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Timestamp: 2018-07-17 23:01:55+00:00

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Lo femenino. Transformaciones e interfases
Para citar este artículo: Glocer, L. (junio, 2018). Lo femenino. Transformaciones e interfases. Aperturas Psicoanalíticas, 58. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0001015&a=Lo-femenino-Transformaciones-e-interfases
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La autora propone revisar las conceptualizaciones sobre lo femenino y las mujeres a la luz de los cambios en la posición femenina, las migraciones sexuales y de género así como las configuraciones familiares no convencionales, que se constatan en la actualidad. Este contexto induce a repensar la resolución clásica del complejo de Edipo, la polaridad masculino-femenino, las funciones parentales, entre otras variables.
Señala que hablar de lo femenino es hablar de cómo se construye el concepto de diferencia sexual. Implica también expandir este concepto y tomar en cuenta otros niveles en los que se juega la categoría “diferencia”. Estos nuevos escenarios inducen a repensar desde lógicas complejas las ideas establecidas sobre la diferencia sexual.
Palabras clave: femenino, diferencia sexual, performatividad, lógica binaria.
The author’s aim is to revise the conceptualizations of the feminine and the women in the light of current changes in the female position, sexual and gender-based migrations as well as non-conventional family settings. This context induces to rethink the resolution of the Oedipus complex, the masculine/feminine polarity, the parental functions, among other variables.
She points out that speaking on the feminine means to think, at the same time, how the concept of sexual difference is constructed. It is also implied the need to expand this concept and take into account other levels in which “difference” is at stake. These new scenarios lead to approach the established ideas on sexual difference with complex logic systems.
Keywords: feminine, sexual difference, performativity, binary logic.
¿Por qué hablar de lo femenino?
Se trata de una problemática de mujeres pero también de hombres. Indudablemente, lo femenino –como principio clásico de la cultura- no es equiparable a las mujeres, pero también hay que subrayar que femenino y mujer tienen una íntima relación. En este trabajo me voy a referir predominantemente a lo femenino en relación con las mujeres, desde un punto de vista psicoanalítico y epistemológico.
Lo femenino se transforma en las prácticas sociales y en las imágenes clásicas de las mujeres, que reverberan sin cesar. ¿Es el ama de casa? ¿La madre, la profesional? ¿Es la histérica, la seductora, la bruja que corrompe, la que decide sobre su cuerpo? ¿Es la virgen inmaculada? ¿Y, más aún, qué sucede con lo femenino en los hombres y en las diversidades sexuales? ¿Por otra parte, hay una forma específica y universal de sexualidad en las mujeres? Y la libido, ¿hay una sola libido, “masculina” por definición?
Es necesario recordar que desde fines del siglo XIX, se está actualizando cada vez más una cuestión que existe desde muy antiguo, pero que está en vías de deconstrucción: el lugar de las mujeres en la trama de lazos sociales. Tanto las prácticas como los discursos sociales y legalidades culturales se están transformando a este respecto y esto se acompaña inevitablemente de revisiones de su conceptualización teórica.
Para comenzar, destaquemos que la polaridad masculino-femenino es una categoría binaria que tuvo su expresión radical en la Modernidad. En la Hipermodernidad o Modernidad tardía, que nos incluye, esta polaridad está en cuestión. Ambas responden a conceptualizaciones contradictorias sobre la diferencia sexual que coexisten en las sociedades actuales: la diferencia radical, por un lado, y el descentramiento de la misma que implica la existencia de subjetividades que se apartan de las normas, por el otro.
En esto está implicado lo femenino. La idea de mixturas, combinaciones, fusiones masculino-femenino viene desde antiguo (mitos, religiones, creencias) y, de hecho, el psicoanálisis las iluminó en las fantasmáticas de cada sujeto. En el contexto de estos movimientos de coexistencia de diferentes itinerarios de la sexualidad y diversas subjetividades, podemos decir que ya es insuficiente hablar de la histeria para referirse a las mujeres. La rivalidad, la posición fálica, la seducción peligrosamente ambigua de la histeria siempre fueron utilizadas como un cortocircuito destinado a ocultar la complejidad de lo femenino y de la categoría diferencia.
Creo que esto desvía lo que debería ser un debate de ideas necesario en el campo psicoanalítico.
En este contexto, hablar de lo femenino es hablar de nuestras conceptualizaciones sobre la diferencia sexual. La diferencia sexual clásica está en cuestión desde distintas vertientes. a) Los cambios en la posición femenina que están reflejados en las prácticas sociales y experiencias de las mujeres así como en los movimientos teóricos que desde distintas disciplinas abordan el tema; b) las diversidades sexuales que también desafían las conceptualizaciones sobre la polaridad masculino-femenino; c) los enormes avances en biotecnologías, especialmente la fertilización asistida que va más allá de la heterosexualidad y las cirugías de cambio de sexo con su evidente desafío a la polaridad masculino-femenino; d) el desarrollo e instalación de la cibercultura y los mundos virtuales que expresan fantasías sexuales, espejismos del deseo, ideales sobre los géneros, transformaciones identitarias, que cuestionan la diferencia sexual tradicional y las conceptualizaciones al respecto. Todo esto se da en un marco de expansión constante de los fenómenos de globalización.
Recordemos también que se multiplican nuevas formas de estructuración familiar que se alejan de la familia nuclear e implican un cambio en las funciones clásicas asignadas a madres y padres. Las parentalidades no convencionales nos muestran otro ángulo que nos obliga a repensar las funciones materna y paterna tradicionalmente asignadas a mujeres y hombres, a cuerpos y géneros femeninos o masculinos, respectivamente, y reflexionar sobre la crianza de los hijos adoptados o gestados por parejas del mismo sexo. Otra vez, lo femenino está en juego y reitero, esto impacta en el campo de lo masculino.
Todos estos cambios también se expresan en los relatos actuales sobre la diferencia sexual, historietas, series de TV, films, cuentos infantiles, novelas y distintas manifestaciones artísticas. Relatos en los que se naturalizan, especialmente entre niños y jóvenes, presentaciones subjetivas y biotecnologías que en otras épocas generaban un rechazo unánime.
En una historieta para niños se muestra la coexistencia de modelos sobre las mujeres. Se trata de una sociedad de superhéroes y avatares. En ella se coleccionan óvulos de todas las mujeres esclavas que se almacenan en lugares especiales para luego ser utilizados. Es decir, hay una alusión a las técnicas de reproducción asistida y el congelamiento de embriones, por un lado, pero las mujeres siguen siendo reproductoras/incubadoras de la especie, al estilo de El cuento de la criada (Atwood, 2017), distopía en la que se disponía de mujeres esclavas para la reproducción, en una sociedad “imaginaria”, pero de fuertes raíces en la realidad. En otras palabras, los cambios discursivos y los avances biotecnológicos actuales coexisten con ideas tradicionales: la maternidad como único destino posible para las mujeres.
Las problemáticas sobre la polaridad femenino-masculino se expresan también en algunas consultas de adolescentes que plantean que no asumen ni quieren asumir un género definido (género fluido) y de niños, con conflictos sobre el propio género, asignado al nacer.
Como señalé, en este breve recorrido constatamos que una noción aparentemente indiscutible, la diferencia sexual, pasa a ser cuestionada. Esto implica que el dualismo femenino-masculino entra en debate así como sus funciones y las teorías que intentan su comprensión. Es un desafío que impone, entonces, analizar las significaciones que se le otorga en psicoanálisis a la polaridad masculino-femenino y sus efectos en la práctica clínica.
Indudablemente esto apunta a otra cuestión en debate: qué relación hay entre el psicoanálisis y las prácticas y discursos vigentes. ¿Acaso es el psicoanálisis una disciplina invulnerable a los movimientos y cambios vigentes en los procesos de subjetivación, tanto en el campo del deseo como del género?
Entonces, ¿cómo pensar lo femenino en este marco? A mi juicio, el psicoanálisis no está exento del efecto de las transformaciones discursivas, socio-culturales y experienciales que atañen a lo femenino y las mujeres. En la actualidad implosionan, se quiebran, las diferencias dicotómicas. Asimismo, estamos en presencia de fenómenos de acatamiento y, a la vez, de resistencia a las normas. Estos fenómenos cohabitan en las sociedades contemporáneas, dependiendo de distintas culturas y subculturas. Es en este marco que abordaremos algunas cuestiones, ya en el campo psicoanalítico.
Entonces, ¿cuál son los desafíos? Los cambios que se presentan en los discursos, en las legalidades y prácticas vigentes nos inducen a repensar, en el campo psicoanalítico:
- La polaridad binaria masculino-femenino y lo incierto de sus términos.
- El complejo de Edipo y su resolución normativa.
- La primacía del falo como significante, en cuanto a su validez ahistórica.
- El concepto de diferencia sexual y la noción de castración como clave del acceso a un universo simbólico.
- Las funciones simbólicas y de cuidados, homologadas a padres y madres, en la crianza.
Estas cuestiones están encadenadas, y es imposible pensar en una sin que surjan inevitablemente las otras. La idea es repensarlas con la mira puesta en abarcar la construcción de subjetividad en su pluralidad.
En este contexto, ¿hasta qué punto se siguen sosteniendo en psicoanálisis opciones tales como equiparar producción-reproducción a masculino-femenino? Esto está relacionado también con la homologación naturaleza=femenino y cultura=masculino. Y, por cierto, a localizar lo femenino en el ámbito de lo privado y lo masculino en el ámbito público. Estas categorías y homologaciones están en revisión y significan un desafío para el psicoanálisis en tanto se plantean dos opciones: replicar el llamado “orden de las cosas” desde cada psicoanalista o bien repensar las cuestiones vinculadas a la diferencia de los sexos y lo femenino, desde una posición de juicio crítico.
Señalemos que el mismo Freud (1933 [1932]/1979e) había planteado que la polaridad masculino-femenino correspondía a categorías de contenido incierto, no estrictamente psicoanalíticas, con lo cual dejaría de tener significaciones inamovibles. Señalaba que se trataba de conceptualizaciones que correspondían más al campo de la sociología y de la anatomía. En esta línea, había enfatizado que en psicoanálisis y desde el punto de vista pulsional la opción era activo-pasivo. Más aun, al principio homologó la polaridad activo-pasivo a masculino-femenino, pero luego desaconsejó esa equiparación. Sin embargo, por otra parte, también propuso la salida heterosexual del Edipo positivo (Freud, 1924/1979c), como una resolución ideal, binaria, para el desarrollo libidinal de niños y niñas. Entonces, coexisten en Freud conceptualizaciones contradictorias, sin que él haya eliminado ninguna de ellas.
Ahora bien, para pensar lo femenino y las mujeres hay que recordar que algunas vertientes del psicoanálisis plantean una complementariedad entre los sexos. Pero también que Freud (1933 [1932]/1979e), así como Winnicott (1982) y Lacan (1981) habían propuesto otras opciones, no complementarias. Sin embargo, hay una gran pregnancia en muchos desarrollos psicoanalíticos del pensamiento sobre la posición femenina en base a un modelo, el masculino. Sean complementarias o suplementarias, siempre estas propuestas se dan en relación a un modelo, el masculino. Aún más, sigue vigente para algunos pensar lo femenino en un fuera de lo simbólico. Destaquemos que esta idea establece un hilo conductor con el denominado “enigma femenino”, el continente negro, y la ubicación de lo femenino y las mujeres en el campo de “lo otro” (Glocer Fiorini, 2015).
El caso Herculine Barbin
Foucault (1985) había escrito sobre el caso de una persona joven, hermafrodita, que vivía en un convento como mujer e identificado absolutamente con esa posición, hasta que se descubrió que anatómicamente era varón. Esto hizo que las autoridades eclesiásticas y judiciales lo apartaran de su lugar de pertenencia, lo forzaran a asumir su sexo anatómico y se lo juzgara socialmente, a partir de lo cual entró en un proceso de melancolía que lo llevó al suicidio. Tomando como ejemplo este caso, del siglo XXVIII, Foucault se preguntó: ¿Hay una verdad sobre el sexo?
Y esto nos remite al complejo de Edipo y su resolución heterosexual clásica. Es conocido que la postura freudiana sobre el complejo de Edipo femenino y el desarrollo psicosexual de la niña (Freud, 1925/1979d), fue discutida desde los comienzos por analistas contemporáneos de Freud y este debate prosiguió. Nos preguntamos: ¿Qué se sepulta de la condición femenina con el sepultamiento? ¿Es suficiente con seguir sosteniendo los tres caminos que Freud (1933 [1932]/1979e) planteó para la niña en la resolución edípica: histeria o frigidez, complejo de masculinidad o, el destino prínceps, la maternidad?
Esta propuesta freudiana de acceso a la diferencia sexual, replica las normas tradicionales sobre la familia nuclear, la función materna básicamente reproductora de las mujeres así como la función de los padres (o sustitutos) como separadores simbólicos que serían indispensables para el desprendimiento de los hijos de las madres, quienes en forma universal tenderían a retenerlos. Si tomamos la perspectiva de los desafíos actuales ya mencionados, es imprescindible acentuar los puntos ciegos de la propuesta freudiana y repensar otras posibilidades que trasciendan las normas de la familia nuclear.
Pensemos que la familia nuclear está en crisis y esto incluye las funciones simbólicas denominadas “paternas”. Las mujeres exceden la función reproductora y asumen funciones simbólicas por sus propias reservas simbólicas (Benjamin, 1997). Por eso, he propuesto denominar “función tercera” a esta función, y evitar las connotaciones patriarcales de la denominación función “paterna” (Glocer Fiorini, 2013).
En este marco propongo discriminar, por un lado, un aspecto del Edipo entendido como una narrativa que ilumina los deseos, rivalidades e identificaciones con las figuras primarias, que atraviesan la construcción de subjetividad en ambos sexos y, en este sentido, encarar su análisis como un hecho clínico. Pero, por el otro, es necesario tener en cuenta que esto no alcanza para explicar la posición femenina en su complejidad ni las variantes de itinerarios sexuales y de género cada vez más visibles en las sociedades actuales, principalmente en Occidente.
La Srta. S, de 35 años, maestra, consulta por dificultades en armar una pareja. Estaba muy dedicada a la docencia, vocación que ejercía con mucho compromiso. Había estado casada 10 años atrás, en una relación problemática que ninguna de las partes pudo sostener. En un análisis anterior había consultado por agorafobia y ansiedad, y había mejorado sensiblemente de ese cuadro. En el curso del análisis conmigo planteó, débilmente, la posibilidad de tener hijos pero no estaba claro si esto era una respuesta a un mandato social o un deseo genuino de hijo, si es que existe un deseo genuino. Analizamos este dilema en un contexto en el que su deseo se dirigía más a la búsqueda de una pareja y a sus dificultades para arribar a ese fin. En ese interín le diagnosticaron menopausia precoz. ¿Qué significaba esa expresión del cuerpo? ¿Era una manifestación de sus dificultades en asumir su "destino materno" creando un escollo insuperable? Posiblemente. Pero no estaba claro si era porque no encontró otra forma de resistencia al mandato social internalizado e idealizado de la maternidad o porque respondía a una situación fóbica que demandaba resolución. Un tiempo después arma una pareja y ella se plantea nuevamente la posibilidad de tener un hijo, en este caso adoptado, pero ante la negativa de su pareja renuncia sin demasiado conflicto. Se trata de una paciente en la que el deseo de hijo vacila, es muy débil, y genera varios interrogantes. ¿Había que tratar de superar esas dificultades para arribar a un “verdadero” deseo, propio de toda mujer? Si bien se exploró esta línea de análisis, también nos preguntamos si se podía pensar que el no deseo de hijo era más fuerte. ¿Además, se trataba de que sus aptitudes sublimatorias en la docencia canalizaban gran parte de su creatividad en ese sentido? Era así, pero, ¿cómo conceptualizarlo? La teoría psicoanalítica no contempla un “no deseo de hijo” salvo como un problema que hay que tratar de solucionar para responder al mandato de la naturaleza y al mandato social. Y si no se puede solucionar sería un conflicto no resuelto para la paciente. Sin embargo, en el curso del análisis fue surgiendo con más claridad que sus deseos fluían por otro carril…
Lo performativo. Alcances y límites.
Muchos autores plantearon los efectos performativos de los discursos sociales (Butler, 1990) sus efectos sobre los cuerpos, sobre el género y sobre los itinerarios aceptados sobre la sexualidad. Las palabras son actos cuando actúan en forma iterativa, planteaba Austin (Loxley, 2007). Además, ¿acaso no hay efectos de transmisión de acuerdo al género del recién nacido? Los contactos, vibraciones, la mayor o menor distancia corporal y emocional, entre otras formas preverbales, constituyen mensajes con respecto al género así como a los destinos de la elección sexual.
Se hace necesario investigar más a fondo esos efectos performativos en el tema del amor, el narcisismo exacerbado (Freud, 1914/1979b), el recurso a la histeria, entre otros adjudicados principalmente a las mujeres. Asimismo, la cuestión de la sublimación es crucial. ¿Se podrá pensar en aspectos sublimatorios y creativos de las mujeres sin remitirlos en forma facilitada a “su parte masculina”, como sostenía Freud (1933 [1932]/1979e)? Y, además, pensar qué efectos tienen las concepciones vigentes sobre la violencia sexual y de género y su atribución facilitada a un masoquismo femenino primordial. Si bien el masoquismo femenino se expresa en hombres también, su sola denominación tiene connotaciones evidentes.
Esto implica considerar los efectos performativos sobre los cuerpos, los roles de género, la información mutua pulsión-género, la masculinidad o feminidad asumidas, los roles materno y paterno, entre otras categorías.
Sólo cuando hayan más precisiones sobre estos efectos performativos de los discursos vigentes, podrá constatarse qué habría específicamente masculino, femenino u otras variantes, en hombres y mujeres y redefinir estas categorías.
Nuevos escenarios de lo femenino
Pienso que la diferencia sexual clásica es una escena que esconde otras escenas de la mayor importancia, que influyen en el acceso simbólico a un universo de lazos sociales. Entre esas otras escenas está la división sexual del trabajo desde los orígenes del orden social, como escena androcéntrica que se reduplica luego de distintas formas (Rubin, 1975), incluyendo el papel de los discursos performativos al respecto.
Asimismo, recordemos los estudios de Bourdieu (1999) sobre la dominación masculina en las sociedades primitivas de Cabilia y su planteo de que se naturalizaban ciertas características posturales de las mujeres, que indicaban sometimiento, a través de un proceso de deshistorización. Señaló la necesidad de historizar lo que había sido deshistorizado. Se trata de códigos que vienen impuestos desde la organización simbólica de las normas sociales y de los que el psicoanálisis no queda exento.
Desde un punto de vista psicoanalítico, otra de esas escenificaciones es la investigación sexual infantil (Freud, 1908/1979a, 1909/1980) y luego la investigación sexual adulta (del varón) que se refleja en la teoría psicoanalítica (Laplanche, 1988). Es de destacar que ni los binarismos femenino-masculino, o fálico-castrado alcanzan para comprender la variedad y complejidad de los procesos de subjetivación en las mujeres.
Ya no se puede pensar exclusivamente en términos de “la anatomía es el destino”, ni de fantasmáticas e identificaciones sólo masculinas o femeninas, ni de deseos heterosexuales, exclusivamente. Nuestra perspectiva es hacer trabajar estas variables, heterogéneas entre sí, en sus relaciones y su complejidad, más allá de binarismos esquemáticos.
Mi propuesta espensar los procesos de subjetivación sexuada como resultado de la coexistencia de variables y lógicas heterogéneas (Glocer Fiorini, 2001, 2007). La lógica binaria, masculino-femenino, está incluida en la cultura y el lenguaje, pero es insuficiente. Esto implica un cambio de paradigma hacia lógicas pos-binarias (paradigma de la complejidad, lógicas modales). Por eso pensamos en una lógica de la complejidad, de la multiplicidad, con la propuesta de abordar esos procesos de subjetivación desde tres o más variables, que pueden ser armónicas o por el contrario, heterogéneas entre sí, sin intentar encasillarlos en las categorías masculino y femenino que por sí solas ya resultan insuficientes, aunque quedan incluidas en complejidades mayores.
En esta línea, pensamos en un pensamiento triádico que abarca: los cuerpos (siempre significados), las identificaciones (incluidas las de género), el deseo (que siempre excede las normas) y su atravesamiento por las normas vigentes. Se trata de un conjunto de variables que se relacionan de distinta manera pero que nunca llegan a una unidad totalmente armónica. En las intersecciones de estas variables se produce subjetividad sexuada. Por lo tanto, a mi juicio, no se trata de dos opciones, masculino-femenino, que se resolverían a partir de la resolución heterosexual del complejo de Edipo-castración. Por el contrario, se trata de un conjunto multiplicador de variables que va más allá del binarismo masculino-femenino, aunque, subrayo, también lo incluyen. Esta lógica es básicamente triádica aunque puede incluir más variables.
Por eso, mínimamente, para pensar en lo femenino tenemos que ir más allá de la polaridad binaria masculino-femenino. Los procesos de subjetivación sexuada son más complejos que la resolución del complejo de Edipo positivo, que desde ya es una solución ideal acorde a las normas y legislaciones vigentes desde hace siglos, pero insuficiente para pensar en la variedad de resoluciones deseantes e identitarias de cada subjetividad, salvo que decidiéramos ubicarlas en el campo de desviaciones de la norma. En el caso de lo femenino y las mujeres sería plantear una solución adaptativa. Y, el psicoanálisis en sí cumpliría una función adaptativa. El concepto de Edipo transfamiliar, vacuolar, de Deleuze & Guattari (1973) sobrepasa una vertiente familiarista del Edipo clásico. En esta línea, nuestra perspectiva es pensar en términos de funciones y no en una personología que limita nuestras posibilidades de comprensión de la complejidad de los procesos de subjetivación, salvo que pueda relativizarse su uso.
Asimismo, había publicado que la categoría “diferencia” conceptualizada en forma ampliada permite entender mejor la construcción de subjetividad sexuada (Glocer Fiorini, 2015). El denominado acceso a la diferencia sexual es un nivel de reconocimiento, pero no define por sí solo el acceso simbólico a la trama de lazos sociales.
Toda diferencia es organizadora. Por eso, había propuesto trabajar con otras nociones que multipliquen las significaciones sobre la “diferencia” para poder explicar resoluciones subjetivas y otros itinerarios del deseo que no entran dentro de las normas vigentes sobre la diferencia sexual. En otras palabras, mi propuesta se basa en que la diferencia sexual clásica es insuficiente para pensar en la posición femenina. Se hace necesario pensar en el entramado con otras diferencias: la diferencia de géneros, lingüística y discursiva, entre otras. En esta línea, el acceso a la categoría diferencia va más allá de la orientación sexual de cada sujeto.
Remite, fundamentalmente, al reconocimiento de la alteridad como operación simbólica que permita, a cada persona, la inclusión en una red de lazos sociales (Fraisse, 1996). Sin embargo, con respecto a lo femenino y las mujeres, tradicionalmente ubicadas en un lugar “otro”, es necesaria una operatoria adicional: el pasaje de objeto de deseo y de conocimiento, a la condición de sujeto. Este pasaje es una deuda de la Modernidad ilustrada que la Modernidad tardía, no pudo resolver.
Finalmente, la “diferencia” en sí es una categoría opaca, que es “completada” con distintas significaciones y narrativas. Como señalamos, estas narrativas van desde Juanito y las teorías sexuales infantiles expresadas en el dualismo fálico-castrado, pasando por las teorías sexuales adultas que muchas veces replican las infantiles, hasta las teorías construidas desde distintas disciplinas para explicar ese casillero vacío: la diferencia.
En mi opinión, el futuro del psicoanálisis está ligado a estos movimientos de revisión, para evitar resoluciones adaptativas que poco tienen que ver con el campo psicoanalítico.
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