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Timestamp: 2017-08-18 12:29:27+00:00

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Víctor Samuel Rivera: Irresolución soberana
El Nacimiento de la Paz de Descartes (III)
Impresiona mucho anotar la analogía entre la situación trazada por el argumento del Ballet frente al esquema relativo a las decisiones en > Las Pasiones del Alma, el texto que la Reina real no tenía interés en leer. Lo primero que debe observar el lector es la relación entre la resolución y la sabiduría. En realidad, para tener sabiduría, como era el deber de Pallas Atenea, la Reina debía ser resuelta, decidida. Las Pasiones de 1649 concluyen definiendo la sabiduría como control de las pasiones, y está presupuesto que ese control se manifiesta como una capacidad para decidir. Como vamos a ver ahora, hay una interpretación política de esta sabiduría como control de las pasiones, que contiene dos elementos fundamentales: 1. afecta al concepto de la justicia como virtud política y 2. por lo mismo, atiende también a la idea de un régimen apropiado. La idea está ya presente en la correspondencia política con la Princesa Isabel de Bohemia y en la Carta sobre el Amor para Chanut, gran parte dedicado a saber cómo es que debe amarse a una Reina. Curiosamente, sin embargo, un esbozo de ésta aparece en un conocido texto de Descartes doce años anterior, el Discurso del Método(1637).
Como es sabido, uno de los temas del libro es la moral entendida como resolución en las acciones. El tópico de la sabiduría como sinónimo de la resolución era pues bastante antiguo, y si la Reina hubiera conocido aunque sea superficialmente la obra del filósofo se hubiera percatado de ello. Para explicar la relación entre sabiduría y resolución en términos conceptuales, podemos seguir la idea wittgensteiniana de “criterio”. Habría que indicar que para Descartes la resolución en las acciones es un criterio de la sabiduría; esto es, que no podemos decir que una persona es una sabia cartesiana si es indecisa; no es verdadera la inversa, sin embargo, pues no todo hombre resuelto y decidido es sabio. Con certeza, entonces, el indeciso no es un sabio. Desde el punto de vista político, desde el “amor político”, tampoco es sabio el súbdito propiamente hablando, sino sólo el Príncipe. O la Reina. Mediando, claro está, que su amor “sea perfecto”.
Como cuestión general la idea de que la resolución de las acciones es un criterio wittgensteiniano de la sabiduría no es un tópico de la década de 1640. Se halla en realidad desde el Discurso del Método, cuya Tercera Parte está dedicada a lo que conocemos como la “moral provisional”. La idea es que la moral era “provisional” mientras no se hubiera desarrollado exhaustivamente los fundamentos de la física, problema que para 1937 no parecía con arreglo. En parte esos problemas están más claros con Las Pasiones del Alma, pues para su fecha de composición hay una teoría física sobre la moral. Si Cristina de Suecia hubiera siquiera leído el Discurso de 1637, habría notado desde un inicio la malicia del argumento del Ballet. De las tres reglas de las que consta la moral provisional, nos acercaremos a las primeras dos, que son las más susceptibles de una interpretación política. La primera de las reglas de la moral provisional del Discurso nos recuerda el “amor político” de la Carta sobre el amor para Chanut. Se trata de obedecer (obéir) fundamentalmente al gobierno y las costumbres y prácticas sociales, lo que Leo Strauss define como el “régimen político”. La opinión de Descartes sobre la pertinencia de estas reglas no había variado para los años siguientes.
El amor político que hemos presentado en la Carta del Amor, como hemos anotado, tiene un referente doble: 1. el Príncipe y “los grandes”, o el Reino, la comunidad o la patria que éstos representan, y 2. los súbditos. De los primeros se espera la generosidad o benevolencia, esto es, para abreviar, un sentido del cuidado y preocupación de los súbditos. De los segundos se espera la obediencia, mediando sentimientos como la admiración, que es bueno anotar que Descartes coloca en 1649 como la primera de las pasiones y en cierto sentido, la pasión fundante de las demás. Es evidente que la regla de obéir del Discurso está pensada básicamente para las personas políticamente dependientes, esto es, para los súbditos, los que se admiran, políticamente hablando. La segunda de las reglas de la moral provisional se refiere a la firmeza del carácter, esto es, a la resolución que, como es fácil de colegir, es una regla principesca, de los que reciben la admiración de los demás. La regla prescribe -cito literalmente- “ser lo más firme y lo más resuelto posible en mis acciones”. Es verdad que la resolución no se le solicita sólo a los reyes, pero vamos a aclarar ese punto en el párrafo siguiente. Se puede constatar que en el Discurso la resolución se dice en orden a las decisiones; por lo tanto, está previsto que hay ocasiones para deliberar y que el cambio de opinión es posible; el punto central sin embargo –y volvemos a citar- tomar en cuenta que cuando estos cambios tienen lugar, y hay que tomar decisiones nuevas, la rapidez es un síntoma de virtud, esto es, mientras más rápidamente se tome la decisión ésta se considera moralmente más adecuada. Descartes argumenta esto diciendo que se debe a que “las acciones de la vida no toleran muchas veces el retraso”. En realidad, es manifiesto que el objeto de la Tercera parte del Discurso consiste en definir la virtud como esta capacidad de decidir sin dilaciones.
La decisión del Príncipe está desarrollada específicamente en una carta a la Princesa Isabel de Bohemia de mayo de 1646. En esta carta se explica la razón de por qué la prontitud en decidir es considerada una virtud. “Es muy sensato tomarse tiempo para deliberar antes de emprender negocios de importancia –escribe el filósofo- mas cuando ya está comenzado el asunto (affaire) y no hay desacuerdo en lo esencial, no veo el provecho de buscar demoras en la discusión de las condiciones”. Agrega después que éste es el caso cuando el “negocio emprendido es interesante”. Hay un argumento práctico: si nos demoramos mucho puede perderse una oportunidad de resolver en nuestro favor. Pensemos en términos de la guerra y la paz, que es lo que nos interesa. “Por ello estoy convencido” –agrega Descartes- de cuán necesarias son la resolución y la prontitud en los asuntos ya empezados”. Esta regla es precisada en términos análogos a Cristina. El contexto de la carta a Isabel se relaciona con la idea del elemento de la fortuna y la suerte, impregnados de la atmósfera de Maquiavelo, a quien se acaba de criticar. La carta concluye con una interesante observación político-teológica, sobre la relación entre la voluntad soberana y la Providencia divina, que apartamos para el final. Si volvemos a la regla principesca, es manifiesto que ésta se refiere a la interpretación de la Providencia, del que el soberano es comisario. Esperamos que, en lo sucesivo, esta “Carta sobre la Irresolución” sea incluida junto a la Carta sobre el Amor y la Carta sobre el Bien Supremo, entre los textos clave de la filosofía política de Descartes.
Enfoquémonos de nuevo en la regla que hemos llamado “principesca”. Para comenzar, si recordamos nuevamente la Carta sobre el amor, es inevitable observar que Descartes ha señalado que esta regla como especialmente importante para la causa de la patria, la comunidad o del Reino. Se trata de un tema relativamente obsesivo, pues lo reconocemos ya de esta manera formulado en una carta a la Princesa Isabel de Bohemia de 1645 y repetido otra vez en mayo de 1646. Tomar las decisiones rápidamente es, por tanto –dice Descartes- cosa de los “príncipes” y de “los grandes”, razón por la cual los súbditos “les rendimos honores” y –confirma nuestra sospecha el filósofo- “estamos dispuestos a morir por ellos”. Ya sabemos que esto significa que nos hacemos voluntarios en sus guerras a pesar de que no nos convenga: nuestras mujeres se quedan solas y nosotros nos quedamos lisiados o pobres. Es obvio que el tema de la resolución está peculiarmente vinculado al tema de la guerra, y la decisión entre guerra y paz. Como determinadora del régimen, esta decisión del Príncipe es así además la decisión política fundamental, la que se relaciona con la admiración, por tanto. El tema es expresamente retomado en el artículo LIX de Las Pasiones del Alma que se titula –no creo que para nuestra sorpresa- “De la irresolución, la valentía, la audacia, la emulación, la cobardía y el espanto”. Desde el punto de vista político, es una decisión ontológica. No es casual encontrar en el Ballet que haya un coro para los cobardes y un extenso alegato del dios Pánico, el dios del miedo militar; debe subrayarse que es el dios Pánico el primero en alegar a favor de la Paz en la procesión narrativa contra la actitud belicosa de la Reina Pallas y el dios Marte, su consejero. Escribe Descartes en Las Pasiones que “la cobardía es contraria a la valentía y el miedo o el espanto a la audacia”. Al lector avieso no debe sorprenderle a estas alturas que tengamos entera la lista de pasiones de que trata expresamente el Ballet. En efecto. Resumida en un párrafo, está la lista completa, si incluimos la irresolución, que trataremos ahora. Ya sabemos que como pasión del alma, es sólo un problema del “Príncipe” o los grandes, pues en la guerra los demás están obligados a obedecer.
La irresolución, como la valentía o el pánico, son característicamente pasiones que podríamos llamar “históricas”, esto es, que acontecen en orden a la admiración de lo nuevo, de manera narrativa, es notar (como diría la Carta sobre la Irresolución) cuál es el “asunto importante” que envía la Providencia. En este sentido, el problema del Ballet aparece como la admiración hacia el evento de la paz que llega. Son pasiones que tienen los jefes o las tropas, en ese orden. Es porque son históricas, relativas a un evento, que son también pasiones políticas, que atienden al Príncipe y sus súbditos. Se relacionan con la admiración, que se define como la pasión que se produce al “primer encuentro con algún objeto nos sorprende”, sea porque “lo creemos nuevo” o porque “nos asombramos” y “nos conmueve”. En su lenguaje, la idea central es que el evento conmueve porque se impone, pero que se impone narrativamente, esto es, como una historia que tiene un comienzo, un comienzo admirable, y un comienzo de cuyo final no tenemos control.
Es evidente que el amor político es amor de admiración ante lo que estuvo primero. En el caso político, esto implica la prioridad ontológica del Príncipe, que adquiere carácter de evento, y es por tal que debe ser admirado y obedecido. Las pasiones relativas a la irresolución se definen todas ante un evento, en particular a hechos relativos a la guerra, aunque también con la paz. En Las Pasiones la irresolución se asocia a la expectativa ante acontecimientos futuros –escribe Descartes- “aunque el evento que esperamos no dependa/ de nosotros en absoluto”. Recordamos que ésa es la situación general del Reino de Pallas. Se da una apertura histórica en la que un evento se hace presente. Así es como culmina el coro, en recitativo final: “Pueblos que creen tantas maravillas ver/ ¿Quién los ojos les deslumbra?/ Nunca antes cosas parecidas se ha visto”. Pero ante el evento hay uno que decide y que, como Pallas, “tiene el poder del destino”. No todos deciden. El filósofo distingue claramente entre los acontecimientos que dependen y los que no dependen de uno, y es manifiesto que la guerra y la paz no dependen de los súbditos, sino de la Reina. Para la soberana vale el caso siguiente: “cuando el evento nos aparece dependiendo de nosotros, puede haber dificultades en la elección de los medios o en la ejecución”. Es elocuente la descripción del Reino de Pallas. Ya sabemos que la Reina “tiene el poder del destino”, esto es, que el evento de la paz depende de ella. En el esquema del amor político, la resolución les corresponde a “los grandes” en la medida en que los eventos dependen de su voluntad. Fuera de cuestión es que la soberana presenta el cuadro de “dificultad en la elección de los medios”. De eso se trata el Ballet entero en realidad. Cuando hay dificultades en decidir, escribe Descartes: “la irresolución nos dispone a deliberar o a pedir consejo”. Estamos ante la Reina que consulta a los Estados Generales.
Publicado por Víctor Samuel Rivera en 19:41
Etiquetas: Ballet del Nacimiento de la Paz, cvr, Renato Descartes
Es muy bueno tu texto. En verdad es una joya prosaica. Es impresionante.
El contenido es muy sesudo, bien pensado. Debería ser, de hecho publicado, y con referencias más clara, etc., etc.
Decart era un pensador con profundo amor a la virtud, a la Iglesia y todo lo que es clásico.
Ahora, cuando un Rey o Reina es defectuoso o de pocas luces se le debe deponer para que venga uno que traiga paz y concordia a sus súbditos. Eso lo vio claramente René.
Es de alguien de poca razón quejarse de ti porque pones Renato y no René, pero es en verdad muy tonto de su parte querer llamar a Descartes René, pues Descartes es castellano. O se dice René Decart o se dice Renato Descartes. Si alguien te critica por llamarlo Renato y no René, pues que no haga esa mezcla de René Descartes, pues es ilógica. Esa persona argumento esto en una línea en un comentario en mi blog, todo en el marco de una queja de que sólo a alguien que llamaba Renato a Descartes podría llamar Marquéz De Monte Alegre a Riva-Agüero. Es que ese tipo -el que me manda coments tan poco pensados pero increíblemente bien escritos (liberal)- no sabe de lo que habla.
"Cuando los perros ladran" Víctor Samuel.... Ya sabes. Y qué sigan ladrando.
Fernando Rivera Calero dijo...
de qué se trata el atículo en sí. no es pereza, pero cuesta como que un poco seguir la secuencia y creo que puede es abreviarla.
16 de mayo de 2009, 18:07
1. Sobre las tonterías de la demás gente acerca de si Descartes debería ser llamado "Decart", eso no es sino una muestra de la ignorancia de algunos de nuestros interlocutores.
2. Esos que dicen "René" -expresión afectada- no han asomado comentario alguno sobre la ética y la política cartesiana en este blog. Creo que eso dice ya bastante.
Bueno, con la verdad en la mano.

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