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Timestamp: 2019-02-21 22:38:56+00:00

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Reflexiones éticas acerca de la investigación y el tratamiento en el campo de la locura
por González, Sergio Julio, Navés, Flavia Andrea
"(…) El enfermo se siente a sí mismo como un extraño y
sin embargo, no es posible darse cuenta de la experiencia
patológica sin referirla a estructuras sociales (...)"
El film estadounidense “La isla siniestra”, Shutter island, fue dirigido por Martin Scorsese. La película se inicia con un viaje en Ferry que realizan los agentes federales Ted Daniels y Chuck Aule (Leonardo DiCaprio y Mark Ruffalo) hacia la isla Shutter, dónde se encuentra ubicado un sanatorio-prisión (Ashecliffe) para criminales con desórdenes mentales.
Al arribar en la isla los agentes federales son recibidos por el personal de seguridad quienes les indican las medidas cautelares que deberán acatar durante su estadía. Más tarde, son dirigidos hacia el consultorio del médico psiquiatra Doctor Cawley (Ben Kingsley) quien los pondrá en conocimiento de la supuesta desaparición de una interna que asesinó a sus pequeños hijos y que ha escapado sin dejar rastros.
Durante el desarrollo de la investigación ambos agentes se encontrarán rodeados de psiquiatras sagaces y peligrosos pacientes psicóticos que harán sospechar a Ted Daniels de una posible conspiración en su contra.
Acercándonos al final del film se producirá un giro en el argumento de la película revelándose el secreto: Ted Daniels es un veterano de guerra y ex alguacil federal, actualmente es paciente psiquiátrico del hospital. De acuerdo con el médico psiquiatra, Ted Daniels presenta un cuadro con alucinaciones y desarrolla sucesos imaginarios para no enfrentar la realidad de sus actos. Su compañero Chuck Aule es, en realidad, su médico psiquiatra y el doctor Cawley, miembro del consejo directivo. Este último es quien pone en marcha la más radical escena simulada que se hubiera intentado en psiquiatría con la finalidad de confrontar a su paciente con su verdadera identidad “Andrew Laeddis” y con ella recuperar su historia como último intento para lograr “la cura”.
Cabe destacar que si bien la lectura del film tiene múltiples aristas nos resulta ineludible abordar las cuestiones ético-clínicas que se ponen en juego durante el tratamiento de la locura y de la investigación psicológica. Para ello recortaremos dos escenas que nos servirán como recurso didáctico para abordar la problemática elegida.
Ted Daniels y Chuck Aule ingresan al sanatorio-prisión, ubicado en la isla Shutter, con la finalidad de investigar la desaparición de una reclusa. Ambos detectives son presentados al doctor Cawley, psiquiatra encargado de la institución; con la finalidad de iniciar la investigación. Se entabla el siguiente diálogo entre los personajes:
Dr. C: Inspector Daniels…
Ted: Doctor…
Dr. C: Inspector Aule…
Ted: ¿Exactamente qué hacen?
Dr. C: Una fusión moral de la ley, el orden y el cuidad clínico…
Chuck: Perdón doctor, pero, ¿una qué de qué y qué?
Dr. C (dirigiéndose a Ted mientras mira unas fotografías ubicadas en la pared): Esos dibujos no son ficción, hace tiempo la clase de pacientes que llegaban aquí eran encadenados y abandonados, los golpeaban, creían que los azotes curarían la psicosis, metían tornillos en su cerebro…los sumergían en agua helada hasta que se desvanecían o… ahogaban.
Chuck: …y ahora…
Dr. C: Los tratamos, intentamos curarlos, si eso falla al menos les damos un cierto grado de comodidad en sus vidas… calma…
Ted: ¿Todos son criminales violentos, no es verdad?, han herido personas y matado en muchos casos…
Dr. C: en su mayoría sí…
Ted: en lo personal doctor yo diría que al diablo con su tranquilidad…
Dr. C: Mi trabajo es tratar a mis pacientes, no a sus víctimas, no voy a juzgar
Ted: Y esta prisionera que escapó…
Dr. C: Paciente…
Ted: Disculpe, paciente. Eh… Rachel Solando, escapó en las últimas 24 hs.
Dr. C: anoche, entre las 10 y las 12…
Chuck: ¿la considera peligrosa?
Dr. C: yo diría que sí, asesinó a sus tres hijos. Los ahogó…
La naturaleza de la locura: una disputa discursiva
Según Zlotnik (2008) “cuando un fenómeno es desconocido se torna necesario comenzar a apropiarse de él a través de un universo simbólico, por el cual se produce una variedad de significaciones, interpretaciones y la proliferación de las nosologías”. Durante mucho tiempo se sostuvo la imposibilidad de determinar una causa para el surgimiento de la locura, por ejemplo, en el siglo XVII los alienados eran consideraros los poseídos del demonio. Desde este postulado religioso “se desarrollaron en el siglo XVII las nuevas prácticas hospitalarias, en las que “el régimen de fuerzas” no tiene el sentido de castigo sino de la salvaguardia” (Foucault, 1961:90)
Recién en el siglo XVIII el discurso médico–jurídico instaló un dispositivo de control social y de experimentación en torno de la locura que posibilitó el desarrollo de un nuevo campo de prácticas y saberes.
El asilo no sólo resultó el lugar de encierro del “loco” sino también de todo aquel sujeto considerado improductivo para la sociedad. Las nuevas prácticas de control social establecieron un viraje que va “de una política de aniquilación del transgresor, a una política de reintegración del que se ha puesto fuera del pacto social” (Varela, Sarmiento, Puhl, Izcurdia 2010:183)
En el sanatorio-prisión Ashecliffe el paciente psiquiátrico comparte el encierro con los criminales convirtiéndose en “el objeto de la violencia institucionalizada, la que actúa en todos los niveles, (…) pues el fin es justificar el control de los antisociales en un mundo civilizado” (Varela, Álvarez, Sarmiento 2011:11).
Durante el siglo XVIII aquel despojado de toda condición de existencia humana se transformó en la vía regia para toda una proliferación discursiva que fue configurando un nuevo escenario circunscripto al campo de la “alienación mental” brindando las condiciones de posibilidad para el nacimiento de la psiquiatría; ciencia que se ocupará de brindar una descripción exhaustiva del fenómeno de la locura bajo lo que Foucault denominó como el dispositivo de “la clínica de la mirada”.
En la primera parte del film el doctor Cawley instruye a los agentes federales a cerca de las modalidades de tratamiento psiquiátrico que se les administraba a los “alienados” en épocas pretéritas “hace tiempo la clase de pacientes que llegaban aquí eran encadenados y abandonados, los golpeaban, creían que los azotes curarían la psicosis, metían tornillos en su cerebro…los sumergían en agua helada hasta que se desvanecían o… ahogaban”.
Serán los siglos venideros los que, al decir de Foucault (1961), restituirán a la enfermedad mental su naturaleza humana, pero, enajenando al enfermo mental del mundo de los hombres y cercenándolo de la sociedad.
¿La locura o las locuras?
El primer médico psiquiatra dedicado al diagnóstico, tratamiento y atención de quienes comienzan a ser llamados “alienados” es el psiquiatra francés Phillippe Pinel, quien pone el acento en la observación clínica para describir lo real. En su Traité médico-philosophique sur l´aliénation mentale (1800) sostiene que “los alienados, lejos de ser culpables a quienes hay que castigar, son enfermos cuyo penoso estado merece todas las consideraciones debidas a la humanidad sufriente, y hay que buscar por los medios más simples el restablecimiento de su razón extraviada”.
Asimismo, encontramos en Pinel una mirada organicista de la locura; consideraba a la misma como una perturbación de las funciones intelectuales y la incluía dentro de las neurosis cerebrales, siendo el cerebro el asiento de la mente. Sin embargo, no pudo establecer una causa única y clara para la locura; admitió, además de las causas orgánicas, la existencia de causas morales para su surgimiento. Es por esa razón que se establece un tipo de tratamiento específico para la locura “el tratamiento moral” que consistía en aislar al alienado de sus lazos familiares y de los problemas del mundo con la idea de evitar las pasiones que agravan la alienación mental. Sobre la base de sus fundamentos, “la locura” se introducirá en el mundo de la medicina adquiriendo el estatuto de “enfermedad”.
En la misma escena que fue citada con anterioridad el discurso del doctor Cawley pareciera estar en sintonía con el enunciado Pineliano al explicar el tipo de tratamiento que se realiza en la institución psiquiátrica “Una fusión moral de la ley, el orden y el cuidado clínico… Los tratamos, intentamos curarlos, si eso falla al menos les damos un cierto grado de comodidad en sus vidas… tengo la idea radical de que si se trata a un paciente con respeto, se le escucha y se le entiende puede curarse…”
A partir del descubrimiento realizado por Bayle, en el siglo XIX, quien ubica en la meningitis la causa de la parálisis general progresiva (síntoma ubicado dentro de la locura como género único) se produce un viraje en la historia de la enfermedad mental. El descubrimiento de una causa precisa y clara que determina la enfermedad permite repensar el origen de la locura; abandonándose la idea de la misma como género único y dando origen a “las enfermedades mentales”.
Las enfermedades mentales y sus posibles tratamientos
Adentrándonos en el siglo XX encontramos que las enfermedades mentales tuvieron nuevas formas de tratamientos sobre la base del criterio médico para su abordaje. Sin embargo, muchos de estos tratamientos no se sostenían sobre una base científica, por ejemplo el electroshock, usado en personas afectadas con un estado llamado melancolía o en esquizofrénicos, la insulinoterapia usada principalmente en el caso de pacientes con esquizofrenia, la psicofarmacología, etc.
La lobotomía transorbital es otro tipo de tratamiento psiquiátrico, la misma consiste en una técnica ablativa mediante la cual se puede producir lesiones en los lóbulos frontales. El nacimiento de este tipo de técnicas tuvo lugar en los años ´30. Los Dres. Egas y Monitz fueron los primeros que aplicaron esta técnica en pacientes con enfermedades mentales. El surgimiento de la psicofarmacología dio lugar a la declinación de esta práctica y comenzó a usarse la clorpromazina en el tratamiento de la esquizofrenia. Si bien en sus orígenes la psicofarmacología no contaba con los procesos biológicos y químicos con los que cuenta en la actualidad, permitió realizar un cambio radical en el tratamiento de las enfermedades mentales disminuyendo el uso del electroshock en los hospitales y en las clínicas psiquiátricas, abreviando el período de internación y promoviendo el tratamiento ambulatorio.
Sin embargo, tal como se refirió recientemente, las técnicas ablativas no fueron dejadas totalmente de lado, por el contrario, su práctica se fue perfeccionando y actualmente el uso de la tecnología le ofrece nuevos beneficios ya que les permite incrementar su efectividad y su seguridad.
A partir de la aplicación de las técnicas ablativas y el incipiente surgimiento de la psicofarmacología, en el campo de la psiquiatría, se produce una tensión entre las diversas escuelas que se expresa en el discurso del doctor Cawley: “¿Saben qué está viviendo el campo de la salud mental, caballeros? Una guerra… la vieja escuela cree en la intervención quirúrgica; psicocirugía, unos procedimientos como la lobotomía transorbital (…) los pacientes se vuelven razonables, dóciles, zombis… La psicofarmacología (…) relaja a los pacientes, podría decirse que los doma… Un último recurso se usa como primera respuesta: dales una píldora, enciérralos y se calmarán”.
Ted Daniels: de ex-aguacil federal a paciente psiquiátrico
(…) La ética nos lleva a pensar la locura como un proceso singular
Que impide o exalta excesivamente el devenir-sujeto.
La locura será entonces un límite de la experiencia, y no su negación (…).
Próximos al desenlace veremos como Ted Daniels busca desesperadamente a su compañero Chuck con la intensión de escaparse juntos de la isla. Recientemente se había enterado, por otro recluso, que la supuesta investigación es producto de un plan planeado con la intensión de retenerlo allí para evitar que, al salir de la isla, pueda revelar la verdad de todo lo que sucede en el sanatorio-prisión.
Durante la búsqueda se encontrará con el doctor Cawley
Dr. C: …los temblores están peor. ¿Cómo van las alucinaciones?
Ted: no tan mal
Dr. C: empeorarán
Ted: Lo sé, la doctora Solando me hablo de los neurolépticos.
Dr. C: ¿En serio?, ¿cuándo fue?
Ted: encontré a la doctora en una cueva en los riscos, pero, jamás la encontrarán.
Dr. C: No lo dudo, considerando que no es real. Las alucinaciones son peores de lo que creí. No tomas neurolépticos. De hecho no estás tomando nada.
Ted: ¿Qué demonios es esto? (refiriéndose al temblor de sus manos).
Dr. C: Abstinencia
Ted: ¿Abstinencia?, ¿De qué? No he bebido nada desde que llegué a la isla
Dr. C: Cloropromazina. No me gusta la farmacología, pero, la verdad… en tu caso… es el fármaco que te dimos durante los últimos 24 meses
Ted: ¿los últimos dos años hicieron que alguien me diera drogas en Boston? ¿Es eso?
Dr. C: No en Boston, aquí. Llevas aquí dos años eres paciente de este psiquiátrico. Eras un alguacil federal, aquí está la copia del expediente que buscabas en el edificio “C”, prueba del paciente 67. De haber salido de aquí habrías revelado toda la vedad. Parece que no tuviste tiempo para leerlo. Hazlo ahora (le entrega el expediente)
Ted: (lee) El paciente sufre de alucinaciones, veterano del ejército, ex alguacil federal propenso a la violencia, no se arrepiente de su crimen porque niega haberlo cometido, desarrolla sucesos imaginarios que le impiden enfrentar la realidad de sus actos… ¡Basta de estupideces! ¿¡Dónde está mi compañero?!
Dr. C: ¿Estás buscando la verdad? Andrew Leaddis, el paciente 67 de Ashecliffe eres tú Andrew.
Ted: Mentira…
Dr. C: La corte te envió aquí hace 24 meses, tu crimen es terrible, crimen que no te perdonas así que inventaste otra identidad. Creaste una historia en la que no eres un homicida, eres un héroe, eres un inspector que estás en Ashecliffe por el caso y que descubriste una conspiración así que todo lo que te decimos sobre quién eres y lo qué hiciste lo descartas como engaños.
Ted: me llamo Edward Daniels
Dr. C: Llevo dos años escuchando esa fantasía, conozco todos los detalles. Ojalá pudiera dejarte vivir en tu fantasía, es en serio. Pero estás entrenado y eres peligroso, nuestro paciente más peligroso. El director y los supervisores determinaron que deben actuar. Se decidió que a menos que podamos curarte ahora, en esta sesión, se tomarán medidas para que no vuelvas a lastimar a nadie. Te lobotomizarán, Andrew. ¿Lo entiendes? Le juré al consejo de supervisores que podía crear la más radical escena simulada que se hubiera intentado en psiquiatría para curarte. Creí que si la llevábamos a cabo te haríamos ver lo ridículo e imposible que es. Has estado libre dos días, dime ¿dónde están los experimentos nazis, los quirófanos satánicos?
Chuck: ¡Andrew escucha! si fracasamos contigo todo lo que hemos hecho aquí se irá al drenaje, todo.
Dr. C: estamos en el frente de una guerra muchacho y ahora todo está en tus manos.
Por último, Edward intenta escapar tomando el arma que se encuentra sobre el escritorio y mientras cree que le dispara al doctor Cawley grita que su nombre es Edward y no Andrew. Por otro lado, el médico psiquiatra que se hizo pasar por su compañero Chuck le explica que su mujer era maníaco-depresiva y que se mudaron a la casa del lago después de que ella incendió su departamento. Frente a esta confesión del médico, Andrew agrede violentamente a los psiquiatras. El doctor Cawley le muestra las fotos de sus hijos con la intensión de hacerle ver la realidad. Las alucinaciones de Ted continúan al tiempo que se aviva el recuerdo de lo sucedido y grita: “Maté a mi esposa por que mató a nuestros hijos”.
Finalmente, sobre el final del film el espectador presencia el último diálogo que Ted mantiene con su psiquiatra a quien le dice que “este lugar hace que me pregunte ¿qué sería peor, vivir como un monstruo o morir como un buen hombre? Se levanta y se dirige hacia los médicos que lo acompañarán al faro donde le van a realizar la psicocirugía conocida con el nombre de lobotomización.
De la posición de saber a la posición de testigo. Un lugar para la transferencia
Lacan trata en el Seminario 3, la distinción estructural de la neurosis y la psicosis a partir de la inscripción o la forclusión del significante primordial nombre del padre. En el primer caso, nos encontramos frente a una estructura neurótica, en la cual operó la metáfora paterna, y con ella la significación fálica. En el segundo caso, al no haberse inscripto el significante primordial nombre del padre, dicha metáfora no opera, estableciéndose de esta manera una estructura psicótica. Como consecuencia de esto, no hay una ley que permita regular el goce, quedando éste desregulado y produciéndose un empuje al mismo.
Este autor sostiene que no es posible pensar un psicoanálisis en función de una estandarización a priori de los modos de intervenir en una terapia analítica, incluso ante las psicosis. Sin embargo, resultará decisivo plantear claramente una postura que procure delimitar las coordenadas que orienten la terapéutica psicoanalítica, permitiendo, así, pensar un lugar posible para el analista en el tratamiento de las psicosis.
El lugar del analista habilita en el paciente una posición de sujeto ubicándose el mismo en posición de objeto, autorizando en este gesto la transferencia. Si bien, el lugar del analista es el mismo para cualquier estructura, es necesario tener presente que en la clínica de las psicosis encontramos el testimonio abierto de las posiciones subjetivas sin el velo pegajoso de la significación fálica; en ellas, el síntoma se articula a la estructura (Lombardi, 2010:81).
Ted Daniels, se presenta con la certeza de saber qué le sucede y las intervenciones realizadas por su médico tratante lo convierten, a éste, en un oráculo que legisla lo que a Ted le ocurre; de este modo queda ubicado en el lugar de su perseguidor, lugar que Fleschig ocupó dentro del delirio de Schreber [1]. Con sus intervenciones, el Dr. Cawley, da muestras de que no le es posible entender que, en el discurso de Ted, se presentan fenómenos intuitivos, del tipo de la interpretación delirante, en que el sujeto experimenta un sentimiento de significación invasivo (Lombardi; 2010:82).
Dice Colette Soler (2012:15) que “mientras que el trabajo de la transferencia supone el vínculo libidinal con otro hecho objeto, en el trabajo del delirio es el propio sujeto el que toma a su cargo, solitariamente, no el retorno de lo reprimido, sino los retornos en lo real que lo abruman. Mientras que no hay autoanálisis del neurótico, el delirio sí es una autoelaboración en la que se manifiesta con toda claridad lo que Lacan denomina “eficacia del sujeto””.
Por esta razón, podríamos decir que sin duda, desde una perspectiva psicoanalítica, el lugar del médico no debería ser otro que el de un testigo, “esto es poco y es mucho, por que un testigo es un sujeto al que se le supone no saber, no gozar y presentar un vacío en el que el sujeto podrá colocar su testimonio” (Soler, 2012: 10)
Entre el tratamiento y la experimentación. Un lugar para la ética
Sobre el final del film escuchamos al doctor Cawley revelarle a Ted Daniels, su paciente psiquiátrico, que todo lo vivido por él en las últimas 48hs. es producto de “la más radical escena simulada que se hubiera intentado en psiquiatría para curarlo”. Esta actitud del médico psiquiatra nos suscita el siguiente interrogante ¿Cuál fue la razón que lo motivo a tomar esta decisión? El doctor Cawley, pareciera brindarnos una respuesta cuando le dice a Ted Daniels: “Llevo dos años escuchando esa fantasía, conozco todos los detalles. Ojalá pudiera dejarte vivir en tu fantasía, es en serio. (…) El director y los supervisores determinaron que deben actuar. Se decidió que a menos que podamos curarte ahora, en esta sesión, se tomarán medidas para que no vuelvas a lastimar a nadie. Te lobotomizarán, Andrew. ¿Lo entiendes? Le juré al consejo de supervisores que podía crear la más radical escena simulada que se hubiera intentado en psiquiatría para curarte. Creí que si la llevábamos a cabo te haríamos ver lo ridículo e imposible que es. Has estado libre dos días, dime ¿dónde están los experimentos nazis, los quirófanos satánicos? (…) estamos en el frente de una guerra muchacho y ahora todo está en tus manos”.
Desde nuestra perspectiva, el doctor Cawley sostiene la posición de quien posee un “saber”. El delirio visto como una ridiculez involucra una voluntad de saber que lleva implícita la intención de desestimar la construcción delirante como un proceso de reconstrucción de la realidad, es decir, desprecia el valor del delirio como un intento de curación para el paciente. Esta intervención experimental provoca en el paciente un sentimiento de extrañeza acompañado de un cuadro sintomático con alucinaciones, excitación motriz y un agravamiento en el estado delirante que empuja a Edwards a realizar conductas violentas que ponen en riesgo su integridad y la de terceros.
Por otra parte, Leibovich de Duarte (2000) nos dice en su texto La dimensión ética en la investigación psicológica que “cuando se planea una investigación se debe tener presente que siempre las necesidades, derechos y bienestar de los participantes están por encima de cualquier requerimiento de diseño investigativo”. ¿Cuáles fueron las necesidades que priorizó el Doctor Cawley para realizar su experimento? ¿Qué pautas éticas fueron consideradas durante el mismo? ¿Cuáles fueron las consecuencias derivadas de su procedimiento?
Frente a este escenario nos proponemos pensar cuales son las cuestiones relacionadas con la bioética que se ven avasalladas. Para esto tendremos en cuenta la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO (2005) ya que la misma nos permitirá interrogar las decisiones tomadas por el médico psiquiatra.
De acuerdo con el enunciado del Artículo 3 Principio de Dignidad humana y derechos humanos según el cual: “los intereses y el bienestar de la persona debería tener prioridad con respecto al interés exclusivo de la ciencia y/o la sociedad”, se observa que el mismo se contrapone con el ejercicio de la práctica médica realizado por el doctor Cawley, tanto en la dimensión clínica como en la practica de investigación ya que su intensión es demostrarle al concejo de supervisores que llevando a cabo su experimento es posible obtener la cura de su paciente sin medir las consecuencias de sus actos.
En esta misma dirección es posible leer el Artículo 4 Principio de Beneficios y efectos nocivos ya que el mismo establece que “Al aplicar y al fomentar el conocimiento científico, la práctica médica y las tecnologías conexas, se deberían potenciar al máximo los beneficios directos e indirectos para los pacientes, los participantes en las actividades de investigación y otras personas concernidas, y se deberían reducir al máximo los posibles efectos nocivos para dichas personas. La salud mental de Ted Daniels no se vio beneficiada por este experimento, por el contrario, padece de una serie de sensaciones y fenómenos que no puede afrontar y, como consecuencia de ello, decide su lobotomización.
En la misma línea podemos leer el Artículo 5 sobre Autonomía y responsabilidad individual el cual sostiene que “(…) Para las personas que carecen de la capacidad de ejercer su autonomía, se habrán de tomar medidas especiales para proteger sus derechos e intereses”, en la trama del film podemos observar que la voluntad del médico por llevar adelante su experimento produce un aplastamiento en la subjetividad de su paciente.
Por último, desde esta misma perspectiva es posible abordar los Artículos 6 Consentimiento y el Artículo 7 Personas carentes de la capacidad de dar consentimiento. El primero de ellos en sus incisos 1 y 2 declara que: “Toda intervención médica preventiva, diagnóstica y terapéutica sólo habrá de llevarse a cabo previo consentimiento libre e informado de la persona interesada, basado en la información adecuada. Cuando proceda, el consentimiento debería ser expreso y la persona interesada podrá revocarlo en todo momento y por cualquier motivo, sin que esto entrañe para ella desventaja o perjuicio alguno. La investigación científica sólo se debería llevar a cabo previo consentimiento libre, expreso e informado de la persona interesada. La información debería ser adecuada, facilitarse de forma comprensible e incluir las modalidades para la revocación del consentimiento. Las excepciones a este principio deberían hacerse únicamente de conformidad con las normas éticas y jurídicas aprobadas por los Estados, de forma compatible con los principios y disposiciones enunciados en la presente Declaración”. El segundo establece lo siguiente: “De conformidad con la legislación nacional, se habrá de conceder protección especial a las personas que carecen de la capacidad de dar su consentimiento (…)”.
Ahora bien, la investigación que el Dr. Cawley llevo adelante no sólo desestimó el consentimiento de Ted para realizarla, sino que además decidió suspender la medicación de su paciente, produciéndose severas consecuencias en la integridad psicofísica del mismo. En síntesis, los resultados obtenidos del experimento ponen en evidencia que el procedimiento llevado cabo ignora las pautas ético-deontológicas establecidas en la presente declaración, produciéndose la abolición de la autonomía de su paciente.
Una cuestión de consentimiento
Según Ormart (2010) “el psicólogo está doblemente determinado en su proceder profesional: por un lado, por el conjunto de principios deontológicos que determinan su práctica y el campo jurídico, que establece las obligaciones a las que la ley social lo somete, en su carácter de profesional de la salud. Por el otro las consideraciones propias de la clínica psicológica que lo conminan a decidir desde la ética profesional las tácticas y estrategias que mejor orienten la cura del paciente. Ambos campos no se agotan en su propio discurso sino que están llamados a interceptarse. El segundo de estos campos suplementa al primero, aportando a la lógica general que guía la práctica psicológica la consideración de la dimensión ética-clínica que aborda la singularidad de cada caso”.
De acuerdo con los códigos de ética, el profesional de la salud mental tiene la obligación de obtener el consentimiento de su paciente respetando su autonomía “en este sentido, la normativa del consentimiento es un medio, un instrumento; mientras que la autonomía es un fin en si mismo. Esta obligación que los científicos tienen de obtener consentimiento de los sujetos (obligación para el científico, derecho inalienable para el sujeto), si bien fue inicialmente determinada por el Código de Nuremberg para la práctica de la investigación científica con personas, se extiende luego a toda práctica profesional de la salud, aún a la asistencial, dando consistencia al principio de autonomía” (Calo, 2002:30)
En el Código de Ética de la APA (2002) Capítulo: Investigación y Publicación. Artículo 8.07 Engaño en la Investigación, establece que los psicólogos no podrán llevar a delante un estudio que involucre consignas engañosas, a menos que el uso de las mismas esté justificado por el valor científico. Su administración dependerá de la no existencia de procedimientos alternativos eficaces que no sean engañosos, además no se administrarán consignas engañosas a los eventuales participantes en investigaciones que les pudieran causar dolor físico o un severo malestar emocional. Por último, establece que los psicólogos deberán dar a conocer, a los participantes, las técnicas engañosas utilizadas como parte integral del diseño y aplicación de un experimento tan pronto como sea posible, preferentemente al término de su participación.
En consonancia con lo dicho en el artículo antes mencionado, el Código de Ética de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (Fe.P.R.A.) en Normas deontológicas Artículo 4. Investigación Incisos 4.1, 4.5 y 4.6 establece que la investigación psicológica perseguirá el avance del conocimiento científico y/o el mejoramiento de las aplicaciones profesionales, siempre que estas se subordinen a la obtención de resultados humanitariamente benéficos y al respeto por los derechos de los sujetos que participen en la investigación. En el caso de que por las características de la investigación sea desaconsejable, al comienzo de la misma, se brindará la información completa lo antes posible, explicando las razones de la misma. De cualquier modo, el psicólogo no deberá omitir información, ni deberá recurrir a técnicas engañosas sin asegurarse que no existan procedimientos alternativos a las mismas y que el uso de estas justifique el valor científico o profesional. Finalmente aclara que no se llevarán a delante proyectos de investigación que impliquen consecuencias desagradables o riesgo de ellas para los sujetos participantes.
¿Qué estatuto tuvo la aclaración del Doctor Cawley hacia la finalización del experimento? De acuerdo con los resultados de su experimento, podríamos inferir que, las palabras del Doctor Cawley, no son compatibles con la necesidad de dar una información clara y acabada de la investigación para obtener el consentimiento de su paciente. Por el contrario, responden a los intereses de su investigación, produciéndose efectos iatrogénicos en la integridad psicofísica del mismo.
Para concluir, tendremos en cuenta el Código de Ética (Psicoética) y deontológico de la Asociación Argentina de Psiquiatras. El punto 2. Principios Éticos define que “el vínculo psiquiatra-paciente con trastorno mental, presenta con respecto al resto de las especialidades de la medicina, una diferencia fundamental. La relación en las ciencias que se basan en lo biológico supone, por lo general, la posibilidad de una participación activa y racional del sujeto-paciente, que posee el discernimiento para tomar sus propias decisiones, situación que no se cumple en el paciente psiquiátrico (…) En el caso del paciente con trastorno mental, donde la índole misma de la enfermedad afecta la capacidad o competencia, parcial o total, de asumir con plenitud y criterio la decisión sobre sus actos, se establece un vínculo distinto, pues se halla afectada precisamente el área noble del sujeto, el cerebro, donde se elaboran las ideas, los afectos, etc.; en resumen, la libertad de ser persona capaz y autónoma (…) hay que luchar por lograr el “bien posible; la autonomía, definida como la capacidad de toda persona de comportarse de acuerdo al principio de independencia, emancipándose de otras personas, y la justicia, que comprende la aceptación de los derechos y las obligaciones de los individuos, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde”
Asimismo, establece, entre otras, como normas Psicoéticas mínimas necesarias para determinan las condiciones que deben respetarse durante el vínculo profesional, la accesibilidad comprendida como “la forma de realizar la comunicación o intercambio de información, de modo tal que resulte comprensible al nivel del paciente” y el consentimiento entendido como el “planteo con responsabilidad y conocimiento, de los alcances, consecuencias o posibles complicaciones del tratamiento, en forma racional, de modo tal que el paciente acepte el mismo, manifestando su voluntad sin limitaciones”.
Sobre el final Ted le hace saber a uno de sus médicos psiquiatra que: “este lugar hace que me pregunte ¿qué sería peor, vivir como un monstruo o morir como un buen hombre?; levanta y se dirigiéndose hacia los médicos que lo acompañarán al faro donde se realizará la psicocirugía conocida con el nombre de lobotomización.
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[1] Ver al respecto el análisis de Freud, Sigmund (1911 [1910]) En “Puntualizaciones psicoanalítica sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente” (Caso Schreber). En Obras completas. Tomo XII. Cap. III Buenos Aires, Amorrortu (2005)
Mensaje de Haydée Montesano » 28 de octubre de 2012 » haydeemontesano@gmail.com
Atendiendo al desarrollo exhaustivo que los autores del artículo realizan sobre las articulaciones posibles entre el relato de la película y diferentes campos conceptuales, tomo una de estas articulaciones para incluir algunos interrogantes.
Tomo como punto de partida la decisión estética desde la que se construye el film, ubicando el lugar del espectador ideal en coincidencia con la posición de Ted en su desconocimiento de una trama que invierte el lugar en el que cree moverse: de investigador a investigado.
Cuando se revela, tanto para Ted como para los espectadores, cierta verdad de la historia en juego, vuelve a generarse en el guión otra inversión: es ahora el espectador quien, luego de haber acompañado a Ted, queda despegado de las dos posiciones en juego y es convocado a aceptar o no una posición ética que abre interrogantes, lo que no deja de ser un modo de incluirla más allá de cualquier voluntad. Es en ese punto que la articulación al campo deontológico, especificamente el tema de las condiciones para desarrollar una investigación, con el cuidado tanto del sujeto de la investigación, como del posible progreso del conocimiento, nos lleva a preguntar si se trata de una investigación guiada por algún propósito ligado a la psiquiatría. Mas bien, todo señala que lo que está en juego es el propósito de sostener una batalla que tiene por objeto el prestigio de los médicos que defienden su posición. Tal vez este hecho nos devela la verdad de la investigación que lleva a cabo Ted, nuevamente sin saberlo, allí no hay ninguna investigación en juego, sólo el apetito personal.
Mensaje de González, Sergio » 9 de septiembre de 2012 » buegitanes@gmail.com
De acuerdo con el señalamiento que refiere su lectura acerca del carácter interventor de dicha “experimentación” es de suyo que allí operan estrategias iatrogénicas para el devenir sujeto. Los efectos producidos por dichas estrategias sobre la subjetividad de Ted Daniels son el resultado de intervenciones “experimentales” que soslayan la función reparatoria en la que consolida su identidad. Donde se carece de un significante que “nombre” la función simbólica por la cual se deviene sujeto, es elaborado a cambio, un significante reparador adquiriendo estatuto de identidad en la que el sujeto sostiene su sentimiento de pertenencia, pertenece a su propia creatividad, es decir, se crea un nombre.
El simulacro es un intento imperativo por alcanzar resultados que no son lo esperable. ¿Por qué lo esperable resulta para ese Otro inesperable?, porque son discursos referidos por coordenadas diametralmente opuestas. La sintomatología que presenta Ted Daniels hacia el final del simulacro, se corresponde con el reclamo subjetivo que pide a gritos ser rescatado de esa realidad “perversa” cuya voluntad se torna alienante y, lejos de producir un efecto sujeto no es sino, de otro modo; el lugar de objeto cuya simulación “ficcionada” no deja de pronunciarse como la verdad inverosímil ante la cual ese sujeto vela por su rechazo.
Por lo tanto si allí se forcluye lo inverosímil, resulta difícil pensar un efecto sujeto en el punto en que para ello es necesario que cierto enunciado sea puesto en jaque ante el recuerdo encubridor que pretende ocultar otra verdad más que la del sujeto. En este caso el delirio en el cual descansa la identidad de Ted Daniels ya es una interpretación de la carencia de un proceso subjetivante. Interpretación que resulta del esfuerzo continuo por reparar la ausencia de la posibilidad de ser sujeto de deseo. Más bien la trama “perversa” experimental lo aloja en ese “vacío rotundo” dejando al sujeto sin “guión“ posible. De esta forma Edward Laedis deviene, en esa realidad delirante, un “altergo ego” a quien intenta forcluir ante toda posibilidad intempestiva de ser anoticiado en el epicentro de esa realidad que para Ted carece de argumento para el ser. ¿Es posible pensar el ser al borde del abismo? Allí nada dice quien es, sus referencias son muy pobres para que se produzca una inversión dialéctica, sugerimos más bien la existencia de un Otro que intenta cosificar ese delirio en lo desviado y a cambio ofrece, una apariencia “imposible” de interpretar por Ted.
Es como si el titiritero creyese en la mirada realmente del espectador consintiendo con el mismo que sus actores en el escenario adquieren vida propia. Y en su soledad cae en la cuenta que los hilos de los cuales penden sus actores no fuesen más que las prolongaciones de su fantasía que velaba lo real de sus intérpretes. De esta manera el Dr. Cawley desestima las marcas de ese rechazo ante la ausencia de cierto proceso subjetivante como una significación errónea aludiendo a la inverosimilitud de ese delirio comulgando con el directorio de Ashecliffe; resultado de ello: se deja traslucir lo inamovible de una experiencia alienante, más aún, pone sobre el tapete la función reparadora que ese delirio tiene ante lo indialectizable, y deja en evidencia la desilusión del Dr. Cawley ante un real que insiste cuando él intenta creer que le ofrece una vida propia a ese intérprete, quien por estructura, ya ha escrito su propio papel.
Mensaje de Valeria Suque Stecklein » 6 de septiembre de 2012 » val9_2004@hotmail.com
Es muy interesante el artículo ya que propone interrogarnos acerca de dicho experimento, y su decisión de llevarlo a cabo, en el cual se intenta mostrar al protagonista su espejo, en el que por cierto, jamás pudo reconocerse. Se ha llevado a cabo un gran simulacro, aunque cabe preguntarse si en él, Edward ha podido reconocerse como Andrew.
Lejos de ser un experimento legislado por cuestiones éticas-deontológicas, parecería que este simulacro pretende ficcionar la vida de un sujeto para que ése mismo de cuenta que no es una ficción. Es paradojal, ya que actuando, él se debe dar cuenta que vive en una mundo inventado, en un delirio sistematizado.
Es pertinente preguntarse cómo es posible que para que haya un efecto sujeto y una inversión dialéctica han tenido que montar una escena, dejando de lado todas las consecuencias que podrían acarrear en el sujeto (tomado en cierta medida como un objeto de la ciencia), perdiendo la posibilidad de lograr un efecto en el protagonista pero desde otro posicionamiento, en el cual él pueda considerarse como protagonista de esa ficción apostando a que se reconozca como sujeto responsable de sus actos.
Película:La Isla Siniestra

References: Artículo 3
 Artículo 4
 Artículo 5
 Artículo 7
 Artículo 8
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