Source: https://www.cidob.org/en/biografias_lideres_politicos_only_in_spanish/asia/japon/shinzo_abe
Timestamp: 2020-01-29 20:18:52+00:00

Document:
Term of office: 26 december 2012 - Acting
Birth: Nagato, prefectura de Yamaguchi, región de Chugoku, 21 september 1954
Political party: Partido Liberal Democrático (Jiminto)
No sin los típicos vaivenes de la política doméstica, en la segunda década del siglo XXI Japón ha vuelto a saber lo que es una dirección de gobierno duradera y razonablemente sólida gracias a Shinzo Abe, un primer ministro con ideas y capaz de aprender de sus propios errores para dar respuestas funcionales a las grandes cuestiones de su país. El 22 de octubre de 2017, a punto de cumplir un lustro de ejercicio, Abe, ave fénix calculador que bascula entre la obstinación y el posibilismo, busca ganar sus terceras elecciones legislativas consecutivas por mayoría absoluta, algo que ningún otro cabeza de lista ha conseguido en los 71 años de esta democracia nacida de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.
A últimos de 2012, un intenso corrimiento electoral a la derecha devolvió a la jefatura del Gobierno de Japón a Shinzo Abe, nuevamente al mando del Partido Liberal Democrático (Jiminto) y resuelto a hacerlo mejor que en su fallido primer mandato, cuando a la nación asiática le acuciaba un tropel de problemas que seis años después se habían recrudecido. En septiembre de 2006, este retoño de una insigne familia de estadistas había sido investido por la Dieta como el primer gobernante japonés nacido después de la guerra y, a sus 52 años, el más joven hasta la fecha. Miembro del ala más conservadora de los liberaldemócratas y considerado un halcón nacionalista por sus lecturas revisionistas, negacionistas incluso, de los crímenes de guerra nipones y por su postura de firmeza frente a Corea del Norte, Abe sustituyó al carismático Junichiro Koizumi con los objetivos de suprimir las restricciones constitucionales a la defensa militar del país y de mejorar las relaciones con China y Corea del Sur, dañadas por las visitas de su predecesor al santuario shintoísta de Yasukuni, disposición esta última que añadió unos matices de pragmatismo a su reputación de duro.
Sin embargo, un rosario de pasos en falso y escándalos ministeriales por acusaciones de corrupción saldados en dimisiones y suicidios, el olvido de las políticas sociales, la humillante derrota en las elecciones parciales a la Cámara alta y ciertos problemas personales de salud derrumbaron la credibilidad del primer Gabinete Abe en un tiempo récord y condujeron a la dimisión del político justo al año de tomar posesión. Su marcha en septiembre de 2007 fue el comienzo de un período de extrema fragilidad gubernamental por la falta de líderes solventes en la clase política japonesa, sin distingos de filiaciones. Así, Abe tuvo cinco efímeros sucesores, como él consumidos prematuramente al ritmo de uno por año. Los tres últimos, pertenecientes al Partido Democrático (Minshuto), la alternativa del centro-izquierda que en 2009 noqueó en las urnas al desacreditado Jiminto tras una hegemonía de más de medio siglo pero que un trienio después, en los comicios anticipados de diciembre de 2012, sucumbió a su vez y de una manera más estrepitosa aún.
Catapultado por el fracaso total del Minshuto y cerrando este excepcional paréntesis opositor de tres años, Abe trajo a su partido de vuelta al poder con recetas concretas para solucionar la aguda crisis económica que padecía Japón, sumido en su tercera recesión desde 2008 mientras persistían las secuelas del catastrófico terremoto y tsunami de 2011, y se hacían más patentes los hándicaps del declive demográfico. Asimismo, entonaba mensajes reivindicativos del orgullo nacional en un contexto regional revuelto. Ahora bien, el triunfal retorno de su formación no obedecía tanto a las simpatías del electorado hacia su plataforma de reafirmación de lo japonés como al tremendo voto de castigo a los demócratas por su pobre gestión.
El segundo Gobierno Abe, apoyado en una confortable mayoría absoluta que alcanzaba los dos tercios de la Cámara baja de la Dieta gracias al apoyo del Komeito, tradicional aliado, se estrenó el 26 de diciembre de 2012 con la determinación de atajar las patologías de la economía nacional, lastrada por un estancamiento que acababa de completar su segunda década. Frente a la deflación, que detraía el consumo, y la fortaleza del yen, que dañaba las exportaciones, el Ejecutivo debutante apostaba por una política monetaria muy agresiva (masivas inyecciones de liquidez con tipos de interés apenas despegados de cero e incluso negativos y compras de bonos) del Banco de Japón y por el aumento del gasto público en medidas de estímulo de la demanda interna. La reactivación económica fiada a unas políticas expansionistas contrarias a la austeridad perseguida hasta entonces para combatir los desorbitados déficit y deuda públicos, y conjugada con la confianza en la energía nuclear a pesar del desastre de Fukushima y reformas estructurales como las desregulaciones sectoriales y el empoderamiento económico de las mujeres, era solo uno de los pilares de la "reconstrucción del nuevo Japón" que el primer ministro preconizaba.
Retomando las consignas y propuestas que le dieron polémica fama cuando su primer mandato, y combinando retórica y realpolitik, Abe propugnaba además una reforma educativa para inculcar nociones de patriotismo en las escuelas, insistía en que la Constitución de espíritu pacifista debía ser enmendada para hacer de las Fuerzas de Autodefensa (FAD) unos ejércitos plenamente operativos en la protección del archipiélago, y anunciaba una política exterior y de seguridad más asertiva en plena escalada de tensiones con los países vecinos, dos fundamentalmente: Corea del Norte, que venía testando bombas atómicas y haciendo volar misiles de corto alcance que caían al mar al oeste de las costas niponas, y China, con la que había abierta una acerba disputa marítima por la soberanía de las islas Senkaku, conflicto con posibles repercusiones comerciales de las que Tokyo era plenamente consciente.
En su segundo Gobierno, de un bienio de duración, Abe disparó a quemarropa dos de las "tres flechas" que municionan su ambicioso carcaj económico, universalmente conocido como Abenomics, a saber, la laxitud monetaria y el acicate fiscal, y colocó en trayectoria la tercera flecha, la reforma estructural dinamizadora de la competitividad, todo ello con resultados mediocres. En 2014 el país experimentó una minirrecesión de dos trimestres que aguó las perspectivas de crecimiento, y si se logró el objetivo de una inflación anual, bien que pasajera, del 2% fue porque la subida del impuesto a las compras de bienes, concebida por el Gobierno con fines recaudatorios, para podar déficit sin descuidar los costes de la reconstrucción material de las áreas devastadas por el tsunami y la inversión social, encareció los precios, con el consiguiente desincentivo del consumo.
Unos resultados más visibles, aunque espinosos para la recomposición de las relaciones con chinos y surcoreanos, airados además porque Abe volvió a dejar aflorar (visita particular a Yasukuni incluida) su frialdad frente a los horrores del pasado imperial japonés, rindió la estrategia nacional de remilitarización en virtud del programa de rearme de las FAD y de una nueva doctrina de autodefensa colectiva lejana que hacía "reinterpretación" del restrictivo artículo 9 de la Carta Magna. Para Tokyo, urgía contener la expansión naval de Beijing y plantar cara también a las amenazas de Pyongyang. En el otoño de 2014, la escéptica acogida por la opinión pública de la nuevas directrices de defensa y del encendido de algunas plantas nucleares para no depender tanto de las costosas importaciones de energía hidrocarburífera, las dudas sobre la eficacia de las Abenomics y una remodelación gubernamental frustrada llevaron al primer ministro a convocar unas elecciones anticipadas que el Jiminto volvió a ganar con holgura.
El tercer Gobierno Abe, echado a andar el 24 de diciembre de 2014, se apoyó en la potente expresión de confianza emitida por las urnas para perseverar en su experimento económico y en su agenda diplomática de profundización de los vínculos comerciales con Estados Unidos, la UE y la ASEAN, y de encauzamiento de las relaciones con China y Corea del Sur, pero hasta la fecha no se ha atrevido a introducir una enmienda constitucional en toda regla por la complejidad del procedimiento legal, que incluye un referéndum sancionatorio difícil de ganar. A cambio, ha insistido en la vía indirecta de soslayar el articulado de la norma suprema para que el país disponga de mayores capacidades militares y pueda ser un actor "más proactivo" en materia de seguridad. Así, en 2015 la Dieta aprobó una ley que faculta a las FAD para actuar en operaciones eventualmente bélicas en el extranjero. Ese mismo año, Abe aprovechó los aniversarios de la rendición de 1945 y el ataque a Pearl Harbour para formular sus más claras palabra de perdón y pesar por las víctimas infligidas en los años de la guerra. Al terminar 2015, Abe, presionado por las necesidades comerciales de una economía al borde de la quinta recesión, quitó hierro a los tratos con China y cerró con Corea del Sur las viejas heridas por el infame crimen de las comfort women.
Desde finales de 2016, Abe ha tenido que bregar con las dificultades derivadas de la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, presidente heterodoxo que ha trastocado el paradigma de las relaciones Japón-Estados Unidos, optimizadas bajo Obama, y del delirio armamentista del dictador norcoreano Kim Jong Un, quien en agosto y septiembre de 2017 lanzó misiles de alcance medio con trayectoria balística sobre los cielos de Hokkaido y amenazó con "hundir" las islas del sol naciente al menor gesto hostil. Aunque lamenta su decisión de abandonar el TPP, el área de libre comercio transpacífico laboriosamente acordada en 2015, Abe corre a apoyar que Trump mantenga "todas las opciones abiertas" ante Pyongyang en el convencimiento de que el paraguas de seguridad de Washington es hoy más vital que nunca.
Con estas consideraciones sobre la mesa, a las que se suma el pésimo impacto en los sondeos de la caída de su ministra de Defensa, Tomomi Inada, acusada de prevaricación, y de las salpicaduras a su misma persona de otro escándalo político, un supuesto caso de amiguismo y tráfico de influencias, Abe, el 25 de septiembre, luego de apartar del Gobierno al ministro de Exteriores, Fumio Kishida, potencial adversario interno, optó por dar carpetazo a la legislatura que en principio terminaba en 2018 y apelar otra vez al crédito electoral de una población profundamente inquieta por la deriva belicosa de Corea del Norte. A su favor cuenta el caos instalado en las filas opositoras, puestas patas arriba por la crisis terminal de los demócratas del Minshinto (sucesor del Minshuto en 2016), partido que ha acabado por desintegrarse precisamente ahora, y, en menor medida, una economía en compás de espera, con datos que pintan una situación de ambigüedad: la producción avanza, pero a un ritmo decepcionante; el fantasma de la deflación se resiste a desvanecerse pese a que los tipos de interés están al 0%; el paro ha vuelto a sus niveles más bajos; el déficit, que el Gobierno cree poder erradicar a unos años vista, aunque todavía alto, ha encogido notablemente; y la deuda pública, sin parangón en la OCDE, permanece enrocada en un monstruoso 250% del PIB.
2. Colaborador de Junichiro Koizumi y definición de un perfil nacionalista
3. Líder del partido y el Ejecutivo con una agenda centrada en la seguridad y la defensa
4. El fallido primer mandato gubernamental (2006-2007): contratiempos en cascada y dimisión prematura
5. Un lustro apartado del primer plano; la agitada actualidad japonesa
7. El segundo Gobierno Abe (2012-2014): la remilitarización de Japón, los límites de las Abenomics y potente reválida en los comicios adelantados
8. El tercer Gobierno Abe (2014-2017): pronunciamientos conciliadores en los aniversarios bélicos, reactivación de la producción nuclear, la distorsión de Trump y amenazas directas de Corea del Norte
Los Abe, los Kishi y los Sato se encontraban entre las familias más influyentes de Yamaguchi, prefectura de la región de Chugoku, en el extremo meridional de la isla de Honshu, y sus vínculos con la alta política y el poder estatal comprendieron tanto el período de dictadura de partido único, en el que fueron colaboradores del primer ministro, general y dictador de facto Hideki Tojo (en particular Nobusuke Kishi, quien supervisó la industrialización de Manchukuo, el Estado títere establecido en 1932 en la Manchuria arrebatada a China), como la etapa posbélica de democracia parlamentaria, una parte considerable de al cual está escrita con sus apellidos. Profundamente conservadores, nacionalistas y anticomunistas, pero al mismo tiempo firmes defensores de la alianza defensiva con Estados Unidos, a partir de 1955 estas estirpes de notables canalizaron su actividad política en el Partido Liberal Democrático (Jiyu Minshuto o Jiminto), fuerza predominante que desde aquel año y hasta 2009 pilotó todos los gobiernos nipones salvo en el trienio de 1993 a 1996.
Nobusuke Kishi, quien fue uno de los artífices del Jiminto, y su hermano Eisaku Sato presidieron el partido los años en que desempeñaron la jefatura del Gobierno. En cuanto a Shintaro Abe, que durante la guerra había servido en la Armada Imperial (la contienda terminó antes de poder convertirse en piloto kamikaze, cual era su mayor ilusión) y luego adquirido adiestramiento político como secretario particular de su suegro primer ministro, fue secretario general del partido entre 1987 y 1989, cuando ya llevaba años portando el apelativo de Príncipe de la política. Shinzo Abe, el continuador de este linaje aristocrático y derechista, no iba a llegar menos alto que sus ilustres ascendientes.
En julio de 1986, tras las elecciones generales que dieron al Jiminto la enésima victoria apabullante frente a su adversario tradicional, el Partido Socialista, y en las que él obtuvo su undécimo mandato de diputado desde 1958, Shintaro Abe cesó en el Gobierno Nakasone para hacerse cargo de dos cometidos cimeros en el partido: el liderazgo de la segunda facción interna más poderosa, la que hasta ahora había conducido el octogenario ex primer ministro Takeo Fukuda -a su vez el heredero político de Kishi- y la presidencia del órgano ejecutivo conocido como el Consejo General.
Shinzo continuó asistiendo a su padre en calidad de secretario particular, y esta función no varió cuando en noviembre de 1987 el cónclave liberaldemócrata eligió al progenitor secretario general del partido en sustitución del ex ministro de Finanzas Noboru Takeshita, quien lideraba la principal facción del Jiminto, la que anteriormente había encabezado el también ex primer ministro Kakuei Tanaka y antes que él Sato. Sobre las célebres facciones (habatsu) del Jiminto es necesario precisar que no consistían en corrientes ideológicas en el sentido europeo del término, sino en camarillas apadrinadas por veteranos barones del partido, el cual, a través de esta dialéctica de corte oligárquico, conformando un especie de liderazgo colegiado, iba resolviendo contradicciones internas y renovándose relativamente cada cierto tiempo.
La Secretaría General del Jiminto fue para Shintaro Abe un cargo de consolación y compromiso toda vez que arrojó la toalla frente a Takeshita en la liza por la sucesión de Nakasone en la presidencia del partido, lo que equivalía a decir en la jefatura del Gobierno. No era la primera vez que este barón del Jiminto había contendido por el puesto principal: ya lo había intentado en 1982 para suceder a Zenko Suzuki, solo que aquella vez el vencedor fue Nakasone. Esta historia de ambiciones truncadas la había iniciado el patriarca de la familia, Kan Abe, que en 1946 tenía todo dispuesto para disputar, y posiblemente ganar, el cargo de primer ministro cuando una enfermedad la segó la vida a los 52 años.
Obviamente, Shinzo Abe se ubicó en la facción liderada por su padre, distinguida por su conservadurismo ideológico y su ortodoxia liberal en cuestiones de economía, y que oficialmente recibía el nombre de Grupo de Investigaciones Políticas Seiwa (Seiwa Seisaku Kenkyukai). Sin embargo, el joven treintañero no disponía todavía de un caché político propio; por el momento, no era más que un burócrata del partido a tiempo completo al que el apellido ilustre no le garantizaba un ascenso a las alturas sin invertir considerables esfuerzos. 1987 fue también el año en que Shinzo contrajo matrimonio con Akie Matsuzaki, ocho años menor que él e hija del empresario Akio Matsuzaki, propietario de Morinaga, uno de los mayores fabricantes de productos de confitería de Japón. La pareja no iba a tener descendencia debido a la infertilidad de ella. Dos décadas después de la boda, Akie Abe, tras ejercer durante unos años como disc jockey en una radio de Shimonoseki, la ciudad de Yamaguchi donde los cónyuges tenían su residencia, iba a adquirir mucha notoriedad por su papel mediático como primera dama de Japón.
En 1988 Abe fue testigo muy directo, gracias al doble vínculo de intimidad, familiar y profesional, de la caída en desgracia de su padre, uno entre los numerosos dirigentes del Jiminto, con Takeshita en primer lugar y sin faltar tampoco el cabeza de la tercera facción en número de diputados, Kiichi Miyazawa (a la sazón ministro de Finanzas y otro aspirante a suceder a Nakasone en la lid del año anterior). Todos tuvieron que renunciar a sus cargos en el partido y el Gobierno por su implicación en el escándalo Recruit, un entramado de gratificaciones empresariales y bursátiles a cambio de favores políticos que convulsionó al país y que puso de relieve los cimientos corruptos de la larga hegemonía del Jiminto.
En diciembre de 1988 Shintaro Abe cesó como secretario general del partido y transcurridos unos meses su ascendiente interno pareció cobrar vuelo de nuevo. Sin embargo, era un hombre enfermo y en mayo de 1991 falleció a los 67 años de edad víctima de un cáncer hepático. La defunción del mayor de los Abe se produjo siendo el primer ministro Toshiki Kaifu, el recambio buscado por el Jiminto para intentar superar la crisis de credibilidad generada por el escándalo Recruit. Abe hijo subsanó su orfandad política colocándose bajo la protección del nuevo jefe de la facción Seiwa, Hiroshi Mitsuzuka, ministro de Exteriores por unos meses en 1989 y que en octubre de 1991 pugnó infructuosamente por la presidencia del partido en reemplazo del dimitido Kaifu y contra el veterano Miyazawa, convertido por tanto en el nuevo primer ministro. Cumplida una década de adiestramiento en las tareas burocráticas y de familiarización con los entresijos de una formación resuelta a perpetuarse en el poder, Abe, próximo a cumplir la cuarentena de edad, tenía pendiente la consecución de un mandato electoral en la Cámara de Representantes de la Dieta, sin el cual no podía aspirar a construir una verdadera carrera como político profesional.
La ocasión le llegó con motivo de las elecciones generales anticipadas del 18 de julio de 1993, a las que el Jiminto llegó tocado por la proliferación de escándalos de corrupción y las defecciones de quienes pedían a gritos una profunda regeneración y una nueva manera de hacer política, más honesta con los ciudadanos y libre de las perniciosas colusiones entre el partido, la burocracia estatal y los emporios empresariales y financieros del sector privado.
Abe se presentó por el distrito uninominal de Yamaguchi 4, la circunscripción de la familia, y salió elegido. El suyo fue uno de los 223 escaños que obtuvieron los liberaldemócratas, 52 menos que en los comicios de 1990; en otras palabras, perdieron la mayoría absoluta. Así que, por primera vez desde 1955, el Jiminto fue descabalgado del Ejecutivo por una heterogénea alianza de siete partidos entre los que se incluían dos agrupaciones nuevas, surgidas de sendas escisiones del oficialismo, el Nihon Shinto y el Shinseito, más los socialistas y los budistas del Partido del Gobierno Limpio (Komeito). Abe debutó en las tareas legislativas como miembro de la bancada opositora al frágil Gobierno de Morihiro Hosokawa, al que sucedió el todavía más efímero ejecutivo de Tsutomu Hata, los dos antiguos disidentes del partido y líderes respectivamente del Nihon Shinto (Nuevo Partido de Japón) y el Shinseito (Partido de la Renovación de Japón)
En junio de 1994 el Jiminto, con Yohei Kono de presidente y Yoshiro Mori de secretario general, empezó a recomponer la vieja supremacía al pactar con los socialistas (desde 1996, autodenominados socialdemócratas) de Tomiichi Murayama su retorno al Gobierno. En enero de 1996 los liberaldemócratas, bajo la presidencia ahora de Ryutaro Hashimoto, un barón de la facción Takeshita, ya estaban lo suficientemente fortalecidos como para volver a encabezar el Ejecutivo, que fue de coalición hasta las elecciones anticipadas del 20 de octubre, en las que el Jiminto enjuagó el mal sabor que había dejado el histórico varapalo de 1993 con una remontada hasta los 239 escaños. Para Abe, vencedor de nuevo con el 54,3% de los votos, fue la primera de sus cuatro reelecciones consecutivas hasta 2005. Aunque no se trataba de la codiciada mayoría absoluta, Hashimoto pudo continuar gobernando al frente de un Gabinete monocolor.
La reputación de Abe como político nacionalista, reacio a los gestos de compunción del Estado japonés por todo el daño que el Ejército Imperial había causado en Asia entre 1910 y 1945, tuvo uno de sus primeros asideros en la actuación del político como responsable de un panel de diputados dedicado a analizar la reforma de la asignatura de Historia que estudiaban los escolares nipones. Este comité parlamentario, creado en 1997, avaló un manual de historia para los alumnos de secundaria elaborado por la asociación de intelectuales conservadores Tsukurukai, que en 2001, tras ser aprobado por el Ministerio de Educación, iba a provocar mucha indignación en Corea del Sur y China debido a su cariz revisionista, ya que restaba magnitud a las atrocidades cometidas por las tropas japonesas de ocupación.
En 1999, tras un sexenio sin mucho lustre en el seno de la nutrida bancada parlamentaria del Jiminto, la parsimoniosa carrera política de Abe empezó a moverse hacia arriba. En la Cámara de Representantes fue nombrado responsable del Comité de Salud y Bienestar Social, y en el partido le fue encomendada la dirección de la División de Asuntos Sociales. Su salto al Gobierno se produjo al año siguiente, después de que Mori, actual cabeza de la facción Seiwa, sucediera como jefe del partido y primer ministro a Keizo Obuchi, el grisáceo líder de la facción Takeshita, el cual quedó incapacitado para el desempeño de sus funciones tras sufrir un ataque cardíaco que le sumió en un coma fatal. Tras ser investido en abril de 2000, Mori se rodeó de un equipo de colaboradores más jóvenes entre los que estuvo Abe, quien fue incorporado con el cargo de subsecretario jefe del Gabinete a un Gobierno mayoritario y de coalición con el Nuevo Komeito y el Partido Conservador (Hoshuto). En junio siguiente tocaron las elecciones generales y Abe renovó su escaño por Yamaguchi, donde solamente salió a retarle un candidato comunista, con el 71,7% de los votos
El politólogo fue confirmado en su puesto gubernamental por el reemplazo del impopular Mori desde el 26 de abril de 2001, Junichiro Koizumi. Número dos de la facción Seiwa, Koizumi llegó al poder con unas credenciales de reformista enérgico y heterodoxo, hostil a la vieja guardia liberaldemócrata y a las corruptelas tradicionales, así como de líder capaz de invertir la nueva tendencia electoral negativa del Jiminto, expuesta con una pérdida de 38 escaños en las generales del 25 de junio, donde la sensación fue el nuevo partido principal de la oposición, el Democrático o Minshuto, orientado al centroizquierda. Koizumi, inmensamente popular desde el primer momento por su estética transgresora y sus ademanes juveniles, quería también lanzar las transformaciones estructurales que la economía nacional, sumida en una aguda crisis de producción, deflación y deuda financiera, precisaba con urgencia.
Por cierto que en estas fechas resonaban con fuerza los ecos de la polémica suscitada por el libro de texto acusado de revisar en sentido indulgente los crímenes de guerra japoneses, un asunto que avinagró las relaciones con el Gobierno de Seúl. Abe sostenía la opinión, contraria a toda evidencia histórica, de que el Ejército Imperial no había obligado a decenas de miles de mujeres coreanas a prostituirse con sus soldados en los años de la ocupación colonial de la península vecina. También creía que el Estado, por boca de los gobernantes habidos desde los años ochenta, ya había emitido suficientes declaraciones de pesar y contrición, e incluso cuestionaba la legitimidad de los juicios que los aliados aplicaron al general Tojo y otros criminales de guerra, los cuales se saldaron en 1948 con varias condenas a muerte y a cadena perpetua.
En su caso, la aproximación a los juicios de posguerra parecía tener un trasfondo emocional, ya que su abuelo, el primer ministro Kishi, fue detenido por Estados Unidos y encarcelado durante tres años como sospechoso de crímenes de la clase A, es decir, crímenes contra la paz, por sus actividades en Manchuria, antes de ser puesto en libertad sin cargos. El nombre del nieto no estuvo ausente de la controversia suscitada en 2001 por el libro escolar. Un lustro más tarde, en vísperas de su elección como primer ministro, Abe iba a ser acusado por un colectivo de educadores y padres de alumnos de haber presionado, junto con otros colegas del partido y el Gobierno, al Ministerio de Educación para que diera luz verde al uso lectivo de un manual que, a fin de cuentas, fue adquirido por un número mínimo de centros de enseñanza.
Abe empezó a adquirir notoriedad pública en 2002 como coordinador y asesor de las negociaciones con el Gobierno de Corea del Norte sobre la repatriación temporal de los cinco ciudadanos japoneses que quedaban vivos del grupo de compatriotas raptados por agentes norcoreanos en las décadas de los setenta y ochenta. En septiembre de aquel año Abe acompañó a Koizumi en su histórica visita a Pyongyang para entrevistarse con el dictador comunista Kim Jong Il. Después, fue corresponsable y vocero de la decisión del Gobierno de Tokyo de impedir el retorno de los antiguos secuestrados a Corea del Norte, donde tenían familia. El reconocimiento por el régimen norcoreano de que mantenía un programa nuclear secreto, en violación del acuerdo suscrito con Estados Unidos en 1994, el inicio de una escalada de provocaciones centradas en la reanudación de las actividades atómicas y a continuación, en febrero y marzo de 2003, los ejercicios con misiles de corto alcance sobre el mar del Japón, municionaron las tesis de firmeza frente a Pyongyang que auspiciaban Abe y otros miembros del Gobierno.
Un conjunto de manifestaciones y actuaciones del político que, unido a sus estrechas relaciones con círculos neoconservadores del Jiminto y el mundo académico que demandaban la inculcación social de la noción de patriotismo, la conversión de Japón en un "país normal" en las materias de seguridad y de defensa, y la reposición en un primer plano de determinados valores del tradicionalismo shintoísta, fueron convirtiendo a Abe, a los ojos de la opinión pública, en un nacionalista duro y rebosante de derechismo. Al haber nacido después de la capitulación de 1945 y del tratado de paz de 1951, que puso término a la ocupación estadounidense del país, Abe, pensaban muchos, carecía del sentimiento de culpa o embarazo que había pesado en la actitud de los sucesivos primeros ministros habidos desde entonces.
Abe, al igual que su jefe, Koizumi, aunque obviamente con una repercusión mediática mucho menor habida cuenta de su posición subalterna, realizó varias visitas al santuario shintoísta de Yasukuni, en Tokyo, donde se rinde tributo a los caídos en todos los conflictos armados que han envuelto a Japón entre 1867 y 1945, y que acoge también los kamis o espíritus de los 14 jerarcas militares y civiles que tras la última contienda fueron condenados por crímenes de guerra y contra la paz. Las visitas anuales a Yasukuni del primer ministro levantaron fuertes recelos y protestas en China y Corea del Sur, que consideraban este recinto un símbolo del pasado imperialista y agresor de Japón. Koizumi daba alas a un enfoque nacionalista de la política exterior nipona firmemente asida a la alianza militar con Estados Unidos, como atestiguó el despacho en enero de 2004 de un millar largo de soldados a Irak en misión de asistencia humanitaria y logística. Su colaborador iba más allá y exponía unos puntos de vista que podían calificarse de chovinistas, imposibles de aceptar por los vecinos asiáticos y desde luego por muchos japoneses. Sin embargo, Abe, que se ganó el apelativo de Príncipe de los halcones, con su línea de plantar cara a Corea del Norte, era un político popular, según los sondeos.
Por otro lado, el subsecretario jefe del Gabinete apoyaba sin reservas, si no con ardor, el proyecto, por el momento inviable al carecer el Jiminto de la mayoría parlamentaria de dos tercios y en cualquier caso muy espinoso por no tener resuelto ese debate la pacifista sociedad japonesa, de enmendar el artículo 9 de la Constitución de 1947 con el objeto de convertir a las Fuerzas de Autodefensa (FAD), el sucedáneo de Ejército nacional impuesto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, en unas Fuerzas Armadas propiamente dichas capaces de participar en misiones de paz en el extranjero, dejando atrás la exclusividad del estatus defensivo.
La superación del gran tabú de la posguerra la justificaba Koizumi por las nuevas necesidades y riesgos de la seguridad nacional en el inquietante escenario abierto por los atentados del 11 de septiembre de 2001, donde convergían la guerra global al terrorismo islamista, las operaciones militares en Afganistán e Irak, la amenaza ciertamente verosímil que representaba el imprevisible régimen de Corea del Norte y hasta una posible amenaza por parte de China. Igualmente, Abe era firme partidario de cobijar a Japón bajo un escudo defensivo basado en sistemas antimisiles adquiridos a Estados Unidos. La lealtad de Abe a Koizumi, que se había ganado a pulso la imagen de un paladín solitario enfrentado a las principales facciones del partido por su determinación a acometer reformas estructurales de la envergadura de la segmentación y privatización de la Agencia de Correos (corporación pública que poseía una gigantesca red de cajas de ahorros postales, a través de la cual gestionaba el mayor fondo nacional de depósitos y seguros), le fue recompensada por su jefe el 21 de septiembre de 2003 con el nombramiento para un puesto de alto relieve político, la Secretaría General del partido, en la que reemplazó a Taku Yamasaki.
La promoción de Abe se produjo al día siguiente de ganar Koizumi frente a tres rivales internos la reelección como presidente del partido para el próximo trienio. Abe fue secretario general del partido hasta octubre de 2004, cuando Koizumi nombró para el puesto a Tsutomu Takebe, pero siguió involucrado en la reforma orgánica del Jiminto. Una vez salido airoso de su enésimo envite, tras más de dos años cuajados de malos tragos (pertinacia de la anemia económica, paro en torno al 5% de la población activa -una tasa traumáticamente alta para los estándares nipones-, crecimiento de las deudas del Estado, estancamiento de reformas clave por la oposición de los propios conmilitones, nuevos escándalos de corrupción en las filas liberaldemócratas, movimiento general de repudio a la participación con tropas en la posguerra irakí), el primer ministro puso a prueba el carisma que seguía conservando entre los japoneses disolviendo la Cámara de Representantes y adelantando al 9 de noviembre de 2003 las elecciones generales.
En los comicios de 2003 el Jiminto vio confirmada su primacía con el 43,8% de los sufragios y 237 diputados, cuatro más que en la edición de 2000, pero otros tantos por debajo de la mayoría absoluta, luego el Nuevo Komeito volvió a ser requerido como socio del Gobierno (el tercer aliado, el Nuevo Partido Conservador, heredero del Hoshuto, aceptó ser absorbido por el Jiminto). Esta vez, Abe fue reelegido en su circunscripción con el 79,7% de los votos. En agosto de 2005, no se habían cumplido dos años desde esas elecciones cuando Koizumi perdió, por culpa de la postura contraria de un grupo de legisladores de su propio partido, la crucial votación en la Cámara de Consejeros o Senado que debía alumbrar la privatización del sistema postal. Tal como había avisado en previsión de esta derrota, el primer ministro llamó a renovar la Cámara baja de la Dieta y de paso anunció que abandonaría el cargo al final del mandato para el que fue investido por el partido en 2003, es decir, en septiembre de 2006, independientemente del veredicto de las urnas.
El resultado de las votaciones del 11 de septiembre de 2005 superó todas las expectativas halagüeñas de los liberaldemócratas: con 296 escaños, uno de ellos, por quinta vez consecutiva, para Abe (reelegido con el 73,6%), el Jiminto recobró una holgada mayoría absoluta, sin precedentes desde 1986, y con la suma de los 31 puestos del Nuevo Komeito el oficialismo superaba la mayoría de los dos tercios, necesaria para puentear el veto de la Cámara alta a los proyectos de ley. Esta espectacular victoria desatascaba la aprobación de la reforma de los Correos y abría la puerta a la modificación del tan traído y llevado artículo 9 de la Constitución, que renunciaba expresamente a la guerra como "derecho soberano de la nación" y a la amenaza o el uso de la fuerza como "medios para resolver disputas internacionales", no reconocía el "derecho del Estado a la beligerancia" y abolía las Fuerzas Armadas de carácter permanente.
El 21 de septiembre de 2005 Koizumi fue investido por tercera y última vez primer ministro de Japón por la Dieta. El 31 de octubre nombró el nuevo Gabinete, en el que destacaban cuatro figuras: Abe, ascendido a secretario jefe, puesto de rango ministerial, muy conspicuo, que incluía la función de portavoz del Gobierno y en el que relevaba a Hiroyuki Hosoda, hasta ahora su directo superior; Taro Aso, nuevo ministro de Asuntos Exteriores y nieto del ex primer ministro Shigeru Yoshida; Heizo Takenaka, máximo ejecutor del programa de reformas domésticas, que pasaba del Ministerio de Políticas Económica y Fiscal al de Asuntos Internos y Comunicaciones (desocupado por Aso), pero conservando la oficina de Privatización del Sistema Postal; y Sadakazu Tanigaki, titular de Finanzas desde 2003, miembro de la facción Kochikai y partidario de elevar la presión fiscal.
Desde ya podía asegurarse que el sucesor de Koizumi en el plazo de un año iba a salir de este cuarteto de altos oficiales, con la adición de un quinto: Yasuo Fukuda, hijo de Takeo Fukuda y secretario jefe del Gabinete entre 2000 y 2004, una de cuyas señas de identidad era el rechazo a las polémicas visitas del primer ministro a Yasukuni. Aunque Koizumi se guardó, a diferencia de sus predecesores, de señalar a un delfín o favorito personal, Abe aparecía como el aspirante más adelantado. Sus posibilidades se incrementaron el 21 julio de 2006 al anunciar Fukuda, con 70 años recién cumplidos, que se retiraba de la competición. Esta autoeliminación empujó a la facción Seiwa, ahora mismo, con 86 parlamentarios, la más potente del partido y dentro de poco encabezada por el ex ministro de Exteriores (2004-2005) Nobutaka Machimura, a brindar su respaldo a Abe.
De hecho, así lo hicieron la mayoría de las nueve facciones que funcionaban en ese momento, lo que convertía al secretario jefe del Gabinete en un ganador prácticamente seguro. A mayor abundamiento, los sondeos periodísticos coincidían en señalarle como el primer ministro que querían las japoneses ahora que Koizumi decía adiós. El 4 de agosto la prensa doméstica publicó que Abe había visitado Yasukuni en abril anterior. El secretario jefe del Gabinete confirmó ese desplazamiento, pero lo revistió de un carácter estrictamente personal.
El 1 de septiembre de 2006 Abe lanzó oficialmente su candidatura a la jefatura del partido con un abanico de propuestas que podían considerarse continuadoras de las políticas y visiones de Koizumi. Su principal objetivo era hacer de Japón un país "fuerte y confiable", y para ello aplicaría una "diplomacia asertiva" que priorizara los intereses nacionales y, yendo hombro con hombro al lado de Estados Unidos, fuera enérgica frente a los últimos gestos belicosos de Corea del Norte (disparo el 5 de julio de siete misiles balísticos sobre el mar del Japón, a lo que Koizumi iba a responder de aquí a unos días con un paquete de sanciones económicas), país con el que no habría relaciones diplomáticas hasta que se arreglara la disputa sobre los ocho ciudadanos japoneses raptados y entrenados para servir de espías que Pyongyang daba por muertos pero que Tokyo creía vivos.
Con el objeto de que Japón pudiera ejercer sin ataduras su derecho a la autodefensa colectiva en un ámbito global y situar su peso político en la escena mundial al nivel de su influencia económica, la Constitución pacifista del país tendría que ser revisada y corregida por la Dieta, sobre la base de un borrador de texto enmendado que ya había elaborado el Jiminto. "Ha llegado la hora para nuestra generación, que no ha vivido la guerra, de asumir la responsabilidad de liderar el país", afirmó Abe. Él veía a Japón como "una nación bonita", expresión contenida en el título de un libro de reflexiones publicado en el mes de julio con gran éxito de ventas. En Hacia una nación bonita (Utsukushii Kuni e), el político sostenía que Japón podía estar orgulloso de sus tradiciones, su cultura y su historia, y, lejos de retractarse de sus polémicas opiniones sobre el pasado más ominoso del país, insistía en la tesis de que los reos de la clase A juzgados por el Tribunal de Tokyo en 1948 no eran criminales de ninguna índole de acuerdo con el derecho nacional de la época.
Por otro lado, con Abe al timón, el camino de las reformas económicas y estructurales emprendido por Koizumi, que buscaba el saneamiento financiero y el achicamiento del Estado, continuaría su curso. Se mantenía en pie el objetivo de obtener el equilibrio presupuestario en 2011. Para alcanzar esta meta, Abe era partidario de una receta conservadora clásica: recortar el gasto. El aspirante agregó que si era elegido presidente del Jiminto con mandato hasta 2009, abandonaría la facción Mori y adoptaría un estatus "independiente", tal como había hecho su predecesor, y que a la hora de nombrar a los miembros del Gobierno no se sometería a las recomendaciones de facción alguna. El único punto destacado donde Abe discrepaba con Koizumi era el de la controversia sobre la sucesión en el trono imperial; aquí, el secretario jefe del Gabinete no era partidario de abolir la ley sálica y permitir así a las mujeres ser emperatrices de Japón.
El 9 de septiembre (tres días después de nacer el príncipe Hisahito, cuya condición de varón y por ende tercero en la línea de sucesión al trono congeló el plan de reforma gubernamental que habría convertido a su prima cinco años mayor, la princesa Aiko, hija de príncipe heredero Naruhito, en la garante de la continuidad dinástica) el primer ministro saliente rompió su silenciosa neutralidad al anunciar que su voto iba a ser para Abe. La votación efectuada el 20 de septiembre por una asamblea liberaldemócrata integrada por los 403 parlamentarios de las dos cámaras de la Dieta y 300 representantes de las prefecturas no deparó sorpresas: Abe, en la víspera de su 52 cumpleaños, arrolló con 464 votos a sus dos contrincantes, los ministros sexagenarios Aso y Tanigaki, que reunieron 136 y 102 votos, respectivamente. Un voto fue computado como inválido. Seis días más tarde, la Cámara de Representantes investía a Abe primer ministro con 339 votos frente a los 115 emitidos a favor del jefe de la oposición, Ichiro Ozawa, presidente del Minshuto. En la votación realizada por la Cámara de Consejeros, meramente protocolaria, el resultado fue de 136 y 85 votos.
Acto seguido, Abe tomó posesión de la jefatura del Gobierno y presentó a sus 17 ministros, 11 de los cuales, eran debutantes. Únicamente Taro Aso, en Exteriores, retenía la cartera. Obtenían representación las siete facciones del partido que le habían respaldado y se quedaba sin cuota la facción liderada por Tanigaki, su otro contrincante en la elección interna. El Komeito siguió teniendo un ministerio, el de Tierras, Infraestructuras y Transportes. Además, Abe nombró a cinco asesores con rango ministerial. La más relevante de estas asesorías, la de Seguridad Nacional, fue para la diputada Yuriko Koike.
El flamante primer ministro, el más joven de los habidos en Japón desde 1941, reiteró que la alianza con Estados Unidos era un pivote esencial de la seguridad y la política exterior japonesas, y que urgía reformar la Constitución pacifista para fortalecer la defensa nacional. Asimismo, anunció que su gobierno iba a continuar por la senda del relanzamiento económico y la austeridad presupuestaria, a perseguir la obtención del asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y a volcarse en la sutura de las heridas abiertas en los tratos con Corea del Sur y China, tras un lustro de desencuentros por las polémicas en torno a los manuales escolares y las visitas al Santuario Yasukuni.
Abe arrancó su mandato como residente oficial del edificio Kantei prodigando gestos voluntariosos y disfrutando de unas altas cotas de popularidad. Ahora bien, el ambiente inaugural no permitía sospechar que justo un año más tarde el primer ministro iba a sucumbir arrollado por una fenomenal catarata de reveses, poniendo colofón a uno de los gobiernos más breves y decepcionantes de la posguerra en Japón. Incluso sus primeros y prometedores pasos de política exterior se vieron ensombrecidos por circunstancias ajenas a su voluntad. El 3 de octubre, luego de anunciarse sendas visitas del gobernante a China (la primera de un dirigente nipón al gigante asiático desde 2001, amén de que nunca antes un primer ministro debutante había escogido este destino para su primera salida al extranjero) y a Corea del Sur para normalizar las relaciones bilaterales, el régimen norcoreano informó al mundo de que en breve realizaría un ensayo nuclear subterráneo.
El 8 de octubre Abe sostuvo un cordial encuentro con los dirigentes chinos en Beijing, al cabo del cual las dos partes abundaron en las expresiones optimistas sobre el nuevo curso de las relaciones sino-japonesas y manifestaron su "profunda preocupación" por el programa nuclear de Corea del Norte. En la jornada siguiente, Abe volaba hacia Seúl para entrevistarse con el presidente Roh Moo Hyun cuando le sorprendió la noticia de que Pyongyang acababa de realizar su primer test nuclear. La reacción del líder japonés ante este perturbador hecho, golpe demoledor a los esfuerzos internacionales para frenar la proliferación nuclear, fue, como en la mayoría de los gobiernos mundiales, de consternación, pero él además fustigó duramente a Pyongyang por un ejercicio militar "imperdonable" que arrastraba a la región "a una nueva y peligrosa era nuclear".
También, urgió al Consejo de Seguridad de la ONU a que tomara "acciones valientes" contra Corea del Norte y subrayó la necesidad de profundizar la cooperación con Estados Unidos para el desarrollo conjunto, iniciado en 1998, de un sistema antimisiles balísticos con interceptores tierra-aire y mar-aire. Una vez en casa, donde la población no escatimaba las muestras de preocupación y repudio al desafío norcoreano, Abe ordenó la imposición de sanciones comerciales y marítimas a Pyongyang, medida unilateral que iba más allá del embargo armamentístico, el embargo de productos de lujo y la congelación de activos financieros aprobados por el Consejo de Seguridad de la ONU pocos días después.
Represalias económicas aparte, la amenazadora escalada de los norcoreanos fue aprovechada por Abe para poner en marcha con un sólido respaldo popular, mientras duraban la indignación y el desasosiego de la opinión pública, su plan de reorganizar la Defensa nacional como paso previo a la reescritura de la Carta Magna. El objetivo declarado era dejar atrás el "pacifismo defensivo" al que Japón se había visto abocado tras perder la guerra en 1945. La prueba nuclear del 9 de octubre, unida al arsenal de misiles de diverso alcance con que ya contaba Corea del Norte, ponía crudamente de relieve los peligros militares a que Japón, un país que con las actuales leyes no podía dotarse de misiles de largo alcance, portaaviones, unidades anfibias, bombarderos estratégicos y fuerzas aerotransportadas en número significativo (es decir, no estaba equipado para ejercer una defensa de carácter preventivo y menos emprender acciones ofensivas), hacía frente en su entorno más cercano.
Abe se mantuvo algo ambiguo sobre el alcance preciso de la reforma militar en marcha, aunque, saliendo al paso de unas palabras del ministro Aso sobre la posibilidad de abrir este delicado debate nacional, descartó expresamente que Japón pudiera dotarse algún día de armamento nuclear propio; no había necesidad, pues el compromiso de Estados Unidos con la defensa estratégica de las islas, contenido en el Tratado de 1960 y ahora expandido con el desarrollo conjunto del sistema de antimisiles PAC-3 y SM-3 instalados en lanzaderas terrestres móviles y a bordo de buques, era más firme que nunca.
El 30 de noviembre, días después de asistir Abe a la Cumbre de la APEC en Hanoi, donde sostuvo una reunión trilateral con los presidentes Roh de Corea del Sur y George Bush de Estados Unidos, la Cámara de Representantes dio alcance legislativo a los deseos del primer ministro al aprobar la transformación de la Agencia de Defensa de Japón, que era un órgano gubernamental, en un auténtico Ministerio de Defensa. Como resultado, el 9 de enero de 2007 el director general de la Agencia de Defensa con rango de ministro de Estado, Fumio Kyuma, se convirtió en ministro de Defensa, el primero en 61 años. Ahora bien, las Fuerzas de Autodefensa iban a conservar su denominación, pues cualquier cambio de nombre encaminado a superar el carácter autodefensivo de las tropas japonesas sería percibido en China y otros estados de Asia como un signo hostil, de renacimiento del militarismo nipón.
Días después, en el curso de una histórica visita al cuartel general de la OTAN en Bruselas, Abe aseguró a los aliados occidentales que su país ya no se sentía coartado para enviar soldados fuera del país en misiones internacionales de paz. "Japón va a reforzar su cooperación con la OTAN frente a las amenazas globales y contribuirá de forma significativa no solo con la OTAN, sino en el resto del mundo", declaró el primer ministro en la capital europea. Sin embargo, incluso antes de estas muestras de dinamismo en la esfera de la seguridad y la defensa, Abe comenzó a encajar serios contratiempos de política doméstica. A la vez, vio desplomarse su popularidad, que había alcanzado el 70% cuando la toma de posesión, a una velocidad pasmosa.
En diciembre, el Minshuto y otros tres partidos presentaron en la Dieta sendas mociones de censura contra él y Aso al calor del escándalo desatado a raíz de saberse que desde 2001 el Ejecutivo había mantenido un montaje de adhesión ciudadana al plan de reforma educativa que perseguía inculcar en los estudiantes los valores del "amor al país" y el "espíritu público" (así, funcionarios del Gobierno habían pagado a personas para que formularan preguntas a los oradores en el curso de las giras de explicación de la reforma en las prefecturas, o bien ellos mismos se habían hecho pasar por paisanos interesados en aquella), y también de la polémica desatada por el ministro de Exteriores al sugerir que Japón, disponiendo de esa capacidad, podría plantearse adquirir una fuerza de disuasión nuclear.
Las públicas disculpas de Abe, quien reconoció el burdo operativo de relaciones públicas para vender la reforma educativa en aras de un nuevo patriotismo en la escuela (el primer ministro, contrito y sonrojado, anunció que él y otros cuatro miembros del Gabinete dejarían de percibir sus salarios durante tres meses a modo de sanción), y la rápida corrección de Aso, quien se desdijo de sus insinuaciones pronucleares, no aplacaron a la oposición, que lanzó sus mociones a sabiendas de que no tenía ninguna posibilidad de ganarlas, pero consciente de su daño erosivo. El 15 de diciembre el oficialismo derrotó las mociones a la vez que la Cámara de Consejeros daba luz verde a la reforma educativa y de paso a la transformación de la Agencia de Defensa.
2006 no terminó sin nuevos sobresaltos, las dimisiones seguidas de un alto funcionario tributario del Gobierno, Masaaki Homma, por haber alojado a una amante en un apartamento oficial para uso exclusivo de él, y del ministro de Reforma Administrativa, Genichiro Sata, tras saberse que un grupo de apoyo a su campaña para la obtención del escaño en la Dieta estaba envuelto en prácticas de contabilidad fraudulenta. Al empezar 2007, el que dio la nota fue el titular de Sanidad, Hakuo Yanagisawa, quien enfureció a las japonesas al referirse a sus paisanas como "máquinas de parir" que estaban obligadas a "hacer todo lo posible" para frenar la declinante tasa de natalidad del país.
A principios de marzo de 2007 Abe mismo protagonizó una torpe controversia en relación con los viejos crímenes del Ejército Imperial Japonés que dañó su credibilidad. A vueltas con el triste capítulo histórico de las aproximadamente 200.000 mujeres coreanas, chinas y de otras nacionalidades forzadas a prostituirse en burdeles militares y tratadas como esclavas sexuales por las tropas japonesas en la Asia ocupada en las décadas de los treinta y cuarenta del pasado siglo (decenas de las cuales seguían vivas y daban periódica cuenta de sus estremecedores testimonios), puesto ahora sobre el tapete por un comité de audiencias del Congreso de Estados Unidos, el primer ministro salió al paso para asegurar que no existía "ninguna prueba" de semejante coerción en masa y que su Gobierno no haría una petición especial de perdón.
El mentís de Abe era coherente con su postura sobre el particular, bien conocida, pero chocaba con una declaración de reconocimiento y disculpa ya emitida por el Gobierno japonés en 1993 a través del jefe del Gabinete en aquel momento, Yohei Kono. Además, en el actual proceso de mejora de relaciones diplomáticas con Corea del Sur y China, el negacionismo del primer ministro, dirigido al Congreso estadounidense, resultaba claramente contraproducente. Por si fuera poco, Abe realizó sus afirmaciones a las pocas horas de declarar el presidente Roh desde Seúl día de celebración nacional el aniversario del alzamiento coreano de 1919 contra la dominación colonial nipona. El mandatario surcoreano indicó que Tokyo, por mucho que quisiera ocultar el pasado, no tenía más remedio que asumir la verdad de las atrocidades cometidas contra el pueblo coreano en la primera mitad del siglo XX. Vista la polvareda levantada, el 11 de marzo Abe rectificó sus polémicos comentarios declarando su adhesión a la declaración de arrepentimiento de 1993. "Hemos estado pidiendo nuestras más sinceras disculpas a las llamadas mujeres de consuelo, que sufrieron profundos daños emocionales y soportaron dificultades extremas", dijo el primer ministro.
En abril, con los niveles de aceptación popular muy deteriorados, Abe disfrutó de un respiro con los buenos resultados obtenidos por su partido en las elecciones a gobernadores, asambleas de prefectura y alcaldes. El 11 de abril, entre vuelta y vuelta de los comicios locales, el primer ministro chino, Wen Jiabao, devolvió a su par japonés la visita prestada en octubre. El primer desplazamiento a Tokyo de un máximo dirigente chino en siete años confirmó que las fricciones generadas por las reiteradas visitas de Koizumi a Yasukuni estaban superadas. A partir de aquí, todo fueron malas noticias para Abe, que este mismo mes compartió la conmoción general por el asesinato, a manos al parecer de un sicario mafioso, del alcalde de Nagasaki, Iccho Ito, cuando hacía campaña para su cuarto mandato. El magnicidio de Ito, perteneciente al ala más liberal y antimilitarista del Jiminto, fue calificado por su jefe de filas como un "desafío a la democracia".
Semanas después, a finales de mayo, una doble tragedia mortal volvió a estremecer la política nacional al producirse, con horas de diferencia entre sí, los suicidios del ministro de Agricultura, Bosques y Pesca, Toshikatsu Matsuoka, y del ex director de la Agencia de Recursos Verdes, dependiente de ese departamento, Shinichi Yamazaki. Matsuoka, sobre el que desde hacía meses se cernía la sombra de la corrupción y que ahora mismo era blanco de unas acusaciones de malversación de fondos, se quitó la vida por ahorcamiento cuando debía comparecer ante una comisión parlamentaria para dar cuenta de unas abultadas facturas, endosadas al Estado, por unos gastos de acondicionamiento en su pequeña oficina de trabajo en Tokyo. El suicidio de Matsuoka fue un duro golpe para Abe porque él lo había nombrado y lo había defendido en la Dieta de las acusaciones de corrupto aventadas por la oposición. En cuanto a Yamazaki, este se tiró desde un balcón justo después de ser interrogado por su implicación en otro escándalo, que afectaba también a Matsuoka, sobre una presunta licitación amañada para la construcción de una carretera.
Julio de 2007 fue un mes verdaderamente funesto para Abe. Primero, el día 4, el ministro de Defensa, Fumio Kyuma, se vio obligado a renunciar a causa de un comentario en el que parecía justificar ("eran inevitables") los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en 1945, lo que motivó la reacción airada de víctimas y familiares. Abe colocó en su lugar a Yuriko Koike, primera mujer al frente del departamento de Defensa. Sin solución de continuidad, estalló un escándalo de mucha mayor magnitud, inconcebible para el rigor y la tecnificación japoneses: resultaba que la Seguridad Social había "perdido", debido a un error de codificación informático, nada menos que 50 millones de expedientes de cotizantes al sistema público de pensiones. Aunque el desaguisado burocrático venía de muy atrás y Abe no era responsable del mismo, el daño para el Gobierno ya estaba hecho.
Con este reguero de escándalos y meteduras de pata, más la percepción por el electorado de la escasa sensibilidad social del reformismo que tanto pregonaban los liberaldemócratas, el Jiminto se temió lo peor en las elecciones parciales del 29 de julio a la Cámara de Consejeros, la Cámara alta de la Dieta. En efecto, el partido en el poder retrocedió a los 83 escaños sobre 247 y, por primera vez, quedó en minoría frente a la oposición encabezada por el Minshuto, que se colocó en primer lugar con 109 escaños.
La humillante debacle electoral arrojó directamente a la cuerda floja a Abe, que se reconoció como el "único responsable de la estrepitosa derrota", pero eludió la opción dimisionaria, planteada por no pocos miembros desolados del partido. Sí tomó ese paso Hidenao Nakagawa, el secretario general del Jiminto. Nakagawa había sido nombrado para el cargo orgánico por Abe nada más ser elegido este presidente de la formación en septiembre de 2006. Estaba considerado un lugarteniente de la máxima confianza, la mano derecha de primer ministro. "He decidido quedarme porque no podemos permitirnos crear un vacío político y para seguir adelante con las reformas que garanticen la recuperación económica", explicó Abe, quien también rechazó la posibilidad de convocar elecciones anticipadas a la Cámara baja, como ya le pedían desde las bancadas opositoras y desde diversos medios de comunicación. Pese a su declaración de intenciones, lo cierto era que el dirigente conservador estaba irremisiblemente tocado, y en el partido ya empezaron a detectarse movimientos que auguraban una pugna por el liderazgo.
La presión sobre Abe se acentuó el 1 de agosto con la dimisión de Norihiko Akagi, el ministro de Agricultura que solo llevaba dos meses en el puesto. Al igual que su malhadado predecesor, Matsuoka, Akagi había sido elevado a la picota por unos gastos oficiales desmesurados que se mostraba incapaz de justificar. El 27 de agosto, en un intento aparente de recobrar la iniciativa política y la confianza popular, Abe acometió una remodelación gubernamental que la opinión pública percibió más bien como una maniobra desesperada de supervivencia, atrincherándose tras un grupo de escuderos, pues los nuevos ministros eran veteranos de la vieja guardia que, al menos de puertas hacia fuera, hacían piña con el atribulado primer ministro. Ahora mismo, solo el 22% de los encuestados aprobaba la gestión del Ejecutivo.
En el Ministerio de Exteriores fue recuperado Nobutaka Machimura, el nuevo jefe de la facción Seiwa. Aso se marchó del Gobierno para asumir la Secretaría General del partido con la misión de remover la inquietud y el desconcierto generados por la histórica pérdida de la mayoría en la Cámara de Consejeros, aunque esta mudanza también daba a entender que Aso se preparaba para una sucesión inminente en el liderazgo del partido. En Defensa, Masahiko Komura, asimismo un antiguo titular de Exteriores, tomó el relevo a la brevísima Yuriko Koike. En Finanzas, Fukushiro Nukaga, un oficial con un historial de imputaciones de sobornos, hizo lo propio con Koji Omi. Y como secretario jefe del Gabinete se estrenó Kaoru Yosano en lugar de Yasuhisa Shiozaki.
El baile de rostros en el Gobierno no sirvió de nada, ya que interminable secuencia de escándalos saldados en dimisiones sumó y siguió con ímpetu redoblado. El 1 de septiembre, el cuarto ministro de Agricultura habido en los 11 meses de vida del Gabinete Abe, Takehiko Endo, nombrado tan solo cinco días atrás en sustitución de Masatoshi Wakabayashi (a su vez el sucesor interino de Norihiko Akagi), admitió que en 1999 había exagerado los daños sufridos en una inclemencia meteorológica por una cooperativa agrícola que regentaba para cobrar más indemnizaciones del Gobierno. El 3 de septiembre Abe ya tuvo sobre la mesa la primera carta de renuncia de su Gobierno recién remodelado. Wakabayashi volvió para cubrir la baja del ministro de más corto recorrido del que se tenía memoria. La situación se tornó más grotesca si cabe cuando el propio Wakabayashi, a las primeras de cambio, tuvo que salir a desmentir unos informes periodísticos que le señalaban como sospechoso de recibir financiación ilegal de un amigo dueño de una asociación de pescadores que recibía subsidios del Estado.
Por si esto no fuera suficiente, la nueva viceministra de Exteriores, Yukiko Sakamoto, resignó también porque su equipo de campaña había colado facturas falsas a los informes de gastos electorales facilitados en 2004 y 2005. Desde la oposición, Ozawa y los demócratas se desgañitaban en la demanda de elecciones generales anticipadas. Más aún, el Minshuto, haciendo valer su nuevo control sobre la Cámara de Consejeros, se negaba a apoyar la enésima prórroga de la Ley Especial de Medidas Antiterroristas que daba cobertura a la misión de la Fuerza de Autodefensa Marítima en el océano Índico, donde una flotilla de buques nipones venía prestando asistencia logística a las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN desplegadas en Afganistán desde los atentados del 11-S. El plazo de operatividad de esta misión expiraba el 1 de noviembre.
Llegado este punto de caos gubernamental y parálisis legislativa, Abe se rindió, de manera abrupta. El 12 de septiembre de 2007, faltando 14 días para cumplir su primer año en el poder, el primer ministro, con semblante grave, compareció en rueda de prensa para anunciar que dimitía ante la "falta de confianza de la opinión pública" en su gestión y por la derrota electoral de julio y los obstáculos a la renovación de la misión naval en el Índico. Asimismo, el cesante pidió a su partido que buscara "lo antes posible" un sucesor y evitar así "un vacío de poder". El proceso de elección del nuevo presidente del Jiminto y por tanto del nuevo primer ministro de Japón se puso en marcha; Taro Aso, bien identificado con las políticas derechistas de Abe, era el claro favorito.
A Abe, jefe del Gobierno por unos días más, le pasó factura física la tensión vivida en los últimos meses, tal que en la jornada posterior al anuncio de su partida tuvo que ingresar en un hospital de Tokyo con un cuadro médico de agotamiento extremo, estrés y trastorno digestivo. El 24 de septiembre, desde el hospital, el convaleciente, al más puro estilo japonés, pidió disculpas a todos los ciudadanos por "no haber podido colmar las expectativas del pueblo" y por el mal momento elegido para dimitir, dos días después de pronunciar en la Dieta su discurso sobre política general con motivo del nuevo período parlamentario de sesiones. Había sido un movimiento intempestivo, pero urgido por sus problemas de salud, se excusó. El 25 de septiembre la dimisión de Abe fue efectiva y la Cámara de Representantes invistió primer ministro al moderado y provecto (71 años) Yasuo Fukuda, inesperado ganador sobre Aso de la elección interna celebrada por el Jiminto el 23 de septiembre después de asegurarse el apoyo de las principales facciones del partido. El relevo oficial tuvo lugar el 26 de septiembre, al año exacto de la asunción de mando en Kantei.
Shinzo Abe, en adelante circunscrito a la condición de diputado, se mantuvo alejado del proscenio durante un lustro. En todo este tiempo, el ex primer ministro asistió circunspecto a los turbulentos avatares, políticos, económicos, financieros y hasta medioambientales (la devastación sísmica de 2011 y el subsiguiente desastre nuclear de Fukushima) experimentados por Japón, una potencia con signos de declive atrapada por un buen número de inercias perniciosas y sumida en una crisis de características generales. En estos cinco años el país registró una fragilidad gubernamental sin precedentes y mediada, pero ni muchísimo menos atajada, por el histórico cambio electoral de guardia de 2009, mientras la economía languidecía presa de la inflación negativa, la población envejecía rápidamente y la deuda pública alcanzaba unos niveles astronómicos, los mayores del mundo.
Abe -y nadie- no lo sospechaba entonces, pero su brusca dimisión en septiembre de 2007 marcó el inicio de un período de inestabilidad política sin parangón en el que los primeros ministros, primero los liberaldemócratas y luego los demócratas, fueron consumiéndose al ritmo de uno por año. El septuagenario Fukuda, pese a una serie de logros primerizos en las políticas doméstica y exterior, pagó su nulo carisma y el torrente de críticas a su falta de ideas para parar la aguda recesión económica que se le vino encima a Japón con la renuncia al cargo en septiembre de 2008. Los liberaldemócratas, preocupadísimos por lo que pudiera sucederles en las elecciones generales de 2009, depositaron sus esperanzas en Aso, pero este veterano conservador con fama de enérgico demostró ser tan inhábil como su predecesor.
Al comenzar 2009 el Jiminto estaba hundido en el descrédito tras demasiados años de escándalos de corrupción, prácticas opacas, endogamia, nepotismo y, evidente desde la marcha de Koizumi, falta de reflejos, eficacia y liderazgo a la hora de lidiar con la tremenda crisis económica (el año iba a terminar con una contracción del 5,5% del PIB), el descontrol del déficit (rumbo al 8% anual) y la deuda (camino del 200%) públicos, y el aumento del paro, que se aproximaba al 6%, una tasa que a los japoneses, acostumbrados al pleno empleo, les parecía una abominación. El electorado estaba enfadado y angustiado porque nada parecía marchar bien en el país.
Todo estaba listo para que el 30 de agosto de 2009 el Jiminto sufriera un descalabro histórico, mucho peor que el de 1993 (cuando a fin de cuentas solo perdió la mayoría absoluta) tras 54 años de dominio casi sin interrupción. Aquel día, el Minshuto llevó a su redil las ansias de cambio y renovación de los japoneses y cosechó una mayoría absoluta de 308 representantes. Abe, que iba para su sexto mandato en la Dieta, fue uno de los 119 candidatos liberaldemócratas que se salvó de la quema, y lo hizo con un resultado sobresaliente en su feudo de Yamaguchi, con un 64,3% de los votos que más que duplicó las papeletas recogidas por su adversaria centrista, Takako Tokura. No tuvieron igual suerte 180 compañeros de lista, barridos fundamentalmente en los distritos uninominales. El 16 de septiembre el líder de los demócratas, Yukio Hatoyama, fue investido primer ministro en coalición con los socialdemócratas del Shaminto.
Abe se mantuvo al margen de la competición interna para elegir al sucesor de Aso, el líder bajo cuyo mando el partido había sido condenado a la oposición por toda una legislatura, como presidente del Jiminto. El vencedor de la contienda fue, el 28 de septiembre, Sadakazu Tanigaki, el antiguo ministro de Finanzas con Koizumi que en 2006 había rivalizado con Abe y que posteriormente había sido repescado para el Gabinete por Fukuda.
Lo que a continuación sucedió con el Minshuto, para desolación de millones de electores que le habían votado y forzado la alternancia en el Gobierno, fue como un calco de los tres últimos años de oficialismo liberaldemócrata, a saber: marasmo económico y financiero, escándalos de corrupción, pasos en falso, promesas incumplidas, sensación de inepcia y, sobre todo, una alarmante falta de liderazgo nacional. Hatoyama, incapaz de plasmar algunas de sus promesas de alivio social y estímulo fiscal bajo la presión del déficit y la deuda, y abrumado por las críticas tras aceptar mantener la presencia militar estadounidense en Okinawa, hizo mutis en junio de 2010. Su sucesor, Naoto Kan, aguantó hasta agosto de 2011, después de imponer una impopular disciplina fiscal que rehuía la emisión de bonos del tesoro, perder las elecciones a la Cámara alta y tener que bregar con la inmensa catástrofe del terremoto y tsunami del 11 de marzo de 2011, a cuyo aterrador balance de daños directos hubo de sumarse la cadena de accidentes nucleares, con contaminación radioactiva de alcance incierto, en la planta de Fukushima.
Como Hatoyama, Kan fue abrasado por las críticas, en su caso centradas en la gestión de la crisis nuclear. El tercer primer ministro consecutivo de los demócratas fue Yoshihiko Noda, quien tomó el testigo en un clima nada propicio para concebir ilusiones. Con Tanigaki, el Jiminto comenzó un renacer que no se nutría del atractivo del nuevo liderazgo opositor sino del imparable desgaste del Gobierno del Minshuto. En las elecciones parciales de julio de 2010 a la Cámara de Consejeros los liberaldemócratas ganaron el mayor número de escaños (51 de los 121 renovados ahora, aunque en el cómputo global no recobraron la mayoría). En junio de 2011, animados por las divisiones internas en el Minshuto, intentaron tumbar a Kan con una moción de censura, sin resultado. En enero de 2012 los sondeos de intención de voto ya pusieron por delante al Jiminto sobre su adversario.
En junio de 2012 Tanigaki tendió una rama de olivo a Noda, apurado por la rebeldía de la facción demócrata de Ozawa, en aras de un consenso básico: la principal fuerza de la oposición apoyaría la subida progresiva del IVA del 5% al 10% hasta 2015, justificada por Noda para asegurar las prestaciones sociales en mitad de la reconstrucción tras el tsunami, a condición de que tan pronto como la Dieta aprobara la reforma fiscal el Ejecutivo convocase el adelanto para el otoño de las elecciones generales que en principio debían celebrarse en 2013. El 10 de agosto, luego de hacerlo la Cámara baja, la Cámara alta aprobó la subida del IVA gracias al voto del Jiminto, que en la víspera auxilió también a Noda al frustrar una moción de censura en la Cámara de Representantes lanzada por un colectivo de pequeños partidos opositores y por la facción cismática de Ozawa. Ahora, sin embargo, Noda, presionado por dirigentes de su partido temerosos del veredicto de las urnas, se echó atrás en su vaga promesa de anticipar los comicios de manera inmediata, lo que enfureció a los liberaldemócratas, que declararon un boicot legislativo en la Cámara de Representantes.
Tanigaki pensaba que iba a ser reelegido sin oposición en la elección interna, obligada cada tres años y a celebrar en septiembre, como presidente del Jiminto, pero se topó con un pelotón de contrincantes, el más destacado de los cuales, por tratarse del único que tenía experiencia como primer ministro, era Abe. En los últimos meses, el ex gobernante venía destapando sus ambiciones y poniendo sus viejas cartas nacionalistas sobre la mesa al exigir a Noda que se mantuviera muy firme en la nueva disputa abierta con China por la titularidad de las islas Senkaku (llamadas Diaoyu por los chinos), un minúsculo archipiélago de peñascos deshabitados al sudoeste de las islas Ryukyu, no lejos del continente y de Taiwán, en el mar de la China Oriental. Las Senkaku, con reservas petroleras submarinas en sus inmediaciones, estaban efectivamente controladas por Japón, pero tanto la República Popular de China como Taiwán las reclamaban como parte de sus territorios.
A principios de septiembre, para reafirmar la soberanía nipona sobre el archipiélago, que administrativamente pertenecía a la prefectura de Okinawa, el Gobierno Noda anunció que se disponía a cerrar la compra de los islotes para el Estado a su dueño privado, la familia Kurihara. Este hecho, junto con el anterior desembarco, en agosto, de activistas japoneses portando banderas nacionales (en respuesta a una acción idéntica por parte de nacionalistas chinos y hongkoneses), motivó la enérgica protesta de las autoridades comunistas de Beijing, que intensificaron las maniobras navales en la zona, y enardeció a la opinión pública de China, escenario desde hacía meses de ruidosas manifestaciones antiniponas.
Por si no había suficiente marejada regional, Tokyo tenía enfadado al Gobierno de Seúl por otra disputa de soberanía marítima, la de las rocas Liancourt, llamadas Takeshima por Japón y Dokdo por Corea del Sur, situadas en el mar del Japón (mar del Este para los coreanos). Y, en añadidura, seguía intacta la percepción de la amenaza que representaban los disparos norcoreanos de misiles de alcance medio y la capacidad nuclear adquirida por el régimen de Pyongyang, vuelta a demostrar por el test de 2009. Las resistencias de Noda a adelantar las elecciones a cambio del apoyo opositor a la subida del IVA, la inminente recaída en la tercera recesión económica en cuatro años (el dato fue oficial en diciembre, cuando se confirmó que el PIB había retrocedido dos trimestres consecutivos entre abril y septiembre) y la escalada de tensiones con los países vecinos ponían el inquietante telón de fondo para las elecciones a presidente del Jiminto, que veía abiertas de par en par las puertas de su retorno al poder. Quien ganara la interna liberaldemócrata, casi con toda seguridad, sería el próximo primer ministro de Japón.
Abe demoró el anuncio formal de su candidatura hasta el 12 de septiembre, dos días después de cancelar la suya Tanigaki, quien expresó su desaliento por la multiplicidad de retadores y la falta de apoyos, y dos días antes de arrancar el proceso electoral. El ex primer ministro tenía delante tenía a cuatro contrincantes: Nobuteru Ishihara, el secretario general del partido, ex ministro e hijo del polémico gobernador de Tokyo, Shintaro Ishihara, principal rostro de la extrema derecha nacionalista, más estridente que nunca al calor de la polémica sobre las Senkaku; Shigeru Ishiba, ministro de Defensa con Fukuda y miembro de la facción Heisei encabezada por Yuji Tsushima; Nobutaka Machimura, uno de los más poderosos barones del partido y jefe de la facción Seiwa, de la que Abe ya se había desvinculado; y Yoshimasa Hayashi, ex ministro de Defensa y presidente del Consejo de Investigaciones Políticas del partido.
El colegio lo formaban 498 electores: 198 miembros de las dos cámaras de la Dieta y 300 delegados de las prefecturas. En la primera ronda, Ishiba se puso en cabeza con 199 votos, seguido de Abe con 141. Ellos pasaron la criba para disputar la segunda vuelta, en la que solo podían votar los 198 parlamentarios. El 26 de septiembre, con 108 respaldos, Abe fue proclamado vencedor, tras lo cual ofreció el cargo de secretario general a Ishiba, quien aceptó. Luego de haber prometido durante la campaña "proteger el territorio y las aguas de Japón y las vidas de los japoneses pase lo que pase", Abe, con gesto triunfal, proclamó ahora su propósito de "construir un Japón fuerte y próspero, donde el pueblo japonés pueda sentirse feliz de serlo".
En noviembre, el nuevo liderazgo liberaldemócrata accedió a apoyar varias medidas impulsadas por el Gobierno y que Noda había puesto como condición para proceder al anticipo electoral que le reclamaban desde la oposición. Entre ellas figuraba una reforma del sistema electoral para modificar el peso del voto de las prefecturas y una crucial ley que permitiría emitir nuevos bonos de deuda soberana para financiar las actividades del Estado hasta el final del actual ejercicio. El 16 de noviembre, finalmente, el primer ministro disolvió la Dieta y convocó elecciones para el 16 de diciembre.
Abe, haciendo alarde de buena salud y que el 17 de octubre no escatimó publicidad a una visita suya a Yasukuni (a rebufo de otra realizada el 15 de agosto, solo que aquella tuvo un carácter privado mientras que a esta última le confirió un sentido oficial, en calidad de presidente del partido), se pasó toda la campaña cabalgando en unos sondeos de opinión muy favorables a su partido y desgranando mensajes de retórica nacionalista y de recuperación del "orgullo" de lo japonés, aunque con coletillas de realismo. Así, afirmó que la disputa por las islas Senkaku no tenía cabida en una mesa de negociaciones y que Japón debía aumentar sus gastos de defensa en respuesta a la amenaza cierta que representaba Corea del Norte y a la escalada militar emprendida por China, pero no dejó de reconocer la importancia de las relaciones estratégicas con Beijing en el terreno económico y comercial. Asimismo, reiteró su tesis de que había que reformar la Constitución para adaptar la capacidad defensiva nacional al sombrío escenario de inseguridad regional. El lanzamiento por Pyongyang el 11 de diciembre de un cohete multietapa con un satélite artificial que, tras tres intentos fallidos desde 1998, consiguió colocarse en órbita terrestre, fue otra exhibición tecnológica del militarismo norcoreano que daba oportunas alas al discurso asertivo de Abe.
Con respecto al frente económico, el candidato a primer ministro abogó por acciones enérgicas para conjurar la recesión y levantar la economía. Para empezar, el Banco de Japón debía colocar los tipos de interés por debajo de cero e imprimir todos los yenes que fuera necesario para sacar a los precios de la trampa deflacionaria. A su entender, hasta que no se provocara una inflación del 2% (el doble del actual objetivo oficial) el consumo, realizado por hogares y compañías convencidos de que era mejor comprar e invertir ahora antes de que los precios se encarecieran mañana, no podría tirar decisivamente de la producción. Esta laxitud monetaria ayudaría también a relajar la cotización del yen, demasiado fuerte en los mercados de divisas.
Para Abe, además, hacer que los precios subieran era imprescindible para recuperar, gracias a la reactivación general, un nivel de ingresos fiscales del Estado capaz de ponerles coto, en una segunda fase, al déficit presupuestario, superior al 8% del PIB, y a la monstruosa deuda pública, cuyo montante equivalía ya al 225% del PIB. Estos eran unos valores sin parangón en la OCDE. En paralelo, el Ejecutivo haría un esfuerzo de gasto público generador de empleo y focalizado en las infraestructuras dañadas por el seísmo de 2011 por valor de 20 billones de yenes. Toda vez que lo absolutamente prioritario ahora era relanzar el consumo en vez de disciplinar el déficit, él no dejaba de contemplar con frialdad el aumento del IVA aprobado por el Gabinete Noda con la aquiescencia de Tanigaki. Ahora bien, puesto que Abe no lo impugnó, se daba por entendido que un Gobierno suyo respetaría el nuevo gravamen al consumo. El gobernador del Banco de Japón, Masaaki Shirakawa, salió al paso de las declaraciones de Abe advirtiendo que la política monetaria por sí sola no podría acabar con la deflación y estimular la economía, y que era necesario complementarla con una reforma fiscal como la del IVA y con reformas estructurales, como desregulaciones favorecedoras de la competitividad.
Abe se pronunció también, aunque con prudencia, sobre el tercer tema candente del momento, el presente y futuro de la energía nuclear en Japón en el escenario post-Fukushima, más ahora en que, tras unos meses de parón nacional para realizar inspecciones de integridad y pruebas de mantenimiento en todas las instalaciones, el Gobierno Noda había reactivado con cautela dos reactores, los números 3 y 4 de la central de Oi, en la prefectura de Fukui, con el fin de prevenir posibles cortes en el suministro eléctrico por un déficit de producción. En el oficialismo demócrata se apostaba por ir reduciendo la dependencia de la fisión del uranio hasta 2030, fecha en que el país podría quedar completamente desnuclearizado si entre tanto había desarrollado adecuadamente la producción de energías renovables.
Por el contrario, el aspirante opositor manifestó su convicción de que la energía nuclear debía jugar un papel importante en la recuperación económica de Japón y dio a entender que la producción eléctrica por esta fuente se restablecería de manera gradual después de que la nueva Autoridad Reguladora estableciera unos estándares de seguridad más exigentes en 2013. El Jiminto aseguró que las centrales que no satisficieran los nuevos requisitos serían cerradas definitivamente. Pero para asegurar la autonomía energética nacional y no caer en una espiral de importaciones masivas de hidrocarburos (que ya estaban teniendo, junto con la caída de las exportaciones, un impacto nefasto en la cuenta corriente) a fin de cubrir la demanda eléctrica, advertían los conservadores, no habría más remedio que mantener en funcionamiento cierto número de centrales atómicas.
El 16 de diciembre de 2012 el electorado nipón forzó un vuelco político de 180 grados, masivamente a la derecha. El Jiminto se redimió de la debacle de 2009 con una mayoría absoluta de 294 representantes y el 43% de los votos obtenidos por el sistema mayoritario en las circunscripciones uninominales (el 27,8% por el sistema proporcional). Los sobresalientes resultados se aproximaban a la excepcional cota sacada por Koizumi en la edición de 2005. Su aliado, el Komeito que desde 2009 lideraba Natsuo Yamaguchi, ganó 31 escaños, lo que proporcionaba al Ejecutivo entrante una mayoría de dos tercios en la Cámara baja. En Yamaguchi, Abe, primer ministro in péctore, fue reelegido por sexta vez consecutiva con el 78,2%.
La pobre participación, disminuida al 59%, diez puntos inferior a la de 2009 y ocho menos que en 2005, agudizó las penurias del Minshuto, que encajó una derrota terrible, con diferencia la peor sufrida por un partido en el poder en la era democrática: los 230 representantes (como se recordará, en 2009 había ganado 308 escaños, pero luego se había producido la escisión del grupo de Ozawa) con que contaba al disolverse la Cámara quedaron reducidos a 57; los demócratas solo reunieron el 22,8% de los votos (el 15,5% por el sistema proporcional), y Noda, que presentó al punto su dimisión al frente del partido, y siete de sus ministros perdieron sus escaños.
También se confabuló contra la formación gobernante la dispersión de parte del voto en un ramillete de partidos nuevos creados con la intención de abrir el tradicional dominio bipartidista a una tercera fuerza o polo. Así, causó sensación el debut, quedando tercero con 54 escaños, del Partido de la Restauración de Japón (Nihon Ishin no Kai), la opción de la extrema derecha nacionalista surgida en noviembre de la fusión del Partido del Sol del gobernador tokyota Shintaro Ishihara y la Asociación de la Restauración de Osaka, la cual venían animando Toru Hashimoto, el alcalde de la ciudad, e Ichiro Matsui, gobernador de la prefectura. Quinto después de este último y del Komeito fue, con 18 escaños, el Partido de Todos (Minnanoto), también conocido como Tu Partido, una escisión del Jiminto liderada por Yoshimi Watanabe. En cuanto al Partido del Mañana (Mirainoto), la escisión demócrata orquestada por Ichiro Ozawa, campeón de la causa antinuclear, se estrelló en las urnas de manera proporcional al Minshuto.
En resumidas cuentas, todas las opciones orientadas a la izquierda y favorables al apagón nuclear fueron penalizadas, justo lo contrario que las de la derecha. Dicho sea de paso, y en retrospectiva, Abe, ni su socio Yamaguchi ni nadie más podían imaginar que ninguna de estas cuatro formaciones opositoras iba a seguir existiendo al cabo de un lustro.
A Abe ya solo le restaba someterse a los trámites institucionales. El 26 de diciembre las dos cámaras de la Dieta aprobaron su elección como primer ministro, por 328 votos la Cámara de Representantes y por 107 votos la de Consejeros, donde necesitó una doble vuelta. Su rival en la investidura, puramente ritual, fue el nuevo líder de los demócratas, Banri Kaieda. Acto seguido, Abe presentó a los miembros de su Gabinete. Fumio Kishida fue nombrado ministro de Exteriores, Itsunori Onodera ministro de Defensa y Yoshitaka Shindo titular del Interior, mientras que el incombustible Taro Aso retornó al primerísimo plano como responsable de Finanzas y viceprimer ministro, es decir, que Abe le colocó a su diestra como el número dos del Gabinete. El nuevo equipo gobernante entró en funciones el mismo 26 de diciembre.
En su primera conferencia de prensa tras convertirse por segunda vez en primer ministro de Japón (el anterior estadista con este registro fue Shigeru Yoshida, con dos mandatos discontinuados entre 1946 y 1954) Abe realizó la siguiente sentencia: "Una economía fuerte es la fuente del vigor de Japón. Si no recuperamos la fortaleza económica, no hay futuro para Japón".
En su primera decisión de calado, el Gabinete anunció que los reactores que recibieran el visto bueno de la Autoridad de Regulación Nuclear en los próximos meses o años podrían reiniciar la generación de electricidad bajo la responsabilidad del Gobierno y que el plan del Ejecutivo anterior de clausurar todas las centrales en el plazo de dos décadas iba a ser revisado en profundidad. Días después, el 11 de enero de 2013, el Gobierno certificó el final de la austeridad prioritaria con el lanzamiento de una batería de medidas de estímulo de la demanda, al más puro estilo keynesiano, de 20 billones de yenes, al cambio unos 170.000 millones de euros, tal como el Jiminto había prometido en la campaña electoral. Los objetivos de este plan de inversiones y revitalización económica, financiado parcialmente con un presupuesto extraordinario que a su vez obtendría sus fondos de una emisión especial de deuda pública, los llamados "bonos para la reconstrucción", eran disparar las contratas de obra pública, crear 600.000 puestos de trabajo, empujar los salarios hacia arriba, fomentar el consumo y, en última instancia, conseguir un crecimiento anual del PIB del 2%.
Por su parte, el Banco de Japón se moduló a los deseos de Abe y aceleró la dinámica bajista de los tipos de interés a 10 años. La entidad emisora se preparaba asimismo para intervenir en los mercados de deuda con compras de gran envergadura, adquiriendo tanto bonos públicos como títulos privados de renta fija. El nuevo gobernador bancario nombrado por el Gobierno en sustitución de Masaaki Shirakawa, Haruhiko Kuroda, en funciones desde el 20 de marzo, compartía la avidez de inflación y liquidez de Abe, y estaba firmemente decidido a mantener la máxima flexibilidad monetaria en tanto los precios no crecieran a un ritmo del 2%.
Comenzaban a probarse, por tanto, las ya universalmente llamadas Abenomics, el arsenal de municiones, tan poco convencional en un político derechista ajeno a la tradición japonesa, concebido por el primer ministro para liquidar las profundas patologías que aquejaban a la economía nacional. La obtención de resultados en este terreno requería su tiempo, pero la inmediatez sí rodeó a Abe a la hora de soliviantar a los países vecinos porque, una vez más, con una terquedad que desde el extranjero resultaba difícilmente comprensible, dejó aflorar sus viejas pulsiones relativizadoras de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Así, en el último día de 2012, el dirigente, en una entrevista para el diario conservador Sankei Shimbun, descolgó la insinuación de que el Gobierno, puesto que deseaba "mirar al futuro", consideraba retractarse de las pasadas declaraciones oficiales de reconocimiento y contrición por los crímenes cometidos en Asia entre 1910 y 1945, en particular los abusos sexuales de miles de mujeres coreanas convertidas en esclavas de alcoba por el Ejército Imperial; en concreto, refirió Abe, Tokyo podría emitir una declaración sustitutiva de la solemne disculpa con condena elevada por el primer ministro Murayama en 1995, en el quincuagésimo aniversario del final de la guerra. Semanas después, estos cambios en ciernes fueron matizados, en el sentido de que se trataba únicamente de "revisar" los pronunciamientos oficiales de la década de los noventa. A continuación, el primer ministro confirmó que antes de terminar el año se adoptaría un nuevo programa nacional de defensa y que en breve se inyectaría más dinero en el presupuesto militar. Además, el Gobierno tenía a punto un panel para la reforma educativa que de hecho era una reviviscencia del Consejo para la Reconstrucción de la Educación creado en 2006 por el primer Gabinete Abe.
A mediados de enero de 2013 Abe hizo su primera salida al exterior con una minigira asiática que le llevó a Vietnam, Tailandia e Indonesia. Al escoger estos destinos, el primer ministro subrayaba la excelencia de los intercambios comerciales con el flanco de Asia sudoriental y de paso su postura de firmeza frente a las demostraciones aeronavales de Beijing en torno a las islas Senkaku y los boicots antijaponeses en el continente. "Actualmente, el ambiente estratégico en la región de Asia-Pacífico pasa por un cambio dinámico. Tener unas relaciones más estrechas con los países de la ASEAN contribuye a la paz y la estabilidad en la región, y eso va en favor de los intereses nacionales de Japón", explicó el gobernante al emprender su periplo. En otras palabras, Tokyo quería reducir la dependencia comercial de China y los países de la ASEAN, varios de los cuales arrastraban sus propias disputas insulares y marítimas con Beijing (en el mar de la China Meridional), brindaban buenos mercados alternativos para las empresas nacionales.
El 18 de enero, desde Yakarta, el visitante nipón tenía previsto pronunciar un discurso de principios diplomáticos que él mismo había presentado como la expresión de la Doctrina Abe y que enumeraba cinco pilares, el primero de los cuales era la alianza con Estados Unidos, cuya "significación vital" adquiría más importancia que nunca. Sin embargo, la muerte en la víspera de siete trabajadores japoneses en la planta de gas argelina que había sido secuestrada por un comando terrorista de Al Qaeda y que acabó siendo asaltada por las fuerzas del Gobierno obligó a Abe a cancelar el acto y a regresar a casa con urgencia.
Pasado un mes, Abe fue recibido por el presidente Barack Obama en Washington. En la cumbre celebrada en la Casa Blanca, los interlocutores hablaron de seguridad regional y abordaron la incorporación de Japón a las negociaciones para la puesta en marcha de la Trans-Pacific Partnership (TPP), un acuerdo de libre comercio que Estados Unidos y un nutrido grupo de países ribereños del Pacífico, de Asia y América, estaban dispuestos a articular en un futuro no lejano. La apuesta por la TPP debía enmarcarse en el ambicioso plan de reformas estructurales del Gobierno; para su artífice, esta era la "tercera flecha" de las Abenomics, siendo las otras dos el expansionismo monetario y el estímulo fiscal.
Por su parte, Washington esperaba de Tokyo una superación de sus contenciosos con Seúl, pues las relaciones armoniosas entre las dos capitales resultaban indispensables para una eficaz respuesta colectiva a los alardes militaristas de Pyongyang, que el 12 de febrero de este 2013 hizo estallar su tercer artefacto nuclear en siete años y que en abril siguiente amenazó con convertir a Japón en un "campo de batalla" si las FAD seguían realizando "movimientos hostiles", como el despliegue en Tokyo de sistemas antimisiles tierra-aire, complementarios de los interceptores navales ya operativos en el mar del Japón. En marzo, siguiendo con esta auténtica ofensiva para reducir el peso de China en las transacciones comerciales del archipiélago, Japón y la Unión Europea acordaron iniciar de inmediato negociaciones oficiales para el establecimiento de un acuerdo de libre comercio.
En abril de 2013, coincidiendo con el rebrote de la virulencia verbal de los norcoreanos, Abe insistió en excitar las susceptibilidades de Corea del Sur y China al establecer el Día de la Restauración de la Soberanía (Shuken kaifuku no hi), que en adelante conmemoraría la entrada en vigor del Tratado de Paz de San Francisco y el final de la ocupación estadounidense de posguerra el 28 de abril de 1952. El tono nacionalista empapaba una nueva tanda de comentarios del primer ministro, que por ejemplo, en referencia a las operaciones militares desarrolladas en Asia por Japón durante la Segunda Guerra Mundial, comentó en la Dieta: "la definición de lo que supone una invasión todavía ha de ser determinada por el mundo académico y la comunidad internacional". A mayor abundamiento, el viceprimer ministro Aso y otros miembros del Gabinete realizaron peregrinaciones votivas a Yasukuni "a título privado", desplazamientos que fueron secundados por más de 150 diputados de diferentes partidos.
El mes concluyó con una visita oficial de Abe a Moscú, la primera de este nivel desde 2003, donde parlamentó con el presidente Vladímir Putin sobre cuestiones energéticas, los importantes suministros rusos de gas, y el sempiterno diferendo, incrustado en las relaciones bilaterales desde 1945 a falta de un tratado de paz entre los dos países, en torno a las islas Kuriles del Sur, cuya soberanía por Rusia Japón no reconoce. Abe y Putin iban a volver a encontrarse en septiembre con motivo de la VIII Cumbre del G20 en San Petersburgo, cita multilateral que el primero aprovechó para mantener su primer contacto personal con el presidente de China, Xi Jinping.
La imagen de aplomo nacionalista proyectada por el primer ministro y la sensación de que las Abenomics podrían estar ya surtiendo efecto (fuerte tirón de las exportaciones por la depreciación del yen, paralelo, eso sí, a un aumento intenso también de las importaciones de hidrocarburos con costes más onerosos, mejora del consumo, alzas bursátiles) depararon al Jiminto una abrumadora victoria en las elecciones del 21 de julio de 2013 a la mitad de la Cámara de Consejeros, donde saltó de los 84 a los 115 escaños, a los que había que sumar la veintena adquirida por el Komeito. Es decir, el oficialismo liberaldemócrata recuperó la primacía perdida en 2007 en la Cámara alta y trasladó a la misma una mayoría absoluta que allanaba el camino para la aprobación parlamentaria de nuevos capítulos de la agenda política conservadora de Abe. Para el primer ministro, jubiloso por el mandato de "estabilidad" que los electores le conferían, este triunfo en las urnas significaba también una vindicación personal, pues la debacle sufrida en las votaciones senatoriales de julio de 2007 había sido el detonante del colapso de su primer Gobierno dos meses después.
El 15 de septiembre de 2013, con el ánimo de la población repartido entre el júbilo por la adjudicación a Tokyo de la organización de los Juegos Olímpicos de 2020 y los temores por la fuga al mar, en agosto, de cientos de toneladas de agua altamente radioactiva de la siniestrada central de Fukushima, incidente que obligó a la Autoridad de Regulación Nuclear a elevar el nivel de alerta del 1 al 3 y al Gobierno a anunciar una inversión de 47.000 millones de yenes de fondos públicos para ayudar a la compañía eléctrica operadora de la planta, TEPCO (cada vez más criticada por su gestión de la crisis, hasta el extremo de demandarse acciones penales contra sus ejecutivos), en las labores de contención y descontaminación, Japón estrenó un segundo período de apagón nuclear completo desde el desastre de 2011 al quedar desactivado para una revisión rutinaria el reactor número 4 de la planta de Oi (el 3 de septiembre se había hecho lo mismo con el reactor número 3).
En diciembre de 2013, el calentamiento tanto de la retórica recíproca con China sobre quién estaba exacerbando las tensiones y arriesgando la paz por las "acciones unilaterales" (declaración por Beijing de una Zona de Identificación de Defensa Aérea no reconocida ni respetada por Tokyo) en torno a las Senkaku como del intercambio de recriminaciones con Corea del Sur no arredró a Abe a la hora de dar dos pasos con tenían garantizada la batahola en el extranjero. Primero, el 17, el Gobierno aprobó una nueva estrategia de seguridad nacional para dotar a las FAD de una puntera panoplia de aviones de combate, drones, vehículos anfibios, tanques, destructores antimisiles, submarinos y radares. El nuevo programa de rearme cubría el período 2014-2019 y contemplaba un presupuesto de 24 billones de yenes, lo que suponía elevar en un 2,6% el desembolso en defensa del anterior quinquenio. Se trataba, explicaban las autoridades, de contrarrestar con sistemas y capacidades de vigilancia avanzada, alerta temprana e intervención inmediata los intentos de Beijing de "modificar por la fuerza el statu quo en los cielos y los mares de la China Oriental y la China Meridional". Por supuesto, también se tenían muy en consideración las amenazas norcoreanas.
Luego, el día 26, el primer ministro se personó en el Santuario Yasukuni para "presentar respetos" y "orar por el descanso de aquellos que perdieron su preciosa vida por Japón en la guerra". A pesar de confiar en que no hubiera "malentendidos" sobre una peregrinación de carácter memorial y pacifista, y en que no se creyera que él fuera allí con la intención de "herir sentimientos" de nadie, el primer desplazamiento a Yasukuni de un primer ministro japonés desde el realizado por Junichiro Koizumi en 2006 levantó la previsible cadena de reacciones adversas: China expresó su "enérgica condena" por este "esfuerzo en glorificar la historia militarista japonesa de invasión exterior y régimen colonial", Corea del Sur advirtió de "grandes repercusiones diplomáticas" y tanto Estados Unidos como Rusia mostraron su "decepción".
Al empezar 2014, Abe podía hacer un balance satisfactorio de su primer año de gobierno, pues el PIB había avanzado en 2013 medio punto más que en 2012, el 2% (pero sin olvidar el dato inquietante del agravamiento del saldo negativo de la balanza comercial, a causa fundamentalmente de la mayor necesidad de recursos energéticos foráneos, petróleo, gas y carbón, de paso más caros de pagar por la depreciación del yen), la confianza se abría camino entre los empresarios y consumidores, y la sociedad parecía estar interiorizando sus conceptos de nuevo patriotismo y reafirmación nacional. En enero, un sondeo le pintó un nivel de apoyo popular del 62%. Sin embargo, aún le quedaba ejecutar algunas de las empresas más complejas de su vasto plan de cambios y reformas para Japón, como la fijación de la política nuclear en la era post-Fukushima, el disparo de la "tercera flecha" para el renacimiento económico, con su cohorte de desregulaciones, liberalizaciones sectoriales y cambios tributarios, y, sobre todo, la puesta al día de la Constitución heredada de la ocupación estadounidense en 1947, para la que el Jiminto ya tenía elaborada un borrador de enmiendas.
Con respecto al célebre artículo 9 de la Ley Fundamental, el oficialismo conceptualizaba una "Fuerza de Defensa Nacional" dedicada no solo a defender el territorio nacional de un ataque militar extranjero, sino también a participar en operaciones internacionales de mantenimiento de la paz; una Fuerza capaz de librar acciones de guerra convencionales y susceptible de ser empleada incluso en tareas puramente internas, como el "mantenimiento del orden público" y la "protección de los derechos individuales". El comandante en jefe de estas fuerzas armadas permanentes y plenamente operativas no sería otro que el primer ministro. Ahora bien, el Gobierno, consciente de las dificultades de sacar adelante una reforma constitucional explícita con el procedimiento convencional (aprobación por la Dieta con mayoría de dos tercios en ambas cámaras y a continuación por los electores mediante referéndum), ya se había decantado por la vía indirecta de una "reinterpretación parcial" del artículo 9.
En abril de 2014 el primero de los tres dosieres citados quedó finiquitado en virtud de un plan energético nacional por el que el país, definitivamente, seguía confiando en la fisión atómica doméstica para generar al menos una parte de la electricidad que consumía. El plan del Gobierno Noda de cerrar todas las centrales nucleares en 2030 pasaba a mejor vida: aquellas plantas que, no habiendo agotado su vida útil, cumplieran los exigentes criterios de seguridad de la Autoridad de Regulación Nuclear, volverían a operar con normalidad; además, se abría la puerta a la construcción de nuevos reactores en función de las necesidades de suministro. De todas maneras, se insistía en la noción de ir reduciendo la dependencia de la energía nuclear en beneficio de las energías renovables y no contaminantes.
Aquel mismo mes, Abe tuvo la oportunidad de explicarle en Tokyo a Obama, de gira por la región, los detalles de las últimas decisiones trascendentales en materia de defensa. En su cumbre de Estado, el presidente le reafirmó al primer ministro el compromiso absoluto de Estados Unidos en la seguridad de Japón y en la defensa del archipiélago Senkaku. Los dirigentes valoraron también el estado de las negociaciones de la TPP, que avanzaban con lentitud por las discrepancias entre Tokyo y Washington sobre las tarifas arancelarias para los mercados automovilístico y agrícola. El día 30 después de remover otra vez las animosidades de chinos y surcoreanos con el envío de una ofrenda personal a Yasukuni y la peregrinación al Santuario del ministro del Interior, Shindo y unos 150 diputados, Abe engrosó su historial viajero con un tour europeo de una semana de duración y con paradas en Alemania, Reino Unido, Portugal, España, Francia y Bélgica. El 7 de mayo el dirigente celebró con los líderes europeos en Bruselas la 22ª Cumbre UE-Japón.
El 1 de julio de 2014 el proceso de modificación histórica de la doctrina de seguridad nacional para ampliar las capacidades militares de Japón y asumir unas mayores responsabilidades y proactividad en la defensa experimentó un empujón adicional al aprobar el Gobierno, en asunción del informe de recomendaciones entregado en mayo por el Panel Consultivo de Expertos en Seguridad, su particular "reinterpretación" del artículo 9 de la Constitución, a fin de permitir a las FAD asistir a amigos y aliados como Estados Unidos y Australia -país que, por cierto, Abe visitó días después-, en caso de ser atacados por terceros.
El levantamiento de la prohibición de ejercer la autodefensa colectiva fuera del territorio nacional fue muy mal acogido por la oposición demócrata y distaba de contar con la aquiescencia de la mayoría de la población, a tenor de unas encuestas de opinión que presentaban a una opinión pública muy dividida al respecto. Incluso algunos miembros de la coalición gobernante, en particular del Komeito, tenían serias dudas sobre un nuevo marco normativo sin verdadero cambio jurídico que eventualmente podría arrastrar a Japón a aventuras bélicas en principio ajenas, por más que la reinterpretación por el Gobierno del artículo 9 vinculara esa defensa de los aliados a la presencia de "amenazas a la existencia" de Japón y de "peligros claros" para los "derechos del pueblo a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".
Al terminar el verano de 2014, Abe se encontró con que más de la mitad de la población desaprobaba su reformulación constitucional del papel de las FAD y que, dato más preocupante, la economía volvía a contraerse, en la que parecía ser su mayor caída desde el terremoto de 2011. La ofensiva conjunta del Gobierno y el Banco de Japón para engordar la base monetaria sí estaba consiguiendo, aunque no por la vía esperada sino como efecto colateral de otra medida, generar inflación, y más allá de la meta del 2% anual, alcanzando niveles no vistos en más de tres décadas. Pero la misma responsable del fuerte encarecimiento de los precios, que era la subida, aplicada en abril con pretensiones no inflacionistas sino recaudatorias para pagar deudas, del impuesto al consumo del 5% al 8%, estaba desincentivando de paso las compras privadas de bienes y las inversiones empresariales, retrocesos de la demanda interna a los que había que sumar el deterioro también de las exportaciones.
El 3 de septiembre, para enfatizar su iniciativa política, Abe acometió en el Gabinete y en la dirigencia del Jiminto unas remodelaciones que supusieron un refuerzo considerable de la cuota ministerial femenina, movimiento por lo demás coherente con los esfuerzos para multiplicar la presencia de las mujeres en las actividades económicas y laborales (otro de los componentes de la "tercera flecha" de las Abenomics), así como una mayor visibilidad también de los oficiales con actitudes amistosas hacia China. Hubo cambio entre otros de los titulares de: Defensa, donde Itsunori Onodera dejó paso a Akinori Eto; Interior, con Yoshitaka Shindo pasando el testigo a una mujer, Sanae Takaichi; Economía, Comercio e Industria, donde Toshimitsu Motegi hizo lo propio con Yuko Obuchi, hija del fallecido primer ministro Keicho Obuchi; y Justicia, donde Sadakazu Tanigaki, el antiguo presidente del Jiminto, fue reemplazado por una tercera mujer, Midori Matsushima. A cambio, Tanigaki fue colocado por Abe en la Secretaría General del partido. Otro diputado bien relacionado con China, el muy veterano ex ministro Toshihiro Nikai, ascendió a presidente del Consejo General del Jiminto.
El 20 de octubre, empero, esta acción revitalizadora del Ejecutivo quedó en buena medida arruinada debido a las dimisiones simultáneas de las ministras Matsushima y Obuchi, al haber sido señaladas por excederse en el regalo de artículos de propaganda en sus campañas políticas, la primera, y omitir ciertos movimientos financieros de naturaleza electoral también en sus declaraciones de haberes económicos, la segunda. Las renunciantes se despidieron del Gabinete con las acostumbradas expresiones públicas de pesar y perdón, y Abe salió a pedir disculpas también a los ciudadanos, pero a los pocos días volvió a estallar la polémica porque el recién inaugurado ministro de Economía en lugar de Obuchi, Yoichi Miyazawa, se vio obligado a defenderse de la revelación de que personal de su equipo había gastado dinero público en la visita a un club sadomasoquista.
El 17 de noviembre, estando aún frescas las imágenes de Abe y Xi Jinping explorando presuntamente un deshielo bilateral en el marco de la cumbre de la APEC en Beijing luciendo rostros taciturnos y estrechándose las manos con desgana, saltaron todas las alarmas al publicarse el dato de que el PIB había sufrido una contracción del -0,4% en el tercer trimestre del año, un -1,6% en el cómputo anualizado. Como el crecimiento negativo, de un 1,8%, ya se había producido en el segundo trimestre, resultaba que Japón, técnicamente, se encontraba de nuevo en recesión, la cuarta desde 2008. Obviamente, la subida del impuesto al consumo estaba teniendo un impacto demoledor en la demanda interna. El plan era aplicar un alza adicional de este tributo indirecto en 2015, pero visto el panorama no había más remedio que posponer tal subida. Así las cosas, el 18 de noviembre de 2014, Abe, gozando de mayoría absoluta en la Dieta y en mitad de la legislatura pero con su popularidad cuesta abajo, comunicó su decisión, para nadie sorprendente, de disolver las cámaras y convocar elecciones anticipadas.
Una jugada de estas características entrañaba necesariamente riesgos, pero a Abe le salió redonda: el 14 de diciembre de 2014 el Jiminto trepó al 48,1% de los votos en las circunscripciones uninominales y al 33,1% en las regidas por el sistema proporcional. Estos porcentajes no tenían precedentes desde las elecciones de 1986, cuando el primer ministro era Nakasone y el Jiminto, antes del histórico rosario de escisiones que minaron su imbatibilidad, disfrutaba de la hegemonía. En la asignación de escaños, los de Abe recibieron en total 291 puestos, tres menos que en 2012, ligero retroceso que de todas maneras quedó compensado por los cuatro representantes extra ganados por el Komeito. Así que el oficialismo mantuvo intacta su mayoría de dos tercios. El Mishuto se recuperó mínimamente de su catástrofe de 2012 y el líder de la formación, Kaieda, tiró la toalla, que tomó Katsuya Okada. No pasó desapercibido el dato de la escasa participación, tan solo el 52,7%. Era el nivel de movilización electoral más bajo en toda la historia del Japón democrático de la posguerra.
El 24 de diciembre de 2014 Abe instalaba su tercer Gobierno con el convencimiento de haber recibido un potente mandato popular para perseverar en sus políticas estratégicas, aunque alterando algunas medidas con criterio táctico, como el aplazamiento de la reforma fiscal, mientras durase la mala coyuntura económica, y dar cumplimiento a los grandes objetivos de relanzamiento nacional. Taro Aso, hombre imprescindible para el primer ministro, siguió mandando en las Finanzas, y lo mismo Fumio Kishida en Exteriores, Sanae Takaichi en Interior, Yoichi Miyazawa en Economía y Wataru Takeshita en Reconstrucción.
De hecho, solo hubo un cambio en el Gabinete, la sustitución en Defensa de Akinori Eto, cuestionado en relación con el manejo oscuro de ciertos fondos políticos, por Gen Nakatani. Antiguo soldado de las FAD, Nakatani era partidario de que Japón desarrollara la capacidad bélica de los ataques preventivos sobre objetivos del enemigo en caso de detectar una agresión inminente de aquel, noción que no podía chirriar más con el articulado de la Constitución pacifista. Rápidamente, el Gabinete aprobó un incremento adicional del 2,8% en los gastos militares, dejando el presupuesto de Defensa con un montante nunca visto desde 1945, los 5 billones de yenes.
En enero de 2015, el arranque de la nueva legislatura quedó ensombrecido por los bárbaros asesinatos en Irak de dos compatriotas rehenes del Estado Islámico, el periodista Kenji Goto y el contratista privado Haruna Yukawa, ambos decapitados por sus captores ante una cámara de video luego de rechazar las autoridades japonesas pagar los 200 millones de dólares que la organización terrorista exigía como rescate. En febrero, una vez confirmado que Japón había emergido de la recesión con un crecimiento positivo intertrimestral del 0,6% (el 2,2% interanual) entre octubre y diciembre de 2014, Abe encajó otro cuestionamiento de un ministro por presuntos chanchullos financieros, el titular de Agricultura Koya Nishikawa, sobresalto político que se saldó con la dimisión de rigor. El escándalo pudo haber terminado ahí, pero se prolongó durante unos días más porque las acusaciones de donaciones al Jiminto de manos de una empresa subsidiada con dinero público, algo terminantemente prohibido, involucraron también a oficiales del distrito de Yamaguchi 4, es decir, la circunscripción electoral de Abe desde 1993.
En la gestión de Abe a lo largo de 2015, año del 70 aniversario del final, rubricado en la cubierta del acorazado USS Missouri, de la Segunda Guerra Mundial, señorearon las cuestiones relativas a la paz y la seguridad, con las consiguientes evocaciones simbólicas y emocionales.
En abril, el primer ministro mantuvo otro encuentro con Xi Jinping en Yakarta, aprovechando el marco multilateral de la Cumbre Asiático-Africana conmemorativa del 60º aniversario de la Conferencia de Bandung. En esta ocasión, los líderes se mostraron con un ánimo más cordial que cuando la Cumbre de la APEC seis meses atrás, dando pie a la impresión de que las dos potencias asiáticas de Extremo Oriente estaban listas para reducir tensiones, pero sin atisbo por el momento de medidas de confianza de tipo militar. El 29 del mismo mes Abe envió un mensaje muy grato a Estados unidos desde el mismo Capitolio de Washington. En un discurso de carácter histórico, titulado Hacia una alianza de la esperanza y que vino a redondear la buena sintonía con Obama, el ilustre huésped dirigió a los congresistas estas palabras: "Antes de venir aquí estuve en el Memorial de la Segunda Guerra Mundial (...) La historia es dura. Lo que está hecho no puede deshacerse. Con un profundo arrepentimiento en mi corazón, permanecí allí en silencio por un tiempo. Mis queridos amigos, en nombre de Japón y el pueblo japonés, ofrezco con profundo respeto mis eternas condolencias por las almas de todos los americanos perdidos en la Segunda Guerra Mundial".
En vez de abordar una reforma constitucional en toda regla, Abe prosiguió su estrategia de vaciar el alma pacifista de la Carta Magna dando círculos en espiral. Si por la "reinterpretación" gubernamental de julio de 2014 Japón había asumido el principio de la defensa lejana de sus aliados en caso de necesidad, con la aprobación por la Cámara de Representantes de la reforma del 16 de julio de 2015 las FAD quedaban legalmente facultadas para intervenir en acciones de guerra más allá del perímetro geográfico nacional, en defensa propia o en defensa de países amigos atacados, por ejemplo, por Corea del Sur. El Gobierno se mantuvo impávido frente a la tormenta de recriminaciones desatadas por el Mishuto (Katsuya Okada calificó este acto legislativo de "mancha en la democracia" japonesa), el Partido Comunista y amplios sectores de una sociedad civil donde los sentimientos pacifistas, antinucleares y antibelicistas seguían bien arraigados.
Si la gran mayoría de la población, de acuerdo con las encuestas, no veía con buenos ojos que las FAD pudieran pelear en el extranjero sin mediar una agresión directa al archipiélago, un porcentaje también elevado de la misma tampoco aprobaba el levantamiento del parón energético nuclear. El 11 de agosto de 2015, de acuerdo con las directrices establecidas en abril del año anterior, el reactor 1 de la central de Sendai, un artefacto de 31 años de antigüedad, fue encendido por los operarios. El Sendai 1 era uno de los cinco reactores, repartidos en tres centrales, que la Autoridad de Regulación Nuclear había declarado aptos para funcionar tras recibir la correspondiente petición de un total de 25; a estos 25 había que sumar otros 18 reactores considerados operacionales que permanecían parados y para los que sus responsables tampoco habían solicitado el permiso de reactivación.
La reanudación de la generación eléctrica por la fisión atómica aconteció justo en mitad de las conmemoraciones del final de la Segunda Guerra Mundial. El 6 de agosto, en la solemne ceremonia del septuagésimo aniversario del bombardeo de Hiroshima, Abe instó a la comunidad internacional a deshacerse del armamento nuclear y anunció la presentación de una resolución encaminada a esa meta en el próximo período de sesiones de la Asamblea General de la ONU. "Japón está determinado a hacer los mayores esfuerzos para hacer realidad un mundo libre de armas nucleares", destacó el primer ministro durante el acto celebrado en el Memorial de la Paz de Hiroshima.
A continuación, el 15 de agosto, el día de la rendición de 1945, Abe pronunció otro discurso institucional con el que expresó su "profundo dolor", su "más profundo remordimiento" y sus "sinceras condolencias" por el "daño inconmensurable" causado por su país a "gente inocente" en la pasada contienda. Esta terminología, pensada para aplacar a los gobiernos de China y Corea del Sur, los cuales, al contrario, reaccionaron con acritud al considerar que el gobernante nipón no añadía nada nuevo a lo ya dicho por sus predecesores y tiraba de "giros retóricos" para eludir un arrepentimiento "sin ambigüedad", parafraseaba en cierta medida la formulación empleada por Murayama en 1995, la misma que Abe había insinuado en 2012 que podría dejar en agua de borrajas por parecerle demasiado contundente. Además, el primer ministro añadió que estos principios permanecerían "inalterables en el futuro", luego confiaba en que las próximas generaciones de japoneses no estuvieran "predestinadas" a seguir pidiendo perdón por un conflicto "con el que no tuvieron nada que ver".
A vueltas con la economía, en septiembre de 2015 Abe, justo después de ser reelegido presidente del Jiminto por otros tres años en una votación interna con resultado unánime porque su único rival potencial, la diputada y ex ministra Seiko Noda, no fue capaz de reunir un número suficiente de respaldos parlamentarios para lanzarle un desafío formal, reconoció implícitamente un balance mediocre de sus recetas económicas, pues el crecimiento no terminaba de echar raíces (después del anémico 0,3% de promedio registrado en 2014, el segundo trimestre de 2015 había dejado una tasa anualizada negativa del -1,2%) y el empuje de los precios volvía a flaquear, al presentar detalles de una segunda etapa del acicate fiscal del Gobierno.
Las, llamadas por algunos medios, Abenomics 2.0 incluían un presupuesto suplementario de 3,5 billones de yenes, de los que 1 billón irían para el proyecto conocido como el "Compromiso Dimámico", un esquema de crecimiento y redistribución dirigido "a todos los ciudadanos", la bajada del impuesto de sociedades y el reto de elevar el PIB nominal japonés de los 500 a los 600 billones de yenes. Además, el Ejecutivo, dentro de sus preocupaciones por el futuro demográfico del país, estaba empeñado en conseguir una elevación de la tasa de nacimientos desde los 1,4 a los 1,8 niños por mujer. El 7 de octubre Abe hizo una amplia remodelación ministerial que supuso una decena de cambios de cartera. Uno de los titulares despedidos fue Yoichi Miyazawa en el Ministerio de Economía.
Llegado noviembre, se informó que también en el tercer trimestre del año había habido una contracción, del 0,8% interanual, luego Japón habría vuelto a caer en recesión, que sería la quinta en siete años y la segunda de la era Abe. Sin embargo, en diciembre el Gobierno facilitó una revisión de los datos trimestrales del PIB que daba la recesión por esquivada, al hablarse ahora de un crecimiento anualizado del 1% entre julio y septiembre gracias al incremento de la inversión de capital. Las predicciones de inflación anual para 2015 apuntaban a un índice no superior al 1%, valor insatisfactorio y que era solo la tercera parte del marcado en 2014, cuando los precios treparon un 2,7% de media. A últimos de diciembre, cuando ya se amontonaban las señales de que el último trimestre de 2015 iba a registrar sin lugar a dudas un crecimiento económico negativo, otro más, el Gobierno dio luz verde a unos presupuestos para el año fiscal de 2016 con un techo de gasto, fiado a unas mejores perspectivas de recaudación, de 96,7 billones de yenes. El ministro Aso aseguró que el Gobierno, pese a destinar más dinero a las partidas sociales, seguía firmemente adherido al objetivo de obtener un superávit primario -excluyendo el pago de bonos soberanos y el servicio de deuda- en la balanza financiera para 2020.
El 5 de octubre de 2015 Abe se congratuló por la conclusión en acuerdo de las negociaciones de los 12 países implicados en el TPP. Los avances decisivos para la articulación de esta área de libre comercio transpacífica pusieron antesala a un principio de superación de las diferencias con China y Corea del Sur. El 2 de noviembre, en una cumbre tripartita acuciada por unas coyunturas económicas de lo más interdependientes, Abe, el primer ministro chino Li Keqiang y la presidenta surcoreana Park Geun Hye anunciaron en Seúl la "restauración completa" de los respectivos lazos económicos, diplomáticos y de seguridad. Los tres líderes, que hablaron de impulsar los intercambios económicos y la cooperación comercial hasta llegar a un auténtico tratado de libre comercio a tres bandas, volvieron a verse semanas después en la X Cumbre del G20 en Antalya, Turquía.
En Seúl, Abe y Park sostuvieron por su cuenta una cumbre bilateral que despejó el terreno para la adopción, el 28 de diciembre de 2015 por los ministros de Exteriores, de un acuerdo "final e irrevocable" que cerraba la herida abierta por la esclavitud sexual de decenas de miles de mujeres coreanas en los años de la ocupación colonial. Así, Tokyo asumía "dolorido sus responsabilidades" por estos nefandos crímenes y aceptaba pagar a las pocas víctimas que seguían vivas la cantidad de 1.000 millones de yenes dentro de un fondo de compensación gestionado por el Gobierno surcoreano. Abe, pasando página a años de terco negacionismo y de elusión de cualquier muestra de compunción por este tema, transmitía además a Corea del Sur "sus más sinceras disculpas y arrepentimiento". El ministro Kishida aseveró que la solución del conflicto sobre las llamadas "mujeres de consuelo" (comfort women) marcaba el inicio de una "nueva era" en los tratos entre Corea y Japón.
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Reportaje Reuters: "Ex-Japan PM in line for old job; will pragmatism top nationalism?" (Linda Sieg y Leika Kihara,15/11/2012)
Reportaje BBC: "Shinzo Abe's challenges in reviving Japan's economy" (Puneet Pal Singh, 17/12/2012)
Noticia The New York Times: "Japan’s New Leader Endorses Nuclear Plants" (Hiroko Tabuchi, 30/12/2012)
Noticia Japan Today: "Abe promises aggressive fiscal policies, strong diplomacy" (Linda Sieg y Leika Kihara, 27/12/2012)
Editorial The New York Times: "Another Attempt to Deny Japan’s History" (2/1/2013)
Noticia El Universal: "Japón lanza plan de estímulo masivo y critica a China" (Kyoko Hasegawa, 11/1/2013)
Repositorio de noticias de Shinzo Abe en The New York Times

References: artículo 9
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