Source: http://eldesjarretedeacho.blogspot.mx/2012/07/
Timestamp: 2017-12-17 17:28:52+00:00

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Es cierto, y conviene insistir en esta cuestión, que el toro experimenta muchas variaciones durante la lidia.
Los hay que salen cobardones y luego se crecen con el castigo; por el contrario, algunos parecen muy valientes de salida pero al sentir el hierro se vienen abajo y comienzan a defenderse, a gazapear.
Es relativamente frecuente que a bichos bravísimos cueste mucho trabajo hacerles entrar la primera vez al caballo. Esto ocurría mucho cuando aún no se utilizaban los petos, seguramente porque recordaban el color del pelo del caballo de su mayoral, recordaran que en aquellos casos acostumbraba el matador a ordenar que se cambiara el caballo por otro de distinto pelo, y esos toros, tardos en su pri­mera arrancada al caballo, terminaban toman­do cuatro o cinco varas y tumbaban para el arrastre cuatro o cinco caballos.
Otros toros acusan algún defecto y ten­dencia, o son peligrosos porque pegan más con un pitón que con el otro —costumbre adquiri­da en sus reyertas en la dehesa— y por ese lado es expuesto torearlos.
Los hay que, de una manera instintiva, des­pués de arrancar, cuando llegan a la reunión con el torero, se frenan —porque presienten la presencia del hombre— y derrotan.
En fin, dificultades, más o menos posibles de vencer, presentan casi todos los toros —aun­que pasen inadvertidas para la mayoría— pero observamos, sobre todo en las buenas corridas, que a medida que avanza la lidia van desapareciendo esas dificultades y los toros se van corrigiendo. Esto no sucede por casualidad, sino que es obra de los toreros.
Por ejemplo al toro que se vence por un pitón y busca por ese lado, hay muchos buenos toreros que acostumbran a hacerles pasar va­rías veces seguidas por el lado contrarío, lo encelan por ese lado. Así, cuando luego les hacen pasar por, aquel cuyo pitón ofrecía peli­gro, resulta que ya se les ha corregido el defec­to porque el torero ha hecho que se les olvide.
El toro que se queda en la mitad de la suerte, también tiene su lidia o manera de evitarlo: unos toreros les hacen arrancarse de lejos y con fuerza, para que no puedan frenar­se con facilidad; otros no les dejan parar, para que no se emplacen; otros les torean dándole la salida hacia el centro del anillo y el animal tiene ante sí más campo abierto y libre.
Para cada caso existen muchos recursos o maneras. Pero todo es arriesgado, requiere conocimiento y valor en el torero. Es lo que clá­sicamente se conoce con el nombre de «lidiar», cosa que hoy se hace por muy pocos toreros. Lo corriente es que si el toro no es de «carril», para empezar desde el primer momento com­poniendo la figura, se le den los consabidos cuatro trapazos y un sartenazo para que lo arrastren pronto.
Pero cuando el artista es además maestro, torea todo lo que le echan: primero lidiando y fregando, y después, cuando ya ha corregido y atemperado al toro —casi siempre bastan seis o siete muletazos— es cuando hacen la faena artística.
Ese toro que parece totalmente imposible de corregir, se le haga lo que se le haga, no suele ser así por su propia naturaleza, es por consecuencia de la mala lidia que se le ha dado, si no por el matador, sí por los subal­ternos.
Los colosos del toreo siempre han cuidado mucho la forma de llevar la lidia; esto es, «cui­dar del toro». ¿Quién no recuerda a Cayetano Ordóñez? En sus toros, los peones no podían ni rascarse si él no lo mandaba.
Y es que a los peones no se les debe dejar que sean ellos quienes toreen, su labor es secundaria, de aquí la denominación de «subal­ternos». Pero resulta cómodo para el espada que aquellos se lo hagan todo. Que sean sus peones los que le den al toro los cuarenta ca­potazos —y no comprenden que cada arranca­da que gaste la res embistiendo a un peón des­pués le faltará a él en su faena— y sobre todo que como el peón no torea tirando del toro, ni pasándoselo, ni corriéndole la mano —sino que lo hace por la cara y enseñándole siempre el sitio por donde se va el torero— lo que re­sulta es que vician al toro a embestir mal y a buscar la salida.
Porque todo esto trae malas consecuencias para el matador, y porque éste es el maestro —que como tal cobra— los peones no deben actuar nada más que en su cometido estricto.
El Reglamento vigente dice, en su artículo 78; «los peones tienen por misión: correr los toros, pararlos y ponerlos en suerte, y para ello no puede haber en el redondel mas de tres peones con los matadores, debiendo permanecer en el callejea los demás individuos de las cuadrillas».
De como deben torear los peones trata el artículo 79, que dice: «Los peones deberán torear cogiendo el capote con una sola mano; y cuidarán de correr los toros por derecho; quedando terminantemente prohibido recortarlos, empaparlos en el capote para que “choquen contra la barrera y hacerlos derrotar delibera­damente, en ésta o en los burladeros, con in­tención de que pierdan su pujanza, se lastime o inutilicen. Por excepción, únicamente podrán torear a dos manos, cuando el matador, por la condición del toro, así lo ordene”.
Una vez más tenemos que concluir que en el toreo, como en casi todas las cosas de la vida, todo está legislado. Lo único que hace falta es que se cumpla la Ley.
Piensan en las naciones donde desconocen el toreo, que es brutal sal­vajada. Sin embargo en nuestro suelo es una de las bellas artes.
Tiene arte intrínseco; además heredó de la época de sus orígenes un señorío, una belleza en su escenario y atuendos, una luminosidad profunda y propia que ningún otro festejo posee.
Se encabezan estas líneas con el mismo tí­tulo que ha dado Benítez Carrasco, gloria de nuestra poesía, a su libro de versos sobre mo­tivos taurinos: "Cuando pasa el toro" y lo hago así por creer, como el poeta, que ese es el momento grande, el momento en que surge toda aquella belleza..
Si el toro no pasa, no hay nada que hacer. Pero cuando acomete y en cada una de sus arrancadas quiere destrozar cuanto tiene ante sí, el torero en un trance tan difícil y trágico, crea su obra.
Efímera, sí, momentánea; pero tan pro­fundamente artística y personal como pueda serlo un Velázquez, un Greco o un Goya, pues produce sensación estética y además es arte creado frente a un implacable enemigo que no se rinde hasta que la muerte le inmoviliza.
Por esto los aficionados somos fanáticos y no faltamos a presenciar las corridas, con la ambición de ser testigos de aquello que, a veces, es verdadero y sin mixtificación.
Pero es el caso que algunas veces el toro no pasa, y no siempre es por culpa suya. No, es por falta de bravura, es porque el torero no quiere que pase.
Como en el toreo, todo es matemático. Todo responde a realas fijas y en él no existe la «ilógica». El fenómeno a que acabo de refe­rirme tiene una razón o fundamento de ciencia —el toreo también es ciencia— que es la que quieren exponer estas líneas.
Todos los toros, salvo rarísimos casos, sa­len del chiquero acometiendo a lo que se les pone enfrente. La forma como después conti­núen embistiendo depende de como se les to­ree.
Habrán podido observar que a los buenos toreros, a los maestros de la torería, les embis­ten mejor los toros que a los principiantes. Esto es así porque al toro hay que enseñarlo a embestir durante la lidia, y 'cuanto mejores sean los maestros encargados de esta ense­ñanza, más pronto y mejor aprenderán.
El macho, hasta que no sale al ruedo, se conserva virgen de lidia, por cuanto que ja­más se le ha toreado —antes no se le puede torear si no es a caballo— y ese toro, una vez que está en la plaza, será lo que el torero quiera que sea. Cuando en la plaza hay un torero, el animal saca la casta que tenéa, embiste y repite, y termina siempre por ser bravo.
El secreto está en aguantar, en tirar despacio de él, y no quitarle el engaño de la cara, mientras está embistiendo, e irle ligando un pase con otro. Estos son los toreros que hacen "el prodigio de que hasta los mansos sean buenos".
Todos los que visten de luces —desde el matador al más humilde peón de briega— lle­ban esa responsabilidad. La desafortunada ac­tuación de cualquiera de ellos puede hacer que se malogre el estilo y forma de pelear del toro e incluso que se convierta en ilidiable.
Esto lo conocen perfectamente todos los foreros —que saben bastante más que los que nos sentamos a verlos «desde la barrera» —lo malo está en que algunas veces hacen un uso ilí­cito de este conocimiento, y lo emplean para ha­bernos creer que tienen delante un toro que no pasa y que no se puede torear; porque, natu­ralmente, es más cómodo pegarle cuatro mantazos por la cara y sobre la marcha largarles un golletazo.
El espectador, que es buen aficionado, dis­tingue perfectamente cuando el toro es, por su propia naturaleza o porque está resabiado, di­fícil de lidiar, y así mismo se da cuenta cuando son los toreros los que han conseguido, con su forma de torearlo desde el principio, que el toro aprenda a frenar su viaje y a no pasar.
A las personas que van poco a los toros —por ejemplo nada más que a las corridas de feria— les parece que todos los toros son iguales. Esto es una tremenda injusticia para el torero, pues hay veces que a toros que son di­ficilísimos, porque buscan al hombre en cada embestida, están más con éste que con el enga­ño, olfatean siempre al bulto, se quedan deba­jo en la mitad de la suerte y mil peligros más, y se les está haciendo faena de muchísimo méri­to, lo está poniendo todo el torero ante la indiferencia de la mayor parte del público, de «esa masa que da orejas, rabos y patas cuando se le antoja.
Es necesario observar mucho al toro, desde que sale, si se quiere ser justo con el torero.
Tengamos presente que el arte de torear es dificilísimo. Eso de hacerle a todos los toros y a cada uno el toreo, según sus características exijan, es una facultad que sólo poseyeron los elegidos.
Hoy se torea mucho, insisto en que la for­ma de embestir el toro se ha mejorado por la selección y cuidados del ganadero, pero esto no le puede quitar mérito al torero actual, y prescindiendo, en este momento, de que la res tenga más o menos peligrosidad, lo cierto es que hoy todos los toreros torean más, con más belleza en las suertes y les dan muchos más pases a los toros.
Si hojeamos la gran cantidad de trata­dos de tauromaquia, escritos en la antigüedad por los maestros de antaño, Pepe-Hillo, Paquiro, Montes, Fuentes..., vemos que todos ellos son una especie de doctrina, redactada por célebres toreros retirados y escrita por sus literatos contemporáneos, con las que preten­día enseñar a los futuros toreros.
Allí se daban consejos emanados de la experiencia vivida, y en todas ellas observamos que, el concepto que entonces se tenía del toreo era pura y exclusivamente defensivo.
En todos aquellos manuales prácticos se estudian las suertes como si no fueran nada más que recursos para defenderse del toro. Allí se habla de los terrenos del toro y de los del torero, de no invadirlos, de permitirse arrojar el engaño y huir, etc... todo, en fin, cual si de un campo de batalla se tratara.
No lo hemos vivido, pero se puede presu­mir que aquello sería una guerra, con imperio de la violencia y, posiblemente bastante lleno de convencionalismo y exageración.
De aquello, que vagamente adivinamos, a lo de ahora hay gran diferencia. Me refiero a lo bueno de los últimos años, hablo pensando en Joselito, Belmonte, Manolete... (aquí no hay más remedio que citar nombres), es decir, desde 1913 a 1947.
Es lógico que así haya sucedido y muy natural que sobre los trágicos ensayos practi­cados por aquellos «machos» del toreo, se haya construido —durante siglos— una técnica ex­perimentada del toreo, basada en el conocimien­to de las características del toro (al principio desconocidas), y que, ya en posesión de tan indispensable base, se haya podido llegar a un perfeccionamiento de lo artístico y belleza plástica, que hoy es superior a la de los demás tiempos.
Sí. Ahora las corridas son más artísticas; más bonitos los lances y muletazos. Los to­reros modernos se quedan más quietos cuando pasa el toro, se les torea más cerca y durante más rato.
Es la perfección que se produce por la re­petida experiencia, pero no despreciemos a los que construyeron los cimientos de este sober­bio y colosal castillo que guarda a la Fiesta original y propia de nuestra Raza Española.
Tampoco descuidemos esta fortaleza, es­pejo de los españoles, no dejemos que el tiem­po demoledor destruya sus sillares, ni que la ambición robe sus meteriales —como ha ocu­rrido con los auténticos Castillos y Baluartes que tan densamente poblaban el suelo hispá­nico— para con ellos construir edificaciones extranjeras.
jueves, 04 de noviembre de 2010.
El anterior trabajo trataba, como siempre muy superficialmente, de la época grande del toreo a caballo y de la otra época gris que le sucedió.
En los tiempos idos, el picador era un factor muy importante en la lidia, tanto por lo necesario de su cometido como por lo brillante de su actuación
Era actuación llena de valor, él solo sobre un caballo, resistía la incalculable acometida del toro recién salido.
Estaba dotado de un conocimiento perfec­to de lo que en verdad es la lidia, pues de la forma como se picara al toro dependía el com­portamiento, bueno o malo, que éste habría de seguir durante el resto de su corrida.
En fin, era la actuación del picador de la máxima belleza plástica e inspiró los más im­presionantes lienzos a los mejores pintores de entonces.
En los tiempos actuales el picador, no sólo sigue siendo importante factor, sino que se ha convertido —dentro de la mayor impunidad— en el todo. Es el que mata al toro a los pocos momentos de saltar al redondel.
¡Cuidado aficionados!, no interpreten mal ese párrafo. Sé, y no olvido, que si al toro de casta —sobre todo si es de una casta sevillana no se le pica y se le hace sangrar, es muy difícil o casi imposible, torearlo. Muy peligroso, porque a medida que avanza la lidia se va «cre­ciendo», y desde luego, no hay posibilidad de hacerle el «teléfono» y demás lindezas que tanto delirio causan.
Así pues es necesario que el toro tome los puyazos que determina el Reglamento —cuatro puyazos según el artículo 61 del Reglamento Oficial para la celebración de espectáculos taurinos, aprobado por Real Orden de 12 de julio de 1930— pero el puyazo no puede darse introduciendo la arandela y gran parte del pa­lo. No puede ser esa verdadera «estocada» que con tanta frecuencia pegan los picadores, pues esto está condenado por el artículo 69 del mis­mo reglamento.
No se diga, como es frecuente escuchar, que el picador no tiene otro medio de defensa que es su propia vara y que por ello, cuando el toro es pegajoso y no se va del caballo, tiene necesidad de sujetarlo con la puya, de donde resultan, sin «mala intención», aquellas carni­cerías.
No estamos conformes. El picador tiene todas las defensas que necesita si practica la suerte como es debido; o sea citando y obligan­do a la res «por derecho» —artículo 67— es decir, dándole el pecho del caballo, no el costa­do de éste, desde la distancia conveniente o lo que es lo mismo, sin salirse del tercio —hoy lo marcan con cal, como en el fútbol, por pres­cripción del artículo 40. Sin que pueda ade­lantarse al picador ningún lidiador, pues éstos no deberán avanzar más que hasta el estribo «izquierdo», sin que ningún peón ni mozo de caballos pueda situarse al lado derecho del ca­ballo, según ordena el artículo 68.
Practicado así el cite o iniciación de la suerte, cuando el bicho se arranque, el picador se agarra con el toro, frente a frente, le rompe la piel con la pica y rápidamente debe hacer variar el caballo hacia la izquierda, con lo cual el matador, que quedó en ese costado, llama la atención del astado y fácilmente lo puede qui­tar del caballo, puesto que tiene la salida libre. Frecuentemente la codicia y bravura del toro le hacen insistir en su acometida al caba­llo. Pero este caso también está previsto en el Reglamento, y por eso su artículo 67 dice que: «podrá poner otro puyazo como medio de de­fensa si el toro recargarse», lo cual quiere decir que se le reconoce, legalmente, al picador su derecho a defenderse empleando la pica.
Lo que ocurre, y de ello protestamos por­que acaba con el toro, con el lucimiento del torero y hasta con la propia fiesta, es que, ade­más de lo fea y mugrienta que es hoy la suerte de varas, se practica de la siguiente manera:
El picador sale montado sobre un caballo que es una verdadera fortaleza —de alto, de grande y de atrincherado— sale al tercio, y fuera de éste, rodeado por la izquierda, «por la derecha» y hasta por delante, de toreros y monosabios —para que el toro no se escape de nin­guna manera— así lo citan.
Cuando entra, entonces el monosabio se cuelga a la cabeza del caballo dándole varazos en la misma y empujándole, le obliga a que marche hacia afuera y hacia su derecha —así es imposible que el toro tenga salida— y de esta manera, que es la conocida por el famoso nom­bre de «La Carioca», se tiene al toro varios minutos debajo del caballo; mientras el pica­dor, alevosamente, permanece «barrenando» y metiéndole al toro, en cualquier parte, la pica, la arandela y el palo, y para completar la fe­lonía, cuando por fin el animal se quiere reti­rar de aquella «checa», hacen palanca con la vara, la parten, y ya podemos hacer el «teléfo­no», sentarnos en la cabeza, etc., etc.
Verdaderamente no comprendo cómo los picadores no le reclaman al matador que le entregue sus honorarios, pues ellos son los que pasaportan al toro.
Estamos cansados de escuchar lamenta­ciones del público sobre estas cosas y, sin em­bargo no sólo, no se intenta evitarlas al pro­ducirse, sino que en la corrida siguiente, en la otra y en todas las por venir, vuelven a repetirse.
El respetable público — desgraciadamente sólo en el dicho — debería ver que el picador que tal se comporta, era inmediatamente reti­rado del ruedo por el Alguacil (brazo ejecutor de los acuerdos del Señor Presidente, persona esta revestida del máximo mandato en la co­rrida y representante de la Autoridad encar­gada de velar por el cumplimiento de la Ley),
En las corridas de toros está todo sabia y ecuánimemente legislado, del punto que tratamos ahora se ocupan los artículos del 60 al 63 del Reglamento; en ellos se reviste a la Presi­dencia de la mayor autonomía, hasta el punto de que pese a contar con un Asesor técnico, para ilustrarla, podrá o no aceptar la opinión o el criterio de ese técnico que no es, según el citado artículo 60, nada más que un mero con­sultor.
Sin embargo, las facultades del Presidente como delegado de la Dirección General de Se­guridad, en Madrid, y de los Gobernadores Civiles, en las provincias, están taxativamente marcadas en el artículo 6l, tanto respecto a las incidencias preliminares a la corrida, como du­rante la lidia. Y entre estas últimas no figura aquella sugerencia, personal, de que se les retire del anillo y dejen de intervenir, al igual que se hace en el fútbol por la autoridad del arbitro con ciertos jugadores de reprobable conducta.
Es mucho más lógica la expulsión del que actúa perturbando y dañando, que no el dejar­lo que siga actuando hasta que ha causado todo el mal que le ha dado la gana y después sancionarlo, cuando ese daño, que pudo evitar­se, ya no tiene remedio.
Esta forma de resolver en justicia, no ten­dría la mera finalidad de dar satisfacción al «respetable», sino la más importante y trans­cendental, de atajar esa impunidad con que actúa el picador cumpliendo órdenes de su espada que le dice, casi siempre: «Pégale... cárgatelo...».
Digo impunidad, porque la sanción pecu­niaria, que determina el artículo 69 del Re­glamento, y que desde luego se viene obser­vando rigurosamente por la Autoridad, según leemos en la prensa publicando la multa impuesta, al cabo de los quince o veinte días, al picador de fulanito, por «barrenar» y tal... es completamente inoperante.
De las multas se sonríen los «diestros» pues, aparte de que tienen mucho dinero, a poco que pensemos, enseguida comprendemos que esas multas quienes las pagamos somos los mismos espectadores.
El mecanismo es bien sencillo: sale un toro con fuerza, —o aunque carezca de ella el «fenómeno» no tiene ganas de torear, ya se sabe: «pégale», «líciale» y «aplástalo»; total esto me va a costar 500 pesetas de multa, no importa, la próxima vez las exijo de más y cuenta saldada.
Otra cosa sería si la sanción consistiera en la suspensión por determinado número de corridas al picador que destroza, o al banderi­llero que estrella al toro contra el burladero o se queda a la derecha del caballo para entrete­ner al astado, o al mozo de caballos que tan descaradamente —bien retribuido por toreros y empresarios de caballos— obliga a este a ejecutar la «carioca» y otras tropelías.
Eso de la suspensión ya se miraría con más cuidado, pues sus consecuencias se deja­rían sentir mucho más, ya que no resulta fácil la sustitución de elementos fundamentales y valiosos de las cuadrillas, y también habria que contar ya con la voluntad de estos, de acuerdo con sus intereses profesionales tanto en el orden moral como en el material.
Repugna la tendencia constantemente en­caminada a engañar a los espectadores, parece como si existiera una continua enemistad contra ellos, que en modo aláuno se merece quien otorga su aplauso y su dinero. El pú­blico es magnánimo en demasía, siempre se excede recompensando. ¿Porqué, pues, no se le quiere dar nunca un mínimo de verdad y de sinceridad?
Aunque sea insistir y repetir, conviene recordarles a los profesionales; que la adulteración produce demérito, éste provoca desinte­rés por sus actuaciones, de lo cual surge la ausencia de público y de esta, la quiebra del negocio.
No es grato personalizar, por ello silencio nombres, pero conste que hay hombres que se visten de luces y otros que intervienen en este negocio, en diversos cometidos, que poseen un concepto honrado y un justo sentido de su deber. Actúan con pundonor.
Publicado por POCHO PACCINI BUSTOS en 22:44
La emoción también la dio la suerte de varas, SÍ esa que pretenden desaparecer de los ruedos los cultores del delicado "toreo del arte", del toro colaborador, artista y demás adjetivos creados para ocultar la carencia de cojones que padecen gran parte de los figurines actuales, que no refrendan su condición de tales, con GESTOS Y GESTAS como las de Robleño y muchos más a lo largo de la historia.
Finalmente, decir que SÍ tiene sentido seguir cultivando esta afición de fé, que serán excepcionales las veces en que ocurran GESTAS como las de Robleño, pero serán suficientes para destapar y evidenciar a tanto encantador de serpientes sueltos por los ruedos de Dios.
Tratar en estos tiempos de la suerte de varas es tanto como hablar de los torneos entre caballeros medievales. Sin embargo, de ella nació el to­reo, todos sabemos que los orígenes de nues­tra Fiesta Nacional fue el toreo a la jineta y aunque no fuera nada más que por interés histórico merecería la pena ocuparse de ella.
Pero es lo cierto que aun en los tiempos actuales, pese a lo adulterada y envilecida que está, sigue siendo fundamental y necesaria siempre que salga un toro.
Desaparecidos los caballeros montados que alanceaban toros, a cuyo servicio actuaban los hombres a pie, con la denominación de «chulos», continuó la fiesta de toros, con sus tercios, suertes y desarrollo muy semejantes a los de ahora, precisamente porque habían des­collado las proezas de aquellos hombres a pie y su trabajo resultaba un festejo interesante.
No obstante, desde el primer momento se impuso la necesidad de sangrar al toro al principio de su lidia, sin cuya sangría es imposible, o muy difícil, hacerle venir a menos y obligar­le a que cuadre para estoquearlo, suerte supre­ma y objeto único del toreo.
Aquella faena solo era posible realizarla, desde lo alto de un caballo, y además requería una maestría y un arte poco comunes, según se practicaba entonces. Por esto jugaba un papel tan importante el picador y por ello du­rante muchos años fue su figura la más interesante.
El picador frente al toro tenía que ser un gran jinete y un gran maestro de la equitación. Además de actuar en los ruedos se ocupaban de la doma, de aquí el nombre de picadores que reciben los que se dedican a trabajos de desbravar y domar caballos.
Montando un caballo y con sus recursos de buenos jinetes tenían que picar a los toros -que entonces no tenían la bravura y casta depurada a que se ha llegado mediante la selección ganadera de nuestros tiempos- y de las manos del picador salía el toro no sólo san­grando, sino que aquellos varilargueros, con su pica, ahormaban cabezas y corregían la forma de embestir; pues corrían la mano con la garrocha, le picaban en el sitio conveniente y con la dureza que en cada caso correspondía. Todo esto sin descuidar a su montura de cuyo derribo dependía mucho la vida del picador.
Era una suerte del toreo verdaderamente vis­tosa, gallarda y hombruna. El hecho de derribar el toro al caballo era puramente accidental, generalmente ejecutaban el lance con tal per­fección, que el toro salía limpiamente por el pecho y lado izquierdo del caballo sin rozarle ni un pelo. El picador aguantaba con la vara, y con las ayudas, espuela y riendas, hacía moverse al caballo para dar salida al toro.
Esta buena manera de ejecutar la suerte de varas llegó a degenerar y se inicia otra épo­ca en la que se picaba aprovechando el encon­tronazo entre toro y caballo, a lo que resultara. Se recurre a que parte de su poder lo gastara el toro romaneando caballos.
Naturalmente, en esta forma de picar lo que sobresalía era un espectáculo sangriento y lastimoso. Desde luego, fuerte e impresionante para el espectador y, sobre todo, peligroso para los toreros que tenían que quitar al toro del caballo cuando aquel estaba enfangado en san­gre, enardecido y alocado. Salían excitados por el olor de la sangre, cegados por la que les ha­bía estado cayendo en la cara, y en estas con­diciones toreaban primorosamente con el ca­pote aquellos verdaderos artistas que fueron Belmente, Chicuelo, Gitanillo de Triana.., siempre con el gravísimo peligro de caballos galopando, heridos y sin jinete, y moviéndose entre jamelgos muertos.
Aquella manera de desarrollarse el primer tercio de la lidia sería imposible de sostener hoy. Había veces que en una corrida morían quince o veinte caballos. ¿Cuánto costaría esto ahora?.
Además, hay que reconocer que en el tiempo que me refiero, los toros, la mayor parte de las veces, se quedaban sin picar porque no les daba lugar a los picadores —ya medianos jinetes— a enganchar al toro, y se daba el caso de que, alguna vez, después de haber matado el toro a dos o tres caballos aún no le habían partido el pellejo con la puya.
Los caballos que se utilizaban, en esta época decadente de la suerte de varas, eran malísimos, apenas se podían tener en pie. Es lógico que entonces se llevaran a la plaza de toros los caballos inútiles, ya por muy viejos, ya por tener vicios o defectos incorregibles que les hacían inservibles para otros trabajos, pues en resumidas cuentas lo más seguro era que los mataran.
Esa época decadente debe su aparición a la falta de picadores capaces de sostener la maestría de sus antecesores. La impericia del varilarguero fue la causa de una continua y brutal matanza de caballos, que trajo como consecuencia la de no poner a su disposición nada más que jamelgos cadavéricos.
Fue un círculo viciosos la mala forma de picar originó la necesidad de utilizar caballos pésimos —inútiles para una suerte en la que tanto es menester la fuerza y el vigor y al no contar el jinete con una montura, dotada de las ¡imprescindibles facultades, le resultaba impo­sible, o dificilísimo, el practicar la suerte con eficacia y decoro.
Así es como se produjo la decadencia de este tercio de la corrida, tan arrogante como imprescindible, y pasó a la historia para no ser más una realidad.
La evolución económica, en su siempre progresiva carrera ascendente de precios, hizo que el costo ínfimo, despreciable, de un jaco viejo y agotado, se convirtiera en una cantidad estimable; y ya no resultaba financiero el des­pilfarro de que un solo toro matara dos o tres caballos.
Hubo un tiempo en que, muertos todos los caballos de la cuadra, tuvieron, en más de una ocasión, que salir a la calle y comprar ca­ballos a los cocheros de vehículos de alquiler. A esto no se le daba mayor importancia, total eran cuatro perras y había que salir del grave aprieto que suponía una plaza llena de «hombres» pidiendo caballos violentamente.
Era el espectáculo que apasionaba a los españoles, entonces no se conocía ese otro más enardecedor e «importado» de los dos puntos que se disputan los equipos de fútbol en los partidos de Liga.
En aquellas plazas de toros lo más que cabían eran ocho o nueve mil personas, pero eran de tal calibre que, si no se les daban las fiestas de toros con la debida calidad, arrollaban con más violencia que una erupción vol­cánica.
Seguramente es que les faltaba esa educa­ción deportiva que adorna á loa 160.000 que hoy asisten al interesante deporte, casi regala­do, qué se practica; también casi de balde, por los profesionales de la pelota.
Lo cierto es, volviendo al tema, que la suerte de varas se contaminó de una afección cancerosa, y como esta suerte, sin duda alguna, era la médula de la Fiesta Nacional, esa pro­gresiva enfermedad invadió a todo el conjunto y hoy está enfermizo, decadente y próximo a expirar.
En siete de febrero de 1928, se dictó una Real Orden, disponiendo que a contar del día ocho de abril de aquel año, sería obligatorio el uso de petos defensivos, para proteger a los caballos, en las corridas de toros y novillos que tuvieran lugar en las plazas consideradas como de primera categoría; en las demás era potestativo y más tarde, al año siguiente 1929, este uso se hizo obligatorio con carácter gene­ral.
Entonces fue cuando empezó a corroer la carcoma que consumirá a las corridas, pues de todo el mal que afecta al primer tercio de la lidia nace el imponderable mal de que adolece el festejo.
En efecto: aquella medida gubernamental del 1928, estaba inspirada en un sentimiento compasivo hacia el noble cuadrúpedo; el sentir del legislador fue el de salvar al caballo, pero velando, al mismo tiempo, por la integridad e intereses de la lidia. Se ocupó, muy minucio­samente, de que esa medida protectora del ca­ballo, estuviese perfectamente reglamentada, y así vemos que la Real Orden de 9 de abril de 1930 del Ministerio de la Gobernación, estableció unas características a las que obligato­riamente han de ajustarse los petos que se uti­licen.
Esas características, literalmente copiadas: son: «Su parte exterior, de paño fuerte, color gris, y la parte interior, de lonas de algodón, es de una sola pieza; está dotado de un faldoncillo encuatado del largo aproximado de una cuarta, para proteger también la bragada del caballo, y su terminación esta guarnecida por ribetes de cuero».
De este peto, que el legislador impuso, al que vemos en las plazas de toros, hay la misma diferencia que la existente entre la pulga y el elefante.
Además el legislador, que siempre ordena sabiamente, dispuso en aquella Real Orden del 1928, en el párrafo segundo del artículo 6°, que por los representantes de la Autoridad se adoptarían las medidas de vigilancia necesa­rias para evitar sustituciones de los petos —siempre guardados bajo llave en poder de la Autoridad— exigiéndose, en su caso, responsabilidades a la empresa del servicio de caba­llos.
Aun queda otro precepto muy interesante en el artículo 8.° de esta Real Orden, que dice: «Si el empleo de los petos produjese resabios en los caballos, se estudiará y acordará la li­mitación del número de corridas en que pueda tomar parte un mismo caballo».
Desde luego que aquel legislador entendía de estas cosas de toros y por ello presentía el alcance, trapisondas y uso indebido a que po­día dar lugar la utilización de los petos.
Pese a tanta precaución, surgió el embro­llo y casi desde el principio de emplear el peto, se ha venido aprovechando, por los ventajistas, para conseguir dañar bárbaramente al toro.
El peto dejó de ser una medida protectora para el caballo y se convirtió en una terrible arma contra el toro; a virtud de la cual, aparapetados todos —picador, toreros, mozos de plaza— detrás de aquel carro blindado, se le causa al toro una espantosa carnicería y, allí mismo, en aquel momento se le aniquila.
Es preciso y urgentísimo que el peto re­glamentario se reponga inexorablemente. Tiene que cumplirse con todo rigor lo que manda la Ley en la, tan repetida, Real Orden de siete de febrero de 1928. De no hacerse así esto se terminará.
Publicado por POCHO PACCINI BUSTOS en 22:10

References: artículo 78
 artículo 79
 artículo 61
 artículo 69
 artículo 40
 artículo 68
 artículo 67
 artículo 60
 artículo 6
 artículo 69
 artículo 6
 artículo 8