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Timestamp: 2018-09-26 03:39:19+00:00

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Tres relatos sobre nuestra humanidad
HIROSHIMA COMO VICTIMIZACIÓN
Durante muchos años, los eruditos [pundits] y políticos norteamericanos condenaron a los japoneses por no examinar con honestidad su papel en la Segunda Guerra Mundial. La “amnesia histórica” de Japón se ha convertido en un mantra en los medios de comunicación, y los japoneses son objeto de una reprobación habitual por “sanear” la crónica histórica de su agresión y sus atrocidades. Esa crítica tiene sólidos fundamentos. Hasta hace poco, en efecto, los libros de texto aprobados por el conservador Ministerio de Educación de Japón presentaban un tratamiento lavado de las acciones agresivas de este país en Asia y el Pacífico. Durante un tiempo, aun el término shinryaku, traducido a veces como “agresión” y otras como “invasión”, fue expurgado de los manuales que exponían la guerra japonesa contra China, iniciada en la década de 1930. Aunque el Ministerio de Educación renunció a esa flagrante censura en la década de 1990, los nacionalistas japoneses, incluidos los políticos conservadores con cargos ministeriales, han continuado con regularidad casi cronométrica ganándose el menosprecio extranjero por blanquear públicamente el comportamiento bélico de su país.
Aun en 1995, quincuagésimo aniversario del fin de la guerra, el gobierno japonés se vio en dificultades para reconocer las transgresiones del Japón imperial y presentar las disculpas correspondientes. El primer ministro Tomiichi Murayama, jefe socialista de un frágil gobierno de coalición, utilizó en los hechos del 15 de agosto, fecha de la capitulación de su país, como oportunidad para pronunciar un importante discurso en el que condenó la agresión y las atrocidades de sus connacionales [Japanese] y pidió perdón. Su franco pronunciamiento fue mucho más notable porque era consecutivo al notorio fracaso de la cámara baja de la Dieta, el parlamento bicameral de Japón, en coincidir en una disculpa similar. En una diluida resolución aprobada el 9 de junio luego de grandes controversias, los conservadores, incluidos los propios socios de Murayama en la coalición, habían impedido la formulación de una disculpa sin condiciones (shazai) a las víctimas de guerra de su país. Ofrecían, en cambio, una expresión de “profundo remordimiento” (fukai hansei) por “infligir sufrimiento y dolor a los pueblos de otros países, sobre todo de Asia”, pero afirmaban a la vez que las transgresiones de Japón no habían sido particularmente fuera de lo común. En su forma final, la breve resolución de la Dieta destacaba que la agresión y la opresión japonesas en el exterior se habían producido en el contexto más general de “numerosos ejemplos de dominación colonial y actos de agresión [shinryaku-teki koi] en la historia moderna del mundo”.1
Detrás de esta dificultad para enfrentar el pasado está el hecho de que muchos japoneses aún recuerdan la experiencia bélica sobre todo desde el punto de vista de su propia victimización. “Conciencia de víctima” (higaisha ishiki) es una expresión familiar en Japón, y la actitud misma se manifiesta en varios niveles. En opinión de los nacionalistas de la vieja guardia, la primera justificación de tiempos de guerra para recurrir a las armas –consolidar el legítimo lugar de Japón frente al imperialismo occidental y la subversión comunista en Asia (las amenazas “blanca” y “roja”, tal como solían llamarlas)– todavía tiene validez. Estos nacionalistas evocan un continente asiático anterior a Pearl Harbor en el cual el sudeste era controlado por las potencias coloniales europeas y norteamericana, los “derechos pactados” de Japón en China estaban bajo la amenaza de la contienda civil y una radicalización de inspiración soviética y la economía política global se había hundido en el caos a raíz del derrumbe de un sistema capitalista cuyos centros eran Nueva York y Londres.
Los japoneses con edad suficiente para recordar los años de guerra muestran particular afición a esta imagen del Japón imperial como una nación vulnerable que luchaba por su seguridad en un mundo hostil. La mayoría de los japoneses, sin embargo, recuerdan la guerra, o han sido educados para recordarla, como un hecho que cayó intempestivamente sobre ellos. La Segunda Guerra Mundial evoca en casi todos la muerte de familiares y conocidos en campos de batalla distantes y, más vívidamente, los bombardeos sistemáticos y prolongados de sus ciudades. Alrededor de tres millones de japoneses murieron en lo que su gobierno popularizó como la “Gran Guerra del este asiático” (Dai Toa Senso), incluyendo a más de cuatrocientos mil civiles fallecidos a raíz de las incursiones aéreas.
Por otra parte, una vez terminada la conflagración, los japoneses se movieron durante unos cuantos años en medio de los escombros de los edificios bombardeados y vivieron en un mundo de aguda escasez material. Hasta 1948 e incluso después, las amas de casa solían aludir a los alimentos –de dónde sacar el próximo plato de comida– como su motivo de preocupación casi excluyente. En la mayoría de los sectores de la economía los índices de producción recién comenzaron a superar los niveles alcanzados a principios de la década de 1930 a mediados de la década de 1950, diez años después de la capitulación de Japón. Así, los integrantes de la generación cuya infancia transcurrió en el período inmediatamente posterior a la rendición, aunque demasiado jóvenes para recordar en concreto los años de las matanzas, conservan recuerdos vívidos de la guerra como una causa de privación y tribulación personales.
Esa preocupación por el sufrimiento propio es natural y lógica, pero en Japón el relato de la victimización ha asumido una dimensión única debido a Hiroshima y Nagasaki. La Segunda Guerra Mundial provocó más de cincuenta millones de muertos en todo el planeta, muchos de ellos a manos de los japoneses; pero sólo Japón experimentó el trauma de la destrucción nuclear. Es erróneo, desde luego, decir que las bombas atómicas sólo mataron japoneses, pues entre las víctimas de Hiroshima y Nagasaki se contaron miles de súbditos coloniales coreanos que habían sido reclutados para realizar trabajos pesados, muchos centenares de norteamericanos de origen japonés que quedaron varados en Japón luego de Pearl Harbor, un poco más de una docena de prisioneros estadounidenses de guerra y pequeñas cantidades de individuos de China, el sudeste asiático y Europa. Sin embargo, la conciencia popular de Japón tiende a considerar a “los japoneses” como las únicas víctimas de las bombas (aunque este exclusivismo –lo que podríamos llamar el orgullo y la posesividad reactivos de la victimización– comienza a disminuir lentamente).
Más que las bajas en los campos de batalla y las muertes civiles causadas por los bombardeos estratégicos convencionales, esos dos momentos catastróficos de destrucción nuclear afirmaron la idea japonesa de una victimización singularmente terrible. Las bombas atómicas se convirtieron en el símbolo de una clase especial de sufrimiento, como el Holocausto lo es para los judíos. El 6 y el 9 de agosto de 1945 quedaron al margen del calendario habitual de la Segunda Guerra Mundial. Muchos japoneses aún consideran haber sido elegidos, casi en un sentido religioso, para dar testimonio de la visión apocalíptica de un futuro de destrucción del mundo cuya realización no debe permitirse.
La actuación del lenguaje en estas cuestiones es reveladora. Aún hoy, los comentarios norteamericanos predominantes suelen referirse a los civiles muertos en las incursiones aéreas convencionales y nucleares contra Japón como “bajas”. Al no hacer distinciones entre combatientes y no combatientes, ese lenguaje nivelador contribuye a legitimar la matanza deliberada de civiles enemigos. Si bien los japoneses también aluden en conjunto a sus “muertos y heridos” (shishosha), es más habitual identificar a los muertos y bajas civiles como “víctimas” (higaisha e incluso giseisha, una palabra con connotaciones de “sacrificio”). A su turno, las víctimas de las bombas atómicas reciben en japonés la designación especial de hibakusha. En su uso original y todavía preponderante, este término se escribe mediante tres ideogramas que significan literalmente “persona (o gente) que sufre la explosión”. De vez en cuando, el elemento fonético baku también se traduce con un ideograma alternativo cuyo significado es “exposición” (a la radiación). Esta ambigüedad de sentido es emblemática de una confusión popular más amplia con respecto a las víctimas de las bombas atómicas, pues desde el punto de vista jurídico el término hibakusha se aplica en la actualidad a todos los japoneses que se encontraban dentro de un radio de dos kilómetros del epicentro de las bombas en el momento de su lanzamiento o durante los días inmediatamente posteriores, cualesquiera hayan sido su grado de exposición a la radiación o la gravedad de sus heridas o enfermedades relacionadas con la deflagración atómica. Como el estigma social negativo de la identificación como víctima de las bombas atómicas quedó relegado a un segundo plano con respecto a los beneficios médicos o económicos que podían obtenerse con esa identidad –beneficios que el gobierno japonés sólo concedió de manera tardía–, la confusión no hizo sino aumentar.
Hasta hace poco, el sombrío Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima podía tomarse como un ejemplo casi perfecto de la veneración pública de ese recuerdo colectivo de los horrores especiales de la guerra. Los visitantes desprevenidos del museo podrían haber llegado con facilidad a la conclusión de que para Japón la guerra comenzó el 6 de agosto de 1945, con el lanzamiento de la primera bomba atómica norteamericana. En este museo japonés conmemorativo del conflicto no había Violación de Nanking, ni Pearl Harbor, ni Marcha de la Muerte de Bataan, y tampoco ecos de las chillonas voces de los favoritos del emperador Hirohito cuando exhortaban a los “cien millones” a luchar hasta el último hombre, la última mujer y el último niño. No se exhibían siquiera fotografías del propio “dios emperador” en uniforme, en cuyo nombre habían ocurrido las matanzas y las agonías.
En años recientes, sin embargo, el relato de la victimización comenzó a perder su primacía. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas de Japón con la República Popular China a principios de la década de 1970 promovió un tratamiento periodístico y académico serio de las atrocidades japonesas cometidas tanto en perjuicio de los chinos como de otros pueblos de Asia. Y la muerte de Hirohito en 1989, tras 64 años de reinado, suprimió el último tabú que impedía la discusión de las responsabilidades bélicas de Japón. En vida del monarca, el debate crítico franco sobre la guerra corría el riesgo de transformarse en un delito de lesa majestad, dado que planteaba de manera invariable ciertos interrogantes acerca de la responsabilidad tanto moral como política del propio Hirohito en lo concerniente a los crímenes de guerra japoneses. La desaparición del emperador allanó el camino a una confrontación crítica del pasado.2
Como es natural, los mismos japoneses son los principales causantes de esa prolongada demora en abordar su responsabilidad bélica. No obstante, tanto la tardía apertura hacia China como los tabúes vinculados a la permanencia de Hirohito en el trono revelan el papel sutil y a menudo perverso cumplido por los Estados Unidos en la conformación del discurso y la práctica japoneses de posguerra. Es herético, pero en modo alguno excesivo, sostener que gran parte de la “amnesia histórica” que los norteamericanos gustan achacar a los japoneses fue durante varias décadas congruente con los objetivos de Washington en Japón y el resto de Asia.
Esto es bastante evidente en el caso de las actitudes japonesas con respecto a China. A partir de 1950, y durante más de dos décadas, el gobierno de Japón no tuvo otra alternativa que adherir a la política de contención de los Estados Unidos en la Guerra Fría. En esas circunstancias –que coincidieron con una intensa presión norteamericana por el rearme japonés–, el discurso de demonización de los chinos y subestimación de la naturaleza agresiva de las recientes prácticas militaristas de Japón fue funcional a los propósitos tanto de los líderes conservadores de este país como de sus patrones de Washington. En el apogeo de la Guerra Fría, es decir cuando además de promover el rearme japonés los Estados Unidos exaltaban al mismo tiempo a Japón como un modelo ejemplar de “modernización” no comunista, el asordinamiento de la responsabilidad bélica de este país fue una política norteamericana, y no una mera manifestación peculiarmente japonesa de olvido nacionalista. La minimización del militarismo japonés anterior a la guerra, el “lavado” de sus atrocidades y la atenuación del horror de la guerra en general –incluyendo el horror de Hiroshima y Nagasaki– constituían una agenda bilateral.
Menos conocida es la influencia ejercida por los Estados Unidos sobre las reflexiones japonesas vinculadas a su responsabilidad bélica, que se manifestó a través de su actitud de posguerra hacia el emperador Hirohito. Esencialmente por razones de conveniencia política, las autoridades estadounidenses en el Japón ocupado decidieron absolver a Hirohito de toda mancha de responsabilidad moral y legal por las acciones de su país durante la guerra. De ese modo se facilitó la administración de la nación derrotada. En términos prácticos, la decisión implicaba algo más que eximir al emperador de los juicios de Tokio por graves crímenes de guerra, que se celebraron entre mediados de 1946 y fines de 1948. En más de una oportunidad, las autoridades ocupantes también desestimaron las indagaciones de los altos círculos japoneses acerca de si Hirohito debía abdicar y reconocer así su responsabilidad moral por el conflicto. Absuelto el líder político y espiritual supremo de la nación de toda sospecha de responsabilidad jurídica o moral por la agresión japonesa, a nadie podía sorprender que el pueblo en general considerara muy poco necesaria una autocrítica seria. Siempre existía la posibilidad de atribuir la culpa de las transgresiones japonesas a una camarilla de militaristas conspiradores, cosa que en esencia hicieron los juicios de Tokio por crímenes de guerra.
De esta manera intrincada y tortuosa, la psicología profunda de la conciencia de víctimas de los japoneses se mezcló con una manipulación política que reflejaba no sólo el nacionalismo y revanchismo de los dirigentes conservadores sino también las exigencias específicas de la relación de posguerra entre los Estados Unidos y Japón. Al mismo tiempo, desde el final del conflicto hubo notorias corrientes internas opuestas a esas actitudes. Los izquierdistas japoneses, incluidos el Partido Comunista y muchos respetados historiadores y especialistas en ciencias sociales, han aunado de manera coherente una crítica del “sistema del emperador” y una fuerte insistencia en el senso sekinin o “responsabilidad bélica” específica de Japón.3 A partir de 1965, el sistema judicial se convirtió en el ámbito de un extenso y muy publicitado ataque contra el “saneamiento” de los libros de texto encarado por el Ministerio de Educación. La apertura a China a principios de la década de 1970 allanó el camino a detallados tratamientos mediáticos (así como a previsibles negativas de la derecha) de la Violación de Nanking y otros ejemplos de atrocidades. En años recientes, los especialistas y los medios de comunicación de masas consagraron una notable energía a la exposición de atrocidades institucionalizadas como los experimentos médicos letales realizados con prisioneros (centrados en la célebre Unidad 731 de Manchuria) y la esclavitud sexual de una enorme cantidad de “mujeres de solaz” no japonesas que eran obligadas a servir a los leales soldados y marinos del emperador.4
Las instituciones públicas comenzaron a reflejar con demora este cambio de conciencia. En respuesta a críticas tanto internas como internacionales, los inspectores del Ministerio de Educación admiten hoy en los libros de texto un tratamiento más directo de la agresión y el colonialismo japoneses, incluyendo la Violación de Nanking y la opresión de los súbditos coloniales, en especial los coreanos.5 Y hasta el museo de la bomba atómica de Hiroshima (junto con su par de Nagasaki) ha demostrado su intención de incorporar materiales contextuales más amplios. En la actualidad se señala la agresión japonesa en Asia, se identifica a Hiroshima como una ciudad donde había actividad militar y se presta al menos una atención fugaz a la presencia en ella de miles de trabajadores reclutados coreanos en el momento de la caída de la bomba.
Si tenemos presentes todos estos datos, nos será posible trazar varios contrastes inmediatos en los recuerdos japoneses y norteamericanos de la guerra.
En los medios japoneses, el duradero sentimiento de victimización ha contribuido a la formación de un tipo característico de antimilitarismo nacionalista. La “conciencia de víctima” puede ser subjetiva y nacionalista, pero los intensos recuerdos del sufrimiento individual en la Segunda Guerra Mundial han dado alas a una fuerte corriente popular de sentimientos pacifistas. Como era de prever, las bombas atómicas ocupan un lugar central en ese antimilitarismo, pues los horrores personales de Hiroshima y Nagasaki proporcionan al sentimiento antibélico prevaleciente un “epicentro” simbólico que es concreto, concentrado, singular, extraordinariamente gráfico y pavoroso. Al mismo tiempo, y sin que haya una verdadera contradicción, muchos japoneses se han propuesto convertir su experiencia “única” de la devastación nuclear en un mensaje universal. La “lección evidente de Hiroshima y Nagasaki”, suelen decir japoneses de todos los niveles, es que los pueblos y las naciones deben trabajar en procura de un mundo sin armas nucleares.
Para la mayoría de los estadounidenses, al contrario, el símbolo constante de la victimización en la Segunda Guerra Mundial es Pearl Harbor, que ha contribuido a forjar un compromiso casi inflexible de mantener una preparación y una vigilancia militares permanentes. ¿Y qué sucede con Hiroshima? La ciudad destruida, pulverizada e irradiada sigue siendo en gran medida un símbolo triunfal, marca del final de un horrendo conflicto global y la demostración eficaz de un arma que, por sus efectos “disuasivos”, impidió una tercera guerra mundial en los cincuenta años transcurridos desde el final de la segunda.6
Al asumir una actitud de admisión más franca de sus crímenes de guerra, los japoneses comenzaron a hacer suyo un tipo matizado de recuerdo bélico que también es muy ajeno a los sentimientos comunes hoy prevalecientes en los Estados Unidos. La “conciencia de víctima” de aquéllos ha llegado a combinarse con una “conciencia de victimario” (kagaisha ishiki en la versión popular) más aguda. Ya fuera de manera activa o pasiva, la mayoría de los japoneses y japonesas que murieron en el exterior o fueron muertos en su suelo natal respaldaron la rapaz política bélica de su país, y otro tanto hicieron quienes sobrevivieron a la derrota.
El hecho de que las víctimas (higaisha) puedan ser al mismo tiempo victimarios (kagaisha) de otros es el tipo de idea que solemos asociar a la intelectualización en una torre de marfil o a los afanes de la tragedia. Sin embargo, en el Japón de los últimos años ha sido un tema de extenso debate en los distintos diarios nacionales, leídos cotidianamente por decenas de millones de personas. La seriedad con que el gran público ha tomado la cuestión puede advertirse en una encuesta de opinión de 1994, según la cual el ochenta por ciento de los japoneses cree que su gobierno no dio una compensación adecuada a los pueblos (y no a los gobiernos) victimizados de los países asiáticos colonizados o invadidos.7 Es difícil decir que ésta es la respuesta de un pueblo que padece una amnesia histórica aguda.
En contraste, y como lo mostró el fiasco de la exposición del Enola Gay en la Smithsonian Institution, los recuerdos norteamericanos de la guerra revelan un poderoso impulso emocional e ideológico para despojar a la crónica histórica de toda ambigüedad, toda contradicción, toda complejidad moral, y envolverla simplemente en la bandera. Contados acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial fueron tan trascendentes como la decisión de desarrollar y utilizar la bomba atómica. Como pocos otros momentos de ese conflicto, los días 6 y 9 de agosto de 1945 resumen gráficamente las ambiguas identidades de víctimas y victimarios, una ambigüedad inherente a las políticas bélicas de los Aliados y en particular a la determinación anglonorteamericana de ganar la “Guerra Buena” contra el fascismo y la barbarie a través de la identificación de hombres, mujeres y niños civiles como blancos legítimos de los bombardeos estratégicos. Ninguna crónica seria de los horrores de nuestros tiempos modernos puede soslayar a Hiroshima y Nagasaki. Ninguno de los legados de la guerra ha sido más perdurable y ominoso que la herencia nuclear.
No obstante, en 1995 –quincuagésimo aniversario del final del conflicto, un momento señalado en que la gente suele tratar de llegar a un acuerdo con el pasado– resultó claro que las instituciones federales norteamericanas no podían abordar con seriedad estas cuestiones. Y también fue evidente que los ciudadanos que plantean interrogantes intelectuales y morales sobre el uso de las bombas y los legados de Hiroshima corren el riesgo de ser denunciados como ideólogos y hasta traidores.
HIROSHIMA COMO TRIUNFO
Si pensamos en términos de grandes relatos o “metarrelatos” de la guerra, la contraparte norteamericana convencional del relato de victimización que ha preocupado a tantos japoneses es obvia. Se trata de una narración heroica o triunfal, en la cual las bombas atómicas representan el golpe final contra un enemigo agresivo, fanático y salvaje. Hiroshima y Nagasaki se convierten, por así decirlo, en un doble signo de admiración que marca el final de la “Guerra Buena”.
El título de un conocido artículo de Paul Fussell, “Thank God for the Atom Bomb” [“Gracias a Dios por la bomba atómica”], capta a la perfección en la forma capsular más simple y familiar la versión heroica del final de la guerra. Se trata de una frase seductora (y lo es por partida doble, pues pone de inmediato a Dios del lado de los norteamericanos, recordándonos pari passu que los japoneses son paganos), e invoca un argumento sencillo y plausible: que las bombas se utilizaron para terminar rápidamente la guerra contra la última potencia superviviente del Eje y salvar así innumerables vidas norteamericanas. El propio Fussell, un animoso y diestro escritor de temas relacionados con la guerra moderna, se incluye entre las personas potencialmente salvadas, porque era uno de los jóvenes estadounidenses convocados a participar en la invasión de Japón.8
Muchos críticos de los planes originales de la Smithsonian de montar una exposición ambiciosa y abierta a diversas opiniones estimaron inapropiado que una institución pública fuera más allá del “hecho simple” de que la bomba se utilizó para poner fin a la guerra y salvar vidas norteamericanas. Sin embargo, y tal como lo reveló el ataque de marcado tono emotivo contra los planes iniciales del museo, el relato heroico consiste en mucho más que un mero agradecimiento a Dios por la liberación. Las bombas no eran simplemente necesarias. También eran justas, en el sentido bíblico de un recto castigo contra un enemigo salvaje.
Desde esa perspectiva crítica, las bombas eran “morales” y hasta humanitarias. En agosto de 1994, por ejemplo, Richard Hallion, el principal historiador de la fuerza aérea, declaró públicamente que la incapacidad de los curadores de la Smithsonian para señalar este hecho sin ambages era inexplicable. Cuatro meses después, siete miembros de la Cámara de Representantes, encabezados por Sam Johnson (que más adelante presidió una investigación de dicho cuerpo sobre la conducta de la Smithsonian), escribieron una carta de denuncia contra el secretario de la entidad, cuyo contenido, en comparación, hacía empalidecer la declaración de Hallion. El bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki, exclamaban estos miembros de la cámara baja, fue “desde el punto de vista moral uno de los acontecimientos más inequívocos del siglo XX”.9 A juicio del Senado, la incineración nuclear de los habitantes de las dos ciudades japonesas era, en verdad, un acto “misericordioso”. Este pasmoso adjetivo, tan ajeno a las percepciones japonesas, figuraba en una resolución senatorial aprobada por unanimidad, en la cual se condenaban los planes originales de la Smithsonian Institution. En palabras del Senado, “el Enola Gay cumplió un papel trascendente al contribuir a poner un misericordioso final a la Segunda Guerra Mundial, gracias a lo cual se evitó la pérdida de muchas vidas estadounidenses y japonesas”.10
La resolución del Senado también explicitaba el hecho hasta entonces poco conocido de que, según la ley federal, las instituciones de las características de la Smithsonian tienen el deber de conmemorar “el valor y el sacrificio” de las fuerzas combatientes estadounidenses, y presentar a éstas como “una inspiración para las generaciones presentes y futuras de los Estados Unidos”. La exposición propuesta del Enola Gay, se afirmaba, era “ofensiva para muchos veteranos de la Segunda Guerra Mundial” e impugnaría “la memoria de quienes dieron su vida por la libertad”. En otras palabras, por disposición oficial, la historia de los Estados Unidos hecha con fondos federales sobre todo si se trata de la historia militar, debe ser casi exclusivamente celebratoria.
La veneración de los caídos propios en una guerra dista de ser un sentimiento excepcional, y en ese sentido la resolución senatorial guarda realmente una interesante semejanza con el argumento sostenido por los conservadores japoneses opuestos a cualquier declaración de la Dieta que expresara “remordimiento” o se “disculpara” por la guerra de Japón. Por razones obvias, en este último país no puede haber un “relato heroico” de la guerra misma. Más dolorosa para muchos japoneses, sobre todo quienes perdieron familiares y amigos en los campos de batalla, es la imposibilidad práctica de elogiar públicamente a quienes murieron. Aun cuando las políticas de la nación hayan sido erróneas y algunos de los elementos de las fuerzas imperiales hayan cometido atrocidades, sostienen estos conservadores, es apropiado –y psicológicamente necesario– reconocer, no obstante, el valor y la abnegación de los casi dos millones de combatientes que dieron la vida por su país. Así, un petitorio opuesto a la disculpa de la Dieta por la guerra, que según se dice recogió cinco millones de firmas, sostenía –como lo hacía la condena del Senado norteamericano contra la exposición del Enola Gay– que un pedido de perdón “unilateral” e incondicional
daña el honor de nuestra nación y nuestra raza, es una profanación para nuestros héroes que murieron por la patria en su momento de crisis y se convertirá en un grave motivo de perturbaciones para el futuro de nuestro país y nuestro pueblo.11
En el enredo de la Smithsonian, la intolerancia con la desviación del relato heroico encontró su expresión más común en un ataque generalizado contra el “revisionismo”, visto como una práctica perversa y característica de ideólogos izquierdistas antinorteamericanos. Un observador mal informado del ruidoso clamor conservador de mediados de la década de 1990 nunca habría imaginado que existió una historia previa de crítica principista de las bombas, procedente de todos los sectores del espectro político y religioso, y formulada desde el momento mismo de la devastación de Hiroshima y Nagasaki.12 De tal modo, el Senado condenó los planes de la Smithsonian por “revisionistas y ofensivos”. John T. Correll, jefe de redacción de Air Force Magazine y autor de algunos de los primeros ataques contra el National Air and Space Museum [un museo de la Smithsonian Institution; N. de E.], denunció el programa original como “revisionismo histórico de la peor especie”.13 Unas dos docenas de representantes parlamentarios enviaron una carta al secretario de la Smithsonian Institution, en la que ponían en evidencia denunciar el “prejuicio antinorteamericano y la falta de equilibrio de la exposición”.14 La tarea de la institución, se dijo con frecuencia, era “contar la historia, no reescribirla”.15 Newt Gingrich, el nuevo jefe de la bancada republicana en la Cámara de Representantes, declaró que la muestra programada por la Smithsonian se había convertido en “un juguete de las ideologías de izquierda”.16
Gran parte de los medios siguieron su ejemplo. El Wall Street Journal afirmó que los curadores del museo estaban bajo la influencia de “académicos incapaces de ver la historia norteamericana como otra cosa que un deplorable catálogo de crímenes y agresiones contra los pueblos indefensos de la tierra”.17 El Washington Post, al que en general no se considera un clon del Wall Street Journal, coincidía esencialmente con éste en la materia. En un editorial, condenó los guiones originales del museo por su “tono tendenciosamente antinuclear y antinorteamericano”.18 En palabras de Jonathan Yardley, uno de los columnistas del Post, el National Air and Space Museum “procura embarcarse en lo que puede llamarse con justicia una campaña propagandística antinorteamericana”. Además, Yardley utilizaba la controversia como el punto de partida de un ataque contra la teoría crítica “deconstruccionista” en general. “Sobre todo hoy”, escribía,
cuando el rancio olor de la deconstrucción se cierne sobre la comunidad académica, para muchos es fácil fabricar argumentos intelectuales sobre la trivialidad de los hechos y luego encontrar el “significado” que quieran en esos mismos hechos o no-hechos que están dispuestos a “deconstruir” según su conveniencia ideológica.19
Semejante censura trivializaba las serias cuestiones que encerraba el debate sobre el uso de las bombas atómicas. Al mismo tiempo, sin embargo, hizo comprender a muchos críticos que la controversia del Enola Gay no era sino la irrupción más reciente –y tal vez la más amenazadoramente contagiosa– de las llamadas guerras culturales. En lo concerniente a los distintos museos de la Smithsonian, esos críticos rastreaban el virus de la “curaduría políticamente correcta” hasta un origen preciso: la muestra “A more perfect Union” [Una Unión más perfecta], sobre el internamiento de japoneses norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, presentada en el National Museum of American History en 1987 y aún en exhibición. En ese mismo museo, el virus de la “corrección política” se detectó a continuación en una instalación de 1991 titulada “The West as America: Reinterpreting Images of the Frontier [El Oeste como América: la reinterpretación de las imágenes de la frontera], 1820-1920”, que proponía comentarios críticos sobre las romantizaciones tradicionales de la experiencia de la frontera. Una exposición denominada “Science in American Life” [La ciencia en la vida estadounidense], también montada en el National Museum of American History, despertó una similar controversia porque prestaba atención a subproductos negativos del desarrollo científico como la destrucción nuclear y la degradación ambiental. En el National Air and Space Museum, la propuesta exposición del Enola Gay no fue la primera iniciativa que provocó la ira de los críticos conservadores. Una exposición popular presentada varios años antes, “Legend, Memory, and the Great War in the Air”, que desmiente de manera incisiva las romantizaciones “hollywoodenses” de pilotos y aviones en la Primera Guerra Mundial, también fue denunciada como propaganda izquierdista. La muestra mencionada concluye con un video que exhibe, a través de imágenes concisas y terribles, el legado espantosamente destructivo de los bombardeos estratégicos posteriores a la Primera Guerra Mundial: desde la Segunda Guerra Mundial hasta las ofensivas aéreas de alta tecnología lanzadas por los norteamericanos en la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, pasando por la guerra desde el aire librada por los Estados Unidos en Indochina.20
Sin embargo, ninguna de estas presentaciones anteriores suscitó críticas ni siquiera remotamente comparables a las formuladas contra los planes originales de la Smithsonian para la exposición del Enola Gay. El ataque visceral y casi siempre inmoderado contra el “revisionismo” histórico, motivado por el intento de tratar el lanzamiento de las bombas de una manera no celebratoria, fue una diatriba espeluznante, pues el alma de la indagación intelectual seria en las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias naturales –y el alma de la propia democracia– reside en la tolerancia de la crítica de principios, una disposición constante a admitir los retos fundados a los puntos de vista arraigados y ortodoxos. En términos más específicos, los obstáculos opuestos a esa compleja y aguda exposición equivalían a un repudio de la tarea del historiador. La tarea del historiador serio y no del mero escriba. El historiador que no es sólo un narrador ameno o el recitador acrítico de relatos que se le han transmitido. El historiador que no cree –como suponían muchos de los críticos de la Smithsonian– que los “hechos” (o los artefactos, como la superfortaleza B-29 Enola Gay) “hablen por sí mismos” o que la “interpretación” sea un vicio, un lujo, un adorno, un capricho y no una necesidad.
Los historiadores serios no definen su tarea como celebratoria (las celebraciones pertenecen, por definición, a la órbita de los propagandistas), aunque pueden encontrar, sin duda, oportunidades de celebrar, como la victoria sobre el nazismo y la peculiar forma japonesa de agresión y opresión fanáticas centradas en el emperador. Su misión primordial consiste en utilizar la perspectiva del tiempo, junto con el acceso a materiales antes inaccesibles, para repensar el pasado. Al hacerlo, los historiadores a menudo hacen suya la ambigüedad (incluida la posibilidad de que uno sea a la vez víctima y victimario). Creen, al menos en un plano ideal, que la controversia enseña; suponen, en rigor, que una exposición polémica detallada y expansiva, que presente los debates sobre las bombas atómicas y su uso, que se han entablado a lo largo de los últimos cincuenta años entre estudiosos y ciudadanos interesados, ha de encontrar un auditorio inteligente capaz de formarse sus propias opiniones.
Como historiador especializado en Japón y desvinculado de las emociones viscerales de medio siglo atrás (tenía siete años cuando la guerra terminó), considero fascinante gran parte del relato heroico norteamericano. La máquina de guerra imperial japonesa era agresiva, atroz y fanática. Prácticamente hasta el final, el alto mando imperial, incluido el propio emperador Hirohito, fue inflexible, irracional, indiferente a las atrocidades perpetradas por el gobierno y las fuerzas imperiales e inmune a una compasión genuina por el sufrimiento de los japoneses comunes y corrientes. Como al principio de la guerra, Japón era al final de ésta una formidable máquina bélica encabezada por un soberano inteligente pero obtuso.
En retrospectiva, parece evidente que cuando se lanzaron las bombas Japón tenía los días contados. Por ejemplo, un hoy famoso informe de inteligencia hecho público por el Strategic Bombing Survey de los Estados Unidos en julio de 1946, conjeturaba que los japoneses se habrían visto obligados a rendirse hacia fines de 1945, y posiblemente el 1 de noviembre, sin las bombas atómicas, la entrada de los soviéticos en la guerra (producida el 8 de agosto) o una invasión de fuerzas norteamericanas.21 Al mismo tiempo, sin embargo, los planes japoneses de combate vigentes en el momento del lanzamiento de las bombas convocaban a una defensa masiva y suicida de las islas centrales, para la cual el gobierno imperial no sólo movilizaría a varios millones de combatientes, sino también a millones de ciudadanos del común que habían sido entrenados y adoctrinados para resistir hasta el final con primitivas armas improvisadas.22 La mera alusión a una capitulación era una actitud sediciosa (así como psicológicamente imposible para el alto mando).
Dicho esto, aún resta preguntarse: ¿qué omite el relato heroico? Las respuestas a esta pregunta son muchas.
Por ejemplo, el relato triunfal suele ignorar materiales a los que se tuvo acceso una vez terminada la guerra. Entre otros, el fascinante “diario de Potsdam”, un manuscrito de Truman en el cual el presidente registró su respuesta inmediata (y un tanto confusa) a la noticia de la exitosa prueba “Trinity” de la bomba atómica –realizada el 16 de julio–, que recién se puso a disposición de los investigadores en 1978.23 Además, autoridades militares con impecables antecedentes patrióticos, como el general Dwight D. Eisenhower y el almirante William D. Leahy, sólo dieron a conocer de manera tardía sus inquietudes sobre la moralidad y la necesidad de emplear las bombas. Investigadores de la posguerra –Martin Sherwin, Barton Bernstein, Gar Alperovitz, Richard Rhodes y Stanley Goldberg, entre otros– han recurrido a una gran masa de documentos estadounidenses desclasificados para proponer pormenorizadas reinterpretaciones de los “hechos” que los líderes políticos angloamericanos presentaron en 1945 y los años siguientes para justificar el lanzamiento de las bombas.24
El relato heroico también tiende a pasar por alto Nagasaki. Aun cuando se sostuviera que el bombardeo nuclear de Hiroshima fue necesario para precipitar la rendición de Japón, ¿cómo se justifica el apresurado bombardeo de Nagasaki apenas tres días después, antes de que los japoneses tuvieran tiempo de investigar lo ocurrido en la primera de las ciudades y formularan una política de respuesta? El relato norteamericano termina casi invariablemente con Hiroshima, como lo revela la fijación con el Enola Gay. (¿Quién recuerda el nombre del B-29 que arrojó la bomba atómica sobre Nagasaki?)25 Algunos años atrás, un destacado conservador japonés enunció una tesis compartida por otros de sus compatriotas: la bomba de Hiroshima puede haber sido necesaria para forzar a los fanáticos líderes militaristas japoneses a considerar la posibilidad de la capitulación, pero la bomba de Nagasaki fue innecesaria.26 No hace falta decir que reflexiones de este tipo no tienen cabida en el relato heroico.
Los tratamientos japoneses más serios sobre el fin de la guerra sostienen que dos acontecimientos catastróficos apresuraron la rendición de Japón: el bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto y la declaración soviética de guerra dos días después. Desde mucho tiempo atrás, funcionarios estadounidenses de los más altos niveles instaban a Stalin a declarar la guerra a Japón, y en Potsdam habían recibido seguridades del líder soviético de que esa medida era inminente. (“Fini para los amarillos cuando eso suceda”, escribió Truman en la entrada del 17 de julio de su diario de Potsdam.) La actitud soviética, tan indiscutiblemente traumática para la dirigencia japonesa de la época, no suele merecer en el relato heroico más que una mención al pasar. También es habitual ignorar una cuestión conexa, con perturbadoras implicaciones políticas: ¿por qué los Estados Unidos se apresuraron a pulverizar Hiroshima antes de que el impacto de la declaración soviética de guerra pudiera evaluarse?
Los historiadores de la decisión de lanzar las bombas prestan asimismo una cuidadosa atención tanto a las cronologías reales como a las proyectadas. La tesis del “gracias a Dios por la bomba atómica” –núcleo mismo del relato heroico, que insiste en la necesidad esencial de lanzar las bombas rápidamente para salvar un gran número de vidas norteamericanas– debe hacer caso omiso de los hoy bien conocidos cronogramas del alto mando estadounidense. No se preveía ninguna invasión de Japón hasta noviembre de 1945, fecha para la cual se programaba un asalto inicial en la isla sureña de Kyushu. La gran invasión de las islas centrales japonesas, concentrada en la llanura de Kanto, situada en la estratégica zona de Tokio y Yokohama, debía producirse en marzo de 1946. Estas fechas, fijadas en los planes de batalla ultrasecretos cuyos nombres en código eran Olympic y Coronet, son relevantes en el uso o el mal uso dado a los “hechos” en el relato heroico.
La mayoría de los relatos centrados en un grupo, sean de triunfo o de victimización, encierran una numerología casi sagrada. En los relatos de victimización, por ejemplo, aparece un impulso casi irresistible no sólo por maximizar la cuantificación del sufrimiento propio sino también por disminuir los números contrapuestos o potencialmente “competitivos” correspondientes a otras víctimas. Este fenómeno puede constatarse en los estudios del Holocausto judío, en los cuales las cifras de seis millones de judíos y cinco millones de “otras” víctimas del exterminio nazi han asumido un estatus de infalibilidad casi bíblica.27 El problema de la “cuantificación de la victimización” también marca la controversia sobre la Violación de Nanking, con respecto a la cual los revisionistas japoneses de derecha han impugnado de manera permanente la cifra de trescientas mil víctimas chinas que está literalmente grabada en la piedra del monumento de Nanking levantado en su homenaje. Tal vez sea una simple coincidencia, pero en años recientes los libros de texto japoneses han comenzado a mencionar cifras sumamente altas de muertes hibakusha –entre trescientas mil y trescientas cincuenta mil en total para ambas ciudades–, que superan las reclamadas por los chinos para la masacre perpetrada en Nanking.28
En el relato heroico norteamericano de la guerra, el juego de los números se manifiesta de dos maneras. Por un lado, se presta una mínima atención a la cantidad y la naturaleza de las muertes japonesas causadas por las bombas en lo inmediato y a largo plazo. Cuando se dan cifras de “bajas” para las dos ciudades, por lo común reflejan cálculos hechos en los primeros tiempos, hoy considerados bajos por la mayoría de los investigadores. (“Decenas de miles de muertos” fue la mención casual en la exposición final de la Smithsonian Institution.) Por otro lado, como lo reveló vívidamente la controversia de la Smithsonian, la tesis del “gracias a Dios por la bomba atómica” tiene una fuerte fijación con las muertes norteamericanas imaginadas, es decir, el número de combatientes estadounidenses que probablemente habrían muerto en una invasión. Nadie duda que la cantidad total de bajas en las dos invasiones proyectadas habría sido extremadamente alta, pero se gasta mucha energía en discutir a cuántas hubiesen ascendido. En las versiones más populares del relato heroico, los números imaginados predilectos –que oscilan entre medio millón y un millón– han conquistado un poder casi talismánico.
La psicología que moviliza esa numerología sagrada en todos los bandos es comprensible. Y los números mismos, sean de bajas reales o previstas, merecen un cuidadoso análisis. Si bien es fundamentalmente razonable sostener que cualquier líder nacional habría y debería haber hecho todo lo que estuviera en sus manos para terminar la guerra con rapidez, como lo hizo el presidente Truman, no es posible argumentar que al lanzar las dos bombas atómicas con tanta celeridad, el primer mandatario norteamericano salvó de inmediato incontables decenas o centenares de miles de vidas de sus compatriotas. Los cronogramas de las operaciones Olympic y Coronet nos dicen otra cosa.
Virtualmente por definición, el relato heroico también es hostil a dos conceptos que la mayoría de los historiadores dan por sentados: que la controversia es inherente a cualquier proceso vigente de interpretación histórica, y que numerosas consideraciones e imperativos motorizan la elaboración de políticas. Tal como se la concibió en su origen, por ejemplo, la exposición del Enola Gay en el National Air and Space Museum habría incluido una serie de textos murales titulados “Controversias históricas”, con sumarios concisos de discusiones que académicos, científicos, planificadores de políticas y ciudadanos interesados han mantenido a lo largo de las últimas cinco décadas. Al margen de cualquier punto específico de desacuerdo, críticos del museo, como los voceros de la Legión Americana, se sintieron irritados ante la idea misma de controversia y manifestaron una oposición de principio a esos textos. Para ellos, la postura del museo era la antítesis misma del mero relato de la historia “tal como fue” y sugería, evidentemente, la imposibilidad de proclamar una “verdad” única con respecto a la decisión de lanzar las bombas. Los relatos heroicos exigen una trama argumental simple y unilineal.
De ordinario, en las versiones populares esa trama simple adopta la forma de una historia íntima de interés humano. Hagamos que el hombre corriente (o, con mucha menos frecuencia, la mujer corriente), el individuo presente en el lugar de los hechos, cuente su versión. En el caso de las bombas atómicas, el relato norteamericano se orienta de manera casi invariable hacia el coronel Paul W. Tibbets, Jr., piloto del famoso avión, y los demás tripulantes, hombres valientes y leales, como con seguridad lo eran. Y el piloto y su tripulación nos cuentan, verazmente, lo que ya sabemos que harían: que llevaron a cabo su misión sin ningún reparo a fin de salvar a sus camaradas y contribuir a terminar la guerra.
Esas descripciones de los hechos presentadas por los participantes comunes y corrientes pueden ser muy reveladoras. Personalizan nuestro interés en el pasado y hacen más palpable el carácter de la época. Pero nos cuentan poco y nada sobre las decisiones tomadas en las altas esferas: quiénes movilizaron a esos hombres, quiénes les dieron sus órdenes y por qué. Plantear con seriedad estos interrogantes es entrar en el reino de los imperativos múltiples.
El deseo de terminar la guerra con rapidez y salvar vidas norteamericanas era, desde luego, el gran objetivo del presidente Truman y sus asesores más cercanos, y la ferocidad suicida de la resistencia japonesa hacía mucho más urgente la búsqueda de una manera dramática de alcanzarlo sin tener que invadir el suelo enemigo. Todo el mundo, incluidos los curadores y académicos maltratados como “revisionistas”, aceptan esta idea. Al mismo tiempo, y en gran medida sobre la base de documentos antes confidenciales, hoy tenemos un cuadro más detallado y dinámico de una compleja sinergia de imperativos burocráticos, diplomáticos, políticos y científicos que también dieron impulso a la decisión de usar las bombas contra ciudades japonesas. Resulta clara, asimismo, la influencia de los imperativos psicológicos. La intención de salvar vidas no fue en modo alguno la única consideración que instigó los bombardeos.
Hoy sabemos, por ejemplo, que si bien el Proyecto Manhattan se estableció a fines de 1941 a raíz del temor de que la Alemania nazi pudiera desarrollar sus propias armas nucleares, ya en 1943 –antes de que los estadounidenses tuvieran conocimiento de que los alemanes nunca se habían consagrado con seriedad a un proyecto semejante, de que el derrumbe de Alemania fuera evidente y de que los Estados Unidos estuviesen siquiera cerca de hacer pruebas con un arma de tales características, y en un momento en que el avance implacable sobre las islas centrales japonesas aún pertenecía a un futuro distante– los planificadores militares preveían que Japón sería el blanco de la temible nueva arma.29 La justificación inicial para su desarrollo no tardó en ser reemplazada por imperativos tecnocráticos y un inexorable ímpetu burocrático.
También contamos con abundante documentación primaria demostrativa de que, hacia mediados de 1945, las principales autoridades estadounidenses veían la bomba atómica como una importante carta (palabra utilizada por el secretario de guerra Henry L. Stimson) para jugar contra la Unión Soviética en el tenso juego diplomático que ya comenzaba a agitar las relaciones entre los dos aliados. El hecho de embarcarse en un ejercicio de “diplomacia atómica” era perfectamente compatible con el uso de las bombas para poner rápido fin a la guerra. Ambos imperativos eran convergentes. Al mismo tiempo, esa convergencia hacía que la decisión de apresurar la utilización de las nuevas armas no se basara exclusivamente en cuestiones bélicas inmediatas.
Las consideraciones políticas internas también entraron en juego mientras el gobierno de Truman daba los últimos toques a su curso de acción. El nuevo presidente y su secretario de Estado, James Byrnes, ambos astutos veteranos del Congreso, eran agudamente conscientes de que una vez que la guerra terminara, también llegaría a su fin la unidad bipartidista. Los dos veían con mucha preocupación la posibilidad de que el costoso y ultrasecreto Proyecto Manhattan no lograra exhibir resultados concretos antes del final de la guerra, pues en ese caso se convertiría en el blanco inevitable de una “investigación y crítica implacables” (las palabras son de Byrnes) en el Washington de posguerra.30
Si bien los científicos que desarrollaron efectivamente las bombas atómicas tenían escasa influencia sobre el proceso de elaboración de políticas y apenas lo conocían, el Proyecto Manhattan proporciona a los historiadores un fascinante estudio de caso del funcionamiento de los imperativos científicos y tecnológicos, en particular cuando éstos implican nuevos sistemas armamentísticos intelectual y técnicamente seductores. Aunque la mayoría de los científicos se unió al proyecto con la convicción de que se embarcaban en una carrera contra los nazis por el desarrollo de un arma nuclear, prácticamente ninguno lo abandonó después de la derrota de Alemania. Antes bien, en realidad intensificaron sus esfuerzos, temerosos de que la guerra llegara a su fin antes de que ellos hubieran concluido su labor. “Creo que en ningún momento trabajamos más y con mayor rapidez que en el período posterior a la rendición alemana”, declaró luego de la guerra Robert Oppenheimer, el carismático jefe del Proyecto Manhattan. Para usar una evocadora frase muchas veces repetida, la bomba era “técnicamente deliciosa”. Por ejemplo, Victor Weisskopf, un destacado físico integrante del proyecto, utilizó más adelante esta expresión al lamentar que ni él ni sus colegas hubieran contemplado la posibilidad de renunciar una vez desaparecida la justificación antinazi para construir el arma. “La tarea era muy atractiva”, recordó. “En ese momento resultaba imposible dejarla. Me avergüenza no haber pensado siquiera en ello.” Los científicos querían sencillamente trabajar en su grandiosa iniciativa hasta el final. Según la opinión retrospectiva de Weisskopf, el hecho de que en última instancia se sintieran “atraídos por el tema mismo, y no por sus aplicaciones”, constituía una “peligrosa lección” para el futuro, aunque no una lección necesariamente atendida.31
La decisión de lanzar las bombas sobre ciudades japonesas también fue motorizada por otras consideraciones. Asesores científicos de alto rango del presidente como Arthur Compton y James B. Conant, por ejemplo, sostuvieron que el poder destructivo sin precedentes de la nueva arma debía demostrarse no sólo a los líderes japoneses o soviéticos sino al mundo entero, mediante su uso concreto en el combate. Esto afirmaba Compton en un importante informe secreto de junio de 1945: “Si la bomba no se utilizara en el conflicto actual, el mundo no tendría una advertencia adecuada en cuanto a lo que debería esperar del estallido de una nueva guerra”. Los intentos de posguerra de controlar el armamento nuclear serían, entonces, más dificultosos. Éste fue uno de los argumentos aducidos en el momento para rechazar la sugerencia de que el poder destructivo de la bomba no se demostrara sobre las ciudades japonesas sino con una detonación en un blanco no relacionado con los combates.32
La matanza de varios centenares de miles de civiles en Hiroshima y Nagasaki no impidió, por supuesto, la carrera armamentista nuclear de la posguerra, y las evaluaciones retrospectivas de esa racionalización del uso de las bombas son muy variadas. ¿Fue un ejemplo característicamente norteamericano de lo que podríamos llamar –con plena conciencia del horror de la expresión– una carnicería idealista de masas? ¿Puede el empleo de la nueva arma contra poblaciones urbanas verse como el inicio de la política de disuasión de la posguerra, una demostración gráfica y concreta de que no debía haber más Hiroshimas en las guerras del futuro? De uno u otro modo, nos topamos aquí con otra justificación explícita pero secreta del uso de la bomba que no tenía nada que ver con la terminación rápida de la guerra.
Una vez desplegado el terrible final de la partida, la posguerra presenció el surgimiento de otro tipo de consideraciones. Por ejemplo, muchos críticos norteamericanos contemporáneos del uso de las bombas sostienen que los Estados Unidos podrían haber apresurado la rendición de Japón si hubiesen abandonado la exigencia de “capitulación incondicional”, formulada por primera vez en relación con ese país y Alemania por el presidente Franklin D. Roosevelt y el primer ministro Winston Churchill en 1943. Esto habría implicado el ofrecimiento a la dirigencia japonesa de la perspectiva de una capitulación condicional, con la garantía de que los Aliados vencedores no exigirían cambios en la “organización política” imperial.
El problema es realmente polémico y brinda un excelente ejemplo de la controversia existente incluso entre los llamados críticos revisionistas del relato heroico. Quienes consideran que la decisión aliada de no garantizar la preservación del trono japonés fue una de las grandes oportunidades perdidas, fundan su argumento en varias observaciones que reflejan nuestro conocimiento ex post facto de cuestiones analizadas en secreto por los funcionarios norteamericanos encargados del diseño de políticas en la época. Hacia principios de 1945, por ejemplo, era de conocimiento público en Washington que altos funcionarios del Departamento de Estado como Joseph Grew, el cortés y conservador ex embajador en Japón, sostenían con firmeza la idea de garantizar la continuidad del sistema imperial. Los miembros de la clase alta japonesa con quienes se codeó en la década de 1930 habían inoculado en Grew una fuerte dosis de reverencia por el trono del crisantemo. Poco después de la guerra se supo que la postura del ex embajador, favorable a la rendición condicional, había sido considerada en los altos niveles a partir de junio de 1945, aunque en última instancia se la rechazó. Ya en esa misma fecha, y gracias a sus operaciones ultrasecretas de desciframiento de códigos, los norteamericanos conocían las gestiones confidenciales de los japoneses ante la Unión Soviética, por entonces neutral, con la vaga esperanza de que esta última propiciara algún tipo de acuerdo de paz que excluyera la capitulación incondicional. Cuando Stalin informó de esos intentos al presidente Truman y al primer ministro británico Winston Churchill en la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, las tres partes se apresuraron a desestimarlos como indignos de una seria consideración.33
Tal vez una garantía norteamericana de mantenimiento del sistema imperial habría incitado a los militaristas japoneses a capitular antes del lanzamiento de las bombas. Nunca lo sabremos, pero podemos aprender mucho acerca del violento desenlace de la guerra –y acerca de las políticas de crisis en general– si tomamos en cuenta con seriedad esa hipótesis. A mi juicio, el abandono de la exigencia de rendición incondicional no era una opción política viable por muchos motivos. Habría sido políticamente inadmisible en los Estados Unidos y en el campo de los Aliados. Con toda probabilidad, los acuciados líderes japoneses habrían aprovechado esa oferta para procurar aclaraciones y “condiciones” adicionales más allá de una vaga garantía de conservar el trono. Por otra parte, de haberse acordado una capitulación condicional –y en este punto vuelven a entrar en juego las consideraciones concretas sobre la posguerra–, ésta habría debilitado gravemente la capacidad estadounidense de imponer amplias reformas a un Japón derrotado y ocupado. Al contrario de la búsqueda de una rendición negociada, el recurso a las bombas aseguraba a los Estados Unidos la posesión de una autoridad virtualmente dictatorial para promover la “desmilitarización y democratización” en el Japón de posguerra.34
Estos múltiples imperativos favorables a la utilización de las bombas –que a menudo implicaban consideraciones sobre la posguerra y no sobre la actualidad de la guerra– rara vez se mencionan en el relato heroico; no obstante, casi ninguno de ellos era incompatible con el objetivo de dar un rápido fin al conflicto y salvar la vida de numerosos norteamericanos. Por el contrario, estos argumentos, racionalizaciones o imperativos psicológicos adicionales, contribuyeron en mucho a crear un marco en el cual los cursos de acción alternativos (como el de hacer la demostración de la nueva arma en un blanco no relacionado con el combate o al menos sin presencia civil, o el de esperar hasta constatar el efecto de la declaración soviética de guerra contra Japón) quedaron a un lado e Hiroshima y Nagasaki fueron arrasadas prácticamente sin el menor reparo. Casi en su totalidad, los argumentos propuestos decían: “¡adelante!”. Sólo algunos individuos en posiciones marginales cuestionaron por motivos prácticos la política prevaleciente (fue el caso, por ejemplo, de quienes advirtieron que el intento de mantener un monopolio angloamericano de los recursos y la tecnología nuclear provocaría una carrera armamentista con la Unión Soviética). Fueron menos aún los que plantearon o exploraron interrogantes básicos sobre la moralidad de la construcción y el uso de un arma de un poder destructivo sin precedentes contra civiles.
En el clima de la época, esa utilización parecía algo natural, en parte porque hacia el fin de la guerra los japoneses habían sido objeto de una exhaustiva deshumanización. En buena medida, la indignación suscitada por el borrador inicial del programa de la Smithsonian Institution se centró en una mención fugaz a las dimensiones racistas y punitivas de la guerra. Como es evidente, esas referencias no podían sino rebajar cualquier celebración del “valor y sacrificio” de las fuerzas armadas norteamericanas. El odio racial y la sed de venganza difícilmente puedan servir de admirable inspiración para las generaciones presentes y futuras.
No obstante, la venganza y el racismo fueron vigorosos sentimientos que dieron forma a la conducción del conflicto en ambos bandos, y pretender que las cosas fueron de otra manera es ser deshonesto. Los norteamericanos fueron a la guerra contra “los amarillos” con consignas como “Recuerden Pearl Harbor – No dejen uno vivo”. Publicaciones del frente civil como la revista mensual de la Legión Americana (cuyos dirigentes tendrían un importante papel en la denuncia y la movilización política y mediática contra la Smithsonian Institution) presentaban regularmente a los japoneses como monos u otras especies subhumanas. En su diario de Potsdam, el presidente Truman racionalizaba la necesidad de emplear las bombas caracterizando a esos mismos japoneses como “salvajes, crueles, desalmados y fanáticos”. El 11 de agosto, dos días después del lanzamiento de la bomba sobre Nagasaki, respondió a una carta del funcionario de una iglesia protestante que criticaba esa matanza “indiscriminada” citando la vieja patraña de que “cuando uno debe enfrentarse a una bestia tiene que tratarla como una bestia. Por muy lamentable que sea, es cierto”. Aun después de que el gobierno japonés indicara con claridad su intención de rendirse, los Estados Unidos decidieron enviar el 14 de agosto una masiva misión final de bombardeo sobre Tokio, a raíz de la cual murieron y fueron heridos varios otros miles de civiles. Los últimos aviones todavía estaban en el aire cuando la capitulación ya era un hecho.35
El odio visceral liso y llano mueve a un pueblo en guerra tanto como el valor, tanto como la racionalidad, tanto como el patriotismo, la lealtad o el sentido del deber. Si verdaderamente queremos entender la decisión de lanzar las bombas contra civiles japoneses, es preciso que también esto sea reconocido.
HIROSHIMA COMO TRAGEDIA
El relato heroico norteamericano de la Segunda Guerra Mundial en Asia termina esencialmente donde comienza el relato japonés: cuando el Enola Gay hace un pronunciado viraje para alejarse de Hiroshima y la tripulación contempla, a sus espaldas, una imponente columna de humo que surge de una increíble fulguración de luz. La exposición minimalista finalmente presentada en la Smithsonian se ajustó a esta línea argumental. Los visitantes acompañaban a los tripulantes. Permanecían en el avión. Estaban apartados por completo de lo que ocurría en tierra. De los efectos de la bomba veían poco más que una nube en forma de hongo.
Los estadounidenses tuvieron casi siempre dificultades psicológicas para mirar debajo de esa nube. Cuando pudieron hacerlo –a través de fotografías o relatos periodísticos–, el énfasis recayó en la destrucción física: panorámicas de devastados paisajes urbanos, primeros planos del esqueleto de hierro de la cúpula del destrozado ayuntamiento de Hiroshima, que se conservó como un monumento conmemorativo cuando la ciudad fue reconstruida. Si aparecían figuras humanas entre las ruinas, solía vérselas a lo lejos. Encontrábamos más supervivientes que cadáveres.
Así sucedieron las cosas desde el comienzo. Miles de metros de películas de Hiroshima y Nagasaki tomadas por camarógrafos japoneses entre agosto y diciembre de 1945 fueron confiscados por las autoridades norteamericanas y puestos a resguardo durante veinticinco años. Los relatos periodísticos destinados al mundo exterior y referidos a uno de los más horrendos flagelos de la nueva arma, las enfermedades de origen radiactivo, fueron objeto de un cuidadoso “saneamiento”.36
Si no nos alejamos del escenario junto con el Enola Gay –y tenemos el valor de mirar debajo de la nube en forma de hongo–, no encontraremos, desde luego, bestias y salvajes sino hombres, mujeres y niños horriblemente mutilados; no “amarillos”, sino individuos. Mientras el mandato de las instituciones públicas de los Estados Unidos sea celebrar el “valor y sacrificio” inspiradores de las fuerzas armadas norteamericanas, esas imágenes –virtualmente por definición– nunca podrán mostrarse; al menos, nunca podrán difundirse de una manera amplia. La naturaleza real de las matanzas perpetradas por la nación en el extranjero debe ser erradicada para siempre de los lugares oficiales.
En definitiva, los artefactos e imágenes del lugar de los hechos que el National Air and Space Museum se proponía utilizar en su ambiciosa exposición del Enola Gay enunciaban, más que cualquier otra cosa, una fatalidad política. No obstante, son esas representaciones concretas las que mejor nos permiten comprender Hiroshima. Lo que vemos aquí es, en última instancia, que el relato que trasciende y, en verdad, engloba al otro, es una tragedia.
Las representaciones visuales hablan a menudo de maneras imprevistas. Los críticos del programa original de la institución deploraron en un comienzo el hecho de que las representaciones del sufrimiento japonés superaran con mucho las dedicadas a los padecimientos infligidos por los japoneses a otros. En esencia, la exposición era –sostenían– una réplica del relato japonés de victimización; en rigor de verdad, los artefactos y fotografías de su núcleo emocional –la sala relativamente pequeña donde se exhibiría el “epicentro” de la explosión– provendrían sobre todo del Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.
Esas críticas no eran irrazonables, pero ponían de relieve un dilema insoluble. Pues si uno observa directamente las bombas atómicas –no sólo los acontecimientos, imperativos y decisiones que condujeron a su uso, sino también lo que sucedió debajo de la nube en forma de hongo–, resulta obvia la cuasi imposibilidad de montar una exposición que fuera al mismo tiempo “equilibrada” y “heroica”. Nada ejemplificaba esta situación con mayor dramatismo que la yuxtaposición de la superfortaleza y el recipiente con la vianda escolar, una confrontación icónica específica de la controversia de la Smithsonian pero con implicaciones de gran alcance.
Todos los relatos tienen sus íconos; el relato heroico de la Segunda Guerra Mundial cuenta con varios. Uno se destaca al comienzo del conflicto y otro al final. El primero simboliza la victimización y la humillación producidas por la traición; el segundo, el triunfo. El acorazado norteamericano Arizona, hundido con más de dos mil tripulantes a bordo como consecuencia del sorpresivo ataque japonés contra Pearl Harbor, es el primero de esos íconos; el Enola Gay es el segundo. Aunque el avión es sin duda el más ambiguo, la veneración de ambos símbolos en los círculos patrióticos alcanza las alturas de una religión cívica.37
El amor y la reverencia manifestados por el coronel Tibbets hacia su superfortaleza B-29, que bautizó con el nombre de su madre en vísperas de la misión a Hiroshima, no eran excepcionales. Tampoco lo fue, medio siglo después, su angustia ante la perspectiva de que el avión fuera desarmado –literal y figuradamente mutilado– para poder acomodarlo en el espacio destinado a la muestra en el National Air and Space Museum. En una publicación de la Legión Americana de noviembre de 1994, Tibbets describió la exhibición propuesta de la aeronave –“sin alas, motores y hélices, tren de aterrizaje y montaje de la cola”– como un “montón de insultos”. Ese desmembramiento lo afectaba como una blasfemia. Y, en su opinión, revelaba los verdaderos motivos de los curadores del museo. “Si no otra cosa”, señaló sombríamente, esa presentación mutilada realzaría “el aura de maldad con que se pretende rodear al avión”.38
No es sorprendente que esas percepciones se formulen en el lenguaje del sacrilegio y la blasfemia, pues para la mayoría de los norteamericanos que atesoran el relato heroico el Enola Gay es un ícono sagrado. Aun periodistas presuntamente desapegados incurrieron en una cadencia de adoración al escribir sobre el avión. Así, un artículo del Washington Post de tono crítico hacia la muestra de la Smithsonian Institution comenzaba evocando una profanación:
Durante años, los encargados de su conservación lo trataron como un paria. En principio lo encerraron en un galpón, luego lo estacionaron a la intemperie, donde padeció lluvias y se convirtió en un objeto de ruina y refugio de aves, insectos y una variedad de sabandijas. Por último, comenzaron a trabajar en él hace una década, y hoy está casi terminado”. Recién después de este prefacio reverente, los lectores se enteran de que el tema es el Enola Gay y su restauración tras una labor amorosa.39
Esa reverencia por las máquinas bélicas no es extraña. Los marinos de todas partes profesan amor por sus naves, y los aviadores por sus aviones. Encontramos una reverencia similar en el bando japonés, uno de cuyos temas clásicos es un réquiem por el gran acorazado Yamato, que fue hundido por aviones norteamericanos en la batalla de Okinawa y arrastró consigo a las profundidades del océano a varios miles de tripulantes.40 Lo característico de las agonías estadounidenses por la mutilación del Enola Gay no fue que esos tormentos se produjesen, sino que estuvieran acompañados por una reacción de furia ante la presentación de imágenes de víctimas japonesas mutiladas por las bombas atómicas. Este vínculo entre la veneración de armas de destrucción masiva y la negación psíquica de lo que destruyeron es un tema apto para estudiosos de las patologías sociales y culturales.
Aun en su forma reducida, el Enola Gay era enorme: bastante más de quince metros de largo. Renovado y nuevamente reluciente luego de cuarenta y cuatro mil horas de restauración y el gasto de un millón de dólares (más tiempo y dinero de los que la Smithsonian había derrochado antes en un solo objeto), el fuselaje dominaría cualquier exposición en la que se instalara. O así se suponía. En realidad, pronto resultó evidente que no sucedería de ese modo. Por el contrario, los íconos del relato de victimización –pequeños objetos íntimamente asociados con individuos muertos por las bombas atómicas– amenazaban imponerse a la gran superfortaleza a los ojos de los visitantes de la muestra.
En los primeros bosquejos de ésta, los curadores se proponían exhibir una serie de tales íconos tomados de las cenizas de Hiroshima y Nagasaki, incluyendo artículos tan simples como ropa quemada, un reloj retorcido con las manecillas detenidas en la hora de la explosión de la bomba en Hiroshima y cuentas de un rosario cristiano fundidas por el calor del estallido de Nagasaki. Los críticos respondieron con alarma no a los artefactos mismos sino a su mera descripción en el borrador de propuesta del museo, y nada los inquietó más que la inclusión del recipiente con el almuerzo de una colegiala. Este humildísimo artefacto, que contiene arroz y guisantes carbonizados, pertenecía a una estudiante de séptimo grado cuyo cadáver nunca se encontró. Quienes atesoraban el relato heroico no tardaron en comprender que, para muchos visitantes, ese pequeño y patético recipiente procedente del terreno mismo de la explosión podía tener mucho más peso emocional que el gigantesco fuselaje exhibido en la sala anterior.
El recipiente con la vianda pesaría sin duda más que el casco de un soldado japonés o cualquier otro artefacto marcial, y por razones obvias. Era todo lo que quedaba de un no combatiente, una niña escolar despojada de su futuro. La naturaleza precisa de su exterminio se dejaba librada a la imaginación del espectador. Al parecer, la madre de la niña, todavía viva cuando se esbozaron los primeros planes de la Smithsonian, temía que los visitantes norteamericanos de la exposición profanaran de algún modo el recipiente. La situación nunca se hizo pública, pero el contraste –el temor de una madre ante el posible despojo de la memoria de su hija frente a la ofensa de los nacionalistas norteamericanos por el presunto oprobio recaído sobre el avión que arrojó la bomba causante de la muerte de la niña– permite capturar el juego intrínsecamente inequitativo de las imágenes en cualquier exposición que intentara presentar no sólo a quienes tiraron la bomba sino a quienes la sufrieron.
Aquí reside la contradicción insuperable de una muestra celebratoria centrada en las bombas atómicas y el final de la guerra. Los héroes del relato triunfal norteamericano que arrojaron materialmente las bombas, el coronel Tibbets y su tripulación, eran vigorosos y confiados jóvenes integrantes de las fuerzas armadas, en poder de la tecnología más avanzada que el mundo hubiera conocido, y encargados de una misión solitaria que ni siquiera requería la protección de una escolta aérea (dado que para esos días los japoneses apenas podían exhibir la más nominal de las defensas antiaéreas), y su blanco era una densa concentración de hombres, mujeres y niños no combatientes. Al tropezar con la yuxtaposición del Enola Gay y el recipiente con la vianda, sólo el más ferviente patriota estadounidense podría dar muestras de una pasión pura e inequívoca por el heroísmo, el triunfalismo, el valor y la abnegación. En las conmemoraciones japonesas del quincuagésimo aniversario la mayor atención se dedicó, por supuesto, a los íconos íntimos de las dos ciudades bombardeadas, que carecen sencillamente de una contrapartida norteamericana.41
Este choque irritante de íconos se extendió a las fotografías. Los críticos de los planes originales de la Smithsonian Institution sostuvieron –con el lenguaje nivelador convencional que procuraba equiparar la muerte de civiles japoneses con los caídos en combate– que las “fotos de bajas japonesas” debían contrapesarse de manera equitativa con “fotos de bajas norteamericanas”.42 El sentimiento subyacente a este deseo era razonable. En términos cualitativos, los japoneses habían demostrado ser maestros sin par del sadismo en la guerra asiática. Desde un punto de vista cuantitativo, habían levantado una montaña más alta de cadáveres. En la práctica, empero, no era posible transmitir el equilibrio propuesto sin situar la conducción bélica estadounidense en la misma área de comportamiento.
No dio resultado, por ejemplo, la puesta de las representaciones visuales del terreno de los hechos “en contexto” mediante la exhibición, en las salas adyacentes del museo, de fotografías que describían el valor y la abnegación de los militares norteamericanos. Las fotos de soldados y marineros muertos rara vez tienen el mismo peso que las correspondientes a víctimas civiles de la guerra, y la imagen gráfica del sufrimiento de un combatiente llega al corazón de otro modo que la de una mujer o un niño sometidos a un tratamiento brutal. En etapas intermedias del conflicto entre el museo y sus críticos, cuando aún se consideraba la posibilidad de algún tipo de compromiso, se propuso una drástica reducción del número de fotografías de “bajas” de las bombas atómicas y el agregado de imágenes que presentaran temas como los festejos de los prisioneros de guerra aliados con motivo de la rendición japonesa. Tampoco este expediente servía para alcanzar un verdadero “equilibrio”, pues las fotos de militares capturados, cualesquiera hayan sido los malos tratos recibidos, no trasmiten el impacto emocional de la imagen de una madre y su niño de pecho quemados por la bomba (para dar un ejemplo que perturbó mucho a los críticos del museo).
No era factible, del mismo modo, poner los artefactos y fotografías asociados con la experiencia de la bomba atómica “en perspectiva” mediante la inclusión de más ilustraciones relacionadas con las atrocidades japonesas. La búsqueda de esas imágenes no planteaba inconvenientes. La documentación visual de la brutalidad japonesa es amplia y se extiende desde la célebre foto de un soldado japonés en el momento de decapitar a un prisionero rubio hasta la panorámica de una cámara sobre hombres, mujeres y criaturas masacrados en Manila en 1945, pasando por escalofriantes tomas de víctimas chinas de la Violación de Nanking de 1937. Desde el comienzo hasta el final de su guerra, los soldados y marinos del emperador Hirohito mostraron un horroroso comportamiento; ¿qué se lograría, sin embargo, con la inclusión de pruebas de ello como preludio de una exposición sobre las bombas atómicas y el final de la guerra? La naturaleza misma de ese intento de alcanzar un equilibrio no haría sino sugerir que los bombardeos atómicos de las dos ciudades japonesas se inscribían en un pie de igualdad con los crímenes de guerra de Japón o, al menos, compartían un mismo universo comparativo.
¿Lo compartían?
En este punto surgen dos terribles observaciones o, tal vez, dos terribles interrogantes: el primero se refiere a la índole esencial de los bombardeos; el segundo, al contexto histórico general en el que los planificadores norteamericanos de políticas resolvieron, de manera casi casual, exterminar a los residentes civiles de dos ciudades. Aquí nos enfrentamos no a una tragedia norteamericana o japonesa, sino a una tragedia de nuestro tiempo.
Imaginemos lo siguiente: si el coronel Tibbets y su tripulación hubieran recibido la orden de infiltrarse en Hiroshima e incinerar, irradiar y mutilar uno por uno a decenas y decenas de miles de hombres, mujeres y niños residentes en la ciudad, ¿lo habrían hecho? ¿Podría su psiquis haber tolerado hacerlo, aun cuando les hubieran dicho que el cumplimiento de la orden podía acelerar el fin de la guerra? Y por nuestra parte, ¿habríamos visto su misión de otra manera? Si la respuesta es afirmativa, ¿por qué? ¿En qué aspecto la imposición instantánea de un sufrimiento inmenso e inusitado a una población civil desde gran altura, donde los blancos humanos son invisibles, y con una sola arma devastadora, es moralmente diferente de la realización de ese mismo cometido uno por uno, mano a mano y cuerpo a cuerpo?
De hecho, casi nadie diría que los tripulantes del Enola Gay fueron inmorales. A través de esta controversia mantuvieron su imagen de hombres valientes y patrióticos. Quienes han sostenido que la matanza de civiles en Hiroshima y Nagasaki es sustancialmente igual a las atrocidades cometidas por la máquina de guerra del emperador Hirohito, e incluso comparable al Holocausto perpetrado por los nazis, constituyen una minúscula minoría, encabezada, de la manera más conspicua, por el juez indio Radhabinod Pal, que expresó esta opinión en su fallo discrepante con el veredicto de los juicios por crímenes de guerra celebrados por las potencias aliadas en Tokio luego de la Segunda Guerra Mundial.43
No obstante, seguimos teniendo frente a nosotros esa enorme cantidad de civiles muertos y mutilados y la admisión de que ni los norteamericanos ni los demás miembros del campo aliado consideraron que Hiroshima y Nagasaki, aunque únicos por la naturaleza tecnológica de su devastación, plantearan algún dilema moral particularmente agudo. La decisión estadounidense de exterminar el mayor número posible de japoneses en ambas ciudades se tomó sin un gran examen de conciencia y, por cierto, sin un debate interno de proporciones, porque en esa fase de la guerra los combatientes de todos los bandos ya habían señalado a las poblaciones civiles como blancos lícitos y hasta primordiales. En el nuevo mundo de la “guerra total”, la moral enemiga –y por lo tanto cada hombre, cada mujer y cada niño pertenecientes al campo contrario– se convirtió en un blanco potencial de los “bombardeos del terror”.
Como bien lo supieron los nativos norteamericanos, los combatientes de ambos bandos en la Guerra de Secesión y los filipinos entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la masacre masiva no era ajena a la tradición militar estadounidense. Hasta las últimas etapas de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la matanza generalizada de no combatientes no se adoptó, o al menos no se proclamó, como política oficial. Cuando Japón y Alemania empezaron a utilizar esas tácticas a fines de la década de 1930, los Estados Unidos denunciaron la carnicería deliberada de civiles mediante bombardeos aéreos como un acto ajeno a las sociedades civilizadas.
Esta condena era inequívoca. El “bombardeo despiadado de lugares no fortificados con la matanza resultante de poblaciones civiles, y en particular de mujeres y niños”, sostuvo el gobierno norteamericano en una declaración típica de 1937, como respuesta a los bombardeos japoneses en China, era “bárbaro” y significaba una “violación de los principios más elementales de esos criterios de conducta humanitaria que se han desarrollado como parte esencial de la civilización moderna”. De manera análoga, en junio de 1938 el Senado denunció el “bombardeo inhumano de poblaciones civiles” como un “crimen contra la humanidad” que recordaba “las crueldades perpetradas por naciones primitivas y bárbaras contra pueblos indefensos”. Tanto Gran Bretaña como la Liga de Naciones hicieron similares denuncias públicas de esas políticas. Gran parte de la caracterización anglonorteamericana de las potencias del Eje como salvajes que actuaban en un universo moral diferente se fundaba en una reacción genuinamente horrorizada ante el uso desenfrenado e indiscriminado del poder aéreo alemán y japonés.44
Gran Bretaña encabezó el abandono de este terreno de superioridad moral en el verano de 1942, al decidir la destrucción de ciudades alemanas con bombas incendiarias. Hacia 1945, los Estados Unidos habían aceptado abiertamente el uso de tales métodos en ciudades enemigas, como una estrategia básica y apropiada. Los residentes de Dresde pudieron tomar nota de ello en febrero de ese año, cuando una incursión aérea conjunta de británicos y norteamericanos mató a cuarenta mil ciudadanos en lo que el primer ministro Churchill denominó con franqueza y sin excusas un “bombardeo del terror”. Poco después, la política de tomar a las poblaciones urbanas como blanco deliberado se extendió a Japón con la gran incursión aérea sobre Tokio del 8 y 9 de marzo de 1945, que destruyó alrededor de cuarenta kilómetros cuadrados de la capital y mató a no menos de cien mil civiles.
Algunos norteamericanos pertenecientes a las altas esferas expresaron en privado su consternación ante esos acontecimientos. A mediados de junio de 1945, seis semanas antes de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, el general de brigada Bonner Fellers, uno de los asistentes más cercanos del general Douglas MacArthur, caracterizó confidencialmente el bombardeo de saturación de las ciudades japonesas con bombas napalm como “una de las matanzas más despiadadas y bárbaras de no combatientes en toda la historia”. En los altos círculos de Washington que tomaron la decisión de utilizar las bombas atómicas, personas como el secretario de guerra Henry Stimson y el general George Marshall, jefe del estado Mayor del ejército, lamentaron con suspiros el cambiante tenor moral de los tiempos. Al fin y al cabo, sin embargo, nadie planteó serios cuestionamientos morales a este cruce de una gran divisoria en materia de blancos legítimos de guerra.45
Con esa omisión, los auténticos héroes de la guerra contra el fascismo se negaron a sí mismos un lugar firme y sin ambigüedades morales en la historia. Se convirtieron en héroes con las manos llenas de sangre de mujeres y niños, y en este aspecto fueron protagonistas de un relato trágico y nada triunfal. El carácter trágico de sus actos se agravó, además, cuando resultó evidente –como no tardó en suceder– que la decisión de desarrollar y utilizar bombas atómicas no había dado acceso a una nueva era de paz y seguridad sino, por el contrario, a una época –nuestro mundo de la posguerra– de desconfianza e inseguridad constante.
Ni siquiera el presidente Truman, que sostuvo hasta su muerte no haber tenido nunca vacilaciones con respecto a la decisión de arrojar las bombas, y a quien se estima en general como uno de los baluartes del relato heroico, fue insensible a la naturaleza trágica de sus actos. En el breve lapso transcurrido entre el bombardeo de Nagasaki y la capitulación japonesa, ordenó que no se utilizara ninguna otra bomba atómica sin su autorización específica. Por lo que sabemos, lo hizo con el argumento de que no quería aprobar más matanzas de mujeres y niños. Henry Wallace, que estuvo presente en esa oportunidad, resumió la justificación presidencial escribiendo en su diario que “era demasiado horrible pensar en borrar del mapa a otras cien mil personas. No le gustaba la idea de matar a ‘todos esos chicos’”. De algún modo, y aunque de manera momentánea, los “salvajes” y las “bestias” que el presidente decía incinerar habían recuperado en su espíritu la categoría de seres humanos.46
Años después, en la biblioteca privada de Truman, un investigador descubrió que el ex presidente había reunido la mayoría de los libros escritos sobre los bombardeos atómicos y subrayado partes del epílogo de uno de ellos. Se trataba del famoso soliloquio de Horacio en Hamlet:
...diga yo al mundo aún ignorante
Cómo sucedieron estas cosas: oiréis así
De actos carnales, sangrientos y antinaturales,
De sentencias dictadas por el acaso, matanzas imprevistas,
De muertes infligidas con astucia y amañada causa,
Y, al fin, de proyectos malogrados
Que cayeron sobre la cabeza de sus inventores [...]
Mas ejecútese ahora esto mismo
Aunque los ánimos de los hombres estén caldeados, no sea que
Los planes sufran nuevos infortunios y errores.47
Como en tantas otras cosas, nunca sabremos realmente si el presidente Truman tuvo dudas sobre su decisión de matar a enormes cantidades de hombres, mujeres y niños no combatientes con la nueva arma que tenía a su disposición. Sin embargo, podemos decir como mínimo que las líneas humilde y privadamente subrayadas por él contribuyen a recordarnos la naturaleza trágica de esa decisión. En el estridente y patriotero marco de los Estados Unidos actuales, esa perspectiva –y esa elocuencia– es oficialmente tabú. Esto puede servirnos para apreciar cuánto hemos fracasado en comprender nuestra humanidad.
1. El discurso del primer ministro Tomiichi Murayama, la resolución de la Dieta del 9 de junio y otros cinco documentos japoneses que reflejan argumentos tanto de derecha como de izquierda sobre la cuestión de la responsabilidad bélica se reproducen traducidos, con un breve comentario, en John W. Dower, “Japan Addresses its War Responsibility“. The Journal of the International Institute (University of Michigan), 3 (1), 1995, pp. 8-11. La traducción “extraoficial“ de la resolución de la Dieta del 9 de junio, entregada por la secretaría de la cámara baja, reza lo siguiente:
“La Cámara de Diputados resuelve lo siguiente: En oportunidad del quincuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, esta cámara ofrece sus sinceras condolencias a quienes cayeron en acción y las víctimas de las guerras y actos similares en todo el mundo.
”Tras una reflexión solemne sobre numerosos ejemplos de dominación colonial y actos de agresión en la historia moderna del mundo, y reconociendo que en el pasado Japón llevó a cabo esos actos, que infligieron sufrimiento y dolor a los pueblos de otros países, sobre todo de Asia, los miembros de esta cámara expresan un sentimiento de profundo remordimiento.
”Debemos trascender las diferencias con respecto a las visiones históricas de la guerra pasada y aprender con humildad las lecciones de la historia, para poder construir una sociedad internacional pacífica.
”Bajo la enseña de la paz eterna consagrada en la Constitución de Japón, esta cámara expresa su resolución de unir fuerzas con otras naciones del mundo y allanar el camino a un futuro que permita a todos los seres humanos vivir juntos.”
El razonamiento subyacente a la oposición a un pedido incondicional de perdón por las agresiones japonesas se expresó de manera sucinta en un petitorio puesto en circulación por un “Comité del Movimiento de Ciudadanos sobre el Quincuagésimo Aniversario del Final de la Guerra” constituido ad hoc, que afirmaba haber recogido cinco millones de firmas. Los principales párrafos introductorios de este documento, que se presentó a la Dieta en febrero de 1995, dicen lo siguiente:
“En ocasión de cumplirse cincuenta años del final de la guerra, existen planes para emitir una resolución de la Dieta que condene en forma unilateral la guerra llevada adelante por nuestro país, exprese nuestro ‘remordimiento’ y pida ‘perdón’ a las naciones pertinentes. Como expresión de la voluntad de la nación, una resolución semejante implica declarar, tanto en el plano interno como en el plano internacional, que en la historia del mundo sólo nuestro país tiene una responsabilidad bélica y es una nación criminal. Inevitablemente, esta actitud daña el honor de nuestra nación y nuestra raza [minzoku], es una profanación para nuestros héroes [eirei] que murieron por la patria en su momento de crisis y se convertirá en un grave motivo de perturbaciones para el futuro de nuestro país y nuestro pueblo. Nos oponemos a esta resolución de la Dieta.”
La necesidad de rendir homenaje a los connacionales muertos en una guerra es en todas partes el núcleo de los sentimientos patrióticos; es esencial tener presente este hecho cuando se abordan las “peculiaridades” de la dificultad experimentada por el Japón de posguerra para aceptar su responsabilidad bélica.
2. La multitud de valiosos materiales primarios y secundarios que aparecieron luego de la muerte de Hirohito, así como las pruebas considerables sobre la responsabilidad personal del emperador en la conducción de la guerra, están cuidadosamente analizados y documentados en Herbert Bix, “The Showa Emperor’s ‘Monologue’ and the Problem of War Responsibility”. Journal of Japanese Studies, 18 (2), 1992, pp. 295-363.
3. Se encontrará una aguda muestra de la posición del Partido Comunista de Japón, que tuvo influencia en los círculos académicos, en la crítica de dicha agrupación a la resolución aprobada por la Dieta el 9 de junio acerca de la responsabilidad bélica japonesa; véase J. W. Dower, “Japan Addresses its War Responsibility”. The Journal of the International Institute (University of Michigan), 3(1), 1995.
4. El “caso del manual de Ienaga” –que se sustanció en los tribunales japoneses desde 1965 hasta 1989 e implicó una demanda contra el Ministerio de Educación presentada por el profesor Saburo Ienaga, a raíz de las correcciones que se le solicitaban en un texto escolar de historia de su autoría– suele citarse de manera pertinente para ilustrar el “saneamiento” gubernamental de la crónica histórica. Es menos habitual señalar que el dilatado pleito de Ienaga, que disfrutó de mucha publicidad, constituyó un notable ejercicio concreto y constante de elevación de la conciencia pública en lo tocante al intento del gobierno de censurar la enseñanza de la historia japonesa. Las recientes “revelaciones” en torno de la Unidad 731, así como acerca de las llamadas mujeres de solaz, son en sí mismas fascinantes estudios de casos que no sólo nos permiten vislumbrar cómo recordamos y olvidamos el pasado, sino también constatar la influencia ejercida por los Estados Unidos sobre la “memoria” de los crímenes de guerra japoneses. Tanto las criminales atrocidades “científicas” cometidas por la Unidad 731 como la brutal coerción de mujeres asiáticas obligadas a prestar servicios sexuales a las tropas del emperador fueron conocidas por las autoridades norteamericanas en el Japón ocupado inmediatamente después de la guerra, pero se las ocultó por motivos relacionados con el interés de los estadounidenses, tal como estos mismos lo percibían. (Los científicos criminales se liberaron de la persecución penal a cambio de someterse a interrogatorios exhaustivos sobre los resultados de sus experimentos “biológicos”. Con toda seguridad, la cuestión de las “mujeres de solaz” no se dio a conocer ni fue objeto de causas judiciales por la sencilla razón de que, luego de la capitulación de Japón, la propia gran fuerza aliada de ocupación también se valía de una extensa red de prostitutas japonesas “voluntarias”.)
5. En International Society for Educational Information (ISEI), Japanese School Textbooks: Japan in Modern History – Junior High School. Tokio: ISEI 1994, el lector encontrará un útil volumen bilingüe que contiene los tres textos de historia de mayor difusión en las escuelas medias japonesas de nuestros días, con el texto original y la traducción inglesa en páginas enfrentadas. La ISEI es una entidad asociada al Ministerio de Asuntos Extranjeros de Japón.
6. Al mismo tiempo, como lo indican los artículos de Tom Engelhardt y Paul Boyer presentados en este volumen, casi desde el momento mismo del lanzamiento de la bomba la imagen triunfal de Hiroshima tuvo en la cultura norteamericana una contracara apocalíptica más oscura (y frecuentemente silenciada). [El autor se refiere a los artículos “The Victors and the Vanquished”, de Engelhardt, y “Whose history is it anyway? Memory, Politics, and Historical Scholarship”, de Boyer, incluidos en E. T. Linenthal y T. Engelhardt (comps.), History Wars... Op. cit., pp. 210-250 y 115-139, respectivamente. (N. del T.)].
7. New York Times. 6 de marzo de 1995. J. W. Dower, “Japan Addresses its War Responsibility”. The Journal of the International Institute (University of Michigan), 3 (1), 1995, se encontrará un petitorio firmado por ciudadanos representativos, en el que se reclama el otorgamiento de esa compensación.
8. Paul Fussell, “Thank God for the Atom Bomb”. Thank God for the Atom Bomb, and Other Essays. Nueva York: Summit Books, 1988, pp. 13-37. El artículo se publicó por primera vez en 1981, con otro título.
9. Richard Hallion fue citado de la siguiente manera: “Las preguntas fundamentales persisten: ya que se ocupaban de un tema moralmente inequívoco, ¿por qué tuvieron que elaborar dos y quizá tres planes hasta dar en el blanco [get it right]? ¿Por qué hizo falta un tremendo alboroto público para forzarlos a hacer unos cambios que eran evidentes desde el principio?”. Washington Times. 30 de agosto de 1994. El propio Hallion se destacó como una figura notoriamente ambigua en la controversia sobre la muestra del Enola Gay. Como miembro de la comisión asesora original de la exposición, hizo en privado un fuerte elogio del primer borrador de programa presentado por los curadores del National Air and Space Museum. Sin embargo, una vez que la muestra se convirtió en una polémica política abierta, Hallion se presentó como uno de sus críticos más enérgicos. La carta de Sam Johnson y sus colegas, fechada el 13 de diciembre de 1994 y dirigida a I. Michael Heyman, secretario de la Smithsonian Institution, está incluida en un boletín de prensa sin paginar emitido por la Air Force Association, “Congressional correspondence and press releases”, octava parte de “The Enola Gay debate”.
Una crítica más sutil de la exposición propuesta por la Smithsonian, basada en consideraciones morales, fue la realizada por el general retirado Monroe W. Hatch, Jr., director ejecutivo de la Air Force Association, quien sostuvo que el borrador de programa del museo trataba a Japón y los Estados Unidos “como si su intervención en la guerra hubiera sido moralmente equivalente”; citado en John T. Correll, “War Stories at Air and Space”. Air Force Magazine. Abril de 1994, p. 26. Esa insistencia en las diferencias morales (así como políticas e ideológicas) entre los Aliados y el Eje en la Segunda Guerra Mundial es indudablemente apropiada. Sin embargo, en el enredo de la Smithsonian llevó por lo común a un tipo trillado de torpeza moral. Esto es: la letanía de las atrocidades japonesas se proponía simplemente como una manera de suprimir todo intento de abordar con seriedad los problemas morales planteados por la política norteamericana de elegir como blanco a civiles enemigos y someterlos, en definitiva, a la destrucción nuclear. De ordinario, esas tácticas retóricas relativizan la atrocidad (lo hecho por ellos fue mucho peor que lo hecho por nosotros). También reflejan una aceptación de la pertinencia de la venganza ojo por ojo y diente por diente (“ellos” –los japoneses en general– merecían sufrir horriblemente, por lo que hicieron a otros). En la tradición occidental podríamos ver esa postura en términos de actitudes del Antiguo Testamento, pero debería señalarse que en estos debates, tales sentimientos “vengativos” son a menudo expresados en forma apasionada por chinos que recuerdan con amargura las atrocidades de Japón durante la guerra y aplauden las bombas por poner fin al conflicto y, a la vez, representar una venganza contra un opresor odiado.
10. Resolución 257 del Senado, 103º período de sesiones, segunda sesión, presentada el 19 de septiembre de 1994 y aprobada el 23 de ese mismo mes. El texto completo reza lo siguiente:
“Para expresar la opinión del Senado con respecto a la presentación apropiada de los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas en la próxima exposición sobre el Enola Gay en el National Air and Space Museum.
”Por cuanto el Enola Gay cumplió un papel trascendente al contribuir a poner un misericordioso final a la Segunda Guerra Mundial, gracias a lo cual se evitó la pérdida de muchas vidas estadounidenses y japonesas;
”Por cuanto el programa actual de la exposición del National Air and Space Museum sobre el Enola Gay es revisionista y ofensivo para muchos veteranos de la Segunda Guerra Mundial;
”Por cuanto la ley federal dispone que ‘la Smithsonian Institution conmemorará y mostrará los aportes hechos por las fuerzas militares de la nación a la creación, el desarrollo y el mantenimiento de una sociedad y una cultura libres, pacíficas e independientes en los Estados Unidos’;
”Por cuanto la ley federal también dispone que ‘el valor y el sacrificio de los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas se presenten como una inspiración para las generaciones presentes y futuras de los Estados Unidos’; y
”Por cuanto, al conmemorar el papel de los Estados Unidos en los conflictos armados, el National Air and Space Museum tiene, de acuerdo con la ley federal, la obligación de describir la historia en el contexto propio de la época: Vistas estas circunstancias, por lo tanto,
”Resuélvase. Que es opinión del Senado que cualquier muestra exhibida por el National Air and Space Museum en relación con el Enola Gay debe reflejar una sensibilidad apropiada [appropriate; ¿idónea?] hacia los hombres y mujeres que sirvieron con lealtad y generosidad a los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y evitar impugnar la memoria de quienes dieron su vida por la libertad.”
11. Este petitorio se reproduce parcialmente en la nota 1. El término evocativo clave del texto es eirei, cuyo significado literal es “almas de los héroes de guerra caídos”. En el escenario político japonés, el Izokukai (Asociación de Familias Japonesas Enlutadas por la Guerra), un lobby ciudadano compuesto principalmente por representantes de deudos, se ha transformado en una de las voces conservadoras más eficaces en los debates sobre la forma de presentar públicamente la guerra y abordar la responsabilidad bélica de Japón. Podría hacerse una interesante comparación entre el papel teñido de un tono emocional del Izokukai en el bloqueo de un pedido inequívoco de perdón de la Dieta por la guerra y el rol análogo de la Legión Americana al impedir una exposición crítica sobre el Enola Gay en el National Air and Space Museum.
12. Véanse, por ejemplo, los artículos de Edward T. Linenthal y Paul Boyer incluidos en este volumen. [El artículo de Linenthal es “Anatomy of a Controversy”. E. T. Linenthal y T. Engelhardt (comps.), History Wars... Op. cit., pp. 9-62. (N. del T.)]
13. Véase la carta de John T. Correll al Washington Post. 14 de agosto de 1994. Los principales ataques de la Air Force Association contra los planes originales de la Smithsonian Institution, escritos en su mayor parte por Correll, aparecieron en los números de abril, septiembre y noviembre de 1994 de Air Force Magazine.
14. La cita de estos parlamentarios aparece en el Washington Post del 30 de agosto de 1994.
15. Véase, por ejemplo, el parlamentario citado por Robert Jay Lifton y Greg Mitchell en el New York Times. 16 de octubre de 1994.
16. New York Times. 28 de enero de 1995.
17. Wall Street Journal. 29 de agosto de 1994. Otro comentario conservador acusó a los curadores del museo como individuos que “odian a su país y deberían ser despedidos”; citado por R. J. Lifton y G. Mitchell, New York Times. 16 de octubre de 1994.
18. Washington Post. 20 de enero de 1995.
19. Jonathan Yardley, “Dropping a Bomb of an Idea”. Washington Post. 10 de octubre de 1994.
20. La Air Force Association, por ejemplo, fue muy explícita al situar la exposición propuesta del Enola Gay en el marco de esta epidemiología más general de la “interpretación cultural”. Véase Air Force Magazine. Abril de 1994, p. 27. En ese contexto, vale la pena señalar que cuando el nuevo secretario de la Smithsonian anunció la rendición incondicional de la institución a los críticos en lo concerniente a la muestra del Enola Gay, indicó al mismo tiempo que se moderaría el tono crítico de la exposición “Science in American Life”. Mientras que una muestra prevista sobre la Guerra de Vietnam se postergaría de manera indefinida.
21. U. S. Strategic Bombing Survey, Summary Report (Pacific War), Washington, D. C.: U. S. Government Printing Office, 1946, p. 26; la misma conclusión, citada en numerosas oportunidades, se repite en U. S. Strategic Bombing Survey, Japan’s Struggle to End the War. Washington, D. C.: U. S. Government Printing Office, 1946, p. 13.
22. Estos planes de batalla básicos, desesperados y finales están traducidos en U. S. Department of the Army, Reports of General MacArthur. Vol. 2, segunda parte, Washington, D. C.: U.S. Government Printing Office, 1966, pp. 585-586, 601-609.
23. Los estudiosos tuvieron por primera vez amplio acceso al “diario de Potsdam” gracias a Eduard Mark, “‘Today has been a Historical One’: Harry S. Truman’s diary of the Potsdam Conference”. Diplomatic History, 4(3). 1980, pp. 317-326; esta versión impresa contiene algunos errores como producto de una mala lectura de la caligrafía de Truman. El diario original está en la Truman Library de Independence, Missouri.
24. Se encontrará un resumen detallado de los conocimientos históricos sobre la decisión de lanzar las bombas atómicas en J. Samuel Walker, “The Decision to Use the Bomb: A Historiographical Update”. Diplomatic History, 14(4). 1990, pp. 94-114; véase también la colaboración del mismo autor, “History, Collective Memory, and the Decision to Use the Bomb”, en el simposio “Hiroshima in History and Memory” presentado en Diplomatic History, 19(2). 1995, pp. 319-328. Barton Bernstein apela a un conocimiento íntimo de los archivos norteamericanos en su extensa colaboración en el mismo simposio, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, pp. 227-273. Robert James Maddox, “The Biggest Decision: Why We Had to Drop the Atomic Bomb”. American Heritage, 46(3). 1995, pp. 70-77, presenta una concisa crítica conservadora del argumento “revisionista”.
25. El avión se llamaba Bock’s Car, en alusión al piloto Fred Bock. En la misión a Nagasaki, sin embargo, Bock piloteó una de las aeronaves de escolta.
26. Taro Takemi, “Remembrances of the War and the Bomb”. Journal of the American Medical Association, 250(5). 1983, pp. 618-619. Takemi era un joven físico en el momento del lanzamiento de las bombas y participó en la identificación de la bomba de Hiroshima como un arma nuclear. Más adelante llegó a ser presidente de la institución que nucleaba a los médicos japoneses [Japanese counterpart to the American Medical Association]. Por intermedio de su esposa, también tenía estrechas conexiones con los altos círculos imperiales; uno de los objetivos de sus “reminiscencias” es desvincular al emperador Hirohito de los militaristas. En este artículo de 1983 expresó su convicción personal de que la mayoría del pueblo japonés había llegado a aceptar la idea de que la bomba de Hiroshima “salvó” a su país. Esto es dudoso; lo innegablemente cierto es que la bomba de Nagasaki es vista de manera casi unánime como una atrocidad.
27. Véase, por ejemplo, Edward T. Linenthal, Preserving Memory: The Struggle to Create America’s Holocaust Museum. Nueva York: Viking, 1995, sobre todo el capítulo 1.
28. Véanse, por ejemplo, los tres libros de texto de amplia difusión reproducidos en International Society for Educational Information, Japanese School Textbooks: Japan in Modern History – Junior High School. Tokio: ISEI, 1994, pp. 152-153, 343-344, 514-515. En realidad, no hay cifras japonesas de las muertes relacionadas con las bombas atómicas, aunque distintas fuentes propusieron diversas estimaciones en diferentes momentos. Gran parte de la dificultad estriba en que no se conoce con certeza la cantidad de habitantes de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Muchos residentes huían de las ciudades al mismo tiempo que un gran número de efectivos militares, así como trabajadores coreanos reclutados, circulaban por ellas. Los registros urbanos desaparecieron junto con los habitantes.
Apenas terminada la guerra, los gobiernos estadounidense y japonés estimaron las muertes en Hiroshima y Nagasaki en alrededor de 75.000 y 40.000, respectivamente. Hoy existe un amplio consenso en cuanto a que estas cifras son demasiado bajas, aunque los norteamericanos a veces las repiten en sus presentaciones. En 1950, funcionarios municipales dieron a conocer las cifras dudosamente precisas de 73.884 muertos y 74.909 heridos por la bomba caída en Nagasaki. En 1953, funcionarios de Hiroshima calcularon que en ésta habían muerto unas 200.000 personas. Un informe de 1976 elaborado por el gobierno japonés y destinado a las Naciones Unidas dio una cifra bastante más baja de víctimas fatales de la bomba de Hiroshima, unas 140.000. A fines de la década de 1970, otras fuentes japonesas se inclinaron por aceptar el cálculo de 140.000 muertos en Hiroshima y 70.000 en Nagasaki, con un margen de error de 10.000 víctimas en más o en menos para cada caso. La gran mayoría de estas muertes se produjeron inmediatamente después de la caída de las bombas o al cabo de poco tiempo.
La confusa inflación de cifras en años más recientes se debe a una compleja y muy politizada decisión oficial de reconocer formalmente como hibakusha o sobrevivientes de las bombas atómicas a todos los que se encontraran a menos de dos kilómetros de los epicentros en el momento de su lanzamiento o los días posteriores. Cuando esos individuos mueren, por cualquier causa, se los identifica como difuntos hibakusha y sus nombres se inscriben como tales en los monumentos conmemorativos de la paz de Hiroshima y Nagasaki. Hasta agosto de 1994, el número de fallecidos hibakusha así registrados en la primera de esas ciudades ascendía a 186.940. La cifra correspondiente a Nagasaki era de 102.275. (Como es natural, muchos de los muertos, incluyendo a miles de coreanos, permanecen sin identificar y, por lo tanto, no figuran ni en las inscripciones ni en los registros.) Al mismo tiempo, en marzo de 1995, un total de 328.629 japoneses vivos contaban con documentos que los identificaban oficialmente como hibakusha; cuando mueran, también serán incorporados a las listas conmemorativas de Hiroshima y Nagasaki. La posibilidad de errores y tergiversaciones al considerar esas muertes como producto de las bombas es obvia, pero en Japón rara vez se alude a ella. Gran parte de estos confusos datos aparecen en publicaciones presentadas por ambas ciudades en 1995. Véase Genbaku Higai Taisaku-bu, Eisei-kyoku, Hiroshima-shi (Sección de Planes de Acción por los Daños de la Bomba Atómica, Oficina de Salud Pública, Ciudad de Hiroshima), Genbaku Hibakusha Taisaku Jigyo Gaiyo (“Compendio de Cuestiones Relacionadas con los Planes de Acción para las Víctimas de la Bomba Atómica”), sobre todo pp. 14 y 18, y su similar, del mismo título, publicada por el Genbaku Hibaku Taisaku-bu (Sección de Planes de Acción para las Víctimas de la Bomba Atómica) de Nagasaki, en especial pp. 7, 45, 105-107. Expreso mi agradecimiento a Hideki Tarumi, del Ministerio de Salud y Bienestar Social de Japón, por haberme proporcionado documentación sobre esta cuestión.
29. En Arjun Makhijani, “‘Always’ the Target?”, Bulletin of the Atomic Scientists, 51, mayo-junio de 1995, pp. 23-27, se encontrará un documentado resumen reciente de este hecho. Los investigadores lo conocían desde algún tiempo atrás, lo mismo que la mayor parte de los imperativos analizados en los párrafos siguientes; véase el panorama historiográfico de J. S. Walker en “The Decision to Use the Bomb: A Historiographical Update”. Diplomatic History, 14(4), 1990, así como el señero estudio de Martin Sherwin sobre la decisión de desarrollar y utilizar las bombas atómicas, A World Destroyed: Hiroshima and the Origins of the Arms Race. Nueva York: Vintage, 1987, que incluye una nueva introducción a la obra original de 1973.
30. Véase A. Makhijani, “‘Always’ the target?” Op. cit., p. 26. En realidad, James Byrnes escribió esas palabras antes de ser secretario de Estado de Harry Truman, en un memorando al presidente Franklin D. Roosevelt del 3 de marzo de 1945. A posteriori, tanto él como otros insistieron en el tema con Truman.
31. Oppenheimer es citado en M. Sherwin, A World Destroyed: Hiroshima and the Origins of the Arms Race. Nueva York: Vintage, 1987, p. 145. Las reflexiones de Victor Weisskopf, menos conocidas, aparecen en un artículo titulado “Sweetness, Shame of the A-Bomb”. Publicado en MIT Tech Talk, periódico del Massachusetts Institute of Technology, el 2 de octubre de 1991. Michael Sherry sitúa el desarrollo de la política de bombardeos estratégicos en el contexto del “fanatismo tecnológico”. The Rise of American Air Power: The Creation of Armageddon. New Haven: Yale University Press, 1987. Aun después, pese a sus recelos hacia lo que habían creado, Oppenheimer y otros siguieron considerando “técnicamente delicioso” el desafío del desarrollo nuclear, por ejemplo cuando se inició el proceso de construcción de una bomba de hidrógeno; véase, entre otros, su testimonio de 1954 citado en Charles Weiner, “Anticipating the Consequences of Genetic Engineering: Past, Present, and Future”. Carl F. Cranor (comp.), Are Genes Us? The Social Consequences of the New Genetics. New Brunswick, Nueva Jersey: Rutgers University Press, 1994, pp. 32-33.
Hay una dimensión más amplia del imperativo científico y tecnológico –en la que la arrogancia cumple su papel–, que corresponde realmente a la jurisdicción de las preocupaciones humanistas tradicionales. El propio Oppenheimer era sensible a ello cuando señalaba que al desarrollar la bomba los físicos habían “conocido el pecado”. Como explicó más adelante, al decir esto no pensaba en las muertes producidas como resultado de su trabajo; se refería, antes bien, a “que habíamos conocido el pecado del orgullo [...] el orgullo de creer que sabíamos lo que era bueno para el hombre”; citado en B. Bernstein, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, pp. 169-170.
32. La cita de Compton aparece en M. Sherwin, A World Destroyed: Hiroshima and the Origins of the Arms Race. Nueva York: Vintage, 1987, p. 213; véanse también las pp. 117-118, 218. Cf. asimismo James G. Hershberg, James B. Conant: Harvard to Hiroshima and the Making of the Nuclear Age. Nueva York: Knopf, 1993, pp. 229, 293, 818. La propuesta de demostrar el poder de destrucción de la nueva arma en un blanco no relacionado con los combates se presentó en el “informe Franck” del 11 de junio de 1945, otro ejemplo de los documentos que los estudiosos sólo pudieron conocer luego de mucho tiempo. Científicos de primer nivel como Robert Oppenheimer, Enrico Fermi y Ernest Lawrence coincidieron en el rechazo de esta propuesta (elaborada por un grupo de científicos interesados del Proyecto Manhattan, encabezados por el físico emigrado James Franck) con el argumento, en parte, de que el uso efectivo de la bomba en Japón podría mejorar las perspectivas de la paz en el futuro; véanse también B. Bernstein, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, pp. 270-271, y M. Sherwin, A World Destroyed: Hiroshima and the Origins of the Arms Race. Nueva York: Vintage, 1987, pp. 210-219.
33. En los debates públicos de 1994-1995 centrados en la controversia del Enola Gay, estudiosos como Gar Alperovitz y Martin Sherwin argumentaron con notable vigor que el abandono de la alternativa de una rendición condicional puede incluso haber prolongado la guerra. La tesis se expone de manera muy exhaustiva en Gar Alperovitz, The Decision to Use the Bomb – and the Architecture of an American Myth. Nueva York: Knopf, 1995. Da la casualidad que este aspecto específico del debate contemporáneo ilumina una interesante voltereta ideológica del discurso político norteamericano. En el marco político y polémico de nuestros días, la defensa del ofrecimiento de una capitulación condicional a Japón se identifica en general como una posición “izquierdista”. En 1945, sin embargo, representaba con claridad una opción política extremadamente conservadora y fue, como tal, objeto de enérgicos ataques públicos de voces liberales e izquierdistas como Owen Lattimore e I. F. Stone y publicaciones como The Nation y Amerasia. El conocido apoyo de Joseph Grew al sistema imperial japonés era ampliamente denunciado como el tipo más reaccionario de política de apaciguamiento. Después de todo, sostenía el argumento, Hirohito era el punto focal de la ideología del “sistema del emperador” del Japón imperial, agresiva en el plano externo y represiva en el plano interno. En consecuencia, cualquier garantía de preservación de la figura del emperador –o de las instituciones imperiales– podía verse como un repudio de los ideales mismos de “libertad y democracia” por los cuales los Aliados presuntamente combatían. La ambigüedad ideológica de la posición de Alperovitz y Sherwin también se manifiesta cuando se la considera desde una perspectiva japonesa. Hasta el día de hoy, la idea de que el emperador Hirohito buscaba sinceramente la paz y habría sido necesario ofrecerle una rendición negociada sería categorizada como un argumento conservador e incluso derechista en el marco japonés de posguerra. Entre otras cosas, esta posición tiende a eximir al emperador y sus dirigentes civiles y militares de una responsabilidad seria en la prolongación de la guerra. Y se ajusta con nitidez a la conciencia de “Hiroshima como victimización” que los propios japoneses interesados y progresistas procuran revisar.
34. La idea de que Truman debería haber abandonado la política de “rendición incondicional” en el último momento subestima la conmoción política que esa decisión habría provocado no sólo en los Estados Unidos sino entre los Aliados en general. ¿Por qué debía un presidente novato, al borde de la victoria total, dejar de lado una política proclamada dos años antes por su estimado predecesor, recientemente fallecido? ¿Por qué debía ofrecer a Japón una rendición condicional cuando Alemania se había visto obligada a capitular sin condiciones algunos meses antes? Si elitistas como Joseph Grew (y sus pares conservadores en Gran Bretaña) quizás admiraban la monarquía japonesa por sus propios méritos, o al menos la creían esencial para mantener la estabilidad en un pueblo demasiado inmaduro para autogobernarse, la opinión pública anglonorteamericana y china, así como de gran parte del resto de Asia, se oponía vigorosamente a cualquier contemplación con el emperador y el sistema imperial.
Examinadas desde el lado japonés, las llamadas gestiones de paz ante la Unión Soviética pueden, con excesiva tolerancia, describirse como vagas. En términos más realistas, deben verse como torpes intentos casi incoherentes de un régimen atado por su propia retórica de “combatir hasta el amargo final” y virtualmente paralizado ante la perspectiva de una ruina inminente. Esas iniciativas inconexas e ilusas lindaban con la pura fantasía, pues los japoneses intentaban en esencia impedir su ineluctable derrota total ofreciéndose a concertar algún tipo de trato con la aún neutral Unión Soviética, por el cual ambos países presentaran una posición conjunta y Japón pudiera conservar al menos una parte de su tambaleante imperio en el nordeste de Asia. El endemoniado caos imperante dentro del alto mando imperial, empezando por el propio emperador, era inmenso, y nunca se puso oficialmente en conocimiento de las potencias aliadas trabadas en guerra contra Japón ninguna propuesta seria relacionada con la rendición condicional. Si el gobierno norteamericano hubiera hecho algún tipo de ofrecimiento en ese sentido en junio o julio de 1945, el gobierno imperial, casi con seguridad, habría respondido ignorando esas iniciativas (así como decidió ignorar la proclamación de Potsdam en julio) o presentándose con una lista de interrogantes sobre las concesiones precisas que los Aliados tenían en mente. ¿Se mantendrían todas las prerrogativas del emperador? (Algo menos habría constituido una ofensa de lesa majestad.) ¿Aseguraría esa rendición condicional la continuidad personal del emperador Hirohito en el trono? ¿Aceptarían los Aliados dejar cuestiones como los juicios por crímenes de guerra en manos de los japoneses? ¿Garantizarían los Estados Unidos, o los Aliados en general, que la “ocupación” del Japón derrotado habría de ser esencialmente simbólica y nominal, dejando la autoridad administrativa real en manos del gobierno imperial? En Herbert Bix, “Japan’s Delayed Surrender: A Reinterpretation”. Diplomatic History. 19(2), 1995, pp. 197-225, se encontrará un detenido análisis reciente del lado japonés en las etapas finales de la guerra. La factibilidad de una rendición negociada también se ve con escepticismo en B. Bernstein, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, pp. 238-244.
Los críticos que sostienen que podría haber sido posible evitar el lanzamiento de las bombas si se hubiese dejado a un lado la exigencia de la capitulación incondicional, suelen apoyar su argumento en la observación de que, una vez concretada la rendición, los Estados Unidos preservaron efectivamente el trono. Algunos también afirman que, en sustancia, el gobierno estadounidense ofreció seguridades sobre el trono cuando, en los intercambios de último momento entre ambos gobiernos luego del lanzamiento de las bombas, dio dudosas garantías de que la forma futura de sistema gubernativo de Japón se decidiría “de conformidad con la voluntad libremente expresada del pueblo japonés” Esto es engañoso. Desde el comienzo, los funcionarios norteamericanos de ocupación en el Japón derrotado basaron su autoridad absoluta en la insistencia de que este último país se había rendido en forma incondicional. Por otra parte, al mantener en un inicio una postura deliberadamente vaga sobre el estatus futuro, tanto de la institución imperial como del propio emperador Hirohito, pudieron presionar de manera más eficaz a las elites japonesas a fin de que mostraran una actitud de cooperación activa con las medidas de reformas básicas establecidas en los primeros decretos. (Ni siquiera se benefició a Hirohito con una exención formal de la acusación de criminal de guerra hasta principios de 1946.) La nueva constitución impuesta a Japón en los primeros meses de 1946 modificó de manera sustancial la jerarquía del emperador, convertido ahora en el mero “símbolo del estado y de la unidad del pueblo”. Las elites civiles “moderadas” que se encargaron de la administración pública en la época estaban espantadas ante ese cambio y sólo lo aceptaron cuando resultó evidente que la alternativa podía ser la completa erradicación de la monarquía. Como suelen destacar los estudiosos japoneses de la ocupación, si el general Douglas MacArthur y su estado mayor reformista pudieron obligar al gobierno japonés a aceptar las otras disposiciones fundamentales de la nueva constitución nacional, a saber, la afirmación explícita de la soberanía popular, amplias medidas de protección de los derechos humanos y las muy idealistas declaraciones “contra la Guerra”, tanto de su preámbulo como de su célebre artículo 9, fue en gran medida porque consintieron “preservar” al emperador en esa forma “simbólica” notoriamente alterada. Nada de ello habría sido posible si los norteamericanos hubiesen admitido una rendición condicional.
35. En el número de marzo de 1942 de Leatherneck, una publicación mensual de la infantería de marina, se encontrará un ejemplo de este tipo de consignas de “no dejar uno vivo”, con la ilustración de un soldado japonés de ojos rasgados y dientes salientes en la mira de un rifle. Una referencia caricaturesca clásica a los japoneses como monos apareció en la edición de octubre de 1942 de American Legion Magazine (p. 56). En ella, un hombre caucásico observa a los monos de un zoológico mientras éstos ponen en la pared un cartel que dice: “Cualquier parecido entre nosotros y los amarillos es pura coincidencia”. Unos años atrás, próximo a publicar un libro sobre la guerra (War without Mercy: Race and Power in the Pacific War. Nueva York: Pantheon Books, 1986), solicité permiso a la Legión Americana para reproducir esa imagen, pero recibí una cortés carta de rechazo de mi pedido, con el argumento de que la caricatura reflejaba sentimientos que no enorgullecían a la entidad y que, a juicio de ésta, era mejor olvidar. La caracterización de Truman que presenta a los japoneses como bestias es del 11 de agosto, en la respuesta a una carta del 9 del mismo mes enviada por el secretario general del Consejo Federal de la Iglesia de Cristo, y aparece citada en B. Bernstein, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, pp. 267-268. La incursión aérea final se analiza en J. W. Dower, War without Mercy: Race and Power in the Pacific War. Nueva York: Pantheon Books, 1986, p. 301.
36. Tras ser desclasificadas a fines de la década de 1960, esas películas se editaron en 1970 para incluirse en un breve filme documental producido por Erik Barnouw y titulado Hiroshima, Nagasaki – August 1945. Erik Barnouw, “Iwasaki and the Occupied Screen”. Film History, 2. 1988, pp. 337-357, se encontrará la versión de este cineasta sobre el ocultamiento de las películas japonesas. Examiné la censura estadounidense de los reportajes sobre los efectos de las bombas dentro del propio Japón ocupado en “The Bombed: Hiroshimas and Nagasakis in Japanese Memory”. Diplomatic History, 19(2). 1995, pp. 275-295. Sobre la respuesta japonesa inmediata a las bombas en general, véase mi prefacio a la nueva edición de Michihiko Hachiya, Hiroshima Diary: The Journey of a Japanese Physician, August 6-September 30, 1945. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1995, pp. XVII. Acerca de las bombas en la conciencia norteamericana, véanse Paul Boyer, By the Bomb’s Early Light: American Thought and Culture at the Dawn of the Atomic Age. Nueva York: Pantheon Books, 1985; Paul Boyer, “Exotic Resonances: Hiroshima in American Memory”. Diplomatic History. 19(2), 1995, pp. 297-318, y Robert Jay Lifton y Greg Mitchell, Hiroshima in America: Fifty Years of Denial. Nueva York: Putnam’s, 1995.
37. En Edward T. Linenthal, Sacred Ground: Americans and their Battlefields. Segunda edición, Champaign: University of Illinois Press, 1993, el lector hallará un sensible análisis de la sacralización de los campos de batalla norteamericanos y los íconos militares en general.
38. Paul Tibbets, “Our Job Was to Win”. The American Legion. Noviembre de 1994, p. 28 y siguientes. “Nuestro deber juramentado era con Dios, la patria y la victoria”, declaró Tibbets. La contrapartida japonesa de esta expresión absolutamente convencional sería “El emperador, la patria y la victoria”.
39. Washington Post. 31 de mayo de 1994.
40. Yoshida Mitsuru, Senkan “Yamato” no Saigo. Traducido al inglés por Richard Minear con el título de Requiem for the Battleship “Yamato”. Seattle: University of Washington Press, 1985. Esta famosa obra, presentada como un extenso poema en prosa de un joven superviviente del Yamato, fue escrita en 1946, pero en un comienzo las autoridades ocupantes norteamericanas prohibieron su publicación. Esta censura es una cause célèbre entre los conservadores japoneses.
41. Se encontrará una muestra de las críticas suscitadas por la exhibición del recipiente con la vianda [lunch box] en Air Force Magazine. Abril de 1994, p. 24, y septiembre de 1994, p. 61. De hecho, en la colección del Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima hay dos recipientes [lunch boxes] bien conocidos de esas características, respectivamente pertenecientes a una niña y un varón de séptimo grado. Los planes originales preveían el traslado del primero de ellos a Washington. Adornado con el dibujo de un bambú, había pertenecido a una niña llamada Reiko Watanabe, que desapareció en la destrucción de Hiroshima. El recipiente con la vianda [lunch box] se encontró en una pared junto a un templo, y su contenido –arroz blanco y guisantes– no era en realidad muy corriente, pues a esa altura de la guerra pocos japoneses comían arroz blanco. La madre de Reiko había preparado esta comida como un agasajo especial para su hija, que había sido movilizada junto con otros niños para realizar algún tipo de trabajos públicos en las calles. El segundo recipiente [lunch box] pertenecía a un niño llamado Shigeru Orimen, a quien habían movilizado para ayudar a levantar un cortafuego con escombros de edificios. La caja, con un contenido más típico –una mezcla de porotos de soja y cebada–, fue encontrada por la madre de Shigeru después del bombardeo, debajo del cadáver calcinado e irreconocible de un niño. El recipiente [lunch box] le permitió identificarlo como el cuerpo de su hijo. Si bien en un comienzo el National Air and Space Museum tenía previsto exhibir el recipiente con la vianda [lunch box] de la niña, planes ulteriores se propusieron reemplazarla por los restos carbonizados y más sencillos de la caja de Shigeru. Según una versión confidencial, la madre de Reiko se negó en definitiva a dejar que ese último recuerdo de su hija viajara a los Estados Unidos, donde quizá lo trataran con poco respeto. El recipiente [lunch box] exhibido más adelante en la American University, en julio de 1995 –una muestra “alternativa” sobre la bomba atómica, montada como protesta por la cancelación de la exposición original del Enola Gay en la Smithsonian Institution–, era el de Shigeru. Para ejemplos de los íconos japoneses de la destrucción nuclear, véase la edición conmemorativa especial del semanario Aera del 10 de agosto de 1995, titulada “Genbaku to Nihonjin: Hiroshima Nagasaki o wasurenai” (“Las Bombas Atómicas y los Japoneses: No Olviden Hiroshima y Nagasaki”), que reproduce fotografías y presenta restos que en algunos casos estaban entre los materiales cuya exhibición se había programado originalmente en el National Air and Space Museum. Véase también Asahi Shimbun. 3 de agosto de 1995. Ambas fuentes incluyen una fotografía y un breve comentario sobre el recipiente con la vianda de Shigeru Orimen. Según el Asahi, la madre del niño pidió que cuando la caja se exhibiera en la American University, se la utilizara para transmitir el mensaje de que “mientras haya una bomba atómica no habrá paz”.
42. En Air Force Magazine. Septiembre de 1994, p. 61, se encontrará un ejemplo típico de este argumento.
43. Tras los pasos del juez Radhabinod Pal, Richard Minear amplía este argumento hasta sus últimas consecuencias. Véase su “Atomic Holocaust, Nazi Holocaust”. Diplomatic History, 19 (2). 1995, pp. 347-365, en especial pp. 354-355.
44. Esta cuestión se analiza en J. W. Dower, War without Mercy: Race and Power in the Pacific War. Nueva York: Pantheon Books, 1986, pp. 38-41.
45. La cita de Bonner Fellers aparece en J. W. Dower, War without Mercy: Race and Power in the Pacific War. Nueva York: Pantheon Books, 1986, p. 41. El problema moral, tal como lo enfrentaron los planificadores norteamericanos de políticas en la época, se aborda de manera sucinta en Barton Bernstein, “The Atomic Bombings Reconsidered”.
46. Henry Wallace es citado en B. Bernstein, “Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-known Near Disasters, and Modern Memory”, p. 57. Truman dio la orden de no lanzar ninguna otra bomba atómica sin su autorización el 10 de agosto. Al día siguiente, sin embargo, racionalizó el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki desde el punto de vista del “enfrentamiento con una bestia”.
47. Los versos del soliloquio de Horacio subrayados por Truman se señalan en Merle Miller, Plain Speaking: An Oral Biography of Harry S. Truman. Nueva York: Berkley Books, 1973, p. 248.
“Three Narratives of Our Humanity”. Edward T. Linenthal y Tom Engelhardt (comps.), History Wars. The Enola Gay and Other Battles for the American Past. Nueva York: Henry Holt and Company, 1996, pp. 63-96 y 257-269 (notas). <inicio>

References: resolución 
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 artículo 9