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Timestamp: 2017-08-17 23:12:14+00:00

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SOBRE EL (EUFEMISMO) "DERECHO A DECIDIR"
Hace ahora unos días, el diario El País publicó un artículo que firmaban Joan March y Antoni Garcías. El contenido del mismo resulta más que interesante por la aproximación que realiza a la posible modificación del texto constitucional para el encaje del denominado eufemísticamente "derecho a decidir" (primera y última vez que utilizo el término en este texto) así como la implantación de un Estado federal en la estructura institucional de España. Sin embargo, hay ciertos aspectos de su contenido que me generaron dudas de diversa índole, así que escribí al primero de ellos exponiéndole las mismas. Finalmente, he decidido reflejarlas aquí con el ánimo de añadir mi opinión particular a este debate que tanto espacio ocupa en los medios y las conversaciones.
Entrando ya en materia, el artículo señala, entre otras cuestiones:
"Un partido como el PSOE, con más de 100 años defendiendo la democracia como el mejor sistema de gobierno, no puede estar en contra del “derecho a decidir” escudándose en preceptos constitucionales. Defender tal postura bajo el amparo del contrato social por el que un individuo o un grupo de ellos restan vinculados a una estructura política es pervertir la esencia del propio contrato que se centra en la voluntad manifiesta de las partes."
“(…) el requisito indispensable de todo sistema democrático es el de fundamentar la legitimidad de cada decisión en la voluntad de los propios sujetos sometidos a la misma.
Por tanto, si en un determinado territorio, un número importante de ciudadanos que lo habitan manifiestan que quieren poder decidir sobre si este territorio debe seguir políticamente unido a otros, no hay ninguna razón para que una persona que se considere demócrata se pueda oponer frontalmente a que estos ciudadanos puedan expresar libremente su voluntad.”
Entiendo como válida la figura ilustrativa del contrato que une a los ciudadanos con el Estado al “firmar” (comprendido así el voto afirmativo) la Constitución española de 1978, que sería el contrato propiamente dicho. Como bien razonan o argumentan quienes suscriben el contenido, las partes tienen el derecho legítimo a poder desvincularse cuando así lo consideren oportuno de las obligaciones contractuales que les unen. No tengo nada que objetar en este sentido.
Sin embargo, mi escepticismo viene dado por lo que debe entenderse como parte o partes de esta relación contractual. Una de esas partes, creo que no hay discusión al respecto, sería el Estado. Es la otra la que me genera dudas respecto a su consideración. Porque ¿Debemos entender a los ciudadanos como parte en su conjunto global, representantes de todos los españoles cuando votaron en el referéndum del 6 de diciembre de 1978? ¿O debemos entender a los ciudadanos como “partes individuales”, porque únicamente se representaban a sí mismos al ejercer su derecho individual e intransferible a votar? Lo que sí tengo claro es que ninguno de ellos representaba solamente a Cataluña o Baleares o cualquier otra comunidad autónoma como persona jurídica con capacidad para contratar.
En mi opinión, la segunda opción, la de que los ciudadanos son partes individuales resulta menos apropiada por varios motivos. Si seguimos utilizando la metáfora contractual solamente aquellos que ejercieron su derecho a votar como individuos independientes y “no conectados socialmente” y que, en consecuencia, quedaron vinculados estarían legitimados ahora para desvincularse. Eso sería en detrimento de aquellos que no votaron porque no quisieron o pudieron hacerlo ese día.
Con esta argumentación, tampoco las generaciones que han nacido posteriormente o que no eran mayores de edad en aquel entonces estarían obligadas contractualmente al no haber rubricado con su voto el texto constitucional, por ejemplo.
Así pues, la primera opción, la de que los ciudadanos que pudieron votar representaban de algún modo a todos los españoles de forma genérica, sin restricciones de edad o de vinculación "voto= firma de contrato", creo que se ajusta más a la realidad jurídica y al alcance de la Constitución. Así lo establece en su artículo 9.1, al utilizar la denominación genérica y global de “ciudadanos” sin cláusulas específicas de discriminación:
Pues bien, comprendiendo a la parte que representan los ciudadanos de tal forma, como ente global, considero que un conjunto de ciudadanos españoles como son aquellos catalanes que desearan desvincularse del Estado español, no representan a la totalidad de la ciudadanía que es quien sí tiene, en mi opinión, la plena legitimidad para expresar su voluntad sobre si se efectúan los cambios constitucionales que permitan la desafectación de Cataluña o cualquier otra región de España. Una "parte" de LA PARTE no puede hacer acopio de toda la capacidad de desvinculación o vinculación que le corresponde a esta última.
Argumentar, por ejemplo, que ciudadanos de Cataluña que pueden constituir una mayoría pueden desvincularse (siguiendo las reglas del Estado de Derecho) del resto de España porque su superioridad cuantitativa en un territorio concreto que no es un ente soberano así lo legitima, supone abrir la puerta a que los ciudadanos de Girona o Lleida, por ejemplo, puedan hacerlo del resto de Cataluña basándose en las mismas justificaciones.
Así pues, solamente veo dos vías u opciones para poder introducir el derecho a que los ciudadanos puedan mediante referéndums decidir sobre la desvinculación de sus territorios del resto del Estado, sin perjuicio de los límites o acotaciones que deberían introducirse sobre el alcance de la palabra “territorio”.
La primera sería que se acometiera la reforma del texto constitucional a través del artículo 168 con todo lo que ello conlleva, es decir: que haya un consenso previo de dos tercios de cada cámara y se proceda a la disolución de las Cortes, para que tras unas elecciones la votación del nuevo texto sea aprobada por dos tercios de ambas cámaras de nuevo y, finalmente, sometida a referéndum en todo el territorio nacional.
La segunda, sería la que plantea el texto de los dos autores respecto a la cesión de la competencia comprendida en el artículo 149.1.32ª de la Constitución. Pero no considero que su cesión fuera tan sencilla en un principio: el referéndum es una de las competencias exclusivas del Estado que figura citada de manera expresa en la Constitución española. Por lo tanto, deja muy poco margen a la interpretación de dicho precepto. No se trata, pues, de una de las competencias a las que alude el 149.3 y, por ello, requiere de una Ley Orgánica de transferencia y delegación, tal y como dispone el artículo 150.2 del texto constitucional.
La aprobación de leyes orgánicas requiere de mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, tal y como establece la propia Constitución en el artículo 81.2. Eso nos sitúa de nuevo en la necesidad de un consenso mayoritario de las fuerzas que componen el hemiciclo, o bien que el partido que tuviera mayoría absoluta hubiera propuesto electoralmente la citada delegación de esta competencia concreta y con este objeto. En tal caso tengo mis más que serias dudas de que la obtuviera.
Lo que sí tengo muy claro que es en una cuestión tan sumamente delicada como ésta, no podemos buscar atajos ni soluciones a medias. Cualquier reforma en tal sentido pasa, en mi opinión y por lo ya expresado, porque haya un consenso mayoritario de toda la sociedad española que se vea refrendado en un plebiscito electoral y, posteriormente, se lleven a cabo las modificaciones legales correspondientes para poder ejecutarlo, si esa resulta la opción votada por la mayor parte de los ciudadanos.
No me opongo de manera frontal a que pueda introducirse en nuestro ordenamiento jurídico el derecho a la autodeterminación de una región o comunidad autónoma de España. Como señalan correctamente, a mi juicio, los autores nadie con sensibilidad democrática puede oponerse a tal posibilidad si se confirma que existe una mayoría social que así lo desea.
Pero la primera regla inquebrantable de una sensibilidad democrática debe ser el cumplimiento de la legalidad para conseguir los objetivos que se persiguen. Si eso comporta un cambio de las normas, hágase, pero siempre siguiendo las reglas del juego y con pleno respecto y sometimiento al Estado de Derecho.
Publicado por Pablo Martín Peré en 10:56 2 comentarios: Enlaces a esta entrada
Etiquetas: DERECHO, POLÍTICA, SOCIEDAD
EL CREPÚSCULO DE LAS CONSOLAS TRADICIONALES
Nos encontramos en la antesala de la irrupción de una nueva hornada de consolas domésticas y si algo podemos ya afirmar, es que a medida que se suceden las evoluciones de éstas, sus capacidades extralúdicas adquieren tanto protagonismo como su función principal, esto es, jugar.
No se trata de algo pernicioso per se. A fin de cuentas, muchos de nosotros nos acercamos a este mundo gracias a los ordenadores de los 80 que nuestros padres compraron en su día “para ayudarnos a estudiar”, lo cual no deja de resultar bastante paradójico.
Además, no somos pocos quienes en las dos últimas generaciones (bueno, salvo que seas nintendero) hemos utilizado sin rubor nuestras consolas como aparatos de reproducción de audio y vídeo. En algunos casos con más asiduidad incluso que su cometido lúdico.
Soy plenamente consciente de que estas líneas constituyen una concesión a la nostalgia sin más finalidad que pasar un buen rato rememorando días ya pasados. Pero lo cierto es que no puedo evitar pensar que había algo mucho más bello, más poético, más auténtico, cuando las consolas servían únicamente para jugar.
Una de las características de aquellas máquinas es que, a diferencia de lo que sucede en la actualidad cuando su diseño ha adquirido una importancia irracional por varios motivos, su aspecto estaba plenamente condicionado por su funcionalidad. Así pues, su arquitectura externa nos muestra que fueron concebidas como artefactos sencillos y pensados para poder albergar sin problemas sus enormes cartuchos (pantagruélicos en el caso de la NES) sin importar en modo alguno su encaje estético en el salón de casa.
A fin de cuentas, por aquel entonces las consolas eran vistas como objetos tan marcianos por la mayor parte de la población que, en cierto modo, tenía sentido que su aspecto no estuviera encaminado a epatar. Además, su falta de funcionalidades al margen de jugar a videojuegos, hacía que su presencia cuando no eran utilizadas fuera tolerada con desagrado por las féminas que en aquellos años dictaban nuestras normas esenciales de convivencia, ergo nuestras madres (hasta su sustitución unos años más tarde por nuestras novias).
Sencillamente, para ellas no tenía sentido aquel trasto rectangular y feo con esos horribles cables por todas partes en el habitáculo donde tenían lugar las comidas familiares, el visionado de partidos de fútbol con nuestro progenitor y de “V”, por ejemplo, con todos los miembros de la casa.
Por otra parte, existe un aspecto que me llama enormemente la atención sobre las máquinas actuales. Y es que una parte no poco importante de sus capacidades están dedicadas a esas otras características que no están relacionadas con el uso de videojuegos. Así pues, sus sistemas operativos están configurados no para optimizar al máximo su rendimiento en potencia de juego, sino que deben ser lo suficientemente versátiles para poder llevar a cabo las otras actividades multimedia para las que han sido diseñadas, consumiendo algunas de ellas no pocos recursos. Así, su software interno requiere por su complejidad una dedicación importante de memoria que no puede ser utilizada para mover una mayor carga poligonal, por ejemplo.
Eso es algo que no sucedía en unos aparatos que estaban concebidos exclusivamente para jugar cuando, en aquel entonces, la separación entre el PC y las consolas era total y absoluta. Sistema operativo era sinónimo de ordenador y de otras opciones, además de poder usar videojuegos. En las consolas, incluso la pequeña cantidad de software que llevaban para poder ejecutar los juegos tenía su finalidad lúdica. Era inconcebible denominar a eso “sistema operativo” tal y como los conocemos.
Y no puedo evitar pensar que lo que apuntaba respecto a las consolas actuales es una concesión más a la fusión de conceptos, un sacrificio en detrimento de la belleza gráfica, de la búsqueda del realismo en los movimientos. La que era una de las principales ventajas del hardware de las consolas en cuanto a los ordenadores, su utilización casi exclusiva para los juegos, está desapareciendo por los mismos motivos que en sus principales rivales, sin tener a cambio la facilidad de actualización que sí siguen conservando los PC y que antaño equilibraba la batalla entre ambos.
La visualización más clara en este sentido se obtiene echando un vistazo a las arquitecturas de Xbox One y PS4: prácticamente ordenadores personales más optimizados para el juego. Quién sabe. Quizás Wii U sea la última consola en lo que hardware se refiere “auténtica”.
Tal vez el problema no es exclusivo del mundo de los videojuegos. Es posible que sea más bien una cuestión de falta de referentes claros en un mundo globalizado donde el objetivo principal es gustar a todos y llegar al máximo número de personas alcanzables. Algo comprensible, desde una perspectiva mercantilista, pero que resulta muy difícil de casar con el aspecto mágico y único que había caracterizado hasta el momento a las consolas que únicamente servían para jugar.
Es de una lógica aplastante: un objeto que solamente tiene un uso puede parecernos hoy en día obsoleto en un mundo en el que la gente utiliza su teléfono móvil hasta para nivelar cuadros pero, en aquel entonces, las consolas eran las propietarias absolutas de la diversión virtual de la casa.
La pregunta que me formulo es cómo recuerdo a la NES, la Mega Drive, la Sega Saturn y la PS1. La respuesta es contundente como un bate con clavos: jugando a ellas. Sin embargo, si pienso en PS2 el visionado de películas ya se cuela entre mis memorias y en el caso de PS3 debo añadir fotos con presentación mientras escucho música de fondo, vídeos a la carta, alquiler de películas, etc.
Supongo que hoy es imposible concebir una máquina que esté exclusivamente pensada para eso, para jugar. Imagino a los gurús de las compañías apretando las palmas de sus manos contra su cuero cabelludo, al contemplar el boceto de un ingeniero romántico y algo perdido que representa un aparato que no se ciñe a los patrones de diseño más vanguardistas; que no tiene otras utilidades más allá de introducirle un juego y ponerse a jugar de inmediato; que su arquitectura interna no tiene otro objetivo que mover el mayor número de polígonos posible, con el mejor sonido y a la máxima resolución.
La felicidad, la diversión, la sensación de evasión que permite jugar a un videojuego es sencilla de enunciar, pero difícil de conseguir. Probablemente responde a que la magia ya perdida reside en el silogismo de que aquello que miramos y no podemos ver es lo simple. O quizás no es así. Quizás la cuestión reside en que no es la tecnología la que ha perdido la capacidad de conseguir las cosas de un modo simple, sino que somos los hombres quienes la hemos extraviado y ahora necesitamos mucho más para conseguir lo que antes no necesitaba de tanto.
Publicado por Pablo Martín Peré en 11:26 No hay comentarios: Enlaces a esta entrada
Etiquetas: CONSOLAS, OCIO, VIDEOJUEGOS
PABLO MARTIN (PSOE) DISCUTE CON CELIA VILLALOBOS
Publicado por Pablo Martín Peré en 6:47 No hay comentarios: Enlaces a esta entrada
BERLUSCONI Y BÁRCENAS NO ESTÁN SOLOS
Silvio Berlusconi. El auténtico "Ecce hommo" de la política italiana. Incombustible, polémico, bufón, mediático, escandaloso, provocador, poderoso, corrupto, proxeneta. Se le han asignado todos esos calificativos y muchos más. Pero es indiscutible que este hombre peculiar ha sido el epicentro del terremoto continuo que es la sociedad italiana desde hace más de 20 años.
Ahora afronta una condena firme a 4 años de prisión por fraude fiscal en el "Proceso Mediaset", así como está pendiente de la resolución del recurso por la Corte Suprema italiana de la condena a 7 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por prostitución de menores y abuso de autoridad en el "Proceso Ruby". Pero "Il Cavaliere", con 76 años, no ingresará en prisión precisamente por su edad, la cual no le impide, paradójicamente, ser primer ministro en su país.
Berlusconi es el hombre al que te encanta odiar. El monstruo que a todos nos gusta citar cuando queremos ponerle rostro al poder corrupto y desmedido de un dirigente. El ejemplo perfecto de lo que nunca debería ser un político: mentiroso, delincuente, grosero, machista, manipulador. Pero a menudo olvidamos que aún con todo su poder político, económico y mediático, Silvio Berlusconi es tan solo un hombre. Y que para alcanzar las cimas a las que él ha llegado, son necesarios muchos más. Miles. Cientos de miles. Millones.
Efectivamente, el principal agente de todos los males causados por su persona es él mismo, eso es indiscutible. Pero es materialmente imposible que un sujeto pueda conseguir todo lo que él ha acumulado sin la ayuda de otras personas.
La célebre frase de Edmund Burk encaja como anillo al dedo para comprender la trayectoria del ex primer ministro italiano. "Para que el mal triunfe, es necesario que algunos hombres buenos no hagan nada". Aunque en este supuesto, es más correcto afirmar que esos supuestos "hombres buenos" sí han hecho. Más bien diría que su participación ha sido muy activa en el caso de algunos.
Comenzando por los miembros de su coalición política El Pueblo de la Libertad. Naturalmente, Berlusconi no hubiera llegado hasta el gobierno italiano sin un partido (Forza Italia) y una coalición política a su servicio absoluto. Miles de personas, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos trabajando para que su jefe consiguiera el poder y pudiera seguir ejerciéndolo a su particularísima manera. Naturalmente, debemos sumar también a todos aquellos que le han votado en las sucesivas ocasiones que se ha postulado para la presidencia.
Pero, al margen de algo tan obvio como lo apuntado anteriormente, también es conveniente hacer una reflexión respecto a todos aquellos que trabajan o han trabajado en sus medios de comunicación televisados, radiados o escritos. Cada vez que han acatado una orden de no publicar información sensible sobre sus desmanes; cada ocasión que han aceptado desviar la mirada hacia otro lado cuando la actualidad judicial acosaba al "patrone"; siempre que han permitido de manera consciente por acción u omisión que un velo de opacidad se alzara ante los ojos de todos los ciudadanos, estaban coadyuvando a que un sujeto de semejante calado pudiera caminar un paso más en su trayecto hacia el podio de la ignominia.
Y así podríamos seguir con muchos otros: abogados, asesores fiscales y economistas que prestaban sus conocimientos para dilatar sus procedimientos judiciales; los que suministraban jóvenes ingenuas (o no) para sus bacanales; los que participaban en ellas y un largo etcétera.
Otro tanto sucede con Luís Bárcenas. Quien ha evadido millones de euros a una cuenta en Suiza ha sido él. Pero para que el ex tesorero del Partido Popular haya podido amasar semejante fortuna han sido necesarias muchas más personas. Los que lo sabían y aún sin participar de manera directa, callaban para que no peligraran sus cómodos puestos; los que (presuntamente) recibían su correspondiente sobresueldo y no preguntaban la procedencia del dinero; los que (presuntamente) lo entregaban a cambio de futuras recalificaciones y adjudicaciones de contratos; los que (presuntamente) desde asesorías fiscales y entidades financieras han contribuido a los movimientos de dinero sabiendo de su ilicitud.
Y es que tendemos a pensar que la corrupción solamente alcanza a quien vemos después en las portadas de diarios y en las condenas de los fallos judiciales. Pero no es cierto. La corrupción implica a muchas más personas. A todo aquel que ante su hedionda presencia ha tenido en su mano hacer algo y la ha escondido o la ha preparado para recibir su correspondiente comisión. Porque quien no pelea ante la corrupción, acaba indefectiblemente formando parte de ella. Pero esos y esas no son visibles ante los ojos de los demás, aunque sí a los de su propia conciencia.
Lo cual me lleva a pensar que eso explica la increíble solidez entre muchos de sus votantes de determinadas formaciones políticas ante la corrupción que las asola. Quizás porque la conciencia de éstos no les permite culpar o castigar a quienes tan solo son los ejecutores o cabezas visibles de un proceso en el que, de un modo u otro, han participado también.
Y así, después, todos denigramos la corrupción que asoma en las alcantarillas de nuestra sociedad. Pero muchas veces, la condena conlleva, también, la penitencia propia.
Publicado por Pablo Martín Peré en 3:53 No hay comentarios: Enlaces a esta entrada
La sucesión en la Secretaría General o las candidaturas en el PSOE es un tema que fascina a propios y extraños. No solamente la militancia recurre a él con insistencia, sino que resulta extremadamente útil para rellenar columnas y páginas de los medios de comunicación de la más diversa condición.
La cuestión no es para menos, tratándose del partido político más antiguo de España y que más años ha gobernado en etapas democráticas. Además, en la política, siempre han resultado más sugerentes y atractivas las disputas, las confrontaciones belicosas y las especulaciones que las realidades contrastadas.
Sin embargo, es especialmente interesante presenciar todo el circo mediático que se genera con el asunto desde la arena o entre bastidores, que no desde las gradas del público. Así, uno puede comprobar cuan acertadas o erróneas son algunas de las apreciaciones o creencias sobre determinad@s candidat@s, propiciadas por los más diversos motivos: amistades personales de los que firman el texto sobre la persona en cuestión; reflexiones acertadas fruto del conocimiento real de la situación; ensoñaciones y flores de un día al calor de los acontecimientos más recientes; promociones teledirigidas corporativamente con intereses espurios...y así hasta mencionar un sinfín más.
Naturalmente, soy consciente de la subjetividad que emanan estas líneas y que yo tampoco me hallo en posesión de la verdad absoluta. Tanto como que sin la obviedad que menciono resulta absurdo también escribir tu propio blog. Pero es evidente que el hecho de conocer en persona a prácticamente todos los nombres que se citan en tertulias, columnas, redes sociales y demás, añade ese plus de interés que mencionaba en el párrafo anterior y que ha motivado que escriba este nuevo apunte en pocos días desde el último, tras un periodo de cierta pasividad.
Ahora mismo, al parecer, se trata de dar con el "perfil" adecuado. Y así, tod@s pontificamos sobre si éste o aquella tienen o no el "perfil adecuado" para ostentar las responsabilidades más altas. Es redundante enumerar aquí las condiciones que debería requerir el citado perfil puesto que son de sobras conocidas, al margen de variadas en función de la fuente que se consulte. Pero sí quiero poner de manifiesto mi escepticismo sobre lo que parecen algunos dogmas asentados entre muchos, en función de lo que he escuchado o leído.
En primer lugar, las encuestas de valoración personal constituyen el paradigma de la futilidad. Se supone que aquellos políticos mejor valorados por los ciudadanos, pueden ser "buenos candidatos", porque reúnen los requisitos que la masa social considera más oportunos. En el año 2010, Alfredo Pérez Rubalcaba no solamente era el político mejor valorado por los ciudadanos, sino que los propios socialistas aprobábamos su ascenso a la vicepresidencia del Gobierno con un 93% de respaldo.
Un año después, en noviembre de 2011, seguía siendo la misma persona que en 2010. Pero su valoración había caído por los suelos junto con la del PSOE. En consecuencia, los ciudadanos no valoran en realidad, ni antes ni ahora, su capacidad intelectual, el trabajo llevado a cabo en las áreas de responsabilidad que ha tenido en su carrera o su experiencia, las cuales son, sin duda, muy a tener en cuenta si se trata de calibrar a un candidato, en mi opinión.
Al parecer lo que importa, lo que realmente se valora es "el momento". Y ahora, muchos dicen que este perfil ya no es válido porque lleva muchos años en la política y ha formado parte de la toma de decisiones que nos ha llevado a la actual situación.
Luego, parece ser que el/la candidat@ idóne@ debería ser alguien "nuevo", que no haya tenido responsabilidades de gobierno y que sea capaz de "conectar" con la gente.
Eso conduce al segundo lugar. Son tantas las veces que cuando alguien ha preguntado mi opinión sobre compañer@s del partido en "ascenso" he respondido: "deberías conocerlo/la personalmente". En sentido positivo y negativo. Porque, en muchas ocasiones, quienes ofrecen una imagen de frialdad o seriedad ocultan otras virtudes como su inteligencia o su profundidad discursiva. Por eso resulta complicado juzgar y valorar a las personas por imágenes vertidas en los medios y las RRSS. Son tan sólo ventanas que permiten ver una parte de la casa, pero no su interior completo. Y quienes conocemos a esas personas muchas veces nos lamentamos de que los medios no se hayan fijado con más atención en los mismos, porque quizás nos estaremos perdiendo a estupend@s futur@s gobernantes que no tienen la fotogenia suficiente o un apoyo orgánico/mediático detrás que los promocione.
Del mismo modo que también existen perfiles que parecen encandilar a las bases y los medios, pero que generan mucho menos entusiasmo cuando preguntas a otras personas que, al igual que tú, los han conocido de manera personal. Así pues, te preguntas si puede llegar a presidir el país o el partido esa persona absolutamente incapaz de mostrar la más mínima empatía con una parte importante de los compañer@s que le rodean, pero que sin embargo aparece ante las cámaras y los micrófonos con una actitud completamente distinta a la que muestra cuando se trata de escuchar, ayudar o relacionarse con las personas de su entorno cotidiano.
Los dos casos que cito serían aplicables, según mi opinión y la de much@s otr@s compañer@s, en uno y otro sentido a personas que ahora mismo comparten responsabilidades en el ejercicio de la política.
Hace tiempo que dejé de creer en los liderazgos mesiánicos y en los candidatos infalibles. Creo que cualquiera que lleve el tiempo suficiente en el ejercicio de la política, llega a la misma conclusión. Pero sí he podido observar que quienes hoy nos pueden encandilar mañana serán ignorados y a la inversa.
Cuando llegué al Congreso de los Diputados, fueron muchos quienes me dijeron que el propio Zapatero había sido un diputado respetado pero discreto hasta unos meses antes de su candidatura a la Secretaría General del partido. Después su liderazgo fue indiscutido durante mucho tiempo. Del mismo modo, alguien que no pareció gozar de la simpatía de las bases en su día como Joaquín Almunia, se me aseguró que era una mente privilegiada y una de las personas más capaces que habían pasado por el hemiciclo. En consecuencia, mi visión no coincidía en absoluto con la de aquellos que sí los habían podido conocer de una forma más cercana y fue lo que hizo que mis alarmas saltaran de inmediato.
Precisamente por ese motivo, cuando leo y escucho los nombres que se citan sonrío en algunas ocasiones pensando la distorsión que genera la distancia sobre la imagen de una persona, para bien y para mal. Y pienso también en cuánt@s desconocid@s para la mayor parte de los ciudadanos serían magnífic@s candidat@s; y en algunos, menos, siendo bastante más conocidos por los ciudadanos mediáticamente, son en realidad, completamente desconocidos de manera real por ellos y me hacen pensar en la candidez y la buena fe que muchas veces todos irradiamos cuando hablamos con fervor de ese político, esa deportista, ese cantante o esa presentadora sobre la que tan poco sabemos y tanto creemos saber.
En consecuencia, la elección de una persona para dirigir un partido o un país es algo complicado, que merece la pena reflexionar de manera concienzuda y haciendo un ejercicio de investigación sobre la trayectoria y otros aspectos menos relacionados con la política del candidato o candidata en concreto. Hoy en día la tecnología permite conocer las intervenciones de casi tod@s l@s polític@s de manera extensa, así como sus perfiles en las RRSS ofrecen datos que, aunque siempre insuficientes, aportan más información sobre el nombre en cuestión.
Con un poco de esfuerzo y sin conformarnos con el mínimo que supone aceptar la imagen que desde los medios y los aparatos de los partidos se genera, puede obtenerse mucho más de lo que pensamos.
Corren nuevos tiempos. Debe haber políticos renovados, cierto. Pero también electores renovados.
Publicado por Pablo Martín Peré en 12:28 No hay comentarios: Enlaces a esta entrada
Publicado por Pablo Martín Peré en 11:53 No hay comentarios: Enlaces a esta entrada

References: artículo 9
 artículo 168
 artículo 149
 artículo 150
 artículo 81
 resolución