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Timestamp: 2020-07-04 19:04:03+00:00

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Conformistas | Diario de IQT
Publicado: 31 julio 2009 en Martín Wong
Imagen: Volveré y seré millones
– Bueno. ¿Y qué hacemos ahora? – preguntó la mujer.
El hombre acaricio a su gato, miró a través de la ventana salpicada por la lluvia y suspiró.
– Pondremos un negocio, pues.
Tras varios años de vender maní tostado por las calles, al fin habían reunido un capital decente para tener lo que llamaban “algo propio”. Sus amigos siempre los creían conformistas y, después de tantos años sin progresar, empezaban a creerlo. Pero como pasa con la mayoría de cosas a las que le tomamos cariño, se resistían a romper el chanchito.
– ¿Y si pasa algo? Necesitamos esos ahorros. ¿Recuerdas cuando el Elmer enfermó de hepatitis y pudimos comprarle las medicinas?
– Pero Elmer ya no está, vieja.
– No sé. No quiero. Mejor no.
Le costó alrededor de un año convencerla de que sus huesos ya no estaban para esos trotes, y cuando alguna mañana no podía levantarse debido a sus piernas varicosas, se lo recordaba aún más. Al fin, una noche, Erlinda se acercó al oído de Miguel y le dijo:
– ¿Y qué quieres hacer con el dinero?
Cinco mil soles, reunidos a lo largo de quince años, tomaron forma en la cabeza del marido.
– Quiero poner una bodega.
Al día siguiente salieron a caminar, pero esta vez sin la bandeja de maníes sobre sus cabezas. Se sentían casi desnudos, relajados y desenvueltos. Se tomaron de la mano cuando pasaron por la cantina donde se conocieron, ella como mesera y él como parroquiano. Eran otros tiempos, pero la taberna no había cambiado nada. Hacía mucho que no salían a la calle solamente a caminar.
Alquilaron una covacha en la avenida más concurrida del mercado y la llenaron de abarrotes de toda clase. Miguel se encargaría de las compras y Erlinda, con su habitual carisma, atendería a sus nuevos clientes.
Uno de los primeros resultó ser un chico bien plantado, de gafas oscuras y maletín ejecutivo. Le hizo un pedido de treinta soles y cuando le extendió la boleta le dijo:
-Ahí no más señora. Soy de la SUNAT.
A Erlinda le tembló súbitamente la mano que sostenía el comprobante. El inspector examinó el pedazo de papel como si fuera un perito en busca de indicios de criminalidad: Nombres,RUC, descripción del negocio, pie de imprenta, numeración. Ya se resignaba a retirarse desalentado cuando decidió comprobar la dirección exacta. La boleta decía: Abtao 481-A, pero la placa en la puerta simplemente decía Abtao 481.
-¿De dónde salió esta letra “A”, señora?
– Ah, es que, joven, esta casa es tiene dos cuartos de alquiler, y para no confundirme con el de al lado, el dueño la dividió en A y B.
– Présteme la autorización de impresión de las boletas.
Erlinda buscó entre sus papeles y encontró lo que le pedía.
-¡Ajá! Dijo el muchacho con aire de triunfo, felicitándose por ser tan meticuloso. La dirección registrada en SUNAT no consigna esa letra A.
-Si, ya lo sé, pero para que los clientes nos puedan ubicar fácilmente y no nos confundan con la bodega de al lado…
-Usted debió poner la dirección tal y como lo indica la orden, señora.
Erlinda le clavó una mirada suplicante. Había escuchado que la SUNAT no reparaba en errores y cerraba tiendas con la misma rapidez con la que alguien dice ¡Dios mío!
– Esta bien -le dijo al fin el chico, luego de darse un pausa de suspenso- Por esta vez la voy a pasar, pero consígase algo para ocultar esa A de allí, o dígale al dueño del local que haga los trámites ante la Municipalidad para dividir su predio.
– Muchas gracias, joven.
– Bien, le voy a dejar esta constancia de descargo para que la lleve cuando tenga tiempo a la SUNAT. Que tenga buen día.
Cuando llegó Miguel, Erlinda le contó su primer encuentro con la autoridad. Este le avisó inmediatamente a su contador, un joven aficionado a empinar el codo. Al leer el documento, dijo muy suelto de huesos:
– ¡Ah, con que esas tenemos. No te preocupes. Así te quieren asustar esos cabrones, pero no pasa nada!
Dicho esto, se guardó el documento en el bolsillo y le anunció que iría mañana a primera hora. Erlinda y Miguel continuaron trabajando. Eran los únicos que abrían desde las seis de la mañana y ya empezaban a tener clientes entre algunas empresas importantes. De seguir así, Miguel pensaba abrir una sucursal en el mismo puerto Masusa para eliminar intermediarios y mejorar los precios.
Seis meses después, cuando ya contaban con dos empleados y habían alquilado la casa de al lado para no perder tiempo y dinero en transportes, les llegó una resolución que les partió por el eje.
Una multa de mil quinientos soles por haber consignado en el comprobante de pago una dirección distinta a la registrada en SUNAT, en flagrante violación del artículo ciento setenta y tantos del Código Tributario.
El contador se deshizo en excusas por no haber descargado el documento y se excedió en improperios contra el Estado, anunciando con mucha pompa que nunca había perdido un solo proceso con la Superintendencia y que con la reclamación que estaba preparando conseguiría la victoria final.
Dicha reclamación, llena de pleonasmos y carente de sintaxis, transcrita de un viejo libro de contabilidad y salpicada de argumentos no jurídicos; si bien para Erlinda y Miguel resultó incomprensible, para los funcionarios estatales resultó aún más abstrusa y resolvieron devolverla por no tener firma de abogado.
Miguel y Erlinda fueron a ver a un abogado que el contador les recomendó. El doc los recibió en su enorme oficina con una sonrisa de gato despensero. Al escucharlos, levantó las cejas y les dijo que no había por qué preocuparse, pues era un procedimiento de rutina y si ellos querían podía llevar el caso hasta el mismísimo Tribunal Fiscal, donde pasarían años antes de que expida sentencia, y mientras tanto el cobro de la multa quedaría suspendido. Les comentó que el error de ambos fue de estrategia, y que debieron consultarlo con un abogado desde el principio.
Cuando le preguntaron por sus honorarios, intimidados por la elegancia del estudio, el doctor les dijo que no se preocuparan, que cuando se trataba de una injusticia latente como ésta, en lo último que pensaba era en cobrarles por adelantado. Miguel y Erlinda respiraron aliviados.
El doctor reformuló la apelación y le dio un nuevo aspecto, con profusión de frases en latín y referencias históricas que llegaban hasta el mismo Justiniano. A su lado, la apelación del contador empírico lucía como una columna de chismes de un periódico de medio pelo. La pareja quedó satisfecha.
Al lunes siguiente, el enorme auto del abogado se estacionó frente a la bodega, y bajaron de él una mujer y dos adolescentes, diciendo que los había enviado el doc a cobrarles por el servicio. Sacaron, arroz, menestras, latas de conserva, salchichas, leche, huevos, jugo y azúcar por un monto de casi seiscientos soles. Miguel y Erlinda veían vaciarse sus anaqueles sin poder hacer nada porque, después de todo, el trabajo estaba hecho.
A estas alturas las rentas de la pareja empezaban a mermar. Tres meses después llegó la resolución de multa, que desestimaba la apelación del doctor. Debido al tiempo transcurrido, el monto de la sanción había ascendido a mil ochocientos soles. El abogado, fingiendo pesar, les dijo que esto agotaba la vía administrativa, mas no la judicial y que si ellos quisieran podrían seguir litigando. La pareja respondió al unísono: no gracias.
Volvieron entonces al contador, que les dijo que lo mejor que podían hacer era aceptar la sanción y acogerse al fraccionamiento. Ahora, aparte de pagar el impuesto mensual (que ascendía a ciento cincuenta soles aproximadamente), debían pagar ciento ochenta soles durante diez meses, lo que quiere decir que sus tributos se habían duplicado, aunque sus activos estén disminuyendo.
Luego de cuatro meses haciendo malabares para poder cumplir con el impuesto y la multa a la vez, vendiendo algunos muebles y deshaciéndose del gato que les hacía gastar mucho en comida, el quinto mes no pudieron cumplir con la obligación, e inmediatamente les llegó una nueva Resolución en la que les comunicaban que, por semejante incumplimiento, acababan de perder su derecho a fraccionamiento, por lo que debían abonar la totalidad de la deuda en el más breve plazo posible o se haría efectiva la cobranza coactiva.
Nuevamente desfilaron entre contadores y abogados, sin que nadie pueda o quiera ayudarles realmente. La bodega se descuidaba cada día más y a veces permanecía cerrada para esquivar al prestamista particular que los había socorrido hace unos meses para mantenerse a flote.
Finalmente, un día ingresó una señora muy elegante que se presentó como la ejecutora coactiva y, con un lenguaje bastante técnico y presuntuoso, les explicó su misión. Hizo un inventario de los artículos y luego cargó con ellos, comunicándoles que su cuenta estaba saldada.
Miguel Paredes y Erlinda Rengifo aún venden maní tostado por las calles, aunque evitan pasar por la calle Abtao. A veces se encuentran con el prestamista y reciben insultos, pero Miguel se reserva la furia para descargarla con el primer imbécil que les diga conformistas.
31 julio 2009 de 5:08 am
notable narracion!!
31 julio 2009 de 6:53 am
Interesante las fotos que ilustran la famosa frase de Tupac KAtari: “Volvere y sere millones” , donde esta De Soto y sus ideas del capitalismo popular?
31 julio 2009 de 10:51 am
Superlativo, Martín, superlativo.
Y que nadie se atreva a decirte conformista.
lalinka dice:
31 julio 2009 de 7:11 pm
definitivamente nadie puede negar que eres un excelente narrador, pero esta vez, a mi parecer, hubieras podido plantear otro motivo de quiebre de la empresa de tus protagonistas, a nadie lo multan por poner una “A” en sus comprobantes, a lo mucho un acta preventiva para la primera vez, ni siquiera se cierran locales sin haber notificado 3 veces, en fin… la historia me gustó. Saludos.
31 julio 2009 de 7:17 pm
Lo que pasa es que Laura Lilia trabajó en la SUNAT y por eso tiene ese aroma de ejercutora coactiva…pero en el fondo es buena chica.
31 julio 2009 de 9:31 pm
Yo no pude terminar de leer el relato, muy deprimente, lo peor es que la realidad es mas cruel que la ficcion, conozco muchas personas como las del relato en la que la burocracia, los juicios, una enfermedad truncan sus vidas. Pero los millones ya se estan dando cuenta de su poder…
ChikitoGrande dice:
31 julio 2009 de 10:00 pm
31 julio 2009 de 10:09 pm
En realidad la vida real es peor, pues no pusiste que para comenzar con el enegocio debes pedir permiso a la municipalidad, tu certificado de seguridad de defenza civil, junto a la SUNAT, y tu licencia de funcionamiento del ministerio de la producccion, y si evades mantener a los funcionarios corruptos, y si quieres ser empresa, debes ir a llorarle a un notario, luego ir a registros publicos. Y todos los procesos son largos, aburridos, tediosos, encima sus funcionarios son corruptos, quieren que les pongas la gaseosa y el cevichito.
Hacer empresa en el Perú, es algo muy complicado, es uno de los paises que menos condiciones da para el fomento de las empresas. Por eso antes habian más, la mayoria quebró. Muchas instituciones del estado te chupan la plata, pero en nada te ayudan.
A pesar de eso la gente se las ingenia, por eso hay miles de empresas informales, pues cuando uno se quiere ser formal, más se trabaja para pagar al estado, y se termina quebrando. Los funcionarios del gobierno desfavorecen el fomento a empresas, peor si eres chiquito.
Ni en la epoca de robin hood, lo gobiernos jodian tanto.
1 agosto 2009 de 3:36 am
Disculpa que te responda con mi alter-ego, pero me da pereza estar cambiando de nick. Pero si, Laurita, la historia es cierta. Y no le pasó a cualquiera, sino al negocio de mis padres, que estuvieron sus buenos meses como Miguel y Erlinda siendo peloteados de burócrata en burócrata. Yo para entonces llevaba Tributario II en la universidad y le consulté a mi profesor, Victor Hospinal, quien me orientó un poco. Si algo aprendí de procedimientos contenciosos-tributarios, fue gracias a él.
Mis viejos se cambiaron de la calle X, número 475, a la calle X, número 475 int. 02. Habían comunicado y realizado el cambio de dirección en los Registros de SUNAT, pero como les sobraban boletas con la dirección anterior (que como ven, casi era la misma) decidieron seguir utilizándolas hasta que éstas se acaben. Ése fue el primer error que les costó la multa. Uno de esos de esos funcionarios que se pasean comprando en bodeguitas por montos mayores a 5 soles un día les cayó por allí. Se dio cuenta de la sutil diferencia de las direcciones, levantó un acta, les dijo que no se preocuparan, pero que cuando tengan tiempo llevaran el documento a “descargar” a las oficinas de SUNAT y se fue. Nunca habló de plazos para hacerlo. Mis viejos le dieron el documento al contador, y éste lo guardó entre sus cachivaches. Ése fue el segundo error. Dos meses después les cayó la noche:
La Resolución de Multa que les impuso la SUNAT se basaba en el artículo 175 inc. 2 del Código Tributario:
“Emitir y/u otorgar documentos que no reúnen los requisitos y características para ser considerados como comprobantes de pago o como documentos complementarios a éstos, distintos a la guía de remisión”.
Si queremos saber cuáles eran éstos requisitos, nos remitimos al Artículo 8º numeral 3 del Reglamento de Comprobantes de Pago, entre otros:
“Dirección de la Casa Matriz y del establecimiento donde esté localizado el punto de emisión.”
El resto pasó como lo relaté en el post: El contador presentó una reclamación monse (se quejaba de la ineptitud del inspector por no mencionar plazos, más que de los fundamentos), se la devolvieron por no tener firma de abogado, se contactaron con uno que resultó más ladrón que usurero en Fiestas Patrias y terminó cobrándoles de una forma poco aceptable, etc.
Muchas prácticas abusivas de este organismo se han institucionalizado, tanto que nadie pregunta por ellas, por ejemplo:
1. ¿Por qué, si estamos exonerados de IGV (Régimen de la Amazonía) sí pagamos IGV por los recibos de Telefónica? Las respuestas que hasta ahora ha dado son puras leguleyadas (la de “personería jurídica” por ejemplo).
2. ¿Por qué los Agentes de Retención no reciben ningún beneficio tributario? Los Agentes de Retención hacen el trabajo por SUNAT, le cobran el impuesto al consumidor, ahorrándoles enorme carga procesal. ¿Por qué estas pequeñas y medianas empresas no reciben ninguna retribución por su trabajo? (no en dinero, sí en beneficios de algún tipo)
De lo que sí no se nada es respecto al número de notificaciones. El C.T. no dice nada. Supongo que las 3 veces que mencionas se refieren a una aplicación supletoria del Código Procesal Civil.
Sé que suelo “ficcionar” mucho Laurita, pero, salvo la ocupación de los personajes y el desenlace, el relato es real. SUNAT siempre hará y deshará gran parte de la vida de sus contribuyentes mientras exista el artículo 62º del Código Tributario:
“La facultad de fiscalización de la Administración Tributaria se ejerce en forma discrecional”
discrecional=no necesariamente sujeta a ley.
1 agosto 2009 de 4:06 am
qué bueno que hayas respondido, aunque sea como Marce, como reconoces al decirlo, el segundo error fue el peor, desde mi punto de vista, si lo hubieran solucionado antes y no se hubiesen confiado del contador la intendencia no habría llegado a extremos, y aunque haya trabajado en la intendencia y todo, uno se da cuenta de los vacíos legales y toda esa vaina que finalmente termina perjudicando a los ciudadanos, por ende, al país, los trabajadores de la entidad recaudadora lo saben, pero deben cumplir con sus deberes. Cumplir las leyes.
2 agosto 2009 de 4:47 am
Buen relato, buena prosa, aunque el desenlace de la historia era previsible.
Huele a baja…

References: resolución 
 resolución 
 Resolución 
 Resolución 
 artículo 175
 Artículo 8
 artículo 62