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Timestamp: 2017-09-23 08:59:18+00:00

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170203historiacartografia
CARTOGRAFÍA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA
CARTOGRAFÍA EN LA EDAD MEDIA
CARTOGRAFÍA EN EL RENACIMIENTO
CARTOGRAFÍA EN EL SIGLO XVII
CARTOGRAFÍA EN EL SIGLO XVIII
CARTOGRAFÍA EN EL SIGLO XIX
En épocas remotas, los mapas que se elaboraban, eran dibujos sobre la tierra por medio de símbolos, estos mapas primitivos daban la localización de recursos naturales y de cómo llegar a ellos. Poco a poco, estos dibujos rudimentarios hechos en la tierra fueron desplazados por dibujos en las paredes de sus cavernas; este fue el primer gran cambio, ya que un mapa podía ser ampliado o modificado sin el temor de perder el dibujo original, además que al utilizar pintura; ese dibujo duraría más.
El mapa conocido más antiguo es una cuestión polémica, porque la definición de “mapa” no es unívoca y porque para la creación de mapas se utilizaron diversos materiales. Existe una pintura mural, que puede representar la antigua ciudad de Çatalhöyük, en Anatolia (conocida previamente como Huyuk o Çatal Hüyük), datada en el VII milenio a. C.
El mapa más antiguo que se ha encontrado hasta la fecha es una placa de barro cocido procedente de Ga Sur, en Mesopotamia; se cree que fue realizado hacia el año 2500 a.C. Representa la zona septentrional de Mesopotamia, cruzada por el río Éufrates, al cual escoltan hasta su desembocadura dos cadenas montañosas.
También hay un mapa grabado de la Sagrada Ciudad de Babilonia de Nippur, del período Kassita, (Siglo XIV a. C. - Siglo XII a. C.)
El mapamundi más antiguo que se conoce es una tablilla de arcilla cocida de origen Babilónico del siglo VI a.C. que conserva en el Museo Británico. Dos tercios de su anverso están ocupados por el mapa, mientras que el otro tercio y todo el reverso están ocupados por un texto que explica el conjunto representado.
Para los babilonios la tierra era la parte habitable del planeta y aparece representada en este mapa como una superficie plana y redonda cruzada por dos líneas verticales, que representan los ríos Tigres y Eufrates. En el interior de este disco se dibujan y nombran las regiones de la tierra y se especifican datos concretos, como medidas y distancias. Se nombran también algunas ciudades y el río Eufrates.
Un poco por encima del centro está Babilonia, su nombre aparece escrito y enmarcado. Las otras ciudades están representadas con un círculo que a veces contiene el nombre y otras solamente un punto.
La tierra habitable está rodeada por un océano en forma de anillo llamado Río Amargo. Más allá de este círculo, se resumen las regiones que quedan en la periferia del planeta; las anotaciones se refieren a una zona en la que “no se ve el sol” poblada por animales legendarios y demoníacos.
El norte está en la parte superior del mapa.
En Egipto, los trabajos catastrales tuvieron gran importancia, ya que al tratarse de un territorio que se inundaba todos los años, las aguas del Nilo borraban los límites de las propiedades y era preciso tenerlos bien delimitados. Se han hallado varios planos, en su mayoría de tipo catastral y topográfico, de zonas de pequeña de extensión.
En la civilización egipcia encontramos a los llamados “estiradores de cuerda”, cuya referencia directa más antigua se debe a Herodoto, quien menciona que en Egipto trabajaban unos técnicos que utilizaban cuerdas de longitudes conocidas con las que se encargaban de replantear los límites de las propiedades después de las crecidas del Nilo, asignando a cada agricultor el área que le correspondía, tal como había sido medida previamente a la crecida, lo cual permitía mantener el correcto funcionamiento de la agricultura.
En Egipto también encontramos las primeras aproximaciones al valor de π y el llamado triángulo sagrado egipcio o triángulo egipcio (3,4,5) , un triángulo rectángulo cuyo lados tienen las longitudes 3, 4 y 5, o cuyas medidas guardan estas proporciones. Es el triángulo rectángulo más fácil de construir y, posiblemente, se utilizó para obtener ángulos rectos en las construcciones arquitectónicas egipcios. También tenemos en esta civilización el origen de las unidades de medida antropométricas, como el “auna” o real codo egipcio, una de las primeras unidades de longitud conocida, que equivalía a unos 52 centímetros.
De Egipto han perdurado también planos arquitectónicos de tumbas y jardines, mapas cosmológicos y algunos documentos cartográficos más, de los que cabe destacar el mapa de una mina de oro en Nubia, del período de los Ramsés.
De 1160 a.C. data el primer mapa egipcio dibujado en un papiro. Ante la necesidad de obtener grandes trozos de roca para la construcción de estatuas que lo representen, Ramsés IV, preparó una magnifica expedición hacia el área de Wadi Hammamat, en el desierto Oriental, lugar extremadamente rico en rocas del tipo utilizado para los monumentos egipcios. Ante esta tarea Amennakhte, un escriba de alto rango, utilizó un papiro para dibujar un mapa de la región y así documentar la organización de la expedición. El mapa, que refleja una extensión de 15 kilómetros de la zona de Wadi, detalla con énfasis pueblos, rutas y sobretodo zonas mineras, todo catalogado con una serie de inscripciones que señalan distancias, tipos de rocas y características del terreno -convirtiéndolo al mismo tiempo en un mapa geológico-. . Actualmente se encuentra en el Museo de Turín.
Otros mapas conocidos del mundo antiguo incluyen a la civilización minoica: la «Casa del almirante» es una pintura mural datada en 1.600 a. C., en la que se observa una comunidad costera en perspectiva oblicua.
Cabe también destacar el descubrimiento en el norte de Italia de una roca plana de alrededor de 4 metros de largo con un mapa grabado. En él se pueden ver líneas que representan los arroyos, canales de irrigación y caminos; círculos que representan pozos de agua y rectángulos con una malla de puntos, que representan campos de cultivo. Se trata del relieve catastral de Bedolia, considerado de los años 1.600 – 1400 a.C.
En la Antigua China, los códigos geográficos datan del Siglo V. Los mapas chinos más viejos son del Estado de Qin y se datan en el Siglo IV, durante los Reinos Combatientes. En el libro del Xin Yi Xiang Fa Yao, publicado en 1092 por el científico chino Su Song, hay una carta astronómica con una proyección cilíndrica similar a la actual y, al parecer, inventado por separado, a la Proyección de Mercator. Aunque este método de cálculo parece haber existido en China incluso antes de esta publicación y, científicamente, el significado más grande de las Cartas astronómicas de Su Song, es que representan los mapas impresos existentes más antiguos conocidos.
Los pimeros signos de la cartografía india incluyen pinturas legendarias; mapas de localizaciones descritas en epopeyas hindúes como el Rāmāyana. Las tradiciones cartográficas hindúes también situaron la localización de la Estrella Polar, así como otras constelaciones.
Uno de los tipos de mapas primitivos más interesantes es la carta geográfica realizada sobre una entramado de fibras de caña por los habitantes de las islas Marshall, en el sur del océano Pacífico, dispuestas de modo que muestran la posición de las islas
AMERICA PREHISPÁNICA
El arte de la cartografía también se desarrolló en las civilizaciones maya e inca. Los incas, ya en el siglo XII de nuestra era, trazaban mapas de las tierras que conquistaban. Conservamos un buen número de códices, lienzos, mapas, y planos en tela, piel y papel indígena o europeo, tanto coloniales como prehispánicos.
No se conservan mapas originales de la cartografía griega, pero sí muchos textos explicando la evolución de los conocimientos geográficos de nuestro planeta. En base a la interpretación de estos textos se han realizado reproducciones muy exactas y fiables.
Las primeras descripciones de la tierra en la antigua Grecia fueron herederas de la tradición babilónica. La imaginaron como un disco plano envolviendo al Mar Mediterráneo y rodeado a su vez por un océano-río en cuyo extremo más lejano se apoyaba la bóveda celeste.
Esta es la idea de la tierra que trasmite Homero en la Ilíada y especialmente en la Odisea. La tierra, según la concebían Homero y sus coetáneos, era un disco flotando sobre el agua en el interior de una semiesfera transparente que era el cielo. Por debajo de la tierra habitable y del agua, se encontraba el Tártaro, el reino de la oscuridad y de los muertos.
En esta misma línea está también el mapa de Hecateo (ca. 550-476 A.C), que perfeccionaba al de Anaximandro y aportaba datos nuevos referidos a las zonas más alejadas del centro del mundo, situado en Delfos.
INTERPRETACIONES EN LA GRECIA CLÁSICA. ESFERICIDAD DE LA TIERRA
El esfuerzo por fundamentar racionalmente los conocimientos teóricos, condujo a los pensadores griegos a estructurarlos y sistematizar las disciplinas científicas y, al amparo de los nuevos conocimientos en astronomía, cosmología y geometría, ocurrió un cambio importante en la forma en que el hombre entendía los fenómenos naturales y el mundo físico que le rodeaba, de manera que la tierra, tanto la conocida como la desconocida, se describía cada vez con más probabilidades de acierto.
Parménides (514-450 a.C.), fue el primero en describir la esfericidad de la tierra y la situó en el cetro del universo. Acertó con la forma, aunque no fueron cuestiones geométricas o astronómicas las que indujeron tal afirmación, sino la cabal preferencia por la simetría y el equilibrio, conceptos estos muy gratos a los pensadores griegos. Siendo la esfera la forma más pura y perfecta del universo, solo cabía esperar que el universo mismo y la tierra toda, participaran de esta perfección.
Sin embargo, a la claridad cada vez más firme de los conocimientos científicos, la teoría de la esfericidad de la tierra se afianzaba. Aristóteles se sumó a ella y sustentó la teoría exponiendo razones de tipo geométrico y también de índole práctica. Argumentó que si un observador inmóvil ve aparecer un objeto por la línea del horizonte, por ejemplo, un barco, ve primero la parte superior del mismo, los mástiles, y luego la inferior, el casco. Si este mismo observador se desplaza en dirección Norte-Sur siguiendo la línea de un mismo meridiano, verá cambiar la elevación de la estrella Polar y, a su vez, aparecer estrellas y constelaciones en la línea del horizonte que no se veían en el lugar de origen. Estos hechos sólo podían explicarse si el observador se hallaba sobre una superficie esférica. Otro argumento tenía que ver con la física que él había desarrollado,
“En cuanto a su forma, la Tierra es necesariamente esférica (...) De un lado, es evidente que si las partículas que la constituyen proceden de todas partes dirigiéndose hacia un mismo punto, el centro, la masa resultante debe ser necesariamente regular, pues si se añade una misma cantidad por todo el entorno, la superficie del cuerpo exterior obtenido forzosamente equidistará del centro. Tal figura es la esfera.”
Aristóteles avanzó una cifra: calculó la longitud de la circunferencia del planeta en 400.000 estadios, unos 72.000 kilómetros. Poco tiempo después, Dicearco de Mesina (350-290 a.C.), considerado como uno de los más importantes geógrafos griegos, ajustó bastante esta medida. Realizó un mapa en el que trazó una línea principal a la que llamó ‘Diafragma’, precursora del ecuador, que siguiendo el Mediterráneo dividía la superficie terrestre en dos mitades, una meridional y otra septentrional. También imaginó otra línea perpendicular a la anterior, que trazó pasando por Rodas. Desde el punto de intersección de ambas líneas, calculó la longitud de la circunferencia en unos 300.000 estadios y realizó un estudio sobre la altura de los montes del Grecia, algo muy novedoso, pues no parece que los datos sobre el relieve terrestre importaran mucho a nadie en aquellos tiempos.
Poco antes de que Dicearco dibujara su mapa, un intrépido viajero griego-marsellés de nombre Pitias, regresaba de una expedición que le había conducido hasta los confines del mundo en su afán por determinar las latitudes más remotas. Dejó constancia de que en su periplo hacia el oeste había visitado las Islas Británicas y las Casitérides, y dirigiéndose después hacia el norte, había conocido diversos territorios e islas, entre ellos el reino de Thule -pudiera ser Islandia-, las costas noruegas y las islas Feroes. Explicó que en aquellas latitudes ‘el agua, la tierra, el aire y el fuego pierden su naturaleza individual y se entremezclan y confunden’; tal debió ser la impresión producida en aquel hombre meridional por la brumosa atmósfera, las tormentas y los géiseres de las zonas septentrionales. Estos territorios los refleja Dicearco en su mapa. En adelante se convertirán en tierras míticas y la mención a Thule será habitual en la cartografía hasta bien avanzada la edad media.
CARTOGRAFÍA ALEJANDRINA. LA MEDIDA DE LA TIERRA
Según iba pasando el tiempo, la sistemática científica afinaba cada vez más y la geometría aplicada a la astronomía estuvo en situación de establecer mediciones muy precisas derivadas del estudio de los movimientos planetarios. Para entonces los cosmólogos estaban volcados en la astronomía y en el universo, pero para hacer más entendibles las magnitudes cósmicas se precisaba una medida exacta de la tierra, referente y centro del universo.
Por fin fue Eratóstenes de Cirene (276-194 a.C.), filósofo, astrónomo, matemático, geógrafo y director de la biblioteca de Alejandría, el que acertó en medir con exactitud la longitud del meridiano terrestre. Lo hizo comparando la inclinación de los rayos solares en Siena (actual Assuán) y en Alejandría en el momento exacto del mediodía del solsticio de verano. Como Siena se encuentra justo encima del trópico, en este momento exacto de ese preciso día (22 de Junio), una estaca clavada en vertical sobre el suelo, no debe dar sombra. En Alejandría, que está prácticamente en el mismo meridiano que Siena pero está más al Norte, sí. Allí la sombra formaba un ángulo de 7° 12' respecto a la vertical. Como esta cantidad es casi exactamente la cincuentava parte de la circunferencia, bastaba medir la distancia entre ambas ciudades y multiplicarla por 50 para saber la medida total del círculo. De esta manera calculó Eratóstenes con bastante precisión que el meridiano medía 39.500 kilómetros, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que la medida correcta es de unos 40.000 kilómetros.
Aparte de su gran hallazgo, Eratóstenes perfeccionó las artes cartográficas proponiendo un sistema irregular de paralelos y meridianos para ubicar cada punto en el mapa. Atendiendo a los conocimientos aportados por los topógrafos que acompañaron a Alejandro Magno en sus campañas asiáticas, dibujó un nuevo mapamundi que perfeccionaba los anteriores de Anaximandro y Hecateo, completando el continente asiático hasta la India, e introduciendo tierras nuevas, como la isla Taprobana, que en adelante tendría presencia continuada en toda la cartografía hasta el renacimiento.
Va siendo hora de terminar ya este capítulo que solamente quería ser un apunte breve pero necesario para poder trabajar más adelante la cartografía renacentista, que retomará todos estos conocimientos después de que anduvieran extraviados durante la Edad Media. Lo cierto es que aunque Eratóstenes calculó con acierto, tuvieron poca fortuna sus descubrimientos sobre la medida de la tierra, porque uno de sus seguidores, Posidonio de Rodas (135-50 a.C.), rehizo los cálculos y redujo la medida a algo más de 28.000 kilómetros. De un plumazo de cargó un cuarto de superficie terrestre e indujo un equívoco que duraría más de 1.500 años y en virtud del cual partió Colón hacia Occidente con la idea de llegar a Oriente, que presumía a la vuelta de la esquina.
Y antes de cerrar aquí, un comentario final sobre Hiparco de Rodas (190-125 a.C.), que reformuló la red de paralelos y meridianos haciéndola regular, recuperó la división babilónica del círculo en 360 grados, divisibles a su vez en sesenta minutos de sesenta segundos, lo que permitió establecer el sistema de coordenadas para señalar la posición; propuso la proyección cónica para dibujar los mapas, e inventó el astrolabio. Y otro recuerdo también para Crates de Mallus (145 a.C.), constructor del primer globo terrestre del que tenemos referencias. Lo más sorprendente de este geógrafo es que, convencido de que las formas tienden a la simetría y al equilibrio y viendo que la tierra ocupaba apenas un tercio de la superficie del globo, supuso que más allá de los mares habría otras tierras todavía desconocidas. Con esta idea postuló la existencia de tres continentes más cuya masa compensaría la de la ecumene. Los llamó Periecos, Antípodas y Antecos. Ubicó los dos primeros en el lugar que ocupan América del Norte y del Sur, y el tercero sería un continente austral, opuesto a la tierra entonces conocida y habitada. La presencia de esta tierra austral-incógnita en los mapas, será una constante –como lo son Thule y Taprobana- hasta que el descubrimiento de Australia y de la Antártida lo hagan realidad y reequilibren el planeta.
La caída del Imperio Romano supone el hundimiento de la civilización greco-latina y la casi desaparición de la cultura y el conocimiento científico asociado a ella; con ese hecho comienza lo que conocemos como Edad Media o Medievo, y de los dos mil años que consideramos como de “nuestra era” la mitad corresponden a ese periodo, cuando mencionamos “lo medieval” estamos abarcando mil años de la civilización que configura el actual Occidente y es muy peligroso simplificar tal cantidad de tiempo.
Los mapas de Ptolomeo y el conocimiento que se tuviese de las tierras allende el Atlántico o se perdieron o quedaron en la memoria de algunos que los fueron trasmitiendo de generación en generación, pero en una época donde prácticamente desapareció el comercio el interés por tierras lejanas, peligrosas de acceder y de donde no se pudiese vender con amplios beneficios aquello que se obtenía casi sin esfuerzos (probablemente la púrpura) no hacía que la continuidad en las travesías oceánicas pudiera despertar interés en aquellos que conocían la ruta.
Por otro lado, el localismo importado por los bárbaros frente a la eukumene greco-latina tampoco era el mejor aliado para continuar la política de desarrollo cartográfico iniciado por Eratóstenes, por último la falta de medios técnicos y la desaparición del soporte necesario para difundir la cultura fueron el último punto que cerró la continuidad de los mapas y las vías americanas.
EL MUNDO EN LA ALTA EDAD MEDIA
Desde el punto de vista cartográfico, la Alta Edad Media europea es una época falta de rigor y llena de ingenuidad. Se han olvidado los conocimientos anteriores y solamente en el mundo musulmán sigue vigente la guía ptolemaica. Los nuevos mapas responden a una concepción discoidal de la tierra y en la mayoría de ellos predominan las ideas geográficas basadas en los arquetipos bíblicos. Representa la tierra entera tal como es concebida, son por tanto mapamundi.
Si bien como instrumentos de guía son inútiles y no tienen el menor interés cartográfico, son interesantísimos documentos históricos. No en vano decía -ya en el siglo XVI- el gran cartógrafo holandés Gerard Mercator, que "los mapas son los ojos de la historia". Estos mapas complementan e ilustran nuestro conocimiento de la cosmología medieval y al fin conducirán a la explosión cartográfica del renacimiento.
Son, además, auténticas y fascinantes obras de arte.
-En este período se barajan dos principales concepciones geográficas de la tierra que determinan el estilo de las distintas representaciones cartográficas. Son:
A) La de zonas climáticas, inspirada en la cosmografía de Macrobio. Es la que más elementos clásicos conserva, pues sigue imaginando una tierra esférica.
En su origen el mapa basado en la distribución de la tierra en función de las zonas climáticas está inspirado en autores griegos y lo desarrolla Ambrosio Macrobio en su ‘Comentario al sueño de Escipión', a principios del siglo V. En él imagina la tierra vista desde el cielo. Los mapas que inspira son de estructura muy simple, pero tienen el mérito de conservar para las generaciones futuras algunos aspectos de la ciencia clásica cuando ya las obras originales habían sido olvidadas.
En estos mapas se divide el mundo en zonas correspondientes a tres variantes climáticas que se repiten en cada hemisferio. En ellos dos estrechas franjas ‘perusta' (tórridas) separadas por el océano y limitadas por los trópicos ocupan la parte ecuatorial del planeta.
Por encima y por debajo de esta franja ardiente, se extienden dos zonas ‘temperata' (templadas). La del hemisferio boreal corresponde a la tierra que conocemos y habitamos; de la del hemisferio austral no tenemos conocimiento, pues tanto las franjas ardientes de la perusta como el cauce del océano la hacen inaccesible. Es la "Terra Incógnita" de las Antípodas, un vastísimo mundo abierto a las aventuras de la imaginación.
Por último, en cada uno de los polos hay una zona ‘frigida' (helada) habitada por seres extraños.
Durante la Edad Media múltiples copias e interpretaciones de esta concepción ilustraron las sucesivas ediciones de la obra de Macrobius, algunas muy esquemáticas y otras ricas en matices e incluso con singularidades insospechadas.
B) La "isidoriana", que describe una tierra plana, tripartita y circular en la que toda la ecumene, la tierra habitable, se ajusta a los tres continentes conocidos.
En lo que se refiere a la cartografía, su importancia radica en que en ellos se originarán los llamados mapas de "T en O" y son también la inspiración de los mapamundi de los Beatos.
Estos mapas diagramáticos fueron en principio muy sencillos, se inscribían en las sucesivas ediciones de las Etimologías de Isidoro de Sevilla y reproducían casi sin detalles la descripción de la tierra que en ellas se hacía. Representaban la tierra conocida dividida en tres continentes cruzados por dos cursos de agua en forma de T y rodeados por un anillo oceánico, la O.
Estos mapas están "orientados", es decir, en la parte superior se encuentra oriente. La barra transversal de la T representa una línea continua formada por el Nilo, el Helesponto, el Ponto Euxino (mar Negro), el Palus Maeotis (mar de Azov) y el río Tanais (Don). Esta franja separa Asia, en la mitad superior del mapa, de los otros dos continentes. El otro curso de agua, perpendicular al anterior, corresponde al Mar Mediterráneo y divide la mitad inferior del mapa dejando Europa a la izquierda y África a la derecha. Cada continente es la heredad de uno de los hijos de Noé. Asia está habitada por los pueblos semitas, descendientes de Sem. África por los camitas, descendientes de Cam y Europa por los descendientes de Jafet.
Desde principios del siglo VIII, a la sencillez diagramática de estas representaciones se van incorporando elementos geográficos y cosmográficos cada vez más historiados y complejos que darán lugar a los magníficos mapamundi plena Edad media: los representados en los Apocalipsis de los Beatos; los mapas T-O de códices y salterios, y los mapamundi circulares de Ebstorf y Hereford, ambos de finales del siglo XIII, que significan la culminación de una manera de concebir la tierra.
LOS MAPAMUNDI DE LA ALTA EDAD MEDIA
El mapa medieval es la narración gráfica de una historia que se va complicando a medida que se cuenta. Sus peculiaridades expresivas hacen de ellos herramientas muy útiles a los historiadores colaborando en la tarea de conocer y describir los diversos matices de la visión del mundo propia de su época.
Aunque el modelo característico del mapa medieval es el desarrollado a partir de los diagramas isidorianos, hay que resaltar que el más antiguo mapamundi medieval que ha llegado hasta nosotros mostrando detalles geográficos identificables es el conocido como mapa del mundo de Albi, que no está trazado siguiendo este esquema.
El mapa de Albi, de origen merovingio, está datado en el siglo VIII. También es un mapa orientado, con el Este en la parte superior, pero representa el mundo como una franja de tierra de ancho casi uniforme que abraza al mar Mediterráneo. Este mapa muestra esquemáticamente las fronteras de las provincias romanas y algunas de las ciudades que fueron importantes en la antigüedad clásica dándoles el nombre por el que eran conocidas en el período tardo-romano, lo que hace pensar que probablemente fue copiado de un mapa de aquella época.
Pero, como hemos dicho, el modelo habitual que se repite casi invariablemente en los más de seiscientos mapamundi medievales que se conservan es el mapamundi circular conocido como "T en O", también llamado discario o "Orbis Terrarum". Su origen es el esquema isidoriano. En ellos una tierra plana y redonda cruzada por dos cursos de agua en forma de T se inscriben en un océano anillo que es la O. Este anagrama -TO- contiene también las iniciales de "Orbis Terrarum" -El círculo de la tierra-, que es el nombre que recibió el mapamundi de Marcus Vipsanius Agrippa en el siglo I y una de las denominaciones más habituales de los mapamundi circulares desde entonces.
Las características más recurrentes de este tipo de mapas son:
-La forma T en O que delimita una tierra tripartita.
-Su ‘orientación', con el Este en la parte superior.
-El armazón conceptual de carácter simbólico y religioso.
-La incorporación en muchos de ellos de una "terra incógnita" situada en el extremo sur del mundo, en parte derecha del mapa. Con frecuencia se dibujan en ella criaturas fantásticas.
-La incorporación frecuente de elementos fabulosos para resaltar lo desconocido: animales monstruosos, razas humanas legendarias, elementos iconográficos míticos y profanos, etc.
-El escaso interés cartográfico. Han desaparecido de ellos los paralelos y meridianos con los que la cartografía clásica establecía las coordenadas; no presentan sentido de la proporción ni interés por los itinerarios o las rutas de navegación. La tierra aparece distorsionada y apelotonada para ajustarla a la concepción TO de la misma y el peso específico de los mares en el conjunto de la ecumene es apenas relevante.
A pesar de estas características comunes en la mayoría de los mapas alto-medievales, desde muy pronto se observan dos líneas estilísticas con características propias muy interesantes que destacan por su originalidad expresiva, por la belleza de fu factura y por el contexto en el que se inscriben.
A) Una de ellas se origina y desarrolla en España en una serie de códices manuscritos conocidos como "Beatos". Reciben este nombre por contener unos "Comentarios al Apocalipsis" atribuidos a Beato de Liébana. Los mapas de estos códices están dibujados en un estilo mozárabe muy flexible que combina las diversas concepciones de la tierra y desarrolla ejemplares cuatripartitos o tripartitos; circulares, ovalados o rectangulares.
B) La otra línea cartográfica de la alta edad media la desarrolla la escuela anglo-normanda de origen francés que elabora un tipo de mapas muy eclécticos e interesantísimos que culminan en los mapamundi circulares o discarios de Ebstorf y Hereford del siglo XIII. En este estilo hay que incluir, aunque anacrónico, el planisferio de Fra Mauro, que fue elaborado ya bien avanzado el siglo XV.
MAPAS DE LOS BEATOS
El monje llamado Beato, o Beatus, vivió en el monasterio de San Martín de Turieno, en el valle cántabro de Liebana, a finales del siglo VIII y allí escribió el texto de los "Comentarios al Apocalipsis de San Juan", libro que debió quedar terminado alrededor de 786. Esta obra fue muy admirada y difundida. Entre los siglos X y XIII se elaboraron muchas copias a las que se incorporaron láminas iluminadas con bellísimas miniaturas de gran intensidad iconográfica y cromática. A todas las copias de la obra original se las denomina por extensión, "Beatos".
La iluminación de códices desarrollada en los monasterios fue una actividad primordial en el arte de la Alta Edad Media. Durante el período mozárabe, en los siglos X y XI, se reproducían los códices miniados en los monasterios de zonas fronterizas sometidas a gran tensión militar y con un acusado sincretismo cultural. Los códices de los Beatos no son, sin embargo, obras mozárabes, pues a pesar de presentar influencias de las diversas corrientes artísticas del momento evidenciando la pluralidad de fuentes formativas, - visigótica, islámica, carolingia-, desarrollan un estilo propio y original muy acusado que les confiere un status propio entre las manifestaciones pictóricas más hermosas, enigmáticas y sorprendentes de toda la Edad Media.
Ya en los siglos XII y XIII el estilo artístico de los Beatos corresponde plenamente a la concepción de la pintura románica. Los libros ricamente iluminados fueron muy solicitados y a la finalidad litúrgica y doctrinal se unió el valor suntuario y el prestigio que aportaba la posesión de una rica biblioteca. En este período al papel promotor de los monasterios se uniría el las escuelas catedralicias, los monarcas y la alta nobleza. Aunque se desarrollan diferentes ramas estilísticas, permanece estricta la unidad temática e iconográfica.
De los veintisiete Beatos conservados sólo veinticuatro contienen miniaturas y algunos ejemplares incorporan mapas que ilustran un pasaje concreto de los ‘Comentarios al Apocalipsis de San Juan' en el que se divide el orbe entre los apóstoles adjudicando a cada uno de ellos la parte del mundo que les corresponde evangelizar. El pasaje dice textualmente: "Haec est ecclesia per universum orbem dilata", (Esta es la iglesia difundida por el orbe universal). La incorporación del mapamundi a las ilustraciones del códice obedece a la intención de ilustrar este pasaje.
No todos los beatos incorporan esta ilustración cartográfica a sus miniaturas, existe sólo en catorce de los Beatos conservados. En todos ellos es común la representación geográfica y el trasfondo simbólico, por lo que se supone que todos proceden de un mismo mapa original -quizás ya en el primer manuscrito- que, desafortunadamente, no se ha conservado. Aunque todos responden al mismo esquema la calidad del resultado varía en función de la cantidad de contenido incorporado y de la pericia del monje dibujante; pero, todos los mapamundi de los beatos mantienen la disposición los continentes y países según el siguiente invariable esquema:
Los conocimientos geográficos de la Alta Edad Media eran limitados y se daba por hecho que la tierra era un disco plano rodeado por el océano y cubierto por la cúpula celeste. A esta idea responden los mapas de los Beatos, que pintan una tierra a veces redonda y otras elíptica o rectangular con los vértices redondeados, pero siempre circundada por un océano en forma anillo y cruzada por los cursos de agua que en su día describiera San Isidoro.
Respondiendo también a la descripción isidoriana, son mapas ‘orientados', es decir, oriente es el punto cardinal situado en la parte superior del mapa, en la clave está ubicado el Paraíso claramente reconocible por la iconografía que presenta: casi invariablemente, Adán y Eva, el árbol y la serpiente. Aunque no siempre, suelen dibujarse los cuatro ríos que brotan del paraíso y van a desembocar al mar periférico. Sus nombres eran Tigris, Eufrates, Geón y Fisón. Asia ocupa la parte superior del mapa y está separada de los otros dos continentes por grandes cursos de agua: de sur a norte: el Nilo, el Helesponto, el mar Negro, el mar de Azov y el río Don. En la parte inferior del mapa está África la derecha y Europa a la izquierda. Ambos continentes están separados por una franja de agua que representa el mar Mediterráneo. También están representadas las principales cadenas montañosas.
El mar Rojo está invariablemente coloreado en rojo intenso y parece una lengua de fuego bordeando la península del Sinaí y ardiendo en el extremo sur de Asia. Estos mapas heredan la idea recurrente de que en el lejano sur, en el extremo derecho y más allá de la tierra conocida, un cauce marino tórrido e intransitable -con frecuencia coloreado también en rojo- separa la ecumene de una tierra a la que no se puede acceder y que habitada por seres prodigiosos. Es la "terra incógnita" de las antípodas.
CARTOGRAFÍA EN LA PLENA Y BAJA EDAD MEDIA
Este tiempo que con frecuencia se nos presenta como un todo-único y cerrado, era sin embargo muy abierto y estaba jalonado de caminos repletos de gentes ansiosas por recorrerlos. Caminos que subían hacia oriente (que estaba siempre arriba) o bajan hacia occidente, y en ellos una afluencia constante de hombres de armas, peregrinos, mercaderes, menestrales, juglares y aventureros. Caminos que llevaban a construir ciudades, a traspasar fronteras, a negociar en nuevos mercados y comerciar con nuevos productos. Y también a la guerra y la conquista o a la simple y llana aventura.
En este contexto histórico y cultural, las leyendas y las historias dibujadas ocuparon un lugar cada vez más importante en el esquema didáctico de la Edad Media. La forma de T en O tradicional en los mapamundi místicos y simbólicos de los siglos anteriores, pierde relevancia cediendo su lugar a mapas colmados de anotaciones y esquemas cargados de significado. En aquel momento, la palabra “mapamundi” se utilizaba indistintamente para nombrar la representación gráfica de la tierra y para los textos que la describían. A veces, ante alguna de estas obras, se hace difícil decidir si nos hallamos ante mapas que parecen libros o ante libros que parecen mapas. En los libros se dibujaron viñetas muy detalladas representando paisajes y espacios urbanos, itinerarios, fauna, flora y las curiosidades culturales y antropológicas de las tierras descritas. En los mapas se introdujeron leyendas significativas para explicar todo cuanto por ser nuevo o extraño, no se derivaría obviamente de la mera observación de los dibujos.
Las fuentes de inspiración son muchas y de diverso signo. La principal, sin duda, es la iconografía aportada por el imaginario cristiano extraído de textos bíblicos y doctrinales. A partir del siglo XIII será también importante la aportación de autores clásicos, prefiriéndose las descripciones más coloristas, de Pomponio Mela y de Plinio el Viejo a las más sobrias de Herodoto. El tercer ámbito principal de información son las historias y leyendas, especialmente las tomadas de la saga de Alejandro Magno y sus conquistas asiáticas.
De esta época destacan el mapamundi de Cotton (1025), el mapamundi del salterio (1225), el de Henry de Mainz (1110), el de Ebstorf (1234), el de Hereford (1290) o la Tabula Rogeriana de Al-Idrisi (1136) entre otros.
A finales del siglo XIII apareció en Europa una nueva cartografía, de carácter estrictamente útil, circunscrita al ámbito de la navegación. Llegó impulsada por el uso generalizado de la brújula y desarrolló un tipo de cartas náuticas basadas en cálculos serios de la posición del navío y la distancia entre los puertos.
Se llamó a estos mapas cartas portulanas o portulanos. Su atención se centra en las rutas marítimas de navegación, en los detalles del litoral y el relieve costero, en los cursos bajos de los ríos -especialmente en sus tramos navegables-, en las mareas y en los vientos. Las primeras cartas portulanas aparecen en Génova, Venecia y Palma de Mallorca, y estos continuarían siendo los principales centros de producción cartográfica durante los dos siglos siguientes.
En su origen la carta portulana tiene carácter empírico y el objetivo de ser útil a la navegación. Es una finalidad con pocas exigencias gráficas, solo requiere del estudio meticuloso de las costas y una cuidada representación de las mareas y los vientos. Estas exigencias se concretan en pocos elementos esenciales: la toponimia, la orientación y trazado de los rumbos.
La toponimia se centraba en los nombres de puertos y ciudades costeras y era abundantísima en toda la costa mediterránea y en el Mar Negro. Los nombres de los lugares están escritos en perpendicular a la línea de la costa, de tal manera que casi parece que la dibujan. Es frecuente que en una misma carta los nombres de los lugares reseñados procedan de distintas lenguas, pues eran muchos los navegantes que aportaban los datos necesarios para su elaboración.
La orientación de las cartas portulanas se hace respecto al norte magnético, que es la dirección que indica la aguja imantada de la brújula. Esto significa que el NORTE está en la parte superior del mapa. Hoy esto puede parecernos una obviedad, pero con anterioridad a este tipo de mapas, la interpretación religiosa del mundo forzaba a "orientar" respecto al oriente, es decir, con el ESTE –el Paraíso Terrenal- situado en la zona superior de las cartas. Los cartógrafos árabes, por su parte, ubicaban el SUR en la parte de arriba de sus pergaminos; era mapas "sureados".
Los rumbos de los vientos se trazaban en atención a los cuatro puntos cardinales y sus puntos intermedios; cada uno de los ocho vientos principales tenía su propio nombre y, dependiendo de la complicación de la carta, se señalaban los 16 medios vientos o los 32 cuartos de viento indicadores de los rumbos. Antes del mapamundi de los Cresques, no se dibujaba la rosa de los vientos, sino muchos puntos en el mapa de los que partían trazos que se imbricaban entre sí dibujando una enmarañada tela de araña que los navegantes podían interpretar.
Durante el siglo XIV hay dos tipos bien diferenciados de cartas portulanas. El primero de ellos y más habitual -el más sobrio y estrictamente náutico-, lo desarrollan las escuelas cartográficas italianas; el otro, que es mucho más historiado, lo inicia la escuela catalano-mallorquina y viene a culminar en el Atlas Catalán de los Cresques.
Al principio, la característica propia de las cartas de navegación italianas es la sobriedad. Sun estrictamente útiles y muy precisas, no desarrollan más rasgos que los esenciales para la navegación. Es una cartografía puramente náutica y en ella el interior de los continentes es un enorme espacio en blanco; solo las costas, algunos datos del relieve costero, los rumbos marítimos y el curso bajo de los ríos se refleja en ellas. Ocasionalmente se añaden los estandartes y escudos de los diversos reinos. Esta sobriedad utilitarista es la razón por la que la cartografía italiana sea, a nuestros ojos, menos impresionante que la mallorquina.
La cartografía de la escuela mallorquina toma derroteros que la distinguen de la puramente náutica; se caracteriza por la creciente abundancia de elementos geográficos e históricos, llegando a compendiar muy diversas informaciones. Estos mapas ya no encajan en el ámbito de la pura cartografía, sino que están concebidos como una gran enciclopedia visual que contiene textos e imágenes destinados a captar toda la realidad geográfica, histórica, cosmográfica y humana de las zonas representadas.
La técnica artística utilizada en su elaboración es la propia de los manuscritos medievales iluminados. En ellas también se detalla la ruta atlántica, desde las canarias hasta la península de Jutlandia, y las islas británicas. También se trabajan las rutas terrestres, que van adquiriendo cada vez más importancia. Este estilo culmina en el Atlas Catalán de los Cresques, sin embargo, durante los siglos XV y XVI, tanto la escuela mallorquina como la italianas elaboraran indistintamente ambos tipos de mapas, de tal manera que la expresión "cartografía mallorquina" se refiere más a un estilo que a la ubicación real de los talleres que la producen.
El estilo mallorquín hereda significativas convenciones de los antiguos mapas romanos: usa el azul y verde para colorear los mares y ríos con líneas onduladas; el Mar Rojo es invariablemente rojo; las ciudades se representan con grupos de edificios; las montañas están dibujadas como cadenas de curvas y también los bosques, pero éstos en color verde.
El valor geográfico o científico de estos mapas es menor, sin duda su mayor interés es artístico. Esto se pone de manifiesto en el hecho de presentar una serie de invariables estilísticos que permiten etiquetarlos sin asomo de dudas en la escuela mallorquina de mapas portulanos.
En todos ellos aparecen las siguientes características:
· La cordillera del Atlas tiene forma de pata de gallo con un espolón en la zona de Argel. Este pictograma es probablemente herencia de los cartógrafos árabes.
· Los Alpes tienen forma de garra de ave.
· El Mar Rojo es de color rojo intenso y en su parte superior se traza una pequeña línea blanca que representa el pasillo por el que lo cruzaron los israelitas, huyendo de los egipcios.
· Los bosques de Bohemia se representan como un semicírculo en herradura.
· Progresivamente se va representando la península de Jutlandia, parte de Escandinavia y el mar Báltico; indicando el estado de los conocimientos geográficos de la época y el trato comercial con el atlántico norte.
· Se dibuja el curso completo del Danubio, desde su nacimiento a la desembocadura, incluyendo las islas fluviales, con un trazo semejante a eslabones de cadena.
· En la península Ibérica, el tajo dibuja un cayado rodeando Toledo. El Guadalquivir y el Segura, se trazan con el nacimiento común, como una sola línea, representando la frontera entre el dominio árabe y el cristiano.
· Proliferan las leyendas comentadas, escritas en catalán, referidas a particularidades que están más allá del interés geográfico y las imágenes de localismos sobresalientes. Todo ello confiere a estos mapas mucho más valor artístico que científico.
El Atlas Cresques o Atlas catalán
Desde principios del siglo XIV, en la escuela mallorquina de cartógrafos, la más importante del mundo medieval, se dibujaban precisas cartas náuticas o portularios que reflejaban concienzudamente los detalles de las costas, los puertos y las rutas de navegación. Alentado por la calidad de estos mapas náuticos, concibió el rey de Aragón y Cataluña Don Pedro IV un proyecto espectacular cuya realización encargó al maestro cartógrafo mallorquín Abraham Cresques, en cuya realización le ayudó su hijo Jafudá.
Se trataba de elaborar un mapa tal que no solo reflejara las costas y puertos sino que debía ser “imagen de todo el mundo y de todas las regiones que hay en la tierra y los diferentes pueblos que la habitan”. El trabajo, conocido domo “Atlas catalán”, quedó terminado en 1375, combina cosmografía, astrología, geografía y toda la fantasía del imaginario viajero de la época. En este atlas, la cartografía convive armónicamente con lo maravilloso. Se conserva hoy en la Biblioteca Nacional Francesa.
Unos años más tarde, el rey Juan I de Aragón, que había regalado el atlas a su primo, el rey Carlos VI de Francia, encargó a Jafudá Cresques la elaboración de otro mapamundi de las mismas características que en anterior. En la elaboración de este segundo Atlas, que quedó terminado en 1389, ya no intervino Abraham Cresques, que había muerto dos años antes. Desgraciadamente el Atlas de 1389, que difería muy poco del de 1375, se perdió, pero existen dos copias facsímiles, una de ellas en la Biblioteca Nacional de Madrid y la otra en el Museo marítimo de las Reales Atarazanas de Barcelona.
Ambos trabajos, el de Abraham y el de Jafuda, constan de seis pergaminos manuscritos pegados sobre madera, que se unen entre sí a modo de biombo. Cada pergamino ocupa dos tablas que juntas miden 50 cm de ancho y 64 cm de alto. La medida total del atlas desplegado es de tres metros.
Cuatro de estos pergaminos, o sea, ocho tablas, están ocupadas por el mapa propiamente dicho. En él se dibuja todo el mundo conocido. Abarca desde el meridiano de Canarias hasta el mar de la China y desde el Trópico de Cáncer, aproximadamente, hasta el paralelo 60 N.
Los dos pergaminos restantes se disponen como tapas y contienen textos explicativos en catalán, datos cosmográficos de carácter general, notas astronómicas, un calendario perpetuo, la primera rosa de los vientos dibujada en una carta náutica y muchas anotaciones sobre el Atlas y su contenido.
Solamente el primer pergamino se lee en la dirección normal de lectura. En los otros, tanto los textos como las ilustraciones se disponen en distintas direcciones siguiendo un criterio circular, de manera que lo que se dibuja al sur se mira normalmente, pero hay girar el mapa –o ponerse al otro lado de la mesa- para ver correctamente el norte.
CARTOGRAFÍA DEL RENACIMIENTO
ANTECEDENTES: LOS MAPAS DEL SIGLO XV
Portulano de Petrus Roselli (1447-65), escuela mallorquina. El siglo XV fue un siglo de cartografía rica y abundante que surgió de la mano de una generación de cartógrafos preciosistas, trazadores de portulanos. Ya se trató este tema en un capítulo anterior, pero es interesante resaltar que la tradición portulana trasciende la Edad Media y el ámbito mediterráneo. Encontraremos mapas de este estilo y de bellísima factura trazados incluso en el siglo XVII.
Mapamundi de Andrea Bianco, 1432; y de Giovanni Leardo. 1442
Mapamundi de Andreas Walsperger, 1445; y de Fra Mauro, 1459
Mapamundi incluido en un atlas anónimo dibujado de Florencia en torno a 1450. A pesar de su pretensión de ser un mapamundi, lo cierto es que solamente el área mediterránea mantiene alguna verosimilitud. El norte de Europa está tan desdibujado como lo estaba en los más antiguos portulanos, y tanto África por debajo de la cordillera del Atlas, como Asia, son pura fantasía.
Mapamundi de Génova, realizado alrededor de 1470, de autor desconocido. Ha sido también atribuido a Paolo Toscanelli, aunque su autoría está poco fundamentada y es muy dudosa.
Esquema del océano Atlántico que Paolo Toscanelli envió al rey de Portugal. Toscanelli fue un matemático, astrónomo y cosmógrafo italiano de reconocido prestigio y convencido de que el camino más corto entre Lisboa y las Indias se abría hacia el oeste. Dibujó un esquema del océano Atlántico que envió al rey de Portugal explicándole que desde Lisboa hasta Quinsai, capital de China meridional, había veintiséis espacios de 250 millas cada uno (6.500 millas). Por el camino se encontraban dos grandes islas, la primera, Antilia, distaba 10 espacios desde Lisboa y otros diez discurrían entre Antilia y Cipango para finalmente llegar a las Indias orientales. Se sabe que Colón mantuvo contacto e intercambió información con Toscanelli. Aunque las mediciones de éste resultaron erróneas, fueron aceptadas por el descubridor, que realizó su primera travesía atlántica llevando consigo una copia de la carta náutica de Toscanelli. Las primeras islas descubiertas en el Caribe reciben su nombre de la mítica isla Antilia.
Globo terráqueo de Martin Behaim. Geógrafo alemán nacido en Nuremberg en 1459-1507. Llegó a Lisboa en 1484 y allí se introdujo en los círculos cortesanos donde adquirió un gran renombre como cosmógrafo. En 1492, antes del descubrimiento de América, diseñó un globo terráqueo que según algunos autores pretende ser una proyección esférica del mapa de Toscanelli. Otros autores opinan que son mapas independientes pero estrechamente relacionados pues ambos reflejan las ideas cosmográficas de finales del siglo XV. Seguramente también Colón y Behaim tuvieron que conocerse, pues ambos estuvieron en Portugal compartiendo los mismos ambientes e intereses en los mismos años.
Portulano atribuido a Cristóbal Colón. Es poco conocida la circunstancia de que los hermanos Colón, tanto Cristóbal como Bartolomé, tenían amplios conocimientos de cartografía. Este mapa se atribuye al primero. Es un portulano típico en el que se muestran con detalle los puertos mediterráneos y atlánticos de Europa y África. Llama la atención el gran espacio vacío de detalles que se concede al Atlántico. Probablemente ese espacio desocupado en el mapa pretendía dejar abierta un camino a la imaginación y a la aventura de navegarlo. El mapa debió ser trazado en 1492 después de la conquista de Granada, pues sobre la ciudad ondea la bandera española, y antes, obviamente, de emprender el viaje que conduciría al descubrimiento de América.
Detalle del planisferio de Cantino, 1502. En él aparece, claramente dibujado por primera vez, el meridiano que deslindaba las zonas de influencia de España y Portugal en el nuevo mundo. El convenio, conocido como tratado de Tordesillas, fue suscrito en junio de 1494 entre Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón, y Juan II rey de Portugal.
B) La invención de la imprenta y la divulgación de la de la obra de Ptolomeo, que abrió el camino de la geografía científica y permitió, gracias a las técnicas de reimpresión, reproducir y actualizar los mapas a un coste muy asequible, incorporando de inmediato los más recientes descubrimientos.
C) Los viajes de exploración y los descubrimientos de los portugueses en la ruta del Este, bordeando África y el sur de Asia, y de los españoles por el Oeste, descubriendo América y el Pacífico
LA OBRA DE PTOLOMEO
Mapamundi de Ptolomeo en el Liber Chronicarum, 1493
Claudio Ptolomeo, matemático, astrónomo y geógrafo, nació en Egipto (90-168 d. C.). Vivió en Alejandría, ya bajo dominio romano, y trabajó en su biblioteca, desarrollando una vasta obra en la que reunió y compendió todos los saberes científicos del mundo clásico aplicados a la astronomía y a la geografía. Compuso dos obras fundamentales. La Composición Matemática, que es un tratado astronómico en trece volúmenes muy apreciado y difundido entre los árabes, que lo conocían como Almagesto, y la Guía Geográfica, que fue considerada la obra más importante de la antigüedad en su materia.
El Almagesto es su obra más conocida y la que más influenció la concepción del cosmos en el occidente europeo durante toda la Edad Media. Es una colección de tratados astronómicos cuya hipótesis principal situaba a la tierra en el centro del universo. Desarrolló una compleja trigonometría para explicar y demostrar el movimiento orbital de los planetas y su trabajo dio nombre a la teoría geocéntrica conocida como sistema ptolemaico, que permaneció vigente hasta que ya en el siglo XV la rebatieran Nicolás Copérnico y sus seguidores, especialmente Galileo Galilei en el siglo XVI.
Mapamundi de Ptolomeo incluido en la edición de Roma de 1478
La Geografía de Ptolomeo fue la primera obra de su estilo en la que se elaboró una descripción de toda la ecumene con métodos científicos y un alto grado de rigor. En ella, el sabio alejandrino desarrollaba un sistema para trazar mapas y construir globos terráqueos inspirándose en la obra de Eratóstenes, de Hiparco de Nicea y también en la de Marino de Tiro, el otro gran impulsor de la ciencia geográfica en el siglo II d.C.
Ptolomeo fue el primero en utilizar los términos de latitud y longitud para ubicar los sitios en el mapa. Para ello estableció un sistema reticular de paralelos y meridianos distribuidos a intervalos regulares y calibrados en grados, divididos estos a su vez en minutos. Las líneas de longitud las definió partiendo de un meridiano principal de valor 0º que situó en el límite occidental de las Islas Canarias. En cuanto a los paralelos, estableció el 0º en la línea del Ecuador y el 90º en el Polo Norte; situó el extremo norte de la tierra habitable en el paralelo 63º y ubicó en aquella zona las islas de Scandia, Albión, Hibernia y Thule.
Su trabajo recopilando datos fue impresionante. Reseñó hasta 8.000 lugares según su latitud y longitud apuntando las coordenadas para su localización y ubicación en los mapas. Sabemos que la obra original contenía, además de un mapamundi, veintiséis mapas regionales, diez de ellos de Europa, doce de Asia y cuatro de África. Ninguno de los originales ha sobrevivido y los más antiguos que han llegado hasta hoy datan de los siglos XII y XIII, quizás dibujados por un tal Agathodemon, cuyo nombre aparece en un documento bizantino que lo cita como el dibujante material de los mapas que Ptolomeo describía.
El mundo de Ptolomeo según Agathodemon. Probable copia del siglo XIII
Si bien es cierto que Ptolomeo equivocó las mediciones de la tierra, pues supuso que a cada grado correspondía en la línea del ecuador un arco de unos 80 kilómetros, reduciendo así el diámetro del círculo máximo a poco menos de 30.000 Km., su propuesta fue tan seria y respetable que con ella en la mente, los grandes navegantes del renacimiento se atreverían a adentrarse en los océanos con la intención de llegar al otro extremo del globo.
Otra gran aportación de Ptolomeo a la cartografía, fue su propuesta para proyectar la esfera terrestre sobre la superficie plana de de los mapas, consiguiendo así cambiar la escala dentro de un mismo plano. Para representar la superficie curva de la tierra, Ptolomeo diseñó una proyección cartográfica cónica y otra seudo cónica.
Proyección cónica de Ptolomeo usada en el mapamundi de Bolonia de 1477
En la primera, los paralelos están representados como arcos concéntricos mientras que los meridianos son líneas rectas y se abren como un abanico con el foco en el polo norte. Fue muy utilizada para representar el mapa del mundo hasta que los descubrimientos ampliaron considerablemente la tierra conocida y esta proyección dejó de ser suficiente para contener toda la Ecumene. Después del descubrimiento de América se utilizó con más frecuencia en la elaboración de mapas regionales en los que la superficie cartografiada no reclamara tanto espacio.
Mapamundi de Ptolomeo dibujado por Scotus. Incluido en la edición de Estrasburgo de 1520
La segunda proyección permitía una representación del mundo más amplia y de proporciones mejor definidas. En ella, no solo los paralelos, sino también los meridianos, se representaban con líneas curvas que convergían en el polo. La versión más popular, realizada siguiendo este esquema, fue la que dibujara Nicolaus Germanus en 1482 para la edición de Ulm. Al mapamundi de esta edición se añadieron las tierras de Islandia y Noruega y la costa sur de Groenlandia. Para conseguir encajarlas en el espacio disponible tuvieron que sacarlas del mapa, causando un efecto muy curioso.
Mapamundi Ptolemaico dibujado en 1482 por Nicolaus Germanus para la edición de Ulm
La tradición ptolemaica se perdió en Europa durante la Edad Media, en que la investigación geográfica experimentó una fuerte recesión. Su obra y sus conocimientos, sin embargo, se perpetuaron en la cartografía islámica, que profundizó en el sistema del sabio alejandrino y amplió los conocimientos y datos que él aportara. Se conservaron también sus conocimientos en Bizancio, donde conoció varias ediciones en lengua griega de las que solo han llegado algunos fragmentos hasta nuestros días.
A principios del siglo XV Jacobus Angelus terminó su traducción al latín de la Geografía de Ptolomeo, que se había mantenido vigente entre los árabes y en Constantinopla, donde había conocido sucesivas ediciones en lengua griega. A partir de esta traducción la ciencia renacentista redescubre la obra de Ptolomeo y experimenta un gran impulso gracias a invención de la imprenta. En las primeras ediciones se elaboraron los mapas siguiendo fielmente la descripción original pero inmediatamente empezaron a modificarse y a añadirse otros que incorporaban los nuevos conocimientos geográficos, uniendo a la precisión empírica de los portulanos el rigor del método científico aportado por la Geografía ptolemaica.
Edición de Germanus en 1470
A los nuevos mapas que resultan de esta síntesis de les conoce como "Tabulae Novae". El invento de la imprenta lanzó definitivamente la obra de Ptolomeo y con ella Europa conoció un auténtico boom cartográfico. No es exagerado decir que la Geografía ptolemaica se convirtió en un clamoroso éxito editorial que se prolongaría, manteniéndose entre las obras científicas más reeditadas, al menos hasta final del siglo XVII. Buena parte de este éxito se debe a que fue una obra muy dinámica, continuamente enriquecida por las aportaciones de los grandes geógrafos y cartógrafos, incluso por los que desarrollaron sus propios sistemas. Hay que añadir a este dinamismo el hecho de que eran mapas de gran belleza y colorido. Generalmente eran coloreados a mano, por lo que entre ejemplares de una misma edición se daban acabados desiguales y a veces muy valiosos.
Ampliación del mapamundi ptolemaico realizada por Waldseemuller en 1507 incorporando los nuevos decubrimientos.
El siglo XV fue testigo de una constante expansión de la tierra conocida y, a su vez, de un desarrollo intelectual en el campo de la geografía que excedió la mera descripción física de los espacios para abundar también en los aspectos corográficos.
Los viajes de exploración despertaron de su letargo de siglos el interés por la geografía; la cartografía, de la mano del conocimiento empírico, experimentó un impulso y un desarrollo formidable. Los mapas del siguiente período, ya en el siglo XVI, se convertirían en representaciones detalladas del medio en el que se desarrollaba la actividad humana. Además de señalar los accidentes geográficos, ilustraron los ambientes, el contenido de los espacios, las formas de vida animales y vegetales y los aspectos diferenciales de los grupos humanos que habitaban los territorios; realizando, en definitiva, un retrato integral del hábitat de las zonas descritas.
Esta cartografía pormenorizada que se pondría de manifiesto muy especialmente en los Atlas renacentistas, vino precedida por los viajes de exploración y descubrimiento que llevaron el confín del mundo mucho más lejos de lo que jamás había sido imaginado. Y en el principio de toda esta efervescencia viajera, geográfica y cartográfica estuvieron el interés comercial y los progresos técnicos aplicados a la navegación, especialmente el comercio de oro, gran acicate de los aventureros atlánticos, y la carabela, exponente máximo de la revolución náutica.
La revolución náutica y comercio marítimo. Siglo XV
La necesidad de encontrar rutas comerciales y explorar nuevas tierras, ha sido desde siempre el verdadero motor de todos los viajes de exploración y descubrimiento de la historia.
A final de la Edad Media, Oriente seguía siendo el gran proveedor de las mercaderías que la sociedad europea demandaba. Las rutas comerciales marítimas que unían Europa con las Indias se habían desarrollado en el Mediterráneo -controladas por venecianos, genoveses y aragoneses-, y en el Índico, controladas por los árabes.
A lo largo del siglo XV, potencias emergentes como Portugal y más adelante Castilla, tenían poca opción de desarrollarse en las rutas acostumbradas, por ello fueron los primeros en volver la mirada a la ruta africana y al Atlántico sur. Y no fue mala elección, porque cuando la amenaza otomana fue estrangulando el comercio mediterráneo, la ruta atlántica estuvo preparada para tomar provechosamente el relevo y ambas naciones para convertirse en las potencias más ricas y poderosas del momento.
El crecimiento de las ciudades y el mismo dinamismo económico de la población urbana condujo a incorporar al circuito comercial una importante variedad de mercaderías ‘modestas' - tejidos corrientes, colorantes textiles, cuero, madera, cestería, herramientas, objetos cerámicos, minerales diversos, ganado etc.- cuyo precio estaba al alcance de los habitantes de las ciudades, por lo que suscitaba una gran demanda. La combinación de lujo y necesidad resultaba muy rentable, cada barco que llegaba a puerto cargado de mercancías suponía un gran beneficio para quienes lo habían fletado.
En una época en la que el comercio marítimo era la principal fuente de acceso al lujo y a la riqueza, la rentabilidad de los negocios exigía que el transporte por mar se hiciera en cargamentos grandes, capaces de absorber el coste de los fletes y también de neutralizar las frecuentes pérdidas que se producían en las travesías a causa de los naufragios, los conflictos bélicos, la piratería o las actividades corsarias. A principio de la Edad Moderna era tal la demanda de mercaderías que los mismos comerciantes, a fin de dinamizar y proteger su negocio, optaron por hacerse armadores e invertir parte de sus beneficios en construir barcos cada vez más grandes, rápidos y seguros.
Capacidad, seguridad y velocidad eran las cualidades exigidas a las embarcaciones destinadas al transporte de mercancías. Estas cualidades no se daban fácilmente en un mismo tipo de navío; cada momento y cada proyecto requería un esfuerzo de conciliación entre la tecnología y la experiencia náutica a fin de conseguir la embarcación capaz de alcanzar con éxito el objetivo. En el siglo XV, aventurarse a navegar por el océano abierto, era todo menos seguro y para conseguirlo fue imprescindible dar un vuelco a los sistemas tradicionales de navegación.
En el umbral del siglo XV, las naves que surcaban el Mediterráneo cubrían trayectos cortos en un mar relativamente tranquilo, siguiendo derroteros cercanos a la costa. Eran ligeras y muy maniobrables. Tenían quilla y timón central, enarbolaban uno o dos palos y portaban brújula para orientarse y cartas náuticas para trazar los rumbos. La vela latina que aparejaban permitía navegar en ángulos de hasta 45º contra el viento, pudiendo navegar en casi cualquier circunstancia meteorológica; pero eran embarcaciones diseñadas para trayectos cortos en los que se llegaba a puerto casi cada día y no estaban preparadas para los largos recorridos que requería la navegación de altura.
Los barcos que en las mismas fechas recorrían la costa atlántica entre África y los puertos del norte de Europa, eran robustos y enarbolaban grandes velas cuadradas. Eran veleros muy resistentes, adecuados para viajes largos y navegación de altura. Pero el tipo de aparejo que utilizaban no servía para navegar contra el viento en ángulos inferiores a los 90º, razón por la que era demasiado aventurado viajar más al sur de las Canarias y sobrepasar el trópico arriesgándose a perder los vientos del Suroeste, sin cuyo impulso regresar a casa era sólo cuestión de suerte.
La gran revolución náutica nació de la síntesis de estos dos tipos de embarcación y recibió el nombre de Carabela. Fue un invento genuinamente portugués y su uso se generalizó a lo largo del siglo XV siendo ésta la nave que protagonizó los viajes de exploración y descubrimiento. Se construyeron de dos tipos. La carabela latina era de casco estrecho y poco tonelaje, ligera y muy manejable. Generalmente enarbolaba dos mástiles, a veces tres, y usaba vela latina. La carabela redonda era más grande y robusta, llevaba dos, tres y hasta cuatro mástiles y combinaba la vela cuadrada en proa con la triangular en el resto del aparejo.
Ambos modelos incorporaban ya el moderno timón de codaste, la brújula magnética, el astrolabio, el cuadrante, la ballestina y otros instrumentos nuevos que facilitaban la navegación, además de las más precisas cartas marinas. Todo aquello permitía controlar las rutas facilitando que naves de gran tonelaje alcanzaran velocidades apreciables y pudieran virar ágilmente contra el viento. Y, sobre todo, garantizando las opciones de regreso.
Expediciones portuguesas en África. El comercio del oro
Portugal fue el primer país europeo que se lanzó a la exploración atlántica. A principio del siglo XV la independencia de Portugal respecto a Castilla estaba ya consolidada y la monarquía lusitana empezó a pensar en la expansión ultramarina. En 1415 conquistaron Ceuta siendo este hecho el punto de partida de la aventura descubridora portuguesa, que se centró en la costa occidental africana.
Cierto mito nunca bien documentado, atribuye el origen de la aventura atlántica a una supuesta escuela náutica fundada en Sagres por el infante Don Enrique de Avis y Lancaster (1394-1460), conocido por la historia como Enrique el Navegante. Se decía que en ella reunió el infante a los más reputados maestros en las artes y ciencias ligadas a la navegación. Parece claro que Sagres no era una ‘escuela' en el sentido moderno de la palabra. Probablemente se trataba más bien de un centro de reunión en el que armadores, navegantes y hombres de ciencia intercambiaban experiencias y conocimientos a fin de mejorar los instrumentos, intercambiar información que pudiera ser incorporada a las cartas náuticas y diseñar navíos capaces de enfrentar la aventura de la navegación atlántica.
Lámina incluida en el Atlas Miller en la que se representa el mar de China. Obra realizada en 1519.- Este atlas está compuesto por ocho mapas y es obra de tres cartógrafos, Pedro y Jorge Reinel y Lopo Homem, y de un miniaturista conocido como Antonio de Holanda. Es un atlas preciosista con una gran riqueza decorativa que refleja paso a paso las conquistas de portuguesas a lo largo y ancho del mundo.
Para los príncipes, comerciantes y navegantes portugueses, el gran acicate comercial en los inicios de la Edad Moderna fue el oro. Nunca antes este metal había sido tan vital para la forma de vida de los estados europeos pues era el único bien cuyo valor era equiparable en occidente y en los reinos del lejano oriente, por lo que la mayoría de los negocios comerciales se transaban en oro. Más que lujo era necesidad. De su abundancia en el interior profundo de África había quedado ya constancia en mapas del siglo anterior y no dejaban de llegar noticias a las cortes europeas. En la primera mitad del siglo XV, los viajes de exploración portugueses en África se centraron en éste objetivo primordial de conseguir oro sin renunciar a traficar con otras mercaderías, pero supeditándolas siempre a su intención principal.
En 1415 los portugueses ya tenían asentamientos estables en las Azores y en Madeira. En 1434 se animaron a doblar el Cabo Bojador y en 1444 alcanzaron las bocas del Senegal, descubrieron las islas de Cabo Verde y llegaron hasta el Golfo de Guinea, adentrándose en el Imperio del Malí, el más rico y poderoso que jamás haya existido en el África negra. El negocio cubrió todas las expectativas. El Malí controlaba el monopolio del oro sudanés proporcionando la mitad de todo el oro que circulaba en el viejo mundo, por esta razón recibió de los portugueses el nombre de "La Mina de Oro". En la costa establecieron el enclave fortificado de Sao Jorge da Mina, o Castello da Mina, desde donde se canalizó el tráfico de productos africanos hacia Lisboa.
Aún hubo algunos altercados menores con Castilla por el dominio en el Atlántico que se resolvieron cuando tras la guerra de sucesión castellana de 1474 entre los partidarios de la infanta Isabel de castilla y los de Juana la Beltraneja ,entre los que se encontraba el rey de Portugal, se firmó el tratado de Alcaçovas, en el que se confirmaba a Isabel como reina de Castilla pero ratificando para Portugal el derecho al monopolio comercial al sur del cabo Bojador, con lo cual se cerraba el paso a cualquier intento de expansión africana de Castilla más allá de las Islas Canarias.
Castilla terminó la unificación territorial de España y se lanzó luego a la aventura transoceánica. Como sabemos, la expedición castellana comandada por Don Cristóbal Colón, partió hacia Occidente con la intención de llegar a Oriente y por el camino tropezó con América. A partir de ahí la expansión territorial de ambos reinos se realizó en buena avenencia y en 1494 se firmó el tratado de Tordesillas para delimitar, a 360 leguas al O de Cabo Verde, las esferas de acción castellana y lusa.
Portulano del atlas de Joao Freire, 1546, lámina del golfo de Guinea.
Portugal siguió avanzando hacia el Sur. Junto a ingentes cantidades de oro, trajeron los portugueses de aquellas tierras otras mercancías que causaron furor en Europa: pimienta africana, azúcar, algodón, marfil, pescado y, sobre todo, gran número de esclavos.
En 1480 llegaban a Angola y en 1488 Bartolomé Dias alcanzó y dobló el Cabo de Buena Esperanza. Siguieron estableciendo factorías a lo largo de la costa africana del océano Índico y al fin, el 20 de mayo de 1498, llegaron a Calicut, abriendo la ruta de las Indias para la corona portuguesa.
El portulano atlántico de Bastian Lopes realizado en 1558, representando la línea costera de Europa, África y América. Este mapa es un destacado exponente del estilo cartográfico portugués y una de las más interesantes joyas de la cartografía mundial.
El racionalismo renacentista preconizaba la representación unitaria y coherente del espacio y de las proporciones, de tal manera que lo representado fuera abarcable en toda su complejidad como un único motivo coherente e inteligible. La cartografía no podía ser ajena a esta pretensión de concordancia lógica entre las partes y el todo. En adelante serán la ciencia, el cálculo y la composición matemática las que marcará el ritmo de las nuevas producciones cartográficas.
La ampliación de los conocimientos geométricos y matemáticos unida a la traducción de la “Geographia” de Ptolomeo, en la que ya se presumía la esfericidad de la tierra, amplió las opciones de representar la esfera en el plano y permitió aumentar así el espacio disponible minimizando la distorsión de la superficie representada.
En adelante no dejarían de desarrollarse tipos de proyecciones cartográficas que, unidas al perfeccionamiento de las herramientas e instrumentos de navegación y medición, permitirían aumentar la eficacia de los cartógrafos y la fiabilidad y definición de los nuevos mapas.
En la primera mitad del siglo XVI, la tierra dobló literalmente de tamaño. En pocos años tuvieron lugar acontecimientos decisivos en todos los ámbitos de la vida y del conocimiento que influenciaron de manera extraordinaria la producción de mapas y sus técnicas. El descubrimiento de América, la circunvalación de la tierra, las largas expediciones de los navegantes portugueses, la necesidad de representar las nuevas rutas y dar a conocer las peculiaridades de las tierras descubiertas, la generalización del uso de la imprenta y las nuevas técnicas de grabación de imágenes -que permitiría reimprimir los mapas incorporando continuamente las últimas modificaciones-, condujeron a un auténtico estallido cartográfico.
1500. Mapa portulano atlántico de Juan de la Cosa, realizado en el Puerto de Santa María después de la segunda expedición de Colón
De parecidas características es el Planisferio de Cantino, realizado en Portugal y fechado en 1502. Igual que el anterior, se realiza con técnica de portulano sobre un pergamino manuscrito y coloreado que ofrecía detalles de la costa continental americana y de las Antillas, pero con la peculiaridad de que, al ser de manufactura portuguesa, señalaba la importancia del tratado de Tordesillas de 1495, según el cual el meridiano que pasaba a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, fijaba la división del nuevo continente; adjudicando la parte oriental a Portugal y la occidental a Castilla.
Planisferio de Cantino, 1502
Mención Aparte merece el mapa de Piri Reis, que algunos han llamado también el mapa de los extraterrestres, fechado en 1513.
Durante una campaña naval contra Venecia en 1501, la flota turca capturó un barco español en cuya dotación había varios marineros que aseguraron haber acompañado a Colón en sus viajes a las Indias. Llevaban con ellos cartas de navegación referentes a aquellos viajes. Así fue como Kemal Reis, famoso almirante de la armada turca y tío del también almirante y cartógrafo Piri Reis, entró en posesión de esas cartas y de abundante información sobre los viajes de Colon al nuevo mundo.
El que conocemos, es el único fragmento de lo que probablemente fue un gran mapamundi y está lleno de anotaciones marginales suficientes para interpretarlo. Es un manuscrito muy rico en detalles y en decoración, dibujado a nueve colores, que muestra el Océano Atlántico bordeado en la parte oriental por África y la península Ibérica y en la occidental por todas las tierras conocidas del continente americano.
LA CONQUISTA DEL ATLÁNTICO NORTE
El primer paso para la gran revolución geográfica y cartográfica, fue la conquista de los mares. El éxito de las empresas castellanas y portuguesas en la era de la navegación y los descubrimientos se debió en parte a la favorable disposición de los Vientos Alisios, que soplan siempre en la misma dirección, desde los trópicos hacia el ecuador siguiendo un patrón regular. Esta regularidad favoreció la navegación atlántica en latitudes tropicales, desde el extremo noroeste de África hasta el Caribe para regresar de allí con la ayuda de los Vientos del Oeste, que soplan en esta dirección entre la latitud 20º y 40 º en el hemisferio Norte. El mismo patrón se reproduce en el hemisferio sur, donde los Vientos Alisios soplan por debajo del golfo de Guinea, desde África hasta Brasil.
1534. La Carta universal de la tierra firme y de las islas de la India occidental. Giovanni Battista Ramusio
Pero aún quedaba mucho por conocer en el atlántico. En 1513, Juan Ponce de León inició un viaje para explorar las aguas al norte de las Bahamas con la idea de encontrar en aquella zona la isla de Bimini, una de las islas míticas en la que se suponía estaba la Fuente de la Eterna Juventud. No deben sorprendernos este tipo de motivaciones; los viajes de exploración eran frecuentemente emprendidos por aventureros que los entendían como modernas gestas de caballería, y parte del acicate que los impulsaba, amén de gloria y riquezas, era el afán de aventura y una exaltada fantasía con acusado componente mítico.
Un mes después de su partida, Juan Ponce de León divisó tierra. Era la costa continental de Norte América. Bautizó aquel territorio con el nombre de Florida conmemorando la fiesta de la Pascua, que se celebraba en aquellos días. No encontró la fuente milagrosa que buscaba y continuó su viaje hacia el Oeste. De nuevo encontró tierra, probablemente la península de Yucatán. Tampoco la fuente de la Eterna Juventud apareció en aquella parte, pero dio con algo que a la larga resultaría mucho más provechoso: las potentísimas corrientes del Atlántico norte, que iniciándose en la Corriente del Golfo, describían una curva subiendo desde el Caribe por el litoral atlántico para girar después hacia el Oeste, cruzar el océano y bañar con aguas cálidas las costas del Noroeste de Europa. Aquella resultó ser la ruta natural más efectiva para comunicar las zonas más septentrionales de ambos continentes. Con aquel descubrimiento quedó completo el mapa de los vientos y de las corrientes marinas del atlántico.
1539. Carta Marina de Olaus Magnus, editada en Venecia. Este gran cosmógrafo renacentista sueco, publicó el primer mapa detallado de Escandinavia con pretensión de ser exacto y preciso. Es un mapa preciosista y muy detallado en el que, además de los aspectos geográficos, se expresan las formas de vida de los pueblos septentrionales, buena parte de sus mitos y un importante elenco de monstruos marinos.
1562, El magnífico mapa de América de Diego Gutiérrez, cartógrafo español de la casa de contratación, presenta la costa este de América del Norte; América Central y del Sur en su totalidad y porciones de las costas occidentales de Europa y África. Ofrece, además, una prolija ilustración de todo el imaginario que desde que se iniciaran los viajes trasatlánticos de exploración se habían asociado al nuevo continente y a los océanos
CARTOGRAFÍA DE LA VUELTA AL MUNDO
1544, Mapamundi portulano de de Battista Agnese incluyendo el trazado de la trayectoria que siguió la expedición de Magallanes en su viaje de circunnavegación de la tierra. Este cartógrafo genovés parece ser el único que dio crédito a los pilotos y marineros que afirmaban una larga distancia entre el nuevo mundo y el lejano oriente y un perímetro de la tierra mucho mayor de lo que se suponía.
La cartografía de la segunda mitad del siglo XVI estuvo ligada a los viajes de exploración transoceánicos, al conocimiento de nuevas tierras y a la necesidad de armar y componer una visión cosmográfica real de todo el planeta y su imponente variedad a medida que todo ello se iba descubriendo.
A pesar de que Colón nunca llegó a reconocerlo, pronto los exploradores del Nuevo Mundo aceptaron que lo descubierto no eran las Indias orientales sino un nuevo continente que habría que explorar y descubrir, pero que de momento se interponía incómodamente entre Europa y Asia, que era el verdadero paraíso buscado. En la carrera por la ansiada conquista de oriente, Castilla llevaba desventaja. Los portugueses habían circunnavegado África y entre 1498 y 1515, habían establecido factorías y rutas comerciales en India y China, y además habían llegado a las Islas Molucas, las Islas de las Especias, desde donde se importaban las especias más valiosas: la nuez moscada, la macis y el clavo.
1529. Diego Ribero. Es una lámina muy original que delimita las zonas de influencia portuguesa y la española suponiendo que la separación es el antemeridiano de Tordesillas. Según este mapa, las apetecidas islas Molucas –Islas de las Especias- quedaban en territorio español. En la parte portuguesa (la de la izquierda) junto al barco hay una leyenda que pone “vengo de maluco”, en la parte hispana, en cambio, bajo el barco puede leerse “Voy a maluco”.
Esto ocasionaba un nuevo e importante problema diplomático entre España y Portugal, pues se daba por hecho que las islas Molucas estaban al oeste del antemeridiano de Tordesillas, por tanto en territorio de influencia hispana, sin embargo los navegantes españoles no podían llegar a ellas pues, según los tratados de Alcaçovas primero y el de Tordesillas después, la ruta africana estaba vedada a los españoles. Las expediciones castellanas tenían que navegar hacia occidente, y el nuevo mundo, cuyas dimensiones e importancia aún se desconocían, se interponía en el camino. Solo podían acceder al pacífico, al que entonces llamaban Mar del Sur, desde el nuevo continente.
Necesitaban encontrar un paso navegable que les permitiera sortear América y acceder a Asia y a las riquezas de oriente. Recordemos, además, que todas las referencias conocidas indicaban un tamaño de la tierra mucho menor al que realmente era. Por tanto el océano pacífico sería presumiblemente muy estrecho y el destino ansiado debía de estar muy cerca. Con esta idea se lanzaron los exploradores a buscar el paso que les conduciría a oriente.
1565. Copia de Paolo Forlani sobre un mapa realizado en 1546 por el cosmógrafo Giacomo Gastaldi. Muchos nombres de diversas localizaciones americanas, por ejemplo, California, aparecen en este mapa por primera vez. Era frecuente en este tipo de mapas con sucesivas reimpresiones a partir de una plancha original, añadir en las distintas reproducciones los elementos decorativos. Esta es una copia ricamente iluminada en la que se han reflejado diferentes tipos de embarcaciones, monstruos marinos y animales fabulosos poblando las partes menos conocidas del orbe y de los mares. Cartográficamente, su aspecto más destacable es, junto a la representación de un gran continente austral aún desconocido, la decidida seguridad con la que prolonga por el noroeste el continente americano para unirlo con las Indias Orientales.
En Septiembre de 1519 una expedición comandada por Magallanes y compuesta por cinco naves y 250 hombres, inició la empresa de encontrar la ruta que permitiera sortear América y llegar al Mar del Sur y a las Islas de las Especias. Fue largo encontrar el paso y peligroso atravesarlo, transcurrió más de un año antes de que el 27 de noviembre de 1520 consiguieran doblar al fin el extremo sur del continente americano y llegar al océano que llamaron Pacífico. La ruta resultó manifiestamente inútil. Demasiado al sur para resultar rentable y demasiado difícil remontar el océano para llegar a las islas asiáticas apetecidas a pesar de contar con la ayuda de los vientos alisios y de la corriente de Humbolt. En el año 1525 una segunda expedición tardó cuatro meses y medio en cruzar el paso entre el Atlántico y el Pacífico, a partir de entonces se recomendó abandonar la ruta que era demasiado larga, demasiado lenta y además no permitía la navegación en sentido opuesto.
Cinco siglos después, la circunnavegación de la tierra es aún una empresa complicada.
1565, Copia de Giovanni Battista Ramusio sobre un mapa de Giacomo Gastaldi realizado en 1556
Los conocimientos heredados de Ptolomeo establecían que el círculo máximo de la tierra era de 29.000 kilómetros, 11.000 por debajo de la medida real. Todos aquellos kilómetros insospechados estaban en el océano pacífico, cuya anchura máxima es de unos 17.700 km. A ellos tuvo que enfrentarse la expedición de Magallanes y aunque aquel dramático viaje, y también los posteriores, pusieron de manifiesto que el continente americano era vastísimo y que el océano Pacífico era un mar inmenso y desafiante, la mayoría de los cosmógrafos y los cartógrafos, convencidos de que los pilotos y marineros que explicaban tanta enormidad eran ignorantes y carecían de rigor científico, siguieron pensando durante años que las medidas eran mucho menores a las reales, de tal manera que apenas hay mapas anteriores al siglo XVII que reflejen la verdadera dimensión de las zonas del mundo que se iban descubriendo.
1598, Lámina del atlas de Abraham Ortelius correspondiente a los Mares del S
El viaje de Magallanes no resolvió el problema de encontrar una ruta practicable desde Europa hasta Asia viajando hacia el oeste, así que la exploración del Pacífico por parte de los españoles, hubo de realizarse en adelante desde los puertos de Nueva España y de Perú. Esto no resultó difícil. En 1527, una expedición comandada por Álvaro de Saavedra, aprovechando los vientos alisios del noroeste, llegó en pocas semanas desde México hasta las Filipinas. El problema era el regreso, todo intento de regresar a los puertos de partida terminaban fracasando y todo parecía demostrar que el nuevo gran océano solo era practicable en una dirección.
1570. Fragmento del atlas de Ortelius en el que se dibuja la costa de California justo enfrente y a una distancia irrisoria de Japón
El hallazgo de una ruta de regreso a Nueva España efectiva y segura, no se produjo hasta la década de los sesenta, y corrió a cargo del experto navegante Andrés de Urdaneta. Para conseguirlo, zarpó desde las Filipinas en Junio de 1565, impulsado por el monzón del verano, y viajó rápidamente hacia el norte hasta encontrar primero la corriente del Japón y después, más arriba, la corriente del pacífico norte, que vira hacia el este y regresa al continente americano. El viaje de Urdaneta, fue larguísimo; se recorrieron cerca de 18.000 kilómetros e invirtieron en recorrerlos algo más de cuatro meses, pero estableció una ruta viable y, a pesar de que algunos cartógrafos siguieron empeñados en acercar más de lo justificable ambos continentes, dejó prácticamente zanjado el tema de la enorme extensión del océano Pacífico por encima del ecuador.
A La conquista del Pacífico le faltaba aún un importante paso: viajar hacia el sur para encontrar el enorme continente austral desconocido y todos los misterios y prodigios que presumiblemente contenía. En 1567 el gobernador de Perú dio orden a Alvaro de Mendaña, su sobrino, de que descubriese la parte incógnita y encontrase los tesoros improbables que allí existieran. Zarpó la expedición del puerto del Callao navegando hacia el sur por un océano del que no existían cartas de marinar ni demasiados conocimientos de rutas y navegación. Los portugueses ya habían descubierto Nueva Guinea y se hablaba de islas tan ricas en oro que en ellas estaban las verdaderas minas del rey Salomón. Pasaba el tiempo y escaseaban el agua y los alimentos; cuando ya parecía que la misión iba a fracasar, llegaron al archipiélago situado al sur de Nueva Guinea. La cosa no resultó, no había minas de oro ni recursos extraordinarios y además los indígenas resultaron violentos y belicosos. Incluso se dio por hecho que eran caníbales. Además, no iba la expedición dotada de instrumentos fiables para fijar la latitud y la longitud, de tal manera que abandonaron las islas y en los siguientes veinticinco años no volvieron a encontrarlas. A pesar de ello les dieron el nombre de islas Salomón y quedó la conciencia general de que albergaban grandes tesoros.
1593, Cornelius de Jode, Lámina del este de Australia, Nueva Guinea y las Islas Salomón. Esta lámina manifiesta que al fin se había aceptado la inmensidad del océano y por primera vez se representa esta parte del mundo en una lámina independiente, separada de las Islas asiáticas.
A principio del siglo XVII, la expedición capitaneada por Pedro Fernández de Quirós, visto que las Islas Salomón se mostraron manifiestamente esquivas, decidió viajar más al sur con el objetivo de encontrar la Terra Australis, un gran continente de cuya existencia no se dudaba, pues resultaba imprescindible para equilibrar las masas continentales de ambos hemisferios. NO encontraron el enorme continente austral, pero en 1606 llegaron a una isla mucho más grande que cualquiera de las descubiertas hasta el momento, a la que llamaron Australia.
No es sin embargo descartable que los portugueses hubieran llegado a las costas australianas antes de esta fecha. En una nota manuscrita al pie de la siguiente lámina del Atlas Vallard, de 1547, aparece escrito “Primer mapa de Australia procedente del Atlas de Nicholas Vallard”.
Claro que ahí no pone cuándo ni quién escribió esa nota.
LA CARTOGRAFÍA EN EL SIGLO XVII
En el siglo XVII se establecieron los principios científicos de la cartografía y las inexactitudes más notables de los mapas quedan constreñidas a las partes del mundo que no se habían explorado.
La Corona portuguesa y la República Veneciana mantenían viva la tradición portulana, compilando series de mapas y creando atlas de alto valor estético. Sin embargo, las academias comienzan a encargarse de la actividad de la cartografía, es así como en Inglaterra e Italia, en la segunda década del siglo XVII, comienzan a realizarse las triangulaciones para generar las bases de sus propios mapas.
La Academia francesa, recién en la mitad de este siglo, comienza adoptar los adelantos impulsados por las casas holandesas de cartografía, encargándole a Jean Picard la misión de crear un nuevo mapa de París, cambiando la forma que hasta ese momento se tenía concebida de la ciudad de las luces. La Academia realiza numerosas mediciones en meridianos distantes entre sí, ubicados en Laponia y Perú, comenzando a dudar de la completa esfericidad de la Tierra, corroborando dicha teoría con los estudios realizados por Isaac Newton, quien planteó que la Tierra posee forma de elipsoide.
El Ejército francés, en 1668, crea el "Depósito de Guerra", en el cual se organizó toda la información cartográfica generada por el cuerpo de ingenieros y campamentos, siendo la base para la formación de los servicios cartográficos militares.
En el siglo XVII la invención del reloj de péndulo y después la del sextante permitieron eliminar errores groseros relativos a las latitudes y, sobre todo, a las longitudes.
SIGLO DE ORO DE LA CARTOGRAFÍA HOLANDESA
En el siglo XVII, conocido como el Siglo de Oro holandés, los barcos holandeses navegaban por el mundo entero, persiguiendo tanto fines militares como comerciales.
El arte de la producción de mapas terrestres y marítimos ya existía desde algún tiempo en la República de las Siete Provincias, que formaban los Países Bajos de entonces. Pero a medida que el mundo iba haciéndose más pequeño aumentaba enormemente la necesidad de disponer de mapas. El origen del papel rector que desempeñaban los Países Bajos en el terreno de la confección de mapas terrestres y marítimos se encontraba en los Países Bajos Meridionales. En el siglo XVI, la cartografía científica alcanzó allí, en la célebre Universidad de Lovaina (ciudad de Bélgica –Brabante– a orillas del Dyle), niveles muy elevados. La ciudad belga de Lovaina era la residencia de Gemma Frisius, famoso por el trazado de mapas mediante la triangulación (1533) y maestro de Gerardo Mercator.
Éste era en su tiempo el cartógrafo más influyente y construía esferas terrestres y celestes, instrumentos y mapas de una calidad excepcionalmente notable. Dio su nombre a la llamada proyección de cartas marinas, que aún en nuestros días sigue utilizándose. Es también el creador del atlas moderno, junto con el amberino Abraham Ortelius que con su Theatrum Orbis Terrarum (1570) fue el primero que reprodujo el mundo en una serie uniforme de mapas.
A fines del siglo XVI, numerosos desarrollos estimularon el florecimiento de la cartografía de los Países Bajos Septentrionales. La sublevación holandesa (1568-1648) contra la dominación española (conocida como la Guerra de Ochenta Años) dio un fuerte impulso a la cartografía bélica. Los ejércitos holandeses del norte necesitaban, por supuesto, mapas militares. La lucha por la libertad contribuyó igualmente a la demanda de mapas informativos. Los habitantes de la joven república deseaban estar minuciosamente al corriente de las últimas operaciones militares. A su vez los mapas detallados con información sobre expediciones militares, asedios y batallas saciaban el hambre del público con respecto a las últimas noticias de la empresa militar.
Además de satisfacer esta necesidad, los cambios en el interior del país contribuían también a la cartografía de los Países Bajos Septentrionales. La ampliación de las ciudades debido al enorme crecimiento demográfico del siglo XVII, la ramificación de las redes fluviales y terrestres, así como la desecación de los pólderes (región fértil ganada por el hombre al mar o hecha en terrenos pantanosos desecados) proporcionaban empleo a los cartógrafos también en tiempos de paz.
La cartografía adquiere una importancia de Estado, con producciones secretas para uso militar. Pero también la tiene para las empresas dedicadas al transporte de cabotaje y el comercio de ultramar, en una época mercantil, de exploración geográfica y asentamiento colonial. Y aún adquiere otro valor para la burguesía, que es el suntuario, pues la posesión de globos terráqueos o mapamundis les confiere un prestigio, por su carestía y vistosidad ornamental. En este ambiente destacan las iniciativas científicas y técnicas de las casas editoriales de Mercator, Hondius, Janssonius y Blaeu, empresas familiares que se relevan en la supremacía del sector y mantienen una prolongada tradición. La repercusión de este período es muy grande por su originalidad y vigencia.
Al caer Amberes a manos españolas, en 1585, la ciudad perdió también su posición privilegiada como centro del comercio mundial. A partir de entonces pasó a ejercerla Amsterdam, convirtiéndose definitivamente en el centro de la cartografía internacional. Muchos holandeses de los Países Bajos Meridionales abandonaron su suelo natal por motivos políticos, religiosos o económicos y buscaron su refugio en los Países Bajos Septentrionales. Estos inmigrantes trajeron consigo conocimientos científicos, capital y contactos internacionales. Amsterdam resultó una base muy atrayente para los cartógrafos de los Países Bajos Meridionales. La metrópoli, con su creciente prosperidad, ofrecía la oportunidad de empleo que se había perdido con el retroceso económico de Amberes.
Los viajes comerciales y los viajes de exploración fueron de importancia fundamental para el florecimiento de la cartografía del territorio holandés septentrional. El comercio de expansión ultramarino que se originó a fines del siglo XVI solicitaba recursos para lograr una navegación perfecta y segura. Y los Países Bajos Septentrionales se destacaron muy pronto en la producción de cartas marinas. En 1584 se publicó el primer atlas marítimo.
Con su “Spiegel der Zeevaart” (espejo de la navegación marítima), Lucas Janz Waghenaer expuso en mapas las costas de Europa –desde el estrecho de Gibraltar hasta Noruega y Finlandia–. Su labor tuvo un significado decisivo para la cartografía marítima comercial de los Países Bajos que pasaría a dominar más tarde el mercado mundial. La popularidad de Waghenaer fue tan amplia que su anglicanizado nombre “waggoner” se puso pronto de moda como término general inglés para designar toda clase de cartas marinas.
El comercio mundial y las exploraciones coloniales de la República de los Países Bajos (Unidos) en Asia, África y América contribuyeron también en el siglo XVII a un suministro constante de nuevos datos geográficos. A través de las relaciones comerciales se adquiría además el mejor material cartográfico de toda Europa. Los cartógrafos amsterdameses elaboraban minuciosa y rápidamente estos datos. Por otro lado, la demanda de mercaderes y exploradores estimulaba la producción de mapas actuales.
La sólida posición del comercio holandés de libros y mapas que se experimentó en el Siglo de Oro y la amplia red de relaciones comerciales garantizaban una distribución eficaz del material. Los éxitos holandeses cosechados en ultramar y el comercio de expansión aumentaban asimismo el interés por los conocimientos geográficos por parte de un amplio público.
Los editores amsterdameses respondían hábilmente a esa creciente demanda. Combinaban muy bien el fuerte espíritu empresarial con el sentido por el gusto artístico. El surtido era muy variado. Se podían adquirir mapas urbanos, panoramas de ciudad, guías para el marino, descripciones de viajes, mapas marítimos y terrestres de hojas sueltas con decoraciones al margen grabadas artísticamente. Globos geográficos en diversos tamaños reproducían la apertura de la Tierra y el cielo estrellado. Mapas murales de enormes dimensiones, suntuosamente decorados, adornaban casas señoriales y salas de reuniones. Las manchas blancas (terra incognita) de los mapas mundiales se rellenaban con imágenes de trajes regionales y vistas de ciudad. Con mapas colorados y tipografía de alta calidad, encuadernados en pergamino, piel de ternera o marroquí, o bien revestidos con terciopelo y confeccionados en varios idiomas y tamaños, los atlas reflejaban la gloria del Siglo de Oro.
El grabador de origen flamenco y editor Jodocus Hondius (1563-1612) dio luz verde para la publicación de una gran serie de atlas terrestres amsterdameses. Su adquisición de las planchas de cobre de los atlas de Mercator resultó ser un importante triunfo. Hondius popularizó el atlas de Mercator con la reedición ampliada en 1606. Además, junto con Johannes Janssonius, se encargó de la distribución internacional. Hondius completó el atlas de Mercator hasta formar un total de 143 mapas y así editar, en 1606, el Atlas Mercator-Hondius. Continuado por su hijo Henricus, la obra alcanzó los once tomos y unos 500 mapas, con abundantes reediciones. Sin embargo, el monopolio del atlas Mercator- Hondius no duró mucho tiempo.
Un competidor de los Hondius y continuador de Mercator es la familia Blaeu, con Willem Janszoon a la cabeza de la saga, que edita nuevos planisferios y atlas, a partir de las planchas de Mercator que compra en 1629. La producción de tres generaciones de Blaeu adquiere unos rasgos singulares, hasta constituir quizá la mayor empresa editorial de su época. En lo que se refiere a los materiales cartográficos, suprimen toda mención a Mercator, pero completan su obra y la dotan de una rica ornamentación y figuración. En definitiva, sus trabajos de edición consolidan la cartografía moderna y, lo que no es menos importante, la asocian a un giro estético propio del siglo XVII, en una relación inseparable. En efecto, son trabajos que pertenecen al gusto estético del barroco, dotado de un discurso iconográfico intenso, unas reminiscencias históricas eclécticas, un despliegue plástico subyugante y una teatralidad que concilia técnica y mitología. Éstos son los aspectos que nos interesa comentar a continuación, atendiendo a un atlas y a un mapamundi.
Precisamente, tomando la teatralidad como resumen del conjunto, cabe comentar que los atlas reciben el nombre de “El teatro -más exactamente, las imágenes- del mundo” o “Nuevo atlas”, como el editado por Willem y Joan Blaeu en 1635, que contiene unos mapas de gran belleza y cuidada tipografía y presenta una portada maravillosa. Por su parte, su mapamundi de mayor éxito es de 1648, a cargo de Joan con ocasión del fin de la guerra de los Treinta años. Se trata de la reedición de un mapa de 1606 publicado por el padre, Willem, que incorpora algunos descubrimientos, como el del estrecho de Le Maire, y conserva una orla decorativa sumamente interesante. Esta última obra mural, mucho más asequible y exhibible que el Atlas divulga e impone definitivamente la proyección de Mercator.
La irradiación internacional de la cartografía amsterdamesa fue enorme. La mayor parte de la producción de mapas iba destinada al mercado exterior. Hacia el tiempo en que los Países Bajos lograron establecerse como potencia mundial (1648) toda Europa dependía mucho de los mapas holandeses y de la habilidad cartográfica. En el siglo XVII, los capitanes de barcos franceses e ingleses dependían para su navegación de las guías marítimas holandesas y desde Alemania hasta España se importaban atlas de fabricación amsterdamesa. Los cartógrafos holandeses se introdujeron hasta Italia, un país con una gran tradición cartográfica, que produjo los primeros editores de mapas comerciales. El público de estos países prefería por lo general los mapas fidedignos holandeses en vez de los productos de su propia fabricación. Debido al alto nivel de grabado, los mapas holandeses continuaron siendo muy populares. En el siglo XVIII, Francia logró alcanzar a los Países Bajos con sus renovaciones cartográficas. Pero la gran capacidad profesional de los grabadores y la disposición de los canales de distribución adecuados se encargaron de que Amsterdam pudiera seguir conservando su destacado lugar dentro del comercio internacional de mapas.
Durante el siglo XVIII, ya no se trataba tanto de descubrir, para luego conquistar y colonizar, como de explorar y conocer a fondo el planeta. Todavía quedaban muchas islas en los mares que no habían sido pisadas, muchos accidentes geográficos desconocidos y mucha tierra virgen en el interior de los continentes, pero las nuevas expediciones tenían un carácter diferente, iban dirigidas al conocimiento específico y sistemático y contaban con la presencia de científicos, geólogos y botánicos. Sin embargo, navegar por los mares era una aventura sumamente arriesgada y procelosa, como prueban las aventuras del inglés George Anson (1697-1762), que recorrió todos los mares saltando de isla en isla al asalto de buques españoles y franceses y consiguiendo magníficos botines, por cuyos méritos fue nombrado par del reino, con el título de lord.
Entre las expediciones científicas del siglo XVIII cabe citar la realizada por Niebuhr en Arabia entre 1761 y 1766. Más significativos fueron los viajes del Endeavour, capitaneado por James Cook, entre 1768 y 1771. Este fue el primero que incluyó en su tripulación a un naturalista y a un astrónomo, y que partió con el fin de realizar una exploración detallada de los territorios a los que llegaba. El Endeavour recorrió los mares del Sur desde Australia, por Tasmania y Nueva Zelanda, y fijó la posición de numerosas islas. En un segundo viaje, Cook alcanzó los hielos antárticos. En el tercero, tras descubrir las islas Sandwich, murió en una escaramuza con los indígenas. Cook dejó un libro titulado Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo.
Entre 1766 y 1769, el francés Bougainville dio la vuelta al mundo y a él se debe el descubrimiento de Tahití. Bougainville murió cuando proyectaba un viaje al Polo Norte. Otros navegante por el Pacífico fue La Pérousse quien desapareció en un naufragio junto a la isla de Vanikoro en el año de 1788.
En el reinado de Carlos III y apadrinadas por el conde de Aranda, partieron desde España diferentes expediciones botánicas y científicas que exploraron el interior del continente americano por diversas rutas. Por desgracia, el desorden político llevó a la pérdida de materiales valiosísimos, algunos de los cuales no pudieron recuperarse hasta el siglo XX. En julio de 1789 zarparon de Cádiz La Descubierta y La Atrevida, capitaneadas por Alejandro Malaspina. Tenía el fin de trazar un mapa exacto de las posesiones españolas de ultramar, estudiar el litoral y colaborar en la resolución de problemas científicos que exigiesen realizar experimentaciones en distintos puntos del globo.
Por su parte, los franceses realizaron expediciones para medir el arco del meridiano en Laponia y junto al ecuador, dejando así confirmada la teoría del achatamiento de la esfera terrestre por los polos. A estas expediciones pertenecen los viajes de Maupertius y el de La Condamine.
Aunque a finales del siglo XVIII decae el poder de los cartógrafos holandeses, a lo largo de esa centuria aún destacan cartógrafos de la talla de Joanes van Keulen, Frederik de Wit y los Danckers
CARTOGRAFIA FRANCESA
Hasta el siglo XVII los aportes de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, además de los descubrimientos de nuevas tierras, la creación de instrumentos de medición como el octante, la brújula y el sextante, no dejaban nada de la forma del mundo por conocer. Sólo quedaba lograr la exactitud de las medidas terrestres, lo que sería trabajo para los topógrafos y las academias.
En 1666, se crea la Real Academia de Ciencias de París, en la cual astrónomos, cartógrafos y matemáticos europeos realizaron estudios para mejorar las técnicas de la cartografía, dentro de las cuales está el perfeccionamiento del cálculo de la longitud terrestre y la exacta medición del arco de la circunferencia de la Tierra, este último adelanto de índole geodésica, impulsaría el avance de la cartografía del siglo XVIII.
Es así como nace una cartografía más científica, olvidando el sistema de coordenadas de Ptolomeo, además dejando de lado los adornos y coloridos fuertes presentes desde la cartografía medieval hasta la del siglo XVII, destacándose una cartografía más sobria y austera, lo que implica una reforma de ésta, encabezada por las academias francesa e inglesa, debido a la gran demanda cartográfica generada por estos países colonialistas.
La reforma cartográfica puso de manifiesto los errores de los antiguos mapas, implicando su revisión y re-confección, basada en métodos más modernos y más exactos. Fue Cassini y tres de sus generaciones los grandes precursores de esta nueva cartográfica, contribuyendo con los levantamientos topográficos y creación de mapas de toda Francia.
A finales del siglo XVII las determinaciones astronómicas tomadas en las diversas partes del mundo, y en particular, en Asia Oriental, eran lo bastante numerosas para que no se conservasen ya en los mapas los errores que los desfiguraban. Los datos falsos y los verdaderos mezclados desde siglos formaban un laberinto necesitado de una revisión total. El geógrafo francés Guillermo Delisle (1675-1726) publicó en 1700 un mapamundi que situaba en su lugar y con dimensiones correctas las regiones orientales del antiguo continente.
Jean Baptiste Bourguignon D'Anville tenía 29 años cuando Delisle murió en 1726. Profesó por la geografía una vocación casi innata, ya que de niño era su juego y su distracción. Luego fue su constante preocupación y el pensamiento de toda su vida. Dedicó a ella todos sus estudios y sus cualidades unidas a un innegable gusto artístico. A los 22 años se dio a conocer por una serie de mapas de Francia, producciones que tenían ya un sello original que distinguieron siempre sus obras posteriores.
La Academia de las Ciencias de Francia trabaja en perfeccionar la geografía astronómica y matemática y enviaba a viajeros aislados o comisiones a diferentes partes del Globo; unos, para resolver el problema de la física terrestre, como Ridrer, que en 1672 fue a la isla de Cayena, y otros, como M. De Chazelles, en 1694, para determinar la latitud y la longitud de algunas posiciones importantes en el interior del Mediterráneo, a fin de disipar algunas dudas que quedaban acerca de la longitud de este mar tan mal representado según los datos de Tolomeo. Otros se dirigieron a Laponia y al Perú, para medir al mismo tiempo dos arcos de meridiano, más allá del círculo Polar el uno y cerca del ecuador el otro. De este modo se comprobó la exactitud de la teoría newtoniana acerca del achatamiento del globo terrestre. Tanto las operaciones de Laponia, ejecutadas desde 1735 a 1737 por Clairant y Maupertius, como las del ecuador, desde 1735 a 1739 por La Condamine, Godin y Bouguer, acompañados de Antonio de Ulloa y Jorge Juan, confirmaron las deducciones teóricas y pusieron de manifiesto el aumento progresivo de los grados terrestres a partir del ecuador. Colbert pidió a la Academia de las Ciencias la descripción geométrica del reino y Cassini de Thury, director del Observatorio y nieto del gran astrónomo, concibió una proyección cartográfica que lleva su nombre. En 1744 comenzó las primeras operaciones, ayudado por su hijo, de muchos astrónomos y de una treintena de prácticos hábiles en el levantamiento de planos. Este trabajo fue terminado en 1773 y sirvió de modelo para proyectos similares llevados a cabo en otros países.
CARTOGRAFÍA INGLESA
En Inglaterra destacan las figuras de Hermann Moll (1688-1734), William Faden y Aaron Arrowsmith; pero el hecho revolucionario protagonizado por Inglaterra en el contexto de la cartografía europea fue la fundación en el año 1791 del Ordnance Survey, primera institución oficial que tuvo a su cargo el establecimiento y mantenimiento de los mapas
CARTOGRAFÍA ALEMANA
En la Alemania pueden citarse las figuras de Johann Baptist Homann (1663-1724), George Mathäus Seutter (1678-1756) y la editorial fundada por Justus Perthes en la localidad de Gotha en 1875, que destacó en la confección de Atlas.
La cartografía española, realizada de un modo sistemático y exhaustivo, no toma cuerpo hasta mediados del siglo XVIII, con la aparición de la importante escuela de los marinos cartógrafos y con la creación del cuerpo de Ingenieros del Ejército.
Los intentos de formar mapas que cubriesen la totalidad del territorio español se repitieron constantemente con resultados diversos. Entre 1739 y 1743 los jesuitas Carlos Martínez y Claudio Vega realizan por encargo del marqués de la Ensenada un mapa general de España a escala 1:440.000, al que le falta por trazar la parte noroccidental del territorio, no llegando a ser editado.
Por iniciativa también del marqués de la Ensenada en su época de Secretario de Hacienda se llevó a cabo en Castilla entre 1750 y 1756 la operación conocida como "Catastro de Ensenada". Su objetivo era de recoger información sobre los bienes inmuebles, con la revolucionaria intención de sustituir impuestos tales como sisas, cientos y alcabalas por otro que grabase los bienes inmuebles y los derivados de actividades lucrativas, lo que suponía, además, el fin de la exención fiscal de los estamentos privilegiados. El planteamiento básico del Catastro fue la consideración del pueblo como unidad recaudatoria mínima, debiendo éste encargarse de recaudar entre sus habitantes la cantidad a pagar en función de las riquezas consignadas en el Catastro. Desde el punto de vista cartográfico se pretendió realizar planos elaborados por geómetras de los más de 15.000 términos que formaban la Corona, así como de todas y cada una de las tierras existentes en dichos términos, encomendando la realización de los mismos a agrimensores. Los resultados de la operación fueron muy desiguales en función del tamaño de la parcelación de cada zona y del celo de las personas que realizaron los trabajos.
Otro ambicioso proyecto cartográfico impulsado por Ensenada fue el intento de formar un mapa general a escala 1:100.000 por parte del astrónomo y marino Jorge Juan y Santacilia (1713-1773), presentado bajo el título de Método de levantar y dirigir el mapa o plano general de España con reflexiones a las dificultades que pueden ofrecerse.
El marino Vicente Tofiño, director de la Escuela de Guardamarinas, realiza el primer mapa científico de las costas españolas midiendo una cadena geodésica litoral y determinando posiciones astronómicas de los puntos más notables. Publicó el Derrotero de las costas de España y Atlas Marítimo de España. Estas cartas de gran belleza y rigor matemático tuvieron vigencia hasta bien entrado el siglo XX, aportando un conocimiento casi exacto del contorno peninsular.
Entre todas estas contribuciones cartográficas destaca la presencia del Atlas Geográfico de España creado por Tomás López (1730-1802). Una titánica obra, sin parangón en la historia de la cartografía española, que apenas es conocida y apreciada debido, en gran parte, a la escasez de ejemplares conservados en bibliotecas españolas.
La estricta política de sigilo decretada por los monarcas Carlos V y Felipe II en el transcurso del siglo XVI, sumada a la indiferencia mostrada por sus sucesores y la apatía de la sociedad española del siglo XVII, habían contribuido a la inexistencia de una cartografía detallada de todos los escenarios de la Península. Sólo la presencia de una mayor sensibilidad territorial y las necesidades políticas manifestadas por sus gobernantes, explican la estampación de ejemplares correspondientes a escenarios regionales, especialmente de la antigua Corona de Aragón (Valencia: Cassaus 1693; Cataluña: Aparici 1720; Aragón: Labaña 1620, Seyra 1715). El resto de los territorios, salvo contadas excepciones, seguirá careciendo de una cartografía pormenorizada de su escenario.
Los afanes mercantiles que presiden los establecimientos holandeses, franceses, italianos o alemanes generaron la producción y difusión de unos ejemplares diseñados por sus respectivos geógrafos. La adquisición de estas estampas por parte de la aristocracia española explica que sea la empleada en episodios bélicos, decisiones diplomáticas o tareas administrativas. Será en el transcurso del siglo XVIII, con la entronización de la nueva monarquía y la asunción de los ideales reformistas propagados por la Ilustración, cuando surja una mayor sensibilidad territorial y la apremiante necesidad de disponer de un mayor caudal de datos. Contemplamos una seria preocupación por el lamentable estado en el que se halla la representación cartográfica de España, inquietud desencadenada ante la política centralizadora e intervencionista que se desea aplicar. La conveniencia de disponer de buenos mapas y una copiosa información geográfica generará la aparición de diversas iniciativas, unas más eficaces que otras. Los frutos tangibles de este notorio cambio de sensibilidad los advertiremos en el ocaso de este siglo, con la disponibilidad de mapas detallados de todas sus regiones y cartas precisas del contorno costero.
Entre las medidas aprobadas por el gobierno se halla el envío de jóvenes pensionados a la capital francesa en 1752, para que aprendan allí el oficio de geógrafo y se adiestren en el grabado cartográfico. Según el plan previsto, a su vuelta se ocuparían del grabado, estampación y comercialización de ejemplares, proporcionando a la sociedad española los mapas que precisaba. Uno de los jóvenes seleccionados para desempeñar esta misión fue Tomás López (1730-1802), invirtiendo en su formación nueve años de su vida (1752-1760). Desde su retorno a la capital de España, se especializó en el dibujo y la publicación de mapas de territorios pertenecientes a la Corona. Una ansiada y estratégica labor a la que consagrará el resto de su vida. Su actividad cartográfica fue continuada, en parte, por sus herederos, especialmente su hijo Juan López (1765-1825), quienes tratarán de abastecer las necesidades cartográficas sentidas por la sociedad, no solamente la española, durante gran parte del siglo XIX. No obstante, sus descendientes no llegaron a mejorar ostensiblemente la contribución cartográfica heredada. Tampoco, otros autores contemporáneos, lo que acredita el alcance e importancia que cobra la obra producida por Tomás López.
Ver "HISTORIA DE LA GEOGRAFÍA"
El impulso tecnológico emprendido por la Revolución Industrial y el nacionalismo generado por la Revolución Francesa, traen consigo un cambio en el pensamiento del siglo XIX. Este cambio se traduce en las políticas de guerras producidas por los aires colonialistas de las grandes potencias europeas, lo que genera un impacto en la cartografía de este siglo.
Las anexiones de territorios, los estados de guerras entre países y el necesario conocimiento del propio territorio, llevaron a los ejércitos europeos a disponer de levantamientos y descripciones lo más exactas posibles, de las zonas a dominar.
A fines del siglo XVIII y principios de siglo XIX, las oficinas topográficas de los ejércitos europeos y coloniales tenían a cargo la cartografía de sus territorios. Es así como desarrollan supremacía técnica en la elaboración de mapas y los grandes institutos cartográficos dependerán de los altos mandos militares y su obra consistiría en llevar a cabo los atlas nacionales.
LA CARTOGRAFÍA DE ESTADO
El siglo XIX fue un período crucial para el desarrollo de la cartografía moderna. Al final de las guerras napoleónicas únicamente Francia contaba con un mapa general basado en determinaciones astronómicas y apoyado en una amplia red de triangulación. En la última década del ochocientos todos los Estados europeos, con la excepción de Grecia y Turquía, intentaban completar levantamientos topográficos de gran precisión basados en redes geodésicas normalizadas, y habían acometido la publicación de cartas topográficas de gran escala (desde 1:10.000 a 1:100.000). Paso a paso los mapas topográficos nacionales habían progresado en claridad, precisión y uniformidad, mientras gobiernos con orientaciones políticas muy dispares invertían cuantiosas sumas en la organización y mantenimientos de los servicios cartográficos estatales.
De hecho, los mapas topográficos se consideraron indispensables no sólo por su utilidad estratégico-militar, sino también por su primordial importancia para las tareas de gobierno en ámbitos como las obras públicas, la modernización de las redes de transporte o el fomento de la agricultura, y en general para la organización de la Administración pública. En consonancia, parece más adecuado entender el desarrollo de la cartografía topográfica como la institucionalización de un servicio público del que pudieron ser garantes distintas instituciones del estado, ya fueran estas civiles o militares. En realidad en la ejecución de los mapas topográficos aparecen modelos distintos. En algunos países, por ejemplo en Francia y en Bélgica, la responsabilidad de la cartografía topográfica recayó exclusivamente sobre las instituciones militares. En Gran Bretaña, partiendo de un diseño militar de la cartografía de base se pasó en la segunda mitad del siglo XIX a un evidente control de la producción cartográfica por parte de la Administración civil. En Portugal y en España la responsabilidad nominal sobre los mapas topográficos recayó en instituciones civiles, aun cuando la participación de los cuerpos militares en las operaciones geodésicas fue decisiva. En estos, como en otros casos, el control militar sobre las triangulaciones y parcialmente sobre los levantamientos topográficos, puede ser satisfactoriamente explicado como una de las inconsistencias del poder civil durante el siglo XIX. Un fruto más de la contradicción entre las necesidades de una moderna administración del Estado y la carencia de medios económicos, técnicos e institucionales para llevar a cabo las tareas necesarias.
Entre los rasgos definitorios de la cartografía del siglo pasado suelen subrayarse aquellos que son testimonio de su avance técnico-científico. Entre otros, el mayor detalle y expresividad de los mapas que se publican, la creciente precisión lograda por el empleo de grandes escalas, la mejora en los sistemas de representación del relieve, y la generalización de levantamientos topográficos que se apoyan en redes geodésicas homologadas internacionalmente. Todo ello es cierto, como también lo es la creciente uniformidad de la producción cartográfica, propiciada por la homogeneización de la simbología y la internacionalización del sistema métrico-decimal. Falta, no obstante, añadir lo principal. La cartografía del siglo XIX no es tan sólo una cartografía expresiva, precisa y de base científica, es, sobre todo, una cartografía "sin nombres", una empresa del Estado.
Una herramienta estratégica; un instrumento de gobierno.
Desde el punto de vista político-administrativo el mapa topográfico nacional fue considerado durante todo el siglo XIX como uno de los más útiles instrumentos de gobierno. El mapa topográfico constituye una precisa y sistemática descripción física del territorio; por lo tanto, su levantamiento resultaba necesario como conocimiento preliminar para el trazado de vías de comunicación, el desarrollo de obras públicas o de planes de regadío, y en general para cualquier intervención planificada sobre el territorio. Más aún, según las exigencias científicas de la época, el inventario de los recursos naturales del país debía apoyarse en una cartografía de base adecuada. Por ello, la formación de una cartografía temática, fuera esta geológica, agronómica o forestal, exigía disponer previamente de buenos mapas topográficos.
El mapa topográfico aporta una representación uniforme y general del territorio del Estado, y en este sentido es la herramienta imprescindible para acometer cualquier propuesta de reforma o reorganización territorial, bien sea a escala local, por ejemplo en los trabajos de demarcación municipal, o a escala regional. Asimismo, y en el ámbito puramente administrativo, el levantamiento de mapas topográficos a gran escala tenía una estrecha relación con los diferentes proyectos de reforma fiscal acometidos en Europa durante el siglo pasado. La pretensión de imponer impuestos directos sobre la propiedad inmueble, y de distribuir equitativamente la contribución territorial, exigía disponer de un catastro parcelario realizado con precisión y a gran escala. Por mor de la precisión, la ejecución del catastro debía apoyarse en una red de triangulación establecida científicamente; por esta razón, en diversos países se contempló el levantamiento topográfico-catastral como una tarea paralela o complementaria a la formación del mapa topográfico. Incluso en los casos en que por consideraciones políticas o de tipo económico se pretendió realizar un catastro exclusivamente planimétrico, sin información altimétrica de ningún tipo, el mapa topográfico fue considerado usualmente como un mapa de "avance catastral", y por ello un útil instrumento de carácter administrativo-fiscal. Nada tiene de extraño pues que el mapa nacional, junto al catastro y la estadística, ocupara un lugar relevante en la retórica política del ochocientos.
Por otra parte, el mapa topográfico a gran escala ofrecía utilidades muy preciadas también en otro terreno: el estratégico militar. El control militar del espacio impone en cada época sus propias exigencias de reconocimiento e información territorial. Hasta el siglo XVIII la relativa ritualización del arte de la guerra, y la escasa movilidad de las fuerzas permitían economizar la representación de grandes espacios, que no eran teatro directo de las operaciones militares. La cartografía militar estuvo así, durante mucho tiempo, orientada primordialmente al levantamiento de planos de plazas fuertes, o a la formación de mapas de confines y fronteras; justamente de los espacios a los que se asignaba un mayor valor estratégico.
La ingeniería militar, que desde el Renacimiento se había constituido como un saber especializado en torno a las obras de fortificación y defensa, extendió durante los siglos XVIII Y XIX el campo de sus aplicaciones. Como muestran los estudios dirigidos por Horacio Capel, los ingenieros militares fueron durante la centuria ilustrada una de las corporaciones técnicas más eficaces y sólidas con que pudo contar el Estado en sus tareas de organización espacial, así en el terreno militar como en el terreno civil. Tanto en Francia como en España se crearon durante el setecientos academias militares y centros específicos para la formación de ingenieros. Las enseñanzas impartidas en aquellos centros incluían estudios de fortificación y de dirección de obras civiles, así como los conocimientos necesarios para efectuar los levantamientos cartográficos que debían servir de base a grandes obras públicas. El modelo de la ingeniería militar hispana, o el ejemplo del Cuerpo de Ingenieros Geógrafos de Francia, fue adoptado, con distintas variantes nacionales, por todos los países europeos. De este modo, cuando a principios del siglo XIX los distintos gobiernos se plantean la formación de mapas topográficos a gran escala, existen ya corporaciones técnicas experimentadas en las operaciones geodésicas y topográficas, y que cuentan con un alto grado de organización.
Paralelamente, la mayor movilidad de los ejércitos, patente ya durante la centuria ilustrada, demandará nuevos documentos gráficos. Surgen de esta manera los mapas itinerarios, un producto clásico de la cartografía militar destinado a resolver los problemas estratégicos del movimiento de tropas. Y pronto, como pondrán de manifiesto las guerras napoleónicas, la dirección de las operaciones militares reclamará una cartografía de conjunto, precisa y uniforme, que represente con el mayor detalle las variaciones del terreno, los accidentes topográficos, las vías de comunicación, y eventualmente los recursos del territorio. El mapa topográfico general constituirá así la herramienta estratégica reclamada por los Estados Mayores de todos los ejércitos europeos durante el siglo XIX.
La multiplicidad de funciones, civiles y militares, del mapa topográfico, y el papel clave de la cartografía de base respecto al diseño general de la información geográfica, abrían diversas posibilidades para la organización de los servicios cartográficos, y en particular para la dirección de los levantamientos topográficos. ¿Era compatible la formación de planos parcelarios, necesarios para el catastro, con la ejecución del mapa topográfico? ¿Debía apoyarse toda la cartografía de gran escala en una única red geodésica? ¿Podían coordinarse los diferentes levantamientos cartográficos bajo una dirección única? ¿Cuál sería, en ese caso, la división de competencias entre los distintos organismos? Por último, ¿qué relaciones debían establecerse entre la información topográfica, catastral y estadística?
Cuestiones como las citadas fueron ampliamente debatidas en casi toda Europa desde comienzos del XIX. Razones de eficacia administrativa aconsejaban imprimir una dirección única a los trabajos cartográficos, y vincularlos estrechamente con las operaciones catastrales y estadísticas. Razones de economía inducían a coordinar los levantamientos parcelarios del catastro con las mediciones topográficas. Sin embargo, resulta obvio que cualquiera que fuese la solución organizativa, ésta iba a afectar a las estructuras ya existentes, y tocar aspectos importantes del diseño administrativo del Estado del XIX. En concreto, lo que estaba en discusión era, entre otras cosas, el grado de centralización y homogeneidad de la información territorial, la primacía de determinados cuerpos y organismos del Estado en el control de esa información, y el equilibrio de poderes entre la Administración civil y la castrense en materia cartográfica.
El caso de Francia, durante el período revolucionario, ofrece un ejemplo particularmente elocuente de lo que aquí venimos tratando. Entre las primeras medidas discutidas por la Asamblea revolucionaria, en 1789, figuran la reorganización del mapa administrativo de Francia, la modernización del sistema de pesos y medidas y el establecimiento del catastro. Los tres proyectos entrañaban una neta ruptura con el modelo territorial del Antiguo Régimen, cuya realización implicaba importantes desafíos cartográficos.
La racionalización de la división administrativa de Francia fue encargada a Cassini IV, que elaboró el nuevo mapa departamental presentado en abril de 1790. Apenas un mes más tarde la Asamblea Constituyente adoptaba el sistema métrico para sustituir la heterogeneidad de pesos y medidas vigente durante el Antiguo Régimen. Poco después se encomendaba a una comisión la realización de los trabajos geodésicos necesarios para la determinación del metro: en particular la medida de un arco de meridiano entre Dunkerque y Barcelona. La adopción del sistema métrico fue seguida de una nueva medida racionalizadora y uniformista: el establecimiento del catastro. El 3 de septiembre de 1791 un decreto proclamaba el establecimiento del catastro general de Francia, de cuya realización técnica se encargaría a los ingenieros de Caminos. Gaspard-François de Prony (1755-1839), profesor y más tarde director de L&rsquo;Ecole de Ponts et Chaussés,fue nombrado director de la Oficina del Catastro, y elaboró el proyecto general del mismo.
Sin embargo, el ambicioso proyecto de Prony sufrió sucesivas dilaciones y acabó naufragando antes de finalizar la década. La medición del arco de meridiano entre Dunkerque y Barcelona, en la que trabajaban Delambre y Pierre-François Mechain, se dilató bastante más de lo previsto. Las operaciones geodésicas se vieron frenadas una y otra vez por la inestabilidad política de la época y por numerosos imprevistos, y los cálculos no finalizaron hasta 1798. Al año siguiente se legalizaba el nuevo sistema métrico decimal, pero entonces era ya demasiado tarde. La inflación, las dificultades presupuestarias, y los escasos resultados prácticos obtenidos, habían puesto en una situación muy difícil a los organizadores del catastro. En medio de sucesivas reducciones presupuestarias la Escuela de Geodesia fue desmantelada, y en 1801 acabó por suprimirse la Oficina del Catastro.
La quiebra del plan modernizador de Prony estuvo precedida por el fracaso de otro ambicioso proyecto de centralización cartográfica, y de control de la cartografía por la Administración civil. El 8 de junio de 1794, con Robespierre en el poder, el Comité de Salud Pública ordenó el establecimiento de un Archivo Nacional de Mapas bajo la dirección de la Comisión de Obras Públicas. El nuevo organismo venía a reemplazar los importantes archivos del Depósito de la Guerra, del Cuerpo de Fortificaciones, de la Marina, y de otros organismos del Estado, reuniendo en un fondo único todo tipo de obras geográficas y cartográficas tanto civiles como militares. La caída de Robespierre, pocos meses más tarde, y las conmociones políticas subsiguientes, acabaron liquidando el archivo unificado de mapas, recuperando marinos y militares sus preciosas colecciones.
Los ingenieros militares del Depósito de la Guerra pusieron a prueba su competencia cartográfica en los extensos territorios conquistados por Napoleón. Mientras tanto, en 1802 se ordenaba iniciar de nuevo los trabajos catastrales, pero esta vez con una nueva orientación que buscaba conseguir resultados a corto plazo. La responsabilidad del catastro se trasladó a los Departamentos, y la modalidad adoptada consistió en realizar un levantamiento por masas de cultivo, prescindiendo de la medición de parcelas y de la identificación de las propiedades. Una vez determinadas las superficies globales de los cultivos, y evaluado su rendimiento, la carga fiscal debía repartirse en función de las declaraciones de superficie de los propietarios. Los planos catastrales se efectuaban a escala 1:5.000, y en los cinco años siguientes se realizaron alrededor de 15.000 mapas de masas de cultivo. La caída de Napoleón y el desmembramiento del Imperio obligaron a replantear el diseño global de la política cartográfica, reapareciendo de nuevo diferentes concepciones sobre el Mapa de Francia.
La comisión interministerial alcanzó un consenso rápido sobre las características del nuevo mapa topográfico. Se haría a escala 1:50.000, y sería realizado mediante colaboración entre el Depósito de la Guerra y el servicio catastral. El Depósito se haría cargo de las triangulaciones geodésicas de primer y segundo orden. El Servicio del Catrastro debía ejecutar las triangulaciones de tercer orden, los trabajos planimétricos y la reducción de los planos parcelarios. En pocas palabras, la geodesia sería competencia de los militares y la topografía de los civiles. El grabado y edición del mapa quedaban encomendados también al Depósito de la Guerra.
Paralelamente a la consolidación ochocentista de los servicios cartográficos, tuvo lugar en Francia la modernización de las prácticas censales y la institucionalización de la Estadística. A principios del siglo XIX las competencias estadísticas estaban divididas entre el "Bureau de Statistique" del Ministerio del Interior, y distintas oficinas ministeriales que recopilaban información de carácter sectorial. Desde 1832 la Oficina de Estadística del Ministerio de Comercio adquirió cada vez mayor importancia. Finalmente, en 1852, se organizó la Statistique General de France como un auténtico servicio central de estadística, con amplia autonomía organizativa y competencia sobre todo género de información demográfica y económica.
En resumen, la Francia de la Restauración, pese a la tradición de centralización administrativa que habitualmente se le supone, acabó adoptando un esquema descentralizado para la información geográfica. Los tres pilares de la administración moderna, según la retórica ochocentista, el mapa topográfico, el catastro y la estadística, aparecen fragmentados en tres organismos diferentes, y con filiación ministerial diversa.
La impronta del modelo francés es patente en los países que formaban parte del Imperio. En el territorio belga se había efectuado el levantamiento del catastro napoleónico con toda rapidez, y los ingenieros del Depósito de la Guerra habían desarrollado una amplia actividad. Tras la independencia de Bélgica, las cosas siguieron evolucionando de modo paralelo a Francia. En 1831 se creaba en Bélgica un Depót de la Guerre et de la Topographiea imagen del homónimo francés, y el primer gran proyecto cartográfico de esta institución fue la realización de un mapa topográfico de Bélgica a escala 1 :80.000. La coincidencia es fácilmente explicable: el General Evain, entonces Ministro de la Guerra en Bélgica, había sido director del Depósito de la Guerra en París.
La idea inicial para el mapa belga consistía en apoyar la red geodésica en la triangulación francesa, y aprovechar la planimetría del catastro para, mediante reducción, obtener las minutas del mapa topográfico. Las reducciones catastrales se realizaron entre 1833 y 1840, sin embargo, la triangulación geodésica sufrió una notable demora. A mediados de siglo se modificaron los planes, y se decidió la formación de una carta a escala 1:40.000. La medida de bases de la red geodésica se realizó en 1850; la triangulación y los trabajos de nivelación se extendieron desde 1854 hasta 1873. La edición del mapa fue iniciada en 1861 por el Depósito de la Guerra. La orografía se representó mediante curvas de nivel con una equidistancia de 5 metros, lo que suponía una notable innovación entre los mapas topográficos de la época. Para el grabado se utilizó la litografía, y la edición se hizo en negro.
Las minutas de la Cartetopographíque de Belgíque, 1:40.000, que habían sido realizadas a escala 1:20.000 fueron publicadas a partir de 1865 utilizando un nuevo sistema de reproducción: la cromofotolitografía. La edición de las minutas dio lugar al Mapa topográfico 1:20.000, en 427 hojas, publicado en colores. A partir de 1878 el Depót de la Guerre de Bélgica se transformó en Instítut Cartographíque Mílítaíre, adoptando posteriormente las siguientes denominaciones: Instítut Géographíque Mílítaíre (1947), e Instítut Geographíque Natíonal (1976).
Las observaciones astronómicas para formar el mapa de Holanda se habían iniciado en 1802, siendo dirigidas por el General Krayenhoff, inspector general de fortificaciones. Posteriormente la producción cartográfica se dividió en dos secciones diferentes. Los trabajos de campo se encomendaron al Estado Mayor, mientras que las operaciones de gabinete pasaron a depender del Instituto Topográfico de La Haya. Las 62 hojas del Mapa Topográfico de Holanda se grabaron sobre piedra, utilizando el tradicional sistema de normales para la representación del relieve. A partir de 1862 se inició en Holanda la formación del mapa topográfico a escala 1:25.000.
La gestión de los servicios cartográficos en Alemania recayó igualmente en manos militares, pese a la relativa descentralización de los trabajos topográficos. La dirección central de los levantamientos terrestres en el Imperio Alemán estaba a cargo del Landes-Autnahme, organismo militar radicado en Berlín, y dirigido por un Coronel del Estado Mayor. En 1885 este centro contaba a su servicio con más de 500 funcionarios, de los cuales 93 eran oficiales de Ingenieros o del Estado Mayor y 408 oficiales técnicos.
El Landes-Autnahme controlaba asimismo la actividad cartográfica de Prusia, donde los levantamientos eran competencia del Ministerio de la Guerra desde 1816. En Sajonia los trabajos topográficos eran efectuados por el Cuerpo de Estado Mayor dirigidos por un coronel de ese Cuerpo. En Baviera, los levantamientos venían siendo realizados por este mismo cuerpo militar con continuidad desde 1817. Las operaciones trigonométricas y topográficas en Badem habían sido iniciadas en 1812 por el Cuerpo de Ingenieros Militares; en 1885 el TopographíschesBureau dependía del Ministerio de Comercio, pero estaba a cargo de un oficial del Estado Mayor prusiano. Únicamente la Oficina Estadística y Topográfica de Würtemberg, en la que trabajaban alrededor de 30 personas, contaba con una dirección civil.
Los primeros levantamientos efectuados en Austria en la segunda mitad del siglo XVIII fueron ejecutados por oficiales del Ejército. En 1816 el Depósito de la Guerra austríaco fue transformado en el lnstituto Geográfico Militar del Estado Mayor, fijando su sede en Milán. Desde 1839, el Instituto Geográfico Militar, trasladado definitivamente a Viena, tomó a su cargo la formación de la Spezialkartedel Imperio Austro-húngaro a escala 1:75.000.
Tras la unificación, los trabajos topográficos realizados en Italia fueron dirigidos por el Instituto Geográfico Militar de Florencia, un centro dependiente del Estado Mayor del Ejército. El Instituto Geográfico Militar estaba formado por oficiales de Estado Mayor, Ingenieros Militares, y oficiales de Artillería, Caballería e Infantería, además de un cierto número de técnicos y asistentes civiles.
En Dinamarca, la Real Sociedad Científica había realizado importantes trabajos cartográficos hasta 1843, compartiendo la responsabilidad de los levantamientos con el Estado Mayor, que había sido creado en 1808. Sin embargo, desde mediados de siglo todas las actividades cartográficas de la Real Sociedad Científica fueron transferidas a la sección topográfica del Estado Mayor, la cual tomó a su cargo exclusivo la geodesia y la topografía.
En Suecia los servicios cartográficos habían sido organizados en 1811, formando parte del Cuerpo de fortificaciones del Ejército que llevaba el nombre de Cuerpo Real de Ingenieros. En 1831 se organizó un cuerpo topográfico con carácter independiente, que sería suprimido en 1874, trasladando sus funciones al Estado Mayor.
Los levantamientos cartográficos de Noruega eran efectuados por el Instituto Geográfico de Christiania, que resultó de la fusión de la sección cartográfica del Ministerio del Interior con la sección topográfica del Estado Mayor.
En Rusia se había organizado un Cuerpo de Estado Mayor en 1763, y oficiales de este cuerpo formaron los mapas itinerarios a finales del siglo XVIII. En 1797 se fundaba el Depósito Imperial de Mapas, que pocos años más tarde se transformaría en Depósito Topográfico Militar dependiendo del Ministerio de la Guerra. La creación del Cuerpo de Ingenieros Topógrafos data de 1822; este cuerpo, especializado en los levantamientos topográficos, se limitó en 1832 a 70 oficiales y 456 topógrafos que recibían enseñanza militar. Una reorganización efectuada en 1866 fijó la plantilla de personal en 6 Oficiales Generales, 33 oficiales superiores, 156 subalternos, 236 topógrafos con rango militar y 170 topógrafos con rango civil. El Cuerpo de Ingenieros Topógrafos tuvo a su cargo el levantamiento a escala 1: 126.000 del territorio de la Rusia europea y Polonia, y los mapas topográficos del Cáucaso y Siberia formados a escala 1 :210.000.
En los Estados Unidos se organizó, en 1879, el Geological Survey (estudio geológico) con el fin de realizar mapas topográficos de gran escala en todo el país. En 1891, el Congreso Internacional de Geografía propuso cartografiar el mundo entero a una escala 1:1.000.000, tarea que todavía no ha concluido.
Al igual que en los casos citados, el desarrollo de la cartografía topográfica en Gran Bretaña está vinculado, en sus orígenes, a una institución militar. Sin embargo, existen importantes diferencias entre la política cartográfica británica a lo largo del siglo XIX, y lo expuesto hasta ahora. Estas diferencias pueden resumirse en dos aspectos esenciales: Primero, una eficaz coordinación de las operaciones topo-catastrales en un único organismo cartográfico; segundo, una temprana atribución de las responsabilidades cartográficas a la Administración civil.
La responsabilidad de los levantamientos cartográficos recayó en Gran Bretaña en el "OrdnanceSurvey", un organismo con carácter militar creado por Jorge IIIen 1791. Los ingenieros militares del OrdnanceSurvey establecieron la red geodésica, y trazaron un complejo diseño cartográfico que incluía el levantamiento combinado de tres mapas de gran escala: el Mapa Topográfico de Gran Bretaña, a escala 1 :63.360 (una pulgada por milla); los Countymapsa escala 1:10.560 (seis pulgadas por milla), y los mapas catastrales, denominados también Parishmaps a escala 1 :2.500. De la envergadura de esta operación cartográfica puede darnos una idea el hecho de que el mapa catastral consta de 63.000 hojas.
Los trabajos de campo para la formación del mapa topográfico se iniciaron en 1809, y en 1840 se había concluido el levantamiento. Desde mediados de siglo todas las operaciones topográficas, hidrográficas y catastrales fueron centralizadas en el OrdnanceSurvey, que siguió siendo administrado por el Ministerio de la Guerra hasta 1870. En aquél año el organismo cartográfico fue transferido al Ministerio de Obras Públicas (Offíceof Works), perdurando desde entonces la administración civil de los trabajos cartográficos y la orientación unificada de los mismos. También se acabaría encomendando al OrdnanceSurvey la cartografía urbana de las localidades mayores de 4.000 habitantes, con la sola excepción de la ciudad de Londres.
En Portugal los logros fueron, lógicamente, más modestos, pero su política cartográfica reviste asimismo un notable interés. Como veremos, el impulso definitivo al Mapa Topográfico de Portugal coincide plenamente con un período de reformas económicas y políticas, y es un proceso paralelo a la institucionalización de la ingeniería civil.
Las primeras operaciones geodésicas se realizaban en Portugal a fines del siglo XVIII, y fueron contemporáneas a los primeros proyectos de realización del catastro. El propulsor de los trabajos geodésicos fue el oficial de Artillería Sousa Coutinho, quien llegó a ser Ministro de la Guerra en 1788. Sousa Coutinho ordenó la formación de una Comisión de reconocimiento, dirigida por el marino Francisco Antonio de Cirera, que en 1793 efectuó la medición de la base geodésica de Batel-Montijo, la primera base de la proyectada Carta geométrica de Portugal. Pocos años más tarde, el 9 de junio de 1801, se dictaba una disposición real para el establecimiento del Catastro. Las operaciones geodésicas en curso de realización debían servir de base al catastro geométrico de la propiedad. La citada disposición ordenaba el nombramiento en cada comarca del Reino de un cosmógrafo para que procediese a la medida, descripción y demarcación de todas las heredades. La guerra con España, en 1801, Y más tarde la ocupación francesa de Portugal, arruinaron estos planes. En 1803 las operaciones geodésicas fueron suspendidas, y el catastro no llegó siquiera a iniciarse.
Debido a razones políticas el establecimiento del catastro en Portugal no se haría realidad hasta el siglo XX, sin embargo, la red de triangulación y el mapa topográfico progresarían sin dilación. En 1848 moría Pedro Folque, y era nombrado director de los trabajos geodésicos y topográficos su hijo Filipe Folque. Este trazó el proyecto definitivo para formar el Mapa Topográfico de Portugal a escala 1 : 100.000, y la ocasión de realizarlo se presentó a partir de 1852, una vez finalizada la guerra civil.
A mediados del ochocientos se abrió en Portugal un período de relativa estabilidad política y de expansión económica, que propició importantes reformas. Una de las primeras fue la creación del Ministerio de Obras Públicas, Comercio e Industria, encargado de impulsar la modernización económica del país. Entre 1852 y 1880 se construyeron en Portugal 6.000 km. de carreteras, y más de 1.200 km. de vías férreas. La mejora de los transportes, y la modernización de las estructuras productivas exigía un impulso paralelo de los proyectos cartográficos. Dentro del nuevo Ministerio, que presidía el reformista Fontes Pereira de Melo, se organizó en 1852 una Dirección General de Trabajos Geodésicos, Topográficos y Catastrales con la pretensión de imprimir una dirección coordinada a todos los trabajos cartográficos. Al frente de esta Dirección General se situó Filipe Folque, decidiendo acometer de inmediato la formación del mapa topográfico. En 1853 se iniciaron las operaciones para el levantamiento de la carta a escala 1: 100.000, escogiendo como sistema de proyección el de Bonne y como elipsoide de referencia el de Puissant. Dada la carencia de grabadores experimentados en Portugal, se contrató en Francia al litógrafo polaco J. Lewicki, que se encargaría del dibujo y litografía de los mapas. La primera hoja del 1 : 100.000, dibujada y grabada por Lewicki, se publicó en 1856.
En aquellos años se articuló un modelo de política cartográfica que, con pocas variantes, duraría varias décadas. La dirección de las operaciones, el presupuesto y la responsabilidad de las mismas, correspondía a un organismo civil (la Dirección General de Trabajos Geodésicos) y a un ministerio civil (el de Obras Públicas). La ejecución práctica de los levantamientos la realizaban ingenieros militares y marinos bajo las órdenes del Coronel Filipe Folque. Paralelamente seguían operando, en el ámbito de la cartografía militar, el Archivo Militar, que había sido reorganizado en 1851, y la sección cartográfica del Cuerpo de Estado Mayor.
La Guerra de la Independencia trastocó la buena marcha de todos los proyectos reformistas ilustrados, pero muy especialmente los trabajos cartográficos. En 1807 el marino Felipe Bauzá (1764-1834) leyó en su discurso de ingreso a la Academia de la Historia un discurso titulado El Mapa de España, en el que hacía constar sus trabajos dedicados a la realización del mismo. Este destacado marino constitucionalista fue encargado en 1813 por los liberales gaditanos de trazar una nueva división territorial de España, que no prosperaría. Durante estos azarosos años de construcción del Estado liberal español la reforma de la división territorial y el desarrollo cartográfico fueron las dos caras de una misma moneda. La reforma tanto administrativa como fiscal de la división territorial constituía una aspiración reclamada por todos los reformadores liberales, quienes veían en ella un instrumento imprescindible para el buen gobierno de la nación.
Ahora bien, resultaba difícil realizar una buena división territorial con la deficiente información cartográfica y estadística de que se disponía. En 1821 con los liberales nuevamente en el poder Felipe Bauzá fue nombrado director de la Comisión de División del Territorio y de Hacienda. Desde dicha comisión y juntamente con José Agustín Larramendi presentó el 7 de abril un dictamen por el que proponía la creación de cinco comisiones encargadas de realizar la Carta Geográfica de España. La comisión principal estaría en Madrid, dos comisiones se encargarían de la triangulación de la zona del mediodía y occidente peninsular y las otras dos comisiones restantes realizarían tareas de reconocimiento. Según este proyecto esbozado por Bauzá el levantamiento de la Carta Geográfica de España le costaría al Estado un total de 579.010 reales de vellón destinados a las partidas de materiales y personal, así como 60.000 de dichos reales anuales dedicados a pagar al director de la obra.
El 23 de noviembre de 1840 el Ministro de Gobernación, el progresista Manuel Cortina, firmaba un Real Decreto por el que se creaba una Comisión facultativa para la realización de un nuevo Mapa de España, que viniera a sustituir los entonces caducos mapas realizados por T. López. Un mes más tarde, el 20 de diciembre de 1840, el gobierno dio orden de comprar los instrumentos necesarios para la rectificación de los mapas provinciales. Y pocas semanas después de haberse promulgado dicho decreto, el 7 de febrero de 1841, el mismo M. Cortina aprobó otro Real Decreto por el que se pedía a los ayuntamientos que rellenasen unos estados, diseñados por Fermín Caballero y conocidos como matrícula catastral, en los que se diese cuenta exacta de la riqueza territorial de sus vecinos. Aunque las diputaciones provinciales remitieron cumplida información al gobierno sobre la riqueza territorial de sus municipios, ésta fue realizada de forma muy general con criterios de ocultación de la riqueza disponible tal como fue consignado por P. Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico.
Ahora bien, no será hasta principios de 1853 bajo otro gobierno moderado cuando los trabajos para la realización del mapa topográfico tendrán su inicio efectivo. Así, el11 de enero de 1853 el Ministro de Fomento creó la Junta Directiva de la Carta Geográfica de España, presidida por el General de Estado Mayor M. de Monteverde y Betancourt. Nueve meses más tarde, el 14 de octubre dicha Junta Directiva pasaría a depender del Ministerio de la Guerra, quedando encargado de su dirección el Brigadier de Ingenieros Fernando García de San Pedro. Unos días más tarde, el 27 de octubre, éste presentó un Plan de Operaciones, que fue aprobado por la Junta Directiva y que consistía en reconocer el país en toda su extensión. Para ello debían trazarse varias cadenas geodésicas de Primer Orden, que siguiendo las direcciones N/S y E/O dividiesen el territorio peninsular en cuadriláteros de 2 grados de lado aproximadamente, tomando como líneas de partida el meridiano y el paralelo de Madrid. Además de estas cadenas, otra debería seguir la dirección de las costas con el objeto de poder determinar el perímetro de la península.
Por fin, el 23 de marzo de 1854 seis de los ocho oficiales que componían el personal especializado salieron a realizar trabajos de campo, mientras que los otros dos partieron para el extranjero con el fin de adquirir instrumentos y estudiar los procedimientos topográficos más recientes utilizados por otros países europeos en la formación de sus respectivos mapas geográficos. Uno de estos dos oficiales era el entonces joven Capitán de ingenieros Carlos Ibañez e Ibañez de Ibero (1825-1891), quien antes de partir para París proyectó un instrumento de medir bases geodésicas conocido como regla española, siendo construido en París por el francés Jean Brunner y con el que se midió la base central de la triangulación geodésica española en Madridejos (Toledo).
La vuelta al poder de los liberales a mediados de 1858 posibilitó la incorporación progresiva en la Comisión de Estadística de hombres como F. Coello, P. Madoz o L. Figuerola, que imprimieron un cambio decisivo en la marcha de los trabajos cartográficos y catastrales. Así, a partir de ese mismo año el cartógrafo e ingeniero militar Francisco Coello (1822-1898) planteó en el seno de la citada Comisión la necesidad de unificar "en un sólo centro oficial (...) todos los trabajos geográficos realizados en las distintas dependencias ministeriales y la medición parcelaria del territorio". Una primera consecuencia del giro cartográfico emprendido bajo la presidencia del General liberal O'Donnell fue la aprobación el 21 de octubre de 1858 de un Real Decreto por el que se proponía a la Comisión de Estadística la determinación de los medios más idóneos para levantar el mapa topográfico y el catastro parcelario.
Un primer paso hacia la coordinación de los trabajos geodésicos y los topográficos fue la creación el 1 de agosto de 1864 de dos distritos geodésico-catastrales, estando al frente de uno de ellos Ibáñez de Ibero. Después en 1865, el liberal O'Donnell, que llegaba por tercera y última vez al poder, procedió a reorganizar la Junta General de Estadística, reduciéndose a dos las direcciones de dicho centro: la de Operaciones Geográficas y la General de Estadística. El reglamento organizador de la Dirección de Operaciones Geográficas, aprobado el 14 de agosto de ese mismo año, prefigura ya la futura estructura organizativa del Instituto Geográfico. Así, se agrupan bajo esta dirección los siguientes organismos y secciones: los distritos geodésico-catastrales; la Escuela Especial de Operaciones Geográficas; el archivo facultativo y la biblioteca de consulta; el negociado de cálculos; la sección central de dibujo; la de planimetría; la de litografía; la de fotografía; el gabinete de instrumentos; el almacén de material; el taller de construcción y reparación de instrumentos y el registro de expedientes".
Por primera vez tanto los trabajos geodésicos como los topográficos y catastrales pasaron a depender de una única Dirección bajo las órdenes de Coello. En 1866 las operaciones topográfico-catastrales que marchaban a buen ritmo y que habían cubierto casi todos los municipios de la provincia de Madrid se extendieron hacia las provincias de Guadalajara, Cuenca y Toledo. La comparación de los resultados obtenidos en 1866 con los expresados en los amillaramientos -el único documento fiscal entonces disponible puso de manifiesto un grado de ocultación de la riqueza territorial superior al 47%.
Pero en julio de 1866 con la vuelta al poder por última vez del General Narváez se produciría un giro muy brusco en la política cartográfica diseñada por los reformistas liberales. Así, mediante un Real Decreto de 31 de julio de ese mismo año Narváez procedía a disolver la Dirección de Operaciones Geográficas. Al mismo tiempo Narváez suprimió todas las remuneraciones de los funcionarios facultativos destinados a ambos proyectos cartográficos, reduciendo a tres el número de brigadas topográfico-catastrales. Además, los presupuestos destinados a los trabajos geodésicos y topográficos, que ya habían sufrido en 1865 bajo la presidencia de O'Donnell un gran recorte al quedar en 2.054.189 reales, acusaron una reducción aún más drástica.
Unas semanas más tarde, el mismo Narváez encomendaba al Depósito de la Guerra la formación del Mapa de España. Con ello se hacía recaer exclusivamente en el Cuerpo de Estado Mayor y al Ministerio de la Guerra la responsabilidad del mapa topográfico, dejando fuera del mismo a la Administración civil del Estado y a ingenieros militares como Coello o el mismo Ibañez de Ibero.
De modo general, se registra una estrecha relación entre el Cuerpo de Ingenieros Militares y la política cartográfica civilista de los reformistas liberales y progresistas. Mientras que, paralelamente, se puede advertir una estrecha vinculación entre el Cuerpo de Estado Mayor y la política cartográfica militarista defendida por los políticos moderados. El constante vaivén durante las décadas de 1850 y 1860 de instituciones y cuerpos facultativos encargados de levantar el Mapa de España pone de manifiesto los fuertes intereses económicos y corporativos que había detrás de tal empresa. Además, tanto el hecho de que la Comisión de Estadística, como su continuadora la Junta de Estadística dependieran directamente de la presidencia del gobierno, así como el que la legislación cartográfica sea un auténtico sismógrafo de la actividad política ochocentista ponen de relieve que la empresa del Mapa de España fue una tarea primordial para los gobernantes españoles del siglo XIX, que tanto en sus entradas o salidas de la presidencia no se olvidaban de llevar en su cartera diversas carpetas repletas de decretos de carácter cartográfico.
La organización de los trabajos estadísticos y cartográficos sufrió una importante remodelación al ser fundado mediante un Decreto de 12 de septiembre de 1870 el Instituto Geográfico, organismo civil dependiente del Ministerio de Fomento. Su creación fue auspiciada, según Eduardo Saavedra, por el economista liberal y Ministro de Hacienda Laureano Figuerola, quien conocedor de los fracasados esfuerzos realizados por conocer la riqueza territorial de España decidió que la única manera de tener un conocimiento aproximado de la misma era mediante una correcta medición del territorio nacional. Pero en su fundación también contribuyeron de forma decisiva el matemático José Echegaray, entonces Ministro de Fomento y el General Prim presidente del Gobierno, que en opinión de M. Alonso Baquer "tenía interés por separar al Estado Mayor de la dirección del Mapa de España, no sólo porque este cuerpo se había identificado con Nárvaez, sino por oposición a la fórmula francesa de Estado Mayor que conoció en Méjico". Sean cuales fuesen las razones que motivaron al General Prim a tomar dicha decisión, ésta constituye el negativo de la adoptada cuatro años antes por el General Nárvaez y refleja la desconfianza de los sectores liberales y progresistas hacia el Cuerpo de Estado Mayor.
Una de las tareas encomendadas al Instituto Geográfico fue la del servicio metrológico, que si bien estaba íntimamente relacionado con el desarrollo de la cartografía moderna, su importancia en la evolución de la ciencia y la economía contemporánea trasciende el marco estrictamente cartográfico y pone de relieve el carácter civil y modernizador de la Administración territorial que animaba la labor del Instituto Geográfico, Al igual que la idea de realizar un catastro parcelario, la formación del sistema métrico decimal fue como hemos visto uno de los logros científicos más importantes legados por la Revolución Francesa.
La creación de un sistema uniforme y universal de pesos y medidas era una necesidad sentida por científicos y cartógrafos que tenían que manejar un sinfín de medidas muy heterogéneas de carácter local y regional, que dificultaban su trabajo y la comunicación científica. Pero, el desarrollo del sistema métrico decimal no obedecía a razones únicamente científicas, a pesar de ser éstas muy importantes, sino que respondía a exigencias económicas y administrativas acordes tanto con el desarrollo del capitalismo como del mismo Estado moderno unitario y uniforme.
El 19 de junio de 1873 el gobierno republicano presidido por Pi i Margall reorganizaba el Instituto Geográfico, que a partir de entonces pasaría a denominarse Instituto Geográfico y Estadístico y que continuaría dependiendo del Ministerio de Fomento. Con esta nueva organización las tareas estadísticas pasaban a depender juntamente con las cartográficas de una misma dirección e institución. Desde ese momento Ibáñez de Ibero se haría cargo no sólo de los trabajos cartográficos y metrológicos, sino también de los estadísticos. De esta manera, la estadística, que había experimentado a lo largo del siglo XIX un desarrollo paralelo al de la cartografía y que para los reformistas liberales como Fermín Caballero, Coello o Pascual Madoz formaba con ésta parte de un proyecto común e indisociable sobre el conocimiento del territorio y su riqueza territorial, se convertía en una de las principales actividades del Instituto Geográfico y Estadístico. La reforma republicana creaba nominalmente el Cuerpo de Estadística, aunque su organización efectiva no se hizo hasta principios de la Restauración.
El brusco fin de la primera experiencia republicana y la consiguiente restauración del orden monárquico afectó sobre todo a la economía del Instituto Geográfico y Estadístico. A pesar de los avatares políticos, Ibáñez de Ibero, que en 1875 había conseguido la publicación de la primera hoja del Mapa Topográfico Nacional correspondiente a Madrid y del primer volumen de las Memorias del Instituto Geográfico, continuó al frente de la dirección del Instituto hasta 1889, logrando impulsar de forma decisiva en sus casi veinte años de mandato la realización del Mapa de España.
A pesar de la fuerte mengua de los recursos económicos que supuso para el Instituto Geográfico el nuevo ordenamiento político, la enérgica dirección imprimida por Ibáñez de Ibero a los trabajos geográficos durante los años de su mandato dio pronto importantes frutos. Así, desde 1875 hasta 1889 vieron la luz ocho volúmenes de las Memorias del Instituto Geográfico, que constituyen una aportación fundamental de la geodesia, la topografía y la metrología española del siglo XIX y en los que se da rigurosa cuenta de los avances realizados en estos campos. Por otro lado, el mismo año de la formación del Cuerpo de Estadística se publicaba El Censo de la población de España en 1877, que venía a actualizar el último censo realizado en 1860, y en 1887 se volvía a confeccionar otro. Un año más tarde, en 1888, Ibáñez de Ibero publicaba la Reseña Geográfica y Estadística de España, que con sus cerca de 1.300 páginas representaba la culminación más importante del conocimiento geográfico ochocentista sobre el territorio español. Además, a lo largo de estos años de dirección del Instituto Geográfico Ibáñez de Ibero consiguió no sólo su proyección internacional, sino también la del Instituto Geográfico, al llegar a presidir la Asociación Geodésica Internacional y el Comité Internacional de Pesas y Medidas.
Durante los años de su mandato las operaciones geodésicas y topográficas experimentaron avances considerables. Así, se iniciaron y prosiguieron con buen ritmo los trabajos relativos a las nivelaciones de precisión. Igualmente se continuaron las tareas para la determinación de latitudes y azimuts, constituyéndose estaciones en Montolar, Quintanilla y Javalán (1883), en Faro, Desierto y Matadeón (1884), en la Mola de Formentera (1886) y Reducto (1888). De idéntica forma, para el desarrollo de la Red geodésica de Primer Orden se establecieron las bases de Cartagena y Madridejos (1884). También se determinaron las diferencias de longitudes geográficas entre Madrid y Badajoz; Lérida y Madrid; Lérida y Badajoz (1886). Realizándose asimismo los cálculos para determinar la compensación de los errores angulares de la red geodésica de Primer Orden (1886 y 1888).
El ingente esfuerzo realizado durante los años de su mandato no distrajo a Ibáñez de Ibero de su principal preocupación: la realización y publicación del Mapa Topográfico Nacional. Así, entre 1875, año de la aparición de la primera hoja correspondiente a Madrid, y 1889 se publicaron 69 hojas, llegándose a un cenit editor durante el quinquenio 1885-1889 con 45 hojas impresas, cantidad que tardaría treinta años en ser superada.
El Mapa Topográfico Nacional constituía el registro donde se señalaban las demarcaciones municipales, hecho que manifiesta la voluntad del Instituto Geográfico de que fuese una herramienta básica de la Administración pública. Se trataba de un registro muy útil para ésta, pues a la altura de 1870 se carecía en España de un auténtico mapa de base municipal. Una consecuencia indirecta de los deslindes municipales trazados en el Mapa Topográfico fue, según Juan Pro Ruíz, que "al medir (se) científicamente los términos municipales saltó a la luz el volumen global de la ocultación de tierras al fisco; los pueblos medían a veces el doble o el triple de la suma de las propiedades declaradas. El sistema de fraude tolerado de los amillaramientos quedaba al descubierto.
Desde el punto de vista de la producción cartográfica hay que tener en cuenta que, a pesar del fuerte ritmo de trabajo impuesto por Ibáñez de Ibero, la rapidez del trabajo topográfico está en función, en buena medida, de la escala del levantamiento. De esta manera, la decisión de que las minutas se formasen a escala 1 :25.000, una práctica habitual en la época, condicionó la marcha de las operaciones topográficas. Operando a esa escala se daba por hecho que un topógrafo experimentado no podía completar mucho más que un kilómetro cuadrado por día; incluso menos en relieves accidentados. Este simple hecho puede dar una idea de la envergadura organizativa de los trabajos topográficos cuando se pretendía efectuar un levantamiento de medio millón de kilómetros cuadrados.
A pesar de los fuertes intereses encontrados que suscitaba la labor cartográfica del Instituto Geográfico y las dificultades económicas y organizativas con las que éste tuvo que hacer frente, la aportación institucional y científica realizada por Ibáñez de Ibero fue lo suficientemente sólida para que la empresa del Mapa Topográfico Nacional continuase adelante. Una muestra de la vitalidad de del lnstituto Geográfico y de su proyecto cartográfico fue el Real Decreto de 15 de febrero de 1900 por el que se creaba el Cuerpo de Ingenieros Geógrafos, que en 1908 estaba formado ya por 108 miembros, cuya tarea principal era la realización del Mapa Topográfico Nacional.

References: resolución 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto