Source: http://ciudadanocerocuba.wordpress.com/2011/08/
Timestamp: 2014-08-21 23:55:18+00:00

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agosto | 2011 | CIUDADANO CERO
“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.	Archivo para agosto, 2011	Reglamentos ¿laborales o políticos?	Por curiosidad tengo delante y reviso la Resolución Ministerial 250 del Ministerio de Salud Pública, del 27 de septiembre de 2006, emitida el mismo día que las Resoluciones 248 y 249, que nos inhabilitaron en el ejercicio de la Medicina a quien escribe y al Dr. Rodolfo Martínez Vigoa respectivamente. La Resolución 250 entró en vigor en enero de 2007. Tuve la primera referencia sobre esta Resolución ese mismo mes, en medio de la vorágine de gestiones para contratar un abogado que interpusiera un recurso legal contra la injusticia recién cometida. Una persona muy bien enterada, especialista de una oficina nacional de asesoría, me informó que esta Resolución 250 se dictaba, entre otras cosas, para derogar ¡por fin! aquel engendro que fue la Resolución Ministerial 113, que regulaba la disciplina laboral en el sector de la Salud Pública desde el 6 de junio de 1989.
De aquella Resolución 113 recuerdo que su sola mención generaba reacciones con visos de terror, porque a pesar de la percepción abstracta que de ella se tenía – pues pocos conocían su letra – podía llegar a tener, sin embargo, consecuencias concretas y nefastas: sabíamos que equivalía a algo así como una ejecución sumaria por electrocución. Si te aplicaban la 113 todo estaba perdido, sólo quedaba rezar y encenderle dos velitas a Orula, porque la 113 era el dictado divino y ante ella el trabajador quedaba atado de pies y manos, a disposición de la divina providencia.
Esta draconiana regulación tenía varios aspectos francamente contrarios al Derecho entendido como principio de justicia – la mayoría no los puedo referir pues nunca tuve entre mis manos a la criatura – pero sí conozco los detalles esenciales que develan su fin último: disponía básicamente que cualquier sanción a un trabajador de la salud, sería impugnable únicamente ante la propia entidad administrativa del sector; dicho de otro modo, el trabajador víctima de una arbitrariedad, sólo podría reclamar – ¿rogarle, implorarle, suplicarle, humillarse…? – ante la propia administración que sancionaba, convertida así en juez y parte omnipotente. La Resolución 113 privaba al trabajador de la salud del derecho de interponer cualquier recurso legal ante un Tribunal o ninguna otra entidad fuera del Sistema de Nacional Salud para dirimir un conflicto con la administración, que siempre tenía la última palabra. Es difícil hallar un ejemplo más elocuente de indefensión. Como la barbarie es evidente, no me desgasto en comentarios. Aunque vale la pena añadir que esta disposición estuvo en vigor “oficialmente” desde 1989 hasta agosto de 1997, cuando fue derogada “simbólicamente” por el Decreto Ley No. 176, que en su disposición final segunda dejaba la Resolución 113 en vigor mientras no fuera sustituida por otra Resolución análoga, y eso no sucedió de modo efectivo hasta ¡10 años más tarde! una vez emitida la Resolución 250, en 2006. Evidentemente, no tenían demasiado apuro por desmontar la silla eléctrica.
En fin, hoy estoy ante la Resolución 250, emitida por el Dr. José Ramón Balaguer Cabrera. Leo tranquilamente hasta su Capítulo II, sobre el Principio de idoneidad demostrada, por el cual la administración se rige para decidir el empleo, permanencia o promoción de un trabajador en un puesto de trabajo. Pasea mi vista sin sobresaltos, hasta que doy con el inciso “h” que dispone, y cito: “mantener una conducta social adecuada, de forma que no se incurra en actos contrarios a los principios, normas o valores de carácter social, moral o humano de nuestra sociedad, que empañen el prestigio de la medicina cubana.”, y es ahí donde encuentro la trampa. Este último inciso – de un parecido fotográfico con el de la Resolución 8/1977 usado para inhabilitarme – exige, como condición para ser idóneo, acatar una serie de normas o valores que no se definen, cuya ambigüedad abre la boca de un saco donde cabrá todo.
Aquí doy click, cierro uno y se abre otro documento: el Reglamento General de Hospitales, emitido por la dirección del MINSAP en 2006, que pauta el comportamiento de los trabajadores y directivos, así como de pacientes y familiares, dentro de las instituciones hospitalarias cubanas. Algo llama la atención: antes de definir la serie de normas que regulan las atribuciones y funciones de cada parte, este Reglamento establece lo que considera los “… principales Valores que no deben faltar en los trabajadores y cuadros de la Salud.” Muy bien que los trabajadores detenten y defiendan los valores éticos, morales y patrióticos que decidan, en lo personal, defender, pero lo dispuesto aquí puede prestarse también a más de un tipo de lectura.
Se advierte rápidamente que antes de mencionarse valores como la responsabilidad y la profesionalidad – pilares supremos y universales que sustentan el ejercicio de la Medicina – se enumeran preceptos políticos como el compromiso con la ideología de la Revolución, la plena conformidad con la moral socialista y una conducta revolucionaria que se postula como sinónimo de la conducta médica y profesional, así como que establece una inequívoca analogía entre la ética médica y la moralidad revolucionaria. Y no es que una cosa esté reñida con la otra, pero esto abre la puerta a subjetivismos, emitidos con demasiada ligereza y que pueden derivar en decisiones arbitrarias. ¡Que me lo digan a mí! ¿Qué sino esto, motivó el nacimiento de Ciudadano Cero? Este es el peligro de semejante enfoque, pues este documento regulará la vida laboral de un conglomerado demasiado heterogéneo como para que alguien no se sienta amenazado por semejante advertencia sobre su puesto de trabajo.
Es cierto que se habla de deber y no de obligación, pero vale recordar casos como el mío y aún peores, humanas consecuencias de “deberes” tácitamente obligatorios, que terminaron bastando para expulsar a más de uno de su trabajo. ¿Acaso no bastó descontextualizar unas líneas del Por Cuanto tercero de la Resolución Ministerial No. 8 de 1977, para expulsarme del Sistema Nacional de Salud, pues alguien consideró que dirigirme a mi Ministro fue “… incompatible con la conducta que debe caracterizar a los profesionales y técnicos de la salud…”, porque se consideró mi conducta “…contraria a los principios, normas o valores, de carácter social, moral o humano, que genera nuestra sociedad…” y que fue “… lesiva al crédito y prestación que este organismo, por su función, debe mantener ante el pueblo al que está obligado a servir…”? ¿Acaso no es incompatible este enfoque con la Declaración Universal de los Derechos Civiles y Políticos, firmada por Cuba desde febrero de 2008 – sin ratificar aún – y con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documentos cuyo espíritu preconiza la no exclusión por consideraciones políticas?
La continuidad es evidente: Dr. Gutiérrez Muñiz, Resolución No. 8, febrero de 1977, Dr. Balaguer Cabrera, Resolución 250, septiembre de 2006; dos ministros, treinta años de distancia, igual mecánica de pensamiento. No es raro entonces que la Resolución 113 privara por más de 17 años a los trabajadores de mi sector de su derecho a dirimir diferencias con la administración ante un Tribunal. Tampoco es raro que yo esté inhabilitado hace 5 años, mediante la Resolución dictada por un intocable, por el “delito” de opinar con sinceridad y respeto. No hay que olvidar que en este país, con o sin velitas, la palabra de un intocable siempre ha sido dictado divino.
Con mucha paciencia…	Hace siete años nació mi niño, una lluviosa tarde de agosto de 2004, bajo la ventisca del huracán Charlie. Nació hermoso, con los ojos abiertos. Al día siguiente Artemisa amanecía sumida en el caos, en un desbarajuste muy parecido al que debe reinar después de la guerra, y que conoce bien todo el que ha vivido un ciclón tropical: amasijos de postes y cables caídos, tejados levantados o hechos francamente añicos, árboles arrancados de raíz y arrojados a la distancia como pajillas, en fin… el desastre. Pero entre las pérdidas de mi municipio en aquel día fatídico, sentí especialmente la de aquella que fuera nuestra Biblioteca Municipal “Ciro Redondo”, donde reposaban los libros antológicos de mi infancia tardía, donde cultivé, como miles de artemiseños, buena parte de mis hábitos de lectura y estudio, donde me abrí al asombro.
Depositaria de una larga tradición que la llevó a ostentar por muchos años uno de los Clubs “Minerva” de lectura más activos del país, desde aquel día quedó destruida, primero por los azotes de la tormenta y luego por la indolencia. Todavía hoy, siete años más tarde, mantiene sus puertas cerradas “por reparación” – vergüenza de mi ciudad, ahora capital provincial – a apenas 50 metros de la sede del Gobierno municipal. Algo que debió concluirse en pocos meses se ha perpetuado durante más de siete años como un monumento a la morosidad.
Ante la ruina de sus puertas desvencijadas, hallo la evidente analogía con ese hervidero de incertidumbres que es la sociedad cubana de hoy, en que todo acontece al ritmo surrealista que imponen las estructuras condicionadas por décadas de inmovilismo. Suponiendo incluso que nuestro gobierno atine en la dirección correcta sus políticas y sepa imprimir las reformas necesarias para encausarnos a buen rumbo – posibilidad defendida por unos y descartada por otros – sin embargo, algo sí queda fuera de dudas: todo se hará a su aire, sin premura, como si después de medio siglo todavía contáramos con todo el tiempo del mundo, como si la vida humana no fuera más que un soplo de viento.
Aunque ya lo decía Gardel, que veinte años no son nada; entonces, siete… ¿qué serán? Mi niño nació en el vórtice de una tormenta, en una tierra donde necesitará de grandes dosis de paciencia, mucha paciencia. Espero que nuestra biblioteca quede felizmente reparada antes que germinen las semillas que iré sembrando en él, para que lleve siempre los ojos abiertos como en aquella tarde de agosto. Trataré de encausar su entendimiento con ese mundo fascinante que habita en los libros, donde leí sobre hazañas del ingenio humano que aquí le dejo, a modo de ejemplos, a esta brigada encargada de nuestra “odisea” municipal.
La Gran Pirámide de Keops: Se utilizaron 2.5 millones de bloques de piedra de entre 2.5 y 3 toneladas de peso. Fue durante más de 40 siglos la construcción más alta hecha por el hombre. Construida en 20 años.
El Partenón: El monumento más célebre de la acrópolis de Atenas, símbolo de la Grecia clásica. Fabricado casi exclusivamente en mármol blanco, contenía la célebre estatua de Atenea Partenos, de 12 metros de altura, obra de Fidias adornada con 1200 kg de oro. Construido en 15 años (447 al 432 a.c.).
El Coliseo de Roma: Ordenada su construcción por el Emperador Vespasiano, fue el anfiteatro más grande del Imperio Romano, con 188 m de largo, 156 de ancho y 48.5 m de alto, tenía 80 entradas y capacidad para 60000 espectadores. Fue construido en 8 años (del 72 al 80 d.c.). La Mezquita Azul del Sultán Ahmed: Construida en Constantinopla (hoy Estambul) a principios del Siglo XVII. Período de construcción: 7 años (1609 a 1616).
El Taj Mahal: Templo funerario en mármol levantado en Agra, al norte de la India, considerado una obra maestra del arte islámico y uno de los edificios más bellos del mundo. Dotado de mosaicos elaborados con 60 clases de piedras preciosas, en él trabajaron más de 20000 artesanos. La polémica establece el período de su construcción entre 12 y 17 años (1631 a 1643-48?).
El canal de Suez: Vía de agua de 162.5 km de largo x 300-365 m de ancho y más de 20 m de profundidad que une al Mar Rojo con el Mediterráneo a través de Egipto. Construido en 10 años (1859 a 1869).
La Torre Eiffel: El símbolo de París fue el principal atractivo de la Exposición Universal de 1889. La “Dama de Hierro” tiene 300.65 m de altura (324 m contada la antena en la cima). Es una estructura de acero de 7300 toneladas formada por más de 18000 módulos prefabricados unidos por 2.5 millones de remaches. Tiene una superficie de 200000 metros cuadrados cubiertos por 60 toneladas de esmalte. Construida en 2 años (1887 a 1889).
El Canal de Panamá: Es la vía artificial de agua más importante del mundo. Con 80 km de longitud, cuenta con 3 esclusas, y une las ciudades de Colón, en la costa atlántica, con Ciudad de Panamá, en el Pacífico. Desde su inauguración ha sido atravesado por alrededor de un millón de barcos. Fue construido en 11 años (1903 a 1914).
El Empire State Building: El símbolo de New York por autonomasia, fue considerado el edificio más alto del mundo hasta 1972. Tiene una altura de 443 m incluida la antena. A pesar de comenzarse su construcción justo el famoso viernes negro de 1929, se levantó a un ritmo vertiginoso, estableciendo un récord de 14 pisos completos en sólo 10 días. Tiempo de construcción: 13 meses (desde el inicio de las obras en marzo de 1930, la colocación de la primera piedra en septiembre de ese año, a la inauguración el 1 de mayo de 1931).
La Presa Hoover: Al momento de ser inaugurado fue el dique más grande del mundo, con 221 m de altura y 379 m de longitud, cierra el paso al río Colorado en su curso por el Black Canyon, a 50 km al sudeste de Las Vegas. Para su construcción se precisaron 2.6 millones de metros cúbicos de hormigón con un peso de 6.6 millones de toneladas. Su hidroeléctrica cuenta con 17 turbinas principales que generan una potencia de más de 2000 MW. Período de construcción: 4 años (1931 a 1935).
La Torre CN: Con 553.33 m de altura y un peso de 130000 toneladas, es la construcción más singular de Toronto, Canadá. Su “Skypod”, a 447 m de altura, ofrece una de las vistas panorámicas más altas del mundo. Construida en 2 años (1973 a 1975).
La Presa de Itaipú: En la frontera entre Brasil y Paraguay, en su momento fue la hidroeléctrica más grande del mundo y en su construcción, en que trabajaron 30000 hombres, se emplearon 12.5 millones de metros cúbicos de hormigón. Su muro tiene una longitud de 7700 m y 196 m de altura. Se dice que el hormigón empleado bastaría para construir una nueva Río de Janeiro, mientras que con el hierro y el acero podrían levantarse 380 torres Eiffel. Sus 18 turbinas tienen una potencia máxima de 95000 GWh/año. Construida en 10 años (1973 a 1983).
Las Torres Petronas: Con 452 m de altura, 88 pisos y 76 ascensores, desde su construcción hasta 2003 fueron los mayores edificios del mundo. Consideradas el símbolo de la modernidad de Kuala Lumpur, Malasia. Construidas en 5 años (1992 a 1997).
El puente de Akashi-Kaikyo: Une las islas japonesas de Honshu y Shikoku. Con una longitud de 3911 m es el mayor puente colgante del mundo. Sus cables sustentadores, de 4000 m de largo, sostienen un peso de 120000 toneladas. Construido en 10 años (1988 a 1998).
El Puente de Öresund: Une Copenhague, capital de Dinamarca, con la ciudad sueca de Malmö. Es el puente de cables oblicuos más grande del mundo, con una longitud de 7845 m, de los cuales 1092 m están suspendidos por 2300 toneladas de cables. En su construcción se emplearon 320000 metros cúbicos de hormigón y 145000 toneladas de acero. Cuenta con autopista de 4 vías para automotores y una vía férrea desdoblada. Construido en menos de 4 años (1996 a 1999).
El Taipei 101: El rascacielos emblemático de Taiwán, con 508 m de altura, 101 pisos (+ 5 subterráneos) y 63 ascensores, es considerado el edificio más seguro y es el segundo más alto del mundo. Posee un amortiguador de vibraciones de 660 toneladas de peso entre los pisos 87 y 91. Construido en 7 años (1998 a 2004).
Crónica de Esculapio en Cuba (II)	Por: Jeovany Jimenez Vega
Si usted está medianamente informado sabrá que los 11 millones de cubanos que vivimos en Cuba estamos sujetos a la prohibición de viajar libremente al extranjero. En este caso no se trata de una decisión personal, sino que Usted tendrá que ser autorizado invariablemente por una institución del Ministerio del Interior con potestad discrecional para otorgar o no su “permiso de salida”; privilegio devenido en material de chantaje, en prebenda otorgada a quien se mantenga “tranquilo” y negada como ejemplarizante castigo a los irreverentes. Coloque sobre esta prohibición general la Resolución 54 del MINSAP, diseñada específicamente para los trabajadores de la Salud Pública, y tendrá delante un panorama desolador.
Pero volviendo a nuestro ejercicio mental, aquí tenemos meditabundo a nuestro médico que tiene prohibido viajar al exterior, que no puede sostener a su familia con su salario evanescente, que no puede pasar a trabajar a otro sector mejor remunerado pues lo tiene prohibido por Resolución y con un Sindicato decorativo, plegado a las órdenes de la Administración y del Partido, a través del cual no podrá canalizar nunca la solución de estos problemas medulares pues ni por enterado se da de los sueldos miserables, ni de las pésimas condiciones de higiene y alimentación, sumadas a la carencia de recursos y medicamentos en que discurren, salvo felices excepciones, las guardias médicas en nuestros policlínicos y hospitales; guardias por las que nuestro médico, dicho sea de paso, no recibe ni un centavo. Entonces nuestro pensativo galeno sólo encuentra una salida, y elige resignado la única puerta que le dejaron abierta: solicitará formar parte de alguna de las misiones médicas que sostiene nuestro solidario gobierno en decenas de países. Sólo toma llenar los documentos de rigor, y pasados unos meses o pocos años, aquí tenemos a nuestro doctor dejando su consultorio u hospital para atender solícito a los pobres del mundo.
Creo en la solidaridad humana como creo en la luz del sol, pero en la vida hay que discernir el lustre del oro del brillo de los espejos. Cuando un médico, estomatólogo o tecnólogo de la salud cubano sale a una misión de trabajo en el extranjero, al margen de cualquier valoración moral, lo hace bajo circunstancias incontestables. Este trabajador, que hasta ese momento se vio privado de un salario decoroso, ahora en su misión cobrará entre 300 y 400 dólares mensuales mientras su familia en Cuba – que bajo ningún concepto, le es permitido llevar consigo – recibirá íntegro su salario en CUP, más $50.oo CUC. Aunque bajo determinadas circunstancias puede llegar a cobrar algo más según el país de destino, esta cantidad no pasará nunca de entre el 15 y el 20% de lo pactado entre países. Esto es un cálculo aproximado, pues esta información es prácticamente inaccesible, pero lo cierto es que alrededor del 80 % de lo que nuestro médico genera sólo en concepto de salario contratado, sin contar análisis complementarios, estudios radiológicos, etc. – que son también generosamente cobrados – va a parar a las arcas del Estado cubano para ser administrado por humanos funcionarios. Mientras tanto, el trabajador recibe en muchos casos un salario inferior al mínimo legalmente establecido para el nativo de aquel país. Cuando el trabajador regresa a Cuba, finalizada su misión de trabajo, vuelve a estar sujeto como buen cubano a la prohibición de viajar. Aquel profesional que abandone su misión será invariablemente tratado como un traidor, no se le permitirá jamás entrar a Cuba y no verá crecer a sus hijos que aquí quedaron; ni siquiera será autorizado a entrar en caso de enfermedad o muerte de un ser querido. Ahora pongamos atención en un dato revelador: la contratación de servicios médicos le ha reportado al gobierno cubano durante la última década decenas de miles de millones de dólares, con lo cual hace años pasó a ser el primer renglón exportable de este país. Las desinteresadas misiones médicas que exporta nuestro gobierno a los pobres del mundo, durante la última década generaron ingresos de entre 5000 y 8000 millones de dólares anuales – seguido muy de lejos por el turismo con 2000 millones – esto sólo en la exportación de servicios, mientras en la exportación de bienes, nuestros profesionales de la industria farmacéutica y biotecnológica la colocan como tercer renglón exportable, sólo superado por la industria del níquel y la de derivados del petróleo. Tenga en cuenta, en primer lugar, el enorme dividendo económico que esto implica; en segundo lugar el evidente, y no menos importante,beneficio político, que perfuma de Mesías a nuestro gobierno y granjea votos en los foros internacionales. Súmele, en tercer lugar, el efecto de contención, de válvula de escape que distiende los ánimos del trabajador que se sabe atropellado, pero que se ve compulsado a esperar pacientemente el otorgamiento de una misión en el extranjero que multiplicará por 20 o 40 veces sus ingresos durante dos o tres años a condición de que permanezca en silencio. Para los contestatarios, para los proscritos, nunca habrá lugar entre esa masa de internacionalistas que en este momento suma alrededor de la mitad de nuestros médicos en activo lo cual, por cierto, resintió la calidad de la atención médica a la población cubana.
Toda sociedad humana es un complejo sistema de relaciones que exige el ajuste de un mecanismo de relojería y debe premiar el esfuerzo personal, porque así se fomenta el respeto al valor del trabajo honrado. En ese sistema cada cual debe tener un lugar bien definido. Si bien el rol de nuestro médico es velar por la salud y la vida humanas, el de los altos dirigentes de este país debió garantizar el diseño estratégico de una sociedad equilibrada y funcional y esto, sin dudas, no lo lograron después de 50 años de proyectos y congresos. No sólo fallaron en su diseño, sino que lo hicieron estrepitosamente. Los apologistas hablan sobre “gratuidades” en educación y salud, pero sin pretender deslustrar al sol por sus manchas, les digo que esto es sumamente relativo, pues el dinero que no me cobran en la escuela o en el hospital, me lo desangran en las tiendas CUC con una absurda política de precios extremadamente abusiva, que vende hasta al 500 o al 1000 % de su precio de compra cualquier bisutería. Además, garantizar la educación y la salud del pueblo no es un gesto de buena voluntad, sino una obligación del Estado. No hay que olvidar que durante toda su vida a nuestro trabajador se le rebaja el 33% de su salario, que deja de percibir precisamente para garantizar su Seguridad Social. De este sombrío asunto apenas se habla en mi país.
Llevo las manos limpias y gusto de cuentas claras, por eso más vale que quien pretenda juzgar se ahorre lecciones de patriotismo. Estoy con todo lo justo y auténtico de la Revolución necesaria de 1959, pero no puedo aplaudir lo que aquí condeno, porque si no se respeta el derecho del hombre, ya no queda nada que defender. Estoy con la Revolución, pero nunca comulgaré con sus errores, ni con conatos de demagogos y oportunistas. Soy médico, cubano, vivo en la Cuba real y difícil, no en la de los telediarios y no deseo emigrar. Graduado desde 1994, especialista en Medicina General Integral desde 1998, Residente de tercer año en Medicina Interna hasta abril de 2006 cuando, cursando su último año, fui suspendido del estudio de esa especialidad y luego inhabilitado para el ejercicio de la Medicina en Cuba por tiempo indefinido en octubre de 2006, junto a un compañero de trabajo, el Dr. Rodolfo Martínez Vigoa. ¿La razón? muy simple: hace casi 6 años, el 11 de noviembre de 2005, mi compañero y yo tuvimos el “atrevimiento” de enviar una carta al Ministro de Salud Pública, respaldada por la firma de 300 trabajadores, para hablarle sobre nuestro indecoroso salario. La ancestral intolerancia a que ya se nos acostumbró, hizo que la cúpula reaccionara como si hubiésemos lanzado un Molotov. Aterrorizados por aquel pequeño consenso, hicieron lo que mejor saben hacer: sofocar por la fuerza cualquier gesto de discrepancia. Nunca respondieron, fueron inescrupulosos y brutales. Los detalles de esta injusticia están en pleno conocimiento de todas las instancias centrales competentes incluida la Fiscalía General de la República, sin que nadie hiciera nada por repararla.
Soy uno más entre decenas de miles de médicos cubanos que viven todos los días bajo esta ultrajante realidad. Vivo bajo un gobierno que me privó del derecho a ejercer mi profesión por consideraciones políticas, que censura sistemáticamente mi opinión, que me priva de mi derecho a viajar libremente, que no respeta mi derecho a recibir información de primera mano y que me niega en pleno siglo XXI el acceso a Internet, todo lo cual da una idea de cuan retrógrado se llega a ser cuando se le teme al libre pensamiento del hombre. El gobierno que consuma esta violación flagrante de los derechos de millones de cubanos ocupa hoy nada menos que la Vicepresidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Si usted tuvo paciencia para leer hasta aquí, ya tiene una visión más aproximada de lo que viven nuestros profesionales de la Salud Pública. Ya pertenezca al grupo de las apologías o al de los puños crispados, sepa que es esta la Cuba que Usted aplaude o condena tan fervorosamente según le dicte su conciencia. Categoría: Uncategorized
Crónica de Esculapio en Cuba (I).	Por: Jeovany Jimenez Vega
La Revolución cubana siempre levantó grandes pasiones. Millones dentro y fuera de la isla militan entre los que aplauden y elevan conmovedoras apologías, o entre los que crispan los puños y lanzan encendidas acusaciones. Pero sin dudas, entre las pintorescas barbaridades que florecen bajo este cielito tropical hay una especialmente atroz: la condición de semiesclavitud que padece nuestro profesional de la salud pública. Para esparcir algo de luz sobre el asunto, le propongo que me siga a través de este intento de crónica.
Imagine por un momento que usted decidió estudiar Medicina en La Habana y se gradúa en 1994, durante la peor crisis económica de nuestra historia. Algunos de sus amigos de preuniversitario, que se toman la vida más a la ligera, deciden criar y vender cerdos, abren un negocio por cuenta propia o comienzan a trabajar en el turismo. Una vez graduado, después de 6 años de grandes sacrificios personales, usted naturalmente aspira a vivir honradamente de su salario, pero comienza ganando sólo $ 231.oo CUP mensuales (*), o sea, ¡recibirá menos de dos dólares por todo un mes de trabajo durante casi dos años! De vez en cuando se encuentra con su amigo del preuniversitario, que ya compró un elegante automóvil que contrasta con su desvencijada bicicleta. Pero usted quiere superarse, y dedica a sus estudios cuatro añitos más de su juventud. Después de totalizar 10 años de estudios (sumados carrera y postgrado), termina por fin su especialidad en Medicina General Integral (MGI), con lo cual, ya especialista, su salario rondará los $ 525.oo CUP, o sea, que después de una década de estudios superiores usted trabajará todo un mes por un “salario” de $ 21.oo USD. Mientras tanto, el barman de un hotel ganará $ 200.oo USD ¡en un turno de trabajo! y un funcionario de la aduana del aeropuerto ganará $ 500.oo USD extorsionando a los turistas, y esto es 25 veces su salario mensual como médico ¡en sólo un turno de trabajo!
En esta abismal diferencia en los estándares de vida está la raíz de nuestros dramas. Dolorosamente, en Cuba el bienestar de su familia no dependerá de su consagración al trabajo ni de su afán de superación, ni del respeto que muestre por su profesión, todo lo cual ilustra el caos que ha regido nuestra vida durante los últimos 20 años. Es en esta selva donde “lucha” nuestro médico, que no vive en los alentadores noticieros de Cubavisión Internacional, donde la Revolución sigue su ritmo pujante y victorioso, con un PIB creciendo alrededor del 10 % por toda una década, mientras el cubanito de a pie sufre una economía en ruinas, un divorcio tal con la realidad que parece hablarse de países diferentes. Ante una realidad tan hostil, nuestro médico tuvo que inventar maravillas en su tiempo libre para mal alimentar a su familia, hizo “magia” en el mercado negro, trabajó como fotógrafo, payaso, carpintero, zapatero o cosmonauta, siempre ilegal, pues el Ministerio del Trabajo le prohibió por Resolución, hasta hace pocos meses, el acceso al trabajo por cuenta propia.
Suponga que usted, Especialista en MGI, decidió hacer una segunda especialidad. Después de otros cuatro años de grandes sacrificios se gradúa, por ejemplo, como cirujano y con esto su salario mensual aumentará $ 50.oo infames CUP (poco más de $ 2.oo USD) con los cuales comprará apenas 4 jabones. Así, mientras su salario mensual de cirujano es de $ 623.oo CUP ($ 27.oo USD), un custodio SEPSA, luego de un cursillo de un mes, gana alrededor de 1500 CUP mensuales contado el salario, un extra en alimentos y artículos de aseo, mientras un policía patrullero recibe hasta 1600 CUP, más otras atenciones. Por alguna oscura razón nuestro gobierno cree que sus médicos no merecen tales deferencias.
Después de reaccionar de su estupor usted dirá: ¡pero vamos hombre, si no le alcanza el salario ni para papel higiénico métase a barman, a inspector de aduanas, incluso póngase a custodiar la puerta de su hospital que de cualquier modo saldrá bastante mejor! Yo le respondería: amigo mío, los gobernantes de mi país convirtieron literalmente el sagrado ejercicio de la Medicina en la célebre túnica de Neso; nuestro médico no puede trabajar fuera del Ministerio de Salud Pública (MINSAP) porque una Resolución del Ministerio del Trabajo ¡se lo prohíbe tajantemente! Ninguna entidad fuera del MINSAP tiene permitido ofrecerle trabajo. ¿Va comprendiendo? Pero usted medita y su rostro se ilumina: ¡emigre, en cualquier país se necesita un médico, al menos temporalmente, mientras todo mejora! Entonces yo le pido que se ponga cómodo y escuche con calma, que aquí viene la buena de verdad…
Todo lo que leyó hasta aquí le parecerá un juego de niñas en el jardín de un convento, comparado con lo que vivirá usted si decide viajar fuera de Cuba siendo médico y ciudadano cubano. En julio de 1999 el Ministro de Salud Pública de turno emitió la Resolución 54, aún vigente, cuya letra desconozco como la desconoce la generalidad de nuestros trabajadores, pues se nos oculta con el celo de un secreto de Estado. Esta Resolución de la Ignominia, que así la llamaremos, es el más humillante ultraje infligido a quienes abrazamos la profesión médica en Cuba desde la llegada de Colón. La misma dispone que si usted desea salir definitiva o incluso temporalmente al extranjero, tendrá que solicitar a su Ministro la “liberación” del sector. O sea, que si a usted se le ocurre la feliz idea de visitar a su familia o a un amigo en el extranjero durante sus vacaciones, tendrá que esperar obligatoriamente ¡5 años de su vida como mínimo! durante los cuales será retenido contra su voluntad por el Ministerio de Salud Pública sin alternativa posible. Nada importa que usted sea un recién graduado o acumule 30 años de trabajo, ¡igual esperará 5 años! Personalmente conozco casos retenidos durante 7 años por su “liberación”. Incluso ya jubilados los médicos y estomatólogos son retenidos por 3 años antes de ser autorizados a viajar; ¡así de enfermiza llega a ser esta aberración! Aclaremos que desde el momento en que usted inicie el primer trámite para viajar, pasará automáticamente a la lista de los no confiables, le serán retirados todos sus cargos administrativos y docentes, si los tuviera, y deberá ser trasladado de su puesto de trabajo a otro más lejano y de menor categoría. Mientras pasan estos años se rompen matrimonios, los niños se traumatizan y mueren padres sin ver nuevamente a sus hijos. No alcanzo a describir el sufrimiento humano que provoca este engendro a quien así ve mancillados sus derechos, pero esto no es nada que le preocupe al Sindicato ni al Parlamento: siempre se podrá culpar a la Ley de Ajuste Cubano de su muerte si usted no se resigna, improvisa una balsa y termina devorado por los tiburones. Como puede ver, bajo tales circunstancias hablar de semiesclavitud no es más que un eufemismo.
(*) Hace dos décadas en Cuba circulan dos monedas: el peso cubano (CUP), también llamado “moneda nacional” – con el que el trabajador recibe su salario – y el peso convertible (CUC), también llamado “divisa convertible” – con el que le cobran en la cadena de Tiendas Recaudadoras de Divisas que operan sólo en esta moneda. *TASAS DE CAMBIO:
1994: 1 CUC = 1 USD = 140 CUP
Desde finales de los 90 hasta 2001: 1 CUC = 1 USD = 21 CUP
Septiembre de 2001 hasta hoy: 1 CUC = 25 CUP
Carta a la Dirección de Granma.	Me dirijo a su sección motivado por la publicación simultánea de dos correspondencias el pasado 5 de agosto. La primera, enviada por A. J. Pérez Pérez, “Extender el derecho a opinar a la vida diaria”, se refiere a la propuesta hecha por la Dirección del país, sobre todo por Raúl Castro, sobre la necesidad de que “… cada quien opine lo que piense y desee… con las palabras adecuadas y el debido respeto.” La segunda, enviada por E. Rodríguez Rivera, “Mejoremos el servicio de salud con una actitud mejor…”, se refiere a problemas de índole objetivo y subjetivo que lastran la calidad de nuestra Salud Pública.
Mi nombre es Jeovany Jimenez Vega y soy médico, graduado desde 1994. Trabajé durante doce años en Guanajay, actual Provincia de Artemisa, hasta que fui inhabilitado por tiempo indefinido para el ejercicio de la Medicina en todo el territorio nacional junto a un compañero de trabajo, el Dr. Rodolfo Martínez Vigoa, mediante las Resoluciones Ministeriales 248 y 249 respectivamente, del 27 de septiembre de 2006, emitidas por el ex Ministro Dr. José R. Balaguer. Mi compañero y yo mantuvimos hasta ese momento una conducta laboral adecuada, sin sanciones administrativas previas.
El 11 de noviembre de 2005, por iniciativa propia, ambos entregamos en la sede del MINSAP un documento dirigido al entonces Ministro Dr. Balaguer, donde se exponía con respeto el criterio de un grupo de trabajadores del oeste de la entonces Provincia de La Habana, con respecto al aumento salarial hecho a su sector a mediados de aquel año; este documento fue respaldado por la firma de 300 trabajadores. El mismo día se entregó un segundo documento aparte, remitido claramente a título personal y firmado exclusivamente por sus dos autores (mi compañero y yo). Ambos documentos fueron debidamente acuñados en el momento de su recepción. Después de cinco meses sin recibir respuesta de nuestro Ministro, entregamos ambos documentos en las sedes del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido a principios de abril de 2006. Varias semanas después de esta última gestión se iniciaron una serie de hechos que derivarían, meses después, en nuestra inhabilitación. En esencia, se nos acusó de no haber entregado el primer documento auténticamente firmado por 300 trabajadores, sino únicamente el segundo documento haciéndolo respaldar por las 300 firmas, con lo cual presuntamente habríamos traicionado al trabajador que en nosotros confió. A pesar de conservar en nuestro poder la copia del primer documento, acuñado al momento de ser recepcionado en la sedes del MINSAP y del Comité Central, lo cual deja sin fundamento esta acusación, fue este el argumento usado finalmente para inhabilitarnos.
En el momento de nuestra sanción yo era militante del Partido y cursaba el último año de la Especialidad en Medicina Interna. Inmediatamente fui expulsado del Partido y suspendido del estudio de mi Especialidad sin haber incumplido de ningún modo el Reglamento Docente, mientras el Dr. Rodolfo fue trasladado arbitrariamente de su puesto de trabajo en el Servicio de Emergencia del Hospital a un consultorio rural, sin que mediara documento oficial alguno. Finalmente, en octubre de 2006, fuimos inhabilitados por tiempo indefinido. Se aplicó en este caso la Resolución 8 de 1977, concebida para sancionar hechos que lesionen la ética médica y cometidos “…en el ejercicio de la medicina en sus diversas formas…”, o sea, alguna conducta que “…pueda resultar lesiva a la dignidad humana de los pacientes, a la sensibilidad de sus familiares…”, o que”…puede poner en peligro la vida y en casos extremos provocar la muerte de los primeros con las consiguientes consecuencias que ello implica.” Mientras tanto los documentos que nos inhabilitan reconocen explícitamente “… que los hechos narrados no constituyen infracciones de la disciplina laboral y no fueron cometidos durante el desempeño de funciones asistenciales…” Esta grave contradicción evidencia definitivamente lo improcedente de estas sanciones.
Desde marzo de 2007, todos los detalles esenciales de este caso, incluidas copias de los documentos acuñados que demuestran lo que digo, están en poder de todas las instituciones centrales de este país con potestad para investigar o derogar estas sanciones. Esto incluye a los Consejos de Estado y de Ministro (incluidas dos cartas al Presidente Raúl Castro y dos al Vicepresidente Machado Ventura), al Comité Central del Partido, al Presidente del Parlamento, a la Fiscalía General de la República y por supuesto, al anterior Ministro de Salud Pública (en 10 ocasiones) y al actual (en 7 ocasiones). Desde entonces, este caso fue puesto decenas de veces en manos de estas instituciones sin que ninguna respondiera – lo cual es inconstitucional – exceptuando a la Fiscalía, que desestimó las evidencias expuestas en el párrafo anterior y repitió al carbón las acusaciones formuladas contra nosotros.
Aunque perturbadora, es una la verdad: fuimos expulsados de nuestro trabajo por el “delito” de ejercer nuestro derecho a opinar. Para conseguirlo sin existir una razón legítima se mintió vergonzosamente. Pero algo es más grave aún: esta barbarie se perpetró ante la mirada indiferente de las más altas instituciones de este país mientras los culpables quedaron impunes. No hay modo humano de concertar esta demostración de intolerancia, esta profanación a la legalidad, con la propuesta hecha por Raúl de viabilizar libremente las inquietudes del pueblo. Que semejante brutalidad quede consumada impunemente, desmentiría la presunta apertura de la Dirección del país a las sinceras opiniones de su pueblo. Sólo derogando estas sanciones se haría justicia. Privar a dos médicos del ejercicio de su profesión por haberse dirigido a su Ministerio al total amparo de la Constitución y la Ley – con inquietudes, por cierto, muy similares a las de E. Rodríguez Rivera – deja muy en entredicho la constitucionalidad de mi país. Espero que su sección tenga la entereza ética de publicar íntegramente estas líneas.
Actualización de la política migratoria en Cuba	Por: Jeovany Jimenez Vega.
El solo hecho de oírlo en la televisión me petrifica, pero escucharlo del Presidente de mi país ha sido alucinante, porque en la Cuba revolucionaria hay asuntos tan etéreos que jamás encuentran una ocasión adecuada para ser planteados “procedentemente”, tabús cuyo sola mención pone algunas pieles de gallina, temas que no es posible abordar sin que te escudriñen con ojos desorbitados de terror. Este es el caso de la política migratoria mantenida por el Gobierno cubano durante los últimos 50 años, que ha conformado una de las aristas más traumáticas y peliagudas de la sociedad cubana. Los retorcidos mecanismos creados para obstaculizar el libre flujo de las personas para viajar o emigrar, han convertido lo que normalmente sería una alternativa más en la vida de cualquier cubano, en una auténtica odisea.
Durante el discurso pronunciado ante el Parlamento cubano el 1 de agosto de 2011, Raúl Castro anunció que ahora se trabaja “… para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente…” Aunque saludo la propuesta – dado que Fidel Castro nunca anunció algo así durante todo su gobierno – sin embargo, pronto se me marchitaron las alas cuando un minuto más tarde Raúl precisaba que “… la flexibilización de la política tendrá en cuenta el derecho del Estado revolucionario de defenderse de los planes injerencistas y subversivos del gobierno norteamericano y sus aliados y al propio tiempo, se incluirán contramedidas razonables para preservar el capital humano creado por la Revolución frente al robo de talentos que aplican los poderosos.” Dicho así, de este modo ¿pone el típico parche antes del descosido? De repente me sentí aludido, pues siendo médico estoy sujeto a la archirepudiada Resolución 54 del Ministerio de Salud Pública, que coloca al profesional de mi sector en la base de la guillotina en cuanto al tema viajes se refiere.
Hasta hoy el ciudadano cubano que desee viajar fuera de Cuba tiene que sortear todo un rosario de obstáculos: obtener una “carta de invitación” de algún ciudadano extranjero, lograr el visado del país en cuestión, contar previamente con un depósito bancario de miles de dólares – condición obligatoria para muchos países de destino – y luego… ¡ah!, luego… el tremebundo “permiso de salida”, llamado también “carta blanca”, que puede ser otorgado o negado a voluntad según la potestad discrecional – que además incluye un “permiso de entrada” – otorgada a las autoridades migratorias del Ministerio del Interior por el Decreto Ley 989 del 5 de diciembre de 1961, lo cual ya lo dice todo. Esto tuvo una obvia consecuencia para los cubanos dentro y fuera de la isla, que durante 50 años estuvimos sujetos a la tácita prohibición de viajar al extranjero, pues el mencionado mecanismo funciona como un acérrimo filtro de trabeculado insalvable para cualquier estigmatizado por razones políticas y para todo sospechoso de ser un emigrante si así lo dispone aquella autoridad. Este engendro, pérfidamente dosificado, devino en un sistemático método de coacción del gobierno sobre sus individuos. Se trata de una estrategia de premio-castigo carente de ética, propiciatoria de miles de hechos de extorción, soborno, cohecho y degradación moral que implicaron tanto a funcionarios como a ciudadanos de todo el país.
Pero como esta es la tierra de lo real-maravilloso, un gobierno que ha practicado durante tanto tiempo esta política de hermetismo con relación a los viajes, ha llegado al cinismo de cuestionar públicamente las políticas migratorias de otros. Emplaza reiteradamente, por ejemplo, al Gobierno de EE.UU. por prohibirle a sus ciudadanos viajar a Cuba a consecuencia del embargo – lo cual ciertamente es violatorio del derecho del pueblo norteamericano – y hasta convoca a encuentros con la diáspora donde se aboga poéticamente por “normalizar” las relaciones con los emigrados, incluidos supongo, aquellos salidos de Cuba en 1980 bajo su respectiva lluvia de pescozones y huevazos. En estos encuentros no se escucha una palabra de disculpa, ni siquiera se menciona la necesidad de reformar la política migratoria; convocados por el Gobierno cubano, sus representantes arremeten a lanzar piedras desde un tejado de cristal. Cuando oigo noticias como estas apago la tele, porque nací con un solo hígado y mi tolerancia tiene sus límites.
Escudado tras el argumento de la “… legítima defensa ante las agresiones a que hemos sido sometidos por más de 50 años…” – perpetradas por los sucesivos gobiernos estadounidenses, pero de las cuales mi pueblo no tuvo la culpa – el Gobierno cubano, sin embargo, la emprendió indiscriminadamente contra nuestra libertad y extendió esta guerra “migratoria” al resto del universo conocido. Dado por descontado que las administraciones del norte ciertamente no descansaron, ni lo harán, en su intención de derrocar a la Revolución, sin embargo, todavía se cuentan más de 180 países con los cuales Cuba mantiene relaciones diplomáticas, consulares o mercantiles plenas. Por tanto, si de ningún modo puede considerarse “enemiga” a toda la humanidad, entonces ¿por qué no tenemos derecho de viajar libremente al resto del mundo? ¿Por qué esta prohibición se mantiene incluso para países con gobiernos “amigos” como China, Bolivia, Ecuador y la aliada Venezuela? ¿Por qué se ha mantenido este control enfermizo sobre algo tan natural? Esto evidencia que la política de muro hermético se enmarca dentro de la línea dura de una estrategia de control mucho más amplia. Para el mantenimiento de esta política nuestra condición de archipiélago cae como anillo al dedo. Nuestra insularidad le facilita muchísimo las cosas al gobierno cubano, que se da el lujo de pisotear derechos que no monopolizaría tan absolutamente si tuviéramos fronteras terrestres.
Añade Raúl en su discurso: “Este sensible asunto ha sido objeto de manipulación política y mediática durante largos años en el propósito de denigrar a la Revolución y enemistarla con los cubanos que viven en el extranjero.” Como si alguien necesitara tergiversar nada con relación a esta política para mostrarla justo en lo que es: la garrafal y masiva violación de un derecho inherente a cada homo sapiens sobre la tierra. No es posible defender éticamente una postura semejante, ni es necesario desgastarse en ningún tipo de “manipulación” para “denigrar” a los culpables, porque esta política es ya, en sí misma, una manipulación lo suficientemente denigrante para condenar al descrédito universal a cualquiera que la perpetre. Tampoco se necesitó “enemistar” a nadie con la Revolución, pues esta misma política se ocupó de hacerlo dando un tratamiento realmente bestial a sus emigrantes; basta recordar aquellos vergonzosos mítines de repudio del 80, la satanización del que partía, la estigmatización social de todos aquellos “lumpens”, “gusanos”, de toda aquella “escoria social” arrastrada por las calles de toda Cuba por su “pecado” de emigrar, la confiscación de todos sus bienes, todo aquel desarraigo… Fue esta brutalidad la que mantuvo separadas a familias enteras durante cinco décadas – y no sólo a las residentes en territorio “enemigo” – sino a todo cubano residente en cualquier país, desde la Manchuria hasta la Patagonia. Esta política es culpable, en buena medida, de miles de las vidas perdidas en el mar durante las últimas dos décadas, una estela de muerte que se pudo evitar con una política propiciatoria al flujo natural de los cubanos a través de vías legales. Nadie, ante una alternativa civilizada para viajar, se hubiese arriesgado a terminar a la deriva entre tiburones.
Ojalá, por el bien de todos, que se imponga finalmente la cordura, porque una vez eliminada esta política de encierro perpetuo, mantenida contra la voluntad del pueblo cubano, terminarán en el acto sus consecuencias más inmediatas y visibles – el tráfico ilegal de personas a través del golfo, por ejemplo – y luego el tiempo sanará, poco a poco, sus secuelas generacionales – que son crónicas, y por lo mismo, más profundas – a la vez que el Gobierno cubano se desembaraza de este grave estigma. De momento, una conclusión queda clara: no podrán existir “relaciones normales” con la emigración mientras no sean normales los mecanismos legales que regulen el fenómeno migratorio; mientras así no sea, todo intento de acercamiento será una farsa si no viene de la mano de una sincera voluntad política.
Ya es hora de que viajar en mi país no sea más agasajo devengado por una casta de privilegiados, ni dádiva que premie posturas acríticas o serviles, sino una decisión estrictamente personal, inconsulta, no subordinada a la potestad de ningún ministro. Se impone devolver al ciudadano su libre albedrío, mediante leyes vinculantes inequívocas que ninguna autoridad se atreva a quebrantar. Garantícese el respeto irrestricto al derecho individual y devuélvase a la nación todo ese caudal de la diáspora, todo ese universo cubano más allá del mar del que se nos alejó por demasiado tiempo; universo que en su momento fue la poesía de Gastón Baquero, la narrativa de Cabrera Infante, o el lirismo tras la prosa de Reinaldo Arenas; la música de Sandoval y Willy Chirino, o la voz perdida de Celia que ya no vibrará con Los Van Van en La Piragua; los brazos del Duque y de Contreras, que no lanzan contra su equipo Cuba, pero que son excluidos de hacerlo junto a él en un Clásico Mundial; hablo de la pintura generacional de José Bedia y de otros tantos, cubanos como yo, que conforman una cosmología infinita que nos pertenece. Cabemos todos bajo el cielo tricolor de nuestra única nación cubana, pero concretar este milagro exigirá de nosotros pulverizar para siempre el fatídico Diccionario de Analogías Absurdas y admitir, definitivamente, que nunca serán sinónimos conceptos como viajar y renunciar; emigrar y traicionar; abdicar… y perdonar.
Sin embargo, queda el escozor de la incertidumbre: en caso que la Dirección del país esté pensando ciertamente en liberar los viajes al extranjero sin condicionamientos – cosa que sinceramente dudo – ¿quedaremos excluidos los médicos y demás profesionales? ¿Se tomarán “contramedidas razonables” – palabras de un raro exotismo entre nosotros – o se irá nuevamente a los extremos? Para no caer en especulaciones estériles sólo podemos esperar. Pero de momento recupero la esperanza de ver nuevamente a viejos amigos, alejados por este muro de discordias hace más de 10 años, cuando partieron a por nuevos horizontes. Porque decidieron no vivir bajo este gobierno vieron cerrarse, detrás de sí, las puertas de su país. Digo de su país, porque esa sagrada posesión espiritual que es la patria siempre la llevaron dentro. Esos, mis amados seres que buscan nuevos derroteros, convencidos – ya lo dijo el más universal de los cubanos – de que patria es también humanidad.
El recurso del método	Obra: “Extraño equilibrio de América”, de Yordanis Garmendía.
Tiene fuertemente atadas las piernas, maniatadas las manos en la espalda, tapiados los ojos y la boca, reventados los tímpanos por el martirio. Crispa los puños y un silencio de plomo, interrumpido sólo por remotos lamentos ajenos a los suyos, transcurre bajo una lámpara cenital que lanza contra el suelo salpicado de sudor, destellos, sombras, reflejos que no puede ver. Alguien sin rostro emerge de las sombras, le arrecia las amarras, asegura la mordaza y tensa la soga que le deja sin aliento. En el rugir de los hierros y en el aliento ocre del aire intuye la crueldad del verdugo que levanta la copa de cicuta. Apenas emite un gemido recibe el puñetazo de rigor que abre un hilo de sangre, siente pasos que se alejan, la reja que se abre de golpe y se eleva en la noche la voz infame que grita asegurando que es valiente lo que hace. Afuera, en el ágora, es estridente el ladrido de los perros. La jornada más pérfida fue, sin embargo, la rutina más simple del verdugo. Una vez rociada su piel con el ungüento e incendiadas las paredes, se redujo su vida a aquel edificio en llamas. Las manos quemadas logran desatarse a duras penas y tantea desesperado los muros. Se lanza a la carrera contra un humo denso que le quema los pulmones, siente abrasado su rostro mientras exhala una rabia contenida por demasiado tiempo. A punto de la asfixia y casi ciego percibe la única salida que dejaron entreabierta. Tensando su cuerpo traspasa de un salto el umbral y da de bruces en un charco de colores dispersos. Es cuando levanta lo que fueron sus párpados y escucha, junto al rugido sordo de los perros, aquella voz sin rostro que grita ¡¡traidor!!… Entonces, fue la jauría… Allá lejos, bajo el cielo rojizo, danzan brumosas sombras que no entienden nada.
Palabras	Obra: “Jardín del Edén”, de Yordanis Garmendía. Por: Jeovany Jimenez Vega.
Nada distinto, nada que no se haya dicho, en esencia, en las 52 ocasiones anteriores. El discurso pronunciado el 26 de julio de 2011 por José R. Machado Ventura, Segundo Secretario del Comité Central del Partido y Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, se suma a la larga saga de los que he escuchado durante toda mi vida. Desde siempre han sido básicamente las mismas metas, el mismo guión que puedo repetir de memoria: lograr la eficiencia económica, elevar la exigencia y la organización, luchar contra la indisciplina laboral y social, eliminar las trabas burocráticas y el uso indebido de los recursos, luchar sin cuartel contra la corrupción… y pudieran seguir una larga lista de etcéteras. En la consecución de estos propósitos… siempre se trabajó sistemáticamente, siguiendo las líneas trazadas de manera integral, sin parches ni improvisaciones, buscando soluciones definitivas, con los pies y los oídos puestos sobre la tierra, atentos a la opinión de la gente, prontos a rectificar errores… y pudiera seguir otra larga lista de etcéteras. Nunca se dijo lo contrario. Incluido el célebre Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas lanzado por Fidel Castro a mediados de la década del 80 – adelantado incluso a la Perestroika soviética y cuyo slogan recuerdo fue ¡Ahora sí vamos a construir el Socialismo! – hemos visto desfilar decenas de estrategias paliativas luego condenadas al fracaso durante estos 25 años, en que el estatismo político y la ineficiencia económica han sido la norma. No fue gratuita la observación hecha por el Presidente Raúl Castro, en la inauguración del último Congreso, de que las líneas trazadas por el Partido durante cada uno de sus cinco Congresos anteriores habían caído en el olvido. Aunque reconocerlo públicamente es un gesto valiente que respeto, también es una realidad demostrada que la vida de un país no se construye desde las tribunas.
Quedo estupefacto cuando escucho al actual Vicepresidente asegurar que nuestros dirigentes, entre otras cosas, deben luchar “… contra procedimientos absurdos que nada tienen que ver con el socialismo.” Porque hasta donde conozco, en ningún tratado de economía política marxista se lee entre los principios para construir el socialismo, por ejemplo, privar al pueblo de la libertad de viajar o del acceso a la información. La sociedad cubana enfrenta graves privaciones de derechos civiles que no guardan ninguna relación con el cuerpo teórico del socialismo, sino que persisten como piezas engranadas en un diseño de control con ribetes de stalinismo que parte de un precepto: quien sostenga la sartén por el mango tendrá poder ilimitado sobre el resto de los cubanos. Por esto vuelvo a caer en el estupor cuando escucho a Machado Ventura, más adelante en su discurso, decir que “… se debe escuchar con atención y sobre todo tener en cuenta lo que dicen los demás… sin que nadie se crea dueño de la verdad absoluta.” Estas palabras quedan muy mal paradas ante casos como el del reconocido catedrático Esteban Morales, recientemente expulsado del Partido por emplazar a los corruptos, y el del ilustre pintor pinareño Pedro Pablo Oliva, expulsado de la Asamblea Provincial del Poder Popular de Pinar del Río por hablar desenfadadamente desde sus propios conceptos y principios. Si nuestro Vicepresidente desea predicar con el ejemplo, según manifiesta al final de su discurso, pudiera empezar por responderme las dos cartas a él dirigidas el 28 de diciembre de 2007 y el 14 de septiembre de 2009, respectivamente entregadas en las sedes del Comité Central del Partido y del Consejo de Estado y que siguen ambas sin respuesta, lo cual es inconstitucional, pues según el Artículo 63 de la Constitución Socialista vigente está obligado a responder dado que detenta un cargo público. Que me explique de qué modo cree justo que continúe yo inhabilitado para ejercer la Medicina cinco años después de aquella vulgar mentira.
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