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Timestamp: 2018-01-23 13:44:45+00:00

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Primera parte de la sesion del 6 de febrero de 1915, en, Cronicas y debates de las sesiones de la Soberana Convencion Revolucionaria, recopilacion de Florencio Barrera Fuentes. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
Sesión del 4 de febrero de 1915
Segunda parte de la Sesión del 6 de febrero de 1915
Lectura y aprobación del acta de la sesión anterior.- Protesta de honor del ciudadano licenciado Ignacio Borrego.- Oficios.- Proposiciones: de los ciudadanos Sergio y Matias Pasuengo; de los ciudadanos Palacios Moreno y José Casta; y de los ciudadanos Samper y Palacios Moreno.- Se aprueba en lo general el dictamen, reformado, de la Comisión Agraria, relativo a la contestación que debe darse al telegrama suscrito por el ciudadano general Rafael Buelna; y en lo particular, se aprueba la primera parte del expresado dictamen.- Orden del día.
Lista, ciudadano Lecona, Reynaldo.
(Lee el acta de la sesión anterior) Está a discusión. ¿No hay quien haga uso de la palabra? En votación económica se pregunta si está suficientemente discutida esta acta. Los que estén por la afirmativa, sírvanse ponerse de pie.
Se recoge la votación. Los que estén por la afirmativa, sírvanse ponerse de pie.
El ciudadano licenciado Borrego ¿se halla presente?
Presente, señor.
Sírvase usted pasar a prestar la protesta.
¿Algún otro delegado está pendiente de otorgar protesta? (Dirigiéndose a las galerias)
(Dirigiéndose al ciudadano Borrego) Protestáis, por vuestro honor de ciudadano armado, cumplir y hacer cumplir los acuerdos de esta Soberana Convención?
Si así no lo hiciereis, la patria os lo demande. (Aplausos)
(En seguida el ciudadano secretario dio cuenta con los siguientes oficios)
Al margen: Un sello que dice: DISTRITO DE CUERNAVACA.
Número 224.
Refiriéndome al respetable oficio de usted, fecha de hoy, en el que se me ordena ponga una persona que se encargue del aseo del teatro de esta ciudad, tengo la honra de manifestar a usted que esta presidencia desde luego ordenó al coronel inspector de Policía, de esta misma ciudad, dispusiera que unos soldados de los que están bajo sus órdenes conduscan mañana mismo, a las 10 a.m., los presos necesarios para que procedan a verificar el aseo de que se trata.
Protesto a usted mi respetuosa consideración.
Cuernavaca, febrero 4 de 1915.
De enterado y gracias.
Al margen: Un sello con el escudo de la Nación que dice: PRESIDENTE PROVISIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS.
En respuesta al atento oficio número 54 que esa Honorable Asamblea se sirvió dirigirme, transcribiendo el telegrama que a ella envió el ciudadano coronel del Ejército Libertador, hoy Convencionista, Zacarías Torres, y en el que este señor pregunta si son de circulación forzosa los billetes emitidos por el ciudadano general Francisco Villa, tengo el honor de participar que he contestado dicho telegrama en el sentido siguiente:
La Soberana Convención Revolucionaria transcribe al Gobierno de mi cargo mensaje de usted, preguntando si son de circulación forzosa los billetes emitidos por el ciudadano general Francisco Villa.
En debida respuesta, tengo el honor de contestarle afirmativamente, encareciéndole dicte disposiciones encaminadas a hacerlos circular, pues la única autoridad que puede invalidarlos es la misma Soberana Convención, y esta Honorable Asamblea los tiene de circulación forzosa y con ellos paga a las tropas convencionistas.
Salúdolo atentamente.
Lo que me permito transcribir para conocimiento de la Soberana Convención, reiterando las seguridades de mi más distinguida y atenta consideración.
Cuernavaca, Mor., febrero 4, 1915.
(Acto continuo, se dio cuenta con la siguiente proposición)
Señores secretarios de la Soberana Convención Revolucionaria.
Para la aprobación de la R. Convención, propongo los siguientes artículos para que si a bien lo tiene, se adhieran al Programa de Gobierno que actualmente se discute en esta Asamblea. Como sigue:
Todas las haciendas y demás bienes intervenidos por los señores generales, jefes o civiles revolucionarios, serán entregadas al Gobierno Provisional que resulte electo, después de treinta días de instalada la convención en la ciudad de México, en la forma y tiempo que la Soberana Asamblea lo determine; dando una ley especial, para cuyo efecto: se publicarán de hecho todos los contratos que los mexicanos enemigos de la Revolución hayan contraído con los extranjeros, enajenando o hipotecando sus bienes, para librarse del castigo que la Revolución necesariamente les impondrá, por su traición al pueblo mexicano sosteniendo con las armas y con su ayuda pecuniaria a un Gobierno ilegítimo.
Quedan elevados a la categoría de ley los principios del Plan de Ayala, aprobados en esta Asamblea en Aguascalientes. Y para que sea conocido el referido Plan por todos los mexicanos, se insertará al reverso de este Programa.
Se dará una ley equitativa para socorrer a las viudas, huérfanos e inválidos que comprueben debidamente que hayan quedado en esas condiciones, como resultado de la guerra, al partir del cuartelazo de Victoriano Huerta; quedando también incluidos con el goce de estas prerrogativas, las viudas, huérfanos, etc., que resulten de la guerra contra los infidentes a la Convención.
Los socorros de referencia consistirán en el pago de medios haberes, conforme a los grados militares que en vida tuvieron los fallecidos.
Cuernavaca, Mor., marzo 5 de 1915.
S. Pasuengo (rúbrica).
M. Pasuengo (rúbrica).
La Mesa, por conducto de la Secretaría, pregunta a esta H. Asamblea si considera el asunto de urgente y obvia resolución.
Los que estén por la afirmativa, sírvanse ponerse de pie. No se considera de urgente y obvia resolución.
A la Comisión de Programa.
Yo creo que no han entendido bien la pregunta los señores delegados.
La Mesa pregunta a esta H. Asamblea si considera este asunto de urgente y obvia resolución.
Pido la palabra, para una moción de orden. Creo que esto se debería tratar después de haberse tratado el asunto que desde hace dos días ocupa nuestra atención, y que también se consideró de urgente y obvia resolución; después se preguntará si es de obvia resolución el que ahora se consulta, porque si en estos momentos la Asamblea resolviera que sí era de urgente y obvia resolución, entonces dejaríamos pendiente el otro.
La Mesa me ordena suspenda la lectura para después que se termine el asunto que se está tratando. En consecuencia, queda pendiente la lectura.
(El ciudadano secretario dio lectura a la siguiente proposición)
Los que subscriben, se permiten someter a la Asamblea, suplicándole la considere de pronta y obvia resolución, la proposición siguiente:
Siendo notorio que la prolongada discusión origina cansancio y fatiga a los ciudadanos delegados, cansancio y fatiga claramente demostrados con el abandono del salón que hacen muchos de ellos, nos permitimos suplicar a la Asamblea qué, si a bien lo tiene, se sirva disponer por conducto de la Mesa Directiva, que las sesiones ordinarias de la Convención, tendrán como duración máxima un período de tres horas, las que podrian ser completa y fructuosamente llenadas, si a la vez se dispone que los señores delegados concurran puntualmente, y como es su deber, a la hora exacta fijada para la apertura de las sesiones.
Cuernavaca, Mor., febrero 4 de 1915.
José Castro (rúbríca).
G. Palacios Moreno (rúbrica).
La Mesa, por conducto de la Secretaría, pregunta a la Asamblea si considera de urgente y obvia resolución este asunto.
Pido la palabra para una moción de orden. Es el mismo caso el de esta moción, que el de la anterior. Después que se haya discutido la que quedó pendiente y que fue declarada de pronta y obvia resolución, entrará ésta, en el turno que le corresponda.
La Mesa ordena a la Secretaría pregunte a esta H. Asamblea si considera de pronta y obvia resolución este asunto.
No se considera de pronta y obvia resolución; pasa a peticiones.
(En seguida se dio cuenta con la siguiente proposición)
Por considerarlo de obvia y pronta resolución, pedimos a la Asamblea que nombre como suplentes de la Comisión de Gobernación, a los ciudadanos: Ignacio Borrego, A. Díaz Soto y Gama, Mauricio Contreras, pues el proyecto de ley que propone se declare Asamblea Legislativa esta Convención, no puede discutirse por falta de dictamen, provocada porque los actuales miembros de Gobernación son los que subscriben el proyecto, y así en otros casos.
Cuernavaca, febrero 6, 1915.
Palacios Moreno (rúbricas).
(Voces: no se entiende)
Pido la palabra, para una interpelación a la Mesa. Para que se sirva manifestarme si en caso de que aprobemos una de estas mociones como de urgente y obvia resolución, pasamos a discutirla inmediatamente.
Pues entonces queda trunca la moción que aprobamos de urgente y obvia resolución.
La Mesa consulta a la H. Asamblea si considera este asunto de urgente resolución.
No se considera de urgente y obvia resolución.
Los subscritos, como miembros de la Comisión Agraria, tenemos el honor de presentar a la Honorable Convención, el siguiente dictamen, acerca del telegrama que con fecha 2 de enero último, dirige de Tepic el señor general Rafael Buelna, consultando a la Soberana Convención, qué debe hacer con varias haciendas y fincas que fueron intervenidas por el general Dosal y que en vez de producir utilidades al Erario, le causan pérdidas, por no dar su administración lo suficiente para los gastos de ellas.
La Comisión, para resolver sobre el particular, tiene en cuenta, desde luego, que en la duda de si se trata de amigos o de enemigos de la Revolución y al no saberse si las propiedades han sido bien o mal habidas, resulta perfectamente lógico el sistema de la intervención provisional de las fincas, el cual, a más de garantizar debidamente los intereses de la Revolución, tiene la inmensa ventaja de privar desde luego a los enemigos de la misma, de la inmensa fuerza que proporciona la posesión de la tierra, que seria absurdo dejar en manos de la reacción, en los precisos momentos en que ésta tiene que hacer el último y supremo esfuerzo contra una Revolución que ataca de frente sus intereses.
Aparte de esto, la Comisión toma en consideración el precepto bien claro del articulo 6° del Plan de Ayala, según el cual, todos los terrenos reclamados por los pueblos deben devolverse sin tardanza a éstos, conforme a los titulos primordiales respectivos, y en cuanto a los hacendados que no estén conformes con esta devolución, deberán acudir a los tribunales especiales que muy en breve deben establecerse, para que ante ellos se dirima la cuestión fundamental de saber si los hacendados despojaron a los pueblos, con un pretexto o con otro, o si, con excepción que rara vez se realiza, adquirieron legitima y honradamente el todo o parte de las propiedades reclamadas por el pueblo respectivo.
La importancia de estas consideraciones sube de punto, tratándose de una región como el Territorio de Tepic, en la que los abusos y extorsiones de los hacendados han revestido caracteres increibles, entre otras cosas por el atractivo que para ellos ejerza la excesiva fertilidad de la tierra, que ansiosamente ambicionaban, sin detenerse ante ninguna consideración de humanidad o de justicia, con tal de ampliar y hacer crecer siempre sus feraces dominios, que en aquella comarca han llegado a constituir verdaderos latifundios, devoradores de la felicidad de los pueblos comarcanos.
Por lo que respecta a la anomalia bien singular de que, no produzcan utilidades y si pérdidas, unas fincas situadas en plena tierra caliente o en la región costeña del Pacifico, bien conocida por su asombrosa feracidad, y en momentos en que los cereales y todos los artículos agrícolas alcanzan precios fabulosos, la Comisión no cree pecar de temeraria, al suponer que ese gravamen que resulta al Erario de Tepic, proviene única y exclusivamente de la dispendiosa o incorrecta administración de las fincas de campo, pues siempre ha sido un magnífico negocio el de la agricultura, tanto en Jalisco y Michoacán, como en Tepic, Sinaloa y Sonora. Por tanto, sólo en el caso de que los sueldos o ganancias de los administradores sean exorbitantes, o su desidia excesiva, puede comprenderse que haciendas riquísimas produzcan pérdidas en manos de la Revolución, cuando en todos tiempos han engendrado la opulencia en sus detentadores.
Ese mal es, pues, corregible con una buena gerencia, que no es imposible, si el Gobierno de Tepic toma empeño en dirigir más acertadamente la explotación de las fincas mencionadas.
Por todo esto, e inspirados en el espíritu del Plan de Ayala, que rectamente se encamina a la destrucción del latifundismo, siempre pernicioso, y al remedio inmediato de las injusticias seculares de que han sido víctimas en todo el país las comunidades de indígenas, los subscritos creen de su deber más estricto, someter a la H. Asamblea las siguientes resoluciones:
Primera. En contestación a su telegrama de 2 de enero último, dígase al ciudadano general Rafael Buelna, que debe respetar la intervención de las fincas y haciendas del Territorio de Tepic, decretada con anterioridad por las autoridades revolucionarias, con la salvedad de que los terrenos que reclamen los pueblos, deben ser devueltos desde luego, conforme al artículo sexto del Plan de Ayala, para que de ellos tomen posesión inmediata los vecinos de cada localidad.
Segunda. Dígase al mismo ciudadano general, que es de su deber introducir en la administración de dichas fincas y haciendas, todas las reformas y economías que sean necesarias, para que, además de retribuirse debidamente el trabajo de los labradores se eviten pérdidas al Erario.
Tercera. Transcríbase al repetido señor general Buelna, integramente, el presente dictamen.
Sala de Comisiones en Cuernavaca, a tres de febrero de mil novecientos quince.
A. Díaz Soto y Gama (rúbrica).
Fco. R. Velázquez (rúbrica).
J. Castro (rúbrica).
Está a discusión en lo general el dictamen, modificado en los términos en que se acaba de dar lectura.
Los subscritos, miembros de la Comisión Agraria, modificamos nuestro dictamen en el sentido de la discusión habida ayer tarde, y sometemos a la H. Convención, las siguientes proposiciones:
Primera. Dígase al ciudadano general Rafael Buelna, en respuesta a su telegrama de dos de enero último, que en vista de los malos resultados de la intervención de las fincas rústicas del Territorio de Tepic, deben ponerse todas las tierras a disposición de los campesinos o antiguos jornaleros de las haciendas, sin más taxativa que la de que nadie podrá recibir mayor extensión que la que pueda cultivar personalmente. Quedan exceptuados los ejidos y terrenos de común repartimiento de los pueblos, los cuales serán devueltos inmediatamente a éstos, para que procedan a repartirlos entre los vecinos de cada localidad, que serán los únicos que tendrán derecho a tomar parte en esa distribución.
Segunda. Para ese efecto, se constituirá en cada Municipio una Junta Agraria que será nombrada por el voto de la mayoría de los vecinos del mismo Municinio. Dicha junta efectuará la distribución de los ejidos y de los terrenos de las haciendas, conforme a las disposiciones que preceden, prefiriendo siempre a los campesinos más necesitados, a los que proveerán de semillas e instrumentos de labranza, si por sí solos no pueden proporcionárseles. Las autoridades superiores del Territorio, cuidarán, por lo mismo, de que no falten esos elementos a las juntas locales.
Tercera. Los labradores, al recoger la cosecha, devolverán a la Junta Agraria respectiva, el importe de las semillas que hayan recibido para la siembra y pagarán, además, al Erario, una contribución que no exceda del tres por ciento del producto bruto;
Cuarta. En caso de que las Juntas Agrarias no puedan proporcionar aperos y semovientes, a todos y cada uno de los campesinos que los necesiten, proporcionará esos elementos a grupos de labriegos, a fin de que cada grupo, utilice en común los útiles y las yuntas.
Quinta. Estas disposiciones regirán en tanto que la Revolución acuerda definitivamente la confiscación, o la expropiación en su caso, de las propiedades del Territorio, así como el subsecuente reparto de esas tierras, de una manera definitiva.
Sala de Sesiones de la Soberana Convención en Cuernavaca, a cuatro de febrero de 1915.
Fco. R. Velázquez.
Pido la palabra, para una moción de orden. Se ha dado lectura a tal cantidad de documentos y proposiciones, que, fracamente, no entiendo qué es lo que está a discusión; no se entiende nada. Yo rogaría a la Secretaria que procediera con más orden.
Es necesario que la Asamblea sepa cómo andan las cosas.
La regla es que se ponga a discusión el dictamen; todo lo demás, vendrá después.
Pido la palabra, para una moción de orden. Los señores firmantes del dictamen lo modificaron en el sentido en que lo acaba de leer el señor Lecona; para que esa modificación pueda hacerse, se necesita que la Asamblea llene la formalidad de dar permiso a los firmantes para que retiren su primer dictamen.
La Mesa, por conducto de la Secretaría, pregunta a la H. Asamblea si permite a la Comisión Agraria retirar su dictamen para presentar éste, al que voy a dar nueva lectura.
(Repite la lectura del dictamen, modificado)
La Mesa me ordena que suplique a los señores delegados que deseen pedir la palabra en pro o en contra, se sirvan pasar a inscribirse.
Tiene la palabra el ciudadano Filiberto Sánchez.
El C. Sánchez
Hay que agregar una cosa en ese dictamen: la repartición de las tierras debe ser a vecinos mexicanos, porque puede haber en esos pueblos ciudadanos americanos, ingleses, franceses, alemanes, etc., etc. ...
La Mesa me ordena diga al ciudadano Sánchez que el dictamen no está a discusión en lo particular, sino en lo general.
Suponiendo eso, debe hacerse constar desde ahora mi observación.
¿No hay quien haga uso de la palabra? (Voces: que lo funde uno de sus autores)
Suplico a los señores delegados que deseen hablar en pro o en contra, que pasen desde luego a inscribirse, para que por riguroso orden les sea concedida la palabra.
Vuelve la Mesa a suplicar a los señores delegados que deseen tomar la palabra, que se sirvan pasar a inscribirse.
¿Quién desea hablar en contra?
No hay contra.
Sí señor, yo hablaré en contra; pero antes deseo que alguno de los señores fírmantes del dictamen tenga la bondad de fundarlo, para oír algunas razones.
El. C. Nieto
Pido la palabra, para una moción de orden. El dictamen no necesita fundamento, desde el momento en que está reformado en el sentído de la díscusión pasada; de manera que ¿para qué se va a volver a perder el tíempo en fundarlo nuevamente? (Voces: bueno; aplausos)
Pues entonces, tiene usted la palabra en contra, si no renuncia usted a ella.
El debate del otro día, como dice el señor Nieto, dio margen a este nuevo dictamen.
De la misma manera como lo impugné la vez pasada, vuelvo a impugnarlo ahora; yo creo que no merezco títulos de reaccionario o de burgués, como se acostumbra; simplemente me opongo a ese dictamen porque, vuelvo a repetir, está hecho sin conocimiento de causa. Los señores que han dictaminado lo han hecho sin base alguna. Se dictamina de una vez para todos los casos en general, y no se singulariza exelusivamente el caso del Territorio de Tepic.
En el Territorio de Tepic existen grandes haciendas azucareras y productoras de arroz, en su mayor parte, y esas grandes haciendas pertenecen en su mayoría a empresas extranjeras, entre otras, si mal no recuerdo, la Casa de Lonnergan and Stanfford, y además, hay otra cuyo nombre no recuerdo en estos momentos. Por tal concepto, ese reparto de tierras y ese reparto de 3 por 100 de utilidades, y esa provisión de aperos, arados y todo eso lo han hecho los señores signatarios del dictamen, sin siquiera darse cuenta de lo que existe en Tepic; como digo, no me opondría al dictamen, si se tratara de generalizar; pero aquí se trata de un caso concreto que consulta el señor general Buelna; ¿por qué festinar tanto este asunto, señores?
Ya me figuro que dentro de un momento vendrán los nuevos oradores a hablar de tierras, como el otro día, y no se concretará ninguno al dictamen, ni tendrán en cuenta que se trata de un caso concreto, relativo a la pregunta del señor general Buelna.
Yo suplicaría a la Asamblea que tomara en consideración esos detalles, y que no por un telegrama tan corto como el del señor general Buelna, sin ninguna clase de datos, y que sólo se refiere a las haciendas que intervino el señor general Dosal, vaya a tomar una resolución quizá tonta y absurda.
¿Por qué no esperamos un poco de tiempo, señores, a fin de que se nos den mayores detalles, y entonces se pueda dictaminar en mejor forma?
En mi concepto, procediendo en la forma en que se pretende, la Asamblea será responsable de haber incurrido en el absurdo de ordenar al señor general Buelna, sin conocimiento de causa, que proceda a hacer el reparto de esas tierras.
Insisto en suplicar a la Asamblea que reflexione y que convenga conmigo en que nada tiene de particular que demoremos este dictamen unos días más, a fin de poder resolver con toda conciencia.
Seamos firmes en nuestros pasos; que la Asamblea no se sugestione por las frases oratorias del señor Méndez, que va a tomar la palabra en pro, ni por las de ningún otro orador, porque seguramente nos van a hablar de las tierras y de los latifundios. Dejen a un lado las frases galanas y fíjense en el punto de partida exclusivamente.
Por tal motivo, señores, ruego a la Asamblea que deseche en lo general el dictamen, y que esperemos tener mayores datos para dictaminar como Dios manda.
Siento mucho que al compañero Casta le moleste que hablemos de tierras; pero juro por mi honor de ciudadano armado, que mientras esas tierras no se repartan, estaré como una aguja, punzando a los señores delegados del contra.
Ellos dicen que el problema agrario no era el principal motivo de la Revolución, y yo digo que es lo que nos ha hecho levantamos en armas ...
Yo estoy de acuerdo en lo general, pero no en casos concretos.
El problema agrario es lo que ha motivado principalmente el gran movimiento revolucionario que nosotros representamos en esta H. Convención; y por mi parte, estoy resuelto a defender hasta el último momento el reparto de tierras, hasta que diga no hay hacendados en la República Mexicana, nadie es dueño de la tierra, y a la hora que sintamos ganas de trabajar vayamos a coger un pedazo de tierra, a trabajarla y a ganarnos el pan para nuestros hijos.
Con lo que voy a decir, no trato de satisfacer al ciudadano Casta y a los demás señores; voy a referirme al dictamen en la parte que dice que los ejidos deben ser devueltos a los pueblos. Esto se halla consignado en el Plan de Ayala, y no encuentro por qué el señor Casta refuta en ese punto el dictamen, porque en la vez pasada dijeron que nosotros, no obstante ser defensores del Plan de Ayala, no combatíamos un dictamen que era perfectamente burgués.
Por lo que se refiere a que el dictamen está hecho sin conocimiento de causa, debo decir que de todos nosotros, o cuando menos de la mayor parte, son conocidos una gran parte de los hacendados de la República, sean mexicanos o extranjeros. Y que nuestras resoluciones deben ser aplicadas a unos y a otros, sean mexicanos o extranjeros; sean divinos o humanos, porque los extranjeros, en todas las partes del mundo, son lo mismo de canallas, sinvergüenzas, explotadores, ambiciosos y enemigos de la humanidad; porque entre un extranjero burgués y un mexicano burgués, no hay más diferencia que el origen, pero todos vienen a ser causantes del mismo dolor para el pueblo y para la humanidad. ¿Qué explotador es bueno, sea extranjero o nacional? Ninguno: todos tienden a explotar al mexicano; a ejercer una odiosa superioridad, a pesar eternamente sobre la humanidad.
La cuestión de que haya extranjeros en el Territorio de Tepic, que estén en posesión de terrenos, no debe preocuparnos, porque, si esa va a ser nuestra dificultad, debemos, señores, desde luego, abandonar el problema y devolver las tierras a los latifundistas, porque seguramente el medio de que ellos se valdrán para evitar que les quitemos sus propiedades, será el de venderlas a extranjeros, para que no se las quiten, y entonces la Revolución quedará burlada y el problema agrario quedará pendiente, y todo el pueblo, el infeliz pueblo que derrama su sangre en pro de las tierras -no hablemos ya de las libertades, que tierras es lo que necesitamos- entonces el pueblo quedará burlado.
Sobre todo, dije una vez que estoy dispuesto a sostenerlo y llevarlo a cabo en esta Convención, y en cualquier terreno, y a todo trance, que debemos satisfacer nuestras necesidades, conquistar nuestros derechos, pésele a todos los extranjeros; porque si vamos a vivir sujetos a los ingleses, alemanes o a cualquier otro pueblo que intente arrebatar nuestras tierras, entonces digamos que no podemos resolver nuestro problema y quedaremos reducidos a la miserable condición de esclavos, como lo somos ahora, porque antes siquiera comíamos, empujados por el látigo del Caudillo; hoy, señores, nadie nos golpea, nadie nos espolea ni nos da de chicotazos, pero vamos empujados al trabajo, con disgusto, con repugnancia, arrastrados por el hambre, y si no le damos a este infeliz pueblo lo que necesita para independizarse de los nacionales y extranjeros, ¿qué vamos a hacer con aquellos a quienes hemos puesto el nombre de burgueses?
En consecuencia, no encuentro por qué el compañero Casta dice que se procede sin conocimiento de causa; ¿quién no conoce que en Tepic no se anda día y medio a caballo, sin pasar por un predio de Don Fulano de Tal? ¿Qué, las condiciones de Tepic, son distintas de las de Morelos, o de las de México? No, los hacendados son los mismos, sólo que tienen la sutileza de sujetarse a las condiciones de los pueblos, para portarse lo más villanamente posible.
En consecuencia, yo creo que el dictamen de la Comisión es perfectamente razonable, es perfectamente justo; sobre todo, este dictamen no es definitivo, y, sobre todo, se particulariza el caso, porque se pregunta a un jefe, a una persona, cómo se debe solucionar el problema en determinada parte del país. Ya estamos a punto de resolver este problema, y lo va a resolver la Comisión de Programa; pero, entre tanto, necesitamos contestarle al señor general Buelna, de qué manera no se seguirán explotando esas haciendas por el general Dosal y causando perjuicios a la Revolución; si la junta va a ser solamente regional, ¿para qué más perder el tiempo en discutir un asunto que se va a resolver conforme a las circunstancias, conforme a las necesidades de cada pueblo? Yo no creo que debamos tratar más este asunto, si la Comisión tiene ya en sus manos el problema y está a punto de estudiarlo. Si prolongamos de una manera indefinida esta discusión y seguimos ofendiéndonos o poniendo obstáculos, indudablemente que no resolveremos asuntos de importancia, y entonces sucederá que a las ocho de la noche estamos perfectamente cansados y todos los delegados se van, sin haber cumplido con su deber, y deben entonces llevar la conciencia intranquila.
¿No hay quién quiera usar de la palabra, en contra? Pasen a inscribirse los que quieran hacer uso de la palabra.
¡Pido la palabra en contra.
Antes de hacer uso de la palabra, ruego a la Secretaría se sirva dar lectura al mensaje del general Buelna.
El mensaje que dirige el señor general Buelna, dice así:
(Telegrama).
Tepic, 2 de enero, 1915.
Presidente Soberana Convención Militar, Cámara Diputados.
Hónrome participar a usted que general Dosal tenía intervenidas en este Territorio varias haciendas y fincas, las cuales, lejos de producir utilidades al Erario, las restan, por no dar su administración lo suficiente para los gastos de ellas. Suplico a usted, respetuosamente, se sirva decirme si puedo hacer devolución de dichas fincas, a reserva de cumplimentar las leyes que a este respecto dicte Soberana Convención.
Su subordinado y amigo.
El Jefe Político y C. Militar del Territorio, general Rafael Buelna.
Yo impugno en general el acuerdo de la Comisión dictaminadora, pOrque he observado que en su mayoría, o en su totalidad, es casi una ley la que se expide en ese acuerdo, que mañana será desvirtuada, cuando se acuerde una ley agraria general para la República.
En el Norte, en la región lagunera, fui comisionado para confiscar las tierras de los enemigos y para repartirlas a mi juicio; me dirigí al Distrito de Parras, y allá confisqué las tierras de los enemigos. Tuve al principio la intención, como me lo habían aconsejado los jefes que me mandaron, de repartirlas a los pobres; pero estudiado serenamente el caso comprendí que de hacer yo un reparto, quizá mañana sería desvirtuado por una ley que se hiciera y buscaría a la causa enemigos, o, por lo menos, descontentos, y con tal motivo, esas tierras se les repartieron a los trabajadores, a los labriegos, dejando al Erario la cuarta o quinta parte, según fueran, de temporal o de riego.
Yo creo que nosotros, en este caso, no debemos proceder tan extensamente como lo hacen en el dictamen los señores miembros de la Comisión Agraria, hasta tanto que no estudiemos el caso relativo al problema agrario, cuya resolución se presta a muchos errores; si nosotros, con poca deliberación, vamos a someter un caso como el que se nos presenta, es indudable que no todos lo acatarían.
Ya la Asamblea lo debe conocer, y todos los que hayan estudiado nuestro territorio lo saben, que el caso no es el mismo en Chihuahua que en Morelos, ni es lo mismo en Morelos que en Jalisco; yo, en un proyecto de ley agraria muy compendiado que le presenté al señor general Villa, en Chihuahua, y cuyo proyecto publiqué, puse una cosa que era lo que deseaba el general: la expropiación de tierras; pero mientras se podía hacer esa expropiación y el reparto correspondiente, se acordó que podrían cultivarse las tierras, porque lo primero era no perder el producto, encargando el cultivo a administradores puestos por la Revolución, o dando los terrenos a un partido insignificante; pero de ninguna manera que se entendiera que las tierras que se prestaban ya pertenecían al que las trabajaba, sino que se quedaban para repartirlas según el proyecto de cada Estado.
En el presente caso, opino que se le conteste al general Buelna en términos más concretos, diciéndole que las tierras de las haciendas intervenidas sean cultivadas por una Comisión; que se nombre una Comisión, ya sea para que las cultive o para que las dé a partido de los agricultores pobres de la región; pero en forma siempre que se entienda que estas tierras no han sido dadas en definitiva, sino que las están cultivando.
Eso dice el dictamen ...
¿Está usted fundándolo?
He dicho que no se interprete que esas tierras ya se les repartieron. (Voces: Ya lo dice)
Pues si lo dice, entonces hablo en pro.
Parece que los señores impugnadores del dictamen, toman en consideración lo siguiente: que ese dictamen, o mejor dicho, las disposiciones de ese dictamen, tienen fuerza de ley; pero en el momento que se dé esa ley, estas disposiciones dejan de existir; dicen que se sienta un precedente; pero es un precedente que me parece a mí de consecuencias sumamente desastrosas, y como no estamos en condiciones de resolver enfáticamente el problema, creo, pues, que podemos resolver el problema en esa forma, que me parece ser de las menos malas, sin decir por eso que es buena; yo sería impugnador si fuera definitiva, y gastaría mi saliva diciendo que no es buena; pero para resolver el problema actual, me parece que es la única fórmula que podemos aceptar.
Tiene la palabra, el ciudadano Méndez.
Ya no hay impugnadores del dictamen, y creo que ya sólo podrían hablar los oradores del pro.
Están inscritos en el pro y en el contra otros señores, y suplico al señor Casta que pase a convencerse del número de los que están inscritos en el pro y en el contra.
¿Tengo el uso de la palabra, señor presidente?
Sí, señor, tiene usted la palabra.
He oído con no poca sorpresa ... (Voces: más recio, porque no oyen los señores taquígrafos)
Decía, ciudadanos delegados, que me han causado extrañeza las impugnaciones que los ciudadanos Casta y Quevedo han hecho.
Cuando oí hablar al ciudadano Casta, me parecía que oía hablar al apoderado de las compañías americanas de Tepic, y cuando oí al compañero Quevedo, me parecía oír hablar al jefe de las Comisiones, a quienes debían darse para su explotación las haciendas.
Creo que uno y otro han estado desatinados en sus consecuencias. El compañero Casta nos decía, como argumento principal, que estas eran cosas imposibles. Al compañero Casta le parece una cosa imposible que se devuelva al pueblo lo que es del pueblo; pero lo más imposible que le ha de parecer, es que el pueblo haya conquistado con su sangre y con su esfuerzo eso que le correspondía, y que haya sido necesario usar la fuerza para hacerlo efectivo. El compañero Casta parece que habla como cuando, según me han dicho, era agente viajero de una de esas, compañías. No es impugnación personal al compañero Casta, es sólo una índicación que he oído a algunos compañeros, que dicen conocer al compañero Casta, a quíen, por lo demás, yo considero muy honrado; pero si ha desempeñadb esa comisión hace tiempo, tiene perfectamente imbuido el espíritu comercial y no ha podido dejarlo en la puerta.
Pido la palabra, para contestar una alusión personal.
Para esclarecer al compañero Méndez, que nunca he sido agente viajero en mi vida; y para desmentir un hecho falso: el señor Méndez asegura que he dicho que es imposible que se repartan las tierras, y es falso, yo no he dicho eso.
Repito al compañero Casta, que no lo conozco, que tan sólo me hago eco de lo que oí, que era agente viajero de algunas compañías; pero las cosas falsas, sí las dijo, y el compañero Casta olvida lo que acaba de decir: nos dijo que no fuéramos a hacer cosas imposibles. Uno de los argumentos, una de las razones principales que en su criterio pesan, es que son compañías extranjeras; parece que ve un coco inmenso que está con las fauces abiertas para devorarnos, y yo apelo al patriotismo de los señores delegados en este caso; si se tratara de un peligro extranjero, yo sería uno de los que estuvieran dispuestos a sacrificarse en aras de la Patria; cuando una compañía extranjera se interponga, debe ser arrollada sin temor a las consecuencias.
Puede tener la seguridad el ciudadano Casta, al mismo tiempo, que una reclamación más o menos de las potencias extranjeras no pesaría más en los destinos nacionales; ¡bastantes reclamaciones va a haber!, y si por ese temor nos vamos a parar; más valía llamar a los cientificos que se hallan en Europa, y a los científicos que están en la capital, para que vengan a tomar definitivamente las riendas del Gobierno en el país.
El último argumento me ha dejado perplejo, quiere el compañero Casta que hagamos las cosas como Dios manda, parece que en esos momentos estaba hablando el señor Mora y del Río (risas), y no un señor delegado de la Convención, no un revolucionario; yo quiero que las cosas se hagan como lo manda el Derecho y la Revolución y el Pueblo lo exigen, y como lo logrará la Revolución, a pesar de todo. (Aplausos)
Los ciudadanos que entienden más de cuestiones políticas que de cuestiones sociales, no conceden la importancia que tiene a la cuestión agraria. Claro es que al lado de esta cuestión se hallan cuestiones políticas, pero subordinadas a la primera. Hay otras cuestiones sociales que concurren a las causas de la Revolución; pero la causa principal es la cuestión agraria y hace unos cuantos minutos un ciudadano extranjero, que nos honra con su presencia, me decía: ahora o nunca; si no se acaba con el latifundio, la Revolución se habrá perdido, y el pueblo seguirá tan miserable como antes; señores, no nos detengan las naciones extranjeras, ya se trate de un individuo de allende el Bravo o de la vieja Europa, quien quiera que se haya posesionado de nuestras tierras esencialmente los españoles y algunos de otros países de Europa; son ellos los principales latifundistas y, por consiguiente, los principales causantes de la Revolución. Ahora o nunca, como me decía hace un momento el ciudadano extranjero a quien me he referido. No hay que temer a las consecuencias. El ciudadano extranjero a que me refiero tiene un perfecto conocimiento de las cuestiones mexicanas y piensa muy ampliamente.
El dictamen fue también impugnado por el ciudadano Quevedo, que nos proponía una cosa muy simpática, y que, según él, se ha podido hacer ya en otras partes, creo que en la región lagunera; que esas tierras se dieran a partido o a comisión, de manera que ese partido, comisión o como quiera llamársele, no era ni más ni menos que facilitar la manera que muchos de los compañeros impugnaron, con la que se han convertido en terratenientes esos comisionados; es seguro que esas comisiones serían acaparadas por muchos científicos que se han valido de la fuerza de las armas para defender sus propiedades, como lo han hecho algunos señores en el Estado de Guanajuato, que se han levantado en armas, que se han hecho revolucionarios, con la intención exclusiva de defender sus propiedades.
Así, pues, para no descarriarme, para no irme por los cerros de Ubeda, como lo ha hecho el ciudadano Casta, y por más que no logre arrancar aplausos de las galerías, me concreto al dictamen, y como punto de partida, tomo las cuestiones agrarias, y como base, la siguiente: las tierras, en lo futuro, deben ser de los que las trabajen; y ese futuro, señores delegados, no está muy lejano.
Después de estas discusiones, se va a tratar, en las naciones extranjeras, y principalmente en Francia, de las cuestiones agrarias bajo el mismo punto de partida, esto es, que las tierras deben ser de los que las trabajan, y no de unos cuantos, como sucede en México, que por el simple hecho de ostentar títulos que datan de 1521, cuando por la fuerza armada se posesionaron de toda la República, creen que tienen derecho a poseerla; esos son los derechos que se alegan a la posesión de las tierras, y esos son los derechos que tienen unos cuantos extranjeros, a quienes tanto teme el señor Casta. Partiendo de ese principio, debemos dar la tierra a los que la trabajan. El acuerdo a discusión no tiene más carácter que el de provisional, se trata de hacer lo que tan sencilla como elocuentemente decía el señor Marines el otro día: déjese al indio en libertad de trabajar. No se le puede proporcionar todo lo necesario, pero con un azadón, con una pala o con un pico, muchos de los revolucionarios irían a cultivar sus parcelas, que, seguramente, les producirían lo suficiente para comer ellos, los que la trabajan, y para comer nosotros, que no la trabajamos. Yo creo que lo más conveniente es que se resuelva la cuestión provisionalmente.
Al impugnar ese dictamen, algún señor dijo que ese acuerdo tenía el carácter de ley; ojalá y que la Convención declarara que ese acuerdo se hiciera extensivo no sólo a Tepic, sino a otras partes de la República; pero ésa es una cuestión secundaria que trataré en otra sesión.
El dictamen no tiene punto vulnerable, sino para los pusilánimes, para los que tienen miedo a las naciones extranjeras, para los que tienen espíritu comercial muy arraigado, pero no para nosotros, los que nos llamamos radicales en una asamblea verdaderamente socialista, y quizá yo propondría otra cosa, que espantaria a los compañeros (siseos) ...
Señores, unas pocas palabras más para terminar: decía yo, que el dictamen no tiene punto verdaderamente vulnerable, si se trata en un sentido amplio y con un criterio justo; la tierra, distribuida de esa manera, dará lo suficiente para que coman los desheredados, y no tengan ya maldiciones para la Revolución, una vez que haya trabajo; pues así el pueblo vería de una manera práctica que las promesas de la Revolución se van haciendo efectivas, y que las esperanzas se van haciendo realidades, y entonces es probable que muchas de las facciones disidentes, al ver que comenzamos a resolver el problema agrario y que se están haciendo efectivas las promesas de la Revolución, es probable, repito, que al ver la actitud de la Convención al ver que se reparte la tierra a los que la trabajan, depongan su actitud hostil, y muchos vayan a trabajar la tierra, lo cual redundaría en verdadero progreso para el país.
No hay, pues, por qué tener temor en votar afirmativamente este proyecto tan sencillo; si a algunos compañeros más radicales les parece corto, tiempo habrá para reformarlos, pero siempre en sentido progresivo, dándole al pueblo lo que se le puede dar, y creo que esto no es demasiado. (Aplausos)
Tiene la palabra, el ciudadano Menchaca, en contra.
No voy a hacer alusiones personales de ninguna especie, y rogaría a todas las personas que hablasen en pro, se sujetaran a hablar. (Voces: No se oye)
Comenzaré por estas palabras: no hay que hacerse ilusiones ...
La Mesa suplica al ciudadano Menchaca levante un poco más la voz para que los señores taquígrafos puedan entender lo que habla.
Decía yo que no hay que hacerse ilusiones. El telegrama que mandó el ciudadano general Buelna no nos díce nada absolutamente. Primero, no sabemos si esas fincas pertenecen o no a extranjeros, y hay que convencerse de que si vamos a intervenir fincas extranjeras, indudablemente que esto nos traerá complicaciones mil, y aunque lo digamos en mil formas, no podemos combatir con ninguna nación extranjera.
Ahora se puede presentar esta objeción: los enemigos de la Revolución habrán recurrido al medio político de haber hipotecado sus haciendas a extranjeros. Si esa hipoteca se hizo con anterioridad a la Revolución, es cosa que debemos averiguar, y, en ese caso, tendremos que respetar absolutamente el derecho que tiene el extranjero sobre esa propiedad, y si esa hipoteca se hizo después de haber estallado la Revolución, conforme a los principios que proclamó, en ese caso tendría que tomarse muy en consideración el dinero que hubiera invertido cualquier extranjero, porque uno de los principios de la Revolución, es el respetar a las propiedades de los demás; y si ese extranjero ha invertido el dinero que le ha costado su trabajo ganar, es muy justo que se le respete su propiedad.
De manera que yo creo que debe de tomarse en consideración lo que acabo de expresar y no dictar una resolución sin averiguar cómo han sido adquiridas las propiedades. Repito, que creo que son de tomarse en consideración las razones que he expresado, porque aunque digamos que estamos en actitud de enfrentarnos con las naciones extranjeras, yo entiendo que son puras ilusiones.
Tiene la palabra, el ciudadano Soto y Gama en pro.
Estamos presenciando una tempestad en un vaso de agua. A los oradores del pro, por nuestras ideas radicales y revolucionarías, se nos califica de ilusos. El señor Casta se asustaba hace un momento con los extranjeros, y parece que el señor Menchaca se ha contagiado de ese miedo.
Con el producto de las rentas que paguen los propietarios, con eso se pagan las hipotecas. La verdad es que se le tiene miedo a la nacionalización de las tierras, y la verdad es que no todos los señores delegados están de acuerdo en la nacionalización de las tierras; pero a pesar de todo, eso se llevará a cabo, y eso es lo que nos consuela a los socialistas, y nos hace esperar y tener confianza en el éxito de la Convención y en la realización de los ideales de esta Revolución.
Esta Revolución comenzó tan pequeña, que comenzó por una mentira, como es la del sufragio efectivo, que es una mentira garrafal. El sufragio efectivo es para los burgueses, que son los terratenientes hechos o en ciernes, que son los que se han aprovechado de él. Después, venimos con el principio de la devolución de los ejidos, que era muy corto, cortísimo, y por corto se ahoga en la prescripción de los veinte años, en las leyes arbitrarias y en los fallos judiciales absurdos e injustos. Viene después otro principio, también burgués y también muy mezquino: el castigo a los enemigos de la Revolución; y está en el ánimo de los señores delegados que se han sucedido cuatro años de lucha y se han sucedido calamidades sin cuento para lograr la nacionalización de las tierras.
Para llegar a la conclusión de que las tierras deben ser de todos, del pueblo; de que deben volver a los que las trabajan; de que debe dejarse de fomentar holgazanerías; de que debe dejarse de crear opulencias, para que, sujeta la tierra al trabajo, produzca todo lo que debe producir; y ese principio es el que asusta, pero no a toda la Asamblea, felizmente.
Los argumentos que se han esgrimido en contra son tan cortos, que verdaderamente no hallo como contestarlos. Si se trata de extranjeros, no debemos asustarnos; unos, están peleando en la vieja Europa; Mr. Wilson no quiere intervenir; y esto no es indudablemente por falta de motivos, pues los hay sobrados con los acontecimientos de Naco y de Laredo. Si vamos a respetar a los extranjeros. debemos empezar por los españoles, que son dueños de un gran número de haciendas; tenemos que respetar a los americanos, que son los poseedores de las grandes empresas industriales, quienes se conformarían, seguramente, con que se les indemnizara, y si vamos a retroceder simplemente porque en nuestro país haya el diez o veinte por ciento de propiedades extranjeras, que no permiten la nacionalización de las tierras, entonces, tendremos que borrar de nuestra bandera el gran principio de que la tierra es para todos.
Debemos aceptar el problema tal como se presenta; ya la tierra no debe ser de latifundistas, sino del pequeño propietario y el pequeño propietario no podrá soportar la competencia de los grandes latifundistas.
De una plumada, borremos el latüundio La Comisión vio, desde luego, que no debía dar a esta resolución el carácter de definitiva, pero, como un principio del cumplimiento de las promesas de la Revolución, aceptó y propuso, provisionalmente, a la Asamblea, el acuerdo al debate. Y aquí, haciendo un poco de justicia al carrancismo, debemos confesar que en este particular ha hecho más que nosotros, pues aunque valiéndose de procedimientos arbitrarios, ha tratado de evitar que la tierra fuera a caer en manos de los grandes latüundistas, aunque empleó un medio de intervención que ha resultado en contra del proletariado, porque en vez de que las tierras vayan a parar en manos del pueblo, se encuentran en poder de la Comisión interventora o del General H., comisionado, siempre contra los intereses del pueblo.
No hay que asustarse, señores; hay que suprimir intermediarios, que tan malo es el intermediario hacendado, como intermediario interventor; que vaya directamente la tierra al pueblo, y va a ir, aunque se enojen los extranjeros, que pueden seguir enojados; porque no es España la que viene a traer la intervención, ni Francia, ni Inglaterra, ni Estados Unidos, lo harán a la derrota del Partido Democrático; de manera que tenemos el derecho de ser soberanos e independientes, y de resolver nuestros asuntos como pueblo soberano, que hemos conquistado el derecho de serlo, a fuerza de sangre y de heroísmo; tenemos el derecho de obrar libremente: ahora o nunca, como decía el compañero Méndez.
No son los Estados Unidos -hombres prácticos y clarividentes- los que se aventurarán a una guerra internacional con un pueblo, que en estos momentos está en condiciones belicosas para atraerse odios y sufrir pérdidas enormes de dinero y de vidas, y venir a la larga favoreciendo a los nacionales y extranjeros, que sigan poseyendo tierras. Toda la Europa está convencida de que el problema de las tierras es una cuestión capital de vida o muerte para la soberanía de los pueblos.
La Inglaterra, con el ejemplo de la Nueva Zelanda, ha visto que la mejor solución del problema agrario, es la división de la propiedad. Sabe perfectamente que la posesión de las grandes extensiones de tierra produce un rendimiento mayor y crea el feudalismo, crea a esos grandes señores de horca y cuchillo, porque son dueños de la justicia y de las tierras, son dueños de vidas y propiedades. Ni para la Europa, ni para los Estados Unidos, ni para ningún hombre civilizado, va a significar nada absolutamente el que se quite la tierra a los que no saben cultivarla personalmente; lo que falta, es tener el valor revolucionario para hacer efectivo lo que el pueblo levantado en armas ha conquistado; el derecho de poseer los terrenos por los que ha verudo luchando, sin interrupción, desde la conquista española. Es el momento de destruir los efectos malos de la conquista, y establecer la independencia del pueblo, nuestra nacionalidad, y es el momento de hacer de los indígenas hermanos y no esclavos.
La cosa es perfectamente clara, y se ve claro que la Asamblea no ha querido discutir las objeciones del contra, porque no ha habido argumentos y porque está en la conciencia de todos que éste es el primer paso para reivindicar los derechos del pueblo. (Aplausos)
Tiene la palabra, en contra, el ciudadano Luis E. González.
El C. González.
Pedí la palabra en contra, para impugnar el dictamen en lo que se refiere a la repartición de las tierras, en la forma allí mencionada.
Yo creo que las tierras no se deben repartir en la forma que dice el dictamen, porque habrá muchos individuos que podrán en un momento dado, decir que ellos pueden sembrar una determinada extensión de terreno, y que, de acuerdo con algunos individuos, se apoderarán de los mejores terrenos que encuentren, y ya no habrá poder alguno que se los quite.
Además, los soldados que ahora están con nosotros en armas, no podrán ver con buenos ojos que los terrenos se están repartiendo a individuos pacíficos, a quienes, sin duda, tocarán los mejores, cuando ellos tenían esperanzas fundadas de que les correspondieran los mejores lugares, por haberse expuesto en la lucha que tanto ha hecho sufrir al país.
Creo que el modo de solucionar esas dificultades, es dar una disposición general que no se refiera a un solo punto.
Por lo pronto, en el caso de Tepic, se puede nombrar una Comisión que confisque los terrenos, y que el Gobierno, por medio de interventores, puede estar pendiente de que se hagan economías, y de que esos terrenos dejen utilidades al Gobierno. Que cuide de que los terrenos sean repartidos en pequeñas porciones o parcelas, para que se beneficie una gran cantidad de gente, y no unos cuantos nada más.
Creo también que con ese sistema, se destruirán los latifundios, porque no quedarán los terrenos en manos de un solo individuo, sino en manos de todos los que quieran cultivarlos, logrando así hacerlos prolíficos, para que, cuando se haga la definitiva repartición de las tierras, se puedan dar a cada quien, en los diferentes lugares, las porciones de terrenos que a cada uno, por su valor, por su abnegación y por los servicios que haya prestado, le correspondan.
En la forma que lo propone la Comisión, no creo que se llegue a un buen fin, porque habrá muchos que vean con malos ojos que se están repartiendo los terrenos en una forma que no es general para la República. Sé que hay muchos proyectos para la repartición de tierras; he oído decir que se hará en colonias, poniendo en ellas a los individuos de cada región, con el objeto de que se colonice ea da lugar; pero francamente, en lo que se propone para Tepic, no hay nada de eso. También en cuanto a los productos que rindan los terrenos, si la repartición viene antes, se tendrá que esperar al menos un año para que los individuos que tienen el terreno rindan cuentas.
Por todo lo expresado, me opongo en ese punto al dictamen que tenemos al debate.
Creo que ya han hablado tres en pro y tres en contra; y según las costumbres establecidas, debe preguntar la Mesa si está suficientemente discutido el punto.
La Mesa cree que no se ha tomado la orientación que es debida y, por lo tanto, cree que se debe seguir hablando para tomar la orientación.
Me permito dar mi sincero aplauso a la Comisión Dictaminadora, por haber sabido, en primer lugar, comprender a maravilla el espíritu revolucionario del Plan de Ayala, adoptando aquello que redunda en beneficio del pueblo. En segundo lugar, me alegro de ese dictamen, que, por primera vez en la Convención, impera un carácter netamente revolucionario en esta Asamblea, que hasta la fecha únicamente ha perdido el tiempo.
El dictamen de las Comisiones es más o menos perfecto, basado en lo que a continuación voy a exponer.
Es sabido por todos, Que el problema de las tierras es lo más difícil, tanto en Europa como en América, y únicamente en la Nueva Zelanda se ha logrado implantar la tercera parte de la repartición de tierras, que es la primera perpetuidad: las tres partes en que se ha querido dividir el problema agrario, son la ninguna repartición, la de alquiler con opción de compra y la de alquiler a perpetuidad. El alquiler a perpetuidad es la única solución de carácter socialista y que, como dijo el compañero Soto y Gama, trata de nacionalizar las tierras. Por medio de alquiler a perpetuidad, el Gobierno alquila las tierras por un término de 99 años a los campesinos, y éstos están obligados a dar el cuatro por ciento del producto de la tierra al Gobierno, y además, se comprometen a levantar casas habitación, y, además, a romper la tierra y a dar muestra de que los proletarios trabajan la misma. Se ha aducido como gran argumento en contra del dictamen, la cuestión de los extranjeros; nosotros, señores delegados, hemos trabajado por sacudirnos el yugo y estamos trabajando por tener el yugo también de los extranjeros; esto es irrisorio. No hay más que lanzar la vista sobre la época porfiriana, y veremos que la mitad de la República fue vendida a unos cuantos por un plato de lentejas, a todos los concesionarios extranjeros, entre otros, a la casa Pearson, que es dueña de todos lo! centros petrolíferos de la República, y, por ese estilo, hay infinidad de extranjeros e infinidad de hacendados mexicanos a quienes dio propiedades en abundancia la inmoral dictadura porfiriana.
Yo creo que obran con un carácter netamente revolucionario los que pretenden llevar a buen fin las promesas de la Revolución; no hay que fijarse al hacer la división de las tierras en si son sus dueños extranjeros o mexicanos, porque esa repartición de tierras tiene por base la justicia, y si la justicia es mancillada por un extranjero o un nacional, a todos debe aplicarse el mismo castigo, deben caer sus cabezas por la guillotina, como lo hiciera la Asamblea Francesa Revolucionaria. (Aplausos)
Otra de las cosas que celebro haber encontrado en el dictamen de la Comisión, es que únicamente se van a repartir las tierras a aquellos que las puedan trabajar; así se evita la especulación de individuos que, luego que saben que se ha triunfado, forman otra vez los latifundios y malditos los que se preocupan por trabajar las tierras. Aquello, cuyo cultivo ha sido trabajado por los Creel y Terrazas, por donde pasa el ferrocarril, se ve la llanura enteramente árida. Por eso el impuesto progresivo es una de las más grandes ideas de la Revolución, mejorará la situación de los pequeños propietarios.
Otra de las cosas simpáticas en alto grado del dictamen, es que los aperos de labranza deben ser comunales; es decir, que cuando el campesino no tiene zapapico o el elemento necesario para romper la tierra, puede acudir a los vecinos y el vecino tendrá que prestarle los instrumentos que en ese momento no usa. Esto es cultivar dentro del espiritu del campesino, la grandeza de la efectividad de los ideales revolucionarios. Si comenzamos con estos procedimientos, es decir, si aprobamos el dictamen, seguramente que lograremos inspirar la confianza en el espíritu de los campesinos, y ésta será una de las maneras más maravillosas, por medio de las cuales podremos acabar con las revoluciones y con los grandes latifundios, porque la efectividad, señores delegados, es una de las bases de la felicidad humana.
Otra de las cosas convenientes del dictamen es que de esta manera se divide la propiedad. La propiedad, en manos de muchos pequeños propietarios, traerá la riqueza, como sucede en la Argentina, en la Nueva Zelanda y Francia, donde hay ochenta mil pequeños propietarios. De esta manera la Asamblea Revolucionaria comienza consagrando el principio de que la tierra debe ser de aquel que la trabaja, único principio de naturaleza revolucionaria. Esto, que varios señores delegados han creído que debe ser definitivo es, según el dictamen, de carácter netamente provisional. Señores, hay que trabajar de hecho; ya basta de literatura. Bien es cierto que la materia política interviene directamente en este asunto; pero de todos modos es preciso que esta Asamblea comience a resolver los problemas que han causado la actual Revolución, y que dejen un rastro luminoso, que justifique que hemos trabajado en bien de los intereses de la sociedad.
En cuanto a lo que dijo el último compañero, que podría muy bien suceder que no fuera vista con buenos ojos nuestra resolución, debo manifestarle que los revolucionarios que se han levantado en armas y que exponen su vida en el campo de batalla, no lo han hecho por mezquinos intereses personales, sino por los fueros de la justicia, por los intereses de la Patria y de la Humanidad. Y esos revolucionarios, que están perfectamente identificados con los ideales de la Revolución, yo creo que no serían tan mezquinos para que, después de haber puesto sus espadas bajo la égida de la Revolución libertadora, vinieran a recibir el mendrugo de la Revolución.
Así, pues, señores delegados, a esos mismos compañeros que han luchado con las armas, los de casi toda la República, no solamente del Territorio de Tepic, les suplico acepten el dictamen de la Comisión Agraria, por creer que está basado en los grandes principios de moralidad y de carácter revolucionario. (Aplausos)
Tiene la palabra, el ciudadano Sergio Pasuengo, en contra.
He pedido la palabra en contra del dictamen, precisamente para oponerme a la repartición de tierras, porque la Comisión Dictaminadora no se ha basado en un mandato, en una ley, ni ha pesado todas y cada una de las circunstancias del caso, para la repartición de tierras. Necesitamos basarnos en una ley, para tomar cualquier resolución.
La Asamblea, por ejemplo, se convierte en un jefe, toma una plaza y da disposiciones; llega otro jefe y da nuevas disposiciones. Necesitamos, pues, una ley para ordenar al Jefe de Tepic, y así de toda la República, para que sepan qué deben hacer en todos estos casos.
En cuanto al general Buelna, se le puede ordenar que retenga las haciendas en su poder, mientras va un mandato de la Asamblea, para que sepa cómo y de qué manera va a hacer ese reparto de tierras. Yo creo que no debemos dar un mandato especialmente para el Territorio de Tepic, sino que debemos dar un mandato para toda la República, un mandato general, a fin de no sentar un precedente.
Indudablemente que todo lo que se ha expresado en pro del dictamen, tiene la mira de favorecer los intereses del pueblo; pero de todas maneras debemos basarnos en una ley, para poder ordenar lo que sea más conveniente.
Tiene la palabra en pro, el ciudadano Briones.
Poco o nada puedo decirles que venga a reforzar los argumentos que se han dado para refutar los expuestos en contra del dictamen, subscrito por la Comisión Agraria.
Los principales argumentos expuestos por el señor Casta y por algunos otros, se refieren a que los extranjeros tienen propiedades, y que siempre hay que temerles, y creo que no deben tenerse en cuenta, porque nos veríamos en el caso de aceptar que los extranjeros tienen mayores prerrogativas que los mismos nacionales, ¿por qué un individuo, que ha venido de otra parte de la tierra, ha de tener mayores prerrogativas y mayores derechos que el individuo que ha nacido en la República? No creo que el individuo que ha nacido en la República deba tener mayores prerrogativas que el que ha venido del extranjero; pero sí que las deba tener iguales. Por consiguiente, creo que a los extranjeros, lo mismo que a los nacionales, debemos tratarlos igual; hay muchos que adquirieron sus propiedades de mala manera y a ésos habrá que aplicarles el correspondiente éastigo que se indique en las leyes, que a este propósito se expidan posteriormente.
En cuanto al señor Pasuengo, puedo decir que no tiene razón al pensar que debemos fundamos en alguna ley para indicarle al general Buelna lo que deba hacer en este caso, supuesto que en ese momento no se ha dictado ley alguna a este respecto, y esperar a que se dicte, sería de consecuencias, porque no sabría el general Buelna a qué atenerse y lo dejaríamos en las condiciones en que ha estado desde que nos envió su telegrama; es decir, sin saber qué hacer, o bien que a su arbitrio quedara lo que debía hacer, y lo que conviniera a la Asamblea, y principalmente al pueblo.
Por consiguiente, creo que debemos decir al señor general Buelna, o por lo menos hacerle la indicación respecto de la forma en que debe proceder en este caso; entendiéndose, naturalmente, que los individuos que puedan aprovechar aquellas tierras son los que las deben cultivar. Para quitar los escrúpulos al señor González, debo decir que esta repartición que se hace de las tierras, es provisional, y entre los mismos habitantes de los pueblos que constituyen el Territorio de Tepic. Por otra parte, cuando, como dice aquí en la fracción V, se acuerden definitivamente las disposiciones que se refieren a la confiscación o expropiación de propiedades en el Territorio de Tepic y en toda la República, cesarán sus efectos. Las indicaciones que se le dan al general Buelna serán exclusivamente temporales. Si esta Asamblea, en lugar de estar discutiendo una cosa que debía haberse hecho ya, se preocupa un poco más y espera, o hace la indicación a la Comisión Agraria, para que cuanto antes nos presente esas disposiciones, que deben ser elevadas a categoría de ley, para que cuanto antes indique en qué forma vamos a hacer esas explotaciones, y cómo va a hacerse esa repartición en toda la República, nos evitaremos de perder tanto tiempo, como hasta ahora hemos perdido.
Tiene la palabra el ciudadano Marines. (Siseos)
Oigo por ahí silbar unas víboras y tengo que hacer notar que los silbidos no son argumentos.
Estoy de acuerdo con el dictamen en lo general, pero desearía que se previeran un poco los males que una resolución como la que se propone pudiera tener.
Yo pediría que se añadieran al dictamen dos cláusulas que tengo que anotar; después la Comisión de Estilo las corregirá.
La primera es ésta: Digase al general Buelna, o cOmo quieran poner, que evite en lo posible el remover injustamente a los campesinos de la tierra que se les asigne para cultivar, mientras se hace la repartición respectiva. Para esto, me fundo en lo siguiente: nuestros campesinos han sido víctimas, casi siempre, de un juego muy acostumbrado entre los labradores, a saber: les prometen el oro y el moro, les dan la tierra y el campesino va y echa el alma en esa tierra, la desmonta, hace melgas, hace todos los trabajos necesarios para encauzar el agua a esos terrenos y luego, al año siguiente, entra el hacendado a sembrar los mismos, aprovechándose de todo el trabajo hecho por el campesino y a costa del sudor de éste. Ciertamente he visto campesinos muy desencantados, que si pudieran, no volverían a tocar la tierra ajena; pero a quienes el hambre, y especialmente el hambre de sus hijos, los obligan a pedir tierras que trabajar.
Por otra parte, en el prímer año, generalmente, el campesino, por muy listo que sea, no sabe cómo correrá el agua en la primera vez, sino que entonces ve que no corre, por falta de nivel o por otras causas, y piensa que debe modificar sus trabajos en tal o cual sentido, y hasta el segundo o tercer año viene a formarse idea completa en su mente de cómo debe regar su tierra para cultivarla.
Por otra parte, aprende también qué es lo que en su tierra produce más, cuáles son las plagas que atacan más a las plantas allí; cómo puede combatirlas; por esta razón yo propongo que, aun cuando peque un poco el dictamen de largo, se añada esa nueva cláusula, que tiende a evitar que los campesinos anden de aquí para allá, sín que le tomen cariño a la tierra que se les dio, a fin de lograr que el terreno que se les dé en este año de 1915 lo puedan aprovechar para 1916, y hasta 1920, porque hay contras y hay trabajos que duran siempre, como las cepas que se hacen de tierra.
Por otra parte, creo que debemos estar pensando ya en lo que debemos llamar selección de campesinos, porque hay campesinos de campesinos. Yo creo que el esfuerzo humano está en razón directa de la responsabilidad que tiene, y así, yo propondría que se nombrara una comisión honorable que se encargara de ver los trabajos que hace cada campesino, a fin de ver cuáles campesinos son los que merecen el pedazo de tierra, cuáles son los más trabajadores, los más inteligentes, cuáles no desprecian la tierra; porque si vamos a poner la tierra en manos de uno que no sale de la pulquería, o en manos de un flojo, no habremos hecho absolutamente nada. Necesitamos estimular a nuestros campesinos, y así, yo propongo se tome por base para la repartición debida de la tierra la aptitud y dedicación de los labriegos, a fin de dárselas en definitiva cuando sea oportuno.
Yo creo que si el campesino a quien le vamos a dar un pedazo de tierra no tiene la seguridad de seguir poseyéndolo, seguramente no le hará mayores mejoras y seguiremos obteniendo cosechas muy pobres. Nuestra tierra es riquísima, lo que le falta es buen cultivo y dedicación, y que deje de haber lo que los señores del contra han dicho; que deje de haber explotación por parte de los hacendados y que el producto de la tierra sea para el que la cultive.
Así es que, en vista de las razones expuestas, suplico a la Asamblea tenga a bien aprobar las dos cláusulas que he propuesto:
I. Digase al general Buelna que evite en lo posible el remover injustamente a los campesinos, de la tierra que se les asigne para cultivar, mientras se hace la repartici6n respectiva.
II. Nómbrese una Comisión honorable que se encargue de vigilar los trabajos que hace cada campesino, a fin de ver cuáles campesinos son los que merecen su pedazo de tierra, cuáles son los más trabajadores, los más inteligentes, cuáles no desprecian la tierra.

References: resolución 
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