Source: http://viajederetornosigloxxi.blogspot.com/2016/03/el-canal-en-las-naciones-unidas-iii-iii.html
Timestamp: 2018-05-27 07:49:06+00:00

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En diciembre de 1972, Tack me preguntó: ‘¿Qué significado tendría para Panamá la reunión del Consejo de Seguridad? ¿Cómo deberíamos actuar para impulsar nuestra causa?'.
Respondí: ‘Podría ser una gran oportunidad, pero también un gran peligro'. Sabía que era necesario llegar a una ruptura con el colonialismo/imperialismo en la Zona del Canal y evitar caer en la trampa del permanente revisionismo en las negociaciones. Pero arriesgábamos fracasar, perder el apoyo y ahogarnos en un monólogo interminable con EE.UU. El éxito o el fracaso dependía de nuestra actuación. ¿Qué esperábamos de dicha reunión? Lograr una resolución favorable a nuestra posición en futuras negociaciones y, para eso, había que redactar una a prueba de fuego. ‘¿Qué propones que hagamos?', preguntó. ‘Primero, necesitaría viajar a La Haya para estudiar todas las decisiones y resoluciones del Consejo de Seguridad, además de la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia en materia de can ales y vías acuáticas internacionales (Suez, primordialmente) y, segundo, redactar una resolución que reflejase al máximo nuestros legítimos intereses, basada en el derecho internacional'.
La misión a La Haya, cuna del Derecho Internacional, debía ser secreta para que EE.UU. no se enterara de la estrategia panameña, ya que el canciller Tack estaba informado por el G-2 que había filtraciones a la Embajada de EE.UU. de todo lo que se discutía en la Oficina de las Negociaciones. La resolución debía estar blindada y constituirse en éxito para Panamá, no importa si fuera vetada o no por EE.UU., ya que lo esencial era el mensaje para recabar el apoyo internacional y construir un nuevo escenario para las negociaciones.
‘¿Y qué hará mientras la comisión asesora?', preguntó el canciller. ‘Póngales una tarea: redactar la resolución que mejor estimen', contesté, Y así, el canciller Tack me solicitó por escrito algunas características sencillas de la resolución, que llegaría sin duda a manos de la Embajada, mientras redactábamos la resolución verdadera en La Haya. Torrijos autorizó la misión, y en La Haya, estudiando 16 horas diarias durante un mes, pude también sopesar opiniones de magistrados de la Corte Internacional de Justicia e internacionalistas del Instituto de Estudios Sociales, mi alma máter.
Al regresar en enero, el canciller Tack presidió una reunión en la que expliqué la necesidad de proponer dos resoluciones: una sobre la Zona y el Canal; y otra, sobre las bases militares, las cuales podrían poner fin a la Zona e implantar nuestra soberanía con el traspaso del Canal. Eran dos resoluciones, porque el Canal y la Zona tenían raíces jurídicas diferentes a las de las bases militares. Estas resoluciones no mencionaban la neutralidad ni la neutralización. Otros miembros de la comisión presentaron una resolución, considerada más ‘suave' y conciliatoria con EE.UU. (como lo confirman las recientes actas desclasificadas del Departamento de Estado) que pedía la neutralización de los canales internacionales. Le expresé al canciller mi extrañeza de cómo algún asesor hubiese redactado semejante resolución, que más bien parecía redactada en el campo contrario.
Pero nuestras diferencias —que se convirtieron en agria y violenta polémica— se dieron entre compatriotas que se respetaban y compartían una misma bandera.
El Gobierno peruano de Velasco Alvarado envió entre enero y febrero a sus mejores internacionalistas para apoyar a Panamá. Luego de escuchar las dos corrientes dentro de la Cancillería, el equipo peruano le manifestó al colega Boris Blanco, asesor de Política Exterior, y seguramente a Tack, que ellos consideraban que nuestra presentación era la de mayor peso y ‘la única que tenía lógica', pues ganábamos, aunque la vetaran; ganábamos aun perdiendo.
Rechacé toda mención de la neutralidad por cuatro razones: primera, porque el Canal jamás fue neutral; segunda, porque la garantía de la neutralidad fue siempre un instrumento de intervención para asegurar el control de Panamá y su Canal; tercera, porque EE.UU. seguiría usando el Canal como instrumento de guerra, regulando el paso de barcos según sus intereses; y cuarta, porque la neutralización de los canales internacionales significaba una intromisión de Panamá en los asuntos de los países árabes. El Canal de Suez, bajo soberanía de Egipto, estaba comprometido en el conflicto árabe-israelí. Siendo los países árabes aliados, entre otros, en la reunión debíamos ser cautelosos.
En la sesión inaugural del jueves 15 de marzo habló el general Torrijos, quien resumió magistralmente la lucha de Panamá. Tuve la grata sorpresa de encontrarme en el recinto con Raúl Roa, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, quien, al verme, sorprendido exclamó: ‘Oye Julio, ¿qué haces aquí? ¡Pensaba que estabas en Europa!'. Poco después, en su discurso, el canciller Roa nos hizo un homenaje inesperado a tres panameños cuando manifestó: ‘Pero han sido los escritores patriotas —como Julio Yao, Jorge Turner y Jorge E. Illueca— y los combatientes nacionalistas de Panamá los que han desnudado su trasfondo neocolonialista o han luchado para exigir su abrogación, desafiando valerosamente persecuciones, atropellos y masacres'.
Entre las primeras personas en leer mi libro (El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo), se encuentran: Juan Antonio Tack, Omar Torrijos, Fidel Castro y Raúl Roa. De estos cuatro, solo estaba ausente físicamente de la reunión Fidel Castro. De los tres panameños mencionados por el canciller cubano, dos estábamos en el recinto del Palacio Legislativo: Jorge E. Illueca y este servidor, en tanto que Jorge Turner estaba en el exilio en México.
El viernes 16 de marzo, segundo día de la sesión, el canciller Tack me dijo en tono bajo que presentaría primero ‘la resolución más suave' y que, de fracasar ésta, propondría las nuestras, que eran las más ‘duras'. Acepté la decisión porque estaba consciente de que ‘la resolución suave' fracasaría estruendosamente desde el principio, como en efecto ocurrió. Fue preocupante ver al canciller leerla y constatar la reacción de disgusto del Consejo: el embajador egipcio se levantó airado, y la mayoría de los delegados, africanos y árabes, pidieron un receso ‘para consultas' y se fueron disgustados. ‘Yo no viajé cuatro mil kilómetros para aprobar una resolución tan tonta', le escuché decir a un embajador.
Lo que ocurrió acto seguido fue una reunión urgente y exclusiva de los delegados latinoamericanos a solas con el canciller Tack en el Salón Azul, creo, durante más de una hora. Yo no intenté entrar pero esperé a que saliera el canciller, casi a la medianoche. Visiblemente exhausto el canciller, le recordé: ‘¿Ahora viene nuestra resolución?'. ‘Te explico', me dijo, pasándose la mano por la cabeza: ‘Qué vaina, Julio, los cancilleres latinoamericanos me presionaron porque temen que nos radicalicemos tras el rechazo de la ‘resolución suave' y presentemos una resolución que polarice a la región contra EE.UU., ya que ellos tienen intereses que cuidar. En otras palabras, no están dispuestos a sacrificarse por nosotros'. Yo estaba seguro de que entre esos Gobiernos no estaban ni Cuba ni Chile (de Allende) y tampoco el Perú.
Le pregunté: ‘¿Y vamos a dejar nuestra causa a un lado para hacerles caso a algunos cuantos Gobiernos pusilánimes de América Latina?'. El canciller Tack no contestó, quizá reflexionando su respuesta. Entonces le dije: ‘Mire, canciller, ¿cómo vamos a lidiar con latinoamericanos entreguistas, por un lado, y con una nutrida representación de africanos, árabes y no alineados que se nos aleja, por el otro? ¿Con qué vamos a reunir los votos que necesitamos? Hay que dar un golpe de timón. Yo estoy muy cansado desde La Haya, hace cuatro meses, de tanta palabrería sobre un tema que conozco a fondo. Prefiero retirarme, irme a casa y respetuosamente en este momento, canciller, renuncio al cargo'. Caminé hacia mi auto en el estacionamiento de la Asamblea Nacional, pero al llegar, el canciller Tack, que me había seguido, me detuvo y dijo: ‘Mira, Julio, disculpa, déjame pensar; pero madruga y toma el primer avión que sale mañana a Contadora y allá seguimos trabajando con los delegados que también van a la Isla'. ‘Está bien', dije, ‘me parece razonable'. Al día siguiente tomé el primer avión que partía a Contadora.

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