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Timestamp: 2019-12-10 01:58:34+00:00

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Historia - Buenos Aires SurBuenos Aires Sur
La historia es más que la memoria de los tiempos pasados pues al compenetrarnos en una historia podemos llegar a ser protagonistas de hechos y situaciones de otros tiempos como si nos encontráramos allí mismo.
Mediante ella conocemos la razón de nuestro presente y hasta podemos vislumbrar nuestro futuro, pues, si algo mágico tiene la historia es su capacidad para repetirse. Siendo entonces la historia algo siempre vigente: la memoria del pasado, un continuo presente y un posible futuro.
Quién fue Guillermo Brown
El almirante Guillermo Brown, de origen irlandés, arribó al Río de la Plata en 1809. Adquirió en Montevideo una goleta con la que comerció entre ese puerto y los del Brasil. Después efectuó viajes periódicamente a Río de Janeiro en “Jeanne”, su nueva fragata. En 1811 adquirió otra goleta a la …Continuación
El almirante Guillermo Brown, de origen irlandés, arribó al Río de la Plata en 1809. Adquirió en Montevideo una goleta con la que comerció entre ese puerto y los del Brasil. Después efectuó viajes periódicamente a Río de Janeiro en “Jeanne”, su nueva fragata. En 1811 adquirió otra goleta a la que bautizó con el nombre de su primogénita: “Elisa”, la que naufragó frente a la Ensenada de Barragán. Sin embargo esto no lo desanimó y con la venta de parte de la carga que pudo rescatar de “Elisa”, se asoció con Guillermo Pío White para comprar la goleta “Industria” que realizó viajes entre los puertos de Buenos Aires y Colonia.
En 1812 se afincó con su esposa Isabel y sus hijos Elisa y Guillermo —de origen inglés—, en el barrio de Barracas, en una quinta en la actual Av. Martín García —donde hoy se encuentra un edificio de departamentos y el Banco Ciudad—, calle que unía al que venía por el bajo con el que descendía por la barranca de la calle Larga.
En el combate de Los Pozos el almirante Brown enfrentó a la flota del imperio brasileño con una pequeña escuadrilla en aguas del Río de la Plata, la población se volcó a la ribera para seguir las secuencias de la lucha que se desarrollaba prácticamente en las puertas de la ciudad. “Fuego rasante que el pueblo nos contempla”, dijo el almirante en medio del combate.
En 1827 el triunfo de Brown hizo vibrar a Buenos Aires y la población se dirigió hasta la quinta de Barracas para hacerle saber de su agradecimiento.
El 1º de diciembre de 1828 la revolución encabezada por Lavalle provocó la derrota del gobierno de Dorrego y el almirante Brown fue designado Gobernador Provisional. Ocupó este cargo hasta el 4 de marzo de 1829, momento en que renunció, a la vez que pidió a Lavalle que no efectuara el fusilamiento de Dorrego. Después de esto las montoneras de Rosas se apoderaron de dos buques de la Ensenada.
Mientras tanto, ante la situación creada el gobierno dispuso la organización de milicias y un grupo de comerciantes dispuestos creó el “Batallón de los Amigos del Orden” con Ramón Larrea como jefe.
El 16 de mayo la gente de Rosas se apoderó del Puente de Barracas a pesar de la extraordinaria defensa que la marina realizó y las fuerzas que cruzaron el Riachuelo lograron apoderarse de la “Maldonado”, la que tantas veces enarbolara la insignia de Brown en diferentes batallas. Unos días después el capitán de las fuerzas francesas, el vizconde de Vanancourt ordenó que la marina gala atacara la pequeña, humilde y desarmada flota argentina apoderándose de varios buques y desmantelando a otros. Los combates tuvieron lugar en algunos tramos de la calle Larga y en otros lugares de Barracas, donde se cometieron abusos de todo tipo, pero es interesante destacar que nunca fue tocada la quinta del almirante Guillermo Brown, lo que prueba el respeto que se le tenía por su hombría de bien.
En el año 1833, durante los festejos del encumbramiento de Rosas, el almirante Brown, quien hubiera sido gobernador de las fuerzas unitarias en el pasado, ocupó el puesto que como marino de la Armada le correspondía.
Cuando Rosas delegó el poder para ponerse al frente de las tropas de la campaña de Río Colorado, Brown fue hostigado por las autoridades policiales de Barracas. Recién en 1834 se restableció el cordial contacto con las autoridades momento en que Brown contribuye para la construcción de la verja de hierro de La Alameda y firma un contrato con el gobierno para reparar y mantener en condiciones el camino de Barracas por un período de cuatro años.
Las cabalgatas costeando el río desde la Recoleta hasta su quinta en Barracas y desde allí hasta “El Puerto de los Tachos” —actual Vuelta de Rocha— y a la Maestranza le producían un gran placer.
El general San Martín dijo lo siguiente de Guillermo Brown, en una carta que le enviara a Díaz Vélez: “… yo no tengo el honor de conocerlo, pero como hijo del país, me merecerá siempre un eterno reconocimiento por los servicios tan señalados que ha prestado”.
El almirante Brown sufrió mucho al perder en batalla a Drummond, su futuro yerno; y después a su hija, quien se ahogara en las mismas aguas del Río de la Plata donde muriera su prometido. Estas heridas jamás sanaron.
Desde que volviera de Irlanda en julio de 1847, poco se sabe de las actividades del almirante. Vivía en su quinta de Barracas, donde trabajaba la tierra. Estas labores eran interrumpidas solamente por sus esporádicos viajes a Quilmes y a Colonia donde tenía terrenos. Se dedicó a la beneficencia, se reunía con sus amigos irlandeses y asistía a algunos actos públicos. Su vida era compartida con su esposa y los hijos que le quedaban: Guillermo, Martina y Eduardo —estos últimos nacidos en la Argentina—.
Para terminar y tratar de hacer un perfil lo más fiel posible del almirante Guillermo Brown que nos permita conocer su personalidad un poco más, queremos hacer referencia a un breve diálogo que sostuvo con el almirante brasileño Grenfell, aliado del general Urquiza, quien pasara a saludarlo por la quinta de Barracas a pesar de haber sido contrincantes en las aguas de Quilmes. Grenfell le dijo: “¡Ah, bravo amigo; si usted hubiera aceptado la propuesta de don Pedro I, cuán distinta sería su suerte, porque, a la verdad, las repúblicasson siempre ingratas con sus buenos servidores!”. El almirante Brown, luego de observar la innumerable cantidad de medallas que cubrían el pecho de Grenfell le contestó: “Señor Grenfell, no me pesa haber sido útil a la patria de mis hijos; considero superfluos los honores y las riquezas cuando bastan seis pies de tierra para descansar de tantas fatigas y dolores”.
En la madrugada del 3 de marzo de 1857, poco antes de morir, se despidió de su amigo, el coronel de Marina, Alejandro Muratore con estas palabras: “Comprendo que pronto cambiaremos de fondadero; ya tengo el práctico a bordo”. •
Historias de La Boca: El bar de la negra Carolina
Allá por los años ’20, en la calle Pedro de Mendoza, a pocos pasos de Alte. Brown entre las rubias aguas del Riachuelo y la pureza del cielo boquense, había un bar al que concurrían los habitantes de los sucios barcos que se mecían en los muelles de la ribera. …Continuación
Allá por los años ’20, en la calle Pedro de Mendoza, a pocos pasos de Alte. Brown entre las rubias aguas del Riachuelo y la pureza del cielo boquense, había un bar al que concurrían los habitantes de los sucios barcos que se mecían en los muelles de la ribera. Se trataba del bar de la negra Carolina. Su propietaria, una obesa mujer de color, oscilaba en los 50 años de edad, comentando a veces a los parroquianos de mayor confianza las andanzas de su vida por el mundo.
Oriunda de Nueva Orleans, Carolina comentaba su amistad con Josephine Baker, acompañando sus recuerdos con fotos, como el mayor orgullo de su raza. Siempre recordaba a sus padres, quienes habían sido esclavos en la vieja Virginia, en el país del Norte.
Al nacer ella, ya habían logrado su libertad, su madre era lavandera y su padre cocinero. Al morir éstos la negra Carolina tenía 12 años, y aprendió a servir vasos de café y ron en los cafés marineros de Virginia. Con el tiempo aprendió varios idiomas, quizás por el contacto con hombres provenientes de distintos lugares del mundo, especialmente ingleses y franceses que llegaban a la desembocadura del Mississippi.
Al nacer el siglo XX, Carolina Maud, que así se llamaba la negra, llegó a Buenos Aires inaugurando en La Boca del Riachuelo el café de que hablamos, que se llamó “The Droning Maud”. Fue tan importante durante su época que el mismo Héctor Pedro Blomberg lo recuerda y lo describe en sus poemas dedicados al puerto.
Carolina tuvo una ayudante que se llamaba Eve Leneve quien registró su nombre en la historia del crimen de Inglaterra, pues su amante, el Dr. Crippen, había asesinado a su esposa, la bella Elinore. Cuando huían de Londres fueron detenidos por la policía. Al médico lo arrestaron en 1911 y ella quedó en libertad. Así encayó un día en Buenos Aires en “The Droning Maud”.
Eve Leneve se enamoró de un marinero norteamericano, rubio, de ojos celestes y de oscura vida, nada menos que Jack London.
Eran los primeros años del siglo XX y Buenos Aires era visitado, como muchos otros puertos, por marineros que pasaron a la fama y a la inmortalidad de las letras y el teatro, como Eugenio O’Neil que también acodó sus ilusiones en “The Droning Maud”; o como el poeta inglés de gran renombre, John Mansfield, que tenía predilección por la cerveza.
Así pasaron los años entre ignorados marineros y ocultos hombres de la literatura, hasta que un día de 1927 la negra Carolina abandonó “The Droning Maud” para ingresar en el Hospital Argerich, donde terminó su vida.
Haydée Caroni	|
Enrique Horacio Puccia: el maestro, el historiador, el amigo
Enrique Horacio Puccia, un hombre sencillo y carismático, un amante de las cosas pasadas, un soñador, un “lírico”, como él mismo se describía. Fue un amigo valiosísimo de Buenos Aires Sur, en nuestros comienzos y después, apoyó nuestro trabajo con gran generosidad y desprendimiento. Con él mantuvimos largas …Continuación
Enrique Horacio Puccia, un hombre sencillo y carismático, un amante de las cosas pasadas, un soñador, un “lírico”, como él mismo se describía.
Fue un amigo valiosísimo de Buenos Aires Sur, en nuestros comienzos y después, apoyó nuestro trabajo con gran generosidad y desprendimiento.
Con él mantuvimos largas charlas, reflexiones, anécdotas… y libros, porque nos obsequió muchos de sus libros editados, los que prestigian nuestra biblioteca y enriquecen nuestro conocimiento.
Enrique Horacio Puccia fue quien nos llevó a vivir tiempos pasados, épocas que no conocimos, porque tenía la habilidad extraordinaria de relatar los hechos y hacernos sentir que éramos partícipes de ellos, que éramos testigos directos.
Buenos Aires Sur charlando con el maestro Enrique Horacio Puccia
Desempeñó gran cantidad de actividades y ocupó diversos cargos hasta el final. Su edad avanzada (90 años) no le impidieron trabajar, luchar por la difusión de nuestra cultura, realizar conferencias, viajes al interior y exterior, investigar, escribir, ni hacer proyectos. Porque él siempre tenía proyectos, quizás eso y la increíble actividad que desplegaba lo mantenían tan bien y tan lúcido. Todos los que lo conocieron seguramente coincidirán en que parecía que el tiempo no pasaba sobre él, como si se desviara, para no tocarlo.
Don Enrique era el presidente de la Junta de Historia de la Ciudad de Buenos Aires (presidía las treinta y ocho Juntas de Historia de la Ciudad), vicepresidente de la Academia Porteña del Lunfardo, miembro de la Academia Argentina de Historia, del Instituto Browniano, de la Junta Consultiva de la Academia Nacional del Tango, de la Sociedad Argentina de Historiadores, de la Asociación Fraga y de otras instituciones.
Escribió una vasta cantidad de libros, notas para importantes medios locales y nacionales; realizó innumerables conferencias y disertaciones, y prestigió con su presencia muchísimos actos y eventos.
Por su destacada labor recibió medallas, plaquetas, diplomas y distinciones de diverso tipo, inclusive, y con toda justicia, era Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Pero la distinción que más le llegó fue, como él mismo nos dijo, la que recibió el Día de la Policía por parte de la Comisaría 26: “La que tiene una leyenda donde dice que me consideran una buena persona. Por sobre todos los títulos, que los puede ostentar tanto una persona que procede bien como una que procede mal, porque puede ser especialista en determinada materia pero fallar como ser humano. A mí lo que me interesa es que me consideren una buena persona…”.
Para mostrar otra faceta de su sencilla pero impresionante personalidad queremos compartir con ustedes algo que Enrique Horacio Puccia dijo en oportunidad de recibir el diploma de Ciudadano Ilustre de la Ciudad: “Agradezco a mi esposa Adelina, a quien sólo le pude brindar un mundo de sueños e ilusiones. Sueños e ilusiones que siempre aceptó como la mejor de las riquezas”.
Concluimos este humilde recordatorio con la respuesta que don Enrique nos dio cuando le preguntamos cómo comenzó a interesarse y a sentirse tan atraído por la investigación del pasado de nuestra ciudad: “Esto fue algo que me nació espontáneamente, pero a su vez inculcado, tal vez sin querer, por un humilde inmigrante italiano que quería verdaderamente a esta tierra, y no por interés, porque ni siquiera se pudo hacer su propia casita. Su cariño por las cosas de la ciudad eran reales, no artificiales. ¿Y quién fue ese hombre? Mi padre. El quiso mucho esta tierra, aquí nacimos todos sus hijos. El tuvo la paciencia de pasearme por todos los lugares de la ciudad, y no solamente de pasearme, sino de explicarme el por qué de las cosas… Y continué, hasta estar como mi padre, con una mano atrás y otra adelante, pero muy rico, muy rico en otras cosas. Los bolsillos están flacos, pero el corazón está rebosante de amor por la ciudad”.
Halloween: la verdad detrás de la calabaza
Desde principios de los ’90 a la fecha, los 31 de octubre comenzaron a cobrar un nuevo y temible significado en cada vez mayor parte de nuestra sociedad. En los escaparates de muchas casas de cotillón y jugueterías comenzaron a verse máscaras y disfraces de monstruos, calaveras, brujas y …Continuación
Desde principios de los ’90 a la fecha, los 31 de octubre comenzaron a cobrar un nuevo y temible significado en cada vez mayor parte de nuestra sociedad. En los escaparates de muchas casas de cotillón y jugueterías comenzaron a verse máscaras y disfraces de monstruos, calaveras, brujas y demonios, y las tan representativas calabazas caladas con una, más que simpática, siniestra sonrisa.
La fiesta de noche de brujas o Halloween, como se le conoce, es, desde hace siglos, una de las celebraciones más esperadas por niños y adultos en los Estados Unidos. Fiesta donde los chicos, disfrazados de brujas y fantasmas, entre otros, recorren las casas gritando: “Trick or treat” (golosina o travesura), donde, si no se les dan los dulces requeridos, como travesura arrojan huevos a los frentes de las casas. Celebración ésta que ha logrado instalarse en la Argentina. Es una festividad de origen sajón, de la que, aparentemente, muchos desconocen su origen e insidencia más allá de la inocencia que pretende aparentar.
¿Es Halloween algo más que una fiesta inocente?
Aproximadamente mil años AC los celtas (pueblo del que desciende Inglaterra y Estados Unidos) ya observaban la última noche de octubre de esta manera: a la luz de la luna un grupo de hombres disfrazados recorrían las casas pidiendo dádivas y lanzando espantosas amenazas.
De algunas casas goteaba sangre humana… En otras podía observarse en su umbral la siniestra cara tallada en una calabaza iluminada en su interior con una vela hecha de grasa humana.
La noche… la última noche de octubre es la noche de Samhain, el señor céltico de los muertos. ¿Encontramos alguna similitud entre esto y el moderno Halloween?
Los celtas creían que en aquella noche Samhain liberaba del mundo de los muertos a todos los espíritus, y que éstos se mezclaban en aquella noche con los vivos, por lo que los druídas (sacerdotes magos) se disfrazaban e iban hasta los límites de la aldea para alejar con engaño a los espíritus. Se hacían sacrificios de animales y seres humanos, y al observar los estertores de la víctima mientras ésta agonizaba, los druídas los “interpretaban” para predecir el futuro. La célebre frase “Trick or treat” (golosina o travesura), evoca los guturales gritos de los druídas con los que amenazaban a los habitantes de la ciudad si éstos no les daban ofrendas para el señor de los muertos Samhain, a quien también se le reconocía como Satán.
De hecho todas las culturas a través del tiempo han rendido culto a la muerte y a los “dioses” representativos de ésta. Los babilonios rendían culto a Nergal, los egipcios a Osiris, los cananeos a Mot, y podríamos enumerar a muchísimas otras culturas que del pasado al presente han rendido o rinden culto a la muerte.
Ciertamente los adoradores del diablo consideran al 31 de octubre como una de sus más importantes fechas. Según el periódico USA Today “se trata de una fiesta religiosa dedicada al mundo de los muertos en la que los satanistas hacen sacrificios, y que las brujas —las de verdad— celebran en silencio con comidas o corros para rezar a favor de los muertos”.
Bryan Jordan, reconocido brujo de Washington comentó: “Los ‘cristianos’ no se dan cuenta, pero están celebrando con nosotros nuestra fiesta… y nos complace.”
Como dijimos al comienzo, son muchos los que no saben de los aberrantes orígenes de esta “fiesta” ni de su contemplación en el calendario de los adoradores del diablo, para quienes la noche del 31 de octubre no es una noche de travesuras infantiles. •
¿Quién fue Rufina Cambacérès? Nació el 31 de mayo de 1883 en París. En realidad su nombre era Eugenia Cambacérès y posiblemente al ser bautizada le agregaron el nombre de Rufina, como se la ha conocido (nombre de su abuela materna). Sus padres fueron Eugenio Cambacérès y Aloysia Stephana Bassich …Continuación
¿Quién fue Rufina Cambacérès?
Nació el 31 de mayo de 1883 en París. En realidad su nombre era Eugenia Cambacérès y posiblemente al ser bautizada le agregaron el nombre de Rufina, como se la ha conocido (nombre de su abuela materna).
Sus padres fueron Eugenio Cambacérès y Aloysia Stephana Bassich o Bacichi, quien firmaba como Luisa Bacichi, nacida en Trieste (perteneciente a Austria en ese momento,
año 1855). De Luisa Bacichi no se saben demasiadas cosas, y no está claro además, el motivo por el cual se tratara de cubrir su memoria con un manto de olvido. Lo que sí podemos decir es que luego de enviudar de su marido, Eugenio Cambacérès, mantuvo una larga relación sentimental con Hipólito Yrigoyen, con quien tuvo un hijo —Luis Herman—, quien se dedicaría, en el futuro, a la diplomacia.
Eugenio Cambacérès nació en Buenos Aires en 1843. Fue jurisconsulto pero se dedicó por poco tiempo a su profesión. Luego actuó en política y en 1870 fue diputado a la Legislatura
de Buenos Aires. Al año siguiente figuró en la Convención Constituyente por la Provincia de Buenos Aires, provocando un gran “escándalo” con su proyecto de separación de la Iglesia del Estado; este proyecto no prosperó. En 1874 fue electo diputado nacional, produciendo un nuevo “escándalo” cuando, al denunciar los fraudes electorales del mes de febrero que provocaron la revolución mitrista, se levantó contra su propio partido.
Reclamaba la pureza del sufragio siendo uno de los primeros defensores de la libertad del mismo. Estos acontecimientos pusieron fin a su carrera política; sin embargo, fue electo
diputado nacional nuevamente en 1876, pero renunció para dedicarse a las letras.
Colaboró en el diaro “Sud América”, sus notas fueron firmadas con el seudónimo de Lorenzo Díaz. En 1881 publicó la primera edición de “Pot-pourri”, que lleva como subtítulo: “Silbidos de un vago” (una sátira social, con gran humorismo y pasajes autobiográficos). Su segunda novela publicada en 1884 se llamó “Música sentimental” (representante pura del naturalismo). En 1885 publicó “Sin rumbo” (primera novela firmada con su propio nombre). En 1887 publicó “En la sangre” (descripción de lugares, tipos y costumbres de Buenos Aires). Todas sus novelas despertaron grandes polémicas en la Gran Aldea, siendo editadas además en París, a dónde viajaba con gran frecuencia.
José Luis Lanuzza lo describió como “político de ideales liberales, muy frecuentador de la ópera, el club y las reuniones sociales. Conocedor de ambientes populares y burgueses
tanto de Buenos Aires como de París… escéptico en política, o por lo menos desencantado de la imperfecta democracia en que le tocaba actuar…”.
Para David Peña —quien lo describe en una forma más íntima— era “ocurrente, espiritual, mundano, conservaba el sprit de sus antepasados —pertenecientes a la corte de Francia durante el imperio— en su graciosa causerie, en su porte doblemente elegante por su abandono de señor y su atención donjuanesca. Mas sobre el conquistador y el sibarita había una aspiración elevada de sentido intelectual”.
Es sábado, 31 de mayo —de 1902—, hoy cumple 19 años Rufina. Durante todo el día ha estado recibiendo a sus familiares y amigos en su casona de la Av. Montes de Oca 269, del barrio de Barracas.
Después de compartir con ellos un té, se dispone a cambiarse para asistir al Teatro Colón a una función de ópera, y en ese preciso momento cae muerta en forma instantánea. El doctor Carlos Ruiz Huidobro es llamado para asistir a la joven, pero ya es tarde, el diagnóstico de la causa de la muerte de Rufina es “síncope”. (En la actualidad los médicos llaman síncope a la pérdida de conocimiento)
“Si la magnitud de una desgracia debe medirse por la suma de felicidad con que ella desaparece, la prematura muerte de la Srta. Rufina Cambacérès, ocurrida en la tarde de ayer, tiene todos los caracteres de un duelo extraordinario, de esos que arrancan instintivamente protesta contra la ceguedad del destino.”
Rufina estaba dotada, además de los encantos de la belleza física, de un carácter amable, espiritual y brillante. Era una digna representante de su padre, Eugenio Cambacérès —el primer gran escritor naturalista argentino— debido a su fineza y a su sobresaliente cultura.
Su muerte ha causado gran impresión en la sociedad porteña por tratarse de alguien tan conocido a pesar de su juventud y por lo inesperado del hecho. “No se pasa repentinamente del esplendor a las tinieblas, sin que la pupila experimente en lo más hondo los horrores de la ofuscación… No brilló, pues, en nuestra sociedad con la luz de las estrellas fijas, sino con esa claridad solemne de misterio con que las fulguraciones estelares hermosean los cielos en las noches de verano, y dejan en la pupila la impresión de lo maravilloso… Acontecimientos de esta clase… hacen surgir en las almas mejor templadas en la fe un sentimiento de rebeldía, y las más firmes nociones de justicia vacilan confundidas…”
Hoy 1º de junio sus restos mortales serán llevados al cementerio del Norte a las 3 p.m. “El sepelio de la señorita Rufina Cambacérès fue una sincera manifestación de duelo de sus buenos amigos, que eran tan numerosos como distinguidos. Imborrable impresión ha dejado esta muerte, acaecida en circunstancias que la hacen aún más sensible.”
La muerte de Rufina Cambacérès tuvo siniestras connotaciones. Aún hoy se dice que fue enterrada viva, debido a que no fue un síncope el causante de su muerte, sino que sufrió un ataque de catalepsia —muerte aparente— y que el motivo real de su deceso fue la asfixia. Se dice también que días después de su inhumación un familiar —que fue a llevar flores a
la bóveda— encontró el cajón caído. Ante este hecho recurrió a la ayuda de un cuidador del cementerio, quien le ayudó a levantar la tapa. Ambos vieron espantados el vidrio del féretro
roto por la joven, quien desesperadamente trató de salir del mismo sin éxito, donde se asfixió.
Marcos de Estrada en su libro “La Recoleta” cuenta que fue el cuidador de la bóveda quien descubrió el hecho al ir a cambiar las flores.
La versión de Raúl Ortelli en su libro “El aparecido y la noche” relata la historia de la siguiente manera: Durante el entierro comenzó a llover torrencialmente, por esta causa se dejó el féretro en la capilla del cementerio. A la mañana siguiente apareció una mujer amortajada asida al portal del mismo. Rufina, repuesta de un ataque cataléptico y mediante tremendos esfuerzos, logró salir del ataúd, pero al ver el lugar y las condiciones en las que estaba, murió, aterrada, tomada fuertemente de las rejas de la puerta de entrada.
La versión y explicación a todo esto dada por la propia familia Cambacérès es que sólo se trató de un robo. En esa época se acostumbraba enterrar a las personas con sus alhajas y al abrir el ataúd éstas no estaban.
Debido a esta información sobre los hechos —diferente a todas las demás—, nos pareció lo más apropiado recurrir a un miembro de la familia Cambacérès. Para eso tomamos contacto con la Sra. Ana María Cambacérès —Eugenio Cambacérès, padre de Rufina, era hermano de Antonino Cambacérès, bisabuelo de Ana María—, quien no atendió muy amablemente y se prestó a contestar todas nuestras preguntas. Ella nos contó lo siguiente:
“Mi abuela, Elisa Casares de Cambacérès, frecuentaba permanentemente la casa de Rufina ya que quería mucho a Luisa, la mamá de Rufina. Al principio Luisa no fue aceptada por la familia ya que era cantante y en esa época una mujer que se dedicaba a tal profesión no era muy bien vista. De todas maneras resultó ser una excelente mujer, de gran personalidad, muy devota de su familia y que cuidó a su marido hasta el final de sus días.
El día en que Rufina cumplía 19 años mi abuela estaba en su casa, y una vez que ofrecieron el té a sus amistades, la ayudó a vestirse para asistir al Teatro Colón —por primera vez—, a presenciar una función de la ópera. Cuando se estaba preparando cayó muerta. El médico que la asistió determinó la causa de la muerte como ‘síncope’. Mi
abuela estuvo presente durante estos acontecimientos. Rufina fue velada hasta el día siguiente en su cama y luego la enterraron; antes de esto su madre le colocó todas las joyas que tenía. Dos días después vino el cuidador de la bóveda diciendo que el cajón estaba abierto, que Rufina se encontraba toda rasguñada y con las ropas rasgadas.
Cuando los familiares —mi abuela incluída— fueron a verificar la situación —su madre no concurrió ya que le resultaba doblemente penoso— encontraron a Rufina tal como el cuidador había denunciado, y además constataron que le faltaban las alhajas. Las ropas pudieron habérselas roto los ladrones para comprobar si tenía alguna cadena u otro tipo de collar debajo. No digo que no pudiera haber sido enterrada viva por un error del médico, más en ese momento en que la catalepsia era tan difícil de determinar. Lo que sí me parece imposible es que una mujer pudiera haber logrado romper los tornillos del ataúd y salir de éste.” (Todo esto le fue transmitido a Ana María por su padre, hijo de Elisa Casares de Cambacérès).
De cualquier manera, durante 113 años este episodio ha conmovido a la opinión pública toda. Pero hay algo más, si bien es muy lógica la explicación brindada por la Sra. Ana María Cambacérès, que incluso no niega la posibilidad de que Rufina fuera presa de un ataque de catalepsia —aún cuando no se puede probar ni una cosa ni la otra—, en la bóveda de Rufina hay una estatua de mármol de tamaño real que muestra a una joven, ubicada fuera de ésta, y que tiene una de sus manos en el pestillo de la puerta. Su actitud da la impresión de estar cerrando la puerta luego de haber salido por ésta. Algo muy sugestivo…
De todas maneras, una vez más, la verdad se perdió en algún lugar en el tiempo. •
La catalepsia hoy: ¿realidad o fantasía?, ¿síntoma o enfermedad?
La Neurofisiología moderna incluye la catalepsia dentro de un curioso grupo de enfermedades cuya característica común es un estado de inconciencia o sueño profundo que se conoce como trance o letargo, acompañada de una incapacidad absoluta de motilidad voluntaria. Al mismo tiempo se suspenden las manifestaciones de inteligencia y de sensibilidad; la persona no responde a excitaciones exteriores, sean éstas naturales o provocadas. Este término define una variedad de síntomas que involucran al sistema nervioso y muscular.
Puede producirse en forma espontánea o anunciarse mediante síntomas previos tales como un intenso estado de agotamiento nervioso, con disturbios emocionales, luego un fuerte
dolor de cabeza, sensación de vértigo e hipo intenso e incontenible. Después se pierde la conciencia y el sistema muscular adquiere un asombroso estado de rigidez, los miembros
permanecen en la posición inicial (rigor mortis, actualmente denominado rigidez cadavérica). Pasado el período de rigidez, los brazos y piernas pueden ser movidos y quedar en la posición en que se los deja, por más incómoda que ésta resulte. Este estado recibe el nombre de flexibilitas cérea, dando la impresión de que el cuerpo fuera de cera (como si estuviera moldeado en plastilina pudiéndose modificar la posición de sus miembros a gusto). Tanto la respiración como los movimientos del corazón son prácticamente imperceptibles.
En este estado el cataléptico no responde a ningún estímulo, carece incluso del reflejo conjuntivo (un pinchazo en su córnea ocular no produce ninguna respuesta refleja). Debe entonces contarse con detectores de vida más precisos, capaces de percibir las ondas cerebrales o la actividad cardíaca profunda, disipando toda duda sobre el estado real del paciente. Por todo esto antiguamente se diferenciaba a la catalepsia —muerte aparente— de la muerte clínica, definiéndola, simplementem como: “ausencia de putrefacción”.
¿Quiénes son propensos a padecer catalepsia?
No es determinante ni el sexo ni la edad, sin embargo son más propensas las mujeres que rondan los 50 años.
Se han registrado casos en personas que padecen afecciones mentales tales como la depresión profunda, la demencia precoz (también llamada ecopraxia), y ya es un hecho comprobado que todos estos trastornos están íntimamente relacionados con la epilepsia, cuyas convulsiones pueden derivar en estados de letargo, trance o catalepsia. Estos ataques pueden repetirse.
También golpes en la cabeza, en la espalda, un susto o un shock son capaces de producir este trastorno.
En lo referente a la duración, puede variar desde pocos minutos hasta varias horas; esta última posibilidad es la más frecuente, se requieren varias horas para recuperar el control de los músculos y poder hablar. Las personas que sufren un cuadro cataléptico no recuerdan nada de lo sucedido.
¿En que lugar exacto tiene lugar esta afección?
Al comienzo de los estudios, la atención de los investigadores se centró en una estructura ubicada detrás del cerebro, el cerebelo, responsable —entre otras funciones— de la coordinación muscular y el movimiento.
Se ha podido comprobar que el cerebelo en pacientes catalépticos muestra una reducción significativa de tamaño, de ahí que se hable de catalepsia cerebelar. Esto se reafirma con la catalepsia en pacientes con tumores en el cerebelo.
La neurología moderna centra sus estudios en la acción de distintas sustancias químicas conocidas como neurotransmisores que regulan totalmente la acción cerebral. Por lo tanto los trastornos relativos al movimiento y a las funciones motoras del organismo no escapan a este control químico, y es por este motivo que los investigadores tratan de aislar y sintetizar
las sustancias químicas responsables de que se produzca catalepsia, así como un conjunto de afecciones que preocupan a los médicos por su creciente acción dentro de la población,
agrupados bajo el nombre de “Síndrome narcoléptico”. Mediante el conocimiento de la química de estas afecciones se ha avanzado espectacularmente en la localización de su origen, tratamiento y prevención.
Otras investigaciones han probado que el aislamiento de ciertas sustancias, inyectadas al cerebro de ratas, producen catalepsia. Estas sustancias son el carbacol, la reserpina y el haloperidol. Sin embargo se usan con éxito tres drogas que producen efectos contrarios a los anteriores, éstas son la zimelidina, el danitraceno y la MK212.
Un tetrapéptido —proteína sencilla—, inyectado crónicamente en el cerebro de una rata produjo en ésta una respuesta exacta de rigidez cataléptica.
También se comprobó que un grupo de sustancias de origen vegetal, los cannabinoides, producidos, entre otras plantas, por la marihuana, pueden causar catalepsia si son inyectadas en una zona cerebral llamada globus palidus.
Otros trastornos similares
La catalepsia es una manifestación muy particular de alteraciones que tienen que ver con determinadas áreas del cerebro. Pero existen otras manifestaciones que han sido mucho más
difundidas e investigadas. Los científicos las han agrupado bajo el nombre de “Síndrome narcoléptico”.
a) Cataplexia: Un ataque catapléctico consiste en una repentina pérdida del control muscular voluntario. Esta pérdida de control involucra, además, músculos involuntarios, por lo que pone en peligro la vida del paciente. Usualmente aparece ligada a la narcolepsia. En general el desencadenante de este ataque es de origen emocional: angustia, miedo, risa o llanto.
b) Narcolepsia: Sus causas aún no están determinadas. Consiste en accesos de sueño profundo, que no pueden ser controlados, a cualquier hora del día, inclusive en los momentos de mayor actividad física. Este desorden cerebral es causa de múltiples accidentes. El irresistible ataque de sueño dura desde segundos hasta horas, aunque usualmente su duración es de unos 20 minutos. Luego de superado el ataque, el paciente se siente descansado, esto le permite una mejor mantención de la vigilia en las horas siguientes. Generalmente se presenta en la adolescencia, es decir, alrededor de los 11 a 20 años y evoluciona. Se están realizando investigaciones sobre la influencia que tiene un neurotransmisor llamado dopamina en la regulación del sueño.
Los científicos especializados en química del cerebro han centrado su atención en una proteína, la 5-hidroxitriptamina (5-HT). Todo indica que un exceso de dicha sustancia
induce a prolongados períodos de sueño.
c) Parálisis de sueño: Se llama además parálisis nocturna, y es un cuadro de cataplexia que aparece al despertar o al iniciar el sueño. Los ataques duran 1 o 2 minutos y causan un efecto sumamente angustiante en quienes la sufren. El 25% de los pacientes que padecen parálisis de sueño tienen narcolepsia.
d) Alucinaciones hipnagógicas: Consisten en la aparición inesperada de imágenes que desplazan la percepción en cualquier momento. Estas alucinaciones pueden ser visuales y/o
auditivas, generalmente afectan a todos los sentidos. El contenido de las mismas en general es desagradable y producen una sensación de angustia en quienes las padecen.
Todos estos trastornos son reales y tienen que ver directamente con la química del cerebro.
Se pueden prevenir a medida que avanzan las investigaciones. No son en sí causantes de muerte. •
Opinan los médicos
Consultamos a varios médicos —especializados en psiquiatría y medicina legal— a fin de conocer su opinión con respecto a este tema tan controvertido y del que todavía no se sabe todo lo necesario. No debemos olvidar que sólo utilizamos una mínima parte de la capacidad de nuestro cerebro y que él guarda secretos aún insondables para nosotros.
No resulta fácil encontrar material a nivel médico y científico y las opiniones médicas difieren, pero una cosa sí es clara: la catalepsia es mucho más que una cuestión folclórica, es un padecimiento real, un síntoma que no debe suprimirse ni negarse ya que permite llegar a la verdadera causa del trastorno.
• Para el Dr. Guillermo Gadea, del Hospital de Agudos Alvear, la catalepsia es lo que hoy podemos denominar “coma profundo” o “estado vegetativo”. Hace 20 años que trabaja en
este hospital y hasta ahora no se encontró con un caso de estas características. Tampoco tiene conocimiento de otro colega que haya atendido un paciente cataléptico. De todas maneras, nos dijo que al ser un hospital de agudos, los pacientes no permanecen internados y una vez superada la crisis con la que ingresan se van del hospital, no haciéndose un seguimiento de su afección.
• La Dra. Goitea del Hospital José T. Borda, define la catalepsia como una de las formas clínicas de la esquizofrenia. Nos comentó que, aunque parezca poco creíble, puede decirse
que la catalepsia es una afección “pasada de moda”, ya que todos los problemas psíquicos tienen que ver con lo emotivo y se manifiestan actualmente de otras formas, tales como depresión profunda, diferentes adicciones, esquizofrenia, etc. Hoy estas afecciones son perfectamente tratables y controlables.
• El Dr. Jaramillo, psiquiatra del mismo Hospital Borda nos habló de la catalepsia como un síntoma y no una enfermedad en sí. Para él es la manifestación de una enfermedad de orden neurofisiológico —involucra al sistema nervioso y muscular—. Un estado de epilepsia convulsiva puede llegar a derivar en catalepsia, por ejemplo. De todas formas, no ha atendido ningún paciente en estas condiciones.
• La Dra. Rosa María Fernández, psiquiatra del Hospital Borda tiene una opinión similar a la del Dr. Jaramillo. Agrega que este tipo de trastornos puede verse en pacientes histéricos. La Dra. Fernández aportó, además, una prueba sencilla de realizar —en cualquier momento y lugar— que demuestra más fehacientemente si el individuo está en
estado cataléptico, es decir, si está vivo aunque en apariencia no sea así. Esta prueba consiste en inyectar una sustancia colorante en forma subcutánea y esperar de media a una hora. Si la persona está con vida, ese colorante, por medio de la circulación de la sangre, produce una coloración determinada en todo el cuerpo. Obviamente, por antagonismo, si la coloración no aparece, significa que la sangre no circula y que el paciente ha muerto.
Queremos agregar una interesante anécdota contada por la Dra. Fernández cuando trabajaba en la Unidad Coronaria Móvil. En una oportunidad fue a realizar una emergencia pero cuando llegó con la ambulancia comprobó que el paciente ya había muerto. De todas formas intentó la rehabilitación pertinente en esos casos, e inclusive lo trasladó al hospital —sabiendo que estaba clínicamente muerto—. Al llegar al hospital el paciente recobra el conocimiento y le dice a la doctora: “Gracias”. Ella nos cuenta: “Yo no hice nada, ya no había nada que hacer”. Como se trató de una emergencia no pudo seguir el caso ni llegó a conocer su historia clínica, por lo tanto no tuvo oportunidad de comprobar si se trató de un caso de catalepsia. Bien pudo haberlo sido.
• El Dr. Antonio Horacio Bruno, médico forense, Secretario Técnico del Cuerpo Médico Forense y profesor de Psiquiatría en la carrera de Medicina Legal opina que todo factor que actúa sobre la actividad consciente lleva a un individuo a un estado comatoso (grado 2 o 3). Este estado —no utiliza la palabra catalepsia—, puede deberse a un golpe en la cabeza o espalda, a una descompensación de las sustancias químicas que regulan la acción cerebral (neurotransmisores), a una situación sincopal, a un shock, a un cuadro epiléptico profundo, etc. El paciente puede recuperarse sin llegar al estado de coma, entrar en dicho estado y reaccionar, o puede morir.
El cerebro es muy ávido de oxígeno y la falta de circulación sanguínea, o la interrupción de ésta hace que el oxígeno no llegue al cerebro produciendo un estado —que de prolongarse más de 2 minutos aproximadamente) produce la muerte cerebral.
Nos comentó el Dr. Bruno que, incluso antes de hacer una donación de órganos debe constatarse la muerte cerebral —que es irreversible—, el resto de los órganos muere poco después.
De todas maneras hay ciertos factores que indican la muerte clínica de un individuo y que no dejan lugar a dudas. Estos síntomas son: a) enfriamiento progresivo del cuerpo: pierde 1° (un grado) por hora; b) livideces cadavéricas: consisten en una coloración azul, es decir, en manchas que se producen en las zonas de declive —donde el cuerpo no se apoya—, debido a que la sangre, al no circular, se trasvasa. También se las llama manchas de posición; c) rigidez cadavérica: el cuerpo se va paralizando desde la cabeza a los pies en forma progresiva hasta ser completa. Luego de cierto tiempo la rigidez desaparece dejando un cuerpo fláccido, fácil de mover, (recordamos en este punto que en la catalepsia también se presenta la rigidez cadavérica, sólo que después que ésta desaparece el cuerpo puede moverse como si se tratara de un muñeco articulado al que puede ponerse en la posición que se desee, mientras que a un cadáver se lo puede manejar pero no se mantiene en la posición puesta, sino que cae).
El Dr. Bruno expresa la necesidad de los velatorios, no es necesario que su duración sea mayor a las 18 horas. En ese lapso ya se han producido todas estas manifestaciones que
evitan posibles dudas. Para el Dr. Bruno esto es suficiente, un médico reconoce la muerte clínica de un paciente. No obstante, dijo que también en un diagnóstico de muerte puede
haber un error. Estamos seguros que no es contradictorio en su opinión sino todo lo contrario: es humano, y habla de la honestidad de un profesional experimentado y conciente.
Todos los médicos consultados coinciden en que actualmente no es posible dejar de reconocer la muerte clínica en un paciente. Pero aún si hubiera dudas sobre el estado de una
persona con respecto a esto, basta un electroencéfalograma para determinar la actividad cerebral por mínima que ésta sea, o un electrocardiograma para la detección de la actividad
profunda del corazón.
De todas maneras, sí podemos decir en base a todo lo presentado en esta investigación, a los adelantos científicos con que contamos en la actualidad y al respeto del tiempo que debe durar un velatorio, que ya no existen los “enterrados vivos” y que nunca existieron “los resucitados” porque nunca estuvieron verdaderamente muertos, esto último tuvo que ver con la falta de conocimientos, y con macabras intensiones de morbosos personajes que aterraron a muchísimas generaciones en diferentes partes del mundo. •
Fuentes: “La Prensa”, “Caras y Caretas”, “Todo es historia”, “Enciclopedia Popular Magazine” y diversos manuales de Medicina Legal, Psicología y Psiquiatría.
Agradecemos por su orientación y buena disposición a las siguientes personas: Sra. Ana María Cambacérés, familiar de Rufina Cambacérès; Dr. Guillermo Gadea, Hospital Alvear; Dra. Goitea, Dr. Jaramillo y Dra. Rosa María Fernández, Hospital de Neuropsiquiatría José T. Borda; y Dr. Antonio Bruno, médico forense, Secretario Técnico del Cuerpo Médico Forense y profesor de Psiquiatría en la carrera de Medicina Legal. •
Esta nota ha sido reeditada, habiendo sido publicada en la edición Nº 64 de Buenos Aires Sur, del mes de julio de 1998.
Una leyenda urbana en Barracas: “La casa de los leones”
Barracas, es un barrio que se ha caracterizado por su historia, comienza sobre el siglo XVIII con el aprovechamiento del recurso natural del Riachuelo, cuando se erigen las “barracas”, construcciones bastante rudimentarias al borde del mismo, para almacenar carne, cuero y en algún momento también esclavos. Por allí …Continuación
Barracas, es un barrio que se ha caracterizado por su historia, comienza sobre el siglo XVIII con el aprovechamiento del recurso natural del Riachuelo, cuando se erigen las “barracas”, construcciones bastante rudimentarias al borde del mismo, para almacenar carne, cuero y en algún momento también esclavos. Por allí pasaba uno de los caminos más importantes que iban al puerto del riachuelo, “la calle larga”, hoy renombrada como Av. Montes de Oca. Es en este barrio que en el siglo XX, asentaron su fábricas empresas alimenticias como Canale, Bagley y Aguila y hoy cubren ese espacio importantes emprendimientos del país.
Por la avenida Montes de Oca pasaron varias historias y leyendas, desde la antigua iglesia de Santa Lucía hasta la iglesia de Santa Felicitas, que cuenta la trágica historia de Felicitas Guerrero. Si bien la historia de Felicitas es la más conocida, en este mismo barrio se encuentra una casa con una leyenda menos conocida, pero no menos apasionante. Estamos hablando de “la casa de los leones”. Una casona de estilo francés que queda a la altura 100 de la avenida Montes de Oca, justamente al lado del Hospital de niños Pedro Elizalde fundado en 1779, (es el Hospital de Niños más antiguo del continente americano) y esta historia que pasa de boca en boca por todos los barraqueños seguramente no la conocen, dicen que ocurrió en esa cuadra, en la casona que actualmente existe…
La fortuna de Díaz Vélez radicaba principalmente en las grandes extensiones de tierras que tenía en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires, sus estancias y actividad ganadera le redituaban importantes ingresos que lo colocaban en las altas esferas de la sociedad porteña. La ciudad de Necochea y sus alrededores se encuentra en esas tierras que pertenecieron a su familia y las donaron para fundar ese partido costero. Aún así, el estanciero contaba con muchas hectáreas para continuar con el comercio.
El general Díaz Vélez tiene también el alto honor de haber sido quién sostuvo la bandera Argentina mientras Belgrano le juraba fidelidad. Y fue este general quién supo adquirir, en buena ley y mediante actos de comercio, la gran cantidad de hectáreas en el sur de la provincia, que fueran heredadas por sus hijos y otra parte donada para la fundación del partido de Necochea. Treinta y un año más tarde, cuando el viejo general murió (1856), sus hijos, Carmen, Manuela y Eustoquio (hijo), heredaron muchas hectáreas de tierras tras la sucesión, el varón se quedó con una estancia, llamada “El Carmen” que posteriormente se dividió entre sus dos hijos varones: Carlos, que era ingeniero, y Eugenio, arquitecto de profesión. También sus cuatro nietas recibieron una fracción del campo.
Eustoquio hijo, supo aprovechar la fortuna heredada de su padre e hizo crecer la misma en forma hábil y sostenida. Sin embargo, este hombre millonario era muy extravagante, y este es el tema que me lleva a relatar de la leyenda de la “Casa de los Leones”.
El Palacio Díaz Vélez es una de las residencias aristocráticas más antiguas y tradicionales de Buenos Aires, acabada muestra del poder social y económico de la familia de Eustoquio Díaz Vélez (hijo)
La hija de Díaz Vélez se enamoró de un joven, su pretendiente era Juan Aristóbulo Pittamiglio que también pertenecía a una familia de estancieros. Los dos estaban tan enamorados que decidieron comprometerse. El padre estaba muy feliz con la noticia, no solo porque compartían la misma actividad económica, sino también porque conocía a la familia del pretendiente y eran amigos desde hace tiempo.
Llegó la noche y las mesas estaban sobre el jardín, era una noche clara de luna y tiempo templado, como suele ser en los primeros meses del año. Una orquesta amenizaba la fiesta con música de fondo. En la entrada a la mansión se encontraban el señor Díaz Vélez y doña Josefa para recibir a los invitados.
Como era costumbre, los leones estaban encerrados en sus jaulas, no podía dejar a los invitados a merced de la voluntad de estos felinos. Sin embargo, un error humano, dejó una jaula mal cerrada y uno de los leones escapo.
La fiesta transcurría maravillosamente y había tanta alegría, que nadie se percató del escape del león que muy asustado por la música y las luces logro eludir las seguridades del lugar.
Es en ese instante, el león salió de uno pequeños matorrales que había en la medianera de la casa para abalanzarse sobre el novio. Mientras el hombre luchaba contra el gigantesco animal y gritaba de desesperación, su novia y los invitados miraban consternados el suceso. Estaba entre los presentes de la fiesta, el baron Adam Folknner, quien relataría este suceso, en sus memorias publicadas (en Alemán), en Bavaria en el año 1939.
Nadie sabía qué hacer, las mujeres atinaban a gritar, pues quien iba a imaginar que en las costas del Río de la Plata alguien podía ser atacado por un león.
Era muy tarde, el novio muerto en el jardín víctima de las garras y colmillos del león. La fiesta había terminado en tragedia. La policía y los médicos llegaron inmediatamente, pero nada pudieron hacer por el pobre hombre.
La familia del novio culpó a don Eustaquio por su muerte, ya que no entendía cómo podían tener en su casa animales salvajes y carnívoros. Pero para desgracia del dueño de la casa, no eran ellos solamente quienes lo culpaban de lo sucedido. Cuentan que su hija también lo encaró y lo maldijo, ella quedó con el corazón destrozado, pues el único hombre que había amado fue muerto por uno de los animales de su padre.
La tragedia de la familia de don Eustoquio se agudiza más, cuando la joven decide quitarse la vida con una pastilla de cianuro con licor de anís, una noche de domingo después de asistir a misa en Santa Felicitas, porque no soportaba más convivir con el dolor de haber perdido a su amado, los periódicos de la época registran este acontecimiento. Luego de enterrarla, se dice que don Eustoquio cae en una profunda depresión, no visita más sus estancias como solía hacerlo y se encierra en su cuarto pasando la mayor parte de los días allí. Algunos cuentan que (casi en estado de locura) el hombre decide sacrificar a los leones para recuperar a su hija.
Eugenio, hijo de don Eustoquio, era arquitecto de refinados gustos estéticos, fue a vivir con su esposa María Escalada y sus dos hijas a la casona y encomendó la remodelación del parque del Palacio Díaz Vélez al afamado arquitecto paisajista Carlos Thays, quien en 1913 embelleció los jardines del Palacio, añadiéndole nuevas fuentes y esculturas.
Los Díaz Velez plantearon la obra a partir de los planos del clásico grand hôtel particulier francés de tres niveles o alturas: planta principal, planta de habitaciones particulares y mansarda con techo de pizarra. Sobre uno de los costados se ubica una cúpula revestida del mismo material.
La gran casa aún se mantiene erguida a través de los años en la avenida Montes de Oca al 100 y también las estatuas y su parque. Es así que al día de hoy, la casa de los leones despierta la curiosidad de los transeúntes por las leyendas, que despiertan los leones que posan en el jardín de lo que fue la casona de Eustoquio Díaz Vélez.
Esta residencia del barrio de Barracas, tal vez la última de su tipo, junto a su centenario parque, debería ser declarada monumento histórico nacional, por las características patrimoniales y estéticas únicas y también porque tiene una belleza singular ,que amerita ser adecuadamente conservada como patrimonio arquitectónico cultural.
* Vecina y docente de Barracas
“Barracas su historia y tradición” de Enrique Horacio Puccia
“Curiosidades de Buenos Aires”
“Crónicas absurdas de Buenos Aires” de Manuel Vasco da Fonseca
Mabel Alicia Crego*	|
Una presencia triste y magnífica Una noche, ya muy tarde, salgo a caminar por el barrio de Barracas en busca de una farmacia de turno. Consigo la información de que turna una en la calle Isabel la Católica al 800. Tomo por la Av. Patricios, luego doblo en …Continuación
Una presencia triste y magnífica
Una noche, ya muy tarde, salgo a caminar por el barrio de Barracas en busca de una farmacia de turno. Consigo la información de que turna una en la calle Isabel la Católica al 800. Tomo por la Av. Patricios, luego doblo en Wenceslao Villafañe y ya en Isabel la Católica me encamino hacia mi destino: la farmacia.
Comencé a apurar el paso porque un cielo rojizo, unos tremendos relámpagos que surcaban el cielo y un especial y conocido olor húmedo del aire y del pavimento, me dieron la pauta de que una lluvia cercana intentaba molestar mi plácido andar por el barrio que, ya dormido, me ofrecía una apacible sensación de bienestar.
De pronto me enfrento con una triste y silenciosa figura que se erguía sobre los tejados y los árboles, en forma majestuosa. Se trataba de una iglesia, una enigmática y monumental iglesia que me produjo una mezcla de temor y admiración, muy difíciles de transmitir.
Mientras la observaba sentí la sensación de haber retrocedido en el tiempo muchos, muchos años. No podía quitar mis ojos de esa impresionante y majestuosa presencia, y cuando logré hacerlo, miré hacia el edificio de enfrente en la calle Pinzón, hacia la Plaza Colombia y por último hacia la Av. Montes de Oca en busca de volver al presente, pero me costó.
Era la increíble, tanto por su construcción como por su historia, iglesia de Santa Felicitas.
Felicitas Guerrero de Alzaga: “La joya de los salones porteños”
Felicitas era hija de Carlos Guerrero y Reissig (nacido en Málaga, España, agente marítimo de profesión) y de Felicitas Cueto y Montes de Oca, dama de la alta sociedad porteña. Nació en el año 1846 en Buenos Aires, más precisamente en la calle México 78 (que luego pasó a ser México 92, debido a que la Municipalidad cambió la numeración de las casas en el año 1855; en 1887 se le asigna la numeración 524, con la que permanece), y era la mayor de doce hermanos.
Felicitas era una joven de buena familia y sumamente atractiva, pero lo que realmente interesa destacar es que tenía un carácter “amable y bondadoso”, y poseía una “natural elegancia, sin afectaciones estudiadas”, como la describe excelentemente el escritor y periodista Rafael Barreda. Debido a estas aptitudes espirituales y físicas el poeta Carlos Guido Spano se refiere a Felicitas diciendo que era “la mujer más bella de la República”.
Evidentemente, estas virtudes hicieron que los aspirantes a la mano de la joven fueran muchos y variados. Sin embargo fue dada en matrimonio a Martín de Alzaga, estanciero, poseedor de una cuantiosa fortuna.
Este era hijo del general Félix de Alzaga y de Cayetana Pérez y Fernández Llorente; y nieto de don Martín de Alzaga, héroe de la defensa de Buenos Aires en los años 1806 y 1807 contra los invasores ingleses, y que en 1812, debido a su traición fuera ajusticiado por los criollos.
La boda se celebró en 1862 y fue así como de golpe “esa preciosa flor y encanto del barrio donde naciera, cuando en las tardes primaverales formaba jardín en la puerta de su casa con sus amiguitas” se convirtió en la esposa de Martín de Alzaga, muchos años mayor que ella. Al año siguiente nació un niño fruto de este matrimonio, al que llamaron Félix.
Lamentablemente, seis años después, el 3 de octubre de 1869, el niño moría desgarrando el corazón de sus padres.
El 17 de marzo de 1870 fallecía Martín de Alzaga, dejando a Felicitas viuda a los 24 años e inmensamente rica ya que la había nombrado su heredera universal. Esta, a partir de ese momento, se recluyó en su mansión de Barracas, en la calle Larga (hoy Av. Montes de Oca) y Pinzón, la que hacía poco había sido construida por su marido.
Una vez más, una pléyade de pretendientes comenzó a rondar a Felicitas, joven, hermosa, en su total apogeo, y doblemente rica.
Enrique Ocampo, un joven de familia asentada, era uno de los principales y más fieles perseguidores de Felicitas. La seguía a sol y a sombra. “Después de seis meses de haber enviudado la Sra. de Alzaga, Ocampo se declaró completamente su perseguidor. Le remitía casi todas las semanas cartas en que le manifestaba su pasión hacia ella. Todas las tardes cuando la Sra. de Alzaga salía a pasear por los alrededores de Barracas, se encontraba siempre con Ocampo que le ofrecía acompañarla a lo que ella se negaba con insistencia”.
Para algunos, como lo vemos en el relato anteriormente transcripto de “El Nacional” del 1° de febrero de 1872, Felicitas no avivaba su pasión, sino todo lo contrario. Otros dicen que ella había inclinado sus afectos hacia él, tal como lo relata Enrique Williams Alzaga refiriéndose al hecho de la siguiente manera: “A todos trataba por igual y con todos se mostraba sonriente y bondadosa hasta que surgió ¡al fin! Enrique Ocampo, por quien pareció decidirse”.
Referente a los intereses de Ocampo en Felicitas, Rafael Barreda dice: “¿Amaba Enrique a la mujer desinteresadamente o buscaba en la mujer el inmenso causal que le legara su esposo?…”. A lo que el mismo Ocampo respondía: “Mi mayor fortuna estriba en que ignoran mi fortuna”.
Hablemos ahora del tercer vértice de este fatídico triángulo: Samuel Sáenz Valiente. “En mi familia, desde chico, oí así el encuentro: se dirigía Felicitas acompañada por una amiga y uno de sus hermanos hacia la estancia La Postrera, sobre el río Salado. Entre los escasos pasajeros que ocupaban la diligencia iba también Samuel Sáenz Valiente, que tenía su estancia algo más al sur de La Postrera. De más está decir que durante el trayecto se entabló un animado diálogo entre los pasajeros. Felicitas y Sáenz Valiente, que no se conocían, no cesaron de conversar entusiastamente. El amor, como siempre, de a poco, iba tendiendo sus redes. Era otoño, había comenzado a llover y por las ventanillas del carruaje desfilaban los campos entristecidos, alguna que otra tropilla, las aguadas, los árboles amarillentos. Pasaron algunas horas. Se detuvo, al fin, la diligencia en las cercanías del Salado. Al descender Felicitas, Sáenz Valiente, en un gesto de noble arrogancia, le tendió su poncho claro sobre el barrial del camino, para que ella cruzase hasta su carruaje que la esperaba.” (Enrique Williams Alzaga).
En el caluroso atardecer del martes 29 de enero de 1872, Felicitas se encuentra en la ciudad de compras, para los preparativos de los festejos que está organizando junto a su familia y amigos con motivo de la próxima inauguración del puente sobre el río Salado en su estancia “La Postrera”. Dicha inauguración va a realizarse el 1 o el 2 del mes entrante, y debe ser perfecta, estarán presentes el gobernador Emilio Castro y el ministro Malavar.
En tanto, se detiene un carruaje frente a la iluminada casona de la calle Larga, situada en la bajada de la Barranca de Santa Lucía, del que desciende un atribulado caballero.
-Deseo hablar con la Sra. de Alzaga.
-La Sra. no encuentra.
En eso Tránsito Cueto, tía de Felicitas, se acerca a recibir a dicho caballero, que no es ni más ni menos que Enrique Ocampo.
-Felicitas aún no ha vuelto. Fue al “centro” a hacer algunas compras.
-Aguardaré su regreso, no quiero irme sin antes haber hablado un momento con la señora.
Ansioso y alterado, Ocampo, después de un rato se disponía a retirarse, pero en ese preciso momento, un nuevo sonido de caballos y de carruajes se escucha en la cálida noche.
Es Felicitas que llega rebosante de vida, portadora de alegría, de esperanzas y de sueños a realizar; como siempre elegante y distinguida, con su cabello castaño oscuro, con sus ojos pardos, con su dulce sonrisa, con su figura sin igual.
Cuando le dicen que Ocampo la espera, se siente contrariada y le pide a su amiga Albina que le diga que en ese momento no lo puede atender. Pero éste insiste, no piensa irse sin haberla visto antes.
Entonces Felicitas decide atenderlo y evitar así cualquier encuentro violento entre Ocampo y Sáenz Valiente, que se encuentra en la quinta, además de sus tíos Bernabé Demaría (pintor de motivos campestres) y de su tía Tránsito Cueto de Demaría, su primo Cristian (hijo de los anteriores), sus hermanos, sus amigas y otros invitados. Baja a la sala donde Ocampo la espera decidida a hablar con él y poner fin de una vez por todas a las persecuciones de que le hace objeto.
“No me han engañado –decía Ocampo- cuando me han dicho que usted me correspondía y que aceptaba mi amor, lo sé perfectamente, quien me lo ha dicho es un caballero.
-Está usted equivocado – replicó la señora-, jamás he dicho una palabra de lo que usted cita, yo no lo conozco ni tengo deseo de conocerlo a usted.
-Usted me está engañando –volvió a decir.” (“El Nacional”, 1° de febrero de 1872).
Desde afuera, se oyen las voces cada vez más fuertes y la discusión más dura.
Ante esto, las personas que se encuentran en la habitación contigua se acercan temerosas de que la situación se agrave, dispuestos a abrir la puerta de la sala. Entonces Felicitas pregunta:
Cuando vuelve a mirar a Ocampo, ve que éste tiene un revólver en sus manos, entonces se levanta e intenta huir desesperadamente.
Suena un disparo en la habitación. Todos corren hacia la sala y abren apresuradamente la puerta. Ven a Felicitas con el paso quebrado, bañada en sangre, caer al suelo.
Ante esto Ocampo dispara dos veces sobre los que entran a socorrerla, pero no logra dar en el blanco.
La confusión es muy grande, Cristian Demaría intenta quitarle el arma a Ocampo, también intervienen don Bernabé, los hermanos de Felicitas y otros caballeros presentes. El cuerpo de Ocampo se desploma sin vida en medio de la turbulenta escena.
Mientras tanto, son llamados con urgencia los doctores Larrosa y Montes de Oca que se encuentran en la quinta de este último, en la misma calle Larga. Examinan a Felicitas pero son más que pesimistas en su diagnóstico. La herida es mortal, ha desgarrado órganos vitales. Está ubicada en el ángulo superior interno del omóplato y se ha desviado hacia la columna vertebral comprometiendo además la médula.
No hay consuelo, pero se deben agotar todos los recursos posibles. Los doctores Blancas y González Catán también son llamados a asistir a Felicitas, pero no hay solución. La vida de la bella y bondadosa dama que hace unas horas gozaba de excelente salud y de enormes ganas de ser feliz se apagaba, lentamente, en medio de tremendos dolores.
A las 6 de la mañana de hoy, 30 de enero, dejó de existir la “joya de los salones porteños”, la siempre bienponderada Felicitas Guerrero de Alzaga.
Sus restos fueron velados en su casa paterna de la calle México 92 y esta mañana del 31 de enero, a las 8:30 horas partieron los carruajes con el cortejo fúnebre que los acompañarían para su descanso definitivo en el cementerio de la Recoleta.
Antes de entrar de lleno en ciertos datos poco claros, queremos aclarar el hecho de que Felicitas tuviera la herida de bala en la espalda. Se debió a que ella, ante la visión del arma con que Ocampo le apuntaba, se levantó del asiento donde se encontraba e intentó huir hacia la puerta.
Además tenía otra herida en la frente, situada en la región lateral izquierda, producto de la caída, o quizás de un golpe que Ocampo le asestara con su grueso bastón de estoque con puño de metal macizo…
Con respecto a la presencia de su amiga íntima Albina Casares en la trágica escena, hay versiones, como la del diario “El Nacional” en la que se asegura que sí estaba en la sala en la que Ocampo asesinara a Felicitas. En cambio, el historiador del barrio de Barracas Enrique Horacio Puccia en su libro “Barracas, su historia y sus tradiciones. 1536-1936” y Enrique Williams Alzaga en su artículo del diario “La Nación” del 11 de diciembre de 1989, hacen referencia al hecho afirmando que Felicitas y Ocampo eran las únicas personas que se encontraban en el lugar, sin testigos.
Por otro lado contamos con una presencia desconocida y que sólo es nombrada por Ocampo en su breve diálogo con Felicitas: “No me han engañado cuando me han dicho que usted me correspondía y que aceptaba mi amor, lo sé perfectamente, quien me lo ha dicho es un caballero”.
¿Quién era este caballero? ¿Existía en realidad, o sólo en su distorsionada mente?
Otro punto aún más oscuro es la propia muerte de Ocampo. Las versiones de la época, avaladas por la autopsia practicada al cadáver de éste y la resolución del juez Angel J. Carranza, afirman que fue suicidio.
Pero otras versiones indican que fue ultimado por Cristian Demaría, primo de Felicitas; otras por su tío Bernabé Demaría; otras por sus hermanos; y otras por alguno de los caballeros que estaban presentes el día de la tragedia.
Hay una última versión que indica que Ocampo, al verse perdido, luego del crimen, y ante la presencia de todas aquellos personas intentó suicidarse pegándose un tiro en la boca. La cuestión es que además tenía un balazo cerca del corazón. ¿El también se lo disparó?, ¿fue rematado por alguno de los presentes?
La verdad se perdió en algún lugar en el tiempo…
Un homenaje poco común
Durante cuatro años, los rincones del mejor arte del mundo, ofrecieron sus virtudes con el fin de colaborar en la construcción de la magnífica iglesia con la que don Carlos Guerrero y Reissig y doña Felicitas Cueto y Montes de Oca honraron la memoria de su hija.
Francia y sus vitrales; Alemania y su música a través de un estupendo órgano (uno de los dos únicos en su especie con que cuenta la Argentina, el otro está en la Catedral de la Ciudad de Buenos Aires); Italia y sus mármoles de Carrara…
Los mejores artistas ofrecieron su talento, su imaginación y sus manos para consolidar la construcción de la estupenda y memorable pequeña basílica.
El ingeniero Ernesto Bunge fue quien diseñara y supervisara su construcción. Costoli fue el realizador de las increíbles, impresionantes, indescriptibles por su perfección y la vida que transmiten, estatuas que se encuentran a ambos lados en el interior de la entrada de la iglesia. Dichas estatuas representan a Felicitas y a su pequeño hijo Félix en el lado izquierdo de la puerta, y a la derecha la de su esposo Martín de Alzaga.
Y el 30 de enero de 1876, en el cuarto aniversario de la muerte de Felicitas Guerrero de Alzaga, fue inaugurada, por fin.
La iglesia estaba ubicada en la parte de atrás de la casona, ésta última dio lugar en 1909 a otro edificio donde funcionaba la Subintendencia Municipal de Barracas, que, a su vez, en 1937 fue demolido para dar paso a la actual Plaza Colombia.
Y hoy desde la Av. Montes de Oca o desde cualquier otro ángulo de la plaza, podemos ver erguirse solemne y silenciosa, a un costado del tiempo, pero siempre expectante, siempre presente, a esta colosal obra que enorgullece a todo el barrio de Barracas y que hace permanecer en nuestra memoria a su verdadera dueña, Felicitas Guerrero.
La iglesia de Santa Felicitas brinda un servicio al Colegio del mismo nombre que se encuentra junto a ésta por la calle Pinzón, y a toda la comunidad católica del barrio. En ella se realizan servicios religiosos los sábados y domingos.
El edificio de encuentra en pésimas condiciones, a pesar de algunos arreglos de relativa envergadura que se realizaron hace algunos años. La humedad ha hecho estragos en los bellos grabados y en la estructura misma del tempo. Pero lo más grave es la el estado de la cúpula.
Las raíces de plantas que crecen en las fisuras del edificio han producido roturas en las cañerías originando un estado de humedad permanente.
No estamos hablando solamente de belleza, estamos hablando de seguridad para las personas que asisten a la iglesia y a los vecinos que pasan todos los días por ahí.
La iglesia fue cedida en el año 1983 a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, como probamos con la transcripción de la Cesión de derechos hereditarios y posesorios en forma gratuita del inmueble sito en la esquina de las calles Isabel la Católica y Pinzón, por la familia Guerrero.
También vemos que la Municipalidad, por medio de la Secretaría de Obras y Servicios Públicos se compromete a efectuar las obras de restauración del mismo.
De más está decir que hasta el presente este compromiso no ha sido cumplido. La directora del “Colegio Santa Felicitas”, hermana Juana María Asín, ha efectuado innumerables cartas destinadas a la Municipalidad y a sus autoridades pertinentes, en diferentes épocas, donde explica la situación del deterioro y de peligrosidad en que se ve envuelta la iglesia.
En las mismas ha solicitado, además, la inminente reparación, no de todo el templo, como en realidad había sido el compromiso asumido por la Municipalidad, sino al menos de la cúpula que es lo urgente.
¿Por qué siempre tienen que ocurrir tragedias y pérdidas de vidas para empezar a tomar cartas en los asuntos que tendrían que ser solucionados, simplemente, por medio de la prevención? ¿Por qué se permite la destrucción de un verdadero monumento, de una obra de arte estupenda que es una de las pocas que aún existen de esa época tan especial del barrio de Barracas en incluso de la Ciudad?
Felicitas Guerrero lo perdió todo. Perdió su hijo, perdió su marido, perdió la posibilidad de reencontrar la felicidad, perdió su vida… No permitamos que pierda también lo único que le queda: su iglesia, la que ha trascendido en el tiempo como un legado maravilloso del amor de sus padres reflejado en cada uno de los detalles que conforman esta magnificencia arquitectónica.
Ante la Iglesia en ruinas los árboles florecen
Quisiera agradecer al diario BUENOS AIRES SUR por la oportunidad que me brinda de poder solicitar a las autoridades municipales el auxilio que necesita nuestra Iglesia, pedido ya elevado por otros medios y para el cual no hay partida.
Es real que en un momento en el que ancianos y niños mueren de hambre no se puede pretender destinar millones a la reparación del Templo, pero sí urge la necesidad de restaurar la cúpula, la que puede llegar a ocasionar serios problemas.
También le solicito a los vecinos de la zona que respeten el atrio y no echen basuras que lo hacen parecer deplorable y abandonado.
La Iglesia permanece abierta los sábados a las 18:00 horas y los domingos a las 10:00 horas durante la celebración de la santa Misa, para la que invitamos a todos.
Juana María Asín
Boletín Municipal de la Ciudad de Buenos Aires
SE HOMOLOGA LA CESION DE DERECHOS HEREDITARIOS Y POSESORIOS EN FORMA GRATUITA DE UN INMUEBLE
Buenos Aires, 15 de agosto de 1983
Visto el Expediente N° 69.195-83 por el cual las señoras Valeria Guerrero Cárdenas viuda de Russo, Marta Guerrero de Piñeiro Pearson, don Luis Guerrero, doña Marta Isabel Guerrero y doña Esther Guerrero de Guerrero ceden a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires en forma gratuita los derechos hereditarios que tienen, los que reciban de otros herederos y los derechos posesorios que detentan a título personal sobre el inmueble sito en las calles Isabel la Católica s/n° y Pinzón s/n° de esta Capital (C: 4 – S: 10 – M: 37 – P: 2), y
Que el inmueble respecto del que se efectúa la cesión está construida la Capilla de “Santa Felicitas” que por sus características constituye un edificio cuya incorporación al patrimonio de la Comuna enriquecerá el acervo de la misma, en atención a las alternativas que respecto de su destino se imponen como cargo para el beneficiario de la cesión;
Que la cesión se efectúa en forma gratuita y que la reparación de la Capilla y conservación de su sitio no importan erogaciones mayores que las que ordinariamente esta Comuna asigna para la atención de los inmuebles de su propiedad;
Que los cesionarios concurrentes representan casi el ciento por ciento de la propiedad del inmueble que se transmite, y, en la parte faltante resulta subsanable por la cesión de los derechos posesorios que cada uno de ellos detenta;
Que durante los últimos 35 años las hermanas de la congregación de las Religiosas de los Santos Angeles Custodios han venido atendiendo la Capilla, ofreciéndose continuar con ello, con lo que se evitarían gastos de cuidado y se continuaría una tarea indispensable para el destino de la Iglesia, significando ello un gran beneficio para la comunidad;
Por ello y en uso de las facultades otorgadas por las Leyes Números 21.314 y 21.557 (BB. MM. N° 15.270 y 15.500),
El Intendente Municipal Sanciona y Promulga con Fuerza de
Artículo 1° – Homológase por la presente la cesión de derechos hereditarios y posesorios en forma gratuita, del inmueble que se trata, efectuada por escritura pública 220, folio 519 del día 10 de agosto de 1983 aceptada “ad referéndum” por los señores Secretarios de Economía, doctor Alfredo Jorge Mac Laughlin y de Cultura, doctor Raúl Ricardo Colombres.
Artículo 2° – Facúltase a la Procuración General de la Nación para realizar los trámites que por derecho correspondan para obtener la inscripción de dicho inmueble en el Registro de la Propiedad Inmueble de la Capital Federal a nombre de la Comuna.
Artículo 3° – Dése intervención a la Secretaría de Obras y Servicios Públicos a los efectos de la obra de restauración.
Artículo 4° – Acéptase la continuación en la custodia de la Iglesia a la congregación de las Religiosas de los Santos Angeles Custodios con carácter gratuito y a título precario.
Artículo 5° – La presente ordenanza será refrendada por los señores Secretarios de Economía, de Cultura, de Obras y Servicios Públicos y de Gobierno.
Artículo 6° – Dése al Registro Municipal, publíquese en el Boletín Municipal y para su conocimiento y demás efectos, remítase a la Contaduría General, al Comité de Adquisición y Disposición de Inmuebles y a la Procuración General; cumplido, archívese.
DEL CIOPPO
Alfredo Jorge Mac Laughlin
Raúl Ricardo Colombres
Tito Elvio Anchieri
ORDENANZA N° 39.340
Agradecemos sinceramente la generosa colaboración a las siguientes personas durante la realización de esta investigación: Jorge Llobet Guerrero; Dr. Carlos Francisco Francavilla, Jefe del Departamento Sepulcros Históricos y Obras Artísticas del Cementerio de la Recoleta; Hermana Juana María Asín, directora del Colegio “Santa Felicitas”.
Datos recogidos de las siguientes fuentes: diarios “El Nacional”, “La República” y “La Tribuna” (enero 30 y 31 de 1872); “La Nación” (nota de Enrique Williams Alzaga, 12 de noviembre de 989) y “Barracas, su historia y sus tradiciones – 1536-1936”, de Enrique Horacio Puccia, director de la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires.
(Nota publicada en la edición impresa de BUENOS AIRES SUR en agosto de 1992)
Magdalena Cabrera, Juan Cabrera	|

References: resolución 

Artículo 1

Artículo 2

Artículo 3

Artículo 4

Artículo 5

Artículo 6