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Miseria del antifascismo revolucionario - kosmos-polis
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Pedro Carlos González Cuevas 28/11/2018	Investigación, Política Deja un comentario
1.Dialéctica y genealogía del antifascismo revolucionario.
Desde la izquierda, y poco antes de fallecer, Michel Foucault reivindicaba el papel de parresiasta, es decir, la función crítica del intelectual y del profesor como portavoz de la “verdad”, aunque ello perturbase los consensos fundamentales en que descansaba la sociedad[1]. Conviene que, desde la derecha, se haga lo mismo. De ahí la necesidad, por ejemplo, de analizar y someter a crítica las falacias de lo que hoy se denomina “antifascismo” en algunos sectores sociales, políticos e intelectuales. Y es que el “antifascismo” va convirtiéndose en uno de los pilares ideológicos no sólo de la izquierda política e intelectual, sino de la sociedad española y europea actual.
Así, el 24 de octubre de 2018, el Parlamento Europeo sacó a la luz una Resolución sobre el auge de la violencia neofascista en Europa. El texto utilizaba un lenguaje genérico y, en realidad, no animaba, pese a lo sustentado por un sector de la prensa española, a ilegalizar ningún partido político ni asociación en concreto. Sin embargo, incluía una recomendación para España, instando a retirar los símbolos que ensalzaban el alzamiento militar y el régimen de Franco. Su objetivo parecía ser una especie de escenificación de una respuesta unitaria a lo que se denominaba “violencia neofascista”, en la que los parlamentarios europeos incluían el ataque del noruego Anders Breivik en la isla de Utoya, el asesinato de la diputada laborista Jo Cox en 2016, o una agresión de la eurodiputada italiana Eleonora Forenza en una manifestación. En la resolución se señalaba que la libertad de expresión “no es absoluta”. Se censuraba al primer ministro húngaro Viktor Orban por sus elogios a Miklos Horthy, al viceministro de Bulgaria Valeri Semeonov por sus críticas a la emigración y al presidente del Parlamento de Ucrania Andrey Parabiy por sus declaraciones en torno a la figura de Adolf Hitler. El texto subrayaba que “el conocimiento de la Historia es fundamental para impedir que vuelvan a ocurrir hechos así en el futuro, y que desempeña un papel importante en la educación de las generaciones más jóvenes”. Abogaba por “una cultura común de la memoria que rechace los crímenes fascistas del pasado; expresa su profunda preocupación por el hecho de que las generaciones más jóvenes de Europa se sientan cada vez menos interesadas por la historia del fascismo, y por lo tanto corren el riesgo de ser indiferentes ante nuevas amenazas”. En la resolución se hacían algunas menciones a España, aunque no se pedía la ilegalización de la Fundación Nacional Francisco Franco. Tras la decisión del gobierno socialista de exhumar los restos mortales de Francisco Franco de su tumba en el Valle de los Caídos, se invitaba a España a profundizar en esa vía y eliminar los distintivos franquistas[2]. Los eurodiputados aprobaron el texto por 355 votos a favor, 90 en contra y 39 abstenciones. Según parece, sacarlo adelante requirió cierto juego de equilibrios. Populares y liberales exigieron que no se especificaran los nombres de las asociaciones que podían ser ilegalizadas para no abrir un debate que podría haber generado discrepancias sobre cuáles debían formar parte del listado. En lo relativo a España, las enmiendas dividieron a los partidos españoles: PSOE, Izquierda Unida, PNV, PDeCat, Verdes y Bloque Nacionalista Gallego se mostraron favorables; mientras que Partido Popular y Ciudadanos se abstuvieron[3].
Y es que, parodiando al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, un nuevo “fantasma” recorría Europa, e incluso el mundo; antes era el “populismo”, ahora es de nuevo, el “fascismo” o “neofascismo”. Elemental. El antifascismo recuperaba así su poco agraciada faz en un contexto social y político caracterizado por la crisis de la democracia liberal representativa, a causa del proceso de globalización económica y el cuestionamiento del Estado-nación[4]. A ello hay que añadir la crítica del modelo de construcción europea, cuya manifestación más radical fue el “Brexit”; y el ascenso de unas nuevas derechas identitarias que han mostrado su rechazo de ese modelo, sobre todo en lo relativo a la emigración, y que han conseguido grandes éxitos no sólo en Gran Bretaña, sino en países como Francia, Italia, Holanda, Bulgaria, Austria, Hungría, Polonia, etc. A lo que luego se unió la inesperada y significativa victoria de Donald Trump en Estados Unidos. En ese sentido, la politóloga Chantal Mouffe ha hecho referencia al “momento populista” que viven las sociedades europeas[5].
Naturalmente, todo ello exigía una respuesta. Y no hay necesidad de recurrir a la autoridad de ningún gran teórico de la política –de Carl Schmitt, por ejemplo[6]– para saber que lo específico de cualquier opción política no son los principios en su enunciación necesariamente abstracta, sino la definición concreta del “otro”, es decir, del amigo/enemigo. Tal es el contenido político fundamental de la Resolución a que hemos hecho referencia. El “enemigo” a batir son los partidos de derecha identitaria que cuestionan el statu quo, para cuya descalificación se recurre a los viejos tópicos del antifascismo. ¿Qué fue, qué es el antifascismo?. Como ha señalado el historiador norteamericano Michael Seidman, se trata en principio de un fenómeno político y cultural muy plural caracterizado por una profunda ambigüedad ideológica, conservadora y revolucionaria a un tiempo. El antifascismo conservador estuvo representado por Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Charles de Gaulle. Se caracterizaba por la defensa, frente al autoritarismo fascista, de la democracia liberal. Curiosamente, sus representantes no identificaron a Mussolini como “enemigo” hasta 1940, cuando Italia entró en guerra al lado de la Alemania nacional-socialista; y podía contemplar a Francisco Franco como un aliado o, por lo menos, como un neutral. Seidman considera incluso a Haile Selasie como un “antifascista tradicionalista”, que, tras la derrota de Italia, pudo restaurar su monarquía absoluta en Etiopía. El antifascismo revolucionario, característico de la Rusia soviética y de la España republicana, identificaba el fascismo con el capitalismo y la contrarrevolución[7]. El esquema defendido por el historiador norteamericano es esencialmente válido. Sin embargo, estimo que merece alguna matización. En concreto, Winston Churchill no dudó de identificarse más de una vez con Mussolini, a quien llegó a considerar “el más grande legislador vivo”[8]. Y en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, proyectó, ante la hegemonía que iba conquistando la URSS en la Europa del Este, la denominada “Operación Impensable”, que contaría incluso con lo que quedaba del Ejército alemán frente a Stalin y el Ejército Rojo[9]. Por su parte, De Gaulle encarnó, para las izquierdas, sobre todo a partir de 1958, la figura del líder carismático y autoritario, muy próxima al fascismo. Claro que su modelo era más bien el bonapartista y no el mussoliniano[10].
En cualquier caso, el antifascismo histórica y, sobre todo, ideológicamente más operativo e influyente fue, sin duda, el revolucionario, apoyado por la Unión Soviética y por la izquierda marxista, y en el que beben todavía los antifascistas más militantes en la actualidad. Para la historiadora Annie Kriegel, el antifascismo fue uno de “los grandes mitos del stalinismo”. Kriegel explica que el prefijo “anti” permite “existir por tener un enemigo que se hace explícito”, mientras que el concepto de “fascismo” es susceptible de diversas interpretaciones. Es un “concepto intermitente”, porque no adquiere todo su significado hasta 1933, se desvanece en 1939 con el pacto germano-soviético; renace en 1941 tras la invasión de la Unión Soviética. Se trata, pues, de “un concepto de geometría variable”, ya que permite “extender hasta el infinito o reducir a voluntad el ámbito de definición del enemigo”, incluyendo a la izquierda socialista o socialdemócrata, acusándola de “social-fascista” por los comunistas según las necesidades del momento. Es un “concepto fundamento”: no diferencia el fascismo del nacional-socialismo, ni del “nacionalismo tradicionalista como el de Salazar o el de Franco”. Kriegel concluye que “la excepcional irradiación” del antifascismo, especialmente entre “universitarios del mundo anglosajón, pragmáticos pero sin experiencia”, sólo se explica por su elasticidad”[11]. Por su parte, François Furet dedicó dos grandes capítulos de su libro El pasado de una ilusión al antifascismo, “Comunismo y antifascismo” y “La cultura antifascista”. Furet distinguía dos antifascismos comunistas sucesivos, primero el de “clase contra clase” y después el del Frente Popular, que a su juicio fue el más significativo. Desde esta perspectiva, fascismo y antifascismo encarnan la secular lucha entre la contrarrevolución y la revolución, esta última se manifiesta simultáneamente como revolución proletaria y como revolución democrática liberal nacional, aunque será la proletaria la que tome el testigo y reciba la herencia. Sin duda, para Furet existió una “cultura antifascista de masas”, “independiente y sin embargo inseparable del comunismo”. Existió un antifascismo socialista o liberal, pero el historiador galo les reprocha que abandonasen el anticomunismo en su antifascismo, ya que, a partir de entonces, “el antifascismo es incompatible con el anticomunismo, y el odio a Hitler es visto como una máscara si va acompañada de hostilidad hacia Stalin”. Un ejemplo de ello fue la actitud de Víctor Basch, presidente de la Liga de los Derechos del Hombre, “el mejor foro de la Francia antifascista”, que se negó a condenar los procesos de Moscú de 1936, contra otros miembros de la Liga. Y es que, para Furet, la época estaba “poblada de hemipléjicos” que ceden ante Stalin para luchar mejor contra Hitler y viceversa. La guerra civil española permitió al antifascismo aumentar su resonancia internacional. Furet opinaba que el bando acaudillado por Franco podía ser conceptualizado como conservador. En el otro bando, la influencia del comunismo soviético puso a prueba “la técnica política de la <democracia popular> tal y como funcionará en la Europa centro-oriental después de 1945”[12].
En el mismo sentido se expresa Norman Davies, para quien el antifascismo no era una ideología coherente: “Por sus ideas, era una cáscara vacía, una mera pirueta ideológica. Enseñaba a sus partidarios contra qué había que oponerse, no en qué había que creer. Así, pues, daba la falsa impresión de que los demócratas con principios que creían en el Estado de derecho y en la libertad de expresión podían codearse sin mayores problemas con los dictadores del proletariado, o que entre socialdemócratas y comunistas sólo había diferencias menores. Es más, se abría un estupendo campo de juegos para la actividad de activistas disciplinados, cuya formación en las técnicas leninistas de escisión y división del adversario servirían para dominar y manipular a la blanda intelectualidad (…) Al fondo resonaba el mensaje tácito de que, si el fascismo era el mal, el bien estaba del lado del creador del antifascismo: la Unión Soviética de Iosif Stalin”[13]. A ese respecto fue significativa la aparición en 1934 del Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas, al que pertenecieron, entre otros, Julien Benda, Alain, André Breton, Jean Cassou, Ramón Fernández, André Gide, Jean Giono, Roger Martin du Gard, Romain Roland, Elise Faure, etc. Paradójicamente, alguno de estos intelectuales será posteriormente depurado por su colaboración con los alemanes tras la derrota de Francia en 1940[14].
Y es que, como señaló hace años el filósofo católico Augusto del Noce, resulta necesario distinguir entre dos sentidos de la palabra “fascismo”: el histórico y el demonológico. Del Noce señalaba que la interpretación “demonológica” nada tenía que ver con el fascismo histórico: “Se identifica fascismo con <represión>, pero la represión es después entendida de forma que engloba todos los valores afirmados por la tradición, incluidos los diez mandamientos”[15]. El fascismo equivalía así a una categoría eterna, a un Mal Radical, al enemigo a batir.
A lo largo del período de entreguerras, sobre todo a partir de 1933, tendió a asociarse en la categoría de “fascismo” al nacional-socialismo alemán. Historiadores expertos, como luego veremos, diferenciaron claramente ambos movimientos. Sintetizando esta perspectiva, el historiador israelí Slhomo Sand afirma: “La ideología nacional del fascismo, heredada directamente del Risorgimento, era ciertamente arrogante y agresiva, pero se trataba de un nacionalismo político inclusivo que marcaba sus límites, pasado y presente, con ayuda de criterios culturales y territoriales. Su parentesco con la tradición jacobina francesa era manifiesto y lo diferenciaba radicalmente, en el plano ideológico y de las mentalidades, del nacionalismo fundado en los orígenes que caracterizaban al nacional-socialismo. Los nazis cultivaban una conciencia nacional etnobiológica excluyente y esta diferencia esencial se tradujo en una práctica histórica particular que selló la suerte de millones de víctimas: judíos, polacos, gitanos, homosexuales, soldados soviéticos de origen eslavo, etc”[16]. En sus orígenes y desarrollo, el fascismo italiano no mostró sentimientos ni actitudes antisemitas; más bien todo lo contrario, hasta 1938. De hecho, algunos de sus doctrinarios más influyentes, como Giorgio Del Vecchio, eran de origen judío. Y Mussolini tuvo importante influencia en la gestación política e ideológica de algunas facciones del sionismo como la representada por Zeev Jabotinsky[17].
La ulterior alianza entre Hitler y Mussolini –lo mismo que las leyes antisemitas italianas de 1938- facilitaron la identificación entre fascismo y nacional-socialismo. Así, pudo hacerse referencia al nazi-fascismo. Sin embargo, las diferencias se mantuvieron. Finalmente, el recurso a las armas destruyó el horror nacional-socialista, pero no el error de Roosevelt y Churchill a la hora de permitir que la Europa del Este -Polonia incluida- cayera en la órbita del comunismo staliniano. En ese sentido, como ha señalado Niall Ferguson: “Para ganar la Segunda Guerra Mundial, las potencias occidentales se habían aliado con un déspota que resultaba ser un tirano tan brutal como Hitler; habían adoptado tácticas que ellos mismos habían juzgado depravadas, matando a prisioneros y bombardeando a civiles (…) afirmar este hecho no equivale a sugerir una simpe equivalencia moral entre Auschwitz e Hirosima (…) Pero sí equivale a reconocer que la victoria de 1945 representó un triunfo poco limpio, si es que fue triunfo en absoluto”[18]. No menos incisivo y crítico se muestra Norman Davies, quien somete a una convincente crítica lo que denomina el “Programa de Historia Aliado”, consistente en la creencia en “una rama única y secular de la civilización occidental en la que la “comunidad atlántica” se presenta como la cumbre del progreso humano; la ideología del “antifascismo”, que induce a percibir la guerra mundial como “el acontecimiento que define el triunfo del Bien sobre el Mal”; una fascinación “demonológica” con Alemania; la “visión edulcorada e indulgente del imperio zarista y de la Unión Soviética”; “la aceptación tácita de una Europa dividida en dos esferas: la occidental y la oriental”; un “estudiado desprecio por todos los hechos que no abundan en lo dicho más arriba”. Y señala: “Nadie mencionó el hecho de que, al tiempo que Auschwitz era liberado, las fuerzas de seguridad soviéticas utilizaban otros campos de concentración nazis para encarcelar a nuevas oleadas de cautivos. Abrumados por el reconfortante concepto de <liberación>, casi todos los periodistas evitaron el embarazoso tema de lo limitadas que en realidad fueron las liberaciones de 1945. Nadie perturbó la paz reinante comentando que las SS nazis no fueron la única organización que gestionó campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y nadie se preocupó por definir –espinosa cuestión- en qué consistía ese <Mal> universalmente condenado” [19]. Significativamente. El escritor lituano Czelaw Milosz –Premio Nobel de Literatura en 1980-, expuso en su novela El poder cambia de manos, la opinión de que el dominio comunista en Polonia era mucho peor que el ejercido por la Alemania nacional-socialista desde 1939[20].
No deja de ser curioso que el célebre Tribunal de Núremberg fuese interpretado como un proceso al “fascismo” cuando, en realidad, a quien se juzgó fue al régimen nacional-socialista. No existió, en Italia, un Núremberg para el fascismo. Acabada la guerra civil italiana, tuvieron lugar unos doce mil asesinatos de fascistas[21]. No obstante, surgió un partido neofascista, el Movimiento Social Italiano, caracterizado por su estrategia moderada y posibilista, integrada en el régimen parlamentario de la I República. En teoría, el fascismo era ilegal en Italia; pero no en la práctica. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial se interpretó como una victoria del antifascismo. No obstante, el Tribunal de Núremberg y su doctrina fueron interpretados negativamente por notables juristas y filósofos del derecho como Hannah Arendt, Berg Röling, Hedley Bull y Hans Kelsen. Su principal acusación fue que el Tribunal nunca pretendió hacer justicia, sino venganza. Además, sus intenciones fueron propagandísticas y su objetivo ocultar los crímenes del bando vencedor. Hans Kelsen denunció su manifiesta violación del principio nula culpe sine iudicio[22].
Por otra parte, el final de la guerra significó una dura represión de la intelectualidad filofascista, que, en algunos casos como los de Pierre Drieu la Rochelle, Giovanni Gentile[23] o Robert Brasillach acabó en el suicidio o en el asesinato. Otros, como Ezra Pound, Carl Schmitt o Martin Heidegger, tuvieron más suerte; sólo fueron encarcelados, ingresados en manicomios, perdieron sus cátedras universitarias y sus obras sufrieron múltiples campañas de difamación. En el caso francés, los comunistas elaboraron listas negras en las que figuraban los nombres de Abel Bonnard, Alphose de Chateaubriand, Jacques Chardon, Alfred Fabre-Luce, Bernard Fay, Sacha Guitry, Jean Giono, René Jolinet, Bertrand de Jouvenel, René Benjamin, Céline, Camille Mauclair, Charles Maurras, Henri de Montherlant, Henri Massis, Paul Morand, Lucien Rabatet, Jean Pierre Maxence, Robert Vallery Radot, Georges Suarez, etc, etc[24].
Desde entonces apareció una especie de policía del pensamiento, “maîtres censeurs”, los denomina Elizabeth Lévy[25], cuyo objetivo y misión es buscar antecedentes “fascistas” en pensadores eminentes de la intelectualidad europea como, por ejemplo, Paul de Man o Georges Dumézil, Oswald Spengler, Emil Cioran, o Mircea Eliade[26]. Y es que el antifascismo no es sólo una postura política o cultural; es un lenguaje, una retórica, un modo de argumentación. Se trata de una forma unidireccional de usar el lenguaje en el que los actos performativos de poder definen un entorno en el que no cabe ninguna réplica; a esto denomina J.A. G. Pocock “politics of bad faith”[27], cuyo fundamento es la relación amigo/enemigo. Es un lenguaje revolucionario, porque define al “otro” de un modo que no admite réplica y con ello le confina a su destrucción. A partir de esta fundamentación lingüística se desarrolla, como hemos dicho, una retórica y un modo de argumentación. Tanto en su vertiente política como ideológica o historiográfica, el antifascismo desarrolla una dialéctica que ya Arthur Schopenhauer denominaba erística, es decir, orientada al único objetivo de obtener la victoria en las disputas sin tener en cuenta para nada la verdad. Este tipo de dialéctica posee, según Schopenhauer, una serie de modalidades, como el recurso a la extensión, a la homonimia, a las falsas premisas, a la alegoría, al argumento ad hominem, a la retorsio argumenti, al argumentum ad auditorem, al ataque personal, al argumentum ad verecundiam, a la inclusión de las afirmaciones de sus enemigos en la categoría de lo execrable, etc[28]. Un recurso permanente de la retórica antifascista es la seudología o silogismo de la falsa identidad. O, como diría Leo Strauss, reductio ad Hitlerum. Según Josep Gabel, consiste en “disociar la totalidad concreta de las personas o las doctrinas”, extraer de ella artificialmente un elemento idéntico y elevar esa identidad parcial a la categoría de identidad total. Gabel narra que en el Congreso de Estrasburgo del PCF, en 1947, “uno los oradores dijo en sustancia esto: <De Gaulle está contra el comunismo; Hitler también lo estaba, luego: De Gaulle= Hitler”[29]. Algo que conduce a lo que el historiador Michel Winock denomina “fascismo protoplasmático” o “panfascismo”, o sea, la identificación sin más de cualquier régimen o grupo político de derecha tradicional con el “fascismo”[30]. Todo lo cual hace muy difícil un debate historiográfico racional y documentado a la hora de perfilar la trayectoria del fascismo. Las interpretaciones de este movimiento político han sido múltiples y contrapuestas, incluso inconmensurables: la marxista –en sus diversas variantes-, la liberal, la católica, la psicoanalística o freudomarxista, la socialdemocrática, la sociológica-modernizadora, etc[31].
Bien es verdad que, a otro nivel, como señaló la estupenda Susan Sontag, en artículo memorable, surgiría una cierta “fascinación del fascismo” –más bien del nacional-socialismo, a través de la filmografía de Leni Riefensthal- experimentada por algunos artistas e intelectuales sobre todo de izquierdas[32].
Sin duda, el marxismo-leninismo dispuso de la definición más acta para la agitación y la demonización, aunque igualmente la más distorsionadora, del fenómeno fascista. Su principal adalid fue el comunista búlgaro Gueorgi Dimitrov, que llegó a tener rango oficial en la Unión Soviética, siendo recogida en el Diccionario filosófico de Mark Moisevich Rosental y Pavel Federovich Iudin: “dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios del capital financiero”[33]. Más sofisticada a nivel intelectual y filosófico, aunque tendenciosa y enormemente discutible, fue la obra de Georg Lukács, El asalto a la razón, en la que analizaba de forma profundamente distorsionada la trayectoria de la filosofía alemana desde Schelling, no de la italiana de Croce o Gentile, que conducía, según él, al triunfo del nacional-socialismo alemán como concreción política del irracionalismo filosófico[34].
La conocida Escuela de Frankfurt, dirigida por Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, dedicó sus líneas de investigación al análisis del “fascismo”, un fenómeno característico, según su perspectiva, de la sociedad de masas. Entre sus elucubraciones hay que señalar su influyente, aunque escasamente operativo, estudio sobre la “personalidad autoritaria”, que pretendía valorar hasta qué punto cualquier persona podría mostrarse potencialmente “fascista”, es decir, racista, antisemita, con tendencia a las creencias míticas, irracional, etc. Esta peligrosa tendencia acechaba en todas partes, no sólo en Alemania y otras sociedades europeas, sino en Estados Unidos. La solución era acabar con el capitalismo y conseguir, al mismo tiempo, la completa liberación sexual[35]. Se inició así, por decirlo en términos de foucaultianos, una “psiquiatrización” del fascismo, convirtiéndolo en una suerte de “monstruo moral”[36]
Además, la palabra “fascismo” fue empleada para designar realidades humanas, como, por ejemplo, el lenguaje. Así, Roland Barthes contribuyó decisivamente a la mitologización del término “fascista” en su famosa Lección inaugural en el Colegio de Francia, cuando afirmó: “La lengua no es ni reaccionaria ni progresista; es sencillamente fascista, porque el fascismo no es impedir decir, es obligar a decir”[37]. Desde esta perspectiva, resulta que lo específicamente humano –el pensamiento conceptual y el lenguaje sintáctico- es “fascista”, como lo era, en realidad, toda sociedad en tanto pone en forma a un cuerpo social. A partir de tal planteamiento, sólo queda, por supuesto, la alternativa de la negación total: las comunidades “horizontales”, el arte informal, la droga, la ruptura con el mundo real, el amor universal y las abstracciones metafísicas.
A partir de tales premisas y estrategias, el antifascismo profesional se ve legitimado para vigilar y castigar. Por emplear el término acuñado por Jeremy Bentham y luego por Michel Foucault, generar diversos niveles, político, intelectual, cultural, una suerte de “panoptismo”[38]. Y es que el antifascismo es una respuesta al fascismo moralmente errónea y políticamente insuficiente y distorsionada. El antifascismo se pliega, en el fondo, al fascismo. La suya es una respuesta reactiva que lo vuelve dependiente de aquel a quien quería rechazar. Como señaló Renzo de Felice: “El fascismo ha provocado infinitos daños, pero uno de los más graves ha sido dejar en herencia una mentalidad fascista a los no fascistas, a los antifascistas, a las generaciones posteriormente más decididamente antifascistas (…) Una mentalidad fascista que debe ser, según creo, combatida de todas las maneras posibles, porque es muy peligrosa. Una mentalidad de intolerancia, de atropello ideológico, de descalificación del adversario para destruirlo”[39].
Además, no ofrece una visión política e histórica coherente, porque no toma al fascismo en toda su complejidad.
Contra la “vulgata” antifascista: la parresía historiográfica.
El paradigma antifascista se erigió en fundamento de la cultura política nacional en la Italia republicana, en Francia y en el conjunto de los países occidentales, al igual que en los regímenes de “socialismo real”. En el caso italiano, por ejemplo, se ofreció en el discurso oficial una visión acrítica de la Resistencia, expurgándola de contradicciones y conflictos y acentuando sus aspectos patrióticos, de manera que “la guerra de liberación” se presentaba como un “nuevo Risorgimento”.
Frente a esta interpretación, surgieron otras interpretaciones alternativas. Se inició una auténtica parresía historiográfica. El principal crítico de lo que se denominó la “vulgata antifascista” fue el historiador italiano Renzo de Felice, el gran biógrafo de Mussolini. Para el historiador italiano, era evidente que el fascismo era producto de la crisis de las clases medias. En lo referente a su base sociológica, el fascismo tuvo enemigos y partidarios en todas las clases sociales. Sin embargo, sus más ardientes defensores se reclutaron en “la pequeña burguesía”, en “las clases medias”. Y es que, después de la Gran Guerra, estos sectores sociales se enfrentaron a un período de “grave y en algunos casos (como en Italia y Alemania) de gravísima crisis”, derivadas no sólo de las consecuencias del conflicto mundial, sino del proceso iniciado anteriormente de “transformación y masificación” de las sociedades europeas. Las clases medias se vieron obligadas a enfrentarse a la afirmación creciente del proletariado y de la gran burguesía; y tuvieron que afrontar esa lucha en condiciones económicas muy precarias, dada la inflación, el alto coste de la vida, la desvalorización de los créditos fijos, el congelamiento de los alquileres, etc, “sin instrumentos de defensa sindical adecuados y en una situación de pérdida progresiva de status económico y social”. En el plano psicológico-político, esta crisis de las clases medias produjo “un estado de frustración social que se manifestó a menudo como profunda inquietud, un confuso deseo de venganza y una sorda rebeldía (que a menudo asumía modalidades destructivas y revolucionarias) frente a una sociedad en relación con la cual se consideraron como las principales o quizás las únicas víctimas”. Los errores de los partidos obreros y el miedo al bolchevismo hicieron que gran parte de las clases medias consideraran al fascismo “como un movimiento revolucionario propio que las permitiría afirmarse social y políticamente tanto contra el proletariado como contra la gran burguesía”.
La élite política del fascismo perteneció igualmente a las clases medias, aunque con una característica que no podía ser subestimada, y es que “los jefes fascistas, muchos de ellos al menos, habían vivido dos tipos de experiencias particulares que a menudo se sumaban entre sí: habían militado en los partidos o en los movimientos de extrema izquierda en puestos de responsabilidad o habían combatido en la guerra”. Se trataba de una elite que estuvo en condiciones de elaborar una ideología “revolucionaria y nacionalista que se adecuase a la psicología, a los resentimientos, a las veleidades y a las aspiraciones de las masas con cuyo concurso debía contar si pretendía alcanzar el poder”. Y es que el fascismo intentó crear en las masas “la sensación de estar siempre movilizadas, de tener una relación directa con el jefe (que es tal por ser capaz de ser el intérprete y el traductor en los actos de sus aspiraciones) y de participar y contribuir no en una mera restauración de un orden social cuyos límites e inadecuación históricos todos comprendían, sino en una revolución en la que gradualmente nacería un nuevo orden social mejor y más justo que el preexistente”. A ese respecto, De Felice creía que la alta burguesía nunca aceptó por completo al fascismo, tanto por factores psicológicos de cultura, de estilo e incluso de gusto como, sobre todo, por los temores que suscitaba, por la tendencia del Estado fascista a intervenir cada vez más en la economía, por la ambición de la elite fascista en transformarse en una clase política autónoma, por la política exterior mussoliniana cada vez más agresiva y que no correspondía a sus intereses. De ahí que la interpretación marxista clásica fuese indefendible, porque el fascismo no podía considerarse como “el momento culminante de la reacción capitalista y antiproletaria e, incluso, como una culminación inevitable del capitalismo correspondiente a la fase de su decadencia”[40].
En julio de 1975, De Felice, siguiendo esa línea interpretativa, publicó una de sus obras más polémicas, Entrevista sobre el Fascismo. Su interlocutor era el historiador norteamericano Michael Leeden. La entrevista se publicó en un pequeño volumen de ciento veinticinco páginas; y tuvo la virtud de provocar discusiones sin cuento, que persisten todavía. De Felice negaba que el nacional-socialismo fuese una versión del fascismo, porque sus diferencias eran “enormes; son dos mundos, dos tradiciones, dos historias tan distintas que es difícil reunirlas en un análisis unitario”. En concreto, el concepto de raza defendido por Mussolini y los fascistas no era biológico, sino espiritual. Al mismo tiempo, distinguía entre el fascismo como movimiento social y político y el fascismo como régimen. El primero podía conceptualizarse como revolucionario, ya que era “el aspecto de veleidad renovadora, de interpretación de ciertas exigencias, de ciertos estímulos, de cierta voluntad de renovación; es la cualidad de “revolucionario” que existe en el fascismo mismo y que tiende a construir algo nuevo”. El régimen fascista, en cambio, era “la política de Mussolini, es el resultado de una política que tiende a hacer del fascismo la superestructura de un poder personal, de una dictadura, de una línea política que por muchas razones resulta ser la herencia de una tradición”. Como ya había sostenido en sus obras sobre las interpretaciones del fascismo, De Felice insistía en el papel de las clases medias; de una clases medias no decadentes, no en vías de proletarización, sino “emergentes”, que tienden a “realizar una política propia en primera persona”, que “buscan participar y adquirir poder político”. Por ello, el fascismo se presentó como un movimiento que proponía soluciones “nuevas”, “modernas”: un cierto interclasismo, formas corporativistas de tipo moderno. La llegada al poder de Mussolini fue el resultado de un compromiso entre el fascismo y la clase dirigente tradicional. Para ésta última y para los poderes económicos, el fascismo debía ser absorbido por el sistema. La visión del movimiento fascista era muy diferente; pretendía subvertirlo y eliminarlo, a partir de una política “totalitaria”. Y es que el fascismo no quería asemejarse a un régimen autoritario o reaccionario, que tendiera a la desmovilización de las masas. El régimen fascista, así como el movimiento, propugnó la movilización de las masas, la construcción de una nueva civilidad y la creación de un “hombre nuevo”. De ahí que pudiera hablarse de “fenómeno revolucionario”. El nacionalismo fascista no era, por otra parte, un nacionalismo clásico, sino un “nacionalismo de masas”, “populista”; y su colonialismo tendía “a la emigración, que espera que grandes masas de italianos puedan trasladarse a aquellas tierras para trabajar, para encontrar posibilidades que no tienen en su patria”. Siguiendo las tesis de Jacob Talmon sobre la democracia totalitaria, De Felice estimaba que su proyecto político tenía sus antecedentes ideológicos en la Ilustración, en Rousseau y la Revolución francesa, enlazando con “cierto radicalismo de izquierda”, no de derecha, como en el nacional-socialismo. Y señalaba: “La idea de que el Estado, por medio de la educación, puede crear un nuevo tipo de ciudadano, es una idea típicamente democrática, clásica del iluminismo, una manifestación de carácter rousseauniano”.
Señalaba igualmente el historiador italiano que el régimen fascista disfrutó de un amplio “consenso” en el grueso de la población italiana sobre todo entre 1929 y 1936. En esa época, Mussolini sacó provecho de su aguda percepción acerca de los réditos de una situación nacional en la que la paz social se comparaba con la crisis que soportaban en esos años Francia e Inglaterra, especialmente, aunque también Alemania y los Estados Unidos. Incluso la guerra de Etiopía suscitó un “consenso” mayor y un momento de excitación nacional en el conjunto de la sociedad italiana. Sin embargo, De Felice insistía en lo precario de ese “consenso”, que el propio Mussolini percibió. El “Duce” confiaba en la imagen de su política exterior; pero perseguía, al mismo tiempo, la “fascistización” de Italia, a través de la educación y la conquista de los jóvenes. La crisis con la Santa Sede en torno a la Acción Católica fue todo un símbolo. A juicio del historiador italiano, si el fascismo fracasó en esa empresa no fue por carencias de tipo técnico, sino por sus profundas insuficiencias en el plano de la cultura y de la formación humanista. Con respecto a la política exterior, De Felice estimaba que en los primeros años fue pendular. Mussolini osciló entre Inglaterra y Alemania hasta que la guerra civil española y la guerra de Etiopía estrecharon demasiado el arco del péndulo. El “eje” Roma-Berlín no fue, a su juicio, un hecho inexorable, calculado desde el principio, por lo menos del lado fascista. Para Mussolini, el conflicto europeo era político y económico, no ideológico. La guerra se hizo ideológica después de la invasión alemana de la Unión Soviética. De Felice no creía en la resurrección política del fascismo. Los movimientos neofascistas apenas tenían algo que ver con el fascismo histórico[41].
Se ha acusado a De Felice de realizar una apología inteligente de Mussolini y del fascismo. Lo cierto es que su valoración última de Mussolini no fue positiva. De Felice definió al “Duce” como “un hombre que busca”, es decir, “un hombre político que contempla su ruta día a día, sin tener una idea clara de su punto de llegada”. Un “hombre político” ciertamente “notable”, pero no un auténtico “hombre de Estado”, porque en los momentos cruciales de su vida le faltó la capacidad de decisión hasta tal punto que puede decirse que “sus decisiones tácticas fueron tomadas gradualmente, adaptándose a la realidad exterior” [42]. Falto de princicipios morales, sin una idea precisa a realizar, totalmente desprovisto de prejuicios, Mussolini, según De Felice, seguía en sus actos una “dirección fundamentalmete univoca, pero por otro lado largamente trazada día a día, fruto no de conocimientos y deseos precisos, sino, al contrario, determinado por una adaptación ulterior y su inscripción en una situación normal” [43]. La táctica mussoliniana era, para el historiador italiano, la consecuencia de una “mezcla de personalismo, de escepticismo, de desconfianza, de seguridad en sí y al mismo tiempo de desconfianza hacia el valor intrínseco de todo acto y luego a la posibilidad de dar a la acción un sentido moral, un valor que no fuera provisional, instrumental y táctico” [44]. En el fondo, De Felice creía que el Duce fue víctima de su propio “mito”[45].
No obstante, De Felice se mostró igualmente intransigente con algunos de los mitos más queridos del antifascismo. Entre diciembre de 1987 y enero de 1988, De Felice se mostró partidario, en una entrevista, de abolir las disposiciones de la Constitución italiana que impedían la reconstrucción del Partido Fascista, porque habían dejado de ser creíbles, al permitir las fuerzas antifascistas la existencia del Movimiento Social Italiano, que había “sobrevivido a todas las tempestades”. Y opinaba, además, que el antifascismo no era una ideología “útil para instaurar una auténtica democracia republicana, una democracia liberal” [46]. En 1995, De Felice volvió a la carga. En su obra Rojo y negro, consideraba que la “vulgata” antifascista estaba política e intelectualmente muerta. Objeto preferido de sus críticas fue el “mito” de la Resistencia, un mito que “no suscita otros efectos que no sean el aburrimiento y el desinterés, o bien el deseo de oír otras voces”. Y es que, tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, se habían destruido muchas certezas. Era el momento de plantear históricamente el problema de la “legitimación popular” de la Resistencia. A su juicio, tanto ésta como la República Social Italiana fueron fenómenos minoritarios. Además, el antifascismo no podía constituir el único elemento discriminador para comprender el significado histórico de la Resistencia. El antifascismo no podía reemplazar a la “patente democrática”; pero la “vulgata” antifascista había sido construida “por razones ideológicas”, es decir, para “legitimar la nueva democracia con el antifascismo”, para “legitimar la izquierda comunista con la democracia”. Según sus cálculos, el número de militantes activos en la Resistencia fue de unos treinta mil. El movimiento partisano se hizo multitudinario del final de la guerra, “cuando bastaba con lucir un pañuelo rojo al cuello para sentirse combatiente y desfilar con los vencedores”. El deseo dominante en la mayoría de la población italiana fue la paz. No predominó el “rojo” o el “negro”, sino “una gran zona gris”. Por otra parte, el objetivo último de los comunistas siguió siendo “la dictadura del proletariado” [47].
Otro discrepante de la vulgata antifascista fue el historiador judío-alemán George Lachmann Mosse. No por casualidad, Mosse centró su interés, al menos en parte, en la ideología y cultura política del fascismo italiano y el nacional-socialismo alemán. Y es que los fascismos, sobre todo el alemán, habían inventado “un estilo político nuevo”, utilizando antiguas tradiciones y adaptándolas a ese objetivo. Ni el fascismo ni el nacional-socialismo eran movimientos políticos antimodernos. A pesar de sus críticas a la Ilustración y a la Revolución francesa, en el fondo eran sus herederos. El proceso revolucionario había creado una nueva cultura política, una nueva visión de lo sagrado y creado una verdadera religión civil, que podía percibirse en los escritos de Rousseau, basada en la idea de voluntad general del pueblo, y de la que los movimientos fascistas participaban. Así, Mosse sostiene: “El fascismo y la Revolución francesa, cada uno a su modo, se percibían como movimientos democráticos dirigidos contra los poderes establecidos. El fascismo en tanto que movimiento tenía un espíritu revolucionario e incluso llegado al poder…continuó utilizando una retórica hostil al establishment y dirigida contra la burguesía”. Siguiendo la estela revolucionaria francesa, los fascismos “democratizaron” las manifestaciones oficiales, el culto a los muertos, los desfiles, la liturgia, el servicio a la causa; y pretendían construir un nuevo tipo de hombre. El fascismo era, en fin, una “revolución fundada sobre la mezcla particular de doctrinas de izquierda y de derecha”[48]. De ahí igualmente las contradicciones de los intelectuales afines al fascismo y al nacional-socialismo. Mosse no creía que el fascismo fuese un movimiento político antiintelectual o nihilista. En un principio, los movimientos fascistas ofrecieron a los intelectuales la misión de “transformar al hombre viejo en nuevo”[49].
Fascismo y nacional-socialismo no eran movimientos políticos idénticos, dado que el desarrollo de la ideología völkisch separó a Alemania del resto de Europa. En el fascismo italiano, la ideología racista era sustituida por un neto nacionalismo estatal. Sin embargo, ambos movimientos se configuraron como religiones seculares, basadas en una nueva fe, con sus liturgias y elementos de esperanza, y que proponían soluciones propias a los problemas de la industrialización y la modernidad, a partir del nacionalismo, el corporativismo y la democracia antiliberal de masas[50].
Con respecto al tema del racismo y del antisemitismo, Mosse veía en ambos un producto de la modernidad; y denunciaba la “ambivalencia del Iluminismo respecto a los judíos”, recordando que la Ilustración “no había mejorado fundamentalmente la imagen del judío, sino que, en realidad, había contribuido sustancialmente a la creación del estereotipo”. Los orígenes del racismo moderno se encontraban en la Europa del siglo XVIII, cuyas principales corrientes culturales, basadas en una concepción naturalística del hombre, tuvieron una “enorme influencia en sobre el fundamento del pensamiento racista”. A ese respecto, era preciso distinguir entre el antisemitismo moderno, basado en la noción biológica de raza, y el antisemitismo cristiano, que carecía de fundamento racista y consideraba la conversión del judío como solución a la diversidad religiosa [51] .
No menos crítico se mostró Ernst Nolte. Su labor investigadora sobre los movimientos fascistas comenzó aproximadamente a finales de los años cincuenta. En 1963, publicó su obra más célebre, El fascismo en su época, al que luego siguieron La crisis del sistema liberal y los movimientos fascistas, El fascismo. De Mussolini a Hitler, etc. El conjunto de estos libros constituye la primera parte de la producción noltiana, centrada en la interpretación genérica del fenómeno fascista. Según Nolte, considerado en su aspecto más profundo, como fenómeno transpolítico, el fascismo sería una disposición de “resistencia a la trascendencia”, expresión en la que no hay que entender la trascendencia religiosa, sino lo que podríamos denominar la trascendencia horizontal, es decir, el progreso histórico o espíritu de la modernidad. El enemigo para el fascismo, en todas sus formas, debería ser visto en la “libertad hacia lo infinito”. Este enemigo, se identifica con las dos corrientes que, en el ámbito del pensamiento filosófico y la acción política, han ejercido mayor influencia en la historia europea: el liberalismo y el marxismo.
Para el historiador alemán, el fascismo, rechaza la esperanza en un “más allá” redentor con la misma fuerza que combate la idea de una emancipación inmanente que aspira a la liberación terrena del hombre. Así, Nolte define al fascismo como una “tercera vía” radicalmente antitradicional y antimoderna, por la que discurrirá una “época” de la historia europea; o, dicho con mayor precisión, el fascismo cuestiona tanto la existencia de la sociedad burguesa como la sociedad sin clases marxista. A su entender, el fenómeno fascista podría ser caracterizado sobre la base de algunos elementos fijos: el terreno de origen, representado por el sistema liberal; su autoritarismo; la combinación de elementos ideológicos nacionalistas y socialistas; el antisemitismo; el sustrato social mesocrático. Además, los diferentes fascismos tenían en común el principio jerárquico, la voluntad de crear un “nuevo mundo”, la violencia y el pathos de la juventud, conciencia de elite y capacidad de dirección de masas, ardor revolucionario y veneración por la tradición. Por último, el fascismo es un antimarxismo, que intenta destruir al enemigo mediante la elaboración de una ideología contrapuesta, aunque limítrofe, porque utilizaba medios casi idénticos, Era, en fin, un fenómeno de difícil clasificación, “a un tiempo progresivo y reaccionario, minoritario y encandilador de las masas, favorable a los empresarios y capitalismo de Estado, piadoso y blasfemo” [52].
A juicio de Nolte, los acontecimientos de 1989 ponían en cuestión, no ya al comunismo como sistema social y político, sino algunas convicciones tan viejas en la cultura europea como “el sentido de la historia”, con el cual el marxismo había intentado legitimarse, e incluso el concepto de modernización, característicos de la ciencia social norteamericana. Por ello, el historiador alemán se mostraba partidario de una visión “trágica” de la historia, tal y como la habían defendido Hegel y Weber, es decir, una historia que ilustre sobre la perpetua dialéctica entre valores. A partir de tal concepción, el fenómeno nacional-socialista adquiría una nueva dimensión explicativa. Perdida la dimensión trascendente de la idea de “progreso” en que se encontraba instalada la alternativa política plasmada en el marxismo-leninismo, Nolte afirmó que el nacional-socialismo no estuvo privado totalmente de “racionalidad”. En su ideología, existía un “núcleo de racionalidad”. El nacional-socialismo fue “una forma extrema del nacionalismo alemán” e igualmente, y sobre todo, “una forma extrema de antibolchevismo”; una reacción contra el marxismo-leninismo y la amenaza de exterminio que éste suponía para un importante sector de las poblaciones de la Europa occidental [53]. Así, el período comprendido entre 1917 y 1945 fue, en su opinión, el de la llamada “guerra civil europea”, en el cual el bolchevismo y el nacional-socialismo estarían ligados por un doble filo; el segundo por ser un reverso del primero, la reacción sigue a la acción, la contrarrevolución; la catástrofe después de la catástrofe. Para Nolte, la idea de exterminio de la burguesía como clase por los comunistas señaló el camino al genocidio de los judíos por Hitler y sus partidarios. El Gulag fue anterior a Auschwitz [54] .
En Francia, el historiador israelí Zeev Sternhell, muy próximo a las posiciones más izquierdistas del Partido Laborista[55], ha sido, en la línea de Renzo de Felice y Mosse, uno de los grandes revisionistas de la historia intelectual de los movimientos fascistas. A su entender, el fascismo es una ideología de inequívocos perfiles revolucionarios, nacido de la revisión antimaterialista del marxismo, propiciada por los sindicalistas seguidores de las doctrinas de George Sorel en Francia y de Antonio Labriola en Italia. Por ello, el fascismo no puede relacionarse directamente con el nacional-socialismo. Su proyecto perseguía una revolución que “declara querer aprovechar lo mejor del desarrollo de la tecnología moderna y el progreso industrial”, transformando las relaciones entre el individuo y la colectividad. Una revolución realizada sobre bases nacionales. De esta forma, la ideología fascista se caracteriza por la confluencia de este socialismo antimaterialista y antirracionalista y el nacionalismo integral, llegando a la síntesis “nacional-sindicalista”[56].
Los sindicalistas revolucionarios fueron los primeros en tomar conciencia de la posibilidad de colaboración entre el proletariado y la burguesía en la labor de desarrollo y modernización de un país atrasado como Italia. Así, llegaron a formular la identificación del Estado-nación como vehículo apropiado para realizar la revolución, recogiendo el potencial modernizador de la llamada nacionalista y reivindicando el enfrentamiento simultáneo, no otro era el sentido del concepto de “nación proletaria”, con los residuos feudales y con las potencias imperialistas. En ese sentido, Mussolini fue, en un principio, el líder socialista más preocupado por los problemas planteados por Sorel y sus seguidores. Una vez realizada su conversión desde el marxismo revolucionario, Mussolini logró aglutinar a nacionalistas y sindicalistas. Así, el fascismo, no obstante sus alianzas coyunturales con las elites tradicionales, acabó llevando a la práctica la mayor parte de aquellos planteamientos[57].
A nivel historiográfico, la victoria de los enemigos de la “vulgata” fue completa. El antifascismo dejó de ser, al menos en Italia, doctrina oficial. A ese respecto son muy esclarecedoras las declaraciones de Giorgio Frassineti, alcalde izquierdista de Predappio, la localidad natal de Mussolini, a un diario español: “No podemos fingir que Mussolini no ha existido y no podemos imaginar que el fascismo haya sido una enfermedad que ha golpeado a un cuerpo sano. El fascismo tuvo un enorme consenso popular. El fascismo fue todo y el contrario de todo. Si queremos entender bien qué cosa es Italia y aprender de los propios errores, debemos aceptar a Mussolini”[58]. A ello se unió la crisis del marxismo y el definitivo ocaso de los regímenes de “socialismo real”. No obstante, y de forma poco convincente, se hizo referencia a un presunto “fin de la Historia”, en el que la democracia liberal y el capitalismo se habrían consolidado como plenitud humana[59].
Nuevo antifascismo, viejas ideas.
Sin embargo, la historia continuó. La crisis del modelo neoliberal de capitalismo trajo consigo viejas y nuevas preguntas a nivel de pasado y de futuro. En un libro colectivo, en el que colaboraron economistas y sociólogos de izquierda como Emmanuel Wallerstein, Randall Collins, Michael Mann, Georgi Derlugris y Caig Calhoun, volvía a plantearse la sempiterna pregunta sobre el porvenir del capitalismo y la no menos sempiterna de si la crisis del modelo neoliberal generaría un nuevo fascismo[60]. El advenimiento a la presidencia de Estados Unidos del republicano Donald Trump dio nuevo impulso a esas especulaciones y a una resurrección del viejo antifascismo, sus argumentaciones y su retórica. Así, el historiador mejicano Enrique Krauze no dudó en denominar a Trump “el fascista americano”: “Nos recuerda el Mal absoluto encarnado por Hitler”. “Trump no es Hitler, pero está hecho de su pasta”[61]. En ese mismo contexto, Madeleine Albright, la antigua secretaria de Estado de Bill Clinton, publicaba un libre de notable mediocridad intelectual titulado Fascismo. Una advertencia. La definición que Albright nos ofrece del fenómeno fascista no tiene desperdicio: “A mi modo de ver, un fascista es alguien que se identifica en grado extremo –y que dice hablar en nombre de- un grupo o nación entera, que no siente preocupación alguna por los derechos de los demás, y que está dispuesto a utilizar los medios que sean necesarios –inclusive la violencia- para alcanzar sus objetivos.
En esta concepción, un fascista podría ser un tirano, pero un tirano no necesariamente es un fascista”. Una definición tan imprecisa que puede servir para cualquier cosa. A esta impericia conceptual, Albright suma una especie de chauvinismo político típicamente norteamericano: “Aunque Estados Unidos ha cometido muchos errores a lo largo de su azarosa historia, ha conservado su capacidad de movilizar a los demás países porque siempre ha querido guiarlos hacia el camino que la inmensa mayoría desea tomar: el camino de la libertad, la justicia y la paz”. Claro es que, a su entender, Trump no pertenece a esa genuina tradición norteamericana: “La cuestión que ahora se plantea es si Estados Unidos puede seguir con ese estilo de liderazgo cuando quien lo rige es un presidente que no parece conceder mucha importancia a la cooperación internacional ni a los valores democráticos”. En fin, el mensaje carece de novedad; y resulta absolutamente convencional. En la actualidad entran en la categoría de sospechosos de fascismo no sólo Trump, sino Hugo Chávez, Putin, Maduro, Erdogan, Orban o Kin-Jung-un, “el único de todos ellos que es verdaderamente fascista”[62]. Sin comentarios.
En todo caso, y como señala el filósofo izquierdista Slavoj Zizek, el fenómeno fascista se utiliza “hoy en día como una palabra vacía cuando asoma a la escena política algo evidentemente peligroso, pero que no podemos comprender: ¡no los populistas actuales no son simples fascistas!”. Y advierte a Madeleine Albright: “Criticar a Trump sin criticar a Clinton es un caso claro de cura sintomática”[63].
¿Es Trump un fascista? Desde luego que no. Enzo Traverso, historiador de izquierda, lo niega. A su entender, el hoy presidente de Estados Unidos encarna “la versión xenófoba y reaccionaria del <americanismo>: el seld-made-man prototipo del darwinismo social, el justiciero que reivindica su derecho a portar armas, el resentimiento de los blancos que se volvieron minoría en un país de inmigración”. “Trump aparece en la que época del neoliberal, la era del capitalismo financiero y la precariedad endémica. No moviliza a las masas, atrae a un público de individuos atomizados, consumidores empobrecidos y aislados”. “Encarna un modo antropológico neoliberal”[64].
Junto a este antifascismo, han surgido otros como el de Rob Riemen, que lo autodefine como “humanista”; o el tópicamente izquierdista de Mark Bray y de Umberto Eco. En sus libros, Rob Riemen denuncia “el eterno retorno del fascismo”, “el bacilo del fascismo permanece virulento en el campo de la democracia de masas”. A la hora de sus denuncias, Riemen recurre a Goethe, Tocqueville, Ortega y Gasset y Nietzsche. Desde su perspectiva elitista, estima que el fascismo es fruto de las patologías del “hombre-masa”. Y es que el fascista era y es “un agitador sin ideas e impulsor de una política insuflada de odio y resentimiento, enraizada en el miedo a la libertad y en la peor forma de mezquindad”. Lo fundamental del fascismo consiste, para este autor, en la existencia de un “líder carismático”. Y a su entender, el prototipo del “fascismo contemporáneo” es el Partido Popular de Holanda y su jefe Geert Wilders[65]. Sin duda, Riemen no figurará en la lista de historiadores o analistas del fenómeno fascista.
Más sesudo y documentado, aunque como veremos no menos falaz, resulta el neoantifascismo representado por Mark Bray, quien pasa por ser, pese a su parva obra escrita, un historiador de los derechos humanos. Su Manual Antifascista pretende ser “un toque de arrebato que intente dotar a una nueva generación de antifascistas del bagaje histórico y teórico necesario para derrotar a la extrema derecha que resurge”. A diferencia de otros antifascistas, Bray enlaza históricamente su causa con la de las izquierdas radicales del período de entreguerras: comunistas, anarquistas y socialistas. A la hora de dar una definición de fascismo, recurre a Robert Paxton: “Una forma de comportamiento político marcado por una preocupación obsesiva con el declive, la humillación o la victimización de la comunidad y por cultos compensatorios a la unidad, la energía y la pureza, en la cual el partido de masas de comprometidos militantes nacionalistas que actúa en colaboración, incómoda pero eficaz con las elites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue, con una violencia redentora y sin limitaciones éticas ni legales de limpieza interna y expansión externa”.
Este antifascismo se autodefine por su radicalidad, ya que se trata de un movimiento con una propuesta no liberal, social revolucionaria, que se usa para combatir a la extrema derecha, y no sólo a los fascistas en sentido liberal”. Su objetivo es dar “prioridad a la construcción de un poder popular en la comunidad y a vacunar a la sociedad frente al fascismo, mediante la difusión de planteamientos políticos de izquierda”; y que tienen su concreción en el “sindicalismo, okupación, activismo medioambiental, movilización contra la guerra o solidaridad con personas migrantes”, “la formación de tabúes sociales contra el racismo, el sexismo, la homofobia y otras formas de opresión que constituyen las bases del fascismo”. Entre los ancestros antifascistas figuran, a su juicio, los Arditi di Popolo Italiano, los partisanos en la Segunda Guerra Mundial, la oposición guerrillera a Franco, los anarquistas, el Partido Obrero Socialista Revolucionario, los partidos comunistas. La genealogía del fascismo se encuentra, a juicio de este autor, en el affaire Dreyfus, la Liga de Acción Francesa, el Ku-Klux-Klan, los absolutistas de comienzos del siglo XIX, Napoleón III, Bismarck, el imperialismo, etc, etc, etc. Sin embargo, Bray estima que Franco no fue fascista, sino “más bien un tradicionalista católico autoritario”.
Tras la postguerra mundial, el autor cree que sólo se realizó “un tímido proceso de juicios contra individuos determinados en base a unos cuestionarios”; y que hubo una oleada de amnesia histórica”. A ese respecto, exalta las acciones violentas de los nuevos antifascistas como el Partido Pantera Negra, los punkies antifascistas, los Dragones Negros, las Miss Dragonas Negras, SOS Racismo, Francotiradores y Partisanos, Autonomía Obrera, Antifascistas Revolucionarios, Fuego y Llamas, Brigadas Rojas, Lucha Continua, etc, etc. Sus enemigos en la actualidad son los que denomina “nazis de corbata”, es decir, Frente Nacional Francés, UKIP; AFD, PEGIDA, Amanecer Dorado, Partido Popular Danés, etc. Frente a estos partidos, Bray justifica el empleo de la violencia: “Desde un punto de vista histórico, las ideas fascistas y similares progresaron en el debate abierto. En ocasiones, la discusión fue suficiente para acabar con su presencia. Pero en muchos otros casos, no. Por eso, los antifascistas se niegan a depositar sus esperanzas de libertad y seguridad para toda la humanidad (¡) en un proceso de debate público que ya se ha visto que puede fracasar”. “Desde su punto de vista, los derechos que propugna el gobierno parlamentario capitalista no merece respeto inherentemente”. Los fascistas “no tienen derecho a expresarse libremente”. “Simplemente, no consideran que quienes usan esa libertad para promover el genocidio o cuestionar la condición humana de otras personas entren en ese ámbito”.
La ofensiva antifascista tiene como objetivo central “la expropiación global de la clase capitalista y la destrucción (o tomo) de todos los Estado existentes por medio de un levantamiento popular internacional que la mayoría piensa que va a implicar alguna forma de enfrentamiento violento con las fuerzas del Estado”. Bray predica “la guerra de clases”; y considera que el antirracismo “irracional” es “preferible al supremacismo razonado”. En definitiva, para Bray “destruir el fascismo consiste realmente en promover una alternativa socialista revolucionaria (en mi opinión, una que sea antiautoritaria y antijerárquica) ante un mundo en crisis”. Y, significativamente, señala Bray que el antifascismo es más favorable que el liberalismo a la práctica de la libertad de expresión, porque defiende una sociedad “sin clases”[66].
Como luego señalaremos, los planteamientos de Bray no tienen desperdicio. Sin embargo, tampoco se mostró excesivamente lúcido el conocido semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, cuando impartió en la Universidad de Columbia el 25 de abril de 1995 una conferencia titulada “El fascismo eterno”, cuyo contenido demostraba que el autor se encontraba mucho más próximo a los “integrados” que a los “apocalípticos”. Antiguo balilla, Eco rememoraba su experiencia del final de la guerra como una “liberación”. Negaba que el fascismo italiano hubiese sido un auténtico totalitarismo, lo que era debido a “la debilidad filosófica de su ideología”; y es que, en realidad, careció de una filosofía propia, fue “un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones”. Sin embargo, a pesar de toda aquella confusión, Eco consideraba que podía elaborarse una lista de las características típicas de lo que denominaba “fascismo eterno” o “ur-fascismo”.
A su modo de ver, fascismo equivalía a tradicionalismo, repulsa de la Ilustración, sospecha hacia el mundo intelectual, racismo, apelación a “las clase medias frustradas”, xenofobia, elitismo popular o de masas, belicismo, heroísmo, “aspiración a la muerte”, machismo y antiparlamentarismo. A ese respecto, afirmaba: “Cada vez que un político arroja sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de ur-fascismo”. Finalmente, Eco nos advierte: “El ur-fascismo está aún a nuestro alrededor, a veces vestido de paisano (…) El ur-fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice a cada una de las formas nuevas, todos los días, en todos los rincones del mundo”[67]. En el fondo, Eco, siguiendo su propia metodología, estaba construyendo su “enemigo”[68], que puede ser identificado con cualquier fuerza política –de derechas, eso sí- que nos desagrade.
Las ideas de Eco incidían en la “demonología” dominante en la cultura italiana y europea del momento. Incluso incurría en claros errores históricos atribuyendo a Josef Goebbels la frase de “cuando oigo la palabra cultura cargo mi revolver”, cuando hace tiempo que se sabe que fue pronunciada por un escritor alemán simpatizante de Hitler, Hans Johst, o cuando atribuye a Falange Española el grito de “¡Viva la muerte!”, que corresponde a la Legión Extranjera. ¿Sólo puede identificarse el antiparlamentarismo con el fascismo?. ¿Y el anarquismo, el bolchevismo, el comunismo o el populismo?.
Por otra parte, las concepciones antifascistas como las defendidas por Mark Bray conducen inexorablemente a una especie de dictadura de la verdad o al panóptico foucaultiano justificativo de todo tipo de intolerancias. Como señaló hace ya algunos años el filósofo polaco Leszek Kolakowski: “Una ley que prohíba las organizaciones con nombres, símbolos y consignas nacional-socialistas tendrá un valor meramente simbólico. Para ser eficaz, tendría que definir el contenido ideológico del movimiento y organizaciones proscritos. Y si esta ley incluyera, por ejemplo, entre los rasgos definitorios de las organizaciones prohibidas, tendencias totalitarias tales como la intolerancia, la defensa de la violencia y la tiranía, es evidente que algunos grupos maoístas o comunistas, se encontrarían entre sus primeras víctimas. Concretamente, aquellos grupos que son los primeros en plantear esta objeción contra la tolerancia”[69].
No menos falaz resulta, históricamente hablando, la relación que Bray establece entre el Ku-Kux-Klan y los orígenes del “fascismo”. A ese respecto, Michael Seidman ha señalado que el Sur rechazaba el fascismo italiano porque los nativistas protestantes de derecha y los miembros del Klan veían en Mussolini a un aliado del Papa y un Anti-Cristo extranjero. Y es que el Klan era demasiado “tradicionalista” para ser clasificado junto al fascismo y al nazismo: “Su exclusivismo protestante limitaba su influencia nacional, al igual que su odio al Estado nacional omnipotente preferido por casi todos los fascismos europeos. Su preferencia por el control local y los derechos de los estados remitían a la confederación”. “El racismo sureño era tradicionalista –se basaba en la bíblica <maldición de Canáan>-, no eliminacionista como la variedad nazi”[70].
No menos falaz resulta históricamente hablando la defensa del prefascismo de L´Action française, hace tiempo refutada por los trabajos históricos de Eugen Weber y de Françoise Huguenin[71]. Sin embargo, lo más llamativo del libro de Bray es su amoralidad y cinismo. La sociedad “sin clases” que propugna como respuesta al “fascismo” fue construida por los regímenes de socialismo “real”, con toda su carga de opresión, brutalidad e ineficacia económica y social. De ahí que, como señala el filósofo alemán Peter Sloterdijk, el antifascismo tenga como objetivo no confesado “la salvación de la conciencia” de los comunistas y revolucionarios, “borrar las huellas que delataban qué cerca se había estado de un sistema genocida de clases”. “En efecto, se llegó hasta tal punto de denunciar toda crítica al comunismo como anticomunismo y éste como una continuación del fascismo con medios liberales. Cuando, desde 1945, ya no se daban abiertamente exfascistas, no faltan todavía paleoestalinistas, excomunistas, comunistas alternativos e inocentes radicales del ala extrema que llevaban la cabeza muy alta como si los delitos de Lenin, Stalin, Mao, Ceacescu, Pol Pot y otros líderes comunistas, se hubieran cometido en el planeta Plutón”[72].
¿Son “fascistas” las nuevas derechas alternativas?
Como ya hemos señalado, la ofensiva mediática y política antifascista coincide, y en el fondo es consecuencia, con la emergencia de unas derechas alternativas en Europa y, si se quiere, con el fenómeno Trump en Estados Unidos. Estas fuerzas han sido catalogadas insistentemente en los medios de comunicación como “extrema derecha” o “neofascistas”. ¿Es eso cierto?. En mi opinión, no. Sobre el concepto de “extrema derecha”, el politólogo e historiador Jean-Pierre Taguieff ha señalado que, en realidad, carece de sentido preciso, ya que nunca se construyó para designar un tipo-ideal –en el sentido weberiano- o un modelo teórico. Y señala: “Ha quedado como una expresión polémica integrada, sin un trabajo mínimo de elaboración conceptual, en el vocabulario usual de los historiadores, de los politólogos y de los especialistas en ciencias sociales, pero igualmente en los actores políticos y los periodistas: una denominación convenida, ciertamente cómoda para referirse a la amalgama abigarrada de enemigos declarados de la democracia liberal, de la izquierda socialdemócrata y del comunismo, pero conceptualmente vaga, de fronteras indeterminadas”[73].
Para el historiador norteamericano Stanley G. Payne, los resultados de la búsqueda constante de nuevos fascismos han sido “sistemáticamente negativos”. “Cuando se identifica un nuevo fenómeno político de una cierta importancia, resulta no ser genuinamente fascista”. Y es que el antifascismo es “un concepto y un estandarte propagandístico que en algunos sentidos resultaba más útil e interesante en su aplicación cuanto más se alejara cualquier sociedad concreta del fascismo, un símbolo por antonomasia de la izquierda, mucho más que las clases sociales tradicionales…”[74].
Fenómenos tales como la crítica a la emigración nada tienen que ver en sí mismos con el “fascismo”. Como ha señalado el politólogo Andrés Rosler, la democracia es inseparable de un cierto particularismo, en concreto de la defensa de las identidades nacionales y culturales[75]. La emigración es, y hay que dejarlo bien claro, un problema muy real para las sociedades europeas desarrolladas. Un problema a la vez político, social y económico. Como ha señalado el filósofo Roger Scruton, la globalización “no ha disminuido el sentido de la nacionalidad de la gente”. Bajo su impacto, “las naciones se han convertido en los receptáculos primarios y preferidos de la confianza de los ciudadanos, y el medio indispensable para comprender y disfrutar las nuevas condiciones de nuestro mundo”. En ese sentido, las migraciones masivas procedentes de África, Asia y Oriente Medio “han creado minorías potencialmente desleales y, en cualquier caso, antinacionales en el corazón de Francia, Alemania, Holanda, los países escandinavos y Gran Bretaña”[76]. No muy lejos de la postura del conservador Scruton se encuentra el izquierdista Zizek, para quien es “evidente la distinción entre el fascismo propiamente dicho y el populismo antiinmigración actual”. Y es que aquellos que defienden una apertura total de las fronteras, “¿son conscientes de que, puesto que nuestras democracias son naciones-Estados, su petición equivale a la suspensión de la democracia?”. “¿Debería permitirse que un cambio descomunal afecte a un país sin una consulta democrática a su población?”[77].
Se trata, además, de un problema que afecta sobre todo a las clases populares. Didier Eribon –sociólogo de izquierdas y biógrafo de Michel Foucault- ha descrito de una manera muy gráfica la experiencia de su familia, antigua votante del PCF, ante los retos que implican la competencia económica y la coexistencia social con las minorías musulmanas. Un nuevo contexto que provocó su voto al Frente Nacional de Le Pen: “Por más paradójico que pueda parecer, estoy convencido de que el voto por el Frente Nacional debe interpretarse, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una dignidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían representado y defendido en el pasado. La dignidad es un sentimiento frágil e inseguro: necesita señales y garantías. Necesita, ante todo, no tener la impresión de que uno es considerado una cantidad despreciable o simples elementos en cuadros estadísticos o archivos contables, es decir, objetos mudos en la decisión política”. “Al principio mi madre comenzó a quejarse de la <retahíla> de hijos de los recién llegados, quienes orinaban y defecaban en las escaleras y que, ya adolescentes, convirtieron la ciudad en el reino de la pequeña delincuencia en medio de un clima de inseguridad y miedo. Se indignaba por cómo dañaban el edificio desde las paredes del edificio, desde las paredes de la escalera a las puertas de los depósitos individuales del subsuelo o los buzones de entrada –apenas los reparaban ya los rompían otra vez-, por el correo y el periódico que desaparecían con demasiada frecuencia. Sin hablar de los daños a los autos en las calles, retrovisores rotos, pinturas rayadas… Ya no soportaban el ruido incesante, los olores que emanaban de una cocina diferente, ni los gritos de los corderos que degollaban en el baño del departamento de arriba para la fiesta de Aïd el-Kébir (…) El <sentido común> que compartían las clases populares <francesas> sufrió un profundo cambio, precisamente porque la cualidad de <francés> se convirtió en su elemento principal, reemplazando a la de <obrero> u hombre y mujer <izquierda>”[78].
De ahí igualmente que la politóloga Chantal Mouffe no considere “fascistas” a los nuevos partidos de derecha identitaria. A su entender, vivimos en la actualidad en Europa un “momento populista”; y estos partidos se presentan como “los adalides de la restitución al <pueblo> de la voz que le habían quitado las elites. Mediante el trazado de una frontera entre “el pueblo” y el “establishment político”, lograron traducir a un vocabulario nacionalista las demandas de los sectores populares que se sentían excluidos del consenso dominante. La acusación de “fascistas” o de “extrema derecha” es “una manera fácil de descalificarlos, sin reconocer la propia responsabilidad del centro izquierda en su surgimiento”[79].
En el caso del Frente Nacional Francés, Enzo Traverso ha señalado que, con el liderazgo de Marine Le Pen, los elementos “fascistizantes” son minoritarios en el partido; y concluye: “(…) ningún movimiento fascista clásico ha confiado el liderazgo a una mujer”[80].
En España: el antifascismo “feliz”.
Roland Barthes definió a Voltaire como “el último escritor feliz”, ya que nunca tuvo que medir sus fuerzas intelectuales con “ninguna fuerza viva, con ninguna idea, con ningún hombre que pudiera hacerle reflexionar seriamente (salvo el pasado: Pascal, y el futuro: Rousseau; pero los escamoteó a ambos): jesuitas, jansenistas o parlamentos, eran grandes cuerpos anquilosados, vaciados de toda inteligencia”[81]. Sin distorsionar demasiado la realidad, podríamos decir que hoy en España el intelectual, el historiador, el escritor o el cineasta de izquierdas es indudablemente “feliz”, en el sentido que Barthes daba a la palabra. Y es que nadie los contradice o entra en competición con ellos. En realidad, no se trata de un hecho nuevo; todo lo contrario. Ya en el tardofranquismo, Ricardo de la Cierva, nombrado Director General de Cultura Popular en 1973, declaró de “interés general” dos libros de sendos intelectuales comunistas: Manuel Vázquez Montalbán, La penetración americana en España; y Carlos París, La Universidad española. Posibilidades y frustraciones. De la Cierva reconocía que los intelectuales de izquierda “han tenido siempre más ayudas, mejores editoriales, mejores libreros, más atención a sus obras”[82]. Y el viejo escritor fascista Ernesto Giménez Caballero denunciaba que “España no aparta y silencia a los intelectuales disidentes del Estado, sino a aquellos que lo defienden”[83]. Claro que De la Cierva experimentó la suerte de todo compañero de viaje de la izquierda; cuando pretendió ejercer como crítico de derecha, terminó erradicado del campo historiográfico español[84].
No deja de resultar paradójico que los iniciadores del antifascismo en España fuesen los antiguos falangistas desilusionados por la realidad cotidiana del régimen del general Franco. No sin razón Adolfo Muñoz Alonso, intelectual falangista fiel al franquismo, afirmara en uno de sus últimos libros: “Los sodomitas del lenguaje han encontrado en el término fascista un compañero encelado”[85]. Y es que el disidente Dionisio Ridruejo, en su libro Escrito en España, asumió como suyas todas las críticas marxistas al fascismo. No sólo fue una reacción de la burguesía a la amenaza de revolución proletaria, sino “una política de guerra en todos sus aspectos y todas sus formas”[86]. Antonio Tovar definió el falangismo y, por ende, el fascismo como la síntesis de “un nacionalismo fanático y estatista con un compromiso social”, un proyecto que no fue “el ideal del 18 de julio”[87]. Más patética fue la palinodia de Pedro Laín Entralgo, en su Descargo de conciencia, en cuyas páginas afirmaba que el fascismo era “una engañosa trampa: quita libertad civil y no da suficiente justicia social”[88]. José Luis López Aranguren consideraba que “el totalitarismo comunista es menos malo que el fascista”. Se manifestó partidario del diálogo de los católicos con el marxismo de cara a la superación del capitalismo[89]. Y, ya en la democracia, afirmó que el antifascismo era un “imperativo categórico” en el ámbito de la política; y que el régimen de Franco había sido “otro fascismo”[90].
El advenimiento de la democracia liberal supuso, como ya hemos adelantado, la hegemonía ideológica incontestada de la izquierda “feliz”; y, por lo tanto, del antifascismo en su versión más simplista y falaz. Lo cual se vio favorecido, además, por el nuevo contexto sociopolítico, muy distinto, por ejemplo, del italiano. No existió en España un fenómeno semejante al Movimiento Social Italiano. Falange desapareció, dividida en múltiples facciones antagónicas, como movimiento político. La derecha tradicional, representada por Fuerza Nueva, pretendió apropiarse de la retórica y la simbología falangista-franquista, pero careció de iniciativa cultural y de proyecto político. Alianza Popular optó por el liberalismo político y por la renuncia a cualquier proyecto de hegemonía cultural alternativo a la izquierda.
Por otra parte, el término “fascista” se generalizó como insulto y descalificación a todos los niveles. Tanto es así que hasta el libertario libro de Fernando Savater Panfleto contra el Todo fue tachado de “fascista” por el socialista Ignacio Sotelo en la revista Triunfo[91]. Un ejemplo arquetípico de esta tendencia fue el libro del historiador comunista Julio Rodríguez Puértolas, Literatura fascista española, publicado en 1986. Para este autor, “fascista” era cualquier intelectual o escritor que hubiese apoyado al “régimen político surgido de la sublevación militar contra la Segunda República el 18 de julio de 1936”, e igualmente quienes formaban parte de organizaciones que propugnasen “la destrucción de la democracia y la creación de un Estado autoritario, así como quienes después de la muerte del general Franco el 20 de noviembre de 1975 intentan o un regreso al viejo sistema o simplemente manifiestan una ideología antidemocrática”. El contenido era una auténtica galería de horrores y de trampas; todo un ejemplo de terrorismo intelectual.
Su lista de indeseables era larga, y no sólo aparecían los intelectuales genuinamente fascistas, sino otros que no era del agrado del autor, claro ejemplo de delator y depurador: Ramón Menéndez Pidal, Emilio Carrere, Ramón Pérez de Ayala, Leopoldo Panero, Cela, Jiménez Losantos, Sánchez Dragó, Fernández de la Mora, Luis María Ansón, Unamuno, Ramón Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Azorín, Maeztu, Ortega, etc, etc[92]. Tanto es así que Francisco Ayala, prototipo del intelectual exiliado, un liberal de izquierda, tuvo que salir al paso, señalando “la dificultad de atribuir -salvo casos muy característicos- la calificación a nadie, escritor o no escritor”; y es que Rodríguez Puértolas simplificaba el concepto de “fascismo”, “en los términos de adscripción política a uno de los bandos contrapuestos en la guerra civil, etiqueta paralela y correspondiente a la de <rojo> con que se designó a quienes hubimos de militar en el bando opuesto”[93]. El historiador de la literatura José Carlos Mainer calificó la obra de Rodríguez Puértolas de “Núremberg incruento”[94]. Claro que el historiador aragonés rizó el rizo del antifascismo más tópico cuando definió la literatura fascista como producto de “la fascinación por lo perverso”, “la vergüenza moral”, “un cáncer”, “un lenguaje sin palabras”[95].
La historiografía marxista consiguió una clara hegemonía en ámbitos universitarios y sociales. Claro que su principal representante, Manuel Tuñón de Lara, era un historiador dogmático, mediocre y escasamente creativo, que sustituía la labor investigadora por esquemas predeterminados y profundamente simplistas. En lo que concierne al fascismo, su interpretación fue la clásica del marxismo-leninismo. Por supuesto, intentó demostrar que el régimen de Franco había representado el fascismo español. Ante el escaso éxito de Falange Española durante el período republicano, Tuñón de Lara quiso demostrar que el conjunto de la derecha española fue “fascista”. Para ello, empleó el concepto de “fascismo rural” característico de una sociedad subdesarrollada como la española. Este “fascismo rural” estaba representado no sólo por Falange, sino la CEDA, el Bloque Nacional y la Unión Económica Española[96]. No acabó ahí la cosa. Frente a Juan José Linz y su teoría del régimen autoritario, Tuñón de Lara sostenía que el franquismo había sido un totalitarismo de carácter “fascista”, no sólo por su defensa de los intereses de las clases dominantes, sino porque así había sido definido por “el pueblo”, “ese pueblo cuya lengua, según Machado, es el barro santo con el que Cervantes elaboró su obra”[97]. Tanta estupidez no merece comentarios. Claro que Tuñón de Lara, como buen comunista, ponía todavía como ejemplo, a la altura de 1984, el Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas[98].
Sin embargo, en el ámbito propiamente político el paradigma antifascista/antifranquista no se formalizó en España hasta mediados de los años noventa del pasado siglo, con la eclosión del movimiento de la denominada “memoria histórica”[99]. El recurso a la “memoria histórica” no fue iniciativa de José Luis Rodríguez Zapatero, sino de Felipe González Márquez, ante la posibilidad de perder las elecciones frente al Partido Popular en 1996[100]. La ofensiva fue brutal y se ejerció en varios campos: el historiográfico, el literario, el cinematográfico e incluso el filosófico. El historiador Ricard Vinyes demandó nada menos que una “memoria de Estado”, “una política pública de memoria”[101]. Algo que no quedó en meras especulaciones intelectuales, sino que se materializó en el denominado Memorial Democrático en Cataluña, inaugurado por el tripartito de izquierdas, y donde se intentó imponer “una visión única y maniquea de la historia catalana del siglo XX”[102]. La obra emblemática del antifranquismo fue El Holocausto español, del hispanista Paul Preston, en cuyas páginas se acusaba al conjunto de las derechas españolas de planear el exterminio de unas izquierdas defensoras de la democracia[103]. En los textos históricos, el franquismo fue perdiendo su perfil político e histórico concreto para convertirse, en puro estilo antifascista, en una categoría moral, es decir, en el Mal radical. Autores como Ángel Viñas interpretaron la guerra civil como fruto del conflicto fascismo/antifascismo, y no como consecuencia de la respuesta por parte de las fuerzas conservadoras a un desafío claramente revolucionario protagonizado por socialistas, comunistas y anarquistas. Como señala el historiador alemán Jürgen Osterhamonel, “una revolución social ciertamente de libro”[104]. Para Viñas, el régimen de Franco y su caterva de acólitos el régimen de Franco es simplemente “una peculiar variante nazi-fascista”, “la configuración del fascismo español”[105]. Claro que Viñas no es un experto en fascismo; ni tan siquiera es capaz de definir académicamente el Führerprinzip, acudiendo a ¡wikipedia![106]. Es un antifascista locuaz y persistente. No ha sido el único; otro panfascista es Julián Casanova, para quien el franquismo habría sido, según él, un “un fascismo no tan peculiar”, cuyos sujetos políticos y sociales eran, eso sí, el Ejército y la Iglesia católica, y no el partido único de masas[107]. Estos sectores incluso han elaborado una especie de “vulgata”, un manual del perfecto historiador antifascista/antifranquista, cuyo contenido infantilmente pedagógico resulta risible[108].
Los expertos en fascismo como Renzo de Felice, Ernst Nolte o Stanley G. Payne nunca han creído que el régimen de Franco pudiera ser conceptualizado como régimen fascista. Para el italiano, se trata de “un clásico régimen autoritario con injertos modernos”[109]. Nolte señala que “la unificación forzada de la Falange con los tradicionalistas carlistas, los requetés (…) fue más allá de lo que un partido fascista puede soportar en síntesis”[110]. Payne estima que lo más original del régimen fue su intento de “revivir el tradicionalismo cultural y el fundamentalismo religioso”[111].
En cualquier caso, el movimiento de la “memoria histórica” fue monopolizado por las izquierdas. Y no hubo respuesta por parte de las derechas, que fueron incapaces de sacar partido de las aportaciones de la historiografía liberal y revisionista. Lo cual facilitó los primeros pasos para la instauración del panóptico político e historiográfico.
Hacia el panóptico.
El primer paso fue la Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura, más conocida como Ley de Memoria Histórica, en la que el régimen de Franco aparece como “un doloroso período de nuestra historia”; y se propugnan una serie de medidas para “dignificar” a las “víctimas” y se reconocía la nacionalidad española a los supervivientes de las Brigadas Internacionales. De la misma forma, se prohibía cualquier “exaltación” o acto en favor del franquismo[112].
Llegado al poder el Partido Popular, no se hizo nada al respecto. El antifascismo/antifranquismo español siguió siendo “feliz”. En diciembre de 2017, el grupo parlamentario del PSOE presentaba, en las Cortes, una Proposición de Reforma de la Ley de Memoria Histórica de 2007. En su exposición de motivos se afirmaba que “el olvido no es opción para la democracia”. Y es que aún no se han cerrado “todas las heridas provocadas por la Guerra Civil Española y el franquismo en la sociedad española”. El régimen de Franco es definido como un “sistema político autoritario que reprimió masivamente todo atisbo de oposición política, haciéndose valer para ello de los más aberrantes crímenes”, “desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, políticas de campos de concentración, trabajos forzados, torturas, violaciones e incluso secuestro masivo de recién nacidos bajo una política de biolimpieza de inspiración “genética”. En consecuencia, estos delitos “ni podían ni pueden ser objeto de amnistía, que por su gravedad no prescriben, han dejado una herida cuya superación requiere una efectiva política de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición”. Por todo ello, se demanda “un nuevo conjunto de medidas de reparación involucrando a los diferentes poderes del Estado en conformidad con los principios la justicia transicional, cuya sistematicidad engloba mecanismos de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición”.
Se consideran víctimas “todos aquellos y aquellas, con independencia de su nacionalidad que, por su lucha por los derechos y libertades fundamentales del pueblo español, hayan sufrido mencionados daños como consecuencia de acciones u omisiones que violan las normas internacionalmente reconocidas relativas a los derechos humanos durante el período que abarca la Guerra Civil Española y la dictadura franquista”. Para ello, se propugna la creación de una “Comisión de la Verdad”, “órgano temporal y de carácter no judicial con la finalidad de conocer la verdad de lo ocurrido”. La “Comisión de la Verdad” estaría conformada por “profesionales de distintas disciplinas, como juristas, historiadores, psicólogos, investigadores universitarios, expertos en la violencia de género, defensores de los derechos humanos y grupos memorialistas, entre otros, que cuenten con una amplia trayectoria personal y reconocido prestigio”. Dentro del Ministerio de Justicia se creará una “Dirección General” que “establecerá los planes de búsqueda de desaparecidos de carácter cuatrienal”, y que contará con una “Comisión Técnica de la Memoria Histórica” compuesta por médicos forenses, arqueólogos, historiadores, sociólogos, psicólogos, juristas, representantes de asociaciones memorialistas y de familiares de víctimas y de “cualquier otra persona destacada en materia de Memoria Histórica”. Se constituirá una Comisión de Expertos, compuesta por arquitectos, aparejadores o ingenieros, que estudien “la viabilidad de la retirada de placas o elementos de simbología incrustada en edificios o cualquier lugar”.
No estará permitida la exhibición de simbología de exaltación de la guerra civil y la Dictadura en los cementerios públicos. A ese respecto, se hace una mención especial a la Iglesia católica, que “será requerida para la retirada de simbología de exaltación de la Guerra Civil Española en templos y cementerios, cruces de caídos o cualquier otro lugar de propiedad eclesiástica”. No menos importancia simbólica se otorga al Valle de los Caídos, propugnando su reconversión de “un centro nacional de Memoria, impulsor de la cultura de reconciliación, la memoria colectiva democrática y la dignificación y reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil Española y la Dictadura, a través de proyectos y programas culturales, museísticos y de investigación”. Se procederá al traslado de los restos de Franco “fuera del Valle de los Caídos”; y los de José Antonio Primo de Rivera a un lugar no preeminente o al que designe su familia. Igualmente, se hace referencia a un “Centro Documental de Memoria Histórica”, cuyas funciones serán la de mantener y desarrollar el Archivo de la Guerra Civil, recuperar, reunir, organizar y poner a disposición de los interesados los fondos documentales y las fuentes secundarias que puedan resultar de “interés para el estudio de la Guerra Civil Española, la Dictadura franquista, la resistencia guerrillera contra ella, el exilio, el internamiento de españoles en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y la transición”; fomentar la investigación histórica de la Guerra Civil Española, el franquismo, el exilio y la transición.
En cuanto al régimen sancionador, las medidas se clasifican en muy graves, graves y leves. Infracciones muy graves serían la realización de excavaciones sin autorización, la construcción sin autorización en terrenos donde haya certeza de la existencia de restos humanos; destrucción de fosas de víctimas, etc. Graves son “el incumplimiento, sin causa justificada, de la obligación de comunicar el hallazgo casual; el traslado de restos humanos sin autorización previa; incumplimiento de los deberes de conservación y mantenimiento de un lugar de Memoria Histórica Democrática; obstrucción de la actuación inspectora de la Administración en materia de memoria democrática, así como la omisión del deber de información, en relación con un lugar de Memoria Histórica Democrática; realización de cualquier obra o intervención en un Lugar de Memoria Histórica Democrática que afecte a fosas de víctimas; incumplimiento de la resolución por la que se acuerda la retirada de elementos contrarios a la Memoria Histórica Democrática. Leves son el incumplimiento de permitir la visita pública a los Lugares de Memoria; realización de daños a espacios o mobiliarios de los Lugares de la Memoria; incumplimiento de la prohibición de exhibir públicamente elementos contrarios a la Memoria Histórica y democrática.
Para las infracciones muy graves las multas estarían entre 10.001 y 150. 000 euros; para las graves entre 2001 y 10.000 euros; y las leves entre 200 y 2000 euros. En la competencia sancionadora, se incluye significativamente una disposición adicional primera según la cual “serán declaradas ilegales las Asociaciones y Fundaciones que públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra las víctimas de la Guerra Civil Española y el franquismo por su condición de tales, o que realicen apología del franquismo, fascismo y nazismo”. A ese respecto, se procedería a “las modificaciones correspondientes de la Ley Orgánica 1/2002, de 22 de marzo, reguladora del Derecho de Asociación y en la Ley 50/2002, de 26 de diciembre, de Fundaciones, por la que se declararán ilegales las asociaciones y fundaciones referidas en el apartado anterior. En ese sentido, serían castigados con pena de prisión de cuatro años y multa de seis a doce meses, quien “públicamente fomente, promuevan o inciten directa o indirectamente el odio, la hostilidad, discriminación o violencia contra las víctimas de la Guerra Civil Española y del franquismo por su condición de tales”; “quienes produzcan, elaboren, posean con finalidad de distribuir, facilitar a terceras personas el acceso, distribuyan, difundan o vendan escrito o cualquier clase de material o soportes que por su contenido sean idóneos para fomentar, promover o incitar directa o indirectamente al odio, discriminación o violencia contra las víctimas de la Guerra Civil Española o del franquismo por su condición de tales”.
Serán castigados con la pena de prisión de seis meses a dos años y multa de seis a doce meses “quien lesione la dignidad de las personas mediante acciones que entrarían en humillación, menosprecio o descrédito de alguna de las víctimas a las que se refiere el apartado anterior por su condición de tales, o produzcan, elaboren o posean con la finalidad de distribuir, faciliten a terceras personas el acceso, distribuyan, difundan o vendan escritos o cualquier clase de material o soportes que por su contenido sean idóneos para lesionar la dignidad de las personas por representar una grave humillación, menosprecio o descrédito de alguna de las víctimas mencionadas por su condición de tales”; “quienes enaltezcan o justifiquen por cualquier medio de expresión pública o de difusión el franquismo, o los delitos que hubieran sido cometidos contra las víctimas de la Guerra Civil Española o del franquismo por su condición de tales, o quienes hayan participado en su ejecución”.
En todos los casos, “se impondrá además la pena de inhabilitación especial para profesión u oficio educativo, en el ámbito docente, deportivo o de tiempo libre, por un tiempo superior entre tres y diez años de la pena de privación de libertad impuesta en su caso en la sentencia, atendiendo proporcionalmente a la gravedad del delito, el número de los cometidos y a las circunstancias que concurran en el delincuente”. La autoridad o los funcionarios públicos que incumplieran esa normativa “serán castigados con la pena de prisión de un año y seis meses a cuatro años y la multa de doce a veinticuatro meses y en la pena de inhabilitación especial para el empleo o cargo público y para el ejercicio del sufragio pasivo por tiempo de nueve a quince años”[113].
Con el advenimiento del nuevo gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez, el proyecto adquiere nueva transcendencia. A ese respecto, poco importa si termina aprobándose o no; lo que importa es el tipo de mentalidad –autoritaria, sin duda- y el programa político que subyace en su contenido, que ya fue impugnado en su momento por el Manifiesto por la Historia y la Libertad firmado por más de doscientos cincuenta historiadores, políticos e intelectuales a mediados de 2018[114]. El jurista José María Ruíz Soroa ha destacado el enfoque “victimal” con que se afronta el pasado: “Se pone en el centro a las víctimas y sus derechos a la verdad, la justicia y la memoria, no a los hechos completos objetivamente ocurridos”. Y señala “la simplificación del pasado” que entraña: al fijarse sólo en las víctimas se desdeña la valoración de las causas reales de su victimización y su contexto. Se pregunta, además, por la definición del concepto de “víctima”: ¿Son víctimas los de ambos bandos o lo son sólo las del bando republicano?. Denuncia asimismo la identificación entre antifascismo y democracia, ignorando las distancias históricas entre el antifascismo conservador o liberal y el revolucionario stalinista. Y señala que el proyecto marca un salto cualitativo en lo referente a la legitimación histórica del régimen actual. Desde 1978, se había legitimado en la “inclusión”, ahora se intenta legitimarlo en “el pasado antifranquista”[115].
No hay la menor duda de que el jurista tiene toda la razón. Con varias décadas de retraso, las izquierdas españolas resucitan el fantasma antifascista/antifranquista como vehículo de legitimación no del actual régimen político, sino de una alternativa de carácter revolucionario cuyo marco histórico no es otro que la República frentepopulista de 1936-1939; y de paso salvar su propia conciencia, mediante la insostenible identificación entre antifascismo y democracia, entre izquierda radical y libertad. Todo un reto, al que es necesario dar respuesta. Aunque a veces me da la sensación de que ya sea tarde. Y es que quizá el panóptico no sea ya una amenaza; es que nos rige.
[1] Michel Foucault, Discurso y verdad. Conferencias sobre el coraje de decirlo todo. Buenos Aires, 2108, pp. 106-107.
[2] B8-0482/2018. Resolución del Parlamento Europeo sobre el auge de la violencia neofascista en Europa (2018/2869. RSP), pp.1-11.
[3] El País, 26-X-2018.
[4] Véase Carlo Galli, El malestar de la democracia. México, 2013. Danilo Zolo, Democracia y complejidad. Un enfoque realista. Buenos Aires, 1994. Guy Hermet, El invierno de la democracia. Auge y decadencia del gobierno del pueblo. Madrid, 2008. Colin Crouch, La posdemocracia. Madrid, 2005.
[5] Chantal Mouffe, Por un populismo de izquierda. Buenos Aires, 2018, pp. 17-18.
[6] Carl Schmitt, El concepto de lo político. Madrid, 2001.
[7] Michael Seidman, Antifascismos, 1936-1945. La lucha contra el fascismo a ambos lados del Atlántico. Madrid, 2017, pp. 31 ss.
[8] Renzo de Felice, Mussolini il duce. I. Gli anni del consenso (1929-1936). Torino, 2010, pp.553.
[9] Véase Jonathan Walker, Operación Impensable. 1945. Los planes secretos para una tercera guerra mundial. Barcelona, 2013.
[10] Véase Maurice Agulhon, De Gaulle, histoire, symbole, mythe. París, 2000.
[11] Annie Kriegel, “Sur l´antifascisme”, en Commentaire nº 50, été 1990, pp. 555 ss.
[12] François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX. México, 1995, pp. 255 ss. Del mismo autor, véase Inventarios del comunismo. Buenos Aires, 2013.
[13] Norman Davies, Europa en guerra, 1939-1945. Barcelona, 2016, pp. 88-89.
[14] Véase Michel Winock, Le siècle des intelectuels. París, 1999, pp. 298-311.
[15] Augusto del Noce, Italia y el eurocomunismo. Una estrategia para Occidente. Madrid, 1978, p. 82.
[16] Slhomo Sand, ¿El fin del intelectual francés?. De Zola a Houellebecq. Madrid, 2017, p. 128.
[17] Véase Slhomo Avineri, “Jabotinski: el nacionalismo integral y la ilusión del poder”, en La idea sionista. Notas sobre el pasado nacional judío. Jerusalen, 1983, pp. 183-213. Véase igualmente, Lenni Brenner, Sionismo y fascismo. El sionismo en la época de los dictadores. Madrid, 2010.
[18] Niall Ferguson, La guerra del mundo. Los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente. Barcelona, 2016, pp. 688 ss.
[19] Norman Davies, Europa en guerra 1939-1945. Barcelona, 2008, pp. 21, 38-39. Véase igualmente en estos aspectos el libro de Giles Macdonogh, Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana. Barcelona, 2010.
[20] Czelaw Milosz, El poder cambia de manos. Barcelona, 1980, pp. 130 ss.
[21] Martin Clark, Mussolini. Personalidad y poder. Madrid, 2007, p. 305.
[22] Véase Danilo Zolo, La justicia de los vencedores. De Nuremberg a Bagdad. Madrid, 2007, pp. 159-161 ss.
[23] Significativamente el legado de Giovanni Gentile es reivindicado por filósofos comunistas como Diego Fusaro, véase Idealismo o barbarie. Madrid, 2017; y Antonio Gramsci. La pasión de estar en el mundo. Madrid, 2018.
[24] Pierre Assouline, L´epuration des intellectuels. París, 1990, pp. 161-162.
[25] Elizabeth Lévy, Les maîtres censeurs. Pour finir avec la pensé unique. París, 2002, pp. 26 ss.
[26] Evelyn Barrish, The doublé life of Paul de Man. New York, 2014. Georges Dumézil, Entretiens avec Didier Eribon. París, 1987. Didier Eribon, “Faut-il brûler Dumézil?. Mythologie, science et politique”, en Revue française du science politique nº 44-2, 1994, pp. 330 ss. Furio Jesi, La cultura de derechas. Barcelona, 1980.
[27] J.A.G. Pocock, “Verbalireing a Political Act. Toward a Politics of Speech”, en M.J. Shapiro, Lenguage and Politics. Firenze, 1982, pp. 38 ss.
[28] Arthur Schopenhauer, El arte de tener siempre razón. Palma, 2015.
[29] Josep Gabel, Ideologies. París, 1974, pp. 77 ss. Leo Strauss, Derecho natural e Historia. Buenos Aires, 2014, pp. 99 ss.
[30] Michel Winock, “Reconsiderando el fascismo francés: La Rocque y los Croix de Feu”, en Los años sombríos. Francia en la era del fascismo (1934-1944). Buenos Aires, 2010, pp. 111 ss. Un ejemplo claro de ese “panfascismo” respecto al salazarismo portugués es la obra de Fernando Rosas, Salazar e o poder. A arte de saber durar. Lisboa, 2015.
[31] Véase Renzo de Felice, Il Fascismo. Le interpretazioni dei contemporanei e degli storici. Bari, 1970.
[32] Susan Sontag, “Fascinante fascismo”, en Bajo el signo de Saturno. Barcelona, 2007, pp. 117-143.
[33] M.M. Rosental y P.F. Iudin, “Fascismo”, en Diccionario filosófico. Montevideo, 1965, pp. 97 ss. Véase igualmente Jorge Dimitrov, Escritos sobre el fascismo. Madrid, 1976, pp. 50 ss.
[34] Georg Lukács, El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo de Schelling a Hitler. Barcelona, 1976.
[35] Theodor W. Adorno, “Estudios sobre la personalidad autoritaria”, en Escritos sociológicos II. Vol. I. Madrid, 2009.
[36] Michel Foucault, Los anormales. Madrid, 2018, pp. 79 ss, 92-94.
[37] Roland Barthes, Leçon. Leçon inaugurale de la chaire de sémiologie litteraire de Collège de France prononcée 7 de janvier 1977. París, 1977, pp. 14.
[38] Michel Foucault, Vigilar y castigar, Nacimiento de la prisión. Madrid, 2012, pp. 227 ss.
[39] Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo con Michael Leeden. Buenos Aires, 1979, pp. 13-14.
[40] Renzo de Felice, El Fascismo. Sus interpretaciones. Buenos Aires, 1976, pp. 30-33, 330-361.
[41] Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo con Michael Leeden. Buenos Aires, 1979.
[42] De Felice, Mussolini, il rivoluzionario. Torino, 1965 p. XXII.
[43] Ibidem, p. 460.
[44] De Felice, Mussolini, il fascista. La conquista del potere, 1921-1925. Torino, 1966, p. 472.
[45] Renzo de Felice, Musolini, il Duce. Lo Stato Totalitario, 1936-1940. Torino, 1981, p. 330.
[46] Véase Emilio Gentile, Renzo de Felice. Lo storico e il personaggio. Roma-Bari, 2003. pp. 28 ss.
[47] Renzo de Felice, Rojo y negro. Barcelona, 1996.
[48] George L. Mosse, “Le Fascisme et la Revolution française”, en La revolution fasciste. Vers una théorie generale du fascisme. París, 2003, pp. 118, 120, 124, 125.
[49] George L. Mosse, “Le Fascisme et Les Intellectuels”, en op. cit., pp. 131-157.
[50] George L. Mosse, La cultura nazi. La vida intelectual, cultural y social en el Tercer Reich. Barcelona, 1973, pp. 12-13 ss. Emilio Gentile, Le fascino del persecutore. George L. Mosse e la catrstrofe de lúomo moderno. Urbino 2007, , pp. 66-67, 88 ss.
[51] Véase Gentile, op. cit., pp. 131-132 ss.
[52] Ernst Nolte, El fascismo en su época. Barcelona, 1969, pp. 25 ss. El fascismo. De Mussolini a Hitler. Barcelona, 1975, pp. 126 ss. La crisis del sistema liberal y los movimientos fascistas. Barcelona, 1972, p. 15 ss.
[53] Ernst Nolte, Después del comunismo. Aportaciones a la interpretación de la historia del siglo XX. Barcelona. Ariel, 1995.
[54] Nolte, La guerra civil europea…, p. 175 ss. Después del comunismo…, p. 75 ss.
[55] Zeev Sternhell, L´Histoire et les Lumières. Changer le monde par la raison. París, 2015.
[56] Zeev Sternhell, La droite revolutionnaire, 1885-1914. Les origines françaises du fascisme. París, 1978. El nacimiento de la ideología fascista. Madrid, 1994, pp. 176 ss.
[57] Zeev Sternhell, Ni droite ni gauche. París, 1985, pp. 98 ss.
[58] El País, 8-III-2016.
[59] Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona, 1992.
[60] VVAA, ¿Tiene futuro el capitalismo?. Buenos Aires, 2015, pp. 119-120 ss.
[61] Enrique Krauze, El pueblo soy yo. Barcelona, 2018, pp. 233 y 235.
[62] Madeleine Albright, Fascismo. Una advertencia. Barcelona, 2018, pp. 26, 30, 301 ss.
[63] Slavoj Zizek, El coraje de la desesperanza. Crónica del año en que actuamos peligrosamente. Barcelona, 2018, pp. 340, 349.
[64] Enzo Traverso, Las nuevas caras de la derecha. Buenos Aires, 2018, pp. 33 y 36.
[65] Rob Riemen, Para combatir esta era. Consideraciones sobre fascismo y humanismo. Madrid, 2018, pp. 25, 31 ss, 42, 63, 64.
[66] Mark Bray, Antifas. El Manual Antifascista. Madrid, 2018.
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[108] Véase Fernando Hernández Sánchez, El buldozer negro del general Franco. Historia de España en el siglo XX para la primera generación del siglo XXI. Barcelona, 2016.
[109] Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo…, p. 76.
[110] Nolte, Después del comunismo…, p. 14.
[111] Stanley G. Payne, El régimen de Franco. Madrid, 1983, pp. 652-654.
[112] Boletín Oficial del Estado nº 910, 27-XII-2007.
[113] PSOE, Proposición de Ley para la Reforma de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre por la que se reconocen y amplían los derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Madrid, 14-XII-2017.
[114] Véase Manifiesto por la Historia y la Libertad, en Kosmospolis, 22-V-2018.
[115] “La nueva memoria”, El País, 20-X-2018.
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Acerca de Pedro Carlos González Cuevas
Profesor Titular de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Fue Becario en el CSIC y en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Autor de las siguientes obras: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España (1913-1936).Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días .La tradición bloqueada. Maeztu. Biografía de un nacionalista español. El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX. Conservadurismo heterodoxo. La razón conservadora. Gonzalo Fernández de la Mora, una biografía político-intelectual. Estudios revisionistas sobre las derechas españolas.
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