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Timestamp: 2020-08-15 18:16:54+00:00

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INAMU | Igualdad de género | Etnia, raza y género
Documento del Instituto Nacional de las Mujeres (Costa Rica)
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compendio de los derechos de la mujer hondurena.docx
ENTREGA 2 SEMANA 5 PENSAMIENTO ADMINISTRATIVO II
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Dictamen Nueva Iniciativa Dip. Vania Ultimo
ENSAYO VIOLENCIA PROBLEMAS.docx
Ensayo Curso Sabados
Carta Pública a Las Autoridades Nacionales y Provinciales
La representación del femicidio en la prensa escrita durante el periodo 2005-2009
I59R
Instituto Nacional de las Mujeres La representación del femicidio en la prensa escrita durante el periodo 2005-2009 / Instituto Nacional de las Mujeres. -- 1. ed. -- San José: Instituto Nacional de las Mujeres, 2013.--(Colección Pro- ducción de conocimiento; N. 17; Aportes teóricos; N. 7) 172 p.; 22 X 28 cm.
ISBN 978- 9968-25-278-2
1. FEMICIDIO. 2. VIOLENCIA DE GÉNERO. 3. MEDIOS DE COMUNICACION. 4. PERIODICOS. 5. INVESTIGACION CUALITATI- VA. I. TÍTULO
Saskia Salas Calderón Ana Lorena Camacho De la O Gina Valitutti Chavarría
Zelenia Rodríguez Morales Ana Lía Solano Gonzáles Floribeth Zuñiga Villalobos
Coordinación y supervisión ténica:
Ana Lorena Camacho De la O Jefa Unidad de Investigación Gina Valitutti Chavarría Coordinadora Área Especializada de Información
Roxana Marín Segura Tel.: (506) 2273-7517 / (506) 8392-6650
roxanamarin@racsa.co.cr
Impreso en San José, Costa Rica, enero 2013
Violencia contra las mujeres: definiciones básicas
El femicidio: el punto final en el continuum de la violencia
Medios de comunicación: productores y reproductores de la realidad
Capítulo I. El femicidio en la prensa escrita: 2005-2009
Las noticias sobre femicidio publicadas en la prensa escrita
Análisis de noticias sobre femicidio por casos
Capítulo II. Femicidios íntimos: viviendo con la muerte
La relación víctima-victimario
Justificaciones sobre el femicidio
Femicidio en línea de fuego
Capítulo III. Femicidios no íntimos: mujer = “objeto”
Capítulo IV. Femicidios de niñas: sin discriminación etaria
La cobertura de los casos en la prensa
La descripción de la escena
Las niñas víctimas
Justificaciones sobre el femicidio de niñas
Capítulo V. El impacto del femicidio: “ La vida sigue a pesar del intenso dolor”, pero ¿cómo sigue la vida?
Gráfico 1: Homicidios dolosos de mujeres por femicidio y condición de género, 1993-2009
Gráfico 2: Total de femicidios según definición. 2000-2004
Gráfico 3: Víctimas de femicidios reportados por la prensa escrita, por grupos de edad. 2005-2009
Cuadro 1: Criterios y categorías para el análisis de casos de femicidio publicados en la prensa entre 2005 y 2009
Tabla 1: Distribución de noticias y casos por año
Tabla 2: Distribución de noticias y casos incluidos en la muestra por año
Tabla 3: Distribución de noticias por año
Tabla 4: Distribución de noticias por año y por periódico en el que se publicó
Tabla 5: Distribución de noticias por año y tipo de información contenida
Tabla 6: Distribución por año de casos de femicidio con seguimiento en la prensa
Tabla 7: Distribución de casos de femicidio reportados en la prensa, por año
Tabla 8: Distribución de casos de femicidio según tipo de femicidio y año
Tabla 9: Distribución de los femicidios según año y edad de las víctimas
Para el Instituto Nacional de las Mujeres la pro- ducción de conocimiento especializado en gé- nero constituye un eje fundamental de acción, pues históricamente ha sido una herramienta
trascendental para las transformaciones cul- turales. Es por ello que el INAMU cuenta con
un Programa de Investigación denominado “In- vestigación para el cambio cultural a favor de la igualdad y la equidad de género”, el cual rige las acciones en este campo para el periodo 2007-
El estudio que presentamos hoy se inscribe en
este Programa, y pretende aportar al conoci- miento del impacto social y la dimensión simbó-
lica y cultural de las relaciones entre los géneros
y sus posibles transformaciones, a través del
estudio de las representaciones sociales aso- ciadas al asesinato de mujeres por su condición
de género, es decir, al femicidio.
Cuando se habla de violencia contra las muje-
res, se habla de la manifestación más cruda de
la desigualdad y la discriminación basada en el
género. El femicidio es el punto culminante de esta violencia; no se encuentra desligado de ella ni constituye un hecho aislado o inexplicable. Los esfuerzos por disminuir su incidencia deben ser intensos, continuos e integrales, incluyendo acciones inmediatas de apoyo a las mujeres víctimas de violencia, estrategias preventivas y, como en el caso de esta investigación, la visibi-
lización de los pilares ideológicos de esa violen- cia y el papel de las instituciones sociales en el imprescindible cambio cultural.
Los medios de comunicación masiva poseen un enorme poder como mediadores y creadores de conocimiento social, pues no sólo aportan in- formación, sino que también proporcionan una construcción selectiva de conocimiento a la so- ciedad, distinguiendo lo importante de lo trivial, lo cierto de lo falso, lo posible de lo imposible. Los medios de comunicación no son simples espejos de la realidad social, sino que tienen la irrevocable misión de ser agentes de socializa- ción. Es por ello que su posición discursiva a la hora de informar sobre la violencia de género y los femicidios es relevante.
La prensa escrita, que es el objeto de esta in- vestigación, ha formado parte de esas institu- ciones sociales que permiten la perpetuación del sistema patriarcal mediante la reproducción de mitos y estereotipos sobre la masculinidad
y la feminidad. El estudio llevado a cabo así lo muestra. Proponemos que en cambio, los me-
dios de comunicación en general, y la prensa escrita en particular, asuman un papel activo en
la eliminación de los estereotipos y roles de gé-
nero, para que ayuden así en el arduo camino hacia la erradicación de la violencia y el femi- cidio.
La igualdad de género debe ser el horizonte ha- cia el que todas las instituciones sociales fijen su norte. Desde el INAMU, hacemos un llamado para caminar de la mano en la construcción de
una sociedad libre de discriminación, hasta que llegue el día en que hombres y mujeres poda- mos vivir vidas plenas, respetuosas, dignas y libres de violencia.
Maureen Clarke Clarke Ministra de la Condición de la Mujer Presidenta Ejecutiva Instituto Nacional de las Mujeres
La producción de conocimiento es una obliga- ción estatal, pues constituye un eje primordial para la garantía al derecho humano al conoci- miento que tienen todas las personas. En el caso del conocimiento especializado en género, éste cumple además una función social al evidenciar la realidad e impulsar un cambio cultural a favor de la igualdad y equidad de género, y en contra de la discriminación. (INAMU, 2007, p. 6)
El presente estudio se enmarca dentro del “Programa de Investigación 2007-2017. Inves- tigación para el cambio cultural a favor de la igualdad y la equidad de género”, cuyo objeti- vo general es la producción de conocimientos especializados en género “que permitan com- prender la naturaleza y dinámicas sociocultura- les del género, la situación y condición de las mujeres en distintos contextos, el estado de los derechos de las mujeres y las diversas formas de discriminación e invisibilización de que son objeto; como aporte al cambio cultural, al forta- lecimiento de la ciudadanía de las mujeres y al diseño de políticas públicas tendientes a favo- recer la igualdad y equidad social y de género” (INAMU, 2007, p.8).
Dentro de los objetivos específicos de dicho programa se encuentra el “estudiar las repre- sentaciones sociales de género para conocer el impacto social y la dimensión simbólica y cul- tural de las relaciones entre los géneros y sus
posibles transformaciones” (INAMU, 2007, p.8). Es en este marco que se inscribe la presente investigación.
Para el Área Especializada de Información y la Unidad de Investigación del INAMU, el femicidio y el ámbito de la comunicación colectiva con perspectiva de género han sido de particular interés a lo largo de los años. En cuanto al pri- mero, se han realizado diversas publicaciones que abordan la temática de forma exclusiva y se ha incluido dentro de estudios más amplios sobre la violencia contra las mujeres en nues- tro país. Con respecto al trabajo desarrollado en el ámbito de la comunicación, se han rea- lizado diversas actividades de sensibilización con periodistas y estudiantes de la rama; de la misma manera se han elaborado criterios téc- nicos sobre la temática y se ha participado en comisiones interinstitucionales para la vigilancia de la imagen de la mujer en la publicidad. La presente investigación constituye un aporte aún más específico que muestra la intersección de ambas temáticas; pretende mostrar cómo los medios de comunicación escrita continúan re- produciendo y reafirmando estereotipos que a su vez validan y justifican la forma más extrema de violencia contra las mujeres: el femicidio.
La lucha de las mujeres para su reconocimien- to como sujetas de derechos humanos y de los principios que los subyacen ha sido histórica; ha conllevado el enfrentamiento con la sociedad
patriarcal y los mandatos sociales que las ubica como si fueran inferiores al hombre y posesión de éste. Como afirma Marcela Lagarde (1998), bajo esta lógica el cuerpo de la mujer es “para los otros” y por ello las decisiones sobre su cuerpo y su vida las toman esos “otros”. Sien-
do así, existe una desvalorización e invalidación socialmente construida de las mujeres como personas, lo que debilita su posibilidad de verse
a sí mismas como sujetas de derechos y con
la potestad real de tomar decisiones en el ám-
bito público y privado. Los mandatos sociales las colocan en una posición de subordinación absoluta frente al hombre mediante mecanis-
mos como la inferiorización y “cosificación” de
la mujer, es decir, su conversión en un objeto de
satisfacción y dominio del hombre, autorizando
a éste para ejercer control sobre todos los as-
pectos de su vida, incluso mediante el ejercicio de todas las formas de violencia.
Los estereotipos sobre lo femenino y las fun- ciones de la mujer en la sociedad representan uno de los mecanismos más fuertes de repro-
ducción de la objetivización de la mujer. Los estereotipos sobre lo femenino dictan la pauta sobre lo correcto y lo incorrecto, lo permisible
y lo no permisible, y la posición de las mujeres
frente a los hombres y frente a la sociedad en general, entre otros. Esto ocasiona que la discri- minación pueda palparse en todas las áreas de
la vida cotidiana de las mujeres y que por ello el
ejercicio pleno de sus derechos continúe siendo un ideal y no una realidad. Las instituciones so- ciales, entre ellas los medios de comunicación, reproducen estos estereotipos afianzándolos en
el imaginario social y colectivo como la única forma posible de ser mujer.
La violencia contra las mujeres constituye una de las formas más atroces mediante las cuales se hace tangible la discriminación. La repre- sentación que se hace de ella en los medios de comunicación reproduce y reafirma los estereo- tipos y roles tradicionales, dificultando conside- rablemente el cambio social hacia una mayor igualdad y equidad. Si bien es cierto el movi- miento de mujeres y feminista en el mundo ha logrado posicionar el tema de la violencia contra las mujeres en la agenda pública y ha impulsa- do cambios importantes en el marco normativo nacional e internacional en materia de derechos humanos de las mujeres, éstos cambios no se han visto reflejados al mismo ritmo en los me- dios de comunicación, los cuales siguen pre- sentando el tema de forma trivial y estereotipa- da.
Según el Primer Estado de los Derechos Huma- nos de las Mujeres (INAMU, 2011), la Encuesta Nacional de Percepción sobre el Estado de los Derechos de las Mujeres (ENPEDEMU, 2008), señala que las personas entrevistadas consi- deran que la publicidad sitúa a la mujer como reproductora de mandatos que se asientan en estereotipos; asimismo, consideran que la pu- blicidad y los medios de comunicación en gene- ral describen a las mujeres como dependientes, reforzando roles y estereotipos que son asumi- dos por las personas como modelos a imitar. A pesar de este reconocimiento explícito de la existencia de estereotipos sobre el deber ser de las mujeres, esto no se traduce en un cambio en las acciones cotidianas asociadas a los roles de género, sino que por el contrario, éstos siguen estando arraigados en la sociedad costarricen-
se y los medios de comunicación continúan re- forzándolos y reproduciéndolos.
Los principios básicos sobre los que se funda- mentan los derechos humanos son la dignidad, la igualdad y la libertad, y su objetivo es el res- peto a las necesidades y aspiraciones básicas del ser humano. El derecho a vivir una vida libre de violencia de género es el nombre que se le
da a la agrupación de varios derechos incluidos en tratados internacionales de derechos huma- nos 1 y relacionados con el respeto irrestricto a la dignidad humana, como son el derecho a la dig- nidad, a la integridad, a la seguridad personal,
y a estar libre de tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes (Facio, 2008). Lograr
la garantía y respeto absoluto de todos los dere-
chos humanos, y específicamente del derecho
a vivir una vida libre de violencia de género, es una meta que debe construirse en la cotidiani-
dad y es en esa cotidianidad que deben revisar- se los avances, retrocesos y estancamientos de
la sociedad costarricense en la materia.
Los medios de comunicación masiva, y en este caso específicamente la prensa escrita, son un
reflejo del estado de la situación y al mismo tiempo juegan un papel importante en la cons- trucción de lo “real”. De ahí que el análisis del tratamiento que le dan a los femicidios que ocu- rren en nuestro país resulta trascendental para identificar los estereotipos y mitos de género que se manejan en estos casos y que deberán ser erradicados para lograr una sociedad real- mente igualitaria y equitativa.
Como se afirma en el Primer Estado de los De- rechos Humanos de las Mujeres (INAMU, 2011),
Como parte del nuevo pacto social por la igual- dad y la equidad social y de género, se hace necesario priorizar la igualdad de género como un asunto político de primer orden, así como la eliminación de la violencia en contra de las mu- jeres en todas sus formas y manifestaciones, y apuntar decididamente a la toma de decisiones necesaria para que los medios de comunicación y los diversos agentes socializadores se com- prometan con la erradicación de los patrones socioculturales que discriminan y obstaculizan el avance hacia la igualdad de género. (p. 239)
1 Ver Declaración Universal de Derechos Humanos (arts. 3 y 5), Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (arts. 9, 7 y 26), Convención Americana de Derechos Humanos (arts. 5, 7 y 11).
Los medios de comunicación masiva consti- tuyen una institución social que produce y re- produce las representaciones sociales y, al mismo tiempo, forma opinión sobre la base de esas representaciones. No son neutrales en sus apreciaciones ni en su impacto, y en materia de igualdad y equidad de género tienen un papel fundamental en el avance o estancamiento del cambio cultural debido a su rol socializador.
La reproducción de estereotipos de género en los medios de comunicación los perpetúa, los
fortalece y los valida, lo que dificulta enorme- mente su erradicación en el imaginario social.
A través de la reproducción de estos estereoti-
pos se da continuidad a la premisa de la supe- rioridad masculina, la cual le otorga al hombre derechos de propiedad sobre las mujeres y la posibilidad de decidir sobre todos los aspectos de su vida. En el caso de los estereotipos de género asociados a la violencia y los femicidios, esto resulta particularmente grave, pues valida las agresiones en contra de las mujeres bajo su- puestos tradicionalistas y patriarcales.
La representación que hace la prensa escrita de los femicidios forma parte de este fenómeno de reproducción-producción de opinión pública en la que están inmersos los medios de comuni- cación. Conforme se han presentado cambios
a nivel social que invalidan y desmeritan la vio- lencia contra las mujeres, los medios de co-
municación han ido modificando poco a poco su discurso. Por ejemplo, antes de 2007, año en que se aprobó la Ley de Penalización de la
Violencia contra las Mujeres y se reconoció el femicidio como delito, las muertes de mujeres
a manos de sus compañeros sentimentales se
catalogaban como “crímenes pasionales”, con- fundiendo la atrocidad con el amor y validando el asesinato por celos, infidelidad o porque la
mujer tomó la decisión de dejar a su agresor.
Posterior a la aprobación de dicha Ley, los me- dios comenzaron a utilizar el término femicidio
y a presentarlo como un delito. Esto ha posi-
bilitado que el público en general se familiarice con el término y lo que éste representa: el ase- sinato de una mujer por su condición de género. No obstante, el tratamiento que se hace de las noticias sobre femicidios sigue siendo el mismo que antes de la Ley de Penalización, colocando las causas del delito en los celos, la aparente infidelidad de la mujer, el deseo de ella de de- jarlo, y la influencia de las drogas, el alcohol o algún padecimiento mental en el hombre, entre otras. Si bien es cierto la Ley de Penalización ha cumplido un papel de potenciadora del cambio cultural, por sí misma no logra este cometido, sino que se requiere del compromiso de otras instancias socializadoras como la educación o los medios de comunicación, que impulsen y fortalezcan ese cambio desde lo más arraigado del patriarcalismo.
La presente investigación intenta evidenciar que el tratamiento que dan los medios de prensa es- crita de nuestro país a los asesinatos de mujeres por su condición de género, aún continúan pla- gados de estereotipos y mitos que perpetúan la violencia desde una visión del mundo andro- céntrica y patriarcal, específicamente en lo rela- cionado con la caracterización de las víctimas, los victimarios y el hecho femicida.
Si bien es cierto la responsabilidad del cambio cultural no puede y no debe depositarse exclusi- vamente en los medios de comunicación masi- va, éstos deben tener un papel más activo en la promoción de los derechos humanos de todas las personas y la erradicación de los estereoti- pos de género si queremos lograr una sociedad
más justa, más equitativa y menos violenta.
Distintos instrumentos internacionales han defi- nido la violencia contra la mujer como aquellas conductas o acciones que tengan como base el género de la víctima y que le causen muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico, tanto en el ámbito público como privado 2 . Ade- más se considera que la violencia contra la mu- jer es una forma de discriminación que impide de manera severa la posibilidad de las mujeres de gozar en igualdad de condiciones con los hombres de los derechos y libertades funda- mentales.
La Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mu- jer, conocida como Convención de Belém do Pará (OEA, 1994), define este tipo de violencia en sus artículos 1 y 2 de la siguiente manera:
Artículo 1 Para los efectos de esta Convención debe en- tenderse por violencia contra la mujer cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado.
Se entenderá que violencia contra la mujer inclu- ye la violencia física, sexual y psicológica:
a. que tenga lugar dentro de la familia o unidad doméstica o en cualquier otra relación inter- personal, ya sea que el agresor comparta o haya compartido el mismo domicilio que la mujer, y que comprende, entre otros, viola- ción, maltrato y abuso sexual;
b. que tenga lugar en la comunidad y sea perpe- trada por cualquier persona y que comprende, entre otros, violación, abuso sexual, tortura, trata de personas, prostitución forzada, se- cuestro y acoso sexual en el lugar de trabajo, así como en instituciones educativas, estable- cimientos de salud o cualquier otro lugar, y
Asimismo, establece que toda mujer tiene dere- cho a una vida libre de violencia en los ámbitos público y privado (artículo 3), dejando claro que éste no es un privilegio, sino un derecho funda- mental.
2 Ver Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (OEA, 1994), arts. 1 y 2.
Por su parte, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (Comité CE- DAW), en su Recomendación General 19 de 1992, señaló que “la violencia contra la mujer es una forma de discriminación que impide gra- vemente la capacidad de la mujer de gozar de derechos y libertades en pie de igualdad con el hombre” (párrafo 1). El Comité señala que el
artículo 1 de la Convención para la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) que define la discriminación, in- cluye la violencia basada en el sexo, es decir, la violencia dirigida contra la mujer porque es mujer o que la afecta en forma desproporcio- nada. Aquí se incluyen actos que infligen daños
amenazas de cometer esos actos, coacción y otras formas de privación de la libertad.
En la mencionada Recomendación General, el Comité además reconoce que la violencia con-
tra la mujer menoscaba o anula el goce de sus derechos humanos y libertades fundamentales,
y por tanto constituye discriminación según la
definición del artículo 1 de la CEDAW. Esta Con- vención entiende por “discriminación contra la
…toda distinción, exclusión o restricción basa- da en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas polí- tica, económica, social, cultural y civil o en cual- quier otra esfera.
Entre los derechos que señala la Recomenda- ción General 19 se encuentran el derecho a la vida, a no ser sometido a torturas o tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, a la libertad y seguridad personales, a la igualdad ante la ley, a la igualdad en la familia, y al dis- frute del más alto nivel posible de salud física y mental, entre otros (Comité CEDAW, 1992).
Algunos de estos derechos se han agrupado dentro del derecho a vivir una vida libre de vio- lencia de género, teniendo en común el respeto irrestricto a la dignidad humana. Dentro de los derechos incluidos se encuentran el derecho a la dignidad, a la integridad, a la seguridad perso- nal, y a estar libre de tortura y otros tratos crue- les, inhumanos o degradantes (Facio, 2008).
Ahora bien, la violencia contra las mujeres es la expresión más dramática de una sociedad an- drocéntrica y patriarcal que coloca al hombre en una posición de superioridad frente a la mujer. Ésta se considera una persona de “segunda ca- tegoría”, que debe someterse al mandato mas- culino y desempeñar roles específicos en con- diciones de subordinación y discriminación. La violencia contra las mujeres constituye un me- canismo de control que se ejerce para mante- ner el orden establecido socialmente. El hombre agrede como un método aleccionador para “su” mujer, pero también para todas aquellas que in- tenten trasgredir las jerarquías tradicionales.
Las distintas manifestaciones de la violencia se ejercen en un marco amplio que Bourdieu (1999; citado por Fernández, 2005) denominó “violencia simbólica”, que se fundamenta en la existencia de personas “con poder” y “sin po-
der”, las cuales asumen roles de dominación y subordinación respectivamente. Esta condición jerárquica se naturaliza y perpetúa al reprodu- cirse por medio de mecanismos sociales como los estereotipos sobre el “deber ser”. La violen- cia simbólica en sociedades diferenciadas no desaparece, sino que se difumina como algo que es inherente a la dinámica de los campos que configuran los universos sociales, como algo que resulta “natural” y “legítimo”.
Según Fernández (2005), “el poder simbólico es un poder ‘invisible’, que no es reconocido como tal, sino como algo legítimo, presupone cierta complicidad activa por parte de quienes están sometidos a él, requiere como condición de su éxito que éstos crean en su legitimidad y en la de quienes lo ejercen” (p. 3). Inherente al poder simbólico son las desigualdades en las socieda- des contemporáneas. Si existen personas “po- derosas” existen también personas “sin poder”, subordinadas o dominadas.
Quien se encuentra en la posición del domina- dor acumula un capital de reconocimiento que le reportará beneficios; a esto se le denomina “capital simbólico”. La acumulación de este tipo de capital permite definir lo correcto, lo acepta- ble, otorga una autoridad legítima, la posibilidad de definir la “versión oficial del mundo social” (Fernández, 2005, p. 4).
Alrededor de la desigualdad y del poder sim- bólico se configuran sistemas simbólicos, que “son instrumentos de comunicación y de domi- nación [que] hacen posible el consenso lógico y moral, al mismo tiempo que contribuyen a la reproducción del orden social” (Bourdieu, 1971, 1977; citado por Fernández, 2005, p. 5).
En este sentido, la violencia simbólica es una violencia que arraiga sumisiones que no son percibidas como tales porque se fundamentan en una expectativa colectiva del deber ser, en creencias socialmente inculcadas y reprodu- cidas generación tras generación, como por ejemplo los estereotipos sobre lo femenino y lo masculino. Es una violencia que convierte las relaciones de dominación y sumisión en relacio- nes afectivas, el poder en carisma (Fernández, 2005). La violencia simbólica en sociedades di- ferenciadas no desaparece, sino que se difumi- na como algo que es inherente a la dinámica de los campos que configuran los universos socia- les.
Dentro de los sistemas simbólicos la violencia simbólica representa el modo en que las perso- nas dominadas aceptan como legítima su pro- pia condición de dominación, pues es parte del orden social establecido e irrevocable. Poco a poco dejan de verse como imposiciones y co- mienzan a incluirse en el ámbito de la legimiti- dad, como patrones desinteresados, como par- te del orden natural de las cosas. Entonces, la violencia simbólica se ejerce sin coacción física a través de la configuración de las mentes y la forma en que se otorga sentido a la acción. Las personas dominadas no tienen más remedio que dar su “consentimiento” a la arbitrariedad de la fuerza dominante, pues es ésta quien ha acumulado el capital simbólico que le permite definir la “versión oficial del mundo” (Fernández, 2005). Sobre esta base se construyen entonces otro tipo de violencias, que encuentran ya el camino allanado para su puesta en marcha: la violencia física, la psicológica, la sexual o la pa- trimonial. Todas estas violencias reales encuen- tran su resguardo en la violencia simbólica.
La noción de violencia simbólica es fundamen- tal para comprender las causas de la violencia contra las mujeres, pues esta se fundamenta en la subordinación de género, así como en el or- den y poder simbólico patriarcal que determi- na lo aceptable socialmente. El orden social, el orden de lo simbólico en nuestras sociedades, incluye cuatro factores consistentemente aso- ciados con la violencia:
la barrera levantada entre lo público y lo privado. De esta manera se aleja de esa vida pública que continúa inalterada e incólume, consiguiendo la ausencia de crítica, puesto que no se puede cri- ticar lo que no existe o lo que no se ve, y favore- ciendo la perpetuación del orden por medio de la reproducción de conductas y la transmisión de valores. (Lorente, 2001, p. 51)
Una herramienta de vital importancia para la
• Normas de superioridad del hombre y senti- do de propiedad de la mujer.
violencia estructural es el poder de definir repu- taciones, pues ésta es una forma de controlar
to irreflexivo, castigando a quienes no lo hacen.
• Control masculino de los ingresos de la fa- milia.
comportamientos. La reputación determina los beneficios que se puede obtener de la legisla-
• Nociones de la masculinidad que se vincu- lan a la dominación y el honor.
ción o el tipo de delitos de los que se puede ser víctima (Lorente, 2001). Es así como el contexto
• Control masculino de la toma de decisiones a nivel de la familia (MS, OPS y OMS, 2005).
sociocultural no sólo actúa como caldo de culti- vo para la violencia contra la mujer, sino también
Otra noción fundamental es la de violencia es- tructural. Lorente (2001), afirma que la misma
Surge, por tanto, desde dentro y actúa como
tener la escala de valores, a reducir los puntos de
como mecanismo de control que resguarda las normas establecidas y fomenta su cumplimien-
tiene su origen y se fundamenta en las normas y valores socioculturales que determinan el orden social establecido.
elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón diseñado, puesto que contribuye a man-
fricción que puedan presentarse en las relacio- nes de pareja entre hombres y mujeres, y desde ahí a las relaciones entre hombres y mujeres en
…ningún otro tipo de violencia que afectara a un grupo de población tan amplio habría perdurado por tanto tiempo si no fuera por esos elementos estructurales que hacen pasar la manifestación puntual como la realidad, y lo único que consi-
guen es ocultarla para que todo siga dentro de los parámetros establecidos. (Lorente, 2001, p. 207)
A pesar de la presión ejercida por la violencia
sociedad en general, por medio de la sumisión
simbólica y la estructural para que todo perma- nezca según el orden establecido (el androcén-
permitido sacarlo del ámbito de la vida privada,
el control de la mujer. Bajo este planteamiento
trico y patriarcal), existen avances importantes
se intenta recluir y confinar este tipo de conduc- tas al ámbito de lo privado, ocultándolo y dejan- do entrever una cierta normalidad y aceptación si
en las últimas décadas en la discusión y abor- daje de la violencia contra las mujeres que han
por alguna causa los hechos lograran traspasar
donde estaba confinado por completo, y re-
conocerlo como un flagelo social necesario de combatir.
Hoy día es claro, como afirma Lorente (2001), que a “la mujer se le agrede por ser mujer, no por ser esposa, madre o ama de casa; por eso muchas de las agresiones se producen cuando aún no se ha iniciado la relación familiar o do- méstica, durante el noviazgo de la pareja, y no terminan cuando sí lo ha hecho la relación do- méstica o familiar; de modo que los que un día fueron maridos y compañeros siguen agredien- do, acosando y amenazando a las mujeres con las que han compartido la relación” (p. 47). En el caso de la violencia contra las mujeres ejercida por otros hombres (no compañeros, esposos o novios), ésta se fundamenta en la visión patriar- cal de la mujer como un objeto de su posesión, que puede ser agredido, controlado y hasta desechado por su condición de inferioridad.
La violencia contra las mujeres, además, no se ejerce de manera uniforme e indiferenciada, sino que existen distintos tipos. En nuestro país la misma se encuentra tipificada legalmente en el artículo 2 de la Ley contra la Violencia Domés- tica (Ley N o . 7586 de 10 de abril de 1996) de la siguiente manera:
a.Violencia física: es la acción u omisión que arriesga o daña la integridad corporal de una
persona. b.Violencia psicológica: es toda aquella acción
u omisión destinada a degradar o controlar las acciones, comportamientos, creencias
y decisiones de otras personas, por medio
de intimidación, manipulación, amenaza, directa o indirecta, humillación, aislamiento
o cualquier otra conducta que implique un
perjuicio en la salud psicológica, la autode-
terminación o el desarrollo personal. c.Violencia sexual: se refiere a toda aquella acción que obliga a una persona a mante- ner contacto sexualizado, físico o verbal, o
a participar en otras interacciones sexua-
les mediante el uso de fuerza, intimidación, coerción, chantaje, soborno, manipulación, amenaza o cualquier otro mecanismo que anule o limite la voluntad personal. También se considera violencia sexual el hecho de que la persona agresora obligue a la agredi- da a realizar alguno de estos actos con ter- ceras personas. d.Violencia patrimonial: es la acción u omisión que implica daño, pérdida, transformación, sustracción, destrucción, retención o dis- tracción de objetos, instrumentos de traba- jo, documentos personales, bienes, valores, derechos o recursos económicos destina- dos a satisfacer las necesidades de alguna persona.
El ejercicio de la violencia contra las mujeres tiene consecuencias directas sobre la vida de sus víctimas y de quienes se encuentran en su entorno, las cuales incluyen consecuencias en la salud física y mental, así como en los ámbitos económico y social.
El femicidio de una mujer no es un hecho ais- lado, como tradicionalmente se ha presentado. Es el punto culminante en el continuum de la violencia al que son sometidas las mujeres des-
de edades tempranas. Según la Encuesta Na- cional de Violencia contra las Mujeres (Sagot y Guzmán, 2004), un 48% de las mujeres entre- vistadas había sufrido algún tipo de abuso antes de los 15 años, entendido éste como el ejercicio de violencia física o sexual sobre estas niñas. Después de los 16 años, el 57,7% de las muje- res entrevistadas declaró haber sufrido al me- nos un incidente de violencia física o sexual y un 24,2% reportó haber sufrido 4 o más incidentes.
En el caso de las mujeres que mantienen una relación de pareja, el 49,6% reportó haber sufri- do diversas formas de violencia psicológica, es decir, la mitad de la población femenina entre- vistada. Esta categoría incluye conductas como que el compañero se enoje si habla con otros hombres, que no apoye su trabajo o estudio u otras actividades fuera de la casa, que le ponga apodos, la insulte o denigre, que trate de limi- tar su contacto con familia y amistades, o que amenace con maltratarla a ella o a sus hijos e hijas, entre otras.
Es importante destacar que la Encuesta Na- cional de Violencia contra las Mujeres (Sagot y Guzmán, 2004), revela que en relación con las diferentes formas de violencia física, en más del 60% de los casos ésta fue perpetrada por una pareja o ex pareja de las mujeres. En cuanto a la violencia sexual, la encuesta demostró que un 78% de las violaciones fueron cometidas por un hombre con el que la mujer tenía o tuvo una relación de pareja, mientras que si se agregan otros hombres de la familia, este porcentaje au- menta a un 81,9%. Siendo así, para la mayoría de las mujeres entrevistadas su propia casa (o la del agresor) es el lugar más peligroso. En un
79,6% de los casos de violencia reportados el último incidente ocurrió en la casa de las vícti- mas, mientras que un 4,7% en la casa del vic- timario. En total, en un 84,3% de los casos la violencia ocurrió dentro del hogar. Aún cuando el agresor fue un hombre con quien no se tenía una relación de pareja, el 27% de los incidentes ocurrió en la casa de la propia víctima o en la del agresor.
Un 58,4% de las mujeres que fueron víctimas de violencia por parte de un hombre con el que tenían o tuvieron una relación de pareja dijeron haber sentido que su vida estuvo en peligro du- rante el último incidente de violencia sexual o física sufrida. Aún así, el 83,3% de las víctimas no reportó el incidente a la policía o autoridades judiciales. Cuando el victimario no era una pa- reja o ex pareja, el 52,2% de las mujeres sintió que su vida peligraba, pero el 89,6% no reportó el incidente.
Lo anterior da cuenta de varias cosas impor- tantes: en primer lugar, la violencia contra las mujeres es una realidad que les persigue desde edades tempranas y no hace excepciones por consanguinidad o afinidad, pues los principios patriarcales que la sustentan colocan a todas las mujeres en una posición de inferioridad ge- neralizada frente a los hombres; en segundo lu- gar, el hogar constituye el lugar más peligroso para las mujeres, cuando en realidad debería ser el más seguro, al que se acude en búsque- da de protección. Finalmente, la violencia con- tra las mujeres es un fenómeno que parece ir mucho más allá de lo que se refleja en las cifras oficiales, pues la mayor parte de los incidentes de agresión psicológica, física y sexual no son
reportados a las autoridades policiales o judi- ciales.
Russell (1990; citado por CLADEM, 2008), suce- de “como consecuencia de la infracción femeni-
a. Femicidio íntimo: referido a los asesinatos cometidos por hombres con quien la víctima
Las distintas manifestaciones de la violencia
na a las dos leyes del patriarcado: la norma del control o posesión sobre el cuerpo femenino y
tenía o tuvo una relación íntima, familiar, de convivencia, o afines a éstas.
contra las mujeres no constituyen un recuento de hechos aislados y desarticulados entre sí. Es una estrategia a largo plazo que va minando la confianza de las víctimas en sí mismas, en las
la norma de la superioridad masculina” (pp. 10- 11). Esta infracción es penalizada con la muer- te, la cual tiene una función aleccionadora en el resto de la sociedad. Siendo así, el objetivo
b. Femicidio no íntimo: que se relaciona con los asesinatos cometidos por hombres con quienes la víctima no tenía relaciones ínti- mas, familiares, de convivencia, o afines
otras personas, y en los mecanismos estatales
del femicidio es controlar, disciplinar y castigar.
éstas. Se puede hablar de femicidios no
no estatales de protección. Es un continuum
Desde el momento en que ocurre la ejecución
íntimos sin relación afectiva con la víctima
que las va debilitando y desarmando hasta de-
de una mujer, hasta el tratamiento posterior por
o terceros, que frecuentemente involucra
jarlas con una sensación permanente de inde-
los medios de comunicación y los organismos
ataque sexual de la víctima; y de femici-
fensión y de normalización de esa violencia,
encargados de impartir justicia, el femicidio jue-
dios no íntimos en relaciones de confianza,
pues también la censura social y/o familiar tiene
ga un papel “resignificante” de las relaciones de
como por ejemplo cuando la muerte se per-
un papel importante en el proceso. La violencia
opresión y subordinación de las mujeres, espe-
petra por amigos, trabajadores de la salud
resulta ser parte de una lógica patriarcal según
cialmente por la vía de la culpabilización y de
compañeros de trabajo que se valen de la
cual la desvalorización de la mujer conlleva a
la aplicación de la “pena capital” ante la infrac-
relación de confianza para dar muerte a una
opresión de la misma y por tanto a la sumisión
ción de la norma, solidifica el miedo y reactiva
como estrategia de acomodación y superviven- cia. La opresión y la subordinación propician la violencia en todas sus formas y, finalmente,
los dispositivos que en los imaginarios sociales, plagados de la mitología que asedia a las mu- jeres y su papel en la sociedad, dan lugar a la
c. Femicidio por conexión: se refiere a mujeres que fueron asesinadas “en la línea de fue- go” de un hombre tratando de matar a una
desencadenan el femicidio como última expre-
continuidad de la opresión y la discriminación
mujer. Por ejemplo, mujeres parientes, niñas
sión de esa línea hacia la muerte.
de las mujeres (Badilla, 2008).
otras mujeres que trataron de intervenir o
El femicidio se define legalmente en nuestro país en la Ley de Penalización de la Violencia
contra las Mujeres (Ley No. 8589 de 25 de abril de 2007) como la muerte de una mujer a manos de un hombre con el que se mantenga una rela- ción de matrimonio o unión de hecho declarada
o no (artículo 21). Sin embargo, en un sentido
más amplio, el femicidio debe ser entendido como las muertes intencionales y violentas de mujeres (asesinatos, homicidios y parricidios) que ocurren en un contexto en donde las vícti- mas mueren por el hecho de ser mujeres (Badi- lla, 2006; Hidalgo, 2009). Esta definición amplia
será la que guíe la presente investigación. El femicidio, según Jane Caputi y Diana
En nuestro país la posibilidad de ser asesinadas por este motivo es un hecho que persigue a las mujeres desde su nacimiento. Por ejemplo, du- rante el 2001, en la población infantil de 1 a 4 años de edad las causas externas fueron la pri- mera causa de muerte, pero sólo niñas murieron por homicidio (MS, OPS y OMS, 2005).
Desde el punto de vista teórico, algunas auto- ras (Carcedo y Sagot, 2002; citado por Hidalgo, 2009; Badilla, 2006) han establecido la siguiente tipología del femicidio:
que simplemente fueron atrapadas en la ac- ción femicida.
Sin embargo, en la legislación vigente en el país
en la actualidad estas tres tipologías no han lo- grado ser reconocidas, reduciéndose el femi- cidio únicamente a los asesinatos de mujeres
a manos de sus compañeros sentimentales al
momento de la muerte (esposos o convivientes)
y obviando los asesinatos a manos de compa-
ñeros no convivientes (novios, amantes, etc.), ex compañeros sentimentales (ex esposos, ex convivientes, ex novios, ex amantes), preten- dientes, clientes sexuales, familiares y atacan- tes sexuales, entre otros.
Es importante mencionar que durante el proce- so de creación de la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres, el movimiento fe- minista planteó una conceptualización del femi- cidio que sí incluía esta tipología. No obstante, en el largo proceso de aprobación de la Ley, que tardó más de diez años, se redujo la conceptua- lización hasta dejarla tal y como se establece actualmente en la legislación.
Sin embargo, hay que reconocer que en nues- tro país, el hecho de que el femicidio haya sido incorporado como un delito en la legislación es un hito histórico que permite dar un paso más hacia el respeto de los derechos fundamentales de las mujeres, incluyendo el derecho a la vida y a vivir libre de toda forma de violencia de gé- nero.
Una de las características principales de los fe- micidios íntimos es que en su mayoría se produ- cen en circunstancias de separación y ruptura. Como afirma Lorente (2001), “…no se trata tan- to de una ruptura material y física de lo que era la convivencia, como de la interpretación que el hombre hace de lo que es el ‘punto sin retorno’. Ese es el verdadero desencadenante de la agre- sión mortal, la situación que el hombre interpreta como definitiva en lo que había sido su relación de pareja” (p. 173). Antes de este punto, aun- que exista una separación física e incluso legal, no existe un cese de la violencia, sino que ésta se perpetúa siendo el acto femicida la agresión final. Es como si la relación se perpetuara en la violencia, porque la relación es “para toda la vida” y la ruptura sólo puede existir con la muer- te; se establece una relación entre separación y muerte, evidenciada en la frase constantemente
escuchada “si no es mía no es de nadie” (Lo- rente, 2001). Desde la perspectiva masculina la mujer no tiene la potestad de decidir el fin de la relación; ese fin lo decide el agresor, desde su posición de “dueño y señor”, y muchas veces lo decide al tomar lo que considera es suyo: la vida de la mujer.
En el caso de los femicidios que no son reali- zados por la pareja o expareja de la víctima, la motivación subyacente es la misma: la mujer es un objeto que pertenece al hombre y por ello no está facultada para rechazar o ignorar sus exigencias; en su calidad de “objeto” tampoco posee un estatus equivalente al hombre, por ello su vida vale menos y puede ser arrebatada por cualquiera en cualquier momento, incluso para saldar una deuda (como es el caso de mu- jeres asesinadas por su parentesco o amistad con miembros de pandillas o bandas delincuen- ciales como medio de venganza o advertencia). En la sociedad patriarcal la vida de las mujeres tiene poco o ningún valor, y por ello son objeti- vables y desechables.
Aunque la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres en Costa Rica (2007) no re- conoce estos homicidios de mujeres como fe- micidios, es importante resaltar que el Poder Judicial sí los ha reconocido, para fines de re- gistros estadísticos. Hasta el año 2011, se uti- lizó una definición de femicidio que va más allá de los alcances de la Ley, incluyendo los homi- cidios perpetrados por exconcubinos, exespo- sos, novios, exnovios, pretendientes, amantes,
vecinos, clientes sexuales o atacantes sexuales dentro de la categoría “homicidios dolosos de mujeres por condición de género”.
Aunque el reconocimiento de esta nueva ca- tegoría representaba un avance, aún no era suficiente para dimensionar correctamente el problema. A principios del año 2012, el Con- sejo Superior de la Corte Suprema de Justicia aprobó una definición aún más amplia del fe-
micidio, que tiene como sustento legal la Con- vención Interamericana para Prevenir, Erradicar
y Sancionar la Violencia contra la Mujer 3 (1994;
Convención Belém Do Pará) y que repercute di- rectamente en las estadísticas de la institución. Actualmente se registran dos tipos de femicidio:
los femicidios según el artículo 21 de la Ley de Penalización de la Violencia contra las Muje- res (cometidos por el esposo o concubino de la víctima) y los femicidios según la definición de violencia contemplada en el artículo 2 de la Convención Belém do Pará, los cuales for-
man la categoría “femicidio ampliado” (incluye ex parejas, pretendientes, atacantes sexuales,
familiares, explotadores sexuales, entre otros). Esta ampliación del concepto es el resultado del trabajo de la subcomisión de Seguimiento
y Registro de Femicidios en Costa Rica, con-
formada por representantes del Poder Judicial, el INAMU, el Ministerio de Seguridad Pública y representantes de las organizaciones de la so- ciedad civil.
3 El 15 de agosto de 2008, el Comité de Expertas para el Seguimiento de la Implementación de la Convención de Belem do Pará (CEVI-MESECVI) emitió la De- claración sobre el femicidio, en la que se define este como “la muerte violenta de mujeres por razones de género, ya sea que tenga lugar dentro de la familia, unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal; en la comunidad, por parte de cualquier persona, o que sea perpetrada o tolerada por el Estado y sus agentes, por acción u omisión” (MESECVI/CEVI/DEC 1/08, párrafo 2).
Gráfico 1. Homicidios dolosos de mujeres por femicidio y condición de género, 1993-2009.
Fuente: Sección de Estadística, Poder Judicial.
Vale la pena aclarar que la división en dos cate- gorías de femicidios responde a la necesidad de ir más allá de lo que la Ley de Penalización re- conoce como parte de este delito, con el fin de brindar una mayor claridad sobre el fenómeno, su causalidad y sus características, permitiendo acceder a datos más certeros sobre el proble- ma.
Ahora bien, debido a que el marco temporal de la presente investigación abarca del año 2005 al 2009, los datos que se presentan a continua- ción en el gráfico 1 aún conservan la antigua clasificación del Poder Judicial (femicidios se- gún la Ley y homicidios dolosos de mujeres por
condición de género). No obstante, éstos son útiles para representar el comportamiento de los femicidios en el país desde 1993 hasta 2009.
Como se observa en el gráfico 1, hubo un incre- mento importante de casos de femicidio (enten- didos en el más amplio sentido conceptual) en los años 2005, 2008 y 2009. Más allá de consi- derarse este un tema superado con la aparición del delito penal, debe reconocerse la gravedad de la situación. Si bien, a la luz de otros datos estadísticos, la muerte de 35 mujeres podría no verse como una cifra tan elevada, no debe perderse de vista que se habla de 35 vidas que fueron arrebatadas sobre la base de la opresión,
Número de femicidios
la desigualdad y la discriminación; se habla de 35 vidas que nunca debieron haberse perdido por su condición de ser mujeres y por la ob- jetivación de su género; son vidas de mujeres que debieron haber vivido en una sociedad que las validara como iguales a los hombres, como sujetas de derechos, que les proveyera de los medios necesarios para una vida digna y para el resguardo de su integridad y seguridad per- sonales en todo momento. Por estos motivos no debería registrarse ni un solo femicidio en el país.
Cuando se toma en cuenta una definición con- ceptual más amplia del femicidio de la que exis-
tía en ese momento 4 , queda claro que en reali- dad en nuestro país las muertes de mujeres por su condición de género sucedieron con mayor frecuencia que lo que las cifras oficiales mostra- ban. En el año 2009, la Unidad de Investigación del INAMU y el Centro Feminista de Información y Acción (CEFEMINA) publicaron la investiga- ción “Femicidio en Costa Rica 2000-2004”, en la cual se da cuenta de la incidencia del fenó- meno en el país. La misma fue retomada en el Primer Estado de los Derechos Humanos de las Mujeres (2011) para evidenciar la distancia que existe en el conteo de los femicidios con defini- ciones conceptuales estrechas o más amplias y completas.
Gráfico 2. Total de femicidios según definición. 2000-2004.
Fuente: Unidad de Investigación, con base en datos del Poder Judicial y de la investigación “Femicidio en Costa Rica 2000-2004”.
4 Debe recordarse que la modificación conceptual y estadística que hizo el Poder Judicial para ampliar el concepto de femicidio ocurrió hasta 2012, mientras que los datos de esta investigación abarcan del 2005 al 2009.
En la investigación del 2009 se incluyó dentro de la categoría “femicidio”, además de los re- conocidos en ese momento como femicidios y homicidios dolosos de mujeres por condición de género por el Poder Judicial, los asesinatos de mujeres perpetuados por hombres de su fa-
milia o de su familia política, los que responden
a venganza contra algún hombre cercano a la
víctima, los que ocurrieron en contextos de trata
de mujeres y/o explotación sexual comercial de mujeres mayores y menores de edad, y aquellos cuyo victimario se desconoce pero que denotan una evidente violencia sexual (por ejemplo, mu- tilación o daño severo en órganos sexuales, y aparición de cuerpos desnudos y amarrados de pies y manos). Como se evidencia en el gráfico anterior, al reconocer estos casos como femici- dios, las cifras suben considerablemente.
Como se mencionó anteriomente, la ampliación de las categorías de femicidio reconocidas por el Poder Judicial constituye un esfuerzo impor-
tante para la correcta visibilización de la proble- mática en el país. El femicidio es el asesinato de mujeres por su condición de género. Su re- conocimiento como tal resulta imperativo para combatir las causas subyacentes del problema
y dejar de verlo como resultado de un “conflicto pasional” que pertenece al ámbito privado.
Ahora bien, la erradicación del femicidio ade- más de la creación de leyes o penas para los fe- micidas requiere de un cambio cultural profun- do que logre eliminar la normalización social de
la violencia contra las mujeres. En primer lugar,
es imperativo eliminar la idea de que la agresión pertenece al ámbito de lo privado, del hogar, y
por ello no es de incumbencia de quienes están
fuera, no sólo porque esto deja en total despro- tección a las mujeres, sino también porque se oculta lo que en este momento ya es evidente. Como señala Lorente (2001).
A pesar de ese intento de relegar la agresión al
ámbito privado del hogar y de mantenerla ocul- tada, resulta que al hombre no le importan los
gritos ni las voces ni los ruidos que traspasan pa- redes y ventanas, ni tampoco realizar sus agre- siones, especialmente las más graves, en lugares públicos, (…). El agresor no busca la nocturnidad ni parajes solitarios, no huye después, sino que comete la agresión y se entrega a la Policía (…), porque tiene que quedar bien claro que ha sido
él el autor de la agresión. (Lorente, 2001, p. 66)
En segundo lugar, cuando la violencia se hace evidente, es necesario dejar de justificarla. Al ser el femicidio un mecanismo de control social que busca mantener el status quo inalterado, es la misma sociedad quien minimiza la importan- cia y consecuencias de la violencia contra las mujeres, especialmente al referir su ocurrencia a circunstancias específicas como el alcoholis- mo, los niveles socioculturales bajos, la falta de educación, la marginalidad, la pobreza, el esta- tus migratorio, etc. (Lorente, 2001). Según la En- cuesta Nacional de Percepción de los Derechos Humanos de las Mujeres (ENPEDEMU, 2008), en Costa Rica se sigue justificando el femicidio con argumentos como los celos de la pareja (45,5% de las personas entrevistadas), la infide- lidad de la pareja (44,9%), el consumo de dro- gas (44,2%) o alcohol (41,6%), el rechazo de la mujer hacia el femicida (35%) o la presencia de enfermedades mentales en el femicida (30,8%), entre otras. Estas circunstancias justifican y mi-
nimizan las conductas del agresor, colocando la responsabilidad de las acciones violentas e incluso femicidas en elementos externos que le hacen actuar de una determinada forma. Señala Lorente (2001), que “la agresión a la mujer tiene características de crimen desorganizado, car- gado de espontaneidad y aparentando un cierto descontrol por parte del agresor. Esto hace que rápidamente se encuentren justificaciones deri- vadas de una pérdida de control de la conducta, fundamentalmente por la presión emocional o por la ingesta alcohólica o tóxica” (p. 57). Por otro lado, aún cuando se justifique la conducta del agresor, éste también responde a la perso- nificación de todos los males que afectan a la sociedad (estatus migratorio irregular, locura, pobreza, adicciones, entre otros), lo que tiene como resultado su aislamiento y segregación en un grupo especial de hombres “distinto” al resto de la sociedad.
La violencia, y especialmente el femicidio, no sólo se minimizan justificándolos, sino también al cuestionar sólo algunos aspectos relacio- nados con ellos. Por ejemplo, se cuestiona el grado de violencia empleado o el número de fe- micidios acaecidos en un periodo determinado, pero no la propia utilización de la violencia, la cual no se percibe en sí misma como una con- ducta censurable en todos los casos. Ésta sirve de mecanismo para el restablecimiento del or- den social que ha sido alterado por la conduc- ta de una o varias mujeres, de manera que se mantengan los valores del agresor y los roles que corresponden dentro de la pareja. Por ello, su cuestionamiento se centra en la magnitud del daño físico o psicológico sufrido, pero no en su utilización per se.
Finalmente, esta falta de respuesta social ante
la violencia contra las mujeres termina debilitán-
dolas y aislándolas en un mundo del que no hay salida. “La amenaza no es suficiente, ni siquiera la violencia en sí, es necesaria la sensación de impotencia, de aislamiento, para que el miedo se convierta en terror, y para después hacernos convivir con él como algo normal. Todos somos cómplices de ese ‘terrorismo por omisión’ si no actuamos, si callamos” (Lorente, 2001, p. 56).
Medios de comunicación: productores y repro- ductores de la realidad
Las imágenes negativas, violentas o degradantes de la mujer, incluida la pornografía, y sus descrip- ciones estereotipadas han aumentado en dife- rentes formas, recurriendo a nuevas tecnologías de la información en algunos casos, y los pre- juicios contra la mujer siguen existiendo en los medios de difusión. (ONU, 2000, párrafo 29)
Afirma Ramos (1995) que el soporte de la co- municación tiene una considerable importan- cia como mediador y creador del conocimiento social. En este sentido, los medios de comuni- cación no sólo aportan información, sino que proporcionan una construcción selectiva de co- nocimiento de la sociedad, señalan lo realmente importante y lo que resulta trivial al mostrar o ig- norar hechos o acontecimientos, unos con una cobertura más amplia y otros silenciados u ocul- tados. Los acontecimientos que se muestran lo hacen como auténticos y naturales, como parte de la forma de ser de las cosas. “Los medios de comunicación, como instituciones legitimadas
y con alto grado de credibilidad, producen sig-
nificados que se graban poderosa e indeleble-
mente en mi conciencia y se constituyen como conocimiento que se reafirma en todo el entra- mado simbólico de la cultura” (Ramos, 1995, p.
Los medios de comunicación no son simples espejos de la realidad social, pues comparten con otras instituciones sociales (educación, ciencia, ideología, ejército, empresa, familia, iglesia, etc.), el papel de agente de socializa- ción. Si bien es cierto los medios reproducen la realidad, también inciden en el fortalecimiento y creación de mitos, estereotipos y roles que se adicionan y modifican el imaginario social y cul- tural. Su aporte sirve para moldear normas de conducta y valores que serán aceptados (o no) por la sociedad, reproducidos en ella, reflejados nuevamente en los medios y por tanto fortale- cidos en el imaginario social, en una constante retroalimentación que refuerza estereotipos y roles.
No se puede negar que los medios de comuni- cación forman parte de estructuras de poder:
crean y reproducen jerarquías, y tienen poderes económicos, sociales y políticos de tal magnitud que logran influir directamente en el imaginario social y priorizar o invisibilizar temáticas, pro- blemáticas, tendencias, realidades. Los medios de comunicación masiva no son agentes “neu- trales” en las sociedades modernas, sino todo lo contrario: son actores sociales con poder. Como institución social, los medios de comu- nicación se encuentran ante la posibilidad de fortalecer la construcción de sociedades res-
petuosas de los derechos humanos, y especial- mente de los derechos humanos de las mujeres. La lucha del movimiento feminista y de mujeres por evidenciar la discriminación y en especial, por posicionar el tema de la violencia contra las mujeres en el ámbito público ha contribuido a que los medios de comunicación visibilicen este problema que se había mantenido oculto en el espacio privado. No obstante, la exposición que se hace del tema continúa reproduciendo mitos y estereotipos de género que establecen relaciones de poder desiguales y perpetúan la exposición de cualidades, espacios, valores y aptitudes diferentes para las mujeres y los hom- bres.
Específicamente al hablar de la representación de la violencia en los medios, es importante res- catar el concepto de violencia cultural, la cual es definida por Penalva (2002), como “aquellos aspectos simbólicos de la cultura (sus formas ‘no materiales’, como son el lenguaje y la co- municación) que inciden en la justificación de situaciones violentas, ya tengan éstas un ca- rácter directo o estructural” (Penalva, 2002, p. 395). La violencia cultural es la que hace que las personas venzan poco a poco sus resistencias ante las acciones violentas, adquieran hábitos violentos, apoyen las acciones violentas de las instituciones especializadas o simplemente no reaccionen ante las acciones violentas llevadas a cabo por otros. Esto tiene como resultado la normalización de la violencia y la invisibilización de su gravedad.
La violencia en los medios de comunicación es una forma más de violencia cultural. Según Pe-
nalva (2002), los estereotipos, la desinformación
y la trivialización de la violencia son mecanis-
mos de legitimación de la misma utilizados por los medios para justificar la violencia en la cul- tura y las instituciones. Además su gravedad se desvirtúa utilizando herramientas como las jus- tificaciones morales (demonización de las vícti- mas), las caracterizaciones paliativas (estereoti- pos sociales sobre ciertos colectivos como los
inmigrantes, las mujeres, las personas adultas mayores, etc.), y utilizando la fuerza de la autori- dad como última palabra (“expertos”, políticos, autoridades policiales). Todos estos mecanis- mos desplazan la responsabilidad del individuo
a agentes externos a él.
Señala Penalva (2002), que aunque popular-
mente se difunda la idea de que los medios dan
al público lo que pide, este argumento no es vá-
lido para los géneros de la información y la for- mación, como serían los noticiarios o la prensa informativa. En estos casos la obligación de los medios es no abandonar su papel instructivo y difusor de conocimientos. Lamentablemente, como afirma López (2002), “los medios de co- municación de masas (…) han insistido terca- mente y siguen persistiendo en representar de forma tradicional a las mujeres y las relaciones entre estas y los hombres; es decir, las relacio- nes entre las personas, en relación al género, se basan en relaciones de dominación y subordi- nación” (López, 2002, p. 8).
En este sentido, resulta urgente que los medios de comunicación asuman un papel activo en la eliminación de los estereotipos y roles de géne-
ro que colocan a las mujeres en una situación de amplia desigualdad frente a los hombres. Es necesario que los medios transmitan una ima- gen real de las mujeres y un mensaje positivo de su presencia en la sociedad (López, 2002). Por el contrario, una investigación sobre la re- presentación de género en los informativos de radio y televisión en España, realizada por Pilar López Díez para RTVE y el Instituto de la Mujer, encontró que existe una sobrerepresentación de las mujeres como víctimas y una escasa re- presentación de ellas como tomadoras de de- cisiones o en puestos de poder (López, 2002).
En nuestro país, según la Encuesta Nacional de Percepción de los Derechos Humanos de las Mujeres (ENPEDEMU, 2008), el 66,7% de las personas entrevistadas estuvo de acuerdo o totalmente de acuerdo con que los medios de comunicación sitúan a las mujeres en posicio- nes de inferioridad, dependencia o de víctimas. Además, un 73% estuvo de acuerdo o total- mente de acuerdo con que la publicidad refuer- za roles y estereotipos de hombres y mujeres en la sociedad.
En el caso de la representación de la violencia contra las mujeres, la ENPEDEMU 2008 eviden- ció que un 69,1% de las personas entrevistadas consideró que la publicidad presenta a las mu- jeres como incapaces de controlar sus emocio- nes y a los hombres como incapaces de contro- lar su agresividad.
López (2002) afirma que ha sido una práctica ha- bitual basar las campañas de prevención de la violencia contra las mujeres en la indefensión, el miedo y el terror que sienten las mujeres, es de-
cir, en su falta de “agencia femenina”, entendida esta como “la acción ejercida por una persona que tiene el poder y la capacidad de actuar” (López, 2002, p. 21). Esta representación que se hace de las mujeres fortalece la construcción desmovilizadora de la identidad femenina tradi- cional, es decir, las coloca en una posición de subordinación y debilidad, como si debieran ser rescatadas porque no poseen la posibilidad de tomar decisiones sobre su propia vida.
Estas representaciones, así como la repetición de estereotipos sobre las víctimas de la violen- cia y sobre el victimario, hacen que las informa- ciones que se emiten sean parte del problema y no de la solución. Según Meyers (1997; cita- da por López, 2002), las informaciones sobre la violencia masculina contra las mujeres son par- te del problema si:
a. Las noticias representan a las víctimas de la violencia masculina como responsables de la agresión.
b. Se pregunta qué ha hecho la mujer para provocar o causar la violencia.
c. Se excusa al agresor porque estaba “obse- sionado”, “enamorado”, “celoso”, etc.
d. Se muestra falta de equilibrio en el trata- miento que se le da a la víctima y el que se le dispensa al agresor, por ejemplo, cuando se trata la muerte o agresión de una niña, joven o mujer adulta como un dato secun- dario y se centra la atención en el agresor, sus características, sentimientos o motiva- ciones.
e. Se representa al agresor como un loco, monstruo o psicópata, mientras se ignora la naturaleza estructural de la violencia contra las mujeres.
Específicamente en cuanto a la representación que se hace del femicidio en los medios de comunicación masiva en Costa Rica, el mayor cambio acaecido a partir de la aprobación de la Ley de Penalización de la Violencia contra las mujeres es la sustitución (al menos parcial) de la categoría “crimen pasional” por el término “fe- micidio”. No obstante, aún continúa haciéndose un manejo inadecuado de la noticia, recurriendo a las herramientas señaladas por Meyers (1997; citada por López, 2002) anteriormente.
Para tratar de paliar el efecto negativo que tie- ne la representación de la violencia contra las mujeres en los medios de comunicación, López (2002) realiza una serie de recomendaciones para la elaboración de contenidos relacionados con la misma:
1. La violencia contra las mujeres es un proble- ma social y político, la cobertura de los me- dios debe reflejar esta realidad y hacer un esfuerzo para contribuir al cambio de con- ciencia en la sociedad sobre el problema.
2. Los medios de comunicación y la profesión periodística deben tomar posición frente al problema de la violencia contra las mujeres y no tratar de aparentar una neutralidad im- posible de lograr.
3. El trabajo de los medios de comunicación frente a la violencia contra las mujeres no debe limitarse a ser correa de transmisión de otras instituciones. Es imperativa la plu- ralidad de fuentes (no sólo las privilegiadas como la policía o el sistema de justicia) y la información que se emita sobre las mujeres en general no debe referirse únicamente a su papel como víctimas.
4. La formación y la especialización de la pro- fesión periodística sobre la violencia contra la mujer es tan necesaria como lo es en otros campos (periodismo deportivo, económico, político, etc.).
5. El lenguaje utilizado en las notas periodísti- cas debe obedecer a una visión no tradicio- nalista ni estereotipada del fenómeno.
Según establece la Recomendación 19 del Co- mité CEDAW (1992),
Párrafo 24. (…) el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer recomienda que:
Tomando en cuenta lo anterior, el presente estu- dio pretende analizar el tratamiento que le dan los medios de prensa escrita a los femicidios que ocurren en nuestro país, con el fin de iden- tificar los estereotipos y mitos de género que se manejan en estos casos y que deberán ser erradicados para lograr una sociedad realmente igualitaria y equitativa.
Analizar comparativamente, mediante el estudio de casos, las representaciones sociales sobre el femicidio que se reportan en la prensa escrita nacional entre 2005 y 2009.
• Identificar y analizar comparativamente las principales representaciones sociales repro- ducidas en la prensa escrita nacional entre
2005 y 2009 sobre las víctimas de femicidio,
los victimarios y los actos femicidas, espe- cialmente aquellas asociadas a los estereo-
tipos sobre la feminidad y masculinidad. • Contribuir a la visibilización del papel que juega la prensa escrita en la perpetuación de representaciones sociales sobre el femi- cidio, especialmente aquellas asociadas a los estereotipos sobre la feminidad y mas- culinidad. • Elaborar una base de datos sobre casos de femicidio reportados en la prensa entre
El estudio realizado es primordialmente de tipo cualitativo, utilizando como técnica principal
el análisis del discurso utilizado en las noticias sobre femicidio. Tiene también un componente cuantitativo en el que se construyó una base de datos con información detallada sobre las no- tas de prensa sobre femicidios publicadas entre 2005 y 2009 y se analizaron los datos derivados de dicha base para obtener la siguiente infor- mación:
• Total de noticias publicadas sobre femici- dios por año.
• Total de noticias publicadas por mes.
• Total de noticias publicadas en cada uno de los periódicos por año.
• Distribución de los artículos según el tipo de información publicada.
• Total de femicidios ocurridos y reportados por año.
• Distribución de los casos según tipo de fe- micidio y año.
• Distribución de los casos según edad de las víctimas, por año.
La investigación partió de las premisas de la investigación feminista, la cual es “una manera particular de conocer y de producir conocimien- tos, caracterizada por su interés en que éstos contribuyan a erradicar la desigualdad de gé- nero que marca las relaciones y las posiciones de las mujeres respecto a los hombres” (Cas- tañeda, 2008, p. 12). En la investigación femi- nista prevalece la adopción de la multimetodo- logía, la cual supone que no existe una norma
metodológica ni un único método que pueda ser aplicado para acercarse a la realidad de las mujeres, sino que las elecciones metodológicas deben asociarse a la contextualidad, el carácter experiencial y la orientación teórica de la inves- tigación (Castañeda, 2008). En ese sentido, es posible utilizar herramientas metodológicas de la ciencia tradicional de manera crítica, como instrumentos para la visibilización de la realidad de las mujeres.
En la presente investigación las unidades de análisis estuvieron constituidas por los artículos de prensa asociados a casos específicos de fe- micidio. Cada caso estuvo constituido por uno o varios reportajes de prensa sobre el acto fe- micida, los funerales de las víctimas y/o el vic- timario, la investigación del caso, el juicio y las opiniones de familiares y/o vecinos.
Cuadro 1. Criterios y categorías para el análisis de casos de femicidio publicados en la prensa entre 2005 y 2009.
• Niñas menores de 10 años
• Niñas entre 10 y 14 años
• Adolescentes entre 14 y 18 años
• Mujeres adultas
• Adultas mayores
• Esposo, compañero o novio.
• Exesposo, ex novio, ex compañero
• Familiar (hermano, nieto, tío, primo, padre, padrastro, etc.)
víctima y el victimario
• Persona conocida o allegada a la víctima (amigos, vecinos, profesores, jefes, etc.)
• Persona desconocida para la víctima
• Íntimo (esposo, novio, compañero, ex esposo, ex novio, ex compañero)
• No íntimo por violencia sexual (agresores sexuales conocidos o desconoci- dos)
• No íntimo sin violencia sexual (agresores conocidos o desconocidos)
• Por conexión (mujeres asesinadas en la “línea de fuego”)
Fuente: Unidad de Investigación, INAMU.
Se tomaron en cuenta las notas publicadas entre 2005 y 2009 en los cinco periódicos de mayor circulación en el país: Diario Extra, La Nación, La Teja (2007 en adelante), Prensa Libre y Al Día. Todas las notas fueron incorporadas a una base de datos y luego reagrupadas por caso.
Para realizar el análisis comparativo se selec- cionó una muestra representativa de casos ocurridos en 2005 y 2009, tomando en cuenta los criterios y categorías que se muestran en el cuadro 1.
Se siguió un criterio razonado para la selección de la muestra, de manera que ésta diera cuenta de la diversidad de casos de femicidio ocurri- dos en el país en 2005 y 2009, los cuales repre- sentan el inicio y final del periodo en estudio. Fueron excluidos de esta selección los casos que hubieren ocurrido antes de 2005 (aunque existan noticias que hablen de ellos después de esa fecha) o fuera de Costa Rica. Además se excluyeron aquellos casos en donde las notas de prensa no daban suficiente información para determinar si efectivamente se trató de un fe- micidio.
La producción del discurso, entendido como enunciación ideológica, no es un acto aislado o individual sino un acto social, pues refleja un mundo relacional complejo en el que se eviden- cian desigualdades de grupo, clase, género, raza, etnia, lengua, etc. Este mundo, como afir- ma Murillo (2004), “se realiza con el discurso y en él” (p. 372); es decir, el discurso es un acto social dentro de contextos sociales y culturales de interacción (van Dijk, 2000).
El discurso social se refleja, reproduce y cons- truye en la individualidad, de manera que como afirma van Dijk (2000), la cognición tiene una dimensión social que se adquiere, utiliza y mo- difica en diversas formas de interacción (verbal
y no verbal). Es así como las personas usuarias
del lenguaje (verbal y no verbal) lo utilizan como integrantes de categorías sociales, grupos, pro- fesiones, comunidades, sociedades o culturas,
y al producir el discurso en situaciones sociales al mismo tiempo construyen y exhiben sus roles
e identidades (van Dijk, 2000).
Siendo así, el discurso puede ser analizado en su estructura formal, pero también como fenó- meno práctico, social y cultural, buscando pro- fundizar en el estudio de la producción y repro- ducción de estructuras sociales. Afirma van Dijk (2000), que “…el discurso debería estudiarse no sólo como forma, significado y proceso men- tal, sino también como estructuras y jerarquías complejas de interacción y prácticas sociales, incluyendo sus funciones en el contexto, la so- ciedad y la cultura” (p. 26). Para ello el análi- sis del discurso se centra en las estructuras de significación discursivas y sitúa el discurso o el texto en relación con esas estructuras sociales, políticas y culturales que lo contienen y lo sus- tentan (Murillo, 2004).
El análisis de discurso, como metodología de trabajo, es una interpretación contextualizada
del habla (Murillo, 2004). Las teorías y los méto- dos que se utilizan para realizarlo son diversas
y en su mayoría provienen de otras disciplinas
distintas al análisis del discurso propiamente di- cho (Murillo, 2004). Si bien es cierto el discurso puede analizarse en su estructura semántica, la
dimensión semiótica resulta indispensable para reconstruir “lo no-dicho”, es decir, el “verda- dero” significado del discurso, lo que del tex- to permanece escondido y va más allá de las unidades de significación gramatical (Murillo,
Se parte del supuesto de que el discurso se pro- duce en un contexto, pero a la vez lo reprodu- ce e incide sobre él. Es así como en la relación discurso-sociedad se combinan las estructuras de persuasión (el discurso emitido) y las estruc- turas de aceptación (el imaginario social instau- rado en las personas que hace que se acepte o rechace el discurso) (Murillo, 2004). Por ello se asume que el discurso no es una producción elaborada únicamente a partir de los intereses del destinatario, sino que ocurre en la interac- ción emisor-destinatario. “Un discurso será so- cialmente aceptado, y, por lo tanto, será menos o más efectivo, si es capaz de traducir en la defi- nición de su contenido determinados esquemas de representación que encierran presupuestos sociales. Un discurso efectivo es aquel que me- jor sistematiza los deseos y las aspiraciones de los destinatarios y, por lo mismo, depende de los esfuerzos de racionalización que el emisor realiza de las expectativas que pretenden alcan- zar aquellos” (Murillo, 2004, p. 371).
Silva (2002), señala algunas normas básicas para realizar análisis de discurso:
1. El material de trabajo debe utilizarse en su forma “pura”, es decir, sin ediciones o co- rrecciones.
2. El discurso debe ser estudiado preferente- mente como constituyente de su situación
local, global, socio-cultural, es decir, con- textualizado.
3. Se tienen que respetar las formas sobre cómo las personas integrantes de un grupo social interpretan, orientan y categorizan los atributos o propiedades del mundo social, sus conductas y el discurso mismo. So- bre esta base se deben formular las teorías que en forma sistemática y/o explícita den cuenta del discurso como práctica social.
4. El discurso se realiza en un sentido lineal o secuencial tanto en su producción como en comprensión. Esto es válido en lo oral y es- crito e implica que en todos sus niveles se deben enunciar e interpretar de acuerdo a la información precedente que es lo que ocu- rre en la así llamada "coherencia". Ello invo- lucra cierta "funcionalidad": los elementos últimos se relacionan con los anteriores.
5. Los discursos también son constructivos en el sentido que las unidades constituti- vas se pueden usar, comprender, y analizar "funcionalmente" como partes de un todo, creando estructuras jerárquicas en la forma, significado e interacción.
6. Al analizar el discurso existe la tendencia a descomponer el análisis en niveles y a esta- blecer relaciones entre ellos, aunque el dis- curso no esté estructurado de esta forma.
7. El análisis debe buscar no sólo el significa- do, sino también la función de los enuncia- dos.
8. Se postula que el discurso también está go- bernado por reglas. Tanto el discurso oral como escrito se debe analizar como mani- festación o expresión de reglas gramatica- les, textuales, comunicativas o interaccio- nales compartidas socialmente. También
interesa a la persona que analiza descubrir cómo se quebrantan, se ignoran o se cam- bian tales reglas y qué funciones discursi- vas presentan tales perturbaciones. 9. Las personas usuarias de una lengua co- nocen y aplican estrategias mentales e in- teractivas en el proceso de producción y comprensión efectiva para lograr una efec- tividad en la realización del discurso (expre- sión de la intencionalidad) y su impacto en la conducta de un destinatario.
10. El concepto de cognición social se refiere
a los procesos mentales y representaciones
del mundo que se expresan en lo oral o es-
crito. También juegan un rol fundamental en
el análisis de discurso los recuerdos o expe-
riencias personales (modelos), y las repre- sentaciones socio-culturales compartidas (conocimientos, actitudes, ideologías, valo- res, normas) que se tiene como usuarios o usuarias de una lengua o como integrantes de un grupo; la cognición es la "interface" entre el discurso y la sociedad.
En el caso de la presente investigación, la teoría feminista será la que guíe el análisis del trata- miento que hacen los medios de prensa escrita sobre los casos de femicidio que se presentan en el país. Interesa más el análisis de la dimen- sión semiótica que de la semántica, por cuanto se quiere evidenciar la existencia de estereoti- pos sobre masculinidad y feminidad más que la forma en que éstos son expresados formalmen- te a través del lenguaje.
El primer paso para la investigación fue la revi- sión de los cinco principales periódicos nacio-
nales entre 2005 y 2009 (La Nación, Diario Extra, La Teja, Prensa Libre y Al Día) para la identifica- ción de noticias relacionadas con femicidios en Costa Rica. A partir de dicha revisión se creó una base de datos que permite identificar lo si- guiente:
• Fecha del artículo
• Periódico en el que fue publicado
• Víctima (nombre y edad)
• Victimario (nombre y edad)
• Tipo de femicidio (íntimo, no íntimo, violen- cia sexual, desconocido, intento de femici- dio)
• Tipo de información reportada (actos femici- das, funerales de las víctimas y/o el victima- rio, la investigación del caso, opiniones de familiares y/o vecinos, juicio).
El nombre de las víctimas y los victimarios forma parte de la base de datos porque constituyen datos públicos al haber sido divulgados en los distintos medios de comunicación escrita. Por el contrario, los datos sobre presuntos femici- das que no han sido confirmados no se utilizan en estas bases y se cataloga al o los victimarios como “desconocidos”, pues se desconoce su real implicación en el femicidio.
Una vez identificadas y sistematizadas todas las noticias, éstas fueron organizadas por caso, de manera que se cuente con todas las noticias publicadas sobre cada caso de femicidio ocurri- do y reportado en el país durante el periodo de estudio. La tabla 1 resume el número de noticias encontradas por año y el número de casos a los que corresponden.
Para realizar el análisis comparativo de las re- presentaciones sociales del femicidio en la prensa, se seleccionó una muestra representa- tiva de los años 2005 y 2009 de acuerdo a los criterios de selección detallados anteriormente. La muestra fue analizada por todo el equipo de trabajo de la Unidad de Investigación, a fin de consensuar sobre los casos más representati- vos y que cumplieran a cabalidad con los crite- rios de selección. La muestra quedó constituida como se indica en la tabla 2.
A los artículos incluidos en la muestra se les aplicó el análisis de discurso, identificando ejes temáticos y categorías de análisis que se des- prendieron del mismo. El número de artículos revisados de cada caso respondió también al criterio de saturación de la información, de ma- nera que cuando ésta era repetitiva y no aporta- ba más al análisis se detenía la revisión de artí- culos y se pasaba a otro caso.
Los resultados preliminares del análisis de ca- sos fueron presentados a la Jefa de la Unidad de Investigación para una revisión inicial. Poste- riormente se compartieron con el resto del equi- po para su validación.
Finalmente los resultados fueron sistematizados para evidenciar las principales representaciones sociales sobre el femicidio que se reportan en la prensa escrita nacional en 2005 y 2009.
Tabla 1. Distribución de noticias y casos por año.
Tabla 2. Distribución de noticias y casos incluidos en la muestra por año.
CAPÍTULO I EL FEMICIDIO EN LA PRENSA ESCRITA: 2005-2009
El objetivo principal de la presente investigación es identificar y analizar comparativamente las representaciones sociales que sobre el femici- dio se publican en los medios de prensa escrita
en un periodo determinado. Como primer paso en ese análisis se creó una base de datos con las noticias encontradas en los cinco principales periódicos nacionales (La Nación, Diario Extra, Prensa Libre, Al Día y La Teja) que se refirieran a femicidios en el periodo 2005-2009 5 .
En el presente capítulo se realizará un análisis de las noticias publicadas sobre femicidios, enfati- zando en el tipo de información que proporcio- nan las notas de prensa y cómo la presentan, la caracterización de los casos representados en estas noticias y el seguimiento que éstos tienen dependiendo, a su vez, de las particularidades del hecho femicida y de las víctimas.
En primer lugar se debe señalar que entre el año 2005 y el 2009 se encontraron 1367 noticias distribuidas como se evidencia en la tabla 3.
La distribución por periódico del total de noti- cias según el año de publicación se muestra en la tabla 4.
Tabla 3. Distribución de noticias por año.
Tabla 4. Distribución de noticias por año y por periódico en el que se publicó.
Fuente: Unidad de Investigación, INAMU
5 Es importante aclarar que el periódico La Teja entró en circulación en el año 2007, por lo que antes de esa fecha no forma parte del conteo de noticias.
Como se observa en las tablas anteriores, el número de noticias sobre femicidios aumenta significativamente a partir del 2007. En ese año ocurren dos hechos relevantes para el presen- te análisis: en primer lugar, entra en circulación el periódico La Teja, cuyo corte sensacionalis- ta hace que se publique información sobre su- cesos con bastante frecuencia. No obstante, como se observa en la tabla de distribución de noticias por periódico, el número de artículos publicados no representa un porcentaje eleva- do del total de noticias para cada año, sino que más bien presenta un número de noticias menor en comparación con otros periódicos.
En segundo lugar, y más relevante aún, es que en el año 2007 se aprueba la Ley de Penaliza- ción de la Violencia contra las Mujeres en la que se reconoce el femicidio como un delito distinto al homicidio simple o calificado. Este hecho co- loca el tema de la violencia contra las mujeres en general, y del femicidio en particular, en el ojo de la opinión pública y por ello adquiere rele- vancia en los medios de prensa escrita, quienes publican con mayor frecuencia noticias relacio- nadas con este tipo de hechos. No obstante, en periódicos como Al Día y La Nación, el número de artículos sobre femicidio disminuye conside- rablemente en los años siguientes, aunque el número de femicidios aumenta. Resulta eviden- te que el tema deja de ser prioritario.
Las noticias publicadas suministraban distintos tipos de información, la cual fue clasificada en cinco categorías que se describen a continua- ción:
a. Acto femicida: incluye información sobre las acciones femicidas o los intentos de femici- dio; suele ser la primera información repor- tada por los periódicos.
b. Funerales: relata el funeral de las víctimas y/o los victimarios.
c. Investigación: suele aparecer a los días pos- teriores al hallazgo del cuerpo de las vícti- mas y se refiere a la búsqueda de pistas sobre lo ocurrido, la detención de personas sospechosas, el relato de los antecedentes del acto femicida, entre otros.
d. Juicio: se refiere específicamente a las no- ticias sobre el juicio contra el o los victima- rios, incluyendo las apelaciones posteriores.
e. Otros: incluye opinión de familiares de las personas involucradas en el femicidio o de personas expertas; también artículos en los que se recoge la opinión de vecinos y ve- cinas, o del público general sobre el hecho femicida.
En algunos casos, los artículos contienen infor- mación de más de un tipo, pues por ejemplo dan cuenta de los funerales de las víctimas y de los procesos investigativos, o del proceso investigativo y la opinión de vecinos sobre el caso.
Los artículos encontrados fueron clasificados según el tipo de información que contenían y su distribución fue la siguiente:
Tabla 5. Distribución de noticias por año y tipo de información contenida.
Acto femicida
Como se observa en la tabla anterior, la mayor parte de los artículos se refiere al acto femici- da o intento de femicidio, en primer lugar, y en segundo lugar a los procesos investigativos del caso. Es importante tomar en cuenta que en un gran porcentaje, los casos de femicidio es- tán asociados al suicidio del victimario, por lo que no se realiza una investigación posterior por parte de las autoridades judiciales. Sobre este tema se discutirá más adelante. En los casos
en los que sí se realiza una investigación, ya sea porque en principio se desconoce el victimario
o porque el principal sospechoso ha sido iden-
tificado y se inicia el proceso de recaudación
de pruebas, llama la atención que los medios de prensa escrita no siempre dan seguimiento
al caso, de manera que la información sobre la
investigación es sustancialmente menor que la del acto femicida como tal; lo mismo ocurre con
la información que se suministra sobre el juicio,
que es todavía más escasa. Cabe señalar que
esta ausencia de información representa una limitación para la realización de un análisis ex- haustivo del fenómeno del femicidio como tal, lo cual resulta paradójico si se toma en cuenta que son precisamente las notas de prensa quie- nes arrojan una mayor cantidad de datos sobre dicho fenómeno. Siendo así, la información que llega al público en general y a las personas que quieren analizar los casos para tener un mayor acercamiento a la problemática resulta insufi- ciente para establecer la magnitud y caracterís- ticas reales de ésta.
Lo cierto es que la mayor parte de los asesi- natos de mujeres no reciben seguimiento en el tiempo, sino que las noticias publicadas se concentran en la información sobre el hecho fe- micida y la información que se desprende de la investigación pocos días después; posterior a esto, los casos suelen desaparecer de la prensa y por lo tanto de la opinión pública. La siguiente
tabla muestra cuántos casos recibieron segui- miento a través de los años en la prensa nacio- nal durante el periodo en estudio (2005-2009).
Tabla 6. Distribución por año de casos de femicidio con seguimiento en la prensa.
Total de casos que tuvieron seguimiento
(*) El periodo de análisis de la presente investigación finaliza en 2009, por lo que se desconoce si los casos publicados en 2009 tuvieron o no segui- miento.
Como se evidencia en la tabla anterior, de un total de 207 casos reportados entre 2005 y 2009 sólo 37 tuvieron seguimiento en el tiempo; el resto desapareció de las páginas de noticias a los pocos días o semanas luego de ocurridos los hechos, aunque los procesos judiciales para juzgar a las personas culpables se extiendan por años. Cuando los casos de femicidio dejan de reportarse de esta forma, el mensaje que po- dría estar llegando a la opinión pública es que estos casos son poco importantes y que los ni- veles de impunidad son muy elevados.
La falta de seguimiento es sólo una pequeña muestra de la falta de uniformidad en el nivel de cobertura de los femicidios en la prensa, aun- que parecen existir factores que influencian el que un femicidio reciba mayor o menor cober- tura, como por ejemplo las características del hecho femicida, de la víctima, del victimario y la relación entre ellos.
Todos los femicidios son hechos atroces y de ninguna manera deberían ser menospreciados o ignorados por la opinión pública. Sin embargo,
algunos casos reciben mucho menos cobertura e incluso son tratados como notas “breves” de “sucesos” por la prensa nacional; en otros ca- sos la cobertura es también confusa y escueta en sus detalles. Esto sucede incluso con casos que por su gravedad merecerían ser cubiertos por todos los medios de prensa de forma clara, extensa y crítica para generar una discusión pú- blica sobre ellos. A continuación algunos ejem- plos.
• María Lidieth fue atacada con un mache- te en plena vía pública por su compañero sentimental, aparentemente por celos, se- gún indican las notas periodísticas. Ella no murió, pero sufrió heridas de consideración. Sólo se encontró 1 noticia sobre este caso. • En Talamanca una mujer adulta mayor in- dígena aparece muerta en su cama. Había sido golpeada y aparentemente también violada. Al parecer no había nadie más en el poblado al momento del asesinato porque se encontraban en una actividad en otro pueblo a dos horas de ahí. Eloísa fue en- contrada sin vida por su hijo mayor. No se reportan sospechosos del femicidio. El caso
fue reportado en tres periódicos nacionales por un periodo de 1 mes, en los que apare- ce un total de 4 noticias.
• Heidy, una joven de 17 años, fue asesinada por quien fuera su novio por 9 meses. Ella
se encontraba en una fiesta de la empresa donde trabajaba; su novio entró en la fiesta
y se la llevó a la fuerza a su casa. Ahí dis-
cuten en el cuarto de él y éste la degolla a
plena luz del día y con la presencia de sus padres en la casa. En el juicio se dictami- na la aplicación de una medida psiquiátrica
al victimario, pues se determina que actuó “bajo un estado emocional que limitó su ca- pacidad de comprensión”. Sobre este caso aparecen únicamente 2 noticias que relatan
el acto femicida y 2 noticias sobre el juicio.
• María Isabel fue encontrada sin vida en San José. Era una mujer indigente que fue viola- da y asesinada brutalmente con una piedra. Sólo aparece 1 artículo sobre este caso.
• Keyla deambulaba por las calles de Gua- nacaste. Su cuerpo se encontró desnudo y muy golpeado. Fue violada con una botella
y asfixiada con una camiseta. Únicamente
se publicaron 2 artículos sobre el acto fe-
micida.
• El cuerpo de Raquel fue encontrado semi-
desnudo a la orilla de un río. Ella sufría de una adicción a las drogas y se presume que fue violada. Sólo se publicó 1 artículo sobre
el acto femicida.
• El cuerpo de Arlet fue encontrado entre car- tones en el corredor de una casa abandona- da. Un periódico reporta que fue golpeada mientras que otro dice que fue apuñalada. Sólo se publicaron 2 artículos sobre este caso.
• Según reporta el único artículo encontrado sobre este caso, Ana Yancy salió a tomar con un amigo el día lunes. Regresó el miér- coles en la madrugada con múltiples golpes en el cuerpo y sangrado vaginal. El jueves fue necesario trasladarla a la clínica, donde falleció.
• Yiannina caminaba por la calle cuando fue interceptada por varios hombres que la in- trodujeron en un matorral. La violaron y la asesinaron. Su cuerpo fue encontrado dos días después. Únicamente se publicaron 3 artículos sobre este caso.
Como se observa en los ejemplos anteriores, existen casos que pese a su gravedad no son cubiertos de forma apropiada por los medios de
prensa, ya que la cobertura es mínima. Estos ca- sos tienen algunos aspectos en común: cuando se conoce al victimario se le exculpa mediante
el argumento de que hubo “algo” que lo impulsó
a cometer el femicidio; si la víctima no murió se
considera menos grave el hecho; los femicidios en los que las víctimas poseen una conducta que se sale de los parámetros morales estable- cidos socialmente no reciben tanta atención, por ejemplo, cuando son indigentes o tienen problemas de adicción; finalmente, cuando la motivación del femicidio parece ser la violencia sexual, ésta se minimiza mediante una escasa cobertura del hecho.
Por el contrario, existen casos de femicidio que sí reciben mucha cobertura, especialmente cuando la víctima o una de las víctimas es una niña y cuando los casos representan ideales so- ciales que han sido desafiados o trastocados. Algunos ejemplos son los siguientes:
• Manuel Francisco Castro era un reservista de la Fuerza Pública que gozaba de una im- portante reputación en Liberia como policía, instructor y fotógrafo. Era también un agre- sor. Anny Valverde, su excompañera, decide dejarlo y ante su negativa de volver con él la busca en casa de sus padres y le dispara; mata también a la hermana menor de Anny cuando trataba de huir. Luego escapa de la policía y se suicida. Sobre el caso se publi- can 10 artículos en un lapso menor a dos semanas.
• Josebeth, de 8 años, desapareció cuando regresaba de la escuela en Sarapiquí. Su cuerpo fue encontrado sin vida en un saco con la cabeza sumergida en el río y pren-
sada con un tronco. Al parecer estaba viva cuando la tiraron al río. El crimen nunca se resolvió aunque existía un sospechoso prin- cipal, vecino de la niña. El caso fue cubierto por la prensa durante 4 años y se publicó un total de 58 noticias.
• Yorlene (29 años) y Scarlet (5 años) eran ma- dre e hija. Yorlene había echado de su casa
a su compañero hacía dos semanas por las
constantes agresiones de las que era víc- tima. Él llegó de madrugada a la casa y le disparó. Scarlet presenció el asesinato y el femicida le disparó también. Sobre este
caso se publicaron 18 noticias entre el 2006
y el 2007, incluyendo información sobre el
hecho femicida, la investigación y el juicio.
• Cinthya tenía 8 meses de embarazo cuando desapareció. Un mes después su cuerpo fue descubierto semienterrado en el cauce de un río; le habían sacado su bebé y éste fue
el móvil del crimen. Los principales sospe- chosos del femicidio fueron familiares de su pareja sentimental. En el juicio no se logró
determinar qué había ocurrido con el bebé. Sobre el caso se publicaron 13 noticias en- tre 2006 y 2008: 12 sobre el hecho femicida y la investigación, y 1 sobre el juicio. • Maureen fue asesinada por su esposo, quien trató de encubrir su asesinato adu- ciendo una desaparición por secuestro. Ambos trabajaban en el Poder Judicial; él era fiscal. Conforme avanza la investigación queda al descubierto la historia de violencia que existía contra Maureen y otras ex pa- rejas del victimario. Sobre este caso se pu- blicaron 129 artículos a lo largo de 3 años, informando sobre el acto femicida, la inves- tigación y el juicio, principalmente. El caso se dio a conocer en la prensa como “caso Burgos”, apellido del femicida. • Wendolyn tenía 2 meses y 22 días cuando murió en el hospital por las golpizas pro- pinadas por sus padres. La niña tenía Sín- drome de Down y al parecer ni su padre ni su madre la aceptaban. Sobre este caso se publicaron 11 noticias sólo sobre el juicio. • Dos hombres interceptaron a Yerlin, Arelis y Angie en su auto cuando salían del casino donde trabajaban. Las secuestraron y vio- laron; asesinaron a Yerlin y le dispararon a Arelis y Angie con intenciones de matarlas. Ambas sobrevivieron y lograron dar informa- ción clave para identificar a los femicidas. Sobre este caso se publicaron 68 noticias, 58 de las cuales fueron sobre el juicio. El caso fue conocido en la prensa como “Caso del Casino Whitehouse”, nombre del lugar donde trabajaban las víctimas. • En un poblado de Upala, Yaritza (14 años) va a la pulpería a 1 kilómetro de distancia de su casa. En el camino es interceptada por un hombre que la viola, la mata y la deja su-
mergida en una poza con dos piedras sobre su cabeza. Sobre este caso se publican 12 noticias sobre el acto femicida y la investi- gación, principalmente. • Katherine, de 3 años, fue raptada mien- tras dormía en su casa por un hombre que estaba en una fiesta. Pocos días después apareció semidesnuda y asfixiada cerca del cauce de un río, a 500 metros de su casa. Había sido violentada sexualmente de ma- nera brutal. Sobre este caso se publicaron 19 noticias, especialmente sobre el proceso de investigación y búsqueda de la niña.
En los casos de Josebeth, Scarlet, Wendolyn y Katherine, las víctimas son niñas menores de 8 años, lo que cataloga el crimen instantánea- mente como atroz y digno de cobertura. En el caso de Yaritza, la joven vive en un ambiente rural considerado “seguro”; a pesar de ello uno de sus vecinos la ataca sexualmente y la ase- sina de manera cruel, rompiendo con esa idea de seguridad. Por su parte, en los femicidios de las hermanas Valverde y el de Maureen Hidalgo, los victimarios son personas que gozan de un
respeto social asociado a su profesión (policía y fiscal) y hacen uso de esa posición para agredir
y finalmente asesinar a sus compañeras senti-
mentales. En el caso de Cinthya Berríos, exis- te una condena social de su femicidio porque era una mujer embarazada, estado que la ubica dentro de una imagen femenina idealizada; adi- cionalmente su bebé no es encontrado nunca, lo que lo convierte en un doble crimen, doble-
mente atroz. Finalmente, el caso de Yerlin, Arelis
y Angie resalta en la prensa por la crueldad de
los actos de los femicidas, y además porque las víctimas fueron escogidas al azar, es decir, pudo pasarle a cualquier mujer.
Otro elemento que parece importante a la hora de reportar los hechos femicidas es la naciona- lidad de las víctimas y los victimarios. Esto obe- dece a una lógica bajo la cual son “otros” los que se ven involucrados en este tipo de actos violentos, no somos “nosotros”.
• “…su suegra, también de origen nicaragüen- se, quien se oponía al noviazgo entre su hija (…) y Guadalupe” (Caso Zoila Rosa Mejía, Diario Extra, 20 de mayo de 2005).
• “Cubano la vigilaba constantemente y la ha- bía amenazado de muerte” (Caso Ana Lucía Pérez, Diario Extra, 17 de marzo de 2009).
• “…María Esther Lira Blandón, de 25 años, madre de tres niños y nicaragüense” (Caso María Esther Lira, La Nación, 13 de junio de
• “Arquitecto peruano estranguló y apuñaló a esposa, hija y se suicidó” (Caso Ana Teresa y Francesca; La Teja, 22 de octubre de 2009).
• “La nicaragüense Ana Rosa Ortiz Martínez, una adolescente de 17 años asesinada a ma- chetazos el martes en el poblado de La Vieja, de Florencia,…” (Caso Ana Rosa e Inés, Al Día, 13 de noviembre de 2009).
• “La identidad de las víctimas no trascendió porque se trata de extranjeros indocumenta- dos…” (Caso Ana Rosa e Inés, Diario Extra, 11 de noviembre de 2009).
• “Con el machete con que un menor de 13 años pelaba una naranja, un nicaragüense identificado como Alexander mató a su com- pañera y su suegra…” (Caso Ana Rosa e Inés, Diario Extra, 11 de noviembre de 2009).
• “Alexánder Flores permanece en condición ilegal en el país. Se supone que llegó de Ni- caragua hace varios años para trabajar en fin-
cas bananeras y de cítricos” (Caso Ana Rosa e Inés, La Nación, 12 de noviembre de 2009).
• “… para darle de comer al nica loco…” (Caso Ana Rosa e Inés, La Teja, 13 de noviembre de
Según Piñuel (2002),
Los esquemas que poseemos acerca de los de- más (esquemas sociales), contienen datos que
no sólo se refieren a las propiedades identitarias del sujeto (su edad, su sexo, su aspecto físico, su personalidad, su familiaridad –si es conocido
o desconocido- su nivel de conocimientos, etc.),
sino también a la posición que ocupan (estatus)
y a la función que desempeñan (rol) dentro de los
grupos y organizaciones sociales, es decir, en su calidad de agentes de un sistema social. Esos datos pueden hacer que nos comportemos de una u otra manera. (p. 4)
Desde esta perspectiva, no es extraño que se haga un énfasis en la nacionalidad de víctimas y victimarios, pues eso les coloca en una posición de minoría en la que es más sencillo depositar lo que en el discurso social resulta inaceptable; en este caso, el femicidio (lo que el discurso social cataloga de inaceptable) se convierte en una problemática de “otros”, de las personas “extranjeras”, y se hace énfasis en ello a través de las notas de prensa, logrando retirar de las personas costarricenses la cuota de responsa- bilidad sobre una problemática que tiene una causalidad social y de género de la que no es posible estar exento o exenta, pues existe en todas aquellas sociedades que se sustenten en un sistema patriarcal y androcéntrico, en el que ser mujer representa automáticamente estar en riesgo de ser víctima de femicidio.
Estos esquemas sociales discriminatorios y erróneos no se ven modificados en el tratamien- to de los casos de femicidio en 2009. Como ejemplo se encuentran dos casos, en donde las personas involucradas (tanto víctimas como victimarios) son extranjeras de distintas nacio- nalidades pero el tratamiento de ambos casos es muy disímil. En el caso de Ana Rosa e Inés, donde las víctimas y el victimario son nicara- güenses, existen muchos detalles y frases re- ferentes a su nacionalidad en la cobertura de todos los medios de prensa, así como a su con- dición de ilegalidad y pobreza. En el caso de Ana Teresa y Francesca, en el que las personas involucradas son de nacionalidad peruana, las referencias a la nacionalidad son claras pero en menor cantidad; por el contrario, se hace más énfasis a su condición socioeconómica, ya que pertenecen a la clase media-alta. Este último aspecto rompe el mito de que el femicidio ocu- rre únicamente en las clases socioeconómicas bajas, y por ello adquiere tanta relevancia en la cobertura noticiosa.
La gravedad del ataque recibido por las vícti- mas y si el victimario era conocido de ellas o no también son factores que parecen hacer la diferencia en cuanto al nivel de cobertura de un caso de femicidio. Cuando el ataque es brutal y el victimario desconocido, el nivel de cobertura es mucho mayor, especialmente si esto coinci- de con características de las víctimas como ser madre, niña o una adolescente inocente. Ejem- plo de ello es la cobertura que se hace del caso de Luz Elena Guzmán, una joven de 16 años que caminaba con su hermana por un trillo en medio de la montaña para llegar a su casa en Tárcoles, Puntarenas. Ambas adolescentes regresaban del colegio cuando fueron interceptadas por un
hombre que las obligó a desviarse del camino, le disparó en el pecho a Luz Elena y violó a su hermana. En el juicio se determinó que la moti- vación del femicidio de Luz Elena fue intimidar
a su hermana para que no opusiera resistencia
a la violación. El caso fue seguido por la prensa
durante 4 años en cuatro de los principales pe- riódicos nacionales.
Uno de los elementos más importantes en la presentación de las noticias es el titular, pues tiene el poder de invitar a la lectura de la no- ticia resaltando los principales elementos de ella. En los casos reportados de femicidio se observan tres tendencias que han ido nivelan- do su presencia con el tiempo. La primera de ellas se refiere a un estilo de redacción según el cual “algo” (un asesinato o una agresión) le ha ocurrido a “alguien” (una mujer) pero no se es- pecifica quién lo ha hecho. Por ejemplo, se en- cuentran títulos como “Espió y esperó soledad para disparar tres balazos a mujer” (Caso Irene Suárez, Al Día, 7 de marzo de 2006), en el que es claro que una mujer recibió tres balazos, pero
quien ejerció la violencia se encuentra invisibili- zado, pues podría ser cualquier persona, hom- bre o mujer, con o sin relación sentimental con
la víctima. La violencia en contra de las mujeres
como tal no es parte del titular. Otros ejemplos de este tipo de titulares son los siguientes:
• “Se entregó por homicidio” (Caso Caridad Ovares Guzmán, Al Día, 13 de julio de 2007).
• “La mató y despedazó pecho a puñaladas” (Caso María Mattus Rodríguez, Diario Extra, 14 de enero de 2008).
• “Mató mujer a pedradas” (Caso Roxana Arce Arroyo, Diario Extra, 23 de noviembre de
Otro tipo de estilo de redacción del titular que invisibiliza la violencia de género que subyace al femicidio es aquel en el que la mujer es el sujeto activo gramatical de la oración y el victi- mario (cuando aparece) el pasivo. Por ejemplo, en el titular “Empleada muere de un balazo” (Caso Concepción Aguilar Machado, Al Día, 15 de noviembre de 2005), quien ejecuta la acción es la víctima (ella muere) pero el victimario no se menciona en ningún momento, como si no existiera. La acción en la oración pareciera ser ejecutada por la víctima por deseo propio: ella murió de un balazo, pero ¿quería morir? Cuando el victimario sí es mencionado, lo hace de forma pasiva, como en el titular “Mujer asesinada por su compañero” (Caso Isidra Calderón, La Na- ción, 13 de mayo de 2006). El peso de la acción sigue recayendo en la víctima. Otros ejemplos de este tipo de titulares son los siguientes:
• “Asesinada de 4 balazos” (Caso Johanna Martínez Maldonado, Al Día, 22 de octubre de 2007).
• “Mujer asesinada por compañero sentimen- tal recibió 17 puñaladas” (Caso Emma María Mattus Rodríguez, Prensa Libre, 15 de enero de 2008).
• “Muere asesinada de martillazo en la cabeza” (Caso Ana Lucía Pérez Sanabria, Al Día, 16 de marzo de 2009).
La última tendencia encontrada, y la que desde el punto de vista de la teoría de género es la más representativa, es aquella en la que los ti- tulares de las noticias señalan a la mujer víctima como sujeto pasivo y al agresor como activo. Así, cuando el titular señala “Policía asesina a su hijastra y se dispara” (Caso Ivannia Montoya, La Nación, 16 de julio de 2005), queda claro que
el policía-padrastro es quien ejecuta la acción de asesinar a la víctima, y ella, su hijastra, no es quien decide morir. De esta manera se atri- buye la responsabilidad de los hechos a quien realmente corresponde: al femicida. Algunos ejemplos de esta correcta elaboración del titular (al menos en cuanto a la atribución de respon- sabilidad del acto femicida) son los siguientes:
• “Hombre mata a exesposa de cinco balazos por celos” (Caso Andrea Marcela Jiménez, La Nación, 19 de febrero de 2009).
• “Hombre mató de seis balazos a su exespo- sa” (Caso Rebeca Hodson, La Nación, 17 de enero de 2006).
• “Guarda privado mató a compañera y a hijas- tra” (Caso Yorlene Herrera y Scarlet García, Al Día, 18 de mayo de 2006).
• “Hombre mató a su compañera en pleno San José y se suicidó” (Caso Ángela Rosa Pozos Velásquez, La Nación, 26 de marzo de 2007).
Como se observa en los ejemplos anteriores, ninguna de las tres tendencias está ausente en- tre los años 2005 y 2009; no obstante, en 2009 es más común la tercera tendencia que en años anteriores, lo que podría ser un indicio de cam- bios positivos a futuro, pues revela algún nivel de sensibilización con respecto a la atribución de responsabilidad del victimario sobre el femi- cidio.
Otro elemento común a los artículos de pren- sa analizados se relaciona con el gran nivel de detalle con el que se relatan los hechos y el len- guaje incluso novelesco con el que se descri- ben. Las noticias describen tanto la escena del asesinato de las mujeres como la del suicidio de los victimarios, cuando éste ocurre. Se eviden-
cia una enorme minuciosidad en la narración de detalles como el método por el que se le dio muerte a la mujer, las zonas del cuerpo lesio- nadas, la hora del hecho, la ropa que llevaban puesta, etc. Se describe con detalle la saña con la que los victimarios atacan a sus víctimas, in- cluso señalando el número de heridas ocasio- nadas y el tipo de violencia ejercida: “la apuñaló 10 veces”, “murió a pedradas”, “la estranguló con sus propias manos”, “la estranguló con su ropa”, etc. No obstante, suelen encontrarse va- rias versiones sobre cómo suceden los hechos, donde y por qué. Lo que tiene que ver con el impacto directo del hecho femicida sobre el cuerpo de las mujeres víctimas está claramente detallado y precisado, el resto parece no ser tan importante.
Esta forma de presentación del hecho femicida tiene un efecto aleccionador sobre otras muje- res, principalmente porque no va acompañado de un análisis de la gravedad de la situación, de sus causas sociales o de las consecuencias que tienen para las familias, allegados y personas lectoras de la noticia. Lo único que queda claro a partir de la narración de los hechos es que la muerte de las mujeres a manos de hombres es una posibilidad, y que esta muerte suele ser en extremo cruel.
• “Zoila Rosa se sostenía el pecho ensan- grentado, retrocedía tambaleándose hacia la cocina de su casa. Sus piernas le fallaron y sucumbió ante el ardiente plomo que le que- maba el pecho” (Caso Zoila Rosa Mejía, Dia- rio Extra, 20 de mayo de 2005). • “Al parecer, en el aposento número 4 del área especializada para tales fines, el encartado sin motivo alguno ni agresión previa de la
víctima golpeó a la ofendida con sus manos en la cara, sujetándola del cuello con ambas manos, con el fin de acabar con su vida ejer- ciendo presión en el cuello hasta asfixiarla, provocándole la muerte. El sospechoso para ocultar el delito y tener una coartada se hizo varias heridas en el cuerpo con un arma punzocortante, fabrica- da de manera artesanal, la cual logró introdu- cir a la habitación sin que las autoridades se dieran cuenta. (…) Según la autopsia, la víctima murió por asfixia por compresión del cuello, una muerte completamente homicida. No pudo defen- derse, primero le dio varios golpes en el ros- tro antes de estrangularla. (…) “Ella gritó, pidió ayuda pero en ese si- tio, construido para las visitas conyugales, se acostumbra que no haya custodios para darles privacidad a las parejas. Por eso nadie escuchó los gritos desgarradores de cuando la estaban asesinando”, comentó (…)” (Caso María Guadalupe Córdoba, Diario Extra, 2 de abril de 2009).
• “El arquitecto habría matado primero a su mujer; la estranguló y luego le clavó un cuchi- llo de cocina más de seis veces. Después subió a la habitación donde estaba su bebita. También la estranguló y apuñaló. Al final, como muchas de estas historias, se suicidó. En este caso cortándose las venas” (Caso Ana Teresa y Francesca, La Teja, 22 de octubre de 2009).
• “Los hechos ocurrieron a las 2:50 p.m. a unos 200 metros de la escuela de La Vieja. Inés y Ana Rosa, aparentemente, llegaron al lugar en un taxi placas 1541 para visitar a una amiga llamada (…).
Alexánder, aparentemente, llegó detrás de ellas y comenzó a discutir con Ana Rosa.
‘Así me las van a pagar’, le gritó a ambas mu-
de 14 años e hijo de
(…). Alexánder le arrebató al muchacho el mache- te con el que pelaba unas naranjas y se le abalanzó a Inés.
jeres, según lo narró (
‘Mi mamá (…) lo tomó por detrás diciéndole:
¡estás loco! ¿qué estás haciendo?’, recordó
‘Alexánder, la golpeó y, ella herida intentó salir
a la calle y allí le propinó otros machetazos. Inés murió a un lado del portón de la casa’, agregó el joven. Alexánder, inmediatamente, persiguió a su
compañera sentimental en la calle y, ella en la desesperación por escapar, cayó en una zan-
ja donde el agresor la emprendió a macheta-
zos hasta causarle la muerte. Además, ya había golpeado a puñetazos a (…) hasta dejarla casi inconsciente cuando
ella intentó evitar la tragedia” (Caso Ana Rosa
e Inés, Al Día, 11 de noviembre de 2009).
Otro caso en el que ocurre esto es en el de Eloí- sa Morales (2005), en el cual llama la atención el nivel de detalle que se utiliza al describir la escena (que la mujer estaba semidesnuda, sen- tada en el colchón, descalza, sin blusa, sólo con brassier, la cama ensangrentada, la ubicación de los golpes, los pies sobre la tierra, etc.). To - dos los periódicos retoman estos detalles, así como el énfasis en las dificultades geográficas propias del pueblo donde vivía Eloísa, las cuales son incluso ejemplificadas con fotografías. Sin embargo, el caso no tiene mayor seguimiento en la prensa y para el público general es des-
conocido el rumbo que tuvo la investigación, si finalmente atraparon a alguna persona culpable y si fue llevado a juicio.
Por otro lado, la forma en que se relatan los he- chos a veces hace parecer que todas las partes involucradas están en igualdad de condiciones. Cuando se habla de un “violento altercado”, un “pleito pasional” u otras frases del mismo tipo, parece que los femicidios ocurren en medio de una situación de violencia generalizada, es de- cir, un pleito en el que todos son violentos y por lo tanto culpables, como si la víctima y el vic- timario estuvieran en igualdad de condiciones cuando en realidad no es así. Por ejemplo, en el caso Zoila Rosa Mejía, el Diario Extra consig- na la siguiente frase: “En el sangriento altercado también resultó herido (…)” (el subrayado no es del original; Caso Zoila Rosa Mejía, Diario Extra, 20 de mayo de 2005). Esta frase resulta a todas luces imprecisa, pues el recuento de los hechos en este y otros medios de prensa señalan que ni la víctima ni sus acompañantes estaban ar- mados, y no hubo un “altercado” entre Zoila y el victimario antes de que éste le disparara mor- talmente. Otros ejemplos de un enfoque equivo- cado sobre la “igualdad” de condiciones entre víctima y victimario son los siguientes:
• “…le disparó tres veces, aparentemente por problemas pasionales” (el subrayado no es del original; Caso Hermanas Valverde, Al Día, 18 de junio de 2005).
• “En la privacidad del pequeño aposento (…) se desató un infernal pleito pasional que cul- minó con la muerte de la mujer” (el subraya- do no es del original; Caso María Guadalupe Córdoba, Diario Extra, 19 de setiembre de
Otra frase que también desvirtúa la realidad de los femicidios es que éstos son “problemas de pareja”. Esto coloca al femicidio y a la violencia contra las mujeres en general, de nuevo en el ámbito de lo privado, algo que pasa entre dos personas y debe ser respetado como tal. Cuan- do además son las autoridades quienes se re- fieren de esta forma a las causas del femicidio, se perpetúa el estereotipo de la división entre lo público y lo privado, siendo éste último un es- pacio donde ninguna persona debe inmiscuirse.
• “‘Tras las investigaciones realizadas todo indica que se trata de un problema de pare- ja, ya que ellos no vivían juntos, y por ahí va el asunto, por la insistencia de él de querer regresar y la negativa de ella de aceptarlo’, agregó el director del OIJ” (el subrayado no es del original; Caso Hermanas Valverde, Al Día, 16 de junio de 2005).
En el 2009 la utilización de este tipo de frases se reduce considerablemente, aunque no es posible decir aún que ha desaparecido su uso y mucho menos el trasfondo psicosocial detrás de ella.
Existe otro elemento que destaca al analizar las noticias sobre femicidios y es la relevancia que adquieren los victimarios en la historia. En pri- mer lugar llama la atención que con frecuencia se conoce con certeza el nombre y edad del victimario pero no el de la víctima, como ocurre en el caso de un femicidio ocurrido en enero de 2008 y reportado por 5 periódicos nacionales; todas las publicaciones coinciden en el nombre del victimario y su edad, pero se consignan 4 nombres distintos para la víctima: Emma María Mattus Rodríguez, Ema Marcelina Rodríguez
González, Maritza Matos Rodríguez y Emma Maritza Matus Rodríguez.
En segundo lugar, los femicidas se presentan in- cluso como personajes casi novelescos, se les asignan sobrenombres (por ejemplo “la bestia de Tárcoles” en el caso de Luz Elena Guzmán,
o “el brujo” en el caso de Ana Lucía Pérez), y
se les otorga un protagonismo inmerecido en el caso, llegando a nombrarlo con el apellido
del victimario e invisibilizando por completo a
la víctima; ejemplo de ello es el caso de femici-
dio de Maureen Hidalgo, más conocido como el
“Caso Burgos” (apellido del victimario).
En términos generales se puede decir que los artículos de prensa analizados suelen ser muy
poco críticos, no sólo en lo que se refiere al he- cho femicida como tal, sino también en cuan- to a las actuaciones de las autoridades en la prevención y/o investigación de un femicidio. Fácilmente se evade comentar o señalar la res- ponsabilidad estatal en este tipo de casos y se justifica la ausencia de acciones para prevenir y evitar los femicidios. Un ejemplo claro de ello es el asesinato de María Guadalupe Córdoba en un cuarto de visita conyugal de la cárcel La Le- ticia, en Pococí. El asesinato fue brutal (golpes, asfixia, heridas en el cuerpo con un arma pun- zocortante, gritos pidiendo auxilio), pero nadie oyó nada. Todos los artículos publicados sobre
el caso de alguna forma “disculpan” a los custo-
dios por no detectar lo que estaba sucediendo
y no detectar las armas punzocortantes que el
victimario llevaba antes de entrar en el cuarto a
la visita conyugal. Los siguientes son algunos
ejemplos de los detalles que brindan los medios de prensa sobre el caso y la falta de reflexión sobre los mismos.
• “El sospechoso para ocultar el delito y te- ner una coartada se hizo varias heridas en el cuerpo con un arma punzocortante, fabrica- da de manera artesanal, la cual logró introdu- cir a la habitación sin que las autoridades se dieran cuenta. (…) Para la fiscalía el hecho de que haya apa- recido un picahielo y otro objeto punzocor- tante en la escena del crimen indica que la amenazó antes de asesinarla. ‘Ella gritó, pidió ayuda pero en ese sitio, construido para las visitas conyugales, se acostumbra que no haya custodios para dar- les privacidad a las parejas. Por eso nadie escuchó los gritos desgarradores de cuando la estaban asesinando’, comentó (…)” (Caso María Guadalupe Córdoba, Diario Extra, 2 de abril de 2009).
• “Según trascendió, el cuerpo de la mujer pre- sentaba lesiones en la espalda, cuello y bra- zos, las cuales fueron hechas con un arma blanca, específicamente un pequeño cuchillo para cortar pan de uso permitido” (Caso Ma- ría Guadalupe Córdoba, Diario Extra, 20 de setiembre de 2005).
• “María Guadalupe fue encontrada sin vida por los oficiales del centro cuando ingresaron al cuarto hacia el mediodía. Ortiz, en cambio, estaba sentado en una silla con heridas en su pecho y estómago hechas con un cuchillo pequeño, un arma difícil de detectar por los custodios” (Caso María Gua- dalupe Córdoba, Al Día, 20 de setiembre de
Como se observa en los ejemplos anteriores, las noticias de prensa no cuestionan el hecho de que el victimario introdujera un arma pun- zocortante al cuarto de visita conyugal, ni que
nadie se diera cuenta de que la víctima gritaba pidiendo auxilio. Por el contrario, se reproducen los argumentos de las autoridades carcelarias que justifican la inacción de los custodios sin emitir ningún tipo de crítica al respecto.
Esta falta de criticidad, la ausencia de un análisis que incorpore la opinión de personas especia- listas en género, violencia y femicidio, el exceso de detalles, la forma en que solapadamente se otorga mayor o menor valor a las víctimas de acuerdo a sus características personales y el énfasis de la cobertura en el acto femicida pero no en los procesos de investigación o juicio, hace que el femicidio sea presentado al público en general, y especialmente a las mujeres, como un acto aleccionador. Al presentar los femicidios como hechos aislados y no profundizar en las causas reales de este tipo de homicidios, en sus consecuencias para las familias sobrevivientes, en la responsabilidad de las personas involucra- das indirectamente en el hecho y menos aún en las consecuencias legales que deben enfrentar los femicidas, el femicidio se instala en el imagi- nario colectivo como una acción posible ante la afrenta de las mujeres que no desean seguir los preceptos de la sociedad patriarcal o aún para aquellas que los siguen.
El segundo paso del análisis de noticias sobre femicidio fue su agrupación por casos. En total se encontraron referencias a 229 casos de femi- cidio entre 2005 y 2009; de ellos 22 ocurrieron antes del periodo en estudio, por lo que no fue- ron tomados en cuenta para el análisis. Los 207 casos restantes se distribuyeron de la siguiente forma:
Tabla 7. Distribución de casos de femicidio reportados en la prensa, por año.
Total de femicidios ocurridos y reportados
Tabla 8. Distribución de casos de femicidio según tipo de femicidio y año.
Por pareja o ex pareja
Estos casos fueron analizados para determinar
a qué tipo de femicidio corresponden. Es nece-
sario aclarar que en algunos casos el número de víctimas es mayor a 1, por lo que, aunque hablamos de 207 casos, el total de víctimas fue de 224.
Vale la pena mencionar que los datos sobre el
total de víctimas de femicidio en el periodo 2005
y 2009 extraídos de la prensa contrastan con las
cifras oficiales del Poder Judicial, según el cual
entre 2005 y 2009 sólo ocurrieron 56 femicidios según los define la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres 6 y 75 homicidios
dolosos de mujeres por su condición de géne- ro 7 lo que da un gran total de 131 homicidios dolosos de mujeres por femicidio o condición de género (INAMU, 2011).
Ahora bien, el femicidio es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer, por lo que no hace distingo de ningún tipo, ni siquiera de edad. Al analizar la información suministrada por los medios de prensa escrita sobre las eda- des de las víctimas de los femicidios ocurridos entre 2005-2009, estos son los resultados:
6 La Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres establece en su artículo 21 el delito de femicidio, el cual se entiende como el homicidio doloso de mujeres perpetrado por su pareja (esposo o concubino).
7 Según la Sección de Estadística del Departamento de Planificación del Poder Judicial, se entiende por homicidios de mujeres por su condición de género aquellos perpetrados por hombres cuyo móvil o causa del evento es de naturaleza “pasional” o sentimental; además incluye las relaciones de ex concubinato y ex esposo, así como atacantes sexuales o acosadores. Se incluyen también los homicidios de mujeres que fallecen en un ataque llevado a cabo contra otra mujer y en el cual ella se encuentra defendiendo a ésta o colateralmente es herida de muerte. No se incluyen eventos en los cuales una mujer asesina a otra por rivalidad amorosa. Esta clasificación se realizó de forma retrospectiva en 2010.
Tabla 9. Distribución de los femicidios según año y edad de las víctimas.
Como se observa en las tablas 8 y 9 y en el grá- fico 3, la mayor parte de los femicidios ocurri- dos entre 2005 y 2009 que fueron reportados por la prensa fueron perpetrados por parejas o exparejas de las víctimas, es decir, por sus es- posos, ex esposos, compañeros, ex compañe- ros, novios o ex novios. Este dato coincide con el recuento de los femicidios por edad, pues el mayor número de femicidios en este periodo ocurrió entre mujeres de 21 a 25 años, seguido del grupo entre 26 y 30 años, grupos de edad
que corresponden a etapas vitales en las que se suelen establecer relaciones de pareja de convivencia o matrimonio. Sin embargo, resulta alarmante también el número de adolescentes entre 16 y 20 años que fueron asesinadas por su condición de género, así como de niñas en- tre 11 y 15 años, y el de mujeres entre 31 y 35 años. Como se observa en gráfico anterior, la incidencia del femicidio es mayor en mujeres en edad reproductiva (16 a 35 años), aunque eso no exime a mujeres en otras etapas vitales.
Gráfico 3. Víctimas de femicidios reportados por la prensa escrita, por grupos de edad. 2005-2009.
Otra cifra que resulta importante estudiar es la de los femicidios múltiples, es decir, aquellos en donde el femicida asesina a más de una mu- jer. En primer lugar es necesario decir que los 17 femicidios múltiples reportados en la prensa equivalen a 28 víctimas. De ellas murieron 21, pues en 7 ocasiones los femicidas no lograron su objetivo. Ahora bien, del total de víctimas de femicidio 14 murieron producto de femicidios íntimos, es decir, en donde el victimario fue su pareja o ex pareja sentimental o algún familiar; 3 mujeres murieron a manos de conocidos o ami-
gos y sólo 1 mujer murió a manos de un hombre desconocido.
En el caso de los intentos de femicidio asocia- dos a femicidios múltiples, 4 mujeres fueron víc- timas de su pareja, ex pareja o algún familiar, mientras que 1 sufrió un atentado a su vida por parte de un amigo y 2 a manos de un descono- cido.
Un denominador común de este tipo de femici- dios es que, en su mayoría, la segunda o tercer
víctima del femicidio múltiple no muere por ac- cidente o al tratar de defender a otra mujer en peligro, sino que en su mayoría también son el objetivo del femicida. Los femicidios en línea de fuego, es decir, aquellos en los que una mujer se interpone para evitar la agresión de otra, sólo representan la muerte de 3 de las 28 víctimas de femicidios múltiples. En estos casos se trata de familiares o amigas cercanas de las víctimas que resultan heridas o asesinadas por quienes son también sus familiares o conocidos, es de- cir, los femicidas. En el resto de los casos, como se mencionó anteriormente, los victimarios las asesinan incluso aunque no intenten defender a su víctima principal. Dentro de estos últimos es necesario resaltar aquellos femicidios en los que la segunda víctima es una hija de la víctima prin- cipal, o en los que ésta se encuentra embaraza- da y como consecuencia de su asesinato muere también el feto. En los casos de la muerte de las hijas de las víctimas principales, es eviden- te que la segunda víctima, al estar desarmada, ser una niña o ambas, está imposibilitada para evitar el femicidio de su madre; no obstante, el femicida les asesina de todas formas.
Existe otro grupo de femicidios en los que el asesino mata también hombres cercanos a las víctimas. Si bien es cierto el homicidio de estos hombres no se contabiliza como femicidio, es importante rescatar este dato porque las muje- res mueren por su vinculación directa con ellos. Por ejemplo, en 4 casos el femicidio responde a la objetivación de la mujer como propiedad del hombre; al verse éste involucrado en problemas de drogas u otro tipo de delincuencia organiza- da, sus rivales matan a sus novias, esposas o compañeras sentimentales como un método de venganza hacia ellos.
Un último elemento a rescatar sobre los femi- cidios múltiples es la poca cobertura que se le da a este tipo de casos en el tiempo. De los 17 casos encontrados en la prensa únicamente 5 tuvieron seguimiento, posiblemente por las ca- racterísticas de los hechos o las víctimas. En 2 de esos casos hubo víctimas menores de 5 años y durante el seguimiento se hace mayor
énfasis en el asesinato de las niñas que en el de las mujeres adultas; en otros 2 casos murió una pareja (hombre y mujer) por aparente vengan- za por hechos delictivos, y en 1 caso los hijos de las víctimas estaban presentes al momento del femicidio múltiple. Estos casos siguen el patrón de otros casos que sí tienen cobertura en el tiempo: se refieren a la muerte de niñas
o madres (mujeres embarazadas o con hijos e
hijas ya nacidos); en el caso de los femicidios
por venganza, se relacionan con otro tipo de hechos delictivos que tienen mayor cobertura en los medios de prensa, como las rencillas por drogas o entre pandillas, entre otras.
Al analizar otro tipo de femicidios y el nivel de cobertura recibida se encuentra que los casos de intentos de femicidio no reciben mucha co- bertura, siendo que en la mayor parte de estos casos se encuentra 1 o 2 noticias asociadas al hecho, a pesar de la gravedad que éste tenga. Por ejemplo, en el caso de Ana Isabel Umaña y Mayra Loaiza, ocurrido en Siquirres, el compa- ñero de Mayra se topa a Ana Isabel en la calle
y la hiere en el hombro con un cuchillo de coci- na. Sigue caminando hacia Mayra y la hiere en
el tórax con el mismo cuchillo. El crimen ocurre
en la vía pública y resultan heridas dos muje- res; sin embargo, sobre el caso sólo aparece 1 noticia. En el caso de Sandra Molina, ocurrido
el 29 de julio de 2006 en Nicoya, el excompa- ñero de Sandra le propina diez heridas con un cuchillo por celos, según señalan las noticias
del caso. Al sujeto lo sentencian a mantenerse alejado de Nicoya por 5 años, pero no lo conde- nan a cumplir pena de cárcel. Sobre este caso
y sus implicaciones a nivel legal sólo aparece 1
noticia, específicamente sobre la sentencia del juicio. Está por demás decir que la misma es impactante por la levedad de la pena frente a la gravedad del crimen. Finalmente, Mauren Dá- vila es atacada en su casa en Alajuelita por un hombre que intenta abusar sexualmente de ella. Al oponer resistencia la hiere con un machete. Sobre el caso sólo aparece 1 noticia.
La poca cobertura de los intentos de femicidio le resta importancia y los minimiza, como si el
hecho de que no existiera una víctima mortal los catalogara como menos graves. Lo cierto es que estos atentados contra la vida de las muje- res víctimas son igual de graves que los femici- dios consumados, pues buscan el mismo fin y lógicamente contienen características similares
a éstos: en su mayoría son ejecutados por com-
pañeros sentimentales o esposos, que utilizan machetes, puñales o cuchillos para infligir daño, aunque también armas de fuego, picos de bo- tella e incluso electricidad. Aunque suele existir una sola víctima, en al menos dos de los casos de intento de femicidio analizados hay víctimas múltiples (2 mujeres).
La otra cifra que llama la atención es la de fe- micidios “desconocidos”, que corresponden a aquellos en los que se desconocen elementos fundamentales para determinar el tipo de femi- cidio, como por ejemplo la identidad del victi-
mario, la identidad de la víctima, o la relación entre ambos. En total se encuentra 63 casos de femicidios “desconocidos” y entre ellos existen algunas coincidencias. En primer lugar, estos casos no suelen tener seguimiento en el tiempo por parte de los periódicos; únicamente 5 casos recibieron seguimiento en el tiempo: 2 casos donde las víctimas eran niñas, 1 caso de una adolescente, 1 sobre una mujer embarazada y 1 femicidio que forma parte de una secuencia de crímenes pero que no logra resolverse. La poca importancia que los medios de comunicación brindan a este tipo de casos hace que la infor- mación sobre la investigación de los casos y el juzgamiento de las personas culpables sea des- conocida para el público en general, por lo que fácilmente se diluyen en la memoria colectiva y la muerte de estas mujeres pierde relevancia. Esto ocurre especialmente cuando se presume que las víctimas son mujeres indigentes, con problemas de adicción, trabajadoras del sexo o bailarinas exóticas; en estos casos la cobertura es mínima y denota la absoluta vulnerabilidad en la que viven y mueren estas mujeres.
En segundo lugar, estos femicidios suelen tener un alto componente de violencia sexual, aun- que en ocasiones la información que brindan las noticias sea insuficiente para clasificarlos como femicidios producto de este tipo de violencia. Finalmente, muchas de las víctimas suelen apa- recer en lugares públicos como charrales, par- ques, ríos, restaurantes, calles u hoteles; esta característica revela la crueldad del femicidio y su lógica subyacente: la mujer no es sujeta de derechos, es un objeto que se utiliza y se des- echa en cualquier lugar y en cualquier momento.
Existe un elemento importante con respecto
a los femicidios en general, que parece influir
también de cierta forma en el nivel de cobertura que reciben, y es el suicidio de los victimarios.
Como se dijo anteriormente, con el suicidio del
victimario se cierra el caso y por ello la cobertu- ra es mucho menor, pues el proceso de inves- tigación del suceso se acorta y no hay proce- so judicial que seguir. Este enfoque, tanto legal como periodístico, obvia las consecuencias que
el femicidio tiene para las familias de las vícti-
mas, especialmente cuando existen hijos e hijas menores.
En el periodo en análisis se encontraron 27 ca- sos de femicidio o intento de femicidio que ter- minaron con la muerte del victimario y 2 más en los que el victimario intentó infructuosamente suicidarse. Estos 29 casos equivalen a 35 víc- timas, pues se encontró 5 casos con víctimas múltiples.
Resulta interesante analizar la relación entre
el suicidio del victimario y el tipo de femicidio,
pues no en todos los casos el femicida opta por esta salida. De los 35 femicidios o intentos de femicidio analizados, 23 fueron femicidios ínti- mos; en 14 de ellos el femicida era el esposo, el compañero o novio actual de la víctima, lo que indica que no existía una ruptura consolidada de la relación de pareja. En concordancia con este hallazgo, de los 8 intentos de femicidio en los que el victimario se suicidó al creer muerta a su víctima, todos corresponden a la figura del femicidio íntimo, siendo que en 5 de ellos el fe- micida era el ex esposo o ex compañero de la
víctima, y en 2 más su compañero sentimental actual. Como se observa, la mayor parte de los femicidios o intentos de femicidio donde el vic-
timario se suicida o lo intenta, son de tipo ínti- mo y entre ellos la mayoría ocurre en el marco de una relación aún existente. Esto hace que el hecho de que no se dé seguimiento noticioso a los casos sea grave, pues estos casos se olvi- dan fácilmente, como si no hubieran existido o como si la muerte de la víctima fuera “compen- sada” con la del victimario.
Es claro que el valor de la vida de las mujeres víctimas en la noticia periodística está subesti- mado; tanto es así que la cobertura de un caso se ve influenciada también por las característi- cas que éstas tengan, como si eso las hiciera más o menos valiosas ante la opinión pública. Tras el análisis realizado parece ser que el va- lor de las víctimas se fundamenta en dos pilares fundamentales: ser madre o ser niña. Los casos en los que las víctimas cumplen con alguno de estos criterios reciben más atención; por el con- trario, cuando las víctimas tienen características distintas o se salen de las normas de alguna manera reciben menos atención.
Llama la atención que incluso se encuentran dos casos en los que el femicidio en cuestión pasa
a un segundo plano frente a la violencia ejercida por el victimario contra otras personas meno- res de edad. Este es el caso de María Guadalu- pe Córdoba cuyo asesinato, ocurrido en 2005, queda opacado frente a la cobertura que se da a los antecedentes de violencia del femicida. María Guadalupe fue asesinada por su esposo
durante la visita conyugal en la cárcel La Leticia en Pococí; el asesinato fue sumamente violento
y el asesino portaba un arma punzocortante al
entrar en la habitación. Todos estos elementos son en sí mismos relevantes, controversiales y
dignos de cobertura; no obstante, el detalle que más se resalta en las notas de prensa es el he- cho de que el victimario estaba preso por haber asesinado a su hija de 13 años envenenándola con un refresco, aparentemente porque lo ha- bía denunciado por abusar sexualmente de ella. Este femicidio recibe tanta o más atención en los artículos de prensa que el de María Guada- lupe, pues en ese caso se trata de una niña. En este sentido el carácter del victimario se juzga más por haber asesinado a su hija que por ha- ber asesinado a su esposa, a quien indirecta- mente se le atribuye responsabilidad en el acto (por casarse con él cuando ya estaba en la cár- cel, por ir a visitarlo y entrar en la habitación de visita conyugal).
El segundo caso es el de Ana Lucía Pérez, quien es asesinada a martillazos por su compañero sentimental; al parecer éste la amenazaba y le impedía relacionarse con familiares y amigos, entre otras agresiones. Las notas de prensa rescatan esta historia de violencia, pero llama la atención que ponen mucho énfasis en las agre- siones que el femicida ejercía sobre el hijo ado- lescente de Ana Lucía: le imponía castigos, no lo dejaba llevar amigos a la casa, le quemaba la ropa que dejaba tirada, etc. Si bien es cierto estos hechos dan cuenta del historial de violen- cia y el carácter del agresor, también desvían la atención de la principal víctima: Ana Lucía. De ella en cambio llega a decirse que es de “mente débil” porque el femicida, quien era un supuesto brujo, la conquistó con sus hechizos.
En el caso de las niñas o adolescentes vícti- mas de femicidio, sus características persona- les también cuentan. Es así como las muertes
de adolescentes en condición de calle reciben menos atención que aquellas de adolescentes consideradas “buenas”. En el caso de las mu- jeres madres, la cobertura se intensifica si esta- ban embarazadas. Cuando las víctimas no son madres, no están embarazadas, no son ado- lescentes “buenas” o niñas, la cobertura de un caso de femicidio puede reducirse incluso a una nota de unas cuantas líneas.
Independientemente del nivel de cobertura que reciban los casos de femicidio en la prensa, el análisis de las noticias deja ver una realidad dura y cruel asociada a este tipo de crímenes contra la vida de las mujeres. La objetivación de
la mujer es total, de manera que incluso se con-
vierten en un objeto de la venganza o de placer
de otras personas. Este es el caso de los fe- micidios en los que las mujeres son asesinadas como un acto de venganza contra otras perso- nas, o en los que las víctimas mueren a manos
de agresores sexuales. Éstas últimas son en su mayoría adolescentes, aunque existe un núme-
ro preocupante de mujeres adultas mayores víc-
timas también de violación y femicidio.
Por otra parte, los detalles publicados en la prensa sobre las muertes de las mujeres mues- tran claramente que los femicidios no son he- chos accidentales o producto de una “ira” re-
pentina. Por el contrario, son planificados y pensados con el objetivo claro de dar muerte
a una mujer. Como se evidencia en los casos
de femicidios íntimos, los victimarios persiguen
y acosan a sus víctimas, especialmente cuan-
do ya ha ocurrido una ruptura de la relación y ellas intentan alejarse de ellos. El nivel de pla-
nificación del femicidio se hace claro cuando
conocen los lugares que visitan las víctimas, los horarios a los que toman un autobús o se di- rigen a su lugar de trabajo, les piden reunirse en algún lugar y portan armas punzocortantes
o de fuego con el propósito de darles muerte.
Además, según detallan las noticias analizadas, en un gran número de casos los victimarios no discuten previamente con su pareja o ex pareja, sino que al tenerlas frente a frente las matan sin previo aviso.
Muchos de los casos de femicidio se manifies- tan como el punto más álgido en una escalada de violencia. Lo que anteriormente se mantenía escondido en el seno del “hogar”, ya no tiene
sentido esconderlo y por ello se lleva a cabo en cualquier lugar. Los femicidios ocurren así en lu- gares públicos o semipúblicos: calles, parques, playas, casas de vecinos o vecinas, hoteles. La presencia de otras personas ya no es importan-
te y por eso familiares, amigos o amigas, perso-
nas desconocidas, e incluso hijas e hijos de las víctimas presencian el atroz asesinato. Cuando alguien intenta interponerse y salvar a la víctima también es atacada; este es el caso de los femi- cidios en línea de fuego en los que son asesina- das madres, amigas e hijas. La declaración de alegada autoridad que hace el femicida se hace públicamente cuando la víctima le ha “desafia- do” públicamente al dejarlo, o al querer dete- ner la muerte de otra víctima. Sin quererlo, o tal vez queriéndolo, el femicida envía un mensaje a otras potenciales víctimas.
Aunque la naturaleza y características de los femicidios no ha cambiado, entre el 2005 y el 2009 se nota una evolución en la forma en que se reporta este tipo de casos en la prensa escri-
ta, especialmente en el caso de los femicidios íntimos por pareja o ex pareja.
El primer elemento que resalta es que en el 2005 los femicidios no se nombraban como tales, sino como asesinatos, sin hacer diferencia entre estas muertes y las ocurridas en el contexto de un accidente automovilístico, un pleito de pan- dillas o una rencilla por drogas, por ejemplo.
• “24. Es el número de mujeres asesinadas en lo que va del año, según recuento oficial” (re- cuadro; Caso Luz Elena Guzmán; Al Día, 6 de agosto de 2005).
Al aprobarse en el 2007 la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres (LPVCM) y con ello el reconocimiento del delito de femicidio en la legislación nacional, la prensa comienza a utilizar con más frecuencia la palabra femicidio para referirse a este tipo de asesinato y dismi- nuye su inclusión dentro de esa gran categoría denominada simplemente como “homicidios”. Esto se considera un paso importante en la visi- bilización del problema; no obstante, aún en el 2009, se evidencia que no hay claridad concep- tual sobre el significado del término o sus impli- caciones sociales e ideológicas, pues se utiliza indiscriminadamente femicidio o feminicidio.
• “Contra el sospechoso, el Juzgado Penal lo- cal impuso ayer cinco meses de prisión por el delito de feminicidio, informó la Corte” (Caso Ana Lucía Pérez, Al Día, 18 de marzo de 2009).
La distinción entre femicidio y feminicidio forma parte de un debate teórico-práctico actual a ni-
vel internacional. No obstante, en Costa Rica se utiliza el término femicidio, que incluso es el uti- lizado en la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres, que rige la materia.
Por otro lado, en el 2005 el femicidio no era mostrado en la prensa con tanta claridad como un fenómeno social asociado a otras formas de violencia contra las mujeres, sino que se resca- taban los casos como acontecimientos aislados desvinculados entre sí y de historias de violen- cia previa. En el 2009, existe una tendencia más clara a ver los femicidios como parte del ciclo de la violencia, y a ésta como un fenómeno so- cial. Ejemplo de ello es la forma en la que se publican cifras sobre violencia doméstica en el contexto de la cobertura a un femicidio.
• “Según estadísticas de la Delegación de la Mujer, de enero a junio de este año, se han tramitado 3.473 consultas sobre violencia do- méstica, sobre temas legales y de atención psicológica” (Caso Ana Teresa y Francesca; Al Día, 23 de octubre de 2009).
Otro ejemplo de esta vinculación entre femicidio y violencia contra las mujeres, es que los artícu- los periodísticos rescatan la historia de violencia de la víctima y el victimario, asociándola con el hecho femicida. También se rescata el carácter violento del femicida y se ejemplifican algunas de las conductas ejercidas contra la víctima o contra otras mujeres; adicionalmente, se resalta la planificación del hecho femicida y se disminu- ye el uso de frases que lo hacen parecer como consecuencia de un momento de “locura” o “descontrol” del femicida.
• “Plan asesino” (subtítulo en la noticia; Caso María Esther Lira, Prensa Libre, 12 de junio de 2009).
A pesar de estos avances, aún se encuentra en los artículos analizados del 2009 algunos nu- dos sin resolver en cuanto a la cobertura de los casos de femicidio. En primer lugar, a pesar de que los artículos suelen rescatar la historia de violencia en la relación entre el victimario y la víctima, el femicidio sigue siendo visto como un hecho aislado, no como el último punto en el continuum de la violencia. Las noticias aún no son claras en establecer esa línea continua, sino que parece que hubiera una desvinculación entre esa historia de violencia previa y el hecho femicida.
En concordancia con esta postura, se sigue estableciendo una causalidad lineal entre las acciones o decisiones de las víctimas y el acto femicida por parte del victimario. Con ello se deposita algún grado de culpa o responsabili- dad sobre las víctimas, por decidir denunciar o abandonar a sus agresores.
• “Esposo asesina su mujer por denunciarlo como abusador” (título de artículo; Caso Ma- ría Esther Lira, Prensa Libre, 12 de junio de
• “Hombre mata a esposa por denunciarlo” (tí- tulo de artículo; Caso María Esther Lira, La Nación, 12 de junio de 2009).
Además, el victimario sigue siendo visto como “otro”, un hombre distinto a la mayoría, enfer- mo, alcoholizado, drogadicto o un brujo. Ejem- plo de ello es el caso de Ana Lucía Pérez, en el
que al femicida, un hombre de nacionalidad cu- bana y conocido como “El Brujo”, se le describe haciendo énfasis en sus prácticas de santería y lectura de cartas. A la par de este carácter de “otredad” del victimario, a las víctimas se les
coloca en una posición de inferioridad, también para separarlas del resto de las mujeres pero al mismo tiempo para reforzar el lugar que desde el patriarcado se otorga a todas las mujeres. La Teja (18 de marzo de 2009) dedica un artículo
a evaluar los posibles efectos de la santería en
las personas, pues la familia de Ana Lucía afir- ma que el cubano la hechizó para enamorarla. Rescatan la opinión de un sacerdote y profesor universitario (“criterio de experto”) que indica que “el efecto de este tipo de brujerías, como la
santería, se da solo en las personas que creen en eso”. Además el artículo señala que, según el religioso, “la baja autoestima, poca seguridad y los prejuicios de la persona juegan un papel im- portante” en el efecto que tenga o no la brujería. El periodista resume estos criterios utilizando frases como “Débiles de mente” (subtítulo en el artículo) o “Santería para los débiles” (título del artículo). El razonamiento entonces es que
si Ana Lucía Pérez se enamoró de su femicida
gracias a la santería es porque era “débil de
mente”, o sea, fue culpa de ella.
• “Entre antenoche y la mañana de ayer, (…)
y otros familiares quemaron algunos objetos
extraños hallados dentro de la vivienda en Tuis. Encontraron una vieja muñeca negra en una mecedora, con una esclava amarrada en
el cuello. Tenía aretes sucios en las orejas, un
coco con tres bolinchas, tierra con gusanos, naipes raros y cartas de amor” (Caso Ana Lu- cía Pérez, Al Día, 18 de marzo de 2009).
• “Ana Lucía Pérez se ‘enamoró’ en tres días de un cubano que no conocía. (…) Los parientes de Ana Lucía están más que convencidos de que Lamas –a quien llamaban ‘el Brujo’- la conquistó a pura san- tería” (Caso Ana Lucía Pérez, La Teja, 19 de marzo de 2009).
En conclusión, se puede afirmar que en el pe-
riodo estudiado se evidencia que se ha avanza- do en la visibilización y discusión del femicidio como un delito y en su asociación con la violen- cia contra las mujeres. No obstante, los medios de prensa siguen reproduciendo estereotipos, culpando a las víctimas y evadiendo la respon- sabilidad del victimario como ejecutor de la muerte, pero también de la sociedad como res- guardo del pensamiento patriarcal que justifica
el femicidio. Este delito constituye una violación
flagrante al derecho humano a la vida, la liber- tad, la integridad personal, a vivir una vida libre
de violencia de género, así como de actos de tortura y tratos crueles inhumanos y degradan-
tes, entre otros derechos. Si no existen cambios
a nivel cultural, si los medios de comunicación
colectiva no asumen su responsabilidad como formadores de opinión y modifican el tratamien- to de este tipo de casos, la visibilización del fe- micidio resulta absolutamente insuficiente para combatir y erradicar la violencia en contra de las mujeres por razones de género.
CAPÍTULO II FEMICIDIOS ÍNTIMOS: VIVIENDO CON LA MUERTE
“Misterioso fin para feliz matrimonio” (Título de noticia; Prensa Libre, 22/10/09).
El presente capítulo analizará casos de femici- dios íntimos que fueron publicados en la prensa escrita en los años 2005 y 2009. Por femicidios íntimos se entiende aquellos que fueron perpe- trados por personas con quienes la víctima tenía o tuvo una relación íntima, familiar, de conviven- cia o afines a éstas. En los casos analizados, los femicidas fueron convivientes, padres, esposos, ex esposos, familiares políticos (ex cuñado y yerno) o novios.
El análisis incluye las representaciones sociales que se reproducen en las noticias sobre la vio- lencia contra las mujeres, las víctimas, los fe- micidas, la relación existente entre ambos y las justificaciones que se dan al femicidio.
En los casos analizados, la violencia contra las mujeres se presenta como parte de una cate- goría general denominada “actos violentos”. La violencia en general es considerada una proble- mática social con características independien- tes de las motivaciones subyacentes o las par- ticularidades de las víctimas y los victimarios. Los medios de prensa escrita pasan por alto las particularidades que tiene la violencia de géne- ro, ya sea cuando se ejerce directamente sobre
las mujeres o cuando se ejerce sobre otras u otros para afectarles a ellas.
Un ejemplo de esto se presenta en la cobertu- ra del caso de femicidio de las hermanas Val- verde Mora, ocurrido en 2005, por parte del ex compañero de una de ellas. A pesar de que este es un femicidio íntimo (por excompañero en el caso de Anny, y por familiar en el caso de Arlyn), algunos artículos aparecidos en los periódicos nacionales señalan el caso como un “acto de violencia” o “episodio de violencia domésti- ca”. Aunque este femicidio tiene su origen en la agresión hacia una mujer, es ubicado en una categoría mucho más amplia y difusa.
• “Los actos de violencia en el país han ido en aumento; el martes anterior un hombre le disparó a su hijo de tan sólo dos años y cin- co meses, al parecer porque su compañera sentimental lo iba a dejar; ahora el menor se encuentra en el Hospital de Niños con muer- te neurológica” (subrayado no es del original; Caso Hermanas Valverde, Prensa Libre, 16 de junio de 2005).
• “Es el segundo episodio de violencia domés- tica que ocurre esta semana. El lunes en la noche, un hombre disparó contra su hijo, de 2 años, y contra sí mismo. El agresor falle- ció ayer” (subrayado no es del original; Caso Hermanas Valverde, La Nación, 16 de junio de 2005).
En el 2009 parece que esta tendencia disminu- ye, pues las comparaciones se hacen con otros casos de violencia contra las mujeres y espe- cíficamente de femicidios, ya no dentro de esa
“Otro hogar costarricense se convirtió en el escenario de la violencia doméstica…” (Caso Hermanas Valverde, Prensa Libre, 16 de junio de 2005).
Un claro ejemplo de ello es la cobertura que se hace del caso de María Guadalupe Córdo- ba, quien fue golpeada brutalmente y asfixiada por su esposo durante la visita conyugal en la
en la habitación de visita conyugal, todos estos hechos consignados en la mayor parte de las noticias de prensa relacionadas con el caso. Lo cierto es que ambos femicidios fueron perpetra-
ambas víctimas igual de valiosas, pero las no-
gran categoría de “actos violentos” o “episo- dios de violencia doméstica”. No obstante se
En 2009 esta tendencia se mantiene e incluso
• “Mujeres asesinadas sufrieron agresiones.
• “Las mujeres murieron a machetazos” (subtí-
cárcel La Leticia, en Pococí, en 2005. Ella te- nía intenciones de finalizar la relación y solicitar
dos por el mismo femicida, son igual de atroces
siguen encontrando notas de prensa en los que
se describen las agresiones sufridas por las víc-
divorcio, por ello lo fue a visitar después de
ticias no hacen la asociación entre los dos femi-
se reproducen declaraciones en las que se per- petúan ideas relacionadas con la normalización de la violencia contra las mujeres y su equipara- ción con otro tipo de delitos contra la vida. Por
timas despersonalizando al victimario, es decir, omitiendo quién cometió la agresión.
varios meses de no hacerlo. El esposo se en- contraba en la cárcel por el femicidio de su hija de 13 años.
cidios y por ello no reciben un trato igualitario por parte de la prensa ni una cobertura acorde con la violación a los derechos humanos de la que fueron víctimas ambas mujeres.
ejemplo, en la Prensa Libre (11 de noviembre de
Día anterior a doble homicidio fueron golpea-
femicidio de María Guadalupe es sumamente
2009), cuando se informa sobre el doble femi-
das, según le contaron a una amiga” (título y
Otro caso que ejemplifica este carácter poco
cidio de una madre y su hija, ambas embaraza- das, se señala que el femicidio ocurrió “en una zona donde usualmente no son frecuentes los homicidios”, como si el asesinato de una mujer por su condición de género pudiera compararse
subtítulo de noticia; Caso Ana Rosa e Inés, La Nación, 12 de noviembre de 2009).
tulo de noticia; Caso Ana Rosa e Inés, Al Día, 11 de noviembre de 2009).
impactante por diversas razones: es asesinada en un centro penitenciario durante la visita con-
yugal, lo que evidencia la falta de seguridad a la que se enfrentan las mujeres en esos espacios; el asesinato fue sumamente violento, pues el hombre la golpeó en la cara en reiteradas oca-
reflexivo sobre la violencia contra las mujeres es el femicidio de Ana Rosa e Inés, ocurrido en 2009. Ana Rosa era una adolescente de 17 años que fue raptada por un hombre en Nicaragua y traída a Costa Rica por la fuerza, impidiéndo-
con otro tipo de asesinatos, por ejemplo los que
siones, le quebró la nariz y terminó asfixiándo-
comunicarse con su familia durante más de
ocurren en el contexto de asaltos o riñas.
Al mismo tiempo persiste aún la idea de que
con su ropa interior; y el asesino portaba un
un año y medio. La joven queda embarazada
esta violencia pertenece al ámbito de lo privado,
arma punzocortante al entrar en la habitación,
durante las citas de control prenatal conoce
No debe olvidarse, como señala Lorente (2001),
la cual se ve reflejada en la utilización de expre-
lo que hace dudar de las medidas de seguri-
una mujer a quien le cuenta su historia y que le
que “…la agresión a la mujer es diferente a
siones como “problema de pareja” o “problema
proporciona una tarjeta telefónica para comuni-
otras manifestaciones de violencia, no sólo en el origen, sino que también lo es en las conse- cuencias, especialmente en lo referente a las justificaciones sociales que se dan ante estos casos y a las consecuencias jurídicas de estos hechos”. (p. 94)
familiar” para describir las causas de los hechos femicidas. Esta combinación entre lo etéreo de la violencia y su carácter privado continúa en- sombreciendo una problemática cuyas conse- cuencias son sumamente graves, hasta llegar a la muerte de las víctimas.
dad existentes en el centro penitenciario para resguardar la vida de las mujeres. Sin embar-
go, el detalle que más se resalta en las notas de prensa es el hecho de que el femicida estaba preso por haber asesinado a su hija de 13 años envenenándola con un refresco, aparentemente porque lo había denunciado por abusar sexual- mente de ella. Este otro femicidio recibe tanta
carse con su mamá. Inés, la madre de Ana Rosa viene a buscarla y durante su visita el raptor las asesina a ambas a machetazos. Las notas de prensa señalan el hecho de que Ana Rosa ha- bía sido raptada pero se refieren a su femicida como su “compañero sentimental”. Si bien es cierto se recogen los antecedentes de violencia
Otro aspecto que resalta del análisis de las notas
El perpetuar este abordaje de la violencia contra
más atención en los artículos de prensa que
física a la que estuvo expuesta la adolescente
de prensa es que la violencia contra las mujeres,

References: Artículo 1

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 artículo 2
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