Source: http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num37/subjetividad-glocer-fiorini-mas-alla-masculino-femenino.php
Timestamp: 2019-10-23 10:44:54+00:00

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El psicoanálisis contemporáneo se encuentra frente a diferentes órdenes de desafíos. Uno de ellos se enmarca en el campo de lo femenino y las mujeres; otro, en el contexto de las presentaciones sexuales y de género que no responden a los cánones y normas clásicas. Estos dos órdenes encuentran obstáculos frente a las teorías clásicas que intentan explicarlos.
Nuevas legalidades organizan la vida social aun cuando esto es fragmentario y depende de las clases sociales, regiones, culturas y subculturas, etnias, religiones, entre otros factores.
Se constatan transformaciones de peso en los acuerdos sociales e históricos que van acompañados de cambios discursivos y de las prácticas sociales. Estos factores se determinan recursivamente.
Indudablemente esto se inscribe en un marco más amplio entre los consensos aceptados del contrato social y las resistencias a los mismos. Este interjuego -aceptación/resistencia-, es parte de las confrontaciones actuales.
Confrontaciones en curso
Un abordaje de estas cuestiones, que desafían los conceptos y normas establecidos sobre la diferencia sexual y de géneros, requiere pensar en cuáles son los ejes cruciales del psicoanálisis incluyendo sus necesarias expansiones, y qué proposiciones merecen ser discutidas o ampliadas. Es decir, que en el campo psicoanalítico se dan también estos debates en torno a los conceptos que intentan explicar estas presentaciones. Si la obra freudiana se mantiene es porque propone un cambio paradigmático: el sujeto del inconsciente, sujeto escindido, desplaza al sujeto autosuficiente de la conciencia, investido con fuerza en la modernidad ilustrada. Esto se une al reconocimiento y establecimiento de la sexualidad infantil como un núcleo clave en la construcción de subjetividad. Es así como se pasa del desconocimiento o desmentida de la infancia como una instancia diferenciada a darle un status fundamental en el campo psicoanalítico. Asimismo, en el marco de los aportes freudianos, la transferencia adquiere un peso crucial para el trabajo clínico.
Estos aportes paradigmáticos cambian la concepción del sujeto, aun cuando sabemos que fueron interpretados de distinta manera por los diferentes marcos teóricos. Son parte de la riqueza de los debates intradisciplinarios, que nunca son independientes de la interdisciplina.
Sin embargo, hay otras proposiciones que se refieren a la interpretación de los diferentes y múltiples caminos de la sexualidad y los géneros que, a mi juicio, resultan insuficientes para una mejor comprensión de los mismos e incluso la obstaculizan. Indudablemente, están enlazados a experiencias sociales contemporáneas que se reflejan en el orden de la construcción de subjetividad.
A mi juicio, es ineludible trabajar estos temas en “zonas límite” (Trías, 1991) que implican mantener la especificidad del psicoanálisis pero evitando, a la vez, que éste quede apartado de las experiencias que circulan en el consultorio. En las zonas límite se descubren otras posibilidades, en las fronteras pueden generarse aperturas que permitan una mejor comprensión de experiencias que golpean a las puertas del psicoanálisis. Sabemos que los centros teóricos son más resistentes a los movimientos de apertura.
A mi juicio, entre los puntos que deberían ser debatidos está el concepto de diferencia sexual y el de diversidad de géneros. Como señalé, esto es crucial no solo para una mejor comprensión del campo de lo femenino sino también de las diversidades sexuales y de género.
En este trabajo me refiero a:
a) Lo femenino en su relación con las mujeres. Por cierto, que los movimientos de mujeres (Me too, Ni una Menos y otros) aceleran los debates en torno al deseo, la sexualidad femenina, la maternidad, la sublimación, el goce, el poder, entre otras cuestiones.
b) Las denominadas diversidades sexuales y de género. Aquí nos encontramos en presencia de consultas con problemáticas que aluden al campo del deseo y otras que se refieren a conflictos relativos a la identidad de género. Subrayo las diferencias entre asumir una elección sexual del mismo sexo, por un lado, y la no concordancia entre el género asignado y el autopercibido, por el otro. Ciertamente, estos son los extremos de una larga serie en la que hay presentaciones “mixtas”.
Había planteado en otras publicaciones (Glocer Fiorini, 2001, 2015) que hay un entrecruzamiento entre los debates referidos a las mujeres y lo femenino y aquellos referidos a las diversidades sexuales y de género: la resolución edípica y la categoría “diferencia” están en debate. Esto demanda un trabajo en interfase.
La respuesta edípica: las familias no convencionales
¿Es suficiente trabajar con el complejo de Edipo-castración clásico para la comprensión de lo femenino, de las diversidades sexuales así como de las familias no convencionales?
Sabemos que el complejo de Edipo, sea mito, teoría, complejo o estructura, replica a la familia nuclear. Entonces, no puede ser ajeno a estas reflexiones el hecho de constatar la presencia cada vez más visible de otros tipos de familia no convencionales. En esto incluimos la necesidad de analizar las funciones simbólicas y de cuidado/emocionales, habitualmente asignadas a padres y madres respectivamente, que son indispensables para la construcción de subjetividad sexuada. Por cierto, distintas formas de familias han existido siempre aunque hay que subrayar su mayor visibilidad y aceptación, incluso legal, en la actualidad. En este marco, surge la necesidad de explicar cómo se construye subjetividad en un sentido simbólico.
Esto tiene importancia para poder analizar con más amplitud las uniones homosexuales o entre personas con identidades de género autocuestionadas o migrantes y, en este contexto, la características de la crianza de hijos, biológicos o adoptados.
Pero, a mi juicio, esto se extiende aún más ya que se hace imprescindible revisar cómo se produce ese acceso simbólico también en las personas heterosexuales. Por cierto que las denominaciones –homosexualidad/heterosexualidad- no hacen justicia a los fantasmas inconscientes que trascienden tanto la homosexualidad como la heterosexualidad y la transexualidad.
Asimismo, ese acceso a un universo simbólico es un hecho sólo aparentemente resuelto a través de la noción de “función paterna”. Sus claras connotaciones androcéntricas, sustentadas en tramas de relaciones de poder/dominio, nos condujeron a denominarla “función tercera”, más abarcativa que función “paterna”, y que evita las connotaciones referidas a un orden patriarcal (Glocer Fiorini, 2013 y 2015). Esta función nos permite una apertura al reconocimiento del ejercicio de la “función tercera” por las madres. Subrayamos que esto no se da por incluir una función denominada “paterna” sino porque la terceridad es una función propia también en las madres, a través de sus propias reservas simbólicas, sin necesidad de ser referida a lo paterno. Esto último es un resabio androcéntrico, independientemente de que puede también ser ejercida con éxito por los padres.
He trabajado sobre las problemáticas planteadas (Glocer Fiorini, 2015) con la mirada puesta en que el acceso a la diferencia sexual y la resolución heterosexual del complejo de Edipo, por sí solos, no alcanzan a definir esa resolución simbólica subjetiva. En cuanto al concepto de “asumir la castración” consideramos que la teoría de la castración es una construcción que nos da una versión de la diferencia de los sexos en el plano imaginario. Pero, si deseamos utilizarla como marca de la diferencia simbólica es insuficiente. Ahora bien, si tomamos el concepto de castración simbólica como marca de la incompletud, de los límites, de sobrepasar el narcisismo, entonces esto se refiere a ambos sexos y no aplicaría a la diferencia sexual y de géneros; salvo que se postule que las mujeres o la posición femenina asientan en una “doble castración”.
Si abordamos la resolución edípica en la niña, sabemos que las tres salidas que postula Freud, son insuficientes. Freud propone a la maternidad como resolución ideal; en caso contrario, los caminos serán la frigidez, la histeria o el complejo de masculinidad. Se desmiente una sexualidad femenina no materna y no histérica.
Tampoco la resolución edípica clásica alcanza para explicar una salida simbólica en los niños criados en otros tipos de familias. ¿Acaso los hijos de parejas homosexuales son por definición abyectos del sistema? En estas condiciones, es indispensable pensar en funciones simbólicas y de cuidados, en forma no personalizada y sin ser patologizados a priori.
La escucha en la clínica
Sabemos que la escucha no es neutral y que siempre tiene límites que responden a los esquemas de conocimiento y de percepción propios de cada época y cultura. La escucha en psicoanálisis dependerá, además, de ideologías, prejuicios, creencias personales así como de las teorías que cada analista tenga a su disposición, sustentadas a su vez en metateorías (Glocer Fiorini, 2012).
En este contexto, se abren distintos debates para la comprensión tanto de lo femenino como de las presentaciones cambiantes de la sexualidad y los géneros que tienen poderosos efectos en la clínica.
Uno de ellos es la confrontación sexualidad versus género. Sabemos que el psicoanálisis acentúa fuertemente la centralidad de la psicosexualidad. Hay también debates cruciales sobre el papel de los cuerpos y el valor que tendrían las determinaciones anatómicas versus el cuerpo como construcción cultural (Laqueur, 1990). En estos debates está implícito el poder de la pulsión versus el poder de las construcciones culturales y la performatividad.
Asimismo, está en juego el papel de las teorías de género, en tanto es considerado una construcción cultural. Laplanche (1980) ha asumido el desafío y propuso distinguir entre diversidad (n géneros) y diferencia de géneros (dos géneros), de acuerdo a las lógicas que los sostienen.
Esto nos conduce a replantear el valor de las significaciones de la polaridad masculino-femenino. Ya Freud (1933) había planteado la dificultad de enmarcarlas en el campo psicoanalítico, ya que sus significaciones eran más de orden anatómico y sociológico. En otras palabras, acentuó la imprecisión de los términos de esta polaridad.
Otra cuestión a discutir es si el inconsciente reconoce la diferencia o si cuando hablamos de diferencia estamos refiriéndonos al preconsciente (Laplanche, 1980, y Bleichmar, 1984). Hay que tener en cuenta que, para Freud, en el inconsciente coexisten representaciones contradictorias; que el inconsciente no reconoce, por lo tanto, la categoría “diferencia”.
La escucha está determinada fuertemente por la posición del analista con respecto a estas cuestiones, entre otras.
Más allá de las polaridades dualísticas
Los debates mencionados se dan en términos de dicotomías excluyentes. A mi juicio, la lógica dicotómica es insuficiente para analizar las problemáticas clínicas que se presentan, especialmente en el campo de lo femenino y las mujeres así como en el de las diversidades sexuales y de género.
Salir de los atolladeros de la lógica binaria implica abordar otras formas de pensar los mismos problemas. Subrayo el concepto de magma psíquico (Castoriadis, 1986) para pensar en la pluralidad del psiquismo.
En este marco había propuesto en otras publicaciones (Glocer Fiorini, 2001 y 2015) pensar la construcción de subjetividad sexuada en forma triádica o incluyendo más factores en juego. El campo de la psicosexualidad intersecta con los cuerpos sexuados (que siempre son interpretados) y con las identificaciones de género. En la interfase entre estos registros se producen efectos de subjetivación, con concordancias pero también discordancias entre los factores mencionados. Esto va más allá de una resolución esquemática de orden binario (fálico-castrado, masculino-femenino).
Implica pensar en los procesos de subjetivación desde un punto de vista dialógico (Bajtin, 1978), en el que el otro y los otros son imprescindibles en los itinerarios del deseo, en la elección de objeto, en la trama de identificaciones de género. Implica también pensar que esa tríada, en sus movimientos recursivos, está también atravesada por movimientos simbólicos y discursivos que son historizables.
A partir de aquí quisiera acentuar en estos desarrollos que los binarismos son parte del lenguaje y de la cultura y que no se trata de suplantarlos o eliminarlos. Esto sería imposible. La cuestión es incluirlos en lógicas de la complejidad, de las multiplicidades. En este sentido, es posible trabajar en la clínica con el orden binario tal como se presenta en las teorías sexuales infantiles freudianas y en ciertas teorías sexuales adultas, pero incluirlas en tramas más abarcativas.
En este contexto, si abordamos la construcción de subjetividad más allá de las dicotomías excluyentes también se impone revisar el concepto de diferencia sexual y, más aún, incluir la categoría “diferencia” como noción clave para pensar la producción de subjetividad.
Propongo pensar la categoría “diferencia” en un entramado de multiplicidades: diferencia psicosexual, diferencia anatómica, diferencia/diversidad de géneros, diferencia lingüística y discursiva. Esta trama cuaternaria tiene zonas de concordancia y discordancia. Se trata de factores que coexisten en tensión, bajo la forma de un complejo montaje. (Glocer Fiorini, 2015).
En cuanto al enigma de la feminidad, que también deriva del concepto de diferencia sexual en tanto está adosado a las teorías sexuales infantiles, había planteado (Glocer Fiorini, 2001 y 2015) que se sostiene en un desplazamiento desde el enigma de la diferencia de los sexos al denominado enigma femenino. Esto apunta a aplacar la angustia de castración en el ámbito de lo masculino, tal como se metaforiza en el caso Juanito.
En esta línea, había también enfocado que el concepto de diferencia sexual refiere a un casillero vacío, un enigma, que siempre se ha tratado de “completar” con teorías, creencias, ideologías sobre las mujeres y lo femenino, que indudablemente incluyen también una determinada posición sobre lo masculino.
Había planteado que la categoría “diferencia” es un operador simbólico, un organizador psíquico, que va más allá de la diferencia sexual. Por eso entiendo que debe ser analizada como un entramado plural de factores que remiten a los universos múltiples que habitan la subjetividad. Esto nos permite ir más allá de las opciones excluyentes de la resolución edípica y poder pensar en otras resoluciones simbólicas posibles en el campo de lo femenino y de las diversidades sexuales y de género.
Bakhtin M. (1978). Problemas de la poética de Dostoievski. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1993. Bleichmar, S. (1984). En los orígenes del sujeto psíquico. Buenos Aires: Amorrortu.
Castoriadis, C. (1986). El psicoanálisis, proyecto y elucidación. Buenos Aires: Nueva Visión, 1992.
Freud, S. (1909). Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Vol. X. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. (1933 [1932]). La femineidad. En Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis. XXII. Buenos Aires: Amorrortu.
Glocer Fiorini, L. (2001). Lo Femenino y el Pensamiento Complejo. Buenos Aires: Lugar Editorial (En inglés: Deconstructing the feminine. Londres: Karnac, 2007).
Glocer Fiorini, L. (2012). “Las metateorías del analista acerca de la diferencia sexual y lo femenino”. Revista de Psicoanálisis, 69, 4: 695-713. Buenos Aires, APA.
Glocer Fiorini, L. (2013). Deconstruyendo el concepto de función paterna. Un paradigma interpelado. Revista de Psicoanálisis, LXX, 4, 671-681. (También en: www.elpsicoanalitico.com.ar, n. 21, 2016)
Glocer Fiorini, L. (2015). La diferencia sexual en debate. Cuerpos, deseos y ficciones. Buenos Aires: Lugar Editorial. (En inglés. Sexual Difference in debate. Londres: Karnac Books, 2017).
Laplanche J. (1980). Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II. Buenos Aires: Amorrortu, 1988.
Laqueur, Th. (1990). La construcción del sexo. Madrid: Cátedra, 1994.

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