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Timestamp: 2018-01-21 06:47:27+00:00

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La violencia contra las mujeres como “arma de guerra” permanente
Viento Sur nº 121, Marzo 2012
“En contravía de nuestro sentir las mujeres somos involucradas en el negocio de la muerte. En nombre de la libertad se ahogan las posibilidades reales de ser muje- res hacedoras de nuestro destino, porque sin permiso es usado nuestro territorio-cuerpo y porque los guerreros imponen los límites, la guerra sacude nidos y tumbas... La guerra tapiza de resentimiento los caminos de la esperanza. Ni en nombre de la justicia, ni de la equidad justifican tanta orfandad, tanto desarraigo y tanta sordera ante la vida y ante la muerte” (Ruta Pacífica MCG. Colombia)
El feminismo antimilitarista desde el que escribo, parte fundamentalmente de dos premisas básicas de análisis en relación a la violencia contra las mujeres.
Por un lado, la violencia contra las mujeres, en tiempos de “paz” y en tiempos de guerra, es el resultado de una sociedad patriarcal que subordina y discrimina a las mujeres, una sociedad inmoral y clasista cuyo sistema legitima su uso para mantener su dominación. Es algo estructural y constituye el mayor obstáculo para la autonomía y la libertad de las mujeres, a través de la coerción, el miedo, la sujeción y la muerte.
Por otro, la violencia es un continuo en la vida de las mujeres, en todas las eda- des y circunstancias y en todas las sociedades, que en tiempos de conflictos arma- dos se exacerba hasta extremos brutales, que a su vez agravan y reducen de mane- ra impensable la autonomía y la libertad de las mujeres y de sus comunidades.
El feminismo ha desbaratado la impunidad y la justificación de la violencia contra las mujeres. En primer lugar visibilizando y denunciando su existencia (como en otros temas, “lo personal es político”), sacándola del ámbito privado de las relaciones y denunciándola como parte de un sistema de domi- nación que queremos desmontar de arriba abajo, responsabilizando a los gobiernos, leyes, ejércitos y personas perpetradoras de violencia contra las mujeres y niñas.
Por otra parte, dando el protagonismo y la voz a las mujeres en relación a su experiencia sobre la violencia, a las repercusiones sobre su cuerpo. Alejándola de la visión patriarcal de las mujeres sólo como víctimas de los excesos de los hombres violentos, aislados o reunidos en ejércitos, y dignas de su protección. Impulsando, por el contrario, redes de solidaridad y crean- do espacios libres de la violencia y útiles para su denuncia.
Finalmente enfatizando que “el cuerpo de las mujeres no es botín de guerra”. Es en el cuerpo donde primero se esconden y se manifiestan los miedos, las agresiones y las violencias. Este lema entronca claramente con el derecho de las mujeres a ser dueñas de su propio cuerpo, y de nuestra capacidad de decidir, sobre nuestra maternidad y nuestra vida, lo que nos ha sido negado durante generaciones. El derecho al propio cuerpo, a una sexualidad libre, el derecho al placer se convierte para el feminismo en reto imprescindible para aumentar la libertad de las mujeres, para poner trabas a la acepta- ción de la violencia y a su naturalización. También es una constante cómo, a través de leyes y resoluciones, los gobiernos y las iglesias se arrogan impunemente el derecho a controlar el cuerpo de las mujeres y a regular cómo pueden usarlo.
Es verdad que hemos conseguido ser dueñas y hacedoras de nuestras vidas, y hemos aprendido a no poner a los hombres como medida de nuestros avances, sino consolidar nuestra autonomía y libertad cambiando la sociedad para todas y todos, a través de relaciones entre mujeres, de asociaciones, de marchas, de cambios de leyes y de miles de acciones de paz, creando alternativas desde otra perspectiva, una perspectiva a favor de la vida y la esperanza de que sea una vida digna de ser vivida.
Cientos de ejemplos de redes de mujeres contra la guerra contra la vio- lencia marcan un camino en todo el planeta, con resultados importantes pero frágiles y necesarios de reformular, aumentar y consolidar.
El militarismo refuerza cada día sus estrategias de seguridad
Hemos conseguido algunas pequeñas realidades a nivel de las leyes internacionales, como que “las violaciones masivas en tiempo de guerra sean consideradas crímenes contra la humanidad” y podamos llevarlas a los Tribunales Internacionales, o que en el 2000 se hayan redactado y aprobado resoluciones sobre la participación de las mujeres en los conflictos armados (como la 1325, la 1820, etc.) de las que más adelante hablare- mos.
Pero antes nos queremos detener en las ideas que se propagan en los ejércitos, tanto los regulares como los “humanitarios”, para formar, ejercer y minimizar la violencia contra las mujeres.
Nos parece imprescindible conocer esos mecanismos para denunciarlos, para buscar apoyos en toda la sociedad, para acabar con los ejércitos.
Si algo va íntimamente unido con el machismo es el militarismo. Esto se refleja en todos los ejércitos, paraejércitos y fuerzas de policía. En la cultura militar (como explicita con numerosísimos ejemplos el excelente informe del Colectivo Gasteizkoak) existen numerosas apelaciones a lo sexual como forma de dominación, desde comparaciones del pene con el fusil, entendido como arma de ataque y control, hasta vinculaciones entre la defensa de la pureza e integridad sexual de la novia o la madre y de la Patria (y por lo tanto, atacar la patria enemiga es atacar la pureza e integridad de las mujeres del ene- migo), que ha servido para justificar el trato a las mujeres en los conflictos armados de todas las épocas. Aspecto particularmente claro en el caso de los Balcanes y de Ruanda, que ha podido ser más documentado, visibilizado y denunciado por las redes de mujeres feministas antimilitaristas y que conoce- mos en todo el planeta.
Los delitos de violencia sexual son una expresión más de los métodos de la institución militar, consecuencia directa de lo que se inculca a los soldados en los cuarteles y que los mandos toleran silenciando sus desviaciones demasia- do agresivas contra las mujeres, antes, durante y después de los conflictos, buscando que queden impunes. Métodos que han llegado a justificar violaciones masivas de “mujeres enemigas” como arma de guerra.
Desde la sociedad civil y las organizaciones antimilitaristas se propugnó durante años un Observatorio sobre la vida militar y la violencia en el ejército, para proteger la dignidad de los solados y soldadas, que no ha visto la luz hasta este año pasado y está por ver lo que dará de sí, porque sigue habiendo una enorme tolerancia y permisividad de los mandos en relación a las agresiones sexuales machistas. Y es que el ejército no es una institución reformable, sino algo con lo que debemos acabar.
Feminización del militarismo
En los años 80, amplias campañas del feminismo pacifista y antimilitarista
(DOAN, Mujeres en pie de paz, Mujeres del MOC, Eix Violeta) nos opusimos a la incorporación de las mujeres a los ejércitos; no porque las mujeres fuéramos más pacíficas y nuestro lugar fuera el hogar, sino precisamente por noreforzar a una institución machista que sostenía todos los sistemas patriarcales. Además teníamos ya noticias de las agresiones y violencia cometidas contra las mujeres en los ejércitos en los que ya estaban incorporadas.
De aquel amplio debate nos queda la relación con los grupos antimilitaristas, de defensa de las agresiones a los soldados, de las campañas internacionales de apoyo a desertores, a objetores e insumisos que han jugado un papel muy importante en la denuncia de la institución más machista de la sociedad, que nos ha permitido denunciar la violencia también contra los homosexuales, o los grupos o personas menos dispuestos a ser “soldados viriles, perfectas armas de matar” feminizándolos para poder despreciarlos y humillarlos. También conseguimos valiosos testimonios de “hombres heroicos”, otros modelos de masculinidad para referenciar: desertores, pacifistas y no violen- tos que, junto con las mujeres, decían no a la violencia y a las instituciones que la engendraban.
Lo que se intentaba y se intenta con la incorporación de las mujeres a los ejércitos no es feminizar el militarismo sino militarizar a las mujeres, y des- movilizar los presupuestos feministas antimilitaristas para actuar a favor de una sociedad sin dominación.
En general las mujeres se han incorporado en los ejércitos, como en la sociedad, y han tenido algún pequeño poder (salvo algunas excepciones), a costa de mantener las mismas estructuras patriarcales y autoritarias de los militares, para seguir sosteniendo más o menos maquilladas el mismo tipo de sociedades, ya que no es posible hacer cambios democráticos en el ejercito sin cambiar el contenido de su poder, como estructuras de mantenimiento de sistemas patriarcales, aunque consiguiéramos que fueran menos machistas..
El caso más conocido y divulgado es la imagen de perpetración de violencia por parte de las mujeres en Abu Ghraib, cuyas fotos dieron la vuelta al mundo con la intención de mostrar que la violencia sexual militar no responde a comportamientos machistas, sino a tácticas militares ya que las agresoras eran mujeres y las víctimas hombres. Como señala Z. Eisenstein:
porque el masculinismo de hoy trabaja la diferenciación obligatoria entre hombre y mujer mediante la trasposición de género; la demarcación del ‘otro’ y la diferenciación de cada uno por medio de una visión heterosexual de uno mismo utilizando hembras blancas como señuelo…Como señuelos crean confusión en participar en la misma humillación sexual a la que su género esta normalmente sometido. De este modo, los hombres de piel oscura son vistos como afeminados. Mientras las mujeres blancas parezcan constructoras masculinizadas de un imperio, no importa el sexo. El uniforme es el mismo.
Versión perversa de la trasposición de géneros patriarcal, en un momento en que los feminismos estamos avanzando en la resignificación del sistema género/sexo, saliendo de las identidades estancadas en las que nos han constreñido a hombres y mujeres las sociedades patriarcales. Intentando socavar este sistema para desmontarlo, para transvertir las identidades creando nuevas aproximaciones a los cuerpos diversos. Para reforzar la humanidad, la no dominación, la no exclusión, la apropiación del propio cuerpo con identidades fronterizas y vivir con placer la propia sexualidad sin identificarnos con lo que “existe” por imposición heteronormativa. Para pensar otra manera de vivir en los cuerpos sin violencias ni categorizaciones jerarquizadas. Exactamente lo contario de lo que pretende el ejército, virilizando la dominación y feminizando la humillación y la derrota.
La feminización del enemigo es la condición necesaria para convertirlo en un objeto sobre el que ejercer la violencia sin remordimientos.
El postpatriarcado (o como queramos llamarlo) ha sabido manipular las ideas de igualdad para sus propios fines. El feminismo no aboga por la igual- dad con los hombres, y menos con los hombres militarizados, aboga por que todos los derechos humanos puedan ser ejercidos por todas y todos para cam- biar este mundo para todas y todos, no para reforzar la brutalidad de este sis- tema que nos explota y oprime.
En la mayoría de guerras y conflictos se esta incrementando la utilización sistemática de la violación como arma de guerra, cosa que nos parecía increí- ble después de los Balcanes y de Ruanda, porque a pesar de leyes y tribunales es una práctica sostenida por la impunidad de los máximos responsables que la toleran o planifican.
Como dice Ximena Pedregal “Los penes de los varones guerreros más poderosos se transforman en una poderosa arma contra el Honor de los varo- nes enemigos, Terrible combate de honores patriarcales varoniles que se instala a través de la apropiación violenta del cuerpo de las mujeres y de su capacidad reproductiva”
Los ejércitos son estructuras creadas con el objetivo de ejercer la violencia o su amenaza, es decir: anular, eliminar y matar al enemigo señalado. Los militares siempre tienen un enemigo, les va el futuro en ello, como señala el informe antes citado de Gasteuzkoak:
Para acometer esta tarea han sido preparados sus miembros que han interiorizado una escala de valores, actitudes y comportamientos que forman parte de esta ideología Desprecio por la vida
Desprecio a la persona diferente
La práctica de la violencia como ejercicio y dominación de poder
Sumisión y obediencia ciega Jerarquía y corporativismo Sublimación de mitos construidos
Y como ha quedado ampliamente demostrado, machismo: profundo desprecio del otro sexo
Y el resultado para las mujeres en zonas de conflicto: violación, abuso, escla- vitud forzada, humillación, muerte, desprecio, tortura física y psicológica... Y más pobreza, aislamiento, inseguridad en los desplazamientos, en los campamentos de refugiados, escoltadas de nuevo por “ejércitos humanitarios”.
La eliminación de la violencia sexista cometida por esos “ejércitos humanitarios”, concluye el informe, solo será posible en la medida en que “estos ejércitos dejen de estar formados por militares”, lo que llevaría a la pérdida de su condición de ejércitos.
El antimilitarismo feminista debe ser tenaz y persistente en la denuncia de las atrocidades de la guerra contra las mujeres, en la solidaridad con las muje- res que sufren violencia, en la denuncia de los propios gobiernos que mantie- nen los ejércitos y se rearman y compran y venden armas para “su paz”, para mantener su sistema de poder. “No en nuestro nombre” no ha sido capaz de parar la guerra en todo el planeta, pero si de visibilizar la inhumanidad y la barbarie a lo que nos están sometiendo, para abrir la esperanza de sociedades nuevas, para soñar que es posible “sacar la guerra de la historia”
Y que hay proyectos, acciones de mujeres por la paz en todo el mundo que están sosteniendo a la humanidad día a día, ofreciendo alternativas de relación de diálogo en otro mundo posible.
Y que no hay que permitir ninguna operación más de maquillaje de estos ejércitos, que los medios de comunicación nos muestran como fantásticos salvadores de vidas, y como posibles lugares de trabajo en épocas de crisis como las actuales. No debemos permitir ni demostraciones de ferias de armas, ni desfiles de aviones en las fiestas populares ni en las escuelas, como si se tratara de una opción más. Debemos ir avanzando en la desmilitarización total de nuestras sociedades, si queremos avanzar en la desaparición de la violencia contra las mujeres en los conflictos armados y por ende de las guerras, cada día y en todos los lugares, desde el lenguaje, la escuela, la calle, la prensa.
La violencia del ejército contra las mujeres en las revoluciones árabes
Reconocer a las mujeres por sus acciones de creadoras de vida, de hacedoras de su propio destino, sería la mejor práctica que los hombres pueden hacer para relacionarse con ellas. Dejar de considerarlas como un cuerpo violable y sometido, para relacionarse desde la libertad y la autonomía de todos los humanos y humanas.
La participación de las mujeres en todas las revueltas de las primaveras árabes es un hecho incontestable, para los que aún se creían los estereotipos de que las mujeres en estos países no tenían voz. Mujeres con velo, sin velo, amas de casa, periodistas, activistas feministas, profesionales… han salido para acabar con sus regímenes dictatoriales. En las plazas se han encontrado juntos cuerpos de mujeres y hombres desafiando a sus gobiernos, reclamando la libertad, y de esta presencia junta y pública va a depender también las alianzas en relación a los derechos de las mujeres.
Movimiento diverso, poco conocido, mal informado a pesar de las redes sociales, las dos orillas aún no estamos tan hermanadas como necesitaríamos.
Pero las mujeres de estos países no nacen ahora, su historia de resistencia viene también de lejos, del siglo pasado, de las luchas coloniales, de contactos con los feminismos y encuen- tros internacionales de feministas de todo el mundo, con nombres, escritos y asociaciones.
Y en todas las pancartas y manifiestos a los que hemos tenido acceso hablan de su apoyo a la revolución, pero también de sus derechos, de la no violencia contra las mujeres, de que sea respetada su participación política y su voz diversa.
En el primer manifiesto que leímos, las mujeres tunecinas lo expresaban así:
Nosotras, tunecinas celebramos con alegría la revolución de la dignidad para avanzar hacia la justicia, la democracia, la igualdad social, que hemos realizado juntos hombres y mujeres.
Proclamamos nuestro apoyo - como feministas - a la causa de la mujer y nuestro com- promiso de continuar la lucha por la mejora de las condiciones de la vida pública y pri- vada, y nuestra determinación para luchar contra todas las formas de discriminación y violencia contra la mujer, que son inherentes al orden patriarcal.
Afirmamos nuestra determinación de ejercer presión para la mejora de todos estos derechos, en particular para bloquear todos los intentos de pasar por encima de los derechos de las mujeres en nombre de los imperativos políticos o religiosos, y mante- ner nuestra posición de adhesión a los valores universales consagrados en las convenciones internacionales sobre los derechos humanos de las mujeres…
Y con distintos acentos y asociaciones ha sido así en todas partes: las mujeres, muy conscientes de haber participado y dispuestas a no dejarse arrinconar, han creado páginas web, encuentros y jornadas de mujeres de diversos países árabes para darse a conocer y compartir.
Pero hablando de ejército y violencia contra las mujeres, la revuelta egipcia ha servido para visibilizar esta violencia machista en el ejército, y la respuesta y gran publicidad que han sabido dar las mujeres a favor de sus derechos. En las primeras manifestaciones de marzo del año pasado en la plaza Tahrir, varias manifestantes fueron detenidas golpeadas y torturadas, como también los hombres, pero además las mujeres fueron sometidas a las llamadas pruebas de virginidad, amenazando de acusarlas de prostitución si se resistían. Estas pruebas eran en realidad vejaciones, abusos sexuales consentidos por el ejército, obligándolas a desnudarse y a comprobar si su himen estaba intacto. No es la primera vez que activistas son vejadas y obligadas a desnudarse en comisaría.
El ejército quería infligir en las mujeres de los opositores su dominio, con humillación sexual, para ultrajarlos a ellos y amedrentarlas a ellas por salir de casa. Un militar no identificado se excusaba así: “Las chicas que fueron detenidas no eran como su hija o la mía. Eran las chicas que habían acampado en tiendas de campaña con los hombres que se manifestaron en la plaza de Tahrir”. Nada nuevo en la práctica de los ejércitos, pero las muje- res consiguieron poner una demanda y los tribunales les dieron la razón y el ejército tuvo que pedir perdón. Un pequeño triunfo a favor de los derechos de las mujeres.Pero es una práctica que, a pesar de las protestas, sigue dán- dose como denunciaba Mona elTahawy, una bloguera y periodista egipcia, retenida por las fuerzas de Seguridad del Estado y agredida sexualmente. “Me rodearon 5 ó 6, me tocaron y pellizcaron los pechos y me agarraron los genitales. Perdí la cuenta de cuantas manos intentaron meterse en mis pantalones”.
Pero como explicaba Naira Antoun, el machismo forma parte de los países árabes como de los de todo el mundo. Y a menudo las mujeres son identificadas con la patria, y por tanto con el honor de los hombres para defenderla como ha sido utilizada en tantas guerras. Mujeres, madres de guerreros para matar a otros guerreros. Cuando la fotografía de la mujer egipcia con velo, que protestando contra la Junta militar fue pisoteada y desnudada, dio la vuelta al mundo, la reacción de todas las mujeres fue también muy masiva. Otra vez se evidenciaban las maneras del ejército, pero los argumentos de apoyo que se han suscitado están también impregnados de machismo, sobre el honor de los hombres pisoteado en el cuerpo de una mujer (su honor, no el de las mujeres). Porque la lucha de las mujeres es contra la dictadura y contra los machismos de cada sociedad, necesita el apoyo de todas las mujeres del mundo para avanzar en su sociedad contra el ejército y las dictaduras, pero también para tener un lugar propio en las plazas para dirigir sus propias vidas en libertad. En Siria también, además de muertes, hay mujeres y niñas abusadas sexualmente cada día.
Pero también las protestas siguen y siguen durante meses porque para las mujeres es, además, una lucha por la libertad, por la autonomía, por que sus derechos sean respetados. Mujeres laicas, mujeres religiosas con velo y sin velo, en las calles encuentran puntos en común contra la violencia a sus cuerpos o a los de sus hijas. Desde esta perspectiva hay que hacer parar las armas, hacer oír las voces que reclaman libertad para sus cuerpos y sus vidas, para su pueblo
Más de 10 años de la resolución 1325
Naciones Unidas promulgó en el 2000 la resolución 1325/6, para tratar sobre
cuestiones de género en los conflictos armados y en el derecho internacional humanitario. Es una resolución que reclamaron diversas asociaciones feminis- tas y abogadas a nivel internacional, después de los desastres de las violaciones masivas en los Balcanes y Ruanda y, siguiendo las recomendaciones de la Plataforma de Beijing, insta a los gobiernos a fortalecer la participación de los mujeres en los procesos de paz, en la prevención y resolución de conflictos para disminuir y erradicar la violencia contra las mujeres.
Pero, como destaca críticamente la abogada Amy Barrow:
Aunque la resolución 1325 parece fortalecer las normas sobre la mujer, la paz y la seguridad, esta disposición ha sido muy criticada porque no contiene términos de referencia ni fija objetivos. La estrechez de este ámbito de aplicación da lugar a deficien- cias en la implementación, porque se omiten las disposiciones de la resolución sobre el acceso al proceso de toma de decisiones y la violencia contra la mujer, que son aspectos igualmente importantes para la estructura general de la resolución 1325.
Otra resolución, la 1820 (2008), ha sido promulgada para completar la 1325 y exhorta a las partes en los conflictos armados, incluidos los actores no estata- les, a proteger a los civiles de la violencia sexual, hacer cumplir la disciplina militar y el principio de responsabilidad del mando y enjuiciar a los responsa- bles, pero sigue aún muy constreñida al marco de la consideración de las mujeres como víctimas. Queda mucho por desarrollar en el derecho internacional para que la violación de los derechos de las mujeres en los conflictos no quede impune.
A diez años de la R-1325 podemos considerar que ha habido intentos discretos y bienintencionados para avanzar, pero los éxitos conseguidos son míni- mos, tanto en la participación de las mujeres, que es donde más ha habido (aunque los porcentajes siguen siendo ridículos), como en los recursos para que no quede impune la violencia contra las mujeres.
Para acabar con la desigualdad estructural entre los hombres y las mujeres, que es el origen de la violencia, en tiempos de paz y en tiempos de guerra, debemos seguir avanzando en ampliar la libertad y la autonomía de las mujeres.
El feminismo ha creado espacios y propuestas y ha buscado alianzas para poner las bases de una sociedad libre de violencias. Es un camino largo, que no pasa solo por las leyes, sino que debe alcanzar la comprensión de todos los movimientos sociales que para erradicar la violencia contra las mujeres hay que desmantelar todas las estructuras de dominación que la sustentan, y poner en el centro de las políticas el sustento y mantenimiento de la vida de las personas y del planeta.
Insumisas a las armas, a los presupuestos militares, escuchamos las voces de las feministas colombianas:
No permitir que de nuestras manos y vientres, brote ni un solo alimento para la guerra y la violencia. Enseñaremos a nuestros hijos e hijas a cambiar los gritos de horror y estupefacción ante la muerte, por la esperanza solidaria. No callar ante el dolor o el sufrimiento producido por la guerra, o por la violencia que se comete contra las muje- res de cualquier parte del planeta, así no aparezca en las estadísticas. No olvidar nuestro compromiso político de proteger a nuestro planeta, la madre tierra.
Montserrat Cervera Rodon es Activista feminista. Forma parte de Dones per dones (Barcelona)

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