Source: http://www.ceipleontrotsky.org/Capitulo-XXIV-Tomo-II
Timestamp: 2018-06-19 10:45:08+00:00

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Capítulo XXIV (Tomo II)
El Congreso de la dictadura soviética
El 25 de octubre debía inaugurarse en el Smolni el parlamento más democrático de todos los que han existido en la historia mundial. Y quizá, ¿quién sabe?, el más importante.
Una vez libres de la influencia de la intelligentsia conciliadora, los soviets de provincia enviaban principalmente a obreros y soldados. En su mayoría eran poco conocidos, pero, en cambio, probados en la acción y habían ganado así una sólida confianza en sus localidades. Del ejército y del frente, superando el bloqueo de los comités del ejército y de los Estados Mayores, la inmensa mayoría de los delegados eran casi únicamente soldados rasos. Casi todos habían despertado a la vida política con la revolución. Se habían formado en la experiencia de esos ocho meses. Poco era lo que sabían, pero lo sabían sólidamente. La apariencia exterior del congreso reflejaba su composición. Los galones de oficial, las gafas y las corbatas de intelectuales del primer congreso ya no se veían apenas. Dominaba en general el color gris en las vestimentas y en los rostros. Todo se había desgastado durante la guerra. Muchos obreros de las ciudades se habían echado encima capotes de soldado. Los delegados de las trincheras no tenían aspecto muy presentable: sin afeitar desde hacía tiempo, cubiertos con viejos capotes desgarrados, con pesados gorros de piel cuyos agujeros descubrían la guata, con los pelos desgreñados. Rostros rudos mordidos por la intemperie, pesados pies cubiertos de sabañones, dedos amarillentos de fumar tabaco ordinario, botones medio arrancados, correas colgando, botas gastadas y sucias, sin lustrar desde hacía tiempo. Por primera vez la nación plebeya había enviado una representación honesta, sin disfraz, hecha a su imagen y semejanza.
La estadística del congreso que se reunió en las horas de la insurrección es extremadamente incompleta. En el momento de la apertura se contaban seiscientos cincuenta participantes con voz y voto. Trescientos noventa eran bolcheviques; aunque no todos eran miembros del partido, eran sin embargo la sustancia misma de las masas; y a éstas no les quedaba otro camino que el del bolchevismo. Muchos delegados que llegaban llenos de dudas, maduraban rápidamente en la caldeada atmósfera de Petrogrado.
¡Con cuánto éxito mencheviques y socialistas revolucionarios habían conseguido dilapidar el capital político de la revolución de Febrero! En el Congreso de los soviets en junio, los conciliadores disponían de una mayoría de 600 votos sobre un total de 832 delegados. Ahora, la oposición conciliadora de todo tipo reunía menos de la cuarta parte del congreso. Los mencheviques, con los grupos nacionales ligados a ellos, no pasaban de 80 delegados, de los cuales alrededor de la mitad eran "de izquierda". De 159 socialistas revolucionarios -190 según otros datos- los de izquierda constituían alrededor de las tres quintas partes y, además, los de derecha iban disolviéndose rápidamente en el transcurso del congreso. Hacia el final de las sesiones, el número de delegados se elevó, según ciertos datos, a 900 personas; pero esta cifra, que incluía un buen número de votos consultativos, no engloba, por otra parte, todos los votos deliberativos. El control de los mandatos sufría interrupciones, se perdieron papeles, los informes sobre la pertenencia a tal o cual partido no son completos. En todo caso, la posición dominante de los bolcheviques en el congreso era indudable.
Una encuesta entre los delegados demostró que 505 soviets estaban a favor del paso de todo el poder a manos de los soviets; 86, por el poder de la "democracia"; 55, por la coalición; 21, por la coalición, pero sin los kadetes. Estas cifras elocuentes, incluso en este aspecto, dan una idea exagerada, sin embargo, de la influencia que aún les quedaba a los conciliadores: por la democracia y la coalición se declaraban los soviets de las regiones más atrasadas y de las localidades menos importantes.
El 25, a primera hora de la mañana, las diversas fracciones se reunían en el Smolni. De los bolcheviques, sólo estaban presentes los que no tenían misiones de combate que cumplir. Hubo que aplazar la apertura del congreso: la dirección bolchevique quería previamente terminar con el Palacio. Pero las fracciones hostiles tampoco tenían prisa: necesitaban también decidir lo que tenían que hacer y esto no era fácil. Dentro de las fracciones, las subfracciones se peleaban entre sí. La escisión de los socialistas revolucionarios se produjo después que la resolución de abandonar el congreso fue rechazada por 92 votos contra 60. Sólo al caer la tarde los socialistas revolucionarios de derecha y de izquierda se reunieron en salas diferentes. A las ocho, los mencheviques pidieron un nuevo aplazamiento: sus opiniones estaban muy divididas. Llegó la noche. Aún continuaba la acción contra el Palacio. Pero se hacía imposible esperar más tiempo: había que hablar claramente ante el país en estado de alerta.
La revolución enseñaba el arte de la comprensión. Los delegados, los visitantes, los guardianes se apretujaban en la sala de fiestas de las jóvenes de la nobleza para que pudieran entrar los que iban llegando. Las advertencias sobre un posible hundimiento del piso no tenían más efecto que las invitaciones a fumar, menos. Todos se apretujaban y fumaban a sus anchas. A duras penas John Reed pudo abrirse camino a través de la multitud que rumoreaba ante la puerta. La sala no tenía calefacción, pero el aire era espeso y ardiente.
Amontonados en los canceles de las puertas, en los pasadizos laterales, o sentados en los alféizares de las ventanas, los delegados esperaban pacientemente que el presidente hiciera sonar la campanilla. En la tribuna no estaban ni Tsereteli, ni Cheidse, ni Chernov. Sólo los líderes de segundo orden aparecieron para asistir a sus propios funerales. Un hombre de pequeña estatura, con uniforme de mayor médico, en nombre del Comité ejecutivo abrió la sesión a las 10 y 40. El congreso se reunía en "circunstancias tan excepcionales" que él, Dan, cumpliendo la misión que le había confiado el Comité ejecutivo central, se abstendría de pronunciar un discurso político: ya que sus amigos del partido se encuentran actualmente en el palacio de Invierno, expuestos al tiroteo, "cumpliendo abnegadamente su deber de ministros". Los delegados no esperaban ni por asomo que el Comité ejecutivo central los bendijera. Miraban con aversión a la tribuna: si esas gentes tienen aún una existencia política, ¿qué relación tienen con nosotros y con nuestra causa?
En nombre de los bolcheviques, Avanesov, delegado de Moscú, propone una mesa con representación proporcional: catorce bolcheviques, siete socialistas revolucionarios, tres mencheviques y un internacionalista. Los de la derecha se niegan inmediatamente a formar parte de la mesa. El grupo de Mártov se abstiene por el momento: no ha tomado aún una decisión. Siete votos pasan a los socialistas revolucionarios de izquierda. El Congreso observa irritado estas controversias preliminares.
Avanesov lee la lista de los candidatos bolcheviques a la mesa: Lenin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Ríkov, Noguín, Sklianski, Krilenko, Antónov-Ovseenko, Riazanov, Muránov, Lunacharski, Kolontay y Stuchka. "La mesa está compuesta -escribe Sujánov- de los principales líderes bolcheviques y de un grupo de seis (en realidad siete) socialistas revolucionarios de izquierda." Aunque se han o puesto a la insurrección, Zinóviev y Kámenev, dada su autoridad dentro del partido, son incluidos en la mesa; Ríkov y Noguín están como representantes del soviet de Moscú; Lunacharski y Kolontay, por su popularidad como agitadores en ese período; Riazanov, como representante de los sindicatos; Muránov, como viejo obrero bolchevique que se ha portado valerosamente durante el proceso de los diputados de la Duma del Imperio; Stuchka, como líder de la organización en Letonia; Krilenko y Sklianski, como representantes del ejército. Antónov-Ovseenko, como dirigente de las luchas en Petrogrado. La ausencia de Sverdlov se explica aparentemente por el hecho de que fue él quien redactó la lista y que, en el desorden, nadie rectificó la omisión. Una de las características de las costumbres de entonces del partido era que la mesa comprendiese a todo el Estado Mayor de los adversarios de la insurrección: Zinóviev, Kámenev, Lunacharski, Noguín, Ríkov y Riazanov. Entre los socialistas revolucionarios de izquierda, la única que gozaba de la popularidad en toda Rusia era la pequeña, frágil y valerosa Spiridovna, que había pasado largos años en la cárcel por haber matado a uno de los torturadores de los campesinos de Tambov. No había más "nombres" entre los socialistas revolucionarios de izquierda. En cambio, entre los de derecha, aparte de los nombres, no quedaba ya casi nada.
El congreso acoge fervorosamente a la mesa. Lenin no se encuentra en la tribuna. Mientras se reunían y conferenciaban las fracciones, Lenin, todavía disfrazado, con una gran peluca y gruesas gafas, se encontraba en compañía de dos o tres bolcheviques en una sala lateral. Dan y Skobelev, dirigiéndose a su fracción, se pararon ante la mesa de los conspiradores, miraron atentamente a Lenin y lo reconocieron sin la menor duda. Lo cual significaba: ¡ya es hora de arrojar la máscara!
Sin embargo, Lenin no tenía prisa por aparecer en público. Prefería observar las cosas de cerca y reunir en sus manos los hilos, manteniéndose entre bastidores. Trotsky, en sus recuerdos publicados en 1924, escribe: "En el Smolni tenía lugar la primera sesión del Segundo Congreso de los soviets. Lenin no apareció allí. Permaneció en una de las salas del Smolni, en donde, recuerdo bien, no había casi muebles. Sólo más tarde alguien vino a extender en el suelo unas colchas y dos almohadas. Vladimir Ilich y yo descansamos, tumbados uno al lado del otro. Pero unos minutos más tarde, me llamaron: "Dan ha tomado la palabra, hay que responderle." Al regreso de mi réplica, me tumbaba de nuevo junto a Lenin, quien, por supuesto, no pensaba en dormir. La situación no estaba para eso. Cada cinco o diez minutos, alguien corría de la sala de sesiones para comunicar lo que allí pasaba."
La campanilla del presidente pasó a manos de Kámenev, uno de esos seres flemáticos designados por la naturaleza misma para presidir. En el orden del día -anunció- hay tres cuestiones: la organización del poder; la guerra y la paz; la convocatoria de la Asamblea constituyente. Un ruido sordo y alarmante se añade desde fuera al ruido de la asamblea: es la fortaleza de Pedro y Pablo, que subraya el orden del día con una descarga de artillería. Una corriente de alta tensión ha atravesado el congreso, que de golpe ha sentido lo que era en realidad: la Convención de la guerra civil.
Lozovski, adversario de la insurrección, exige un informe del Soviet de Petrogrado. Pero el Comité militar revolucionario se ha retrasado: la réplica de los cañones muestra que el informe no está aún terminado. La insurrección está en plena marcha. Los líderes bolcheviques desaparecen a cada instante, yendo al local ocupado por ’el Comité militar revolucionario para recibir informes o dar órdenes. Los ecos del combate penetran como lenguas de fuego en la sala de sesiones. Cuando se vota, los brazos se levantan en medio de las bayonetas erizadas. El humo azulado y picante de la majorka (tabaco ordinario) disimula las bellas columnas blancas y las arañas.
Las escaramuzas oratorias entre los dos campos, sobre ese fondo de cañonazos, adquieren una significación inusitada. Mártov pide la palabra. El momento en que todavía oscilan los platillos de la balanza es el momento para ese inventivo político de vacilaciones perpetuas. Con su ronca voz de tuberculoso, Mártov ha respondido inmediatamente a la voz metálica de los cañones: "Es indispensable que los dos campos terminen las hostilidades... La cuestión del poder quiere resolverse por medio de una conspiración... Todos los partidos revolucionarios se ven enfrentados ante un hecho consumado... La guerra civil amenaza desatar la contrarrevolución. Una solución pacífica de la crisis puede obtenerse con la creación de un poder que sería reconocido por toda la democracia." Una parte importante del congreso aplaude. Sujánov señala con ironía: "Visiblemente, muchos bolcheviques que no han asimilado el espíritu de la doctrina de Lenin y Trotsky aceptarían gustosos avanzar precisamente por esta vía."
La propuesta de entablar negociaciones pacíficas obtiene el apoyo de los socialistas revolucionarios de izquierda y de un grupo de internacionalistas unificados. El ala derecha, y quizá también los más próximos compañeros al pensamiento de Mártov, están seguros de que los bolcheviques van a rechazar la propuesta. Se equivocan. Los bolcheviques envían a la tribuna a Lunacharski, el más pacífico, el más aterciopelado de los oradores. "La fracción de los bolcheviques no tiene nada que objetar a la propuesta de Mártov." Los adversarios quedan estupefactos. "Lenin y Trotsky, yendo por delante de la masa que les sigue -comenta Sujánov- socavan al mismo tiempo el terreno bajo los pies de los de derecha." La propuesta de Mártov es aceptada por unanimidad. "Si los mencheviques y los socialistas: revolucionarios se retiran inmediatamente, se condenan a sí mismos", razona así el grupo de Mártov. Se puede, por consiguiente, esperar que el Congreso "se encaminará por la justa vía de la creación de un frente único democrático". ¡Vana esperanza! La revolución no toma nunca la diagonal.
El ala derecha pasa inmediatamente de largo la iniciativa de entablar negociaciones de paz que acaba de ser aprobada. El menchevique Jarach, delegado del duodécimo ejército, con las insignias de capitán, declara: "Políticos hipócritas proponen resolver el problema del poder. Pero esta cuestión se está decidiendo a nuestras espaldas... Los golpes dados al palacio de Invierno cavan la fosa del partido que se ha lanzado a semejante aventura..." Al llamado del capitán, el congreso responde con murmullos indignados.
El teniente Kuchin, que había hablado en la Conferencia de Moscú en nombre del frente, intenta una vez más intervenir en nombre de las organizaciones del ejército: "Este congreso es inoportuno y se ha constituido incluso de forma irregular." "¿En nombre de quién habla?", le gritan los capotes desgarrados que llevan escrito su mandato con el barro de las trincheras. Kuchin enumera cuidadosamente once ejércitos. Pero, aquí, ya no engaña a nadie. En el frente, como en la retaguardia, los generales conciliadores no tenían ya soldados. El grupo del frente, prosigue el teniente menchevique, "rechaza toda responsabilidad por las consecuencias de esta aventura"; eso significa: unión con la contrarrevolución en contra de los soviets. Y como conclusión, "el grupo del frente... abandona este congreso".
Uno tras otro, los representantes de la derecha suben a la tribuna. Han perdido sus parroquias y sus iglesias, pero han conservado sus campanarios; se dan prisa para hacer sonar por última vez las campanas cascadas. Los socialistas y los demócratas, que, por todos los medios, honestos o deshonestos, se han puesto de acuerdo con la burguesía imperialista, se niegan hoy claramente a llegar a un entendimiento con el pueblo insurrecto. Su cálculo político es puesto al desnudo: los bolcheviques serán derrocados en unos días; es preciso separarse de ellos lo más pronto posible, ayudar incluso a derrocarlos y así conseguir cierta seguridad para el futuro.
En nombre de la fracción de los mencheviques de derecha, Jinchuk, antiguo presidente del Soviet de Moscú y futuro embajador de los Soviets en Berlín, presenta una declaración. "El complot militar de los bolcheviques... lanza al país, a una guerra intestinal socava la Asamblea constituyente, amenaza con una catástrofe en el frente y lleva al triunfo de la contrarrevolución." La única salida está en "las negociaciones con el gobierno provisional para la formación de un poder que se apoye en todas las capas de la democracia". Incapaces de comprender nada, estas gentes proponen al congreso terminar con la insurrección y volver a Kerenski. A través del sordo murmullo, los gritos, e incluso los silbidos, apenas se pueden oír las palabras del representante de los socialistas revolucionarios de derecha. La declaración de su partido proclama "la imposibilidad de un trabajo en común" con los bolcheviques y afirma que el Congreso de los soviets, convocado y abierto por el Comité ejecutivo central conciliador, no se ha constituido regularmente.
La manifestación de las derechas no intimida, pero inquieta e irrita. La mayoría de los delegados están ya hartos de esos líderes pretenciosos y cortos de miras que les han atiborrado primero de frases y luego los han sometido a la represión. ¿Es posible que los Dan, Jinchuk y Kuchin estén dispuestos todavía a dar lecciones y a mandar? Un soldado letón, Peterson, que tiene las mejillas rojas de un tuberculoso y los ojos ardientes de pasión, acusa a Jarach y a Kuchin de ser unos impostores. "¡Basta de resoluciones y de palabrería! ¡Queremos actos! El poder debe estar en nuestras manos. ¡Que los impostores abandonen el congreso, el ejército no está con ellos!" La voz vehemente de pasión consuela los espíritus en este congreso que hasta ahora no recibía más que injurias. Otros hombres del frente se apresuran a apoyar a Peterson. "Los Kuchin representan la opinión de pequeños grupos que se han instalado desde abril en los comités del ejército. El ejército exige desde hace tiempo nuevas elecciones en esos comités. Los habitantes de las trincheras esperan con impaciencia la entrega del poder a los soviets."
Pero las derechas ocupan aún algunos campanarios. El representante del Bund declara que "todo lo que sucede en Petrogrado es una desgracia" e invita a los delegados a unirse a los consejeros de la Duma municipal que están dispuestos a dirigirse sin armas al palacio de Invierno para perecer allí junto al gobierno. "Esto provoca un gran jaleo -escribe Sujánov-, con expresiones de burla, unas groseras y otras venenosas." El patético orador se ha equivocado evidentemente de auditorio. "¡Basta! ¡Desertores!", gritan a los que salen los delegados, los invitados, los guardias rojos, los soldados que montan guardia. "¡Iros con Kornílov! ¡Enemigos del pueblo!"
La retirada de la derecha no provoca un vacío. Los delegados de base se niegan evidentemente a unirse a los oficiales y a los junkers para luchar contra los obreros y soldados. De las diversas fracciones del ala derecha se marchan, aparentemente, unos setenta delegados, o sea, un poco más de la mitad. Los vacilantes se colocaban al lado de los grupos intermedios que habían decidido no abandonar el congreso. Si antes de comenzar la sesión los socialistas revolucionarios de todas las tendencias no eran más de ciento noventa, en las primeras horas que siguieron la cifra de los socialistas revolucionarios de izquierda se elevó hasta ciento ochenta: a ellos se les habían unido todos aquellos que no se habían decidido a adherir a los bolcheviques, aunque estuviesen ya dispuestos a apoyarlos.
En el gobierno provisional o en un parlamento cualquiera, los mencheviques y los socialistas revolucionarios no se retiraban nunca, pasara lo que pasara. ¿Se puede, acaso, romper con la sociedad distinguida? Pero los soviets, después de todo, no son más que el pueblo. Los soviets sirven para algo siempre que se puedan apoyar en ellos para entenderse con la burguesía. Pero ¿es concebible tolerar unos soviets que tienen la pretensión de llegar a ser dueños del país? "Los bolcheviques se quedaron solos -escribía más tarde el socialista revolucionario Zenzinov-, y a partir de ese momento, comenzaron a apoyarse únicamente en la fuerza física brutal." Sin lugar a dudas, el principio moral se había ido, dando un portazo, junto con Dan y Gotz. El principio moral se dirigirá, en una procesión de trescientas personas, con dos linternas, al palacio de Invierno, para caer de nuevo bajo la fuerza física brutal de los bolcheviques y batirse en retirada.
La propuesta de negociaciones de paz aprobada por el congreso quedaba en suspenso. Si las derechas hubieran aceptado la idea de un acuerdo con el proletariado victorioso, no se habrían apresurado a romper con el congreso. Mártov no puede dejar de comprenderlo. Pero se aferra a la idea de un compromiso sobre el cual se basa y fracasa toda su política. "Es indispensable detener la efusión de sangre...", repite. "¡Eso sólo son rumores!", le gritan. "Aquí no se oyen solamente rumores, replica; si os acercáis a las ventanas, ¡oiréis también los cañonazos!" Argumento irrefutable: cuando el congreso calla, no es preciso estar cerca de las ventanas para oír los disparos.
La declaración leída por Mártov, enteramente hostil a los bolcheviques y estéril en sus deducciones, condena la insurrección como "algo realizado únicamente por el partido bolchevique mediante una conspiración puramente militar y exige la suspensión de los trabajos del congreso hasta un entendimiento con "todos los partidos socialistas". ¡En una revolución, correr tras su resultante es peor que querer atrapar su propia sombra!
En ese momento aparece en la reunión Yofe, el futuro primer embajador de los Soviets en Berlín, a la cabeza de la fracción bolchevique en la Duma municipal, que se negó a ir en busca de una muerte problemática bajo los muros del palacio de Invierno. El Congreso se amontona más aún, recibiendo a los amigos con felicitaciones rebosantes de alegría.
Pero algo hay que responder a Mártov. Esa tarea es confiada a Trotsky. "Inmediatamente después del éxodo de las derechas, su posición -reconoce Sujánov- es tan sólida como débil la de Mártov." Los adversarios se encuentran uno al lado del otro en la tribuna, presionados por todas partes por un círculo estrecho de delegados muy excitados. "Lo que ha sucedido -dice Trotsky- es una insurrección y no un complot. El levantamiento de las masas populares no necesita justificación. Hemos dado temple a la energía revolucionaria de los obreros y soldados de Petrogrado. Hemos forjado abiertamente la voluntad de las masas para la insurrección y no para un complot. Nuestra insurrección ha vencido y ahora se nos hace una propuesta: renunciad a vuestra victoria, concluid un acuerdo. ¿Con quién? Pregunto: ¿con quién debemos concluir un acuerdo? ¿Con los miserables grupitos que se han retirado de aquí?... Pero si ya los hemos visto de cuerpo entero. No hay nadie ya detrás de ellos en Rusia. ¿Con ellos deberían concluir un acuerdo, de igual a igual, los millones de obreros y campesinos representados en este congreso, a quienes aquellos, y no es la primera vez, están dispuestos a entregar a merced de la burguesía? No, ¡aquí el acuerdo no sirve para nada! A los que se han ido de aquí, como a los que se presentan con propuestas semejantes, debemos decirles: "Estáis lamentablemente aislados sois unos fracasados, vuestro papel ya está jugado, dirigimos allí donde vuestra clase está ahora: ¡al basurero de la historia!..."
¡Entonces, nos retiramos!, grita Mártov, sin esperar el voto del congreso. "Mártov, furioso y muy afectado -escribe compasivamente Sujánov-, empezó a abrirse camino desde la tribuna hasta la salida. Por mi parte, me puse a convocar urgentemente una reunión extraordinaria de mi fracción..." No se trataba en absoluto de un arrebato. El Hamlet del socialismo democrático, Mártov, había dado un paso adelante cuando la revolución refluía, como en julio; ahora que la revolución estaba dispuesta a saltar como una fiera, Mártov retrocedía. La retirada de las derechas le había quitado la posibilidad de una maniobra parlamentaria. De pronto dejó de sentirse cómodo. Se apresuró a abandonar el congreso para desligarse de la insurrección. Sujánov replicó como pudo. La fracción se dividió casi en dos mitades iguales: Mártov ganó por catorce votos contra doce.
Trotsky propone al congreso una resolución que es un acta de acusación contra los conciliadores: son ellos los que han preparado la ofensiva desastrosa del 18 de junio; ellos, los que han apoyado al gobierno que traicionaba al pueblo; ellos, los que han disimulado al pueblo cómo se les engañaba en la cuestión agraria; ellos, los que han asegurado el desarme de los obreros; ellos, los responsables de la prolongación insensata de la guerra; ellos, los que han permitido a la burguesía agravar la situación económica; ellos, los que, habiendo perdido la confianza de las masas, se han opuesto a la convocatoria del Congreso de los soviets; finalmente, hallándose en minoría, han roto con los soviets.
De nuevo, una moción de orden: realmente, la paciencia de la mesa bolchevique no tiene límites. Un representante del Comité ejecutivo de los soviets campesinos ha llegado, encargado de invitar a los rurales a abandonar este congreso "inoportuno" y a dirigirse al palacio de Invierno "tara morir con los que han sido enviados allí para realizar nuestras voluntades". Estas invitaciones para morir bajo las ruinas del palacio de Invierno comienzan a irritar por su monotonía. Un marinero del Aurora que se presenta en el congreso declara irónicamente que no hay ruinas, ya que el crucero tira con pólvora. "Seguid con vuestros trabajos tranquilamente." El congreso toma aliento ante este magnífico marinero de barba negra que encarna la simple e imperiosa voluntad de la insurrección. Mártov, con su mosaico de ideas y de sentimientos, pertenece a otro mundo: por eso rompe, él también, con el congreso.
Todavía una nueva moción de orden, esta vez medio amistosa. "Los socialistas revolucionarios de derecha -dice Kamkov- se han retirado, pero nosotros los de izquierda, nos hemos quedado." El congreso saluda a los que permanecieron. Sin embargo, estos últimos también consideran indispensable realizar un frente único revolucionario y se pronuncian en contra de la violenta resolución de Trotsky que cierra las puertas a un acuerdo con la democracia moderada.
Los bolcheviques, una vez más, vuelven a aceptar inmediatamente. Parece como si no se les hubiera visto nunca tan dispuestos a las concesiones. No es nada extraño: dominan la situación y no tienen ninguna necesidad de insistir en los términos. Lunacharski sube de nuevo a la tribuna. "No cabe la menor duda sobre el peso de la tarea que nos incumbe." La unificación de todos los elementos efectivamente revolucionarios de la democracia es indispensable. Pero, ¿acaso nosotros, los bolcheviques, hemos dado un solo paso que dejase a un lado a los otros grupos? ¿Acaso no hemos adoptado por unanimidad la propuesta de Mártov? A esto se nos ha respondido con acusaciones y amenazas. ¿No es evidente que quienes han abandonado el congreso "suspenden su actividad conciliadora y pasan abiertamente al campo de los kornilovianos"?
Los bolcheviques no insisten en la necesidad de votar inmediatamente la resolución de Trotsky: no quieren comprometer las tentativas realizadas para obtener un acuerdo sobre la base soviética. Se aplica con éxito, una vez más, el método de dejar que sea la marcha de los acontecimientos la que enseñe, ¡aunque mientras tanto vaya acompañada de cañonazos! Igual que antes, con la aceptación de la propuesta de Mártov, ahora la concesión hecha a Kamkov sirve para poner al desnudo la impotencia de los esfuerzos de conciliación. Sin embargo, a diferencia de los mencheviques de izquierda, los socialistas revolucionarios de izquierda no abandonan el congreso: sienten sobre ellos muy directamente la presión de la aldea sublevada.
Ha habido un tanteo recíproco. Cada cual ocupa una posición de partida. En el desarrollo del congreso interviene una pausa. ¿Adoptar los decretos fundamentales y crear un gobierno soviético? Imposible: en el palacio de Invierno está reunido todavía el antiguo gobierno, en una sala medio oscura, cuya única lámpara está cubierta por un periódico. Pasadas las dos de la madrugada, la presidencia declara la suspensión de la sesión durante media hora.
Los mariscales rojos utilizaron con pleno éxito la breve prórroga que se les había otorgado. Algo ha cambiado en el ambiente del congreso al reanudarse la sesión. Kámenev les lee desde la tribuna un telegrama que acaba de recibir de Antónov: el palacio de Invierno ha sido tomado por las tropas del Comité militar revolucionario; excepto Kerenski, todo el gobierno provisional ha sido detenido, empezando por el dictador Kichkin. A pesar de que la noticia ha pasado ya de boca en boca, el comunicado oficial cae más contundentemente que una salva de artillería. Acaba de saltarse el abismo que separaba del poder a la clase revolucionaria. Los bolcheviques, que habían sido expulsados en julio del hotel particular de Kchesinskaya, entraban ahora como dueños en el Palacio de Invierno. En Rusia, no hay otro poder que el de este congreso. Una enredada madeja de sentimientos nace con los aplausos y los gritos: triunfo, esperanza, esperanza, pero también lágrimas. Nuevas ráfagas, cada vez más fogosas, de aplausos. ¡El asunto está terminado! La relación de fuerzas, aun la más favorable, tiene también sus imprevistos. La victoria está asegurada cuando el Estado Mayor enemigo cae prisionero.
Kámenev enumera con voz imponente los personajes detenidos. Los hombres más conocidos provocan en el congreso exclamaciones hostiles o irónicas. Con especial exasperación se escucha el nombre de Terechenko, que presidía los destinos exteriores de Rusia. Pero, ¿y Kerenski?, ¿qué pasa con Kerenski?; se sabe que a las diez de la mañana se ejercitaba en el arte oratorio, sin mucho éxito, ante la guarnición de Garchina. "¿A dónde se dirigió luego? No se sabe exactamente: se rumorea que se ha ido hacia el frente."
Los compañeros de viaje de la insurrección no se sienten muy cómodos. Presienten que ahora los bolcheviques apretarán el paso. Alguien de los socialistas revolucionarios de izquierda protesta contra la detención de los ministros socialistas. El representante de los internacionalistas unificados lanza esta advertencia: no es posible, sin embargo, que el ministro de Agricultura, Máslov, se encuentre en la misma celda donde estuvo en tiempos de la monarquía. "Un arresto político -replica Trotsky, que estuvo detenido en tiempos del ministro Máslov en la cárcel de Kresti, lo mismo que en tiempos de Nicolás- no es una cuestión de venganza: es dictado... por consideraciones racionales. El gobierno... debe comparecer ante un tribunal, ante todo por sus lazos indiscutibles con Kornílov... Los ministros socialistas sólo quedarán bajo arresto domiciliario." Hubiera sido más sencillo y más exacto decir que la captura del viejo gobierno estaba dictada por las necesidades de una lucha no terminada todavía. Se trataba de decapitar políticamente al campo enemigo y no de castigar las fecharías anteriores.
Pero la interpelación parlamentaria sobre las detenciones es inmediatamente eliminada por otro episodio infinitamente más importante: ¡el Tercer Batallón de motociclistas, que Kerenski había hecho avanzar hacia Petrogrado, se ha pasado al lado del pueblo revolucionario! Esta noticia tan favorable parece ser inverosímil, pero es cierta: un contingente seleccionado, el primero que ha sido enviado del frente, antes de llegar a la capital, se ha sumado a la insurrección, Si el congreso, en su alegría al conocer el arresto de los ministros, había mostrado una cierta moderación, ahora estalla de entusiasmo total e incontenible.
En la tribuna, el comisario bolchevique de Tsarskoie-Selo y el delegado del batallón de motociclistas: ambos acaban de llegar para hacer un informe al congreso. "La guarnición de Tsarskoie-Selo guarda las cercanías de Petrogrado." Los partidarios de la defensa nacional han abandonado el Soviet. "Todo el trabajo ha recaído sobre nosotros solos." Conociendo la llegada inminente de los motociclistas, el Soviet de Tsarskoie-Selo se preparaba a una resistencia. Pero, felizmente, la alarma dada fue innecesaria: "Ninguno de los motociclistas es enemigo del Congreso de los soviets." Pronto llegará a Tsarskoie-Selo otro batallón: nos preparamos ya a recibirlo amistosamente. El congreso bebe este informe como si fuera leche.
El representante de los motociclistas es acogido por una tempestad, un torbellino, un ciclón de aplausos. Desde el frente sudoeste, el Tercer Batallón ha sido rápidamente enviado al norte por orden telegráfica: "Defender Petrogrado." Los motociclistas rodaban, "con los ojos vendados", sospechando tan sólo de modo vago de qué se trataba. En Peredolskaya encontraron una formación del Quinto Batallón de motociclistas, que también era enviado contra la capital. En un mitin común que se hizo en la estación, resultó que "de todos los motociclistas, no se encontraría ninguno que consintiera en avanzar contra sus hermanos." Se toma la decisión común de no someterse al gobierno. "¡Os declaro concretamente -dice el Motociclista- que no daremos el poder a un gobierno a cuya cabeza se encuentren burgueses y propietarios nobles!" La palabra "concretamente", introducida en el lenguaje popular por la revolución, sonaba bien en esos momentos.
¿Cuánto tiempo hacía que, en la misma tribuna, el congreso era amenazado de sufrir los castigos del frente? Ahora, el frente mismo había dicho "concretamente" su palabra. ¡Poco importa que los comités del ejército saboteen el congreso, que la masa de soldados rasos haya conseguido, más bien por excepción, enviar sus delegados, que no se haya aprendido aún en numerosos regimientos y divisiones a distinguir un bolchevique de un socialista revolucionario! La voz que viene de Peredolskaya es la voz auténtica, infalible, irrefutable del ejército. No hay apelación contra ese veredicto. Sólo los bolcheviques habían comprendido en el momento oportuno que el cocinero del batallón de motociclistas representaba infinitamente mejor al frente que todos los Jarach y Kuchin con sus mandatos archicaducos. Se produce una modificación, muy significativa, en el estado de ánimo de los delegados. "Empiezan a sentir -escribe Sujánov- que las cosas marchan solas y de manera favorable, que los peligros anunciados por la derecha no parecen tan terribles y que los líderes pueden tener razón en lo demás." Este es el momento que escogieron los lamentables mencheviques de izquierda para recordar su existencia. Resultó que no se habían retirado todavía. Discutían en su fracción la cuestión de saber qué posición tomar. Esforzándose en arrastrar a los grupos vacilantes, Kapelinski, encargado de anunciar al congreso la decisión tomada, señalaba finalmente el motivo más evidente de ruptura con los bolcheviques: "Acordaros que avanzan tropas hacia Petrogrado. Estarnos bajo la amenaza de una catástrofe. ¿Cómo?, ¿y estáis aquí todavía?" Esos gritos vienen de diferentes puntos de la sala. "¡Pero ya os habéis ido una vez!" Los mencheviques, en un pequeño grupo, se dirigen hacia la puerta, acompañados por exclamaciones de desprecio. "Nos retiramos -declara Sujánov con tono afligido- dejando completamente libres las manos de los bolcheviques, cediéndoles todo el terreno de la revolución." Poca cosa habría quedado si aquellos de quienes habla Sujánov no se hubieran ido. En todo caso, se hunden. La ola de los acontecimientos se cierra implacablemente sobre sus cabezas.
Ya era tiempo, para el congreso, de dirigir un llamamiento al pueblo. Pero la sesión sigue desarrollándose con simples mociones de orden. Los acontecimientos no entran en absoluto en el orden del día. A las cinco y diecisiete de la mañana, Krilenko, tropezando de fatiga, subió a la tribuna con un telegrama en la mano: el duodécimo ejército saluda al congreso y le informa de la creación de un Comité militar revolucionario que se encarga de vigilar al frente norte. Las tentativas del gobierno para obtener ayuda armada habían fracasado ante la resistencia de las tropas. El general Cheremisov, comandante en jefe del frente norte, se había sometido al Comité. Voitinski, el comisario del gobierno provisional, había presentado su dimisión y esperaba un sustituto. Delegaciones de las formaciones que habían sido enviadas a Petrogrado declaran, una tras otra, al Comité militar revolucionario que se unen a la guarnición de Petrogrado. "Sucedía algo increíble, escribe John Reed: la gente lloraba abrazándose."
Lunacharski encuentra por fin la posibilidad de leer en voz alta un llamamiento a los obreros, soldados y campesinos. Pero no es un simple llamamiento: por la sola exposición de lo que ha sucedido y de lo que se prevé, el documento, redactado a toda prisa, presupone el comienzo de un nuevo régimen estatal. "Los plenos poderes del Comité ejecutivo central conciliador han expirado. El gobierno provisional ha sido depuesto. El Congreso toma el poder en sus manos." El gobierno soviético propondrá una paz inmediata, entregará la tierra a los campesinos, dará un estatuto democrático al ejército, establecerá un control de la producción, convocará en el momento oportuno la Asamblea constituyente, asegurará el derecho de las naciones de Rusia a disponer de sí mismas. "El Congreso decide que todo el poder, en todas las localidades, es entregado a los soviets." Cada frase leída provoca una salva de aplausos. "¡Soldados, manteneos en vuestros puestos de guardia! ¡Ferroviarios, detened todos los convoyes dirigidos por Kerenski a Petrogrado!... ¡En vuestras manos están la suerte de la revolución y la de la paz democrática!"
La alusión a la tierra sacude a los campesinos. El congreso no representa, según el reglamento, más que a los soviets de obreros y soldados; pero también participan delegados de diferentes soviets campesinos: éstos exigen ahora que también se les mencione en el documento. Se les concede inmediatamente el derecho de sufragio deliberativo. El representante del Soviet campesino de Petrogrado firma el llamamiento "con los pies y con las manos". Un miembro del Comité ejecutivo de Avkséntiev, Berezin, que había estado callado hasta entonces, comunica que sobre sesenta y ocho soviets campesinos que han respondido a la encuesta telegráfica, la mitad se ha pronunciado por el poder de los soviets y la otra mitad por la transmisión del poder a la Asamblea constituyente. Si ése es el estado de ánimo de los soviets de provincia, en parte compuestos de funcionarios, ¿se puede dudar que el futuro Congreso campesino apoye al poder soviético?
Uniendo más estrechamente a los delegados de base, el llamamiento asusta e incluso repele, por su carácter ineluctable, a determinados compañeros de viaje. De nuevo desfilan por la tribuna pequeñas fracciones de lo que queda. Por tercera vez se produce una ruptura con el congreso, la de un pequeño grupo de, mencheviques, probablemente de los que están más a la izquierda. Se retiran, pero solamente para reservarse la posibilidad de salvar a los bolcheviques. "De otro modo os perderéis vosotros mismos, nos perderéis a nosotros también y perderéis la revolución." Lapinski, representante del partido socialista polaco, aunque sigue en el Congreso para "defender su punto de vista hasta el final", se une, en suma, a la declaración de Mártov: "Los bolcheviques no podrán sacar, partido del poder que toman en sus manos." El partido obrero judío unificado se abstendrá de votar. Los internacionalistas unificados hacen lo mismo. Pero, ¿cuántos votos representarán en total iodos esos "unificados"? El llamamiento es aprobado por la totalidad de votantes, ¡salvo dos en contra y doce abstenciones! Los delegados no tienen ya las fuerzas suficientes para aplaudir.
La sesión se levanta finalmente cerca de las seis de la mañana. Amanece en la ciudad una mañana de otoño gris y fría. En las calles que se iluminan poco a poco brillan los restos ardientes de las hogueras de quienes han velado. Los soldados y obreros, armados de fusiles, tienen una expresión cerrada y poco corriente en sus rostros cansados. Si hubiera habido astrólogos en Petrogrado, debieron descubrir importantes presagios en el mapa mundi celeste.
La capital despierta bajo un nuevo poder. La gente común, los funcionarios, los intelectuales, que han estado al margen de la escena de los acontecimientos, se lanzan desde primeras horas de la mañana a los periódicos para saber a qué ribera la ola de la noche les ha arrojado. Pero no es fácil dilucidar lo que ha sucedido. En realidad, los periódicos hablan de la toma del Palacio de Invierno por los conspiradores y de la detención de los ministros, pero solamente como de un episodio completamente pasajero. Kerenski ha marchado al Gran cuartel general, la suerte del poder está decidida en el frente. Las crónicas sobre el congreso reproducen solamente las declaraciones de las derechas, mencionan a los que se han retirado y denuncian la impotencia de los que se han quedado. Los artículos políticos escritos antes de la toma del palacio de Invierno respiran un optimismo vacío de toda preocupación.
Los rumores de la calle no corresponden en nada al tono de los periódicos. A fin de cuentas, los ministros siguen encerrados en la fortaleza. En cuanto a Kerenski, no se ven llegar refuerzos por el momento. Funcionarios y oficiales están inquietos y tienen conciliábulos. Los periodistas y abogados intercambian llamadas telefónicas. Las redacciones tratan de ordenar sus ideas. Los oráculos de los salones dicen: hay que rodear a los usurpadores con un bloqueo de desprecio público. Los comerciantes no saben si deben seguir o no comerciando. Los restaurantes se abren. Los tranvías marchan, los Bancos se llenan de malos presentimientos. Los sismógrafos de la Bolsa descubren una curva convulsivo. Por supuesto, los bolcheviques no se mantendrán mucho tiempo, pero, antes de caer, pueden causar muchos males.
El periodista reaccionario Claude Anet escribía ese día: "Los vencedores entonan un canto de victoria. Y tienen toda la razón. Entre tantos charlatanes, ellos han actuado. Hoy recogen la cosecha. ¡Bravo! ¡Ha sido un buen trabajo!" La situación era apreciada de modo muy diferente por los mencheviques. "Veinticuatro horas han pasado desde la "victoria" de los bolcheviques -escribía el periódico de Dan- y la fatalidad histórica empieza ya a ejercer una cruel venganza contra ellos... a su alrededor se produce el vacío que ellos mismos han creado... se encuentran aislados de todos... todo el aparato de funcionarios y de técnicos se niega a ponerse a su servicio... En el momento mismo de su triunfo se hunden en un abismo..."
Animados por el sabotaje de los funcionarios y por su propia ligereza, los círculos liberales y conciliadores creían sorprendentemente en su impunidad. Hablaban y escribían de los bolcheviques con el lenguaje de las jornadas de julio: "mercenarios de Guillermo", "los bolsillos de los hombres de la Guardia roja están llenos de marcos alemanes", "son oficiales alemanes quienes dirigen la insurrección"... El nuevo poder debía mostrar a esta gente una fuerte autoridad antes incluso de que hubiesen empezado a creer en él. Los periódicos más desenfrenados fueron prohibidos desde la noche misma del 25 al 26. Otros fueron confiscados durante el día. La prensa socialista no se vio afectada por el momento: había que dar a los socialistas revolucionarios de izquierda y también a determinados elementos del partido bolchevique la posibilidad de convencerse de lo inconsistente que era esperar una coalición con la democracia oficial.
En medio del sabotaje y del caos, los bolcheviques desarrollaban su victoria. Un Estado Mayor provisional, organizado durante la noche, se ocupó de la defensa de Petrogrado en caso de una ofensiva por parte de Kerenski. Se envían telefonistas militares a la central telefónica, donde la huelga había empezado. Se invita a los diversos ejércitos a crear sus comités militares revolucionarios.. Se envía en grupos a agitadores y organizadores, disponibles después de la victoria, al frente y a las provincias. El órgano central del partido escribía: "El Soviet de Petrogrado se ha pronunciado; ahora les toca a los demás soviets."
Una noticia se difunde durante el día, que produce particular malestar entre los soldados: Kornílov había huido. En realidad, este distinguido prisionero, que residía en Bijov bajo la protección de sus fieles hombres de Tek y que era mantenido al corriente de todos los acontecimientos por el Gran cuartel general de Kerenski, había decidido, el 25, que el asunto tomaba un mal cariz y, sin la menor dificultad, abandonó su prisión imaginaria. Los lazos entre Kerenski y Kornílov se confirmaron de nuevo con toda evidencia a los ojos de las masas. El Comité militar revolucionario llamaba por telégrafo a los soldados y oficiales revolucionarios a arrestar y enviar a Petrogrado a los dos antiguos generalísimos.
Como en febrero, el palacio de Táurida, ahora el Smolni, se había convertido en el centro de todas las funciones de la capital y del Estado. Allí se reunían todas las instituciones dirigentes. De allí partían las decisiones, o bien allí se iba a obtenerlas. Allí se pedían las armas, se entregaban fusiles y revólveres confiscados a los enemigos. De diferentes puntos de la ciudad se llevaba allí a las personas arrestadas. Los que habían sufrido alguna ofensa se reunían allí en busca de justicia. El público burgués y los cocheros temerosos rodeaban el Smolni en un amplio círculo.
El automóvil es un símbolo del poder mucho más efectivo que el cetro y el globo. Bajo el régimen de la dualidad de poderes, los automóviles se repartían entre el gobierno, el Comité ejecutivo central y los particulares. De momento, todas las máquinas confiscadas eran remitidas al campo de la insurrección. El distrito del Smolni parecía un gigantesco garaje de campo. Los mejores automóviles exhalaban el mal olor de un detestable carburante. Las motocicletas trepidaban en la penumbra con amenazadora impaciencia. Los autos blindados hacían sonar sus cláxones. El Smolni parecía una fábrica, una estación y un centro energético de la insurrección.
Por las aceras de las calles adyacentes circulaba un torrente repleto de gente. Las hogueras ardían delante de las puertas interiores y exteriores. A su luz vacilante, obreros armados y soldados escrutaban atentamente los salvoconductos. Algunos autos blindados vibraban en el patio con sus motores en marcha. Nadie quería detenerse, ni las máquinas ni la gente. En cada entrada había ametrallado doras, con abundante provisión de cintas de cartuchos. Los interminables y oscuros corredores, poco iluminados, retumbaban con el ruido de pasos, exclamaciones y llamadas. Los que entran y los que salen se cruzaban en las amplias escaleras, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Esa masa de lava humana se veía cortada por impacientes y autoritarios individuos, militantes del Smolni, correos, comisarios, que mostraban con el brazo extendido un mandato o una orden, con el fusil a la espalda, atado por un cordón, o con una cartera bajo el brazo.
El Comité militar revolucionario no interrumpió ni un minuto su trabajo, recibía a los delegados, correos, informantes voluntarios, amigos llenos de abnegación y tunantes, enviaba comisarios a todos los rincones de la capital, sellaba innumerables órdenes y certificados de poderes, todo esto a través de peticiones de informes que se entrecruzaban, comunicados urgentes, llamadas telefónicas y el ruido de las armas. Estos hombres, en el límite de sus fuerzas, que no habían comido ni dormido desde hacía tiempo, sin afeitarse, con ropa sucia y los ojos inflamados, gritaban con voz ronca, gesticulaban exageradamente y, si no caían inánimes en el suelo, parece que sólo era gracias al caos del ambiente que les hacía dar vueltas y les llevaba sobre sus alas irresistibles.
Aventureros, libertinos, los peores desechos del viejo régimen, inflaban el pecho y trataban de hacerse introducir en el Smolni. Algunos lo conseguían. Conocían unos cuantos secretos pequeños de la dirección: quién posee las llaves de la correspondencia diplomática, cómo se redactan los bonos para las entregas de fondos, dónde se puede obtener gasolina o una máquina de escribir y, particularmente, dónde se conservan los mejores vinos de palacio. No era a la primera que se encontraban en la cárcel o cayendo bajo un disparo de revólver.
Nunca desde la creación del mundo se habían transmitido tantas órdenes, oralmente, a lápiz, a máquina, por telégrafo, una queriendo alcanzar a la otra -miles y millones de órdenes-, no siempre enviadas por los que tenían el derecho de mandar y raramente recibidas por quienes estaban en condiciones de ejecutarlas. Pero lo milagroso era que en ese remolino de locura había un sentido profundo, que la gente se ingeniaba para comprenderse entre sí, que lo más importante y lo más indispensable era ejecutado siempre, que se iban tendiendo los primeros hilos de una dirección nueva para sustituir el viejo aparato de dirección: la revolución se iba reforzando.
Durante el día trabajó en el Smolni el Comité central de los bolcheviques: había que decidir sobre el nuevo gobierno de Rusia. No se hizo ningún acta o, en todo caso, no se ha conservado. Nadie se preocupaba de los historiadores del futuro, aunque se les estuviera preparando no pocos problemas. En la sesión de la noche del congreso, la asamblea debe crear un gabinete ministerial. ¿Ministros? ¡Una palabra muy comprometida! Hace pensar en la alta carrera burocrática o en la coronación de ambiciones parlamentarias. Se ha decidido que se llamará al gobierno "Consejo de Comisarios del pueblo"; esto tiene por lo menos un aspecto un poco más nuevo. Dado que las negociaciones sobre la coalición de "toda la democracia" no habían llevado a nada hasta entonces, el problema de la composición del gobierno, tanto en lo referente al partido como a las personalidades, se veía simplificado. Los socialistas revolucionarios de izquierda gesticulan y se repliegan: acaban apenas de romper con el partido de Kerenski y no saben bien todavía lo que deben hacer. El Comité central acepta la propuesta de Lenin como la única posible: formar un gobierno compuesto únicamente de bolcheviques.
En el curso de esta sesión, Mártov vino a defender la causa de los ministros socialistas que habían sido arrestados. Poco tiempo antes había tenido ocasión de intervenir ante los ministros socialistas para que dejaran en libertad a los bolcheviques. La rueda había dado una vuelta importante. El Comité central, por medio de unos de sus miembros, Kámenev sin duda, delegado para entrevistarse con Mártov, confirmó que los ministros socialistas quedarían bajo arresto domiciliario: aparentemente, habían sido olvidados entre tantas otras cosas, o bien ellos mismos habían renunciado a sus privilegios respetando, aun en el bastión Trubetskoy, el principio de la solidaridad ministerial.
La sesión del congreso se abrió a las 9 de la noche. "El cuadro difería muy poco del de la víspera. Menos armas, menos amontonamiento." Sujánov llegó a encontrar un sitio, no ya en calidad de delegado, sino mezclado en el público. En esta sesión se debía decidir sobre la cuestión de la paz, de la tierra y del gobierno. Sólo esos tres problemas: terminar con la guerra, dar la tierra al pueblo, establecer la dictadura socialista. Kámenev comienza con un informe sobre los trabajos a los que se ha dedicado la mesa durante la jornada: ha sido abolida la pena de muerte que Kerenski había restablecido en el frente; se ha restituido la libertad total de agitación; se ha dado la orden de poner en libertad a los soldados encarcelados por delitos de opinión y a los miembros de los comités agrarios; son revocados todos los comisarios del gobierno provisional; se ha ordenado el arresto y la entrega de Kerenski y Kornílov. El congreso aprueba y confirma.
De nuevo dan signos de existencia, ante una sala impaciente y malintencionada, todo tipo de elementos residuales: unos hacen saber que se van -"en el momento de la victoria de la insurrección y no en el de la derrota"-, otros, en cambio, se jactan de quedarse. El representante de los mineros del Donetz pide que se adopten urgentemente medidas para que Kaledin no corte los envíos de carbón al norte. Pasará mucho tiempo antes que la revolución haya aprendido a tomar medidas de esa envergadura. Finalmente, se puede pasar al primer punto del orden del día.
Lenin, a quien el congreso no ha visto todavía, recibe la palabra para tratar de la paz. Su aparición en la tribuna provoca aplausos interminables. Los delegados de las trincheras no se hartan de mirar al hombre misterioso que les ha enseñado a detestar y que han aprendido, sin conocerlo, a amar. "Apoyado firmemente en el borde del pupitre y contemplando a la multitud con sus ojos pequeños, Lenin esperaba sin interesarse aparentemente por las ovaciones incesantes que duraron varios minutos. Cuando los aplausos terminaron, dijo simplemente: "Ahora vamos a dedicarnos a edificar el orden socialista"."
No ha quedado acta del congreso. Las taquígrafas parlamentarias, invitadas a tomar notas de los debates, habían abandonado el Smolni con los mencheviques y los socialistas revolucionarios: Lino de los primeros episodios del sabotaje. Las notas tomadas por los secretarios se han perdido irremediablemente en el abismo de los acontecimientos. No han quedado más que las crónicas apresuradas y tendenciosas de periódicos que habían sido redactadas bajo los estruendos de los cañones o en el rechinar de dientes de la lucha política. Los informes de Lenin se vieron afectados particularmente de esta situación: dada la rapidez de sus palabras y la compleja construcción de los períodos, los informes, aun en las circunstancias más favorables, no se prestaban fácilmente a que se tomaran notas. La frase de introducción que John Reed pone en labios de Lenin no se encuentra en ninguna crónica de los periódicos. Pero coincide con el espíritu del orador. Reed no podía inventarla. Es así, precisamente, como Lenin debía empezar su intervención en el Congreso de los soviets, sencillamente, sin pathos, con una seguridad irresistible: "Ahora vamos a dedicarnos a edificar el orden socialista".
Pero para ello eral preciso ante todo terminar con la guerra. Durante su, emigración en Suiza, Lenin había lanzado la consigna: "transformar la guerra imperialista en guerra civil". Ahora había que transformar la guerra civil victoriosa en una paz. El informante comienza directamente leyendo un proyecto de declaración que tendrá que publicar el gobierno que salga elegido. El texto no es distribuido: la técnica es muy pobre todavía. El Congreso presta la máxima atención a la lectura de cada palabra del documento.
"El gobierno obrero y campesino, creado por la revolución del 24 y 25 de octubre y apoyado en los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, propone a todos los pueblos beligerantes y a sus gobiernos el inicio inmediato de las negociaciones para una paz justa y democrática". Hay unas cláusulas que rechazan toda anexión o contribución. Se entiende por "anexión" la absorción forzada de poblaciones extranjeras o bien su mantenimiento en servidumbre contra su voluntad, en Europa o más lejos, pasando los océanos. "Al mismo tiempo, el gobierno declara que no considera otra condición", exigiendo solamente que se comiencen lo más pronto posible las negociaciones y que todo secreto sea eliminado en el curso de las conversaciones.
Por su parte, el gobierno soviético decide abolir la diplomacia secreta e inicia la publicación de los tratados secretos firmados hasta el 25 de octubre de 1917. Todo lo que en esos tratados persiga atribuir ventajas y privilegios a los propietarios y capitalistas rusos, asegurar la opresión por los granrusos de las otras poblaciones, "el gobierno lo declara abolido en su totalidad, sin condiciones e inmediatamente". Se propone inmediatamente una tregua, en lo posible, de tres meses como mínimo, a fin de iniciar las negociaciones. El gobierno obrero y campesino dirige sus propuestas simultáneamente a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes..., en particular a los obreros conscientes de las tres naciones más avanzadas", Inglaterra, Francia y Alemania, con la seguridad de que serán precisamente ellos quienes "nos ayudarán a llevar a buen término la obra de la paz y, al mismo tiempo, a liberar a las masas trabajadoras y explotadas de toda esclavitud y explotación".
Lenin se limita a breves comentarios sobre el texto de la declaración. "No podemos ignorar a los gobiernos, pues ello atrasaría la posibilidad de concluir la paz.... pero tampoco tenemos derecho a omitir un llamamiento a los pueblos. En todas partes, los gobiernos y los pueblos están en desacuerdo entre ellos; debemos ayudar a los pueblos a intervenir en las cuestiones de la guerra y de la paz." "Ciertamente, defenderemos por todos los medios nuestro programa de paz sin anexiones ni contribuciones", pero no debemos presentar nuestras condiciones en forma de ultimátum, evitando así dar un pretexto cómodo a los gobiernos para que rechacen las negociaciones. Examinaremos cualquier otra propuesta. "Las examinaremos, lo cual no quiere decir que las aceptaremos".
El manifiesto publicado por los conciliadores el 14 de marzo invitaba a os obreros de los otros países a derrocar a los banqueros en nombre de la paz; sin embargo, los conciliadores mismos, en lugar de llamar al derrocamiento de sus propios banqueros, se aliaban con ellos. "Ahora, nosotros hemos derribado al gobierno de los banqueros." Esto nos da derecho a llamar a los otros pueblos a que hagan otro tanto. Tenemos toda esperanza en vencer: "Es preciso recordar que no vivimos en las profundidades de áfrica, sino en Europa, donde todo puede adquirir notoriedad pública rápidamente." Lenin ve, como siempre, la prenda de la victoria en una transformación de la revolución nacional en revolución internacional. "El movimiento obrero tomará la delantera y abrirá él camino hacia la paz y el socialismo."
Los socialistas revolucionarios de izquierda enviaron un representante para dar su adhesión a la declaración que acaba de leerse: "En su espíritu y significado, les era próxima y comprensible." Los internacionalistas unificados se pronuncian por la declaración, pero a condición de que sea hecha en nombre del gobierno de toda la democracia. Lapinski, en nombre de los mencheviques polacos de izquierda, aprueba calurosamente "el sano realismo proletario" del documento. Dzerchinski, en nombre de la socialdemocracia de Polonia y de Lituania; Stuchka, en nombre de la socialdemocracia de Letonia; Kapsukas, en nombre de la socialdemocracia lituana, se adhieren sin reservas a la declaración. Sólo hubo objeciones por parte del bolchevique Ereméiev, que exigió que las condiciones de paz tomasen la forma de ultimátum: de otra manera "podría pensarse que somos débiles, que tenemos miedo".
Lenin argumenta resueltamente y hasta con vehemencia contra la propuesta de presentar las cláusulas de paz como ultimátum: con ello "daremos solamente la posibilidad a nuestros adversarios de disimular toda la verdad al pueblo, de ocultarla tras nuestra intransigencia". Se dice que "nuestra renuncia a presentar un ultimátum demostrará nuestra impotencia". Ya es hora de renunciar a la falsedad de las concepciones burguesas en política. "No tenemos nada que temer diciendo la verdad sobre nuestra fatiga..." Las futuras disensiones sobre Brest-Litovski ya van apareciendo a través de este episodio,
Kámenev invita a todos los partidarios del llamamiento a mostrar sus tarjetas de delegados. "Uno de los delegados -escribe Reed- había levantado el brazo en señal de oposición, pero hubo a su alrededor tal estallido de indignación que tuvo que bajar la mano." El llamamiento a los pueblos y a los gobiernos es adoptado por unanimidad. ¡Ya está hecho! Este acto, por su grandiosidad inmediata y tangible, gana a todos los participantes.
Sujánov, observador atento aunque prevenido, había notado más de una vez, en la primera sesión, el cansancio del congreso. Sin duda alguna, los delegados, al igual que todo el pueblo, estaban cansados de reuniones, de congresos, de discursos, de resoluciones, y en general de quedarse estancados en el mismo sitio. No tenían la certidumbre de que ese congreso supiera y pudiera llevar la obra a buen fin. La magnitud de las tareas y la fuerza invencible de las resistencias, ¿no les forzarían a batirse en retirada una vez más? Hubo un aflujo de confianza cuando se conoció la toma del Palacio de Invierno, y luego la adhesión de los motociclistas a la insurrección. Pero ambos hechos estaban ligados al mecanismo de la insurrección. Pero es ahora solamente cuando se descubre en la práctica su sentido histórico. La insurrección victoriosa había colocado la base inquebrantable del poder en el Congreso de obreros y soldados. Los delegados votaban esta vez no por la revolución, sino por un acto de gobierno con una significación infinitamente mayor.
¡Escuchad, pueblos!, la revolución os invita a la paz. Será acusada de haber violado los tratados. Pero se siente orgullosa de ello. Romper con sangrientas alianzas de rapaces es un gran mérito en la Historia. Los bolcheviques se atrevieron. Fueron los únicos en atreverse. El orgullo estalla en los corazones. Los ojos se inflaman. Todos están de pie. Nadie fuma ya. Parece que nadie respira. La mesa, los delegados, los invitados, los hombres de guardia se unen en un himno de insurrección y de fraternidad. "Bruscamente, bajo un impulso general -contará John Reed, observador y participante, cronista y poeta de la insurrección-, nos encontramos todos de pie, entonando los acentos arrebatadores de La Internacional. Un viejo soldado de cabellos grises lloraba como un niño, Alexandar Kolontay parpadeaba aprisa para no llorar. La poderosa armonía se extendía en la sala, atravesando ventanas y puertas y subiendo muy alto hacia el cielo."
¿Era hacia el cielo? Más bien las trincheras de otoño que desangraban a la miserable Europa crucificada, hacia las ciudades y pueblos devastados, hacia las mujeres y las madres de luto. "¡Arriba, los parias de la tierra; en pie, famélica legión!..." Las palabras del himno se habían desprendido de su carácter convencional. Se confundían con el acto gubernamental. De aquí les venía su sonoridad de acción directa. Cada uno se sentía más grande y más significativo en ese momento. El corazón de la revolución se ensanchaba al mundo entero. "Nos liberaremos..." El espíritu de independencia, de iniciativa, de atrevimiento, los felices sentimientos de que están faltos los oprimidos en las circunstancias habituales, todo esto lo traía ahora la revolución... "¡Con su propia mano!" Con mano todopoderosa, los millones de hombres que han derrocado a la monarquía y a la burguesía van ahora a aplastar la guerra. El guardia rojo del barrio de Viborg, el oscuro soldado con heridas en la cara que ha venido del frente, el viejo revolucionario que ha pasado años en la cárcel, el joven marinero de barba negra del Aurora, todos juraban continuar hasta el final la lucha última y decisiva. "¡Construiremos un mundo para nosotros, un nuevo mundo!" ¡Construiremos! En esa palabra que exhalan pechos humanos estaban ya incluidos los futuros años guerra civil y los próximos períodos quinquenales de trabajo y de privaciones. "¡Los nada de hoy todo han de ser!" ¡Todo! Si la realidad del pasado se ha transformado más de una vez en un himno, ¿por qué el himno no podría ser la realidad de mañana? Los capotes de las trincheras ya no parecen vestimenta de presidiario. Los gorros de pelo, con la guata desgarrada, lucen de otra manera sobre los ojos centelleantes. "¡Despertar del género humano!" ¿Era posible que no despertase de las calamidades y de las humillaciones, del barro y de la sangre de la guerra?
"Toda la mesa, Lenin el primero, estaba de pie y cantaba, con inspirada exaltación en los rostros, fuego en los ojos." Así lo testimonia un escéptico que contemplaba con sentimiento de pena el triunfo ajeno. "Hubiera deseado tanto unirme a ellos -confiesa Sujánov-, confundirme en un solo y mismo sentimiento, en un mismo estado de ánimo, con esa masa y sus jefes. Pero no podía."
Los últimos acentos del estribillo se desvanecían, pero el congreso seguía todavía de pie, masa humana en fusión, elevada por la grandiosidad de lo que estaba viviendo. Y fueron muchas las miradas que se fijaron en un hombre rechoncho, de pequeña estatura, derecho en la tribuna, con una cabeza extraordinaria, de rasgos simples, pómulos salientes, con el rostro cambiado a causa del mentón afeitado, cuyos ojos pequeños de apariencia ligeramente mongólica tenían una mirada penetrante. Hacía cuatro meses que no se le veía; su propio nombre casi había tenido tiempo de desprenderse de su personalidad viviente. Pero no, no es un mito, ahí está en medio de los suyos -¡y cuántos de los "suyos" ahora!- teniendo entre sus manos las hojas de un mensaje de paz a los pueblos. Incluso los que estaban más próximos a él, los que conocían bien su puesto en el partido, sintieron por primera vez, completamente, lo que él significaba para la revolución, para el pueblo, para los pueblos. Era él quien les había educado. El quien había enseñado. Una voz que salió del fondo de la asamblea gritó unas palabras de saludo dirigidas al jefe. La sala parecía haber estado esperando esa señal. ¡Viva Lenin! Las emociones por las que se había pasado, las dudas superadas, el orgullo de la iniciativa, el triunfo, las grandes esperanzas, todo se confundió en una erupción volcánica de reconocimiento y de entusiasmo. El testigo escéptico señala secamente: "Se produjo una indiscutible exaltación de los espíritus... Se saludaba a Lenin, se gritaban hurras, se lanzaban gorras al aire. Se cantó la Marcha fúnebre en memoria de las víctimas de la revolución. Y, de nuevo, aplausos, gritos, gorras lanzadas al aire."
Lo que el congreso había vivido en esos minutos, el pueblo debía vivirlo al día siguiente aunque con menos intensidad. "Hay que decir -escribe en sus Memorias Stankievich-, que el gesto audaz de los bolcheviques, su aptitud para atravesar las alambradas de púa, los cuatro años que nos habían separado de los pueblos vecinos fueron suficientes para producir una inmensa impresión." De modo más brutal, pero no por eso menos claro, se expresa el barón Budberg en su diario íntimo: "El nuevo gobierno del camarada Lenin empieza por decretar la paz inmediata... En la situación actual, es un golpe genial para atraerse a la masa de los soldados; lo he constatado en el estado de ánimo de varios regimientos que he visitado hoy; el telegrama de Lenin sobre una tregua inmediata de tres meses y la paz consecutiva ha producido en todas partes una impresión formidable y ha provocado enorme alegría. Ahora sí hemos perdido nuestras últimas posibilidades de salvar el frente." Lo que esta gente entendía por salvar un frente que ellos mismos habían perdido era desde hacía tiempo únicamente la salvación de sus propias posiciones sociales.
Si la revolución hubiera tenido la audacia de atravesar las alambradas en marzo y abril, habría podido reconstruir temporalmente el ejército, a condición de reducirlo al mismo tiempo a la mitad o a la tercera parte de sus efectivos, y conseguir así, para su política exterior, una posición de una fuerza excepcional. Pero sólo en octubre sonó la hora de los actos decididos, cuando no se pensaba ya poder salvar una parte cualquiera del ejército, incluso para muy poco tiempo. El nuevo régimen no sólo debía asumir los gastos de la guerra zarista, sino también el derroche irresponsable del gobierno provisional. En tan terribles circunstancias, sin salida para los demás partidos, el bolchevismo era la única fuerza capaz de llevar al país por el buen camino abriendo con la revolución de Octubre fuentes inagotables de energía popular.
Lenin se encuentra de nuevo en la tribuna, esta vez con las pocas páginas del decreto sobre la propiedad agraria. Empieza acusando al gobierno derroca-, do y a los partidos conciliadores, los cuales, dando largas al problema de la tierra, han conducido al país a una insurrección campesina. "Mienten como viles impostores los que hablan de saqueos y de anarquía en el campo. ¿Dónde y cuándo los saqueos y la anarquía han sido provocados por medidas razonables?..." No se ha distribuido el proyecto de decreto por no haberse hecho copias: el informante tiene en sus manos el único borrador, y está escrito, según los recuerdos de Sujánov, "tan mal, que Lenin vacila en la lectura, se embrolla y, finalmente, se detiene. Alguien viene en su ayuda entre todos los que se han amontonado en t orno a la tribuna. Lenin cede de buena gana su puesto y el papel ilegible". Estas pequeñas dificultades no disminuyen en nada, a los ojos del parlamento plebeyo, la grandeza de lo que se está realizando.
La esencia del decreto se encuentra en dos líneas del artículo primero: "Queda abolida la propiedad territorial de los nobles sin ninguna clase de indemnización." Las tierras de los nobles, los dominios de la Corona, las propiedades de los monasterios y de las iglesias, con su ganado y sus instrumentos de labor, son puestos a la disposición de los comités agrarios del cantón y de los soviets de diputados campesinos del distrito, en espera de que se reúna la Asamblea constituyente. Los bienes confiscados, en tanto que propiedad pública, son confiados a la custodia de los soviets locales. No son confiscadas las tierras de los campesinos de humilde condición y de los simples cosacos. El decreto no tiene más de treinta líneas: es un hachazo sobre el nudo gordiano.
Al texto esencial se añade una instrucción más detallada, tomada enteramente de los campesinos mismos. En Izvestia de los Soviets campesinos se había publicado el 19 de agosto el resumen de doscientos cuarenta y dos cuadernos entregados por los electores a sus representantes en él primer Congreso de diputados campesinos. Aunque este resumen de los cuadernos fue elaborado por los socialistas revolucionarios, Lenin no vaciló en incorporar ese documento, total e íntegramente, al decreto "como directiva general para la realización de las grandes reformas agrarias". La carta dice en substancia: "Queda abolido para siempre el derecho de propiedad privada de la tierra." "El derecho de utilizar la tierra es concedido a todos los ciudadanos... que deseen trabajaría con sus propias manos." "El trabajo asalariado no es tolerado." "La explotación de la tierra debe ser igualitaria, es decir, el suelo es distribuido entre los trabajadores, teniendo en cuenta las condiciones locales y según una norma de trabajo o de consumo."
Si el régimen burgués se hubiera mantenido, sin hablar de una coalición con los propietarios nobles, el resumen redactado por los socialistas revolucionarios habría quedado como una utopía inviable, a menos de transformarse en una mentira consciente. No habría sido realizable en todas sus partes, ni siquiera bajo la dominación del proletariado. Pero la suerte de ese formulario se modificaba radicalmente desde el momento en que el poder lo encaraba de manera diferente. El gobierno obrero daba a la clase campesina un plazo para poner a prueba efectivamente su programa contradictorio.
"Los campesinos quieren conservar la pequeña propiedad, fijar una norma igualitaria... proceder periódicamente a nuevas igualaciones..., escribía Lenin en agosto. ¡Pues que así sea! Sobre ese punto, ningún socialista razonable se pondrá en desacuerdo con los campesinos pobres. Si las tierras son confiscadas, la dominación de los Bancos queda socavada; si el material es confiscado, la dominación del capital queda también socavada; y... al pasar el poder político al proletariado, el resto... lo sugerirá la práctica misma."
Muchos fueron, no sólo entre los enemigos sino entre los amigos, los que comprendieron esa actitud perspicaz, pedagógica en gran medida, del partido bolchevique respecto a la clase campesina y su programa agrario. El reparto igualitario de las tierras no tiene nada de común con el socialismo. Pero tampoco os bolcheviques se hacían muchas ilusiones a este respecto. Al contrario, la misma estructura del decreto es testimonio de la vigilancia crítica del legislador. Mientras que el resumen de los cuadernos declara que toda la tierra, la de los propietarios nobles y la de los campesinos, "se convierte en el bien general de toda la nación", la ley fundamental omite precisar la nueva forma de la propiedad agraria. Hasta un jurista de criterio amplio se escandalizaría ante el hecho de que la nacionalización de la tierra, nuevo principio social de una importancia histórica mundial, sea establecida en forma de instrucción añadida a la ley fundamental. Sin embargo, no hay en esto negligencia en la redacción. Lenin quería sobre todo no comprometer a priori y al poder soviético en un dominio histórico aún inexplorado. También en esto unía una audacia sin igual con la mayor circunspección. La experiencia debía determinar todavía cómo entendían los campesinos que la tierra debía transformarse en "el bien de toda la nación". Después de haber dado el salto adelante, había que fortalecer las posiciones por si fuera necesario retroceder: el reparto de las tierras de los propietarios nobles entre los campesinos, pese a no ser por sí sólo una garantía respecto a la contrarrevolución burguesa, excluía en todo caso una restauración de la monarquía feudal.
No se podía hablar de "perspectivas socialistas" sino a condición de establecer y mantener el poder del proletariado; pero mantener ese poder significaba ofrecer, entre otras cosas, una participación resuelta al campesino en las tareas revolucionarias. Si el reparto de tierras consolidaba políticamente al gobierno socialista, estaba, pues, justificado como medida inmediata. Había que tomar al campesino tal como la revolución lo había encontrado. Sólo podía ser reeducado por un nuevo régimen, no de golpe, sino durante muchos años y durante varias generaciones, con la ayuda de una técnica nueva y de una nueva organización económica. El decreto, combinado con el resumen de los cuadernos, significaba para la dictadura del proletariado la obligación no sólo de considerar atentamente los intereses del trabajador agrícola, sino de tolerar también sus ilusiones de pequeño propietario. Era evidente de antemano que, en la revolución agraria, no faltarían las etapas y los virajes. La instrucción anexa no era en absoluto la última palabra. Representaba únicamente un punto de partida que los obreros aceptaban para ayudar a los campesinos en sus reivindicaciones progresivas y protegerles de pasos en falso.
"No podemos ignorar -decía Lenin en su informe- la decisión de la base popular, aunque no estemos de acuerdo con ella... Hemos de dejar a las masas populares una total libertad de acción creadora... En suma, y esto es lo esencial, la clase campesina tiene que llegar a convencerse con seguridad de que los propietarios nobles no existen ya en el campo y es preciso que los campesinos decidan desde ahora de todo y organicen ellos mismos su existencia." ¿Oportunismo? No, realismo revolucionario.
Antes de que las ovaciones hubieran terminado, el socialista revolucionario de derecha Pianij, que se presenta en nombre del Comité ejecutivo campesino, eleva una firme protesta contra la detención de los ministros socialistas. "Estos últimos días ha sucedido algo -grita el orador golpeando la mesa en un acceso de rabia-, algo que no se ha visto nunca en ninguna revolución. Nuestros camaradas Máslov y Salazkin, miembros del Comité ejecutivo, están encarcelados. ¡Exigimos sean puestos en libertad inmediatamente!" "¡Si cae un solo pelo de sus cabezas!", exclama otro emisario, con capote de soldado y el tono amenazador. El congreso los mira como a unos resucitados.
Al estallar la insurrección había en la cárcel de Dvinsk, acusadas de bolchevismo, unas ochocientas personas; en Minsk, alrededor de seis mil; en Kiev, quinientos treinta y cinco, en su mayoría soldados. ¡Y cuántos miembros de los comités campesinos encerrados en otros lugares del país! Además, un buen número de delegados mismos del congreso, empezando por la mesa, habían pasado después de julio por las cárceles de Kerenski. No sorprenderá, pues, que la indignación de los amigos del gobierno provisional no pudiera provocar en esta asamblea una gran emoción. Para colmo de desgracias, se levantó de su puesto un delegado desconocido de todos, un campesino de la provincia de Tver, de largos cabellos, con túnica y, después de saludar educadamente a los cuatro rincones de la asamblea, suplicó al Congreso, en nombre de sus electores, que no dudase en arrestar al Comité Ejecutivo de Avkséntiev entero: "No son representantes campesinos, son kadetes... Su sitio está en la cárcel." Así aparecían, uno frente a otro, los dos personajes: el socialista revolucionario Pianij, parlamentario experimentado, delegado de los ministros, lleno de odio hacia los bolcheviques; y, por otro lado, un oscuro campesino de Tver que enviaba a Lenin, en nombre de sus electores, una calurosa felicitación. Dos capas sociales, dos revoluciones: Pianij hablaba en nombre de la de Febrero, el campesino de Tver militaba por la de Octubre. El congreso dedica al delegado con túnica una verdadera ovación. Los emisarios del Comité ejecutivo se retiran profiriendo invectivas.
"La fracción de los socialistas revolucionarios de izquierda acoge el proyecto de Lenin como el triunfo de sus propias ideas", declara Kalegaiev. Pero debido a la gran importancia de la cuestión, es indispensable debatirla en las diversas fracciones. Un maximalista, representante de la extrema izquierda del partido socialista revolucionario, que se ha descompuesto, exige un voto inmediato. "Deberíamos rendir homenaje al partido que, desde el primer día, sin palabrerías inútiles, aplica una medida semejante." Lenin insiste en que la suspensión de la sesión sea en todo caso lo más corta posible. "Noticias tan importantes para Rusia deben ser publicadas desde mañana mismo. ¡Nada de aplazamientos!" Pues, al fin y al cabo, el decreto sobre la cuestión agraria no es solamente la base del nuevo régimen, sino también el instrumento de una insurrección que tiene que conquistar todavía al país. No por simple azar, John Reed observa en ese momento una exclamación imperiosa que atraviesa el murmullo de la sala: "Quince agitadores a la habitación número 17. ¡Inmediatamente! ¡Para ir al frente!"
A la una de la mañana, un delegado de las tropas rusas en Macedonia viene a quejarse de que éstas hayan sido olvidadas por los gobiernos que se han sucedido en Petrogrado. ¡El apoyo a la paz y a la tierra es asegurado por parte de los soldados que se encuentran en Macedonia! Tal es el estado de espíritu de un ejército que, esta vez, se encuentra en un rincón apartado del sudeste europeo. Kámenev comunica inmediatamente después: el Décimo Batallón de motociclistas, llamado desde el frente por el gobierno, ha entrado esta mañana en Petrogrado y, como los anteriores, se adhiere al Congreso de los soviets. Los vivos aplausos prueban que las manifestaciones renovadas sin cesar de la fuerza que se posee no parecerán nunca inútiles.
Después de una resolución adoptada por unanimidad y sin debates, declarando que es un deber de honor para los soviets de las localidades el no tolerar los progromos que fueran ejercidos contra los judíos y otras personas por individuos tarados, se pasa a votar el proyecto de ley agraria. Con un voto en contra y ocho abstenciones, el congreso aprueba con gran entusiasmo el decreto que pone fin al régimen de esclavitud, base esencial de la vieja sociedad rusa. La revolución agraria queda así legalizada. Por ello mismo, la revolución del proletariado consigue un sólido apoyo.
Queda un último problema: la creación de un gobierno. Kámenev lee el proyecto elaborado por el Comité central de los bolcheviques. La administración de los diversos sectores de la vida estatal es confiada a unas comisiones que deben trabajar, para realizar el programa anunciado por el congreso, "en estrecha unión con las organizaciones de masas de los obreros, obreras, marinos, soldados, campesinos y empleados". Ejerce el poder gubernamental un cuerpo colegiado compuesto por los presidentes de esas comisiones, con el nombre de "Soviet de los Comisarios del pueblo". El control de la actividad del gobierno corresponde al Congreso de los soviets y a su Comité ejecutivo central.
Siete miembros del Comité ejecutivo central del partido bolchevique han sido designados para componer el primer soviet de los Comisarios del pueblo: Lenin, como jefe de gobierno, sin cartera: Ríkov, como comisario del pueblo en el Interior; Miliutin, como dirigente de la Agricultura; Noguín, a la cabeza del Comercio y de la Industria; Trotsky, en los Asuntos Exteriores; Lómov, en la Justicia; Stalin, como presidente de la Comisión de nacionalidades. La Guerra y la Marina son confiadas a un comité que se compone de Antónov-Ovseenko, de Krilenko y de Dibenko; se piensa colocar a Schliapnikov a la cabeza de la comisaría de Trabajo; la Instrucción será dirigida por Lunacharski; la tarea penosa e ingrata del aprovisionamiento es confiada a Teodorovich; Correos y Telégrafos, al obrero Glebov. No se ha designado a nadie, por ahora, como comisario de Vías de comunicación: queda abierta la puerta a un entendimiento con las organizaciones de ferroviarios.
Estos quince candidatos, cuatro obreros y once intelectuales, tenían en su pasado años de encarcelamiento, de deportación y de emigración; cinco de ellos habían estado presos bajo el régimen de la República democrática; el futuro "premier" había salido tan sólo la víspera de una vida clandestina bajo la democracia. Kámenev y Zinóviev no entraron en el Consejo de Comisarios del pueblo: el primero era designado presidente del nuevo Comité ejecutivo central, y el segundo, redactor del órgano oficial de los soviets. "Cuando Kámenev leyó la lista ,de los comisarios del pueblo -escribe Reed-, estallaron aplausos ante la mención de cada nombre y, en particular, después de los de Lenin y Trotsky." Sujánov añade a estos nombres el de Lunacharski.
Avilov, antiguo bolchevique y ahora redactor del periódico de Gorki, en nombre de los internacionalistas unificados, se pronuncia en un gran discurso contra la composición del gobierno que se propone. Enumera concienzudamente las dificultades que surgen ante la revolución, tanto en la política interior como exterior. Hay que "tener en cuenta claramente una cosa: ¿Adónde vamos?... Ante el nuevo gobierno vuelven a plantearse los problemas de siempre: el del pan y el de la paz. Si el gobierno no puede resolver estos dos problemas, será derrocado". El pan falta en el país. Está en manos de los campesinos acomodados. No hay nada que dar para reemplazar el pan: la industria se hunde, se carece de combustible y de materias primas. Almacenar trigo con medidas coercitivas es difícil, lento y peligroso. Es preciso, por tanto, crear un gobierno que gane la simpatía no sólo de los campesinos pobres, sino también de los más acomodados. Para ello es necesaria una coalición.
"Todavía más difícil es obtener la paz." A la propuesta del congreso de una tregua inmediata, los gobiernos de la Entente no darán ninguna respuesta. Los embajadores aliados se preparan ya a partir. El nuevo poder se encontrará aislado, su iniciativa de paz quedará en suspenso. Las masas populares de los países beligerantes se encuentran aún, por ahora, muy lejos de una revolución. Dos consecuencias pueden presentarse: o bien el aplastamiento de la revolución por las tropas del Hohenzollern, o bien una paz por separado. Las condiciones de la paz, en los dos casos, serán aún más negativas para Rusia. Si se quiere acabar con todas las dificultades, es preciso contar con "la mayoría del pueblo". La desgracia se encuentra, sin embargo, en la escisión de la democracia, cuya parte izquierda quiere crear en el Smolni un gobierno puramente bolchevique, mientras que la derecha organiza en la Duma municipal un Comité de salud pública. Para salvar a la revolución es necesario crear un poder compuesto de los dos grupos.
De manera análoga se expresa el representante de los socialistas revolucionarios de izquierda, Karelin. No se puede realizar el programa adoptado sin los partidos que han abandonado el congreso. Ciertamente, "los bolcheviques no son responsables de que se hayan retirado". El programa del congreso debería unificar a toda la democracia. "No queremos avanzar por el camino de un aislamiento de los bolcheviques, ya que comprendemos que a la suerte de estos últimos está ligada la de toda la revolución: su ruina sería la de la revolución misma." Si ellos, socialistas revolucionarios de izquierda, rechazaban, sin embargo, la propuesta de entrar en el gobierno, lo hacían animados de buenas intenciones: tener las manos libres para intervenir entre los bolcheviques y los partidos que habían abandonado el Congreso. "En esa intervención... los socialistas revolucionarios de izquierda ven, de momento, su tarea principal. Apoyarán la actividad del nuevo poder en su esfuerzo por resolver las cuestiones urgentes." Al mismo tiempo, votan contra el gobierno propuesto. En una palabra, el joven partido embrollaba todo lo que podía.
"Para defender la posición de los bolcheviques -cuenta Sujánov, cuyas simpatías van plenamente hacia Avilov y que inspiraba entre bastidores a Karelin-, Trotsky se presentó. Estuvo muy brillante, vehemente y, en muchos aspectos, tenia toda la razón. Pero no quería comprender en qué se basaba toda la argumentación de sus adversarios..." El eje de ésta consistía en una diagonal ideal. En marzo se había intentado trazarla entre la burguesía y los soviets conciliadores. Ahora, los Sujánov soñaban en una diagonal entre la democracia conciliadora y la dictadura del proletariado. Pero las revoluciones no se desarrollan en diagonal.
"Nos hemos inquietado repetidas veces -dice Trotsky- de un aislamiento eventual del ala izquierda. Hace unos días, cuando se planteó abiertamente la cuestión de la insurrección, se nos dijo que corríamos hacia nuestra ruina. Y, en efecto, a juzgar por la prensa política de los distintos agrupamientos de fuerzas que existían, la insurrección implicaba para nosotros la amenaza de una catástrofe inevitable. Contra nosotros se manifestaban no solamente las bandas contrarrevolucionarias, sino también los partidarios de la defensa nacional de todo tipo; sólo una de las alas de los socialistas revolucionarios de izquierda trabajaba valerosamente con nosotros en el Comité militar revolucionario; la otra ala ocupaba una posición de neutralidad expectante. Y sin embargo, aun en esas condiciones desfavorables, cuando parecíamos abandonados de todos, la insurrección consiguió la victoria...
"Si las fuerzas reales estaban efectivamente contra nosotros, ¿cómo ha podido suceder que hayamos obtenido la victoria casi sin efusión de sangre? No, no éramos nosotros los aislados, sino el gobierno y los pretendidos demócratas. Con sus tergiversaciones, con sus procedimientos conciliadores, se habían excluido ellos mismos de las filas de la verdadera democracia. Nuestra gran ventaja, en tanto que partido, consiste en que hemos realizado una coalición con fuerzas de clases, creando así la unión de los obreros, soldados y campesinos más pobres."
"Los grupos políticos desaparecen, pero los intereses esenciales de las clases continúan. Vence aquel partido que es capaz de revelar y de satisfacer las exigencias esenciales de la clase... Podemos sentirnos orgullosos de la coalición de nuestra guarnición, principalmente del elemento campesino, con la clase obrera. Esta coalición ha superado ya la prueba de fuego. La guarnición de Petrogrado y el proletariado han entrado juntos en una gran lucha que se convertirá en un ejemplo clásico para la historia de la revolución de todos los pueblos."
"Avilov ha hablado de las inmensas dificultades que nos esperan. Para eliminar esas dificultades propone concluir una coalición. Pero al llegar a este punto no intenta en absoluto dar un sentido a esta fórmula y decir: ¿qué coalición?, ¿de grupos, de clases o simplemente de periódicos?..."
"Dicen que la escisión de la democracia proviene de un malentendido. Cuando Kerenski envía contra nosotros batallones de choque, cuando, con el asentimiento del Comité ejecutivo central, nuestras comunicaciones telefónicas están cortadas en el momento más grave de nuestra lucha contra la burguesía, cuando nos están asestando golpe tras golpe, ¿acaso puede hablarse todavía de un malentendido?..."
"Avilov nos dice: tenemos poco pan, es precisa una coalición con los partidarios de la defensa nacional. Pero ¿acaso esta coalición aumentará la cantidad de pan? La cuestión del pan está ligada a un programa de acción. La lucha contra el caos exige el empleo de un método determinado desde abajo y no de bloques políticos por arriba."
"Avilov ha hablado de una alianza con la clase campesina: pero, una vez más, ¿de qué clase campesina se trata? Hoy, aquí mismo, el representante de los campesinos de la provincia de Tver exigía el arresto de Avkséntiev. Hay que escoger entre ese campesino de Tver y Avkséntiev, que ha llenado las cárceles de miembros de Comités rurales. Rechazamos resueltamente la coalición con los elementos acomodados [kulaks] de la clase campesina, en nombre de la coalición de la clase obrera con los campesinos más pobres. Estamos con los campesinos de Tver contra Avkséntiev, estamos con ellos hasta el fin o indisolublemente."
"El que persigue la sombra de una coalición se aísla definitivamente de la vida. Los socialistas revolucionarios de izquierda perderán su apoyo entre as masas mientras sigan considerando necesario oponerse a nuestro partido. Todo grupo que se oponga al partido del proletariado, al que se han unido los elementos pobres del campo, se aísla de la revolución."
"Abiertamente, ante todo el pueblo, hemos levantado el estandarte de la insurrección. La fórmula política de este levantamiento es: todo el poder a los soviets, por intermedio del Congreso de los soviets. Nos dicen: no habéis esperado al congreso para dar vuestro golpe de Estado. Hubiéramos esperado, pero era Kerenski el que no quería esperar: los contrarrevolucionarios no dormían. Nosotros, en tanto que partido, considerábamos que nuestra tarea consistía en crear la posibilidad real para el congreso de los soviets de tomar el poder en sus manos. Si el congreso se hubiese visto cercado por los junkers, ¿cómo habría podido conquistar el poder? Para realizar esa tarea era preciso un partido que arrancase el poder a la contrarrevolución y que os dijese: "¡Aquí tenéis el poder, vuestro deber es tomarlo!" (Tempestad ininterrumpida de aplausos)."
"Aunque los partidarios de la defensa nacional de todo tipo no se hayan detenido ante nada en su lucha contra nosotros, no los hemos rechazado y hemos propuesto a todo el congreso la toma del poder. ¡Cuánto hay que deformar la perspectiva para hablar, después de lo que ha sucedido, de nuestra "intransigencia", desde lo alto de esta tribuna! Cuando el partido, negro de pólvora, se dirige a ellos y les dice: "¡Tomemos juntos el poder!", corren a la Duma municipal y allí se alían con auténticos contrarrevolucionarios. ¡Son unos traidores a la revolución con los que no nos aliaremos nunca!"
"Para luchar por la paz -dice Avilov- es necesaria una coalición con los conciliadores. Al mismo tiempo, admite que los Aliados no quieren concluir la paz... Los imperialistas aliados -declara Avilov- se han burlado de Skobelev, demócrata de margarina. Pero si hacéis bloque con los demócratas de margarina, la causa de la paz estará asegurada."
"Hay dos caminos en la lucha por la paz. Uno: oponer a los gobiernos de los países aliados y enemigos la fuerza moral y material de la revolución. Otro: un bloque con Skobelev, lo cual significa un bloque con Terechenko y una completa subordinación al imperialismo de los Aliados. En nuestra declaración sobre la paz, nos dirigimos simultáneamente a los gobiernos y a los pueblos. Pero es una simetría puramente formal. Por supuesto, no esperamos influir con nuestros manifiestos sobre los gobiernos imperialistas; sin embargo, mientras existan esos gobiernos, no podemos ignorarlos. Pero todas nuestras esperanzas están puestas en que nuestra revolución desencadenará la revolución europea. Si los pueblos sublevados de Europa no aplastan al imperialismo, nosotros seremos aplastados, sin lugar a dudas. O la revolución rusa desata el torbellino de la lucha en Occidente o los capitalistas de todos los países aplastan nuestra revolución."
Hay un tercer camino, dice una voz en la sala.
"El tercer camino -responde Trotsky- es el del Comité ejecutivo central, que, por un lado, envía delegaciones a los obreros de Europa occidental y, por otro lado, se alía con los Kichkin y los Konovalov. ¡Es el camino de la mentira y de la hipocresía por el que no nos lanzaremos nunca!"
"Evidentemente, no decimos que únicamente el día del levantamiento de los obreros europeos podrá fijar la fecha de la firma del tratado de paz. También es posible que la burguesía, asustada ante la insurrección inminente de los oprimidos, se apresure a concluir la paz. No se pueden determinar las distintas posibilidades. Y tampoco prever las formas concretas bajo las cuales se pueden presentar. Es importante e indispensable fijar el método de lucha, idéntico en principio tanto en la política exterior como en la política interior. La unión de los oprimidos en todas partes y lugares, ése es nuestro camino."
"Los delegados del Congreso -escribe Reed- saludaron este discurso con largas salvas de aplausos, sintiéndose inflamados con la audaz idea de una defensa de la humanidad." En todo caso, a ningún bolchevique se le habría ocurrido entonces protestar contra el hecho de que la suerte de la República soviética, en un discurso oficial en nombre del partido bolchevique, se estableciera en dependencia directa del desarrollo de la revolución internacional.
La ley dramática de este Congreso consistía en que en la realización de un acto importante, al final, o incluso interrumpiéndolo, se producía un corto intervalo durante el cual aparecía en la escena un personaje del otro campo para formular una protesta, para amenazar o bien hacer llegar un ultimátum. El representante del "Vikjel" (Comité Ejecutivo de la Unión de Ferroviarios) pide que se le conceda inmediatamente la palabra, sin dilaciones: necesita lanzar una bomba en la asamblea antes de que el voto sobre la cuestión del poder sea un hecho consumado. El orador, en, cuyo rostro pudo leer Reed una hostilidad intransigente, empieza lanzando una acusación: su organización, "la más poderosa de Rusia", no ha sido invitada al Congreso. "¡Es el Comité ejecutivo central el que no os ha invitado!", le gritan de todas partes. "¡Que se sepa bien: ha sido revocada la decisión primitiva del "Vikjel" de apoyo al Congreso de los soviets!" El orador se apresura a leer el ultimátum que ha sido enviado ya por telegrama a todos los países: el "Vikjel" condena la toma del poder por un solo partido; el gobierno debe ser responsable ante "toda la democracia revolucionaria"; en espera de la creación de un poder democrático, sólo el "Vikjel" sigue siendo dueño de la red ferroviaria. El orador añade que las tropas contrarrevolucionarias no tendrán acceso a Petrogrado; en general, ningún desplazamiento de tropas podrá hacerse en adelante sin la orden del Comité ejecutivo central tal como estaba compuesto anteriormente. ¡En caso de represión contra los ferroviarios, el "Vikjel" cortaría el aprovisionamiento de Petrogrado!
El congreso dio un salto, sacudido por ese golpe. Los dirigentes del sindicato de ferroviarios intentan dialogar con el gobierno del pueblo de igual a igual, de potencia a potencia. En el momento en que los obreros, soldados y campesinos toman en sus manos la dirección del Estado, el "Vikjel" quiere imponer su ley a los obreros, soldados y campesinos. Quiere crear de nuevo, en pequeño, el sistema de dualidad de poderes ya destruido. Intentando apoyarse no en sus efectivos sino en la importancia exclusiva de los ferrocarriles en la vida económica y cultural del país, los demócratas del "Vikjel" ponen al desnudo la caducidad de los criterios de la democracia formal en las cuestiones esenciales de la lucha social. ¡En realidad, la revolución no es avara en grandes enseñanzas!
El momento escogido por los conciliadores para asestar el golpe es, en todo caso, bastante propicio. Los miembros de la mesa están preocupados. Felizmente, el "Vikjel" no es el dueño absoluto de las vías de comunicación. Los ferroviarios de diversas localidades forman parte de los soviets municipales. Aquí mismo, en el Congreso, el ultimátum del "Vikjel" encuentra una resistencia. "Toda la masa de ferroviarios de nuestra región -declara el delegado de Tachkent- se pronuncia por la entrega del poder a los soviets." Otro representante de los obreros del raíl dice: "Vikjel ¿qué es un "cadáver político"." Admitamos que exageren en esto. Apoyado en una capa superior bastante numerosa de empleados de ferrocarriles, el "Vikjel" ha conservado más fuerzas vivas que las otras organizaciones superiores de los conciliadores. Pero corresponde, indudablemente, al mismo tipo que los comités del ejército o el Comité ejecutivo central. Su órbita le lleva a una caída rápida. Los obreros, por todas partes, se separan de los empleados. Los empleados subalternos se oponen a sus superiores. El insolente ultimátum del "Vikjel" va a acelerar forzosamente ese proceso.
"No se puede poner en cuestión siquiera la regularidad del congreso, declara Kámenev con autoridad. El quorum del congreso ha sido establecido no por nosotros, sino por el antiguo Comité ejecutivo central... El congreso es el órgano supremo de las masas de obreros y soldados." ¡Y se pasa, sin más, al orden del día!
El Soviet de Comisarios del pueblo es aprobado por una aplastante mayoría, La resolución de Avilov reunió, según una evaluación enormemente generosa por parte de Sujánov, unos ciento cincuenta votos, en su mayoría de socialistas revolucionarios de izquierda. El congreso aprueba luego por unanimidad la composición del nuevo Comité ejecutivo central; sobre ciento un miembros, hay sesenta y dos bolcheviques y veintinueve socialistas revolucionarios de izquierda. Posteriormente, el Comité ejecutivo central deberá completarse con representantes de los soviets campesinos y de las organizaciones del ejército nuevamente elegidas. Las fracciones que han abandonado el congreso tienen el derecho de enviar sus delegados al Comité ejecutivo central sobre la base de una representación proporcional.
El orden del día del congreso ya ha sido tratado. El poder de los soviets ha sido creado. Tiene su programa. Ya se puede poner a trabajar y no faltan tareas para ello. A las 5 y 15 de la mañana, Kámenev cierra el Congreso constitutivo del régimen soviético. ¡Unos corren a la estación! ¡Otros vuelven a su casa! ¡Y muchos, al frente, a las fábricas, a los cuarteles, a las minas y a las lejanas aldeas! Con los decretos del Congreso, los delegados van a llevar el fermento de la insurrección proletaria a todas las extremidades del país.
Aquella mañana, el órgano central del partido bolchevique, que había tomado de nuevo su viejo nombre de Pravda [La Verdad], escribía: "Quieren que seamos los únicos en tomar el poder, para que seamos, los únicos en afrontar las terribles dificultades que se han planteado al país... Pues bien, tomaremos el poder solos, apoyándonos en la voluntad del país y contando con la ayuda amistosa del proletariado europeo. Pero, habiendo tomado el poder, aplicaremos a los enemigos de la revolución y a los que la sabotean el guante de acero. Han soñado con la dictadura de Kornílov... Les daremos la dictadura del proletariado..."

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