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Timestamp: 2020-05-25 22:56:45+00:00

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#60 - Evolución del pensamiento | La risa | Homo Sapiens | Perioadă de probă Gratuită de 30 de zile | Scribd
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Revista - Investigacion Y Ciencia - Temas 049 - Desarrollo Del Cerebro
Investigacion y Ciencia - Trastornos mentales.pdf
Mente y Cerebro 18 Freud
Cuadernos MyC. Ilusiones
n. o 60/2013 6,50 €
La cooperación, el sentido social y la cultura
marcan el curso de la humanidad
TÉCNICAS DE LA NEUROCIENCIA (III)
Claves del apego temprano
7 7 1 6 9 5
0 8 8 7 0 3
Disponible en su quiosco el número de mayo
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Los efectos saludables de reír
La risa une a las personas, sea en la familia, en el trabajo o en la sociedad. También favorece el sistema cardiovascular.
El vínculo traumático del niño con la persona de referencia puede conllevar problemas de conducta y trastornos psicológicos.
Células madre peligrosas
Las células madre cancerosas intervienen de forma decisiva en la génesis y el crecimiento de neoplasias, como los tumores cerebrales.
Reírse no solo beneficia la salud física y psíquica; también contribuye a mejorar las relaciones sociales y de pareja. ¿Por qué motivo? Por Nicolas Guéguen
El peso del apego temprano
Algunos niños sufren en sus primeros años de vida abandono e incluso malos tratos. A menudo esa experiencia les lleva a mostrarse agresivos, inaccesibles o temerosos en la guardería o la escuela. ¿Cómo debe actuarse en tales casos? Por Katja Gaschler
Mayo / Junio de 2013 – N. o 60
SERIE «TÉCNICAS DE LA NEUROCIENCIA» (III)
Microscopía bifotónica:
neuronas en directo
El microscopio bifotónico constituye un avance en el terreno de la microscopía de fluorescencia:
permite medir la actividad de neuronas vivas en zonas profundas del cerebro. Mas, hoy por hoy, el método resulta muy costoso. Por Wolfgang Mittmann
Cada noche, el sueño afloja las conexiones que entrelazan el conocimiento adquirido durante el día. Con ello, el cerebro recupera flexibilidad y dinamismo. Por Jason Castro
Reserva celular letal
Las células madre constituyen
origen de todos los tejidos del
cuerpo humano, pero entrañan cierto peligro. Algunas neoplasias,
entre ellas los tumores cerebrales, provienen de células madre cancerosas. Por Boyan Garvalov
Gases tóxicos en el cuerpo
Óxido nítrico, monóxido de carbono
y sulfuro de hidrógeno. Se trata
de tres gases altamente tóxicos que produce el propio organismo humano. Mensajeros químicos que
intervienen en el aprendizaje y en las enfermedades neurodegenerativas. Por Anton Hermann, Guzel F. Sitdikova
y Thomas M. Weiger
MENTE Y CEREBRO 60 - 2013
De primitivos a humanos
Homo sapiens conquistó casi todas las
regiones climáticas de la Tierra. Sin
embargo, su verdadera historia de éxito
comenzó cuando se convirtió en sedentario.
Al parecer, el sentido social determinó más
el devenir de la especie humana que su
inteligencia abstracta. Por Thomas Grüter
Adaptados a la cultura
Los humanos somos seres culturales:
aprendemos de nuestros semejantes y
nos ponemos en la piel de otros. Esas
capacidades facilitaron también el plagio.
Por Mark Pagel
El cerebro primitivo en las aulas
La evolución ha predispuesto a la mente
humana para atender a ciertos estímulos.
Ello podría explicar algunas de las
actual. Por David C. Geary
> Un sedante interno
> Logran atenuar el dolor con
> Cacao para mejorar la memoria
> El estrés acorta los telómeros
Martin Krupinski: «El síndrome de Münchhausen por poderes es una forma rara de maltrato». Por Christiane Gelitz
> Cerebros diferentes, imágenes distintas. Por Christof Koch
> Un gusano revela claves de la memoria. Por Paola Jurado
> Relación terapéutica más allá de las palabras. Por Beatriz Molinuevo Alonso
Suicidio. Por Barbara Schneider
El dilema del aviador. Por Stephen L. Macknik, Susana Martinez-Conde y Ellis C. Gayles
El ayer y hoy de los astrocitos. Por Alfonso Araque y Marta Navarrete
Cognición animal. Sociedades primates. Por Luis Alonso
Un sedante interno
Los hallazgos sobre el sueño crónico que afecta a las personas que sufren una enfermedad rara podría contribuir al tra- tamiento de varios trastornos relacionados con el dormir
I magínese el lector que pudiera gozar cada noche de nueve horas seguidas de sueño y permitirse largas cabezadas a cada mo-
mento, pero que, a cambio, cada hora de vigilia le comportara un puro agotamiento, una reducción al mínimo de la capacidad de atención y unas ansias terribles por volver a abrazar la almohada. Esta es, más o menos, la realidad con la que se enfrentan a diario las personas con hipersomnia, una enfermedad rara que mantiene a quienes la sufren aletargados y en perpetua somnolencia. Hasta no hace mucho, se creía que la hipoactividad de regiones cerebrales implicadas en la vigilia y la atención provocaba esa somnolencia. Sin embargo, tal hipótesis no ha resuelto el proble- ma de los sujetos crónicamente fatigados. En fecha reciente, científicos de la Universidad Emory han des- cubierto en pacientes con hipersomnia primaria que su organismo produce un freno o sedante natural. El hallazgo abre ciertas esperan- zas a los afectados del raro trastorno, así como quizás a las personas que padecen otros tipos de enfermedades del sueño. El equipo de Emory halló la sustancia hipnoinductora en el fluido cerebro-espinal (líquido acuoso que acolcha al cerebro y envuelve la médula espinal) de los sujetos. En un estudio publi-
FOTOLIA / PZAXE
cado en Science Translational Medicine en noviembre pasado, los investigadores demostraron que este compuesto intensifica la actividad de las mismas vías cerebrales de transmisión de seña- les que activan los sedantes de prescripción médica habitual, es decir, las benzodiacepinas (entre ellas, el Valium). En esa senda interviene el ácido gamma-amino-isobutírico (GABA), un neuro- transmisor que atenúa la atención. Los investigadores extrajeron líquido cefalorraquídeo de 32 individuos con hipersomnia primaria y lo aplicaron a células humanas, de las cuales midieron la actividad eléctrica. Obser- varon que, de existir GABA (como ocurre en el cerebro), el fluido espinal potenciaba la actividad del receptor correspondiente en torno a un 84 por ciento. (El fluido espinal de individuos normales
Logran atenuar el dolor con imanes
La alteración de la actividad cerebral mediante campos magnéticos podría disminuir el dolor crónico
E l tratamiento de ciertos trastornos cerebrales a través de técnicas en las
que se emplea la influencia de los campos magnéticos quedó consagrado hace po- cos años, al revelarse eficaz para aliviar las depresiones graves. Ahora, la estimu- lación magnética transcraneana repeti- tiva (EMTr) parece también prometedora para la terapia de otra patología: el dolor crónico. Hasta hoy, el dolor parecía encontrarse fuera del alcance de la EMTr, pues las re- giones cerebrales implicadas en dicha per- cepción se ubican en lo más profundo del encéfalo. De hecho, la EMTr se ha aplicado
por ahora en los trastornos relacionados con áreas cerebrales contiguas al cráneo. En el caso de la depresión, se dirige un campo magnético a la corteza prefrontal dorsolateral (ubicada en las circunvolu- ciones superficiales del encéfalo) median- te una sola bobina que es recorrida por corrientes eléctricas. Asimismo, sobre otras regiones de los pliegues externos del cerebro, la EMTr mejora los síntomas motores de la enfermedad de Parkinson, evita o difiere las lesiones de un ictus, ate- núa las molestias consecuentes a lesiones nerviosas y se muestra útil en el trastorno obsesivo-compulsivo.
El campo magnético afecta a las señales eléctricas con las que se comunican las neuronas, aunque no se sabe con exac- titud por qué se alivian los síntomas. Se conjetura que la EMTr puede reorientar la actividad de ciertas células especiales, e incluso circuitos cerebrales completos. Con el fin de aumentar el alcance de esta técnica, David Yeomans, de la Uni- versidad Stanford, y sus colegas utilizaron cuatro electroimanes en lugar de uno solo. Para el dominio de los complejos campos magnéticos también requirieron cálculos matemáticos de alto nivel. Eligieron como diana la corteza cingulada anterior (CCA),
también potenciaba el recep- tor de GABA, pero en menor medida.) El refuerzo era del orden del 36 por ciento, si- milar al efecto suscitado por las muestras de fluido espinal de los pacientes después de que se eliminara el sedante natural. La identidad química del compuesto sigue sin cono-
cerse. No obstante, de mo- mento se cree que se trata de un péptido, una proteína diminuta. Con todo, se prevé centrar trabajos futuros en la iden- tificación e incluso la síntesis de dicha sustancia, la cual podría beneficiar a quienes sufren de insomnio. Por otra parte, la investigación arroja cierto optimismo para las personas que padecen somnolencia excesiva en su día a día. Según los autores, el flumacenil (fármaco que se administra por vía intravenosa en caso de sobredosis de benzodiacepina) podría bloquear la acción del sedante que existe en el propio cuerpo, puesto que, al parecer, este último actúa en el cerebro como si de una benzodiacepina se tratara. En su estudio, el flumacenil aumentó en siete pacientes hi- persomnolientos la atención y los tiempos de reacción de varios minutos hasta un par de horas, en función de la dosis que se les
Regiones del cerebro central implicadas en el sueño
Hipotálamo Controla el inicio del sueño
Hipocampo Región de la memoria que se activa durante la ensoñación
Amígdala Centro de las emociones; está activa durante la ensoñación
Tálamo Impide que las señales sensoriales alcancen la corteza cerebral
Formación reticular Regula la transición entre el sueño y la vigilia
Puente Contribuye a iniciar el sueño REM
administraba. Incluso una mujer a la que se suministró periódi- camente el fármaco (en forma de crema o tabletas) experimentó durante cuatro años la mejoría. Sin embargo, disponer de suficiente flumacenil para el tra- tamiento de un gran número de pacientes con hipersomnia se antoja complicado, ya que todas las reservas de dicho fármaco disponibles en Estados Unidos solo permitirían tratar a cuatro hipersomnes para mantenerles en alerta toda la jornada, un día tras otro. A pesar de ese obstáculo, el equipo de Emory ha empezado a indagar la posibilidad de utilizar el medicamento u otro similar para aliviar a quienes viven en una eterna sedación. —Andrea Anderson
área activa en la sensación de dolor, sea cual sea su origen o naturaleza. Se aplicaron los impulsos magnéticos
a la CCA de probandos sanos durante 30
minutos. Tras ello, se les pidió que descri- bieran minuto a minuto las sensaciones dolorosas que les producía una placa ca- liente que se les aplicaba en el brazo mien- tras se les examinaba la actividad cerebral
a través de la tomografía por emisión de
positrones (TEP). Según los resultados, los sujetos valoraron que la sensación de do- lor había descendido en un 80 por ciento después de que se les aplicara la EMTr; el escáner TEP reveló asimismo una activi- dad menos acusada en la CCA. En un segundo ensayo, los investiga- dores evaluaron el tratamiento en indivi- duos afectados de fibromialgia, patología que provoca dolor y lasitud por todo el
cuerpo. Los pacientes recibieron cada día una dosis de impulsos magnéticos a lo largo de cuatro semanas. Los sujetos con- firmaron que la sensación de molestias diarias se había reducido en torno a la mi- tad. Al finalizar el tratamiento, el alivio perduró unas cuatro semanas. El estudio, presentado el pasado octu- bre en un congreso de la estadounidense Sociedad de Neurociencia, en Nueva Or- leáns, revela las posibilidades que ofre- ce la EMTr para tratar diversos tipos de dolor. La aplicación de la técnica ha ido en constante aumento desde 2008, tras la aprobación por parte la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés) para el tratamiento de depresiones graves. «Cada vez más psiquiatras la están in- cluyendo en su repertorio terapéutico»,
asegura Yeomans. En su opinión, esta téc- nica no invasiva influye en el dolor sin que se introduzcan nuevas moléculas en el organismo, por lo que es posible que dentro de poco alivie a los enfermos para los que un tratamiento medicamentoso resulta inocuo o incluso inexistente. —Stephani Sutherland
FOTOLIA / VOLFF (cacao); ISTOCKPHOTO / CHRIS DASCHER (cromosomas)
La ingesta elevada de flavanoles, compuestos abundantes en las habas de cacao, podría beneficiar la capacidad retentiva de las personas mayores
L a noticia que quizás ansiaba todo buen amante del chocolate: el cacao
crudo rebosa de compuestos reconsti- tuyentes para el cerebro. Investigado- res de la Universidad de L’Aquila, junto con científicos del fabricante mundial de alimentos Mars, Inc. y otros colabo- radores, confirmaron en septiembre del año pasado que la función cognitiva de las personas mayores mejoraba con la ingesta de dosis elevadas de flavanoles, compuestos naturales que abundan en el cacao. Para su estudio enrolaron a 90 proban- dos con mermas cognitivas leves, sínto- ma que suele preceder a la enfermedad de Alzheimer. Según observaron, los partici- pantes que bebieron a diario durante ocho semanas un brebaje a base de cacao que contenía flavanoles en dosis moderadas o elevadas demostraron funciones cogniti- vas superiores que los que consumieron solo dosis pequeñas. Se sometió a todos
Otras investigaciones sugieren que di- cho compuesto facilita el aumento del flujo de la sangre y el crecimiento de vasos sanguíneos, lo que explicaría el aumento de la capacidad cognitiva: una mejor circulación sanguínea aporta más oxígeno al cerebro, por lo que favorece sus funciones. En ensayos con animales se ha demos- trado que la (-)-epicatequina pura refuer- za la memoria. En octubre, el Journal of Experimental Biology publicó investiga- ciones sobre la capacidad de los caracoles de recordar durante más de un día una tarea previamente aprendida (retener la respiración en agua desoxigenada, por ejemplo) si se les había administrado previamente (-)-epicatequina. Por el con- trario, si no recibían el susodicho flava- nol, no conseguían retener la información más de tres horas seguidas. En un estudio anterior, Fred Gage, del Instituto Salk, y sus colegas descubrieron que la (-)-epicatequina mejoraba la memo- ria espacial y aumentaba la vasculariza- ción en ratones. «Resulta asombroso que una sola modificación en la dieta pueda inducir efectos tan profundos sobre el comportamiento», asegura Gage. Si ul-
los participantes a pruebas de fluidez ver- bal, atención y agudeza visual. Por ahora se ignora la forma exacta en la que el cacao suscita tales cambios cognitivos, aunque las investigaciones en curso apuntan a un flavanol en con- creto: la (-)-epicatequina (léase «menos- epicatequina»). El nombre se refiere a su estructura, diferenciándola de otras ca- tequinas (moléculas orgánicas presentes en el cacao, así como en las manzanas, el vino y el té).
El estrés acorta los telómeros
El dolor crónico y la ansiedad pueden provocar un deterioro prematuro del ADN
P or lo común, cuando pen- samos en el ADN que com-
pone nuestros cromosomas, solemos centrarnos en los ge- nes. Mas, en el extremo de cada uno de los cromosomas del or- ganismo humano se encuen- tran largas cadenas de ADN repetitivo, los telómeros, que actúan a modo de capuchón protector. Al envejecer, estas regiones de ADN no codificante
se van acortando. En estudios
recientes se ha observado que el dolor crónico y la ansiedad fóbica se encuentran en corre- lación con el acortamiento de los telómeros, lo cual sugiere que quienes padecen dichos trastornos envejecen de for- ma prematura. El hallazgo también apunta hacia posibles soluciones para invertir este proceso. Los telómeros van acortán- dose de manera natural con el
paso del tiempo, ya que cada vez que una célula se divide, una porción de telómero no se replica. No obstante, la longi- tud del telómero puede sufrir reducciones a causa de factores estresantes: depresiones, trau- matismos físicos o psíquicos e incluso la obesidad. Un trabajo reciente de la Universidad Har- vard ha incluido en esa lista a la ansiedad. Según dicho artículo, publicado en PLOS ONE, las per-
sonas con elevada ansiedad fó- bica (caso del pánico incontrola- ble o la agorafobia) presentaban telómeros más cortos. En investigaciones anterio- res ya se había observado el acortamiento de los telóme- ros en diferentes patologías, entre ellas, distintos tipos de cáncer, cardiopatías corona- rias, hipertensión, diabetes y artritis. Los telómeros, pues, revelan la exposición al estrés
teriores investigaciones confirmasen los beneficios cognitivos de este compuesto, el médico podría recetar suplementos de flavanol (o, directamente, las habas cru- das de cacao) en un futuro. Entonces, ¿es recomendable abusar del chocolate? Lo sentimos, pero no. Tanto en el origen como durante el procesa- do, el almacenamiento y la preparación de un alimento pueden, sea de manera conjunta o por separado, alterar su com- posición química. Resulta casi imposible predecir qué flavanoles y en qué cantidad
subsisten en un bombón o una taza de té. Incluso en la manipulación del cho- colate negro, proclamado como opción «saludable», puede que el cacao se haya oscurecido y se hayan eliminado con ello los flavanoles. Apenas se están comenzando a es- tablecer normas para la medición del contenido en flavanol del chocolate. Una chocolatina en forma de barrita, de unos 40 gramos, podría contener unos 50 mi- ligramos de flavanol, cantidad que im- plicaría consumir entre 10 y 20 barritas
diarias para aproximarse a las dosis que
se utilizaron en el estudio de la Universi- dad de L’Aquila. Los azúcares y las grasas que contiene tal número de chocolatinas anularía con mucho sus posibles benefi- cios cerebrales. Catherine Kwik-Uribe, nu- tricionista y toxicóloga de Mars Botanical
y una de las autoras del estudio, opina:
«Ahora tenemos más motivos para dis-
frutar del té, las manzanas y el chocolate. No obstante, las claves de toda dieta son
la variedad y la diversidad». —Daisy Yuhas
Flavonoides: componentes químicos procedentes de las plantas
Numerosos de ellos parecen poseer efectos antioxidantes y anticancerígenos
Flavonoles Frutas y verduras Reducen el riesgo de cáncer
Quercetina Reduce la presión sanguínea en caso de hipertensión y obesidad
Kaempferol Inhibe las enfermedades del corazón, la médula espinal y el cerebro
Flavonas Hierbas y fruta Efectos antiinflamatorios y antialérgicos
Luteolina Efectos antialérgicos; contrarresta algunas alteraciones de la osteoporosis
Efectos anti-
Tangeretina Protege las neuronas del deterioro por parkinson
Flavononas Frutas cítricas Reducen el riesgo de cáncer y apoplejía
Antocianidinas Frutas azules, rojas y púrpuras Bloquean el deterioro oxidativo; combaten alteraciones de la insulina
Bloquea ciertos
tóxicos para
Flavanoles Vino, té, cacao, frutas, habas. Aumentan la vasculatura y la circulación sanguínea
Delfinidina Inhibe la propagación de ciertas células cancerosas
(+)-catequina Previene las úlceras por estrés
Cianidina Ayuda a prevenir la diabetes y la obesidad
acumulada por un individuo y su capacidad para superar ese estado. Es decir, proporcionan una medida de la edad biológi- ca, más que de la cronológica. En opinión de Afton Hassett, investigadora principal del Centro de Investigación del Dolor y la Fatiga Crónica de la Universidad de Michigan: «El acortamiento acelerado de los telómeros puede indicar vul- nerabilidad a las enfermedades, al envejecimiento prematuro, e incluso la muerte». Según un estudio publicado en octubre de 2012 en el Jour- nal of Pain, y del que Hassett es
coautora, los grados más eleva- dos de dolor crónico en mujeres con fibromialgia se hallaban en estrecha correlación con telómeros de poca longitud. Además, las participantes con telómeros más cortos acusaban mayor sensibilidad al dolor y menor volumen de materia gris en las áreas cerebrales que procesan el dolor. Las pacientes de fibromialgia con fuertes sen- saciones de dolor y depresión presentaban telómeros que pa- recían ser unos seis años más viejos que los de las pacientes con menos síntomas de dolor o de trastorno depresivo.
Se ignora si el estrés que su- pone vivir con dolor crónico es la causa del acortamiento de los telómeros, o si la reducción de estos últimos, provocado por otros motivos, ha aumentado la sensibilidad de las participan- tes al dolor. «Tenemos la impre- sión de que, probablemente, se dan ambas posibilidades», ex- plica Hassett. «En uno u otro caso, nuestros hallazgos llevan a conjeturar que el dolor cróni- co es un trastorno más grave de lo que a menudo se supone, y que sus consecuencias se ex- tienden hasta la salud y la lon- gevidad».
Felizmente, los hallazgos de otros numerosos estudios su- gieren formas para prevenir o reducir el acortamiento pre- maturo de los telómeros. Entre ellas, evitar el estrés crónico y el agotamiento laboral, llevar una alimentación más saludable (según un estudio de diciembre de 2012, la dieta mediterránea es preventiva), reducir al mínimo la exposición a la contaminación atmosférica, practicar ejercicio con regularidad, moderar el consumo de alcohol y afrontar las situaciones estresantes como retos, no como amenazas. —Tori Rodríguez
L a risa es propia del hombre.» La frase
pertenece a Henri Bergson (1859-1941),
premio nóbel de Literatura en 1927
y autor, entre otras obras, de La risa
(1899). En cierto modo, el autor tiene
razón. Aunque se ha demostrado que otros ani- males (en especial los bonobos) exhiben una acti-
vidad parecida a la risa humana, el reírse consiste, desde un punto de vista social, en un rasgo de nuestra especie. Sin duda, el hombre es el primate más social, y el que más se ríe. Parece que la fun- ción principal de esta respuesta biológica reside en consolidar los lazos en el seno del grupo. Los experimentos científicos confirman cada vez más esta concepción. Ya que la salud del grupo, por
lo general, equivale a la de sus miembros, poco a
poco se va desentrañando que la risa resulta be-
neficiosa para el organismo, para superar el estrés
y las enfermedades. ¿Cuáles son sus beneficios para el individuo? ¿Y para el grupo?
Cimiento social
Todos hemos experimentado el irresistible con- tagio de un ataque de risa. Algunos psicólogos y neurocientíficos, entre ellos Robert Provine, de
DREAMSTIME / JASON STITT
La risa favorece la estabilidad de la pareja y ayuda a superar el estrés y las enfermedades asociadas.
la Universidad de Maryland, o Christian Hem- pelmann, experto en lingüística computacional, han descrito incluso «epidemias de risa». La más espectacular afectó a dos pueblos de la antigua Tanganica y de Uganda en la década de los sesenta del siglo xx . Según cuenta Provine, en una escuela fronteriza de misioneros de Tanzania, tres alum- nas comenzaron a reírse a la vez. Sus carcajadas contagiaron rápidamente a 95 de las 159 estudian- tes presentes. Cuando las escolares regresaron a Nshamba, pueblo en el que vivían, «infectaron» su acceso de risa a 217 de los 10.000 habitantes del lugar, sobre todo entre los adultos. Otro foco de risa estalló en la escuela del pueblo vecino de Kan- yangereka. Tampoco tardó en extenderse entre las madres y los parientes cercanos de los alumnos. En total, la epidemia afectó a alrededor de 1000 personas entre Tanzania y Uganda. Hoy empezamos a entender los factores que confieren a la risa la dimensión de contagio irre- sistible. Probablemente se trate de fenómenos de empatía bastante básicos en los que intervienen las neuronas espejo. El psicólogo Leonhard Schil- bach, de la Universidad de Colonia, demostró que cuando una persona comienza a reírse suscita, en
1 La risa une a las perso-
nas, sea en la familia, en
el trabajo o en la sociedad.
Esta cualidad la convierte en una herramienta de cohe- sión de grupo cada vez más investigada.
2 La salud física también se beneficia de ella: el
hecho de reír mejora los sistemas cardiovascular e
inmunitario, la evolución de
diabetes y la tolerancia
3 Asimismo favorece la estabilidad en la pareja
y los encuentros amorosos:
nada como un espectáculo humorístico para hacer que surja un idilio.
Reír es una forma de aprobación social
quienes la observan, una actividad de las neuro- nas implicadas en la contracción de los múscu- los cigomáticos (involucrados en la risa), incluso cuando dichos observadores no se ríen. Así pues, se produce una preactivación de la actividad neu-
rológica ligada a la risa por simple observación. En cierto modo, el ser humano parece «programado» para reírse, sobre todo, en situaciones sociales o comunitarias. En el día a día, acontecen múltiples aplicaciones de esa respuesta biológica. Es el caso de las risas artificiales o enlatadas que ambientan las come- dias de la televisión. El simple hecho de escuchar risas de fondo activa un mecanismo empático que
facilita que el telespectador se una al regocijo. Este
fenómeno llamó la atención a Robert Cialdini, de la Universidad de Texas, uno de los psicólogos con más renombre en el campo de la persuasión. Cialdini demostró que los programas de humor,
fuesen visuales o auditivos, aderezados con risas artificiales suscitaban la misma conducta incluso si quien las escuchaba no estuviera viendo a un público riéndose. Durante largo tiempo, Cialdini investigó los mecanismos de la formación de opiniones. Llegó
a la conclusión de que las personas tienden a juz-
gar si un episodio resulta divertido en función de que otros lo encuentren o no hilarante. Se trata de la aprobación social, un principio que designa el hecho de que forjamos nuestras opiniones y actitudes según las de la mayoría más cercana. En pocas palabras, Cialdini considera la risa como una forma de aprobación social. Si la gente se ríe, señal de que el asunto es divertido y, como es di- vertido, me río. Esas consideraciones plantean otra cuestión:
¿qué ventaja evolutiva aporta la risa? Al tratarse de una característica humana universal, nos re- mite al funcionamiento social de Homo sapiens. Hace decenas de miles de años, el hecho de reírse habría fomentado las buenas relaciones dentro del grupo, además de favorecer la integración de extraños en la comunidad. La risa reviste una dimensión de intercambio social que se observa desde la más temprana edad. Antony Chapman, de la Universidad de Cardiff, reveló que los niños de siete años que escuchan extractos sonoros de emisiones humorísticas se ríen más cuando se encuentran en compañía de otro de su edad que cuando escuchan la grabación
a solas. Para Chapman, la risa constituye la prime-
ra actividad compartida de la especie humana. En la época en la que el lenguaje oral todavía no formaba parte del bagaje humano, los individuos tuvieron que idear comportamientos no verbales para comunicar la voluntad de intercambio amis- toso con el grupo. La risa habría desempeñado tal función. Un cometido de esa relevancia social que ha pervivido hasta nuestros días y que ha arraigado de tal manera en nuestras sociedades actuales que solemos apreciar de forma inmediata
a las personas que se ríen de buena gana. Stephen Reysen, de la Universidad de Kansas, mostró a unos probandos un vídeo en el que unos jóvenes actores de teatro leían un texto, unas veces riéndose, otras con semblante neutro. Los sujetos sabían que la risa de los intérpretes era falsa, no obstante valoraban mejor al actor si
este se reía; también se sentían más cercanos a él. Por ese motivo, Reysen ve en la risa una especie de imán social que empuja de modo irresistible
a las personas a apreciar a quien se ríe. Hasta
tal punto que ciertos miembros del grupo, sobre
todo los líderes, intentan provocar esa respuesta
a aquellos individuos que tienen la risa fácil y
contagiosa como estrategia para reforzar la uni- dad grupal. Sabemos que, por lo general, la salud de las relaciones sociales resulta beneficiosa para el bienestar del cuerpo. ¿Se podría inferir, por tan- to, que el hecho de reírse contribuye a mantener unas arterias en buen estado? Lo que sí parece
cierto es que fortalece la capacidad de resistencia
a las patologías infecciosas, ya que la susodicha acción estimula el sistema inmunitario. Herbert Lefcourt y sus colaboradores de la Universidad de Waterloo midieron las cantidades de algunas inmunoglobulinas (anticuerpos que intervienen en la reacción inmunitaria) que segregaban los
televidentes que veían escenas cómicas populares.
A continuación compararon los resultados con los
niveles de los mismos anticuerpos en individuos
a los que no se presentó tal estímulo. Concluyeron
que una exposición de diez minutos a los mensa- jes cómicos entrañaba un aumento de la secreción de inmunoglobulinas.
La risa estimula, además, otros componentes inmunitarios: los linfocitos NK (células asesinas naturales) o el interferón gamma. Dicho de ma- nera práctica, una persona a la que le guste reír e
DREAMSTIME / ANDRES RODRIGUEZ
Herramienta para la seducción
¿Por qué motivo se considera a la risa un arma de seducción? Se supone que el humor constituye una cualidad que las mujeres buscan en los hombres, puesto que refleja sus capacidades in- telectuales y sociales. Pero también cabe la posibilidad de que a las mujeres les agrade la risa por sus efectos beneficiosos, razón por la que aprecian en especial a aquellos varones que se ríen a menudo. Nuestro equipo se puso manos a la obra para conocer la respuesta. Dispusimos a dos jóvenes solteras en una sala de espera en la que se escuchaban grabaciones radiofónicas. Estas podían ser humorísticas o bien de extractos de programas culturales (sobre teatro o ciencia). A veces la radio permanecía apagada. A través de una cámara oculta observamos que el compor- tamiento de las voluntarias variaba según el contenido de las grabaciones sonoras. Si las jóvenes escuchaban emisiones cómi- cas, dejaban de desarrollar actividades «paralelas» (consultar su teléfono móvil, por ejemplo) y disfrutaban del momento con una sonrisa en los labios. La segunda parte del experimento consistió en invitar a cada una de las participantes a acudir a una habitación contigua en la que se encontraba un joven. Entre los dos, el chico y la voluntaria, debían hojear revistas y valorar la calidad de los anuncios publi- citarios (análisis del mensaje, del grafismo, etcétera), tarea que servía de pretexto para que estuvieran juntos e interactuaran. Unos minutos después, el varón, que en realidad era un miembro del equipo, le pedía el número de teléfono a su compañera de actividades. Constatamos que las chicas se mostraban más dispuestas a dar su número de teléfono si, previamente, habían escuchado los pro- gramas de humor. En cambio, mantenían una actitud menos receptiva a la petición del joven si antes habían escuchado contenidos culturales o científicos. Ello hace pensar que la risa favorece los encuentros amorosos. No obstante, hay que tener en cuenta que en este caso la capaci- dad de atracción no se debe a las dotes para bromear del varón, puesto que las volunta- rias conocieron al supuesto pretendiente después de haber reído un rato. Aunque sí permite dar un consejo a los seductores novatos: invitad a las futuras conquistas a espectáculos humorísticos. Numerosos experimentos corroboran esta idea. Myra Angel, de la Universidad Vander-
más rápidamente la decisión de convivir o casarse con su pare- ja. Por su parte, Robert McBrien, de la Universidad de Salisbury en Maryland y terapeuta de parejas, aconseja a los varones con escaso sentido del humor que le propongan a su compañera ir a ver películas, comedias teatrales o espectáculos cómicos con el
objetivo de hacerla reír. El efecto no se aplica solo a las mujeres:
este mismo investigador ha averiguado en sus años de consulta que las parejas que ríen durante sus salidas nocturnas tienen re- laciones sexuales la misma noche y en los días sucesivos más que
a lo largo del tiempo restante. ¿La razón? Reírse con frecuencia crea un estado psicológico de bienestar que ayuda a mantener los sentimientos hacia la pareja.
El simple hecho de recordar momentos en los que nos ha dado
risa bastaría para obtener un efecto positivo. Doris Bazzini, de
Universidad de New Conneticut, constató que cuando incitaba
las parejas a que recordaran ataques de risa o experiencias muy
divertidas que habían vivido juntos, valoraban más las cualidades de su consorte. En cambio, al rememorar otros momentos agra- dables, como viajes estupendos o buenas comidas, el efecto no resultó igual. De hecho, la risa marca la diferencia porque al bienestar que procuran otras sensaciones placenteras se le añade ese carácter de cimiento de la relación social, un gesto de empatía que, a lo largo del tiempo, ha dejado su rastro en la especie humana.
bilt en Tennessee, ha observado que las mujeres que se ríen con frecuencia toman
La risa favorece los encuentros amorosos y el bienestar psicológico y sexual de la pareja.
Mitigar los trastornos psicológicos
Un estudio de Marc Gelkopf, de la Universidad de Haifa, subraya que la riso- terapia puede aliviar los trastornos de la psique. Según refleja en la revisión de investigaciones piloto en relación a los beneficios curativos de la risa, el tratamiento a base de reír resulta efectivo en caso de depresión, fobia, ansie- dad y compulsión. Con todo, resulta relevante no incurrir en ningún momento en una burla del trastorno en cuestión. Por el contrario, debe anteponerse la reinterpretación positiva por parte del paciente ante la propia situación o de los estímulos temidos. De todos modos, falta aumentar la investigación en torno a la multitud de enfoques apenas estandarizados .
[«The use of humor in serious mental illness: a review», por M. Gelkopf en Evidence-based com- plementary and alternative medicine, vol. 2011, ID del artículo: 342837, 8 páginas, 2011]
invierta mucho tiempo en ello estará más prote- gida contra gripes, resfriados y anginas. También parece ser un buen tratamiento para el dolor. Deborah Hudak y sus colaboradores de la Universidad Allegheny averiguaron que las personas se muestran menos sensibles al efecto doloroso de una descarga eléctrica si antes han visto una divertida comedia. Así, estos probandos se quejaron menos de dolor cuando recibían las descargas que los sujetos que habían visionado documentales, es decir, contenidos que no origi-
LECHE MÁS SANA
Las madres que se ríen suelen producir una leche que pre- viene a los bebés contra las alergias. También favorece un sueño reparador.
FOTOLIA / CHESTERF
nan ninguna actividad zigomática. Las secuencias de humor permitían a los sujetos soportar sacu- didas mucho más fuertes. Resultados similares se han obtenido en rela- ción a la resistencia al daño infligido por unos pellizcos o el contacto con objetos muy calientes o fríos en distintas partes del cuerpo. A ojos de los neurocientíficos, ello confirma los efectos analgé- sicos de la risa, ya que convierte al dolor en menos perceptible. Las personas que se ríen producen endorfinas (sustancias análogas a la morfina pro- ducidas de forma natural por el organismo y que poseen propiedades analgésicas). Asimismo, la risa propicia efectos positivos en las funciones cardiovasculares y los estados de estrés. Sabina White y Phame Camarena, ambos de la Universidad de California en Santa Bárbara, descubrieron que las secuencias de humor redu- cían el ritmo cardiaco y bajaban la presión arterial de los sujetos que se rieron durante la filmación. ¿Cómo es posible? En primer lugar, la risa actúa sobre la percep- ción del estrés, ya que produce un sentimiento de bienestar y de descanso. Ello propicia a su vez efectos positivos en el sistema cardiovascu- lar mediante la reducción de la adrenalina o el cortisol (hormonas asociadas al estrés). Lefcourt constató que reír resultaba beneficio- so incluso cuando los sujetos debían cumplir ta- reas ingratas o estresantes (cálculos mentales en tiempo limitado, por ejemplo). De hecho, esa ca- pacidad para eliminar el estrés no resulta nove- dosa: en situación de tensión extrema, la risa pue- de surgir como un exutorio, sin que entendamos necesariamente por qué. Es probable que exista un cierto rédito médico en la risa, incluso se sos- pecha que tales efectos hagan intervenir mecanis- mos que regulan la expresión de los genes. En esta línea, los biólogos Takashi Hayashi y Kazuo Murakami, de la Universidad de Tsuku- ba, proyectaron para un público de hombres y mujeres con una media de edad de 62 años y que padecían diabetes de tipo 2, una serie de esce- nas cómicas conocidas y apreciadas por los te- lespectadores japoneses. Se tomó una muestra de sangre de los sujetos antes, inmediatamente después y noventa minutos tras la proyección. Los pacientes secretaron menos prorrenina (pro- teína que interviene en las patologías renales y vasculares propias de los diabéticos de tipo 2). Al parecer, la normalización de su estado se debió
DREAMSTIME / PETER ZUREK
al mejor funcionamiento de los receptores de la prorrenina, los cuales favorecen su degradación. Con todo, todavía no se han explorado los múl- tiples efectos de la risa en el organismo. Aún se ignora hasta dónde llega esta panoplia de efectos beneficiosos. Mas una cosa parece clara: reírse solo conlleva ventajas.
Leche de madres risueñas
¿Y los bebés? ¿Se portan mejor cuando la madre se ríe a menudo? Hajime Kimata, médico del hospital Moriguchi-Keijinkai de Osaka, mostró diversas películas a un grupo de madres jóvenes que amamantaban a sus hijos de entre cinco y seis meses. Algunas participantes asistieron a la proyección de la película Tiempos modernos, de Charlie Chaplin; otras vieron extractos de docu- mentales o de partes meteorológicos. Los hijos de todas las participantes sufrían de eczema in- fantil a causa de su alergia al látex y a los ácaros. Al cabo de cada sesión visual, los investigadores midieron la concentración de melatonina (hor- mona implicada en la regulación de los ciclos de sueño y vigilia y que favorece el sueño) en la leche materna. Los análisis revelaron un aumento de la secreción de melatonina, empero solo en las voluntarias que habían visto el largometraje de Chaplin. Del mismo modo, los niños se mostraron menos sensibles a los ácaros y al látex y presenta- ban menos problemas cutáneos tras una toma de leche materna si su madre se había reído durante
un rato. ¿Qué relación existe entre la melatonina y el eczema infantil? Se conoce que dicha patología dermatológica perturba el ciclo del sueño de los niños, por lo que la melatonina presente en mayor cantidad en la leche de las progenitoras risueñas favorecería el dormir de los pequeños. No obstan- te, se desconocen los mecanismos concretos que conllevan una disminución de la alergia. En definitiva, todos los resultados expuestos apuntan a que la risa ejerce un impacto real y positivo sobre el organismo. No es por casualidad que hoy en día numerosos profesionales e inves- tigadores de la salud recomienden tomarse la risa muy en serio e incluirla en la formación médica a través de la capacitación para reír (mediante sesio- nes de risa colectiva o trabajo cognitivo para un cambio de la estructura mental, entre otros mé- todos) [véase «Risa terapéutica», por Steve Ayan; Mente y cerebro n. o 36, mayo de 2009]. Incluso, cada vez más, el reír está presente en los hospi- tales: voluntarios disfrazados de payaso, fiestas o representaciones cómicas, etcétera. Poco a poco, la risa gana sus cartas de hidalguía:
pasa del estatus de simple entretenimiento al de terapia con efectos orgánicos observables.
Nicolas Guéguen es profesor e investi- gador de psicología social de la Univer- sidad de Bretaña Sur. Dirige el grupo de investigación en ciencias de la informa- ción y la cognición en Vannes.
La risa ayuda a soportar mejor el dolor. Cada vez más los médicos recomiendan que se trabaje el humor en los hos- pitales.
Humor, laughter, and physi- cal health: Methodological
issues and research findings.
R. Martin en Psychological
Bulletin, vol. 127, n. o 4, págs. 504 -519, 2001.
Laughter: A scientific inves- tigation. R. Provine. Penguin Press, 2001.
The effects of laughter on post-prandial glucose levels and gene expression in type 2
diabetic patients. T. Hayashi y
K. Murakami en Life Sciences,
vol. 85, págs. 185 -187, 2009.
Homo sapiens conquistó casi todas las regiones climáticas de la Tierra. Sin embargo, su verdadera historia de éxito comenzó cuando se convirtió en sedentario. Al parecer, el sentido social determinó más el devenir de la especie humana que su inteligencia abstracta
I maginemos por unos momentos que nos
embarcamos en una máquina del tiempo
para viajar medio millón de años en el pasa-
do, hasta la época de nuestros antecesores
en la sabana del este de África. Hemos lle-
gado. ¿Qué nos encontramos? La fauna se asemeja
a la actual: ñus, gacelas, jirafas y otros animales ungulados se desplazan por llanuras cubiertas de hierba; asimismo, leones, guepardos y demás depredadores andan en busca de una presa. Tam- bién nos topamos con una pequeña comunidad de homínidos Homo erectus. Esos hábiles bípedos recolectan frutos, plantas
y raíces comestibles. Cazan en grupo y desarrollan
complejas estrategias con el fin de hacerse con su presa. Quizá se comunican entre ellos con una len- gua rudimentaria. Se comportan como una horda de cazadores con una capacidad inusual, al menos en comparación con el resto de los seres vivos, ya que resisten sin dificultad las altas temperaturas diur-
nas. Sus pies se adaptan a la marcha y a la carrera veloz. Con precisión escogen los animales adultos sanos que prometen ofrecer carne en abundancia. Separan estos ejemplares de la manada, los persi-
guen y les arrojan piedras y lanzas con gran fuerza
y buena puntería hasta matarlos. Por otra parte, se
defienden de hienas, buitres y leones, alejándose de su presencia mientras cortan el suculento trofeo. Gracias a sus facultades físicas y mentales, Homo erectus ocupó un nicho ecológico libre has- ta entonces: se extendió por toda África, Europa y Asia. No obstante, ese nicho no se mantuvo esta- ble, puesto que durante los últimos cinco millones de años se alternaron períodos súbitos de frío y calor. El clima de una región podía cambiar de
forma repentina en el transcurso de solo unas
AG. FOCUS / SPL / MSF / KENNIS UND KENNIS
En la Edad de Piedra, los homínidos convivían en grandes unidades sociales. Cada uno de los miembros desempeñaba sus tareas y roles.
AG. FOCUS / SPL / JOHN READER
El efecto «nosotros»
1 La inteligencia humana se interpreta como una
ventaja selectiva propia de Homo sapiens.
2 No obstante, es proba- ble que la inclinación a
relacionarse y a organizarse en grupos influyera en ma- yor medida en la evolución de los humanos que la inteli- gencia abstracta.
3 El inteligente hombre de Neandertal desapareció
del mapa, en cambio Homo sapiens corrió una suerte bien distinta: se convirtió en sedentario y se multiplicó de manera exitosa.
pocas décadas. En el punto álgido de los períodos preglaciares llovía en África más que hoy en día;
en la región de la actual sabana del África oriental crecían densas selvas. Al mismo tiempo, el Sáhara
y el desierto arábigo se convertían en extensos
herbazales. Solo aquellos organismos que sabían adaptarse o bien evitar las condiciones adversas tenían la oportunidad de sobrevivir.
Nicho ecológico novedoso
Wolfgang Behringer, de la Universidad de Sarre, como otros investigadores, atribuye a esa presión
de selección el factor decisivo para el desarrollo de
la inteligencia humana. El rápido cambio climá-
tico favoreció a los homínidos, que se supieron adaptar con rapidez a las nuevas condiciones gracias a unas capacidades cognitivas adecuadas. Seguramente Homo erectus fue uno de ellos. In- teligente y nómada, transformaba su modo de vida si era necesario o, por el contrario, escapaba de situaciones poco favorables, como el cambio climático. No obstante, el hecho de expandirse por gran parte de Asia y Europa tampoco debe considerarse de por sí un signo de éxito evolutivo,
más bien una consecuencia de las transformacio- nes bruscas de las condiciones de vida. En cualquier caso, el tamaño del cerebro de los homínidos experimentó un continuo crecimien- to: del volumen craneal medio de 800 mililitros que presentaba el primitivo Homo erectus, el de los ejemplares tardíos llegó a alrededor de 1200 mililitros (el de Homo sapiens abarca unos 1350). Cabría conjeturar, pues, que Homo erectus ganó en inteligencia en el transcurso de su evolución. También el cerebro de Homo sapiens, cuya ana- tomía se asemejaba a la de los humanos moder- nos, continuó aumentando, y lo mismo ocurrió con los neandertales. De hecho, estos últimos, con unos 1600 mililitros de volumen, poseían un ce- rebro mayor que el del hombre actual. ¿Qué tipo de presión evolutiva puede propiciar tal efecto? Homo erectus se las arregló sin problemas con su limitada inteligencia. Incluso sobrevivió a varios períodos de temperaturas preglaciares. Por otra parte, cabe subrayar que la especie humana em- plea las capacidades matemáticas y literarias de su encéfalo de manera profusa solo desde hace unos 4000 años; antes eran baldías.
Numerosos «humanos erguidos»
En 1891 , el antropólogo Eugène Dubois (1858-1940) descubrió en la isla de Java un fragmento de cráneo de alrededor un millón de años de antigüedad. Bautizó su hallazgo con el nombre de Pithe- canthropus erectus («hombre-mono erguido»). Desde entonces, nadie pone en duda que el hombre de Java pertenezca al género Homo. Puesto que numerosos hallazgos a nivel mundial se asemejan al descubrimiento de Dubois, hace tiempo que predomina la opinión de que Homo erectus, como se denomina hoy a la especie, conquistó Asia y Europa llegado desde África. Sin embargo, algunos investigadores no comparten esa opinión, por lo que reivindican que el tér- mino Homo erectus se aplique solo a los homínidos del Extremo Oriente. De ahí que se empleen otras designaciones: Homo ergaster para referirse a la versión africana; Homo heidelbergensis en relación a otros hallazgos en Europa Occidental, y Homo georgicus, para los ancestros humanos del Cáucaso. [véase «Homínidos contemporáneos», por I. Tarttersall; Investigación y Ciencia, marzo de 2000]. Es probable que coexistieran diversas especies o subespecies de homínidos a lo largo del tiempo. El nombre que debe recibir cada una de ellas es una cuestión de opinión.
UN TIPO NOTABLE
En 1891, Eugène Dubois desenterró una bóve- da craneal humana (imagen) en las cercanías de Trinil, una población de la isla de Java. El hallazgo («Trinil 2») pasó a la historia de la paleoantropología como el ejemplar tipo para la especie Homo erectus.
El naturalista Alfred Russell Wallace (1823-1913),
quien en el siglo xix dio a conocer la teoría de la evolución junto con Charles Darwin (1809-1882), tampoco supo explicar el incremento de la masa encefálica de forma convincente: «Un cerebro
suficiente para el limitado desarrollo mental del salvaje; por ello debemos admitir que el cerebro de grandes dimensiones que poseía en realidad no pudo desarrollarse jamás solo con motivo de una de las leyes de la evolución». En la actualidad, ningún científico se inclina por esa conclusión. No obstante, el mecanismo evolutivo que ha empujado a nuestro cerebro a tan alto rendimiento resulta todavía controver- tido. Varios investigadores, entre ellos Steven Pinker, de la Universidad Harvard, suponen que los antepasados del hombre moderno debieron encontrar y ocupar en el transcurso de la evolu- ción un nicho ecológico novedoso, el nicho cog- nitivo. Pinker describió en 2010 tres grupos de capacidades humanas, las cuales se refuerzan de forma recíproca:
algo más grande que el del gorila [
1. La invención y utilización de herramientas
especializadas. Esta capacidad requiere un control
flexible de las manos, así como una precisa coordi- nación espacial y temporal entre el ojo y la mano.
2. Una cooperación de confianza con los con-
géneres más próximos, pero también con los no emparentados, para la caza, la crianza conjunta
de los niños, la repartición del botín, la lucha o el comercio con otros grupos. Ello comporta un sentido de la justicia muy desarrollado, una com- prensión mutua y la capacidad de ponerse en el lugar de otro.
3. Un lenguaje con una gramática elaborada.
Solo así pueden transmitirse con sentido los más dispares conceptos —casi en cualquier contexto y combinación— a otras personas. Ese tercer y último punto resulta decisivo, opi- na Pinker. Solo el lenguaje posibilita una comu- nicación diferenciada. Sin ese medio para co- municarse es imposible lograr una cooperación sistemática. Además, la transmisión de la habili- dad de fabricar herramientas complejas o armas sería poco menos que impensable sin lenguaje. De esta manera, una mutación que capacitara a los individuos de una población para controlar con mayor precisión sus manos y dedos les permiti- ría desarrollar unas herramientas mejores y más refinadas; ello incrementaría la presión evolutiva
para unas capacidades lingüísticas más sofistica- das, con lo que los nuevos procesos de fabricación se transmitirían de generación en generación. Sin olvidar que toda esa cadena de procesos exigiría una longevidad y una infancia más extensas en el tiempo, de manera que permitieran aprender y transmitir tanto el lenguaje complejo como las nuevas habilidades manuales. Este recorrido cir- cular describe, según Pinker, la manera en que nuestros antepasados desarrollaron sus capaci- dades cognitivas y sociales hasta alcanzar el ni- vel de Homo sapiens. El concepto que describe este investigador pare- ce sencillo y asequible, mas no por ello se antoja indiscutible. Uno de sus críticos, el antropólogo Robert Boyd, de la Universidad de California en Los Ángeles, argumentó en 2011 que en las cultu- ras primitivas actuales existe cierta distribución del trabajo porque carecen de alguien capaz de dominar por sí solo todas las técnicas transmi- tidas a través de la cultura. En opinión de Boyd, la singular capacidad de aprender de los demás explicaría el éxito de la especie humana en las más diversas regiones y zonas climáticas, ya que permitió el establecimiento, la preservación y la ampliación del conocimiento a lo largo de las ge- neraciones. Puesto que las habilidades cognitivas de un único sujeto no bastan para alcanzar tales logros ni por asomo, debería hablarse de un nicho cultural en lugar de cognitivo, subraya. Los humanos muestran una inclinación por los métodos, los comportamientos y los consejos de congéneres respetables y de alto rango, los cuales apenas cuestionan, apostilla el antropó- logo. Este aprendizaje cultural describiría, por ejemplo, por qué los ositos de goma se venden mejor si los recomienda un presentador popu- lar. Los niños más pequeños ya tienden a una «sobreimitación» que apenas se da en los chim- pancés jóvenes. Dereck Lyons, de la Universidad de Yale, y sus colaboradores observaron en 2007 que los niños reproducían incluso los movimien- tos superfluos de las manos. Imitaban los gestos de un adulto aun cuando otras acciones menos costosas pudieran llevar al mismo fin. Al parecer, los jóvenes probandos creían firmemente que debían ejecutar las acciones innecesarias. Esta conducta aparentemente innata conduce a las personas a adoptar las técnicas transmitidas por vía cultural, aunque no entiendan en absoluto sus fundamentos.
La familia de los homínidos incluye a los primates bípe- dos y también a los grandes simios antropomorfos. Presentan una morfología craneal más evolucionada.
El naturalista Carlos Linneo (1707-1778) designó como primates al orden de los mamíferos al que pertene- cen los lémures y los simios, incluyendo entre ellos a los hombres.
En biología, el término población se refiere a un grupo de individuos de la misma especie que habita un territorio determinado y que constituye una comuni- dad reproductiva.
Cuando en una población solo sobreviven unos pocos individuos, se produce (en caso de que no se extingan)
genético. Este fenómeno provoca el empobrecimiento de la diversidad genética, de manera que pueden impo- nerse a largo plazo variantes de genes que al principio solo desempeñaban un papel secundario.
HUESOS TRASCENDENTALES
Los restos hallados en 1856 en el valle de Neander (en alemán, Neandertal), en Dusseldorf, demostraron la existencia en Europa de otra especie de homínidos antes de la llegada de los humanos anatómicamente modernos:
el Homo neanderthalensis.
Disponer de sujetos capaces de transmitir métodos complejos de trabajo supuso una ventaja para las hordas primitivas
MUSEO NEANDERTAL / S. PIETREK
A comienzos de 2012, Rachel Kendal, de la
Universidad de Durham, y sus colaboradores re- velaron en qué medida las personas se diferen- cian de los primates no humanos en relación a
la transmisión de conocimientos culturales. Para
ello colocaron a niños de entre tres y cuatro años
y a chimpancés jóvenes ante la tarea de pescar
una recompensa que se encontraba disimulada en una caja repleta de piezas de rompecabezas.
Solo los participantes humanos trabajaron de for- ma cooperativa —se daban indicaciones los unos
a los otros— con el fin de lograr el objetivo. Los
investigadores atribuyeron a ese fenómeno una explicación de por qué la especie humana es capaz de construir una cultura desde las experiencias de generaciones pasadas.
Seguramente suponía una ventaja para las hor- das primitivas disponer de miembros capaces de aprender y transmitir en lo posible métodos de trabajo complejos: el modo de hacer fuego, cómo descuartizar un animal y prepararlo para que su carne resultara sabrosa o la manera de curtir la piel. Ello pudo originar una presión selectiva hacia una inteligencia superior. Cuanto mayor era un grupo, más técnicas podía transmitir. Robin Dunbar, de la Universidad de Liverpool, especuló acerca del tamaño de esas poblaciones. Propuso que los primates construyen lazos de
amistad tan estrechos como aquellos que, en el reino animal, se dan solo en las parejas reproduc- toras. El esfuerzo mental para estas relaciones de cooperación crece con el aumento del grupo. De esta manera, el tamaño máximo de una población se correlaciona con la dotación cognitiva de sus in- tegrantes. En los humanos el «número de Dunbar», como se denomina entre tanto al fenómeno, se sitúa en alrededor de 150 individuos. Para que el conocimiento cultural se expandie- ra, tuvo que acontecer, además, un intercambio fértil y pacífico entre los grupos. En 2011, el equi- po Kim Hill, de la Universidad del estado de Arizo- na, confirmó que los cazadores y los recolectores humanos, fueran de donde fueran, disponían de una estructura social única entre los primates: tan- to los hombres como las mujeres podían cambiar con facilidad de población; además, la mayoría de los miembros de un grupo no se encontraban emparentados entre sí. El movimiento poblacional facilita que surjan grandes redes personales intergrupales, las cuales permiten a su vez que el conocimiento cultural se expanda con rapidez. El sujeto que es capaz de mejorar su rango bajo tales condiciones eleva sus posibilidades de reproducción. Dicho de otro modo, quien es capaz de quitar de en medio a sus rivales de forma efectiva y de estimar las conduc- tas, los motivos y los deseos de otros miembros del grupo, adquiere ventaja.
Esa teoría, representada entre otros por Nicho- las Humphrey y Richard Byrne, recibe el nombre de inteligencia maquiavélica. Según esta, debemos las capacidades intelectuales a la inclinación de nuestros antepasados a engañarse unos a otros. En pocas palabras, el representante típico de la humanidad sería Bruto, no César. Se ha comprobado que, en la especie humana, las mujeres prefieren a los varones inteligentes (a la inversa tal efecto disminuye de forma clara). Ello da pie a otro punto de vista para la explica- ción del aumento cognitivo en los homínidos a lo largo de la evolución, a saber, la hipótesis sobre la elección de pareja. Según esta, si las féminas primitivas escogían a su compañero con similar criterio al de las mujeres actuales, habrían favo- recido, como consecuencia, el incremento de las capacidades cognitivas de la especie a lo largo de varios millones de años. Pese a que cada una de las hipótesis expuestas parece concluyente, ninguna resulta irrefutable. En el transcurso de la evolución, al menos dos espe- cies de homínidos con capacidades cognitivas con- siderables se han extinguido: Homo erectus y el H. neandertahlensis. Si añadimos a la lista al hom- bre de Denisova (especie hermana de los neander- tales descubierta en Siberia) y al hombre de Flores (especie enana de Indonesia; véase «El hombre de Flores», por K. Wong; Investigación y Ciencia, abril de 2005), la cifra ascendería incluso a cuatro. Según se desprende de los datos sobre la frecuen- cia de versiones de genes dentro del acervo genético, Homo sapiens debió experimentar, al menos en una ocasión, un cuello de botella genético. Durante esa fase evolutiva, el número de individuos vivos cayó por debajo de los 10.000. Si hace unos 50.000 años se hubiera llevado a cabo un balance provisional del éxito de las especies animales de alto desarrollo cognitivo con capacidades lingüísticas y dominio del fuego, el informe habría dispensado pocas espe- ranzas: ninguna de las especies se había reproduci- do de manera contundente, ninguna aprovechaba sus capacidades al máximo, y los neandertales y los hombres de Denisova se encontraban al borde de la extinción. ¿Qué propició el empuje decisivo a Homo sapiens?
Ventajas y desventajas evolutivas
Hace más de 40.000 o 50.000 años, un flujo ge- nético del hombre de Neandertal confirió a sus sucesores modernos la dosis mental adicional
necesaria para crear pinturas rupestres e inven- tar herramientas mejores, afirmaban Gregory Co- chran y Henry Harpending, de la Universidad de Utah, en 2009 en su libro The 10.000 year explo- sion. Un año después de esa publicación, Svante Pääbo, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, afinó dicho flujo genético con más exactitud: entre un 1 y un 4 por ciento del patrimonio genético de Homo sapiens pro- cedía del neandertal. Sin embargo, eso no suce-
dió así en todas las partes del planeta. Si bien los genes neandertales se expandieron por doquier, no alcanzaron las poblaciones africanas, en es- pecial, las del África subsahariana. Este hallazgo descartaba la idea de que el genoma del hombre de Neandertal había contribuido a la evolución del conjunto de la humanidad. Numerosos investigadores presuponen de ma- nera implícita que unas mejores capacidades men- tales comportan una ventaja evolutiva. En princi- pio, no obstante, un cerebro de mayor tamaño, con su correspondiente aumento craneal, constituye una carga para la especie, ya que dificulta el parto
y prolonga el período de la infancia. Con ello, la
contribución de los adolescentes al sostenimiento del grupo se retrasa. Para compensar tal desventa- ja, se hace necesaria una longevidad superior. Un mayor encéfalo origina, asimismo, un fenómeno contradictorio: si bien las estrategias de caza más inteligentes facilitan la búsqueda y captura de ali- mento, un cerebro de gran tamaño consume más
calorías. Sin olvidar que los cazadores del grupo, en poblaciones de esas características, deben ocuparse de la alimentación de niños y ancianos. El domi- nio del fuego permite cocinar alimentos vegetales antes incomibles y ablandar la carne; de hecho, la débil dentadura de los humanos les confina a un calentamiento previo de la comida. Debemos imaginarnos el incremento del ta- maño del cerebro a lo largo de la evolución como una carrera constante entre las ventajas e incon- venientes hacia una cognición más óptima. Ello explicaría por qué el encéfalo de los sucesores del Homo erectus siguió creciendo independien- temente de los otros homínidos. Los neandertales perdieron la carrera. En su caso, prevalecieron las desventajas, por lo que aca- baron extinguiéndose. Nuestros antepasados, por
el contrario, sobrevivieron, aunque con una cifra
modesta. Bien es verdad que hasta el comienzo de la agricultura se expandieron por todos los
n La revolución neolítica
marca el comienzo del
Neolítico, es decir, la Edad de Piedra reciente, hace unos 10.000 años. Por entonces, los cazadores y recolectores se convirtieron, de manera progresiva, en sedentarios,
la ganadería. El término de
este período de la evolu- ción humana lo acuñó Vere Gordon Childe (1892-1957), especialista en prehistoria europea, inspirándose en la Revolución industrial de los siglos xviii y xix .
n Una exaptación consiste en una adaptación evoluti- va que no surte efecto de manera inmediata, ya que al principio diverge de su propósito «original» (por
ejemplo, las plumas sirvieron
a los dinosaurios en un inicio
para regular la temperatura; más adelante les valdrían para emprender el vuelo).
GEHIRN UND GEIST / BUSKE-GRAFIK
El linaje de los humanos
Existen casi tantos árboles genealógicos de Homo sapiens como paleoantropólogos. Cuantos más restos de homíni- dos se encuentran, más complicado resulta responder a la pregunta de la ascendencia. Debido a las numerosas líneas colaterales, el árbol genealógico de los humanos se parece más bien a un arbusto muy ramificado (derecha). No obs- tante, existe unanimidad en que la línea de los antepasados humanos surgió en África hace entre seis y siete millones de años, separándose de la de los simios. En el transcurso de algunos millones de años coexistieron en el continen- te africano varias especies de homínidos, la mayor parte de ellos pertenecientes al género Australopithecus. Desde entonces a esta parte, el género Homo evolucionó durante más de dos millones de años. Una de sus especies repre- sentantes, Homo erectus, se mostró especialmente hábil y avanzó hacia Asia. Otra de ellas, Homo sapiens, que surgió hace unos 200.000 años, vio como algunos de sus miembros abandonaban su hogar africano para conquistar el mundo. En Europa se encontraron restos de neandertales, homí- nidos que habitaron la Tierra hace entre 200.000 y 300.000 años, pero que posteriormente, hará unos 24.000 años, se extinguieron. Con todo, sigue siendo motivo de controversia quiénes fueron los antepasados inmediatos de los humanos
anatómicamente modernos y de los neandertales. Este árbol genealógico muestra una posibilidad: Homo sapiens habría evolucionado a partir de una variante africana de Homo heidelbergensis y de una europea de Homo neanderthalensis. Otros investigadores ven en los hombres de Heidelberg una subespecie de Homo erectus; de nuevo, otros señalan al neandertal como una subespecie de Homo sapiens.
continentes, pero en un número reducido de in- dividuos. Solo cuando, tras la revolución neolítica, convivieron en aldeas y ciudades en poblaciones más numerosas, emergieron las ventajas que les proporcionaban las capacidades mentales, el aprendizaje por imitación, la división del trabajo y una excepcional estructura social. Puede que, llegados a este punto, al lector le intrigue la siguiente pregunta: ¿cómo surge una ciudad si, según Dunbar, no es posible que un grupo humano comprenda más de 150 personas sin romperse? La respuesta es sorprendentemente sencilla: una persona puede pertenecer a diferen- tes grupos y estos a su vez se antojan virtuales, es decir, existen solo en la imaginación del suje- to. En breve, los miembros de las comunidades no se conocen personalmente, pero mantienen la cohesión.
Una persona puede ser al mismo tiempo ale- mana, seguidora del Schalke y miembro de una universidad (además de sentirse también así). En cada uno de estos colectivos ocupa un grado dis- tinto dentro de la jerarquía del grupo. Cuál de las respectivas pertenencias grupales prevalece en el individuo dependerá de la situación. Un alemán, un francés o un inglés conoce solo a una frac- ción de sus paisanos; a pesar de ello, se considera parte de su nación. Los humanos aceptan incluso jerarquías transmitidas mediante símbolos: las banderas, los escudos o las medallas simbolizan la pertenencia a un grupo. Todas las características expuestas debieron existir antes de que la humanidad se convirtie- ra en sedentaria, aunque su efecto solo se haya plasmado en los asentamientos urbanos. ¿De dónde provino en ese caso la presión selectiva?
Al parecer, una compleja red de relaciones inter-
grupales proporcionó en la Edad de Piedra una
rápida propagación de técnicas culturales. Los
hombres prehistóricos y los homínidos tuvieron
que arreglárselas ante los rápidos cambios socia-
les. Estas transformaciones posibilitaron en su
conjunto el paso hacia un modo de vida urbano
hasta entonces desconocido para los humanos.
Los biólogos evolutivos entienden bajo el térmi-
no de exaptación una propiedad orgánica que en
origen posee otra «finalidad» a la que la destina
el organismo en cuestión. Es el caso de los dino-
saurios que eran incapaces de volar aunque dis-
ponían de plumas. Estas les servían de protección
térmica; solo más tarde les fueron idóneas para
desplazarse por el aire. Algo parecido les aconteció
Las complejas relaciones sociales hicieron ne-
cesario que cada individuo se integrara al mismo
tiempo en varias jerarquías dependiendo del rol
que desempeñaba en cada una. Tales jerarquías
no tenían que batallarse continuamente, lo cual
estabilizaba a los grandes grupos. De esta manera,
se desarrolló sin trabas la necesaria división del
trabajo para alcanzar una cultura superior.
Por otro lado, la invención de la escritura per-
mitió recurrir a la experiencia de otras personas
y conservar e incrementar el conocimiento sobre
el pasado. La imprenta difundía ese saber en las
casas burguesas. Hoy por hoy, Internet hace ac-
cesible el contenido de bibliotecas completas con
solo apretar un botón. ¿Podemos concluir que la
evolución de los humanos se orienta hacia una
acumulación cada vez mayor de capacidades y
No necesariamente. Quizá también hayamos
contado con un poquito de la suerte que les faltó a
nuestros primos lejanos. Si se consideran las miles
de armas atómicas y la destrucción de los recur-
sos naturales necesarios para la vida, bien parece
posible que nuestra dotación cognitiva no sea en
absoluto suficiente para impedir una prematura
extinción de nuestra especie.
Thomas Grüter es médico y periodista científico de Gehirn und Geist, versión alemana de Mente y cerebro.
The cognitive niche: Coevolu- tion of intelligence, sociality, and language. S. Pinker en Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, vol. 107, págs. 8993– 8999, 2010.
Klüger als wir? Auf dem Weg zur Hyperintelligenz. T. Grüter. Spektrum Akademischer Verlag, Heidelberg, 2011.
The cultural niche: Why social learning is essential for hu- man adaptation. R. Boyd et al. en Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, vol. 108, págs. 10.918 – 10.925, 2011.
Wie das Denken erwachte. Die Evolution des menschlichen Geistes. Dirigido por A. Jahn. Schattauer/Spektrum der Wis- senschaft Verlagsgesellschaft, Stuttgart-Heidelberg 2012 .
Polifacético, flexible e ingenio- so. M. Noël Haidle en Investi- gación y ciencia, n. o 425, págs. 68-76, febrero de 2012 .
NEUROCIENCIA S
ha publicado sobre el tema, entre otros, los siguientes artículos:
Mover con la mente, por M. A. L. Nicolelis Noviembre 2012
El lenguaje del cerebro, por Terr y Sejnowski y Toby Delbruck Diciembre 2012
Cerebros en minatura, por W. G. Eberhand y W. T. Wcislo Diciembre 2012
Autismo y mente técnica, por Simon Baron-Cohen Enero 2013
Terapia de la depresión, por Robin Marantz Henig Febrero 2013
Dependencia y cooperación entre los sentidos, por Lawrence D. Rosenblum Marzo 2013
El archivo de la memoria, por R. Q. Quiroga, I. Fried y C. Koch Abril 2013
La sabiduría de los psicópatas, por Kevin Dutton Abril 2013
Los orígenes de la creatividad, por Heather Pringle Mayo 2013
Los humanos somos seres culturales: aprendemos de nuestros semejantes y nos ponemos en la piel de otros. Esas capacidades facilitaron también el plagio
1 La capacidad para la cultura hace única a la
especie humana. Su estrate- gia para sobrevivir consiste en la transmisión de tecno- logía y habilidades.
2 Los humanos se vol- vieron «supersociales»
como consecuencia del robo visual, por apropiarse unos de las ideas de otros.
3 El lenguaje evolucionó de la necesidad de nego-
ciar. Con el proceso evolutivo se ha ampliado la variedad de talentos.
L a respuesta a qué nos hizo humanos
es, sin duda, la cultura. El desarrollo de
esta capacidad excepcional hace aho-
ra unos 200.000 años determinó nues-
tra evolución. Hace otros 60.000 años,
el proceso evolutivo experimentó un acelerón:
cuando los humanos modernos salieron de África en pequeñas sociedades tribales para ocupar y reconfigurar el mundo en solo unas decenas de miles de años. La cultura se convirtió, pues, en una suerte de estrategia de supervivencia. La aptitud de nues- tros ancestros de aprender de los demás, de trans-
mitir y desarrollar el conocimiento, la tecnología
y las habilidades resultó una característica pode-
rosa y eficiente para hacer más humanas nuevas tierras y recursos. En definitiva, mientras que otras especies animales se encuentran confinadas en el ambiente al que sus genes se han adaptado, el ser humano se ha acondicionado a casi todos los medios de la Tierra. Los humanos actuales descienden de los indi- viduos ancestrales con mayor capacidad para uti-
lizar la fuerza social en beneficio de sus intereses. Las características que definen de manera única la naturaleza humana, a saber, la «supersociabi- lidad» y el lenguaje, además de varios talentos y habilidades innatas, surgieron como adaptaciones
a la vida en el medio social de la cultura, no de la
historia compartida con otros animales. Nuestra identidad cultural descansa sobre dos pilares fundamentales que abren una brecha insal- vable entre las personas y el resto de las especies con respecto al potencial evolutivo: el aprendizaje social y la teoría de la mente. Por medio del prime- ro podemos copiar comportamientos a través de la simple observación; el segundo pilar nos permite
atribuir estados mentales a otros congéneres, de
manera que adivinamos o comprendemos sus mo- tivaciones. Asimismo, podemos copiar las ideas o inventos más provechosos de los demás. Parece que ambas características pertenecen en exclusiva a los humanos. En otros animales, lo que se asemeja a un aprendizaje social podría ser poco más que un aprendizaje por una influencia social que utiliza comportamientos ya presentes en el repertorio animal. Los chimpancés manipu- lan objetos con las manos. Cuando un individuo emplea una piedra para cascar nueces o un palo para cazar termitas, puede incitar a otro a inten- tar la misma tarea. Este último, en su tentativa puede por casualidad cascar una nuez o extraer una termita. La recompensa reforzará el compor- tamiento, incluso aunque no hubiera existido una imitación directa. Otro ejemplo: algunos pájaros modifican su con- ducta cuando saben que otros individuos de su especie los observan. Parecen «conscientes» de que el que mira podría sacar provecho de lo que está haciendo. Así pues, cuando un pájaro cascanueces percibe que otro observa cómo esconde comida, regresará más tarde al lugar con el fin de ocultar su botín en un nuevo escondrijo más seguro. Dicha conducta, común en otros córvidos, resulta intri- gante, aunque quizá sea solo una predisposición a responder a un comportamiento aprendido. De hecho, no existen pruebas fehacientes de una teo- ría de la mente fuera de los humanos. La mayoría de los niños de dos años comprenden mejor los pensamientos de otros congéneres que los simios adultos entre los suyos. A pesar de que algunos animales parecen dis- poner de lo que daríamos en llamar «tradiciones» culturales (los pájaros que picotean las tapas de las botellas de leche para bebérsela o los chimpan- cés que cascan nueces con piedras), estos hábitos
SENTIDO PARA EL ARTE
Los antepasados que poblaron la Jura de Suabia hace 30.000 años tallaron esta figura con cabeza de león y cuerpo de hombre en el colmillo de un mamut. Creaciones como esta revelan la estrecha relación de los humanos primitivos con su entorno natu- ral, así como su capacidad para elaborar piezas simbólicas.
no evolucionan o mejoran con el transcurrir del tiempo. Aunque pasara un millón de años, segui-
rían usando las mismas técnicas, a menos que adquirieran un aprendizaje social y una teoría de
la mente verdaderos.
Las sociedades humanas, en cambio, evolucio- nan de forma gradual por adaptación cultural
acumulativa. El conocimiento, las habilidades y las técnicas almacenan mejoras y crecen en va- riedad a medida que las personas se imitan unas
a otras, que eligen y modifican las formas exis-
tentes y que combinan objetos para fabricar otros nuevos (de compaginar un palo tallado con un hacha de mano surge el primer hacha con mango).
El resultado de todo ello es una cultura compleja
y variada que mantiene con las tradiciones cul-
turales animales una semejanza equiparable al parecido entre una cantata de Bach y un gorila golpeándose el pecho.
Hurtar por la vista
La capacidad de mejora constante exigió trans- formaciones inusuales en el reino animal. Valga como ejemplo el altruismo. Los humanos coope-
ran con individuos que no son parientes y llevan
a cabo actos de generosidad que podrían bien no
ser correspondidos. También comercian y se inter- cambian objetos, sujetan la puerta para que pasen los demás, ceden el asiento a personas mayores en el metro, contribuyen en las obras benéficas
o arriesgan la vida para socorrer a alguien de un
edificio en llamas. El ser humano posee una enor- me orientación hacia el grupo: es feliz vistiendo la camiseta a juego con un evento musical o de- portivo o pintándose la cara con los colores de su equipo favorito, se entristece con la muerte de personas por la guerra o a causa de un desastre
natural o de un accidente.
MUSEO ULMER / THOMAS STEPHAN
OBJETO OCIOSO
Datada en cerca de 35.000 años, la Venus de Hohlen Fels se encontró en una cueva de la Jura de Sabia. Se conside- ra como el primer símbolo sexual y la primera figura tallada de la humanidad hasta ahora conocida.
Bajo el concepto de teoría de la mente se entiende la capacidad de ponerse en la piel de otro y, de esta manera, interpretar su conducta.
El altruismo consiste en un comportamiento desinteresa- do para procurar el beneficio ajeno.
La denominación del gen FOXP2 deriva de la abrevia- tura inglesa para la familia genética forkhead box («caja de la cabeza del tenedor»), en alusión a la mutación genética que provoca esa forma carac- terística en ciertos fragmentos de ADN de la mosca de la fruta Drosophila. Los genes FOX controlan la lectura de otros factores hereditarios, para lo cual actúan de diversa manera. El FOXP2 humano cobró interés como «gen del habla». Una mutación inusual de este factor provocó que los miembros de una familia inglesa manifestara dificulta- des con la gramática.
El fenómeno de la domesti- cación se caracteriza por la transformación de los anima- les salvajes en domésticos a través de la cría selectiva.
UNIVERSIDAD DE TUBINGA / HILDE JENSEN
En cambio, en las demás especies animales, la cooperación queda confinada, por lo general,
a los parientes. La teoría de la selección de pa- rentesco ofrece una convincente explicación de ese comportamiento: las acciones que ayudan a los individuos del mismo parentesco benefician
las copias de los genes propios. Sin embargo, esta teoría no explica la propensión humana a ayudar
a los extraños. Por tanto, deberíamos considerar
que el ser humano es «supersocial», ya que se ha liberado de las limitaciones genéticas usuales para alcanzar el desarrollo del altruismo. Pero ¿por qué? [véase «¿Por qué cooperamos?», por Martin A. Novak; Investigación y ciencia, octubre de
Hace entre 160.000 y 200.000 años, la capacidad de nuestros antepasados para la cultura provocó una crisis social, a la que puso remedio la super- sociabilidad. Llegados a este punto, cabe pregun- tarse ¿qué desencadenó esa crisis? El robo visual, es decir, la habilidad de apropiarse de las ideas de otros. Dado que podemos aprender con el solo es- fuerzo de atender a aquello que desarrollan los demás, el conocimiento resulta un bien al alcance de cualquiera. De esta manera, las culturas evo- lucionan y se adaptan con gran rapidez. Ahora bien, si una persona observa el tipo de cebo que usa otro congénere para pescar o el modo en el que empuña un hacha de mano, el primero se beneficiará de la ingeniosidad del segundo; in- cluso puede que con mejores resultados, ya que el imitado dedicó tiempo a experimentar con la estrategia adecuada antes de llegar a la solución que ahora el otro se limita a copiar. El imitador podría incluso atrapar antes el pez que el sujeto
que hace las veces de modelo.
Así pues, resulta ventajoso mantener las me-
jores ideas en secreto, no sea que otro las robe. Algunas manifestaciones actuales de ello sería la renuencia a compartir conocimientos (sean anti- guas recetas de familia, cebos de pesca o planes científicos o comerciales novedosos), las innume- rables patentes y los derechos de autor. Con todo, ocultar las mejores innovaciones ha- bría sido una especie de muerte evolutiva: habría paralizado la adaptación cultural acumulativa, lo que hubiera provocado el colapso de unas socie- dades incipientes a causa del peso de la sospecha
y el rencor. Para evitar ese destino evolucionaron
las reglas sociales y la psicología, fenómenos que posibilitan el intercambio de ideas, conocimientos
y técnicas sin excesivo temor a ser explotados.
Asimismo, el ser humano comenzó a otorgar gran importancia al hecho de demostrar la propia valía a los demás, y a evaluar la de otros. El cono- cimiento y la tecnología formaban ahora parte del patrimonio del grupo social, que no quería compartirlos con tramposos ni competidores. Los numerosos actos de altruismo que carac- terizan la naturaleza supersocial humana evo- lucionaron como formas de demostrar al grupo cooperativo el compromiso y, por tanto, la valía de uno. El modo más claro de enseñar a los de- más que se es altruista consiste en comportarse como tal. Además, la reputación que con ello se gana atrae el altruismo de otros, lo que a su vez da acceso a la recompensa material y social dentro de las comunidades. Sin embargo, una vez que ese sistema se puso en marcha, no quedó otra alternativa que volverse altruista «jactancioso», ya que el altruismo servía para competir: aseguraba una parte del botín de la cooperación. De hecho, características únicas de la psicología humana, como las normas y la moral, las expectativas de equidad y la tendencia hacia la «agresión moralizante» (castigar a quie- nes infringen los principios sociales), se basan en emociones y mecanismos que evolucionaron con el fin de vigilar a los individuos tentados de ex- plotar el frágil sistema cooperativo.
El lenguaje humano difiere de los gruñidos, gor- jeos, bramidos, olores, golpes de pecho y demos- traciones coloristas del resto del reino animal en que es «compositivo». Hablamos con oraciones construidas con sonidos (palabras) estructuradas
como sujeto, verbo y objeto. Es cierto que algunos animales producen sonidos que parecen sustan- tivos, pero el uso de oraciones solo se ha demos- trado en humanos Así, los monos verdes pueden avisar de la amenaza de un depredador si este se acerca por tierra pero no si viene desde el aire. Varias características anatómicas y de com- portamiento (músculos faciales coordinados o tendencias primates a la gesticulación) remotas en el tiempo podrían haber contribuido al origen de nuestro lenguaje. Sin embargo, no explican por qué evolucionó. Las formas complejas de coope- ración e intercambio que se desarrollaron para desactivar la crisis del robo visual exigían una
tecnología social con la que gestionar tratos, coor- dinar actividades, negociar acuerdos y difundir la reputación. Al parecer, el lenguaje constituyó esa pieza de tecnología social. Los humanos adquirieron el lenguaje porque eran la única especie con suficientes asuntos de los que hablar como para pagar por el tiempo y
la energía que se requieren para aprender a usar-
lo. En cambio, otros animales que carecen de esa complejidad social no necesitan lenguaje verbal. Por el contrario, las sociedades humanas proba- blemente no podrían existir sin él. Incluso los actos más simples de intercambio dependen de la capacidad de comunicarse a tra- vés de la palabra. Imagínese el lector por unos momentos que es un experto en la elaboración de
arcos y que al autor de este artículo se le da bien confeccionar flechas, mas nuestra especie carece de lenguaje. Le entrego algunas flechas esperando que usted, a cambio, me dé alguno de sus arcos. No obstante, me sonríe y, pensando que le estoy regalando las saetas, las coge y se marcha. Le per- sigo, nos peleamos y acabo atravesado por una de mis flechas. Ahora reproduzca la escena, pero esta vez con actores que poseen un lenguaje verbal: el acuerdo cooperativo resulta posible. Los neandertales poseían la misma versión del gen FOXP2 que los humanos actuales: un segmen- to de ADN implicado en los movimientos moto- res precisos para hablar. Este hecho ha llevado
a numerosos investigadores a sugerir que esos
homínidos también poseían lenguaje. Aun así, los informes arqueológicos poco apuntan hacia una adaptación cultural acumulativa en los nean- dertales: no se han encontrado ni instrumentos musicales ni de arte, ni anzuelos, ni arrojalanzas
relacionados con el hombre de Neandertal. Ni
siquiera cosían la ropa. Acorde con la regla del robo visual, esta falta de cultura indica que los neandertales no disponían de lenguaje. Su FOXP2 humano podría haberles proporcionado mejores habilidades para la comunicación en comparación con otros mamíferos. No obstante, para explicar la aparición del lenguaje debemos apuntar más allá de la anatomía y los genes, y preguntarnos por su necesidad. Algunos pájaros, por ejemplo, saben imitar el habla humana, pero no comparten nuestra versión del FOXP2.
Domesticados por la cultura
La gama de habilidades humanas es enorme- mente amplia. Algunos individuos son buenos
en música, otros en matemáticas, diseño, lengua
o deportes. Se ha demostrado que todas esas ha-
bilidades presentan un componente genético des-
tacado. Por otro lado, la selección natural propicia que algunas variedades genéticas sobrevivan a expensas de otras. Este proceso favorece, entre las aves canoras, a los ejemplares más melódicos;
a los corredores más rápidos entre los leones, así
como entre sus presas a los antílopes. El otro lado de la moneda también existe: los «cantantes me- diocres» se quedan sin amor (y sin crías), y los corredores más lentos pasan hambre o mueren. Cabría esperar, pues, que la selección natural ten- diera a difuminar las diferencias entre los huma- nos. ¿Cómo se explica entonces la diversidad de habilidades en nuestra especie? La variedad surge, de nuevo, como consecuen- cia de nuestra capacidad para la cultura. Una vez que el sistema cooperativo posibilitó que los humanos intercambiaran habilidades, bienes y servicios, los sujetos que se especializaron en las tareas que mejor desempeñaban poseían mayores provisiones para comerciar con otros. Ninguna otra especie practica la división del trabajo con individuos no emparentados. Las culturas domesticaron y diferenciaron a los humanos según su talento, propiciando que coexistieran habilidades diversas. Un escenario que deberíamos reconocer sin problemas por ha- bérselo infligido a numerosos animales domés- ticos, en particular, a los perros. Razas perrunas como chihuahuas o terranovas cuentan con mar- cas genéticas que se asocian con el desarrollo de temperamentos concretos y de habilidades y mor- fologías determinadas como respuesta al medio
Don inusual
En qué medida los animales disponen de una teoría de la mente es aún hoy una cuestión controvertida. Las observaciones en simios in- dican la posibilidad de que se dé sobre todo en ellos. Según Michael Tomasello, del Institu- to Max Planck en Leipzig, los chimpancés presentan cierta capacidad para empatizar con un congénere. Sin embargo, esta identificación mental y afectiva dista mucho del nivel que alcanza en los humanos.
(«Chimpanzees understand psycho- logical states: The question is which ones and to what extent». M. To- masello et al. en Trends in Cognitive Sciences, vol. 7, págs. 153-156, 2003.)
La historia de nuestra especie consiste en el triunfo progresivo de la cooperación
Theory of mind in nonhuman primates. Cecilia Heyes en Behavioral and Brain Sciences, vol. 21, págs. 101-114, 1998.
S. Pinker. Penguin Press, 2003.
Recent acceleration of human adaptive evolution. J. Hawks et al. en Proceedings of the National Academy of Sciences USA, vol. 104, págs. 20753- 20758, 2007.
Localizing recent adaptive evolution in the human ge- nome. S. H. Williamson et al. en PLoS Genetics, vol. 3, pág. e90, 2007.
Animal cultures. Kevin N. La-
land en Current Biology, vol. 18,
n. o 9, págs. R366 -R370, 2008.
The rational optimist: How prosperity evolves. M. Ridley. Penguin Press, 2010.
W. T. Fitch. Cambridge Univer-
sity Press, 2010.
Social learning and the de- velopment of individual and group behaviour in mammal societies. Alex Thornton y Tim Clutton-Brock en Philosophi- cal Transactions of the Royal Society B, vol. 366, págs. 978- 987, 2011.
The origin of our species.
C. Stringer. Allen Lane, 2011.
Wired for culture. The natural history of human cooperation.
M. Pagel. Penguin Press, Lon-
dres, 2012 .
De igual modo, los genes humanos podrían ha- ber experimentado una tendencia a especializarse según las oportunidades que ofrecían las socieda- des. De ser así, ello podría acarrear implicaciones relevantes para la sociedad contemporánea. La mayoría de las personas apoyan el objetivo social de asegurar la igualdad de oportunidades. Pero si los individuos poseen diversas habilidades inna- tas, tal política podría producir una «meritocracia genética», es decir, una sociedad diferenciada por predisposiciones connaturales.
Según se ha demostrado, hace unos 40.000 años aconteció un cambio en el grado de selección po- sitiva, el cual afectó al genoma humano. Quizá no fuese un accidente la coincidencia de ese fe- nómeno con el florecimiento de la cultura, como refleja la explosión de artefactos de toda índole, de obras de arte e instrumentos musicales, así como la ocupación territorial del mundo. Estos genes de evolución rápida constituyen nuestra predispo- sición genética para la cultura; también pueden identificarse con los mismos métodos usados para
aislar los genes causantes de enfermedades. Las sociedades modernas actuales difieren totalmente de las pequeñas tribus que una vez compitieron para ocupar la Tierra. Aun así, la an- tigua psicología sigue funcionando en nuestro mundo multicultural globalizado. La historia de la especie humana es el triunfo progresivo de la cooperación sobre el conflicto a medida que sus miembros fueron reconociendo que cooperar fa- vorecía la obtención de una recompensa mayor
en contraposición de la traición y la venganza. En un mundo diverso, la clave para promover esta cooperación estriba en crear entre los huma- nos una sensación de confianza y unos valores
compartidos que vayan más allá de las imprecisas diferencias étnicas o culturales. Ese es el adhesivo social que ha fomentado nuestra supersociabili- dad y que puede seguir haciéndolo.
Artículo original publicado en Nature , vol. 482, págs. 297-299, 2012. Traducido con el permiso de Macmillan Publishers Ltd. © 2012
Mark Pagel es profesor de biología evolutiva en la Escuela de Ciencias Bio- lógicas de la Universidad de Reading, Gran Bretaña.
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La evolución ha predispuesto a la mente humana para atender a ciertos estímulos. Ello podría explicar algunas de las dificultades en el aprendizaje escolar actual
Presente anclado en el pasado
1 Entender cómo ha evo- lucionado el cerebro
puede ayudarnos a com- prender por qué algunos ni- ños encuentran dificultades para aprender en la escuela.
2 La selección natural predispuso a la mente
humana durante miles de generaciones para atender de forma automática a algunos rasgos del entorno social y ecológico más que a otros.
3 Solo con esfuerzo pode- mos neutralizar nuestro
sistema de aprendizaje automático para afrontar retos nuevos, como los que plantea la escuela.
L a teoría de la selección natural de Char- les Darwin no solo nos proporciona un marco para organizar y entender la evolución de los seres vivos; tam- bién la forma en que aprendemos y
aquello que nos interesa aprender han sido mo- delados por la selección natural. La mayor parte
de las exigencias de la vida son relativamente tri- viales y han cambiado poco a lo largo de milenios.
Y la mente humana ha evolucionado para mane-
jar sin esfuerzo estos bits previsibles de informa- ción. Los cambios tremebundos, como el brote de una epidemia o una guerra, introducen retos inesperados e influencian de modo despropor- cionado nuestra supervivencia. En este ambiente tan fluctuante, los individuos capaces de resolver con habilidad los obstáculos que ponen en peligro
la vida juegan con ventaja. En definitiva, la teoría
de la selección natural de Darwin puede aplicarse
a la capacidad de aprendizaje del ser humano. En esencia, las personas cuentan con dos siste- mas para enfrentarse a la información del entor- no: el modo en «piloto automático» y el mediado por procesamiento consciente. El primero se ocu- pa de los rasgos universales del mundo social y ecológico; el segundo, la habilidad para resolver problemas de manera consciente, permite captar cambios sutiles en el ambiente. La comprensión de ambos mecanismos de aprendizaje permite una visión más profunda sobre la manera de pensar de los niños. En este sentido, un enfoque evolutivo de la enseñanza puede ayudar a los educadores a solventar la bre- cha entre la predisposición cognitiva innata de los
alumnos y los objetivos de la escuela. Este acer-
camiento alumbra el camino hacia métodos más efectivos para educar a las generaciones futuras.
Anclajes en un mar sensorial
Algunas de las predisposiciones al aprendizaje brotan a muy temprana edad. Desde el naci- miento, los bebés atienden más a estímulos que se asemejan a la estructura de una cara humana (dos ojos sobre una nariz) que a otros de similar complejidad [véase «Expertos en rostros», por Stefanie Höhl; Mente y cerebro n. o 58, enero de 2013]. Estos rasgos críticos captan su atención, lo cual facilita el desarrollo de un vínculo materno- paterno-filial. Los elementos que resultan de cru- cial importancia para la supervivencia y que se mantienen básicamente inalterados a lo largo de miles de generaciones acaban integrados como puntos de referencia o anclaje en la cognición hu- mana. Dirigen la atención a los aspectos predeci- bles de la vida y permiten procesar la información de forma automática. Siguiendo con el ejemplo, la predisposición innata hacia las caras humanas ayuda a los recién nacidos a encontrar un punto de anclaje en un entorno que, de otra forma, re- sultaría desbordante dada la ingente cantidad de estímulos. Con todo, los infantes deben diferenciar a sus progenitores del resto de los individuos. Por esta razón, los puntos de anclaje cognitivos permiten cierta flexibilidad. Sin embargo, la característica que convierte a la especie humana en única reside en otro nivel de plasticidad, el cual le permite re- solver problemas de forma consciente. Cuando las condiciones del medio cambian de forma brusca, la supervivencia o las perspectivas reproductivas
GETTY IMAGES / MICHAEL HITOSHI (bosque); GETTY IMAGES / DORI OCONNELL (niño)
de los individuos corren peligro, y el sistema auto- mático puede convertirse en un obstáculo. Los hu- manos necesitan de formas creativas para enfren- tarse a las nuevas condiciones. La combinación de predisposiciones innatas y de resolución plástica de contratiempos determina el modo en que las personas procesan la información nueva y, por extensión, la manera en la que aprenden. Como posibles causas del origen de la capaci- dad de resolver problemas conscientemente los teóricos barajan la vida en condiciones climáti- cas fluctuantes, las dinámicas sociales comple- jas o la necesidad ecológica de cazar. Richard D.
Alexander, profesor emérito de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, propone como modelo para explicar la evolución de la mente humana el hecho de que cuando nuestros antepasados comenzaron a construir refugios, a elaborar herramientas de caza y a encender fuego para cocinar, aumentó su capacidad de extracción de recursos del entorno y de solventar la amenaza que suponían el hambre y los depredadores. Con
la reducción de esos peligros, las primeras pobla-
ciones se expandieron, fenómeno que aumentó su competencia de conseguir tierras, alimentos
PISTAS DEL AYER
La visión evolutiva del apren- dizaje puede contribuir a pre- decir el comportamiento del alumnado y, de esta manera, mejorar la educación.
El ser humano nace con pre- disposiciones cognitivas que le ayudan a atender a los rasgos del entorno claves para la supervivencia, buscando in- formación relevante de tipo social, biológico y físico.
El núcleo de esa lucha por la existencia se con- cretó en una batalla entre miembros de la propia
especie por el control de los recursos clave. La competición social no es exclusiva de los huma- nos, pero se convierte en una presión selectiva especialmente potente para aquellas especies que dominan sus ecosistemas, como es nuestro caso. Tanto nuestra supremacía ecológica como
la competición social asociada se apoyan en la sa-
biduría popular, es decir, en los patrones innatos de pensamiento que nos ayudan a procesar los
asuntos relativos a la psicología, la biología y la física en el día a día. La psicología popular consiste en el conoci- miento implícito organizado en torno al sujeto, otras personas y dinámicas sociales; la biología popular y la física popular se relacionan con lo que pensamos de los seres vivos y el mundo físico, respectivamente. Dichas habilidades evoluciona- ron, puesto que permitieron que nuestros ante- pasados no malgastaran sus energías mentales en tareas mundanas de la vida diaria y, en cambio, centrarse en el dominio de los desafíos sociales y ambientales en constante transformación. Las competencias psicológicas innatas nos distancian del resto de las especies. Los huma- nos poseemos una autoconsciencia connatural y posiblemente única. Esta habilidad se encuentra fuertemente ligada a la destreza de viajar con la mente en el tiempo (nos podemos proyectar en el pasado o en el futuro). En este contexto, la auto- consciencia se sustenta en una red de recuerdos
a largo plazo y el conocimiento sobre uno mis-
mo (autoesquema). El autoesquema puede regular
comportamientos ligados a metas; ello nos per- mite planificar dónde invertir esfuerzo y cuánto persistir en caso de fracaso. Asimismo elaboramos esquemas sobre las de- más personas. Ciertas relaciones sociales, como la materno-paterno-filial o la amistad, son universa- les. Estos lazos se apoyan en capacidades innatas que nos permiten leer los signos de comunica- ción no verbales, descifrar las expresiones faciales, compartir un lenguaje y disponer de una teoría de la mente (capacidad de desarrollar inferencias acerca de las intenciones, creencias, estados emo- cionales y probables comportamientos futuros de los demás). Cuando conocemos a alguien, cons- truimos un esquema de su persona, el cual en- capsula recuerdos duraderos de atributos físicos, rasgos de personalidad e incidentes específicos relacionados con ese sujeto. Ese conocimiento nos permite entender y predecir mejor las acciones de nuestros conocidos. Además de las relaciones individuales, el ser humano divide su mundo social en grupos. Tien- de a manifestar actitudes y creencias más posi- tivas hacia miembros del propio grupo que de otro, en especial cuando ambos colectivos com- piten entre sí. También se afilia apoyándose en la nacionalidad y la religión, organizándose en uni- dades sociales más grandes que las meras relacio- nes individuales. La preocupación por las cues- tiones sociales se encuentra integrada en nuestra forma de pensar. De manera similar, los humanos han desarro- llado atajos para procesar información del mundo biológico: poseen una habilidad universal para
ALAMY / STEFAN KIEFER
GETTY IMAGES / KRIS TIMKEN
llevar a cabo taxonomías de otras especies y orga- nizar el conocimiento sobre conductas, patrones de crecimiento y características recurrentes de un tipo familiar de planta o animal. Ese conoci- miento ayudó a los integrantes de las culturas primitivas a adquirir las habilidades necesarias para asegurarse el alimento y la medicina. Con el fin de explotar territorios ricos en caza, nos servimos de sistemas naturales que nos per- miten navegar en espacios tridimensionales y recordar rasgos salientes del entorno, tal y como acometen otras muchas especies. Sin embargo, los humanos vamos, al menos, un paso más allá:
creamos mapas panorámicos junto a imágenes del espacio físico cuando no nos encontramos en él. La habilidad de construir y usar herramientas supera con creces la de otras especies. Se trata casi con seguridad de un componente del dominio del hombre sobre la Tierra. Por último, existen sólidas pruebas que sugieren que los humanos disponemos de un sentido intuitivo para los nú- meros y el tiempo. La complejidad del modo en que representamos el tiempo en nuestra mente supera con amplitud la documentada en otros seres vivos.
Las competencias comunes a la especie humana desglosadas hasta ahora indican que las perso- nas procesan de forma automática y con poco esfuerzo cognitivo la mayor parte de la informa- ción diaria a lo largo de la historia evolutiva. Sin embargo, la vida no se compone solo de rutina. La convivencia conlleva sorpresas. La habilidad de bloquear los sistemas automáticos de respuesta y activar procesos controlados para la resolución (consciente) de contratiempos constituye un rasgo definitorio de la mente humana. En base a otros estudios, en 2005 propuse que los humanos son, tal vez, únicos en la capacidad de generar modelos mentales de las circunstan- cias, capacidad que permite anticipar cambios futuros e inventar estrategias de afrontamiento. Nuestra especie emplea la memoria operativa para mantener representaciones mentales de las situaciones. Podemos visionar un escenario ima- ginario y comparar esa escena ficticia con el mo- delo actual; nos resulta posible simular estrategias para reducir la diferencia entre el lugar en el que nos encontramos y a dónde queremos llegar en un futuro. Ello nos propicia una ventaja evolutiva
clave. Podemos ensayar mentalmente formas de superar a otros en la lucha por una pareja o un ascenso laboral. La combinación de consciencia, autoconsciencia y resolución explícita de proble- mas nos permite aprender cosas que no resulta- ron cruciales en nuestro pasado evolutivo. Consideremos la física moderna, uno de los logros intelectuales más notables de la huma- nidad y que continúa siendo un dominio difícil de entender para muchos de nosotros. Parte del problema estriba en que las inferencias que se derivan de la física popular a menudo chocan con la explicación científica del mismo fenómeno. Cuando se pregunta por las fuerzas implicadas en el movimiento de una pelota de béisbol que ha sido lanzada, la mayor parte de las personas consideran dos fuerzas: una que propulsa la bola hacia delante (como haría un cohete invisible), y la otra que la empuja hacia abajo. La segunda fuerza es la gravedad, pero, de hecho, ninguna fuerza propulsa la pelota hacia delante una vez ha abandonado la mano del jugador. A pesar de que los adultos, e incluso los niños en edad preescolar, trazan de manera correcta la trayectoria que des- cribirá un objeto lanzado o en movimiento, reflejo de la física popular, su explicación del fenómeno revela a menudo ingenuidad en la comprensión de las fuerzas en acción. En su obra maestra Principia, Isaac Newton des- cribe de forma clara la situación: «No defino tiem- po, espacio, lugar ni movimiento, por tratarse de palabras bien conocidas por todos. Únicamente he
Los niños aprenden con rapi- dez a lanzar una pelota, mas requieren de esfuerzo para entender la física que subyace a esta actividad. A menudo también necesitan la ayuda de un profesor.
Nuestros antepasados centraron su lucha por la existencia en el control de mejores tierras, comida y otros recursos
Los hallazgos en ciencia evolu- tiva sugieren que se advierta a los escolares de que las matemáticas requieren es- fuerzo; también aconsejan a los docentes que realicen una especial supervisión de los trabajos en grupo.
El abismo que separa el conocimiento innato del vasto legado cultural, científico y tecnológico crece a gran velocidad
GETTY IMAGES / JEFFREY COOLIDGE
de hacer notar que la gente común no concibe estas cantidades en otro contexto que el de las relacio-
nes que estas guardan con los objetos sensibles». En otras palabras, «la gente común» solo comprende los fenómenos físicos en términos de conocimiento popular. Newton llevó a la humanidad más allá de
la explicación tosca que surge del sistema conscien-
te de resolución de problemas que desarrollamos para enfrentarnos a situaciones novedosas. A dife-
rencia de la mayor parte de los individuos, este cien- tífico estaba más obsesionado por comprender la naturaleza física del mundo que las complejidades sociales. Dedicó muchos años a pensar solo sobre física; también llevó a cabo numerosos experimen- tos para poner a prueba sus hipótesis. El esfuerzo llevado a cabo por Newton transfor- mó las ciencias y supuso una distinción impor- tante entre la comprensión técnica de la gravedad
y el movimiento y las creencias populares sobre
los mismos. Estudios basados en la neuroimagen, además de otros ensayos, indican que abandonar las intuiciones y abrazar la visión newtoniana no resulta tarea sencilla, incluso para estudiantes universitarios. Lo mismo ocurre en múltiples dominios de la vida moderna: el abismo que separa el cono- cimiento popular del amplio legado cultural,
científico y tecnológico se ensancha a un ritmo acelerado. Debido a que, para prosperar en la vida contemporánea, alguno de estos conocimientos se ha vuelto imprescindible, confiamos en las es- cuelas para asegurar que todos los miembros de
la sociedad asimilen la información y las compe-
tencias básicas. No obstante, al contrario de lo que
ocurre con el aprendizaje implícito que adapta el sistema popular a las condiciones específicas (como aprender a identificar a los propios padres), aprender en la escuela requiere el mismo grado de participación de los sistemas explícitos de me- moria operativa y de resolución de problemas que utilizaron Newton y otros innovadores, y que han dado lugar a la cultura moderna. Para complicar aún más el asunto, los niños manifiestan tenden- cias innatas en términos de motivación, las cuales chocan con frecuencia con las exigencias de las actividades académicas.
La visión evolutiva del aprendizaje revela ciertas tendencias de los niños. En primer lugar, desta- ca su inclinación hacia las actividades que po- nen en juego sus capacidades innatas. Un claro ejemplo de ello es la motivación que muestran por jugar con otros compañeros, actividad que
a su vez agudiza sus habilidades sociales. De la
misma manera, los niños buscan tareas que les ayudan a desarrollar su comprensión biológica
y física del mundo. De esta manera, los escolares
mostrarán más interés por aprender áreas directa- mente relacionadas con sus habilidades comunes que, póngase por caso, la resolución de ecuaciones polinomiales. Tal predisposición podría explicar por qué mu- chos alumnos otorgan mayor importancia a las actividades colectivas que a sus logros en áreas académicas esenciales. En 2003, Mihaly Csikszent- mihalyi y Jeremy Hunter, ambos de la Universidad
de Graduados Claremont, descubrieron que los
estudiantes experimentaban niveles más bajos de felicidad mientras realizaban los deberes, asis- tían a clase o hacían ejercicios de matemáticas; por el contrario, presentaban niveles más altos cuando hablaban con sus compañeros. Una pre- disposición hacia las relaciones sociales puede no resultar útil para el dominio del álgebra, pero se presenta como lógica en el desarrollo de una especie altamente social. Otra idea que se desprende de la perspectiva evolucionista del aprendizaje, relacionada con la anterior, propone que el núcleo del autoesquema de una persona se define por el lugar que ocupa respecto a sus iguales. Estos últimos resultan de suma importancia desde un punto de vista evolutivo. Los datos, a fecha de hoy, lo confir- man: el mejor determinante de la autoestima desde la infancia hasta la edad adulta reside en el atractivo social percibido, no en los resultados académicos. Podemos derivar otra predicción sobre cómo los niños aprenderán en grupo. Aunque popular en los círculos educativos, desde una perspectiva evolutiva, el trabajo en grupo no tiene por qué resultar particularmente efectivo, a no ser que se desarrolle bajo una supervisión adecuada. Por el contrario, puede augurarse que las conversacio- nes de los escolares tenderán a enfocarse hacia temas de mayor relevancia evolutiva que la tarea asignada (por ejemplo, los chismorreos). Pese a que ese parloteo se antoje trivial, puede revelar detalles cruciales sobre la estructura de las redes sociales. Diversos psicólogos evolutivos han argumen- tado que la predisposición social de los niños, además de otras actividades de desarrollo, pue- den desembocar, en ocasiones, en aprendizaje académico. Al inicio de la escuela, la frontera entre habilidades innatas y conocimiento nuevo resulta borrosa. Aunque el interés natural de los niños por la novedad y el deseo de aprender su cultura empiezan en el colegio, estos no serán su- ficientes para mantener un compromiso académi- co a largo plazo. Si el modelo aquí propuesto es correcto, la activación del mecanismo consciente de resolución de problemas requerirá un esfuerzo significativo. Si no se asume de manera explíci- ta que el aprendizaje requiere un trabajo duro, nos arriesgamos a dejar que los escolares crean que aprobarán las asignaturas con facilidad. Cuando comiencen a fracasar, correrán el riesgo de de-
sarrollar atribuciones que puedan comprometer su trayectoria escolar. En este sentido, el cambio en las atribuciones de los alumnos sobre el aprendizaje de una materia difícil (matemáticas), que acontece cuando se pasa de poner el énfasis en la habilidad a ponerlo en el esfuerzo, resulta en un mayor compromiso en las clases de la materia y en una mejora del apren- dizaje, según averiguaron Lisa Blackwell y sus colaboradores en la Universidad de Columbia, en 2007. El inicio de la educación formal, cuando los niños pasan de desarrollar tareas que les resultan fáciles a otras más difíciles (de contar pequeñas cantidades de objetos a cantidades mayores), pue- de suponer la primera oportunidad para inculcar a los escolares la expectativa de que el aprendizaje requerirá una inversión de tiempo y energía. Por supuesto, numerosos profesores ponen énfasis en la importancia del esfuerzo, pero estudios como los de Blackwell sugieren la posibilidad de que se puede hacer aún más. Nos encontramos en un punto de la historia en el que el conocimiento cultural y las habilida- des necesarias para funcionar en las sociedades modernas han sobrepasado con creces los me- canismos de aprendizaje que heredamos de los primeros antepasados. Y la escuela constituye el escenario principal en el que cultura y evolu- ción coinciden a lo largo del desarrollo del niño. Abordar el desarrollo académico infantil con un ojo puesto en la evolución aumenta la capacidad de respuesta a cuestiones clave desde el punto de vista educativo (entre ellas, por qué muchos alumnos requieren instrucciones explícitas para aprender a leer pero no para hablar). También nos aclara el motivo por el que numerosos niños valo- ran más las relaciones sociales que el aprendizaje académico. Por supuesto, los padres y profesores pers- picaces conocen las preferencias de sus hijos y alumnos; sin embargo, una mirada atrás en la evolución ayuda a razonar sobre estas, además de sugerir formas novedosas para mejorar la edu- cación de las mentes jóvenes.
David C. Geary es profesor en el depar- tamento de ciencias psicológicas de la Universidad de Missouri-Columbia. Ha trabajado en el Grupo Asesor Nacional de Matemáticas del Departamento de Educación de EE.UU.
The origin of mind: Evolu-
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S. Graham y T. Urdan. Ameri­
can Psychological Association,
The journey from child to scientist: Integrating cogni- tive developement and the education sciences. Dirigido por J. Shrager y S. M. Carver. American Psychological Asso­ ciation, 2012
Algunos niños sufren en sus primeros años de vida abandono e incluso malos tratos. A menudo esa experiencia les lleva a mostrarse agresivos, inaccesibles o temerosos en la guardería o la escuela. ¿Cómo debe actuarse en tales casos?
L isa, ¡ven inmediatamente!», grita enfa-
dada Ana*. Excepto Lisa, todos los de-
más niños de dos años que participan
en el grupo de juego se encuentran
sentados en el regazo de su respecti-
va madre. Lisa, en cambio, se acomoda sobre las rodillas de la monitora, a la que observa con sus enormes ojos azules. El porqué de la impetuo- sa reacción de Ana, la madre de la niña, resulta incomprensible para el resto de las mujeres que forman parte de la terapia. Luis, de cuatro años y medio, se deja llevar por la ira ante la contrariedad más insignificante. Solo su madre es capaz de calmarlo. La convivencia en el hogar familiar funciona bien, no obstante, la conducta del pequeño se altera cuando se encuen- tra fuera de casa. Incluso los padres preferirían no salir con él. Al poco tiempo de matricularlo en una guardería, se vieron obligados a darle de baja porque agredía a otros niños. Emma tiene tres años y medio. Todo el día anda pegada como una lapa a su madre. Por la noche, cuando sus padres la acuestan, ya agotada, suele dormirse de inmediato. Pero, transcurrida apenas media hora, se despierta llorando. Si la madre se tumba a su lado, se rinde de nuevo al sueño, sin embargo, el ruido más mínimo la asusta. Con fre- cuencia pide a sus padres que jueguen con ella en mitad de la noche. Numerosas parejas que han acogido o adoptado a un niño describen ese tipo de experiencias. Lisa vivió sus primeros 18 meses en un hogar infan- til. En cada turno cambiaban las cuidadoras. Allí aprendió a ser amable con todos, ya que de ese modo conseguía una mayor atención. A Luis lo separaron de sus progenitores toxicómanos. Con un escaso año de vida, lo maltrataban. Pasó breves períodos con otras dos familias, hasta que lo aco-
gió la pareja con la que ahora vive cuando tenía
a vincularse
1 Las experiencias de ape­ go traumáticas durante
la primera infancia pueden conducir a un vínculo desor­ ganizado y, en el peor de los casos, a un trastorno del apego.
2 Los niños afectados muestran problemas
de conducta, en especial en situaciones sociales.
3 La terapia ayuda a que el infante aprenda una
conducta de vínculo seguro. En los casos más graves, se requiere una intervención clínica o el apoyo de una familia de acogida.
unos dos años y medio. Desde hace un tiempo,
y cada vez más a menudo, se enfurece. Sus ac-
tuales padres se preguntan, desesperados, en qué han fallado. Emma, al igual que Lisa, ha pasado
la mayor parte de su corta vida en un hogar de
acogida, hasta que la adoptaron a la edad de algo más de tres años. La niña no quiere ver fotografías de esa época. Sus padres adoptivos desconocen cómo transcurrió su experiencia allí; tan solo sienten la intranquilidad de su hija.
Lisa, Luis y Emma pertenecen a ese grupo de ni- ños a los que, con frecuencia, se les diagnostican problemas de comportamiento social. A muchos de ellos les resulta difícil confiar en que sus per- sonas de referencia estarán a su lado en caso de emergencia. Por ello, tienden a poner a prueba el cariño de sus padres adoptivos y cuidadores continuamente. Algunos padres biológicos y sus hijos precisan también un apoyo psicológico relacional. Según estudios internacionales, entre un 10 y un 15 por ciento de las madres desarrolla depresión cróni- ca tras el parto, lo cual les dificulta establecer un vínculo afectivo con su hijo [véase «Depresión postparto», por Katja Gaschler; Mente y cerebro
n. o 31, julio de 2008]. Existen otros motivos por los que los padres solicitan la ayuda de un psicólo- go: su hijo se comporta con agresividad (caso de Luis), se niega empecinado a ir a la guardería o al colegio, presenta quejas psicosomáticas o sufre un trastorno alimentario. El desencadenante de estas situaciones no tiene por qué ser necesariamente una relación problemática entre progenitores e hijos. No obstante, siempre se requiere analizar las relaciones familiares y reforzarlas. Por lo general,
el apoyo de los progenitores posibilita la curación
del joven paciente.
* Los nombres de los pacientes y familiares han sido modificados por la redacción
TODAS LAS IMÁGENES DE ESTE ARTÍCULO: GEHIRN UND GEIST / MANFRED ZENTSCH
¿Qué características posee una buena relación entre padres e hijos? En el mejor de los casos, des- taca una confianza incondicional. El pediatra John Bowlby (1907-1990) dio en llamar a esta condición apego seguro. Un bebé con un vínculo seguro ex- perimenta que su persona de referencia siempre está ahí para atenderlo y que reaccionará presto si oye su llanto. En caso de peligro, el niño bus- cará de inmediato su cercanía corporal. Si, por el contrario, una madre atiende con poca frecuencia las demandas de atención de su hijo, el infante desarrolla un apego inseguro evasivo hacia ella:
incluso cuando lo deja solo en un entorno al que no se encuentra habituado, se muestra aparente- mente imperturbable. Los datos fisiológicos re- flejan, empero, que estos bebés experimentan un estrés interno, el cual resulta más persistente que el de los niños que gozan de un vínculo seguro. Si el cuidador del niño se comporta de mane- ra inconstante, es decir, acude unas veces a sus llamadas, y en otras ocasiones las ignora, se con- figura un apego inseguro ansioso ambivalente. Con el paso del tiempo, el propio infante se com- portará de manera contradictoria: gritará con fuerza cuando su madre se aleje, pero también
pataleará cuando esta regrese y lo tome en brazos. Tranquilizarlo tampoco resultará sencillo. El estilo de apego de los bebés entre 11 y 20 me- ses puede determinarse con fiabilidad simulando
la separación (test de las situaciones extrañas). Se
han clasificado miles de relaciones entre madres
o padres e hijos con ayuda de este método. Con
todo, sorprende cuán extendido se encuentra el
patrón evasivo, razón por la que no se considera un modelo de comportamiento patológico. Un niño puede mantener un vínculo de apego se- guro con su madre, pero evasivo hacia su padre,
Diversas investigaciones, entre ellas el estudio longitudinal llevado a cabo por Klaus y Karin Grossmann, de la Universidad de Ratisbona, a fina-
les de los años setenta del siglo xx en las ciudades alemanas de Bielefeld y Ratisbona, han demostra- do de forma unánime que los dos estilos de apego inseguro repercuten de manera desfavorable sobre
el desarrollo emocional, cognitivo y social del niño,
además de suponer un factor de riesgo de cara a
posibles alteraciones de conducta futuras.
Los niños que han sufrido un abandono o una experiencia traumática construyen con dificultad nuevas relaciones de confianza.
En 1969, la psicóloga Mary Ainsworth (1913-1999) desarro- lló una prueba psicológica para determinar la calidad del vínculo en niños entre 11 y 20 meses. Según su estra- tegia, durante la sesión se observa el comportamiento del bebé ante diferentes situa- ciones de vínculo, con especial atención en la interacción con su persona de referencia. Por un lado, se le pone en contac- to con un extraño, por otro, se le expone a dos separaciones:
su referente abandona la sala durante un máximo de tres minutos. La conducta de apego del niño se activa cada vez con mayor intensidad.
de niños en muestras representativas
Inseguro evasivo
(Los datos oscilan debido a la diversidad de estudios; Grossman et al., 2004)
NO CLASIFICABLES, CON SIGNOS PATOLÓGICOS
Vínculo desorganizado, desorientado
(Ijzendoorn et al., 1999)
PATOLÓGICOS, PRECISAN UNA INTERVENCIÓN URGENTE
Según estimaciones, alrededor del 1 %; un tercio entre los niños de acogida rumanos
(Gleason et al., 2011)
Sin embargo, más alarmante resulta el compor- tamiento de un bebé que durante la separación simulada del padre o la madre actúa de manera imprevista, por lo que no cabe clasificarlo bajo ninguno de los estilos de apego establecidos. Un niño que se muestra miedoso o agresivo, se mue- ve con torpeza o incluso cae en una especie de es-
tado de trance al regreso de su persona de referen- cia puede presentar un trastorno por la pérdida de su principal referente; aunque también es posible que se sienta amenazado por la presencia de esa persona o que perciba el miedo de esta debido
a un trauma no elaborado. En definitiva, existe
un amplio abanico de circunstancias que pueden subyacer a estas situaciones. Los niños con un comportamiento de apego desorganizado no disponen de una estrategia de
conducta funcional que les ayude a entrar en con- tacto con su persona de referencia en situaciones que consideran amenazantes. Por esta razón, pre- cisan ayuda terapéutica. Según un metaanálisis desarrollado en 1999 en la Universidad de Leiden
a partir de 80 estudios internacionales, el 15 por
ciento de los infantes de familias de clase media presentaban un patrón de apego desorganizado. Investigadoras como Alicia Lieberman, de la Universidad de California, y Patricia Crittenden, de la Universidad Dalhousie en Halifax, observa- ron en los años ochenta del siglo pasado relacio- nes entre padres e hijos cada vez más alteradas y que se apartaban de los patrones de apego hasta ahora descritos: presentaban una experiencia emocional distorsionada, mostraban alteraciones
También en situaciones en las que los niños sufren heridas leves e insignificantes, requie­ ren el cariño de su persona de referencia.
psíquicas o se comportaban con agresividad hasta incluso rozar el estado paranoico, lo cual enmas- caraba en ocasiones una problemática del apego. Entre tanto se ha confirmado la relación entre los trastornos de apego y un mayor riesgo de padecer alguna psicopatología (trastorno de ansiedad, de pánico, depresión o adicción, entre otras muchas).
Cariñoso con cualquiera
Desde 1992, la Clasificación Internacional de Enfer- medades (CIE-10) distingue dos formas extremas de trastorno del apego en niños menores de cinco años. Una se refiere al comportamiento de apego indiferenciado, es decir, infantes que, como Lisa, se comportan de manera sociable y mimosa incluso con adultos desconocidos. La otra, por el contrario, destaca la predisposición del niño hacia el apego in- hibido, cuando reacciona ante su cuidador de forma contradictoria, reservada o con temor. El actual CIE atribuye de forma explícita un ambiente de violen- cia y negligencia como causa del problema. Diversos investigadores del apego, entre ellos Karl Heinz Brisch, del Hospital Infantil Dr. von Hauner de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, opinan que el CIE-10 (así como el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, DSM-IV) no abarca la gran variabilidad de mani- festaciones que se derivan de los trastornos del apego. Brisch desarrolló en 1999 una tipología alternativa, la cual incluye manifestaciones dife- renciadas de este tipo de trastornos . La hipótesis de que este fenómeno subyace a traumas de relación entre padres e hijos se revela en los casos de niños en acogida o adopción: a pe- sar de que la madre biológica no pueda ocuparse correctamente del niño, la ruptura de la relación, por lo general abrupta, supone una vivencia trau- mática para el pequeño. Con frecuencia se suman a ello situaciones de maltrato, abuso y abandono, motivos que precipitan la separación del niño de sus progenitores. Asimismo es posible que el in- fante haya permanecido en hogares de acogida en los que careció de referentes estables. No obstante, en numerosos casos, los orígenes de los problemas de conducta durante la infan- cia no resultan tan obvios. Por ello, los psicotera- peutas tratan de profundizar en la relación entre padres e hijo. Mientras que en niños menores de dos años, el test de situaciones extrañas resulta relativamente preciso, el diagnóstico en indivi- duos algo mayores es más complejo. En ese caso se
Cuando la relación enferma
Basándose en la experiencia clínica con niños con problemas del apego, Karl Heinz Brisch, del Hospital Infantil Dr. von Hauner de la Uni­ versidad Ludwig Maximilian de Múnich, ha ideado una tipología del trastorno que pretende recoger todas las manifestaciones posibles.
AUSENCIA DE CONDUCTA DE APEGO Los niños «sin vínculo» no muestran ningún comportamiento de apego, incluso cuando se trata de situaciones amenazantes. De
manera contraria a los infantes con un estilo de apego inseguro
y evasivo, no cuentan con una persona de referencia. Suelen ser
niños de acogida que han pasado por el abandono o cambios con­ tinuos de tutores y relaciones cuando eran lactantes.
CONDUCTA DE APEGO INDIFERENCIADO Es comparable al trastorno del apego desinhibido de la actual Cla­ sificación Internacional de Enfermedades (CIE­10). Los niños no muestran reparos ante los extraños. Frente a una amenaza, se dirigen a cualquier persona, pero no se deja calmar fácilmente. Una variante es la propensión a sufrir accidentes: en una situación de peligro, los niños dejan por completo su seguridad en manos de su persona de referencia (mediante el contacto ocular, por ejemplo), por lo que se lesionan con frecuencia. Por lo general se trata de niños de acogida y abandonados.
CONDUCTA DE APEGO EXAGERADA Los niños solo se muestran calmados y relajados en presencia de su persona de referencia. En cambio, reaccionan con pánico ante la separación. Ello dificulta que acudan a la guardería o a la escuela. Incluso con seis años afrontan las situaciones novedosas con miedo y buscan los brazos de su referente.
CONDUCTA DE APEGO INHIBIDA Llama la atención su desmesurado conformismo. Suelen obedecer
a las demandas de su referente de forma inmediata y sin protes­
tar. El intercambio emocional entre el niño y su cuidador resulta escaso. El comportamiento de apego se encuentra inhibido, por
lo que la relación es similar a la de dos personas extrañas. Resulta frecuente en niños que han sufrido malos tratos o que conviven en un hogar en el que existe violencia física.
CONDUCTA DE APEGO AGRESIVA Los niños expresan el deseo de cercanía a través de la agresión verbal y corporal. En la escuela se les considera alborotadores. El clima familiar se caracteriza por un comportamiento agresivo, aunque no se percibe o se niega.
CONDUCTA DE APEGO CON INVERSIÓN DE ROLES En estos casos, los niños se comportan con extrema preocupa­ ción hacia sus referentes; tratan de mantenerse cerca y temen perderlos (por ejemplo, debido a un intento de suicidio o a un posible divorcio). Los infantes renuncian a pedir ayuda; en realidad, se interesan poco por su entorno.
CONDUCTA DE APEGO CON ADICCIÓN Surge cuando los deseos de cercanía del lactante se han respon­ dido con alimento en lugar de cariño. El niño desarrolla una adic­ ción a la comida; la conducta adictiva puede extenderse a otros objetos a largo plazo.
CONDUCTA DE APEGO CON SÍNTOMAS PSICOSOMÁTICOS Los niños reflejan con síntomas físicos la alteración de su siste­ ma de apego (trastornos del sueño o de la conducta alimentaria, enuresis, etcétera). En casos extremos, puede darse un retraso del crecimiento sin causa orgánica. En su mayoría, se trata de niños que sufren negligencia afectiva.
(K. H. Brisch: Bindungsstörungen. Von der Bindungstheorie zur Therapie. Klett-Cotta, Stuttgart 2009)
usa otro tipo de técnicas, entre las que se incluye prolongar el período de separación. No obstante, el comportamiento de apego resulta más difícil de interpretar en niños de dos a tres años que en los de un año. Los primeros han experimentado un desarrollo cognitivo a lo largo de ese período de vida: sus estrategias de vínculo aparecen di- versificadas y, en parte, de manera encubierta. De ese modo, un estilo de apego desorganizado de un lactante se transforma con frecuencia a la edad de tres años en una conducta de control hacia la persona de referencia. Muchos terapeutas aplican en preescolares el método de completar historias. Junto con el niño se juega a escenificar situaciones relacionadas con
el vínculo entre padres e hijos con ayuda de mu- ñecos que simulan a los diferentes miembros de la familia. El muñeco-niño se lesiona en presencia de los padres-muñeco o se esconde bajo la cama asustado por los monstruos imaginarios que invaden su habitación por la noche. Los psicólo- gos analizan el contenido que el infante decide para continuar el hilo de la historia: si opta por un desenlace de la trama en el que los progeni- tores ayudan al pequeño, se sugiere un vínculo de apego seguro; si enmascara los sentimientos negativos del muñeco-niño, muestra un apego inseguro evasivo, mientras que si dramatiza los acontecimientos, se piensa en un apego inseguro ambivalente.
apego ideada por Bowlby. Según este, los niños
que no han podido desarrollar experiencias rela- cionales positivas carecen de un modelo interno funcional del apego. Por tal motivo, reaccionan con un comportamiento impredecible respecto
a las personas de referencia, que, en cambio, se
muestran empáticas. El tratamiento en tales ca- sos se basa en construir un modelo de vínculo sano y positivo de forma paulatina a través de experiencias estables con las personas clave (pa- dres o cuidadores), indica Brisch. La repetición de modelo permite su anclaje, a modo de patrón neuronal, en el cerebro. No obstante, ello solo resulta posible si el en-
torno es favorable para crear un vínculo positivo. En primer lugar, los progenitores deben mostrar- se dispuestos a trabajar en ellos mismos. En otras palabras, deben estar de acuerdo en modificar su comportamiento y a desarrollar una actitud hacia
el vínculo más sana, la cual se transfiere en última
instancia al niño, como apuntan diversos estudios.
El espectro de estrategias abarca charlas de aseso-
ramiento para el entrenamiento de la interacción entre padres e hijos, además de psicoterapia dirigi- da a la elaboración de conflictos y traumas propios que han quedado sin resolver. Un metaanálisis publicado en 2003 por Marian Bakermans-Kranenburg, de la Universidad de Lei- den, junto con sus colaboradores revela que las me- didas terapéuticas de sensibilización de la madre hacia las necesidades y señales de atención del niño resultan efectivas, al menos en los tipos de apego inseguro. Asimismo, resulta útil incluir a otros referentes estables, caso de un trabajador social
que mantenga un contacto periódico con el niño.
Los niños con una representación de apego de- sorganizada cambian de forma abrupta el tema
de la historia, presentan saltos de pensamiento
o dejan que ocurran sucesos caóticos (los mons- truos pueden abalanzarse sobre la familia sin
que nadie intervenga). En ocasiones, el miedo se convierte en el tema central del relato del niño
o este opta por dejar completamente de lado a
los padres-muñeco. En un estudio publicado en 2002, Gabrielle Gloger-Tippelt, de la Universidad Heinrich Heine en Düsseldorf, un análisis repeti- do y estructurado del juego de muñecas permite extraer conclusiones relevantes sobre la calidad del vínculo.
A partir de la edad de escolarización, puede pre-
guntarse directamente al niño acerca de la rela- ción que mantiene con sus personas de referen-
cia. Para ello, los psicoterapeutas cuentan con la «Entrevista sobre el apego infantil», que incluye quince preguntas. Este cuestionario, desarrollado
en 2003 por Mary Target junto a sus colaboradores del Colegio Universitario de Londres, va dirigido
a niños de entre siete y once años.
Cada vez existen más instrumentos para el diagnóstico. Los psicólogos echan mano de ellos
cuando el comportamiento resulta en especial
llamativo y duradero. Si los síntomas perduran a
largo de más de seis meses, cabe sospechar que
niño presenta un apego patológico.
Se precisan estudios que confirmen el benefi- cio de las distintas terapias específicas para los trastornos del apego. No obstante, la mayor parte
de los psicoterapeutas se apoyan en la teoría del
Con el fin de evaluar la con- ducta de apego en niños entre siete y once años, los psicólo- gos se apoyan en la «Entrevista sobre el apego infantil». Algu- nas de las 15 preguntas que componen la entrevista son:
• ¿Puedes nombrar tres pala- bras que describan cómo es estar con tu madre?
• ¿Qué sucede cuando tu padre se enfada contigo?
• ¿Qué ocurre cuando estás enfermo?
• ¿Alguien a quien querías ya no está?
(«Attachment representations in school-age children: The develop- ment of the child attachment inter- view». M. Target et al. en Journal of Child Psychotherapy, vol. 29, págs. 171-186, 2003.)
Durante la intervención es imprescindible que el psicoterapeuta construya un vínculo real y se- guro con el joven paciente, apunta Brisch. En la sesión, los infantes suelen representar de manera espontánea situaciones relevantes relacionadas con temas de apego, de manera que se acercan a las experiencias de relaciones dolorosas. El terapeuta les ayuda a interpretarlas, explicarlas y, en última instancia, a elaborarlas. El tratamiento no debe ter- minar de manera brusca: el propio niño deberá iniciar y aprobar su finalización.
Terapia intensiva en el seno familiar
En numerosos casos, un tratamiento ambulatorio no resulta suficiente, en especial si el niño presen- ta un trastorno grave o si no se puede contar con el apoyo de su entorno. El equipo de Brisch ofrece desde el año 2000, en el Hospital Infantil Dr. von Hauner en Múnich, un intervención clínica in- tensiva para jóvenes a partir de los seis años. La terapia no se lleva a cabo en una clínica al uso: se desarrolla en un ambiente familiar de un enorme piso ubicado en un edificio antiguo. Cada niño dispone de una enfermera de refe- rencia. Esta se ocupa en especial de él, es decir, se convierte en un referente estable para el niño du- rante un período que puede durar de seis a doce meses. La casa cuenta con reglas estrictas: no se tolera la violencia. En tal caso, hay que correr con las consecuencias, a saber, recortes en el tiempo de juego con la videoconsola o el desarrollo de tareas especiales. Cuando un niño agresivo como Luis desata su ira, uno o varios trabajadores lo acompañan a una habitación acolchada donde debe reconducir su
rabieta. La sala no se ha ideado en el sentido de un espacio de tiempo de espera, como algunos ase- sores educativos aconsejan en estas situaciones. Un cuidador del centro permanece en todo mo- mento junto al infante, con el fin de protegerle de posibles autolesiones, pero sin contenerle durante largo tiempo. Los especialistas consideran que la terapia de contención (agarrar al individuo en con- tra su voluntad), técnica a veces muy extendida en el tratamiento de los jóvenes tutelados, resulta contraproducente e incluso peligrosa. En opinión de Brisch, el niño debe determinar por sí solo cuánto contacto está dispuesto a tolerar:
«En especial en los niños que han sufrido abusos o malos tratos, el acercamiento físico puede desatar grandes miedos, ya que les recuerdan experiencias violentas anteriores». La persona cuidadora trata de conectar con el afectado a través de sus senti- mientos impetuosos, adjudicándoles un nombre y transmitiéndole su apoyo emocional, experiencia que confiere un apego positivo destacable. En esta fase del tratamiento (tiempo intensivo), el cuida- dor ayuda al niño alterado a regular sus sentimien- tos y emociones. «Los niños solo pueden aprender a calmarse mediante la corregulación —destaca Brisch—. Abandonarlos no aporta nada; con ello solo aprenden a desconectar de sus sentimientos; en cambio, desaprenden el modo de percibir sus miedos y su cuerpo.» Tras la crisis, el infante suele necesitar consuelo; también se halla emocionalmente accesible. Es el momento para recapitular junto al terapeuta lo sucedido en esos instantes con el fin de com- prender qué ha provocado la rabia y de qué otra manera habría podido reaccionar. Asimismo, se
JUEGO DE DESPEDIDA
¿Qué ocurre cuando el niño debe quedarse en casa con la abuela porque sus padres tienen que salir? Los infantes con un apego seguro suelen escenificar con los muñecos una historia coherente, en la que se despiden de papá y mamá (izquierda). En cam­ bio, cuando el apego resulta desorganizado, la trama se vuelve caótica. Incluso es posi­ ble que el pequeño excluya a las figuras que representan a la madre y al padre del juego (derecha).
La necesidad de crear vínculos personales parece muy anclada en la biología humana. Puede ocultarse, pero no perderse
comenta el modo de reparar el daño personal y material que ha causado. Los niños pasan a diario varias horas al día con
terapeutas especializados. Al principio solo es po- sible un tratamiento individual, puesto que los jóvenes pacientes no se encuentran preparados para integrarse en un grupo. Más tarde, se com- plementa el proceso con una terapia grupal. Esta incluye métodos de arteterapia, musicoterapia
y terapia de movimiento concentrativo. Dichos
tratamientos ayudan a que el niño exprese sin palabras sentimientos relacionados con traumas de su infancia temprana.
La primera fase de la psicoterapia intensiva se ca- racteriza por crear un vínculo seguro con el tera- peuta y establecer un equilibrio emocional. Más adelante, y de manera progresiva, el pequeño inte- gra sus experiencias de vínculo en sus juegos y en
la relación con el terapeuta. Tras la elaboración de
las experiencias traumáticas por parte del paciente, puede seguir una fase de trabajo de duelo, en la
que el niño llega a comprender por qué su vida ha transcurrido de esa y no de otra forma. En ese momento, se requiere con frecuencia un acompañamiento especialmente intensivo, ya que es probable que el paciente atraviese fa-
ses depresivas; incluso que piense en el suicidio. No obstante, algún día podrán aceptar mejor su pasado e integrarlo en su historia vital. Brisch re-
sume la experiencia de la persona que pasa por este proceso de la siguiente manera: «Lo que me ha ocurrido es terrible, y hay cosas que aún no comprendo, pero la vida continúa ahora para mí». La fase de despedida de la terapia comprende entre cuatro y seis semanas. Durante ese período se prepara al niño para el día de la separación. Llegado el momento, experimenta la tristeza que siente el equipo y la persona de referencia por su marcha. Se celebra una fiesta y se le entregan re-
galos. En la mayoría de los casos, es la primera vez que el niño vive una experiencia semejante; hasta ese día solo había conocido rupturas violentas. A pesar de que los problemas de apego tempra- no conllevan efectos dramáticos, las experiencias clínicas aportan esperanza: los patrones de apego pueden modificarse. Un proyecto de intervención iniciado en el año 2000 con niños de acogida ru- manos confirmó tal efecto. El comportamiento de apego de los pequeños (un 65 por ciento estaba diagnosticado como desorganizado) mejoró des- pués de que una familia los acogiera. Además, tras ocho meses en su nueva familia, el diagnóstico por trastorno del apego de tipo evasivo resultó menos frecuente en los niños en acogida que entre los que no habían tenido esa oportunidad. La necesidad de vincularse parece muy ancla- da en la biología humana. Puede ocultarse, pero no perderse. Incluso la disposición de apego am- bivalente de Lisa se irá difuminando con el tiem- po, siempre que Ana le demuestre que está allí
y la trate con cariño. Los padres de Emma, con
la que conviven desde hace pocos meses, reco- nocen que su hija todavía no ha superado trau-
mas anteriores, por lo que no les extraña que exi-
ja más cercanía de lo que parece adecuado para
su edad. Por su parte, los padres de Luis se saben
tranquilos al entender que las pataletas de su hijo no se deben a la educación que le confieren, sino
a un comportamiento con el que intenta demos-
trarles que se atreve a confiarles sus sentimien- tos. Como muchos niños en esta situación, aún le queda un largo camino por recorrer, pero ya ha dejado atrás lo peor.
Katja Gaschler es redactora de Gehirn und Geist, edición alemana de Mente y cerebro.
La psicoterapia intensiva ayu­ da a los niños que presentan traumas a desarrollar un mo­ delo de apego funcional.
Disorganized attachment in early childhood: Meta-analysis of precursors, concomitants, and sequelae. M. H. van Ijzen- doorn et al. en Developmental Psychopathology, vol. 11, págs. 225 -249, 1999.
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D. Mosquera y A. González en
Mente y cerebro, n. o 46, enero de 2011.
CORTESÍA DE MARTIN KRUPINSKI
«El síndrome de Münchhausen por poderes es una forma rara de maltrato»
Algunos progenitores simulan que su hijo se encuentra enfermo. Para ello manipulan informes médicos o causan síntomas en el niño. Martin Krupinski, de la Clínica Universitaria de Wurzburgo, ha investigado el trastorno.
A unque ilegal, puede resultar en cierta manera comprensi-
ble que una persona simule sufrir una enfermedad con el
fin de conseguir una jubilación anticipada. Diferente es
el caso del individuo que, sin ninguna ventaja aparente, se queja de supuestos síntomas y se somete a exploraciones costosas, in- cluso a intervenciones médicas arriesgadas. Se trata del síndrome de Münchhausen, psicopatología que se incluye en el grupo de los trastornos facticios y que recibe su nombre en referencia al famo- so barón embustero. En algunos casos, esta enfermedad mental puede convertirse en un tipo de maltrato infantil: los progenitores afectados inducen en sus hijos síntomas reales o aparentes para simular que están enfermos. Se habla entonces del síndrome de Münchhausen por poderes, una enfermedad mental rara y no exenta de controversias por parte de la comunidad psiquiátrica.
Profesor Krupinski, exponga un caso típico de síndrome de Münchhausen por poderes. El afectado lleva a un niño supuestamente en- fermo al médico y describe al facultativo unos síntomas falsos o manipulados. La mayoría de las veces se trata de madres que, en apariencia, se encuentran muy preocupadas, aunque maltratan con frecuencia a sus hijos de manera extraña o se inventan síntomas inexistentes. De esta for- ma consiguen que el médico, sin saberlo, tome una serie de medidas diagnósticas y terapéuticas inútiles.
Nació en 1961 en Mesbach, en la Alta Baviera. De 1982 a 1989 cursó estudios de medicina en la Uni- versidad Ludwig Maximillian de Múnich. Entre 1989 y 2001 desarrolló su formación como especialista en psiquiatría, psicoterapia y psicoanálisis en la Clínica Neurológica Universitaria de Múnich. Desde octubre de 2001 dirige el departamento de psiquiatría foren- se de la Clínica Universitaria de Wurzburgo.
En ocasiones, cuando un niño es víctima del maltrato de su madre, cree que merece ese castigo por su mala conducta.
¿Qué síntomas refieren? Los más frecuentes son los ataques epilépticos, ya que resultan fáciles de describir pero difíciles de comprobar por el médico. Por regla general, se re- ceta un tratamiento medicamentoso sin necesidad de presenciar ningún ataque. Con todo, la lista de enfermedades falsas manipuladas es larga y no cesa de crecer. También se falsean con frecuencia hemorragias, diarreas, vómitos, erupciones cutá- neas, apneas e incluso estados de coma. Con el fin de aportar pruebas falsas, los afectados manipulan la ropa de la cama del niño o alteran el aspecto de su piel con sustancias extrañas, incluso con la sangre menstrual de la madre. Asimismo pueden administrar al niño, sin justificación alguna, medi- camentos que le provocan diarrea, causarle lesio- nes cutáneas con las uñas u objetos puntiagudos o provocarle apneas cubriendo su cara con un cojín
o una bolsa de plástico. Este último procedimiento resulta sobre todo peligroso, ya que puede causar la muerte del pequeño. Según los estudios, entre el seis y el doce por ciento de los niños afectados fallecen a consecuencia de los malos tratos.
¿Cómo descubren los pediatras esta conducta en los padres? No existen señales específicas del síndrome de Münchhausen por poderes, así que la búsqueda de indicios y pruebas resulta complicada. Ante todo, los médicos deben confeccionar una historia clínica detallada, incluyendo datos anteriores e in- formaciones de otros miembros de la familia. Las discrepancias entre los informes de la madre y las observaciones médicas se consideran señales de alarma. Lo mismo puede decirse de síntomas per- sistentes o recurrentes, hallazgos de laboratorio
increíbles o cursos clínicos que no corresponden
a ninguna enfermedad conocida. Asimismo pue-
de resultar revelador si médicos experimentados
indican que nunca han visto un caso semejante o
si los síntomas del niño mejoran al separarlo de
su persona de referencia.
¿De qué modo se confirma ese diagnóstico? Los signos de alarma son solo sospechas que de- ben analizarse en cada caso particular. Si es nece- sario, los debe confirmar un médico forense. Con ello se pretende, por una parte, demostrar que los síntomas son falsos o provocados de forma
artificial; por otra, descartar otras posibles expli- caciones, por ejemplo, que las muestras de sangre
u orina del niño no presentan trazas de los fár-
macos prescritos. En el caso ideal, los médicos o
el personal sanitario auxiliar se percatará directa-
mente de las manipulaciones, de cómo la madre obstruye la vía respiratoria del lactante con un cojín, por ejemplo. En Estados Unidos y en Gran Bretaña se utiliza la observación con videocáma- ras ocultas. Sin embargo, este modo de proceder resulta discutible en otros países, entre ellos Ale- mania, por motivos legales y éticos.
¿Cuántos niños padecen este tipo de maltratos?
A partir de diversos estudios epidemiológicos,
uno de ellos desarrollado en Inglaterra e Irlanda en 1996 y otro en Nueva Zelanda en 2001, puede deducirse que la frecuencia de tales situaciones se encuentra entre el 0,4 y el 2 por cada 100.000 niños de edad inferior a 16 años. Si bien los problemas diagnósticos permiten sospechar que un conside- rable número de casos quedan sin diagnosticar, podemos afirmar que se trata de una forma rara de maltrato infantil.
¿Puede definir un perfil típico de los afectados del síndrome de Münchhausen por poderes?
En la mayoría de los casos se trata de madres que,
a primera vista, parecen muy preocupadas por
su hijo y psíquicamente normales. En realidad se sienten solas y poco protegidas, pero no pueden manifestar sus necesidades. Algunas sufrieron durante su propia infancia situaciones de aban-
dono o malos tratos; ahora tienden a autolesionar-
se o a simular enfermedades. También se da con
frecuencia que en el pasado acometieran intentos de suicidio, sufrieran trastornos de conducta ali-
mentaria o de drogadicción.
De alguna manera, los afectados son enfermos psíquicos. Sí. Muchas de estas personas padecen depresio- nes y trastornos de la personalidad. De forma transitoria, su percepción de la realidad puede
encontrarse alterada. Son raros los casos en los que la convicción de que el niño está enfermo se presenta como una idea fija y sobrevalorada. Según mi experiencia clínica, la mayoría de es- tas madres son perfectamente conscientes de lo que hacen, pero no acaban de entender por qué lo hacen. Con frecuencia se sienten impulsadas a ello. Tampoco suelen admitir su comportamiento
o lo confiesan mucho más tarde.
¿Qué pasa con el padre? ¿No se da cuenta del maltrato que sufre su hijo? En la mayoría de las familias afectas, el padre solo se implica de manera marginal. Si descubre el comportamiento de la mujer, suele reaccionar
incrédulo o a la defensiva, toma partido por ella y, llegado el caso, la defiende frente a unos médicos
o unas autoridades que, a su parecer, «dramati-
zan» la situación. Los padres parecen cerrar los ojos ante el impulso peligroso de sus esposas. La situación es comparable a la de algunas madres que no quieren reconocer los abusos sexuales que sufre su hijo por parte de algún familiar.
No obstante, también se dan casos de este sín- drome entre progenitores varones. Alrededor del siete por ciento de este tipo de mal- trato infantil es acometido por el padre, según una revisión llevada a cabo en 2003 por Mary S. Sherida, de la Universidad del Pacífico en Honolu- lu, a partir de 451 casos. Los progenitores varones se sitúan como autores de este tipo de maltrato en un segundo grupo, tras las madres biológicas. Es probable que la gran diferencia entre ambos sexos se deba a que las mujeres continúan ocupándose más del cuidado de los hijos.
¿Qué explicación se atribuye al síndrome de Münchhausen por poderes? Hasta el momento no existe una explicación ge- neral y convincente. Sin embargo, la experiencia con síndromes semejantes habla en favor de que se trata de un trastorno de identidad y una rela- ción casi simbiótica con el niño. Al parecer, las madres afectadas no diferencian de forma ade- cuada sus propias exigencias y necesidades de las
Los trastornos facticios se caracterizan por síntomas físicos o psicológicos fingi- dos o producidos de forma intencionada. Entre ellos se incluye el síndrome de Münchhausen, trastorno en el que los afectados se provocan o simulan padecer una enfermedad; no se explican el motivo de su conducta.
Una idea (fija) sobrevalo- rada se relaciona con una firme convicción o repre- sentación con un conte- nido emocional fuerte, en torno a la cual la persona centra su conducta y pen- samientos. Constituye un estadio intermedio entre el pensamiento irracional y la demencia. La idea sobreva- lorada se diferencia de la delirante en que la persona afectada todavía puede considerar la posibilidad de que se equivoca. No obstante, el límite entre ambas resulta difuso.
Síntomas inexplicables mantenidos o recurrentes.
Ingresos hospitalarios repetidos y numerosas pruebas diagnósticas sin resultados claros.
Curso clínico raro que no coincide con ningún trastorno conocido, además de síntomas y resultados de laboratorio inusuales.
Los médicos experimentados son incapaces de incluir el caso en un cuadro clínico conocido.
Ausencia de mejoría a pesar de un tratamiento médico correcto.
Los síntomas y el cuadro clínico mejoran cuando se separa al niño de la persona de referencia.
«En la mayoría de los casos, los afectados son madres que, a primera vista, parecen muy preocupadas por su hijo»
The deceit continues. An updated literature review of munchhausen syndrome by proxy. M. S. Sheridian en Child Abuse Neglegt, vol. 27, págs. 431- 451, abril de 2003.
Wenn Mediziner ungewollt zur Kindesmisshandlung
verführt werden. Münchhau­ sen­by­proxy­syndrom.
M. Krupinski en Wiener
Medizinische Wochenschrift, vol. 156, págs. 441- 447, agosto de 2006.
Wenn Menschen krank spie­ len. Münchhausen­Syndrom
und artifizielle Störungen.
M. D. Fekdman. Reinhardt,
Múnich, 2006.
Diéguez, en Mente y cerebro,
o 51, noviembre de 2011.
de sus hijos. Viven el cuerpo de la víctima como
si formara parte de su propio cuerpo. Del mismo
modo que ellas alternan el hecho de cuidarse con las autolesiones, cuidan y torturan a sus hijos. De esa forma descargan, al menos transitoriamente,
tensiones que les resultan difíciles de sobrellevar. Estas madres soportan una carga psíquica con fre- cuencia enraizada en abandonos y sensaciones de desprecio durante su propia infancia. Toman
el sufrimiento de su hijo como subproducto de
una necesidad que no pueden articular de otro modo; de esta manera también adoptan el papel
de enfermas. No es necesario que sean plenamen-
te conscientes de los motivos que las llevan a ello.
A menudo atribuyen el daño que ellas mismas
han originado a la incompetencia o al error médi- co. Aunque los niños de más edad son conscientes de la manipulación que sufren, aceptan que su madre los necesita «enfermos», por lo que callan para protegerlas.
¿Cuánto tiempo duran los maltratos?
El pronóstico es más bien desfavorable, pero sin
tratamiento, es muy posible que el trastorno se prolongue. Mientras el maltratador disponga de un acceso ilimitado al niño, pese a que el trastorno se haya descubierto, muchas vícti- mas seguirán sufriendo malos tratos, sin que
el esfuerzo de médicos, servicios de ayuda a la
juventud y juzgados de familia puedan evitarlo. Algunas madres continúan con el maltrato a un hermanito.
¿Qué secuelas sufren las víctimas?
Pueden originarse daños permanentes a causa de intervenciones quirúrgicas, intoxicaciones o
lesiones cerebrales. Todavía se sabe poco sobre
tipo y la gravedad de los efectos psíquicos en
víctima. Los niños pequeños creen que me-
recen el maltrato como castigo por su supuesta mala conducta. El espectro de secuelas alcanza desde alteraciones en el desarrollo en los lactan- tes, pasando por trastornos de ansiedad, hipe- ractividad y vivencias psicóticas en los preesco- lares, hasta un síndrome de Münchhausen en el propio niño durante la adolescencia o primera edad adulta.
Si existen sospechas, ¿cómo se debe actuar? Lo primero es proteger al niño y encontrar prue- bas consistentes del trastorno. En ese sentido, el momento más apropiado para intervenir depen- de del grado de peligro que corra el niño y de la certeza de la situación. La acusación de maltrato no debe darse de forma precipitada; al contrario, debe prepararse minuciosamente, puesto que las manipulaciones suelen negarse. Existe el peligro de privar al niño de la asistencia médica, de modo que todo vuelva a la situación inicial. Por regla general, se cumplen los criterios jurídicos rela- cionados con el bienestar del niño. La mayoría de las veces resulta inevitable solicitar la inter- vención de las autoridades para que separen al niño de la familia y lo lleven a una familia de acogida. Sin embargo, incluso en casos de diagnós- tico evidente, la justicia no puede garantizar una protección segura a largo plazo. Por ello resulta importante apoyar a los padres y establecer un plan terapéutico.
Christiane Gelitz es psicóloga y redactora de Gehirn und Geist, edición alemana de Mente y cerebro.
En el cerebro, el hipocampo es la central de la memoria. La imagen, tomada con un microscopio de fluorescencia, mues- tra un fragmento de este tejido nervioso en el encéfalo de una rata. En el laberinto de la neurona y de sus prolongacio- nes de información (axones, en verde), se encuentran nume- rosos núcleos celulares (puntos rojos). Las fibras brillantes de color azul reproducen los filamentos de actina (importantes elementos del esqueleto de la célula) de un astrocito. Su núcleo celular se visualiza como una gran mancha roja. Los astrocitos son células auxiliares que llevan el alimento a la neurona, pero también influyen en el transporte de la infor- mación, la base del aprendizaje.
Pese a que siempre intentamos evitarlo, el dolor posee también una cara amable para el organismo, pues nos protege de lesiones y nos avisa de que algo no funciona en el cuerpo. Si bien en algunos casos resulta difícil determinar el motivo de tal sensación (como el dolor idiopático, que puede darse en relación al miembro fantasma tras una amputación), otros trastornos relacionados con el dolor se conocen con más detalle. Veamos cuatro de ellos:
Los síntomas de dolor más frecuentes son aquellos relacionados con la activación de los nociceptores (receptores del dolor). Se trata de terminaciones nerviosas libres que transportan la excitación al tálamo, en el
diencéfalo, a través del asta dorsal de la médula espinal. Las señales pasan de allí a la corteza somatosensorial, a la corteza cingulada anterior
y a la amígdala. El dolor alcanza entonces la consciencia, de manera que su sensación se
hace perceptible. Los nociceptores reaccionan
a los estímulos que pueden provocar lesiones,
entre ellos, el calor, la presión o el frío.
Asta central
El dolor neuropático se presenta después de una lesión o del
funcionamiento defectuoso de los nervios o de raíces nerviosas de la médula espinal o de la corteza cerebral. Si un nervio relacionado con la sensación de dolor se estimula repetidas veces, su actividad se torna constante. Se estima que un cinco por ciento de la población padece dolor neuropático.
del nervio trigémino
Se calcula que un quince por ciento de la población
mundial padece migraña. Se trata de dolores de
cabeza punzantes e intensos que con frecuencia resultan
incapacitantes para la persona que los padece. Durante
los episodios de migraña incluso pueden darse náuseas
y vómitos. La forma más común de esta enfermedad se
relaciona con una excitación del tejido nervioso en el tronco
cerebral. Las terminaciones del nervio trigémino, uno de los
nervios del cerebro más importantes, liberan neuropéptidos
en abundancia. Ello provoca lesiones locales en los vasos
sanguíneos, las cuales estimulan a su vez a los nociceptores
del nervio trigémino. ¿Resultado? Un dolor de cabeza
Las personas con neurología del trigémino perciben
dolor en la frente, la boca o los dientes y, por lo
general, en un lado del rostro. El motivo de esa sensación
dolorosa es la excitación del nervio trigémino. A diferencia
de la migraña, el dolor en este trastorno puede perdurar
semanas, incluso meses.
Cerebros diferentes, imágenes distintas
Las diferencias anatómicas entre los cerebros humanos se reflejan en la manera personal de percibir el entorno
L a psicología perceptiva y las neuro-
ciencias resaltan la concordancia de
la experiencia que del mundo real
muestran los humanos. Con la salvedad de posibles casos de lesión cerebral o de en- fermedad mental, todos apreciamos que el Sol sale por el este, a todos nos agrada el aroma de una flor recién cortada, y cada uno de nosotros siente temor y sobresal- to si nos despierta en plena noche un es- trépito de cristales rotos. Estas anécdotas reflejan las grandes semejanzas de nuestro cerebro con el de los moradores más próxi- mos del árbol de la evolución, los grandes simios. Asimismo, esta presunción con- ceptual se ve reforzada por la ciencia ex- perimental. En el laboratorio se reúnen los resultados de numerosos probandos con el fin de deducir valores medios y estimar desviaciones respecto a estos. Las manchas de color que aparecen en las neuroimáge- nes resultan de la media de los datos pro- cedentes de distintos sujetos. Mas las experiencias cotidianas nos en- señan que cada persona posee sus propias preferencias, gustos y aversiones. Ciertos individuos son especialmente sensibles a los destellos luminosos; otros carecen de percepción de la profundidad; los hay ca- paces de introspección y análisis de sus aciertos y fallos, mientras que otros —en especial los personajes públicos y polí- ticos— carecen de semejante don. En mi caso particular, me atraen de forma irre- sistible los colores vivos, al igual que a las urracas los objetos brillantes. Me llama la atención el amarillo de los autobuses esco- lares, el tono anaranjado de las mandari- nas, el rojo intenso del vino tinto, la riqueza del magenta, el violeta eléctrico, la púrpura
imperial o el azul marino. Esos gustos se
WIKIMEADIA COMMONS / ATOMA / CC BY 2.5
Cada vez más investigaciones confirman que cada persona percibe el entorno de manera diferente. Esas vivencias subjetivas pueden asociarse en parte con características propias de regiones cerebrales concretas.
plasman en mis camisas floreadas. Y estoy seguro que tienen una plasmación desme- surada en mi corteza cerebral. Es obvio que si el aparato sensorial di- fiere de un sujeto a otro, la experiencia del mundo que obtenga el cerebro conectado a este sistema sensorial será también distin- ta. Ahora bien, ¿y si las diferencias se en- contrasen en el cerebro? Para responder a esta cuestión, los científicos deben analizar la mente de muchos individuos y poner el resultado en relación con las mediciones de sus correspondientes encéfalos. La actual abundancia de imágenes por resonancia magnética funcional ha facilitado este trabajo. Geraint Rees, del Centro de Neuroima- ginología Wellcome Trust del Colegio Universitario de Londres, publicó tres es- tudios que relacionan ciertas diferencias en la percepción de algunos fenómenos con la estructura del neocórtex (parte de
la corteza cerebral de origen evolutivo re- ciente) de cada individuo. En una de las investigaciones, se solicitó a un total de 30 probandos que observaran la ilusión de Ponzo (abajo) mientras se les escanea- ba el cerebro. Casi todos los participantes estimaron que la barra azul superior era más larga que la inferior; no obstante, la magnitud de la discrepancia percibida di- fería de unos individuos a otros. (A cada sujeto se le preguntaba cuántas veces ma- yor habría de ser la barra inferior para que ambas fuesen iguales). De forma sorprendente, esas diferencias se correspondían con la extensión super- ficial de la corteza visual primaria (V1), si- tuada en el occipucio. Por razones que se ignoran, el área V1 puede llegar a ser hasta tres veces mayor en unos individuos que en otros (desplegada y extendida, la anchu- ra y espesor de una V1 típica se asemejan a las de una tarjeta de crédito). Rees y sus co-
laboradores observaron que cuanto menor era la V1 del individuo, más acusadamente experimentaba este la ilusión. En cambio, los probandos que contaban con una V1 grande, juzgaron que las dimensiones de las barras diferían menos que los de V1 pe- queña. El tamaño de las dos áreas visuales inmediatamente adyacentes no influía en la amplitud de la ilusión.
Las ilusiones ofrecen pistas
Las figuras biestable son aquellas que al mirarlas parece que veamos de forma al- ternada una de dos figuras. Entre las más
conocidas se encuentran el cubo de Necker
o la ilusión de la vieja y la jovencita [véase «Ambigüedades y percepción», por V. R. Ra- machandran y D. Rogers-Ramachandran; Mente y cerebro n. o 34, enero de 2009]. Las dos interpretaciones de esas figuras se suceden e imponen una a la otra con cier- ta regularidad. El tiempo que media entre ambas transiciones varía de unos indivi- duos a otros. Una persona puede percibir
la transición cada cinco segundos; otra, en
cambio, cada diez. Rees y su grupo se valieron de una va- riante dinámica de esa ilusión biestable:
una nube de puntos móviles que se perci- bía como un cilindro que rotaba, ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda. En ese caso, establecieron una correlación entre la anchura del recubrimiento cortical (el espesor de la materia gris) y la duración de cada percepto estable hasta el salto a la
Cuanto más pequeña sea la corteza visual primaria (V 1, rojo) de una persona, más cla- ras le resultarán las ilusiones de Ebbinghaus y Ponzo (página anterior). Las neuroimáge- nes de tres probandos muestran la V 1 (ade- más de la secundaria, verde, y la terciaria, azul) y la fuerza del efecto ilusorio. Así, MK presenta una V 1 de 1614 milímetros cuadra- dos y ve el círculo de la derecha del test de Ebbinghaus un 14 % más grande que el de la izquierda. Al probando AS, con una V 1 más reducida, el tamaño del círculo le parece el doble de grande (39 %). En PS, ambas me- didas alcanzan cifras intermedias a los dos sujetos anteriores.
DE S. SCHWARZKOPF ET AL., 2011; CORTESÍA DE SAMUEL
DISIMILITUDES ENGAÑOSAS
En la ilusión de Ebbinghaus (izquierda) parece que el círculo central de la derecha sea más grande que el de la izquierda, aunque sus respectivos diámetros son idénticos. En la de Ponzo (derecha), la barra azul superior se percibe como si estuviera más alejada —y por consiguien- te, mucho más larga– que la barra azul inferior. Sin embargo, miden igual. Según una investi- gación de Geraint Rees, del Colegio Universitario de Londres, cuanto menor sea el tamaño de la corteza visual primaria de quien observa, más vigorosa resultará la ilusión.
variante alternativa. Tras escanear los ce- rebros de 52 sujetos, observaron que solo en el lóbulo parietal superior (LPS), tanto derecho como izquierdo, el espesor y la densidad de la materia gris se hallaba en correlación negativa con la duración del percepto. Dicho de otro modo, cuanto más gruesa era la corteza LPS de los probandos, con mayor rapidez se alternaban las dos interpretaciones. Se sabe por otros estu- dios clínicos que dicha región cerebral controla la atención visual selectiva, pero en qué medida el espesor y la densidad de la materia gris del LPS puede influir surge ahora como una cuestión abierta a la conjetura. Ante la pregunta sobre el rasgo o la característica que mejor define a la cons-
ciencia, la mayoría de los mortales suele referirse a la percepción y al conocimiento del estado interior de uno mismo. Se juzga que el pináculo de la sensibilidad reside en la capacidad de tener presentes las propias esperanzas, la preocupación por la enfer- medad de un ser querido o las causas de nuestro deseo o inapetencia, entre otros pensamientos. La presencia constante del propio estado interior falta en los demás seres vivos, salvo quizás en los primates. Aunque mi perro —como muchos otros animales, por no decir todos— percibe las imágenes, los sonidos y, en especial, los olo- res de su entorno, desconoce el motivo por el cual un día no mueve el rabo como de costumbre ni si mañana va a encontrar su comedero repleto de sabrosa carne.
Área V 1:
1614 mm 2
918 mm 2
DE S. SCHWARZKOPF ET AL., 2011; CORTESÍA DE SAMUEL SCHWARZKOPF
¿Será posible vincular las disparidades de este aspecto de orden superior de la consciencia con diferencias en la estructu- ra cerebral? Así es, según se deduce de un tercer estudio de Rees y sus colaboradores. Solicitaron a un total de 32 voluntarios sanos que se hallaban tendidos dentro del escáner que desarrollaran una tarea visual compleja. Debían juzgar cuál de cierto nú- mero de débiles manchas destacaba un poco más que las otras. Se buscó ex profeso que dicho juicio resultase dudoso. Después de cada prueba, los probandos debían elegir un número que expresara su confianza en la opinión que habían emitido (del uno al seis, de menos a más). En otras palabras, se les pidió que efectuasen una introspección:
¿tenía cada individuo la certeza de que aca- baba de ver la mancha más brillante? Se trataba de un ejercicio de metacognición, de reflexión sobre lo pensado. Como cabía esperar, los individuos mos- traron grandes diferencias en la exactitud de sus juicios (con independencia de su grado de acierto). Recordemos el programa de televisión ¿Quién quiere ser millonario?, donde los concursantes debían decidir si
usaban un comodín antes de emitir su respuesta, lo que, obviamente, dependía de la confianza que tenían en su propio juicio. Algunos concursantes actuaban con prudencia, por lo que usaban sabiamente los comodines; otros se desprendían de ellos en poco tiempo. En el caso de la investigación que nos incumbe, se extrajo una medida de la va-
riabilidad de la introspección. Se descubrió que esta se hallaba en correlación con el volumen de materia gris de la corteza prefrontal anterior derecha: cuantas más neuronas contenía dicha región frontal del cerebro, mayor era la calidad de la intros- pección del individuo. Aunque con ello no mejoraba el grado de acierto, sí aumentaba
la intuición de la propia ejecutoria (la va-
loración de si se ha actuado bien o mal). De hecho, quienes han sufrido lesiones en dicha área cerebral pierden, por lo general, su capacidad introspectiva. Esta porción del neocórtex se ha expandido más que cualquier otra región del encéfalo de los primates. Con todo, los mecanismos neu- ronales subyacentes a tal correlación supo- nen por ahora un misterio.
En conclusión, los estudios de Rees es- tablecen que las diferencias en la morfo- logía del cerebro se reflejan en dispari- dades en la percepción y la aprehensión consciente del mundo, inclusive en los pro- pios pensamientos. A pesar de las grandes semejanzas biológicas, el cerebro de cada persona es único y, con ello, también su mente.
Christof Koch Instituto de Tecnología de California
Human parietal cortex structure predicts indi- vidual differences in perceptual rivalry. Ryota Kanai, Bahador Bahrami y Geraint Rees en Current Biology, vol. 20, n. o 18, págs. 1626 -1630, agosto de 2010.
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References: resolución 
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