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Timestamp: 2019-08-23 12:01:05+00:00

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OnU Historia de La Corrupcion | United Nations | International Politics
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Marketing Guerra - Al Ries y Jack Trout
Esta obra no puede ser reproducida, total o parcialmente, sin la autorización de los propietarios del copyright ©
© Eric Frattini © Para esta edición Bubok Publishing S.L., 2009
1ª Edición ISBN: 978-84-9916-371-0 DL: M-49551-2009 Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Bubok
A Hugo, por darme cada día de su vida su amor y por su conta-
giosa alegría ...
«Puede decirse que existe un patrón de corrup-
ción cuando un poseedor de poder que tiene a
A Silvia, por su amor y por la tranquilidad que me transmite. Sin
cargo la realización de ciertos actos (i.e., un fun-
estas dos cosas no podría escribir ...
A mi hermana Patricia, por su apoyo en todo lo que hago y por
do, a través de dinero u otros beneficios que no
haber triunfado en sus guerras ...
le son provistos legalmente, a realizar acciones
A mi «Garganta Profunda» y a Nelson Iriñiz Casás, por su va-
que favorecen a quien provee el beneficio y acce-
cionario responsable u oficial a cargo) es induci-
lentía y romanticismo durante años, denunciando en sus «particulares»
soriamente genera un daño al público y sus inte-
reses.»
batallas la corrupción dentro de la ONU ...
1 Orígenes de una des-organización ............................
Dumbarton Oaks, el comienzo de todo ......................
Un campo de batalla llamado ONU ............................
2 Paz caliente y «Democracia, S. A.» ..........................
Reclutamiento y «amiguismo onusiano» ......................
El monstruo que engorda y engorda
ONU, una colonia estadounidense ..............................
3 «Caza de brujas»: Comunistas y colaboracionistas
Donald Maclean, espía y comunista
El polémico «Caso Alger Hiss» ....................................
Valentin Gubitchev, espía y funcionario de la ONU
La ONU y la «caza de brujas» ........................................
4 Espías, traidores y otras tribulaciones ....................
Operación «U.N. Call-girls», sexo y espionaje
Funcionarios de la ONU y espías del KGB
Enemigos en la ONU
5 Expreso a Katanga
CCC: Congo, CIA y «Cascos azules»
La operación Morthor
Repercusiones del desastre y primeros abusos
6 Kurt Waldheim y su pasado perdido
El eficaz y valiente oficial de la «Wehrmacht»
Waldheim y el camino sin retorno para los italianos 171
7 Acoso sexual, mentiras y favores
La dura lucha de Catherine Claxton
Las oscuras confabulaciones de un turco en Ginebra 199
El caso Aly Teymour
Miserias unidas
Un acosador en el ACNUR: el caso Lubbers
8 Legalizando el genocidio
Ruanda, o la imparcialidad ante el genocidio
Srebrenica, o la neutralidad ante el genocidio
Derroche y fraude en la ONU
9 Toma el dinero y corre
La guerra entre Nueva York y la ONU, el incómodo
La UNODCCP, «corrupción» en anticorrupción
«Corrupción express»
10 ACNUR, el rentable negocio de los refugiados
Cómo robar en nombre de los refugiados
Kenia, fraude y conspiración para el asesinato
11 «Cascos azules», abusos por la paz
Camboya y Apronuc (marzo 1992-septiembre 1993) 327
Somalia y Unosom (abril 1992-marzo 1995)
Mozambique y Unomoz
(diciembre 1992-diciembre 1994)
Liberia y Unomil
(septiembre 1993-septiembre 1997)
Bosnia-Herzegovina y Unmibh
(diciembre 1995-diciembre 2002)
Sierra Leona y Unomsil y Unamsil (desde julio 1998) 351
Kosovo y Unmik (desde junio 1999)
El Congo y Monuc (desde noviembre 1999)
12 UNSCOM, espías, petróleo y armas de destrucción 367
Espías, «Perro Alfa» y armas de destrucción masiva 369
Operación agitar el árbol: Kofi Annan y la UNSCOM 375
Petróleo por corrupción
Kojo Annan, historia del mal hijo
Anexo I - Lista Al-Mada
Anexo II - Secretarios generales de la ONU
A Tuhviah Friedman, director del Institute of Documen-
tation for the Investigation of Nazi War Crimes en Haifa
(Israel), por haberme facilitado toda la documentación rela-
tiva a Kurt Waldheim y su relación con la Alemania nazi.
A Juan Carlos Blanco, jefe de documentación del diario El
País de Madrid, por su ayuda a la hora de documentar muchos
de los casos que relato en este libro.
A las fuentes que me han prestado una ayuda inestimable
y cuyos nombres he preferido que no aparezcan en este libro.
A Olga, por el mimo con el que trata siempre mis textos.
por último, y muy
en especial, un agradecimiento a
y que me han pedido no ser citados en este libro.
todos los organismos, agencias y departamentos de informa-
ción de la Organización
A mi particular «Garganta Profunda» en Nueva York, por
su romanticismo y valentía durante tantos años, denunciando
siquiera se dignaron responder a los cientos de correos elec-
y luchando contra la corrupción galopante dentro del Cuartel
trónicos que les envié pidiéndoles información, entre ellos, la
General de la Organización de las Naciones Unidas. Este
OIOS o la Oficina de Información de las Naciones Unidas en
libro es parte de su lucha.
Bruselas. Ello me ha permitido agudizar mi sentido de la cu-
riosidad y, por lo tanto, mi investigación.
A Nelson Iriñiz Casás, por su valentía demostrada en la
inestable década de los sesenta, denunciando la corrupción
A todos ellos, mi más humilde y sincero agradecimiento.
Una parte de este libro es de todos ellos.
dentro de la ONU, por lo que fue perseguido en su país. Este
libro es una continuación de su lucha.
A Claudia Rosett, por sus valientes y magníficos informes
sobre el caso de corrupción en el programa de Naciones
Unidas Petróleo por Alimentos. Como ocurre siempre, nadie
la creyó cuando comenzó a denunciarlo.
A Juan Carlos Zárate, vicesecretario de la Oficina
Ejecutiva para los Crímenes Financieros y Financiación del
Terrorismo del Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
A Tom Steward y Tara Andringa, del Departamento de
Información Pública del Comité del Senado para Asuntos
La Organización de las Naciones Unidas, o como común-
mente se la denomina, la ONU, ha sido desde su creación,
hace más de medio siglo, un auténtico foco de conflictos. A
pesar de ser creada en 1945 como una Organización transna-
cional capaz de arbitrar cualquier conflicto que surgiese tras
el fin de la Segunda Guerra Mundial, con el paso de los años,
aquel sueño romántico se ha convertido en una pesadilla real,
mastodóntica y cara, extremadamente cara.
Campo de batalla durante la Guerra Fría, escenario de in-
tereses políticos entre potencias, teatro de maniobras entre
naciones para socavar la libertad de otras, ha puesto en las
portadas de todos los medios de comunicación del mundo la
pregunta que ya se hacía la revista Paris-Match en el comienzo
de la década de los sesenta: «¿Para qué sirve la ONU?».
Con el paso del tiempo, la ONU se convirtió en lo que hoy
es: uno de los mayores centros de corrupción en el mundo
occidental, según el Institute for Global Ethics. Las manio-
bras de las grandes potencias provocó un flujo de corrupte-
las en las contrataciones de funcionarios, en la definición de
misiones o por el propio control de la Asamblea General y el
Consejo de Seguridad, que aún persisten.
La corrupción es la mayor carga con la que tiene que cam-
inar una ONU herida, en su intento por establecer una nueva
«geopolítica azul» en el mundo, y su actual secretario general
El periodista David Rieff, autor del libro At the Point of a
Gun: Democratic Dreams and Armed Intervention, se preguntaba si
las Naciones Unidas debían trazar un nuevo rumbo. A pesar
de las malas relaciones entre el propio Annan y Washington,
el secretario general vivió una oleada de apoyo incondicional
internacional a su labor al frente de la ONU. Tony Blair,
Jacques Chirac, Gerhard Schröder, Silvio Berlusconi o Vladi-
mir Putin mostraron su simpatía y confianza a Kofi Annan.
Cada vez en mayor medida, la comunidad internacional
está de acuerdo en que la ONU debe sufrir una reforma seria,
no solo en el seno de su Consejo de Seguridad, sino también
en su propia maquinaria burocrática. Está claro que la crisis
que vive la Organización no es una cuestión particular de
quien ocupa la Secretaría General, sino más bien de sus sis-
temas de gestión. De cualquier forma, Kofi Annan, quien está
a punto de cumplir ocho años en el cargo, no se ha preocu-
pado mucho de estas reformas hasta que los efectos de no
haberlas realizado le han explotado bajo su propia nariz.
La dimisión de Ruud Lubbers, Alto Comisionado para los
Refugiados, por su implicación en un sonoro caso de acoso
sexual; la corrupción sucedida en el programa Petróleo por
Alimentos gracias a su amigo Benon Sevan, director del pro-
grama; la intervención de su propio hijo, Kojo Annan, en el
círculo de corrupción del programa Petróleo por Alimentos;
o el reconocimiento de los abusos sexuales a niños cometidos
por «cascos azules» en la misión en la República Democrática
del Congo. Tampoco ayudó mucho a Kofi Annan su discurso
sobre la «tolerancia cero al abuso sexual» cuando por detrás
decidía no continuar con la acusación de acoso sexual co-
metido por el Alto Comisionado para los Refugiados sobre
una funcionaria del ACNUR.
A pesar de que la investigación de la OIOS demostraba la
acusación contra Lubbers, Kofi Annan prefirió esconder las
evidencias. Poco tiempo después comenzaban a aparecer más
víctimas de Lubbers. Hasta cuatro. Días más tarde, la oficina
del secretario general comenzaba a mostrar un cambio de
posición en el apoyo al jefe del ACNUR, pero para Annan ya
Tardó demasiado en condenar a su Alto Comisionado
para los Refugiados; tardó mucho en condenar y ordenar una
investigación sobre los abusos sexuales sobre niños en el
Congo; tardó mucho en ordenar una investigación sobre lo
que estaba sucediendo en el programa Petróleo por
Alimentos; y, por supuesto, tardó demasiado en informar del
papel de su hijo, Kojo, en el círculo de corrupción construido
alrededor de dicho programa.
Una mayor transparencia no puede esclarecer, y mucho
menos resolver, el dilema básico entre el compromiso de la
ONU de representar a los pueblos del mundo, como indica
su propia Carta, explica David Rieff. Quizá sea esta la razón
esgrimida por un diplomático estadounidense cuando calificó
las reformas de la ONU como «tiene el fracaso escrito en su
En su análisis, Rieff afirma que a fin de cuentas deben
darse pasos positivos para abordar algunos de los síntomas de
la enfermedad que sufre la ONU, pero también es más que
probable que se encuentre una forma mejor de soportar dicha
enfermedad que el curarla.
Kofi Annan desea dejar un legado en la ONU cuando
tenga que abandonar su cargo y su despacho en la planta 38
del conocido como Palacio de Cristal en Nueva York.
Reformar el Consejo de Seguridad, con la ampliación sin
derecho de veto, o reducir la pobreza de forma drástica antes
De cualquier forma, y a toro pasado, ha sido fácil para el
secretario general reconocer sin rubor errores del pasado y del
presente. Desde declarar como una gran equivocación la pa-
sividad de la ONU ante el genocidio de Ruanda cuando
Annan ocupaba el cargo de responsable de las fuerzas de paci-
ficación; reconocer que la guerra de Irak fue ilegal; que amigos
suyos (Benon Sevan) habían ayudado al dictador Saddam
Hussein a enriquecerse gracias a un programa de las Naciones
Unidas; o que se equivocó al apoyar a Ruud Lubbers.
El 5 de diciembre de 2004, Kofi Annan decidió reunirse
en secreto, como todo lo que sucede en la ONU, con un
grupo de expertos en política estadounidense para que re-
spondiesen a una pregunta sencilla: ¿Qué es lo que va mal en
Naciones Unidas? La confirmación de la reunión secreta fue
hecha por el propio Annan.
La reunión «privada» y «secreta» tuvo lugar en la noche del
5 en el apartamento que el ex embajador de Estados Unidos
ante la ONU Richard Holbrooke tiene en Manhattan. Todos
los que asistieron a aquella reunión eran defensores del sis-
tema de Naciones Unidas y de la labor de Annan. Los que
acudieron a aquel encuentro estaban decididos a salvar al sec-
retario general y acudir en ayuda de una organización herida
de muerte. Para todos ellos estaba bien claro que las rela-
ciones ONU-Washington no pasaban por su mejor mo-
mento, y más cuando un grupo importante de congresistas y
senadores pedían la dimisión de Kofi Annan por su papel en
el programa Petróleo por Alimentos.
El primer movimiento de Kofi Annan fue sacarse de
encima a todos aquellos que le apoyaron en su política frente
a Estados Unidos: Catherine Bertini, Pierre Halbwachs e
Iqbal Riza, su jefe de gabinete. Pero esto no ha hecho que la
recta final del mandato de Annan sea menos cuesta arriba.
La revolución interna, la primera desde la fundación de la
ONU, se desató cuando una división del sindicato de fun-
cionarios de la Organización intentó hacer prosperar una res-
olución retirando la confianza al secretario general. El texto
de la resolución se consiguió suavizar, optando por arremeter
contra toda la cúpula y pidiendo transparencia a la gestión.
«Votamos una resolución demandando la transparencia.
Les hemos informado de la falta de confianza en la direc-
ción», declaró Rosemarie Waters, presidenta del sindicato.
«Hace veinte o treinta años todos respetaban la bandera
azul de la ONU, y ahora la situación es más peligrosa»,
afirmaba un miembro del sindicato. Los más veteranos criti-
can que la ONU no tenga un papel más importante y más rel-
evante, como por ejemplo cuando Naciones Unidas y Annan
no reaccionaron de forma más contundente para condenar
abiertamente el ataque de Estados Unidos sobre Irak.
Muchos critican a Annan por haber vivido muy bien durante
casi ocho años como secretario general, cerrando los ojos de
forma conveniente ante la corrupción de los que le rodeaban,
y por apresurarse ahora, en la recta final de su mandato, a in-
tentar introducir unas reformas con «calzador» para lavar su
En marzo de 2005, el secretario general presentó ante la
Asamblea de las Naciones Unidas su programa de reformas,
basado en cuatro puntos: Estructura, Desarrollo, Seguridad y
En el primer punto, Annan pide a los países que refuercen
sus instituciones para hacer frente a los nuevos retos. En este
capítulo se habla de la ampliación del Consejo de Seguridad
de quince a veinticuatro miembros, aunque se deja la puerta
abierta para otras opciones.
En el segundo punto, el secretario general hace un lla-
mamiento a los países ricos a que contribuyan con el 0,7 por
100 de su PIB, antes de 2015, para reducir la pobreza. En este
punto, Annan asegura que el sida es casi una amenaza tan
grave como el terrorismo.
En el tercer punto, Kofi Annan defiende la seguridad
colectiva ante las amenazas a la libertad, las guerras, conflic-
tos, terrorismo o armas de destrucción masiva. Para evitar
nuevos conflictos, como el sucedido en el seno de la ONU
con la guerra de Irak, se pide una reforma para que el Consejo
de Seguridad adopte una resolución que establezca cuándo se
debe utilizar la fuerza. También el Consejo deberá establecer
el uso de la fuerza preventiva como mecanismo para preser-
var la paz y la seguridad en casos de genocidio, limpieza ét-
nica y crímenes contra la humanidad.
En el cuarto punto, el máximo líder de la ONU establece
que la reforma de Naciones Unidas debe ser una ocasión para
comprometer a todos los países con el respeto de los dere-
chos humanos, las libertades fundamentales y la democracia.
El capítulo más delicado de este cuarto punto es el de pedir
el apoyo total y pleno al Tribunal Penal Internacional, además
de la necesidad de reforzar el papel del Alto Comisionado
Sin duda, todas estas son muy buenas palabras que en la
mayor parte de los casos quedarán en solo eso, buenas pal-
abras. Naciones Unidas —está ya bien claro— debe cambiar
su estructura antigua, anquilosada y anclada en la posguerra.
El propio Kofi Annan llegó a decir que «el prestigio de la
ONU está en decadencia». «Menos documentos y cócteles y
más acciones», piden los miembros de su sindicato. Lo cierto
es que, cada vez en mayor medida, los errores cometidos en
el cuartel general de la ONU en Nueva York, en sus elegantes
despachos y salones, se pueden medir en número de muertos.
Inactividad de la ONU ante la crisis de Srebrenica, 8.000
muertos; inactividad de la ONU ante la crisis de Ruanda,
800.000 muertos; inactividad de la ONU ante la crisis de
Sudán, 200.000 muertos. A estas escalofriantes cifras habría
que sumar los más de doce millones de refugiados que circu-
lan sin nombre por el planeta, los 20.000 muertos/día por
causa del hambre, o los 40 millones de enfermos de sida.
«Es un plan que pretende asegurarse de que los compro-
misos adquiridos para luchar contra la pobreza se material-
izan, curar las heridas suscitadas por la intervención en Irak y
restaurar la credibilidad de la ONU», explicó Kofi Annan.
Naciones Unidas tiene la obligación de luchar contra las
lacras que castigan nuestro planeta, pero también sus máxi-
mos líderes tienen la obligación de luchar contra las enfer-
medades que afectan a la Organización: corrupción, malver-
sación, acoso sexual, abusos sexuales, pederastia, nepotismo,
amiguismo, derroche, estafas, despilfarros, torturas, sobor-
nos, mala gestión y catastrófica administración que han
cometido funcionarios y soldados de la ONU.
Cuando esto se consiga, tal vez, y solo tal vez, los ciu-
dadanos volveremos a tener fe en lo que Naciones Unidas
Por último, y a título personal, quiero subrayar que este
libro no es un texto histórico sobre Naciones Unidas. Es un
pequeño pero importante capítulo, dentro de la larga historia
de Naciones Unidas. Toda la información que en él aparece
es real. Como fuente de información he utilizado incluso doc-
umentos «clasificados» facilitados por funcionarios de la
ONU interesados en que se hagan públicos. Este libro es
también un homenaje a todos los miembros del personal de
la ONU que continúan realizando su dura labor, incluidos
«cascos azules», e incluso perdiendo la vida en muchos rin-
cones del planeta. Ellos son el verdadero espíritu de lo que la
Carta de la ONU expresa.
El Tamaral, 2005
ORÍGENES DE UNA DES-ORGANIZACIÓN
El actual sistema de las Naciones Unidas, que es el que se
pretende reformar, tuvo su origen en 1919, exactamente el 28
de junio, cuando fue fundada la llamada Sociedad de
Naciones, antecedente de la Organización de las Naciones
Unidas. La ONU lo único que hizo fue heredar, en parte, los
errores cometidos por aquellos estadistas, políticos y fun-
cionarios que comenzaron a trabajar en Ginebra el 15 de
enero de 1920 1 .
Todas las delegaciones que estaban presentes el día de la
fundación de la Sociedad de Naciones no estaban dispuestas
a tomar ninguna decisión para hacer desaparecer de la faz de
la Tierra al cuarto jinete del Apocalipsis, la guerra. Ninguna
de ellas estaba dispuesta a estudiar la verdadera causa de una
guerra, la Primera Guerra Mundial, que había provocado más
1 Stephen Schlesinger, Act of Creation: The Founding of the United Nations: A Story of Superpowers, Secret Agents, Wartime Allies and Enemies, and Their Quest for a Peaceful World, Westview Press, Boulder (Colorado), 2003.
de veinte millones de muertos, como era la desigualdad social,
la desigualdad económica o la desigualdad cultural. Todas
ellas en conjunto provocarían un nuevo estallido bélico tan
solo dos décadas después.
En 1931, los altos funcionarios y políticos de la Sociedad
de Naciones asistieron indiferentes a la ocupación japonesa
de Manchuria, siendo tímidamente condenada un año de-
spués. En 1932 estalló una guerra que duraría tres años entre
Paraguay y Bolivia. Realmente, serían los intereses petrolífe-
ros los que provocarían aquel conflicto regional.
Los delegados de ambos países, que ocupaban una posi-
ción de privilegio dentro de la organización ginebrina, inclu-
ida su presidencia, pudieron presentar todo tipo de alega-
ciones y debates para alcanzar un acuerdo de paz, pero las po-
tencias europeas de entonces decidieron apoyar a Bolivia,
zona de influencia de las empresas petrolíferas, que eran las
que controlaban el mercado mundial del estaño
En 1935, las tropas de Benito Mussolini ocuparon Etiopía
por sorpresa, ante el asombro de la Sociedad de Naciones. En
poco tiempo se aprobaron sanciones económicas contra
Italia. Roma no solo las ignoró, sino que en 1937 decidió
abandonar una Sociedad de Naciones anquilosada e inútil.
Mientras tanto, y saltándose las sanciones, Estados Unidos y
Alemania suministraban petróleo y carbón a Italia para que
pudiese concluir su campaña africana 3 .
2 Nelson Iriñiz Casás, Corrupción en la ONU, Editorial Europa-Sudamérica, Montevideo, 1969.
3 Alberto Sbacchi, Legacy of Bitterness: Ethiopia and Fascist Italy, 1935-1941, Red Sea Press, Trenton (Nueva Jersey), 1997.
Nuevamente la burocracia internacional desmedida que
azotaba la sede y los pasillos de la organización provocó,
como actualmente en la propia ONU, una falta de visión
global. Su debilidad ayudó, sin duda alguna, a Adolf Hitler a
rearmarse en tan solo veinte años y a lanzar a Alemania 4 a una
nueva guerra mundial que provocaría más de cincuenta y
cinco millones de muertos. No cabía la menor duda de que la
Sociedad de Naciones estaba muerta. La organización que
había nacido pocos años antes cometió en dos décadas los
mismos errores que la ONU en sus sesenta años de vida 5 .
En 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial está en su
pleno apogeo de muerte y destrucción, Hitler es ya el amo y
señor de los destinos de Austria, Checoslovaquia, Polonia,
Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo,
Francia, Rumania, Grecia y Yugoslavia. En el mes de junio de
ese mismo año, en Londres, delegados de Canadá, Gran
Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, la Francia Libre
y los gobiernos en el exilio de Grecia, Bélgica, Checos-
lovaquia, Luxemburgo, Holanda, Noruega, Polonia y
Yugoslavia suscriben una declaración donde se establecía que
la única base para una paz duradera radicaba en la coop-
eración entre los pueblos libres, que en un mundo sin la ame-
naza de la agresión podrían disfrutar de seguridad económica
y social. «Nos proponemos trabajar juntos y con los demás
4 Alemania había abandonado la Sociedad de Naciones en 1933, debido a que Adolf Hitler no deseaba ningún control internacional que le impidiese rearmar al
país. Existían diversos informes de expertos de la época en los que denunciaban la política armamentista de Hitler, pero curiosamente nadie en Ginebra hizo caso de las señales de alarma.
5 La Sociedad de Naciones decidió oficialmente, tras una reunión celebrada entre el 8 y el 18 de abril de 1946, la transferencia de todos sus bienes a la recién nacida Organización de las Naciones Unidas. Su disolución se produjo formalmente el 31 de julio de 1947.
pueblos libres, en la guerra y en la paz, para lograr tal fin», ter-
minaba diciendo el documento.
Los políticos que firmaron aquel documento no sabían en-
tonces que acababan de establecer el principal pilar en el que se
fundaría la Organización de las Naciones Unidas. Unos meses
después, exactamente el 14 de agosto de 1941, el presidente de
Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, y el primer ministro de
Gran Bretaña, Winston Churchill, a bordo del buque británico
HMS Prince of Wales, en las costas de Newfoundland, firmaron
la llamada Carta del Atlántico. En el párrafo cuatro, ambos fir-
mantes aseguraban la libertad comercial y las materias primas vi-
tales para el desarrollo económico: «Las Potencias Aliadas se es-
forzarán, en el respeto y obligaciones existentes, por favorecer el
derecho de todos los Estados grandes y pequeños, vencedores y
vencidos, para acceder, en base de igualdad, al comercio y mate-
rias primas, que son necesarias para su prosperidad económica» 6 .
Los párrafos seis y ocho establecían implícitamente la
creación de una organización internacional. El texto del seis
establecía que «después de la destrucción total de la tiranía
nazi, los pueblos esperan ver restablecida una paz que ofrezca
a todas las naciones los medios de vivir seguros dentro de sus
fronteras y que brinde asimismo a sus habitantes la oportu-
nidad de vivir emancipados del temor y de la necesidad».
El texto del ocho explicaba que «Creen ellos [los pueblos]
que todas las naciones del mundo, material y espiritualmente,
deberán renunciar al uso de la fuerza. Puesto que no se podrá
asegurar la paz futura mientras existan naciones que con-
tinúen empleando armas terrestres, navales y aéreas con fines
bélicos fuera de sus fronteras; creen ellos [los pueblos] que
mientras que no establezcan un sistema más estable y amplio
6 Winston Churchill, The Second War World, Mariner Books, Boston, 1986.
de seguridad general, se impone el desarme de tales naciones.
Ayudarán también y alentarán cualesquiera otras medidas
prácticas, que alivien a los pueblos amantes de la paz del peso
aplastante de los armamentos» .
El 24 de septiembre de 1941, la Unión Soviética, Bélgica,
Checoslovaquia, Grecia, Luxemburgo, Holanda, Noruega,
Polonia, Yugoslavia y el general De Gaulle por la Francia
Libre pusieron su firma al pie del documento. El 1 de enero
de 1942, el presidente Roosevelt, Churchill, Maksim Litvinov
por la Unión Soviética y T. B. Soong por China suscribían un
documento que tres años después daría origen a la Carta de
las Naciones Unidas. El 2 de enero, veintidós naciones ratifi-
caban el documento adhiriéndose a él. La idea de crear una
comunidad de naciones de carácter universal era una necesi-
dad histórica que ya nadie ponía en duda.
En octubre de 1943 se reunieron en Moscú Cordell Hull,
secretario de Estado de Estados Unidos; Viacheslav Molotov,
ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética; Antho-
ny Eden, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, y
Foo Ping Shen, embajador de China en Moscú, en donde es-
tablecieron una declaración en la que esos cuatro países se
comprometían a actuar juntos para vencer al enemigo y es-
tablecer una organización internacional. El punto cuatro del
documento ratificado por dichos políticos expresaba «que ellos
reconocían la necesidad de establecer, dentro del menor plazo
posible, una organización general internacional basada en el
principio de igualdad soberana de todas las naciones, grandes y
pequeñas, para mantener la paz y la seguridad internacional» .
7 Stanley Meisler, United Nations: The First Fifty Years, Atlantic Monthly Press, Nueva York, 1997.
8 Ernest May y Angeliki Laiou, The Dumbarton Oaks Conversations and the United Nations, 1944-1994, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1998.
Dumbarton Oaks, el comienzo de todo
Casi un año después, en agosto de 1944, en Dumbarton
Oaks, cerca de Washington, se dio el primer paso para crear
la Organización de las Naciones Unidas. Sería Alger Hiss 9 , un
joven funcionario del Departamento de Estado, quien sug-
eriría utilizar una exclusiva mansión rodeada de jardines y
verdes prados en la elitista Georgetown, como sede de la
Conferencia. La Universidad de Harvard había recibido la
mansión en 1940 como regalo del embajador Robert Woods
Bliss y su esposa. En el centro del gran salón, una magnífica
mesa de madera noble sustituyó a un hermoso piano de cola
y muebles antiguos en la sala de música de la mansión. Todo
debía quedar bien atado ante la llegada de las delegaciones.
Por ejemplo, para no herir sensibilidades de la delegación
soviética, los funcionarios del Departamento de Estado tu-
vieron que descolgar de la Sala de Música un gran retrato del
pianista, compositor y político polaco Jan Paderewski 10 .
Entre 1910 y 1920, el músico luchó en favor de la indepen-
dencia polaca y colaboró en la asistencia a las víctimas en
9 Alger Hiss, el funcionario del Departamento de Estado, fue protagonista de un famoso caso de espionaje pocos años después y condenado a prisión seis años más tarde por cometer perjurio en un controvertido caso de espionaje durante la oscura época del macartismo. Este caso disparó de forma meteórica la carrera de un joven congresista anticomunista llamado Richard Nixon. Véase cap. 3, «“Caza de brujas”: comunistas y colaboracionistas».
10 Jan Paderewski está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, en Washington.
Polonia de la Primera Guerra Mundial, realizando giras de
conciertos por Estados Unidos para recaudar fondos para su
país. Cuando en 1939 Polonia fue invadida por los nazis con
el visto bueno de Stalin, Paderewski ostentó el cargo de jefe
del gobierno en el exilio. Sin duda, la visión del retrato del pa-
triota Paderewski mirando a la delegación de la Unión
Soviética sería bastante incómoda para ellos.
La Conferencia fue inaugurada oficialmente el 21 de
agosto. Allí, norteamericanos, soviéticos, británicos y chinos
fijaron la primera estructura de lo que debía ser la futura
ONU: una Asamblea General, un Consejo de Seguridad, una
Corte Internacional de Justicia y un Consejo Económico y
Social. Los cuatro organismos conformarían la ONU 11 . La
Organización estaría dirigida por un secretario general que se
ocuparía de poner en marcha la maquinaria administrativa.
Pero, sin duda, no todo era trabajo durante la celebración de
la Conferencia. El primer viernes, el vicesecretario de Estado,
Edward Stettinius, jefe de la delegación norteamericana, dis-
puso que un avión del Ejército de Estados Unidos trasladase
a los miembros de las delegaciones a Nueva York para pasar
un fin de semana, digámoslo así, un poco menos «estirado y
estricto». Para ello, Hiss había arreglado una noche algo más
movidita para los delegados. Una película en algún cine de
Broadway, un espectáculo en el Radio City Music Hall y, para
terminar la noche, unas copas en el Billy Rose’s Diamond
Horseshoe 12 .
11 Robert C. Hilderbrand, Dumbarton Oaks: The Origins of the United Nations and the Search for Postwar Security, University of North Carolina Press, Chapel Hill (Caroli- na del Norte), 1990.
12 Stanley Meisler, United Nations: The First Fifty Years, ob. cit.
El local era uno de los más famosos clubes de striptease de
la ciudad y al que acudían músicos de jazz de la época, jefes y
miembros de la mafia y algún que otro actor famoso para
darse un revolcón con alguna de las sofisticadas chicas del
Billy Rose’s. Semidesnudas, iban pasando por las mesas sir-
viendo champán y whisky, y por veinte dólares de entonces
podías subir al piso de arriba, en donde en un confortable y
elegante dormitorio decorado con objetos egipcios falsos y
terciopelo rojo podías tener relaciones sexuales con ellas.
El todavía joven Andrei Gromyko, de treinta y seis años,
entonces embajador de la Unión Soviética en Washington y
jefe de la delegación soviética en Dumbarton Oaks, se negó a
ir, pero no así algunos de sus ayudantes.
Esa fue una noche sin tensiones, por lo menos políticas,
según algunos diplomáticos que sí habían acudido al Billy
Rose’s Diamond Horseshoe. Sexo y alcohol durante toda la
noche para los padres fundadores de la ONU.
El problema surgió cuando algún diplomático británico y
soviético bebió más de la cuenta y llegó a tener algún que otro
altercado con las chicas del Billy Rose’s. Según parece, la in-
cursión de la policía puso fin a la reunión política y diplo-
mática celebrada en el Billy Rose’s Diamond Horseshoe.
Algunos de los miembros de las delegaciones británica y so-
viética acabaron con sus huesos en comisaría. La rápida inter-
vención de sir Alexander Cadogan, el vicesecretario perma-
nente de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña y jefe de su del-
egación, que se encontraba en un teatro, consiguió liberar a
los responsables de la trifulca sin que llegase a oídos de la
prensa. También una eficiente llamada telefónica del vicesec-
retario de Estado, Edward Stettinius, al The New York Times y
al The New York Herald Tribune ayudó a que la noche de fiesta
en el cabaret no desplazase en los titulares a la Conferencia en
Dumbarton Oaks. Cuando, algunos días más tarde, los peri-
odistas preguntaron a Stettinius sobre el incidente en Nueva
York, este simplemente lo negó, una política que sería muy uti-
lizada en la futura Organización que se estaba engendrando.
Con respecto al resultado de la «cumbre», el historiador
Robert Hildebrand, en su magnífico libro Dumbarton Oaks:
The Origins of the United Nations and the Search for Postwar
Security, critica abiertamente la falta de criterio seguida por los
Cuatro Grandes a la hora de diseñar la arquitectura de lo que
debía ser la futura ONU. En primer lugar, no se resolvió el
sistema de votación dentro del Consejo de Seguridad; tam-
poco sobre quién debía y de qué forma suministrar tropas no
solo para evitar un conflicto armado, sino también cualquier
tipo de agresión que sucediese en cualquier rincón del pla-
neta. Sin saberlo, los representantes de Estados Unidos, Gran
Bretaña, Unión Soviética y China acababan de crear una de
las políticas que ha marcado a la ONU desde su fundación:
«la política de la próxima vez».
Realmente, fue aquí donde se decidió quiénes formarían
parte del exclusivo club de los Cinco Grandes que contro-
larían la política mundial tras la derrota del nazismo. El pres-
idente Roosevelt insistía en que China debía estar presente,
alegando que, tras la derrota de Japón, esta se convertiría en
la gran potencia en el sudeste de Asia. «China debía ser el
quinto policía en el futuro», afirmaba el mandatario norteam-
ericano; pero las otras potencias no lo veían del mismo
modo 13 .
13 Yeshi Choedon, China and the United Nations, South Asia Books, Hong Kong,
Por un lado, para Winston Churchill, al contrario de lo que
pensaba Roosevelt, la idea de que China pudiese convertirse
en el futuro en una gran potencia mundial era absolutamente
ridícula y absurda. Sin duda, y viendo lo que en pleno siglo
XXI es China, el político británico no tuvo mucha visión de
futuro. Churchill se refería a China en la futura Organización
como «un voto de esclavos» y llamaba de forma despectiva
«coletas» o «trenzas» a los diplomáticos chinos. Tampoco a
los soviéticos les hacía mucha gracia tratar a los chinos de
igual a igual. Los soviéticos, que todavía no habían declarado
formalmente la guerra a Japón 14 , se negaban a sentarse a la
misma mesa que los chinos, lo que forzaba a las delegaciones
norteamericana y británica a tener que negociar en dos fases.
En una primera, ambas negociaban con los soviéticos, y en
una segunda, en un salón situado en el piso de arriba, justo
encima de la Sala de Música, negociaban con los chinos lo
tratado con los soviéticos minutos antes en el piso de abajo 15 .
Esta situación marcaría la pauta de lo que sería la diplomacia
de la ONU décadas después.
Fue también durante la Conferencia donde los norteamer-
icanos propusieron el sistema de cinco miembros perma-
nentes del Consejo de Seguridad con un derecho de veto y al-
gunos miembros más que formarían parte de este Consejo de
forma rotatoria. Estos cinco miembros permanentes se con-
14 En abril de 1941, la URSS y Japón firmaron un pacto de neutralidad que mantuvieron hasta prácticamente el final de la guerra. Este pacto permitió a ambos países centrarse en la lucha contra sus directos enemigos con los que esta- ban a punto de romper hostilidades. Alemania, en el caso soviético, y Estados Unidos, en el caso japonés.
15 China Institute of International Affairs, China and the United Nations, Green- wood Press, Westport (Connecticut), 1975.
vertirían en la máxima autoridad para mantener la paz inter-
nacional y la seguridad. Stettinius sugirió entonces, durante
uno de los encuentros, que tal vez Brasil podría unirse al
Consejo de Seguridad como «sexto policía». La propuesta fue
rechazada por Cadogan y Gromyko, que sí apoyaron la idea
de crear una Asamblea General en donde se podrían aprobar
los presupuestos de la Organización, pero nunca tendría
poder de decisión. También se aprobó la creación de un
Secretariado compuesto por funcionarios internacionales y
una Corte Internacional de Justicia.
Otro de los puntos de conflicto fue el nombre que debería
tener la futura Organización. Roosevelt quería llamarla
Organización de las Naciones Unidas, como símbolo de la
alianza en tiempos de guerra para llevar a cabo la cruzada de
mantener la paz de forma permanente. Gromyko propuso
denominarla Organización de Seguridad Internacional o
Unión Mundial. Por otra parte, a Cadogan no le complacía
ninguno de los tres nombres.
Este tipo de nimiedades quedaron en un segundo plano
cuando los soviéticos lanzaron un auténtico torpedo bajo la
línea de flotación de la Conferencia de Dumbarton Oaks.
Temiendo que una alianza anglo-norteamericana en el Conse-
jo de Seguridad de la futura ONU y una alianza norteameri-
cana junto a sus aliados latinoamericanos en la Asamblea
General pudiera volverse en su contra, hizo que Andrei
Gromyko propusiese de repente a Stettinius la inclusión de
las dieciséis repúblicas que conformaban la Unión Soviética
como miembros de pleno derecho de la futura Organización.
Cuando Roosevelt se enteró, pidió a su jefe de delegación que
comunicase a Gromyko que si Estados Unidos aceptaba su
propuesta de incluir las dieciséis repúblicas, la Unión
Soviética debería aceptar la inclusión de los cuarenta y ocho
estados que conformaban Estados Unidos también como
miembros de pleno derecho 16 .
Otro punto que también heredaría la Conferencia de San
Francisco de la Conferencia de Dumbarton Oaks sería el
famoso derecho de veto en el Consejo de Seguridad. A pesar
de que todas las delegaciones estaban de acuerdo en llevarlo
a cabo, las opiniones de los delegados diferían en qué mate-
rias y en cuáles no podía ser utilizado el veto. El Departa-
mento de Estado y el Foreign Office apoyaban el uso de dere-
cho de veto en cualquier circunstancia, siempre y cuando uno
de los Cinco Grandes no fuese protagonista de la disputa en
cuestión. En este caso, no podrá utilizar su derecho de veto.
Gromyko pidió a Stettinius y Cadogan que reconsiderasen su
posición. Stalin nunca aceptaría este punto, pero el vicesecre-
tario de Estado fue tajante en su respuesta: «El propio presi-
dente Roosevelt, ayer noche, me ha comunicado que el
pueblo americano no aceptará jamás el derecho de veto de un
gobierno envuelto en una disputa». Este punto había sido dis-
cutido de forma privada entre el propio Roosevelt y el primer
ministro británico, Winston Churchill 17 . Desde ese mismo
momento la Conferencia de Dumbarton Oaks se detuvo
hasta que intervino el propio Roosevelt. El encuentro secreto
entre el presidente y Andrei Gromyko, que tuvo lugar en la
Casa Blanca, celebrado el 7 de septiembre, y el telegrama en-
viado al día siguiente por Roosevelt a Stalin, no consiguieron
16 Robert C. Hilderbrand, Dumbarton Oaks
ob. cit., y Conrad Black, Franklin
Delano Roosevelt: Champion of Freedom, Public Affairs Publishers, Nueva York,
17 Jon Meacham, Franklin and Winston: An Intimate Portrait of an Epic Friendship,
Random House (Nueva York), 2003.
desbloquear la cuestión del veto ni hacer cambiar de opinión
En pocos días, otro escándalo estaba a punto de estallar en
Dumbarton Oaks. Una mañana, y mientras los jefes de las
delegaciones desayunaban tranquilamente en sus residencias,
pudieron leer a toda página en la portada del The New York
Times las propuestas soviéticas en la Conferencia. La alarma
Al parecer, el norteamericano Stettinius, el británico
Cadogan, el soviético Gromyko y el chino Wellington Koo
habían decidido que todas las negociaciones serían clasificadas
de «Alto secreto» hasta que se diese una declaración conjunta
de los cuatro al final de la «cumbre» con las resoluciones
Gromyko decidió llamar por teléfono al responsable de la
oficina del Times en Washington, Arthur Krock, y acusarle de
formar parte de la conspiración para dividir a los aliados en
tiempos de guerra. Krock, en lugar de amedrentarse, decidió
dar un nuevo golpe, y al día siguiente la portada del Times era
ocupada por las propuestas británicas. Edward Stettinius
llamó entonces al embajador británico, lord Halifax, para
acusarle de estar pasando información a la prensa.
En pocos días, los miembros de las cuatro delegaciones
parecían más unos jugadores de póquer del Oeste ante la
mesa de negociaciones que diplomáticos diseñando la futura
estructura de la ONU. Todos sospechaban de todos, algo que
también caracterizaría a la futura Organización 19 .
18 Stanley Meisler, United Nations: The First Fifty Years, ob. cit.
19 Robert C. Hilderbrand, Dumbarton Oaks
Stettinius decidió llamar entonces a Arthur Hays
Sulzberger, propietario y editor del The New York Times, para
informarle de que si el periódico seguía publicando los in-
formes secretos de la Conferencia, pondría en grave peligro
la estabilidad de la alianza entre Estados Unidos y Gran
Bretaña en plena Guerra Mundial. A los pocos días, Stettinius
y lord Halifax recibieron una carta firmada por James Reston,
el periodista responsable de las informaciones, asegurándoles
que los británicos no eran su fuente de información
. Am-
bos creyeron al periodista, pero los papeles de la Conferencia
de Dumbarton Oaks continuaron apareciendo en sucesivas
portadas del The New York Times.
Realmente, la fuente de información del Times era un joven
llamado Chen Yi, miembro de la delegación china que era una
especie de «chico para todo» para los diplomáticos de su país:
desde conseguirles un coche hasta hacer de traductor; desde
copiar los documentos que la delegación china iba a presen-
tar hasta clasificar los que las otras delegaciones presentaban
a la representación de su país. Lo que nadie sabía es que Chen
Yi había trabajado como becario durante un tiempo en el The
New York Times y allí había conocido a Reston. Nunca nadie
le descubrió, y James Reston recibió el premio Pulitzer en
1945 por su cobertura de la Conferencia de Dumbarton
Oaks, que fue clausurada el 7 de octubre con muchos cabos
por atar.
En la Conferencia de Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de
febrero de 1945, Roosevelt, Churchill y Stalin, acompañados
por sus jefes de diplomacia, declararon unánimemente que
todas las diferencias entre ellos habían sido disipadas, por lo
20 James Reston, Deadline: A Memoir, Random House, Nueva York, 1991.
que habían decidido convocar una Conferencia de las
Naciones Unidas en San Francisco para el 25 de abril de ese
mismo año 21 . Poco antes del encuentro de los Tres Grandes,
los ejércitos soviéticos se encontraban ya en el río Oder, a 60
kilómetros al este de Berlín. El Ejército Rojo había aniquilado
la línea defensiva alemana del Vístula y se aproximaba a la
costa del Báltico, al este de Danzig, actual Gdansk. Hacia el 3
de febrero, un día antes de la apertura de la Conferencia de
Yalta, los soviéticos controlaban ya la zona del Oder. Cuando
Stalin iba a reunirse con Roosevelt y Churchill, su ejército
tenía ya en su poder toda Polonia y Berlín.
El 11 de febrero hicieron pública la siguiente declaración:
1.º Que se convocará para el miércoles 25 de abril de 1945
una Conferencia de las Naciones Unidas sobre la organi-
zación mundial y que se celebrará en Estados Unidos de
2.º Las naciones invitadas a esta Conferencia serán: a) Las
Naciones Unidas, tal como existían al 8 de febrero de
1945, y b) Las naciones asociadas que hayan declarado la
guerra al enemigo común antes del 1 de marzo de 1945.
3.º Que el Gobierno de Estados Unidos, en nombre de las
tres potencias, consultará al Gobierno de China y al
Gobierno Provisional de Francia sobre las decisiones
adoptadas durante la presente Conferencia concerniente al
proyecto de organización mundial.
4.º Que el texto de la invitación que se dirigirá a todas las na-
ciones que participarán en la Conferencia será el siguiente:
21 Lloyd C. Gardner, Spheres of Influence: The Great Powers Partition Europe, from
Munich to Yalta, Ivan R. Dee Publisher, Chicago, 1994.
«El Gobierno de Estados Unidos de América, en su pro-
pio nombre y en el de los Gobiernos del Reino Unido, de
la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de la Repú-
blica de China y del Gobierno Provisional de la República
Francesa, invita al Gobierno de
a enviar representantes
a una Conferencia de las Naciones Unidas que se celebrará
el 25 de abril de 1945, o en fecha inmediatamente poste-
rior, en San Francisco, en Estados Unidos de América,
para preparar una organización internacional general para
el mantenimiento de la paz y la seguridad.
Los Gobiernos arriba mencionados proponen que la Confe-
rencia considere como constitutivas de una base para una
Carta las propuestas de establecimiento de una organización
internacional general hechas públicas en octubre último, a
continuación de la Conferencia de Dumbarton Oaks, [ ]» ...
Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Josip Stalin se
preocupaban también de dejar bien atado su poder dentro de la
futura Organización mediante el control del llamado Consejo
de Seguridad. En la declaración final de Yalta, las tres grandes
naciones especificaban ya lo que sería el mecanismo de voto:
1.º Cada miembro del Consejo de Seguridad tendrá un voto.
2.º Las decisiones del Consejo de Seguridad sobre las
cuestiones de procedimiento deberán adoptarse con el
voto afirmativo de siete miembros.
3.º Las decisiones del Consejo de Seguridad sobre todas
las demás cuestiones deberán adoptarse con el voto afir-
mativo de siete miembros […]
J. V. Stalin-F. D. Roosevelt-W. Churchill
22 Athan G. Theoharis, The Yalta Myths: An Issue in U.S. Politics, 1945-1955, Uni-
versity of Missouri Press, Columbia (Missouri), 1970.
Estos tres últimos puntos podría decirse que fueron el ori-
gen del «huevo de serpiente» que convertiría a la futura
Organización en un escenario bélico más de las grandes con-
flagraciones que iban a desatarse desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial hasta nuestros días. Estaba claro que, desde
antes de su fundación, la ONU iba a nacer ya con muchas
Un campo de batalla llamado ONU
En Yalta, los Tres Grandes habían decidido no solo el
nacimiento de la ONU, sino también su errónea estructura
futura, que sería el principal núcleo generador de la corrup-
ción y el favoritismo político, y que aún hoy sigue campando
a sus anchas en los alfombrados pasillos y elegantes despa-
chos neoyorquinos de la Organización. Por ejemplo, China
que participó en los orígenes de la ONU en las reuniones de
Moscú y Dumbarton Oaks, fue llamada poco después para
ser informada de lo que habían ya decidido los Tres Grandes.
Francia, que había sido invitada junto con China, declinó
la invitación. El general De Gaulle aseguró que la posición
de su país se debía a dos razones claras: la primera, porque
se había prescindido de ella en presencia y opiniones en
conferencias anteriores, y la segunda, porque su ausencia de
todas las etapas anteriores daba a Francia libertad de de-
cisión en la Conferencia que debía celebrarse en San
Francisco 24 . El país galo formaría parte del «selecto» club de
los cinco miembros permanentes con derecho a veto en el
Consejo de Seguridad junto a Estados Unidos, Gran Bre-
taña, la Unión Soviética y China.
23 La República Popular China no fue aceptada como tal en la ONU hasta el 25
24 Simon Berthon, Allies at War: The Bitter Rivalry Among Churchill, Roosevelt, and De
Gaulle, Carroll & Graf, Londres, 2001.
La Conferencia de San Francisco iba a convertirse en el es-
tudio de arquitectura para lo que debería ser la ONU, y sus
pasillos, el lugar en donde los delegados comenzasen a intri-
gar a favor de un bloque u otro.
El primer signo de ello llegó cuando el famoso ministro de
Exteriores de la Unión Soviética, Molotov, anunció a los
norteamericanos que no lideraría la delegación de su país en
San Francisco; pero el 12 de abril un acontecimiento le haría
cambiar de opinión. Ese mismo día moría en Georgia, de una
hemorragia cerebral, el presidente de Estados Unidos,
Stalin hizo entonces llamar al Kremlin al embajador
estadounidense, Averell Harriman, para informarle de que es-
taba profundamente conmovido por la muerte de Roosevelt
y agregó que, a través de él, quería hacer llegar al pueblo de
Estados Unidos su intención de continuar la cooperación
entre ambas naciones. A continuación, Harriman contestó a
Stalin haciéndole saber que el pueblo americano apreciaría
como gesto hacia el presidente fallecido el que enviara a
Molotov como jefe de la delegación soviética a la Conferencia
de San Francisco. El duro ministro de Exteriores de la Unión
Soviética, que se encontraba presente, se negó en voz alta,
pero Stalin prometió entonces a Harriman que Molotov iría
encabezando la delegación soviética. Por supuesto, así fue 25 .
La delegación norteamericana estaba formada por el ahora
secretario de Estado, Stettinius; dos miembros del Congreso;
el deán del Barnard College; el presidente del Comité de
Relaciones Exteriores del Senado, el demócrata Tom
25 Rudy Abramson, Spanning the Century: The Life of W. Averell Harriman, 1891-
1986, William Morrow & Co., Nueva York, 1992.
Connally; el senador republicano Arthur Vandenberg; el gob-
ernador de Minnesota, Harold Stassen, y Cordell Hull, el an-
tiguo secretario de Estado. Lo que más llamó la atención de
los políticos que conformaban la delegación norteamericana
era la inclusión del senador Vandenberg.
Senador por Michigan, Vandenberg se había convertido en
un fiel defensor de la idea de una Organización fuerte y es-
table que garantizase la seguridad y la paz futuras desde una
posición absolutamente contraria, y tal vez por eso Roosevelt
lo eligió. Ya en agosto de 1941, cuando se hizo público el
texto de la llamada Carta del Atlántico, Vandenberg escribió
en su diario privado: «Tengo el presentimiento de que este es
el primer paso, y yo estoy siendo testigo de ello, del suicidio
de la República» 26 . El senador era un reflejo más de una so-
ciedad de norteamericanos que creían que la futura ONU iba
a convertirse en un gran poder transnacional, llegando in-
cluso a acabar con el sistema de república federal que con-
formaba Estados Unidos.
El 25 de abril de 1945 se reunieron en la cosmopolita ciu-
dad en la costa oeste norteamericana delegados de cincuenta
países, representando al 80 por 100 de la población mundial.
Las cifras de los asistentes no tenían parangón en la Historia.
Ciudadanos de cincuenta países; 1.726 delegados; un secre-
tariado de 1.058 funcionarios; 2.636 corresponsales y envia-
dos especiales, más otras 4.500 personas de apoyo, in-
cluyendo los operadores de teléfonos, telégrafos y voluntarios
de la Cruz Roja y Boy Scouts.
Las primeras controversias llegaron procedentes de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas de Ucrania y Bielorrusia, y
26 Arthur H. Vandenberg, The private papers of Senator Vandenberg, Greenwood
Press, Westport (Connecticut), 1974.
de Argentina. Los delegados latinoamericanos, con apoyo de
Estados Unidos, no apoyaron la incorporación de las dos
primeras como miembros de la futura ONU, mientras que la
URSS se negaba a aceptar la entrada de Argentina a pesar del
fuerte apoyo norteamericano. Los soviéticos recordaban que
el régimen fascista y pronazi del presidente Edelmiro Farrell
no declaró la guerra a Alemania y Japón hasta solo un mes
antes del fin de la contienda 27 . Al final, los tres fueron acep-
tados como miembros de pleno derecho. Pero el asunto im-
portante que debía ser tratado en San Francisco, y que había
sido punto de discordia en Dumbarton Oaks, era el uso del
veto de los Cinco Grandes. Los soviéticos deseaban mayores
poderes de veto, pero los norteamericanos no querían ceder
en este punto. Molotov temía que estos utilizasen el Consejo
de Seguridad y el veto contra ellos en algún momento. El
senador Vandenberg escribió en su diario: «Creo que hemos
llegado al punto cero de esta gran aventura. Quizá sea el final
si los soviéticos no aceptan nuestras propuestas»
¿Podría la ONU dejar de existir antes de haber nacido?
¿Podría clausurarse la Conferencia en el punto en que se en-
contraba? ¿Podría aprobarse la Carta de las Naciones Unidas
sin la firma y ratificación de la Unión Soviética?
A mediados de mayo, la Conferencia de San Francisco
parecía haber alcanzado un punto muerto. Molotov regresó a
Moscú y Anthony Eden a Londres sin haber alcanzado un
acuerdo. El presidente Harry Truman no estaba dispuesto a
ceder, así que llamó a Harry Hopkins para que viajase a
27 El general Edelmiro Farrell fue presidente de Argentina desde el 25 de febrero
de 1944 hasta el 4 de junio de 1946, cuando entregó el poder al también general
28 Arthur H. Vandenberg, The private papers of Senator Vandenberg, ob. cit.
Moscú y echase la última carta al «Tío Josip» (Stalin), como le
llamaba el propio Truman.
Hopkins había sido secretario de Comercio con Roosevelt
y uno de sus más fieles asesores. Era su eminencia gris.
El 25 de mayo, Hopkins y Molotov se reunieron en el
Kremlin. El norteamericano preguntó entonces al soviético si
se había recuperado de la «Batalla de San Francisco», pero el
jefe de la diplomacia soviética respondió a Hopkins que a él
no le parecía que fuese apropiado definir como batalla el sim-
ple hecho de presentar argumentos en San Francisco 29 .
Los puntos de discusión se centraron en el tema de Polo-
nia, Argentina y en las relaciones bilaterales soviético-nortea-
mericanas. La cuestión del veto no fue discutida. En un mo-
mento del encuentro, el mismísimo Stalin entró en la sala y
tras saludar a Hopkins le dijo: «La cuestión del veto es un
asunto insignificante». A continuación comunicó al enviado
norteamericano que su país aceptaba las propuestas esta-
dounidenses sobre el tema del veto. Antes de salir rebosante
del gran salón del Kremlin, Stalin le tomó por el brazo y afir-
mó: «Es un error pensar que justamente por ser naciones pe-
queñas son necesariamente inocentes. Recuerde que las dos
guerras mundiales han sido provocadas por dos naciones pe-
queñas». Inmediatamente después, Hopkins telegrafió a la
Casa Blanca anunciando que la Conferencia de San Francisco
estaba salvada.
El 25 de junio de 1945, exactamente dos meses después de
haber sido inaugurada, los asistentes aprobaron por unanim-
idad la Carta de las Naciones Unidas. Los delegados rubri-
29 Robert E. Sherwood, Roosevelt and Hopkins, Enigma Books, Nueva York, 2001.
caron las cinco copias. Al día siguiente, en la sesión oficial de
clausura en el San Francisco Opera House, los delegados
norteamericanos estamparon su firma en los cinco documen-
tos con el presidente Harry Truman como testigo del acto. Al
finalizar, el presidente de Estados Unidos se levantó y con los
brazos extendidos afirmó: «La nueva Naciones Unidas debe
mantener al mundo libre del azote de la guerra»
La Carta de las Naciones Unidas había sido firmada por
los representantes de los cincuenta países presentes. Polonia,
que no estuvo representada, la firmó más tarde y se convirtió
en el 51.º Estado Miembro fundador. La Organización de las
Naciones Unidas nacía oficialmente el 24 de octubre de 1945,
después de que la Carta fuera ratificada por China, Francia, la
Unión Soviética, el Reino Unido, Estados Unidos y la mayoría
de los demás signatarios.
Realmente, soviéticos y norteamericanos no llegaron a un
acuerdo definitivo sobre las Naciones Unidas; tan solo cedie-
ron parte de su poder para no ponerse ante el objetivo de la
opinión pública mundial que deseaba más que nada un acto
de sus líderes políticos en su deseo por mantener alejado del
planeta el fantasma de la guerra. Esto provocaría el nacimien-
to de una Organización defectuosa y que con el paso de los
años se convertirían en auténticas trabas para llevar a buen fin
los ideales establecidos en la Carta de las Naciones Unidas.
La nueva ONU se iba a convertir en el perfecto escenario
de la paz caliente y la «Democracia, S. A.».
30 Thomas Weiss y David Forsythe, United Nations and Changing World Politics,
Westview Press, Boulder (Colorado), 2004.
PAZ CALIENTE Y «DEMOCRACIA, S. A.»
«La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de
los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros.»
El 29 de enero de 1946 se reunían en Londres los once
miembros del Consejo de Seguridad y unánimemente elegían
al ministro noruego de Asuntos Exteriores, Trygve Lie, como
primer secretario general de las Naciones Unidas. El can-
didato norteamericano era Lester Pearson, el elegante emba-
jador de Canadá en Washington, que en 1957 recibiría el pre-
mio Nobel de la Paz. El problema era que la Unión Soviética
no deseaba un secretario general de la ONU perteneciente a
un país aliado de Estados Unidos. Sin duda, lo que los so-
viéticos no sabían era que el Departamento de Estado
preparaba un auténtico desembarco de funcionarios en la
Organización que acababa de nacer.
Edward Stettinius, primer embajador de Estados Unidos
ante las Naciones Unidas, seguía la regla de «cuantos más fun-
cionarios tengamos en la ONU, más poder y control ten-
dremos en su estructura», y tenía razón, en un año en el que
la Guerra Fría estaba a punto de desatarse 1 . Para las grandes
potencias occidentales, todo parecía marchar a un ritmo per-
fecto, tal y como lo habían diseñado. La ONU, al contrario de
la Sociedad de Naciones, tenía el poder de oponerse a cual-
quier tipo de conflicto, siempre y cuando ninguno de los
Cinco Grandes estuviese involucrado y aplicase su derecho de
veto para intervenir.
La nueva Naciones Unidas desarrollaba una gran telaraña
de organizaciones especializadas que intervenían en difer-
entes campos sociales, económicos y culturales en los países
miembros. El problema fue que desde su nacimiento, estas or-
ganizaciones estuvieron condicionadas por intereses económi-
cos e intereses de las grandes potencias. Muchos veían ya un
futuro a escala mundial con conflictos sociales, guerras civiles,
estallidos étnicos, choques entre grandes y pequeños sin nada
que pudiese remediarlo. Estaba claro que tanto norteameri-
canos como soviéticos analizaban un futuro cargado de tem-
pestades y tensiones que las Naciones Unidas quizá no pud-
iesen remediar 2 . Washington y Moscú, mediante el sistema del
veto, podían llevar la política del gato y el ratón, en una selva
en donde los Cinco Grandes serían los leones, y el resto, las
posibles piezas a cazar. Cubrir los más de dos mil puestos de
funcionarios internacionales fue una auténtica carrera contra
el tiempo tanto para Washington como para Moscú.
El Departamento de Estado y el Foreign Office trabajaban
a toda velocidad para reclutar al mayor número de funcionar-
ios entre ciudadanos norteamericanos y británicos para ser in-
corporados a la ONU. Se valoraron sus experiencias en la
1 Anthony Gaglione, United Nations Under Trygve Lie, 1945-1953 (Partners for Peace,
No. 1), Scarecrow Press, Nueva York, 2001.
2 Nelson Iriñiz Casás, Corrupción en la ONU, ob. cit.
redacción de documentos, sus dominios de otros idiomas,
pero también sus ideales políticos. Muchos funcionarios
norteamericanos tenían experiencia al haber trabajado en
asambleas y conferencias anteriores a la fundación de la
ONU, pero la mayor parte de los futuros funcionarios británi-
cos fueron reclutados entre sus servicios de espionaje que es-
taban destinados antes y durante la guerra en las legaciones
diplomáticas de Su Majestad 3 .
3 Stephen Dorril, MI6, Inside the Covert World of Her Majesty’s Secret Intelli-gence
Service, Free Press, Nueva York, 2000.
Reclutamiento y «amiguismo onusiano»
La oficina provisional del Secretariado de las Naciones
Unidas estaba controlada por tres altos funcionarios, dos
británicos y un norteamericano. Gladwin Jeeb y M. Owen,
por parte británica, y Andrew Cordier, por parte norteameri-
cana, integraban el Comité Ejecutivo encargado de conseguir
el mayor número de funcionarios antes que los puestos fue-
sen cubiertos por otros reclutados por soviéticos o por sus
países satélites. En noventa días, los tres funcionarios tenían
la orden estricta del Departamento de Estado y del Foreign
Office de levantar una estructura anglo-norteamericana en la
ONU 4 . Estados Unidos y Gran Bretaña contaban con el
apoyo de los países del área sudamericana y de los Estados
que conformaban la Commonwealth para realizar esta tarea;
al fin y al cabo, estos representaban la mayoría en la Asamblea
General de 1946. Una ilustración aparecida en un diario neoy-
orquino mostraba a la ONU como una sastrería con un gran
cartel que decía «Democracia, S. A.». Varios políticos de dife-
rentes países explicaban en la viñeta que la ONU era una «sas-
trería» en donde cualquier país podía hacerse una política a la
medida de Estados Unidos o Gran Bretaña.
Trygve Lie comenzó su labor como primer secretario ge-
neral el 1 de febrero de 1946 con un mandato de cinco años.
4 John Arthur Eilers, Origins of the cold war: The founding of the United Na-
tions, S. N. Publisher, Nueva York, 1972.
No sin ciertas presiones, se vio obligado a aceptar al norteam-
ericano Byron Price como secretario general adjunto.
Lie se ocuparía de la política, y Price, de las cuestiones
administrativas y, por supuesto, del reclutamiento de fun-
cionarios. En los pasillos se podían oír comentarios sobre que
Price tenía más poder real que Lie, y tal vez fuera cierto. El
norteamericano tenía el máximo poder dentro de la ONU
para contratar a los más de dos mil funcionarios que necesi-
taría la Organización para funcionar, mientras que el noruego
estaba solo para las fotografías. El Departamento de Estado
quería que eso siguiese siendo así.
Gracias a la política de Price, para acceder a un puesto de
alta responsabilidad, exceptuando los de traductores, no se
necesitaba ningún tipo de preparación. Bastaba con haber
nacido en Estados Unidos o Gran Bretaña; haber nacido en
un país claramente aliado de ambas naciones; o tener un
«padrino» en puestos de alta responsabilidad para que apadri-
nase tu ingreso en la ONU. De esta forma nacía el llamado
«amiguismo onusiano», que hasta el día de hoy sigue vigente.
Para los funcionarios llamémosles «menores», la cuestión
era bastante diferente. Secretarias, dactilógrafas, responsables
de comunicaciones, traductores y un largo etcétera debían
pasar una prueba de aptitud, que controlaban los propios re-
sponsables de la Organización, y un cuestionario, si no
pertenecían a un país, digámoslo así, claramente aliado, y que
controlaban personalmente los norteamericanos y británicos,
en donde se les preguntaba sobre sus posiciones políticas, su
pertenencia a organizaciones estudiantiles y cosas por el es-
tilo. Algunos futuros funcionarios protestaron por tener que
responder al cuestionario, pero estaba claro que en 1946, tal
vez como sigue ocurriendo hoy día, nadie podía oponerse a
dos de las naciones más poderosas de la Tierra y que encima
acababan de ganar una guerra mundial.
Está claro que quien protestaba era automáticamente elim-
inado de la carrera por un puesto en la futura ONU 5 . En su
prueba, y sin que el candidato lo supiese, se ponía un gran
sello que indicaba «sospechoso» y enviado a casa. Este in-
forme era archivado en un departamento especial para evitar
que el candidato rechazado pudiese volver a presentarse en el
futuro a cualquier otro puesto.
Lo cierto es que nadie dio una explicación, por lo menos
coherente, sobre el significado de la palabra «sospechoso» en
los expedientes. ¿Sospechoso de ser comunista? ¿Sospechoso
de ser antianglo-norteamericano? ¿Sospechoso de ser proso-
viético? ¿Sospechoso de ser poco eficiente? ¿Sospechoso de
no ser apto para el puesto en cuestión?
5 Nelson Iriñiz Casás, Corrupción en la ONU, ob. cit.
Bastaba con que unos pocos norteamericanos, británicos y
«colaboradores» ocupasen cargos clave para que la
maquinaria de la ONU funcionase, bajo control, perfecta-
mente engrasada, sin inconvenientes ni sorpresas para el
Departamento de Estado y el Foreign Office. El departa-
mento responsable de las cuestiones administrativas y fi-
nancieras, bajo el férreo control de Byron Price, que actuaba
de filtro, estaba compuesto por la Oficina de Presupuesto, la
Dirección de Personal, la Oficina de Contabilidad y todos los
diferentes servicios administrativos que toda organización
multinacional necesitaba.
Este es un departamento de gran tamaño controlado por
no más de cien funcionarios. Obviamente, de ese poco más
de un centenar de personas, la mayor parte tienen nacionali-
dad norteamericana y británica, y en donde la doctrina y las
costumbres de trabajo se asemejan mucho a las de la función
pública de Estados Unidos
Este fue uno de los grandes problemas que se generaron
al comienzo de las Naciones Unidas y que hizo que la bola de
nieve engordase y engordase hasta convertirse en lo que hoy
es, la maquinaria pesada, casi inamovible, en la que se ha con-
vertido sesenta años después la propia Organización. ¿Cómo
se resolvió este problema entonces? La Dirección de Personal
6 Anthony Gaglione, United Nations Under Trygve Lie
recibía los informes de las candidaturas que llegaban desde
todas las partes del mundo. Esos informes contenían detalles
sobre sus diplomas, estudios y cargos que habían ocupado en
la jerarquía administrativa de sus países; pero cómo comparar
los méritos de un funcionario de la India que había trabajado
en la Administración de Justicia de su país, con otro funciona-
rio que había trabajado en la Administración de Asuntos
Agrícolas de Camboya o en la Administración de Salud de
Turquía. Esto era extremadamente complicado y difícil 7 .
Estados Unidos y Gran Bretaña así lo pensaron y así lo ll-
evaron a cabo como parte de un gran plan para no perder en
el futuro el control del «monstruo» en el que estaba convir-
tiéndose en su primer año las Naciones Unidas. Ni Washing-
ton ni Londres deseaban crear a un Frankenstein que pudiese
volverse contra ellos. Era mejor controlar todo su crec-
imiento. Por ejemplo, decidieron fijar los salarios de los fun-
cionarios «profesionales», en su mayor parte norteamericanos
y británicos, cuatro o cinco veces superiores que los de los
funcionarios de los Servicios Generales, que en su mayor
parte procedían de países aliados del área de Sudamérica y
Asia. En resumen, tal y como sucede hoy día, para obtener un
puesto sin mucha responsabilidad, con un sueldo de 1.500
euros al mes, necesita pasar una serie de pruebas, mientras
que para conseguir otro de mayor responsabilidad, con un
sueldo cercano a los 15.000 euros mensuales, incluidas dietas
y privilegios, no hace falta pasar ninguna prueba de aptitud o
conocimientos del tema del que va a tratar el trabajo. Para
estos últimos bastaba con tener un buen «padrino» en las altu-
ras, en Washington o Londres, también tal y como sucede
7 Stephane Hessel, Les Nations Unies chantier de l’avenir, Seuil Éditions, París, 1960.
En los primeros años de la ONU, una gran parte de los
ciudadanos del planeta fueron excluidos del reparto de cargos
en la Organización. Asia y África eran en los años cuarenta y
cincuenta del pasado siglo un grupo de colonias controladas
por las metrópolis europeas y, por lo tanto, los ciudadanos de
esas «colonias» no tenían derecho a postularse para ningún
cargo en las Naciones Unidas 8 . Italia, Alemania y Japón,
como naciones agresoras y vencidas, y España, como nación
aliada de estas y bajo un régimen dictatorial, fueron excluidas
de la ONU y, por ello, sus ciudadanos excluidos también del
Washington y Londres controlaban la ONU a su antojo,
sin interferencias, y la ubicación de la sede en Estados Unidos
tampoco ayudaba a una mayor participación de otros países
europeos que luchaban por su reconstrucción tras la Segunda
Guerra Mundial y no estaban para muchos derroches.
Entre 1946 y 1951, los bajos salarios ofrecidos al escalafón
inferior del funcionariado «onusiano», poco más de dos mil-
lares, estaban tan solo al alcance de unos pocos y, por
supuesto, para los que vivían cerca de la sede o en el mismo
El problema planteado era que los funcionarios europeos,
en muchos casos más competentes que sus colegas esta-
dounidenses, tenían mayores posibilidades de ascensos y
8 Maurice Bertrand, L’ONU, Éditions La Découverte, París, 1994.
9 Italia y España fueron aceptadas como miembros de la ONU el 14 de diciem-
bre de 1955; Japón, el 18 de diciembre de 1956. La República Federal de Alemania
y la República Democrática Alemana, el 18 de septiembre de 1973. Al incorpo-
rarse la República Democrática Alemana a la República Federal de Alemania, el 3
de octubre de 1990, pasaron a convertirse en un solo Estado soberano y, como tal,
en un solo miembro de la ONU.
mejores salarios en cuanto al nivel de vida en sus respectivos
países que en el lejano Estados Unidos 10 . Los gobiernos eu-
ropeos, ensimismados en la reconstrucción de sus naciones,
no estaban dispuestos a molestar al amigo americano debido
a que esperaban sus ayudas económicas y financieras para
resurgir de entre sus cenizas tras la destrucción. Por esta
razón les dejaron las manos libres en las Naciones Unidas 11 .
A finales de 1947 sucedió un importante caso de corrup-
ción dentro del Departamento de Servicios Generales de la
ONU por parte de dos funcionarios, norteamericano y
británico. El servicio en el que trabajaban ambos dentro de
las Naciones Unidas se ocupaba de arreglar las cuestiones de
viajes de los delegados, como medios de transporte, hoteles,
vehículos, dietas y cosas por el estilo.
Estos contrataban todo lo relacionado con el viaje de los
diplomáticos y funcionarios no solo desde sus respectivos
países hacia el Cuartel General de la ONU, sino también
desde la sede de las Naciones Unidas hacia aquellos países en
los que tuviesen que desarrollar una misión. Los funcionarios
N. A. y T. P. contrataban los servicios a precios más baratos
con empresas especializadas con sede en Nueva York y
Londres y cargaban al Secretariado el precio real de los gas-
tos. La diferencia acababa en sus bolsillos. En tan solo nueve
meses, ambos habían conseguido embolsarse cerca de cin-
cuenta mil dólares de la época.
10 Andrew Boyd, United Nations: Piety, myth, and truth, Penguin Books, Londres,
11 Michael J. Hogan, The Marshall Plan: America, Britain and the Reconstruction of
Western Europe, 1947-1952, Cambridge University Press, Cambridge, 1989.
Misteriosamente, ninguno de los dos funcionarios fueron
castigados, ni cesados, ni obligados a devolver el dinero a las
arcas de la ONU. Según parece, el norteamericano T. P. 12 es-
taba bastante bien relacionado con Andrew Cordier, respon-
sable norteamericano de la Oficina Provisional del Secreta-
riado de las Naciones Unidas, o con el mismísimo Byron
Price, secretario general adjunto de la ONU. El monstruo de
la corrupción comenzaba ya tan temprano a mostrar sus ten-
táculos en la Organización internacional.
El 31 de marzo de 1948, el Congreso y el Senado apro-
baron el llamado Plan Marshall o, lo que es lo mismo, el de-
sembolso de 5.300 millones de dólares para el Programa de
Reconstrucción Europea, así como 950 millones de dólares
más para el Fondo Internacional de la Infancia. Dieciséis na-
ciones se vieron agraciadas con la ayuda norteamericana.
España, nuevamente, fue excluida de la ayuda. El presidente
Harry Truman firmó la ley el 3 de abril de 1948. Habían
pasado tres años desde la creación de la ONU, tiempo sufi-
ciente para que Estados Unidos y Gran Bretaña colocasen al
mayor número de sus ciudadanos en los puestos clave de la
Organización sin el reparo de los gobiernos europeos que es-
peraban la tan ansiada ayuda de Washington.
12 Se cree que estas siglas corresponden a Thomas B. Poldar, sobrino de la esposa
de Andrew Cordier, el responsable estadounidense de la Oficina Provisional del
Secretariado de las Naciones Unidas y después uno de los más cercanos asesores
del secretario general, Lie.
ONU, una colonia estadounidense
Hasta el 15 de agosto de 1946, los altos cargos de la ONU
estaban controlados por norteamericanos. De un total de 636
cargos a ser distribuidos entre cincuenta y un países, Estados
Unidos ocupaba 273, o lo que es lo mismo, el 43 por 100.
También los funcionarios norteamericanos ocupaban la
mayor parte de los dos mil cargos entre secretarias, dactiló-
grafos, traductores, personal de seguridad, etc.
El control del Secretariado permitía al Departamento de
Estado ejercer presiones de forma indirecta sobre un país en
concreto a través de su delegado en las Naciones Unidas. Si
la Administración Truman lo hacía de forma directa, temía
ser acusada de intervencionismo, y después de la Segunda
Guerra Mundial a la Casa Blanca eso no le interesaba.
Al controlar el Secretariado, se controla también la redac-
ción e interpretación de las resoluciones del Consejo de
Seguridad y de la Asamblea General según los propios intere-
ses de Washington, pero, sobre todo, permitía a los esta-
dounidenses aconsejar a los líderes políticos de los países en
desarrollo a adoptar medidas y decisiones favorables al
Departamento de Estado 13 .
Esto permitía a Estados Unidos tener acceso a funcionar-
ios de la ONU que pudiesen ayudarles en su política. Por
13 Nelson Iriñiz Casás, Corrupción en la ONU, ob. cit.
ejemplo, captan para su causa al delegado de un país X y le
piden que en una resolución de la Asamblea vote a favor,
cuando su propio país le ha ordenado que vote en contra. El
delegado vota lo recomendado por Estados Unidos, y cuando
cae en desgracia en la diplomacia de su país, este delegado
«obediente» es contratado como funcionario de alto nivel por
la propia ONU y destinado como enviado especial del se-
cretario general o un puesto por el estilo en alguna de las nu-
merosas agencias. Algo parecido sigue sucediendo en la actu-
Sin duda, los gobiernos descalificaban a un delegado, pero
el Departamento de Estado designaba para altos cargos a los
«descalificados». Por ejemplo, durante los primeros años de la
década de los cincuenta, Estados Unidos necesitaba el voto
de México para aprobar una resolución. Washington «com-
pró» abiertamente el voto del embajador a pesar de que su
Gobierno le había indicado que votase de forma contraria.
Por supuesto, el diplomático, tras la votación, fue obligado a
renunciar a su puesto. Entonces, el Departamento de Estado
hizo que el Secretariado de la ONU lo nombrase para ocupar
un importante cargo en una de las organizaciones financieras
La Unión Soviética se dio cuenta algo tarde de este juego
en el Secretariado de la ONU y, aunque las protestas de su
embajador eran constantes, como el Departamento de
Estado y el Foreign Office tenían el mayor control de la
Asamblea, las protestas soviéticas no prosperaban.
En 1946, la URSS obtuvo únicamente seis cargos, o lo que
es lo mismo, el 0,94 por 100 de la cifra total de cargos dis-
tribuidos «equitativamente». Moscú veía así recortado su
poder dentro de la ONU a pesar de haberse convertido en
una de las grandes potencias tras la reciente guerra. Por otro
lado, Gran Bretaña supo negociar su colaboración tan es-
trecha con el Departamento de Estado, consiguiendo un
mayor número de puestos. Gracias a esta presión, Londres
aumentó su poder dentro del Secretariado. Gran Bretaña
disponía de 88 funcionarios situados en puestos estratégicos,
a los que había que sumar los de los países miembros de la
Commonwealth. En total, Londres controlaba el 20 por 100
de los 636 cargos internacionales que conformaban el Secre-
tariado de las Naciones Unidas 14 .
Cuanto más estrecha era la colaboración del Foreign
Office con el Departamento de Estado, más posiciones clave
iban ocupando sus funcionarios tanto en los servicios admin-
istrativos de la ONU como en sus agencias especializadas. Al
1 de febrero de 1950, Gran Bretaña contaba con 127 nuevos
cargos, o lo que es lo mismo, veintisiete cargos más de lo que
le correspondía realmente. Además, Londres consiguió tam-
bién un aumento significativo en funcionarios para Canadá y
Nueva Zelanda, con cuarenta y nueve y diez cargos cada uno,
cuando realmente les correspondía treinta y dos y cinco car-
gos, respectivamente 15 . Pero, como siempre sucede en las
Naciones Unidas, nadie protestó.
La cuestión del aumento de cargos por razones políticas
obligó al Secretariado a tener que sobredimensionar su es-
tructura para dejar contentas a todas las grandes potencias,
siendo este uno de los principales caballos de batalla con el
14 James Barros, Trygve Lie and the Cold War: The UN Secretary-General Pursues Peace,
1946-1953, Northern Illinois University Press, Illinois, 1989.
15 Datos obtenidos de la 5.ª Comisión en su 107.ª, 115.ª y 116.ª Sesión (27-IX-
1948 y 2-X-1948).
que los secretarios generales, desde Lie a Kofi Annan, han
tenido que luchar. Este podría decirse que ha sido un capítulo
importante generador de corrupción dentro de la ONU y
uno de los puntos que se verá obligado a tocar el secretario
general en la reforma urgente que necesita la Organización.
Curiosamente, una reorganización y reforma que exigen
Estados Unidos y Gran Bretaña en el siglo XXI, cuando
habían sido ellos quienes de cierta forma generaron en la
mitad del siglo XX ese núcleo de corrupción a través de la
contratación del propio personal.
Para hacerse una idea del control de las potencias occiden-
tales en la ONU, basta decir que, al 15 de octubre de 1946,
273 altos cargos del Secretariado estaban ocupados por
Estados Unidos, 88 por Gran Bretaña, 61 por Francia, 35 por
Canadá, 32 por China, o 16 por Checoslovaquia. La Unión
Soviética contaba con tan solo seis funcionarios de alto o me-
dio rango dentro del Secretariado de las Naciones Unidas 16 .
Estas cifras le fueron decisivas a Estados Unidos para
obtener la complicidad de Gran Bretaña y sus socios de la
Commonwealth en el control del Secretariado y la Asamblea
General. Como contrapartida, los ingleses exigieron que los
contratos temporales de la mayor parte de sus funcionarios se
convirtiesen en contratos fijos. Así aseguraban al funcionario
en cuestión una carrera estable dentro de la ONU y una pen-
sión cuando estos alcanzasen la edad de jubilación, estable-
cida en los sesenta años de edad. El Departamento de Estado
no puso ninguna traba a esto y, por lo tanto, ni el secretario
general, Trygve Lie, ni el secretario general adjunto, Byron
Price, tampoco. El día en que los funcionarios temporales se
16 United Nations Year Book, 1946, 1947 y 1948.
convirtieron en fijos, puede asegurarse que la ONU iba a cre-
cer de forma tan desmedida e incontrolada que pasado el
tiempo se convertiría en un auténtico problema para sus pro-
pios Estados miembros 17 .
El semanario Newsweek, en un reportaje publicado en los
años sesenta y titulado «La maquinaria en la casa de cristal»,
comentaba que para mucha gente «las Naciones Unidas era U
Thant [el secretario general] ni más ni menos. Pero, en ver-
dad, la maquinaria que mueve la rueda de la ONU es su
Secretaría General, con sus más de 6.000 funcionarios, 3.600
solo en su sede central en Nueva York».
A comienzos de la década de los sesenta, la cifra de fun-
cionarios alcanzaba los 7.833, sin incluir los que estaban des-
tinados en los organismos y agencias especializadas de la
ONU en Viena, París, Roma o Ginebra. A principios de la dé-
cada de los setenta, el Secretariado de las Naciones Unidas
propuso aumentar la cifra en 600 nuevos funcionarios.
En la década de los noventa, el número de funcionarios
alcanzaba ya la cifra de 8.700, pertenecientes a la Secretaría de
las Naciones Unidas y con cargo al presupuesto ordinario, y
otros 5.740 más con cargo a los programas o proyectos de fi-
nanciación especial. El sistema de las Naciones Unidas en su
conjunto, es decir, la Organización y los programas conexos
y los organismos especializados, empleaba a más de 64.700
coste real de mantenimiento de esta
maquinaria sobredimensionada que es la ONU, el pre-
supuesto ordinario alcanzaba los 1.260 millones de dólares,
17 Nelson Iriñiz Casás, Corrupción en la ONU, ob. cit.
18 Fuente: ONU.
cerca de 960 millones de euros al año 19 . El sistema de las
Naciones Unidas, incluidos los programas y fondos especiales
y los organismos especializados, gastaba unos diez mil mil-
lones de dólares al año. A esta cifra había que aumentarle el
coste del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacio-
nal (FMI) y del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola
El diplomático uruguayo y ex funcionario destinado en las
Naciones Unidas en Nueva York y Viena, Nelson Iriñiz
Casás, escribía a finales de los años sesenta: «La burocracia in-
ternacional es un mal inherente a la estructura abstracta de las
Naciones Unidas: organismo que abarca mucho y aprieta
poco, a fin de que los Estados más diferentes ideológica-
mente puedan convivir, mal que bien, en una apariencia de
democracia internacional».
En medio de esta burocracia sobredimensionada, el
noruego Trygve Lie, como su sucesor en el cargo, el sueco
Dag Hammarskjöld, fueron realmente actores «bloqueados»
en el teatro de la política mundial. Tanto uno como otro eran
partidarios de mantener una balanza de fuerzas interna-
cionales ideada, diseñada y construida por las grandes poten-
cias occidentales únicamente para la defensa de los intereses
de las propias grandes potencias occidentales y sus aliados
ideológicos en un mundo cambiante 20 .
Trygve Lie, primer secretario general de la ONU, tenía una
profunda convicción en lo que hacía, aunque ello fuese más
19 Este presupuesto cubre el coste de las actividades, el personal y la infraestruc-
tura básica de las Naciones Unidas, pero no incluye el coste de las operaciones de
mantenimiento de la paz o «cascos azules».
20 Stephane Hessel, Les Nations Unies chantier de l’avenir, ob. cit.
bien poco, o por su desconocimiento de la política global de
entonces o por tener las manos atadas por las potencias que
marcaban el ritmo de la ONU, Estados Unidos y Gran
Bretaña. «Lie tenía una gran figura de atleta, como la de aque-
llos guerreros de la Edad Media —escribía de él Brian
Urquhart, su asistente personal—; yo creo que él [Trygve Lie]
era con respecto al cargo un hombre confuso, temperamen-
tal y demasiado inseguro sobre lo que su puesto demandaba
y estuvo demasiado influenciado por las emociones del mo-
mento» 21 . Ciertamente, muchos de los altos funcionarios que
trabajaron junto a él en los primeros años de la ONU califi-
caban al secretario general como un hombre muy frío para
con sus colaboradores, poco templado para con sus aliados, y
demasiado hermético para con el resto. Solo una anécdota
sobre él, al final de su etapa, ayudó a suavizar la opinión que
de Lie tenían los altos funcionarios de las Naciones Unidas.
Cuentan que un día Trygve Lie, amante de la buena cocina,
del buen vino y de la buena vida, fue descubierto en un club
de Ginebra de no muy buena reputación por otro funcionario
de la ONU. El secretario general se hacía pasar por un tal
Rodney Witherspoon para esconder su verdadera identidad 22 .
En los años cincuenta no existían aún los medios de comuni-
cación a nivel global y, por lo tanto, fue fácil ocultar la «es-
cabrosa» situación en la que se vio envuelto el máximo re-
sponsable de la ONU. Hoy sería complicado el que el nom-
bre del secretario general no se hubiese visto en la portada de
algún medio de comunicación en una situación parecida.
21 Brian Urquhart, Ralph Bunche: An American Odyssey, W. W. Norton & Company,
Nueva York, 1998.
22 Stanley Meisler, United Nations: The First Fifty Years, ob. cit.
Mientras, los responsables de la ONU seguían sin una sede
fija donde tratar tan importantes asuntos mundiales. Primero
se pensó en una zona del condado de Westchester, en Nueva
York. Los habitantes, temiendo una mayor falta de seguridad
para sus hijos por el ir y venir de vehículos con políticos,
diplomáticos y funcionarios, crearon el Comité de Ciudada-
nos de Westchester para la Salvación de Nuestros Hogares. El
resultado fue que la ONU tuvo que cambiar de opinión.
La segunda opción fue la ciudad de Greenwich, en el es-
tado de Connecticut. Sus ciudadanos decidieron presentar a
referéndum la cuestión de ceder parte de sus terrenos al
Cuartel General de la ONU. El resultado de los comicios fue
de 2.019 ciudadanos a favor de la sede y 5.505 en contra. La
ONU tenía nuevamente que cambiar de opinión.
La tercera opción sería la ofrecida por el presidente
Truman de ceder a la ONU la vieja fortaleza española situada
en la ciudad de San Francisco y conocida como El Presidio.
Esta vez fueron los delegados de Gran Bretaña y la Unión
Soviética quienes rechazarían la oferta presidencial, alegando
que la ciudad norteamericana se encontraba demasiado lejana
de Europa. Trygve Lie estaba a favor de Nueva York como
sede permanente de las Naciones Unidas, y por ello llamó al
alcalde, William O’Dwyer. Este propuso una zona deprimida
conocida como la Bahía de la Tortuga, en el centro de
Manhattan, donde se levantaban varios bloques de viviendas
destartaladas, mataderos y almacenes abandonados.
A finales de año, el embajador norteamericano ante las
Naciones Unidas, Warren Austin, informó al secretario gene-
ral que el millonario John D. Rockefeller, Jr., donaba ocho
millones y medio de dólares para adquirir no solo el área de
la Bahía de la Tortuga, sino también para comenzar a diseñar
los bloques de edificios que se convertirían en el Cuartel
General de la ONU 23 .
El complejo de las Naciones Unidas estaba formado por
el edificio del Secretariado, de 39 plantas, el Hall de la
Asamblea General y el Conference Building para el Consejo
de Seguridad. El arquitecto Wallace K. Harrison, el mismo
que diseñó el Rockefeller Center, sería el encargado de llevar
El asunto de la adquisición de los terrenos y la construc-
ción del complejo provocó diversos rumores de corrupción
que afectaban a personajes cercanos al secretario general, Lie,
y a empresarios con amplias conexiones en las Naciones
Unidas. El solar sobre el que hoy se levanta el Cuartel General
de la ONU pertenecía al extravagante magnate y millonario
inmobiliario Bill Zeckendorf. Con sus 130 kilos de peso y
desde un ático circular en pleno Manhattan, controlaba una
gran parte de los solares vacíos de la isla, incluidos los situa-
dos justo al lado y enfrente del que albergaría la nueva sede
de las Naciones Unidas. Al parecer, justo antes de que la
ONU adquiriese el terreno con dinero donado por John D.
Rockefeller, hombres cercanos al secretario general y que
disponían de información privilegiada se dedicaron a adquirir
acciones de la compañía inmobiliaria de Zeckendorf. Cuando
la operación entre el magnate inmobiliario y la ONU se hizo
pública, las acciones de la compañía se dispararon, haciendo
más ricos a los funcionarios cercanos a Trygve Lie. Nueva-
mente, el tráfico de influencias e información privilegiada
había funcionado a través de la telaraña de la ONU. Nunca se
supo si el propio Lie había tocado una parte de los beneficios
23 David Rockefeller, Memoirs, Random House, Nueva York, 2002.
obtenidos en la operación inmobiliaria, y si se supo, a nadie le
interesó hacerlo público.
Tras poco menos de seis años, el complejo de la ONU es-
taba terminado. En 1952, el Cuartel General de las Naciones
Unidas se convertía en un símbolo más de la ciudad de los
rascacielos y la zona en donde se levantaba se había reval-
orizado en un 400 por 100 24 . Muchos se hicieron ricos con la
operación inmobiliaria, incluidos varios altos funcionarios de
Dentro de la tupida telaraña en la que se había convertido
en muy pocos años el sistema de las Naciones Unidas, for-
mada por oficinas, departamentos, comisiones y centros de
información, el secretario general, tanto ayer como hoy,
recibía presiones de las potencias con derecho de «veto».
La democracia en la ONU, tal y como había sido creada,
debía ser regida por el idealismo de muchos y no por los in-
tereses partidistas e ideológicos de unos pocos. Las palabras
y la acción de las Naciones Unidas, y por consiguiente de su
secretario general, estaban muy alejadas una de otra, siendo
esto un problema de dialéctica política muy difícil de resolver
en la propia ONU, desde Lie a Annan. Cada vez más, el ideal
con que fue creada Naciones Unidas a mediados de la década
de los cuarenta, se acercaba más a lo real de la ONU en la de
los cincuenta y a la irrealidad en que vive hoy la Organización
El fallo de Stalin y de la Unión Soviética fue no ver el po-
tencial político que alcanzaría a tener la Organización de las
Naciones Unidas en muy pocos años. Tal vez Moscú estaba
24 Jane Loeffler, The United Nations (Building Blocks Series), Princeton Architectural
Press, Nueva York, 1999.
más obsesionada por controlar el mayor número de kilómet-
ros cuadrados de países bajo ocupación de sus fuerzas mil-
itares tras la Segunda Guerra Mundial que de preocuparse de
una organización internacional en la que no creía mucho.
Stalin era más partidario de «controlar por la fuerza» que
«controlar por la política», y esa fue su falta de visión 25 .
Muchas batallas de la Guerra Fría no solo iban a desarrol-
larse en Berlín, Praga, Viena o Budapest, sino también en la
25 Melvyn P. Leffler, A Preponderance of Power: National Security, the Truman Ad-
ministration, and the Cold War, Stanford University Press, Palo Alto (Califor-nia),
«CAZA DE BRUJAS»: COMUNISTAS Y
«Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por
los gobiernos para adormecer a sus gobernados.»
En los años sesenta del pasado siglo se hizo muy famosa
entre los conductores de la ciudad de Nueva York una pe-
gatina que decía «Yo no puedo deletrear COMUNISMO sin
la UN [Naciones Unidas]». Desde finales de la década de los
cuarenta hasta finales de los setenta, y en parte debido al gran
número de casos hechos públicos sobre espías del KGB de-
tenidos y que operaban bajo cobertura de funcionarios de la
Organización internacional, la ONU era vista por la mayor
parte de los ciudadanos de Estados Unidos como «una
multinacional política cercana al comunismo».
La primera infiltración de un espía en la ONU de la que se
tiene noticias sucedió exactamente en 1946.
Aquel año, los soviéticos habían conseguido introducir
una resolución requiriendo que cada miembro de las
Naciones Unidas declarase el número de tropas y su loca-
lización tanto dentro de sus territorios nacionales como fuera
de ellos. Para responder a esta resolución, británicos y
norteamericanos decidieron unir esfuerzos. Se creó un equipo
dirigido por dos diplomáticos, Alger Hiss, director de la Ofi-
cina de Asuntos Políticos Especiales del Departamento de
Estado norteamericano, y dentro de sus responsabilidades se
encontraban las relaciones con la ONU, y Donald Maclean 1 ,
por parte del Foreign Office.
Lo que en aquel momento nadie sabía era que tanto Hiss
como Maclean eran realmente espías de la inteligencia so-
1 Yuri Modin, My Five Cambridge Friends: Burgess, Maclean, Philby, Blunt, and Cairncross
by Their KGB Controller, Éditions Robert Laffont, París, 1993.
Donald Maclean, conocido por el espionaje soviético por
sus alias, Stuart, Wise, Lyric u Homero, era hijo de sir Donald
Maclean, un hombre muy religioso y que se había lanzado a
la política. Maclean padre llegó a ser ministro de Instrucción
Pública en el Gabinete del primer ministro Baldwin, abando-
nando a su hijo en elitistas colegios.
Poco comunicativo e introvertido, Maclean era muy buen
estudiante pero poco dado a las amistades. En 1931 recibió
una beca para estudiar en el Trinity Hall de Cambridge, en
donde conoció a Guy Burgess 2 . Al revés que sus otros cuatro
compañeros de espionaje, Maclean no se adhirió al partido
comunista, sino a una célula clandestina, y fue a partir de 1934
cuando fue reclutado por el NKVD 3 .
En octubre de 1935 aprobó el ingreso en el Foreign Office
y fue destinado al departamento de Europa occidental re-
sponsable de la Sociedad de Naciones, Países Bajos, Suiza,
España y Portugal. Tras su paso por diversas legaciones
diplomáticas, el espía soviético fue enviado a la embajada de
2 Guy Burgess, junto a Donald Maclean, Kim Philby, Anthony Blunt y John
Cairncross, formarían el llamado grupo de «Los Cinco de Cambridge», uno de los
más efectivos grupos de espías soviéticos en Gran Bretaña.
3 Narodmy Komisariat Vnutrennikt (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos).
En 1941 se creó del NKVD una rama independiente llamada KGB. Con el paso
de los años, los servicios de inteligencia se unieron en torno al KGB y al GRU, la
inteligencia militar soviética.
Gran Bretaña en Washington 4 . Allí estaba Donald Maclean
cuando fue encargado por el Foreign Office para responder a
la resolución soviética.
Durante semanas, Hiss y Maclean intercambiaron todo
tipo de datos sobre las fuerzas militares estadounidenses y
británicas alrededor de todo el planeta. Efectivos, maquinaria
bélica, emplazamientos de bases, abastecimientos y un largo
etcétera. Poco después, Donald Maclean filtró el informe a un
agente del NKVD que formaba parte de la delegación so-
viética ante la ONU
Para ello, el británico concertó un encuentro en un parque
situado justo enfrente del Departamento de Justicia de
Estados Unidos en Washington. Maclean estableció contacto
con Valentin Gubitchev, un experimentado agente del espi-
onaje soviético destinado en la ONU.
Tres días después, el traidor le entregó en un sobre cerrado
una copia del informe que Hiss y él habían redactado para dar
respuesta a la petición de la Unión Soviética en la ONU. En
el informe se precisaban las 108 localizaciones en donde
Estados Unidos tenía tropas, incluidos los 52.590 soldados
que estaban estacionados en Corea del Sur. Esta información
fue muy apreciada por los soviéticos cuando en 1950 estalló
la Guerra de Corea, la primera contienda en donde se vería
involucrada de forma muy activa Naciones Unidas.
Un año después del comienzo de la guerra en la península
de Corea, Donald Maclean, avisado por Kim Philby de las
4 Los datos sobre Donald Maclean han sido extraídos de los documentos
números 100-374183 (Sec. 1-2) y 100-374183 (Sec. 3-4) del FBI (12-VI-1951).
5 Sherman L. Grandy, The United Nations: A study in soviet espionage & manipulation,
Defense Intelligence College, Londres, 1983.
sospechas del FBI, escapó a la Unión Soviética, en donde
vivió hasta su muerte, acaecida el 15 de marzo de 1983. El di-
ario Izvestia publicó entonces: «Ha muerto Donald Donaldo-
vich Maclean, un hombre de grandes cualidades morales, un
comunista convencido y un camarada sensible».
Realmente, no puede decirse que el caso Hiss-Maclean es-
tuviese relacionado con la ONU, si no fuera por su contacto
con Gubitchev, el funcionario soviético en las Naciones
Unidas. Pero el más famoso caso de espionaje en el que se
vería involucrada la ONU estaba a punto de estallar en pleno
corazón del Departamento de Estado.
En el verano de 1948, el director del FBI, Edgar Hoover,
filtró el caso al republicano Richard Nixon, por entonces
miembro del Comité del Congreso para la Investigación de
Actividades Antiamericanas (HUAC), dirigido por el temido
senador republicano por Wisconsin, Joseph McCarthy.
El polémico «Caso Alger Hiss»
Alger Hiss había sido acusado ante el Comité de
Actividades Antiamericanas el 3 de agosto de 1948, por el pe-
riodista de la revista Time y ex comunista Whittaker Cham-
bers, de haber ocultado microfilmes que le había entregado el
propio Hiss.
Los microfilmes los había escondido Chambers en una
calabaza vaciada como las utilizadas durante la fiesta de
Halloween. El periodista declaró que seis altos funcionarios del
Gobierno de Estados Unidos integraban la célula comunista;
entre ellos, Alger Hiss. Este, al enterarse de las acusaciones de
Chambers, quiso declarar ante el Comité para limpiar su nom-
bre, mientras proclamaba, a quien quisiese escucharle, no
conocer a Chambers
Alger Hiss, nacido en Baltimore el 11 de noviembre de
1911, había sido asesor del presidente Roosevelt y había tra-
bajado en diferentes etapas en la formación de la Organiza-
ción de las Naciones Unidas. Abogado de éxito, tenía
poderosas influencias que incluso le habían llevado a ocupar
un cargo en el consejo de la prestigiosa Fundación Carnegie
y sentarse al lado de John D. Rockefeller, Jr.; pero nada pare-
ció importarle al joven Nixon, con deseos de ascender en el
escalafón político.
6 Edward White, Alger Hiss’s Looking-Glass Wars: The Covert Life of a Soviet Spy,
Oxford University Press, Nueva York, 2004.
En el mes de agosto, Nixon montó un verdadero espec-
táculo público, en la primera sesión televisada del Congreso.
Hiss, que contaba con el apoyo del presidente Truman, fue
interrogado durante cinco horas, y comenzaron a aparecer las
discrepancias. Tras el intenso interrogatorio, Alger Hiss
recordó haber conocido a Chambers bajo el nombre de
George Crosley, un periodista a quien le había alquilado un
apartamento entre 1934 y 1935. La credibilidad de Hiss
quedó por los suelos y las nubes de sospecha volvieron a
aparecer sobre su cabeza 7 .
Whittaker Chambers fue convocado ante el Comité de
Actividades Antiamericanas, en donde inició su nuevo testi-
monio alegando que Hiss mentía descaradamente. El antiguo
redactor jefe de Time dijo haberle presentado a Hiss, en 1937,
un espía soviético, conocido como el coronel Boris Bikov, el
jefe de la red de espías soviéticos en Estados Unidos. Hiss le
habría entregado al agente una serie de documentos del
Departamento de Estado. Cuando Hiss acusó a Chambers
por calumnia, el caso dio otro vuelco.
El periodista presentó evidencias que habían sido guarda-
das en un lugar seguro durante diez años. Supuestamente, era
la copia de un documento «Clasificado» y «Alto secreto» de 65
páginas, escrito por Alger Hiss y luego entregado a Chambers
para que se lo filtrase a los soviéticos. El FBI demostró que,
efectivamente, las páginas del documento habían sido escritas
en 1938 en la máquina de escribir Woodstock propiedad de
Hiss. Varias de las letras de la máquina sufrían alteraciones de-
bido al uso, algo que quedó reflejado en las páginas del doc-
7 Michael Ruddy, The Alger Hiss Espionage Case, Wadsworth Publishing, Nueva
Alger Hiss fue acusado por un Gran Jurado de haber
cometido perjurio en su primera comparecencia ante el
Comité de Actividades Antiamericanas, aunque fue imposible
demostrar sus conexiones con los servicios de espionaje so-
viéticos. Luego, en enero de 1950, en otro juicio muy publici-
tado, Hiss fue encontrado culpable nuevamente de perjurio y
enviado a prisión. Aun protestando por su inocencia, Hiss pasó
cuarenta y cuatro meses en la prisión federal de Lewisburg 8 .
Años después, tras la desclasificación de documentos por
parte del FBI sobre el «caso Venona» y la desclasificación de
documentos por parte del antiguo KGB sobre su red de es-
pías en Estados Unidos, se demostró que realmente Alger
Hiss había trabajado para el NKVD soviético entre 1935 y
1940. Incluso existe una carta en la que el embajador Andrei
Gromyko habla de forma favorable de Alger Hiss, recomen-
dando a Moscú la posibilidad de apoyar al diplomático
norteamericano si este se presentase al cargo de secretario ge-
neral de la ONU.
Realmente, el «caso Hiss» fue aprovechado por el senador
Joseph McCarthy y su «caza de brujas» para acusar a la
Administración Truman de haberse dejado infiltrar por espías
comunistas y para atacar a la ONU, alegando que esta se había
convertido en un nido de espías soviéticos y comunistas den-
tro de las fronteras de Estados Unidos. El «caso Coplon» no
ayudaría en nada a negar la acusación del senador McCarthy
cuando el 4 de marzo de 1949, justo un año antes de la con-
8 Alger Hiss fue condenado en dos ocasiones por perjurio, por negar que conocía
al periodista Whittaker Chambers y por negar que había entregado documentos
secretos del Gobierno estadounidense a los soviéticos. Hiss murió el 15 de
noviembre de 1996, a los noventa y dos años, proclamando su inocencia. Escribió
In the Court of Public Opinion (1957) y Recollections of a Life (1988).
dena de Alger Hiss, agentes del FBI detuvieron al funcionario
de la ONU Valentin Gubitchev y a su amante, la norteameri-
cana Judith Coplon.
La alerta se desató en octubre de 1948. Edgar Hoover re-
unió a los jefes de su departamento y les indicó que un agente
doble le había revelado que una red de espionaje soviética,
cuya cabeza podría estar en la ONU, estaba al corriente de las
investigaciones llevadas a cabo por el FBI sobre los diplo-
máticos de la Unión Soviética y sobre los comunistas esta-
dounidenses. El agente doble era Matt Cvetic, que misterio-
samente había colaborado con alguna agencia de las Naciones
Unidas y en donde al parecer fue reclutado por el espionaje
La fuga de información procedía del Departamento de
Justicia, y posiblemente sería una funcionaria. La investiga-
ción fue encargada a los agentes Howard Fletcher y Kenneth
Delvigne. En poco tiempo aparecieron tres nombres de mu-
jeres que trabajaban para el servicio de registro de extranjeros
del Departamento de Justicia. Una de ellas había trabajado en
Nueva York precisamente en las mismas fechas en que
comenzaron las fugas de información 9 .
La principal sospechosa era Judith Coplon, una belleza
morena de veintisiete años, de 1,50 de estatura, hija de com-
erciantes judíos emigrados de Polonia y con un aire a lo Bette
9 Eddy Bauer, Espías, Enciclopedia del Espionaje (8 vols.), Idées & Éditions, París,
Coplon ocupaba el despacho 2220, en donde trabajaba
como analista política. Su especialidad era el registro de
agentes que llegaban de la Unión Soviética, y por ello tenía ac-
ceso a los expedientes de los agentes rusos y a los de las in-
vestigaciones llevadas a cabo por el FBI sobre estos mismos
En 1942, siendo aún estudiante, había dado asistencia a la
delegación soviética en la Asamblea Internacional de
Estudiantes. Coplon se incorporó al Departamento de Justicia
tras pasar un test y una dura entrevista por parte de agentes del
Sin que la investigación fuese adelante, el FBI pidió al su-
perior de Coplon, William Foley, que destituyera a la fun-
cionaria. Apartada del departamento, la mujer pidió a última
hora de la tarde acceder a los archivos del llamado Soviet
Action, los ultrasecretos archivos sobre las actividades del es-
pionaje ruso en Estados Unidos.
Desde el 14 de enero de 1949, el FBI fotografió los en-
cuentros de Judith Coplon con Valentin Gubitchev, pero no
les era posible detectar intercambios de documentos entre la
norteamericana y el funcionario soviético de la ONU, por lo
que no podían detenerles 10 .
Fletcher, el agente del FBI, pidió entonces a Folley, el jefe
de Coplon, que le filtrase un documento falso diseñado por
el propio agente y en el que se nombrase de forma accidental
a Gubitchev. El 4 de marzo de 1949, y tras un intenso
seguimiento y sin orden de detención, el FBI decidió detener
a Judith Coplon y a Valentin Gubitchev en plena calle en
10 Marcia Mitchell y Thomas Mitchell, The Spy Who Seduced America: Lies and
Betrayal in the Heat of the Cold War: The Judith Coplon Story, Invisible Cities Press,
Nueva York, 2002.
Nueva York. Durante el interrogatorio de la funcionaria,
Coplon explicó que había conocido al funcionario de la ONU
cuando este se hacía llamar Shamuel Vilenko y dijo ser un in-
migrante húngaro y corresponsal de un periódico de ese país.
Vilenko era realmente Valentin Gubitchev, el mismo fun-
cionario de las Naciones Unidas y capitán del GRU, el servi-
cio de espionaje militar soviético que había recibido de
Donald Maclean los documentos sobre las bases norteameri-
canas en el extranjero. Gubitchev, en el momento de su de-
tención, estaba destinado por la Unión Soviética en el Grupo
de Planificación de la ONU para la construcción del nuevo
Cuartel General de la Organización.
La ficha de «Gubitchev, Valentin» aparecía en los archivos
del FBI como un funcionario diplomático destinado en la
ONU sospechoso de pertenecer a los servicios de inteligen-
cia de la Unión Soviética. Gubitchev tenía la clasificación
«H.A.» (altamente activo).
El juicio de Judith Coplon paralizó el país entero. Los
periódicos la calificaban en sus titulares como «la espía que se-
dujo a América» o como «la Mata-Hari americana». Cada
mañana podía verse a la antigua funcionaria entrar en el tribu-
nal esposada y escoltada por dos agentes federales, guapa, pe-
queña, con su melena oscura. Meses después, un Gran Jurado
federal condenó a Coplon a veinte años de prisión, y a Valentin
Gubitchev, a quince años por actos de espionaje.
En 1950 se supo que el FBI había pinchado los teléfonos
de Coplon, se instalaron cámaras de rayos X en su aparta-
mento y se la sometió a seguimiento intensivo sin una autor-
ización judicial 11 .
11 Marcia Mitchell y Thomas Mitchell, The Spy Who Seduced America
Judith Coplon no llegó a cumplir los veinte años de
prisión. Cuando fue puesta en libertad, contrajo matrimonio
con Albert Socolov, su abogado, y residieron, cosas del des-
tino, muy cerca de la sede neoyorquina de la ONU, hasta el
resto de sus días. Mientras tanto, Valentin Gubitchev fue con-
denado a quince años en una prisión federal, que tampoco
llegó a cumplir. Poco después, liberado de la cárcel y enviado
a la Unión Soviética, se convertiría en el primer funcionario
de la Organización de las Naciones Unidas expulsado de
Estados Unidos por actos de espionaje 12 .
12 Sherman L. Grandy, The United Nations

References: resolución 
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