Source: http://www.libertadidioma.com/2004/20040427.htm
Timestamp: 2020-03-28 18:35:38+00:00

Document:
AGLI Recortes de Prensa Martes 27 Abril 2004
Catalanes acomplejados
Amando de Miguel Libertad Digital 27 Abril 2004
LAS EXPLICACIONES QUE DEBE ZAPATERO
Editorial ABC 27 Abril 2004
ETA llama a la puerta tras el 14-M
Editorial La Razón 27 Abril 2004
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 27 Abril 2004
Las convicciones de Mayor Oreja no eluden los debates
EDITORIAL Libertad Digital 27 Abril 2004
Armando Añel Libertad Digital 27 Abril 2004
Terrorismo y libertades civiles (1)
ANDRÉS MONTERO GÓMEZ El Correo 27 Abril 2004
LA QUINTA DE «EL CABRA»
Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 27 Abril 2004
La política económica de Aznar
Alberto Recarte Libertad Digital 27 Abril 2004
TALANTE EN ÁRABE
César Alonso DE LOS RÍOS ABC 27 Abril 2004
MARRUECOS Y EL MANTO DE PENÉLOPE
Ignacio CAMACHO ABC 27 Abril 2004
Cartas al Director ABC 27 Abril 2004
Matías Antolín La Razón 27 Abril 2004
¿Bitácora oportuna
Agapito Maestre Libertad Digital 27 Abril 2004
José Javaloyes Estrella Digital 27 Abril 2004
Pío Moa Libertad Digital 27 Abril 2004
No todos, claro, ni siquiera todos los que corresponden conmigo, pero sí una buena parte de ellos. Por lo menos reflejan esa realidad lingüística de lo que podríamos llamar el catalán acomplejado. Francamente, me llama la atención. Algo pasa en Cataluña con la cuestión de las lenguas que no es normal.
Para empezar, hay mucha gente que sufre por esta cuestión de si se puede estudiar o hablar la lengua de uno, en este caso el castellano. Hay muchos catalanes que expresan ese sufrimiento, y no hay derecho. Juan Carlos Martín Martín se queja de que muchos jóvenes catalanes y vascos van a ver recortadas sus posibilidades laborales si ignoran la escritura de la lengua castellana. Se lamenta, además, de que en España estén desapareciendo los símbolos de identificación nacional, como la bandera, por ejemplo. Tiene razón, todo va unido.
Manuel Modolell Mainou, de Friburgo (Alemania) se refiere a la “autocastración que representa la inmersión lingüística” en Cataluña y se lamenta de que “ningún intelectual se oponga a semejante majadería”. Hombre, yo me opongo. No hablaría yo de “autocastración” porque es algo impuesto. Simplemente la enseñanza pública obliga a que muchos catalanes olviden el conocimiento de su lengua materna, el castellano. Aparte de otras consideraciones emotivas, esa lengua, y no tanto el catalán, les va a servir para ir por el mundo adelante.
Carlos Fontana Rodríguez, de Barcelona, bilingüe, me llama la atención sobre unas declaraciones del Presidente del Parlamento de Cataluña. En ellas se anima a “hacer el idioma catalán más simpático”. Me parece un buen deseo. Es muy fácil de cumplir. Basta con que las autoridades catalanas no insistan en erradicar el castellano de Cataluña. Aparte, no lo conseguirán. La pretensión sería tan tonta como la de un gobierno en México que, para revitalizar el náhuatl, intentara acabar con el español.
Teresa Losada Liniers propone que se prohíba a los españoles que no tienen el castellano como lengua materna que participen en concursos y oposiciones para puestos funcionariales. Es decir, la inmersión al revés. Me parece un disparate, pero ese tipo de reacciones van a ser frecuentes, vistos los desmanes lingüísticos de los nacionalistas.
Javier Herencia, toledano de nación y residente en Barcelona, se está planteando emigrar de Cataluña en vista de que el panorama educativo para sus futuros hijos se presenta muy negro. Ya es triste.
Guadalupe Santiago me da cuenta de un chat que tuvo con una catalanista. La mujer escribía el castellano con faltas de ortografía (supongo que gruesas) pero añadió: “Me da igual, porque el castellano puede hablarse mal”. Es decir, el orgullo de la ignorancia, o mejor, de la nesciencia.
Francesc Serret Monner se siente “catalán como el que más pero sin ninguna necesidad de odiar o despreciar a nadie”. Eso está bien. Lo dice ante el exabrupto de declarar a Barcelona “ciudad anti-taurina”. Calcula que los que votaron a favor de esa estupidez son vegetarianos estrictos, pues en el matadero se sacrifican no pocos animales todos los días. No hace falta llegar a ese sarcasmo. Se prohíbe la fiesta de los toros sencillamente porque es española.
Eleuterio Moreno me alaba el seny que manifiesto en mis comentarios de la COPE. Añade que los catalanes no me van a reconocer esa virtud “de la que ellos tanto presumen”. El sentido común, dijo Descartes, es la cosa mejor repartida del mundo, pues todos están contentos con el que tienen. Nunca me ha parecido que el seny (perfectamente traducible a otros idiomas) sea una característica específicamente catalana. ¿Alguien diría que Dalí, Gaudí o Terenci Moix resaltan el seny en sus creaciones artísticas?
Transcribo un comentario de Iván Díaz en el que me permito arreglar la ortografía. Se dirige a mí sin nombrarme: “No eres más que un ultraderechista que te amparas bajo la democracia. Siento vergüenza de tus análisis que son solo un producto de ser un asalariado de Aznar. Ya está bien, sociólogo de los intereses más rancios de la derecha. Jiménez Losantos y tú sois una pareja de hecho asalariada de la derecha rancia”. Como dicen los gallegos, ¿y luego?
DESDE que Rodríguez Zapatero anunciara, al día siguiente de su toma de posesión, que había ordenado el regreso inmediato de las tropas destacadas en Irak no han cesado los acontecimientos que desmienten las razones de esa decisión. Dijo entonces que «tanto las manifestaciones públicas de los principales actores implicados en el conflicto, como los contactos mantenidos por el ministro de Defensa» no aportaban «indicios que permitan prever una variación sustancial en la situación política y militar existente en Irak». Hoy, en el Congreso, el jefe del Ejecutivo deberá aclarar quiénes fueron sus interlocutores y quiénes dieron esa información a quien todavía no era su ministro de Defensa. Debe hacerlo porque «los principales actores implicados en el conflicto» no han hecho otra cosa en los últimos días, incluso antes del anuncio de retirada, que comprometerse en obtener una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre el futuro político de Irak. El secretario general, Kofi Annan; Bush y Blair; Lakhadar Brahimi, asesor especial de la ONU para Irak; la UE y otros gobiernos «implicados» en Irak se han manifestado a favor de la nueva resolución antes del mes de junio. Ayer mismo, en ABC, Kieran Prendergast, vicesecretario general de la ONU para Asuntos Políticos, declaraba estar seguro «de que habrá nueva resolución sobre Irak antes del 30 de junio».
Todos menos el Gobierno español, que condicionó su permanencia en Irak a dicha resolución, y por eso también deberá explicar Zapatero qué gestiones realizó para conseguir la aprobación de una nueva resolución que no sólo daría cobertura multilateral a la presencia militar española, sino que restauraría el Derecho Internacional vulnerado. Los hechos apuntan a que la apelación a la ONU no fue más que una argucia electoral, que se vuelve contra la ONU misma y que ha mermado la capacidad de influencia de España en el proceso diplomático sobre el futuro de Irak ¿Qué hará el Gobierno si finalmente el Consejo de Seguridad aprueba una resolución que dé el control político a la ONU? Probablemente exigir el control militar, condición que no aparece en el programa electoral del PSOE y que el Consejo de Seguridad resolvió en los puntos 13 y 14 de la resolución 1.511 (16-X-2003) al autorizar la fuerza multinacional y pedir a los Estados miembros que le presten asistencia, «incluso fuerzas militares». No obstante, Zapatero pronto podrá acreditar la firmeza de su compromiso internacional con la respuesta a la petición de la OTAN para que envíe más tropas a Afganistán, tal y como planteó como compensación a la salida de Irak. Hoy es un buen día para anunciarlo, porque en Afganistán se combate con mandato de la ONU, la OTAN es una organización multilateral y el objetivo antiterrorista -Al Qaida- está definido.
El repliegue de las tropas no está siendo el festival por la paz que se dibujaba en los discursos del Gobierno. Menos aún se están cumpliendo las exigencias de seguridad que justificaron la precipitación del retorno. Desde su anuncio, nuestro contingente está sufriendo continuos actos de hostigamiento. Los más graves se han producido en las últimas 48 horas, con dos emboscadas en Diwaniya, saldadas con ocho terroristas iraquíes muertos en legítima defensa de los soldados españoles. Éste es el salvoconducto de Moqtada el Sadr, cuya última mofa ha sido ofrecer flores de despedida a cambio de armamento, cuando el Ejército Mahdi que él controla es el que hostiga a la Brigada Plus Ultra. La burla es una anécdota, pero no la debilidad que los terroristas aprecian en la posición española y que sirve de aviso a otros países presentes en Irak.
Las últimas noticias conocidas acerca de la banda terrorista ETA han estado, prácticamente todas ellas, referidas a detenciones en Francia o España, a caídas de su infraestructura operativa y, en conjunto, al mal momento por el que el grupo mafioso pasa en la actualidad, sin duda el peor de larga historia criminal. ETA está acorralada y hay que reconocer, primero a los gobiernos del Partido Popular, y junto a ellos a un PSOE que hizo posible el pacto de Estado contra el terrorismo, el excelente trabajo en todos los frentes. Es la primera vez que el Estado, sin más límites que los marcados por la ley, ha combatido esta lacra de la democracia española en todos y cada uno de sus frentes; en el económico, en el político, en el internacional, en el legislativo y judicial y en el estrictamente operativo.
La inactividad de la banda, replegada como una tortuga y buscado «topos» entre sus filas como única justificación posible para explicarse a sí misma los fracasos de sus comandos es, sin embargo, insostenible. Los jefes de ETA han llegado a un punto crítico en el que, o bien vuelven a matar, a llevar a la opinión pública y sobre todo a sus afectos el habitual mensaje de sangre, o bien declaran una tregua, otra trampa como la que ofrecieron al primer gobierno de Aznar, que aprovecharon para remedar una negociación y rearmarse mientras acumulaban fuerzas. Porque la tercera opción, la de abandonar las armas, no parece haber pasado siquiera por la cabeza de estos psicópatas habituales del tiro en la nuca y el coche-bomba. Es más, ya hay pruebas de que no piensan ceder y de que se preparan para su tradicional campaña de atentados veraniegos contra los intereses turísticos, contra la primera industria nacional de España.
LA RAZÓN publica hoy en exclusiva que la banda ha enviado a varias embajadas europeas (al menos a las de Alemania, Austria y Bélgica) sendas cartas en la que amenazan con atentados este verano en las zonas turísticas y hace responsables a los gobiernos de los daños que pudieran sufrir sus compatriotas en nuestro suelo. Parece que los etarras han analizado el 14-M, evaluado los atentados islamistas y sus consecuencias, y concluido que el miedo puede ser nuevamente rentable y que es posible abrir huecos en la solidaridad y firmeza que los estados han mantenido hasta ahora en su estrategia común contra el terrorismo internacional.
ETA, con sus cartas amenazantes, llama de nuevo a nuestras puertas para decir que sigue activa, lo que es tanto como declarar que no piensa renunciar. Un mensaje que debería examinar con mucho cuidado el nuevo Gobierno, para no caer en la tentación de ofrecer expectativas a una banda que traduce la negociación y el talante de diálogo ¬lo que, de hecho, le reclaman ya sus socios de ERC, el partido que apoyó la investidura¬ por simple debilidad y ocasión de reactivar objetivos a medio plazo (reagrupación de los etarras presos, negociación política, derogación de la ley que acabó con Batasuna, etc), razones que sus militantes precisan para recuperar la moral perdida por el buen trabajo del Gobierno anterior, y retomar el camino de las armas.
por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA. Catedrático de Filosofía del Derecho Universidad de La Coruña ABC 27 Abril 2004
LA retirada de las tropas españolas destacadas en Irak puede y debe valorarse haciendo algunas distinciones. Al menos cabe distinguir tres aspectos: el cumplimiento de una previa promesa electoral; la forma de adoptar la decisión; y la bondad de la decisión misma, con independencia de que sea apoyada por la mayoría de los ciudadanos, pues el criterio de la mayoría no es la última palabra ni en el terreno moral ni en el ámbito de las consecuencias que de él puedan derivarse. Criticar la decisión de la mayoría no sólo no es antidemocrático sino que es la condición de la posibilidad de la existencia de un régimen democrático.
Ciertamente, con la decisión el Gobierno ha cumplido una reiterada y clara promesa electoral. En este sentido, no cabe, en principio, reproche alguno. No obstante, la promesa tal como había sido formulada, tanto en el final de la campaña como durante el debate de investidura del candidato Rodríguez Zapatero, hacía depender la retirada de una condición: que Naciones Unidas no hubieran tomado antes del 30 de junio el control de la situación en Irak y el mando de las tropas destacadas. Es evidente que, en sentido estricto, esa condición sólo podía ser cumplida al llegar la fecha propuesta. Si A promete a B pagarle X euros si el 1 de enero de 2005 continúa soltero, y le entrega esa cantidad cinco meses antes, cumple la promesa de modo imperfecto o inadecuado, o, acaso, no la cumple, pues puede casarse B antes del plazo fijado. El cumplimiento por exceso puede ser una forma de incumplimiento. Naturalmente, B no protestará. Tampoco en nuestro caso, los partidarios de la retirada. Entonces, no se ha cumplido la promesa exactamente. Si el Gobierno aduce la extrema improbabilidad de que se cumpla la condición, no se ve entonces la razón de no declararlo así sólo dos días antes de la toma de decisión, en el debate parlamentario. O se ocultó entonces la intención, o ésta ha sido fruto del apresuramiento o de una causa que ignoramos (yo, al menos, la ignoro).
Con esto entramos ya en la cuestión de la forma del cumplimiento (o incumplimiento) de la promesa. Entre los compromisos electorales de Zapatero se encontraba también la búsqueda del consenso en las cuestiones importantes y su discusión en sede parlamentaria. No se ha hecho así. Ni siquiera ha sido una decisión del Gobierno, que el domingo 18 de abril todavía no se había constituido, sino una decisión personal de su presidente. Es legal, pero no conforme a lo prometido. El debate parlamentario de hoy no salva este escollo, porque no se trata de adoptar una decisión sino de informar o, si acaso, avalar, una ya tomada. Y, según lo que podemos saber, ya empezada a ejecutar, pues la orden de retirada ya está dada. Acaso haya razones de seguridad o de otra índole, pero no era eso lo convenido. Ha sido, por lo demás, la primera decisión de Zapatero como presidente. Aunque no haya que atribuirle un conocimiento de El príncipe de Maquiavelo, acaso no ignore la recomendación del genial florentino que aconseja al gobernante tomar las decisiones más duras, e incluso crueles, en los primeros momentos de su poder. El carácter repentino y dominical no atenúan la impresión de un posible, no seguro, maquiavelismo. Se trata acaso de quemar las naves de la retirada, evitando eventuales presiones y dificultades sobrevenidas.
Pero lo más importante es la evaluación de la retirada y de sus consecuencias desde el punto de vista del bien común y del interés de los españoles. Ciertamente, la mayoría ha avalado el programa socialista en las urnas, si bien en circunstancias anómalas y extravagantes y sin la fuerza de la mayoría absoluta. Pero, como ya ha quedado dicho, la opinión de la mayoría ni es necesariamente moral (por supuesto, tampoco inmoral), ni puede dejar de equivocarse. Tanto un individuo como una colectividad (o su mayoría) pueden tomar una decisión creyendo, equivocadamente, que es lo mejor para ellos. El arrepentimiento no es algo inédito ni excepcional. Para empezar, y sin entrar en el debate de licitud de la guerra en Irak, la afirmación de su ilegalidad no entraña necesariamente la exigencia de retirar las tropas. Ni se trata de unas fuerzas de ocupación, pues realizan misiones humanitarias y de reconstrucción y pacificación con el fin de entregar (que no devolver) la soberanía al pueblo iraquí, ni carecen de apoyo de Naciones Unidas. Incluso repudiando la intervención, cabría discutir la conveniencia de la presencia de las tropas.
Por otra parte, aunque la promesa de la retirada fue anterior a los atentados terroristas del 11 de marzo, en política la apariencia es tan real como la realidad. A veces, aún más. Y los terroristas lo pueden interpretar, y lo han interpretado, como una victoria propia y una claudicación, entre cobarde y acomodada, de los españoles. No es quizá la mejor manera de enfrentarse al terror. Pensemos en la lucha contra la ETA. Tampoco queda en buen lugar la solidaridad con nuestros aliados, no sólo con Estados Unidos. Compartíamos trinchera y ahora abandonamos. Por lo demás, la decisión no dejará de tener repercusiones en nuestras relaciones con la primera potencia mundial. Por primera vez en la historia contemporánea, España mantenía relaciones privilegiadas con la nación más poderosa. Nuestra política antiterrorista y los contenciosos con Marruecos pueden verse afectados negativamente. Volvemos a dejar entrever nuestra secular y recurrente propensión al aislacionismo, a lo que Ortega y Gasset denominó «tibetanización». Aunque queramos, no podemos ser Suiza. Lo impiden la naturaleza y la historia. Somos frontera, y no pacífica, de Europa. Quien no vea que Al Qaida, y no sólo ella, reivindica Al Andalus, y Al Andalus es toda España, es que no quiere verlo. En cualquier caso, exhibimos deplorables vaivenes en nuestra política exterior. Y si Aznar rompió el consenso, no se puede decir que ahora Zapatero lo recupere. Damos la impresión de ser un país poco fiable. Por lo demás, habíamos asumido el compromiso de estar en Irak hasta finales de junio. Y el presidente del nuevo Gobierno impuso esa fecha como condición de la retirada. ¿Por qué no esperar hasta el plazo fijado y cumplir el compromiso de España, que no sólo de su Gobierno legítimo? Nuestros compromisos y nuestra lealtad tienen, por lo visto, fecha de caducidad, a cuatro años vista. Y no obligan a los Gobiernos entrantes.
Además, no deja de ser un criterio significativo comprobar quiénes son los que se alegran, ciertamente junto a muchos españoles de buena voluntad: los terroristas y los enemigos de España. Los riesgos de convertirnos en lacayos del eje franco-alemán no son desdeñables. No parece buena la retirada para la moral de nuestras Fuerzas Armadas ni para el agradecimiento ante el sacrificio rendido por los héroes caídos en Irak. Por otra parte, si la intervención, cosa muy dudosa pero no imposible, terminara por tener éxito, o si la ONU asumiera el control de la situación, el papelón del Gobierno sería memorable. Podemos además dar la impresión, acaso falsa, de que canjeamos dignidad por seguridad. Si así fuera, podríamos perder ambas. Me gustaría que todo esto fueran sólo falsos temores y errores de interpretación. Ojalá. Ojalá el nuevo Gobierno acierte y mejoren nuestra seguridad y la lucha contra el terrorismo, y no perdamos la confianza de nuestros aliados. Deseo equivocarme. Pero siempre es preferible prevenir un mal posible que tener que lamentar un mal real e irrevocable.
Perfilándose ya el inicio de la precampaña de las elecciones europeas, que se celebrarán en poco más de un mes, el cabeza de lista del PSOE, Josep Borrell, ha saltado a la palestra para retar al candidato popular, Jaime Mayor Oreja, a celebrar un debate público sobre los principales asuntos que afectan a la posición de España en Bruselas, haciendo especial referencia a la decisión de Zapatero de retirar las tropas españolas de Irak.
Aunque el PSOE y casi todos los medios que respaldan esa irresponsable retirada tratan de acomplejar al PP sobre un estado de opinión —que ellos mismos han creado— contraria a la permanencia de nuestras tropas en Irak, nos resulta evidente que la táctica a seguir por parte de los populares debe ser la de tratar de contrarestar y modificar ese irresponsable y manipulado estado de opinión pública que tanto daña a las alianzas con nuestros socios occidentales, como satisface la estrategia de todo el terrorismo islámico.
Plegarse silenciosamente al statu quo de la opinión pública que, respecto a Irak, ha forjado el PRISOE, con la impagable ayuda de otros medios enemigos de la secta, no servirá —todo lo contrario— para que los socialistas dejen de recordar —con debates o sin ellos— cuál ha sido la posición del saliente gobierno del PP. Por el contrario, supondría dejar sin réplica una peligrosísima y fatal manipulación que, al mismo tiempo, mantendría en el cajón poderosísimos argumentos para denunciarla y que todavía siguen esperando a que muchos actuales dirigentes populares los utilicen para hacerse mayor eco en los medios.
Esa falta de pedagogía política por parte del PP respecto a la batalla que se está librado en Irak contra el terrorismo y el integrismo islámico —sólo rota ayer por un tardío pero espléndido artículo del ex presidente José María Aznar en ABC— lleva al PSOE a crecerse e incluso a utilizarlo como espantapájaros para que los populares no señalen muchos otros errores ya cometidos en la política exterior emprendida por Zapatero.
Eludir un debate, pues, no serviría para hacer olvidar la posición del PP respecto a Irak, sino para consolidar y reforzar la impresión de que se ha tratado de un error. Rehusando ese debate, además, los populares se negarían a sí mismos la posibilidad de dar mayor eco a otras acertadas pero no lo suficientemente conocidas críticas que se merece el Gobierno socialista por hacer un acercamiento incondicional a Marruecos, sin exigir a Rabat una renuncia a sus conocidas pretensiones sobre territorio español, por alinearse con Francia tirando por la borda lo alcanzado en Niza, o por la estrepitosa negociación agrícola llevada a cabo hace unos días por el nuevo gobierno socialista.
Celebramos, pues, que Mayor Oreja haya decidido no eludir la contrastación de ideas y que haya anunciado en Telemadrid su disposición a celebrar cuantos “debates desee el señor Borrell”. Que se los prepare bien y cuantos más, mejor.
Irak y medios de comunicación
ANDRÉS MONTERO GÓMEZ/PRESIDENTE DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA El Correo 27 Abril 2004
La guerra contra el terrorismo es un error. En la apertura de la octava legislatura en España, el Rey recomendó a las fuerzas democráticas que hagan de la lucha contra el terrorismo una política prioritaria. En esta política y en la contribución que a nuestro país corresponde, no obstante, el recurso a una estrategia bélica para el enfrentamiento de la amenaza terrorista global se revelará tan desafortunado a largo plazo que, cuanto más tiempo pase sin rectificación o reorientación, menos probabilidades tendremos de enmendar sus perjuicios derivados.
Cuando un asesino terrorista del nuevo islamismo global planifica un atentado extiende ante sí el mapa del mundo. Al-Qaida es la expresión ultramoderna de la delincuencia organizada global, el equivalente tipológico del terrorismo para otras variantes delictivas transnacionales como el narcotráfico del microcosmos de carteles colombianos o el tráfico de seres humanos de las mafias rusas. Sin embargo, al contrario que aquéllas, más lineales, Al-Qaida es una perturbación criminógena de las dinámicas globalizadoras, un fenómeno que recibe información y emite consignas en una red paralela y distribuida, con un epicentro difuso y nómada. De momento es inaprensible. El único impacto desestabilizador y nocivo, que sería tan psicológico como de desbaratamiento de cualquiera que pudiera ser un centro de coordinación de la internacional islamista del terrorismo, vendría para la marca Al-Qaida con el arresto o neutralización de Osama Bin Laden. El autor de la idea de Al-Qaida es actualmente un ídolo, un mito que energiza la acción de cualquier asesino islamista en potencia, con vocación suicida o sin ella.
Quien pudiera estar adscrito a esa entraña homicida de la idea de Al-Qaida premedita sus asesinatos desde el modelo mental de un fanatismo sustentado en el totalitarismo genocida. Desde el nazismo de Hitler y los juicios de Nüremberg, el genocidio se define por el exterminio sistemático de un grupo de población partiendo de premisas étnicas, religiosas o atendiendo a cualquier otra peculiaridad social de ese colectivo victimado. En la ideación de Al-Qaida figura implícita la eliminación o expulsión física de todo ser humano que habite en un determinado territorio adscrito a lo musulmán por el argumentario criminal islamista. Evidentemente, es ocioso encontrar rastros de lógica consensual al razonamiento más allá de los propios límites de la banda criminal y de sus adherentes oportunistas. Es una elaboración mental exclusivamente compartida por los miembros de la red, Al-Qaida, a fin de justificar la imposición totalitaria de una conducta actitudinal, en este caso la confesión religiosa, a una porción discrecional de la raza humana.
Lo que ocurre es que como se trata de una idea motivadora horizontal, más que de una estructura organizativa vertical, Al-Qaida funciona como el revestimiento ideológico, el estilo de vida criminal, al que puede recurrir cualquier islamista fanatizado por la implantación de un modus vivendi confesionalmente integrista en toda la comunidad musulmana. Y esta comunidad musulmana también es prefabricada a gusto del consumidor, de modo que si se considera que Al-Andalus existe y está ocupado por el infiel, o que Arabia Saudí o Palestina están contaminadas por el satán americano, el deber del buen musulmán integrista es contribuir a su purificación. Limpieza confesional y totalitarismo a través del terrorismo.
La horizontalidad abstracta de Al-Qaida tiene dos efectos inmediatos. El primero es que debido a su facilidad inclusiva para asimilar a cualquier grupúsculo islamista dominado por una visión social integrista del culto mahometano, cualquier banda previamente aislada en lugares tan distantes entre sí como Sudán, Indonesia o Marruecos se siente conectada a una especie de red global cuyo nombre, además, es multiplicado 'ad aeternum' por los medios de comunicación internacionales. El efecto complementario es que Al-Qaida no requiere de más andamiaje que una mínima cámara de compensación para la planificación de atentados. Considerado el potencial atractor de la intangible Al-Qaida, Bin Laden -o cualquiera que sea- nada más necesita activar los resortes de cierta célula wahabista o salafista radicada o próxima a un determinado territorio para poner en marcha una secuencia de asesinatos. El momento y la oportunidad se fijan desplegando un mapa del mundo. Los atentados únicamente requieren el contacto con la célula, el traslado del mensaje de que están siendo activados por Al-Qaida, y el despacho de terroristas que pongan en funcionamiento la logística criminal de la siguiente acción. Y esta logística instrumenta los medios tradicionales, básicamente antisistema y desprovistos de cualquier auditoría, que han venido comunicando a unos musulmanes con otros durante siglos. Las transferencias de capital se verifican a través de mecánicas informales de transmisión de fondos, un 'hawala' basado en las relaciones de confianza y en el traspaso manual de dinero, sin registros, sin apuntes contables, sin electrónica. Los alojamientos y las comunicaciones están garantizados siguiendo el mismo trámite de informalidad y de hospitalidad entre hermanos de confesión. Sin preguntas, sin respuestas.
Digo que un planteamiento bélico contra el terrorismo internacional es un error porque el asesino islamista, lejos de creerse un homicida en masa, se autopercibe como un soldado. Un soldado de Alá. De la misma forma, un terrorista de ETA se considera a sí mismo un gudari vasco, igual que un pederasta belga persevera en el argumento autosirviente de que proporciona placer a las infantiles víctimas de sus aberraciones criminales. Afrontar la amenaza de un grupo de fanáticos alimentando, precisamente, el núcleo duro de su desvarío criminal refuerza su permanencia a largo plazo. Lo hace por encima de arrestos y desarticulaciones judiciales y policiales. Pues los grupos terroristas constituidos están preparados para asumir el impacto de las operaciones policiales, del mismo modo que las asimila el narcotráfico internacional. En paralelo, además, la estrategia de enfrentarse al terrorismo haciendo la guerra, es decir, de declarar adversario al terrorista, transmite a la variable base social del islamismo radical e integrista la sensación de que, efectivamente, existe un 'huntingtoniano' choque de civilizaciones entre la comunidad musulmana y el 'usurpador' cristianizante.
Así pues, si es disfuncional desbaratar el terrorismo islamista por medios militares, pero también estamos afirmando que los grupos criminales organizados son capaces de asumir, a medio plazo, el coste de operaciones policiales de desarticulación, parecería que las medidas para afrontarlo son complicadas. Pues, en efecto, son complicadas, pero el secreto está en su adecuada combinación. El secreto está en la fórmula, en la ecuación que relaciona los recursos disponibles. Los cárteles del narcotráfico se adaptan a las medidas policiales porque, en paralelo, existe una demanda sostenida de droga en el mercado. De ahí que las instituciones públicas a lo largo y ancho del planeta hayan diseñado estrategias para actuar policialmente contra las mafias al tiempo que intentan reducir el mercado con políticas de prevención y contención de las toxicomanías. De momento, no funciona, pero tal vez a largo plazo consigan algo. Cuando el mercado del abuso de drogas comience a disminuir, si lo hace, la vía de desarticulación policial del narcotráfico rendirá sus frutos con una incidencia exponencial. Con el terrorismo ocurre algo similar. Extrañamente lograremos perjudicarlo bombardeándolo desde arriba si, aun indirecta e implícitamente, una pretendida y fundamentalista guerra contra el terrorismo está validando los modelos mentales de su base social. Cualquier islamista radical se considera en guerra contra el infiel. No es descarado imaginar el efecto que produce en cada fanático islamista del planeta el mensaje repetitivo del 'war on terrorism' de la CNN o el nuevo cristianismo integrista que Bush despliega en sus intervenciones.
La clave es criminalizar el terrorismo desde su raíz. Esto exige medidas que transmitan continuamente el mensaje de que el terrorismo es un delito, complejo y doloroso, pero nada más que un delito, un crimen contra la Humanidad. El afrontamiento de cualquier delito es una cuestión de jueces, instituciones policiales y agencias de inteligencia de seguridad al amparo de los Estados de Derecho.
Por Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 27 Abril 2004
«EL Cabra», alias de Xabier Zumalde, ha montado una exposición (ilegal) en un caserío de Artea (Vizcaya) dedicado a la cosa rural. Zumalde glorifica allí cierta época de ETA, más fantástica que real, y promociona de paso sus imaginativas memorias, recién editadas. Ambos objetivos han sido cumplidos, demostrando que tiene mayores dotes de tendero que de Che Guevara en versión abertzale.
Lo sucedido en Artea es puro costumbrismo vasco, así que el caserío no es tan inadecuado: alarmado por las críticas que puedan elevarse, el PNV ordena al alcalde afectado clausurar el chiringuito. Éste presenta la oportuna denuncia; la Ertzaintza precinta y se desentiende. Llega «El Cabra» con una nube de periodistas, rompe los precintos y se va a comer. ¿Qué pasa?: lo acostumbrado: Balza procede pedagógicamente contra la ilegalidad evitando provocar al infractor. Debe ser la Guardia Civil quien confisque unas armas obsoletas que los boy-scouts de Zumalde nunca tuvieron ni usaron (lean a Florencio Domínguez en «El Correo» del día 26).
Los llamados «cabras», un acné juvenil de ETA, intentaron jugar a la guerrilla cubana en el Gorbea y lo único que hicieron bien fue el ridículo. Eso sí, dejando tras de sí toda la «quinta de El Cabra»: Txomin, Azkoiti y compañía. El regreso de Zumalde para justificar a ETA en decorados guerrilleros de pacotilla, perorando ante periodistas admirados y cámaras de televisión entregadas, puede formar parte de la farsa final de ETA.
Celebremos la payasada en ese aspecto. Pero hay algo más preocupante: la impunidad del evento ilegal y la celebridad ganada por su promotor muestran cierta fragilísima memoria de lo que significa ETA y una enorme indiferencia hacia el sufrimiento que produce. En suma, denuncia el raquitismo de las convicciones cívicas en Euskadi, donde sigue siendo mucho mejor negocio estar del lado de la violencia que contra ella. Que lo sepa ZP.
La demonización de Aznar, orquestada por PRISA y secundada ordenadamente por el PSOE, ha calado, incluso, en muchos dirigentes del PP y en muchos votantes de ese partido. Los hay que manifiestan, seguros de sí mismos, que el “talante” del ex-presidente ha sido la causa –o al menos una muy importante de entre ellas– de la pérdida de las elecciones.
La intoxicación había prendido entre los españoles mucho antes de las elecciones. El propio Aznar explicaba –al que quisiera escucharle– que la decisión de no presentarse a unas terceras elecciones era, por una parte, un compromiso personal y, por otra, la única forma, que él veía, de evitar una mayor crispación en la vida política española, pues la izquierda y los nacionalistas habían conseguido extender la especie de que ellos habían extremado su radicalismo y sus comportamientos anticonstitucionales por lo antipático que era el que, en definitiva, ha resultado ser el mejor presidente de gobierno de España desde tiempo inmemorial. Supuestamente, otro talante significaría la desaparición de las tensiones. Vana proclamación, como ya hemos tenido ocasión de ver y seguiremos viendo, con mucha mayor intensidad, en el futuro.
Espero tener la ocasión de glosar la personalidad política de José María Aznar con la extensión que merece, sin olvidar sus debilidades personales y políticas, pero hoy quiero exponer mi opinión sobre la política económica de los ocho años de gobierno del PP. Sin restar méritos a Rodrigo Rato, ejecutor de esa política y responsable durante esos años del desarrollo, en la práctica, del programa económico del PP, hay que decir, y reconocer, que el artífice, el impulsor y el controlador de la política económica del gobierno ha sido José María Aznar. Otra cosa es que la generosidad de Aznar con sus ministros, a los que ha permitido, permanentemente, apuntarse los éxitos –cuando se producían– de su gestión, haya oscurecido esos hechos.
El supuesto modelo económico Aznar-Rato, del que tan frecuentemente habla Juan Velarde, no es tal. El modelo ha sido el de Aznar. Y como tal debería ser reconocido. Él ha controlado férreamente el gasto público, ha limitado las peticiones de los ministerios de gasto, ha decidido rebajar, por dos veces, los impuestos sobre la renta, y ha asumido los costes de unas durísimas negociaciones con la Unión Europea, para fijar cuanto correspondía recibir a España de los fondos estructurales y de cohesión. Y, finalmente, ha peleado tanto por el cumplimiento del Pacto de Estabilidad como por el contenido de la Constitución europea, consciente de que la pérdida de poder de España se traduciría no sólo en menor influencia política sino en costes económicos para nuestro desarrollo.
Por César Alonso DE LOS RÍOS ABC 27 Abril 2004
EL viaje de Zapatero a Marruecos se explica como un paso más en el desmontaje de la política exterior de José María Aznar. No es verdad que haya sido una misión simplemente retórica y, por tanto, inútil. Tenía un fin y lo ha cumplido. Tenía el fin de deslegitimar todo el trabajo diplomático de Aznar en relación con Marruecos y lo ha conseguido, incluido el escarceo bélico de Perejil y la normalidad diplomática posterior.
Pero la reescritura de las relaciones entre los dos países afecta lógicamente al sentido que tuvo la operación Perejil en su dimensión simbólica, tanto por parte de Marruecos como por parte de España. Quiero decir que Zapatero no puede desconocer que cuando soldados marroquíes tomaron el islote estaban queriendo decir a todo el mundo que algún día podrían llevar a cabo una acción semejante sobre Ceuta y Melilla. Del mismo modo que cuando el Gobierno español envió un destacamento para recuperar el islote estaba queriendo decir que nunca abandonaría Ceuta y Melilla.
¿Renuncia Zapatero a esta acción del Gobierno de Aznar al rechazar estos últimos ocho años?
Sé que es duro aplicar la lógica en este caso, pero es obligado. Con ciertos problemas no se puede jugar conejilmente al silencio y a la sonrisa. Al repudiar la política de Aznar con Marruecos, Zapatero da a entender que está dispuesto a aceptar una acción del Gobierno marroquí sobre Ceuta y Melilla: una nueva Marcha Verde con asesores franceses (¡los amigos de Moratinos!).
DICEN que Mohamed VI y Zapatero no hablaron de Ceuta y Melilla. ¿Exquisitez diplomática por parte del español? Más bien silencio doloso. Estaba obligado a sacar el tema para dejar claro ante el Rey alauí que España no abandonará nunca a sus hijos de Ceuta y Melilla, cosa que el silencio no permite deducir. Que hay cosas sagradas que no son materia de diálogo. Por otra parte, Zapatero debería haber hablado de Ceuta y Melilla para los ciudadanos de Ceuta y de Melilla. Para evitar las razonables sospechas de sus proclividad a la traición. Por fin, para que se enterara esa parte del pueblo de Marruecos que se alegró por la masacre del 11 de marzo.
HA corrido a Rabat el presidente de un Gobierno que se vanagloria de retirar tropas porque odia la barbarie de la guerra. ¿Aún en el caso de causas justas como sería el de una ocupación de Ceuta y Melilla? Cabe suponer que ante una Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla Zapatero saldría al paso con la propuesta de una mesa de negociaciones a cargo de Moratinos y Benaissa y con gran acompañamiento de toda clase de tés. Mientras, Llamazares y Caldera convocarían grandes manifestaciones por la paz y en contra del PP... Moratinos y Benaissa dialogarían durante muchas horas sobre los derechos históricos de Marruecos en relación con las dos ciudades y hasta es posible que el PSOE ganara las elecciones si mediara algún atentado.
Esto no es política ficción. Mohamed VI necesita ocupar el Sahara y conquistar Ceuta y Melilla. La adhesión de su pueblo pasa por estos objetivos; también, su justificación ante el reclamo de la modernidad y el avance del fundamentalismo islamista. Mohamed IV irá administrando esta guerra a medida de sus necesidades interiores y aprovechando las brechas que le permita el enemigo. En este sentido, la invencible propensión de Zapatero al diálogo puede llevarle a quemar etapas. Es un talante que excita al enemigo. Por cierto, ¿habrá traducción al árabe para talante? Se lo preguntaré a Fanjul.
Por Ignacio CAMACHO ABC 27 Abril 2004
CUANDO los técnicos de la Unión Europea comenzaron hace cinco años a renegociar el fallido tratado de pesca con Marruecos -fallido porque las autoridades del Reino alauí habían decidido tumbarlo de antemano-, se quedaron de piedra ante la habilidad de los funcionarios marroquíes para marear la perdiz y encontrar un problema para cada solución. Los enviados de Bruselas, tipos de piel curtida en toda clase de enredos, se encontraron en Rabat y Casablanca la horma de su zapato: una disciplinada tropa de ejecutivos capaces de empezar cada día la ronda de negociación ignorando por completo todo lo que habían aceptado la víspera.
Con paciencia infinita y cortesía de cemento, los burócratas magrebíes fueron tejiendo un manto de Penélope que no tenía otro objetivo que disuadir cualquier esperanza. Al final, muy dignamente, el Gobierno de Marruecos anunció que renunciaba a renovar el acuerdo, se puso a negociar con los japoneses que esperaban el fracaso cantado y obligó, entre otras minucias, al desmantelamiento de las flotas pesqueras andaluza y gallega.
Hace tiempo que nuestro vecino del Sur actúa con consumada pericia bajo una unívoca estrategia basada en el convencimiento de que la existencia de problemas perennes es mejor que la de soluciones inmediatas, siempre que los problemas se puedan administrar a conveniencia de quien los crea. Sus condiciones políticas autoritarias le permiten situarse en posiciones de ventaja frente a unas democracias europeas urgidas por sus regímenes de opinión pública. Los marroquíes disponen de tiempo y paciencia, y poseen acrisolada experiencia en la dosificación de conflictos para cuyos remedios siempre saben hallar el adecuado paliativo argumental que evite un desenlace satisfactorio.
Por eso acostumbran a ser ellos quienes lleven la iniciativa en las relaciones con España. Es Marruecos quien administra el ritmo de las pateras y las frena o impulsa según sus intereses de cooperación. Es Marruecos quien maneja a su antojo el bucle simbólico de Ceuta y Melilla, mientras desarrolla su paciente estrategia de penetración silenciosa. Es Marruecos quien tapona o libera la presión demográfica subsahariana. Es Marruecos quien sostiene por la parte ancha el embudo de una vecindad que convierte en fuente de grandes problemas para ir destilando pequeñas soluciones.
Ante esta estrategia recurrente, España ha venido desarrollando dos clases de respuesta: flexibilidad o firmeza. El felipismo optó por la primera -lo que sirvió a González para erigirse en factótum de influencia lobbística una vez fuera del poder- y el aznarismo por la segunda. Zapatero ha vuelto a cambiar el paso para diferenciarse de su antecesor, con resultados aún por ver, pero la historia es muy terca: con una actitud y con otra, los vecinos han sido siempre los que han marcado las pautas y los tiempos a su medida.
La única herramienta de presión que obra en poder de España es el conflicto del Sahara, moneda de cambio oscilante según cotice el argumento de la soberanía. Aznar, bajo el paraguas de la ONU, la utilizó para poner gesto hirsuto, y Mohamed VI tanteó Perejil como advertencia ante Ceuta y Melilla. Francia se desentendió y hubo que acudir al amparo de Colin Powell, con los resultados sabidos y el precio de la foto de Azores. Ahora puede volver a reeditarse la paradoja de que los socialistas sean más flexibles al interés alauí que a su vieja retórica de solidaridad polisaria. Pero en el complicado tablero de dominó que es la geopolítica se ha cruzado la ficha caída de la alianza rota entre España y Estados Unidos. Nada va a ocurrir mañana ni pasado, pero si yo viviera en Ceuta o en Melilla estaría ahora menos tranquilo que hace una semana. icamacho@abc.es
La primera visita oficial al extranjero de José Luis Rodríguez Zapatero ha tenido lugar en Casablanca (Marruecos), y a un profano en relaciones diplomáticas internacionales como un servidor lo primero que se le ocurre pensar es si ha ido para pedir disculpas por la recuperación, por parte de España, del islote Perejil, y de paso frenar un poco las islamistas reivindicaciones marroquíes de Ceuta, Melilla e Islas Canarias.
Y como Mohamed VI se ve respaldado por Francia en algunos litigios entre España y Marruecos, no sería extraño que una falsa solución a las pateras procedentes del país magrebí quedara supeditada al apoyo español en el Consejo de Seguridad de la ONU para el referéndum del Sahara, con la población actual, en la ex colonia española.
Y ni a pesar de la retirada de las tropas españolas de Irak, cuyos beneficios son para el mundo islámico, ni los 200 muertos de Atocha por manos terroristas marroquíes van a menguar las aspiraciones del Rey Mohamed VI. España no puede estar a expensas de Marruecos eternamente.
Pero como el reciente presidente del Gobierno español, siguiendo la doctrina socialista, parece que tiene complejo de quedar a mal con algunos países, excepto con Estados Unidos, no me sorprendería que luego venga a decir que las relaciones bilaterales con Marruecos han mejorado ostensiblemente. José Baquero Gracia.
Matías Antolín es autor de «Agur, ETA», «Mujeres de ETA» y «El olor del miedo» La Razón 27 Abril 2004
Queridísimos verdugos: Aquí estoy, maldita ETA, sin más chaleco antibalas que mi propio convencimiento, sin parapetarme en nada que no sea la libertad de expresión que me da este periódico. Me consta que vuestros jóvenes cachorros carecen de ideales, por eso pregunto: ETA, ¿vas a volver a matar?, ¿acaso para vosotros la vida está prohibida? A los fanáticos etarras que matáis a sangre fría, os digo lo que dijo Truman Capote: «antes de negar con la cabeza, aseguraos de que la tenéis». Si volvéis a matar, será vuestra tumba.
Escucha, ETA (Estúpidos Terroristas Analfabetos), déjanos vivir en paz para que podamos ver «la niebla y el trasluz» de la que escribía López de la Calle antes de que le asesinarais. Claro que quien no tiene sentido no lo pierde. Canallas, queréis desgobernar Euskadi con la dictadura del miedo. Escribo para deciros que la libertad no necesita verdugos inquisidores, que no podéis prohibirnos pisar el césped de la información.
En esa secta del terror sólo vivís de la muerte; pertenecéis al «Club de los asesinos»; ignoráis, bestias ebrias de sangre, que las personas hemos nacido para ser libres. Aunque la sangre inocente derramada no ahogará nuestra voz, todos hemos quedado ensangrentados porque, encapuchados de cobardía y con voracidad inhumana, habéis quitado la vida a cientos de personas. Sabéis que la libertad es la médula de una democracia y por eso la asesináis.
La libertad es para soñarla. La prensa os hemos magnificado, incluso mitificado, sin embargo, la mayoría de etarras estáis en la banda porque no tenéis otra cosa que hacer. Os recuerdo lo que un día dibujó Andrés Rábago «El Roto» en una de sus viñetas; hay dos etarras y este diálogo: «Y a todo esto tú, ¿por qué seguimos matando, pues?..¿Y yo qué sé tío!...¿Está en los Estatutos!»..Así de demencial es la cosa vuestra.
No soy un Diógenes que busca con una linterna no se sabe qué en vuestro zulo mental, pero estoy seguro de que muy pronto llegará el día en que de las paredes del País Vasco se borren las dianas y las amenazas; en que desaparezcan de los pasquines del miedo los nombres de los políticos, jueces o periodistas que osaron decir lo contrario de lo que mandaba vuestro plomo. A ver si os enteráis de que la gran mayoría de vascos se inclina por soluciones políticas pragmáticas y flexibles, tan alejadas del nacionalismo radical como del inmovilismo.
Pienso que la fuerte bipolarización nacionalistas-no nacionalistas no tiene correspondencia en la sociedad, mucho menos crispada que sus políticos. Tomad nota, estúpidos. El terrorismo es contrarrevolucionario.
Y en esto aparece un tal Xabier Zumalde y nos monta un museo del horror. Vuestro ex colega no puede poner cara de inocencia a su culpabilidad. No se pueden hacer dietas de pasteles azucarados para curar la diabetes. Pongo en duda la decencia intelectual y la honestidad política de este ex etarra, que ha estado callado hasta ahora en que váis a hacer callar las armas. Xavier Zumalde «El Cabra», revolucionario sin revolución, es uno de los vuestros que ha montado una grotesca exposición de terror y muerte en la localidad vizcaína de Artea para promocionar su libro. Mendiga entrevistas, pregona vino pero vende vinagre. No se puede ser tolerante con la intolerancia. Aterradora e intolerable ETA, confío en que muy pronto serás repudiada por casi todos los vascos. Tal vez sólo te quede la rendición, pues no sois tan fuertes, no constituís ningún ejército regular, sino un grupo de locos fundamentalistas. Quitaros la capucha, ese rostro aborrecible, haced callar las armas y así hablaremos sin sangre en el paladar.
ETA, coleccionista de crímenes, siempre supe que sólo morirías cuando tuvieras la convicción de que la violencia no te produce rentabilidad política; cuando sintieras en tu nuca el aliento de la Policía (os tenemos que trasvasar el miedo); cuando dejaras de ser un mito. Ha llegado el momento. No tenéis razón de ser.
Habrá que explicar a vuestra cantera que es falso todo lo que les enseñan en algunas ikastolas, de donde salen creyendo que son una raza distinta y que España les ha invadido; desde los púlpitos (la Iglesia está siendo muy tibia); habrá que deciros que en Europa nadie va a querer un país bajo vuestra dictadura.
ETA, eres una usurpadora de la conciencia social vasca, una impostora. Mientras sigas matando, ¿van a seguir los señores Ibarreche, Atucha, Josu Jon Imaz... predicando sobre cadáveres la idea de libertad? ¿Ninguno de la banda se atreve a dar un paso al frente y pasar a la historia como la persona que dio el cerrojazo a las armas?
Falsos salvapatrias, es hora de devolveros a vuestra realidad auténtica, la de simples asesinos. Sé que estáis decididos pero no sabéis a qué. Sé que no tenéis cabeza, si acaso algunos cabecillas. Repugnantes etarras, vuestro cerebro tiene el mecanismo de un sonajero. Aunque en el sótano de ETA sólo quedáis cuatro fantasmas, no podemos daros la espalda, ¿por qué no dáis la cara, cobardes? Sufrís la enfermedad del fanatismo y la intolerancia.
No se puede echar más guerra contra la guerra, hay que luchar con las armas de la inteligencia porque la vía armada está en vía muerta. Ya sois todos personajes del «Museo El Cabra».
El que salga el último de ETA, además de imbécil, por favor, que cierre la puerta. Agur, idiotas.
¿Bitácora oportuna?
No es verdad que el político Aznar, que ahora está dedicado –nunca retirado– a labores tan intelectuales como políticas, haga con este artículo una explicación sobre sus posiciones de política exterior a destiempo. Falso. Aznar ha sido el único que ha defendido con claridad y precisión dentro de su partido el vínculo atlántico entre Europa en general, y España en particular, con EEUU. Aznar fue siempre claro sobre su política antiterrorista y sus aliados exteriores. Aznar hizo pedagogía política tanto en el Parlamento como en los medios de comunicación sobre el significado de España en sus relaciones con Europa y EEUU. Aznar siempre tuvo un discurso coherente y riguroso sobre la guerra de Irak. Se diría, y quizá fue esta su carga y posterior pesadilla, que fue muy por delante de su partido. Éste casi siempre marchó a remolque de aquél por su obsesión de gobernar a golpe de encuesta y estados pasajeros de opinión. Imposible pedagogía con un método tan contingente.
Sin embargo, no puedo decir lo mismo del partido de Aznar. El PP nunca explicó correctamente a la ciudadanía su política exterior, más aún, hubo dirigentes muy cualificados del PP que se escondieron cuando tuvieron que respaldar a su presidente. Estoy convencido de que Aznar durante más de un año tuvo que sentirse más sólo de lo normal. ¡Ay, amigos, si hablaran los árboles que le daban cobijo a Aznar en los Montes de Toledo, cuando los movilizadores profesionales clamaban contra él! El artículo, pues, de Aznar en ABC es tan coherente con su trayectoria política como oportuno para que aprendan sus compañeros de partido. Otra cosa diría, si el artículo lo hubiera escrito Rajoy o Acebes, Rato o Mayor Oreja. ¡Cuántas veces, ay, sentimos la soledad y el abandono del poder político en general, y del PP en particular, quienes defendíamos en los medios de comunicación el vínculo de España, y por ende de Europa, con EEUU!
A estas alturas de la cuenta hacia atrás, de la involutiva dinámica en que se encuentra la política española, caben dudas al elegir entre la decisión de retirar a los soldados que están en Iraq o la de “ayudar” a Marruecos en la cuestión del Sahara —tal como ha prometido el presidente del Gobierno, en Casablanca— para asignarle la condición de “piedra roseta”, ese código con el que el francés Champolion descifró el alfabeto jeroglífico del antiguo Egipto. Vale un supuesto como el otro como clave de las claves que, además de expresar su propio valor, explique y anticipe el trazado gráfico de lo que está siendo y será la ejecutoria diplomática de España durante el tiempo que José Luis Rodríguez Zapatero presida el Consejo de Ministros.
Respecto de lo primero, que por la manera perentoria que se decidió ha merecido de parte norteamericana la calificación de “falta de profesionalidad”, conviene anotar el nulo reconocimiento que ha tenido por parte iraquí. Se ha incurrido simétrica y puntualmente en el mismo error en que incurrieron los norteamericanos. Creyeron éstos que en Iraq serían recibidos con flores, como liberadores, cuando consumaran la ocupación. Y a nuestros soldados se les despide, en tiempo de repliegue, con tiros y bombazos. Ese camino de vuelta ha dejado en las orillas los primeros muertos iraquíes a manos españolas. El acuerdo político de regresar no ha encontrado la paz como método, ni siquiera la pasividad aquiescente como derrotero. Tampoco hay certezas confortadoras sobre el precio que políticamente tendrá el viaje de vuelta de las tropas españolas. A los pasajes les pasa como a los almuerzos: ni son gratis para la ida ni lo son, tampoco, para la venida. Siempre en política, y especialmente en política internacional, la gratuidad está ausente. Todo tiene su precio, lo mismo que todo tiene su retribución.
Alguien sabe qué retribución se espera de Francia después del manifestado compromiso de “ayudar” a Marruecos —igual que Francia viene haciendo— en la disputa del Sahara? Esta otra posible clave del desarrollo diplomático que espera corresponde al núcleo mismo del debate que determinó en su día el cambio, el desplazamiento al tándem angloamericano de la política exterior del Gobierno de José María Aznar.
“En todo te puedo ayudar, José María, menos en Marruecos —dicen que le dijo Jacques Chirac al entonces huésped de la Moncloa—. Pero Marruecos y sus inestabilidades, por los intereses de España que resultan afectados —en la Península y en Canarias—, como por las constantes francesas en el norte de África, no son un asunto más en nuestra política exterior, sino una condicionante tremebunda de nuestra seguridad exterior e interior. Ahí está como prueba el 11-M. Y ahí queda, como señal de preocupación, la obsequiosa manera con que el presidente del Gobierno ha disociado la condición marroquí de los ejecutores del atentado, y de sus cómplices operativos, de todo lo demás que supone y representa Marruecos en lo político, en lo cultural y en lo religioso.
Que, previamente a la matanza de marzo, el atentado terrorista de Casablanca se cebara en un establecimiento llamado Casa de España, es dato que debería aconsejar cautelas en las expresiones y las amabilidades que exceden el protocolo. El terrorismo islámico, después de la guerra de Iraq, y como efecto de la Intifada palestina en curso, es ahora como un virus con mutaciones localmente nacionalistas. Y de materia nacionalista, con insistencias irredentistas de todo tipo, es el discurso central de la política jerifiana desde hace ya demasiado tiempo. España es el único espacio de incidencia y repercusión exterior de esa política, a la que el sentimiento colectivo marroquí no puede ser insensible. Es algo que no se debería olvidar en ningún momento, especialmente cuando se opta por Francia como punto de apoyo para la política europea. Puestas las cosas como están, con los retos máximos del terrorismo, no cabe ser tributarios de nadie. Los riesgos interiores dependen en mucho de la política exterior. jose@javaloyes.net
Falsear la historia de modo tan sistemático exige método. En gran medida éste consiste en sustituir los hechos por las palabras. Toda persona cae en contradicciones, y todo político sabe decir frases biensonantes (es parte de la profesión). El historiador debe distinguir qué palabras son relevantes, cosa a menudo difícil. Azaña, por ejemplo, tiene frases humanitarias y sectarias, liberales y antiliberales, a favor y en contra de la democracia. Basta, por tanto, seleccionar las de sentido humanitario y democrático para crear una leyenda; y, sus enemigos pueden realizar la operación contraria para crear una impresión desfavorable, pero igualmente falsa o incompleta. La cuestión sólo puede resolverse atendiendo a los hechos. La actitud de Azaña ante la quema de conventos y bibliotecas fue un hecho, acompañado de una frase célebre. Con la Ley de Defensa de la República cerró más periódicos que nunca antes, hizo detener sin acusación a cientos de personas y practicó una serie de arbitrariedades culminadas en la matanza de Casas Viejas. Relacionar palabras y hechos puede parecer una obviedad, debiera serlo, pero no lo es. Los panegiristas de Azaña no suelen hacerlo, u olvidan simplemente los hechos, o los minusvaloran. Naturalmente, la historia resultante no puede ser muy seria, y basta hundir el aguijón crítico para percibir la flojera de tantos y tantos estudios.
Estas reflexiones me vienen a la cabeza por una reciente entrevista a Paul Preston en El País, con motivo de un libro que prepara… ¡para el otoño del año próximo! Sirva de ejemplo de cómo hace la izquierda sus campañas, sin complejo alguno: un año y medio antes ya empieza a publicitar y poner en candelero un libro que le conviene. Yo estoy teniendo dificultades para convencer a mucha gente de prestar atención al 70 aniversario de la guerra civil, que se cumple este año. La derecha suele ser así de obtusa y pasiva.
El nuevo libro de Preston será… como todos los suyos, es decir, un cúmulo de desvirtuaciones. Podría parecer injusta o apresurada esta opinión, pero la entrevista no puede resultar más reveladora. Dice el autor: “el capitán Gonzalo de Aguilera, otro oficial del Ejército de Franco, que era el enlace entre las columnas y la prensa extranjera, afirmaba que en el siglo XIX la gente de bien había cometido el error de promover la higiene y las alcantarillas, alejando así el fantasma de la peste, que antes de eso, por voluntad de Dios, se ocupaba de diezmar los barrios obreros. Ésa era la razón, según él, por la cual los militares debían encargarse de esa depuración. Una anécdota así cuenta más que cualquier estadística”. ¿De veras? Para un propagandista tales palabras constituyen una verdadera joya, y le importará poco si fueron pronunciadas como una broma o una boutade. Pero un historiador sólo puede encontrarlas relevantes si se traducen en hechos: si el régimen de Franco hubiera destruido las alcantarillas y propiciado la suciedad pública. Sin embargo sabemos que hizo exactamente lo contrario. ¿Cómo lo sabemos? Por los índices de mortalidad. En la zona nacional, durante la guerra, la sobremortalidad por enfermedades fue incomparablemente menor que en la zona izquierdista. Y después de la guerra, a pesar de las difíciles condiciones materiales, la mortalidad continuó bajando, y muy señaladamente la infantil, con un descenso más rápido que en cualquier período anterior. Así pues, y contra la opinión del propagandista Preston, un historiador debe dar más valor a los hechos y a las estadísticas que a las frases, y relacionar unas con otros constantemente. Debiera ser obvio, ya lo he dicho, pero está claro que no lo es.
Otra idea de propagandista y no de historiador: “Sadam Husein admiraba muchísimo a Franco (…) La represión y la crueldad también los asemejan. Las fosas comunes halladas en Irak no difieren mucho de las que se están encontrando en España”. ¿Admiraba Sadam a Franco? Tal vez, pero en los hechos Sadam se relacionó especialmente con la URSS, lo cual jamás hizo ni habría hecho Franco. Y, a la inversa, quienes más sintieron el derrocamiento de Sadam y le apoyaron directa o indirectamente, o disimularon sus crímenes o dieron mayor énfasis a la supuesta mortandad causada por Usa, fueron países como Francia y, en general, la opinión internacional de izquierdas, cosa que nunca habrían hecho con Franco. Por otra parte, Sadam perpetró grandes matanzas hasta casi su último día, y Franco sólo fusiló a gran número de personas a raíz de una guerra en que sus enemigos habían hecho lo mismo, o en mayor escala. La afirmación de que las fosas comunes de Irak, con miles y miles de personas asesinadas, incluyendo niños y mujeres, se parecen a las de Franco, no pasa de pura palabrería. Los grupos dedicados a abrir fosas en España, en cuatro años de trabajo intenso sólo han encontrado 200 cadáveres en decenas de fosas, muchos de ellos víctimas, con toda probabilidad, no de fusilamientos, sino de combates (Los desenterradores no suelen distinguir, como no suelen hacerlo entre los inocentes y los culpables de graves crímenes fusilados después de la guerra).
Asegura Preston que las víctimas de la represión franquista ascienden a unas 100.000, e intenta desenterrar los odios, cultivando artificialmente el horror: “Si consideramos el horror mundial que hubo, por ejemplo, ante los crímenes de Pinochet, que ocasionaron entre 3.000 y 4.000 muertos, la diferencia es abismal”. Los estudios más solventes revelan que el número de fusilados por los franquistas está en torno a 60.000, contra otros tantos o algunos más por sus contrarios. Y, cierto, los 3.000 ó 4.000 muertos de Pinochet causaron más horror, seguramente, que los dos millones de Pol Pot o las decenas y decenas de miles de Sadam y de tantos otros tiranos “progresistas”. Lo cual sólo demuestra que la propaganda de los Preston y compañía ha sido mucho más eficaz que la contraria. Y que ha destruido y sigue destruyendo en buena parte la verdad histórica.

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