Source: http://www.marxistsfr.org/espanol/moreno/obras/escandaloso/10_8_nm.htm
Timestamp: 2018-02-20 19:24:56+00:00

Document:
El mayor peligro es la tendencia mayoritaria
Conocemos de antemano la respuesta de Germain
Hace ya muchos años que Trotsky describió la forma de razonar del pensamiento oportunista y sectario. Esa descripción cobra actualidad en esta polémica, porque esa forma de razonamiento es la misma que utilizan los camaradas de la mayoría, especialmente Germain:
La ideología marxista es concreta, es decir, observa todos los factores decisivos de una cuestión determinada, no sólo en sus relaciones recíprocas, sino también en su desarrollo. No disuelve la situación del momento presente en la perspectiva general, sino que, mediante la perspectiva general, hace posible el análisis de la situación presente en toda su particularidad. Precisamente la política comienza con este análisis concreto. El pensamiento oportunista, así como el sectario, tienen un rasgo en común: extraen de la complejidad de las circunstancias y de las fuerzas uno o dos factores que les parecen los más importantes y que de hecho a veces lo son, los aíslan de la compleja realidad y les atribuyen una fuerza sin. límites ni restricciones. [349]
De la misma manera, los camaradas de la mayoría aíslan la tendencia y la ley general de que sin lucha armada no habrá revolución y la transforman en la única ley de nuestra política para América Latina. Separan la tendencia hacia el control obrero de todas las otras circunstancias que lo pueden hacer factible en un determinado momento y sólo en ese determinado momento de la lucha de clases, y la transforman en una estrategia y táctica casi permanentes para Europa. Abstraen un elemento del actual ascenso del movimiento de masas en Europa la existencia de una numerosa vanguardia que no sigue a los aparatos reformistas, la transforman en una categoría social y la convierten en el eje estratégico de nuestra actividad. Siempre, en cada análisis y política de la mayoría encontramos el mismo error.
Este error fundamental se combina con otros para hacer aún más equivocada su forma de razonar y polemizar. En casi todos los trabajos de los camaradas de la mayoría hay una tendencia muy manifiesta al impresionismo, al subjetivismo (darle importancia fundamental a las cuestiones de tipo ideológico o de conciencia, por encima de la situación objetiva de la lucha de clases), al economicismo (sobrevalorar el factor económico y trasladarlo mecánicamente al análisis político) y a la erudición (utilizar una avalancha de citas tomadas literalmente y fuera de contexto para fundamentar una posición). Todo esto se transforma, en la polémica, en golpes de efecto espectaculares, en maniobras emotivas intelectuales para impresionar al auditorio.
Germain actúa siempre como abogado defensor: le preocupa mucho menos ir derecho al grano, exponer con claridad lo que piensa y proponer categóricamente lo que hay que hacer, que defenderse por anticipado de todos los posibles ataques que se le puedan hacer desde cualquier ángulo imaginable. De ahí provienen las altas cumbres, pero también los profundos abismos de Germain: cuando la causa que defiende es justa, ésta brilla en todo su esplendor, sólidamente protegida por esa caparazón defensiva que la rodea; pero cuando es injusta, la verdadera posición que plantea queda escondida y confusa, detrás de esa misma caparazón, convertida en una maraña inextrincable donde se suman y se restan afirmaciones totalmente opuestas entre sí, que sirven para demostrar que él siempre ha dicho algo correcto. Si se le ataca porque ha dicho blanco, él siempre nos podrá demostrar que en alguna otra parte dijo negro; si se le ataca porque ha dicho sí, siempre nos podrá demostrar que, algunas líneas más arriba o más abajo, dijo no.
Desgraciadamente, Germain no ha defendido siempre causas justas. Y, como siempre, lo más importante es establecer al servicio de qué política está una determinada forma de razonar o polemizar. La trayectoria de Germain, en ese sentido, es muy contradictoria, porque tiene dos constantes: defender al trotskismo (una causa justa) y defender su prestigio dirigente (una causa injusta, aun cuando fuera realmente un dirigente sin tacha). De ahí que sus documentos, sobre todo cuando se refieren a una polémica interna al movimiento trotskista donde su prestigio de dirigente está en juego, sirven para cualquier cosa, menos para armar a nuestros cuadros para su actividad militante.
De ahí el título de este subcapítulo. Estamos seguros de que Germain, así como los otros camaradas de la mayoría, nos responderán oponiéndonos tres o cuatro citas de sus escritos, (donde dicen exactamente lo contrario), por cada una de las citas que nosotros hemos empleado. A la cita donde sostiene que las burguesías nacionales son capaces de romper total y absolutamente con el imperialismo y conducir una lucha victoriosa contra la opresión nacional, nos opondrán muchas otras donde dice, con la mejor ortodoxia trotskista, que no pueden hacerlo (para que no se tomen el trabajo de buscarlas les podemos decir donde encontrar una: en la última carta de Germain a Horowitz). Estamos seguros de que existen (y serán traídas a la luz) citas exactamente opuestas a las que nosotros utilizamos para todos y cada uno de los problemas teóricos que hemos tocado en esta polémica. Más aún, estamos convencidos de que después de ese aluvión de citas, el camarada Germain nos acusará de haber falsificado su pensamiento. Lo que jamás lograremos será que algún camarada de la mayoría discuta sobre las citas que nosotros utilizamos, o reconozca que allí cometió un error y acepte nuestra crítica. Y aquí es donde se acaba toda posibilidad de seguir polemizando, porque si aceptáramos el método de sumas y restas de afirmaciones que utiliza Germain, la polémica entre marxistas dejaría de ser una tarea militante para convertirse en un trabajo de usar tijeras, pegar recortes y pesarlos en una balanza. Porque recortando y agrupando las afirmaciones teóricas correctas del camarada Germain se podría hacer uno de los volúmenes más grandes de teoría trotskista ortodoxa; pero haciendo lo mismo con las incorrectas, también se podrá hacer otro volumen, tanto o más grande que el anterior, de revisionismo trotskista. Según el método de las sumas y restas bastaría con poner cada uno de estos volúmenes en los platillos de una balanza, y según cuál pese más, demostrar quién tiene razón. Pero éste no es para nada el método marxista. La teoría también es dialéctica, y una afirmación teórica equivocada puede derrumbar cien afirmaciones correctas, según el contexto del problema concreto que se discutía cuando dicha afirmación fue formulada.
Esto en cuanto a la teoría, pero lo que sucederá con las políticas concretas que tratamos en este y en los otros documentos de la minoría, será mucho más grave. Las políticas se confrontan con los hechos, y a los hechos los conocen a fondo los jóvenes cuadros de nuestra Internacional, cosa que aún no ocurre con las cuestiones teóricas. Nadie puede negar por ejemplo que, desde el IX Congreso a la fecha, América Latina fue escenario de grandes movilizaciones obreras y urbanas, y prácticamente de ninguna lucha armada campesina (o sea que ocurrió lo opuesto a lo que se previo en las resoluciones). Este es un hecho imposible de tergiversar, como cualquier otro hecho contemporáneo. E incluso los hechos del pasado son mucho más difíciles de tergiversar que las cuestiones teóricas. Esta gran virtud que tienen los hechos concretos y las políticas concretas (expresadas en periódicos, volantes y otros documentos de tipo agitativo) es la que determinará la forma de actuar de los cama-radas de la mayoría. Directamente no se darán por aludidos en lo que respecta a nuestras afirmaciones documentadas de que la política de la mayoría no dio respuesta a los hechos concretos de la lucha de clases. Hace veinte años que les pedimos que nos expliquen su política de apoyo crítico al MNR que llevó a la derrota a la revolución boliviana de 1952, y no responden. ¿Acaso no están haciendo lo mismo cuando insistimos en que nos digan en qué fecha empezó el periódico del POR(C) su campaña política de lucha contra los golpes de estado en Bolivia? ¿Acaso nos han contestado a nuestra pregunta sobre si había o no había que intervenir en las elecciones en la Argentina?
Las respuestas de los camaradas siempre fueron las mismas: silencio, silencio y más silencio. En realidad, un silencio plagado de gritos, de cortinas de humo, de argumentaciones kilométricas, pero un silencio al fin, puesto que nunca fue roto por una respuesta categórica. El día que los camaradas nos digan: efectivamente, nosotros apoyamos críticamente al gobierno del MNR en Bolivia entre 1952 y 1956, pese a que el movimiento obrero y campesino había liquidado al ejército burgués y se había organizado en milicias obreras, y ahora pensamos que fue un trágico error (o bien, que fue muy correcto) por tales y cuales razones; efectivamente, el periódico del POR(C) desarrolló una campaña de lucha política contra los golpes, a partir del número tal de tal fecha, y la mantuvo durante tantos números en forma consecuente (o bien, nunca lo hizo y nos autocriticamos por haber mentido); efectivamente, había que participar en las elecciones en la Argentina (o no había que hacerlo): el día que los camaradas digan estas cosas tan sencillas, reconoceremos que su método ha cambiado.
Pero por ahora, no hay ningún síntoma de ello. Por eso pensamos que nuestra denuncia de que la mayoría ha cometido en su documento europeo uno de los mayores crímenes de la historia al olvidarse del Vietnam del imperialismo europeo, las guerrillas en las colonias portuguesas, correrá la misma suerte que todas las otras sobre sus errores políticos anteriores. Una vez más, creemos, la respuesta será el silencio.
Pero si no es así, de algo estamos seguros: su respuesta no será jamás la de los verdaderos dirigentes proletarios que, cuando se equivocan o se olvidan de posiciones fundamentales, dicen sencillamente: nos hemos equivocado; estudiemos juntos las razones de esta equivocación.
La crisis de nuestra Internacional es la crisis de su dirección
Para Germain, el principal peligro que afronta ahora nuestra Internacional no es el ultraizquierdismo, sino el seguidismo oportunista. Para fundamentar esta afirmación, como siempre, no parte de la realidad concreta, sino de una cita y de una serie de ejemplos muy parciales, muy pequeños y falsificados.
El más grave revés que sufrió nuestra Internacional en los últimos cuatro años hacer sección oficial argentina a un grupo que al poco tiempo desertó del trotskismo no sirve de base para su análisis: ni siquiera la menciona. Y sin embargo es el mejor ejemplo de cuál es el peligro más grave que nos acecha. Nuestra tendencia había alertado que esa ruptura del PRT-C con la Internacional era inevitable. El rompimiento se produjo, pero Germain, pese a su supuesta lucidez sobre los peligros que nos amenazan, fue incapaz de preverlo. Sí lo previmos nosotros, como consta en nuestros documentos. Este hecho sirve para demostrar que el criterio que debimos haber tenido para prever los peligros que amenazaban a nuestra organización, debió haber sido el nuestro y no el erudito de Germain.
Un partido revolucionario está siempre expuesto a desviaciones de dos tipos: las de derecha, oportunistas, y las ultraizquierdistas y sectarias. Las desviaciones de derecha son provocadas por la presión sobre el partido de estratos privilegiados o en retroceso del movimiento de masas o, según la teoría de Mandel, por la existencia de aparatos en los partidos de masas. Las desviaciones de izquierda provienen de la influencia dentro del partido de sectores de la pequeña-burguesía radicalizada que tiende a salidas desesperadas e individualistas.
¿En qué situación están nuestros partidos en la actualidad? ¿Están, aunque sea mínimamente, rodeados por el movimiento de masas en retroceso, o por sectores privilegiados de él, o tienen costosos y colosales aparatos burocráticos? ¿O, más bien, están en la otra situación, sin penetración en el movimiento de masas, menos aún en sectores en retroceso, en tanto que sus filas se nutren de miles de militantes juveniles provenientes, en su mayor parte, de la pequeña burguesía radicalizada, en especial estudiantil?
Evidentemente, estamos en esta última situación. En ningún lugar se dan esas situaciones que explican y provocan las desviaciones seguidistas y oportunistas. Por el contrario, nuestras secciones, eminentemente estudiantiles, deben enfrentar, en ocasiones, situaciones prerrevolucionarias o cercanas a ellas. Para Trotsky, en esas situaciones, ... el partido comunista es débil: la presión de las masas es más fuerte... [350]
Por eso acusamos a Germain de utilizar un método erudito: extrajo la cita de Cannon y la estampó en sus fundamentaciones, sin explicar la situación del SWP en relación al movimiento de masas para la fecha en que fue escrita. Olvidó entonces, que el SWP, durante la guerra, era un partido con influencia, aunque fuera mínima, en el movimiento obrero.
¿Cuál es la relación de estas dos desviaciones y de la necesidad de combatirlas en la vida real de un partido revolucionario? Lenin las definió de la siguiente manera:
El primer objetivo histórico (el de ganar para el poder soviético y para la dictadura de la clase obrera a la vanguardia con conciencia de clase del proletariado) no podía alcanzarse sin una victoria ideológica y política completa sobre el oportunismo y el socialchovinismo; el objetivo segundo e inmediato, que consiste en saber conducir a las masas a una nueva posición que asegure el triunfo de la vanguardia de la revolución, no puede alcanzarse sin la liquidación del doctrinarismo de izquierda, sin la eliminación total de sus errores. [351]
Como vemos, hay una dialéctica: para afuera del movimiento, el enemigo es el oportunismo, para adentro es el ultraizquierdismo. Dicho de otra manera, nosotros vamos a ganar a la vanguardia obrera liquidando ideológica y políticamente al stalinismo, a las burocracias en general y a los partidos reformistas, y la vamos a conducir hacia el triunfo sólo si liquidamos al ultraizquierdismo.
Esto es relativamente verdadero, ya que dentro del movimiento revolucionario pueden darse variantes de derecha como consecuencia de las presiones de clase, y dentro del propio movimiento de masas (como ocurrió con las manifestaciones apresuradas de julio del 17 en la Revolución Bolchevique) pueden cobrar fuerza tendencias de signo contrarío. Pero éstas son sólo las excepciones a la regla general.
Pasando por encima de todo esto, Mandel afirmaba que: La gran incorporación de nuevos miembros en la Internacional Comunista después de su primer año de vida, no crea exclusivamente, ni principalmente, ultraizquierdismo, sino principalmente desviaciones oportunistas. [352]
¡Y está hablando de la misma época en que se desarrolló toda la lucha dentro de la IC contra el ultraizquierdismo, de la misma época en que Lenin tuvo que escribir El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, uno de cuyos párrafos hemos citado!
Volviendo a la situación de nuestra Internacional, la posición de Germain, de que el principal peligro actual es el oportunismo, no tiene ni siquiera antecedentes en las propias posiciones de la mayoría. ¿Qué preveían los compañeros de la mayoría en 1969? Veamos:
Es evidente que en esta vanguardia el principal peligro actual, debido a su experiencia y composición social, se encontrará en las corrientes ultraizquierdistas. Una de las primeras condiciones para una lucha contra estas corrientes, y más particularmente contra su reflexión en nuestras propias filas... [353]
Hay más: Hasta que una vanguardia de cierto peso numérico y contenido social emerja de la masa trabajadora, nosotros tendremos considerables dificultades con las manifestaciones sectarias. Estas manifestaciones tomarán primeramente la forma de ultraizquierdismo, pero en esto veremos extrañas combinaciones de rasgos oportunistas, espontaneistas, etcétera. [354]
Para terminar, en la tesis 13 del último documento europeo se señala cómo la ultraizquierda se ha precisado y organizado en cinco corrientes, y en la tesis siguiente se nos da como tarea trabajar sobre esa vanguardia ultraizquierdista. Pero aquí viene un olvido imperdonable desde el punto de vista marxista: no se señala que el peligro mayor es siempre ceder a las presiones del sector sobre el cual trabajamos. Por lo tanto no se dice que el mayor peligro, en Europa, es ceder al ultraizquierdismo y a su otra cara, el oportunismo obrerista.
¿Qué ha cambiado en estos cuatro años para que el peligro más importante haya dejado de ser el ultraizquierdismo y ahora sea el oportunismo? Lo único que ha cambiado es que nuestras secciones, fundamentalmente las europeas, han nutrido sus filas con esa vanguardia ultraizquierdista y, pese a los alertas que ellos mismos hicieron, los compañeros de la mayoría han terminado por ceder incondicionalmente a sus presiones.
¿Cómo es posible que viejos militantes trotskistas, que supieron prever el peligro, hayan capitulado ante los nuevos cuadros que provienen de la nueva vanguardia? ¿Quién tiene la culpa? Nosotros no creemos que la culpa recaiga en esos nuevos cuadros inexperimentados y sin ninguna tradición marxista, sino en las limitaciones de nuestra dirección europea, principalmente de los camaradas Germain, Frank y Livio. Esta afirmación tiene una explicación histórica, que es la que nos va a develar el secreto de la actual crisis de nuestra Internacional.
La dirección europea liderada por los camaradas que nombramos es parte de la historia del movimiento trotskista europeo y de su dirección, que vivió en el pasado circunstancias excepcionales que explican su presente. Hay tres que son fundamentales, y que marcaron indeleblemente al trotskismo europeo.
La primera de ellas es la deserción de nuestras filas de la dirección de la oposición trotskista española (Nin) y la incapacidad de la dirección trotskista francesa (Navilley Rosmer primero; Molinier y Frank después) de formar una dirección proletaria. Con la deserción de unos y la incapacidad de otros, nos quedamos sin direcciones ni cuadros fuertes y serios en las dos secciones que, en su momento, fueron las más importantes de Europa.
La segunda razón fue la ocupación nazi, a la que tuvimos que enfrentar sin una tradición proletaria de los cuadros y la dirección, y que agravó al máximo los otros males.
La tercera razón fue que el ascenso del movimiento de masas europeo duró muy poco; los tres años que van de 1944 a 1947 aproximadamente. Esto significó que nuestros cuadros y direcciones no tuvieran posibilidades de foguearse en la lucha de clases.
El largo retroceso del movimiento de masas impidió durante aproximadamente veinte años que surgiera una dirección mínimamente probada en la lucha de clases y ligada al movimiento obrero. La defensa del trotskismo no pudo ser, por estas circunstancias, la confrontación cotidiana de la política trotskista con las restantes políticas que se dan en el movimiento de masas: se convirtió en un ejercicio esencialmente intelectual, teórico.
Esto se agravó cuando los dirigentes de la mayoría no comprendieron el proceso que se había abierto y no advirtieron que la única forma de que el partido sobreviviera al retroceso era insistiendo en la ligazón independiente de nuestros grupos y militantes con el movimiento obrero y de masas. Allí, aun en la participación en las luchas más mezquinas por las reivindicaciones más insignificantes, o aun, si éstas no existían, en la propaganda de nuestras posiciones sobre los pequeños sectores del movimiento que estuvieran dispuestos a escucharlas, estaba la clave para lograr que nuestras secciones mantuvieran o recuperaran su carácter proletario. Pero los camaradas capitularon al retroceso, dándose una estrategia de entrismo en el stalinis-mo y los otros partidos oportunistas por muchísimo tiempo.
Esta política produjo una división tajante entre nuestros militantes europeos y la dirección. Los militantes tuvieron que esconder, durante casi veinte años, su condición de trotskistas; si no lo hacían, serían expulsados de las organizaciones oportunistas en las que trabajaban. Todo su arte y su ciencia se redujo a dar nuestro programa en cómodas cuotas, digeribles por la disciplina de los partidos stalinistas.
Los dirigentes, por su parte, se dedicaron a esperar que el proceso objetivo llevara al stalinismo o a sus corrientes de izquierda, a la lucha por el poder. ¿Qué otra cosa podían hacer sin militantes públicos y sin partido independiente? Sólo comentarios y más comentarios; no había posibilidad de otra política que no fuera comentar los acontecimientos, comentar los errores políticos de los demás y comentar cuál debería ser la política correcta. ¿Para qué formular una política concreta si no había partido ni militantes que pudieran llevarla a la práctica? Esto acentuó el carácter comentarista, periodístico, de la dirección europea.
La vida es la que crea la conciencia. Y ésta doble vida, una para los militantes y otra para los dirigentes, de la etapa entrista sui generis, dejó secuelas imborrables en ambos sectores. Nos quedamos casi sin militantes ni dirigentes. La mayor parte de los militantes terminaron capitulando a las organizaciones oportunistas dentro de las cuales actuaban. Alrededor de un 70% de los más grandes dirigentes trotskistas que defendieron y practicaron el entrismo sui generis abandonaron nuestro movimiento. ¿Dónde están los viejos camaradas de la dirección de la que formaba parte el camarada Germain? Sólo quedan cuatro: Germain, Frank, Livio y González. ¿Dónde están Pablo, Posadas, Arroyo, Frías, Ortiz, Michele Mestre, Rivas, Levingston, Colwin da Silva... ? Nada tienen que ver estos excamaradas con el trotskismo. Su claudicación fue hacia la derecha, hacia el enemigo de clase, hacia el oportunismo: Pablo se transformó en el socio de izquierda del stalinismo, Posadas en el socio de izquierda de las burguesías nacionales. De conjunto, todos ellos se convirtieron en oportunistas sin remedio.
En contraste con este proceso, los más importantes dirigentes que estuvieron contra el entrismo sui generis siguen siendo trotskistas. ¿Dónde están Cannon, Dobbs, Hansen, Moreno, Vitale, Humbergert, Healy, Lambert? En el trotskismo. Algunos de estos camaradas se han pasado a posiciones sectarias, ultraizquierdistas (si es que ya antes no las tenían). Pero aun así, han claudicado a las presiones de la pequeña burguesía o la intelectualidad radicalizada, no a la de nuestros máximos enemigos, la burguesía y la burocracia stalinis ta, como ocurrió con quienes apoyaron el entrismo sui generis.
Este fenómeno debe tener una explicación marxista, no meramente psicológica. Nosotros creemos haberla descubierto.
El SWP logró asentarse como un partido proletario por sus cuadros y su dirección. Para ello se combinaron circunstancias especiales muy importantes: su proximidad y acuerdo con Trotsky, la formación y tradición proletaria de su dirección, el ascenso del movimiento obrero, su alejamiento de la tendencia intelectual y pequeñoburguesa a través de la ruptura del año 40. Nuestro partido también fue afortunado, ya que las circunstancias objetivas nos ayudaron: La lucha de la clase obrera de nuestro país y la de Bolivia, en nuestras fronteras, fueron las más intensas en el mundo en los últimos treinta años. No nos ayudaron las circunstancias subjetivas: nuestro aislamiento y nuestra formación independiente fueron la causa de todos nuestros vicios. Pero, precisamente gracias a aquellas luchas, pudimos superar nuestros incontables errores, aprender de ellos, superarnos y ligarnos a nuestra Internacional, sin sucumbir. Nosotros tuvimos la gran suerte de que nunca tuvimos que esperar para ligarnos al movimiento obrero y de masas, ya que, año tras año, se sucedían las oleadas de luchas masivas.
Observando la cantidad de errores que hemos cometido, nuestra formación independiente, nuestra marcha como un peregrino, como decía Trotsky, dos pasos adelante y uno atrás, hemos bautizado a nuestro partido como trotskismo bárbaro. Lo que nos salvó de la barbarie fue nuestra íntima ligazón con nuestra clase y sus luchas, en primer lugar, y nuestra ligazón a la Internacional, en segundo término. Y ponemos los factores en ese orden, porque si no fuera por esa íntima ligazón con los trabajadores y sus luchas, jamás nos hubiéramos integrado a la Internacional en la forma consciente y cabal en que lo hemos hecho. Esto no hace más que demostrar que el Partido Mundial de la Revolución no es el fruto del mero esfuerzo de los militantes trotskistas, sino la expresión de una necesidad objetiva profunda, de la más urgente necesidad de los trabajadores en cualquier parte del mundo.
Estas dos formaciones distintas la del trotskismo europeo, por un lado; la del norteamericano y argentino, por el otro explican un fenómeno muy importante, que a veces pasa desapercibido: la tradición.
La verdadera tradición del partido la dan sus luchas, que unen íntimamente a la base con la dirección y dejan un recuerdo imborrable que va pasando de generación en generación partidaria. El SWP y nuestro partido tienen una tradición de gran peso, que es la síntesis de años y años, de décadas de lucha como partido independiente para imponer el programa trotskista e imponerse a sí mismos como partidos en el movimiento obrero y de masas.
El trotskismo europeo no tiene tradición; la ha perdido debido al entrismo sui generis. Si la base del trotskismo europeo se pasó veinte años dentro del stalinismo o de algún partido reformista, adaptándose al medio ambiente para que no la echaran, ¿qué lucha en común con su dirección pudo desarrollar en el seno del movimiento obrero y de masas? Ninguna. ¿Cuándo defendió el programa y el partido trotskistas, enfrentándolos con todos los otros programas y partidos del movimiento de masas, y se postuló como dirección? Nunca, jamás. Esta falta de tradición tuvo su expresión simbólica en el acto de fundación de la Liga Comunista francesa, en su primer congreso: la nueva dirección juvenil de la Liga le prohibió hablar al camarada Pierre Frank. Hoy en día se nos puede dar cualquier explicación de semejante monstruosidad. Por ejemplo, que el camarada Frank no quiso hablar o que tácticamente era más conveniente que no hablara. Pero para nosotros eso tiene una sola explicación política: Pierre Frank no era el nexo de unión entre los viejos y los nuevos cuadros que se incorporaban al trotskismo en Francia. Si así hubiera sido, los jóvenes y los viejos hubieran exigido a gritos que la de Frank fuera la intervención central.
Pierre Frank no podía ser ese nexo de unión porque ese nexo no existía. Gracias al entrismo sui generis, los nuevos cuadros no entraban a un partido orgulloso de su tradición; para ellos era como si estuvieran fundando el trotskismo en Francia. Y, en cierto sentido, tenían razón: como consecuencia del entrismo sui generis el trotskismo de Pierre Frank prácticamente había desaparecido de la escena política francesa.
La combinación de esta vieja dirección, sin tradición y sin política trotskista firme durante veinte años, con los nuevos cuadros, sin experiencia y ligados por el origen y las relaciones sociales a la nueva vanguardia ultraizquierdista y oportunista al mismo tiempo, dio origen a la actual tendencia mayoritaria. De ahí su carácter centrista, de frente único sin principios, donde coexisten todo tipo de tendencias, métodos y programas, desde el PRT(C) hasta las distintas fracciones inglesas. Quien escriba algún día la historia de nuestra Internacional, no podrá echarle la culpa de que se haya formado esta tendencia centrista, este frente sin principios, a los nuevos camaradas de la vanguardia europea que nació en el 68. Los grandes culpables son los camaradas dirigentes que han pasado de claudicar como comentaristas a las grandes organizaciones de masas, a claudicar como consejeros a la nueva vanguardia. El método de ambas claudicaciones es el mismo; el abandono de la tradición, también.
Los camaradas Germain, Frank, Livio y González tuvieron un gran mérito histórico: constituir ese 30% de grandes dirigentes que, pese a haber practicado el entrismo sui generis, no sucumbió a nuestros enemigos, la burguesía y la burocracia stalinista. Estos camaradas tienen el gran mérito de no haber seguido el curso liquidacionista de Pablo: no rompieron con el trotskismo. Pero se quedaron a mitad del camino, puesto que no fueron capaces de retomar la tradición proletaria de nuestro movimiento.
Es así como la tendencia mayoritaria va perfilando su trayectoria: de ultraizquierdista a centrista, del centrismo se irá aproximando al liquidacionismo. No es casual que uno de sus caballitos de batalla sea la lucha contra el arqueotrotskismo, el mismo que usaba Pablo. Es hora de parar, antes que sea demasiado tarde.
En el anterior Congreso Mundial de 1969 hicimos un vaticinio. Dijimos que en 1951 el reconocimiento de Posadas había podido durar bastante tiempo, antes de que el movimiento comprobara quién era quién. El movimiento de masas estaba en retroceso y la única prueba de todo, en materia de política revolucionaria, es la revolución. Pero que ahora, con el nuevo ascenso de masas, los análisis y la política se probarían en muy poco tiempo. Cuando el PRT(C) rompió con nuestra Internacional, a menos de cuatro años de haber sido reconocido como la sección oficial argentina, nuestro vaticinio se cumplió.
Si la mayoría, mejor dicho, si sus dirigentes más viejos, los que han dedicado toda una vida a la defensa del trotskismo, no se detienen y comienzan una marcha atrás hacia nuestros principios y nuestros métodos, si siguen cediendo a las irresponsabilidades y presiones de una vanguardia inexperimentada y no proletaria, que ellos mismos denunciaban hace cuatro años como el mayor peligro, corren el riesgo de terminar como Pablo, o como los viejos trotskistas que se unieron al PRT(C). De estos últimos, ni uno solo sobrevive junto a la vanguardia guerrillera de Santucho: fueron utilizados como teóricos y escritores para la polémica con nosotros, para luego ser dejados de lado, apenas la ruptura se produjo.
Por nuestra parte, tenemos el futuro asegurado: es el mismo del movimiento de masas mundial, al compás de cuyas luchas nos iremos haciendo el partido internacional de la clase obrera. Jamás una tendencia tuvo una seguridad mayor.
Hemos terminado. Sólo nos queda una aclaración por hacer. La construcción de un partido revolucionario mundial de los trabajadores es, ya lo hemos dicho, la más grande tarea que se haya planteado nunca al ser humano. Por su inmensidad y por los poderosísimos enemigos que enfrenta, es una tarea muy larga y muy difícil. Somos un puñado de militantes que enfrentamos, con la única arma moral de nuestra confianza incondicional y ciega en el movimiento de masas y en la clase obrera, al imperialismo y a la burocracia: una clase y una casta que han concentrado en sus manos el poderío más grande de que tenga noticias la humanidad.
Los nuevos camaradas que apenas ahora se enteran, en medio de una discusión muy dura y violenta entre dos fracciones, de todas las luchas anteriores, tanto o más duras y violentas, los nuevos camaradas que ven que estamos frente a una nueva crisis; los nuevos camaradas que ven la tremenda cantidad de errores que ha cometido la IV Internacional en los últimos veinticinco años; estos nuevos camaradas tienen todo el derecho a preguntarse, y muchos lo hacen, para qué seguir dentro de esta Internacional. Queremos responderles lo siguiente: lo que hemos vivido hasta ahora es la prehistoria del Partido Mundial Revolucionario de los Trabajadores. Pese a todos sus errores, esta Internacional ha tenido un mérito gigantesco: en medio de la más feroz persecución de la burguesía y la burocracia stalinista, ha conservado para el movimiento obrero y de masas toda la experiencia adquirida en más de un siglo de lucha. Una experiencia cuya pérdida hubiera atrasado por varias décadas el desarrollo de la revolución socialista. Una experiencia que se sintetiza en una teoría, la de la revolución permanente, un programa, el programa de transición, y una organización, el partido leninista-trotskista. Por el solo hecho de haber conservado estas herramientas de lucha del movimiento obrero y de masas, aun esta etapa prehistórica está en la historia de la humanidad.
Pero ahora estamos dejando la prehistoria y entramos en la historia de la IV Internacional. El movimiento de masas ha entrado en el más colosal ascenso que se haya conocido; el sistema capitalista mundial, el imperialismo, sigue debatiéndose en una crisis dramática, cada vez más profunda, que expresa su decadencia y su putrefacción definitiva; décadas de experiencia de las masas con el stalinismo y el reformismo las aproximan, cada día más, a romper definitivamente con ellos; ya no hay ningún obstáculo histórico entre la IV Internacional y las masas: desde 1968 estamos en condiciones de comenzar a construir partidos trotskistas con influencia de masas en cualquier rincón del mundo. El Partido Mundial Revolucionario de los Trabajadores ya no es sólo una necesidad histórica de esta etapa de transición: ya existen las bases objetivas para construirlo. Y todos esos errores, divisiones, y agrias discusiones del pasado y del presente, no son más que los dolores del parto de ese partido mundial con influencia de masas. La IV Internacional que nosotros conocemos es, a la vez, el embrión y la partera de ese partido. Por eso estamos en ella y por eso seguiremos en ella.
[349] Trotsky, León: Los ultraizquierdistas en general y los incurables en particular. Algunas consideraciones teóricas, 28 de septiembre de 1937, en La Revolución española, ob. cit., vol. 2, p. 172.
[350] Trotsky, León: La revolución española y los peligros que la amenazan, 28 de mayo de 1931, en La revolución española, ob. cit., vol. 1, p. 149.
[351] Lenin, V. I.: El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, ob. cit., pp. 102 y 103.
[352] Mandel, Ernest: Teoría leninista de la organización, ob. cit., p. 26.
[353] Secretariado Unificado; Proyecto sobre Europa de 1969.
[354] Frank, Pierre: Informe sobre Europa, 1969.

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