Source: https://es.theanarchistlibrary.org/library/alexander-berkman-la-rebelion-de-kronstadt.html
Timestamp: 2020-08-08 06:29:52+00:00

Document:
1. Desórdenes obreros en Petrogrado
2. El movimiento de Kronstadt
3. La campaña bolchevique contra Kronstadt
4. Las aspiraciones de Kronstadt
5. Ultimátum bolchevique a Kronstadt
6. El primer tiro
7. La caída de Kronstadt
8. Lecciones y significación de Kronstadt
Las insurrecciones que a lo largo del pasado siglo nos dieron la confianza de que una sociedad sin clases, sin explotación ni dominación, organizada según las necesidades y las posibilidades de cada uno, era, no una utopía, sino algo a conseguir, se alejan hoy de nuestro universo conceptual y emocional. La poca distancia de unos años es multiplicada por el medio en el que nos movemos y por los medios que nos mueven, y así aquellas insurrecciones tan próximas y tan modernas se ven relegadas al olvido, sino a la manipulación y al rechazo. Acostumbrados a una cotidianidad sometida al trabajo y al consumo impuestos —nada que ver con una actividad concreta y deseante—, auspiciado nuestro razonamiento y nuestro sentimiento por los programas escrupulosamente calculados de los media, reducido el ámbito de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje por el poder económico y cultural, dirigida nuestra mirada por las redes mediáticas, no llegamos a ver esta insurrección, que está aquí al lado.
Pero aquí están, y asoman, cabezonas, y desbaratan la historia objetiva que desde los vencedores se quiere escribir, y dan aliento a los que en ellas, a pesar de vestir trajes bien distintos, nos reconocemos. La insurrección de Kronstadt fue de las primeras, justo después de la revolución de los consejos en Alemania durante los años 1918-1920, quizás la más olvidada y ocultada, la más amplia, la más resolutiva (en pocos días abatió la monarquía y el II Reich) y, justo antes de la revolución española, quizás la más corta, sólo unas semanas (todos estaban en su contra), pero la más bella.
Kronstadt es la primera denuncia de la gran mentira bolchevique, a la vez que la demostración de que una organización social a través de los soviets es posible. Luego ha habido otras denuncias de aquella gran mentira o de la mentira desconcertante que dirá Cíliga, pero siempre calladas y criminalizadas por la impostura del poder intelectual en Europa: Antón Cíliga, escapado de su periplo por Rusia y Siberia, no logrará, ya en París, que su libro “Au pais du grand mensonge” contenga el capítulo “Lenin también”; Panaït Istrati, a la vuelta de la URSS, y con su “Vers l’autre flamme” se ganará la enemistad de toda la intelectualidad europea y será tratado de reaccionario; George Orwell tendrá serias dificultades para conseguir que un editor inglés publique su testimonio de la guerra de España y su denuncia del estalinismo en “Homenaje a Cataluña”; igual suerte correrán Ignazio Sillone, Alexander Berkman, ...Pero Kronstadt es la más genuina y la que las contiene todas.
La insurrección de los marinos de Kronstadt tiene lugar durante la revolución rusa, en marzo de 1921, cuando el pueblo ve que su poder real, los soviets, está siendo desmantelado y sustituido por la policía política (cheka), que el hambre, el racionamiento,...forman parte de su vida diaria, y, tomando el relevo de la Ukrania Machnovista, continúan la lucha, ahora contra la burocracia comunista, por el poder de los soviets. Ante una escalada de huelgas en varias partes de Rusia y especialmente en Petrogrado, la guarnición de Kronstadt toma partido por los obreros contra el partido bolchevique. En su inicio lo que plantean es el poder de los soviets, el funcionamiento real de la democracia obrera amenazada por la burocracia bolchevique. La respuesta del partido, que consiste en la aniquilación total del movimiento insurrecto radicalizará el movimiento que se pondrá como objetivo la tercera revolución soviética, ahora contra el Estado. En su propia carne, los ciudadanos de Kronstadt, han aprendido que “la existencia del Estado y la existencia de la esclavitud” son inseparables.
Durante tres semanas la democracia obrera y el poder de los soviets se hace realidad en Kronstadt. Pero Kronstadt está aislado del resto de Rusia y no llega a conectar con los obreros del país. Así se impone la mentira del Estado comunista que trata a los insurrectos de Kronstadt de contrarrevolucionarios. Los insurrectos resistirán a las mentiras y a las armas del gobierno bolchevique, hasta que el ejército rojo, a las órdenes de Trotsky, los masacrará.
Era al comienzo de 1921. Los largos años de guerra mundial, de revolución y de guerra civil debilitaron a Rusia hasta el extremo [de la extenuación] y pusieron al pueblo en la pendiente de la desesperación. Pero, en fin, la guerra civil terminó: los numerosos frentes fueron liquidados, y Wrangel —la última carta de la Entente intervencionista y de la contrarrevolución rusa— fue derrotado, concluyendo su actividad militar en Rusia. El pueblo esperaba ahora con confianza una mitigación del severo régimen bolchevique. Se esperaba que los comunistas, terminada la guerra civil, aligerarían las pesadas cargas, abolirían las restricciones introducidas durante la guerra, instaurarían ciertas libertades fundamentales y comenzarían la organización normal de la vida. Lejos de ser popular, el gobierno bolchevique era, por el contrario, soportado por los obreros debido a su plan, frecuentemente anunciado, de emprender la reconstrucción económica del país tan pronto cesaran las operaciones militares. El pueblo estaba lleno de celo para cooperar, para prestar su iniciativa y su esfuerzo creador en la obra de reconstrucción del país arruinado.
Desgraciadamente, estas esperanzas fueron pronto frustradas. El Estado comunista no evidenció, de ningún modo, tener la intención de debilitar el yugo. Continuaba la misma política. La militarización del trabajo esclavizaba aún más al pueblo, y éste se exacerbaba mas y más por la opresión creciente y por la tiranía. Tal estado de cosas paralizaba toda posibilidad de un renacimiento industrial.
Desaparecía la última esperanza y se reforzaba la convicción de que el partido comunista estaba más interesado en conservar el poder político que en salvar la revolución.
El elemento más revolucionario de Rusia, el proletariado de Petrogrado, fue el primero en protestar. Lanzó la acusación de que, entre otras causas, la centralización bolchevique, la burocracia y la actitud autocrática con los campesinos y obreros eran directamente responsables, en gran parte, de la miseria y de los sufrimientos del pueblo. Gran número de talleres y fábricas de Petrogrado debieron cerrar sus puertas; los obreros se morían literalmente de hambre. Organizaron reuniones para considerar la situación, y fueron dispersados por el gobierno. El proletariado de Petrogrado, que soportó todo el peso de las luchas revolucionarias, y cuyos enormes sacrificios y heroísmo salvaron la ciudad contra Yudenich, se irritó ante los manejos del gobierno. La animosidad contra los métodos empleados por los bolcheviques continuaba creciendo. Los comunistas rehusaban las menores concesiones al proletariado, ofreciendo al mismo tiempo entenderse con los capitalistas de Europa y de América. Los obreros se indignaron. Con el fin de forzar al gobierno a examinar sus exigencias, se declararon huelgas en la fábrica de municiones («Patronny»), en las fábricas del Báltico y de Trubochny, en la fábrica de Laferni. Pero en lugar de discutir la cuestión con los obreros descontentos, el gobierno de los obreros y campesinos creó un Comité de defensa como en período de guerra, con Zinoviev —el hombre más odiado de Petrogrado— como presidente. El fin manifiesto de este Comité era el de estrangular el movimiento huelguista.
El 24 de febrero se declararon las huelgas. El mismo día los bolcheviques enviaron los «kursanty» —los estudiantes comunistas de la academia militar que se preparaban para los grados de oficiales del ejército y de la marina— para dispersar a los trabajadores que se habían reunido en Vasilievsky Ostrov, el barrio obrero de Petrogrado. Al día siguiente, el 25 de febrero, indignados, los huelguistas de Vasilievsky Ostrov visitaron los astilleros del Almirantazgo y los docks de la Galernaya y persuadieron a los obreros a asociarse contra la actitud autocrática del gobierno. La demostración intentada en las calles de la ciudad por los huelguistas, fue dispersada por los soldados.
El 26 de febrero, en la reunión del Soviet de Petrogrado, un conocido comunista, Laskevich, miembro del Comité de defensa y del Consejo militar revolucionario de la república, denunció el movimiento huelguista en los términos más acerbos. Acusó a los obreros de la fábrica de Trubochny de haber incitado al descontento y de ser «hombres que no pensaban más que en su provecho personal y que eran contrarrevolucionarios»; fríamente propuso cerrar la fábrica de Trubochny, proposición aceptada por el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, del que Zinoviev era presidente. Los huelguistas de Trubochny fueron, pues, lock-outados y privados automáticamente, por consecuencia, de su ración de víveres.
Las medidas del gobierno bolchevique sirvieron para agriar más el antagonismo de los obreros.
En las calles de Petrogrado comenzaron a aparecer proclamas de huelga. Algunas de ellas llevaban ya un carácter francamente político; el más característico de estos manifiestos, fijado en los muros de la ciudad el 27 de febrero, decía:
«Se ha hecho necesario un cambio completo en la política del gobierno. En primer lugar, los obreros y los campesinos tienen necesidad de libertad. No quieren vivir según los decretos de los bolcheviques: ¡quieren controlar sus propios destinos!
– ¡Camaradas, mantened el orden revolucionario! Exigid de un modo organizado y decidido:
– La liberación de todos los socialistas y de los obreros sin partido encarcelados;
– La abolición del estado de sitio; la libertad de palabra, de prensa y de reunión para todos los que trabajan;
– La elección libre de los Comités de fábrica y de los representantes a los sindicatos y a los soviets;
– ¡Organizad reuniones, adoptad resoluciones, enviad vuestros delegados a las autoridades y trabajad en la realización de vuestras exigencias».
El gobierno respondió efectuando numerosos arrestos y suprimiendo varias organizaciones obreras. Esta medida aumentó aun más la efervescencia de las masas; las peticiones reaccionarías comenzaron a aparecer. Así, una proclama de los «obreros socialistas del distrito de Nevsky» apareció el 28 de febrero, terminando con un llamamiento en favor de la Asamblea Constituyente:
«Sabemos quién tiene miedo de la Asamblea Constituyente. Son los que no podrán robar al pueblo entonces. Tendrán, al contrario, que responder ante los representantes del pueblo por sus mistificaciones, sus robos y sus crímenes.
“¡Abajo los comunistas odiados! “¡Abajo el gobierno sovietista! “¡Viva la Asamblea Constituyente!” Durante este tiempo, los bolcheviques concentraron en Petrogrado considerables fuerzas militares llevadas de la provincia, y mandaban a la capital del norte, desde la línea del frente, los regimientos comunistas más fieles. Petrogrado fue declarado en estado extraordinario de guerra».
Los huelguistas fueron subyugados por la fuerza y la agitación obrera aplastada con mano de hierro.
Los marineros de Kronstadt se alarmaron visiblemente ante los acontecimientos de Petrogrado. Su actitud frente a las medidas tomadas por el gobierno contra los huelguistas estaba lejos de ser amistosa. Sabían lo que tuvo que soportar el proletariado revolucionario de la capital durante los primeros días de la revolución, su heroica lucha contra Yudenich, la paciencia con que toleró las privaciones y la miseria. Pero Kronstadt estaba lejos también de favorecer la Asamblea Constituyente, o la experiencia del comercio libre de que se hablaba en Petrogrado. Los marinos eran, tanto espiritualmente como en la acción, ante todo, revolucionarios. Eran los partidarios más decididos del sistema de los soviets, pero se oponían a la dictadura de un partido político cualquiera.
El movimiento de simpatía hacia los obreros huelguistas de Petrogrado, comenzó primeramente entre los marinos de los barcos de guerra Petropavlovsk y Sebastopol, los mismos navíos que en 1917 fueron el apoyo principal de los bolcheviques. El movimiento se extendió a toda la flota de Kronstadt, y después a los regimientos estacionados allí. El 28 de febrero la tripulación del Petropavlovsk adoptó una resolución que obtuvo también el consentimiento de los marinos del Sebastopol. La resolución pedía, entre otras cosas, reelecciones libres del Soviet de Kronstadt, cuyo mandato iba pronto a expirar. Al mismo tiempo fue enviada a Petrogrado una comisión de marinos para obtener informaciones sobre la situación.
El 1º de marzo se celebró una reunión pública en la plaza del Ancla, en Kronstadt; fue convocada oficialmente por las tripulaciones de la primera y la segunda escuadra de la flota del Báltico. Dieciséis mil marineros, soldados rojos y trabajadores acudieron a ella; la presidió el presidente del Comité ejecutivo del Soviet de Kronstadt, el comunista Vasiliev. El presidente de la República socialista federativa de los Soviets, Kalinin, y el comisario de la flota del Báltico, Kuzmin, estaban presentes, y tomaron la palabra. Debe hacerse notar aquí, como indicación de la actitud amistosa de los marinos hacia el gobierno bolchevique, que Kalinin, a su llegada a Kronstadt, fue recibido con los honores militares, con música y con banderas desplegadas.
La comisión de marinos que había sido enviada a Petrogrado presentó su informe en el mitin. Este informe confirmó las peores aprensiones de Kronstadt. La reunión expresó abiertamente su indignación contra los métodos empleados por los comunistas para sofocar las aspiraciones de los obreros de Petrogrado. La resolución adoptada por el Petropavlovsk el 28 de febrero fue entonces presentada a los reunidos. El presidente de la República, Kalinin, y el comisario Kuzmin atacaron ferozmente la resolución, a los huelguistas de Petrogrado y a los marinos de Kronstadt. Pero sus argumentos no impresionaron a los asistentes y la resolución del Petropavlovsk fue adoptada por unanimidad. He aquí el documento histórico:
«Resolución de la reunión general de la primera y segunda escuadra de la flota del Báltico, celebrada el 1º de marzo de 192.
Habiendo oído el informe de los representantes enviados a Petrogrado por la reunión general de las tripulaciones para examinar allí la situación, decide:
Dado que los soviets actuales no expresan la voluntad de los obreros y de los campesinos, celebrar inmediatamente las nuevas elecciones por voto secreto, teniendo completa libertad de agitación entre los obreros y campesinos la campaña electoral;
Establecer la libertad de palabra y de prensa para todos los obreros y campesinos, para los anarquistas y para los partidos socialistas de la izquierda;
Asegurar la libertad de reunión para los sindicatos y para las organizaciones campesinas;
Convocar una conferencia independiente de los obreros, soldados rojos y marinos de Petrogrado, antes del 10 de marzo de 1921;
Liberación de todos los presos políticos socialistas y también de todos los obreros, campesinos, soldados y marinos encarcelados por el delito de participación en los movimientos obreros y campesinos;
Elegir una comisión de examen de los casos de aquellos que se encuentran en las prisiones y en los campos de concentración;
Abolir las oficinas políticas, porque ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir la ayuda financiera del gobierno para tales fines. En su lugar será necesario instituir comisiones de educación y de cultura social, elegidas localmente y sostenidas materialmente por el gobierno;
Abolir inmediatamente los «destacamentos de portazgo»[1];
Igualación de las raciones para todos aquellos que trabajan en oficios peligrosos para la salud;
Abolición de los destacamentos comunistas de guerra en todas las secciones del ejército, lo mismo que de la guardia comunista apostada en los talleres y en las fábricas; en caso de necesidad, estos destacamentos o pelotones de guardia deberán ser designados en el ejército, desde las filas mismas, y en las fábricas según los deseos de los obreros;
Dar a los campesinos plena libertad de acción en lo que concierne a sus tierras y también el derecho a poseer ganado, a condición de que se arreglen los campesinos mismos sin tener que recurrir a la explotación ajena;
Pedir a todas las secciones del ejército y a nuestros camaradas los kursanty militares que acepten nuestras resoluciones;
Pedir a la prensa que dé la mayor publicidad a nuestras resoluciones;
Designar una comisión ambulante de control;
Permitir la pequeña industria a domicilio.
La resolución es adoptada por unanimidad por la reunión de la brigada, absteniéndose de votar sólo dos personas.
Presidente de la reunión de la brigada
Resolución adoptada por aplastante mayoría por la guarnición de Kronstadt.
Esta resolución que, como hemos dicho ya, fue combatida ardientemente por Kalinin, fue adoptada a pesar de su protesta. Después de la reunión, Kalinin pudo volver a Petrogrado sin ser inquietado.
En esta misma reunión se resolvió enviar a Petrogrado un comité que explicaría a los obreros y a la guarnición de la capital las peticiones de Kronstadt y pediría que delegados independientes (no pertenecientes a ningún partido) fuesen enviados por ellos a esta ciudad para informarse sobre el estado verídico de las cosas y sobre las peticiones de los marinos. Este comité, compuesto de treinta miembros, fue detenido en Petrogrado por los bolcheviques; su suerte ha quedado siempre en el misterio.
Como la existencia legal del Soviet de Kronstadt llegaba a su término, la reunión de la brigada decidió convocar una conferencia de delegados para el 2 de marzo, a fin de discutir el modo de celebrar las elecciones. En la conferencia tomaban parte representantes de los navíos de guerra, de la guarnición, de las diferentes instituciones soviéticas, de los sindicatos y de los talleres. Cada organización estaba representada por dos delegados.
Celebróse la conferencia el 2 de marzo en la Casa de Educación (anteriormente Escuela de Ingenieros de Kronstadt), asistiendo a ella trescientos delegados, entre los que se encontraban también comunistas.
La reunión, abierta por el marino Petrichenko, eligió una presidencia de cinco miembros. La cuestión principal a resolver por los delegados concernía a las nuevas elecciones del Soviet de Kronstadt, que debían verificarse pronto, y establecer los principios sobre los cuales deberían celebrarse. La reunión tenía también que poner en práctica las resoluciones adoptadas la víspera y acordar los mejores medios para ayudar al país a salir de las condiciones lamentables creadas por el hambre y por la falta de calefacción.
El espíritu de la conferencia era claramente sovietista; Kronstadt exigía los Soviets libres de toda intervención y de todo partido político, Soviets independientes que fueran el reflejo de las aspiraciones de los obreros y campesinos y expresaran su voluntad. La actitud de los delegados era antagónica al régimen arbitrario de los comisarios burocráticos, pero simpática a la orientación del partido comunista como tal. Eran partidarios abnegados del sistema de los Soviets y sinceros en su deseo de encontrar amistosa y pacíficamente una solución a estos problemas apremiantes.
El comisario de la flota del Báltico, Kuzmin, fue el primero en usar de la palabra. Hombre más bien de energía que de juicio, no se dio cuenta de la gran importancia del movimiento. No supo ponerse a la altura de la situación; atraerse los corazones y cerebros de estos hombres tan sencillos, marinos y trabajadores, que habían hecho tantos sacrificios por la revolución y estaban extenuados y desesperados. Los delegados se habían reunido para entenderse con los representantes del gobierno. Pero en lugar de ese espíritu conciliador, el discurso de Kuzmin fue una antorcha encendida lanzada sobre pólvora. Indignó a todos por su arrogancia y su insolencia. Negó los tumultos obreros de Petrogrado, diciendo que la ciudad estaba tranquila y los obreros satisfechos. Alabó el trabajo de los comisarios, puso en duda los motivos revolucionarios de Kronstadt y habló de los peligros que amenazaban por la parte de Polonia. Llegó hasta proferir insinuaciones indignas y a rugir amenazas. «Si queréis la guerra abierta, concluyó Kuzmin, la tendréis, porque los comunistas no aflojarán las riendas del gobierno. Lucharemos hasta el fin».
El discurso provocativo y desprovisto de tacto del comisario de la flota del Báltico fue un insulto a los delegados. El discurso del presidente del Soviet de Kronstadt, el comunista Vasiliev, que habló después de Kuzmin, no causó ninguna impresión; fue impreciso y sin mérito. Cuanto más se desarrollaba el mitin, más francamente antibolchevique se tornaba la actitud general. Y, sin embargo, les delegados esperaban llegar todavía a entenderse con los representantes del gobierno. Pero se advirtió en seguida, decía el informe, oficial[2], que «no podíamos tener confianza en nuestros camaradas Kuzmin y Vasiliev, y que se había hecho necesario aislarnos temporalmente, sobre todo porque los comunistas están en posesión de las armas y nosotros no tenemos acceso a los teléfonos. Los soldados tienen miedo a los comisarios, de lo cual tenemos la prueba en la carta leída en la reunión de la guarnición».
Kuzmin y Vasiliev fueron entonces alejados de la reunión y arrestados. Un rasgo característico del espíritu de la conferencia está en el hecho de que una moción que pedía el arresto de los demás comunistas presentes fue rechazada por inmensa mayoría, Los delegados sostenían que los comunistas debían ser considerados igualmente que los representantes de las otras organizaciones y debían gozar de los mismos derechos y respetos. Kronstadt estaba siempre resuelta a hallar una base de reconciliación con el partido comunista y con el gobierno bolchevique.
Las resoluciones del 1º de marzo fueron leídas y adoptadas con entusiasmo. En ese momento la reunión se animó y excitó vivamente al declarar un delegado que quince camiones de soldados y de comunistas armados de fusiles y de ametralladoras habían sido enviados por los bolcheviques con orden de atacar a los reunidos. «Esta información —continúa el informe del Izvestia— promovió un profundo resentimiento entre los delegados». La investigación hecha demostró que el informe carecía de todo fundamento, pero persistían los rumores de que un destacamento de kursanty, con el famoso chekista Dukin a la cabeza, marchaba ya en dirección al fuerte de Krasnaya Gorka. En vista de estos nuevos acontecimientos y de las amenazas de Kuzmin y de Kalinin, la conferencia se dedicó inmediatamente a organizar la defensa de Kronstadt contra el ataque bolchevique. El tiempo apremiaba y se decidió transformar la presidencia de la conferencia en un Comité revolucionario provisional, que tenía por deber mantener el orden y la salvaguardia de la ciudad, El Comité debía emprender también los preparativos necesarios para celebrar las nuevas elecciones del Soviet de Kronstadt.
Reinaba en Petrogrado gran tensión nerviosa. Estallaban nuevas huelgas y se difundían persistentes rumores sobre tumultos obreros ocurridos en Moscú y de rebeliones agrarias surgidas en el este y en Siberia. La falta de prensa en la que se hubiera podido confiar hacía que la población prestase oído a los rumores más exagerados y más transparentemente falsos. Todas las miradas se habían vuelto hacia Kronstadt, en espera de importantes sucesos.
Los bolcheviques no perdieron un instante en organizar su ataque a Kronstadt. Ya el 2 de marzo el gobierno había publicado una orden, firmada por Lenin y Trotsky, denunciando el movimiento de Kronstadt como un motín, una rebelión contra las autoridades comunistas. En ese documento, los marinos fueron acusados de ser «instrumentos de antiguos generales zaristas que, junto con los socialrevolucionarios traidores han preparado una conspiración contrarrevolucionaria contra la república proletaria».
El movimiento de Kronstadt fue calificado por Lenin y Trotsky como «obra de los intervencionistas de la Entente y de espías franceses». —«El 28 de febrero, dice la orden, los marinos del Petropavlovsk han aprobado resoluciones que exaltan el espíritu de la reacción más negra. Después apareció en escena el grupo del antiguo general Kozlovzky. Él y tres de sus oficiales, cuyos nombres nos son todavía desconocidos, han asumido abiertamente la dirección de la revuelta. La explicación de los últimos acontecimientos, por tanto, se hace coincidente. Detrás de los socialistas revolucionarios; se encuentra de nuevo un general zarista. Tomando todo esto en consideración, el Consejo del Trabajo y de la Defensa ordena: 1) declarar al antiguo general Kozlovzky y a sus partidarios fuera de la ley; 2) promulgar el estado de guerra en la ciudad y en la provincia de Petrogrado; 3) poner el poder supremo de todo el distrito de Petrogrado en manos del Comité de defensa de Petrogrado.
Había, en efecto, en Kronstadt, un ex general Kozlovzky, Fue Trotsky el que lo estableció allí como especialista artillero. No desempeñó, en absoluto, ningún papel en los acontecimientos de Kronstadt; pero los bolcheviques explotaron con habilidad su nombre para denunciar a los marinos como enemigos de la república sovietista, y su movimiento, como contrarrevolucionario. La prensa oficial bolchevique comenzó entonces su campaña de calumnias y de difamación contra Kronstadt como «el nido de la conspiraron blanca dirigida por el general Kozlovzky»; los agitadores comunistas fueron enviados a los obreros de las fábricas y de los talleres de Petrogrado y de Moscú a fin de llamar al proletariado a «asociarse al soporte y a la defensa del gobierno de los obreros y campesinos contra la rebelión contrarrevolucionaria de Kronstadt».
Lejos de tener el menor contacto con generales y contrarrevolucionarios, los marinos de Kronstadt rehusaron la ayuda del propio partido socialista revolucionario. El jefe del partido, Víctor Chernov, que estaba entonces en Reval, intentó inclinar a los marinos en favor de su partido y de sus reivindicaciones, pero no recibió ningún aliento del Comité revolucionario provisional. Chernov transmitió a Kronstadt el radiograma siguiente[3]:
«El presidente de la Asamblea Constituyente, Víctor Chernov, envía sus saludos fraternales a los camaradas marinos heroicos, los soldados rojos y a los obreros que, por tercera vez después de 1905, rompen el yugo de la tiranía. Les ofrece su ayuda para el envío de refuerzos y de aprovisionamientos a Kronstadt por intermedio de las cooperativas rusas en el extranjero. Informadnos de lo que os hace falta y de la cantidad necesaria. Estoy dispuesto a ir en persona a poner mis energías y mi autoridad al servicio de la revolución del pueblo. Tengo fe en la victoria final de las masas laboriosas... ¡Honor a los que son los primeros en levantar la bandera de la liberación del pueblo! ¡Abajo el despotismo de la izquierda y de la derecha!»
El partido socialista revolucionario envió, al mismo tiempo, el siguiente mensaje a Kronstadt:
«La delegación socialista revolucionaria en el extranjero..., ahora que la copa del pueblo encolerizado desborda, ofrece ayudaros por todos los medios a su disposición en la lucha por la libertad y por el gobierno popular. Informadnos de la ayuda que necesitáis. ¡Viva la revolución del pueblo! ¡Vivan los Soviets libres y la Asamblea Constituyente!»
El Comité revolucionario de Kronstadt declinó el ofrecimiento y envió la siguiente respuesta Víctor Chernov:
El Comité revolucionario de Kronstadt expresa a todos sus hermanos del extranjero su profunda gratitud por su simpatía. El Comité revolucionario provisional agradece al camarada Chernov su ofrecimiento, pero se abstiene de aceptarlo por el momento, es decir, hasta que los próximos acontecimientos aclaren más la situación. En tanto todo será tomado en consideración.
«Presidente del Comité provisional revolucionario.»
La campaña de insinuaciones continuó, no obstante, en Moscú, cuya estación T. S. F. envió el 3 de marzo el siguiente mensaje al mundo (algunos pasajes son indescifrables a causa de la intervención de otra estación): «La revuelta armada del ex general Kozlovzky ha sido organizada por los espías de la Entente, como sucedió, en numerosos complots precedentes, se hace evidente por e! periódico burgués francés Le Matin, que, dos semanas antes de la revuelta, publicó el siguiente telegrama de Helsingfòrs: «Como resultado de la reciente rebelión de Kronstadt. las autoridades militares bolcheviques han tomado medidas a fin de aislar a Kronstadt e impedir que los soldados y marinos de Kronstadt se acerquen a Petrogrado.» —«Es evidente que el motín de Kronstadt ha sido preparado en París y organizado por el servicio secreto francés. Los socialistas revolucionarios, controlados y dirigidos también desde París, tramaron estas rebeliones contra el gobierno sovietista, y apenas sus preparativos fueron completados, el verdadero amo —el general zarista— hizo su aparición».
El carácter de las otras numerosas informaciones enviadas por Moscú puede ser juzgado por el siguiente radiograma:
«Petrogrado está tranquilo y en calma, y aun las fábricas en que habían sido últimamente lanzadas acusaciones contra el gobierno sovietista comprenden ahora que todo era obra de provocadores. Comprenden adonde les llevaron los agentes de la Entente y de la contrarrevolución».
«Justamente en el momento en que en América asume de nuevo las riendas del gobierno el partido republicano y se muestra inclinado a reanudar las relaciones comerciales con la Rusia sovietista, la difusión de falsos rumores y la organización de desórdenes en Kronstadt tienen por único objeto impresionar al nuevo presidente americano para que cambie su táctica hacia Rusia. La Conferencia de Londres se celebró en este mismo período y la diseminación de semejantes rumores influyó en la delegación turca y la hizo apta para ceder a las exigencias de la Entente. La revuelta de la tripulación delPetropavlovsk es, sin duda alguna, un punto de la gran conspiración para crear dificultades en el interior de la Rusia soviética y para desacreditar nuestra situación internacional. Este plan es puesto en ejecución en la Rusia misma por un general zarista y por ex oficiales, y sus actividades reciben el apoyo de los mencheviques y de los socialrevolucionarios».
El Comité de defensa de Petrogrado, dirigido por su presidente, Zinoviev, asumió el control completo de la ciudad y de la provincia de Petrogrado. Todo el distrito norte fue declarado en estado de guerra y todas las reuniones quedaron prohibidas. Se tomaron precauciones extraordinarias para proteger las instituciones gubernamentales y se colocaron ametralladoras en el hotel Astoria, ocupado por Zinoviev y otros altos funcionarios bolcheviques. Proclamas pegadas en los muros ordenaban la vuelta inmediata de los huelguistas a sus fábricas, prohibiendo la suspensión del trabajo y previniendo a la población para que no se reuniese en las calles. «En casos semejantes —se decía en el ukase— los soldados recurrirán a las armas. En caso de resistencia, la orden es fusilar sumariamente».
El Comité de defensa tomó medidas sistemáticas «para limpiar la ciudad». Numerosos obreros, soldados y marinos en los que se sospechaban simpatías por Kronstadt, fueron encarcelados. Todos los marinos de Petrogrado y varios regimientos del ejército, considerados «políticamente sospechosos», fueron enviados a puntos lejanos, en tanto que las familias de los marinos de Kronstadt, que vivían en Petrogrado, fueron detenidas en calidad de rehenes. El Comité de defensa notificó a Kronstadt su decisión por medio de una proclama difundida en la ciudad el 4 de marzo por un aeroplano y en la cual se decía: «El Comité de defensa declara que los encarcelados son retenidos como rehenes por el comisario de la flota del Báltico, N. N. Kuzmin, por el presidente del Soviet de Kronstadt, T. Vasiliev, y otros comunistas. Al menor daño que sufran nuestros camaradas arrestados, los rehenes pagarán con su vida».
«No queremos efusión de sangre. Ni un solo comunista ha sido fusilado por nosotros», fue la respuesta de Kronstadt.
Una nueva vida reanimó a Kronstadt. El entusiasmo revolucionario igualaba al de las jornadas de octubre, cuando el heroísmo y la decisión de los marinos jugaron un papel decisivo. Por primera vez, después dé haber tomado el partido comunista en sus manos el control exclusivo de la revolución y de los destinos de Rusia, Kronstadt se sentía libre. Un nuevo espíritu de solidaridad y fraternidad había reunido a los marinos, a los soldados de la guarnición, a los obreros de las fábricas y a los elementos destacados que no pertenecían a ningún partido, en un esfuerzo común por la causa de todos. Hasta los mismos comunistas se contagiaron de la fraternidad de toda la ciudad y participaron en los preparativos para las elecciones del Soviet de Kronstadt.
Entre las primeras medidas tomadas por el Comité revolucionario provisional, hay que mencionar las referentes a la conservación del orden revolucionario en Kronstadt y la de hacer aparecer un órgano oficial del Comité, Izvestia, cotidiano. Su primer llamamiento al pueblo de Kronstadt (núm. 1, marzo 3 de 1921), caracterizaba completamente la actitud y el espíritu de los marinos: «El Comité revolucionario, se dice allí, se preocupa sobre todo de que no haya efusión de sangre. Ha dedicado todos sus esfuerzos a mantener el orden revolucionario en la ciudad, en la fortaleza y en los fuertes. ¡Camaradas y ciudadanos, no detengáis el trabajo! ¡Obreros, permaneced en vuestros establecimientos! ¡Marinos y soldados, no abandonéis vuestros puestos! Todos los empleados, todas las instituciones sovietistas deben continuar su trabajo. El Comité revolucionario provisional os exhorta, camaradas y ciudadanos, a prestarle ayuda. Su misión es organizar, en cooperación fraternal con vosotros, las condiciones necesarias para las elecciones justas y honestas del nuevo Soviet».
Las páginas del Izvestia traen pruebas abundantes de la profunda fe del Comité revolucionario en el pueblo de Kronstadt y en sus aspiraciones hacia los soviets libres como el verdadero camino de la emancipación del yugo opresivo de la burocracia comunista. En su diario y en los radiogramas, el Comité revolucionario tomaba en serio, con indignación, la campaña de calumnias, y se dirigió nuevamente al proletariado de Rusia y del mundo en demanda de su simpatía y de su ayuda. El radiograma del 6 de marzo daba la idea fundamental del llamado de Kronstadt:
«Nuestra causa es justa. Estamos por el poder de los Soviets y no de los partidos. Estamos por la elección libre de los representantes de las masas laboriosas. Los sucedáneos de los soviets, manipulados por el partido comunista, fueron siempre sordos a nuestras necesidades y a nuestras peticiones; la única respuesta que hemos recibido siempre fue la bala asesina. ¡Camaradas! No sólo os engañan; desnaturalizan deliberadamente la verdad y se rebajan hasta la difamación más vil. En Kronstadt todo el poder está exclusivamente en manos de los marinos, de los soldados y de los obreros revolucionarios, y no en las de los contrarrevolucionarios dirigidos por un Kozlovsky, como trata de haceros creer el radio embustero de Moscú. ¡No tardéis, camaradas! Uníos a nosotros, entrad en contacto con nosotros; exigid la admisión de vuestros delegados en Kronstadt. Ellos solos podrán deciros toda la verdad, y desenmascararán la calumnia cruel sobre el pan finlandés y los ofrecimientos de la Entente.
¡Viva el proletariado revolucionario de la ciudad y de los campos!
¡Viva el poder de los Soviets libremente elegidos!»
El Comité revolucionario provisional tenía al principio su sede a bordo del barco insignia, el Petropavlovsk; pero después de algunos días se trasladó a la Casa del Pueblo, en el centro de Kronstadt, de modo que estuviera, como escribe el Izvestia, «en contacto más continuo con la población y fuera más fácil el acceso al Comité que cuando estaba a bordo del navío». A pesar de que la demencia virulenta continuaba en la prensa comunista contra Kronstadt, calificada de «rebelión contrarrevolucionaria del general Kozlovsky», la verdad es que el Comité revolucionario era exclusivamente proletario, estando compuesto, en su mayor parte, de obreros de un pasado revolucionario. El Comité estaba compuesto de los quince miembros siguientes:
Petrichenko, primer escribiente, pabellón Petropavlovsk.
Yakovenko, telefonista, distrito de Kronstadt.
Ososov, mecánico del «Sebastopol».
Arjipof, mecánico.
Perepelkin, mecánico del «Sebastopol».
Petruchev, jefe mecánico del «Petropavlovsk».
Kupolov, primer ayudante mecánico.
Verchinin, marinero del «Sebastopol».
Tiukin, electricista.
Romanenko,guarda de los docks de aviación.
Orechin, administrador de la Tercera Escuela Técnica.
Valk, carpintero.
Pavlov, obrero de las minas marinas.
Baikov, carretero.
Kilgast, marinero.
Izvestia, de Kronstadt, comentó como sigue esta lista: «He aquí nuestros generales, señores Trotsky y Zinoviev, en tanto que los Brusilov, los Kamenev, los Tujachevski y otras celebridades del régimen zarista están en vuestras filas».
El Comité revolucionario provisional gozaba de la confianza de toda la población de Kronstadt. Se conquistó el respeto general estableciendo el principio de «derechos iguales para todos, privilegios para nadie», y manteniéndolo rigurosamente. La ración de víveres (paiok) fue nivelada, Los marinos, que, bajo el régimen bolchevique, recibían raciones mucho más elevadas que las establecidas para los obreros, decidieron no aceptar más de lo que se daba al ciudadano o al obrero. Las raciones especiales y las mejores se distribuyeron solamente en los hospitales y entre los niños.
La actitud generosa y equitativa del Comité revolucionario hacia los miembros del partido comunista en Kronstadt —sólo algunos de ellos fueron arrestados, a pesar de las represiones bolcheviques y de la detención de las familias de los marinos como rehenes— ganó el respeto de los comunistas mismos. Las páginas del Izvestia contienen comunicaciones numerosas de agrupaciones y organizaciones comunistas de Kronstadt, que condenan la actitud del gobierno central y apoyan la línea de conducta y las medidas tomadas por el Comité revolucionario provisional. Gran número de comunistas de Kronstadt habían anunciado públicamente su salida del partido en señal de protesta contra su despotismo y su corrupción burocrática. En diversos números del Izvestia se publicaron centenares de nombres de comunistas a quienes su conciencia hacía imposible «la permanencia en el partido del verdugo Trotsky», como se expresaban algunos. Las dimisiones del partido comunista fueron pronto tan numerosas, que daban la impresión de un éxodo general.[4] Las cartas siguientes, tomadas al azar de entre un montón, dan una característica suficiente del sentimiento de los comunistas de Kronstadt:
«He comprendido al fin que la política del partido comunista llevó al país a un abismo. El partido se ha hecho burocrático. No aprendió nada y nada quiere aprender. Rehúsa escuchar la voz de 115 millones de campesinos, y no quiere comprender que únicamente la libertad de palabra y la posibilidad de participar en la reconstrucción del país por medio de métodos diferentes de elecciones pueden despertar a la nación de su letargo».
Rehusó de aquí en adelante considerarme miembro del partido comunista ruso. Apruebo completamente la resolución adoptada en la reunión de toda la población el 1º de marzo y pongo, por consiguiente, mis energías y mis aptitudes a disposición del Comité revolucionario provisional».
«Herman Kanev, oficial del ejército rojo».
«Hijo de un desterrado del proceso de los 193».[5]
(Izvestia, núm. 3, marzo 5 de 1921.)
«A mis alumnos de las Escuelas industrial, militar roja y naval:»
«¡Camaradas!»
«He vivido casi treinta años con el amor profundo al pueblo y he llevado la luz y la ciencia, en la medida de mis fuerzas, a todos los que estaban ávidos de ellas, y esto hasta el último momento».
«La revolución de 1917 dio más ímpetu a mi trabajo, aumentando mi actividad, y me dediqué más que nunca a servir a mi ideal. «La consigna comunista «todo para el pueblo» me inspiró con su nobleza y su belleza, y en febrero del año 1920 fui candidato del partido comunista. Pero el primer tiro de fusil disparado contra un pueblo pacífico, sobre mis hijos queridos, cuyo número asciende a siete mil en Kronstadt, me llenó de horror al poder ser considerada como cómplice de la responsabilidad en la efusión de sangre de estos inocentes. Siento que no puedo creer ya ni propagar la idea que ha caído en desgracia por un acto criminal. Así, pues, desde el primer disparo de fusil ceso de considerarme miembro del partido comunista».
«María Nicolaevna Schatel, maestra».
(Izvestia, núm. 6, 8 de marzo de 1921.)
Declaraciones semejantes aparecen casi en cada número del Izvestia. La declaración más interesante fue la del Bureau provisional de la sección de Kronstadt del partido comunista; su manifiesto a los miembros de la sección fue publicado en el Izvestia (núm. 2, del 4 de marzo):
«Que cada camarada de nuestro partido esté a la altura de la importancia del momento.
«No deis ningún crédito a los falsos rumores de que han fusilados comunistas y de que los comunistas de Kronstadt tienen la intención de rebelarse con las armas en la mano. Esos rumores son difundidos con el propósito de provocar la efusión de sangre».
«Declararnos que nuestro partido ha defendido siempre las conquistas de la clase obrera contra todos los enemigos conocidos y desconocidos del poder de los Soviets obreros y campesinos y continuará defendiéndolos».
«El Bureau provisional del partido comunista de Kronstadt reconoce la necesidad de las nuevas elecciones del Soviet y pide a los miembros del partido comunista que participen en ellas».
«El Bureau provisional ordena a los miembros del partido permanezcan en sus puestos y no impidan ni obstaculicen las medidas del Comité revolucionario provisional».
«¡Viva el poder de los Soviets!» «¡Viva la unión internacional de los trabajadores!»
«Bureau provisional de la sección de Kronstadt del partido comunista ruso, F. Pervuchin, I. Ilin, A. Kabanov.»
Otras diversas secciones civiles y militares expresaron en términos análogos su oposición al régimen de Moscú y su asentimiento a las peticiones de los marinos de Kronstadt. Un gran número de resoluciones en ese sentido fueron también adoptadas por los regimientos del ejército rojo de guarnición en Kronstadt. La siguiente resolución da una idea del espíritu y de la tendencia que reinaba en todas partes:
«Nosotros, soldados del ejército rojo del fuerte de Krasnoarmeets, estamos en cuerpo y alma con el Comité revolucionario provisional y defenderemos hasta el último momento al Comité revolucionario, a los obreros y a los campesinos».
«Que nadie crea en las mentiras de las proclamas comunistas diseminadas por los aeroplanos. No tenemos aquí ni generales ni oficiales zaristas. Kronstadt fue siempre la ciudad de los obreros y de los campesinos, y lo seguirá siendo. Los generales están al servicio de los comunistas».
«En el momento actual, cuando la suerte del país está en la balanza, nosotros, que hemos tomado el poder en nuestras manos, y que hemos entregado el mando supremo al Comité revolucionario, declaramos a la guarnición entera y a todos los trabajadores que estamos dispuestos a morir por la libertad de las clases laboriosas».
«Libertados del yugo comunista de estos tres años y del terror, preferimos morir antes que retroceder un solo paso. ¡Viva la Rusia libre del pueblo obrero!»
«El destacamento del fuerte de Krasnoarmeets».
(Izvestia, núm. 5, 7 de marzo de 1921.)
Kronstadt fue inspirado por el amor apasionado hacia la Rusia libre y por la fe ilimitada en los Soviets verdaderos. Era seguro ganar la ayuda de toda Rusia, de Petrogrado sobre todo, realizando así la liberación completa del país, El Izvestia de Kronstadt vuelve siempre sobre esta esperanza y esta actitud, y en numerosos artículos y manifiestos trata de hacer lícita su posición ante los bolcheviques y sus aspiraciones hacia la fundación de una nueva vida libre para Kronstadt, para el resto de Rusia. Este gran ideal, la pureza de los motivos y la esperanza ferviente de la liberación próxima, son puestas de relieve de un modo notable en las páginas del órgano oficial del Comité revolucionario provisional de Kronstadt, y expresan integralmente el espíritu de los soldados, de los marinos y de los obreros. A los ataques feroces de la prensa bolchevique, a las mentiras infames sembradas por la radio de Moscú que acusaba a Kronstadt de contrarrevolucionario y de conspirador blanco, el Comité revolucionario respondía con dignidad. Reproducía a menudo en, su órgano las proclamas de Moscú, de modo que la población de Kronstadt se diera cuenta de en qué bajezas eran capaces de caer los bolcheviques. De tanto en tanto, los métodos comunistas eran expuestos y caracterizados por el Izvestia con una indignación legítima. Así leemos en el número 6, del 8 de marzo, bajo el título «Nosotros y ellos»:
«No sabiendo cómo retener el poder que se les va de las manos, los comunistas emplean las más villanas provocaciones. La prensa despreciable ha movilizado todas las fuerzas para incitar a las masas y para hacer aparecer el movimiento de Kronstadt como una conspiración de los guardias blancos. En este momento, una camarilla de bellacos desvergonzados envió al mundo la infame noticia de que Kronstadt se había vendido a Finlandia. Sus periódicos vomitan fuego y veneno; habiendo fracasado en la tarea de persuadir al proletariado de que Kronstadt está en manos de los contrarrevolucionarios, tratan ahora de apelar a los sentimientos nacionalistas».
«Todos los países saben ya, por nuestros radiogramas, por qué luchan la guarnición de Kronstadt y los obreros. Pero los comunistas tratan de desnaturalizar la importancia de los acontecimientos, esperando de este modo inducir a error a nuestros hermanos de Petrogrado».
«Petrogrado está cercado por las bayonetas de los kursanty y de los «guardias» del partido, y Maliuta Schuratov —Trotsky— no permite a los delegados de los obreros y de los soldados independientes venir a Kronstadt. Teme que averigüen toda la verdad, y que la verdad barra inmediatamente a los comunistas, dando a las masas obreras instruidas la posibilidad de tomar el poder en sus manos callosas».
Esta es la razón por la cual el Soviet de Petrogrado no respondió a nuestro radio en que pedíamos fuesen enviados a Kronstadt camaradas verdaderamente imparciales.
«Asustados por su propio miedo, los jefes comunistas estrangularon la verdad y defienden la mentira de que los guardias blancos obran en Kronstadt, de que el proletariado de Kronstadt se ha vendido a Finlandia y a los espías franceses, de que los finlandeses han organizado ya su ejército para atacar a Petrogrado con la ayuda de los rebeldes de Kronstadt, y así sucesivamente».
«A todo esto no tenemos más que una sola cosa que responder: ¡Todo el poder a los Soviets! ¡Quitad vuestras manos de ellos, esas manos rojas con la sangre de los mártires de la libertad, que murieron luchando contra los guardias blancos, contra los propietarios y contra la burguesía!» En un lenguaje sencillo y franco, Kronstadt trataba de expresar la voluntad del pueblo, que aspiraba a la libertad y a la posibilidad de determinar su propio destino. Sentía que era la vanguardia, por decirlo así, del proletariado de Rusia, dispuesto a levantarse para defender el gran ideal por el cual el pueblo había luchado y sufrido en la revolución de octubre. La fe de Kronstadt en el sistema de los soviets era profunda y persistente: su consigna universal: ¡Todo el poder a los Soviets y no a los partidos!, era su programa; no había tiempo de desarrollarlo ni de ocuparse en teorías. Los esfuerzos convergían hacia la emancipación del pueblo del yugo comunista. Este yugo, ya insoportable, hizo necesaria una nueva, una tercera revolución. La ruta hacia la libertad y la paz pasaba por los Soviets libremente elegidos; esta era la piedra fundamental de la nueva revolución». Las páginas del Izvestia testimonian ampliamente la rectitud incorruptible y la abnegación sin límites de los obreros y de los marinos de Kronstadt, la fe conmovedora que tenían en su misión de iniciadores de la tercera revolución. Estas aspiraciones y estas esperanzas están claramente expuestas en el número 6 del Izvestia del 9 de marzo, en el artículo de fondo titulado «Por qué finalidad combatimos»: «Por la revolución de octubre había esperado alcanzar su emancipación. Pero una esclavitud todavía más grande de la individualidad humana resultó de ella».
El poder de la monarquía policíaca cayó en manos de los usurpadores —los comunistas— que, en lugar de dar al pueblo la libertad, le han inspirado solamente un miedo terrible a la checa, la cual, por sus horrores, supera al régimen policiaco del zarismo... Pero lo que es peor y más criminal es la cábala espiritual de los comunistas; han puesto también su mano sobre el mundo interior de las masas laboriosas, obligando a cada uno a pensar según la fórmula comunista».
«La Rusia de los trabajadores, la primera que levantó la bandera roja de la emancipación del trabajo, está anegada en la sangre de los martirizados para mayor gloria de la dominación comunista. Los comunistas ahogan en ese mar de sangre todas las bellas promesas y posibilidades de la revolución proletaria. Es evidente, en la actualidad, que el partido comunista ruso no es el defensor de las masas obreras, como lo pretende. Los intereses de la clase obrera le son extraños. Una vez obtenido el poder, no tiene más que un solo temor el de perderle. Considera, por tanto, aplicables todos los medios de difamación, violencia, decepción, asesinato y venganza sobre las familias de los rebeldes».
«Pero el fin de esta paciencia de mártir está próximo; el país está iluminado aquí y allá por el incendio de la rebelión en la lucha contra la opresión y la violencia. Las huelgas de obreros se multiplican, pero el régimen policiaco de los bolcheviques ha tomado todas sus precauciones contra la conflagración de la inevitable tercera revolución».
«Pero, pese a todo esto, ha llegado y es realizada por las masas obreras. Los generales del comunismo saben bien que es el pueblo el que se ha levantado, que es el pueblo el que se ha convencido de la traición de los comunistas a las ideas del socialismo. Temiendo por su piel y sabiendo que no podrán ocultarse en ninguna parte para escapar a la cólera de los trabajadores, los comunistas tratan aún de aterrorizar a los rebeldes con la prisión, con la ejecución y con otras barbaridades. Pero la vida bajo la dictadura comunista es peor que la muerte...»
«No existe un camino intermedio. ¡Es preciso vencer o morir! ejemplo lo ha dado Kronstadt, el terror de la contrarrevolución de la derecha como de la izquierda. Es aquí donde el gran acto revolucionario fue realizado. Es aquí donde fue enarbolada la bandera de la rebelión contra la tiranía de estos tres años y contra la opresión de la autocracia comunista que hicieron palidecer el despotismo monárquico de los últimos tres años. Es aquí, en Kronstadt, donde se colocó la piedra fundamental de la tercera revolución que romperá las últimas cadenas del trabajador y le abrirá la nueva y amplia ruta de la edificación socialista».
«Esta nueva revolución sublevará las grandes masas del Oriente y Occidente y servirá de ejemplo al nuevo socialismo constructor, en oposición a la «construcción» comunista mecánica y gubernamental. Las masas obreras sabrán que todo lo que ha sido hecho hasta aquí en nombre de los obreros y campesinos, no era el socialismo».
«El primer paso se ha dado sin un solo disparo de fusil, sin la efusión de una sola gota de sangre. No la verterán más que en caso de defensa. Los obreros y campesinos avanzan: dejan tras sí a la Constituyente con su régimen burgués y la dictadura del partido comunista con su checa y su capitalismo de Estado que han estrechado el nudo en tomo al cuello de los trabajadores y amenazan estrangularlos».
«El cambio que acaba de tener lugar ofrece a las masas laboriosas la posibilidad de asegurarse, por fin, los Soviets libremente elegidos y que podrán ser perfeccionados sin temor al látigo del partido; pueden reorganizarse ahora los sindicatos estatizados en asociaciones voluntarias de obreros, de campesinos y de trabajadores intelectuales. La máquina policíaca de la autocracia, por fin, ha sido quebrantada».
Así estaba concebido el programa; estas fueron las peticiones inmediatas en respuesta de las cuales el gobierno bolchevique comenzó el ataque a Kronstadt el 7 de marzo de 1921, a las 6’45 de la tarde.
Kronstadt era generoso. Ni una gota de sangre comunista fue vertida, a pesar de todas las provocaciones, del bloqueo de la ciudad y de las medidas represivas del gobierno bolchevique. Desdeñaba imitar el ejemplo comunista de venganza y llegaba hasta vigilar la población contra todo exceso de que pudieran ser objeto los miembros del partido comunista. El Comité revolucionario provisional publicó en este sentido un manifiesto a la población de Kronstadt, justamente después que el gobierno bolchevique hubo rechazado la petición de los marinos para la liberación de los rehenes detenidos en Petrogrado. La petición de Kronstadt, enviada radiotelegráficamente al Soviet de Petrogrado, y el manifiesto del Comité revolucionario fueron publicados el mismo día, 7 de marzo. Los reproducimos aquí:
«En nombre de la guarnición de Kronstadt, el Comité revolucionario de Kronstadt exige que las familias de los marinos, obreros y soldados rojos detenidas como rehenes por el Soviet de Petrogrado sean puestas en libertad en el plazo de veinticuatro horas».
«La guarnición de Kronstadt declara que los comunistas gozan de plena libertad en Kronstadt y que sus familias están absolutamente fuera de todo peligro. El ejemplo del Soviet de Petrogrado no será seguido aquí, porque consideramos esos métodos (la toma de rehenes) como los más ignominiosos y bárbaros, aunque sean provocados por la desesperación. La historia no conoce una infamia tal».
«Marino Petrichenko, presidente del Comité revolucionario provisional. — Kilgast, secretario».
En el manifiesto a la población de Kronstadt se dice, entre, otras cosas:
«La opresión constante de las masas laboriosas por la dictadura comunista, produjo una indignación y un resentimiento completamente natural en la población. A consecuencia de este estado de cosas, algunas personas, emparentadas con los comunistas, fueron maltratadas y boicoteadas. Esto no debe suceder. Nosotros no buscamos la venganza, defendemos nuestros intereses obreros».
Kronstadt vivía en el espíritu de su santa cruzada, tenía fe completa en la justicia de su causa y se consideraba el verdadero defensor de la revolución.
Penetrados de esta idea, los marinos no querían creer que el gobierno los atacaría con las armas en la mano. En estos hijos del sol y del mar, persistía semiconscientemente la idea de que la victoria no puede ganarse solamente con la violencia. La psicología eslava parece inducir que la justicia de su causa y la fuerza del espíritu revolucionario bastan para que esa causa triunfe. En todo caso, Kronstadt rehusó tomar la iniciativa.
El Comité revolucionario no quiso escuchar la opinión persuasiva de los peritos militares en favor de un ataque inmediato contra Oranienbaum, fortaleza de gran valor estratégico. Los soldados y los marinos de Kronstadt tenían por fin el establecimiento de los Soviets libres, y estaban dispuestos a defender sus derechos contra todo ataque, pero se negaban a convertirse en agresores.
En Petrogrado circulaban rumores persistentes de que el gobierno se preparaba a operar militarmente contra Kronstadt. Pero la población no creía en esos rumores; la cosa parecía de tal modo repugnante, que se la consideraba ridícula. Como se dijo anteriormente, el Comité de defensa (llamado oficialmente Consejo de Trabajo y de Defensa) declaró la capital en «estado extraordinario de sitio». Las reuniones, las más insignificantes aglomeraciones en las calles, fueron prohibidas. Los obreros de Petrogrado no sabían nada de lo que pasaba en Kronstadt; las únicas informaciones, procedentes de la prensa comunista, y los frecuentes boletines hablaban siempre del «general zarista Kozlovsky, que había organizado la rebelión contrarrevolucionaria en Kronstadt». La población esperaba con ansiedad la sesión convocada por el Soviet de Petrogrado y que debía decidir sobre la actitud frente a Kronstadt.
El Soviet de Petrogrado se reunió el 4 de marzo; no podían asistir a esa reunión más que los invitados, y estos, generalmente, eran los comunistas. El autor del presente trabajo —entonces en buenas relaciones con los bolcheviques y sobre todo con Zinoviev— estuvo presente en esa reunión. Como presidente del Soviet de Petrogrado, Zínoviev declaró abierta la sesión y pronunció un largo discurso sobre la situación de Kronstadt. Yo confieso que había ido a la reunión más bien dispuesto a favor del punto de vista de Zinoviev; estaba alerta contra el menor indicio de una tentativa contrarrevolucionaria en Kronstadt. Pero el discurso de Zinoviev bastó para convencerme de que las acusaciones comunistas contra los marinos eran una pura invención sin la menor sombra de veracidad. Oí hablar a Zinoviev en varias ocasiones. Tenía el don de convencer, una vez aceptadas sus premisas, pero en esa reunión todo su aspecto, su argumentación, su tono, sus modales, todo reflejaba la falsedad, la insinceridad de sus palabras. Me parecía patentizar la protesta de su propia conciencia. La única «pieza de convicción» presentada contra Kronstadt era la famosa resolución del 1º de marzo, cuyas peticiones eran justas y hasta moderadas. Sólo a base de ese documento y de la denuncia vehemente y casi histórica de Kalinin contra los marinos, se decidió el paso fatal. La resolución contra Kronstadt, preparada de antemano y presentada por conducto de Yevdokimo —la mano derecha de Zinoviev— fue aceptada por los delegados sobreexcitados a un alto grado de intolerancia y de ferocidad sanguinaria; la aceptación de esta moción tuvo efecto en pleno tumulto y en medio de las protestas de varios delegados de las fábricas de Petrogrado y del representante de los marinos. La resolución declaró a Kronstadt culpable de un motín contrarrevolucionario contra el poder sovietista, y exigía su rendición inmediata.
Eso era una declaración de guerra. Gran número de los comunistas mismos se negaban a creer que se llegara a poner en ejecución la resolución; era monstruoso atacar con fuerza armada «el orgullo y la gloria de la revolución rusa», como había bautizado Trotsky a los marinos de Kronstadt. En círculo íntimo de amigos, gran número de comunistas sensatos amenazaban con separarse del partido si se consumaba un acto tan sanguinario.
Trotsky debía dirigir el Soviet de Petrogrado; su ausencia era interpretada por algunos como señal de que la gravedad de la situación era exagerada. No obstante, llegó a Petrogrado durante la noche, y al día siguiente, 5 de marzo, publicó su ultimátum a Kronstadt:
«El gobierno de los obreros y campesinos ha decretado que Kronstadt y los navíos en rebelión deben someterse inmediatamente a la autoridad de la república sovietista. Ordeno, por consiguiente a todos los que levantaron su mano contra la patria socialista que rindan de inmediato las armas. Los recalcitrantes deberán ser desarmados y, remitidos a las autoridades sovietistas. Los comisarios y otros representantes del gobierno que se encuentren arrestados deben ser puestos en libertad inmediatamente. Sólo aquellos que se rindan incondicionalmente pueden contar con el perdón de la república sovietista.
«Publico simultáneamente las órdenes de preparar la represión de la revuelta y la sumisión de los amotinados por la fuerza armada. Toda la responsabilidad de los daños que la población pacífica tenga que sufrir, recaerá enteramente sobre la cabeza dé los insurrectos contrarrevolucionarios.
«Esta advertencia es definitiva».
«Trotsky, presidente del Consejo revolucionario de la República. — Kamenev, comandante en jefe».
La situación empeoraba. Considerables fuerzas militares afluían a Petrogrado y a sus alrededores. El ultimátum de Trotsky fue seguido de una orden que contenía la amenaza histórica: «Os abatiré como perdices». Varios anarquistas, entonces en Petrogrado, intentaron un último esfuerzo para inducir a los bolcheviques a que desistieran de atacar a Kronstadt. Consideraban de su deber, ante la revolución, el intento de ese esfuerzo, aunque desesperado, para impedir la masacre inminente de la flor revolucionaria de Rusia, los marinos y los obreros de Kronstadt. Enviaron el 5 de marzo una protesta al Comité de Defensa, indicando las intenciones pacíficas y las justas peticiones de Kronstadt, recordando a los comunistas la historia revolucionaria heroica de los marinos y proponiendo un medio de resolver el conflicto, propio de camaradas y de revolucionarios. He aquí el documento:
«Al Consejo de Trabajo y de Defensa de Petrogrado», «Al presidente Zinoviev».
«Guardar silencio ahora es imposible, es hasta criminal. Los acontecimientos que acaban de producirse nos obligan, como anarquistas, a hablar francamente y a declarar nuestra actitud en la situación actual».
«El espíritu de descontento y de inquietud presente entre los obreros y marinos es el resultado de causas que exigen nuestra más seria atención. El frío y el hambre han engendrado el descontento, y la ausencia de la menor posibilidad de discusión y de crítica obliga a los marinos y a los obreros a declarar abiertamente sus agravios».
»Las bandas de guardias blancos quieren y podrán explotar ese intento en beneficio de sus propios intereses de clase. Ocultándose tras los nombres de los marinos reclaman la Asamblea Constituyente, el comercio libre y otras peticiones del mismo género.
«Nosotros, anarquistas, hemos expuesto desde hace mucho tiempo el fondo engañoso de esas exigencias y declaramos ante todos que lucharemos con las armas en la mano contra toda tentativa contrarrevolucionaria, en común con todos los amigos de la revolución social y al lado de los bolcheviques».
«Respecto al conflicto entre el gobierno sovietista y los obreros y los marinos, somos de opinión que debería ser liquidado, no por las armas, sino por medio de un acuerdo revolucionario fraternal y con espíritu de camaradería. Recurrir a la efusión de sangre de parte del gobierno sovietista, en la situación actual, ni intimidaría ni apaciguaría a los obreros; al contrario, serviría sólo para agravar la crisis y para reforzar los manejos de la Entente y de la contrarrevolución interior».
«Y lo que es aun más importante, el empleo de la fuerza por el gobierno de los obreros y los campesinos contra obreros y campesinos, tendrá un efecto reaccionario en el movimiento revolucionario internacional y resultará en todas partes un daño y un mal incalculable para la revolución social».
«¡Camaradas bolcheviques, reflexionad antes que sea demasiado tarde! No juguéis con fuego; estáis en la víspera de dar un paso decisivo».
«Os sometemos la proposición siguiente: elegir una comisión de cinco miembros, entre ellos algunos anarquistas. La comisión irá a Kronstadt para arreglar el conflicto por medios pacíficos. En la situación presente es ese el método más radical. Tendrá una importancia revolucionaria internacional».
«Alejandro Berkman, Emma Goldman, Perkus, Petrovsky.»
«Petrogrado, 5 de mayo de 1921».
Zinoviev, que había sido informado de que debía ser sometido un documento sobre Kronstadt al Consejo de Defensa, envió a buscarlo a un representante personal. Si fue o no discutida la carta por este Consejo, no lo sé. Lo cierto es que no se decidió nada al respecto.
Kronstadt, heroico y generoso, soñaba con la liberación de Rusia por la tercera revolución, que estaba orgulloso de haber iniciado. Libertad y fraternidad universal eran su lema. Consideraba la tercera revolución como un desenvolvimiento gradual de la emancipación, cuyo primer paso era la acción libre de los Soviets independientes, sin el control de un partido político cualquiera y que cristalizase la voluntad y los intereses del pueblo. Estos marinos sinceros y cándidos proclamaban a los obreros del mundo su gran ideal, y apelaban al proletariado para que uniese sus fuerzas a las suyas en la lucha, con plena confianza de que su causa hallaría un apoyo entusiasta y de que, sobre todo y ante todo, los obreros de Petrogrado se apresurarían a ir en su ayuda.
En el intervalo, Trotsky reunía sus fuerzas. Las divisiones más fieles de todos los frentes, los regimientos de los kursanty, los destacamentos de la Checa y las unidades militares más exclusivamente compuestas de comunistas, se habían reunido en los fuertes de Sestroretsk, Lisy Nos, Krasnaia Gorka y en las posiciones vecinas fortificadas. Los mejores técnicos militares rusos fueron enviados al teatro de operaciones para trazar los planes del bloqueo y del ataque a Kronstadt, mientras el famoso Tujachevsky fue designado comandante en jefe durante el asedio de Kronstadt.
El 7 de marzo, a las 6:45 de la tarde, las baterías de Sestroretsk y de Lisy Nos descargaron sus primeros tiros sobre Kronstadt. Era el aniversario del día de los obreros. Kronstadt, asediado y atacado, no olvidó esa gran fiesta. Bajo el fuego de numerosas baterías, los bravos marinos enviaron un radio de congratulación a los obreros del mundo, acto característico del estado de espíritu de la ciudad rebelde. He aquí el mensaje:
«Hoy es una fiesta universal, el día del obrero. Nosotros los kronstadinos enviamos —en medio del estruendo de los cañones— nuestros saludos fraternales a los trabajadores del mundo. Os deseamos que realicéis pronto vuestra emancipación de toda forma violencia y de opresión. ¡Vivan los obreros libres revolucionarios! ¡Viva la revolución mundial!»
No menos característico fue el grito de angustia de Kronstadt —«Que el mundo sepa»— publicado después del primer disparo de cañón en el número 6 del Izvestia del 8 de marzo:
«Ha sonado el primer disparo. El mariscal Trotsky, manchado hasta las rodillas en la sangre de los obreros, fue el primero en disparar sobre el Kronstadt revolucionario que se levantó contra la autocracia de los comunistas para establecer el verdadero poder de los Soviets».
«Sin haber derramado una sola gota de sangre, nosotros nos hemos libertado, nosotros, soldados rojos, marinos y obreros de Kronstadt, del yugo de los comunistas y hemos conservado sus vidas. Con la amenaza de los cañones quieren subyugamos ahora, otra vez, a su tiranía».
«No queriendo ninguna efusión de sangre, hemos pedido que fueran enviados ante nosotros delegados independientes del proletariado de Petrogrado, para ver que Kronstadt combate por el poder de los Soviets. Pero los comunistas ocultaron nuestra petición a los obreros de Petrogrado, y abrieron el fuego —la respuesta ordinaria del sedicente gobierno de los obreros y campesinos a las demandas de las masas laboriosas».
«Que los obreros del mundo entero sepan que nosotros, los defensores del poder de los Soviets, velamos por las conquistas de la revolución social».
«Venceremos o pereceremos bajo las ruinas de Kronstadt, luchando por la justa causa de las masas trabajadoras».
«Los obreros del mundo serán nuestros jueces. La sangre de los inocentes caerá sobre la cabeza de los comunistas fanáticos embriagados por el poder».
«¡Viva el poder de los Soviets!»
El bombardeo de Kronstadt por la artillería, comenzado la tarde del 7 de marzo, fue seguido de una tentativa de tomar por asalto la fortaleza. El ataque se llevó desde el norte y desde el sur por la flor y nata de las tropas comunistas vestidas con lienzos blancos cuyo color se confundía con la nieve que cubría el golfo helado de Finlandia. Estas primeras tentativas terribles para tomar la fortaleza por asalto mediante un sacrificio inconsiderado de seres humanos, fueron profundamente deploradas por los marinos en condolencias conmovedoras hacia sus hermanos de armas engañados para que considerasen a Kronstadt como contrarrevolucionario. El 8 de mayo decía el Izvestia de Kronstadt:
«No queríamos verter sangre de nuestros hermanos, y rehusábamos hacer fuego a menos que se nos obligara a ello. Debíamos defender la justa causa del pueblo obrero y nos vimos forzados a disparar sobre nuestros propios hermanos enviados a la muerte segura por los comunistas, que han engordado a expensas del pueblo».
«Desgraciadamente para vosotros, se produjo un terrible torbellino de nieve y todo fue envuelto en las tinieblas de una noche negra. Los verdugos comunistas os empujaron a todo precio, sin embargo, sobre el hielo, amenazándoos desde la retaguardia con sus ametralladoras manejadas por destacamentos comunistas».
«Muchos de vosotros perecisteis esta noche en la vasta extensión helada del golfo de Finlandia. Y cuando llegó el alba y se apaciguó el huracán, sólo los restos míseros de vuestros destacamentos, agotados y hambrientos, casi incapaces de marchar, vinieron a nosotros con sus blancos sudarios».
«Se contaba un millar de vosotros hacia el alba, y en el curso del día no se os pudo contar ya. Habéis pagado a costa de vuestra sangre esta aventura, y después de vuestra derrota, Trotsky fue a Petrogrado para traer más víctimas a la masacre, ¡porque la sangre de nuestros obreros y de nuestros campesinos le cuesta poco!...»
Kronstadt vivió en la fe profunda de que el proletariado de Petrogrado acudiría en su ayuda. Pero los obreros de la capital fueron aterrorizados y Kronstadt efectivamente bloqueada y aislada, de modo que en realidad no era posible socorro de ninguna parte.
La guarnición de Kronstadt estaba compuesta de menos de 14.000 hombres, de los cuales 10.000 eran marinos. Esta guarnición tenía que defender un frente extenso y gran número de fuertes y baterías diseminados en la extensión del golfo. Los ataques continuos de los bolcheviques, que recibían sin cesar refuerzos del gobierno central; la falta de aprovisionamiento de la ciudad asediada; las largas noches de frío, todo esto aminoraba la vitalidad de Kronstadt. Y, a pesar de todo, los marinos fueron de una perseverancia heroica, confiando hasta en el último momento en que su noble ejemplo de liberación sería seguido por todo el país y les llevaría, así, ayuda y refuerzos.En su «Manifiesto a los camaradas obreros y campesinos», el Comité revolucionario provisional declaró (Izvestia, nº 9, marzo 11): «Camaradas obreros: Kronstadt lucha por vosotros, por los hambrientos, por los transidos de frío, por los sin albergue. Kronstadt ha levantado la bandera de la revuelta, confiando que decenas de millones de obreros y campesinos responderán a su llamada. Es preciso que el alba que acaba de despuntar en Kronstadt se convierta en el sol brillante de toda Rusia. Es preciso que la explosión de Kronstadt reanime a Rusia entera, y en primer lugar a Petrogrado».
Pero la ayuda no acudía, y cada día que pasaba dejaba a Kronstadt más agotado. Los bolcheviques continuaban reuniendo tropas frescas contra la fortaleza asediada y la debilitaban con ataques constantes. Los comunistas iban consiguiendo ventaja tras ventaja. Kronstadt no ha sido construida para sostener un asalto desde atrás. Los bolcheviques difundieron el rumor de que los marinos querían bombardear a Petrogrado, y esto es de una falsedad transparente. La famosa fortaleza ha sido construida con el único fin de servir de defensa a Petrogrado contra los enemigos del exterior que se acercasen por el mar. Además, en caso de que cayese en poder del enemigo exterior, las baterías de la costa y los fuertes de Krasnaya Gorka están combinados para una batalla contra Kronstadt. Previendo esta posibilidad, los constructores no reforzaron expresamente la parte trasera de Kronstadt.
Los bolcheviques continuaron sus ataques casi cada noche.
Toda la jornada del 10 de marzo la artillería de los comunistas bombardeó sin cesar desde las costas del sur y del norte. En la noche del 12 al 13 los comunistas atacaron por el sur, habiendo recurrido nuevamente a los blancos sudarios y sacrificando varios centenares de kursanty. Kronstadt se batía con encarnizamiento, a pesar de las numerosas noches en vela y de la falta de hombres y de víveres. Luchaba con un heroísmo extraordinario contra los asaltos simultáneos del norte, del este y del sur, en tanto que las baterías de Kronstadt no servían más que para defender la fortaleza por el lado occidental. Los marinos no tenían ni un rompehielos para imposibilitar la aproximación de las fuerzas comunistas.
El 16 de marzo los bolcheviques dirigieron un ataque concentrado por tres sectores a la vez: norte, sur y este. «El plan de ataque —describió más tarde Dibenko, excomisario bolchevique de la flota, y más tarde dictador de Kronstadt— fue elaborado en sus detalles más minuciosos según las directivas del comandante en jefe, Tujachevsky y del estado mayor del ejército del sur. Al llegar la noche se inició el ataque a los fuertes. Los blancos sudarios y el valor de los kursanty nos dieron la posibilidad de avanzar en columnas».
La mañana del 17 habían sido tomados ya varios fuertes. Por la puerta de Petrogrado, el punto más débil de Kronstadt; los bolcheviques forzaron su entrada en la ciudad; entonces comenzó la masacre brutal. Los comunistas, cuyas vidas habían sido salvadas por los marinos, los traicionaban ahora, atacándolos por la espalda. El comisario de la flota del Báltico, Kuzmin, y el presidente del Soviet de Kronstadt, Vasiliev, libertados de la prisión por los comunistas, se lanzaron al combate fratricida. La lucha desesperada de los marinos y soldados de Kronstadt continuó hasta avanzada la noche contra fuerzas de una superioridad aplastante. La ciudad, que durante quince días no había hecho mal alguno a los comunistas, estaba inundada ahora por la sangre de hombres, mujeres y niños de Kronstadt.
Nombrado comisario de Kronstadt, Dibenko fue investido con plenos poderes para «limpiar la ciudad rebelde». Siguió una orgía de venganza, y la Checa contaba las numerosas víctimas de sus ejecuciones nocturnas en masa.
El 18 de marzo, el gobierno bolchevique y el partido comunista festejaban públicamente la Comuna de París de 1871, ahogada en, la sangre de los obreros franceses por Gallifet y Thiers. Celebraron al mismo tiempo la victoria de Kronstadt.
Durante las semanas que siguieron, las prisiones de Petrogrado estuvieron repletas de centenares de prisioneros de Kronstadt. Cada noche, pequeños grupos de estos prisioneros eran sacados por orden de la Checa y fusilados; entre ellos, Perepelkin, miembro del Comité revolucionario provisional de Kronstadt.
En las prisiones y campos de concentración de la región glacial de Arkangelsk y en los desiertos del lejano Turquestán, mueren lentamente hombres de Kronstadt que se levantaron contra la burocracia bolchevique y proclamaron, en marzo de 1921, la consigna de la revolución de noviembre de 1917: «¡Todo el poder a los Soviets!»
El movimiento de Kronstadt fue espontáneo, sin preparativos preliminares y pacífico. Si se transformó en un conflicto armado de fin trágico y sangriento, fue únicamente gracias al despotismo de la dictadura comunista.
Dándose bien cuenta del carácter general de los bolcheviques, Kronstadt, no obstante, creía en la posibilidad de una solución amistosa. Creía que el gobierno comunista entraría en razón; le prestaba un cierto espíritu de justicia y de libertad.
La experiencia de Kronstadt prueba una vez más que Gobierno o Estado —cualesquiera que sea su nombre y forma— es siempre el enemigo mortal de la libertad y de la independencia del pueblo.
El Estado no tiene ni alma ni principios. No tiene más que un objetivo: asegurarse el poder y conservarlo a todo precio. Esta es la lección política de Kronstadt.
Otra lección, una lección estratégica, nos ha sido dada por esta rebelión.
El éxito de una revuelta depende de su determinación, de su energía y de su fuerza agresiva. Los insurrectos tienen siempre la simpatía de las masas. Esta simpatía se acelera con la ola creciente de la insurrección. El apaciguamiento no debe permitirse jamás; no debe nunca debilitarse por una vuelta a la monotonía normal.
Por otro lado, toda revolución tiene en contra el aparato omnipotente del Estado. El gobierno puede concentrar fácilmente en sus manos las fuentes de aprovisionamiento y los medios de comunicación. No hay que permitir al gobierno que haga uso de sus poderes. La rebelión debe ser vigorosa, sus golpes deben ser dirigidos de improviso y resueltamente. No debe quedar localizada; ello significaría un estancamiento. Debe propagarse y desarrollarse. Una rebelión que queda localizada, que emplea la política de la espera o que se coloca a la defensiva, está inevitablemente condenada a la derrota.
Sobre todo, en esto Kronstadt repitió los errores estratégicos fatales de los comunistas de París. Estos últimos no quisieron seguir la opinión de los que proponían un ataque inmediato a Versalles, cuando el gobierno de Thiers estaba desorganizado. No extendieron la revolución a todo el país. Ni los obreros de París, en 1871, ni los marineros de Kronstadt, tenían por objeto la abolición del gobierno. Los comunalistas no querían, en suma, más que ciertas libertades republicanas, y cuando el gobierno intentó desarmarlos expulsaron a los ministros de Thiers de París, establecieron sus libertades se prepararon a defenderlas y nada más. Kronstadt exigió sólo elecciones libres a los Soviets. Habiendo arrestado a varios comunistas, los marineros se dispusieron a defenderse contra el ataque. Kronstadt rehusó seguir la opinión de los peritos militares d apoderarse inmediatamente de Oranienbaum. Este fuerte era de la mayor importancia militar y tenía además 50.000 puds[6] de harina perteneciente a Kronstadt. La toma de Oranienbaum era fácil, dado que los bolcheviques, sorprendidos, no tenían tiempo de enviar refuerzos. Pero los marinos rehusaron tomar la ofensiva; así se perdió el momento psicológico. Algunos días después, cuando las declaraciones y los actos del gobierno bolchevique debieron convencer a Kronstadt de que era arrastrada a una lucha a vida o muerte, era demasiado tarde para corregir el error.[7] Lo mismo pasó en 1871. Cuando la lógica de la lucha a que fueron llevados demostró a los comunalistas la necesidad de abolir el régimen de Thiers, no sólo en París sino en toda la extensión del país, era ya demasiado tarde. En París, como en Kronstadt, la tendencia hacia la táctica pasiva y defensiva fue fatal.
Kronstadt cayó. El movimiento de Kronstadt por los Soviets libres fue ahogado en sangre, en el mismo momento que el gobierno bolchevique hacía concesiones a los capitalistas europeos, firmaba la paz de Riga, gracias a la cual una población de doce millones fue arrojada a merced de Polonia y ayudaba al imperialismo turco a estrangular las repúblicas del Cáucaso.
Pero el «triunfo» de los bolcheviques en Kronstadt llevaba en sus entrañas la derrota del bolcheviquismo. Expuso el carácter verdadero de la dictadura comunista. Los comunistas mostraron que estaban dispuestos a sacrificar el comunismo, a sellar cualquier compromiso con el capitalismo internacional; y por tanto rehusaron las justas peticiones de su propio pueblo, peticiones que repetían las consignas de 1917, lanzadas por los bolcheviques mismos: Soviets elegidos por el voto directo y secreto, según la constitución de la R.S.F.S.R.; y la libertad de palabra y de prensa para los partidos revolucionarios.
El segundo congreso panruso del partido comunista se reunía en Moscú en el momento de la rebelión de Kronstadt. En ese congreso, toda la política económica bolchevique cambió de color debido a los acontecimientos de Kronstadt y a la actitud amenazante de las masas trabajadoras de las distintas partes de Rusia y de Siberia. Los bolcheviques han preferido liquidar su política fundamental, abolir la requisa obligatoria, introducir la libertad de comercio, hacer concesiones a los capitalistas y deshacerse del comunismo —del comunismo por el cual fue proclamada la revolución de noviembre, por el cual se derramaron mares de sangre y por el cual fue llevada Rusia a la ruina y a la desesperación— antes que permitir la elección de los Soviets libres.
¿Hay alguno, en la hora actual, que pueda dudar de las intenciones reales de los bolcheviques? ¿Han perseguido el ideal comunista o el ideal estatista? Kronstadt es de una gran importancia histórica. Tocó la campana fúnebre del bolcheviquismo con su dictadura de partido, su centralización insensata, su terrorismo chequista y sus castas burocráticas. Desencantó al mismo tiempo a los espíritus inteligentes y honrados de Europa y de América, y los obligó a examinar las teorías y los hechos bolcheviques. Deshizo el mito bolchevique del Estado comunista «como gobierno de los obreros y campesinos». Demostró que la dictadura del partido comunista y la revolución rusa eran dos fenómenos opuestos, contradictorios, que se excluían recíprocamente. Demostró que el régimen bolchevique es una tiranía y una reacción implacables, y que el Estado comunista es la contrarrevolución más poderosa y peligrosa.
Kronstadt cayó. Pero cayó victorioso en su idealismo y su fuerza moral, en su generosidad y su humanidad superiores. Kronstadt estaba orgulloso. Estaba orgulloso con razón de no haber derramado la sangre de sus enemigos, los comunistas que se encontraban en su seno. Los marinos ineducados e incultos, toscos en sus modales y en su lenguaje, eran demasiado nobles para seguir el ejemplo bolchevique de la venganza: no fusilaron ni a los odiosos comisarios. Kronstadt encarna el espíritu generoso y clemente del alma eslava y del movimiento emancipador secular de Rusia.
Kronstadt fue la primera tentativa popular y enteramente independiente para libertarse del yugo del socialismo de Estado, una tentativa hecha directamente por el pueblo, por los obreros, soldados y marinos mismos. Era el primer paso hacia la tercera revolución, que es inevitable y que, así lo esperamos, llevará a la desdichada Rusia la libertad permanente y la paz.
[1] Zagraaditelnye otriady, destacamentos armados organizados por los bolcheviques para suprimir el comercio ilícito y para confiscar los víveres y otros productos. La irresponsabilidad y la arbitrariedad de estos métodos se han hecho proverbiales en toda la extensión del país. El gobierno suprimió estos destacamentos en la provincia de Petrogrado la víspera de su ataque a Kronstadt —una jugarreta al proletariado de Petrogrado.
[2] Izvestia, del Comité Revolucionario provisorio de Kronstadt, número 9; 11 de marzo de 1921.
[3] Publicado en Revoliutsionnaya Rosia (órgano socialista revolucionario para el extranjero), núm. 8; marzo de 1921. Ver también Izvestia, de Moscú (órgano comunista), núm. 154; 13 de junio de 1922.
[4] El Comité central del partido comunista consideró su sección de Kronstadt de tal modo «democratizada» que, después de la derrota de Kronstadt, ordenó un nuevo registro completo de todos los comunistas de esa ciudad.
[5] El proceso célebre de los 193 en el primer período del movimiento revolucionario ruso. Comenzó hacia fines de 1877 y acabó en los primeros meses de 1878.
[6] El pud es igual a 16,4 kilos.
[7] La negativa a apoderarse de Oranienbaum dio al gobierno la posibilidad de reforzar la fortaleza con sus regimientos fieles, de eliminar las partes «infectadas» de la guarnición y de fusilar a los jefes de la escuadra aérea que iban justamente a unirse a los rebeldes de Kronstadt. Más tarde, los bolcheviques hicieron uso de la fortaleza como de un punto ventajoso de ataque contra Kronstadt. Entre los fusilados en Oranienbaum se encontraban: Kolosov, jefe de la división de los aviadores de la flota roja y presidente del Comité revolucionario provisional que acababa de organizarse en Oranienbaum; Balabanov, secretario de ese Comité; Romanov, Vladimirov, etc.
Kronstadt, de Alexander Berkman, está sacado del folleto que se editó en 1938 en Barcelona a partir de la edición castellana que en los años 20 hizo el Comité Pro Libertad de los anarquistas presos en Rusia.

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