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Timestamp: 2019-10-16 05:37:44+00:00

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Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: El problema del desarrollo en la psicología estructural, Estudio critico | Estudio del psicoanálisis y psicología
Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: El problema del desarrollo en la psicología estructural, Estudio critico
El problema del desarrollo en la psicología estructural, Estudio critico (1)
El objetivo que nos hemos marcado con este estudio es analizar el problema del desarrollo en la psicología estructural. Nuestra tarea estriba en diferenciar lo que de verdadero y falso hay en esta teoría, para lo cual seguiremos una vía que ya hemos recorrido en repetidas ocasiones: basar nuestra argumentación en lo que hay de verdad en esta teoría y servirnos de ella para descubrir los puntos falsos que la ensombrecen, ya que de acuerdo con el pensamiento de Spinoza, la verdad se ilumina a sí misma e ilumina los errores.
Analizaremos el problema del desarrollo tal y como se expone en el libro de K. Koffka, a cuya edición en ruso debe servir este estudio de introducción crítica.
Analizar críticamente un libro como el de Koffka, que representa todo un hito en el desarrollo del conocimiento científico en este campo y que encierra en sí una enorme cantidad de hechos, generalizaciones y leyes, implica penetrar en la coherencia interna de las ideas que lo integran, en la propia esencia de su concepción. Supone también contrastar la teoría con la realidad que ésta refleja: de ahí que este análisis no pueda consistir sino en una crítica partiendo de la realidad.
Este tipo de crítica es posible siempre y cuando se tenga una idea, aunque sólo sea general, de la naturaleza de los fenómenos de la realidad reflejados en la teoría que es objeto de estudio. Un punto esencial de este tipo de análisis lo constituye el experimento crítico, que traslada la crítica al campo de los hechos y somete a juicio aquellos puntos centrales de controversia que separan a dos sistemas teóricos. Desafortunadamente, no atañe a nuestra empresa actual la exposición detallada de experimentos críticos. Tan sólo podremos referirnos a ellos de paso, en relación con el análisis teórico del problema. El material empírico fundamental en que nos basaremos —y que representa los elementos de la realidad que la teoría refleja— deberá ser el material empírico recogido en el libro analizado. 205
Analizar críticamente el libro de Koffka escribir otro sobre e mismo tema, por lo que un estudio como éste no puede ser sino un resumen de lo que sería ese hipotético libro.
El libro de Koffka es uno de los pocos textos sobre psicología infantil que está escrito desde el punto de vista de un único presupuesto teórico. En este caso, se parte del principio de la estructura o de la forma (Gestalt), que tuvo su origen en la psicología general. El libro que nos ocupa no es más que un intento de analizar todos los hechos fundamentales de la psicología infantil desde ese punto de vista.
El principal objetivo de esta obra es en el fondo la lucha contra dos callejones sin salida del pensamiento científico, a los que se han visto abocadas numerosas teorías científicas actuales. Es indudable, dice Koffka, que ante la disyuntiva de la explicación mecanicista o psicovitalista nos encontramos entre el Escila del vitalismo, que nos obliga a renunciar a nuestros principios científicos, y el Caribdis del mecanicismo, con su carencia de vida.
Precisamente el objetivo fundamental, aún no culminado, que ha presidido la creación y el desarrollo de la psicología estructural en general y del presente libro en particular estriba en la superación del mecanicismo y del vitalismo. En ese sentido, esta obra constituye el punto álgido de la psicología europea, y en función de ella (es decir, basándose en ella pero negándola al mismo tiempo) podremos extraer puntos de partida que nos sirvan para desarrollar nuestra propia concepción sobre la psicología infantil. Por eso, nuestro estudio crítico debe seguir en lo fundamental el camino elegido por el autor del presente libro. Nuestro objetivo es comprobar en qué medida el nuevo principio explicativo que introduce Koffka en la psicología infantil permite realmente superar en ésta las concepciones mecanicistas y vitalistas del desarrollo.
No vamos a analizar, por supuesto, el libro capítulo por capítulo, sino que extraeremos dos principios fundamentales en los que basaremos el análisis crítico. El propio Koffka dice que sólo tenía un camino para abordar con éxito el objetivo de su trabajo: exponer críticamente unos principios del desarrollo psíquico y analizar los hechos particulares desde la perspectiva de esos principios. En esencia, eso es lo que tendremos que hacer nosotros: analizar los principios generales que sirven de base a este trabajo a la luz de su relación con los hechos que esos principios explican cuando son puestos en juego.
Los dos principios fundamentales que constituirán nuestro objetivo más inmediato son el principio de la estructura y el principio del desarrollo y los analizaremos en tres aspectos básicos. En primer lugar, analizaremos el concepto de estructura, principio central de la obra, basándonos en los hechos más relacionados en él, esto es, desde el punto de vista de la correspondencia que hay entre el principio teórico y el material empírico que sirvió originalmente para formular y demostrar ese principio. Pasaremos después a analizar la aplicación de este principio a hechos pertenecientes al 206 ámbito de la psicología infantil, y comprobaremos su adecuación a ellos. Una vez sometida a prueba la relación entre el principio teórico y los hechos desde esos dos ángulos diferentes, contaremos con los elementos necesarios para poder sopesar críticamente el conjunto de la teoría del desarrollo psicológico del niño tal y como se concibe desde este principio explicativo.
Empezaremos, por tanto, por estudiar el principio fundamental de la psicología estructural a la luz de los hechos que le son más próximos. Según Koffka, la psicología infantil no ha creado un principio explicativo propio y, por eso, se ve obligada a utilizar por analogía principios originarios de la psicología general y la psicología comparada. No existe un principio psicológico del desarrollo, afirma, que sea específico de la psicología infantil. Antes de que ésta los emplease, estos principios habían surgido ya en la psicología general o en la de los animales.
Eso nos obliga, siguiendo al autor, a comenzar por analizar un principio psicológico que tiene un valor más amplio y general, no restringido a la esfera de la psicología infantil. La base de todo el trabajo de Koffka consiste precisamente en la aplicación de este principio general, que se ha originado en la psicología general y comparada, a los hechos del desarrollo psicológico del niño.
Por eso, si queremos, como ya hemos dicho, hacer que el criterio fundamental de nuestro análisis crítico sea la confrontación de hechos y principios, considerando los hechos a la luz de los principios y contrastando los principios con los hechos, debemos comenzar por los hechos a la luz de los cuales surgió inicialmente dicha teoría. Esperamos desvelar aquí la resistencia interna de los hechos a los principios universales propuestos para su explicación, resistencia enmascarada y reprimida por la aplicación armoniosa y consecuente de un determinado sistema. El análisis crítico de cualquier obra representa casi siempre, en el más amplio sentido, una especie de lucha ideológica entre diferentes puntos de vista básicos.
En este sentido, el presente libro facilita la tarea del análisis crítico, ya que, a diferencia de otras muchas exposiciones sistemáticas de la psicología infantil, basa su estructura en una investigación teórica. Lo que caracteriza a una exposición científica, dice Koffka, no es la simple comunicación de conocimientos. Debe mostrar directamente la dependencia entre estos conocimientos y la ciencia, revelar su dinámica, la investigación en acción. Por consiguiente, también deben exponerse los principios que a la postre resulten falsos y estériles. Para el lector debe estar claro por qué estos principios carecen de fundamento, en qué consiste su punto débil y en qué sentido hay que modificar la explicación. Mediante la discusión de diferentes opiniones, el lector podrá entender el curso evolutivo de la psicología como ciencia. Toda ciencia crece luchando activamente en defensa de sus tesis fundamentales, y el objetivo de este libro es incorporarse a esa lucha. 207
Leyendo este libro, el lector podrá convencerse fácilmente de que todo él está penetrado de un espíritu de lucha contra teorías opuestas y que, por tanto, utilizar un enfoque crítico para llegar a entender y asimilar su contenido no sólo no contradice el espíritu de la obra, sino que responde - directamente a su naturaleza interna. Sin embargo, la lucha teórica en el seno de un determinado campo científico sólo es fértil cuando se plantea sobre la base de la fuerza de los hechos. En nuestro estudio intentaremos basarnos ante todo en la fuerza de los hechos con que opera el propio autor del libro.
Partimos de la tesis de que desentrañar la cuestión teórica de la aplicación del principio estructural a la construcción de la psicología infantil significa desentrañar también una de las cuestiones más complicadas y esenciales de la psicología teórica actual, y mantener al mismo tiempo en vigor todo lo que de verdadero y fértil encierra este principio.
Podremos comprender mejor el significado de este principio fundamental si tenemos en cuenta la historia de su aparición. El principio estructural surgió inicialmente como una reacción contra las tendencias atomistas y mecanicistas que imperaban en la vieja psicología, según las cuales los procesos psicológicos eran considerados como un conjunto de elementos de la vida psíquica individuales e independientes entre sí que se unían a través de una conexión asociativa. La principal dificultad con que tropezaba ese tipo de teorías era la imposibilidad de explicar adecuadamente cómo pueden surgir en la vida psíquica, mediante una ligazón asociativa casual de elementos heterogéneos independientes, sensaciones conscientes integrales, procesos de comportamiento racionales, orientados hacia un objetivo determinado, tan característicos de nuestra conciencia.
Como observa uno de sus críticos, la nueva teoría empezó transformando, según palabras de Goethe, el problema en postulado. Convirtió en su hipó-tesis principal la idea de que los procesos psíquicos constituyen desde sus comienzos configuraciones cerradas, organizadas, integrales, con significado interno y que determinan el significado y el peso específico de las partes que las componen. Esos procesos integrales han obtenido en la nueva psicología la denominación de estructuras o formas (Gestalten), contrapuestos desde el principio al conglomerado azaroso de átomos psíquicos unidos por simple adición.
No vamos a detenernos en la evolución del concepto de estructura en la psicología general. Nos ocupa ahora la interpretación de este principio desde el punto de vista del problema del desarrollo. Como hemos dicho, inicialmente este principio se aplicó al problema del desarrollo, pero no en el campo de la psicología infantil, sino en el de la psicología animal.
El primer problema con que nos enfrentamos al plantearnos la cuestión del desarrollo es el de la creación de nuevas formas de comportamiento. Creemos que está plenamente justificado que Koffka considere éste como un problema central, ya que desarrollo significa ante todo aparición de algo nuevo. Y de la respuesta que cada teoría dé a la pregunta de cómo surgen 208 nuevas formas dependerá la resolución del propio problema del desarrollo desde las distintas ópticas.
La pregunta sobre el origen de nuevas formas de comportamiento surge por primera vez en las teorías del adiestramiento animal, donde se pone de relieve el hecho de que esas nuevas formas aparecen en el curso de la vida individual del animal. En este caso, el modo en que esas formas se manifiestan es verificable experimentalmente: de ahí que, durante mucho tiempo, las preguntas esenciales relacionadas con este problema hayan sido siempre contestadas desde la teoría del condicionamiento animal. Koffka comienza su estudio del desarrollo partiendo precisamente de esas premisas.
Pero en este caso, y debido a la modificación del principio psicológico rector de la investigación, la psicología estructural se plantea la pregunta de forma distinta a como venía planteada de origen. En efecto, el problema del adiestramiento se planteaba habitualmente desde el punto de vista del empirismo puro y, por tanto, como un problema de aprendizaje, entrena-miento, recordación...: en una palabra, como un problema de memoria. Lo que encontramos novedoso en el planteamiento de la cuestión que hace Koffka es que desplaza el centro de gravedad del problema del adiestramiento, trasladándolo de la memoria a la aparición de los denominados actos nuevos primarios.
Arguye que el problema del adiestramiento no puede formularse con la pregunta: ¿en qué depende un acto de los anteriores? ¿Cuál es en realidad el problema de la memoria? El problema del adiestramiento debe preguntarse fundamentalmente: ¿cómo se originan estas nuevas formas iniciales de actividad?
Así pues, ya desde el principio de su análisis Koffka se plantea la pregunta sobre el origen de los nuevos actos, independientemente del problema de su recordación, fijación y reproducción. Al hacerlo, Koffka desarrolla su propia teoría, por oposición a las otras dos con las que nos topamos en psicología al discutir esta cuestión: en primer lugar, la teoría del ensayo y error, que halla su máxima expresión en los trabajos de Thorndike, y en segundo lugar, la de los tres niveles, desarrollada por K. Bühler. Para refutar estas teorías, Koffka se basa fundamentalmente en el material empírico obtenido en el proceso de experimentación de Köhler con monos antropomorfos. Pero además, Koffka recurre a otro material: el material empírico del propio Thorndike al que somete a un análisis crítico.
Es imposible interpretar correctamente el problema del desarrollo en la psicología estructural sin explicar el contexto ideológico que le otorga sentido. Por ello, vamos a exponer brevemente las dos teorías de cuya contraposición parte la nueva psicología.
Según la teoría del ensayo y error, la formación de cualquier acto nuevo se rige por el principio de los actos azarosos. De todos ellos, se selecciona una determinada combinación de movimientos, concomitante con la resolución exitosa de una tarea, que es la que posteriormente queda fijada. Pero este 209 principio, dice Koffka, no desata el nudo, sino que lo corta. Según él, no existe un acto inicial, en el sentido de acto nuevo.
Lo que es más: desde el punto de vista de esta teoría, sólo existen formas innatas de actividad; por lo que respecta a los actos nuevos que surgen a lo largo del desarrollo individual, no son más que combinaciones de reacciones innatas, surgidas al azar, mediante ensayo y error.
K. Koffka analiza paso a paso los hechos concretos que han dado lugar a la aparición de tan discutible principio y llega a una conclusión plenamente convincente: la inconsistencia de la teoría del ensayo y error. Señala que, en los experimentos del propio Thorndike, el animal no sólo se halla en una situación de conjunto especial, sino que, gracias al adiestramiento, en esta situación se da desde el principio una desarticulación, lo que hace que aparezca un punto central respecto al cual los demás elementos de la situación adquieren un valor subordinado.
El conjunto de la situación no constituye para el animal algo borroso y absurdo. Para el animal, dice Koffka, la situación viene a significar la posición desde la que debo llegar al alimento que está fuera. De alguna manera, el animal está relacionando sus actos con la comida que está en el exterior. Por consiguiente, la teoría del adiestramiento carente por completo de sentido es infundada.
Si nos fijamos atentamente, paso a paso, como hace Koffka, en el desarrollo del experimento que explica Thorndike, no podemos por menos de estar de acuerdo con que, en el proceso de la actividad (liberarse de la jaula), los elementos aislados de la situación adquieren para el animal un significado determinado, con lo cual obtenemos algo totalmente nuevo para nuestro análisis. Podríamos decir que, en general, en los experimentos de Thorndike el adiestramiento conduce, como dice Koffka, a nuevas formaciones en el campo sensorial. El animal resuelve determinadas tareas y, por tanto, su actividad no es objeto de ensayos y errores azarosos.
K. Koffka se remite a los experimentos de J. Adams, que llega a la conclusión de que no cabe considerar el adiestramiento como la desconexión paulatina de movimientos inútiles. Se remite a E. Tolman, que resume en las siguientes palabras su rica experiencia en el adiestramiento de animales: «Cualquier proceso de adiestramiento es un proceso de resolución de un problema» (K. Koffka, 1934, pág. 117).
Por consiguiente, Koffka también llega a la conclusión de que en los experimentos de Thorndike los hechos están en serio desacuerdo con la explicación teórica a que se recurre para interpretarlos. Los hechos muestran que los animales se comportan inteligentemente al resolver determinada tarea, delimitando la situación que perciben y ligando sus movimientos al objetivo que se halla fuera de los límites de la jaula. La teoría explica sus actos como un conjunto de reacciones ciegas y sin sentido, que se fijan o se desechan de forma puramente mecánica, gracias al éxito o al fracaso externo y, por tanto, dan lugar a la aparición de la suma de combinaciones de una 210 serie de reacciones, no sólo no relacionadas internamente entre sí, sino que no tienen nada en común con la situación de donde proceden.
La importancia que otorga Koffka a los actos en los experimentos de Thorndike puede apreciarse por su empeño en analizarlos comparativamente con los experimentos de Roodger con seres humanos.
Roodger coloca también al hombre en situaciones incomprensibles para éste. Los resultados que expone Koffka de estas investigaciones se reducen al planteamiento de una tesis general. El experimento, en el que los hombres tienen que adoptar una resolución, se asemeja con gran frecuencia en estos casos al comportamiento del animal en las pruebas de Thorndike. Por tanto, Koffka plantea como primer argumento contra la teoría del ensayo y error su disconformidad con los hechos en que basó su origen.
Pero el argumento principal que arguye Koffka contra esta teoría radica en las famosas investigaciones de W. Köhler con monos antropomorfos, en las que, como es sabido, se establece categóricamente la existencia en estos animales de actos inteligentes, tales como el empleo de instrumentos para conseguir un objetivo o los movimientos de rodeo dirigidos a un objetivo. No vamos a extendernos en la exposición de estos experimentos, tan magistralmente expuestos en el libro de Koffka. Diremos tan sólo que para él constituyen el argumento central y básico para refutar la teoría del ensayo y error.
Podríamos formular el nuevo principio afirmando que los animales resuelven de verdad las nuevas tareas que se les plantean. A nuestro modo de ver, lo esencial de la solución de la tarea no estriba en que los movimientos posibles de cada sujeto formen parte de una nueva combinación, sino en una nueva estructuración de todo el campo. Lo esencial de este último principio estriba en que, según los experimentos de Köhler, en los animales se produce un acto cerrado, orientado hacia un fin determinado, que responde a la estructura del campo percibido.
Este acto es diametralmente opuesto a la combinación casual de reacciones, fruto de ensayos y errores ciegos. Koffka llega así a un punto de vista sobre el adiestramiento totalmente distinto al que se desprende de la teoría de Thorndike. El adiestramiento, dice, no es nunca absolutamente específico. Cuando el organismo domina una determinada tarea, no sólo puede aprender a resolver una similar que se le presente de nuevo, sino que ese aprendizaje le capacita para resolver también otro tipo de tareas a las que antes no podía enfrentarse, porque en determinados casos nuevos procesos se ven facilitados por otros procesos similares; en otros casos, los nuevos procesos posibilitan la creación de nuevas condiciones2. 211
Así pues, el adiestramiento es en realidad desarrollo y no simple adquisición de formas de comportamiento aisladas. Al autor sólo le parece congruente una teoría que sea capaz de explicar por qué, de la infinita cantidad de relaciones que encierra una situación, un sujeto repara en las más importantes, que son precisamente aquellas que determinan el comportamiento.
Podríamos decir: la conciencia de la estructura de un campo surge alrededor de una meta. La solución no consiste en otra cosa que en la formación de esa estructura. A nosotros no se nos plantea ese problema, porque hay relaciones que no crean conciencia de estructuras. Koffka arguye que si excluimos el sentido y consideramos que es el azar lo que conforma ciegamente el mecanismo de las asociaciones, habría que explicar por qué no captamos solo las relaciones con sentido y no las conexiones sin sentido.
Por consiguiente, K Koffka llega a la conclusión de que es la formación de las nuevas estructuras lo que constituye la esencia de la aparición de los actos primarios. Lo notable de su teoría es que él aplica el principio estructural no sólo a los actos inteligentes de los monos antropomorfos, sino también a los actos de los animales inferiores de los experimentos de Thorndike. Por tanto, Koffka ve en las estructuras un principio primario, original y esencialmente primitivo de organización del comportamiento. Sería erróneo pensar que este principio es propio tan sólo de las formas superiores o intelectuales de actividad. También está presente en las formas más elementales y primitivas del desarrollo. Esta línea de razonamiento, dice el autor, corrobora nuestra interpretación de la naturaleza primitiva de las funciones estructurales. Y si éstas son realmente tan primitivas deberían manifestarse en el comportamiento primitivo que denominamos instintivo. Vemos así cómo el rechazo de la teoría del ensayo y error lleva a Koffka a la conclusión de que el principio estructural es aplicable por igual tanto a los actos inteligentes superiores de los monos antropomorfos como al adiestramiento de los mamíferos inferiores de los experimentos de Thorndike, como a las reacciones instintivas de las arañas y las abejas.
De ahí que Koffka encuentre en el principio estructural un principio general que le permite englobar en un único principio interpretativo tanto las reacciones más primitivas del animal (instintivas) como aquéllas nuevas que surgen durante el proceso de adiestramiento y la actividad inteligente. Como vemos, este principio estriba en la contraposición de un proceso racional, cerrado, orientado hacia una determinada meta a la combinación casual de elementos-reacciones aislados.
Pero apreciaremos mejor el pleno significado de este principio si podemos contrastarlo a la luz de un enfoque teórico contrapuesto: la teoría de los tres niveles [de K. Bühler, R. E.], según la cual el desarrollo del comportamiento recorre tres niveles principales. 212
Koffka explica esta teoría en los siguientes términos: el nivel superior del intelecto, que es la capacidad de realizar descubrimientos, es precedido por el nivel del adiestramiento, de la memoria puramente asociativa y, por último, por el instinto, que es el nivel inferior. El instinto y el adiestramiento tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Las ventajas del instinto son la seguridad y la perfección con que actúa ya desde la primera vez, instantáneamente, y la ventaja del adiestramiento consiste en su capacidad de adaptación en circunstancias concretas. Por contra, los aspectos negativos son la rigidez del instinto y, en el caso del adiestramiento, la inercia y el hecho de que adiestrar exige mucho tiempo. En el nivel de la inteligencia se unen las ventajas de los dos niveles inferiores.
Si la teoría de Thorndike estaba encaminada a demostrar la aleatoriedad e irracionalidad en la aparición de nuevos actos en los animales, la de K. Bühler plantea demasiadas exigencias a la actividad intelectual, separándola en exceso de los niveles inferiores y adjudicándole sólo a ella los atributos de racionalidad y estructuralidad cerrados. Bühler parte del principio de que la razón presupone un juicio y que va acompañada de una sensación de seguridad de la que carecen los chimpancés.
Por tanto, si la teoría del ensayo y error trata de explicar la aparición de nuevos actos en los animales desde el principio mecanicista de la unión aleatoria de reacciones heterogéneas elementales, la teoría de los tres niveles trata de explicar el desarrollo como una serie de escalones a los que no une una relación intrínseca, que no pueden ser incluidos en un principio único. «¿Cuáles son estas tres formas de comportamiento?» —pregunta Koffka. «Cabe considerar que todas ellas son completamente distintas y que por tanto el desarrollo consiste sólo en que se unen entre sí de un modo no explicado» (1934, pág. 144).
La crítica de Koffka sobre esta teoría va dirigida en primer lugar hacia la afirmación de Bühler de que la razón presupone obligatoriamente el juicio. Si bien ese tipo de limitación de los actos afectaría a lo que en el hombre adulto se denomina lo consciente, en las formas más simples de comportamiento inteligente la presencia de este rasgo no es obligatoria. En segundo lugar, Koffka trata de eliminar las diferencias más acusadas entre los distintos niveles en el desarrollo de la actividad de los animales. Según él, el instinto se transforma imperceptiblemente en adiestramiento, por lo que hay una estrecha relación entre la teoría del adiestramiento asociativo y la del instinto. Asimismo trata de suprimir las diferencias entre el adiestramiento y la inteligencia, como hemos visto anteriormente.
Lo que intenta Koffka no es aceptar estos tres rasgos como totalmente heterogéneos, sino hallar una cierta dependencia entre ellos. El lector atento, dice, habrá podido advertir que para nosotros hay un determinado principio que desempeña un papel protagonista y que puede aplicarse por igual a la explicación del instinto, del adiestramiento y de la razón: el principio de la estructuralidad. En todas nuestras argumentaciones tratamos de utilizar el propio fenómeno, su carácter cerrado interno y su orientación como el 213 principio fundamental en cualquier explicación, pero es en la actividad inteligente donde el principio estructural se manifiesta con mayor claridad. De ahí que para explicar las formas inferiores nos sirvamos de un principio capaz de explicar las formas superiores, en contraposición a lo que hasta ahora se venía haciendo, y que consiste en admitir la posibilidad de aplicar a las formas superiores de comportamiento el mismo principio válido para explicar el comportamiento primitivo. La inteligencia, el adiestramiento y el instinto se basan, en opinión de Koffka, en funciones estructurales que se han formado de modo diferente, en distintas condiciones y con un desarrollo diferente. Pero no son aparatos diferentes que se conectan en caso de necesidad, como supone Bühler (K. Koffka, 1934, pág. 145).
Llegamos, por tanto, a una conclusión extraordinariamente importante, y que consiste en que el principio de la estructuralidad resulta aplicable por igual a la gama de fenómenos psíquicos del mundo animal, comenzando por los animales inferiores y terminando por los superiores. En cierto sentido, Koffka realiza el camino contrario al establecido por los investigadores precedentes. Si Thorndike intenta explicar desde fuera las formas de actividad inteligentes del animal reduciéndolas a las reacciones inferiores, innatas, Koffka, en cambio, trata de seguir el camino contrario, de arriba abajo, aplicando el principio de la estructuralidad que se ha encontrado en los actos inteligentes de los animales superiores a la explicación de los actos sin sentido de los animales en el adiestramiento e incluso a la explicación de los instintos.
Koffka realiza así una generalización de una gran envergadura y de un enorme alcance, puesto que abarca la totalidad de las formas de actividad psíquica, desde las inferiores hasta las superiores. Pero esta generalización no se limita exclusivamente al campo del adiestramiento: llega también a los fenómenos fisiológicos que sirven de base a cualquier clase de actividad psíquica. Koffka se remite a la hipótesis de M. Wertheimer sobre la estructuralidad de los fenómenos fisiológicos y al trabajo de Lashley, quien ha propuesto una teoría dinámica sobre los procesos fisiológicos, que también se manifiestan en forma de fenómenos estructurales.
Koffka ve en este intento de trasladar también el principio de la estructuralidad a los procesos fisiológicos que sirven de base a la actividad psíquica, el medio de salvación del psicovitalismo, e intenta buscar en las estructuras fisiológicas del sistema nervioso la explicación de las estructuras psicológicas.
Basándose en ello afirma que instinto, adiestramiento e intelecto no son tres principios totalmente distintos, sino que en todos ellos encontramos el mismo principio bajo una formulación diferente. La transición de un nivel a otro resulta por ello inestable e impredecible y es imposible determinar dónde comienza el comportamiento inteligente en todo el sentido de la palabra. No podemos decir, manifiesta, que el intelecto comienza donde termina el instinto, porque sería exagerar unilateralmente la rigidez de los actos instintivos. Manifiesta más adelante que «incluso podríamos aplicar 214 nuestros criterios de inteligencia al comportamiento instintivo de los insectos, del mismo modo que lo aplicamos al comportamiento del hombre».
Por último, debemos señalar que la nueva psicología traslada el principio de la estructuralidad no sólo a los fenómenos fisiológicos que sirven de base a la actividad psíquica, sino también a todos los procesos y fenómenos biológicos en su totalidad y, lo que es más, a las estructuras físicas. Koffka se remite en este punto a la conocida investigación teórica de Köhler, donde éste se proponía demostrar que en el mundo de los fenómenos físicos nos hallamos en presencia de sistemas físicos que poseen rasgos estructurales distintivos y que constituyen procesos integrales cerrados en los que cada una de las partes está determinada por el conjunto al que pertenece.
Para terminar de exponer la teoría de Koffka, nos resta referirnos a sus propias consideraciones sobre el lugar que esta teoría ocupa con respecto a las otras dos. Si comparamos, dice, la teoría mecanicista del desarrollo psíquico con la de los tres niveles de Bühler, podríamos llamar unitaria a la primera y pluralista a la segunda. ¿Cómo denominaríamos nuestra teoría? Es pluralista, porque reconoce un número ilimitado de estructuras y múltiples formas de cambios estructurales. Pero no lo es desde el momento en que considera limitado el número de facultades fijas, como los reflejos y los instintos, la capacidad de adiestramiento y el intelecto. Es unitaria, no en el sentido de atribuir todo el proceso al mecanismo de las conexiones nerviosas o asociaciones, sino porque busca en las leyes estructurales más generales, la explicación definitiva al desarrollo, concluye Koffka (ibídem, pág. 150).
Podemos pasar ahora a analizar críticamente la teoría recién expuesta. Señalemos de antemano que esa crítica se basa totalmente en los hechos y generalizaciones que expone el propio Koffka. Comenzaremos por ello.
Nuestro análisis crítico va a girar en torno al problema crucial de evaluar y explicar el verdadero significado, la verdadera naturaleza psicológica de los hechos en que se basa la teoría de Koffka.
Creemos que esos hechos confirman plenamente los argumentos refutadores implícitos en la teoría de Koffka, destruyendo convincentemente la teoría mecanicista del ensayo y el error y la semivitalista de los tres niveles y poniendo al descubierto la inconsistencia tanto de una como de otra. Pero al mismo tiempo, si ambas se analizan con cuidado y se comparan con un círculo más amplio de fenómenos, a la luz de los cuales adquieren su verdadero valor, se pone claramente de manifiesto que el núcleo explicativo que utiliza -el autor encierra elementos falsos junto con otros verdaderos. Básicamente, la esencia de la teoría de Koffka, que hemos expuesto anteriormente, se cifra en la conclusión fundamental a que llega Köhler como resultado de sus investigaciones. Éste formula esa conclusión bajo una tesis general en la que se afirma que en los chimpancés encontramos un comportamiento inteligente del mismo tipo que el que aparece en el hombre. Los 215 actos inteligentes de aquéllos no siempre ofrecen una semejanza externa con los del hombre, pero si se establecieran condiciones de investigación similares, podríamos provocar en el chimpancé el mismo tipo de comportamiento.
El citado antropoide se destaca del reino animal y se aproxima al hombre no sólo por sus rasgos morfológicos y fisiológicos en el sentido estricto de la palabra, sino porque también manifiesta formas de comportamiento específicamente humanas. Hasta ahora conocemos muy poco de sus vecinos situados en escalones inferiores de la escala evolutiva, pero lo poco que sabemos, así como los datos que ofrece este libro, no excluyen la posibilidad de que en nuestro ámbito de investigación, los antropoides estén más cerca del hombre en cuanto a inteligencia que de muchas especies inferiores de monos, tal y como pensaba Köhler (1930, págs. 103-104).
Con esta tesis, la totalidad de la teoría de Koffka cae de su propio peso. Por eso, la primera pregunta a la que debemos responder es hasta qué punto esta tesis es autónoma a la luz de las investigaciones llevadas a cabo después de Köhler, hasta qué punto hay analogía entre el comportamiento del mono y el comportamiento del hombre, y hasta qué punto la inteligencia de los chimpancés está más cerca del hombre que de especies inferiores de monos.
De esta tesis parte Koffka, como ya se ha dicho, para elaborar el conjunto de su teoría. Como veremos más adelante, Koffka trata de extrapolar este principio (formulado a partir de las citadas investigaciones y cuya expresión más concreta se encuentra en los actos inteligentes de los chimpancés) por un lado, hacia abajo, explicando el adiestramiento y el instinto de los animales y, por otro, hacia arriba, explicando el desarrollo del niño. ¿Es legítimo extrapolar así ese principio? Eso dependerá tan sólo del grado de cercanías y afinidad entre la naturaleza psicológica de los hechos que han servido para llegar a este principio y la de los hechos a los que se trata de extrapolar.
No sería descabellado afirmar que está surgiendo ante nuestros ojos una nueva época en la psicología actual, que está pasando casi desapercibida para los más notables representantes de la psicología, y que podría ser definida como la época «después de Köhler. La relación en que nos encontramos respecto a los trabajos de Köhler es la misma que tienen sus investigaciones respecto a los trabajos de E. Thorndike: esto es, una negación dialéctica de la teoría köhleriana, dejando de lado sus tesis.
Esta época se está conformando en base a dos tendencias que se desprenden directamente de los trabajos de Köhler, y que él mismo había detectado en forma incipiente, pese a lo cual él considera que no han alterado la esencia de la cuestión y que constituyen más bien momento colaterales y secundarios respecto al núcleo central del conjunto del problema A su juicio, estas dos tendencias, de las que hablaremos más adelante, no podían hacer vacilar la tesis fundamental, según la cual la inteligencia de los chimpancés presenta rasgos idénticos a los del hombre y en ella aparecen actos específicamente humanos. 216
La primera de estas tendencias consiste en el intento de extrapolar hacia abajo los resultados positivos de los trabajos de Köhler. La segunda trata de extrapolarlos hacia arriba.
La tesis de Köhler de que, en contra de la suposición de Thorndike, los animales no actúan de manera mecánica y ciega, sino de una forma inteligente y estructural, similar a la del hombre, constituía un claro intento de cerrar, al menos en parte, el abismo abierto por Thorndike entre el hombre y el animal.
Esta tesis se ha difundido principalmente por dos vías. Por un lado, algunos investigadores se han dedicado a dirigir las tesis de Köhler en la vía descendente, aplicándolas a los animales inferiores y hallando en éstos el mismo acto estructural inteligente. En una serie de trabajos similares se demuestra que el criterio planteado por Köhler para los actos inteligentes y que ha encontrado su manifestación más clara en los actos de los monos no es, en esencia, un criterio específico de la inteligencia.
Como ya hemos dicho, Koffka considera que este mismo criterio puede aplicarse también a los actos instintivos, y el suponer que el instinto, el adiestramiento y el intelecto no constituyen tres principios radicalmente distintos, sino tres formas diferentes en que se manifiesta el mismo principio constituyen un golpe esencialmente mortal para el principio descubierto por Köhler. La aparición de la solución como un todo, en el contexto de la estructura del campo, dice Köhler, puede adoptarse como criterio de inteligencia. Aplicando este criterio al adiestramiento, como ha hecho Koffka, o a los actos instintivos de los animales, como han hecho otros investigadores, los adeptos de Köhler le han hecho a éste un flaco servicio.
Desarrollando el hilo de las ideas de Köhler según una lectura superficial, sus seguidores han mostrado que los actos instintivos y aprendidos están subordinados al mismo criterio que los actos inteligentes. Por consiguiente, el criterio elegido no es propiamente un criterio específico de la inteligencia. Todos los comportamientos de los animales han demostrado ser igualmente inteligentes y estructurales.
En sus manifestaciones extremas, este movimiento ha llevado al restablecimiento del postulado de los animales pensantes, y a intentar demostrar que en el perro existe la facultad de aprender el lenguaje humano.
Por tanto, el extrapolar ilimitadamente hacia abajo, en los actos de los animales, la idea de la racionalidad generalizada y de la estructuralidad ha conducido a que estos rasgos hayan dejado de distinguir siquiera mínimamente el comportamiento inteligente como tal. En el crepúsculo de esta estructuralidad general, todos los gatos han resultado pardos y los actos instintivos de la abeja equiparados a los actos inteligentes del chimpancé. En unos y otros opera el mismo principio universal bajo distintas manifestaciones. A pesar de haber señalado con razón la conexión entre las tres etapas de desarrollo de la psique, esta teoría ha resultado impotente para descubrir la diferencia entre ellas. No es difícil comprender que, en su formulación extrema, esta tendencia ha conducido precisamente a aquello que trataba de evitar Koffka: 217 el psicovitalismo encubierto, haciéndonos retroceder a la tesis de los animales que piensan y razonan.
La segunda tendencia, que han seguido otros investigadores, ha ido humanizando cada vez más a los animales superiores, acercando cada vez más al mono y al hombre, como ha hecho, por ejemplo, R. Yerkes, que razonaba aproximadamente de la siguiente forma: ya que está al alcance del mono el empleo de instrumentos ¿por qué tendría que fracasar el intento de inculcarle el lenguaje humano?
Por consiguiente, la tesis de Köhler sobre el carácter antropomorfo de los actos de los chimpancés ha dado lugar en posteriores desarrollos de esta idea a la pretensión, por un lado, de demostrar también el carácter antropomorfo de los propios actos instintivos primitivos de los animales, subordinándolos al mismo principio que la inteligencia y, por otro, a la pretensión de borrar definitivamente los límites que separan a los antropoides superiores del hombre.
Lo que en realidad está sucediendo es que estas derivaciones directas de los trabajos de Köhler llevan hasta el fin, hasta el límite de sus consecuencias lógicas, la tesis fundamental del creador de la teoría sobre la inteligencia y estructuralidad del comportamiento de los animales. Este principio ha sido aplicado hasta en los más mínimos detalles, eliminando todos los componentes de irracionalidad y aleatoriedad que procedían del campo de la psicología animal y descubriendo la racionalidad de la situación y la estructuralidad en cualquier acto de comportamiento.
El resultado de ambas tendencias —que en un principio, y es importante señalarlo, sólo han tratado de defender, fortalecer y profundizar la idea de Köhler, sin sospechar en modo alguno que conducían a todo lo contrario— ha sido, de hecho, como ya hemos dicho, la negación de la doctrina a que deben su origen. La evolución última de estas tendencias ha llevado, pese a seguir aparentemente un camino lógico directo, a una zigzag histórico análogo a los zigzag que ya hemos observado (y de lo que hemos tratado en otro lugar) en el paso de los antropomorfistas a Thorndike y de éste a Köhler.
Lo más significativo consiste en que si se analizara hasta sus últimas consecuencias el hecho objetivo descubierto por Köhler, se desvelaría la importancia de ese hecho y se pondría de manifiesto que, tras la aparente semejanza entre las operaciones de los monos y el empleo humano de instrumentos, se oculta una diferencia básica y es que la inteligencia del mono, aunque presenta rasgos externos similares a los que se dan en los actos humanos, su naturaleza y características genéricas no son en absoluto idénticas a la humana.
Koffka aporta con su trabajo una argumentación fundamental a favor de esta tesis y, aunque no aparezca explícitamente en esta obra, es precisamente ese principio, como ya hemos dicho, el que le sirve de base para construir toda su teoría. Pero, como también es fácil de demostrar, el desarrollo de sus razonamientos corta la rama en que se mantiene toda su teoría. El argumento 218 central, el quid de toda la cuestión, la conclusión fundamental que se extrae del conjunto de sus reflexiones, estriba en que, puesto que también el acto instintivo es útil, racional y cerrado en su estructura, el criterio de inteligencia expuesto por Köhler resulta también adecuado para los actos instintivos. Así pues, el surgimiento de la solución de la tarea como un todo, acorde con la estructura de campo, resulta ser un criterio aplicable no tanto al acto racional específicamente humano como al acto instintivo más primitivo del animal.
El criterio de inteligencia que propone Köhler resulta, por tanto, francamente erróneo. El acto estructural no es aún inteligente, también puede ser instintivo, como ha mostrado Koffka. Por consiguiente, este rasgo no es válido para explicar las diferencias entre inteligencias como tales. Este criterio se adecua plenamente a cualquier acto instintivo, como por ejemplo a la construcción de un nido de golondrinas. Como muestra acertadamente Koffka, también en este caso la solución de la tarea instintiva surge como un todo, de acuerdo con la estructura del campo.
Y si eso es así, la duda puede hacernos pensar que tampoco los actos que los monos antropomorfos ejecutan en los experimentos de Köhler van más allá de los actos estrictamente instintivos y que por su naturaleza psicológica están mucho más cerca de los actos instintivos de los animales que de los actos inteligentes del hombre, aunque, repetimos, su apariencia nos recuerden extraordinariamente la utilización de instrumentos en su sentido genuino.
El propio Koffka se plantea el mismo problema en otro trabajo y, siguiendo la argumentación que expone en este libro, lo resuelve en la misma línea que nosotros, es decir, en contra de la conclusión fundamental de Köhler; sin embargo, no sospecha que al mismo tiempo [esté] socavando las raíces de su propia teoría. Cuando analiza los actos inteligentes de los chimpancés, Koffka se hace la siguiente pregunta: ¿cómo podemos explicar la aparición de estos actos inteligentes?
Los experimentos de Köhler estaban pensados para que el fruto estuviera en un lugar inasequible al animal y éste tratara de apoderase de él; por decirlo con nuestras palabras, el chimpancé está aquí y el fruto visible está allí, es decir, que surge una situación en que se altera el equilibrio, un sistema inestable que induce al animal a restablecer su equilibrio. Pero el hecho de que el fruto incite al animal a actuar aún no implica en absoluto un acto inteligente.
Hemos visto anteriormente que ésa es una característica del instinto, que crea en el organismo un conjunto de condiciones concretas que alteran el equilibrio. Por tanto, debemos calificar la aparición de estos actos como instintiva, como calificaríamos de instintivo a todo el proceso que se desarrollaría si el fruto pudiera ser obtenido por el camino directo. La diferencia entre los actos instintivos y los actos inteligentes no consiste obligatoriamente en la presencia de situaciones que alteren el equilibrio, sino en la manera en que se restablece el equilibrio. 219
Lo cual nos lleva a otro extremo que habitualmente se contrapone al acto instintivo: el acto volitivo. ¿Es cada acto instintivo (y seudoinstintivo; automático) un acto volitivo? ¿Tiene sentido llamar volitivos a los actos de los chimpancés? Planteo esta pregunta ante todo para mostrar lo precavido que hay que ser a la hora de aplicar en psicología vocablos corrientes.
¿Qué es lo que quiere el animal? Naturalmente, conseguir el fruto; pero este deseo no surge en base a una decisión volitiva, sino instintiva. Naturalmente, no intenta conseguir el palo. Decir que el animal quiere conseguir el palo como medio, a la vez que trata de conseguir el fruto como meta, sería una interpretación intelectualista: no obstante, el palo le lleva sencillamente a la satisfacción de su deseo, porque antes de comprender cómo utilizar el palo no puede intentar conseguir el fruto de ninguna manera. Por consiguiente, hay actos que no son ni instintivos ni volitivos, sino típicamente inteligentes.
Lo que dice Koffka en estas líneas resulta más que suficiente para advertir el enorme abismo que hay entre los actos puramente instintivos de los monos y el proceso inteligente y volitivo que supone la utilización de instrumentos. Como hemos visto anteriormente, Koffka intenta incluir en un único principio los procesos instintivos y los procesos inteligentes, con lo que la diferencia básica entre unos y otros desaparece. El acto instintivo del chimpancé se asemeja extraordinariamente en su apariencia formal al empleo de un instrumento, pese a lo cual se nos presenta como comportamiento inteligente de idéntica naturaleza que el humano algo que no tiene nada en común con O.
Nadie mejor que el propio Köhler ha expresado esta diferencia entre la actividad del animal y del hombre. En uno de sus trabajos posteriores se detiene a preguntar por qué la utilización de instrumentos por parte del mono no va acompañada de los más mínimos rudimentos de cultura. Köhler cifra en parte la respuesta a esta pregunta en el hecho de que hasta el hombre más primitivo prepara un palo para cavar, aún cuando no vaya a cavar inmediatamente, aún cuando no haya condiciones objetivas más o menos claras para el empleo del instrumento. Esta circunstancia guarda, en opinión de Köhler, indudable relación con el comienzo de la cultura.
Es evidente que el principio estructural resulta por sí mismo insuficiente si queremos utilizarlo como denominador común para agrupar procesos tan esencialmente distintos como sólo pueden serlo los procesos psíquicos del animal y los procesos psíquicos del hombre. La independencia respecto al impulso instintivo que se manifiesta en el hombre más primitivo cuando se sirve de instrumentos y su autonomía respecto a la situación visual inmediata, son características diametralmente opuestas a lo que son los rasgos esenciales en las operaciones de los chimpancés.
El instrumento sigue siendo para el hombre un instrumento, independientemente de si se halla o no en una situación que exija su utilización. En 220 el caso del animal, el objeto pierde su valor funcional fuera de la situación y se deja de percibir como instrumento un palo que no esté en el mismo campo visual que la meta. El cajón (y en eso el propio Koffka se detiene detalladamente) en que otro mono está sentado deja ya de servir de instrumento para conseguir la meta, y en la nueva situación el animal comienza a percibirlo como un cajón para tumbarse.
Así pues, el instrumento no emerge a los ojos del animal de una situación visual, sino que constituye una parte dependiente de una estructura más general y modifica su significado en función de la situación de la que forma parte. Por ello, un objeto que ofrezca una semejanza visual con el palo, como una paja, puede servirle fácilmente al mono de ilusorio instrumento. Todos los hechos analizados tan detalladamente por Koffka en el presente libro apuntan a esa contraposición entre los actos instintivos de los monos y la más primitiva utilización de instrumentos por el hombre.
En general, todas las investigaciones posteriores han extrapolado de tal manera todos aquellos rasgos diferenciadores entre el comportamiento del chimpancé y el del hombre, que según el propio Köhler, han modificado también el significado de su afirmación fundamental. Köhler ya señalaba que los monos no comprenden la concatenación mecánica; que en una situación dada sólo pueden dirigir su comportamiento en el seno del campo visual; que el contenido de sus representaciones no puede constituir un rasgo decisivo en unos actos cuya vida no llega ni siquiera al futuro más próximo.
Las investigaciones ulteriores han mostrado que no estamos ante diferencias de grado, sino de rasgos tan fundamentales y básicos que transforman la diferencia cuantitativa señalada por Köhler en una diferencia cualitativa esencial en la naturaleza de uno y otros procesos. Algunos estudios vigentes encuadrados en la tendencia a extrapolar el principio köhleriano en sentido descendente —mediante la comparación de las operaciones inteligentes del chimpancé y procesos más simples en animales inferiores— han permitido establecer la presencia de ese principio en los actos inferiores, minando la confianza en que este principio pueda servir como criterio objetivo de inteligencia. El propio Koffka señala que este principio ya es aplicable al comportamiento que los animales exhiben en los experimentos de Thorndike durante el adiestramiento.
Como ya hemos visto, los principales argumentos que arguye Koffka a favor de la teoría de los tres niveles, que separa radicalmente instinto e inteligencia, consisten en que el principio estructural es aplicable por igual a los actos instintivos y a los actos inteligentes, lo cual le hace renunciar a establecer una clara diferenciación esencial entre las estructuras intelectivas y las instintivas. El principio köhleriano se diluye, por tanto, en el conjunto de los actos estructurales.
Esta fusión de las reacciones instintivas e intelectuales bajo el manto común del principio estructural aparece claramente manifiesta en las palabras de Koffka citadas anteriormente, en las que se establece inequívocamente que los actos de los chimpancés no pueden adscribirse en modo alguno al tipo de 221 actos volitivos, y que por la manera en que aparecen no están en absoluto por encima de los actos instintivos. La actitud que manifiesta el animal cuando actúa frente a una situación es idéntica a la que puede observarse en las golondrinas cuando construyen su nido. El instrumento no supone un cambio esencial en esa actitud.
Como hemos visto en la referencia de Köhler [sobre las características del uso de instrumentos por le hombre, R. E.] anteriormente citado, el instrumento exige una manera de plantearse una situación futura. Exige cierta independencia del papel que juega el instrumento en la situación actual o, lo que es lo mismo, de la estructura percibida en el momento presente: exige una generalización. Ese instrumento es tal instrumento sólo cuando se aplica en una serie de situaciones distintas visualmente. Exige, finalmente, que el hombre subordine sus operaciones a un plan previsto de antemano.
No entra en nuestro cometido llevar a cabo un examen más o menos de-tallado de la psicología del uso de instrumentos. Creemos que lo que acabamos de mencionar es suficiente para apreciar las diferencias radicales y estructurales que hay entre la organización psicológica del verdadero uso de instrumentos y las operaciones de los chimpancés.
Como ya hemos señalado anteriormente, la tendencia opuesta —la de acercar el mono al hombre— ha conducido también a resultados negativos. En una serie de experimentos se ha demostrado que la presencia en los chimpancés de rudimentos de una inteligencia similar a la humana no solo resulta totalmente insuficiente a la hora de intentar inculcar en estos animales un lenguaje parecido al del hombre, sino a la hora de intentar despertar en ellos una actividad que se aproxime a la del hombre.
Por consiguiente, los resultados obtenidos en estas investigaciones tanto en sentido positivo como en el negativo han llevado a la negación dialéctica de los principios de Köhler sobre la identidad entre la inteligencia de los monos y la del hombre.
El empeño de llevar la tesis köhleriana hasta sus límites lógicos ha servido para revelar que lo que Köhler consideraba como punto fuerte del intelecto de los monos, es decir, su racionalidad estructural global, la presencia de un sentido de situación en las operaciones, ha resultado ser un punto débil. Según la opinión vertida por Köhler en otro trabajo, son esclavos de su campo visual. Lo que distingue al hombre del animal, de acuerdo con la acertada observación de K. Lewin, es el libre albedrío, componente totalmente necesario en el auténtico uso de instrumentos.
Como ha podido observar Köhler repetidas veces, entre sus monos había animales incapaces de modificar la organización sensorial del esfuerzo volitivo en cuestión. Son esclavos de su campo sensorial en mucha mayor medida que el hombre. En realidad, como muestra el libro de Koffka, todo el comportamiento de los monos demuestra que los animales se hallan en dependencia servil de la estructura del campo visual, manifestando tan sólo aquellas intenciones que les provocan tales o cuales momentos estructurales de la propia situación. 222
Como dice Lewin, lo que resulta destacable es el propio hecho de que el hombre posea la singular libertad de crear intenciones frente a cualquier actividad, aunque ésta sea absurda. Esa libertad, que es característica de las personas enculturizadas y está mucho menos presente en niños y en primates, es un rasgo diferenciador entre el hombre y el animal más cercano a él mucho más evidente que un mayor nivel de inteligencia.
Es fácil advertir que todos los autores citados —Köhler, al referirse a que los animales son esclavos del campo visual; Koffka, al señalar la naturaleza instintiva, y no volitiva, de las operaciones de los chimpancés; Lewin, al destacar la libertad intencional como el rasgo diferenciador más sobresaliente entre el hombre y el animal— están recogiendo un mismo hecho esencial. Todos ellos conocen este hecho perfectamente, pero no han valorado suficientemente sus implicaciones conceptuales, en la medida en que conocerlo no les lleva a la evidente conclusión de que es imposible poder plantear esa distinción básica entre las operaciones del hombre y las del animal si las sometemos a un principio único. Investigaciones posteriores, como por ejemplo las de H. Meerson y A. Guillaume, han puesto de manifiesto que, si bien cabe hablar de semejanza entre las operaciones del chimpancé y las del hombre, eso solo es aplicable no en el caso de personas sanas, normales, sino en el caso de aquéllas cuyo cerebro está enfermo y padecen afasia, es decir, que han perdido el lenguaje y todas las características propias de la inteligencia con él relacionadas. Al caracterizar el comportamiento de estos enfermos, A. Gelb llama la atención sobre el hecho de que, junto con el lenguaje, pierden muy frecuentemente la actitud de libertad ante una situación, la posibilidad de generar intencionalidad que es propia del hombre, resultando tan esclavos de su campo sensoria! como los chimpancés de las investigaciones de Köhler.
Según la magnífica expresión de Gelb, sólo el hombre puede realizar algo absurdo, es decir, algo que no se desprenda directamente de la situación que percibe y que sea irrelevante desde el punto de vista de una situación actual dada, como por ejemplo la preparación de un palo para cavar cuando no se dan ni condiciones objetivas para utilizar el instrumento ni condiciones subjetivas en forma de hambre. Pero las investigaciones han revelado lo contrario respecto a los animales: el chimpancé no abstrae el instrumento de la situación global concreta, no le confiere el rango de herramienta, por lo que la racionalidad del comportamiento del chimpancé, aparte del propio término, no tiene nada en común con el comportamiento racional del hombre más primitivo cuando se sirve realmente de los instrumentos.
Sólo eso nos hace comprensible el extraordinario hecho que el propio Köhler también advierte: el intelecto antropoide, que se ha convertido en patrimonio de los chimpancés, no introduce ninguna variación en la estructura de la conciencia de los monos. En términos de la psicología animal, ha sido producto de la evolución según una línea pura, pero no mixta (V. A. Vágner, 1923), lo cual significa que indudablemente se trata de una formación reciente, pero que no ha reestructurado la totalidad del sistema de la 223 conciencia y de la actitud hacia la realidad características de los animales. En otras palabras, en los experimentos de Köhler nos hallamos ante operaciones intelectivas que se producen en un sistema instintivo de conciencia.
Como conclusión principal y fundamental, que constituye el quid de la cuestión, podríamos decir que, si nos mantenemos íntegramente dentro de los límites del principio estructural como tal, sin introducir criterios complementarios que permitan distinguir lo superior de lo inferior, los rasgos fundamentales de las operaciones intelectivas de los chimpancés —que Koffka considera como la base objetiva para aplicar su único principio explicativo a toda la psicología infantil— no se diferencian básicamente el nada de cualquier reacción instintiva.
En este sentido, podemos dirigir contra los estructuralistas su propia arma. Basándonos en el principio de la dependencia de las partes respecto a todo, podríamos decir que la naturaleza del intelecto, que pertenece a otra estructura de la conciencia, no puede ser otra que la de un intelecto que surge como sistema completamente nuevo, como es la conciencia humana.
Ese acercamiento parcial a una zona restringida de la actividad, independientemente del conjunto, contradice esencial y radicalmente el principio estructural en que se basa el propio Koffka. En realidad, cualquier acto instintivo tiene sentido desde un punto de vista estructural dentro de un: situación dada, pero no lo tiene fuera de sus límites. El mono —y eso hay que considerarlo plenamente demostrado— actúa de forma inteligente exclusivamente dentro de los límites del campo y de su estructura. Fuera de él actúa ciegamente Por tanto, la verdadera argumentación del principio estructural se halla íntegramente dentro del reino del instinto.
No en vano Koffka aduce eso mismo con pleno fundamento como argumento principal contra la teoría de los tres niveles de K. Bühler. No obstante, seria erróneo pensar que estar en contra de este principio supone retornar a la teoría de Bühler. Koffka tiene toda la razón cuando demuestra que ésta es producto de un profundo equívoco. Los tres niveles están esencialmente incluidos en uno, en concreto dentro del instinto. Porque en el caso del reflejo condicionado, que según Bühler seria un representante del segundo nivel, se trataría del mismo instinto, pero individualizado, adaptado a condiciones especiales. El carácter mismo de la actividad continúa estando tan íntimamente condicionado como en el reflejo incondicionado. Como ya hemos visto, eso puede aplicarse también por entero al comportamiento de los monos, comportamiento que, al igual que el reflejo condicionado, constituye algo nuevo por la estructura del mecanismo de ejecución y por las condiciones en que aparece, aunque en conjunto se mantenga íntegramente en el plano de la conciencia instintiva.
El propio intento de Bühler de abarcar la totalidad del desarrollo de los animales y del hombre con su teoría de los tres niveles resulta tan poco convincente como el intento de los estructuralistas de eliminar la barrera conceptual de principio entre instinto e intelecto3. 224
Nos encontramos por tanto con que el producto superior del desarrollo animal, es decir, el intelecto del chimpancé, no es idéntico ni estructural ni tipológicamente al del hombre. Esa es una nueva conclusión no poco importante. No obstante, es suficiente para obligarnos a revisar radicalmente la legitimidad de aplicar el principio estructural de Koffka a la explicación del desarrollo psicológico del niño. Si el producto superior del desarrollo animal no es asimilable al humano habrá que llegar a la conclusión de que también el desarrollo que origina su aparición es por principio distinto al que sirve de base al perfeccionamiento del intelecto humano.
Esto ya es de por sí suficiente para reconocer que toda psicología naturalista que considere la conciencia humana exclusivamente como producto de la naturaleza y no de la historia e intente con ello abarcar bajo un solo concepto la totalidad de la estructura de la psicología de los animales y del hombre carecerá siempre de fundamento ante los hechos. Se tratará forzosamente de metafísica y no de dialéctica.
Es sabido que el trabajo de Köhler está polémicamente enfrentado a los criterios mecanicistas de Thorndike imperantes anteriormente. En esta parte, su obra conserva toda su importancia básica. Köhler ha demostrado que los chimpancés no son autómatas, que actúan comprendiendo, que las operaciones inteligentes de los animales no surgen casualmente por ensayo o error ni como un conglomerado mecánico de elementos aislados. Se trata de una conquista firme de la psicología teórica a la que no se puede renunciar cuando se intenta resolver cualquier problema del desarrollo.
Por eso, si consideramos sus postulados desde ese punto de vista, es decir, desde abajo, por comparación con los actos ciegos e irracionales de los animales, conservan toda su fuerza. Pero si lo hacemos desde otro, desde arriba, si los comparamos con la verdadera utilización de instrumentos por el hombre, si nos hacemos la pregunta de si las características del intelecto de los chimpancés se encuentran más cerca del hombre o de los monos inferiores, tendremos que dar una respuesta totalmente contraria a la que hallamos en Köhler.
La diferencia que puede haber entre los actos del mono en los experimentos de Köhler y el comportamiento de los animales en los de Thorndike, es decir, la diferencia entre los actos conscientes y los actos ciegos de los animales, tiene mucha menor importancia teórica que la diferencia entre las operaciones de los chimpancés y el uso verdadero de instrumentos. Esas operaciones presentan unas características diferenciales mayores respecto al empleo de instrumentos por el hombre en un sentido lato que respecto a la actividad instintiva y refleja condicionada de los animales. Precisamente por eso, tiene razón Koffka cuando, a diferencia de la teoría de los tres niveles, señala la afinidad interna que rige en esos tres niveles de la psique animal. 225
Por tanto, consideremos que el intelecto de los chimpancés es más un producto del comportamiento en el reino animal, que un escalón inferior del pensamiento humano. Más bien el último y definitivo eslabón de la evolución animal, que el más confuso comienzo de la historia de la conciencia humana.
Como ya hemos dicho, cuando se presentan en el hombre una serie de enfermedades de la corteza cerebral, fundamentalmente de sus zonas específicamente humanas, observamos un comportamiento en cierta medida análogo al de los monos. Estamos dispuestos a insistir en que sólo aquí es legítimo y admisible el paralelismo entre el comportamiento del chimpancé y del hombre, sólo aquí (y sólo en cuanto a rasgos aislados) encontramos una analogía real y no imaginaria, una identidad real de dos procesos intelectuales.
Cuando vemos que un enfermo afectado por esa clase de dolencias es capaz de echar en un vaso agua de una jarra si quiere beber, pero que en otra situación es incapaz de realizar arbitrariamente la misma operación nos encontramos de hecho ante una situación análoga a la que vemos en el mono cuando deja de reconocer en el cajón sobre el que descansa otro animal la misma cosa, el mismo instrumento que él ha utilizado en otra ocasión de forma aparentemente análoga a la del hombre.
Reiteramos, pues, que las operaciones de los animales mediante el denominado empleo de instrumentos se halla en mucha más cercana vecindad y parentesco con la construcción de un nido por las golondrinas que con el más primitivo empleo de instrumentos por el hombre.
Por eso nos detenemos con tanto detalle en la crítica del principio básico de Koffka, porque sólo la crítica del principio fundamental de toda su teoría puede constituir la crítica fundamental de su teoría sobre la psicología infantil.
En estas páginas hemos llegado a la más crucial y esencial frontera, aquélla donde comienzan los problemas específicamente humanos de la psicología y los problemas del desarrollo psicológico del niño: aquélla que en su conjunto distingue al hombre del animal, tanto en la estructura global de la conciencia como en la actitud hacia la realidad, frente a analogías parciales en tal o cual función.
Hemos desvelado por tanto la tesis fundamental de nuestro análisis crítico. El defecto principal subyacente en toda la teoría de Koffka estriba en su intento de reducir los principales fenómenos de la evolución psíquica del niño a las tesis dominantes en la psicología de los animales. Trata de situar al mismo nivel el desarrollo psicológico del animal y el del niño, pretendiendo incluir bajo el mismo principio al animal y al hombre.
Naturalmente, en ese intento tropieza con la encarnizada resistencia de los hechos. Examinaremos tan sólo dos ejemplos fundamentales junto a una serie de hechos diferentes conseguidos en experimentos con animales que ponen de relieve esta resistencia de los hechos a ser categorizados. 226
Comenzaremos por a inteligencia práctica. Desde nuestro punto de vista, es sorprendente la circunstancia de que las operaciones intelectivas que establece Köhler en los animales no sean susceptibles de desarrollo. Como dice Koffka, Köhler valora muy poco en este caso las posibilidades de desarrollo.
En otro lugar, Koffka se expresa con más claridad, comparando el comportamiento de los niños y el de los animales en operaciones que exigen inteligencia práctica. Se detiene en los datos obtenidos por Alpert, que demostraba que estas facultades se desarrollan rápidamente durante los primeros años de vida humana, mientras que los monos apenas progresan en este sentido, a pesar de una ejercitación continuada.
También nos encontramos en una situación similar a la hora de estudiar el problema de la imitación. Y de nuevo parte Koffka de la analogía cuando se plantea la imitación en los animales y en el niño subordinando ambas a leyes estructurales. Considera este autor que no hay diferencias esenciales entre las formas inferiores y superiores de imitación y añade que el problema de la imitación se ha convertido para él en un problema estructural general similar al problema del origen de la estructura del movimiento a partir de la estructura de la percepción.
No obstante, cuando analizamos el papel de la imitación en, el desarrollo volvemos a tropezar con la misma diferencia que hemos señalado anterior-mente. Köhler escribe que, incluso en los chimpancés, la imitación no se observa sino muy raramente y siempre en aquellos casos en los que tanto la situación que se les plantea como la solución se acercan a aquéllas en que el animal actúa espontáneamente.
Por consiguiente, el animal, incluso el más inteligente, sólo es capaz de imitar lo que está en mayor o menor grado cerca de sus propias posibilidades. Por el contrario, para el niño la imitación constituye fundamentalmente el camino para adquirir aquellas actividades que están muy lejos de sus propias posibilidades, el medio para adquirir funciones como el lenguaje y las funciones psicológicas superiores. En este sentido, dice Koffka, la imitación es un potente factor de desarrollo.
Aún limitándonos a los dos ejemplos señalados, podemos formular con claridad la pregunta esencial cuya respuesta buscaremos inútilmente en el trabajo de Koffka: si es verdad que podemos entender la inteligencia práctica y la imitación del niño recurriendo a las mismas leyes que rigen la actuación de estas dos funciones en los chimpancés, ¿cómo explicar que ambas funciones desempeñen en la evolución del niño un papel tan diferente al que se da en el comportamiento de los monos? En efecto, es desde el punto de vista evolutivo desde donde se ve claro que hay más diferencias que semejanzas. De ahí que el principio estructural resulte a nuestros ojos insuficiente para explicar lo que constituye el núcleo central de todo el problema, y que es precisamente el desarrollo.
No nos detendremos en más ejemplos, que abundan en las páginas de los libros y evidencian lo que ya hemos expresado anteriormente en términos 227 generales. El lector encontrará con facilidad no pocos lugares que le muestren, con mucha mayor claridad de lo que puede hacerse en una rápida introducción, lo íntimamente ligados que están los actos de los chimpancés a la motivación instintiva y al afecto, su nula independencia de la acción, directa, lo limitados que están los animales en su percepción del instrumento como objeto y en su actitud hacia él; lo esclavos que son de la situación que ven.
A la luz de lo dicho anteriormente, el lector será incapaz de seguir sin extrañeza la línea argumental de Koffka, que gira todo el tiempo en torno a una idea: la idea de igualdad, de identidad esencial entre el comportamiento del animal y del hombre. Basta con observar los rasgos característicos de la correspondencia entre las operaciones de los chimpancés y la situación física objetiva para encontrar todavía más pruebas fehacientes que corroboran nuestra idea de que no es legítimo extrapolar el principio estructural a la totalidad del desarrollo psicológico del niño.
Nos queda una última consideración antes de terminar de exponer nuestro pensamiento. Como hemos señalado antes, el pathos de toda la psicología estructural lo constituye la idea del carácter inteligente de los procesos psíquicos, frente a la aleatoriedad mecánica, ciega que se les atribuía en anteriores teorías. Pero, después de lo dicho anteriormente, difícilmente pueden quedar dudas respecto a que la nueva psicología considera que esta inteligencia es básicamente idéntica en los animales y el hombre. Todo ello nos obliga a situar ahí el fallo principal del principio estructural.
Nos queda aún por demostrar que la inteligencia a que se refiere Koffka respecto a los actos de los animales y la inteligencia a que nos referimos en la evolución psicológica del niño, aunque son —una y otra— fenómenos estructurales, constituyen dos categorías distintas de inteligencia por su naturaleza psicológica.
Nadie discutirá la idea básica de que el estudio del desarrollo psíquico deberá desvelar la aparición del acercamiento comprensivo a la realidad, es decir, el origen de la sensación consciente, pero el quid de la cuestión estriba en ver si la comprensión, característica -de la conciencia humana, es igual o diferente de la del animal.
K. Koffka afirma que un rasgo esencial de aquellas operaciones en las que él considera sin duda objetivamente asentado el principio estructural es el surgimiento de la percepción consciente de la situación. Manifiesta que un acto tendrá carácter racional si el significado de la situación es percibido de forma consciente. De igual modo, la transferencia —es decir, la aplicación correcta de un procedimiento que se ha aprendido en determinadas condiciones a otras nuevas situaciones, modificadas— constituye siempre una transferencia consciente que presupone comprensión. Una vez asimilado un significado, se extiende a todos los demás objetos que tienen propiedades comunes con el objeto en cuestión. Por consiguiente, dice, la transferencia es una aplicación consciente del principio estructural. 228
Esta idea de la comprensión está tan omnipresente en todos los análisis y descripciones de Koffka que ocupa sin duda un lugar preminente en su teoría. No obstante, la comprensión de la situación que encontramos en el comportamiento del animal y del niño es en ambos casos básicamente distinta.
Nos permitiremos ilustrar esto mediante un solo ejemplo. Koffka se refiere a unos experimentos con niños en que éstos daban soluciones erróneas, experimentos que pueden constituir ejemplos de implicaciones más amplias que las que les atribuye el autor. Así, en una de las pruebas, el niño era incapaz de resolver una tarea que exigía la utilización de un palo. La explicación de esto es sencilla: el niño tenía un palo que había venido utilizando a modo de caballo hasta que eso le fue rigurosamente prohibido. El palo que aparecía en la situación experimental era muy parecido al que había utilizado anteriormente para jugar, por lo cual el niño le confirió el mismo carácter de prohibido y no pudo recurrir a él en la solución de la tarea.
Un fenómeno análogo fue observado por T. Hart en unos experimentos realizados en una habitación, donde unos cajones estaban situados delante de una serie de sillas. Casi todos los niños sin excepción fueron incapaces de resolver la tarea, debido a que se les había prohibido rigurosamente subirse a las sillas. Cuando se repitió el mismo experimento en el campo de juego, se obtuvieron resultados positivos.
Este ejemplo muestra con claridad a qué queremos referirnos. Evidentemente, el palo que ha adquirido el significado de algo prohibido o el acto de subirse a la silla, tampoco permitido, es muy diferente al cajón que el chimpancé no reconoce como soporte para alcanzar el fruto, porque hay otro animal tumbado en él. Está claro que en estos experimentos los objetos han adquirido para los niños un significado que rebasa los límites del campo visual.
La dificultad de utilizar la silla como soporte o el palo como instrumento no estriba en que el niño haya dejado de percibir esos objetos en esa situación respecto a la utilidad para alcanzar el objetivo. La causa hay que atribuirla a que en realidad los objetos han adquirido un significado para el niño, en este caso el de la silla o palo con los que no se debe jugar: en otras palabras, para el niño hay reglas sociales implicadas en la solución de la tarea. Creemos que estos ejemplos, nos ofrecen situaciones, que no son, en modo alguno excepción a la regla general que rige el comportamiento del niño en circunstancias similares.
Nosotros también nos hemos encontrado repetidas veces ante situaciones parecidas en nuestros experimentos cuando al comenzar a resolver una tarea el niño, sorprendentemente, no utiliza objetos que se encuentran ostensiblemente dentro de su campo de visión. Resulta evidente que el niño está admitiendo sin decir una palabra que en esa situación debe actuar de acuerdo con una regla predeterminada, porque basta con que se le autorice a utilizar la silla o el palo para que resuelva la tarea de inmediato. Estos experimentos ponen de relieve hasta qué punto para el niño la situación visible forma parte 229 por así decirlo de un campo semasiológico más complejo dentro del cual las cosas sólo pueden actuar entre sí según determinadas relaciones.
Vemos en estos casos destacados ejemplos de algo que aparece claramente en todos los restantes experimentos con niños, entre cuyos resultados cabe destacar uno muy importante: cuando un niño resuelve una tarea saltan a primer plano las leyes del campo semasiológico, es decir, las referentes a cómo percibe el niño la situación y su posición en ella4. Aquí entra en juego algo que será objeto de nuestro análisis en uno de los capítulos siguientes, concretamente el problema del lenguaje y el pensamiento.
Como dice Koffka, quizá la mayoría de los problemas remiten a esta cuestión, porque resulta muy difícil responder a la pregunta de cómo se libera el hombre de la percepción directa a través del pensamiento y llega con ello a dominar el mundo. Esa liberación de la percepción directa mediante el pensamiento —sobre la base de la práctica— es el resultado más importante que deriva del análisis de los experimentos con niños. Y, como nuestros propios experimentos han puesto de relieve, la palabra desempeña el papel más determinante en esta cuestión. El propio Koffka hace referencia al hecho de que en determinado período de la evolución infantil la palabra pierde su conexión con el deseo y los afectos para pasar a establecerla con los objetos.
Como muestran los experimentos, la palabra libera al niño de la servil dependencia de la situación observada por Köhler en los animales. Libera los actos del niño. Además, al conferir sentido y generalizar los elementos visibles de la situación, la palabra hace emerger el carácter instrumental del objeto, carácter que permanece invariable sea cual sea la estructura de la que forme parte el objeto.
El hecho de que el niño acostumbre a hablar consigo mismo mientras resuelve una tarea no es nada nuevo: muchos investigadores lo han observado también antes que nosotros. No hay apenas protocolos publicados hasta ahora sobre investigaciones similares en que no se confirme este hecho. Pero la inmensa mayoría de los investigadores lo pasa por alto, sin comprender la importancia de su valor, sin observar que la palabra y el significado relacionado con ella sitúan al niño en una posición radicalmente nueva frente a la situación, alterando radicalmente el acto de la percepción y creando la posibilidad del libre albedrío, al que se refiere K. Lewin como el rasgo diferenciador más importante entre el hombre y el animal5.
No vamos a detenernos detalladamente en estos experimentos, a los que nos hemos referido en otro lugar. Diremos tan sólo que pretender considerar 230 el lenguaje que acompaña a las acciones manipulativas del niño como una simple yuxtaposición a su actividad contradice el principio estructural que plantea el propio Koffka. Considerar que el hecho de que en la actividad del niño ante determinadas situaciones aparezca el lenguaje y con él el campo semántico es un hecho que deja invariable la estructura de la propia operación, significa adoptar un punto de vista antiestructural y entrar en franca contradicción con aquello en que se basa el propio autor.
Por consiguiente, a partir de sus propias ideas, Koffka debería reconocer que las operaciones del niño son esencialmente distintas de aquellas operaciones del animal aparentemente análogas.
Podemos ya concluir nuestro análisis del primer principio que sirve de base al libro de Koffka y hacer un resumen de los resultados obtenidos. Tras lo anteriormente dicho, no cabe duda de que la teoría de Koffka constituye un intento extraordinariamente audaz y ambicioso de reducir las formas superiores de actividad en el niño humano a las inferiores que se observan en los animales.
No resulta tampoco difícil concluir que esa reducción de cualquier forma superior de racionalidad de los actos y la percepción humanos a la racionalidad de los actos instintivos de los animales supone de hecho un precio muy elevado que el autor se ve obligado a pagar para superar el vitalismo. Lo supera cediendo ante el mecanicismo, ya que no sólo son mecanicistas las teorías que reducen el comportamiento del hombre al funcionamiento de las máquinas, sino también las que lo reducen a la actividad de los animales. En eso estriba la radical divergencia entre nuestra manera de interpretar el mecanicismo y la de Koffka.
Como se desprende fácilmente del informe que Koffka (1932) dedicó a este problema, el peligro fundamental del mecanicismo estriba únicamente según él en que reduce lo vivo, lo consciente ha algo muerto, automático, inorgánico. Interpreta el mecanicismo en el sentido literal de la palabra, como reducción a lo mecánico y piensa por tanto que para superar la reducción basta con que la naturaleza muerta no se interprete desde una perspectiva del principio de un mecanicismo, sino de los sistemas físicos, como hace Köhler en sus investigaciones; o lo que es lo mismo, admitir en la propia naturaleza inorgánica la presencia de procesos estructurales de conjunto que determinan el papel y el significado de los elementos que los componen.
Pero superar el vitalismo, que intenta reducir el comportamiento del hombre a las regularidades que se observan en el de los animales, sólo supone quedarse a mitad de camino. Por supuesto, eso ya está por encima del intento de Thornike de interpretar de forma puramente automática la 231 actividad relacionada con los procesos superiores, pero, sigue tratándose de puro mecanicismo en el sentido estricto de la palabra.
Por consiguiente, si el intento de incluir el comportamiento de los animales en un principio estructural único lleva a Koffka a superar el vitalismo a costa de ceder ante el mecanicismo y le hace detenerse a la mitad de camino, también le conducirá al resultado contrario, justamente a superar el mecanicismo haciendo concesiones al vitalismo, lo que de nuevo le obliga a detenerse a medio camino entre el mecanicismo y el vitalismo. Esta postura —a mitad de camino entre los callejones sin salida del pensamiento científico actual— es lo más característico de la psicología estructural contemporánea y, más en concreto, del libro de Koffka.
Reafirmados en esa posición intermedia, los psicólogos estructuralistas se consideran a sí mismos equidistantes del mecanicismo y del vitalismo. En realidad, se están moviendo íntegramente por la senda que les marcan estas dos posiciones e incluyen en sus teorías, sin darse cuenta, algo de los polos extremos de los que tratan de despegarse. De hecho, el intento de Koffka de aplicar a la actividad instintiva el principio estructural con su concepto de inteligencia conduce irremisiblemente a que los instintos se intelectualicen; o, lo que es lo mismo, que lo más importante no surge en el desarrollo, sino que viene dado de partida._
La estructura resulta un fenómeno inicial, que está presente desde el comienzo en todo desarrollo. A continuación, todo transcurre de acuerdo con una pauta lógica, mediante sucesivas multiplicaciones de las estructuras. No en vano, Koffka obvia otro problema cuando estudia los instintos; su irracionalidad, su ceguera, su inconsciencia. Y al admitir la inteligencia como fenómeno inicial, anterior al propio proceso de desarrollo, se facilita extraordinariamente a sí mismo el trabajo más difícil de todos los que les han planteado jamás a los psicólogos investigadores —el de explicar el origen y la aparición de la inteligencia.
En realidad, si todo fuera inteligente, se desvanecería la frontera entre lo inteligente y lo irracional como si todo fuera irracional. Todo se reduce, como en Thorndike, a una categorización de signo positivo o negativo. Allí, más o menos irracional, aquí, más o menos inteligente. No se establece distinción entre el desarrollo infantil y la evolución del animal. Según su propia expresión, Koffka trata de fundir uno y otro, o lo que es lo mismo, de identificar el problema central de la psicología comparativa y el problema central de la psicología infantil.
Afirma que, para que la explicación de la evolución psicológica del niño tenga una base amplia, es necesario incluir en la argumentación otras ramas de la psicología comparativa. Y, puesto que ambos objetivos guardan una estrecha relación entre sí, trata de fundirlos en uno solo, creando una «Gestalt» homogénea y no limitándose a ofrecer una exposición fragmentaria de todos los problemas paralelos. Pero en eso consiste precisamente el talón de Aquiles de todo el trabajo. El intento de unir la evolución del niño y el desarrollo animal, de crear una estructura única, indivisa, en la que uno y 232 otro se incorporen como partes no independientes, significa crear el más primitivo (utilizando palabras del propio Koffka) «Gestalt», que es propio de las fases tempranas, primitivas de desarrollo del conocimiento científico, como argumenta perfectamente el autor en el libro que analizamos.
Lo que dice Koffka a propósito de su caracterización de las primeras estructuras de la conciencia infantil, es también totalmente aplicable en el plano teórico a su propia estructuración simplista del desarrollo infantil y animal. Subraya que las estructuras que percibimos por vez primera son también las construidas de forma más sencilla, que se trata de situaciones muy simples. Determinada cualidad sobre un fondo uniforme. Con estas mismas palabras podríamos resumir también nuestra impresión acerca de la estructura ofrecida en la teoría de Koffka: una determinada cualidad sobre un fondo uniforme. Esta cualidad es la estructuralidad, la comprensión aún indiferenciada, indivisa.
Nos hallamos, por tanto, ante una teoría naturalista consecuente de la evolución psicológica del niño, que aúna deliberadamente lo animal y lo humano ignorando la naturaleza histórica de la conciencia humana, una teoría en la que los problemas específicamente humanos aparecen sólo en calidad de material empírico y no como fundamento explicativo de la propia teoría. No es de extrañar pues que esos problemas específicamente humanos que plantea la evolución psicológica del niño, cuando se manifiestan a través del lenguaje de los hechos, ofrezcan una encarnizada resistencia al intento naturalista de interpretarlos y traten de romper la envoltura de ese único e indiferenciado Gestalt.
Por eso, cuando Koffka recuerda la admirable expresión de W. Köhler de que el comportamiento racional y las facultades intelectivas se oponen per se a las explicaciones mentalistas, que el mentalismo nunca resulta tan infundado como en el dominio de los problemas de la inteligencia, aduce justamente argumentos en contra de sí mismo, ya que es precisamente él quien intenta explicar mentalistamente —es decir, partiendo de la naturaleza de las operaciones intelectivas de los chimpancés— el principio fundamental del desarrollo. Pero ¿qué otra cosa significa el mentalismo, sino un intento de considerar el desarrollo como una analogía de la operación intelectual?
Es verdad que Koffka trata de quitar hierro a semejante afirmación, al diluir, como hemos visto, los procesos intelectivos en la actividad instintiva. Pero con ello obtiene un resultado aún peor, ya que lo que hace de hecho es explicar también las formas más primitivas de comportamiento desde el mismo punto de vista.
El conjunto de la teoría de Koffka infringe un principio decisivo, al que su autor confiere el rango de fundamento. Es sabido que este principio consiste en reconocer la primacía del todo sobre las partes. Mantenerse fiel a ese principio supone reconocer que, puesto que la estructura global, la totalidad del sistema de la conciencia del hombre difiere de la estructura global de la conciencia del animal, resulta imposible identificar un elemento parcial cualquiera de una y otra estructura (operación intelectiva), ya que el 233 significado de ese elemento sólo podrá ser aclarado a la luz de todo el conjunto de que forma parte.
Así pues, el propio principio de la estructuralidad señala el principal error en toda la argumentación teórica de Koffka. Lo acertado de su teoría ilustra sus errores.
La conclusión a que nos ha llevado el análisis de la teoría de Koffka realizado en páginas anteriores nos conduce inesperadamente a resultados paradójicos. Recordemos que el propio autor caracteriza el camino de su investigación como de arriba abajo, distinto del habitual camino de abajo arriba. Koffka explica esta vía como un intento de recurrir a los principios hallados en las formas superiores de conducta para explicar las inferiores, en contraposición a la vía tradicional consistente en aplicar los principios hallados en las formas inferiores para explicar las superiores.
No obstante, también el camino seguido por Koffka resulta ser de abajo arriba, puesto que trata de ilustrar desde abajo la evolución psicológica del niño a través del principio que ha encontrado en el comportamiento de los animales.
La tesis de Koffka sobre la utilización del principio estructural para explicar la totalidad del rico contenido de la psicología infantil recuerda mucho una situación análoga descrita con gran ocurrencia por W. James cuando llegó por primera vez a formular el famoso principio de la naturaleza limitada de las emociones. Hasta tal punto creyó que el principio era importante, tan válido para resolver todos los problemas, y que constituía la llave para abrir todas las cerraduras, que relegó a un segundo plano el análisis real de los fenómenos para cuya explicación había sido creado ese principio.
W. James dice, refiriéndose a su principio, que si poseemos una oca que pone huevos de oro, describir por separado cada uno de los huevos que ha puesto no es de una importancia primordial. Su principio aparecía ante sus ojos como la gallina que ponía los huevos de oro. No es extraño por tanto que relegase a un segundo plano el análisis de emociones aisladas. Sin embargo, fue precisamente la estructura de los hechos con los que su teoría fue puesta a prueba más tarde, la que mostró lo erróneo de sus hipótesis iniciales.
En cierto sentido, eso mismo también puede aplicarse al principio estructural, que ha sido también considerado como la gallina de los huevos de oro, y en el que la descripción y el análisis de cada uno de los huevos se conceptúan como algo secundario. No es de extrañar en este caso que la explicación de los más diversos hechos de la psicología infantil resulte asombrosamente parecida a dos huevos procedentes de la misma gallina.
K. Koffka establece que ya el punto de partida de la evolución psíquica infantil es estructural. En el niño están ya presentes percepciones racionales. El mundo ya aparece «gestaltizado» en cierta medida en la forma en que se lo representa el más pequeño de los niños. De ahí que la estructuralidad aparezca ya en el mismo comienzo de la evolución infantil. 234
Naturalmente, surge la pregunta: ¿en qué se diferencia la estructuración posterior del mundo de la temprana? En este libro se ofrece con todo detalle una descripción real de esas estructuras más complejas que aparecen en el proceso evolutivo del niño. Pero, a pesar de nuestros deseos, no encontramos en él respuesta a la pregunta de cuál es la diferencia explicativa y no sólo empírica entre esas estructuras que surgen durante el proceso evolutivo del niño y las que vienen dadas de partida. Antes bien, se tiene la impresión de que para el autor la diferencia es exclusivamente empírica y no conceptual. La gallina que pone desde el primer momento huevos de oro permanece invariable a lo largo de toda la evolución infantil. En eso estriba el núcleo de toda la discusión. Si se adopta este enfoque, hay que estar de acuerdo con que en el proceso de la evolución infantil no surge nada nuevo, nada que no figurase ya en la psicología del chimpancé o en la conciencia del niño.
No obstante, la resistencia que ofrecen los hechos de los que hemos hablado todo el tiempo se deja notar sobre todo cuando pasamos del ámbito de los hechos de la psicología animal al del contenido real de la psicología infantil.
En este apartado queremos someter a análisis crítico el principio estructural desde la perspectiva de su correspondencia con los hechos de la psicología infantil, de modo que podamos establecer qué parte del resultado obtenido de aplicar este principio se basa en la simple analogía y qué parte ha sido demostrada y, sobre todo, cuál es el valor explicativo de estas analogías y de estas demostraciones. Lo que Koffka denomina «el niño y su mundo» constituye el tema principal de este capítulo, y nuestro análisis se centrará en una serie de problemas como la enseñanza conceptual, el pensamiento y el lenguaje y el juego.
Comenzaremos por un caso concreto, que, sin embargo, tiene para nosotros un valor general y puede servir, por tanto, de introducción a todo el análisis posterior. Además, está directamente relacionado con el final del capítulo precedente. Al discutir el problema del desarrollo de la memoria, Koffka afirma, entre otras cosas, que el niño en un principio adopta una actitud pasiva ante sus recuerdos y que sólo paulatinamente comienza a adueñarse de ellos, comienza a retornar espontáneamente a determinados acontecimientos. En otro lugar, al referirse a la relación entre las estructuras y el intelecto, señala que la función de este último es justamente la formación de estructuras cada vez más perfectas y más comprehensivas y que las otras estructuras no surgen, por consiguiente, allí donde lo hacen las estructuras racionales, sino que residen fundamentalmente en otros centros.
Estos dos ejemplos encierran problemas de enorme importancia teórica. Nos referimos, al afirmar esto, a que lo más importante para la historia de la evolución de la memoria infantil es precisamente la transición desde el recuerdo 235 pasivo al dominio voluntario y autónomo del recuerdo. Y evidentemente, no es un momento concreto, casual y accesorio el que determina esta transición, sino todo lo que hay de específicamente humano en el desarrollo de la memoria del niño, que se concentra, como en un foco, en este problema de la transición de la memoria pasiva a la activa, ya que esta transición representa un cambio en el propio principio de organización de esta función, de esta actividad, ligada a la reproducción del pasado en la conciencia.
Nos preguntamos ¿en qué medida el principio estructural de racionalidad general basta para explicar esta aparición de voluntariedad en la vida psíquica del niño?
Del mismo modo, cuando se nos dice que las otras estructuras no surgen donde lo hacen las estructuras racionales, se nos plantea naturalmente la pregunta: ¿qué es lo que distingue las estructuras racionales de las irracionales? Preguntamos: ¿es que la aparición de estructuras racionales no introduce nada básicamente nuevo en comparación con la aparición y el perfecciona-miento de las estructuras irracionales? Con otras palabras: cuestionamos la validez y fundamentación del principio de la estructuralidad para explicar no sólo los problemas de la espontaneidad, sino también los de la racionalidad en la vida privada del niño6.
Que no se trata aquí de ejemplos casuales, sino de algo con importancia esencial puede apreciarse en un tercer ejemplo, elegido al azar, que nos revela que sea cual sea el aspecto de la evolución psicológica del niño de que nos ocupamos, tropezaremos inevitablemente con las mismas preguntas. Koffka somete a discusión el desarrollo del concepto de número en el niño, considerando que «el número es el modelo más perfecto de nuestro pensamiento» (1934, pág. 220).
Parece que en el análisis del modelo más perfecto de nuestro pensamiento, la atención del investigador debería centrarse en los rasgos específicos que distinguen el pensamiento como tal. Las características de nuestro pensamiento, dice Koffka, es que podemos realizar nuestras operaciones mentales con cualquier material, independientemente de las relaciones naturales de los objetos. En otros niveles de desarrollo, la cuestión es otra: los propios objetos determinan los procesos mentales posibles para ellos. Y a continuación, todo el capítulo está dedicado a estos «otros niveles de desarrollo».
Sin embargo, tampoco este capítulo está dedicado a lo que convierte el número en el modelo más perfecto de nuestro pensamiento, sino a lo que el número representa desde un punto de vista negativo en los niveles tempranos de desarrollo, desde el punto de vista de su carencia de los rasgos más importantes del pensamiento humano. 236
Creemos que en los tres ejemplos anteriores ha quedado patente lo que constituye la característica más común y predominante en el problema que estamos analizando. El principio estructural muestra su validez a la hora de explicar los puntos de partida, los momentos iniciales del desarrollo. Así, por ejemplo, nos muestra lo que es el número antes de convertirse en el modelo perfecto de pensamiento. Elude sin embargo mostrar cómo, a partir de esta primitiva estructura, se convierte el número en un concepto abstracto que servirá de prototipo para todos los conceptos abstractos. El principio estructural deja fuera de su explicación ese proceso posterior, y al llegar a él, el carácter explicativo que se mantenía al principio cede el lugar a la simple descripción factual de una determinada secuencia, a la constatación de los hechos.
Con igual exactitud y perfección explica el principio estructural las fuentes del desarrollo de la memoria, pero deja también sin explicar cómo pasan esas primitivas estructuras de la memoria a operar de forma activa con los recuerdos. Al llegar ahí el discurso se limita, una vez más, a constatar simplemente la sustitución de la recordación pasiva por la activa.
1 «Problema razvitia v strukturnoi psijologuii». Este trabajo de L. S. Vygotski fue publicado como prólogo a la versión rusa del libro de K. Koffka «Fundamentos del desarrollo psíquico» (Moscú, Leningrado, 1934).
2 En lo esencial, Koffka se mantiene íntegramente en las posiciones de Thorndike, tratando al igual que él de articular una teoría del desarrollo del niño en base a los datos y leyes del adiestramiento animal. Aunque dentro de estas posiciones intente con evidente éxito modificar la idea subyacente en estas leyes, continúa aplicando el camino metodológico de la psicología animal a la psicología infantil. Ni siquiera se plantea hasta qué punto es posible aplicar la palabra «adiestramiento» conservando la unidad de significado cuando nos referimos los animales y cuando nos referimos al niño.
3 Las teorías de Koffka y de Bühler no son tan radicalmente contrapuestas como aquél las hace parecer. Más bien representan dos variantes de un mismo esquema, que trata de abarcar todo el desarrollo psíquico de los animales y del hombre en un principio único. En este sentido, las posiciones de los autores coinciden. Ya hemos señalado que eso es también lo que une la teoría de Koffka con la de Thorndike.
4 Nos referimos fundamentalmente a una pregunta planteada por el propio Köhler: hasta qué punto se podría definir a un chimpancé por su actitud ante una situación y por su comportamiento mediante instrumentos no disponibles ni presentes sino «sólo imaginables», mediante representaciones, es decir de todo aquello que tiene mayor significado en el pensamiento humano. A eso es a lo que denominamos convencionalmente campo de la razón, por analogía con el campo visual de Köhler.
5 En este sentido, es representativo el trabajo de Lipmann u. Bogen «Naive Physik», 1926, dedicado a investigar la inteligencia práctica del niño.
6 Se trata en esencia del problema general de las funciones psíquicas superiores en la psicología estructural; la voluntariedad y la racionalidad son únicamente algunos rasgos aislados, característicos de estas formas superiores de actividad psicológica.
Y eso ocurre también en el caso de las estructuras irracionales y racionales. Para el principio estructural, la transformación de unas en otras continúa siendo un enigma insoluble.
Este modo de proceder hace que se establezca una relación muy curiosa entre el principio explicativo y el material empírico a que se aplica. El modo de explicación (de abajo arriba) adoptado, lleva necesariamente al autor a ilustrar de forma adecuada y convincente los estadios tempranos, iniciales, prehistóricos de la evolución infantil. Pero el curso mismo de la evolución en activo —lo que equivale a decir el proceso de negación de esos estadios iniciales y su transformación en estadios del pensamiento desarrollado— queda sin explicar.
Y esto no es casual. Todos estos datos en su conjunto se apoyan en un único punto, sin cuya explicación ha de resultar imposible lograr resultados adecuados. Ese punto atañe al problema del significado. Como ya hemos visto, la psicología estructural inicia el camino histórico partiendo del problema de la racionalidad. Pero tras este problema ve tan sólo la racionalidad primitiva, remota, que caracterizaría tanto a las formas instintivas como a las intelectuales, tanto a las inferiores como a las superiores, a las animales y a las humanas, a las históricas y a las prehistóricas, de la vida psicológica. Sirviéndose del mismo principio hallado en, el comportamiento semiinstintivo del mono, la psicología estructural pasa a explicar los procesos de desarrollo del lenguaje y el pensamiento en el niño. Y así, ante el problema de la aparición del lenguaje, Koffka reproduce la conocida tesis de W. Stern: el comienzo del desarrollo del lenguaje racional está marcado por el extraordinario descubrimiento logrado por el niño de que cada cosa tiene su nombre. Acepta también Koffka la analogía que establece K Bühler entre 237 este «extraordinario descubrimiento en la vida del niño» y el empleo de instrumentos por parte del mono y afirma siguiendo también a Bühler, que la palabra forma parte de la estructura de la cosa, lo mismo que para el chimpancé el palo forma parte de la situación de consecución del fruto.
Con el mismo detalle explica también Koffka la primera generalización del niño, que se manifiesta en que aplica la palabra que ha conseguido aprender a nuevos y nuevos objetos. ¿Cómo se han de interpretar estas transposiciones? —pregunta. Bühler compara legítimamente estas transposiciones observadas en el niño durante el período de la denominación a las que realiza, por ejemplo, el chimpancé cuando utiliza como palo las alas de un sombrero, indicando así en qué dirección hay que orientar la búsqueda de la explicación a este problema.
Si esta analogía entre el aprendizaje del lenguaje y el empleo del palo por el mono fuera legítima, nada podría decirse contra toda la ulterior teoría de Koffka. Pero al analizarla de cerca vemos que es absolutamente falsa y a partir de ella se tergiversan toda una serie de problemas relacionados con ella. Estriba su falsedad en que se ignora en este caso lo más importante de la palabra: su aspecto psicológico, que es el que determina su naturaleza psicológica. Se ignora, precisamente, el significado de la palabra, sin el cual ésta deja de ser palabra.
Es verdad que Koffka, al aplicar el principio estructural para explicar el origen del lenguaje en la edad infantil, señala el carácter racional de estas primeras operaciones del niño en el manejo del lenguaje. Pero pone el signo de igualdad entre el significado que adquiere el palo en la situación inmediata del mono y el significado de la palabra. Y eso nos parece totalmente irregular.
Porque debemos el significado de la palabra a que con su ayuda se hace posible por vez primera el pensamiento abstracto y el uso de conceptos. La palabra posibilita la actividad específicamente humana, que es imposible en el mono y cuya esencia consiste en que el hombre comienza a organizar su conducta, no en función de la percepción directa de ésta, ni dependiendo de la estructura del campo visual, sino sólo a través del pensamiento.
Koffka no ha percibido en este problema el salto dialéctico que realiza el desarrollo cuando pasa de las sensaciones al pensamiento. No es pues casual que el problema del pensamiento en su totalidad esté menos estudiado en la psicología estructural y que se base casi totalmente en una analogía formal con las estructuras visuales. No podemos sino coincidir con la opinión que defiende con especial energía E. Brunswik, para quien el problema más difícil que se le plantea a la psicología estructural es precisamente el del significado. Esta psicología diluye el problema del significado específico de la palabra dentro del problema general de la racionalidad inespecífica de todo el comportamiento. De ahí que, lógicamente, no se tenga en cuenta la diferencia, tan clara y evidente, entre la conducta limitada del mono y la libre del hombre que piensa.
Repetimos una vez más que lo paradójico de la cuestión consiste en que Koffka no pasa por alto los hechos y que aunque contempla toda aquella 238 variedad de fenómenos que no tienen cabida del marco de la explicación estructural, opta sin embargo, en todos los casos por no dar una importancia sustancial a este estado de hechos, y debido a ello, los propios hechos desaparecen del eje de su explicación y su análisis del desarrollo queda limitado a una simple explicación factual de la situación.
Los experimentos de Michotte han hecho ver que la percepción estructural resulta más pobre per se que la percepción racional de cualquier conjunto inmediato. Los experimentos de Sander han puesto de manifiesto que cuando las partes de una imagen óptica cualquiera van creciendo paulatinamente y alcanzan de pronto el nivel semántico mínimo, comienzan a ser percibidas como partes de un conjunto que tiene determinado significado. Los experimentos de Ch. Bühler han mostrado que en la percepción del niño, la estructura y el significado proceden de dos raíces totalmente distintas.
Es verdad que Koffka no considera estos experimentos que acabamos de citar suficientemente consistentes. No obstante, los hechos revelan, como dice Bühler, que todos los niños que habían sido capaces de comprender el significado del dibujo dominaban sin excepción la función nominativa del lenguaje y que, entre todos ellos, tan sólo uno, que comprendía ya el lenguaje, no había señalado todavía el dibujo. De aquí se desprende, dice el autor, que el sentido de la palabra y la estructura se desarrollan a partir de dos raíces completamente distintas. Los recientes experimentos de Hetzer y Wigemeyer han mostrado también que sólo cuando el niño domina la función significativa del lenguaje surge en él la percepción del sentido del dibujo.
No podemos por menos de manifestar nuestro acuerdo con Brunswik en que los significados pueden determinar en alto grado los procesos estructurales y entrelazarse tan estrechamente con ellos, que se transforman finalmente en parte orgánicas de una percepción racional única. Aquí, dice Brunswik con gran acierto, las posibilidades explicativas de la teoría estructural tropiezan con su propio techo.
Nos parece significativo que, en uno de sus recientes trabajos el propio Köhler establezca una distinción tan estricta entre objetivo y significado. Köhler considera que este último surge empíricamente, dejando de momento abierta la cuestión de si en este proceso de aparición de los significados intervienen o no los principios funcionales de la teoría estructural y cómo actúan en él. Este planteamiento extremadamente prudente de la cuestión deja, en esencia, sin resolver el problema principal de la historia del desarrollo de los conceptos, del pensamiento abstracto, de la abstracción, es decir, de los procesos centrales en todo el desarrollo psicológico del niño. También es cierto que consideramos más prudente un planteamiento así del problema que recurrir sin más a una analogía que reduce los procesos del pensamiento abstracto a las mismas estructuras que conocemos al nivel del pensamiento visual. Esta última solución al problema no explica de forma satisfactoria el hecho de que, procesos estructurales básicamente iguales en los monos y en el hombre, conducen de hecho a diferentes formas básicas de 239 acercamiento a la realidad, señaladas por el propio Köhler, y que son hasta tal punto importantes que se las ha relacionado directamente con la posibilidad misma de desarrollo cultural, es decir, del desarrollo específicamente humano de la psique.
Nos detendremos aún un poco más en este problema del significado, pues constituye la clave de los problemas que trataremos después.
Como ya hemos visto, Koffka diluye el problema del significado en la estructuralidad y racionalidad general de todo el proceso psíquico. En realidad (el significado Red) es un elemento que forma parte de la estructura y, por tanto, no puede ser separado del cuerpo general de los procesos constituidos estructuralmente.
Köhler aborda directamente este problema en su último trabajo sistemático. En él parte del acertado principio de que en la experiencia directa operamos siempre sobre una percepción consciente. Como dice acertadamente, cuando afirmamos que vemos ante nosotros un libro, cabe objetar que nadie puede ver un libro, por lo que propone diferenciar rigurosamente la sensación y la percepción. Según sus palabras, no podemos ver el libro, porque esta palabra implica el conocimiento de una determinada clase de objetos en la que se incluye aquél a que nos referimos. Para Köhler, la tarea del psicólogo estriba en deslindar tal significado del material directamente percibido. Hablando en términos generales, los procesos sensoriales como tales no pueden presentarnos ningún objeto. Un objeto no puede emerger sin que la experiencia sensorial se integre directamente con el significado.
Nuestra opinión es que, a lo largo de todo su análisis de este problema (análisis que sigue una línea idealista), sólo en una cosa tiene Köhler indudable razón, y debemos reconocerlo de entrada. Tiene razón en discrepar de la teoría que trata de presentar el significado como algo primario respecto a la organización sensorial de las estructuras que se perciben. Köhler demuestra de modo plenamente convincente que los significados no constituyen tal momento primario, sino que surgen, en el proceso de desarrollo individual, mucho después; que la percepción estructural es una formación primaria, independiente y más primitiva que el significado. En eso, Köhler tiene absoluta razón.
Por otra parte, no es difícil mostrar en qué consisten sus errores principales. Incluso aunque careciésemos del significado de los objetos que percibimos, afirma Köhler, continuaríamos percibiéndolos como determinadas unidades organizadas y aisladas. Cuando veo un objeto verde, puedo decir inmediatamente el nombre de dicho color. Después podré enterarme de que ese color se utiliza para la señalización del tráfico ferroviario y como símbolo de la esperanza. Pero no me sería lícito explicar el color verde, en sí, mediante esos significados. El color verde existe independientemente de su origen y sólo más tarde adquiere determinadas propiedades secundarias, que se le incorporan. Todas las unidades sensoriales organizadas existen anteriormente a los significados. Esta es precisamente la concepción que defiende la psicología estructural.
Pero basta recordar los experimentos del propio Köhler sobre la percepción de matices del color gris, que Koffka realizaría a su vez con animales amaestrados, para comprobar que la propia percepción no es en absoluto totalmente independiente del significado. Más bien parecería que sólo cuando éste hace acto de presencia comienza el niño a percibir la cualidad absoluta del color percibiéndole con independencia de su fondo. Por consiguiente, la fusión de los significados con las estructuras sensoriales a que se refiere Köhler, no puede dejar de modificar también la propia organización sensorial de los objetos que uno percibe.
Para Köhler es evidente que nuestro conocimiento del manejo práctico de las cosas no determina la existencia de éstas como entidades independientes. Pero basta tan sólo recordar sus propios experimentos, en que el mono deja de reconocer el cajón en una situación distinta, para concluir que tal existencia independiente de las cosas resulta imposible fuera de un determinado significado de estas cosas como objetos. Gracias precisamente a la aparición de la estructura semántica surge la constancia del objeto que diferencia tan ostensiblemente la actitud del animal y la del hombre ante la realidad.
Al adoptar este punto de vista, el propio Köhler se ve obligado a entrar en franca contradicción con el principio estructural cuando señala que la existencia independiente de las estructuras sensoriales no depende del significado. Lo mismo que en física, dice, donde la molécula puede ser distinguida como unidad funcional, determinadas unidades están dinámicamente aisladas en el campo sensorial.
Como sabemos, la psicología estructural comenzó intentando rebatir la teoría del atomismo en psicología. Evidentemente, si lo hizo fué tan sólo para colocar a la molécula en el lugar del átomo, ya que, de adoptar el punto de vista de Köhler, sería necesario admitir que la realidad que se percibe consta de una serie de moléculas independientes, que no dependen de su significado.
En otro lugar, Köhler dice claramente que si las formas existen desde los tiempos más remotos, es muy plausible que adquieran significado. El conjunto, con todas sus propiedades formales, viene dado de antemano, y en este caso parece como si el significado formara parte de él. Por consiguiente, el significado no encierra nada nuevo. No aporta consigo nada que no estuviera contenido en la forma primitiva en cuestión. Después de esto no es de extrañar que Köhler considere en lo fundamental el origen de los significados como un proceso de reproducción, es decir, como un proceso esencialmente educativo.
Resulta curioso que la psicología estructural haya comenzado criticando los experimentos con sílabas desprovistas de sentido para llegar al final a la teoría de una percepción desprovista de sentido. Comenzó combatiendo el asociacionismo, para terminar con el triunfo de este principio, ya que trata de explicar con ayuda del principio de la asociación todo lo específicamente humano de la vida psíquica. Hay que tener en cuenta que el propio Köhler reconoce que es precisamente la existencia del significado lo que distingue la 241 percepción del hombre de la del animal. Si debe su origen a procesos asociativos, éstos constituirán indudablemente la base de todas las formas de actividad específicamente humanas. El significado simplemente se recuerda, se repite, se reproduce asociativamente.
El propio Köhler traiciona aquí el principio estructural y retorna de lleno a la teoría del significado que al principio combatía. Así están las cosas, dice, cuando las enfocamos desde un punto de vista teórico. Pero en realidad, nuestras percepciones y significados están indisolublemente unidos. Por consiguiente, el principio y la realidad divergen. La psicología estructural adquiere un carácter analítico abstracto, que nos aleja de las sensaciones directas, vitales, ingenuas y racionales, con las que nos enfrentamos realmente en la experiencia directa.
Mientras tanto, el propio Köhler sabe que en la persona adulta normal nada puede librarse de esta unión con el significado. Sabe también qué es lo que encierra realmente la fórmula idealista de I. Kries —claramente idealista—, que afirma que los significados transforman las sensaciones en cosas, que, por tanto, la aparición de la conciencia del objeto guarda relación directa con los significados. Sabe también que el significado, al estar relacionado con la situación inmediata, parece hallarse localizado en el campo visual. Y al mismo tiempo, adopta la misma posición que Koffka, es decir, que al demostrar el carácter primario, inicial y primitivo de la estructura en comparación con los significados, supone con ello que confirma su supremacía, su carácter predominante sobre él.
Pero el problema hay que plantearlo totalmente al revés. Por ser justamente la estructura algo primitivo y original, no puede constituir un punto determinante en la explicación de las formas de actividad específicamente humanas. Cuando Köhler dice que cualquier percepción visual se organiza en determinada estructura, tiene toda la razón. Cita como ejemplo la estructura de las constelaciones. Pero creemos que este ejemplo habla en contra suya. Casiopea podría servir de ejemplo de esta estructura. Sin embargo, el cielo para el astrónomo, que une directamente lo que percibe con los significados, y el cielo para quien desconoce la astronomía constituyen, desde luego, estructuras de orden totalmente distinto.
Ya que nos hemos ocupado aquí de una cuestión crucial, no podemos por menos de exponer un punto de vista general relativo a la historia del desarrollo de la percepción infantil, al objeto de contraponerlo al de Koffka. Consideramos que como mejor podemos expresar este punto de vista es con ayuda de una simple comparación. Comparemos cómo perciben diferentes individuos un tablero de ajedrez con las fichas colocadas en él: el que no sabe jugar al ajedrez, el que acaba de comenzar a jugar y dos ajedrecistas, uno normal y otro notable. Se puede decir con seguridad que estos cuatro individuos ven el tablero de ajedrez de un modo completamente distinto. El que no sabe jugar percibirá la estructura de las figuras desde el punto de vista de sus rasgos externos. Su valor, la disposición de unas respecto a otras y la relación entre ellas desaparecerán por completo de su campo de vista. 242
Ese mismo tablero se le presentará como una estructura totalmente distinta al individuo que conoce el significado de las figuras y sus movimientos. Para él, unas partes del tablero constituirán el fondo y otras destacarán como figuras. De modo diferente lo verá el jugador normal y todavía de manera aún más distinta el ajedrecista notable.
Algo semejante tiene también lugar en el proceso de desarrollo de las percepciones del niño. El significado da lugar a la aparición de un cuadro racional del mundo. Y con la misma exactitud con que uno de los ajedrecistas estudiados por Bizé le comunicó que percibía la torre como una fuerza recta y el alfil como una oblicua, el niño comienza a percibir las cosas sólo en tanto en cuanto las comprende, introduciendo elementos del pensamiento en sus percepciones directas.
Comparando esto con lo que leemos en el libro de Koffka respecto a las percepciones, no podemos dejar de percibir con qué fuerza intenta éste defender el punto de vista opuesto, puramente naturalista, sobre la historia del desarrollo de la percepción infantil. Desde su perspectiva, dicha historia constituye para él una secuencia perfecta, que comienza con la percepción de los colores y termina con las categorías mediante las que percibimos y nos damos cuenta de la realidad.
Estudiaremos tan sólo los dos puntos extremos para darnos una idea de la vía seguida por Koffka y localizar en qué punto se desvía ésta de los hechos.
Aunque K. Koffka ha manifestado su oposición a los experimentos de E. Peters sobre el papel determinante que desempeña la aparición del concepto de color en la estructura de la percepción de los colores se ha visto obligado no obstante, en la última edición, a volver a tratar esta cuestión y a revisarla. Sobre la base de sus experimentos, Peters, plantea una pregunta indudablemente correcta y muestra que el desarrollo de la percepción de los colores en los niños de más edad, no se reduce simplemente a la evolución de funciones sensitivas innatas o de su substrato morfológico. Según sus palabras, este desarrollo se fundamenta en la formación en el nivel sensorial de los denominados procesos psicológicos superiores de percepción, reproducción, pensamiento. La percepción apenas está determinada sólo por la sensación sensitiva. El conocimiento del nombre del color pesa con mayor fuerza que los componentes sensoriales. Denominaciones iguales obligan al niño a incluir colores diferentes en una misma categoría.
K. Koffka que, como ya hemos dicho, estaba inicialmente en contra de esta teoría del desarrollo perceptivo-verbal de la percepción de los colores, reconoce que Peters pone efectivamente de manifiesto la influencia de la denominación en la percepción y en la comparación de los colores, pero apostilla que no debemos tomar como percepción y como comparación tales o cuales procesos de orden superior que vienen a unirse a los sensitivos inferiores, que permanecen invariables, sino sólo a los procesos estructurales, que son los que de hecho determinan la cualidad de las partes que los integran y de sus sensaciones. 243
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Pero tras la aparición del trabajo de A. Gelb y K. Goldstein sobre la amnesia a los nombres de los colores, Koffka considera insuficiente esta interpretación suya, que acabamos de exponer, de los experimentos de Peters. Según Gelb y Goldstein, el lenguaje influye de modo específico en la percepción, influencia que estos autores tipifican como comportamiento categorial. En este comportamiento categorial, un color por ejemplo, al liberarse de sus vínculos concretos inmediatos, se percibe únicamente como representante de una determinada categoría de colores, por ejemplo, de lo rojo, lo amarillo, lo azul, etc. No se trata aquí de la simple unión del color y el nombre.
Sólo en algunas partes del libro —como la que acabamos de citar— hace K. Koffka la concesión de reconocer la influencia específica del lenguaje en la percepción. En realidad, cuando admite que el lenguaje surge como un tipo especial de estructura junto con otras estructuras, sin modificar nada los procesos de la propia percepción, se está manteniendo continuamente en el terreno de la ausencia de estructuralidad. Así, es partidario —con K. Bühler— de aceptar que la constancia estructural de la percepción forma un paralelismo con nuestros conceptos. Por consiguiente, se sitúa dentro del punto de vista de que la constancia del objeto, de la que, como hemos visto, carecen los animales, y la constancia de percepción de las formas, que sí poseen estos últimos, pueden básicamente equipararse.
Al analizar las categorías que emergen en la percepción y en el pensamiento (la relación con el objeto, la cualidad, la acción), Koffka llega a la conclusión de que estas categorías también emergen como estructuras simples que no se diferencian básicamente nada de las estructuras primitivas. Sin embargo, nuestros experimentos han mostrado que los estadios de percepción del dibujo por el niño varían notablemente según éste se sirva del lenguaje para transmitir el contenido del dibujo o bien exprese de manera dramatizada lo que el dibujo representa. Mientras que en el primer caso aparecen claros síntomas del estadio de la relación con el objeto, como sugiere la enumeración que hace el niño de los objetos independientes representados en el dibujo, en el segundo se transmite el contenido en su conjunto, es decir, el niño descubre el acontecimiento reflejado en él. Creemos que este hecho no puede dejar de considerarse como una demostración directa de la influencia específica del habla en la percepción, influencia que, según todas las evidencias, se refleja también en el desarrollo histórico del dibujo infantil a que se refiere el propio Koffka.
Es más, si ya Ch. Bühler muestra que el niño percibe de manera distinta una estructura natural y un dibujo que comprende, H. Volkelt consigue mostrar además que el niño también pinta de manera totalmente distinta una forma carente de sentido y un objeto que comprende, y representa este último esquemáticamente, traspasando al dibujo el contenido de las palabras. Entre la cosa representada y la propia representación se intercala una palabra que soporta un determinado significado propio del objeto. En cambio, cuando se trata de una forma carente de sentido, captada o percibida 244 directamente, el niño recurre a un procedimiento totalmente distinto con el que trata así de transmitir su sensación directa.
Creemos que todos estos hechos, analizados conjuntamente, no son casuales. Por utilizar las palabras de Gelb, revelan que, mientras que en el animal existe tan sólo la sensación (Umwelt), en el hombre surge la imagen del mundo (Welt). La historia de esta aparición de la imagen del mundo tiene su origen en la praxis humana y en los significados y conceptos que surgen en ella, libres de la percepción directa del objeto.
Por eso, la correcta percepción del problema del significado determina a su vez cualquier solución ulterior. Como la zoopsicología actual pone de manifiesto, para los animales no existe realmente el mundo. Las excitaciones del medio que les rodea constituyen un sólido muro que les separa del mundo y que les encierra, como si dijéramos, entre las paredes de su propia casa, que les ocultan así el resto del mundo que permanece extraño. Radicalmente distinto es lo que ocurre en el niño.
Como afirma acertadamente Koffka, la primera denominación constituye ya para el niño una propiedad de la cosa nombrada. Pero es difícil que la aparición de esta nueva propiedad del objeto pueda dejar invariable la propia estructura del objeto tal y como existía antes de que surgiese esa nueva propiedad. La primera denominación encierra ya un proceso totalmente nuevo, el de generalización y, como sabemos, la más simple generalización implica el zigzaguerante proceso de la abstracción, un alejamiento de la realidad, una «cierta partícula de fantasía» (V. I. Lenin, Obras completas, t. 29, pág. 330).
W. James dice con razón que una de las diferencias psicológicas entre el hombre y el animal es la falta de imaginación de éste. El animal permanece esclavizado para siempre por la rutina —afirma James—, encadenado por una forma de pensar que casi no se eleva por encima de los hechos concretos. Si el ser humano más prosaico pudiera trasladarse al alma de un perro, se horrorizaría de la total ausencia de imaginación allí reinante. Los pensamientos que este ser traería a su mente lo serían no en función de la analogía, sino por motivos secundarios, por razones de simple contigüidad. La puesta del sol no le habría recordado la muerte de los héroes, sino la hora de cenar. Por eso es por lo que el hombre es el único animal capaz de especulaciones metafísicas. Para admirarse de por qué el universo es como es, hay que tener idea de que podría ser distinto. El animal —para el que es inconcebible reducir la realidad a la posibilidad y abstraer en la imaginación el hecho real a partir de sus consecuencias fácticas habituales— jamás podrá formar en su mente ese concepto. El animal acepta el mundo sencillamente como algo dado y nunca adopta ante él una actitud de extrañeza, concluye James. No otra cosa que este experimento mental que propone James de trasladarse al alma de un perro, es lo que Koffka lleva a cabo a nivel teórico cuando aplica el principio hallado por él en el comportamiento de los monos a toda la evolución del niño. No es de extrañar, por tanto, que la propia esencia de la enseñanza conceptual, que, según sus palabras, consiste en nuestra liberación 245 del poder directo de la realidad, y que pone en nuestras manos el poder sobre esa realidad, contradiga la tesis fundamental del propio Koffka.
Apartado 09
Superar el carácter unilateral del punto de vista estructural no supone en nuestro caso retroceder a la concatenación sin estructuras, atomística, caótica de elementos aislados. El principio estructural se mantiene para nosotros como una enorme conquista, como un avance indiscutible del pensamiento teórico, y cuando criticamos su aplicación a la explicación del desarrollo infantil, no sugerimos con ello que la verdad esté en el principio opuesto, de cuya negación parte Koffka. No hemos de retroceder hacia el principio carente de estructura, sino avanzar a partir del principio estructural basándonos en él.
No es que el principio estructural sea erróneo cuando se aplica a los hechos de la evolución infantil, sino que es insuficiente y limitado, ya que descubre en ella únicamente lo que no es específico del hombre, lo que es común a éste y al animal. El principal error metodológico en la aplicación de este principio a la psicología infantil no está por tanto en que sea erróneo, sino en que es excesivamente universal y por tanto insuficiente, para desvelar las características diferenciales y específicas de la evolución específicamente humana.
Como repetidas veces hemos tratado de mostrar, siempre que el autor se siente impotente, entra en contradicción con la aplicación consecuente de sus propias tesis. La propia esencia del principio estructural nos obliga a admitir que las nuevas estructuras que surgen en el proceso de evolución del niño no flotan en la superficie de las formaciones primitivas, ancestrales, existentes antes de la evolución, y tampoco están ni mezcladas con ellas ni son independientes de ellas.
Observamos en la aplicación del principio estructural una contradicción de enormes consecuencias, puesto que tal aplicación no intenta otra cosa que buscar un nuevo principio, no fuera de la estructuralidad, sino dentro de ésta. En efecto, si tanto la percepción de la gallina como las acciones del matemático, que constituyen un ejemplo perfecto del pensamiento humano, son igualmente estructurales, es evidente que el propio principio, en cuanto que no nos permite extraer estas diferencias, resulta insuficientemente discriminativo, insuficientemente dinámico para poner en evidencia las nuevas formaciones que van emergiendo a todo lo largo del proceso de la evolución.
Ya hemos dicho también que el principio estructural se muestra igualmente inactivo a lo largo de toda la evolución infantil. La tarea de nuestro análisis crítico no consiste en rechazarlo o sustituirlo por uno opuesto, sino en rechazar su aplicación universal y poco discriminativa. Su carácter no específico y antihistórico se debe precisamente a que se aplica por igual al instinto y al pensamiento matemático. Hay que buscar lo que sitúa a la 246 evolución psicológica del niño por encima del principio estructural. Hay que remitirse a la psicología del desarrollo histórico de las funciones psicológicas superiores específicas del hombre.
Y de cara a esta tarea, será justamente lo que de verdad hay en el principio estructural aquello que deberá ayudarnos, una vez más, a superar sus errores.
Sólo nos resta establecer algunas conclusiones generales y articular de manera conjunta las observaciones hechas hasta aquí. Para ello recurriremos a examinar las definiciones generales del problema del desarrollo que encontraremos en Koffka.
Como puede deducirse de lo expuesto hasta ahora, el defecto metodológico fundamental en la resolución de este problema estriba en la insatisfactoria respuesta que el principio estructural de Koffka da a la pregunta principal con que iniciábamos nuestro análisis crítico.
Recordemos que Koffka comienza preguntándose cómo pueden surgir formaciones nuevas a lo largo de la evolución psicológica. Ésta es, en efecto la piedra angular de cualquier teoría que intente explicar el desarrollo. Y el resultado más importante de nuestro análisis es la tesis de que, desde la perspectiva adoptada por el autor, resultan imposibles precisamente las formaciones nuevas. Hemos intentado demostrar —y no creemos que sea necesario desarrollar otra vez la argumentación— que la utilización del principio estructural significa reducir la psicología infantil y animal a un denominador común, borrando las fronteras entre lo histórico y lo biológico, y supone esencialmente, por tanto, renunciar a detectar estas nuevas formaciones.
Si la estructura está ya en la conciencia del niño desde sus orígenes, si todos los hechos que van surgiendo a lo largo de la evolución son tan sólo nuevas variaciones puntuales del supuesto estructural original, quiere decirse que a lo largo de esa evolución no aparece esencialmente nada nuevo y que desde el mismo comienzo el principio estructural da lugar a estructuras distintas tan sólo por su apariencia fáctica, pero idénticas en cuanto a su naturaleza psicológica.
¿Cómo plantea entonces Koffka el problema del desarrollo?
Como el lector habrá podido observar fácilmente, Koffka distingue dos formas fundamentales en el desarrollo, diferenciando el desarrollo como maduración y el desarrollo como adiestramiento. Es verdad que se detiene repetidas veces en la influencia mutua y la interdependencia existente entre ambos factores. Sin embargo, esta relación mutua entre maduración y adiestramiento aparece en Koffka únicamente como una constatación empírica de la situación de las cosas, sin que encontremos en ningún lugar un 247 planteamiento teórico sobre la interpretación de estos dos factores en el proceso general de desarrollo a lo largo de la evolución del niño.
En realidad y de acuerdo con esas premisas asistimos a una dicotomización del proceso general de desarrollo lo que, traducido a términos teóricos, significa que Koffka mantiene un enfoque dualista de la evolución infantil. En esta influencia recíproca de la maduración y el adiestramiento ninguno predomina, ninguno es rector ni determinante. Ambos procesos participan por igual y ostentan los mismos derechos en la historia de la aparición de la conciencia infantil. Es cierto que Koffka señala repetidas veces, al nivel empírico, que siempre tienen más importancia las formaciones procedentes del adiestramiento. Pero, como otras veces, esta descripción empírica de los hechos no alcanza a transformarse en una interpretación teórica de ellos.
Que el principio de la maduración es central en la teoría naturalista del desarrollo infantil no creemos que exija demostración. Por eso, nos ocuparemos del segundo aspecto de la cuestión, es decir, del problema de la instrucción. Merece señalarse que, pese a haber dedicado su libro a los maestros, Koffka analiza la instrucción tan sólo en los estadios tempranos de la evolución infantil, es decir, tal como ésta se da antes de la escuela. Repetidas veces afirma Koffka que sólo podremos establecer la importancia del desarrollo cuando nos ocupemos de él en sus manifestaciones más primitivas. Pero ese intento de explicar lo superior partiendo de lo primitivo no es otra cosa que el camino de abajo arriba al que nos referíamos anteriormente como uno de los defectos centrales de toda la teoría de Koffka.
Según palabras del autor, en el libro «se trata fundamentalmente del niño en la edad preescolar». Aunque puede parecer a primera vista poco interesante para el maestro, Koffka pretende demostrar que el problema del desarrollo del cual se va a ocupar el maestro en la escuela, surge en la psique del hombre ya al comienzo de su vida, y se plantea investigar detalladamente ese comienzo. Si apoyándose en los principales hechos se consiguiera explicar científicamente en qué consiste el proceso de instrucción de niños muy pequeños, el maestro podría aplicar este conocimiento a la interpretación y organización del proceso de la enseñanza en edades posteriores. «En muchos casos, recurrir a las formas más primitivas y analizar sus formas iniciales nos permitirá determinar más fácilmente los aspectos esenciales de la instrucción» (1934, págs. 3-4).
El hecho de que Koffka se plantee la tarea de analizar el comienzo del desarrollo en sus formas más primitivas no es casual. Hemos visto que según la propia naturaleza metodológica de su principio explicativo sólo el comienzo del desarrollo, sólo sus momentos iniciales pueden ser presentados de forma adecuada a la luz de su idea principal. Por ello, tampoco es casual que la psicología estructural no haya elaborado hasta ahora una teoría del pensamiento (y difícilmente podrá hacerlo sin modificar radicalmente sus directrices principales). Como tampoco es casual que el mejor capítulo de todo el trabajo de Koffka sea el dedicado a la conciencia del niño. Sólo ahí consigue 248 el principio estructural su mayor victoria y triunfa por encima de sus éxitos teóricos.
Estamos muy lejos de pretender negar la importancia de los estadios iniciales de desarrollo. Nos inclinamos, por el contrario, a considerar que la importancia primordial del trabajo de Koffka estriba en que borra la exagerada separación que se suele dar entre la enseñanza escolar y la instrucción que tiene lugar en la edad preescolar. Tampoco podemos dejar de ver además que la concepción de Koffka respecto a la conexión entre la instrucción y el desarrollo plantea de una manera nueva —revolucionaria— la propia concepción del desarrollo.
De hecho, ya hemos comentado más arriba la confrontación entre las tesis de la psicología estructural y las de E. Thorndike en el terreno de la psicología animal. Para comprender acertadamente la importancia del trabajo de Koffka y sus defectos es necesario trasladar ahora esa confrontación al plano de la psicología pedagógica para que podamos establecer las novedades que ha aportado la psicología estructural.
Es sabido que Thorndike, como desarrollo lógico de las ideas que servían de base a sus experimentos con animales, llegó a una teoría de la instrucción completamente definida, teoría que el libro de Koffka desmonta decididamente, liberándonos con ello del dominio de ideas falsas y preconcebidas. El tema central de este debate es la vieja cuestión de las «disciplinas formales». Thorndike afirma que la manera en que las respuestas específicas en que los alumnos se adiestran diariamente se transfieren al desarrollo general de las habilidades mentales, depende del valor educativo totalizado de las asignaturas enseñadas o, resumiendo, el problema se reduce a las disciplinas formales. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, pregunta Thorndike, el hábito de realizar cálculos precisos puede influir en el acto de pesar y medir, en la facultad de contar anécdotas, en la apreciación del carácter de los amigos? ¿Hasta qué punto la costumbre de demostrar de forma racional un teorema geométrico, en lugar de resolverlo por intuición o de aprendérselo de memoria, puede influir en la capacidad de adoptar una actitud lógica y consecuente en las argumentaciones políticas o de orientarse en la elección de religión o, incluso, en la solución acertada del problema de si hay que casarse o no?
Ya la forma anecdótica de tal planteamiento de la pregunta pone de manifiesto con toda claridad la solución negativa que da Thorndike al problema. Frente a la respuesta habitual que consiste en reconocer que la adquisición parcial de cada forma específica de desarrollo perfecciona directa y uniformemente la capacidad general, Thorndike da una respuesta totalmente contraria. Señala que las capacidades mentales se desarrollan únicamente en la medida en que son sometidas a una instrucción específica en una determinada materia. Refiriéndose a una serie de experimentos realizados sobre las funciones más elementales y primitivas, Thorndike muestra que la especialización de las facultades es aún mayor de lo que parece en un examen superficial. Considera que el adiestramiento ejerce una acción específica y que sólo puede influir en el desarrollo general en la medida en que en el 249 proceso intervengan elementos idénticos, material idéntico y en que la propia operación tenga carácter idéntico.
Thorndike se opone a la creencia de que sean las propias materias de la enseñanza las que desarrollan, mediante un proceso enigmático, el hecho general de la conciencia. Cada tarea aporta su granito de arena al resultado general. La inteligencia y el carácter no se fortalecen mediante una ligera y delicada metamorfosis cualquiera, sino a través de la elaboración de ideas y de actos parciales determinados, bajo la influencia de la ley del hábito. No existe otro procedimiento de aprender a autodominarse como reprimirse hoy, mañana y todos los días en cualquier conflicto por insignificante que sea. Nadie se vuelve sincero más que diciendo la verdad, ni concienzudo más que cumpliendo cada una de las obligaciones contraídas. El valor de la inteligencia disciplinada y de la voluntad radica en vigilar constantemente la formación del hábito.
Según el pensamiento de Thorndike, el hábito impera en todos nosotros. Desarrollar la conciencia significa desarrollar multitud de facultades específicas parciales, independientes unas de otras, formar multitud de costumbres parciales, ya que la actividad de cada facultad depende del material con que ésta opera. El perfeccionamiento de una de las funciones de la conciencia o de un aspecto de su actividad puede influir en el desarrollo de otra sólo en la medida en que existan elementos comunes a una u otra función o actividad.
La teoría de Koffka nos libera de este punto de vista mecanicista sobre los procesos de la instrucción, y pone de manifiesto que la instrucción no es jamás específica, que la formación de una estructura en cualquier ámbito facilita también e inevitablemente el desarrollo de las funciones estructurales en otras áreas. Pese a ello, Koffka respalda por completo la tesis de Thorndike, de que el desarrollo es instrucción. La única diferencia entre ambos en este punto está en que mientras Thorndike limita la instrucción a la formación del hábito, Koffka la limita a la formación de la estructura.
Pero la tesis de que los procesos de instrucción mantienen en general una relación distinta a cualquiera de estas dos, y mucho más complicada, con los del desarrollo, la idea de que éste tiene carácter interno, de que se trata de un proceso único en el que se funden las influencias de la maduración y de la instrucción, la convicción de que este proceso dispone de leyes internas con su propia dinámica, éstas son ideas que están tan lejos de una como de otra teoría.
No es extraño, por tanto, que, al hablar de instrucción, Koffka evite todas las cuestiones relacionadas con la emergencia de las propiedades específicamente humanas de la conciencia. El hecho de liberarnos de la realidad, dice, es un logro específico de nuestra cultura, ya que a nuestro pensamiento le resulta posible y está a su alcance liberarse de la realidad.
Pero el esfuerzo del principio estructural no se dirige a mostrarnos esa vía de superación de la percepción inmediata de la realidad, sino simplemente 250 a mostrar el camino que permita ver la dependencia que existe entre cada uno de nuestros pasos y laso visuales en que se percibe la realidad,
Hay dos problemas que nos pueden servir de modelo para valorar adecuadamente las tesis de Koffka. El primero es el del juego y el segundo, relacionado con él, el del mundo peculiar en que vive el niño.
El juego es la piedra de toque de la teoría estructural, porque lo que caracteriza precisamente al juego es que en él se da el inicio del comportamiento conceptual o guiado por las ideas. La actividad del niño durante el juego transcurre fuera de la percepción directa, es una situación imaginaria. En este sentido, a Koffka le asiste toda la razón cuando exige que se revise la teoría de K. Groos respecto al significado del juego y cuando señala que ni en el animal ni en el niño pequeño existe el juego en el sentido estricto del término. Su intuición psicológica le permite ver aquí correctamente los hechos y la auténtica distancia entre ellos. Pero, una vez más, cuando Koffka rechaza la teoría de Groos, lo hace sin fundamentar este rechazo con consideraciones teóricas. No niega la teoría de Groos por su carácter naturalista, sino que la trata de sustituir por otra igualmente naturalista.
No es raro, por tanto, que Koffka llegue, en fin de cuentas, a extrañas e inesperadas conclusiones, que contradicen claramente sus posiciones iniciales. Koffka también rechaza acertadamente la tesis de J. Piaget sobre el carácter místico de las explicaciones infantiles y pone de manifiesto la tendencia del niño a la explicación naturalista, directamente relacionada con su realismo. Argumenta Koffka acertadamente que el egocentrismo infantil tiene carácter funcional y no fenoménico. Pero al mismo tiempo —y en franca contradicción con lo anterior— establece que la tesis de L. Levy-Bruhl sobre el carácter místico de la percepción primitiva puede ser atribuido también a las percepciones del niño y se inclina por creer que también los sentimientos religiosos resultan intrínsecamente próximos a la estructura del mundo infantil.
Hay algo que el niño adopta del adulto y que está a la vez interiormente cercano al mundo infantil: se refiere Koffka a la religión.
Es sabido que la tesis fundamental de Koffka consiste en que para el niño existen dos mundos, el de los adultos y el propiamente suyo. Lo que el niño adopta del mundo de los adultos debe guardar una afinidad interna con su propio mundo. La religión y las sensaciones relacionadas con ella son precisamente los elementos del mundo de los mayores que adopta el niño en el suyo.
Koffka trata de trasladar esta misma teoría al juego infantil, en su explicación del comportamiento del niño con los juguetes. El hecho de que el niño sea capaz de jugar con un trozo de madera, dirigiéndose a él como a un objeto dotado de vida para pasar al cabo de cierto tiempo, cuando se 251 le interrumpe o se distrae, a romperlo o tirarlo al fuego, tiene su explicación para Koffka en que ese trozo de madera tiene el carácter de objeto animado, mientras que en el mundo de los adultos es un simple trozo de madera. Los dos diferentes modos de comportarse con un mismo objeto se deben a que éste forma parte de dos estructuras distintas.
Es difícil concebir una simplificación mayor de los hechos que la que Koffka ofrece en esta teoría del juego infantil. En realidad, la propia esencia del juego estriba en la creación de una situación imaginaria, esto es, de un determinado campo semántico que altera todo el comportamiento del niño, obligándole a definirse en sus actos y su proceder a través de una situación exclusivamente imaginaria, únicamente posible, pero no visible. El contenido de esas situaciones imaginarias siempre indica claramente su procedencia del mundo de los adultos.
Ya una vez hemos tenido ocasión de detenernos con todo detalle en esta tesis de los dos mundos —el infantil y el de los adultos— y en la teoría, que de ella se desprende, de la existencia de dos almas coexistiendo simultáneamente en la conciencia del niño. Nos limitaremos pues ahora a considerar lo que esta teoría de Koffka implica de cara a su concepción general del desarrollo.
Nuestra impresión es que, desde esa concepción, el proceso de evolución del niño no representa para Koffka sino un simple desplazamiento mecánico del mundo infantil por parte del de los adultos. Y esta interpretación lleva irremediablemente a la conclusión de que el niño llega al mundo de los adultos siendo hostil a él, tras haberse formado en su propio mundo y que las estructuras del mundo de los adultos desplazan sencillamente a las infantiles y pasan a sustituirlas. El desarrollo se convierte así para Koffka en un proceso de desplazamiento y sustitución, un proceso que nos es bien conocido a través de la teoría de Piaget.
Como consecuencia de todos estos supuestos a los que hemos ido pasando revista, el carácter de la evolución infantil ha ido adquiriendo en Koffka rasgos extraordinariamente peculiares, en los que debemos detenernos en nuestra conclusión.
En primer lugar, el niño cuenta con estructuras de dimensiones muy limitadas. Koffka piensa que comprenderemos mucho mejor el juego desde un punto de vista psicológico si consideramos los actos del niño desde la perspectiva de la magnitud de la estructura de los fenómenos implicados. Se establece así un período inicial en el que el niño no puede crear en general grandes estructuras temporales capaces de superar el ámbito de la acción directa.
Por consiguiente, según afirma Koffka, todos los conjuntos de actos aislados son independientes entre sí, gozan de los mismos derechos y tienen 252 igual valor. Sin embargo, el niño comienza paulatinamente a crear también estructuras temporales, aunque lo característico entonces es que estas diferentes estructuras se mantienen aisladas, sin ejercer especial influencia unas en otras. La relativa independencia de las diferentes estructuras entre sí no sólo se da en esos dos grandes conjuntos del mundo infantil y el mundo de los adultos, sino que es también válida para dominios específicos dentro de cada uno de ellos.
Basta con ofrecer esta descripción para ver hasta qué punto atribuye Koffka al proceso de la evolución infantil una carencia de estructuración. Al principio hay estructuras-moléculas aisladas, independientes entre sí, que existen unas junto a otras. El desarrollo consiste en la alteración en las dimensiones o el tamaño de estas estructuras. Por consiguiente, al comienzo del desarrollo infantil se da también un caos de moléculas desordenadas, de cuya unión surgirá más tarde la actitud integral o estructural hacia la realidad.
Esto es realmente asombroso. Anteriormente hemos visto cómo W. Köhler zanja el atomismo sustituyendo al átomo por una molécula independiente y aislada. Y ese proceso se repite aquí. La idea de Koffka es que los dos momentos determinantes que caracterizan el proceso de desarrollo del niño vienen dados por el estado de fragmentación de las estructuras iniciales y por el incremento de las dimensiones de estas estructuras. Pero con ello lo único que se dice es que, en lugar de los actos elementales independientes de que se ocupaba Thorndike, lo que tenemos es la aparición de complejos de sensaciones o estructuras más complicadas. Es decir, lo que cambia o se amplía es la unidad, de modo que el lugar del átomo pasa a ocuparlo la molécula, pero el proceso del desarrollo es el mismo.
Y de nuevo nos encontramos con que Koffka entra en contradicción con el principio estructural y lo traiciona cuando sostiene que los procesos de desarrollo presentan esencialmente un aspecto no estructurado. Porque, si es cierto y ha sido demostrado de forma irrevocable que todo surge y crece a partir de la estructura, ¿cómo crece? Resulta que mediante el aumento de las dimensiones de estas estructuras y mediante la superación de la fragmentación inicialmente existente. Como ya habíamos dicho antes, el mayor triunfo de la psicología estructural se sitúa en el punto inicial del desarrollo. El comienzo del desarrollo se impone así sobre la trayectoria posterior, y con ello las formas superiores del desarrollo continúan siendo un libro cerrado para esta psicología.
Por eso no deberá extrañarnos la principal conclusión de nuestro análisis.
Hemos visto que Koffka consigue superar el mecanicismo introduciendo el principio mentalista. Supera así el mecanicismo haciendo concesiones al vitalismo, al reconocer que la estructura se remonta a los propios orígenes. Pero el vitalismo representa concesiones al mecanicismo, ya que, como hemos podido observar, mecanicismo no sólo es reducir el hombre a la máquina, sino también reducir el hombre al animal. En nombre de Belcebú expulsa al diablo y en nombre de éste expulsa a Belcebú. 253
En la concepción de Koffka, el desarrollo no actúa como proceso autónomo, sino como sustitución y desplazamiento; no actúa como proceso único, sino como un proceso doble, constituido por la maduración y la instrucción. Incluso la instrucción que provoca el desarrollo es explicada de modo puramente intelectualista. Si para los empíricos la instrucción consiste en la reordenación y la formación de hábitos, para Koffka, como se cansa de repetir, significa la resolución de un problema, un acto intelectivo. Para él, en el acto intelectivo de los chimpancés está la clave de toda instrucción y desarrollo humano. Koffka considera como desarrollo la resolución de tareas, como una especie de operaciones mentales. Nos hallamos pues ante un puro intelectualismo, que Koffka trata de desintelectualizar, al considerar que ese mismo principio también se encuentra en relaciones preintelectuales, primitivas, instintivas.
Pero si, como hemos intentado hacer anteriormente, desenmarañamos este intelectualismo oculto, vemos que nos lleva a que con la luz del intelecto se ilumina el instinto y con la llave del instinto se abre el intelecto: difícilmente podrá haber duda de que nos hallamos ante una teoría que es ala psicovitalista y mecanicista.
Como ya decíamos más arriba, K. Koffka, que conocía bien lo infundado de una y otra teoría, adopta un punto intermedio, a mitad de camino entre ellas, pensando librarse de ambas. Pero como hemos visto, la incongruencia entre las estructuras contradice en fin de cuentas la armonía de todo el libro, según la cual la esencia del desarrollo psicológico se concebiría, no como la unión de elementos aislados, sino como la formación y el perfeccionamiento de las estructuras.
Hemos visto que la fragmentación de las estructuras está presente en el comienzo del desarrollo y que estas estructuras-moléculas se unen en una estructura común. Esta concepción del desarrollo se reduce, en fin de cuentas, a la interpretación de éste como la modificación, la realización y la combinación de estructuras innatas. La estructura se remonta a los orígenes más remotos y su movimiento es explicado por Koffka como el aumento de la precisión, la duración, la división de, las estructuras, es decir, que encierra el desarrollo en la categoría de «más y menos».
Por eso, nuestro análisis nos lleva a la conclusión de que a la pregunta de si es válida la estructura como principio general del desarrollo psicológico sólo se le puede dar una respuesta negativa. Aunque nos basemos en el principio estructural debemos sin embargo superar su carácter negativo: hay que mostrar que, en la medida en que realmente demuestra, sus demostraciones abarcan tan sólo lo no específico, lo relegado a lo largo del desarrollo a un segundo plano, lo prehistórico en el niño humano. Allí donde Koffka trata de ilustrar mediante el principio estructural la marcha del desarrollo infantil, recurre a analogías formales, reduciendo todo al denominador común de la estructuralidad y esclareciendo únicamente, en último término y según reconoce él mismo, tan sólo el comienzo del desarrollo. 254
Por eso, lo que es preciso estudiar es la emergencia y el desarrollo de las propiedades superiores de la conciencia, las que son específicas del hombre, la racionalidad de la conciencia humana en primer término; una racionalidad que surge junto con la palabra y el concepto, o gracias y a través de la palabra y el concepto. En otras palabras, hace falta una concepción histórica de la psicología infantil.
Pero no es difícil ver que por ese camino no podremos dejar de pasar por la psicología estructural, aunque en ella esté ausente el desarrollo como tal: ya que en el libro de Koffka toda la descripción de la evolución infantil nos muestra que, según el dicho francés, cuanto más cambia todo, más fiel permanece a sí mismo, es decir, que continúa siendo la misma estructura que existía al principio. Mas a pesar de ello, el principio estructural resulta históricamente más progresivo que los conceptos que ha venido a sustituir acumulados a lo largo del desarrollo de nuestra ciencia. Por eso, en esta vía que abre la concepción histórica de la psicología infantil, el principio estructural hay que negarlo dialécticamente, lo que significa, al mismo tiempo, conservarlo y superarlo.
Debemos intentar resolver de manera original el problema de la conciencia racional humana, que sólo en el hombre coincide con la racionalidad con que comienza y termina la psicología estructural, de la misma manera que, según expresión de Spinoza, la constelación del Can (sólo de nombre: R. R.) recuerda al perro, animal ladrador. 255
Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: Investigaciones sobre la inteligencia de los monos antropomorfos
Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: Ensayo sobre el desarrollo espiritual del niño
Piaget: génesis y estructura en psicología de la inteligencia (Historia)

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