Source: https://teodulolopezmelendez.wordpress.com/2009/06/11/crisis-conflictos-y-caos-social/
Timestamp: 2017-07-27 16:34:38+00:00

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Por Andrés Moreno Arreche
Hemos afirmado en un anterior ensayo (Entropía, Información y Caos) que corresponde al Capítulo 2 del libro “Teoría del Caos Social”, que en los sistemas sociales, así como en los sistemas naturales, la presencia y el consecuencial aumento de la entropía es un proceso constante.
La entropía social proviene tanto de la dinámica interna de las estructuras sociales como de medios externos a ella. Tales dinámicas caóticas están precedidas por una prolongada etapa de entropización, en las que se evidencian las contradicciones de forma y fondo, que conducen a estadios sociales totalitarios y centralizadores, que no son más que la evidencia palmaria de una controlentropía social, la cual colapsará ‘como históricamente ha ocurrido en el devenir de todas las sociedades: ‘endógenamente’, para desembocar en su muy particular entropía y el consecuencial escenario de caos, a partir del cual se desarrollará un ‘bucle negentrópico’ y nuevas o renovadas formas sociales surgirán, bien para dar respuesta a los orígenes del caos originario, bien para reafirmarlo en un retroceso histórico, usualmente incomprendido pero necesariamente útil para el crecimiento social de la sociedad.
Por ello, la entropía social es, por acción y definición, un fenómeno cíclico, complejo y dinámico, a partir del cual puede afirmarse que toda sociedad tiene en sí misma el germen de su diversidad, de su progresión, pero también del caos necesario para engendrarlo. Esta predestinación puede deberse a infinidad de factores, pero son los factores de orden político aquellos que más profundamente inciden en el desempeño entrópico y ulteriormente caótico de los conglomerados sociales.
En este ensayo nos proponemos examinar qué es y en qué consiste el caos social a partir del análisis de la forma en que las crisis y los conflictos instrumentalizan el caos en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial en la argumentación de la Teoría del Caos Social: ¿Dinamiza o frena a las sociedades? En un ensayo posterior abordaremos los ‘disparadores caóticos’ más comunes y recurrentes: La anarquía, la desobediencia civil y las formas más habituales del colapso institucional.
1.- La lógica del caos:
¿Existe una ‘lógica del caos’? ¿Cómo dar explicación para lo que, de entrada y en apariencia no tiene juicio lógico? Esta dialéctica se da en un doble sentido: De una parte, el orden es una fuente productora de caos, como cuando varias docenas de huevos son mezclados con vigoroso entusiasmo por una batidora; allí, una causa de carácter regular genera un efecto turbulento, o en el caso de un excesivo orden social que provoca la transformación del sistema a partir del caos que brota desde la rebeldía y la inconformidad de quienes se sienten oprimidos, controlados y subsumidos. De otra parte y en sentido inverso, el caos es la fuente del orden, gracias a la intervención en el proceso, de lo que se conoce como un “atractor extraño”, como los torbellinos que se van formando en un caudal torrentoso, o las imágenes, los conceptos y los pensamientos de todo género y procedencia que se agolpan, se atraen y se rechazan simultáneamente en los procesos de creatividad. En ambos ejemplos, la confluencia caótica de las partes ‘crean’ un todo lógico y coherente: un río o una idea.
El caos suele evocar la idea de desorden, y a menudo ambos conceptos suelen emplearse como sinónimos. Esto sucede tanto con la idea vulgar del fenómeno como en la ciencia física, en la cual, a partir de la termodinámica, el caos evoca un fenómeno de desorden absoluto y así ha sido visto y tratado mediante el concepto de entropía, un concepto que ya hemos abordado con anterioridad y que ha hecho posible medir el fenómeno. Se encuentra en el concepto de caos activo de Prigogine. E incluso en las nuevas teorías persiste una acusada tendencia a este uso del término, como puede comprobarse fácilmente al leer los trabajos de sus autores más conocidos que ya hemos citado anteriormente, con énfasis en el Capítulo 1 (Venezuela y las Leyes del caos).
Entender el caos como un desorden es considerarlo en función del orden. Esto representa un punto de vista “copernicano” de la realidad, en el sentido de que se define el caos desde el orden de lo establecido, lo que no significa que sea desde la realidad, y esto es profundamente reductor de la complejidad. Pero ¿Es que el caos puede ser otra cosa que desorden? El matemático y escritor venezolano José Ramón Ortiz[1], agudamente ha escrito que el caos, que aparece en la base de toda ordenación del mundo, no debe ser confundido con el desorden, porque éste sólo puede concebirse a partir de un orden y el caos es un estado anterior a toda idea tanto de orden como de desorden. En realidad, el caos como desorden responde a una ideología según la cual desde el orden se “establece” el no-orden como desorden.
En la ciencia social ocurre algo similar. El antropólogo y sociólogo Georges Balandier[2] ha visto un paralelismo entre la búsqueda del caos de los científicos contemporáneos y el vocabulario posmodernista, particularmente con el concepto de desconstrucción. Se puede estar de acuerdo en que la noción del caos es armónica con las ideas del pensamiento autocalificado de posmoderno, pero no es aceptable el empleo que de ello hace Balandier, porque entiende la desconstrucción como desorden y destrucción, lo cual ha sido explícitamente rechazado por Derrida[3], introductor de este término.
Ahora bien, considerar el caos como desorden implica lógicamente también la existencia de un orden, que asimismo ha de ser absoluto. Y referido esto a las sociedades humanas, es una evidencia que en éstas ni se da el desorden total ni un orden perfecto. Este último es justamente la eterna aspiración de la literatura utópica, y no hay que olvidar que cuando las utopías se han intentado llevar a la realidad (y para esto están: no para llevarlas a la realidad, sino para intentarlo), como en el caso de New Harmony inspirada en las ideas de Owen[4], no han pasado del fracaso. Y si en vez del orden social nos referimos al orden mental, hay que hacer una reflexión similar. Bergeret[5], desde la psiquiatría, advierte que ninguna personalidad está formada absolutamente en orden o absolutamente en desorden, pues el orden mental corresponde a una buena adaptabilidad a las condiciones que en cada momento corresponden a las realidades interiores y exteriores del sujeto.
Desde la complejidad, la aparente ausencia de orden, dada por el caos, ya no resulta un fenómeno patológico sino un aspecto constitutivo de la realidad. La complejidad explicita, entonces, un orden radicalmente diferente a aquél en el que habitualmente tendemos a movernos por haber sido socializados en él. Un orden en el que la incertidumbre (llámese inestabilidad, espontaneidad o libertad) domina a la exactitud y a la certeza. Sin incertidumbre no sería factible la complejidad, del mismo modo que sólo en el silencio y la pausa son posibles, esto es, emergen y tienen sentido, la voz y la palabra.
Para observar una aplicación práctica en la sociedad, volteamos la mirada hacia el continente africano, pletórico de riquezas y de potencialidades de todo tipo pero sólo percibimos el caos social que generan varias naciones africanas viviendo en condiciones deplorables y de permanente inestabilidad política. Los grupos tribales disputan territorios y las instituciones son una mascarada inútil, porque no representan los anhelos de nadie. Crearlas, construirlas y ponerlas al servicio de esas sociedades lleva demasiado tiempo (comparado con la inmediatez de las necesidades y de respuesta que exigen esos conglomerados humanos) y cuando se ha podido hacer algo, generalmente es el resultado de una paciente y sostenida reversión cultural en hacer de ellas verdaderos instrumentos de desarrollo. Están inmersas en el vórtice. Sus conglomerados viven en caos.
Finalizada la prolongada etapa de la entropización de los sistemas sociales, llega irremediablemente el caos. Los esfuerzos por impedirlo que se enfrentaron al proceso que lo produce (la ‘controlentropía’) ceden inevitablemente. Unas veces de manera progresiva y con una manifiesta resistencia al cambio. Otras, con ostensible inmediatez y violencia. De eso vamos a disertar en los próximos párrafos, porque el caos -en tanto que fenómeno social que integra una secuencia de hechos- posee unas manifestaciones previas, que hemos llamado ‘disparadores’ que pueden ser identificadas antes, durante y a posteriori de los eventos.
Previamente definiremos al caos como concepto abstracto, y al caos social como manifestación de la dinámica de las sociedades y para ello intentaremos dar respuesta a unas inquietudes básicas, y a otras cuestiones que inevitablemente surgirán desde la dinámica expositiva de los hechos. ¿Qué es caos y cómo se instrumenta en los conglomerados sociales? ¿El caos genera nuevas dinámicas o determina la parálisis operativa de los conglomerados sociales? ¿El caos es un desconcierto anárquico de la sociedad o un nuevo orden, especial e indefinido? ¿Cuáles son y cómo se identifican los ‘disparadores caóticos’ sociales?
2.- El caos y su instrumentalización en los conglomerados sociales
En la primavera de 1968 se produjo en París una violenta insurrección contra el gobierno central, conocida como el “mayo francés”. Grupos de choque estudiantiles se lanzaron a las calles rompiendo todo lo que encontraban a su paso. Exigían mayor presupuesto educativo, eliminación de toda forma de autoridad y libertad para acceder a los dormitorios femeninos en las universidades. Dirigidos por el agitador alemán Daniel Cohn-Bendit[6] y apoyados por el filósofo Jean-Paul Sartre[7] -exponente del existencialismo marxista- plantaron banderas rojas en los bulevares y en las plazas colgaron enormes afiches con los rostros de Marx, Trotsky, Fidel Castro y el “Che” Guevara.
Durante varias semanas armaron piquetes, levantaron barricadas, quemaron automóviles, saquearon comercios, incendiaron el edificio de la Bolsa, arrasaron ministerios y produjeron tal cantidad de destrozos, que las calles de Paris parecían haber padecido los estragos de una guerra. Simultáneamente, los sindicatos de izquierda declararon la huelga revolucionaria paralizando totalmente al país. La población estaba aterrorizada por tanta violencia y anarquía. El aquelarre duró hasta que el General De Gaulle decidió reprimir a los subversivos, disolvió la Asamblea Nacional, convocó a nuevas elecciones y con el 60 % de los votos impuso la ley y el orden. A principios de junio de 1968 el movimiento revolucionario se agotó en sí mismo.
Este episodio histórico marcó profundamente a los agitadores del mundo entero, pero la marca que acompañará por siempre a este movimiento social de masas es el contenido de los grafitis que embadurnaron las paredes de los más bellos y emblemáticos edificios públicos y privados de París. De ellos, destacamos tres: “Le desordre c´est moi” (”El caos soy yo”), “Interdit d´interdire” (”Prohibido prohibir”) y “L´imagination au pouvoir” (”La imaginación al poder”).
Tal vez la historia nos recuerda constantemente que el caos es la base de todo nuevo orden. Leonardo Boff[8] ha sostenido la siguiente afirmación, que tomamos como referente y que asumimos como extraordinariamente válida:
“El caos es la base del nuevo orden” (pertenece…) “… a la vertiente que cree posible salir del conflicto estimulando los elementos positivos del desorden.”[9]
El caos, en cuanto nueva y peligrosa estrategia de los movimientos revolucionarios sobrevivientes del comunismo y de otros movimientos de carácter religioso, fue uno de los puntos de mayor preocupación y análisis, en los últimos años de su fecunda vida, del eminente pensador católico y hombre de acción brasileño, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira[10]. El caos es un tema que cada vez más se muestra como una llave para comprender el sentido profundo de los trágicos hechos vividos y padecidos por la humanidad durante la segunda mitad del Siglo XX, y que han marcado el inicio de este tercer milenio.
Corrêa de Oliveira se distinguió por sus impresionantes previsiones sobre la realidad social, política y religiosa de Brasil y del mundo, muchas de las cuales se fueron cumpliendo a lo largo de las últimas tres décadas del pasado Siglo, demostrando un innegable espíritu profético. Desde 1928, como joven líder católico, luchó con su palabra y con sus escritos para defender su Iglesia y la civilización cristiana. A partir de la década del 30, denunció el izquierdismo que comenzaba a infiltrarse en la Iglesia y los movimientos del nazi-fascismo en el continente americano. El tema del caos en cuanto instrumento revolucionario siempre estuvo presente en sus observaciones. En su obra maestra “Revolución y Contra-Revolución” (1959) Corrêa de Oliveira afirma que…
“… encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho lo son desde muchos puntos de vista“. (Sin embargo, añade) “… es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas“. (En efecto…) “… al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana“. De donde concluye que la crisis contemporánea “… es como una reina a quien todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles“.
A partir de la segunda mitad de la década de 1980, en sus análisis de la situación sociopolítica y religiosa internacional, Corrêa de Oliveira pone mayor énfasis en su advertencia de que los acontecimientos van entrando de manera cada vez más acelerada en ese caos con apariencias de espontaneidad, pero con una implacable coherencia interna: la meta definida de destruir los restos de la civilización cristiana. Un caos que, de acuerdo con su visión, al mismo tiempo dificulta las previsiones y los llamados de alerta, parece tornar vana la lógica, debilita los sanos principios y anestesia las reacciones de la opinión pública.
Según señaló en numerosas conferencias y en textos como “Cuatro dedos sucios y feos” (1983), intelectuales de izquierda y hasta teólogos de la liberación pasaron a ver el caos como un nuevo y eficaz instrumento de revolución social, después de la crisis del comunismo evidenciada con la caída del Muro en Berlín. En su estudio “Los dedos del caos y los dedos de Dios” (1992), el Profesor Corrêa de Oliveira percibe que las perspectivas sociales que proyecta el caos podrán dejar abrumada y aturdida a más de una generación; un caos en cuyas entrañas más profundas no deja de discernir “fulguraciones engañosas del propio demonio”, según afirmó en su artículo “La inmovilidad móvil del caos“.
Surge una pregunta por demás desestabilizadora: ¿Es posible salir de un conflicto social estimulando los elementos positivos del desorden, que de acuerdo a la cosmología post moderna, están representados en el caos? Ya Erich Fromm[11] se preguntaba hace algunos años cómo es que el hombre logra superar ese sentimiento de otredad (separetness) entre el yo y el otro; pero no experimentando al otro como un total extraño a mi circunstancia, sino como el otro que, en su íntegra alteridad, exoticidad, es parte de mí, en cuanto que es parte de la unidad del ser humano: la humanidad.
Fromm planteaba que el amor es la manera como el hombre logra superar esta situación, entendiendo al amor no como un objeto, sino como una facultad que hay que desarrollar Pero ¿Qué tiene que ver eso con el objeto el caos social y su instrumentalización? Veamos:
Hace ya casi dos años que Paul Virilio -uno de los filósofos de la postmodernidad que ya hemos citado en anteriores ensayos- esbozó su teoría referente al problema del terrorismo y la guerra en Afganistán, evento que asumió como representativo de la situación geopolítica en todo el Oriente Medio. La principal demanda de este filósofo era, textualmente:
¿Debemos evitar que de la guerra se pase al caos total?
Pero hay otro enfoque, igual de válido, sobre la inferencia del caos en los fenómenos sociales. Este enfoque sostiene que cuando un grupo social o político se cree por encima de cualquier institución a la que ataca y destruye permanentemente (como parte de su acción proselitista) se instalan en la sociedad el caos y la anarquía, que generalmente terminan por acabar con quien los impulsa.
Para los que respaldan esta teoría, la lógica del caos es simple y se resume en que no reconoce nada de lo hecho con anterioridad; quienes propician el caos no se someten a ley alguna porque no creen en el estado de derecho. Se asume que promueven sus intereses particulares sobre los generales, ridiculizando o menospreciando a las instituciones que existen con anterioridad, irrespetando el orden y la jerarquía. Quienes así piensan confunden caos con anarquía (uno de sus disparadores)
Crisis económicas y caos social
Luego del monumental trabajo coordinado por Giovanni Arrighi y Beverly Silver, Caos y orden en el sistema mundo moderno[12], hay argumentos suficientes para concluir acerca de la relación entre las crisis y las luchas sociales y alumbrar algo más la situación actual del sistema capitalista. En efecto, el estudio sostiene, con abundante información comparativa, que la mal llamada la crisis económica comienza a raíz de una oleada de militancia obrera fabril en los años 60, que fue capaz de pulverizar el modelo fordista-taylorista de sujeción y control de los trabajadores. La actual coyuntura puede leerse, bajo esa óptica, como una consecuencia de larga duración de aquella oleada de movimientos que forzaron al capital a mudar, transmutándose de capital productivo en capital financiero especulativo.
Más allá de un debate, siempre necesario, sobre cuestiones teóricas, vale la pena detenerse en ese enfoque, ya que puede contribuir a una mejor comprensión del movimiento real que está sucediendo ante nuestros ojos. La primera cuestión es que no son las crisis las que motivan la acción social sino al revés: la movilización, la ruptura de los controles, es lo que provoca reacomodos en el modo de dominación, forzando a los de arriba a introducir cambios controlentrópicos, no sólo en el terreno de la economía sino cambios societales que abarcan todos los aspectos de la vida. Por eso mismo no podemos hablar, en rigor, solamente de crisis económica.
En la década de los años 60, la oleada de militancia obrera fue apenas una expresión, importante, decisiva, pero una más, de una profunda oleada nacida en el subsuelo de las sociedades que pugnaban por la transformación. Mujeres, niños, jóvenes, campesinos sin tierra, obreros no calificados, indios, negros, y un largo etcétera, literalmente pusieron en jaque los modos de dominación establecidos en la familia, la escuela, la localidad rural y urbana, la fábrica, la hacienda, la universidad. La crítica al patriarcado se manifestó también en el rechazo al poder del profesor, del capataz, del varón blanco de clase media, en fin, un proceso democratizador antiautoritario que minó los modos de dominación y, por tanto, de acumulación de riquezas excedentarias.
En segundo lugar, esa oleada nació y se manifestó por fuera de los cauces establecidos y de las instituciones, entre ellos los partidos comunistas y los sindicatos. André Gorz[13] hablaba, en el terreno fabril, de la existencia de una verdadera guerrilla obrera fuera del control sindical, que provocó ingentes pérdidas a los empresarios.
En tercer lugar, los ciclos de protesta y de movilización no sólo cambian el escenario político-social sino también a los propios movimientos. Por eso, los movimientos que protagonizan un ciclo suelen ser un obstáculo en el ciclo siguiente porque se han institucionalizado, pasaron a formar parte de la cultura del poder y han incrustado sus mejores cuadros en el sistema que un día combatieron. Un verdadero ciclo rebelde crea nuevas organizaciones, pero también nuevos modos de luchar pero sobre todo, nuevos paradigmas para concebir el cambio social, o la revolución, o como cada uno quiera llamarle.
Los procesos profundos y verdaderos nacen de y en las periferias, nunca en el centro del sistema, tanto a escala planetaria como a escala microbiana y también a escala social. Una muestra de esto la tienen los zapatistas. Ellos acuñaron el concepto del más abajo para referirse a ese sector social donde nace la revuelta. Así como en los años 60 fueron los obreros no calificados, las mujeres y los jóvenes la fuerza motriz de las luchas, en América Latina en el periodo neoliberal fueron los sin: los sin derechos, los sin tierra, los sin trabajo. Fueron ellos, los que no tenían nada qué perder, quienes estuvieron a la cabeza de la deslegitimación del modelo. ¿Quiénes serán los principales protagonistas durante la actual crisis, o en la más inminente? Aquí aparece un nuevo tema, ya que el sistema ha trasladado los modos de control fuera de los espacios de disciplinamiento tradicionales, como forma de dominar los territorios de la pobreza, allí donde no llegan los estados, ni los partidos, ni los sindicatos.
Estas nuevas formas de control, por lo menos en América Latina, se llaman planes sociales. Son herederos de las políticas focalizadas hacia la pobreza creadas por el Banco Mundial para contrarrestar el desmontaje de los estados benefactores durante el periodo más crudo de las privatizaciones. Ahora se han ampliado y perfeccionado. Alcanzan a alrededor de 100 millones de personas sólo en Latinoamérica (50 de ellas en Brasil), o sea el núcleo de los más pobres. Los gestores de esos planes son a menudo cientos de miles de ONG que conocen en detalle los territorios de la pobreza, que son a menudo los territorios de la resistencia. Son la punta de lanza de estados capilares que buscan desorganizar e impedir levantamientos y sublevaciones sociales.
Por lo tanto, serán aquellos colectivos y sujetos capaces de neutralizar el control que ejercen los planes sociales, los que vayan a protagonizar las nuevas, necesarias e imprescindibles oleadas de protesta, porque, bien sabemos, la crisis no tiene salidas económicas sino políticas. Una política social que irrumpe desde abajo, enraizada en las periferias urbanas y rurales; una política diferente, no institucional, asamblearia, tumultuosa, incierta. ¿Caótica?
3.- ¿Caos o ‘Caología’? Cuando el etnocentrismo aplasta la generosidad sin fronteras y utiliza los intereses del poder jerárquico, con el uso de las armas y la acumulación material, ocasiona miseria y desesperación. No hace otra cosa que profundizar la crisis controlentrópica que antecede al caos. Una crisis que usualmente se inicia con la escasez de los recursos naturales, prosigue con el descalabro de una economía con su creciente especulación y se manifiesta abiertamente con la tendencia a una hegemonía global. Estos son los componentes que disparan la crisis sociales, orquestadamente o cada uno por si mismo, con la suficiente fuerza destructiva para conducir a una enorme catástrofe. Estos elementos en conjunto conforman una bomba de tiempo más devastadora, desde la perspectiva de las estructuras sociales, que la suma de las bombas atómicas de las “superpotencias” del mundo actual. Hablamos de una bomba de tiempo que crece en la medida que la resolución de la crisis es retardada, en manos de las fuerzas que pugnan por prolongar la controlentropía de los conglomerados que hacen vida en una sociedad.
Como resultado, las primeras fases de la catástrofe social no se manifiestan abiertamente como conflicto directo y evidente, sino con una multiplicidad de signos anárquicos, aparentemente descontextualizados, para luego hacerse inevitable. Mucho antes de explotar sobre todas las estructuras social-biológicas, se da paso a una serie de pequeñas y focalizadas crisis, la mayoría constantes y recurrentes y con conflictos de rápida manifestación y resolución aparente, que literalmente ‘explotan’ y generan destrucción de los nichos naturales de la periferia social, usualmente en los estratos menos favorecidos, o en aquellos grupos que por una u otra razón han sido estigmatizados de algún modo. Es la eclosión social que se transforma en base y núcleo de un caos generalizado y de proporciones globales.
Por eso afirmamos que todo proceso caótico puede dar lugar a un enorme cambio si se le permite la supervivencia aunque sea insignificante en apariencias, y de allí, desde el caos, el cambio conduce a una probable corrección fundamental del curso de los acontecimientos sociales, en concordancia con una cosmología más consciente. Por eso el planteamiento inicial del epígrafe ¿Es el caos (que aquí definimos como un motorizador de las catástrofes de cualquier género) un proceso que dinamiza los cambios -y por ende, el crecimiento- o un freno que paraliza o ralentiza el desenvolvimiento de la sociedad?
Caos, crisis y catástrofes tienen, desde lo conceptual hasta lo instrumental, no sólo injerencias clave, también importantes aportes epistemológicos que permiten dilucidar el orden, la concordancia y los procesos a partir de los cuales se manifiestan los cambios evolutivos en las estructuras sociales.
Caología, una nueva ciencia social
Comencemos esta aproximación epistemológica con las palabras de Briggs y Peat[14]
“…el término científico «caos» se refiere a una interconexión subyacente que se manifiesta en acontecimientos aparentemente aleatorios. La ciencia del caos se centra en los modelos ocultos, en los matices, en la «sensibilidad» de las cosas y en la «reglas» sobre cómo lo impredecible conduce a lo nuevo […] La cultura científica que desde hace cien años nos domina cada vez con mayor intensidad –algunos dirían que incluso somos sus prisioneros– ve el mundo en términos de análisis, cuantificación, simetría y mecanismos. El caos nos permite liberarnos de esas limitaciones. Si sabemos apreciar el caos, podemos empezar a ver al mundo como un flujo de modelos animados con giros repentinos […] la idea se aplica desde la medicina y la economía, hasta la guerra, las dinámicas sociales o las teorías de cómo se forman y cambian las organizaciones. El caos está dejando de ser una teoría científica para devenir una metáfora cultural. En cuanto a metáfora, el caos nos anima a cuestionar algunas de nuestras creencias más queridas y nos incita a formular preguntas acerca de la realidad.”
Para un número cada vez mayor de personas, el mundo se percibe como un lugar en el que crece el caos y esto se ha acentuado junto con el aumento del ritmo del paso del cambio. Para otros, el caos no existe y el caos que se manifiesta en el orden natural de las cosas, como en el otoño, lo perciben como el deterioro natural y ordenado del ciclo de la naturaleza. Pero siempre es posible encontrar el caos dentro del orden, aunque para ello debamos informar a nuestra percepción con nueva indagación del entorno o con un conocimiento más profundo de la naturaleza humana, y con ello, poder percibir el orden dentro del caos aparente.
La caología surge como una nueva disciplina que, teniendo como antecedente el desarrollo impresionante de la física cuántica y su principio de indeterminación o incertidumbre, así como las matemáticas que la fundamentan y se desprenden de ella; ha experimentado un desarrollo acelerado planteando una serie de conocimientos que empiezan a aplicarse en diversas disciplinas como la física, la biología, la astronomía, la geografía, la medicina y más recientemente en las ciencias sociales. El planteamiento central de esta nueva concepción nos indica que el desorden, la turbulencia, la desorganización y lo inesperado son aspectos constitutivos de una realidad que la investigación científica tiene que abordar y desentrañar. El caos está presente en el universo, en la naturaleza y también en la sociedad y ejerce una “fascinación” que ha dado lugar al surgimiento de lo que algunos consideran como “una de las principales invenciones que han revolucionado la historia de las civilizaciones”[15]
Desorden nuestro de cada día, danos tu caótica bendición…
¿De dónde viene la atracción de la sociedad por el orden? Todo se remonta a la Revolución Industrial y su paradigma de la eficiencia de las máquinas, y los mandatos del paradigma del modelo taylorista de la fabricación en serie, que ordena los procesos según un reparto de las tareas. Pero mucho antes, fueron los dogmas religiosos quienes difundieron la tesis del orden social como dogma místico, de modo que, fuera por la norma de la organización social o por el episteme dogmático, la persona desordenada enfrentaría serios problemas.
Pero en el desorden no todo es negativo, como lo comprueban y sostienen figuras de la ciencia, de la literatura o de la política, que en su vida pública y privada fueron desorganizados contumaces. Un ejemplo gráfico y notorio fue el escritorio de Albert Einstein. Era un caos absoluto y en alguna ocasión defendió públicamente su desorden con afirmaciones como ésta:
“Si una mesa abarrotada es síntoma de una mente desordenada, entonces ¿qué debemos pensar de un escritorio vacío?”
Alexander Fleming es otro ejemplo de ‘desorden productivo’. Se fue de vacaciones sin ordenar ni limpiar su laboratorio y al regresar encontró moho en su cultivo de bacterias, lo que le permitió descubrir la acción antibiótica de la penicilina.
¿Otro ejemplo? El célebre psicólogo suizo Jean Piaget. Piaget vivía en un completo caos, y cuando se afirma que era un ‘caos total’ no se exagera. Los papeles y los libros llegaban hasta el techo de casi todos los ambientes de su casa, porque nunca se pudo comprobar si las salas sanitarias también estaban atiborradas de papeles, libros o notas. Piaget sostenía que lo suyo no era un desorden improvisado, sino el fruto de años de desorden acumulado, que había bautizado como “orden vital“. Él mismo justificaba ‘su’ desorden con esta sentencia:
“Pierdo menos tiempo buscando algo cuando lo necesito que ordenando todos los días”.
El dramaturgo inglés Thomas Middleton recurría a la ironía para justificar su falta de orden:
“Una de las ventajas de ser desordenado es que uno está continuamente haciendo nuevos y excitantes descubrimientos”.
En la actualidad, son muchos los que defienden el desorden como estilo de vida. Uno de ellos es el profesor Robert Fogel[16]. Un día este académico se dio cuenta de que en su despacho en la Universidad de Chicago había una acumulación de papeles cada vez mayor. Cuando vio que ya no había sitio para trabajar, decidió instalar un segundo escritorio al lado del que tenía, que con el tiempo volvió a estar igual de cargado que el primero. Asimismo, cuentan que el arquitecto Frank Gehry[17], cuando los contratistas del Museo Guggenheim de Bilbao le preguntaron cuál era el plan de acción que tenía para proseguir con el ante proyecto que le fue aprobado, su respuesta los desconcertó: Contestó que “ninguno“. La displicente y perturbadora respuesta indicaba que el arquitecto no estaba preocupado tanto por la precisión de los ángulos o las dimensiones exactas del edificio, porque se concentraba en la impresión final que causaría su obra ante los ojos de los visitantes. El resultado es una obra de arte arquitectónico impresionante, única, vanguardista.
Psicólogos, sociólogos y docentes se preguntan cada vez con mayor preocupación por qué una persona es desordenada. Evidentemente, existen varias teorías que pueden aportar luces, aunque sea parcialmente y desde distintos enfoques, pero todas coinciden en asumir que hay individuos que no necesitan tener control de su entorno y prefieren improvisar sobre la marcha. Otros, en cambio, son paradójicamente demasiado perfeccionistas: piensan que no disponen del tiempo necesario para hacerlo todo a la perfección, con lo que la desidia acaba por imponerse.
Eric Abrahamson y David H. Freedman, autores de “Elogio del Desorden” (Gestión 2000 Ed.)[18], asocian el caos a la creatividad y la flexibilidad. Abrahamson es profesor de teoría de la organización en la Universidad de Columbia pero se define como una persona desordenada.
“Si uno se para a ordenar cada rato, tampoco podrá avanzar. En cambio, existe un punto medio donde el rendimiento es más eficiente: el del desorden óptimo”,
Según él, las personas (y las empresas o las organizaciones) rinden al máximo cuando consiguen mezclar en su vida diaria el orden y desorden hasta alcanzar “una situación única, original y difícil de copiar“. Con la justa dosis de confusión, sostiene que… “… se descubren relaciones entre cosas yuxtapuestas que de otra manera hubieran sido difíciles de ver“.
Un filósofo moderno eleva su voz para respaldar desde “el conocimiento de los saberes” la preeminencia del desorden por sobre el estigma social del orden. Es Daniel Innerarity[19], quien afirma en su análisis de “El Elogio del Desorden” cómo uno de los enemigos del saber es el excesivo orden, lo que según su perspectiva incide negativamente con la posibilidad de innovar:
“Se ha intensificado la conciencia del desorden y la irregularidad. Cada vez se da más importancia al desorden, al disenso y a la crítica. Las organizaciones se disciplinan de manera excesiva y eso ahoga la innovación”
En su opinión, el desorden es paradójico:
“… ya que se consigue aplicando reglas, lo que significa elegir entre una variedad de ellas; sin embargo, ninguna contiene normas acerca de su aplicación, por ello el cumplimiento de unas supone el incumplimiento de otras”
Para este filósofo, el hecho de que ninguna regla contenga en sí misma el método de su aplicación significa la ejecución de altas dosis de creatividad para seguirla, un enfoque que corrobora con esta sentencia:
“Ninguna regla, si quiere ser eficaz, tiene que prever su excepción en orden a su propia elasticidad y fortaleza”
Daniel Innerarity afirma que para innovar es necesario preparar a los futuros innovadores a enfrentar la dialéctica de la excepción, porque…
“… quien piense que el orden de las cosas sólo se consigue con la superación del desorden, y que éste es un fallo o una carencia, estará incapacitado para gestionar adecuadamente los procesos complejos. Es necesario orquestar el orden y el caos en un equilibrio especial porque los sistemas dinámicos e innovadores no aceptan el orden excesivo, porque produce anquilosamiento y perplejidad por falta de creatividad.”
Sostiene que el orden implica domesticación parcial del desorden, lo que exige una cierta tolerancia frente a la excepción. A esto se debe el hecho de que la gestión mediante la excepción sea cada vez más exigente. Innerarity lo resume todo en una frase tremendista, evidentemente tomada de alguna lectura de Karl von Clausewitz:
“El orden es la continuación del caos por otros medios”.
El individuo desordenado, lejos de arrastrar debilidades, cuenta con varias ventajas a su favor. En tiempos cambiantes, como los actuales, se adapta mejor, de forma más drástica y con mucho menor esfuerzo. En cambio, los sistemas o las personas ordenadas son muchos más rígidos, lentos, tienen que seguir protocolos establecidos y los cambios que introducen suelen ser lentos y pequeños. Abrahamson y Freedman citan un caso real ocurrido en Estados Unidos de dos quioscos de periódicos, situados uno enfrente del otro: uno amontonaba diarios al azar, el otro era muy ordenado. El primero sobrevivió, el segundo cerró, porque se gastó dinero en personas extra para ordenar revistas, colocarlo todo bien, llevar a cabo inventarios informáticos… y quebró porque los costes superaban los beneficios.
Los números parecen respaldar en parte estos argumentos. La consultora Ajilon Office, firma especializada en investigación de los lugares de trabajo, ha revelado un dato interesante: después de varias encuestas en distintas compañías, ha comprobado que los que viven en un caos en su oficina cobran un sueldo anual que es casi el doble que el de los empleados que conservan la pulcritud en su mesa de trabajo. Hay más: según un sondeo de la Universidad de Columbia, la gente que afirma mantener un escritorio “muy limpio” acaba dedicando un 36% más de tiempo para encontrar los documentos que busca respecto a los que lo dejan “bastante desordenado”.
¿Cómo es eso posible? Según el psicólogo y consultor alemán Stephan Grünewald[20], cada persona sabe gestionar el desorden con su propio código:
“Los papeles más importantes siempre están localizables en las zonas más calientes del escritorio, mientras que los documentos inútiles emigran, casi por sí solos, a las zonas más frías de la mesa, como si estuvieran guiados por una mano invisible. Imponer a estas personas otro tipo de orden podría causar estrés, además de producir ineficiencias”. Seguro que muchos de ustedes han podido experimentarlo: por lo general, el trabajo más urgente suele permanecer encima del montón, mientras que los documentos secundarios tienen la tendencia a permanecer ocultos en la base de la pila. Lo que tiene perfectamente sentido.
En efecto, cuando se habla de desorden, todo es relativo: una persona puede ordenar una colección de discos compactos, del más favorito al menos favorito y alguien que observe la estantería puede tener problemas para determinar en qué orden están, y, por lo tanto, concluir erróneamente que están mal colocados. Asimismo, se puede tolerar caos en el dormitorio pero al mismo tiempo tener inmaculada la cocina. Luego existen algunos matices que introducen variados sesgos en el análisis definitorio de lo que es, o debe ser, una persona desordenada. Veamos: Existen personas que son ordenadas en el trabajo, pero un desastre en la casa y viceversa. Puede ser que en la oficina, ante la presión social, sea muy pulcro, pero cuando está en la casa relaja el autocontrol y se sienta cómodo en la confusión.
Algunas disciplinas encuentran en el desorden su lógica forma de ser: por ejemplo, la improvisación, un valioso recurso que estimula la creatividad del pensamiento, permite a un grupo de músicos de jazz crear su propia música y estilo, además de modificar la canción en cualquier momento para conectar con el público. Manuel Almendro[21], psicólogo clínico autor de Psicología del Caos[22] cree que…
“…En nuestra época se está abusando demasiado del control. Actuamos de forma mecánica, según la lógica causa-efecto y de esta manera perdemos la intuición y las variables intersubjetivas. Con la manía del orden, se está tapando la emergencia de algún miedo”… “el desorden tiene una gran importancia: engendra diferencias, pero a su vez emergen nuevos órdenes y todo el sistema se regenera”.
Esta teoría la sostiene el neurólogo Jerrold Pollack, del Centro de Salud Mental Seacost:
“La organización total es un intento fútil de negar y controlar lo impredecible de la vida”.
Por supuesto, hay que establecer distinciones básicas: desorden no significa descontrol. El secreto consiste en no exagerar el desorden:
“Cuando nuestra vida no va bien, perdemos los objetos de forma sistemática, no rendimos en el trabajo o entramos en conflicto con nuestra esposa o nos echan del piso… O no conseguimos cumplir los proyectos que teníamos previstos. Entonces hay que volver atrás”, advierte Freedman.
Encontrar la fórmula ideal entre la organización sistemática y el desorden absoluto es considerado por algunos especialistas, un arte. Con todo, no es una tarea fácil, como lo afirma Freedman.
“Es casi imposible saber las ideas que potencialmente podrías conseguir introduciendo más desorden. Y es difícil saber cuándo hay que romper las reglas y el sistema de organización vigente, porque es algo que por naturaleza o educación no solemos detectar. Por eso, yo siempre animo a las personas a que se arriesguen. Leer varias cosas a la vez, hacer asociaciones impensables… De este caos puede salir alguna buena idea. Seguro”. Esta es, para Freedman, la Ley del Desorden.
Si nos detenemos para analizar el concepto secuencial de la vida (desde las manifestaciones microscópicas más elementales, hasta aquellas que escapan a nuestra capacidad de ponderación y análisis) descubriremos muchos más motivos para aceptar el caos y el desvalimiento consiguiente, que el mismo orden, más aún cuando sabemos confiadamente que un nuevo orden aparecerá, no importa tanto que las condiciones iniciales sean complejas o simples. Es que, más común de lo que imaginamos, una gran complejidad social puede anunciar el surgimiento de un nuevo orden simple. Viceversa, también ocurre: un simple y a veces imperceptible suceso provoca modificaciones complejas y profundas en el seno de las estructuras sociales más tradicionales dentro un conglomerado humano.
Para los “caólogos” que hemos citado, el azar es determinante en la manifestación de diversos fenómenos y procesos del universo, y, sin embargo, éstos no son tan azarosos como aparecen a simple vista. Mitchell J. Feigembaum[23], quien es uno de los pioneros en esta disciplina, afirma que “estamos llenos de caos“, la belleza es “esencialmente caótica“, la forma de las nubes también lo es. La ciencia del caos es para él…
“… el estudio del desorden, del comportamiento irregular de las cosas determinísticas, ésas que sabes cómo se comportan de un instante a otro, y sin embargo, sus movimientos se convierten en algo irregular, errático, y dan la sensación de que se producen al azar. Y en realidad, lo que ocurre es que no suceden por azar“.
Comprender fundamentalmente por medio de las matemáticas los procesos que están detrás de lo azaroso, de lo irregular y lo incierto es encontrar el orden del desorden y constituye el principal afán de quienes, en los diversos campos de la ciencia, adoptan esta nueva perspectiva.
Cuando el caos nos alcance…
Visto de este modo, el caos que se manifiesta en las estructuras de la sociedad no es más que la consecuencia natural de fenómenos subyacentes o evidentes que han decantado en forma de crisis. La crisis antecede al caos, lo prefigura aunque no lo identifica. La perspectiva que se abre para explorar ampliamente en las ciencias sociales, a partir del caos conceptual en el que se encuentran actualmente, puede conducirnos hacia nuevas puertas de acceso al conocimiento de procesos y fenómenos insospechados e impredecibles.
En el caso de situaciones turbulentas y de crisis política, la transición de la que tanto se habla no necesariamente sigue un solo camino, lineal y determinístico, sino que, por el contrario, las posibilidades son muchas, las opciones múltiples en tanto que los factores que están presentes conforman una realidad compleja, en donde la cultura, vista desde una perspectiva fractal, adquiere una relevancia fundamental, en tanto generadora como reproductora de estructuras auto-similares que replican en sí mismas el ejercicio del poder a todos los niveles de la sociedad, pero también como una contracultura que genera procesos de auto-organización, que cuestionan y se oponen al poder establecido. Tal podría ser el caso de las llamadas Organizaciones No Gubernamentales, que desarrollan redes sociales en la sociedad civil, usualmente redes de resistencia y de oposición, que se auto-reproducen en todo el tejido social, desde los deudores de la banca hasta las organizaciones vecinales y ciudadanas, para cogestionar y simultáneamente codirigir las fases entrópicas que anteceden al necesario vórtice social.
4.- Crisis: El pecado social originario. Afirmamos en la culminación del epígrafe relacionado con el caos, que la crisis lo antecede y además, lo prefigura, aunque no lo identifica totalmente. ¿Habrá una relación concomitante entre crisis y caos? De ser así ¿Qué crisis producen cuáles caos en los conglomerados sociales?
Conceptualmente, una crisis no es más que una situación crucial o decisiva, una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada aunque inestable, sujeta a evolución y que involucra un cambio abrupto o decisivo. Particularmente preciso es este concepto cuando lo proyectamos a la crisis de una estructura social. Allí, los cambios críticos, aunque previsibles, siempre están ligados a algún grado de incertidumbre, en relación a su ejecución, a su reversibilidad o grado de profundidad, y a sus consecuencias. Si los cambios sociales son profundos, súbitos y violentos traen consigo consecuencias trascendentales que van más allá de la crisis y se pueden denominar ‘cambios revolucionarios’.
Así conceptualizada, la crisis se manifiesta como un evento estresante, emocional y hasta traumático, que cambia o modifica sustancialmente la vida de las personas, a propósito de cualquier conflicto que al no resolverse, llega a su más alto nivel de tensión y desencadena eventos que modifican el equilibrio social.
Las crisis sociales tienen el efecto de desacreditar las posturas y las ideas precedentes, bien porque han colapsado en su capacidad de generar esperanzas o cumplir promesas, bien porque el sujeto o institución que las promueve han agotado el proyecto social, económico y político, creándose un retro-bucle social que induce la crisis. En los escenarios negentrópicos, la crisis predispone favorablemente a la opinión pública a conceder a quienes acceden al gobierno un amplio mandato para actuar sobre la emergencia, y es por ello que instalan un sentido de urgencia que fortalece la creencia de que la falta de iniciativas sólo puede agravar las cosas; en estas circunstancias, los escrúpulos acerca de los procedimientos más apropiados para tomar decisiones ceden el paso a una aceptación tácita para la toma de decisiones extraordinarias.
Algo que hay que tener muy presente es que algunas crisis son “pseudo-crisis”; es decir, pueden ser inexistentes, ya que no se sustentan en hechos reales, pero son “creadas” a conveniencia de ciertos intereses. Con frecuencia, este tipo de crisis se polemiza en los medios de comunicación, con consecuencias internas y externas significativas para las organizaciones e instituciones en ellas involucradas. Así vistas las crisis artificiales –siempre temporales, nunca permanentes– son resultado de la combinación de detonadores que incluyen factores primarios y accesorios, amenazas y percepciones, y los objetivos de actores sociales y organizacionales en un tiempo y lugar específicos.
Pero las crisis no sólo agudizan los problemas colectivos sino que generan, además, un extendido temor por el alza de los conflictos sociales y amenazas al orden institucional. Todo ello amplía los márgenes para la acción de los líderes de gobierno e intimida a las fuerzas de oposición. Cuando los mecanismos que las crisis ponen en movimiento se combinan, se genera una demanda de gobierno que permite echar mano a los recursos institucionales necesarios para concentrar en la autoridad cualquier decisión para adoptar políticas e imponer un trámite expeditivo a su promulgación.
Una crisis social puede ser la consecuencia de un hecho medioambiental a gran escala, especialmente aquellos eventos traumáticos o catastróficos que implican un cambio abrupto. Por sí mismos, estos eventos provocan una crisis que traspasa las fronteras de lo eminentemente geográfico, para provocar un conflicto dentro de las organizaciones de la sociedad. No nos vamos a referir a este tipo de evento, sino a las implicaciones de la crisis que se manifiesta en las diferentes estructuras sociales que pueden desembocar en un escenario caótico. Tampoco nos referiremos a la crisis como fenomenología del caos individual, (ya hemos abordado parcialmente este asunto en el epígrafe anterior) ni a sus referentes mitológicos helénicos o románicos.
La coyuntura de cambios que se pueden presentar en cualquier aspecto de una realidad organizada, está sujeta a una evolución de acontecimientos. Cuando estos acontecimientos son críticos, es decir cuando violentan la estructura ética y socialmente aceptada del comportamiento de las personas y de las instituciones en las organizaciones sociales, provocan un determinado estado de incertidumbre y la resolución -o profundización- de esos eventos traen inexorablemente consecuencias trascendentales para la sociedad. En este punto decimos que esa sociedad ha entrado ‘en crisis’, o lo que es lo mismo, que ha iniciado (bien endógenamente, bien por factores exógenos) un proceso de reacomodo que identificamos como ‘entropía social’, transformación que se enfrenta de manera inmediata con los antígenos institucionales de dominio, mando y de gobierno que hemos llamado ‘controlentropía’.
Crisis y conflictos ¿Lo mismo pero diferente?
Para proseguir, es necesario despejar la diferencia conceptual entre crisis y conflictos, así como también los procesos inherentes al manejo de las crisis y la gestión de los conflictos. Comencemos por lo fundamental: El conflicto social.
Los conflictos sociales son procesos que se apoyan en las relaciones históricas de antagonismo entre los miembros de una misma organización societal o con otras organizaciones y/o sociedades en pugna con aquéllas, cuyo proceso (palabra clave… anótela por ahí) tiene profundas raíces culturales, religiosas, políticas, étnicas, económicas ¡y hasta cosmológicas! Los conflictos sociales usualmente manifiestan apreciaciones dicotómicas: empresas versus trabajadores; pobres versus ricos; tradicionalismo versus modernismo; y un largo etcétera de conflictos sociales que significan trances de manifiesta hostilidad entre grupos de personas. Mientras los conflictos sociales son procesos que tienen contradicciones estructurales, institucionales y hasta culturales en sus orígenes, las crisis son eminentemente coyunturales, referidas a circunstancias específicas y cuya beligerancia y trascendencia en el seno de una organización social está determinada por el lazo coyuntural que posea la crisis ante la opinión y el convencimiento de los actores involucrados.
¿Y el caos, el caos social? ¿Nace de una crisis? ¿Lo provoca un conflicto? Paciencia… Que todavía hay mucha tela por cortar entre crisis y conflictos, y muy probablemente Usted llegará a responder estas tres preguntas mucho antes de que yo le de mi concepción. Por eso debemos, usted y yo, seguir la ruta epistemológica que nos conducirá a contrastar nuestras opiniones.
Las crisis son, por ensayar una aproximación conceptual, conflictos en estado de latencia. Están ahí, vigentes y presentes en los individuos y en las sociedades, como en animación suspendida. Nacen, crecen y se reproducen en el pre-consciente colectivo, esa instancia de la psicología social que se nutre de la opinión, los gestos, las actitudes y los prejuicios de las personas cuando actúan ‘en sociedad’, vale decir, en la inter relación con ‘los otros’. Cuando una crisis pasa el umbral de la evidencia, entonces se manifiesta como conflicto y los procesos controlentrópicos se concentran en la solución de los problemas de fondo, una actividad que le está negada al ‘manejo de la crisis’, porque la administración de las variables de la crisis sólo se enfocan en el análisis y la resolución de las razones puntuales que provocan la crisis. Un Doctor, especialista en Medicina General lo explicaría así: El manejo de la crisis atiende los síntomas de la enfermedad social, mientras que la gestión de los conflictos provee el tratamiento de las causas.
La dicotomía crisis – conflicto genera una confusión operativa, pues muchos analistas pretenden abordar la resolución de conflictos con los enfoques y las herramientas con los que se maneja una situación de crisis. Los conflictos son procesos sociales plurietápicos, siendo la crisis una de esas fases. Incluso en el desarrollo de un conflicto social pueden aflorar varias y diversas crisis, no necesariamente de la misma intensidad ni con la misma importancia, como tampoco se presentan de manera simultánea, ni involucran, necesariamente, a los mismos actores. Puede suceder, pero no es en el común de los conflictos. Retomemos el planteamiento inicial: ¿Cuáles crisis, que derivan en conflictos, producen cuáles caos en los conglomerados sociales? Se han caracterizado al menos seis tipos de crisis sociales, a partir de su tipología: Crisis de posicionamiento, crisis ideológicas, crisis reformistas, crisis ambientalistas, crisis reinvindicacionistas y crisis compensatorias. Pero también las crisis se categorizan a partir de sus creadores. En este escenario encontramos cuatro tipos de actores: Los activamente involucrados, los pasivamente involucrados, los activamente ignorantes y los pasivamente ignorantes.
Para simplificar la percepción de cómo la crisis y los conflictos anteceden al caos, vamos a caracterizar a las crisis sociales en dos tipologías: Las que surgen por accidentes u omisiones provocadas por el hombre y que pueden servir de incentivo para el surgimiento de demandas y reivindicaciones sociales (aunque no estén vinculadas con el desastre original), y las crisis sociales generadas por el relacionamiento social, que surgen como parte de la interacción entre los miembros de una sociedad, y que se pueden sub-clasificar en previsibles, como los cambios políticos y las huelgas, y en sorpresivas cuando los factores que desencadenan la crisis no son identificables a priori.
Protocolos operativos de la crisis y el conflicto
Se asume que cualquier controversia social es la discusión, en debate civilizado, de cualquier polémica o litigio, que fundamenta la argumentación de las partes sobre la dialéctica de la propuesta y la réplica de puntos de vista opuestos, en relación al tema controvertido; mientras que las disputas sociales se desarrollan sobre soluciones a las que se puede llegar a partir de un acuerdo negociado. Ambos escenarios (la controversia y la disputa) dirimen las crisis mediante procesos de mediación y concertación, siempre que las rivalidades se mantengan dentro del marco del diálogo y no lleguen a los niveles de hostilidad que imposibiliten la negociación.
Pero cuando la negociación de la controversia social no genera una solución satisfactoria para las partes involucradas, o no produce una disolución de las causas que generaron la polémica, se profundiza la disputa y surge una crisis. Las crisis sociales están asociadas a la hostilidad, al enfrentamiento y a la agresión física, por lo que generan violencia y rompimiento del orden público. ¿Cuál es el baremo que determina que una controversia se transforma en una crisis, y ésta en un conflicto? ¿Quién califica de crisis a una controversia irresoluta? En casi la totalidad de los casos, son los mismos involucrados en la controversia quienes la asumen de una u otra forma. También inciden en la calificación del evento las autoridades civiles, los medios de comunicación y todas las organizaciones sociales involucradas, que se sienten identificados con mayor o menor intensidad de compromiso, con todas o alguna de las partes en controversia. Cuando se asume que la dinámica de la controversia se transforma en una ‘crisis’ o en un ‘conflicto’, dicha identificación toma el control del evento y es asumido como tal ‘crisis’ o cual ‘conflicto, aunque los actores estén o no de acuerdo con dicha identificación.
Toda crisis social, cuando progresa hasta ‘conflictuarse’, se manifiesta como un acontecimiento en espiral, que se crea y se refuerza con la percepción y las acciones concretas de los integrantes de un conglomerado, categorizado como un evento perturbador que posee o genera un determinado descontrol institucional. En este estadio perceptivo, las apreciaciones se desvirtúan y las percepciones subjetivas se dan por válidas, así como inevitables los elementos que provocan la crisis. Para que la espiral de la crisis prosiga su escalada y se transforme en un conflicto abierto y generalizado, es conditio sine qua non que las causas que lo genera se expandan mucho más, que se generalicen, para incluir a la mayor cantidad de personas, lo cual provoca una primera respuesta de la institucionalidad organizada que detenta el poder controlentrópico: Se destinan recursos para la disolución del conflicto.
De acuerdo con el tipo de amenaza con la que se le asocie, las crisis sociales pueden transgredir la estructura básica de las instituciones o quebrantar el corpus legal y los valores fundamentales de las organizaciones y de la sociedad. La evaluación que se hace de la gravedad y el tipo de amenaza que provoca la crisis es lo que provoca una respuesta institucional, que no es la misma si la crisis afecta bienes comunes (vías de comunicación, infraestructura pública, etc.) o si afecta la seguridad y en definitiva la vida de los ciudadanos. La magnitud del riesgo y la trascendencia amenaza son los parámetros para cualificar el impacto que la crisis provocará.
Mientras la institucionalidad procura la restauración del orden, la espiral de crisis social se dispara, la comunicación natural y anteriormente fluida entre individuos, grupos y estructuras se interrumpe o se ralentiza dramáticamente, se endurecen las posiciones entre los que el conflicto enfrenta y se consolidan los grupos ‘de defensa’. Aparece el problema y con él, la percepción de un ‘no-control’ que degenera en caos.
Vista desde una perspectiva economicista, la crisis genera costos; unos medibles y otros invisibles. Los costos pueden ser medibles por pérdida de producción, inversión, comercio e impuestos. También son cuantificables por la destrucción de la infraestructura (y los costes involucrados en la reconstrucción), por la destrucción de vías de comunicación y por la merma de los presupuestos, que previo a la crisis se destinaban a educación y a otros servicios básicos, pero que se destinan a enfrentar las pérdidas y otros efectos financieros provocados por la crisis.
Pero son los costos invisibles los más difíciles de identificar y de reponer, porque la crisis incrementa la frustración y provoca un profundo sentimiento de inseguridad. Aumenta la sensación de indefensión ciudadana y reduce la cohesión de la unidad social. Afecta negativamente la solidaridad y la cooperación, y crea un clima de incapacidad para actuar colectivamente por la marginalización de diversos sectores que luego se abstienen de participar en la vida productiva del país porque la crisis social se manifiesta con un alto grado de incertidumbre.
Paralelamente, la crisis provoca un aumento no contemplado en ‘gastos paliativos’ para atender a las demandas sociales de quienes por una razón u otra se consideran –o realmente son- víctimas de esa crisis. A estos costes se le suma el ‘intangible negativo’ de la pérdida de prestigio internacional y el aumento de otras tensiones sociales que en teoría pueden convertirse en vórtices sociales que desencadenen nuevas y más profundas crisis.
Las crisis sociales involucran un conjunto de factores intervinientes, que como variables exógenas, afectan los niveles de riesgo y las oportunidades de resolución. Estos factores a tomar en cuenta son las emociones, las relaciones de poder, el factor tiempo y las reacciones de quienes de una manera u otra se ven involucradas en la crisis y sus consecuencias. Las crisis sociales son eventos emotivos, que a medida que la crisis se desarrolla, pone de manifiesto los sentimientos de los que participan en la controversia vuelta crisis: Impotencia ante el escenario, sentimiento de pérdida o vacío espiritual, frustración e impotencia, venganza y hasta una elevada resistencia al cambio. El nivel de las emociones retroalimenta la crisis e incrementa su intensidad para asegurar su continuación evolutiva hacia la fase siguiente: El conflicto.
Identidad cultural y crisis social
Algunas organizaciones edifican su identidad cultural y social sobre una crisis. Otras generan crisis a partir de sus postulados originarios y la perseverancia de la crisis es un elemento de vital importancia para ellos. En ambos casos la comprensión de los factores y del origen de la crisis y de los modos y maneras en que se maneja esa crisis está subordinada al nivel emotivo de los individuos implicados. El manejo de una crisis implica, entonces, el reconocimiento de los tipos y niveles emocionales que la provocaron y de los que la alimentan.
Pero la comprensión de un estadio social crítico se obstaculiza cuando alguno de los actores -o la totalidad de ellos- insisten en darle al evento una interpretación fatalista, en la que se identifican a sí mismos como víctimas de otras personas, organizaciones o de instituciones, e incluso víctimas de circunstancias indeterminadas e indefinibles que señalan como ‘el destino’. Se está ante una cultura de victimización, y es ella la que determina con su intensidad y grado de compromiso las condiciones que se interpondrán para disolver el cuadro crítico o finiquitar el conflicto. Esas condicionantes no son otras que las compensaciones, las reparaciones y las disculpas que los actuantes auto victimizados esperan les sean resarcidas para deponer sus actitudes y conductas, y como requisito para que retorne la paz social alterada.
Básicamente, las crisis perturban las posiciones de poder, tanto individuales como grupales porque sus consecuencias inmediatas y a mediano plazo afectan el orden político. En circunstancias determinadas, la aparición y la beligerancia de una crisis pueden ser atribuidas a un reajuste de poderes en el que la violencia juega un papel protagónico. El asesinato de Julio César, el guillotinamiento de Maximilien de Robespierre o el ajusticiamiento de Benito Mussolini (por poner sólo tres ejemplos notorios de la historia política universal) son muestra de esa violencia, nacida en el crisol de una crisis y cuyo resolución violenta generó, en cada uno de los tres casos ejemplificados, profundos conflictos que luego desembocarían en caos generalizado.
El tiempo es uno de los factores críticos para analizar y comprender cualquier crisis. Nos referimos no al tiempo histórico, sino al tempora exsecutionis de los involucrados, que al fin de cuenta condiciona el propio tiempo. Este factor les impone a los actores de la crisis la adopción de mecanismos de análisis y de planeamiento previos al evento. Para quienes se oponen a cualquier crisis, vale decir, para quienes ejercen el poder controlentrópico, asumir el tiempo de la crisis es vital para evitar que ésta se profundice y con ello se derive en un conflicto abierto. Normalmente se asume que las crisis son acontecimientos sociales de carga negativa, transgresores de la paz social y por ello se les considera como eventos de alto riesgo, generadores de estrés colectivo, circunstancias inesperadas e incertidumbre. Como se trata de eventos no programados esto tiene implicaciones sin precedentes de adversidad que requieren la asunción de decisiones instantáneas. La complejidad y la fragmentación que se produce en la toma de este tipo de decisiones (nos referimos a las decisiones para enfrentar, desde la institucionalidad a las crisis sociales de carga negativa) usualmente quebranta la comunicación y provocan en las audiencias una percepción de ‘black-out’ informativo.
Pero algunas crisis sociales, específicamente aquellas que involucran en sus consecuencias una combinación más o menos equilibrada de alternativas de resolución positiva y negativa, ofrecen una incalculable oportunidad para que la remisión del conflicto generada por ella conduzca a un cambio social, que de no ser por la crisis hubiese sido improbable que se produjera, al menos no en el corto plazo. Este tipo de crisis propicia la coordinación inter institucional, intra gubernamental y entre actores sociales, que en otras circunstancias jamás hubieran podido coparticipar de un proyecto de cambio social, si no fuere porque la crisis generó el encuentro de objetivos comunes.
Realidad y percepción: Variables de las crisis
En la caracterización de una crisis social cabe la aplicación del refrán…”todo depende del cristal con que se mire”. En efecto, las crisis sociales pueden ser una realidad para unos, mientras que para otros puede interpretarse como otro tipo de fenómeno. Para unos, la crisis es un evento real, pero para otros no y esto se debe a la interpretación subjetiva de las señales de la crisis. En este sentido, las percepciones son tan válidas como los hechos y por ello, sean reales o imaginarias, las crisis sociales son procesos complejos que implican la toma de decisiones en ambientes de incertidumbre y esto, ciertamente, limita las posibilidades de acciones asertivas, más aun cuando la incertidumbre se acompaña de un tiempo perentorio y de distintos grupos-actores, con diversidad de objetivos y visiones muchas veces opuestas del mismo escenario.
Es por ello que cuando una crisis es identificada como ‘un problema’ como una complicación que plantea una dificultad o una duda en un ambiente de incertidumbre, la comprensión de la extensión y la profundidad de la crisis se limita a lo meramente enunciativo del problema, y el manejo se focaliza en ofrecer ‘una solución’, o varias, para ese problema, mientras se olvida o se soslaya la asunción de los demás factores que componen la crisis.
¿Qué determina que una situación pueda ser definida como ‘una crisis’, con toda la implicación del término? La respuesta es una: La percepción que se tenga sobre el valor de pérdida y la probabilidad de quebranto social. En todos los casos, lo que se percibe es una pérdida social que puede ser material, emotiva o intangible, ubicada en un espacio-tiempo preciso. Las percepciones y las interpretaciones que tienen los actores sobre los eventos que se desencadenan en crisis es llamado “modelo colectivo” y las inter relaciones de los actores, a través de las estructuras sociales (o figuras de agrupación por afinidad de objetivos) son las que proponen la definición real de la crisis, y será a través de estas estructuras que los actores podrán participar, bien en la controlentropía de la crisis, bien en la construcción del o los vórtices sociales que desembocarán en una crisis real ‘bifronte’: O se resuelven los factores que generaron la crisis por gestión endógena, o se desencadena el caos, para derivar en una propuesta social diferente, que en anteriores ensayos hemos llamado ‘negentropía’.
Frente a las múltiples interpretaciones que se le dan a la crisis, y a las aún más numerosas y disímiles soluciones que se aportan, cada actor social aspira que ‘su’ solución sea ‘la’ solución aceptada por los demás. La situación se dirime por dos vías: Bien a través de la construcción conjunta de una solución mutuamente aceptada y consensuada del “modelo colectivo”, que es en sí mismo el único modelo de solución sostenible en el tiempo, por ser participativo y democrático, o bien por la solución impuesta por un solo actor, que aquí llamamos modelo coercitivo”
Frente a la multiplicidad de interpretaciones, percepciones, actores y soluciones, cada quien desearía que “su solución” fuese la aceptada. Este atolladero se supera cuando los actores, en forma consensuada, acuerdan una solución que dé satisfacción a los intereses de la mayoría, sin descartar la participación de las voces minoritarias. La construcción conjunta de una solución mutuamente satisfactoria es la única salida que será sostenible (modelo participativo-democrático), mientras que los modelos coercitivos, aunque ofrezcan la solución más adecuada aumentan la presión sobre los individuos del colectivo y repotencian la crisis hacia el futuro, hasta un punto de ‘no-diálogo’ que eclosiona las estructuras sociales y desencadena por sí mismo el caos social.
Factores originarios de las crisis sociales
¿Se pueden identificar, aunque sea genéricamente, los factores que originan las crisis sociales? Las crisis sociales, hemos afirmado, son eventos de percepción. Interpretaciones que hacen los ciudadanos sobre los acontecimientos, los cuales juzgan a partir de su marco referencial de valores y en relación al grado e intensidad que esos eventos tienen para afectar positiva o negativamente la vida y el desempeño de los individuos en el colectivo. Se trata, entonces, de ‘factores perceptuales’ que pueden ser factores endógenos, es decir, referidos a las personas y a las organizaciones que hacen vida social en un determinado conglomerado, como factores exógenos, que son los elementos ‘avenidos’ desde la periferia, como la tecnología, los cambios estructurales o el contexto geopolítico.
Vista así, la crisis no es unidimensional, pues en cada evento crítico pueden existir al menos tres orígenes concomitantes que afectan la percepción e identificación de cualquier crisis social: 1.- Las razones perceptuales. 2.- Los motivos sociopolíticos. 3.- La influencia de lo tecnológico-estructural.
Las razones perceptuales surgen de los individuos y se fundamentan en el marco de referencia social (también llamado estereotipo de socialización activo), en el sistema de valores individuales (que surgen del proceso de socialización ‘primario’ en el hogar y en la escuela) y en la cultura. Esta percepción no es más que el discernimiento sobre una escala subjetiva de valores individuales y colectivamente aceptados que integran la cultura grupal, y a partir de la cual se perciben las bondades, las conveniencias o los riesgos y las amenazas de una determinada situación social; situación que puede ser pre-identificada por el sujeto como una crisis de una determinada magnitud, en referencia a su potencial nocivo sobre sí, sus grupos de referencia y la sociedad en general.
Estas razones perceptuales y los valores involucrados en ellas, determinan la forma en la que diversos actores construyen e interpretan la realidad. Para unos, las crisis sociales son una manera efectiva de hacer escuchar su voz, porque conciben a la sociedad como el escenario de una lucha constante entre fuerzas antagónicas, sean éstas sociales, políticas o ideológicas; para otros las crisis representan un rompimiento ilegal del orden social y constituyen un atentado contra el funcionamiento “normal” de la sociedad, una sociedad que conciben exenta de contradicciones y oposiciones y en la que los eventos desestabilizadores, como la protesta en cualquiera de sus manifestaciones, es mal vista y se considera el génesis mismo de la crisis y síntoma de una situación, previamente catalogada de ‘anormal’, que según ellos es artificialmente creada. En cualquiera de ambas posiciones, las ‘razones perceptuales’ son las que motorizan a los individuos a actuar en y por lo que perciben como crisis social.
Los motivos sociopolíticos están relacionados con la credibilidad y la legitimidad de los liderazgos, vinculados a la proximidad o lejanía de los individuos respecto a los posicionamientos políticos de los actores y las organizaciones que desempeñan (o han asumido) el rol de ‘dirigentes sociales’; en relación con las ideologías y particularmente con las ofertas, sean electorales o de soluciones coyunturales que emanan de los proyectos políticos y sus ideologías. Los ‘motivos sociopolíticos’ son los que condicionan, dirigen y enfocan el accionar de los individuos en las crisis sociales.
La influencia de lo tecnológico-estructural es un conjunto de desafíos exógenos que plantean incentivos a la sociedad. Estos retos pueden ser de evolución, de desarrollo horizontal y democratización del acceso a las tecnologías, o de demanda tecnológica no satisfecha; en cualquier caso, la carencia, la obsolescencia o la insuficiencia de lo tecnológico-estructural genera crisis relacionadas con la calidad de vida, el aggiornamiento de los conocimientos y los desafíos al progreso en la sociedad. La ‘influencia tecnológico-estructural’ provoca crisis de crecimiento y retos de progreso.
Pero las crisis se desencadenan por decisiones poco afortunadas, tanto de los individuos cuando actúan como muchedumbre, como por los dirigentes en su rol de guías sociales y por demandas insatisfechas, muchas de ellas relacionadas con la pobreza, las injusticias sociales y la exclusión de grupos de actores sociales que han sido marginados por alguna causa o circunstancia. La pobre y fragmentada comprensión de los orígenes y los fenómenos involucrados en una crisis por parte de la dirigencia social, acrecienta su beligerancia hasta el punto de transformarse en un conflicto abierto, que de no manejarse adecuadamente, irremediablemente derivará en un caos, cuyos vórtices sociales se ubicarán en el epicentro de las percepciones subjetivas, los motivos sociopolíticos y hasta en las influencias tecnológico-estructurales.
Violencia y crisis social
Una pregunta salta de improviso ¿Todas las crisis sociales son violentas? Una primera aproximación nos advierte que no se debería asumir automáticamente que las crisis sociales son situaciones de violencia, porque no todas las crisis poseen el componente agresivo que degenera en violencia, y no todas ‘las violencias’ provienen de una situación crítica. Pero las crisis violentas tienen características particulares: se sustentan ya sea en reivindicaciones legítimas o en acciones ilegales. Su impronta común la determinan los actos de agresión (física, verbal o psicológica) actos que son rechazados en casi todas las sociedades. Eso no descalifica a la violencia como método efectivo en la consecución de metas, objetivos o beneficios, ya que es esta utilidad instrumental lo que la potencia mientras se obtengan los resultados deseados. Las protestas violentas, la destrucción indiscriminada de bienes públicos y las agresiones a personas y propiedades privadas seguirán siendo parte del la vinculación violenta y perniciosa entre grupos humanos y el círculo vicioso de las crisis sociales irresolutas.
Las crisis sociales sorprenden por su manifestación muchas veces repentina y su comprensión se dificulta porque a menudo toma desprevenidos a los actores. Las crisis violentas ocurren, en muchos casos, debido a la ausencia de alternativas a la protesta callejera. Para algunos analistas sociales la ocupación destructiva de instalaciones es el resultado de la carencia de espacios en los que puedan presentar, de manera no violenta, las preocupaciones, peticiones y perspectivas de los que se sienten afectados por los elementos, las situaciones y demás componentes que construyen una crisis en el ámbito social.
En la mayoría de los casos, las crisis que generan violencia son consideradas como luchas de poder con las se pretende obtener influencia social para ejercer dominio decisorio e imponer proyectos sociales en el decurso de los acontecimientos en una sociedad. Las instituciones, las convenciones sociales y la normatividad son las encargadas de sistematizar la controlentropía sobre las luchas de poder a nivel social pues en este contexto, el poder es visto como un medio y perderlo es renunciar al acceso a otros recursos de control social. En sociedad, toda lucha de poder es, en esencia, una confrontación de legitimidades, que se orienta hacia los actores sociales según convenga o no a las ideologías dominantes del momento.
Las crisis sociales más violentas son aquellas que se originan en la lucha por el control del poder. Éstas tienen como finalidad modificar a discreción la agenda o el modelo de desarrollo económico global, desde una perspectiva grupal o sectorial. Cuando las crisis sociales no se solucionan a satisfacción de los ciudadanos, eclosionan en graves conflictos donde el componente político plantea, ni más ni menos, que un vórtice caótico para acceder al poder. Es ante todo, una lucha que suele iniciarse por la defensa de los derechos individuales y colectivos, pero cuyo fin no es otro que el acceso al poder para ganar y ejercer influencia social.
Esta influencia social se ejerce desde el poder y se realiza sea con persuasión o con medidas coercitivas. En el primer caso, la posibilidad de reducir la crisis a niveles aceptables por el colectivo se incrementa en la misma medida que las partes involucradas en la crisis llegan a entendimientos colegiados y con beneficios comunes. En el segundo, la coerción genera resistencia y oposición, y con frecuencia la crisis se convierte en un conflicto abierto, con reacciones de mayor violencia. La coerción se presenta como un componente transaccional atractivo porque genera la ilusión de que reducirá la crisis y conjurará el conflicto, mientras que la persuasión, aunque requiere de tiempo para construir una relación basada en la confianza, el respeto y beneficio mutuo, construye relaciones más sólidas y disuelve las asíntotas[24] de las crisis.
Tal como lo afirmamos al inicio de este epígrafe, las crisis sociales tienen manifestaciones violentas y no-violentas. Las violentas conducen al caos. Las no violentas provienen del cuestionamiento a una autoridad o institución, a la que se demanda una acción inmediata, una respuesta efectiva sobre un tema o acontecimiento, siendo esta demanda firme (aunque pacífica) por quienes la plantean, y de carácter ineludible para quienes se manifiesta. Todo reclamo genera una situación de crisis, bien en la operatividad de quienes están obligados a ofrecer soluciones, bien en la legitimidad y la legalidad de quienes ponen en tela de juicio tal operatividad, en una primera instancia caracterizada por la confrontación de las ideas, las situaciones y los hechos pero sin violencia.
Una de las características de las crisis sociales que tienen como sustento demandas legítimas, es el grado de frustración que experimentan los afectados al no contar con mecanismos y espacios en los que puedan ser oídas y atendidas convenientemente sus preocupaciones y reclamos de manera pacífica. La falta de foros para el diálogo que se observa en la sociedad explica por qué la frustración de los entornos sociales ha llegado a niveles críticos de decepción colectiva.
Pero mientras más se dilate el lapso de las soluciones la crisis se acentúa, y con ello se extiende la posibilidad de que se convierta en un conflicto, que puede llegar a ser violento a medida que los niveles de frustración aumenten y se generalicen. La dificultad para identificar y comprender el ADN violento de una crisis estriba en la incapacidad del analista social (o del político, o del ‘gestor-de-conflictos’) de comprender cómo operan en la concepción de la crisis y en su desarrollo los estados emotivos, las intenciones y las metas de los individuos que integran al colectivo en crisis, y cómo los dirigentes de los movimientos sociales manipulan y conducen esas crisis hasta convertirlas en conflictos sociales, en los que se manipulan los sentimientos que caracterizan “a la masa” y que son los que fácilmente desembocan la crisis en caos.
Estas manifestaciones violentas de la crisis toman la figura operativa de las agresiones directas y de destrucción. Se trata, a no dudar, de situaciones emotivas difíciles, cuyos elementos en común son el miedo, el odio y la mentira, pero también la maniobra política que descontextualiza las aspiraciones iniciales de las víctimas de la crisis. Esta manipulación acrecienta temores y propicia las reacciones destructivas y agresivas (verbales o físicas) pues en muchos casos el objetivo es impedir que los procesos de comunicación y de conciliación disuelvan los elementos generadores de la crisis. En estas circunstancias de mala fe, la respuesta tiende a ser coercitiva.
Cuando los administradores del poder, o de las instituciones afectadas por una situación de crisis social pretenden detener el desarrollo de una crisis, o evitar la escalada de violencia que la transforme en un conflicto o en una situación de caos social, con una proposición irreflexiva, o con una promesa que de antemano se sabe que no será posible cumplir, no hacen más que prolongar (y profundizar) la crisis originaria con ofrecimientos que si bien pueden tener efectos inmediatos, en el mediano y largo plazos refuerzan la percepción de que se actuó con “mala fe”. Ello en sí constituye razón de peso para continuar y/o intensificar la antigua crisis o iniciar una nueva, generando un sentimiento de mayor desconfianza. En estas circunstancias los administradores de la controlentropía social deben tener presente que una vez se cede a esta coacción de orden social, no hay manera de detener su recurrencia.
Hacia una tipología de la crisis
Si bien podemos encontrar en la literatura especializada infinidad de propuestas que intentan determinar una genealogía de la crisis, la gran dificultad consiste en que las crisis sociales no se ciñen a modelos prefabricados o simplificados que sólo son reflejo de la opinión y postura ideológica de quienes elaboran las clasificaciones. La complejidad del origen de la crisis, junto a una realidad dinámica y en constante cambio impide la concepción de una tipología estática y válida para los eventos críticos en cualquier grupo social, porque a fin de cuentas, una tipología es sólo el reflejo de una clasificación subjetiva elaborada desde la perspectiva particular de quien la emite y en relación a sus muy particulares intereses. A pesar de ello, es posible identificar algunas características comunes en la mayoría de las crisis sociales que permiten abordar una aproximación tipológica.
Crisis de posicionamiento
Se define como posicionamiento social a la referencia valorativa y estimativa del ‘lugar’ que en la percepción mental de una persona tiene una idea, un concepto o una promesa, lo que constituye la principal referencia de contraste que existe entre ésta y otras similares. El posicionamiento social es un principio fundamental de la comunicación política que ratifica su esencia y su filosofía, ya que el ofrecimiento proselitista, la oferta social o la promesa política no es el fin, sino el medio por el cual se accede al poder o a determinada cuota de liderazgo social, pues el mensaje opera como un disparador conductual desde la mente del ciudadano en cualquiera de sus roles sociales: elector, creyente o prosélito.
Las ideas y las promesas ‘se posicionan’ en la mente del ciudadano como esperanzas con ‘referente ético’ y social; De este modo, lo que ocurre en la sociedad es consecuencia de lo que ocurre en la subjetividad de cada individuo. Las estrategias exitosas de posicionamiento social se traducen en la adquisición por parte de un líder (de una agrupación política o de una congregación social) de una ventaja competitiva. Las bases más comunes para construir una estrategia de posicionamiento social son: posicionamiento sobre las características específicas del conglomerado; posicionamiento sobre soluciones, beneficios o necesidades específicas; posicionamiento sobre las ventajas o características sobresalientes de determinadas categorías sociales; posicionamiento sobre ocasiones y locaciones específicas para la satisfacción de necesidades recurrentes; posicionamiento de contraste valorativo y aventajado versus otro concepto, idea o promesa; y posicionamiento a través de la disociación por tipo de oferta o promesa.
Más generalmente, existen tres tipos de conceptos de posicionamiento social:
1 Posiciones funcionales para resolver problemas concretos y proporcionar beneficios a los ciudadanos.
2 Posiciones simbólicas con el incremento de la auto-percepción valorativa, la simbolización de imágenes épicas, la identificación con el ego del líder (sublimando en él las carencias afectivas y de competencia); la pertenencia grupal exclusiva y su significado social; y por último, la filiación afectiva.
3 Posiciones experimentales que exaltan las pasiones y proporcionan fuerte estimulación sensorial; y los posicionamientos de estimulación cognitiva.
Encontrar un posicionamiento social para la estructuración de un mensaje se ve facilitado por una técnica gráfica llamada mapeado perceptual, y por otras técnicas de investigación y estadigráficas, como el escalado multidimensional, el análisis factorial, los análisis conjuntos y el análisis proyectivo lógico.
Ahora bien, toda crisis de posicionamiento es una competencia de influencias sociales que se desarrollan para alcanzar la mejor y más sólida posición política dentro de un conglomerado social y con ellos disponer de la mejor posición para negociar en las condiciones más ventajosas posible. El objetivo común a este tipo de crisis es el reajuste del balance de los poderes persuasivos, o de control, en la sociedad a partir de una negociación cuya tipología de conflicto es de fuerza.
En este tipo de crisis, independientemente de las condicionantes económicas y ambientales que las definen, se busca modificar la desigualdad de poderes, a través del empleo de medidas de presión y coerción. La característica común es el involucramiento emocional e ideológico de grupos altamente motivados y organizados. Con la crisis no se busca una “solución” sino más bien hacer un pronunciamiento de naturaleza política, que comúnmente es aprovechado por los líderes de las organizaciones involucradas para alcanzar metas y/o la obtención de ‘réditos políticos’ para negociar, bien con otros líderes en circunstancias similares, bien para negociar con las instituciones que ejercen el control social. Debido a que este tipo de crisis son recurrentes, los esfuerzos por manejarlas generan procesos de negociación por la fuerza, en los que si bien se puede lograr una tregua, no se llega a su disolución total, ya que éstas permanecen latentes.
Una crisis de posicionamiento es el contraste de la seguridad de la objetividad con la incertidumbre desde cualquier postura que requiere construirse expresamente.
Crisis ideológicas
Las crisis ideológicas son cambios significativos en los sistemas, las estructuras e incluso en las instituciones de una sociedad. Como este tipo de crisis tiene como fundamento producir y/o estimular cambios estructurales, el objetivo final no es otro que un reordenamiento social que transformen a la sociedad mediante el uso estratégico de la violencia. La crisis se manifiesta a partir de los choques entre partidarios de ideologías distintas u opuestas y la confrontación entre las fuerzas del orden público y quienes manifiestan disidencia con enfrentamientos callejeros Objetivo: reordenamiento social.
La meta es propiciar un cambio en el enfoque político, bien con el apoyo de la fuerza del poder público, bien con la fuerza de la oposición de los públicos en la calle. En este escenario, los ofrecimientos de diálogo son usualmente rechazados por las partes en conflicto pues se considera que el diálogo no es más que un paliativo momentáneo, un cambio cosmético o peor: la obtención de ‘tiempo político’, por parte de quien lo propone. Aquí, si bien el nivel de organización ideológica es menos sofisticado que en las crisis de posicionamiento, se manifiesta un mayor grado de motivación política, apoyada con una muy aceitada maquinaria de movilización de adeptos en las calles.
Desde el punto de vista del materialismo histórico, la crisis ideológica es la coyuntura de cambios en una superestructura ideológica que está desfasada con respecto a las condiciones materiales de las relaciones de producción o estructura económica y social. Si la ideología es el lubricante que permite mantener fluidas las relaciones sociales, proporcionando el mínimo consenso social necesario mediante la justificación del predominio de las clases dominantes y del poder político, su inadecuación a nuevas condiciones o el surgimiento de ideologías alternativas que compitan con ella producen un aumento de la tensión social , que de acuerdo con el Materialismo Histórico se manifiesta en la lucha de clases, lucha que contribuye a la crisis de un modo de producción y su transición al siguiente.
Los máximos ejemplos de crisis ideológica de la humanidad son de alcance limitado; aún así, coincidieron con las grandes crisis seculares:
El desprestigio de la religión romana, la filosofía y el arte clásicos durante la crisis del siglo III, que acabó produciendo su sustitución por el cristianismo, el neoplatonismo, el agustinismo y el arte medieval.
La crisis de la escolástica que se manifestó a partir de su máximo exponente, Tomás de Aquino en el siglo XIII., una crisis que prosiguió en el siglo XIV en la economía, la estructura y en el poder político, que desarticula el orden feudal. Duns Scoto y Guillermo de Occam se anticipan y anuncian los cambios que la crisis ideológica traerá con el advenimiento del Renacimiento en el siglo XV, y de la Reforma en el siglo XVI.
La crisis de la conciencia europea que, en expresión de Paul Hazard, sacudió el ambiente intelectual coincidiendo con el final de la crisis del siglo XVII, el asentamiento de la ciencia moderna y el anticipo de la Ilustración.
No debe confundirse el concepto de ‘crisis ideológica’ con el de Revolución científica, que tiene su propia dinámica de relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, sujeta a la influencia de estructura económico-social y superestructura político-ideológica.
Crisis reformistas
Las crisis reformistas se integran en acciones para reorientar la política económica del Estado, a partir de cambios coyunturales y cambios Ideológicos que se intentan producir a través de una negociación por persuasión de los miembros de los conglomerados afectados. En la gran mayoría de estas crisis, las mismas se enfocan como ‘reorientación’ de las políticas económicas, a partir de una modificación que se plantea gradualmente y en la que se considera que unas actividades económicas han sido injustamente privilegiadas sobre otras. En este tipo de crisis, grupos liberales que se enfrentan mantienen su rechazo inquebrantable a las actividades económicas de los grupos moderados (o conservadores) y se pretende reformular la visión sobre el rol del Estado para acelerar, o ‘ralentizar’, un desarrollo social entre lo ecológicamente sostenible y lo económicamente conveniente.
La economía política ofrece enseñanzas útiles acerca de los factores sociales y políticos que hacen que una reforma sea políticamente posible y socialmente aceptada. Contrariamente a lo que se supone, la crisis dificulta, más que favorece, las reformas. La razón está en el resentimiento de las clases populares y la clase media contra la corrupción y la mala fe en los negocios y la concentración de la renta y la riqueza. En ese contexto las reformas sociales, como las del mercado de trabajo y las pensiones, son vistas por muchos ciudadanos como una forma de añadir injuria al dolor de la crisis, algo que acentúa el resentimiento y la percepción de injusticia. Para vencer el resentimiento y la resistencia, las reformas en un ámbito concreto tienen que encuadrarse en el marco más general de una política que sea capaz de reconstruir el bien común y generar confianza en un futuro compartido.
En las democracias avanzadas el marco institucional general, que regula los derechos y deberes y las relaciones entre los diferentes actores sociales, está consolidado y aceptado. No se necesitan grandes reformas institucionales, sino imaginación para innovar dentro de cada una de las instituciones existentes. Por lo tanto, lo que demandan las sociedades son líderes del cambio, capaces de promover la innovación institucional y de persuadir a todos los actores que forman parte de esas instituciones -ya sea la empresa, la enseñanza o el sistema de pensiones- para que orienten su conducta al cambio innovador. La reforma surge así de forma interna, mediante pequeños cambios graduales y acumulativos desde dentro de cada organización.
Cuando los dictadores benevolentes imponen a la sociedad reformas que ellos consideran beneficiosas para los ciudadanos, pero que éstos rechazan por violentar sus preferencias, la crisis se transforma en conflicto, y tal como lo señalamos anteriormente, el conflicto derivará irremediablemente en caos social.
Las reformas producen ganadores y perdedores. Los beneficios, si existen, son a largo plazo, mientras que los costes se manifiestan en el corto y están mal repartidos. De ahí que una buena estrategia de reforma debe distinguir el corto del largo plazo. En situaciones de crisis, los líderes sociales deben ir con cuidado con las reformas que pueden acentuar la percepción de la crisis. De ahí la necesidad de contemplar mecanismos de comunicación, de interacción y hasta de apoyo a los más débiles para evitar la generalización de la resistencia al cambio, y con ello el surgimiento de un ‘rizo caótico’ que retrotraiga la situación hacia escenarios muy anteriores y más resistentes al que había previo a la convocatoria del cambio.
Los reformadores deben evitar la tentación de querer solucionar las ineficiencias propias copiando de forma mimética las mejores prácticas de otras experiencias similares. La economía del desarrollo asegura que lo mejor es enemigo de lo bueno y que lo bueno surge de la idiosincrasia y de las capacidades existentes a nivel local.
La existencia constante y perniciosa de grupos en pugna en combate estéril estimula la intervención de los ‘creadores de crisis’, quienes entorpecen las aspiraciones legítimas de las reivindicaciones de los que se sienten impactados por las actividades de una economía que consideran agresiva o que no satisface las expectativas de beneficio, y las demandas y proposiciones de los que simplemente desean obtener un beneficio directo o indirecto de la crisis provocada por las reformas.
Crisis ambientalistas
La sociedad humana está inmersa en una crisis ambiental de proporciones alarmantes. A pesar de las políticas y acuerdos internacionales por revertir la situación, existen fuerzas socioeconómicas que reproducen continuamente la degradación y depredación del medio ambiente, pero también degradan a la propia naturaleza humana. Visto desde una perspectiva ambiental, ¿Qué significan las crisis ambientales de origen económico? Significan varias cosas. Una de ellas es el desperdicio, que adquiere varias formas: El consumo excesivo, el desaprovechamiento de las áreas cultivables, o los excedentes de las existencias generado por un mercadeo intensivo orientado a la producción de dividendos.
Es claro que combatir el desperdicio es uno de los objetivos de todo el movimiento ambientalista, pero generalmente lo que se entiende por desperdicio es el consumo excesivo, o bien el excedente sobre el consumo personal. Eso es insignificante comparado con el desperdicio provocado por el mercado, porque se trata de naturaleza transformada ya que todas las mercancías fueron producidas con materia prima proveniente de la naturaleza.
Es claro que tanto la depredación de los recursos naturales como la ampliación de la frontera productiva significan un desplazamiento de materiales de la naturaleza de un lugar a otro. Esa reconcentración de la materia natural termina como residuo de diferente naturaleza en ecosistemas ajenos al lugar de captura y deja en el lugar de extracción cantidades agresivas de metales pesados y elementos químicos contaminantes concentrados, dificultando o haciendo prácticamente imposible el metabolismo digestivo de los ciclos naturales.
En esencia, las crisis ambientales -o ‘ambientalistas’- tienen como objetivo hacer valer en la conciencia de la población una voz ecológica. Esa es la razón primaria del surgimiento de los movimientos y los partidos políticos llamados ‘verdes’, cuyo objetivo consiste en hacer valer la negociación como el instrumento más común para las transacciones políticas y sociales. Pero transformada la crisis en conflicto, la presión a la opinión pública se convierte en el modo más común para dirimir las controversias.
Más allá del escenario que hemos definido, ¿Qué define a una crisis como ‘crisis ambiental’? Muy simple: El impacto ecológico de las actividades humanas. Las crisis ambientales surgen a raíz de las interrogantes que se hacen los ciudadanos conscientes sobre su participación en la toma de decisiones, en la definición del perímetro de validez de las competencias ministeriales y municipales; en el establecimiento de las metas de la gestión ambiental y muy particularmente, en el cuestionamientos del marco legal que rige las actividades económicas de impacto ambiental.
Usualmente las crisis ambientales (transmutadas en conflictos) hacen hincapié en las soluciones coyunturales de orden técnico para la remediación ambiental, pero muy pocas veces se abordan las consecuencias de orden social, cultural y económicas involucradas en el conflicto. En este escenario se insertan las crisis y los conflictos, como los que se producen en la confrontación entre minería y agricultura, donde la degradación ambiental y la destrucción de los sistemas ecológicos y la calidad de vida se manipulan como argumento para exigir, de uno y otro lado, rectificaciones, permisos, presiones sobre marcos legales y de políticas económicas.
En este tipo de enfrentamiento social, que involucra ambiente, desarrollo sustentable y compromiso económico nacional, se dificulta diferenciar las reivindicaciones legítimas (causadas presunta o realmente por las actividades de una economía en crecimiento) de los reclamos (igual de válidos) de aquellos que han programado la explotación de un recurso natural para transformarlo en crecimiento social y beneficio colectivo. Sin desmerecer una u otra posición, el asunto es que lo ambiental se convierte en el epicentro de muchas y trascendentes crisis sociales, y la forma, el tono y el alcance en que se diriman esas crisis -y los conflictos derivados- afectan decisivamente el desenvolvimiento de los ciudadanos.
Pero el contexto político en el que surge la crisis ambiental, profundamente antagónica y beligerante, propicia el surgimiento de una cadena interminable de acusaciones y recriminaciones que lejos de intentar la búsqueda de soluciones a los problemas, hunde a los participantes de la querella en una trampa de reproches mutuos que impide alcanzar acuerdos consensuados. El proceso de negociación en la mayoría de las crisis ambientales se desarrolla, por tanto, en ambientes de presión, baja credibilidad, desconfianza y las más de las veces, de irrespeto. Los ciudadanos demandan el respeto de los derechos humanos ambientales, como el derecho a la vida, a un aire limpio, a ser informados, a participar en las decisiones que afectan el equilibrio ecológico de su entorno y el derecho a un crecimiento económico ecológicamente sostenible.
Las crisis sociales que provoca la ecología se desarrollan en el ámbito público de las acciones colectivas, en las que participan grupos, asociaciones civiles, organizaciones no gubernamentales, pero también las empresas, las academias y los científicos, porque las amenazas de las crisis sociales ambientales engendran, en sí mismas, la incertidumbre sobre el planeta y ello acarrea un efecto perturbador en las relaciones entre los actores y promociona un clima de incredulidad mutuamente robustecido por la desconfianza. A pesar de todo, las crisis ambientales proveen información valiosa sobre los límites de aceptación y de conflicto y permiten el análisis, paso a paso, del desarrollo de las crisis ambientales en conflictos, y éstos en vórtices caóticos que profundizan las entropías sociales.
Crisis reivindicacionistas
Las crisis de reivindicación social y de distribución equitativa de los beneficios públicos son, quizás, el germen de los conflictos sociales potencialmente más explosivos. Las poblaciones impactadas demandan, en ocasiones por medios violentos, no sólo el cumplimiento de las ofertas electorales o los compromisos adquiridos por el líder, la organización política o la empresa, sino que van más allá: Exigen que esos beneficios públicos y su distribución equitativa vengan acompañados por la satisfacción de sus necesidades básicas y el respeto de los derechos humanos, además de una coparticipación en la toma de decisiones que afectan su modo de vida y también el proceso de desarrollo sostenible general.
El objetivo central de este tipo de crisis es la búsqueda de responsables para sustituir culpas propias mientras se ubican ‘chivos expiatorios’ en el dintorno de la sociedad, y el argumento esgrimido es que las organizaciones de control social (gobierno, empresas, instituciones, etc.) sobre-dimensionan los costos económicos, sociales, culturales, ambientales pero los ciudadanos obtienen pocos beneficios. El rechazo, en este caso, no es a las instituciones de control, sino a la forma en que se distribuyen costos y beneficios, riesgos y oportunidades en el seno de la sociedad.
Cuando los conglomerados no disponen mecanismos y de escenarios para presentar demandas de manera pacífica, la crisis implosiona rápidamente porque los ciudadanos asumen la reivindicación social de manera personal; entonces surge inmediatamente la violencia como recurso táctico y las reivindicaciones sociales se tornan en un conflicto peligroso porque los sujetos que manifestaron la crisis se ‘masifican’ y el caos social surge casi por ‘generación espontánea.
En las crisis reivindicativas surge la lucha de las mayorías, que por virtud o castigo de las circunstancias se vuelven “masas”. La ‘masa social’ puede definirse como un hecho psicológico, sin que para ello aparezcan los individuos en aglomeración física. Y aquí cabe la definición de ‘masa’ que alude José Ortega y Gasset[25] en su obra “La Rebelión de las Masas”[26]:
“Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo”
Para este filósofo, las demandas sociales de cualquier género provienen desde dos fuentes: de la ‘masa’ o de las ‘minorías selectas’. Al referirse a las minorías selectas (a las que atribuye la propiedad intelectual de la conducción de las sociedades) Ortega y Gasset afirma tajantemente:
“Cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer en la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellos vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”
Debido a la poca capacidad organización social de algunas de estas poblaciones ‘masificadas’ no es extraño que en muchas ocasiones, sus movimientos reivindicativos sean ‘secuestrados’ por manipuladores de oficio, agitadores propagandísticos, e incluso otros actores extraños y desafectos del colectivo en donde se inició la crisis, y entonces una crisis que nació como una legítima reivindicación social termine sirviendo a otros intereses políticos y, al final de cuentas desvinculada del propósito original que la suscitó.
Crisis compensatorias
Para finalizar esta aproximación tipológica, encontramos las ‘crisis compensatorias’, que surgen cuando en la sociedad se manifiesta un manejo inadecuado de los accidentes que provoca una catástrofe natural, un accidente de cualquier tipo, o una calamidad que produzca daño, pérdida o ruina de grupos humanos. La crisis se manifiesta a partir del siniestro y de la identificación de las responsabilidades. Las crisis compensatorias transcurren en ambientes de profunda incertidumbre, en la que la desconfianza y las percepciones de ocultamiento (real o supuesto) afectan la aceptación o no de las responsabilidades.
Si bien los objetivos finales de este tipo de crisis consisten en la reparación del daño, el énfasis se coloca en el tipo e inmediatez de las compensaciones para los afectados. Las crisis sociales compensatorias son recurrentes. Su dinámica presiona para encontrar soluciones inmediatas que invariablemente conducen a compromisos de negociación, no obstante que los actores (incluido el Estado) no siempre están preparados para conducirlos y/o participar en ellos. Las tensiones conducen a realizar ofertas aceleradas con el objetivo de poner fin a la crisis que al ser apreciadas en momentos de mayor lucidez se puede apreciar que los compromisos asumidos terminan por convertirse en potenciales promesas incumplidas que, a su vez, se transformarán en origen de nuevas crisis, pero en un ambiente de mayor desconfianza e incertidumbre.
La complejidad de las compensaciones sociales, las diferentes percepciones de los resarcimientos y el pánico asociado con la situación de crisis de la que son presa la mayoría de los actores, hacen evidente la imposibilidad de adoptar recomendaciones simplistas para su manejo. En virtud de que no hay ‘soluciones milagrosas’, para cada crisis es prudente realizar una exploración completa sobre las compensaciones posibles y las alternativas para su manejo, así como de los conflictos y los riesgos asociados a un compromiso inconsciente y atropellada.
Hemos observado algunas tipologías básicas de crisis, y las circunstancias en que pueden migrar hacia figuras de comportamiento social más evidentes y más complejas. Conviene señalar que, en teoría, una crisis no es específicamente un ‘tipo’ especial de crisis, sino que en sí misma se pueden presentar las características de varias de las tipologías señaladas, bien de manera separada aunque de aparición escalar, bien simultáneamente y poco diferenciadas. En cualquier caso, queda claro que indiferentemente la caracterología de la crisis, ella antecede al conflicto y éste si se remite, al orden; si se entropiza, al caos.
[1] ORTIZ, José Ramón Matemática y Ciencia. UNA, Caracas 1988. La Lógica del Caos. Editorial Kapelusz-FEUNA, Caracas,1991
[2] Georges Balandier (Aillevillers, Haute-Saône, 1920) Sociólogo y etnólogo francés. Intenta superar, en particular desde la etnología, la oposición entre historicismo y estructuralismo. Especialista en temas africanos, publicó en 1957 África ambigua, una obra de antropología. Su libro fundamental es Sentido y potencia, las dinámicas sociales (1971), donde trata la destrucción del mito de las «sociedades sin historia». Otras obras destacadas son Antropología política (1967) y Antropológicas (1974).
[3] Jacques Derrida (El-Biar 15 de julio de 1930 — París 8 de octubre de 2004), ciudadano francés nacido en Argelia, es considerado uno de los más influyentes pensadores y filósofos contemporáneos. Su trabajo ha sido conocido popularmente como pensamiento de la deconstrucción, aunque dicho término no ocupaba en su obra un lugar excepcional. “Lo revolucionario de su trabajo ha hecho que sea considerado como el Nuevo Emmanuel Kant por el pensador Emmanuel Lévinas y el Nuevo Friedrich Nietzsche según Richard Rorty”. Es, acaso, el pensador de finales del siglo XX que más polémica ha levantado y que más se ha hecho acreedor al concepto de Iconoclasta.
[4] Robert Owen (14 de mayo de 1771 – 17 de noviembre de 1858), socialista utópico, considerado como el padre del cooperativismo.
[5] Jean Bergeret / La Personalidad Normal Y Patológica / Una revista a los distintos modelos de estructuración de la personalidad tanto desde un punto de vista metasicológico como desde el ángulo de la evolución psicogenética, refiriéndose siempre, pero con matices, a la teoría psicoanalítica.
[6] Daniel Cohn-Bendit político franco-alemán, nacido el 4 de abril de 1945 en Montauban (Francia). Se dio a conocer primero por su tendencia anarquista que luego cambió a la de ecologista. Fue adjunto del alcalde de Fráncfort del Meno y actualmente es portavoz del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo. Fue uno de los principales líderes de Mayo del 68. Después de su protagonismo durante los acontecimientos de Mayo del 68 es expulsado del territorio francés, y prohibido su regreso al territorio hasta 1978. En 1981, rompe con el anarquismo militando por la elección del cómico Coluche a la presidencia de la República (francesa). En 1986, oficializa su abandono de la perspectiva revolucionaria en su libro: Nous l’avons tant aimé, la Révolution (La revolución, y nosotros que la quisimos tanto).
[7] Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905 – ídem, 15 de abril de 1980), filósofo, escritor y dramaturgo francés, exponente del existencialismo y del marxismo humanista. Fue el décimo escritor francés seleccionado como Premio Nobel de Literatura, pero lo rechazó. Se solidarizó con los más importantes acontecimientos de su época, como el Mayo Francés, la Revolución Cultural china -en su etapa de acercamiento a los maoístas, al final de su vida- y con la Revolución Cubana. Es considerado paradigma del intelectual comprometido del siglo XX.
[8] Leonardo Boff Concórdia, Santa Catarina (Brasil), 14 diciembre de 1938. Profesor de Teología Sistemática y Ecuménica en el Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis, profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades de Brasil y del exterior, y profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (EUA), Basilea (Suiza) y Heidelberg (Alemania). Es uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, junto con Gustavo Gutiérrez Merino.
[9] Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres. Cuarta edición 2006. ISBN 978-84-8164-104-2
[10] Plinio Corrêa de Oliveira (Sǎo Paulo, Brasil, 13 de diciembre de 1908 – 3 de octubre de 1995) fue un político, periodista y escritor brasileño, fundador e ideólogo del movimiento católico ultraderechista Tradición, Familia y Propiedad.
[11] Erich Fromm (n. 23 de marzo, 1900 en Fráncfort del Meno, Hesse, Alemania – † 18 de marzo, 1980 en Muralto, Cantón del Tesino, Suiza) fue un destacado psicólogo social, psicoanalista, filósofo y humanista alemán. Miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt, participó activamente en la primera fase de las investigaciones interdisciplinarias de la Escuela de Frankfurt, hasta que a fines de los años 40 rompió con ellos debido a su heterodoxa interpretación de la teoría freudiana (intentó sintetizar en una sola disciplina el Psicoanálisis y los postulados del Marxismo). Fue uno de los principales renovadores de la teoría y práctica psicoanalítica a mediados del siglo XX.
[12] CAOS Y ORDEN EN EL SISTEMA-MUNDO MODERNO de SILVER, BEVERLY J. y ARRIGHI, GIOVANNI / ISBN: 9788446015048 /
[13] André Gorz, seudónimo de Gerhard Hirsch (Viena, febrero de 1923, † Vosnon, Champagne-Ardenne (Francia) el 22 de septiembre de 2007), fue filósofo, periodista y autor de un pensamiento que oscila entre filosofía, teoría política y crítica social. Discípulo del existencialismo de Jean-Paul Sartre, rompió con él tras 1968 y se convirtió en unos de los principales teóricos de la ecología política y el altermondialismo. Asimismo, fue cofundador (junto a Jean Daniel) en 1964 de la revista Le Nouvel Observateur, con el seudónimo de Michel Bosquet.
[14] BRIGGS, J.; PEAT, J. D. 1999 Las siete leyes del caos. Barcelona: Grijalbo.
[15] Georges Balandier: (1920- ), antropólogo y sociólogo francés que estudió la complejidad y evolución de las relaciones sociales en el mundo contemporáneo Estudió las sociedades europeas y en su obra Sentido y poder (1971) postuló que la democracia no puede limitarse al control del poder mediante el sufragio universal, sino que debe implicar la participación del mayor número posible de actores sociales en la elaboración de los programas políticos. Siguiendo un análisis antropológico, en su obra El desorden (1988) llega a la conclusión de que la falta de organización social puede suscitar tres tipos de respuesta por parte de los grupos humanos: una tentativa de estructuración rígida y totalitaria; una instauración de valores sagrados (teocracia), o una búsqueda de equilibrios de los grupos sociales. Esta dinámica, que destruye el orden y las estructuras sociales estériles, conlleva inevitablemente la pérdida de referencias.
[16] Robert William Fogel (1 de julio de 1926, Nueva York, EE. UU.) Economista e historiador estadounidense, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1993 junto a Douglass North por sus innovaciones en la investigación de la historia económica a partir de la aplicación de técnicas cuantitativas que sirven para explicar los cambios económicos e institucionales. Es uno de los máximos representantes de la “nueva historia económica”.
[17] Frank Owen Gehry (Toronto, Canadá, 28 de febrero de 1929), es un arquitecto judío asentado en norteamérica, ganador del Premio Pritzker, reconocido por las innovadores y peculiares formas de los edificios que diseña.
[18] Elogio del desorden: Los autores Abrahamson y Freedman demuestran a través de una gran cantidad de ejemplos reales que la obsesión por el orden tiene muchos menos beneficios de lo que creemos. Por el contrario, los casos analizados en el ámbito empresarial, político, personal, doméstico, económico y urbano indican que los sistemas moderadamente caóticos hacen un empleo más eficiente de los recursos y logran mejores resultados que los ordenados.
[19] Daniel Innerarity (Bilbao, España, 1959) Profesor titular de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Antiguo becario de la Fundación Alexander von Humboldt. Sus últimos libros son Ética de la hospitalidad, La transformación de la política (III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo) y El nuevo espacio público. Ha recibido también el Premio de Humanidades, Cultura, Arte y Ciencias Sociales de la Sociedad de Estudios Vascos/Eusko Ikaskuntza en 2008. Es colaborador habitual de opinión en los diarios El País y El Correo / Diario Vasco, así como de la revista Claves de razón práctica. Miembro de la Academia de Ciencias y Artes con sede en Salzburgo.
[20] Stephan Grünewald. , Managing Partner, Rheingold Institute for Qualitative Market and Media Research, Alemania.
[21] Manuel Almendro Psicólogo y terapeuta que ha atravesado experimentalmente los campos de psicoanálisis, la Gestalt y la bioenergética. Posee conocimientos del Zen y está en relación con un chamán de la Sierra Mazateca. Actualmente trabaja con Stanislav Grof en una síntesis que toma el espíritu como origen y motor de la curación.
[22] Psicología Del Caos Manuel Almendro (Ediciones La Llave) ISBN: 8495496240. ISBN-13: 9788495496249
[23] Mitchell Jay Feigenbaum (n. 19 de diciembre de 1944) es un matemático, físico cuyos estudios pioneros en teoría del caos llevó al descubrimiento de los Números de Feigenbaum.
[24] Asíntota línea semi curva que se proyecta en el infinito, más allá de los parámetros dentro de los que se origina
[25] José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica.
[26] La rebelión de las masas (publicado por primera vez en 1930 en Revista de Occidente) es el libro más importante y conocido de José Ortega y Gasset. En el libro se analizan diversos fenómenos sociales como el advenimiento de las masas al pleno poderío social, el “lleno”, las aglomeraciones de gente y a partir de estos hechos, analiza y describe el concepto de lo que llama hombre-masa. El hombre-masa es producto de una época que se caracteriza por la estabilidad política, la seguridad económica, el confort y el orden público. El mundo que rodea al hombre no le mueve a limitarse en ningún sentido sino que alimenta sus apetitos, que en principio pueden crecer de forma indefinida.
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