Source: http://ceipleontrotsky.org/Defensa-de-la-republica-sovietica-y-de-la-Oposicion
Timestamp: 2017-03-26 05:22:00+00:00

Document:
Defensa de la república soviética y de la Oposición[1]
Agrupamientos en la Oposición de izquierda
Hemos establecido que existen tres tendencias en el movimiento comunista internacional, la derecha, la centrista y la izquierda (marxista). Pero esta clasifica­ción no agota la cuestión, porque no menciona a la ultraizquierda. Mientras tanto, ésta sigue existiendo, actuando, cometiendo errores y amenazando con desa­creditar la causa de la Oposición.
Es cierto que hoy ya no queda ninguno o casi nin­guno de esos ultraizquierdistas de tipo "agresivo", ingenuo-revolucionario, a los que Lenin dedicó su famo­so libro [La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo]. Asimismo, quedan pocos ultraizquier­distas de la generación de 1924-1925 (Maslow y Cía.) en la Oposición. La experiencia de las derrotas pasó y dejó su huella. Pero no todos los ultraizquierdistas asimila­ron las lecciones de estos años. Algunos se liberaron de los prejuicios sin perder su espíritu revolucionario. Pero en otros se disipó el espíritu revolucionario a la vez que mantuvieron los prejuicios. En todo caso, quedan bas­tantes ultraizquierdistas afectados de escepticismo que hacen gala ansiosamente de un izquierdismo formal en todas las ocasiones siempre que no se vean obligados a actuar. Pero en las cuestiones prácticas tienden gene­ralmente a caer en el oportunismo.
A diferencia del reformismo que es un enemigo irreconciliable, el ultraizquierdismo es una enfermedad interna que actúa como freno en la lucha contra el enemigo. Debemos erradicar esta enfermedad a toda costa.
Durante varios meses traté, a través de mi corres­pondencia, de obtener de la dirección de la Leninbund una declaración clara sobre los problemas más impor­tantes de la política comunista. Mis intentos fueron vanos. Las diferencias de opinión eran demasiado gran­des. No queda otra salida que exponerlas y discutirías seriamente, lo cual se vuelve más necesario, en vista de que el Consejo de Redacción de las publicaciones de la Leninbund ya inició la polémica, apenas se hizo evi­dente que en la Oposición de Izquierda comunista hay diferencias serias y decisivas, respecto del conflicto sino-soviético. Ya se han formado agrupaciones en tor­no de este problema. Naturalmente, se seguirán produ­ciendo desplazamientos individuales. Algunos camara­das que tomaron una posición errónea se rectificarán; otros, por el contrario, profundizarán su error y llega­rán a la conclusión lógica, es decir, romperán totalmen­te con la posición marxista. Es lo que invariablemente sucede en todas las polémicas profundas, cuando las diferencias hasta el momento indefinidas se ven some­tidas a la prueba de los acontecimientos más impor­tantes.
No hay mal que por bien no venga. Hay demasiados signos de estancamiento ideológico y rutinarismo entre los grupos desarticulados de la Oposición. Una discu­sión profunda de las grandes diferencias políticas per­mitirá a los individuos y grupos de la Oposición encon­trar más fácilmente el lugar que les corresponde, ace­lerando así el proceso de cristalización ideológica en torno a ejes reales, no ficticios. En lo que respecta al conflicto sino-soviético existen dos posiciones básicas, ligadas a los problemas más fundamentales de la re­volución mundial y del método marxista.
Formalismo en lugar de marxismo
La expresión sui generis más acabada del enfoque formal izquierdista es la de Louzon,[2] a quien le resulta más fácil en virtud de su catadura intelectual. El cama­rada Louzon no es un marxista sino un formalista. Trabaja mucho mejor con la geografía, la tecnología y la estadística que con la dialéctica materialista de la socie­dad de clases. A menudo se puede recoger abundante información en sus artículos, pero es imposible extraer de ellos enseñanzas políticas. A Louzon lo atrae mucho más la "justicia" nacional abstracta que la lucha real de los pueblos oprimidos por su liberación. Demuestra con amplitud que el zarismo construyó el Ferrocarril Oriental de China con fines de conquista y saqueo. Tie­ne un mapa que muestra que este ferrocarril atraviesa el corazón de Manchuria. Con datos estadísticos de­muestra que Manchuria fue colonizada en décadas re­cientes por campesinos chinos. Por lo tanto tenemos un ferrocarril ruso en tierra china, al lado de ferrocarriles de otros estados imperialistas. ¿Dónde está la diferen­cia?, se pregunta Louzon. Y llega a la conclusión de que no existe ninguna o prácticamente ninguna diferencia.
El tratado de 1924 fue un tratado imperialista. Louzon está totalmente seguro de que Lenin hubiera devuelto el ferrocarril a China.
Para determinar si una política reviste un carácter imperialista en un territorio dado basta, según Louzon, con determinar qué nacionalidad habita dicho territo­rio: "Si Manchuria del Norte estuviera poblada por ru­sos, la política del zar y de la Unión Soviética seria legitima; pero como está poblada por chinos, entonces estamos ante una política de pillaje y opresión." (La revolution proletarienne, 1° de agosto de 1929). Al leer estas líneas, a uno le cuesta creer lo que ve. Se analiza la política del zar y la política del estado obrero exclu­sivamente desde el punto de vista nacionalista, y así ambas resultan idénticas; Louzon proclama que la polí­tica del zar en las provincias rusas era legítima; sin embargo, para nosotros, la política del zar en Siberia fue tan criminal, rapaz y opresora como en Manchuria. ¡Para bien o para mal, la política de los bolcheviques se apoya siempre en los mismos principios, sea en Man­churia, Siberia o Moscú, camarada Louzon! Además de las naciones existen las clases. El problema nacional, tomado aisladamente y al margen de las relaciones en­tre las clases, es una ficción, una mentira, el nudo co­rredizo de un verdugo para el proletariado.
El método que emplea Louzon no es marxismo sino esquematismo puro; su falta consiste en que las publi­caciones socialdemócratas, casi sin excepción, desarro­llan su misma línea de pensamiento y llegan a idénti­cas conclusiones. La resolución de la Segunda Interna­cional, elaborada bajo la dirección de Otto Bauer,[3] re­produce totalmente las ideas de Louzon. ¿Cómo no ha­bría de hacerlo? La socialdemocracia es necesariamente formalista. Se complace en trazar analogías entre el fascismo y el comunismo. Para ella, todos los que "nie­gan" o violan la democracia están en el mismo plano. El criterio supremo es la "democracia", colocada por los reformistas (en el papel) por encima de las clases. Louzon adopta exactamente la misma actitud hacia el principio de autodeterminación nacional. Resulta tanto más extraño ya que Louzon, como sindicalista, tiende más bien a la negación formalista de la democracia. Pero les suele suceder a los pensadores formales que, a la vez que niegan el todo, se arrastran con veneración ante una parte. La autodeterminación nacional es uno de los elementos de la democracia. La lucha por la autodeterminación nacional, como la lucha por la democra­cia en general, desempeña un papel de gran magnitud en la vida de los pueblos, en particular en la vida del proletariado. Es un mal revolucionario el que no sabe utilizar las formas e instituciones democráticas, inclu­yendo el parlamentarismo, en favor de los intereses del proletariado. Pero desde el punto de vista proletario, ni la democracia en su conjunto ni la autodeterminación nacional como parte integrante de la misma están por encima de las clases; y ninguna de las dos constituye el criterio supremo de la política revolucionaria. Es por eso que consideramos que las analogías socialdemócra­tas entre el fascismo y el bolchevismo son charlatane­ría. Por la misma razón consideramos que poner un sig­no igual entre el tratado sino-soviético de 1924 y un tra­tado imperialista, basándose en la ley de la simetría, es un error del más grueso calibre.
¿A quién le hubiera cedido Louzon el Ferrocarril Oriental de China en 1924? ¿Al gobierno pequinés? Pero este gobierno no tenía manos para tomarlo, ni piernas para llegar hasta él. El gobierno de Pequín era una ficción gastada. La realidad llevaba el nombre del mariscal Chang Tso-lin, jefe de los hung hu tzu [ban­didos manchurianos], dictador y verdugo de Manchu­ria, agente a sueldo del Japón, enemigo mortal del movimiento nacional-revolucionario que estalló violen­tamente en 1925 y se transformó en 1926 en una expedición del Sur contra el Norte, es decir, en última ins­tancia, en una expedición contra Chang Tso-lin. Entre­gar el ferrocarril al mariscal hubiera significado, en la práctica, concertar una alianza con él contra la revolución china en curso. Habría sido lo mismo que entregarle artillería y municiones a la Polonia blanca en 1920, cuando luchaba contra la Unión Soviética. Haber adop­tado esa actitud, no habría significado cumplir con un deber revolucionario sino traicionar a la revolución china, la verdadera revolución, la revolución que reali­zan las clases y no la sombra abstracta que obsesiona a Louzon y a otros formalistas de su calaña.
Enredado en sus contradicciones, Louzon se autoconvence de que hay que fustigar al gobierno soviético por haber firmado, el 20 de setiembre de 1924, un tra­tado con Chang Tso-lin, "el militarista más reacciona­rio que jamás gobernó la China". Sí, fue el más reac­cionario. Es obvio que en lugar de concertar un tratado con éste, el más grande de los reaccionarios, para im­pedir que el ferrocarril cayera en sus manos, lo que ha­bía que hacer, según Louzon, era regalárselo sim­plemente.
Naturalmente, el tratado de 1924, que derogaba todos los privilegios imperialistas de Rusia, no representaba una garantía absoluta contra Chang Tso-lin porque éste tenía tropas en Manchuria mientras que las tropas soviéticas estaban muy lejos de la escena de los acontecimientos. Pero, aunque estaban lejos, existían. Chang Tso-lin a veces atacaba, a veces se retiraba. Exigió, por ejemplo, que el ferrocarril transportara sus tropas contrarrevolucionarias sin restricciones. Pero el ferrocarril, invocando el tratado, puso toda clase de obstáculos en su camino. El arrestó al director del fe­rrocarril y luego se batió en retirada. Por razones muy sustanciales no confiaba únicamente en sus propias fuerzas. Pero Japón, también por sus propias razones, se abstenía de ayudarlo activamente y mantenía una actitud expectante. Todo esto fue muy favorable para la revolución china, que avanzaba del Sur hacia el Norte.
¿Ayuda revolucionaria o intervención imperialista?
Para demostrar aun más gráficamente la esterilidad del formalismo de Louzon, encaremos el problema des­de otro ángulo. Todos saben que, para consolidarse en un país atrasado, los imperialistas suelen armar a una tribu contra otra, a una provincia contra otra, a una cla­se contra otra. Así, por ejemplo, Estados Unidos avanza sistemáticamente en Sudamérica. Por otra parte, todos saben que el gobierno soviético presto gran ayuda al ejército nacional revolucionario chino desde los prime­ros días de su formación, y sobre todo durante la Ex­pedición al Norte. Los socialdemócratas del mundo en­tero clamaron en coro con sus respectivas burguesías por la "intervención" militar soviética en China, con­siderando que no era más que una máscara revolucio­naria de la vieja política del imperialismo zarista. ¿Lou­zon está de acuerdo con esto? Dirigimos esta pregunta a todos sus imitadores. Los bolcheviques sostene­mos exactamente lo contrario: el gobierno soviético te­nía el deber elemental de ayudar a la revolución china con ideas, hombres, dinero, armas. Que la dirección Stalin-Bujarin le haya infligido a la revolución china daños políticos que sobrepasan en mucho el valor de su ayuda material es otro problema, que trataremos inmediatamente. Pero los mencheviques no acusan al gobierno soviético de imperialista por la línea de Stalin-­Bujarin en la cuestión china, sino por intervenir en los asuntos chinos, por ayudar a la revolución china. Cama­rada Louzon: ¿esta intervención del gobierno soviético fue un crimen o un servicio? A mí personalmente me resultaría difícil hablar de servicios prestados, porque la intervención significaba cumplir un deber elemental, que respondía por igual a los intereses de las revolucio­nes de Rusia y China. Ahora, permítame preguntar: ¿era lícito que el gobierno soviético, mientras ayudaba al Sur con su mano izquierda, entregara con su derecha el Ferrocarril Oriental de China al Norte, contra el que se libraba esta guerra?
Nuestra respuesta: dado que el gobierno soviético no podía transferir su ferrocarril del Norte al Sur para fa­cilitar así la ofensiva de la revolución contra los milita­ristas del norte, tenía la obligación de retener con fir­meza el ferrocarril para impedir que los imperialistas y militaristas lo convirtieran en un arma contra la revo­lución china. Así concebimos nosotros el deber revolu­cionario en relación a la auténtica lucha por la autén­tica autodeterminación nacional de China.
A esta tarea se unía otra. Respecto al ferrocarril, era necesario desarrollar una política que les permitiera a las masas chinas, al menos a sus sectores de vanguar­dia, comprender claramente los objetivos y tareas del gobierno soviético respecto de la liberación de China. Ya hablé de esto en un articulo anterior, en el que men­cioné las resoluciones de la comisión del Comité Cen­tral del partido ruso, redactadas por mí y aprobadas en abril de 1926. El eje de la resolución era: consideramos al Ferrocarril Oriental de China un arma de la revolu­ción mundial, más específicamente de las revoluciones de Rusia y China. Desde luego, el imperialismo mun­dial puede, directa o indirectamente, de manera abierta o encubierta, arrancar este ferrocarril de nuestras ma­nos. Para evitar consecuencias más graves posiblemen­te nos veamos obligados a entregarlo a los imperialis­tas, así como nos vimos obligados a firmar la paz de Brest-Litovsk. Pero hasta entonces, mientras tengamos la posibilidad y las fuerzas suficientes, lo protegeremos del imperialismo para entregarlo a la revolución china victoriosa. Con ese fin, instituiremos inmediatamente escuelas para los obreros ferroviarios chinos, para edu­carlos técnica y políticamente.
Pero esto es precisamente lo que enfurece a la reac­ción china. Un cable de Reuters reproduce la siguiente declaración de Wang, actual ministro de relaciones exteriores chino:[4]
"La única salida para China es que se unifiquen to­das las naciones para poder hacer frente al imperialis­mo rojo; en caso contrario, China perecerá ahogada entre los tentáculos del comunismo."
Como vemos, no se trata de una lucha contra el im­perialismo en general. Por el contrario, el gobierno chino solicita la ayuda del imperialismo contra el "impe­rialismo rojo", al que identifica con el peligro del comunismo. ¿Podría pedirse una formulación más clara, precisa y exacta?
Louzon intentó demostrar que los estados imperia­listas se solidarizan con el gobierno soviético contra China. Sin embargo, en realidad lo único que demostró es que, respecto de algunos problemas parciales, los imperialistas mantienen hacia la Unión Soviética una actitud contradictoria. Dado que el imperialismo se ba­sa en la inviolabilidad de los derechos de propiedad, en esa medida se ve obligado a concederle los mismos de­rechos al gobierno soviético. De otro modo ni siquiera podría haber comercio entre la república soviética y los países capitalistas. Pero si estallara una guerra, cuyo pretexto fuera el problema de quién es el dueño del fe­rrocarril éste pasaría a un segundo plano. Los imperia­listas encararían la cuestión únicamente desde el punto de vista de su lucha contra el peligro que ellos llaman el "imperialismo rojo", o sea, la revolución proletaria internacional.
En este sentido, no está de más recordar la conducta de los emigrados blancos en el Lejano Oriente. Hasta el New York Times, el 17 de agosto de 1929, dijo que:
"Aquí (en la cúpula en Washington) se admite la posibilidad de que los rusos blancos hayan provocado los incidentes (choques en la frontera) del lado chino; los cuales difícilmente hubieran ocurrido de otro modo." Según Louzon, se trata de la autodeterminación china. Chiang Kai-shek aparece como la encarnación del pro­greso democrático; el gobierno de Moscú, como la encarnación de la agresión imperialista. Pero, por alguna razón desconocida, los emigrados blancos aparecen defendiendo la autodeterminación nacional china... contra el imperialismo ruso. ¿No basta este solo hecho para demostrar hasta qué punto quedó enredado Lou­zon, al sustituir la política clasista por la geografía y la etnografía? Los bandidos blancos que matan a los soldados del Ejército Rojo en las fronteras de Lejano Oriente demostraron, a su manera, una comprensión política mucho más exacta que Louzon. No se confun­den con banalidades secundarias sino que reducen el problema a lo esencial: la lucha de la burguesía mun­dial contra la revolución.
Pacifismo en lugar de bolchevismo
Al abandonar el enfoque clasista en aras de una posición nacionalista abstracta, los ultraizquierdistas se alejan necesariamente de la posición revolucionaria para caer en el pacifismo puro. Louzon relata cómo, en su momento, las tropas soviéticas capturaron el ferrocarril siberiano y cómo luego "el Ejército Rojo, confor­me a la política antiimperialista de Lenin, se detuvo cuidadosamente al llegar a la frontera china. No hubo el menor intento de reconquistar los territorios del Ferro­carril Oriental de China" (La revolution proletarienne).
Parece que el deber supremo de la revolución pro­letaria es inclinar respetuosamente sus banderas ante las fronteras nacionales. ¡Aquí está, según Louzon, el eje de la política antiimperialista de Lenin! Uno se sonroja de vergüenza al leer esta filosofía de la "re­volución en un solo país". El Ejército Rojo se detuvo al llegar a la frontera china porque carecía de la fuerza su­ficiente para cruzar dicha frontera y enfrentar el ataque avasallador que inevitablemente lanzaría el imperia­lismo japonés. Si el Ejército Rojo hubiera tenido la fuerza suficiente como para lanzar esa ofensiva, habría sido su deber lanzarla. Si el Ejército Rojo hubiera renunciado a lanzar la ofensiva revolucionaria contra las fuerzas del imperialismo y en defensa de los intereses de los obreros y campesinos chinos y la revolución pro­letaria mundial, no habría cumplido con la política de Lenin sino traicionado vilmente el abecé del marxismo. ¿En qué consiste la desgracia de Louzon y de otros de su tipo? En sustituir la política internacionalista revo­lucionaria por una política nacional-pacifista. Esto no tiene nada que ver con Lenin.
En determinado momento el Ejército Rojo invadió la Georgia menchevique y ayudó a los obreros georgianos a derrocar el régimen burgués.[5] La Segunda Inter­nacional no nos lo perdona hasta el día de hoy. Georgia estaba habitada por los georgianos. El Ejército Rojo estaba integrado principalmente por rusos. ¿De qué lado se ubica Louzon en este viejo conflicto?
¿Y qué decir de la marcha sobre Varsovia en el verano de 1920?[6] Louzon sabe, quizás, que me opuse a dicha campaña. Pero mis objeciones eran de índole puramente práctica. Yo temía que las masas trabajadoras polacas no pudieran alzarse a tiempo (por regla general, el ritmo de la guerra es más veloz que el de la revolución), y opinaba que nos resultaría peligroso alejarnos demasiado de nuestra base. Los aconteci­mientos confirmaron este pronóstico: la marcha sobre Varsovia fue un error. Pero fue un error práctico, no de principio. Si las condiciones hubieran sido más favora­bles, nuestro deber habría sido prestar ayuda armada a la revolución, en Polonia o en cualquier otro lado. Sin embargo, fue precisamente en esa época que Lloyd George, Bonar Law[7] y otros nos acusaron por primera vez de imperialistas rojos. Luego la acusación fue recogida por la socialdemocracia y de allí pasó en forma imperceptible a los ultraizquierdistas.
Contra la "intervención" revolucionaria, Louzon presenta de la manera más inoportuna, el viejo e incontrovertido principio: "La emancipación de la clase obrera será obra de la clase obrera misma." ¿A escala nacional? ¿En el marco de un solo país? ¿Es lícito que los obreros de un país ayuden a los huelguistas de otro? ¿Pueden enviar armas a los insurgentes? ¿Pueden enviar su ejército, si lo poseen? ¿Pueden enviarlo para ayudar a la insurrección o para ayudar a preparar la insurrección, de la misma manera en que los huelguis­tas envían piquetes para sacar a la huelga a los obreros que se han quedado atrás?
¿Por qué le falta a Louzon la audacia para llegar hasta las últimas consecuencias?
A pesar de asumir una posición democrático-nacio­nalista, Louzon se abstiene de combatir por ella consecuentemente y hasta el fin. Porque si es verdad que el gobierno chino lucha por la liberación nacional contra el imperialismo soviético, entonces todo revolucionario tiene el deber, no de darle sermones filosóficos a Stalin sobre cuestiones de ética sino de ayudar activa­mente a Chiang Kai-shek. Si tomamos en serio la posi­ción de Louzon, de ella se desprende que tenemos la estricta obligación de ayudar a China - con las armas, si es posible - a ganar su independencia nacional combatiendo a los herederos del zarismo. Esto es claro como el agua. El mismo Louzon se refiere muy correctamente al hecho de que el gobierno soviético ayudó a Kemal contra los imperialistas. Louzon exige que se apliquen los mismos principios a China. Perfectamente: frente al imperialismo, es menester ayudar inclusive a los verdugos de Chiang Kal-shek. Pero justamente en este punto el valiente Louzon se detiene indeciso. Instintivamente siente que la conclusión de su posición debe ser algo de este estilo: "¡Obreros del mundo, todos a ayudar al gobierno chino que defiende su inde­pendencia de los asaltos del estado soviético!" ¿Por qué, entonces, se detiene a mitad de camino? Porque esta conclusión, la única coherente, convertiría a nuestros formalistas de ultraizquierda en agentes del imperialismo y voceros políticos de esos guardias blancos rusos que ahora combaten armas en mano por la "liberación" de China. Esta falta de coherencia honra el instinto político de los "ultraizquierdistas" pero no su lógica política.
¿Son lícitas las "concesiones" socialistas?
A esta altura entran en la polémica el camarada Urbahns y sus partidarios más cercanos de la direc­ción de la Leninbund. En ésta, como en muchas otras cuestiones, tratan de ponerse por encima de todos los bandos. Publican un artículo de H.P. -discípulo de Korsch-, otro de Louzon, otro de Paz, un artículo erróneo de los camaradas belgas, un artículo marxista de Landau y uno mío. Por fin, los directores aparecen con una filosofía ecléctica, compuesta en sus dos terce­ras partes de Louzon y Korsch y en un tercio de la Opo­sición de Izquierda rusa. Se la oculta retóricamente con la fórmula: "no estamos totalmente de acuerdo con Trotsky." Aunque se basa esencialmente en Louzon, Urbahns no se limita a la geografía y a la etno­grafía. Sin embargo, sus intentos de meter como sea una posición de clase, es decir, de apuntalar a Louzon con Marx, producen resultados realmente lamentables.
Démosle la palabra al artículo programático de Die Fahne des Kommunismus (el órgano teórico de la Leninbund):
"El ferrocarril constituye hasta el día de hoy una concesión de China a un gobierno foráneo, que desde el punto de vista de China [?!] sólo presenta diferencias de grado [¿¡graduel!?] con todas las demás concesiones que están en poder de las potencias imperia­listas" (Sobre el conflicto sino-soviético, N° 31, p. 245).
Seguimos en la línea de Louzon. Urbahns enseña a los revolucionarios alemanes a evaluar los hechos "desde el punto de vista chino" cuando, en realidad, se trata de evaluarlos desde el punto de vista proletario. Las fronteras nacionales no agotan la cuestión.
En primer lugar, es totalmente absurdo sostener que el estado proletario tiene la obligación de no poseer empresas ("concesiones") en otros países. Aquí Urbahns, siguiendo las huellas de Louzon, llega por otra vía a la teoría del socialismo en un solo país. El problema de la instalación de empresas industriales en países atrasados por parte del estado obrero no es simplemente un problema económico sino de estra­tegia revolucionaria. Si a la Rusia soviética le resultó imposible hasta el momento hacerlo, no se debe a razones de principios sino de debilidad tecnoló­gica. Si los países avanzados, altamente industria­lizados, como Inglaterra, Alemania, Francia, se hicieran socialistas, les interesaría muchísimo construir ferrocarriles y erigir fábricas y "depósitos" de cereales en países atrasados, ex colonias, etcétera. Natural­mente, no utilizarían la coerción ni lo harían como una dádiva. Tendrían que recibir determinados productos de las colonias a cambio. Este tipo de empresa socialista, su administración, sus condiciones de trabajo, tendrían que permitir un mejoramiento de la economía y el nivel cultural del país atrasado mediante el capital, la tecnología y la experiencia de los estados proletarios más ricos, en beneficio de ambas partes. Esto no es imperialismo, ni explotación, ni sometimiento; es, por el contrario, la transformación socialista de la economía mundial. No existe otro camino.
Por ejemplo, cuando la dictadura del proletariado se instaure en Inglaterra no tendrá la menor obligación de regalarle a la burguesía india las concesiones británicas existentes. Esta seria la política más estú­pida, ya que fortalecería enormemente el poder de los capitalistas y sus aliados feudales indios sobre el campesinado y el proletariado, y retrasaría por mucho tiempo el desarrollo de la revolución socialista en la India. ¡No! El estado obrero, a la vez que proclama la plena libertad de las colonias, tendrá que eliminar inmediatamente todos y cada uno de los privilegios nacionales de las concesiones, derogando por un lado la ley del garrote y por el otro la degradación. Al mismo tiempo, el estado obrero no deberá abandonar las concesiones sino trasformarlas en vehículos de la cons­trucción económica de la India y de su futura recons­trucción socialista. Naturalmente, esta política, necesaria también para consolidar el socialismo en Inglaterra, sólo podría realizarse en acuerdo con la vanguardia del proletariado indio y presentándoles ventajas concretas a los campesinos indios.
Ahora tratemos, con Urbahns, de encarar el proble­ma "desde el punto de vista de la India". Para la burguesía india las "concesiones" socialistas serían mucho peores que las concesiones capitalistas, aunque sólo sea porque reducirían implacablemente sus ganancias en beneficio de los obreros y los campesinos indios. A su vez, para éstos, las concesiones socialis­tas serian una poderosa base de apoyo, una especie de bastión socialista donde se podrían nuclear las fuerzas que preparan el vuelco socialista. Es evidente que en cuanto el proletariado indio tomara el poder, las ex concesiones pasarían a sus manos. Las relaciones entre el proletariado indio y el británico no se basarían en el recuerdo de la propiedad burguesa sino en los prin­cipios más elevados de la división internacional del trabajo y la solidaridad socialista.
Por eso, no existe un bando puramente indio, o un "bando puramente chino". Existe el bando de Chiang Kai-shek. Existe el bando de la vanguardia obrera china. Están los innumerables matices de la pequeña burguesía. Cuando Urbahns trata de encarar el proble­ma desde el "punto de vista de China", en realidad se coloca los anteojos del pequeño burgués chino, que no se decide, en un momento difícil, sobre qué posición y qué bando elegir.
Errores principistas
Hasta este punto Urbahns no hace más que repetir, en lo fundamental, los argumentos de Louzon; pero luego lo "profundiza". Si despojamos el editorial de Die Fahne des Kommunismus de sus reservas, ambigüedades y demás triquiñuelas, se reduce esencialmente a lo siguiente: puesto que la revolución nacional triunfó en China mientras que la contrarrevolución triunfó (o prácticamente triunfó o triunfará inexora­blemente) en Rusia, de allí se desprende... ¿qué es lo que se desprende? El artículo no da una respuesta clara. Precisamente su filosofía ecléctica le sirve para eludir una respuesta precisa. Considero necesario establecer una serie de proposiciones preliminares:
1. El camarada Urbahns tiene una concepción errada sobre el carácter de la Revolución Rusa y la etapa en que se encuentra. Interpreta erróneamente el significado del termidor. (Aquí y más adelante hablo siempre del camarada Urbahns para abreviar. En realidad me refiero a la mayoría de la dirección de la Leninbund y a los responsables de sus publicaciones. Digamos de paso que no es raro encontrar en las colum­nas del Volkswille la expresión "la dirección de la Leninbund y el camarada Urbahns".)
2. El camarada Urbahns tiene una concepción erró­nea de la mecánica de clase de la revolución china y de su situación actual.
3. A partir de sus caracterizaciones sociales equi­vocadas, extrae conclusiones políticas erróneas y muy peligrosas.
4. El hecho de que él (igual que Louzon y otros ultraizquierdistas) no lleve sus conclusiones hasta el fin, demuestra su falta de coherencia, pero de ninguna manera reduce el peligro de su posición falsa.
Aquí me veo obligado a reproducir un extenso pará­grafo de Die Fahne des Kommunismus que en su editorial de fondo trata de explicar cuáles fueron las circunstancias que condujeron a la creación de un "movimiento de liberación nacional" en China:
"[...] el movimiento de liberación nacional (chino), de carácter revolucionario, apuntaba sus dardos directamente contra los imperialistas, y el proletariado chino encontró que sus intereses de clase [¡!] estaban expre­sados en él. La revolución china se detuvo [!] en la etapa burguesa; implantó la dictadura militar de Chiang Kai-shek en la cumbre, ahogó en sangre la revolución proletaria china y las insurrecciones campe­sinas que atentaban contra la propiedad privada, y acercó a la burguesía china a los objetivos de la revolu­ción burguesa. Uno de esos objetivos es la unificación nacional. [...] Las concesiones imperialistas son una dolorosa espina clavada en la carne de esta unificación nacional de la China [...] Los chinos tratan de extraerla negociando con las potencias imperialistas; en relación con la Rusia soviética, a la que consideran un adversa­rio mucho más débil, pretenden hacer lo mismo a través de un asalto militar. Por consiguiente [!] es de importancia decisiva [massgebend] para el gobierno militar chino el hecho de que la concesión rusa es, desde el punto de vista clasista un factor más [¿?] peligroso que las concesiones de los ’hermanos hostiles’ capitalistas. Todos debieron haber previsto este conflicto, puesto que los intereses chinos y rusos no pueden coexistir pacíficamente en la China de la revolución burguesa. Sólo una revolución china victoriosa podría haber realizado dicha colaboración. Aunque hubiera culmi­nado solamente en una China obrera y campesina […]" (N° 31, p. 245).
No recuerdo haber visto jamás tanta confusión de ideas en veinte líneas impresas. De todos modos, no me ocurre con frecuencia. Se necesitaría una página entera para desentrañar cada línea, pero lo haré con la mayor brevedad posible, haciendo caso omiso de las contradicciones secundarias.
La primera parte del parágrafo habla de las conce­siones imperialistas, incluido el Ferrocarril Oriental de China que, se dice, es una espina dolorosa clavada en la independencia nacional china. Aquí se ubica a la repú­blica soviética junto a los estados capitalistas. En su segunda parte, el parágrafo asevera que, "por consi­guiente", también es decisivo (!) el hecho de que la concesión rusa es más (?) peligrosa desde el punto de vista clasista. Y por último da una síntesis de estas dos explicaciones excluyentes: los intereses de China y los de Rusia son incompatibles en general. ¿Cómo? ¿Por qué? De la primera parte de la cita surge que el impe­rialismo ruso es incompatible con la unidad nacional china. De la segunda surge que los intereses de la Rusia obrera son irreconciliables con los de la China burguesa. ¿Con cuál de estas dos explicaciones diame­tralmente opuestas se queda Urbahns? No elige entre las dos sino que las combina. ¿Cómo lo logra? Con la ayuda de la pequeña conjunción "por consiguiente" (dabei). Cinco letras alemanas bastan para solucionar el problema.
Todos, dice Urbahns, debieron haber previsto que los intereses de la república soviética y los de la China burguesa son incompatibles. Muy bien. Esto significa que no se trata de ninguna manera del ferrocarril ni del tratado de 1924, ¿no es así? La incompatibilidad en las relaciones entre la China de hoy y la república sovié­tica es tan sólo el reflejo de la incompatibilidad de las propias contradicciones internas chinas. Si Urbahns hubiese dicho que la burguesía china, que se apoya en la bayoneta, odia a la república soviética, cuya sola existencia es una fuente de inquietud revolucionaria en China, habría hablado correctamente. Faltaría decir, además, que lo que la burguesía china llama miedo al imperialismo soviético es el miedo que siente ante sus masas oprimidas.
Urbahns asevera que la revolución burguesa triunfó en China. Esa es la opinión de la socialdemocracia internacional. Pero lo que triunfó en China no fue la revolución burguesa sino la contrarrevolución burgue­sa. No es lo mismo. Urbahns menciona la masacre de obreros y campesinos como si se tratara de algún detalle propio de la revolución burguesa. Incluso llega a afirmar que los obreros chinos se encontraron con que sus intereses de clase estaban expresados (vertreten) en la revolución nacional, vale decir, en el Kuomintang, a donde la Internacional Comunista los obligó a ingre­sar usando el garrote. Esa posición es stalinista, es decir socialdemócrata. Si alguna vez la revolución burguesa fue factible como etapa independiente en China, fue en 1911. Pero lo único que demostró es que la revolución burguesa en cualquier grado es total­mente imposible en China. Dicho de otra manera: la unificación nacional china, su emancipación del impe­rialismo y su transformación democrática (¡el problema agrario!) son inconcebibles bajo la dirección de la burguesía. La segunda revolución china (1925-1927) demostró con toda su trayectoria lo que los marxistas previeron claramente: la auténtica realización de la tarea de la revolución burguesa en China sólo es posible mediante la dictadura del proletariado, apoyada sobre la alianza de los obreros y campesinos en oposición a la alianza de la burguesía nativa con el imperialismo. Pero esta revolución no puede detenerse en el estadio burgués. Deviene en revolución permanente, pasa a ser un eslabón de la revolución socialista internacional y comparte la suerte de ésta. Es por eso que la contra­rrevolución burguesa, que triunfó con la ayuda de Stalin y Bujarin, aplastó implacablemente la movili­zación de las masas populares y no instauró un régimen democrático sino un gobierno militar-fascista.
La revolución permanente en China
En la primera parte de la cita reproducida mas arriba, el periódico del camarada Urbahns habla del triunfo de la revolución burguesa en China. En la se­gunda parte proclama que la colaboración de China con la Rusia soviética no sería posible salvo en la eventuali­dad de "una revolución china victoriosa". ¿Qué significa esto? Después de todo, ¿no dice Urbahns que la revolución burguesa triunfó en China? ¿No es precisamente por eso que está tratando de arrancarse la espina imperialista de su carne? Siendo así, ¿de qué otra revolución habla Urbahns? ¿De la revolución proleta­ria? De ninguna manera. "Aunque hubiera culminado tan sólo en una China obrera y campesina", ¿qué significa "aunque" en este caso? Lo único que puede significar es que aquí no se trata de la revolución prole­taria. Tampoco de la revolución burguesa, ¿no es así? Entonces, ¿de cuál? ¿Acaso Urbahns -igual que Buja­rin y Radek- prevé la posibilidad de una dictadura que no sea burguesa ni proletaria, de una dictadura obrera y campesina especial en China? Habría que decirlo con mayor claridad, audacia y firmeza, sin tratar de ocultarse tras la palabrita "aunque". La orientación stalinista-bujarinista hacia el Kuomintang se originó precisamente en esta teoría de la dictadura ni burguesa ni proletaria. Justamente en esta cuestión Radek y Smilga tropezaron por primera vez. Stalin, Bujarin y Zinoviev, y siguiendo sus huellas Radek y Smilga, creen que frente al imperialismo mundial por un lado y el estado obrero por el otro puede surgir en China una dictadura revolucionaria pequeñoburguesa. Y después de la experiencia con el kerenskismo ruso y con el Kuomintang chino, tanto con su ala derecha como con su ala izquierda, Urbahns tímidamente hace eco de Radek respecto de esta cuestión, de la que depende la suerte de todo el Lejano Oriente. No es casual que Urbahns reproduzca el artículo tan superficial y banal de Radek sobre la revolución permanente, mientras se reserva su propia actitud al respecto.
Permítaseme agregar, entre paréntesis, que el artículo de Radek reproduce el chisme totalmente fantástico de que durante mi confinamiento en Alma-Ata oculté las negociaciones de Bujarin con Kamenev porque tenía la esperanza de formar un bloque con la derecha. ¿De dónde sacaron esa historia? ¿De la taba­quera de Iaroslavski? ¿Acaso del cuaderno de notas de Menshinski? Radek difícilmente la habría inventado. Pero el camarada Urbahns dispone de tanto espacio que no sólo reproduce las novelas de Sinclair sino también los desvaríos de Iaroslavski y Radek. Si el camarada Urbahns hubiera actuado con lealtad y me hubiera pedido que ratificara esa historia, le habría podido explicar que la noticia de las negociaciones de Bujarin con Kamenev me llegó casi simultáneamente con las declaraciones ambiguas de Urbahns respecto de un bloque con Brandler. Mi reacción consta en un artículo en el que afirmo que es absolutamente inadmi­sible concertar bloques sin principios entre las oposi­ciones de Izquierda y Derecha. Este artículo fue publi­cado hace un par de meses por Brandler, y sólo después lo reprodujo el Volkswille. Pero, en síntesis, hoy no se trata de repetir fragmentos fraudulentamente seleccio­nados de citas de 1905 sobre la revolución permanente. Esta obra de falsificación ya tuvo sus esforzados cultores en los Zinoviev, los Maslows y otros de su calaña. Se trata de toda la línea estratégica para los países de Oriente y para toda una época. Cada uno debe decir claramente si le resulta concebible algún tipo especial de dictadura democrática de obreros y campesinos, y exactamente en qué diferiría de la dictadura del Kuomintang por un lado y de la dictadura del proleta­riado por el otro. Esto nos conduce a la siguiente pregunta: ¿Puede el campesinado plantearse en la revolución una política independiente de la burguesía y del proletariado? El marxismo, enriquecido por la expe­riencia de las revoluciones de Rusia y China, responde: no, no, no. Arrastrado por su cúpula y por los intelectuales pequeñoburgueses, el campesinado marcha con la burguesía -en cuyo caso tenemos el eserismo, el kerenskismo o el kuomintanguismo-; o, siguiendo a sus estratos inferiores, los elementos semiproletarios y proletarios de la aldea, el campesinado marcha con el proletariado industrial. En ese caso, tenemos el camino del bolchevismo, el camino de la Revolución de Octubre (es decir, la revolución permanente).
Fue a raíz de esta cuestión -y de ninguna otra- que Stalin y Bujarin quebraron la espina dorsal del Partido Comunista Chino y la revolución china. Zino­viev, Radek, Smilga, Preobrashenski, oscilaron entre el marxismo y el stalinismo, y esa política extraviada los condujo a la capitulación ignominiosa. Para los países de Oriente, esta cuestión es la línea divisoria entre el menchevismo y el bolchevismo. El hecho de que los Martinovs de hoy utilicen como hoja de parra los retazos de las citas bolcheviques de 1905, las mismas citas con que Stalin, Kamenev y Rikov se defendían de Lenin en 1917, es una fantochada que sólo puede engañar a los tontos y a los ignorantes.[8] El dominio de Martinov-Stalin-Bujarin sobre la Internacional se vio acompañado en China por salvajes aullidos contra la revolución permanente. Este es hoy el problema funda­mental de los países de Oriente y, por lo tanto, uno de los problemas fundamentales de Occidente. ¿Tiene el camarada Urbahns una posición al respecto? No, no la tiene. Se apresura a ocultarse detrás de alguna pala­brita o, peor aún, se esconde tras un articulo de Radek, que publica "por si acaso".
Si al camarada Urbahns le va mal con la revolución china, la situación es todavía peor, si cabe, tratándose de la Revolución Rusa. Me refiero principalmente al problema del termidor y, por esa misma razón, al carác­ter de clase del estado soviético. La fórmula del termi­dor es, desde luego, como toda analogía histórica, con­dicional. Cuando la utilicé por primera vez contra Zino­viev y Stalin, subrayé su carácter absolutamente condicional. Pero es totalmente legitima, no obstante la diferencia entre las dos épocas y las dos estructuras de clase. El termidor señala la primera etapa victoriosa de la contrarrevolución, es decir, la transferencia directa del poder de manos de una clase a otra: esta transfe­rencia, aunque viene acompañada inexorablemente de guerra civil, queda, no obstante, oculta políticamente por el hecho de que la lucha se libra entre dos fraccio­nes de un partido que hasta ayer estaba unido. El ter­midor, en Francia, estuvo precedido por un periodo de reacción que se desarrolló mientras el poder perma­necía en manos de los plebeyos, de las clases bajas de la ciudad. Coronó este periodo de reacción preparatoria con una catástrofe política definitiva, como resultado de la cual los plebeyos perdieron el poder. Así, termi­dor no significa un período de reacción en general, un período de reflujo, de retroceso, de debilitamiento de las posiciones revolucionarias. Tiene un significado mucho más preciso. Indica el pasaje directo del poder a las manos de otra clase, tras lo cual la clase revolucio­naria sólo puede recuperar el poder mediante una insurrección armada. Esta, a su vez, exige una nueva situación revolucionaria, cuyo comienzo depende de un complejo de causas locales e internacionales.
Ya en 1923 la Oposición marxista señaló el comienzo de un nuevo capítulo de la revolución, un capítulo de retroceso ideológico y político que, en el futuro, podría desembocar en el termidor. Fue entonces que emplea­mos este término por vez primera. Si la revolución alemana de fines de 1923 hubiera triunfado -lo que era totalmente factible- en Rusia la dictadura del proleta­riado se habría purgado y consolidado sin la menor convulsión interna. Pero la revolución alemana culminó en una de las capitulaciones más terribles de la historia de la clase obrera. La derrota de la revolución alemana dio un poderoso estímulo a todos los procesos reaccio­narios en el seno de la república soviética. A partir de allí, la lucha contra la "revolución permanente" y el "trotskysmo" en el partido desembocó en la creación de la teoría del socialismo en un solo país, y así sucesi­vamente. Los ultraizquierdistas alemanes no compren­dieron que se había llegado a un momento decisivo. Con su mano derecha apoyaron a la reacción en el Partido Comunista soviético, con su mano izquierda lanzaron una política formalmente agresiva en Alema­nia, ignorando la derrota de la revolución alemana y el incipiente reflujo. Como los centristas del PCUS, los ultraizquierdistas alemanes (Maslow, Fischer,[9] Urbahns) ocultaron su política fraudulenta tras la lucha contra el "trotskysmo", que ellos caracterizaban como "liquidacionismo"... porque no veían la situación revolucionaria como algo ya pasado sino como cosa del futuro. En este caso, se aplicó el rótulo de trotskysmo a la capacidad de caracterizar una situación y saber diferenciar sus etapas. Permítaseme agregar al pasar que sería muy positivo que Urbahns hiciera por fin el balance teórico de toda esta lucha que confundió a los obreros alemanes y allanó el camino para la victoria de funcionarios fatuos, aventureros y arribistas.
La errónea política "ultraizquierdista" de 1924-1925 ayudó a debilitar aun más la situación del proletariado europeo y por consiguiente aceleró el retroceso reaccionario en la república soviética. La expulsión de la Oposición del partido, los arrestos y deportaciones fueron hechos sucesivos de suma importancia en todo el proceso. Significaban que el partido se debilitaba más y más y en consecuencia que también decaía el poder de resistencia del proletariado soviético. Pero todo esto distaba mucho de significar que el vuelco contrarrevo­lucionario ya estaba consumado, es decir, que el poder había pasado de la clase obrera a otra clase.
El hecho de que el proletariado soviético careciera de las fuerzas necesarias para impedir la derrota organizativa de la Oposición fue, naturalmente, un síntoma sumamente alarmante. Pero al mismo tiempo que aplastaba a la Oposición de Izquierda, Stalin se vio obli­gado a plagiar parcialmente el programa de ésta en todos los terrenos, a apuntar sus baterías hacia la dere­cha y a convertir una maniobra partidaria interna en un zigzag sumamente abrupto y prolongado hacia la iz­quierda. Esto demuestra que, a pesar de todo, el prole­tariado cuenta todavía con fuerzas suficientes como pa­ra ejercer presión, y que el aparato estatal sigue depen­diendo de él. La Oposición rusa debe seguir basando su política sobre este factor cardinal, política que no es de revolución sino de reforma.
Aun antes de que la Oposición fuera aplastada orga­nizativamente, dijimos y escribimos más de una vez que, una vez eliminada la izquierda, la derecha saldaría cuentas con el centrismo. Los elementos que apoyaron a Stalin en contra de nosotros comenzarían a presionar con renovada fuerza apenas quedara eliminada la ba­rrera de la izquierda. Ese fue nuestro pronóstico. Muchas veces dijimos: "La cola termidoriana caerá sobre la cabeza centrista." Ya ocurrió y volverá a ocurrir una y otra vez. No me refiero a Bujarin ni a Tomski sino a las poderosas fuerzas termidorianas que tienen su páli­do reflejo en la derecha del partido.
A pesar del aplastamiento organizativo de la Oposi­ción y del debilitamiento del proletariado, la presi6n de sus intereses de clase, combinada con la presión de las ideas de la Oposición, fue una fuerza lo suficientemente poderosa como para obligar al aparato centrista a em­prender un prolongado giro a la izquierda. Y precisamente este giro sentó la premisa política para la oleada más reciente de capitulaciones. Las características de los capituladores son, naturalmente, muy heterogéneas, pero el papel dirigente recae sobre todo en los que antes imaginaban que el proceso de retroceso era algo puramente unilateral y estaban dispuestos en cada nueva etapa a proclamar que el termidor ya era un he­cho consumado. En vísperas de nuestra expulsión del partido, el zinovievista Safarov gritó en Berlín y luego en Moscú: "¡Faltan cinco minutos para la hora cero!" Es decir, falta cinco minutos para el termidor. Pasaron los cinco minutos y... Safarov capituló. Pero incluso an­tes que Safarov, cuando nos expulsaron a Zinoviev y a mí del Comité Central, Radek quería proclamar el co­mienzo del termidor. Traté de demostrarle que era sólo el ensayo partidario del termidor, tal vez ni siquiera un ensayo general, en todo caso no era el termidor mismo, es decir el vuelco contrarrevolucionario que realizan las clases. A partir de 1926, Smilga opinó que la política de Stalin y Bujarin de ese entonces ("campesinos, enriquecéos", Comité Anglo-Ruso, Kuomintang) sólo podía volcarse en una dirección: hacia la derecha. Smilga sostenía que la Revolución de Octubre había agotado sus recursos internos y que la ayuda sólo podría prove­nir del exterior, pero no tenía esperanzas de obtenerla en los años próximos. Escribió tesis sobre este tema. No contemplaba en su caracterización la posibilidad de una ruptura entre los centristas y la derecha y de un viraje a la izquierda por parte de los centristas presiona­dos por las fuerzas internas. En cuanto a la cuestión del termidor y los dos partidos, Radek y Smilga eran la ex­trema "izquierda" de la Oposición. Por eso los aconte­cimientos los tomaron desprevenidos y capitularon con tanta facilidad.
Con esta breve reseña histórica, ya le debe resultar claro al lector que el problema de si "Trotsky va lo bas­tante lejos" o "no va lo bastante lejos" respecto del termidor (tal como lo formula Urbahns) no aporta nada nuevo. Estudiamos todo este ciclo de problemas hace ya mucho tiempo y lo revisamos una y otra vez en cada nueva etapa.
El 26 de mayo de 1928 desde Alma-Ata le escribí lo siguiente al camarada exilado Mijail Okudshava, viejo bolchevique de Georgia:
"En la medida en que Stalin se plantea tareas de acuerdo a su nueva orientación, representa indudablemente un intento de acercarse a nuestra posición. Sin embargo, en política lo decisivo no es solamente el qué, sino también el cómo y el quién. Las grandes batallas que decidirán la suerte de la revolución son todavía cosa del futuro... Siempre sostuvimos, y lo hemos dicho más de una vez, que el proceso de deca­dencia política de la fracción dominante no puede re­presentarse con una curva uniformemente descenden­te. Después de todo, la decadencia no se produce en un vacío sino en una sociedad de clases, que tiene profun­dos roces internos. La masa que conforma la base del partido no es monolítica; está constituida, en su mayor parte, por materia prima política. Los procesos de dife­renciación en su seno son inevitables, responden a los impactos de las fuerzas de clase, de derecha y de iz­quierda. Los graves sucesos que ocurrieron reciente­mente en el partido, cuyas consecuencias estamos su­friendo usted y yo, son sólo la obertura de la futura marcha de los acontecimientos. Así como la obertura de una ópera anticipa los temas musicales de toda la obra y los expresa en forma condensada, nuestra ’obertura’ política sólo anticipa las melodías que se desarrollarán plenamente en el futuro con el acompañamiento de tubas, contrabajos, tambores y otros instrumentos de la verdadera música de clases. El desarrollo de los acon­tecimientos confirma más allá de toda duda que tenía­mos y seguimos teniendo razón, tanto contra los volu­bles y traidores, es decir los Zinovievs, Kamenevs, Piatakovs y demás, como contra nuestros queridos ami­gos de ’izquierda’, los embrolladores de ultraizquier­da, que tienden a confundir a la obertura con la ópera, que creen que todos los procesos fundamentales que atraviesan el partido y el estado ya han llegado a su culminación, y que el termidor -palabra que aprendieron de nosotros- es ya un hecho consumado."
Esto, camarada Urbahns, no es una indirecta: es la verdad.
El error del camarada Urbahns
El origen de una serie de conclusiones erróneas del camarada Urbahns reside en que, para él, el termidor es un hecho consumado. Por cierto, no saca todas las conclusiones que se desprenden de este hecho. Pero si se consolidan las pocas que tuvo tiempo de deducir, bastan para destruir la causa de la Leninbund.
En un artículo dedicado a mi deportación de la Unión Soviética, Die Fahne des Kommunismus afirmó que: "Ya no se puede considerar al gobierno stalinista como representante de la clase obrera y, por lo tanto, es menester combatirlo por todos los medios" (10 de fe­brero de 1929).
El mismo artículo trazaba una analogía entre la deportación de Trotsky y la muerte de Robespierre[10] y sus compañeros en la guillotina. En otros términos, se proclamó la consumación del termidor. Si se hubiera formulado así el problema, al calor de la batalla, no val­dría la pena detenerse en ello. La lucha política no se puede concebir sin exageraciones, errores aislados que se cometen al evaluar empíricamente los fenómenos, etcétera. No hay que juzgar por los detalles, sino por la línea fundamental. Desgraciadamente, la dirección de la Leninbund trata de convertir su error en una línea básica. El Volkswille del 11 de febrero publica una re­solución sobre la situación rusa referida a mi deporta­ción. La resolución dice sin ambages: "Esto es el ter­midor" (Das ist der Termidor), y agrega:
"De ahí la necesidad de que el proletariado ruso luche por todas las libertades contra el régimen stali­nista, para prepararse así a enfrentar la contrarrevolu­ción abierta que se avecina."
El artículo de fondo del Volkswille del 13 de febrero asevera que "el exilio de Trotsky señala el fin de la revolución de 1917". No es sorprendente que semejan­te posición obligue a Urbahns a declarar cada vez más frecuentemente que el "no está totalmente de acuer­do" con la Oposición rusa, porque esta "no va lo sufi­cientemente lejos". Lamentablemente, el propio Urbahns sigue profundizando cada vez más su primer error.
Urbahns (igual que Radek) convirtió a la analogía del termidor, muy importante desde el punto de vista de clase, en una analogía formal y, en parte, personal.
Radek dijo: Expulsar del Comité Central a la Oposición equivale a lo que fue la eliminación del gobierno de Robespierre y su grupo. La guillotina o el exilio en Alma-Ata; sólo es cuestión de técnica. Urbahns dice: aplastar a la Oposición y exiliar a Trotsky significa lo mismo que guillotinar al grupo de Robespierre. Se sus­tituye la analogía histórica relativa por una compara­ción barata y arbitraría, de carácter personal y circuns­tancial.
La Revolución Rusa del siglo XX es incomparable­mente más amplía y profunda que la Revolución Francesa del siglo XVIII. La clase revolucionaria que consti­tuye la base de la Revolución de Octubre es mucho más numerosa, homogénea, compacta y resuelta que los plebeyos urbanos de Francia. La dirección de la Revo­lución de Octubre, con todas sus tendencias, es mucho más experimentada y perspicaz que lo que fueron o pudieron ser los grupos dirigentes de la Revolución Fran­cesa. Por último, los cambios políticos, económicos, sociales y culturales realizados por la dictadura bolche­vique son mucho más profundos que los cambios reali­zados por los jacobinos. Si fue imposible arrancarles el poder a los plebeyos sin una guerra civil, aunque se en­contraban debilitados por las contradicciones de clase y la burocratización de los jacobinos -y el termidor fue una guerra civil que culminó en la derrota de los sans­culottes- ¿quién puede suponer o creer que el poder puede pasar de manos del proletariado ruso a las de la burguesía de manera pacifica, tranquila, impercepti­ble, burocrática? Semejante concepción del termidor sólo refleja un reformismo a la inversa.
Los medios de producción, antes propiedad de los capitalistas, siguen hasta ahora en manos del estado soviético. La tierra está nacionalizada. Los explotadores siguen excluidos de los soviets y del ejército. El monopolio del comercio exterior sigue siendo un baluarte contra la intervención económica del capitalismo. Todas estas cosas no son bagatelas. Pero eso no es todo. Con la potencia de su ataque, la Oposición obligó a los cen­tristas a asestar una serie de golpes -que, por supues­to, no son de ninguna manera mortales y que distan de ser definitivos- a las fuerzas clasistas termidorianas y a las tendencias que las reflejan en el seno del partido. No hay que cerrar los ojos a este fenómeno. En general, no querer ver la realidad es una mala política.
El zigzag a la izquierda de los stalinistas está tan le­jos de ser el "punto final" del peligro termidoriano, como la deportación de los militantes de la Oposición lo está de ser el "punto final" de la Revolución de Octu­bre. La lucha continúa, las clases no han dicho aún la última palabra, los centristas siguen siendo centristas, los bolcheviques deben seguir siendo bolcheviques y los capituladores sólo merecen desprecio. ¡Hay que llamar al orden a los ultraizquierdistas confundidos!
El 1° de mayo de 1928, Arbeiter Stimme, órgano de la Oposición Comunista austríaca (el grupo del camara­da Frey),[11] desarrolló las siguientes ideas en un articulo titulado A pesar de Stalin, la Rusia soviética es un estado proletario:
"Hay cuestiones políticas que constituyen piedras de toque infalibles [...] Y para la Oposición de Izquierda comunista, que hoy aparece integrada por toda clase de agrupaciones y matices, también existe una piedra de toque: es el problema del carácter proletario de la Rusia soviética [...] Existen elementos en la Oposición de Izquierda comunista que, arrastrados por su indig­nación hacia la política stalinista en todas sus manifes­taciones, arrojan al bebé junto con el agua de la bañera. Algunos empiezan a pensar que, de proseguir la políti­ca stalinista, Rusia se transformará, de manera pura­mente evolutiva en un estado burgués [...] Toda for­ma de degeneración de la Rusia soviética es producto de la obra subversiva de la burguesía, fomentada obje­tivamente por la política stalinista. De esta manera la burguesía trata de preparar la caída del poder soviéti­co. Pero sólo podrá derrocar la dictadura proletaria y to­mar verdaderamente el poder mediante un vuelco violento [...] Luchamos en contra de la política stalinista. Pero la Rusia soviética es algo muy distinto de Stalin. A pesar de toda la degeneración, que combatimos y se­guiremos combatiendo de la manera más resuelta, mientras los obreros conscientes estén armados, la Rusia soviética seguirá siendo un estado proletario, al que defenderemos incondicionalmente en aras de nues­tros propios intereses, tanto en la guerra como en la paz, a pesar de Stalin y, precisamente, para derro­tar a Stalin, quien es incapaz de defenderla con su política. El que no se mantenga absolutamente firme sobre el problema del carácter proletario de la Rusia soviética perjudica al proletariado, perjudica a la revolución, perjudica a la Oposición de Izquierda Comunista."
Esta declaración es absolutamente irreprochable desde el punto de vista teórico. El camarada Urbahns habría procedido mucho mas rectamente si la hubiera reproducido en el órgano de la Leninbund en lugar de publicar artículos korschistas y semikorschistas.
No centrismo en general, sino un tipo especifico de centrismo
El artículo del periódico de la Leninbund que veni­mos analizando trata de atacar nuestra posición desde otro flanco. "Aunque el centrismo -polemiza conmigo el autor- es una corriente y una tendencia dentro de la clase obrera, sólo existen diferencias de grado entre és­ta y el reformismo, otra corriente y tendencia de la clase obrera. Ambas sirven, aunque de distinta manera, al enemigo de clase" (Fahne des Kommunismus, N° 31, p. 246).
Aparentemente esto es muy convincente. Pero, en realidad, es la transformación de una verdad marxista en una abstracción y, por consiguiente, en una mentira. No basta decir que el centrismo en general o el refor­mismo en general constituyen una corriente en el seno de la clase obrera. Es necesario analizar precisamente qué función está cumpliendo un centrismo dado, en una clase obrera dada, en un país dado y en una etapa dada. La verdad es siempre concreta.
En Rusia, el centrismo está en el poder. En Inglate­rra gobierna hoy el reformismo. Ambos -nos enseña el camarada Urbahns- representan corrientes dentro de la clase obrera y las diferencias entre ellos son sólo de grado (graduel); los dos sirven, si bien de distinta manera, al enemigo de clase. Muy bien, tomemos nota. Pero, ¿qué táctica surge de esto, digamos, en caso de guerra? Los comunistas rusos, ¿deben tener una posi­ción derrotista como los comunistas ingleses? O, por el contrario, ¿deben ser defensistas en ambos países, no incondicionalmente, claro está, sino con reservas? Des­pués de todo, el derrotismo y el defensismo son políticas clasistas y no pueden ser afectadas por diferencia­ciones de segundo orden entre el centrismo ruso y el reformismo británico. Sin embargo, tal vez aquí el ca­marada Urbahns recordará un par de cosas y hará la rectificación pertinente. En Inglaterra, las fábricas, los ferrocarriles, la tierra pertenecen a los explotadores y el estado gobierna colonias, o sea que sigue siendo un es­tado esclavista. Allí los reformistas defienden al gobier­no burgués existente, aunque no lo hagan de manera muy hábil ni inteligente; la burguesía los contempla con algo de desconfianza y desprecio, los vigila muy de cer­ca, les impone sus órdenes en forma despótica y está dispuesta a echarlos en cualquier momento, pero, para bien o para mal, los reformistas británicos en el poder defienden los intereses locales y extranjeros del capitalismo. Lo mismo se aplica, por supuesto, a la socialdemocracia alemana.
Pero, ¿qué defiende el centrismo soviético? Defien­de al sistema social que surgió de la expropiación política y económica de la burguesía. Lo hace muy mal, con muy poca habilidad, despertando el descontento y la desilusión en el proletariado (que desgraciadamente no posee la experiencia de la burguesía británica). Debilita a la dictadura, ayuda a las fuerzas termidorianas, pero, dada la situación objetiva, el centrismo stalinista repre­senta no obstante un régimen proletario, no un régimen imperialista. Camarada Urbahns: ésta no es una dife­rencia de "grado", sino una diferencia entre dos regímenes clasistas. Estamos ante los dos lados de la barri­cada histórica. Quien pierde de vista esta diferencia fundamental está perdido para la revolución.
"Kerenskismo invertido"
Pero, en ese caso -objeta Urbahns-, ¿qué significa su expresión de que el stalinismo es kerenskismo invertido? Por extraño que parezca, es precisamente de esta frase que Urbahns trata de deducir la conclusión de que el termidor ya es un hecho consumado. En reali­dad, la conclusión más obvia que surge de mi formula­ción es la opuesta. El kerenskismo fue una forma de ré­gimen burgués. Fue la última forma posible de régimen burgués en un periodo de revolución proletaria inminente. Fue un régimen tambaleante, vacilante, indigno de confianza, pero no obstante un régimen burgués. Para que el proletariado lograra la transferencia del po­der se necesitó, nada más ni nada menos, que una insu­rrección armada, la Revolución de Octubre.
Si el stalinismo es kerenskismo invertido, significa que el centrismo dominante, encaminado hacia el termidor, es la última forma del régimen del proletariado, debilitado por contradicciones nacionales y foráneas, por los errores de su dirección, por su propia falta de actividad. Pero es, no obstante, un régimen proletario. A los centristas los pueden remplazar los bolcheviques o los termidorianos. ¿Es concebible otra interpretación?
Ahora que lo menciono, recuerdo que sí es concebi­ble otra interpretación. Al utilizar yo la fórmula de "ke­renskismo invertido", los stalinistas concluyen que la Oposición prepara una insurrección armada contra el régimen del centrismo, así como, en su momento, preparamos una insurrección armada contra el kerenskis­mo. Pero se trata, obviamente, de una interpretación tergiversada, no dictada por el marxismo sino por las necesidades de la GPU, y no resiste la menor crítica. Precisamente porque el centrismo es kerenskismo invertido, es la burguesía y no el proletariado la que nece­sita una insurrección armada para la conquista del poder. Precisamente porque el termidor no es un hecho consumado, el proletariado todavía está a tiempo para realizar sus tareas mediante una profunda reforma in­terna del estado soviético, los sindicatos y, sobre todo, el partido.
¿Estado burgués o proletario?
Debe reconocerse que en el artículo que venimos analizando se dio medio paso atrás respecto del termidor. Pero eso casi no mejora las cosas. ¿Es la Rusia so­viética un estado burgués? El artículo responde: no. "¿Existe todavía la dictadura proletaria en Rusia?" Nuevamente, el artículo responde: no. ¿Qué tenemos, pues? ¿Un estado que trasciende las clases? ¿Un estado por encima de las clases? A este interrogante el artículo responde: en Rusia tenemos un gobierno que "aparen­temente media entre las clases, pero que en realidad representa los intereses de la clase económicamente más fuerte" (edición N° 32, p. 246, el subrayado es nuestro). Sin decir abiertamente cuál es la clase que considera "más fuerte", el artículo, no obstante, no permite dudar que se trata de la burguesía. Pero, después de todo, un gobierno que en apariencia media entre las clases cuando en realidad representa a la bur­guesía es un gobierno burgués. En lugar de declararlo abiertamente, el autor habla con rodeos, lo que no cons­tituye una demostración de honestidad intelectual. No hay gobiernos que estén más allá de las clases. En rela­ción a la revolución proletaria, termidor significa la transferencia del poder de manos del proletariado a la burguesía. No puede tener otro significado. Si el termi­dor está consumado, quiere decir que Rusia es un estado burgués.
Pero, ¿es cierto que en la república soviética la bur­guesía es "la clase económicamente más fuerte"? No; eso es absurdo. Aparentemente, el autor no tiene en cuenta que con esa afirmación no le pone la lápida a Stalin sino a la Revolución de Octubre. Si la burguesía ya es económicamente más fuerte que el proletariado; si la relación de fuerzas se está modificando a su favor "a pasos agigantados" (mit Reisenschritten) como dice el artículo, entonces es absurdo hablar de la preser­vación de la dictadura del proletariado, aunque hasta el día de hoy sobrevivan vestigios de ésta. Pero, felizmen­te, afirmar que la burguesía soviética es la clase eco­nómicamente más fuerte no es más que una mera fan­tasía.
Quizás Urbahns nos responda que su artículo no se refiere solo a la burguesía local sino también a la inter­nacional; pero esto no mejora las cosas. La burguesía mundial es económicamente mucho más fuerte que el estado soviético. Nadie lo discute. Es por eso que la teoría del socialismo en un solo país es una vulgar uto­pía nacional-reformista. Pero nosotros no planteamos el problema en esa forma. El papel productivo y político del proletariado mundial es un factor de suma impor­tancia en la relación de fuerzas. La lucha que se libra a escala mundial es la que decide la suerte de la Revolu­ción de Octubre. Si los ultraizquierdistas creen que no hay esperanza de triunfar en esta lucha, que lo digan. Los cambios en la relación de fuerzas mundial también dependen en cierta medida de nosotros. Es obvio que, al proclamar, en forma abierta o semiencubierta, que la Rusia soviética contemporánea es un estado burgués, y al negarse -total o casi totalmente- a defenderla del imperialismo mundial, los ultraizquierdistas colocan su pequeño peso en el platillo burgués de la balanza.
Lo que diferencia a la república soviética de Stalin de la de Lenin no es una potencia burguesa ni un poder supraclasista sino los elementos de poder dual. La Oposición rusa analizó este hecho hace ya mucho tiem­po. La política del gobierno centrista le ayudó mucho a la burguesía a definirse y crear sus palancas de poder extraoficiales, sus vías para ejercer influencia sobre el poder. Pero, como en toda verdadera lucha de clases, la pugna gira en torno a la propiedad de los medios de producción. ¿Ya se resolvió este problema a favor de la burguesía? Quien hace semejante afirmación, o per­dió la cabeza o nunca la tuvo. Los ultraizquierdistas simplemente "abstraen" el contenido socioeconómico de la revolución. Dedican toda su atención a la cáscara y olvidan la nuez. Claro que si la cáscara sufrió daño -como ocurrió-, la nuez también corre peligro. Esta idea impregna toda la actividad de la Oposición. Pero entre esto y cerrar los ojos ante la nuez socioeconómica de la república soviética media un abismo. Los medios de producción más importantes, conquistados por el proletariado el 7 de noviembre de 1917, siguen en ma­nos del estado obrero. ¡No lo olvidéis, ultraizquierdistas!
Si el termidor es un hecho consumado, ¿cuál debe ser nuestra política?
Si el termidor es un hecho, si la burguesía ya es "la clase económicamente más fuerte," significa que el proceso económico pasó definitivamente de la senda socialista a la capitalista. En ese caso hay que tener la valentía de extraer las conclusiones tácticas necesarias.
¿Qué importancia pueden tener las leyes que res­tringen la enajenación de la tierra, el empleo de trabajo asalariado, etcétera, si el conjunto del proceso econó­mico está embarcado en la senda del capitalismo? En tal caso dichas restricciones sólo constituyen una utopía pequeñoburguesa reaccionaria, un obstáculo absurdo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Un mar­xista debe llamar a las cosas por su nombre y reconocer la necesidad de derogar las restricciones reaccionarias.
¿Qué importancia tiene el monopolio del comercio exterior desde el punto de vista del desarrollo capitalista? Es lisa y llanamente reaccionario; obstruye el libre ingreso de mercancías y de capital, le impide a Rusia ingresar en el sistema de los canales de circulación de la economía mundial. Un marxista debe recono­cer la necesidad de abolir el monopolio del comercio exterior.
Lo propio puede decirse de la totalidad de los méto­dos de la economía planificada. Su derecho a existir y desarrollarse sólo se justifica en el marco de una pers­pectiva socialista.
Mientras tanto, la Oposición rusa siempre ha exigi­do medidas de represión más sistemáticas contra el enriquecimiento capitalista, reivindica el mantenimien­to y fortalecimiento del monopolio del comercio exte­rior y el desarrollo global de la economía planificada. Esta plataforma económica sólo adquiere su pleno sig­nificado en el marco de la lucha contra la degeneración del partido y de otras organizaciones del proletariado.
Pero con la simple suposición de que el termidor es un hecho consumado, las bases mismas de la plataforma de la Oposición se vuelven absurdas. Urbahns no dice nada al respecto. Aparentemente, no tiene en cuenta la interdependencia de todos los elementos bá­sicos que componen el problema. En compensación, se consuela a sí mismo y consuela a los demás diciendo que "no concuerda totalmente" con la Oposición rusa. ¡Triste consuelo en realidad!
¿Democracia burguesa o democracia proletaria?
Pero el camarada Urbahns no extrae todas las con­clusiones que surgen al plantear un termidor "consumado", sólo unas cuantas. Vimos que, según ellos, la clase obrera rusa necesita reconquistar "todas las li­bertades". Pero también aquí los ultraizquierdistas se detienen vacilantes en el umbral. No explican a qué li­bertades se refieren y, en general, tocan el tema al pasar. ¿Por qué?
En la lucha contra el burocratismo stalinista, que expresa y facilita la presión de las clases enemigas, la Oposición rusa reivindica la democracia en el partido, los sindicatos y los soviets, sobre bases proletarias. Desenmascara implacablemente la repugnante tergi­versación de la democracia que, con el rótulo de "autocrítica", corroe y corrompe los cimientos mismos de la conciencia revolucionaria de la vanguardia proleta­ria. Pero, para la Oposición, la lucha por la democracia en el partido sólo se justifica si se reconoce la dictadura proletaria. Seria quijotesco, por no decir tonto, luchar por la democracia en un partido que expresa el régimen de una clase enemiga. En tal caso, no se podría hablar de democracia clasista en el partido y en los soviets sino de democracia "general" (esto es, burguesa) en el país, contra el partido dominante y su dictadura.
Los mencheviques han acusado más de una vez a la Oposición de "no ir lo bastante lejos" al no reivindicar la democracia en el país. Pero ellos, y nosotros estamos en distintos lados de la barricada, y en la actualidad -en vista del peligro termidoriano- esta oposición es más irreconciliable y hostil que nunca. Luchamos por la democracia proletaria precisamente para resguardar al país de la Revolución de Octubre de las "libertades" de la democracia burguesa, es decir, del capitalismo.
Unicamente desde este punto de vista se debe con­siderar el problema del sufragio secreto. El objetivo de esta reivindicación de la Oposición rusa es otorgarle al núcleo proletario la oportunidad de levantar cabeza, primero en el partido y luego en los sindicatos y, con ayuda de estas dos palancas consolidar sus posiciones de clase en los soviets. Sin embargo, el camarada Urbahns y algunos de sus correligionarios más cercanos tratan de interpretar esta consigna, que de ninguna manera trasciende los marcos de la dictadura, como una consigna democrática general. ¡Monstruoso error! Estas dos posiciones no tienen nada en común, antes bien, son diametralmente opuestas.
Al referirse ambiguamente a las "libertades" en general, Urbahns llamó por su nombre a una sola de estas libertades: la libertad de organización. Los ultraizquierdistas opinan que el proletariado soviético debe conquistar la "libertad de organizarse". Ahora, en la época del viraje a la izquierda, el burocratismo stalinista ahoga con más fuerza que nunca a los sindi­catos: eso es indiscutible. Se debe permitir a los sindicatos que defiendan los intereses obreros frente a las crecientes deformaciones del régimen de la dictadura; la Oposición ya respondió hace mucho tiempo a este problema, en los hechos y en las palabras. Pero es menester una concepción clara de los objetivos y méto­dos de la lucha contra la burocracia centrista. No se trata de conquistar la "libertad de organización" frente a un gobierno de una clase hostil sino de luchar por un régimen que permita a los sindicatos -dentro del marco de la dictadura- gozar de la necesaria libertad pa­ra corregir el rumbo de su propio estado en las palabras y en los hechos. En otros términos, se trata, por ejemplo, de ganar la "libertad" que goza la poderosa alian­za de capitalistas industriales y agrarios en relación a su propio estado capitalista, al que presionan con todas sus fuerzas y, como se sabe, no sin éxito; pero de ninguna manera se trata de la "libertad" que las orga­nizaciones proletarias poseen o tratan de conquistar bajo el estado burgués. ¡No es lo mismo!
La libertad de organización es una "libertad" (cuyo carácter conocemos muy bien) para librar la lucha de clases en una sociedad cuya economía se basa en la anarquía capitalista, mientras mantiene la política en el marco de la llamada democracia. En cambio, el socia­lismo es inconcebible sin economía planificada, en el sentido más restringido del término, y sin la sistemati­zación de todas las relaciones sociales. Uno de los ele­mentos más importantes de la economía socialista es la regulación de los salarios y, en general, de las rela­ciones de los obreros con la producción y con el estado. Señalamos más arriba cuál es el papel que deben desempeñar los sindicatos en esta regulación. Pero es­te no tiene nada que ver con el papel de los sindicatos en los estados burgueses, donde la "libertad de organización" es un reflejo de la anarquía capitalista y ade­más un elemento activo de la misma. Recordaremos el papel económico que jugaron los mineros del carbón británico en 1926. No es por nada que los capitalistas, junto con los reformistas, libran una lucha desesperada y sin posibilidades de éxito para imponer la paz in­dustrial.
Sin embargo, Urbahns levanta la consigna de liber­tad de organización precisamente con un sentido democrático general. En verdad, no podría tener otro senti­do. Levanta exactamente la misma consigna para Ru­sia, para China y para los estados capitalistas europeos, lo que sería perfectamente correcto... con una condi­ción insignificante, reconocer que el termidor es un hecho consumado. Pero ya estamos en una situación en la que es el propio Urbahns el que "no va lo bastante lejos". Levantar la libertad de organización como consigna aislada es una política caricaturesca. La libertad de organización es inconcebible sin la libertad de reu­nión, la libertad de prensa y todas las demás "liberta­des" a las que la resolución de la conferencia de fe­brero (Reichausschusses) de la Leninbund se refiere vagamente y sin comentarios. Y estas libertades son inconcebibles fuera del régimen de la democracia, es decir, fuera del capitalismo. Hay que aprender a pensar las cosas hasta sus últimas consecuencias.
Urbahns libra una lucha
En relación con mi observación de que combatimos a la fracción stalinista pero defendemos a la república soviética hasta el fin, Die Fahne des Kommunismus me explicó que el "apoyo [?] incondicional [?] a la política stalinista [?] incluyendo su política exterior," es ilícito, y que yo mismo lo reconocería si siguiera el hilo de mi razonamiento hasta las últimas conclusio­nes". (N° 31, p. 246). A nadie le sorprenderá saber que aguardé con gran interés la conclusión de este artículo (en el N° 32). Forzosamente debía dar a conocer las conclusiones tácticas de las contradicciones teóricas que saturaban la primera parte del artículo; además, enseñaría a la gente a seguir sus pensamientos hasta sus últimas conclusiones.
Entre la primera y la segunda entrega del artículo se aclararon algunas cuestiones. Se diría que en este ínterin Urbahns y sus amigos recibieron la resolución del Buró de la Segunda Internacional, la que no pudo dejar de llamarlos a reflexionar, ya que la similitud de los argumentos de Otto Bauer, los de Louzon y Paz es realmente asombrosa.
De todos modos, en la segunda parte del artículo Die Fahne des Kommunismus llega a la conclusión de que hay que defender a la república soviética aun en el conflicto con China. Esto es digno de elogio. Pero lo asombroso del artículo es que no polemiza con los korschistas, ni con los ultraizquierdistas, ni con Louzon, ni con Paz, sino con la Oposición rusa. Se dirá que el pro­blema de si se debe o no defender a la Unión Soviética es tan importante en sí y por sí mismo que todas las demás consideraciones deben quedar relegadas a un segundo y tercer plano. Esta es una norma política ele­mental. Pero Urbahns y sus amigos actúan de manera muy distinta. En el momento más critico del conflicto sino-soviético publicaron artículos de los ultraizquier­distas que, en esencia, como ya lo demostré, llaman a apoyar a Chiang Kai-shek contra la república soviética. Sólo cuando se hizo sentir la presión de los marxistas, y a seis semanas del estallido del conflicto, los edito­res de Die Fahne se pronuncian a favor de la defensa de la URSS. Pero tampoco en este caso combaten a los que niegan el deber elemental de la defensa sino a... Trotsky. Todo político maduro debe llegar a la conclu­sión de que, para Urbahns, el problema de la defensa de la Revolución de Octubre juega un papel secundario en todo este asunto, y que su principal tarea es demostrar que no concuerda "totalmente" con la Oposición rusa. Evidentemente, al camarada Urbahns jamás se le ocurre pensar que quien intenta demostrar su inde­pendencia con ardides tan artificiales y negativos, en realidad hace gala de una absoluta falta de indepen­dencia intelectual.
"Además del sentimiento de simpatía para con la Rusia soviética y el comunismo que destronó la política de Stalin en el pueblo chino por -dice la segunda par­te del artículo- el hecho de que Rusia recurra a la guerra a causa del Ferrocarril Oriental de China pero no haya levantado una mano cuando Chiang Kai­shek y sus hordas militares se bañaban en la sangre de los obreros y campesinos pobres chinos, indudablemente afecta la actitud del pueblo chino hacia esa guerra" (Fahne des Kommunismus, N° 32, p 250).
Aquí lo que es verdadero y se estableció desde hace mucho tiempo se mezcla con lo nuevo y falso. Los crímenes de la dirección centrista en China no conocen precedentes, Stalin y Bujarin apuñalaron la revolución china. Este es un hecho histórico que penetrará cada vez más profundamente en la conciencia de la vanguar­dia proletaria mundial. Pero acusar a la república soviética por no intervenir con las armas en los aconteci­mientos de Shangai y Hankow es sustituir la política revolucionaria por la demagogia sentimental. Para Lou­zon, toda intervención, y más si es militar, en los asun­tos internos de otros países es "imperialismo". Esta, por supuesto, es una posición pacifista absurda. Pero no menos absurda es la reivindicación diametralmente opuesta de que la república soviética, con sus fuerzas actuales, con la situación internacional reinante, utilice las bayonetas bolcheviques para reparar los daños causados por la política menchevique. La crítica debe obedecer a pautas reales, no ficticias, si no la Oposición jamás se ganará la confianza de los obreros.
Pero, ¿qué sucederá si la república soviética decide ir a la guerra por el problema del Ferrocarril Oriental de China? Como ya lo dije, si la situación desemboca en una guerra, el hecho en sí demostrará que lo que esta en juego no es el Ferrocarril Oriental de China sino algo infinitamente más importante. Es cierto que el ferrocarril chino, aun considerado en forma aislada, es un objetivo mucho más importante que la cabeza de un archiduque, que sirvió de pretexto para la guerra de 1914. Pero aun así el problema no es el ferrocarril. Una guerra en el Oriente, cualquiera que fuese su pretexto inmediato, se transformaría inexorablemente, al día si­guiente, en una lucha contra el "imperialismo" soviéti­co, es decir contra la dictadura del proletariado, y su violencia superaría ampliamente a la que se empleó pa­ra transformar la guerra en torno a la cabeza de un ar­chiduque en una guerra contra el militarismo prusiano.
Ahora parece que el asunto va a culminar en un acuerdo entre Moscú y Nankin, por el cual China compraría el ferrocarril con la ayuda de bancos extranjeros. En realidad, esto significaría que el control del mismo pasaría de manos del estado obrero a las manos del ca­pital financiero. Ya dije que no se puede descartar la entrega del Ferrocarril Oriental de China; pero no hay que considerar esa entrega como una reafirmación del principio de la autodeterminación nacional sino como un debilitamiento de la revolución proletaria en benefi­cio de la reacción capitalista. Que nadie dude, empero, de que precisamente Stalin y Cía. tratarán de presentar esta entrega de posiciones como una realización de la justicia nacional, en armonía con el imperativo cate­górico, el evangelio según Kellogg y Litvinov[12] y los artículos de Louzon y Paz publicados en el periódico de la Leninbund.
Tareas prácticas en caso de guerra
Las tareas prácticas que debería realizar la Oposi­ción en caso de guerra entre China y la Rusia soviética reciben en el artículo un tratamiento poco claro, ambi­guo y evasivo. "En caso de que estallara una guerra entre China y la Rusia soviética por el Ferrocarril Orien­tal de China -dice Die Fahne -, la Oposición leninista se opondría a Chiang Kai-shek y a los imperialistas que lo apuntalan" (N° 32, p. 250). Aquí la confusión ultraizquierdista llegó a tal punto, que los "marxistas-leninistas" se ven obligados a declarar, "nos oponemos a Chiang Kai-shek". Con ello demuestran hasta dónde llegaron. Bien, están contra Chiang Kai-shek. ¿Y a fa­vor de quién?
"En esa guerra -responde el articulo- la Oposi­ción leninista movilizará a las fuerzas proletarias de todos los países para una huelga general, tomando co­mo punto de partida la organización de la resistencia contra la fabricación de armamentos, cualquier tipo de transporte de municiones, etcétera." Esa es la posición de la neutralidad pacifista. Para Urbahns, la tarea del proletariado internacional no consiste en ayudar a la república soviética contra el imperialismo sino en im­pedir cualquier tipo de embarque de municiones, no sólo a China sino también a la república soviética. ¿Es eso lo que usted quiso decir? ¿O simplemente no dijo lo que quería decir sino otra cosa? ¿No ha seguido el hilo de su razonamiento "hasta el fin"? Si es así, rectifíquese lo más pronto posible: la magnitud del pro­blema lo exige. La formulación correcta sería: haremos todo lo que esté al alcance de nuestras fuerzas para impedir los envíos de armas a la China contrarrevolu­cionaria y todo lo que podamos para facilitarle a la re­pública soviética la adquisición de armas.
¿Defender a la URSS significa conciliar con el centrismo?
Para demostrar en qué difieren las posiciones de la Leninbund y la Oposición rusa, Urbahns nos revela dos cosas: 1) En caso de una guerra entre la república so­viética y China, si un estado imperialista llega a inter­venir a favor de Rusia, los comunistas de ese estado burgués no deben seguir las enseñanzas de Bujarin y hacer la paz civil con su burguesía, sino que deben orientarse hacia el derrocamiento de su burguesía; 2) al defender a la república soviética de la contrarre­volución china, la Oposición no debe conciliar con la política stalinista sino combatirla resueltamente. Se supone que esto agota las diferencias entre la Lenin­bund y nosotros. En realidad, es un embrollo, y me temo, que deliberado. Estas dos tesis, traídas de los cabellos, no se aplican específicamente al conflicto sino-soviético en sí sino a toda guerra contra la repúbli­ca soviética. Urbahns disuelve un problema concreto en una sarta de generalidades Hasta el momento ni Louzon ni Paz negaron que es deber del proletariado internacional defender a la república soviética si ésta es atacada, por ejemplo, por Estados Unidos y Gran Bretaña en demanda del pago de las deudas zaristas, la abolición del monopolio del comercio exterior, la desnacionalización de fábricas y bancos, etcétera. La discusión surgió en relación con el carácter específico del conflicto sino-soviético. Precisamente respecto a esta cuestión, los ultraizquierdistas revelaron su inca­pacidad para evaluar hechos concretos y complejos desde el punto de vista de clase. Y precisamente a ellos la Leninbund les abrió las columnas de sus publi­caciones. Específicamente, sobre su consigna "Fuera las manos de China", Die Fahne se abstuvo de expre­sar sus propias posiciones durante seis semanas y, cuando ya no era posible mantener silencio, se limitó a expresar formulaciones ambiguas.
¿Qué tiene que ver la teoría de Bujarin con todo esto? ¿Qué tiene que ver el problema de suspender la lucha contra el centrismo stalinista con todo esto? ¿Quién lo propuso? ¿Quién habló de ello? ¿Por qué hacen todo esto?
Para sugerir que la Oposición rusa -no los capitula­dores y los vendidos, sino la Oposición rusa- está dispuesta a hacer las paces con el centrismo, so pretex­to de que hay una guerra. Puesto que me dirijo a los camaradas extranjeros no informados o mal informa­dos, considero necesario reseñar, aunque sea en forma breve, cual sería la actitud de la Oposición rusa hacia la política stalinista en la eventualidad de una guerra.
En el momento de la ruptura de las relaciones an­glo-soviéticas, la Oposición rusa, rechazando con desprecio la mentira del derrotismo o defensismo condicio­nal, declaró en un documento oficial que en tiempos de guerra las diferencias de opinión adquieren un carácter mucho más marcado que en tiempos de paz. Esa de­claración, pronunciada en la tierra de la dictadura re­volucionaria, en el momento de la ruptura de relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, no requiere comenta­rios; en todo caso, ofrece garantías mucho más serias que las que podría ofrecer cualquier articulito escrito por un espectador al margen.
Este problema provocó en 1927 una lucha furibun­da. ¿Conocen Urbahns y sus cofrades la "tesis Clemenceau"? Blandiendo esta tesis, el aparato convulsionó durante meses al partido. Todo el problema surgió porque cité, como ejemplo de oposición patriota en el campo de los imperialistas, el caso de la camarilla de Clemenceau, que a pesar de la paz civil proclamada por la burguesía, combatió entre 1914 y 1917 al resto de sus sectores y aseguró la victoria del imperialismo fran­cés. Mi pregunta fue: ¿Hay algún burgués tan imbécil que aproveche este pretexto para tachar a Clemenceau de derrotista o de defensista condicional? Esto es nada más ni nada menos que la famosa "tesis Clemenceau", criticada en millares de artículos y en decenas de miles de discursos.
El otro día apareció en París mi libro La Revolution défigurée. Contiene, entre otras cosas, el discurso que pronuncié el l° de agosto de 1927 ante el plenario conjunto del Comité Central y la Comisión Central de Control. He aquí lo que dije en ese discurso respecto del problema que nos preocupa:
"Los acontecimientos más grandes en la historia de la humanidad son la revolución y la guerra. Pusimos a prueba la política centrista en la revolución chi­na [...] Después de la revolución, la prueba histórica más grande es la guerra. Decimos de antemano: en medio de una guerra la política stalinista y bujarinista de zigzags, evasivas y subterfugios -la política cen­trista- no tendrá cabida. Esto se aplica a toda la direc­ción de la Comintern. Hoy en día la única prueba a que deben someterse los líderes de los partidos comunistas extranjeros es: ¿estáis dispuestos a votar noche y día contra el ’trotskysmo’? Pero la guerra les presentará problemas muchísimo más graves [...] Allí no habrá lugar para la posición intermedia de Stalin. Es por eso que, permítaseme expresarme con toda franqueza, toda esta charla sobre un puñado de oposicionistas, sobre generales sin ejército, etcétera, nos parece abso­lutamente ridícula. Los bolcheviques ya la hemos escu­chado más de una vez: tanto en 1914 como en 1917. Pre­vemos el mañana con toda claridad y nos prepara­mos [...] Durante la guerra tampoco tendrá cabida el retroceso gradual de los centristas en la política inter­na. Todas las polémicas quedarán congeladas, las con­tradicciones de clase se agravarán, los problemas se plantearán a boca de jarro. Habrá que dar respuestas claras y precisas [...] Esta política centrista vacilante no podrá mantenerse en época de guerra. Deberá vol­carse hacia la derecha o hacia la izquierda, es decir, embarcarse en la senda termidoriana o en la de la Opo­sición. (Conmoción en la sala.)"
Y este es precisamente el discurso que rematé con las palabras: "¿Por la patria socialista? ¡Sí! ¿Por la política stalinista? ¡No!" Y cuando, precisamente a propósito de estas palabras, Urbahns y sus cofrades me aconsejan, dos años después, que siga el hilo de mi razonamiento hasta el fin y comprenda que no se puede conciliar con el centrismo en tiempos de guerra, sólo me queda encogerme de hombros con resignación.
¿Cómo se condujo la discusión?
No hay mal que por bien no venga. El conflicto sino-soviético demostró una vez más que debe trazarse una línea inflexible de demarcación ideológica que separe a la Oposición marxista de la derecha y también de la izquierda. Los filisteos se mofarán de que noso­tros, pequeña minoría, nos preocupemos constante­mente de efectuar diferenciaciones internas. Pero eso no nos debe afectar. Precisamente porque somos una pequeña minoría cuya única fuerza reside en la claridad ideológica, debemos ser intransigentes con los amigos dudosos de derecha y de izquierda. Durante varios meses traté, a través de la correspondencia privada, de obligar a la Leninbund a pronunciarse claramente. Fue en vano. Mientras tanto, los propios acontecimien­tos plantearon sin ambagues uno de los problemas más importantes. Las diferencias salieron a la luz. Comenzó la discusión.
¿Es bueno o malo? El artículo en Die Fahne me muestra las bondades de la discusión y señala los daños que la falta de discusión produjo en la Internacional Comunista. Ya escuché estas mismas ideas en un par de ocasiones; no recuerdo si de boca del camarada Urbahns o de algún otro. Pero hay discusiones y discusiones. Habría sido mucho mejor que el conflicto sino-soviético no tomara desprevenida a la Leninbund. En el pasado hubo tiempo de sobra para prepararse. El problema del termidor y la defensa de la URSS no es nuevo. Afortunadamente, no estalló la guerra. Pero, ¿si hubiera estallado? Todos estos argumentos no van dirigidos contra el hecho de polemizar sino contra una mala dirección que guarda silencio sobre los problemas importantes hasta que éstos, contra su voluntad, salen a la luz. Es evidente que la Leninbund o, al menos, su cúpula, no estaba preparada para responder a un inte­rrogante planteado por la vida misma. No quedaba otra opción que la de abrir una discusión. Pero hasta el día de hoy no he hallado en las publicaciones de la Lenin­bund el menor indicio de una polémica en el seno de la propia organización. El Consejo de Redacción de Die Fahne publicó una selección unilateral de artículos ultraizquierdistas tomados de publicaciones opositoras extranjeras, e hizo de un ridículo escrito de un "simpatizante" korschista la base de toda la polémica. El Con­sejo de Redacción permaneció al margen, como aguardando los resultados. A pesar de la extrema gravedad del problema, Urbahns dejó pasar varias semanas, limi­tándose a reproducir artículos dirigidos contra la posi­ción marxista. Sólo después de la aparición de mi ar­tículo, o sea, a seis semanas del estallido del conflicto en el Lejano Oriente, la dirección de Die Fahne conside­ró oportuno manifestarse. Pero aun entonces lo hizo sin apuro. Publicó su breve artículo en dos entregas; demo­ró las conclusiones políticas otra semana más. ¿Para qué? ¿Acaso para que las calumnias de Radek contra la Oposición rusa pudieran aparecer en el mismo numero? Pero, ¿cuál fue, durante seis o siete semanas la línea de la Leninbund respecto del problema más importante de la política internacional? Nadie lo sabe.
Eso no está bien. Tales métodos debilitan a la Le­ninbund y prestan el mejor de los servicios tanto a Thaelmann, como a Brandler.
Para quienes conocen la historia de la Oposición rusa, es obvio que Urbahns expresa de manera ambi­gua las mismas posiciones que los stalinistas atribuyen, tan maliciosa e irrazonablemente, a la Oposición rusa. Los stalinistas, mientras impedían arteramente que nuestros documentos llegaran a manos de los obreros, no se cansaban de repetir y de difundir en decenas de millones de ejemplares que la Oposición rusa considera que la Revolución de Octubre está perdida y el termidor es un hecho consumado y que se orienta hacia la demo­cracia burguesa. Es indudable que los éxitos organizativos de Stalin obedecieron en buena medida a la difu­sión incansable de estas mentiras. Grande debe ser el asombro, inclusive la franca indignación, de los oposi­cionistas rusos, cuando encuentran en las publicaciones de la Leninbund, de manera semicubierta, el consejo fraternal de que tomen el camino que los stalinistas nos atribuyeron falsamente hace ya mucho tiempo.
El problema se agrava cuando se considera que en­tre los ultraizquierdistas hay algunos caballeritos que murmuran que la Oposición rusa está de acuerdo en que el termidor es un hecho consumado pero se abstie­ne de decirlo por razones de índole "diplomática". Realmente, hay que estar muy alejado de las posiciones revolucionarias para poder atribuir tamaña hipocresía a los revolucionarios. Una cosa podemos decir: el vene­no del cinismo zinovievista y maslowista dejó sus hue­llas en las filas ultraizquierdistas. Cuanto antes se libere la Oposición de esos elementos, mejor para ella.
El artículo programático que analizamos, aparente­mente un resumen de la "discusión", afirma de paso que Urbahns tuvo en el pasado posiciones correctas sobre una serie de cuestiones, cuando todos los demás se equivocaron (la declaración de la Oposición rusa del 16 de octubre de 1926,[13] el problema de no construir la Leninbund como fracción sino como partido indepen­diente con candidatos propios, el del l° de mayo y el 1° de agosto de 1929, etcétera). Opino que habría sido más conveniente que el artículo no planteara esos problemas, ya que cada uno de ellos representa un error especifico del camarada Urbahns, lo que él no ha com­prendido hasta el día de hoy. Y sin mencionar la posi­ción totalmente errónea de 1923-1926, cuando Urbahns, siguiendo las huellas de Maslow y Cía. apoyó a la reac­ción del Partido Comunista soviético y siguió una línea ultraizquierdista en Alemania. Estoy dispuesto, si es necesario, a retomar todas estas cuestiones y a demos­trar que los errores de Urbahns están relacionados en­tre sí, que no son casuales sino que se originan en un método de pensamiento que no puedo llamar marxista. En la práctica, la política de Urbahns consiste en osci­lar entre Korsch y Brandler, o en combinar mecánica mente a Korsch y Brandler.
El peligro del sectarismo y el estrecho criterio nacional
En este folleto hemos analizado diferencias de opi­nión que podrían llamarse estratégicas. En compara­ción con ellas, las diferencias en torno a los problemas internos de Alemania podrían parecer diferencias tácticas, aunque también corresponden a dos líneas dife­rentes. Pero estos problemas requieren un tratamiento aparte.
No obstante, es indudable que muchos de los erro­res del camarada Urbahns surgen de su posición incorrecta acerca del Partido Comunista oficial. Conside­rar al Partido Comunista -no a los funcionarios de su aparato sino a su núcleo proletario y a las masas que lo siguen- como una organización liquidada, muerta y enterrada, es caer en el sectarismo. Como fracción revolucionaria, a la Leninbund le estaba reservado un gran papel. Pero abortó su propio desarrollo con sus pretensiones -en el mejor de los casos, injustifi­cadas- de desempeñar el papel de un segundo partido.
Dada la ambigüedad ideológica de la Leninbund, su pugna por convertirse en "partido" lo antes posible la lleva a acoger en sus filas a elementos que rompieron totalmente con el bolchevismo y el marxismo. En su desesperación por aferrarse a estos elementos, la dirección de la Leninbund conscientemente se niega a asu­mir una posición clara respecto de toda una serie de cuestiones, lo que naturalmente sólo sirve para confun­dir y agravar el problema y hacer más profunda la en­fermedad internamente.
Hoy existen no pocos grupos y grupúsculos de "izquierda" que se dedican a dejar pasar el tiempo, salvaguardar su independencia, acusarse recíprocamente de no ir lo bastante lejos, enorgullecerse de no estar totalmente de acuerdo los unos con los otros, publicar algún periodiquito de vez en cuando y declararse satisfechos con esta existencia ilusoria, sin una base firme, sin posiciones definidas, sin perspectivas. Conscientes de su debilidad, lo que más temen estos grupos, mejor dicho, sus direcciones, es caer bajo la "influencia" de alguien o tener que manifestarse de acuerdo con alguien, porque, en ese caso, ¿qué quedaría de esa dulce independencia que cabe en los dos me­tros cuadrados de una oficina de redacción?
Existe otro peligro vinculado a éste.
En la Internacional Comunista la conducción ideológica del partido ruso fue remplazada hace mucho por la dominación del aparato y la dictadura de la caja de caudales. Aunque la Oposición de Derecha protesta por la dictadura del aparato con una energía no menor que la de Izquierda, nuestras posiciones al respecto son, no obstante, diametralmente opuestas. El oportunismo es, por naturaleza propia, nacionalista, puesto que se basa en las necesidades locales y circunstanciales del proletariado, no en sus tareas históricas. Para los opor­tunistas el control internacional resulta intolerable y, en lo posible, reducen sus vínculos internacionales a formalidades inocuas, con lo que imitan a la Segunda Internacional. Los brandleristas envían saludos a los congresos de la Oposición de Derecha checoslovaca, intercambian cartitas fraternales con el grupo de Lovesto­ne en Estados Unidos, etcétera, siempre y cuando cada grupo no impida a los demás seguir una línea oportu­nista adecuada a sus gustos nacionales. Y se oculta todo esto bajo el manto de la lucha contra el burocratismo y la dominación del partido ruso.
Estos subterfugios le son completamente ajenos a la Oposición de Izquierda. Para nosotros, la unidad internacional no es una fachada decorativa sino el eje mismo de nuestras posiciones teóricas y de nuestra política. Mientras tanto, hay no pocos ultraizquierdistas -y no sólo en Alemania- que amparándose en la ban­dera de la lucha contra el burocratismo del aparato sta­linista pugnan semiconscientemente por dividir a la Oposición comunista en grupos nacionales indepen­dientes y liberarse del control internacional.
La Oposición rusa necesita de los vínculos y el con­trol internacionales tanto como cualquier otra sección nacional. Pero mucho me temo que lo que guía la conducta del camarada Urbahns no es el deseo de interve­nir activamente en los asuntos rusos -cosa que acoge­ríamos de muy buen grado- sino, por el contrario, el deseo de separar y alejar a la Oposición alemana de la rusa.
Debemos vigilar celosamente para que, con el pre­texto de la lucha contra el burocratismo, no se consoliden en la Oposición de Izquierda las tendencias del aislacionismo nacionalista y el separatismo ideológico; si así ocurriera, se llegaría inexorablemente a la dege­neración burocrática, no a escala internacional sino nacional.
Si alguien, luego de estudiar el problema a fondo, preguntara desde qué flanco acechan en este momento a la Oposición de Izquierda la burocratización y la osi­ficación, resultaría claro que ese peligro no proviene de las relaciones internacionales. El internacionalismo hipertrofiado de la Internacional Comunista sólo podría surgir -sobre la base de la autoridad acumulada del Partido Comunista ruso- si estuviéramos en posesión del poder estatal y las finanzas estatales. Estos "peli­gros" no existen para la Oposición de Izquierda. Pero existen otros. La política funesta de la burocracia genera tendencias centrífugas desenfrenadas y fomen­ta en cada uno el deseo de encerrarse en el propio cascarón nacional y, por lo tanto, sectario, porque, al permanecer en los confines nacionales, la Oposición de Izquierda caería en el sectarismo.
1. Es necesario asumir una posición clara sobre el problema del termidor y el carácter de clase del actual estado soviético. Y repudiar implacablemente las ten­dencias korschistas.
2. Es preciso adoptar la posición de defensa in­condicional y resuelta de la URSS frente a los peligros externos, lo que no excluye sino, por el contrario, supo­ne una lucha implacable contra el stalinismo, mas nece­saria aun en tiempos de guerra que en tiempos de paz.
3. Hay que rechazar y repudiar el programa de lu­cha por la "libertad de organización" y todas las demás "libertades" en la URSS, porque es el programa de la democracia burguesa. A este programa de democracia burguesa debemos contraponer consignas y métodos de democracia proletaria, cuyo objetivo, al combatir el centrismo burocrático, es regenerar y fortalecer la dictadura del proletariado.
4. Debemos adoptar inmediatamente una posición clara respecto del problema chino, para que la próxima etapa no nos tome desprevenidos. La posición debe ser a favor de la "dictadura democrática" o de la revolu­ción permanente en China.
5. Es preciso comprender claramente que la Le­ninbund es una fracción y no un partido. De allí surge una táctica específica hacia el Partido [Comunista] (sobre todo para las elecciones).
6. Hay que repudiar el separatismo nacional. De­bemos emprender enérgicamente la unificación internacional de la Oposición de Izquierda, basada en la unidad principista.
7. Es necesario reconocer que Die Fahne des Kommunismus, en su forma actual, no es, aunque así se autodesigne, el órgano teórico de la Izquierda comu­nista. Urge crear en Alemania, combinando los esfuerzos de la Izquierda alemana e internacionalista, una publicación marxista seria, capaz de analizar correcta­mente la situación interna de Alemania en relación con la situación y la dinámica del proceso internacional.
Estas breves consideraciones distan de agotar todos los problemas, pero me parecen las más importantes y apremiantes.
[1] Defensa de la república soviética y la Oposición. The Militant, 21 de diciembre de 1929-25 de enero de 1930; la traducción de John G. Wright revisada, se tomó de Fourth International, octubre y diciembre de 1946, febrero y marzo de 1947. Este folleto es una continuación de la polémica con militantes y simpatizantes de la Oposición de Izquierda que Trotsky había comenzado en El conflicto sino-soviético y La Oposición.
[2] Robert Louzon (n. 1882): sindicalista que estuvo un tiempo en el PC Francés en la década del 20 y rompió, junto con Pierre Monatte, para fundar La revolution proletarienne y la Liga Sindicalista.
[3] Otto Bauer (1881-1938): dirigente del poderoso Partido Socialdemócrata Austriaco después de la Primera Guerra Mundial, participó en la fundición de la Internacional Dos y Media, de muy corta vida, antes de volver a la Segunda Internacional.
[4] Wang Cheng-t’ing (1882-1961): ministro de relaciones exteriores y premier del gobierno de Pekín a principios de la década del 20, fue también ministro de relaciones exteriores del gobierno de Chiang Kai-shek (1928-1931) y embajador en Estados Unidos (1937-1938).
[5] El Ejército Rojo Invadió Georgia en febrero de 1921 para auxiliar a una insurrección bolchevique contra el gobierno menchevique de esa región, el cual, aunque dispuesto a colaborar con otras fuerza, se oponía a los bolcheviques y al reconocimiento del gobierno soviético. Pero se había exagerado mucho la extensión y popularidad de la insurrección, y el Ejército Rojo tuvo que pelear duramente durante diez días para entrar a Tiflis, la capital geor­giana. Trotsky, jefe del Ejército Rojo, no había ordenado la invasión a Geor­gia, y ni siquiera se le habla informado al respecto; sus principales instigadores y ejecutores fueron Stalin y Orjonikije, comisario en jefe del consejo Revolucionario de Guerra del Cáucaso. Lenin, que estuvo de acuerdo con la invasión aunque con muchas reservas, exigió que se la ejecutara con la mayor cautela y con el mayor espíritu de conciliación posibles. Trotsky no estaba de acuerdo con la invasión por razones tácticas, ya que opinaba que la Georgia menchevique no representaba un peligro militar para los soviets y que con el tiempo se podía ganar a la mayoría de la población. No obstante, como jefe del Ejército Rojo, respondió a los clamores que levantaron sobre este asunto la burguesía mundial y la segunda Internacional en su libro Entre el rojo y el blanco.
[6] Lenin apoyó la marcha sobre Varsovia del Ejército Rojo, en el verano de 1920, con la esperanza de hacer una alianza con los obreros revolucionarios de la capital y garantizar así el establecimiento de una república soviética polaca. Con la ayuda del imperialismo francés, Pilsudki pudo hacer retroceder al Ejército Rojo, después que habla llegado a muy corta distancia de la misma Varsovia. Lenin reconoció posteriormente que Trotsky habla acertado.
[7] David Lloyd George (1863-1945): primer ministro liberal de Gran Bretaña (1916-1922). Andrew Bonar Law (1858-1923): primer ministro conservador en el gobierno de coalición que remplazó a Lloyd George en 1922, pero renunció en mayo de 1923 por razones de salud; lo sucedió Stanley Baldwin.
[8] Durante veinte años (1903-1923) Martinov fue el principal teórico del menchevismo. Ingresó al Partido Bolchevique cuando Lenin estaba en su lecho de enfermo y la campaña contra el trotskismo ya estaba en curso. La Revolución de Octubre, anterior a la NEP, fue tachada de trotskista por Marti­nov en 1923. Hoy este engendro es el teórico principal de la Internacional Comunista. Sigue fiel a sí mismo. Pero utiliza citas de Lenin para ocultar su vieja línea fundamental. Hay varias empresas al servicio de la selección y falsificación de citas. [Nota de León Trotsky]
[9] Ruth Fischer (1895-1961): dirigente del PC Alemán en la década del 20. Expulsada en 1927, fundó la Leninbund con Maslow y Urbahns.
[10] Maximilien Robespierre (1758-1794): dirigente de los jacobinos de izquierda y jefe del gobierno revolucionario francés (1793-1794). Fue derrocado el 9 de termidor (27 de julio de 1794), según el nuevo calendario revolucionario.
[11] Josef Frey (1882-1957): fundador del PC Austriaco expulsado en 1927, dirigió uno de los grupos de la oposición de izquierda austriaca.
[12] Maxim Litvinov (1875-1951): viejo bolchevique, fue comisario diputado de relaciones exteriores y comisario desde 1930 hasta 1939. Stalin lo utilizó como personificación de la "seguridad colectiva" y de la "coexistencia pacifica" cuando buscaba aliarse con los imperialistas democráticos. Fue embajador en Estados Unidos (1941-1943) y comisario diputado de relaciones exteriores (1943-1946); fue relegado en la época del Pacto Stalin-Hitler y en la de la guerra fría.
[13] El 16 de octubre de 1926, la Oposición Unificada, enfrentada con la amenaza de expulsión, que de concretarse hubiera significado la ruptura prematura con la base del partido, sacó una declaración en la que afirmaba que dejaría de plantear sus posiciones de acuerdo con las características ásperas e intensas que habla asumido entonces la lucha fraccional. Las medidas cada vez más represivas que tomó la dirección stalinista y la importancia decisiva de los acontecimientos que poco después ocurrieron en China hicieron imposible librar la lucha de la manera planteada en la declaración. Esta medida táctica que aplicó la Oposición dentro del PCUS fue criticada por algunos de sus simpatizantes extranjeros.

References: sui generis
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