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Timestamp: 2020-08-07 16:00:31+00:00

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Los retos del liderazgo. La "gripe de España" de mil novecientos dieciocho y el COVID diecinueve | Hombre de Cristal
Los retos del liderazgo. La «gripe de España» de mil novecientos dieciocho y el COVID diecinueve
19/06/2020 Oscar 0
Cuando surgen situaciones de la proporción de estas pandemias, el liderazgo se prueba como en poquísimas ocasiones. Las resoluciones son complejas y alcanzan un dramatismo que supera la imaginación más fecunda. Woodrow Wilson, el 28vo presidente de los E.U., encaró esta situación en mil novecientos dieciocho, y muchos gobernantes están el día de hoy en una situación semejante. Son estos los retos del liderazgo que miden a los hombres, los califican y dejan lecciones que todos deben aprender.
La pandemia de influenza de mil novecientos dieciocho fue la plaga más grande de la historia, alcanzó todos y cada uno de los rincones del planeta y mató entre veinticinco y cien millones de personas (los cálculos no son precisos por la naturaleza misma del desastre). La mayor parte de las muertes se generó en varias semanas del verano de tal año. En ese entonces la población total del planeta era de dieciocho billones de personas, apenas una cuarta parte de la población de el día de hoy. Es fácil hacerse una idea de las proporciones que tuvo ese fenómeno.
La epidemia de influenza de mil novecientos dieciocho llegó en instantes que la civilización enfrentaba el resultado de la Primera Guerra Mundial (mil novecientos catorce-mil novecientos dieciocho), el enfrentamiento que, teóricamente, “terminaría con todas y cada una de las guerras”. Un drama auxiliar en el conjunto.
Por otro lado, en los primeros años del siglo veinte, la ciencia médica recién se hallaba en la que puede considerarse su primera etapa formal de desarrollo.
Hasta muy entrado el siglo XIX, la medicina no tenía una situación de privilegio entre las profesiones humanas. Sus prácticas generales habían evolucionado poco desde los postulados de Hipócrates y Galeno. Europa, singularmente Alemania, tenía ciertos centros de capacitación científica, mas en América el primer ejercicio de capacitación sistémica de profesionales se generó muy bien entrada la segunda mitad del siglo (la universidad John Hopkins se creó recién en mil ochocientos setenta y seis).
La pandemia de mil novecientos dieciocho se transformó en un jalón de cara al desarrollo de la medicina. En la investigación y combate de la plaga se reunieron, prácticamente por vez primera, los sacrificios de una naciente comunidad científica en el mundo entero. De allá surgieron esenciales avances en vacunas, antibióticos e inclusive en la genética humana.
El libro de John M. Barry, “The great influenza” da un registro detallado de esa epopeya. Un cuadro de sucesos que supera en dramatismo y rigor lo que el planeta vive ahora con otra pandemia, la del COVID diecinueve.
La influenza de mil novecientos dieciocho se llamó, por un accidente histórico, la “gripe española”.
No brotó en España, mas en la mitad del conflicto armado mundial, la libertad de prensa que existía allí, abordó el inconveniente sin limitaciones y acabó por entregarle el nombre. Se alardea, con buena probabilidad de acierto, que el virus apareció en un área rural del estado de Kansas, en los U.S.A..
La enfermedad no hubiese tenido la propagación que alcanzó, si su aparición no coincidía con los preparativos bélicos que efectuaba USA para participar en la etapa final de la guerra. En todo el territorio de Norteamérica, existían en ese instante bases militares con alta concentración de soldados que se preparaban para combatir en Europa (entre quince y cuarenta hombres en todos y cada una).
El virus pasó con sencillez de los recónditos confines rurales a las superpobladas bases militares. Desde allá se transportó con los soldados americanos a los escenarios de combate en en el viejo continente y después al mundo entero (singularmente cuando se licenciaron las tropas concluida la guerra, en el mes de noviembre de mil novecientos dieciocho).
La “gripe española” ataco al planeta en 3 olas, la primera parcialmente benigna desde julio de ese año, la segunda, que fue la mayor asesina, entre octubre y diciembre, y una tercera, parcialmente más suave que la segunda, a lo largo de los primeros meses de mil novecientos diecinueve.
A pesares que el planeta de principios del siglo veinte no estaba interconectado como el presente, ya tenía los elementos precisos a fin de que la enfermedad se extendiera a todas y cada una partes: desde los recónditos confines de Alaska hasta los desiertos australianos. En Alaska, exactamente, prácticamente erradicó por completo a los esquimales, gente distanciada de auxilio próximo y con poco conocimiento biológico de estas enfermedades.
La “gran influenza” no solo dejó millones de víctimas fatales, asimismo secuelas en otras enfermedades, en especial Parkinson y muchas afecciones pulmonares. Los inconvenientes sicológicos, producto del pavor global, acompañaron a una generación entera de personas en todo el globo a lo largo de muchos años.
Esa fue la historia de la “gripe española”, la pandemia más mortal que padeció la humanidad en su historia.
Los retos del liderazgo se manifestaron en todos y cada uno de los gobiernos del planeta. Y tuvieron un carácter tan trágico como el propio inconveniente. La pandemia no solo asesinó a millones, asimismo puso de rodillas la economía y el orden social de todas y cada una de las naciones.
Si un caso sirve de ejemplo para comprender lo que vivieron los líderes mundiales, es el que tuvo como protagonista a Woodrow Wilson, el presidente de los E.U. (mil novecientos trece-mil novecientos veintiuno).
Wilson accedió a su segundo orden presidencial bajo la oferta electoral de “evitar el ingreso de los E.U. en la guerra”. Mas los sucesos lo superaron por completo, y se vio obligado a declarar la guerra a los Estados Centrales en mil novecientos diecisiete.
Cuando la pandemia se gestaba, los E.U. estaban totalmente enfocados en su preparación bélica. Cada gramo de esmero de la industria y la población estaba orientado a la preparación de las tropas y la producción industrial con fines militares.
Las autoridades de salud en el continente, identificaron el brote de la primera ola de la pandemia al comienzo de ese verano. Supieron pronto de la extensión del fenómeno. Mas no pudieron tomar ninguna medida seria de prevención o bien profilaxis por el hecho de que debía evitarse, a todo costo, cualquier situación que afectase la ética de la población y las tropas con respecto a la guerra.
No se pudieron organizar confinamientos, cuarentenas ni limitaciones a la movilización de las personas, mucho menos de las tropas. Por otro lado, y de forma consciente, se evitó suministrar a la población cualquier género de información que pudiese sobresaltarla. La prensa debía regirse a un estado de salvedad que definía el ahínco bélico.
Los soldados empezaron a enfermarse de influenza. Mas como los síntomas de la primera ola eran parcialmente benignos y el índice de mortalidad bajo, no se detuvo su traslado a Europa. Entonces llegó la segunda ola, la enfermedad presentó síntomas considerablemente más graves y comenzó a matar con velocidad y en una proporción nueva. Desde ese punto al contagio masivo de la población civil, fue una cuestión de días.
A lo largo de mucho tiempo, aun cuando el inconveniente ya era severísimo, las autoridades gubernativos no reconocieron oficialmente la situación. Los retos al liderazgo estaban planteados, mas las resoluciones no se abordaban. Se aguardaba que los acontecimientos remitieran en intensidad y no afectasen la ética del país en guerra.
Cuando los contagios entre soldados y civiles pusieron bajo riesgo la movilización y la producción bélica, el inconveniente le fue presentado a Woodrow Wilson en su magnitud.
Las autoridades médicas le señalaron que era imperativo detener el traslado de las tropas a Europa y declarar medidas excepcionales en la población civil. En ese instante la epidemia generaba más bajas entre las fuerzas armadas de las que ocurrían en el frente de batalla.
Se debían tomar resoluciones. Y Wilson, como comandante supremo de las fuerzas armadas y jefe de la nación, era el único habilitado para hacerlo.
Los retos del liderazgo son algo natural en el ejercicio de gobierno, mas los de esta clase no son comunes. Wilson debía decidir sobre el destino de millones de vidas humanas. Si ordenaba que siguiese el traslado de las tropas, la enfermedad agudizaría su curso. Miles y miles de sus compatriotas morirían por la enfermedad. Mas por otro lado, si detenía o bien reducía el ahínco bélico, la guerra se complicaría para el planeta libre.
Para tomar la resolución consultó a quienes correspondía. Los razonamientos eran, evidentemente, contradictorios, excluyentes. Los intimidantes retos del liderazgo se tratan con resoluciones proporcionales al tamaño del inconveniente, y Wilson resolvió la encrucijada decidiendo en favor del esmero bélico. Todo debía proseguir igual. La guerra era la prioridad. Nada podía detenerse.
Desde esta resolución se afianzó el progreso de la pandemia y sus efectos: probablemente cien millones de fallecidos y secuelas que no se pueden medir.
Todas y cada una de las víctimas de la Primera Guerra Mundial fueron algo más de veinte millones de personas, en cuatro años de conflagración. La mitad fueron combatientes. La “gripe española” mató considerablemente más gente en cuatro semanas, la mayor parte civiles.
Posiblemente el propio Woodrow Wilson terminara siendo víctima de la enfermedad cuando se hallaba en Paris, exactamente trabajando con los términos de paz para el enfrentamiento. Cayó súbitamente enfermo, debió desamparar el trabajo y regresar a los E.U.. 4 meses después le sobrevino el colapso final que lo dejó totalmente inhabilitado. Ciertos especialistas atribuyen el inconveniente a los efectos de una arterioesclerosis, una trombosis o bien una embolia. Mas otros aseveran, con mucho fundamento, que se trató de una secuela de la influenza.
Al desamparar los trabajos en Paris, Wilson dejó que Francia y también Inglaterra adoptasen las medidas de paz que dieron sitio al tratado de Versalles (términos a los que se oponía), y al resquemor alemán que condujo al ascenso de Hitler y a la Segunda Guerra Mundial.
¡Fueron las consecuencias de una resolución!, el producto de los retos del liderazgo.
¿Puede juzgarse la resolución de Wilson? En lo más mínimo. Es simple hacerlo desde aquí, mas imposible medirlo en el instante. Si tomaba la resolución a favor del cuidado que demandaba la pandemia, probablemente la guerra se hubiese ganado igual y se evitarían otras muchas cosas, mas eso es especulativo.
Lo esencial aquí es justamente el hecho de haberse TOMADO una resolución específica, de haber eliminado la indefinición y también inseguridad.
Las resoluciones resuelven los retos del liderazgo. Solamente puede lograrlo. Cuando no son claras y no abordan íntegramente una problemática (considerablemente más si es compleja), solo logran que el poder de los sucesos continúe del lado del fenómeno y las eventualidades. Sin resoluciones no se toma control de los hechos ni de sus consecuencias.
¡Claridad! Esto es lo que se le demanda al liderazgo.
Absolutamente nadie duda de las complejidades ni la apabullante carga sicológica que representan estas resoluciones. Pocos quisiesen formar parte de un problema de esta forma. Mas son los retos del liderazgo, y no pueden evitarse. Si la resolución que tomó Wilson fue buena o bien mala, es una cosa, mas fue una resolución específica y brindó claridad.
Los gobiernos del planeta viven el día de hoy una encrucijada similar con el COVID diecinueve. Guarda distancias con la experiencia de mil novecientos dieciocho, pues muchas cosas ahora juegan a favor: la ciencia médica está considerablemente más desarrollada, la pandemia no tiene el rigor de la otra, no hay una conflagración bélica mundial, y las medidas precautorias pudieron tomarse en gran medida. Hasta donde se sabe no hay perspectivas que muera el cinco por ciento de la población mundial, o bien que aun pueblos o bien razas enteras queden al filo del exterminio.
¡Mas no hay claridad!
Las resoluciones de fondo no han sido tomadas. Los retos del liderazgo no han sido honrados. Y en esa medida los resultados, librados a su inercia, pueden ser iguales o bien más perjudiciales que los del pasado siglo.
Las resoluciones bastante difíciles no se toman “pensando en el otro”, no pueden ejecutarse en función de resguardar o bien resguardar todos y cada uno de los intereses implicados, es imposible. Su propósito es únicamente suprimir la inseguridad y la inacción.
El propósito es ganar tiempo, a fin de que este, por lo menos, no juegue en contra, y deje definiciones siguientes de mayor calidad. Mas “ganar tiempo” no guarda relación con resoluciones tibias o bien parciales. Esto podría comprenderse, más bien, como “una pérdida de tiempo”.
¿Salud o bien economía?, ¿confinamiento o bien “reapertura”?. La dicotomía no ayuda. Las resoluciones no tienen la capacidad de trabaja con ese código. Es una o bien otra cosa, a fondo. El equilibrio está al alcance del proceso, mas no las resoluciones. No se puede “conseguir equilibrio” con una resolución de esta naturaleza. El cómputo es consecuencia de la resolución, mas no puede ser el justificativo.
Estos son los retos del liderazgo mundial en este preciso instante. Son parte de una coyuntura que implica a todos y cada uno de los habitantes del planeta.
Va a haber que ver si los líderes de estas generaciones tienen la talla de las precedentes. Se deberá valorar si son capaces de tomar el “toro por las astas” y solucionar la encrucijada. En uno o bien otro sentido, mas sin vacilaciones. Con exactamente la misma determinación que tienen los virus, que por otro lado y hasta donde se sabe, ni tan siquiera son organismos que tengan vida propia.
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