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Timestamp: 2018-03-21 10:39:43+00:00

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Reino Unido | El Juego de la Suprema Corte
Previo al referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la Unión Europea, el ministro de finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, fue interrogado acerca de si el Brexit pudiera traducirse en un estatus especial para el Reino Unido (RU) respecto a su relación con la Unión Europea (UE), conservando ciertos privilegios, sobre todo en cuanto al mercado interior, al tiempo que le permitiese librarse de varias de las obligaciones comunitarias que nutrieron el “leave”. Ante ello Schäuble, político sensato y conocido por no darle vueltas a las cosas, declaró contundentemente que habría que ser respetuoso de la soberanía de los británicos, y que “in is in, out is out”.
Desde el punto de vista político, la respuesta de Schäuble se antoja justa. Y un primer vistazo al proceso legal de cese de membresía de Estados miembros de la UE parece darle la razón. Advierto que este proceso es complejo,1 con implicaciones serias para el derecho constitucional británico y para el derecho internacional, incluyendo el derecho de la Organización Mundial de Comercio. En este espacio sólo abordaré los aspectos centrales del proceso legal conforme al derecho internacional y al de la UE, así como algunos escenarios posibles de dicho proceso, sin considerar los flancos adicionales que ello podría abrir, como el estatus de Escocia dentro del propio RU.
La UE fue creada en virtud de tratados internacionales entre sus Estados miembros (tratados constitutivos de una organización internacional), por lo que el primer paso en el análisis de dicho proceso lo constituye la Convención de Viena sobre el Derecho de Tratados de 1969. Según el artículo 54 del tratado sobre tratados, el retiro de una parte de un tratado podrá tener lugar: a) conforme a las disposiciones del propio tratado; o b) en cualquier momento, por consentimiento de todas las partes. El último supuesto normativo implicaría el consentimiento del propio RU, y aquí hay que distinguir entre el derecho interno y el derecho internacional. Conforme al derecho internacional, y el de la UE en particular, RU no ha dejado de ser miembro de pleno derecho de la UE en virtud del referéndum; de hecho, este no surte efectos jurídicos en el ámbito externo. ¿Podría, entonces, darse la posibilidad de que, conforme al mencionado artículo 54 (b) de Viena, RU o cualquier otro país miembro de la UE rechace la salida de aquel, y así RU permaneciere en la UE pese al referéndum? La respuesta es claramente no, pues el artículo 54 (b) de la Convención de Viena solo aplica en caso de que no exista una cláusula sobre terminación en el tratado respectivo (Art. 54 (a)). Ello no aplica al Brexit, pues el Tratado de Lisboa prevé en su artículo 50 el proceso de salida de un Estado miembro, partiendo del reconocimiento del derecho soberano de todo Estado miembro de retirarse de la Unión cuando así lo decida conforme a su derecho constitucional.
Aquí no debe haber duda ni confusión. La gran mayoría de los juristas internacionalistas y europeístas están de acuerdo en que el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea (TUE), conforme a las enmiendas de Lisboa (de ahí que se le conozca como Tratado de Lisboa), es el derecho aplicable al Brexit. ¿Pero qué pasaría en caso de un “Regrexit”? Si se diesen las circunstancias políticas internas necesarias para no cumplir con el resultado del 23 de junio pasado, entonces el gobierno británico podría simplemente no notificar a las autoridades de la UE su intención de salirse, y sin dicha notificación el proceso del artículo 50 del TUE simplemente no se activa. Ello sería poco deseable en cuanto a que persistiría una incertidumbre sobre el futuro de RU en la UE, y de la UE en su conjunto, por lo que ya varios líderes europeos han llamado al gobierno británico a presentar su notificación lo antes posible –además del mensaje político de que asuman las consecuencias de su decisión soberana: “in is in, and out is out”.
Sin embargo, desde el punto de vista del derecho europeo, el gobierno británico tiene la posibilidad de posponer el Brexit al postergar la notificación, o incluso de evitar la salida al no presentarla (las consecuencias de derecho interno son otro asunto). Ello representaría una situación extrema, poco probable que se dé, a menos de que todos los gobiernos de la UE y las instituciones comunitarias decidan conjuntamente hacer caso omiso del resultado del referéndum, es decir, que cese la presión política para que Londres asuma las consecuencias del “leave”. El otro extremo sería que el parlamento británico decidiera irse retirando de sus obligaciones comunitarias antes de que RU deje de ser parte de la UE (ya hay una iniciativa para derogar la European Communities Act de 1972). Ello sería una clara violación al derecho de la UE, y algunos juristas han especulado acerca de si ello provocaría la expulsión de RU de dicha organización internacional. El TUE no contiene una cláusula de expulsión, pero hay una discusión en derecho internacional institucional acerca de si existe un derecho implícito de expulsión de organizaciones internacionales, justamente por violaciones graves a cargo de un Estado miembro al derecho de la organización internacional (a los tratados constitutivos respectivos).2
La alternativa más sensata y probable es que se siga el proceso del artículo 50 del TUE. El gobierno de RU, actual o futuro, en algún momento, presentaría su notificación de intención de salida al Consejo de la UE,3 quien a nombre de la UE, negociaría con RU un acuerdo de salida, en el cual se definirían los términos de la salida y, más importante aún, de la futura relación de RU con la UE. La entrada en vigor de dicho acuerdo (un tratado internacional por su propio derecho) marcaría el cese de la vigencia de los tratados comunitarios en RU. Y si llegasen a fracasar las negociaciones respectivas, el artículo 50 TUE prevé que la membresía termine a los dos años de la notificación. En otras palabras, una vez hecha la notificación (o activado del artículo 50 TUE, que es lo mismo), “out is out”.
Al menos formalmente, pues lo que realmente definiría qué tan adentro o afuera de la UE quedaría RU es el contenido de un futuro acuerdo de salida. Y aquí hay varios escenarios posibles. Desde un acuerdo mal logrado, marcado por negociaciones rencorosas, que deje a RU claramente apartado de Bruselas, pasando por un regreso de la Isla a la Asociación Europea de Libre Comercio, que goza de una intensa relación comercial con la UE, hasta la negociación de un estatus similar al de Suiza (en riesgo, a su vez, por las nuevas leyes anti-inmigrantes de este país). Suiza tiene la relación más estrecha con Bruselas sin ser parte de la UE, ya que mediante una serie de acuerdos con la UE, es prácticamente un miembro más del mercado interior, al tiempo que tiene que aplicar derecho comunitario sin poder participar en su adopción. Este escenario no parece hacer justicia a los reclamos soberanistas (justificados o no) de los partidarios del Brexit. Pero irónicamente, al estar basado en acuerdos negociados individualmente entre RU y la UE, en lugar de los tratados fundacionales y multilaterales de la UE, ello podría ajustarse a la retórica populista de los partidarios del Brexit.
Este camino es posible y probable, una vez que se calmen los ánimos. En cierto sentido, representaría una situación entre el estar afuera y adentro, a diferencia de lo sostenido por Schäuble. Ya varios líderes europeos, entre ellos Angela Merkel, han dicho que el acceso al mercado interior europeo viene aparejado de la libre circulación de personas y de otras obligaciones comunitarias que tanto disgustan a los anti-europeístas en la isla (y que pondrían importantes límites legales a eventuales medidas anti-inmigrantes y xenófobas). A fin de cuentas, un acuerdo de salida que estipule una situación tipo Suiza –a mi juicio uno de los escenarios más probables – se acercaría a una especia de “out is almost in”.
Alejandro Rodiles. Profesor de tiempo completo en el Departamento de Derecho del ITAM.
1 Para un análisis desde la perspectiva de la teoría de la soberanía y del rol de la soberanía en los procesos globales contemporáneos, véase: Rodrigo Chacón, ‘El fantasma del Brexit o el retorno de la soberanía’, en este blog (20 de junio de 2016).
2 Véase Joseph Blocher, G. Mitu Gulati y Laurence R. Helfer, ‘Can Greece be expelled from the Eurozone? Towards a Default Rule on Expulsion from International Organizations’ (17 de mayo de 2016), Duke Law School Public Law & Legal Theory Series No. 2016-29.
3 Sobre el Consejo de la UE y el marco institucional de la UE en general, véase: Alejandro Rodiles, Hacia una Constitución Europea. Perspectivas Jurídico-Políticas (México, Porrúa 2007).
El “insumergible” Capitán Schettino
El 15 de abril de 1912 se hundió el R.M.S. Titanic. De esa tragedia, amplísimamente documentada, analizada y especulada (¿cuál fue la última pieza que tocaron los músicos del Titanic?, ¿el Titanic se hundió por culpa del jazz?), se recuerda especialmente a Margaret Brown, quien tras asumir un liderazgo indiscutible en el bote salvavidas número 6, empezó a ser conocida, como “la insumergible Molly Brown”.
Un viajero desesperado y con sudor ya helado le pregunta a un chamán del Amazonas acerca de qué es lo que tiene que hacer porque ha sido mordido por una serpiente chuchupe. El chamán, parsimonioso, le responde: “lo único que tienes que hacer, es morir”. Algo parecido habrá pasado por la mente del Capitán Edward Smith, cuando tuvo conocimiento de la colisión del barco con un iceberg. Numerosos testigos infieren un comportamiento afásico del capitán Smith, quien tras dar algunas instrucciones a sus subalternos, se dirigió al puente de mando e inmortalizó la máxima: El capitán se hunde con su barco.
Y aquí entra el arquetipo de Molly Brown, como engarce entre los capitanes Smith del Titanic, y Francesco Schettino, del Costa Concordia, que en cuanto supo que algo “no andaba del todo bien” en el lujoso barco, lo abandonó, tomo un taxi y se dirigió a su hotel. “Hice todo lo posible”, declaró Schettino. Desde luego, hizo todo lo posible por salvarse a sí mismo, por más que la furiosa autoridad portuaria le ordenaba regresar a la nave para dirigir las labores de rescate.
Derivado de las pérdidas humanas, materiales y por el eventual daño el equilibrio ecológico, el insumergible Capitán Schettino vislumbra desde el mástil de la ignominia 15 años de prisión, particularmente por homicidio múltiple, naufragio y abandono de la nave.
“Yo no abandoné el barco. El barco me abandonó a mi”
Al hundirse el Titanic, menos de la tercera parte de las personas que iban a bordo logró sobrevivir. Paralelamente al nacimiento de la leyenda, surgieron varias interrogantes que serían determinantes en las eventuales demandas contra la empresa White Star: ¿fue peligrosa la ruta seguida por el barco?, ¿se comportó la tripulación apropiadamente? ¿Avanzaba el Titanic con mucha rapidez?
Para resolverlas, tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido se integraron sendas comisiones para investigar la naturaleza de los hechos. Entre los testigos “estrella” estaba Charles Lightoller, el oficial superviviente de la tripulación de más alto rango, cuyo extenso testimonio ante los senadores estadounidenses fue enfático en el sentido de que él no había abandonado el barco, sino que el barco lo había abandonado a él.
Particularmente interesante es el testimonio de Lightoller del 20 de mayo de 1912 ante la Mersey Commission del Reino Unido, en el que contestó a más de 1,600 preguntas. Quienes interrogaron a Lightoller revisaron cuidadosamente su declaración rendida ante la comisión investigadora del Senado de Estados Unidos, y muchas de las preguntas que le hicieron estuvieron relacionadas con lo que dijo bajo juramento ante los senadores norteamericanos. Con cautela, afirmó repetidas veces que no recordaba lo que había dicho en Nueva York, lo que obligó a los abogados a citar sus propias palabras registradas. Una vez que tuvo fresco en la memoria lo que había dicho antes, Lightoller pudo estar seguro de no contradecirse y poner a la compañía White Star (a la que pertenecía el Titanic) en problemas legales de consideración.
Su más fiero interrogador, Thomas Scanlan, que representaba al sindicato nacional de marinos y fogoneros, estaba decidido a conseguir que admitiera que los oficiales del Titanic fueron negligentes en las horas previas a la colisión. Primero, Scanlan interrogó a Lightoller acerca de las insólitas condiciones atmosféricas (en calma, pero con muy escasa visibilidad):
— Ha descrito usted esa noche como particularmente mala para ver icebergs, ¿no es cierto?
Esa era, de hecho, la postura de Lightoller, pero también sostuvo que la singularidad de las condiciones atmosféricas no se puso de manifiesto hasta después de la colisión, y se limitó a contestar:
— No creo que mencionara la palabra “mala”, ¿verdad?
La sagacidad de Lightoller se puso de manifiesto cuando Scanlan comentó:
— Aunque hubo dificultades anormales, no tomó usted ninguna clase de precauciones extra.
— ¿He dicho yo eso? –replicó.
Scanlan volvió a intentar atrapar a Lightoller:
— A la vista de las condiciones anormales y del hecho de que se acercaban al hielo hacia las diez de la noche, ¿no era una razón muy evidente para avanzar más despacio?
Era una pregunta que solo podía contestarse afirmativa o negativamente, pero Lightoller se las arregló para contestar sin hacerlo de ninguna de las dos formas:
— Bueno, solo puedo citarle mi experiencia durante los últimos veinticuatro años, la mayor parte de los cuales los he pasado atravesando el Atlántico, y nunca he visto que ningún barco redujera la velocidad.[1]
— ¿No está lo suficientemente claro que la forma más evidente de evitar una colisión es disminuyendo la velocidad?
— Esa no es, necesariamente, la forma más evidente.
— Bueno, ¿es o no es una forma? – Preguntó Scanlan, visiblemente frustrado.
— Es una forma –tuvo que admitir Lightoller, añadiendo:- Naturalmente, si se detiene el barco, no se choca con nada.[2]
Scanlan no cejaba, pero Lightoller tampoco se amilanó:
— Lo que deseo sugerirle es que, a la vista de las condiciones atmosféricas que usted mismo ha descrito como anormales, y del conocimiento que tenía de diversas fuentes sobre la presencia de hielo en su inmediata cercanía, ¿fue una imprudencia, de hecho, de la mayor temeridad continuar a veintiún nudos y medio de velocidad?
— En tal caso, lo único que puedo decir es que la temeridad debe aplicarse prácticamente a todo comandante y a todo barco que cruza el océano Atlántico. Contestó Lightoller.
— No discuto eso con usted. La cuestión aquí es: ¿puede usted describirlo como otra cosa que imprudencia?
— Si –contestó Lightoller, que en modo alguno estaba dispuesto a satisfacer a Scanlan en sus esfuerzos por demostrar su punto de vista.
— Desde su punto de vista, ¿es eso una navegación cuidadosa?
De nuevo, Lightoller no se dejó arrinconar:
— Es una navegación ordinaria, lo que abarca también una navegación cuidadosa.[3]
No obstante, después de una extensa, minuciosa y costosa investigación, la Comisión británica concluyó que el Titanic se hundió porque…chocó con un iceberg: “The Court, having carefully inquired into the circumstances of the above mentioned shipping casualty, finds, for the reasons appearing in the annex hereto, that the loss of the said ship was due to collision with an iceberg, brought about by the excessive speed at which the ship was being navigated”.
[1] — There was no reason, I take it, why you should not go fast; but, in view of the abnormal conditions and of the fact that you were nearing ice at ten o’clock, was there not a very obvious reason for going slower?
— Well, I can only quote you my experience throughout the last 24 years, that I have been crossing the Atlantic most of the time, that I have never seen the speed reduced.
[2] — You were asked by my Lord this forenoon how an unfortunate accident like this could have been prevented in what you describe as abnormal circumstances?
— Is it not quite clear that the most obvious way to avoid it is by slackening speed?
— Not necessarily the most obvious.
— Well, is it one way?
— It is one way. Naturally, if you stop the ship you will not collide with anything.
[3] — What I want to suggest to you is that it was recklessness, utter recklessness, in view of the conditions which you have described as abnormal, and in view of the knowledge you had from various sources that ice was in your immediate vicinity, to proceed at 21 ½ knots?
— Then all I can say is that recklessness applies to practically every commander and every ship crossing the Atlantic Ocean.
— I am not disputing that with you, but can you describe it yourself as other than recklessness?
— Is it careful navigation in your view?
— It is ordinary navigation, which embodies careful navigation.

References: artículo 54
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