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Timestamp: 2020-06-01 14:04:31+00:00

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Los conflictos bélicos y el ambiente. Análisis de una relación inquietante y de la normativa destinada a mejorarla
Título: Los conflictos bélicos y el ambiente. Análisis de una relación inquietante y de la normativa destinada a mejorarla
Autor: De Benedictis, Leonardo
Fecha: 18-07-2018 Cita: IJ-DXXXVI-64
De Benedictis, Leonardo
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- Ir a Indice - 1. Introducción2. La guerra, desde su aceptación hasta su prohibición3. Responsabilidades preventivas ante riesgos ambientales4. Responsabilidades de reparación por violación de disposiciones preventivas5. Responsabilidades penales por daños ambientales6. Los deterioros ambientales como motivadores de conflictos bélicos7. Las políticas y su expresión normativa en la preservación ambiental8. Conclusiones
2. La guerra, desde su aceptación hasta su prohibición
3. Responsabilidades preventivas ante riesgos ambientales
4. Responsabilidades de reparación por violación de disposiciones preventivas
5. Responsabilidades penales por daños ambientales
6. Los deterioros ambientales como motivadores de conflictos bélicos
7. Las políticas y su expresión normativa en la preservación ambiental
Los conflictos bélicos y el ambiente
Análisis de una relación inquietante y de la normativa destinada a mejorarla
Analizar la relación de los conflictos bélicos con el ambiente, nos lleva a una doble vía de análisis: por un lado, la vía referida a los conflictos bélicos como generadores de deterioros ambientales, y por otro, la vía de los deterioros ambientales como generadores de conflictos bélicos.
En principio, debemos saber que estamos en una situación ambiental muy delicada. Como para tener una idea clara de lo que estamos diciendo, resulta necesario recurrir a un indicador ambiental, denominado “huella ecológica”, que nos está indicando que, a nivel mundial, consumimos más recursos naturales que los que la naturaleza puede regenerar y producimos mas residuos que los que esta puede admitir. Por otra parte, cuando hacemos mediciones por país y tomamos el promedio de consumo por persona, podemos observar inequidades realmente preocupantes. De estas últimas mediciones surge, a modo de ejemplo, que el consumo promedio de un habitante de EE.UU. es 10 veces superior al consumo promedio de un habitante de la India. En definitiva, la huella ecológica nos indica que tenemos un nivel de consumo insustentable en el tiempo e inequitativo en lo social. Obviamente, si todos los habitantes del planeta consumieran como el de EE.UU. estaríamos en una situación aún más delicada.
Frente a este cuadro de situación, es fácil advertir que los riesgos asociados a la generación de conflictos bélicos se acrecientan y, consecuentemente, también se acrecientan los riesgos de mayores daños ambientales ante los nuevos conflictos que puedan generarse. Los cierto es que los daños ambientales afectan severamente la vida humana y en la medida que pase el tiempo sin que podamos revertir la actual situación, la vida en la Tierra se hará más conflictiva y penosa, y hacer esta advertencia no es hacer predicciones alarmistas, es, por el contrario, hacer predicciones realistas.
Ya en el año 1972, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), a través de un informe titulado “Los Límites del Crecimiento”, que sirviera de referente en la primera conferencia de la ONU sobre medio ambiente (Estocolmo 1972), ponía una voz de alerta sobre este tema, y en posteriores actualizaciones ha ido reafirmando el alerta.
Cabe señalar, para despejar cualquier duda sobre la seriedad de lo que se está manifestando, que el Informe del MIT fue elaborado a requerimiento del Club de Roma, que es una prestigiosa organización creada en 1968, integrada por políticos, académicos, científicos e investigadores de diversos países del mundo, que está dedicada a analizar el futuro de la humanidad. Dicho Informe ha merecido, como se dijo precedentemente, diversas actualizaciones por parte del MIT; la última de 2012 se ha efectuado mediante el indicador “la huella ecológica”.
En el año 2014, un equipo de la Universidad de Melbourne en Australia dirigido por el profesor Graham Turner analizó los datos presentados en el Informe en cuestión y los comparó con datos actuales de la UNESCO, la Organización de Agricultura y Alimentos de Naciones Unidas (FAO), la agencia científica norteamericana NOAA, estadísticas energéticas de la transnacional petrolera BP, y otras fuentes. Tras estudiar la correlación entre los datos utilizados en “Los Límites del Crecimiento” y los datos actuales, el equipo australiano encontró que el Informe del MIT tenía razón y que su pronóstico sobre el destino de la humanidad, si no se cambiaba de curso tiene plena vigencia.
Cabe entonces analizar qué estamos haciendo para modificar la situación señalada y a esto nos abocaremos seguidamente. Para ello, consideraremos, inicialmente, las nuevas visiones que se tienen de la guerra, como expresión de los conflictos bélicos, para pasar luego a considerar de qué manera intentamos evitar que estos (los conflictos armados) ocasionen daños ambientales inaceptables, qué responsabilidades le pueden caber a quienes los ocasionen y finalizaremos analizando la crisis ambiental actual como factor generador de conflictos bélicos, para así poder arribar a conclusiones que permitan identificar deficiencias e impulsar mejoras. Por cierto, no se pretende efectuar un análisis exhaustivo de la problemática bajo análisis, ni agotar el tema sino, por el contrario, instalarlo en la mesa de análisis/discusión y promover mayores investigaciones.
2. La guerra, desde su aceptación hasta su prohibición [arriba]
La historia de la humanidad está llena de conflictos y de guerras, y durante la mayor parte de la misma, estas últimas eran vistas como un medio aceptable para solucionar discrepancias entre naciones/grupos humanos. Incluso se las llegó a ver como algo “glorioso” y hasta se llegó a hablar del “arte de la guerra”, pero, la mayor violencia destructiva que se fue dando en los últimos tiempos, de la mano de armamentos cada vez más mortíferos, la fue convirtiendo en algo horrendo que debía evitarse.
La Primera Guerra Mundial le puso fin a la guerra aceptable y es así que en 1919, el Pacto de la Sociedad de Naciones y más tarde, en 1928, el Tratado de París (Pacto Briand-Kellogg), iniciaron el camino a favor de la prohibición de la guerra o, al menos, de su limitación. Pero fue, en particular, la aprobación de la Carta de las Naciones Unidas del año 1945, la que confirmó esa tendencia disponiendo que “los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza (...)”; y solo consideró viable esa vía “cuando se actúe en legítima defensa frente a una agresión externa o cuando haya que tomar medidas coercitivas para la defensa de la paz frente a un Estado que represente una amenaza para la seguridad internacional, o cuando se trate de medidas que se tomen en el marco de las misiones de mantenimiento de la paz”.
Por otra parte, hoy las guerras se llevan a cabo con un armamento que está en capacidad de causar estragos en la naturaleza y sus recursos y, por supuesto, afectar seriamente la vida humana, lo cual acrecienta la necesidad de evitarlas y, de no lograrlo, ponerle límites a su ejecución. Debemos tener en cuenta que los daños ambientales, cuando adquieren cierta magnitud, es muy difícil circunscribirlos al ámbito geográfico de los países beligerantes.
3. Responsabilidades preventivas ante riesgos ambientales [arriba]
En la medida en que las guerras fueron mostrando su perfil más siniestro y que, paralelamente, se empezó a tomar conciencia de los graves deterioros ambientales que amenazan el futuro de la humanidad, el Derecho comenzó a expresarse y a poner límites al ejercicio de la violencia poniendo foco en la necesidad de evitar que las actividades de un país causen daños ambientales en otros. Las Declaraciones de Principios efectuadas en las Conferencias de la ONU sobre el ambiente, y en su Resolución N° 47/37, fueron una de esas expresiones. Seguidamente, se reproducen algunos de esos Principios asociados a dichas Conferencias y lo que se manifiesta en la Resolución citada precedentemente:
· CONFERENCIA DE ESTOCOLMO 72-PRINCIPIO 21: “De conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y con los principios del derecho internacional, los Estados tienen el derecho soberano de explotar sus propios recursos en aplicación de su propia política ambiental y la obligación de asegurar que las actividades que se lleven a cabo dentro de su jurisdicción o bajo su control no perjudiquen al medio de otros Estados o de zonas situadas fuera de toda jurisdicción nacional”.
· CONFERENCIA DE RÍO 92-PRINCIPIO 2: “velar por que las actividades realizadas dentro de su jurisdicción o bajo su control no causen daños al medio ambiente de otros Estados o de zonas que estén fuera de los límites de la jurisdicción nacional”.
· CONFERENCIA DE RÍO 92-PRINCIPIO 24: “La guerra es, por definición, enemiga del desarrollo sostenible. En consecuencia, los Estados deberán respetar las disposiciones de derecho internacional que protegen al medio ambiente en épocas de conflicto armado, y cooperar en su ulterior desarrollo, según sea necesario”.
· RESOLUCIÓN N° 47/37 DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LA ONU. Mediante esta Resolución, se insta a los Estados “a que adopten medidas para velar por el cumplimiento de las disposiciones del derecho internacional vigente aplicables a la protección del medio ambiente en tiempo de conflicto armado”.
En definitiva, lo que establecen los Principios mencionados y la Resolución considerada, es la obligatoriedad de que los Estados no causen daños ambientales en otros Estados y que, cuando existan conflictos bélicos, estas obligatoriedades no sean dejadas de lado.
Además de estos Principios, que hoy forman parte del Derecho Ambiental, existen normas que integran el denominado Derecho Internacional Humanitario, que siendo parte del Derecho Internacional, y estando destinadas a proteger a las personas que no participan o han dejado de participar en las hostilidades, así como a limitar los métodos y medios de hacer la guerra, también contemplan la protección ambiental. Se destacan, entre esas normas, las que se enuncian a continuación cuyos arts. de relevancia ambiental son reproducidos:
· Convenio sobre la prohibición de utilizar técnicas de modificación ambiental con fines militares u otros fines hostiles -aprobada en 1976 por la Asamblea General de la ONU- durante la Conferencia de Desarme
Art. I: “Cada Estado Parte en la presente Convención se compromete a no utilizar técnicas de modificación ambiental con fines militares u otros fines hostiles que tengan efectos vastos, duraderos o graves, como medios para producir destrucciones, daños o perjuicios a otro Estado Parte”.
Art. II: “A los efectos del artículo I, la expresión ‘técnicas de modificación ambiental’ comprende todas las técnicas que tienen por objeto alterar -mediante la manipulación deliberada de los procesos naturales- la dinámica, la composición o estructura de la Tierra, incluida su biótica, su litosfera, su hidrosfera y su atmósfera, o el espacio ultraterrestre”.
Aclaración sobre los términos utilizados:
“El Comité entiende que, a los efectos de la presente Convención, los términos “vastos”, “duraderos” y “graves” se interpretarán como a continuación se indica:
a) “vastos”: que abarcan una región de varios centenares de kilómetros cuadrados; b) “duraderos”: que duran un período de meses o, aproximadamente, una estación del año; c) “graves”: que entrañan un grave o importante perjuicio o perturbación para la vida humana, los recursos naturales y económicos y otros aspectos del patrimonio”.
Técnicas de modificación ambiental del art. II: “terremotos; maremotos; perturbación del equilibrio ecológico de una región; modificación de las pautas del clima (nubosidad, precipitaciones, ciclones de diversos tipos y tormentas huracanadas); modificación de las corrientes oceánicas; modificación del estado de la capa de ozono, y modificación del estado de la ionosfera. Se entiende, asimismo, que todos los fenómenos mencionados anteriormente, cuando se producen como resultado de la utilización de técnicas de modificación del medio ambiente con fines militares u otros fines hostiles, ocasionarían, o sería razonable esperar que ocasionaran, daños, destrucción o perjuicios vastos, duraderos o graves. Por consiguiente, se prohibiría la utilización de las técnicas de modificación del medio ambiente con fines militares u otros fines hostiles que se definen en el art. II, encaminadas a provocar esos fenómenos como medio de causar daños, destrucción o perjuicio a otro Estado Parte”.
· Protocolo I Adicional a los Convenios de Ginebra (firmado en 1977)
Art. 35.3: “Queda prohibido el empleo de métodos o medios de hacer la guerra que hayan sido concebidos para causar, o de los que quepa prever que causen, daños extensos, duraderos y graves al medio ambiente natural”.
Art. 55 - “Protección del medio ambiente natural”
2. Quedan prohibidos los ataques contra el medio ambiente natural como represalias”.
ACLARACIÓN SOBRE EL ART. 55: Este artículo -cuya finalidad es proteger a la población civil contra los efectos de las hostilidades- se encuadra en un contexto amplio: el de la protección de los bienes de carácter civil, a la que se refiere el Capítulo III del Título IV del Protocolo (arts. 52-56). Por lo tanto, no es una simple repetición del art. 35, párr. 3°. Contiene la obligación general de preocuparse por la protección del medio ambiente natural en la conducción de las hostilidades, pero esta obligación está centrada en la protección de la población civil, mientras que el art. 35, párr. 3°, está orientado a proteger el medio ambiente como tal. Además, prohíbe las represalias contra el medio ambiente en el entendimiento de que las afectaciones que se hagan sobre el mismo terminan perjudicando a países que no participaron del conflicto y hasta a la humanidad en su conjunto.
Cabe señalar que los Convenios de Ginebra relacionados con la humanización de los conflictos bélicos son cuatro:
· Convenio sobre heridos en combate terrestre (aprobado en 1906 y actualizado en 1929 y 1949).
· Convenio sobre heridos en combate naval (aprobado en 1906 y actualizado en 1929 y 1949).
· Convenio sobre prisioneros de guerra (aprobado en 1929 y actualizado en 1949).
· Convenio sobre protección de civiles (aprobado en 1949).
Dentro del Derecho Internacional Humanitario, deberíamos agregar al Convenio sobre Restricciones/Limitaciones para el Empleo de Armas Convencionales Consideradas Nocivas o de Efectos Indiscriminados. Esta norma, generada en 1980 y que ha sufrido enmiendas desde entonces, cuenta con protocolos que establecen restricciones: sobre armas que dejan fragmentos no localizables, sobre minas, armas trampa y otros artefactos similares, sobre armas incendiarias, sobre armas láser cegadoras, sobre restos explosivos de guerra.
En la actualidad, despierta fuertes inquietudes el uso del uranio empobrecido con fines militares. Principalmente, se lo ha venido empleando en municiones antitanque o antiblindaje. Los EE.UU. lo han usado contra los tanques de Sadam Husein en la Guerra del Golfo (contra Irak), la OTAN lo habría utilizado en Yugoslavia y, quizás, también fue usado en Libia contra las fuerzas leales a Gadafi. La carga tóxica y radiactiva de estas municiones suele esparcirse en forma de polvo radiactivo de baja intensidad y se considera que podría ser la causa de un aumento en las tasas de cáncer en las zonas de empleo. Afectaría también al agua y a la tierra y sus cultivos, y esta afectación duraría muchísimos años atento a tratarse de material radiactivo. Cabe preguntarnos si existe normativa internacional que prohíba o limite su uso, y la respuesta, al momento de escribir estas líneas, es negativa.
Por otra parte, también cabe preguntarnos si existen limitaciones para el uso de armas atómicas/nucleares y la respuesta, hasta el momento, no es muy satisfactoria. En realidad, solo tendríamos un Tratado de no Proliferación Nuclear, firmado en 1968, que restringe la posesión de armas nucleares, permitiendo que solo cinco países puedan tenerlas (EE.UU., Rusia, Francia, Reino Unido y República Popular China), con el compromiso futuro de eliminar este tipo de armas. Lo cierto es que ese compromiso no solo no se ha cumplido, sino que han aparecido otros países que poseen armas nucleares (India, Korea del Norte, Israel y Paquistán) algo, por cierto, nada tranquilizador. También, podríamos computar, en el marco normativo que consideramos, a determinados acuerdos tendientes a limitar la posesión de determinadas armas nucleares. De todas maneras, una luz esperanzadora se ha prendido recientemente, con la firma, en las oficinas de la ONU en Nueva York, el 7 de julio del presente año (2017), de un Tratado sobre Prohibición de Armas Nucleares. Obviamente, falta un largo camino a recorrer para lograr que el mismo entre en vigor (se necesita la ratificación de 50 países).
Por otra parte, hoy tenemos una bomba que los expertos dicen que sería 3000 veces más poderosa que la bomba atómica arrojada en Hiroshima. Hablamos de la bomba de hidrógeno, y tampoco tendríamos limitaciones/prohibiciones para su uso.
Precedentemente, hemos puesto el foco en los efectos colaterales sobre el ambiente que ocasionan o pueden ocasionar los conflictos bélicos, cabe ahora ponerlo en el uso del ambiente con fines militares. Hablamos de causar alteraciones ambientales perjudiciales para el enemigo. En este campo, también nos encontramos con situaciones inquietantes.
Ya en la década de 1970, el ex asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski (polaco, nacionalizado americano) había previsto en su libro “Between Two Ages” que: "La tecnología pondrá a disposición de los líderes de las principales naciones, técnicas para llevar a cabo una guerra secreta. Técnicas de modificación del clima podrían ser empleadas para producir períodos prolongados de sequía o tormenta”. En esa línea conceptual, el “Proyecto Popeye” (en la Guerra de Vietnam) consistía en sembrar nubes sobre Vietnam y Camboya para aumentar las precipitaciones en zonas vitales, causando deslizamientos de tierra y ocasionando caminos fangosos que dificultaran el movimiento de los suministros en la ruta Ho Chi Minh (se denomina ruta Ho Chi Min al conjunto de senderos y caminos de 10 mil km de longitud total que discurrían desde Vietnam del Norte hasta distintos puntos de Vietnam del Sur pasando por Laos y Camboya).
Pero también encontramos proyectos/programas que podrían ser aun más inquietantes, tal el caso del programa que desarrollaron EE.UU. y Nueva Zelanda en los cuarenta (Segunda Guerra Mundial), consistente en producir explosiones en el lecho marítimo para generar tsunamis/maremotos en capacidad de afectar a Japón (Programa Seal), y también del programa desarrollado por EE.UU. consistente en enviar ondas electromagnéticas a la ionósfera, con la posibilidad de producir cambios climáticos diversos-Programa HAARP (High-frecuency Active Auroral Research Program). El Proyecto Seal se ejecutó solo de manera experimental y no se llevó a cabo contra Japón por haber tenido éxito el proyecto Manhattan (el desarrollo de bombas atómicas que se utilizaron sobre Hiroshima y Nagasaki). Por su parte, el Programa HAARP, que viene desarrollándose desde principio de los 90 (siglo XX), con la instalación de 180 antenas emisoras que se encuentran ubicadas en Alaska, ha generado fuertes controversias sobre su real finalidad. Mientras, por un lado, se trata de explicar que estamos ante un programa de investigación de la ionósfera orientado a mejorar las comunicaciones; por otro, se señala que estaría orientado a generar cambios climáticos ¿quién tendrá razón?
4. Responsabilidades de reparación por violación de disposiciones preventivas [arriba]
Identificadas las disposiciones destinadas a poner límites en el ejercicio de las operaciones bélicas para evitar la comisión de daños ambientales inaceptables, cabe hacer lo propio con las disposiciones que determinan las repercusiones/consecuencias jurídicas de su violación. Interesa conocer si le cabe alguna responsabilidad reparadora a quien cause daños ambientales durante el conflicto.
Solo el art. 91 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra se refiere a la materia al establecer: “La Parte en conflicto que violare las disposiciones de los Convenios o del presente Protocolo estará obligada a indemnizar, si hubiere lugar a ello. Será responsable de todos los actos cometidos por las personas que formen parte de sus fuerzas armadas”. Lo dispuesto por este artículo se ve acompañado por los principios enunciados precedentemente y correspondientes a las Conferencias ambientales de la ONU de Estocolmo 72 y Río 92, así como por la Resolución de la ONU N° 47/37.
En realidad, existe hasta el momento un solo caso en el que se le aplicó a un Estado la responsabilidad de reparación de los daños ambientales generados en el marco de un conflicto bélico. Se trata de la responsabilidad, que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, le impuso a Irak por daños ambientales, a través de la Resolución N° 687/91, adoptada luego de la Guerra del Golfo Pérsico de 1991. Cabe recordar que esa guerra se originó a partir de la invasión a Kuwait por parte de Irak y la posterior intervención de fuerzas armadas de una coalición internacional que obligaron a Iraq a desalojar Kuwait.
Durante la retirada, las fuerzas iraquíes incendiaron unos setecientos pozos petrolíferos. Dichos incendios comenzaron en enero y febrero de 1991 y el último fue extinguido en noviembre de 1991, provocando una importante contaminación del aire y del suelo. Además, y con el propósito de impedir un desembarco de la Coalición, las fuerzas iraquíes derramaron una cantidad estimada de entre dos y seis millones de barriles de petróleo en la costa de Kuwait del Golfo Pérsico, con la consiguiente contaminación de las aguas del Golfo y sus impactos ambientales asociados.
En el párr. 16° de la Resolución N° 687 (1991), el Consejo de Seguridad “Reafirma que Iraq, independientemente de sus deudas y obligaciones anteriores al 2 de agosto de 1990, que se considerarán por los conductos normales, es responsable ante los gobiernos, las personas y las empresas extranjeras, con arreglo al derecho internacional, por toda pérdida directa y daño directo, incluidos los daños al medio ambiente y la destrucción de recursos naturales, y por todo perjuicio directo resultante de la invasión y ocupación ilícitas de Kuwait”.
En un caso más reciente, la guerra del Líbano de 2006, Israel produjo daños ambientales de gran significación a partir del bombardeo de la central eléctrica de Jiyet, pero el resultado no fue el mismo que en el caso precedente. El ataque en cuestión ocasionó grandes incendios y el vertido de entre 10.000 y 15.000 toneladas de petróleo en el Mediterráneo que el viento expandió de manera tal de terminar afectando 150 km de costa libanesa y en menor medida la costa de Siria. El vertido de petróleo afectó también a una reserva natural (la Reserva de Palm Islands), y provocó una importante mortandad de flora y fauna costera y marina, detectándose también una alta concentración de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), con los consiguientes riesgos para la salud humana. Desde 2006, la Asamblea General de Naciones Unidas reitera su solicitud al gobierno de Israel para que asuma su responsabilidad de indemnizar a los gobiernos del Líbano y Republica Árabe Siria, sin que, hasta el momento, haya respuesta.
Con antelación a los dos casos expuestos, está el caso de la guerra de Vietnam y el empleo por parte de la Fuerzas Armadas de EE.UU., del llamado “agente naranja”, un defoliante que se empleó para privar a las fuerzas del Vietcong del ocultamiento que les permitía la vegetación. En definitiva, para eliminar esta posibilidad de ocultamiento, se tiró, desde aviones, este herbicida en cantidades destacables y de esa forma se eliminó la cubierta vegetal en cuestión. Lo cierto es que hoy, a más de 40 años de esos hechos, los efectos sobre el ambiente y sobre la gente aún se hacen sentir.
Se estima que en la guerra de Vietnam se emplearon más de 40 millones de litros de agente naranja entre 1962 y 1970 y Vietnam considera que 400.000 personas fueron asesinadas o mutilada y 500.000 niños nacieron con malformaciones congénitas como resultado de su uso. La Cruz Roja de Vietnam calcula que hasta 1 millón de personas están discapacitadas o tienen problemas de salud debido al Agente Naranja. ​El gobierno de Estados Unidos ha rechazado estas cifras por considerarlas poco fiables y poco realistas. De todas formas, el sentido común nos lleva a advertir que las cifras reales, aún cuando no tengan la magnitud de las consignadas por Vietnam, serían igualmente inquietantes.
Los daños específicamente ambientales también han sido de gravedad y permiten computar entre ellos a la destrucción de una quinta parte de los bosques de Vietnam, además de la desaparecieron de alrededor de una tercera parte de los manglares.
En cuanto a las responsabilidades ante semejantes estragos, cabe señalar que se interpusieron acciones contra el gobierno de los EE.UU. y también contra las empresas proveedores del productos en cuestión (entre las que se destacan Monsanto y Down Quemical), interpuestas por el gobierno de Vietnam y por ciudadanos vietnamitas. El gobierno de EE.UU. negó tener responsabilidad por los daños producidos, y las empresas, que podrían tener responsabilidad porque habrían entregado un producto de mayor peligrosidad por deficiencias en su elaboración, se lavaron las manos aduciendo que la culpa no era de ellas, sino de quienes habían utilizado sus productos, concretamente las fuerzas armadas de EE.UU.
Atento a que el empleo del agente naranja también habría afectado a la salud de combatientes de EE.UU. y de fuerzas aliadas, estos, en 1984, interpusieron acciones ante la justicia contra las empresas químicas proveedoras, lo que dio lugar a un acuerdo de indemnización por 93 millones de dólares. Lo llamativo es que en esta causa intervino el mismo juez que le negó ese derecho a los vietnamitas demandantes, bajo el argumento de que “no existen bases legales que justifiquen la demanda de los 4 millones de víctimas vietnamitas del agente naranja”.
No obstante ello, y en cuanto a los daños al ambiente mismo, a partir de 2012, el gobierno de los EE.UU. inició, después de muchos años, tareas de remediación de los sitios contaminados. La primera zona donde se iniciaron los trabajos de descontaminación fueron los alrededores del aeropuerto de Danang, que durante la guerra de Vietnam fue la base aérea desde donde despegaban y aterrizaban los aviones que lanzaban el agente naranja, y que cuando volvían eran lavados, por lo que el agua contaminada se filtraba al suelo. El presidente de la VAVA (la Asociación Vietnamita de Víctimas del Agente Naranja), el general retirado Nguyen Van Rih, declaró en 2013: “Durante los años sesenta y setenta, vi con mis propios ojos cómo los aviones y los helicópteros estadounidenses tiraban defoliantes. Los resultados: colinas peladas, bosques destruidos. [...] Durante tres decenios los estadounidenses han negado su crimen. Ahora están haciendo algo. Es un poco tarde. Pero, mejor tarde que nunca”.
5. Responsabilidades penales por daños ambientales [arriba]
El Estatuto de Roma, instrumento constitutivo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, establece en uno de sus arts. (art. 8 (2) (b) (IV)) que constituye un crimen de guerra: "Lanzar un ataque intencionalmente, a sabiendas de que causará bajas mortales, lesiones a civiles o daños a bienes de carácter civil o daños extensos, duraderos y graves al medio ambiente natural que serían manifiestamente excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa de conjunto que se prevea".
En definitiva, estos crímenes se entienden cometidos cuando, en el contexto de un conflicto armado internacional, se ocasionen daños extensos, duraderos y graves al ambiente natural y manifiestamente excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa. La exigencia de que concurran todos estos requisitos ha dificultado la apertura de toda investigación en este sentido.
Hasta el momento, la Corte Internacional de Justicia no ha intervenido en casos de daños ambientales ocurridos durante conflictos bélicos.
6. Los deterioros ambientales como motivadores de conflictos bélicos [arriba]
Hasta aquí, hemos visto a los conflictos bélicos como generadores de deterioros ambientales y, a partir de ahora, veremos su contraparte, los deterioros ambientales como generadores de conflictos bélicos. Para ello, debemos, primeramente, recordar la gravedad de la crisis ambiental de la que se viene hablando y que se encuentra perfectamente expresada en la Encíclica Papal “Laudato Si” (2015). Estamos frente a una emergencia ambiental generada por acciones antrópicas depredadoras de la naturaleza, motivadas, en gran medida, por una cultura consumista que resulta insostenible en el tiempo e inequitativa en lo social.
Sin duda, esta situación, en la que confluyen la progresiva disminución en la disponibilidad de recursos naturales, muchos de ellos de gran significancia en nuestras vidas, como los hidrocarburos y el agua, y también confluye la inequidad social, de la mano de un consumismo para algunos y un subconsumo para muchos, solo puede llevarnos a más tensiones sociales y más conflictos entre naciones ricas en recursos naturales y naciones pobres de ellos. ¿Cómo pueden terminar expresándose esos conflictos? En algunos casos, de manera pacífica, pero, en otros, de manera violenta, como ha venido ocurriendo desde siempre.
Las guerras de EE.UU. en Irak y Afganistán es obvio que no fueron contra Sadam y en defensa de las libertades de su pueblo, o contra la guarida de Al Qaeda y los peligrosos talibanes. Detrás de las palabras, la realidad nos mostraba al petróleo, un recurso natural energético no renovable y de gran valor en la generación de energía a nivel mundial (el 60 % de la energía que consume el mundo es de fuente hidrocarburífera).
Como afirma Michael Klare, un reconocido analista de temas estratégicos de EE.UU., “con el fin de la guerra fría, la cuestión de los recursos recuperó su papel central en la planificación militar” y agrega: “como resultado, los conflictos se trasladarán cada vez más a regiones con recursos naturales relativamente abundantes, que en general habían sido olvidadas durante la guerra fría. El resultado es una nueva geografía estratégica, definida por la concentración de recursos y no por las fronteras políticas”.
También, señala Klare, que la lucha por el agua dulce puede volverse más desesperada en los próximos años porque, como señala: “la demanda está superando rápidamente a la oferta en vastas áreas que se extienden desde el norte de África hasta Asia meridional”. En línea con lo manifestado por Klare, el ex secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, declaraba en 2001: “la fuente principal de guerras y conflictos interestatales en el futuro es el agua”. Según los analistas, 2300 millones de habitantes pueden tener problemas de falta de agua para el año 2025.
De hecho, el conflicto entre israelíes y palestinos está dado, en cierta medida, por el agua, concretamente, el agua del río Jordán, usado por Israel, Jordania, Siria, Líbano y Cisjordania. La agricultura a escala industrial de Israel requiere agua de ese río, así como de las aguas subterráneas de Cisjordania. Aunque solo el 3% de la cuenca del río Jordán está en territorio israelí, proporciona el 60% de las necesidades de agua de Israel. La guerra de 1967 fue una guerra en la que se estaba disputando el dominio sobre el agua.
Otros recursos minerales que se encuentran en la corteza terrestre (además de los hidrocarburos) también son generadores de conflictos bélicos. El coltán, mineral que se utiliza para fabricar componentes de teléfonos móviles, smartphones y dispositivos electrónicos portátiles cada vez más potentes y sofisticados, ha dado lugar a conflictos bélicos entre la República del Congo y sus vecinos. Un ejemplo de ello es el conflicto entre el Congo y Ruanda, que se inició el 2 de agosto de 1998, cuando el ejército ruandés, con el pretexto de proteger a la población tutsi del Congo, invadió el país. Esta guerra tuvo como principal objetivo el control de los grandes yacimientos minerales que posee la zona y principalmente de Coltán.
Por otra parte, el avance de la desertificación en el mundo se suma a los deterioros/problemas ambientales que incrementan los riesgos de conflictos bélicos. En ese sentido, la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) expresa en su sitio web: “la desertización amenaza la vida de 1200 millones de personas en más de un centenar de países. Las tierras secas cubren más de un cuarenta por ciento de la superficie de la Tierra firme, según Kofi Annan, nos encontramos frente a “uno de los procesos de degradación ambiental más alarmante del planeta”, con pérdidas anuales de miles de millones de dólares, con riesgos para la estabilidad de las sociedades y con enormes tensiones en las zonas secas que aún no han sido degradadas. Millones de personas deberán emigrar a otras tierras donde poder sobrevivir”. En definitiva, el avance del desierto implica la pérdida de tierras fértiles para producir alimentos y las consecuentes mayores dificultades para alimentar a una población mundial que sigue creciendo de manera exponencial.
Podríamos seguir dando ejemplos de situaciones de deterioro ambiental que han generado o pueden generar conflictos bélicos, pero no pareciera necesario, ya que lo manifestado precedentemente resulta suficientemente elocuente como para percibir la gravedad de la situación en la que nos encontramos.
7. Las políticas y su expresión normativa en la preservación ambiental [arriba]
Podemos decir que el año 1972 fue clave respecto a la problemática ambiental y la toma de conciencia de que algo grave estaba pasando. En efecto, en ese año se produjo la primera conferencia de la ONU, que fue realizada en Estocolmo (conocida como Estocolmo 72), a la que asistieron líderes de distintos países del mundo, para analizar la situación ambiental y los caminos a seguir frente a ella. Por primera vez, en un foro internacional, se daba la voz de alarma ante problemáticas que comenzaban a despertar inquietudes significativas.
A esa Conferencia le siguieron 3 Conferencias más, destinadas, todas ellas, a tratar los distintos problemas ambientales que viene sufriendo la humanidad. A Estocolmo 72 siguió Río 92, a esta Johannesburgo 2002 y, finalmente, Río 2012 (conocida como Río + 20). Por otra parte, también se han venido celebrando conferencias/reuniones de nivel internacional para tratar problemáticas específicas.
Estas conferencias fueron impulsando el dictado de diversos convenios internacionales que fueron abordando distintas problemáticas: el cambio climático, el adelgazamiento de la capa de ozono en la estratósfera, la lluvia ácida, la desertificación, la contaminación de los mares, la extinción acelerada de especies y la pérdida de la biodiversidad, etc.
Por su parte, los países también avanzaron estableciendo políticas, dictando normas ambientales y creando órganos de gobierno con responsabilidades en la materia, y hasta las empresas se fueron incorporando a esta defensa ambiental, intentando establecer políticas internas, procedimientos, procesos y tecnologías para reducir sus impactos y riesgos ambientales.
También, la Iglesia Católica, a través de su Santidad, el Papa Francisco, ha hecho su aporte dictando una Encíclica que aborda específicamente el tema ambiental. Se trata de la Encíclica Laudato Si' (alabado seas, mi Señor), que hiciera su aparición en 2015, poco antes de la reunión anual de los países parte del Convenio de Cambio Climático que se realizaría ese año en París. Precisamente, esa reunión despertaba crecientes inquietudes atento a estar asociada a la necesidad de adoptar medidas concretas frente al creciente aumento de la temperatura de la Tierra y al fracaso del Protocolo de Kioto que, firmado en 1997, establecía obligaciones (que no se cumplieron) de reducción en la emisión de gases de efecto invernadero para los países desarrollados. La Encíclica se constituía así en un llamado de alerta para salir del letargo y encarar soluciones, al tiempo de señalar la crisis ambiental en la que se encuentra el mundo (así la llama), crisis esta que estaría asociada a una crisis humana caracterizada por el individualismo, la adhesión a un paradigma científico tecnológico, no siempre asociado al bienestar de la gente y la entronización de un sistema de producción basado en un consumismo que, como ya se manifestará, es insustentable en el tiempo e inequitativo en lo social.
De todas maneras, los resultados de todo este esfuerzo no son alentadores. La temperatura de la Tierra sigue creciendo y los cambios climáticos asociados a ello, se van haciendo sentir de manera cada vez más inquietante. Los desiertos avanzan a razón de 50.000 km2 por año, y eso, sumado a los deterioros que vienen sufriendo los suelos con la consecuente pérdida de fertilidad y afectación en la producción de alimentos para una población que crece de manera exponencial, nos lleva a preguntarnos si Malthus no tenía razón al predecir, a principios del siglo XVIII, escenarios a futuro de hambruna inquietante. También, la disponibilidad de agua pareciera agravarse ante una demanda creciente y desigual, y una contaminación que no pareciera estar bajo control. De acuerdo a algunos analistas, enfrentaremos una crisis de proporciones globales en cuanto a la accesibilidad al agua potable para el 2020 (un informe de GIWA así lo señala). En cuanto a la extinción acelerada de especies que se viene registrando y a la pérdida de la biodiversidad, el ex Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha dicho: “La biodiversidad permite el funcionamiento de los ecosistemas de los cuales nosotros dependemos para obtener comida y agua dulce...Las actuales políticas nos acercan cada vez más a un número de potenciales puntos de inflexión, de no retorno, que reducirían dramáticamente la capacidad de los ecosistemas para suministrarnos esos recursos básicos”.
Si a todo esto, le agregamos los resultados de las mediciones efectuadas en función del indicador denominado “huella ecológica”, al que ya nos hemos referido y que, como manifestamos, estaría indicando la insustentabilidad en el tiempo de nuestros actuales niveles de consumo y la inequidad social que se verificaría en ellos, es difícil predecir un futuro de paz en el planeta.
8. Conclusiones [arriba]
Es evidente que el ambiente, y más concretamente sus recursos naturales, presentan un cuadro de situación inquietante que nos lleva a calificarlo, como lo hace la Encíclica Papal Laudato Si', de “crisis ambiental”. Los datos señalan claramente que la disponibilidad de recursos naturales se está viendo afectada de manera creciente y que los actuales patrones de consumo a nivel mundial son insustentables en el tiempo e inequitativos en lo social.
Además, estos altos patrones de consumo alentados por el consumismo, generan una mayor cantidad de residuos que terminan impactando en el suelo, el agua y el aire, contaminando tales recursos (los impactos sobre el aire determinan, entre otros efectos, el inquietante aumento de la temperatura global de la Tierra y el consecuente cambio climático). Un dato que ha salido recientemente a la luz es el que nos brinda un informe publicado en la revista médica “The Lancet”, que afirma que las muertes por contaminación están siendo mayores que las causadas por los conflictos armados, y hasta por los causados por el hambre, los desastres naturales, el sida, la tuberculosis y la malaria juntos. Concretamente, se señala que una de cada seis muertes prematuras en el mundo estaría relacionada a la contaminación, fundamentalmente del aire y del agua. Según el mismo informe, el 92% de las muertes por contaminación ocurren en países en desarrollo, especialmente de Asia y África.
También, es evidente que este cuadro de situación ambiental acrecienta los riesgos de conflictos internacionales e intranacionales (dentro de las naciones) y que estos pueden transformarse en conflictos bélicos, y que los conflictos bélicos agravarán aún más el cuadro de situación ambiental, con lo cual entramos en un círculo vicioso infernal del que debemos salir. La pregunta es ¿cómo?
En principio deberíamos actuar sobre la crisis ambiental que estamos generando desde la paz por nuestras actividades productivas y consumos y que, en definitiva, potencia las posibilidades de generar conflictos bélicos. Para ello, deberíamos enfocarnos en lograr una producción más “limpia” (menos deteriorante del ambiente), a partir de mejoras tecnológicas en nuestros procesos productivos, y en lograr, también, un consumo sustentable, a partir de cambios culturales que nos saquen del consumismo para pocos y nos lleven a esquemas de mayor equidad social.
Sin duda, se avanza con éxito en mejoras tecnológicas que nos están llevando a una producción más limpia, pero no se avanza de igual forma respecto al cambio cultural que nos debe llevar a un consumo sustentable y más equitativo. Evidentemente, este cambio cultural no es fácil de lograr, ya que debemos combatir contra intereses económicos/sectoriales muy fuertes que bombardean permanentemente nuestras mentes, mediante campañas publicitarias de difusión masiva, para inducirnos a consumos innecesarios bajo la premisa de alcanzar una felicidad que, en definitiva, y por esa vía, nunca llegará a alcanzarse.
Por otra parte, se nos quiere hacer creer que el consumismo es algo inherente al ser humano y por ello inmodificable. ¿Es así? No es así. Los seres humanos, tal como somos actualmente (atendiendo a nuestra estructura física), hace unos 100.000 años que habitamos el planeta (y haría unos cuatro millones de años que aparecieron los primeros homínidos que fueron evolucionando hasta lo que hoy somos) y ¿cuánto tiempo hace que empezó el consumismo? Apenas unas pocas décadas, es decir “nada” desde la escala temporal. Evidentemente, el consumismo (que no es lo mismo que el consumo), este impulso por consumir lo innecesario, alentado por una sobre valoración del tener sobre el ser (pareciera que se es más importante por lo que se tiene que por lo que se es), es algo muy novedoso y no debería ser tan difícil salir de sus garras.
De todas maneras y para que no haya confusiones, debemos dejar claro que no se está proponiendo volver para atrás y renunciar a los beneficios que nos brindan los adelantos científico tecnológicos. Tampoco proponemos dejar de hacer actividades productivas necesarias para nuestro bienestar. No le estamos diciendo no a la minería ni a la industria petroquímica ni a las papeleras, le estamos diciendo no al consumismo insustentable e inequitativo que se nos quiere imponer a toda costa. Recordemos que las mediciones efectuadas en función del indicador “huella ecológica” nos están dando como resultado que ni siquiera este consumismo para pocos, o para algunos y no para todos, es sustentable. Como ya dijimos, se están consumiendo más recursos naturales que los que la naturaleza puede regenerar y eso nos está llevando a un verdadero colapso que nos afectará a todos. Como dicen los marinos: “vamos rumbo colisión”. El cambio cultural no es solo una cuestión de ética, es una cuestión de supervivencia.
Si logramos cambiar la situación de crisis ambiental en la que nos encontramos, sin duda, se reducirá el riesgo de caer en conflictos bélicos en las disputas por los recursos naturales. Pero también debemos trabajar sobre los conflictos bélicos y sus efectos ambientales.
Es cierto que la posibilidad de que los conflictos bélicos se lleven a cabo atendiendo a la preservación ambiental no parece algo de fácil cumplimiento. Por el contrario, la falta de autoridades supranacionales en capacidad de aplicar sanciones juega a favor del incumplimiento de las normas dictadas al efecto. Lo importante es tomar conciencia de la situación de crisis en que se encuentra la naturaleza y, a partir de allí, tomar conciencia que los daños ambientales que generemos en territorio enemigo terminarán impactando en nuestras vidas. Estamos ante una situación límite y no resulta viable generar más desastres ambientales. Además, pensar en utilizar la manipulación ambiental con fines bélicos debiera ser algo inconcebible. Es tener un desconocimiento de la situación ambiental en la que nos encontramos, que resultaría muy preocupante.
Quizás, debamos agregar que a la necesidad de salir del consumismo debe agregarse la necesidad de salir de cierto enamoramiento por avances científico tecnológicos que parecieran ir a contramano de nuestro bienestar y supervivencia. De hecho, estamos desarrollando armas cada vez más destructivas y la amenaza de una guerra atómica no termina de diluirse. Además, hoy se habla de reemplazar la mente humana por mentes artificiales y lo que finalmente lograremos es que los robots terminen haciendo las funciones de nuestras mentes, pero más eficazmente. Algunos se entusiasman ante esa posibilidad. Me pregunto si no se dan cuenta de que están alentando el reemplazo de los seres humanos por robots y que los robots terminarán manejando nuestras vidas. Dios nos libre de semejante barbaridad. No debemos alentar la creación de un mundo en el que cada vez sea más difícil vivir. No debemos ponerle fecha terminal a nuestra existencia en el Planeta. Esperemos despertar a tiempo para lograr cambiar el rumbo.

References: Resolución 
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 RESOLUCIÓN 
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