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Timestamp: 2017-04-23 05:27:54+00:00

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La terapia de pareja, desde una perspectiva cognitivo conductual. La estructura de la pareja. The structure of couple: Implications for cognitive behavioral therapy.
(Una versión ligeramente resumida y pulida ha sido publicada en
la revista Clínica y Salud en el primer número de 2002)
Resumen La terapia de pareja cognitivo conductual ha mostrado su eficacia de manera
empírica (Chambless et al, 1998); sin embargo existen limitaciones
(Christensen, 1999) que indican la necesidad de irla mejorando. En este artículo
se repasa la situación actual de la terapia de pareja, con las aportaciones
que se están haciendo, enmarcando todo ello en una visión de
la estructura de la pareja, como ente social y relación diádica,
que permite una compresión de los avances que se están dando
y aporta indicaciones sobre los caminos que seguirá en un futuro inmediato. Palabras Clave: Terapia de pareja, cognitivo conductual, revisión.
Adicionalmente, en este
enlace puedes ver una reflexión sobre la situación actual
Índice de la presente página La estructura de la pareja: implicaciones para la
The structure of couple: Implications for cognitive
Apego en las relaciones de pareja.
Objetivos personales en la pareja y relaciones de
El compromiso en la pareja.
La pareja como relación diádica.
Intimidad y validación.
El conflicto en la pareja.
La crisis de la relación de pareja en la
Como son los conflictos en la pareja.
Conflicto matrimonial y salud.
Conflicto matrimonial y su influencia en los hijos.
Situación y avances en la terapia de pareja
Eficacia de la terapia de pareja cognitivo conductual
Mejora de la intimidad y tratamiento de las emociones
relacionadas con el apego.
La terapia de pareja cognitivo conductual se ha centrado en el análisis
detallado de los conflictos cotidianos que pueden llevar a la ruptura de
la relación, se ha planteado cómo aparecen los problemas, y
cómo se mantienen. Ha identificado una característica que se
asocia con ellos de forma general, un predominio de interacciones negativas
sobre las positivas. Con el objetivo obvio de conseguir una intervención
eficaz, ha planteado la forma de superarlos centrándose en aumentar
el intercambio de conductas positivas y en mejorar la comunicación
y la resolución de problemas. (Costa y Serrat, 1982; Cordova y Jacobson;
1993; Bradbury y Karney, 1993; Cáceres, 1996; Lawrence, Eldridge and
Chistensen, 1998; Halford, 1998; Christensen, 1999; Finchman y Beach, 1999a;
Christensen y Heavey, 1999). La eficacia de la terapia de pareja cognitivo conductual basada en esos
parámetros está ampliamente demostrada de forma empírica
(Chambless et al, 1998). Sin embargo, el porcentaje de recaídas es
muy alto y los informes indican que la mejora del bienestar subjetivo deja
que desear (Christensen, 1999). Si bien la terapia de pareja ha pasado por
una fase de impasse (Jacobson & Addis 1993; Gottman 1998), en el intento
de superación de estas limitaciones, se han ido añadiendo factores
en las intervenciones, incorporándose últimamente elementos
básicos en la relación interpersonal como son la intimidad
y la emoción (Christensen, Jacobson, Babcock, 1995, Jacobson, Christensen,
1996, Cordova y Scott, 2001). No hay que despreciar la influencia que en
ello ha tenido el desarrollo de otras terapias, no estrictamente cognitivo
conductuales, que han demostrado su eficacia de forma empírica (Greenberg
y Johnson, 1988; Snyder y Wills, 1989; Weissman et al., 2000). Otro factor de influencia que se va plasmando en los últimos años
son las investigaciones de la psicología social, que hasta hace relativamente
poco no tenían reflejo directo en la terapia (OLeary y Smith,
1993); pero que se están incorporando en la última década
(Johnson y Lebow, 2000). Se podrían ver estos avances como una mera acumulación de
métodos y técnicas sin una guía que los dé sentido.
Si bien la terapia de pareja cognitivo conductual ha partido de datos empíricos
buscando desde ellos una teoría que los explique (Cáceres,
1996), la consideración de la estructura de la pareja en sus dos vertientes
básicas, como ente social y como relación diádica interpersonal,
permiten integrar, encuadrar y comprender los últimos avances y aportaciones
e intuir los caminos por los que va a discurrir su desarrollo futuro. En
este artículo se plantean aspectos generales de la estructura de la
pareja como ente social y relación diádica; desde ellos se
obtiene un marco en el que se encuadran los conflictos, las áreas
en que se producen, sus formas y consecuencias. El mismo planteamiento proporciona
una visión que ayuda a comprender las soluciones que les ha dado la
terapia de pareja cognitivo conductual, su eficacia y limitaciones y como
las últimas aportaciones han ampliado el campo de acción terapéutico,
actuando sobre aspectos de la estructura de la pareja que trascienden la
mera acción sobre el conflicto. Esta perspectiva permite también
intuir los pasos futuros que se darán para ir mejorando en los tratamientos
de las parejas. La pareja como ente social Sobre su situación actual en España
puedes ver una reflexión en este enlace
Vista desde la sociedad la pareja es una entidad basada en la relación
entre dos personas. Como ente social la pareja se comporta como una unidad
y es reconocido así por los que los rodean. Es dentro de la pareja
como institución social donde se producen las relaciones diádicas
entre sus miembros. Las leyes, los usos y las costumbres marcan y definen
unas características básicas en la pareja, como el compromiso
que une a sus miembros, y le asignan una función social, influyendo
decisivamente en la forma y contenido de las relaciones entre sus componentes. Hasta hace poco la inmensa mayoría de las parejas estaban constituidas
por un par de personas de distinto sexo que en función de distintas
razones decidían compartir su cuerpo, apoyarse mutuamente en la salud
y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y
en la tristeza, hasta que la muerte los separase. La pareja era un matrimonio
que tenía como objeto social la creación de la familia y plasmaba
sus intenciones legalmente en un contrato matrimonial. Actualmente ninguna
de las dos cosas es necesaria para que un entorno social considere que dos
personas constituyen una pareja; muchas parejas no tienen intención
de formar una familia y no plasman su relación por medio de un contrato
explícito. El concepto de pareja se ha hecho más amplio. El papel de la pareja y la familia en la sociedad ha ido cambiando a lo
largo de los tiempos. En los últimos doscientos años, la familia
ha pasado de unidad de producción a unidad de consumo (Kearl, 2001).
Cada miembro de la familia obtiene los ingresos de forma independiente y
en la familia se comparten los bienes de consumo, comida, vivienda, etc.
La existencia social de la pareja implica que en muchos aspectos mantiene
una conducta común, única, y que existen una serie de bienes
sobre los que mantiene una propiedad y un uso común. Ante la sociedad
emplea el nosotros como responsable de la propiedad y de las
acciones. Actualmente se supone que el objetivo implícito con el que cada miembro
se incorpora a la pareja es hacer la vida más feliz y plena al otro
y recibir un trato análogo. Para ello intercambian conductas y comparten,
desde un punto de vista social, una serie de bienes y actividades. Lo hacen
de forma prioritaria, llegando esta prioridad a ser un compromiso de exclusividad.
Algunos de los bienes y actividades que comparten son: El cuerpo. Es la característica más específica de
la pareja. Las parejas se distinguen porque comparten cada uno el cuerpo
del otro. Las relaciones sexuales de los miembros de la pareja se plantean
de forma exclusiva entre ellos mientras la relación existe. Es más,
generalmente cuando se dan relaciones sexuales fuera de la pareja, se pone
muy seriamente en peligro la continuidad de la pareja. Bienes económicos. Existe un compromiso económico por el
que se comparten diferentes bienes. Se suele tener una vivienda en común,
aunque actualmente son frecuentes las parejas que tienen casas diferentes
y alternan la vida en común durante periodos cortos, por ejemplo fines
de semana o vacaciones, con la vida separados, cada uno en su piso. Llevan
una relación de noviazgo eterno, en la que no existe el proyecto de
profundizar y compartir nada más. El compromiso de compartir bienes económicos puede estar respaldado
de forma legal o no; en las parejas de hecho, no existe compromiso legal
de compartir bienes y generalmente ni siquiera se pacta explícitamente
las reglas que se van a seguir. Hay que resaltar la parte de logística que tiene compartir bienes
de consumo. Por ejemplo, si se comparte un piso es preciso determinar quien
se encarga de cada tarea doméstica. Actualmente es un foco importante
de conflicto en las parejas, quizás por la poca cultura que tienen
los hombres de hacer tareas domésticas (Fishman y Beach, 1999). La paternidad /maternidad. Es uno de los motivos que llevan a constituir
una pareja estable. Pero también esto está cambiando. La proporción
de hijos nacidos de mujeres solteras es cada vez mayor llegando a ser mayoritario
en países como Islandia, Suecia o Noruega Family
Fact File (2001). Existen otros elementos que se comparten de alguna forma como el prestigio
social, los amigos, pero no se hace de forma exclusiva y la variación
del grado de una pareja a otra es muy grande. Por ejemplo la exclusividad
a la hora de compartir el tiempo de ocio ha cambiado notablemente; si bien
no ha sido nunca determinante para el hombre, ahora cada vez es menor la
exigencia y mayor la libertad de cada miembro de la pareja para tener sus
momentos de ocio independientes. Hay que tenerlos en cuenta porque priorizar
la seguridad económica en el caso de las mujeres o el prestigio
social en el caso de los hombres puede dar lugar a distorsiones importantes
y a conflictos a largo plazo. Apego en las relaciones de pareja No solamente se comparten bienes también se intercambias conductas,
así, un aspecto muy importante es el apoyo mutuo. Se plasma en la
fórmula de estar juntos en la salud y la enfermedad, en las alegrías
y en las tristezas. El otro es el principal sostén ante las dificultades
y amenazas de la vida y el apoyo en el desarrollo personal y social. Nuestro aprendizaje de cómo es en la pareja ese apoyo mutuo se da
dentro de la familia en la que nacimos. Una de las primeras conductas que
desarrollamos en ella es la de apego. La conducta de apego fue definida por
Bowbly (1969) como la búsqueda de protección ante amenazas
externas y, en el niño, se concreta de forma principal en buscar la
protección de la madre. Dentro del apego se han considerado las conductas de búsqueda de
ayuda y la respuesta que ha obtenido. Así, en su medida, se incluyen
factores como la disponibilidad de los padres, su aceptación, su respeto
y la facilitación de la propia autonomía, la búsqueda
de ayuda en situaciones estresantes y la satisfacción que se encuentra
en el auxilio obtenido. El apego se plasma también en un interés
en mantener las relaciones con los padres y el afecto que se siente por ellos
(Kenny, 1985). Ya de adultos buscamos compañía para reducir
nuestra ansiedad y para encontrar apoyo en situaciones amenazadoras (Moya, 1997).
Una función social de la pareja es mantener y auxiliar al otro y lo
que se haga y como se haga va a estar relacionado con las conductas de apego
que aprendimos en la infancia y las respuestas que obtuvimos. e incluye las
funciones que dan lugar a las conductas de apego y así lo reconoce
la sociedad en las ayudas económicas que se dan en caso de fallecimiento
Las motivaciones alrededor del apego son una causa importante del mantenimiento
o disolución de las parejas. El peso que tiene en la constitución
de la pareja se ha empezado a tener en cuenta en la terapia (Johnson y Greemberg,
1985; Lawrence, Eldridge and Chistensen, 1998).
Compartir estos bienes y actividades es lo que define a la pareja como ente
social. En cada sociedad existen normas que fijan la forma de hacerlo. Pero
las exigencias sociales son menores cada vez y con frecuencia creciente las
parejas fijan sus propias reglas al margen de los usos y costumbres vigentes,
definen, implícita o explícitamente, que bienes y actividades
comparten y hasta que grado lo hacen; muchas veces pensando que situarse
fuera de la norma les va a ayudar a no tener los problemas que están
en la raíz de los fracasos en la convivencia.
En cualquier caso es necesario establecer una forma de compartir que tiene
que funcionar, compaginando los intereses personales de cada miembro de la
pareja. Objetivos personales en la pareja
y relaciones de dominancia Cuando se constituye la pareja cada miembro persigue unos objetivos, implícitos
o explícitos, que quiere obtener en la relación. No son objetivos
inmutables en el tiempo, a lo largo de la vida de la pareja cambia su importancia
dependiendo del desarrollo individual y social o de la fase en que estén,
si se tienen hijos pequeños o ya mayores, si se está jubilado,
con presiones económicas, etc. (Lawrence, Eldridge y Christensen,
1998). Inicialmente tiene mucha importancia el sexo y luego van tomando preponderancia
otros factores como aspectos conversacionales o afectivos (Cáceres,
1996, pg. 36). Los objetivos de ambos tienen que conjugarse y coordinarse
en todo momento para que la pareja pueda funcionar. Cuando no están
armonizados aparecen problemas. (Epstein et al, 1993)
El manejo del dinero compartido puede ser un ejemplo de cómo funciona
la pareja como ente social. Las necesidades y objetivos que cada miembro
quiere resolver con el dinero se explicitan en la comunicación y comprensión
mutua y tiene que existir un método para fijar las prioridades a las
que se va a aplicar la cantidad disponible. La forma de fijarlas es un reflejo
del reparto de poder en la pareja. No se trata de que se establezcan unas
prioridades objetivamente razonables o equitativas, sino de que sean aceptadas
y aceptables por los dos. Como ente social se acaba tomando una decisión
conjunta y coordinada. No es el dinero el único elemento en el que se reflejan las relaciones
de poder, en realidad se dan en todos y cada uno de los bienes que se comparten.
No tienen porqué ser siempre las mismas; por ejemplo, mientras que
en los gastos lleva la voz cantante un miembro en las relaciones sociales,
puede ser el otro. En el mundo interno de la pareja uno de los miembros puede
tener más capacidad para conseguir que el otro acepte hacer lo que él
quiere. Se establece una estructura de poder, definido como la capacidad
para influenciar a los otros para que hagan lo que uno quiere (Harper, 1985).
Pero el poder depende del manejo de los recursos que uno tiene.
La estructura de poder en la pareja se plasma en las relaciones de dominancia.
Su importancia en la pareja y en sus conflictos ha sido ampliamente reconocida.
Así Gottman (1979) propuso que la dominancia es un elemento fundamental
en el equilibrio de la pareja y que si no se establece una relación
de dominancia los problemas están asegurados. El problema que se da
con este concepto es su circularidad. Gottmann (1979) define dominancia como
una asimetría en las predicciones de la conducta que sigue a la conducta
del otro. Esto es, cuando la conducta de una persona, A es predecible
desde la conducta de una persona B, se dice que B es dominante sobre A.
Esta definición tiene como problema que la conducta de sumisión
predice, en general, el cese del ataque del individuo dominante. Por ello
aplicando la definición anterior el individuo que se somete sería
dominante sobre el otro. La definición de dominancia que se centra
solamente en la conducta da lugar a ambigüedades, que se resuelven si
se tiene en cuenta el resultado del enfrentamiento en cuanto a quien se queda
en posesión del recurso en disputa. Citando una definición más operativa Sluckin (1980) menciona
a Thompson (1967), que utiliza un criterio amplio para definir dominancia.
Se da dominancia en una interacción cuando un niño físicamente gana una lucha, desplaza a otro niño de
su lugar, acaba teniendo un objeto que desean mutuamente, o que controla
de forma obvia la conducta del otro niño, normalmente a través
de órdenes verbales.
Parece claro que, si bien ni la presencia de una estructura de dominancia
ni su ausencia es la causa determinante de los conflictos en la pareja (Gottman,
1998), tener resuelta de forma satisfactoria para ambos la toma de decisiones
contribuye a su estabilidad. Los problemas surgen cuando las decisiones que
se toman llevan a un resultado negativo para la otra persona. La negatividad
se mide desde un punto de vista subjetivo y consiste, la mayoría de
las veces, en una discrepancia entre las expectativas y los resultados. En
general, es difícil establecer criterios objetivos de negatividad
en las relaciones y en las interacciones (Cáceres, 1996). Como en
cualquier entidad social las estructuras de poder perduran mientras no haya
un cambio en las circunstancias que lleven a cuestionarlas, surge entonces
el conflicto de poder que está latente en muchos de los problemas
de pareja. Comunicación y resolución
de problemas En cualquier caso, como se actúa socialmente como una unidad, hay
que decidir una conducta única para ambos. Para hacerlo de forma armoniosa
tiene que darse una buena comunicación que permita el reconocimiento
y evaluación de los objetivos, pensamientos y necesidades de cada
miembro de forma conjunta. La terapia cognitivo conductual ha incorporado
clásicamente el entrenamiento en habilidades de comunicación
como un elemento importante para resolver los conflictos en la pareja (Costa
y Serrat, 1982). Hay que tener en cuenta que las competencias que se requieren
para tomar una decisión son distintas de las que se necesitan para
desarrollar la intimidad. Podríamos comunicarnos bien con la pareja
para poder tomar decisiones, pero no para compartir sentimientos o emociones.
La solución de los problemas que se presentan a la pareja tiene que
partir de que los dos son capaces de comunicarse y necesitan también
tener capacidad de generar alternativas y valorarlas para la consecución
del fin propuesto. Para ello son precisas habilidades de resolución
de problemas. Si faltan es necesario un entrenamiento, que ha sido abordado
con éxito por la terapia cognitivo conductual clásica (Costa
El compromiso es la decisión de pertenecer a un ente social, la pareja.
Es la decisión de que, pese a las dificultades que surjan, se va a
continuar en pareja luchando de forma eficaz contra los problemas (Beck,
1988). La decisión que implica el compromiso con la pareja es personal,
pero se mantiene muchas veces por razones de tipo social, por creencias religiosas,
por costumbres y presiones sociales de la familia de origen o del contexto
en el que se vive.. Cuando el divorcio estaba prohibido y la presión
social en contra de las separaciones era muy fuerte, se obligaba a mantener
unas relaciones negativas y destructivas para la persona, sobre todo para
muchas mujeres. Actualmente la sociedad ha dejado de hacer presión,
y los medios de comunicación social rebajan los aspectos aversivos
de las separaciones; magnifican su número e ignoran sus efectos en
nuestra salud física y mental. Mantener la decisión formar
una pareja hoy no nos condena al sufrimiento cuando se hace insoportable,
es posible la ruptura y la presión social para evitarla es cada vez
Es indudable que, cuando se van compartiendo cada vez más bienes
y conductas, el compromiso se va haciendo más fuerte. Cuando se compra
el piso en común se ha dado un paso importante en el compromiso con
la pareja, que se incrementa cuando se tienen hijos, etc. Las decisiones
parciales van fortaleciendo la decisión global de permanecer y luchar
por la pareja, la separación se hace cada vez más dura y difícil.
Las condiciones económicas son un factor que pesa en la continuidad
de la pareja, la separación conlleva una disminución del estatus
económico de ambos y puede ser muy grave para aquel que tiene menos
recursos económicos y que suele coincidir con el
que más ha invertido en la pareja, por ejemplo dedicando tiempo al
cuidado de los hijos, o sacrificando la carrera profesional por seguir al
Finchan y Beach (1999) señalan la importante influencia que tiene
el compromiso con la pareja sobre la resolución de conflictos. Un
mayor compromiso ayuda a acomodarse y a soportar las conductas negativas
del otro. Tanto las parejas armoniosas como las que no lo son tienden a entrar
en el proceso de reciprocidad negativa, es decir, respondiendo a respuestas
negativas con respuestas negativas porque es lo que menos esfuerzo conlleva.
Cuando el compromiso es grande, y no hay presión de tiempo, se hace
un mayor esfuerzo para responder constructivamente. Si un miembro no percibe
el compromiso del otro, entra con más probabilidad en una relación
de quid pro quo que lleva a la reciprocidad negativa que deteriora a la pareja.. La importancia del compromiso la reconoce Sternberg (1986), que lo incluye
como uno de los componentes del amor e independiente de otros como el enamoramiento
o la intimidad, en su teoría triangular del amor (véase más
La pareja como relación
diádica Los criterios con los que se forman las parejas han cambiado a lo largo
de los siglos. En nuestros tiempos las relaciones de pareja se construyen,
en general, sobre la base del amor y la intimidad (Kearl, 2001). Sin embargo,
desde la psicología clínica poco se ha investigado sobre estos
dos conceptos y hasta hace pocos años no se habían incorporado
de forma importante a los tratamientos (OLeary y Smith, 1993). De hecho,
hasta la última década, la emoción no empieza a jugar
un papel importante en la terapia de pareja (Johnson y Lebow, 2000). En la terapia se ha hecho hincapié en la equidad en la relación
y en los intercambios positivos de conductas (Costa y Serrat, 1982) porque
la falta de estas dos facetas son las manifestaciones más claras y últimas
de la ruptura. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia se presentan en
la consulta parejas que se plantean como volver a enamorarse o como recuperar
la ilusión. Amor Nuestra Real Academia (RAE, 2001) define amor de la siguiente forma: 2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando
reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía
para convivir, comunicarnos y crear. 1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia,
necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Desde un punto de vista psicológico el enamoramiento es una emoción
y como tal es una consecuencia de las circunstancias propias y ajenas y de
la evaluación que hacemos de ellas. El enamoramiento nos produce una
gran excitación fisiológica que nos provoca bienestar y nos
predispone a no ver, o disculpar, los defectos de la persona amada y a necesitarla
y querer estar con ella en todo momento. También nos lleva a revelar
aspectos íntimos, darle apoyo emocional y moral, mostrar interés
por todo lo suyo, y expresar afecto por cualquier método (Moya., 1997). Frijda (1988) describe el proceso por el cual puede uno llegar a enamorarse. Una
persona puede enamorarse fácilmente por una serie de razones: siente
soledad, necesidad sexual, insatisfacción o necesidad de cambios,
entonces un objeto, despierta su interés, por una serie de razones,
a su vez, tales como su novedad, su atractivo o su mera proximidad. Dele
entonces a esa persona un momento prometedor, una breve respuesta del objeto
que sugiera interés (puede ser una confidencia o una simple mirada,
como la que una jovencita puede creer que recibe de un artista de éxito).
Dele un breve lapso de tiempo (entre media hora o medio día, indican
los autoinformes) para que pueda generar fantasías. Después
de esta secuencia no hace falta más que una mera confirmación,
real o imaginada, para precipitar el enamoramiento. (Frijda, 1988) El mismo autor menciona el problema que surge cuando la única base
de la pareja es el enamoramiento, una emoción. La ley de la
habituación: el placer continuado se desvanece,... el amor mismo pierde
gradualmente su magia. Esta ley condena a la pareja constituida por
amor al más horrendo de los fracasos y justifica el destino de un
gran número de parejas basadas exclusivamente en el enamoramiento.
La emoción se extingue y la pareja se disolverá. Aunque este
destino no se cumple indefectiblemente, para mantener el enamoramiento, basta
con tener presente frecuentemente que ocurriría si no se tuviese esa
pareja para que la emoción del amor se mantenga y se renueve (Frijda,
1988). Que las parejas se formen basándose exclusivamente en una emoción
sobre la que actúa la ley de la habituación puede ser una de
las razones de los crecientes fracasos matrimoniales que indican las estadísticas.
Cuando el enamoramiento se va desvaneciendo, la relación no desaparece
o fracasa necesariamente. El enamoramiento como emoción puede ser
entendido como una preparación para actuar (Frijda, 1986, 1989), desde
este punto de vista nos dispone para hacer feliz a la otra persona, no tanto
en una relación equilibrada, como altruista en el sentido de dar al
otro por lo que es, sin esperar mucho a cambio, Para ello nos induce
algunas distorsiones cognitivas, como por ejemplo la que nos lleva a ver
al otro como una persona perfecta y a ignorar los defectos que tiene o la
que nos hace sentir importantes (Moya, 1997). Si el enamoramiento nos lleva
a actuar se realizan acciones para hacer feliz al otro, nos abrimos y comunicamos
con él y establecemos una serie de lazos que dan como resultado un
intercambio de conductas reforzantes que hace que la relación se mantenga
armoniosamente de forma indefinida. No se trata de que existan intercambios
equitativos y equilibrados, el modelo de igualdad en el intercambio se ha
mostrado falso (Gottman, 1998), basta que en la evaluación subjetiva
de cada uno se valoren como más importantes o más frecuentes
las interacciones positivas que las negativas (Gottman, 1998).
Si bien el enamoramiento está considerado actualmente como el inicio
ideal de una pareja, como se ha señalado, se trata de una emoción
y como tal es algo en sí mismo volátil. Por lo tanto no se
puede considerar como el elemento que va a cimentar las relaciones de pareja
duraderas y felices. Una vez que el enamoramiento, como emoción fuerte,
ha pasado lo que queda es algo más duradero, la intimidad y la validación. La intimidad ocupa el primer lugar en la jerarquía en los objetivos
que se buscan en la pareja. Cuando se pregunta cuál es el primer objetivo
en el matrimonio la mayoría afirma que es tener a alguien que te escuche
y te entienda, es decir, con quien puedas expresarte sin límite y
que puedas obtener un refuerzo por lo que en otros ambientes serías
menospreciado (Markman y Hahlweg, 1993). La validación en la pareja implica una apertura total, una autorrevelación,
que puede incluir hechos y sentimientos que podrían ser castigados
socialmente, que va a ser recibida por el otro con aceptación. Así se
construye la intimidad. Cordova y Scott (2001) presentan una definición
conductual, afirman que es un proceso que se inicia con una conducta de autorrevelación
de elementos que nos muestran débiles y vulnerables y que podrían
ser usados en algunos contextos sociales para administrarnos un castigo;
sin embargo la respuesta del otro es de aceptación, o al menos no
es castigada. La autorrevelación seguida por aceptación genera
un sentimiento de calidez y apoyo que es una consecuencia de la intimidad
y nos predispone a continuarla Además de la autorrevelación hay otros elementos que la construyen
como son las manifestaciones de afecto o el sexo (Van den Broucke et al.,
1995). El sexo, generalmente, implica la existencia de una cierta intimidad
y su práctica la potencia de forma significativa. Sin embargo, el
sexo no la implica necesariamente, además del sexo con prostitutas
existente desde siempre, en los últimos tiempos, frecuentemente, se
dan relaciones sexuales sin necesidad de la más mínima intimidad
en adultos y adolescentes (ver por ejemplo del fenómeno del hookup
entre los adolescentes (Paul, 2000)). La expresión de cualquier emoción, entra dentro de la definición
de intimidad de Cordova y Scott, las muestras de afecto y la práctica
del sexo son elementos precisos para mantener la intimidad en la pareja y
también la aceptación asociada. En la autorrevelación,
con el tiempo se da una habituación, lo que era peligroso revelar
al principio de la relación se hace natural, ya se sabe que va a ser
bien recibido. Mantener el proceso contando cosas que nos hacen débiles
o criticables en otros contextos es otro factor que mantiene la intimidad,
e implica que las conductas castigables tienen que seguir dándose.
La validación se tiene que dar e incluir una gran mayoría de
conductas, no solamente las que podrían ser castigadas socialmente,
sino también aquellas que podrían recibir refuerzo social,
sean reconocidas y reforzadas por la sociedad o no. Nos importa más
la opinión de los allegados que la social.
Si bien el enamoramiento como emoción nos predispone a la aceptación
incondicional del objeto de nuestro amor, cuando el enamoramiento se hace
más débil, la aceptación se ve mediada por los usos
y normas sociales, por las influencias externas y por los criterios personales.
Entonces se rechazan y castigan determinadas conductas y se establecen unos
límites a la intimidad, que permiten la convivencia armoniosa. Si
esos límites no se dan, la relación puede resentirse ya que
se pueden estar admitiendo conductas en contra de las propias creencias e
intereses. No todo es positivo en la intimidad, se trata de aceptar y validar
conductas que pudieran ser rechazadas socialmente, se puede dar intimidad
asociada a elementos no deseados como el consumo de drogas, etc. Como todos los aspectos de la pareja, la intimidad tiene una vertiente social.
La pareja es un componente de un grupo más grande y dentro de él
tiene que mantener su diferenciación y su exclusividad, es decir,
la capacidad de hablar de nosotros dentro del grupo mayor. El
aspecto social de la intimidad es el grado en que se mantiene la privacidad
de la relación con otros, como las familias de origen, los amigos,
etc. (Van den Broucke et al., 1995). La privacidad en la pareja significa
una separación de la familia de origen para ser una unidad diferente
y prioritaria sobre padres y hermanos. Las dificultades que surgen por no
haber construido la independencia son muy importantes. Se deben tanto a la
falta de capacidad de los padres para dar autonomía a sus hijos y
dejarlos que se independicen, como de la fallo de los miembros de la pareja
para implantar la independencia. Desde este punto de vista la intimidad es
la base sobre la que se constituye la pareja como entidad social independiente.
En relación con las ideas expresadas en los apartados anteriores
Sternberg (1986) plantea su teoría triangular del amor, que ha obtenido
cierta evidencia empírica (Lemieux y Hale, 2000). Para este autor
el amor tiene tres componentes básicos, la pasión, el compromiso
y la intimidad. Las diferentes formas del amor (Sternberg, 1986, tomado de
Moya, 1997)
La figura anterior muestra las diferentes formas de amor que se pueden dar
en una pareja de acuerdo con la teoría triangular del amor de Sternberg. La relación de estos conceptos con lo expuesto en este artículo
hasta este punto es evidente. La pasión correspondería con
el enamoramiento, y como este se dispara de forma rápida y también
tiende a atenuarse velozmente. En la teoría el compromiso va creciendo
de forma lenta a la par que se toman decisiones de compartir en pareja. El
concepto de intimidad es más complejo en Sternberg, comprende conductas
que aquí se han incluido en otros apartados como el apego,
la comunicación o la dominancia.
Los conceptos que emplea esta teoría son complejos y no son independientes
unos de otros. La pasión suele generar intimidad, el compromiso ayuda
a la hora de crear la intimidad, la pasión y la intimidad pueden generar
compromiso, etc. Si bien conceptualmente no existe una relación causal
entre ellos si están conectados frecuentemente. Quizás sea
esta la causa de que la validación empírica de la teoría,
aunque existe, esté teniendo ciertas dificultades (Lemieux y Hale,
2000). El conflicto en la pareja
En nuestra sociedad existe la certeza de que la relación de pareja
está en crisis. Existe el sentimiento social de que las relaciones
de pareja están evolucionando y que el matrimonio como institución
social está en proceso de cambio muy rápido. Factores sociales,
como la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral o el control
de la natalidad; con el resultado de una igualdad creciente entre hombre
y mujeres, han influido profundamente en las relaciones entre los componentes
de la pareja. Otros fenómenos agudizan el cambio, como el trabajo
precario, las jornadas interminables, etc. que retrasan la formación
de la pareja y la edad en la que se tienen los hijos y dificultan la comunicación
y la construcción de la intimidad. Sobre la crisis de la pareja se
manejan cifras que son por sí mismas aclaratorias, pero que es necesario
matizar. La crisis de la relación
de pareja en la sociedad actual Las afirmaciones de que más del 50% de los matrimonios se divorcian
tiene que ver con las tasas que actualmente se dan en USA y no tanto en España.
Según el Instituto Nacional de Estadística, en 1997 se celebraron
196.499 matrimonios, se divorciaron o anularon su matrimonio 88.998 parejas
de ellos 54.728 fueron separaciones. Hay que tener en cuenta que en España
para divorciarse es preciso pasar antes por la separación, por tanto
este es el valor que hay que tomar para calcular el número de rupturas
de parejas. Supuso el 28% de los matrimonios que se realizaron el mismo año.
En el año 2000 se celebraron 209.854 matrimonios y hubo 63.430 separaciones
lo que supone un 30% del número de matrimonios. Son cifras alarmantes
y crecientes, pero lejos todavía de afirmaciones abusivas como que
se dan más divorcios que matrimonios, etc. Las estadísticas
son difíciles de manejar porque no existe una medida admitida de forma
general, los datos se refieren a edades diferentes y duraciones de la pareja
también distintas, los matrimonios se refieren a personas que se han
casado en el año y las separaciones a parejas que se casaron a lo
largo de mucho tiempo. Existen estudios longitudinales con un tiempo limitado
en USA, el 43% de los matrimonios sin divorcios anteriores se rompen en los
15 primeros años, son datos de 1995 (Mathew et al, 2001). Si se tiene
en cuenta la edad a la que se realiza el matrimonio se obtienen también
cifras diferentes, por ejemplo los matrimonios que se celebran en USA con
los contrayentes menores de 24 años tienen mucha más probabilidad
de acabar en divorcio que los que se celebran con mayor edad (Kearl,
La problemática de crisis en la pareja no se refleja solamente el
divorcio, sino que están cambiando de forma notable las formas de
relacionarse. Los noviazgos se hacen estables y no siempre acaban en matrimonio.
En los momentos actuales muchas personas se van a vivir juntas sin un compromiso
explícito o mantienen relaciones duraderas y plenas desde hogares
separados. Se dan las parejas de hecho que no son computadas en las estadísticas
oficiales de matrimonios ni divorcios, no se computan ni su formación
ni su disolución. Esta crisis se refleja mejor en la elección de la pareja como forma
de vida preferida. Se puede ver en estadísticas generales como la
que se muestra en la figura adjunta sobre la composición de los hogares
en USA. En ella destaca que el porcentaje de hogares ocupados por matrimonios
ha disminuido del 70.6% al 52.8% desde el año 1970 hasta el 2000.
El cambio cuantitativamente más importante se da en el porcentaje
de matrimonios con hijos que ha disminuido del 40.3% al 24.1%. La pareja
ha pasado de ser la forma de vida preferida por una mayoría cualificada
y aplastante de personas a representar una mayoría simple. Podríamos estar tentados de atribuir estos procesos exclusivamente
a la falta de preparación psicológica para afrontar los problemas
y conflictos que son inherentes a vivir en pareja en el momento actual. Pero
seguramente fenómenos sociales tienen explicaciones y orígenes
sociales. Efectivamente, los cambios sociales que vivimos han propiciado
e incrementado los problemas de relación y posiblemente se necesite
un entrenamiento especial para afrontar la relación con éxito
y por ello una intervención terapéutica desde la terapia de
pareja o un programa de prevención podrían ayudar en cierta
medida a paliar la crisis. Pero se trata de un fenómeno social al
que sin duda hay que buscar causas sociales, en las que, sin duda, juega
un importante papel los avances de la mujer hacia la igualdad social con
el hombre y su integración en el proceso productivo; elementos como
la ideología hedonista, establecida para mantener un gran nivel de
consumo, o la falta de apoyo social al desarrollo de la familia, que pone
grandes dificultades laborales para el cuidado de los hijos, llevan a considerar
tener descendencia como una carga insoportable. No hay que despreciar otros
elementos como las condiciones precarias de trabajo, que por una parte disuaden
de establecer compromisos a largo plazo, como tener hijos o comprar un piso,
y por otra establecen jornadas interminables contribuyen de forma determinante
a incrementar las barreras de comunicación en la pareja. Áreas de conflicto
Es fácil hacer un inventario de las áreas de conflicto de
una pareja. Abarcan todas aquellas en las que se mueve la relación.
Las disputas en los matrimonios se dan a menudo sobre las responsabilidades
(quien se encarga de hacer las cosas) y el poder (quien decide lo que hay
que hacer), las finanzas, las relaciones con miembros de la familia de origen,
el cuidado de los hijos, actividades sociales y de trabajo fuera de la familia,
sexualidad e intimidad y la comunicación. (Weissman et al, 2000) Hay algunas áreas en las que los problemas aparecen con frecuencia,
por ejemplo, la percepción de desigualdad en la distribución
del trabajo, pero no son irresolubles y, en general, no dan lugar a la ruptura;
aunque amargan la relación. Sin embargo, hay otras fuentes de conflicto
que atacan a la propia constitución de la relación de pareja,
como el sexo extramatrimonial, la bebida y las drogas, que predicen el divorcio
con bastante seguridad. En el mismo sentido hay que considerar los celos
del marido y la locura en el gasto de dinero de la mujer (Fishman y Beach,
Los conflictos en la pareja se pueden agrupar alrededor de los aspectos
fundamentales que estructuran la pareja y que se han planteado hasta aquí: Intimidad. Epstein, Baucom, Tankin y Burnett (1991) identifican como áreas
de conflicto matrimonial los límites que existen entre los dos esposos
en el grado de intimidad y de compartir y el balance entre el poder/ control
en la toma de decisiones de la pareja. Afectando a la intimidad, estos autores,
incluyen elementos como la expresión de afecto (detalles, sexo, etc.), Compromiso. Epstein y cols. también incluyen en el apartado de la
intimidad otros aspectos que en este artículo se han asignado al compromiso,
en concreto el grado de inversión que cada esposo pone en la pareja.
La inversión incluye, la inversión instrumental, que es el
esfuerzo conductual que se realiza para mantener o mejorar la relación,
y la inversión expresiva que son los esfuerzos que se realizan para
hacer feliz al otro. Dominancia. Afectando al balance entre el poder/ control en la toma de
decisiones de la pareja. En este apartado, Epstein y cols. incluyen elementos
importantes como el dinero, el uso del tiempo de ocio, la distribución
del trabajo en casa, las prioridades en el desarrollo de la carrera profesional
de cada miembro,... La propia existencia de una relación de dominancia en la pareja se
ha mencionado como causa de conflictos y de injusticia, sobre todo desde
el punto de la teoría de unas relaciones equitativas; pero no se ha
demostrado empíricamente que sea así (Gottman, 1998). Puede
darse la dominancia sin que aparezca o se perciba ninguna distorsión.
Además la toma de decisiones tiene la característica de ser
una habilidad escasa y difícil y por ello un bien preciado. El apoyo
que cada uno obtiene de la pareja en la toma de decisiones individuales o
conjuntas, puede ser uno de los refuerzos básicos que se obtiene de
la relación. Por ello aunque exista una relación de dominancia
de un miembro sobre el otro puede ser considerado como algo aceptable e incluso
deseable porque evita la tarea desagradable de tomar decisiones. También hay que considerar que el poder, el ejercicio de la dominancia,
es reforzante en sí mismo. Así como la intimidad es un refuerzo
importante para cada componente de la pareja y es fácil reconocerlo
como tal, el ejercicio del poder también lo es, no solamente porque
permite acceso a determinados bienes, sino por la percepción de control
y de autoeficacia que obtiene quien lo ejerce. La persona que está machacada
en su trabajo o en sus relaciones sociales podría buscar en la pareja
la validación que le falta, y no solamente a través de la intimidad,
sino por sentirse poderoso al ejercer el poder en un ambiente social significativo
como es la familia o la pareja.
Los problemas se pueden dar en aspectos que afectan a los dos aspectos intimidad
y dominancia. Por ejemplo, las relaciones con las familias de origen es fuente
corriente de conflictos (Weissman et al, 2000). Si no se ha producido la
separación necesaria para construir la intimidad o si padres o hermanos
interfieren demasiado, y tienen excesivo peso en la toma de decisiones dentro
de la pareja, se introducen elementos distorsionadores que provocan dificultades
importantes. Muchas veces la forma en la que aparecen estos problemas en
la consulta es por medio de quejas de que existe un desequilibrio en las
relaciones con las familias de ambos. Es importante que se haya establecido
un espacio para tomar las decisiones con el suficiente grado de intimidad,
para lo que se tiene que haber dado la separación real de la familia
Apego. Las conductas de apego se aprenden en la más tierna infancia
y se automatizan. También se aprenden en la familia de origen las
conductas de respuesta a la solicitud de ayuda. Si no se cumplen las expectativas
que generan las peticiones del otro pueden darse problemas graves en las
parejas. El hecho de que las conductas sean automáticas y por tanto
no conscientes y muy básicas, hace que los conflictos en este aspecto
sean graves y no siempre explícitos, dando lugar a emociones fuertes
que no encuentran una expresión adecuada para su solución.
Problemas en la comunicación y resolución de problemas. Una
vez que aparece un conflicto en cualquier área se disparan en la pareja
los mecanismos para resolverlo. Las habilidades de comunicación, de
resolución de problemas, la estructura de poder, se ponen en marcha
para solucionarlo. Si no consiguen hacerlo, se establecen en la pareja patrones
de relación que lo perpetúan o incluso lo agravan. Cuando el
tiempo pasa sin hallar solución, o los problemas se multiplican, el
origen de las dificultades se olvida y llega a parecer que no existen elementos
desencadenantes de la situación y que es la propia convivencia la
que se convierte en problemática. Por eso los problemas de comunicación
y de falta de habilidades para resolverlos se asocian a cualquier otro en
las áreas mencionadas. Cuando se tiene una buena comunicación
y capacidad para resolver en común los problemas se tienen más
probabilidades de tener una pareja feliz. Esta es la causa de que la terapia
de por cognitivo conductual clásica se ha centrado en la comunicación
y resolución de problemas, obteniendo un éxito notable.
La violencia como motivo de conflicto merece una consideración aparte.
Un gran porcentaje de parejas entre las que acuden a consulta presenta episodios
o problemas con la violencia, pero solamente una pequeña proporción
lo menciona como motivo importante para pedir ayuda, salvo cuando se hace
muy extrema. Hasta fechas muy recientes ha sido un problema que dejado de lado por los
terapeutas (Christensen, 1999). Hay que tener en cuenta que cuando se habla
de violencia en los medios de comunicación se están refiriendo
exclusivamente a la violencia física ejercida por hombres. Pero, según
Halford (2000), la prevalencia de la violencia hombre sobre mujer es igual
a la de mujer sobre hombre; aunque los efectos, principalmente por la diferencia
de fuerza, no son comparables, la violencia del hombre lleva más a
menudo a daño físico y produce mucho miedo en la mujer.
Entre las causas de la violencia se apunta al hecho de la falta de habilidades,
porque se da con mayor frecuencia en los hombres que no tienen las necesarias
para manejarse en los conflictos, es decir, que son menos asertivos y tienen
menos capacidad para resolver problemas. Uno de los orígenes de estos
déficits está en haber presenciado la violencia, e incluso
haber estado sometido a ella, en su familia de origen. El efecto de esta
exposición es diferente en el hombre y la mujer, mientras que en el
hombre aumenta la probabilidad de la violencia no verbal, en la mujer aumenta
las cogniciones negativas que dan origen a la depresión o a la ansiedad
La violencia tanto física como psicológica entre los recién
casados predicen estadísticamente el divorcio. (Fishman y Beach, 1999). Como son los conflictos en la
En condiciones estables en la pareja se establece un statu quo que permite
la convivencia, aunque sea dura y aversiva. Es en los periodos en los que
ocurren cambios importantes cuando es más probable que se desencadenen
los conflictos graves. Cambios como la paternidad/ maternidad, el abandono
del hogar de los hijos, la jubilación, alguna enfermedad grave, etc.
pueden ser el desencadenante de un problema que en realidad puede llevar
larvado mucho tiempo.
Claramente las parejas con conflictos tienen mayores discusiones e interacciones
que son problemáticas y les es muy difícil encontrar una salida
a la forma de enzarzarse. Desde un enfoque cognitivo conductual se han analizado
con detalle como son los patrones de relación en las parejas con problemas,
sobre todo en la comunicación y en las habilidades de resolución
de problemas. Se ha estudiado empíricamente y de forma exhaustiva
el tipo de interacción que ocurre asociada a la existencia de conflictos
y que contribuye a perpetuarlos y se han identificado sus componentes conductuales,
cognitivos y fisiológicos (una descripción más amplia
de algunos de estos modelos se puede ver en Cáceres, 1996). Componentes conductuales
Se han determinado patrones conductuales que se instalan en las parejas
con conflictos (Finchman y Beach, 1999a): El más problemático es cuando a una comunicación negativa
se responde generalmente con otra comunicación negativa por parte
del otro estableciéndose una reciprocidad en la negatividad que puede
acabar en una escalada de violencia. A la escalada verbal suele contribuir
en mayor medida la mujer. Las mujeres que no lo hacen es porque tienen más
capacidad de razonar en esas circunstancias sobre sus pensamientos y cambiar
la respuesta más automática. Este patrón de reciprocidad
negativa aparece también en los matrimonios que no tienen problemas;
pero con mucha menos frecuencia, en ellos una interacción negativa
es seguida frecuentemente por una respuesta positiva o por ninguna respuesta.
El patrón de reciprocidad positiva se da en ambos tipos de matrimonios.
(Gottman, 1998). Es por tanto la reciprocidad negativa, que de alguna manera
es más justa uno de los patrones de interacción
que más frecuentemente se asocia con los problemas de pareja. Este
patrón es un estado absorbente, es decir, es muy difícil salir
de él. Otro patrón problemático aparece cuando la mujer da respuestas
hostiles mientras que el hombre se retira o no contesta, ante lo que la mujer
incrementa su hostilidad. En los matrimonios armoniosos se da también
este patrón aunque con menor frecuencia y a menudo acaba con la retirada
de ambos. Uno de los métodos que se utilizan para resolver los problemas de
comunicación es el empleo de la metacomunicación, es decir,
reflexionar sobre la forma en que se está dando la comunicación.
Por ejemplo, se dice no me estás escuchando para intentar
que haya una escucha, pero el mensaje no verbal agresivo va acompañado,
en general, por un componente no verbal agresivo, y el que responde lo hace
al componente agresivo, lo que lleva a más discusiones, metiéndose
en un círculo vicioso. En los matrimonios sin problemas contestan
a la metacomunicación y no al componente emocional. Como patrones de comunicación problemáticos Gottman (1998)
añade la presencia de los cuatro jinetes del Apocalipsis que pueden
conducir a la pareja al divorcio: la crítica, la actitud defensiva,
el desprecio y hablar mucho para que el otro no pueda dar su opinión.
Para este autor se comienza con la crítica que lleva a los otros jinetes. Todos estos patrones de conductas pretenden la mayoría de las veces
resolver el conflicto, pero no solamente no lo resuelven, sino que lo perpetúan
y la propia interacción se convierte en el problema que lleva a la
separación. No siempre los conflictos llevan a la ruptura. Se ha reportado
un tipo de conflictos en los que el marido se enfada e inicia la discusión
con ánimo de resolver el problema. Cuando se tiene éxito,
la relación puede salir fortalecida, en estos casos el conflicto
vivido por los hijos no es negativo para ellos, incluso puede ser una ocasión
para aprender a ser asertivos. (Finchman y Beach, 1999a). Componentes cognitivos
Se han estudiado también los elementos cognitivos que preceden, están
asociados al conflicto y a veces pueden desencadenarlo. Epstein y colaboradores
(1993) identifican los siguientes:
La atención selectiva. Los miembros de la pareja tienden a valorar
de forma muy diferente la frecuencia con la que ocurren determinadas conductas,
fijándose en aquello que les duele y dándole subjetivamente
mayor frecuencia, para lo que acuden a buscar en la historia de la pareja
hechos similares con los que intentan confirmar su percepción actual,
o simplemente justificando su miedo a que ocurra algo aversivo (Ver también
Sillar et al, 2000). Atribuciones. La atribución del problema a determinadas causas se
ve como un elemento necesario para su solución, de aquí la
importancia de que las atribuciones estén realizadas correctamente.
Un tipo de atribuciones que incrementan los problemas, son aquellas en las
que se atribuye al otro la responsabilidad de los problemas comunes. Lo mismo
ocurre con aquellas en las que se atribuye la conducta negativa del otro
a malas intenciones, siendo casi imposible probar su falsedad. Este tipo
de atribuciones intensifica el conflicto al incrementar los ataques verbales
que intentan culpabilizar y avergonzar al otro. En las parejas en conflicto se atribuyen las principales causas de los
conflictos a rasgos globales, internos y estables, que son imposibles de
cambiar. Cuando pierden la esperanza de cambiar al otro, o escalan la agresividad
aún a sabiendas de que no vale para nada o se retiran y se deprimen. Dentro de los problemas generados por las atribuciones mal hechas está la
de atribuir al otro la capacidad de hacer el cambio necesario para la solución
del problema, suponiendo que no lo hace porque no quiere y entonces se
le culpa y ataca.
La discrepancia en las atribuciones sobre la causa de los problemas,
puede ser a su vez causa de problemas. Por ejemplo si la esposa cree
que el marido piensa que su personalidad es la causa de los problemas y
no está de acuerdo, esto se convierte de nuevo en un foco de discrepancia.
Expectativas. Es evidente que si no se tienen expectativas de solución
la posibilidad de que los problemas se resuelvan son mucho menores, se deja
de buscar y de intentarlo. En consecuencia pueden darse problemas de depresión
al producirse indefensión. Cuando tienen la creencia de que los problemas
se pueden resolver se dan más posibilidades de que se resuelvan.
Suposiciones y estándares. Si aparece una discrepancia entre lo
que creen los esposos que debería ser el matrimonio y lo que perciben
que es, tanto en cualidad como en cantidad, los problemas están asegurados.
No es necesario que sean conscientes de la discrepancia para que aparezcan
los conflictos. Sin embargo las diferencias reales entre los estándares
de ambos componentes tienen poca correlación con el nivel de satisfacción
del matrimonio, siempre y cuando no exista discrepancia entre lo que debería
ser y lo que es, cada uno de ellos puede pensar que se cumplen en el
Las creencias irracionales pueden ser una de las fuentes de conflicto en
las parejas. Eidelson y Epstein (1982) listan algunas de ellas: Estar en
desacuerdo es destructivo de la relación, los miembros de la pareja
deben ser capaces de averiguar los deseos, pensamientos y emociones del otro,
los miembros de la pareja no pueden cambiarse a sí mismos o a la naturaleza
de la relación, uno debe ser un compañero sexual perfecto del
otro, los conflictos entre hombre y mujeres se deben a diferencias innatas
asociadas al sexo que se muestran en las necesidades y en la personalidad.
Gottman y Levenson (1986) explican como las diferencias fisiológicas
entre hombres y mujeres pueden influir en los conflictos de la pareja. Para
estos autores el hombre muestra incrementos más amplios de actividad
autonómica ante el estrés, cambios que se disparan más
fácilmente y tardan más en recuperarse que en la mujer. Por
eso se ven inclinados a evitar todas aquellas situaciones asociadas con un
alto nivel de activación. En consecuencia intentan un clima racional
dentro de las relaciones, para lo que adoptan patrones más conciliadores
y menos generadores de conflicto, y si este empezase tienden a retirarse
antes que la mujer. Cuando el enfado y la hostilidad de ella generan enfado
y hostilidad en él, esta genera miedo en ella, el cual genera más
hostilidad y enfado en él produciéndose la escalada del conflicto. Las diferencias en la reactividad fisiológica pueden estar en la
explicación del patrón de demanda de la mujer  retirada
del marido, el exceso de excitación predispondría al hombre
a iniciar la retirada ante las demandas de la mujer, llegando al punto de
no hacerle ningún caso (Gottman, 1998). Impacto a largo plazo del conflicto
Se ha documentado que los individuos casados tienen mejor salud física
y mental que los no casados: tienen una mortalidad menor, realizan menos
conductas de riesgo y controlan mejor su salud, cumplen mejor las prescripciones
médicas, tienen mayor frecuencia en su conducta sexual que es más
satisfactoria. Los datos correlacionales tienen difícil interpretación,
en este caso es posible que las diferencias sean debidas a estar felizmente
casados; pero también es posible que se deban a que los más
saludables tiendan a casarse más frecuentemente. Controlando la variable
del grado de salud cuando se llega a ser adulto existe un menor riesgo de
muerte en los casados, lo que parece indicar que en efecto la mortalidad
más baja es debido al matrimonio (Mathew, et al, 2001). Estas ventajas
son ciertas, pero solamente cuando no existen conflictos (Finchman y Beach,
1999a). Un conflicto continuado lleva a una mayor activación y un
mayor estrés en sus componentes y esta puede ser la explicación
del tremendo impacto que tiene en la salud tanto física y mental en
los dos miembros de la pareja y en sus hijos.
Conflicto matrimonial y salud Se da una relación dialéctica entre salud mental y problemas
de pareja. Por una parte la incapacidad del individuo para afrontar la relación
de pareja se relaciona con falta de habilidades o problemas emocionales y
por otra los problemas en la pareja influyen en su salud física y
mental. Se puede encontrar listas impresionantes de problemas de salud mental recogidas
por Gottman, (1998); Christensen y Heavey, (1999); Finchman y Beach, (1999a).
Está probado que los conflictos desencadenan de forma más probable
problemas como la depresión, el trastorno bipolar, el alcoholismo,
trastornos de la alimentación. También se incrementan otros
problemas como la violencia, los conflictos con los hijos y los conflictos
entre los hermanos. Incluso se incrementan las tasas de accidentes automovilísticos,
incluidos los mortales. La depresión es el problema que más
relacionado está con las separaciones y conflictos. Cuando un paciente
casado está deprimido es importante analizar si existe un problema
de pareja asociado, es posible que la depresión la haya deteriorado,
pero también es probable que entre los desencadenantes de su depresión
estén los problemas con su pareja. En todo caso su estado mejorará si
mejora su relación. Los conflictos matrimoniales se relacionan también con una salud
física más pobre y con algunas enfermedades específicas
como las cardíacas, el cáncer, el dolor crónico, las
afecciones del sistema inmune y la mortalidad por cualquier tipo de enfermedad.
Hay evidencias de que aquellos que han vivido el divorcio de sus padres y
el suyo propio tienen una esperanza de vida ocho años menor que el
Conflicto matrimonial y su influencia
en los hijos Otro efecto nocivo de los conflictos de pareja es el impacto negativo que
tiene en la conducta de los hijos. Si bien en la psicología clínica
son muy habituales las observaciones que muestran la relación entre
el conflicto entre los padres y los problemas de conducta de los hijos; no
es fácil demostrar empíricamente que esos problemas se deban
exclusivamente a los conflictos entre los progenitores. En efecto, los conflictos en la pareja no se dan aislados; sino que se asocian
a otros problemas como es la depresión y la relación existente
con los hijos que están muy relacionadas con las dificultades de la
pareja. Se ha comprobado que la depresión de los padres, por sí misma,
sin distorsiones adicionales en la pareja, tiene una influencia en la conducta
de los hijos similar a la de los conflictos entre la pareja y, cuando se
suma a los conflictos entre los padres, se potencian de forma notable los
problemas de conducta en la descendencia (Finchan y Osborne, 1993) Otra variable, no necesariamente relacionada con los conflictos entre los
padres, es la relación entre padres e hijos. Cuando las relaciones
paterno filiales son conflictivas la conducta de los hijos se ve afectada
y se deteriora. Si, además, existen conflictos entre los padres, sobre
todo si se llega a determinados niveles de violencia, la relación
de los progenitores con los niños suele deteriorarse más todavía
y también se tiñe, en general, de violencia. En esos caso los
desajustes en la conducta de los hijos se potencian de forma considerable
(Finchamm y Osborne, 1993).
Como en tantos problemas de tipo psicológico, no se puede hablar
de relación causa efecto, los conflictos entre los padres no necesariamente
afectan negativamente a los niños. A veces, sobre todo si se resuelven
de manera adecuada, y el niño es capaz de entender lo que ha pasado
y como se ha resuelto, pueden ser para él un motivo de aprendizaje
para resolver problemas similares. También desde el punto de vista
de la influencia psicológica en el niño, es más importante
la percepción que él tiene del conflicto y sus reacciones que
lo que objetivamente ocurre.
También es importante distinguir entre la insatisfacción en
el matrimonio y el conflicto. Los problemas con los hijos se relacionan no
tanto con un problema general de satisfacción en el matrimonio sino
con los conflictos entre los padres y en particular con determinados aspectos
particulares de estos (Finchamm y Osborne 1993):
Frecuencia: Cuanto más frecuentes los conflictos hay indicios de
que más tendencia tendrá el niño a la violencia y más
afectado se ve.
Intensidad: La agresión física está más relacionada
con los problemas que las agresiones verbales o las de menor intensidad.
Cuanto mayor es la intensidad de los conflictos verbales más indefensión
produce en el niño.
Modo de expresión. Correlaciona con el punto anterior. Se distinguen
distintas formas: física, no verbal y verbal. La no verbal es peor
que la verbal porque es más difícil de resolver. Contenido: Si los conflictos se refieren a los niños tienen mucho
mayor impacto en ellos. Intentan resolver algo que está fuera totalmente
de su capacidad. Por eso cuando el motivo explícito del conflicto
son los hijos aparecen en estos mayores sentimientos de vergüenza, de
culpabilidad, de miedo a ser involucrado en el conflicto o a ser requerido
para su intervención directa o indirecta.
Una pregunta que lógicamente surge es si puede ser beneficioso para
los hijos el divorcio, cuando en un matrimonio se están dando disputas
y conflictos constantes y sin solución. Los estudios que se han hecho
muestran evidencias de que los hijos que presencian de forma constante los
conflictos de sus padres tienen más problemas que aquellos en los
que el divorcio pone punto final a esos enfrentamientos. (Weiss, 1989). Se
supone que el divorcio pone fin a los problemas y discusiones manifiestas
de los padres, lo que no siempre sucede. Los estudios de Ensign (1998) abundan
en la idea de que las capacidades para nuestras relaciones las aprendemos
de las que observamos en nuestros padres. Así, existe una relación
inversamente proporcional entre los conflictos de los padres y la intimidad
que alcanzan los hijos en la adolescencia. Estos estudios muestran que el
divorcio también correlaciona de forma negativa con la intimidad a
la que llegan los descendientes, pero de forma menos significativa. Situación y avances en
la terapia de pareja cognitivo conductual. Desde un punto de vista cognitivo conductual una relación se define
como un intercambio de conductas (Halford, 1998). Cuando una relación
falla predomina el intercambio de conductas negativas. Como se ha visto,
una de las causas es la falta de habilidades para comunicarse y resolver
problemas, por ello, inicialmente, la terapia cognitivo conductual se ha
centrado en dotar a la pareja de esas habilidades. En consecuencia los objetivos
básicos del tratamiento son: a) el aumento del intercambio de conductas
positivas para lo que se emplea de forma amplia el contrato conductual (Bornstein
y Bornstein, 1988; Gottman, 1998) Por ello en el tratamiento se incluye la
enseñanza de las técnicas de negociación precisas para
hacer los contratos; b) la comunicación y resolución de problemas;
c) cambios cognitivos para manejar creencias, atribuciones, etc. La terapia
cognitivo conductual, hasta hace poco tiempo, no afrontaba de forma directa,
aunque sí indirectamente, los conflictos en las áreas del compromiso,
la intimidad, el apego o las emociones, que, como se ha visto, son parte
fundamental de la relación. La evolución es hacia la inclusión
de estas áreas como objetivos directos de intervención. Evaluación La terapia cognitivo conductual parte del análisis funcional de las
conductas problemáticas. Se trata de, considerando el motivo de consulta,
determinar las conductas problema para establecer el programa de tratamiento.
La evaluación tiene como objetivo descubrir cuales son las áreas
de conflicto y la forma en que estos se dan, detectando las conductas, las
cogniciones y las emociones envueltas. Inicialmente se trata de determinar cual es el punto de partida en la calidad
de la relación cuando acude a consulta, para lo que se puede utilizar
algún cuestionario de propósito general con la Escala de Ajuste
Marital (Locke y Wallace, 1959) o la Escala de Ajuste Diádico (Spanier,
1976). Son escalas que distinguen entre parejas conflictivas o no y sirven
para poder ir evaluando el progreso en la terapia (Cáceres, 1996;
Costa y Serrat, 1982).. La evaluación puede continuar con una visión general del problema
que trae a la pareja a la consulta para lo que el terapeuta se puede plantear
una serie de preguntas de tipo general (Cordova y Jacobson, 1993): ¿Cómo
está de afectada la pareja?¿Cuales son los elementos que los
dividen? ¿Cómo se manifiestan estos elementos en
la relación?¿Cuál es el compromiso de la pareja con
la relación?¿Cuales son las fortalezas que hacen que se mantengan
juntos? ¿Cómo les puede ayudar el tratamiento? La grabación de interacciones entre ellos y la posterior codificación
para determinar los problemas de comunicación se ha utilizado, principalmente
en la investigación, porque su complicación la hace costosa
para la aplicación clínica.
Las áreas que se tienen que considerar en la evaluación
son las siete Cs de Birchler, Doumas y Fals-Stewart (1999) que plantean un
marco conductual de referencia para evaluar los problemas conyugales: Carácter.
Hay que detectar si existe alguna psicopatología en los miembros individuales
y ver si hay que tratarla y si se hace por medio de la terapia de pareja
o individualmente. Contexto cultural y social. Incluyendo los aspectos religiosos, étnicos
y de las familias de origen, que puedan originar problemas dentro de la pareja.
Contrato, incluyendo las expectativas implícitas que tienen los cónyuges
sobre la relación y que pueden ser inalcanzables o disfuncionales.
Compromiso con la concepción utilizada en este artículo. Cuidado.
Sobre todo el intercambio de conductas positivas. Comunicación para
detectar alguno de los problemas o falta de habilidades que se han mencionado.
Capacidad para resolver problemas, teniendo en cuenta las relaciones de poder
y dominancia que se han establecido en la pareja. Se tienen que evaluar también la pasión, el apego, la intimidad.
En la pasión hay que incluir la conducta sexual, no solamente si hay
problemas, sino si es frecuente y variada, se pueden utilizar alguno de los
cuestionarios sobre conducta sexual existentes (Cáceres, 1996). La
evaluación de las conductas de apego incluye las aprendidas en la
familia de origen y las expectativas que tienen respecto a la pareja, hay
que evaluar de forma general el interés que tienen en mantener las
relaciones con los padres y el afecto que se sienten por ellos, la búsqueda
en el auxilio obtenido. En la evaluación de la intimidad se pueden
utilizar cuestionarios como el que propone Sternberg o mejor el que Lemieux
y Hale, (2000), han elaborado en sus investigaciones, pero hay que tener
en cuenta que consideran un concepto de intimidad en el que se incluyen aspectos
más amplios de los que se tienen en cuenta en este artículo. Con estos elementos de evaluación y partiendo siempre de las peticiones
concretas de los pacientes, se da una explicación de donde está el
problema y cual puede ser el camino hacia la solución. Hay que tener
en cuenta que la devolución de una evaluación es de alguna
manera una intervención puesto que se actúa sobre las expectativas
de solución y de continuidad de la relación, y se pueden afianzar
atribuciones que dificulten la intervención posterior. Tratamiento Una vez que se han definido los problemas existentes y las conductas envueltas
en ellos, se establece el programa de tratamiento seleccionando las técnicas
específicas que permiten el cambio. A continuación se listan
las estrategias generales que se siguen dependiendo de los objetivos. Se
mencionan primeramente las más clásicas, intercambio de conductas
positivas, entrenamiento en habilidades de comunicación y resolución
de problemas y tratamiento de los aspectos cognitivos. Se hace un comentario
sobre su eficacia y limitaciones para finalizar con los avances y aportaciones
que se han hecho para trata la emoción, la intimidad y el apego. Intercambio de conductas positivas:
Se enseñan los fundamentos de la modificación de conducta,
aprendiendo como una conducta responde a sus consecuencias, como extinguir
y fomentar conductas, etc. (Costa y Serrat, 1982)
Se utilizan y enseñan técnicas para realizar contratos, los
cuales tienen que ser libres, sin imposiciones por ninguna parte, utilizando
términos claros y explícitos, sin margen a las interpretaciones,
que contengan ventajas para ambos. Hay que tener en cuenta que las conductas
incluidas en el contrato tienen que estar ya incorporadas en el repertorio
comportamental del que tiene que hacerlas (Costa y Serrat, 1982).
Se emplean una serie de técnicas y juegos que propician el intercambio
de conductas positivas, entre ellas se citan: Pillar a su pareja haciendo
algo agradable, y hacérselo saber, tener una lista con deseos que
el otro puede ir haciendo, observar la conducta agradable de la pareja para
evitar la atención selectiva, recordar los lugares, fechas, canciones,
etc. que han sido símbolos de las cosas que han unido a la pareja,
etc. (Cáceres, 1996).
comunicación y de resolución de problemas.
Se plantea un tratamiento escalonado y adaptado a cada pareja, que comienza
con el entrenamiento en las habilidades necesarias para mantener una conversación,
se sigue con las precisas para expresar deseos y sentimientos y finalmente
se entra en las específicas de resolución de problemas.
La base está en tener habilidades de conversación. Incluyen
entre otras: aprender como hacer preguntas, dar información gratuita
adicional, escuchar, llevar una conversación lo que implica: cambiar
de tema, tomar la palabra, pasar la palabra y cerrar la conversación;
todo basado en un lenguaje específico en el que los términos
que se emplean se tienen que referir a elementos observables y cuantificables,
oportunos y convenientes, centrándose en una información positiva,
tanto verbal como no verbal (Costa y Serrat, 1982). También se enseña
la escucha activa, para la que hay que tener en cuenta la postura y contacto
visual, el tono adecuado, se tiene que animar al otro a hablar utilizando
gestos y tono adecuado, evitar juicios de valor y utilizar de forma exhaustiva
la empatía (Cáceres, 1996).
Con esas habilidades como base se procede a incrementar las necesarias para
la expresión de deseos y sentimientos, tanto de agrado como de desagrado,
para realizarlo de tal manera que no se haga daño al otro y se sea
constructivo. Se enseña a manejar la ira de forma positiva, de tal
manera que se eliminen tanto los ciclos en los que la mujer da respuestas
hostiles mientras que el hombre se retira, como aquellos otros episodios
de violencia o ira que asaltan de forma inesperada. Se actúa así contra
la crítica como medio de solucionar nada, contra la actitud defensiva,
practicando la escucha y la expresión de sentimientos, para proceder
contra el desprecio y la falta de escucha. Cuando se poseen estas habilidades, se afronta el entrenamiento en resolución
de problemas propiamente dicho. El primer punto es construir la ocasión
propicia y evitar las discusiones en lugares y tiempos que no permiten la
comunicación sosegada. Después se trata de definir el problema
comenzando por algo positivo, siendo específico, expresando los sentimientos
y admitiendo el papel que se tiene en el problema. Todo de forma breve y
dejando claro, en esta fase de enunciado, que no se quiere solucionarlo sino
solamente plantearlo. Después es el momento de centrarse en las soluciones
pidiendo al otro el cambio de conducta que resolvería el problema,
recordando siempre que tiene que incluir reciprocidad y compromiso y con
consecuencias positivas para ambos junto con elementos de seguimiento que
recuerden el acuerdo alcanzado (Costa y Serrat, 1982). Para cuando no se
tiene la solución clara se enseñan técnicas como la
tormenta de ideas en la que con una colaboración incondicional entre
los dos se generan posibilidades de solución sin sentido crítico
y solo más tarde se evalúa su posibilidad.
Cambios cognitivos En la terapia cognitivo conductual; cuando intervienen componentes cognitivos
distorsionados, se trata detectar y reestructurar las atribuciones, expectativas,
creencias irracionales, etc.; se procede a modificarlas, eliminando atribuciones
a motivos o intenciones ocultos, moderando o cambiando las expectativas,
los estándares aprendidos en las familias de origen o por ideas preconcebidas,
para adaptarlos a las posibilidades de la pareja, atacando las ideas irracionales
etc. como se ha visto, las propias explicaciones y atribuciones que se dan
a los conflictos pueden ser también una fuente de ajuste o desajuste
matrimonial. Las técnicas que se emplean son la reestructuración cognitiva,
el diálogo socrático, la contrastación científica
de hipótesis, etc. El análisis lógico se utiliza para
poner las expectativas en su sitio. Para modificar las suposiciones y los
estándares se utiliza el diálogo socrático, en el que
se pregunta y se evalúan las consecuencias de vivir con esos estándares,
tales como no se debe estar nunca enfadado con tu pareja. Se
enseña la habilidad de utilizar de forma constructiva la metacomunicación
para editar los pensamientos y hacer que sea efectiva, modificando la forma
en que se está hablando y evitar seguir por los caminos de la emoción
que llevan a la escalada de violencia. Eficacia de la terapia de pareja
cognitivo conductual clásica Estos tres componentes constituyen la terapia de pareja cognitivo conductual
clásica, que está clasificada como una terapia con evidencia
probada de eficacia (Chambless et al, 1998). Los datos indican que la gran
mayoría de las parejas que acuden a terapia, alrededor del 75% (Gottman,
1998) informan de una mejora en la satisfacción matrimonial.
Pero, como se ha ido indicando a lo largo de este artículo, no todo
es maravilloso. La pregunta no es si es eficaz sino sobre su potencia (Christensen,
1999). Cuando se contrasta con grupos de control de lista de espera los resultados
son siempre positivos, quizás debido a que si no existe intervención
los problemas se van incrementando. Sin embargo, cuando se tiene en cuenta
si la mejora afecta no solamente a la disminución del conflicto, sino
a la mejora de la evaluación de la relación por parte de los
dos miembros, los resultados no son tan espectaculares. Christensen (1999),
revisando la literatura sobre la eficacia, llega a la conclusión de
que, siendo estrictos, menos del 50% de las parejas que acuden a terapia
cambian de un estado de estrés a un estado de armonía. Otro
aspecto oscuro es la cantidad de recaídas que se contabilizan, entre
el 30% y 50%, aunque algunos autores son más pesimistas intuyendo
que, si se tomase un tiempo mayor de estudio, el porcentaje de las recaídas
sería mayor (Gottman, 1998). Otro aspecto a destacar es que se han realizado estudios para determinar
la eficacia de los distintos componentes y su importancia y contribución
a los resultados de la terapia. Sorprendentemente en este tipo de estudios
se obtienen resultados muy similares, tanto empleando técnicas conductuales,
cognitivas, o la mezcla de los ambas. Para Gottman (1998) estos resultados
introducen una reflexión inquietante, al parecer cualquier tipo de
intervención da el mismo resultado que la basada exclusivamente en
los contratos conductuales que está fundamentada en la suposición
errónea de la necesidad de un funcionamiento equilibrado de los refuerzos
en la pareja para que haya armonía. El mismo autor señala que
también los resultados que se obtienen con terapias de cualquier orientación,
una vez que se han replicado los estudios originales, son equivalentes. De ello se deduce que lo más probable es que la clave del cambio
resida en elementos comunes a todas las terapias, que determinan el éxito
independientemente de la técnica que se esté utilizando. Por
ejemplo, en las discusiones en la pareja se introduce un elemento de neutralización,
el terapeuta, que impone un alejamiento emocional e impide una escalada del
conflicto, o elementos como la esperanza que despierta la terapia, o la confianza
en el terapeuta, o la existencia de un programa estructurado (Gottman, 1998).
Es un caso en el que parecen determinantes los elementos no específicos
de la terapia y que tantas veces son ignorados en la enseñanza de
la terapia cognitivo conductual, o bien porque se dan por supuestos o porque
se hace demasiado hincapié en las técnicas, que es lo que diferencia
y hace específica a esta terapia. Mejora de la intimidad y tratamiento
de las emociones relacionadas con el apego Los elementos de la llamada terapia de cognitivo conductual clásica
se refieren a la capacidad de la pareja de decidir y de manejar de forma
armoniosa los bienes o refuerzos que comparten y a las distorsiones cognitivas
subyacentes. Como queda evidente, esta visión no enfrenta de forma
directa la intimidad, aunque sus técnicas, al promocionar la comunicación
y el entendimiento conjunto de los problemas, la potencian indirectamente
(Lawrence, Eldridge y Christensen, 1998). En un estudio sobre la eficacia a largo plazo de la terapia cognitivo conductual
frente a terapias basadas en el insight, Snyder y colaboradores (Snyder y
Wills, 1989, Snyder et al, 1991a) muestran la superioridad de esta última
frente a las primera en el número de divorcios que se dieron en un
seguimiento de cuatro años dentro de las parejas tratadas con cada
una de las técnicas. Pese a la polémica mantenida con Jacobson
(1991), que discute si realmente son tan diferentes los dos tipos de terapia,
los autores (Snyder et al, 1991b) concluyen que el insight es necesario para
producir el cambio en la pareja, aunque probablemente no sea suficiente.
Estos resultados, que plantean una superioridad de este tipo de terapia no
han sido contrastados todavía por un estudio independiente. En la
terapia de insight los terapeutas realizan interpretaciones acerca de los
motivos subyacentes de las conductas problemáticas y que dan una explicación
a los sentimientos, creencias y expectativas explícitos en los problemas
(Snyder et al, 1991a). De esta forma este tipo de terapia incrementa la intimidad
y la aceptación del otro y en consecuencia fortalece la relación
y fomenta su continuidad. Por otro lado, también fuera del marco estrictamente cognitivo conductual
y teniendo en cuenta las conductas de apego, Greenberg y Johnson (1988) plantean
la terapia enfocada en la emoción. Parten de la teoría de que
los miembros de la pareja tienen problemas de apego, aprendidos en la familia
de origen, por tanto son previos al problema de pareja, y están en
la causa del conflicto. Los componentes de la pareja experimentan depresión
o miedo cuando temen que los abandonen, por ejemplo si el otro muestra interés
en un tercero. Sin embargo, en lugar de manifestar directamente esas emociones
que los hacen débiles y vulnerables, muestran emociones secundarias
por medio de las que se intentan proteger, evitando dar sensación
de debilidad o incluso intentando parecer fuertes, así emplean
la retirada o la ira o establecen una actitud totalmente defensiva. Evidentemente,
al expresar estas emociones secundarias están intentando solucionar
sus problemas, pero lo que consiguen es lo contrario, incrementarlos. En
efecto, originan reacciones agresivas o defensivas del otro que no conoce
las causas de lo que ocurre. Se producen entonces profecías autocumplidas,
el miedo al abandono está seguido por una conducta agresiva o evitativa
que conduce a un deterioro de la relación y finalmente la relación
es tan poco reforzante que el otro puede llegar a pensar en abandonar la
pareja. La terapia tiene por objeto que los dos aprendan a mostrar las emociones
primarias y entiendan el origen de las secundarias. El objetivo terapéutico en la terapia enfocada en la emoción
consiste en romper el círculo vicioso. La forma de romperlo es conseguir
que hablen de sus emociones primarias. En ese momento, el que lo hace, muestra
su debilidad al otro y descubre puntos vulnerables de importancia. En el
proceso terapéutico se suele conseguir que el que escucha exprese
aceptación, de manera que el que muestra sus emociones sienta el soporte
que necesita; así se fomenta la intimidad de forma operativa. Además,
cuando se establecen las emociones como la motivación que subyace
en el conflicto se cambian las atribuciones del problema y se desvía
la atención de las discusiones cortando el ciclo de reacción
negativa seguida por reacción negativa al introducir un elemento de
aceptación. Existe evidencia de la eficacia de este tipo de intervención sobre
la intimidad, aunque no se ha mostrado superior a los efectos que se consiguen
con el tratamiento basado en resolución de problemas y puede tener
un efecto mayor en mujeres que en hombres (Lawrence, Eldridge y Christensen,
1998) Dentro del contexto de la terapia cognitivo conductual se ha desarrollado
la terapia de pareja integradora (Christensen, Jacobson, Babcock, 1995, Jacobson,
Christensen, 1996) en la que añade a los componentes clásicos
la aceptación emocional, que es un elemento fundamental de la pareja,
sin un mínimo la pareja no se puede constituir o no se mantiene. La
aceptación total corresponde a momentos de enamoramiento, y se va
matizando con el paso del tiempo y con la convivencia, pero tiene que existir
para que la pareja subsista. Con este nuevo elemento de la terapia se trata de que el miembro de la pareja
que quiere que se realice un cambio acepte desde un nuevo punto de vista
que el otro no lo realice y, sin embargo, aquello que era inaceptable e intolerable
se convierta en algo no deseable, pero entendible y tolerable. De forma análoga
a la terapia centrada en la emoción, piden a los miembros de la pareja
que hablen de emociones suaves como tristeza, miedo, soledad y que mencionen
menos las emociones fuertes como ira y resentimiento. Como se ha mencionado,
este tipo de interacción elicita en el otro sentimientos de aceptación
y de empatía en lugar de defensa o rechazo, de esta forma se fomenta
la intimidad. (Lawrence, Eldridge y Christensen, 1998) Las técnicas que se utilizan para promover la aceptación son
(Halford, 1998): Empatía. Reunirse con empatía hacia el otro alrededor del
problema, para desarrollar un entendimiento del problema comprendiendo y
respetando el punto de vista del otro, aunque no justificándolo. Para
ello se discuten conjuntamente los problemas con el modelado del terapeuta
y se les anima a manifestar sus sentimientos de dolor y vulnerabilidad. Objetividad. Emplear la objetividad para conseguir ver el problema con
un tinte menos emocional. Se promueve el análisis objetivo para quitar
la emoción que introduce distorsiones cognitivas. Tolerancia. Construir la tolerancia con el objetivo de reducir la emoción
negativa que causa la conducta o sus resultados del cónyuge. Para
ello la técnica que más se utiliza es la exposición,
es decir, mantener el estímulo aversivo sin dar las respuestas de
evitación. Auto cuidado. Se trata de cambiar la propia conducta para conseguir en
otra parte lo que la pareja no da, por ejemplo, consiguiendo nuevos amigos,
etc. Según algunos autores muchas de estas técnicas son comunes
a las de la terapia tradicional, cambiadas de nombre. Aunque fuera así,
lo que sí ocurre es que se aplican a un campo, la intimidad, que no
se trataba antes explícitamente. Con la aceptación se crea
o amplía la comprensión del otro y en consecuencia se mejora
la intimidad. Uno de los mecanismos que ponen en marcha estas terapias es el fomento de
la intimidad entrando de nuevo en el proceso de autorrevelación y
de aceptación, fomentando además el mecanismo de perpetuación
que es la expresión de emociones y afectos de forma constante. Mostrar
debilidades en la pareja como son los sentimientos asociados al apego, de
soledad y de necesidad de aceptación y apoyo, coloca al sujeto en
condiciones de iniciar un nuevo proceso fortalecimiento de la intimidad y,
por lo tanto, de la pareja. Los resultados preliminares obtenidos por la terapia integradora basada
en la aceptación indican que se obtienen mejores índices de
satisfacción que con la terapia conductual clásica basada en
la mejora de la comunicación y la resolución de problemas y
promueve los cambios más eficientemente (Jacobson et al, 2000). Uno de las dificultades que aparecen en la terapia de pareja es que cada
uno atribuye el problema al otro y carga sobre él la responsabilidad
del cambio. Destacando la importancia de este hecho Halford (1998) ha propuesto
la terapia de pareja conductual autorreguladora, que hace énfasis
especial en aclarar con cada componente que es lo que él puede cambiar
para solucionar los problemas, siempre dentro de la filosofía de lograr
sus objetivos propios en la pareja. Los resultados obtenidos indican una
gran economía en el número de sesiones necesarias para lograr
los mismos resultados. En efecto, Halford (2001) plantea una duración
general de 1 a 3 sesiones y un máximo de 25. Lógicamente Halford
(2001) también define qué tipo de parejas se pueden beneficiar
de este tipo de intervención. Hay que destacar que dentro de este
planteamiento se está potenciando de forma fundamental el compromiso
que cada uno tiene con la pareja y que cuando se toma en consideración
se potencia de forma extraordinaria la resolución de los conflictos. En una visión general, Gottman (1998) propone tres procesos para
resolver los conflictos en la pareja.
El primero es conseguir una alta tasa de respuestas positivas ante respuestas
negativas del otro. Se trata de un cambio profundo que llegue a modificar
los sentimientos y no un mero intercambio comercial de conductas.
Es un cambio de actitud, estar por, en lugar de alejarse
de, que lleve a un sentimiento positivo que consiga llegar a calmar
la activación fisiológica del otro, utilizando elementos
positivos como el humor, la validación y la empatía. Cuando
existe el sentimiento de estar por el otro se disparan
otros tres procesos asociados:
Se puede editar el pensamiento para evitar entrar en la reciprocidad
negativa o en el patrón en el que la mujer ataca y el hombre se
retira. Recordemos que este proceso es más fácil que ocurra
cuando se tiene mayor compromiso.
Se establecen relaciones asertivas porque se admite la influencia
respetuosa del otro y se evita emplear los cuatro jinetes del Apocalipsis
para intentar resolver los problemas.
Surge el afecto positivo que evita la actitud defensiva del otro y
ayuda a calmar la excitación fisiológica.
El segundo proceso consiste en ampliar la cantidad de espacio mental
o mapa cognitivo o energía mental que dedica cada miembro de la
pareja a comprender y conocer el mundo del otro. Es particularmente importante
en el caso del hombre. Hacer esfuerzos por conocer, comprender y entender
al otro es fundamental para la continuidad de la pareja. El impacto que
este proceso tiene en la intimidad es evidente y sus consecuencias para
la continuidad y mejora de la pareja son claras.
El tercer proceso lo inscribe en el sistema de admiración y afecto,
cada uno tiene que tener admiración y cariño por el otro,
es un antídoto del desprecio. Este proceso se inscribe en el apartado
de la validación del otro.
Hay que resaltar que uno de los procesos más importantes, entre los
que ponen en marcha estas terapias, es el fomento de la intimidad, al hacer
que los miembros de la pareja entren de nuevo en el proceso de autorrevelación
y de aceptación, fomentando así elementos como la expresión
de emociones y afectos de forma constante, mostrando debilidades en la pareja;
como los sentimientos asociados al apego, los de soledad y los de necesidad
de aceptación y apoyo, que van a permitir iniciar de nuevo y mantener
el proceso de fortalecimiento de la intimidad. Conclusión La estructura de la pareja, como entidad social y en sus relaciones diádicas,
está determinada por la evolución y cambio de la sociedad y
es diferente en cada contexto, religioso, económico o geográfico,
pese al proceso de globalización en el que estamos inmersos. El conocimiento
de la estructura de la pareja en cada situación social, permite a
la terapia establecer áreas de actuación que van
a aumentar su eficacia y ampliar su campo de acción. La consideración
de los procesos sociales y diádicos sobre los que se construye una
relación permite aclarar y enmarcar el proceso de avance que está siguiendo
la terapia. Tener en cuenta las vertientes sociales de las relaciones interpersonales
necesita una colaboración amplia entre los psicólogos clínicos
y los psicólogos sociales, que seguramente se ha iniciado ya (Finchman
y Beach, 1999b; Gottman, 2001), pero que hay que seguir incrementando. Las líneas de avance propuestas, tanto por la terapia cognitivo conductual
integradora como por la centrada en la emoción y las recogidas por
Gottman (1998, 1999), dirigen el progreso de la terapia hacia el cambio de
conductas relacionadas con las emociones y sentimientos, que hasta ahora
no ocupaban un lugar principal entre los objetivos a conseguir, para ello
proponen actuaciones directas sobre elementos básicos de la relación
diádica como la intimidad y la validación o centrarse en conductas
arraigadas y asociadas a fuertes emociones como son las conductas de apego.
Actuar sobre el componente más cercano al amor y la pasión
supone la consideración de la mejora del intercambio sexual, no como
resolución de problemas patológicos, sino como mejora y potenciación
del componente pasional de la relación, para no caer en la rutina
y el aburrimiento y evitar que el enamoramiento y la pasión queden
totalmente apagados con el tiempo. La importancia de potenciar en compromiso con la pareja se ve en los resultados
que consigue Halford (2001) con su terapia autorreguladora, porque los miembros
de la pareja, cuando son conscientes de la importancia que tiene esta para
conseguir sus propios objetivos se esfuerzan de manera eficaz en resolver
los conflictos y continuar con la pareja, sin necesidad de intervenciones
adicionales. Para incrementar el compromiso hay que tener en cuenta que su
proceso de creación está compuesto de decisiones de ir compartiendo
bienes y conductas con el otro, lo que les va uniendo en la consecución
de objetivos e intereses y haciendo más difícil la ruptura
y por tanto motivándolos a que incrementen los esfuerzos para continuar
juntos. También hay que tener en cuenta que el compromiso tiene mucho
que ver con la presión social que exista sobre la continuidad de la
pareja y que estamos en una época en la que se minimiza la importancia
del compromiso y de los esfuerzos que el conlleva. Una faceta que va a tener mucho peso en la evolución de la terapia
de pareja es su empleo en otro tipo de patologías, que hasta hace
poco tiempo se trataban de forma exclusiva individualmente. El efecto que
tiene en el tratamiento de la depresión es de sobra conocido, (Jacobson,
1991, Weisman et al., 2000). Al igual que los conflictos en la pareja pueden
llevar a la depresión a sus componentes, se está utilizando
la terapia de pareja para solucionarlo. La experiencia de la terapia interpersonal
es prometedora también en otro tipo de trastornos, lo que es un índice
de su expansión imparable por medio de su aplicación a otros
problemas. En este sentido hay que tener en cuenta datos como que el desajuste
matrimonial puede incrementa el riesgo y la gravedad de las recaídas
después de un tratamiento exitoso de la depresión (Whisman,
Todas las terapias que se han mencionado en este artículo tienen
una validación empírica, pero no hay que olvidar que cuando
se hacen nuevas propuestas se continúa el proceso de contrastación;
ya no se trata de comparar la intervención propuesta con listas espera
o tratamientos placebo, sino que habrá que cotejarla con los resultados
de una terapia que se ha mostrado eficaz. NUESTRO CENTRO DE REFERENCIA

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