Source: http://cafearcadia.blogspot.com.es/2013/03/
Timestamp: 2017-10-18 19:59:18+00:00

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Aunque no soy nada patriotero, me temo que tengo todos los defectos del español típico: hablo a gritos, no me gusta dar mi brazo a torcer, opino con rotundidad sobre cualquier asunto y conozco tan pocos idiomas que hasta podría ser presidente del gobierno. No sé si de vivir en otros tiempos sería de los españoles que llevan a la hoguera a quien no piensa como ellos, pero sospecho que, como Miguel Servet, sería de los capaces de morir en la hoguera con tal de no renunciar a su verdad.
Discutía esta tarde con un amigo sobre la situación política cuando de pronto me dice: “Deberías hacer un poco de autocrítica. Buena parte de la culpa la tiene la Constitución que votasteis en el 78; yo, afortunadamente, no había nacido por entonces”.
––¿Y qué culpa tiene la Constitución?
––Consagra el principio de que hay cargos públicos al margen de la ley, y no cualquier cargo público, sino el más importante. Si el rey podía hacer de su capa un sayo, sin que nadie le pidiera cuentas, ¿qué iban a hacer los demás? Pues seguir el ejemplo. ¿Tú votaste a favor de la Constitución? Pues fuiste uno de los que le dieron patente de corso al monarca. No te quejes ahora de lo que está pasando.
––En efecto, voté sí a la Constitución. Y antes de votarla, me la leí cuidadosamente. Unas cosas me gustaron más que otras, pero no vi que autorizara a nadie a actuar al margen de la ley.
––Pues relee el artículo sobre la corona. Bien claro lo afirma. El rey es irresponsable. Haga lo que haga. Aunque fuera un violador (como ciertos príncipes saudíes) o un asesino en serie, no se le podría llevar ante la justicia. Esos son los privilegios medievales que tú y tu generación votasteis en 1978. No te quejes ahora.
––¡Yo no he votado tal cosa!
la Constitución. Busco el título II, “De la corona”, y enseguida mi amigo señala con el dedo.
Me gusta tener razón, pero siempre dando razones. Enciendo el iPad y con dos o tres toques en la pantalla ya tenemos ante nosotros el texto de
––Ahí lo tienes bien claro, artículo 56, punto 3: “La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.
––Pero no te quedes ahí, sigue leyendo: “Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65.2”. Y lo que nos dice ese artículo 64 es que los actos del rey han de ser refrendados por el Presidente del Gobierno o por los ministros. Y la única excepción, según indica el artículo 65.2, es que “nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa”. De todo esto se deduce que lo de “inviolable y no sujeto a responsabilidad” se refiere solo a sus actos como rey, de los que es responsable no él, sino el gobierno de turno. De su vida privada nada se afirma; en lo que a ella se refiere, ha de respetar el código penal como cualquier otro ciudadano.
––Eso es lo que tú dices. A la hora de interpretar la Constitución la única opinión que vale es la del tribunal constitucional que ni se ha pronunciado ni se pronunciará nunca sobre tal asunto. Desengáñate, amigo Martín, el rey podrá tener una gran fortuna de origen desconocido, como dice el New York Times; podrá haber intervenido en los negocios ilegales de Urdangarín, como afirman los correos del propio Urdangarín; podrá haber recibido costosos regalos de intermediarios que tienen tratos con la administración española… Te recuerdo que la propia Casa Real afirmó que la famosa cacería africana fue una invitación de alguien que intermediaba en no sé qué negocios, algo que, después de los trajes de Camps, todos los españoles han aprendido a calificar como cohecho impropio. El rey podrá tener muchos más secretos en el armario. Pero todo eso, gracias a la Constitución que aprobasteis en el 78 y de la que estabais tan orgullosos, jamás se podrá investigar y para siempre quedará impune.
––Pero tú pareces dar por sentado que el rey ha cometido delitos. Y eso está por ver, no por ser rey deja de tener derecho a la presunción de inocencia.
––Y yo se la concedo. Tiene tanto derecho a la presunción de inocencia como José Blanco, Oriol Pujol y tantos otros imputados con indicios bastante menos claros.
––Pues si hay esos indicios y nadie hace nada, échale la culpa a jueces y a fiscales y a los diputados, también a los de tu partido (mi amigo es militante de Izquierda Unida), que no cumplen con el papel que tienen encomendado, no le eches la culpa a la Constitución, que es muy clara en ese sentido.
––No bromeo, y afortunadamente la tenemos delante y podemos comprobarlo. Te leo el artículo 61, punto 1: “El Rey, al ser proclamado ante las Cortes Generales, prestará juramento de desempeñar fielmente sus funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas”. El código penal nos obliga a todos, pero al rey doblemente. Para ser rey ha tenido que prestar juramento comprometiéndose a “guardar la leyes”. Si las incumple, comete perjurio y queda incapacitado para ser rey. Entonces entraría en función el artículo 59, punto 2, que habla de lo que ocurriría cuando el rey “se inhabilitare” para el ejercicio de su función. En ese caso, y previo reconocimiento de las Cortes, “entrará a ejercer inmediatamente la Regencia el príncipe heredero de la Corona, si fuere mayor de edad”.
––¿Entonces tú crees que si aparecen evidencias de que el rey ha incumplido la ley, de que ha cobrado comisiones o pagado sus gastos privados con dinero público, queda automáticamente incapacitado para ser rey?
––De acuerdo con la Constitución, sí. Habría cometido perjurio
––Pues estas cosas nadie se atreve a decirlas en público.
––Conste que solo hablo en hipótesis. En absoluto se me ocurre pensar que quien ha jurado “guardar y hacer guardar las leyes” puede incumplir su juramento, y menos todavía que, si lo hiciera, jueces y fiscales y políticos, por conveniencia, por mantener los intereses creados, miraran para otra parte. Yo solo hablo en hipótesis, ya te digo. Y para defenderme. La Constitución de 1978 no permite la impunidad de nadie. ¿Tú crees que yo la habría votado en caso contrario? Qué poco me conoces.
Para entender lo que está pasando ahora, nada mejor que echar la vista atrás. Leo a Galdós y sus novelas de “la locura crematística”, las novelas de la otra Restauración, cuando unos pocos especulaban en Bolsa y hacían grandes negocios mientras el país se hundía en la miseria. Me sorprende la dedicatoria de La desheredada: “Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué, algunas dolencias sociales, nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se viene haciendo de los beneficios reconstituyentes llamados Aritmética, Lógica, Moral y Sentido Común, convendría dedicar estas páginas… ¿a quién?, ¿al infeliz paciente, a los curanderos que llamándose filósofos y políticos le recetan uno y otro día? No; las dedico a los que son o deben ser los verdaderos médicos: a los maestros de escuela”.
¿Sigue teniendo valor hoy en día esa dedicatoria? Yo creo que más que nunca.
Tener amigos jóvenes, ¿le hace a uno más joven o más viejo? Pues no sabría decirlo. “¿Se aprende algo con la edad?”, me pregunta Luis hoy. “Aprende uno a soportarse, que no es poco”, le respondo.
No le digo, para no desanimarle, que yo todavía no he aprendido.
Cierro las Hojas de almanaque, el breve cuaderno que me envía Jesús Rubio Jiménez, estudioso de Bécquer y secreto poeta, y en el intermedio entre las clases de la mañana y las de la tarde, mientras tomo un café en el Centro Cívico (allí, en 1994, me enseñó Víctor Botas los poemas que acababa de escribir después de tiempo sin hacerlo) continúo la música de sus haikus con otros de cosecha propia.
La noche oscura / no brilla ni una estrella / salvo en tus ojos
Perder cometas / no le importa a la tierra / siempre regresan
Cuántas luciérnagas / y en el cielo tan negro / ni una estrella
Se habla de aforismos y alguien cita a Chamfort: “Los eruditos asfaltan el camino que lleva al templo de la gloria”. Y yo recuerdo entonces el final de la nota biográfica que acompaña a la edición de sus Máximas en Aguilar: “Intentó suicidarse y, pese a que no lo consiguió, murió a consecuencia de las heridas que se produjo”.
–-¡Un finiquito diferido!, dice Almuzara y nos reímos un rato con los disparates de los redactores de solapas y con los otros, más graves, de la vida nacional.
Cuando regreso solo a casa, tras el concurrido bullicio de la tertulia, me vienen de pronto a la memoria unos versos de Espronceda: “Y nuestro pie, que nunca se detiene, / recto camina hacia la tumba fría”. Y se me ocurre pensar que eso es lo que nos entregan a todos en el mismo momento de nacer: un finiquito diferido.
Publicado por José Luis García Martín en 19:06 20 comentarios: Enlaces a esta entrada
Ha reaparecido, entre los cachivaches del trastero, la cinta que grabamos. La creía perdida. Para poder volver a escucharla tendría que llevarla a un local especializado a que la convirtieran en una grabación digital. No sé si me atreveré a hacerlo. Debería. Para comprobar que es verdad lo que había olvidado y ahora he vuelto a recordar.
La segunda noche en el cementerio no pareció pasar nada especial. Era una hermosa noche de verano, muy luminosa y cálida. Los historiados panteones, con sus columnas, sus ángeles y sus alegorías, parecían el escenario de alguna película. Pero no de terror. No teníamos miedo, nos encontrábamos tranquilos, nos habríamos quedado más tiempo si no fuera no queríamos que nos echaran en falta y se preocuparan en casa.
La grabadora, bastante aparatosa, estaba en marcha. Tardamos unos días en escucharla. Pensábamos que solo habría grabado el silencio y el canto espaciado de algún ave nocturna.
Sonrío al recibir, por primera vez, un regalo en el día del padre. Siempre creí que no tenía hijos. Pero ahora sé que sí.
No cuento más. Algunas cosas es mejor que sigan siendo secretas. Y yo, aunque no lo parezca, soy muy bueno a la hora de guardar secretos.
Como para celebrar este aniversario, luce un espléndido día de primavera y yo tengo que dar más clases que nunca, mañana y tarde, en el Milán y en la antigua Escuela de Magisterio, en uno y otro extremo de la ciudad.
En el Milán acabo a las doce y a las doce empiezo la clase siguiente en el otro extremo de la ciudad. Hoy he logrado ir de un sitio a otro, y cuesta arriba, en solo veinte minutos, un récord difícilmente superable (pero yo estoy en buena forma: he tomado la precaución de no fumar ni practicar deporte).
No es fácil mantener la atención de más de ochenta alumnos durante tres horas seguidas (dos clases de hora y media con un leve intervalo) hablándoles de rimas y de sinalefas y de versos de Antonio Machado.
No es fácil, pero nada fácil merece la pena. Termino el día agotado, sonriente y feliz. Soy un hombre de suerte.
Durante todas estas horas de clase he resistido a la tentación de contarles a los alumnos que tal día como hoy entraba por primera vez en una escuela (era una escuela unitaria, en Granda, con niños de todas las edades) y que, casi medio siglo después, sigo haciendo el mismo trabajo y no con menos entusiasmo. Todavía no soy tan viejo como para aburrir contando batallitas y colgándome medallas (todo el mundo sabe, por otra parte, que las medallas que uno mismo se cuelga son siempre falsas).
Mi amigo Vicente me manda el enlace de una entrevista con Andrew Morton encabezada por el siguiente titular: “El Rey ha estado con 1500 mujeres a lo largo de su vida”.
No sigo leyendo. “De esas cuentas”, le digo a mi amigo, “lo único que me interesa saber es quién pagó la cuenta. Porque una cosa es irse de picos pardos y engañar a la santa esposa (eso es algo que queda entre ella y él) y otra pasarle los gastos al erario público”.
Yo soy poco respetuoso con mi vida privada, que me gusta pública, pero muy respetuoso con la vida privada de los demás. A mí lo único que me interesa es saber de las andanzas privadas del jefe del Estado es si utilizó o no la Constitución para taparse las vergüenzas. Y si nuestros gobernantes electos conocieron, consintieron, toleraron comportamientos impropios de un caballero o directamente ilegales, si miraron para otro lado.
Lo que interesa saber es si hubo o no un planificado saqueo de las arcas públicas, si se recibieron comisiones por mediar en determinados negocios, si se aceptaron costosos regalos de empresarios que tenían tratos con el Estado español, cosas así. No el número de mujeres con las que DSK, Berlusconi o nuestro valetudinario monarca han estado a lo largo de su vida.
Al volver de la tertulia, recuerdo que fue también en 1972, al poco de jurar fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento para que me dieran mi primer trabajo (eso tengo en común con el rey, eso y no haber cambiado desde entonces de trabajo), cuando se publicó mi primer libro de poemas.
Soy un hombre afortunado, aunque algunos días lo dude. Tantos años después y aún no he escrito una línea por obligación o por dinero. Tampoco quizá ninguna especialmente memorable. Pero aún no he perdido la ilusión de conseguirlo. Por eso soy un hombre afortunado, porque (como dice hoy mi horóscopo) aunque lo pierdas todo, si no pierdes la ilusión, no has perdido nada.
Publicado por José Luis García Martín en 15:15 18 comentarios: Enlaces a esta entrada
La historia tiene razones que la razón no comprende. Heda Margolius Kovály nació y murió en Praga y padeció las dos barbaries que marcaron el siglo XX. Casi toda su familia desapareció en los campos de exterminio nazi y su marido, fervoroso comunista, fue detenido, acusado de crímenes imaginarios y ejecutado en 1952.
De las dos barbaries, quizá no la más sanguinaria, pero sí la más incomprensible es la segunda. Los nazis dividían el mundo en buenos y malos, y estaba claro dónde ponían la línea de separación. Pero en la Rusia de Stalin y en los demás países del socialismo real, ser fiel comunista, seguir las consignas del partido, procurar no separarse lo más mínimo de la cambiante ortodoxia oficial, no era garantía de nada. En cualquier momento podían detenerte, torturarte, hacerte confesar tus crímenes.
Y nadie dudaba, o nadie parecía dudar, de la sinceridad de esas confesiones. Los periódicos –nos cuenta Heda en sus memorias– además de la transcripción oficial de las actas judiciales, “traían también otros artículos, a menudo más asombrosos que el propio juicio”: una carta de Lisa London, la mujer de Arthur London, condenado a cadena perpetua, atacando al hombre “con el que había convivido dieciséis años, con el que había criado una familia y con el que había luchado contra los nazis en la Resistencia francesa”, o la petición de un chico de dieciséis años (“solicito que mi padre reciba el mayor castigo, la pena de muerte. Y deseo que le lean esta carta”).
“Es difícil saber –añade Heda– cuál de los dos destinos fue más trágico: si el del padre, que fue hacia su muerte acompañado de aquellas palabras, o el del hijo, que tendría que vivir toda la vida con el recuerdo de haberlas escrito”.
La historia del nazismo es abominable; la del comunismo, abominable e incomprensible. Y parecía que no iba a tener fin. Pero lo tuvo. Recuerdo bien aquellos días de 1989 en que todo comenzó a venirse abajo, como en un sueño.
Heda Magolius Kovály, que había nacido en Praga en 1919, que había salido de su país en 1968, vivió lo suficiente para ver el derrumbe de un mundo que parecía eterno. Murió en Praga en el 2010.
Leemos Bajo una estrella cruel y en más de un pasaje sentimos que nos cuesta respirar. La crueldad de la historia puede ser tan absurda y tan incomprensible como la más brumosa y retorcida de las pesadillas.
“En los hombres hay que creer hasta cierto punto, esperar de ellos hasta cierto punto y amarlos hasta cierto punto”. La desengañada afirmación es de Manuel Fraga y la encuentro en las Conversaciones en Madrid, de Salvador Paniker, un libro de entrevistas que fue un éxito en 1969 porque llegaba lo más lejos, en materia de libertad de expresión, a que se podía llegar en aquellos momentos. “Creo que la naturaleza humana es buena, aunque un poco estropeada”, decía el ministro. Qué curioso descubrir que algo tengo en común con él: “Mi vida es perfectamente regular y organizada”.
Una experiencia apasionante leer lo que se pensaba del futuro de España en 1969, cuando yo tenía diecinueve años. Recuerdo que leí este libro por primera vez entonces, o muy poco después. Lo releo ahora y es como si regresara a aquel verano de la llegada a la luna y de la proclamación del heredero del dictador, como si me sentara junto al joven ilusionado que yo era a contarle lo que pasaría en las décadas siguientes.
¿Mejor o peor de lo que esperado? Ni tan malo como temíamos ni tan bueno como soñábamos.
Pero el futuro de entonces ya es pasado y de nuevo el presente se tambalea y el futuro está lleno de incertidumbres. Como siempre, por otra parte, aunque tendamos a olvidarlo. No sería presente si no fuera inestable, si no pudiera venirse abajo en cualquier momento, y no sería futuro si no estuviera lleno de incertidumbres.
“¿Sigues siendo tan vanidoso como siempre?”, me pregunta un amigo que hace tiempo que no me ve (ni me lee).
“Lo intento, pero cada día me cuesta más. Con los años, uno se va conociendo mejor y cada vez le resulta más difícil encontrar motivos para envanecerse”.
Nos entretienen estos días las historias de los papas, apasionantes como un novelón de Dumas o de Dan Brown. Y yo recuerdo un episodio que conmovió al mundo en 1848. Fue aquel un año de revoluciones en toda Europa. Las tormentas del 48 tituló Galdós uno de sus Episodios Nacionales. Qué pobre sería mi vida, cualquier vida, si solo hubiera vivido lo que he vivido. También lo que he leído forma parte de mi biografía. El conde de Fabraquer, José Muñoz Maldonado, diputado a Cortes, publicó La revolución de Roma el año 1849. Nos narra la historia del poder temporal de Pio IX “desde su elevación al trono hasta su fuga de Roma, y convocación de la Asamblea Nacional en 30 de diciembre de 1848”. Una olvidada historia que apasionó al mundo. Y que me apasionó a mí contada con la vivacidad de un reportero y con la retórica de la época: “En los momentos en que Roma, la ciudad eterna, presenta a la Europa del siglo XIX, tan agitada y combatida por las revoluciones políticas, el funesto espectáculo del pontífice, vicario de Jesucristo, teniendo que huir y buscar en una tierra extranjera un hospitalario asilo, no será fuera de propósito que nosotros, testigos de tan lamentable acontecimiento, escribamos estos sucesos que han afligido y contristado profundamente nuestro corazón”.
Cuando el libro se publica, el Papa aún no ha vuelto a Roma. El conde de Fabraquer termina anunciando una nueva cruzada: “En todas partes se alzará un grito igual al que ha resonado en la república francesa y en la monarquía española. Atravesando el Océano como una chispa eléctrica se mostrará en todos los contornos del globo: en los archipiélagos del Asia, en las montañas de la Armenia, en las llanuras de Persia, en la ribera de las cascadas del Nilo, en las llanuras de Thon-King, sobre las márgenes del Japón, en las orillas del Ganges, en la cima de los Andes, y sobre las ruinas del antiguo mundo en Thebas, en Menfis, en Atenas, y en todas las partes del globo donde exista un adorador de Cristo”.
A esa exaltada retórica se contrapone la sobria prosa del teniente general don Fernando Fernández de Córdova, quien en 1882 publicó La revolución de Roma y la expedición española a Italia en 1849 donde cuenta la intervención del ejército español en la restitución del poder temporal del papa.
Releo ahora esos libros y pienso en lo aburrida que sería mi vida si solo hubiera vivido mi propia vida. Pero he vivido muchas otras. No creo en la metempsicosis, por supuesto, pero no hace falta creer en ella para darse cuenta de que la historia universal es la historia de mi vida, y que lo que le pasó a cualquier hombre, o a cualquier mujer, me pasó también a mí. Es la magia de la historia, es la magia de la literatura. Leo para vivir más. Sueño para ver mejor.
Tuve una pesadilla. Soñé que me nombraban papa, quedaba secuestrado en el Vaticano y no podía volver a Oviedo ni a recoger mis cosas en casa ni a despedirme de la familia y de los amigos.
Cuando por la tarde me enteré de la fumata blanca, sentí un poco de pena por el buen hombre de Buenos Aires al que le tendrán que mandar por correo sus objetos personales y tendrá que despedirse por skype de sus amigos más cercanos. Seguro que se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar la Avenida de Mayo, el Obelisco, Palermo, la Boca… Quizá los vuelva a ver antes de morir, pero desde la pecera del papamóvil. No me extraña que la primera vez que trataron de elegirle suplicara a sus colegas que no le votaran.
En broma, aunque bastante en serio (como casi siempre que hablo en broma), más de una vez he afirmado que me gustaría ser poderoso, ser gran financiero o papa, por ejemplo, no tener que dar cuentas a nadie sino a Dios (que nunca le pide cuentas a nadie, al menos en esta vida). Pero si ser papa supone cambiar mis costumbres, no poder ir a la tertulia los viernes ni pasar los sábados por Avilés, entonces lo siento mucho, pero no quiero ser papa. Mucho mejor, caso de que yo fuera cristiano (en realidad lo soy, aunque ateamente desteñido) ejercer de párroco en algún pequeño lugar, ser un cura erudito e incansable y querido por todos como mi admirado José Manuel Feito, ser el último (o uno de los últimos, tampoco hay que presumir) en el escalafón eclesial o funcionarial, pero el primero en otros escalafones.
Desde 1996, mi rutina diaria incluye una visita a la editorial Nobel, al lado del Reconquista. Nunca estoy demasiado tiempo: cinco, diez minutos, rara vez media hora. Reviso el correo postal que llega para Clarín, el diseño en el ordenador, pregunto si ya se han enviado a colaboradores y suscriptores los ejemplares del último número. Cosas así. La revista se va haciendo en mi cabeza y en cualquier momento del día (hay quienes tienen la costumbre de llamarte a media noche para quejarse de alguna errata). Pocos son los días, en invierno o verano, en que he dejado de pasar por este piso de Ventura Rodríguez. Hoy lo hago por última vez. A partir del lunes las oficinas estarán en el Centro Cívico, donde durante años se reunió la tertulia Óliver.
Soy patológicamente sensible al cambio. Lo primero que hago al llegar a casa, cuando ha estado en ella la asistenta, es devolver a su sitio exacto cualquier objeto que haya sido desplazado medio centímetro.
Nombrarle a uno papa debe ser como volverle la vida del revés. Yo creo que me moriría a los pocos días, como Juan Pablo I, y sin necesidad de que saquen de la caja fuerte el informe sobre los crímenes del clero. Pero sospecho que al nuevo papa no le quitarán el sueño los cambios ni mucho menos ese informe. Si no se lo quitaron los desaparecidos de la dictadura argentina, no parece que lo hagan los dineros negros de la banca vaticana ni la mafia rosácea de ciertos purpurados.
La novela de la historia, mi culebrón favorito. Un país de cuyo nombre no quiero acordarme tiene por jefe del Estado a un presunto Roldán, a un vitalicio Berlusconi. ¿Qué pasará cuando los jueces no puedan seguir cerrando los ojos ante las evidencias? Los periódicos se han convertido en capítulos de un folletín por entregas. Cada día termina con un apasionante “continuará”.
Publicado por José Luis García Martín en 14:49 11 comentarios: Enlaces a esta entrada
“No me gustan los secretos”, “Pues a mí sí, no podría vivir sin ellos”. El diálogo estaba en un novelón de mucha venta que hojeé un momento mientras compraba el periódico en el quiosco del Atrio. Yo no sé si podría vivir sin secretos, pero lo que sí sé es que no podría escribir. No hablo de otra cosa.
Llegó a mis manos de manera curiosa. Cuando comencé a estudiar en Oviedo, viví un tiempo en un piso de Ciudad Naranco con otros dos amigos y una persona más que ya ocupaba una habitación al alquilárnoslo a nosotros en septiembre. Era joven, pero a mí, que aún no había cumplido los veinte, me parecía mayor; tendría treinta y pocos años. Iba siempre muy elegante, con corbata, y apenas teníamos trato con él. Estudiantes aplicados, no hacíamos juergas en el piso, no dábamos motivo de queja. El otro inquilino jamás recibía visitas. Su habitación tenía llave y siempre la dejaba bien cerrada al marcharse. Un día se le olvidó, yo estaba solo en casa y no pude resistirme a la tentación de echar una ojeada. La cama, una mesa, un pequeño armario, una estantería con algunos libros. No había nada extraño, parecía la habitación ocasional de un estudiante más. Oí ruido en la puerta de la calle y salí de inmediato. Justo a tiempo. Era nuestro compañero de piso. Me saludó amablemente, como siempre hacía, y se encerró en su cuarto. Un día desapareció sin decir nada a nadie. No nos enteramos hasta que la dueña pasó a buscarle porque se retrasaba en el pago del alquiler. La habitación estaba vacía. No había dejado más rastro de su paso que un sobre encima de la mesa; en su interior, el importe de la mensualidad que debía. Algo más había dejado: el anillo de las serpientes y la esmeralda. Lo encontré yo, semioculto bajo la mesa, y me lo guardé en el bolsillo sin decir nada. Me parecía un buen pretexto para tratar de encontrar a su dueño y seguir en contacto con él; me sentía de algún modo atraído por aquel elegante personaje.
Por entonces hablaron los periódicos de hurtos en diversas joyerías. ¿Sería el ladrón el inquilino desaparecido? ¿Me tomarían por cómplice si venían a registrar el piso de Ciudad Naranco y me encontraban el anillo? Me asusté un poco y acabé guardándolo entre mis papeles en la casa de Avilés. Esto debió de ocurrir hacia 1970, hace más de cuarenta años. De los amigos de aquel tiempo, apenas si de vez en cuando me encuentro con Bernardino e Ismael Serna, pero no creo que a ninguno de ellos les hablara del anillo, aunque quizá recuerden el caso del ladrón de joyas. Era tan hábil que los joyeros decidieron, como cuando se trataba de Carmen Polo, la mujer del Caudillo, crear un fondo común para compensar las pérdidas.
Ahora en mi vida no ocurre nada, todos los días son iguales, pero por entonces cada día era una aventura, el mundo estaba por descubrir. Pronto me olvidé del anillo. Esta mañana en que acabo de descubrirlo, lo pongo sobre la mesa de la cafetería del Atrio y lo miro como un talismán. Quizá debería llevarlo a que lo tasaran. Solo así sabría si es una de las joyas robadas o quincallería.
A cierta edad uno comienza a no distinguir bien entre lo vivido y lo soñado. O a no querer distinguirlo. Miro el anillo, sonrío y de un manotazo trato de apartar de mi mente una historia que nunca he contado a nadie.
Tengo muchos secretos que es mejor que sigan siendo secretos. ¿De qué iba a escribir yo si no los tuviera?
Llamaron tres veces a la puerta. Era la señal convenida. Bajé rápidamente por la escalera de piedra y me encontré en la playa. Aún no había amanecido. Se veían a lo lejos las luces del barco, que parecía inmóvil, a pesar de que el mar estaba algo agitado. Esperé un rato, que a mi impaciencia le pareció demasiado largo, a que llegaran los demás y finalmente me decidí a subir yo solo a la barca. Remé hasta la embarcación. Por una escala que se balanceaba en uno de los costados, subí a bordo. Yo entonces tenía poco más de veinte años. Como si me estuvieran esperando, nada más poner el pie en cubierta comenzó la maniobra de levar anclas. Pregunté por el capitán, pero nadie me hizo caso. Los marineros se movían con rapidez, cada uno a lo suyo, y parecía como si no entendieran mi idioma. Los días siguientes tuvieron esa textura especial que caracteriza a los sueños. Como si fuera invisible, nadie me hacía caso. El mar estaba tranquilo, los días de verano eran largos e inacabables y en las noches claras brillaban todas las estrellas.
(Estábamos en la Piazzetta un lento atardecer de verano; de las terrazas ascendía un rumor de conversaciones; había gente paseando y algunos se acercaron hasta la terraza, junto a la torre del reloj, para ver ponerse el sol sobre la isla de Ischia.)
Cómo pasé del barco al calabozo no lo recuerdo bien. Sé que hicimos escala en Génova, que nos emborrachamos de tugurio y tugurio, que empezamos una pelea con los invitados a una boda y que cuando llegó la policía todos los marineros lograron escapar menos yo.
Compartí el calabozo con un puñado de vagabundos malolientes. Estuve tres días allí encerrado y al tercero me dejaron fuera sin ninguna explicación. Yo no tenía dinero ni trabajo y me dediqué a vagabundear, a fingir que pedía limosna y a malvivir de algún pequeño hurto. Todavía era verano y dormir al aire libre no suponía ningún problema.
(Apenas si conocía a mi interlocutor. Muy moreno, bien parecido, descuidadamente vestido. Había bebido algo y se notaba que le gustaba hablar. A los demás nos gustaba escuchar, sobre todo a mí, que al volver al hotel, tomaba nota de todo: quería escribir un libro sobre el variopinto paisanaje de Capri.)
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 artículo 64
 artículo 65
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 artículo 61
 artículo 59