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Timestamp: 2018-01-21 08:54:27+00:00

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Primera parte de El señor Carranza desconoce a la Convencion, Capitulo decimo del Tomo Quinto de Emiliano Zapata y el agrarismo en Mexico del General Gildardo Magaña. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
TOMO V - Capítulo IX - Segunda parte - El señor Carranza abandona la capital
TOMO V - Capítulo X - Segunda parte -El señor Carranza desconoce a la Convención
Los comisionados de la Convención, excepto el doctor Gutiérrez de Lara, continuaron su viaje autorizados por el señor Carranza. El 8 de noviembre llegaron a Córdoba y se dirigieron a la residencia del Primer Jefe, que era la misma casa en que don Agustín de lturbide y el virrey O'Donojú firmaron los Tratados en que éste reconoció la independencia de la Nueva España.
Porra para presionar a los comisionados
Un testigo presencial nos ha dicho que al saberse que los comisionados iban en camino, algunos elementos, entre quienes estaba el periodista Heriberro Barrón, organizaron una porra para presionar especialmente al general Obregón. Distribuídos en las calles, encaramados en los árboles, asidos a los barrotes de las ventanas, lanzaban vivas al señor Carranza y mueras a la Convención y a sus enviados. El más aludido era el general Obregón y, en orden descendente, los generales Aguirre Benavides, Hay y Villarreal, quizá porque acerca de la actitud del último no cabía duda. A medida que avanzaban, los porristas iban dejando los lugares en que se habían situado para sumarse a una manifestación aparentemente improvisada.
Después de los saludos de rigor, el general Obregón pretendió hablar a aquel conjunto, que no cesaba de lanzarle duros epítetos y de vitorear al señor Carranza, a quien halagaba aquella manifestación y a cuyos integrantes arengó; pero dejó que con ensordecedora rechifla impidieran que hablase el mencionado general. Al fin hizo un ademán, que fue obedecido, y pudo el general Obregón decir, entre otras cosas, que si Villa no se plegaba a los acuerdos de la Convención, lo arrojaría del país. El Primer Jefe interrumpió para rectificar: él sería, y no el general Obregón, quien arrojara a Villa.
Luego tuvieron una larga conferencia los comisionados y el señor Carranza, y aunque por ambas partes se guardó reserva, veremos lo tratado en el documento que lleVa la fecha del día, siguiente.
Córdoba, Ver., 9 de noviembre de 1914.
A los Cc. Jefes y Gobernadores reunidos en Aguascalientes.
He recibido la comunicación de fecha 3 de noviembre que ustedes me envían y he escuchado las informaciones que los señores delegados generales Antonio I. Villarreal, Alvaro Obregón, Eduardo Hay y Eugenio Aguirre Benavides se sirvieron hacerme acerca de los propósitos a que respondieron las resoluciones tomadas por esa junta con fecha primero del actual. Deploro sinceramente que la junta haya cometido errores que pueden complicar, y de hecho están complicando, la situación del país; mas convencido de la inutilidad de toda recriminación en los actuales momentos y de la necesidad de procurar honradamente la resolución de las dificultades en que nos hallamos, paso a exponer brevemente mis ideas acerca de las resoluciones tomadas por esa junta.
Segundo. Dichas condiciones eran tres; pero dejando a un lado la tercera, relativa al retiro de Zapata, quedaban en pie dos, respecto de las cuales fue intención clara y expresa de la comisión dictaminadora que deberían aceptarse en todas sus partes según el inciso A del párrafo tercero de la comunicación que he recibido, y al final del cual se lee:
A las condiciones primera y segunda ... contéstese afirmativamente en todas sus partes.
Tercero. No obstante esta declaración preliminar, las resoluciones tomadas no incluyeron para nada la primera de las conclusiones mencionadas ni abarcaron íntegramente a la segunda.
Cuarto. Sin dejar cumplida la primera condición se procedió a designar Presidente provisional, recayendo ese nombramiento en el señor general Eulalio Gutiérrez. Dicha designación carece de base, puesto que se designa persona para un cargo público cuyas facultades no habían sido definidas ni determinadas.
Quinto. La designación fue hecha con la reserva de ser ratificada o rectificada el día veinte del actual. El plazo tan exiguo está indicando claramente que el gobierno establecido por la junta no podía ser lógicamente capaz de realizar las reformas políticas y sociales que necesita el país, como declara la primera condición propuesta por mí y que se suponía plenamente aceptada por la comisión dictaminadora.
Sexto. La condición relativa al retiro del general Zapata no podía ser estudiada mientras no se diera entrada a los delegados zapatistas; pero por otros pasos dados por la junta se demostraba claramente que en vez de laborarse por la eliminación de Zapata virtualmente se procura fortalecer su personalidad. Los anteriores hechos serían suficientes para no reconocer la resolución de la asamblea ni entregar el poder.
a) Porque no lo he renunciado y, en consecuencia, la junta de jefes y gobernadores no podría quitármelo sin cometer una insubordinación y desconocer las estipulaciones del Plan de Guadalupe.
b) Por no haberse llenado la primera de las condiciones fijadas por mí. No puedo, en efecto, entregar el poder a un gobierno que carezca en absoluto de bases constitutivas y que no tenga lineamientos de ninguna clase ni atribuciones definidas ni facultades determinadas. Dicho gobierno sería: o enteramente personalista y dictatorial, puesto que el general Gutiérrez tendría que obrar a su albedrío, o la junta tendría que ser realmente la que gobernara, siendo esto último el caso que temo más, pues de entregar el poder al general Gutiérrez en las condiciones y tiempo para el que fuera nombrado, el resultado final sería que la Convención continuaría funcionando indefinidamente, y bien sabemos cuáles son los inconvenientes de que la Jefatura de un Ejército y el Poder Ejecutivo de una nación queden en manos de una asamblea por ilustrada, idónea y capaz que se le suponga. Como cuerpo deliberativo, la junta de Aguascalientes sería tal vez deficiente, y de ello ha dado pruebas; pero como cuerpo administrativo y ejecutivo sería un instrumento de tiranía desastroso para el país. Como Jefe del Ejército, como Encargado del Poder Ejecutivo, como caudillo de una Revolución que aun no termina, tengo muy serias responsabilidades ante la nación y la Historia jamás me perdonaría la debilidad de haber entregado el Poder Ejecutivo en manos de una asamblea que no tiene las condiciones necesarias para realizar la intensa tarea que pesa sobre el Ejército Constitucionalista.
c) No podría yo reconocer el carácter de Presidente provisional al C. general Eulalio Gutiérrez por haber sido nombrado para el cargo antes de que yo presentara mi renuncia.
d) Nadie creo que reprocharía que como jefe dei Ejército Constitucionalista, como Encargado del Poder Ejecutivo y como Jefe de la Revolución me niegue a entregar el mando, sabiendo que el Presidente designado lo ha sido solamente por veinte días, término insuficiente aun para informarse de los más urgentes negocios del gobierno, pues destruiría la cohesión del Ejército y la organización del gobierno, que no podría rehacerse por el del general Gutiérrez en el perentorio término para el que fue nombrado. La condición relativa al retiro del general Villa, que parece haber sido considerada como única por la junta, no fue estudiada debídamente ni lo fue como condición previa, sino que se resolvió que cesaría en el cargo de Jefe de la División del Norte al mismo tiempo que yo.
e) El artículo transitorio de la resolución aprobada el 3 del corriente dice: que los acuerdos tomados comenzarán a surtir sus efectos el día 6 del actual; ahora bien: estamos a 8 de noviembre y el general Villa, a quien la Convención no ha prorrogado el plazo de la entrega de su División, se encuentra todavía apoderado de aduanas, correos, telégrafos y ferrocarriles y, en general, de todas las oficinas públicas del gobierno civil y militar de la región dominada por él. Pero hay más aún: en un telegrama dirigido de Aguascalientes a México precisamente el día 6 de noviembre, fecha en la cual el general Villa se supone haber entregado el mando de la División del Norte, que contiene instrucciones a algunos jefes subalternos para la evacuacion de Xochimilco en favor de los zapatistas, para el soborno de guarniciones, para entrevistas con Zapata, para sondear la lealtad de algunos jefes y, en general, para preparar un cuartelazo contra mí, y todas estas órdenes se entienden trasmitidas por Villa y Angeles, lo cual indica que lejos de entregar el mando de la División, el general Villa comienza a inmiscuirse en el de otras Divisiones. Por un telegrama del general Villa publicado ayer en la prensa se ve que éste se titula aún Jefe de la División del Norte, y no sólo no entrega el mando, sino que ofrece ponerse con sus tropas a las órdenes de la Convención; es decir: que el general Villa entiende su obligación estando las fuerzas de su mando en favor de la Convención y contra mí. Ahora bien: he dicho en mi nota del 23 de octubre, y lo repito ahora, que al retirarme del poder lo haría para evitar dificultades al país y no para dejar escombrado el camino al general Villa y a la reacción que a su alrededor comienza a agruparse. Esto comienza a suceder y faltaría a mi deber como Jefe de la Revolución si me retirara de la Jefatura del Ejército Constitucionalista, privando a éste de la cohesión que le da mi personalidad, dejándolo debilitado frente a las tendencias y a los procedimientos de dominio del general Villa.
f) Tampoco creo que debería retirarme del poder en los momentos en que a Zapata le concede la Convención una importancia capital, sancionando la debilidad y las condescencias que con él tiene la Junta.
g) Por último, las resoluciones de la asamblea eligiendo al general Gutiérrez han provocado serias protestas de gobernadores y jefes militares, quienes han retirado a sus representantes. Esta nueva complicación sería uba causa más para no retirarme del poder, pues que aparentemente la votación la causó una mayoría de representantes convencionistas que deseaban mi separación. Los hechos han demostrado que no hay una mayoría de jefes y gobernadores qqe deseen mi separación incondicional. Todas las razones anteriores serían más que suficientes para no retirarme del poder, para no acatar los actos de la Convención y para desconocer a esta llamando a los jefes y gobernadores a reasumir las funciones de sus respectivos cargos; mas deseando que mi actitud no se interprete como un mero subterfugio para eludir el cumplimiento de mi promesa para retirarme del poder y no se dude de la sinceridad de mis actos, y con el fin de evitar un conflicto más entre las fuerzas constitucionalistas que me son adictas y aquellas que creyeron su deber apoyar a la Convención, engañadas por un erróneo sentimiento del deber, por una falsa noción de las obligaciones que les impone la palabra de honor, y deseando, por último, abrir las puertas a la Convención para que reconsidere sus determinaciones, propongo a ésta tome los siguientes acuerdos:
Las anteriores resoluciones se encuentran aceptadas en principio por la junta de Aguascalientes y su resolución no implicaría un sacrificio de amor propio por parte de la Convención, por lo cual espero del patriotismo de los miembros de ella que harán un esfuerzo para acogerlas con el espíritu con que han sido propuestas, que es el de ahorrar al país un nuevo sacrificio de sangre.
Táctica del señor Carranza
Hábil y asaz tendenciosa es la redacción del documento. Se quiere dejar la impresión de que son muy sinceros los argumentos esgrimidos y las proposiciones que se hacen; pero en contra hay algunos antecedentes, como la circular telegráfica del señor Carranza y su discurso en Puebla, discurso que alentó a los jefes militares y determinó la invitación al Ejército Constitucionalista, a las autoridades y al pueblo para que secundaran la actitud que aquéllos asumieron con beneplácito del mencionado señor Carranza.
Pero, quizá porque la invitación no dió fulminantes resultados, el Primer Jefe lanzó un llamamiento para que volvieran a sus puestos los delegados a la Convención, o lo que es igual: para que la desintegraran. En su nota reproducida habla de ese llamamiento como posible; pero ya estaba hecho. Más aun: como tuvo muy en cuenta que a esa nota se le daría amplia publicidad, para que no entorpeciera la desintegración de la asamblea, expidió la siguiente circular:
H. Córdoba, Ver., 9 de noviembre de 1914.
A los Generales, Jefes y Oficiales del Ejército Constitucionalista.
La convocatoria de fecha 8 llamando nuevamente a sus cargos a los jefes militares presentes o representados en la junta de Aguascalientes no queda modificada, suspendida ni derogada por las proposiciones hechas hoy a la junta por el ciudadano Venustiano Carranza, pues mientras el llamamiento de fecha de ayer es una orden de caracter militar de esta Primera Jefatura, las proposisiones de hoy son personales del Primer Jefe, como un intento de solucionar el conflicto provocado por los actos de la junta de Aguascalientes.
El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo, Venustiano Carranza.
Como se ve, la orden de retiro a los convencionales no se deroga, modifica, suspende o aplaza; se ratifica para que se cumpla militarmente. Presentar proposiciones y ofrecer la entrega condicional del poder cuando simultáneamente se dan órdenes terminantes para que la Convención se disuelva, no es contradictorio, aunque lo parezca; es el desarrollo de la táctica política del señor Carranza, pues las proposiciones dirigidas a la asamblea en realidad estaban destinadas al público para que lo viese resuelto a retirarse en el instante en que se llenaran las condiciones que exigía; pero desintegrada la asamblea, no quedaba sino admitir el hecho de la continuación en el poder.
Sólo quedarían en pie los elementos de la División del Norte, los del Ejército Libertador y los del gobernador Maytorena, en grupo minoritario y opositor. Por minoritario, no tendrían validez sus determinaciones; como opositor, podía tachársele de necia parcialidad.
El señor Carranza, también por táctica, no insistió en el retiro del general Zapata; pero no pudo ocultar su desacuerdo con los procedimientos de la Convención hacia el jefe suriano, a los que llama debilidad y condescendencias. Le molestó que se hubiera seguido un camino opuesto al suyo, y por eso dice en uno de los párrafos: Tampoco creo que debería retirarme del poder en los momentos en que a Zapata le concede la Convención una importancia capital ...
No lo dijo en su comunicado; pero El Liberal, en su edición del 10 de noviembre, publicó la nota de su enviado especial en Córdoba, informando que el día 7 de ese mes había salido de Salina Cruz hacia Acapulco una expedición militar de mil quinientos hombres, al mando del general Pascual Morales Molina, que ocupó las naves Guerrero y Salvador y que tenía por objeto establecer una cabeza de playa para atacar a las fuerzas del general Zapata.
Es natural que no fueran pacíficas las intenciones del señor Carranza, pues no tenía ni había tenido el propósito de retirarse. En el capítulo IV hemos visto que en su mensaje a la Convención reunida en México, cuando nada exponía, y refiriéndose al depósito sagrado que para él constituían la Primera Jefatura y el Poder Ejecutivo, dijo:
Solamente puedo entregarlo, y lo entrego en este momento, a los jefes aquí reunidos ...
Esa virtual entrega era consecuencia de lo dicho un poco antes al aceptar a los jefes allí reunidos como indiscutible mayoría, sobre la que hizo esta rotunda afirmación:
Pero a esos mismos jefes que en México formaban mayoría, y que en Aguascalientes siguieron formándola, se dirige ahora el señor Carranza y, refiriéndose a la entrega del poder, les dice:
Observemos que el señor Carranza prescinde de que, por el concurso de nuevos elementos, la Convención en Aguascalienres representaba mejor a la Revolución que cuando en México inició sus trabajos. También prescinde del Ejército Libertador, excepto para la pretensión de dejarlo acéfalo; porque no cabe incluir en la insubordinación a quienes no estaban sujetos a su autoridad, ni hablarles de estipulaciones de un plan que no era el suyo.
Ahora bien: aplicando serenamente el principio lógico de contradicción, diremos que alguno de los dos últimos párrafos copiados no puede encerrar verdad. Necesariamente uno de ellos es falso. ¿Cuál?
Si admitimos que el señor Carranza dijo verdad el 3 de octubre ante la Convención reunida en México, tenemos que admitir que no la dice en su documento del 8 de noviembre, y tendremos también que admitir que él sí estaba cometiendo la insubordinación al no inclinar su obediencia ante la persona moral que reconoció como la única facultada para ordenarle. Si, por el contrario, aceptamos que dice la verdad el 8 de noviembre, tendremos que aceptar que no la dijo el 3 de octubre.
En los deleznables argumentos y en los resultados hipotéticos que se exponen no se ve un motivo real que revolucionariamente justifique la contradicción. El señor Carranza no la toma en cuenta y por eso atribuye un absurdo papel a la Convención; reconoce que está facultada para ordenarle, y dice que a ella sola se inclinará su obediencia cuando está seguro de que le confirmará el mandato; pero comete una insubordinación cuando revoca ese mandato. Resulta, pues, una autoridad sui generis: superior al Primer Jefe y Encargado del Poder Ejecutivo, cuando favorece sus intereses; pero es inferior a él si los lesiona. Para disolver a la asamblea, llama a los componentes a sus puestos, porque colectiva e individualmente son inferiores al Primer Jefe; pero éste insiste en la eliminación del general Villa y, conseguida, presentará su renuncia; porque en este otro caso es autoridad superior. Las contradicciones y el absurdo papel atribuído a la Convención, sólo se explican como táctica de quien no tenía el propósito de retirarse.
En las informaciones de la prensa de aquellos días está la de una entrevista del Primer Jefe con su hermano, el general Jesús Carranza, a quien acompañó el ex federal Luis Jiménez Figueroa, ahora general constitucionalista.
Una comisión del general Pablo González, en la que figuraban convencionales, estuvo en Córdoba para hablar con el señor Carranza. A instancias del enviado especial de El Liberal, dijo el delegado del general González que no se apartaba de sus ideas políticas relacionadas con los acuerdos de la Convención; pero que no aceptaba todos ellos aun cuando los había aprobado y formaba parte de la asamblea. El señor Carranza no debía entregar el poder a quien no garantizara los ideales de la Revolución. No dijo a qué ideales se refería. Quizás como resultado de las impresiones cambiadas, el general Pablo González hizo entrega a la prensa de las declaraciones que en seguida reproducimos.
Declaraciones del general González
A raíz de los asesinatos del señor don Francisco I. Madero y de don José María Pino Suárez, Presidente y Vicepresidente de la República, electos legalmente por el voto de la gran mayoría del pueblo mexicano, el gobierno quedó acéfalo en virtud de que ninguno de aquellos a quienes legalmente correspondía la sucesión de la Primera Magistratura, tuvo el valor y el patriotismo para enarbolar la bandera de la legalidad y seguir por la ruta que años atrás siguiera el gran reformador. La República, entonces, quedó de hecho sin régimen constitucional y sin jefes electos por la voluntad popular; en una palabra: quedó en poder de la usurpación y del crimen. Afortunadamente, en el norte se alzó grandiosa la protesta, y el pueblo, empuñando las armas, se lanzó a la conquista de sus libertades perdidas retando, altivo y sereno, al usurpador. Y todos aquellos que luchábamos por la libertad de nuestra patria nos reunimos a fin de organizamos debidamente, sin más ambición y más ideal que la reconquista de la libertad perdida y el imperio de la legalidad. En vista de que en todo movimiento armado es absolutamente necesario que se ponga al frente un hombre que por sus antecedentes y cualidades inspire respeto y confianza a los demás guerrilleros, el 26 de marzo de 1913 se firmó en la hacienda de Guadalupe un Plan, en el cual se expresaba el objeto y finalidad del movimiento armado.
El objeto fue: el derrocamiento de Victoriano Huerta, y la finalidad: el restablecimiento de la legalidad y del orden constitucional en la República, asentándose como condición indispensable para llegar a esa finalidad que el C. Venustiano Carranza, electo Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, se encargara del Poder Ejecutivo de la Nación, al ser ocupada la ciudad de México por las fuerzas de su mando, y comprometiéndose éste, a su vez, a convocar a elecciones tan luego como se consolidara la paz, entregando el poder al ciudadano electo por la voluntad popular.
El ciudadano Venustiano Carranza entró a la capital de la República, y en acatamiento al Plan de Guadalupe, se encargó del Poder Ejecutivo de la Nación, faltando sólo la convocatoria para las elecciones y la entrega del poder al electo popularmenté.
Los anhelos revolucionarios se hubieran cumplido al llevarse a cabo estas condiciones del mencionado Plan de Guadalupe; pero la insubordinación de la División del Norte y la resolución de problemas económicos y sociales necesarios para la consolidación de la paz en la República hicieron que el Primer Jefe citara a los jefes militares con mando de fuerzas y a los gobernadores de los Estados, a fin de que, reunidos todos, deliberaran y expresasen los medios en su concepto necesarios para la pacificación del país. Los jefes y gobernadores que no pudieron concurrir nombraron a sus representantes, quienes, dicho sea de paso, no pudieron y no quisieron compenetrarse de los ideales y tendencias de sus poderdantes. En una palabra: no obraron con la cordura, serenidad, imparcialidad y reposo que la situación requería, y lo que debió haber sido una discusión y razonamiento tranquilo, sereno, se convirtió en palabras insultativas, y olvidándose de que se jugaban los destinos de la patria se comenzó con golpes teatrales y se acabó por golpes de Estado, que esto y no otra cosa, se infiere de la declaración de su soberanía y del nombramiento de Presidente interino.
En efecto, residiendo la soberanía en el pueblo y ejerciéndolo éste por medio de su representante, ¿por qué la Convención, no teniendo ninguna representación del pueblo, se declaró soberana? ¿Dónde, cuándo le dió el pueblo eSa representación? ¿A qué ciudadano representaban los convencionales?
Los convencionales representaban únicamente a los ciudadanos armados, y éstos no tienen el derecho de imponerse a la República. La nación ha visto la notoria parcialidad. con que los convencionales se han conducido en todo lo que se refiere a los asuntos de la División del Norte, a cuyo lado siempre han estado, hasta el grado de permitir que las tropas de la citada División, a pretexto de proveerse de víveres, violaran la neutralidad de Aguascalientes; esa violencia en la renuncia del señor Carranza, o, más bien dicho, su destirución, ¿qué motivo tuvo? ¿Cuáles fueron las causas? ¿Es que con esto se ha querido enviarnos a la lucha?
Ninguna explicación han dado los convencionales a esta conducta; ¿por que no reflexionan sobre esto? Nunca es tarde para reparar un error. La Convención, no siendo infalible, pudo cometer errores. Es sublime, cometido un error, repararlo; pero también es infame que una vez cometido se trate, por mera vanidad humana, de sostenerse en él. Sobre los intereses de la patria no puede haber nada ni nadie. Que la salvación de la República sea la suprema ley.
La Convención no debe obcecarse hasta el grado de fijar su atención en el telegrama del general Villa, en el que no puede ocultarse el fondo netamente reaccionario, tras el cual se adivina la escondida mano de los enemigos del país. En una palabra: se trata de hundirnos nuevamente en la reacción y esto no podemos ni debemos consentirlo los que hemos luchado por la causa del pueblo.
Por mi parte declaro: que como militar a las órdenes del Primer Jefe del Ejército Constirucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo, no obedeceré más órdenes que las que él me dé, mientras tanto no haya un acuerdo satisfactorio entre el Primer Jefe y la Convención.
Si las circunstancias lo exigen, cumpliré con mi deber hasta lo último, llegando al sacrificio, si necesario fuere, no sin antes poner todos los medios que estén a mi alcance para impedir una nueva lucha entre hermanos.
Creo haber cumplido con mi deber recurriendo al patriotismo de los convencionales y del Primer Jefe a fin de que vuelvan sobre sus pasos, y también al explicar a la nación su conducta. Si, desgraciadamente, vuelve a derramarse sangre, ésta caerá sobre los provocadores de este conflicto que no tiene razón de ser.
Espero, por mi parte, sereno y tranquilo, el inexorable fallo de la Historia.
Silao, Gto., 9 de noviembre de 1914.
El General en Jefe del Ejército del Noreste, Pablo González.
Estas declaraciones, que dejamos a la consideración del lector, fueron entregadas a los corresponsales de El Liberal, El Pueblo y El Demócrata. Sólo expresaremos que la actitud del general González al inclinarse al señor Carranza nos parece inobjetable; pero no podemos decir lo mismo de sus opiniones.
Para dicho general, la Revolución tenía un fin inmediato -que llama objeto-, consistente en el derrocamiento del usurpador; y un fin mediato, que llama finalidad, y lo hace consistir en el simple restablecimiento del orden constitucional. No estaba en desacuerdo el general González con el señor Carranza, cuyas declaraciones hechas el día de su arribo a México ya conocemos; pero no por coincidir con ellas, deja de ser un craso error afirmar que un movimiento formidable como la Revolución mexicana tenía una finalidad tan estrecha y raquítica, pues equivale a atribuirle el propósito de apuntalar la caduca estructura económica, política y social que tenía el país.
El pueblo mexicano -ya lo hemos dicho repetidas veces- fue a la lucha empujado por causas muy hondas, y en pos de una finalidad más noble, elevada y humana.
Telegrama del general Treviño
Desde León, Guanajuato, el general Jacinto B. Treviño dirigió al general Eulalio Gutiérrez un telegrama que tiene la misma fecha del 9 de noviembre, y que dice:
La patria nos exige que obremos con toda justificación para salvarla. El violentar los acontecimientos podría dar por resultado el que esa patria, por la que tanto hemos luchado, se hundiera por el poco tacto de nosotros mismos al tratar asuntos tan trascendentales y, lo que es más grave todavía, en presencia de un peligro mayor ante el invasor extranjero. Yo y los jefes que están a mis órdenes exhortamos a usted para que se pongan en juego todos los medios posibles para evitar derramamientos inútiles de sangre hermana, arreglando nuestras dificultades sin que se lastime la dignidad de nadie y mucho menos la de aquél a quien la patria debe tanto, y le debe estar agradecida, como usted perfectamente sabe, por ser uno de sus mejores amigos y correligionarios.
Declaro solemnemente que yo y los jefes que están bajo mis órdenes, iremos gustosos a luchar contra el invasor extranjero con los elementos con que actualmente dispongo, y que detesto, con mucha más razón en estos momentos, la guerra civil que se hace sin causa justificada y a la que sólo podrían llevarnos los malos hijos de México con sus punibles procedimientos, que siempre han empleado para fomentar en nuestro país las luchas fratricidas. Reconozco en usted al hpmbre honrado y al amigo leal, y espero de esa honradez y de esa lealtad que sabrá cumplir con los altos deberes que se ha impuesto al aceptar el cargo a que lo han llevado las circunstancias del momento.
El General Jefe de la Primera Brigada de Hidalgo, Jacinto B. Treviño.
Como se ve, el firmante del telegrama no ataca lo hecho por la Convención, á pesar de su nota anterior que ya conocemos, sino que espera que el general Gutiérrez sepa cumplir con los deberes de su cargo, y que pondrá en juego todos los recursos para evitar la guerra civil y para que se solucionen las dificultades sin lastimar a nadie. Loable deseo, cuya realización era muy difícil.
Participa del error de ligar la designación del general Gutiérrez a la presencia de las fuerzas invasoras; error puesto en boga como argumento contundente a favor dcl señor Carranza.
Comunicado del general Diéguez
El general Manuel M. Diéguez también envió, desde Guadalajara, un extenso y violento escrito en el que expresó su inconformidad por haberse declarado soberana la Convención y porque pretendiera arrojar al Primer Jefe como se arroja a un lacayo cuando ya no son útiles sus servicios. Dijo que antes de alimentar personales ambiciones debía procurarse que las fuerzas norteamericanas no siguieran hollando el suelo patrio, y aseguró que todos los puertos de la República estaban bloqueados por barcos de los Estados Unidos. Estaba dispuesto a secundar a la Convención en sus propósitos pacifistas si reconsideraba el acuerdo de separar al señor Carranza. Le parecía necesario ahogar todo resentimiento personal y que se rodeara al Primer Jefe para coayuvar con él tanto en su labor gubernativa cuanto para que lás tropas extranjeras saliesen.
Excitó a los convencionales para que, sin quebrantar su juramento, reconsideraran los últimos acuerdos, e hicieran que el general Villa tornase a la obediencia debida al Primer Jefe, o, cuando menos, cumpliera las condiciones de su retiro. Una vez satisfecho todo esto, estaba dispuesto a obedecer al Presidente de la República; pero mientras tanto, no acataría más órdenes que las de la Primera Jefatura.
Curioso modo de plantear el problema: si se reconsideraba el acuerdo de separar al Primer Jefe, ¿a quién otro obedecería?
Telegramas cruzados entre dos gobernadores
El general Diéguez también se dirigió al general Gertrudis Sánchez, a quien dijo:
En vista de los acontecimientos que se están desarrollando, sírvase decirme en definitiva si lo considero como amigo o como enemigo, pues ya no es posible conservar la neutralidad. Urgeme su contestación clara y terminante, pues tengo informes de que toda negociación ha fracasado por completo y roto las hostilidades. En consecuencia, por esa misma razón le exijo que defina su actitud, puesto que en la zona donde están sus fuerzas voy yo a operar.
La contestación del general Sánchez no se dejó esperar:
Acabo de recibir telegrama para coronel Héctor López, de Aguascalientes, en el que dice lo acordado por la Convención es separación inmediata de Villa y Carranza, lo que traería la paz. Veo lo contrario de lo que usted me dice; pero si usted quiere invadir Estado que está bajo mi mando, atropellar ciudadanos y hostilizar tropas que no tienen por ideal personalidades, sino la paz, el progreso y la defensa de una causa justa, esté usted seguro que tendré obligación de manifeStar al pueblo la defensa, y entonces no caería sobre mí responsabilidad por el derramamiento de sangre si por un capricho no puede evitarse.
G. G. Sánchez.
Entre las fuerzas carrancistas y las surianas se había combatido en distintos lugares del Distrito Federal y de los Estados de México y Puebla. El 8 de noviembre hubo alarma en la capital porque los surianos se apoderaron de San Gregorio Atlapulco, guarnecido por fuerzas de los regimientos 31, 32, 37 y 40, que contaban con artillería.
El ataque principió a las cuatro y media, de la mañana y se resolvió a las cinco de la tarde con la victoria de los surianos. Las autoridades militares dieron la explicación de que habiéndose enviado parque de Xochimilco a la fuerza defensora de San Gregorio, al usarlo se vió que contenía aserrín en vez de pólvora, lo que obligó a los constitucionalistas a retirarse con el propósito de recuperar la plaza más tarde. Se estaba investigando por qué el parque contenía aserrín, y se tenía firme propósito de castigar ejemplarmente a los responsables.
El general Robles, Secretario de Guerra
De Aguascalientes habían salido muchos convencionales hacia Querétaro, México y Córdoba; por este motivo, a las cinco y media de la tarde del día 9, no había quorum para celebrar la sesión. De improviso se presentó el general Gutiérrez, acompañado de los generales Lucio Blanco y José Isabel Robles. El primero ocupó el asiento que le cedió el presidente de la asamblea; a su derecha se acomodó el general Robles, y a su izquierda, el general Mateo Almanza.
La bandera fue llevada al recinto. El secretario Alessio Robles hizo saber que el Presidente provisional había designado al general Robles como Secretario de Guerra y Marina, e iba a rendir la protesta. Sencilla fue la ceremonia: en pie y frente a la bandera, el general Gutiérrez preguntó al nuevo Secretario si protestaba por su honor de ciudadano armado cumplir los acuerdos de la asamblea. Al dar la respuesta afirmativa, los convencionales aplaudieron entusiasmados, y hubo los inevitables discursos con votos por la paz y la formación del nuevo Ejército Nacional.
La presencia del general Gutiérrez atrajo a algunos convencionales que se habían abstenido de asistir. Terminada la ceremonia, se vió que había quorum, por lo que dieron principio los trabajos con la discusión de credenciales.
Parece extraño que se discutieran en aquellos momentos, pues se pensará que los generales constitucionalistas unánimemente estaban retirando a sus delegados en acatamiento a las órdenes del Primer Jefe; pero el hecho explica que no había unanimidad a favor del señor Carranza. Así, pues, se discutieron las credenciales de los tenientes coroneles Federico Cervantes, Angel Castellanos y Manuel Cebada, en representación de los generales yaquis Luis Matus, Luis Espinosa y José Gómez. Se aprobó la credencial del teniente coronel Adalberto Tejeda, delegado del general Heriberto Jara, pues don Marcelino M. Murrieta, su anterior representante, se había ausentado.
Como el general Gutiérrez deseaba retirarse, los trabajos se interrumpieron brevemente. Poco después continuó la discusión de credenciales y fueron aprobadas las de los señores mayor Roberto Cruz y teniente coronel Máximo Mejía, en representación de los generales Salvador Alvarado y Calixto Contreras.
El secretario leyó varios telegramas: del gobernador de Guanajuato, diciendo estar conforme con los acuerdos de la Convención; del gobernador de Tabasco, a quien no le parecían bien esos acuerdos; del gobernador de Sonora, dándose por enterado de las determinaciones tomadas; del gobernador de Jalisco, quien ratificó su inconformidad porque la asamblea se hubiera declarado soberana y designara Presidente.
Telegrafían los comisionados
A las ocho y media de la noche recibió el general Gutiérrez un telegrama urgente, enviado de México por los generales Villarreal, Hay y Aguirre Benavides, quienes dijeron:
En estos momentos llegamos de Córdoba, después de conferenciar con el señor Carranza. No pudimos conseguir que entregara mañana el gobierno; pero, en cambio, retiró la condición referente a Emiliano Zapata y ofrece entregar al cumplir las condiciones que transcribimos textualmente, a reserva de transcribir su contestación íntegra.
El telegrama termina con las dos proposiciones del señor Carranza, que ya conocemos.
En la mañana del 10, y en un tren especial, salieron de México los firmantes del telegrama preinserto. Hicieron escala en Silao para conferenciar con el general Pablo González y con el gobernador de Guanajuato, don Pablo A. de la Garza. Resultado de la conferencia fueron los interesantes mensajes que vamos a reproducir:
Telegrama al señor Carranza
Cuartel General del general Pablo González en Silao, Gto., 11 de noviembre de 1914.
Señor general Venustiano Carranza.
En vista de las angustiosas circunstancias por que en estos momentos atraviesa el país, de las cuales tenemos perfecto conocimiento, y en previsión de que las mismas se agraven, consideramos de imperiosa necesidad patriótica el que usted se separe desde luego de los puestos que desempeña. Al mismo tiempo nos dirigimos a la Convención y al general Eulalio Gutiérrez, demandándoles que obliguen al general Villa a que se retire por completo de los asuntos políticos y militares del país.
Nos es satisfactorio participar a usted que en caso de que por algún motivo sea desatendida nuestra demanda de que se retire de hecho y absolutamente el general Villa, nos comprometemos, los que abajo firmamos, a batir a éste hasta reducirlo al orden, y confiamos en que usted por ning6n motivo pospondrá a sus pasiones personales los altos intereses de la patria.
El general de división, Pablo González.
El general de brigada, Lucio Blanco.
El general de brigada, Antonio I. Villareal.
Generales brigadieres, Eduardo Hay.
Andrés saucedo.
Pablo A. de la Garza.
Abelardo Menchaca.
Observemos que no aparece en el telegrama la firma del general Eugenio Aguirre Benavides -uno de los tres comisionados que regresaban a Aguascalienres-, quizá porque perteneciendo a la División del Norte no estimó decoroso comprometerse a batir a su jefe. Observemos también que encabeza a los firmantes el general Pablo González, a pesar de sus declaraciones del día 9. Por último, observemos que suscribe el telegrama el gobernador del Estado, si bien no como tal funcionario, sino como militar.
El telegrama enviado inmediatamente después de la entrevista en Córdoba y la insistencia en el retiro como una imperiosa necesidad patriótica nos llevan a pensar que analizada la situación con datos recientes no vieron otra solución que la primitivamente tomada, pues a la persistente actitud del Primer Jefe correspondía con otra igual el general Villa.
Telegrama a la Convención
Era congruente exigir la separación del mencionado general y, como lo anunciaron en el telegrama preinserto, los mismos firmantes se dirigieron a la Convención, a la que dijeron:
Cumple a nuestro deber excitar el patriotismo de esa Convención para que inmediatamente elimine de una manera efectiva al general Francisco Villa de toda ingerencia política y militar. Nosotros estamos con la Convención y por eso queremos que se cumpla honradamente con los acuerdos de ella. Debe retirarse al general Villa de una manera absoluta y en los mismos términos debe retirarse, a la vez, al general Venustiano Carranza. Que la Convención, para conseguir este resultado salvador, labore cerca del general Villa en tanto que nosotros influimos en el ánimo del general Venustiano Carranza. Un esfuerzo más, y seguiremos teniendo patria.
Era demasiado optimismo suponer que influirían en el ánimo del señor Carranza; mas para completar la acción, enviaron el siguiente mensaje al general Eulalio Gutiérrez:
Le transcribimos los telegramas que hemos dirigido a la Convención y al general Venustiano Carranza. Invitamos a usted para que se una a nosotros en el esfuerzo patriótico que estamos haciendo. A pesar de que se asegura que el general Villa ha abandonado el mando de sus fuerzas, hay muchos que se resisten a creerlo debido a que aquél continúa en Aguascalientes, en el mismo lugar en que están sus fuerzas. Además, el día 7 apareció un despacho de la Prensa Asociada, que lo suscribe el general Villa como jefe de la División del Norte. Para que nosotros sostengamos con toda conciencia los acuerdos de esa Convención es preciso que se cumpla de verdad con uno de los principales de esos acuerdos: el cese del general Villa. Trabaje por que esa determinación sea un hecho, a la vez que nosotros trabajamos por que en la misma forma cese el general Carranza.
De usted depende que se aclare este asunto. Confiera una comisión al general Villa fuera de México, y si obedece a usted, como debe obedecerIo, nosotros nos obligamos a que el general Carranza se retire del país, pues creemos están ya satisfechas las condiciones que dicho señor Carranza puso para retirarse.
Como se había caído en un círculo vicioso, cabe dudar de la efectividad de las medidas que se proponían.
Mensajes del general Obregón
De los dos últimos telegramas se enviaron copias al señor Carranza, y los tres se transcribieron al general Obregón, quien se había quedado en la ciudad de México. Como se rumoreó que fuerzas de la División del Norte se disponían a atacar a las del general Diéguez, y como éste formaba parte del cuerpo de Ejército del Noroeste, el general Obregón dirigió al general Villa el telegrama siguiente:
México, noviembre 11 de 1914.
He tenido conocimiento que la División del Norte ha emprendido su avance al sur de Aguascalientes. Es el momento en que con hechos puede probar usted a la nación que es un patriota. Si usted se retira de una manera absoluta, ausentándose temporalmente del país, no se disparará un solo cartucho y el señor Carranza entregará el poder al ser rectificado o ratificado el nombramiento de Presidente en esta capital el día 20. No sería ningún sacrificio para usted salvar al país de una nueva lucha y lo colocaría entre sus grandes hombres, que tanto escasean en nuestro desventurado país. Si usted se obstina en que la lucha se incendie recibirá la maldición de la patria y de nada le servirán las glorias que ha conquistado y las continuas protestas de patriotismo que a cada momento hace.
Ruégole consultar solo con su conciencia, sin que nadie intervenga; estoy seguro que se ahorrará mucha sangre.
Por conducto dd general José Isabel Robles se envió transcripción del telegrama a todos los jefes de la División del Norte, con este agregado:
Creo que al general Villa, que al valor y patriotismo de ustedes debe en gran parte su prestigio, sería consecuente si ustedes unidos le suplican atender en estos momentos la petición que le hacemos, ahorrando con esta actitud patriótica una nueva lucha injustificada que traería como resultado la anarquía o la intervención.
Por mi parte, declaro que al retirarse el general Villa de la manera indicada estaré en esta capital con las fuerzas que son a mi mando para dar toda clase de garantías a la Convención y al Presidente provisional, señor general Eulalio Gutiérrez, a cuyas órdenes quedaré. Espero de la energía, rectitud y criterio de ustedes que harán todo esfuerzo en el sentido indicado. Los saludo afectuosamente.
Fueron enviadas copias al señor Carranza y a los generales Gutiérrez, González, Diéguez, Iturbe, Arrieta, Dosal, Hill, así como al comandante militar de Colima, mayor Jesús H. Ferreyra. Excepto la enviada al señor Carranza, en las demás aparece el siguiente agregado:
En caso de que el general Villa no se retire, manifiesto a usted que estoy dispuesto a batirlo con toda energía, esperando de usted igual actitud.
El muy lamentable distanciamiento entre los generales Villa y Obregón era un obstáculo, aunque no invencible, para que ambos llegaran a un acuerdo, que hubiera sido decisivo; pero nadie, que sepamos, intervino para acercar a estos dos jefes y, además, ya se conocían la nota del señor Carranza a la Convención y sus simultáneas órdenes para desintegrarla. Esas órdenes y esa nota agravaron la situación, pues fueron vistas como un doble juego al que se supuso no era ajeno el general Obregón.
Se pensó que si el general Villa dejaba el mando de sus fuerzas no por ello se retiraría el señor Carranza, pues quedaba otro problema planteado: que el Presidente tuviera definidas sus funciones.
Conferencia Gutiérrez-Carranza
El general Eulalio Gutiérrez solicitó una conferencia telegráfica con el Primer Jefe, y habiendo éste accedido, cambiaron los mensajes que vamos a reproducir:
Aguascalientes, noviembre 10 de 1914.
Señor don Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista.
Lo saludo muy afectuosamente y le he hablado para conferenciar sobre asuntos nacionales. La Convención ha resuelto su separación del poder y mi designación como Presidente, y no puede, sin perder su serenidad y su prestigio, reconsiderar acuerdo que son del dominio público, y de los cuales está pendiente la nación y el extranjero.
Yo no solicité la Presidencia ni trabajé por ella, ni sospechaba que yo sería electo. Antes de la elección la asamblea estaba dividida en dos bandos: una gran mayoría se había comprometido a votar por el C. Antonio I. Villarreal, y la minoría se opuso a la designación de ese candidato, proponiéndose entonces una candidatura de transacción, habiendo surgido la mía, que fue aprobada. Al tomar posesión protesté por mi honor cumplir con mi deber. Uno de estos deberes es procurar que pronto vuelva el país a su tranquilidad, constituyendo un gobierno estable, y no debo detenerme para lograr esto. Las dificultades internacionales que han surgido en estos días me obligan a dar seriedad a mi gobierno para que pueda resolver los problemas, una vez que usted consienta en prestarme su apoyo.
Debo hacerle notar que aunque mi elección es por veinte días, necesarios según el texto de mi nombramiento, no cesaré en mis funciones sino hasta que la asamblea rectifique mi nombramiento. Mientras esta rectificación no se verifique en la asamblea seguiré siendo Presidente provisional, aunque expire el plazo de veinte días.
Soy la autoridad legítima del país; no represento facción alguna, sino toda la Revolución. Usted y sus partidarios no deberán ver un enemigo en mí ni en mi gobierno, sino que deberán tratarme como correligionario que ha asumido ahora la dirección de los asuntos nacionales por la voluntad de todos. Nosotros protestamos a usted y a los suyos nuestro reconocimiento por los servicios eminentes que en épocas de prueba han prestado, especialmente usted, a la causa común. Espero, por lo mismo, que, reflexionando serenamente, será usted el primero en apoyar a mi gobierno, obrando en esto con el patriotismo que en otras veces ha demostrado usted en grado extremo.
Mi gobierno no será jamás instrumento de facción alguna; acepté el poder porque en la Convención estaban representados todos los elementos revolucionarios, y se comprometieron todos a sostener su voto y los acuerdos de la mayoría. Es, por esto, completamente injustificada la actitud de los que hoy protestan por los acuerdos de la Convención y me desconocen. No habría aceptado el cargo qúe represento si no estuviera seguro de que mi nombramiento no se debe a maquinaciones de la reacción, sino al acuerdo de todos los revolucionarios. Si la obra de la Revolución quedare destruída el país se vería destrozado por una lucha de meras ambiciones personales. Aquí ya no hay villistas, ni carrancistas, ni zapatistas, sino convencionales y simpatizadores del gobierno nacional.
Yo esperaba que usted no vacilaría en aceptar la soberanía de la Convención, toda vez que usted reconoció la soberanía de la Convención de México al presentar ante ella su renuncia; y si a esta Convención la reconoció usted, mayor razón hay para que reconozca a la de Aguascalientes, en la cual están representados todos los elementos revolucionarios, mientras que en la de México sólo estaban presentes unos cuantos generales de los invitados por usted.
He visto en la prensa de la capital una circular en la que llama a las armas a todos los partidarios de usted a fin de que desconozcan a la Convención. Esta labor es contraria y no sólo a los jefes que faltaron a su compromiso con la Convención, sino antipatriótica. Espero que, poniendo en práctica su patriotismo, se servirá usted telegrafiar a sus partidarios indicándoles su deber, ues desde hoy a las seis de la tarde, no deben reconocer, ni ellos ni nadie, otra autoridad que la mía.
El general Villa se ha separado ya de hecho del mando de la División del Norte y está ya nombrada la comisión que ha de recibir los archivos, etcétera, y las fuerzas, desde ayer, dependen de la Secretaría de Guerra bajo mis órdenes; pero la comisión no ha pasado a recibir del general Villa los documentos, y el mismo general está aún aquí, porque hemos estado pendientes de la resolución de usted. Tan pronto como usted manifieste que acatará los acuerdos de la Convención, el general Villa se retirará de una manera absoluta, toda vez que de hecho está ya retirado. Lamento tener que hacer observar que mientras la Convención ha estado procurando la concordia y la paz hemos interceptado mensajes de generales adeptos, en los cuales se dan órdenes para desconocer a la Convención y atacarla.
He aquí la contestación del señor Carranza:
Lo saludo afectuosamente. Celebro poder hablar con usted directamente sobre el asunto que tanto interesa al país. He aceptado conferenciar con usted como un medio de emplear el último esfuerzo para evitar mayores males.
Dice usted que la asamblea no podría volver sobre sus pasos sin faltar a su seriedad y sin perder su prestigio; yo creo que cuando se trata de un asunto tan serio como es la paz y el bienestar del país, ni un hombre solo ni un grupo de hombres deben poner por delante su amor propio. Si la junta de Aguascalientes se ha equivocado debe rectificar sus errores para no perjudicar al país, y no es patriótico decir que no se enmienda un error por no perder seriedad. Por lo demás, usted sabe que la junta ha hecho muchas cosas que no son serias y luego las ha deshecho.
Vamos a ver lo que conviene al país, y esto debemos hacerlo dejando a un lado la Convención, el prestigio que quiere tener como soberana y usted su amor propio herido por no recibir la Presidencia.
Considero ilegal el nombramiento de usted porque fue hecho arbitrariamente por la junta, sin que yo hubiera presentado mi renuncia. También és ilegal porque se le nombra por una junta que no puede nombrar presidentes. Usted recordará que yo mismo he procurado no llamarme Presidente, sino Encargado del Poder Ejecutivo, conforme al Plan de Guadalupe.
No hay ley que autorice a la junta a designar Presidente de la República, ni plan o documento de tratado en qué fundarse, pues todos ustedes fueron convocados como Cuerpo Consultivo, y al declararse soberanos juzgaron que con esto habían adquirido el derecho de hacer lo que quisieran, y aun de nombrar Presidente.
No puedo reconocer al gobierno que pretende establecer la Convención porque carece de bases legales y facultades para gobernár. Yo puse como condición para retirarme que se estableciera un gobierno preconstitucional. Si el gobierno que se va a establecer es constitucional, y usted tiene carácter de Presidente, entonces ese gobierno no podrá cumplir con las reformas de la Revolución. Si ese gobierno es preconstitucional, se necesita que demarque sus facultades y sus obligaciones; si no hace ésto, corremos el riesgo de tener un gobierno enteramente absoluto. Sería peor todavía que la Convención siguiera funcionando al mismo tiempo que el nuevo gobierno.
Ni a usted mismo le convendría aceptar el gobierno para que la Convención le estuviera dictando sus órdenes, pues no teniendo atribuciones definidas no sería usted más que un instrumento de la Convención. Por otra parte, como la Convención no sería capaz de gobernar, todos los errores que cometiera recaerían sobre usted y aparecería como un gobernante incapaz, y, al fin, o tendría usted que renunciar o tendría que someterse a la Convención o desconocerla y disolverla para poder gobernar; pero de todos modos acabaría mal con ella o no podría hacer nada de provecho en el gobierno.
Otras de las razones que tuve para no aceptar el gobierno que quiso establecer la junta, es que designó Presidente sólo para veinte días, que concluyen el veinte de noviembre. En este plazo no podría usted hacer nada serio ni para gobernar ni para establecer la paz; ni siquiera para enterarse de los asuntos más urgentes.
Usted dice que su nombramiento subsiste mientras no se le rectifique, pues la resolución de la junta le señala fecha del 20 de noviembre, y no el plazo para que ese nombramiento se ratifique o rectifique. De modo que si llegado el 20 de noviembre la junta no ratifica, allí concluye su confianza. Usted argumenta lo contrario, naturalmente, pero ante la opinión pública se verá que fue intención de la junta nombrarlo interinamente, sólo mientras me eliminaban.
De todos modos, usted amenaza al país con otra complicación, pues al llegar el 20 de noviembre, aun los jefes que lo reconocieron no sabrían qué hacer. Si la Convención no ratifica su nombramiento, entonces sus legalidades estarían pendientes de un argumento y de una interpretación.
Ahora tiene usted título de Presidente por una votación; pero después del 20 de noviembre ya no tendrá ninguna base fuera del argumento de que, como no se le ha rectificado el nombramiento, sigue usted indefinidamente. Tener un gobernante sin plazo para concluir sería muy inconveniente para el país. En cuanto a usted, lo peor que puede sucederle es que la opinión pública se dé cuenta de que antes de tomar posesión ya está previsto que no tiene plazo fijado para salir del poder.
Yo no podría entregar el gobierno sabiendo que dentro de diez días comenzarán de nuevo las dificultades. En mi nota de 23 de octubre manifesté que estaba dispuesto a retirarme para hacer un bien al país, no para hundirlo en más dificultades, y si yo entregara a usted, pondría las cosas más difíciles de como están.
Una de las razones que tuve para ofrecer que renunciaría era que, aunque me sacrificara yo, libraría al país de Villa. A usted no tengo que decirle mucho, porque uSted conoce a Villa y sabe que éste promete mucho, pero no cumple nada. Todas las informaciones que tengo y todos los documentos indican que Villa no ha entregado el mando de sus fuerzas. Usted mismo menciona mucho de que lo entregará; pero nada dice de que lo entregó.
Dice usted que el general Villa está pendiente de la resolución que yo tome. No dudo que esté pendiente, y tanto, que tal vez está allí mismo en el telégrafo con usted. Pero esto mismo indica la poca voluntad que tiene de cumplir sus promesas. Conforme a lo resuelto por la junta, debió Villa entregar el día 6, y, sin embargo, aun está tomando parte muy activa en los asuntos. Si el general Villa realmente quisiera retirarse no estaría preocupándose por lo que yo hago o dejo de hacer; debía haber puesto sus fuerzas en manos de la Convención y lavarse las manos para que el cnflicto fuera entre la Junta y yo.
Yo nunca he dicho que entregaré o he entregado el cargo del poder ejecutivo; por eso sigo tomando mis medidas y dictando órdenes y procurando convencer a los jefes y, en general, atendiendo a los asuntos militares y de gobierno. Por esto no debe extrañar a usted que telegrafíe a todos aquellos a quienes yo crea conveniente telegrafiar.
Pero el general Villa dice a todas horas que ya va a retirarse y que se retirará, y usted dice que ya está retirado de hecho, y que después se retirará de un modo absoluto, y, sin embargo, no veo ni siquiera intenciones de cumplir, pues también nosotros interceptamos telegramas en que el general Villa ordena y se firma como Jefe. y otros en que siguen preocupándose por que yo me retire, o reconviniendo a algún jefe de que no apruebe los actos de la Convención, y sin tener que ver ya en estos asuntos, si en efecto se hubiera retirado.
Dice usted que las fuerzas de la División del Norte están ya desde ayer a disposición de la Secretaría de Guerra, bajo las órdenes de usted. Me extraña esto, porque el general Pesqueira no me ha dicho que estuviera usted con las fuerzas de Villa a sus órdenes, pues aun suponiendo que usted fuera a encargarse del gobierno hoy, a las seis de la tarde, ayer y hoy todavía tenía usted que depender de la Secretaría de Guerra, a no ser que usted se refiera a otra Secretaría de Guerra creada por usted antes de tomar posesión. Todo esto no se lo digo por lastimarlo personalmente, sino como una prueba de que las fuerzas de Villa no están todavía realmente entregadas.
A propósito de órdenes trasmitidas por usted antes del día en que yo debo irme y usted sentirse autorizado, debo llamarle la atención sobre la que dió a su hermano Luis respecto a la reparación de la vía entre Paredón y Torreón, que sólo aprovechó militarmente a Villa, y que fue la primera orden que éste trató de obtener de usted, y por fortuna su hermano tuvo el buen juicio de no atender.
He sabido que está usted también dictando órdenes al gobierno de San Luis respecto de ferrocarriles. Son estas órdenes, que favorecen únicamente a la División del Norte, las que me han hecho solpechar los motivos que Villa haya tenido para aceptar a usted. Usted dice que ni siquiera sospechó que iba a ser electo. Yo no dudo de la buena fe de usted, porque lo conozco; pero ante la opinión pública aparece usted como uno de mis jefes a quien Villa trató de conquistar ofreciéndole la presidencia para obtener de este modo, de un golpe, Saltillo y San Luis Potosí.
Usted seguramente no era capaz de defeccionar, ni solo ni con sus tropas, ni menos de entregar a Villa Saltillo y San Luis Potosí; pero él o los políticos que lo rodean sí son capaces de trazar un plan para apoderarse de estos puntos, nombrando a usted o aceptándolo como Presidente por veinte días, ya que tocaba la casualidad que al mismo tiempo que usted era gobernador de San Luis, su hermano el comandante militar de Saltillo, y que precisamente esos dos puntos son los del flanco izquierdo de Villa. Yo no supongo nada contra usted; pero la opinión pública no dejará de manchar la reputación de usted cuando se fije en que Villa se cuidó el flanco derecho con Maytorena y la resistencia más fuerte que tenía por el flanco izquierdo.
Dice usted que le parece inconveniente que yo llame al cumplimiento de su deber a los generales y jefes y que los conmine con poner las fuerzas bajo las 6rdenes de los coroneles. Si yo he hecho esto es porque he querido ofrecer a los jefes secundarios y a la oficialidad la oportunidad de no hacerse solidarios de la conducta de los jefes, pues no sería justo que pasara lo ocurrido en tiempo de Huerta: de que los jefes arrastraron a la oficialidad por el camino del error.
Para concluir, le diré que yo no estoy dispuesto a entregar el poder para que las dificultades comiencen dentro de una semana; pero no quiero que se suponga que deseo continuar en el poder sin razón y por meras ambiciones. Creo que todos debemos hacer un esfuerzo y poner algún sacrificio de nuestra parte. Por lo que a mí toca, estoy dispuesto a entregar el mando a un gobierno serio que tenga debidamente definidas sus facultades, puesto que no puede ser constitucional. El poder lo entregará cuando ese gobierno haya recogido al general Villa el mando y el poder personal que conserva. La junta, por su parte, debe hacer un sacrificio de amor propio y prepararse a rectificar sus errores, tomando las medidas necesarias para solucionar el conflicto que ella misma ha creado.
Yo nunca he reconocido la soberanía de la Convención. La prueba es que ella misma me ha fijado un plazo para reconocerla; pero como junta de jefes con cuya mediación podemos contar, no tendré inconveniente en darle la participación que le corresponde, supuesto que precisamente fua a Aguascalientes para resolver el conflicto que existía entre Villa y yo.
Háce poco dije a usted que no le conviene hacerse cargo del poder por muchas razones, y yo creo realmente que si usted pudiera eximirse de tomar posesión de esa Presidencia que la Convención le ofrece, debería hacerlo. Lo cierto es que usted es el que tendrá más facilidad para resolver el conflicto con un acto de desinterés renunciando al poder antes que intentar tomarlo.
Dice usted que juró por su honor hacer cumplir el acuerdo y no puede volver atrás; pero yo creo que si la Convención está conforme, usted no falta a su juramento. Usted podría allanarle el camino a la Convención diciéndole que por lo que hace a usted no tiene inconveniente en renunciar; si ella acepta, es como si lo relevara de sus juramentos.
Todo esto, por supuesto, puede hacerse si realmente el general Villa se ha de retirar, o si está retirado ya, pues si Villa no está fuera entonces habrá más hombres de quienes dependa solucionar el conflicto. Por lo que hace a la cuestión de amor propio personal, entre usted y yo, si usted y yo estamos conformes en retirarnos y sin sacrificar nuestras personas todo se arreglará. Lo invito a tener una entrevista personal en el lugar que convengamos. Y usted y yo solos nos entenderemos respecto a lo que a nosotros nos interesa y discutiremos lo que más conviene al país; de esta manera podremos preparar y arreglar las proposiciones que debemos someter más tarde a nuestros compañeros de armas para poder yo retirarme tranquilo, como lo deseo, cumplidas las condiciones que puse y sin necesidad de alterar la paz ni derramar más sangre.
Aunque el telegrama está subscrito por el Primer Jefe y, por lo tanto, es respónsable de lo que dice, nosotros solo le atribuimos el fondo del documento, porque sin duda dió los lineamientos para su redacción. Desapasionadamente vemos que está plagado de argucias que delatan la participación de abogados cuya miopía revolucionaria y morbosidad legalista hicieron decir al señor Carranza atrocidades en las que, sin duda, no pensó.
Sólo por la costumbre de argumentar para los tribunales pudo hablarse de legalidad en una situación en que no intervenía la ley. Es claro que la Convención y el señor Carranza debían sujetarse a ciertas normas que no podían ser sino las de la moral, la equidad y la conveniencia revolucionaria. Con lo dicho pasaríamos por alto el comentario; pero los resultados que dió el documento nos hacen considerar algunos de sus puntos, pues si nosotros atribuimos al señor Carranza la parte que le corresponde y a los abogados la que les pertenece, no lo hicieron así los actores de la lucha, quienes tomaron todas las palabras como dictadas por el firmante.
Examinando las argucias y descartadas las que destilan odio al general Villa, es fácil encontrar que unas quieren ser suaves insinuaciones del superior; pero resultan consejos paternales nada desinteresados. Otras, ni siquiera esconden la irrevocable determinación de seguir en el poder; finalmente, otras se vuelven contra quien las emplea.

References: resolución 
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sui generis
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