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Timestamp: 2019-05-23 09:35:55+00:00

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En cada uno de nosotros tambien hay males, permitidos por Dios.
EN CADA UNO DE NOSOTROS TAMBIEN HAY MALES
No te enojes contigo (1)
Domingo 5 de diciembre de 2004.
Después de las dos series de artículos, No te enojes con Dios y No te enojes con la Iglesia, corresponde finalmente escribir la serie No te enojes contigo.
La presente serie de artículos pretende ayudar a los seres humanos a no enojarnos con nosotros mismos, es decir, a estar a gusto con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. A tal respecto podemos clasificarnos en cuatro categorías principales:
Los que creen en un Dios impersonal.
Los que creen en un Dios personal.
Los cristianos, que también creen en un Dios personal.
Estos artículos se dirigen principalmente a los cristianos, pero podrán aplicarse en menor medida a todos los hombres, y quizás a todas las creaturas espirituales y por lo mismo inteligentes. Por tanto, esta serie se apoya sobre todo en la serie No te enojes con Dios —en la que se apoya también la serie No te enojes con la Iglesia—, y a eso se debe que este primer artículo sea paralelo, y casi una ligera variante, del primer artículo de No te enojes con la Iglesia.
Nosotros hacemos nuestro propio proyecto o plan de nuestra vida, y le pedimos a Dios que nos ayude a sacarlo adelante, pero no solemos interesarnos y dedicarnos seriamente a conocer el proyecto o plan de Dios. Queremos que Él se interese en lo nuestro, pero nosotros no solemos querer interesarnos en lo suyo. Y entonces, cuando las cosas no salen a nuestro gusto empezamos a molestarnos. Y cuando vemos las fallas que hay en la Iglesia iniciamos el proceso de alejarnos de Ella. Y luego, al reflexionar sobre todos los males de este mundo, acabamos por enojarnos con Dios, con frecuencia culpándolo, e incluso abandonándolo o negándolo. Finalmente podemos llegar a enojarnos con nosotros mismos y evadirnos de distintas formas, hasta el extremo del suicidio.
No te enojes contigoUno de nosotros.
Los humanos podemos acabar enojándonos con nosotros mismos, en ocasiones como último recurso —otras veces el último recurso es enojarnos con Dios—, cuando nos sentimos profundamente insatisfechos, con frecuencia pensando que no hemos logrado lo que nos propusimos, como si toda nuestra vida dependiera de nuestra propia eficacia. Tal insatisfacción suele consistir, sobre todo antes de llegar a la vejez, en no satisfacer nuestros deseos en el aquí y ahora, circunscribiéndonos a nuestras limitadas dimensiones espacio-temporales, y por tanto materiales, sin tener la debida consideración de nuestros profundos anhelos espirituales, ni del cabal sentido de nuestra vida, ni del proyecto que Dios tenga para nosotros.
Sin duda es un error —un grave error— pretender que Dios lleve a cabo su creación y gobierne el mundo conforme a nuestros planes. No es Dios quien debe adaptarse a nuestros planes y colaborar con ellos; somos nosotros los que debemos adaptarnos y colaborar con el plan de Dios. Sin embargo, aunque parezca increíble, cuando nos aventuramos a conocer el plan de Dios, en el que hay cruz, con frecuencia reaccionamos pensando: ¡Este plan no me gusta, no me convence! Consecuencia de lo cual es nuestra mediocridad como seres humanos y nuestra ineficacia en el logro de nuestra verdadera dicha.
Procuré exponer y de algún modo explicar el plan de Dios, al menos en sus aspectos más generales, en mi serie de artículos No te enojes con Dios. Se trata de una serie de nueve artículos, y de hecho en esa serie se apoya principalmente la que ahora comenzamos; y pienso que estos nuevos artículos no se entenderán cabalmente sin la lectura de aquéllos. Para quienes no tengan el interés de leerlos, o a modo de recordatorio para quienes ya los leyeron, a continuación se ofrece una síntesis de sus aspectos más importantes.
Síntesis de la serie "No te enojes con Dios"
Veremos a continuación una breve síntesis de cada uno de los nueve artículos de la mencionada serie, aprovechando para ello muchos de los párrafos que fueron destacados en dichos artículos. Pero, por supuesto, nada será mejor que la lectura o relectura de los mismos. Para facilitar las referencias, internas o externas, numeraré de corrido todos los párrafos de nuestra síntesis.
Artículo 1: ¿Por qué Dios permite tanto mal?
Si, como nos han enseñado, Dios todo lo sabe y todo lo puede, y además nos ama sin medida, ¿por qué permite tanto mal y tanta guerra? ¿Por qué permite tanto sufrimiento, incluso de niños inocentes?
Hoy podemos comprender, como ya lo había dicho el filósofo Leibniz, que Dios ha creado el mejor de todos los mundos posibles. Y para ello hay dos posibles alternativas: maximizar los bienes o minimizar los males. Dios, en su magnanimidad, decidió maximizar los bienes, pues ama el bien más de lo que aborrece el mal, como puede claramente apreciarse en la parábola del trigo y la cizaña (cfr. Mateo 13, 24-30).
Artículo 2: En la suela de los zapatos de Dios.
Ante el fenómeno del sentimiento de molestia con Dios, de parte de muchos, porque piensan que no está llevando bien las cosas, imaginemos lo interesante que sería que Dios nos concediera obrar y gobernar siguiendo nuestro criterio.
Dios todo lo sabe y todo lo puede, y es libre de crear o no crear, y de crear una cosa en vez de otra.
En su omnipotencia, Dios puede evitar todo mal sin por eso coartar nuestra libertad.
Dios decidió crear y eligió crear la Creación más perfecta, o el mejor de todos los mundos posibles, como pensaba el filósofo Leibniz. No hay motivos para suponer que Dios eligiera crear un mundo mediocre.
Por ser magnánimo, Dios ama el bien más de lo que detesta el mal, y por eso juzgó —dado que hay bienes mezclados con mal— que el mejor de los mundos no sería aquel donde se eliminara todo mal, con la consecuencia de perder algunos bienes, sino aquel que contiene todos los bienes, aunque con ellos se arrastren algunos males. Por eso hay males en este mundo.
En el mejor de los mundos, por tanto, caben todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles.
Por ejemplo, en el mejor de los mundos debemos amar a toda nuestra capacidad; meta inalcanzable para las creaturas si no tienen la experiencia del perdón. Pero el perdón implica la presencia del mal; por tanto, en el mejor de los mundos debe haber males.
Artículo 3: Dios nos creó para la dicha.
Anhelamos ser felices porque fuimos creados para la dicha, mas no parecemos conscientes de ello, ni parece que la busquemos inteligentemente. Más bien andamos como hombres y mujeres masa, tras el dinero y lo que la moda nos dicta.
Dios todo lo sabe, todo lo puede y crea con libertad; y también puede evitar todo mal sin por eso coartar nuestra libertad.
En el mejor de los mundos tiene que haber muchos males, y Dios decidió crear ese mundo para obsequiarnos con él. Por eso hay males en nuestro mundo.
El mejor de los mundos no está formado por creaturas del todo perfectas, sino por creaturas que abarcan toda la gama de perfecciones, incluidas sus deficiencias y su falibilidad.
Dios se nos oculta todo lo posible para darnos la oportunidad de que participemos al máximo en la conquista de nuestra gloria, que la merezcamos y que sea así más plena; por eso es un Dios callado y escondido.
Ante Dios nunca podemos alcanzar una mayoría de edad, sino que siempre somos como niños, porque Él nos conserva en el ser en todo momento.
Artículo 4: Lo difícil está en el detalle.
Es fácil decir que alguien haga algo. Lo difícil es decidir lo que debe hacerse y quién debe hacer cada cosa, y cómo, y dónde, y cuándo. Y aun antes de eso, decidir y hacer que todo sea como debe ser, hasta el último detalle.
Al tratar de hacer las veces de Dios, o meternos en la suela de sus zapatos, hay que decidir si crear o no crear. Decidimos crear, tal como de hecho lo hizo Dios.
Hay que decidir el motivo del acto creador. Como Dios es tan perfecto que nada puede añadirse a Sí mismo con su creación, el motivo del acto creador debe ser altruista; y entonces decidimos crear por amor, incluyendo también personas a fin de poder comunicarles la dicha divina, tal como de hecho lo hizo Dios.
Hay que decidir la perfección que tendrá la Creación. Esto se reduce a decidir si crear un mundo mediocre o crear el mejor de todos los mundos. Decidimos crear el mejor de todos los mundos, tal como de hecho lo hizo Dios, al menos en la opinión del filósofo Leibniz.
Hay que decidir el criterio para elegir el mejor de los mundos. Son dos los criterios básicos: maximizar los bienes, aunque se arrastren males (criterio magnánimo); o habrá que minimizar los males, aunque se pierdan bienes (criterio pusilánime). Decidimos usar el criterio de maximizar los bienes, tal como de hecho lo hizo Dios, como se colige de la parábola del trigo y la cizaña (cfr. Mateo 13, 24-30).
De las cuatro decisiones anteriores se derivan las siguientes consecuencias:
El bien debe prevalecer, por lo que se debe buscar la dicha de las personas y que los males desaparezcan al final.
Artículo 5: La gama de perfecciones de nuestro mundo.
Artículo 6: Dios creó con criterio magnánimo y por amor.
El mal se refiere principalmente a la vida.
Objetividad o subjetividad del bien.
Artículo 7: Que los males desaparezcan al final.
No lo hace sólo en el orden natural.
No lo hace con todos al parejo.
No lo hace Él solo.
Artículo 8: Que las personas alcancen la dicha.
¿Cómo pueden los santos ser plenamente dichosos en el Cielo si ven sufrir en este mundo a los que tanto aman, pues aman a todos?
Protoalianza y pecado original.
Eficacia del Bautismo.
Dicha y sufrimiento.
Dolor y cruz.
Artículo 9: Magnanimidad divina y libertad humana.
Acompañar a Dios en su Obra Magna
Pienso que la síntesis anterior, de los nueve artículos, es más fácil de captar en la forma de pequeños párrafos numerados. Lo he hecho así porque es prácticamente indispensable conocer al menos esa síntesis a fin de entender la serie que ahora iniciamos. Recomiendo mucho la lectura de los artículos originales, ya que en ellos los temas se desarrollan de un modo más comprensible y también más interesante. De hecho esta síntesis tan sólo da a entender algo de lo que la serie de artículos trata. Lo que sale a la luz en esa serie, al menos de una manera más clara, es que el mejor de los mundos no es un mundo color de rosa, y que la presencia del mal es una condición de posibilidad para la realización de un mundo óptimo. El criterio de maximizar los bienes resulta necesario, esencial, para el logro de una creación óptima, aunque se arrastren muchos males, como se dice ya en el párrafo (2), y luego en el (7) y en el (20).
Lo que se dice en (8) es algo muy fuerte: en el mejor de los mundos caben todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles. La realidad es que todos esos males no sólo caben, sino que son requeridos. Pensar en esto es algo que verdaderamente produce mareo. Si ya es difícil pensar en todos los bienes posibles, más difícil —además de molesto— es pensar en todos los males posibles que sean compatibles con ellos. Hay en nosotros un rechazo ante esta idea; parece que tenemos más aversión al mal que amor al bien. Sin embargo la bondad divina queda fuera de duda, pues Dios quiere lograr el mejor de los mundos, y obsequiarnos con él, aun a costa de tener que arrastrar muchos males.
Además de ser magnánimo, Dios también es fuerte. No es como una abuelita bonachona, quien, en vez de inyectar al nieto enfermo, accede a darle sólo un té con limón. Dios también es tremendamente decidido y eficaz. Con frecuencia pensamos que Dios no es eficaz porque no vemos su eficacia en nuestro tiempo; pero Dios es indefectiblemente eficaz... ¡a su debido tiempo! Dios crea el mejor de los mundos aun a sabiendas de que sus creaturas tendrán que padecer el dolor que haga falta, incluidos nosotros. En el artículo 8, al hablar de dolor y cruz (40), se dice lo siguiente:
Quizá muchos no hayan tenido la oportunidad de llegar a entender el plan de Dios lo suficiente como para comprender que la aceptación del mal y del dolor es una forma de colaborar en él. Pero Dios salió al paso de ese problema, porque no quiso dejarnos solos, sino que su Hijo amado viniera a este mundo a acompañarnos en el dolor, y de máxima manera, muriendo en la Cruz por amor a nosotros. Y desde entonces, en el plan salvador de Dios, el dolor ha adoptado la forma de cruz.
El dolor no es un mal, sino una real y verdadera conmoción del alma ante la presencia del mal. El dolor tiene entidad; no así el mal, que es sólo una privación del bien o la ausencia de un bien debido. En el artículo 3, al hablar del dolor como un real fenómeno, se dice lo siguiente:
"El dolor ayuda al conocimiento propio. El dolor nos hace comprensivos. El dolor fortalece. El dolor hace madurar. El dolor purifica la fe. El dolor consolida la esperanza. El dolor acrisola el amor. El dolor prepara para la dicha completa. El dolor puede ofrecerse. El dolor redime. El dolor nos asemeja a Cristo. Por tanto, el dolor es un bien, es un gran bien, es un bien ocasionado por esa presencia del mal que no es otra cosa que la privación de otros bienes. Un mundo sin males sería un mundo privado de este bien, de este enorme bien, de este maravilloso bien que es el dolor. En un mundo creado, que no puede tener la plenitud del ser, propia de Dios, esa falta de plenitud es compensada por la presencia del dolor, que da una forma creatural de plenitud. ¿Cómo iba Dios a crear un mundo sin dolor? ¿Cómo iba Dios a privarnos del dolor? Dios libró del pecado a José y a María, pero no los privó del beneficio del dolor" (Quevedo, P., San José, cap. 11, n. 70).
Surge así una nueva forma de acompañar a Dios, que es la de acompañarlo en su Obra Magna, es decir, la de acompañarlo y colaborar con Él en la realización del mejor de los mundos, de la Creación perfecta. Estamos acostumbrados a pensar que acompañamos a Dios, a Cristo, en su Pasión dolorosa, en la Cruz; y es verdad, lo acompañamos. Pero mucho más real es que Dios quiso morir en la Cruz para acompañarnos en el dolor requerido por la realización de su Obra Magna —aunque no nos demos cuenta de ello—, que abarca incluso el dolor del pecado, y el que Cristo quisiera morir para redimirnos del pecado.
Hace falta, pues, que nos demos cuenta de ello y que queramos acompañar a Dios no sólo en la Cruz, sino también en la realización de su Obra Magna. Hace falta que queramos acompañarlo en la aceptación de todos los males y todos los dolores requeridos por la realización de su Obra Magna. Le damos gracias a Dios por ser quien es, y por ser como es, pero hace falta que también le demos gracias por su plan de realizar su Obra Magna, su Creación perfecta, y que queramos acompañarlo en eso, y que queramos colaborar en eso. Esa Obra Magna, sin coartar la libertad de nadie, de algún modo "reclama" la presencia del mal, y la consecuencia del dolor, y del pecado, y de la Cruz. Dios no quiere el mal, pero lo permite, porque ama el bien más de lo que aborrece el mal, porque es magnánimo.
Síntesis de la serie "No te enojes con la Iglesia"
La síntesis anterior importa más que la de la serie No te enojes con la Iglesia, porque Dios ha querido hacer lo mejor posible de cada uno de nosotros desde antes de que la Iglesia existiera; y más aun, desde antes de que existiera el pueblo hebreo. Y por motivos semejantes quiere también hacer lo mejor posible de cada uno de nosotros independientemente de la cercanía que tengamos con la Iglesia.
Una síntesis detallada de la serie puede encontrarse en su último artículo, el 15, No enojarnos con la Iglesia significa seguir en Ella con actitud madura.
Dios también quiere lo mejor de cada uno de nosotros
Dondequiera que Dios permite el mal, lo hace porque quiere que esa realidad, la que sea, en la que se da el mal, sea la mejor posible. En efecto, si Dios permite el mal en mí, y en ti, es porque nos quiere finalmente realizados del mejor modo posible.
Hace falta, por tanto, estudiar e investigar a fin de llegar a conocernos también bajo esta perspectiva. Hace falta llegar a no escandalizarnos por los males que tienen lugar en cada uno de nosotros: no te enojes contigo. De lo cual se seguirá, casi como consecuencia, el no tener miedo: "No tengáis miedo" (Mateo 10, 31). Recordemos que el que teme no sabe amar: "Quien teme no ha alcanzado la perfección en el amor" (1 Juan 4, 18). Quizá por eso se ha dicho que si lo opuesto al amor es el odio, el enemigo del amor no es el odio, sino el miedo. Y por eso no es cristiano investigar con miedo.
Será necesario, pues, que en esta serie afrontemos sin miedo el tema de los males que se dan en nosotros mismos, que los comentemos, que los investiguemos, y que así nos movamos mejor a hacer el bien, a corregir lo que haya que corregir y a rectificar nuestra conducta en todo lo que haga falta, para poder llegar a amar la Obra Magna de Dios, y acompañarlo en ella, y en ella también amarnos más y mejor a nosotros mismos.
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References: Artículo 1

Artículo 2

Artículo 3

Artículo 4

Artículo 5

Artículo 6

Artículo 7

Artículo 8

Artículo 9
 artículo 8
 artículo 3