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Timestamp: 2017-05-29 20:40:02+00:00

Document:
La existencia de nuestra civilización iberoamericana se definirá por nuestra concepción del dinero
Marcha del Coronel Mohamed Alí Seineldín
Buenos Aires, Julio de 2003 sus opiniones y críticas han de recibirse en nuestro
(Las desgracias de una nación sin poder)
El "Maine"
Encargado el Sr. Canovas del Castillo de formar gobierno en 5 de julio de 1890, lo constituyo con los señores duque de Tetuan, Cos-Gayon, Azcarraga, Beranguer, Fernandez, Villaverde, Silvela, Isasa y Fabie. El nuevo Ministerio tuvo que luchar con dificultades creadas, no por cuestiones de orden político que afectan a la vida de un país, sino de carácter personal, promovidas, ya por la lucha o rivalidad de los partidos, ya por celos o ambiciones dentro del mismo partido imperante. Ciertos abusos descubiertos en la gestión del Ayuntamiento de Madrid determinaron la caída del Gabinete Sagasta ahora esa misma gestión suscito nuevos disgustos al gobierno conservador. Surgió la disidencia de Silvela, mal avenido como su jefe; este modifico el Ministerio, y no mucho después, acentuada la hostilidad, quebrantado el partido, herido Canovas por la actitud de los que fueron sus amigos y le debían, con mas o menos merecimientos, su carrera política, resolvió abandonar el poder. Un discurso de Silvela, en el que declaro que Canovas, como jefe del partido, era intolerable, precedió a la dimisión. Volvió Sagasta, que así en Espada vinieron turnando estos dos hombres y los grupos de políticos que acaudillaban, sin que las corrientes de la opinión ni las necesidades o conveniencias del país influyeran en tales cambios.
En abril de 1894, Castelar, jefe de uno de los varios grupos de republicanos, dio carta blanca a los pocos que le seguían para que, acatando el régimen vigente, se adhirieran al partido liberal monárquico. Uno de los adheridos, Abarzuza, obtuvo después la cartera de Ultramar. Habían empezado las complicaciones exteriores de España, ocasionadas por la falta de medios o de previsión para mantener nuestra soberanía o nuestro prestigio en los presidios de Africa y en las colonias de América y de Asia. En el tratado de Tetuan (1860) se había estipulado que el sultán de Marruecos cedía a España el territorio próximo a Melilla hasta los puntos mas adecuados para la defensa del presidio, debiendo también un campo neutral, cuyos límites se precisaban en el convenio. Habían transcurrido treinta y tres años sin que ningún gobierno español se decidiera a determinar dicho campo. Ahora de decidió la demarcación; se opusieron los rifeños, resueltos a impedir la construcción del fuerte avanzado de Sid-Guariax, y el 2 de octubre de 1893 la guarnicion de Melilla, a las ordenes del bravo y pundonoroso general Margallo, tuvo que sostener heroico y sangriento combate para apoyar la retirada del escaso numero de hombres encargados de las obras. Llegaron los últimos días del citado mes, y aun no se habían reunido en la plaza los elementos necesarios para tomar la ofensiva. La opinión publica, a juzgar por el tono y lenguaje de la prensa, pedía acción rápida y enérgica. El gobierno procedía con gran mesura, y poco a poco, con lentitud que desesperaba a los que ardían de impaciencia por ver satisfecho el honor de España, iba enviando soldados, fusiles y cañones. En los días 28 y 29 los 5.000 o 6.000 hombres que allí teníamos, pudieron resistir, pero no vencer, a los 25.000 o 30.000 moros, que atacaron trincheras y fuertes, y el general Margallo y más de 50 jefes, oficiales y soldados pagaron con su vida las torpezas e imprevisiones de la política española. Hubo que enviar parte del ejército a las órdenes de un Capitán General, Martinez Campos. El sultán de Marruecos se ofrecía a castigar a sus indómitos súbditos; España debía transigir y obrar con gran prudencia, pues una guerra en ese territorio marroquí, tan codiciado por las grandes potencias, podía ser el principio de la Guerra europea. Días y semanas pasaron los soldados españoles en Melilla y campos inmediatos sin otros hechos de armas que alguna escaramuza; su general hubo de convertirse en diplomático, y marcho a Marruecos para transigir la cuestión, que se dio por terminada con el convenio de 5 de Marzo de 1894.En febrero de 1895 se inicio un levantamiento en Cuba contra España. El 19 de Marzo cayó el Gabinete Sagasta a consecuencia de protestas tumultuosas de subalternos del ejército contra varios periódicos. Vuelta de Canovas al poder. La guerra de Cuba y la insurrección de Filipinas fueron tomando incremento, y las campañas coloniales se complican con otra cuestión mas grave, el conflicto con los Estados Unidos de la América del Norte.
En 4 de Abril de 1896 el secretario de Estado en el gobierno americano, Olney, ofrecía a los nuestro los buenos oficios de los Estados Unidos para poner termino a la guerra de Cuba, tan perjudicial, decía, para los intereses de España como para los de la Confederación norteamericana. Diósele las gracias, pero se declino el amistoso ofrecimiento, porque ya el gobierno español estaba dispuesto, previa autorización de las nuevas Cortes, a otorgar concesiones a las Antillas. Suponía nuestro gobierno que, mediante tales concesiones, había de ser fácil terminar la guerra.
Torpedero Olympia
Claro es que de esta suposición no participaba el gobierno americano, pues demasiado sabía que auxiliando y alentando a los rebeldes, la lucha se haría interminable. Necesitaba un pretexto para inmiscuirse en nuestros asuntos, y empezó por sostener que aquella guerra perjudicaba sus intereses. En realidad, los Estados Unidos, se proponían y proponen dominar en el Seno mejicano y Mar de las Antillas, y desde hacia muchos años venían fomentando la insurrección en Cuba. Uno de los generales españoles que han gobernado esta isla, D. Camilo G. de Polavieja, que comprendiendo que el mayor peligro para nuestra dominación en las Antillas estaba en la Unión americana, procuro siempre en sus informes oficiales, advertir a los gobiernos de la metrópoli, escribía al Sr. Fabie en 1890 que en su día encontraban los separatistas ayuda muy poderosa y no encubierta como entonces, para ambicionar el dominio de las dos entradas del Golfo de Méjico para realizar sus conocidos planes de engrandecimiento, enseñoreándose su raza y civilización desde el istmo de Panamá hasta los mares polares. Advertía el progreso de la influencia americana en la isla. "Durante el invierno esta ciudad se llena de viajeros americanos que se van renovando con frecuentes expediciones, no faltando entre ellos algunos animados de miras políticas. Hoy todo reviste carácter americano en La Habana: las comidas, los trajes, las distracciones, etc., habiendo desaparecido por completo lo criollo. A la invasión de las costumbres sigue la moral y religiosa, y se preparan en el orden económico a constituir nuevas sociedades para la compra de ingenios y de establecimientos de comercio como sucursales de sus fabricas." Recordaba los planes ambiciosos de la República iniciados en el tiempo de Monroe, acariciando desde el año 1812 el proyecto de apoderarse de Méjico hasta Sonora, con inclusión de la isla de Cuba. "Creo que en vez de medios violentos emplearan su sagaz diplomacia para que Cuba, al dejar de ser nuestra, caiga forzosamente en sus manos. El bill Mac-Kinley no es más que el comienzo de dicha política. No ignoran que Cuba es un pollo que se asa en su propia salsa, gracias a la manera de ser de los partidos cubanos y de sus odios irreconciliables. ¿Abrigarán la esperanza de que les demos pretexto para una intervención diplomática o armada?"
Llego a ser pesadilla de su ánimo la ambición de los Estados Unidos respecto de Cuba. Este pueblo joven y rico ansiaba obtener éxitos militares que afirmaran su unidad; y viendo en España una nación débil, había de ser el objetivo de su política tradicional mantenida con perseverancia por todo el siglo. En carta que dirigió en 20 de Febrero de 1891 al general Azcarraga le daba cuenta de artículos publicados en revistas militares oficiales de los Estados Unidos y en la prensa periódica. Aquella nación se preparaba para la guerra, siendo uno de los objetivos principales apoderarse de la isla de Cuba. Sus barcos aprovechaban todas las ocasiones para examinar las costas, levantar perfiles y reconocer las fortificaciones; "y si esto no bastara, el aumento considerable de la marina de combate, el cambio del armamento de su ejercito y las numerosas comisiones que vienen a estudiarnos, demuestran que sus miradas están fijas en nuestro territorio." Manifestaba al Sr. Fabie en 28 de febrero de 1891 que la nación americana perseveraría en sé campaña económica hasta hacer angustiosa la situación de Cuba, aguardando la oportunidad de que se promoviesen conflictos de orden publico que le sirvieran de pretexto para justificar la intervención, como suelen hacerlo los fuertes contra los débiles. En 30 de Marzo escribía al general Azcarraga: "Se observa en la vecina República cada vez mas acentuada su tendencia a plantear la doctrina de Monroe, viéndose claramente que se preparaban a aprovechar con rapidez y energía la primera oportunidad para hacerse dueños, entre otros piases, de la isla de Cuba, que de antiguo califican como el Gibraltar del Golfo Mejicano, ocasión que procuran precipitar con un sentido practico que demuestra el perfecto estudio de su proyecto. Han empezado por promovernos el conflicto económico, que nos ha enajenado las simpatías de gran parte de las clases productoras con la agitación de los criollos revolucionarios. Más adelante nos suscitaron otra dificultad, y seguirán promoviendo otras hasta privarnos de todas las voluntades. Y mientras va cundiendo el descontento se apresuran a crear una armada poderosa que supere a la que nosotros podemos oponerles." Exponía además el general Polavieja interesantes detalles relativos a la marina de guerra americana, a los créditos destinados a su ampliación y a la fortificación del litoral americano, consignando las significativas y amenazadoras palabras pronunciadas en el Senado por el Ministro de Marina al defender la necesidad de la construcción de los acorazados. "Asi los Estados Unidos tendrán un poder naval de primer orden cuando aumente su tripulación de 7.500 a 25.000 hombres, aventajando a las armadas de casi todas las naciones europeas, y sobre todo a la dueña de la Isla de Cuba."
También merecen consignarse párrafos de un autorizado folleto, que se publico en español, francés e ingles con ocasión de las conferencias para el tratado de París; en el se recordó que los Estados Unidos concibieron e impulsaron la insurrección cubana, que comenzó en 1895, y que estaba en la conciencia universal, y se hallaba además demostrado por las 42 expediciones cubanas que se equiparon en su suelo y salieron de sus puertos en barcos norteamericanos, que esta nación mantuvo y alentó con su constante apoyo moral y material el movimiento militar de los insurrectos, movimiento que se hubiera sofocado bien pronto abandonado a sus propias fuerzas. En honor de la verdad, añade el autor anónimo de ese documento, hay que reconocer que esta afirmación no carece de fundamento, cuando uno de los últimos embajadores de los Estados Unidos en Inglaterra, el ilustre Mr. Phelps, ha dicho sobre este punto, en su celebre carta al Vicepresidente de la República, Mr. Morton, fecha 28 de Marzo de 1898, que con una vigésima parte de las fuerzas marítimas de los Estados Unidos hubieran estos podido cegar la única fuente de recursos que le han permitido vivir. A pesar de esto, el gobierno federal, como tal gobierno, vino protestando siempre de su simpatía a España; y aunque la desgracia, en efecto hacia que los agentes oficiales no siempre pudieran evitar las reuniones publica de cubanos, las manifestaciones revolucionarias, el alistamiento de gente armada y las salidas de las expediciones con rumbo a Cuba, es cierto que nunca reconoció la beligerancia de aquellos, al paso que Asi por sus relaciones internacionales en distintos tratados celebrados con España, como por el cambio continuo de notas sobre estos extremos con sus agentes diplomáticos, tenia reconocida de antiguo la nacionalidad española como soberana de las Antillas, y como tal, con el derecho, si no con el deber, de reprimir la insurrección como un perturbación de orden publico. En su consecuencia, los Estados Unidos le advirtieron con repetición y apremio la necesidad de que, por medio de las armas y empleando los procedimientos militares que estuvieran a su alcance, restableciera España el orden publico alterado en Cuba por los insurrectos, conminaciones que fueron atendidas con toda clase de sacrificios de hombres y dinero, no solo por interés de la isla, sino para que no se dificultaran en lo mas mínimo la relación de ambas potencias. Los generosos propósitos de España no hicieron alto en los enormes auxilios que la insurrección recibía exclusivamente del mismo país que, con tan imperioso modo, reclamaba el restablecimiento del orden, y, tal vez incurriendo en notorio error, dejo de exigir reparaciones por tal conducta del gobierno federal, que, en ocasión bien conocida por cierto, cobro de la Gran Bretaña 15 millones de pesos por las depredaciones del Alabama, barco que solo había sido construido, pero no equipado, armado o tripulado en aquel país, siendo muy de notar que, como atinadamente observa Mr. Phelps en su bien meditada carta citada arriba, que al pedir reparación por estos hechos se fundaban los Estados Unidos principalmente en que el gobierno ingles "no había ejercido la suficiente vigilancia para impedir que zarpara el buque de Su costa." Continuó España luchando por el restablecimiento del orden, y ya en pleno desarrollo la insurrección cubana, y observándose por los Estados Unidos, la casi neutralidad antes apuntada, a saber: guardando la legalidad en todos sus actos y declaraciones oficiales, sin llegar casi nunca a conseguir la represión de los hechos públicos que, tan a las claras, contrariaban el deber, no ya de todo neutro, sino el impuesto por el derecho a una nación amiga como eran entonces los Estados Unidos, que no habían reconocido siquiera la beligerancia de los insurrectos, creyeron conveniente preparar su intervención en la Gran Antilla, con el pretexto de todos conocido y repetidas veces expuesto desde hace muchos años, de que el estado de inquietud y lucha en la isla perjudicaba al comercio de la Unión y le creaba dificultades económicas imposibles de vencer sin sufrir graves daños. No es esta ocasión de averiguar si había o no llegado para Estados Unidos el caso extremo de propia conservación, que, como dice M. Guizot, es el único que los pueblos cultos y la moral internacional reconocen como fundamento de la intervención armada, o sea de la injerencia en los negocios de un Estado independiente, con el objeto de imponerle el invasor su propia voluntad; pero si es indudable que, fundados en aquella razón y por motivos de humanidad en favor de los llamados reconcentrados (que eran los habitantes de los campos de Cuba, a quienes el general Weyler había hecho reconcentrar en los pueblos y ciudades, donde perecían en gran numero, diezmados por el hambre y las enfermedades), votan la resolución conjunta en las Cámaras federales, se aprueba en 20 de Abril por el presidente de la Unión, y en forma de Ultimátum, con todos los caracteres de una declaración de guerra, se le transmite a España.
Veamos ahora como se comprueban las afirmaciones que preceden con los documentos que se cruzaron entre los gobiernos español y americano durante el periodo de gestación de la guerra. Esta aun no parecía inminente a fines de 1896. En 8 de diciembre el presidente de la Unión, Cleveland, leía su mensaje ante el Congreso, y en él declaraba que su gobierno no intervendría en la cuestión de Cuba a menos que España no demostrara imposibilidad de sofocar la insurrección separatista. Comprendió el gobierno español que urgía restar elementos del campo insurrecto; en 5 de febrero (1897) consultó el gobierno español al Consejo de Estado sobre ampliación de la ley de reformas para el régimen y administración de la Isla de Cuba; y comunicado el proyecto al gobierno americano, su presidente manifestó que dichas reformas eran cuanto se podía pedir, y más de lo que ellos mismo esperaban. A fines de junio el nuevo secretario de estado de los Estados Unidos protesta en nombre de la humanidad y de su país, que tan importantes intereses tienen en Cuba, contra los bandos y procedimientos adoptados por el general Weyler para reprimir la insurrección separatista, y muy particularmente contra la reconcentración de la población rural. Esta protesta demuestra una vez más la perfidia de los Estados Unidos; exigen de España que ponga fin a la guerra, y hacen cuanto pueden para impedir que termine. (Negrita del R.) A principios de agosto replica el gobierno español protestando de los conceptos empleados por el gobierno norteamericano, afirmando que la guerra de Cuba se ajusta a las prescripciones de los pueblos civilizados. Entre tanto se agitan en España los partidos políticos. Silvela hace propaganda en provincias, y expone la base de su nuevo partido, al que se llamo Unión Conservadora o Unión Nacional. El parido liberal da un manifiesto, poco después Moret proclama que las reformas otorgadas por el gobierno de Canovas es insuficientes para pacificar a Cuba, y que este fin solo podría alcanzarse mediante la autonomía.
El día 8 de agosto, hallándose D. Antonio Canovas del Castillo en el balneario de Santa Agueda, fue asesinado por un italiano, que resulto ser anarquista. Se encargo de la presidencia del gobierno el Ministro de Guerra, general azcarraga. Entonces los partidos que aspiraban al gobierno, conservadores disidentes y liberales, arreciaron en sus gestiones y trabajos. Los que habían seguido fieles a Canovas procuraron reorganizarse, pero unos se inclinaban a reconocer la jefatura de Silvela y otros protestaban contra tal propósito, y aun indicaron como jefe del partido y sucesor de Canovas al Ministro de Estado, el duque de Tetuan. El gobierno preparaba reformas para Filipinas y desarrollaba el Real decreto de febrero sobre reformas en Cuba.
En 13 de septiembre presentase a Su Majestad la Reina Regente el nuevo Ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, Stewart L. Woodford, el cual el 23 del mismo mes, por orden del presidente de su país, escribe a nuestro Ministro de Estado ofreciendo de nuevo los buenos oficios de aquel para terminar la guerra de Cuba, insistiendo en que la continuación de esta es perjudicial a los intereses americanos. En los Estados Unidos empezaban ya a ocuparse en la movilización de las escuadras.
Los conservadores ortodoxos y disidentes no consiguieron ponerse de acuerdo, y se anuncio que habría cambio de gobierno al regresar la corte de San Sebastián a Madrid. Este regreso tuvo lugar el día 28 de septiembre, y al siguiente día se planteo, en efecto, la crisis. Subió al poder el partido liberal, y en 4 de octubre jura el nuevo Ministerio presidido por Sagasta; son Ministros: Gullon, de Estado; Groizard, de Gracia y Justicia; Correa, de Guerra; Bermejo, de Marina; Ruiz Capdecom, de Gobernación; López Puigcerver, de Hacienda; Conde de Xinquena, de Fomento; y Moret de Ultramar. Al general Weyler reemplaza como gobernador y Capitán General de Cuba, el General Blanco, que embarca para su destino el 19. En vista del cambio de gobierno, los Estados Unidos adoptan una política expectante. En 23 de Octubre nuestro Ministro de Estado contesta a la nota del 23 del anterior declarando que el gobierno español procurara conseguir la pacificación de Cuba, no solo por una acción militar, humanitaria a la par que enérgica, sino por una acción política que asegure a la Gran Antilla la más amplia autonomía. Además, el gobierno español rogaba a Woodford que se sirviera precisar la línea de conducta que adoptaría el presidente Mac-Kinley con el objeto de impedir que formasen expediciones cubanas destinadas a mantener la guerra en la isla. El 30 de octubre contesta Woodfrod manifestando que su gobierno ha cumplido siempre lealmente con los deberes que impone el Derecho Internacional en lo que se refiere a expediciones filibusteras.
Mac-Kinley procura ganar tiempo y pone especial empeño en encubrir las malas artes de la política americana con manifestaciones de simpatía y consideración a España. En 27 de noviembre la Gaceta de Madrid publica el decreto otorgando Constitución autonómica a Cuba y Puerto Rico, y Mac-Kinley declara que se halla convencido de la sinceridad con que España concede la autonomía a sus colonias. No cesa, sin embargo, los preparativos militares, terrestres y navales en los Estados Unidos. Su gobierno, valiéndose de la prensa y de algunas asociaciones, procura que circulen rumores de supuesta actitud agresiva por parte de España; Asi da pretexto para que la cámara de comercio de Nueva York pida que se ponga este puerto en condiciones de defensa, para que el Ministro de Marina pida créditos destinados a la defensa de las costas y para activar los trabajos en el Arsenal de Brooklin.
El 6 de diciembre lee Mac-Kinley su mensaje a las Cámaras, y en él declara que es imprudente por el momento reconocer la beligerancia de los insurrectos cubanos, y que deben esperarse los frutos que produzcan las reformas otorgadas a Cuba por el Gobierno español; pero añade que modificara su política el día en que se convenza de que esas reformas no conducen a la paz, advirtiendo que solo intervendrá por la fuerza cuando la necesidad de hacerlo sea tan clara que merezca el apoyo del mundo civilizado. Se admite, pues, ya, en un documento, la posibilidad de apelar a la fuerza para expulsar de Cuba a los españoles. No obstante, como se trataba de una condición que podía ser remota, los ánimos se tranquilizan algún tanto aquí y allá. Pero la escuadra de los Estado Unidos sale para el Golfo de Méjico a hacer sus ejercicios y practicas anuales, y Woodfrod, en 20 de diciembre, recuerda a nuestro Ministro de Estado que los Estados Unidos mantendrán su actitud benévola hasta que se demuestre que se ha realizado la paz. Al empezar el año de 1898 se exacerba en Estados Unidos la opinión contra España. Mr. Lee, cónsul de los Estados Unidos en la Habana y agente oficioso y valiosisimo de los insurrectos, se apresura a participar a su gobierno que la autonomía a fracasado en Cuba. La junta revolucionaria de Nueva York continúa sus trabajos en territorio americano; la guerra así ni termina, ni se ve posibilidad de que termine. A fines de enero el presidente de la República dice que se halla tan satisfecho de la marcha de las negociaciones hispanoamericanas, que ha decidido que un acorazado de la escuadra de la Unión, el Maine, visite amistosamente el puerto de La Habana. España desea corresponder a tan excelente prueba de amistad, y anuncia que enviara también buques de guerra a visitar puertos americanos.
Acorazado "Maine"
El Maine fondea en aguas de la Habana, y después el crucero español Vizcaya en aguas de Nueva York. Estas pruebas de amistad hacen perder confianza en soluciones pacificas. Al Vizcaya debían seguir el Oquendo, con destino a Cuba, y una escuadrilla de tres torpederos y tres destructores convoyada por un transatlántico. En la prensa y en las Cámaras americanas se manifiestan opiniones exaltadas, partidarias de una intervención armada en Cuba. El Ministro de Estado español, en nota del 1 de febrero dirigida a Mr. Woodford, advierte que la intervención armada produciría la guerra, y recuerda el verdadero concepto de los deberes de la amistad internacional. Entretanto fuerzas navales norteamericanas se van concentrando en las inmediaciones de Cuba: el Montgomery llega a Matanzas; tres barcos más recorren los mares antillanos, y se concentra en las Tortugas una escuadra de cinco acorazados, seis cruceros y cinco torpederos. En 8 de febrero dimite el Ministro de España en Washington, Dupuy de Lome, a causa de una carta particular que dirigió al Sr. Canalejas a la Habana, emitiendo severos juicios acerca del proceder de Mac-Kinley, carta que no llego al destinatario, sino al destinatario, sino a poder de un periódico americano que se apresuro a publicarla. El 15 de febrero, a las nueve de la noche, estallo y se fue a pique el Maine en la Bahía de La Habana; perecieron 266 hombres de su tripulación, y se recogieron 59 heridos. Los enemigos de España se apresuraron a dar crédito a la sospecha de que la voladura había sidointencionada.
Los diarios anuncian el infame hundimiento acusando a España
En estos días, oficialmente parecía que reinaban las mejores relaciones entre ambos Estados. La reina regente envía a Mac-kinley, sentido pésame por la catástrofe del Maine, y el embajador de los Estados Unidos, Woodford, visita a la reina para expresarle la gratitud del presidente por aquel pésame. Las autoridades de Nueva York dispensan toda clase de atenciones al Vizcaya, y el crucero español corresponde a ella asociándose a las fiestas celebradas con motivo del aniversario del natalicio de Washington. Entretanto, siguen trabajando las comisiones técnicas españolas y americanas encargadas de emitir dictamen sobre la voladura del Maine, y entre el populacho y los patrioteros de Estados Unidos se mantiene la idea de que aquella fue provocada por los españoles. El 25 abandono el Vizcaya las aguas de Nueva York para evitar cualquier conflicto que pudiese ocasionar estancia mas prolongada. El marino español Gutiérrez Sobral, que había sido agregado naval en nuestra legación en Washington, declara públicamente que las causas del desastre no fueron otras que la impericia y el descuido de los tripulantes del Maine. El gobierno americano impulsaba los aprestos navales, y las cámaras votaban créditos para aumentar él ejército y reforzar las fortificaciones; el español, por su parte, enviaba a Cuba el crucero Almirante Oquendo, que debía reunirse en La Habana con el Vizcaya, y seguía organizando la escuadrilla de torpederos y destructores. En 26 de este mes se disolvieron las Cortes españolas, y se acordó que las nuevas se reunieran el 25 de abril.
En las Cámaras de los Estados Unidos se acentuaba la hostilidad contra España; el gobierno, aunque su presidente manifestaba que deseaba mantener la paz, apelaba a toda clase de medidas para amenazar a aquella e imponerse, obligándola a renunciar a Cuba.
El capitán no dejó acercarse a los restos del acorazado por nadie en los días posteriores al hundimiento.
Además, perseverante el gobierno americano en su propósito de suscitar conflictos a España, acuerda enviar socorros a los reconcentrados de Cuba, y en barcos de guerra. Después, ante las reclamaciones de España, desiste de hacerlo en dichos buques. A principio de marzo se concentró en Hong-Kong la escuadra americana del Mar de la China; el peligro que iban a correr las Filipinas si la guerra estallaba, era evidente. El 12 de marzo el presidente Mac-Kinley recibe al nuevo Ministro de España, Polo de Bernabé; pronuncia aquel un discurso muy afectuoso; pero Polo al telegrafiar, dice "que teme que las obras no correspondan a las palabras". El senador Proctor pronuncia agresivo discurso contra España y se empieza a organizar una escuadra en Hampton Roads.
No hay que decir que mientras tanto los insurrectos de Cuba continuaban recibiendo toda clase de socorros de los norteamericanos para que la guerra no pudiese terminar. Preservaban aquellos en su constante política; provocar y mantener la guerra en Cuba, y excitar a España para que pacificase la isla. La destrucción de Cuba, la muerte de tantos millares de españoles y cubanos, obra son, pues, de la artera política de los norteamericanos.
La comisión española que informo acerca de la voladura del Maine consignaba y probaba que era inadmisible el supuesto de causa exterior; la comisión americana procuraba viva la sospecha; y el principal responsable de la catástrofe, el comandante Sigsbee, pedía autorización al general Blanco para volar los restos del crucero hundido, es decir, pretendía que desapareciese todo medio de prueba para que nunca pudiera comprobarse la exactitud del informe español.
Las consecuencias de este fueron las siguientes:1era. En la noche del 15 de febrero próximo pasado una explosión de primer orden, en los pañoles de proa del acorazado americano Maine, produjo la destrucción de esa parte del buque y su inmersión total sobre el mismo de esta bahía en que se encontraba fondeado.
2da. Que por los planos del barco se viene en conocimiento de que no existían en aquellos pañoles, únicos que volaron, otras sustancias y efectos explosivos que pólvora y granadas de diversos calibres.
3ra. Que por los propios planos se comprueba que dichos pañoles estaban rodeados a babor estribor y parte de popa por carboneras, que contenían carbón bituminoso y se encontraban en compartimentos inmediatos a los referidos pañoles, y, al parecer, simplemente de ellos separadas por mamparos metálicos.
4ta. Que repuesto en todos sus instantes, por testigos, el hecho apreciable de la explosión en sus manifestaciones externas, y acreditado por esos testigos y peritos, la ausencia de todas las circunstancias que precisamente acompañan a la detonación de un torpedo, solo cabe honradamente asegurar que a causas interiores se debe la catástrofe.
5ta. Que la naturaleza del procedimiento emprendido, y el respeto a la ley que consagra el principio de la absoluta extraterritorialidad del buque de guerra extranjero, han impedido poder precisar, siquiera eventualmente, el indicado origen interno del siniestro, a lo que también ha contribuido la imposibilidad de establecer la necesaria comunicación, tanto con la dotación de la dotación del buque naufrago, como con los funcionarios de su gobierno comisionados para investigar las causas del hecho referido y los encargados posteriormente del salvamento.
6ta. Que el reconocimiento interior y exterior de los fondos del Maine, cuando sea posible, de no alterarse con motivo de los trabajos que se realizan para su extracción total o parcial, esos mismos fondos y los del lugar de la bahía en que se encuentra sumergido, justificaran la exactitud de cuanto va dicho en este informe, sin que por ello requiera esa comprobación la certeza de las presentes conclusiones.
Según los americanos, la perdida del Maine, en la ocasión citada, no se debió a falta ni negligencia alguna de parte de los oficiales y tripulantes del citado buque.
A juicio del tribunal, el Maine fue destruido por la explosión de un torpedo submarino que ocasiono la explosión parcial de dos o más de sus pañoles de proa.
El tribunal no ha conseguido obtener pruebas que fijen la responsabilidad de la destrucción del Maine en ninguna persona o penosas.
El gobierno y el pueblo español estaban ya plenamente convencidos de que los Estados Unidos se hallaban resueltos a quitarnos a Cuba, con guerra o sin ella; juzgaban llegado el momento de realizar sus planes, y ante nada, como no fuese la fuerza, habrían de retroceder para realizar la usurpación. Era preciso tantear la opinión de las potencias fuertes, merecedora de todo respeto por parte de los Estados Unidos, y se pidió su consejo, y si era preciso su arbitraje, para dirimir el conflicto, medio indirecto de ir averiguando hasta donde habían de llegar en la defensa del derecho conculcado por los americanos. Las respuestas fueron vagas, más o menos afectuosas; pero de aquí no pasaron los ofrecimientos. España quedaba abandonada a si misma.
El 23 de Marzo, el presidente de los Estados Unidos, que ya tenia en su poder el informe americano sobre la explosión del Maine, advertía que si en muy pocos días no se llegaba a un acuerdo que asegurase la paz inmediata en Cuba, sometería al Congreso, junto con el asunto del Maine, la totalidad de las relaciones entre España y los Estados Unidos. El gobierno español contesta al americano haciendo notar lo injustificado que seria entregar a un Parlamento un asunto que aun no había sido discutido por los dos gobiernos interesados, mostrándose dispuesto a someter la cuestión del Maine a un arbitraje; y respecto a la paz de Cuba, manifestaba que era preciso referirse a las cámaras insulares que habían de reunirse el 4 de Mayo próximo. En 25 de Marzo, como se ha indicado, el Ministro de Estado español se dirigía a las potencias amigas participándoles que el presidente de los Estados Unidos llevaba el asunto del Maine a las Cámaras; y como este hecho podía provocar el conflicto, el gobierno español solicitaba el consejo, y, en ultimo termino, el arbitraje de aquellas. El 29 el Ministro de los Estados Unidos en Madrid reitera a nuestro gobierno que el presidente de los Estados Unidos deseaba la inmediata paz en Cuba, y sugiere la idea de un armisticio hasta el 1 de octubre. Dos días después el gobierno español manifiesta que esta pronto a someter a arbitraje la cuestión del Maine; que se han revocado los bandos de reconcentración ubicados en el O. de Cuba; que confiara al Parlamento insular la preparación de la paz de Cuba, a los que inmediatamente socorrerían los Estados Unidos con 500.000 dólares, debiendo atender España por su propia cuenta a los incapacitados para el trabajo. Si España no aceptaba estas proposiciones, los Estados Unidos intervendrían en Cuba por razones de humanidad. La concentración, aunque duro, era el único medio de acabar con la guerra en Cuba; los llamados pacíficos, viviendo en el campo, de grado o por fuerza, tenían que ser, y habían sido siempre, los auxiliares de los insurrectos. Enviarlos al campo era favorecer a estos y dar mayor impulso a la guerra, es decir, sostener y agravar la situación que convenía a los Estados Unidos, y contra la cual hipócritamente protestaban. España cedió en parte; se alzo, como se ha visto, la reconcentración en las provincias occidentales, y se concedió un crédito para auxiliar a los reconcentrados. En cuanto al armisticio, equivalía a tratar como si fueran un ejército regular, a las partidas revolucionarias; no obstante, España consentía en él si lo pedían los insurrectos.
Aquí y allá proseguían los preparativos bélicos, y España arbitraba los recursos para los gastos de probable guerra. En general, la opinión, antes de abandonar la isla a los insurrectos o a los americanos, prefería las contingencias de una campaña. Aun más resuelta por la guerra en los Estados Unidos, se censuraba duramente a Mac-Kinley por sus contemplaciones. Juzgase fácil la victoria contra España, y era preciso arrebatarle lo que no quería dar.
A principios de Abril, Su Santidad el Papa intento cierta intervención. El 2 de dicho mes el embajador de España cerca de la Santa Sede participaba que el Cardenal Rampolla había estado a verle de parte de Su Santidad, y en vista de la gravedad de la situación preguntaba si la intervención de Su Santidad pidiendo el armisticio dejaba a salvo el honor nacional. Se contesta que el gobierno quedara agradecido a la mediación de Su Santidad, y se sugiere la conveniencia de que vaya unida a la suspensión de hostilidades la retirada de la escuadra americana. Insisten los americanos en exigir la suspensión de las hostilidades, y parece inminente el conflicto. La representación de las seis grandes potencias en Washington presenta a Mac-Kinley una nota colectiva en favor de la paz, y en Madrid expresan igual aspiración en visita hecha al Ministro de Estado en la mañana del 9 de abril. En el mismo día el gobierno español ordena al general en jefe de Cuba que conceda una inmediata suspensión de hostilidades para preparar y facilitar la paz. Como era de suponer, mediante esta concesión los insurrectos cobraron mayores bríos, no se vio probabilidad de que a la guerra terminase, y surge nueva y apremiante exigencia de Estados Unidos. Su presidente patrocina en el mensaje la intervención armada como único medio de poner fin a la insurrección cubana. En el senado norteamericano se presenta una resolución conjunta pidiendo al gobierno español que deponga su autoridad en Cuba. El Comité de la Cámara de Representantes presenta otra resolución conjunta autorizando al presidente de la República para intervenir enseguida en la guerra de Cuba, y para usar, en consecuencia, de la fuerza publica. El Senado vota una resolución aun mas violenta contra España.
Comprendieron entonces los españoles que no había más que una de estas dos soluciones: o abandonar la isla a los Estados Unidos por medio de la guerra, o ir resueltamente a esta aunque sin esperanzas de victoria. Eran las fuerzas muy desiguales, como luego veremos, y de aquí, sin duda, la persistencia del gobierno americano de exigir de día en día mayores humillaciones a España; o esta cedía (era la opinión generalizada en los Estados Unidos), o, si su orgullo la obligaba a no someterse, fácilmente seria vencida. Ya en estos días era evidente que los españoles preferían dejarse arrebatar a viva fuerza sus colonias que a entregarlas humildemente. Por Real decreto del 14 de Abril se abrió suscripción nacional para fomento de nuestra marina de guerra; por otro Real decreto se convocaron las Cortes para el día 20. Los cruceros protegidos Colon e Infanta María Teresa habían salido para Cabo Verde, donde se encontraba la escuadrilla desde el 1 de Abril, y el Vizcaya y el Almirante Oquendo salieron con igual rumbo de La Habana, mientras se compraban dos transatlánticos alemanes para convertirlos en cruceros auxiliares, se reforzaban las guarniciones de Baleares y Canarias y se hacían aprovisionamientos de carbón. El gobierno autonomista cubano dirigió un manifiesto a los insurrectos excitándoles a que depusieran las armas, y dirigió a la reina un mensaje afirmando que la inmensa mayoría del pueblo cubano estaba resueltamente a su lado; el 17 salio para gestionar la paz con los insurrectos, una comisión, compuesta por los señores Doiz, Giberga, Viondi y otros, que llegaron a Santa Cruz del Sur, y de allí se volvieron cuando la guerra estaba declarada. En la península se agitaba ya el pueblo. En Valencia, Zaragoza, Valladolid y Granada hubo manifestaciones de protesta contra Estados Unidos; el 15 en Málaga, fue apedreado el cónsul americano. No ocultaba el gobierno la gravedad de las circunstancias; el 19 se reunieron las mayorías, y Sagasta rechazo la calumnia infame con que se había querido manchar a España atribuyendo a sus hijos la voladura del Maine, y con tonos enérgicos declaro que la nación procuraría defenderse contra la rapacidad de sus enemigos. El día inmediato, 20, en la apertura de las cortes, leyó Su Majestad breve mensaje, requiriendo el concurso de las Cámaras al gobierno para defender el honor de la nación y la integridad del territorio.
En vista de la actitud de las Cámaras americanas, el Ministro de Estado pide al Santo Padre su última palabra que sirva de sanción a la justicia de nuestro derecho. Su santidad contesta dejando a la libre acción del gobierno el adoptar las medidas que juzgue necesarias para la tutela del derecho y dignidad de España, y recomienda que no se precipiten los sucesos.
La gravedad de las circunstancias y la inminencia de la ruptura de las relaciones con los Estados Unidos mueven al gobierno español a dirigir en 18 de Abril a las potencias amigas un Memorandum con el relato de los hechos ocurridos hasta el día desde el comienzo de la insurrección cubana. Este documento terminaba con los siguientes párrafos:
"La Cámara de Representantes de los Estados Unidos, después de inferir a España irritantes e injustificadas ofensas, y de propagar, con motivo del suceso del Maine, las mas gratuitas e insoportables calumnias, ha votado por inmensa mayoría una resolución que autoriza al presidente de aquella Republica para intervenir inmediatamente, hasta por medio de las armas, en el gobierno y en la vida interior de una provincia autónoma española. Votada ha sido por el Senado otra decisión todavía mas violenta atentatoria; y una vez que cualquiera de ellas, u otra parecida que de ambas resulte, se encuentre aprobada por ambas Asambleas y autorizada por el presidente, constituirá en los Estados Unidos una situación de derecho y una amenaza de hecho que nuestra dignidad no ha de estimar compatible con la continuación de relaciones diplomáticas.
"El pretexto de humanidad con que se quieren encubrir las ambiciosas aspiraciones de los Estados Unidos, que pretenden ejercer una absoluta hegemonía sobre el continente que España descubrió y conquisto en gran parte, es completamente falso, porque España, lejos de tiranizar la isla de Cuba, la ha dotado de cuantos elementos de prosperidad existen, y desde la paz del Zanjon, por una serie ininterrumpida de patrióticas concesiones, le ha otorgado cuantas libertades disfrutan los pueblos mas felices, haciéndola, mediante la autonomía, arbitra de sus propios destinos dentro de la integridad nacional española.
El Nueva York
"No puede admitir el gobierno español que los Estados Unidos aspiren solo a la paz de Cuba, mediante su libertad e independencia. En nota oficial de 4 de abril de 1896 decía Mr. Olney al Ministro de España en Washington: "Hay poderosísimas razones para temer que, si España se retira de la isla de Cuba, desaparecería el único lazo de unión que existe entre las diferentes facciones de insurrectos; que sobrevendría una guerra de razas, tanto mas sangrienta cuanto mayores fuesen la experiencia y la disciplina adquirida durante la insurrección, y que, aun en el caso de que temporalmente gozase de paz, solo seria merced al establecimiento de una Republica blanca y otra negra; que si convenían al principio en la división de la isla, como serian enemigas desde el comienzo, no descansarían hasta que una de ellas quedase completamente reducida y subyugada por la otra."
"Esta verdad, tan espontáneamente reconocida por Mr. Olney, no puede ocultarse a la perspicacia del presidente Mac-Kinley y de las Cámaras norteamericanas; muy por el contrario, se cuenta con ella, porque la guerra intestina, la lucha de razas y el desquiciamiento general, que seria colorario inmediato de la independencia, daría pretexto a los Estados Unidos para la intervención armada y la anexión, que parece ser al fin y a la postre su verdadero y constante objetivo. Y tan evidente es esto que, ya al presente se deshecha por muchos en los Estados Unidos la independencia como paso inútil e innecesario, al mismo tiempo que perjudicial, y se pregona el establecimiento de un gobierno que, no habiendo de ser de España ni de los insurrectos, tendría necesariamente que depender en una u otra forma de los Estados Unidos. "A tan evidente y criminal despojo opondrá el pueblo español su decidido y firme propósito de luchar en todos los terrenos que se le provoque para mantenerlo y defenderlo. España no cede ni puede ceder su soberanía en Cuba."
El presidente Mac-Kinley había ofrecido en su Mensaje anual que solo acudiría a intervenir por la fuerza cuando la necesidad de la medida fuese tan evidente que obtuviera el apoyo y la aprobación del mundo civilizado; y sin embargo, a pesar de que las grandes potencias le habían expresado sus deseos de paz, haciéndole ver que debía acudir a medios diplomáticos y prescindir de los violentos, se coloca enfrente del común sentir y sigue impertérrito, o por mejor decir, inicia ya en la practica sus planes de meditada agresión.
El mismo día 18 conocióse en España el texto de la resolución definitiva votada por las dos Cámaras americanas. Decía así:
"Considerándose que el aborrecible estado de cosas que ha existido en Cuba durante los tres últimos años, en isla tan próxima a nuestro territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estados Unidos, ha sido un desdoro para la civilización cristiana y ha llegado a su periodo critico con la destrucción de un barco de guerra norteamericano y con la muerte de 266 de entre sus oficiales y tripulantes, cuando el buque visitaba amistosamente el puerto de La Habana:
"Considerando que tal estado de cosas no puede ser tolerado por mas tiempo, según manifestó ya el presidente de los Estados Unidos en mensaje que envió el 11 de abril al Congreso, invitando a este a que adopte resoluciones,
"El Senado y la Cámara de Representantes, reunidos en Congreso, acuerda:
"Primero. Que es deber de los Estados Unidos exigir, y por la presente su gobierno exige, que el gobierno español renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno en Cuba y retire sus fuerzas, terrestres y navales, de las tierras y mares de la isla.
"Tercero. Que se autoriza al presidente de los Estados, y se le encarga y ordena, que utilice todas las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos y llame al servicio activo las milicias de los distintos Estados de la Unión, en el numero que sea necesario para llevar a efecto estos acuerdos.
"Y cuarto. Que los Estados Unidos, por la presente, niegan que tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el gobierno de Cuba, si no es para su pacificación."
La votación del Senado fue 42 por 35. La de la Cámara de Representantes 310 por 6.
Al siguiente día, el 20, nuestro Ministro plenipotenciario de S. M. en Washington encargándole que pidiera sus pasaportes tan pronto como el presidente firmase la resolución votada por las Cámaras. Entretanto Polo de Bernabé, o sea nuestro Ministro de Estado, telegrafió al Ministro de aquella capital, recibía del departamento de Estado, copia de las instrucciones dirigidas a Woodford. Eran un ultimátum concebido en los siguientes términos: "Ha recibido Ud. el texto de la resolución conjunta votada el 19 por el congreso y aprobada hoy, relativa a la pacificación de Cuba. Conforme a esta ley, el presidente le encarga a Ud. que comunique inmediatamente al gobierno español la resolución en cuestión, con el apercibimiento formal del gobierno americano, exigiendo a España renuncie inmediatamente a la Soberanía y al gobierno de la Isla de Cuba, y que retire sus tropas de tierra y de mar de Cuba y de las aguas cubanas...Si el Sábado próximo, 23 de abril, a mediodía, el gobierno de los Estados Unidos no ha recibido una respuesta plenamente satisfactoria a este apercibimiento y a esta Resolución, en tales términos que la paz de Cuba quede asegurada, el presidente procederá sin ulterior aviso a usar del poder y autorización ordenados y conferidos a el por dicha Resolución, tan ampliamente como sea necesario para obtenerle en efecto."
Una intimación hecha en tal forma y con tal insolencia, ni recibirla podía un gobierno español. En consecuencia, el día 21 el Ministro de Estado hizo saber a Woodford que la resolución aprobada por Mac-kinley, al negar la legitima soberanía de España y amenazar con una inmediata intervención armada en la isla de Cuba, equivalía a una evidente declaración de guerra, y que por tanto quedaban interrumpidas las relaciones diplomáticas que de antiguo existían entre los dos países. En el acto Woodford pidió y obtuvo pasaporte y salvoconducto hasta la frontera francesa, y salio de Madrid a las 4 de la tarde del día 21.
El gobierno español dirigió el 23 el nuevo memorandum a las potencias. "Pocos casos, decía, pueden citarse en el transcurso de los siglos en que este mas patente la razón y mas al descubierto el atropello. España tiene a su favor el derecho, la corrección en el proceder y la prudencia; del lado de los Estados Unidos aparecen la provocación, la deslealtad, y el impulso de las mas desenfrenadas ambiciones. Engreídos los norteamericanos con el poder que les procura su enorme población y su inmensa riqueza, prescinden en absoluto de los deberes y respetos que impone, así al fuerte como al débil, el concepto de la moral y la necesaria convivencia en el concierto de las naciones; y llevados de ciega e insana codicia, han favorecido solapada, pero eficazmente, una rebelión sostenida por los elementos menos estimables de la isla de Cuba. Para lograr el fin propuesto no se han contenido en la bajeza de los medios. Si hacia falta alguna nueva muestra de su execrable conducta, la ha proporcionado el cónsul general Lee, quien después de permanecer cerca de tres años en La Habana, protegido por la inmunidad que le procuraba su cargo, descubre ahora ante el mundo, con sin igual desenfado, sus manejos de conspirador, proponiéndose coronar su obra con la dirección o el mando de las primeras tropas designadas por los Estados Unidos para desembarcar en Cuba. No es fácil encontrar ejemplo de conducta semejante en los fastos diplomáticos y consulares."
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 Real decreto 
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