Source: http://www.blasoneshispanos.com/ROrdenesCiviles/02-Carlos_III/CarlosIII.htm
Timestamp: 2018-11-15 16:21:33+00:00

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La Real y Distinguida Orden Española de Carlos III fue establecida por el Monarca de este nombre en el año 1771. Se trata de la primera Orden nacional española y cuenta con una larga y estimable historia. Tras cinco años de matrimonio, el Príncipe de Asturias aún no había tenido hijos varones; por fin, el 19 de septiembre de 1771 nació en El Escorial el primer Infante, a quien se bautizó aquel mismo día con el nombre de Carlos Clemente Antonio de Pádua Genaro Pascual José Francisco de
Asís, Francisco de Paula, Luis, Vicente Ferrer y Rafael; lo apadrinaron su abuelo el Rey y el Papa Clemente XIV.
Quiso entonces el Rey, para dejar a la posteridad un público y permanente testimonio de su profunda gratitud y reverencia al Altísimo por el imponderable bien que le dispensó el cielo, crear una nueva Orden de Caballería, a la que tituló de Carlos III, adjetivándola de distinguida y de española; y la puso bajo el patrocinio de la Virgen María, en su Misterio de la Inmaculada Concepción, de quien era devotísimo desde muy tierna edad. El fundador se declaró jefe y soberano de esta Orden, estableciendo que deban serlo perpetuamente los Reyes de España, sus sucesores.
El Real Decreto de creación y las primeras Constituciones están fechados el día del nacimiento del Infante, aunque no se publicaron hasta el 24 de octubre, día en que la Princesa salió a primera misa después de parida. La Orden serviría para premiar y distinguir a sujetos beneméritos y adeptos a su persona. En principio, los caballeros eran de dos clases: Grandes Cruces (limitadas a 60, de ellos cuatro prelados), y Pensionados (limitadas a 200, de ellas veinte eclesiásticos). En 1783 creó el Rey la clase de Caballeros Supernumerarios. La nueva Orden estaba reservada a nobles: cada caballero debía presentar un expediente de pruebas de su buena vida y arregladas costumbres, limpieza de sangre hasta sus bisabuelos, y nobleza de sangre –no era admisible la de privilegio– al menos en su línea paterna, según las leyes y fueros de España. Al ser recibido, todo caballero juraba vivir y morir en la Fe Católica; no emplearse jamás, directa ni indirectamente, contra la persona del Rey, su Casa y sus dominios; de servir fielmente al Rey si eran sus vasallos; de reconocerle por único Jefe y Soberano de la Orden; y de cumplir con las Constituciones y Estatutos, en que se comprende la defensa del Misterio de la Inmaculada Concepción. Como deberes espirituales, todos los caballeros estaban obligados a comulgar una vez al año, en la víspera o día de la Inmaculada; y a rezar las oraciones cada día.
Las insignias de los Caballeros Gran Cruz consistían en una banda de seda azul celeste con los cantos blancos, y una placa sobre el costado izquierdo; esta cruz emblemática de la Orden es de ocho puntas de oro, rematadas en globos del mismo metal, esmaltados los brazos de blanco y azul celeste, y cantonados de cuatro flores de lis de oro; en el centro tiene un óvalo de esmalte con la imagen de la Inmaculada Concepción, con la leyenda "Virtuti et Merito" –y por el reverso la cifra del nombre del Rey fundador–, y encima de la cruz una corona de laureles.
En los días de capítulo o de especial solemnidad, lucirían un collar, y un traje con manto azul bordado de plata, y muceta de seda. A los caballeros gran cruz daba el Rey tratamiento de Excelencia, y les franqueaba la entrada en Palacio. Los Caballeros pensionados lucían una cruz semejante pero más pequeña, y un traje y muceta iguales pero de lana. La Orden sufragaba las insignias; pero al ingresar los caballeros gran cruz abonaban cincuenta doblones de oro. El Rey declaraba que la Orden era compatible con todas las españolas y extranjeras, excepto con la del Toisón de Oro –de esta regla exceptuaba a los soberanos y príncipes–. Los caballeros pensionados no podían gozar de encomienda de las Órdenes Militares españolas, de San Juan de Jerusalén o de la francesa San Luis. El Rey y su Familia quedaban obligados a vestir diariamente las insignias.
Caballero Gran Cruz con el traje ceremonial
Dotó el Rey a la Orden, sin gravamen para el Tesoro, de un fondo anual de millón y medio de reales, para pagar con ellos doscientas pensiones de 4.000 reales en cada año. Como pronto faltó dinero, los pensionados entraban al goce de sus pensiones por antigüedad. El Papa autorizó al Rey en 1772, para detraer la mitad o un tercio de los frutos anuales de las encomiendas de las Órdenes Militares españolas que vacasen, y algunos frutos de iglesias metropolitanas y catedrales, y de sus dignidades y prebendas, hasta alcanzar los dos millones de reales al año. La Orden contaba con cuatro ministros, un prelado y tres seculares; el gran canciller (prelado con categoría de gran cruz), el secretario, el maestro de ceremonias y el tesorero (los tres con categoría de caballeros pensionados). Llevarían la cinta con los colores de la Orden al modo eclesiástico, es decir en echarpe. No tenían sueldo alguno, pero percibían de las cuotas de ingreso 8.000 reales al año el secretario y el tesorero. Al gran canciller corresponde presidir los Capítulos, Asambleas y juntas en ausencia del Rey, guardar los sellos, expedir los títulos, investir a los nuevos caballeros pensionados, autorizar el manejo de caudales.... El secretario debe velar por la observancia de las Constituciones, llevar los libros de registros y el archivo de pruebas; se le señaló una pieza para su oficina en el Buen Retiro. El maestro de ceremonias y el tesorero tenían las funciones propias de sus cargos; el último custodia los caudales, realiza los pagos por libramiento del canciller, y custodia las alhajas y ornamentos de la Orden. La Asamblea la formaban los cuatro ministros seculares, tres caballeros gran cruz y tres caballeros pensionados; se reuniría mensualmente. Todos los asuntos de la Orden se despacharían por la primera secretaría de Estado. Tenia su sede en la iglesia de San Gil de Madrid, donde se celebraban dos Capítulos anuales, los días de la Inmaculada, y de Difuntos, en que se ofrecía una solemne misa por las ánimas del Purgatorio y por el eterno descanso de los caballeros fallecidos. También se investía allí a los caballeros pensionados, a menos que asistiese el Rey al Capítulo, pues en tal caso esta función se verificaba en la Real Capilla, donde también se realizaban las investiduras de grandes cruces y ministros. El ceremonial capitular y de investidura fue determinado con todo detalle.
El Papa Clemente XIV, mediante bula despachada el 21 de febrero de 1772, probó y confirmó perpetuamente la nueva Orden. Y, además, concedió notables privilegios y gracias espirituales a caballeros y ministros: que el gran canciller o confesor electo por los caballeros pueda absolverles de cualquier sentencia o censura eclesiástica, por graves que fuesen sus delitos –excepto los reservados a la Santa Sede–; le daba también facultad para conmutar los votos hechos por los caballeros –excepto los de castidad y religión–, y le daba facultad para darles la indulgencia plenaria y la bendición apostólica "in articulo mortis". A los caballeros gran cruz y a los ministros les autorizó para tener oratorio privado en sus casas; que en él se dijeran hasta dos misas diarias; que en caso de enfermedad las misas fueran en pieza inmediata a su alcoba; y que en sus viajes pudiesen llevar consigo un altar portátil. Dio indulgencia plenaria a todo caballero que confesase y comulgase el día de su investidura o el día de la Inmaculada, y además otras indulgencias en fechas señaladas. Concedió también licencia para comer carne, huevos y lacticinios durante la Cuaresma, y que las esposas e hijas de grandes cruces y ministros seculares pudiesen entrar en monasterios y conventos de monjas donde tuviesen parientas de primer o segundo grado, sin pasar la noche en ellos, con licencia del Ordinario y consentimiento de la priora o abadesa. El mismo Pontífice, mediante breve, concedió a la Orden privilegio de ánima en su altar de la Inmaculada sito en la Iglesia de San Gil, de frailes menores descalzos: de manera que, mediante los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, de la Bienaventurada Virgen María y de todos
los Santos, se librara de las penas del Purgatorio el alma de cualquiera de los caballeros de la Orden y de sus ministros que, unidos con Dios por la Caridad, hubiesen pasado de esta vida a la otra, siempre que en sufragio suyo se dijera allí por un sacerdote la misa de difuntos. Su sucesor el Papa Pío VI, por breve de 9 de diciembre de 1783, extendió a los caballeros supernumerarios las gracias espirituales concedidas por Clemente XIV a los demás.
Deseando el Rey Don Carlos III dar una nueva prueba de su devoción de Nuestra Señora, por su Real Decreto de 21 de marzo de 1779 anejo a la Orden la antigua Junta para tratar de los asuntos relativos al Misterio de la Inmaculada Concepción, que existía desde los tiempos de Don Felipe III y estaba compuesta de eminentes teólogos. El propio rey quedó como presidente nato de dicha junta, a tenor de su nuevo reglamento, aprobado el 12 de abril siguiente.
Las primeras investiduras de Caballeros Gran Cruz, y de Ministros Seculares, las realizó el Rey en Madrid en 7 de diciembre de 1771; fueron éstos últimos el Cardenal de la Cerda, Secretario; el Marqués de Oviedo, Maestro de Ceremonias, y el Conde de Valparaíso, Tesorero (estos tres todos juraron en manos de Grimaldi, Primer Secretario de Estado). Luego fueron investidos por el Rey los Infantes, y otros treinta y nueve Caballeros Gran Cruz, un Capitán General, trece Tenientes Generales, tres Mariscales de Campo, el Secretario de Guerra –durante este reinado fue evidente el predominio del estamento militar en la nueva Orden–, el Cardenal Arzobispo de Sevilla, y el de Valencia, y además varios Grandes de España y otros palatinos. Todos los componentes de esta primera promoción fueron dispensados de la presentación de sus pruebas de nobleza: desde 1780, lo serían también los obispos y prelados.
Al poco tiempo –el 7 de marzo de 1774– murió el Infante Don Carlos Clemente, por cuyo nacimiento se creó la Orden; luego nació y murió otro homónimo (1780-1783); y nacieron y murieron los dos Infantes gemelos Don Carlos y Don Felipe (1783-1784). Mientras tanto, apenas se concedieron cruces. Durante los diecisiete años que el fundador gobernó su Orden, no llegaron a otorgarse más que noventa y cuatro grandes cruces (incluidas la Real Familia y las de Nápoles y Parma)
S.M.. el Rey D. Carlos IV
D. Carlos IV, mediante Real Decreto de 12 de junio de 1804, procedió a reformar los Estatutos fundacionales. Modificó la disposición de los colores de la banda (tres fajas iguales de los colores azul-blanco-azul), y el traje de ceremonia –un manto de tercianela azul celeste cuajado de estrellas de hilo de plata, con su muceta, y dos fajas del cuello a los pies, de la misma tela y bordadura; túnica de tercianela blanca, guarnecida de fleco de seda azul y plata; cíngulo de la misma clase; calzón negro de seda; sombrero liso con pluma blanca; espadín liso y de acero; y el collar en la forma acostumbrada–. Los caballeros pensionados vestían igual, pero con la cruz más pequeña y los bordados más estrechos. Por la misma disposición concedió a los caballeros pensionados los mismos honores que tenían los caballeros de San Juan de Jerusalén y de las Órdenes Militares españolas; aumentó los miembros de la Asamblea en un caballero gran cruz y un caballero pensionado; estableció los cargos de contador (ayudante del tesorero) y fiscal (para vigilar las pruebas de ingreso), que no forman parte de la Asamblea; amplió las pruebas de ingreso, haciéndolas más exigentes (limpieza de oficios, y nobleza del abuelo materno); ordenó que el retrato del Maestre reinante presidiera la sala de juntas, las cuales que se celebrarían alrededor de una mesa redonda; ordenó la celebración de cuatro Capítulos anuales los días 24 de marzo (víspera de la Anunciación); mes de junio (víspera de las honras de caballeros difuntos); 18 de septiembre (víspera de las exequias del Fundador, como aniversario de la Orden); y 7 de diciembre (vísperas de la Inmaculada). Y, por fin, estableció los derechos de ingreso: 3.000 reales por servicio; 1.500 reales por cada título de gran cruz; 1000 reales por cada título de caballero pensionado, y 750 reales por cada título de caballero supernumerario –y además, los caballeros gran cruz abonaban 4.000 reales para la adquisición de sus
insignias–. Durante su reinado, Don Carlos IV concedió casi ciento treinta grandes cruces.
El Rey D. Fernando VII, durante su primer y brevísimo reinado, sólo concedió una gran cruz –Burgos, 12 de abril de 1808– a su maestro el canónigo Escóiquiz. Enseguida, la gran conmoción que supuso la invasión francesa provocó el colapso de la Orden: por una parte, el Intruso –después de conceder alguna cruz– la declaró abolida (Decreto de 18 de septiembre de 1809); por el lado patriota, la Junta Central, la Regencia y las Cortes concedieron sucesivamente, en nombre del Rey prisionero, hasta doce grandes cruces –entre los agraciados se contaron los generales Castaños y Lazán, el arzobispo de Lima, y el embajador prusiano–.
Vuelto el Rey, por su Real Decreto de 25 de abril de 1815, creó, para distinguir a los caballeros pensionistas de los supernumerarios, una placa de plata, semejante a la de la gran cruz, de dos pulgadas y media de diámetro, pero mostrando en su centro –en vez de la imagen de la Inmaculada– la cifra del Rey sobre esmalte azul. Posteriormente, este mismo monarca ordenó (Real Decreto de 24 de septiembre de 1815), que ningún caballero usase cruces alteradas o modificadas, bajo severas penas; y poco después reformó el traje de ceremonia (Real Decreto de 29 de abril de 1818), añadiéndole un sombrero redondo de terciopelo azul celeste, de copa alta y chata, ala corta, levantada por una parte y cosida la copa con dos cintillos azules bordados de plata y presillas de canelones de lo mismo, y tres plumas blancas. El sombrero de los caballeros pensionados era igual, pero de terciopelo blanco y plumas azules; y el de los caballeros supernumerarios llevaba una sola pluma y un solo cintillo. La gola sería en adelante a la antigua española, de linón blanco; y los zapatos de cabritilla blanca con lazos azules, a la antigua española. Durante aquel mismo reinado se ordenó que ningún caballero casase sin licencia de la Asamblea, previa presentación de las pruebas de la contrayente, con información testifical. Para entonces, derribado el convento de San Gil por Bonaparte –estaba inmediato a Palacio–, desde 1814 las funciones capitulares se celebraban en el monasterio de la Encarnación, excepto las de exequias de Carlos III –18 de septiembre–, que tenían lugar en el monasterio de las Descalzas Reales.
A la muerte de Don Fernando VII existían ciento treinta y siete caballeros gran cruz. Fallecido nuestro último Monarca absoluto, por Real Orden de 13 de enero de 1839 se varió fórmula del juramento, adaptándola a las nuevas circunstancias constitucionales. La Real Orden de 12 de marzo de 1835 reguló las cruces reservadas al Ministerio de la Guerra.
Y, acometida la reforma de todas las Reales Órdenes civiles, el Real Decreto de 26 de julio de 1847 estableció que esta Orden se destinara en lo sucesivo para premiar los méritos y servicios en la esfera civil, y que hubiese en adelante cuatro grados: caballeros gran cruz (limitados a 120), comendadores de número (limitados a 300), comendadores y caballeros. La insignia de todas las categorías o grados sería la cruz en el ojal, pendiente de la cinta que hoy se usa, si bien los comendadores la llevarían además pendiente del cuello, los comendadores de número usarían la misma cruz pendiente del cuello, y además la placa concedida a los pensionistas en 1815 (así lo aclaró la Orden de 6 de septiembre de 1847), y los caballeros gran cruz la placa, la banda, y el collar en su caso. Se autorizaba a que las placas, además de bordadas en sedas y canutillo, pudieran fabricarse de acero, de plata o de pedrería. Quedaron desde entonces extinguidas las pensiones, y se abolieron las probanzas nobiliarias, reduciéndose también los derechos de ingreso exigidos a los caballeros. El Real Decreto de 8 de octubre de 1851 dispuso que toda concesión se verificase a través del Consejo de Ministros, y que las propuestas se presentasen a través del ministro del Ramo o del mayordomo mayor de Palacio, dando previa audiencia a la Asamblea de la Orden.
La Real Orden de 2 de enero de 1868, aclaró el tratamiento de los comendadores de número. Quedaron entonces extinguidas las pensiones, y se abolieron las probanzas nobiliarias, reduciéndose también los derechos de ingreso exigidos a los caballeros. El Real Decreto de 8 de octubre de 1851 dispuso que toda concesión se verificase a través del Consejo de Ministros, y que las propuestas se presentasen a través del Ministro del Ramo o del mayordomo mayor del Palacio, dando previa audiencia a la Asamblea de la Orden. La Real Orden de 2 de enero de 1868 aclaró el tratamiento de los comendadores de número.
Durante el reinado de Dña. Isabel II la Orden continuó celebrando sus capítulos reglamentarios en la Encarnación y en las Descalzas, a los que todos los caballeros asistían con sus vistosos mantos; no cesaron tampoco las solemnidades de la investidura y acto de armar a los nuevos caballeros, desde su advenimiento al Trono, la Reina concedió aproximadamente 596 grandes cruces, más de la mitad de de ellas a militares.
Durante el sexenio revolucionario; los gobiernos de turno continuaron concediendo el ingreso en la Orden, por cierto con extraordinaria generosidad –hasta 150 grandes cruces se dieron entre 1869 y 1874–, que fue no obstante abolida por los republicanos el 29 de marzo de 1873. Abolición efímera, toda vez que el general Duque de la Torre, presidente del Poder Ejecutivo de la República, derogó dicho Decreto por otro datado en 1874. Pero la verdadera restauración se alcanzó con la llegada al trono de D. Alfonso XII, mediante el Real Decreto de 7 de enero de 1875. El Real Decreto de 25 de septiembre de 1878 estableció un grado superior, el quinto, dentro de esta Orden: caballero del collar (limitado a 60 plazas). Sucesivas Reales Órdenes regularon las concesiones a militares (21 de octubre de 1879), la anotación en las hojas de servicios (31 de julio de 1881), las expulsiones por condenas corporales o infamantes (16 de mayo de 1882); y el uso de las insignias por los militares (20 de noviembre de 1883). Daurante el reinado de este monarca se concedieron en total más de 185 grandes cruces.
Reinando ya D. Alfonso XIII, y bajo la regencia de su madre, el Real Decreto de 5 de enero de 1888 estableció las normas de concesión, y algunas limitaciones y restricciones. Otro Real Decreto de 13 julio 1896 (Gaceta de Madrid del 7 octubre) definió por fin el collar de la Orden –compuesto alternativamente de catorce castillos y catorce leones de oro, siete medallones con la cifra de Carlos III, y seis trofeos militares; y la cruz de la Orden pendiente de su centro–, y dispuso que los caballeros del collar, para diferenciarse de los caballeros gran cruz, usasen una banda azul celeste con perfiles blancos –la original de 1771–, y que su placa mostrase las flores de lis de los entrebrazos de oro en vez de plata. Poco después, la Real Orden de 18 de junio de 1904 reguló el uso de las bandas de las Órdenes civiles por generales del Ejército; y el Real Decreto de 3 de abril de 1905 redujo a veinte el número de collares, sin contar en él los de la Real Familia.
S.M. Don Alfonso XII luciendo la banda de la Orden
Gran importancia tiene el Real Decreto de 19 de enero de 1910 (Gaceta de Madrid del 20 de enero), por que se dotó a la Orden de un Reglamento en el que se refundieron y actualizaron las disposiciones dictadas desde 1847, especialmente atinentes a los grados, insignias, y requisitos y normas de concesión. D. Alfonso XIII, en su largo reinado –1886 a 1931–, otorgó más de 545 grandes cruces. La República suprimió esta Orden, junto con todas las demás excepto la de Isabel la Católica, por el Decreto de 24 de julio de 1931. Un decenio más tarde, el Gobierno acordó su restablecimiento mediante el Decreto de 10 de mayo de 1942 (B.O.E. de 7 de agosto), en los mismos términos anteriores a la supresión republicana: es decir, se mantienen en vigor los Estatutos fundacionales, y el Reglamento de 1910. Durante su mandato vitalicio el General Franco no prodigó las concesiones de esta Orden, reducidas a 194 grandes cruces.
Un Real Decreto de 4 de agosto de 1983 (B.O.E. del 8 de agosto) permitió el ingreso en ella a la señoras. Conviene recordar que S. M. la Reina Doña Sofía, por especialísimo privilegio, recibió del Gobierno español las insignias de la gran cruz en 1962, con ocasión de sus bodas con el entonces Príncipe de Asturias. Es Doña Sofía, por lo tanto, la primera dama española que fue condecorada con las insignias de esta preciada Orden –aparte del precedente de S. M. la Reina Doña Isabel II, que fue su jefa y soberana entre 1833 y 1870. Esa misma disposición legal dio lugar a un hecho singular: la Orden, que desde su fundación y por imposición estatutaria había despachado sus asuntos a través de la Primera Secretaría de Estado –luego Ministerio de Estado, y últimamente Ministerio de Asuntos Exteriores–, en la cual tiene sede su cancillería, paso a depender de la Presidencia del Gobierno.
La Orden de 11 de octubre de 1983 (B.O.E. del 12 de octubre) dispuso que la Orden se concedería a la damas en los siguientes grados: Banda del Collar, Banda y Lazo de Dama. Por fin, la Orden de 8 de mayo de 2000 (B.O.E. del 11 de mayo) equiparó las categorías de la Orden, haciéndolas aplicables tanto a hombres como a mujeres, fijándolas definitivamente en cinco: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda y Cruz.
Más recientemente, el 11 de octubre de 2002 (B.O.E. del 12 de octubre), se aprobó el nuevo Reglamento de la orden que deroga expresamente el Real Decreto de 1910, el Decreto de 1942, el Real Decreto de 1983 y la Orden de 2000, anteriormente referidos. Según este Reglamento, hoy es la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III la más alta distinción honorífica entre la Órdenes civiles españolas, y tiene por objeto recompensar a los ciudadanos que con sus esfuerzos, iniciativas y trabajos hayan prestado servicios eminentes y extraordinarios a la Nación.
La Orden tiene por su Gran Maestre a Su Majestad el Rey Don Juan Carlos, que la gobierna auxiliado por un Consejo. Forman este órgano el Gran Canciller de la Orden (que es siempre el Presidente del Gobierno), el Jefe de la Casa de Su Majestad el Rey y siete miembros de la Orden, que serán designados vocales por el primero, en representación de los cinco grados de la misma, dos entre los condecorados con el collar, dos entre los grandes cruces y uno por por cada uno de los grados restantes.
El Presidente del Gobierno, al tomar posesión de su cargo, será investido como Caballero o Dama Gran Cruz de la Orden, y con esta calidad actuará como Gran Canciller de la misma. Todos los títulos de los diferentes grados llevarán su firma.
Son cuatro las festividades en que debe la Orden celebrar capítulo en sus sedes litúrgicas de los monasterios reales de la Encarnación y de las Descalzas: el 24 y 25 de marzo (víspera y fiesta de la Anunciación); mediados del mes de junio (la víspera y honras por los caballeros difuntos); el 18 y 19 de septiembre (víspera y exequias por el Fundador, como aniversario de la fundación de la Orden); y 7 y 8 de diciembre (víspera y fiesta de la Inmaculada Concepción). Aparte, son también fiestas de la Orden los días del cumpleaños de Su Majestad reinante (5 de enero) y de su santo (24 de junio); y los días de San Fernando (30 de mayo) y San Luis (25 de agosto), patronos de la Dinastía.
El número de collares está limitado a 25, las grandes cruces a 100 y las encomiendas de número a 2000. De los números clasus quedan excluidos los miembros de la Familia Real española y los Ministros del Gobierno, así como los ciudadanos extranjeros
Las concesiones efectuadas por Su Majestad reinante superan los 95 collares, el último al Gran Duque de Luxemburgo, el 11 de mayo de 2001, y 206 grandes cruces.
(Pincha sobre cualquiera de estas dos imágenes expuestas en los márgenes para ver el Collar de la Orden de Carlos III y otras insignias)
El Collar de la Orden se compone por una sucesión de cuarenta y un piezas o eslabones que muestran la cifra del Rey fundador, orlada de palma y laurel, seguido de otras que muestran un castillo y un león dorado, y de una cuarta que es un trofeo militar: de la pieza central con la cifra del Monarca pende la cruz venera de la Orden, que es del tipo de las maltesas, o sea de oro con cuatro brazos iguales rematados en globillos de oro, esmaltados de azul celeste con los bordes blancos, en los entrebrazos, cuatro flores de lis de oro, y sobre el centro un óvalo dorado con orla de esmalte azul, cargado de una imagen en relieve de la Purísima Concepción en sus colores, según el cuadro de Murillo conservado en el Museo del Prado. En el reverso, el óvalo es de esmalte azul celeste con la cifra del fundador en oro, orlado de esmalte blanco con la leyenda "Virtuti et Merito". La cruz pende de una corona de laurel de oro, anudada por un lazo de cinta azul celeste. Notemos que este collar es el mismo que se estableció en 1771 para los caballeros gran cruz, que lo usaron hasta que se atribuyó a este supremo grado de la Orden. Todos los collares son propiedad de la Orden, y deben devolverse tras el fallecimiento del agraciado.
Para las ocasiones en que la etiqueta no requiere el uso del collar, los agraciados con este grado pueden lucir una banda y una placa sobre el costado izquierdo. La banda, de 101 milímetros de anchura, es de color azul celeste con filetes blancos –o sea, la banda de la gran cruz usada desde 1771 hasta 1804–, y de ella pende la cruz venera de la Orden, ya descrita, y del mismo tamaño. La placa es de 75 por 80 milímetros, semejante a la de la acruz venera del collar y banda, pero de plata abrillantada y sin esmaltes en los brazos: las cuatros lises de los entrebrazos son doradas. En el centro, un óvalo dorado con la imagen de la Purísima Concepción en su colores y según modelo descrito, y a sus pies la cifra del fundador, orlada de laurel, sobre una cinta de esmalte blanco, orlado de azul, con el lema "Virtuti et Merito".
Los Caballeros y Damas Gran Cruz lucen la misma placa que los Caballeros y Damas del ollar, pero con las flores de lis de los entrebrazos de plata abrillantada. Su banda es de 101 milímetros de anchura, dividida en tres franjas iguales, de azul celeste las exteriores y blanca la central; pende de ella la misma cruz venera.
Para conocer el actual Real Decreto 1051/2002 de 11 de octubre, por el que se aprueba el Reglamento de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, pincha sobre este icono:

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