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Timestamp: 2020-05-27 00:10:18+00:00

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La capacidad de tomar imágenes terrestres desde el espacio con cada vez más frecuencia y resolución podría dar lugar a un Gran Hermano celestial capaz de controlarnos continuamente. Aunque la tecnología aún no lo permite, las leyes de privacidad vigentes no bastan para garantizar la libertad humana.
Las autoridades del Gobierno chino han negado o minimizado la existencia de campos de reeducación de los uigures en la provincia de Xinjiang (China). En lugar de eso, los describen como «escuelas de formación profesional». Pero grupos activistas de derechos humanos han utilizado imágenes satelitales para mostrar que muchas de las «escuelas» están rodeadas de atalayas y alambradas.
Algunas compañías incluso ofrecen vídeos en directo desde el espacio. En 2014, una start-up de Silicon Valley (EE.UU.) llamada SkyBox (que luego fue rebautizada como Terra Bella y comprada por Google y después por Planet) empezó a promocionar vídeos de alta definición de hasta 90 segundos de duración. Y una compañía llamada EarthNow asegura que ofrecerá monitorización «en tiempo real continuo, con un retraso de tan solo un segundo», aunque hay quien cree que la empresa está sobrevalorando sus capacidades. Todos tratan de acercarse a un «mapa vivo», afirma el creador de mapas personalizados para compañías como Snapchat y Weather Channel de Mapbox Charlie Loyd. Pero eso no ocurrirá mañana ni en dos días. El experto afirma: «Estamos muy lejos de tener vídeos de la Tierra de alta resolución y a tiempo completo».
Algunos de los avances más radicales en la observación de la Tierra no se lograron con la fotografía tradicional sino con la detección por radar y las imágenes hiperespectrales, que capturan longitudes de ondas electromagnéticas fuera del espectro visible. Las nubes pueden ocultar el suelo para la luz visible, pero los satélites pueden ‘ver’ a través de ellas mediante un radar de apertura sintética, que emite una señal que rebota en el objeto detectado y regresa al satélite. Esta tecnología permite determinar la altura de un objeto hasta un milímetro. La NASA lleva usando el radar de apertura sintética desde la década de 1970, pero el hecho de que Estados Unidos aprobara su uso comercial el año pasado es una prueba de su poder y de la sensibilidad política. (En 1978, las autoridades militares supuestamente bloquearon la publicación de una serie imágenes de satélite de radar que revelaban la ubicación de los submarinos nucleares estadounidenses).
Es probable que la resolución de las imágenes disponibles comercialmente mejore aún más. El límite de 25 centímetros se verá afectado por la creciente competencia de las compañías internacionales de satélites. Y aunque no fuera así, no hay nada que impida, por ejemplo, que una empresa china capture y venda imágenes con una resolución de 10 centímetros a clientes estadounidenses. La directora de políticas de la Asociación de Satélites Industriales de EE. UU., Therese Jones, detalla: «Otras compañías del mundo comenzarán a proporcionar imágenes a una resolución mayor de las que nosotros permitimos legalmente. Nuestras empresas quieren reducir el límite lo máximo posible».
Las compañías de satélites y analíticas aseguran que se preocupan por mantener la confidencialidad de sus datos, quitando las características de identificación. Pero a pesar de que los satélites no reconocen las caras, si las imágenes se combinan con otros de datos (GPS, cámaras de seguridad, publicaciones en redes sociales) podrían convertirse en una amenaza para la privacidad. El CEO de la Fundación Secure World, Peter Martínez, confirma: «Los movimientos de las personas, a qué tipo de tiendas van, a qué escuela van sus hijos, qué tipo de instituciones religiosas visitan, cuáles son sus patrones sociales… En principio, cualquier interesado podría investigar todas estas cuestiones».
Pero si hay algo que podría salvarnos de un Gran Hermano celestial es el precio. Algunos empresarios de satélites destacan que no hay suficiente demanda para cubrir el coste de una constelación de satélites capaces de funcionar las 24 horas del día en resoluciones inferiores a 25 centímetros. «Se trata de una simple cuestión económica», afirma el fundador de DigitalGlobe, ahora Maxar, Walter Scott. Es cierto que algunas compañías están lanzando «nanosatélites» relativamente baratos del tamaño de una tostadora, los 120 satélites Dove lanzados por Planet, por ejemplo, son más baratos que los satélites tradicionales por varios «órdenes de magnitud», según su portavoz.
Pero aun así, hay un límite en torno a lo pequeños que pueden llegar a ser para capturar imágenes ultra-detalladas. «Es un dato básico de la física que el tamaño de apertura determina el límite en la resolución que se puede obtener. A una altitud dada, se necesita un telescopio de cierto tamaño», explica Scott. Es decir, en el caso de Maxar, se necesita una apertura de aproximadamente un metro de ancho en un satélite del tamaño de un pequeño autobús. (Aunque existen formas de superar este límite, como la interferometría, por ejemplo, que utiliza múltiples espejos para simular un espejo mucho más grande; pero son complejas y caras.) Satélites más grandes significan lanzamientos más costosos, así que las empresas necesitarían un incentivo financiero para recopilar estos datos tan detallados.
Por supuesto, los satélites nunca podrán recopilar mejores imágenes que los drones. Pero las zonas a las que pueden acceder estos dispositivos están limitadas. En EE. UU. está prohibido volar drones comerciales sobre grupos de personas, y es necesario registrar un dron que pese más 225 gramos, más o menos. Esas restricciones no existen en el espacio. El Tratado sobre el espacio exterior, firmado en 1967 por Estados Unidos, la Unión Soviética y docenas de estados miembros de la ONU, otorga a todos los estados acceso gratuito al espacio, y los acuerdos posteriores sobre teledetección han consagrado el principio de «cielos abiertos». Durante la Guerra Fría eso tenía sentido, ya que permitía a las superpotencias controlar a otros países para verificar que estaban cumpliendo los acuerdos sobre armamentos. Pero el tratado no previó que algún día cualquiera podría obtener imágenes detalladas de casi cualquier lugar.
Y luego están los dispositivos de rastreo que llevamos en nuestros bolsillos, es decir, los teléfonos inteligentes. Pero mientras los datos GPS de los teléfonos móviles representan una amenaza real para la privacidad, siempre se puede optar por dejar el teléfono en casa. Esconderse de una cámara satelital es más difícil. El director de datos de la compañía de análisis Quandl, Abraham Thomas, afirma: «Los satélites tienen elementos de las realidades sobre el terreno que tal vez no están en nuestro teléfono móvil o en nuestro registro digital o en lo que sucede en Twitter. Los datos en sí tienden a ser intrínsecamente más precisos».
Cuando se trata de satélites, las leyes de privacidad son bastante vagas. Los tribunales generalmente permiten la vigilancia aérea, aunque en 2015 el Tribunal Supremo de Nuevo México (EE. UU.) dictaminó que una «búsqueda aérea» policial sin una orden judicial era inconstitucional. Los casos se suelen reducir a si un acto de vigilancia viola la «expectativa razonable de privacidad» de alguien. Una foto tomada en una acera pública: parece aceptable. Una foto tomada por un dron a través de la ventana de la habitación de alguien: probablemente no. ¿Un satélite que orbita cientos de kilómetros y captura un vídeo de un coche aparcando? No está claro.
Raymond sostiene que para protegernos a nosotros mismos hay que repensar la privacidad en sí misma. En su opinión, las leyes actuales sobre privacidad se centran en las amenazas a los derechos de las personas. Pero esas protecciones «son anacrónicas frente a la inteligencia artificial, las tecnologías geoespaciales y las tecnologías móviles, que no solo usan datos grupales, sino que las usan como carburante», opina Raymond. La regulación de estas tecnologías significará que la privacidad deberá aplicarse no solo a individuos, sino también a los grupos. «Se puede ser completamente ético acerca de la información de identificación personal y aun así matar a personas», subraya.
Hasta que no haya un consenso sobre las normas de la privacidad de datos, será difícil crear reglas duraderas sobre las imágenes de satélites. Raymond concluye: «Todos estamos intentando resolver el problema. No es ninguna tontería, se trata del futuro de la libertad humana«.
Artículo original: https://www.technologyreview.es/s/11282/si-no-regulamos-las-imagenes-de-satelite-nos-vigilaran-las-24-horas
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