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Timestamp: 2020-08-12 11:56:21+00:00

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Por Enric Castelló Cogollos
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La mediatización del conflicto político - Enric Castelló Cogollos
LA MEDIATIZACIÓN DEL
Discursos y narrativas en
Enric Castelló (ed.)
Los artículos publicados en este volumen forman parte del proyecto de investigación «La construcción mediática de los conflictos políticos y territoriales en España. Estudio de los discursos y narrativas», cso-2010-20047, financiado por el Ministerio de Innovación y Ciencia de España. Agradecemos la colaboración de la Cátedra urv/Repsol de Excelencia en Comunicación
© Enric Castelló, Arantxa Capdevila, Elena Ferrán, Cristina Perales, Rafael Xambó, Enric Xicoy, Marta Montagut, Laura Filardo Llamas, Ludivine Thouverez, Xosé Rúas, Miriam Soriano Procas, Hugh O’Donnell, Fernando León Solís, Sara Bastiaensens, Alexander Dhoest
ISBN: 978-84-7584-882-2
Depósito legal: B-14226-2012
Fotocomposición: JSM
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Conflicto político y medios: marcos, narrativas y discursos
Conflicto político y comunicación social
En conjunto, este libro ofrece resultados de investigación de diversos casos en los que la mediatización de conflictos políticos ha llevado a la elaboración y difusión de una serie de discursos sobre la realidad política y social en España. La obra colectiva, en general, y este artículo, en particular, no satisfarán a quienes busquen soluciones o recetarios para resolver conflictos mediante la comunicación. No es un libro sobre resolución de conflictos sociales o políticos, aunque puede dar pistas de cómo la comunicación influye en la resolución o el recrudecimiento de los conflictos políticos. Con este ensayo inicial nuestro cometido es el de ofrecer unas bases teóricas para estudiar los conflictos mediatizados. Parte de una premisa que considera que los medios influyen y transforman situaciones de conflicto político y territorial. Trataremos de esta forma asentar una aproximación a las teorías de la mediatización del conflicto político poniendo especialmente énfasis en el estudio de los marcos interpretativos (frames), las narrativas y los discursos.
La cuestión del conflicto en sociedad ha sido estudiada desde diversas disciplinas entre las que podemos citar la psicología, la sociología, las ciencias políticas, la economía o las ciencias de la educación. Su importancia ha generado el desarrollo de lo que hoy se considera el ámbito de estudio de la conflictología, la resolución de conflictos (conflict resolution) y la gestión de conflictos (conflict management). Pero la perspectiva que nos interesa aquí es la visión que desde el estudio del conflicto social se ha tenido de la comunicación social y viceversa. Desde este punto de vista, ponemos inicialmente la atención en la sociología del conflicto, pero también en la sociología de la comunicación y, más tarde, en la relevancia del análisis del discurso y de las narrativas. La comunicación social y el papel de los medios en la formación, gestión o resolución de conflictos es ciertamente un campo poco explorado, que en algunos casos ha quedado excluido de las obras que han elaborado una teoría de los conflictos (por ejemplo, Entelman, 2002: 33-34; Schlee, 2008), y en otros, los menos, ha sido centro de atención (véase en especial a Ellis, 2006: 101-125; Cottle, 2006).
Para entender cómo ha evolucionado la atención que la sociología ha prestado al conflicto social deberíamos remontarnos a principios del siglo xx. Lewis Coser indica que los inicios de la sociología americana tuvieron en el estudio del conflicto una temática central e imprescindible para entender los procesos de cambio social y progreso. En estos albores de la sociología, los estudiosos tomaron una perspectiva reformista y el conflicto se entendió inherente a las estructuras y las relaciones sociales. Para Coser (1956: 19), que en su momento combinó el funcionalismo con la teoría del conflicto social, estos primeros sociólogos consideraron que cuando el conflicto generaba efectos negativos y destructivos para la sociedad, los investigadores señalaban la necesidad de cambios estructurales, de reformas. En los años cincuenta, momento en que Coser desarrolla su teoría de las funciones del conflicto social fuertemente influenciado por Georg Simmel, se producirá un cambio de perspectiva entre los sociólogos. Los poderes públicos y privados se interesaron en la aplicación de la sociología en la consecución de sus objetivos y los estudiosos, influidos por la obra de Talcott Parsons, se centraron en el análisis de las estructuras normativas, en aquello que garantiza el orden social —lo que es de máximo interés de dichos poderes—. El conflicto quedó entonces olvidado como objeto de estudio y se entendió básicamente como una disfunción, como algo que se debería eliminar o evitar, como un producto indeseado de las relaciones sociales. De hecho, se relegó así la concepción marxista de conflicto, ligada a la vertiente de clase y circunscrita al choque entre fuerzas de producción y organización social (Marx, 2010[1867]: 478). Como indica Eagleton,
Muchos pensadores sociales han concebido la sociedad humana como una especie de unidad orgánica, pero para Marx, el verdadero elemento constitutivo de esta es la división. La sociedad está formada de intereses mutuamente incompatibles. La lógica que la guía es la del conflicto, más que la de la cohesión (Eagleton, 2011: 44).
De hecho, el pensador marxista Antonio Gramsci —que puso especial y renovador énfasis en el papel de la cultura y la educación en los procesos sociales— consideraba que los intelectuales tenían una responsabilidad en generar el acuerdo espontáneo de las masas hacia las direcciones impuestas por la vida social, un consentimiento producido por el prestigio y la posición dominante de los mismos (Gramsci, 1971[1949]: 12). Aquí el poder del Estado (coercitivo), combinado con instituciones culturales y educativas como la escuela —lo que más tarde Louis Althusser identificó como Aparatos Ideológicos del Estado— ejercerían como elementos laminadores de la consciencia social de grupo. Pero los conflictos sociales y políticos no se circunscriben únicamente a su vertiente de clase y la comunicación social contemporánea contempla muchas combinaciones y elementos que influyen en los procesos de creación de conocimiento y significado a nivel social. Hoy, podríamos considerar un anacronismo el entendimiento del Estado como único (o incluso principal) generador ideológico. En la era de las redes sociales, sería también problemático considerar la unidireccionalidad (de arriba abajo) en el establecimiento de sistemas ideológicos.
Comunicación y conflicto son conceptos fuertemente unidos; su relación establece procesos de inexorable retroalimentación. En los inicios de la sociología que estamos comentando, la comunicación se consideró una herramienta fundamental para evitar el conflicto o gestionarlo. George A. Lundberg, a finales de los años treinta, interpretó que sin comunicación entre las partes en disputa no podía establecerse una resolución del conflicto, que entiende también como una situación a erradicar. Sin duda estamos en los prolegómenos de la consideración de la comunicación de masas como herramienta para el tratamiento del conflicto social, lo que también era considerado por el mismo Parsons en su idea del papel de los especialistas en propaganda (ambos citados en Coser, 1956). Dicho esto, entendemos que buena parte del cambio que se produjo en los años cincuenta en torno a la importancia del conflicto y el papel de la comunicación social es vigente, aún hoy en día, cuando asistimos a argumentos que, de una forma u otra, interpretan que la comunicación social es una herramienta de resolución de los conflictos sociales. A menudo se afirma, en una especie de cliché, que es la incomunicación lo que genera los conflictos entre sociedades o en su seno, cuando podemos entender más bien lo contrario. Como indica el filósofo alemán Peter Sloterdijk, «más comunicación significa, en primer lugar, más conflictos» (citado en Žižek, 2009: 62). La falta total de comunicación no genera conflicto entre las partes absolutamente aisladas, las comunidades sin lazos de relación no entran en disputas, igual que las gentes que no se conoce en absoluto no entran en conflicto sino que viven y desarrollan sus actividades ignorantes de la existencia y naturaleza del otro.
La política y la sociología, por su parte, tienden a hacer uso del concepto de comunicación desde un punto de vista utilitario: la comunicación puede aproximar las partes, la comunicación puede resolver problemas sociales, políticos, territoriales y se usa como herramienta para limar incomprensiones y asperezas entre comunidades. Esta perspectiva se centra en «la función de la comunicación» en contraposición a la «disfunción del conflicto». Incluso falsamente se llegan a utilizar los conceptos «comunicación» y «conflicto» como antagónicos. Pocas veces se reflexiona sobre las «disfunciones de la comunicación» y las «funciones del conflicto», como hizo Coser para este segundo caso. Entender la comunicación como herramienta útil, pero desprovista de efectos en la acumulación de conocimiento, nos podría falsamente llevar a considerar que la comunicación siempre actúa de forma positiva desde un punto de vista funcionalista y que, ante los problemas y conflictos sociales, lo apropiado es añadir más comunicación (lo que según Sloterdijk acarreará más conflicto, etc.). No solo eso, sino que lo que se requeriría desde este punto de vista es dominar los mecanismos y entresijos de la «buena comunicación» que nos lleven a resolver estos conflictos. Aquí, el gremio de comunicólogos ha tenido un papel fundamental, puesto que políticos y responsables públicos han buscado recetas comunicativas para resolver todo tipo de problemas o conseguir un amplio abanico de objetivos. Como negocio, la comunicología aplicada ha tenido sus réditos. Y no solo en el campo de la sociología y las ciencias políticas; uno de los ámbitos donde encontramos más aplicabilidad de la comunicación y la resolución de conflictos es en el de la psicología y las relaciones humanas. Concretamente, su uso diagnóstico y terapéutico en el ámbito de las relaciones maritales está altamente evolucionado.¹
La perspectiva que defiende que la comunicación puede estar en la base de la resolución de los conflictos, considerándola un beneficio por el mero hecho de ser aplicada, obvia las posibles «disfunciones» de la comunicación, ya apuntadas en los inicios de las teorías de la comunicación de masas por funcionalistas como Charles Wright (1986[1964]). Lo cierto es que «más» comunicación no implica «mejor» comunicación, y ni mucho menos podemos confiar en la comunicación como pócima milagrosa que resuelva el conflicto social o político. Algunos de los investigadores que han tratado de ofrecer recetas para fomentar la «buena comunicación» en la resolución de conflictos son bastante conscientes de los peligros que implica el simple hecho de «comunicar». Aún así, desde la perspectiva de la teoría de la resolución de conflictos aún existe la idea de que la comunicación es un «instrumento neutral» que se puede utilizar de una u otra forma para llegar a consensos (por ejemplo, Krauss y Morsella, 2006: 156). También es habitual escudarse en la comunicación para argumentar por qué una relación no funciona, o una campaña publicitaria o institucional. Entonces se apela a que ha habido un «problema de comunicación», argumento repetido por muchos políticos tras perder unas elecciones o un referéndum: «la acción de gobierno ha sido muy buena, pero no la hemos sabido comunicar»; «hemos tenido un problema de comunicación»; «no nos sabemos explicar», etc. Por nuestra parte, consideramos que la comunicación nunca es un instrumento neutral. Ya sea cuando la planteamos desde la ciencias de la información, el análisis del discurso, la pragmática o las narrativas, la comunicación siempre incide, actúa o participa en el conflicto que explica: hasta lo constituye.
Como decimos, la interpretación común del concepto de conflicto en las ciencias sociales está habitualmente ligada su intrínseca disfunción. Es decir, si entendemos la sociedad como una serie de elementos interrelacionados en un sistema de interacciones entre sus partes, y tal y como teorizó Parsons (1998[1956]), el conflicto implica una disfunción de dichas relaciones que genera fricciones en el sistema. El conflicto social es desde este punto de vista indeseable y la sociología trabajará para evitarlo, tratarlo y erradicarlo cuando surja. Bajo esta concepción, el sentido común que se tiene del conflicto obedece a dicho raciocinio. La aparición del conflicto en el espacio público es por lo tanto interpretada como una anomalía que viene a distorsionar la «normalidad social», entendida como un sistema estable de relaciones entre actores e instituciones sociales en cierta armonía de roles. Pocos actores políticos entenderán entonces que esta «normalidad social» implica siempre un sistema de relaciones de poder, de desequilibrios y situaciones de desventaja para ciertos grupos y comunidades. En términos mediáticos, las comunidades que están en la base de la generación del conflicto parten de una situación de desventaja: son el problema. El mero hecho de tener que explicar o justificar el por qué del planteamiento del conflicto ya es un hándicap en términos periodísticos actuales: cabe desplegar toda una serie de estrategias narrativas y discursivas para profundizar en la complejidad, además de conectar con un público amplio, a priori, poco dispuesto al pensamiento complejo. En general, también desde los estudios de la comunicación social, se ha partido de la base de que el conflicto es una especie de excepción en un sistema equilibrado que responde a determinadas leyes o teorías.
Una visión alternativa a esta concepción común del conflicto la encontramos en el sociólogo alemán Georg Simmel (2010[1904]), quien elaboró a principios del siglo pasado un entendimiento del conflicto como motor social. Simmel generó una definición de conflicto muy productiva desde el punto de vista de la comunicación en la que cabe destacar dos aspectos fundamentales para nuestros intereses. En primer lugar el conflicto es constitutivo de la sociabilidad y viceversa y, por lo tanto, configura un motor de relaciones sociales. Esta sociabilidad necesita comunicación, interacción y diálogo. En segundo lugar el conflicto implica identidad, porque justamente consiste en el establecimiento de un límite respecto al otro, denota un posicionamiento que respalda intereses opuestos. Una comunicación en conflicto implica que una de las partes en diálogo no comparte las ideas o las posiciones de la otra: requiere una afirmación de la propia identidad y una consideración de grupo. Esto genera identidad e implica una construcción del «yo» o del «nosotros» en relación a la otra posición: los grupos sociales suelen generar cohesión interna en base a los relatos sobre el conflicto con otros grupos. Llegamos aquí a identificar un campo de gran interés delimitado por tres conceptos que se retroalimentan como son comunicación, conflicto e identidad. Por este orden, la identidad responde al discurso que individual o colectivamente está siempre en movimiento y ayuda a dotar de sentido a nuestro entorno, lo que genera un nuevo proceso comunicativo. Este punto de vista ha sido poco tenido en cuenta desde los estudios de la comunicación. Aún así autoras como Mander (1999) han advertido que las relaciones siempre funcionan a través del conflicto y la unidad social contiene también relaciones de aversión, hostilidad y desafecto.
El conflicto es el lugar de la construcción de la identidad, el lugar donde nosotros, como individuos y comunidades, logramos saber como diferimos y qué nos hace únicos. Nos constituimos colectivamente e individualmente en el acto del desacuerdo (Mander, 1999: 4).
La teoría de Simmel considera el antagonismo como una de las formas más intensas de la socialización humana, entendiendo que el conflicto libera tensión entre los contrarios, teje —desde la negatividad— una unidad, y acontece necesario puesto que sin él, la opresión aumenta. La oposición permite «no sentirnos completamente aplastados en la relación» (Simmel, 2010[1904]: 21). De esta manera, la forma y contenido de la comunicación conflictiva trabajan en la alimentación de la identidad individual y social. A esta concepción contribuyó más de cincuenta años después Lewis Coser, en plena efervescencia del funcionalismo. Para este, una de las funciones del conflicto es justamente la de fortalecer los lazos del grupo social y establecer sus limitaciones o fronteras. En The functions of social conflicto, Coser (1956: 118) va desgranando la teoría simmeliana del conflicto en la que pone de manifiesto, por ejemplo, que cuanto más cercana (y regular) sea la relación entre partes, más intenso será el conflicto; que el conflicto con grupos externos incrementa la cohesión interna del grupo, que los conflictos con base ideológica tienden a radicalizarse o que el conflicto establece equilibrios de poder o crea nuevas formas de colaboración. Aunque ni Simmel ni Coser pusieron acento en la comunicación social, los medios tienen un papel destacado en estos aspectos. Los medios ven en el conflicto un motor narrativo y dramático de gran valor aplicable al periodismo informativo o a la ficción televisiva: permite articular una historia con roles identificables (agresor, víctima, etc.), dirigida a un público específico que puede estar más o menos involucrado en el conflicto que se narra —lo que va a ser un elemento potencial de interés y de acumulación de audiencia.
Pero la sociología continuó tratando el conflicto como un mal, una especie de enfermedad a erradicar. Coser ya advertía que la academia había ido incluso evitando el término «conflicto» para hablar de controversia, presión o tensión (strain). El conflicto social, como categoría de análisis, quedó relegado como centro de atención, a la vez que paralelamente se empezó a gestar la «teoría del conflicto», ahora desgajada de la sociología general e incluida en un campo propio que se va a desarrollar en los sesenta. Surgen expertos, conflictólogos que irán asentando las bases de una nueva disciplina: sus conceptos, sus normas y taxonomías, etc. Como magistralmente relatara para la economía Michel Foucault (2005[1966]: 245-294), aparece una ordenación y lógica (que tiende a la positivización y establecimiento de «nuevas empiricidades») regida por nuevos poderes del conocimiento e ideologías de la transformación. Ahora bien, la dirección que toma este nuevo campo de análisis está en la línea de la crítica de Coser a los sociólogos de su tiempo: «La tendencia que prevalece entre los pensadores (...) es encontrar Caminos de Entendimiento y acercamientos mutuos a través de la reducción del conflicto» (Coser, 1956: 26).²
Si Coser volvió cincuenta años atrás para hablar del conflicto en Simmel, nosotros planteamos un salto de pértiga de medio siglo más ante la imposibilidad de abarcar las teorías del conflicto. La lógica que criticó Coser es la que ha llevado a circunscribir casi de forma exclusiva el concepto de «conflicto» a lo que hoy entendemos como conflicto bélico o violento. Aunque como apuntan algunos autores, «conflicto» ha sido aplicado en gran cantidad de campos para referirse a cualquier desacuerdo en cualquier aspecto de la vida social (Jeong, 2008: 6), la verdad es que el ámbito de la conflictología y las teorías de la resolución de conflictos está dominada por los estudios de situaciones bélicas, de terrorismo, y otros contextos de alta violencia física, etc. (lo que en algunos ámbitos se denomina Peace Studies o Estudios para/sobre la Paz). A nuestro entender esta es una visión que limita las potencialidades del estudio del conflicto mediatizado como forma comunicativa. Los medios de comunicación, de entre los cuales se cita insistentemente la televisión, pueden de hecho ser catalizadores de la «cultura de la violencia» o, como Fisas apunta, «tienden a dramatizar y a presentar el mundo de hoy como una sucesión de desastres y violencias imposibles de entender, y sobre los que nada puede hacerse» (Fisas, 1998: 364).
Por su parte, Eduard Vinyamata señala el papel que los medios han tenido en la generación y alimentación de determinados conflictos bélicos, desde la guerra entre Estados Unidos y España, hasta la Segunda Guerra Mundial, pasando por las más recientes guerras del Golfo, o las guerras de desintegración de Yugoslavia. Este autor, por ejemplo, señala la visión «nefasta» que los medios de comunicación están «empeñados» en trasmitir de los adversarios políticos en el conflicto político en el País Vasco, y denuncia que las malas prácticas periodísticas y la presión de los poderes públicos han sustituido la «información veraz» (Vinyamata, 2005: 194). La tendencia de considerar el conflicto solo en relación a situaciones bélicas o de alta gradación bélica o violencia también ha tenido resonancias en los estudios de la comunicación (Gilboa, 2002; Seib, 2005). En general, esta visión señala a los medios como elemento pernicioso en los conflictos.
Desde la conflictología se pone énfasis en la importancia de la comunicación social para la resolución de conflictos y este punto de vista no deja de ver a los medios como una herramienta que debe ser usada en otro sentido, en el de la educación en la cultura de la paz. Desde nuestro punto de vista, no cuestionamos esta concepción idónea del papel de los medios, sino que nos parece que considera los medios un factor más, que se prescribe como remediador de una situación anómala o enfermiza del conflicto. Todas estas aproximaciones no estudian la comunicación social como centro y constitución simbólica de los conflictos, sino que la nombran o la tienen en cuenta como condicionante contextual o lateral —a lo sumo se le dedica un capítulo o comentario en los libros sobre conflictología.
La mediatización del conflicto, por nuestra parte, es un factor central en la constitución del conflicto y no un aspecto más a tener en cuenta: esta puede funcionar a nivel de medios de comunicación, pero también de discurso en los parlamentos, en las sentencias de los juzgados, en las comunicaciones entre instituciones, en las informaciones de los colegios profesionales, etc. Cualquier interacción genera una cierta mediatización del conflicto. No podemos desligar el papel de los marcos de interacción en el establecimiento de discursos sobre un conflicto político y mucho menos en las acciones que estos discursos promueven. De hecho, tomando una perspectiva lingüística de la resolución de conflictos, Katherine Hale (1998) ha delimitado distintos marcos de interacción (a través del uso del lenguaje), que llevan a situaciones de negociación, por lo que ha indicado que existen «marcos de negociación», entre los que incluye por ejemplo los problemáticos (como el marco de la tragedia, el marco eufemístico y el marco desacreditador) en contraste con el marco humorístico o irónico. En situaciones de conflicto, el uso de alguna de estas opciones para afrontar una negociación puede llevar a diversos caminos. Estos marcos, sin duda, articulan distintas narrativas sobre el conflicto político y pueden predisponer a las partes a la negociación.
En este sentido, creemos que puede ser más provechosa la consideración de conflicto como una «intensa forma de competición» en la que dos o más partes están expuestas y participan de una «interacción antagonista» (Jeong, 2008). En esta concepción más amplia, se determina la existencia de una gradación entre conflictos constructivos y destructivos, que pueden ir desde situaciones de competición de tipo simbólico (por ejemplo, la rivalidad entre aficiones de equipos de futbol), a graves contextos bélicos o de violencia física con consecuencias fatales para la población involucrada. Entramos aquí en una cuestión también de escalabilidad, puesto que los conflictos pueden incrementar sus dinámicas destructivas o virar hacia procesos más constructivos de entendimiento mutuo o de generación de cohesión social. Aquí, creemos que la comunicación social puede tener ciertamente un papel pero, atención, no únicamente como herramienta para solventar o acercar posiciones, sino que puede actuar como catalizador de ambas dinámicas. De hecho, la comunicación del conflicto constituye el conflicto en sí. Así pues, podemos contemplar conflictos de tipo cultural o social, con evidentes connotaciones políticas, que forman parte de la «leña» que quema cotidianamente en los relatos periodísticos. No tienen porqué generar violencia física —aunque elaboran discursos repletos de violencia simbólica—, pero ponen al descubierto las dinámicas políticas y culturales de una sociedad en movimiento. En un sistema que garantice la libertad de expresión este tipo de conflicto, cuyos relatos y narrativas son mediatizadas, supone un auténtico motor de participación social, compromiso político, cohesión y vitalidad comunitaria nada desdeñable.
Los conflictos políticos pueden generar movilización social en forma de manifestaciones en defensa de un determinado derecho percibido como tal por la ciudadanía. Los medios participan en este proceso, hasta invitan a dicha participación o, en otros casos, son promotores de la desafección o de la desidia colectiva. Conflictos políticos de baja intensidad pueden derivar por otro lado en conflictos violentos y aquí los medios juegan un papel relevante en la definición y relato del conflicto.
También se ha advertido que el «recalentamiento» comunicativo no lleva a una mejor comprensión de los hechos por parte de la audiencia, puesto que se tiende a una situación de «desinformación» así como al incremento de elementos emocionales en la narración y la comprensión de los hechos. Esta «desinformación» —que para Joaquim M. Puyal (2011) es «infodeformación» puesto que sí que existe un tipo de información— y el incremento emocional llevarían a una espiral de intensificación del conflicto (Tichenor et al., 1999). La clave es considerar el discurso político no como un elemento reactivo o producto de un conflicto, sino como un actor que ejerce un determinado poder en dicho conflicto, el discurso que genera el conflicto como un actor político. Esta premisa ha sido adoptada por autores centrados en el discurso como por ejemplo Katty Hayward (2011: 2-3), para quien la resolución del conflicto no es en sí misma un objetivo y la utilización política del lenguaje tiene una gran prevalencia en dichos contextos, o como Laura Filardo (2011: 64), quien utiliza el concepto de «mundos discursivos» (discourse worlds) para referirse a la representación subjetiva e ideológica que hacen los partidos de una determinada realidad política, o Adrian Little (2011: 215), quien entiende la «reconciliación» como una narrativa con diversas posibilidades de ser estructurada.
La comunicación social ofrece oportunidades para incrementar las dinámicas constructivas del conflicto social. Por supuesto, la intensificación de la información sobre un determinado tema (por ejemplo, una enfermedad, un problema social o un conflicto político) puede (o no) incrementar la atención que la sociedad presta a dicha temática, aspecto ampliamente tratado por las teorías de la agenda setting (McCombs, 2006). Una buena praxis periodística puede (o no) ayudar a entender la complejidad de un determinado conflicto de intereses, así como aproximar conocimiento sobre las distintas partes involucradas. La libertad de información y el acceso a los medios puede (o no) estar en la base del surgimiento de nuevas opiniones y perspectivas del relato de un determinado conflicto político, así como un contexto óptimo para escuchar las partes desprovistas de la oportunidad para intervenir en el debate público. Sin duda, esta visión positiva de la esfera pública como ágora social, de tintes habermasianos, necesita de ciertas condiciones o ajustes. Por ejemplo, la comunicación social requiere un trabajo que ayude a atenuar los denominados «desequilibrios representacionales» —consecuencia de las relaciones de poder entre grupos sociales (Castelló, 2008: 260)— y a evitar el «riesgo fetichista» en el que a menudo caen los medios —la transformación del servicio en una función de dominio, manipulación y fiscalización de grupos sociales (Sampedro, 1994: 116).
Algunas de las claves de las aportaciones de la comunicación social a la resolución de conflictos han sido destacadas por Ellis (2006), quien señala que es justamente en la configuración estructural de las relaciones donde se encuentra la base para la aproximación entre partes. Este autor, por ejemplo, apunta al «federalismo» como una forma de relación que se basa en compartir el poder, cuando las partes involucradas en la relación son tenidas por igual y consienten determinados sacrificios en beneficio común. También introduce el concepto de «democracia étnica», que implica el reconocimiento de los derechos civiles y políticos de la mayoría, pero tiene la contrapartida de beneficiar siempre a los grupos dominantes. O finalmente habla de «democracia consociacional» —pone como ejemplos el caso belga o suizo— en el que cada parte involucrada en un conflicto étnico-político tiene el mismo peso independientemente de su importancia cuantitativa. Estas son algunas de las claves que —sumadas a otras como la calidad inclusiva de las comunidades, la madurez democrática de sus instituciones o hasta el liderazgo de sus políticos para observar y aprovechar las oportunidades que un conflicto político puede ofrecer para la transformación social—, pueden dibujar escenarios productivos y positivos en los que el conflicto se imbrica como forma de comunicación y socialización entre comunidades.
De la media logic a la mediatización
Simmel, como hemos dicho, no teorizó sobre la comunicación social como la entendemos aquí, pero en sus reflexiones sobre el acto comunicativo de la conversación encontramos otros aspectos trasladables a nuestro ámbito de estudio. Su distinción de la conversación puramente social de aquella destinada a transmitir conocimiento es de gran interés para entender la importancia de la forma respecto al contenido. Léase esta idea y hágase el ejercicio posterior de sustituir «conversación» por «comunicación»:
En la conversación puramente social, la materia ya no es más que el soporte imprescindible de los atractivos que despliega por sí mismo el vivo intercambio de la conversación (Simmel, 2003: 94).
Hoy, esta sería quizás una de las lógicas más útiles para entender el funcionamiento de las redes sociales, pero también de la televisión y de otros medios de comunicación. Siguiendo esta idea podemos interpretar —sin menoscabar la importancia del contenido de los medios, de la información periodística, de la televisión o de los comentarios online—, que en las modalidades de comunicación social actuales el contenido no siempre detenta la «finalidad» de la comunicación, sino que a menudo es accesorio o intercambiable en relación a la forma en qué tiene lugar esta comunicación. Dicho esto, proponemos entender el conflicto como una «forma de comunicación» para llegar a la conclusión de que el contenido (la materia) puede ser intercambiable (o accesorio) si se mantiene este tono o forma conflictiva. El conflicto político es a menudo un «medio» en sí mismo más que el resultado indeseable de una interacción entre comunidades enfrontadas, por lo que a determinados actores les puede ser útil mantenerlo, alimentarlo o incluso construirlo en la consecución de otros objetivos. Cualquier contenido puede entonces ser utilizado, puesto que la centralidad del acto comunicativo no es transmitir información o conocimiento sobre el objeto sino mantener el

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