Source: http://www.goizargi.com/2005/elnuevoguiondeeta.htm
Timestamp: 2018-11-21 01:24:59+00:00

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ANTE UN PROCESO DE PAZ VASCO:
EL NUEVO GUIÓN DE ETA
En las últimas fechas, al hilo del debate y aprobación de la moción que recupera el tenor del artículo 10 del Pacto de Ajuria-Enea, se ha discutido mucho sobre la actual disposición de ETA a deponer las armas. Para algunos, ETA consciente de su declive, está dispuesta al adiós a las armas y conviene ofrecer un escenario de final dialogado. Para otros, sin embargo, la organización terrorista a pesar de estar acorralada no ha modificado un ápice su actitud y por ello creen que la apuesta del Gobierno de ZP sólo consigue dar alas a aquella.
Renovación estratégica. Nunca ha habido quietismo ni en el MLNV ni en ETA. Además, hoy son varios los factores que contribuyen a verificar lo que parece ser una renovación de su línea estratégica. Su intenso y dilatado debate interno iniciado tras el aciago 2001 y el repliegue de sus últimos años de una actividad armada pasto fácil de la represión, ya anticipaban una nueva etapa estratégica. En esta nueva etapa, lo militar parecería situarse a la expectativa de las oportunidades que pudiera crear lo político, que en un ambiente dominado por el tan conjurado final del conflicto podría hacer que el conjunto del movimiento llegara a adquirir reputación y protagonismo indiscutibles. Es decir, que en la nueva estrategia que sigue siendo político-militar- la actividad armada dejaría de desempeñar la función de vanguardia y la actividad política por su parte se centraría en crear las condiciones necesarias para abrir un proceso de paz que proporcionara, a su vez, una alternativa aceptable a los que usan la violencia.
De acuerdo con este esquema, la renovación estratégica se ha identificado simbólicamente con el eslogan Orain herria, orain bakea, que ha encabezado la proclamación de la propuesta de Anoeta y que viene a identificar los objetivos políticos de ETA y el MLNV con mínimos democráticos y llega a asociar estos últimos con la paz. Esta propuesta plantea, al igual lo hacía la Alternativa Democrática, una geometría política triangular cuyos vértices serían ETA, el Estado y una amplia mesa vasca de operadores políticos y sociales. Si bien, a diferencia del paradigma estratégico de 1995, la posición de ETA no es de avanzada militar que crea condiciones y provoca acontecimientos sino que parece situarse más a la sombra, con la intención precisada de tutelar y revalidar el progreso de la mesa vasca y de sus relaciones con el Estado.
Reconocer, sin embargo, que ETA ha ejecutado una variación estratégica no conlleva aceptar que haya mutado de naturaleza, que renuncie a considerar útiles todas las formas de lucha o que esté dispuesta a admitir como derrotada su trayectoria sangrienta. Por ahora, sólo significa que busca adaptarse a las circunstancias, al cálculo de las relaciones de fuerza, que caracterizan la situación política en los últimos tiempos. El MLNV ha debido hacer frente a la solvencia de la represión, a la perdida de iniciativa política, al descenso electoral e incluso a la tentación de enrocarse en una política de resistencia, factores todos ellos que le dificultarían afrontar la profunda mudanza de valores, que en relación a la actitud frente a la violencia, ha operado en la opinión pública vasca. Frente a ello los revolucionarios vascos han querido fortalecer la cohesión interna y la innovación política de fondo que les pueda procurar una mayor integración ciudadana. Este es, a grandes rasgos, el contexto en que se inscribe este nuevo posicionamiento, alentado por simpatía con el éxito del modelo IRA/Sinn Fein, del que convendría prever su desarrollo político y habría que autentificar su potencial de normalización de la política vasca y su capacidad de garantizar la paz.
Nos interesa sin duda, la reacción a la que esta estrategia ha obligado a los diferentes sectores políticos, pero nos interesa específicamente saber cómo concibe ETA este proceso de paz: ¿Es el principio de la derrota que entrevén algunos? ¿Es la gran oportunidad que desearíamos todos para una normalización que acabe con la violencia que ha golpeado al país durante 40 largos años? ¿Es sólo el inicio de una etapa en la que ETA no pierde protagonismo y está inscrita en un proceso de mas larga duración?
Triangulación política. El antes citado modelo triangular que reproduce la propuesta de Anoeta ha sido astutamente reciclado por algunos analistas y políticos vascos al suplantar la mesa vasca extrainstitucional prevista Eztabaidagunea en el diseño de Anoeta- por el nacionalismo y el Gobierno Vasco, al entender que son los socialistas los que hoy garantizarían la implicación del Estado y al apuntar a que EHAK o Batasuna podrían simbolizar la representación de ETA. No pongo en duda que estar bien colocado, en el lugar más propicio, ante lo que se avecina es muy conveniente. Pero, no nos dejemos hipnotizar por esquemas de pizarra. Este diseño triangular no consigue resolver el lío, ya que no representa el auténtico contenido de los diferentes puntos de vista sobre la pacificación y por tanto tampoco contribuye a clarificar la naturaleza del proceso que se abre ante el futuro cercano.
Concedamos, no obstante, que la política vasca triangula ante la cuestión de la violencia. Tras la aprobación de la resolución de final dialogado en el Congreso, este fenómeno es todavía más claro. Aunque haya también posiciones más complejas, los diferentes vértices se corresponden con los diferentes discursos sobre la pacificación y se perciben nítidamente: derrota, final dialogado y proceso de paz. Alejada de la imagen plana que ofrece la figura geométrica de moda, esta nueva perspectiva tiene profundidad y refleja de una manera más fiel los puntos de acuerdo y contradicción que los diferentes planteamientos de paz tienen entre sí.
Porque en la política vasca coexisten esas diferentes respuestas que además se corresponden con cada una de las preguntas formuladas en el último párrafo del apartado precedente. Algunos creen que ETA está muy cerca de su derrota; otros postulan que la normalización vasca vía diálogo dejaría a ETA sin su última coartada y otros insisten en que el escenario que se busca no supone desistimiento alguno por parte del MLNV sino únicamente la resolución democrática del conflicto a través de un proceso de paz. Y, aunque sólo los patrones más puros y extremos de estas respuestas se presentan como necesariamente excluyentes e inconciliables, esta relación de antagonismo consigue acentuar la naturaleza dispersa e inestable de la postura más centrada. De hecho, en el seno de ésta, el reflejo de la polarización es muy perceptible. Hay quienes creen que la gestión más adecuada de la derrota de ETA es a través de un final dialogado a partir de la voluntad de desarme de la organización terrorista. Y, a su vez, hay partidarios de la normalización política y de un final dialogado que ven posible que éstos se desarrollen como un proceso de paz que busque convencer a ETA para que cese en el uso de las armas.
El grado de indeterminación con el que esta cuestión llega a expresarse se hace todavía más evidente a la hora de examinar el lenguaje utilizado en los discursos de algunos líderes por ejemplo, algún que otro socialista de importante responsabilidad- que han llegado a integrar en la misma frase referencias indistintas a la derrota de ETA, al final dialogado o incluso al proceso de paz. O al advertir la posición de políticos nacionalistas que votan a favor de la resolución del Congreso de Diputados que exige a ETA una expresión clara a favor de abandonar las armas antes de iniciar un diálogo y a la vez participan activamente en el Foro Eztabaidagunea, foro que rechaza solicitar siquiera una tregua a la organización terrorista.
El vértice proceso de paz. Estas son, básicamente, las diferentes posiciones en lucha en el triángulo vasco. Pero, mientras la conclusión común de los discursos de la derrota y del final dialogado es el desarme y la disolución de ETA dejando el futuro de la política vasca en manos de sus representantes institucionales, el discurso del proceso de paz o de la resolución democrática del conflicto- está diseñado para producir el rearme del MLNV. El argumento que Gerry Adams presenta en su libro Memorias Políticas es clarificador para esclarecer este punto. Según Adams, superar el conflicto es construir una estrategia de lucha alternativa. El reto es, pues, de los que creen que hay una alternativa a la lucha armada. Serían éstos los que deben demostrar que existe una alternativa lo suficientemente poderosa y organizada para lograr cambios efectivos y sustanciales.
El mejor agente de este planteamiento de paz no podría ser otro que su propio promotor, ya que no se puede dejar en manos del enemigo la construcción de una alternativa a la lucha armada que sea incluso más eficaz que la línea actual. Por eso, la propuesta de Anoeta es una estrategia de paz bajo esos parámetros. Evidentemente, aunque encajen en el mismo marco político-militar, entre una estrategia de paz y otra de acción militar no deja de haber una importante contradicción que habrá de desenvolverse desde un cierto desdoblamiento y, a la vez, desde un criterio de unidad. En lo que al primero de los factores se refiere, desde el mismo momento de que la citada propuesta fuera presentada por Batasuna, parece claro que el desarrollo de la misma ha ido pareja a una mayor movilidad funcional de Batasuna, con un creciente reconocimiento de que es el interlocutor imprescindible que puede convencer a ETA. Este misma cuestión, el que la función que se valora de Batasuna es su capacidad de interlocución con ETA, es el factor de unidad estratégica del conjunto del MLNV y el que les otorga un increíble poder de veto cuyos términos ya analizaremos un poco más tarde.
Con el PP -representante genuino de la pura derrota de ETA- al acecho, se está librando un rebuscado juego de posiciones entre los partidarios del final dialogado y el proceso de paz. Bajo el estandarte de que "la política puede ayudar al final de la violencia", los unos, con un cierto apresuramiento, se debaten entre la reforma estatutaria y la normalización política con el reconocimiento del derecho a decidir de los vascos de la CAV, debate que quieren llevar a una mesa con una representación plural de base institucional. Los otros, aunque han exigido la conformación formal de la mesa de representantes vascos antes de Aberri Eguna 2006, demandan que ésta represente a los ciudadanos de todas las regiones vascas y aventuran un largo proceso que puede frustrarse si no concluye con el reconocimiento de la soberanía y la territorialidad vascas.
Poder de veto. Sobre este escenario, lo más significativo es la falta de cohesión entre los que aprobaron el pasado 17 de mayo en el Congreso la resolución de final dialogado. Pese a que esta resolución señala que el único destino de ETA es disolverse y deponer las armas, ETA no indica nada parecido. Sólo llega a comprometerse con las condiciones en las podría "superarse el conflicto armado" sin mencionar la disolución de la organización ni a la entrega de armas que se le pide. Los recién publicados papeles de Mikel Antza, que detallan el esquema negociador de la organización terrorista, omiten asimismo toda mención a su desarme o a su desintegración.
Y mientras la repetida moción parlamentaria señala la necesidad de activar el final dialogado con aquellos que manifiesten una clara voluntad y actitudes inequívocas de poner fin a la violencia, los partidos que allí la apadrinaron entre ellos el mío- discuten sobre la conveniencia de aparcar esa exigencia hasta la llegada de una fase resolutiva, de cuyas particularidades no se conoce o no se dice nada.
ETA, no obstante, sí tiene una idea clara de las reglas de juego que deben operar en todo el proceso. No fía los resultados del mismo únicamente a su capacidad estratégica. Consciente de la superioridad de los mecanismos de poder, preocupada por el riesgo de que sus enemigos pudieran tomar la nueva estrategia de paz como una muestra de debilidad, ha blindado su papel en el modelo negociador que articula la propuesta de Anoeta con varios dispositivos que le otorgan un poder extraordinario de veto o de tutelaje.
He aquí el primer dispositivo de tutelaje: en la mesa de operadores vascos debe estar Batasuna, que aporta el imprescindible conocimiento de aquellas condiciones que podrían persuadir a ETA de optar por la paz. Cumplido este primer requisito, esta Mesa formalizaría un acuerdo que ETA podría estimular sin suscribir (en la línea del IRA) o incluso apoyar plenamente. Ahora bien, ETA no daría por superado "el conflicto armado" sin que el Estado formalizara la garantía de respetar el acuerdo de la mesa en lo que viene a significar el segundo dispositivo de veto en manos de la organización armada. El tercer dispositivo está ligado a la "materialización" del proceso acordado: la disposición de ETA a dar pasos concretos en el terreno de la que llaman "desmilitarización" estará herméticamente vinculada a la irreversibilidad de los avances materiales y a salvaguardar el quehacer del MLNV al volante del proceso, como "motor del cambio político".
De esta manera, la presencia de ETA, con tantos interruptores del proceso en sus manos, condiciona determinantemente el modelo. Por plantear un ejemplo muy gráfico, la experiencia norirlandesa clarifica suficientemente la incidencia que junto a una actitud indulgente hacia la cuestión de las armas y las actividades paramilitares de la que hoy se lamentan la mayoría de los implicados- el hábil manejo por parte del IRA de dispositivos de veto equivalentes a los expuestos ha tenido en el arruinamiento del eje moderado en torno al que se articuló el acuerdo de Stormont.
El dentro y el fuera del proceso de paz. El objeto de semejantes mecanismos de tutelaje es que los avances políticos que se acuerden en el proceso de paz se materialicen de forma irreversible. En palabras de Gerry Adams, un proceso de paz es "más que una fase, un momento, un espacio que necesitábamos ocupar para poder seguir hacia delante". El proceso de paz es un espacio y un tiempo concretos -un escenario de lucha que habría que ocupar dentro de un proceso de más larga duración-, y precisamente por ello un espacio y un tiempo limitados.
El nuevo punto de ruptura, cuya imposibilidad de síntesis llevaría al antagonismo, se situará en el futuro fuera de los límites definidos por el eventual acuerdo de paz. Para que este nuevo conflicto antagónico ejerciera de motor de futuros cambios políticos, en clave de rechazo al orden consolidado tras un proceso de paz, requeriría de un sujeto renovado. Por esto mismo, el MLNV se planteará prevenir desde ahora el riesgo de que la dinámica interna del proceso de paz consiga integrar al polo revolucionario y acabar con él .
Para impedirlo, salvaguardando la continuidad del sujeto revolucionario, procedería reconfigurarlo para que tuviera presencia activa tanto dentro como fuera del proceso de paz. En este sentido, la propuesta de Anoeta representa el dentro del proceso mejor que nada, aunque se sitúe en el fuera de las instituciones. Y, por su parte, el ejemplo del IRA es de nuevo el prototipo de cómo podría afrontar ETA el fuera del proceso de paz. La organización paramilitar norirlandesa alienta el acuerdo de Stormont, "sigue atentamente la evolución de los acontecimientos", pero no está completamente dentro del mismo ya que expresamente rechaza las determinaciones referentes al desarme. Hay además un IRA escindido, desdoblado, fuera del proceso de paz, una organización que, para más información, fue autora de la masacre de Omagh en verano de 1998.
Un proceso democrático de signo positivo requiere de fundamentos previos. Este artículo tenía un objeto concreto, desentrañar el guión estratégico con el que ETA afronta el nuevo ciclo político que se abre en Euskadi. A lo largo del mismo, sin embargo, he podido testimoniar una cierta decepción por el enredo en el que se han involucrado los representantes políticos con los que más me identifico. El discurso de asumir riesgos no me sirve: asumir riesgos es ser capaz de evaluarlos anticipadamente.
Euskadi necesita abrir, por supuesto, un nuevo proceso democrático. Si algo ha quedado claro en las últimas elecciones automáticas es eso. Prácticamente el 80% del electorado vasco ha hecho su opción a favor de un impulso a su autogobierno. Los dos bloques de electores más importantes, los nacionalistas y los socialistas, se han acercado en un cauce ensanchado de la centralidad, en el que hay que trabajar con una vocación integradora de la diversidad de corrientes, orillando los antagonismos.
Personalmente, creo en que la resolución parlamentaria del 17 de mayo sobre final dialogado se recupera, aunque sea simbólicamente, mucho de lo que se ha retrocedido desde la extinción del pacto de Ajuria Enea. Esto debería significar la reapertura de un eje institucional entre los gobiernos vasco y español que, a la postre, contribuirá en mi opinión a desanudar los ataduras que inmovilizan el progreso de la política vasca y propiciará la apertura de un proceso neoestatuyente.
La apertura de un nuevo proceso democrático se debe hacer desde una disposición constructiva, abierta en relación a los contenidos a abordar y socialmente inclusiva, aunque también alejada del voluntarismo acrítico que se hizo ideología oficial en tiempos de Lizarra.
Por esta razón, hay que subrayar como inaceptable que la apertura de un proceso democrático sin exclusiones nos obligue a privilegiar a algunos con el carácter de interlocutor imprescindible o nos obligue a someternos a mecanismos de veto como los que hemos puesto aquí de manifiesto. Todo proceso democrático ha de tener por otra parte un marco deliberativo y resolutivo, un lugar institucional con el que está identificado el conjunto de la sociedad convocada a dialogar y a construir su futuro. El elemento decisivo de este proceso, si se confirma la nueva relación de sintonía entre los gobiernos español y vasco, serán estas instituciones y la renovación del pacto entre ellas, con unos nuevos contenidos que amplíen nuestro autogobierno y favorezcan la mejora de la convivencia y la paz social. Más allá de esto, a ETA le corresponde dejar las armas, abandonarlas, entregarlas o lo que decida. Y mientras no lo haga, a las fuerzas democráticas nos corresponde denunciar sus acciones y combatirlas eficazmente.
El rechazo a la coacción y a la imposición violentas, el respeto a las decisiones e instituciones democráticas y la búsqueda de la integración mediante el diálogo son, en resumen, los fundamentos previos sobre los que se debería construir cualquier proceso político, sea a su vez nombrado como proceso de paz, final dialogado o derrota del terrorismo o normalización separada de lo que es la pacificación. En este marco de trabajo, es posible afrontar un dinámica de naturaleza constructiva, que se desenvuelva en términos de beneficio popular, con igualdad de oportunidades para que la sociedad vasca pueda decidirse de la forma que desee ante la pluralidad de proyectos que hoy rivalizan en el país.
i Gerry Adams, "Memorias Políticas. El largo camino de Irlanda hacia la paz" Aguilar 2005.
ii José Luis Rodríguez Zapatero. Intervención en Pleno Congreso de Diputados 2005/05/11.
iii Entrevista a ETA en Berria, 2005/04/02.
iv Francisco Mercado, Artículo en El Pais 2005/07/18.
v Entrevista a ETA en Berria, 2005/04/02.
vi Gerry Adams, "Memorias Políticas. El largo camino de Irlanda hacia la paz" Aguilar 2005.
viiGerry Adams, "Memorias Políticas. El largo camino de Irlanda hacia la paz" Aguilar 2005.

References: artículo 10
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