Source: http://cafearcadia.blogspot.com/2020/03/
Timestamp: 2020-05-25 09:31:56+00:00

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Café Arcadia: marzo 2020
Publicado por José Luis García Martín en 12:08 152 comentarios: Enlaces a esta entrada
Sin propósito de enmienda: La funesta manía de pensar
Matar moscas a cañonazos es un método ciertamente espectacular. Nadie puede acusarnos de que no hacemos nada para acabar con las moscas: todo el mundo notará el estruendo y correrá a esconderse al grito de “sálvese quien pueda”.
Claro que resulta muy posible que no acabemos con las insalubres moscas, pero de lo que no hay duda es de que no vamos a dejar un edificio en pie.
Después de un mal día, un amigo me da la noticia que me permite irme a la cama con algo de esperanza. ¡No todos los políticos de este país han perdido el uso de razón! ¡No todos están dispuestos a seguir creyendo lo que los “expertos” constitucionalistas siguen empeñados en hacernos creer: que el jefe del Estado puede cometer impunemente cualquier delito amparado por la Constitución!
Y quien ha dicho “basta ya” ha sido nada menos que el actual jefe del Estado. Por fin le han dejado hacer lo que estaba deseando desde que llegó al trono: tirar de la manta y que salga a la luz toda la porquería que se ocultaba bajo las alfombras del anterior inquilino (y todavía okupa cuando le apetece) de la Zarzuela.
Vuelvo a recuperar la confianza que desde siempre tuve en Felipe de Borbón, un hombre honesto, un buen profesional, un excelente jefe del Estado en tiempos difíciles.
Mis convicciones republicanas siguen estando bastante claras, pero también que un cambio de Régimen no debe hacerse mientras el anterior funcione. Y la monarquía, con Felipe VI, puede funcionar si le ayudan a librarse de la herencia recibida.
Él ya ha hecho lo que debía hacer: renunciar públicamente al dinero negro, negrísimo, de su progenitor y eliminar la asignación que cobraba de la Casa Real.
Ahora es al gobierno al que le toca el paso siguiente: retirarle el título de rey a ese señor. La Constitución resulta muy clara al respecto: el rey es el jefe del Estado, nadie más en España pude llevar ese título, ni siquiera el marido de la reina cuando el jefe del Estado es una mujer. El título que Rajoy no tuvo más remedio que otorgarle (al parecer fue una de las chantajistas exigencias para la abdicación, Rubalcaba sabía mucho de eso), Pedro Sánchez debería retirárselo de inmediato.
No todo está perdido. Felipe VI ha dejado en ridículo a Adriana Lastra (la que mandaba a los demás leer un artículo de la Constitución que ella parecía no haber leído) y a los diputados del “sostenella y no enmendalla” (PSOE, PP, Vox) que, amparándose en un informe de los letrados de las Cortes, impidieron la creación de una comisión de investigación sobre unos delitos que hoy sabemos que no son nada presuntos.
Confiemos que los expertos sanitarios que han aconsejado al gobierno el arresto domiciliario de los españoles sean un poco más expertos que los letrados de las Cortes y los catedráticos de derecho constitucional, para los que, si Al Capone fuera jefe del Estado español, no solo no se le podría detener, como al otro Al Capone, sino ni siquiera investigar por no pagar impuestos.
¡En qué manos estamos! ¿Habrán hecho un estudio previo esos expertos de las condiciones sanitarias en que vive una buena parte de los españoles? No es lo mismo quedarse en casa quince días, por lo pronto (serán más), en un chalet con piscina que hacerlo en un cubículo de cuarenta metros, oscuro y sin apenas luz, donde han de convivir dos adultos y tres niños. (Hablo de un caso que conozco, seguro que no es único y que los hay peores). ¿Qué experto sanitario puede aconsejar que no se permita salir de casa durante al menos dos semanas a tres niños de dos, cuatro y cinco años?
No sabemos si las medidas del gobierno, con el ejército y la policía en las calles para evitar que nadie salga a tomar el aire, lograrán evitar la propagación del nuevo virus; lo que sí sabemos es que empeorarán la salud, física y mental, de millones de españoles, especialmente de los más vulnerables. Y para prevenir eso a nadie se le ocurre tomar medidas, al contrario de lo que ocurre con el desastre de la economía.
¡Pobre España! Pero al menos Felipe VI sabe estar en su lugar y dar un puñetazo en la mesa sin miedo a que se venga abajo el tinglado de la Transición.
Al ir a comprar el periódico a mi kiosco habitual en la esquina de Fernando Vela con la Avenida de Pumarín, una de las pocas cotidianas felicidades que nos quedan, me dice la dependienta.
----Ya no hay ningún periódico, se han vendido todos.
----¿Han mandado menos?
----No, los de siempre. Pero ha venido a comprarlos más gente de la habitual. Claro, cómo es un pretexto para tomar algo el aire,
Yo sonrío. A ver si va a resultar que esta pandemia tiene como consecuencia la salvación de la prensa impresa. Porque leer el periódico en papel, y no limitarse a picotear alarmistas titulares en el teléfono, es una buena costumbre que muchos han perdido. Ahora tienen un mes al menos para recuperarla. Seguro que bastantes la mantienen luego.
Me gusta repetir que el papel es la aristocracia de la información. Una noticia puede volar por Internet, pero hasta que no aparece en los diarios impresos no adquiere plena credibilidad. Sobre las corruptelas del anterior jefe del Estado, se pueden encontrar bien documentados informes en varios medios digitales, pero nunca pasaba nada porque, ante cualquier intento de denuncia judicial o de petición de investigación en el parlamento, saltaba como un solo hombre, esgrimiendo la primera frase del artículo 56.3 como un milagroso “detente bala”, el tripartito que defiende las triquiñuelas de la Transición (PSOE, PP, Vox). Hoy, sin embargo, me encuentro con un editorial de El País en el que por primera vez “el diario de referencia” acepta que Juan Carlos de Borbón pueda ser juzgado: “tuvo en su mano ocupar un lugar en la historia que, dependiendo de lo que establezcan a partir de ahora los tribunales, podría quedar ensombrecido por no haber podido resistirse al espejismo de una época”.
O sea que los tribunales tienen algo que decir, cosa que yo vengo defendiendo públicamente desde hace bastantes años, frente a toda la magistratura española y todos los catedráticos de Derecho constitucional. Recuerdo especialmente a un tal Bastida (creo que así se llamaba), que me dijo que si quería entender algo de por qué el rey Juan Carlos, hiciera lo que hiciera, no tendría jamás que dar cuenta ante ningún tribunal debería matricularme en su asignatura de Derecho.
Bueno, pues parece que, primero el Rey y luego El País han acabado por darme la razón. Ahora solo falta que Adriana Lastra y el resto de los diputados defensores del tinglado de la antigua farsa se lean el artículo 56.3 de la Constitución, pero enterito, ¿eh?, enterito.
BIEN QUE LO LAMENTO
Escucho el discurso del rey punteado por el sonido insistente de la cacerolas. Siento un poco de pena. Cuatro previsibles banalidades no sirven para recuperar la autoridad moral, perdida en Cataluña por un error propio y en el resto de España por errores ajenos.
¡Qué gran rey habría sido Felipe VI si le hubiera tocado vivir en tiempos menos turbulentos y si se hubiera atrevido a hacer lo que hizo el domingo al día siguiente de acceder al trono!
Mi simpatía por él no me impide reconocer que, aunque es un modélico servidor del Estado, un trabajador incansable, un hombre de bien, las circunstancias pueden acabar superándole. Ojalá me equivoque, como me equivoco en tantas cosas.
CALLO, PERO NO OTORGO
A los seis o siete años adquirí “uso de razón”, como se decía en los catecismos de entonces, y desde esa temprana edad he adquirido el feo vicio de tratar de razonar en todas las ocasiones. También ahora, cuando España (y no solo) parece haber perdido la cabeza.
----¡Cuidadito con lo que dices! Que está la gente muy sensible y pueden acabar linchándote, me advierte un amigo.
----No te preocupes, de sobra sé que no se debe nadar en contra de la corriente, que puedes acabar pisoteado por el rebaño.
----A ti nadie te impide pensar lo que quieras. Por ejemplo, que las drásticas medidas que se han tomado contra la epidemia, no sabemos si serán o no eficaces contra ella, pero que de lo que podemos estar seguro es de que van a hundir la economía y a dañar la salud física y mental de millones de personas. Tú puedes pensar eso, el pensamiento es libre, pero no se te ocurra decirlo.
----No te preocupes, que no lo diré.
¿Y no habrá ninguna autoridad sanitaria que se atreva a decir, alto y claro, que no solo de coronavirus muere el hombre (o la mujer), que quien quiera conservar su salud física y mental debe pasar al menos media hora diaria al aire libre --dentro de la ley, por supuesto, y cumpliendo estrictamente las normas para evitar contagios--, que hasta en las cárceles los condenados al aislamiento en celdas tienen derecho a una hora de patio?
No, nadie se va a atrever a decir eso, y todos serán cómplices del deterioro de la salud de la mayoría de los españoles, tan obedientes, tan temerosos, tan encerrados en sus casas --también el coronavirus ha abandonado las calles para refugiarse en las apretujadas familias y en las residencias de ancianos-- , tan gritando gustosamente a coro, como las universidades en tiempos de Fernando VII: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.
Publicado por José Luis García Martín en 13:17 80 comentarios: Enlaces a esta entrada
Una vez más llega a los juzgados (internacionales, por supuesto) la porquería que el anterior jefe del Estado fue avariciosamente acumulando durante sus largos años de reinado, y una vez más, ante el clamor indignado de los ciudadanos humillados y ofendidos, se alza el paraguas de la Constitución.
Me amargan el café de la mañana las declaraciones de una persona a la que admiraba y apoyaba. “Al Rey emérito le protege el artículo 56.3 de la Constitución. Es simplemente leerse la Constitución y saber que es inviolable”, argumentó la portavoz del grupo socialista, Adriana Lastra para negarse a crear una comisión de investigación en el Congreso.
Pues eso es lo que yo aconsejaría a Adriana Lastra, que se leyera el artículo que menciona y que siempre se cita mutilado. Yo me lo sé de memoria: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65.2”.
Y el artículo 64 (también me lo sé de memoria) dice así: “Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso”.
El artículo 65.2 indica la única excepción: “El Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa”.
La inviolabilidad y la falta de responsabilidad del Rey se refiere solo a su actividad como jefe del Estado, a una actividad que depende del gobierno elegido democráticamente; por eso el responsable es el gobierno que ha de refrendar “siempre” sus actos.
De la vida privada del rey, la Constitución no dice nada, como no podía ser de otra manera, y está sujeta al código penal como la de cualquier otro ciudadano. Queda por determinar qué juzgado se ocuparía del caso y si previamente al juicio debería ser inhabilitado (posibilidad contemplada en el artículo 59.2) por perjuro, ya que para ser proclamado rey (artículo 61.1) ha de prestar juramento “de desempeñar fielmente sus funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y las Comunidades Autónomas”.
En fin, que la Constitución que yo voté –y estoy orgulloso de ello—no es un escudo para tapar las vergüenzas de ningún delincuente y menos que ninguno del que para acceder a su cargo ha jurado solemnemente cumplir las leyes.
Cada vez hay menos dudas de que, por mucho que nos avergüence como españoles, hemos tenido por jefe del Estado a un presunto delincuente. En realidad, cada vez menos presunto: ya ni sus partidarios se esfuerzan en negar las fechorías que ruedan por juzgados internacionales, simplemente afirman –como la buena de Adriana Lastra—que, protegido por la Constitución, podrá haber cobrado todas las comisiones ilegales que haya querido, pero que no se le podrá juzgar por ello.
El problema es que, según el artículo 64.2, “de los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”.
Juzgar al anterior jefe del Estado supone exigir responsabilidades a Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, a todos los presidentes del Gobierno aún vivos que le dejaron campar por sus anchas, no ya en su vida privada, sino incluso en actividades oficiales o semioficiales (su cómplice, sin ocupar ningún cargo público, estuvo alojada en residencias del patrimonio nacional).
En fin, que no tenemos más remedio que mirar para otro lado si no queremos que todo el tinglado institucional se nos venga abajo y sea peor el remedio que la enfermedad. Pero lo que no yo soporto, como ciudadano español que en 1978 votó la Constitución, es que se nos tome el pelo diciendo que esa Constitución –sería la única en el mundo: hasta en Arabia Saudí hicieron un paripé de investigación cuando el asesinato del periodista-- le permite al jefe del Estado incumplir las leyes que ha jurado cumplir y hacer cumplir. Un respeto, por favor.
CUIDADO CON LOS LINCHAMIENTOS
¿Qué terrible delito cometió Peter Handke para que la concesión del premio Nobel suscitara tantas protestas? ¿Recibió millones de euros para blanquear la imagen de algún sátrapa? ¿Aplaudió genocidios? ¿Se burló de las víctimas? ¿Intermedió en la construcción de algún tren de alta velocidad o en algún otro proyecto llenándose fraudulenta los bolsillos en compañía de una amante tan hábil en los negocios como él?
Pues no, simplemente viajó a la Yugoslavia bombardeada por la OTAN en 1991 y contó lo que vio. Yo leo ahora esos dos relatos, reunidos en el volumen Preguntando entre lágrimas, y siento que yo también podría suscribirlos, que cualquier persona decente, en esos momentos, estaría con los civiles bombardeados contra toda legalidad, y no con los Javier Solana y demás próceres que, en un sangriento conflicto civil, decidieron intervenir apoyando a una de las partes contra otra de la peor manera posible: bombardeando Gernika (es un decir).
¿Condenar el bombardeo de Gernika supone apoyar las matanzas de Paracuellos? Me parece que no.
Peter Handke, en el conflicto yugoslavo, hizo lo que tenía que hacer. Los países de la OTAN, por razones no todas confesables, aplicaron la ley del más fuerte, que siempre en los conflictos bélicos suele ser la última razón.
Hay que tener mucho cuidado antes de sumarse a un linchamiento. Por eso, antes de decidir si se le retiran los honores que “por sus méritos y servicios” se le concedieron al anterior jefe del Estado (por ejemplo, el título de rey, dudosamente constitucional: “el Rey es el Jefe del Estado” dice en su artículo 56.1 y a nadie más le otorga ese título) debería permitírsele explicar sus actividades en el Parlamento, “la sede de la soberanía popular”. Se trata de un derecho a limpiar su honor –y el honor de España-- que nadie debería negarle.
Sabía que la poesía sirve para muchas cosas, pero ignoraba que sirviera para vender yogures.
Al pasar, como cada tarde, por el Mercadona del Fontán me encuentro con un pack de cuatro tarrinas que se anuncia como “100 % poesía con melocotón y fruta de la pasión”. Los poemas son obra de “urban poets” y éste es el que aparece en el envoltorio: “Vivir es vivir una vida sin extremismos y así ser siempre nosotros mismos”.
Cada una de las tarrinas lleva un “poema” semejante: “Déjame interpretar mi propio personaje, el tuyo está demasiado visto”, “Para quererte bien y mucho nadie lo hará mejor que tú, quiérete con actitud”.
¿Quiérete “con actitud”? Parece traducido del inglés. Lo firma @bea.schz, o sea Bea Sánchez, muy activa en Instagram. Resulta que estos textos son el resultado de un concurso en el que fue jurado un sin duda célebre y para mí desconocido Benji Verdes: “En la poesía está el código fuerte del futuro. Los versos urbanos describen buena parte del sentir actual: el hartazgo de los estereotipos y la necesidad de ser uno mismo”. Benji Verdes ha llegado a esa conclusión “después de leer los cientos de versos que se presentaron al concurso de poesía urbana en Instagram #freepoems, organizado por Light&Free de Danone bajo esta llamada: Escribe tu poema para liberar estereotipos”. Otros miembros del jurado fueron la zaragozana Loreto Selma (a los veinte años ya había publicado tres libros) y el vallisoletano Redry, maestro de educación infantil (de sus vidas y milagros acabo de enterarme gracias a Google).
¿Ayudarán, si no a mejorar la sociedad y a liberarnos de estereotipos, por lo menos a vender más yogures saludables (0% de materia grasa, 0% de azúcares añadidos, 0% de edulcorantes artificiales) las frasecitas de Bea Sánchez y compañía? Pues a lo mejor. Quién sabe.
El mejor remedio para cualquier preocupación es otra preocupación mayor.
En casa de unos amigos, encuentro sorprendentemente las Poesías de Manuel José Quintana en el elegante tomito de 1802 con su ángel neoclásico en la portada. Quintana es el mejor ejemplo de esos poetas que lo fueron todo en su tiempo y a los que luego desdeñó la posteridad. Sonrío al leer en el prólogo cómo arremete contra ciertos críticos:
“Hablo de esta especie de hombres, que según la graciosa expresión de Beaumarchais, hacen profesión de pescar lo malo en la obra de otros; que se complacen en las heridas que presumen hacer en el amor propio de los que atacan, y que a manera de espadachines quieren hacerse famosos a costa de ser infames. Estos entes ridículos son los que han desacreditado las letras por la parcialidad de sus juicios, la inconstancia de sus opiniones y el descaro de sus censuras. ¡Cuánto tiempo no han malgastado los buenos autores para responder a sus desatinados ataques!, ¡cuántas veces irritados y fuera de sí con la injusticia han salido de los límites de moderación y dignidad que su mismo mérito les prescribía y han escandalizado al mundo con el espectáculo de sus querellas!”
----Qué bien te conocía ese Quintana, me dice un amigo.
Paso una mala noche tras enterarme a última hora de que han decidido cerrar la Facultad de Filosofía y Letras, el Milán en el que paso buena parte de lo mejor de mi tiempo.
Ya tengo más cerca la amenaza invisible. ¿Acabaré yo también obsesionado y encerrándome en casa tras vaciar el supermercado más cercano? Recuerdo los versos de Echegaray: “Contra las olas del mar, / lucho con brazos viriles. / Contra miasmas sutiles, / no hay manera de luchar”.
LA DISCULPA DE NARCISO
No estoy enamorado del que soy, sino del que quisiera ser.
Publicado por José Luis García Martín en 9:02 84 comentarios: Enlaces a esta entrada
REGALOS DEL AZAR
Son las siete de la tarde. Estoy leyendo, releyendo mejor, la poesía completa de José María Micó en mi rincón favorito de Los Prados (una esquina del McDonald’s), cuando me llega un Whatsapp de Javier Almuzara: “¿Sabes que esta tarde tienes Agripina en Los Yelmos?”
No lo sabía, pero cinco minutos después ya estoy contemplando en la pantalla al público del Met que aguarda, como yo, a que se levante el telón. Guardo un mal recuerdo de la última vez que vi esta ópera de Haendel en el Campoamor.
También ahora cambian de época la acción, eso que yo tanto detesto cuando está hecho por presunta obligación de modernidad. Afortunadamente, no han caído en la tentación de convertir al descerebrado Claudio en Trump, aunque lo más probable es que el autor del libreto, el cardenal Vincenzo Grimani, estuviera pensando en el emperador romano que tenía más cerca, el papa Clemente XI.
Vincenzo Grimani era el dueño del teatro en que se estrenó la obra a finales de 1709. Moriría poco después en Nápoles. Antes de morir, le escribió una carta al papa pidiéndole perdón. El papa se negó a perdonarle si antes no abjuraba públicamente de sus errores. Grimani murió antes de recibir esa rencorosa respuesta.
Desde el primer momento, quedo fascinado con la maldad de la ambiciosa Agripina. Soy un espectador ingenuo. Menos que en la sutileza de las voces y en el prodigio de la música, me dejo llevar por la trama y por la mímica de los cantantes. Joyce DiDonato es una mala tan mala que deja como un angelito a Bette Davis o a la maravillosa Cayetana Álvarez de Toledo. Y Kate Lindsey representa a un Nerón, entre James Dean y mi amigo Miguel Floriano, pero más gamberro y musculado, difícilmente olvidable. La Poppea de Brenda Rae, majestuosa y maliciosa, me recuerda a otra poeta que canta y de vez en cuando pasa por la tertulia.
Los regalos imprevistos son los mejores. Y yo disfruto como un niño con la historia que quiso contarnos Grimani (sigue habiendo mujeres como Agripina que utilizan su atractivo sexual para conseguir lo que pretenden, aunque ahora no esté de moda hablar de ellas) y con la cómica película de cine mudo que David McVicar ha añadido a este “drama per música”.
En el segundo acto, una escena que transcurre en un jardín según el libreto original. Agripina ha convencido a Poppea de que Ottone la traiciona, pero esta comienza pronto a tener dudas. Al ver que se acerca Ottone, finge quedarse dormida. Le escucha lamentarse y finalmente llega la reconciliación. Ahora esa escena da comienzo a la segunda parte de la representación y se sitúa en un bar nocturno y algo hopperiano. ¿Un capricho? Yo nunca he visto nada más emocionante y a la vez más divertido. Los gags se suceden, como en una película de Peter Bogdanovich, sin que se altere para nada la historia que se nos está contando.
Durante el descanso, de media hora, aprovecho para bajar al Carrefour y comprar algo para la cena y el desayuno, y aún tengo tiempo de llevar la compra a casa.
Soy un hombre muy rutinario. Por nada del mundo altero mis costumbres. Pero sé aprovechar los regalos de azar. Como esta Agripina que me lleva a Venecia, a la iglesia de San Francisco da Vigna donde está enterrado Grimani y donde yo escuché a Haendel un día de rayos y truenos sobre la laguna, y a Nueva York, donde en el Metropolitan asistí a la representación del Giulio Cesare, y a apasionarme con la historia de ayer y de hoy, y a sonreír con los segundos planos, con esos figurantes tan llenos de intención y toques cómicos como en una historieta de Mortadelo y Filemón.
El azar hace que, tras la ópera de Haendel, vuelva a encontrarme con otra versión de Agripina, esta vez en el municipal Filarmónica. La película en que aparece, El mensajero del miedo de John Frankenheimer no vale nada, es un disparate de la guerra fría, con su peligro amarillo y su lavado de cerebro, pero el personaje de la madre del protagonista, capaz de todo por llevar a su marido a la presidencia de los Estados Unidos para luego ser ella la que domine el mundo, resulta fascinante. Más todavía porque lo interpreta Angela Lansbury, la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, y deja una impresión extraña sobreponer la astuta abuelita que resuelve los más enrevesados crímenes a la madre sin escrúpulos de la película, que acabará como Clitemnestra asesinada por su propio hijo.
Paso por la librería Don Quijote y me entero del trágico final de quien fue primero mi amigo y luego mi furibundo detractor, Eduardo Errasti. Tenía dieciocho años cuando le conocí y me enseñó sus primeros versos. Luego estuvo, allá por 1980, con su pipa y su pose de poeta, en las primeras reuniones del desaparecido bar La Perla, junto al Campoamor, de las que surgió la tertulia Óliver. Unos años después, organizó unas lecturas en la biblioteca del Fontán por las que pasaron Luis Alberto de Cuenca, Miguel d’Ors, Abelardo Linares, muchos de los que entonces representaban a la nueva poesía. También María Victoria Atencia, a la que trajo imprevistamente a mi casa de la calle Murillo, a la que acababa de mudarme, todavía sin apenas muebles.
Por aquel tiempo Eduardo Errasti se movía y publicaba mucho. ¿Cuándo se torció todo? Él debió de pensar que en 1990 cuando publicó un libro, Sol de hielo, al que yo le dediqué una reseña no demasiado favorable. Desde entonces, rompió conmigo y se dedicó a arremeter en público y en privado contra mí y contra la tertulia. Se buscó nuevos maestros, especialmente Roger Wolfe, y siguió tratando de ascender en la cucaña de la literatura. Pero no llegó muy alto, y no creo que fuera solo porque su poesía valía poco. Eso nunca sido para obstáculo para obtener “prestigiosos galardones”, valga el oxímoron.
Me entero ahora –hacía años que no tenía noticias suyas-- que la enfermedad y el carácter le fueron apartando del mundo y que terminó abandonándolo por propia voluntad. No puedo dejar de sentirme algo culpable. Sé que no hay razón para ello. ¿Cómo pudo influir una mala reseña en una decisión tomada treinta años después? “Te valoras demasiado”, me dice un amigo a quien le cuento la historia (no le digo que al enterarme estuve a punto de llorar). “Habló mal de ti hasta el último día que pasó por aquí, incluso en el último libro que publicó se mete contigo”, me dice el librero.
¿Se mete conmigo? Hojeo ese libro sin título (la portada son filas de letras como cartel de oculista) y encuentro dos epigramas que podrían estarme destinados. Uno de ellos dice así: “Tu contribución / a la joven poesía asturiana / es impagable. / ¿Cuántos de tus discípulos / acostumbrados como están / al plagio y a lo ajeno, / no te han robado / algún libro de tu biblioteca?”. El otro resulta no menos ingenuo: “Cultivas la amistad / de los más jóvenes. / Los invitas a tu casa / y publicas sus versos. / Sabes muy bien / que son tu último tren / hacia la gloria”.
Me recuerdan a un epigrama que yo me dediqué en un viejo libro, creo que El pasajero. Se titulaba “Contra JLGM” y decía así: “¿Adulando a los jóvenes / tratas de seducir / a la posteridad?”
Era una broma, claro, yo nunca adulé a nadie, ni a los jóvenes ni a los viejos, y bien que lo siento. Debería haber disimulado mejor lo que pensaba entonces: que Eduardo Errasti era todo ambición y a mi entender muy escaso talento poético. Me gustaría haberme equivocado. Pero no me equivocaba y por eso fui cruel, involuntaria y estúpidamente cruel al escribir lo que pensaba sobre su libro de hace treinta años.
Me anima Luis, el librero: “No tengas mala conciencia. Fue la enfermedad la que le destrozó, la que le iba invalidando, la que le hizo desear la solución definitiva”.
Quiero creer que tiene razón, quizá sobrevaloro la importancia de una reseña remota. Pero no puedo dejar de sentir que su sangre –la de aquel joven alumno mío que hace una eternidad pasaba por mi despacho para hablar de poesía—de algún modo me salpica.
Ayer me lamentaba por haberle dedicado una reseña furibunda a un libro del pobre Errasti y hoy envío al periódico otra poco favorable para José María Micó, admirado amigo. Pero algo he aprendido con el tiempo: a no meterme con nadie que no merezca la pena. A Micó no le harán mucha gracia mis palabras sobre la edición de su poesía completa y sobre la dispersión y el virtuosismo que restan fuerza a su obra, pero acabará dándome la razón en muchos puntos. Además anda metido en otras aventuras –su dúo Marta y Micó-- tras la celebrada hazaña dantesca..
Ahora, a un poeta joven todo ambición desnortada y escaso talento, le critico en privado, pero jamás se me ocurriría reseñar ninguno de sus libros.
Mi deporte favorito, la esgrima, el duelo a primera sangre. Me gusta pinchar, lo reconozco, pero sin hacer daño. Lo malo es que a veces se me va un poco la mano.
Más de una vez me ha ocurrido encontrarme en la calle con un viejo conocido, al que hacía tiempo que no veía, y charlar con él de trivialidades y solo un rato después de separarnos caer en la cuenta de que, según mis noticias, lleva varios años muerto.
MUNDO, NOCHE, TIEMPO
y yo ruedo con él
y se posa de pronto
Publicado por José Luis García Martín en 18:32 19 comentarios: Enlaces a esta entrada
LA PESTE EN VENECIA
A poco de llegar al Hotel des Bains, en el Lido, comenzó a notar que la clientela, en lugar de aumentar, como solía ocurrir por esas fechas, disminuía.
Una tarde el peluquero le habló de cierta familia alemana que acababa de partir tras una breve estancia. “Pero usted se queda, el mal no le da miedo”, añadió. “¿El mal?”, preguntó extrañado. El peluquero cambió de conversación.
Otro día, mientras tomaba el té en la terraza del Florian, notó un olor dulzón y medicinal que evocaba “miseria, heridas y una higiene sospechosa”.
Los periódicos locales no decían nada y en los alemanes, que pronto dejaron de aparecer en el hotel, se hablaba unas veces de una epidemia que había producido veinte, cuarenta o incluso cien muertos, y otras de casos aislados, llegados de fuera.
Preguntó en una agencia de viajes inglesa. “No hay razón para inquietarse, señor, este tipo de medidas se toman a menudo para prevenir los efectos malsanos del calor y el siroco”, le respondieron en un tono de lección mal aprendida. Y luego, bajando la voz: “Esa es la explicación oficial, pero la verdad es otra”.
A mediados de mayo, se descubrieron los bacilos del cólera en los cadáveres de un gondolero y una verdulera. Ambos casos fueron silenciados, pero una semana después ya eran más de una docena los brotes y en barrios diferentes.
Un austriaco que había pasado una semana en Venecia murió, con síntomas inequívocos del cólera, en su pueblo natal a poco de volver y así fue como llegaron las primeras noticias a los periódicos alemanes. La respuesta de las autoridades venecianas fue que las condiciones sanitarias de la ciudad nunca habían sido mejores, pero a la vez comenzaron a adoptarse ciertas medidas en secreto, para no alarmar al turismo.
La mortandad aumentó, afectando al ochenta por ciento de los infectados. El enfermo se consumía en pocas horas y entre convulsiones y estertores moría ahogado en su propia sangre.
Desde principios de junio se fueron llenando los pabellones de Ospedale Civico, se le añadieron dos orfelinatos, se buscaron nuevos locales aislados y pronto se inició un tráfico continuo entre la Fondamenta Nuove y la isla de San Michele, del hospital al cementerio. Pero por entonces se inauguró una gran exposición pictórica en los jardines de la Biennale y se negaba una y otra vez que hubiera el más mínimo peligro para la salud en la ciudad.
“Hará usted bien en marcharse –le dijo el empleado de la agencia inglesa a Gustav von Aschenbach–, y mejor hoy que mañana. Dentro de pocos días, no tendrán más remedio que declarar la cuarenta”.
He releído Muerte en Venecia y ahora me han interesado menos el enamoramiento de Aschenbach y sus divagaciones sobre la belleza que esa peste que las autoridades tratan de ocultar para no perjudicar los buenos negocios.
Me temo que yo soy también algo irresponsable, como las autoridades sanitarias de entonces: me asustan menos los muertos del coronavirus (estadísticamente no parecen superiores a los de una epidemia de gripe, nada que ver con la peste negra) que el que el mundo se paralice, nadie se atreva a viajar y nos obliguen a quedarnos encerrados en casa.
Todo es cuestión de medida. No convirtamos el remedio en algo peor que la enfermedad.
Estar enamorado, y ser correspondido, es vivir en un continuo sobresalto. ¿Hasta cuándo me seguirás queriendo? ¿Hasta cuándo te seguiré queriendo? El más pequeño gesto de malhumor, inevitable en los encontronazos con la realidad, ya enciende en mí las alarmas.
Ser feliz es estar siempre a punto de dejar de serlo. Por eso yo, más que ser feliz, quiero estar siempre a punto de llegar a serlo.
La pesadilla que no me deja dormir ya no es que, por la propagación del coronavirus, me vea obligado a pasar dos semanas encerrado en casa, sino que la cuarentena me llegue cuando estoy fuera en uno de mis viajes solitarios, que de pronto los tres o cuatro días en Viena, Venecia o Catania se vean convertidos en varias semanas sin salir de la habitación del hotel.
No creo que fuera capaz de soportarlo. En casa, al menos tengo libros, papeles por revisar, confortables rutinas. Pero nunca llevo libros cuando viajo, suelo aprovisionarme en las librerías locales. En la lectura, soy un poco exquisito o caprichoso (al contrario de lo que me ocurre con la comida) y me gusta la fruta del tiempo y los productos locales. Para encontrar cada día el libro adecuado al momento, necesito hojear por lo menos media docena.
NO PENSAR EN ESO
Nunca he sabido conservar a los amigos. Si alguno sigue siendo amigo mío después de muchos años, el mérito es suyo.
––Es que tú lo que quieres no son amigos sino admiradores o gente que te haga la corte –me dice mi mala conciencia.
Y algo de razón tiene, pero eso no creo que valga solo para mí, sino para todo el mundo, o al menos para todos los escritores de cierta edad. Ya se sabe que los gatos viejos se llevan mal con los otros gatazos, pero les encanta jugar con los gatitos.
No tengo yo mucha experiencia con admiradores, pero al menos en lo que a mí me toca me parece que son gente de poco fiar. Te admiran, sí, pero luego resulta que también admiran a Manuel Vilas o a cosas peores. Y claro, tu gozo en un pozo. O dejan de admirarte en cuando tú no correspondes a sus elogios, que creías sinceros, con otros a sus malos versos, que siempre acaban mostrándote.
––Tú lo que has sido siempre es un egoísta que nunca se ha preocupado por nadie. ¿Quién se va a ocupar de ti cuando seas viejo? –me dice mi mala conciencia.
Y yo me encojo de hombros. ¡Hay tanta buena gente que ha vivido para los demás y a la que su familia deja en los finales abandonada! Mejor no pensar en eso.
Las pesadillas tienden a convertirse en realidad. Se prohíbe el carnaval de Venecia, se encierra a la gente en los cruceros, en los hoteles. Y eso aparte de las ciudades clausuradas.
¿Qué será lo siguiente? ¿Cuánto tardará en declararse en cuarentena un país entero?
Primero se miraba mal a los chinos, todos sospechosos desde siempre, pero ahora son los italianos, tan parecidos a nosotros. Una de mis alumnas Erasmus acaba de regresar de estar unos días con su familia, creo que en el norte de Italia. ¿Qué ocurriría si de pronto tiene fiebre, ese síntoma común a tantas enfermedades? ¿Pondrán en cuarentena a todos sus compañeros? ¿Pondrán en cuarentena a todos sus profesores? ¿Y a los alumnos de los cursos a los que también daban clase esos profesores? ¿Y a las familias de esos alumnos y de esos profesores? ¿Se convertirá el antiguo cuartel del Milán, ahora Facultad de Filosofía y Letras, en un nuevo cuartel donde encerrar a tantos posibles apestados?
Aterra pensar hasta dónde puede llegar la estupidez humana, y no solo la de la gente común, también la de las autoridades más o menos sanitarias.
En un hotel de Tenerife, aparece un turista con coronavirus. Inmediatamente se declara la cuarentena para el millar de residentes en el hotel. Pero ese turista llegó en avión y ya entonces tenía el virus. ¿No habría que pedir la lista de los pasajeros del vuelo y ponerlos a todos en cuarentena? ¿Y no habría que hacerlo también con todos los que han tenido contacto con ellos, comenzando por sus familiares más directos y siguiendo con sus compañeros de trabajo? La lógica de las cuarentenas preventivas no tiene fin.
––¿Y qué harías tú, que siempre sabes más que nadie, incluso que la Organización Mundial de la Salud?, me preguntan en la tertulia.
––Más que esa Organización no sé, pero más que los analistas que en todos los periódicos españoles profetizaron la catástrofe que iba a ser para el Reino Unido el abandono de la Unión Europea, seguro. ¡Tiendas desabastecidas! Iban a escasear hasta los productos de primera necesidad. Y resulta que lo único que va a disminuir son los fondos europeos que recibían los agricultores españoles y con los que hacían lucrativos negocios todos los Fernández Villa de este mundo. ¿Qué haría yo en la crisis del coronavirus? Lo primero, haría pública la lista de los hospitalizados y los muertos por la última epidemia de gripe. Sorprenderían. Las urgencias y los hospitales de Asturias llegaron a estar saturados. Me imagino que algo semejante ocurriría en otros lugares.
––Pero para la gripe hay vacuna.
––Sí, pero no es obligatoria. Solo para los grupos de riesgo. Como en el coronavirus, no hay tratamiento. Solo quedarse en casa y esperar a que pase.
––Pero la gripe no es mortal.
––Lo es para los grupos de riesgo, como el coronavirus. Si los muertos por gripe ocuparan la primera página de los periódicos y abrieran los telediarios, se desataría también el terror.
––O sea que, como siempre, todo el mundo está equivocado menos tú.
––No creo ser yo el único que piense que el alarmismo resulta contraproducente. Y que confinar a una ciudad entera en sus casas, casi de película de terror, es una estupidez. Pero ¿qué gobernante se arriesga a perder votos porque le echen en cara que no tomó las medidas necesarias? Por eso, y por si acaso, sobreactúan.
––Piensas con claridad, pero sin caridad.
Publicado por José Luis García Martín en 9:20 19 comentarios: Enlaces a esta entrada

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