Source: http://asihablociceron.blogspot.ie/2015/
Timestamp: 2017-05-29 00:05:14+00:00

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En la anterior entrada hablamos de
las trampas que tiene nuestro sistema electoral. Mi objetivo en ésta es proponer
una corrección. Pero no debemos llamarnos a engaño: no existe el sistema
electoral perfecto. Uno podría pensar que el mejor sistema es el más proporcional,
es decir, el que más acerca el X% de los votos obtenidos por cada partido al X%
de escaños que obtiene esa lista. Pero la mayor representatividad sólo es una
de las virtudes que puede tener un sistema: quizás nos interese, por ejemplo,
facilitar la gobernabilidad y en ese caso tendremos que beneficiar a las listas
más votadas. Este es el objetivo, por ejemplo, de la prima de 50 diputados que
recibe la lista más votada en Grecia.
Todos los sistemas electorales están en
tensión respecto de esos dos polos: ¿proporcionalidad o gobernabilidad? Como
vimos en la entrada anterior, el legislador español claramente ha optado por la
segunda opción. Para ello se ha valido de tres trampas. Las dos primeras eran
el elegir la provincia como distrito electoral (lo cual garantizaba muchas
circunscripciones pequeñas, que cercenan toda posibilidad de que los partidos
minoritarios saquen escaño) y el asignar cerca de un tercio de los diputados
sin tener en cuenta la población (lo cual garantiza que estas provincias estén
sobrerrepresentadas). La tercera consistía en elegir la fórmula D’Hondt, que
beneficia a los partidos más votados.
Sin embargo, tales previsiones no parecen
haberse cumplido del todo. Sí, los dos grandes partidos del sistema (UCD/PP por
la derecha y PSOE por la, ejem, izquierda) se han beneficiado, pero tampoco han
sido tan frecuentes las mayorías absolutas. De 11 legislaturas que hemos vivido
(la llamada constituyente y las diez ordinarias) sólo ha habido mayoría
absoluta en cuatro: las dos primeras de González, la segunda de Aznar y la
(esperemos) única de Rajoy (1). Y no digamos nada de los resultados de hace dos
domingos, con todos los periódicos clamando sobre ingobernabilidad.
Entonces, si el tema de la gobernabilidad
no se ha conseguido, ¿por qué no ir hacia un sistema más proporcional, que
falsee menos los resultados y que privilegie menos al ganador? Para ello se
necesitaría desmontar las tres trampas del sistema, a lo cual procedo ahora
[Hago notar que mi propuesta es muy
similar a la que tiene Podemos en el punto 228 de su programa electoral.
Esto no lo supe hasta que no redacté la entrada anterior y, en los comentarios,
me enlazaron ese documento.]
Para empezar, voy a hacer algunas
precisiones. La propuesta que voy a hacer no modifica la estructura básica del
sistema: se sigue votando a listas cerradas y bloqueadas (aunque podrían
desbloquearse sin problemas) en circunscripciones electorales. Tampoco he
tomado otra decisión que podría mejorar la representatividad, como es aumentar el
número de diputados. He preferido limitarme a cambiar la circunscripción
electoral y la fórmula de reparto para que el sistema actual y el propuesto
puedan compararse mejor.
Lo primero sería cambiar el tamaño del
distrito. Ahora tenemos circunscripciones provinciales pequeñas. Mi propuesta
es pasar a circunscripciones autonómicas. ¿Por qué autonómicas? Porque es lo
lógico. Quizás cuando se aprobó la Constitución no se supiera, pero ahora es
evidente que la Comunidad Autónoma es el marco institucional donde el ciudadano
desenvuelve su vida y que la provincia ha perdido toda importancia. Por
supuesto, otra opción sería ir hacia la circunscripción única, pero me parece
que lo más lógico tal y como es nuestro sistema político es la autonómica.
Ahora, ¿cuántos escaños le corresponden a cada Comunidad
Autónoma? Para calcularlos he usado el método de reparto previsto en el artículo 162 LOREG pero sin asignación mínima: es decir, se atribuye uno a Ceuta,
uno a Melilla y los 348 restantes van a las Comunidades Autónomas en proporción
a la población. Los datos de población utilizados han sido los provisionales de junio de 2015. Los resultados son los siguientes:
Interesante. Como
vemos, las dos Comunidades Autónomas más perjudicadas son las dos más
sobrerepresentadas: las Castillas, que con este sistema perderían muchísima
representación. Las tres más beneficiadas son Madrid, Cataluña y Comunidad
Valenciana. Prácticamente todas las demás sufren alguna corrección menor.
Vale, ya hemos corregido el tamaño de los
distritos. Ahora, veamos qué fórmula emplear para convertir los votos en
escaños. Hay dos grandes tipos de fórmula proporcional: las del resto mayor y
las de la media mayor. Las del resto mayor operan hallando
cuánto “cuesta” cada escaño (si en un distrito han votado 100.000 personas y se
reparten 5 escaños, cada escaño cuesta 20.000 votos) y viendo cuántos escaños
puede “comprar” cada partido con sus votos. Un ejemplo es la fórmula Hare (2). En
principio favorecen a los partidos más pequeños pero tienen algunos efectos
indeseados, como la paradoja de Alabama: puede pasar que, al aumentar el número
de escaños de un distrito, un partido pierda representación que habría ganado
con menos diputados. Por eso, entre otras cosas, he optado por
una fórmula de la media mayor. Estas fórmulas operan dividiendo el número de
votos de cada partido por una serie de números, y asignando los escaños a las
listas que obtengan los cocientes más grandes. Un ejemplo es la conocida
fórmula D’Hondt, que divide por la lista de números positivos (1, 2, 3, 4…). El
otro gran sistema es la fórmula Saint-Lague, que divide por la lista de números
impares (1, 3, 5, 7…): es más proporcional porque es probable que el segundo
cociente de los partidos grandes (Sus votos / 3) sea menor que el primer
cociente de los pequeños (Sus votos / 1). Finalmente, hay una fórmula
Saint-Lague modificada, que es igual que la original (división por impares)
pero empezando por 1,4 en vez de por 1. Esta fórmula es menos proporcional que
la Saint-Lague pero más que la D’Hondt.
Como no podía decidirme, he optado por
hacer una comparativa de las tres, aplicando el resultado de las últimas elecciones. Es la siguiente:
1.- Con los tres sistemas el PP se
desploma aún más de lo que ya está. El PSOE no cae tanto pero también reduce su
representación. Esto era esperable. En general, la hostia es mayor por aumentar
el tamaño de las circunscripciones (-14 y -7 ya de partida) que por pasar de D’Hondt
a sistemas más proporcionales (-5 y -2 de pérdida extra). De nuevo se demuestra
que la fórmula D’Hondt no es el problema.
2.- Podemos (+ confluencias) y Ciudadanos
crecen. Esto también era esperable, pero me resulta curioso el comportamiento
de Podemos: de todos los que salen ganando por el cambio, es el único que no
mejora su representación según crece la proporcionalidad de la fórmula. Le va
mejor con D’Hondt que con Saint-Lague modificada, y con ésta mejor que con Saint-Lague.
Se ha colocado como “el grande de los pequeños”: no olvidemos que Podemos o las
confluencias han quedado primeros en País Vasco y Cataluña y segundos en
Galicia, Madrid, Valencia, Navarra, Canarias y Baleares. En esas zonas se
reparten muchos diputados, por lo que a Podemos le viene mejor una fórmula
electoral que beneficie a los más votados.
3.- Los más beneficiados son, sin duda,
IU-UP (que pasaría de la irrelevancia a poder, incluso, formar grupo propio) y
algunos partidos que en estas elecciones se han quedado fuera del Congreso,
como UDC, PACMA o UPyD.
4.- El tema de la gobernabilidad tampoco
sufre tanto. Ni una hipotética coalición PP-C’s tiene mayoría absoluta ni la
tiene un pacto PSOE-Podemos-IU, incluso aunque éste contara con el apoyo de ERC.
En cuanto a la elección por mayoría simple, esa laxa coalición de “izquierdas”
tiene 175 o 174 diputados, por lo que casi con toda seguridad podría evitar la
formación de cualquier gobierno de derechas… igual que ahora, que cuenta con
170. Todo dependería de lo que hiciera el PSOE o de que cualquiera de los
bloques lograra atraerse a algunos minoritarios.
5.- Una cosa buena es que el PP cae, en
los tres escenarios, por debajo de los 117 diputados, que es la minoría de
bloqueo para poder impedir reformas constitucionales. Se podrían hacer incluso
contra su voluntad, aunque habría que coaligar casi a todos los demás.
En definitiva, unos resultados similares
a los actuales, pero más proporcionales, que reflejan mejor la situación
fragmentada en que está España ideológicamente. ¿Ingobernable? No mucho más que
lo que tenemos, al margen de que eso es una cuestión de actitud y talante: “ingobernable”
significa “yo no sé manejar esto”. ¿Complicado? Sin duda. Y ¿justo? Bastante más,
(1) En su tercera legislatura González
disfrutó de una cuasi-mayoría absoluta: tenía justo la mitad de los diputados.
(2) España usa el sistema Hare, pero no
para asignar cuántos escaños tiene cada partido, sino para distribuir los
diputados entre las circunscripciones. Es decir, el método que he usado para
generar la Tabla 1, que es el que viene en la Ley Electoral, es el sistema Hare.
Puede que durante estos días te haya
llegado un rumor, una leve sospecha. Quizás en el trabajo hayan comentado algo,
o te hayas enterado en el bar o en la cola de la carnicería. A lo mejor lo has
leído en la prensa, aunque lo dudaría porque apenas se ha publicado nada al
respecto, y Twitter ha estado también muy tranquilo con el tema. Debo
confirmarte que es cierto: ha habido elecciones generales. Y las ha vuelto a
ganar el PP.
Como buen perdedor, yo voté a Izquierda
Unida. Y, como buen votante de Izquierda Unida, cumplo la tradición de cagarme
muy fuerte en el sistema electoral. Es evidente que la culpa del hundimiento no
es sólo del sistema electoral, ya que el actual lleva vigente desde la Ley de
Reforma Política del Estado y esta formación (o su antecesora, el PCE) ha
conseguido con él resultados mucho mejores. Pero alguna responsabilidad tiene
un sistema electoral diseñado por las elites tardofranquistas con la finalidad
de privilegiar el voto conservador y el voto a los grandes partidos, y que se
incorporó en parte a la Constitución con la finalidad de blindarlo.
El sistema electoral nunca es neutral. Se
establece buscando unos objetivos muy concretos: beneficiar a los partidos que
gobiernan en el momento en que se aprueba. Una vez establecido, se produce un
fenómeno de inercia: los que han ganado las elecciones no tienen incentivos
para cambiarlo y los que querrían cambiarlo no tocan poder. Así pasó que,
cuando el PSOE entró a gobernar con mayoría absoluta en 1982, se limitó a
aprobar una ley electoral que contenía el mismo sistema que le había llevado al
poder. Y mirad cómo ni Podemos ni Ciudadanos, dos partidos nuevos pero que
optaban a llevarse un buen pastel en las elecciones, han hecho bandera del
Todos los sistemas electorales se basan
en distritos electorales, que son las circunscripciones territoriales en las
que se elige a los diputados. A veces, como en Reino Unido, son distritos muy
pequeños (un pueblo o un barrio); otras como en Israel, hay una única
circunscripción nacional. En España, la circunscripción es la provincia: los
partidos presentan listas por provincia, de tal manera que cuando votas, yo qué
sé, al PP en Ávila, votas a la lista de tres personas que el PP ha presentado
circunscripciones, hay que responder dos preguntas. La primera es: ¿cuántos diputados elige cada provincia, si es que
elige más de uno (1)? Lo normal es hacerlo según su población, pero
garantizando que ningún distrito, por pequeño que sea, se quede sin
representación. Aquí está el primer truco de nuestro sistema electoral. Hay
350 escaños: de partida se asigna 1 a Ceuta, 1 a Melilla y 2 a cada provincia,
con lo que quedan 248 para repartir en proporción a la población.
Quiero que reflexionéis un momento sobre
esto. Aquí podéis ver cuántos escaños ha elegido cada provincia en las
últimas elecciones. Las provincias despobladas están sobrerrepresentadas.
Ávila, Guadalajara y Huesca, que por población deberían elegir 1 diputado cada
una, eligen 3. Lleida y Lugo eligen 4 cuando les corresponden 2. Valladolid o
Huelva eligen 5 pero su población sólo les permitiría elegir 3. El caso más
extremo es el de Soria, que no tiene población ni para elegir un diputado y sin
embargo selecciona 2.
Aquí hay dos trampas. La primera que,
como hemos dicho, las provincias despobladas están
sobrerrepresentadas: eligen muchos más diputados de los que les correspondería.
Se trata de zonas rurales, muy escoradas a la derecha. La segunda es que, pese
a estar sobrerrepresentadas, cada una de ellas elige pocos diputados. Por
ejemplo, Soria está sobrerrepresentada (como ya hemos visto), pero sus 2
diputados no dan para nada. ¿Qué pluralidad va a haber con 2 diputados? O con
3, o con 4, o con 5. Uses D’Hondt o no uses D’Hondt, da igual: los dos partidos
más votados se repartirán casi todo el pastel, simplemente porque no hay casi
escaños. Pues bien: 174 diputados de un total de 350 salen de distritos que
eligen 7 o menos escaños. Conclusión: la mitad de los diputados de
nuestro Congreso vienen de provincias rurales sobrerrepresentadas donde apenas
hay pluralidad en los resultados.
Vale, tenemos ya atribuidos los escaños a
cada distrito. Celebramos elecciones y nos planteamos la segunda pregunta: ¿cómo distribuimos los escaños entre los
distintos partidos, atendiendo a los votos que ha conseguido cada uno? Para
ello hay distintas fórmulas. En España se usa la fórmula D’Hondt, que es la
siguiente: se dividen los votos de cada partido entre 1, entre 2, entre 3…
hasta entre X, siendo X el número de escaños de la circunscripción. Se
atribuyen los escaños a las candidaturas que obtengan los mayores cocientes en
esa división.
Las fórmulas de reparto buscan un
equilibrio entre proporcionalidad y gobernabilidad. La fórmula D’Hondt es de
las menos proporcionales, pues privilegia al más votado y, en menor medida, al
segundo más votado. Así pues, en las provincias grandes, donde sí habría
posibilidad de que una fórmula proporcional produjera resultados interesantes,
la aplicación de D’Hondt lo impide. Esto afecta a la otra mitad de diputados.
dije, tenemos un sistema pensado para beneficiar a los partidos grandes (por el
hecho de que haya muchas provincias pequeñas y de que en las grandes la
aplicación de D’Hondt reduzca la pluralidad) y a la derecha (por el hecho de
que las provincias rurales estén sobrerrepresentadas). En cuanto a la inercia,
es evidente: los dos partidos grandes a nivel nacional (UCD, PSOE, PP) están
cómodos como están; los partidos grandes a nivel provincial (PNV, CiU) también,
y sólo los terceros partidos de ámbito estatal (IU, UPyD) se han quejado. Habrían dejado de hacerlo en cuanto hubieran podido
En la próxima entrada veremos una
simulación de cómo quedaría el Congreso de los Diputados aplicando un sistema
más lógico, adaptado a la realidad política de España.
(1) En Reino Unido o EE.UU., por ejemplo,
cada distrito elige un diputado. Y entonces el problema es otro: concretamente,
configurar los distritos para que todos tengan más o menos la misma población.
Las campañas electorales suelen parecerme
aburridas. Los figurones de turno que aspiran a pastar en el Presupuesto
(maravillosa expresión de Galdós) salen y prometen lo que sea con tal de arañar
algunos miles de votos. Ésas podrían estar dotadas de cierto interés: parece
que vamos hacia un verdadero régimen pluripartidista después de años de
bipartidismo efectivo. Pero la verdad es que llevo desde el principio pasando
fuerte de la campaña y eso no iba a cambiar en esta última semana.
Un chaval, un menor de edad, le sacudió
ayer por la tarde un puñetazo a Mariano Rajoy. Las interpretaciones fueron para todos los
gustos: ¿era acaso un adalid de la ultra-izquierda? La teoría de la
conspiración no se hizo esperar: ¿qué hacía un chaval tan joven cerca del
presidente? Posteriormente Rajoy pidió que no se sacaran conclusiones
políticas: ¿acaso nuestro presidente es más magnánimo de lo que parece?
Esta mañana se ha destapado el pastel,
claro. Resulta que el agresor es pariente de la esposa de Rajoy. Aunque desde
el PP se han apresurado a decir que es un parentesco lejano, chiquitito, que
casi no se ve, la cosa es que no cuela. Buena parte de los hechos que rodean al
atentado se explican porque Rajoy sabía que el chaval que le iba a agredir era
pariente suyo.
Le llamo atentado porque eso es lo que
es, aunque la palabra nos recuerde más bien bombas explotando. Cualquier
agresión a la autoridad es un atentado, que en este caso tiene prevista
una pena de 1 a 6 años de prisión por ser la víctima miembro del Gobierno. Eso
en el caso de mayores de edad, claro: la Ley del Menor le da al juez una
considerable manga ancha a la hora de aplicar las penas, mirando siempre al
objetivo de la reinserción. Veremos qué pena le cae: la cosa ha sido demasiado
gorda como para que no acabe delante de un juez, pero siendo quien es tampoco
le auguro una pena muy alta.
En todo caso, es atentado pero no
terrorista. Incluso con la definición absurdamente amplia que ha introducido la
reforma penal del PP, aquí no hay una motivación política. El País, por
ejemplo, ha dicho que la motivación de los ataques es que el presidente “tenía
dos sueldos”. Claro que El País también ha considerado relevante que el chaval
consume ansiolíticos o que fumó porros hasta hace poco, por lo que es evidente
que no nos podemos fiar de lo que diga. Por cierto, que menuda coincidencia, ¿no?
Cuando el agresor no es musulmán o negro ni se le puede encontrar vinculación
con partidos de izquierdas (más allá de cuatro tuits), resulta ser drogadicto y
enfermo mental. Algún día va a haber que hablar de esta casualidad tan casual y
que tanto se repite. Porque evidentemente es casualidad. Pensar que hay temas
de estigma detrás es claramente conspiranoico.
Sobre mi valoración del ataque, yo he de
decir que sentí una intensa alegría cuando vi el vídeo del puñetazo. No soy yo
una persona que rechace la violencia en todos los casos: este acto de
violencia, aunque tremendamente inútil y sin ninguna intencionalidad política,
me ha parecido un acto casi kármico. Rajoy ha dedicado los últimos cuatro años
a la sistemática demolición del Estado del bienestar, y parece que va a emplear
los cuatro próximos en lo mismo. Que le partan la cara no quedará bonito, ni
será democrático ni resolverá nada… pero a mí, personalmente, me encanta.
No bebo alcohol. Por razones que ahora no
voy a detallar soy abstemio, aunque la palabreja no me gusta. Por ello creo que
el procedimiento en el que estoy inmerso ahora mismo merece el apelativo de
kafkiano: estoy recurriendo una multa que me ha sido impuesta por consumir
alcohol en la vía pública y que se ha resuelto sin darme opción a alegar nada.
Los hechos son los siguientes: el 10 de octubre
de este año estaba con otras cuatro personas en una plaza del centro de Madrid.
A nuestros pies había tres latas de cerveza vacías. De repente se acercan unos
hombres que se identifican como agentes de la Policía Municipal y, primero a
las tres personas que tenían latas a sus pies y luego a los cinco miembros del
grupo, nos piden el DNI. Hay una discusión subida de tono entre algunos
miembros de mi grupo y los agentes: éstos terminan diciendo que nos van a
denunciar. Se van y ahí queda la cosa, como un hecho desagradable.
Este jueves recogí una carta en Correos.
Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que es la resolución de ese procedimiento,
en el cual se me impone sin darme audiencia una multa de 600 € por unos hechos
que no he cometido. La multa está ya recurrida, pero creo que a raíz de ese
episodio se pueden hacer algunos comentarios útiles.
La presunción de veracidad. Los agentes nos restregaron varias veces por la
cara su presunción de veracidad (1). ¿Qué es esto? Esencialmente, que se presume
que la palabra de la autoridad es veraz salvo que se pruebe en contrario. Es
decir, que si se trata de un caso de “la palabra del policía contra la mía”
prima la del policía porque la ley le presume veraz. Este principio está
137.3 LRJPAC con carácter general y se reitera para ámbitos específicos
como por ejemplo en la Ley
de Seguridad Vial para multas de tráfico y en la Ley
de Seguridad Ciudadana. Esto, claro está, supone un problema.
¿Por qué? Porque la presunción de veracidad choca con la presunción de
inocencia. El artículo
24 CE reconoce la presunción de inocencia para procesos sancionadores de
carácter judicial, pero el Tribunal Constitucional tiene dicho que se aplica
también cuando la que sanciona es la Administración, y el artículo 137.1 LRJPAC
lo regula. Sin embargo, y dado que ambos principios (presunción de veracidad
del agente y presunción de inocencia del denunciado) están en la ley española,
hay que armonizarlos para que no sean contradictorios.
¿Cómo? Pues muy sencillo. La presunción
de inocencia es un derecho fundamental que consiste en que nadie puede ser
sancionado sin una mínima actividad probatoria de cargo. Las declaraciones de
los agentes, que se presumen veraces, son parte de esa actividad probatoria,
pero no se puede fundamentar una condena sin más pruebas. Volviendo a mi caso,
debería haberse hecho alguna comprobación, como mínimo, de que yo había bebido
alcohol antes de sancionarme por beber alcohol.
Por cierto, una coletilla: la presunción
de veracidad juega sólo en el ámbito administrativo. Ante los jueces en teoría
La importancia de los procedimientos. Solemos entender las normas de
procedimiento como cosas rígidas, burocráticas, abstractas e inútiles. Sin
embargo, la mayor parte de reglas procesales tienen un objetivo que justifica
que estén ahí. En este caso, las normas de procedimiento me van a permitir
ganar el recurso que he interpuesto contra mi sanción, puesto que se han
vulnerado por completo.
sancionador suele tener tres grandes documentos: el primero es un acto de
incoación, por el que se inicia el procedimiento y se pide que la parte
denunciada formule alegaciones y proponga pruebas. Si lo hace, se practican las
pruebas procedentes y se redacta una propuesta de resolución¸ ante la
cual el interesado puede también alegar lo que quiera. Finalmente, se dicta la resolución
que pone fin al procedimiento. Los tres documentos deben notificarse al
En la Comunidad de Madrid, el procedimiento
para sancionar el consumo de alcohol en la vía pública es muy simple: la Policía,
cuando ve a alguien bebiendo alcohol, levanta acta del hecho y le da una copia
al denunciado. Esta acta ya vale como acto de incoación. Hay diez días para
presentar alegaciones y, si no se presentan, se pasa directamente a resolución,
sin que se envíe la propuesta de la misma. Pues bien: en mi caso no se me entregó
copia del acta que levantaron los agentes. El único trámite que requiere el
procedimiento no se hizo. Eso quiere decir que se vulneraron varios de mis
derechos, por ejemplo el derecho a saber que se ha iniciado un procedimiento
para sancionarme y el derecho a presentar alegaciones. La ruptura de un
formalismo me deja de repente inerme. Lo bueno es que eso me va a permitir
ganar el recurso.
Como conclusión: en Madrid, si te pillan
bebiendo en la calle y unos meses después te llega a casa la resolución con la
multa, ese acto es nulo porque se ha dictado vulnerando absolutamente las
reglas de procedimiento. Nulo quiere decir que no ha existido nunca. Recúrrelo
y ganarás.
Indefensión. Que vaya a ganar el recurso no quiere decir que todo sea
perfecto. La combinación de los dos puntos anteriores (la presunción de
veracidad + la vulneración de las normas procesales) me ha dejado indefenso.
Ahora, por ejemplo, si la Administración no resuelve en plazo mi recurso, éste
se considera desestimado y me tendré que ir a litigar ante los tribunales. La
indefensión es un concepto jurídico que indica una posición forzadamente
pasiva, de estar inerme, de no poder hacer nada contra lo que se te viene encima.
La mayoría de normas procesales buscan
evitar la indefensión, pero eso no quiere decir que cuando se rompe cualquier
regla de procedimiento quedes indefenso. Dependerá de tus posibilidades reales
de hacer algo para cambiar el resultado. En mi caso la indefensión sí se ha
producido porque no he podido alegar nada a mi favor y, sobre todo, no he
podido proponer prueba. Debido a la forma en que se ha llevado el asunto, la
única prueba que podría proponer sería casi diabólica, porque trataría de
probar que yo no hice algo… pero me
hubiera gustado poder hacerla.
Beber en la calle. Termino con una reflexión. El fenómeno del botellón
empezó hace unos diez o doce años. La respuesta fue, al menos en la Comunidad
de Madrid, inmediatamente represiva. Multas y otras sanciones cubiertas por la
supuesta finalidad de prevenir el alcoholismo y las drogodependencias. Objetivo
loable, sin duda, pero que no explica por qué es peor la cerveza o el calimocho
que te bebes en la calle que la copa que te tomas en el bar o en la discoteca.
En realidad no es más que una forma de recaudar apenas disimulada, barnizada
con algunos toques de clasismo y de pijerío en plan “la ciudad tiene que lucir
bonita”. Como tal debemos tratarlo.
El afán recaudatorio explica un
procedimiento absurdo, que parece instruido por el mismo Kafka. Pero son
precisamente estas cosas las que me permiten explicar algunos conceptos
jurídicos... y dar un consejo: no paséis de follones. Recurrid las multas y las
sanciones, porque muchas veces están tramitadas de forma tan chapucera que
podéis ganarlo. Dadle la batalla a la Administración. No es un monstruo
(1) Comentaría algo sobre su actitud
sobrada y chulesca, pero total para qué.
Tengo que hacer una confesión: yo estudié
con la LOGSE.
Sí, qué se le va a hacer. Fui un niño
LOGSE: estudié en el esquema educativo dividido en Primaria, ESO y Bachillerato.
No es culpa mía, no me miréis así. Crecí en un mundo en el que los adultos que
me rodeaban (abuelos, amigos de mis padres) eran incapaces de entender esa
estructura porque “es que no dejan de cambiar las cosas, y claro” (1). Hablamos
de esos mismos adultos que constantemente criticaban la falta de “nivel” del nuevo
sistema educativo, cuando ellos tampoco es que fueran dechados de
sabiduría. ¿Creéis que fue divertido?
Me asustaron con advertencias de que en
la Universidad, si no escribía con buena letra, tirarían mi examen a la basura
sin leerlo (¿se puede creer mayor absurdez? Pues en el sistema antiguo contaba
la caligrafía). Una vez, una adulta encargada de mi cuidado, escandalizada de
que en 5º o 6º de Primaria no me hubieran enseñado todos los ríos de la
Península, me puso durante varias tardes a estudiarme su antigua Enciclopedia
Álvarez mientras ella dormía la siesta. Más tarde he tenido que tragarme la
continua, machacona y constante cantinela de chistecitos “para los de la
LOGSE”. Que si somos tontos, que si no sabemos nada, que si no tenemos ni idea
de las cosas más elementales… todo ello dicho por un grupo demográfico que es
capaz de repetir como un loro datos que tiene en Wikipedia (2) pero no sabe
construir una frase decente en inglés.
Digámoslo claro: el sistema antiguo era
una mierda. Se basaba en una ley franquista, era rígido y no podía adaptarse a
las condiciones particulares de cada alumno. Excesivamente memorístico, carecía
de ninguna orientación práctica: no hablo de fomentar el emprendimiento, ese
engendro que quieren imponernos, sino de educación afectivo-sexual, de temas de
género y orientación sexual, de valores. Las historias que cuentan los
supervivientes del sistema son para echarse a temblar: en esta sección de comentarios tenéis unas cuantas historias de docentes sumándose a casos de acoso escolar. Sumándose. Pedazo de nostalgia
Oh, sí, pero eso de la educación
afectivo-sexual y de la ausencia de herramientas para responder al acoso son tonterías
ante uno de los logros del viejo sistema: tenía más nivel. Cuando terminabas el
COU te sabías de carrerilla los afluentes del Turia por la derecha y tenías tal
conocimiento de las materias de ciencias que no se entiende cómo no crearon el
premio Nobel de Matemáticas para dárselo a los bachilleres españoles. O bueno,
quizás no sería tan exagerado, pero desde luego el nivel era superior a esos gandules
de la LOGSE que vinieron después.
Quede claro que no compro el argumento:
los estudiantes de EGB y BUP absorberían más datos, pero no tenían ni idea de
inglés, economía o cuestiones tecnológicas. Sabrían mucho de ciertas materias
pero andaban tremendamente pez en otras. Pero venga, por puro entretenimiento,
vamos a aceptarlo: los estudiantes de EGB y BUP tenían más nivel que los de la
LOGSE. Entonces uno tiene que preguntarse: ¿a costa de qué? Si ahora no somos
más tontos que antes, ¿qué se estaba sacrificando en el sistema antiguo para
lograr más nivel?
Muy sencillo: el sistema antiguo estaba
pensado para alumnos que pudieran dedicar todo su tiempo a estudiar, con un
ambiente familiar que no les impidiera trabajar en casa y sin problemas económicos
que repercutieran en su alimentación, su ropa o su acceso a calefacción.
También tenían que ser alumnos sin problemas psicológicos, y por supuesto que
entendieran el español a nivel de lengua materna. Los que “tenían más nivel que
ahora” eran los que superaban todos los cursos de un sistema pensado para ese
concreto tipo de alumno y que era imposible adaptar a otras particularidades. Los
que no… simplemente eran descartados.
¿Recordáis la heroína y los quinquis de
los ’80, esas vidas destrozadas que hacen de telón de fondo a vuestra nostalgia
de la EGB? ¡Sorpresa! Eran los que no habían podido seguir el ritmo.
La LOGSE, por supuesto, no ha sido la
solución mágica a estos problemas que generaba el sistema antiguo. Yo recuerdo,
por ejemplo, que en 1º y 2º de la ESO mi clase estaba llena de inmigrantes, en
3º y 4º ya se había producido una importante poda, en Bachillerato no había
ninguno y en la carrera me acuerdo de exactamente una compañera no española.
Ése es un caso de libro de descarte de los menos adaptados. Sucede lo mismo con
el alumnado de procedencia española pero con problemas económicos o
psicológicos. Muchos no acceden a la carrera universitaria (3).
Pero al menos el sistema LOGSE da vías
para que esas personas no acaben en la mierda: se les facilita que tengan la
ESO, se les deriva hacia una educación menos intelectual (la Formación
Profesional), hay medios de intervención en el entorno familiar, clases de
refuerzo, diversificaciones… una serie de tentativas para integrar a todo el
mundo. No es la panacea, pero se intenta que la escuela sea un medio generador
de igualdad de oportunidades. Pasa lo mismo con las campañas de sensibilización
contra toda clase de problemas y con la presencia de itinerarios y optativas.
Se trata, en definitiva, de adaptar el sistema al alumno.
¿Que en el cambio se ha perdido nivel? La
verdad es que miro a mi alrededor y tampoco veo que sea así. La gente que me
rodea lee libros, hace cosas creativas, se integra en activismos y se forma en
ellos, aprende idiomas por afición y muestra interés por las cosas que le gustan.
¿Pasivos, adocenados, incultos? Me río de esos epítetos. Pero asumamos que sean
ciertos: del sistema antiguo a la LOGSE se ha perdido nivel. ¿Y sabéis qué? Que
me da igual, porque se han ganado muchas otras cosas.
Al final rascas la nostalgia de EGB y BUP
y lo que encuentras es bastante desagradable. Odio a la terminología de los
pedagogos, desprecio de las innovaciones en materia docente y/o glorificación
de un ambiente de violencia e incultura. En definitiva, una época donde en
realidad no debía ser bonito vivir. Y cuando lees u oyes frases como “los niños
de ahora no respetan nada”, “nosotros teníamos disciplina” o el terrible “ahora
a cualquier cosa le llaman acoso escolar” te entra el miedo de que, en
realidad, todos esos cuarentones y cincuentones estén enfadados contigo por no
haber tenido que tragarte la misma mierda que ellos.
Pero lo siento, vetustos quejicas, no
compro. Paso del supuesto “nivel” de la escuela franquista. Prefiero mil veces
haber estudiado en un sistema que buscaba integrar la diversidad, atender a las
necesidades de todo el mundo y responder a problemas de racismo, incomprensión
del idioma, violencia de género y homófoba, pobreza y bullying.
Que, para los del sistema antiguo,
significa “acoso escolar”.
(1) Sólo para que conste: la división
Primaria-ESO-Bachillerato aparece en la LOGSE, que es una ley de 1990, y se
mantiene en la actualidad. Ahora me doy cuenta de que el hecho de que los
adultos de mi alrededor no se aprendieran el sistema era desinterés, no
(2) O no, porque han quedado desfasados.
Mi tutor de 5º y 6º de Primaria nos dijo una vez, todo orgulloso, que él se
acordaba del tema de “La economía de Valencia”, que había estudiado cuando tenía
nuestra edad. Nos lo recitó de carrerilla para demostrárnoslo. Seguro que aún
se lo sabe… y anda que no habrá cambiado la economía de Valencia en 50 años.
Utilísimo. (3) Otro día hablaremos de ese paso
obligado en el cursus honorum vital
que es la carrera universitaria y del clasismo inherente a considerar que las
personas que no se la sacan han fracasado. ¿Te ha gustado esta entrada? ¿Quieres ayudar a que este blog siga adelante? Puedes convertirte en mi mecenas en la página de Patreon de Así Habló Cicerón. A cambio podrás leer las entradas antes de que se publiquen, recibirás PDFs con recopilaciones de las mismas y otras recompensas. Si no puedes o no quieres hacer un pago mensual pero aun así sigues queriendo apoyar este proyecto, en esta misma página a la derecha tienes un botón de PayPal para que dones lo que te apetezca. ¡Muchas gracias!
Hoy celebramos el día de la Constitución,
uno de los hitos más importantes de la Santa Transición. La Constitución, la
norma básica de convivencia que nos hemos dado entre todos, que puso fin a
cuarenta años de dictadura y que permitió el desarrollo de un Estado social y
democrático de Derecho. Último hito de un proceso histórico que ha incluido
textos muy diferentes como base del marco institucional. A algunos de esos
textos se les llama Constitución: a otros, como el Estatuto de Bayona o las
Leyes Fundamentales del régimen franquista, no. ¿Cuál es la diferencia?
En derecho se suele diferenciar entre
constitución material (en minúscula) y Constitución formal (en mayúscula). La constitución
material es el conjunto de leyes, reglas, prácticas y costumbres que sirven de marco
a la actividad política. En ese sentido, todas las entidades políticas tienen constitución,
desde la última tribu perdida del Amazonas hasta el más moderno y “civilizado” Estado
occidental, e incluso las organizaciones internacionales.
La Constitución formal es algo más: es
una ley, un documento escrito que define las reglas fundamentales de la
práctica política. Pero no cualquier documento tiene la consideración de Constitución:
tiene que tener un contenido concreto y una forma determinada.
de un texto constitucional fue definido por el constituyente francés de 1789.
El famoso artículo 16 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano
dice que “una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los derechos ni
determinada la separación de los poderes, no tiene Constitución”. Esta
definición se ha mantenido en el tiempo por su concisión y precisión. En cuanto
a la forma, se requieren ciertas
garantías democráticas en su elaboración: como mínimo su aprobación por un
Parlamento libremente elegido y, en el siglo XX, la convocatoria de un
Así, algunos de los cuerpos legales que
han regido nuestro país desde el siglo XIX no merecen el calificativo de Constituciones.
El Estatuto Real de 1834, por ejemplo, no tenía forma democrática ni contenido
mínimo: se limitaba a regular las Cortes, sin hablar de la separación de
poderes o de derechos fundamentales. El Estatuto de Bayona de 1808 y las Leyes
Fundamentales franquistas sí que incluían este contenido, pero la forma en que
estos textos se elaboraron no fue ni mucho menos democrática.
Por suerte ahora hemos evolucionado mucho
y podemos decir que España tiene Constitución, ¿no? ¿Acaso no tenemos un texto
democráticamente aprobado que garantiza los derechos fundamentales y la
separación de poderes? Bueno, el problema es que eso es muy matizable. La forma,
por ejemplo: ¿hasta qué punto puede ser democrática una Constitución redactada
bajo el signo del miedo en un régimen político dominado por las elites de la
Y ¿qué decir del contenido? ¿Garantiza
nuestra Constitución los derechos fundamentales? Bueno, formalmente sí, pero ¿y
materialmente? ¿Qué pasa con las sucesivas reformas penales, procesales y de
seguridad ciudadana que no dejan de aprobarse? Recordemos que esa democrática Constitución
permite suspender algunos derechos fundamentales de las personas imputadas por terrorismo. Cuando esa medida se aplica a señores encapuchados
que ponen bombas a todo el mundo le parece bien, pero ¿qué va a pasar cuando la
nueva legislación antiterrorista empiece a aplicarse a actos de protesta
política? ¿Y dónde queda el derecho de reunión con la Ley de Seguridad
El otro elemento, la separación de
poderes, simplemente no existe: el poder legislativo y el poder ejecutivo son
lo mismo. Con mayoría absoluta es más que evidente, pero incluso sin ella es
tremendamente raro que un proyecto legal del Gobierno no salga adelante una vez
en sede parlamentaria. Esta deriva es bastante lógica en un sistema
parlamentario (donde el primer ministro es el líder de la mayoría
parlamentaria), y no debería ser preocupante si el resto de frenos y
contrapesos funcionan bien.
No es así en España. Los jueces siguen
siendo independientes e inamovibles, pero no tienen medios para juzgar en
condiciones los desmanes del poder político y las leyes procesales les ponen
difícil la tarea (¡hola, instrucción de 18 meses!). Por no hablar de que
su órgano de gobierno es designado por las Cortes. En cuanto al Tribunal
Constitucional, gran árbitro del sistema, ni está ni se le espera: paralizado y
comido de política (esos jueces “progresistas” y “conservadores”) no sirve para
gran cosa. La última novedad, como ya se comentó en este blog, es convertirlo
en un guardia de la porra. Realmente, el único poder que tiene cierta
independencia respecto del Gobierno son las Comunidades Autónomas, y habría mucho que
decir sobre cómo juega la financiación a este respecto.
Así pues, España no tiene Constitución. Su
texto jurídico fundamental fue aprobado en unas condiciones democráticas
discutibles, no contiene garantías suficientes de los derechos fundamentales y
desde luego no defiende suficientemente la separación de poderes. No: hoy,
domingo 6 de diciembre, no hay nada que celebrar.
tiene el rechazar la monogamia es que, de repente, careces de referentes. En la
ficción que consumes (libros, películas, canciones) todas las relaciones son
monógamas, los cuernos son recursos de trama y siempre se sufre mucho porque no
se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Y qué decir si hablamos
de personas reales. Los famosos de la tele son monógamos, los políticos son
monógamos, tus parientes son monógamos, tus amigos son monógamos… ¡todo el
mundo es monógamo!
Esta falta de referentes hace que, para
la gente no monógama, sea habitual reunirse para hablar de relaciones. Encuentros
mensuales como las Policañas, convenciones anuales como la Opencon y
convocatorias más pequeñas. Yo ahora mismo estoy en un grupo de lectura donde
estamos comentando Opening Up, por
ejemplo. Y fue en ese grupo de lectura, al tratar del capítulo dedicado a las
razones por las cuales la gente escoge la no monogamia, donde una compañera
expuso el argumento siguiente.
La idea de que una pareja es alguien que
tiene que llenarte, que complementarte, que cubrir todas tus carencias, es en
realidad una idea bastante nueva. Antes las decisiones de casarse eran mucho
más pragmáticas: “tu familia tiene vacas, la mía tiene praos, vamos a casarnos”. Por supuesto cada caso sería un mundo,
pero el enfoque era diferente al que tenemos ahora: las personas tenían más en
cuenta la trascendencia social de sus actos. Casarse no era algo que afectara
sólo a los cónyuges, sino también a sus estirpes. Estaba en juego el patrimonio
[Evidentemente hablo de casos donde había
patrimonio que transmitir, y esta precisión se hizo también en el debate: las parejas pobres
tenían aquí más libertad que las ricas.]
Por supuesto, entender la monogamia como una institución
para recibir, acrecentar y transmitir los bienes de la familia no es
precisamente algo novedoso. Pero lo que aquí interesaba eran los
efectos psicológicos de esta forma de ver las cosas. Si el matrimonio es una
especie de sociedad para conservar y aumentar el patrimonio familiar, para
conseguir más vacas y más praos, el
enfoque que se le da es distinto. No se supone que tu cónyuge tenga que
complementarte en todos los aspectos de su vida, y de hecho lo normal es que no
lo haga (1). Vale que un cierto acuerdo entre cónyuges, algún nivel de
entendimiento y de amor, es deseable y debe buscarse. Pero no es
imprescindible, y desde luego no tiene por qué estar ahí desde el principio: al
fin y al cabo el roce hace el cariño, ¿no?
Pero pasa el tiempo y la perspectiva
cambia. Llegamos a mediados del siglo XX, aparece con fuerza la clase media y el
tema de la transmisión del patrimonio pasa a un segundo plano. La monogamia
deja de tener el sentido que había tenido tradicionalmente y es necesario
buscarle otro. ¿Cuál? Pues, en tiempos de individualismo, la justificación de
la monogamia debe ser individualista: que tu pareja cubre tus necesidades, te
complementa, te completa. Te satisface. Vuestra unión no tiene más sentido que
satisfaceros y, si no lo hace, si no llena todas las facetas de tu vida… es que
algo no va del todo bien, ¿verdad?
La persona que desarrollaba este
argumento terminó diciendo que casi estaba más de acuerdo con la monogamia “de
vacas y praos” que con la versión individualista. Estoy de acuerdo con ella, y
por las mismas razones: la justificación actual del sistema monógamo es
demasiado egoísta, exige demasiado trabajo emocional y facilita los vínculos de
dependencia. Me parece preferible un arreglo pactado por los padres de los
cónyuges que un mundo donde se le exija a cualquier persona complementar a otra,
No me malinterpretéis, no quiero volver a
los matrimonios concertados. El tiempo avanza y es bueno que lo haga. Me parece
genial que se considere que las uniones románticas existen para dar felicidad a
las personas implicadas y no para servir a los intereses económicos de las
estirpes de ambas. Simplemente cuestiono que, en este entorno, siga teniendo
sentido un sistema social nacido para asegurar la transmisión del patrimonio
familiar. ¿Emparejarse es sólo un medio para
procurarnos felicidad? Correcto, lo acepto y lo creo. Pero entonces, ¿por qué
no emparejarnos con todas las personas que nos hagan felices? Creo que ésa es
la pregunta fundamental, y salvo que el sistema social monógamo encuentre una
respuesta convincente, le auguro un futuro negro. Y no voy a ser yo el que lo
(1) Pienso en las novelas de Galdós, por
ejemplo, donde los hombres y las mujeres tienen siempre aficiones separadas y
no hay entretenimientos mixtos. Pero no hace falta irse tan lejos: que tu padre
se vaya al bar y tu madre a la peluquería, ambos a socializar y a estar con sus
colegas, es una herencia de lo mismo.
que vas a un concurso de televisión. En la última prueba te enseñan tres puertas
cerradas. Detrás de una de ellas hay un coche, que es el gran premio del
programa. Detrás de las otras dos puertas hay cabras, que son premios de broma. El
presentador te pide que elijas una de las puertas y tú lo haces, pero después
pasa algo más. El presentador, que sabe qué es lo que hay detrás de cada
puerta, abre una de las dos que quedan y te enseña una de las cabras. Entonces
te pregunta: ¿te quedas con la puerta que elegiste originalmente o cambias a la
que queda sin abrir? La pregunta es ¿qué te conviene hacer?
Ante este enunciado, conocido como el
problema de Monty Hall, lo primero que se suele hacer es dar la que yo llamo la
solución intuitiva: “si quedan dos puertas, ¿qué más da cuál escojamos? Las dos
tienen la misma probabilidad. Da igual cambiar que no cambiar”. Si has dado
esta solución no te preocupes: has fallado (como veremos abajo) pero grandes
mentes han fallado contigo.
Monty Hall es uno de mis acertijos favoritos, por dos razones. La primera es
por todas las circunstancias que rodean su publicación. El problema se hizo
famoso en 1990, cuando Marilyn vos Savant, supuestamente la persona con mayor
coeficiente intelectual del mundo, lo recibió por correo. Savant tenía una
columna de opinión en la revista Parade donde respondía preguntas matemáticas
que le habían formulado los lectores. Publicó el problema con la respuesta
correcta (es más conveniente cambiar de puerta)… y la que se armó.
Más de diez mil respuestas diciendo que
estaba equivocada. Muchas de las cartas venían de profesores y doctores
universitarios. Las cuatro columnas que Savant dedicó al problema pueden
encontrarse en su
sitio web, con algunas de las cartas más notorias. La mayoría rebosan
paternalismo (“deja que te explique”, “coge un manual básico de matemáticas”,
“no ves tu error aunque te han corregido al menos tres matemáticos”), son
hostiles (“ya hay bastante analfabetismo matemático en este país y no
necesitamos que la persona con el mayor CI del mundo propague más. ¡Vergüenza
debería darte!”) o provienen directamente de la caverna (“quizás las mujeres
ven los problemas matemáticos de forma diferente que los hombres”).
Esta es la primera razón por la cual me
encanta este problema: porque destapó el machismo y el clasismo de parte de la
comunidad académica. Machismo y clasismo, porque Savant no sólo era mujer sino
también pobre e hija de inmigrantes, razón por la cual no había podido cursar
estudios formales de matemáticas. Yo soy muy mío para mis cosas y me ha dado
por pensar que, si Savant hubiera sido un hombre de la academia, todos los
señores listísimos que escribieron indignados se lo habrían pensado dos veces
antes de tomar el bolígrafo y, aunque al final hubieran escrito, no lo habrían
hecho con tanta condescendencia y agresividad.
La segunda razón por la que me gusta este
problema es porque me ha costado mucho entenderlo. Yo aceptaba, casi como artículo
de fe, la solución correcta (conviene cambiar de puerta), pero no era capaz de
entenderla. Sé que no soy la única persona a la que le pasa: tengo algunos
conocidos que han leído varias formas distintas de explicar el problema y no
les entra en la cabeza. Así que voy a probar yo, a ver si tengo más suerte.
Pero lo primero es lo primero: aquí
puedes jugar al problema de forma interactiva. Compruébalo tú mismo, y mira qué
porcentaje de veces ganas cuando cambias y qué porcentaje de veces ganas cuando
te mantienes. Hazlo hasta que te convenzas de que ambas soluciones (cambiar y
no cambiar) no son idénticas y, por tanto, no es irrelevante cuál escojas. Venga,
¿Ya? Bien, quizás te estés preguntando:
¿por qué pasa esto? ¿No hay dos puertas y, por tanto, una probabilidad del 50%
para cada una? ¿Cómo es que cambiar de puerta aumenta tus probabilidades de
ganar? Voy a responder: el quid de la cuestión está en darse cuenta de que el
presentador, cuando abre una de las puertas, está añadiendo información al
problema. ¿Qué información? Vamos a verlo:
de que el presentador abra la puerta, cambiar te da, efectivamente, lo mismo.
No sabes qué efectos tendrá un cambio y todas las probabilidades son iguales:
Si inicialmente elegiste la puerta del coche
(prob. = 1/3), cambiar te llevará necesariamente a una puerta con cabra,
con lo cual pierdes.
Pero si inicialmente elegiste una puerta con
cabra (prob. = 2/3), cambiar puede llevarte a la otra puerta con cabra
(la mitad de las veces, es decir, 1/3), con lo cual pierdes igual, o a la puerta
con coche (la otra mitad de las veces, es decir, 1/3), con lo cual ganas.
En este caso cambiar de puerta es como
hacer la elección original: dos de cada tres veces acabarás ante una cabra sin
que puedas hacer nada para evitarlo.
de que el presentador abra la puerta, ya sabes qué efecto tendrá tu cambio: como
ahora sólo queda una puerta con cabra y una puerta con coche, ya no existe la
probabilidad de quedarte igual (pasar de cabra a cabra), sino que
necesariamente la segunda puerta contiene un premio distinto al que hay tras la
puerta que escogiste en primer lugar. Es decir:
cabra (prob. = 2/3), cambiar te llevará necesariamente a una puerta con
¿Qué es más probable, que tras la primera
elección estés ante una puerta con cabra o ante una puerta con coche? Acabamos
de verlo: ante una puerta con cabra, porque hay dos de tres. La acción del
presentador te permite “darle la vuelta” a esa probabilidad: las probabilidades
de que en la primera elección hayas seleccionado una puerta perdedora se
convierten en probabilidades de ganar, y viceversa. Ése es el truco del
¿Aún no lo entiendes? Quizás verlo
gráficamente te ayude. Échale un ojo a esta imagen del sitio Estadística
para Todos: podrás comprobar cómo, dos de cada tres veces que cambias,
ganas. El problema de Monty Hall es, como
acabamos de ver, contraintuitivo. Nos cuesta aceptar que si hay dos puertas,
una con un coche y otra con una cabra, las probabilidades de escoger una u otra
no sean iguales. Es ese carácter contraintuitivo el que, a mi juicio, provoca
que cueste entender la explicación o incluso que la gente se encastille o se
enfade cuando se le intenta explicar la solución correcta. Supongo que eso tuvo
un papel en el caso de Vos Savant: ¿una mujer pobre e hija de inmigrantes dando
una respuesta distinta a la que he dado yo después de mirar el enunciado de
forma superficial? ¡Tiene que estar equivocada! Pero resultó que no lo estaba. Marilyn
vos Savant tenía razón y convenció de ello a los airados académicos, que
tuvieron que envainarse sus palabras y ceder ante la frialdad de la
Y por eso me encanta el problema de Monty

References: artículo 162
 resolución 
 artículo
24
 artículo 137
 resolución

 resolución 
 artículo 16