Source: http://asihablociceron.blogspot.ie/2016/03/
Timestamp: 2017-07-21 06:43:30+00:00

Document:
Así habló Cicerón: marzo 2016
La sentencia de Rita Maestre
El viernes pasado se produjo un hecho histórico:
se condenó a alguien en virtud del artículo 524 CPE, precepto que castiga el
delito de profanación religiosa. No es que sea la primera vez que pasa algo
así, pero se trata de un precepto tan poco utilizado que su aplicación debe
pasar a los anales de la historia. La condenada, Rita Maestre, tiene la
particularidad de ser concejal del Ayuntamiento de Madrid, por lo que la
noticia ha sido bastante comentada. Yo he leído la sentencia y voy a
opinar un poco sobre ella. Antes de empezar, una precisión. En una
sentencia penal de primera instancia hay tres grandes apartados: los antecedentes
de hecho explican qué trámites ha seguido el procedimiento, los hechos probados
son un resumen de qué se considera demostrado y los fundamentos jurídicos (abreviados
como FJ y numerados) son los razonamientos que el juez aplica a los hechos. Los
antecedentes de hecho no nos interesan: hablaremos de los hechos probados y,
sobre todo, de los fundamentos jurídicos.
Los hechos probados son, sumariamente, los
que siguen: el 10 de marzo de 2011, un grupo de personas (de las cuales sólo ha
podido identificarse a Maestre y a un chico que es absuelto en esta misma
sentencia) entraron en la capilla católica que hay en el campus de Somosaguas
de la UCM. En ese momento no había servicio religioso pero sí varias personas
orando. Algunas llevaban carteles con la cara del papa con esvásticas. Una vez
dentro del recinto, las mujeres del grupo rodearon el altar, leyeron un
manifiesto contra la Iglesia, se desnudaron de cintura para arriba, dos de
ellas se dieron un beso y finalmente salieron mientras coreaban lemas
feministas y ateos.
Al leer este relato ya salta la primera
cosa rara. La jueza da por probado que todos estos hechos se hicieron “con
intención de ofender los sentimientos religiosos de los allí presentes”. La única
fuente de dicho relato fáctico es, según dice el FJ 1, las declaraciones de los
testigos. ¿Estaban los testigos en el interior de la cabeza de Rita Maestre?
Probar los elementos psicológicos que se requieren para castigar a alguien por
un delito (1) siempre es complicado, y más cuando se trata de algo tan volátil
como “voluntad de ofender”. Creo que debería haberse excluido del relato
fáctico y haberse llegado a ello a través de razonamientos sobre los hechos,
expresados en los fundamentos de derecho. Esto, que parece un formalismo, no lo es
tanto: cuando se recurre una sentencia, aunque se pueda discutir la forma en
que el primer juez ha valorado las pruebas (2), los tribunales superiores
tienden a no modificar demasiado el relato de hechos de la sentencia recurrida.
¿Por qué? Porque ha sido el juez inferior el que ha visto la práctica de las
pruebas, el que ha escuchado a los testigos (su claridad al hablar, sus
titubeos, sus caras), el que se ha podido formar mejor idea de lo que ha pasado
de verdad. Incluir algo en el relato de hechos le da cierta intangibilidad
frente a recursos, aunque por supuesto no es absoluta.
Pasamos ya a los fundamentos jurídicos. La
jueza se enfrenta en primer lugar a un problema gordo. ¿Recordáis los hechos
probados? Pues no está demostrado que Maestre realizara ninguno de ellos salvo
quitarse la camiseta. Ni portar carteles, ni leer el manifiesto, ni darse besos
lésbicos, ni corear consignas. Nada salvo entrar en la capilla ocupando uno de
los primeros puestos dentro del grupo y quedarse en sujetador al lado del altar.
Y quedarse en sujetador en una capilla es, como bien puede entenderse, un hecho
que por sí solo no es delictivo.
¿Cómo salva la juzgadora este punto?
Atendiendo a la figura de la coautoría. El artículo 28 CPE dice que son
coautores de un delito “quienes realizan el hecho (…) conjuntamente”. Para
aplicar la figura no se requiere que todos los coautores cometan todos los actos
que componen el delito correspondiente, sino que éste sea un hecho que
pertenezca a todos ellos. Este es el razonamiento que usa para absolver al otro
chico que era acusado: que se quedó al fondo de la capilla, sin subir hasta el altar,
como mero espectador. Y es el que usa para considerar autora a Maestre, que lo
es junto con el resto de mujeres (no identificadas) que se acercaron al altar
para apoyar a la que leyó el manifiesto.
El problema es que las mismas citas jurisprudenciales
que emplea para apoyar su postura dicen que los coautores deben “realizar una
parte necesaria de la ejecución del plan global” o “aportar un elemento
esencial para la realización del propósito común”. Si el propósito común era
protestar de forma llamativa en una capilla, resulta complicado aceptar que la
presencia de cualquiera de las acusadas era necesaria o esencial. Además,
tampoco queda probado que Maestre participara en la elaboración del plan,
incluyendo la redacción del manifiesto o la decisión de las consignas que se
iban a corear.
En definitiva, que aquí la sentencia
tiene un cierto déficit de razonamiento que se usa para seguir adelante. Pero no
es más que un problema menor a la luz de lo que viene a continuación.
Atribuidos los hechos a Maestre como
autora, queda calificarlos jurídicamente. El tipo penal elegido es el del artículo
524 CPE: profanación. Lo primero que dice la jueza (FJ 3) es que este precepto “otorga
protección penal a un derecho fundamental como es el respeto a los sentimientos
religiosos”. Y esto es falso. Falso de toda falsedad. Lo repetiré: no hay un derecho
fundamental a que se respeten los sentimientos religiosos. Los legisladores
europeos muchas veces tipifican delitos contra los sentimientos religiosos
(blasfemia, escarnio, profanación) por razones históricas o culturales, pero no
porque haya derechos fundamentales en juego.
El artículo 20 de la Constitución,
que recoge la libertad de expresión, dice que ésta tendrá su límite en otros derechos
fundamentales. La libertad religiosa es claramente un derecho fundamental, pero
la ley que lo desarrolla no incluye, dentro del haz de potestades que lo
conforman, el derecho a que nadie te ofenda. Entre otras
cosas, se trata de algo tan íntimo que es imposible demostrarlo: las prédicas
de un musulmán pueden ofender a un católico, por ejemplo. Por esas razones, el
Consejo de Europa ha aprobado varias resoluciones (como ésta de 2006 y ésta de 2015) donde se dice que el derecho de crítica a la religión, incluyendo
la sátira irreverente, está dentro de la libertad de expresión, y por ello
insta a los Estados miembros a derogar los delitos de blasfemia e insulto
Insisto en esto, aunque no tenga
demasiada importancia en este punto de la sentencia, porque sí se menciona
después. Además, suele aparecer mucho en las discusiones sobre estos delitos. La
libertad religiosa y los sentimientos religiosos son dos cosas distintas. Los segundos
no forman parte de la primera. El mismo Código Penal los trata como bienes jurídicos
distintos: tipifica dos delitos contra la libertad religiosa (proselitismo
ilegal y perturbación de ceremonias) y otros dos contra los sentimientos
religiosos (profanación y escarnio). O, en otras palabras, profanar una cosa
santa o escarnecer los sentimientos religiosos no son actos que, por sí solos,
mermen la libertad de nadie.
Llegamos al que, a mi juicio, es el
principal error que comete la sentencia. Todo lo demás es argumentable u
opinable, pero esto no. La sentencia castiga a Rita Maestre por profanación. Según
la RAE, profanar es “tratar algo sagrado sin el debido respeto”. El objeto
profanado en este caso es el altar, cuyo carácter sagrado es bastante obvio
dado que es la mesa ceremonial en la cual se celebran diversos actos de la
Pues bien: en ningún momento ha quedado
acreditado que Rita Maestre o cualquiera de las otras acusadas tocara el altar.
Nadie se subió a él, nadie se sentó sobre él, nadie se tumbó sobre él. Simplemente
lo rodearon. Me gustaría saber cómo se profana algo sin tocarlo. Por suerte, su
señoría acude rápido a responderme y dice que “la palabra “tratar” no determina
la necesidad de tocar, ni la existencia tampoco de un contacto físico directo”.
Y pone un ejemplo: escupir sobre un objeto santo fue reputado profanación en 2014.
A partir de este ejemplo podemos jugar al
1, 2, 3. “Por 4.000 € de multa, actos que constituyen profanación pero que no
implican tocar el objeto sagrado. Por ejemplo, escupir”. Escupir, orinar sobre
él, defecar sobre él, hacerle una pintada, colocarle un cartel insultante,
grabar unas iniciales con un punzón. Actos que tienen dos cosas en común: que
profanan el objeto sin tocarlo y que no tienen nada que ver con lo que pasó en la capilla
el día de autos. Las activistas se limitaron a rodear el altar porque es el
lugar donde se encuentra el foco de atención de la iglesia, y a ejecutar ahí su
Y bueno, sobre la afirmación de que “tratar”
algo no implica tocarlo, me gustaría saber qué otras formas cree la jueza que
hay de tratar un objeto. ¿Telequinesis quizá? Pues no: “varias de las mujeres (…)
se quitaron la camiseta quedándose algunas en sujetador y otras desnudas de
cintura para arriba, (viéndose en el video como algunas de ellas llevaban en su
cuerpo escritas el símbolo del aborto libre o la palabra “bollera”), llegando a
besarse dos mujeres en la boca con lógicas connotaciones sexuales. Estos hechos
los realizaron alrededor del altar y en relación directa con el mismo y supone
una clara y grave falta de respeto al objeto sagrado”. Su señoría concluye que
la profanación se consuma con la presencia de tetas y besos en torno al altar. No
consta si se pidió prueba pericial para determinar el radio en el cual las
tetas y los besos dañan la condición sacra de la mesita.
El ánimo de ofender
Hemos dejado un poco descolgado el
tratamiento que dispensa la jueza al “ánimo de ofender”, limitándonos a decir
que no creemos correcto que se incluyera en el relato fáctico. Pero su señoría
vuelve sobre él al final del FJ 3. No tenía otro remedio: para considerar cometido
un delito de profanación hay que probar que los hechos se cometieron “en ofensa
(para ofender) de los sentimientos religiosos”. Es decir, que los hechos no sólo
hirieron dichos sentimientos sino que fueron planeados y ejecutados
específicamente para ello. Esta es la razón por la cual este tipo penal es tan
poco aplicado. El de escarnio, por cierto, incluye el mismo requisito.
Sobre este tema hay poca jurisprudencia. He
podido encontrar exactamente una resolución del Tribunal Supremo, del
año 1993, que es la misma que cita la sentencia en apoyo de sus tesis. Hay también
algunas sentencias antiguas sobre el delito de injuria, que entiendo que son
aplicables a nuestro caso porque en aquella época este tipo penal también exigía ánimo específico de ofender
(3), y porque tanto la profanación como las injurias son básicamente insultos. Esta jurisprudencia viene a decir que estos delitos son eminentemente
circunstanciales, y que para probar qué ánimo movía al autor habrá que estar a
los hechos que cometió. Normalmente se entiende que la presencia de una crítica
o la realización de otro fin legítimo (en la sentencia de 1993 fue “dar a
conocer las tendencias musicales de vanguardia” en un programa de televisión)
excluye el ánimo de ofender aunque las concretas expresiones puedan resultar
insultantes.
Por poner un ejemplo, la STS de 25 de octubre de 1991 absuelve de un delito de injurias porque “aun aceptando que
las palabras utilizadas se consideren objetivamente ofensivas, se pretende por
el manifiesto denunciar públicamente lo que estima son irregularidades”. Otra resolución,
ésta de 1995, afirma que “las palabras, expresiones o gestos, con
significado objetivamente injurioso, quedan despenalizadas cuando se deduzca
que el querellado no procedió con ánimo de menospreciar o desacreditar, sino de
ejercitar un derecho, ejecutar una crítica o denunciar unos determinados hechos
en un contexto concreto”. En definitiva, si se prueba que el ánimo de los
autores era de criticar, aunque dicha crítica sea gruesa o incluso ofensiva, se
tendrá que excluir la voluntad de ofender. La ofensa será, como mucho, un
resultado de la crítica.
La sentencia que analizamos, por
supuesto, no lo ve así. Admite que el manifiesto leído era una protesta contra
la Iglesia, para acto seguido decir que “tal hecho no es incompatible con la
ofensa a los sentimientos religiosos”. En apoyo de esta afirmación vuelve a
sostener, esta vez de manera algo más prolija, que el respeto a los sentimientos
religiosos es parte de la libertad de conciencia y por tanto constituye un
límite a la libertad de expresión. “El presente juzgador no duda que fue una
protesta, pero esa protesta se realizó con el ánimo de ofender los sentimientos
religiosos”. ¿Y cómo llega a esa conclusión? De nuevo por las tetas y por los
besos, a las cuales esta vez se añaden el contenido del manifiesto y las “frases
malsonantes” que pronunciaron las autoras. Se trata de “actos voluntarios
incompatibles con el lugar en que se encontraban”.
Esta sentencia obvia que el objetivo de
una protesta es, aunque sea de Perogrullo, protestar. Y sí, esa protesta puede molestar
u ofender a los destinatarios de la misma. No creo que a ninguna de las
activistas les importe lo más mínimo, o incluso hasta lo consideran un factor
de éxito. Pero esto no soslaya un hecho básico: que lo que busca una protesta,
por definición, es quejarse de algo. Si a alguien le molesta, que se aguante.
He analizado prolijamente –quizás demasiado–
la sentencia que condena a Rita Maestre. Aunque en derecho no hay nada seguro,
creo poder afirmar que será anulada en apelación. El empleo de la coautoría y
la forma en que aprecia el elemento subjetivo son cosas discutibles, pero
sostener que se trata irrespetuosamente a un objeto al cual no se toca y sobre el
cual no se incide de ninguna manera (escupir, pintar, orinar) es algo
manifiestamente absurdo. Espero que la sentencia de apelación no tarde en salir
y que sobre Rita Maestre dejen de pesar unos antecedentes penales que no le
(1) Normalmente para poder castigar por
un delito es necesario demostrar que el autor lo cometió con dolo, es decir,
que quería cometerlo. A veces se exigen menos requisitos y se castiga también la
comisión negligente. Y a veces, como en el caso que nos ocupa, se exigen más y
es necesario probar una específica intención de ofender los sentimientos
(2) Utilizo este tiempo verbal porque no
en todos los recursos se puede discutir este asunto: algunos recursos obligan
al juez superior a aceptar los hechos probados y sólo le permiten valorar la
forma en que se les ha aplicado el derecho. En el recurso que cabe contra la
sentencia que comentamos se puede discutir la valoración de la prueba.
(3) Hoy no lo exige.
Reacciones: sábado, 19 de marzo de 2016
De las muchas virtudes que adornan al
Partido Popular el respeto a la Constitución no ha sido nunca una de ellas. Ah,
por supuesto que se les llena la boca con el asunto: Constitución aquello, Constitución
lo otro, los catalanes deben acatar la Constitución, viva la Constitución. Pero
luego, cuando se trata de pasar al plano de los hechos, esas afirmaciones
hechas con la boca grande se quedan en nada. Véase, por ejemplo, el escaso
respeto que tienen por los derechos fundamentales o por la figura del
decreto-ley, de la cual abusan sin recato.
¿Por qué digo esto? Por la enésima
manifestación de la crisis institucional que estamos viviendo. Se trata de algo
que no ha causado demasiado revuelo en redes sociales y que sin embargo es un
síntoma grave de descomposición: el Gobierno se niega a permitir que las Cortes
Generales ejerzan su función de control. El pasado jueves Pedro Morenés plantó a la Comisión de Defensa del Congreso, que le había convocado para explicar las conclusiones de una cumbre de la OTAN. Rajoy le apoya y el Gobierno
en pleno va a ausentarse de la próxima sesión de control del Congreso. El argumento de Rajoy es muy simple: como
este Congreso no fue el que eligió al actual Gobierno, éste no tiene ningún
deber de someterse a su control. El argumento del Congreso, que ya ha hablado
de llevar el asunto al Tribunal Constitucional, es igualmente sencillo: la
legislación aplicable (como el artículo 66.2 de la Constitución y el artículo 26.2 de la Ley del Gobierno) establece que las Cortes controlan al
Gobierno, sin especificar que tengan que ser las mismas que lo eligieron.
¿Quién tiene razón? La posición del Gobierno,
aunque oportunista (luego volveremos sobre ello) tiene cierta lógica: una de las
razones por las cuales el Congreso de los Diputados puede controlar al Gobierno
es porque fue él quien lo eligió. Si hay elecciones, cambia la composición de
la Cámara y se habla incluso de “nuevas Cortes”, esa relación de dependencia se
rompe. Ya no hay un vínculo de confianza entre ambas instituciones. ¿Qué
sentido tiene que las nuevas Cortes controlen a un Gobierno que está en
funciones, es decir, ya de salida? No demasiado. Además, es cierto que la Ley del Gobierno
afirma que “todos los actos y omisiones del Gobierno” están sometidos al
control parlamentario. Pero la misma norma dice que el Gobierno en
funciones debe limitar su actividad al “despacho ordinario de los asuntos
públicos”, es decir, a actos normales, de trámite. No puede proponer leyes ni
realizar otra serie de facultades de índole política. El Gobierno en funciones,
definitivamente, no es una figura que esté pensada para someterse a control por
las nuevas Cortes. Desde ese punto de vista Rajoy tiene algo de razón.
El problema es que toda esta
argumentación sirve para una situación normal, donde el Gobierno en funciones
se limita a estar de comparsa durante treinta o cuarenta días mientras se
negocia el nuevo. Pero es evidente que no estamos ahí. Al contrario, nos
encontramos en un momento patológico, de profunda crisis institucional, donde lo
más probable es que Rajoy continúe en el sillón como mínimo hasta agosto. Es evidente
que en estas condiciones, aunque el Gobierno vaya al ralentí, va a terminar
adoptando decisiones polémicas sobre las cuales las Cortes pueden querer
explicaciones. Por no hablar de sus actos previos al 20 de diciembre de 2015,
que no se tomaron estando en funciones y que son por supuesto susceptibles de
Esto es lo que desmonta la posición del
Gobierno y concede la razón al Congreso en esta controversia. La ley no dice
que tenga que controlar al Gobierno la misma Cámara que le eligió: no lo dice
porque no hace falta, porque en situaciones normales será eso lo que pase. Pero
eso no implica que, en un momento anormal como el presente, el Congreso de los
Diputados pierda esa importante labor constitucional. De hecho, en esta
situación de impasse, donde la labor
legislativa y presupuestaria está paralizada, la función de control se
convierte en la única razón por la cual mantener reunidas a las Cortes.
El argumento de la no vinculación es
absurdo. “No nos sometemos al control de este Congreso porque no ha sido el que
nos ha elegido”, dice el Gobierno. Bien, entonces: ¿por qué os habríais de
someter al control del Senado durante los cuatro años de legislatura? Al fin y
al cabo el Senado tampoco os ha elegido, ¿no? O hagamos un experimento mental: supongamos
que la Constitución permite celebrar elecciones generales cada dos años sin que
cambie forzosamente el Gobierno, a modo de los comicios de mitad de mandato de
EE.UU. (1): ¿alguien diría que las nuevas Cortes no pueden ejercer el control
del Gobierno? Evidentemente no. En ninguno de esos dos casos se pone en
cuestión el derecho de las Cortes a controlar a un Gobierno que no han elegido.
La razón por la cual las Cortes pueden
controlar la acción del Gobierno es porque vivimos en una monarquía
parlamentaria (artículo 1.3 CE), en la cual las Cortes representan al pueblo
soberano (artículo 66.1 CE). En otras palabras, el derecho de las Cortes a
controlar al Gobierno no deriva de que haya sido una determinada formación
parlamentaria la que haya elegido a éste. Deriva de que el Parlamento
representa la soberanía nacional y el Gobierno no. El poder del Parlamento
viene del pueblo; el poder del Gobierno, del Parlamento. Las Cortes son un
órgano jerárquicamente superior al Gobierno, independientemente de quién las
componga en cada momento. Por eso y no por otra razón pueden controlar su
Lo único que permite dar sentido al
argumento de la no vinculación es la afirmación implícita de que el Gobierno está
en funciones. Y, como hemos visto, eso no es particularmente relevante en una
situación como la actual. Si vas a estar siete meses ocupando la presidencia de
un Gobierno, durante los cuales vas incluso a convocar elecciones, no es
admisible que no te sometas a control parlamentario. Así que no: Rajoy no tiene
razón al negarse a ir al Congreso. No sé qué opinará el Tribunal
Constitucional cuando, dentro de tres años, resuelva el previsible recurso que
va a presentar el Congreso. Quizás incluso declare que lo que Rajoy está
haciendo es acertadísimo desde el punto de vista jurídico. Pero en todo caso es
feo. Es una deslealtad institucional que acelera el proceso de descomposición
democrática de este malhadado país. Aunque bueno, por otra más… (1) Sí, sé lo que propongo es una aberración
desde el punto de vista del sistema parlamentario, pero las Constituciones raras
veces aplican de forma pura los modelos teóricos.
El vodevil parlamentario
Vivimos en un vodevil. Esa es la única
conclusión que puedo sacar del fiasco de las sesiones de investidura. Dos
semanas después, y dado que tras la segunda sesión todas las noticias sobre el
tema parecen haber desaparecido, mi opinión es precisamente ésa: en la primera
semana de febrero vimos una representación de teatro. No sé cuál era su
finalidad, pero sí sé cuál no era: investir presidente del Gobierno.
Hay tantas cosas que no sé por dónde
empezar, así que iré punto por punto.
Para empezar, el candidato. Pedro Sánchez
y su apoyo parlamentario, Albert Rivera. 130 diputados, muy lejos de la mayoría
absoluta. Pero es que tampoco estaban cerca de la mayoría relativa (más votos a
favor que en contra) que exige la segunda votación de investidura, aun contando
con el apoyo de la única diputada de Coalición Canaria. Para lograr la
investidura en esta segunda vuelta tendría que haberse abstenido el PP: en ese
caso la votación habría sido 131 a favor, 123 abstenciones y un máximo de 96 en
contra. Pero el PP no se iba a abstener: Rajoy tiene muy claro que ha ganado
las elecciones (luego volvemos sobre eso) y va a boicotear cualquier propuesta
que no le deje a él de presidente.
La otra opción era que se hubiera
abstenido la izquierda, computando dentro de este concepto a Podemos, las
mareas, ERC, IU y Bildu. Pues bien: ni con todas esas abstenciones habría
bastado. La suma de PP (123 escaños), DiL (8 escaños) y PNV (6 escaños) llega a
137, por lo que de todas formas habría habido menos votos a favor que en
contra. Lograr además la abstención del PNV tampoco habría sido suficiente: en
ese caso se habría producido un empate de 131 a favor, 131 en contra y 88
abstenciones. Habría que haber conseguido también la abstención de DiL, y ello
parece imposible sin hablar de la independencia de Cataluña… un tema que
Ciudadanos no está dispuesto a tocar.
Es decir, que el pacto de gobierno
PSOE-Ciudadanos era imposible porque descansaba en la buena voluntad de, o bien
el PP, o bien de todos los demás grupos de la Cámara salvo el PNV. Ni al PP, ni
a la izquierda ni a los partidos nacionalistas de derechas les interesa apoyar
un acuerdo que les manda a la oposición, que traiciona sus promesas y
aspiraciones y que buena parte de la opinión pública ve como antinatural. Pedro
Sánchez no tenía ni la más mínima posibilidad.
Entonces, cabe preguntarse, ¿por qué lo
hizo? ¿Por qué lo intentó? Bueno, una opción es que creyera que iba a convencer
al PP o a toda la izquierda + DiL de que se abstuvieran sin darles nada a
cambio. En este caso es evidente que nos encontramos ante un político muy
mediocre. Y me estoy resistiendo a llamarle imbécil porque no creo que lo sea:
creo, simplemente, que es incapaz de asumir que las reglas del juego han
Hemos pasado de un sistema político
fuertemente bipartidista, donde como mucho hay que llegar a acuerdos con PNV o
CiU, a un sistema muy fragmentado, con cuatro partidos repartiéndose el
Congreso de los Diputados. Ya veremos si se trata de algo estable o de un
momento de transición hacia otro modelo, pero de momento es lo que hay. Y Pedro
Sánchez no lo entiende. Se ha educado toda su vida en un sistema en el que la
política es fácil: se insulta al PP, se llega a acuerdos puntuales con quien
convenga (con IU y ERC para los programas sociales, con PNV y CiU para
presupuestos y otras leyes relevantes) y más o menos ya está. No parece capaz
de adaptarse a unas reglas de juego donde las cosas son muy distintas.
Eso es lo que explica, creo, el acuerdo
con Ciudadanos, que no tenía viso ninguno de prosperar. Un acuerdo de
izquierdas, bueno es recordarlo, le habría dado de base 161 diputados, una alta
probabilidad de que ERC y Bildu se abstuvieran o incluso votaran a favor y
cierta flexibilidad a la hora de negociar con DiL. En definitiva, habría sido
más viable. Pero no lo hizo y ahora sólo le queda el recurso a hablar de la
pinza. La pinza es ese viejo recurso de los cargos del PSOE cuando tanto la
derecha como la izquierda rechazan sus propuestas. Parecía que había quedado
enterrada con Felipe González, pero Sánchez la ha vuelto a sacar.
En el otro lado las cosas no están mejor.
Sánchez aún se ha adaptado algo. Rajoy, por el contrario, es un anciano cacique
de provincias y jamás dejará de ser un anciano cacique de provincias. Tiene la
misma flexibilidad que una barra de acero. Está ahí, en un rincón, sin entender
que la evolución de la trama del vodevil político le ha convertido en un
figurante y murmurando tonterías sobre los derechos de la lista más votada.
¡Ha ganado las elecciones, maldita sea! ¡Merece un segundo mandato!
Creo que es el único candidato a la
Presidencia que aún no ha entendido que, en un sistema parlamentario, las
elecciones no se “ganan”, sino que la elección del jefe de Gobierno depende de
las combinaciones de la Cámara. Salvo que tengas mayoría absoluta, alzarte con
la Presidencia requiere que negocies y establezcas alianzas, y eso es algo que
este señor no sabe hacer. Además, bromas aparte, creo que Rajoy ya no está bien
de la cabeza (quizás algo neurodegenerativo), y medidas como negarse a ir al
debate electoral a 4 apoyan esta hipótesis. Si aceptara retirarse y cederle la
jefatura del partido a Sáenz de Santamaría, su sucesora natural, las cosas serían
de otra manera, pero eso no va a pasar.
Así que aquí estamos. Más de dos meses
después de las elecciones, con declaraciones cruzadas y con una completa falta
de entendimiento entre todos los partidos. Visto lo visto, no creo que con esta
composición parlamentaria se logren acuerdos. Y la cosa es que los plazos ya
corren. Desde el 2 de marzo, día de la primera votación, hay dos meses para
alcanzar acuerdos. Si el 2 de mayo no se han logrado, se disuelve la Cámara y
54 días después (el 26 de junio, porque se celebra en domingo) se repiten las
elecciones. Se arrojan de nuevo los dados y a ver lo que pasa.
Pero hay otra posibilidad: el fantasma de
la gran coalición. Ese pacto entre los dos grandes partidos, ejemplo de sentido
de estado y de responsabilidad política, para repartirse el pastel cuatro años
más, aprobar algunas tímidas reformas y, sobre todo, impedir ser desbordados.
Lo cierto es que PP y PSOE suman mayoría absoluta. ¿Es posible la gran
coalición? Creo que Rajoy la desea y que Sánchez se puede dejar querer, al
contrario que Iglesias (1). Pero también es cierto que Sánchez tiene que pensar
en su posición en el partido, que no sería la misma si (pese a su nefasto
resultado electoral) logra alzarse con la Presidencia del Gobierno que si se
queda de vicepresidente en un pacto con Rajoy.
Creo que en este momento todo descansa
sobre Sánchez. Tener acuerdo de Gobierno, sea con el PP o con los partidos de
izquierda, o ir a elecciones y ver qué pasa. De momento sigue adelante la rueda
de declaraciones, desplantes, propuestas y tonterías. ¡Adelante con el vodevil!
(1) Le traigo a colación porque PP +
Podemos / mareas es un pacto que tiene también mayoría absoluta.
Terry Pratchett, un año después
Hace hoy un año me dieron un puñetazo que
me dejó sin aliento. Fue, claro está, un puñetazo metafórico. Entré tan
tranquilo a la sala de informática de mi colegio de abogados, encendí un equipo
y abrí Twitter. Lo vi todo a la vez: dos o tres personas hablando de Terry
Pratchett, mi pestaña de “Notificaciones” a rebosar, el nombre de mi escritor
favorito convertido en trending topic.
Sir Terence David John Pratchett acababa de morir en su casa, en su cama, con
un gato a sus pies. Y yo, en aquella sala pública llena de abogados serios que
hacían cosas “importantes”, tuve que contenerme para no ponerme a llorar.
Era jueves. Lo recuerdo porque, en
aquella época, los jueves tenía un encuentro con amigos, al que fui después de
enterarme de la noticia. El evento, habitualmente festivo y divertido, tenía
aquel día un tono de funeral. Las obras de Terry Pratchett habían marcado de una
manera o de otra a la mayor parte de quienes estábamos allí. Informábamos del
hecho a cada persona que entraba por la puerta, como si se nos hubiera muerto
alguien. En cierto sentido así era.
La catarsis en Twitter, durante ese día y
los dos siguientes, fue espectacular. Supongo que desde fuera debíamos parecer
ridículos: un montón de frikis lamentándose porque se ha muerto un autor de
novelas de elfos y magia. Sólo que, por supuesto, describir así a Terry
Pratchett es como decir que la gran novela de Cervantes va sobre un loco que
hace tonterías: no es mentira pero se queda muy corto. Y la prueba de ello,
creo, somos todos los desconocidos que lloramos su muerte y que nos consolamos
Por @AliceNemi
Creo que he vertido más lágrimas por la
muerte de Terry Pratchett que por la muerte de todas las personas de mi
familia, lo cual no sé si dice mucho a favor de él o muy poco a favor de mis
familiares. Lloré en el momento. Lloré cuando redacté el panegírico que publiqué al día siguiente, cuando una amiga lo tradujo al inglés y
casi todas las veces que lo he releído después. Lloré cuando, un par de semanas
después de la muerte, organizamos un pequeño evento para leer sus obras en la
estatua del Ángel Caído en Madrid. Y lloré cuando leí los homenajes que le
tributan diferentes autores en las primeras páginas de A todo vapor. No soy muy llorón, así que no fueron llantos muy
efusivos. Más bien unas pocas lágrimas asomando a mis ojos mientras me invadía
la sensación de que me faltaba algo fundamental, de que el mundo estaba roto.
¿Exagero? Puede ser. Pero diré que, un
año después de su muerte, sigo llorando a Terry Pratchett. Incluso cuando leo
las ediciones traducidas de sus obras que, puntualmente, siguen llegando al
mercado español. Me pasó con A todo vapor:
la primera vez que el libro me hizo soltar una carcajada en el Metro (una
sensación muy pratchettiana) me sentí mal de una manera casi física. Cuando leí
cierta escena que confirma una tesis que tenía yo sobre el Mundodisco, se me
encogió el estómago. Es claramente una novela de cierre, escrita para
despedirse, y lo logra por todo lo alto. Casi todo Pratchett está en A todo vapor.
Terry Pratchett era un ateo convencido, y
yo también lo soy. No creo que su alma esté en parte alguna, mirando por encima
del hombro lo que escribo sobre él. Así que no terminaré esta entrada en
segunda persona. Simplemente diré que su obra hizo del mundo un lugar mejor,
que tiene un enorme potencial ético y que está cuajada de personajes
inolvidables. El fandom de Pratchett
es de los menos elitistas que conozco: nunca he visto a nadie quitando el
carnet de fan a quien no hubiera leído tal o cual obra, y creo que cuando sus
libros se fueron popularizando en España la alegría fue general. Eso tiene que
Lo dije hace un año y lo repito: Terry
Pratchett me ha hecho mejor persona. Me ha enseñado humildad. Me ha enseñado
que hay que hablar a favor de los que no tienen voz, no porque sean mejores que
los demás sino porque es lo justo. Me ha enseñado a respetar la autonomía de quienes
me rodean. Me ha enseñado empatía. Me ha enseñado a centrarme en el trabajo que
tengo delante. Me ha enseñado, en fin, que tratar a las personas como cosas
está en la raíz de todos los pecados. Le debo mucho, y por eso sigo llorando su
muerte. Pero, aparte de llorar, hay que combatir, cada quien desde donde pueda,
para que esos ideales pratchettianos, tan profundamente humanos, rijan en todas
¿Para cuándo el día del hombre?
No falla. Es que no falla. Sólo es
necesario que se celebre un día de conmemoración y apoyo a un colectivo
discriminado (día de la mujer trabajadora, orgullo LGTB, día contra la
violencia de género) para que salten miles de personas exigiendo un día igual
para los miembros del colectivo opresor. Por supuesto, el 8 de marzo es uno de
los días que da carta de naturaleza a este festival del casito: la expresión “¿para
cuándo el día del hombre?” o sus variantes es ya un meme que se usa para burlarse
de cualquiera que se queja de tonterías.
En la última edición del Día de la Mujer
Trabajadora, celebrada anteayer,
la expresión “día del hombre” llegó a ser trending
topic en Twitter. Y uno piensa, ¿por qué? ¿Por qué es tan difícil de
entender que la existencia de esa clase de días sería (o es, como veremos más
abajo) un absurdo que no obedece a lógica alguna? ¿No les entra en la cabeza o
es que no quieren aceptarlo? En definitiva, ¿son estúpidos o son malos? En cuanto a la estupidez, quizás sea ir demasiado lejos (y sea demasiado
simplista) afirmar que quien exige un día del hombre o del orgullo heterosexual
es porque es idiota. Creo que es más complejo. Tiene que ver con una ceguera
hacia lo estructural. Vivimos en un mundo individualista: desde criaturas nos
enseñan que somos individuos, que nos van a juzgar por nuestros méritos, que nosotros
ganamos o perdemos en función de nuestros actos. Eso sólo es cierto de una
manera muy parcial, porque estamos tremendamente condicionados por nuestra situación
de partida y lo vamos a seguir estando toda nuestra vida. Pero la cuestión es
que el discurso individualista es lo que oímos, vemos y leemos constantemente.
Y cala, claro que cala. Se mete en
nuestra conciencia y oculta lo que hay detrás, que es una estructura muy
compleja que nos clasifica según nuestro color de piel, clase social, género y
orientación sexual entre otros factores. No estamos capacitados para ver las
estructuras, que de hecho no son objetos tangibles sino conceptos que empleamos
para explicar por qué las cosas son como son. Eso quiere decir que, salvo que
nos formemos, no somos capaces de ver las raíces de las discriminaciones.
Eso es un problema. A nosotros nos
enseñan, desde pequeñitos, que el machismo y la violencia de género están mal. Pero
no nos dicen qué hay detrás ni nos hablan de patriarcado. Pasan los años,
crecemos e identificamos algunas situaciones que leemos como discriminación
contra los hombres: pagamos por entrar en discotecas, tenemos que tomar la
iniciativa en los ligues, morimos más en accidentes de trabajo. Como nadie nos
ha hablado de la estructura que hay detrás de todo el asunto, concluimos que
los hombres también están discriminados. Y acabamos reclamando un día del
Esta manera de razonar tiene muchos
fallos, que se pueden poner al descubierto con preguntas como “¿quién gana si
todo el mundo es discriminado?” “¿Quién está saliendo beneficiado?” Pero su
principal defecto es que es individualista. Ése es su lastre. Que si nos
limitamos a asumir que somos átomos libres e independientes del cuerpo social
no llegamos a ninguna parte. La discriminación por razones de género (y de
clase, y de color de piel, y de…) es un fenómeno social y cultural, enraizado en
nuestras costumbres y que aprendemos de mil fuentes distintas. Reducirlo a “humanos
discriminando a humanos” es simplista, pero es a lo que nos vemos abocados si
no nos formamos y miramos un poco más allá.
Por otra parte, quizás hablar de maldad, así en abstracto, sea demasiado.
Pero no puedo evitar pensar que algo de mala idea hay en la exigencia de que se
celebre un día del hombre cuando resulta que ese día ya existe (19 de noviembre) pero sólo se habla de él el 8 de marzo. Es decir: quienes
piden que haya un día del hombre muestran un profundo desconocimiento de la
causa que dicen defender: se ponen a exigir algo que ya tienen (y que no usan) durante
una jornada dedicada a hablar de techo de cristal, violencia de género, espacio
simbólico o agresiones sexuales. Esto nos lleva a una conclusión: no quieren
que haya un día del hombre; quieren que no haya un día de la mujer. Y eso es de
De todas maneras, ¿de dónde sale este día
del hombre? ¿Qué pide, qué reivindica? Dice Wikipedia que tiene seis pilares:
promover modelos masculinos positivos, celebrar las contribuciones de los
hombres a toda una serie de campos, centrarse en la salud y bienestar de los
varones, poner de relieve la discriminación contra los hombres, promover la igualdad
de género y crear un mundo más seguro y mejor para todo el mundo. No seré yo
quien se queje de los objetivos 1, 5 y 6, al menos en abstracto, pero los otros
tres son demenciales. Pura exigencia de atención inmerecida. ¿Qué pasa, que no
tenemos toda una cultura destinada a celebrar los logros de los varones? ¿Que
todo nuestro sistema de salud y bienestar no está construido pensando en los
hombres? ¿Que esa supuesta “discriminación contra los hombres”, donde existe,
no es un correlato de los roles de género patriarcales contra los que lucha el
feminismo? Nuestra cultura está centrada en los
hombres. Mires donde mires nos ves a nosotros. Las mujeres quedan relegadas a posiciones
que, si bien son vitales, se valoran como subordinadas: cuidados, crianza,
apoyo, etc. No hay necesidad de un día del hombre porque nuestros logros,
necesidades y problemas son temas que se tratan todos los días y a todas horas,
que permean nuestra sociedad, que se convierten en asuntos generales. ¿De qué
hablamos en el día a día? De política, de economía, de deporte, de avances
científicos y tecnológicos… todo campos de nabos donde la presencia femenina, o
es testimonial, o se queda en los niveles bajos de la jerarquía o se obvia.
En definitiva, el mundo en el que vivimos
está escrito en masculino. En este contexto, exigir que exista un día del
hombre no es más que una broma a costa de las mujeres. Pedir ese casito justo
el día en el que se alza la voz frente a la discriminación por razón de género
convierte la burla en algo cruel.
Fails del 8-M de 2016
cedo este espacio a @MissGable, que, siguiendo una noble tradición
iniciada en su día por Filósofa Frívola, va a desmenuzar desde el humor todas
las campañas institucionales y comerciales del 8-M que lo merezcan. Y, por
desgracia, son bastantes.
El post, por cierto, se irá actualizando durante el día de hoy según vayan saliendo nuevos ejemplos de vergüenza ajena.
Vengo dispuesta a
mostraros las aberraciones de campañas que se irán cometiendo entre hoy y mañana,
7 y 8 de marzo. Sí, en la víspera y el propio 8 -M, nuestro día, el día de la
mujer trabajadora. Normalmente los despropósitos vienen de la mano de señores
cishetero, que poco deberían tener de protagonistas en esta fecha tan señalada
para los feministas de calendario. Los feministas de calendario son ésos que se
declaran firmes defensores de la mujer uno o dos días al año, y si es para
sacar tajada pues fenomenal (#Capitalismo).
estas aberraciones con humor, que quemar cosas está mal visto. Para que luego
digan que las feministas no nos reímos de chistes, el humor no es cosa nuestra
o que queremos abolir la depilación láser y los solariums.
Avon quiere celebrar
contigo tu día con unas colonias y unas cremitas. Porque todxs sabemos que la
revolución feminista será oliendo bien y estando suave, o no será.
Sube tu fotito
haciendo deporte en tu día de mujer trabajadora de bíceps y te regalamos unos
auriculares la mar de bonitos. ¿E o qué? ¿Qué es eso de combatir al patriarcado
sin música de fondo? Con la llegada de los
semáforos paritarios se acabará la confusión del género femenino a la hora de cruzar
en los pasos de peatones. Porque todo bicho viviente que lleve falda es mujer,
y todo bicho viviente que lleve pantalón es hombre ¿No? Que a ver, la buena intención se agradece, pero en fin...
Obra titulada “El
combo de la aberración”. Aquí no hay una aberración, sino DOS. Una: el rosita,
que desde que se inventó el color rosa se sabe que es de chicas; y dos, Rubén
Castro. Sí, el mismo que está imputado por cuatro delitos de violencia de género. ¡Viva el
Después de la hostia
de misa, viene la Asociación de Mujeres Progresistas de Bigastro y te da otra
en forma de frase inspiradora. ¡Porque ser hermosa toda la vida es requisito para la igualdad de género y algo a lo que debe aspirar toda mujer progresista!
Un Círculo Podemos de
asesoramiento para campañas feministas no hay, ¿no? Porque vamos, convertir en protagonistas (otra vez) a los mismos señores de siempre en el 8 de marzo es una decisión que habría convenido meditar un poco.
Si el repartidor te acosa: un enfoque jurídico
Con el acoso pasa algo muy curioso: basta
que alguien cuente una experiencia para que muchas víctimas se atrevan a hablar
de ello y cuenten sus experiencias. Digo esto porque el otro día se hizo viral
el tuit de una chica que mostraba cómo un repartidor de MRW le hacía
proposiciones sexuales por WhatsApp. Bastó con eso para que mi TL se llenara de
quejas de mujeres a las que les había pasado lo mismo, tanto con repartidores
como con compradores de Wallapop. El asunto ha saltado a la prensa y el
blog Antiseductor lo ha tratado también.
¿Qué se puede hacer ante estos casos? Es
una situación muy molesta y que puede llegar a darle mucho miedo a la víctima,
pero ¿es delito? En primer lugar, tenemos que descartar la aplicabilidad del artículo 172 ter CPE, que cita (incorrectamente) la noticia de VozPopuli enlazada
más arriba. Este delito exige para su comisión una conducta “insistente y
reiterada” con la cual “altere gravemente” la vida cotidiana de la víctima.
Como es obvio, y al menos de momento, estos requisitos no se dan. Mandar cinco
mensajes en cuarenta minutos no es reiteración: la ley piensa en una conducta
que se prolonga durante días, semanas o meses y que fuerza a la víctima a
cambiar sus rutas, a advertir a la gente de su trabajo, a no salir nunca sola,
Sin embargo, judicializar uno de estos
asuntos es perfectamente posible, como prueba esta historia. La víctima
no cuenta qué delito trató de imputar al acosador, en este caso un repartidor
de pizzas, pero la cosa llegó a juicio. Yo apuesto que se trata de acoso sexual. Este delito castiga las proposiciones sexuales, aunque no sean
reiteradas, realizadas en una relación laboral, docente o de prestación de
servicios. Lo cierto es que la relación de una empresa de comida rápida
(representada por su repartidor) y un cliente es de prestación de servicios. ¿Problema? Que no es una relación
continuada y habitual, requisito que exige la norma para castigar al acosador:
yo no pido pizza todos los días.
[ADDENDA 04/03/2016 11:31 - Efectivamente, el repartidor de pizzas fue absuelto]
Saliéndonos ya del marco de lo penal,
cabe recordar que la Ley de Seguridad Ciudadana castiga en su artículo 37.5
la realización de actos que atenten contra la libertad sexual cuando estos
actos no sean delito. Ya discutí la posibilidad de aplicar este precepto
a otra modalidad de acoso sexual no delictivo: el baboseo en discotecas. Yo decía
que era bastante escéptico al respecto porque se trata de casos rápidos, en los
que cuando llega la Policía el agresor puede estar muy lejos. Por el contrario,
aquí está perfectamente identificado y además la víctima, que está en su casa,
puede recibir asesoramiento con tiempo y presentar una denuncia sólida. Pero lo que de verdad puede salir
adelante, lo que puede dejar al mensajero o al repartidor sin ganas de repetir
el intento, es una denuncia ante la Agencia Española de Protección de Datos. El
nombre, la dirección y el teléfono de las personas son datos protegidos. La entidad
que los recaba (en este caso la empresa de mensajería) debe tratarlos de
acuerdo con la LOPD. Cuando se los cede a un repartidor para que haga una
entrega, ese repartidor se convierte en encargado del tratamiento. Los
encargados del tratamiento tienen el deber legal, que además aceptan en
un contrato firmado específicamente, de usar los datos sólo para los fines de
la empresa que se los entrega (en este caso entregar el mensaje o el paquete) y
de devolverlos o destruirlos después.
En el caso de que el encargado del
tratamiento destine los datos a otra finalidad, como por ejemplo ligar, la ley
le convierte en responsable del tratamiento. Y está jodido, porque la mayor
parte de infracciones del régimen de la LOPD están previstas para los
responsables del tratamiento. Así, el artículo 44.3.b LOPD considera
infracción grave “tratar datos de carácter personal sin recabar el
consentimiento de las personas afectadas”. El párrafo siguiente castiga,
también como infracción grave, “tratar datos de carácter personal o usarlos
posteriormente” vulnerando principios como el de uso lícito (los datos no
pueden emplearse para finalidades incompatibles con aquellas para las cuales se
recogieron) o el de cancelación cuando su conservación haya dejado de ser
necesaria. ¿Y cuánto es la multa por una infracción
grave? De 40.001 a 300.000 €, aunque para casos poco importantes la escala puede
quedar “sólo” en una horquilla de 900 a 40.000 €. La ley española no trata los
temas de datos con ligereza. Probablemente el acto del mensajero ligón no sea
delito, pero se está exponiendo a una multa tras la cual igual ya no levanta
cabeza jamás. Como mínimo se llevará un palo de 900 €. Y todo por querer
follar, a la desesperada, con una desconocida.
Así que, amigo mensajero que usas datos
personales para ligar, te pido que pienses. Ya que no has sido capaz de tener
empatía por la chica que empieza a recibir mensajes de ligoteo de un
desconocido que sabe dónde vive, piensa un poco en ti mismo. Piensa en tu
futuro y, qué diablos, en tu presente. Y si aun así eres incapaz de dejar de razonar
con la polla, recuerda que si no tienes bienes para pagar la multa igual la
AEPD te la corta. Que son muy suyos cuando se trata de datos personales.

References: artículo 524
 artículo 28
 artículo
524
 artículo 20
 resolución 
 artículo 66
 artículo 26
 artículo 172
 artículo 37
 artículo 44