Source: http://www.inisoc.org/66gore.htm
Timestamp: 2014-04-20 14:15:58+00:00

Document:
Irak y la guerra al terrorismo
Al Gore, ex Vicepresidente de EE.UU. 23 de septiembre de 2002traducción: Itziar Martínez Pantoja
Como todos los estadounidenses, me he estado preguntando qué tiene que hacer nuestro país para defenderse del odio intenso, concentrado
y activo que dio lugar al 11 de septiembre, un odio que, debemos suponer,
estará acumulando fuerzas para otro ataque. Hablo hoy haciendo un
esfuerzo para recomendar un curso específico de acción para
nuestro país, un camino que creo preferible al recomendado por el
Presidente Bush. Específicamente, estoy profundamente preocupado porque
la política que seguimos en este momento en lo que concierne a Irak
puede perjudicar seriamente nuestra capacidad de ganar la guerra contra el
terrorismo y debilitar nuestra capacidad de liderar al mundo en este nuevo
siglo. Lo primero es lo primero: guerra al terrorismo Para empezar, creo que ante todo deberíamos concentrar
nuestros esfuerzos contra los que nos atacaron el 11 de septiembre y que
siguen impunes. La gran mayoría de los que patrocinaron, planearon
y ejecutaron el asesinato a sangre fría de más de 3.000 estadounidenses
todavía no han sido localizados ni detenidos, ni mucho menos castigados
y neutralizados. No creo que debamos permitirnos distraernos de esta urgente
tarea simplemente porque sea más difícil y larga de lo esperado.
Las grandes naciones perseveran y después prevalecen. No saltan de
una tarea inacabada a otra Somos perfectamente capaces de continuar el curso de nuestra
guerra contra Osama Bin Laden y su red terrorista, mientras simultáneamente
damos los pasos necesarios para construir una coalición internacional
que nos una para derrotar a Sadam Husein de una manera oportuna.
No creo que podamos permitir que nada nos distraiga de
nuestro objetivos de vengar a los 3.000 estadounidenses que fueron asesinados
y de desmantelar la red responsable de ello. El hecho de que no sepamos
donde están no debería hacer que nos centremos en algún
otro enemigo cuya posición sea más fácil de identificar.
Sin embargo, el Presidente Bush nos dice que la exigencia
más urgente del momento, ahora mismo, no es redoblar nuestros esfuerzos
contra Al Qaeda, ni estabilizar Afganistán tras expulsar al gobierno
anfitrión de Al Qaeda, sino modificar nuestro enfoque y concentrarnos
en el lanzamiento inmediato de una nueva guerra contra Sadam Husein. Y proclama un nuevo y único derecho estadounidense de ataque preventivo a cualquiera que él considere una amenaza potencial futura. Además, en este álgido momento político
Bush exige que el Congreso declare rápidamente que él tiene
la autoridad necesaria para actuar inmediatamente contra Irak y, en realidad,
contra cualquier otra nación en la región, independientemente
de los acontecimientos subsecuentes o de las circunstancias. Las prisas
por asumir con tan repentina urgencia que ésta sería la nueva
prioridad número uno de EE.UU., desplazando la guerra contra Osama
Bin Laden, fue explicada por el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca [Andrew
Card] en su ahora bien conocida declaración "desde un punto de vista
publicitario, no se lanza una nueva línea de productos hasta después
del día del trabajo". Sin embargo, Irak plantea realmente una seria amenaza
a la estabilidad de Golfo Pérsico y deberíamos organizar una coalición internacional para impedir su acceso a las armas de destrucción masiva. Se ha probado que es imposible detener completamente la búsqueda iraquí de armas de destrucción masiva y deberíamos asumir que esto continuará mientras Saddam esté en el poder. Además, ninguna ley internacional puede impedir que los Estados Unidos emprendan acciones
para proteger sus intereses vitales, cuando es evidentemente claro que hay
que elegir entre la ley y la supervivencia. Creo, sin embargo, que tal opción
no se presenta en el caso de Irak. La verdad es que si decidiésemos
intervenir, esta acción puede ser justificada dentro del marco de
la ley internacional mejor que fuera de ella. De hecho, aunque una nueva
resolución de Naciones Unidas pueda ser provechosa para conseguir
el consenso general internacional, las resoluciones de 1991 son suficientes
desde un punto de vista legal. También tenemos que tomar en cuenta la relación
entre nuestro objetivo nacional de cambio de régimen en Irak y nuestro
objetivo de victoria en la guerra contra el terror. En el caso de Irak,
el éxito sería más difícil si los EE.UU. están
solos, pero sería posible. Por el contrario, la guerra contra el
terror requiere evidentemente una cooperación internacional amplia
y continua. Nuestra capacidad para asegurar este tipo de cooperación
puede verse severamente dañada por una acción unilateral contra
Irak. Si la Administración tiene motivos para opinar de otra manera,
debería compartir dichos motivos con el Congreso, puesto que pedir
al Congreso que apruebe esta acción bien podría perjudicar
una tarea más urgente: continuar atajando y destruyendo la red internacional
del terror. Yo fui uno de los pocos Demócratas en el Senado
estadounidense que apoyó la resolución de guerra en 1991.
Y me sentí traicionado por la precipitada salida del campo de batalla
de la primera administración Bush, incluso cuando Saddam reinició
su persecución de los kurdos del Norte y los chiítas de Sur,
grupos a los que que habíamos animado a rebelarse contra Saddam.
Se debe resaltar, sin embargo, que las condiciones en 1991, cuando aquella
resolución se debatió en el Congreso, eran muy diferentes a
las condiciones de este año cuando el Congreso se dispone a debatir
una nueva resolución. Entonces, Sadam había enviado sus ejércitos
a través de una frontera internacional para invadir Kuwait y anexionarse
su territorio. Este año, 11 años más tarde, no hay tal
invasión; en cambio estamos preparados para cruzar una frontera internacional
para cambiar el gobierno de Irak. Por muy justificada que pueda estar nuestra propuesta de acción, este cambio tiene consecuencias para la opinión mundial y puede afectar a la guerra contra el terrorismo si procedemos unilateralmente.
En segundo lugar, en 1991, el primer presidente Bush construyó
paciente y hábilmente una amplia coalición internacional.
Su tarea era más fácil que la que enfrenta su hijo, en parte
debido a la invasión de Kuwait por Sadam. Sin embargo, todas las naciones árabes, excepto Jordania, apoyaron nuestros esfuerzos militares y algunas
de ellas suministraron tropas. Nuestros aliados en Europa y Asia apoyaron la coalición sin excepción. Este año, por el contrario, muchos de nuestros aliados en Europa y Asia se oponen a lo que el presidente Bush hace y los pocos que nos apoyan condicionan su apoyo a la existencia de una nueva resolución de las Naciones Unidas. Tercero, en 1991 existía una resolución
de Naciones Unidas antes de de que comenzara el debate en el Congreso; este año aunque tengamos una autoridad residual basada en las resoluciones
que se remontan a la primera guerra en Irak, hemos comenzado a buscar una
nueva resolución de Naciones Unidas pero estamos aún lejos
de conseguirla. Cuarto, la coalición formada en 1991 pagó
todos los gastos significativos de la guerra, mientras que esta vez se pedirá a los contribuyentes estadounidenses que carguen sobre sus propios hombros los cientos de millones de dólares en gastos. En quinto lugar, el presidente George H. W. Bush esperó
deliberadamente al final de las elecciones de renovación parcial
del Congreso en 1990 para pedir el voto al comienzo del nuevo Congreso en
enero de 1991. El presidente George W. Bush, por el contrario, pide el voto
en este Congreso inmediatamente antes de la elección. Más que hacer esfuerzos para disipar la preocupación interior y exterior sobre el papel de la prudencia en el desarrollo de su programa, el Presidente se burla públicamente de las consecuencias políticas para los demócratas
de un voto "No" – incluso el Comité Nacional Republicano envía
publicidad basada en el mismo tema - de acuerdo con la estrategia política
claramente descrita en el inapropiado disco de ordenador de un ayudante
de la Casa Blanca, que aconsejó a los republicanos que su principal
plan de juego para el éxito en la elección que tendría
lugar al cabo de unas semanas era "centrarse en la guerra". El vicepresidente
Cheney, mientras tanto, describía indignado como "reprochables" las
sugerencias de motivación política. La semana siguiente llevó
su discurso de estrategia de guerra al espectáculo de Rush Limbaugh.
Este proceso de deliberación en el Congreso priva
al país del tiempo necesario para realizar un análisis minucioso
de lo que se pued

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