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Timestamp: 2019-05-21 21:41:35+00:00

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Henri barbusse - Página 5
SANDINO, HÉROE DE LAS SEGOVIAS
En 1927 no existía ninguna amenaza de conquista, aunque el secretario de Estado Kellogg temía que Nicaragua estuviera en peligro de caer bajo el control de los bolcheviques inspirados y ayudados desde México. En lugar de recurrir a actos más enérgicos, el presidente Coolidge siguió la sugestión de Kellogg y envió a Nicaragua al coronel Henry L. Stimson, antiguo secretario de guerra en el gobierno de Taft, como hombre prudente, para que estudiara el mal y recomendara una solución. "Deseo que vaya usted allá, y si ve alguna manera de arreglar aquel embrollo, quiero que lo ponga en práctica." 1
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? (Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros.)
Los acontecimientos iban, empero, a seguir un rumbo totalmente distinto, en razón de la lucha liberadora que emprendería un modesto hijo de la tierra, Augusto C. Sandino, guiado por la sola inspiración de su patriotismo. Sandino nació en el pueblo de Niquinohomo, departamento de Masaya, el 18 de mayo de 1895. Su padre, Gregorio Sandino era un pequeño terrateniente; su madre, Margarita Calderón, era una campesina con sangre de blancos e indios en sus venas.
Corrían los tiempos de Zelaya cuando terminó sus estudios
1 Bemis, Samuel Flagg. Op. cit., pág. 220.
primarios. En tanto sus hermanos realizaban estudios superiores, él continuó con los de comercio, durante los cuales le sorprendieron los horrores de la "Guerra de Mena": con sus propios ojos vio conducir el cadáver glorioso de Zeledón; el fúnebre cortejo no estaba compuesto de deudos del héroe o de una multitud compungida, sino de los propios soldados vencedores, que paseaban ostentosamente el cuerpo colocado de través sobre un caballo, para escarmiento de quienes osaran imitar su rebeldía.
¡No imaginaba aún que su suerte no sería mucho más distinta!
Poco es lo que se sabe de su adolescencia y de los primeros años de su juventud. A su natural parquedad se unía una discreción acerca de su propia persona, que sólo desaparecía cuando la relacionaba con la lucha en que se vio posteriormente empeñado. Alguno que otro dato permite reconstruir esa época, durante la cual combinaba sus estudios con las tareas de campesino, de administrador de las fincas de su padre, o de transportista de los productos agrícolas a Granada, Masaya y Managua.
En uno de los entreveros de su juventud, se vio obligado a dar muerte a un hombre: según unos, por un insulto inferido a su madre; según otros; por razones políticas. Lo cierto es que Sandino se vio obligado a abandonar Nicaragua en 1921. En el mismo año se emplea en La Ceiba, puerto de la costa norte de Honduras, como guardaalmacén de mecánica del ingenio "Montecristo". Al año siguiente le encontramos ya en Guatemala, donde trabajaba como mecánico de los talleres que en Quiriguá tiene la United Fruit Company. De allí se traslada en 1923 a México, empleándose como mecánico en la Huasteca Petroleum Company, en Tampico.
Es en Tampico donde todo biógrafo debe comenzar a buscar el origen de su lucha posterior. Debe tenerse en cuenta que todo México vibraba entonces de espíritu revolucionario y patriótico, conmovido por las pretensiones de los grandes grupos petroleros norteamericanos —Sinclair, Doheny y Mellon— que habían desatado una campaña periodística mundial destinada a lograr que el presidente Álvaro Obregón accediese a sus pretensiones. 2 Según Flagg Bemis, "un comité senatorial
2 Seldes, George, Los amos de la prensa (pág. 139): "En 1927, Charles Mertz, que siete años antes había colaborado con Walter Lippmann en una documentada exposición de las mentiras y falsedades publicadas por el New York Times acerca de
presidido por el senador Albert B. Fall, de Nueva México, portavoz de los intereses petroleros Doheny, que ponían una gran diligencia en enumerar y publicar los ultrajes y los agravios contra ciudadanos de Estados Unidos, se limitó a recomendar se ejerciera presión diplomática para conseguir la seguridad de los ciudadanos norteamericanos y de sus propiedades, y que no se reconociera al gobierno de Obregón (elegido constitucionalmente por sufragio popular) sin que se hiciera al mismo tiempo un convenio para liquidar todos los problemas y reclamaciones que estaban pendientes; únicamente en caso de una negativa debía pensarse en intervenir". 3
El secretario de Estado Hughes, jurista famoso y ferviente partidario de que la política imperialista de su patria se llevara a cabo sin violencia, trató de que Obregón reconociera mediante un solemne tratado la existencia y legalidad de las absurdas reclamaciones que por valor de miles de millones de dólares formulaban norteamericanos e ingleses. Obregón comprendió que lo que Hughes pretendía en realidad era no sólo comprometer a toda la nación mediante ese tratado, sino dejar a México sin posibilidad jurídica alguna para discutir la legitimidad de las reclamaciones formuladas, y, apoyado por los obreros y estudiantes, además de la opinión pública de toda América, se negó a firmarlo.
En Estados Unidos arreciaron las amenazas de intervención. Por su parte, en México, la larga costumbre de un pueblo en armas, fortificada por las noticias del triunfo que el pueblo ruso estaba obteniendo sobre las fuerzas coligadas de las mayores potencias mundiales, mantenía el clima de preparación para una posible resistencia, a cuyo amparo se desarrollaba la acción ideológica y revolucionaria de los partidos de izquierda.
En ese clima verificó Sandino sus primeras experiencias antiimperialistas. Precisamente allí donde residía la expresión de los intereses de Doheny, en la Huasteca Petroleum Company, fue donde Sandino hizo sus primeras armas sindicales; allí fue
la Unión Soviética, realizó también una recopilación de las noticias de ese mismo diario sobre México. Demostró así que el despacho titulado 'La propagación de los desórdenes alarma a México', sólo consignaba un crimen y dos asaltos en un plazo de tres días, cifra que haría desternillar de risa a los pistoleros de Chicago. Cuando las leyes sobre propiedad de los yacimientos mexicanos fueron promulgadas, el New York Times publicó un despacho titulado 'México al borde de la revolución'. Se trataba de la versión de una tentativa para derrocar al gobierno mexicano proporcionada por Adolfo de la Huerta, que vivía exiliado en Estados Unidos."
3 Bemis, Samuel Flagg. Op. cit., pág. 223.
donde, al contacto con el movimiento obrero mexicano, fuertemente sacudido por las alternativas de la disputa que amenazaba degenerar en guerra, comenzó a madurar su inconsciente e innata rebeldía patriótica.
Hughes, ante la decidida oposición de Obregón y la de los propios grupos obreros y democráticos de los Estados Unidos, debió conformarse con la firma de convenios de carácter ejecutivo, conocidos luego con el nombre de Tratados de Bucareli. Sólo entonces fue reconocido Obregón, aunque a regañadientes. En 1924 asumió la presidencia Plutarco Elías Calles, quien deseoso de prestigiarse ante su pueblo promulgó leyes sobre el petróleo que violaban los convenios de Bucareli, y negó que éstos pudieran obligarle. Paralelamente estalló la rebelión de los "cristeros", reprimida con suma violencia por Calles y que hizo recrudecer la campaña periodística en su contra.
Kellogg, sucesor de Hughes, tenía toda la intención de terminar con Calles de la misma manera que con Sacasa en Nicaragua. Ganas en tal sentido le sobraban y el ambiente estaba lo suficientemente dispuesto como para que los "bolcheviques mexicanos" fueran aplastados. Pero el Senado de la Unión había tenido bastante con la reacción que produjo la intervención en Nicaragua, y aprobó por unanimidad en 25 de enero de 1927 una resolución de recurrir al arbitraje para solucionar las diferencias con México. El presidente Coolidge resolvió entonces proceder pacíficamente, y por sugestión de Kellogg nombró a su antiguo amigo y compañero de Universidad Dwight W. Morrow, banquero y socio de Morgan, como embajador en México. Es posible que Mr. Morrow haya sido muy persuasivo, tanto como para explicar el que Calles decidiera al poco tiempo revisar toda su política petrolera, pero nos inclinamos a sospechar que la razón de su viraje residió en el chantaje declarado por las compañías petroleras. 4
4 Por considerar sumamente ilustrativa su lectura, reproducimos el artículo de Nemesio García Naranjo "La ineficacia de la intervención"', publicado en La Nación, en junio de 1928:
"La política exterior seguida por los Estados Unidos en Nicaragua y en México pone de manifiesto que las medidas económicas son mucho más eficaces que los procedimientos de guerra para hacer capitular a los pueblos débiles. Enfrente de César Augusto Sandino, Mr. Calvin Coolidge perdió la serenidad y dio orden a sus soldados para que lo sometieran por la fuerza. Enfrente de Calles —que parecía decidido a no respetar los derechos norteamericanos— el Presidente yanqui sugirió un bloqueo económico. Y allí están los resultados: mientras el general Calles está completamente sometido a la Casa Blanca, el general Sandino sigue dándoles
Éstas, en efecto, suspendieron sus trabajos. Millares de obreros quedaron cesantes en ese colosal lockout que reemplazaba por su eficacia contundente a lo que debían haber verificado las armas de la intervención. La miseria de sus compañeros de trabajo, decretada por la Huasteca, debe de haber sido, sin duda, uno de los motivos determinantes de la resolución de Sandino, además de las discusiones ideológicas en las sociedades masónicas a las cuales se había afiliado; él mismo lo diría con sus palabras:
guerra a los soldados de los Estados Unidos.
"Esta experiencia va a influir mucho en los futuros procedimientos internacionales del coloso anglosajón. Los norteamericanos se caracterizan por su espíritu práctico y por su falta de orgullo conquistador. ¿Para qué someter a los rebeldes por medio de operaciones militares escandalosas y costosísimas, cuando se llega a mejores resultados sin el empleo de la fuerza armada?
"Hace año y medio que se dijo que se iban a poner en vigor las leyes que herían los derechos de las compañías petroleras que trabajan en México. El secretario de Estado, Kellogg, había enviado dos notas de protesta, y éstas habían sido contestadas por la secretaría de Relaciones de México en forma vigorosa. El gobierno norteamericano pareció resignarse; pero... las compañías petroleras suspendieron sus trabajos: no se perforaron nuevos pozos; millares de obreros quedaron sin quehacer; y la producción aceitífera de México, que en 1926 ocupaba el segundo lugar entre las naciones del mundo, pasó al cuarto lugar. El Tesoro vio que sus rentas disminuían mensualmente, en muchos millones, y se proyectó en los horizontes una crisis económica horrenda. Ante esa perspectiva, Calles reformó las leyes, o para hablar con más franqueza, las derogó, pues las cosas volvieron al mismo estado que guardaban antes de la controversia. Sin necesidad de que los Estados Unidos enviaran un solo soldado a México, ni de que se tomasen el trabajo de redactar una nueva nota, el que parecía rebelde indomable quedó completamente sometido.
"Con Sandino ha pasado todo lo contrario. Se enviaron contra él dos batallones; después otros dos; ha habido por todo el mundo infinidad de protestas; muchos muertos han caído en el campo de batalla; pero el rebelde continúa de píe y en actitud amenazante. Es indiscutible que el general Sandino acabará por perder; pero su caída, aparte de resultar costosísima, traerá consigo una merma del prestigio moral y material de los Estados Unidos. Mientras la sumisión de Calles da fama a Mr. Coolidge de astuto, de práctico y de frío, la campaña contra Sandino le ha conquistado una reputación poco envidiable de torpe, de ventajoso y de violento.
"La comparación de resultados basta para condenar las intervenciones militares, no solamente por ser injustas, sino porque también resultan ineficaces y contraproducentes. Los que defendieron el principio intervencionista en la Conferencia de Cuba, decían con sobrada razón que todos los países están obligados a respetar los intereses de los extranjeros; pero en lo que se salían de la razón y de la justicia era en admitir tácitamente que los países que desconocieran dicha obligación podían ser sometidos por medio de las armas.
"Esta manera de razonar en contra de los pueblos que no pueden o no quieren cumplir sus deberes internacionales se parece a la lógica de los tratadistas que en el siglo pasado defendían la prisión por deudas de carácter civil. Se decía entonces con gran justicia que toda deuda debe pagarse; pero en lo que se cometía una iniquidad era en emplear la cárcel como medio coercitivo de pago.
"¿Cómo se fuerza entonces el cumplimiento del derecho? ¡Ah! El derecho tiene
Esta misma intervención ha sido causa de que los demás pueblos de Centroamérica y México nos odiaran a nosotros, los nicaragüenses. Y ese odio tuve oportunidades de confirmarlo en mis andanzas por esos países. Me sentía herido en lo más hondo cuando me decían: "vendepatria, desvergonzado traidor". Al principio contestaba a esas frases que, no siendo hombre de Estado, no me consideraba acreedor a esos títulos deshonrosos; pero después vino la reflexión y comprendí que tenían razón, pues, como nicaragüense, yo tenía derecho a la protesta, y supe entonces que en Nicaragua había estallado un movimiento revolucionario. Trabajaba entonces en la Huasteca Petroleum
infinidad de maneras de hacerse respetar sin que haya menester de recurrir al atentado. A principios del siglo XIX la mayoría de las personas creía de buena fe (probablemente lo creían hasta los mismos deudores) que la abolición de la prisión por deudas iba a traer un desquiciamiento social... Y hoy se ve claramente: dichas prisiones desaparecieron y las operaciones de crédito, en lugar de haber desaparecido se han multiplicado en forma fantástica. Los acreedores prestan más dinero que nunca, y el crédito se encuentra mucho más protegido que antes. La crueldad nunca ha sido una sanción efectiva.
"La falta de protección al derecho trae en sí misma el mayor de los castigos. Tanto los individuos como los pueblos que desconocen sus obligaciones se cierran las puertas de la riqueza y el éxito. Y al darse cuenta de que por el mal camino se desempeñan en la penuria, reaccionan hacia el derecho porque comprenden que es la única manera de conquistar la prosperidad.
"Si Mr. Coolidge hubiera procedido con Calles en la misma forma que procedió con Nicaragua; si hubiera enviado un ejército a Tampico a fin de impedir que las leyes anunciadas se pusieran en vigor; si hubiera deshonrado el derecho, sosteniéndolo con la violencia; aparte de no haber obtenido un resultado práctico satisfactorio, habría provocado en todo el mundo, y especialmente en la América española, una tempestad de maldiciones y de protestas.
"Por supuesto que los admiradores de Calles tienen que sentirse amargados con la sumisión de quien les pareció abanderado de la raza, y centinela del hispanoamericanismo, y clarín de órdenes de los pueblos latinos, y digno de todos los demás títulos sonoros y huecos que se otorgan a aquellos a quienes se atribuye una actitud de valiente rebeldía en contra de los Estados Unidos. Hubiera sido triste que Calles cayera como va a caer Sandino uno de estos días: acribillado por los proyectiles de una ametralladora norteamericana; pero desde un punto de vista romántico tiene que ser más doloroso verlo a las órdenes de la Casa Blanca.
"Un espíritu apasionado con quien comentaba este asunto doloroso me decía que era preferible ver el imperialismo norteamericano armado, con atavío medieval y enarbolando descaradamente su bandera conquistadora. Románticamente, sí; pero el romanticismo es algo que las colectividades no sienten sino por excepción, y por tal causa no es posible tomarlo como norma de la vida diaria. Aunque un sentimentalismo agudo nos haga aborrecibles las formas suaves de los usureros, siempre es mejor tratar con agiotistas que con sargentos.
"—¡Que lo digan Calles y Sandino! Mientras este último, por andar luchando contra el general Lejeune, pronto reposará en un cementerio humilde o en la fosa de los héroes anónimos, Calles está encantado con mister Dwight Morrow, socio de la casa bancaria que encabeza John Pierpont Morgan. Sandino será un vencido y Calles es un convencido."
Co., de Tampico; era el 25 de mayo de 1926. Tenía mis economías, que montaban 5.000 dólares. Tomé de esas economías 3.000 y me vine a Managua; me informé de lo que pasaba y me fui a las minas de San Albino, naciendo a la vida activa de la política, cuyos detalles todos conocen.
Así, esquemáticamente, se describe el comienzo de la gesta libertadora que conmovió a todo el mundo. Pero hay detalles que se omiten, como, por ejemplo, el de su encuentro con un grupo de obreros que desde la ciudad de León se dirigían en procura de trabajo a las mismas minas. En San Albino fue donde por primera vez tomó conocimiento de la miseria que padecían los trabajadores de su propia patria: pagados malamente con cupones sin valor adquisitivo fuera de las tiendas de raya pertenecientes a la misma compañía, naturalmente norteamericana; constreñidos a trabajar hasta quince horas por día; albergados en galpones donde debían dormir en el suelo; vigilados, odiados, expoliados, estos obreros fueron los primeros soldados en la lucha de Sandino contra la intervención.
Sandino se erigió, más que en jefe, en su guía; ejercía ascendiente merced al entusiasmo de que estaba revestida su íntima convicción antiimperialista; a sus conocimientos, algo superiores que los de sus compañeros y, sobre todo, a ese fuego interior que parecía agigantar el esmirriado cuerpo que sustentaba. A la persuasión política, Sandino agregó luego la decisión de índole militar: trescientos dólares de sus ahorros le sirvieron para adquirir las primeras armas a través de la cercana frontera de Honduras, con las cuales comenzó sus primeras escaramuzas en la zona serrana con un puñado de mineros.
Había madurado en él la resolución de expulsar de Nicaragua a los norteamericanos, que en tren de conquista habían ocupado todo el país y que para exasperación de sus compatriotas democráticos 5 regenteaban como señores feudales. Por eso, al
5 Moore, David R. Op. cit., donde consignan (pág. 713) estas reflexiones: "El ejército norteamericano mantendría el orden, protegería las concesiones norteamericanas y promovería el bienestar material del país. Sin la intervención habría, temporalmente por lo menos, luchas civiles acompañadas de grandes pérdidas de vida y mermarían los beneficios que los capitalistas sacaban de sus inversiones. Este era el punto de vista norteamericano. El de los nicaragüenses era muy diferente. La dominación extranjera significaba para ellos la supresión de la libertad y, en ciertos casos por lo menos, la de la justicia; y la pérdida de la oportunidad de que el partido de la mayoría desalojase del poder al de la minoría. Se le criticaba a Coolidge por querer erigirse en un único guardián de la ley, el orden y la justicia, en vez de asociarse con los gobiernos de los otros países y obrar de mancomún con ellos en casos como éste. La Unión Panamericana, el Tribunal
tener conocimiento de que Sacasa había recibido en Puerto Cabezas 700 toneladas de material bélico, resolvió entrevistarlo para requerirle armamentos para sus fuerzas. Embarcado en una canoa primitiva de las llamadas pipantes por los indios mosquitos, se dejó llevar por el curso del río Coco desde Las Segovias, arribando nueve días después a su destino. Al entrevistar a Sacasa, éste le instó a colocarse bajo las órdenes de Moncada, quien conocía a Sandino desde su niñez y era amigo y correligionario de su padre.
Moncada le recibió de mala manera, interrogándole sobre el destino que pensaba dar a las armas solicitadas. Sandino arguyó que su conocimiento de la zona de Las Segovias le facilitaría una eficaz defensa del territorio, lo que permitiría a los constitucionalistas marchar sobre la capital con la retaguardia cubierta. A pesar de la lógica del argumento, Moncada se negó a acceder a la solicitud de armas y expresó en forma despectiva dudas sobre las condiciones militares de Sandino. Sandino, no obstante, supo ver qué se escondía tras la negativa:
Sacasa, los miembros de su gabinete y sobre todo el propio ministro de guerra, Moncada, tenían ambiciones personales, y encontré verdaderas dificultades para conseguir los elementos que buscaba. Encontré gente dispuesta a ir a Las Segovias, pero para hacer méritos personales en provecho egoísta. Y como eran varios los que tal propósito tenían, siempre me fue difícil entenderme con los políticos. Mi buena fe, mi sencillez de obrero y mi corazón de patriota, recibieron la primera sorpresa política... Moncada negó rotundamente que se me entregaran lar armas que pedía. Así permanecí en la costa atlántica aproximadamente cuarenta días y pude darme cuenta de la ambición y desorganización que reinaban en y alrededor de Sacasa. Supe todavía más: que estaban tratando de organizar una expedición a Las Segovias hombro con hombro con los interventores norteamericanos, y hasta se me propuso que yo acompañase a Espinosa, siempre que aceptara hacer propaganda por el candidato a la presidencia que se me indicase.
Mundial y la Liga de las Naciones eran para él como si no existieran. Como dijo el Honorable Elihu Root, el 28 de diciembre de 1926: 'Nos hemos separado de la Liga, y ahora estamos procediendo de la misma manera que antes, con los mismos métodos de antes: solos'. Este juego solitario de los Estados Unidos hizo sospechar a los latinoamericanos que ellos eran demasiado egoístas para jugar limpio con los demás o siquiera para tratarlos justamente."
El cándido Sandino se admiraba de las reservas que se establecían a su voluntad de lucha. La buena fe a la que él mismo se refería, le impedía comprender que tras el juego tortuoso de los políticos se escondían intenciones entreguistas, que a poco habían de tardar en salir a relucir. Moncada, en efecto, realizaba su propio juego, tratando de hacerse importante a los ojos norteamericanos. Cuando Latimer desembarcó en Puerto Cabezas, neutralizando la posición, completó la obra intimando a Sacasa la entrega de todas las armas que hubiera en su poder. Este no se hizo repetir la orden dos veces. Ocupándose nada más que de su persona y la de sus lugartenientes, aceptó el ofrecimiento de la Bragmans Bluff Lumber Co., compañía maderera norteamericana, para ocupar una de sus propiedades en Puerto Cabezas, en tanto su Guardia de Honor partía desorganizada hacia Prinzapolka.
Y mientras Sacasa quedaba bajo la amable vigilancia de Latimer, éste descargaba en el fondo del mar el armamento secuestrado, aunque no todo, según el mismo Sandino lo refiere:
Yo salí con seis ayudantes y conmigo iba un grupo de muchachas, ayudándonos a sacar rifles y parque, en número de treinta fusiles y seis mil cartuchos. La flojera de los políticos llegó hasta el ridículo y fue entonces cuando comprendí que los hijos del pueblo estábamos sin directores y que hacían falta hombres nuevos. Llegué a Prinzapolka y entonces hablé con Moncada, quien me recibió desdeñosamente, ordenándome que entregara las armas a un tal general Elíseo Duarte... Sucedió que en eso llegaron el ministro Sandoval y un subsecretario Vaca, y ellos consiguieron que se me dejaran los rifles y la dotación correspondiente de cartuchos.
El 2 de febrero de 1927, Sandino estaba de nuevo en Las Segovias. Aquel gesto del "grupo de muchachas", que no eran sino las pobres mujeres de vida pública del puerto, conmovió aun más el espíritu de los soldados que aún servían en las filas del quisling. Las defecciones se sumaban rápidamente. Ahora el ejército sandinista, iniciado con una primera partida de 29 hombres, contaba con una fuerza de 300 soldados entre oficiales, soldados y niños, pues también hubo niños que solicitaron un lugar en la primera guerra emancipadora, los
famosos palmazones 6 cuya utilidad no era nada despreciable.
Así, de pueblo en pueblo, la pequeña columna comunicaba el ardor de la resistencia, invitando a la lucha contra el "gringo invasor". Los pequeños cuarteles se tomaban tras breves escaramuzas, y los vencidos eran invitados a engrosar con armas y bagajes las filas de Sandino. Movidos por una oscura intuición libertaria que animaba el ideal que su jefe les contagiaba, eran los portavoces de la dignidad nacional de la patria de Rubén Darío, y representaban en esencia los anhelos de liberación de todos los pueblos de Iberoamérica. La raza secularmente aherrojada hablaba por la boca de sus fusiles o por la de su iluminado conductor, Augusto César Sandino.
Esa exigua tropa estableció su base de operaciones en San Rafael del Norte, a un día de viaje de la ciudad de Jinotega, capital del departamento del mismo nombre. Y en tanto el general Moncada remontaba el Río Grande en procura de Managua, llegando a Matiguás por el lado de Matagalpa, Sandino se fortificaba en Yacapuca, cerro situado entre San Rafael y Jinotega, donde le alcanzó la noticia de que el general Francisco Parajón, jefe liberal, había sido derrotado en Chinandega y su ejército huía hacia El Salvador. Hacia allí se puso en marcha Sandino, obteniendo a los dos días su primer triunfo en San Juan de Las Segovias. Desde esa plaza partió hacia El Ocotal, que el enemigo había abandonado por consunción, encontrándose allí con el general moncadista Camilo López Irías. Escuchemos ahora a Sandino:
Convine con López Irías que él pasaría a ocupar Estelí, que estaba también abandonado por el enemigo, y que con mi gente tomaría a balazos la plaza de Jinotega. En El Ocotal dejamos fuerzas militares y autoridades civiles. López Irías logró acrecentar su columna, y pocos días después sorprendió al enemigo en el lugar llamado Chagüitillo, quitándole un valioso tren de guerra, que tardó poco en su poder, por habérselo arrebatado el enemigo con creces, al extremo de que quedó
6 Palmazones, término que viene de palmar, morirse, y por extensión dar la muerte, modismo americano que se aplicó a los niños sandinistas, que sumaban unos treinta. Refiere Gustavo Alemán Bolaños en su libro ¡Sandino!, pág. 9. Edit. La República, México, 1932, que a esos muchachos de 14 a 15 años hubo de encomendar Sandino la custodia de algunos prisioneros yanquis, "no sin antes recomendarles que tuvieran cuidado, y hacerles prometer 'que quedarían seguros bajo su vigilancia'. Más dos o tres horas después, cuando el general volvía al campamento, se encontró con que los presos habían sido despachados a mejor vida... Los muchachos se explicaron diciendo 'que como eso gringos eran tan grandes y el general les había dicho que los aseguraran...' "
desorganizado y tuvo que huir a Honduras. El enemigo ocupaba las plazas de Estelí y Jinotega, y no había columnas organizadas del liberalismo ni en occidente ni en los departamentos del norte, a excepción de mi columna segoviana, que se encontraba impertérrita en San Rafael del Norte, no obstante que un general Carlos Vargas, perteneciente a la columna derrotada de López Irías, me aconsejaba huir de aquellos lugares, porque estábamos rodeados del enemigo. Vargas venía derrotado y acobardado como su jefe, y todo a pesar de estar viendo el heroísmo de mis muchachos, quienes acababan de derrotar al enemigo por uno de los flancos, arrebatándole provisiones y parque.
Con todo, los invasores proseguían la ocupación del resto del territorio de Nicaragua y auxiliaban a las fuerzas de Díaz y Chamorro, que se aprestaban a envolver a Moncada; este jefe, viéndose en situación difícil, resuelve recurrir entonces a aquel a quien no hacía mucho tiempo desdeñara, ordenándole concentrar sus fuerzas en Tierra Azul —donde él se encontraba— advirtiéndole que de lo contrario le responsabilizaría "del desastre que se avecinaba". De las acciones que siguieron no existe mejor historiador que el propio Sandino:
Por mi parte, hubiera volado para salvar al ejército liberal, pero mi columna era relativamente pequeña y teníamos que pelear a diario. Sin embargo, mandé ciento cincuenta hombres "chipoteños" al mando de los coroneles Simón Cantarero y Pompillo Reyes, quienes iban desarmados, apenas con ocho rifles mal equipados. Las instrucciones que les di fueron de ponerse a las órdenes del general Moncada y de esperar mi llegada, para reunirme con ellos. La fuerza salió, y esa misma noche marché a Yacapuca y Saraguazca, para proceder a la toma de la plaza de Jinotega.
A las cinco de la mañana del otro día, teníamos rodeada a aquella plaza... y pocos minutos más tarde se entabló el combate, que duró hasta las cinco de la tarde, con el triunfo de las armas libertadoras. Se restó al enemigo todo el elemento de guerra de que disponía en la plaza. Se había llegado a sentir terror por nuestra columna. Las mesetas de los cerros de Yacapuca y Saraguazca estaban sembradas de cadáveres, de los combates anteriores.
Integraban ahora la columna segoviana ochocientos
hombres de caballería muy bien equipados, y nuestro pabellón rojo y negro se alzaba majestuoso en aquellas agrestes y frías colinas. Después supe que los ciento cincuenta hombres que destaqué fueron los que salvaron el tren de guerra de Moncada, que estuvo a punto de caer en poder del enemigo. Ya el "general" López Irías había desaparecido totalmente de Las Segovias, y en esos mismos días supimos que Parajón, de regreso de su viaje de turismo a El Salvador, trataba de reorganizarse en occidente. A efecto de auxiliarle, le enviamos una nota, invitándole a que viniera a Jinotega, para que juntos cooperáramos en la salvación de Moncada. Mi carta llegó a poder de Parajón, y en la primera quincena de abril de 1927 llegó aquél con sus fuerzas a Jinotega... Al día siguiente, dejando al hoy satélite de Moncada en posesión de la plaza de Jinotega, marché con mis ochocientos hombres de caballería a libertar a Moncada del cerco en que le tenían las fuerzas del gobierno de Díaz. Moncada había abandonado hasta los cañones, dado el empuje abrumador del enemigo.
Sigue luego el relato de la acción donde liberó a las fuerzas de Moncada, las que a partir de ese momento tenían el camino abierto para apoderarse de Managua:
En el recorrido que hicimos desde Jinoteca hasta Las Mercedes, lugar donde estaba Moncada, tuvimos dos ligeros encuentros, uno en San Ramón y otro en Samulatí. En Jinotega se reunieron después de mi partida los "generales" Parajón, Castro Wasmer y López Irías (de los tres no se hace uno solo) formando una sola columna, con la que seguían de cerca mis pasos.
Una tarde de la última quincena de abril llegamos a El Bejuco, en donde hizo alto la cabeza de nuestra caballería, pues encontramos señales positivas de que el enemigo estaba a corta distancia. Efectivamente, teníamos al enemigo en frente. La caballería tomó rápidas posiciones, y al instante ordené al coronel Porfirio Sánchez que con cincuenta hombres de caballería tomara contacto con el enemigo. Al mismo tiempo manifesté a Parajón, Castro Wasmer y López Irías la conveniencia de que sus fuerzas se tendieran en línea de fuego, lo que hicieron al instante.
Diez minutos después se trabó entre nuestra caballería y el enemigo un ruidoso combate en el que participaron gran cantidad de ametralladoras de las fuerzas contrarias. Acto seguido ordené al coronel Ignacio Talavera, jefe de la primera
compañía de nuestra caballería, que con las fuerzas a su mando protegiera al coronel Sánchez. Esperé la llegada de los mencionados Parajón, Castro Wasmer y López Irías, quienes llegaron a mi presencia sólo con sus ayudantes. Hice sentir a ellos mi opinión a la vez que mi propósito de ir en persona con mis ciento cincuenta muchachos. Los "generales" quedaron en el lugar en que me encontraron y yo marché. A poca distancia y entre montañuelas me encontré con mi gente llena de entusiasmo por haber capturado el cuartel del enemigo, que venía afligiendo a Moncada. Avanzamos hacia el hospital de sangre y encontramos muchos heridos... Tomamos un valioso botín de guerra, consistente en varios miles de rifles y muchos millones de cartuchos. Con eso acabó de equiparse la gente de Castro Wasmer. 7
A la derrota del enemigo siguió el estallido de entusiasmo de las tropas constitucionalistas, que en gran número deseaban abandonar las filas de Moncada, pidiendo a Sandino les permitiera ingresar a las suyas. Cuando éste entrevistó a Moncada, ya había sido precedido por Castro Wasmer, quien con lujo de detalles explicaba al jefe constitucionalista cómo "le costó hacer llegar a ese lugar a Parajón, a López Irías y a Sandino..." Posteriormente, ante la defección que cundía entre sus tropas, Moncada hizo leer una orden del día, prohibiendo la transferencia de soldados de una columna a otra, como medio de evitar que los soldados liberales continuaran afluyendo a las filas de Sandino.
7 Es digno de reproducción el cable de AP, de fecha 6 de abril de 1927, ocasión en que Moncada fue derrotado en Matiguás: "Anuncia el general Víquez al presidente Díaz que sus tropas han podido capturar, después de recio combate con los liberales, las colinas y posiciones que rodean a Matiguás, Tierra Azul y Muy Muy. Agrega en su informe dicho comandante que el enemigo gastó casi toda la provisión que tenía de elementos de guerra, habiendo dejado en el campo algunos centenares de muertos y muchos heridos. Dice además que el triunfo completo y definitivo será una realidad antes de Semana Santa, y que ayer, por orden expresa suya, los hombres bajo su mando recibieron el sacramento de la comunión en misa solemne al aire libre, y elevaron preces al Altísimo por la victoria de la causa conservadora. Antes de que se recibiera la noticia oficial ya en esta ciudad se tenían datos concretos de la sangrienta acción, suministrados por los aviadores norteamericanos al servicio de Díaz, quienes tomaron parte activa en las tres batallas. Aquí se ha celebrado la buena nueva con disparos de rifles, cohetes y triquitraques. También se echaron a volar las campanas de las iglesias y de los conventos".
Vicente Sáenz, por su parte, anota que monseñor Reyes y Valladares, obispo de Granada, excomulgaba desde el pulpito a los constitucionalistas, bendecía las armas de los conservadores y distribuía indulgencias, escapularios y medallas entre los oficiales y soldados conservadores.
No contento con esa medida, Moncada ordenó además a Sandino que ocupara la plaza de Boaco, que estaba supuestamente ocupada por tropas bajo su mando, lo que, como después comprobó Sandino, era falso, pues, según sus propias palabras, "en su despecho... su única intención fue la de que yo fuese asesinado por las fuerzas al mando del coronel José Campos, a quien Moncada tenía sobre el camino por donde debía pasar esa noche. Después que me comuniqué con el mencionado coronel, me manifestó que Moncada no le dijo nada de mi próxima pasada por aquel lugar, y que a eso se debió que la noche anterior me hubiera emplazado las ametralladoras, tal como lo hizo, porque creyó que se trataba del enemigo". Luego agrega:
Cuando llegué a las orillas de Boaco, donde creía encontrar fuerzas de Moncada, el enemigo nos recibió a balazos y me vi obligado a ocupar posiciones, desde donde mandé correo, expresándole a Moncada que en Boaco estaban reunidas todas las fuerzas conservadoras derrotadas por mí en Las Mercedes, y que diera sus órdenes, porque no era cierto que fuerzas de su mando, como me había dicho, ocuparan aquella plaza. El correo regresó manifestándome que Moncada había desocupado totalmente Las Mercedes, marchando para Boaquito. Regresé con mi gente y le seguí hasta alcanzarlo, y entonces fue cuando el coronel José Campos me contó lo que atrás dejo referido. En Boaquito me ordenó Moncada que ocupara el cerro El Común. Allí permanecí hasta el día en que Moncada ahorcó al partido liberal nicaragüense, en el Espino Negro de Tipitapa.
Esta última referencia hace alusión a la culminación de los turbios manejos de Moncada: cuando la victoria obtenida por Sandino en Las Mercedes había dejado expeditas las vías que conducían a la capital y provocado el pánico entre los traidores, Moncada retuvo sospechosamente a sus fuerzas en tareas diversionistas, hasta que jugó su carta decisiva con el único personaje a quien conocía de la época de la "Guerra de Mena" y que representaba para él una garantía en el desarrollo de sus ambiciosos planes: el coronel Henry L. Stimson, designado por Coolidge para poner fin a la guerra en Nicaragua.
Según Flagg Bemis —que en su libro gusta dar la sensación de cándido o de superficial cuando se refiere al imperialismo de su patria—, "Stimson se dio cuenta en seguida de que la causa de las calamidades políticas de Nicaragua era la imposibilidad de realizar, en las circunstancias existentes, unas elecciones libres
y sinceras...", para lo cual reunió a los dirigentes de las fuerzas contendientes —Díaz y Moncada— "y arregló una tregua. Tan convulsa y desgarrada estaba la casi expirante república que ambos dirigentes mostraron una magnánima disposición a detener la sangrienta lucha y dejar que Estados Unidos pacificara el país". Esta versión difiere de la del nicaragüense Salvatierra, luego ministro de Sacasa, para quien Stimson inició su gestión ordenando la comparencia de los jefes y poniendo a sus órdenes un destróyer, "que no corrió, más bien voló sobre las olas del Atlántico; raudo atravesó el canal de Panamá y llegó a Corinto con una rapidez nunca visto en aquellos mares".
Era visible el apuro en evitar que Managua cayera en manos de Moncada, quien, por su parte, también tiene una versión distinta de la de Flagg Bemis sobre su propia "magnánima disposición". 8 La entrevista se realizó en Tipitapa, bajo, bajo un espino negro, en la mañana del 4 de mayo de 1927. Sacasa envió como delegados a Rodolfo Espinosa, Leonardo Argüello y Manuel Cordero Reyes; participaron además de ellos el coronel Stimson, como delegado del presidente Coolidge y del presidente Díaz, de quien tenía plenas autorizaciones, el almirante Latimer, el ministro norteamericano Eberhard y el general Moncada, especialmente invitado.
Stimson manifestó en la reunión que no sólo estaba en juego la paz del istmo sino también el prestigio de su patria, en su calidad de garante del tratado de Paz y Amistad de 1923; que por tanto exigía el desarme total de la república, estableciendo que Díaz debía completar su quislingato hasta que nuevas elecciones, supervigiladas por los Estados Unidos, ungieran a su sucesor. La no aceptación de estas condiciones determinaría su imposición por la fuerza. Flagg Bemis acota que "los revolucionarios debían entregar sus armas, recibiendo cada hombre diez dólares del gobierno de Díaz al entregar su fusil para que quedara bajo la custodia de Estados Unidos; y se establecería una fuerza de policía nicaragüense instruida y mandada (el subrayado no es nuestro) por oficiales de Estados
8 Cuando Moncada se vio precisado a explicar a sus oficiales la conducta que había seguido en la emergencia, expresó: "Nosotros somos 3.000 hombres con escasas municiones y ametralladoras. Ellos son, por ahora, 5.000 armados a la manera moderna. No dudo del éxito en el primer momento. Sé que sois denodados; pero yo no tengo valor para llevaros al sacrificio, porque detrás de 5.000 marinos vendrán millares más como en 1912. A la victoria segura os llevaría, como siempre lo hice; pero a la muerte segura por ninguna manera. Mas como jefe estoy en la obligación de consultar a las tropas. A esto he venido. Si queréis pelear no os abandonaré, iré con vosotros al sacrificio."
Unidos (como se había hecho en la República Dominicana y se estaba haciendo en Haití)..." 9 La carta confirmatoria de Stimson a Moncada es perfectamente clara:
"Tipitapa, 4 de mayo de 1927. Señor General José María Moncada, Estimado General: Confirmando nuestra conversación de esta mañana tengo el honor de comunicarle que estoy autorizado para declarar que el Presidente de los Estados Unidos tiene la determinación de acceder a la solicitud del Gobierno de Nicaragua para supervigilar la elección de 1928; que la permanencia en el poder del presidente Díaz durante el resto de su mando se considera como indispensable para dicho plan y se insistirá en ello; que el desarme general del país es también necesario para el buen éxito de esta decisión y que las fuerzas de los Estados Unidos serán autorizadas para hacer la custodia de las armas de aquellos que quisieran entregarlas incluyendo las del Gobierno y para desarmar por la fuerza a aquellos que se nieguen a hacerlo. Con todo respeto, Henry L. Stimson." 10
Los comisionados de Sacasa respondieron que no tenían instrucciones para aceptar o rechazar las condiciones propuestas. En carta que enviaron a Moncada al día siguiente, 5 de mayo, manifestaban que "...por el nuevo e injustificable atentado que se intenta cometer contra el honor de nuestro Gobierno y la dignidad de nuestra República... por lo que pueda convenirle, repetimos a Vd. en la presente que estamos plenamente autorizados y tenemos instrucciones del presidente Sacasa de no aceptar ninguna solución que tenga por base la continuación del señor Díaz en el poder".
Pero Moncada, que hasta ese momento seguía siendo ministro de guerra de Sacasa y la cabeza visible de la resistencia, traicionó no sólo a su jefe, sino a la causa de Nicaragua, tal como lo registrarían los acontecimientos posteriores y, en tal momento, la observación de Salvatierra: "El coronel Stimson y el general Moncada, separándose de los otros tres, hablaron para ellos solos y de allí resultó que sin
9 Bemis, Samuel Flagg, op. cit., pág. 221.
10 Moncada, José María. Estados Unidos en Nicaragua, págs. 9-10. Allí trata de justificar su entrega alegando que había sido conducido custodiado a Managua. Pero su lugarteniente, Heberto Correa, referiría más tarde que Moncada le había expresado: "Yo no tengo deseos de inmortalidad... No quiero ser un segundo Zeledón. Ya estoy viejo, y si puedo vivir algunos años más, tanto mejor... Les digo esto a propósito de la imposición norteamericana..."
convenir en nada con los delegados, todos se fueron a Managua, inclusive el general Moncada. Por fuerza de lógica todo indicaba que este jefe había convenido la paz con Stimson, bajo la indicación de que él sería el futuro presidente". Había resuelto traicionar a los suyos, a cambio del visto bueno de Washington en sus aspiraciones presidenciales. El periodista Belausteguigoitía, que le conoció presidente, señalaba que a Moncada "corresponde, por antonomasia, el nombre de cínico"; que llevando "sobre sí el aire dionisíaco del viejo fauno, amigo del buen vino y de las buenas mozas..., su vida tiene de todo, quizá del zorro, pero de ninguna manera del león... y aunque en el ocaso de su vida, precisamente ahora, construye en el pueblo donde habita alguna escuela u hospital, la voz pública dice, por lo bajo, que antes hizo los pobres..."
Para abundar algo más en lo de la entrega, aclaremos que curiosamente, el quisling Díaz había comenzado a desarmar a los suyos aun antes de que Moncada pactara con Stimson. Y más curiosamente aun: tal como lo refiere William Krehm, corresponsal de Time, "Moncada permitió ocupar las alturas que dominaban Tipitapa a los marinos de Estados Unidos, sin conocimiento de su plana mayor... para convencer a aquellos que en sus filas pudieran considerar su pacto como una traición". Moncada convenció a los jefes constitucionalistas a deponer las armas, premiando a cada soldado que entregara su rifle con la suma de diez dólares, la propiedad del caballo que montara y un overall (según Moncada, lo del overall era calumnia).
El mismo día en que los representantes de Sacasa informaban a Moncada su resolución de no aceptar las condiciones de Stimson, aquél enviaba un memorial al Departamento de Estado rechazando formalmente toda responsabilidad por el derramamiento de sangre "que pueda resultar de la ejecución del edicto de paz por los jefes norteamericanos". Y agregaba:
Emprendí la defensa de la Constitución, la ley y los derechos ultrajados del pueblo de Nicaragua contra la violencia armada de la fracción Chamorro-Díaz, debido a la actitud de neutralidad en la contienda nicaragüense asumida por el Departamento de Estado; si los defensores de las autoridades constitucionales hubieran sabido que las protestas de neutralidad proclamadas en Washington repetidas veces desde el golpe de Estado de Chamorro hasta después del establecimiento del gobierno
constitucional en Puerto Cabezas carecían de seriedad y no debían aceptarse en buena fe, se hubieran visto obligados a continuar su labor política por los métodos cívicos y pacientes a que han estado dedicados desde la primera intervención armada en favor de Díaz en 1912.
Contrariamente al tenor de los informes semioficiales de Managua, no he dado mi consentimiento a las condiciones de paz de Mr. Stimson. En consecuencia, y no obstante la acción de las fuerzas navales de los Estados Unidos, sólo me veré obligado a suspender las actividades militares cuando obtenga el convencimiento de que así serviré mejor los intereses del pueblo de Nicaragua, presa sin remedio, en las garras de un poder extranjero.
Este curioso documento, mezcla de sumisión y de pleitesía revestidos de coraje cívico, es la última tentativa decorosa de Sacasa para recuperar el poder. A partir de entonces, los hechos consumados le "convencerían" de la conveniencia de colaborar con Moncada. De esa manera, no resultó sorpresa alguna el que Manuel Cordero Reyes, uno de sus emisarios renuentes a la Paz del Espino, ocupara el ministerio de Relaciones Exteriores cuando Moncada, en 1º de enero de 1929, asumió la presidencia.
Porque, como era de esperarse, Moncada fue candidato en los comicios celebrados en 5 de noviembre de 1928, comicios celebrados de acuerdo con una ley electoral elaborada por el genial Franklin A. Mc. Coy 11 cuyas prescripciones son notables
11 El texto de la ley electoral era éste:
1º — Con ayuda de un experto nombrado por el Presidente de los Estados Unidos, el Congreso de Nicaragua pasará una ley electoral aprobando, entre otros, los siguientes puntos:
Se formará una comisión nacional de elecciones que tendrá poder para vigilar la elección y nombrar a los miembros de los consejos departamentales;
Esta comisión estará compuesta de 3 miembros: el presidente, que será nombrado por el Presidente de los Estados Unidos, un conservador y un liberal. Ninguna acción ni resolución de esta comisión nacional será válida o efectiva sin la asistencia del presidente de dicha comisión.
2º — Habrá en cada departamento una comisión de elección compuesta de 3 miembros: un conservador, un liberal y el presidente, que será un [norte] americano nombrado por la comisión nacional de elecciones.
3º — En cada lugar de votación habrá un consejo de elección compuesto de 3 miembros, un conservador, un liberal y el presidente, que será nombrado por la comisión nacional.
4º — Los miembros liberales y conservadores de las comisiones y consejos ya citados, serán nombrados por la comisión nacional con la recomendación de los comités respectivos de cada partido.
por las características de nación conquistada que acuerdan a Nicaragua.
Como era de esperarse, tanta preocupación norteamericana tenía su equivalente en dólares. Fue así que Moncada "tuvo que hacer" un empréstito de más de un millón y medio de dólares, "el cual fue invertido en gran parte en el pago de la Misión Electoral que llegó al país y en rezagos que había dejado el Gobierno de don Adolfo Díaz".
5º — En las comisiones departamentales y consejos locales ninguna acción o resolución será válida o efectiva sin la concurrencia del presidente [norte] americano de tales comisiones y consejos, respectivamente.
6º — El ejército nacional será licenciado y puesto fuera de servicio simultáneamente con el desbande de las fuerzas opositoras, y la función de conservar asumida por la Constabularia Nacional, será organizada bajo la instrucción y hasta donde sea posible la dirección de oficiales [norte] americanos en servicio activo.
7º — La Comisión Nacional de Elecciones, las comisiones departamentales y los varios consejos locales, tendrán todos y cada uno el derecho de exigir los servicios de la Constabularia Nacional y emitir órdenes a la misma para el objeto de impedir intimidación y fraude en la elección y preservar el orden y la ley durante los varios actos de registro y votación.
8º — Se contempla también que una fuerza suficiente de marinos [norte] americanos permanecerá en el país durante la organización o instrucción de la Constabularia y durante la elección, para reforzar el trabajo de asegurar una elección absolutamente imparcial entre los dos partidos.

References: resolución 
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