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Timestamp: 2018-01-18 19:33:20+00:00

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Sesion del 27 de marzo de 1915, en, Cronicas y debates de las sesiones de la Soberana Convencion Revolucionaria, recopilacion de Florencio Barrera Fuentes. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
Sesión del 26 de marzo de 1915
Acta de la sesión anterior.- Continúa la discusión del Proyecto de Programa de Reformas Político-Sociales de la Revolución.
Se procede a la lectura del acta de la sesión anterior. (Leyó)
El secretario Treviño
Sigue la discusión del artículo 13 del Proyecto de Programa de Reformas Político-Sociales.
13. Dar garantías a los trabajadores, concediéndoles amplia libertad de huelga y de boicotaje, para evitar que estén a merced de los capitalistas.
Tiene la palabra en contra el ciudadano Velázquez.
Desde ayer manifesté a esta H. Asamblea que no porque he atacado los artículos que tratan de dar algunas ventajas, según lo entienden los que han defendido a las Sociedades obreras; no porque he atacado, digo, esos artículos, se me considere enemigo de esa clase obrera. Lo que me sucede es que antes que mi criterio y mis propios deseos, llevo en la mente siempre el bienestar de la Patria. Hoy temo mucho repetir lo que dije en sesión anterior: que la Constitución da ya bastantes libertades a los obreros y bastantes garantías a esas Asociaciones.
Temo que los agitadores, basados en las garantías que les otorga la ley a discusión, se hagan más tiranos: y que los obreros, obedeciendo ciegamente a sus directores, ocasionen trastornos a la Patria en el porvenir. Sin embargo de lo dicho, defiendo a las uniones obreras, y si me he opuesto es porque por encima de ellas y de todo está el amor a la Patria, a quien tanto he querido.
En muchas ocasiones, lo digo con sentimiento, nuestros queridos y bien intencionados hermanos del Sur, nos han hablado de su desinterés, de su patriotismo, de su valor, de su abnegación y del bien que desean para el pueblo. Entiendo que los delegados del Norte no amamos menos a la Patria que los delegados del Sur; pero hemos creído en ciertas ocasiones que no es necesaria la manifestación, repetida a cada instante, de que tenemos un gran afecto hacia las clases desvalidas y de nuestra abnegación por la Patria.
En lo que a mí respecta, he luchado y he sufrido mucho por las clases desvalidas, y sufro mucho todavía porque estoy lejos de los míos y no sé en qué condiciones se hallará mi familia: no obstante de que hace cuatro años que formo parte de un Gobierno establecido y que desempeño un puesto de relativa importancia, no he sabido nada de ella y no he querido, ni deseado, ni me he podido resolver a apoderarme de nada que no sea mío, ni darle nada que no venga de mi trabajo, porque no quiero que la Revolución me dé más de lo que merezca mi esfuerzo personal.
No he querido ir a vivir a ningún palacio, ni he querido montar caballos que no sean de las marcas que yo he criado, porque no he querido que crea el pueblo que me fui. En cuanto a los soldados que me han seguido, no he querido que crean que puedo usar para montar un animal que no sea mío; asi es que he visto con sentimiento que en muchas aluciones los señores del Sur parece que dudan de mi buena intención, y es necesario que comprendan que no es eso: es que creemos, efectivamente, que las Sociedades obreras con nuestra Constitución tienen ya bastantes garantías y que no es necesario presentarles una vez más esto, porque será motivo para que los líderes, para que los que dirigen esas uniones, hagan presente que pueden ejercitar huelgas, que pueden ejercitar boicotajes (no sé cómo se llaman), sabotajes y otras palabras que aún no he podido comprender, pero que no me auguran nada bueno para el porvenir de nuestra Patria.
Manifiesto una vez más a la H. Asamblea, que nosotros no llevamos egoísmos a la Revolución: nosotros creemos que no porque las clases altas de la sociedad hayan hecho, a veces obligadas por las circunstancias, acciones de verdugos, o cometido acciones de verdugos, no por eso son tan culpables, sino que es culpable el régimen que las ampara y el Gobierno que el país no supo destruir a tiempo, para evitar todos esos perjuicios.
Yo creo, señores delegados, que en la actualidad no debíamos de permitir así no más el derecho de huelga; aquí dice: dar garantías a los trabajadores, concediéndoles amplias libertades de huelga; con eso de amplia libertad de huelga, muy bien pudieran creer estas gentes, la mayor parte ignorantes, que la amplia libertad consiste en la destrucción de los intereses de los demás, en el ataque y destrucción a los talleres y a las fábricas, y más, donde ellos trabajan, y, naturalmente, si les hacemos creer esto, erróneamente, si los agitadores que los dirigen les dicen que vayan a destruir, ellos no vacilarán en acabar con aquello que es su ocupación y su medio de conseguir el sustento.
Creo sinceramente, señores delegados, que debe de agregarse aquí que se autoriza la huelga pacifica, porque de esa manera el Gobierno puede hacerles reclamaciones con más derecho, y con más razón hacerles comprender que la amplia libertad no está en la destrucción sino en los procedimientos honrados y pacificos retirándose de las fábricas.
Por lo que respecta al boicotaje, diré qué entiendo con eso: no comprar nada a determinado fabricante de sus producciones, y también entiendo que a nadie se le puede obligar a que compre en una tienda de comercio donde no le agrada. Esto también se presta a muchos abusos. Los jefes de las uniones muy bien pueden valerse de ese pretexto para abusos y desórdenes, porque establecen un comercio y obligan moralmente a sus socios a comprar en esa tienda, so pretexto de boicotear a los demás. De ahí que yo pido a la Comisión, agregue que la huelga sea pacifica, y que se quite esa palabra boicotaje, que considero inútil. He dicho, señores.
Tiene la palabra en pro el ciudadano Lecona.
Señores delegados: he pedido la palabra en pro del asunto a discusión; pero antes me permitirán ustedes que les recuerde, o, mejor dicho, que les refresque la memoria a mis estimados compañeros los delegados, que desde Aguascalientes venimos trabajando, en el seno de esta Convención, por el triunfo de los principios revolucionarios. Allá se nos dijo a los que defendíamos el Plan de Ayala, que se aceptaba por los señores delegados ya reconocidos, y entre los existentes hay bastantes de los primitivos, sus principios; pero que realmente el Plan de Ayala no era una ley, porque no traía reformas sociales ventajosas.
A efecto de abreviar las discusiones, tan largas, tan acaloradas, tan borrascosas como las que suscitó el artículo antes aprobado. Me permito recordar que ustedes lo prometieron y llegada la discusión del Programa de Gobierno manifestarían ostensiblemente su radicalismo.
El artículo que está a discusión entraña una reforma social, que si no es tan radical como realmente se necesitaba y debía de ser, sí tiene algo que ha alarmado bastante a mi compañero el delegado Velázquez, pues dice que está conforme con el espíritu del artículo, pero únicamente que no se deje tanta amplitud a los obreros o gremios de trabajadores, unidos o congregados para la huelga, ni mucho menos el derecho de boicotaje.
No voy a ser bastante extenso, porque basta únicamente con tener presente el espíritu del artículo anterior, que se discutió ayer, después de tres días de lucha, para que se vea que precisamente los principios que este artículo envuelve, las tendencias que se propone llevar a cabo, restringen demasiado el libertinaje o la libertad absoluta de la huelga, así como el boicotaje.
Tiene la palabra en contra el delegado Zepeda.
Tal vez os admire, señores delegados, que yo que sostuve el artículo anterior, venga a hablar en contra de éste. El artículo a debate consta de dos partes; concede dos derechos y esos dos derechos son: el de huelga y el de boicotaje.
¿Qué cosa es la huelga? Puedo decir, y con mucha razón, que es un derecho muy santo que ejerce el obrero cuando el patrono le niega el reconocimiento de lo que le debe; cuando el patrono, duro y egoísta, no quiere darle parte de sus beneficios y lo deja sumido en la miseria más dolorosa.
Muy bien, señores delegados. Nosotros, amigos de los obreros, podemos invocar y proclamar como muy santo ese derecho; pero yo, examinando el artículo anterior, puedo decir que creo y aunque veo con claridad que el derecho de huelga está ímbíbito entre los derechos que tiene el sindicato o la unión obrera, pues bien puede ésta recurrir en cualquier momento que desee, a él, sin que el Gobierno pueda precisamente evitarlo, porque le reconoce una personalidad jurídica. De ahí que vea una redundancia en poner en el segundo artículo ese derecho, porque realmente si fuéramos a exponer, artículo por artículo, los derechos de los obreros, tendríamos que hacer una verdadera legislación o una enunciación muy larga de todo lo que vamos a procurar al obrero, lo que sería demasiado extenso.
La legislación vendrá después a reglamentar todos esos derechos; la legislación que hagamos, como ya lo ofrece el artículo subsiguiente -no este que estamos discutiendo- y que promete que se estudiará la cuestión obrera con más amplitud y se expedirán leyes sobre accidentes de trabajo, sobre reglamentación de horas de labor, de seguridad en los talleres, pensiones de retiro y otras más. En ellas el obrero encontrará verdaderamente una salvación en todas sus opresiones y un remedio también para todas sus miserias.
En cuanto a la idea del boicotaje, tengo que advertir que es un verdadero peligro. Si bien es eierto que el obrero puede alegar que tiene muchos derechos, en cambio tiene también obligaciones. La industria nacional está todavía naciente, casi puede decirse que está en. pañales, y esa industria puede muy bien venir abajo con el solo antojo de una Mesa Directiva, de una Gerencia de estos sindicatos.
No creo tampoco que sea necesario ese derecho, ni mucho menos el reconocimiento de él en la ley para los obreros, puesto que precisamente en la personalidad jurídica que se reconoce a los sindicatos, está el medio de arbitraje que se les concede también, para que aleguen con toda sensatez y con toda serenidad todas sus pretensiones; para eso precisamente se les ha dado la personalidad jurídica, para que por los medios justos, por los medios equitativos, se entiendan tanto con el Gobierno como con los patronos.
Bien dijo ayer el señor delegado Cervantes, que la existencia de las naciones como de los individuos estriba en el equilibrio de las fuerzas y el equilibrio se entorpecería si diéramos más fuerza a los síndicatos que a los patronos; debemos conceder iguales derechos a ambos. Los unos, es cierto que ponen su capital, y los otros su energía; pero sería mucho mejor y más razonable en nosotros, que hiciéramos recurrir a los obreros como a los capitalistas al arbitraje, que a medios bastante fuertes y bastante faltos de conciencia muchas veces, cuando las pasiones impulsan a esos obreros, no por sí, como lo hemos visto aquí, con multitud de casos de sensatez en ellos, sino por las prédicas de sus meneurs, de sus agitadores, que han querido recurrir a medios violentos, cuando ellos mismos, los obreros, en su sensatez, en su cultura, nos han dado lecciones de cómo debe de procederse.
Así, pues, ¿para qué vamos a recurrir a esos otros medios que podrían llevar al abuso inconsciente a los obreros, cuyo bienestar estamos estudiando, y cuando el boicotaje, como digo, ataca la industria nacional y puede ser bastante grave para ella? Por lo mismo, nada de movimientos violentos que, si necesarios fueron en esta Revolución, creo que debemos procurar evitar en lo futuro.
Por esto y porque creo que con el siguiente artículo 18 o 19, quedarán muy bien puestos los obreros, y siendo patentes las sanas intenciones de nosotros para con ellos, es por lo que pido que se rechace este artículo y espero que los señores delegados, pensando con sensatez el punto, estarán de acuerdo en mi opinión.
El C. Méndez
Tiene la palabra el ciudadano Méndez.
Señores delegados: he visto con gusto que el compañero Zepeda no ha atacado el fondo del artículo a debate, y que reconoce que el derecho de huelga está imbíbito en el artículo ya aprobado y aunque le parece una redundancia el que se repita o que se declare de una manera terminante, se debe hacer así. Me parece que no hay ningún error literario en la redundancia a que se refiere, y de ninguna manera podría alegarse que sobra el que se repita.
El señor Velázquez nos decía antes del señor Zepeda, que a él le parecen un peligro las huelgas y que él desea para la Patria una tranquilidad absoluta. Yo quisiera que alguno de los señores que están aquí reunidos, esencialmente los que han tomado la voz del contra, diéramos alguna vez una disertación o una conferencia, si a mal no viene sobre la palabra Patria, que tantas veces se usa y que en general tan poco se comprende; cuando se usa la palabra Patria y que se refiere a la tranquilidad, parece como si los obreros no formaran parte integrante de esa inisma Patria.
Patria, que no es más que un concepto muy abstracto y debe usarse con mucha parsimonia, para no enredarse en él. No comprendo, repito, cómo siempre que se usa esa palabra se quiera dar a entender que la gran parte de esa Patria, enorme parte, la gran mayoría de esa Patria, como son indudablemente los trabajadores, no se tienen en cuenta y se arguye tan sólo la tranquilidad general, cuando la tranquilidad general de la misma Patria, es lo menos que existe, aunque no se manifieste en forma violenta; para ser más claro, diré que las nueve décimas partes de la Patria mexicana han estado, estarán y desgraciadamente seguirán estando, a pesar de la verdad de esta Revolución, en un malísimo estado; de manera que la verdadera tranquilidad de la Patria consistirá en el mejoramiento efectivo de la clase trabajadora que es la más numerosa.
El señor Cervantes se refiere a lo que él considera un gravísimo peligro: el que se declare la libertad de boicotaje, y le parece oportuno que no se trate, como si de no tratarse o de no decirse en este Programa de Gobierno, resultara la impracticabilidad de ese mismo derecho.
Debo decirle al señor Zepeda, él que tan inteligente es en estas cuestiones obreras, que el boicotaje es una arma legítima que se impone en muchos de los casos como la única manera de solucionar algún conflicto y como la única manera de perjudicar en sus bienes al capitalista.
Tengo que repetir, como lo he hecho algunas veces, que es imposible que el obrero obtenga ninguna mejoría, aun suponiendo justas sus peticiones, como sucede en casi todas las cuestiones obreras, sin que el capitalista se sienta lastimado, porque es lógico; un ladrón, por ejemplo, se consideraría defraudado si el robado mismo lograra substraerle el dinero de la bolsa; el capitalista, considerado como de una justicia muy grande, jamás reparte equitativamente ni las enormes ganancias, en muchos casos, ni las pocas en otros, que obtiene con el trabajo de los productores, que son los obreros.
Sea en una o en otra forma, siempre explota su trabajo y considera siempre como un ataque el que los trabajadores procuren mejorar sus condiciones, aun cuando sea en una pequeñísima parte.
Debo decirle al señor Zepeda, que en los tiempos peores, ya no digamos peores, pero sí bastante malos, en los tiempos de la dictadura huertista, el derecho del boicotaje se practicaba, sin estar considerado en ningún programa revolucionario y sin estar consignado en algún artículo constitucional.
Allá por los meses de agosto a septiembre, o a fines del año de 1913, el Sindicato de Sastres de esta ciudad declaró el boicotaje Al Puerto de Veracruz por la sencilla razón, al parecer de los industriales, de que de golpe y porrazo, sin ninguna razón, sin ningún verdadero motivo, rebajó el precio en unas prendas, abrigos de señora, en un 50 por 100; de $4.00 que las pagaba las quiso pagar a $2.00.
Como las circunstancias entonces ya eran malas, se aprovechó el industrial de las malas circunstancias de los trabajadores, de la escasez del trabajo, que ya comenzaba a sentirse en aquella época, para rebajar, repito, sin causa justificada, porque no sólo no bajó los precios de venta, sino que los aumentó.
En ese caso el Sindicato de Sastres (y aquí le diré al señor Nieto que los trabajadores de México no han sido tan egoístas como él los supone en otras partes) ... sucedió el caso siguiente: los trabajadores, que en su mayoría eran mujeres, de Al Puerto de Veracruz, fueron a quejarse al Sindicato, y la mayoría de los trabajadores, las cuatro quintas partes de ellos, por lo menos, no pertenecían al Sindicato; sin embargo, el Sindicato abrió una subscripción extraordinaria, gastó parte de sus fondos, se recurrió a la solidaridad de otros gremios, para apoyar la huelga de todas aquellas mujeres, y de las cuales la mayoría no pertenecían al Sindicato; eso demuestra palpablemente al señor Nieto, que no domína el espíritu de egoísmo y que no sólo a los miembros del Sindicato se imparte justicia o ayuda.
El boicotaje se declaró en la casa y se publicaron unas hojas sueltas, que se repartieron profusamente en México, que se pegaron en las puertas mismas de Al Puerto de Veracruz, explicando cómo la casa aquella quería extorsionar hasta el máximum a los trabajadores, explicando cómo por aquella rebaja injustificada, tenían mayores ganancias, y, naturalmente, esto que le disgustaba a la casa, trajo como consecuencia el que no vendiera aquellos abrigos y en general todos sus efectos.
Naturalmente se sintió herida la casa y puso una demanda en contra mía, por ser el representante del Sindicato aludido, y al Sindicato mismo, en no recuerdo cuál juzgado. Se nos acusaba, creo, que de calumnias o cosas por el estilo; a pesar de que en la Constitución no había derecho, de que no había un capítulo que legislara sobre el boicotaje, no se me pudo detener más que unos cuantos minutos, para hacer las aclaraciones, y no pudo prosperar la acusación. Esto quiere decir, sencillamente, que sí existe por derecho natural ese derecho de boicotaje; me dirá el señor Zepeda que si existe ese derecho, ¿para qué se consigna? Y yo le diré que se va a consignar precisamente para evitar que en alguna parte los jueces sean bastante parciales en favor de los capitalistas, o donde estén pisoteados los derechos de los obreros, o en donde estén bastante tiempo juntos para comprender los derechos de los obreros y pudieran interpretar el hecho de que no está claro y terminantemente reconocido.
Yo me opongo a que en el artículo en cuestión, entre paréntesis, se exprese la palabra, el término concediendo o conceder debe ser reconocer; porque en realidad no se va a conceder nada de lo que ya en derecho existe en el Reglamento de los trabajadores; repito, no sobra absolutamente que se reconozca ese derecho, que de cualquier manera, autorizándolo o no autorizándolo; la Legislación del Trabajo, que en algún tiempo, yo deseo sea pronto, se establezca, y a pesar de todo, el boicotaje se establecerá y el boicotaje se llevará a efecto, y, repito, no sobra absolutamente en el Programa de Gobierno, que se consigne, para que los trabajadores vean que se ocupan de ellos, y, además, hasta me parece una consecuencia lógica del artículo en cuestión, y no es mucho, por unas cuantas palabras, aclarar el asunto; no veo yo absolutamente redundancia, no veo absolutamente ninguna dificultad, nada absolutamente, ni sobra el decirlo; y si vería una falta hasta de lógica, si no aclaráramos suficientemente el asunto.
¿No hay ningún otro delegado que quiera hacer uso de la palabra, en contra?
Tiene la palabra en pro el ciudadano Montaño.
Bastante caótica ha sido la situación, hasta ahora, del pobre obrero; no ha podido conquistar verdaderas garantías, no ha podido salir de las manos de los tiranos patronos y no ha podido conseguir de los gobiernos el ser amparado, con la protección que tiene derecho a recibir, y que reclama.
Se llama poderosamente la atención que ahora, cuando la Revolución ha pretendido establecer una reforma en beneficio del pueblo, vengan a ponerse obstáculos para que se realice y vengan a traer vacilaciones que no conducen a otra cosa que a la desmoralización o desaliento de algunas masas populares que han luchado en pro de la Revolución. Dar garantías al obrero es el propósito que persigue este artículo, y creo que estamos en lo justo, desde el momento en que nosotros hemos invocado la redención del pueblo entre nuestros ideales. Desde el momento, señores, en que no queremos otra cosa que el bienestar de todas las clases sociales, desde el momento en que queremos positivas garantías para todo el mundo y positivas libertades y no cadenas de opresión; la huelga, el derecho de huelga, que se asienta en el artículo en cuestión, es una protesta contra la tiranía de los patronos, es una protesta contra la miseria, contra aquellos que le hacen una explotación judía; es una protesta, señores, de la servidumbre del pueblo obrero contra aquellos que por medio del capital lo explotan de una manera brutal; es una protesta, como he dicho antes, de los esclavos de la maquinaria, de los esclavos de los capataces, de los esclavos de los mandarines; y creo que en ese particular debemos nosotros sostener a toda costa ese derecho de las multitudes obreras, ese derecho que no nos merece ninguna vacilación, ese derecho que reclama el pueblo obrero a la misma Revolución, puesto que ésta se ha echado la pesada carga de soportar por sí misma la redención de todas las clases sociales, la redención de todas las masas que hasta aquí no han tenido más que yugos opresores de tiranía, y que hoy la Revolución, cumpliendo con una de sus promesas más sagradas, va a sacar de la tiranía a todos los mexicanos.
El boicotaje que contiene el artículo en cuestión, pone un hasta aquí a la inmoralidad de los patronos, al despotismo brutal, a la avaricia y a la explotación judía, como he dicho antes, pone un hasta aquí a toda esta brutalidad que han desplegado todos los avarientos, con el nombre de capitalistas, con la falange de obreros de nuestras industrias, de nuestras fábricas y de nuestros campos. En la conciencia de todos vosotros existe que el pobre obrero ha sido explotado hasta en las tiendas de raya, pues le pagan con cartones, con vales; en una palabra, señores, todavía no se le puede pagar aquí con la moneda corriente; todavía, señores, se impone el monopolio en el comercio, para el pobre obrero, para ese obrero que está pidiendo a voz en cuello la salvación a la Revolución, y la Revolución, en este momento, vacila en darle lo que se merece el obrero: el apoyo.
Por una parte, el pueblo obrero ha tenido, como todas las demás clases sociales, un enemigo terrible, que se llama clero, que los despoja, a cambio de la religión, a cambio de la patria celestial, y no les da más que una esperanza; no les da, señores, más que la prosperidad que se dice existe en el cielo. Por otra parte, el militarismo ha agobiado eternamente el obrero, lo ha arrancado de sus talleres, para que le sirva de vil instrumento a sus ambiciones, y es por lo que el pueblo jamás ha podido salir de esa caótica condición de esclavo y jamás ha tenido la esperanza de que se respeten sus derechos, consignados en la Constitución. Todos habéis visto que en la Constitución se ha dicho que tiene el derecho de asociación, que tiene garantías; pero esas garantías, señores, han sido pisoteadas por los dictadores, han sido pisoteadas por los malos gobiernos; y ahora nosotros, los revolucionarios, queremos sacar de ese caos de la ignomínia y de servidumbre, al obrero, para que podamos contemplarlo con la majestad sublime y espléndida del hombre libre.
En la conciencia de todos nosotros, y tanto el pueblo obrero como el pueblo campesino, han sido mártires del egoísmo, han sido mártires del aristócrata brutal, que los ha explotado; han sido mártires del Gobierno, que siempre se ha puesto del lado de la aristocracia mexicana y de los privilegiados; del lado de los hombres públicos, que han forjado siempre las cadenas para el pueblo, y que han pisoteado nuestras leyes e instituciones y han pisoteado la Justicia. (Aplausos)
No sé por qué ahora, señores compañeros, todos vosotros vaciláis como vacilaron aquéllos en el seno de la Representación Nacional, en 57, previendo que venían múltiples peligros; previeron aquellos que no tenían fe en el porvenir, que no tenían fe en el futuro; previeron, señores, que la disolvencia de la sociedad se aproximaba, que una tempestad de anarquía caeria sobre la Patria. Sin embargo, señores, a pesar de eso, la Constitución dejó con esto sembradas las garantías dentro de la ley y dentro de nuestras instituciones, y no han pasado de ahí, porque todos vosotros habéis sido testigos de que los déspotas jamás han respetado la Constitución, la ley, y jamás le han prodigado ese amparo que reclaman los humildes, ese amparo que reclaman todas las clases sociales. Todos vosotros habéis visto que se ha asesinado en las sombras, todos vosotros habéis visto que las garantías han sido letra muerta, todos vosotros habéis visto que la justicia ha estado proscrita de nuestra Patria.
Entiendo yo, señores delegados, que la reforma que tratamos de implantar en ese artículo, es una necesidad, y al serlo, señores, se impone de todas maneras que debemos llevarla a cabo; porque si vosotros vaciláis sobre este respecto, el pueblo obrero, a su tiempo, ahora que está sumergido en el marasmo en que le ha sumido la tiranía, no vacilará para dar el grito de libertad y despedazar para siempre las cadenas del pasado.
Todos vosotros habéis visto cómo se ha tratado al pueblo obrero, todos vosotros habéis visto los sacrificios por que ha atravesado, todos vosotros habéis visto que los malos gobiernos jamás se han preocupado por los humildes. La Justicia aquí, en México, sólo ha existido para los privilegiados, pero no para el pueblo, para las masas populares, que siempre han permanecido hambrientas de justicia; para los privilegiados ha sido la paz de tantos años. Los únicos que han cosechado el triunfo de la paz, han sido los poderosos, los feudales, los burgueses, los partidarios de la injusticia y que han explotado de una manera miserable al pueblo; pero no los humildes, porque éstos, señores, permitidme que os diga, son los primeros para levantar el estandarte de las libertades, los primeros para sacrificar su sangre en pro de la redención de la Patria, y son los últimos en el momento preciso en que debía dárseles, por lo que han luchado.
Ese pueblo humilde, señores, es el alma de la Revolución, mientras que los otros, los poderosos, los magnates, son los últimos en la guerra y los primeros en la paz y los primeros que han resultado beneficiados por el despotismo y por los gobiernos brutales. (Aplausos)
Nosotros esperamos ya la hora en que la luz de la redención alumbre al pueblo; ¿y por qué ahora vacilar? ¿por qué, señores, se ponen obstáculos diferentes para que se realice la reforma? Siempre habéis dicho que trabajáis en pro, en favor del pueblo; siempre se ha dicho en el seno de esta Asamblea, que se trata de impartir justicia; pero muchas veces esa justicia que tanto se invoca, se vuelve lástima y desaparece como las pompas de jabón. Siempre se proclamaron con la Revolución, principios muy nobles y generosos, en beneficio del pueblo, y, sin embargo, en el momento preciso en que otorgarán todas las libertades soñadas, entonces, señores, se vienen con vacilaciones; entonces, señores, nos falta el valor civil, nos falta verdadera entereza para cumplir con exactitud con nuestros compromisos, que están ungidos con la sangre de nuestros hermanos.
Hay múltiples recursos respecto a la resolución de este problema económico-social del obrero, y se ha visto que muchos han llegado a descender hasta el terreno de las pasiones; y no me explico por qué causa, porque los problemas nuestros deben discutirse con bastante lógica, como discuten los hombres civilizados. He visto que muchos han descendido hasta el terreno de discusiones personales y muchos han mantenido una actitud obstruccionista para la resolución del problema obrero, y no me explico, señores, vuelvo a repetir, por qué circunstancias han asumido esa actitud contra una clase desvalida, contra una multitud de hombres que esperan la redención de aquí, que esperan de aquí el respeto a sus derechos, que tanto les han ofrecido los revolucionarios; porque la Revolución, debemos decirlo alto y claro, no va a beneficiar a un grupo, va a beneficiar a toda la sociedad mexicana, va a beneficiar a todas las multitudes que existen, va a beneficiar a todos los que se precien de ser mexicanos.
Por tanto tiempo todos nosotros hemos soportado el yugo ignominioso de la tiranía, por tanto tiempo todas las revoluciones aquí en México no han servido más que para conquistar privilegios, por tanto tiempo la sangre derramada por el pueblo mexicano, no ha obtenido otro fruto que conceder garantías a un solo grupo, que conceder beneficios a un solo grupo.
En la actualidad, cuando esta Revolución se ha enfrentado con el pasado, cuando abre las puertas del porvenir, ahora, señores, la Revolución debe sostener, como siempre ha sostenido con firmeza, sus ideales, y no declinará de ningún modo sus energías; no las declinará, porque ese pueblo que nos especta, es el más severo juez, es el que está contemplando nuestra actitud y quien os maldecirá si no cumplimos con nuestros deberes, si no llevamos a cabo el cumplimiento de nuestras promesas y si no somos capaces para soportar la cruz de la redención.
Para terminar, señores delegados, me permito manifestarles que tengo suficiente confianza en que vosotros llegaréis al convencimiento, y sin temor, sin vacilación ninguna, sin miedo al porvenir y apartándose del pasado y dejando las cortapisas y los escollos, aceptando el artículo a discusión. De esa manera señores, quedaréis patentizados ante todo el pueblo, que sois capaces de la reforma y que sois capaces de sostener vuestras promesas, como hasta aquí se han sostenido con la vida, con la sangre y con los sacrificios del pueblo mexicano. (Aplausos)
Tiene la palabra en pro el ciudadano Casta.
Casi estoy convencido de que todas las reformas sociales a que han aludido los señores que hablan en pro de este artículo, son convenientes; y tan me han convencido sus razones, consistentes exclusivamente en Pueblo hambriento, tú que has derramado tu sangre y que necesitas la ayuda de vosotros, que estoy por decirle a ese pueblo: Pueblo, ejerce la huelga, ejerce el boicotaje, el sabotaje y todo lo demás.
Verdaderamente, señores, vengo decepcionado con tales prédicas, y solamente elevo mi voz, no porque sepa que contrarreste el peso de las razones dadas, ni el peso de los votos, sino por cumplir con mi deber.
Como dije en mi anterior peroración, discutiéndose respecto del reconocimiento de las uniones por el Gobierno, mi ánimo no es obstruccionista ni mucho menos: no quiero hablar contra el obrero; al contrario, deseo que se le den amplias garantías, que se le den amplias facultades para que pueda mejorar su condición; pero de eso a que se le concedan todas las prerrogativas, que vienen a ser un peligro para nuestras instituciones sociales y políticas, hay diferencia, y aunque digan que tengo miedo a ese respecto, sostengo mi opinión, porque he visto, señores, en el terreno de la práctica, todos los grandes males que acarrean tales facultades. En la época del señor Madero se recordará que, sin dar esas facultades en el Programa de Gobierno, con el simple hecho de tratar de mejorar sus condiciones, cuántas huelgas se levantaron, y no movidas, señores, por el trabajador humilde; movidas por los agitadores; y conste que no tengo miedo al obrero, tengo miedo a esos agitadores, a esos agitadores de saco, que exclusivamente explotan al obrero, y desgraciadamente de éstos tenemos muchos en esta Asamblea. (Aplausos)
A ésos sí les tengo míedo, porque abusan de la ignorancia de nuestro pueblo -porque es innegable esa ignorancia-; le peroran verdaderos discursos incendiarios y anarquistas, como pomposamente se llaman, y obligan a los trabajadores a cometer actos verdaderamente censurales. En Torreón, lo pude observar, y vuelvo a repetirlo: las huelgas impulsadas por esos agitadores, dieron contingente a los enemigos de la Revolución, y eso siempre será, por más que me lo contradigan mis contrarios en ideas; en Torreón, un señor candidato, a fin de obtener el triunfo de su candidatura, les dijo a los obreros que iba a mejorar sus condiciones, les dijo que les iba a hacer un casino y no sé qué tantas cosas más, y les prometió que iba a trabajar por la disminución de las horas de trabajo y el aumento de salario. Los señores obreros, por medio de los agitadores -y conste que no ataco directamente al obrero humilde, sino a los agitadores esencialmente-, antes que fuera tiempo levantaron una huelga en Torreón, de ocho mil hombres; en Torreón, en donde el obrero es perfectamente remunerado, como todo el mundo lo sabe y nadie me lo podrá negar.
Viendo el candidato aquel conflicto y que no había ya pan, ni tortillas, ni nada (risas), se asustó y como tenía yo entonces la presidencía de un partido político en el que la mayoría eran obreros, creyó que yo tendría tal o cual ascendiente con ellos, y me comisionó para que entrara en tratos con los huelguistas.
Desde el momento en que entré al salón donde se hallaban los huelguistas, fui siseado y dijeron: Ahí viene ese infeliz.
Yo les hablé y les expuse los inconvenientes de aquella huelga. El presidente de aquella huelga me contestó enfáticamente: Que se coman los ricos sus pesos. Nosotros, como tenemos a nuestra mujer, que hace tortillas, comeremos tortillas.
Entonces le dije: ¡Y la clase que no tiene pesos ni tortillas, estará como el camaleón: alimentándose de aire! (Risas)
Les expuse otras muchas razones y no me atendieron; los días transcurrieron, las fábricas estaban resueltas a parar y traer contingentes de otras poblaciones, y aquellos miserables obreros estuvieron quince días sin jornales y muriéndose de hambre; pero los señores agitadores disfrutaron de todas las comodidades; y a esto es a lo que me opongo, señores, y ya que el artículo anterior fue aprobado y que le da a las uniones la facultad de entenderse con el Gobierno y solucionar sus conflictos, creo que sale sobrando ya ese derecho, por más que no sea de la misma opinión el señor Montaño.
Respecto del boicotaje, vengo a atacarlo igualmente, señores, porque al dar facultades de boicotaje, lo único que vamos a hacer es favorecer al elemento extranjero; porque si no se compran los artículos de nuestra industria, que es verdaderamente insignificante, se traerán del extranjero, y entonces le quitaremos a nuestra industria un verdadero impulso.
Así, pues, señores delegados, ni nos ceguemos por esas prédicas anarquistas; veamos con conciencia lo que estamos haciendo, veamos la manera de mejorar al pueblo; pero positivamente, no con la palabrería de los señores anarquistas o socialistas, que han interpretado su papel perfectamente mal en esta Asamblea; aquí la Revolución nos exige el mejoramiento de todas las clases sociales; no porque el miserable obrero no pueda tener tales o cuales ventajas de huelga, deja de haber clase media que está también expuesta a morirse de hambre. Por eso, señores, pido a la Asamblea que se rechase de plano este artículo, porque tenemos en los subsiguientes uno en que a los obreros se les dan amplias garantías, y debemos implantar ese artículo siguiente, porque ahí se menciona la ilustración del obrero, ahí sí se menciona lo positivo con que se le puede ayudar; pero no con la huelga, sólo para dar facilidades a los señores agitadores a que en una multitud vayan gloriosos con un estandarte rojo predicando que se queme y que se mate.
Señores, he dicho: perdonen ustedes. (Aplausos nutridos)
Para rectificar un concepto, señor presidente.
Para un hecho tiene la palabra el delegado Zepeda.
Después del señor Zepeda ¿entonces?
¿Me hacen favor de inscribirme en pro del artículo a discusión?
Yo no sé por qué señores delegados, siento como una opresión en el pecho, y tal parece que algo me anuncia que esta pobre Patria, que según el señor Méndez, parece que no comprendemos, está para hundirse y quizá para desaparecer.
Exagerados parecen a muchos mis conceptos; pero no lo serán para ellos, si comprenden o si se fijan bien en que la Patria nuestra no es elemento aislado que debe sólo merecer toda nuestra atención, sino el conjunto de todos los elementos sociales que necesitan unos de otros para vivir.
El problema que estamos aquí discutiendo y que es nada menos que el problema social, base de todos los problemas nacionales, es tan arduo, tan penoso, que no debe venirse a discutir con palabrería hueca de libertad, fraternidad, legalidad, promesas ilusorias de todas las revoluciones, si no con sensatez, con pocas palabras y profundas meditaciones y, sobre todo, con mucha conciencia.
Ayer -no lo puedo negar- me conmoví hondamente al escuchar la peroración del señor Soto y Gama, porque fue al fondo del asunto, trazando a rasgos breves pero muy marcados, la situación desgraciada del proletariado. Veía allí resaltar su corazón, que, como he dicho muchas veces, cuando habla espontáneamente y no impulsado por teorías o por prejuicios que ha conseguido con sus estudios o con sus meditaciones, habla como un verdadero mexicano y como un hombre de conciencia y de criterio.
Pues bien, señores, el mismo discurso me ha hecho estudiar más a fondo el asunto, ir más directamente a la cuestión.
Hay en los problemas sociales que estudiamos actualmen'te, dos fuerzas contrarias, ya lo he dicho en mi anterior discurso: el capitalismo y el proletariado. Capitalismo y proletariado que obrando simultáneamente exigen, ya que obran en sentido contrario, la igualdad para el equilibrio del sistema; ese equilibrio que después de las revoluciones reformadoras queda roto por completo.
Pasaré por alto, señores, y no me detengo a discutir a propósito del tema, aquellas palabras de clerofobia que no vienen al caso, lanzadas por quienes tachan al clero de no sé cuántas cosas porque creen que es de moda venir a vituperar a la aglesia; a ésos y a cuantos como ellos piensan recomiendo dirijan su mirada a Estados Unidos, a Bélgica, a Francia, a Italia, a Inglaterra y hasta esa silla tan atacada, al pontificado, y verán que esos hombres aquí insultados, los clérigos y los católicos, son los que más alto han elevado la voz para defender al proletariado; Gibbons en Estados Unidos, el conde de Mun y otros en Francia; Baumancher, en Bélgica, y tantos otros. Allí está el clero, que se está preparando precisamente para resolver la cuestión social; pero no hablaré de su labor, porque no está a discusión ese asunto; no entraré a discutirlo ni me pongo tampoco en el papel de defensor; los hechos son los que mejor prueban. Pero entremos de lleno al problema que se nos presenta; ¿damos cuerda floja, completa, al proletariado, de tal manera que, inculto como se encuentra -porque con la ley no vamos todavía a ilustrarlo-, se halla a merced de cualquier agitador que, en un momento dado, amaneciendo de vena, se le antoje resolver una huelga y dejar en la miseria, por diez, quince, veinte o treinta días, a un grupo de infelices que no tiene más sustento que su trabajo? (Campanilla)
Le suplico al señor presidente ...
Es un discurso muy largo.
No importa, es un hecho. (Voces: ¡Que hable!)
Aquí dice el Reglamento que ha de ser breve. (Voces: ¡Que hable!)
El Reglamento dice que debe ser breve.
Pues seré breve, porque parece que esta cuestión no le interesa al señor presidente.
Pues bien, señores, quiero que se me diga, y para eso me dirijo atentamente al compañero Méndez; ¿en el anterior artículo que hemos aprobado y que se reduce a dar amplias garantías al proletario, concediéndole personalidad jurídica cuando esté asociado, no está resuelto el problema de las huelgas, ya que allí, entre los derechos que se reconocen al obrero, debe considerarse incluido el de la huelga?
Pero definamos qué es el sindicato o unión obrera. El sindicato es la unión de los individuos de una misma profesión o del mismo gremio, para defender sus intereses y para procurar su mejoramiento económico, físico, intelectual y moral.
Por eso repito que tienen el derecho de la huelga, porque es uno de tantos medios naturales al que pueden recurrir para defender los derechos del sindicato. Ahora bien, yo creo que las uniones éstas que van a trabajar por su mejoramiento físico, intelectual, económico y moral, llevarán sus cuestiones siempre al arbitraje, antes que decidirse a la huelga, porque con el reconocimiento tienen derecho a tratar con el Gobierno y con el patrono, y sólo en casos extraordinarios ellos verán si se declara la huelga o no; pero está en el derecho de cada individuo el dejar su trabajo, sin que el Gobierno intervenga con su autorización. De manera que veo en eso una redundancia.
Siguiendo con el tema del boicotaje, ya lo dije; es una amenaza a la industria nacional. Yo quiero que los señores del pro me demuestren que el boicotaje es una arma de defensa; yo la creo más bien de ataque, en nuestro medio pasional por excelencia, y todo lo que sea ataque debemos evitarlo nosotros que hemos palpado la trascendencia de los impulsos pasionales. Nuestros sueños impulsivos de revolucionarios, deben contenerse en el término justo, y más cuando en lugar de reconstruir, vamos orillando a la Patria hacia su ruina. Yo creo que las sociedades deben organizarse con sentimientos de unión, con tendencias unitivas, como son la persuasión y la fraternidad, y si no es persuasivo y fraternal, el ataque en todas partes y en todos los tiempos, lo sería menos en una sociedad como la nuestra, en formación todavía, y en la que debemos procurar que el equilibrio subsista, no dándole armas al capitalista ni al proletario, para que, defendiendo sus intereses, solamente logren la desunión de clases.
Si los señores tuvieran la bondad de contestar a mis dudas, crean que les estaré bastante agradecido, y me detengo ya en la peroración, porque la Presidencia, que no considera de interés el asunto, me dice que calle. (Risas)
¿Quería usted la palabra para una aclaración?
Para contestar, para ratificar hechos por estar inscrito: no voy a ser muy largo.
El C. presidepte
Le suplico sea breve.
Lo más que sea posible dentro de mis facultades.
Me gusta sobremanera tener que contestar los razonamientos del señor Zepeda, que de manera tan sensata y tan serena piensa, aun cuando no esté en el fondo absolutamente de acuerdo con mi manera de sentir.
Me preguntaba el señor Zepeda y me decía que contestara sino creía yo que al aprobarse el primer artículo, el que se aprobó ayer, estaba incluido, estaba tácitamente comprendido el derecho de huelga.
Debo contestar al señor Zepeda que sí lo creo, y no puedo menos que reconocer que está tácitamente reconocido el derecho de huelga; pero repetiré lo que antes decía: no me parece que de ninguna manera sobre ese derecho o sobre la especificación terminante de ejercerse tal derecho, por parte del trabajador ... (Murmullos, siseos, desorden, que impide oír al orador)
El señor Zepeda argumentó, entre otras cosas, con no poca razón, que ante los tribunales de arbitraje, que seguramente serán parte muy princípal de la Legislación obrera, deben arreglarse las dificultades entre capitalistas y trabajadores, y me decía, también con bastante razón, que las huelgas violentas muchas veces perjudican.
Confieso al señor Zepeda que soy de su mismo parecer; pero debo decir lo siguiente:
Los trabajadores no son tan ignorantes, como dice el señor Casta, y les gusta razonar y resolver sus asuntos por sí mismos.
Es un hecho que se impone, la experiencia de otros países y la experiencia del nuestro lo demuestran, que los trabajadores son dados a ejercitar todos aquellos medios que sus compañeros de otras partes han ejercido con buenos resultados unas veces, con malos resultados otras; pero el señor Zepeda sabe, como sabe todo el mundo, que nadie experimenta en cabeza ajena.
A ese movimiento de las huelgas, que a veces es fatal, y de paso diré que muchas veces censurado, yo muchas veces me he opuesto, hasta con peligro de mi populachería -que diría el señor Nieto-, me he opuesto, digo, a que se lleven a cabo algunos movimientos huelguistas.
Yo estimo la huelga como una arma de dos filos, que puede herir tanto al capitalista como al trabajador; pero declaro que en todos los casos, aun en los peores casos de las huelgas, queda siempre algo muy importante, algo que debe tenerse en cuenta, y es la experiencia. De manera que aun cuando no se especifique claramente que los trabajadores harán uso de ese derecho, esta Revolución, este Programa de Gobierno nada pierde con que se explique clara y terminantemente que se reconoce ese derecho; para evitar precisamente que surjan conflictos, para que de esa manera muy clara y muy terminante quede precisado el que se admite no que se concede ese derecho, sino que se reconoce, y para evitar que autoridades de poca categoría, autoridades que probablemente, fatalmente, tendrán que surgir con muy poco conocimiento, con muy poquísimo conocimiento, con un desconocimiento absoluto de la cuestión social, nieguen a los trabajadores en las fábricas que están lejos de las poblaciones, en las haciendas, en fin, en todos aquellos lugares donde probablemente no habrá suficiente criterio en esas autoridades, ese derecho de huelga, y le quiten esa válvula de seguridad al obrero.
Esto creo que tendrá que reconocerlo el señor Cervantes, con su clarísima inteligencia, porque seríafaltar a los fundamentos principales de equidad, el no permitir que esos obreros asocien y que puedan emplear las únicas armas que pueden tener contra el capitalista y que son la huelga y el boicotaje.
Es lastimoso que los señores Zepeda, Cervantes y Casta, crean más culpable al obrero que al capitalista, cuando el primero se vale de la huelga como única arma de defensa; cosa que es muy natural, porque bien sabido es que los capitalistas, por su mismo egoísmo, por su afán de lucro, nunca escuchan las peticiones pacíficas de los obreros, no obstante que ellos, y esto es innegable, son los que contribuyen directamente al desarrollo del progreso humano.
No puede ser de otra manera, señores, que los capitalistas exploten al trabajador por las circunstancias del caso; sólo hombres excepcionalmente altruistas, como algunos banqueros, algunos americanos millonarios y algunos franceses, han reconocido la necesidad de mejorar al trabajador; y es más, lo han hecho con cálculo, con plan, asociando al trabajador, pero el hecho es ése.
Las cosas se imponen, los hechos no se pueden tocar, tienen que reconocerse; los trabajadores están miserablemente extorsionados y tienen que dar salida a la situación, tienen que experimentar en su propia cabeza las ventajas que la huelga trae; tiene que experimentar en las huelgas, la manera de hacerlas efectivas, cuando y como son oportunas.
Yo me he opuesto con todas mis fuerzas, en una sesión de la Casa del Obrero, a que se declararan en huelga los conductores de carruajes de alquiler, cuando se declaró la huelga de motoristas, porque sabía que iban a fracasar los mismos motoristas y los conductores de carruajes; allí me opuse, en aquel centro, donde no se predica la violencia, la dinamita, porque no es verdad que se predique a troche y moche, ni mucho menos ese centro que, repito, era, más que todo, educativo, y ya tendré ocasión de presentar a algunos señores, nuestra prensa, en época de Huerta, y tendré ocasión de demostrar a los señores, que cuando yo estuve al frente de un sindicato de obreros, en la época de Huerta, se daban allí más de diez clases diarias, clases de francés, de inglés, de Historia y de Derecho, que daba el ciudadano Soto y Gama, y otras muchas cosas: de corte, de pasamanería, etc.; de manera que no hay derecho ni razón para que se nos haya titulado de locos.
Si el señor Zepeda se empeña, podré demostrarle que aunque en el Programa de Gobierno que ahora estamos discutiendo, no estipulemos las huelgas, ellas vendrán, sangrientas o pacíficas, pero vendrán; porque es indudable que a los patronos no se les va a suplicar, porque no hacen caso de súplicas, sino que necesariamente tendrá que amenazárseles con el paro de su negociación, y el Gobierno, a su vez, tendrá que ver en estas cosas, porque atañe al progreso de la industria nacional, al progreso y al bienestar del país.
El que diga que las huelgas matarán a la industria nacional, mentirá. La industria nacional está en pañales, y los trabajadores no van a hacer una huelga por una cosa pueril, sino por algo que les conviene: como la elevación del jornal, las horas de trabajo, etc.
Creo que con esto he dejado suficientemente contestadas las objeciones del señor Cervantes y del señor Zepeda, y ahora paso a contestar al señor Casta que, si no lo considerara de buena fe, hubiera prorrumpido en carcajadas.
Me admira la ingenuidad del señor Casta, pues veo que desconoce absolutamente el asunto, y paso a contestarle que si no hubiera estado en esta Asamblea, que me merece todo respeto, habría prorrumpido repetidas veces en carcajadas.
Me admira la ingenuidad del señor Casta, que desconoce absolutamente la cuestión social y la cuestión obrera, y muchísimo más todavía el término anarquismo que yo muy sinceramente le aconsejo que no use, porque no lo comprende.
El señor Casta dice que ¿cómo vamos a conceder este derecho de huelga, que va a traer tantas dificultades a la Patria?
No tenemos que conceder nada, señor Casta; es un derecho que han reconocido hasta los mismos tiranos; es un derecho que ha tenido que reconocer a balazos y que ahogar en sangre Porfirio Díaz, porque no tenía derecho con la ley para oprimirlos; es un derecho que Huerta no nos pudo quitar, pues durante la época de Huerta hubo varias huelgas, y, ¿cómo vamos a decir que concedemos misericordiosamente ese derecho? Se me antojaba el señor Casta un Júpiter Tonante, que estaba concediendo a los obreros esa gracia.
Dice el señor Casta que él quiere evitar que las clases trabajadoras sean dirigidas por esos agitadores disolventes, que vienen siempre a explotar a la clase trabajadora, y de los cuales, desgraciadamente, había muchos en la Asamblea. Declaro al señor Casta que no me ha herido en lo más mínimo esta alusión. Lanzó el término agitador y es el térmíno que debe rectifícar todo hombre que sea socialista. Cualquíer socialista que sube a la Mesa Directiva y que se empeña en que se levante el obrero de la miseria en que se encuentra, es natural que se convierta en agitador, siendo verdad que agitamos a los proletarios a que abandonen la inercia que los oprime. Es verdad, señor Casta; pero contra el calificativo de explotador, protesto, si no de una manera enérgica, sí de una manera cortés; porque el señor Casta ignora o no quiere saber que yo llevo ya tres o cuatro años de romperme la cabeza estudiando las cuestiones sociales, exponiendo mi vida y mi libertad, y jamás he ganado un solo centavo y sí he gastado muchos, muchas horas y muchos minutos.
Permítame el señor Casta contribuir con mi poquisimo criterio, con mi poquísima instrucción, a dignificar a las clases trabajadoras, recomendándoles algo que, entre otras cosas, el señor Cervantes refirió una vez, recomendándonos que se hiciera bastante.
Yo no he tenido nunca, como dijo el señor Pérez Taylor, el primer día de los debates, que ir con el traje manchado ni con los zapatos sucios, a la Casa del Obrero, para que me llamaran burgués; yo he ido siempre de la manera más decente que me ha sido posible, hasta para servir de ejemplo, y puedo asegurar que hay entre la clase trabajadora gente que viste tan decentemente como cualquiera de nosotros, que es tan culta como cualquiera de nosotros y que es tan honrada como muchos de nosotros también.
Debo decirle al señor Casta que esos agitadores, con que él se espanta tanto, sí es verdad que los hay de mala fe, sí es verdad que los hay, cuando se refirió al compañero Gutiérrez de Lara, que hacía colectas después de la sesión, y cuando se refirió a Ferrer, que había robado o que había dotado algunos millones de pesos a los trabajadores, debo hacer esta aclaración: Ferrer no explotó a los trabajadores, Ferrer se casó con una viuda que le dejó unos millones de francos, de los cuales gastó algunos en la propaganda de la Escuela Racionalista, y a su muerte dejó a la misma Escuela Racionalista, en Barcelona, algunos millones de su capital; después, creo que de dos años de agitarse la causa de su herencia, las autoridades tuvieron que devolver lo que tenían embargado; gran cantidad de libros de la escuela moderna; entre los cuales le recomiendo al señor Cervantes, que es tan afecto a la instrucción, uno que se llama El Hombre y la Tierra, de Reclus, que quizá ya conoce. Es una obra que yo estimo como admirable.
Ese hombre abrió la Escuela Moderna para educar a las clases obreras, y me sorprende su ingenuidad, en venir a tratar el señor Casta, con su poquísimo conocimíento, estas cuestiones y que venga a decirnos que los agitadores viven en palacios, míentras los obreros no tienen ni qué comer.
Sobre esto debo decirle al señor Casta, recordando el incidente que le pasó con los obreros de Torreón, cuando estaban en huelga. Dice el señor Casta que cuando llegó a aquel salón, tratando de intervenir en la clase trabajadora, que fue siseado duramente, y es natural, porque el señor Casta era, como él mismo confiesa, presidente de un club político de obreros, y los otros no eran políticos, sino que era una asociación que trataba de defender únicamente sus intereses, por lo que, naturalmente, veían con malos ojos al señor Casta; el, que probablemente quería que aquel otro grupo de obreros lo llevaran al Parlamento. Los trabajadores, es de suponer que con justísima razón, hayan atacado a esos directores, a esos falsos apóstoles del obrero que lo agrupan en sociedades políticas, pues saben muy bien que no pueden servir más que para elevar a uno u otro candidato a una Cámara, o, por ejemplo, a un puesto público, pero nunca sirven para ir directamente a la mejoría de su situación.
Por eso al señor Casta no debe extrañarle que aquellos trabajadores, con buen sentido lo hayan siseado cuando entró a la Convención, y le recomiendo no vuelva a asociar a los trabajadores en agrupaciones políticas; que se dedique a educarlos, a enseñarlos a bañarse y a mejorarse, que le será más útil. (Aplausos)
Termino esto que va a parecer muy larga peroración, pidiendo a la Comisión que tenga la bondad de cambiar ese término, para que diga así: Dar garantías a los trabajadores, reconociéndoles la libertad de huelga y boicotaje; y no la palabra concederles, porque me parece que eso de concederles es un favor que se les quiere hacer, cuando este derecho lo tienen ya imbíbito. (Un delegado: ¿Boicotaje, dice?)
Libertad de huelga y boicotaje, sí, señor; así dice.
Después de rocomendar esto a la Comisión, me permito recomendar a la Asamblea que permita que se retire este artículo, para que sea reformado en el sentido que lo propongo, ya que se ha aprobado el artículo primero, que está íntimamente relacionado con éste que estamos discutiendo y con otros que también ya hemos aprobado, en los cuales se ataca y se insulta duramente al anarquismo, a pesar de ser la más alta filosofía social.
Creo que el señor Cervantes estará de acuerdo conmigo en que este artículo es consecuencia lógica del primero y que, por tanto, debe ser aprobado.
Agradezco al señor Méndez su clase de sociología y confieso ingenuamente que aun cuando he leído algo de socialismo, no soy el Caballero de la Triste Figura que ve dos ejércitos y el casco de Mambrino; todo lo que digo es porque lo he visto no tan sólo porque lo he leído, y lo que he indicado han sido lecciones prácticas, no lecciones teóricas. Ahora, yo no ataco al obrero que trata de perfeccionarse por medio de la educación, yo no ataco al señor Méndez como agitador, sino que agradezco que me haya informado y que se haya preocupado por la ilustración de ese mismo obrero; yo he desempeñado una labor semejante; pero no me podrá negar el señor Méndez que entre él y dos o tres más, bien intencionados, surgirán multitud de agitadores, y precisamente no es mi miedo, como digo, al obrero, porque el obrero es bueno, particularmente en nuestro país, sobre todo, por su falta de ilustración, sino a sus agitadores; que lo ilustren, que lo enseñen, que le hagan saber sus deberes, que le hagan conocer sus derechos, y entonces podrán irse extendiendo cada vez más y más todas sus facultades.
Lo que sí he podido observar, desgraciadamente, es que tratan de implantar esto los señores socialistas, en nuestro medio, creyendo que estamos a la altura de Inglaterra, de Francia y demás naciones verdaderamente cultas y civilizadas, donde se faculta mucho al obrero, y deben convencerse los señores socialistas, de que aquí en nuestro país hay sobra de brazos y falta de trabajo; por eso es sencillamente que el obrero no tendrá una mejoría con eso, sino que recibirá grandes perjuicios.
Al oír a algunos oradores, por fortuna muy pocos, me sentí transportado a los benditos tiempos de su Alteza Serenísima, cuando no había garantías para nadie, ni para trabajadores ni para burgueses, ni para políticos ni para periodistas, absolutamente para nadie, y se me ocurrió en ese preciso momento, y hoy satisfago mi deseo, preguntarles, ya que tan bien conocen la Constitución, si conforme al artículo quinto de la misma, que dice: Nadie puede ser obligado a prestar sus trabajos personales sin la justa retribución, y sin su pleno consentimiento, salvo el trabajo impuesto como pena por la autoridad judicial, etc., y si conforme al artículo noveno, que dice: A nadie se le puede coartar el derecho de asociarse o de reunirse pacíficamente con cualquier objeto licito, etc.; si en virtud de esos dos principios, es decir, de la libertad de trabajo y el de asociarse o reunirse en la calle, o en el teatro, o donde se quiera; si en virtud de estos dos artículos, no está reconocido amplio y terminante el derecho de huelga.
¿Me permite usted contestar, señor presidente?
Sí, señor; puede usted contestar.
Estoy enteramente seguro que conforme a los artículos quinto y noveno de la Constitución, a que hace mención el señor licenciado, todo ciudadano, y por ende los obreros, tienen el derecho de negarse a trabajar cuando no se les pague debidamente su trabajo o cuando no tienen voluntad en hacer alguna obra que se les encomienda; y conforme al artículo noveno, asociarse también libremente en la calle, en su casa o en el campo, o en donde les venga en gana.
Yo agradezco mucho al señor Piña que me quite un peso enorme de encima; yo quisiera que estuviera el señor Zepeda, que se retiró, para hacerle otra pregunta: si esos conspícuos católicos; entre otros el conde de Monst, jefe del Partido Francés; el Cardenal Gibbons, etc., etc., y toda esa pléyade de católicos, reconocen también el derecho de huelga; pero aunque no esté aquí el señor Zepeda, al señor Cervantes, persona ilustrada, me permito rogarle, para ilustrar al señor Casta y a algún otro delegado, pero principalmente al señor Casta, si es o no cierto que todos los economistas clásicos reconocen el derecho de huelga.
De manera que eso no se puede discutir.
Naturalmente, la Comisión tenía que decir que se concede el derecho de huelga, por más que ese derecho está ya consignado en la Constitución; y es un derecho de defensa, que tiene el trabajador, pues cuando no se le paga, a lo menos lo justo, se le debe dar una arma de defensa y ésa es la huelga.
De manera que al señor Casta se le metió en la cabeza, simplemente porque lo sisearon en virtud de andar metido en politiquerías, que una Asamblea, que se dedica a la cuestión más hermosa de todas, que es la defensa del obrero, de esa clase trabajadora que produce el bienestar de los países y su progreso; a la defensa de ese gremio que entraña un problema que a muchos asombra, y que es lo más grande que existe en todos los países, porque sin ellos no existiría el comercio ni cosa que se le pareciera; de manera que eso prosaico, es lo fundamental.
Cuando el señor Cuesta se permitió ir allí con la politiquería de un grupo político que evidentemente iba a elevar a él o a otro a una curul o a una canonjía, ésa no es razón para que el señor Casta se enfurezca contra el derecho de huelga y niegue que las huelgas existen en nuestro país, por incultos que seamos, y niegue y olvide que las hubo en Cananea y en Río Blanco; y que apenas triunfó la Revolución de Madero, lo primero que hizo el pueblo de la capital, inmediatamente, instantáneamente, como conjuro mágico, fue declararse en huelga los motoristas; y es claro, las revoluciones para los pueblos, quieren decir mejoría o promesas de mejoría: toda revolución, aun política, produce siempre cambios sociales; de manera que es inevitable que la Revolución tenga que decirle al obrero del campo, del taller y al obrero de la ciudad: tu mejoramiento, y el mejor sueldo, se obtienen por medio del derecho de huelga, porque no van a ser los patronos los que concedan aumento de jornal; se necesita la presión de la huelga, por una sola razón: porque es la única manera de perjudicar al capitalista y lo perjudica el hecho de que quede la fábrica paralizada.
De manera que es un arma de defensa, y no de ataque, como tampoco es un arma de ataque el boicotaje.
El boicotaje es la cosa más justa del mundo, es el ataque contra una casa que se convierte en exclusivista o en explotadora del trabajo de los demás.
En el caso del Puerto de Veracruz el patrono de esa casa, por sí y ante sí, redujo de golpe y porrazo el salario de las costureras, pagando a razón de $3.50 un saco o abrigo, no sé lo que era, a pesar de que en todas partes se pagaban $4.00 y las costureras, con mucha razón, solicitaron el apoyo del gremio de sastres para fijar avisos en esa casa, para que el público no comprase a esa casa, que tan mal trataba a nuestros compañeros.
¿En qué está la falta de derecho? ¿En qué está el ataque a la civilización? ¿En qué están los peligros, cuando un grupo de obreros o todos ellos, viendo a sus compañeros amenazados o maltratados o mal pagados, boicotean a esa casa y le lanzan el anatema del boicotaje diciéndole: no te compramos, porque no tratas bien a nuestros hermanos?
Aquí en México, en la época de Madero, se trató de boicotear las mercancías americanas, porque se consideró que los americanos estaban tratando injustamente a este país. En Europa, a cada momento, cuando se ve amenazada una nación por otra, la nación amenazada, como prueba de indignación y como represalia nacional, boicotea los efectos de la nación que la amenaza o que trata de ofenderla en su dignidad y en su integridad. ¿Por qué se va a negar a los trabajadores el derecho de decir y de lanzar el anatema de la excomunión contra esa casa, contra ese capitalista, contra esa empresa que se pone fuera del derecho común, fuera de las condiciones normales del mercado; que se pone a mermar, más aún de lo que se acostumbra la ración del asalariado, fuera de las condiciones normales del mercado, pagando menos de lo que se acostumbra al hacer algún trabajo, como sucedió en El Puerto de Veracruz?
Evidentemente que sin la huelga o el boicotaje, no hubieran conseguido nada, y la policía no hubiera intervenido si se hubiera ya dicho, que se les reconocía a los obreros este justo derecho.
Por esa consideración, tan inútil, tan ociosa y tan redundante como la frase que califica y que quiere el señor Velázquez que se agregue huelga pacífica; es claro si la huelga es sangrienta, es motín, allí está el Código Penal, pues hay 10, 20 o 30 artículos que se refieren a los contraventores del orden público y los primeros que indicaré son motín, rebelión, sedición, etc., etc.
Así, por el solo hecho de invitar al motín y de soliviantar a las masas, se encuentra ya previsto el castigo; pero no la huelga en la que ejerce el miserable obrero su derecho, cuando al verse expoliado inicuamente por el capitalista, invoca la huelga y el boicotaje para castigar la inhumanidad del industrial.
Se quieren la huelga y el boicotaje pacíficos, y la huelga y el boicotaje, no son más que esto: la huelga, el derecho de negarse a trabajar por un precio irrisorio, o por un precio que no agrade al que presta su trabajo -artículos 5° y 9° constitucionales- y el boicotaje, no es más que el derecho de castigar al mal propietario, al mal capitalista, que es más infame, más avaro y más codicioso, que el resto de sus colegas.
¿Cómo no va a ser, pues, cierto como dice el compañero Méndez, que estemos obligados los miembros de la Comisión y la Asamblea misma a decir: reconociendo a los obreros el derecho de huelga y boicotaje?, ¿por qué ese reconocimiento?, por lo que dice muy bien el señor Méndez: porque habrá jueces como el compañero Casta o como algún otro compañero de esta Convención, que sean bastante poco conocedores en materia social y bastante preocupados por el odio, para castigar a los obreros que se declaran en huelga o porque proclaman el boicotaje que no se basa en los actos del obrero, sino en la tiranía del patrono. ¿Para querer que un juez castigue a los huelguistas, porque boicotearon al Puerto de Veracruz, no es, pues, indispensable que se declare reconocido ese derecho? ¿No les parece también político, a los señores compañeros de la Convención, evitar aquellas escenas de Río Blanco y de Cananea, actos asquerosos del porfirismo que provocaron una profunda y justa indignación y formaron muchos adeptos a la Revolución, pues fueron unos de los primeros preparativos de la Revolución y fueron el germen del espíritu revolucionario de nuestras masas? ¿No es natural que la Revolución, como corolario de su obra, diga a los huelguistas: el porfirismo te arrebató todos tus derechos y yo te los devuelvo; aquí tienes todas las prerrogativas, aquí tienes el arma de defensa: la huelga y el boicotaje?
No es ninguna redundancia que la Revolución se ocupe de ellos, porque la Revolución se ha hecho por los obreros y con ellos y no se ha hecho con la burguesía y con la clase media, que sólo se ocupa, lo mismo de servir a Huerta, que a Madero, como a cualquiera otro tirano (siseos) ... permítaseme la frase, no quise incluirlo en la lista de los tiranos, no trato de ofender a los señores; pero, en fin, a Díaz, a Huerta, a Madero o a cualquier Gobierño, bueno o malo.
¿Cómo, pues, no se le va a decir al pueblo verdadero que hizo la Revolución: nosotros que somos tus representantes te hemos entendido, hemos escuchado tus reivindicaciones, conocemos lo que quieres, y como lo conocemos, te ofrecemos que tendrás lo que no te dio el porfirismo: libertad de defensa contra el capitalista que te ataque, libertad de huelga que te negó el tirano Díaz y libertad de boicotaje que te negó el tirano Huerta!
La cosa es tan perfectamente clara, que creíamos nosotros, los de la Comisión. que no iba a ser necesario decir una sola palabra sobre el artículo; es reconocimiento hecho ya por la Constitución, y nosotros queremos simplemente que se anuncie al pueblo que va a ser un hecho y que es una promesa que la Revolución, con toda su fuerza, con toda la fuerza de sus armas, se compromete a sostener.
El Programa de Gobierno, es la promesa que el pueblo revolucionario de la República, le hace a la parte pacífica de que tendrá ciertas garantías y de que se realizarán ciertos ideales; que es lo que se quiere la Revolución: que los hombres combatientes, que los hombres armados no se olviden de la gran masa pacífica para beneficio de la cual se ha hecho esta gran Revolución.
Por eso es preciso que se diga que se reconoce la huelga y el boicotaje, porque son el medio de defensa del obrero contra el capitalista, contra este potentado, a quien han amparado antes todos los Gobiernos.
En consecuencia, es una niñería que se discuta una cosa tan clara. (Aplausos)
Pido, pues, que se cambie la palabra conceder por la de reconocer, porque este es el sentir de la mayoría de la Asamblea y así debe expresarlo la Comisión.
Para contestar al señor Soto y Gama.
Ya me la dio a mí.
Después la tiene usted, señor Cervantes.
El C. Velázqnez
Agradezco mucho al señor licenciado Soto y Gama que en toda su argumentación haya sostenido precisamente lo que hemos sostenido los del contra.
Decía yo que este artículo era una perogrullada, y con eso manifestaba que ya estaba concedido por la Constitución; y el señor Soto y Gama, con magnífica argumentación, nos viene diciendo lo mismo; que supuesto que ya está concedida la huelga ¿para qué se sigue diciendo que se concede?
Además. nosotros en ese caso, estamos perdiendo el tiempo, porque aquí venimos a proponer reformas y no a asegurar lo que ya está hecho o a decir: nosotros lo haremos.
Por otra parte, precisamente lo que yo indicaba que se agregara al artículo, es lo mismo que indica el señor Soto y Gama: que la huelga sea pacífica y que el boicotaje sea pacífico; que se aclare eso y estamos enteramente de acuerdo, señor Soto y Gama.
Para una interpelación al señor Soto y Gama.
Ruego al señor licenciado Soto y Gama tenga la bondad de decirme si por los conceptos de la Constitución él conviene con nosotros en que la huelga es un derecho; puesto que todo individuo tiene libertad de trabajar en el sentido de que no se le puede obligar sin su pleno consentimiento y sin una retribución justa. ¿Qué objeto se propone él al pretender que un derecho reconocido por esos artículos constitucionales, esté escrito en nuestro Programa de Gobierno?
Con permiso de la Presidencia.
Es urgente, primero: evitar los abusos que ya hemos visto y los cuales se verifican a la sombra de las autoridades ignorantes; segundo: demostrar al pueblo, que la revolución se hace en defensa de sus ideales y que les devuelve los derechos que le quitó la dictadura porfiriana. Esto, sencillamente, no es más que prestigiar la Revolución ante el pueblo mexicano.
Le doy las gracias por su respuesta, aunque ha sido muy vaga. Voy a hacerle otra pregunta al señor licenciado Soto y Gama.
Yo quiero que usted me diga si del artículo aprobado ayer, se suprime el término sindicalismo o si no cree usted que el boicotaje, tal como lo entiende, no es una consecuencia de la unión sindicalista.
Evidentemente que el boicotaje es uno de los procedimientos que usa el sindicalismo, pero los puede usar porque es un medio de propaganda perfectamente lícita, para defender sus intereses.
Todos los conceptos de definición del señor licenciado, para decir que él entiende que el boicotaje es el derecho de castigar a los patronos más explotadores, etc.; eso, en mi concepto, es un ataque a la libertad de comercio y como está reconocido por la ley el principio de la libertad de comercio, no podemos enlazar dos cosas enteramente opuestas; yo me opongo al artículo a discusión.
Para una pequeña aclaración.
En lugar de ver yo el boicotaje como un ataque a la libertad de comercio, lo veo como una garantía de la libertad del trabajo y lo que es más: como una ...
Estando incompleta la publicación de los debates correspondientes a la sesión del 27 de marzo de 1915, para mayor ilustración del lector se inserta el resumen que de dicha sesión publicó el periódico La Convención, en su edición del 26 de abril de 1915.
Bajo la presidencia del ciudadano Matías Pasuengo, a las 4 y 45 minutos de la tarde se abrió la sesión; leída y aprobada el acta anterior, se discutió el artículo 13 del Programa de Reformas Político-Sociales, que dice:
Dar garantías a los trabajadores, concediéndoles amplia libertad de huelga y de boicotaje, para evitar que estén a merced de los capitalistas.
Haciendo uso de la palabra, en contra, los ciudadanos Velázquez, Zepeda, Casta y Cervantes, y en pro de los ciudadanos Lecona, Méndez, Montaño y Díaz Soto y Gama, y para hechos y aclaraciones los ciudadanos Zepeda, Méndez, Casta y Díaz Soto y Gama, el cual hizo diversas interpelaciones al ciudadano Cervantes, interpelaciones que le fueron contestadas por el aludido.
Los argumentos esgrimidos por el pro, consistieron en sostener las legítimas libertades de los trabajadores oprimidos, y las argumentaciones del contra en evitar los conflictos del Gobierno y el obrero y los ataques a la libertad mercantil.
Durante la discusión se definieron las huelgas como una presión ejercida sobre los capitalistas, para que accedan a lo justo, y el boicotaje como una defensa legítima que no es un peligro sino un anatema que se lanza sobre una casa o fábrica opresora.
El ciudadano Cervantes interpeló al delegado Díaz Soto y Gama, preguntándole qué objeto se proponía con pedir la aprobación de ese artículo, toda vez que el derecho de huelga está reconocido por el Pacto Fundamental de la República, pidiendo que como se suprimió la palabra sindicatos en el artículo 12, debía suprimirse la de boicotaje.
El ciudadano Díaz Soto y Gama respondió que el boicotaje, que era una arma de los sindicatos, también podía ser usada por una unión o grupo que no fueran sindicatos.
El ciudadano Piña preguntó al delegado Díaz Soto y Gama si el derecho de huelga y de boicotaje debía practicarse en forma pacífica, contestando el ciudadano Soto y Gama a dicha interpelación que sí, manifestando entonces el delegado Piña que si el ciudadano Díaz Soto y Gama estaba de acuerdo, proponía una modificación al artículo, en el sentido de que se diga que el derecho de huelga y de boicotaje, se practicara en forma no violenta.
Preguntada la Asamblea si se permitía modificar el artículo en el sentido propuesto, contestó por la afirmativa.
Se concedió un receso de diez minutos para reformar el artículo, de la siguiente manera:
Art. 13. Prestar garantías a los trabajadores, reconociéndoles libertad de huelga pacífica y de boicotaje no violento, para evitar que estén a merced de los capitalistas.
Pasado el receso, la Comisión de Programa presentó el artículo, reformado, pero como hubiera asuntos urgentes qué tratar, en sesión secreta, la Secretaría anunció que se levantaba la sesión pública, a las siete de la noche.

References: artículo 13
 artículo 18
 resolución 
 resolución 
 artículo 13
 artículo 12