Source: http://www.libertadidioma.com/2004/20040419.htm
Timestamp: 2020-03-29 00:10:06+00:00

Document:
AGLI Recortes de Prensa Lunes 19 Abril 2004
Primer incumplimiento de ZP. Cuatro hipótesis no excluyentes
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 19 Abril 2004
Una retirada apresurada
Alejandro Muñoz Alonso La Razón 19 Abril 2004
Juan Van-Halen La Razón 19 Abril 2004
Honrar a las víctimas y satisfacer a los verdugos
EDITORIAL Libertad Digital 19 Abril 2004
El primer gran error de Zapatero
GEES Libertad Digital 19 Abril 2004
¿Evacuación o espantada
Lorenzo Contreras Estrella Digital 19 Abril 2004
Un inicio muy malo
Editorial El Ideal Gallego 19 Abril 2004
FUGA DE IRAK
Editorial ABC 19 Abril 2004
¿QUIÉN ES NIHILISTA
BENIGNO PENDÁS ABC 19 Abril 2004
Nihilismo y civilización
Luis González Seara La Razón 19 Abril 2004
Una victoria manchada
Pío Moa es escritor La Razón 19 Abril 2004
Pío Moa Libertad Digital 19 Abril 2004
EL RECURSO DEL ÉXITO
GERMÁN YANKE ABC 19 Abril 2004
La universidad frente al terrorismo
Ángel López-Sidro López La Razón 19 Abril 2004
El primer Gobierno de izquierdas
Carlos Dávila La Razón 19 Abril 2004
Otro modelo nacionalista
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 19 Abril 2004
Cartas al Director ABC 19 Abril 2004
Zapatero ha incumplido de manera estrepitosa su promesa de retirar las tropas españolas de Irak el 30 de junio si antes no había un compromiso para que la ONU asumiera el control del territorio, algo no más improbable hoy que hace seis meses y hace seis días. ¿Pero por qué ZP se adelanta setenta días a su discutible promesa, que además de romper la política exterior española y de traicionar la coalición de los USA, la mayor parte de los países europeos, y otros muchos de todo el mundo, ni siquiera quiso solemnizar en el debate de investidura del jueves al viernes? Al incumplir esa promesa, ¿qué otra promesa cumple y con quién? ¿Qué quiere demostrar? ¿O qué quiere ocultar?
Varias hipótesis pueden apuntarse, sin excluir la del simple aventurerismo irresponsable. La primera es que el apoyo de ERC e IU a su investidura “a cambio de nada”, haya sido realmente a cambio de esto, y que se haya apresurado a cumplirlo antes de que distintas presiones interiores o exteriores le impidieran hacerlo, quedando a expensas de cualquier revolcón parlamentario que cortara la legislatura cuando menos le conviniese. La segunda es que el acuerdo sea con el terrorismo islámico, que es lo que va a parecer ante la opinión internacional. Desde luego, el crédito exterior de España como aliado fiable ha desaparecido del todo y para mucho tiempo. La tercera hipótesis es la del golpe de autoridad, algo semejante a lo que supuso el golpe contra Rumasa en el primer Gobierno de González y que ZP podría considerar todavía más necesario en su caso, para ahuyentar la imagen de un gobierno “débil e inestable”.
Y la cuarta, aunque parezca novelesca, podría ser la de tapar con una aparatosa cortina de humo política los tremendos interrogantes sobre la verdadera autoría y la evidente manipulación de la masacre del 11-M a favor de la candidatura de Zapatero y en contra de la de Rajoy, que este domingo ha planteado en una escalofriante investigación el diario El Mundo y que apuntaría directamente a un sector del PSOE incrustado en Interior o de Interior incrustado en el PSOE. Antes de afrontar una comisión de investigación sobre la “trama roja” del 11-M, Zapatero trataría de dignificarla con una decisión que desde el punto de vista informativo la deja en segundo plano. Sin embargo, mientras no se nos explique lo inexplicable tendremos que mirar hacia el 11-M, porque sea por el lado musulmán o por el español, es donde hay más puntos casi tan oscuros como esta primera decisión ejecutiva de ZP. Que como prueba de diálogo y de talante, tampoco está mal.
Sabíamos que Zapatero estaba decidido a retirar, a toda costa y a cualquier precio, el contingente español en Iraq porque esa retirada ha sido, en última instancia, la única promesa electoral realizable a corto plazo, ya que todos los demás propósitos del nuevo Gobierno, expuestos en la sesión de investidura, no pasan de vaporosas ofertas que sólo se podrán hacer realidad al cabo de los meses. Era preciso apuntarse ese tanto cuanto antes porque, ciertamente, no es previsible que una eventual resolución del Consejo de Seguridad (CS) suponga una imposible «onusización» de la situación en Iraq, como quiere el presidente español, pero, además, porque (parafraseando a los malos periodistas: «Que la realidad no me estropee una información») sólo faltaba que una resolución del CS le estropeara al nuevo Gobierno la jugada maestra de presentarse ante la opinión pública para decir: Cumplimos, y a toda velocidad, nuestras promesas.
Pero si la decisión estaba descontada, lo que sorprende es la forma en que se toma. Nunca en España, ni en ningún otro país democrático, se han tomado decisiones de esa importancia por el presidente del Gobierno, por sí y ante sí, sin previa reunión del Consejo de Ministros y no se entiende que estando prevista una reunión del mismo para hoy lunes no se haya esperado para cumplir esa formalidad, que respondería si no a la letra, sí al espíritu de nuestra Constitución. Todavía más: Si, como anunció el presidente en su discurso de investidura, es propósito del nuevo Gobierno que este tipo de decisiones se tomen en el Parlamento, no habría sido demasido complicado convocar una inmediata sesión plenaria del Congreso para apoyar con sus votos la decisión presidencial y no sólo para comunicarle la decisión. Para mayor sorpresa se da la orden al ministro de Defensa, que ya lo es sin duda, pero que cuando ayer se le dio la orden no había tomado aún posesión de su cargo y, por lo tanto, no había podido ni siquiera sentarse en su despacho. Eso no es rapidez sino precipitación o apresuramiento, una actitud poco compatible con los modos o formas que se exigen y necesitan en el ámbito del Gobierno. ¿No era Zapatero el hombre del cambio tranquilo? Claro que no puede sorprender el poco aprecio de las formas cuando la lista del Gobierno ha circulado durante semanas, antes de que se cumplieran los obligados trámites constitucionales y de que se dieran a conocer las propuestas de nombramiento al Rey. Mal va a ir nuestra democracia si se desprecian las formas y se puentean las instituciones.
Pero, por supuesto, la apresurada decisión del presidente no es sólo objetable por razones de forma sino por el profundo significado político de la misma. Puede ser cierto que la retirada del contingente español, que según los socialistas no representa más que el 0 4 por ciento del total de la coalición, no afecta a la operatividad del conjunto de las fuerzas aliadas. Lo acaba de reconocer la propia Condoleeza Rice. Pero es que la cuestión no es cuantitativa sino cualitativa, porque con la retirada ¬quiérase o no y no hay más que seguir los grandes medios internacionales¬ España está enviando un triste mensaje de apaciguamiento ante el terrorismo, algo muy próximo a la huida. Algún socialista destacado me ha negado este hecho con el argumento de que la retirada estaba anunciada mucho antes de que se produjera el salvaje atentado del 11 de marzo. Es verdad, pero lo cierto es que ante la opinión públicaa internacional y ante una parte muy notable de la española la decisión presidencial no se puede disociar de lo que aquí ocurrió el mes pasado, causa principal del espectacular vuelco de opinión que dio el triunfo electoral al PSOE y a sus socios izquierdistas e independentistas.
La decisión española va, además, en sentido contrario a lo que se piensa en este momento en todas las cancillerías y en todo los medios políticos responsables. No son sólo Bush y Blair los que acaban de insistir en su propósito de mantener las tropas en Iraq. Es que, incluso quienes han criticado desde el principio esta guerra y el modo en que la ha gestionado la Administración americana, están ahora de acuerdo en que no es el momento de la espantada, que condenaría a aquel país al caos y a una inevitable guerra civil entre etnias y facciones religiosas. Tal es el caso, por ejemplo, del candidato demócrata, Kerry, que ha manifestado que si gana en noviembre las tropas americanas seguirán allí, porque en un país serio en lo que son cuestiones de Estado está obligado a una elemental continuidad. Las prisas de Zapatero no se justifican tampoco porque nuestras tropas estuvieran en una situación de peligro especial. Sólo hace unas horas los soldados del contingente que regresaban insistían en que las cosas allí no son tan dramáticas como aparecen en los noticiarios de la televisión. La seguridad de nuestros soldados no había disminuido y se les afrenta cuando se les trata como una benéfica ONG.
No se puede poner como pretexto «la voluntad de los ciudadanos españoles» porque aquí no ha habido un referéndum sobre la cuestión, ni la retirada ha sido el tema principal de una campaña. Lo que aquí ha habido es una demagógica falta de responsabilidad del nuevo Gobierno que, después del alentado del 11 de marzo, debería haber explicado a la opinión pública que el cambio radical de las circunstancias hacía necesario no hacer un gesto que pudiera interpretarse como una cesión ante el terrorismo. Mala cosa una retirada que tiene todas las trazas de una huida y que se toma, además, cuarenta y ocho horas después de la última amenaza directa contra España de Ben Laden. Diga lo que quiera el presidente, la imagen de España queda tocada después de esta retirada que arroja serias dudas sobre la seriedad de nuestro país y sobre su capacidad para desempeñar todos sus compromisos internacionales.
La primera declaración institucional del nuevo inquilino de La Moncloa ha supuesto el cumplimiento de una promesa electoral, y es obviamente de su exclusiva responsabilidad. Otra cuestión distinta son las formas y el respeto a los compromisos internacionales de España. El anuncio de la retirada «cuanto antes» de nuestras tropas en Iraq, cuando Bush y Blair asumían y promovían lo que hasta ahora parecía ser la condición del nuevo presidente: el control de la ONU sobre el proceso, es sorprendente, sobre todo en su plazo. También la declaración presidencial es contradictoria. Zapatero asegura nuestro compromiso en la reconstrucción y democratización de aquel país, pero la consecuencia de su decisión, tan acelerada, deja sin la necesaria seguridad al proceso de reconstrucción y democratización.
El tema de fondo es más grave. Tuvo antecedentes en la manifestación de Leganés (no la de los vecinos del barrio, sino la convocada por el alcalde socialista) que pedía en sus pancartas precisamente lo que deseaban los terroristas, aquellos desalmados que acababan de provocar la muerte de un policía y habían dejado a muchas familias sin vivienda. Zapatero ha dado armas psicológicas a los terroristas. El precio del miedo (y de los compromisos internacionales) para el Gobierno de España es, por ahora, la sangre de casi doscientos muertos y de más de mil heridos. El dolor por la barbarie no debe suponer la rendición del terrorismo. Uno se explica la pregunta del primero de los terroristas islámicos que salió de la incomunicación: «¿Quién ha ganado las elecciones?». ¿Qué pensa- rán ahora los terroristas autóctonos de su comedimiento a la hora de provocar víctimas y, por ello, de tratar de obtener beneficio político de su crueldad? ¿Cuál sería el precio del miedo ante ese delirante objetivo «liberador» del demente Ben Laden, que él sigue llamando Al Andalus? Y, por el camino, otros precios del miedo en el Norte de África.
Dijo Antonio Maura, hace más de cien años, en el Congreso de los Diputados, que «gobernar no es es escuchar sólo el ruido de la calle para seguir todos los signos y todas las marchas; gobernar es tener un concepto perfectamente claro de lo que se persigue u na voluntad firmísima de loq ues se quiere». Ben Laden, o sus oscuras franquicias, han ganado una batalla. Por primera vez, en un viejo país de valiente, el miedo ha tenido un precio, y qué alto.
Un día después de llevar flores a las víctimas del 11-M y dos días después del comunicado de Ben Laden, en el que el jefe supremo de Al-Qaeda, tras justificar la matanza, ha ofrecido una tregua a Europa si sus soldados salen de Irak y Afganistán, Rodríguez Zapatero ha decidido, sin previo aviso, adelantar esa retirada de tropas que tan insistentemente exigían los autores de la masacre del 11-M, como —todavía— buena parte de los medios de comunicación españoles.
Que un objetivo declarado de los terroristas, como es la retirada de las tropas aliadas de Irak, haya podido convertirse en reclamo electoral en España —antes y después del 11-M— es, como no nos cansaremos de decir, el infame resultado de unos medios de comunicación que, con tal de llevar la contraria a Bush y dar rienda suelta a su antiamericanismo de salón, se niegan de forma suicida a reconocer que Ben Laden y sus partidarios han declarado una guerra a Occidente. Pero los hechos son dramáticamente así y, ante este panorama, podemos analizar la decisión de Zapatero desde dos puntos de vista:
La primera posibilidad es que se trate sólo de un salida provisional: En este caso, “la salida de Irak a partir de junio” se convertiría en “el regreso a Irak a partir de junio”, aunque ya con un nuevo mandato de la ONU “o de cualquier otro organismo internacional” del que nos hablaba Zapatero en el debate de investidura.
Esta hipotética jugada de Zapatero permitiría a su partido llegar a las elecciones europeas de Junio con la promesa de marras cumplida –ningún partidario suyo le va a reprochar que lo haga antes de tiempo—, y, pasados los comicios europeos, vender el regreso de las tropas, no como un incumplimiento electoral, sino como una asunción de responsabilidades internacionales frente al terrorismo que —nos dirán— nada tienen que ver con el pretérito “seguidismo” de Aznar a Bush. En este caso, se trataría de “una salida para regresar” como el referéndum para salir de la OTAN se convirtió en un referéndum para quedarse. Zapatero también podría, en este caso, “cumplir su palabra” de someter al Parlamento ese hipotético regreso de tropas a Irak, sabiendo que, aunque los que ahora le instan a marchase no le secunden, ahí estará el PP para apoyarle en el Congreso.
La otra posibilidad es que, efectivamente, Zapatero sea tan absolutamente irresponsable como parece, y que sea verdad que está dispuesto a cumplir esa propuesta electoral de forma definitiva como a Ben Laden, sin duda, le gustaría constatar tras su tregua de tres meses. El problema de tomarnos en serio lo que este domingo solemnemente nos anuncia Zapatero —una salida de Irak para no volver— es que, a los ojos de Ben Laden y sus secuaces, se vería finalmente confirmada su estrategia: Hemos pinchado, hemos notado blando, sigamos profundizando. La situación tras el 11 y el 14-M –se dirán los terroristas— “sí ha cambiado” con el nuevo gobierno en España, los soldados españoles sí salen de Irak ¿por qué no intentarlo con los de los otros países de Europa aliados del Gran Satán que continúan en Irak? ¿Por qué no seguir intentándolo para que lo hagan también de Afganistán?
Estados Unidos está a medio año de las elecciones presidenciales y el Reino Unido convocará a los ciudadanos a las urnas antes de 2006. No hace falta fijarnos en la advertencia que hace unos días hacía Aznar del riesgo de atentados durante los próximos procesos electorales visto el vuelco electoral que han hecho posible los terroristas islámicos en España; basta leer los últimos comunicados de Al-Qaeda para que quede evidente que Zapatero refuerza la estrategia del terrorismo islámico de dividir a occidente y que su decisión de retirar los soldados españoles de Irak va a poner en el punto de mira de los terroristas a todos los países europeos que no claudiquen. Ya dijimos hace meses que la debilidad de Zapatero era “peligrosa”. Nos quedamos cortos.
Rajoy preguntaba insistentemente durante el debate de investidura de Zapatero qué es lo que pensaba hacer el nuevo Gobierno con las tropas en Irak. Pero Zapatero se escabullía tras vaguedades y cantos a una resolución de la ONU u otro organismo internacional. Muchos quisieron ver en esta ambigüedad de tan sólo hace tres días la búsqueda del presidente socialista de una salida honrosa al pésimo dilema en el que él mismo se había colocado prometiendo la retirada de las tropas si el 30 de junio la ONU no tomaba las riendas de la situación. Se decía que Zapatero había aprendido del error del 82 y que reduciría a mes y medio lo que Felipe González tardó cuatro en cambiar: de su rechazo inicial a la OTAN a la pertenencia a la misma.
En realidad Zapatero ha demostrado tener muy presente aquella decisión, pues lo que ha hecho es evitar la lluvia de críticas internas que le valió a González su vuelta de calcetón otánico, de su “OTAN de entrada no” a su “OTAN de salida no”. Zapatero ha sido fiel a su promesa, a pesar de que eso sea una auténtica estupidez. Nadie le podrá acusar de cambiar de posición en pocos días, aunque se arriesga a que todo el mundo le tache de irresponsable. Pues no es otra la naturaleza de la decisión que ha tomado. Y que la ha tomado, además, sólo 48 horas después de no haber querido admitir que, a pesar de cuanto ha dicho de la cobertura de la ONU, estaba decidido a salir de Irak, con ONU, sin ONU, con OTAN o sin OTAN. Ya se lo avisó Bono a Rumsfeld. Pero aquí la alegría del cambio oscurecía la realidad.
Zapatero siempre ha dicho que la guerra fue injusta e ilegal y que no había dado resultados positivos. En todos sus juicios está equivocado, salvo que de verdad prefiriera a Sadan antes que la situación actual. Pero su mayor error no es su caracterización de la guerra, sino que no ha avanzado nada en su pensamiento desde hace más de un año. La guerra y sus causas son cosas del pasado y lo que está encima de la mesa ahora es cómo librar a Irak de insurgentes y terroristas y cómo hacer la vida de los iraquíes algo digno y próspero.
Lo que ha decidido Zapatero es hacer oídos sordos a dos cosas muy importantes: la primera, las voces de los propios iraquíes, quienes cada vez que tienen la posibilidad de expresarse con libertad dicen lo que piensan y esto no es más que su alegría por haberse librado de un carnicero, su preocupación por el presente, su malestar por que la reconstrucción, a causa de la guerrilla, no avanza al ritmo que quisieran y su entusiasmo por lo que entienden será un futuro mejor. Lo dicen todas las encuestas. Como también reflejan que les gustaría que las fuerzas de la coalición cedieran su protagonismo a una autoridad auténticamente iraquí, a la vez que son conscientes de que, para su seguridad, son imprescindibles y quieren que se queden. A todos ellos, Zapatero les ha dicho simple y llanamente no, allá vosotros y vuestros problemas.
La segunda cosa es la lucha contra el terrorismo. Zapatero ha tomado el camino de la miopía para interpretar que el derrocamiento de Sadam nada tiene que ver con la guerra contra el terror, habida cuenta de la falta de claras conexiones entre Sadam y Al-Qaeda. Pero la verdad es que sí que hay una gran relación estratégica: el terrorismo no es únicamente una cuestión de eliminar a los líderes y agentes del terror, sino muy significativamente, eliminar el flujo de aspirantes a terroristas. Sadam era un importante obstáculo en ello. Puede que no el más importante, dado que Arabia Saudí e Irán contribuyen más y más directamente a alimentar el odio y la violencia islamista, pero posiblemente era el eslabón débil de una cadena que sólo se puede entrever con su caída. Un Irak democrático es una fuente de cambio y transformación en toda la zona de Oriente Medio, que es la fuente del terrorismo global, como sabemos.
En ese sentido y, muy especialmente, porque Zapatero ha marginado de su análisis todo lo que ha pasado en España desde el 11-M, incluida la reivindicación de Ben Laden, no es de extrañar que desde fuera se vea a nuestro país como una nación que ha optado y cree en el apaciguamiento. Todos deberíamos saber a estas alturas, aunque sólo fuera por la experiencia directa con ETA, que es imposible apaciguar a los terroristas. Las mentes moderadas de aquí y allá han creído durante unas semanas que sí se podría apaciguar a los apaciguadores pero también se han equivocado. Zapatero entiende Irak desde sus preocupaciones domésticas, le da igual los iraquíes o los aliados. Lo que le preocupa es que su electorado no sólo es de izquierda radical en buena parte, sino que cerca de dos millones que le dieron la diferencia frente al PP son un electorado altamente volátil, que no le es fiel y que le abandonará en cuanto vea flojera en sus promesas más radicales, como la de Irak. Particularmente, si quiere validar su victoria en las elecciones de junio al Parlamento Europeo. Un segundo factor es que está convencido de que Bush no va a ganar las presidenciales americanas de noviembre y que tiene todo este tiempo para saltarse a la torera compromisos internacionales, en la esperanza de que con Kerry las cosas serán distintas.
Zapatero se ha equivocado en todo hasta ahora y es posible que siga equivocado en sus planteamientos de futuro. ¿Qué pensará decirle a Bush, si gana, cuando logre que le reciba, si es que lo logra? Y ya puestos, ¿cuánto tardará en traer las tropas de Kosovo, otra ocupación que se hizo sin la ONU? La España de zapatero es, aunque él no quiera admitirlo, una España de provincias, cateta y, lo que es peor, menguante. GEES: Grupo de Estudios Estratégicos
¿Evacuación o espantada?
Si lo tenía decidido, lo mantenía perfectamente guardado en el más profundo de los desvanes decisorios de su personalidad. El caso es que Zapatero ha soltado la bomba de la inmediata evacuación de las tropas españolas destacadas en Iraq justo en el primer día de establecerse en la Moncloa como presidente del Gobierno. Ha sido, por tanto, su primera medida. Cuando Rajoy, durante el debate de investidura, le preguntaba una y otra vez qué pensaba hacer respecto a la retirada de la fuerza militar española, Zapatero no respondía, y sólo al filo de la medianoche del jueves, como bien se sabe, concedió a Llamazares, y con él al Parlamento y a la sociedad española, la confirmación solemne de su propósito sin márgenes posibles ya para las suspicacias y conjeturas. ¿Por qué tardó entonces y ahora en cambio ha madrugado con el anuncio sin esperar a la celebración, hoy mismo, del primer Consejo de Ministros fijado para esta fecha?
Cuesta creer que haya deseado soprender en un asunto tan serio. Sin embargo, parece que ha podido influir en su toma de decisión alguna circunstancia imprevista. Todo menos imaginar en una persona moderada y que se tiene por equilibrada y prudente la tentación de marcarse indivudualmente un órdago a la grande. Más correcto políticamente habría sido plantear en la reunión del Gobierno este asunto capital y luego remitirse, ya tomada la decisión, al refrendo parlamentario.
Es posible que Zapatero se encuentre en situación de temer graves derivaciones inmediatas de la crisis de Iraq, con repercusión dramática en la suerte de nuestros militares. Aquella caldera está hirviendo como nunca. Y el asesinato de Rantisi en Gaza añade grados de temperatura a toda la región. Esto, más que una evacuación, parece una espantada.
Entre los méritos de los romanos se cuenta el de dar forma a lo que hoy es el Derecho Internacional, que ellos denominaban Ius Gentium y que se basaba en la lealtad a la palabra dada. Siglos más tarde, Enrique Tierno Galván, profesor de Derecho Político, pensó que respetar las promesas era impropio de la vida pública y aseguró sin rubor que durante las campañas electorales se entablaban compromisos con el único fin de no cumplirlos. José Luis Rodríguez Zapatero, licenciado en Derecho y presidente del Gobierno, ha olvidado lo que le enseñaron durante la carrera y ha preferido seguir la doctrina del “viejo profesor”, pensando que así quizá daba el primer paso para ser elevado también a los altares (laicos) de la izquierda ortodoxa, y ha decidido retirar de inmediato a las tropas españolas destacadas en Irak. Es verdad que el nuevo jefe del Ejecutivo prometió que los soldados regresarían a casa, pero supeditó la vuelta a que la ONU no hubiese asumido el 30 de junio el control sobre los militares desplazados al país árabe. Incluso el jueves, en su discurso durante el debate de investidura, reiteró esa postura, palabras que ayer pasaron a mejor vida. No se trata ya de pensar si los militares deben estar o no a las órdenes de Naciones Unidas, ni siquiera de si España debió o no sumarse a la coalición contra Sadam Hussein y después permanecer en Irak para garantizar la seguridad y colaborar en la reconstrucción del país, sino de mantener la lealtad a la palabra dada, porque la sinceridad tiene que ser la principal virtud de cualquier político.
LA primera decisión de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno ha sido un flagrante incumplimiento de su palabra y de su programa electoral. Su compromiso era repatriar a las tropas españolas si antes del 30 de junio el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ONU) no aprobaba una resolución para tomar el control de la situación en Irak. Zapatero había ignorado las resoluciones aprobadas en 2003, que legitimaban al Gobierno Provisional iraquí y apoyaban una fuerza multinacional para la pacificación y reconstrucción del país, a la que pedía que se incorporaran los Estados miembros de la ONU. Ya se sabía que una resolución más comprometida era improbable, pero la obligación de Rodríguez Zapatero era haberla buscado, aprovechando las posiciones de España en el Consejo de Seguridad, en la coalición aliada presente en Irak y en la propia Unión Europea. Aunque sólo hubiera sido por ganar en autoridad moral y política para sacar las tropas. Los primeros pasos estaban dados después de que los Quince apoyaran esa nueva resolución y de que Estados Unidos y Gran Bretaña retomaran la iniciativa de plantear más protagonismo de la ONU. Todos estos movimientos eran debidos, en gran medida, por la advertencia del nuevo Gobierno español y el temor a desestabilizar la coalición. Sin embargo, la defensa de la legalidad internacional, en la versión de Zapatero, ha consistido en anular a Naciones Unidas antes de comprobar hasta dónde podía llegar su intervención y despreciar cualquier posibilidad de consenso -¿dónde está el consenso?- con nuestros aliados y demás países implicados en el conflicto.
Naciones Unidas era una simple coartada en el discurso de Zapatero. Su decisión representa, ante todo, un golpe de efecto personal, orientado realmente a blindar a su Gobierno de cualquier riesgo que pudiera ser asociado a la presencia en Irak, como un nuevo atentado terrorista o nuevas bajas en el contingente español. Pero tras la amenaza de Bin Laden contra España y los ejemplos de firmeza ofrecidos por Italia y Japón, resistentes al secuestro de sus ciudadanos, la decisión del Gobierno socialista no puede siquiera generar comprensión fuera de nuestras fronteras. Tampoco la encontrará en el candidato demócrata, John Kerry, con quien Rodríguez Zapatero aspiraba a departir sobre la paz en el mundo.
El PSOE se ha ufanado de ganar al PP con la bandera de la verdad, pero Rodríguez Zapatero ha empezado su mandato ocultándola. La ocultó en su campaña electoral y en su discurso de investidura. Ahora su obligación es explicar al Parlamento los motivos -ocultos y sobrevenidos- de una decisión, tomada incluso antes de que su ministro de Defensa, José Bono, asumiera el cargo, que tendrá consecuencias graves para el prestigio y las relaciones de España, mucho más duraderas que el aplauso que recibirá Rodríguez Zapatero de quienes nunca deberían tener motivos para aplaudirle en esta materia. Por lo pronto, Zapatero tendrá que aclarar cómo piensa participar en el proceso de democratización de Irak después de abandonar la coalición desplegada en el país. Simplemente no es posible, y quedarse fuera de este esfuerzo conjunto va a debilitar la capacidad de interlocución de España, incluso ante quienes nunca han participado en él. Por eso, esta repatriación implicará una nueva política exterior, cuya gestión, en vez de hacerse con control de tiempos y formas, con la colaboración de los aliados y de las instituciones internacionales a las que pertenece España, habrá de improvisarse en función de las reacciones que provoque, retrotrayendo a nuestro país a una inestabilidad diplomática que había superado en los últimos años.
¿QUIÉN ES NIHILISTA?
por BENIGNO PENDÁS. Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 19 Abril 2004
CASI todas las perspectivas sobre el terrorismo ofrecen enfoques instructivos. Falta, sin embargo, un debate elemental sobre la causa profunda del miedo hobbesiano que nos amenaza, ese temor a la violencia latente que hace imposible la vida en estado de naturaleza, a falta de Leviatán que nos proteja. Ya sabemos algo -pero no todo- sobre quién y cómo. Pero hablamos poco del por qué. Ignoramos, como siempre, la batalla de las ideas. O mejor, esclavos de la urgencia, nos dejamos convencer por el análisis más brillante y superficial. André Glucksmann habla de «nihilismo» y el diagnóstico no se pone en duda. Mucho cuidado: a medio plazo -si es que tal cosa existe- un error en los conceptos es más grave que una estrategia equivocada. En el plano de la teoría política, la postmodernidad nos deja indefensos: manos blancas, emociones solidarias, virtudes débiles. Todo muy discreto: «soft» y «light» en la lengua oficial. Consuelo para gente sin energía, falsos profetas desarmados, epígonos de aquellos estoicos y epicúreos que prestaron su voz a una decadencia más o menos digna. Siempre recuerdo la sabia descripción del helenismo a cargo del maestro Díez del Corral: un suicidio lento y suave, saboreado con placer, incluso con fruición. Vamos camino de la nada y ni siquiera lo sabemos: tendríamos que asimilar demasiadas verdades no convencionales.
Veamos la teoría de moda. Nihilismo es, en origen, negación del conocimiento al modo del sofista Gorgias: nada existe; si existe, no lo puedo conocer; si lo pudiera conocer, no lo sabría expresar. Toda una filosofía de la vida. Es, en puridad, la negación de todos los valores en nombre de un pesimismo radical. En sentido político, conduce a la idea inaceptable de la destrucción creadora: «todo lo que pueda romperse, hay que romperlo», decía Pisarev, modelo del nihilismo ruso. El arquetipo de los teóricos actuales es el personaje de Dostoievski, en «Los endemoniados»: nada cabe esperar de la condición humana; mucho menos, y esta es la clave, si se trata de una sociedad condenada por ausencia de virtud. Acabemos de una vez, a sangre y fuego. Un viejo libro de R. Cannoc, hoy del todo olvidado, expresa la clave del tránsito: du nihilisme au terrorisme. Dice Glucksmann: la destrucción creadora prende desde el anarquismo clásico hasta el terrorista suicida. La única diferencia deriva del ámbito geográfico: entonces era un asunto particular, hoy es un fenómeno planetario. Búsqueda del caos, la nada como utopía. He aquí la tesis dominante. ¿Seguro que es correcta?.
Hay otra interpretación, a mi juicio. Los terroristas actuales (de Al Qaeda, de ETA o de donde sea) no son nihilistas. Son asesinos sanguinarios, fanáticos cuya perversidad moral dista mucho de ser banal , fría o aséptica. Actúan al servicio de una obsesión religiosa o étnica, sin duda pérfida y odiosa. Creen en algo: he aquí la antítesis del nihilismo. Creen, insisto, aunque sea por soberbia, por ignorancia o por rencor. Somos nosotros, me temo, los que parecemos incrédulos. Ni siquiera estamos convencidos de la superioridad de la civilización occidental. Hemos creado la sociedad menos injusta de la historia gracias a la democracia constitucional, el capitalismo productivo y la proliferación de clases medias. Pero admitimos la comparación falaz con toda suerte de déspotas y tiranos, en nombre del cretinismo multicultural instalado en las conciencias anquilosadas. Falsos intelectuales acaparan los restos del poder espiritual y nos cuentan una y mil veces la misma ridiculez bajo manto de tolerancia y pluralismo. El que se opone, ya se sabe, queda fuera del reparto de prebendas y subvenciones. Peor todavía: da igual que hable o que calle, porque funcionan el silencio y la inquisición. «Tiranía de la opinión pública», a cargo de sus intérpretes en régimen de monopolio: ¡cuánta razón tenía John Stuart Mill!
Admiro como merece a Hannah Arendt, pero no acierta cuando evoca la «banalidad del mal»: Los terroristas no son gente como los demás. Cuando aparentan estar integrados, se trata de un simple engaño instrumental. No son padres de familia, empleados o espectadores normales en el cine o el deporte, como nos cuentan a veces. Viven para una obsesión y ponen los medios crueles y sanguinarios para llevarla a la práctica. No tienen doble personalidad. No están locos. No son víctimas de paranoia o de crisis psíquica de ningún tipo. Son malvados, tipos movidos por el odio, asesinos infames que no merecen la comprensión de la gente decente. Nos desprecian y se ríen de nuestra débil moral humanitaria. Porque no les odiamos: más bien nos fascina la violencia que practican. ¿Por qué nos extraña? Llevamos mucho tiempo jugando con fuego. Millones de adolescentes admiran a falsos héroes y nadie impone los límites que derivan de la educación y de la cultura. Ahora, la realidad supera a la ficción. Insisto: ¿por qué nos extraña?
Perspectiva española. La Historia universal es el tribunal universal, decía Schiller. Un tribunal, por desgracia, terriblemente justo, que sitúa a cada uno en el lugar que merece. Esto es: España estará en el mundo o no estará, pero la decisión es nuestra y luego no podemos quejarnos. La historia llama a la puerta de todos. Unos, acuden a la llamada. Otros sólo se ocupan de localismos inútiles, del hockey sobre patines o de campañas antitaurinas. Ellos sabrán. Pero el fanatismo musulmán vive ya en la esquina de cualquier calle, lo mismo que el pistolero etarra ha campado por sus respetos durante años. Expertos en asuntos del Islam debaten casi con furia sobre interpretaciones auténticas del Corán. Para el lector no especialista, el tenor literal está muy claro. No dudo que pueda haber exégesis moderadas. Supongo que también caben matices sobre las teorías de la raza aria o del proletariado conducido por las vanguardias: pero los requiebros dialécticos no sirven para eludir la verdad histórica escrita por Hitler y por Stalin. Claro que no se debe generalizar: «ab uno disce omnes», «a partir de uno se conoce a los otros», es un viejo tópico escolástico que conduce a la mentira. Pero estamos en guerra, una suerte de guerra postmoderna, fragmentaria y -si se quiere- deconstruida, la que nos corresponde a estas alturas de la civilización. La guerra se pierde cuando se alimentan las expectativas del enemigo. También, sobre todo, cuando ese enemigo se confunde con el simple adversario: de eso sabemos demasiado en España, entre el 11 y el 14-M, aquellas horas malditas cuya influencia real sobre la convivencia tardarán todavía en agotar sus efectos.
No sé si es capitulación, deserción o retirada, pero esta no es la guerra de nuestros antepasados, sino la nuestra, y corremos el riesgo de perderla mientras organizamos foros y seminarios con traducción simultánea. Lo sabremos cuando hayamos perdido y toque llorar -si es que nos dejan- por la leche derramada. Tranquilos, no obstante, porque la muralla resistirá todavía algún siglo que otro, si juzgamos por la experiencia inmemorial del Imperio romano, tanto el original como el bizantino. Como decía Gibbon, más que investigar sobre las causas de la decadencia convendría preguntarse cómo consiguió Roma durar tanto. Calma también en las conciencias, no sea que nos llamen apocalípticos, porque sentir aflige mucho y pensar es tarea ardua, impropia de postmodernos sin fronteras. Así están las cosas. Nos odian, pero no les odiamos. Nos destruyen, pero no se lo reprochamos. Acaso el dolor de las víctimas cumple la función de expiar la sedicente culpa de todos. Ellos no son nihilistas. ¿Y nosotros?
André Glucksmann ha presentado en Madrid su libro «Occidente contra Occidente», que algunos cruzados de la causa políticamente correcta se han precipitado a descalificar, con el sólido argumento intelectual de que defiende tesis similares a las de los halcones de Bush. Ocurre que el libro de Glucksmann responde a un riguroso análisis de la realidad mundial después del 11-S y la guerra de Iraq, donde se considera equivocado el modelo del choque de civilizaciones de Huntington y se defiende un paradigma distinto, que enfrenta el nihilismo terrorista a la civilización democrática de Occidente.
La falta de perspectiva para no descubrir la profunda significación histórica de la tragedia terrorista ha derivado en el desastre de la política y la diplomacia europeas, cuya polarización en el campo de la paz y el campo de la guerra desembocan en un conflicto de Occidente contra Occidente. Francia quiso liderar un supuesto campo de la paz, después de arrastrar a la más prudente Alemania, acabando el asunto en movimiento y palos.
Glucksmann recuerda a su gobierno la máxima de Pascal: «La justicia sin la fuerza es impotente», como se ha visto en la práctica, donde Francia perdió el combate y está reaccionando con desconcierto en la paz, tal vez llevada de su antiamericanismo ancestral y sus campañas contra McDonald s y en pro de la excepción cultural. Aquí Glucksmann destaca el principio de realidad que tiene Alemania. A través de su ministro Fischer, reconoce la urgencia en reconstruir la relación trasatlántica y dice que no es el antiamericanismo lo que debe unir a Europa, sino el terrorismo. Lo ocurrido en Madrid el 11-M no hace más que avalar esa idea.
Igualmente se impone una reflexión más ponderada sobre las armas de destrucción masiva y las mentiras propagadas. Si todo era un embuste de Bush, ¿cómo es posible que los servicios secretos de Rusia, Francia, Alemania y otros países no estuvieran enterados de nada? ¿Por qué los inspectores de la ONU se empeñaban en pedir más tiempo para hallarlas? ¿Ahora resulta que los flamantes inspectores se dedicaron a cobrar suculentos sueldos para buscar una armas que sabían que no existían? ¿Y Chirac, también mentía? Porque el presidente francés repetía: «Preferimos alcanzar el objetivo que se ha marcado la comunidad internacional, es decir, el desarme de Iraq».
El libro de Glucksmann y su paradigma de «civilización o nihilismo» son discutibles. Pero alertan sobre los riesgos reales de la guerra terrorista, que han vuelto a poner en primer plano el apocalipsis de la destrucción masiva. Después de Nagasaki, escribió Sartre: «Cada mañana estaremos en la víspera del fin de los tiempos». La amenaza vuelve a ser la misma. Sería suicida pretender detenerla con un pacifismo de pancarta y duelo. Después del 11-M sabemos que también el 11-S era cosa nuestra, y no un «excesivo jaleo orquestado porque han muerto tres mil blancos», que dijo Günther Grass. Además, no todos eran blancos.
Las palabras conciliadoras y en apariencia nobles de Zapatero al ganar las elecciones no deben engañar: él es un hombre débil y vacuo, que no podrá mantenerlas; su partido está prácticamente roto, porque el de Maragall no pertenece al de Zapatero, es simplemente un aliado, y un aliado muy peligroso; y su victoria ha estado demasiado vinculada al terrorismo, se ha beneficiado demasiado directamente del terrorismo como para no resultar en extremo peligrosa para el país y para la democracia. No es mezquindad, sino lucidez, recordar ahora lo ocurrido en estos últimos días.
Cuando tuvo lugar el satánico atentado de Madrid todo el mundo pensó en ETA, incluido Ibarreche. Hacían suponer su autoría todos los datos, desde los intentos previos a la oportunidad: destrozar unas elecciones que en principio importaban poco fuera de España. Inmediatamente el aparato de propaganda del PSOE entró en acción para ocultar la evidencia: nadie debía recordar que este partido estaba pactando con quienes pactaban con la ETA y hablaba abiertamente de pactar con el «democrático» PNV, que nunca ha dejado de proteger a los asesinos. Mencionar tales hechos, insistían, era «hacer electoralismo con el terror» y «romper el Pacto Antiterrorista», que en realidad rompió Zapatero desde el momento en que defenestró a Redondo Terreros.
Pero en cuanto cundieron los indicios sobre Al Qaida, las cosas cambiaron radicalmente. El PSOE y sus poderosos medios de masas se volcaron en exculpar a la ETA, en dar crédito a las palabras de los terroristas y negárselo al gobierno que luchaba contra ellos, y en señalar como culpable, directa e indirectamente, al PP, en lugar de a los asesinos, fueran de ETA o de Al Qaida.
Esto lo han hecho de dos maneras: insistiendo, sin la más mínima prueba, en que el PP ocultaba información, y relacionando el atentado con la guerra de Iraq. Por lo primero hacían sospechar a los ciudadanos, no del terrorismo nacionalista vasco, sino de quienes lo perseguían en defensa de la democracia. En una situación emocionalmente tan tensa, la maniobra resulta tanto más miserable, por la explotación de los sentimientos de la gente. Y por lo segundo exculpaban asimismo a Al Qaida. Importa mucho analizar las implicaciones de esta última acusación. Para el PSOE, como para la izquierda delirante en general, el terrorismo musulmán está perfectamente justificado, ya que se «defiende» de la agresión imperialista. El gobierno español, aunque no participó en la guerra, pues sólo la apoyó políticamente, sería el verdadero culpable de que Al Qaida se «defendiera», aunque se haya defendido, sin duda, con métodos «reprobables». Pero, ya se sabe, como decía una titiritera del cine, «es la desesperación» que sienten, los pobres, hay que comprenderlos.
Desviar la atención sobre el gobierno que combate al terrorismo ¬y que lo ha hecho infinitamente mejor que el PSOE¬, en lugar de sobre los criminales, sean la ETA o Al Qaida, es una bellaquería indecible, en la mejor escuela nazi o comunista, y mancha indeleblemente la victoria de Zapatero. Pero es además un completo error de percepción. ETA y Al Qaida son lo mismo a efectos prácticos. Una y otra son enemigas viscerales de España y de la democracia y pueden muy bien haber obrado de acuerdo. Por otra parte el terrorismo musulmán ha golpeado ya varias veces en España, o a personas e intereses españoles en el extranjero, y seguramente seguirá haciéndolo. Ha golpeado también en Francia, pese a la tradicional complacencia o «tolerancia» de los gobiernos franceses hacia el terrorismo, que así, creían ellos, sólo haría sufrir a otros países. Quizá imaginen Zapatero y sus locos inspiradores que exculpando a los asesinos, mostrándose «comprensivo» hacia ellos, España se verá libre de sus crímenes. ¿Qué harán desde el poder, cuando no les sea posible ya desviar indecentemente la culpa del crimen sobre el PP? ¿Seguirán haciendo concesiones a los asesinos, tratarán de pactar con Al Qaida como de modo indirecto lo están intentando con la ETA? ¿Seguirán sosteniendo que la culpa es de España por haber apoyado el derrocamiento de un genocida particularmente cruel en Iraq? El precio de esa demagogia sería la democracia y la integridad de España.
Hay en la nefasta historia del PSOE una constante, ya señalada alguna vez por Julián Marías: su idea denigratoria del pasado español, es decir, de la España real. No es que sea un partido abiertamente antiespañol, pero sí de modo implícito. El PSOE supone que España no valdrá nada a menos que él, con sus toscas ideas y sus ilusiones pueriles, la cambie a su imagen y semejanza. Los socialistas, tal como socavan la democracia al justificar y exculpar a los terroristas, socavan la España real. ¿Será capaz Zapatero de cambiar radicalmente de orientación y pasar a hacer lo que venía haciendo el PP, como por otra parte promete vagamente? Me gustaría creerlo, pero no lo consigo, y siento verdadera angustia por ello.
Ante los recientes y terribles atentados de Madrid, el alcalde Gallardón se apresuró a mostrar sus simpatías a los musulmanes, como si ellos hubieran sido las víctimas. Oficiosidad totalmente gratuita, cuando la población reaccionó sin el menor extremismo hacia ellos (el extremismo se dirigió, precisamente, contra los compañeros de partido del alcalde, por quienes no expresó éste tanta solicitud).
Una obviedad en la que quizá convenga insistir es que musulmán no equivale a terrorista. Pero otra constatación no menos importante en estos momentos es que el número de musulmanes que simpatizan con el terrorismo o le encuentran mil excusas es francamente excesivo. Una reciente encuesta en Marruecos –una sociedad moderada, dicen los oficiosos– revelaba que algo más de la mitad de la población simpatiza con Ben Laden, y el porcentaje se dispara ante el terrorismo en Israel o en Iraq. Es decir, sin participar directamente en tales actos, muchísimos los musulmanes los apoyan o los encuentran disculpables.
Y no hace falta ir a Marruecos, por desgracia, pues otro tanto vemos en España, donde las condenas a los atentados de Madrid por parte de las asociaciones musulmanas han distado de ser lo tajantes que debieran, y casi siempre han venido acompañadas de excusas. Cuatro mezquitas de Granada han condenado los atentados por “injustificables ante Dios y ante toda la humanidad, por ser irracionales e imposibles de argumentar y justificar bajo ningún tipo de ideología o creencia”. Suena bien. Pero a continuación los mezclan con una “enérgica condena a la masacre que se está haciendo con el pueblo palestino, el de Irak, Afganistán y Kosovo”, como si una cosa tuviera que ver con la otra. Puestos a repudiar enérgicamente, ¿por qué no condenan también la guerra del Congo o, mejor aún, las matanzas de cristianos en Sudán y otros lugares?
Las excusas de los muslimes de Granada corresponden perfectamente a la propaganda de Ben Laden. Ésta también presenta sus crímenes como actos de defensa ante las “masacres de palestinos, de iraquíes, afganos y otros”. Por lo tanto, para nuestros ambiguos islamistas, los atentados serían condenables, pero no dejan de tener una justificación de peso, pues constituyen una respuesta, irracional y desesperada, desde luego, pero no difícil de comprender, a las tropelías del “imperialismo”. A la postre, los auténticos culpables serían las democracias occidentales.
Debe recordarse a esos señores que, en efecto, en Afganistán ha habido matanzas, pero a manos sobre todo de los talibanes. Y que masas de iraquíes han sido exterminadas por otro musulmán, éste vagamente laicista, Sadam Husein, siendo perpetradas también por islámicos las carnicerías actuales de iraquíes. O que la mayor masacre de palestinos fue realizada por los jordanos. O que la violencia en Palestina procede de la demencial “intifada” desatada por Arafat y los suyos cuando parecía próximo el arreglo pacífico del conflicto, arreglo que evidentemente no deseaban quienes practican un terrorismo no menos salvaje que el de Madrid, unos políticos formados en la teoría y la práctica del terrorismo durante decenios. O que en Kosovo y en Bosnia ha sido precisamente Usa quien ha salvado a la población islámica.
A ninguno de estos hechos aluden los islamistas granadinos, y da la impresión de que en el fondo les importan un bledo. Pero por eso mismo deben serles recordados constantemente estos hechos. Su denuncia va contra las imaginarias matanzas perpetradas, según ellos, por las democracias occidentales, y el culpable real de los atentados de Madrid, indican, sería Aznar y no los asesinos islámicos. Para terminar, una amenaza poco disimulada: “Todos estos tristes acontecimientos hacen que la paz, la cual ansiamos, sea cada vez más difícil”. ¡Buena manera de “ansiar” la paz!
No menos inquietantes son declaraciones como las de Mansur Escudero, un psiquiatra español, líder de una asociación islámica, discípulo del psiquiatra comunista Castilla del Pino, y él mismo comunista antes de convertirse al Islam. Con estas credenciales, Mansur se permite darnos lecciones de democracia. Su Islam, asegura, “es compatible con la democracia”, y “para que los musulmanes respeten la ley debe empezar el estado español por aplicarles los mismos criterios que aplica a los católicos”, y financiar sus mezquitas, educación y culto. Declaración falsa, pues los musulmanes, como los católicos, pueden dedicar una parte de sus impuestos a sostener su confesión, aunque, siendo muchos menos, obtendrían también mucho menos dinero.
La insolencia de Mansur resalta en su total falta de equidad: ¿qué estado musulmán financia el culto y la enseñanza cristianas? La actitud de la mayoría de ellos es abiertamente hostil, a menudo persecutoria, contra los cristianos, a quienes está prohibido casi siempre el proselitismo, cosa que no ocurre aquí con los islámicos. Si Mansur es demócrata, como él dice, ¿por qué no denuncia esa situación? ¿O está de acuerdo con ella? Por otra parte, ¿podría citar un solo país musulmán democrático? Lo más aproximado, y sólo eso, aproximado, es Turquía, y como excepción absoluta. La actitud de este y otros personajes recuerda a la de los comunistas, siempre exigiendo libertades que ellos jamás concedían, siempre utilizándolas contra la democracia y para imponer su régimen totalitario. El tal Mansur tiene escuela.
El colmo de la desenvoltura llega cuando este señor propone la censura: “Hablar de terrorismo islámico debería ser ilegal”, porque, afirma, “Islam y terrorismo son conceptos opuestos”. Ojalá, pero si es así, ¿de dónde viene la simpatía de tan excesivo número de musulmanes hacia Ben Laden o Hamas, o por qué han de justificar tantos el terrorismo, empezando por el propio Mansur, aludiendo al supuesto “terrorismo católico o evangélico que practican Bush y sus secuaces”? ¿Coloca Bush bombas en Bagdad para destrozar a decenas de inocentes, o lo hacen los islámicos para someter a su tiranía a los iraquíes, mediante la violencia más desalmada? ¿Pusieron agentes de Bush las bombas de Atocha? Ah, los Mansur y compañía no acaban de aceptar el derrocamiento de corruptos tiranos y genocidas como Sadam y los talibanes, o la persistencia de Israel, único estado democrático de su zona. Seguramente hay muchos musulmanes razonables y deseosos de libertad y democracia, y no debe consentirse que su voz sea usurpada por quienes, como los aquí vistos, dicen oponerse al crimen, pero lo hacen de un modo demasiado parecido al de Batasuna con respecto a la ETA
Pues en España tenemos larga experiencia de estos sofismas. Batasuna siempre ha lamentado los asesinatos etarras, pero, claro, la democracia española es tan brutal, opresiva e intolerante… Y el PNV no sólo los ha lamentado, sino también condenado, pero, claro, se trata de un “conflicto histórico”, y el gobierno de Madrid es en definitiva tan culpable como los terroristas, por no ceder a las exigencias de éstos, en sí mismas muy razonables. Esta demagogia ha hecho estragos en toda España durante decenios, y sigue haciéndolos, contribuyendo muy poderosamente al mantenimiento de los asesinos. Si no hacemos un gran esfuerzo por desmontar desde el primer momento las argucias de estos colaboradores subrepticios del terror, lo pagaremos carísimo.
Ha tenido éxito el presidente Zapatero, sin duda, pero, en la sesión de investidura, que tenía garantizada en la segunda votación, me parece mayor el de los nacionalistas que le apoyaron. Estuvo obsequioso el todavía candidato y cada uno de ellos obtuvo alguna promesa y numerosas expectativas. Sobre todo Esquerra, convertida en doble árbitro (en Cataluña y en España) y, como no podía ser de otro modo, en árbitro interesado.
Y como árbitro cuenta, además, con el anuncio de la reforma constitucional, que habrá que ver cómo limita el PSOE a sus pretensiones iniciales. CiU, en la misma sesión parlamentaria, ya preguntó si el partido gubernamental cumpliría el compromiso de aceptar el nuevo Estatuto de Cataluña si implicaba modificaciones constitucionales. Allí, el árbitro y el desplazado pelearán por ser aún más nacionalistas, que no parece mal recurso, tal y como están las cosas, para tener éxito. De «más Estatuto», los socialistas vascos han pasado también a solicitar la reforma del mismo, en una sorprendente concepción del «término medio» con los nacionalistas.
Todo parece estar, por tanto, en el aire. Y como ha escrito con justeza un antiguo parlamentario vasco del grupo socialista, Javier Elorrieta, lo que está en cuestión -o en el aire- no es el pluralismo de España, ni la «plurinacionalidad» (sea eso lo que fuere), sino la cohesión del país. Hay muchos que creen que todo ello se resuelve con el «talante» abierto y dialogante de Zapatero, pero esa confianza se me revela utópica. Recuerdo que, cuando al presidente le pidieron que formulara sus principios, los expuso todos con un «no» por delante. Es lógico, los principios son límites. Y resultaría paradójico que, para el socialismo español, no estuviera entre ellos la negativa, en esta danza de éxitos, a debilitar el Estado.
Se insiste en la debilidad del nuevo Gobierno pero mayor es, naturalmente, la del PP, que debería cuidarse también de la posible quiebra de un modelo de nación democrática que, hasta el momento, ha defendido con saludable firmeza. Como ya se va viendo dónde está, hoy por hoy, el éxito, el principal partido de la oposición sufrirá las tensiones de las Comunidades autónomas donde gobierna, en las que se hará presente la tentación de formular la oposición pidiendo más, asimilándose a las comunidades en las que el PSOE cede a los nacionalismos, apuntándose a un rentable clientelismo localista. El discurso de Rajoy en la investidura, mucho mejor que sus intervenciones de campaña, animó a su desconcertado grupo, pero habrá que ver si contiene esta deriva que, en días recientes, se ha apuntado en Canarias, Cataluña y Galicia.
Todos recurren al éxito. Y no está de más recordar, aunque se refiriera al de la seducción, el de Jean-Baptiste Clamence, el personaje de Camus: «No digo tener éxito en hacerlas felices, ni siquiera en llegar a ser feliz con ellas. No, simplemente tener éxito». Veremos si lo tienen, aunque dudo que España gane con ello.
Ángel López-Sidro López es profesor de Derecho Eclesiástico del Estado en la Universidad de Jaén La Razón 19 Abril 2004
Ahora que se habla tanto de la misión de la universidad, sería preciso recordar que aquella no se ciñe tan sólo al debate entre docencia e investigación, y al mayor o menor peso que deban tener una u otra. La universidad tiene un compromiso intelectual con la sociedad que, desgraciadamente, parece haber sido olvidado. Hoy se llaman a sí mismos «intelectuales» muchos cuyo único mérito es recibir un subsidio «cultural». Frente a este abuso, la universidad puede y debe ¬con todo el derecho y con toda la responsabilidad¬ reivindicar ese título, ya que vive para aprender y enseñar, ejerce el oficio del pensamiento y utiliza todos los instrumentos de la razón y la experiencia para conocer la verdad. Sin embargo, la universidad está descuidando de forma flagrante esta tarea, tan importante al menos como las de investigar o enseñar. Se dice que la Universidad es la transmisora principal de la cultura, y quizá por ello se conforma con impartir clases y emitir títulos que pretenden acreditar un saber a veces dudoso. Ha olvidado algo que está en su mismo germen: su compromiso con la verdad.
Esta es la verdadera razón que justifica su existencia, porque desde la cultura y el conocimiento acumulados por la sociedad en su historia, continúa el camino de otros que la precedieron tratando de discernir las claves de la vida humana, de la convivencia, de la belleza y de la ciencia. Y su referente para ello, el horizonte que la reclama y le exige, es el de la verdad. Tal vez sea este el motivo de que la Universidad crea estar cumpliendo con la sociedad cuando le suministra trabajadores especialmente preparados o convenientemente empapelados de títulos. La sociedad no puede conformarse con eso, porque espera que además la universidad sea una voz que proclame con autoridad y valor cuál es la verdad, y en estos tiempos que corren esto significa indicar dónde reside la justicia, cuándo no se están respetando los derechos fundamentales, en qué lugares se está entronizando la mentira y muchas otras manifestaciones que la sociedad espera porque necesita que alguien preparado y desembarazado de segundos intereses la guíe por el camino más seguro para llegar a un futuro digno y habitable.
Todo esto es una autocrítica que me veo obligado a pronunciar después de haber podido escuchar hace poco a Gotzone Mora, Profesora de la Universidad del País Vasco y miembro del Foro de Ermua y «Basta Ya». Esta mujer, junto a otras personas valientes, se está atreviendo a denunciar que la universidad vasca también está siendo corrompida por la lepra nacionalista cómplice del terrorismo. Y se lamenta del escaso apoyo que, no ya sólo en su amedrentada tierra sino en el resto de España, está recibiendo de la comunidad universitaria a la que pertenece. Se trata de una situación vergonzosa, que no hay que achacar sólo a la mordaza del miedo que a tantos silencia, sino a ese olvido de la verdad al que me refería, que ha llevado a la universidad a centrarse en las tareas que la ocupan dentro de los campus, abandonando a su suerte a la sociedad que espera de ella respuestas y soluciones, valor sabio y sabiduría con coraje.
Es triste que el profesor universitario no se sienta atado a este compromiso con la verdad. Por ello es frecuente que cuando los colectivos universitarios se manifiestan a propósito de alguna candente cuestión social, se expresen igual que pudiera hacerlo un alumno de escuela o un trabajador sin estudios: gritando en la calle, haciendo sentadas, paseando pancartas. Estos medios son claramente insuficientes, porque suelen requerir de muchedumbres que los apoyen para ponerse en marcha, ya que con frecuencia sólo enmascaran la falta de valor para dar la cara con nombre y apellidos. El profesorado universitario tiene otros recursos, fundamentalmente intelectuales, que puede utilizar como nadie para denunciar la mentira, la injusticia o la amenaza.
El sagrado don de la palabra, alentada por el soplo magnífico de la verdad descubierta, debiera ser un arma de poder único para imponerse a los abusos de quienes pretenden vulnerar la democracia. Sin embargo, son contadas las voces que se atreven a hablar desde su cátedra, y así dejamos a la sociedad desamparada, huérfana de guías altruistas, en manos de los que contemplan al pueblo como simple electorado o audiencia. La raíz, como ya he dicho, de este olvido de su compromiso social por parte de la universidad está en haber roto previamente su compromiso con la verdad. Ella es la razón fuerte y el pensamiento sólido que no sólo hace crecer y fluir la cultura, sino que garantiza a quien está por ella que sabrá darlo todo por defenderla, no sólo una firma. Sabrá dar la vida. Y no es el terrorismo etarra ¬o el islámico¬ el que nos reclama ahora mismo la vida. Es la propia sociedad, atenazada por la angustia, la que nos pide que seamos capaces de darla.
Ha nacido el primer Gobierno nítidamente de izquierdas en nuestra reciente historia. La anecdótica aportación de Coalición Canaria, no disimula este carácter. En el 93, la minoría de Felipe González se apoyó en Convergencia para, a trancas y barrancas, cumplir la legislatura; en este 2004, Zapatero ha contado, de entrada, con votos de izquierda radical como los del grupo de Llamazares, o de izquierda separatista, como los de la nutrida ERC. También con los del BNG, al borde mismo de la secesión. Esta es la novedad, a la que se puede incluso añadir otra: nadie sabe a qué pactos ha llegado el PSOE con estos grupos. En el 96, Aznar firmó públicamente acuerdos con vascos y catalanes; ahora nadie conoce el precio del arreglo. Sin embargo, es tan fuerte, tan arriesgada, la apuesta del presidente del Gobierno, que pronto comenzará a detallarse esta cuantía.
Para los primeros escarceos no hará falta consenso: ya existe. Le hay para liquidar la Ley de Calidad de la Enseñanza, que devolverá a nuestros escolares al práctico analfabetismo, para aprobar un proyecto contra la violencia doméstica, y para convertir a España en la Holanda del Sur, con una ramillete de iniciativas que consagrará el aborto libre, facilitará la eutanasia activa o promoverá el matrimonio homosexual. Para todos estos viajes, Zapatero, contará con el entusiasmo progresista de sus socios de investidura, menos cierto es que obtenga el de ministros católicos como José Bono, que siempre, no obstante, podrá estar fuera de España en tan comprometidas citas. Las embarazosas dificultades vendrán por el camino que surca la periferia. La reforma de los Estatutos, vaya. Aquí la hipoteca gubernamental es demoledora, y exige una revisión institucional de enorme trascendencia. Ninguno de sus aliados de coyuntura se conformará con los cantos sublimes, incluso folclóricos, que Zapatero ha hecho de las respectivas regiones. Ninguno.
España entera está expectante para contemplar cómo el habilidoso Rubalcaba sorteará la presión hipernacionalista. Y si en este terreno Zapatero ha atizado un fuego peligroso con sus promesas concesivas, ¿qué decir de su plan, aún ni siquiera esbozado, para cambiar el esquema de la sucesión en la Corona? Cualquier español que tenga la curiosidad de asomarse a nuestra vigente Constitución, proferirá un agobiado «¿Uff!» tras leer detenidamente los artículos que afectan a esta modificación. Ninguno de los que asistimos al proceso de escritura de nuestra Carta Magna, recordamos que en el espíritu de los ponentes hubiera la menor tentación de marginar, en ningún aspecto, a la mujer. Pero en uno se coló la discriminación, y fue de tal trascendencia que, para terminar con ella, es imprescindible abrir un proceso constituyente, que incluye acuerdos muy grandes en las dos cámaras, referéndum y disolución de las Cortes. Esa es la Ley, y a ella tendrá que sujetarse Zapatero si pretende terminar con la desigualdad «monárquica» entre el hombre y la mujer. ¿Le ayudarán para ello sus socios republicanos, o los comunistas que abogan descaradamente por la II República, o los galleguistas centrífugos a los que la Corona les importa un bledo? Naturalmente que no.
Unicamente el PP puede sacarle del enredo. De un enredo histórico que, como en el caso de los cambios de Estatuto, o de voladura del Senado actual, inaugura un proceso constituyente amplísimo, tan vasto que, significa casi la redacción y aprobación de una nueva Constitución. El PSOE no guarda ninguna querencia a hacerse acompañar en este proceso por los vociferantes y pancartistas que, con gritos de «¿Viva la República!» le han apoyado en los últimos cuatro años del Gobierno popular. No deben existir dudas sobre ello; ahora bien: ¿se van a esconder estos nuevos republicanos?, ¿se va a ocultar en un atestado constituyente la clarísima propaganda republicana que ahora mismo se está realizando en toda España? Esta legislatura, abierta con tantas apelaciones al «talante», encierra bombas políticas de tan enorme virulencia, que puede inhabilitar para siempre conceptos tan generosos como el susodicho talante. Se ha abierto el melón constitucional y a ver quién se queda con el mejor o el peor trozo. Esperemos que éste no se lo trague España.
Durante meses, el último invento de la izquierda abertzale, el Foro de Debate Nacional, Nazio Eztabaida Gunea, ha venido celebrando reuniones y produciendo documentos para definir el modelo de «normalización» y sus planes de construcción nacional. El día del Aberri Eguna presentaron sus conclusiones y abrieron camino a una nueva fase.
Las bases para la «resolución del conflicto» que plantea son muy sencillas: basta con aceptar las exigencias nacionalistas de territorialidad y autodeterminación. Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas, tantos meses de debate ni tanto papel emborronado. Dice el Foro que aceptar la territorialidad significa que «Euskal Herria es una entidad unitaria en sí misma». Esta afirmación falsifica la situación política actual, aunque refleje una aspiración nacionalista. Su exigencia, por tanto, no es reclamar el reconocimiento de la realidad sino una vindicación partidista.
El Foro, en el que han participado EA y Aralar, no así el PNV, no ha hecho sino repetir el análisis tradicional nacionalista de la situación vasca al culpar a Francia y España de impedir que «Euskal Herria sea una nación» y negarle la autodeterminación. Los miembros de este club de debates han pasado por alto la dimensión interna del conflicto vasco, las diversas visiones sobre su futuro y su presente que existen en la ciudadanía y las diferencias sustanciales entre los diferentes territorios que se reclaman para formar esa nación.
Resulta llamativa la estrategia de exculpación de ETA adoptada por los participantes en esta discusión. Ante la incomodidad de la presencia de una organización terrorista vulneradora de todos los derechos, se ha optado por una generalización tan amplia de responsabilidades que nadie resulta culpable de nada: «Todos los movimientos políticos y toda la ciudadanía de este país estamos involucrados en dicha vulneración» (de derechos). Pues no. Lo único que se pretende con este análisis es evitar la deslegitimación y la derrota política de ETA, condiciones imprescindibles para alcanzar realmente la paz.
Los miembros del Foro se han propuesto crear una Mesa «para la resolución del conflicto» de la que formarían parte partidos «que tengan arraigo en Euskal Herria». ¿Quién tiene arraigo en el país, EA con el 6,5% de los votos en las últimas elecciones o el PP con el 18,8%? ¿El PSOE con más de un siglo de historia o Aralar, con un cuarto de hora? Esa Mesa no es el único organismo que propone el Foro. También anuncia la creación de un Consejo para la construcción nacional que parece inspirado en una OLP tercermundista. No se sabe bien por qué, pero los modelos nacionalistas de pacificación pasan siempre por la creación de nuevos chiringuitos al margen de las instituciones elegidas por los ciudadanos en las urnas.
Mando una carta en relación al anuncio de ayer del presidente del Gobierno relativo al regreso de las tropas españolas en Irak.
Mientras los soldados españoles empiezan a hacer sus maletas, los radicales iraquíes se frotan las manos. Dentro de unos días podrán campar a sus anchas por las calles de Diwaniya. No tardarán en comenzar los saqueos y asesinatos, y los demócratas verán cómo un sueño -vivir en un Irak libre y democrático- se va desvaneciendo.
Dejar el destino de Irak a la mano de Dios es una gravísima irresponsabilidad, sobre todo cuando Dios-Alá sigue llamando a la guerra santa contra Occidente y todos los valores que sostiene: democracia, justicia y libertad.
Es cierto que Rodríguez Zapatero había prometido el regreso de las tropas españolas de Irak, pero se trataba de una promesa condicional con un término concreto: el 30 de junio de 2004. ¿Por qué Rodríguez Zapatero no ha esperado hasta esta fecha?
Cabe suponer que los comunistas de Izquierda Unida -tan comprometidos con la libertad- han presionado en este sentido para apoyar a Zapatero en la sesión de investidura. El nuevo presidente empieza a pagar favores.
¿Qué pasará con las pretensiones soberanistas de vascos y catalanes? Prefiero no apostar. Pablo Díaz.
España, ese nombre que nos identifica como sujeto colectivo, puede herir susceptibilidades. Ésta es la absurda conclusión a la que llegan algunos políticos catalanes, cuyo aldeanismo les impide dedicarse a problemas de mayor calado. En tanto que no pueden concebir que Cataluña sea parte integrante de la nación española, optan por utilizar el término reduccionista de Estado español para referirse a España, aun siendo ésta una realidad mucho más amplia.
Que Cataluña forme parte de un entramado político e institucional como es el Estado español -que según el imaginario nacionalista se debe únicamente a sucesivas derrotas militares- es lo sumo que su obcecación les permite digerir, si bien a regañadientes y con la imperecedera voluntad de alterar la situación. Pero el mero hecho de considerar que Cataluña, con sus peculiaridades, también es España hiere ya su susceptibilidad. Sin embargo, sería esto un anodino bizantinismo semántico si no fuese porque, en el uso del término Estado español para referirse a España, hay implícita la voluntad de negación de España como nación. Porque, de hecho, éste es el requisito sine qua non para que los separatistas logren su objetivo último, o sea, la independencia.
Si los españoles y los políticos que les representan son conscientes de ello y actúan en consecuencia, la situación no revestirá mayor gravedad. Pero cabe destacar que no es una buena noticia que Zapatero haya sido investido presidente con los votos de ocho diputados abiertamente antiespañoles. Arnau Guasch. La Garriga (Barcelona).

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