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Timestamp: 2019-10-18 19:28:10+00:00

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Suma Teológica II-II Qu.53 a.6
ARTíCULO 6 ¿Proceden de la lujuria todos estos vicios?
Objeciones por las que parece que los vicios expuestos no tienen su raíz en la lujuria:
Objeciones: 1. La inconstancia, como hemos visto (a. 5 ad 2), procede de la envidia, y la envidia es vicio distinto de la lujuria. De ahí que esos vicios no nacen de la lujuria.
2. Un pasaje de la Escritura habla del varón indeciso e inconstante en todos sus caminos (Jc 1,8). Ahora bien, la doblez de ánimo no parece pertenecer a la lujuria, sino más bien al fraude, hijo de la avaricia, según San Gregorio en XXXI Moral. En consecuencia, los vicios de que hemos hablado no nacen de la lujuria.
3. Esos vicios tienen su origen en defectos de la razón. Pues bien, los vicios espirituales están más cerca de la razón que de la carne. Luego tales vicios nacen de los vicios espirituales más bien que de los carnales.
Contra esto: está el hecho de que San Gregorio señala en XXXI Moral. que esos vicios nacen de la lujuria.
Respondo: Según afirma el Filósofo en VI Ethic.: El deleite es lo que más corrompe el juicio de la prudencia, y sobre todo el placer venéreo, que absorbe de manera total al alma y la arrastra al deleite sensible. La perfección, en cambio, de la imprudencia y de toda virtud intelectual consiste en abstraer de lo sensible. Ahora bien, dado que esos vicios proceden de defecto de la prudencia y de la razón práctica, según hamos expuesto (a. 2 et 5), tienen su raíz sobre todo en la lujuriad A las objeciones:
Soluciones: 1. La ira y la envidia producen la inconstancia, desviando la razón hacia otras cosas; pero la lujuria causa la inconstancia extinguiendo totalmente el juicio de la razón. Por eso afirma el Filósofo en VII Ethic. que el iracundo escucha a la razón, aunque no de manera completa; el lujurioso, empero, la desoye del todo.
2. La doblez de ánimo es también, en cierta manera, algo consiguiente a la lujuria, como asimismo la inconstancia, dado que esa doblez implica un ánimo versátil hacia muchas cosas. Por eso escribe también Terencio en Eunucho: En el amor se da guerra, y también paz y tregua.
3. Los vicios carnales tanto más reducen el uso de la razón cuanto más se apartan de ella.
CUESTIÓN 54 La negligencia
Pasamos ahora al tema de la negligencia. Sobre él se formulan tres preguntas:
Objeciones: 1. La negligencia, ¿es pecado especial? 2. ¿A qué virtud se opone? 3. La negligencia, ¿es pecado mortal?
ARTíCULO 1 ¿Es pecado especial la negligencia?
Objeciones por las que parece que la negligencia no es pecado especial:
Objeciones: 1. La negligencia se opone a la diligencia. Ahora bien, la diligencia es necesaria para toda virtud, lo mismo que la elección. La negligencia, pues, no es pecado especial.
2. No es pecado especial lo que se da en todo pecado. Ahora bien, la negligencia se da en todo pecado, ya que, quien peca, se cuida poco de poner en práctica lo que le apartaría de él, y quien persevera en el pecado es negligente en la enmienda. En consecuencia, la negligencia no es pecado especial.
3. Todo pecado especial tiene materia determinada. Esto, empero, no parece que se dé en la negligencia, pues no se ocupa de cosas malas o indiferentes, ya que a nadie se le llama negligente por omitirlas; tampoco se ocupa de lo bueno, pues si se hace con negligencia, deja de serlo. Parece, pues, que la negligencia no es pecado especial.
Contra esto: está el hecho de que los pecados por negligencia se distinguen de los cometidos por desprecio.
Respondo: La negligencia entraña falta de la solicitud debida, y toda omisión de acto debido es pecado. Y así como la diligencia es acto especial de virtud, la negligencia debe ser también pecado especial. En efecto, hay pecados especiales por haber materia especial, como la lujuria en los placeres venéreos; otras, en cambio, lo son por el carácter especial del acto que abarca a toda su materia. De esta categoría son los pecados que afectan a la razón, ya que cualquier acto de la misma se extiende a toda la materia moral. De ahí que, dado que la diligencia es acto especial de la razón, como hemos expuesto (II-II 47,9), la negligencia, que entraña falta de solicitud, es pecado especial.
Soluciones: 1. La diligencia parece identificarse con la solicitud, ya que mostramos mayor solicitud en las cosas que amamos. Por eso, para toda virtud son necesarias tanto la diligencia como la solicitud, en cuanto que en toda virtud son necesarios los actos debidos de la razón.
2. En todo pecado es necesario que exista algún defecto de la razón, por ejemplo, defecto en el consejo o en cualquiera de los otros. Pues bien, como la precipitación es pecado especial por omisión del acto de la razón, que no se tiene en cuenta, es decir, el consejo, aunque puede darse en todo tipo de pecados, así la negligencia es pecado especial en función de un defecto especial de la razón, que es la solicitud, aunque se dé también de alguna manera en todo pecado.
3. La materia de la negligencia, propiamente hablando, son las obras buenas que deben hacerse, mas no por el hecho de ser buenas cuando se hacen con negligencia, sino porque la negligencia es causa de la falta de bondad en ellas, sea porque por defecto de solicitud se omite del todo el acto debido, sea también por omisión de alguna circunstancia necesaria del acto. "Hay que guardarse de cuatro madrastras que tiene la virtud de la prudencia, que son: precipitación, pasión, obstinación en el propio parecer y repunta de vanidad; porque la precipitación no delibera, la pasión ciega, la obstinación cierra la puerta al buen consejo y la vanidad, doquiera que interviene, todo lo tizna" (Guia de pecadores 2 c.15, en Obras completas, ed. J. Cuervo, t.I [Madrid 1906] p.428).
ARTíCULO 2 ¿Se opone la negligencia a la prudencia?
Objeciones por las que parece que la negligencia no se opone a la prudencia:
Objeciones: 1. La negligencia parece identificarse con la pereza, o la indolencia, que pertenece a la acedia, como expone San Gregorio en XXXI Moral. Pero la acedia no se opone a la prudencia, sino a la caridad, como hemos expuesto (II-II 35,3).
Luego la negligencia no se opone a la prudencia.
2. Parece que la negligencia abarca todo pecado de omisión. El pecado de omisión no se opone a la prudencia, sino más bien a las virtudes morales ejecutoras. Luego la negligencia no se opone a la prudencia.
3. La imprudencia se refiere a algún acto de la razón. Ahora bien, la negligencia no implica defecto ni en el consejo, lo cual es propio de la precipitación; ni en el juicio, como la inconsideración; ni en el precepto, lo propio de la inconstancia.
La negligencia, pues, no pertenece a la imprudencia.
4. En la Escritura se lee: El que teme a Dios no es negligente en nada (Si 7,18). Ahora bien, todo pecado es excluido sobre todo por la virtud contraria.
Luego la negligencia se opone más al temor que a la prudencia.
Contra esto: está el testimonio de la Escritura: El necio no sabe guardar su tiempo (Si 20,7), y esto es lo propio de la negligencia. Luego la negligencia se opone a la prudencia.
Respondo: La negligencia se opone directamente a la solicitud. Ahora bien, la solicitud pertenece a la razón, y su rectitud deriva de la prudencia. De ahí que, por oposición, la negligencia pertenece a la imprudencia. Esto se deduce también de su mismo nombre, pues, como escribe San Isidoro en el libro Etymol.: Negligente es el que no elige, y puesto que la recta elección de los medios atañe a la prudencia, la negligencia pertenece a la imprudencia.
Soluciones: 1. La negligencia implica defecto de un acto interior en el cual interviene también la elección. La pereza, en cambio, y la indolencia pertenecen al orden de la ejecución, aunque la pereza implica tardanza en la ejecución; la indolencia, empero, ejecución remisa. De ahí que sea adecuado hacer derivar la indolencia de la acedia, ya que ésta es tristeza que agrava, es decir, pone obstáculos a la intención de obrar.
2. La omisión corresponde al acto externo, ya que hay omisión cuando se deja de hacer un acto debido; por eso se opone a la justicia. Es también efecto de la negligencia, del mismo modo que la ejecución de una obra justa es efecto de la razón recta.
3. La negligencia atañe al acto de imperio, al cual corresponde también la solicitud. Pero es distinta la relación que dicen a esa falta de imperio el negligente y el inconstante. En efecto, el inconstante no pasa a la acción, como impedido por algo; el negligente, en cambio, porque su voluntad no está dispuesta.
4. El temor de Dios nos lleva a impedir todo pecado, pues, como vemos en la Escritura, por el temor del Señor todos se apartan del mal (Pr 15,27); por lo mismo, el temor hace evitar la negligencia. Mas no porque la negligencia se oponga al temor, sino en cuanto que éste excita al hombre a los actos de la razón. Por eso hemos dicho, al hablar de las pasiones (I-II 44,2), que el temor nos hace prestar atención a lo que vamos a hacer.
ARTíCULO 3 ¿Puede ser pecado mortal la negligencia?
Objeciones por las que parece que la negligencia no puede ser pecado mortal:
Objeciones: 1. Comentando las palabras de Job: Temo todos mis dolores, dice la Glosa de San Gregorio que la negligencia es lo que menos disminuye el amor de Dios.
Mas siempre que hay pecado mortal desaparece del todo el amor de Dios.
Luego la negligencia no es pecado mortal.
2. Sobre el texto del Eclesiástico (7,34): De tu negligencia limpiate con poca penitencia, leemos: Aunque la ofrenda sea pequeña, expía las negligencias de muchos pecados. No sucedería esto si la negligencia fuera pecado mortal.
3. En la ley estaban prescritos sacrificios por los pecados mortales, como consta en la Escritura (Lv 4ss). Mas no se prescribía ninguno por la negligencia.
Contra esto: está el texto de la Escritura: Quien desprecia sus caminos morirá (Pr 19,16).
Respondo: Como queda expuesto (a. 2 ad 3), la negligencia tiene su origen en cierta desidia de la voluntad, la cual impide que la razón sea estimulada a operar lo que debe o como debe. En consecuencia, puede ocurrir que la negligencia sea pecado mortal de dos maneras. La primera, por parte de lo que no se ejecuta por negligencia. Y si se trata de algo necesario para la salvación, sea acto, sea circunstancia, da lugar a pecado mortal. La segunda, por parte de la causa. En efecto, si la desidia de la voluntad en las cosas de Dios llega hasta el extremo de que la aparte totalmente de la caridad, esa negligencia es pecado mortal. Esto sucede sobre todo cuando la negligencia procede del desprecio. En caso contrario, si la negligencia se limita a omitir algún acto o circunstancia no necesarios para la salvación, ni procede tampoco de desprecio, sino de falta de fervor, que es impedido a veces por algún pecado venial, en ese caso no es pecado mortal, sino venial.
Soluciones: 1. La idea de un amor menor de Dios podemos tomarla en dos sentidos. El primero, por falta de fervor de la caridad. En este sentido da lugar a la negligencia, que es pecado venial. El segundo, por falta de la caridad misma; así se dice que es menor amor de Dios el de quien le ama sólo con amor natural, y en este caso la negligencia a la que da origen es pecado mortal.
2. La oblación pequeña hecha con ánimo humilde y puro, como se dice allí, expía no sólo el pecado venial, sino incluso el mortal.
3. Cuando la negligencia consiste en la omisión de lo necesario para la salvación, viene a ser otro género de pecado más manifiesto. En efecto, los pecados que consisten en acciones interiores son más ocultos. Por eso la razón de no estar prescritos en la ley determinados sacrificios por ellos radica en el hecho de que la oblación del sacrificio era un reconocimiento público del pecado, y ésta no era necesario hacerla por el pecado oculto.
CUESTIÓN 55 Vicios opuestos a la prudencia que ofrecen cierta semejanza con ella
Sobre este tema se plantean ocho problemas: La prudencia de la carne, ¿es pecado? 2. ¿Es pecado mortal? 3. La astucia, ¿es pecado? 4. Sobre el engaño. 5. Sobre el fraude. 6. Sobre la solicitud por las cosas temporales. 7. Sobre la preocupación por el futuro. 8. Sobre el origen de estos vicios.
ARTíCULO 1 ¿Es pecado la prudencia de la carne?
Objeciones: 1. La prudencia es la más noble de las virtudes morales, porque las dirige a todas. Ahora bien, ninguna justicia ni templanza son pecado. Luego tampoco lo es la prudencia.
2. Obrar con prudencia en orden a un fin lícitamente amado no es pecado. Pues bien, es lícito amar la carne, ya que nadie aborrece jamás su propia carne (Ep 5,29). Luego la prudencia de la carne no es pecado.
Contra esto: está el hecho de que nadie es enemigo de Dios sino por el pecado, según el testimonio que nos ofrece la Escritura: Igualmente son abominables a Dios el impío y su impiedad (Ps 14,9), y en otro lugar: El apetito de la carne es enemistad con Dios (Rm 8,7). En consecuencia, la prudencia de la carne es pecado.
Respondo: La prudencia --según hemos expuesto (II-II 47,13) - se ocupa de los medios ordenados al fin de toda la vida. De ahí que por imprudencia de la carne se entiende el proponer los bienes carnales como el fin último de la vida. Esto, manifiestamente, es pecado, ya que introduce en el hombre el desorden respecto al fin último, que no consiste en los bienes del cuerpo, como ya hemos expuesto (I-II 2,5). La prudencia, pues, de la carne es pecado.
Soluciones: 1. La justicia y la templanza implican en sí mismas el patrimonio de alabanza de la virtud, es decir, la igualdad y el freno de la concupiscencia; por eso nunca tienen un sentido malo. El sustantivo prudencia, en cambio, viene de la palabra providencia o previsión, como hemos dicho (II-II 49,6 ad 1), acción que puede referirse también al mal. De ahí que, aunque la prudencia propiamente tal haga referencia al bien, añadiéndole algo se la puede entender también con referencia al mal; en este segundo sentido se dice que la prudencia de la carne es pecado.
3. El demonio nos tienta no como objeto apetecible, sino por sugestión. Por eso, dado que la prudencia implica relación a un fin apetecible, no hay lugar para hablar de prudencia del diablo en el sentido de prudencia respecto de un fin malo, como nos tientan el mundo y la carne al proponernos como apetecibles los bienes de ambos. Por esa razón se habla de prudencia de la carne y también prudencia del mundo, según vemos en la Escritura: Los hijos de este siglo son más prudentes en el trato con los suyos (Lc 16,8). Pero el Apóstol, en la expresión prudencia de la carne, incluye toda prudencia falsa, ya que aun las cosas exteriores del mundo son apetecidas por la carne.
Puede decirse, sin embargo, que, puesto que a la prudencia se le puede llamar en cierto modo sabiduría, cabe hablar también de una triple prudencia según los tres géneros de tentaciones. Por esa razón habla el texto de la Escritura de que hay una sabiduría terrena, animal y diabólica (Jc 3,15), como expusimos al tratar el tema de la sabiduría, (q. 45 a.1 ad 1).
ARTíCULO 2 ¿Es pecado mortal la prudencia de la carne?
Objeciones: 1. Es pecado mortal rebelarse contra la ley divina, porque impide desprecio de Dios. Ahora bien, en expresión del Apóstol, la prudencia de la carne no está sujeta a Dios (Rm 8,7). Luego la prudencia de la carne es pecado mortal.
2. Es mortal todo pecado contra el Espíritu Santo. Pero la prudencia de la carne parece ser pecado contra el Espíritu Santo, ya que no puede estar sometida a la ley de Dios (Rm 8,7). Por lo tanto, parece que es pecado imperdonable, que es lo propio del pecado contra el Espíritu Santo. La prudencia, pues, de la carne es pecado mortal.
3. Al máximo bien se opone el mayor mal, como vemos en VIII Ethic. Pues bien, la prudencia de la carne se opone a la prudencia, que es la principal virtud moral. En consecuencia, la prudencia de la carne es el mayor de los pecados.
Por lo tanto, es pecado mortal.
Contra esto: está el hecho de que lo que disminuye el pecado no implica de suyo pecado mortal. Ahora bien, dedicarse con cautela al cuidado de la carne, misión que parece propia de la prudencia de la carne, disminuye el pecado.
Luego la prudencia de la carne no implica de suyo pecado mortal.
Respondo: Como queda expuesto (II-II 47,2 ad 1; II-II 47,13), hay dos maneras de decir de uno que es prudente: la primera, absolutamente, o sea, en orden al fin total de la vida; la segunda, en parte, es decir, en orden a algún fin particular, como decimos que uno es prudente en los negocios o en otra materia especial.
Pues bien, si se toma la prudencia de la carne bajo la razón total de prudencia, es decir, significando que se pone en el cuidado de la carne el último fin de toda la vida, es pecado mortal por suponer el apartamiento de Dios, ya que, según hemos visto (I-II 1,5), no pueden darse varios fines últimos. Pero si la tomamos en sentido de la prudencia particular, es pecado venial. Sucede, en efecto, que el hombre es atraído a veces por un bien deleitable carnal sin apartarse de Dios por el pecado mortal, y por eso no pone como fin de toda la vida esa complacencia de la carne. De ahí que dedicarse a la consecución de ese placer es pecado venial y propio de la prudencia de la carne. Pero en el caso de que la prudencia de la carne se ordene a un fin honesto, como es comer para sustentar el cuerpo, no es prudencia de la carne, porque el hombre practica el cuidado de la carne conforme al fin honesto.
Soluciones: 1. La prudencia de la carne de la que habla el Apóstol es la prudencia puesta al servicio exclusivo de los bienes temporales considerados como fin supremo de la vida. En este sentido es pecado mortal.
ARTíCULO 3 ¿Es pecado especial la astucia?
Objeciones: 1. Las palabras de la Escritura no inducen al pecado, pero inducen a la astucia, según el testimonio de la Escritura: Para dar astucia a los niños (Pr 1,4).
Luego la astucia no es pecado.
2. Según un texto de la Escritura, el astuto hace todo con conocimiento (Pr 13,16). Por consiguiente, lo hace para un fin bueno o para un fin malo. Si lo hace para un fin bueno, no parece que sea pecado. Si, en cambio, lo hace para un fin malo, parece que pertenece a la prudencia de la carne o del mundo. Por consiguiente, la astucia no es pecado especial distinto de la prudencia de la carne.
3. Exponiendo el texto de Job: objeto de mofa es el justo (Jb 4,12), comenta San Gregorio en X Moral.: La sabiduría de este mundo consiste en llenar el corazón de maquinaciones, ocultar el sentido de las palabras, ofrecer lo falso como verdadero y lo verdadero como falso. Y después: Esta prudencia la aprueban los jóvenes con el uso, a los niños (se les enseña) por dinero. Todo esto parece propio de la astucia. Luego ésta no se distingue de la prudencia de la carne o del mundo, y por eso no parece constituir pecado especial.
Contra esto: está el testimonio del Apóstol: Desechando los tapujos vergonzosos, no procediendo con astucia ni falsificando la palabra de Dios (2Co 4,2). La astucia, pues, es pecado especial.
Soluciones: 1. En expresión de San Agustín en VI Contra Iulian., igual que a veces en forma abusiva hablamos de prudencia para el mal, se habla también de astucia para el bien por la semejanza entre ellas. Sin embargo, en sentido propio, la astucia se ejerce en el mal, como afirma también el Filósofo en VI Ethic.
2. La astucia puede aconsejar tanto para un fin bueno corno para un fin malo.
Pero no debe conseguirse un fin bueno usando de medios simulados o falsos, sino verdaderos. De ahí que la misma astucia ordenada a un fin bueno es también pecado.
ARTíCULO 4 ¿Es pecado el engaño perteneciente a la astucia?
Objeciones: 1. El pecado, y sobre todo el mortal, no se da en el hombre perfecto. En cambio se da en él algún engaño, a tenor de lo que escribe el Apóstol: En mi astucia os cacé con engaño (2Co 12,16). Luego el engaño no siempre es pecado.
2. El engaño parece propio, sobre todo, de la lengua, como vemos en la Escritura: Bruñen con el dolo de sus lenguas (Ps 5,11). La astucia, en cambio, lo mismo que la prudencia, se da en el acto de la razón. Luego el engaño no pertenece a la astucia.
3. Y también: Según el testimonio de la Escritura, vemos también que el engaño está en el corazón de los que maquinan el mal (Pr 12,20). Pues bien, no toda la maquinación del mal pertenece a la astucia. Por consiguiente, no parece que el engaño pertenezca a la astucia.
Contra esto: está el hecho de que la astucia tiene como fin engañar, según el testimonio del Apóstol: Para seducir emplean astutamente los artificios del error (Ep 4,14). Ahora bien, ese fin coincide con el engaño. Luego el engaño es propio de la astucia.
Respondo: Como ya hemos expuesto (a. 3), lo propio de la astucia es elegir medios no verdaderos, sino fingidos y aparentes, para lograr un fin, sea bueno sea malo. Pero esta elección de medios se puede considerar de dos modos. El primero, la premeditación de los medios, y esto incumbe a la astucia, como incumbe a la prudencia la elección de los medios adecuados para llegar a un fin.
El segundo, la elección de tales medios encaminados a la realización de la obra; esta función es propia del engaño. De ahí que el engaño implica cierta ejecución de la astucia, y en este sentido pertenece a ella.
Soluciones: 1. Del mismo modo que la astucia, en sentido estricto, se toma para lo malo y abusivamente para lo bueno, así también el engaño, que es la realización de la astucia.
2. La astucia, engañando a otros, se afirma principalmente por la palabra, el signo más apto con el que el hombre manifiesta algo a los demás, como lo demuestra San Agustín en el libro De doct. christ. Por eso el engaño se atribuye sobre todo al lenguaje. Pero a veces el engaño se da también en los hechos, según el testimonio de la Escritura: Para vejar dolosamente a mis siervos (Ps 104,25). Y hay también engaño en el corazón, según otro testimonio de la Escritura: En su interior está lleno de engaño (Si 9,23). Esto, sin embargo, se refiere más bien a la premeditación del engaño, a tenor de estas palabras: Todo el día están maquinando engaños (Ps 37,13).
ARTíCULO 5 ¿Pertenece a la astucia el fraude?
Objeciones: 1. No es digno de alabanza consentir ser engañado, objetivo que pretende la astucia; lo es, sin embargo, tolerar el fraude, a tenor de las palabras del Apóstol: ¿Por qué no preferís ser defraudados? (1Co 6,7). El fraude, pues, no pertenece a la astucia.
2. Parece propio del fraude la aceptación o retención ilícita de cosas externas, ya que, según el testimonio de la Escritura, cierto hombre, llamado Ananías, con Safira, su mujer, vendió una posesión y retuvo fraudulentamente parte del precio (Ac 5,1-2). Ahora bien, usar o retener cosas externas es propio de la injusticia o de la avaricia. El fraude, pues, no corresponde a la astucia, la cual es opuesta a la avaricia.
3. Nadie emplea la astucia contra sí mismo. Hay, sin embargo, fraudes contra uno mismo, y de ello nos da testimonio la Escritura con estas palabras: Traman engaños contra su alma (Pr 1,18). El fraude, pues, no pertenece a la astucia.
Contra esto: está el hecho de que el fraude tiene como fin engañar, según leemos en la Escritura: ¿Creéis poder engañarle como se engaña a un hombre? (Jb 13,9), y ese mismo es el fin de la astucia. Luego el fraude pertenece a la astucia.
Soluciones: 1. El Apóstol no exhorta en los fieles a ser engañados en el conocimiento, sino a que sufran pacientemente el efecto del engaño haciendo frente a las injurias falsamente imputadas.
3. Quienes perpetran el fraude no intentan maquinar el mal contra sí mismos o contra sus almas; pero por justo juicio de Dios se vuelve contra ellos lo que traman contra otros, a tenor de las palabras: Caerá en la hoya que él mismo se hizo (Ps 7,16).
ARTíCULO 6 ¿Es lícita la solicitud por las cosas temporales?
Objeciones: 1. Es propio del jefe preocuparse por las cosas que tiene a su cargo, según el testimonio de la Escritura: Quien preside, presida con solicitud (Rm 12,8).
Ahora bien, el hombre, por disposición divina, tiene a su cargo las cosas temporales, como vemos en la Escritura: Todo lo has puesto bajo sus pies: las ovejas, los bueyes… (Ps 8,8). El hombre, pues, debe tener solicitud por las cosas temporales.
2. Cada uno se preocupa del fin por el que trabaja. Ahora bien, es lícito que el hombre trabaje por las cosas materiales con que mantiene su vida, y por eso afirma el Apóstol: El que no quiere trabajar, que no coma (2Th 3,10). Luego es lícito preocuparse por las cosas temporales.
3. Es laudable la preocupación por las obras de misericordia, según el testimonio del Apóstol: Antes, estando en Roma, me buscó solícito hasta hallarme (2Tm 1,17). Pues bien, la solicitud por las cosas temporales pertenece a veces a las obras de misericordia, como preocuparse por socorrer a los niños y a los pobres. En consecuencia, la solicitud por las cosas temporales no es ilícita.
Contra esto: está el testimonio de las palabras del Señor: No os preocupéis de qué comeremos, de qué beberemos o de qué nos vestiremos (Mt 6,31), cosas todas muy necesarias.
Respondo: La solicitud implica una especie de pasión puesta en práctica para conseguir algo. Pero es evidente que se pone mayor empeño cuando hay temor de perderlo, y por eso disminuye la solicitud cuando hay esperanza de conseguirlo. Ahora bien, la solicitud por las cosas temporales puede ser ilícita por tres capítulos. El primero, por parte del objeto de nuestra solicitud, hasta el punto de buscar lo temporal como fin. Por eso escribe San Agustín en el libro De operibus Monach.: Cuando el Señor dice: No os preocupéis, lo dice para que no atiendan a esas cosas y por ellas vayan a hacer lo que se les manda en la predicación del Evangelio. En segundo lugar, puede ser ilícita la solicitud por las cosas temporales a causa del excesivo empeño en buscar lo temporal que lleve al hombre a apartarse de lo espiritual, a lo cual debe dar preferencia. Por eso escribe San Mateo: Los cuidados del siglo ahogan la palabra (Mt 15,22).
Finalmente, puede ser ilícita a causa de un temor exagerado. Es el caso de quien teme que, haciendo lo que debe, le falte lo necesario. Esto lo reprende el Señor de tres modos. El primero: por los beneficios mayores que concede Dios al hombre sin intervención de sus cuidados, como son el cuerpo y el alma.
Segundo: por la protección de Dios sobre los animales y las plantas sin el trabajo del hombre, en proporción con su naturaleza. Finalmente: por la divina providencia, por cuya ignorancia los gentiles se preocupaban sobre todo de buscar los bienes temporales. En conclusión: nuestra solicitud mayor debe ser la de los bienes espirituales, con la esperanza de que también tendremos los temporales, conforme a nuestra necesidad, si hacemos lo que es nuestro deber.
Soluciones: 1. Los bienes temporales están sometidos al hombre para usar de ellos según sus necesidades, pero no hasta el extremo de poner en ellos su fin y preocuparse demasiado por los mismos.
2. La solicitud de quien gana el pan con el trabajo corporal no es excesiva, sino moderada. Por eso escribe San Jerónimo: Debemos realizar el trabajo y abandonar la solicitud, es decir, la innecesaria, que inquieta al alma.
ARTíCULO 7 ¿Debe andar el hombre solícito por el futuro?
Objeciones: 1. En la Escritura vemos la instrucción siguiente: Ve, perezoso, a la hormiga; mira sus caminos y hazte sabio; no tiene juez, ni inspector, ni amo, y se prepara en el verano su mantenimiento (Pr 6,6-8). Esto es preocuparse por el futuro. Luego es digna de alabanza la solicitud por el futuro.
3. Quien reserva algo para más tarde anda solícito del futuro. Ahora bien, del mismo Cristo se dice que tenía bolsa para guardar el dinero, el cual estaba a cargo de Judas, y los apóstoles mismos conservaban los precios de las fincas, que eran depositados ante sus pies (Hech 4,35). En consecuencia, es lícito preocuparse del futuro.
Contra esto: tenemos el testimonio de la advertencia del Señor: No os preocupéis por el mañana (Mt 6,34). El mañana se entiende ahí por el futuro, según San Jerónimo.
Respondo: Ninguna obra puede ser virtuosa si no va acompañada de las debidas circunstancias, una de las cuales es el tiempo adecuado, según estas palabras: Cada cosa tiene su tiempo y sazón (Si 8,6), y esto tiene aplicación no sólo a las obras externas, sino también a la solicitud interior. En efecto, todo tiempo tiene su propia solicitud; y así al verano corresponde la solicitud de la siega, y al otoño la de la vendimia. En consecuencia, quien en tiempo de siega se preocupara ya de la vendimia, sería vana solicitud por el futuro. Este tipo de solicitud lo reprueba el Señor diciendo: No os inquietéis, pues, del mañana (Mt 6,34). Y por eso añade: Porque el día de mañana ya se inquietará de sí mismo (Mt 6,34), es decir, traerá su propia preocupación suficiente para afligir nuestra alma, y termina diciendo: Bástale a cada día su afán (Mt 6,34), es decir, su penosa inquietud.
Soluciones: 1. La hormiga tiene su solicitud en conformidad con el tiempo, y esto se nos propone como ejemplo a imitar.
3. Como escribe San Agustín en el libro De Serm. Dom. in Monte: Cuando vemos que un siervo de Dios se preocupa de que no le falte lo necesario, no pensemos que anda inquieto por el mañana, ya que el mismo Señor tuvo una bolsa para darnos ejemplo; y en los Hechos de los Apóstoles se escribe que se proveían de lo necesario para el futuro ante la inminencia del hambre. No reprueba, pues, el Señor que se procuren estas cosas según la costumbre humana, sino que por ellas se olvide a Dios.

References: ARTíCULO 6

ARTíCULO 1

ARTíCULO 2

ARTíCULO 3

ARTíCULO 1

ARTíCULO 2

ARTíCULO 3

ARTíCULO 4

ARTíCULO 5

ARTíCULO 6

ARTíCULO 7