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Timestamp: 2019-09-23 12:42:00+00:00

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Los viajeros franceses en busca del Perú antiguo (1821-1914) - Capítulo 8. Museología y coleccionismo americanistas en Francia - Institut français d’études andines
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1En el siglo xix, museos y colecciones particulares mantienen una relación muy estrecha con la investigación arqueológica. En primer lugar porque la formación de colecciones era uno de los motores principales de la investigación; en segundo, porque los museos fueron percibidos desde muy pronto como laboratorios de estudio: su concepción y funcionamiento nos reenvía, pues, un reflejo de lo que eran por entonces los estudios americanistas, tanto en sus orientaciones como en las conclusiones que se extraían. En cierta manera, los museos son a la imagen de la sociedad que los fundó: son representativos de las preocupaciones que se manifestaban en ella. En este sentido, la creación de espacios museográficos específicamente dedicados a la recepción y a la presentación de objetos etnográficos (o concediéndoles, al menos, un lugar privilegiado), ilustra la importancia que se daba a esta nueva ciencia. El ingreso de colecciones "exóticas" a los museos, a fortiori cuando se trataba de museos de renombre internacional (como el Palacio del Louvre), constituye una etapa importante en el reconocimiento —sin duda no estética, pero al menos científica— de este tipo de objeto. Un movimiento, sin embargo, que tuvo severos límites, como se verá. Asimismo, ese ingreso a gran número de museos de provincia a lo largo del siglo, prueba de hecho que el movimiento fue amplio y profundo. No se trata, desde luego, de pasar revista a todas las iniciativas museográficas que se dieron en este sentido; aquí nos limitaremos sólo a presentar los intentos mayores que llegaron a concretarse, en este ámbito, en el siglo xix, que nos darán ejemplos de los avances, de los meandros o de los fracasos de la museografía americanista del siglo pasado en Francia.
Preámbulo a una museografía etnográfica
2La preocupación de reunir objetos hermosos o curiosos se remonta muy lejos en el pasado; en lo que concierne a la etnografía fue en el Renacimiento que el movimiento tomó verdaderamente forma, para no dejar de desarrollarse después. Debe constatarse, sin embargo, que hasta la Revolución la mayoría de las "armas y ropaje de los salvajes", y otras "extrañezas" llevadas por los funcionarios de las colonias o los viajeros evolucionaron casi exclusivamente en el circuito de las colecciones particulares, colecciones que, de acuerdo a las circunstancias, podían dispersarse en mucho menos tiempo que el que se había necesitado para reunirías: los únicos casos constatados de estabilidad y de perennidad en el caso de una serie de objetos se daban cuando se realizaban depósitos en un convento (el gabinete de Santa Genoveva de París, por ejemplo) o en las colecciones reales. No fue sino durante en el siglo xviii que se vio el surgimiento de una voluntad centralizadora con fines pedagógicos o científicos: uno de los primeros en tocar el problema fue probablemente Buffon, el cual, en su Description du Cabinet du Roy [Descripción del Gabinete del Rey], hablaba de la necesidad de recoger los restos de las colecciones particulares, a fin de permitir la constitución de conjuntos homogéneos:
"... así todos aquéllos que se ocupan de estas investigaciones concurren a formar un conjunto general, cuyo centro puede ser considerado su público depósito..." (Buffon 1749: 3).
3De la misma manera se perfilaba la idea de colecciones que, sin pertenecer a la colectividad, eran puestas a disposición de los estudiosos, u ofrecidos a la admiración del público, y fue así como Thiéry en su guía de París, decía a propósito del Gabinete de Historia Natural del Rey (o Jardín del rey):
"Este gabinete está abierto al público los martes y jueves por la tarde." (Thiéry 1786: 172)
1 Fueron a dar allí, principalmente, las antigüedades peruanas remitidas por Joseph Dombey al Gabine (...)
4Sin embargo, fue con la Revolución de 1789 que se franqueó un paso decisivo, con el embargo de las colecciones del rey y de los nobles que habían emigrado. Fueron con los objetos así confiscados y reunidos en diversos repositorios que se iba a constituir el fondo inicial de bienes de los museos franceses del siglo xix, tanto en París como en provincia. En el caso de las primeras colecciones amerindias, cuyo itinerario se puede seguir (las colecciones del rey, del conde de Angiviller, del ministro Bertin), la mayor parte de las piezas fue reunida en París en el Gabinete de Medallas y Objetos Antiguos de la Biblioteca Nacional1 y colocados bajo la responsabilidad de Barthélémy de Courcay. Éste se dedicó a organizar colecciones (a las cuales se agregaron rápidamente numerosas donaciones de instituciones y de particulares), de acuerdo a un orden geográfico (Hamy 1890:35), para constituir un embrión de museo etnográfico. El fallecimiento, en 1799, del conservador, puso fin a esta original empresa, y hubo luego que esperar treinta años para que resurgiese la idea de un museo etnográfico.
El Repositorio de Geografía y el Museo Naval
2 Para su análisis consultar sobre todo Días (1991).
3 En el origen de su iniciativa se encontraba la cuestión de la suerte de la colección llevada de la (...)
5Uno de los primeros animadores de la museología etnográfica de la primera mitad del siglo xix en Francia es sin la menor duda Edmé Jomard, cuya obra escrita comporta numerosos textos teóricos2 así como proyectos de presentación de objetos etnográficos. A pesar de su perseverancia, no llegó a ver realizado ninguno. Ya en 1818 Jomard, a quien una comisión del Instituto había encargado la redacción de un informe sobre la eventual compra de una serie de antigüedades egipcias (formadas por el Cónsul Thédenat du Vent), había propuesto reunir dicha colección con otros objetos que se hallaban dispersos en París, para constituir "el núcleo de una colección especial, consagrado a esta tercera clase de objetos traídos de viajes lejanos" (Ibid.: 39). La idea no fue aceptada y la colección fue vendida en subasta. Pero fue sobre todo en 1828, cuando fue nombrado Conservador en el Repositorio de Geografía, recientemente creado en la Biblioteca Real, que Jomard vio abrirse la posibilidad de concretar sus proyectos: la ordenanza real del 30 de marzo de 1828, que lo nombró conservador, le encomendó la custodia de los "planos y cartas y documentos estadísticos, objetos e instrumentos diversos resultantes de viajes científicos" (Ibid.: 91). Poco después de su nombramiento, publicó en Le Moniteur un artículo en el cual subrayaba el interés que habría en reunir en el repositorio de geografía "las colecciones de instrumentos, armas y vestidos adecuados para dar una idea de las costumbres y usos o del grado de civilización de los pueblos" (Ibid.: 40). Por el momento ello no fue sino la expresión de una esperanza, pero ahora le sería posible concretarla. Apoyándose en la ordenanza del 30 de noviembre de 1828, Jomard escribió en 1831 al Ministerio de Comercio y Trabajos Públicos proponiendo que se reuniese en su repositorio todos los objetos etnográficos que ya pertenecían al Estado, y se hallaban diseminados en París3 (objetos depositados hasta entonces en los ministerios, en el Museo de Historia Natural de París, etc.). Proyecto que, sin ser dejado de lado definitivamente por el ministerio, no vería jamás la luz, pues al mismo tiempo se materializaba en el Louvre otro proyecto que tornaba inútiles, a ojos de la administración, los planes de Jomard.
6El 27 de diciembre de 1827, Carlos X expidió una resolución real ordenando la creación de un museo de la marina, y su instalación en una galería del Louvre. Este museo (conocido en un primer tiempo bajo el nombre de Musée Dauphin) tenía como primer objetivo celebrar el papel preponderante —tanto en el plano militar como el político, incluso científico— de la marina francesa (principalmente con la reiniciación de las grandes expediciones alrededor del mundo). Las colecciones se componían por entonces de maquetas de navios, planos en relieve de los principales puertos nacionales, máquinas, instrumentos de navegación, pero también de objetos etnográficos recogidos de los "salvajes" por los navegantes a lo largo de sus exploraciones. Sin minimizar el interés científico de tales objetos, los promotores del nuevo museo estuvieron quizás motivados para su elección, en primer lugar, por la idea de que la presentación de esas curiosidades era sin duda una manera de hacer más visible la naturaleza de los descubrimientos hechos en el curso de esas expediciones: en efecto, ¿cómo mostrar al gran público sociedades humanas tan alejadas de la nuestra, sino era por la presentación de su "industria"? Varias personalidades del mundo de la erudición, que avizoraban las posibilidades científicas que ofrecían tales colecciones, habían tratado por otra parte de defender la idea de un museo etnográfico. Desde 1826 el Barón de Férussac había elevado al rey un informe en tal sentido:
"Entre todos estos pueblos, tan diferentes por su origen, sus lenguas, sus costumbres y sus hábitos, unos, poco visitados por los extranjeros, se hallan todavía en estado salvaje, otros han adquirido por sí mismos un cierto grado de civilización [y mencionaba entonces a "los malayos, los mexicanos y los peruanos"] [...]. A pesar de diferencias notables, el estudio de sus monumentos debe conducir a los mismos resultados, es decir al conocimiento exacto del grado de cultura, de los usos, de las costumbres, de las ideas religiosas y de la industria de estos pueblos, que también son fracciones de la raza humana, y se advierte con ello la efectiva ventaja que ofrecería para este tipo de estudio una reunión de los monumentos y de las producciones de las artes y de la industria de esos mismos pueblos." (Férussac 1831: 402)
7En la misma dirección Tules de Blosseville, que había acompañado al capitán Duperrey en una de sus expediciones, y había podido constatar de visu los perjuicios causados por la "civilización" en los pueblos de los mares del sur, escribió en 1829 a la dirección de Bellas Artes para someter un proyecto de museo etnográfico, que concebía antes que nada como una especie de "conservatorio" de la humanidad:
"Hoy en día el aspecto del globo entero ofrece una tendencia general a revestir una fisonomía más o menos europea; [...], ¡cuán conveniente es, por lo tanto, conservar en el futuro los monumentos de un estado industrial que se modifica cada día! ¿Cómo se podrá conocer dentro de un siglo cuáles fueron las artes de un pueblo que aún existe ahora, para desaparecer mañana." (Blosseville 1832:135)
4 "Lista de objetos devueltos al señor Zédé, Conservador del Museo Naval, por el Museo de Historia N (...)
5 Recomendación que no tuvo ningún efecto en lo que se refiere a d'Orbigny, ya que una parte de sus (...)
8Si la creación de este museo estaba prevista, según parece, desde 1826, sólo fue inaugurado el 22 de diciembre de 1829, y abierto al público el 30 de julio de 1830 (Jacquemin 1992:21). Colocado bajo la responsabilidad del ingeniero de la marina Zédé, ofreció oportunidad para reunir diversas colecciones diseminadas por toda Francia: el puerto de Rochefort, la Escuela de Salud de Brest, la Dirección de Colonias, la Casa del Rey, enviaron allí un gran número de piezas; varios oficiales de marina cedieron espontáneamente sus colecciones; se efectuaron compras (Ibid.: 41-42); a pedido de la Marina el Museo de Historia Natural devolvió cerca de un centenar de objetos guardados en el antiguo Jardín del Rey, antes de la Revolución.4 Para completar los efectos de esta centralización de las colecciones, la administración de la Marina adoptó pronto una política de adquisiciones activas, dirigiendo instrucciones particulares a los navegantes y exploradores a punto de partir; Hamy (Ibid.: 41) manifiesta así que Dumont d'Urville y d'Orbigny5 habrían recibido recomendaciones en tal sentido.
6 Reaccionando ante el anuncio (prematuro) de la instalación de un museo etnográfico en los locales (...)
9Instalado al comienzo en el segundo piso del patio cuadrado del Louvre, el Museo Naval (el nombre inicial de "Musée Dauphin" desapareció desde 1830) se trasladó en 1838 al tercer piso. Obras marítimas y colecciones etnográficas se codeaban así en la sala Lapérouse. Es interesante notar aquí que allí se exponían igualmente antigüedades precolombinas: objetos que provenían del gabinete de Dominique-Vivant Denon, pero también antigüedades de México y de América Central pertenecientes a las colecciones Frank y Seguin, adquiridas respectivamente en 1832 y 1833. Por numerosas que fueran estas colecciones, quizás no fueron puestas verdaderamente en valor. Algunas personalidades se habían pronunciado ya en favor de la fundación de un museo consagrado específicamente a la "industria" de los pueblos salvajes y lejanos, a veces, por lo demás, en peligro de extinción (como ciertas poblaciones de los mares del sur). Entre ellas el Barón de Férussac6 pensaba incluso que este museo encontraría su "lugar natural" en el Louvre, formando con las otras secciones ya presentes allí un conjunto por completo coherente:
-"... el Museo de que se trata debe completar aquí el del Louvre, para integrar, con el Museo Egipcio y el Museo de monumentos griegos y romanos, el vasto conjunto por medio del cual se puede intentar emprender la historia de los pueblos por los monumentos de las artes que cultivaban, de su industria, de su religión, de sus costumbres y de sus diversos usos. [...]. Para que cumpla con este importante destino, no hay que separarlo de las otras colecciones con las cuales se halla en obligada dependencia. [...] ¿No es menester, al contrario, aproximarlos, para aprehender sus relaciones, o constatar sus diferencias?" (Férussac 1831: 394-399)
7 La cifra que da aquí Hamy, refiriéndose al inventario de Morel-Fatio (1856), excluye por cierto to (...)
10En 1850 las colecciones etnográficas salieron de la sala Lapérouse para ser reinstaladas en el pabellón Beauvais, y constituir lo que en adelante se conocería con el nombre de Museo Etnográfico, abierto al público el 11 de agosto de 1850 (Jacquemin 1992: 31). El museo fue dirigido de 1850 a 1871 por Morel-Fatio, después por Edmond Paris de 1871 a 1893. El museo continuó desarrollándose a pesar de los constantes esfuerzos de Jomard para atraer a su Repositorio de Geografía las colecciones etnográficas que llegaban regularmente a Francia (Hamy 1890:43-48). Con ocasión del cierre del inventario de 1856, el Museo de la Marina contaba con 2 760 objetos etnográficos. América del Sur estaba representada allí, no obstante, de una manera muy marginal, ya que dicho inventario no mencionaba más que 677 piezas de origen sudamericano (Ibid.: 49). Único museo de este tipo en París, siguió atrayendo preferencialmente las donaciones de objetos del mundo entero hasta la creación del Museo Etnográfico del Trocadero en 1879, después de lo cual fue transferido, en parte, al Museo de Saint-Germain-en-Laye (a partir de 1907) y al Museo de Historia Natural de La Rochelle (en 1923), mientras que el resto fue a dar al Museo del Hombre (en 1930). Hay que anotar que su especificidad hizo que no recibiera casi exclusivamente sino objetos puramente etnográficos. Incluso las antigüedades precolombinas presentes en la Sala Lapérouse no fueron previstas, verosímilmente, en el nuevo museo etnográfico abierto en 1850, puesto que ya estaban destinadas a ser reunidas con los fondos básicos del Museo Americano, por entonces en constitución. Sin embargo, a pesar del carácter precario de esta "sección" americana (confinada a la parte baja de armarios con vidrios) de la sala Lapérouse, ello constituyó un precedente que es importante subrayar aquí.
El Museo de la Manufactura de Sèvres
11En efecto, hasta la creación del Museo Americano del Louvre, las antigüedades del Perú no tenían ningún lugar de destino específico, dejándose toda libertad a los eventuales donadores para elegir el museo de recepción. Puede explicarse así la presencia en el Museo de Sévres de numerosas piezas peruanas —y entre ellas las que llegaron más antiguamente a Francia— por el dinamismo de su primer conservador, Alexandre Brongniart.
12El Museo de la Manufactura Cerámica de Sèvres, creado hacia 1810 ó 1812, fue fundado oficialmente en 1824 y colocado bajo la dirección de Alexandre Brongniart. Este profesor de mineralogía del Museo de Historia Natural no se interesaba solamente en los vasos de cerámica, en cuanto tales, sino que les reconocía una función documental que iba mucho más allá, pues consideraba que sólo ellos y los fósiles podían permitir reconstituir "la historia de las sociedades y la del globo" (Dias 1991:12). A fin de conferir a estos materiales el status de "testigo", Alexandre Brongniart había establecido un sistema de clasificación de varios niveles (que no dejaba de relacionarse con la taxonomía de los naturalistas), tomando en cuenta la naturaleza de los materiales, el procedimiento de fabricación, la función, así como criterios geográficos, culturales y cronológicos. Por medio de tal sistema, que privilegiaba el aspecto tecnológico (y que requería no dejar de lado ningún tipo de objeto, desde el más humilde hasta el más precioso), Brongniart introdujo algunas innovaciones de importancia en la manera de aprehender los objetos de museo, sobre todo "desplazando la atención de lo extraordinario y raro hacia lo cotidiano y usual)" (Ibid.: 123), pero también asociando estrechamente técnicas y culturas. Con el fin de constituir colecciones que sirviesen a sus designios, Brongniart hizo uso de su influencia y de sus contactos con los medios científicos para orientar hacia el Museo de Sèvres numerosas donaciones realizadas por oficiales y médicos de la Marina (Busseuil, 1827; Champeaux, 1831; Gaudichaud, 1832; Du Petit-Thouars, 1835 y 1839; Laplace, 1840), de corresponsales del Museo de Historia Natural de París (Barrot, 1838) y, por cierto, personalidades con las que se hallaba en contacto directo (Rivero, 1836; Stokes, 1837). Además, por su posición de profesor en el Museo de Historia Natural y miembro de la Academia de Ciencias (desde 1815), el conservador se encontraba al corriente de la mayoría de los proyectos de exploración en preparación, lo cual le permitió en ciertas ocasiones dirigir instrucciones específicas a los viajeros que partían: hemos visto anteriormente de qué manera Brongniart intervino para que el naturalista d'Orbigny se preocupase en "recolectar para las colecciones cerámicas de Sèvres todas las piezas que pudieran ilustrarnos sobre el estado de las artes de la cerámica, tanto entre los indígenas antes de la conquista, como en los tiempos modernos."
13Si Brongniart fue el alma del Museo de la Manufactura, no debe sin embargo atribuirse a su fallecimiento (en 1847) la clara disminución que se constata en los posteriores ingresos de ceramios peruanos a Sèvres, sino más bien a la aparición de una institución que iba a atraer, en un período de algo más de dos decenios, una parte muy importante de las donaciones de antigüedades precolombinas: el Museo Americano del Louvre.
El Museo Americano del Louvre
14La historia del Museo Americano del Louvre constituye una página rica en enseñanzas si se trata de trabajar en una historiografía del americanismo en Francia. En primer lugar porque el hecho de establecer una institución museográfica destinada a acoger exclusivamente antigüedades precolombinas representa un acontecimiento realmente excepcional: era una manera de reconocer oficialmente el americanismo como un campo de estudio digno de atención, pero era también conceder al "arte" de las antiguas civilizaciones amerindias un relativo valor estético (recibiéndolo en ese "templo de lo bello" que era el Louvre), que por lo general se le había negado hasta entonces. Sin embargo, ese reconocimiento parcial no dejaba de constituir un escollo para un adecuado desarrollo de la disciplina americanista, pues en tal concepción de la museografía los restos de las "altas civilizaciones" precolombinas se veían separadas del resto de la etnografía amerindia: si unas eran más o menos bien toleradas entre los conservadores y anticuarios, la otra era considerada como un conjunto de simples manifestaciones de espíritus primitivos, en que no se podía detectar ninguna chispa de voluntad estética. Esta parte de la industria americanistas sería dejada más bien, en consecuencia, a los naturalistas.
8 Sobre la historia de este museo ver la documentada tesis de maestria de S. Guimaraes (1994).
15Las motivaciones que guiaron la instauración en el Louvre de un museo dedicado específicamente a las civilizaciones prehispánicas del Nuevo Mundo aparecen poco claras; en efecto, las fuentes de archivos disponibles no nos informan de manera decisiva sobre este punto.8 Por ello nos limitaremos aquí a mencionar los hechos de que hemos tomado conocimiento. Fue Alexandre Lenoir, antiguo conservador del Museo de Monumentos Franceses, a quien se debe uno de los primeros textos en favor del interés que revestiría el ingreso de América Precolombina en el Louvre. Texto que se remonta a 1832, cuando Lenoir estaba, con algunos colegas arqueólogos y anticuarios (Baradére, Warden, Farcy, etc.), en plena preparación de la publicación de las Antiquités mexicaines del capitán Dupaix. Durante ese mismo período, circulaban en París varias colecciones de antigüedades precolombinas, en busca de compradores; la colección del dibujante alemán Franck era una de ellas. Si se tiene en cuenta la rareza de este tipo de objetos en nuestro suelo, Lenoir publicó en el Journal des Artistes un artículo en el cual lanzaba un llamado a los poderes públicos a fin de que se adquiriese esta colección. La importancia de estas antigüedades era tan más grande por cuanto, según Lenoir, México había mantenido "como todo hace pensar ahora, relaciones con los pueblos de Egipto y de la India, antes de su descubrimiento por los europeos" (Lenoir 1832: 125). En consecuencia, su lugar no estaba sino en el Louvre, al lado de los grandes monumentos de las civilizaciones desaparecidas:
"Colocadas en el museo, a continuación de las antigüedades egipcias, éstas se juntarían naturalmente a esta gran colección; y ambas, reunidas a lo que tenemos en la Biblioteca Real de ídolos indios, formarían un complemento de los monumentos históricos y mitológicos que servirían para descubrir verdades provechosas." (Ibid.: 129).
9 Adscrito al Museo Egipcio, este museo presentaba, según todo indica, restos representativos de la (...)
16La colección fue efectivamente comprada, pero instalada provisionalmente, como hemos visto, en el Museo Naval, junto con las demás "curiosidades exóticas". Alo largo de los años siguientes esta sección americana (sólo una parte de la cual sería presentada al público) iba a verse reforzada, con la entrada de la colección Seguin (1833), después con una primera donación del cónsul Angrand (1839). Parecería que fue la compra, en 1850, de la colección Latour-Allard (así como una nueva donación de Angrand en ese mismo año) que iba a servir de motor para una nueva iniciativa: la creación de un nuevo museo "americano". Esta decisión debe sin duda situarse en un marco más amplio, cual es el de la restauración del conjunto del palacio del Louvre. Ya en 1847 se había abierto un Museo Asirio, a partir de las colecciones orientales recogidas por el cónsul Botta; después del cambio de gobierno que siguió a los sucesos de 1848, la Asamblea aprobó la asignación de importantes fondos para proceder a la restauración del viejo edificio del Louvre. Entre 1849 y 1850 se abrieron así, sucesivamente, un museo de arte griego arcaico, un museo "argelino",9 y en fin un nuevo museo etnográfico. Es en este contexto que el conde de Nieuwerkerke (Director General de Museos) propuso la fundación de un "Museo Americano", colocado bajo la responsabilidad de Adrien de Longpérier, nuevo conservador del Departamento de Objetos Antiguos.
10 Archivos del Museo del Louvre: A2 (26-05-1850); citado por Ch. Aulanier: Histoire du Palais et du (...)
11 Todas estas piezas están descritas en el catálogo publicado por Longpérier (1850).
12 Si bien este caso ilustra las dificultadas experimentadas por el Servicio de misiones para recuper (...)
13 Tal fue la idea inicial, como indica el informe que el Almirante Périgot en que habla de las prime (...)
17El museo, situado junto al Museo Asirio (en el ala norte del Patio Cuadrado), se inauguró en los primeros meses de 1850, y encontró, si se da crédito a Longpérier, una gran acogida popular, al punto que solicitó a la Dirección autorización para abrir la sala "todos los días, como hubo que hacer al comienzo con las salas asirias..."10. El fondo inicial estaba constituido por algunas colecciones que se hallaban en las reservas desde hacía varios años (colecciones Denon, Seguin, Franck, Angrand), a las que se añadieron las antigüedades mexicanas vendidas por Latour-Allard y la segunda donación de piezas peruanas del Cónsul Angrand.11 El Museo Americano iba a verse reforzado gracias a la política de compras llevada a cabo por Longpérier (Lemoyne en 1854, Chalupt en 1863) y sobre todo por las muy numerosas donaciones que se le hicieron en los años siguientes. Tal efervescencia en torno a un museo pequeño como éste resulta comprensible en la medida en que se había convertido en el museo oficial del americanismo; era normal, pues, que atrajese la mayoría de las donaciones y de las entregas en custodia, no solamente de parte de particulares que se sentían halagados de estimular una empresa nueva, sino también, por cierto, de la administración, que debía orientar en ese sentido el producto de las misiones científicas a realizarse; y tal sería el caso de las antigüedades llevadas por Émile Colpäert en 1864,12 sucediendo lo mismo con la misión de Charles Wiener,13 si las circunstancias no lo hubieran querido de otra manera...
18El éxito inicial del Museo Americano no bastó para vencer las reticencias de ciertos miembros del directorio frente a lo que sin duda consideraban un atentado contra el "buen gusto": ¿dejó poco a poco el público de concurrir al Museo, o fue que la administración puso obstáculos? La cuestión no está claramente resuelta y Longpérier, por su parte, atribuía la responsabilidad de ello a las reticencias de una parte de sus colegas, cuando declaró en una sesión de la Sociedad de Etnografía:
"Cuando en 1850 tuvimos la audacia de formar en el Louvre el primer Museo Americano que existió, [...] una de las objeciones que se nos hizo, y de varios lados, fue que la presencia en una institución como el Louvre, consagrada a las bellas artes y a las obras maestras de toda clase, de una colección formada por objetos interesantes, sin duda, pero que pertenecen más al campo de la etnografía que al de las bellas artes, estaba, de alguna manera, fuera de lugar." (Actes de la Société d'Ethnographie, 1877, viii: 259).
19Pero de otro lado, la actitud del conservador no parece haber estado exenta de un cierto descuido. ¿Sería que procedía a un cierto arreglo de cuentas al declarar de esa manera? En efecto, en cuanto responsable del Departamento de objetos antiguos, Longpérier se vio rápidamente atrapado por las numerosas actividades inherentes a su cargo: ahogado bajo un titánico trabajo de inventario de las colecciones del conjunto de su departamento (Guimaraes 1994:15-16), el conservador descuidó cada vez más el Museo Americano, el mismo que, por su parte, tenía que enfrentar problemas de gestión del espacio disponible en el Palacio del Louvre y, quizás, resistencias de parte de ciertos conservadores poco inclinados a admitir la presencia de tales colecciones en el Louvre. Unos años después de su apertura, las colecciones precolombinas del museo fueron transferidas de un sitio a otro, reduciéndose cada vez más su espacio de exhibición:
"... abierto por Longpérier en 1850 en una sala de la planta baja, del patio de honor del Louvre, fue transportado a un corredor del segundo piso, volvió a bajar por un momento a una de las grandes salas del primero [...] y debió mudarse una cuarta vez a un vestíbulo donde el público no lo pudo ver ya." (Hamy 1890: 53)
14 Actes de la Société d'Ethnographie, 1862-1863, iii: 43-44.
20Así son resumidas crudamente por Hamy las vicisitudes del Museo americano a lo largo de su existencia; más de una vez, incluso, fue cerrado, y no debió su reapertura sino a las protestas de ciertos etnólogos y americanistas. Así, desde 1862, Léon de Rosny anunciaba en el curso de una sesión de la Sociedad de Etnografía Americana y Oriental que "las gestiones de la oficina, relativas al Museo Americano del Louvre, han sido coronadas por el éxito, y que el Museo ha vuelto a abrir sus puertas al público."14 Una reapertura que no fue, sin embargo, sino muy transitoria, pues el museo recayó progresivamente en una letargia que debía resultar irremediable. Longpérier, enfermo, aprisionado en conflictos personales y en la incapacidad de asumir su trabajo de conservador, acabó por renunciar en junio de 1870. Hacía ya largo tiempo que el museo había sido abandonado a su suerte, sin una verdadera dirección. Por el inmenso renombre del Louvre, el Museo Americano había gozado desde su inauguración de un dinamismo favorable al acrecentamiento constante de las colecciones: el análisis cronológico de los ingresos del museo (Guimaraes 1994: cuadro ix) demuestra el importante número de donaciones hasta mediados de los años 1860 y, en menor medida, hasta fines de los años 1870 (cuando el museo se hallaba totalmente moribundo, y Ravaisson, su nuevo conservador, se veía obligado a rechazar las donaciones). Sin embargo, en los años 1860, Longpérier no efectuaba ya ningún esfuerzo, o se encontraba en la imposibilidad de llevar a cabo una política activa y coherente de adquisiciones: el ejemplo de la intervención francesa en México es buen índice de ello. A pesar de que se ha establecido claramente que numerosos oficiales llevaron a Francia antigüedades mexicanas al regreso del cuerpo expedicionario, Longpérier no parece haber motivado la menor donación (¡no obstante de que por entonces era miembro de la comisión científica de México!), mientras que en ese mismo momento el Museo de Historia Natural y la Sociedad de Antropología de París recibían varias donaciones de muestras antropológicas de parte de esos mismos oficiales (Riviale 1999). En fin, mucho más que un simple problema de aumento de colecciones, el museo iba a enfrentar uno de concepción y utilización. Es forzoso constatar que el museo no parece haber estado animado de dinamismo, a la inversa de otros repositorios americanistas de la misma época (el museo de Sèvres, o la galería de antropología del Museo de Historia natural), cuyas colecciones servían con frecuencia para realizar análisis, mediciones, e incluso dar lecciones y conferencias. Incluso si las colecciones del Louvre fueron utilizadas en el marco de algunos estudios puntuales (Desjardins 1858; Rosny 1875), no fueron sin duda, jamás, objeto de un proyecto a largo plazo, orientado a ponerlas en valor y a desarrollarlas de manera coherente, y menos aún sistemática. Allí reside, sin duda, finalmente, el gran escollo con que tropezó este episodio museográfico: a medida que pasaban los años, que la investigación etnográfica se desarrollaba y que se formulaban nuevas preguntas, el Museo Americano seguía estando organizado tal como lo había sido en el momento de su creación en 1850. Es verdad que sucedía lo mismo con numerosos museos, pero en el caso del Museo Americano el problema se planteaba de manera particularmente aguda, en la medida en que la arqueología americanista, casi inexistente como tal en 1850, había evolucionado considerablemente durante la segunda mitad del siglo: la disposición de las colecciones era obsoleta y no respondía ya a las exigencias de los nuevos proyectos museográficos y científicos formulados en el campo de la etnografía. Más aún, por el hecho de hallarse bajo el control de Bellas Artes, sus colecciones parecen haber sido descuidadas (¿o se hallaban fuera de su alcance?) por numerosas personas que se interesaban en el americanismo pero se movían en otros círculos (por ejemplo el de los antropólogos) y, en consecuencia, aisladas del mundo de los conservadores de bellas artes y de los anticuarios.
21En el último cuarto del siglo, las autoridades competentes, muy conscientes de la inutilidad de aceptar nuevos ingresos de objetos en un sitio que se había hecho inoperante, se vieron en la necesidad de rechazar toda nueva donación y a proponer otro destino para las colecciones reunidas en el curso de recientes misiones científicas. Tal es la situación que iba a conducir a la fundación de otra institución museográfica, de vocación más amplia esta vez: la idea no era desmesurada, ya que Hamy mismo (1890: 56) estimaba que los innumerables envíos de Wiener desde el Perú fueron la causa, en cierta manera, de la decisión de crear el Museo de Etnografía del Trocadero.
El Museo Americano de Nancy
15 Annuaire du Comité d'Archéologie Américaine, 1863/65: 60.
16 Ver en capítulo relativo a las sociedades de estudios, la sección que trata sobre la Sociedad Amer (...)
22El museo establecido en el Louvre no fue el único proyecto museográfico específicamente consagrado a las sociedades amerindias. Hemos visto en un capítulo precedente que desde su separación de la Sociedad de Etnografía, el Comité de Arqueología Americana se había propuesto reunir una colección de objetos "de procedencia americana",15 para el cual se nombró pronto a Léon de Cessac como "conservador". Más tarde (hacia 1873) la asociación, que para entonces había tomado el nombre de Sociedad Americana de Francia, expresó su propósito de actuar en pro de la creación de cuatro museos diferentes dedicados a los pueblos del Nuevo Mundo,16 considerando que el Museo Americano del Louvre estaba definitivamente perdido. La sociedad había deplorado públicamente las dificultades con que había tropezado este museo y, como consecuencia de sus propios problemas, había acabado por concebir una amargura cercana a un sentimiento de persecución. En efecto, al mismo tiempo que asistían al hundimiento del museo en el polvo y el olvido, la sociedad constataba su progresiva pérdida de influencia en el seno de los medios científicos. Hecho que ciertos animadores de la asociación percibían como una especie de complot contra el americanismo:
17 Ed. Madier de Montjau: "Discours sur les études américaines", Annuaire de la Société Américaine de (...)
"Digámoslo, son los celos de los coleccionistas, la envidia de los eruditos, los crímenes de lesa-ciencia de toda clase cometidos por ciertos conservadores patentados y encargados de nuestros tesoros científicos, y, junto al destructivo designio preconcebido de ciertas academias, las complacencias de escamoteo de ciertos museos. [...] Hemos dicho mucho al respecto y tenemos por ello el derecho de deplorar una vez más, y cada vez más enérgicamente, que esta asamblea, que "personifica la ciencia universal de Europa", muestre tanta indiferencia ante el americanismo."17
18 Sobre todo Henri Cernuschi, más conocido por sus notables colecciones etnográficas y arqueológicas (...)
23Fue, pues, con un espíritu de represalia que la Sociedad Americana de Francia pudo, un buen día, anunciar triunfalmente la próxima fundación de un nuevo "museo americano", constituido a partir de sus propias colecciones, a las que se añadieron las de algunos particulares.18 Museo que no estaría situado ya en París —fuente de tanto desdén y rencores—, sino en provincia, lejos del centralismo del cual la Sociedad Americana se sentía víctima:
19 D'André de Clavery: "Un Musée américain à Nancy", Archives de la Société Américaine de France, 187 (...)
"... aumenta el número de enemigos de esta centralización, en todo y por todo, codicioso y ciego, que quisiera hundir todos los cuadros en el Louvre, todos los libros y todos los manuscritos en la calle de Richelieu. Aumenta el número de hombres que tienen fe en un renacimiento de la provincia, y que ven, lo cual está probado por el Museo de Saint-Germain, que no es diseminando, sino dividiendo las riquezas artísticas y arqueológicas, que se asegura mejor su conservación, apreciación, estudio y respeto."19
24El nuevo museo proyectado debía ser la respuesta a ese pretendido desdén de los conservadores frente al americanismo:
20 Ibid.: 380.
"... en diez años el Museo Americano de Nancy será la mejor colección de su tipo en el mundo, la mejor conservada y la mejor estudiada, la más conocida. Será muy pronto más útil que las que poseen los grandes establecimientos de París, que parecen tener como consigna esconder sus tesoros, despreciarlos, dilapidarlos a menudo, e impedir los progresos de la ciencia americana. Tendrá como primer resultado poner fin a esta conspiración de pereza y de mala voluntad, y hacer enrojecer a nuestros conservadores oficiales de París."20
25Aprovechando la dinámica suscitada por la preparación del Primer Congreso Internacional de Americanistas, que iba a tener lugar en Nancy en 1875, el "museo" fue instalado en el Museo Lorrain (probablemente gracias al apoyo de ciertos notables de la ciudad igualmente miembros del comité de organización del congreso) e inaugurado el día de la sesión de apertura del certamen. Sin embargo, el museo no habría de tener el feliz destino que se le prometía, ya que fundado al margen de todo proyecto científico concreto o de alcance, adolecía de una total falta de organización coherente de las colecciones, y perdió rápidamente la poca credibilidad e interés que podía tener ante los medios científicos interesados. Más aún, sólo unos años después de su inauguración, había de ver la luz un vasto proyecto museográfico: el Museo Etnográfico del Trocadero, fundado en 1879 y abierto al público en 1882, que iba a captar la mayor parte de los fondos públicos susceptibles de concederse a este tipo de instituciones, y atraer un gran número de donaciones particulares de objetos precolombinos. El Museo Americano de Nancy no tardaría, pues, en caer en la indiferencia y el olvido más completos...
26Conviene subrayar no obstante que la idea de crear un "museo americano" no iba por ello a desaparecer de los espíritus, ya que a su retorno de Bolivia en 1903 Georges de Créqui-Montfort, que llevó consigo a Francia considerables colecciones etnográficas y arqueológicas de América (Bolivia, Argentina, Chile) expresó la aspiración de fundar un espacio museográfico específicamente consagrado al Nuevo Mundo. Después de vanos esfuerzos en este sentido, Créqui-Montfort dejó al Ministerio de Instrucción Pública toda libertad para disponer de sus colecciones, que fueron repartidas entre varias instituciones parisienses (Museo de Historia Natural, Escuela de Antropología, Museo de Etnografía del Trocadero) y catorce museos de provincia. Unos años más tarde Paul Berthon, a quien se había encargado una misión arqueológica en el Perú, regresaba a Francia con una muy importante colección de antigüedades prehispánicas (unas 2 000 piezas). También él consideraba necesaria la creación de un museo americano y pensaba que sus propias colecciones podrían constituir su núcleo inicial. Sin embargo este proyecto, al igual que el anterior, no descansaba sobre un discurso científico o museográfico convincente, y uno tiene más bien la impresión de que sus autores trataban más de asegurar una cierta perennidad a su "obra" que de proponer un lugar diferente para la representación de las sociedades amerindias en el seno de la infraestructura museográfica francesa de esa época. Si uno se sitúa en el contexto ideológico y científico del momento, notará que un proyecto como ése no se hallaba en absoluto a la orden del día: la etnografía de los pueblos del Nuevo Mundo debía integrarse en un marco museográfico mucho más general, que presentase en un plano a la vez vertical (cronológico) y horizontal (geográfico) la evolución de la humanidad y la diversidad de las sociedades humanas. El proyecto de Berthon sería, hasta donde sabemos, el último de su tipo...
El Museo de Antigüedades Nacionales
27Así como los diferentes proyectos formulados en materia de museografía etnográfica constituyen otros tantos indicios de la importancia que asumió progresivamente la disciplina, la apertura del Museo de Antigüedades Nacionales corresponde a una nueva etapa en las ciencias del hombre. Su creación marcaba a la vez el reconocimiento oficial de la prehistoria francesa en cuanto disciplina científica, y su integración en una estrategia de representación simbólica de la nación. El proyecto museográfico vinculado con esta institución ilustra, en fin, un cierto tipo de discurso científico que debía atraer los sufragios del conjunto de la comunidad científica de entonces, esto es la asimilación del "hombre salvaje" al "hombre primitivo" (o prehistórico).
28Creado por decreto del 8 de noviembre de 1862 por Napoleón iii, con el nombre de "Museo de Antigüedades Célticas y Galo-Romanas", el museo, situado en Saint-Germain-en-Laye, fue efectivamente abierto el 12 de mayo de 1867 (con ocasión de la Exposición Universal) y pronto tomó el nombre de "Museo de Antigüedades Nacionales". La desaparición de las reservas cronológicas y culturales anteriormente vinculadas con el título de museo parece indicar que la ciencia oficial comenzaba a aceptar la antigüedad del hombre más allá de los tiempos históricos, y sobre todo a aceptar ésta como parte de la historia nacional. En el mismo momento se había popularizado la idea según la cual el estudio de los "salvajes" actuales podría contribuir a comprender al hombre primitivo (es decir prehistórico), estado de espíritu que probablemente motivó a los conservadores (y muy particularmente a Gabriel de Mortillet) a estimular las donaciones de objetos extra europeos al museo. Las colecciones "exóticas" afluyeron a Saint-Germain desde su apertura, y fueron colocadas "provisionalmente" en la Sala de Marte (Boissier 1882: 2). En cierta medida, el Museo de Antigüedades Nacionales parece haber asegurado una relativa transición entre el Museo Americano del Louvre —en delicuescencia— y el futuro Museo del Trocadero: un cierto número de donaciones (Perrin, 1871; Ber, 1876) fue orientado así a Saint-Germain a falta de otro lugar de recepción adecuado. Sin embargo, después de la creación del Museo del Trocadero —y a pesar de la voluntad de "especializar" los museos—, los ingresos de objetos arqueológicos y etnográficos continuaron, sobre todo con la transferencia de colecciones procedentes del Museo Naval del Louvre, a comienzos del siglo xx.
El Museo Etnográfico del Trocadero
29Hemos visto anteriormente cómo la reiniciación de las grandes expediciones marítimas favoreció, en el primer cuarto del siglo xix, la formación de un museo etnográfico en el Louvre. Incluida al comienzo en el Museo Naval, la sección etnográfica acabó por adquirir una completa autonomía con la apertura en 1850 de un Museo de Etnografía en el seno del palacio del Louvre. Si bien atrajo un gran número de donaciones durante dos decenios, al parecer perdió poco a poco su aura y dinamismo, para caer en una relativa indiferencia. ¿Falta de interés del público, y también de la comunidad científica? El museo sufría en efecto de varios problemas fundamentales.
30En primer lugar, el proyecto museográfico que orientó la constitución de este museo había envejecido considerablemente, pues allí donde se había querido mostrar ante todo los restos materiales de pueblos en vías de desaparición (revelados por los exploradores y sobre todo por los navegantes), no se habría de ver, con el tiempo, más que un amontonamiento de objetos más o menos claramente expuestos. El criterio de admisión utilizado era juzgado quizás anticuado, ya que no estaban depositados sino los que habían sido recolectados en pueblos primitivos contemporáneos, mientras que las antigüedades, descubiertas a veces en las mismas regiones, eran derivadas hacia otros museos. Tal fue el caso, principalmente, de las colecciones llevadas del Perú por los hermanos Grandidier: los objetos "etnográficos" fueron remitidos al Museo Etnográfico, mientras que los "arqueológicos" fueron a dar al Museo Americano (en 1876, ¡cuando el museo había sido cerrado ya al público!). Si la selección de los objetos era problemática, los métodos de clasificación dejaban igualmente que desear, y fue así como un informe redactado en 1876 por Eugène Burnouf pintaba un cuadro a la vez gracioso y severo del modo de presentación de las colecciones del Museo Etnográfico (Jacquemin 1992: 37).
31En segundo lugar, si la instalación de este museo en el Palacio del Louvre había podido constituir inicialmente un gran acontecimiento, la situación iba a tornarse pronto muy incómoda y perjudicial. Dada la gran estrechez de los locales que le habían sido asignados en 1850, el museo no podía desarrollarse realmente, ni redistribuirse de acuerdo con otros criterios museográficos. Además, la presencia de vitrinas con "curiosidades de los salvajes", en medio de galerías esencialmente consagradas a las formas más clásicas de las bellas artes, era considerada tan incongruente por la mayoría de los administradores del Louvre, que no había ninguna posibilidad de que se asignaran fondos suplementarios para modificar en lo que se pudiese el museo etnográfico. Es por ello que los medios científicos interesados iban a orientarse hacia nuevos proyectos, en lugar de intentar un hipotético cambio radical del antiguo establecimiento.
21 Ver en particular sobre este asunto Hamy (1890), actor y testigo privilegiado de la creación del M (...)
22 Archivos del Museo del Hombre (departamento "Amérique"): Expedientes técnicos (colección 87.115).
32A pesar de los pedidos cada vez más apremiantes, frente a la falta evidente de espacio para las colecciones que no cesaban de llegar (y que en numerosos casos eran enviadas a museos de provincia), el gobierno se negó por largos años a comprometerse en fuertes gastos en tal intento, hasta que una sucesión de circunstancias favorables lo indujeron a cambiar de opinión.21 Charles Wiener, encargado de una misión arqueológica en el Perú en noviembre de 1875, había enviado tal cantidad de objetos de toda clase (provenientes de sus propias excavaciones, pero también de generosas donaciones efectuadas por varias personalidades de Lima), que sus cajas invadieron literalmente los depósitos del Ministerio de Instrucción Pública. A su regreso a Francia en agosto de 1877, Wiener apremió a Oscar de Watteville (Director de la División de Ciencias y Letras que, en ese momento, estaba preparando la exposición del ministerio para la Exposición Universal de 1878) para que organizara una exposición temporal de las colecciones enviadas desde el Perú (Hamy 1890: 56). Los primeros trabajos con miras a la exposición habían ya comenzado cuando se produjo un nuevo hecho, que iba a desencadenar un proceso irreversible: Léonce Angrand (a quien se debía la mayor parte de las antigüedades peruanas que se guardaban en el Museo Americano del Louvre), exasperado por el estado de abandono en que se había dejado a sus colecciones, anunció que prefería donar el resto de sus rarezas al Museo Británico antes que dejarlas en Francia en tan malas manos.22 Ante semejante amenaza de "traición" en favor de la "pérfida Albión", la reacción fue rápida: el 2 de noviembre de 1877 Oscar de Watteville propuso al ministro la creación de un nuevo establecimiento llamado "Museo Etnográfico de las Misiones Científicas", destinado a albergar el conjunto de colecciones reunidas en el curso de las misiones científicas (con exclusión de las muestras antropológicas y de historia natural). Al día siguiente, es decir el 3 de noviembre, el ministro Brunet firmaba una resolución instituyendo un "Museo Etnográfico de Misiones Científicas", en el cual serían centralizados "todos los objetos relativos a la etnografía, que proviniesen de las misiones, o procedentes de donaciones, intercambios o adquisiciones" (Hamy 1890: 285). Es de anotar que al mismo tiempo con esta resolución comenzaba una tentativa de "especialización" de los principales establecimientos científicos de la capital, delimitando el tipo de colecciones que se asignaría en adelante a cada uno de ellos.
23 Por falta de espacio estas adiciones de último momento no encontraron, aparentemente, sino una rep (...)
33Una vez decidida la creación del nuevo museo, la exposición preparada por Wiener había de constituir un interesante test de popularidad, ya que el mismo 3 de noviembre Watteville hacía firmar otra resolución, disponiendo la apertura en el Palacio de la Industria en los Campos Elíseos de una "exposición provisional de la sección americana (América del Sur) de las misiones etnográficas y misiones científicas" (Ibid.: 286). Exposición que en sus comienzos debía presentar exclusivamente las colecciones llevadas a Francia por Wiener, Cessac, Pinart, André y Crevaux de América del Sur; sin embargo, otras colecciones se añadieron progresivamente a las primeras,23 a solicitud de varios exploradores que habían regresado hacía poco: Ujfalvy deseaba presentar sus colecciones procedentes de Asia central; Harman las de Camboya; Lansberg las de Siria; Verneau de las Canarias; en fin el Dr. Savinière aportó sus colecciones de las Célebes (Oceanía). Inaugurado el 23 de enero de 1878 y abierto gratuitamente al público, el museo provisional de las misiones científicas tuvo un gran éxito:
"... durante seis semanas el público se apretujó en las tres salas que se abrieron, feliz de poder estudiar tantas nuevas riquezas y de escuchar las conferencias de los encargados de misión, explicando en persona sus trabajos y sus descubrimientos." (Ibid.: 60)
24 Volveremos a hablar de la exposición temporal cuando tratemos de las exposiciones universales.
25 Compuesta por 23 miembros, y entre ellos Hamy, Landrin, Angrand, Wiener y Viollet-le-Duc, así como (...)
34Para los fines de la Exposición Universal, el museo provisional fue transferido y reabierto en un marco mayor, en el Campo de Marte.24 Si la gran fiesta no había terminado aún, había no obstante que preparar el futuro del museo etnográfico hasta aquí esbozado: el 18 de octubre de 1878 se nombró una comisión25 encargada de estudiar las modalidades inherentes a la creación definitiva del museo. La elección del local apropiado no dejó de plantear grandes dificultades (Dias 1991: 169-170), y no fue sino el 24 de noviembre de 1879 que se asignó oficialmente al Museo de Etnografía una parte del Palacio del Trocadero, levantado con ocasión de la Exposición Universal. Si bien esta solución ofrecía algunas ventajas (posibilidad de utilizar los acondicionamientos y las vitrinas de las exposiciones anteriores), no dejaba de plantear algunos problemas técnicos (existencia de espacios demasiado vastos, perjudiciales para una buena presentación de los objetos). Fue en ese marco, sin embargo, que se instaló, entre 1880 y 1882, la multitud de objetos procedentes de las últimas misiones científicas, así como numerosas donaciones o depósitos en custodia hechos por instituciones o por particulares).
26 A falta de datos seguros, nos servimos aquí de las cifras mencionadas en las fichas de registro de (...)
27 Damos aquí sólo las donaciones más notables, y para la lista exhaustiva de donadores remitimos al (...)
35Cuando por fin se abrió el Museo de Etnografía del Trocadero —tal debía ser en adelante su nombre—, el 12 de abril de 1882, contaba con más o menos 10 000 objetos procedentes del Nuevo Mundo (Dias 1991:175), de los cuales un mínimo de 1 500 piezas arqueológicas correspondían al Perú.26 Una gran parte de esos objetos provenía de las recientes misiones científicas aprobadas por el Ministerio de Instrucción Pública (Wiener, Cessac, Pinart); un segundo conjunto procedía de algunos donadores generosos (Macedo, Quesnel, Serre y Savatier, Dibos, etc.); el último grupo prevenía de la transferencia de las colecciones depositadas durante la Revolución en el Gabinete de Objetos Antiguos de la Biblioteca Nacional de París (las antiguas colecciones de Dombey, Noailles, d'Angiviller, etc.). Posteriormente, las colecciones de antigüedades peruanas del Museo de Etnografía no dejaron de acrecentarse: si las donaciones realizadas por particulares alimentaban la progresión regular del Trocadero (Droullion 1883; Ordinaire 1886; Giglioli 1887; Sartiges 1894; Mannet 1898; Dr. Vergne 1914; etc.),27 dos sucesos excepcionales iban a marcar los primeros años del museo: la transferencia de las colecciones del antiguo Museo Americano del Louvre, en 1887, y la misión arqueológica del capitán Berthon, en 1907.
28 Sesión del 12 de abril de 1876 de la Comisión de Misiones. Archivos Nacionales, París: F 17* 2272: (...)
36Hasta la fundación del Museo del Trocadero, el Museo Americano había sido —al menos teóricamente— el lugar de recepción oficial de las antigüedades precolombinas; sin embargo, habida cuenta del estado de abandono en que se había hundido desde hacía largos años, los ingresos de objetos eran en él cada vez más esporádicos. Cuando Wiener expidió a Francia sus primeras colecciones, se produjo una polémica en cuanto al destino que debía darse a los objetos: Ravaisson-Mollien (Conservador de Objetos Antiguos en el Louvre y, por ello mismo, responsable del Museo Americano) no dejó de reclamarlos recordando la existencia de la galería americana del Louvre.28 Suceso que simbolizó probablemente el último sobresalto de supervivencia del Museo Americano antes de su desaparición definitiva. Comenzaron entonces interminables negociaciones que culminaron en 1887 con la transferencia de las colecciones al Museo del Trocadero. Se hizo una primera tentativa en mayo de 1879 por el ministro de Instrucción Pública (sin duda a pedido de Hamy), que escribió al Subsecretario de Estado en Bellas Artes para tratar este asunto, pero la negativa de éste fue muy firme:
29 Carta del Subsecretario de Estado en Bellas artes (20 de junio de 1879). Archivos Nacionales, Parí (...)
"No me parece que las antigüedades americanas de que se trata puedan entrar a un museo especial de Etnografía; estimo, al contrario, que la Administración de Bellas Artes tiene el deber de no desprenderse de ellas; y de darles en los Museos Nacionales el lugar que por derecho les corresponde en el departamento de objetos antiguos."29
37Una segunda tentativa, efectuada el año siguiente, directamente ante el conservador Ravaisson-Mollien, no tuvo mayor éxito. La correspondencia intercambiada en esta ocasión ilustra las divergencias de punto de vista que podían existir sobre el estatuto a atribuir a las antigüedades precolombinas. Así Ravaisson, no sin dejar de tender un discreto velo sobre el estado de abandono del Museo Americano del Louvre, justificaba las reticencias a separarse de esta colección, señalando, de manera un tanto falaz, el interés que revestían en el plano del comparatismo entre las civilizaciones:
30 Carta de Félix Ravaisson-Mollien (19 de noviembre de 1880). Archivos Nacionales, París: F 21 4489 (...)
"... no puedo dejar de pensar que las antigüedades de América no están fuera de lugar en el Louvre junto a las de Asia (Asiria, Fenicia, Judea, Arabia, Asia Menor), y del África (Egipto, Cartago, etc.), con las cuales la ciencia les encuentra, en este mismo momento, relaciones instructivas, de la cuales puede surgir la solución de importantes problemas históricos sobre el origen y la filiación de las civilizaciones primitivas."30
38Las civilizaciones "primitivas" mencionados por el conservador del Louvre nos indican claramente que éste no asimilaba sus "monumentos americanos" a la condición de simples testigos de la "industria" de los pueblos primitivos, sino que por el contrario pretendía —sin admitirlo— ponerlas a un nivel superior en la jerarquía de las civilizaciones. El ministerio estimó inadmisibles estas objeciones, y se explicó al respecto definiendo el diferente papel que en su opinión debía desempeñar el Museo de Etnografía:
31 Carta del Ministerio de Instrucción Pública a Ravaisson-Mollien (30 de noviembre de 1880). Archivo (...)
"El Parlamento, al asignar los recursos necesarios para la instalación de las colecciones etnográficas que se reunirán en el Trocadero, ha querido hacer en favor de la historia de los usos y costumbres de los pueblos de todas las épocas lo que el Museo del Louvre hace tan felizmente en lo que concierne a las artes. Se trata de dos ideas distintas, y sólo agrupando, por épocas sucesivas, los objetos puramente históricos, de un lado, y los objetos de arte, del otro, se ayudará a la ciencia a resolver, como usted mismo expresa, los importantes problemas que plantean el origen y la filiación de las civilizaciones primitivas."31
39La distinción efectuada así entre objeto de arte y objeto científico se aplicaba muy particularmente a los restos precolombinos, como la misma carta subrayaba:
"El Museo del Louvre no tiene ninguna necesidad de la mayor parte de los objetos muy poco artísticos que posee bajo el nombre de antigüedades americanas."32
33 "Estado numérico de las colecciones de arqueología americana depositadas por el Museo del Louvre e (...)
40El asunto quedó definitivamente arreglado sino siete años más tarde, con la transferencia al Museo del Trocadero, en 1887, de todas las colecciones precolombinas depositadas en el Louvre desde hacía medio siglo: según el inventario establecido en la época por Hamy y Héron de Villefosse (nuevo conservador de esculturas antiguas en el Louvre), el conjunto de la colección contaba con 1 432 piezas, de las cuales un poco más de 560 correspondían al Perú.33
34 Citemos principalmente la Biblioteca nacional, el Museo de Historia Natural, la Sociedad de Geogra (...)
35 La mayor parte de las grandes colecciones particulares formadas por peruanos a lo largo del siglo (...)
41Esta transferencia en favor del Museo de Etnografía, si bien fue la más importante y simbólica (al señalar el fin de una época), no constituyó en definitiva más que un episodio en el vasto movimiento centralizador que suscitó la creación del Museo del Trocadero. A partir de 1880, y a lo largo de los decenios siguientes, un gran número de museos o de instituciones (bibliotecas, sociedades de estudio) fueron invitados a donar o a depositar sus colecciones en el Trocadero).34 Fueron en definitiva las donaciones y transferencias que permitieron el aumento regular de las colecciones del museo, pues la política de adquisiciones deseada por los conservadores sucesivos del Museo de Etnografía se vio casi siempre reducida a su más simple expresión, habida cuenta de los irrisorios recursos que eran dedicados al efecto. Williams (1985: 158) informa que Verneau estimaba en más o menos 200 francos por año la suma disponible para compras, una vez deducidos del presupuesto global los sueldos y gastos en trabajos diversos. En tales condiciones era muy difícil pretender competir, en este terreno, con la política de adquisiciones masivas llevada a cabo por los museos alemanes y americanos desde los últimos años del siglo xix.35 Es por esta escasez de fondos que la enorme colección de antigüedades llevada por el capitán Berthon en 1908 (después de su misión arqueológica en el Perú) estuvo a punto de escapar al Museo de Etnografía, pues si bien se le había encomendado una misión científica oficial (y había recibido algunos subsidios para tal efecto), Berthon se había visto obligado a recurrir a su dinero personal para cubrir los gastos en excavaciones y la compra de un gran número de piezas; consideraba por lo tanto normal que el Trocadero partipara financieramente en el reembolso de una parte de sus gastos. El museo, en la imposibilidad de responder a las exigencias de Berthon, debió declinar el ofrecimiento, corriendo de ese modo el riesgo de que esos objetos —en algunos casos preciosos— partieran al extranjero (como dejaba a entender Berthon), lo cual habría ocurrido si el Dr. Capitan no hubiera intervenido comprando, a título personal, el conjunto de la colección, antes de legarla al Museo del Trocadero en 1930. Esta anécdota ilustra claramente la manera en que el Museo de Etnografía, al comienzo apoyado activamente por el Estado, se vio poco a poco dejado de lado, o al menos privado de medios de existencia suficientes para desarrollarse de manera coherente (Dias 1991: 251-255). La organización y las actividades científicas del museo no satisfacían las expectativas de todo el mundo, y sin duda deben interpretarse en tal sentido los pocos proyectos formulados por ciertos americanistas con miras a crear en Francia un museo dedicado específicamente al Nuevo Mundo (Créqui-Montfort en 1904 y Berthon en 1909).
42Con ocasión de su fundación, el Museo de Etnografía del Trocadero suscitó un notable renacimiento de actividades en el campo de la etnografía y de la arqueología no europea, constituyendo no solamente un lugar de conservación de curiosidades y de recuerdos del pasado, sino un verdadero laboratorio de reflexión sobre las sociedades humanas (un poco como lo era desde hacía largo tiempo el Museo para la historia natural). Sin embargo, pasado el momento de euforia, parecería que el desarrollo del museo haya reflejado la investigación francesa en el extranjero, y muy particularmente, en lo que respecta a nuestro tema de estudio, en América del Sur: por falta de fondos y de voluntad gubernamental, el museo cayó, desde principios del siglo xx, en una progresiva apatía que ninguna protesta llegó a sacudir, hasta que por fin fue reorganizado según otros principios, para convertirse, en 1928, en el Museo del Hombre.
El Museo de Historia Natural de París
43Al margen de este movimiento hacia una museología etnográfica, las colecciones del Museo de Historia Natural de París prosiguieron su evolución en torno a un gran eje movilizador: la antropología. Si se puede reconocer a Armand de Quatrefages le mérito de haber inaugurado y desarrollado ampliamente la Galería de Antropología, conviene subrayar el hecho de que la empresa de reunir y acumular colecciones centradas en el género humano había sido impulsada mucho tiempo antes, principalmente bajo la guía de Pierre Flourens, a partir de 1832 (Blanckaert 1997: 113-119). Esta política de adquisiciones fue continuada por Etienne Serres, para ser en fin ampliamente sistematizada en la segunda mitad del siglo xix por Quatrefages, solo al principio, pero después con ayuda de su asistente E. T. Hamy.
36 Entre ellas se encontraban, por cierto, algunos objetos amerindios. Entre otros objetos particular (...)
44Lugar de investigaciones así como de conservación, el Jardín del Rey poseía ya bajo el Antiguo Régimen colecciones antropológicas y etnográficas, pues las donaciones hechas por diversos viajeros y la cesión por Tournefort de su gabinete antes de su deceso (1708) porporcionaron al establecimiento un conjunto de "curiosidades"36 que no se dejaba de mencionar en las guías de París del siglo xviii (Brice 1713; Baudelot de Dairval 1727; Dezallier d'Argenville 1742; Thiéry 1786). Con el fin de dar materia a sus reflexiones sobre el hombre, Buffon había tratado de enriquecer sus colecciones comprando gabinetes particulares y recurriendo a los funcionarios de las colonias y a los viajeros. Tradición que habría de ser continuada, desde luego, con ocasión de la reapertura del Museo en 1793, pero fue sobre todo después de la partida de Antoine Portal (titular de la cátedra de Anatomía Humana), en 1832, que se dio tal impulso, y que se concedió una atención más sostenida a la reunión de muestras humanas. Se dieron instrucciones específicas, en tal sentido, a los naturalistas que viajaban con los auspicios del Museo, así como a los corresponsales de la institución.
37 "Extrait du procès-verbal de la séance du 20 novembre 1849". Archivos Nacionales, París: AJ15 842 (...)
38 Recuérdese lo que preconizaba en 1861 el Dr. Gosse, en sus instrucciones para el Perú, para buscar (...)
39 Como prueba el esbozo manuscrito de la quinta edición de las "Instrucciones" (publicadas en 1860), (...)
45El paso siguiente consistió en oficializar la existencia institucional de esas colecciones, ya que, hasta mediados de siglo, las muestras así reunidas no poseían un marco de conservación y, menos aún, de presentación propios, y eran depositadas en la Galería de Anatomía Comparada. Las muestras antropológicas llevadas con ocasión de grandes expediciones marítimas alrededor del mundo y de las primeras expediciones científicas financiadas por el Ministerio de Instrucción Pública fueron pronto lo suficientemente numerosas como para justificar el acondicionamiento de una "galería de Antropología". La decisión de asignar los fondos necesarios para los trabajos parece remontarse a fines del año 1849,37 pero no fue probablemente sino en 1855 que se abrió la galería (Hamy 1907: 270), el mismo año en que Serres dejó la cátedra de Anatomía Humana. La apertura de la galería fue acompañada por una política de sistematización de la recolección de los muestras antropológicas, apelando a la contribución de todas las personas de buena voluntad, la inserción de recomendaciones específicas en las Instructions aux voyageurs [Instrucciones a los viajeros] publicadas por la institución, y, en fin, gracias a las relaciones de Quatrefages y de sus discípulos. Como buen número de sus colegas antropólogos, éste consideraba que los estudios realizados hasta entonces en ese campo no habían sido llevados a cabo en una escala suficiente. Así, no se había tenido en cuenta, principalmente, todas las variaciones posibles en el seno de una población, o bien no se tenía la seguridad de contar con muestras realmente representativas de ciertas razas.38 Consideró, pues, necesario constituir, para el estudio de las razas, verdaderas series de cráneos, únicas susceptibles de "determinar con alguna precisión el tipo promedio, en medio de variaciones más o menos amplias" (Quatrefages y Hamy 1882: 157). Sólo unos meses después de asumir sus funciones,39 el profesor de antropología se había dedicado a preparar nuevas "instrucciones a los viajeros", en las que insistía en la necesidad de reunir muestras osteológicas representativas de todos los tipos humanos, así como "todos los objetos apropiados para hacer conocer las industrias primitivas" (Musée d'Histoire Naturelle 1860: 15), que podían constituir otros tantos indicios para identificar y documentar los diferentes pueblos que habitan el planeta.
46Quizás más que en cualquier otro museo interesado en la etnología, las colecciones de la galería de antropología del Museo de Historia Natural tenían que arrojar luz, de modo simultáneo, sobre la diversidad de las razas humanas (sin dejar de defender, seguramente, la noción de unidad de la especie), sobre la antigüedad del hombre, y sobre sus diferentes estadios evolutivos, tanto en el tiempo como en el espacio. A medida que la ciencia antropológica se desarrollaba, que se proponían nuevos métodos de análisis y nuevos criterios distintivos, los pedidos de muestras se hicieron a la vez más apremiantes y más variados: a la muchedumbre de cráneos vinieron a añadirse, progresivamente, diversas partes osteológicas del cuerpo —cuando no era posible procurarse esqueletos completos—, momias (tan apreciadas por su buen estado de conservación, que permitía análisis mucho más detallados), fragmentos de piel, cabellos, y, en fin, artefactos hallados junto a los cuerpos en la tumba, que podían permitir asociar datos culturales con la morfología física de los individuos exhumados.
47Tal como sucedía con el conjunto de las colecciones, las series antropológicas y etnográficas de origen andino conservadas en la galería de antropología aumentaron sin interrupción durante todo el siglo xix. El Catalogue des objets renfermés dans la galerie d'anthropologie du Muséum du Jardin des Plantes [Catálogo de los objetos conservados en la galería de antropología del Jardín de Plantas], comenzado en 1857, demuestra que cuando la galería abrió sus puertas, poseía ya (a veces desde el primer cuarto del siglo) colecciones no desdeñables. Allí se encontraban, sobre todo, objetos llevados por exploradores (Humboldt, Pentland, d'Orbigny, Castelnau, Weddell) y médicos de la marina (Eydoux, Busseuil, Lesson, Liotaud). El relanzamiento de las misiones científicas en el Perú, llevadas a cabo bajo los auspicios del Ministerio de Instrucción Pública en el último cuarto de siglo, iba a suscitar una dinámica jamás conocida hasta entonces en el envío de colecciones, tanto de parte de los encargados de misiones (Wiener, Ber, Cessac, Vidal-Senèze), como de nacionales que residían en los países de donde aquéllas procedían (Quesnel, Balny, Martinet, Champeaux). Esta sistematización de la búsqueda de testigos físicos y materiales de la diversidad humana originó un florecimiento espectacular de las colecciones del museo durante la segunda mitad del siglo xix: de 5 000 piezas en 1872, sus colecciones pasaron a 24 000 en 1892 (Dias 1989: 216). Sin embargo, la apertura del Museo de Etnografía del Trocadero obligó al mismo tiempo al Museo de Historia Natural a reorganizar sus colecciones. Una redefinición de las funciones de cada una de las instituciones se iba a reflejar, a partir de los años 1880, en una serie de transferencias de objetos en uno y otro sentido: el Museo de Historia Natural envió al Museo del Trocadero la mayor parte de sus colecciones arqueológicas y etnográficas, mientras que el Museo de Etnografía se desprendió de sus muestras antropológicas (cráneos, momias, etc.).
Los museos de provincia
48Hace algunos años Chantai Georgel subrayaba, en una exposición en el Museo d'Orsay, el hecho de que el siglo xix fue en Francia el siglo de los museos. En efecto, a lo largo del mismo se debía asistir a una verdadera explosión de la moda de la colección, que se tradujo en una proliferación de instituciones museográficas en todo el territorio nacional: si había unos quinces museos antes de 1801 (año de la ley Chaptal, que redistribuyó obras confiscadas en el extranjero durante las guerras revolucionarias), el comisario de la exposición registró, cien años más tarde, más de 500 (Georgel 1994: 232). Esta nueva práctica debía parecer en no pocos casos un simple efecto de la moda, como subraya un observador contemporáneo:
40 Philippe de Chennevières: "Los museos de provincia," Gazette des beaux-arts, 1863:118- 131 (citado (...)
"Un museo se ha convertido en necesario ornamento de toda ciudad que se respeta, y los extranjeros que nos visitan podrían preguntarse si es que hay un palacio municipal sin museo. Esta superabundancia de colecciones en nuestras provincias es, con toda seguridad, uno de los más singulares fenómenos de los tiempos presentes." 40
49Sin embargo, esta inmensa ola de iniciativas locales va mucho más allá de la moda y refleja más bien un movimiento profundo, que marca un cambio en las mentalidades colectivas. No se trata, desde luego, de extendernos aquí en los pormenores de este fenómeno; expondremos más bien algunas generalidades útiles para comprender en qué nos interesa este movimiento en favor de los museos, y lo que revela de la ideología cientista que impregnaba tantas manifestaciones e iniciativas como aquéllas a que nos hemos referido a lo largo de esta obra.
50Las investigaciones que se han realizado en gran número de museos de provincia (Beckouche y Fortin 1977; Fauquier 1984), y los inventarios que siguieron,41 muestran que muy numerosos museos eran propietarios desde el siglo xix de colecciones precolombinas (y entre ellas peruanas), ya sea en sus salas de exposición, ya sea en sus depósitos. Sin pretender delinear la historia de este vasto movimiento museográfico, se puede al menos proponer algunos elementos de respuesta que nos permitan subrayar los principios de acuerdo con los cuales se constituyeron las colecciones de los museos. La concentración de antigüedades precolombinas en ciertas ciudades de Francia. más bien que en otras, puede atribuirse a tres grandes tipos de factores, a veces complementarios:
1o La localización geográfica de la ciudad, que en un pasado remoto fue favorable a la llegada directa de objetos; se trata de puertos que tuvieron contactos históricos con el Nuevo Mundo (Burdeos, La Rochelle, Boulogne-sur-Mer, Nantes, etc.).
2° La importancia comercial o administrativa de la ciudad en su región, creando un polo de atracción (Toulouse, Burdeos, Lyon, Nancy, Lille, etc.).
3o La iniciativa determinante de uno o de varios eruditos locales (Toulouse, Auch, Cannes, Versalles, etc.).
51En muy numerosos casos el primer origen de los museos provincianos se remonta a la Revolución, cuando se confiscaron gabinetes de curiosidades y obras de arte en los domicilios de los nobles emigrados o en los conventos. Estas colecciones, provisionalmente reunidas en un depósito o en un convento desocupado, para impedir su destrucción, constituyeron con frecuencia el núcleo inicial de los museos de provincia, ya sea por decisión de la municipalidad o del consejo regional, ya sea por una iniciativa personal. En ello el status o la irradiación de las ciudades interesadas desempeñó un papel considerable —por la existencia de una vida intelectual o científica intensa en el seno de la ciudad, o por la preocupación (política) de poner a ésta a la vanguardia de la vida regional—.
42 Sobre estas diferentes transferencias, ver: Archivos Nacionales, París: F 17 3846.
52En el curso del siglo xix el florecimiento de las sociedades de estudio en el conjunto del territorio desempeñó por cierto un papel esencial en la constitución de colecciones científicas (en un primer tiempo), después en la fundación de uno o de varios museos (en un segundo tiempo). En efecto, como se verá cuando tratemos de los "museos privados", la reunión de colecciones para motivar una reflexión científica en el seno de un grupo o de una sociedad de estudio fue una de las constantes de la vida científica del siglo xix. Una vez creado el museo, el aumento de sus colecciones dependía de los factores anteriormente mencionados: la orientación de la ciudad hacia el exterior (sobre todo las puertas); su situación en la región correspondiente (atrayendo los esencial de las donaciones); o bien la presencia de personalidades o sociedades de estudio influyentes. En el último cuarto del siglo xix, la fundación del Museo de Etnografía del Trocadero tuvo grandes consecuencias sobre el aumento de las colecciones de ciertos museos de provincia. Como subraya Dias (1991: 99), en materia de etnografía no importaba mayormente constituir series de objetos idénticos (a la inversa de lo que sucede en historia natural, en la cual las series permiten establecer constantes y variables): como resultado de entregas en custodia efectuadas por diversos museos, o al regreso de misiones fructuosas en lo que se refiere a colecciones (Wiener, Cessac, Pinart, Charnay), el Museo de Etnografía del Trocadero se vio a la cabeza de inmensas colecciones en de las cuales se estimaba posible identificar "duplicados" (objetos idénticos), con los cuales no se sabía qué hacer. Éstos fueron utilizados como moneda de cambio con otros museos franceses o europeos, o redistribuidos en los museos de provincia que deseaban acrecentar sus colecciones: la primera redistribución masiva de piezas, de que tengamos conocimiento se remonta a 1881, año en que, a propuesta del Dr. Hamy, se repartieron 478 piezas llevadas por Cessac (¿de California?) entre quince museos (resolución del 21 de noviembre de 1881). Se enviaron también a provincia, en ese mismo año, antigüedades peruanas donadas por Wiener, Quesnel y otros. Tales redistribuciones se siguieron efectuando hasta los primeros años del siglo xx (sobre todo con los objetos llevados por Créqui-Montfort).42 Se trataba, esencialmente, de las grandes ciudades de provincia que poseían colecciones o museos ya formados; pero los inventarios de museos realizados por el Centro de Investigaciones en Arqueología Precolombina de la Universidad de París I muestran que las ciudades más modestas poseían a veces colecciones de antigüedades peruanas (Langres, Nérac, Villefranche-de-Rouergue, etc.): su presencia en tales lugares escapa a toda tentativa de generalización y debe atribuirse más bien a iniciativas individuales, que solamente inventarios como ésos pueden poner a luz. Su existencia, por anecdótica que sea, no deja de subrayar la amplitud del movimiento museológico en el siglo xix.
43 Las encuestas llevadas a cabo por los estudiantes del Centro de Investigaciones en Arqueología Pre (...)
53La presencia de antigüedades precolombinas en numerosos museos de provincia no implica, sin embargo, que se les hubiese prestado una atención —y menos aún un lugar— particular en el seno de la institución. Resulta de hecho que en la mayoría de los casos la presencia de los mismos es la culminación más o menos accidental de largos recorridos, tortuosos, y a menudo difíciles de rastrear de un extremo a otro. Por lo general, náufragos en el seno de museos orientados de muy diferente manera43 o poseedores de colecciones completamente heterogéneas, eran considerados como simples curiosidades exóticas y relegados a la parte baja de las vitrinas o al rincón más obscuro de los depósitos. Sin embargo, en algunos casos, las colecciones etnográficas encontraban su justificación en el seno de proyectos museográficos coherentes. Fue así como algunas de las antigüedades prehispánicas encontraron su lugar en el Museo Histórico de los Tejidos, en Lyon, y en el Museo de Impresión en Tela, en Mulhouse. Integrados en el discurso histórico y técnico definido por sus sucesivos conservadores, tales objetos (a menudo tejidos, desde luego) eran considerado tanto más interesantes por cuanto sus motivos decorativos era susceptibles de ser tomados en préstamo por industriales locales del ramo textil, para la realización de modelos originales. Estos ejemplos son por cierto excepcionales (y merecían en tal sentido ser destacados). Pero con mayor frecuencia las colecciones amerindias se asociaban a un discurso etnográfico general sobre el Hombre y la Civilización, ya se pusiera de relieve la diversidad —cuando no era, más crudamente, la "extrañeza"— de las culturas desarrolladas por los diferentes pueblos del globo o, al contrario, se replanteara la situación de estas diversas manifestaciones materiales en una trayectoria lineal que va desde el salvajismo hasta la civilización. Es en esta perspectiva que hay que comprender, por ejemplo, las iniciativas desarrolladas en Toulouse. Desde 1857 el Museo de Bellas Artes y Objetos Antiguos contaba con una galería etnográfica, que se consideraba, no obstante, fuera de lugar en un sitio como ése. A instancias de Edouard Filhol, Director de la Escuela de Medicina y de Farmacia de Toulouse, se desocuparon viejos locales de la Escuela para establecer en ellos un Museo de Historia Natural en 1865. Con la ayuda de la Sociedad de Historia Natural de la misma ciudad (fundada al año siguiente), y que contaba con algunos grandes nombres de la paleontología y de la prehistoria francesa (E. Cartailhac, E. Lartet, F. Régnault), las colecciones del museo aumentaron rápidamente, mediante donaciones efectuadas por personalidades regionales (E. Lartet, F. Régnault, N. Joly) o por coleccionistas extranjeros relacionados con ellas (G. Retzius, A. Head, Evans). Por su orientación, el museo exponía la mayor parte de las veces colecciones de los tres reinos de la naturaleza, pero había igualmente salas consagradas a la arqueología prehistórica y a la etnografía (Riviale 1984): en concordancia con lo que pensaba uno de sus principales donadores, Edouard Lartet, el Museo de Historia Natural de Toulouse era el reflejo de una idea por entonces ampliamente compartida, según la cual la etnografía exótica y la prehistoria europea debían complementarse para revelar algunos de los misterios de la evolución de la humanidad, cuya interpretación se dejaba, una vez más, a los naturalistas.
54Habida cuenta de este estado de espíritu, conviene recordar en fin que si bien en numerosos casos las colecciones amerindias fueron a dar —rara vez como consecuencia de un designio concertado— a museos de provincia dedicados a las bellas artes, sus objetos no fueron, de ningún modo (al menor a nuestro conocimiento) integrados en un discurso estético, si no es en términos negativos y desvalorizadores.
55Paralelamente a los museos fundados por las instituciones oficiales a lo largo del siglo xix, se crearon —o se proyectaron— museos de otro tipo, por la vía de iniciativas particulares. Establecemos aquí una clara distinción entre museos "privados" y colecciones particulares, en la medida en que los primeros estaban abiertos al público, ya se tratase del gran público, o solamente de uno "escogido". En casi todos los casos mencionados aquí, se trata de colecciones reunidas por sociedades de estudio, colecciones cuya naturaleza y organización respondían a otros tantos proyectos científicos diferentes.
56La primera es sin duda la Sociedad de Observadores del Hombre, considerada a menudo con el "héroe fundador" de la antropología francesa, que preparó, a comienzos del siglo xix, un programa de trabajo relativamente completo. Entre sus proyectos se hallaba la creación de un Museo Antropológico, en que se reunirían "todos los productos de la industria de los salvajes, todos los objetos de comparación que pueden servir para dar a conocer las variedades de la especie humana, así como las costumbres y usos de los pueblos antiguos y modernos". Si bien reunir "curiosidades de los salvajes" en un gabinete no era cosa especialmente original a fines del siglo xviii —se podía encontrar en todas las cortes europeas gentileshombres que se vanagloriaban de su "curiosidad"—, en cambio se vinculaba la creación de este "museo" con un programa científico completo, ya que los objetos recolectados debían permitir dar respuesta a cierto número de interrogantes sobre el hombre:
"... será sólo recogiendo una gran serie de hechos, rodeándose de una multitud de objetos de comparación, que la Sociedad podrá aspirar al conocimiento del hombre." (Copans & Jamin 1978: 79)
57El museo proyectado por Jauffret debía representar al Ser humano en el conjunto de sus variaciones y de sus manifestaciones, tanto en el plano físico como moral y social. Con el fin de facilitar al visitante y al estudioso la inteligibilidad de tal presentación, Jauffret tenía previsto organizar las colecciones en varias secciones:
58Sección i: "del hombre considerado desde el punto de vista del naturalista" (aspecto físico, estado normal, alteraciones, monstruosidades);
59Sección ii: "del hombre considerado en el ejercicio de su sensibilidad exterior, o sensibilidad de relación" (medios de percepción, artes);
60Sección iii: "del hombre en el doble ejercicio de su moralidad y de su espíritu" (modos de escritura y de comunicación, usos y tradiciones, religiones, etc.).
61Sección iv: "del hombre considerado en el ejercicio de la locomoción" (medios de transporte, pero también armas, utensilios de caza, de pesca);
62Sección v: "del hombre considerado en el empleo de sus medios de nutrición, y relativamente a los fondos de subsistencia que ha hallado, creado, conquistado o modificado" (muestras de plantas alimenticias, herramientas de agricultura, maneras de conservación y preparación de los alimentos);
63Sección vi: "del hombre observado en sus relaciones con la atmósfera" (tipos de habitación, materiales, mobiliario, vestidos, etc.);
44 El texto integral de este proyecto museográfico es proporcionado por Jamin & Copans (1978: 189-194 (...)
64Sección vii: "del hombre considerado en el ejercicio de la reproducción" (marcas distintivas de los sexos y de la pubertad, ritos de unión y de nacimiento, educación).44
65La amplitud del proyecto museológico de Jauffret se explica tanto por la falta de otros museos de esta clase en Francia (por no decir en Europa) en esta época, como por el contexto intelectual y científico en el cual fue elaborado: después de los primeros trabajos de Blumenbach y de Buffon sobre la diversidad del hombre, se trataba de enfocarla en todos sus aspectos, es decir no solamente físicos sino también culturales. Si el proyecto no culminó (siendo así que por entonces algunos particulares y navegantes habían comenzado a reunir objetos de toda clase con tal fin), dejó sin embargo huellas durables en los espíritus, constituyendo un paso previo especialmente ejemplar.
66Casi cuarenta años más tarde se fundó la Sociedad Etnológica, a instancias de William Edwards, quien juzgaba indispensable asociar tradiciones históricas, rasgos culturales e "historia natural" del hombre para construir una verdadera ciencia del hombre. Desde luego que la Sociedad Etnológica formuló el proyecto de reunir colecciones susceptibles de documentar a los estudiosos:
45 Mémoires de la Société Ethnologique, 1841, i: iv).
"[La Sociedad] forma colecciones: reúne dibujos, retratos y objetos naturales que pueden permitir conocer los caracteres físicos de las razas; recolecta igualmente objetos de industria y de arte adecuados para dar a conocer el grado de inteligencia y de cultura que distingue a los diversos pueblos."45
46 "Por lo demás es seguro que en nuestro Palacio abundan los elementos de una colección etnológica, (...)
67El proyecto, inscrito en los estatutos de la Sociedad desde 1839, y que no comenzó a ser puesto en práctica sino a partir de 1845 (se procedió, sobre todo, al intercambio de algunos calcos de bustos de indígenas con el Museo de Historia Natural), se quedó no obstante en el estado de simple esbozo, ya que a pesar de su deseo de centralizar las colecciones disponibles en París,46 la sociedad no llegó aparentemente a movilizar las buenas voluntades, no obstante de que contaba entre sus miembros a un número no desdeñable de exploradores y de miembros correspondientes extranjeros.
47 Archivos Nacionales, París: AJ15 562 (papeles de Dumoutier).
68Antes de que tome forma, verdaderamente, el campo de estudio propio de la antropología, la frenología ocupó por un tiempo el primer plano de la escena científica. La Sociedad de Frenología de París pretendía construir una historia natural del hombre recurriendo a la psicología, a la filosofía, a la moral, a la fisiología. A fin de constituir un corpus de muestras sobre el cual descansarían los estudios y las experiencias, el Dr. Dumoutier, uno de los principales animadores de la entidad, se dedicó a reunir una considerable colección de cráneos y de cerebros (recogidos en los cementerios y los hospitales, o entre los colegas de la Marina y del extranjero). Colecciones que le permitieron abrir un "Museo Frenológico" en 1836, que estaba abierto al público "todos los días desde mediodía a cuatro horas"47 y sirvió de base a los cursos teóricos que daba el médico. Este museo no nos interesa, desde luego, sino de modo muy marginal, pero conviene señalar que incluía algunos cráneos antiguos de Chile (recogidos por el mismo Dumoutier) y del Perú. La colección fue comprada por el Museo de Historia Natural de París en 1873.
69Así como la Sociedad Etnológica y la Sociedad Frenológica habían considerado necesario constituir colecciones sobre las cuales se debían basar sus estudios, también la Sociedad de Antropología de París reunió poco a poco series de cráneos y objetos procedentes del mundo entero, donados por médicos, oficiales de marina (estimulados en tal sentido por las instrucciones publicadas regularmente por la Sociedad), y también por naturalistas y encargados de misiones científicas oficiales, afiliados a la Sociedad (Ber, Wiener, Vidal-Sénèze). Apoyada por un proyecto movilizador ante un gran público, la Sociedad de Antropología fue una de las raras sociedades de estudio que enfrentó el reto, constituyendo una considerable colección osteológica y etnográfica, pues a instancias de los profesores del Museo de Historia Natural, los animadores de la sociedad no cesaban de repetir cuán imperativo era para ellos disponer de grandes series de cráneos, representativos de todas las razas, para llevar a buen término sus análisis. A fin de responder a las expectativas de sus alumnos de la Escuela de Antropología, abierta hacía poco, y con miras a difundir más ampliamente el contenido de sus trabajos, la Sociedad abrió su "museo" al público en 1877.
48 Bulletin de la Société de Géographie de Paris, 1836, 2e série, vi: 84-86.
49 Bulletin de la Société de Géographie de Paris, 1837, 2e série, viii: 346.
50 Tanto más que el museo sufrió la competencia del Museo Naval, instalado en el Louvre en 1828, y de (...)
51 Bulletin de la Société de Géographie de París, 1865, 5e série, x: 335-336.
70La historia de la fundación del museo de la Sociedad de Geografía debe ponerse, seguramente, en relación con los constantes esfuerzos de uno de sus miembros, Edmé Jomard, para constituir un museo geográfico y etnográfico. La ordenanza del 30 de marzo de 1828, instituyendo un "Repositorio de Geografía" en la Biblioteca Real, preveía el depósito de mapas y de planos, así como de objetos etnográficos o científicos fruto de los viajes precedentes. Sólo se respetó la primera parte del plan, por lo cual Jomard relanzó el proyecto en varias oportunidades, pero sin éxito. La Sociedad de Geografía retomó la idea, proponiendo el 5 de agosto de 1836 "formar un museo geográfico anexo a la Sociedad."48 El proyecto fue definitivamente adoptado en el mes siguiente: el museo así creado debía acoger "los objetos de historia natural, de arte y de antigüedad que sean obsequiados por los miembros de la Sociedad de geografía, por sus miembros correspondientes, por los estudios y viajeros que se hallan en relación con ella". A fin de llenar los anaqueles del museo —aún en estado embrionario— se envió a todos los miembros una carta circular invitando a "los señores viajeros y navegantes [a] colaborar al acrecentamiento del museo geográfico anexo a la Sociedad".49 Gracias a nuevas donaciones, se pudo inaugurar el museo el 1o de septiembre de 1843. Parecería sin embargo que la buena voluntad de los participantes de la Sociedad perdió pronto aliento:50 según Fierro (1983:161), las donaciones cesaron desde 1847, y el Museo dejó de ser mencionado en el reglamento interior a partir de 1853. Una notable excepción a esta situación debía producirse, sin embargo, en 1865, con la considerable donación de antigüedades peruanas hecha a la Sociedad por el contralmirante Didelot.51 Precisemos que esta donación debe probablemente considerarse más como un gesto de "cortesía" que como expresión de un efectivo interés por la institución, pues en ese mismo año el contralmirante fue nombrado vice-presidente de la Sociedad... Hay que reconocer que la existencia de este museo no tenía ninguna justificación precisa: si Jomard había estado animado durante toda su carrera por su proyecto museográfico, no sucedía lo mismo con la Sociedad de Geografía, que en definitiva no utilizaba en absoluto sus colecciones para eventuales estudios.
71De la misma manera, el museo previsto por la Sociedad de Etnografía Americana y Oriental parece más bien un deseo piadoso que un proyecto constructivo. Su creación oficial parece haberse producido algunos meses después de la fundación de sociedad. En 1860 ésta anunciaba que había encontrado un local más espacioso, y aprovechó la ocasión para lanzar un llamado en favor de su museo:
52 Comptes rendus des séances de la Société d'Ethnographie Orientale et Américaine, 1860,i:158.
"Los objetos serán inmediatamente catalogados. [...] Serán puestos bajo la custodia del Conservador de las colecciones de la Sociedad y divididos en varias clases: vestidos, armas y adornos diversos, utensilios y joyas relativos a la vida doméstica; antigüedades y objetos religiosos; medallas y camafeos; muestras de historia natural y sobre todo vinculados directamente con los usos de los diferentes pueblos; productos industriales; etc."52
72Es la única alusión un tanto explícita de que se dispone sobre este museo, cuyos avatares posteriores se desconocen. En este punto, como en otros muchos aspectos de sus actividades, la Sociedad de Etnografía mantuvo una mezcla de discreción y de confusión en las informaciones. Así, no nos ha sido en absoluto posible determinar claramente si, después de su secesión de la sociedad-madre, el Comité de Arqueología Americana llegó a montar su propio "museo", o si los objetos que recibía en donación fueron en definitiva incluidos en el de la Sociedad de Etnografía. En 1865, Gaston de Tayac anunciaba:
"El señor de Cessac ha emprendido, con un celo digno de elogios, la tarea de reunir para el comité colecciones de objetos de procedencia americana, colecciones que, estamos seguros, están destinadas a convertirse más tarde en un museo donde se podrá hallar nociones plenas de interés sobre las artes y la industria de los indios actuales y las antiguas naciones americanas."
73Hay que suponer que al margen de algunas piezas nuevas la colección no fue mucho más lejos, y que en adelante no se volvió a hablar de ella. Para su estudio sobre la "cerámica americana" (escrita antes de 1871), Lucien de Rosny había recurrido a las colecciones del Museo Americano, así como a diversas colecciones particulares; en ningún momento se hace referencia a las antigüedades que habría podido observar en los locales de la sociedad... Como hemos señalado anteriormente, la Sociedad Americana de Francia relanzó su proyecto de "museo americano" en Nancy en 1875, para el cual aportó los pocos objetos de que disponía. Ya hemos descrito el fracaso que significó este último proyecto.
74Como se podrá constatar después de lo que acabamos de exponer, los proyectos de museos "privados" fueron numerosos a lo largo del siglo xix, obedeciendo cada uno —en principio— a imperativos científicos bien específicos. Como ha mostrado Dias (1989), las colecciones reunidas así constituían la base sobre la cual debían descansar las reflexiones teóricas de las sociedades de estudio (como de las instituciones oficiales). Por ello mismo, los únicos museos "privados" viables fueron los que descansaban sobre un programa teórico convincente o, por lo menos, coherente (Sociedad de Antropología, Sociedad Frenológica), estando los demás destinados a desaparecer a plazo más o menos corto (Sociedad de Geografía, Sociedad de Etnografía). Estos museos "privados" funcionaban al margen de los museos públicos y podían eventualmente llenar un cierto número de lagunas dejadas por éstos. Así, la existencia del museo de la Sociedad de Antropología se justificaba en la medida en que ésta sostenía un discurso teórico relativamente diferente del discurso del Museo de Historia Natural, y que los análisis realizados en sus colecciones implicaban riesgos teóricos e institucionales considerables. En cuanto a los diversos proyectos etnográficos o americanistas evocados aquí (los que fueron llevados a cabo por las sociedades de geografía y de etnografía, principalmente), se puede constatar hasta qué punto carecen de consistencia y producen más bien la impresión de haber sido una consecuencia de la moda, y, en el mejor de los casos, podrían ilustrar una cierta insatisfacción frente al Museo Naval y el Museo Americano del Louvre. De hecho, la fundación del Museo de Etnografía del Trocadero puso término a la razón de ser de muchos de estos "museos" (de allí su transferencia a las colecciones del Trocadero), en la medida en que muchos abrigaban la esperanza —al menos al comienzo— de encontrar en éste un lugar de acogida adecuado para sus colecciones.
53 Salvo en los días siguientes a la inauguración de un nuevo museo (lo que explica ciertamente el éx (...)
75Como ha subrayado Dias (1991: 95), muchos museos fueron creados siguiendo el surco abierto por las exposiciones universales, tanto por la emulación provocada por este tipo de manifestaciones como por el carácter simbólico de tales decisiones (al asociar el suceso excepcional que constituye una exposición universal con decisiones o innovaciones no menos excepcionales). Además, la presentación de colecciones en el marco de una exposición universal se hacía en un contexto muy diferente del de un museo tradicional, ya que una exposición de ese tipo introducía la noción de exhibición temporal, cuyo carácter transitorio no dejaba de atraer un mayor número de personas en un lapso más corto; además una exposición universal era una manifestación que se dirigía por excelencia a un público muy amplio, por lo general poco habituado a frecuentar los museos:53 este tipo de exposiciones constituía, pues, un test válido para las autoridades, a fin de medir el interés del público frente tal o cual campo nuevo. Entre las exposiciones universales abiertas en París, algunas dieron lugar a la presentación de antigüedades precolombinas, ya sea por iniciativa de los países de origen, ya sea por la de instituciones francesas. Presentaciones que no eran desde luego, cosa del azar. En efecto, estas manifestaciones populares, en el marco de las cuales cada país se esforzaba en ofrecer la mejor imagen posible de sí, constituyen un buen revelador de lo que podían ser las preocupaciones principales del momento. En este sentido, la exposición y la puesta en escena en tal marco de restos de las civilizaciones prehispánicas desaparecidas, indica hasta qué punto la etnografía "exótica" correspondía no solamente al gusto del día, sino que representaba también un elemento simbólico importante del discurso dentista, expansionista —por no decir colonial— de la Europa industrial de la segunda mitad del siglo xix. En cuanto a las repúblicas latinoamericanas de donde aquéllas provenían, a menudo se hallaron en una posición ambigua ante esta situación, negándose a veces a exponer objetos que les conferían a ojos del gran público una imagen acaso demasiado exótica, o bien cediendo ante una ideología que asociaba arqueología y saber, y como consecuencia progreso...
La Exposición Universal de 1867
76Si la Exposición Universal abierta en París en 1855 —la primera de su género en Francia— no parece haber dado lugar a ninguna manifestación específica susceptible de interesarnos aquí, la de 1867, en cambio, concedió una parte no desdeñable a las sociedades prehistóricas así como a la culturas no europeas. La mayoría de las repúblicas sudamericanas estuvieron representadas en ella. El pabellón del Perú, con un número poco elevado de expositores, se hizo notar principalmente por la presentación de sus riquezas naturales (guano, nitratos y boratos de soda, metales preciosos) y productos agropecuarios (lanas, algodón, azúcar, quinina). En cambio no había la menor muestra de antigüedades prehispánicas, lo que sí acontecía en el pabellón de Bolivia (Bouvet & Armand 1867: 23). Es probable que el gobierno peruano (por entonces en plena "era del guano") prefiriese presentar el potencial económico y las riquezas del país, más bien que sus aspectos más tradicionales.
77Lo "pintoresco" se hallaba sin embargo presente, en ciertos casos, en la citada Exposición Universal, sobre todo con la réplica del "templo de Xochicalco" ("exposición particular. Precio: 25 céntimos") hecha por el fotógrafo y explorador Léon Méhedin:
"La multitud se ve atraída e impresionada por este templo de forma extraña, con pinturas extravagantes [...]. La pieza que se encuentra encima del mismo ofrece una interesante colección de objetos diversos traídos por el señor Méhedin de sus viajes por los cuatro puntos del globo." (Gautier 1867: 61)
78En efecto, después de la intervención en México, el gobierno francés había considerado conveniente organizar una exposición de la Comisión Científica de México. Méhedin propuso un proyecto que pareció demasiado caro, por lo cual el Ministerio de Instrucción Pública realizó una exposición más discreta de lo previsto, en sus locales (Riviale 1999); Méhedin, por su parte, presentó su propia exposición, que en definitiva tenía más la apariencia de una cuestión comercial que de una exposición científica...
79Fue sobre todo con el "Museo de la Historia del Trabajo" que la etnografía y la arqueología prehistórica lograron un honroso primer plano. Una resolución fechada el 6 de enero de 1866 instituyó esta exposición particular:
54 Exposition Universelle de 1867 à Paris, Catalogue général [...] Histoire du travail et monuments h (...)
"Considerando que conviene a la práctica de las artes y al estudio de su historia facilitar la comparación de los productos del trabajo del hombre en las diversas épocas y entre diferentes pueblos, y proporcionar a los productores de toda clase modelos que imitar, y señalar a la atención pública quiénes son las personas que conservan obras notables de los tiempos pasados. [...]
Artículo 1o La Galería de la Historia del Trabajo recibirá los objetos producidos en las diferentes regiones desde los tiempos más antiguos hasta fines del siglo xviii.
Artículo 2o Los objetos pertenecientes a la industria de cada nación serán colocados en una sección distinta de la galería, y dispuestos de manera que caractericen las épocas principales de la historia de cada pueblo" 54
55 Entre los miembros de la sección de obras "antehistóricas" se nota la presencia de personalidades (...)
80Si bien no parecen haber figurado allí antigüedades peruanas (pero sí una presentación de objetos antiguos de Bolivia), hay que subrayar en cambio que esta manifestación simbolizó el ingreso de la etnografía y de la arqueología prehistórica en el ámbito de las exposiciones oficiales. Suceso que por cierto hay que poner en relación con la inauguración, en ese mismo momento, del Museo de Antigüedades Nacionales de Saint-Germain-en-Laye,55 ilustrándose de esta manera el reconocimiento oficial de ambas disciplinas por las instancias académicas.
La Exposición Universal de 1878
81Si en 1867 la etnografía fue admitida en los círculos académicos, la Exposición Universal de 1878 fue ocasión para que la disciplina tomase su verdadero vuelo institucional. En cuanto a la arqueología del Perú, estuvo presente en varios pabellones.
82La exposición histórica del arte antiguo, en el Palacio del Trocadero (construido con ocasión de la exposición) reunió 40 000 objetos, "representativos de todas las épocas y de todos los países". El autor del catálogo anotaba que las únicas novedades arqueológicas por buscar estaban en el oriente y en América precolombina, "cuyo arte, hay que confesarlo, es mucho menos interesante que el de Europa y el de la antigüedad clásica" (Liesville 1879: xii), Las colecciones peruanas habían sido cedidas en préstamo por Wiener, d'Aubigny, Adam y Liesville. Otras colecciones precolombinas provenían igualmente de México, de Colombia y de Puerto Rico.
83Como en 1867, el Ministerio de Instrucción Pública había preparado su propia exposición. Sin embargo, para 1878 el programa establecido era mucho más vasto, ya que se había previsto abordar, fuera del ámbito circunscrito de la enseñanza, el tema de la investigación científica. Por ello el Barón de Watteville lanzó la idea de aprovechar las considerables collecciones llevadas a Francia con ocasión de las últimas grandes exploraciones científicas; esta exposición tenía, entre otros fines, el de "poner ante los ojos de jueces competentes los resultados tangibles de las misiones científicas, cuyo alcance escapaba al vulgo. [...] algunas personas quedaban impresionadas por ciertas expediciones de alta fantasía y de fechas ya antiguas, pero cuyo escándalo dura todavía. Era pues indispensable demostrar los servicios que las misiones prestan a las ciencias y a la nación" (Watteville 1886: 81-82). Esta justificación era tanto más necesaria por cuanto unos meses antes se había aprobado la resolución de fundar un "Museo de las Misiones Científicas". Hemos visto anteriormente que Charles Wiener había obtenido la autorización de preparar, en un local del palacio de la Industria (en los Campos Elíseos), una "exposición peruana" a partir de sus propias colecciones. Como resultado de varias solicitudes de participación, la exposición se amplió en un primer momento al conjunto de América, y después al mundo entero. Este "Museo provisional", inaugurado el 23 de enero de 1878, obtuvo tal éxito que fue transferido, después de su clausura en el mes de marzo, al campo mismo de la exposición universal, en el marco de la exposición del Ministerio de Instrucción Pública. La exposición se vio favorecida por una suntuosa puesta en escena cuyos autores fueron el escultor Emile Soldi y el pintor Cetner, en la que no obstante predominaba lo espectacular en detrimento de todo ordenamiento científico y pedagógico:
"Una réplica parcial por el señor Soldi, a escala de 1 en 10, de una de las puertas de la ciudadela de Angkor-Tom, un jinete uzbeko de Khokhand ricamente equipado de la colección Ujfalvy decoraban la entrada de la primera sala; venían enseguida dos enormes pirámides de ceramios peruanos, una procedente en su integridad de la misión Wiener, y la otra proporcionada por los señores Cessac, el almirante Serres y el doctor Savatier; más lejos se podía ver la fuente de Concacha, calcada esta vez en cemento, y exhibiendo su circulación hidráulica. La perspectiva de Huánuco Viejo había sido reproducida en la muralla del fondo; los demás muros estaban cubiertos de panoplias y de mapas de itinerarios, o adornados con armarios que mostraban selecciones de objetos procedentes de las misiones de André, Cessac, Crevaux, Harmand, Marche, Pinart, Raffray, Rivière, Sainte-Marie, Ujfalvy, Wiener, etc." (Hamy 1890: 61)
84Esta celebración de la ciencia en marcha era continuada por la "exposición de las ciencias antropológicas", organizada a instancias de la Sociedad de Antropología de París (en un edificio de 90 metros de largo construido para este propósito en el "quai" de Billy). Tenía como fin presentar al público la ciencia antropológica en sus diferentes aspectos ("Antropología General y Biológica", "Etnología", "Etnografía", "Lingüística"). El Perú antiguo se hallaba aquí ampliamente representado, gracias a los préstamos efectuados por naturalistas de regreso de sus respectivas misiones (Ber, Wiener), por particulares (el abad Bourgeois), así como por varios museos franceses y extranjeros (Escuela de Antropología de París, Museo de Caen, Museo Prehistórico y Etnográfico de Burdeos, Museo de Troyes, Museo Arqueológico Nacional de Madrid).
85El pabellón de la república del Perú (situado, con los de otras naciones latinoamericanas, en la parte derecha del Palacio de Exposiciones) no escapó tampoco a esa moda arqueológico-pintoresca:
"Estas fachadas fueron construidas por Vodoyer en un estilo que se podría llamar etnológico o arqueológico, [...]. Entre los pórticos y los pilares de ángulos los espacios estaban construidos en aparejos ciclópeos, [...]. En estos espacios se había reservado nichos semejantes a los que se puede observar en el antiguo palacio del Cusco, conocido con el nombre de Cocampata, y que estaban coronados por el dios sol de la puerta de Tiahuanaco." (Martinet 1880: 54).
86Esta decoración "típica" no fue aparentemente del gusto de algunos miembros de la comunidad peruana, que se consideraron ridiculizados por esa imagen algo excesivamente exótica y pasadista de su país, en tanto que ellos tenían los ojos puestos en Europa y en sus industrias:
"En principio debía colocarse en esos nichos dos guerreros antiguos, con vestidos auténticos, de los que usaban antes de la conquista. Pero quince días después de la apertura de la Exposición Universal fueron quitados y llevados a la sala francesa de las misiones científicas, pues, a lo que parece, habían escandalizado a varios miembros de la colonia peruana de París, temerosos de que, al ver a esos antiguos guerreros, los asistentes creyeran que el Perú se hallaba habitado aún por indios tan pintorescos." (Ibid.)
56 Tales son los propios términos empleados por Martinet en su informe.
57 Es posible que Colville hubiese realizado una primera tentativa, enviando su colección a la Exposi (...)
87Es obligado constatar, sin embargo, que a pesar de estas reservas (en suma legítimas) en cuanto a la imagen que se daba del país, algunos expositores, como Colville y Montes, no enviaron sino antigüedades y otras "curiosidades indígenas";56 anotemos sin embargo que en uno y otro caso su participación era completamente interesada. El primero porque luego de exponer sus antigüedades57 bajo el rubro de "Mobiliario y accesorios" (grupo iii), confió el conjunto de su colección, una vez acabada la fiesta, a un cierto Givierge, para que negociara su venta (Wiener 1880: 54); y en cuanto a Emilio Montes, célebre coleccionista peruano, su colección (42 cajas) llegó demasiado tarde a París y fue devuelta por la comisión de la Exposición "incluso sin que hubieran sido abiertas" (Wiener 1880: 277). Wiener nos señala que Montes deseaba vender las 2 500 piezas que constituían su colección por la suma de 1 250 000 francos, "lo cual fue rechazado" (Ibid.). Es interesante notar que tanto uno como otro coleccionista habían estado en contacto con Charles Wiener, con ocasión de su misión en el Perú, y probablemente habían encontrado o escuchado hablar de otros "arqueólogos" (Squier, Hutchinson, Ber, Cessac, etc.), cuyas colecciones habían apasionado a los estudiosos norteamericanos y europeos, y, por lo tanto, habían podido apreciar la importancia que se asignaba a esas antigüedades, y por ello mismo, el elevado precio que se podía obtener por ellas. La importancia de las exposiciones para la adquisicón de colecciones se ve por lo demás subrayada en una carta de Landrin (futuro conservador en el Museo del Trocadero) al Ministro de Instrucción Pública:
"La Exposición atraerá a París riquezas etnográficas inestimables que hay que retener, [...]. Ya la South Kensington ha designado, según parece, a una persona para señalar las colecciones interesantes durante la tarea de desembalar las cajas y para preparar de inmediato su adquisición; los museos etnográficos extranjeros harán lo mismo; ¿no debemos prepararnos para luchar contra esta competencia?" (citado por Dias 1991: 167).
58 Sólo se encargo a Théodore Ber, en 1890, una misión que por lo demás parece no haberse llevado a c (...)
88Podría verse la profusión de antigüedades en 1878 como el canto del cisne de la arqueología peruana, al menos en este tipo de manifestaciones, ya que no se encontrará ninguna mención de presentaciones de objetos peruanos semejantes en las exposiciones universales siguientes. La Exposición Universal de 1889 dio lugar a diversas manifestaciones que celebraron los países de "ultramar", pero en medio de las cuales se veían asomar ya los futuros imperios coloniales. No faltaron las ocasiones para presentar las curiosidades históricas y etnográficas (la exposición "Historia de la Habitación", realizada por Charles Garnier; la "exposición retrospectiva del trabajo y de las ciencias antropológicas"), no obstante lo cual el Perú prehispánico no estuvo representado en ellas. En cuanto al pabellón oficial del Perú, frente al impresionante pabellón mexicano (que evocaba un templo azteca hollywoodense, antes de que apareciera esta palabra), debía parecer bien modesto, ya que arrastrando todavía las consecuencias de la Guerra del Pacífico, el gobierno peruano no disponía por cierto de los recursos necesarios para construir un edificio prestigioso; por ello encontró hospitalidad en el pabellón del Uruguay, para presentar sólo algunos productos de su agricultura y de sus minas (Monod 1890: 42). Con ocasión de la Exposición Universal de 1900, el Ministerio de Instrucción Pública pudo, como en 1878, presentar los diferentes aspectos de sus actividades. El Servicio de Misiones Científicas y Literarias, por su parte, estuvo representado a través de las grandes exploraciones del momento: Charnay, Diguet (México); La Vaulx (Patagonia); Filoz, Fournereau (Camboya); Morgan (Persia); Sarzec y Heuzey (Caldea), etc. No se mencionaba evidentemente el Perú, ya que ninguna misión había partido hacia este país desde hacía varios años.58 En cuanto al pabellón de la República del Perú, de dimensiones bastante reducidas (30 por 10 metros), no contenía nada verdaderamente notable
59 Cualesquiera que sea los partidos o las personalidades en el poder, según parece, pero siempre con (...)
89El frenesí arqueológico que tocó al Perú en la Exposición Universal de 1878 fue en definitiva de muy corta duración, y parece haber sido esencialmente un asunto de circunstancias: las pocas grandes misiones arqueológicas (Ber, Wiener, Cessac) que habían acelerado la decisión de fundar el Museo de Etnografía alcanzaron un eco mediático tan prodigioso que casi no se trató de otra cosa durante unos meses. Una vez acabada la euforia de la fiesta, las cosas retomaron un curso mucho más discreto, y si bien prosiguieron las investigaciones, no hubo ninguna gran misión arqueológica que volviera a publicitar la imagen del Perú. El gobierno de Lima, por lo general poco inclinado a proteger y celebrar su patrimonio cuando ello amenazaba originar grandes gastos, no hizo por su parte ningún esfuerzo en tal sentido con ocasión de estas exposiciones universales del siglo xix, en lo cual se diferencia claramente, por ejemplo, del gobierno mexicano, cuya actitud fue casi constatamente favorable a la celebración de su prestigioso pasado.59
60 El gran coleccionista del siglo xviii Pierre Borel había hecho grabar encima de la puerta de su ga (...)
90Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo los aficionados y los coleccionistas se interesaron (a títulos diferentes, y en mayor o menor grado, según los individuos) en las "curiosidades de los salvajes" llevadas por navegantes, misioneros y funcionarios coloniales. En el mismo momento, con el redescubrimiento de la Antigüedad clásica, los monumentos antiguos, puestos en correlación con los textos, asumieron una nueva dimensión, pasando del estado de resto inerte de un pasado fenecido al de objeto de estudio (Pomian 1987:48). Sin por ello alcanzar el status reservado a las antigüedades, los objetos "exóticos" llevados por los viajeros fueron a alimentar los gabinetes de estudio formados casi por doquier en Europa. En la incapacidad de aprehender su significado, los estudiosos no consideraron por largo tiempo esos objetos sino como simples "curiosidades" —testigos enigmáticos de mundos paralelos, situados en las fronteras de lo "invisible" (Ibid.: 49)—. Por tal causa, y durante más de dos siglos, los objetos etnográficos fueron relegados junto a los minerales, los animales disecados, los seres monstruosos y las esculturas antiguas, en los gabinetes de estudiosos y curiosos, para constituir a fin de cuentas un "universo en reducción", en el que se encontraban reunidas todas las cosas raras en una sola habitación.60 A partir del siglo xviii, la historia natural iba a adelantarse a lo "maravilloso": los trabajos de Buffon, de Linneo, y otros naturalistas acarrearon una nueva aproximación al mundo, proponiendo una clasificación y una identificación sistemáticas de los seres y de las cosas, de acuerdo con criterios estrictos. Un trabajo que no podía efectuarse sino a partir de la observación de muestras de cada especie y de su comparación: el gabinete de historia natural habría de convertirse, pues, y desde entonces, en el lugar privilegiado del estudio y de la instrucción, en laboratorio a partir del cual debía organizarse la investigación:
61 Encyclopédie... 1751, VIII, artículo "Histoire naturelle": 229.
"El naturalista no puede, pues, ver en los gabinetes de historia natural sino un esbozo de la naturaleza; pero basta para darle las perspectivas, e indicarle temas para sus investigaciones."61
62 Pomian (1987: 146) enumera 149 gabinetes en París para el período 1700-1720, y 467 para 1750-1790.
91Paralelamente a esta evolución del pensamiento científico, se debía asistir, a mediados del siglo xviii, a un inversión de las tendencias en la composición de los gabinetes de curiosidades. Desde el Renacimiento, el número de colecciones particulares se había acrecentado progresivamente, alcanzando círculos sociales cada vez más amplios, movimiento que se fue intensificando a lo largo del siglo xviii.62 Sin embargo los objetos que atraían la atención de los coleccionistas eran esencialmente los cuadros, las medallas y los objetos antiguos (las colecciones de objetos de historia natural eran más bien asunto de naturalistas o de eruditos); y no fue sino en la segunda mitad del siglo xviii que la historia natural comenzó a desplazar a las medallas y los objetos antiguos (Pomian 1987: 154). De hecho, los catálogos de venta de gabinetes de curiosidades dan fe de la parte que se daba a los minerales, la conchas y los animales disecados o conservados en alcohol, en el seno de las colecciones particulares durante esa misma centuria. La amplitud del fenómeno parece más sorprendente todavía cuando se repara en la identidad de algunos de tales coleccionistas:
"... la señorita Clairon, de la Comedia Francesa; [...], el señor Le Conte, bodeguero en Caen..." (Lamy 1930: 21-22)
63 Si bien el término no parece haber sido utilizado jamás en el ámbito de las ciencias, como anota P (...)
92No se negará por cierto el derecho de estas personas a interesarse en la historia natural, pero se puede sospechar que en muchos casos se trataba de un simple afán de imitación, o de una aspiración a introducirse en los círculos del Saber, afirmando una posición de connaisseu.63 [conocedor], y de una marcada voluntad de participar en una tendencia favorable a las nuevas ideas, en particular a la historia natural, sin apreciarse verdaderamente el interés de objetos como éstos. Fue contra ese estado de espíritu que se propuso reaccionar un autor de la Enciclopedia cuando declaraba:
64 Encyclopédie... 1751, II, artículo "Gabinete de historia natural": 489.
"Yo diría de buen grado a estos Naturalistas que no tienen gusto ni genio: Devuelvan todas sus conchas al mar; devuelvan a la tierra sus plantas y su abono, [...] si ustedes no pueden hacer otra cosa que un caos allí donde yo no percibo nada de distinto."64
93A la inversa Dezallier d'Argenville, menos susceptible a este respecto, subrayaba la importancia que revestía cuidar de la presentación estética de su gabinete:
"No se repetirá de ningún modo aquí que debe observarse la misma simetría en lo que concierne a la decoración de la parte superior de los armarios, donde se colocarán esqueletos de pájaros y de animales de diferentes especies, alternándose con bustos y porcelanas" (Dezallier d'Argenville 1742:196)
65 Para ello remitimos al lector a las numerosas obras que se han publicado al respecto (Hamy 1890; F (...)
94De la misma manera que habían hecho su ingreso conchas y pieles de serpientes en las moradas de los particulares, las "armas y vestidos de los salvajes" ocuparon un lugar de privilegio en los salones de los curiosos del siglo xviii. Si este tipo de objetos podía ejercer una atracción particular (porque provenían de otros seres humanos), los motivos que impulsaron a poseerlos se ajustaban a los mismos principios que en la historia natural, a lo cual se añadía sin duda el favorable concepto que se tenía de los viajes y de las grandes expediciones de descubrimiento. No relataremos aquí la historia del coleccionismo etnográfico,65 tema que excede ampliamente el marco de nuestro estudio, para interesarnos sólo y más específicamente en el lugar que se concedía a las antigüedades peruanas en las colecciones particulares.
95En lo que concierne a los períodos antiguos (desde la conquista del Perú hasta comienzos del siglo xix), parece asaz difícil identificar objetos específicamente peruanos entre los "exóticos" que podía haber en los primeros gabinetes de curiosidades, ya que las raras fuentes disponibles son poco explícitas en sus descripciones; más aún, debe tomarse con cautela la palabra "Perú," en la medida en que podía utilizarse a propósito para referirse a regiones tan inciertas como maravillosas. Es probablemente en este sentido que hay que interpretar los pocos versos escritos por André de Rivaudeau para describir el gabinete de Michel Tiraqueau:
66 Citado por Fillon 1848:15-16.
"Yo diría huevos de avestruz, y los vestidos salvajes compuestos extremadamente [sic] de pequeños cartílagos, raíces de corteza, y sus velludos sombreros, sus tierras gredosas, sus tapices y sus bellos penachos, que tú has dispuesto en esta cámara ornamentada, donde tienes al Perú y a Guinea."66
67 Para no hablar de los viajeros aislados y de los franceses que residían en el Perú (por ejemplo el (...)
68 Uno de los vasos peruanos mencionados había ido a dar, durante el siglo xviii, al gabinete de Fayo (...)
69 Agradecemos vivamente a Jean Aubert, Conservador en Jefe del Museo de Bellas Artes de Nantes, quie (...)
96Sin rechazar totalmente la posibilidad de la presencia de objetos peruanos en Francia en los siglos xvi y xvii, se puede pensar que el firme dominio impuesto por los españoles en sus colonias americanas apenas si permitía la existencia de contacto entre Francia y el Perú en el curso de este período; Feest (Impey & Mac Gregor 1985:243) subraya por lo demás la notable ausencia de objetos andinos en el conjunto del territorio europeo en esta misma fase (en tanto que, como es sabido, muchos objetos aztecas fueron enviados a los Países Bajos poco después de la toma de México). En definitiva, los primeros objetos claramente identificados como "peruanos" aparecen en Francia en el siglo xviii: si bien el Perú seguía bajo la dominación española, la brecha audaz que abrieron los negociantes de Saint-Malo en el monopolio ibérico (a partir de 1698), y después las pocas expediciones científicas efectuadas bajo control español (La Condamine, Dombey), permitieron el ingreso al Perú de numerosos franceses.67 La primera mención que se tenga de antigüedades peruanas proviene de Amedée-François Frézier, quien en su relato de viaje al Perú se refiere al gabinete de La Fallaise Chappedelaine,68 de Saint-Malo, "quien ha reunido lo que pudo encontrar de vasos de cerámica y de plata, cuadros de indios, y otras curiosidades del país en el cual ha estado" (Frézier 1716: 250); se trataba de uno de los primeros armadores nativos de Saint-Malo que organizaron un tráfico lucrativo con el Perú en los primeros años de la centuria. El mismo Frézier habría cedido ante la tentación de llevar consigo algunas de esas "curiosidades"; tenemos como prueba de ello el ceramio peruano citado por el Marqués de Robien en el catálogo manuscrito de su gabinete: Robien hablaba explícitamente de una "especie de botella doble procedente del Perú y traída por Frézier..."69
70 Ver el "Inventario sumario de un gabinete de historia natural..." (1792). Archivos departamentales (...)
71 Ver Dávila & Romé de L'Isle 1767, iii: 15; Riviale 1993a: 43.
97Posteriormente, a partir de la segunda mitad del siglo xviii, las antigüedades peruanas tendieron a hacer apariciones más regulares (si bien todavía muy furtivas) en los catálogos de venta de gabinetes de curiosidades: el gabinete de Pedro Dávila, dispersado en 1767; el de Picard, vendido en 1780 (Glomy 1779); la inmensa colección de Fayolle (vendida al Marqués de Sérent en 1785)70; el gabinete de Nanteuil, vendido en 1792 (Gaillard & Paillet 1792). Si bien a menudo se ignora cuál fue la vía por la cual la mayoría de estas personas entraron en posesión de tales objetos, lo cierto, en cambio, es que la misión del naturalista Joseph Dombey al Perú (1779-1785) fue, para algunas personalidades influyentes de la corte (d'Angiviller, Noailles, Bertin) ocasión para integrar a sus gabinetes algunas curiosidades peruanas. Parecería que hubiera sucedido lo mismo en lo que se refiere a ciertas antigüedades enviadas unos decenios antes por Joseph de Jussieu, que habrían ido a dar a la colección de Pedro Dávila.71
98Contrariamente a la fase anterior (siglos xvi y xvii) estas antigüedades peruanas (como otros objetos —"etnográficos" esta vez— del Nuevo Mundo: Canadá, Luisiana, Antillas) ya no se hallaban junto a las colecciones de historia natural, pues numerosos gabinetes acumulaban curiosidades (historia natural, etnografía, instrumentos de física) y objetos de arte (pinturas, estampas, esculturas, objetos antiguos); signo de una cierta integración del objeto "exótico" en el gusto de la mayoría de los "aficionados" —integración facilitada, no lo dudemos, por la moda "americana" que se observa en la literatura de mediados del siglo xviii, así como por la progresiva influencia del espíritu de las Luces—. Fenómeno que, si embargo, habría de alcanzar toda su amplitud en el siglo xix.
72 Deseamos referirnos a todas las personas que remitieron antigüedades peruanas a diversos museos, y (...)
99Obtener antigüedades del Perú en el siglo xviii seguía siendo un acontecimiento excepcional, y no fue sino con la independencia de las repúblicas andinas y la apertura de las fronteras que la circulación de los objetos se tornó más fácil. La situación del Perú no se había estabilizada aún pero ya vinieron a establecerse los primeros negociantes y representantes de las casas comerciales francesas, justificando la instauración de relaciones diplomáticas entre ambos países, y después la organización de una fuerza naval que garantizara los intereses franceses (Estación Naval del Pacífico). Si bien la inmigración francesa al Perú fue relativamente poco numerosa, aseguraba no obstante un flujo permanente entre ambas naciones. El desarrollo de los medios de transporte iba a atraer además a numerosos amantes de lo exótico y de las aventuras a estas regiones, en las que no podían dejar de procurarse "souvenirs" y, en este caso, antigüedades de la época de los incas. En fin y sobre todo, el envío por instituciones interesadas (Ministerio de Instrucción Pública, Museo de Historia Natural, Instituto, etc.) de viajeros científicos iba, por intermedio de sus trabajos, a familiarizar al gran público con las sociedades indígenas de América. Fue por el conjunto de estas vías que se hizo posible el ingreso masivo de objetos peruanos en Francia, fenómeno de cuya amplitud nos da una idea el importante número de coleccionistas reconocidos y de individuos anónimos72 que tuvieron en sus manos tales objetos. Es sin embargo difícil, en la mayoría de casos, determinar los cabos de este movimiento coleccionista, pues, con gran frecuencia, desde su ingreso a Francia, esos objetos se dispersaban, por causa de donaciones, cambios, herencias y ventas. Es por ello generalmente imposible remontarse a la fuente y conocer su origen; y, en el otro extremo de la cadena, identificar cuál fue su destino final. Lo más que podemos hacer es captar una imagen instantánea de las piezas, un testimonio fugaz de su presencia en manos de tal o cual coleccionista, antes de que fueran a dar, unos años más tarde, a poder de otro individuo.
73 P. Topinard: "L'Anthropologie aux États-Unis", L'Anthropologie, 1893: 325 (citado por Dias 1991: 9 (...)
100¿Por qué se coleccionaban antigüedades peruanas en el siglo xix? Conviene en primer lugar constatar que por entonces existía una verdadera demanda de este tipo de objetos. Hay dos explicaciones posibles al respecto: por una parte la fama muy particular del Perú, y, por otra, el desafío científico que ellos implicaban. Las fascinación ejercida por esta "tierra dorada", cual era proverbialmente el Perú, cuna de una civilización que se estimaba en general como "altamente avanzada", tuvo que ver seguramente con el interés que los coleccionistas (ya se tratase de simples aficionados a las curiosidades, o de personas con afanes de conocimiento etnológico) experimentaban por esas antigüedades. La primera motivación no estaba, por lo demás, necesariamente separada de la segunda: la actividad científica que rodeaba a este tipo de objetos. A todo lo largo del siglo xix lo esencial de la reflexión científica americanista descansó sea sobre un saber libresco (crónicas, relatos de viaje, etc.), sea en la observación y la comparación de los objetos (ya se tratase de cráneos, para la antropología, o de artefactos, para la etnografía), aislados de toda noción de contexto. Así como hasta fines del Antiguo Régimen el gabinete de curiosidades había sido el sitio privilegiado de toda reflexión científica, el museo representó en el siglo xix el laboratorio de investigación por excelencia: las colecciones etnográficas constituían por entonces el material de base que habría de permitir "reconstituir las sociedades desaparecidas, su grado de inteligencia, sus creencias, su tipo de vida..."73 Los restos del antiguo Perú no constituyeron, por cierto, excepción a este regla, y se vio en ellos un valor científico considerable.
74 Fue así cómo Lucien de Rosny fue a estudiar los objetos en poder de numerosos coleccionistas paris (...)
101Se ve dibujarse así la ambivalencia que rodeaba a este tipo de restos: la antigüedad considerada como materia de colección, o como tema de estudio. Ambos tipos de motivaciones para poseer tales objetos no eran evidentemente exclusivos, pues hemos visto que en múltiples oportunidades las instituciones científicas apelaron a los particulares para impulsar el avance de las investigaciones, ya sea motivando las iniciativas personales (por medio de las "instrucciones generales", por ejemplo), ya sea recurriendo a las colecciones individuales para realizar un estudio específico,74 o para constituir un museo. Los particulares tenían sin duda la impresión de que participaban en el esfuerzo científico reuniendo objetos precolombinos, al mismo tiempo que satisfacían su gusto por la curiosidad, la rareza, incluso quizás —para algunos— la estética de tales restos. Las motivaciones que guiaban la reunión de colecciones de antigüedades podían ser muy diversas y responder a preocupaciones e intereses que variaban considerablemente de un individuo a otro; la noción misma de "colección" se puede prestar a confusión, pues cuando se reunían piezas ¿se actuaba con la firme intención de conservarlas, o por interés o por cálculo, para luego deshacerse de ellas en la mejor oportunidad? En la primera categoría, en la cual se podría reconocer a los verdaderos coleccionistas, las motivaciones y actitudes divergían también sensiblemente, en función de su manera de aprehender los objetos, pues algunos se procuraban series de ellos con la intención de hallar respuesta a preguntas científicas específicas, pudiéndose decir por ello que obraban como "profesionales" de la investigación, y eran los conservadores de museos (Denon, Jomard), naturalistas (Quatrefages, Tremeau de Rochebrune, Capitan), etnólogos o arqueólogos particularmente interesados en el Nuevo Mundo (Waldeck, Chaplain-Duparc, Pinart). Otros procedían más bien como aficionados o "curiosos", cuyos intereses se orientaban hacia las artes en general (Arosa, Liesville, Comet, Demmin), o hacia la historia o la arqueología local (Fillon, La Saussaye, Sauvageot). Algunos, en fin, actuaban de acuerdo con motivaciones bastante vagas: por imitación, cediendo a una pasión tan superficial como pasajera, o bien por el gusto de la extravagancia. Tenemos como prueba al respecto el encuentro bastante divertido que tuvo en Lima, en 1883, el viajero Ernest Michel:
75 Quizás se alude aquí a los hermanos Gutiérrez, linchados por la población después de secuestrar y (...)
"El señor Trémouille, fotógrafo, me invita a visitar su colección de rarezas indígenas. Veo una hermosas variedad de muestras de minerales, varios ejemplos de vasos y piezas de vajilla indias, algunas con temas tan lúbricos como los de Pompeya. Lo más curioso de la colección son huesos de presidentes o de pretendientes a la presidencia de la república, que fueron quemados o asesinados, cuerdas de presidentes ahorcados,75 etc." (Michel 1887-1888: 373).
102En la segunda categoría, que nosotros calificaríamos más bien de "proveedores" y no de coleccionistas propiamente dichos, el móvil parece haber sido el deseo de complacer o de servir a un pariente, a un conocido, o a veces el interés. Hemos subrayado, algo más arriba, el valor científico que se atribuía a estos objetos; en ciertas circunstancias la publicidad que se hacía en torno a ellos determinó que buen número de individuos tomara nota de su valor potencial, no tanto en términos monetarios, sino como medio de cambio. Cuando en 1876 Charles Wiener, encargado de un misión científica oficial, vino a solicitar la colaboración de los franceses que residían en el Perú, en nombre del gobierno francés, buen número de ellos lo hicieron de inmediato. Si algunos (como Quesnel) se sentían halagados al ceder sus colecciones en pro de una "causa científica nacional", se puede sospechar que otros lo hicieron con una intención interesada (como Dibos y Drouillon, cuyas actividades casi oficiales hacía que "gestos positivos" como éstos fueran esenciales para su publicidad o su promoción). En este último caso, ¿se puede hablar verdaderamente de coleccionistas o más bien de oportunistas? El límite entre ambos casos es a veces bastante tenue, y la distinción difícil de efectuar por falta de informaciones suficientes.
103Cualesquiera que hayan sido las motivaciones de cada uno, se puede constatar la existencia de una cierta demanda de antigüedades precolombinas de parte del público francés. Si para algunos resultaba fácil conseguir tales objetos (personas que tenían contactos con negociantes establecidos en el Perú, o con oficiales de la Marina), para muchos otros la única posibilidad era recurrir a redes de coleccionistas o a anticuarios, gracias a los cuales los objetos circulaban —señal del nacimiento de un mercado del objeto exótico—.
76 Una distinción que resulta, por lo demás, y generalmente, obligada entre los anticuarios y los per (...)
77 En 1831 Edmé Jomard hablaba de "colecciones mexicanas y de América Central presentes en la capital (...)
78 Compra de las colecciones mexicanas de Franck (en 1832), de Seguin (en 1833) y de Latour-Allard (e (...)
104Históricamente los comienzos de la comercialización, y después de la cotización de los restos precolombinos, se vinculan con el mercado de las curiosidades, mucho más que con el del arte, o incluso de la arqueología clásica.76 Según Bonnaffé (1895) los comerciantes de curiosidades —como profesión en sí misma— habrían aparecido a fines del siglo xvii, por lo general bajo el nombre de brocanteurs (los ámbitos más clásicos del arte estaban reservados a los pintores, escultores, orfebres, etc.). Hasta comienzos del siglo xviii los Países Bajos conservaron el cuasi-monopolio del comercio de las curiosidades (los catálogos salían de las imprentas de Amsterdam, La Haya, Harlem, Utrecht). No fue sino a partir de 1750 que París se convirtió en una de las principales plazas europeas para las ventas públicas, compartiendo lo esencial del mercado con Holanda (Ibid.: 67). Sin embargo hemos visto que si los objetos etnográficos de ambas Américas aparecían con bastante frecuencia en los catálogos de venta de la segunda mitad del siglo xviii, las antigüedades prehispánicas eran todavía demasiado raras como para suscitar la formación de un verdadero mercado. No es sino a comienzos del siglo xix que el número de objetos puestos en circulación fue lo suficientemente importante como para autorizar el desarrollo de un mercado del objeto precolombino: la presencia de grandes colecciones mexicanas en la plaza de París se halla atestiguada desde los años 1830.77 Si muchas de esas grandes colecciones fueron compradas por el estado para los museos nacionales,78 no es menos cierto que poco a poco se formó un público para esta clase de objetos entre los particulares y que, en consecuencia, los comerciantes de curiosidades se adaptaron a esta nueva "tronera".
105Uno de los primeros testimonios que se tenga de esta adaptación se encuentra en Aviñón, donde un señor de apellido Brunswicks, calificado como "comerciante de curiosidades", vendió en 1863 catorce vasos y estatuillas de terracota al Museo Calvet (Merle 1990). En la plaza de París el número de comerciantes era, desde luego, claramente mayor: en 1875, se registraban 223 comerciantes de curiosidades (Didot-Bottin 1875). Señal de los tiempos, el comercio de objetos exóticos no era más un monopolio de ellos, ya que un tal Alix, autocalificado como "anticuario" (Ibid.), poseía una amplia selección de antigüedades precolombinas, que Rosny fue a ver y a dibujar para su estudio sobre la cerámica americana (Rosny 1875:177). Ciertos conservadores y simpatizantes se aprovisionaban, por otra parte, en estas tiendas para aumentar las colecciones de los museos públicos. Las cartas que acompañan las sucesivas donaciones efectuadas a fines del siglo en favor del Museo de Etnografía del Trocadero, por este joven profesor que pretendía ser un americanista erudito, nos ilustran sobre el modo de adquisición de algunas de estas antigüedades:
79 Carta de María Lecoq a E. T. Hamy (6 de noviembre de 1890). Expediente técnico 91-52; Museo del Ho (...)
"El lindo y pequeño vaso con [sigue el dibujo de un motivo que adornaba el ceramio] y sus camarades vienen, según se me ha dicho, de Chancay, cerca de Lima [...]. Un francés residente en Lima ha realizado excavaciones y finalmente quien halló estos vasos y otros objetos muy curiosos que he visto se arruinó [...]. Creo que se puede designar Chancay con seguridad, pero volveré a la tienda de la calle Bonaparte y a la de uno de sus colegas de la calle de Grenelle, que a la verdad honran más a la corporación que los de la calle de las Pirámides."79
80 Se trata de una estatuilla de "plata plúmbea", supuestamente procedente del Perú, y que resultó se (...)
81 Podría tratarse quizás de M. de Vernouillet, sucesivamente destacado en Pekín, en Constantinopla y (...)
82 Idem (sin fecha, pero posterior a 1892).
Le envío un feo y pequeño monstruo muy curioso80 para el museo americano del cual es usted excelente conservador. [...]. Proviene de los hijos de un cónsul que también estuvo en China y en Asia Menor.81 Son sus herederos los que han vendido los bibelots. La vendedora los halló en el conjunto que compró en la calle de Saint-Placide."82
106Si este tipo de objeto comenzaba a tornarse corriente entre los vendedores de fines del siglo xix, el más grande especialista de la época en este campo fue sin la menor duda Eugène Boban, cuyos conocimiento en materia de arqueología mexicana no eran negados por nadie; fue uno de los raros anticuarios que abrigaba el preconcebido designio de consagrarse únicamente al campo de la etnografía y de la arqueología prehistórica europea. Su correspondencia indica que estaba en contacto con las mas famosas personalidades del mundo científico de su época. La existencia Je tales establecimientos nos da una idea de la importancia que tomó este tipo de comercio durante el siglo, y nos indica, en consecuencia, que el objeto precolombino había adquirido desde entonces un valor comercial notable. No es por azar si varios coleccionistas europeos y peruanos enviaron sus colecciones a París (Colville y Montes en 1878, después Macedo en 1881) con la esperanza de venderlas a buen precio; la cotización de las piezas debía incluso subir muy rápidamente, sin duda como consecuencia de las masivas compras efectuadas a fines de la centuria por los museos americanos y alemanes (Tello & Mejía Xesspe 1967: 49).
107Pero es sobre todo a partir del siglo xx que el objeto precolombino iba a convertirse verdaderamente en un valor seguro ante los comerciantes de antigüedades: impulsado por la ola primitivista, y más aún después por los artistas surrealistas, el "arte" precolombino (pues ya se le reconocían valores estéticos, por largo tiempo negados) se vio desde entonces rodeado por un aura muy particular, motivada por las bellezas plásticas y el aspecto espectacular de ciertas piezas (vasos mochicas y nazcas, estatuillas de terracota del occidente de México, urnas zapotecas, etc,), a lo cual debía añadirse un toque de irracionalidad y de fantasmas que se arrastraba en la memoria desde la conquista de México y del Perú. Si en nuestros días el ingreso de piezas precolombinas en las colecciones públicas se realiza de manera más esporádica, en cambio el mercado del arte sigue siendo, en este ámbito, muy floreciente, y continúa alimentando las colecciones particulares que existen en el mundo entero a pesar de las leyes locales que prohiben la exportación de monumentos representativos de un patrimonio nacional. Las motivaciones de los coleccionistas han cambiado radicalmente, ya que actúan en función de criterios estéticos, o por voluntad de efectuar una buena inversión; muy raros son los que aún actúan por motivaciones "científicas".
83 Para observaciones más precisas sobre la procedencia de las piezas, remitirse a la lista de donado (...)
108No es nuestro propósito analizar en detalle la procedencia del conjunto de colecciones peruanas entradas a Francia a lo largo de casi un siglo; ello podría ser objeto de un estudio completamente diferente, habida cuenta de la amplitud del tema. Cabe anotar, sin embargo, que no se podría pretender ser exhaustivos, pues es muy grande el riesgo de chocar con el problema de las fuentes. En efecto, un número excesivamente alto de piezas presentes en nuestros días en los museos franceses están desprovistos de todo contexto arqueológico que permita otra cosa que proponer tentativamente un origen geográfico aproximativo. En tales condiciones, podría parecer peligroso pretender extraer muchas conclusiones a partir de las raras informaciones disponibles. Nos limitaremos aquí a algunas observaciones de orden general,83 que sin embargo darán al lector una idea de la manera en qué podía seleccionarse los sitios que fueron objeto de una atención particular de parte de nuestros cazadores de antigüedades.
Fig. 7 - Principales sitios de origen de los objetos arqueológicos peruanos depositados en los museos franceses a lo largo del siglo xix.
109Conviene en primer lugar subrayar el muy amplio predominio de los yacimientos de la costa en relación con los de la sierra. Constatación que de ningún modo debe sorprendernos si se considera la relativa facilidad de acceso de los primeros, que permitía a los viajeros de paso la realización de excavaciones o, más corrientemente, comprar algunas antigüedades exhumadas por los autóctonos: la franja costera, por su posición geográfica y su función comercial y estratégica, fue, evidentemente, la zona del Perú más frecuentada por los europeos.
110Con excepción de algunos sitios (Arica, Tacna, Quilca), pocas piezas provienen de la parte meridional del Perú, pues estos puntos correspondían a los principales centros de actividad del momento (Quilca, por ejemplo, había desempeñado por el lapso de algunos decenios el papel de puerto de Arequipa, antes de ser reemplazada por Islay y desaparecer por completo de la escena internacional). Por lo demás, al margen de algunas excepciones (Angrand, Rosamel, Fabre), los vasos procedentes de la región de Ica y de Nazca no aparecieron sino tardíamente en Francia, sobre todo con las compras masivas efectuadas por Berthon entre 1905 y 1910. Hecho que resulta tanto más sorprendente porque, si se tienen en cuenta sus cualidades estéticas, los vasos de la cultura Nazca son hoy en día extremadamente apreciados por los coleccionistas, y no podría haber sido de otro modo en el siglo pasado. Parecería que al margen de ciertos descubrimientos furtivos y aislados, fueron las grandes excavaciones llevadas a cabo por Max Uhle a comienzos de nuestro siglo que revelaron este estilo de cerámica.
84 Con ocasión de los trabajos de construcción del ferrocarril de Lima a Huacho, hacia 1869-1870, que (...)
111La costa central está infinitamente más representada en nuestros museos, principalmente por piezas procedentes de los alrededores cercanos de Lima. La presencia de grandes ruinas (Maranga, Armatambo) y de numerosos túmulos (Huaca Santa Rosa, Pan de Azúcar, Huaca Juliana, Huaca Orbea, etc.), bien visibles y conocidos por esconder antigüedades, hacían su explotación fácil para los habitantes de la capital, así como para los viajeros de paso, guiados por amigos o por compatriotas residentes en la capital peruana. Si el sitio de Pachacamac constituyó desde el período colonial un faro permanente de la arqueología regional, el último tercio del siglo xix vio el descubrimiento (o más bien el redescubrimiento) de grandes necrópolis al norte de Lima (Ancón,84 Pasamayo, Chancay), que iban a atraer la atención de los naturalistas, de los coleccionistas y de los comerciantes en curiosidades.
85 A. Pinillos: Huacas de Trujillo. Trujillo, 1977:123.
112El punto de atracción mayor de la costa estaba sin ninguna duda hacia la parte norte del país: Trujillo y sus alrededores, con las inmensas ruinas de Chan-chan (que a menudo aparecen con el nombre de "Chimú" o "Gran Chimú") y las imponentes pirámides de Moche. Más aún, la "Huaca Toledo" tenía una sólida reputación, desde que un español apellidado Gutiérrez extrajo de ella una enorme cantidad de oro.85 La anécdota había sido transmitida después de generación en generación, y no se dejaba de relatarla a los extranjeros de paso. Un poco más arriba, al norte, Pacasmayo se vio más de una vez representada por antigüedades recogidas en los años 1880 (Traynel, Ordinaire, Saint-Genys); es probable que ello haya tenido que ver con la construcción del ferrocarril (que iba de Pacasmayo a San Pedro de Lloc) en aquellos años. En último lugar, varias colecciones llevadas en la primera mitad del siglo xix procedían de las cercanías de Paita y de Colán. Esta región, poco renombrada por sus restos prehispánicos, era frecuentada sobre todo por los buques (y muy particularmente por los balleneros), que iban a aprovisionarse antes de continuar hacia el sur, hacia el Callao, y después Valparaíso, o bien antes de dirigirse hacia las islas del Pacífico. Numerosos viajeros, que descendieron en ese punto de escala, tuvieron así la ocasión de comprar algunos souvenirs típicos, en particular antigüedades —más o menos auténticas— de la región.
86 Principalmente cartas de apoyo de parte de Armand de Quatrefages y de Paul Broca (ver nuestro capí (...)
113En lo que respecta a la sierra, la única zona que haya verdaderamente atraído turistas y arqueólogos es la región del Cuzco y su cortejo de sitios legendarios (Sacsayhuamán, Ollantaytambo, Chincheros, Pisacc). Más aún, el valle del Urubamba (camino tomado con frecuencia por nuestros viajeros para llegar a la selva virgen) fue a menudo ocasión de descubrimientos interesantes —sin embargo raramente identificados y mucho menos documentados—. Si la región del Cerro de Pasco fue visitada a menudo, lo fue mucho más por sus minas que por sus eventuales riquezas arqueológicas; sin embargo, ciertos descubrimientos fortuitos eran siempre posibles... Curiosamente los alrededores de Cajamarca, no obstante evocados tan a menudo por los cronistas españoles, no parecen haber atraído más que un número limitado de aficionados a las antigüedades (Colpäert, Wiener); probablemente deba atribuirse este hecho a su gran lejanía así como al relativo aislamiento de la ciudad. Habría que anotar por ello la singular excepción que ofrece Vidal-Sénèze, quien concentró lo esencial de sus exploraciones arqueológicas alrededor de la región de Chachapoyas y del valle del Utcubamba, región por entonces muy mal conocida: se comprende por ello el entusiasmo suscitado por su proyecto de exploración en ciertos miembros de la comunidad científica.86 Los demás descubrimientos realizados en la sierra fueron obra de un pequeño número de viajeros que recorrieron todo el camino de la cordillera, desde el Cerro de Pasco hasta el Cuzco (Angrand, Castelnau, Wiener).
114En definitiva, si se exceptúan las antigüedades recogidas en los grandes sitios arquitectónicos o funerarios conocidos desde hacía mucho tiempo (Arica, Pachacamac, alrededores de Lima, Trujillo), la mayor parte de las piezas llevadas a Francia fueron descubiertas como resultado de circunstancias fortuitas: ya se tratase de restos exhumados por obreros que explotaban los yacimientos de nitratos, entre Iquique y Pisagua; de objetos descubiertos debajo de depósitos de guano, en las islas Chinchas o Guañape; de necrópolis invadidas por los trabajos de construcción de ferrocarriles; etc. He allí cómo se constituyeron, muchas colecciones que se hallan hoy en museos americanos y europeos. Un incidente sucedido en San Francisco en 1873, relatado por el diario peruano El Comercio, ilustra de manera tragi-cómica este hecho:
87 El Comercio, Lima, 20 de diciembre de 1873 (tomado y traducido del Daily Morning Call, San Francis (...)
"El barco alemán Mathias Meyer se halla ahora descargando su lastre en el muelle de Front Street. Ayer tarde los hombres empleados en el trabajo y las personas que lo presenciaban quedaron sorprendidos al ver botar entre la arena calaveras y huesos de seres humanos [...]. Un soldado que se hallaba por allí tomó la calavera de las tranzas, y dijo que se iba a presentar a uno de los médicos del Ejercito. Otras personas se apoderaron de piernas de esos seres extinguidos [...]. Los buques que descargan mercaderias en Ancón, y que no consiguen carga de azúcar, tienen necesariamente que zarpar en lastre, que se obtiene de los terrenos que formaban en siglos pasados el cementerio."87
115Nos encontramos, por cierto, frente a un caso extremo, pero de todos modos caracteriza bastante bien el clima general de la "arqueología" peruana del siglo xix. Es ante todo contra esta arqueología de circunstancia, llevada a cabo con desdén de todo método riguroso, que los profesionales de la investigación se esforzaron en luchar a partir de comienzos de nuestro siglo. Ello no se hizo sin dificultades, ya que las nociones de contexto arqueológico, de profundidad cronológica, de estratificación, sin embargo conocidas por los prehistoriadores desde hacía largo tiempo, tuvieron dificultad para imponerse en el campo de la arqueología americanista, probablemente porque se consideró por un largo período que los restos dignos de interés no podían ser obra sino de los quechuas, en los cuales la tradición veía al único pueblo civilizador. Si se exceptúa a los aymaras (asociados desde siempre con Tiahuanco), el reconocimiento cultural de otras naciones indígenas no se produjo sino muy progresivamente, en el último cuarto del siglo xix. De la misma manera, la selección de los sitios no debía ser ya una cuestión de azar, sino que debía efectuarse en función de una problemática planteada por anticipado. Con algunas pocas excepciones, esta práctica no hizo su aparición sino en el primer tercio del siglo xx.
116La investigación arqueológica, tal como se llevaba a cabo en el siglo pasado, descansaba esencialmente en un estricto análisis de los restos antiguos; por lo general los datos de terreno importaban poco, por lo cual los análisis espaciales o estratigráficos y los estudios del contexto se efectuaban muy rara vez. En ello la arqueología prehistórica, tal como se investigaba en Europa, constituye sin duda una excepción: desde las primeras excavaciones "científicas" la importancia que se asignaba a los niveles geológicos para probar la antigüedad de los restos que se descubrían, así como a la asociación de los artefactos con otros elementos contemporáneos del depósito, resultaba esencial. Como hemos señalado, no acontecía por cierto lo mismo con el Perú, en donde por lo general se negaba toda profundidad cronológica a las culturas autóctonas. La tarea de los exploradores o de todo individuo bien intencionado consistía, en consecuencia, en recolectar restos antiguos y ponerlos en manos de estudiosos de gabinete, los mismos que luego sabrían descifrar todos sus misterios. Ya fuesen de orden estilístico o tecnológico, tales estudios tenían como fin determinar la pertenencia étnica de los objetos y contribuir a un mejor conocimiento de los pueblos correspondientes. Los etnólogos del siglo pasado consideraban por completo posible definir las características de un pueblo, y asignarle un lugar en el vasto cuadro jerárquico de las razas, a partir de algunos restos "representativos" de su industria, de sus costumbres, de sus creencias. Para ello no había ninguna necesidad de rodearse de objetos que parecían similares, ya que bastaba con uno solo de cada clase. Sin embargo, habida cuenta de las inmensas lagunas de que adolecía la etnografía americanista, todo objeto parecía potencialmente interesante. ¿Cómo establecer, entonces, un término medio entre ambos preceptos? A falta de una síntesis convincente sobre la industria de los antiguos pueblos andinos, y considerando la distancia que separaba a los hombres de gabinete de los recolectores de datos, los primeros concedían a los segundos plenos poderes para seleccionar los restos más "interesantes". Por cierto que esta confianza resultaba en la mayoría de las veces abusiva, pero como ya hemos tenido ocasión de subrayar, los estudiosos que trabajaban en los museos, en los laboratorios o en su biblioteca, no tenían sino muy raramente conciencia de la realidad del terreno...
117Por su lado, y a falta de todo conocimiento de las culturas materiales prehispánicas, los "cazadores de antigüedades" se remitían a su gusto personal (que funcionaba según principios que desde luego nos escapan), al mismo tiempo que obedecían a imperativos "superiores", que eran los de la ciencia oficial. Así, después de hacer abrir una tumba (pues en definitiva pocos lo hacían por sí mismos), procedían a una selección de los objetos que encontraban. Si la mayoría de los "arqueólogos" no podía resistir ante una bella pieza de cerámica o ante un utensilio de cobre (o mejor todavía ¡de oro!) bien conservado, sabían de memoria las recomendaciones dadas oralmente o por escrito en las instrucciones difundidas por las sociedades de estudio, en el sentido de que aun los objetos más humildes tenían importancia, en razón del valor documental que podían contener. El viajero debía comportarse como etnógrafo y en consecuencia dedicarse a recoger los testimonios más diversos "de las costumbres y de la industria" de esos pueblos desaparecidos. En realidad, cuando se considera el conjunto del las antigüedades llevadas en el siglo pasado y actualmente conservadas en los museos franceses, se aprecia que no siempre se trata de "piezas bellas" (vasos decorados, figurillas finamente modeladas, etc.), sino que por el contrario uno se enfrenta con frecuencia con objetos utilitarios, de factura muy ordinaria.
118De la misma manera, los apremiantes pedidos del Museo de Historia Natural y de la Sociedad de Antropología de París, relativos a la recolección de muestras antropológicas, impulsó a un buen número de viajeros y de oficiales de la Marina a buscar cráneos (o mejor todavía momias), a fin de contribuir también al progreso de la ciencia. Algunos folletos de instrucciones (el del Dr. Gosse para el Perú, sobre todo) proporcionaban adecuadamente a los viajeros algunos consejos u orientación sobre el tipo de cráneo que debía preferirse, pero más generalmente se consideraba que debía recolectarse toda clase de restos, pues a la inversa de lo que estaba prescrito en etnografía, los antropólogos estimaban indispensable trabajar con grandes series de especímenes (a fin de verificar si las medidas obtenidas y las conclusiones que de ellas se derivaban asumían un valor científico incuestionable). Si había igualmente una selección, ya la sola cantidad tenía sus ventajas. Fue así como sujetándose a esta recomendación expresa que el conde de Balny, como buen auxiliar de la ciencia, expidió a París "tres docenas de cráneos procedentes de las antiguas necrópolis vecinas de Lima"...
88 Qué pensar de esta aserción cuando se sabe lo que decían los viajeros Reiss y Stübel de él: "Monsi (...)
119En definitiva, la idea de recolectar la totalidad de objetos presentes en una tumba no debía tomar forma sino a fines del siglo xix. Entre los primeros, Reiss y Stübel emprendieron la tarea de describir sistemáticamente el material hallado en las tumbas excavadas en Ancón en 1874-1875 (Rowe, s/f: 3); en la misma época Théodore Ber pretendía practicar él también excavaciones metódicas en el mismo sitio88. Treinta años más tarde, Paul Berthon se vanagloriaba de haber procedido, en Pachacamac, a excavaciones minuciosas en las que no desdeñó nada:
"No solamente merecen ser recogidas las piezas de museo, sino también, con frecuencia, objetos menudos: piedras corrientes, alimentos o desechos de cocina" (Berthon 1911: 28)
120Si bien nuestro capitán-arqueólogo dio prueba de loables esfuerzos de rigor, su sagacidad fracasó en un detalle que no sospechaba: paralelamente a los objetos recogidos al excavar, Berthon compró una muy grande cantidad de objetos a fin de completar sus colecciones, dirigiendo principalmente su atención a culturas materiales todavía mal conocidas. Pues bien, no tardó en verificarse la presencia de varias piezas falsas entre las antigüedades que llevó a Francia.
89 Así sucedió, sobre todo, como consecuencia de los saqueos en gran escala que tuvieron lugar en las (...)
90 "En Paita, en la costa del Perú, se imitan los ceramios negros antiguos..." (A. Brongniart 1844,I: (...)
121La fabricación y comercialización de falsas antigüedades peruanas sólo apareció cuando hubo una fuerte demanda de parte de instituciones y de coleccionistas del mundo entero. En efecto, invertir tiempo y dinero en la producción de piezas falsas no podía resultar rentable sino en la medida en que hubiese un mercado susceptible de absorberlas. Como subraya Sawyer (1982), no fue sino a partir de la segunda mitad del siglo xix (cuando la reunión de vastas colecciones se convirtió para los museos en un reto científico y político) que la demanda de objetos antiguos se hizo realmente apremiante. Para responder a ella, un cierto número de peruanos se volvieron "huaqueros", al comienzo de modo ocasional, y después a tiempo completo. Curiosamente, en la misma época, cuando las fuentes de antigüedades (las necrópolis) parecían inagotables, se vio aparecer en el mercado un número considerable de piezas falsas o remodeladas. En efecto, de acuerdo con Mongne (1989: 285) debemos hacer una distinción entre "falsificación" e "imitación fraudulenta", consistiendo la primera en "utilizar una obra de arte ya existente y en maquillarla, o más simplemente hacer admitir una falsa atribución", en tanto que la "imitación fraudulenta" "crea por entero una obra en la cual únicamente la inspiración o el modelo pueden ser originales". Existieron falsificaciones probablemente desde inicios del siglo xix (desde el momento en que hubo demanda, incluso mínima); el caso más frecuente era el de la reconstitución de un objeto a partir de fragmentos procedentes de dos o de varias piezas diferentes, rotas en el momento de su descubrimiento.89 Mientras que las "imitaciones fraudulentas" tenían su razón de ser en la medida que los huaqueros no alcanzaban a responder a una demanda cada día mayor: en efecto, la inversión de tiempo y de dinero, y el recurso a un específico conocimiento técnico necesario para una producción como ésta, no constituían una opción necesariamente juiciosa, mientras se tenía a mano ricas necrópolis (el yacimiento de Ancón, por ejemplo, había dado prosperidad a los comerciantes de curiosidades a partir de 1870). Sin embargo, se puede ver aparecer las primeras tentativas de imitación fraudulenta muy pronto en el siglo xix: los ceramios comprados por Barrot y Touchard (todos en forma de caimán), cuando pasaron por Paita en 1836 con La Bonite, eran falsos. Asimismo, al pasar por ese mismo sitio en 1839 el capitán Laplace adquirió una serie de piezas de alfarería populares, "a imitación de las antiguas."90 No es muy seguro si en ello debe verse verdaderamente una voluntad debidamente meditada de engañar a los compradores, pues muy bien podría considerarse esa producción como obra de artesanos que se inspiraban en los modelos prehispánicos para fabricar "souvenirs" destinados a los viajeros y marinos norteamericanos y europeos de paso por Paita. Merece señalarse el matiz, por difícil que sea de establecer. Pero fue sobre todo a partir del último cuarto del siglo xix que al instaurarse una gran presión comercial, que hizo su aparición una verdadera industria de la imitación fraudulenta en el Perú. Una producción, a menudo grosera, que se dirigía antes que nada a los "turistas" (si se puede llamar así a nuestros viajeros y oficiales de la Marina del siglo xix), pero este comercio podía tener graves consecuencias, como anotaba Paul Eudel:
91 Paul Eudel: La falsificación de antigüedades y objetos de arte. Traducción española de Le Truquage (...)
"Una gran cantidad de viajeros compra estas antigüedades de pacotilla con la intención de obsequiarlas. A su llegada a Europa, [...], éstas adquieren notoriedad y a menudo van a formar parte de colecciones que, al aceptarlas con demasiada facilidad, les crean para el futuro una lamentable autenticidad."91
122En realidad muchas de esas piezas se encuentran actualmente en los depósitos de los museos europeos, sin que los conservadores sospechen el origen de estos "atípicos" objetos, con los cuales no saben por lo general qué hacer. Algunos de estos talleres fueron identificados poco después del comienzo de su producción, y por eso Hamy declaraba en 1883:
92 E. T. Hamy: "La collection Piñedo", Revue d'Ethnographie, 1883: 563.
"Las informaciones que nos han dado nuestros viajeros científicos nos permiten incluso asegurar que esos personajes coronados por un disco solar, o sosteniendo en la mano figuras astronómicas, o una cuchara con un mango fálico, todas estas piezas extraordinarias, en una palabra, tan completamente al margen de las manifestaciones etnográficas habituales entre los antiguos pobladores del Perú marítimo, salen de las manos de un falsario muy hábil que los fabrica, de ordinario, en Chancay desde hace unos años. [...] Las falsificaciones peruanas se hacen no solamente en piezas de metal. Se fabrican y se venden falsas piezas de cerámica en toda la costa, y conozco a más de un viajero, incluso versado en arqueología, que ha traído del Callao o de otra parte vasos negros o rojos, por lo general con temas obscenos, que salen de una inmunda fábrica situada en Lima, o en las cercanías de la capital"92
94 Compte-rendu du septième Congrès International des Américanistes. Berlin, 1888: 788.
123Para reaccionar contra tal invasión de objetos perturbadores, Hamy instaló en el Museo de Etnografía del Trocadero una vitrina de "falsas piezas peruanas,"93 destinada a la edificación de los aficionados y de los coleccionistas de antigüedades. Unos años más tarde, en 1888, el tema fue abordado en el Congreso de Americanistas que se realizó en Berlín, en cual Hamy propuso que se efectuara una investigación a fondo sobre la cuestión, cuyos resultados serían expuestos en el congreso siguiente, que se llevaría a cabo en París, "con el fin de que quienes nos ocupamos de las antigüedades americanas estemos avisados de que tal o cual tipo de piezas falsas se fabrica en tal lugar, y de que hay que desconfiar de tal o cual procedencia."94 No parece que el proyecto fuese puesto en ejecución. Sin embargo, a medida que el mercado de las antigüedades precolombinas se ampliaba (con el relevo, como hemos visto, de una red cada vez más vasta de coleccionistas y de comerciantes especializados en este campo), la industria de las imitaciones fraudulentas debía seguir la corriente, desarrollando su producción no solamente en el plano cuantitativo, sino también cualitativo, tornando a veces la identificación de las piezas en una tarea muy delicada.
95 Si bien se aprobó un primer Decreto Supremo, el 2 de abril de 1822, para proteger las riquezas nat (...)
124La actual persistencia de tal producción se comprende tanto mejor porque sin duda se ha hecho más difícil en nuestros días ofrecer a los coleccionistas piezas auténticas resultado de excavaciones susceptibles de satisfacer sus expectativas. En efecto, las antigüedades precolombinas se han convertido hoy en verdaderos objetos de colección, y por lo tanto sujetas a la leyes del coleccionismo: cualidades estéticas, estado de conservación, rareza, atipismo, etc. En estas condiciones, es cada día más difícil para los amantes de ellas procurarse la "perla rara". Más aún, la legislación puesta en vigencia por el gobierno peruano para proteger su patrimonio nacional,95 debería —al menos teóricamente— hacer más difícil y más arriesgado el trabajo de los traficantes de antigüedades. ¿Sucede verdaderamente así? Las actuales dificultades económicas del país, por un lado, y los sustanciales ingresos que produce esta actividad exportadora, por el otro, nos inducen a dudar de que ese aparato legislativo represente un arma verdaderamente eficaz contra este ilícito comercio.
1 Fueron a dar allí, principalmente, las antigüedades peruanas remitidas por Joseph Dombey al Gabinete de Objetos Antiguos del Rey en 1786, y las que había cedido a d'Angeviller y a Bertin (Riviale 1993a). Muchos de ellos están mencionados en los inventarios levantados por los diferentes repositorios con ocasión de su transferencia a la Biblioteca Nacional hacia 1796. Archivos Nacionales, París: F 17 1192-4 y 1336.
3 En el origen de su iniciativa se encontraba la cuestión de la suerte de la colección llevada de las Indias por Lamare-Picquot, pero Jomard mencionaba igualmente "colecciones mexicanas y de América Central, actualmente en la capital" (¿la colección de Latour-Allard o la de Franck?). Archivos Nacionales, París: F 17 3846-1 (14 de abril de 1831).
4 "Lista de objetos devueltos al señor Zédé, Conservador del Museo Naval, por el Museo de Historia Natural" (11 de mayo de 1833). Archivos Nacionales, París: F 17 3846-1.
5 Recomendación que no tuvo ningún efecto en lo que se refiere a d'Orbigny, ya que una parte de sus colecciones arqueológicas fue comprada por el Estado en beneficio exclusivo del Museo de Sèvres.
6 Reaccionando ante el anuncio (prematuro) de la instalación de un museo etnográfico en los locales de la Biblioteca Real, Férussac había publicado en 1831 en su Bulletin Universel el informe elevado al Rey Carlos x en 1826, a fin de exponer públicamente la concepción del museo etnográfico que se proponía defender.
7 La cifra que da aquí Hamy, refiriéndose al inventario de Morel-Fatio (1856), excluye por cierto todas las piezas prehispánicas, que mientras tanto habían sido transferidas al Museo Americano (los inventarios anteriores del Museo de la Marina, que portan respectivamente los nombres de "Duhamel du Monceau" [1830] y "Louis Philippe" [1830-1855] conservan la huela del paso de estas antigüedades al Museo).
9 Adscrito al Museo Egipcio, este museo presentaba, según todo indica, restos representativos de la colonización romana del norte de África, así como, quizás, antigüedades cartaginesas.
10 Archivos del Museo del Louvre: A2 (26-05-1850); citado por Ch. Aulanier: Histoire du Palais et du Musée du Louvre. París, 1968, viii: 129.
12 Si bien este caso ilustra las dificultadas experimentadas por el Servicio de misiones para recuperar los frutos de algunas de las expediciones. Ver nuestro capítulo sobre el Servicio de misiones ("É. Colpäert").
13 Tal fue la idea inicial, como indica el informe que el Almirante Périgot en que habla de las primeras excavaciones de Wiener en Ancón: "Estas excavaciones han resultado muy exitosas, y Le Lagalissonière transporta un cierto número de cajas dirigidas al Museo del Louvre..." (Paita, 16 de abril de 1876). Lo cual dio origen a algunas confusiones, como lo prueba un suelto que apareció en el diario Le Bien Public (17 de junio de 1876). Archivos Nacionales, París: F 17 3014-1 (expediente Wiener).
16 Ver en capítulo relativo a las sociedades de estudios, la sección que trata sobre la Sociedad Americana de Francia (c/. supra).
17 Ed. Madier de Montjau: "Discours sur les études américaines", Annuaire de la Société Américaine de France, 1874/76, iii: 27-28.
18 Sobre todo Henri Cernuschi, más conocido por sus notables colecciones etnográficas y arqueológicas del Extremo Oriente.
19 D'André de Clavery: "Un Musée américain à Nancy", Archives de la Société Américaine de France, 1875, nouvelle série, i: 379.
21 Ver en particular sobre este asunto Hamy (1890), actor y testigo privilegiado de la creación del Museo del Trocadero.
23 Por falta de espacio estas adiciones de último momento no encontraron, aparentemente, sino una representación simbólica en el seno de esa primera gran exposición, si tenemos en cuenta lo que declara el ministro Bardoux en su discurso de inauguración: "Las tres salas que ustedes van a visitar no comprenden más que una sola sección, la de América [...]. Nos hemos visto obligados a relegar incluso al descanso de la escalera al producto de importantes misiones al Asia Central" (Journal Officiel, 25 de enero de 1878: 634).
25 Compuesta por 23 miembros, y entre ellos Hamy, Landrin, Angrand, Wiener y Viollet-le-Duc, así como varios miembros de la Comisión de misiones científicas (Charton, Maunoir, Périn, etc).
26 A falta de datos seguros, nos servimos aquí de las cifras mencionadas en las fichas de registro del Museo del Hombre, pero la cantidad de 1 500 piezas nos parece muy por debajo de la realidad. Si nos basamos en otras fuentes (archivos, cartas, etc.), obtenemos una cifra mínima de 2 500 a 3 000 piezas.
27 Damos aquí sólo las donaciones más notables, y para la lista exhaustiva de donadores remitimos al lector al anexo.
28 Sesión del 12 de abril de 1876 de la Comisión de Misiones. Archivos Nacionales, París: F 17* 2272: 96 bis.
29 Carta del Subsecretario de Estado en Bellas artes (20 de junio de 1879). Archivos Nacionales, París: F 21 4489 (expediente relativo al Museo de Etnografía del Trocadero).
30 Carta de Félix Ravaisson-Mollien (19 de noviembre de 1880). Archivos Nacionales, París: F 21 4489 (Museo de Etnografía del Trocadero). Esta argumentación no se halla tan alejada de la que adelantó Lenoir en 1832 para defender la idea de la integración de antigüedades mexicanas en el Louvre...
31 Carta del Ministerio de Instrucción Pública a Ravaisson-Mollien (30 de noviembre de 1880). Archivos Nacionales, París: F 21 4489. Con un razonamiento como éste, los antropólogos tendían a negar toda cualidad estética a las muestras del arte precolombino, manteniéndolos en el plano del exotismo y de la historia natural, es decir, en el lugar que tradicionalmente era suyo.
33 "Estado numérico de las colecciones de arqueología americana depositadas por el Museo del Louvre en el Museo de Etnografía." (12 de mayo de 1887). Ibid.
34 Citemos principalmente la Biblioteca nacional, el Museo de Historia Natural, la Sociedad de Geografía de París, el Museo del Ejército, el Museo de Saint-Germain-en-Laye, el Museo Guimet, la Sociedad de Antropología de París, la Biblioteca Municipal de Versalles, etc.
35 La mayor parte de las grandes colecciones particulares formadas por peruanos a lo largo del siglo xix fueron compradas así poco después del fin de la Guerra del Pacífico, ya sea por los alemanes, ya sea por los americanos; citemos principalmente las colecciones Macedo, Centeno, Montes, Garcés, Bolívar-Block, Pfeiffer, Gaffron, etc. (Tello & Mejía Xesspe 1967: 46- 49).
36 Entre ellas se encontraban, por cierto, algunos objetos amerindios. Entre otros objetos particularmente dignos de interés en el jardín del Rey, Dezallier d'Argenville (1742: 199) mencionaba "un gran plato convexo por ambos lados, de cristal negro y ondulado, encontrado en las tumbas de los incas del Perú". Se trata de una de las antigüedades enviadas desde el Ecuador por Louis Godin hacia 1740, en el curso de su misión para la medición de un arco de meridiano (Riviale 1993a: 42 y 45, nota 22).
37 "Extrait du procès-verbal de la séance du 20 novembre 1849". Archivos Nacionales, París: AJ15 842 (Museo de Historia Natural de París. Galería de Antropología).
38 Recuérdese lo que preconizaba en 1861 el Dr. Gosse, en sus instrucciones para el Perú, para buscar la "verdadera" forma del cráneo de los nobles incas...
39 Como prueba el esbozo manuscrito de la quinta edición de las "Instrucciones" (publicadas en 1860), fechada el 17 de diciembre de 1855. Archivos Nacionales, París: AJ15 565.
40 Philippe de Chennevières: "Los museos de provincia," Gazette des beaux-arts, 1863:118- 131 (citado por Georgel 1994:15).
43 Las encuestas llevadas a cabo por los estudiantes del Centro de Investigaciones en Arqueología Precolombina de la Universidad de París I han revelado asociaciones pintorescas, por decir lo menos: ¿Cómo explicar, sino por las singularidades del azar, la presencia de objetos amerindios en el museo llamado "El vino y la viña en el arte", en Pauillac, o en el Museo de los Húsares de Pau? (caso en el cual, no obstante, los objetos fueron transferidos a otro museo, hace unos años).
44 El texto integral de este proyecto museográfico es proporcionado por Jamin & Copans (1978: 189-194).
46 "Por lo demás es seguro que en nuestro Palacio abundan los elementos de una colección etnológica, sólo que se hallan diseminados y, muy a menudo, ignorados. Se necesita, pues, un centro para acoger riquezas que, de otro modo, se quedarían como sepultadas, o incluso no tardarían en perderse" (Bulletin de la Société Ethnologique, 1847, tomo ii: 41).
50 Tanto más que el museo sufrió la competencia del Museo Naval, instalado en el Louvre en 1828, y después del Museo Americano, abierto en 1850.
53 Salvo en los días siguientes a la inauguración de un nuevo museo (lo que explica ciertamente el éxito —tan vivo como de corta duración—del Museo Americano del Louvre). Probablemente era ese mismo público el que se veía también en los salones anuales de pintura, de los que habla Zola, no sin acidez, en su novela La Obra.
54 Exposition Universelle de 1867 à Paris, Catalogue général [...] Histoire du travail et monuments historiques, 1867: 3.
55 Entre los miembros de la sección de obras "antehistóricas" se nota la presencia de personalidades tales como Edouard Lartet, Alexandre Bertrand y Gabriel de Mortillet —los tres responsables de la constitución del Museo de Saint-Germain-en-Laye—.
57 Es posible que Colville hubiese realizado una primera tentativa, enviando su colección a la Exposición Universal de Filadelfia en 1876 (Wiener 1880: 54).
58 Sólo se encargo a Théodore Ber, en 1890, una misión que por lo demás parece no haberse llevado a cabo; hubo que esperar la misión de Berthon (1907) para que se volviera a hablar del Perú.
59 Cualesquiera que sea los partidos o las personalidades en el poder, según parece, pero siempre con fines políticos...
60 El gran coleccionista del siglo xviii Pierre Borel había hecho grabar encima de la puerta de su gabinete una inscripción dirigida a los visitantes: "Mi museo es un microcosmos o un resumen de todas las cosas raras" (citado por Pomian, 1987: 61).
63 Si bien el término no parece haber sido utilizado jamás en el ámbito de las ciencias, como anota Pomian (1987:162).
65 Para ello remitimos al lector a las numerosas obras que se han publicado al respecto (Hamy 1890; Feest 1985; Schnapper 1988; Riviale 1993a).
67 Para no hablar de los viajeros aislados y de los franceses que residían en el Perú (por ejemplo el médico J. B. Leblond), a menudo difíciles de identificar, pero cuya presencia se halla probada desde esa época por ciertos documentos.
68 Uno de los vasos peruanos mencionados había ido a dar, durante el siglo xviii, al gabinete de Fayolle, en Versalles, y debería —teóricamente—encontrarse en nuestros días en el Museo del Hombre: desgraciadamente no nos ha sido posible hasta hoy localizarlo en los depósitos del departamento "Amérique".
69 Agradecemos vivamente a Jean Aubert, Conservador en Jefe del Museo de Bellas Artes de Nantes, quien nos ha proporcionado esta información, así como el extracto del catálogo que se relaciona con dicha pieza (que existe todavía y se conserva en el museo de Rennes).
70 Ver el "Inventario sumario de un gabinete de historia natural..." (1792). Archivos departamentales de las Yvelines: 1LT 675.
72 Deseamos referirnos a todas las personas que remitieron antigüedades peruanas a diversos museos, y cuyos nombres conocemos (ver anexo), pero cuyas motivaciones, y la forma en que consiguieron esos objetos, ignoramos.
73 P. Topinard: "L'Anthropologie aux États-Unis", L'Anthropologie, 1893: 325 (citado por Dias 1991: 99).
74 Fue así cómo Lucien de Rosny fue a estudiar los objetos en poder de numerosos coleccionistas parisienses para redactar su "Introduction à l'histoire de la céramique chez les indiens du Nouveau-monde" (Rosny 1875).
75 Quizás se alude aquí a los hermanos Gutiérrez, linchados por la población después de secuestrar y asesinar al presidente Balta en 1872.
76 Una distinción que resulta, por lo demás, y generalmente, obligada entre los anticuarios y los peritos tasadores franceses...
77 En 1831 Edmé Jomard hablaba de "colecciones mexicanas y de América Central presentes en la capital" (Archivos Nacionales, París: F 17 3846-1): Latour-Allard y Franck, de regreso de México después de algunos años, habían establecido ya contactos en los círculos de conservadores y anticuarios para vender sus colecciones (Guimaraes 1994: 45-46 y 59).
78 Compra de las colecciones mexicanas de Franck (en 1832), de Seguin (en 1833) y de Latour-Allard (en 1850), y colecciones peruanas de Lemoyne (1854).
79 Carta de María Lecoq a E. T. Hamy (6 de noviembre de 1890). Expediente técnico 91-52; Museo del Hombre, París (departamento "Amérique").
80 Se trata de una estatuilla de "plata plúmbea", supuestamente procedente del Perú, y que resultó ser una imitación fraudulenta...
81 Podría tratarse quizás de M. de Vernouillet, sucesivamente destacado en Pekín, en Constantinopla y después en Lima (en 1874).
83 Para observaciones más precisas sobre la procedencia de las piezas, remitirse a la lista de donadores/coleccionistas en el anexo 1.
84 Con ocasión de los trabajos de construcción del ferrocarril de Lima a Huacho, hacia 1869-1870, que se descubrieron las primeras ricas tumbas prehispánicas de Ancón; es probable que haya sucedido lo mismo con las demás necrópolis situadas más al norte (Chancay, Pasamayo).
86 Principalmente cartas de apoyo de parte de Armand de Quatrefages y de Paul Broca (ver nuestro capítulo sobre el Servicio de Misiones Científicas).
87 El Comercio, Lima, 20 de diciembre de 1873 (tomado y traducido del Daily Morning Call, San Francisco, 10 de noviembre de 1873).
88 Qué pensar de esta aserción cuando se sabe lo que decían los viajeros Reiss y Stübel de él: "Monsieur Ber, un destructor de antigüedades bajo el prejuicio de la investigación científica." Citado en Andreas Brockmann &Michaela Sttütgen (dir.) Tras las huellas. Dos viajeros alemanes en tierras latinoamericanas. Bogotá, Banco de la República - Biblioteca Luis Ángel Arango, 1996:14 (foto 4).
89 Así sucedió, sobre todo, como consecuencia de los saqueos en gran escala que tuvieron lugar en las necrópolis de Nazca, poco tiempo después de las primeras excavaciones llevadas a cabo por Max Uhle en 1901 (Sawyer 1982: 21).
90 "En Paita, en la costa del Perú, se imitan los ceramios negros antiguos..." (A. Brongniart 1844,I: 529).
91 Paul Eudel: La falsificación de antigüedades y objetos de arte. Traducción española de Le Truquage. Buenos Aires, Editorial Centurión, 1947: 39.
95 Si bien se aprobó un primer Decreto Supremo, el 2 de abril de 1822, para proteger las riquezas naturales y arqueológicas del país, no fue sino en 1893 (Decreto Supremo del 23 de abril), y sobre todo en 1911 (Decreto Supremo del 19 de agosto), que el Perú tomó medidas legislativas para controlar las excavaciones arqueológicas emprendidas en su suelo y para limitar la exportación de antigüedades fuera de su territorio.
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RIVIALE, Pascal. Capítulo 8. Museología y coleccionismo americanistas en Francia In : Los viajeros franceses en busca del Perú antiguo (1821-1914) [en ligne]. Lima : Institut français d’études andines, 2000 (généré le 23 septembre 2019). Disponible sur Internet : <http://books.openedition.org/ifea/3579>. ISBN : 9782821844797. DOI : 10.4000/books.ifea.3579.
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Riviale, Pascal. “Capítulo 8. Museología y coleccionismo americanistas en Francia”. Los viajeros franceses en busca del Perú antiguo (1821-1914). By Riviale. Lima : Institut français d’études andines, 2000. (pp. 285-346) Web. <http://books.openedition.org/ifea/3579>.
RIVIALE, Pascal. Los viajeros franceses en busca del Perú antiguo (1821-1914). Nouvelle édition [en ligne]. Lima : Institut français d’études andines, 2000 (généré le 23 septembre 2019). Disponible sur Internet : <http://books.openedition.org/ifea/3568>. ISBN : 9782821844797. DOI : 10.4000/books.ifea.3568.
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