Source: https://preview.wsws.org/es/articles/2019/02/01/wr21-f01.html
Timestamp: 2019-11-17 13:16:45+00:00

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Este es el vigesimoprimer de 43 capítulos que se publicarán diariamente. Originalmente fueron publicados como el Volumen 13, no. 1, de la revista Fourth International en el verano de 1986.
Aún más directamente que en el caso de Zimbabue, la resolución del Cuarto Congreso proporcionó la justificación teórica para las traiciones del WRP a los obreros y campesinos de Oriente Próximo.
El documento de Banda describía la lucha del pueblo palestino contra el sionismo como “el punto más alto de la revolución mundial” —una definición pablista que distorsiona las relaciones objetivas que existen entre las partes componentes de la lucha de clases internacional—. Más aún, la definición de una fase particular como “el punto más alto” acarrea consigo la implicación política de que todas las otras luchas le están subordinadas. Esa terminología surgió como justificación para la reorientación de la labor internacional del WRP hacia alianzas oportunistas con la burguesía árabe.
Esta construcción teórica fue luego complementada con la siguiente afirmación: “La estrategia del imperialismo anglonorteamericano en esta área obedece solamente a su deseo de proteger los pozos de petróleo de una expropiación por algún régimen radical” (Fourth Congress Resolution, pág. 15, subrayado nuestro).
Las conclusiones políticas que implicaba esa absurda evaluación eran: 1. la práctica del WRP debía concentrarse en la defensa de estos regímenes radicales burgueses, coordinando su labor con los ministros del exterior de varios Estados árabes; y 2. la clase obrera, relegada a solo un papel secundario en la lucha antiimperialista, debía subordinar sus intereses independientes a la defensa de los regímenes existentes, previamente definidos como los principales enemigos del imperialismo anglonorteamericano.
Esta subordinación de la clase trabajadora fue luego justificada con un análisis político de la historia de Oriente Próximo que reconocía la existencia solo del enemigo externo de las masas árabes —el sionismo— mientras que ignoraba las contradicciones sociales internas por medio de las cuales se hacen valer los intereses del imperialismo. Así Banda escribió: “No existió instrumento mejor para el imperialismo que la inmigración sionista” (ibid.). Esta declaración evadía todos los problemas que son centrales para un análisis marxista de las tareas del proletariado en Oriente Próximo. Aparte de que la inmigración era el producto directo de las traiciones del estalinismo y la socialdemocracia que produjeron la victoria del fascismo en los años treinta y de la Segunda Guerra Mundial imperialista, la incapacidad de los gobernantes árabes de defender los derechos del pueblo palestino y de crear una estrategia para derrotar al sionismo plantea el problema de la dirección revolucionaria, tanto a nivel internacional como dentro de Oriente Próximo. Habiendo rechazado este eje fundamental de clase —el punto de partida de la elaboración de un programa revolucionario y un plan de acción— el documento del Cuarto Congreso se rebajó a una glorificación periodística pequeñoburguesa de la política exterior de la burguesía árabe.
En vez de cultivar en la mente de los trabajadores árabes avanzados una actitud crítica hacia las políticas de los Estados burgueses en Oriente Próximo —explicando la inhabilidad orgánica inclusive de los regímenes más radicales para llevar adelante una línea antiimperialista de manera consistente, advirtiendo acerca de sus ingenuas ilusiones en instrumentos imperialistas como las Naciones Unidas y exponiendo cada acto de perfidia burguesa hacia la clase trabajadora y las masas oprimidas en todos los países árabes—, el documento se enfocaba en sus supuestos logros diplomáticos, elevando estas grotescas burlas políticas cuidadosamente elaboradas al nivel de auténticas victorias de los obreros y campesinos. El resultado de este método pequeñoburgués fue la traición de la lucha antiimperialista, especialmente del pueblo palestino.
Por lo tanto, “Gracias a la intervención del régimen baazista de Irak que se ha opuesto consistentemente al reconocimiento de Israel de cualquier forma y ha apoyado la revolución palestina en los negros días de la guerra civil del Líbano, la conspiración de Camp David fue vencida”. ¡Qué visión tan patética y miope!
Esto no fue todo. Inspirado por los gobiernos de Oriente Próximo, Banda proclamó:
En la cumbre de Bagdad en noviembre de 1978, los regímenes radicales de Irak, Siria, Libia, Argelia y Yemen del Sur y la OLP consiguieron el apoyo de los Estados conservadores de Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos para rechazar el acuerdo de Camp David y reafirmar el derecho de la OLP de ser el único representante del pueblo palestino. El compromiso de dar apoyo financiero y político a la revolución palestina por parte de los países productores de petróleo fue un duro golpe contra los sueños reaccionarios de Sadat (ibid ., pág. 16.).
Solo hay que echar una mirada a la historia sangrienta de los últimos ocho años —en los que la OLP y el pueblo palestino han experimentado incontables actos de traiciones a manos de los “hermanos árabes”— para reconocer cuán falsa es esta evaluación. Durante este período, Healy y Banda estaban en constante contacto con la OLP y su análisis fue un eslabón objetivo en la cadena de acontecimientos que llevaron a desarmar y aislar al movimiento palestino. Desde 1978, todos y cada uno de los Estados referidos en el canto de alabanza de Banda habían apuñalado en la espalda a la OLP y colaborado en la eliminación física de sus líderes y cuadros.
De hecho, el WRP funcionó como parte de la feroz conspiración contra la OLP. El principal objetivo político de Healy en Oriente Próximo no era conseguir los derechos nacionales del pueblo palestino sino cultivar relaciones materialmente provechosas para el WRP con los “ricos Estados petroleros árabes”. Cuando se veía presionado por ambos, Healy invariablemente protegía sus lazos con los regímenes árabes. Banda brindó una excusa política a esta maniobra de engaño, escribiendo en la resolución del Cuarto Congreso: “La cumbre de Bagdad también acabó en sangrientas luchas faccionales dentro de la OLP y sentó las bases para una coordinación de la política exterior y de defensa de Irak y Siria, así como la posible reunificación de los partidos baazistas” ( ibid .).
El desdén de la dirección del WRP hacia la OLP se expresó en ese pasaje. Su aceptación de una hegemonía iraquí sobre los asuntos internos de la OLP era una violación del propio concepto de la autodeterminación. La breve referencia de Banda respecto a “sangrientas luchas faccionales en la OLP” significaba que el WRP apoyaba la supresión de los derechos democráticos de las tendencias políticas existentes entre las masas palestinas. Era políticamente obvio que los baazistas reprimían precisamente a aquellas tendencias que entraban en conflicto con las relaciones entre los líderes de Irak y el imperialismo y la burocracia soviética.
En cuanto a la especulación acerca de las relaciones entre las ramas de la monstruosidad baazista en Irak y Siria, ¿por qué creó tal entusiasmo el proyecto de la unidad entre estos políticos de la burguesía entre los dirigentes del WRP? ¿Desde cuándo son los trotskistas los que alientan a favor de ese tipo de maniobras políticas? Esta especulación expuso la credulidad pequeñoburguesa de Healy y Banda en cuanto a la viabilidad del nacionalismo burgués. En un plazo de meses, toda la retórica de unidad dio paso a una nueva ola de sangrienta guerra entre las diferentes ramas nacionales baazistas en competencia entre sí.
En cuanto a las relaciones con la OLP, el fraude político de la dirección del WRP estuvo unido a su deshonestidad política. Detrás de la excusa de apoyo incondicional a la OLP contra el imperialismo —un principio traicionado repetidamente por Healy—, el WRP minimizaba el decisivo papel del proletariado del Oriente Próximo. Healy, Banda y Slaughter deshonestamente le asignaron a la OLP un papel que no podía desempeñar, ni desempeñaría: “La fuerza de la clase trabajadora y del campesinado está directamente reflejada en el crecimiento de la OLP y su surgimiento como la dirección de la lucha por la emancipación de toda la nación árabe” (ibid., subrayado nuestro).
Esta declaración constituyó el repudio total de la teoría de la revolución permanente, la cual mantiene que en la época del imperialismo solo el proletariado, armado de un programa marxista basado en la lucha de clases, puede llevar a cabo la tarea democrática de unificación nacional y liberación de las garras del imperialismo. Más aún, la auténtica unificación de los pueblos árabes está ligada históricamente con la liquidación de las fronteras de los Estados existentes que bloquean el progreso económico y que perpetúan las antiguas divisiones feudales y tribales, así como las que el imperialismo fomenta.
Lejos de proyectarse programáticamente como la unificadora de toda la nación árabe, desde el Magreb hasta el golfo Pérsico, la OLP se ha descrito tradicionalmente como la única fuerza legítima representante del pueblo palestino y ha reconocido explícitamente la existencia de diversas tendencias sociales dentro de sus propias filas.
Entre todas estas frases antimarxistas, no se podía encontrar en este documento ninguna referencia al papel histórico de la clase trabajadora en Oriente Próximo, ni hablar del problema de la unidad de los trabajadores árabes y judíos —un problema de importancia estratégica que la Cuarta Internacional enfatizó en los años cuarenta mientras se oponía a la creación de Israel—, lo cual ni siguiera fue mencionado.
En otra muestra de euforia periodística, Banda alegó que “la OLP ha sobrepasado todos los obstáculos en su sendero, uniendo al pueblo palestino, y se ha ganado el reconocimiento como su único representante legítimo” (ibid.).
Esta fue la peor forma de traición, con las que engañaban al pueblo palestino con cobardes adulaciones que presentaban como un análisis científico. No es necesario refutar la afirmación de que la OLP “ha sobrepasado todos los obstáculos en su sendero...”.
Combatientes palestinos en Líbano
Solo unos idiotas se podrían tomar en serio esta declaración. Desde el punto de vista teórico, las afirmaciones que continuaron requieren de una consideración más cuidadosa. No es solamente imposible, por las razones anteriormente mencionadas, que la OLP una a la nación árabe. No puede, en un sentido marxista, unir verdaderamente al pueblo palestino, así como la Liga Awami no puede unir a las masas de Bangladés o, inclusive, el Frente Patriótico no puede unir al pueblo de Zimbabue. A no ser que se definan las fuerzas de clase específicas que están presentes en el movimiento nacional, la referencia a la nación palestina es una abstracción política que una vez más sirve para ocultar el papel decisivo de la clase trabajadora. En cuanto a la definición de la OLP como “único representante legítimo” del pueblo palestino, esta afirmación es aceptable en una defensa pública a favor de la OLP contra las intrigas del imperialismo, el sionismo y la burguesía árabe. Pero solo puede sembrar ilusiones y crear confusión cuando se presenta como la definición política en un documento programático del movimiento trotskista. La única conclusión que puede surgir de una definición así es que el WRP se oponía a la construcción del CICI en un proletariado palestino que crece rápidamente. En otras palabras, el trotskismo no juega ningún papel en la emancipación de las masas palestinas.
Una vez más fue Banda el que dio la justificación para esta capitulación liquidacionista ante la burguesía palestina. La resolución del Cuarto Congreso decía:
La característica de la OLP ha sido la lucha armada en forma de una prolongada guerra de guerrillas, el énfasis sobre la movilización de las masas en oposición al terrorismo individual y la determinación de llevar a cabo esta lucha en todos los frentes.
Esta lucha se encarna en su grito “Revolución hasta la victoria” (ibid., págs. 16-17).
La misma teoría de la “lucha armada” que se usó para encubrir la naturaleza de clase del Frente Patriótico de Zimbabue fue empleada para caracterizar políticamente a la OLP. Esta falsa teoría tendría consecuencias aún más trágicas en Oriente Próximo que en Zimbabue. La “lucha armada” y la abstracta “movilización de las masas” fueron contrapuestas a la organización de un partido proletario para establecer la independencia de la clase trabajadora de la burguesía de los regímenes árabes. El subsiguiente desarrollo de la lucha de clases en Oriente Próximo, especialmente después de la invasión sionista de Líbano en junio de 1982, demostró la falacia de las concepciones de la “lucha armada” de la OLP.
Dentro del propio Líbano, la OLP no fue capaz en ningún momento de presentar un programa para la unificación de las masas palestinas y libanesas. La organización de desfiles militares en Beirut solo sirvió para antagonizar el nacionalismo libanés y demostró ser contraproducente. A pesar de todo su heroísmo, las unidades militares de la OLP no pudieron detener el avance sionista. En última instancia, el movimiento de los trabajadores y campesinos libaneses estuvo a la altura de un contrincante como las fuerzas sionistas, lo que demostró que la debilidad principal de la OLP, inherente en su propia estructura, era no poder formular un programa que pudiera haber movilizado antes de 1982 este gran poder en defensa del derecho palestino a la autodeterminación. Para un marxista, la perspectiva de la lucha de clases se encarna en un programa y no en un simple “grito de guerra”.
La resolución luego pretendía dar una explicación teórica a la adulación del régimen de Gadafi en Libia. En un párrafo crucial que se refería a la creciente presión del imperialismo en Oriente Próximo y a sus esfuerzos por obtener el apoyo de Egipto y Sudán, la resolución aseguraba que “estas maniobras imperialistas solo pueden servir para acentuar las tensiones dentro del movimiento nacional y empujar a los elementos más radicales del movimiento árabe nacional a reconocer que el ‘arma histórica de la liberación nacional solo puede ser la lucha de clases’ (Trotsky)” (ibid., pág. 17).
En ese párrafo la realidad se presentó al revés, convirtiendo la lucha de clases, que es un producto objetivo del desarrollo del capitalismo en Oriente Próximo, en una política adoptada subjetivamente por la burguesía nacional bajo la presión del imperialismo. Con esta formulación teórica, Banda proveyó una apología del papel bonapartista característico de los regímenes burgueses en los países subdesarrollados, que se encuentran en un equilibrio precario entre el imperialismo y la clase trabajadora nativa. Dichos regímenes, cuyos gobernantes pronuncian arengas ante la clase trabajadora desde sus balcones, habitualmente buscan adaptar la lucha de clases a sus necesidades prácticas en sus tratos con el imperialismo.
De acuerdo con los propósitos inmediatos del WRP, esta fórmula servía para justificar su duplicidad en Oriente Próximo; esto es, le permitía al WRP afirmar que el coronel Gadafi combinaba en su persona el movimiento radical y la lucha de clases proletaria, y que la Yamahiriya libia se estaba convirtiendo en un Estado socialista.
La resolución decía que “el bloque político entre el WRP y el Congreso General de la Yamahiriya Socialista Árabe Popular” había resultado correcto después de la traición de Sadat hacia la OLP, y que el bloque “se había formado dentro de un marco de tareas prácticas estrictamente definidas y con la retención de la completa independencia de nuestra organización...” (ibid.).
Pero esta afirmación fue desmentida por la naturaleza del bloque, que estaba basado en tareas de un carácter esencialmente propagandístico —“advertir a los pueblos árabes y a la clase trabajadora europea de las nuevas tácticas del imperialismo y del contenido contrarrevolucionario de la política exterior de Sadat y del rey Khaled” (ibid.). En contraste, Trotsky insistió:
Es precisamente en el aspecto de la propaganda que un bloque está fuera de lugar. La propaganda se debe basar en principios claros y en un programa definido. Marchar separados, golpear juntos. Un bloque se hace solamente para acciones de masas. Tratos arreglados desde arriba que carezcan de una base de principios solo traerán confusión. (Germany 1931-1932, New Park, pág. 136).
¡Confusión … y dinero! Healy y Alex Mitchell pueden protestar diciendo que su bloque con Libia incluía tareas prácticas como organizar piquetes fuera de las embajadas de Egipto y de los EUA en Londres. Pero, para los trotskistas, ¿era acaso necesario formar un frente único para llevar a cabo un acto tan elemental de solidaridad antiimperialista? ¿Demandaría un obrero de base que primero se formara un frente único con la burocracia sindical antes de realizar sus obligaciones en las líneas de piquetes? Lo cierto del caso es que el bloque del WRP con Libia fue establecido en el área del análisis político —esto es, comprometió al WRP a decir solo aquello que la Yamahiriya libia quería—.

References: resolución 
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