Source: http://rolandomontano.info/index.php/psicologia-social/depresion-cultura-y-adicciones
Timestamp: 2020-07-07 19:04:53+00:00

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Reconocer la depresión. 5
Soy un perro que muerde. 5
Duelo y melancolía. 6
Reconocer la depresión. 6
Dolor emocional y crecimiento. 7
Dimensiones y números. 8
Depresión crónica. 9
Depresión y aprendizaje. 10
Depresión y adicciones. 12
Dimensiones y números. 12
Cultura, depresión y consumo. 13
Plan de trabajo. 16
Detalle de actividades. 16
Bibliografía y referencias. 18
Bibliografía. 18
Recursos en Internet 18
Pocas situaciones afectivas pueden ser más difíciles que sufrir una prolongada depresión y su conjunción con un proceso adictivo. Cuando ambas se hacen uno, como suele suceder con demasiada frecuencia, puede ser tanto una de las peores épocas de la vida, como llevar a la muerte, pero también hacerse proceso de transición, crecimiento y aprendizaje que nos cambie por completo, transformándonos positivamente.
Somos sujetos sociales, producto y parte de un mundo simbólico y cultural complejo. Sujetos del lenguaje, y con él de los procesos sociales que integra, mismos que están ocultos en su estructura y mecanismos. Es así también que nos hacemos sujetos del inconsciente. Acotados de tantas formas, somos al mismo tiempo poesía en movimiento, siendo nuestras vidas una narración que cobra significados y sentido particulares, atrapando o por el contrario dándonos increíble movimiento. Tenemos roles y lugares en el teatro de lo social y familiar que pueden también ser limitantes, o bien todo lo contrario.
Sobre este proceso de subjetivación en nuestra cultura, sistema económico y tecnológico que nos determina y permite vivir, tanto más y mejor que nunca antes, se busca adelante considerar la difusión de la depresión y procesos adictivos como problemática conjunta de etiología psicosocial.
Soy un perro que muerde
Pensemos en un hombre, dueño de un perro que constantemente corre detrás de autos, bicicletas y peatones, ladrando y en ocasiones mordiéndolos. Compañero fiel es mucho más que guardián, representante de un largo aislamiento. El hombre lo alimenta y atiende, incluso en sus heridas, justificando siempre su agresividad, como parte de su “carácter”, sin reconocer nunca la forma en que lo entrenó. Es motivo también de que pocos se acerquen, pero esto se ha hecho parte de un tren de vida. Su trabajo manual y una pequeña clientela, tolerante, le ofrecen sustento y trabajo.
La muerte de su perro, por un muy esperable envenenamiento, conlleva una gran tristeza. Siendo el único compañero constante y motivo de identificación, inicialmente lo tira sin miramientos en una bolsa al camión de basura, negando así su importancia y la trascendencia de su muerte. Volcándose en la bebida, sin darse mucho cuenta de la situación, se sumerge en un aislamiento en que se dice y repite a sí mismo “soy un perro que muerde”. Recuerda y repasa, dolorosa y repetidamente, el proceso de su gradual aislamiento, identificándose en todo con el agresivo perro muerto en sus más significativas relaciones y experiencias sociales, familiares y de trabajo.
Su pequeña clientela pronto deja de acudir, y en el triste recoveco de su negocio y lugar de residencia sería muy fácil que llegara a llevarse a sí mismo a la muerte, mediante una prolongada borrachera con alcohol barato. Y, para apoyarlo y ofrecerle la ayuda necesaria, con el posible rescate de una persona valiosa y productiva, tal vez particularmente por su valioso trabajo, es necesario y menester comprender el proceso depresivo y adictivo, particularmente como uno de carácter simbólico, social y cultural que nos atañe a todos.
En su famoso artículo “Duelo y Melancolía” (1915) Freud nos explica del melancólico en duelo que sufre “una extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico.” “Un enorme empobrecimiento del yo.” “El mundo se ha hecho pobre y vacío”. Y “eso le ocurre al yo mismo.” Hay un “desagrado moral con el propio yo, por encima de otras tachas”. “Se disciernen los autorreproches como reproches contra un objeto de amor que desde este han rebotado sobre el yo propio”.
“Todo eso rebajante que dicen de sí mismos en el fondo lo dicen de otro.” “La pérdida del objeto hubo de mudarse en una pérdida del yo.” “Cuando preexiste la disposición a la neurosis obsesiva, el conflicto de ambivalencia presta al duelo una conformación patológica y lo compele a exteriorizarse en la forma de autorreproches.” “El odio se ensaña con ese objeto sustitutivo, insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en ese sufrimiento una satisfacción sádica.”
“Solo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación al suicidio, por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y… peligrosa.” “El análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte, si en virtud del retroceso de la investidura de objeto, puede tratarse a sí mismo como un objeto. Si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto, y subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior.”
La depresión es un estado afectivo que puede afligirnos en cualquier momento: El primer problema es reconocerla.
Se puede estar muy triste por algún despropósito o fracaso, conflicto o problema, pero la depresión es un profundo dolor, casi físico. Nos impide por ejemplo dormir. Incide en todo momento y situación. Habrá solamente breves periodos de mejora en el estado de ánimo. Como una cobija, cubre la totalidad de la vida y los colores; sentimientos; impresiones. Todo se ve a través de su tamiz. Todo parece sin futuro, negativo y fracasado.
Cada problema, por mínimo y que normalmente hubiera sido resuelto con poca dificultad parece un obstáculo imposible de superar. Se siente uno incapaz, débil, con cada vez menos confianza.
Pensar que es una forma de locura; una enfermedad mental grave que requerirá el tratamiento de un médico y ser internado psiquiátricamente; el temor al rechazo de la pareja; familia; amigos y seres queridos, todo hace más difícil reconocer y aceptar el hecho de estar deprimido.
Tiende a ser aminorada su importancia, escondido y negado el sentimiento. Es particularmente rechazada, por las profundas implicaciones que tiene el reconocerse deprimido en la propia imagen social y auto-imagen. Esta situación puede estar relacionada con alguna enfermedad, por ejemplo una infección viral o de otro tipo. Inclusive alguna disfunción fisiológica. Más frecuentemente tiene su origen, singular o múltiple, con la muerte de alguien cercano u otro evento particularmente trascendente. Algo se pierde que era muy importante en términos simbólicos y significativos, aunque para otros e incluso para la propia persona pueda en ocasiones ser difícil reconocer esa importancia, sea la pérdida de un ser querido, objeto, situación o conjunción de ellos.
Son característicos un bajo estado de ánimo; dificultad para dormir; perdida de autoestima; perdida de la perspectiva u objetividad. Se confunde la propia capacidad para discernir con claridad asuntos para otros más claros. Hay fatiga; poca energía; un deseo de evitar el contacto social; baja libido; apetito pobre; perdida de peso e hipersensibilidad emocional. Se hacen comunes temores; irritabilidad; quejas y problemas fisiológicos, imposibles de resolver médicamente.
Muchas personas nunca logran discernir que se encuentran deprimidos, porque nunca relacionan los distintos signos entre sí. Incluso nunca reconocen el cambio general de estado de ánimo que viven. Mientras eviten sentarse para saltar al filo de la azotea o acabarse una botella entera de pastillas, rechazan la idea de estar deprimidos, aún cuando pasen semanas atemorizados, con muy bajo estado de ánimo y se derrumben ante el esfuerzo necesario para sostener en lo más básico su tren de vida, capitulando y evitando gradualmente toda acción, contacto, proyecto, responsabilidad y compromiso, hasta llegar a un alto total.
Un periodo depresivo de seis o más meses, luego por ejemplo de un divorcio es natural. Puede haber sin embargo periodos agudos, más breves, como por ejemplo luego de un accidente. La imposibilidad de encontrar trabajo, resolver problemas económicos o necesidades básicas; repetidos fracasos; una situación de futuro más que incierto, sin aparente solución, pueden todos llevar a procesos depresivos.
Curiosamente, la persona que simultáneamente obtiene por ejemplo mejores ingresos; consigue casa; debe mudarse; inicia estudios y una emocionante relación de pareja, al tiempo resolviendo problemas de trabajo, bien puede entrar en depresión, por la tensión acumulada, como resultado de las múltiples, complicadas y difíciles circunstancias de vida. Esto aún siendo unas positivas y otras pocas negativas, por la necesidad de manejarlo todo, posiblemente en poco tiempo. En situaciones como esa es aún más difícil reconocer la depresión, por la conjunción de elementos positivos, grandes cambios y retos.
La depresión es un estado de tristeza o melancolía. Una desesperanza que llegó ya a ser un obstáculo para el funcionamiento social y actividades cotidianas. Aunque a un bajo estado de ánimo y negatividad general suele vulgarmente decírsele depresión, para serlo en términos clínicos, deberá afectar completa y gravemente a quien la sufre. Cuando tiene una duración de horas o pocos días, a la tristeza puede llamársele depresión situacional.
Dolor emocional y crecimiento
Siendo el sufrimiento emocional la característica fundamental de la depresión, es importante definir y diferenciar este específico tipo de dolor. En muchos sentidos es análogo al dolor físico, lo cual se refleja en expresiones coloquiales como “dolor del corazón”, “un alma que sangra” y se describe incluso como “una opresión del pecho”, “pesadez”, etcétera. Por mucho que se asemeje, el dolor emocional es distinto al físico, aunque bien lo puede acompañar y hasta ocasionar.
Puede tratarse de un fracaso, pérdida o situación que se considera imposible de resolver o revertir. La causa puede ser única y sencilla de reconocer. Puede estar asociada a la soledad o tensión. Pero más frecuentemente es un complejo de circunstancias internas y externas, subjetivas, sociales y económicas difíciles de comprender.
Doblegado y con la mirada baja, descuidada apariencia física y negativa expresión corporal, los movimientos reflejan el afecto y disposición emocional. Una situación de aguda tristeza que se prolonga por más de dos semanas, y se hace difícil o imposible de superar, es depresión.
Se trata de una situación que quiebra por completo la propia confianza, capacidad y seguridad emocional. Puede tratarse de algo que confronta proyectos propios, considerados fundamentales en la vida o actividad, pero también circunstancias, situaciones o eventos que minan la propia identidad o imagen. Puede ser aquello que socava, como en la muerte de un ser amado, los vínculos más significativos y espacios próximos de referencia y significación.
Sufrido por cualquiera de nosotros, el duelo es uno de los primeros y más comunes ejemplos de depresión. Con la muerte de un ser querido, modelo que elegimos consciente o inconscientemente, quien fuera un apoyo especial o nos valorara particularmente, se entra en un estado de tristeza extrema y melancolía. Todo aquello a lo que con ese vínculo de amistad, comunicación, planes a futuro, imágenes y sueños estábamos unidos se viene abajo. Mucho más que solamente confrontarnos con lo inevitable de nuestra propia muerte, al hacernos esa certeza futura presente y tangible, se lleva esa muerte parte de nosotros.
Es necesario transformar en términos simbólicos aquello que es tan importante, para recuperarlo. Superar el duelo es darle nueva vida a proyectos que parecían perdidos. Asimilamos, internalizando para hacer parte de nosotros, expresiones, dichos, deseos y sueños. Analizamos proyectos que serán inclusive más importantes que su realización, porque se transforman y enriquecen, generando otros. Y logramos con todo ello un gran aprendizaje, siendo así el salir de esa enorme tristeza un camino de enriquecimiento.
La gran fortaleza que de la depresión se puede derivar es propia de un exitoso proceso de duelo y elaboración, con el cual se recupera aquello que más importante era para nosotros, entre lo que se veía perdido en términos simbólicos. Siendo que somos seres que vivimos en y por lo simbólico, es con el proceso de re-significación que logramos la resolución de aquello que se originó justamente ahí.
Visto lo anterior, es importante también, para seguir considerando el tema, reconocer sus dimensiones.
Estadísticas elaboradas con distintos criterios y en distintos países indican que entre 7% y 15% de la población sufrirá una depresión clínica en el transcurso de un año. Los sectores de población de mayor incremento para la problemática son los de niños y jóvenes (OMS, 2006). Se considera que entre 10% y 25% de las mujeres como por su parte 5% y 12% de los hombres entran en depresión en algún momento de sus vidas (Flach, ).
Entre un 10% y 15% de la población clínicamente deprimida llegará eventualmente al suicidio, con alrededor de 850,000 fatalidades al año en el mundo. (Esto sin considerar la noción de un lento suicidio en la asociación entre depresión y adicciones, discutido adelante.) 25 por cada 100,000 mueren de esa forma cada año en el denominado “cinturón suicida”: Suecia, Noruega, Finlandia, Rusia, Japón, Alemania. En EEUU son 10, con 11 en Europa.
La encuesta nacional de salud indica 10 millones de deprimidos en México, y “la depresión es [considerada] la cuarta enfermedad general en importancia. [Tiene] una mayor incidencia en mujeres que en hombres y se puede presentar a cualquier edad, pero predomina en personas en etapa productiva.” (Aguilar, 2006)
Para analizar lo que motiva esta moderna multiplicación y crecimiento de la problemática que nos ocupa es necesario detallar sus formas, y considerar sus causas socioeconómicas, tanto como su relación con nuestra cultura.
Contrariamente a las depresiones agudas que más fácilmente pueden hacerse camino para el aprendizaje, la depresión crónica, frecuentemente asociada a una adicción, puede afectarnos tan negativamente que sea difícil resolver sus consecuencias. El afecto, la inmovilidad y la incapacidad para actuar, propia de la depresión como estado de ánimo persistente, generan un hábito muy difícil de superar, especialmente cuando se asocia con una adicción, inicialmente como paliativo y luego como proceso conjunto.
La baja tolerancia a las críticas dificulta el tomar decisiones. La tendencia a posponer todas las decisiones y acciones se suma a su racionalización y la justificación de todas las acciones que se llevan a cabo para sobrellevar sus graves efectos.
Así como en una persona mayor la depresión puede ser negada, subsumiéndola como parte del proceso de envejecimiento, con la falta de ánimo, energía y movilidad propia de la edad, entre los jóvenes se puede participar en modas, sectas y culturas marginales que integran, valoran, validan y ensalzan tanto la muerte, como la propia depresión e ideación suicida. Múltiples elementos y características propios de este estado afectivo se han transformado y transferido a dichos medios sociales e ideologías, precisamente por la enorme prevalencia de la depresión, fruto de las situaciones económicas, sociales y familiares que nuestra actual estructura social y económica de consumo, y las violencias derivadas de ella producen.
Tanto la imagen de la cultura y moda “dark” como la “Santa Muerte” y otras se asocian al detalle con lo aquí descrito como característico y que permite identificar a la depresión:
No es ni siquiera una salida fácil. Hay que renunciar a muchas emociones. Entre otras se renuncia a seguir sintiendo, a cambiar, a esperar por el amanecer… Es egoísta, sí, para quienes cuentan con alguien que los necesita (Altamar, 2006).
Lo creo firmemente: En la vida hay muchas opciones. ¿Por qué no las habría también en la muerte? (Criatura nocturna, 2006).
La depresión crónica puede ser difícil de identificar, justamente por ser un proceso largo, parte incluso de toda una concepción, apareciendo algunas de sus características ya como parte de la personalidad. Termina finalmente por hacerse consustancial al temperamento de una persona. Vista como componente de la personalidad, es difícil reconocerla como un estado de ánimo y problemática afectiva de largo plazo y digna, además de factible de resolverse.
La depresión crónica es persistente. Nunca desaparecerá espontáneamente y necesita afrontarse, primeramente reconociéndola. Esto se dificulta porque el punto de inicio puede ser difuso y lejano. Sus raíces pueden ser difíciles de recordar y reconocer. Los sentimientos y eventos iniciales pueden haber sido rechazados, al grado de quedar enteramente borrados. La persona puede bien estar orgullosa de la forma calmada y ecuánime con que manejó algún evento, mismo que en realidad desencadenó esta situación emocional. La importancia de dichos eventos puede quedar negada, precisamente porque la persona nunca reconoció su trascendencia, al momento de evitar la enorme tristeza que a una elaboración y transición más inmediata pudo llevar.
Pueden ser origen circunstancias prolongadas de imposibilidad, fracaso y obstáculos persistentes ante proyectos, objetivos y futuros deseados, como suele ser tan frecuente hoy entre los jóvenes que en México se enfrentan a circunstancias sociales, familiares, económicas y laborales adversas.
En la depresión crónica, frecuentemente se generan dificultades de comunicación, por el dolor y rechazo que ocasiona poner en palabras mucho de lo que necesita hablarse. Se impide así la resolución de pequeños conflictos interpersonales.
La hipersensibilidad del deprimido hace difícil que otros le comuniquen lo que ven, perciben y entienden. La distancia y separación emocional, característica de la persona afectada, suele verse como rechazo o desprecio. Al suceder esto, incluso en la acción más amorosa e integradora, el fraccionamiento de los vínculos, desde los más efímeros y triviales, hasta los más importantes y significativos, lleva gradualmente a mayor aislamiento, hasta quedar enteramente separados de la participación social y familiar.
Depresión y aprendizaje
Desde la relación con los padres, hasta la imaginaria seguridad de un matrimonio, contratado “para siempre”, todo aquello que nos sirve de sostén para la vida cotidiana y seguridad interna, permitiéndonos confiar en una tan deseada estabilidad, vivimos sostenidos por imágenes de una realidad mucho menos confiable de lo que nos agrada y deseamos creer.
La vida es cambio y movimiento permanentes, con la muerte como certeza, siempre inminente que genera temor e inseguridad. Multitud de ilusiones, rigideces y rituales dan continuidad a nuestra imagen de nosotros mismos, nuestras relaciones, trabajo y familia. Permiten el avance de proyectos, incluso la existencia de grupos e instituciones. Pero frecuentemente hacen menos flexible y eficaz nuestra forma de responder, relacionarnos, incluso de concebir nuestra vida, proyectos, relaciones y a nosotros mismos. Y es doloroso cuando un evento nos obliga a quebrar esas tan importantes certezas imaginarias.
La depresión aguda es oportunidad que se nos presenta para aprender de nosotros mismos y hacernos más flexibles, integrando estrategias de respuesta más eficaces. Cuando nos desbaratamos se hace posible la reflexión sobre quiénes somos, para identificar relaciones significativas y las amplias alternativas y caminos a nuestra disposición. Cada una de estas situaciones es oportunidad para el crecimiento que permite reacomodar nuestra vida.
Deprimirse es una oportunidad de abandonar, al menos en parte, posiciones y pedazos de nosotros mismos, disolviendo cristalizaciones que nos impedían reconocer nuevos o distintos significados, para los eventos, personas y sucesos más significativos. Valorándolos de otra forma, el duelo por aquello que se pierde se hace camino abierto. Se llega a una visión más objetiva, reconociendo aspectos negativos, enojos, odios, celos y rivalidad, rechazos e incluso culpa. Le damos vida simbólica a lo que perdemos, recuperándolo.
La fuerza derivada de la depresión es producto de mucho trabajo, enriqueciéndose la persona con un aprendizaje en el proceso con grandes repercusiones, positivas para el fortalecimiento de las estructuras psíquicas y estrategias de vida.
Un sentimiento de capacidad y poder, al haber superado un periodo de gran dolor y sufrimiento, permite confrontar nuevas situaciones con seguridad y creatividad. Genera confianza en nuestra capacidad para reconocer posibilidades y soluciones para situaciones que inicialmente parecen imposibles. Lo que antes pudiera derrumbar, desmoronar y desmoralizarnos se logra afrontar, mediante un proceso de resignificación metafórica simbolizante y productiva.
Cuando este trabajo se ve impedido, inclusive detenido, el sufrimiento queda reprimido y el conflicto pasa al inconsciente, desde donde puede ejercer un efecto negativo y prolongado.
Elaborar la depresión obliga a un análisis minucioso de nosotros mismos y de nuestra vida. Su resolución genera un aprendizaje que permite en futuras ocasiones entrar en acción, para hacerle frente a problemas, logrando mejor evitar la caída en la pasividad y desazón. La experiencia previa es puerta hacia un mundo creativo de transformación, para buscar y encontrar nuevos significados, derroteros, lógicas, vínculos, proyectos y deseos.
El aprendizaje logrado permite reconocer el efecto de nuestras emociones y tensiones afectivas en el lenguaje psicosomático, por ejemplo en úlceras, susceptibilidad a las afecciones de la piel y tantas otras, particulares de cada persona.
Aprendemos a identificar formas de respuesta que nos revelan el conflicto emocional oculto, como pueden ser cambios en relación con la alimentación, conflictos familiares, irritabilidad y otros “síntomas”. Entre ello se encuentran justamente nuestras compulsiones, particularmente para el uso de substancias psicoactivas, sean legales y socialmente aceptadas, como el cigarro y alcohol, obtenidas de manera formal, mediante receta y cualesquiera otras.
Con la depresión se pierden deseos y pasiones. Digamos que falta la “obsesión” propia de proyectos productivos que derivan en acción y generan valor, particularmente en términos simbólicos. Esto es suplantado en la adicción por la compulsión al consumo. Habiendo además un imperante componente fisiológico, ambos procesos se hacen mutuamente complementarios y autoperpetuantes.
La adicción pone en acción, incluso siendo esto solamente por la necesidad, incluso física de buscar y obtener otra dosis y consumirla. Para superar la depresión, la adicción es un hábito distinto a otros. “Obliga” a la acción. Contrarresta así el proceso depresivo en términos del freno de todo movimiento.
El uso de substancias psicoactivas, como paliativo “temporal” e inmediato de los sentimientos propios de la depresión puede parecer un camino viable. Sin embargo, son las características y efectos del propio proceso adictivo que con el tiempo hacen imposible el aprendizaje, transformación y fortalecimiento que puede derivarse de la depresión. Frenan y obstaculizan su elaboración, resultando en una exacerbación y enpantanamiento en sus características incapacitantes, mismas que se conjugan con el propio proceso adictivo. La adicción se hace parte concomitante y contribuye a la ideación y proceso, por ejemplo como una forma de suicidio lento, menos difícil de emprender, pero frecuentemente eficaz.
Al trastocar a la persona en todo sentido y forma, la adicción la ocupa y atarea. Encubriendo e integrando a la depresión, por muy destructivamente que esto sea, hay motivos para su elección. Sin reducirse en nada sus propios efectos negativos, aleja de un específico dolor emocional, suplantándolo con impactantes sensaciones físicas, otra forma de sufrimiento y la trampa del carrusel en que se convierte.
Puede decirse que las sustancias adictivas se hacen un “anestésico” para el dolor emocional propio de la depresión. Obligan a la acción, generando una sensación, bien sea esta de sufrimiento físico, haciendo presente y real ser y estar vivo, contrariamente al abismo y vacío melancólico. El gozo, tanto como el sufrimiento generados por el consumo de la sustancia adictiva es distinto al de la depresión, por mucho que sea otra forma de vacío.
Así como la depresión, la difusión y crecimiento de la adicción como fenómeno social y problemática es asunto que tiene claro carácter cultural. Por cada 100 mexicanos entre 12 y 65 años de edad en población urbana, 5.27% han consumido drogas ilegales alguna vez, 1.23% durante el último año y 0.83% en el último mes. 5.27% de la población (2.5 millones de personas) las han consumido alguna vez, siendo las que más se utilizan marihuana (0.70% - 334,731 personas); cocaínainhalantes (0.09% - 40,925). Casi 400 mil personas en México pueden considerarse “usuarios fuertes” de drogas (Encuesta Nacional de Adicciones, 2002). (0.21% - 99,202 personas) e
Cultura, depresión y consumo
Cuando hablamos de una depresión clínica es porque se ha hecho imposible su resolución. Metafóricamente, a esto frecuentemente se le denomina enfermedad. Esta perspectiva, médica y psiquiátrica, puede ser aprovechada, desde un punto de vista psicológico, si pensamos únicamente en sus características y tipificación clínica. Pero es importante tener en cuenta que la noción de enfermedad tiende a generar procesos de estigmatización, diferenciación y segregación contraproducentes, independientemente de las buenas intensiones de los profesionales. Obstaculiza el proceso de resolución del conflicto psíquico que es de origen psicosocial.
Sus caracterizaciones y definiciones son de gran utilidad, pero el modelo médico de identificación y diagnóstico que equipara estructural y etiológicamente graves situaciones emocionales con disfunciones e infecciones de índole fisiológico genera confusión y dificulta la comprensión de los procesos subjetivos, simbólicos, políticos, sociales, afectivos, vinculares y económicos implicados. Esta negada e invisibilizada autorización teórica y conceptual de la estigmatización es esencial de tener en cuenta, sin por ello negar en nada la gran riqueza disponible en el medio psiquiátrico.
Un problema fundamental es identificar los factores ocultos, propios de relaciones en la pareja, familia, circunstancias económicas, históricas, culturales, religiosas y políticas que derivan en depresión. Al reconocer las injusticias sociales y violentas formas de interacción, como motivantes de esta compleja problemática, desaparece como obstáculo para su resolución cualquier concepto que oculte factores, por ejemplo mediante una nada neutral visión de la depresión como enfermedad de causalidad genética y fisiológica.
La noción socialmente aceptada, partiendo de una lógica médica que ofrece dar solución a la depresión mediante substancias psicoactivas, sancionadas y avaladas médicamente, compatible con el consumismo como modelo cultural, coadyuva a que se valide y siga la vía del uso de substancias, así sean ilícitas como “solución”, por decisión personal. Más aún cuando estas substancias son lícitas, como el alcohol, nicotina, y medicamentos. Cuando inicia su adicción como paliativo, conceptualmente la persona que sufre depresión está haciendo lo mismo que quien le receta substancias psicoactivas.
Aunque parecieran asunto meramente interpersonal, suelen ser también un problema e impedimento especial las relaciones con quienes tienden a proyectar, criticando y cuestionando acciones, decisiones y proyectos de otros. Esta forma de operar es promovida similarmente en nuestra cultura como patrón predominante para la interacción.
Hacerse cargo de las propias acciones, deseos y decisiones es cada vez menos común, ya que es poco estratégico para obtener beneficio. Por el carácter y forma de nuestra cultura de mercado, prevalecen estrategias subjetivas que buscan resguardar a toda costa la propia imagen ante otros. Como efecto, los mecanismos proyectivos se ven fuertemente reforzados, promovidos y validados. Se evita el hacerse responsable de las propias emociones, haciéndose imposible incluso reconocerlas. (Considérese el más común “Quien te hizo enojar” vs. “Porqué te enojaste” como ejemplo.) Todo ello es producto y parte de un paradigma de “supervivencia del más apto”, implícito en la configuración del mercado de trabajo y los procesos de subjetivación que genera, tanto como las subjetividades resultantes.
Un ataque al corazón, úlcera y otras dolencias fisiológicas pueden ser mucho más aceptables socialmente, por considerarse consecuencia de ser una persona trabajadora, tal vez incluso demasiado responsable. La depresión en cambio es poco aceptada. Como para otras afecciones emocionales, su rechazo estriba en una valoración moral de las personas. Implícito hay desconocimiento y negación de sus causas objetivas, individualizando aquello que es social y económico y negando así tanto la propia disposición depresiva, como el ser factor, sea esto inconscientemente en la de otros.
Los problemas fisiológicos, derivados de esas mismas circunstancias, como lo son diversas enfermedades psicosomáticas, desde úlceras y hasta diabetes e hipertensión, son reconocidos tangiblemente en su existencia. Pueden ser abordados médica y técnicamente, siempre sin necesidad de trastocar estructuras de poder y sociales, incluso y especialmente aquellas propias de la pareja y familia.
Cada vez más, nuestra cultura de consumo, hedonista y narcisista, nos invita a negar y ocultar estos difíciles sentimientos, ante otros tanto como ante nosotros mismos, obstaculizando e inclusive deteniendo el proceso de resolución que bien pudo haber sido muy productivo. Esto se debe al gran rechazo del conflicto que la instalación en una cultura de la satisfacción ilusoria e inmediata ofrece, con el desmantelamiento de mecanismos sociales de sostén, por ejemplo para el duelo, como procesos normales de vida, socializados e integrales en culturas tradicionales.
Cualquier concepción teórica que oculte y neutralice su carácter de protesta, derivado de sus causas, dificulta la transformación de aquello que a todos nos afecta tan fuertemente y hace de la depresión una problemática tan común que tiene ya escala epidemiológica.
Siendo, como otras manifestaciones emocionales, una inconsciente y activa crítica y cuestionamiento de circunstancias sociales, económicas y familiares que se viven, la depresión es sin embargo reversible, por pertenecer al mundo de lo simbólico.
Quienes nunca pueden responder y reaccionar emocionalmente ante una pérdida significativa, son y somos quienes quedamos seriamente afectados por la depresión crónica y afecciones psicosomáticas derivadas. Es entonces que se tiende a encubrir una depresión, haciendo todo el proceso más complejo y difícil de resolver, sumándole patrones de comportamiento compulsivo, particularmente de drogas y substancias psicoactivas.
Es siempre más productiva una aguda depresión que intentar cancelarla, mediante defensas que llevan a transformar ese sufrimiento en una depresión crónica y prolongada, a la cual se suman paliativos, frecuentemente tan problemáticos como la propia depresión, como es el caso de la adicción.
Cuando quienes nos rodean confrontan nuestra enorme tristeza rechazándola, indicando que desearían ayudar, pero poniendo en realidad en acción su deseo aún mayor de evitar vernos y sentirse contagiados de esa tristeza, reaccionan como dicta nuestra cultura, negando y buscando una salida inmediata, preferentemente mediante algún consumo, sea de medicamentos u otro, pero que en forma alguna cuestione o trastoque las frágiles y delicadas relaciones personales, familiares, laborales, escolares y políticas.
La generalizada falta de capacidad para manejarnos emocionalmente, producto del fraccionamiento social y familiar, propio de la violencia sistémica, hace de quienes rodean a la persona deprimida una fuerza frecuentemente contraria a la necesidad de conversar, elaborar y desenvolverse en el apoyo social, para emprender el necesario proceso de resolución de la depresión.
Sin embargo, es al desbaratarnos y reconstruirnos que estaremos luego integrados con mayor fuerza y flexibilidad, capacidad creativa y energía, gracias justamente a ese mismo proceso y eventos. Siempre será más eficaz desmantelar por completo la casa, para arreglar y volverla a construir que simplemente tapar los desperfectos y pintarla superficialmente.
Los jóvenes y adolescentes son indicador de la situación en nuestra sociedad. El incremento de la depresión en ellos es señal de aquello que falla para todos. Las engañosas imágenes proyectadas por las grandes televisoras generan una escisión esquizoide con la realidad. La falta de opciones de trabajo y condiciones económicas imperantes se presenta ante la mayoría de jóvenes como circunstancias irresolubles, siendo cada vez menos eficaz el estudio, como estrategia por ejemplo para obtener trabajo.
Siendo la satisfacción mediante el consumo discurso predominante, la imposibilidad para la mayoría de adquirir los bienes de consumo sancionados deriva en cualquier otro consumo, más fácilmente disponible. La lógica de satisfacción inmediata, propia de este consumismo, determina la predisposición al uso de drogas psicoactivas, lícitas e ilícitas.
Derivada de una lógica de mercado para toda actividad humana, se genera una permanente lucha por sostener ante otros una imagen de fortaleza, confianza, proyectos activos, capacidad económica, conocimientos y habilidades. Derrumbado gradual o súbitamente el edificio imaginario y simbólico de la identidad social y subjetiva, la disposición a la búsqueda de satisfacción inmediata e ilusoria del consumismo lleva fácilmente al uso de substancias psicoactivas como paliativo y anestésico del dolor. Tanto las substancias como el propio proceso adictivo y dependencia son vistas como salida y alternativa viable, para la situación y dolor emocional que se vive en la depresión.
La violenta tensión y exigencias de nuestra cultura contemporánea, aunado a la falta de sostén y contención propia de su fraccionamiento, llevan consigo un deseo de abandonar, buscando alguna situación menos difícil. Habrá siempre, sea inconscientemente, un deseo de fracasar y esto es motivo tanto para caer en depresión, como para embarcar en un proceso adictivo.
A quienes reconocemos como personas fuertes, creativas y flexibles generalmente han sufrido y superado periodos de aguda depresión. Como en todo viaje, la mejor forma de avanzar suele ser precisamente detenerse. Quienes insisten en seguir manejando sin parar son los mismos que se enfrentan a mortales accidentes, especialmente si consumen alguna sustancia para lograrlo. Cuando se hace una parada, repasando los problemas que se encontraron, y ponderando el camino a seguir, es posible avanzar una mayor distancia, más eficaz, segura, tranquila y gustosamente.
Iniciando con un resumen de la forma de trabajo y actividades del taller, se plantea una reseña del tema, afín a la ponencia, seguido de un debate, haciendo énfasis en las propuestas y necesidades operativas de los participantes, para su trabajo en comunidad. Una breve actividad física llevará a un período de contacto entre participantes, para traer al tema la distancia en lo corporal del deprimido.
Con ejemplos y consideración conjunta del tema, una lluvia de ideas y proceso de trabajo grupal aborda las características específicas e índices que permiten identificar a la persona que sufre depresión, así como su tipo y forma. Esta parte del trabajo buscará enlistar y detallar ejemplos y experiencias de participantes, a usarse también en otras actividades.
Como estrategia para la reconstrucción de vínculos, contención y apoyo, se dramatizará una reunión coordinada en el propio grupo, con el tema de la depresión como eje y dos a tres personas que representen a las que serían objeto del trabajo y apoyo conjunto. Con el objetivo claramente identificado de reconectar socialmente a las personas ubicadas como destinatarias del trabajo, pero con un efecto buscado para todos, se trabajará en una modalidad de apoyo mutuo coordinado.
Haciendo énfasis en la creatividad, como estrategia para la producción de alternativas y salidas, el propio grupo planteara una de varias formas de producción gráfica. El contenido icónico, simbólico y creativo final será solamente parte del proceso.
Se pasará a una reflexión conjunta sobre el trabajo realizado en el taller, buscando puntualmente rescatar cada elemento de lo trabajado y los resultados reconocidos por cada uno en su aprendizaje y por el grupo en su conjunto, inclusive en los productos escritos y gráficos. Finalmente, se ofrecerá un breve tiempo para una crítica analítica y constructiva del ponente y taller, con vistas a su mejora.
1) Detalle del plan y forma de trabajo para el taller.
2) Reseña y debate de temas de la ponencia asociada.
3) Ejercicio de contacto físico y debate sobre la distancia corporal y la depresión. (Codo con codo, cabeza con cabeza. Telaraña de cuerpos y desarmado. Esculturas con el cuerpo. Guía con ojos vendados.)
4) Reflexión grupal y detalle de características, momentos y componentes de la depresión.
a) Lluvia de ideas de “síntomas”.
b) Elaboración por turnos a partir del listado.
c) Reseña de experiencias derivadas del trabajo clínico y/o experiencia propia.
d) Detalle de ejemplos y escenas ilustrativas, típicas y útiles para su uso en el taller.
5) Dramatización de un trabajo de apoyo grupal coordinado. Entre dos y tres personas, identificadas como destinatarias, por vivir una situación de depresión y adicción, serán beneficiarias del mismo, con el entendido de que el proceso será para el aprendizaje de todos.
a) Encuadre de ayuda mutua. (Gansos, ejercicios, lineamientos.)
b) Por elección personal se definirán los representantes del papel de beneficiarios explícitos del apoyo grupal.
c) El encuadre y forma de trabajo será observado y detallado por escrito por parte de dos relatoras/es.
d) El objetivo de contención para el trabajo y estrategias a seguir serán predispuestas con el encuadre previo a la actividad.
e) La dramatización cierra con la lectura de notas por parte de relatoras/es y un breve análisis del proceso, logros, ventajas y desventajas por parte de todo el grupo.
6) Luego de un período de transición, se pasará al encuadre de una actividad de producción gráfica creativa entre los participantes.
a) Se plantearán los objetivos y estrategias.
b) Se ofrecerán alternativas de medios y productos.
c) Se pueden definir equipos, dependiendo del número de participantes.
7) Las etapas de cierre del taller serán las siguientes:
a) Reseña y presentación ante el grupo de la producción gráfica, detallando su sentido y significado, objetivos y sentir en el proceso.
b) Un proceso grupal de cierre y valoración detallada del trabajo realizado, por turnos consecutivos, pero con apertura para la participación conjunta. Se buscará con ella ofrecer tanto las propias y personales sensaciones, aprendizaje, gustos y disgustos.
c) Valoración crítica y analítica abierta del taller.
d) Cierre y despedida.
Altamar, blog personal, consultado en agosto de 2006, http://akashamariela.blogspot.com/2006/05/nuestra-doctrina-depresin-adicciones-y.html
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Enciclopedia “Wikipedia” en Internet. Término “depresión” tanto en español como más especialmente en inglés: http://www.wikipedia.com
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Psicocentro – portal de recursos sobre psicología: http://www.psicocentro.com/cgi-bin/articulo_s.asp?texto=art38001

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