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Timestamp: 2017-10-19 03:43:44+00:00

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Descubriendo los tesoros: Hay que aprender a sentir vértigo
A lo largo de su historia Argentina ha oscilado entre el modelo económico nacional y popular y el neoliberal. El análisis de las principales decisiones del gobierno macrista permite inscribirlo en esta segunda orientación, que en el largo plazo suele generar un aumento de la deuda, alto desempleo y recesión.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la economía argentina alterna entre dos modelos de desarrollo, que podemos denominar “nacional y popular” y “neoliberal”. El triunfo de Macri puede entenderse como un nuevo caso de esa alternancia. Ambos modelos –el nacional y popular y el neoliberal– se despliegan dentro de la economía de mercado. El primero se caracteriza por el protagonismo del Estado, el impulso soberanista y el énfasis en la inclusión social. El segundo, por su confianza en las virtudes del mercado, la apertura incondicional al orden mundial y la prescindencia en la distribución del ingreso. La industrialización por sustitución de importaciones predomina en el modelo nacional y popular; el énfasis en la producción y las exportaciones primarias y las finanzas, en el neoliberal.
Este ensayo pretende colocar el inicio del gobierno de Macri en perspectiva histórica, analizar la trayectoria de la gestión anterior y explorar el futuro de la economía argentina en el nuevo escenario.
La alternancia en la historia
En los poco más de ochenta años transcurridos desde el inicio de la Organización Nacional en 1862, con la presidencia de Bartolomé Mitre, hasta la crisis mundial de 1930, predominó el modelo primario-exportador, con una relación privilegiada con Gran Bretaña. El cambio del orden conservador al gobierno de Yrigoyen fue sólo en el plano político. En lo fundamental, la política económica se mantuvo. Lo mismo sucedió desde el golpe de Estado de 1930 hasta el ascenso de Perón.
La alternancia, en suma, nunca se planteó antes de 1945. Su historia comienza en ese entonces. El proyecto “nacional y popular” abarca el primer peronismo (1946-1955) y el peronismo kirchnerista (2003-2015). El modelo ”neoliberal” incluye la última dictadura (1976-1983) y el peronismo menemista (1989-1999).
Sumados, ambos abarcan casi cuarenta años de historia. Los otros treinta corresponden a experiencias más breves, en las cuales predominaron, en distinto grado, una u otra de esas orientaciones. Se trata del gobierno de facto entre 1955 y 1958, el desarrollismo frondicista (1958-1962), la presidencia de Arturo Illia (1963-1966), el gobierno de facto entre 1966 y 1973, que incluye mi breve gestión ministerial (1970-71), el segundo peronismo (1973-1976), y las presidencias de Raúl Alfonsín (1983-1989) y Fernando de la Rúa (1999-2001).
En las economías industriales avanzadas también se registra la alternancia, que a veces incluye cambios de rumbo radicales. Por ejemplo, el que tuvo lugar, hacia 1980, entre los modelos keynesiano y neoliberal a partir de los triunfos electorales de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña. En esas economías la alternancia afecta principalmente la distribución del ingreso y el nivel de actividad. La estructura productiva diversificada y compleja, el papel esencial de la ciencia y la tecnología y la posición en el mercado mundial no se ven esencialmente comprometidos. En Argentina, en cambio, se pone en juego la totalidad del modelo de desarrollo e inserción internacional, la distribución de la riqueza y el ingreso y los equilibrios macroeconómicos.
En nuestro país, la alternancia refleja la dificultad para construir un proyecto de desarrollo hegemónico viable y de largo plazo. Ninguno logró consolidarse y prolongarse en el tiempo, pero la comparación de sus resultados es ampliamente favorable al “nacional y popular”. El PBI, en los 22 años de este último, registró un aumento anual de 5%, frente a menos de 2% en los 17 años del modelo neoliberal. La brecha es significativa en todos los otros indicadores económicos y sociales, así como en el problema de la corrupción. En el modelo nacional y popular la corrupción es vernácula: se manifiesta principalmente en ilícitos vinculados a transacciones en el mercado interno. En el neoliberal es cipaya, porque tiene lugar principalmente a través de la especulación financiera con el exterior y la extranjerización de la explotación de los recursos naturales y los servicios públicos. Es decir, agrede la soberanía. Por su magnitud y consecuencias colaterales, la corrupción y el “capitalismo de amigos” propios del modelo neoliberal son mucho más graves que los ilícitos vernáculos característicos del nacional y popular.
Por otro lado, las dos experiencias neoliberales culminaron con severas crisis y endeudamiento extremo. Los factores económicos explican su derrumbe. En cambio, el fracaso de las experiencias nacionales y populares responde más a factores políticos que a la situación económica, que puede estar en una encrucijada pero razonablemente controlada y con bajo endeudamiento externo.
En conclusión, la actual alternancia es un caso más de la historia de los últimos 70 años, pero se da en condiciones absolutamente inéditas. Es la primera vez que se produce como consecuencia de elecciones bajo la Constitución. Las alternancias anteriores fueron provocadas por golpes de Estado, retornos a la democracia o estuvieron enmascaradas en otro encuadre político, como en el peronismo menemista. Este último, sin embargo, fue relegitimado en 1995, cuando ya estaba plenamente comprometido con la convertibilidad y el proyecto neoliberal. Del mismo modo, en 1999 De la Rúa y Eduardo Duhalde compitieron prometiendo sostener la convertibilidad. Es decir que ya en otros momentos el proyecto neoliberal contó con apoyo mayoritario.
Las dos etapas del kirchnerismo
En la trayectoria de los mandatos kirchneristas se configuran dos períodos, cuya línea divisoria coincide aproximadamente con el momento de la transferencia de mando de Néstor a Cristina Kirchner.
El primero se inició en 2003, en una situación de default de la deuda externa, alto desempleo, capacidad productiva ociosa y, consecuentemente, débil puja distributiva, devaluación masiva previa con fortalecimiento de la competitividad, inflación en baja y superávit fiscal primario. La situación externa presentaba un elevado superávit en la balanza de pagos y el aumento de las reservas internacionales. Influyeron en ello los mejores términos de intercambio, la débil demanda de importaciones y energía y la suspensión de los pagos de la deuda externa. En ese contexto, la política económica apuntó al aumento del consumo y la inversión, evitar que el superávit externo apreciara el peso y aumentar la recaudación y el gasto público, conservando el superávit primario. La política monetaria respondió al aumento de la demanda de dinero y esterilizó el excedente, generado por el superávit externo, con operaciones de mercado abierto del Banco Central.
Los superávits gemelos –sobre todo la abundancia de dólares– provocaron un cambio radical de expectativas. Consecuentemente, la inflación bajó a un dígito y cesó la fuga de capitales. En ese escenario, se tomó la decisión histórica de restructurar la deuda a partir de una propuesta con recursos propios, y cancelar la existente con el FMI. Es decir, “vivir con lo nuestro”, abiertos al mundo, para recuperar el Estado nacional y la soberanía. Ese fue el sustento de las “tasas chinas”. En tal escenario, los golpes de mercado eran inviables.
Al comienzo del segundo período, alrededor del 2007, la economía se acercaba al pleno empleo de la capacidad productiva y la mano de obra. Consecuentemente, aumentó la puja entre salarios y ganancias y reapareció el déficit en el comercio internacional de manufacturas de origen industrial, concentrado en autopartes, productos electrónicos, bienes de capital y productos químicos. Al mismo tiempo, el superávit del comercio de hidrocarburos se convirtió en déficit, por el aumento de la demanda interna y la declinación de la producción local. A su vez, las exportaciones sufrieron, primero, el impacto de la contracción del mercado mundial en 2009 y, después, la reducción de los precios de los productos primarios. Dado el financiamiento con recursos propios, la crisis global tuvo una influencia marginal, por la vía financiera, en el comportamiento de la economía argentina.
En resumen, el contexto del segundo período fue radicalmente distinto al del primero. La economía sufrió el debilitamiento de los pagos internacionales por una doble vía. Por una parte, el deterioro de las exportaciones debido a razones externas y, por otra, el ya mencionado déficit de manufacturas de origen industrial, resultante de la estructura productiva desequilibrada. Estos fueron los factores disparadores de la insuficiencia de dólares, es decir, la restricción externa, inexistente en la primera etapa. En este escenario, aumentó la puja distributiva, el sector externo debilitó la demanda agregada y el superávit de la balanza de pagos no alcanzó a cubrir los servicios de la deuda externa. Consecuentemente, disminuyeron las reservas internacionales.
El gobierno respondió con un fuerte aumento del gasto público para ampliar las prestaciones sociales, sostener la demanda agregada y subsidiar la energía y los transportes. Al mismo tiempo, apreció el peso para aliviar las presiones inflacionarias y apeló a los controles (“precios cuidados”) para impedir el abuso de las posiciones dominantes. Simultáneamente, estableció controles sobre los pagos internacionales y recurrió al swap con China para fortalecer las reservas. La resolución de los problemas pendientes con el CIADI y el Club de París apuntó a complementar lo alcanzado con la exitosa restructuración del 92% de la deuda externa, pero subsistieron el diferendo con los fondos buitre y las dificultades de acceso al crédito internacional.
El paso de los superávits gemelos (fiscal y en la cuenta corriente de la balanza de pagos) de la primera etapa a una situación de déficit en la segunda generó expectativas negativas que estimularon la fuga de capitales y la inflación. Las “tasas chinas” se convirtieron en un crecimiento bajo o nulo. Los controles cambiarios derivaron en una cotización informal y la inflación se mantuvo en niveles altos, pero controlados. El “dólar ahorro” y el turismo al exterior agravaron la escasez de divisas.
Las respuestas elaboradas para enfrentar el cambio de circunstancias alcanzaron para sostener el nivel de actividad, cumplir con los servicios de la deuda, evitar un mayor aumento de los precios, preservar el impulso soberanista y resistir la presión opositora al gobierno. Pero a fines de 2015 la política de apelar al déficit fiscal, su financiamiento vía el Banco Central, la apreciación cambiaria y los controles de precios, estaba agotada, y planteaba el riesgo, como efectivamente sucedió, de una alternancia al neoliberalismo. En las dos etapas del kirchnerismo, pese al protagonismo del Estado, no se habían logrado avances significativos en la transformación de la estructura productiva y la resolución del déficit industrial y la consecuente restricción externa.
Las condiciones de la alternancia
Al momento de la transmisión del mando, en diciembre de 2015, no era previsible ningún descalabro en la situación económica. Existían problemas complejos, pero no crisis. La alternancia tuvo lugar en una economía desendeudada, con un sistema bancario sólido, pesificado, sin descalce de monedas ni burbujas especulativas.
A su vez, el escenario externo es favorable por dos razones principales. En primer lugar, porque ha cesado el ostracismo internacional del país marcado por la sucesión de tragedias como la violencia política, el terrorismo de Estado, la guerra de Malvinas y, por último el caos del 2001 y el default. Argentina ha recuperado su lugar en el mundo como un país democrático, respetuoso de los derechos humanos, con instituciones sólidas, que mantiene una economía de mercado regulada dentro de un Estado de Derecho con seguridad jurídica, y que defiende su soberanía en el marco de las normas internacionales. Pude observar de primera mano, como embajador en Francia, cómo cambió la imagen argentina en el exterior respecto de la que prevalecía en tiempos de dictadura, caos económico y default.
En segundo lugar, la situación externa es favorable porque, más allá de las tendencias depresivas actuales y las turbulencias financieras en la economía mundial, continúa la transformación del orden global y la incorporación de centenares de millones de personas a la gestión del conocimiento, la innovación, la transformación productiva y la ampliación de los mercados. Estamos pasando del antiguo orden mundial unipolar, bajo la hegemonía de las economías industriales del Atlántico Norte, a un régimen multipolar, con la inclusión de China y otras potencias emergentes. Este nuevo orden amplía las fronteras externas del desarrollo del país, diversifica los mercados y las fuentes de financiamiento, pero también plantea el riesgo de reproducir, en un nuevo contexto, nuestra condición periférica.
En este escenario se plantean los problemas fundamentales de la economía argentina. Tales problemas, que debe resolver el gobierno para realizar sus encomiables objetivos de “pobreza cero” y “felicidad para todos”, son los siguientes:
Estructura productiva. Es preciso integrar, a niveles crecientes de valor agregado y tecnología, las cadenas de valor de los sectores manufactureros y de la producción primaria, del campo y la industria, hacia adentro del mercado interno, y hacia afuera en el mercado mundial. La industrialización de los recursos naturales en sus regiones de origen es indivisible de la transformación de la estructura productiva, la integración del territorio y la inclusión social. Esta transformación es condición necesaria para establecer una relación simétrica, no periférica, con el orden mundial.
La acumulación de capital requiere, en primer lugar, la inversión productiva del ahorro interno. En la economía mundial el ahorro de los países financia más del 90% de la acumulación de capital, y las inversiones extranjeras menos del 10%. La movilización del ahorro interno es, en consecuencia, esencial.
El cambio estructural descansa en la eficacia de las políticas públicas, el protagonismo del empresariado nacional y la participación de inversiones extranjeras que incorporen tecnología, exporten y generen al menos las divisas que demanda su propia operatoria.
La capacidad de gestión del conocimiento revelada en el desarrollo de actividades de frontera (energía nuclear, satélites, agro-tecnologías, etc.), la dimensión, riqueza y variedad de recursos del territorio nacional, configuran el potencial de medios necesario para el desarrollo nacional.
Restricción externa. La transformación estructural es indispensable para eliminar el déficit de manufacturas de origen industrial, factor principal de la restricción externa. Esto requiere la generación de divisas a través de la economía real, es decir las exportaciones, y el cierre de la brecha tecnológica del comercio exterior. Esto exige una política fiscal y monetaria que apunte al equilibrio macroeconómico y el pleno empleo, un tipo de cambio real competitivo, estable y diferenciado conforme a las circunstancias de cada sector, y la toma de deuda externa sustentable.
Inclusión y bienestar social. La elevación del bienestar descansa, en primer lugar, en la generación de empleo a niveles crecientes de productividad y salarios reales. Para tales fines, son indispensables la elevación del nivel educativo y cultural, la innovación a través del conocimiento científico y el progreso técnico y un aumento de la tasa de inversión. Sobre estas bases son sustentables los programas de atención a los sectores vulnerables.
Soberanía y autonomía de la política económica. La historia económica mundial revela que ambas son imprescindibles para el desarrollo económico. En el marco de la creciente globalización del orden mundial sólo son viables las economías abiertas al mundo que mantienen, al mismo tiempo, el comando de su propio destino.
¿Qué respuestas a los problemas fundamentales de la economía argentina cabe esperar de la inspiración neoliberal del actual gobierno a la luz de las dos anteriores experiencias neoliberales?
Estructura productiva. El imaginario neoliberal no reconoce la existencia de un problema de estructura productiva. Concibe la inserción internacional en función de las ventajas comparativas estáticas de la economía, basadas en su dotación de recursos naturales. Confía en los impulsos propios del mercado y rechaza el protagonismo del Estado en la creación de ventajas comparativas dinámicas, de base científico-tecnológica, esenciales en la formación de la estructura productiva.
Para el neoliberalismo, el capital es uno solo y opera a escala planetaria. Por lo tanto, es indistinto si una actividad, incluyendo las que operan en la frontera tecnológica, es realizada por una filial o una empresa de capital nacional. Desconoce que el control de la innovación por parte de las casas matrices de las corporaciones transnacionales limita el avance tecnológico de las economías extranjerizadas y las reduce a una posición periférica.
Restricción externa. Al desconocer el carácter estructural de la restricción externa, el neoliberalismo la atribuye a la intromisión del Estado en los mercados. Como estos se autorregulan, asignan eficientemente los recursos y sirven al interés general, las “reformas estructurales” consisten en abrir, desregular la economía y las finanzas y reducir la intervención estatal. Esto resolvería la restricción externa. El endeudamiento externo, independientemente de su sustentabilidad determinada por la evolución de la economía real, es fundamental en la resolución de la insuficiencia de divisas.
Inclusión y bienestar social. El ingreso de capitales extranjeros y las fuerzas del crecimiento, liberadas de la intromisión del Estado, “derraman” al conjunto de la sociedad, a través del aumento del empleo y los salarios. Complementariamente, las políticas focalizadas en los sectores vulnerables contribuyen al bienestar social y la erradicación de la pobreza.
Soberanía y autonomía de la política económica. Son conceptos ausentes en el imaginario neoliberal. Contradicen la idea de un orden mundial globalizado, sin fronteras, en el cual cada país ocupa el lugar que le corresponde en virtud de su dotación de recursos. Planteos como “vivir con lo nuestro” o “densidad nacional” directamente no existen. El concepto del desarrollo nacional es una ficción en un país que es una “pequeña economía abierta” y un segmento del mercado mundial. Esta visión preserva las posiciones dominantes en el espacio argentino y su condición periférica. El alineamiento con el antiguo centro hegemónico del Atlántico Norte y la eventual incorporación a organismos (como la OCDE) y tratados comerciales (como la Alianza del Pacífico), liderados por los países dominantes del antiguo orden unipolar, constituyen el paradigma de la política exterior.
A partir de estas ideas se configura la política económica neoliberal. La misma consiste en asegurar el equilibrio presupuestario, vincular la oferta monetaria a la evolución de las reservas internacionales, liberar los movimientos de capitales (incluso los especulativos) y dejar la evolución del tipo de cambio librada a la oferta y demanda de divisas, con la posibilidad de una “flotación sucia” mediante la intervención discreta de la autoridad monetaria. A través de la “autonomía del Banco Central”, la política monetaria y cambiaria se desvincula de la gestión económica del Poder Ejecutivo. La inflación es un fenómeno monetario, controlable por la administración de la oferta de dinero y la tasa de interés, dentro de las “metas de inflación” fijadas por el Banco Central.
Antes de explorar los primeros pasos del actual gobierno y las perspectivas para el futuro, conviene detenerse en un problema que no es fundamental pero cuya resolución marcará el rumbo de la política económica.
El gobierno actual hereda el prolongado conflicto con tenedores de bonos de la deuda declarada en default en la crisis de 2001 que no entraron a los canjes de 2005 y 2010, en los que se logró la restructuración de deuda soberana más exitosa de la historia, sin pedirle nada a nadie; es decir, sin la participación del FMI ni el visto bueno de los mercados financieros. La deuda pendiente no llega al 8% del total de la deuda original.
La cuestión merece un párrafo aparte en el análisis de la alternancia entre modelos económicos. Las estrategias del gobierno kirchnerista y del actual marcan una diferencia básica sobre dos cuestiones principales. Por una parte, la importancia real del problema para la economía argentina. Por otra, la naturaleza misma de la cuestión en el sistema financiero internacional.
Respecto de la primera, la evidencia de que los buitres son un problema de segunda importancia es abrumadora, y no sólo por la escasa significación del monto involucrado respecto del PBI. Hace una década que vienen litigando contra el país. Plantearon el embargo de bienes argentinos en alrededor de 900 demandas en diversas jurisdicciones, entre ellas la que retuvo transitoriamente la Fragata Libertad. No tuvieron éxito en ningún caso. Argentina mantiene relaciones económicas con todo el mundo. Ningún inversor, argentino o extranjero, con un buen proyecto, deja de concretarlo por el conflicto con los buitres. El “clima de inversiones” depende de la gobernabilidad de la economía, la paz social, la seguridad jurídica, los espacios de rentabilidad y el ritmo de transformación de la estructura productiva para incorporar tecnología y agregar valor. Los problemas principales de la economía son internos: el déficit de manufacturas industriales y la consecuente restricción externa, la inflación, el desequilibrio fiscal, entre otros. Ninguno se resuelve con el pago a los buitres.
En cuanto a la segunda cuestión, cabe observar que el conflicto obedece a la ausencia de normas internacionales para resolver los defaults de deudas soberanas. La restructuración de más del 92% de la deuda en default cumple con exceso los límites para la resolución de las quiebras en las jurisdicciones nacionales. Los buitres son especuladores despreciados en el escenario mundial. Operamos en un orden internacional bajo el cual la inmunidad soberana de los Estados pone límites a la extensión de la jurisdicción de tribunales nacionales más allá de sus fronteras. La dificultad de los tenedores de deuda restructurada para recibir los pagos realizados por el gobierno argentino es responsabilidad de quien provoca la interrupción de la cadena de pagos. Tan es así que la posición argentina ha sido respaldada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y la opinión de los analistas más destacados. Los votos en contra y las abstenciones en la resolución de la ONU se fundaron en la inconveniencia de tratar la cuestión en la esfera política, fuera de las reglas e instituciones del sistema financiero. Es decir, en la defensa de la hegemonía de las finanzas en el orden mundial contemporáneo, no en defensa de los buitres.
En este contexto, la estrategia del gobierno kirchnerista se basó en el supuesto de que el arreglo era conveniente pero no indispensable. Su oferta fue la misma que la de los canjes de 2005 y 2010. Era, por lo tanto, generosa. Representaba una excelente ganancia para los buitres, considerando el precio ínfimo al cual adquirieron los títulos y los costos y pérdida de tiempo que soportó el país por pleitear con ellos. La fortaleza negociadora habría sido mayor si se hubieran conservado los superávits gemelos y el aumento de las reservas internacionales. De todos modos, el país conservaba la fortaleza suficiente para negociar sin miedo ni urgencias.
Durante la Guerra Fría, el presidente John F. Kennedy afirmó: “Nunca hay que tener miedo de negociar y nunca hay que negociar con miedo”. No hay razón alguna para que los negociadores del nuevo gobierno actúen con miedo, para que supongan que el arreglo con los buitres es una cuestión de vida o muerte. Pero el problema principal en el diseño de la posición negociadora del país no es ése sino el hecho de que, bajo la estrategia neoliberal, la política económica consiste esencialmente en transmitir “señales amistosas” a los mercados. Es decir, se negocia bajo los mismos principios de la contraparte.
Los primeros pasos del macrismo
Las primeras medidas incluyen la devaluación del peso y la eliminación de las restricciones en el mercado de cambios, las retenciones (salvo, temporariamente, para la soja) y los controles sobre los movimientos de capitales. El nuevo régimen de “flotación sucia” establece un tipo de cambio determinado por el mercado con una intervención moderada del Banco Central.
En el campo fiscal se decidió un aumento de las tarifas de los servicios públicos y la reducción de los subsidios. Hasta ahora, la medida más significativa es el despido de un número elevado de empleados designados por el gobierno anterior. El objetivo de la política fiscal es reducir el déficit primario y evitar su financiamiento través del Banco Central.
Respecto de la política anti-inflacionaria, el Banco Central tendría un papel protagónico a través del régimen de “metas de inflación”: apuntan a una baja hasta llegar a mediano plazo a índices de un dígito. No se ha confirmado la propuesta inicial de apelar a la política de ingresos, convocando a una mesa de negociación a las organizaciones empresarias y sindicales. Se han desactivado o flexibilizado regímenes de administración de precios, como “precios cuidados”.
La política económica busca resolver la escasez de dólares apelando al crédito y las inversiones internacionales y al fortalecimiento de la competitividad, a través de la corrección del atraso cambiario. Para aumentar sus reservas, el Banco Central negoció con un conjunto de bancos internacionales un crédito puente de 5.000 millones de dólares a una tasa de interés del orden del 7%. La operación se concretó bajo legislación extranjera, contrariamente a lo originalmente anunciado.
En relación a los fondos buitre, la oferta realizada implica un pago tres veces mayor al que aceptó más del 92% de los tenedores de la deuda original. Cuanto mayor es el desvío entre ambas operaciones, peor es la calificación que merecen los actuales negociadores. La asimetría entre una y otra operación radica en que, como señalamos, el gobierno negoció con el supuesto de que el arreglo es indispensable. De este modo renuncia al principal argumento en defensa de la posición argentina: asumir la posibilidad de que no se alcance un acuerdo razonable y que los buitres no cobren nunca.
La oferta fue planteada antes que el Congreso debata y derogue las leyes que impiden pagar más que en los canjes de 2005 y 2010. Esto afecta la división de poderes y la soberanía. El Congreso deberá ahora aceptar la imposición de Griesa o desautorizar al Poder Ejecutivo.
El aumento de la deuda pendiente a unos 12 mil millones de dólares por intereses caídos ignora que el pago a los buitres habría desarmado la restructuración de la deuda. Estaríamos, otra vez, como en la crisis de 2001. De todos modos, el cierre de la operación depende de la aceptación de los buitres y de los restantes tenedores de deuda no restructurada. Si alguno quedara fuera el conflicto podría reabrirse.
Perspectivas para el corto y el largo plazo
Regreso a los mercados. El mensaje de Mauricio Macri y su equipo a los participantes de la conferencia de Davos constituye una severa crítica a las políticas del gobierno anterior y la adhesión a los principios neoliberales. La expectativa es que las “señales amistosas” a los mercados impulsen las inversiones extranjeras. El mismo objetivo tiene la invitación al FMI para que vuelva a evaluar la economía argentina conforme al artículo cuatro de sus estatutos.
No es una buena señal presentarse en los foros internacionales criticando al gobierno anterior. Esto podría repetirse en un próximo gobierno, eventualmente de otro signo, transmitiendo la imagen de un país inestable e impredecible, que puede desalentar a potenciales inversores. Por otro lado, los aplausos de Davos y la complacencia del FMI y el Tesoro de Estados Unidos son un espejismo. Son los mismos aplausos que en su momento festejaron a los ministros responsables de las políticas de la dictadura y la década del 90.
Crecimiento. En un escenario de corto plazo de escaso o nulo incremento de las exportaciones (por las tendencias actuales del mercado mundial), reducción del déficit fiscal y debilidad del consumo (por el comportamiento previsible del empleo y los salarios reales), no es razonable esperar un aumento de las inversiones internas. Cabe suponer que el gobierno espera que la demanda agregada crezca impulsada por las inversiones motorizadas en primer lugar por las empresas extranjeras y los créditos externos para el financiamiento de obras públicas.
Así, los factores externos asumen el protagonismo en la demanda agregada y el nivel de actividad. La falta de preferencias a la actividad privada nacional, inherente al imaginario neoliberal y esencial en las economías emergentes exitosas, probablemente aumentará la notable extranjerización de la economía argentina: de las 500 mayores empresas más de 300 son filiales de firmas extranjeras y generan más del 80% del valor agregado.
La política macroeconómica plantea un escenario de incertidumbre y de decisiones pendientes que determinarán el comportamiento de la economía y del bienestar social en el corto plazo. En el largo, dadas las ideas dominantes en el imaginario neoliberal, es inconcebible el protagonismo del Estado y del empresariado nacional, indispensables para transformar la estructura productiva, resolver el déficit industrial y enfrentar la restricción externa. En ese escenario de reprimarización, aun sin retenciones, no necesariamente mejoraría la situación del campo, entre otras razones por la contracción del mercado interno y las tendencias actualmente imperantes en el orden mundial.
Inflación. En el corto plazo, cabe esperar un aumento de inflación y una caída de la actividad económica, el empleo y los salarios reales. La devaluación, la quita de retenciones y el abandono de la política de “precios cuidados” provocaron un salto de la tasa de inflación, que a su vez erosionó la corrección del atraso cambiario. El tipo de cambio real actual se acerca al existente al final del gobierno anterior, que a su vez se situaba en los mismos niveles que a finales de la convertibilidad.
Así, se corre el riesgo de agravar la inflación inercial, agudizada por los aumentos de las tarifas y los márgenes de ganancia, y prolongarla con ajustes salariales y devaluación continua para mantener el tipo de cambio real. En este escenario, el riesgo de hiperinflación y mayor apreciación del tipo de cambio solo podría evitarse con un fuerte aumento de la tasa de desempleo y una baja sustancial de los salarios reales. Puede configurarse el peor de los mundos imaginables: depresión con alta inflación, es decir, estanflación.
Financiamiento externo. El pago a los buitres no es suficiente para que las agencias evaluadoras de riesgo mejoren la calificación de la deuda argentina, con la consecuente baja de la tasa de interés. Es previsible que exijan además un plan económico y financiero respaldado por el FMI. Asimismo, el arreglo no asegura la entrada masiva de inversiones privadas directas, que dependen, como hemos recordado, de otros factores.
Tipo de cambio. El manejo del tipo de cambio real tiene una pésima historia bajo los períodos neoliberales anteriores. Tanto con el régimen de la tablita, en tiempos de la dictadura, como con la convertibilidad, en la década del 90, imperó el dólar barato, funcional a la especulación financiera y fatal para la economía real, particularmente para la industria. Si la política actual de atraer capitales de corto plazo tiene éxito, el dólar barato, en un contexto de liberalización comercial, volvería a generar las mismas consecuencias: endeudamiento externo, concentración del ingreso y caída de la producción y el empleo. Recordemos, asimismo, que en las dos experiencias nacionales y populares los efectos del dólar barato sobre la competitividad y la especulación financiera fueron parcialmente compensados por la protección del mercado interno y el control de los capitales especulativos.
Marco institucional. Las decisiones relevantes del gobierno en el campo institucional y el sistema de comunicaciones audiovisual incluyen la intención original de designar en comisión a dos miembros en la Corte Suprema, la adopción de decretos de necesidad y urgencia, la suspensión de la aplicación de la ley de medios y la cancelación (por decisión pública o de medios privados) de programas opositores. Todo esto alerta sobre la necesidad de preservar la división de poderes, respetar las leyes y normas heredadas hasta su eventual modificación por las vías constitucionales y garantizar la libertad de la que gozaron la opinión y el periodismo opositores en el pasado reciente. Están en juego la seguridad jurídica y la confianza.
Si la estrategia neoliberal avanza hasta sus últimas consecuencias, como en el pasado, se produciría una severa limitación de la autonomía de la política económica, subordinada a las condicionalidades externas y las preferencias de grupos con posiciones dominantes en el mercado interno.
Sería imprudente predecir que el futuro será igual a los descalabros de las dos experiencias neoliberales anteriores. El gobierno actual comienza con una formidable acumulación de poder político: controla las administraciones nacional, bonaerense y porteña, y varias de las provincias más importantes. Cuenta además con el respaldo de los grandes medios de comunicación audiovisual y, naturalmente, con la empatía de importantes grupos económicos y de actores externos. Sin embargo, será la realidad –como sucede en todo régimen democrático– la que irá marcando la formación y orientaciones del electorado, que en definitiva es el que tiene la última palabra, cuando llega el momento del voto. La heterogénea base política que sustentó el triunfo del PRO seguramente reflejará pronto, para bien o para mal, las consecuencias de las políticas en curso. Pero como se trata de una experiencia neoliberal sin precedentes, el futuro es realmente incierto.
"El regreso del neoliberalismo", por Aldo Ferrer.
(Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires. Agradezco a Marcelo Rougier sus aportes sobre una versión preliminar de este texto.)
En el futuro cada vez más jíbaro, no figuran feriados ni esperanzas,menos aún llegan explicaciones de por qué cómo dónde cuándo.
El borde lejos ya está cerca, el borde cerca es un despeñadero, hay que aprender a sentir vértigo como si fuese sed o hambre.
Publicado por Rafa Cuadrado en 20:56
Etiquetas: Economía, Ensayo

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