Source: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-54692016000100008
Timestamp: 2020-08-11 00:34:11+00:00

Document:
Relationship between Teen Behavior Problems and Interparental Conflict in Intact and Single-Parent Families
http://dx.doi.org/10.15446/rcp.v25n1.48705
Doi: 10.15446/rcp.v25n1.48705
Relação entre Problemas de Comportamento em Adolescentes e Conflito Interparental em Famílias Intactas e Monoparentais
Cómo citar este artículo: Mayorga Muñoz, C., Godoy Bello, M. P., Riquelme Sandoval, S., Ketterer Romero, L., & Gálvez Nieto, J. L. (2016). Relación entre problemas de conducta en adolescentes y conflicto interparental en familias intactas y monoparentales. Revista Colombiana de Psicología, 25(1), 107-122. doi: 10.15446/rcp.v25n1.48705
La correspondencia relacionada con este artículo debe dirigirse a la Dra. Cecilia Mayorga, e-mail: cecilia.mayorga@ufrontera.cl. Departamento de Trabajo Social, Universidad de La Frontera, Av. Francisco Salazar 01145, Temuco, Chile.
RECIBIDO: 29 de enero del 2015 - ACEPTADO: 10 de noviembre del 2015
El propósito del estudio fue analizar la influencia del conflicto interparental en la aparición de problemas de conducta en adolescentes de familias intactas y monoparentales. Se utilizó un diseño explicativo que consideró prueba de medias y análisis multivariado de varianza. La muestra estuvo compuesta de 466 adolescentes de 12 a 16 años. Para la medición de las variables se utilizaron las escalas Children's Perception of Interparental Conflict (CPIC) y Youth Self Report (YSR). Los resultados confirman la asociación entre conflicto interparental y problemas de conducta en los hijos, y muestran que, cuando hay conflicto en las familias intactas, se produce una mayor frecuencia de conductas externalizantes que en familias monoparentales.
Palabras clave: problemas conductuales, adolescentes, conflicto interparental, familias intactas, familias monoparentales.
The purpose of the study was to analyze the influence of interparental conflict in the emergence of behavior problems in teenagers of intact and single-parent families. An explicative design using mean difference test and MANOVA was used. The sample was comprised of 466 teens from 12 to 16 years old. The variables were measured using the Children's Perception of Interparental Conflict (CPIC) and Youth Self Report (YSR) scales. The results confirmed the association between interparental conflict and behavior problems in their children, and also reveal that, when there is conflict in intact families, a higher frequency of externalizing conduct is produced in these than in single-parent families.
Keywords: behavior problems, teenagers, interparental conflict, intact families, single-parent families.
O propósito deste artigo foi analisar a influência do conflito interparental no surgimento de problemas de comportamento em adolescentes de famílias intactas e monoparentais. Utilizou-se um desenho explicativo que considerou prova de médias e análise multivariada de variação. A amostra foi composta por 466 adolescentes de 12 a 16 anos. Para a medição das variáveis, foram utilizadas as escalas Children's Perception of Interparental Conflict (CPIC) e Youth Self Report (YSR). Os resultados confirmam a associação entre conflito interparental e problemas de comportamento nos filhos e mostram que, quando há conflito nas famílias intactas, se produz uma maior frequência de comportamentos externalizantes do que em famílias monoparentais.
Palavras-chave: problemas comportamentais, adolescentes, conflito interparental, famílias intactas, famílias monoparentais.
El estudio del conflicto entre los padres aparece con más frecuencia a partir del incremento de los divorcios, pues está asociado a la relación que establecen los miembros de una pareja con posterioridad a su ruptura. Durante el proceso, algunas familias idean mecanismos de afrontamiento saludables para el equilibrio del sistema familiar y otras no son capaces de sobrellevar los acontecimientos derivados de la crisis, generando otros procesos problemáticos en la familia.
Hay que tener en cuenta que, pese al divorcio, los padres siguen siendo responsables de las necesidades físicas, emocionales y económicas de sus hijos; por tanto, es necesario que continúen ejerciendo sus roles de manera cooperativa. Sin embargo, en muchas ocasiones aparece el conflicto entre los progenitores, generando efectos para sí mismos y para los hijos (Vallejo, Sánchez-Barranco, & Sánchez-Barranco, 2004).
El conflicto interparental se ha definido como una oposición mutua entre ambos progenitores que refleja la expresión de diferencias entre ambos (Galiano & Duarte, 2011). También se ha entendido como la relación de hostilidad entre ambos padres, que varía en frecuencia, intensidad y duración, siendo un hecho de la dinámica relacional que no es exclusivo de familias provenientes del divorcio, sino que también es observable en familias en las que ambos padres viven juntos o en otras configuraciones familiares en las que ambos progenitores mantienen contacto. Cabe señalar que en este estudio se consideraron familias con ambos padres presentes, denominadas intactas en la literatura especializada, y familias monoparentales, aquellas en que se encuentra presente un único progenitor a cargo de los hijos y que accedieron a esta condición por distintas vías (maternidad en solitario, separación o divorcio, o viudez).
Investigaciones previas han reportado el impacto del divorcio en los niños, dado que experimentan momentos de tristeza y dificultades psicológicas en las etapas iniciales (Kelly, 2000; McIntosh, 2003). Sin embargo, McIntosh (2003) concluye que el divorcio no tiene que ser necesariamente dañino, por cuanto el conflicto parental es un predictor más potente en la adaptación de los hijos que el divorcio en sí y la menor intensidad y frecuencia del conflicto, su adecuada resolución y la ayuda de intermediarios para aminorar sus efectos, son favorables para la adaptación de los hijos (Kelly, 2000).
Al respecto, hay que señalar que parte importante de los estudios sobre conflicto interparental se han sustentado en los aportes del modelo cognitivo contextual (Grych & Fincham, 1990), que explica el conflicto y sus consecuencias basado en el procesamiento primario y secundario que realizan los hijos sobre el mismo. De esta forma, su impacto va a depender de cómo se expresa en términos de frecuencia, intensidad, resolución y estabilidad, por un lado, y por otro lado, de la forma en que los hijos procesan esa información, es decir, el grado de amenaza experimentado, las atribuciones que realizan sobre el mismo, sobre su culpabilidad y sobre el éxito de sus posibles respuestas de afrontamiento (Martínez-Pampliega, Iraurgi, Sanz, & Iriarte, 2007).
Estudios recientes afirman que este impacto también está condicionado por el papel moderador de las dimensiones del conflicto, del género, la edad y las estrategias de afrontamiento utilizadas por los hijos, así como la inseguridad emocional que puede suponer para los adolescentes la observación de esta situación entre sus progenitores (López Larrosa, Sánchez Souto, & Mendiri Ruiz de Alda, 2012). Cortés y Cantón (2007) señalan de manera más específica que deben tenerse en cuenta las dimensiones de frecuencia, intensidad, no resolución y contenido del conflicto.
En este sentido, trabajos anteriores han encontrado relaciones entre determinadas dimensiones del conflicto y la presencia de determinado tipo de conducta problema. Así, la exposición de los hijos a conflictos frecuentes se relacionaría con problemas de conducta agresiva y delictiva, y conflictos de elevada intensidad se asociarían a un número mayor de conductas agresivas y antisociales (El-Sheikh, Buckhalt, Mize, & Acebo, 2006; Galiano & Duarte, 2011). En tanto que, los hijos que perciben el conflicto como amenazante, experimentarían mayor ansiedad e indefensión cuando el conflicto ocurre. Del mismo modo, aquellos que se culpen a sí mismos de los desacuerdos entre sus padres o se sientan responsables de ayudar a su resolución, experimentarían mayor culpa y tristeza, problemas internalizantes visibles tanto en niñas como en niños (Iraurgi, Martínez-Pampliega, Iriarte, & Sanz, 2011). Teniendo a la base estos antecedentes, se consideró evaluar en la población en estudio, la relación entre intensidad y frecuencia del conflicto y mayor presencia de problemas de conducta internalizantes y externalizantes. Y la relación entre amenaza, autoculpa y triangulación y mayor frecuencia de conducta problema internalizante en adolescentes.
En cuanto a la edad, algunos autores sugieren que los conflictos tienen un impacto más negativo en los preescolares, mientras que otros señalan a la adolescencia como el período de mayor vulnerabilidad. Igualmente, hay investigaciones que no encuentran diferencias, por lo que los resultados al respecto no son concluyentes sobre cuál grupo de edad es más vulnerable (Galiano & Duarte, 2011).
En cuanto a las diferencias por sexo, el mismo modelo plantea, por un lado, que el contexto distante lo forman factores estables como son la experiencia previa con el conflicto, el clima emocional del hogar, el temperamento y el género del niño (Iraurgi et al., 2011) y, por otro lado, propone que las distintas experiencias de socialización por las que pasan los niños y las niñas podrían hacer que reaccionaran de modo diferente, emocional y conductualmente, a los conflictos entre sus padres. La hipótesis es que los niños reaccionarán más agresivamente y las niñas experimentarán niveles más elevados de estrés. Coincidentemente, Davies y Lindsay (2004) encontraron que los niños expuestos a conflictos presentan más problemas externalizantes que las niñas. Y Johnson, LaVoie, Eggenburg, Mahoney y Pounds (2001) refieren que la sensación de soledad, se relaciona con cohesión familiar disminuida y conflicto interparental en mujeres, lo que sugiere que el ambiente familiar es un componente importante para ellas, en contraste con los hombres, en quienes solo el conflicto interparental puede predecir sensaciones de soledad.
En esta línea, también se ha probado que el conflicto entre los padres genera un mayor esfuerzo de mediación por parte de los niños, mostrándose más susceptibles a mediar conflictos representados por el padre, que por la madre (Shelton, Harold, Goeke-Morey, & Cummings, 2006). Las niñas, por su parte, han mostrado mayores conductas de evasión al conflicto. Otro de sus hallazgos determinó asociación entre conflicto interparental y conductas hostiles, como agresión física en niños.
Sobre la relación entre las variables conflicto interparental y problemas de conducta, hay evidencia empírica de que la adaptación de los hijos al medio social, se ve afectada por el conflicto entre los padres, vivan o no en el mismo hogar, generando efectos en su conducta tanto a nivel interno como externo (Martínez-Pampliega, Sanz, Iraurgi, & Iriarte, 2009; Marín, 2010; Ramírez, 1999).
Achenbach y Edelbrock (1978, 1985) identificaron dos dimensiones en la conducta problema: internalizante y externalizante. Los comportamientos internalizantes involucran trastornos de ansiedad, depresión y problemas emocionales relacionados con situaciones que originan daño a nivel personal; mientras que los problemas externalizantes se han referido a hiperactividad, abuso de sustancias y conductas desviadas de las normas (Graber, 2004), que generan daño en relación con otros.
A nivel de la conducta externalizante los estudios muestran la asociación entre conflicto parental y aparición de estos problemas en adolescentes. Gómez, Castro y Ruz (2002), encontraron significativamente más presencia de conducta antisocial en niños de hogares donde había hostilidad entre los padres. En tanto que Neighbors, Forehand y Bau (1997) evidenciaron que el conflicto entre padres es predictor del comportamiento antisocial en hijos varones y de síntomas de psicopatología general para ambos sexos.
Por otra parte, síntomas externalizantes, como el consumo de alcohol y drogas ilegales en los hijos/as, estarían influenciados por el grado de estabilidad de la pareja de padres (Ruiz, Lozano, & Polaino, 1994) siendo los conflictos familiares el mayor riesgo de salud relacionado con el uso de drogas en adolescentes (Farrington, 2005). Coincidentemente, Sanz, Martínez-Pampliega, Iraurgi y Cosgaya (2007) informan que, cuando los hijos perciben un tipo de trato basado en la hostilidad y despreocupación por parte de la madre y un modelo de relación basado en la hostilidad y control del padre, existe una mayor probabilidad de consumir drogas.
A nivel de la conducta internalizante, se ha observado que niños sometidos a disputas parentales por su custodia, con posterioridad a la separación de sus padres, muestran altos niveles de conductas agresivas, así como depresión, aislamiento y quejas somáticas. Otros antecedentes dan cuenta de que los hijos experimentan sentimientos de tristeza y temor acerca del conflicto de sus padres (Achenbach & Rescorla, 2001; Johnston, González, & Campbell, 1987; McIntosh & Long, 2005).
Adicionalmente, se ha encontrado que el conflicto entre los padres disminuye la consistencia y efectividad de los estilos educativos parentales, pues el desacuerdo o conflicto entre madres y padres facilita la aparición de estrategias y hábitos de crianza que median en la aparición de problemas infantiles (Schoppe-Sullivan, Schermerhorn, & Cummings, 2007, citado por Rodríguez, Del Barrio, & Carrasco, 2009; Sturge-Apple, Davies, Boker, & Cummings, 2004, citado por Rodríguez et al., 2009).
Otra variable que podría condicionar la manifestación de conflicto es la estructura familiar, concepto utilizado en la literatura y en este estudio para referirse a la tipología de familia (en este caso familias intactas y monoparentales). Al respecto, la evidencia muestra que esta por sí misma no determina la aparición de problemas internos en los hijos, como ansiedad, sino que su aparición estaría asociada con la interacción que mantienen los padres entre sí y con la frecuencia de visitas del padre no custodio (Morgado & González, 2001; Pons-Salvador & Del Barrio, 1995). Similares hallazgos plantean que la estructura familiar (sea intacta, monoparental o reconstituida) no provoca diferencias significativas en autoestima; al contrario, esta tiende a disminuir cuando los hijos perciben un alto conflicto en sus familias. El conflicto matrimonial disminuye la autoestima, independientemente de la estructura familiar, la edad o sexo del hijo y el número de hermanos (Ruiz Becerril, 1997).
Estudios como el de Amato y Afifi (2006) demostraron el efecto dañino del conflicto, tanto en familias intactas como en familias divorciadas, destacando como más perjudicial para los hijos, la situación de conflicto en aquellas familias donde ambos progenitores están presentes. Muchos efectos atribuidos al divorcio son consecuencia del conflicto matrimonial previo encontrado en familias de dos padres (Ellis, 2000). Por el contrario, en familias poco conflictivas, separadas o no, los hijos evalúan de forma más favorable la relación con ambos padres, su deseo de compartir, su expresión de afecto y su mayor apoyo emocional (Martínez-Pampliega et al., 2007).
La revisión teórica en la base del presente artículo da cuenta de que la conflictividad parental afectaría el desarrollo de los hijos, independientemente de si los padres están divorciados o si no lo están (Serrano, Moreno, & Galan, 2014). No obstante, gran parte de esta revisión se centra en examinar y analizar las relaciones conflictivas de padres que no viven juntos, con énfasis en aquellos provenientes del divorcio (Duarte, Arboleda, & Díaz, 2002; Morgado & González, 2001), presentando escasas investigaciones que aborden el conflicto interparental en otro tipo de familias, por lo que se estimó relevante ampliar el conocimiento, respecto del conflicto en familias intactas y el efecto de dicho conflicto parental en la conducta de los hijos. En coherencia con lo anterior, los objetivos de este estudio se orientaron a determinar la relación entre conflicto interparental y problemas de conducta internalizantes y externalizantes en adolescentes, según la estructura familiar, y determinar posibles diferencias en percepción de conflicto parental y manifestación de conductas problema según sexo y edad de los adolescentes participantes.
El procedimiento de selección de los estudiantes se realizó mediante un muestreo incidental no aleatorio. Participaron 466 estudiantes adolescentes de ambos sexos (48.7% mujeres y 51.3% hombres) provenientes de la ciudad de Madrid, España. En su mayoría de nacionalidad española (71.9%), seguido de América Central y Sur (18.2%), otros países europeos (5.2%), Otros: África, Asia (4.1%), y América del Norte (0.6%). La edad promedio de la muestra fue 14.04 años (DE=1.31), con un mínimo de 12 años y un máximo de 16. Los estudiantes pertenecían a tres establecimientos de Enseñanza Secundaria Obligatoria (Primero ESO=34.5%; Segundo eso=16.5%; Tercero ESO=30.5%; Cuarto ESO=18.5%). El 82% de los y las participantes procedían de familias intactas y el 18% de familias monoparentales.
Para lograr los objetivos de investigación se aplicaron de manera simultánea los siguientes instrumentos de medición:
Cuestionario sociodemográfico. Este instrumento fue elaborado por el equipo de investigación y tuvo como objetivo recabar antecedentes sociales y demográficos. Además, se consideró una batería de preguntas dicotómicas para evaluar la estructura familiar de proveniencia de los participantes.
Children's Perception of Interparental Conflict (CPIC). Es una escala de autoinforme validada en población española (Iraurgi et al., 2008). Evalúa la percepción de conflicto interparental desde la percepción de los hijos a partir de 36 ítems, que se responden mediante una escala ordinal de tres puntos (1=Verdad; 2=Casi Verdad; 3=Falso). El CPIC posee nueve factores de primer orden: amenaza, autoculpa, contenido, eficacia, estabilidad, frecuencia, intensidad, resolución y triangulación; y tres factores de segundo orden: propiedades del conflicto, percepción de amenaza y culpabilidad. Las evidencias de fiabilidad y validez dan cuenta de un adecuado ajuste psicométrico para su uso en población española (Iraurgi et al., 2008). El indicador de fiabilidad medido a través del coeficiente alfa de Cronbach, ratificó una fiabilidad general adecuada en la muestra en estudio (α=.90). A continuación, se presenta una breve definición conceptual de cada una de las sub-escalas:
Amenaza. Percepción que pueden experimentar los hijos de que el conflicto entre sus padres vaya en una escalada que pueda llevar a la agresión física entre ellos, a su separación o a ser implicados en dicho conflicto.
Autoculpa. Sentimiento que pueden experimentar los hijos de ser los causantes del conflicto entre sus padres. Esta percepción genera mayor culpa y puede llevarlos a una mayor intervención en el conflicto.
Contenido. El contenido específico del conflicto se relaciona con la percepción de estar involucrados, culpados o de triangular en el conflicto entre los padres. Es decir, se relaciona con el propio niño o con la situación matrimonial (Moura, Andrade, Rocha, & Mena, 2010).
Eficacia. Hace referencia a las creencias que puedan tener los hijos sobre su capacidad de acción en el afrontamiento del conflicto. El afrontamiento puede darse en tres niveles (Grynch & Fincham, 1993): (a) intervención directa poniéndose de parte de uno de los padres, (b) intervención indirecta obedeciendo y haciendo frente a la fuente del conflicto, y (c) no hacer nada, distrayendo e ignorando la situación.
Estabilidad. La duración del conflicto se refiere a la longitud de tiempo que los niños están expuestos a una situación estresante (Moura et al., 2010).
Frecuencia. Recurrencia de episodios de conflicto entre los que se cuentan las agresiones verbales, no verbales, físicas, defensividad (Cummings & Davies, 2011).
Intensidad. Grado de afecto negativo o la hostilidad expresada y la ocurrencia de agresión verbal o física (Moura et al., 2010).
Resolución. Se relaciona, por un lado, con la percepción del conflicto como algo estable que los padres no pueden resolver constructiva-mente (Moura et al., 2010) y que, por tanto, continuará. Por otro lado, se relaciona con las expectativas de resolución de conflicto, las que estarán determinadas por las experiencias previas que haya tenido el niño en anteriores episodios de conflicto interparental, de las explicaciones recibidas, el clima emocional vivido, su temperamento o las experiencias de socialización vinculadas al género.
Triangulación. Grado en que el hijo se implica en el conflicto de los padres, favoreciendo a uno u otro.
Youth Self Report (YSR). Es una escala de autoinforme validada en población española (Lemos, Fidalgo, Calvo, & Menéndez, 1992a, 1992b, 1994). El YSR evalúa competencias psicosociales, problemas emocionales y conductuales. Forma parte de un sistema de evaluación multiaxial, denominado Achenbach System of Empirically Based Assessment
(ASEBA), que incluye otros cuestionarios para recabar información de los padres (Child Behavior Checklist, cbcl; Achenbach, 1991a) y profesores (Teacher's Report Form, TRF; Achenbach, 1991b). Esta escala cuenta con dos partes y 112 ítems respondidos en una escala ordinal de tres puntos (1=Falso o raramente; 2=En parte o algunas veces; 3=Cierto o casi siempre). Esta investigación utilizó la segunda parte que evalúa conductas problema (Lemos et al., 1992b), distinguiendo entre síndromes de expresión interna, que incluye las sub-escalas de Aislamiento (9 ítems), Quejas Somáticas (9 ítems) y Ansiedad/ Depresión (14 ítems) y los síndromes de expresión externa, que incluye las sub-escalas de Conducta Agresiva (20 ítems) y Conducta Delincuente (13 ítems). La escala reporta una confiabilidad α=.91 (Lemos et al., 1992b). En la población en estudio, mostró una fiabilidad general α=.70. A continuación, se presenta una breve definición conceptual de ambas sub-escalas:
Conducta internalizante. Este tipo de conducta se relaciona con situaciones que provocan daño interno a nivel personal y se construye a partir de las sub-escalas de Queja Somática, Aislamiento y Trastornos Ansiedad/Depresión.
Conducta externalizante. Se refiere a conductas desviadas de la norma que provocan daño en relación a otros y se construye a partir de las sub-escalas de Conducta Agresiva y Conducta Delincuente.
Se contactó con centros educativos para proporcionar información sobre los propósitos de la investigación y solicitar autorización para la aplicación de los instrumentos. Posteriormente, se coordinó el envío a los padres del consentimiento informado, para la participación de sus hijos. Los instrumentos fueron aplicados dentro de la jornada escolar en los horarios asignados para ello. Cabe destacar que los adolescentes que accedieron a participar del estudio lo hicieron de manera voluntaria y anónima. Los instrumentos fueron aplicados por miembros del equipo de investigación.
Con respecto al análisis de datos, es pertinente señalar que la variable conflicto interparental no contaba con baremos para la interpretación de las puntuaciones de la escala. Con este antecedente se realizó un análisis de clúster, mediante el procedimiento de conglomerados jerárquico. Dicho procedimiento permitió identificar dos grupos con alto poder discriminativo. Estos grupos permitieron generar los puntos de corte para la variable conflicto interparental y denominar al primero como Alto Conflicto Interparental Percibido (17.2%; punto de corte=8 puntos) y, al segundo, como Bajo Conflicto Interparental Percibido (82.8%; punto de corte=32 puntos). A continuación, se realizaron los análisis descriptivos: se utilizó la prueba t de Student para la comparación de las dimensiones de los problemas de conducta con el conflicto. Finalmente, se utilizó un análisis de varianza (anova) para evaluar la relación entre los problemas de conducta, externalizantes e internalizantes y el conflicto interparental. En todos los análisis se consideró un nivel de confianza mínimo del 95% considerándose significativos los resultados a un nivel de probabilidad asociado de p<.05.
En cuanto a las posibles diferencias por sexo y edad en los adolescentes, los resultados muestran que tanto varones como mujeres obtuvieron puntuaciones diferenciadas en las escalas. Al respecto, para la medida de conflicto interparental, las sub-escalas Estabilidad (p=.045), Intensidad (p=.003) y Resolución (p=.009) presentan diferencias estadísticamente significativas, lo que indica que los hombres perciben mayor conflictividad promedio en dichas sub-escalas (Tabla 1). Ahora bien, la sub-escala de Contenido presenta diferencias estadísticamente significativas a favor de las mujeres (p=.005), indicando que perciben mayores niveles de conflicto en esta dimensión (Tabla 1). Con respecto a la escala de problemas de conducta, solo la sub-escala de Conducta Internalizante presenta diferencias estadísticamente significativas (p<.01), evidenciando que las mujeres presentan un promedio mayor en esta dimensión. La sub-escala de Conducta Externalizante no presenta asociación significativa con la variable sexo (p=.786), por lo tanto, se puede establecer la independencia de ambas variables (Tabla 1).
Por otra parte, las puntuaciones medias obtenidas por ambos grupos de edad son similares en la mayoría de las sub-escalas (Tabla 2). Se encontraron diferencias estadísticamente significativas en la sub-escala de Amenaza (p=.042) con una media mayor para los adolescentes entre 15 y 16 años y la sub-escala de Intensidad (p=.045), con un promedio mayor en los adolescentes entre 12 y 14 años (ver Tabla 2). Con relación a la medida de problemas de conducta, es posible señalar que esta variable es independiente de la edad de los estudiantes, tanto para el grupo de 12 a 14 años (p=.841), como para el grupo de 15 a 16 años (p=.426).
Problemas de Conducta según Conflicto Interparental
Otro de los propósitos del estudio se orientó a determinar la relación entre conflicto interparental percibido y problemas de conducta internalizantes y externalizantes en adolescentes, según estructura familiar de proveniencia. Un dato previo es que de los adolescentes entrevistados el 17.2% percibe conflicto entre sus padres puntuando una media de 39.55 (DE=7.1) puntos en la escala de conflicto interparental. El grupo que no percibe conflicto interparental, 82.8%, tiene mayor variabilidad puntuando una media de 14.75 (DE=7.47) puntos. Los resultados permiten afirmar que existen diferencias estadísticamente significativas entre ambos grupos de conflicto interparental en las sub-escalas de Conduta Internalizante y Conduta Externalizante. Como es posible apreciar (Tabla 3), aquellos estudiantes que perciben alto conflicto interparental puntúan en promedio mayores niveles de Conducta Internalizante (p<=.01) y Conduta Externalizante (p<=.01).
Adicionalmente, se realizó un análisis multivariado de varianza. Esta prueba además de identificar si los cambios en la variable estructura familiar y conflicto interparental tienen efectos en los problemas de conducta de los adolescentes, también mide hasta qué punto la interacción entre estas variables incide en la aparición de dichos problemas, permitiendo reconocer el grado de influencia de cada una de ellas.
Los resultados del análisis mencionado, mostraron una interacción triple entre tipo de conducta (internalizante vs. externalizante), estructura familiar (intacta vs. monoparental) y conflicto interparental (con conflicto vs. sin conflicto; F(1, 462)=4.926, p=.027, η2=0.011). Cuando no existe conflicto interparental, los hijos presentan mayor frecuencia de conductas externalizantes que internalizantes, tanto en familias intactas como monoparentales (F(1, 376)=11.404, p=.001, η2=0.029). Sin embargo, cuando existe conflicto interparental encontramos una interacción no significativa (F(1, 86)=3.098, p=.082, η2=0.035), señalando que cuando hay conflicto en las familias intactas se produce una mayor frecuencia de conductas externalizantes que en las monoparentales (Figura 1).
Otro análisis buscó establecer la relación entre intensidad y frecuencia del conflicto y mayor presencia de problemas de conducta internalizantes y externalizantes en adolescentes de ambos tipos de familias; de igual forma, se pretendió establecer relación entre amenaza, autoculpa y triangulación y mayor frecuencia de problemas de conducta internalizante en los adolescentes. Para ello se realizó una prueba de correlación r de Pearson, cuyos resultados (Tabla 4) indican que la conducta externalizante tiene correlaciones significativas, moderadas y positivas con todas las sub-escalas. La conducta internalizante también presenta correlaciones significativas, moderadas y positivas con todas las sub-escalas, excepto con resolución.
El divorcio tiene una influencia en la vida de cada uno de los integrantes de la familia, pues supone la pérdida de puntos de referencia vitales, demandando una reestructuración del funcionamiento del sistema familiar, siendo necesario para ello la reorganización de sentimientos, emociones, actitudes y conductas (Cantón, Cortés, & Justicia, 2002). Todo esto ocurre de manera procesual, mediatizado por las características de los individuos involucrados y del contexto en el que ocurre la ruptura, de modo que los padres pueden experimentar relaciones conflictivas durante esta etapa de acomodación a sus nuevas condiciones de vida.
Diversos estudios sobre el divorcio han centrado su interés en el efecto que este tiene en los hijos, y cómo puede condicionar la adaptación social de los mismos. Los resultados de las investigaciones no son concluyentes, pues algunos autores (McIntosh, 2003) plantean que lo que influye no es el divorcio en sí, sino cómo este se produce. Entre las áreas más relevantes del proceso, está el nivel de conflicto entre los padres, considerado uno de los predictores más potentes de la adaptación de los hijos; si bien este puede surgir en familias con ambos progenitores, parece ser más frecuente con posterioridad al divorcio, dificultando el cumplimiento de las funciones parentales. Sin embargo, su manifestación en familias intactas, genera los mismos efectos nocivos en los hijos. En este sentido, el alto nivel de conflicto potencia el riesgo de efectos negativos tanto para los niños como para los adultos durante la convivencia y después del divorcio (Lebow & Newcomb, 2007).
Los datos obtenidos en la población en estudio muestran que los adolescentes que perciben conflicto interparental puntúan en promedio más alto que los que no perciben conflicto, tanto en conducta internalizante como externalizante. Es decir, que los adolescentes que perciben conflicto entre sus padres tienen mayor tendencia a presentar problemas de conducta.
Este hallazgo confirma la incidencia de variables relacionadas con las interacciones familiares, probadas en estudios previos que han puesto de manifiesto la frecuente relación entre la exposición a situaciones de conflicto y diversos trastornos psicopatológicos, llegando a ser un predictor importante de problemas de adaptación, hostilidad y agresión de los hijos, y a derivar en problemas externos e internos de conducta, especialmente cuando los conflictos parentales son vivenciados directamente por los hijos/as (Iraurgi, Muñoz, Sanz, & Martínez-Pampliega, 2010; Justicia & Cantón, 2011).
Otros estudios han señalado que el impacto de los conflictos matrimoniales en el bienestar psicológico de los hijos está condicionado por el papel moderador de las dimensiones del conflicto, del sexo, la edad, las estrategias de afrontamiento utilizadas por los hijos y la observación del conflicto entre sus progenitores (Fincham, 1998; Grych & Fincham, 1990; Iraurgi et al., 2010; Martínez-Pampliega et al., 2009; Tianyi, Petitt, Lansford, Dodge, & Bates, 2010). Al respecto, los resultados de este estudio dan cuenta que hay algunas diferencias en la percepción de conflicto entre los padres, según sexo. Así, las mujeres puntuaron más alto que los hombres en la dimensión de contenido de la escala de conflicto interparental y los hombres puntuaron más alto que las mujeres en las dimensiones de estabilidad, intensidad y resolución.
Con relación a la edad, se observaron diferencias en la percepción de los adolescentes respecto de dos dimensiones de la escala de conflicto, el grupo de 12 a 14 años puntuó más alto en la escala de intensidad, y el grupo de 15 a 16 puntuó más alto en la dimensión amenaza de la misma escala. Estos resultados son parciales, dado que las diferencias son solo en dos de las nueve dimensiones del conflicto, con lo cual no se puede establecer una relación causal entre ambas variables.
Respecto a la escala problemas de conducta, los resultados indican que el mayor puntaje promedio fue observado para las mujeres en conducta internalizante; y en conducta externalizante, los promedios fueron similares entre hombres y mujeres. Los resultados de esta investigación no encuentran diferencias significativas en función de la edad, mostrando similares puntuaciones promedio en ambas escalas para los grupos de 12 a 14 y de 15 a 16 años.
Las diferencias encontradas en ambas escalas, por sexo y edad, avalan trabajos anteriores que han probado diferencias entre hombres y mujeres, las que podrían explicarse, por características culturales de socialización, que modelan las formas de vivenciar sentimientos y afrontar dificultades vitales. La cultura occidental establece que lo femenino se relaciona con conductas como ser delicada, no ser agresiva, por tanto, no explicitar desagrado o conflictividad en el contexto de las relaciones sociales, contrariamente a lo que sucede con la representación de lo masculino, que sí se asocia con la fuerza y la expresión externa de sentimientos. Lo anterior permitiría comprender que en la escala de conflicto, ellas puntúen más alto en contenido, pues este se relaciona con la percepción de sentirse culpable o causante del conflicto entre los padres. En tanto que los varones pueden sentirse más responsables de la resolución del conflicto, de intervenir para ayudar a sus padres en una situación, que no pueden resolver constructivamente y que podría continuar en el tiempo.
Por su parte, las diferencias según edad en la escala de conflicto, podrían explicarse por la etapa evolutiva en que se encuentran los adolescentes, en el sentido que, a mayor edad, mayor capacidad para darse cuenta de los alcances de la situación de conflicto, entendiendo que la amenaza se refiere a la percepción de los hijos sobre el conflicto entre sus padres y que este se puede ir desarrollando en una escalada que puede llevar a la agresión física entre ellos, o a su separación. En cambio, para el grupo de menor edad es más relevante la intensidad del conflicto, es decir, se sienten más afectados por el grado de hostilidad y la expresión del mismo. Las diferencias observadas en conducta internalizante, podrían explicarse a partir de la diferenciación de género ya mencionada, características de personalidad del adolescente y conflictos en el sistema familiar, que pueden generar acumulación interna de tensiones dando origen a la manifestación de problemas de conducta.
Con respecto a los síntomas externalizantes, los resultados podrían indicar que este tipo de conductas empiezan a ser más comunes entre las mujeres y por ello pueden no apreciarse diferencias significativas como en otros estudios. Una posible explicación es, que, pese a que se conservan muchos comportamientos guiados por roles tradicionales de género, también se observan cambios a nivel social que promueven la igualdad entre hombres y mujeres, lo que podría dar origen a conductas similares entre pares, especialmente en el segmento de población joven (Rodrigo et al., 2004). Y por otro lado, hay que considerar que, en el área de los factores extra familiares, tanto hombres como mujeres, están expuestos a los mismos factores de riesgo que devienen de las condiciones ambientales en las que se desenvuelven.
Adicionalmente, se encontró una interacción triple entre tipo de conducta, estructura familiar y conflicto, quedando en evidencia que cuando hay conflicto en las familias intactas se produce una mayor frecuencia de conductas externalizantes que en las familias monoparentales. Este resultado apoya la idea de que la estructura familiar no es influyente, pues en este caso la presencia de ambos padres no asegura la ausencia de problemas de conducta. Esto es consistente con la literatura previa, que sostiene que la existencia de conflicto entre los padres es nociva para el desarrollo de los hijos, tanto si los padres viven juntos como si viven separados.
La mayor presencia de conducta problema en los adolescentes de familias intactas podría explicarse por una mayor exposición al conflicto cuando los padres viven juntos, pues, en el caso de los padres separados, estos episodios podrían ocurrir más espaciadamente en el tiempo, dado que las interacciones entre los padres no son necesariamente de carácter cotidiano o frecuente, sino que, por el contrario, en algunos casos podrían ser inexistentes.
Desde otra perspectiva, teniendo como punto de referencia a los padres, la presencia de conflicto entre ellos podría provocar una focalización de la pareja en sus propias dificultades relacionales, descuidando en alguna medida sus funciones parentales, especialmente en lo que se refiere al cuidado, protección y control de los hijos, dando lugar a una mayor expresión de problemas de conducta por parte de éstos.
Por otro lado, la mayor presencia de conducta externalizante en adolescentes de familias intactas podría tener que ver con la intensidad del conflicto entre sus padres, pues un conflicto de alta intensidad puede llegar a expresarse con violencia física, lo que representa un modelado de conducta para los hijos. De manera que sería interesante considerar en futuros estudios una evaluación más profunda, con instrumentos más específicos, sobre expresión de la intensidad del conflicto entre los padres y su posible relación con problemas externalizantes en los adolescentes, dado que esta última conducta se relaciona con la expresión de la agresividad. No obstante lo anterior, hay que tener en cuenta la posible influencia de otros factores como, características de personalidad, edad, sexo de los hijos, estilos educativos empleados por los padres, entre otros. Es decir, que el hecho que la conducta manifiesta sea externalizante no necesariamente depende solo del grado de conflicto percibido, sino también de otras variables intervinientes.
Con respecto a otras relaciones evaluadas, el resultado de las correlaciones entre problemas de conducta y las distintas dimensiones del conflicto indica que un mayor conflicto interparental percibido por los hijos se asocia a una mayor manifestación de problemas tanto internalizantes como externalizantes. Al mismo tiempo que dejan en evidencia que ninguna subescala de conflicto pesa particularmente en la manifestación de alguno de los dos tipos de problema de conducta (internalizante y externalizante), aunque sí el conjunto de las dimensiones. De modo que estos resultados permiten señalar que, independientemente de la frecuencia, de la duración en el tiempo y de su intensidad, la sola presencia del conflicto entre padres tiene efectos nocivos en el comportamiento de los hijos, siendo un predictor de la aparición tanto de conductas internalizantes como externalizantes. Lo que no descarta que, a mayor intensidad y frecuencia, los daños sean mayores, resultados que estarían avalados por otros estudios (Cummings & Davies 2011; El-Sheikh et al., 2006; Iraurgi et al., 2008; Patró & Limiñana, 2005; Ybarra, Wilkens, & Lieberman, 2007).
El análisis de los resultados permite afirmar que el conflicto entre los padres es una variable mediadora relevante para explicar los problemas de conducta entre los adolescentes, más que la estructura familiar, pues, incluso cuando el conflicto es alto, su incidencia es mayor en familias intactas que en monoparentales. Sin embargo, el análisis también permite detectar la necesidad de considerar la confluencia de factores personales, familiares y sociales en la aparición de problemas de conducta, pues no solo variables de la dinámica intrafamiliar como el conflicto explican la aparición de problemas de conducta en los adolescentes. En este sentido, una de las limitaciones de este estudio fue considerar solo la evaluación de variables relativas a la dinámica interna de la familia y no algunos factores ambientales, como la relación con los pares y el clima escolar, contextos en que los adolescentes se desenvuelven cotidianamente, limitando así la información recogida solo a la percepción de los adolescentes y no la de los padres y otros adultos significativos que están en relación directa con ellos.
Artículo elaborado como resultado de tesis doctoral, financiada por el Ministerio de Educación de Chile a través del Programa MECE de Educación Superior, Proyecto FRO0201. Artículo en colaboración con Proyectos FONDECYT Nº1130542 y proyecto DIUFRO Nº DI09-0044.
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