventuristas contra la burguesía, desembocando así en la derrota.
Si la dirección no se hubiese apresurado tanto ayer en olvidar las derrotas que ella misma había provocado, habría comenzado por explicar al Partido Comunista que no se consigue la victoria en un abrir y cerrar de ojos, que en la vía que conduce hacia la insurrección hay todavía un período de luchas intensas, incansables, furiosas por la conquista política de los obreros y los campesinos.
El 27 de septiembre de 1927, decíamos al Presidium del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista:
“Los diarios de hoy anuncia que el ejército revolucionario ha tomado Swatow. Hace ya varias semanas que avanzan los ejércitos de Ho-Lun y Ye-Tin. Pravda los califica de revolucionarios... Pero yo os pregunto: ¿cuáles son las perspectivas que se abren para la revolución china como consecuencia del avance del ejército revolucionario y de la toma de Swatow? ¿Cuáles son las consignas del movimiento? ¿Cuál es el programa? ¿Cuáles deben ser las formas de organización? ¿Dónde ha ido a esconderse la consigna de los soviets chinos lanzada repentinamente (por un día) por Pravda en julio?”
Sin la oposición previa del Partido Comunista al Kuomintang en su conjunto, sin una agitación llevada a cabo por el partido entre las masas a favor de los soviets y el poder de los soviets, sin una movilización de las masas tras las consignas de la revolución agraria y la liberación nacional, sin la creación, la extensión y el reforzamiento sobre el terreno de los soviets de diputados de los obreros, de los soldados y de los campesinos, la insurrección de Ho-Lun y de Ye-Tin (incluso dejando de lado su política oportunista) sólo podía ser una aventura revolucionaria, majnovismo seudocomunista; no podía más que estrellarse contra su propio aislamiento. Y se estrelló.
El golpe de Cantón fue una réplica más grave, a mayor escala, de la aventura de Ho-Lun y de Ye-Tin, y sus consecuencias fueron infinitamente más trágicas
La resolución de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista combate el espíritu putschista del Partido Comunista chino, es decir, la tendencia a organizar encuentros armados. De todos modos, no dice que estas tendencias sean una reacción a toda la política oportunista de 1925-1927, y la consecuencia inevitable de la orden estrictamente militar, dada desde arriba, de “cambiar de ritmo”, sin que haya habido una valoración sobre todo lo que se ha hecho, sin que hayan sido revisadas abiertamente las bases de la táctica y se haya propuesto una visión clara del porvenir. La campaña de Ho-Lun y el golpe de estado de Cantón fueron explosiones de putschismo (y en esas condiciones no podía ser de otro modo).
No se puede elaborar un verdadero antídoto para el putschismo, ni tampoco para el oportunismo, más que si se comprende bien la siguiente verdad: la dirección de la insurrección de los obreros y campesinos pobres, la conquista del poder y la instauración de la dictadura del proletariado recaen, de ahora en adelante, con todo su peso, sobre el Partido Comunista chino. Si esta verdad penetra enteramente en él, estará tan poco inclinado a improvisar incursiones militares contra las ciudades, o insurrecciones que en realidad son trampas, como a correr servilmente tras la bandera del enemigo.
La resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista se condena a sí misma a la esterilidad, aunque no sea más que porque diserta de una forma totalmente arbitraria sobre el carácter inaceptable del salto por encima de las etapas, sobre la nocividad del putschismo, y porque guarda totalmente silencio sobre las causas sociales del golde estado en Cantón y del efímero régimen soviético al que dio nacimiento. Nosotros, opositores, estimamos que el golpe de estado fue una aventura intentada por la dirección a fin de salvar su “prestigio”. Pero para nosotros está claro que incluso una aventura se desarrolla según las leyes que determina la estructura del medio social. Esta es la razón por la que buscamos descubrir, en la insurrección de Cantón, los rasgos de la futura etapa de la revolución china. Estos rasgos coinciden plenamente con el análisis teórico que habíamos establecido antes de esta insurrección. Pero el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, que considera que la sublevación de Cantón fue un episodio correcto y normal del desarrollo de la lucha, tiene también el deber de caracterizar su naturaleza de clase. Sin embargo, la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no dice una sola palabra sobre ello, aunque el Pleno se haya celebrado inmediatamente después de los acontecimientos de Cantón. ¿No es ésta la prueba más convincente: que la dirección actual de la Internacional Comunista, empeñándose en seguir una línea de conducta errónea, deba limitarse a hablar de los pretendidos errores cometidos en 1925 o a lo largo de otros años, pero no se atreva a abordar la insurrección de Cantón de 1927, cuya significación anula totalmente el esquema de la revolución en Oriente tal como lo había establecido el proyecto de programa?
5.- Los soviets y la revolución
La resolución de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace responsables al camarada N... y a otros del hecho de “que no haya habido en absoluto un soviet elegido en Cantón” como el órgano de la insurrección (subrayado en el texto de la resolución). Esta acusación encubre en realidad una confesión asombrosa.
El informe de Pravda (nº 31), establecido sobre la base de una documentación directa, anunciaba que el poder de los soviets ha sido instaurado en Cantón. Pero no contenía ni una sola palabra que indicase que el soviet de Cantón no había sido elegido, es decir, que no era un soviet (porque ¿cómo podría no ser elegido un soviet?). Nos hemos enterado de esto gracias a una resolución. Meditemos un poco sobre su significación. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista enseña en la actualidad que es necesario un soviet para hacer la insurrección y que no hay ninguna necesidad de él antes de eso. ¡Pero he aquí que la insurrección es decidida por un soviet que no existe! No es en absoluto una cosa sencilla conseguir la elección de un soviet: hace falta que las masas sepan por experiencia lo que es un soviet, que comprendan esta institución, que su pasado las haya acostumbrado a una organización soviética elegida. Esto ni siquiera se planteó en China, porque la consigna de los soviets fue calificada de trotskysta precisamente en el curso del período en el que hubiera debido convertirse en el eje de todo el movimiento. Pero cuando, con toda precipitación, se decidió la insurrección para trascender las derrotas, fue necesario también designar por orden un soviet. Si no se ponen totalmente al desnudo las raíces de este error, se puede transformar incluso la consigna de los soviets en un nudo corredizo para estrangular la revolución.
Lenin ya había explicado a los mencheviques que la tarea histórica fundamental de los soviets es la de organizar o ayudar a organizar la conquista del poder; y después, que al día siguiente de la victoria se convierten en el aparato de este poder. Los epígonos (y no los discípulos) han sacado la conclusión de que no se pueden organizar los soviets hasta que suena la campanilla de la insurrección. Transforman con posterioridad la generalización leninista en una breve y pequeña receta que, lejos de servir a la revolución, la pone en peligro.
Antes de la toma del poder en octubre de 1917 por los soviets bolcheviques había habido durante nueve meses unos soviets socialistas-revolucionarios y mencheviques. Los primeros soviets revolucionarios habían existido doce años antes en San Petersburgo, Moscú y docenas de otras ciudades. Antes de que el soviet de 1905 se extendiese a las fábricas y talleres de la capital se había creado en Moscú durante la huelga un soviet de diputados de los impresores. Varios meses antes, en mayo de 1905, la huelga de Ivanovo-Vozniesensk había hecho surgir un órgano dirigente, que tenía ya los rasgos esenciales de un soviet de diputados obreros. Han transcurrido más de doce años entre el primer ensayo de creación de un soviet de diputados obreros y la gigantesca experiencia que fue el establecimiento del poder de los soviets. Evidentemente, este retraso no se aplica obligatoriamente en absoluto a los demás países, entre ellos China. Pero imaginar que los obreros chinos serán capaces de levantar soviets con la ayuda de una pequeña y breve receta con la que se sustituye la generalización leninista, es reemplazar la dialéctica de la acción revolucionaria por una ordenanza impotente y fastidiosa propia de un pedante. No es en la víspera de la insurrección, cuando se lanza la consigna de la conquista inmediata del poder, cuando hay que establecer los soviets; en efecto, si se llega al estadio de la conquista del poder, si las masas están preparadas para la insurrección, sin que existan soviets, esto significa que otras formas y otros métodos de organización han permitido efectuar la tarea de preparación que asegurará el éxito de la insurrección; la cuestión de los soviets no tiene entonces más que una importancia secundaria ya, se reduce a un problema de técnica organizativa, o incluso a una cuestión de vocabulario. La tarea de los soviets no consiste simplemente en exhortar a las masas a la insurrección o en desatarla, sino fundamentalmente en conducir a las masas a la sublevación pasando por las etapas necesarias. Al principio, el soviet no gana en absoluto a las masas gracias a la consigna de la insurrección, sino gracias a otras consignas parciales; sólo a continuación, paso a paso, va llevando a las masas hacia esta consigna, sin dispersarlas por el camino e impidiendo que la vanguardia se separe del conjunto de la clase. Lo más frecuente es que el soviet se constituya principalmente sobre la base de una lucha huelguística, que tiene ante sí una perspectiva de desarrollo revolucionario, pero que se limita en el momento considerado a las reivindicaciones económicas. En la acción, las masas deben sentir y comprender que el soviet es su organización, de ellas, que reagrupa sus fuerzas para la lucha, para la resistencia, para la autodefensa y para la ofensiva. No es en la acción de un día ni, en general, en una acción llevada a cabo de una sola vez, como pueden sentir y comprender esto, sino a través de experiencias que adquieren durante semanas, meses, incluso años, con o sin discontinuidad. Esta es la razón por la que sólo una dirección de epígonos y burócratas puede retener a una masa que se despierta y se dispone a crear soviets, cuando el país atraviesa una época de sacudidas revolucionarias, cuando la clase obrera y los campesinos pobres del campo ven abrirse ante ellos la perspectiva de la conquista del poder, aunque no sea sino en una de las etapas ulteriores, e incluso si en la etapa considerada esta perspectiva no aparece más que ante una minoría restringida. Esa es la concepción que siempre hemos tenido de los soviets. Hemos visto en ellos una forma de organización vasta y flexible, accesible desde los primeros pasos de su ascenso revolucionario a las masas que no hacen más que despertarse, y capaz de unir a la clase obrera en su conjunto, cualquiera que sea el número de los que entre ella hayan alcanzado un nivel de desarrollo suficiente para comprender los problemas de la conquista del poder.
¿Es necesario todavía citar a este respecto los testimonios escritos? He aquí, por ejemplo, lo que escribía Lenin respecto a los soviets en la época de la primera revolución:
“El Partido Obrero Socialdemócrata ruso [denominación del partido en aquella época] no ha renunciado jamás a utilizar en un ascenso revolucionario más o menos fuerte ciertas organizaciones de obreros sin partido, del tipo de los soviets de diputados obreros, a fin de aumentar la influencia de los socialdemócratas sobre la clase obrera y de consolidar el movimiento obrero socialdemócrata.”
Los testimonios literarios e históricos de este tipo que podríamos citar son innumerables. Pero la cuestión, parece, está suficientemente clara sin ellos.
Tomando a contrapié esta opinión, los epígonos han transformado los soviets en una especie de uniforme de gala con el que el partido viste simplemente al proletariado en la víspera de la conquista del poder. Pero entonces es cuando no se puede improvisar unos soviets en veinticuatro horas, por encargo, directamente con el objetivo de preparar la insurrección. Las experiencias de este tipo revisten inevitablemente el carácter de una ficción destinada a ocultar, mediante una apariencia ritual del sistema soviético, la ausencia de las condiciones necesarias para la toma del poder. Esto es lo que se produjo en Cantón, donde el soviet fue simplemente designado por orden para respetar el ritual. Es aquí donde lleva la manera de los epígonos de plantear la cuestión.
En la polémica que se ha levantado a propósito de los acontecimientos chinos se ha acusado a la Oposición de una contradicción, según parece, flagrante: mientras que a partir de 1926 la Oposición ha propuesto en sus intervenciones la consigna de los soviets en China, sus representantes se han pronunciado contra ella en Alemania, en el otoño de 1923. Quizá no se haya manifestado nunca la escolástica dentro del pensamiento político de una forma tan ruidosa como por medio de esta acusación. Efectivamente, exigimos que se abordase en China la creación de los soviets, considerados como la organización de los obreros y los campesinos que tenía un valor propio, en el momento en que ascendía la marea. La institución de los soviets debería haber tenido como función principal la de oponer a los obreros y los campesinos a la burguesía del Kuomintang y a su agencia, que constituía su izquierda. La consigna de los soviets en China significaba, en primer lugar, la necesidad de romper el vergonzoso “bloque de las cuatro clases” que llevaba al suicidio, y de hacer salir al Partido Comunista del Kuomintang. El centro de gravedad del problema no se encontraba, por tanto, en una forma abstracta de organización, sino en una línea de conducta de clase.
En Alemania, en cambio, no se trataba en el otoño de 1923 más que de una forma de organización. Como consecuencia de la pasividad extrema, del retraso, de la lentitud manifestadas por la dirección de la Internacional Comunista y del Partido Comunista alemán, se había dejado pasar el momento favorable para llamar a los obreros a la creación de soviets; gracias a la presión de la base, los comités de fábrica ocuparon por sí mismos dentro del movimiento obrero alemán, en el otoño de 1923, el lugar que habrían tenido los soviets, con un éxito seguramente mayor, si el Partido Comunista hubiera llevado a la práctica una política correcta y audaz. En aquel momento, la situación era muy grave. Perder todavía más tiempo era dejar escapar definitivamente una situación revolucionaria. La insurrección estaba por fin a la vista, y su lanzamiento previsto en el plazo mínimo. Proclamar en tales circunstancias la consigna de los soviets habría sido cometer la mayor necedad teórica que se puede concebir. El soviet no es por sí mismo un talismán dotado de poderes milagrosos. En la situación de entonces, unos soviets creados apresuradamente no habrían sido más que un duplicado de los comités de fábrica; habría sido necesario privar a éstos de sus funciones revolucionarias para transmitirlas a unos soviets recién creados y que no gozaban todavía de ninguna autoridad; y eso ¿en qué momento? Cuando cada día contaba. Se habría sustituido la acción revolucionaria por el juego más nefasto, que consiste en distraerse, en el terreno organizativo, con puerilidades.
Es indiscutible que la forma de organización soviética puede tener una importancia enorme, pero solamente cuando traduce en el momento adecuado una línea de conducta política correcta. Sin embargo, puede adquirir una significación negativa de amplitud igualmente considerable cuando se transforma en una ficción, en un fetiche, en una cáscara vacía. Unos soviets alemanes creados en el último minuto, en el otoño de 1923, no habrían aportado ninguna novedad política; habrían introducido la confusión en el terreno organizativo. En Cantón fue todavía peor. El soviet creado apresuradamente, para ofrecer un sacrificio a los ritos, no servía más que para camuflar un putsch aventurero. Es por lo que nos hemos enterado después de los hechos consumados de que el soviet de Cantón se parecía a un antiguo dragón chino: estaba dibujado simplemente sobre el papel. La política de las marionetas y los dragones de papel no es la nuestra. Nosotros nos opusimos a que se improvisasen en Alemania, en 1923, unos soviets por telégrafo. Nosotros queríamos la creación de soviets en China en 1926. Nosotros nos habríamos opuesto a la creación de un soviet de carnaval en Cantón en diciembre de 1927. No existe ahí contradicción, sino, por el contrario, una profunda unidad en la concepción de la dinámica del movimiento revolucionario y de sus formas de organización.
La cuestión del papel y de la significación de los soviets, que fue desfigurada, embarullada y oscurecida por la teoría y la práctica aplicadas en el curso de los últimos años, no ha sido clarificada en absoluto en el proyecto de programa.
6.- El problema del carácter de la futura revolución china
La consigna de la dictadura del proletariado, destinada a arrastrar tras él a los campesinos pobres, está indisolublemente ligada al problema del carácter socialista de la futura revolución, de la tercera revolución china. Sin embargo, como no es solamente la historia la que se repite, como los errores que los hombres oponen a sus exigencias se renuevan igualmente, oímos formular ya la objeción siguiente: China no está madura para la revolución socialista. ¿Es que Rusia, considerada aisladamente, estaba madura para el socialismo? Según Lenin, no. Lo estaba para la dictadura del proletariado, el único método que permite resolver los problemas nacionales urgentes. No obstante, el destino de la dictadura en su conjunto está determinado, en última instancia, por la marcha de la evolución mundial, lo que no excluye, sino que, por el contrario, presupone una política correcta de la dictadura proletaria: consolidación y desarrollo de la alianza de los obreros y los campesinos, recurrir a todas las medidas que favorezcan la adaptación, por una parte, a las condiciones nacionales, y por otra, al movimiento de la evolución mundial. Estas verdades valen también para China.
En el mismo artículo, Nuestra revolución (16 de enero de 1923), en que Lenin establecía que los rasgos originales de Rusia reproducían en su desarrollo las particularidades de la evolución de los países orientales, califica de “infinitamente banal” el argumento de la socialdemocracia europea según el cual “no somos lo bastante mayores para llegar al socialismo; no tenemos, siguiendo la expresión de toda clase de señores sabios suyos, los fundamentos económicos objetivos del socialismo”. Pero si Lenin se burla de los “sabios” señores, no es porque él mismo suponga la existencia de los fundamentos del socialismo en Rusia, sino porque su ausencia, si bien impide que lo pueda construir con sus solas fuerzas, no implica que haya que renunciar al poder, como lo pensaban y continúan pensando todavía los pedantes y los filisteos. En este artículo, Lenin responde, por centésima o por milésima vez, a los sofismas de los héroes de la II Internacional: “Esta tesis indiscutible que afirma que Rusia no está madura para el socialismo no permite un juicio decisivo sobre nuestra revolución.” Esto es lo que no pueden ni quieren comprender los autores del proyecto de programa. Por sí misma, la tesis de la falta de madurez económica y cultural, tanto de China como de Rusia (evidentemente mayor todavía en China que en Rusia) no puede ser discutida. Pero no se puede deducir de ahí en absoluto que el proletariado deba renunciar a la conquista del poder, cuando esta conquista es dictada por todas las condiciones históricas y por una situación revolucionaria en el país.
La cuestión histórica concreta, política, se reduce a saber no si China está económicamente madura para establecer su propio socialismo, sino más bien si, políticamente, está madura para la dictadura del proletariado. Estas dos preguntas no son idénticas en absoluto. Lo serían si no existiese en el mundo una ley del desarrollo desigual. En el presente caso, esta ley, que se extiende enteramente a las relaciones mutuas entre la economía y la política, es perfectamente aplicable. ¿Está China, entonces, madura para la dictadura del proletariado? Sólo la experiencia de la lucha podrá decirlo de una forma indiscutible. Por esta misma razón, sólo la lucha puede decidir en qué condiciones se efectuarán la unificación, la liberación y el renacimiento de China. Quien dice que China no está madura para la dictadura del proletariado, afirma con ello que la tercera revolución china se verá aplazada por muchos años.
Ciertamente, no quedarían muchas esperanzas si las supervivencias del feudalismo fueran realmente dominantes dentro de la economía china, como lo afirman los dirigentes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Pero, afortunadamente, en general, las supervivencias no pueden dominar. Tampoco sobre este punto repara el proyecto de programa los errores cometidos, sino que, por el contrario, los acentúa con una nebulosa evasión. El proyecto habla del “predominio de las relaciones feudales medievales tanto en la economía del país como en su superestructura política”. Esto es radicalmente falso. ¿Qué significa “predominio”? ¿Se trata del número de personas afectadas? ¿O de un papel dominante y dirigente en la economía del país? Un crecimiento interno extremadamente rápido de la industria, basado en la importancia del capital comercial y bancario y en la conquista del país por su parte, la dependencia completa en la que se encuentran las regiones campesinas más importantes con relación al mercado, el papel enorme y en constante crecimiento del comercio exterior, la subordinación total del campo chino a las ciudades, todos estos hechos afirman el predominio total, la dominación directa de las relaciones capitalistas en China. Ciertamente, las relaciones feudales de servidumbre y semiservidumbre son muy importantes. Por una parte, datan todavía de la época feudal; por otra parte, son formaciones nuevas, resurrecciones del pasado debidas al retraso que sufre el desarrollo de las fuerzas productivas, a la sobrepoblación agraria, a la acción del capitalismo comercial y usurero, etc. Pero lo que domina no son las relaciones “feudales” (o más exactamente la servidumbre y, en general, las relaciones precapitalistas), sino precisamente las relaciones capitalistas. Solamente el papel predominante de las relaciones capitalistas permite, por otra parte, pensar seriamente en la perspectiva de la hegemonía del proletariado en la revolución nacional. De otra forma, no se unirían los extremos.
“La fuerza del proletariado en no importa qué país capitalista es infinitamente más grande que la proporción del proletariado con respecto a la población total. Esto es así porque el proletariado domina económicamente el centro y los nervios de todo el sistema de la economía capitalista, y también porque en el terreno económico y político el proletariado expresa bajo la dominación capitalista los intereses reales de la enorme mayoría de los trabajadores.
Igualmente, el proletariado, aunque constituya una minoría dentro de la población (o cuando es la vanguardia del proletariado, consciente y verdaderamente revolucionaria, la que constituye esta minoría), es capaz de derrocar a la burguesía y de arrastrar inmediatamente a su lado numerosos aliados provenientes de la masa de los semiproletarios y los pequeño burgueses, masa que no se pronunciará jamás de antemano por la dominación del proletariado, que no comprenderá las condiciones y las tareas de esta dominación, sino que se convencerá solamente por su experiencia posterior de la ineluctabilidad, de la justicia, de la legitimidad de la dictadura proletaria” (Lenin, 1919, Vol. XVI, pág. 458)
El papel del proletariado chino en la producción es ya considerable. En el curso de los años próximos no hará sino crecer. Como lo han mostrado los acontecimientos, su papel político hubiera podido ser grandioso. Pero toda la conducta de la dirección se orientó en el sentido de reducir a la nada la posibilidad que se le ofrecía al proletariado de asegurarse el papel dirigente.
El proyecto del programa dice que la construcción del socialismo no es posible en China más que “si es apoyada directamente por los países de dictadura proletaria”. De tal forma, nos encontramos aquí con respecto a China lo que el partido había admitido siempre a propósito de Rusia. Pero si no existen fuerzas suficientes en China para construir por sí mismas la sociedad socialista, entonces, según la teoría de Stalin y Bujarin, el proletariado chino no debería tomar el poder en ninguna etapa de la revolución. ¿O bien el hecho de que exista la URSS resuelve la cuestión de manera inversa? En tal caso nuestra técnica sería suficiente para construir la sociedad socialista no solamente entre nosotros en la URSS, sino también en China, es decir, en dos grandes países muy atrasados económicamente y que comprenden seiscientos millones de habitantes. ¿O, tal vez, podemos admitir en China el carácter ineluctable de la dictadura del proletariado porque esta dictadura se introducirá en el circuito de la revolución socialista mundial y se convertirá no solamente en un eslabón de éste, sino también en una de sus formas motrices? Pero es justamente así como planteaba Lenin el problema de la Revolución de Octubre, cuya “originalidad” consiste precisamente en un desarrollo análogo al de los países de Oriente. Vemos así cómo la teoría del socialismo en un solo país, creada en 1925 para combatir el “trotskysmo”, siembra problemas y confusión cada vez que se aborda un nuevo y gran problema revolucionario.
El proyecto de programa va todavía más lejos en esta vía. Opone a China y a la India “la Rusia de antes de 1917”, Polonia [“etc.” ¿?]), consideradas como países que disponen “de un cierto mínimo de industria para construir triunfalmente el socialismo”, o bien (como se dice de forma más precisa, y más errónea, en otro contexto) como países que disponen de las “bases materiales necesarias y suficientes para construir el socialismo integral”. Se trata aquí, como ya sabemos, de un verdadero juego de palabras con la expresión de Lenin: bases “necesarias y suficientes”. Hay ahí una fullería inadmisible, porque Lenin enumera con precisión las bases políticas y las condiciones de organización, incluidas las que proceden de la técnica, de la cultura y del rol internacional. Pero lo esencial continúa siendo el problema de saber cómo se puede determinar a priori el mínimo de industria suficiente para construir el socialismo completo, cuando se trata de una lucha mundial entre dos sistemas económicos, entre dos regímenes sociales, y, por otra parte, nuestra base económica es mucho más débil.
Si sólo tenemos en cuenta la palanca económica, está claro que la nuestra, la de la URSS, y con mayor motivo la de China y la India, es infinitamente menos poderosa que la del capitalismo mundial. Pero el problema en su totalidad se resolverá por medio de la lucha revolucionaria entre dos sistemas políticos, lucha de envergadura mundial. En la lucha política, la palanca más potente está de nuestro lado o, más exactamente, puede y debe, si practicamos una política correcta, caer en nuestras manos.
Siempre en el mismo artículo, Nuestra revolución, después de las palabras “para crear el socialismo, es necesario cierto nivel cultural”, Lenin subraya: “aunque nadie pueda decir qué nivel es éste.” ¿Por qué no puede decirlo nadie? Porque esta cuestión se resuelve por una lucha, por una emulación de envergadura mundial entre dos sistemas sociales y dos culturas. Rompiendo enteramente con esta idea de Lenin, que examina el fondo mismo del problema, el proyecto de programa afirma que la Rusia anterior a 1917 poseía precisamente este “mínimo de técnica” y, como consecuencia, también de cultura, necesario para construir el socialismo en un solo país. Los autores del proyecto intentan decir en el programa lo que a priori “nadie puede decir”. Es imposible, es absurdo buscar el criterio del “mínimo” suficiente en una estadística nacional (“Rusia antes de 1917”), cuando todo el problema se resuelve en la dinámica revolucionaria. Sobre este criterio erróneo y arbitrariamente aislado para una nación es sobre donde descansa la base teórica del espíritu nacional, que manifiesta sus límites en política y se convierte después en una fuente de inevitables errores nacional-reformistas y socialpatriotas.
7.- Sobre la idea reaccionaria de los “partidos obreros y campesinos bipartitos” para el Oriente
Las lecciones de la segunda revolución china son enseñanzas para toda la Internacional Comunista, y en primer lugar para todos los países de Oriente.
Todos los argumentos avanzados para defender la línea menchevique en la revolución china deberían tener (si se les tomase en serio) tres veces más fuerza cuando se les aplica a la India. Allá abajo, en esa colonia clásica, el yugo del imperialismo tiene unas formas infinitamente más directas y más concretas que en China. Las supervivencias de las relaciones feudales, es decir, de la servidumbre, son en la India, de otra forma, mucho más profundas y más considerables. A pesar de ello (o, para hablar con más exactitud, precisamente por esta razón) los métodos aplicados en China, que han arruinado la revolución, tendrían en la India unas consecuencias todavía más funestas. Sólo un movimiento inmenso e indomable de las masas populares (que, por la misma razón de su envergadura y su imbatibilidad, de sus objetivos y de sus lazos internacionales, no puede tolerar ninguna medida a medias por parte de la dirección) podrá derrocar a los terratenientes indios, la burocracia anglo-india y el imperialismo británico.
La dirección de la Internacional Comunista ha cometido ya muchos errores en la India, pero las circunstancias no han permitido todavía la manifestación de esos errores en una escala tan grande como en China. Podemos, pues, esperar que las enseñanzas de los acontecimientos chinos permitan rectificar a tiempo la línea política de la dirección para la India y los demás países de Oriente.
Para nosotros la cuestión central, una vez más y como siempre, es la del Partido Comunista, de su independencia completa, de su carácter de clase intransigente. En esta vía, el peligro más grande es el de la creación de pretendidos partidos “obreros y campesinos” en los países orientales.
A partir de 1924, que pasará a la historia como el año en que fueron abiertamente revisadas numerosas tesis fundamentales de Marx y de Lenin, Stalin sacó la fórmula de los “partidos obreros y campesinos bipartitos para los países de Oriente”. Esta fórmula estaba basada sobre la existencia de ese mismo yugo nacional que servía en Oriente de camuflaje al oportunismo al igual que la “estabilización” en Occidente. Llegaban telegramas provenientes de la India, así como del Japón, país que no sufría opresión nacional, anunciando con frecuencia en el curso del último período intervenciones de “partidos obreros y campesinos” provinciales. Se hablaba de ellos como de organizaciones próximas, amigas de la Internacional Comunista, casi como de organizaciones “pertenecientes ella”, sin, no obstante, dibujar concretamente su silueta política; en una palabra, como se hablaba y escribía, todavía recientemente, a propósito del Kuomintang.
Ya en 1924, Pravda anunciaba:
“Ciertos indicios muestran que el movimiento de liberación nacional en Corea se constituye progresivamente en el terreno organizativo, y que adopta la forma de un partido obrero y campesino» (Pravda, 2 de marzo de 1924.)
Mientras tanto, Stalin enseñaba a los comunistas de Oriente:
“Los comunistas deben pasar de la política de frente único nacional a la de bloque revolucionario de los obreros y la pequeña burguesía. En tales países, este bloque puede tomar la forma de un partido único, partido obrero y campesino, del tipo del Kuomintang.” (Stalin, Cuestiones del leninismo, edición española de 1928, pág. 64.)
Las pequeñas reservas que seguían a propósito de la autonomía de los partidos comunistas (sin duda semejantes a la “autonomía” del profeta Jonás en el vientre de la ballena) sólo servían de camuflaje. Estamos profundamente convencidos de que el VI Congreso debería decir que, en esta materia, el menor equívoco es funesto y debe ser rechazado. Hay ahí una forma nueva, completamente falsa, totalmente antimarxista de plantear el problema fundamental del partido, sus relaciones con la clase y con las clases.
Se defendía la necesidad para el partido de entrar en el Kuomintang pretendiendo que este último, a partir de su composición social, era el partido de los obreros y los campesinos, que las 9/10 partes del Kuomintang (y esta cifra fue repetida cientos de veces) pertenecía a la tendencia revolucionaria y estaban dispuestos a marchar cogidos de la mano con el Partido Comunista. Sin embargo, en el momento de las sublevaciones de Shangai y U-Tchang, y después, estos 9/10 de revolucionarios del Kuomintang desaparecieron como si se hubiesen caído al agua. Nadie ha vuelto a encontrar sus huellas. Y los teóricos de la colaboración de clases en China, Stalin y Bujarin, no se molestaron siquiera en explicar dónde se habían metido los 9/10 de miembros del Kuomintang, los 9/10 de obreros y campesinos, simpatizantes absolutamente “próximos”. Sin embargo, la respuesta que se dé a esta pregunta tiene una importancia decisiva si se quiere comprender el destino de todos estos partidos “bipartitos” predicados por Stalin, e incluso comprender más claramente la idea, que rechazan bien lejos no sólo el programa del Partido Comunista ruso (bolchevique) de 1919, sino incluso el Manifiesto del Partido Comunista de 1847 247
La cuestión de saber dónde han ido a parar esos famosos 9/10 no se nos presentará de forma clara a menos que comprendamos: primero, la imposibilidad de la existencia de un partido bipartito, es decir, de un partido de dos clases que expresan simultáneamente dos líneas históricas contradictorias, la del proletariado y la de la pequeña burguesía; segundo, la imposibilidad de fundar dentro de una sociedad capitalista un partido campesino que tenga un papel independiente, es decir, que exprese los intereses del campesinado y que sea al mismo tiempo independiente del proletariado y de la burguesía.
El marxismo siempre ha enseñado, y el bolchevismo ha confirmado esta enseñanza, que el proletariado y el campesinado son dos clases diferentes, que es incorrecto identificar sus intereses, de cualquier manera que sea, dentro de la sociedad capitalista, que un campesino no puede adherirse a un partido comunista más que en la medida en que pase del punto de vista del propietario al del proletariado. La alianza de los obreros y los campesinos bajo la dictadura del proletariado no contradice esta tesis, sino que la confirma por otras vías y en una situación diferente. Si no hubiese clases diversas, teniendo intereses diversos, no sería necesaria una alianza. Esta no es compatible con la revolución socialista más que en la medida en que se la introduzca en el férreo marco de la dictadura proletaria. No es posible, entre nosotros, conciliar la existencia de esta dictadura con la de una Liga llamada campesina, precisamente porque toda organización campesina “que tuviera su valor propio”, que pretendiese resolver problemas políticos concernientes a toda la nación, terminaría inevitablemente por convertirse en un instrumento en manos de la burguesía.
En los países capitalistas, las organizaciones que se dicen partidos campesinos constituyen, en realidad, una variedad de los partidos burgueses. Todo campesino que no adopte el punto de vista del proletario, abandonando el punto de vista del propietario, será inevitablemente arrastrado, en las cuestiones fundamentales de la política, por la burguesía. No es preciso decir que todo partido burgués que se apoye o quiera apoyarse en los campesinos (y, cuando sea posible, en los obreros) habrá de camuflarse bajo una mezcolanza de colores. La famosa idea de los partidos obreros y campesinos parece haber sido especialmente concebida para permitir el camuflaje de los partidos burgueses obligados a buscar un apoyo entre los campesinos, pero deseosos también de contar con obreros en sus filas. Desde este momento, el Kuomintang ha entrado para siempre en la historia como el prototipo clásico de un partido de este género.
La sociedad burguesa, como ya se sabe, está constituida de tal forma que las masas no poseedoras, descontentas y engañadas se encuentran abajo, mientras que los hombres satisfechos que las engañan están arriba. Es siguiendo este principio como se construye todo partido burgués, si es verdaderamente un partido, es decir, si comprende una proporción lo bastante considerable de la masa. En la sociedad dividida en clases no hay más que una minoría de explotadores, estafadores y aprovechados. Así, pues, todo partido capitalista está obligado a reproducir y reflejar de una u otra forma, en sus relaciones internas, las relaciones que existen en la sociedad burguesa en general. Así, pues, en todo partido burgués de masas la base es más democrática, está más “a la izquierda” que las altas esferas. Este es el caso del Centro alemán de los radicales franceses y todavía más de la socialdemocracia. Es por esta razón por lo que las jeremiadas incansables de Stalin, Bujarin, etc., lamentándose de que la base “de izquierda” del Kuomintang, la “aplastante mayoría”, los “9/10”, etc., no se reflejan en las esferas superiores, son vanas y no tienen ninguna excusa. Lo que se describe en estas bizarras jeremiadas, como un malentendido efímero y embarazoso que hay que eliminar con medidas organizativas, instrucciones y circulares, es en realidad la característica esencial de un partido burgués, sobre todo en un período revolucionario.
Bajo esta luz es como hay que examinar el argumento fundamental de los autores del proyecto de programa, destinado a defender todos los bloques oportunistas en general, lo mismo en Inglaterra que en China. Según ellos, la fraternización con las altas esferas se practica en interés sólo de la base. Como ya se sabe, la Oposición exigía que el partido saliese del Kuomintang:
“Uno se pregunta por qué, dice Bujarin. ¿Porque los jefes del Kuomintang vacilan [¿?) por arriba? ¿Y la masa del Kuomintang, no es más que ganado? ¿Desde cuándo se decide la actitud a observar hacia una organización de masas a partir de lo que pasa en sus “esferas elevadas”?” (El momento actual en la revolución china)
Parece inverosímil que se pueda presentar semejante argumento dentro de un partido revolucionario. “¿Y la masa del Kuomintang, no es más que ganado?”, pregunta Bujarin. Ciertamente, es un rebaño. En todo partido burgués, la masa es siempre un rebaño en diversos grados. (Pero, en fin, para nosotros, ¿no es la masa un rebaño?) En efecto, y es precisamente por eso por lo que nos está prohibido empujarla en los brazos de la burguesía, camuflando a ésta bajo el nombre de partido obrero y campesino. Es justamente por esto por lo que nos está prohibido subordinar el partido del proletariado al de la burguesía y por lo que debemos, por el contrario, a cada paso, oponer el uno al otro. Las altas esferas del Kuomintang de las que habla con ironía Bujarin, como de una cosa secundaria, superpuesta, efímera, son en realidad el alma del Kuomintang, su esencia social. Ciertamente, la burguesía no es dentro del partido más que las “altas esferas”, de la misma forma que en la sociedad. Pero estas altas esferas son poderosas por su capital, sus conocimientos, sus relaciones, las posibilidades que tienen siempre de apoyarse en los imperialistas, y sobre todo su poder de hecho en el estado y en el ejército, cuyos cuadros más altos se confunden íntimamente con la dirección del mismo Kuomintang. Son precisamente estas “altas esferas” las que redactan las leyes antihuelga, las que sofocan los movimientos campesinos, las que rechazan a los comunistas a la sombra permitiéndoles, como mucho, no ser más que la tercera parte del partido y haciéndoles jurar que pondrán el sunyasenismo pequeño burgués por encima del marxismo. La base se aproximaba a estas altas esferas y le servía (como Moscú) de punto de apoyo “por la izquierda”, mientras que los generales, los compradores y los imperialistas las apoyaban por la derecha. Considerar al Kuomintang no como un partido burgués, sino como una arena neutra en la que se lucha para tener consigo a las masas, sacar como un triunfo las 9/10 partes constituidas por la base de izquierda para ocultar la cuestión de saber quién es el amo dentro de la casa, esto significaba consolidar la fuerza y el poder de las “altas esferas”; esto era ayudarlas a transformar a masas cada vez más numerosas en un “rebaño” y preparar en las condiciones más favorables para estas altas esferas el golpe de estado de Shangai. Basándose en la idea reaccionaria del partido bipartito, Stalin y Bujarin se imaginaban que los comunistas y las “izquierdas” obtendrían la mayoría dentro del Kuomintang y, con ello mismo, el poder en el país, ya que en China el poder está en manos del Kuomintang. En otras palabras, se imaginaban que por medio de simples reelecciones en el Congreso del Kuomintang, el poder pasaría de manos de la burguesía a manos del proletariado. ¿Se puede concebir una devoción más enternecedora, más idealista hacia la “democracia dentro del partido”... cuando se trata de un partido burgués? Porque el ejército, la burocracia, la prensa, los capitales, están en manos de la burguesía. Eso es precisamente lo que le asegura también el timón del partido en el poder. Las “altas esferas” de la burguesía no toleran (o no han tolerado) 9/10 partes de izquierdas (y de izquierdas de este tipo) más que en la medida en que no atenten contra el ejército, la burocracia, la prensa o los capitales. Gracias a estos poderosos medios, la esfera burguesa superior mantiene su poder no solamente sobre las pretendidas 9/10 parte de los miembros de “izquierda” del partido, sino sobre las masas populares en su conjunto. No obstante, la teoría del bloque de las clases, que ve en el Kuomintang un partido obrero y campesino, hace así todo lo que puede para ayudar a la burguesía. En cambio, cando la burguesía a continuación se enfrenta a las masas y las ametralla, no se oye ni siquiera balar, en esta colisión entre dos fuerzas reales, a los famosos 9/10. La lastimosa ficción democrática desaparece sin dejar huellas, frente a la sangrienta realidad de la lucha de clases.
Este es el verdadero mecanismo político, el único posible de los “partidos bipartitos obreros y campesinos para Oriente”. No existe ni existirá ningún otro.
Aunque, en su exposición de motivos, la teoría de los partidos bipartitos cita la opresión nacional, que pretendidamente abroga la teoría de Marx sobre las clases, conocemos ya abortos “obreros y campesinos” en el Japón, que no sufre opresión nacional. Pero esto no es todo, y el asunto no concierne solamente a Oriente. La idea “bipartita” intenta convertirse en universal. En este terreno, la tentativa más parecida a una caricatura fue la que hizo el Partido Comunista norteamericano para apoyar la campaña presidencial del senador burgués “antitrust” La Follette, a fin de llevar así a los granjeros americanos hacia la revolución social. Pepper, el teórico de la maniobra, uno de los que hicieron perecer la revolución húngara porque no se había fijado en el campesinado magyar, intentó en América (sin duda para compensar) destruir al Partido Comunista norteamericano disolviéndolo entre los farmers. Según Pepper, la superplusvalía del capitalismo norteamericano transformaría al proletariado de Norte América en una aristocracia obrera mundial; en cambio, la crisis agraria arruinaría a los campesinos y los empujaría por la vía de la revolución socialista. El partido, que contaba con varios millones de miembros, y sobretodo emigrantes, debería, según la concepción de Pepper, “encajarse” con los campesinos por intermedio de un partido burgués, y después, tras haber formado un partido “bipartito”, asegurar la revolución socialista frente a la pasividad o la neutralidad del proletariado corrompido por la superplusvalía. Esta idea delirante ha contado con sus partidarios y semipartidarios en las esferas superiores de la Internacional Comunista. Durante varias semanas la balanza osciló tanto hacia un lado como hacia otro, hasta que se hizo por fin una concesión al ABC del marxismo (entre bastidores se decía que a los prejuicios del trotskysmo). Hubo que sacar a lazo al Partido Comunista norteamericano del partido de La Follette, que murió antes que su fundador.
Todo lo que el nuevo revisionismo inventa primeramente para Oriente, es transportado inmediatamente a Occidente. Si Pepper intentó, al otro lado del océano, violar a la historia con su partido bipartito, los últimos informes recibidos muestran que el ensayo llevado a cabo con el Kuomintang ha encontrado imitadores en Italia, donde se intenta, según parece, imponer a nuestro partido la consigna monstruosa de una “asamblea republicana apoyada sobre los comités obreros y campesinos” . En esta consigna, el espíritu de Chiang Kai-Chek confraterniza con el de Hilferding. Verdaderamente, ¿llegaremos hasta eso?
Para concluir, nos queda todavía por recordar que la idea de un partido “obrero y campesino” expulsa de la historia del bolchevismo toda la lucha con los populistas, sin la que no habría habido Partido Bolchevique. En el año 1900, Lenin escribía respecto a los socialistas revolucionarios:
“La idea fundamental de su programa no era en absoluto la de que fuese necesaria una alianza de las fuerzas del proletariado y el campesinado, sino la de que no existía un abismo de clase entre uno y otro, que no hacía falta trazar una línea de demarcación de clase entre ellos, que la concepción socialdemócrata del carácter pequeño burgués del campesinado, que le distinguía del proletariado, era radicalmente falsa” (Lenin, en Obras, Vol. XI, pág. 198.)
En otras palabras, el partido bipartito obrero y campesino es la idea central del populismo ruso. Sólo luchando contra él ha podido crecer el partido de la vanguardia proletaria en la Rusia campesina.
Con una tenacidad incansable, Lenin repetía en la época de la revolución de 1905:
“Desconfiar del campesinado, organizarse independientemente de él, estar preparado para luchar contra él si interviene de una forma reaccionaria o antiproletaria.” (Lenin, Obras, Vol. VI, página 113, subrayado por mí)
En 1906, Lenin escribía:
“Un último consejo: proletarios y semiproletarios de las ciudades y del campo, organizaos separadamente. No confiéis en ningún pequeño propietario, por muy pequeño que sea, por muy “trabajador”... Nosotros apoyamos enteramente al movimiento campesino, pero debemos recordar que es el movimiento de otra clase, no el de aquella que puede llevar y llevará a cabo la transformación socialista.” (Lenin, Obras, Vol. IX, página 410.)
Esta idea vuelve a aparecer en centenares de pequeños y grandes trabajos de Lenin. En 1908 explica:
“No se puede concebir en ningún caso la alianza del proletariado y el campesinado como la fusión de clases diversas o como la de los partidos del proletariado y el campesinado. No solamente una fusión, sino incluso un acuerdo duradero sería funesto para el partido socialista de la clase obrera y debilitaría la lucha democrática revolucionaria.” (Lenin, Obras, Vol. IX, pág. 79, subrayado por mí)
¿Se puede condenar de una forma más mordaz, más despiadada, más mortal, la idea misma del partido obrero y campesino?
En cuanto a Stalin, él enseña:
“El bloque revolucionario, antiimperialista puede tomar, pero no debe siempre [¡!], obligatoriamente [¡!], tomar la forma de un partido obrero y campesino único, ligado al punto de vista de su forma [¿?] por una plataforma única.” (Stalin, Cuestiones del leninismo, 1928, pág. 265.)
Lenin enseñaba que la alianza de los obreros y los campesinos no debía, en ningún momento y en ningún caso, conducir a la unificación de los partidos. Stalin no hace a Lenin más que una concesión: aunque según él el bloque de las clases debe tomar “la forma de un partido único, de un partido obrero y campesino, del tipo del Kuomintang”, la fórmula no es siempre obligatoria. Gracias al menos por la restricción.
Lenin plantea la cuestión en la época de la Revolución de Octubre con la misma intransigencia. Generalizando la experiencia de las tres revoluciones rusas, Lenin, a partir de 1918, no deja escapar una ocasión de repetir que, en una sociedad en la que predominan las relaciones capitalistas, hay dos fuerzas que deciden: la burguesía y el proletariado:
“Si el campesino no sigue a los obreros, va a remolque de la burguesía. No hay y no puede haber término medio.” (Lenin, 1919, Obras, volumen XVI, pág. 219.)
No obstante, un “partido obrero y campesino” representa precisamente un intento de compromiso.
Si la vanguardia del proletariado ruso no se hubiera opuesto al campesinado, si no hubiese llevado una lucha despiadada contra la confusión pequeño burguesa y escurridiza de este campesinado, se habría disuelto ella misma inevitablemente entre los elementos pequeño burgueses por intermedio del partido socialrevolucionario o de cualquier otro “partido bipartito” que, por su parte, la habría sometido inevitablemente a la dirección de la burguesía. Para llegar a la alianza revolucionaria con el campesinado (y eso no se consigue sin dolor), la vanguardia proletaria, y con ella la clase obrera en su conjunto, debieron liberarse de las masas populares pequeño burguesas; esto no se logra más que educando al partido proletario dentro de un espíritu de intransigencia de clase bien templado.
Cuanto más joven es el proletariado, cuanto más recientes e íntimos son sus “lazos” de parentesco con el campesinado, cuanto más grande es la proporción de la población que constituye este último, más importancia cobra la lucha contra toda alquimia política “bipartita”. En Occidente, la idea de un partido obrero y campesino es sencillamente ridícula. En Oriente, es funesta. En China, en la India, en el Japón, es el enemigo mortal no solamente de la hegemonía del proletariado en la revolución, sino también de la autonomía más elemental de la vanguardia proletaria. El partido obrero y campesino no puede ser más que una base, una pantalla, un trampolín para la burguesía.
Fatalmente, en esta cuestión esencial para todo el Oriente, el revisionismo actual no hace más que repetir los errores del viejo oportunismo socialdemócrata de antes de la revolución. La mayoría de los jefes de la socialdemocracia europea creían que nuestra lucha contra los socialistas revolucionarios era un error; recomendaban con insistencia la fusión de los dos partidos, pensando que para el “Oriente” ruso, el partido obrero y campesino vendría justo a la medida. Si hubiésemos escuchado estos consejos, jamás habríamos realizado ni la alianza de los obreros y los campesinos ni la dictadura del proletariado. El partido obrero y campesino “bipartito” de los socialistas revolucionarios se convirtió entre nosotros, y no podía ser de otra forma, en una agencia de la burguesía imperialista; en otras palabras, intentó en vano ejercer el papel histórico que el Kuomintang ha cubierto con éxito de una forma diferente, con “originalidad”, y gracias a los revisionistas del bolchevismo. Sin una condena despiadada de la idea misma de los “partidos obreros y campesinos en Oriente”, la Internacional Comunista no tiene ni podrá tener un programa.
8.- Hay que verificar qué ha producido la Internacional Campesina
Una de las principales, si no la más importante, acusación lanzada contra la Oposición fue la de haber “subestimado” al campesinado. También sobre este punto la vida ha aportado su control, tanto en el plano interior como a escala internacional. Y ocurrió que los dirigentes oficiales cometieron el error de subestimar en toda línea el papel y la importancia del proletariado con relación al campesinado. Se pueden registrar los errores más graves en los terrenos económico, político e internacional.
En la base de todos los errores cometidos en el interior del país en 1923, encontramos la subestimación de la importancia de la industria, dirigida por el proletariado, con relación al conjunto de la economía nacional y a la alianza con el campesinado. En China, la revolución se ha perdido por causa de la incomprensión del papel animador y decisivo del proletariado en la revolución agraria.
Desde este mismo punto de vista es como hay que verificar y juzgar toda la actividad de la Internacional Campesina, que, desde el comienzo, no era más que una experiencia que exigía la mayor circunspección, la severidad en la elección de los medios y su conformidad a los principios. No es difícil comprender por qué.
Como consecuencia de su historia y de sus condiciones de vida, el campesinado es la menos internacional de todas las clases. Lo que se denomina la originalidad nacional tiene su fuente principal precisamente en el campesinado. No se le puede embarcar en la vía internacional (únicamente, por otra parte, a sus masas semiproletarias) más que bajo la dirección del proletariado. Sólo en la medida en que, en un país, gracias al proletariado, el campesinado se sustraiga a la influencia de la burguesía (aprendiendo a ver en el proletariado no solamente un aliado, sino también un guía) se le podrá conducir por el camino de la política internacional.
Los esfuerzos para agrupar al campesinado de los diversos países por sus propias fuerzas en una organización internacional, por encima de la cabeza del proletariado y fuera de los partidos comunistas, están destinados de antemano al fracaso; en última instancia, no pueden más que perjudicar a la lucha del proletariado, que busca extender su influencia entre los obreros agrícolas y los campesinos pobres.
Tanto en el curso de las revoluciones burguesas como en el de las contrarrevoluciones, a partir de las guerras campesinas en el siglo XVI e incluso antes, el campesinado, representado por sus diversas capas, ha ejercido un papel considerable, a veces decisivo. Pero este papel nunca ha tenido un valor propio. Directa o indirectamente, el campesinado sostuvo siempre a una fuerza política contra otra. La distinción entre los diversos componentes de la sociedad capitalista ha aumentado considerablemente en la época del capital financiero, si se la compara con las fases precedentes de la evolución capitalista. Esto significa que, comparativamente, el peso del campesinado ha disminuido en vez de aumentar. En todo caso, en el período imperialista, el campesinado es todavía menos apto para seguir una línea política que tenga su valor propio (incluso en el terreno nacional, para no hablar del terreno internacional) que en la época del capitalismo industrial. En la actualidad, en los Estados Unidos, los campesinos son infinitamente menos capaces de ejercer un papel político autónomo que hace cuarenta o cincuenta años, cuando no pudieron ni supieron, como lo testifica la experiencia del movimiento populista, crear un partido nacional de valor.
La agrarización efímera más importante de Europa, a causa del declive económico como consecuencia de la guerra, aumentó por un momento, entre algunos, ilusiones sobre el papel que podrían desempeñar los partidos “campesinos”, es decir, burgueses y seudocampesinos, que se oponían demagógicamente a los partidos de la burguesía. Si en alguna medida se pudo, en la efervescencia campesina que siguió a la guerra, arriesgarse a la creación de la Internacional Campesina para verificar experimentalmente las nuevas relaciones entre el proletariado y el campesinado, entre éste y la burguesía, sería ya claramente el momento de establecer el balance de la experiencia de sus cinco años de existencia, de poner al desnudo los aspectos cruelmente negativos y de intentar determinar sus aspectos positivos.
En todo caso, hay una conclusión indiscutible: la experiencia de los partidos “campesinos” de Bulgaria, de Polonia, de Rumania, de Yugoslavia (es decir, de todos los países atrasados), la vieja experiencia de nuestros socialistas revolucionarios y la tan reciente del Kuomintang (la sangre de las heridas todavía no se ha secado), las experiencias episódicas de los países desarrollados (sobre todo la de La Follette-Pepper en los Estados Unidos), prueban de forma indudable este hecho: en la época del capitalismo decadente, es todavía más vano esperar ver surgir partidos campesinos que tengan su valor propio, que sean partidos revolucionarios, antiburgueses, que en la época del capitalismo ascendente.
“La ciudad no puede ser el igual del campo. El campo no puede ser el igual de la ciudad en las condiciones históricas de nuestra época. Inevitablemente, la ciudad arrastra tras de sí al campo. Inevitablemente, el campo sigue a la ciudad. La cuestión es, simplemente, saber qué clase de las que hay en la ciudad arrastrará tras de sí al campo.” (Lenin, 1919, Obras, vol. XVI, pág. 442, edición francesa)
El campesinado ejercerá todavía un papel decisivo en las revoluciones de Oriente. Pero, una vez más, este papel no será dirigente, y tampoco tendrá un valor propio. Los campesinos pobres de Hupé, de Kuantung o de Bengala pueden ejercer un papel de envergadura nacional o incluso internacional; pero de todos modos, sólo será así a condición de que apoyen a los obreros de Shangai, de Hankow, de Cantón o de Calcuta. Es la única salida que puede permitir al campesinado revolucionario desembocar en la vía internacional. Todo intento de ligar directamente al campesino de Hupé con el de Galitzia o el de la Dobroudja, el fellah egipcio al farmer del Far West norteamericano, no tiene ninguna esperanza.
Pero está en la naturaleza de la política que todo lo que no sirve directamente a los intereses de una clase se convierta inmediatamente en un instrumento utilizado para otros fines, a menudo totalmente opuestos. ¿No hemos visto a un partido burgués, apoyándose sobre el campesinado (o aspirando a apoyarse sobre él), juzgar provechoso sacar un seguro en la Internacional Campesina; a falta de poder hacerlo en la Internacional Comunista, contra los golpes que le daba el Partido Comunista de su país (de la misma manera que Purcell, en el terreno sindical, se protegía por medio del Comité angloruso)? Si La Follette no intentó hacerse inscribir en la Internacional Campesina, eso se debe a la extrema debilidad del Partido Comunista noreteamericano; además, su dirigente de entonces, Pepper, abrazaba sin necesidad de ello a La Follette en un apretón perfectamente desinteresado que aquél no había pedido. Ya Raditch, jefe bancario del partido de los kulaks croatas, tenía necesidad, en el camino que le llevaba hacia la cartera ministerial, de dejar su tarjeta de visita a la Internacional Campesina. El Kuomintang fue mucho más lejos: después de haber conservado su lugar en la Internacional Campesina y en la Liga Antiimperialista, llamó también a la puerta de la Internacional Comunista y recibió la bendición del Buró Político del Partido Comunista de la URSS, con la excepción de una sola voz.
Es algo particularmente simbólico de la política de la dirección durante los últimos años que, mientras se reforzaban las tendencias a la liquidación de la Internacional Sindical Roja (el llamamiento mismo fue retirado de los estatutos sindicales), no se planteaba siquiera en la prensa oficial, si recordamos bien, la cuestión de saber en qué consistían exactamente las conquistas de la Internacional Campesina.
Es preciso que el VI Congreso controle seriamente la actividad de la Internacional Campesina a la luz del internacionalismo proletario. Sería el momento de establecer el balance marxista de la experiencia en curso. Hay que introducir este balance, bajo una forma u otra, dentro del programa: el proyecto actual no dice ni media palabra ni de los “millones” de adherentes de la Internacional Campesina, ni tan siquiera de su existencia.
Hemos presentado una crítica de algunas de las tesis fundamentales del proyecto de programa; estamos muy lejos de haber extendido esta crítica a todas las tesis, pues no disponíamos más que de dos semanas. Nos hemos visto en la obligación de ceñirnos a los problemas más actuales, los más estrechamente ligados a la lucha revolucionaria y a la que se ha librado en el seno del partido en el último período.
Gracias a la experiencia de las pretendidas “discusiones”, sabemos por adelantado que frases arrancadas del contexto, incluso lapsus calami, pueden convertirse en la fuente de nuevas teorías destinadas a destronar al “trotskysmo”. Hay todo un período que está lleno de esta historia triunfante. Esperamos muy tranquilamente las peores vociferaciones teóricas que, una vez más, se arrojarán sobre nosotros.
De todos modos, es probable que los autores del proyecto prefieran servirse para acusarnos no de nuevos artículos críticos, sino de la extensión del viejo artículo 58. No es necesario decir que este argumento nos parece menos convincente todavía.
El VI Congreso tiene que adoptar un programa. A lo largo de toda esta obra nos hemos dedicado a demostrar que es absolutamente imposible tomar como base para este programa el proyecto elaborado por Bujarin y Stalin.
El momento actual es el de un giro en la vida del Partido Comunista de la URSS (bolchevique) y de toda la Internacional Comunista. Todos los pasos y decisiones recientes del Comité Central de nuestro partido y del Pleno de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista lo prueban. Estas medidas son absolutamente insuficientes, y las resoluciones son contradictorias (algunas de ellas, como la del Pleno de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, son radicalmente erróneas). A pesar de ello, a través de todas estas decisiones se esboza una tendencia al giro hacia la izquierda. No tenemos ninguna razón para sobreestimarla, tanto más cuanto que tiene lugar en el mismo momento en que se aplasta al ala revolucionaria, protegiendo al ala derecha. Sin embargo, no hemos pensado ni por un solo instante en subestimarla, porque viene impuesta por el callejón sin salida al que ha conducido el curso anterior. Todo verdadero revolucionario hará lo que mejor pueda, en su puesto, con los medios de que disponga, para que el giro a la izquierda que se esboza se acentúe, con el mínimo posible de dificultades y de traumas para el partido, hasta que se convierta en una orientación revolucionaria leninista. Pero, por el momento, estamos todavía lejos. Actualmente, la Internacional Comunista atraviesa un período de enfermedad, tal vez el más difícil de su desarrollo, aquel en el que el viejo curso está todavía lejos de ser abandonado y el nuevo encierra elementos heterogéneos. El proyecto de programa refleja entera y perfectamente este estadio de transición. Sin embargo, tales momentos, por su misma naturaleza, son poco favorables a la elaboración de documentos que deban determinar la actividad de nuestro partido internacional por toda una serie de años. Por muy doloroso que sea, hay que esperar todavía, aunque se haya perdido ya tanto tiempo. Hay que dejar que las cosas se decanten, que pase la confusión, que se anulen las contradicciones y que se precise el nuevo giro.
El Congreso no se ha reunido durante cuatro años. La Internacional Comunista ha vivido nueve años sin un programa codificado. En este momento no hay más que una forma de abordar la cuestión: decidir que el VII Congreso tenga lugar dentro de un año, y terminar de una vez por todas con las tentativas de usurpación de los derechos de la Internacional Comunista, restablecer en todos los partidos y por tanto en la misma Internacional un régimen normal que haga posible una verdadera discusión del proyecto de programa y permita oponer al proyecto ecléctico un proyecto distinto, marxista, leninista. Para la Internacional Comunista, para las asambleas y conferencias de sus partidos, para la prensa, no debe haber cuestiones prohibidas. Es necesario, durante este año, labrar profundamente el campo entero con el arado del marxismo. Sólo un trabajo así permitirá dotar al partido internacional del proletariado de un programa, es decir, de un gran faro que aclarará el pasado con una luz exacta y proyectará rayos brillantes muy lejos, hacia el porvenir.
Alma Ata, julio de 1928

References: resolución 
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 artículo 58