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Timestamp: 2018-04-24 12:10:43+00:00

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GESTACION, DOTACION Y EXPURGO DE LAS BIBLIOTECAS ESCOLARES EN ESPAÑA: 1869-1939
GESTACIÓN, DOTACIÓN Y EXPURGO DE LAS BIBLIOTECAS ESCOLARES EN ESPAÑA: 1869-1939
(Publicado en: Museos Pedagógicos. La memoria recuperada, Gobierno de Aragón. Departamento de Educación, Cultura y Deporte. Museo Pedagógico de Aragón, Huesca, 2008, pp. 283-308.)
Nuestro agradecimiento a la editorial por permitirnos reproducir este artículo.
En 1989, la Directora del Centro de Coordinación Bibliotecaria abrió en Madrid el Seminario hispano-británico sobre bibliotecas escolares reclamando la implantación de la auténtica biblioteca escolar, bien instalada, bien gestionada y bien utilizada pues, afirmaba que "la biblioteca escolar no ha recibido todavía entre nosotros el trato que merece. Nos anticipamos a instalar en la escuela las primeras bibliotecas populares hechas a partir de 1869, pero no pensamos en bibliotecas escolares hasta 1932 y la guerra civil frustró la acción del Patronato de Misiones Pedagógicas"1. En estas palabras se sintetizan las cuestiones que abordamos en este trabajo: el origen y desarrollo de las bibliotecas escolares y cómo la Guerra Civil y las drásticas medidas adoptadas por el franquismo paralizaron el impulso y el ritmo que el gobierno de la República acababa de dar para llevar las bibliotecas y con ellas la cultura a todos los rincones.
En España existieron diversas modalidades de "biblioteca escolar", expresión que apareció por primera vez sin definir en 1849, en una Real Orden que encargaba estudiar la forma de establecerlas a los Inspectores de Instrucción Primaria. Sin embargo, lo sucedido hasta 1868 nos indica que se trataba de instalar colecciones de libros en las pocas escuelas de primeras letras que existían. Ese año se iniciaba un maridaje entre "bibliotecas escolares y populares" que permaneció hasta la Guerra Civil y que hace difícil -quizá imposible- deslindar cada una de ellas, lo que dificulta su análisis y de ahí que existan escasos estudios o aproximaciones a las bibliotecas escolares, pues estamos ante un tipo de biblioteca con características peculiares: no tiene "local" propio, en general -y en el mejor de los casos- un armario librería para los alrededor de cien ejemplares que solían componerlas; su organización y gestión nunca ha estado a cargo de bibliotecarios sino de maestros voluntariosos; sus fondos estuvieron destinados a los escolares, a los maestros y, en general, a la población rural; su finalidad -entonces y ahora-, era fomentar la lectura y anular las desigualdades para acceder a la cultura, aunque hoy también la entendemos como un centro de recursos educativos y de documentación al servicio de la comunidad educativa.
Hemos tenido, por tanto, que sortear varias dificultades al tener la expresión "biblioteca escolar" denotaciones diferentes en cada época, con fondos y funcionamiento variopintos y al contar en nuestro país con poca historiografía al respecto, tanto por parte de los historiadores de la educación como por parte de los bibliotecarios, pues como constatan diversos expertos, las bibliotecas escolares son habitualmente olvidadas en los estudios generales2. Para conocer su nacimiento y evolución es imprescindible recorrer la diversa y bienintencionada legislación del siglo XIX donde se atisba la preocupación por fundar y fomentar bibliotecas, aunque no será hasta el primer tercio de siglo XX cuando se pueda hablar con mayor pertinencia del nacimiento de la biblioteca escolar.
DE LA INSTALACIÓN DE BIBLIOTECAS EN LAS ESCUELAS A LA CREACIÓN DE BIBLIOTECAS ESCOLARES
Cuando se articuló el sistema educativo español de la mano de Claudio Moyano no se contempló la biblioteca escolar. Aunque el Título IV de la Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857 hizo depender del "ramo de Instrucción Pública" a las Bibliotecas, Archivos, Museos y Academias y comprometió al gobierno para que mejorase las bibliotecas existentes y crease, al menos, una en cada provincia, no cabía en el pensamiento de los políticos de la época la posibilidad de que hubiera bibliotecas en las pocas escuelas de primeras letras existentes. No obstante, algunos de esos políticos liberales de la primera mitad del siglo XIX como Manuel José Quintana, Antonio Gil de Zárate o Pablo Montesino habían intentado introducir y estimular otro tipo de bibliotecas, las populares, encargando de su cuidado a los maestros y así lo recoge el Real Decreto de 23 de septiembre de 1847 y, aunque dos años después, la Real Orden de 12 de octubre de 1849 encargaba a los inspectores de Instrucción primaria que "investigaran los medios de establecer bibliotecas escolares", éstas no prosperaron tal y como reconoce Gil de Zárate años después3. Si no fueron capaces de ponerlas en marcha sí que hay que reconocerles, como nos recuerda Luis García Ejarque4, que fueron ellos los que pusieron el germen para que desde 1847 hasta 1869 las primeras bibliotecas que permiten la lectura pública se instalaran en las escuelas. Los frutos de la acción de estos políticos junto con los artículos publicados en la prensa educativa de la época pueden apreciarse, según García Ejarque, en el artículo 70 de la Ley de Instrucción Primaria de 2 de junio de 1868 que encomendaba a las Juntas Provinciales de Instrucción Primaria la creación de Cajas de Ahorros de Instrucción primaria "para la creación y fomento de bibliotecas populares". En el Reglamento que desarrollaba esta Ley, aprobado por Real Decreto de 10 de junio de 1868, se indicaba que los inspectores debían informar de "bibliotecas escolares y populares, con los medios de crearlas, si no existieren, u de fomentarlas si se hallaren establecidas" (art. 94) al tiempo que indicaba el procedimiento para allegar los libros. A partir de la Revolución septembrina de ese año llegó un nuevo y decisivo impulso para instalar de hecho una biblioteca en los diversos locales que servían de escuelas.
En efecto, el 15 de enero de 1869, el Ministro de Fomento, Manuel Ruiz Zorrilla, aprobó una "nota en que se consignaba la creación de Bibliotecas populares en todas las Escuelas de primera enseñanza"5, según cuenta el primer Jefe del Negociado de Instrucción pública, Felipe Picatoste. Tres días después, reconoció que "apenas hay un pueblo en España que tenga edificio propio para escuela" y encargó a la Escuela de Arquitectura tres modelos de escuelas unitarias en los que debía haber, entre otras dependencias, un local para biblioteca, con la intención de promoverlas6. Aunque la creación de escuelas no prosperó durante el siglo XIX, la dotación de estas primeras "bibliotecas escolares" se inició inmediatamente pues, hasta mayo de 1870, se concedieron 93 lotes de libros a otras tantas escuelas, entregándose un total de 14.810 obras, según nos cuenta el citado Felipe Picatoste. Durante el Sexenio Democrático los libros enviados llegaron a distintas instituciones y en ocasiones se instalaron en las escuelas primarias, tal es el caso, por ejemplo, de las 22 bibliotecas enviadas a otros tantos municipios asturianos7. A partir de 1879 se generalizaron los envíos de lotes de libros a centros no escolares tales como sociedades, ateneos, círculos, etc. siendo excepcional, en la década siguiente, que estos fueran enviados a escuelas de primera enseñanza pues se destinaron también a colegios de segunda enseñanza, academias y sociedades científicas, gremios, colegios y asociaciones profesionales, facultades universitarias, etc.8.
La solicitud para instalar estas primeras bibliotecas en las escuelas debía ser hecha, generalmente, por los maestros, quedando éstos obligados a hacer el préstamo de libros (para leer en el propio local o llevar al domicilio, tanto los escolares como el resto de la población), a elaborar el catálogo, a redactar una memoria anual, a presentar cada semestre una estadística de lectores, etc. Estas bibliotecas, según la citada Memoria de Picatoste, fueron consideradas "esencialmente distintas de las provinciales y universitarias" y, por ello, quedaron adscritas al Negociado de Primera Enseñanza y los Inspectores debían dar cuenta de su estado. Para dotar estas bibliotecas se eligieron libros destinados a la enseñanza pues se repartieron, en primer lugar, los que tenía en depósito el Consejo de Instrucción Pública, órgano consultivo de la administración educativa encargado de evaluar las obras destinadas a la enseñanza. Sin embargo, afirma Antonio Viñao que estas "bibliotecas populares creadas en España no eran bibliotecas escolares" pues estaban destinadas preferentemente a los vecinos de pequeños pueblos rurales9. Sin embargo, hay que tener presente que en los lotes había libros específicos para los escolares y que éstos y el maestro también usaban la biblioteca, por tanto, así empieza la estrecha relación entre bibliotecas escolares y populares.
En la primera década del siglo XX comenzó la dotación específica de bibliotecas instaladas en las escuelas de instrucción primaria, siendo Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Faustino Rodríguez San Pedro. En el presupuesto de 1909 se incluyó una partida de 25.000 pesetas para adquirir libros apropiados a los cuatro tipos de bibliotecas que había establecido el Real Decreto de 30 de abril de ese año10. Para fomentar la cultura popular, las obras para estas bibliotecas serían elegidas por la Junta Facultativa de Archivos, Bibliotecas y Museos de entre las aprobadas por el Consejo de Instrucción Pública o por alguna de las Reales Academias. El Estado entendió que era bueno que contribuyeran a la creación o a la ampliación de estas bibliotecas otras instituciones como Diputaciones, Ayuntamientos, Sociedades y particulares, asociando sus aportaciones (locales, dinero, libros, etc.) y así lo expresó en una Real Orden de 191011 obteniendo respuesta de algunas de estas entidades.
Intentando acelerar la llegada de obras a las escuelas se planteó, en 1912, la creación de una biblioteca popular circulante, a imitación de las existentes en otros países, dependiente ahora de la Dirección General de Primera Enseñanza. El Real Decreto del 22 de noviembre del citado año reconoce que la buena voluntad de inspectores y maestros debía ser reforzada con una "Biblioteca escolar circulante que lleve periódicamente a las últimas aldeas colecciones de libros, renovadas según el criterio del Maestro y las aficiones de los niños"12. Esta Dirección General adquirió los libros, facilitó el transporte y distribución, imprimió un catálogo para que los Inspectores de Primera Enseñanza y los Maestros conocieran las obras y pudieran solicitarlas, señaló los plazos de préstamo y designó a los Inspectores encargados de este servicio en Madrid y provincias. Unos días después, una Real Orden creó "48 Secciones de la Biblioteca popular ambulante", una para cada provincia, exceptuando Madrid, y tres meses después otras 10, una en cada capital de distrito universitario a cargo, en este caso, de otras tantas Inspectoras auxiliares de primera enseñanza13 (alumnas de la Escuela Superior del Magisterio que finalizaron sus estudios en el curso 1911-12). Estas últimas bibliotecas escolares podían utilizarlas las "Maestras y niñas de las Escuelas públicas que dependan de las respectivas Inspectoras dentro de la provincia y, en la capital, toda mujer mayor de quince años que lo desee, aunque no pertenezca a la enseñanza". Los Inspectores distribuían desde las cabezas de partido de cada provincia las cajas con los 907 volúmenes seleccionados por el Museo Pedagógico, de los cuales 658 estarían destinados a los maestros como biblioteca de consulta y de ampliación de conocimientos, y el resto a los niños14. Al año siguiente, al crearse las Juntas Provinciales de primera enseñanza se les atribuyó, entre otras, la función de "fomentar el establecimiento de cajas de Ahorro escolares, Museos escolares, Bibliotecas populares y circulantes…", pidiendo a las Juntas Locales (artículo 19) que también lo hicieran15.
Una década después se produjo un ensayo limitado a crear unas pocas bibliotecas escolares permanentes en escuelas graduadas, adjudicándolas, previa solicitud y por concurso, a igual número de escuelas de niños que de niñas y para ello se consignó en el presupuesto anual para 1922 la cantidad de 40.000 pesetas16. El concurso quedó abierto con la publicación de la Real Orden y durante un mes se adjudicaron, primando para la concesión a las escuelas que ya tenían funcionando una biblioteca, lo cual justificarían con un informe del Inspector. Los fondos incluían libros, atlas, láminas y colecciones de grabados, fotografías, etc., matizando el legislador que para las de niñas se añadieran libros de economía doméstica, así como grabados y modelos de labores femeninas. Las obras podían provenir del Ministerio de Instrucción Pública, donadas por instituciones (Academias, Universidades,…), adquiridas por la propia escuela o donadas por particulares. En estos dos últimos casos las obras adquiridas, si no estaban incluidas entre las recomendadas, debían obtener la aprobación del Museo Pedagógico Nacional o de la Sección Primera del Consejo de Instrucción Pública. Esta Real Orden de 4 de febrero de 1922 emplazó al Museo Pedagógico Nacional a presentar las obras que sirvieran de base para crear estas bibliotecas escolares y a proponer, cada dos años, nuevos libros en la "última decena de diciembre". Los beneficiados con estas bibliotecas no eran sólo los alumnos sino también los egresados y los maestros, así como cualquier otra persona, autorizada por el Director. En el caso del alumnado podían beneficiarse del préstamo de las obras entre diez y treinta días, con la garantía de sus padres o tutores. En esta Orden se regula, con cierta minuciosidad, el funcionamiento de estas bibliotecas: deja a criterio del Director -que podía delegar en un maestro- la fijación de las horas de apertura más convenientes, sin detrimento del horario escolar; aconseja las lecturas más idóneas en función de la edad, aficiones, etc.; el maestro leería en público para enseñar entonación, expresión, etc. a los asistentes; vigilaría y amonestaría en caso necesario a aquellos que perturbasen a los demás o dañasen los libros; enviaría un informe anual al Ministerio con las altas y bajas de los libros y una memoria dando cuenta de las obras más leídas, número de lectores, edad de los mismos,... Para ser utilizados, los libros debían estar previamente catalogados, llevar en la primera página el sello de la escuela y la rúbrica del director.
Estas intenciones no obtuvieron el respaldo económico necesario y, por tanto, no se impulsó lo suficiente la creación de bibliotecas. Aunque la Dictadura de Primo de Rivera subvencionó la adquisición de lotes de libros, sólo las bibliotecas existentes se pudieron beneficiar17. El efecto de la legislación junto con la publicación de artículos en la prensa profesional durante este periodo sensibilizaron a los maestros y fueron bastantes los que intentaron, por diversos medios, conseguir libros para sus escuelas, como ejemplificaremos más adelante, pero no será hasta la Segunda República cuando realmente se promocione la lectura creando nuevas bibliotecas.
El gobierno de la República creyó su deber elevar el nivel cultural general y estimular la educación ciudadana, considerando urgente, entre otros objetivos pedagógicos, divulgar y extender el libro, y para ello dispuso, por Decreto de 7 de agosto de 1931, la creación en todas las escuelas primarias de una biblioteca, con la consideración de pública, al tiempo que permitía el préstamo de libros. Este espíritu quedaba recogido en su preámbulo:
"No basta construir escuelas […] Una escuela no es completa si no tiene la cantina y el ropero que el alumno necesita; no es tampoco si carece de la biblioteca para el niño, y aún para el adulto y aún para el hombre necesitado de leer. Empieza España a tener las Escuelas que le faltaban; las tendrá en breve. De lo que carece casi absolutamente es de bibliotecas, de pequeñas bibliotecas rurales que despierten viéndolas, el amor y el afán al libro. […] Una biblioteca atendida, cuidada puede ser un instrumento de cultura tan eficaz o más eficaz que la Escuela."18.
A finales del mes de agosto, un decreto creaba una sección circulante en todas las bibliotecas dependientes del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y especificaba que la petición se haría a través de las "bibliotecas escolares" y donde aún no las hubiera por medio del maestro nacional19 y para facilitar la lectura los envíos no tendrían cargas postales.
Para lograr que todas las escuelas tuvieran biblioteca se encargó el desarrollo de la política bibliotecaria republicana al recién creado Patronato de Misiones Pedagógicas y a la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para bibliotecas públicas. Este último organismo tuvo, entre otras funciones, la de modernizar el patrimonio bibliográfico nacional, dotar y expandir las bibliotecas públicas del Estado, donar pequeños lotes de libros a Centros o Sociedades particulares de carácter cultural y formar y distribuir lotes de libros para que las bibliotecas públicas contasen con sección circulante20. Sin embargo, fue el Patronato de Misiones Pedagógicas el encargado de hacer realidad las bibliotecas escolares, que siguieron estando abiertas a todo el vecindario.
En efecto, el Patronato de Misiones Pedagógicas consideró el servicio de bibliotecas el más importante y a él destinó la mayor parte de su presupuesto (el 57,57% durante los tres primeros años), impulsando la creación de las bibliotecas escolares y de las rurales. Hasta finales del año 1933 se había invertido 1.022.435,33 pesetas en la creación de bibliotecas21 y con esta cantidad compraron libros (829.843,37 pesetas) y cubrieron los gastos de encuadernación, portes, embalajes, etc. En la siguiente tabla recogemos las cantidades relativas al Servicio de Bibliotecas.
Inversiones del Patronato de Misiones Pedagógicas en Bibliotecas
50.000 Ptas.*
211.093,68 Ptas.
525.000 Ptas.
380.348,00 Ptas.
430.993,00 Ptas.
248.043,70 Ptas.
* El Decreto de 7 de agosto de 1931 le había asignado 100.000 pesetas pero se concedió la mitad pues la actividad ya sólo se pudo realizar unos meses.
Hasta el 31 de diciembre de 1933 el Patronato de Misiones Pedagógicas había visitado unos 300 pueblos y había repartido 3.506 lotes de libros, unos 350.600 ejemplares. El cambio del gobierno en el segundo bienio significó una reducción de las cantidades destinadas al Patronato para los años 1935 y 1936, sin embargo, se llegaron a crear 5.446 bibliotecas22 hasta el 30 de junio de 1936. Por la existencia del folleto con las Reglas para la concesión y funcionamiento de las bibliotecas23 sabemos que se iniciaban con unos 100 volúmenes enviados en una caja, que con tenía también hojas de papel para forrar los libros, talonarios para el préstamo y para llevar la estadística de lectores, así como marca páginas impresos con sencillas indicaciones para el cuidado y conservación de los libros24.
Las bibliotecas iban destinadas a las localidades más necesitadas y con menos de 5.000 habitantes, siendo entregadas incluso a pueblos que no llegaban a 50 vecinos. El intento de un reparto equilibrado de los lotes no fue posible por la distinta densidad de población (por ejemplo, 35 de los 78 municipios asturianos no llegaban a los 5.000 habitantes, según el censo de 1930) y porque se enviaban previa petición (a fines de 1935 había 3.000 solicitadas). Estas circunstancias explican, según Martínez Rus25, la diversa distribución por provincias, siendo las más favorecidas, en el periodo 1931-1934, Asturias, León, Pontevedra, Huesca, Soria y Salamanca, pues recibieron más de 150 bibliotecas y las que menos Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Guipúzcoa y Álava, que recibieron entre 15 y 26, o Ciudad Real, Córdoba y Huelva, que no llegaron a 40 bibliotecas26.
Estas bibliotecas de Misiones también debían ser atendidas por los maestros, que además se encargaban del catálogo, de registrar las entradas y salidas de los libros así como los ingresos y gastos, de informar a final de año al Consejo Escolar de los movimientos y de elevar el informe al Patronato de Misiones Pedagógicas. El Consejo local de Primera Enseñanza administraba las bibliotecas, aprobaba el presupuesto, redactaba el reglamento, organizaba lecturas públicas, conferencias sobre el libro, fiestas y colectas en beneficio de la biblioteca, proponía al Inspector de Primera Enseñanza la adquisición de obras para que dictaminara y enviara el informe al propio Consejo y a la Dirección General de Primera Enseñanza. Los Inspectores quedaban también obligados a consignar en sus visitas escolares la impresión sobre la biblioteca.
Otras actuaciones del Patronato de Misiones Pedagógicas como las charlas, el cine, el teatro o el coro se realizaban generalmente en una sola ocasión, sin embargo, las bibliotecas continuaban beneficiando al pueblo después de la marcha de los misioneros y otras muchas bibliotecas fueron a localidades no visitadas, queriendo con ello la República sembrar de libros y bibliotecas a España para que se beneficiaran aquellos "que ahora no van ni irán ya a la escuela"27. El gobierno era consciente de que el analfabetismo era la mayor lacra pues, según el censo de población de 1930, en esa situación se encontraba el 43%, elevándose al 48% si hablamos de mujeres. El Patronato entendía la concesión de una biblioteca como el punto de partida al que seguirían nuevos envíos y si la biblioteca no funcionaba correctamente, éste podía retirarla y enviarla a otra escuela.
En cuanto a la inspección de estas bibliotecas de Misiones en algunas zonas de España es mejor conocida, por ejemplo, el caso de Valencia gracias a la labor que llevó a cabo María Moliner, quien visitó, entre 1935 y 1936, las 118 bibliotecas, planteando, en algunos casos, retirar o cambiar la ubicación, tal es el caso de la ubicada en Benisano, que el Ayuntamiento no atendía convenientemente, si bien había hecho varios préstamos de libros a los niños de la escuela28.
El interés de la República por la cultura general le llevó a crear, por Decreto de 16 de febrero de 1937, el Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico a cuya Sección de Bibliotecas, presidida por Tomás Navarro Tomás, pasó a corresponder la creación y organización de todas las del Estado y, entre ellas las escolares, además de las creadas por el Patronato de Misiones Pedagógicas, pues el mencionado Consejo debía "realizar su engranaje en la organización unificada de todas las bibliotecas públicas"29. Todos los libros que estaban en el depósito del Patronato pasaron a la Oficina de Adquisición de Libros y la Sección de Bibliotecas se dividió en varias subsecciones, siendo María Moliner la responsable de la de bibliotecas escolares.
La intención del gobierno de la República de facilitar la creación y dotación de bibliotecas, a pesar de estar en guerra, le llevó a imprimir instrucciones e impresos para solicitar diferentes tipos de bibliotecas: municipales, rurales (para poblaciones de menos de 1.000 habitantes), escolares o mixtas (escolar y popular o rural, destinadas al uso de todo el vecindario)30. Para adjudicar una biblioteca escolar el maestro debía presentar la solicitud al Presidente de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, avalada e informada por el Inspector de Primera Enseñanza. En el impreso se preguntaba por el número de escuelas que había en la localidad; si la escuela solicitante era unitaria o graduada, de niños o de niñas; si tenía local y mobiliario especial para bibliotecas; siendo obligatorio que la escuela dispusiera del armario estantería, etc. Este impreso servía también para solicitar una biblioteca mixta, en el caso de que la escuela estuviera en una localidad cuya población no excediera de 1.000 habitantes. En este caso la biblioteca debía ser solicitada, además de por el maestro, por dos vecinos, especificando cuál de los tres asumiría las funciones de bibliotecario para llevar el servicio de préstamo. Si se pedía una biblioteca mixta la instancia requería además el visto bueno del Presidente del Consejo Municipal y el del Consejero de Cultura. Entendemos que por primera vez se da entidad propia a la "biblioteca escolar", al tiempo que se reconoce que según el número de habitantes de la población, éstas estaban y continuarían unidas a las bibliotecas populares o rurales. En el Proyecto de bases de un plan de organización general de bibliotecas del estado, redactado por María Moliner y asumido por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se planteaba que las bibliotecas escolares fuesen de uso exclusivo de la escuela. Si por el escaso número de habitantes tuvieran que estar unidas a las rurales, señalaba que lo estuvieran "en forma tal que sea siempre posible volver a separar ambos tipos de biblioteca si un cambio de maestro o cualquier otra circunstancia lo aconsejase así"31.
LA SELECCIÓN DE LOS FONDOS BIBLIOGRÁFICOS
En 1909 la Junta Facultativa de Archivos, Bibliotecas y Museos fue encargada de elegir las obras destinadas a las bibliotecas de las escuelas de instrucción primaria como ya adelantamos. Este organismo tenía una cierta dificultad para elegir obras adecuadas pues el gobierno central sólo podía adquirir para las bibliotecas públicas existentes, con las disposiciones que regían hasta entonces, obras que las Reales Academias hubiesen declarado de relevante mérito32, por eso, el Real Decreto de 30 de abril de ese año, al que ya nos hemos referido, indicaba nuevas vías para adquirir obras destinadas a la "vulgarización de los conocimientos en escuelas de primera enseñanza, en Círculos obreros y Sociedades agrícolas, mercantiles e industriales", ya que entendía que para estas bibliotecas se requería, en primer término, obras elementales de carácter didáctico, atendiendo a la parte práctica y de utilidad inmediata y dejando "el campo de las especulaciones científicas a los hombres dedicados a estudios superiores". Las Reales Academias, lógicamente, daban el visto bueno preferentemente a obras de envergadura científica y no a las de divulgación. La declaración "de mérito y utilidad para la enseñanza" también era concedida el Consejo de Instrucción Pública. Los autores solicitaban esa declaración bien para alegar su concesión como mérito en su carrera o "para resarcirse de los gastos editoriales con la subvención del Estado", como reconoce el Real Decreto de 13 de mayo de 1910, por lo que no se podían adquirir otras obras más pertinentes. Las quejas recibidas por lo poco adecuadas que eran las seleccionadas para las bibliotecas de las escuelas primarias y para el resto de las populares provocó que ese año el gobierno aprobara la adquisición de obras nacionales y extranjeras "oyendo a la Junta facultativa de Archivos, Bibliotecas y Museos, al Consejo de Instrucción Pública o a una de las Reales Académicas".
Un par de años más tarde, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes pidió al Museo Pedagógico Nacional un informe acerca de los fondos apropiados, con motivo de la creación de bibliotecas circulantes con destino a las escuelas. Esta opción también provocó críticas "porque en algunos sectores pacatos se desató una campaña en contra, denunciando que la lectura de algunas obras podía perjudicar moralmente a los niños"33. El Museo elaboró varios catálogos con obras adecuadas para maestros y para niños que fue actualizando en varias ocasiones34.
En el caso de las bibliotecas circulantes para niños las obras recomendadas por el Museo en 1931 estaban agrupadas en dos secciones: una para la primera infancia, en la que básicamente recomendaba cuentos tanto clásicos como los publicados en la época así como adaptaciones de obras maestras de la literatura, y otra para la segunda infancia en la que había obras de literatura, geografía, enciclopedias, etc. todas ellas agrupadas por empresas editoriales. En el caso de las bibliotecas ubicadas en grupos escolares, las obras recomendadas se repartían en dos apartados, uno con las apropiadas para los niños y otro para los maestros.
Una tercera institución, el Patronato de Misiones Pedagógicas, también fue encargada de facilitar a los organismos provinciales y locales comprometidos con la difusión de las bibliotecas populares listas de obras recomendables35.
Simultáneamente a la acción de estos órganos, varios pedagogos ayudaron en la recomendación de obras adecuadas, por ejemplo, Lorenzo Luzuriaga, quien en el folleto Bibliotecas escolares36 relaciona obras agrupándolas por editoriales y tipos.
Asimismo, el gobierno republicano reorganizó el Consejo de Instrucción Pública, en mayo de 1931, y lo transformó en Consejo Nacional de Cultura, el 27 de agosto de 1932. Este Consejo, presidido por Miguel de Unamuno, reconoció en uno de los primeros plenos, el del 22 de septiembre de 1932, que no había biblioteca en el Ministerio ni en el propio Consejo, pues los fondos de ambas habían sido utilizados para dotar las bibliotecas populares y escolares creadas hasta entonces. Para remediar esta carencia pidió a todos los jefes de establecimientos docentes que enviaran al Ministerio dos ejemplares de cada uno de los libros que estuvieran utilizando como texto y que al publicarse una obra se remitiera también un ejemplar, tal y como se hacía a la Biblioteca Nacional.
Este Consejo Nacional de Cultura mantuvo entre sus funciones las siguientes: la "selección y aprobación de las obras que hayan de utilizarse como textos, así de lectura como de estudio, en los centros de enseñanza" (art. 2g), la declaración de texto útil para los establecimientos de enseñanza, la declaración de obra de mérito para el autor y la declaración o denegación de obras de utilidad. Los Consejeros comenzaron seleccionando entre las obras ya existentes que, en caso de ser aprobadas, lo serían por 10 años. Lorenzo Luzuriaga, que en esos primeros meses estaba al cargo de la Sección Primera que se ocupaba de la enseñanza primaria, cuenta que tuvieron que ordenar y estudiar cientos de obras37. La intención era la de publicar anualmente una relación en el Boletín Oficial del Ministerio, sin embargo, sólo llegaron a publicarse tres listas de libros aprobados durante el quinquenio republicano, siendo Ministro, en los dos mandatos, Filiberto Villalobos: dos el 17 de mayo 1934 y una refundiendo ambas e incorporando obras nuevas, el 5 de febrero de 193638. Al hacer pública la segunda orden del 17 de mayo de 1934 se informaba a los autores y editores que habían presentado libros a evaluación que si no figuraban en una de las dos listas debían tener sus obras "por no autorizadas para su uso en las Escuelas y, por tanto, no puedan emplearse en los términos y plazos señalados" (art. 4º). Los libros aprobados en 1936 estaban agrupados en función del destino prioritario en "libros de estudio y lectura para uso de las Escuelas públicas nacionales", "libros para uso de las bibliotecas escolares" y "libros guía del maestro para la práctica escolar".
El Consejo Nacional de Cultura autorizó para uso en las bibliotecas escolares 85 y 41 obras respectivamente, en las dos listas de 1934, y 40 en la de 1936 (estos datos los hemos obtenido cotejando una a una las dos primeras relaciones con la de 1936). En las listas había clásicos de la literatura y obras antiguas y nuevas de autores españoles citados con títulos incompletos o equívocos, con apellidos erróneos, atribuyéndolas en algunos casos a las editoriales, en otros a los traductores, lo que nos ha dificultado el recuento y el tener la certeza de que en total fueran 166 las obras aprobadas para bibliotecas.
Simultáneamente se publicaban en la Gaceta de Madrid la respuesta a las solicitudes individuales. Autores y editores dirigían sus instancias pidiendo diversas cosas. Un ejemplo de petición de declaración de utilidad de la obra para "Bibliotecas de las clases de adultos, Escuelas primarias, misiones pedagógicas, etc.", hecha por León Hergueta, fue resuelta favorablemente en los siguientes términos "útil y recomendable para las bibliotecas de las Escuelas primarias -de niñas sobre todo- y para las clases de adultos"39. En el caso de denegar la declaración de utilidad, el dictamen solía reconocer que el autor había realizado una labor meritoria pero que ésta no era suficiente para que la obra fuera declarada de utilidad, y, por tanto, adquirida oficialmente para las escuelas. En algunos casos aún no consiguiendo la declaración se permitía su uso en las escuelas40.
Los fondos de las bibliotecas escolares deberían, pues, haberse nutrido con las obras aprobadas para ese uso, sin embargo, los libros que llenaban las estanterías tuvieron un origen variopinto, pues podían haber llegado bien por donativo de particulares o de instituciones o bien comprados por el maestro con el presupuesto escolar para uso propio o de los escolares.
INICIATIVAS DE LOS MAESTROS PARA CREAR Y DOTAR BIBLIOTECAS ESCOLARES
En las escuelas hubo más bibliotecas que las creadas a partir de las decisiones estatales, siendo muchos los maestros que, con voluntad e ingenio, iniciaron modestas bibliotecas escolares. En efecto, la escasa dotación oficial de libros fue complementada con las iniciativas personales de los maestros, que estaban obligados a destinar una parte de sus ingresos a adquirir varios ejemplares de la misma obra para la instrucción, iniciándose, por esta vía, una pequeña colección que, en algunos casos, fue complementada con aportaciones diversas: obras propiedad de los niños, de los vecinos o las particulares de los maestros.
Cómo allegar fondos a las incipientes bibliotecas fue un problema que los maestros intentaron resolver por diversas vías, siendo frecuente la petición a las editoriales de donaciones. La insistencia y reiteración de estas demandas llevó, por ejemplo, a la Revista de Pedagogía a publicar su negativa a regalar libros de su fondo editorial, pues la gratuidad del libro contribuía en gran parte a su desvalorización al no apreciarse aquello que no costaba dinero, sostenía la editorial. En su intento de ensalzar el libro y terminar con esa práctica argumentaba que:
"Es una labor benemérita fundar bibliotecas, difundir la lectura, cierto; pero aun lo es más cuando a la vez se buscan recursos para ello. Además con esas peticiones se corre el grave riesgo de que el donante se desprenda de sus obras peores, de aquellas que tiene arrinconadas y sin saber qué hacer de ellas, y esas obras van después a parar a las bibliotecas, rebajando su calidad y ahuyentando a los lectores.
Por todo esto recomendamos a nuestros amigos que no empleen el procedimiento aludido. Si la gente compra el pan, y el vestido, y el billete del espectáculo también puede hacerlo con los libros. De otro modo, repetimos, no se logrará el aprecio del público por éstos."41.
Ejemplificamos a continuación otras experiencias de formación de bibliotecas escolares, la organización y funcionamiento que los maestros les dieron y las diversas estrategias que utilizaron para allegar fondos. Como Cataluña y Asturias han destacado por su labor bibliotecaria desde el siglo XIX -así lo señalan estudiosos de la lectura, del libro y de las bibliotecas como Luis García Ejarque, Ana Martínez Rus o Hipólito Escolar, entre otros- elegimos esta última para entresacar ejemplos de puesta en marcha de biblioteca escolar en diferentes tipos de escuela (unitaria, graduada y la aneja a la Escuela Normal de Oviedo) durante el primer tercio del siglo XX.
Un primer caso es el del maestro Pablo Miaja quien refiere, con la finalidad de que otros maestros se animaran, cómo organizó en 1915 una biblioteca en su escuela. Constataba que, en relación a la biblioteca escolar circulante, los tratados de pedagogía "hablan de lo que debe ser, no de lo que puede ser"42 y que en las escuelas que visitó no encontró ninguna. Da consejos para formar una biblioteca partiendo de escasos recursos. Él comenzó cediendo libros de su propiedad, eligiendo los más apropiados, incorporando los que a veces recibía de muestra por parte de editoriales o los que regalaban con la suscripción a determinadas revistas, tales como La Escuela Moderna, mecanismo éste por el que logró 11 obras editadas por la casa Perlado que se añadieron a las 18 que él prestó. Este procedimiento tenía, a su juicio, dos grandes ventajas: no gravaba el presupuesto escolar y, al ser los libros propiedad del maestro, la biblioteca le acompañaba en cada cambio de escuela, sin necesidad de partir de cero en cada ocasión. En su escuela había 50 alumnos, pero en condiciones de leerlos sólo estaban 16. Durante los seis meses de funcionamiento de esta biblioteca a los que hace referencia "el que menos, leyó tres y el que más llegó a 16 libros". Quería despertar "el gusto por la lectura" haciendo ver al niño libros diferentes y variados con el fin de que se percatara de que no todos los libros "son tan pesados cual los que tratan de las distintas materias del programa escolar, ni tan ñoños como la mayoría de los que se ponen en sus manos para los ejercicios de lectura".
Este maestro continuó promocionando la creación de bibliotecas y, en 1934, estando en el Grupo Escolar del Cuarto Distrito de Oviedo puso en circulación entre sus alumnos del sexto grado sus libros junto con los de ellos (250 obras en total)43. Por imitación también los grados cuarto y quinto de la misma escuela pusieron en común 80 y 180 volúmenes respectivamente. Los niños sostenían la biblioteca con una cuota de 10 céntimos de peseta semanales y para la buena marcha crearon una Junta directiva infantil encargada del registro de entradas y salidas de libros, que se hacían los jueves y los sábados después de terminar la clase. Además, establecieron una biblioteca con sección fija y circulante para ex-alumnos que abría los domingos por la mañana. A ésta llegó un lote de los enviados por el Patronato de Misiones Pedagógicas. La idea y entusiasmo de este maestro contagió a otros.
Biblioteca escolar del Cuarto Distrito de Oviedo en 1934
De otra experiencia de biblioteca escolar circulante en un pueblo rural asturiano tenemos noticia al ser seleccionada en el VII Concurso de la Revista de Pedagogía para su publicación. Para fomentar el hábito de lectura en los 150 niños y niñas que acudían a la escuela de Piloñeta (Nava), el maestro formó también una biblioteca con los libros de su propiedad, en 1932. Nos cuenta cómo los escolares podían acceder sin ninguna contrapartida económica pues,
"pensamos en aquellos niños, en ocasiones los más inteligentes, que tuvieron la desgracia de nacer de padres totalmente despreocupados del porvenir de sus hijos, los cuales no les permitirían ningún desembolso; y en aquellos otros cuyos medios económicos son tan exiguos que no les bastan, no diré a llenarles el estómago porque no lo sé aunque me lo figure, pero que desde luego no llega para vestirlos ni calzarlos."44
Tras haber experimentado la escasez de obras, este maestro proponía establecer el intercambio de libros con otras escuelas de la zona para tener obras nuevas, dando un nuevo matiz a lo que era una "biblioteca escolar circulante". Relata que del apuro por falta de obras los sacó el centenar de volúmenes que les envió el Patronato de Misiones Pedagógicas, que el índice de lectura creció tras haberlo recibido y que los niños preferían leer las obras recomendadas por sus compañeros, no encontrando explicación al poco éxito de algunos destinados especialmente a ellos, como Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrié, enviado por el Patronato de Misiones Pedagógicas.
Una biblioteca escolar mejor dotada es la que funcionaba en la escuela graduada aneja a la Escuela Normal de Oviedo que comenzó a organizarse en 1917 con los libros donados por el director, Anacleto Moreno, y que para 1934 tenía ya 2.068 volúmenes que procedían del Ministerio de Instrucción Pública, de los recibidos algunos años con motivo de la Fiesta del Libro, de un pequeño aporte económico de la Diputación Provincial y de particulares como Valentín Pastor, antiguo Director de la Escuela Normal, el Rector de la Universidad, el Marqués de la Vega de Anzo, etc.45.
Un último ejemplo que aporta matices es la biblioteca del Grupo Escolar Altamira en Oviedo, que se creó con las aportaciones de los escolares y esta peculiaridad también se refleja en su funcionamiento. Baudilio Arce, maestro del cuarto grado y también Director, observó la afición de los niños a la lectura de periódicos infantiles y a su intercambio, así que les animó para que aportaran sus cuentos y periódicos al grupo, pasando a ser propiedad de "todos". Así se inició en 1926 esta biblioteca a la que Rafael Altamira, tiempo después, donó -pues la escuela llevaba su nombre- algunos libros para los niños y varios para los maestros, siendo también incrementada con uno de los lotes del Patronato de Misiones Pedagógicas. Esta biblioteca introdujo una novedad en la gestión pues nadie hacía de bibliotecario sino que cada niño anotaba en la ficha que estaba dentro del libro su nombre y la dejaba en el fichero, una vez leído, añadiendo la letra "D" de devuelto. "Esta libertad en el uso de la biblioteca es un exponente moral admirable de la escuela y del niño que en ella desenvuelve su labor"46. Al igual que las anteriores también dio lugar al préstamo a antiguos alumnos y a sus familiares. Para atender este servicio acudían los miércoles y los sábados por la tarde el Director y un antiguo alumno que hacía de bibliotecario.
Como acabamos de describir, son varias las bibliotecas que tras unos primeros pasos diversos incrementaron su fondo con los lotes preparados por el Patronato de Misiones Pedagógicas. En las memorias de este organismo se dice que las obras elegidas eran lo suficientemente sencillas para que los lectores, que no estaban familiarizados con la lectura individual, las comprendiesen y que su contenido "ayudase a la elevación espiritual". Los adultos se inclinaban preferentemente por la novela y en el caso de los lectores infantiles, objeto de este estudio, señalan que preferían las obras clásicas como las de Perrault, Grimm, Andersen, Hoffmann, Swift, Poe, Verne, Kiplying, Las mil y una noches,… o las biográfícas sobre Alejandro Magno, Gonzalo de Córdova, Cervantes, Napoleón, Franklin, Stephenson, Livingstone, entre otros, destacando la lectura de la vida de Miguel Servet.
INCAUTACIÓN, EXPURGO Y DESTRUCCIÓN DE BIBLIOTECAS ESCOLARES DURANTE LA GUERRA CIVIL
En medio de la guerra se tomaron importantes decisiones en relación a cuáles eran las obras adecuadas para según qué biblioteca y no se olvidaron de las escolares. La Junta de Defensa ordenó, el 4 de septiembre de 1936, atacar directamente la labor que en este sentido había desarrollado el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y le acusaba de haber apoyado "la publicación de obras de carácter marxista o comunista; con las que ha organizado bibliotecas ambulantes y de las que ha inundado las Escuelas, a costa del Tesoro público, constituyendo una labor funesta para la educación de la niñez", así que entiende que "es un caso de salud pública hacer desaparecer todas esas publicaciones"47 que estaban en las bibliotecas de las escuelas. El Decreto del 13 de septiembre de 193648 había ilegalizado los partidos y agrupaciones políticas del Frente Popular, dando lugar a una abundante tarea depuradora de libros que también afectó a las bibliotecas escolares. La Guardia Civil, el Ayuntamiento, la Falange o la Inspección de Primera Enseñanza llevaron a cabo la incautación, prolongándose la aplicación de esta medida hasta mediados de 1938. En cada Distrito Universitario se constituyó una Comisión Depuradora de Bibliotecas de todas "las bibliotecas públicas, populares, escolares y salas de lectura establecidas en casinos, sociedades recreativas, colegios, academias, en general, en cuantos Centros existan poseedores de bibliotecas o libros al servicio de cualquier clase de lectores"49.
La labor de estas comisiones depuradoras varió según las provincias y, en relación a las bibliotecas escolares, cabe destacar los trabajos de las Comisiones de los Distritos universitarios de Granada, Salamanca y Valladolid por referirse expresamente a ellas50. Los criterios utilizados por cada uno de estos organismos censores fueron tan diferentes que plantearon problemas al final de su actuación, pues, por exceso de celo, se daban casos de obras prohibidas en unos distritos y no en otros. Así, en Palencia, la Comisión Depuradora de Bibliotecas había prohibido los libros escolares editados por la editorial zaragozana "La Educación", en cuyos fondos estaban publicadas las obras de Santiago Hernández Ruiz, maestro e Inspector de Primera Enseñanza. El editor, argumentando que en otros distritos no sucedía eso, preguntaba a la Comisión qué debía modificar para realizar nuevas tiradas. El autor, Santiago Hernández, acabó teniendo prohibidos en la lista general de agosto de 1938 cinco obras, pero el editor consiguió, modificándoles el título, suprimiendo la autoría y algunos párrafos, seguir publicando tres durante el franquismo51.
En el caso del Distrito Universitario de Oviedo, la actuación de la Comisión Depuradora de Bibliotecas, constituida el 30 de noviembre de 1937, fue singular por tres razones: empezó su tarea antes de estar constituida legalmente; parece ser que fue la más activa pues incautó unos 20.000 volúmenes hasta 1939, además de los depurados por las nueve juntas locales creadas para ayudar a la Provincial, puesto que Asturias tenía muchas bibliotecas populares, escolares y mixtas y, como cuenta el Bibliotecario, también tenían la misión de "reorganizar sus respectivas Bibliotecas y de abrirlas al servicio público tan pronto como las circunstancias lo permitan"52. La creación de estas Juntas locales en Avilés, Castropol, Gijón, La Felguera, Luarca, Llanes, Mieres, Sala y Villaviciosa, entre septiembre y octubre de 1938, es la tercera singularidad del Distrito ovetense53.
Para analizar y evaluar la depuración llevada a cabo durante la guerra hay que considerar la actuación previa de algunos Rectores y de estas Comisiones Depuradoras de Bibliotecas creadas antes de que Romualdo de Toledo, como Jefe del Servicio Nacional de Primera Enseñanza, ordenara, el 18 de agosto de 1938,
"a todos los Inspectores y Maestros de la España Nacional, para que con la mayor urgencia y antes de dar comienzo el nuevo curso escolar sean retirados de las escuelas públicas y privadas los libros que figuran en la adjunta relación que sólo por morbo­sa inercia podían figurar en las estanterías de las bibliotecas escolares, llamando la atención sobre la responsabilidad que habrían de contraer Inspectores y Maestros en el caso de no corregir inmediatamente estos he­chos; exhortando a coadyuvar en esta obra a las autoridades civiles y del Movimiento, así como a los padres de familia, más que nadie interesados en la formación religiosa y patriótica de los futuros españoles"54.
En Asturias, el Rector comenzó mandando retirar 24 libros en junio de 1937 y la Comisión Depuradora de Bibliotecas, a su vez, elaboró una lista también con 24 obras, de las cuales 20 coincidían55, por tanto, entre ambos prohibieron 28 obras (correspondientes a 24 autorías) hasta febrero de 1938. De éstas, una docena había sido aprobada por el Consejo de Instrucción Pública durante la República para uso en las Escuelas.
Creado el Ministerio de Educación Nacional, el 30 de enero de 1938, y a punto de comenzar el curso académico de 1938-39, se ordenó retirar urgentemente 60 obras pues eran "libros escritos con fines proselitistas doctrinalmente antipatrióticos y antirreligiosos, deficientes en el aspecto pedagógico o escritos por autores declaradamente enemigos del Glorioso Movimiento Nacional que actualmente ostentan car­gos y desempeñan funciones de confianza a las órdenes del soviet de Barcelona", decía en el preámbulo la citada orden de 18 de agosto de 1938. Diecisiete casas editoras se vieron afectadas y unos 32 autores56. De los 60 libros que debían retirar maestros e inspectores de las escuelas antes de comenzar el curso, 32 (correspondientes a 21 autorías) habían sido aprobados por el Consejo de Instrucción Pública para su uso escolar hasta 1936 y, de éstos, tres específicamente para usar en las bibliotecas escolares, el resto estaban en el mercado y podían haber llegado a los armarios bibliotecas por donativo particular, por haber sido adquiridos por el maestro entre los recomendados por el Museo Pedagógico Nacional o proceder de los lotes enviados por el Patronato de Misiones Pedagógicas. Las tres obras recomendadas para bibliotecas escolares que prohíbe son:
& HUERTA, Luis. El hacer escolar. Prácticas de dictado, redacción y estilo. Madrid, Juan Ortiz, editor, [1932], 187 + 2 pp. El título que se le da en la orden es "Dicción y redacción". Su prohibición no impidió que la viuda del editor volviera a solicitar su evaluación57, siendo nuevamente prohibida en 1942.
& RIOJA LO BIANCO, Enrique. Curiosos pobladores del mar. Madrid, Espasa Calpe, 1929, 94 pp. Esta obra se incluía en los lotes enviados por el Patronato de Misiones Pedagógicas. El editor solicitó nuevamente su evaluación omitiendo el nombre del autor y fue aprobada por la Sección Tercera del Consejo Nacional de Educación el 6 de mayo de 194358. Llegó a su séptima edición en 1962.
& ZULUETA, Antonio de. El mundo de los insectos. Madrid, Espasa Calpe, 1922, 94 pp. Esta obra, editada en 1925, 1928 y en 1932 (cuya cubierta reproducimos) lo fue también durante el franquismo -a pesar de esta primera prohibición- en 1940, 1944 y 1961.
En los lotes enviados por el Patronato de Misiones Pedagógicas había obras avaladas tanto por el Consejo Nacional de Cultura para uso en las escuelas y en las bibliotecas escolares como por el Museo Pedagógico Nacional o bien elegidas por los miembros del Patronato. Cualquiera que fuera su procedencia, todas fueron mandadas retirar en agosto de 1938 por el Jefe del Servicio Nacional de Primara Enseñanza, Romualdo de Toledo.
Un caso singular fue la obra del Director de la Oficina Internacional del Trabajo, Albert Thomas, Lecturas históricas. Historia anecdótica del trabajo, adaptada por Rodolfo Llopis, quien le incorporó tres capítulos. El libro, enviado por Misiones Pedagógicas, había sido aprobado en 1934 pero el editor zaragozano, Enrique González Villanueva, aprovechando el cambio de gobierno lo denunció. En el debate en las Cortes para aprobar el presupuesto de Instrucción Pública, los diputados de la Confederación Española de Derechas Autónomas denunciaron y cuestionaron la labor del Consejo Nacional de Cultura y, en relación a los libros, argumentaron lo sesgado de la selección usando el contenido de este de Thomas. El Diputado Romualdo de Toledo, ejemplificó con varios párrafos literales su falta de imparcialidad pues en las páginas 255 a 266 "se hace una exaltación clara del socialismo, del sindicalismo y del comunismo". El Ministro de Instrucción Pública, Joaquín Dualde, del Partido Liberal Demócrata, respondió que conocía el libro que "lo he leído y he de manifestar a S. S. que no me parece adecuado para la enseñanza, por lo cual lo retiraré"59. Las quejas dieron su fruto y esta obra, junto con la de Hillyer, Una historia del mundo para los niños, fueron prohibidas el 8 de julio de 1935, porque "están en contraposición con el espíritu de imparcialidad y abstención política que informa el criterio del Estado Español"60. No sabemos si llegaron a ser retiradas efectivamente de las escuelas y de las bibliotecas escolares pues, tras el triunfo del Frente Popular, fueron nuevamente aprobadas e incluso, tras la prohibición de 1938, la de Thomas seguía estando en los envíos que los maestros hacían a las Comisiones Depuradoras de Bibliotecas en cada Rectorado pues había sido profusamente distribuida desde el Patronato de Misiones Pedagógicas.
La incautación, el expurgo y la prohibición de libros junto con las destrucciones de escuelas provocadas por la guerra hicieron que muchas bibliotecas desaparecieran. En el caso asturiano, la documentación conservada acerca del estado en el que quedaron las bibliotecas donadas por el Patronato de Misiones Pedagógicas nos informa de lo siguiente: 20 fueron totalmente destruidas; 29 en parte (entre ellas la descrita de Piloñeta), 6 quedaron en buen estado y de 64 no se sabía, en 1940, en qué situación estaban61. Estos datos no son exhaustivos pues fue mayor el número de bibliotecas, faltando referencias de muchas de ellas62.
La noticia de la destrucción de las bibliotecas traspasó nuestras fronteras y organismos internacionales como la Oficina Internacional de Educación, presidida por Jean Piaget, contribuyó a "la reconstrucción de las bibliotecas pedagógicas destruidas"63 enviando, en marzo de 1939, a la sede del Ministerio de Educación Nacional en Vitoria, una caja con cerca de 350 volúmenes correspondientes a cinco colecciones. Piaget también informaba y pedía al Ministro que enviara su representación para la reunión del Comité Ejecutivo que un mes después trataría específicamente de las "bibliotecas escolares y de la educación física".
LOS CONTINUOS COMIENZOS DE LAS BIBLIOTECAS ESCOLARES
Hemos utilizado la expresión "biblioteca escolar" para referirnos a todos los libros ubicados en las escuelas de enseñanza primaria y hemos intentado determinar sus fondos con la intención de conocer si hubo dotación real de libros para los escolares y no sólo para los adultos (bibliotecas populares, rurales o mixtas) y en qué grado la incautación y el expurgo llevados a cabo por los vencedores en la Guerra Civil truncó el breve impulso dado por el gobierno republicano a las bibliotecas escolares. Por otra parte, si cualquier biblioteca supone una sucesión de esfuerzos en el tiempo, una reunión de libros ordenados, la elaboración de un catálogo, de las fichas de referencia para poder localizar el libro, etc. esto no ha sido así en el caso de las bibliotecas escolares. Los trabajos del "maestro-bibliotecario" no han permanecido (catálogos, tejuelos y fichas manuscritas o impresas), ni los fondos, ni el orden de los mismos, ni el tipo de destinatarios. Lo sucedido durante la guerra (destrucción, expurgo y prohibición de obras) ha impedido continuar construyendo sobre los logros alcanzados y ha obligado a partir de cero y a que aún hoy sea necesario definir el modelo de biblioteca escolar y plantear planes especiales para conseguirlas64, de ahí que suscribamos la afirmación del experto en bibliotecas Ramón Salaberría: "el siglo XX en España se inicia solicitando bibliotecas en las escuelas y finaliza solicitando bibliotecas en las escuelas"65.
1 Palabras de Mª José Jerez Amador de los Ríos en Seminario hispano-británico sobre bibliotecas escolares 24-25 de abril de 1989, Madrid, Ministerio de Cultura, 1990, p. 9.
2 Véanse BERNAL, Francisco J., "Vacío historiográfico español en las relaciones Educación y Biblioteca", en Educación y biblioteca, Madrid, (junio 1990), nº 8, p. I; GARCÍA EJARQUE, Luis, Historia de la lectura pública en España, Gijón, Trea, 2000. Incluso hoy siguen sin estar contempladas en los estudios estadísticos de bibliotecas que bianualmente lleva a cabo el Instituto Nacional de Estadística.
3 Véase la obra de Gil de Zárate, De la instrucción pública en España, Oviedo, Pentalfa, 1995, v. I, p. 363-364 (Edición facsímil de la publicada en 1885). Gil de Zárate, Director General de Instrucción Pública, conocía el deficiente estado de la mayoría de las bibliotecas públicas provinciales pues había llevado a cabo una encuesta en 1844 sobre el estado de la enseñanza y de las bibliotecas, pero la escasa respuesta obtenida provocó que en marzo de 1851 repitiera la consulta pidiendo la información a través de un cuestionario con 15 preguntas para conocer la situación real de las existentes en cada provincia.
4 Véase el estado de la cuestión en su artículo "Olvidado debate político, pedagógico y biblioteconomía. Las primera bibliotecas en las escuelas (la creación de bibliotecas populares en las escuelas españolas entre 1847-1869)", en Educación y biblioteca, Madrid nº 2 (1990), p. II-XVI.
5 Así comienza la "Memoria sobre las bibliotecas populares, presentada al Excmo. Sr. D. José Echegaray, Ministro de Fomento por Don Felipe Picatoste" en Gaceta de Madrid de 7 de julio de 1870, p. 4. Ésta se publicó por entregas en la Gaceta de Madrid desde el citado día hasta el 22 de julio.
6 Artículo 2º del Decreto de 18 de enero de 1869, Gaceta de Madrid del 23 de enero de 1869, p. 2. Estos diseños arquitectónicos no llegaron a ser aprobados oficialmente y habrá que esperar hasta 1905 para que el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes facilite una colección de planos para construir escuelas y, en ellos se incluyó una sala específica para biblioteca. Véase en MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES, Subvenciones para la construcción de edificios escolares, Madrid, Imprenta de la Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico, 1909, el apartado "V Locales de la Instrucción técnico-higiénica relativa a la construcción de Escuelas de 28 de abril de 1905". Sin embargo continuó habiendo muchas escuelas sin esa dependencia, así que el Decreto de 7 de agosto de 1931 incidió en que se instalaran, a ser posible, en una sala especial y con mobiliario adecuado, incluyéndose a partir de entonces el armario-biblioteca entre el mobiliario escolar obligatorio.
7 A Asturias llegaron durante estos años 24 bibliotecas, pero dos se instalaron en otro tipo de centros: el Instituto de Tapia de Casariego y el Casino Obrero de Langreo, según MATO DÍAZ, Ángel, La Atenas del Norte. Ateneos, sociedades culturales y bibliotecas populares en Asturias (1876-1937), Oviedo, KRK Ediciones, 2008, p. 198. La documentación sobre las Bibliotecas entre 1869-1922 se encuentra en Alcalá de Henares en el Archivo General de la Administración (A.G.A. en adelante) Legajos 6.451 a 6.486 (Cajas 6.624 a 6.656).
8 Sin embargo, en algunas regiones muchas de estas bibliotecas populares enviadas desde los Ministerios de Fomento y de Instrucción Pública entre 1875 y 1928, fueron instaladas en las escuelas primarias, tal es el caso de Asturias donde 60 de las 211 concedidas, el 28,5%, se puso a disposición de la población en las escuelas primarias. Véase, pp. 198-199 de op. cit. de MATO DÍAZ.
9 VIÑAO FRAGO, Antonio, "A la cultura por la lectura. Las bibliotecas populares (1869-1885)" en Guereña, Jean-Louis y TIANA, Alejandro, Coloquio Hispano-francés (Casa de Velázquez, Madrid, 15-17 junio de 1987), Madrid, UNED, 1989, p. 307.
10 Véase Gaceta de Madrid, nº 121 (1 de mayo de 1909), pp. 1070-1971. La dotación iba destinada además de a las bibliotecas instaladas en las escuelas a otros tres tipos: a) para sociedades de obreros, artesanos o dependientes de industrias o comercio; b) para Ateneos y Círculos que dieran enseñanzas reconocidas por el Gobierno y c) para asociaciones industriales, mercantiles y agrícolas que se relacionaran de cualquier modo con la instrucción de sus miembros. Estas sociedades debían llevar funcionando cuatro años y ofrecer garantías de permanencia para poder solicitar obras, a través de los Rectorados, para crear sus bibliotecas. Un año más tarde desaparece este requisito al entender que las asociaciones con fin educativo y cultural de reciente creación "son las más necesitadas de la protección del Estado, que debe auxiliarlas con más eficacia, si cabe, que aquellas otras de larga vida y con recursos suficientes para proporcionarse los medios de desenvolvimiento", pues se insiste en que cada institución "tenga una biblioteca adecuada a su carácter peculiar", véase el Decreto de 13 de mayo de 1910, en Gaceta de Madrid, nº 134 (14 de mayo de 1910).
11 Real Orden de 28 de septiembre de 1910, Gaceta de Madrid, nº 273 (30 de septiembre de 1910), p. 874.
12 Véase la exposición del Ministro, Santiago Alba, en el citado Real Decreto en la Gaceta de Madrid, nº 329 (24 de noviembre de 1912), p. 511.
13 Reales Órdenes de 5 de diciembre de 1912 y de 17 de marzo de 1913 publicadas en el Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes nº 99 y nº 24 respectivamente.
14 Véase EMA FERNÁNDEZ, Javier, "La biblioteca circulante de la inspección de primera enseñanza en Navarra (1921-1931), en TK, Pamplona, nº 19 (2007), pp. 79-101.
15 Artículos 9.6 y 19.13 del Decreto de 5 de mayo de 1913, Gaceta de Madrid, nº 44 (13 de febrero de 1922), pp. 674-676.
16 Real Orden de 4 de febrero de 1922, Gaceta de Madrid, nº 44 (13 de febrero de 1922), pp. 674-676.
17 Véase a título de ejemplo, las reales órdenes de 11 de agosto de 1923 Gaceta de Madrid, nº 250 previa a la Dictadura de Primo de Rivera, de 7 de septiembre de 1923 y especialmente la de 7 de junio de 1929, dotando a 35 escuelas nacionales o grupos escolares de bibliotecas permanentes, en Gaceta de Madrid, nº 165 (14 de junio de 1929) p. 1.552.
18 Gaceta de Madrid, nº 220, (8 de agosto de 1931) p. 1.064.
19 Decreto del 22 de agosto de 1931, en Gaceta de Madrid, nº 235, (23 de agosto de 1931) p. 1.418-1.419.
20 El Patronato de Misiones Pedagógicas y la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para bibliotecas públicas fueron creados por sendos Decretos de 29 de mayo de 1931 y de 21 de noviembre de 1931.
21 Véase Misiones Pedagógicas. Septiembre de 1931 - Diciembre de 1933, Madrid, El Museo Universal, 1992, p. 148.
22 Dato tomado de MARTÍNEZ RUS, Ana, La política del libro durante la Segunda República: socialización de la lectura, Gijón, Trea, 2003, p. 37, quien dice tomarlo de la caja 162, expediente 287 del Archivo de la Junta para Ampliación de Estudios.
23 P. 187 GARCÍA EJARQUE, Luis, Historia de la lectura pública en España, Gijón, Trea, 2000. Dice que la cubierta hace de portada con el siguiente texto: Patronato de Misiones Pedagógicas. Paseo de la Castellana, 71. Teléfono 40204. Madrid. Madrid, S. Aguirre, imp., s.a.
24 No se conservan apenas listas de las obras enviadas por el Patronato de Misiones Pedagógicas. En el Centro de Documentación de la Residencia de Estudiantes, nos han facilitado 4 relaciones: tres que recogen los recibidos en otras tantas escuelas y una con membrete "MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA. PATRONATO DE MISIONES PEDAGÓGICAS. CASTELLANA, 71. MADRID", la "LISTA DE LAS OBRAS QUE COMPONEN LA BIBLIOTECA (TIPO "Z") con 100 obras. En el A.G.A. se conserva documentación por rectorados de la actuación de las Comisiones Depuradoras de Bibliotecas durante la Guerra Civil, con la que se puede conocer parcialmente el contenido de los lotes en el Leg. 13.128/4, caja 4.755.
25 Op. Cit, nota 22, p. 37.
26 Las colonias españolas de África también se beneficiaron con 7, así como San Julián de Loria en la República de Andorra que recibió otra.
27 P. XIV de Patronato de Misiones Pedagógicas. Septiembre de 1931 diciembre de 1933. op. cit.
28 Un fragmento de los apuntes de María Moliner sobre las bibliotecas de Misiones y cuatro fichas con los comentarios de las visitas de inspección están reproducidas en Las Misiones Pedagógicas 1931-1936. s. l., Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales / Residencia de Estudiantes, 2006, p. 318-323. María Moliner, buena conocedora del panorama bibliotecario de aquellos años, propuso una reorganización no sólo de las bibliotecas de Misiones sino también de todas las del estado. Véase MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA. OFICINA DE ADQUISICIÓN DE LIBROS Y INTERCAMBIO INTERNACIONAL, Proyecto de bases de un plan de organización general de bibliotecas del estad, Valencia, 1939. También en la Memoria de actividades del Patronato de Misiones Pedagógicas de 1934 se recogen los informes de las visitadas por Juan Vicens de la Llave quien pertenecía al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y en esos momentos era Inspector de bibliotecas públicas municipales de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros. En esta Memoria hay datos de algunas bibliotecas de Misiones de las provincias de Albacete, Asturias, Ávila, Badajoz, Cáceres, León, Lugo, Murcia, Orense, Teruel. Asimismo, en Biblioteca en guerra, Madrid, Biblioteca Nacional, 2005, se recogen extractos de las visitas de ambos bibliotecarios en pp. 119-137.
29 Preámbulo de la Orden 28 de mayo de 1937, en Gaceta de la República, nº 152 (1 de junio de 1937) p. 1.030. El Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico había sido creado por Decreto de 16 de febrero de 1937, en Gaceta de la República, nº 48 (17 de febrero de 1937) p. 847-848. Parece ser que la Sección de Bibliotecas del citado Consejo destinó cerca de siete millones de pesetas a la compra de libros y distribuyó 283 bibliotecas escolares, rurales y municipales entre marzo de 1937 y abril de 1938, según datos de BOZA PUERTA, Mariano y SÁNCHEZ HERRADOR, Miguel, "El martirio de los libros: una aproximación a la destrucción bibliográfica durante la Guerra Civil", en Boletín de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios, Málaga, nº 86-87 (enero-junio 2007), p. 89.
30 Dichos impresos se conservan en el Leg. 13.054-4, caja 4.656 del A.G.A.
31 Véase en la p.12 del apéndice documental 2 el facsímil del Proyecto de bases de un plan de organización general de bibliotecas del estado en FAUS SEVILLA, Pilar, La lectura pública en España y el Plan de bibliotecas de María Moliner, Madrid, ANABAD, 1990.
32 Así lo determinaban los Reales Decretos de 29 de agosto de 1895, 23 de junio de 1899 y 1 de junio de 1900.
33 P. 568 ESCOLAR, Hipólito. "Las bibliotecas en la edad Contemporánea", en ESCOLAR, Hipólito (Dir.), Historia ilustrada del libro español. La edición moderna. Siglos XIX y XX,Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez - Pirámide, 1996.
34 Véanse: MUSEO PEDAGÓGICO NACIONAL, Notas sobre material de enseñanza, Madrid, R. F. de Rojas, 1915; MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES. MUSEO PEDAGÓGICO NACIONAL, Bibliotecas circulantes para niños, Madrid, Tipografía Artística, 1931 y MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES. MUSEO PEDAGÓGICO NACIONAL, Bibliotecas para grupos escolares, Madrid, Sección de publicaciones, 1931.
35 Artículo 1 de la Orden de 25 de abril de 1932, en Gaceta de Madrid, nº 117 (26 de abril de 1932). Parece que uno de los encargados de la selección de las obras fue Luis Cernuda, así lo recoge OTERO URTAZA, Eugenio, Las Misiones Pedagógicas: una experiencia de educación popular, Sada (A Coruña), Ediciós Do Castro, 1982, p. 122. El Patronato y el Museo intentaban mejorar la enseñanza y desde 1932 intensificaron su colaboración quedando expresamente regulada en el artículo 1 f del Decreto de 13 de junio de 1932, en Gaceta de Madrid, nº 166 (14 junio de 1932), que define nuevas atribuciones al Museo Pedagógico. El artículo primero señala que tendrá a su cargo "una biblioteca especializada en obras y revistas de educación, con una sección circulante y una sala para niños."
36 Madrid, Publicaciones de la Revista de Pedagogía, 1927. Hay una 2ª edición en 1934, en la que también reproduce, como ejemplo de organización de una biblioteca escolar circulante, el Reglamento del Grupo Escolar Baixeras de Barcelona dirigido por Félix Martí Alpera, que había sido aprobado en Junta General celebrada por los alumnos y profesores el 25 de noviembre de 1923, donde se eligió al bibliotecario y sus ayudantes pp. 26-30.
37 En relación a la valoración de obras varios Consejeros elaboraron una Moción poniendo las bases para la selección de libros de estudio y lectura en las escuelas públicas, véase la Orden 28 de mayo de 1932.
38 Véase Gaceta de Madrid (18 de mayo de 1934), p. 1.130-1.134 y Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública (21 de febrero de 1936).
39 Se trata de la obra de León Hergueta Navas, Veterinario militar retirado, Gallinocultura práctica: (producción de huevos) alojamiento, selección, cría, alimentación, cooperación, publicada en 1934 y cuya 2º edición corregida y aumentada se publicó en Madrid en 1935. Véase la orden de 2 de marzo de 1935, en Gaceta de Madrid, nº 78 (19 de marzo de 1935) p. 2.231. Esta obra fue incluida en algunos lotes y distribuida por el Patronato de Misiones Pedagógicas.
40 Un ejemplo es Hojas de sinceridad, obra del maestro nacional, Juan Teófilo Gallego Catalán, quien solicitó su declaración de utilidad para la enseñanza. El libro contaba con un informe favorable de la Inspección, pero el Consejo "opina que aunque el fin de estas hojas es loable y no hay inconveniente en que los Maestros que lo deseen puedan utilizarlas en sus Escuelas, la conveniencia de su sistema de educación moral no es tan indiscutible que permita declararla desde este Ministerio", en Orden 10 de abril de 133, en Boletín del Ministerio de Instrucción Pública (23 de mayo de 1933) p. 993-994.
41 "Las peticiones de libros", en Revista de Pedagogía, Madrid, nº 71, (noviembre 1927), p. 530.
42 Véase "La biblioteca escolar circulante", en Revista Escolar de Asturias, Oviedo, 17 (29 de diciembre de 1915), p. 198.
43 La experiencia está relatada e ilustrada con fotos en "Una biblioteca escolar circulante", en Boletín de Educación de Oviedo, Oviedo, nº 1-2 (enero-febrero de 1934), p. 49-51.
44 GONZÁLEZ ALONSO, Ángel, "Una biblioteca escolar circulante en un pueblo rural", en Revista de Pedagogía, Madrid, nº 137, (mayo 1933), pp. 207-208.
45 Véase "Una biblioteca escolar", en Boletín de Educación de Oviedo, Oviedo, nº 3-4 (marzo-abril de 1934), p. 41-42.
46 Véase "Una biblioteca escolar", en Boletín de Educación de Oviedo, Oviedo, nº 5-6 (mayo-junio de 1934), p. 50-52.
47 Véase la Orden nº 13 en Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España, Burgos, nº 18, (8 de septiembre de 1936).
48 Decreto publicado el día 16 en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional. También puede consultarse en el T. IV Historia de la Educación en España. La educación durante la segunda república y la guerra civil (1931-1939), Madrid, Centro de Publicaciones. Secretaría General Técnica del Ministerio de Educación y Ciencia, 1991, pp. 294-295.
49 Orden 16 de septiembre de 1937 creando las Comisiones Depuradoras de Bibliotecas en cada Distrito Universitario en Boletín Oficial del Estado, Burgos, nº 332 (17 de septiembre de 1937), p. 3.395.
50 Véase en el Leg. 13.051, caja 4.653 A.G.A., lo relativo a las dos primeras y en la caja 4.755 lo de Valladolid. En la Memoria de los trabajos realizados por la Comisión Depuradora de Bibliotecas y Centros de Lectura de la Universidad de Granada, remitida al Jefe de los Servicios de Archivos y Bibliotecas en julio de 1938, se da cuenta de la revisión de 24 bibliotecas escolares en la capital pues otras cinco no habían enviado el catálogo y de 41 en Málaga. En Salamanca, la Comisión se planteó como problema "el control de las numerosas Bibliotecas existentes en las Escuelas Nacionales de las pequeñas localidades" y para resolverlo confiaron la labor depuradora al Inspector Jefe, quedando sometido su trabajo al criterio de la Comisión. Estas Comisiones estaban compuestas por siete miembros: el Rector, un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, un representante de la autoridad eclesiástica y cuatro vocales que representaban a la Autoridad Militar de la División correspondiente, a la Delegación de Cultura de Falange Española Tradicionalista y un padre de familia propuesto por la Asociación Católica de Padres de Familia de la capital del distrito.
51 De este modo Mis amigos y yo (primera y segunda parte) primeramente prohibido fue aprobado el 18 de octubre de 1938 y se publicó como Mis camaradas y yo, atribuido a E.G.V. iniciales del editor Enrique González Villanueva; Curiosidades y ejemplos. Libro de lectura para el grado medio pasó a titularse Curiosidades y Un año de mi vida (un niño ante la Escuela y ante la vida). Libro de lectura para niños de 10 a 12 años se publicó con el título Un año escolar. Las otras obras prohibidas son: Letras españolas, que había obtenido el segundo premio en el Concurso Nacional de Literatura de 1928 y "Primeras lecturas", que no hemos podido identificar con las obras publicadas por Hernández Ruiz. De todos ellos sólo el primero había sido aprobado en febrero de 1936 por el Consejo de Instrucción Pública.
52 Véanse "Memoria leída en el Aula Máxima por el Bibliotecario-Secretario del Patronato Don Carlos Martín", en Anales de la Universidad de Oviedo, t. VIII Actividades de la Universidad durante el año 1939. Oviedo, Establecimiento Tipográfico "La Cruz", p. 63 y La Memoria de los trabajos realizados por la Comisión Depuradora de Bibliotecas y centros de lectura del distrito universitario de Oviedo hasta el día 1º de diciembre de 1937, en caja 4.319 A.G.A. y las correspondientes a los años 1938 y 1939 en caja 5.457 y 5.941. Para más información sobre los trabajos en Asturias puede consultarse DIEGO PÉREZ, Carmen, La política del libro de texto escolar en la España franquista, Universidad de Oviedo, 1996, Tesis doctoral, pp. 111-129; BORQUE LÓPEZ, Leonardo, Bibliotecas, archivos y guerra civil en Asturias, Gijón, Trea, 1997 y DIEGO PÉREZ, Carmen, "Retazos de la actividad escolar asturiana durante los cursos 1937-1939", Sarmiento. Anuario Galego de Historia da Educación, Vigo, nº 7, (2003), 129-151.
53 Los estudios sobre la depuración de bibliotecas escolares son aún escasos. Además de los citados en la nota anterior se pueden consultar los de BERRUEZO ALBÉNIZ, Reyes, "Depuración de bibliotecas y censura de libros en Navarra durante la Guerra Civil de 1936", en TK, Pamplona, nº 6, (diciembre 1998), 51-62 y VENTAJAS DOTE, Fernando, SANCHIDRIÁN BLANCO, Carmen y POZO FERNÁNDEZ, Mª del Campo, "La documentación del Archivo Histórico de la Universidad de Granada como fuente para la investigación de la Depuración de Bibliotecas Escolares durante la Guerra Civil", en SANCHEZ, F. et al. (Coord.), Relaciones Internacionales en la Historia de la Educación. Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (1907-2007, Vol. II, Cáceres, Sociedad Española de Historia de la Educación y Departamento de Ciencias de la Educación de la Universidad de Extremadura, 2007, pp. 553-565.
54 El original de esta orden, firmada por Romualdo de Toledo, se conserva en el legajo 14.­090-1, caja 6.083 de la Sección de Educación del A.G.A. y no llegó a publicarse en el boletín oficial si bien se hicieron eco de la orden publicaciones periódicas de alcance regional como, por ejemplo, en Asturias el Boletín de Educación de Oviedo, nº 2 (junio-septiembre de 1938), pp. 54-55 o el Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Oviedo, nº 13 (30 de agosto de 1938), pp. 375-376.
55 El original de las circulares enviadas no se conserva, pero las listas fueron publicadas en el diario La Región de 18 y 23 de junio de 1937 y en El Oriente de Asturias de 1 de febrero de 1938. En este último periódico se decía que los maestros debían enviar al Ayuntamiento las obras para que éste las pusiera a disposición de la Inspección. En el Ayuntamiento de Llanes se conserva el oficio-circular con esta demanda a todas las escuelas y varias respuestas en la caja 571.
56 Véase un primer estudio de esta orden y las dificultades para identificar las obras y los autores en DIEGO PÉREZ, Carmen, "Intervención del primer Ministerio de Educación Nacional del franquismo sobre los libros escolares", en Revista Complutense de Educación, Madrid, v. 10, nº 2, (1999), especialmente p. 59-66.
57 Tal y como recoge el Boletín Oficial del Ministerio de Educación Nacional nº 33 (17 de agosto de 1942) p. 588, que es aclarada en el Boletín Oficial del Ministerio del Ministerio de Educación Nacional, nº 39 (28 de septiembre de 1942), p. 475 diciendo que esta relación son libros reprobados por la Sección Tercera del Consejo Nacional de Educación.
58 Así se recoge en el Boletín Oficial del Ministerio de Educación Nacional del 12 de junio de 1943.
59 Véanse sus intervenciones en Diario de las Cortes del 27 de junio de 1935. Los capítulos escritos por Llopis fueron el 25, 29 y 31: "Los alpargateros de Elche", "Pablo Iglesias" y "El proletariado español".
60 Orden de 8 de julio de 1935, en Gaceta de Madrid, nº 240 (28 de agosto de 1935) p. 1.635. Ambas fueron de nuevo autorizadas por la orden de 13 de marzo de 1936 en Gaceta de Madrid, nº 77 (17 de mayo de 1936) p. 2.150.
61 Datos tomados de la Memoria Patronato Misiones Pedagógicas citada y de los datos enviados acerca del estado de los archivos y bibliotecas a la Inspección General de Archivos por la Guardia Civil durante 1939 y 1940. Leg. 12.458, caja 3.858 y Leg. 12.814, caja 4.319 A.G.A.
62 Ángel Mato señala que del Patronato de Misiones Pedagógicas llegaron un total de 219 bibliotecas, entre 1931 y 1936, situándose Asturias en tercer lugar, detrás de las provincias de León y Soria, op. cit. p. 200. Sólo se sabe el destino exacto de las 132 primeras enviadas entre septiembre de 1931 y marzo de 1934, como consta en la cita Memoria Misiones Pedagógicas septiembre de 1931 - Diciembre de 1933, p. 176-177 y p. 191.
63 Carta al Ministro de Educación desde Ginebra el 29 de marzo de 1939. Archivo personal de Pedro Sainz Rodríguez.
64 Véase, por ejemplo, el Plan de Actuación para el desarrollo de las Bibliotecas Escolares de Asturias en La biblioteca escolar como recurso educativo. S.l.: Consejería de Educación y Cultura - Viceconsejería de Educación - Servicio de Innovación y Participación de la Comunidad Educativa, 2002, 2ª ed.
65 SALABERRÍA, Ramón, "Bibliotecas de Misiones Pedagógicas, un principio de algo", en Educación y biblioteca, Madrid, nº 119, (enero 2001), p. 21.

References: Real Decreto 
 artículo 70
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Artículo 2
 Real Decreto 
 Artículo 1
 artículo 1