Source: http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/dt30-2003
Timestamp: 2019-09-23 20:21:14+00:00

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Las relaciones entre Estados Unidos y China han mejorado sustancialmente en los dos últimos años, como consecuencia sobre todo de la cooperación bilateral en la lucha contra el terrorismo, de un relativamente menor apoyo estadounidense a Taiwan del que cabía prever y de la importancia que ha adquirido China para Washington en el tratamiento de la crisis nuclear con Corea del Norte. No obstante, subsisten fuentes potenciales de conflicto, relacionadas sobre todo con Taiwan (que sigue siendo el mayor irritante en las relaciones bilaterales) pero también con la evolución de la lucha de Washington contra el terrorismo y con su nueva doctrina estratégica, así como, por parte china, con asuntos como la proliferación de armas o los derechos humanos. Las fricciones económicas podrían también aumentar, aunque las controversias recientes parecen ser coyunturales.
En cualquier caso, el acercamiento reciente no debería ser sobrevalorado, sobre todo si se compara con la relación bilateral, más estrecha, que existió en los años ochenta. Por un lado, es muy posible que ese acercamiento no haya eliminado la percepción de buena parte de la administración Bush de que China es, a la larga, un “competidor estratégico” de Estados Unidos. Por otro lado, en realidad el acercamiento se ha producido en facetas que son relativamente secundarias para Pekín. Además, la nueva doctrina estratégica de Washington y su política sobre Taiwan (pese a las recientes declaraciones conciliadoras con China del presidente Bush al respecto) son susceptibles de crear conflictos serios. Por añadidura, existe el riesgo de que Estados Unidos no aproveche la ventana de oportunidad que se ha abierto desde finales de 2001 y que supone una ocasión sin precedentes para mejorar de manera duradera las relaciones bilaterales.
Estados Unidos y China se enfrentan a desafíos internacionales comunes, que hacen que a la larga estén condenados a entenderse. Pueden darse, sin embargo, presiones políticas en los dos países que dificulten ese entendimiento y exacerben las diferencias, provocando vaivenes innecesarios en la relación bilateral.
Las relaciones entre Estados Unidos (EEUU) y la República Popular China (China de aquí en adelante) son, como es natural, uno de los aspectos más destacados del panorama internacional en los primeros años del siglo XXI.
A ojos de Washington, China es no sólo el país más poblado del mundo y un miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sino una potencia emergente en los planos económico, político y militar. El extraordinario crecimiento de la economía china en los últimos 25 años ha hecho que su PIB se haya cuadruplicado con creces desde 1980 y que, medido en paridad de poder adquisitivo, sea ya el segundo mayor del planeta. La creciente apertura de China la ha convertido en un socio comercial preeminente de Washington (el comercio bilateral ascendió a 147.000 millones de dólares en 2002) y en un lugar preferente de la inversión directa de las empresas de EEUU. La relación con EEUU incluye intereses económicos y tecnológicos sustanciales. En 2002 China fue el cuarto mayor socio comercial de EEUU así como su sexto mayor mercado y su cuarta mayor fuente de aprovisionamiento exterior (las cifras previstas para 2003 indican que podría convertirse en su tercer mayor socio comercial, por delante de Japón). La inversión directa de empresas estadounidenses en China supera ya los 43.000 millones de dólares y se produce en sectores de tanta importancia tecnológica como la energía, la automoción o las telecomunicaciones.
China tiene igualmente un creciente peso político en Asia y en las organizaciones internacionales. La modernización militar del país es otro aspecto a tener en cuenta. Aunque el presupuesto militar chino asciende oficialmente a 20.000 millones de dólares al año, se estima que la cifra real podría ser varias veces superior (entre 45.000 y 65.000 millones, según Washington). Además, el Departamento de Defensa de EEUU considera que esa cifra se podría triplicar o cuadruplicar de aquí al año 2020.
En palabras de James A. Kelly, secretario asistente de Estado para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico,
“en su calidad de país más poblado del mundo, con una economía enorme y de rápido crecimiento y con un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, China está encaminada a convertirse en un actor de primer orden en los asuntos mundiales. En algunos aspectos, ya lo ha conseguido; en otros, tiene aspiraciones de liderazgo que pueden complementarse –o entrar potencialmente en conflicto– con los objetivos de nuestra nación. Gestionar nuestra relación con ese país dinámico y cambiante y asegurar que las relaciones entre EEUU y China son un factor de paz, prosperidad y seguridad son tareas tan críticas como complicadas” (Kelly, 2003: 1).
Para China, EEUU posee el know-how imprescindible para las cuatro modernizaciones lanzadas en 1978. Tanto en Asia oriental como en Asia central, Washington encabeza un arco de alianzas y arreglos estratégicos, y entre éstos, uno que incluye a Taiwan, que Pekín considera su provincia número 23, y otro a su seguridad inmediata, la península coreana. Además, Washington es determinante en las decisiones que adoptan los organismos internacionales de alcance asiático y global en los que Pekín se ha integrado.
Tras el 11-S, EEUU encabeza la denominada “lucha contra el terrorismo” y una inquietante “guerra preventiva”, que incluye un despliegue militar en Asia central. A ojos de China, el unilateralismo de la administración Bush puede afectar negativamente a la economía mundial, así como estancar algunos procesos de integración multilaterales y otros aspectos relacionados con las modernizaciones chinas. Por otro lado, el país asiático ha comprado gran cantidad de activos en EEUU (bonos del Tesoro), mientras que muchas grandes empresas multinacionales estadounidenses están instaladas en China, lo que ha aumentado notablemente el nivel de interdependencia de las dos economías. Además, a nivel académico, desde las humanidades hasta las ciencias, EEUU es el país que concentra el contingente más amplio y significativo de estudiantes, investigadores y profesores chinos. En suma, para China, EEUU es determinante para su reforma interna y su apertura al mundo (Yahuda, 2000; Hale y Hale, 2003; Madsen, 1995).
Además, EEUU es también, para influyentes personalidades e intelectuales chinos, una sociedad de referencia, como ha manifestado, por ejemplo, Qian Ning, especialista en EEUU e hijo del decano de las relaciones exteriores post-maoístas, Qian Qichen, ex-ministro de Asuntos Exteriores. Qian Ning afirma en un libro testimonial, que ha sido éxito de ventas en China, que su país de estudio ha sido:
“prueba viviente de un tipo diferente de vida, libre de los repetitivos movimientos políticos del pasado [chino] y de sus luchas de vida o muerte” (citado en Spence, 1999: 728).
En un plano interestatal, el canon de la relación bilateral, oficializado hace años por Pekín, cobra hoy un significado más real, simétrico, y menos simple de lo que pareció nunca. Enunciado por el primer ministro, Wen Jiabao, en noviembre de 2003, pocos días antes de su visita a Washington:
“EEUU es el país más desarrollado y China el país subdesarrollado más poblado. […] Primero, la cooperación será beneficiosa para ambas naciones, mientras que la confrontación afectará negativamente a ambas partes. Segundo, existen buenas bases para la cooperación y el interés común bilaterales. Tercero, la amistad y la cooperación sino-estadounidenses no sólo reportarán beneficios a nuestros pueblos sino que también conducirán a la paz y a la estabilidad en Asia y el mundo.”(1)
A finales de 2003, las relaciones entre Washington y Pekín son mejores de lo que cabía esperar tras la llegada al poder de la administración Bush en 2001. Como es bien sabido, la posición respecto de China de la nueva administración republicana difería entonces en gran medida de la adoptada durante la administración Clinton. China era definida como un “competidor estratégico” de EEUU, en lugar de un “socio estratégico” (2) y se contemplaba incluso como una amenaza potencial de primer orden para la paz y la estabilidad en Asia e incluso para la supremacía militar de EEUU en el mundo (3). Además, los nuevos altos cargos de la administración (en particular, el subsecretario de Estado Richard Armitage y el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz) eran conocidos por su posición de dureza con respecto a China y defendían una nueva política estadounidense en Asia, centrada en un mejor despliegue militar de EEUU en la región, en un mayor apoyo político y militar a Taiwan y en un fortalecimiento de las relaciones con los aliados (Japón, Corea del Sur, Filipinas y Singapur) en contraposición a la política anterior, considerada como excesivamente centrada en China. En suma, la llamada “tesis Armitage/Wolfowitz” abogaba por el constreñimiento e incluso por la contención de China (Shambaugh, 2003; Swaine, 2003). En abril de 2001, tras el incidente entre un caza chino y un avión de reconocimiento EP-3 de EEUU, que obligó a éste a posarse en la isla de Hainan, el presidente Bush llegó a decir, en una entrevista el día 25, que EEUU haría “todo lo necesario” (whatever it takes) para defender Taiwan, lo que suponía un cambio radical respecto de la política de “ambigüedad estratégica” en esa cuestión que tenía la administración Clinton. En suma, todo parecía indicar que Washington había pasado de la “implicación estratégica” a la contención.
Sin embargo, desde los atentados terroristas del 11-S, las relaciones bilaterales, que antes parecían encaminarse hacia la confrontación, han mejorado de manera sustancial, hasta el punto de que, a finales de 2003, se ha afirmado que están en su mejor momento desde 1972. La relación es en efecto estable, cooperativa y productiva. Las visitas oficiales y los contactos entre los dos gobiernos han proliferado en los dos últimos años . Los motivos principales de ese rapprochement o incluso entente han sido la colaboración bilateral en la lucha internacional contra el terrorismo, un relativamente menor apoyo estadounidense a Taiwan del que cabía prever y la importancia que ha adquirido China para EEUU en el tratamiento de la crisis nuclear con Corea del Norte.
En lo relativo a la lucha internacional contra el terrorismo, Pekín ha percibido seguramente que Washington ha desviado su atención desde la amenaza potencial de China hacia la amenaza real del terrorismo. Pekín ha llegado a la conclusión de que entraba en sus intereses nacionales potenciar ese giro. Así, China cooperó extensamente con EEUU desde finales de 2001 en varias facetas de la lucha contra el terrorismo, como se detallará más adelante.
En cuanto a Taiwan, pese a la profundización de relaciones entre Washington y Taipei, la administración Bush se ha reafirmado en la política de “una sola China” y ha criticado las posiciones “provocadoras” de los dirigentes de Taiwan (5), aunque ha intensificado las ventas de armas y la cooperación militar con la isla y ha permitido visitas de más alto perfil del presidente de Taiwan a EEUU.
En lo que atañe a la crisis nuclear con Corea del Norte, China se ha revalorizado a los ojos de Washington como factor esencial para presionar a Pyongyang, organizar los encuentros a dos y seis bandas y participar en un eventual acuerdo multilateral de seguridad.
Con todo, subsisten fuentes potenciales de conflicto, relacionadas sobre todo con Taiwan (el mayor irritante en las relaciones bilaterales) pero también con la evolución de la lucha de Washington contra el terrorismo y la nueva doctrina estratégica de EEUU. La dinámica política en Taiwan (que ha conducido a algunas declaraciones e intenciones “provocadoras” de su presidente Chen Shui-bian), la acumulación de armamento chino frente a la isla y la profundización de relaciones militares entre Taipei y Washington (ventas de armas y, sobre todo, contactos militares) son elementos de una dinámica que podría tornarse complicada. La evolución de la lucha contra el terrorismo no ha sido bien vista por Pekín: la invasión de Irak fue criticada por China, por cuanto supuso, en opinión del gobierno chino, una violación de soberanía y una muestra de las pretensiones “hegemónicas” de EEUU y generó un agravamiento potencial del conflicto de Pekín con su población musulmana, cercana a los 30 millones de personas. En cuanto a la nueva doctrina estratégica de EEUU, si bien el tono con China ha bajado mucho de intensidad entre la Quadrennial Defense Review (octubre de 2001) y la National Security Strategy (septiembre de 2002), no ha sido bien recibida por Pekín, ya que establece la voluntad de EEUU de dotarse de una superioridad militar total y de usar preventivamente la fuerza militar ante una amenaza potencial. También inquieta en China la nueva doctrina nuclear de EEUU y la voluntad de Washington de desarrollar un sistema de defensa antimisiles.
Este trabajo intenta poner de manifiesto el alcance y los límites del acercamiento reciente entre EEUU y China. En el apartado 1 se exploran los contornos de las nuevas percepciones mutuas. En el apartado 2 se enumeran y comentan los elementos de cooperación y fricción. El apartado 3 se detiene en una exposición pormenorizada de las implicaciones de los principales asuntos bilaterales sensibles, en cuatro grandes aspectos (estratégicos, políticos, de seguridad y económicos). Finalmente, las conclusiones exploran las perspectivas de la relación bilateral.
1. Nuevas percepciones mutuas
Para la administración Bush, China ha pasado de ser un “competidor estratégico” a un socio fundamental en la lucha contra el terrorismo. Ese cambio de percepción puede apreciarse en las dos fases de la política estadounidense reciente con China (Lampton y Ewing, 2002; Lieberthal, 2003; Yuan, 2003).
Durante la primera fase, el nombramiento de altos cargos en el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y el Consejo de Seguridad Nacional hacía presagiar una menor importancia de China en la política con respecto a Asia (6). También indicaba que:
• se pensaba que la prioridad otorgada a la defensa de los intereses económicos y comerciales se había hecho a expensas de la seguridad nacional, con lo que había que reorientar los medios de seguridad, de manera gradual, hacia el Pacífico (fortalecer la presencia militar y la capacidad de disuasión);
• había que fortalecer los vínculos con los aliados en Asia-Pacífico (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda);
• era necesario aumentar la disuasión estadounidense de un eventual uso de la fuerza de China con Taiwán, así como aumentar los vínculos militares con la isla;
• había que oponerse resueltamente a la transferencia, por parte china, de tecnologías y armas peligrosas;
• era preciso proceder con el programa de defensa nacional de misiles sin tener en cuenta las objeciones de China.
Durante la segunda fase, China se ha revalorizado, a ojos de Washington, como aliado necesario en la lucha internacional contra el terrorismo y en la desactivación de la crisis nuclear con Corea del Norte. Así, las relaciones han mejorado sustancialmente. También ha contribuido a esa mejora la irritación de Washington ante algunas declaraciones “provocadoras” de las autoridades de Taiwan.
En cuanto a la lucha internacional contra el terrorismo, Washington ha agradecido la colaboración de China en:
• el apoyo a las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre el terrorismo (1368 y 1373);
• la presión de Pekín sobre Pakistán para que éste apoyase la guerra contra los talibanes en Afganistán;
• el apoyo a la invasión de Afganistán y el cierre de la pequeña frontera entre Afganistán y China;
• el suministro de información de los servicios secretos chinos sobre Al-Qaida y los talibanes;
• los intercambios de diverso tipo en materia antiterrorista;
• la inspección de cuentas bancarias en China y Hong Kong a efectos de luchar contra las finanzas de los grupos terroristas;
• la aceptación del despliegue naval japonés en el océano Índico, tema sensible pues evoca en China una eventual remilitarización de Japón;
• la ausencia de protestas ante la presencia militar estadounidense en Asia central;
• la ayuda económica para la reconstrucción de Afganistán (150 millones de dólares) y el asentamiento de refugiados afganos en Pakistán;
• el apoyo a la resolución 1441 sobre Irak;
• el apoyo de China para incluir aspectos de seguridad en la agenda del Foro de Cooperación Económica en Asia-Pacífico (APEC) durante sus cumbres de Shanghai (2001), México (2002) y Bangkok (2003);
• la incorporación de China a la Container Security Initiative en 2003.
El informe Patterns of Global Terrorism 2002 (publicado por el Departamento de Estado el 30 de abril de 2003) señalaba que “la República Popular China continuó cooperando con los Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo” (7).
En lo referente a la crisis nuclear con Corea del Norte, China se empezó a percibir desde octubre de 2002 como un país esencial para presionar a Corea del Norte (puesto que Pekín ha insistido en que se opone al desarrollo de su programa nuclear, defiende una península coreana sin armas nucleares y apoya una solución pacífica al contencioso), para organizar encuentros bilaterales o multilaterales con Pyongyang (en abril y agosto de 2003) y para participar en una eventual garantía multilateral de seguridad para Corea del Norte.
La irritación de Washington ante algunas declaraciones de las autoridades de Taiwan ha sido patente. En particular, en agosto de 2002, el presidente de Taiwan, Chen Shui-bian, señaló que contemplaba la posibilidad de hacer un referéndum sobre la soberanía de la isla y se refirió a los contactos con Pekín como relaciones “entre Estados”. Además, en noviembre de 2003, el parlamento de Taiwan aprobó una ley sobre referendos, que Chen ha señalado que quiere usar para hacer una consulta, en marzo de 2004 (coincidiendo con las elecciones presidenciales en la isla), dirigida a pedir a China que elimine la amenaza de los misiles chinos y que abandone su promesa de recurrir eventualmente a la fuerza para lograr la reunificación. A principios de diciembre, Washington envió a Taipei a un alto cargo del Consejo de Seguridad Nacional para transmitir a Chen la oposición de EEUU a ese referéndum. Es más, durante la visita del primer ministro Wen Jiabao a EEUU unos días más tarde, el presidente Bush señaló que: (1) la política de EEUU es la de “una sola China”; (2) Washington se opone a cualquier medida unilateral que cambie el statu quo; y (3) se opone también a las aparentes intenciones de Chen Shui-bian de hacerlo (8). Esa aclaración fue importante, puesto que previamente la administración Bush había señalado simplemente, de manera ambigua, que “no apoyaba” la independencia de Taiwan.
Esa mejora de las relaciones se percibe claramente, por ejemplo, en la comparación de la Quadrennial Defense Review (QDR, septiembre de 2001) con la National Security Strategy (NSS, octubre de 2002), que ofrece diferencias sustanciales en lo relativo a China (véase la contribución de Harding en Hathaway y Lee, eds., 2003). La QDR señalaba que “existe la posibilidad de que un competidor militar con una base formidable de recursos emerja en la región [de Asia]” (9). Por el contrario, la NSS afirma que “EEUU pretende establecer una relación constructiva con (...) China. Ya cooperamos de manera positiva donde se solapan nuestros intereses, por ejemplo, en la lucha actual contra el terrorismo y en el fomento de la estabilidad en la península coreana”. Además, la NSS señala que EEUU tiene interés en una China “estable, pacífica y próspera”, aunque indica que Pekín tiene que renunciar a dotarse de una capacidad militar que pueda amenazar a sus vecinos, cumplir sus compromisos de no proliferación y emprender un “desarrollo democrático”. Hay áreas en las que existe desacuerdo (Taiwan, derechos humanos), pero “trabajaremos para reducir las diferencias donde existan y no permitiremos que tales diferencias impidan la cooperación en los aspectos en los que coincidimos” (10).
Así, desde finales de 2001 Washington ha insistido en la colaboración de China en la lucha internacional contra el terrorismo y en la búsqueda de una solución a la crisis nuclear con Corea del Norte. Además, ha reducido la actitud de confrontación con Pekín en temas como los derechos humanos y Taiwan.
Por ejemplo, en abril de 2003 Washington renunció a proponer una resolución condenatoria de China en la Comisión de Naciones Unidas sobre Derechos Humanos. En agosto de 2003, el subsecretario de Estado Richard Armitage declaró que “estamos encantados con la situación de nuestras relaciones con China y con la dirección que están tomando” (11). A principios de septiembre, Colin Powell señaló que “las relaciones de EEUU con China son las mejores desde la primera visita del Presidente Nixon [en 1972]” (12). Según James Kelly, en septiembre la relación era “en diferentes aspectos, la mejor en varios años” (Kelly, 2003: 2). En su alocución en la conferencia sobre las relaciones sino-estadounidenses de la Texas A & M University el 5 de noviembre de 2003, el secretario de Estado Colin Powell reconoció el liderazgo que China desempeña regional e internacionalmente “en cooperación con nosotros y no en competencia con nosotros” (Powell, 2003). Enumeró las áreas de cooperación (Corea del Norte, resoluciones de Naciones Unidas sobre Irak, lucha contra el terrorismo, enfermedades infecciosas, etc.) así como los puntos de fricción (relaciones económicas, proliferación, Taiwan y democratización). En diciembre, la visita del primer ministro Wen Jiabao a Washington culminó con las declaraciones ya mencionadas del presidente Bush sobre Taiwan, que han sido interpretadas como una importante aclaración de los anteriores mensajes confusos de Washington así como una trascendente victoria política para el propio Wen.
Sin embargo, conviene tener en cuenta que la alianza de seguridad que se tejió entre 1972 y 1989 (Tiananmen) era mucho más firme que la actual (Lampton y Ewing, 2002: 58), de manera que las afirmaciones sobre un acercamiento sin precedentes son seguramente exageradas.
Por parte china, la primera fase (hasta el 11-S) coincidió con la reafirmación de tres principios básicos de la política exterior de Pekín desde los años noventa:
(1) Mantenimiento de la seguridad. China había reaccionado a la interrupción de contactos militares y la venta de equipo estadounidense a Pekín tras Tiananmen con una constante y espectacular compra de armamento y de tecnología espacial a Rusia y con la firma de su primer tratado multilateral con los países fronterizos de la antigua URSS agrupados con Pekín en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), con los que ha solucionado contenciosos territoriales pendientes, y con la renovación del Tratado de Amistad y Cooperación Moscú-Pekín, en julio de 2001 (13).
(2) Reafirmación del principio de una sola China. A ojos de Pekín, el periódico cuestionamiento de la soberanía china, que se percibe concertado por Washington y Taipei, que se manifestó en la autorización de viajes de figuras políticas taiwanesas a EEUU, en la venta de armas a Taiwan por parte de EEUU y en las elecciones de 2000 en la isla, que llevaron al poder a un partido independentista, han sido merecedoras de respuesta (Chang y Boyer, eds., 2000). Todos los envites constituyen violaciones del concepto de una sola China, tal y como la entiende Pekín, y en casi todos los casos China ha respondido con amenazas de uso de la fuerza o con juegos de guerra frente a las costas de la isla. El reconocimiento (de una sola China), chengren en chino, tiene un significado histórico más poderoso que el expresado en su traducción inglesa, acknowledgement (Nathan y Ross, 1997; Hunt, 1996) (14). Un frente paralelo, y que junto al de Taiwan aparece concertado, es el de las visitas del dirigente tibetano, el Dalai Lama, a la isla, en 1997 y 2001, así como sus regulares visitas al máximo nivel a la Casa Blanca y al Capitolio. Por añadidura, la receptividad añadida de la causa tibetana en películas de difusión mundial filmadas en Hollywood y la condición de Premio Nobel del Dalai Lama son vistas como una especie de sutil conspiración estadounidense en Zhongnanhai .
(3) Oposición a un mundo unipolar. China ha puesto un énfasis particular en su tradicional deseo de multipolaridad, sin potencias que dicten principios de alcance universal ni precondicionen o interfieran en los asuntos internos de otros Estados. Aquí se sitúan las presiones de la Casa Blanca por un mayor respeto a los derechos humanos (en los casos de Tiananmen, Tíbet, Falun Gong o la libre prédica del cristianismo) y en defensa de Taipei. La importancia que Washington otorga a esos asuntos en las relaciones bilaterales irrita a Pekín. Aquí coincide con el Kremlin, que ve desde mediados de los noventa como una inquietante perspectiva la expansión de la OTAN y de la UE al Este. Con el anuncio del desarrollo de un sistema nacional antimisiles, Pekín encuentra una nueva coincidencia con Moscú, pero insuficiente para una alianza en toda regla, pese al Tratado de Amistad de 2001 y a la transformación de China en principal comprador de armas y de tecnología espacial a Rusia. Además, la pertenencia de Pekín a la OCS, establecida en 1996, refuerza su opción multipolar.
En la segunda fase (tras el 11-S) se constata que Pekín no ha efectuado un giro fundamental de su política exterior equiparable al de EEUU. Pero es indudable que el 11-S ha permitido distraer el foco central que colocaba a China como un “competidor estratégico” de EEUU. Los líderes chinos han reaccionado de manera lógica, integrándose fluidamente en el curso de los acontecimientos. El cierre de los 79 kilómetros de frontera con Afganistán era una medida elemental. En el combate en el país centroasiático se habrían identificado ciudadanos de nacionalidad china, probablemente uigures. Tras el colapso de la URSS, los uigures independentistas habían adquirido movilidad en la región e incluso protagonizado levantamientos en las ciudades chinas de la provincia occidental de Xinjiang en 1995 (16). Zhongnanhai dio una lectura interna a la invasión estadounidense de Afganistán, que le sirvió de paraguas argumental adicional para reprimir a los movimientos separatistas en Xinjiang. En realidad, desde mediados de la década pasada Pekín perseguía objetivos de contención de todo separatismo y fundamentalismo islámicos, en lo que constituía ya uno de los pilares fundamentales de la OCS. En efecto, entre los objetivos de ésta se contaba la lucha contra el tráfico de opio y contra la propia expansión del fundamentalismo islámico de los talibanes y de otros grupos regionales afines. China ha aprovechado para resaltar su voluntad de ser una potencia fundamental en la nueva región en la que Washington define su seguridad más inmediata. Primero, en el área abarcada por la OCS, organismo que en su última reunión, en el verano de 2003, ha decidido abrir una oficina en Pekín y un centro antiterrorista en Bishkek y ha sopesado incluir temas nuevos en su agenda, como una posible zona de libre comercio y el estudio de rutas alternativas para el transporte de hidrocarburos. Por otro lado, a nivel panasiático, Pekín continúa la profundización de sus contactos con la ASEAN, en el contexto del diálogo ASEAN+3, que constituye un marco menos influido por EEUU en relación a lo que era hace una década y donde se incluyen cuestiones más prácticas, desideologizadas y regionales.
Así como el 11-S ha producido un cambio de actitud hacia China en EEUU, aunque protagonizado por los mismos altos cargos que defendían previamente una posición de firmeza, en el caso chino ha habido un reajuste en el grupo dirigente, en el que desde hace años se advierte una presencia de asesores intermedios con conocimientos de EEUU e incluso formados en EEUU. Hu Jintao, Jiang Zemin (que estudió de joven en la URSS) y el actual vicepresidente, Zeng Qinhong, han favorecido esta apertura. En marzo de 2003, concluida formalmente la transición política hacia la cuarta generación, accedió al cargo de ministro de Asuntos Exteriores Li Zhaoxing, ex embajador en la ONU y en Washington y considerado un especialista en EEUU y en la cultura anglosajona. Su predecesor era un especialista en Japón, y el anterior a éste, el longevo antiguo ministro de Asuntos Exteriores, Qian Qichen, continúa asesorando en asuntos estadounidenses (17).
Con todo, pese a los cambios en la relación bilateral provocados por el 11-S y a las declaraciones optimistas de Colin Powell, la relación no se corresponde con el buen entendimiento político del decenio de los ochenta, que concluyó con la crisis de Tiananmen (18).
2. Elementos de cooperación y fricción
2.1. Elementos de cooperación
Desde el punto de vista estadounidense, los principales aspectos en los que hay cooperación pueden enumerarse de la siguiente manera: la lucha internacional contra el terrorismo, la no proliferación y la crisis nuclear con Corea del Norte.
(1) La lucha internacional contra el terrorismo
Washington ha destacado la cooperación con China en la lucha contra Al-Qaida (control de las fronteras chinas con Afganistán y Pakistán), en el combate contra las redes de financiación de los grupos terroristas y en la participación de China en la Container Security Initiative (CSI). Según el informe, ya citado, del Departamento de Estado sobre Patterns of Global Terrorism 2002 (p. 16),
“Pekín continuó en 2002 tomando medidas para mejorar su posición antiterrorista y su seguridad interior, entre las que destacaron el control cuidadoso de sus fronteras con Afganistán y Pakistán y algunos esfuerzos para entorpecer las redes financieras de grupos terroristas”.
En cuanto a la CSI, China se adhirió en julio de 2003 a una iniciativa que consiste en controlar la carga de buques que viajan desde varios puertos chinos hacia EEUU. Además, desde el 11-S, EEUU y China iniciaron un diálogo en temas antiterroristas, del que se han celebrado varias rondas. A cambio, EEUU incluyó en su lista de organizaciones terroristas al East Turkestan Islamic Movement (ETIM, Orden Ejecutiva 13224 de agosto de 2002).
En el caso chino, los ataques terroristas en Xinjiang, cerca de 200, entre 1990 y 2001, aumentaron inmediatamente tras el desmoronamiento de la URSS y su causa original es anterior a la llegada de los talibanes al poder en Afganistán. Expresan varias aspiraciones, algunas meramente independentistas, otras pantúrquicas, e incluso fundamentalistas. Por otra parte, Pekín les ha englobado y atacado en el marco de las constantes campañas antidelictivas a nivel nacional conocidas como yanda (“golpear fuerte”).
Los movimientos nacionalistas o independentistas chinos de la minoría uigur en la provincia de Xinjiang han sido calificados por China de terroristas desde mucho antes del 11-S (Chung, 2002). La inclusión del ETIM, que Pekín llama Dongtu, en el listado del Departamento de Estado, ha agradado a Pekín. Conviene recordar que antes de los atentados en Estambul, en el otoño de 2003, Pekín ya apuntaba al Dongtu como autor de numerosos atentados a intereses chinos, desde Pekín a Estambul (19). Hay una clara coincidencia con EEUU en la eliminación de grupos fundamentalistas y/o independentistas en Xinjiang. Según la percepción estadounidense actual las áreas caóticas en Eurasia donde se crea un vacío de poder o donde el Estado central no ejerce debidamente la soberanía son focos potenciales de terrorismo. Así, la “guerra preventiva” norteamericana coincide en cierta medida con el yanda chino.
(2) La no proliferación
Desde antiguo, uno de los principales irritantes en las relaciones entre Washington y Pekín había sido la proliferación de armas de destrucción masiva y de misiles (Kan, 2003).
EEUU había acusado a China de suministrar misiles balísticos y su tecnología, diseños de armas nucleares, reactores nucleares y uranio enriquecido a países como Irak, Irán, Corea del Norte, Argelia, Egipto, Jordania, Siria, Arabia Saudí, Libia y Brasil (ver Lampton y Ewing, 2002: 77ss). Desde principios de 2001, Washington había impuesto sanciones a empresas chinas por sus suministros de tecnología de misiles a Pakistán y de componentes susceptibles de ser usados en la fabricación de armas químicas a Irán, así como por otros tipos de proliferación. En noviembre de 2000, China se había comprometido a publicar una lista de artículos relacionados con la tecnología de misiles de exportación prohibida. Finalmente, en agosto y octubre de 2002, China promulgó normas sobre la exportación de misiles y su tecnología (25 de agosto), de agentes biológicos de doble uso (17 de octubre) y de productos químicos (19 de octubre). No obstante, como se verá en el apartado siguiente, la proliferación sigue siendo un tema sensible en las relaciones bilaterales, puesto que subsisten diferencias de criterio sobre la aplicación de tales normas.
La acusación más relevante que EEUU lanzó a China en este campo se convirtió en un agravio nacional recordado por años, y fue el incidente del mercante Yin He, al que en 1993 se impidió el paso antes de entrar al Golfo Pérsico en ruta hacia Irán, acusado de transportar material para fabricar armas químicas. Inspeccionado luego por funcionarios estadounidenses, fue liberado de todo cargo.
Actualmente Pekín declara no contribuir a la proliferación ni de armas ni de componentes para armas de destrucción masiva ni convencionales ilegales. Además, como las demás potencias, se ha reservado el derecho de exportar las armas convencionales y sus componentes a los clientes que ha querido, en operaciones que en la década de los noventa han controlado empresas comerciales chinas fuertemente vinculadas con altos cargos de las fuerzas armadas y del Partido Comunista.
Las empresas chinas de armamento no conocen fronteras, y en 2003 algunas han tropezado con las sanciones de EEUU por la transferencia a Irán, durante la primera mitad de 2002, de equipo y tecnología susceptibles de ser utilizados en la fabricación de armas de destrucción masiva (20). La transferencia se habría realizado poco antes o después de la visita de Jiang Zemin, en abril de 2002, a Irán y Libia, entre otros países, ocasión en la que firmó diversos acuerdos comerciales, tecnológicos y energéticos. Una de las empresas chinas sancionadas en 2003, Norinco, uno de los diez conglomerados industriales de armamentos, tiene una relación peculiar con EEUU. En efecto, el FBI ya la había acusado de intentar introducir subrepticiamente armas automáticas en EEUU. El caso más destacado se produjo cuando Norinco, junto con otra empresa similar, Poly Technologies, fueron denunciadas por Washington cuando unos intermediarios intentaban introducir 2.000 rifles AK-47, valorados en cuatro millones de dólares, en la Bahía de San Francisco, en 1996, en lo que fue descrito como el mayor contrabando de armas automáticas en la historia de EEUU (21).
Además, la venta de armas a países que son vistos con recelo por Washington, o que éste mantiene en un equilibrio estratégico regional, ha pasado a ser un gesto de independencia de Pekín. Su comportamiento en el Golfo ha sido proverbial. China alcanzó un beneficio de 3.000 millones de dólares en 1988 con la venta de diverso armamento en la guerra entre Irak e Irán (Nathan y Ross, 1997). Además, y pese a la oposición estadounidense, el propio Deng Xiaoping aprobó en 1993 una venta de armas por 2.000 millones de dólares a Arabia Saudí.
El tema de la proliferación ha sido finalmente sacado a colación por Pekín, en diciembre de 2003, pocos días antes de la visita del primer ministro Wen Jiabao a EEUU, en un documento que será analizado más adelante.
(3) La crisis con Corea del Norte
En cuanto a la crisis con Pyongyang, los elementos de cooperación son diversos. En primer lugar, Washington cuenta con Pekín para presionar a Corea del Norte con objeto de que cumpla sus compromisos internacionales (la declaración intercoreana de 1991 y la declaración Kim-Koizumi de 2002, entre otros) y de que desmantele de manera rápida, comprobable e irreversible sus programas de armas nucleares. En particular, hay que destacar las visitas a Corea del Norte de Qian Qichen, viceministro de Asuntos Exteriores, en marzo de 2003 y la de Wu Bangguo, presidente de la Asamblea Popular Nacional, en octubre de 2003. En segundo lugar, EEUU ha agradecido a China la organización de los encuentros celebrados hasta la fecha (abril y agosto de 2003) y la presión a Pyongyang para que siga participando en tales conversaciones. En tercer lugar, EEUU puede necesitar el concurso de China en caso de que se ofrezca a Corea del Norte una garantía multilateral de seguridad.
Pekín ha adoptado políticas decididas para desbloquear el conflicto, entre las que se cuentan la reducción de los envíos de crudo a Corea del Norte, el aumento de visitas de alto nivel diplomático a Pyongyang e incluso el desplazamiento de militares a la frontera común (22). La visita de Wu Bangguo a Pyongyang, a finales de octubre de 2003, encabezando una numerosa y variada delegación, parece ir más allá de un mero desbloqueo de la crisis. Es más, se inscribe en una enunciación estratégica hecha hace tres años por Jiang Zemin, de visita en Pyongyang (Chu, 2003; Medeiros y Fravel, 2003). Tal acercamiento no tiene precedentes en las últimas décadas y se analizará más adelante.
2.2. Elementos de fricción
En lo que se refiere a los elementos de fricción, hay que destacar cuatro grupos: Taiwan, la evolución de la lucha internacional contra el terrorismo, la nueva doctrina estratégica de EEUU y otros asuntos (no proliferación, derechos humanos y relaciones económicas bilaterales).
Aunque las imprudentes declaraciones del presidente Bush de abril de 2001 han sido enmendadas posteriormente, Washington parece confiar en que la reafirmación de la política de “una sola China” (la oposición a la independencia de Taiwan) y el respeto escrupuloso tanto de los tres comunicados conjuntos (1972, 1979 y 1982) como de la Taiwan Relations Act (TRA) de 1979 (23), junto con la apuesta por una solución pacífica del contencioso, son suficientes para evitar un deterioro de las relaciones sino-estadounidenses.
En un comunicado de prensa del Departamento de Estado (18 de octubre de 2003), se señalaba lo siguiente:
“continuaremos defendiendo nuestra política de “una sola China”. Insistiremos en una solución pacífica de las diferencias entre Taiwan y la RPC. Defendemos el diálogo constructivo entre las dos partes como el mejor medio para conseguir, sobre una base que sea mutualmente aceptable, una paz duradera en esa importante región.”
EEUU observa con preocupación el despliegue de misiles chinos frente a Taiwan y la no renuncia al eventual uso de la fuerza por parte de Pekín. Según el último informe sobre el potencial militar de China elaborado por el Departamento de Defensa, el Ejército Popular de Liberación dispone de 450 misiles de corto alcance desplegados en la región militar de Nanjing frente a Taiwan y podría aumentar ese número en 75 al año. Además la precisión y la capacidad letal de esos misiles estarían aumentando (Department of Defense, 2003: 5). Pekín ha señalado repetidamente que podría usar la fuerza si: (1) Taiwan declara su independencia o toma medidas en tal dirección; (2) se produce inestabilidad social en la isla; (3) hay una injerencia extranjera en la “relación en el Estrecho”; y (4) las autoridades de Taipei aplazan innecesariamente las conversaciones sobre la reunificación.
A ojos de Washington, el despliegue de misiles frente a Taiwan y la negativa a renunciar al uso de la fuerza son “fundamentalmente incompatibles con un enfoque pacífico” (Kelly, 2003: 6).
Esta apreciación ha conducido a Washington a una política más favorable a Taiwan, que se ha expresado en mayores ventas de armas, fortalecimiento de la cooperación militar y entrega de visados de tránsito en EEUU a altos funcionarios y políticos de Taiwan, incluyendo al presidente y a la vicepresidenta.
Entre las ventas de armas aprobadas por la administración Bush, figuran destructores de clase Kidd, submarinos diesel, misiles aire-aire AIM Sidewinder y aviones Orion P3-C (Dumbaugh, 2003: 13). Estas ventas, aprobadas en abril de 2001, supusieron un salto cuantitativo sin precedentes desde 1992, cuando se autorizó la venta de 150 cazas F-16 (Lampton y Ewing, 2002: 75).
En cuanto a la cooperación militar, se atribuye a Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa, la afirmación de que ayudar a Taiwan a integrar sus fuerzas militares con las de EEUU era tan importante para la administración Bush como la venta de armas (24). La cooperación militar, en efecto, ha aumentado en los últimos años: en palabras de un especialista,
“las interacciones de seguridad con Taiwan han crecido rápidamente bajo [la dirección de] Rumsfeld, desde unos pocos contratos en campos estrictamente definidos hasta una gama cada vez mayor de actividades directas entre los dos ejércitos. Entre esas colaboraciones, destacan estudios detallados de las necesidades de defensa de Taiwan; diálogos frecuentes y más públicos entre altos cargos de Defensa, dirigentes militares y estrategas de EEUU y Taiwan; asistencia en la reestructuración del sistema de defensa y de la toma de decisiones; presencia de altos cargos de Taiwan en ejercicios militares de EEUU y la creación de vínculos directos para datos sensibles entre los sistemas militares de EEUU y de Taiwan” (Swaine, 2003: 6).
En lo referente a los visados de tránsito a las autoridades de Taiwan, el presidente Chen Shui-bian estuvo en Nueva York y Houston en mayo de 2001. Su visita incluyó un encuentro con una veintena de miembros del Congreso. Más recientemente (noviembre de 2003), el presidente Chen ha visitado otra vez Nueva York, en donde pronunció una conferencia (el primer acto público de un presidente de Taiwan en una ciudad importante de EEUU desde 1979) con presencia de medios de comunicación (25). Esas visitas han tenido un perfil mucho más importante que las autorizadas por administraciones anteriores.
En un contexto de inestabilidad política, declaraciones provocadoras y próximas elecciones presidenciales y parlamentarias en Taiwan, algunos analistas consideran que esa política más favorable a Taiwan puede ser peligrosa.
Por ejemplo, para David Shambaugh (2003: 9),
“la administración Bush se arriesga a una confrontación y a un deterioro potencial de las relaciones con China si continúa ampliando las relaciones militares con Taiwan y aumentado la cantidad de armamento avanzado que le vende y si sigue permitiendo que altos dirigentes de Taiwan visiten EEUU.”
Para Swaine (2003: 6),
“la política de EEUU podría exacerbar la creciente carrera de armamentos en el estrecho y por tanto crear la sensación de que es inevitable un conflicto entre ambas partes.”
A ojos de Zhongnanhai, la Nuclear Posture Review (NPR), de enero de 2002 (véase más adelante), daría a Taiwan cobertura en caso de conflicto con Pekín, además de sobreproteger a la isla al señalar a Pekín como enemigo potencial de EEUU. El 19 de noviembre pasado, dos semanas antes de que el parlamento taiwanés aprobase una legislación sobre referendos, Wang Zaixi, viceministro de la Oficina de Asuntos para Taiwan advertía de la posibilidad de guerra en caso de que la isla continuase sus pasos hacia la independencia, en lo que ha sido el comentario más agresivo hecho por Pekín desde las elecciones presidenciales taiwanesas de 2000.
En los últimos años, el factor ruso ha servido para hacer las cosas más complejas. En efecto, las ventas de Moscú de submarinos y destructores a Pekín es un factor agregado a su potencial frente a la isla. Pero no es absoluto, porque no facilita una óptima integración dentro del arsenal chino en el marco de una revolución informática que requiere de una extrema versatilidad. Así, China no dispone de lo que Joseph Nye llama “un sistema de sistemas” capaz de integrar distintos componentes de hardware y software (Nye, 2002). En asuntos de defensa, Taiwan tendría un sistema más integrado que el de Pekín.
(2) Evolución de la lucha internacional contra el terrorismo
La evolución de la lucha internacional contra el terrorismo ha llevado a Washington a tomar distintas iniciativas, que han sido contempladas con recelo por China:
• la invasión de Irak, que se ha hecho, a juicio de Pekín, de manera unilateral y sin pruebas de existencia de armas de destrucción masiva y de un vínculo de Bagdad con Al-Qaida y sin amenaza inminente, ha sido criticada por China, partidaria del multilateralismo y celosa de concepto de soberanía nacional;
• el intento estadounidense de conseguir más apoyo militar de Japón renueva los temores de China a un resurgimiento militar de su vecino;
• la presencia militar de EEUU en Afganistán, Kirguizistán y Uzbekistán puede hacer que China renueve sus temores al “cercamiento” (encirclement), al igual que el despliegue de tropas estadounidenses en Filipinas, Yemen y Georgia. El reciente acercamiento de China a la ASEAN en temas económicos pero también de seguridad puede entenderse como la expresión de que China quiere evitar el “cercamiento” (26).
La evolución de este proceso ofrece matices importantes. Pekín no ha enviado tropas al exterior como parte de la lucha militar en contra del “terrorismo” ni a Irak. Inicialmente apoyó la primera parte de la campaña (el ataque al régimen talibán y a Al-Qaida en Afganistán), pero se opuso al derrocamiento del régimen de Sadam Husein y a la posterior ocupación en Irak. Sin embargo, la invasión de Irak no parece haber desestabilizado a Pakistán ni tampoco ha fortalecido al islamismo radical en la provincia de Xinjiang, dos importantes temores de Pekín. Además, parece no existir cooperación china fuera de su perímetro inmediato, y por tanto, al menos por el momento, no hay cooperación relevante de China en Filipinas ni en Indonesia que se asemeje a la presencia de asesores estadounidenses en esos países.
En Irak no hay ningún objetivo chino inmediatamente atacado. Por un lado, el entrampamiento de EEUU en el conflicto conviene a los objetivos inmediatos de China y le da un margen de maniobra en Asia. Por otro lado, sin embargo, unos eventuales ataques con armas de destrucción masiva en la zona por parte de la resistencia, acaso apoyada por Al-Qaida, podría desestabilizar por la vía del dominó a Irán, Arabia Saudí y Kuwait, así como al propio Irak. Esto sería altamente inconveniente para Pekín porque China importa del Golfo Pérsico la mayor parte de su petróleo.
(3) Doctrina estratégica
La Nuclear Posture Review (NPR, enero de 2002) incluía a China, junto con Irak, Irán, Siria, Libia y Corea del Norte, como uno de los países contra los que EEUU podría usar preventivamente armamento nuclear. La NPR utilizaba dos argumentos: (1) una posible confrontación militar con respecto a Taiwán; y (2) la modernización de las fuerzas militares nucleares y convencionales de China. Con arreglo a la distinción entre contingencias inmediatas, potenciales e inesperadas, la NPR señalaba que:
“por la combinación de los objetivos estratégicos todavía en desarrollo de China y de la modernización en curso de sus fuerzas nucleares y no nucleares, China es un país que podría formar parte de una contingencia inmediata y potencial.”
Otro asunto que preocupa a China es el sistema de defensa de misiles (National Missile Defense, NMD, y Theater Missile Defense, TMD) que la administración Bush pretende llevar adelante. El programa NMD es observado con preocupación por Pekín, que entiende que anularía, en cualquier configuración previsible, su capacidad de “disuasión mínima” (una veintena de las 200 cabezas nucleares chinas apuntaría a EEUU), que facilitaría una mayor “interferencia” de Washington en el asunto de Taiwan y que podría obligar a China a aumentar y modernizar su fuerza de misiles nucleares (Romberg y McDervitt, eds., 2003: 11ss). En cuanto al programa TMD que podría desplegarse en Asia oriental (en torno a Japón, incluyendo quizá a Taiwan), es también problemático para Pekín. Si EEUU proporcionase un sistema de defensa de misiles a Taiwan, se reduciría la capacidad de presión militar y política de China sobre la isla y expresaría un fortalecimiento cualitativo de la cooperación militar entre Washington y Taipei (Swaine y Pei, 2002: 3).
La NPR preocupó mucho a Pekín. Según el especialista chino Ni Lexiong, presidente del Instituto de Guerra, Cultura y Relaciones Internacionales de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China del Este, Pekín debería considerar las hipótesis que se ha planteado Washington al individualizar a sus enemigos nucleares. En concreto, el analista se refiere a los razonamientos que hizo EEUU en el caso de Japón antes de emplear la bomba atómica en 1945 (Ni, 2002):
“(1) “Énfasis en la guerra justa. El país objetivo era el agresor, el enemigo público y violador de la justicia humana. Los EEUU no luchaban sólo por su autodefensa, sino que también por la liberación de otras naciones invadidas;
(2) hoy EEUU subraya que sólo cuando el país se sienta amenazado se considerará el uso del arma nuclear;
(3) EEUU utilizó sus armas nucleares contra un país no nuclear;
(4) EEUU utilizó sus armas nucleares sin posibilidad de recibir una respuesta nuclear;
(5) el motivo directo para utilizar el arma nuclear fue reducir el número de bajas de los soldados norteamericanos.”
Así, el factor más preocupante para China sería el número 1, pero un sistema de defensa de misiles dejaría a China o al país que sea su objetivo ante la amenaza de una “destrucción unilateral asegurada” (factor número 4). Tras la designación de un “eje del mal” a los pocos meses del 11-S por parte de Washington, el sistema de defensa de misiles sería el siguiente paso hacia una doctrina integral, según el analista.
(4) Otros asuntos (proliferación, derechos humanos, relaciones económicas bilaterales)
EEUU ha expresado preocupación por lo que considera una persistente proliferación de tecnologías de armas de destrucción masiva y sus vehículos a países como Pakistán, Irán, Corea del Norte y Libia (misiles), Pakistán e Irán (armas nucleares) e Irán (armamento químico). Pese a las garantías ofrecidas por Pekín, cuyo número ha ido aumentando con el tiempo (Kan, 2003), Washington entiende que la proliferación ha continuado, como resultado de la incapacidad y/o la falta de voluntad para aplicar las normas sobre control de exportaciones.
Así, Washington ha impuesto sanciones a varias empresas estatales chinas desde 2001 (Glaser, 2003a).
En palabras de P.A. DeSutter, secretaria de Estado asistente para la Verificación y el Cumplimiento en Control de Armas, en una comparecencia en el Senado en julio de 2003:
“el gobierno de China no ha hecho lo suficiente para garantizar que cumple fielmente sus obligaciones sobre control de armas y que todas las empresas chinas se ajustan a los compromisos de no proliferación adquiridos por el gobierno.”(28)
Pese a la cooperación reciente en esta materia, persiste la disputa doctrinaria. La no proliferación de armas o componentes de armas de destrucción masiva está ligada, a ojos de China, con el unilateralismo y con la ideología en la que descansa. Implica que no se podrían hacer negocios con los regímenes que Washington considere impropios o pertenecientes al “eje del mal”, lo que es un principio inaceptable para Pekín y que le impone un límite a su despliegue comercial y político exterior. Sin concesiones en otros ámbitos por parte de Washington, es difícil que China acabe aceptando esa política.
La administración Bush ha insistido repetidamente en que la cooperación bilateral en la lucha contra el terrorismo no puede ser usada por Pekín como pretexto para continuar la persecución religiosa y las violaciones de los derechos humanos.
Frente al enfoque general de la administración Clinton, desde 2001 Washington ha intentado presionar a China en casos concretos: presos políticos, libertad religiosa (en particular en relación con el movimiento espiritual Falung Gong, prohibido en 1999), represión en el Tíbet, separatismo uigur en Xinjiang, planificación familiar, derechos de los trabajadores, etc.
Dos temas merecen ser destacados (véase Dumbaugh, 2003: 13ss). En primer lugar, la administración Bush, pese a insistir en que la cooperación antiterrorista bilateral no debía ser empleada por China para reprimir a sus minorías, aparentemente hizo una concesión importante cuando incluyó al ETIM (Dongtu) en la lista estadounidense de organizaciones terroristas (agosto de 2002). En segundo lugar, Washington congeló su aportación (34 millones de dólares) a los programas de planificación familiar del Fondo de Naciones Unidas sobre Población (FNUP), con el argumento de que seguía existiendo una planificación familiar coercitiva en diferentes partes de China en las que el FNUP tenía programas.
China, por su parte, argumenta que sacando de la pobreza a centenares de millones de sus habitantes cumple sobradamente con el respeto a los derechos humanos de sus ciudadanos. En tiempos recientes, la concepción de los derechos humanos de Pekín encuentra cierto apoyo intelectual, aunque muy ambiguo, en la “doctrina de la seguridad humana”, de origen académico, que incluye el derecho a la solución de problemas como la degradación ambiental, además de la pobreza y la enfermedad (29).
Ante la denuncia de las condiciones en el Tíbet por el Congreso de EEUU, Pekín ha defendido su opción desarrollista. En efecto, Pekín se ve a sí mismo como una potencia benigna que ha acabado con la esclavitud y la miseria otrora reinante allí, en un esfuerzo incesante en el que se compromete aún más hoy a través del megaproyecto de infraestructuras conocido como Plan Oeste, lanzado en 2000.
En relación con la secta Falun Gong, cuyo líder, Li Hongzhi, vive en EEUU, es presentada como una organización que intenta debilitar al PCC y atacar su hegemonía en cuanto a valores y moralidad pública. No aparece como un detalle menor que su líder resida en los EEUU.
En cuanto a los disidentes, Harry Wu, que ha estudiado in situ los campos de internamiento chinos, y otros personajes chinos con nacionalidad o residencia estadounidense, que han registrado organizaciones activistas en EEUU o que visitan a menudo los EEUU, como el famosísimo Wei Jingsheng, son presentados con desprecio en Pekín porque viven y critican a China desde fuera. Un caso similar, aunque ya con menor eco mediático, es el de los líderes disidentes de Tiananmen, muchos de los cuales viven en EEUU (30).
Por último, Pekín ve una recurrente hipocresía de Washington en sus acusaciones a otros regímenes, sin reparar que en EEUU destacan, según Pekín, la discriminación de minorías, las bolsas de pobreza, las víctimas indiscriminadas por posesión de armas en cada domicilio, el exorbitante consumo de drogas, la violencia juvenil, etc., y en la callada aceptación de regímenes de diversos signo ideológico, considerados como aliados estratégicos de Washington y que no respetan los derechos humanos (Liu, 2003).
Un último tema de fricción bilateral es el de las relaciones económicas y, en particular, el elevado déficit comercial bilateral de EEUU y la protección de los derechos de propiedad intelectual en China (véanse Morrisson, 2003 y USCC, 2003b).
En 2002 el déficit comercial de EEUU con China ascendió a 102.300 millones de dólares (para un comercio bilateral de 147.000 millones). Tal cosa ha hecho que se desataran en EEUU críticas, en parte retomadas por la administración, contra la presunta infravaloración del renminbi (RMB) o yuan y contra el supuesto mantenimiento de prácticas restrictivas del comercio por parte de China (especialmente en agricultura y servicios y en lo relativo a la falta de transparencia de la legislación comercial), pese a los compromisos adquiridos por Pekín tras el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) a finales de 2001. Así, la administración Bush ha insistido en que China debería pasar a un régimen cambiario distinto (de libre flotación del RMB), lo que podría apreciar la moneda y contribuir a reducir su superávit comercial con EEUU. También ha destacado que considera que el cumplimiento de los compromisos con la OMC es un asunto prioritario en las relaciones bilaterales. En particular, Washington ha pedido a China que elimine las prácticas comerciales desleales, proceda a una mayor apertura de su mercado y proteja eficazmente los derechos de propiedad intelectual de las empresas estadounidenses.
Más recientemente, el contencioso comercial se ha agravado con la controversia sobre las restricciones estadounidenses en la importación de acero (declaradas ilegales por la OMC y finalmente retiradas por la administración) y con la decisión de Washington de establecer cuotas a la importación de algunos productos textiles chinos (31).
3. Asuntos bilaterales sensibles
3.1. Aspectos estratégicos
La política exterior de EEUU, tal y como fue expresada por el presidente Bush en su discurso en Londres el 19 de noviembre de 2003, está basada en la apuesta por el multilateralismo, la doctrina de los ataques preventivos y la defensa de la democracia (32). En lo que atañe a China, esa política es susceptible de plantear dificultades en las relaciones bilaterales. La apuesta multilateralista se contradice con la práctica unilateralista (y con la insistencia en la “coalición de voluntades”) manifestada en la invasión de Irak, en contra de la opinión de algunos aliados de la OTAN y sin el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El paso estratégico de la disuasión a la prevención (y más concretamente a la guerra preventiva) es susceptible de generar recelos en Pekín. La importancia otorgada a la promoción de la democracia en el mundo puede hacer pensar a China que EEUU puede dejar de respetar su soberanía nacional en aras de promover la liberalización política del régimen chino.
Conviene tener en cuenta, sin embargo, que China no ha manifestado una oposición directa (más allá de las declaraciones críticas) a la invasión de Irak. Pekín ha tendido a considerar que la guerra de Irak era un asunto secundario en sus intereses generales, por el que no merecía la pena sacrificar la creciente cooperación bilateral.
China distingue entre la doctrina de la administración Clinton y el unilateralismo (danbian zhuyi) actual de la guerra preventiva y advierte sobre el riesgo de alterar la fluidez de la economía de mercado y del libre comercio que EEUU dice defender. El unilateralismo y el “hegemonismo” (bazhuan zhuyi) también afectarían negativamente al progreso en el Tercer Mundo, según Pekín. El multilateralismo, junto con una UE unida, más Rusia, India, China y demás países, es visto como el único esquema aceptable y al que habría que volver, fortaleciéndolo (Yang, 2002).
A nivel más específico, Pekín ha llegado a posiciones afines con Moscú en relación con la no injerencia y no intromisión. La oposición común a la intervención en Kosovo por la OTAN y el apoyo mutuo a las políticas represivas o de fuerza en Chechenia, Taiwan y Xinjiang, han fortalecido unas relaciones sino-rusas basadas igualmente en la defensa de la multipolaridad.
China observa el unilateralismo desde una perspectiva crítica y nada se dice a nivel oficial de los beneficios que reporta a Pekín la distracción de Washington en ese nuevo papel. El embajador de la delegación china ante la Comisión de Desarme de Ginebra, Hu Xiaodi, declaraba solemnemente antes del ataque estadounidense y aliado a Irak que:
“tenemos la responsabilidad de oponernos al ataque preventivo, al unilateralismo y al uso de la fuerza en las relaciones internacionales fuera de Naciones Unidas.”(33)
Con todo, es sintomático que en noviembre de 2003 la prensa oficial china difunda opiniones muy críticas. Por ejemplo,
“vivo o muerto, el ex presidente iraquí, Sadam Husein continúa siendo útil al presidente Bush como buena excusa para continuar la ocupación de Irak […] Desconocida su suerte seis meses después de acabada la guerra, ha demostrado ser la mejor excusa para las operaciones militares contra Irak […] Después de medio año tras la ‘liberación’, la sociedad ideal prometida por EEUU está aún fuera del alcance del pueblo iraquí.”(34)
El poder difuso (“soft power”)
Según la definición clásica de Joseph Nye, el poder blando o difuso reside en la capacidad de atraer y convencer más que de coaccionar, esto es, que los otros acepten lo que EEUU quiere, lo que surgiría del atractivo de su cultura, sus ideales y su política. Washington incrementa el poder blando cuando sus políticas parecen legítimas a los demás (Nye, 2002).
En el caso chino, EEUU ha inflamado la imaginación de generaciones de sus trabajadores e intelectuales que han mirado al exterior durante el último siglo y medio. Durante el proceso de reforma y apertura desde 1978, la venta de las memorias y los métodos de gestión de Lee Iacocca, y las historietas de Walt Disney, cuya imagen ha sido más vista que la de Mao, han difundido el ideal de la American Way of Life. Ésta también se apoya en todos los establecimientos urbanos de comida rápida (McDonald’s, Kentucky Fried Chicken, Starbucks) repartidos por miles en el país.
A la vez, China no es capaz de generar ideas, instituciones ni una cultura distintiva de proyección global que compita de igual a igual con EEUU. Con todo, tras su responsable actuación durante las crisis financieras asiáticas (1997-98), su participación en distintos procesos e instituciones (ASEAN+3 y OCS) y sus crecientes relaciones con países de su entorno, China tiene hoy una cada vez mayor credibilidad en Asia oriental y central.
Ahora Pekín dispone de un perceptible soft power para fortalecer su continuo e impresionante crecimiento económico. Por ejemplo, entre los regímenes centroasiáticos ex soviéticos se considera el modelo chino de apertura económica y de gobierno autoritario como fórmula válida para la transición. A la vez, la siempre potencial apertura y reforma norcoreana tiene en el modelo chino su referente más cercano.
Además, en el flujo de China con el exterior en turismo, intercambio educativo e inversiones, se prevé una tendencia a un notable aumento en las próximas décadas (35).
El triángulo Washington-Pekín-Moscú (y Delhi)
El triángulo de poder Pekín-Washington-Moscú de finales de la guerra fría se ha desdibujado con la creciente hegemonía estadounidense. A su vez, ésta no se puede desligar de la necesidad de cooperación en temas de seguridad (con Pekín, Moscú y la OCS), comerciales (con China) y energéticos (con Rusia). Por su parte, Pekín y Moscú no pueden (ni quieren) oponerse conjuntamente a Washington de manera efectiva.
En los últimos meses se nota una mejor relación Pekín-Delhi-Moscú en torno a la necesidad de potenciar el multilateralismo en el aspecto bien concreto de Irak (36). Pero no se advierte siquiera la posibilidad inmediata de un triángulo estratégico opuesto a Washington. Los intercambios actuales contrastan con las dimensiones de los tres países, y en los casos de Pekín-Moscú y Delhi-Moscú, están muy centrados en la venta de armamento ruso. Con todo, hay un potencial geoestratégico, también diplomático, y sin embargo reducido por la disparidad de frentes respectivos (37). Por otro lado, un triángulo opuesto a Washington por Pekín-Moscú-Delhi podría tener un potencial real en un largo plazo, cuando China sea la primera economía, EEUU la segunda, India la tercera, y cuando Rusia se recupere, según prevé un reciente informe de Goldman Sachs (38).
China e India han estado recientemente acercando posiciones y se han propuesto incrementar notablemente su intercambio comercial, cerca de veinte veces menor que el volumen comercial Pekín-Tokio y Pekín-Washington. A fines de 2003 se constata que los acercamientos al más alto nivel entre China e India pretenden un salto cualitativo en el comercio bilateral actual de 5.000 millones de dólares, que se espera duplicar para 2005. El intercambio entre Rusia y China duplica esa cifra, pero es claramente insuficiente.
Por el momento, en ese triángulo hipotético y futuro, los aspectos militares han sido protagonistas. En los últimos años Pekín ha desarrollado ejercicios navales conjuntos, aunque limitados, sólo con las armadas de Rusia e India, en 1999 y en 2003, respectivamente.
La iniciativa india para lograr una mayor integración energética con Rusia y China por medio de un oleoducto común pudo parecer irrealizable tal como fue planteada hace unos meses, pero es, con todo, un indicador de un cambio en las relaciones Delhi-Pekín-Moscú (39).
Por supuesto, un eje Nueva Delhi-Moscú Pekín de carácter defensivo y antihegemónico es hoy en día irreal (40). Los intercambios entre India y China son más de 16 veces menores que los que Pekín tiene con Washington. Las cifras de relación con Delhi y Moscú también palidecen en comparación con los intercambios de China con Japón y Corea del Sur.
3.2. Aspectos políticos
China ha repetido insistentemente que Taiwan es la “cuestión central y más sensible en las relaciones sino-estadounidenses”.
Aunque las posibilidades de escalada de la tensión entre Pekín y Taipei parecen poco probables, la cuestión de Taiwan es sin duda el aspecto más sensible de las relaciones bilaterales. La falta de claridad por parte de Washington en algunos aspectos puede dar lugar a evoluciones peligrosas, de manera que:
• EEUU debería mantener su tradicional política de “ambigüedad estratégica” en relación con China y Taiwan;
• Washington, por el contrario, debería haber mostrado menos ambigüedad en cuanto a su posición sobre la independencia de Taiwan y haberse manifestado más claramente en contra, cosa que no hizo hasta la visita de Wen Jiabao a EEUU en diciembre de 2003;
• la cooperación militar, así como las ventas de armas, entre EEUU y Taiwan deberían ser mantenida en niveles aceptables para China.
En cuanto a la “ambigüedad estratégica”, ha sido expresada, en un informe del Atlantic Council of the United States, de la siguiente manera (Slocombe, 2002: 12):
“Taiwan debería saber que, aunque cumplirá sus obligaciones en lo relativo a la Taiwan Relations Act, EEUU no apoya una declaración unilateral de independencia por parte de Taiwan. Esa declaración sería vista como una provocación y haría extremadamente difícil que EEUU acuda en ayuda de Taiwan si, como resultado de ella, se produce una confrontación militar con China. Por su parte, China debería saber que, aunque EEUU continúa defendiendo la política de “una sola China” y oponiéndose a la declaración unilateral de independencia por parte de Taiwan, la insistencia en una resolución pacífica de la cuestión va en serio y que una acción militar de China contra Taiwan podría provocar una guerra entre EEUU y China.”
China habría deseado que Washington hubiese declarado con claridad que se “oponía” a la independencia de Taiwan, cosa que no ha hecho hasta la visita de Wen Jiabao a EEUU a mediados de diciembre. Hasta entonces la administración Bush se había limitado a decir que “no apoyaba” esa independencia (41). Además, la aprobación de la legislación sobre referendos en Taiwan (finales de noviembre de 2003), aunque ha dado lugar a una ley más restrictiva que la que pretendían los partidos que apoyan a las autoridades de Taipei (DPP y TSU) (42), podría ser aprovechada por el presidente Chen para convocar un referéndum sobre los misiles de China y la amenaza de ésta de recurrir eventualmente al uso de la fuerza. Esa convocatoria debería ser frenada por EEUU, lo que parece Washington ha intentado hacer, aunque sin resultados hasta el momento.
Aunque es comprensible que EEUU desee mantener su capacidad de disuasión de un eventual uso de la fuerza contra Taiwan por parte china, Washington haría bien en considerar la oferta que hizo el entonces presidente Jiang Zemin durante su visita a EEUU en octubre-noviembre de 2002, que consistía en entablar negociaciones sobre la reducción de los misiles desplegados frente a la isla a cambio de menores vínculos militares entre EEUU y Taiwan.
La nueva iniciativa legislativa del referéndum taiwanés ha generado un gran despliegue intimidatorio de la prensa china, que ha dedicado un gran número de artículos de advertencia a los dirigentes y a la sociedad taiwanesa e indirectamente a EEUU. Destaca “Tai minzhong xiangxin dalu ganda taidu gaobucheng” (“El pueblo de Taiwan confía que no se llevará a cabo la ‘independencia del continente’”) y, en concreto, las declaraciones de los militares. Entre otras, las del teniente coronel Luo Yang y las del general Peng Guangqian, ambos de la Academia China de Ciencias Militares. El primero afirma que:
“si se niegan a ser razonables y continúan usando el referéndum como excusa para lograr la independencia, empujarán a los compatriotas al abismo de la guerra.”
Y el segundo, enumera los “costes” que China estaría dispuesta a pagar para lograr la reunificación nacional, si fuese necesario. Incluyen el boicot a los Juegos Olímpicos en 2008, la disminución de las inversiones extranjeras, el empeoramiento de las relaciones exteriores, la recesión económica y las ‘necesarias’ bajas militares. “Todos estos precios son aceptables en una crisis que sería temporal” (43).
Días antes, Pekín, por boca de su primer ministro, ha vuelto a reforzar su posición en una entrevista al Washington Post, de 22 de noviembre de 2003, reafirmando que China está dispuesta a “pagar cualquier precio” para detener la independencia de Taiwan.
Habría que tomarse en serio la advertencia, y a la vez apuesta al borde del abismo, entre otras razones porque China tiende a pensar que EEUU no se arriesgaría a perder su lugar en Asia, es decir, su acceso al mercado chino, el de mayor potencial del mundo (44).
Como reacción, y en el contexto de la visita del primer ministro, Wen Jiabao, a la Casa Blanca, EEUU declaró la víspera que no llevará a cabo la simulación informática de guerra contemplada a realizarse entre el 15 y el 17 de diciembre de 2003 en Hawai como parte de la modernización de los planes de contingencia conjuntos entre EEUU y Taiwan.
Sobre el posible referéndum en Taiwan, Wen Jiabao señaló en diciembre, tras su reunión con el secretario de Estado, Colin Powell:
“el gobierno chino no tolerará el llamado ‘referéndum’ utilizando la democracia sólo como pretexto.” (45)
Al día siguiente, China se apuntó un gran éxito diplomático al lograr que Bush, reunido con el primer ministro chino, advirtiera a Taipei que no intentara cambiar el statu quo. Y como corolario declaró a Pekín como Partner in Diplomacy.
Las encuestas de opinión sugieren que hoy por hoy una mayoría de taiwaneses prefiere el ambiguo statu quo de la isla. Pero el anuncio de los términos del referéndum puede abrir una caja de Pandora. Además, Washington ha de aquilatar que el electorado de Taiwan puede cambiar de opinión. Por otro lado, el medio y largo plazo juega a favor de una integración de las dos sociedades chinas en una era de modos de vida y cultura digital compartidos y de inversiones fluidas, que, paradoja aún mayor, entronca a ambos países a los valores comerciales de la diáspora china, además de a la cultura de masas norteamericana y a su sistema capitalista (Ong y Nonini, 1997).
La administración Bush ha sido criticada por adoptar una política de “caso por caso” frente a la política general de la administración anterior y por no plantear el respeto de los derechos humanos como un elemento central de las relaciones bilaterales (46).
El diálogo bilateral sobre derechos humanos consiguió en 2002 algunos resultados importantes, como la liberación de algunos presos políticos o la visita a China de representantes del Dalai Lama. Sin embargo, Washington se ha quejado de que China no ha cumplido los compromisos adquiridos en la sesión de diciembre de 2002 de ese diálogo (a cambio de los cuales EEUU renunció a presentar una resolución condenatoria en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en 2003). En particular, en palabras de un portavoz del Departamento de Estado,
“urgimos al gobierno chino a que haga progresos para garantizar que sus ciudadanos no son perseguidos por expresar pacíficamente sus ideas y a que libere a todos los presos de conciencia.” (47)
En agosto de 2003 Wei Jingsheng, el disidente más relevante de China en los últimos treinta años, se reunió con el secretario de Estado adjunto, Lorne Craner, para promover una resolución que condenase a Pekín ante el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que no prosperó (48).
En cualquier caso, Pekín es consciente de la importancia real, o en su defecto simbólica, de los derechos humanos en EEUU, y una semana antes de la visita del primer ministro Wen Jiabao a la Casa Blanca, Zhongnanhai ha anunciado la liberación de tres “internautas” disidentes que llevaban un año en la cárcel sin juicio alguno (49).
Aunque EEUU siempre ha aceptado que Tíbet forma parte de China, algunos representantes políticos (especialmente en el Congreso) han insistido en que Pekín debería otorgar una mayor autonomía al Tíbet así como comprometerse a proteger su cultura y sus tradiciones religiosas. La administración Bush parece haber mostrado una mayor sensibilidad al respecto, al nombrar para el puesto, creado en 1997, de Coordinador Especial para Asuntos Tibetanos a Paula Dobriansky, subsecretaria de Estado para Asuntos Globales, que es el alto cargo de más importancia que se ha hecho cargo de esa responsabilidad. En cualquier caso, el Tíbet no parece ser un asunto preocupante en las relaciones bilaterales, en parte porque se han registrado algunos cambios significativos en la posición china: el acceso a la presidencia de Hu Jintao, que hizo parte de su carrera política en el Tíbet, y que puede anticipar una política más moderada; la autorización en 2002 para que el hermano mayor del Dalai Lama, Gyalo Tondup, viajase a Lhasa en una visita privada; y varias visitas a China del enviado especial del Dalai Lama a EEUU, Lodi Gyari, en 2002-03.
El Dalai Lama cuenta con una amplia presencia mediática en EEUU, donde se ha reunido dos veces con Bush en los últimos dos años y donde es objeto de culto entre algunos de los actores más populares a nivel mundial, que tienen eco o capacidad de lobby en Washington. Con todo, el Dalai Lama no aspira a la independencia, sino a la autonomía, aunque más real que el estatus nominal actual del Tíbet. Pekín le ha considerado un separatista. Sin embargo, en los últimos dos años se han registrado concesiones mutuas. Recientemente el Dalai Lama ha rehusado una invitación a Taiwan y Pekín ha liberado a prisioneros tibetanos. Además, tras una década, las reuniones periódicas, interrumpidas en 1993, se han reanudado con dos visitas a Pekín de delegados de la máxima autoridad tibetana. Hay pues un líder con quien negociar y una jerarquía que le obedece y con las que las autoridades chinas pueden negociar “sin perder la cara” (diu mianzi), concepto clave en la cultura política china. En la víspera de su visita a EEUU, el primer ministro, Wen Jiabao, ha declarado que el gobierno chino “mantiene las puertas abiertas” para comunicarse con el Dalai Lama (50).
En cuanto a Xinjiang, Pekín ha continuado con la represión de la minoría musulmana, pero consiguió una importante concesión de EEUU con la inclusión del East Turkestan Islamic Movement (ETIM) en la lista de organizaciones terroristas elaborada por Washington. EEUU ha insistido en que la lucha antiterrorista no debería ser usada por Pekín como excusa para perseguir a los separatistas uigures.
China necesita resguardar sus fronteras y mantener la estabilidad interna en grado máximo, pero no al precio de cerrarse al exterior. Al contrario, necesitará inversiones externas (incluidas las de empresas estadounidenses) para desarrollar su gigantesco proyecto de infraestructuras y poblamiento que constituye el Plan Oeste, comparable al poblamiento del Oeste norteamericano y la Siberia rusa y que abarca al Tíbet y a Xinjiang, entre otras provincias. ExxonMobil ha participado en la construcción del gasoducto Este-Oeste, que provee de gas a Shanghai desde octubre de 2003, operando en una joint-venture con Petrofina y otras compañías. La empresa estadounidense Unocal está embarcada en diversos proyectos para integrar en nuevas redes energéticas a las ciudades costeras con nuevos yacimientos, en el mar y en el Oeste (51).
Las empresas multinacionales estadounidenses más importantes operan en China, lo que aumenta notablemente el nivel de interdependencia de ambas economías.
En principio, a ninguna de las empresas implantadas en China le interesa revisar el cumplimiento de los derechos humanos o la relación con Taiwan. Levi Strauss, cuya marca ha sido uno de los iconos de EEUU en el exterior, podría ser un paradigma de la opción empresTimes New Roman en China (52).
Es difícil calibrar el poder de presión de las empresas en caso de crisis entre la Casa Blanca y Zhongnanhai. Pero es razonable suponerla importante debido a la extraordinaria implantación en China de las compañías más grandes.
La preocupación por el déficit comercial bilateral de EEUU no coincide con los intereses específicos de las empresas estadounidenses, muchas de las cuales exportan desde China. Lo que interesa realmente a esas empresas es una adaptación del marco legal chino a las nociones de arbitraje y resolución de conflictos aceptados por la comunidad internacional (Guthrie, 1999).
3.3. Aspectos de seguridad
Aunque la cooperación en la lucha contra el terrorismo ha sido intensa desde finales de 2001, tal colaboración podría reducirse si se complican otros aspectos de la relación bilateral. China es consciente de que el auge del fundamentalismo islamista, tanto en el interior de sus fronteras (en sus provincias occidentales) como en países vecinos (Indonesia, Malaisia y Filipinas), es una amenaza para su seguridad nacional. Ello explica seguramente la aceptación, por parte china, de la Container Security Initiative (CSI) en 2003, que permite aplicar normas del FBI en los puertos de contenedores en China, incluyendo a Hong Kong. Aunque esa aceptación ha sido vista en algunos círculos chinos como un atentado a la soberanía nacional, se ha entendido en general como una contrapartida aceptable de la inclusión en 2002 del ETIM o Dongtu en la lista estadounidense de organizaciones terroristas.
Además, la reciente ofensiva de China en el sudeste asiático en temas de seguridad debe entenderse no sólo como una iniciativa encaminada a reducir los temores a un eventual “cercamiento” sino también como un paso para desempeñar labores más activas en la lucha contra el fundamentalismo islamista en países como Indonesia o Filipinas.
Desde comienzos de la década de los noventa, China ha optado por el fortalecimiento de una fuerza naval incrementada con las armas compradas a Rusia y obviamente destinadas a proyectar una fuerza creíble de mayor alcance, aunque de rango tradicional, para enfrentarse a Estados, no a guerrillas ni a grupos terroristas. Este despliegue se apoyaba en los conceptos de haiyang guotu guan (“mar como territorio nacional”), y shengcun kongjian (equivalente al clásico Lebensraum o espacio vital), que en este caso abarcaría el Mar del Este de China, el Mar del Sur de China y el Océano Índico (Kim, 1999).
Pero en agosto de 2003, China hizo historia con la firma de un pacto de no agresión con sus vecinos de la ASEAN. En el acuerdo firmado en Camboya se aprobaron cuatro esquemas de cooperación, y entre ellos se cuenta un capítulo que contempla la lucha contra el crimen internacional (53).
Sin embargo, la colaboración en la lucha antiterrorista en el sudeste asiático parece menos efectiva que en el flanco continental. La lucha antiterrorista sí tiene una dimensión ya en marcha con los ejercicios militares antiterroristas en las áreas de Kazajstán y China, denominados “Interacción 2003”, realizados en agosto pasado, con la participación de cinco de los seis países miembros de la OCS.
NMD y proliferación
Como China tiene una fuerza limitada de disuasión nuclear (dos docenas de ICBM y un submarino con misiles nucleares), el futuro sistema de defensa de misiles de EEUU (National Missile Defense) puede hacer que Pekín tienda a aumentar esa fuerza para conservar el poder necesario de disuasión. En particular, podría suponer un aumento del número y de la sofisticación de los misiles nucleares de largo alcance, la proliferación de contra-medidas a otros países y el crecimiento de las compras de armamento convencional sofisticado, como aviones de combate y buques de guerra (Romberg y McDervitt, eds., 2003).
Así, algunos analistas (como Lampton, 2003) consideran que EEUU debería optar por un diseño y un despliegue de un sistema antimisiles que supongan la menor amenaza posible para la capacidad mínima de disuasión que tiene China y que desencadene la menor respuesta posible de Pekín en cuanto al aumento de cabezas nucleares.
En cuanto a la proliferación de armas de destrucción masiva, algunos comentaristas (Christensen, 2003) entienden que China ha optado desde el verano de 2002 por una restricción seria de esas actividades por parte de algunas empresas estatales y por desvincular esa cuestión de las ventas estadounidenses de armas a Taiwan.
El 1 de abril de 2003, a pocos días del ataque a Irak, con la perspectiva de una hegemonía estadounidense en el Golfo, y con el conflicto norcoreano de fondo, Pekín lanzó una propuesta de 10 puntos para promover el desarme y el control de armas y que reclama a las potencias nucleares (y en, particular, a EEUU, aunque sin nombrarle):
“(1) Buscar un nuevo concepto de seguridad común basado en la confianza mutua, el beneficio mutuo, la igualdad y la cooperación en aras de un nuevo orden político y económico internacional más justo;
(2) abstenerse de introducir armas en el espacio exterior;
(3) adoptar medidas de desarme nuclear basadas en los principios de estabilidad global estratégica y seguridad total para todos;
(4) emprender la reducción drástica de los respectivos arsenales nucleares y la destrucción de armas nucleares;
(5) reducir las armas nucleares de forma irreversible y verificable;
(6) prometer no ser los primeros en usar armas nucleares y no usarlas o amenazar con usarlas contra Estados no nucleares o zonas libres de armas nucleares;
(7) retirar todas las armas nucleares desplegadas en el extranjero;
(8) asegurar que las naciones no firmantes y ratificadoras del tratado para la prohibición de ensayos nucleares lo hagan lo antes posible;
(9) intentar que la Conferencia sobre Desarme de Ginebra logre pronto un programa para iniciar una labor sustancial en el desarme nuclear, la prohibición de producción de materiales usados para fabricar armas nucleares y la prohibición de la carrera armamentista en el espacio exterior;
(10) negociar y concluir un tratado sobre prohibición y destrucción total de las armas nucleares.”(54)
Esta propuesta, de inspiración tercermundista igualitaria y multipolar de equilibrio nuclear, no ha tenido eco. Sin embargo, hace pocos días y antes del lanzamiento, el 16 de octubre de 2003, del primer taikonauta (astronauta) al espacio, China ha anunciado un plan espacial en toda regla, que tiene más de una lectura. En efecto, el director de Agencia Aeroespacial Nacional, Luan Enjie, ha anunciado el 29 de noviembre de 2003, que un taikonauta pondrá pie en la luna en 2020, precedido por un alunizaje no tripulado en 2010 y por un ingenio que orbitará la luna tres años antes (55).
No se trataría de un eslabón inmediato de una estrategia de defensa espacial, cuyos costes son hoy astronómicos para China, aunque sí de una no menos costosa carrera espacial. A la vista de la nueva doctrina de EEUU, Pekín podría estar incluso contemplando varias opciones en su despliegue espacial.
En cualquier caso, la Luna sería el próximo teatro de encuentro o confrontación entre EEUU y China, de acuerdo al anuncio de la administración Bush de revalorizar la Luna como objetivo, en una declaración difundida pocos días después del comunicado chino, y a su vez comentado de inmediato por la prensa china (56).
En cuanto a la proliferación, y pocos días antes de la visita de Wen Jiabao a Washington, China publicó un libro blanco sobre no proliferación. En él no menciona a EEUU y se compromete al multilateralismo por medio de “un nuevo concepto de seguridad mediante la cooperación, el diálogo, la confianza mutua y el desarrollo” y promete una participación más activa en varias iniciativas internacionales (Nuclear Suppliers Group, MTCR, Australia Group y Wassenaar Arrangement) (57).
La crisis nuclear con Corea del Norte
La crisis nuclear con Corea del Norte ha sido otro asunto en el que la cooperación bilateral ha sido intensa. China se ha visto realzada, a ojos de Washington, como un actor esencial para presionar a Pyongyang, organizar las conversaciones de abril, agosto y diciembre de 2003 y participar en el esquema multilateral de seguridad que se podría ofrecer a Corea del Norte.
Sin embargo, subsisten dos riesgos importantes. El primero es la tendencia de Washington a interpretar que mantener una amenaza creíble del uso de la fuerza militar contra Corea del Norte es una forma de hacer que China presione más a Pyongyang, por ejemplo aceptando sanciones en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o reduciendo el suministro de petróleo y alimentos a los norcoreanos. Es muy dudoso que China opte por aplicar presiones de ese tipo sobre Pyongyang, puesto que la preocupación principal de Pekín es que un eventual colapso del régimen desemboque en un importante aumento del número de refugiados en su territorio nororiental (estimados ya en unas 300.000 personas) y en la desaparición del “tampón” que supone Corea del Norte entre la frontera china y las tropas estadounidenses desplegadas en Corea del Sur, por mucho que éstas se redesplieguen más al sur del paralelo 38. El segundo riesgo es que Washington juegue con más intensidad la carta del estrangulamiento del régimen norcoreano, en la idea de que China podría así verse obligada ejercer más presión diplomática sobre Pyongyang. Esa opción descansa sobre la idea de que la capacidad de influencia de los dirigentes chinos sobre Kim Jong Il sigue siendo muy importante, lo que seguramente ya no es el caso. En particular es dudoso que el gobierno chino, por mucha presión diplomática e incluso económica que Washington ejerza sobre él, quiera arriesgarse a provocar a Corea del Norte, lo que podría conducir a China a verse inmersa en una espiral de escalada en el conflicto, y menos aún a desencadenar el colapso de su régimen, por las razones mencionadas anteriormente. Así, la capacidad de presión de China sobre Pyongyang es no sólo limitada sino que debe aplicarse con extremo cuidado (58).
Además, puesto que siguen sin estar claras la voluntad de negociación de Washington con Pyongyang y, en el caso de la que vía negociadora prospere, la capacidad de EEUU para gestionar una negociación presumiblemente larga, Washington podría dudar del compromiso de China con una península coreana libre de armas nucleares. Por ejemplo, si Corea del Norte quiere conservar algún tipo de programa nuclear, EEUU podría poner en duda la voluntad de China al respecto. Sería, por tanto, necesaria una mayor claridad al respecto de Pekín, si se plantea la cuestión.
A primera vista, a Pekín pareciera convenirle que no se resolviese totalmente el conflicto así como que se prolongase la preocupación estadounidense en varios frentes de relativa intensidad (Irak, Afganistán, Asia central, Arabia Saudí, conflicto palestino-israelí, Al-Qaida, etc.). Pero lo cierto es que China no parece contar con información previa de los movimientos estratégicos al borde del abismo de Pyongyang. Además, un enfrentamiento de Corea del Norte con EEUU no sería aceptable para Pekín. No hay que olvidar que, para China, una exacerbación del conflicto no sólo significaría más refugiados sino que incluso abriría una ventana que Taiwan podría aprovechar para declarar su independencia.
Está por ver la efectividad de los medios de persuasión y presión chinos. Es evidente que en los últimos meses Pekín se ha esforzado como nunca para potenciar los contactos bilaterales, así como para lograr el establecimiento de un diálogo a seis bandas. Así, el pasado verano Zhongnanhai suspendió embarques de petróleo a Corea del Norte, mandó tropas a reforzar la frontera común, y envió delegaciones de alto nivel a negociar con el régimen de Kim Jong Il. Se permitió incluso detener un barco norcoreano. El impulso diplomático ha llevado recientemente al viceministro de Exteriores, Dai Bingguo, a trasladarse entre Pyongyang y Washington para asegurar una segunda ronda a seis bandas.
Además de recoger las impresiones de Kim y ejercer un papel mediador con EEUU, la visita en octubre de Wu Bangguo, presidente del Parlamento chino a Pyongyang, ha tenido un contenido bilateral más profundo, de carácter doctrinal expresado por Jiang Zemin en sus intercambios con Kim, jicheng chuantong, mianxian weilai, mulin youhao, y jiaqiang hezuo (“heredar las tradiciones, enfrentar el futuro, mantener la buena vecindad y profundizar la cooperación”) (Chu, 2003). Al fin y al cabo, ambos países tienen una tradición histórica común.
Aquí está siempre latente el soft power chino. En este caso, manifestado en la posibilidad de la apertura China como modelo (Soto, 2003). Y las bases ya están dadas. Ha habido algunos signos. Uno fue la visita de Kim a China en 2001, la segunda en pocos meses, que le llevó en Shanghai a visitar una planta de General Motors, una fábrica japonesa de semiconductores y el mercado de valores, lugares todos de enorme simbolismo. Poco después Pyongyang adoptó una medida revolucionaria con la decisión de crear la región administrativa especial de Sinuiju en un área de 132 kilómetros cuadrados en la frontera con China y diseñada para atraer a medio millón de habitantes. La medida, análoga a la apertura china iniciada hace dos décadas, y cuya gerencia fue encargada al segundo hombre más rico de China, ha quedado paralizada debido a un fraude y a una descoordinación entre Pyongyang y Pekín. Otro signo fue la reforma de precios y salarios en julio de 2002. Las intenciones aperturistas de Kim han sido evidentes, aunque las medidas anteriores no han sido complementadas con otras.
Asia central y sudoriental
Otro tema de preocupación en China es la creciente influencia militar de EEUU en Asia central (algunas repúblicas ex soviéticas) y sudoriental (Singapur, Filipinas, etc.).
El despliegue de fuerzas estadounidenses en algunos países de Asia central (especialmente Uzbekistán y Kirguizistán) desde el inicio de la campaña de Afganistán ha sido recibido por China con una reacción moderada y sin aparentes medidas para contrarrestarlo (Gill y Oresman, eds., 2003). China ha considerado que las ventajas a corto plazo de la presencia estadounidense en Asia central, en términos de estabilidad política y económica, ha superado los inconvenientes que pudiera tener a medio y largo plazo.
Pese al apoyo inicial a la campaña de Afganistán, se detecta una duda en Pekín sobre la permanencia norteamericana en Asia central. Tras la primera fase de la guerra, las verdaderas intenciones norteamericanas podrían ir más allá de los propósitos defensivos y preventivos inmediatos y desembocar en una presencia permanente (Gao, 2002).
Tíbet y Xinjiang son colindantes con una región en la que EEUU ya disponía de conocimiento estratégico de primera mano desde 1997. Ese año EEUU realizó en Kazajstán la operación aerotransportada continua más extensa de su historia hasta entonces, cuando se desplazaron sin escalas desde el centro de EEUU paracaidistas que realizaron maniobras con tropas locales y de Kirguizistán y Uzbekistán.
Si el resultado de la presencia norteamericana en Asia central es mayor seguridad y no comporta efectos inversos de desestabilización regional, no estancaría el desarrollo de las infraestructuras centroasiáticas de carreteras, ferrovías y rutas energéticas, incluidas en el “Proyecto Ruta de la Seda”, que agrupa a treinta países euroasiáticos. Éste, a su vez, entronca con el Plan Oeste y con un proyecto de un oleoducto desde el Mar Caspio hasta la frontera china, aplazado desde 1997, y que, en 2003, las autoridades kazajas han insistido en activar.
Preocupa el aprovechamiento de una presencia norteamericana cerca del Caspio. Allí Washington dispondría de la capacidad para reforzar su influencia y lograr la construcción de oleoductos y gasoductos en dirección Oeste y Sur, por ejemplo, a través de Afganistán y Pakistán hacia el Océano Índico, a través de Georgia y Turquía (en construcción), y en perjuicio de las rutas orientales.
Finalmente, el intento de EEUU por tener una mayor presencia militar en el sudeste asiático (para sumar a la que ya tiene en Japón y Corea del Sur), especialmente en Singapur, Filipinas y Tailandia, podría ser interpretada por China como un elemento más de una estrategia de “cercamiento”.
3.4. Aspectos económicos
El importante déficit comercial de EEUU con China (103.200 millones de dólares en 2002) ha sido interpretado, especialmente en el Congreso, las asociaciones de pequeñas y medianas empresas y los sindicatos, como el resultado de una moneda subvaluada y de las prácticas proteccionistas en China y como el causante principal de la pérdida de empleo manufacturero en EEUU (2,7 millones de puestos de trabajo en 2001-03).
Así, han surgido voces que han reclamado un apreciación del yuan (o al menos un abandono del tipo de cambio fijo que tiene desde 1994) y una mayor presión sobre las autoridades chinas para que liberalicen sus importaciones (especialmente en agricultura y servicios) con arreglo a los compromisos adquiridos por Pekín como consecuencia del ingreso de China en la OMC. También se ha insistido en que China debe facilitar las inversiones directas en el sector servicios y las inversiones en cartera, así como proteger más eficazmente los derechos de propiedad intelectual de las empresas estadounidenses.
El volumen total del comercio bilateral ha pasado de 4.800 millones de dólares en 1980 a 147.200 millones en 2002. El déficit bilateral para EEUU ha crecido de 10.400 millones en 1990 a 103.100 millones en 2002, convirtiéndose en el mayor déficit bilateral de EEUU, por delante de los registrados con la Unión Europea (84.200 millones) y Japón (70.100 millones).
Los especialistas consideran en general que el elevado déficit estadounidense es el resultado sobre todo de la baja tasa de ahorro prevaleciente en EEUU y de la masiva inversión extranjera en sectores manufactureros intensivos en trabajo y orientados a la exportación que se ha registrado en China. Sobre la tasa de ahorro, su declive se ha debido en buena medida al creciente déficit presupuestario de EEUU. En cuanto a lo segundo, Lardy (2003) señala que las exportaciones de China realizadas por empresas con participación extranjera han pasado de 300 millones de dólares en 1985 (apenas el 1% de las exportaciones totales) a 170.000 millones en 2002 (más del 50% de las exportaciones totales). Esa inversión se produjo en los años ochenta sobre todo en los sectores de calzado, juguetes, productos textiles y artículos de deporte, pero en los años noventa se ha registrado también en artículos electrónicos de consumo y, cada vez más, en productos de tecnologías de la información, como ordenadores personales, monitores, escáneres y PDA, entre otros.
S. Roach, economista principal de Morgan Stanley, en su testimonio ante la US-China Economic and Security Commission (USCC, 2003b), señaló que el 65% del crecimiento de las exportaciones chinas entre 1994 y mediados de 2003 (de 121.000 millones de dólares a 365.400 millones) se ha debido a las empresas con participación extranjera y que las exportaciones chinas tienen un alto contenido en importaciones (por ejemplo, en sus exportaciones a EEUU sólo el 20% constituye valor añadido local).
En cualquier caso, dada la proximidad de las elecciones presidenciales en 2004 y de la obligada eliminación de cuotas al desaparecer el Acuerdo sobre Textiles y Vestuario en 2005, Washington ha impuesto recientemente restricciones a las importaciones de algunos productos textiles procedentes de China.
Además, la reciente visita del primer ministro Wen a EEUU (7-10 de diciembre de 2003) ha incluido compromisos de adquirir más aviones y cereales estadounidenses, en lo que se interpreta como un intento de reducir las fricciones comerciales, pero sin ceder en lo esencial.
Inversiones y protección intelectual
Washington ha insistido igualmente en que China debería liberalizar las inversiones en el sector servicios (especialmente bancarios) y garantizar la libre movilidad del capital (esto es, facilitar la inversión en cartera, que sigue sujeta a controles de capital).
En cuanto a los derechos de propiedad intelectual, se ha estimado que la proliferación en China de copias piratas de programas informáticos, música y películas así como la falsificación de marcas tuvo un coste anual para los fabricantes estadounidenses de 1.850 millones de dólares. Así, Washington ha insistido en que Pekín debe mostrar más voluntad y eficacia para salvaguardar tales derechos. Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la OMC dio por buenas en 2002 las nuevas leyes de China relacionadas con los TRIPs (Trade Related Aspects of Intellectual Property Rights).
Cuando el Secretario del Tesoro, John Snow, visitó China a principios de septiembre de 2003, pidió a las autoridades monetarias chinas que abandonaran el tipo de cambio fijo del yuan con el dólar, vigente desde 1994, y pasaran a un régimen de tipo de cambio flexible.
También se ha pedido a China una apreciación de la moneda, especialmente por parte de miembros significados del Congreso (véase USCC, 2003b).
El diagnóstico que se ha hecho es el siguiente: puesto que el yuan no es plenamente convertible (sólo lo es por cuenta corriente y no por cuenta de capital) y puesto que China mantiene controles de capital, las autoridades han podido mantener el tipo de cambio fijo mediante una masiva acumulación de reservas en divisas (357.000 millones de dólares a mediados de 2003). En otros términos, no han usado esas reservas para comprar yuanes con el fin de depreciar la moneda. Ese tipo de cambio fijo ha supuesto una moneda infravalorada con respecto al dólar, que ha otorgado a China una ventaja comercial artificial, especialmente en sus intercambios con EEUU.
Así, se ha solicitado un cambio de paridad o al menos un tipo de cambio flexible, lo que es muy controvertido.
Para empezar, existe controversia sobre si el yuan está realmente sobrevalorado. Algunos especialistas (F. Bergsten, director del Institute for International Economics, en USCC, 2003b) entienden que lo estaría en un 20%-25% y que haría falta un cambio de paridad, manteniendo un tipo de cambio fijo.
Otros, sin embargo, consideran que China tiene un escaso superávit comercial global, de manera que la moneda no estaría en absoluto sobrevalorada (S. Roach en USCC, 2003b).
En cualquier caso, quienes piden una apreciación de la moneda mediante un cambio de la paridad pasan por alto que podría producir efectos negativos en el sector exportador chino, en un momento en el que China está reestructurando sus empresas estatales y sus bancos públicos; que agravaría las presiones deflacionarias en China; que podría no desembocar en absoluto en una reducción de las exportaciones de las empresas extranjeras, que seguirán interesadas en las ventajas de coste de China; que podría afectar negativamente a algunas grandes empresas de EEUU, que tienen importantes inversiones en China (y cuyo valor en dólares se reduciría); que afectaría negativamente, vía precios, a los consumidores en EEUU; o que, al reducir las reservas en divisas de China, disminuiría su demanda de activos financieros (principalmente bonos del Tesoro) estadounidenses, provocando así un aumento de los tipos de interés a largo plazo en EEUU.
En cuanto a quienes piden, como hace el gobierno de EEUU, un tipo de cambio flexible para el yuan, no consideran que, de aplicarse, podría provocar, no una apreciación, sino una depreciación del yuan, a la vista de la mala salud del sector bancario chino y, sobre todo, que podría desencadenar una importante inestabilidad financiera no sólo en China sino también en otros países de Asia oriental y, por extensión, en la economía mundial.
Parece altamente improbable, pues, que China modifique a corto plazo la paridad del yuan, manteniendo el tipo de cambio fijo con el dólar, o que cambie su régimen cambiario hacia una flexibilidad total.
Las relaciones entre EEUU y China han sido, desde la visita del presidente Nixon a Pekín en 1972, unas relaciones de amor-odio (59). La evolución de tales relaciones desde la llegada al poder de la administración Bush ha seguido esa pauta: desconfianza y alejamiento hasta finales de 2001 y colaboración y acercamiento durante 2002 y 2003. Es muy posible que, en años venideros, se observe una repetición de esa pauta.
Además, las páginas anteriores permiten obtener varias conclusiones. Tres parecen ser las más importantes.
En primer lugar, el acercamiento reciente entre Washington y Pekín (en temas como la lucha contra el terrorismo, la crisis nuclear con Corea del Norte o, en menor medida, la proliferación de armas de destrucción masiva) no debería ser sobrevalorado, entre otras razones porque ha vivido tiempos mejores (como en los años ochenta). Además, es muy posible que no haya eliminado la percepción de al menos buena parte de la administración Bush de que China es un “competidor estratégico” de EEUU. En realidad, las opiniones de los sectores neo-conservadores de la administración no han cambiado: esos sectores sólo han alterado sus prioridades después del 11-S. El creciente poder económico y militar de China se interpreta como una amenaza potencial para los intereses nacionales de seguridad a largo plazo de EEUU. La “amenaza de China” ya no se expresa tanto en los términos sensacionalistas de algunos libros publicados en los últimos años (60) sino en el enfoque más sutil expresado, por ejemplo, por J.J. Mearsheimer, profesor en la Universidad de Chicago y defensor del “realismo ofensivo”:
“si China se convierte en una potencia económica convertirá casi inevitablemente su fuerza económica en fuerza militar e intentará dominar Asia nororiental. Que China sea democrática y esté profundamente integrada en la economía global o que sea autocrática y autárquica afectará poco a ese comportamiento, puesto que las democracias se preocupan de la seguridad igual que los países no democráticos y porque la hegemonía es el mejor medio que tiene cualquier Estado para garantizar su propia supervivencia.” (61)
Es cierto que China protagoniza una convergencia sistémica con EEUU y que previsiblemente será un competidor económico formidable de EEUU. La pregunta que habría que hacerse es si, en caso de existir otro país anglosajón que tuviese las dimensiones, el crecimiento y las perspectivas de desarrollo de China, no entraría también, inevitable y periódicamente, en conflicto con EEUU.
Por otro lado, Washington no debería darse por satisfecho con la creciente cooperación bilateral reciente, puesto que en realidad se ha producido en facetas que son secundarias para Pekín. En otros términos,
“cuando Washington solicita la cooperación de China en la guerra contra el terrorismo al tiempo que presiona en favor de un cambio interno en la RPC y que establece vínculos más firmes con Taiwan, EEUU está pidiendo a Pekín que persiga una prioridad secundaria mientras pone en peligro sus prioridades principales.” (Lampton y Ewing, 2002: 58).
En segundo lugar, algunas de las nuevas políticas de la administración Bush son susceptibles de crear conflicto. Por un lado, la nueva doctrina estratégica expresada en la tesis de la guerra preventiva y en el fortalecimiento de la opción por un sistema antimisiles seguramente provocará la oposición decidida de China, además de potenciar un aumento en la calidad y en la calidad de la fuerza de misiles nucleares de China, que deseará mantener su capacidad de disuasión nuclear que, aunque es limitada, Pekín considera esencial para su seguridad. Washington debería cuando menos iniciar un diálogo militar más amplio con Pekín, que incluya el sistema estadounidense NMD y la modernización nuclear china.
Por otro lado, la política de acercamiento a Taiwan (más ventas de armas, mayor cooperación militar y una política más laxa de visados a las autoridades de la isla) es contemplada con preocupación en Pekín, a la vista sobre todo de las tensiones políticas internas en Taipei, complicadas por el carácter imprevisible del electorado de la isla.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la visita del presidente de Taiwan, Chen Shui-bian, a Nueva York en noviembre de 2003 no desató los “juegos de guerra” que se produjeron cuando su predecesor, Lee Teng-hui, visitó la Universidad de Cornell en 1995. No obstante, si Washington no expresa con más claridad la política de “ambigüedad estratégica” sobre la defensa de la isla y mantiene un nivel de suministro de armas y, sobre todo, de cooperación militar que sean aceptables para China, la cuestión de Taiwan podría complicarse. Además, si tal cosa se produjera, no hay que descartar que Pyongyang no utilice la ocasión para un golpe de efecto (o a la inversa, podría hacerlo Taiwan, si Corea del Norte agudizara su crisis con Washington).
En tercer lugar, la frustración de Washington ante lo que entiende como cambios internos excesivamente lentos en China y, si la crisis con Corea del Norte se complica, como una posible insuficiente colaboración en la desactivación de esa crisis, puede hacer que EEUU no aproveche la ventana de oportunidad que se ha abierto desde finales de 2001 y que supone una ocasión sin precedentes para mejorar de manera duradera las relaciones bilaterales. Esa ventana se debe también al giro de la política china respecto de EEUU. En 1989, en el marco de la negativa reacción norteamericana tras la represión de Tiananmen, Deng Xiaoping enunciaba lo que debía ser la actitud china con la siguiente fórmula (citada en Zhao, 2000: 31):
“observemos sobriamente los acontecimientos, mantengamos nuestra posición, enfrentemos con calma los desafíos, escondamos nuestras capacidades y esperemos el momento propicio, permanezcamos libres de ambición, y nunca reclamemos el liderazgo.”
Cuatro años más tarde, Jiang Zemin (citado en Zhao, 2000: 31) reacomodaba los principios y los situaba en el marco de una potencial asociación estratégica, al invitar a EEUU a:
“fortalecer la confianza, reducir los problemas, expandir la cooperación y evitar la confrontación.”
A finales de 2003 todo parece indicar que esa es la vía que previsiblemente mantendrá China.
EEUU y China se enfrentan a desafíos internacionales comunes (caos y desorden en los Estados “fallidos”, aspectos transnacionales vinculados a la globalización, etc.), que hacen que a la larga estén condenados a entenderse. Al fin y al cabo, en palabras de David Garrett, director de los programas sobre Asia del Atlantic Council of the United States,
“una estrategia de contención de EEUU respecto de China es tan insostenible como un frente único chino contra la hegemonía de Estados Unidos. Esa “camisa de fuerza estratégica” tenderá más a estrecharse que a ampliarse en el futuro, incluso si el crecimiento económico de China fortalece su poder nacional, incluido su poder militar en relación a EEUU. Esa valoración estratégica apunta a una implicación estratégica a largo plazo entre Estados Unidos y China, pese a la presiones políticas en ambos países para que adopten una estrategia realista que se presupone un choque inevitable entre una China en auge y unos EEUU hegemónicos.” (Garrett, 2003: 2).
investigador principal para Asia-Pacífico del Real Instituto Elcano y profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid
investigador asociado para Asia-Pacífico del Real Instituto Elcano y profesor del Centro de Estudios Internacionales e Interculturales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Antiguo periodista en la agencia de noticias Efe en Pekín
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[1] “Interview with Wen Jiabao. A Complete Transcript from Chinese Premier’s Meeting”, The Washington Post, 22 de noviembre de 2003.
[2] Según escribió en 2000 Condoleezza Rice, futura asesora de seguridad nacional, “China no es una potencia partidaria del statu quo sino una que querría alterar a su favor la balanza de poder en Asia. Esto por sí solo hace de ella un competidor estratégico y no el ‘socio estratégico’ como la definió alguna vez la administración Clinton” (C. Rice, “Promoting the National Interest”, Foreign Affairs, vol. 79, nº 1, enero-febrero de 2000, p. 56).
[3] Uno de los principales defensores de esa tesis ha sido Aaron L. Friedberg, profesor de la Universidad de Stanford y desde junio de 2003 asesor del vicepresidente Cheney. Véase su “The Struggle for Mastery in <?xml:namespace prefix = st1 ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" />Asia”, Commentary, vol. 109, nº 11, noviembre de 2000.
[4] Los presidentes Bush y Jiang se reunieron en tres ocasiones (Shanghai, octubre de 2001, durante la cumbre de APEC; Pekín, febrero de 2002, durante la visita de Bush a China; y Crawford, Texas, octubre de 2002, durante la visita de Jiang a EEUU). El presidente Bush también se ha reunido con el nuevo presidente chino Hu Jintao en Pekín (febrero de 2002, cuando era vicepresidente), Evian (junio de 2003, durante la cumbre del G8) y Bangkok (octubre de 2003, durante la cumbre de la APEC).
[5] No obstante, Washington mantuvo posiciones ambiguas sobre las eventuales iniciativas independentistas de Taiwan hasta la visita a EEUU del primer ministro Wen Jiabao en diciembre de 2003; véase más adelante.
[6] Por ejemplo, Richard Armitage y James Kelly en el Departamento de Estado, Paul Wolfowitz en el Departamento de Defensa o Torkel Patterson en el Consejo de Seguridad Nacional. Ninguno de ellos era especialista en China y todos ellos habían mostrado una fuerte posición crítica con Pekín (véanse Lieberthal, 2001, y Pei, 2002).
[7] Department of State, Patterns of Global Terrorism 2002, 30 de abril de 2002, p. 15.
[8] Las palabras literales del presidente Bush fueron: “The United States government's policy is one China, based upon the three communiqués and the Taiwan Relations Act. We oppose any unilateral decision by either China or Taiwan to change the status quo. And the comments and actions made by the leader of Taiwan indicate that he may be willing to make decisions unilaterally to change the status quo, which we oppose” (“President Bush and Premier Wen Jiabao Remarks to the Press”, The White House, Washington DC, 9 de diciembre de 2003).
[9] Department of Defense, Quadrennial Defense Review Report, 30 de septiembre de 2001, p. 4.
[10] The White House, The National Security Strategy of the United States of America, Washington DC, septiembre de 2002, pp. 27-28.
[11] R. Armitage, rueda de prensa en el Asia Society Forum, Sydney, 13 de agosto de 2003.
[12] C. Powell, Remarks at the Elliott School of International Affairs, George Washington University, 5 de septiembre de 2003. Véase también Glaser, 2003b.
(13) Véase el texto del Tratado en la página web del Ministerio chino de Asuntos Exteriores (http://www.fmprc.gov.cn).
[14] Concepto incluido en el Comunicado de Shanghai, de 1972, guía de principios de las relaciones bilaterales.
[15] Lugar de residencia y trabajo de los líderes chinos y de ahora en adelante sinónimo de Pekín.
[16] Incluida la inédita colocación de dos bombas en Pekín a mediados de los años noventa. La provincia más extensa de China, con 1.600.000 kilómetros cuadrados, poblada a gran escala por los chinos desde los años cincuenta del siglo XX, e incluida al imperio chino en 1759, ha sufrido sublevaciones y gozado de intermitente independencia en los últimos dos siglos. En chino, Xinjiang significa “Nueva Frontera”.
[17] Además, varios hijos de los máximos dirigentes han vivido y estudiado en EEUU en los últimos años: entre muchos otros, una hija de Hu Jintao, y Qian Ning, hijo de Qian Qichen.
[18] La cooperación estratégica frente a la URSS era evidente, por ejemplo, en Afganistán (1979-88) o frente a Vietnam, en las mismas fechas, pero además la política reformista y aperturista de Deng Xiaoping, que incluía elementos de economía de mercado, llevó a que Deng fuera considerado dos veces el “hombre del año” por la revista Time en 1979 y 1986 y a que Nixon y Bush padre tuvieran una amplia cobertura en los medios de comunicación chinos.
[19] Puede verse en Guowuyuan, 2002, un recorrido retrospectivo de los ataques atribuidos al Dongtu.
[20] State Department Daily Briefing, 3 de julio de 2003.
[21] B.W. Nelan, “Guns and Poses. AK-47s, CD Piracy, Nuclear Sales – What Else Can Go Wrong in US-China Relations?”, Time, 3 de junio de 1996.
[22] Es interesante notar que el primer telegrama de felicitación del exterior recibido por Hu Jintao tras ser confirmado como presidente de China, en marzo de 2003, fue el de Kim Jong Il en la versión inglesa, aunque no en el orden dado por la versión digital en chino. Al respecto, véase la página web http://www.china.org.cn.
[23] Aunque el tercer comunicado (1982) señalaba que EEUU se comprometía a reducir gradualmente sus ventas de armas a Taiwan, la TRA (1979) indicaba que Washington suministraría a Taiwan artículos y servicios militares suficientes para asegurar una capacidad suficiente de autodefensa. La TRA se vio reforzada por las “seis garantías” a Taiwan (1982), entre las que figuraban la de no fijar una fecha para terminar las ventas de armas y la de no consultar previamente con Pekín sobre esas ventas.
[24] Encuentro del US-Taiwan Business Council, Florida, marzo de 2002, citado por Dumbaugh, 2003: 10.
[25] Además, Chen posó ante las cámaras en un barco ante el edificio de Naciones Unidas y se fotografió unos días después saludando al secretario de Estado Powell en Panamá. Véase “United States-Taiwan. Diplomatic but Triumphal Progress”, Far Eastern Economic Review, 13 de noviembre de 2003.
[26] “Security. How China is Building an Empire”, Far Eastern Economic Review, 20 de noviembre de 2003.
[27] Nuclear Posture Review (excerpts), enero de 2002, pp. 16-17.
[28] P.A. DeSutter, “Statement”, Hearing before the United States-China Economic and Security Review Commission, Congreso de los Estados Unidos, en USCC, 2003a: 17.
[29] S. Chu, “China and Human Security”, North Pacific Policy Papers, nº 8, 2002.
[30] Entre ellos destacan Chai Ling y Fang Lizhi.
[31] “China Threatens US with Tariffs in Trade Dispute”, Wall Street Journal, 21 de noviembre de 2003, y “China Offers Sharp Response to New US Textile Restrictions”, Wall Street Journal, 19 de noviembre de 2003.
[32] G.W. Bush, Remarks by the President at the Royal Banqueting House, Whitehall Palace, London, 19 de noviembre de 2003.
[33] Cable de la agencia Xinhua, “Zhongguo zhengfu fandui danbianzhuyi bing jiji fankong” (“El gobierno chino se opone al unilateralismo y al activo contraterrorismo norteamericano”), citado en Zhongxinwang, 7 de marzo de 2003.
[34] Wu X., “Bush Uses Saddam to Justify Iraq Occupation”, China Daily, en Xinhuanet, 7 de noviembre de 2003.
[35] E. Teo, “All Things ‘Chinese’ Take on the World”, The Straits Times, 11 de septiembre de 2002.
[36] Pravda, 25 de septiembre de 2003.
[37] Rusia es euroasiática y no comparte con China la preocupación por la ampliación de la OTAN y de la UE, ni su compleja relación en el Cáucaso, ni el frente de la India con Pakistán y Afganistán, también distinto de la más distendida frontera occidental china.
[38] Véase la proyección “Dreaming with BRICs: the Path to 2050”, Goldman Sachs, 1 de octubre de 2003.
[39] A. Kazi, “Is the Proposed Russia-China-India Pipeline Feasible?”, Central Asia Caucasus Analyst, 13 de enero de 2003.
[40] Véanse las opciones discutidas en S. Shahin, “Three of a Kind: India, China and Russia”, Asia Times, 27 de septiembre de 2003.
[41] Según el vicesecretario de Estado asistente para Asuntos de Asia Oriental y del Pacífico, Randy Schriver, “hemos sido claros en nuestra posición sobre la independencia [de Taiwan]. No apoyamos la independencia. Si algunos de los esfuerzos [de Taiwan] afectan al estatus de Taiwan de manera que (...) conduzca a la independencia, no vamos a apoyarlos” (R. Schriver, “US-Taiwan-China Issues”, Foreign Press Briefing Center, 20 de noviembre de 2003).
[42] El DPP y la TSU pretendían que se aprobase la posibilidad de convocar referendos con carácter general y de modificar la Constitución. Sin embargo, sólo se aprobó, el 27 de noviembre de 2003, una legislación que permite convocar una consulta sobre la soberanía únicamente con propósitos defensivos (es decir, mediando una amenaza seria o un ataque por parte de China).
[43] Ambas declaraciones en “Jiefangjun junguan tanfan taidu zhanzheng” (“Oficiales del Ejército de Liberación Nacional se oponen a la guerra independentista”), Xinhuawang, 2 de diciembre de 2003.
[44] “Commentary: Taiwan Treads Tightrope”, China Daily, 5 de diciembre de 2003.
[45] Wen dijo además a Powell que China “insta a EEUU a cumplir sus promesas en el tema de Taiwán, mantener la política de una sola China, atenerse a los tres comunicados conjuntos sino-estadounidenses y oponerse a la independencia de Taiwán”, Xinhua, 8 de diciembre de 2003.
[46] Véase, por ejemplo, el testimonio de T. Kumar, director para Asia-Pacífico de Amnistía Internacional de EEUU, ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos (11 de septiembre de 2003), que, además, documenta extensamente la situación de los derechos humanos en China.
[47] Departamento de Estado, “US Disappointed by Deterioration of Human Rights in China”, Press Statement, 2 de julio de 2003.
[48] La probidad de Wei es incuestionable. Fue Guardia Rojo y pasó 18 años en prisión por reclamar que se sumase una quinta modernización a las cuatro proclamadas por Deng Xiaoping en 1978. Al respecto, véase la página digital de la Fundación Wei Jingsheng, http://www.weijingsheng.org.
[49] China Internet Dissidents Freed, Servicio Mundial de la BBC, edición digital, 30 de noviembre de 2003.
[50] “Interview with Wen Jiabao”, The Washington Post, 22 de noviembre de 2003, y China Daily, 24 de noviembre de 2003.
[51] China Daily, 25 de junio de 2003.
[52] En 1992 The Washington Post la acusó de beneficiarse de la explotación del trabajo forzoso de prisioneros chinos, ante lo que reaccionó constituyéndose en la primera empresa manufacturera en implantar un código de estándares laborales. Al año siguiente anunció su retiro de China por la falta de respeto a los derechos humanos, aunque regresó en 1998 argumentando que los derechos humanos habían mejorado.
[53] Asia Times, 7 de octubre de 2003. Puede verse el documento del acuerdo en http://www.aseansec.org/arf.
[54] Recogido por el Diario del Pueblo y la Agencia Oficial Xinhua, 1 de abril de 2003.
[55]Cable de AP recogido por CNN, 29 de noviembre de 2003. Para un análisis del lanzamiento de un astronauta, véase “Weihe yao cairen ru taikong?” (“¿Por qué hay que enviar un hombre al espacio?”), Zaobao, 14 de octubre de 2003.
[56] “Return to Moon May Be on Bush’s Agenda”, China Daily, 5 de diciembre de 2003, que informa de la dimensión militar que inevitablemente tendría el proyecto, en parte discutido en: “Visionaries Hope NASA Charts Bold Course”, The New York Times, 5 de diciembre de 2003.
[57] People’s Daily, 3 de diciembre de 2003. Su versión digital para los lectores chinos, difundida por el mismo periódico, sólo enuncia principios, sin entrar en detalles.
[58] Véase “Uneasy Allies: Fifty Years of China-North Korea Relations”, Asia Program Special Report, nº 115, The Woodrow Wilson International Center for Scholars, septiembre de 2003.
[59] Sobre la evolución de las relaciones bilaterales en 1972-90, véase Harding, 1992; para los años noventa, Lampton, 2001, Myers et al., eds., 2001, y Suettinger, 2003; con carácter más general, véanse Vogel, ed., 1997, Mann, 1999, Tyler, 2000, Shaller, 2002, y Pollack, ed., 2003.
[60] Véanse, por ejemplo, R. Bernstein y R. H. Munro, The Coming Conflict with China, Knopf, Nueva York, 1997; E. Timperlake y W. Triplett, Red Dragon Rising: Communist China’s Military Threat to America, Regnery Pub., Washington DC, 1999; o W. Gertz, The China Threat: How the People’s Republic Targets America, Regnery Pub., Washington DC, 2002.
[61] J.J. Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics, Norton, Nueva York, 2001, p. 4. Véase también Friedberg, 2002.
/wps/wcm/connect/dff4ef804f018391b3ecf73170baead1/PDF-030-2003-E.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=dff4ef804f018391b3ecf73170baead1

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