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Timestamp: 2020-07-14 08:14:06+00:00

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FLAC: Los archivos de salida (I). Exportando para web y dispositivos
la exportación para web y dispositivos de visualización
Exportando ficheros con Darktable
Ficheros de salida de 8, 16 y 32 bits
Deslizador de calidad
Perfiles de salida y propósitos
Los estilos de salida
Los ficheros intermedios
Parece mentira, pero al fin hemos llegado al último episodio de la serie. En este y los siguientes artículos vamos a cerrar el flujo de trabajo global que comenzamos a diseñar a principios de este año. La última fase, cómo no, corresponde con la creación de ficheros que podamos denominar propiamente «imágenes». Es la fase de exportación, que, como veréis, también tiene sus intríngulis.
Efectivamente, desde que comenzamos la serie hasta este momento, todavía no hemos trabajado con ficheros que podamos llamar «imágenes». Los archivos RAW, como sabemos, son meros contenedores de datos, y esos datos pueden ser visualizados mediante algunos programas; no obstante, la visualización de estos datos no convierte a los ficheros RAW en imágenes propiamente dichas, pues las alteraciones que hagamos en el revelado no tendrán lugar en el propio fichero, y por lo tanto, las modificaciones que hagamos en el revelado no serán permanentes ni transferibles a otros dispositivos que no cuenten con el mismo programa de revelado y el correspondiente fichero de datos de revelado.
Es necesario, por lo tanto, «fijar» los resultados de nuestro trabajo en un fichero que sea adecuado para su visualización. Ahora bien, nos enfrentamos a unos cuantos problemas, que iré desgranando en este y los siguientes artículos. Por un lado, el concepto mismo de «visualización». ¿Cómo podemos «ver» un fichero fotográfico? En principio, de dos maneras distintas: por un lado, podemos utilizar un dispositivo cuyo software sea capaz de interpretar ficheros de imagen y emitir los correspondientes píxeles de colores a través de una pantalla. Por otro lado, podemos utilizar una impresora para transformar los datos lógicos del fichero en colores físicos sobre un soporte de papel o similares. Esta primera división de formas de visualización es quizá el elementos más importante que debemos tener en cuenta a la hora de crear un flujo de trabajo adecuado para la exportación de ficheros fotográficos, pues las diferencias entre ambos son enormes:
Los dispositivos de visualización mediante pantallas emiten luz, mientras que las fotografías en papel la reflejan. Este es un primer problema que tiene que ver con la dificultad de prever con antelación cómo se verá una fotografía sobre el papel, debido a la diferente manera en que se relaciona con la luz.
Los ficheros cuyo destino sea la visualización en pantalla, especialmente a través de Internet, deben contar con ciertas características que los hagan adecuados para este tipo de entornos: deben ser lo más ligeros posibles, y además deben verse de manera adecuada en pantallas de diversas calidades y calibraciones.
Hay unos cuantos problemas más, que iremos viendo poco a poco, pero en líneas generales estos dos que expongo son los más importantes, y de ellos derivan muchas peculiaridades de la última fase del flujo de trabajo. Y como esto va a ser largo, voy a dedicar esta primera entrega a lo que considero menos complejo: la preparación de ficheros para la visualización en dispositivos con pantallas. Esto es: vamos a crear archivos ligeros que no están pensados para ser impresos.
Nuestro revelador cuenta, en el módulo de mesa de luz, con un plugin preparado para realizar estas tareas de exportación. Antes de continuar, debo señalar que Dt es más bien «parco» a la hora de darnos opciones de configuración para la exportación, y no es este uno de sus fuertes. No obstante, contamos con lo necesario para hacer un buen trabajo, como iremos viendo.
El plugin de exportación en Darktable.
Este plugin nos permite, de arriba a abajo:
Seleccionar el «lugar» donde guardaremos nuestro archivo, que puede ser una carpeta en nuestro disco duro, o algunos servicios de Internet.
Seleccionar el formato de guardado, que podemos dividir en ficheros de 8, 16 y 32 bits con diversas extensiones.
Seleccionar la calidad global de la compresión, la resolución y el redimensionado.
Seleccionar el perfil de salida y el propósito.
Aplicar un estilo de salida.
De todas estas opciones, solo la primera me parece autoexplicativa, así que pasaré directamente a las siguientes, y por el mismo orden.
Darktable, por suerte, tiene en cuenta que un fichero de salida puede tener diferentes propósitos, por lo que contar con diferentes profundidades de bits es absolutamente necesario. En principio, las tres profundidades se orientan a los siguientes propósitos:
8 bits: son los archivos más ligeros, así que son los adecuados para el almacenamiento web. Eliminan toda la información sobrante y contienen algoritmos de compresión que pueden afectar a la calidad.
16 bits. Son archivos más pesados, que podemos considerar «sin pérdida». Esta es una profundidad de bits adecuada para crear archivos de salida «intermedios», destinados a posteriores procesados. Me adentraré en este concepto más adelante.
32 bits. Contienen muchísimos más datos que los anteriores, y están indicados para el tratamiento de imágenes con alto rango dinámico o HDR.
Teniendo todo esto en cuenta, si imaginamos el escenario más simple, en el que solo queremos exportar nuestra imagen para subirla inmediatamente a una red social, nuestra elección está clara: sea el formato que sea, debemos elegir 8 bits de profundidad. El formato jpg, que es el más extendido en estas lides, es el mejor candidato. Como decía antes, obtendremos un fichero que cuenta con la ventaja de ser varias veces más ligero que el RAW original. Pero a un precio.
El precio que pagamos es la pérdida de datos. Por una parte, perdemos todos los datos que no hayamos utilizado para crear la propia imagen. Es decir: con ese fichero jpg ya no podremos recuperar detalle en luces o sombras como sí podíamos hacer con el RAW del que proviene. Esos datos «ocultos» en el fichero en bruto han sido eliminados en el jpg precisamente para conseguir un archivo ligero. De forma que, en general, un jpg ya no será nunca un buen candidato para ser editado, pues el resultado suele ser en estos casos una imagen de calidad degradada al mínimo toque.
Pero no terminan aquí las «triquiñuelas» técnicas de los archivos de 8 bits. Además de la eliminación drástica de datos, los ficheros jpg cuentan con un deslizador de «calidad» que va desde el 0 hasta el 100. Mediante este deslizador podemos controlar el nivel de compresión de datos del fichero, lo cual afecta tanto al «peso» del mismo en Kb como a su calidad. Para hacernos una idea, prestad atención a la siguiente tabla, donde he organizado una serie de exportaciones de un fichero a diferentes calidades, con saltos de cinco puntos:
100 15,5 Mb
95 5 Mb
90 2,4 Mb
85 1,7 Mb
80 1,3 Mb
75 1 Mb
70 888,5 Kb
65 784,9 Kb
60 696,2 Kb
55 629,8 Kb
50 589,5 Kb
Como se puede observar, la mejora en el peso de los archivos es realmente notable. ¿Pero que impacto tiene esta comprensión en la calidad de la imagen? En realidad, creo que en este punto podemos considerarnos afortunados: Dt hace un trabajo más que digno que con el parámetro de calidad, y en mi opinión podemos sentirnos muy cómodos con el deslizador rondando los 65 o 70 puntos, o incluso cantidades más bajas dependiendo de la imagen. Para muestra, un botón:
Arriba, a la izquierda, una exportación con calidad 100. A su derecha, una ampliación de una zona de la imagen, donde podemos advertir los detalles. Debajo, la misma distribución de la misma imagen, pero al 65 de calidad.
En la comparación anterior, que espero se observe bien en vuestras casas, se puede advertir una ligerísima diferencia en el enfoque, a favor naturalmente de la imagen con calidad 100. E incluso este problema se puede solucionar, como veremos más adelante. De forma que, de momento, tenemos un problema menos: podemos crear archivos realmente ligeros sin demasiada pérdida de calidad.
La opción siguiente tiene que ver con el tamaño en píxeles de la imagen. De momento, y si no tocamos nada más, nos aparecerán sendos ceros en ambas casillas, lo cual en el lenguaje de Dt significa que en el archivo de salida se mantendrán los números del archivo RAW. En principio, esto es lo ideal si queremos evitar pérdidas mayores de calidad debido al remuestreo. ¿Y qué es eso del remuestreo? Las técnicas de remuestreo consisten en algoritmos aplicados a la reducción o ampliación de imágenes. En los remuestros para reducir («downscale» en inglés), por ejemplo, el algoritmo se encarga de eliminar píxeles de manera que la imagen mantenga sus características visuales de la forma más aproximada posible al original, pero en un tamaño más reducido. En general, las técnicas de remuestreo para reducir no alteran demasiado la calidad. Por el contrario, las técnicas de remuestreo para ampliar («upscale» en inglés) son bastante más agresivas, pues implican que el algoritmo va a «inventarse» píxeles con los que rellenar los huecos faltantes al hacer la imagen más grande. En principio, este último supuesto no nos interesa demasiado en este momento, pues es raro que necesitemos ampliar nuestros archivos RAW si su finalidad es la visualización en pantallas: es raro que nos encontremos con una pantalla que supere en resolución a un archivo RAW, después de todo. Lo que es posible es que necesitemos ampliar una imagen de cara a su impresión, pero de eso hablaré en otra entrega. No obstante, el primer caso sí que es posible, sobre todo en casos en los que un servicio de almacenamiento web nos imponga restricciones de resolución, por ejemplo.
Si nos encontramos en este tipo de escenarios, vamos a tener que hacer algunas cosas. En primer lugar, es recomendable ajustar las preferencias del programa (recordad, el botón con forma de rueda dentada en la interfaz de mesa de luz), e irnos a la pestaña de opciones básicas. Ahí debemos activar la casilla de «remuestreo de alta calidad», y elegir «lanczos3» como interpolador de píxel.
Opciones básicas de Darktable.
Si hacéis esto tendréis activadas las opciones que proporcionan máxima calidad en el momento de la exportación, a costa de que esta sea un poco más lenta. En la práctica la merma de velocidad va a depender mucho de la capacidad de vuestras máquinas, pero al menos en mi caso no se nota demasiado, así que merece la pena.
Una vez hecho esto, podemos seleccionar la resolución que deseemos en el menú de exportación. Es muy probable que, si estáis limitados por un servicio de almacenamiento web, este os informe de la limitación en una sola de las medidas (algo así como: «no se permiten archivos de más de 1024 píxeles de alto). Si ese es el caso, basta con introducir el valor correspondiente en la casilla adecuada (en el caso del alto, es la segunda casilla). Voy a hacer la comparación con la fotografía anterior y un valor de 1024 píxeles de alto, para que observéis el resultado:
Imagen con 1024 píxeles de altura.
La imagen anterior ahora está en la esquina inferior izquierda, y la versión grande tiene la resolución original.
Por cierto, que con esta nueva resolución y una calidad de 85, la fotografía pesa poco más de 200 Kb. Como veis, conseguir un archivo ligero sin pérdidas dramáticas de calidad es posible si jugamos un rato con estos dos valores.
El siguiente asunto es algo más complejo. En otros capítulos os hablaba de los perfiles de entrada, y de cómo pueden contribuir a modificar la manera en que Darktable «ve» la información proporcionada por los archivos RAW. Pues bien, de la misma manera, los dispositivos de visualización de imágenes necesitan un leer un perfil para comprender la imagen. Este es el que Darktable denomina «perfil de salida», pues es el que se incrustará en la imagen en el momento de la exportación y el que le dirá a otros programas en otros dispositivos cómo leerla correctamente.
Seleccionar el perfil de salida adecuado puede ser crítico si queremos que otras personas con otros dispositivos vean la imagen que hemos creado de la forma más fiel posible al original que teníamos en pantalla. No obstante, no conviene ser demasiado optimista con esto: en la mayoría de los casos, sobre todo en los casos de fotografías destinadas a fines sociales o publicitarios, los destinatarios de las fotografías tendrán dispositivos que, o bien no gestionan el color de la misma forma que nosotros, o bien cuentan con pantallas que sencillamente muestran colores e iluminaciones diversos. Si pensamos en cómo se ven nuestras propias pantallas en casa (televisión, monitor de ordenador, tableta, portátil, teléfono) nos daremos cuenta de la dimensión del problema: hay pantallas que tienen a «azulear», mientras que otras «amarillean»; el monitor tiene cierto brillo que no tiene nada que ver con el teléfono… y si además tenemos en cuenta los nuevos procedimientos de cambio de tonalidad automática en función de la hora del día, con el objetivo de no dañar la visión… os podréis imaginar que cualquier parecido con nuestra querida fotografía original es pura coincidencia.
En este sentido, conviene ser conscientes de esto a la hora de crear nuestras imágenes, y tratar de ofrecer al mundo un resultado que pueda funcionar aun con estas limitaciones. Siempre podemos crear copias de nuestras fotografías con valores exactos, especialmente de cara a su impresión; pero si se trata de subirlas a una red social, personalmente recomiendo tener en cuenta a qué clase de público nos dirigimos y tratar de adaptarnos a sus necesidades. Por ejemplo, usando un monitor barato para comprobar cómo se ve «en el mundo real». Si soléis trabajar con un monitor bien calibrado y con una gama de colores amplia, tener cerca un monitor de cuatro duros os puede servir como referencia adecuada para ese «mundo real» del que hablo.
Además de esto, los perfiles de salida juegan un papel importante en esta historia. Igual que los perfiles de entrada, los perfiles de salida tienen espacios de color muy diversos, que pueden ser más grandes o más pequeños. Y en el caso que nos ocupa, probablemente «menos es más». Es decir, en el contexto de los ficheros de salida con destino a la web, no debería incluirse otro perfil que no fuera sRGB, que es de hecho el más pequeño que podemos utilizar. Y aunque parezca mentira, esto es bueno, porque al menos garantizamos que lo que se verá en otras pantallas coincidirá más o menos con los colores que estamos creando en el archivo de salida. Si un archivo de salida cuenta con un perfil de color más amplio (Adobe RGB, o ProPhoto, por ejemplo), lo que ocurrirá es que habrá colores que se saldrán de dicho espacio, y el monitor tendrá que «inventárselos». Y para evitar eso, nada mejor que limitar nuestro archivo de salida para que la gama de colores que contiene pueda ser emitida por la mayoría de los monitores. Y la mayoría de monitores sí que se acerca a la gama de sRGB.
Sin embargo, los problemas no terminan aquí. Os recuerdo que durante el proceso de revelado hemos estado trabajando con ficheros con una cantidad de datos enormes, y que probablemente hemos estado utilizando perfiles de entrada con una gama muy amplia de tonalidades. ¿Qué va a ocurrir con esta gama de colores si pasamos a un perfil con un espacio más limitado? Lo primero que seguramente va a pasar es que, queramos o no, algunos tonos se nos van a salir de gama, esto es: ciertas tonalidades no se podrán encontrar en el espacio sRGB, debido a sus estrechos límites. Por suerte, podemos saber qué colores serán los que se saldrán de gama si activamos el chivato correspondiente. En la interfaz de Darktable, en el módulo «cuarto oscuro» encontramos ese avisador en forma de botón, en la zona inferior de la interfaz. Alternativamente, podemos usar el atajo de teclado «CTRL + G» para activar la visualización de gama.
En teoría, lo ideal sería que no hubiese ninguna tonalidad fuera de gama, pues de esta forma nos aseguramos de que la visualización en otros dispositivos sea exacta. Dado que las tonalidades con más tendencia a salirse de la gama son las más saturadas, muchas veces podremos «volver a meter en la gama» simplemente desaturando un poco o aclarando sombras.
Utilizando el plugin de «contraste, brillo y saturación» he bajado mínimamente el contraste, y he devuelto al redil a los tonos fuera de gama, o al menos la mayoría de ellos.
Si a pesar de nuestros esfuerzos, no conseguimos devolver todas las tonalidades a un espacio seguro, contamos con la ayuda de los «propósitos». Bajo esta nomenclatura se esconden mecanismos matemáticos que se encargan de inventarse los colores fuera de gama. En función del propósito que elijamos, el algoritmo se encargará de devolver unos colores u otros, y esto suele depender del propósito que tenga la imagen, así que imagino que de ahí viene el nombre. Estos propósitos son los siguientes:
No me voy a extender en explicaciones sobre los cuatro propósitos, pues este es un manual de fotografía, y no de diseño gráfico. Y es que, en realidad, de los cuatro propósitos solo uno debería interesarnos, que es el perceptual. En este propósito el objetivo es mantener la relación entre los colores, de forma que si algunos se salen de gama, la saturación se reducirá globalmente en toda la imagen hasta que todos los tonoes estén dentro de gama. Esto se hace así para mantener la sensación de realismo de la imagen, por lo que es el método más adecuado para el mundo de la fotografía. No obstante, conviene tener en cuenta cómo funciona este método para no llevarse sorpresas: si nuestra fotografía tiene muchas áreas fuera de gama, podemos imaginarnos que el resultado de la exportación será un fichero con tonalidades probablemente menos saturadas que lo que teníamos en el revelador. En cuanto a los otros métodos, tienen su interés en otros ámbitos: los métodos colorimétricos pueden ser interesantes en el mundo del diseño gráfico, mientras que el propósito de saturación es el ideal cuando se hacen gráficos de tipo estadístico, pues busca por encima de todo mantener colores vivos y saturados, al margen de su precisión. De forma que aquí no debería haber muchas opciones para discutir: el propósito debería ser perceptual.
La última opción es la de aplicar (o no) un estilo de salida. Esto puede ser interesante para, por ejemplo, compensar la pérdida de enfoque a la hora de reducir la calidad o bajar la resolución de nuestras imágenes. Basta con crear un estilo que aplique cierto grado de enfoque a la imagen, y añadir dicho estilo en el momento de la exportación. No me parece que sea precisamente una forma ideal de hacer las cosas, pues en realidad no podemos hacer ajustes de última hora ni comprobar el resultado hasta después de la exportación, pero si tenemos experiencia y sabemos lo que hacemos, puede ser interesante contar con una pequeña colección de estilos de enfoque con varios niveles de intensidad en función de la resolución o calidad de la imagen. Otras ideas de aplicación de estilos de salida pueden ser también interesantes, como por ejemplo la de añadir marcos, marcas de agua, etc.
El artículo no podía terminar con los archivos jpg, pues ese es solo uno de los escenarios con los que nos podemos encontrar. Existen más contextos de trabajo en los que en realidad la exportación a un sencillo jpg podría no ser una buena idea. Me refiero a flujos de trabajo más complejos en los que Darktable no sea necesariamente el último paso. Si, por ejemplo, necesitamos hacer alguna operación en Gimp u otro programa, para luego volver a Darktable, lo mejor sería crear un archivo que contuviese la mayor cantidad de información posible, para de esta forma reimportar y seguir trabajando como si tal cosa hasta la exportación definitiva. En otro tipo de flujos de trabajo, se puede crear un archivo intermedio con el que seguir trabajando en Gimp, desde donde también se puede hacer la exportación definitiva a web, probablemente de manera más cómoda que en Darktable.
Sea como fuere, en este tipo de escenarios podemos seleccionar archivos de tipo «intermedio», que puedan servir para trabajar con otro programa pero que al mismo tiempo no pierdan información, o pierdan la mínima posible. En estos casos es donde los archivos de extensión .tiff cobran protagonismo, pues son la opción ideal. Los archivos de tipo .tiff son archivos de imagen como tal, pero con características especiales. En primer lugar, pueden guardar información con profundidades desde 8 a 32 bits; si elegimos la de 16 bits tendremos archivos con datos más que suficientes para trabajar luces y sombras casi como si fuera el RAW original, siempre que el programa lo permita. Además, estos archivos son susceptibles de ser comprimidos, casi como si fueran jpg. De todas maneras, si nuestro objetivo es usar estas imágenes como archivos intermedios, no recomiendo elegir ninguna opción de compresión. El resultado, naturalmente, será un archivo de gran tamaño, pero esto es algo que no debería preocuparnos. Por su propia naturaleza, el destino de estos archivos será el de perecer en cuanto hayamos terminado nuestro trabajo y obtenido el jpg comprimido definitivo.
En definitiva, la creación de un archivo tiff puede formar parte integral de un flujo de trabajo como los siguientes:
Darktable ajustes iniciales – Gimp (retoque) – Darktable (ajustes finales)
Darktable ajustes – Gimp (retoque, escalado, exportación)
Son diversas combinaciones cuya validez es a prueba de balas, gracias a la conservación de datos que proporcionan los archivos tiff.
De momento, esto es todo por lo que respecta a los archivos de salida para visualización en dispositivos. La cosa se va a volver más peliaguda en la siguiente entrega, pues voy a pasar a hablar de la salida para impresión. Esto va a ser harina de otro costal, aviso.
Nota: todas las imágenes, salvo que se indique lo contrario, son obra del creador de este artículo, y se pueden usar libremente, citando la fuente.
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17 agosto, 2018 8:43 pm
Hola , Buen trabajo un tutorial imprescindible , tambien me ayudo de tus videos , pero tengo un problema , la tipografia de los menus son muy pequeño y no encuentro el modo de aumentar el tamaño de las fuentes de los menus, ¿Como?.

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