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Timestamp: 2017-05-23 08:56:16+00:00

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New York, NY. EE.UU. Año 6- - ARTÍCULOS LITERARIOS PARA SECUESTRADO ME FORMÉ COMO EMPRESARIO
Oscuridad y Luz en la Vida de un Secuestrado
(Libro que será publicado en Marzo de 2.005. Anticipo difundido, con autorización del Autor, por NTC ... ntc@andinet.co )
“A mis Padres, Nabor y Esther,
cuya memoria- linda, vital e inspiradora- estuvo siempre a mi lado al pergeñar estas notas”
Humberto Vélez Ramírez, Programa de Estudios Políticos, Instituto de Educación y Pedagogía, Universidad del Valle, Cali, 2004.
PARA SECUESTRADO ME FORME COMO EMPRESARIO
Cinco Momentos ‘sicosociales’ en una Experiencia de Secuestro.
“Cada vez que sentía en el patio trasero el ruido de alguna herramienta, ya fuese recatón, pala o azadón, me imaginaba que estaban cavando el hoyo de mi sepultura.”
(Bernardo Pachón Garzón)
Don Bernardo no magnifica el suceso, “fue como si en la tierra donde viví me hubiese formado para secuestrado, si no hubiese sido yo, habría sido otro cualquiera, algún otro empresario quindiano, fue ése un gaje del oficio”, nos dijo a los entrevistadores, pero tampoco lo minimiza, “claro que fue un hecho doloroso, contrastó, el más cruel entre los que desde la infancia he tenido en mi vida”. Don Bernardo y su familia, y es ésta una conducta recurrente entre ex-secuestrados, no hacen parte de las víctimas que con la sana intención de “olvidarlo todo para poder continuar la vida”, se niegan a hablar sobre su experiencia de secuestro. Por el contrario, opinan que ahora, como nunca, en una sociedad como la colombiana, en la que el secuestro como crimen colectivo organizado se ha universalizado, estamos todos en la obligación de preguntarnos cómo y por qué se llegó a una situación tan extrema, 22.000 secuestrados entre 1996 y el 2002 (1).
Como nunca se impone, entonces, hablar y pensar en público sobre este azote social. Este no es un hecho más de la ya perversa y deprimida cotidianidad nacional. Más allá, es la expresión del elevado grado de descomposición cultural, de crisis moral, como de desorientación en la conducción de la vida social, al que ha llegado el país colombiano.
El secuestro de don Bernardo Pachón Garzón tuvo lugar en la tierra de los viejos ‘Quindos’. En esa edénica pero ahora socialmente postrada región, que con anhelo busca un nuevo horizonte de sociedad regional, pues mientras su economía, como producción, en definitiva ha hecho crisis, como cultura se resiste negándose a desaparecer (2). O, por lo menos, a reapostarse a la luz de un nuevo modelo económico en el que el turismo comercial y ecológico cultural combinado con una producción cafetera especializada e internacionalmente competitiva por su excelente calidad, encuentren la centralidad.
Las carreteras quindianas normalmente desembocan en un cafetal, o en uno de pepitas rojas o en uno virtual y activo como cultura. Casi todas ellas son estrechos caminos pavimentados, que zigzaguean entre ascensos y descensos cortos, entre peligrosas curvas y recurvas y que terminan en casas de arquitectura paisa y de subidos y variopintos colores. Por uno de esos caminos, llamado Callelarga, sacándole el mazda a los desasfaltados huecos y con la ‘pensadera’ subiéndole y bajándole al ritmo de la topografía, transitaba el conocido cafetero a las 8 a.m de un cálido 17 de febrero de 1991. Ese día no lo acompañaba alguno de sus hijos y de guardaespaldas ni hablar, pues ni su estilo de vida ni su conciencia tranquila ni su talante independiente los aguantaba. “En ningún momento observé nada extraño, nos contó, al menos algo fuera de lo normal, algo que rompiese con la rutina diaria” cuando con la rápida eficacia de empresario de agenda muy ocupada, desparramaba actividad por todas partes. Acá unas instrucciones técnicas. Allá un juicio práctico. Más adelante un afectuoso consejo y a todo momento brindando “buenos días” a paisanos, trashumantes y conocidos. Al salir de la finca “La Cruz” miró de reojo un sobrecargado palo de café “palotiado”. Le sonrió entonces a la filosofía práctica de Jaime Alonso, uno de sus asesores, quien, siempre le decía:”El café, Don Bernardo, es una maleza a la que hay que tratar con mucho cariño y con buena técnica”. “Por esos días, nos contó, los cafeteros quindianos andábamos algo preocupados” y cómo no lo iban a estar si los precios externos del grano empezaban a moverse en baja y si al Quindío, hasta entonces un paraíso natural sin mayor violencia, lo rodeaban regiones con un conflicto armado en alza y si, bajo la forma amenazante del secuestro, el miedo social se había asomado ya entre ellos afectando la tranquilidad colectiva de una región, que desde la violencia entre partidos de los años cincuenta, no había vuelto a alterarse de modo significativo.”En ese entonces sólo Dios sabía, opinó ahora, cómo iban a evolucionar esas tres amenazas”. Se refería a las de las bajas de los precios del café, la guerra interna y los secuestros. “La situación se estaba tornando muy grave, continuó contándonos, sobre todo después de que por esos días habían secuestrado a Don Mario Garzón, un conocido comerciante de Armenia”. Pero, ese domingo por la mañana, por fin no fue vano el pronóstico que, desde tiempo atrás, le habían venido haciendo amigos y allegados, “vea, Don Bernardo, cuídese, deponga tanta confianza y cambie su rutina diaria, mire que en el Quindío el clima de seguridad está cambiando como alterado se encuentra en casi todo el país” y de verdad que ese día para él se alteró del todo cuando al disminuir velocidad para tomar una curva, de sopetón se tropezó con un automóvil azul atravesado.
Don Bernardo, de peón y alfarero había pasado a fondero en una importante vereda sevillana. De tendero campesino había hecho el tránsito a dueño de finca en los alrededores de Barcelona. Reproduciéndose como finquero, en Armenia, como comprador de café, había llegado a ser el más importante mediador entre el campesinado productor y los exportadores del grano. Pero Barcelona fue y ha sido siempre su más importante referente existencial de vida. Y en Barcelona lo secuestraron. Allí le expropiaron el segundo derecho individual humano, que es el derecho a la libertad personal. Aquel que se encuentra en la puerta de salida del primero, el derecho a la vida, pues ésta tiene sentido si uno puede, por lo menos de modo relativo, hacer de ella el proyecto existencial que quiera.
Bernardo Pachón Garzón, esposo, Ana María Valencia Jiménez, esposa, y Ligia, Bernardo, Amparo, Lyda, Marina, Jaime, Carlos, Fabio, Fernando, Juan Manuel, Patricia y Gustavo, hijas e hijos, constituyen la más espontánea prolongación cultural del Barcelona quindiano. Casi todos y todas habitan en Armenia, pero respiran y son y tienen en Barcelona. En esta población donde, como en la canción de Serrat “el sacristán ha visto hacerse viejo al cura, el cura ha visto al cabo y el cabo al sacristán y mi pueblo después ha visto morir a los tres”; en este Corregimiento de la caciquesca Calarcá, al que las relaciones de poder nunca le han alcanzado para formar la ordenanza que lo convierta en municipio; en esa Comunidad que, en construcciones y escuelas y cuerpo de bomberos y casa de la cultura y población se dobló a raíz del último sismo; en ella que, en el período postsismo, en materia de horizontes de vida y de trabajo se quedó en vilo; en ese terruño, los Pachón Valencia telúricamente han enraizado el corazón. En él sueñan y piensan y sienten y programan y realizan desde 1932 cuando Don Bernardo, apenas en mocoso de ocho años, llegó allí procedente del Cundinamarca papero. “Allí en Barcelona, tras el sismo del 25 de enero de 1999, y como en casi todos los municipios quindianos, nos dijo uno de los Pachón, se reconstruyeron, en un nivel técnico bastante mejorado, casas y escuelas y capillas y acueductos y hospitales y beneficiaderos, pero se nos olvidó sembrar un polo de desarrollo postsismo, una fuerza humana que nos proyectase hacia el futuro”. Y así lo atestiguan el actual estancamiento económico del departamento, los bandazos que dan las gentes al buscar el reacomodo, los experimentos productivos frustrados, los desfases entre la cultura productiva y las realidades económicas, los desalientos de muchos frente al menor decrecimiento del turismo, el renacimiento de las esperanzas cafeteras frente a una leve y artificiosa subida de los precios externos del grano, el desespero de las empresas instaladas pugnando por sobrevivir, la ausencia de un horizonte claro de sociedad y de economía hacia el cual apuntar, así como el decrecimiento de los indicadores de desarrollo humano y de calidad de vida.
Con sucesos como ése, el del plagio de Don Bernardo, como con el de otros importantes hombres de negocios, el Quindío entró, al iniciarse la década del 90, en el proceso de universalización acelerada del secuestro en el mapa criminal colombiano. Entonces, en esta sociedad, de modo ascendente el secuestro, desde los inicios de esa década, empezó a elevarse hasta alcanzar, al iniciarse el siglo XXI, la condición de la forma perversa más evolucionada del crimen colectivo organizado en la vida social. “Ya diez años atrás, nos recordó Don Bernardo cuando buscamos inscribir el problema de su secuestro en las dinámicas sociales y políticas, yo había vivido tremendo terremoto interior, que también me dejó desastres y me sacó adelante la misma esperanza y brega que tendremos que desplegar ahora en el eje cafetero si queremos salir adelante “y esto, con la preocupación sudándole en la frente, nos lo manifestó la persona a la que ese trágico 17 de febrero a las 8 y 20 a.m. en una curva de Callelarga le pusieron un revólver en la nuca al grito de “necesitamos una platica, Don Bernardo, y usted nos la va a suministrar”.
Sobre los episodios que rodearon su traída a la finca Altobonito, Corregimiento de Villa Nueva, Municipio de El Aguila en el Valle del Cauca, Don Bernardo no guarda mayor memoria. Esta sólo lo acompañó hasta la entrada a Armenia, a 8 kilómetros del sitio del secuestro, para reanimarse cuando lo estaban embutiendo en una larga noche, cuya travesía le duró cien repetidos días. O como él nos manifestaría, en ese tránsito “sentí que perdí veinte años de vida”.
Que como íntima experiencia de vida nos contase qué había sido para él lo más duro e inhumano de su secuestro, que nos hiciese un corto balance a ese respecto, fue la pregunta inicial de la Entrevista en profundidad que le hicimos. A ésta, colaborador y animador, había accedido, no obstante la dimensión dolorosa de esa invitación a replicar el drama. Conviene señalar que, como acción pedagógica, lo habíamos advertido sobre la función que nos pudiese transmitir sobre su experiencia de secuestro. Que como objetivos centrales de la entrevista se buscaba, de un lado, contarles a familias en situación similar cómo se las había arreglado él para frenar y retrotraer y manejar la “suspendida” muerte (3) y, del otro, constituirse en la ocasión para formular alguna reflexión sociológica crítica sobre el secuestro en el país. También le hablamos de las hipótesis derivadas del estudio realizado por el psicólogo Emilio Meluk. El que él, Don Bernardo, de modo espontáneo se hubiese ofrecido a contarnos esa experiencia de vida, en alguna manera ligada a su proceso de formación como empresario, podía ser una buena indicación de que había superado, muy a la positiva, las inevitables secuelas del plagio. No le daba temor hablar de él ni lo obsesionaba la idea de que lo pudiesen volver a secuestrar. Y hasta accedía a contar lo por él vivido“por si, como nos lo había manifestado, otros podían derivar de allí alguna enseñanza”. Que de 300 exsecuestrados invitados por Meluk a participar y cooperar con ese estudio, sólo 80 se habían atrevido a rememorar y, sobre todo, a compartir esa dolorosa experiencia de vida (4.), fue el dato estadístico que finalmente le dimos. “Pues yo, nos dijo decidido después de escucharnos, sí quiero contar algo de lo por mí vivido y hasta sugeriré algunas cositas positivas”.
“Cada vez que sentía en el patio trasero, así comenzó la entrevista, el ruido de alguna herramienta, ya fuese recatón, pala o azadón, de inmediato me imaginaba que estaban cavando el hoyo de mi sepultura” y en realidad de verdad que ese sentimiento de proximidad de la muerte fue muy intenso y absorbente, sobre todo en un comienzo. Con los días, de modo progresivo esa sensación se fue debilitando pero sin que jamás se desvaneciese del todo Más bien, fue quedando subordinada a los ritmos de otras representaciones individuales, asociadas a los distintos estados emotivos y tiempos sicosociales por los que transitó durante esos tres meses largos que duró su cautiverio. Como para reforzar ahora, con esta experiencia individual, la generalización formulada por Melluk: “El riesgo real de morir en la operación de secuestro es la primera y principal lectura que hace la víctima. Es un temor que lo acompañará siempre, independientemente del trato que le den los secuestradores, y que seguirá presente aún después de haber sido liberado. Ese temor lo hace dócil y manejable porque los secuestrados no son personas con un entrenamiento previo para enfrentar situaciones de violencia o de guerra, ni están en alerta permanente con relación a amenazas de muerte o al secuestro”. (5)
El secuestro, entonces, es una vivencia cruel que, al inyectarle a la víctima el imaginario individual de que es más posible morir que sobrevivir, le borra los límites entre lo uno y lo otro. Que le desdibuja las distancias entre este mundo y lo que pueda haber más allá de él. Que, mientras perdura, sicológicamente le fractura la interdependiente unidad entre el cuerpo y la mente. En síntesis, el secuestro es como escuchar durante todo el ‘tiempo’ que dure el más interminable ‘tiempo’, a un pregonero gritándole al secuestrado desde un esquina de su intimidad, “Ud. ha sido condenado a muerte”. Como nos lo señalaron dos sicólogas al conocer el caso de Don Bernardo,”metafóricamente un secuestrado es un muerto con signos vitales”. (6)
Haciendo un gran esfuerzo pedagógico, ese fue el cuadro que, frente a la posibilidad vida-muerte, medio le esbozamos a Don Bernardo. Y él, pausado, reflexionó que no obstante la eternidad de ese “rato”, no es que durante él hubiese habido mucho tiempo para reflexionar, pues, “sobre todo al principio, lo que me pasaba era mucha ‘sentidera’. Mi estado era como el de un sonámbulo. Durante esas muy largas noches, que continuaban durante el día, las horas sólo me alcanzaban para preguntarme si estaba vivo o si estaba muerto, si estaba despierto o si me encontraba dormido”. Y así nos hablaba mientras dos gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas testimoniando la intensidad de sus recuerdos.
Como para confrontar esta experiencia de Don Bernardo asociada a una de las hipótesis de Melluk - a la de la inevitable caída de la capacidad de razonar en caso de secuestro - con la experiencia vital de otro secuestrado. Álvaro Gómez Hurtado escribió que durante su plagio había carecido de “temas para meditar”. (7) Pero, antes de correlacionar estas dos experiencias de secuestro, la de un práctico hiperactivo, Don Bernardo, con la de un intelectual de igual talante, Álvaro Gómez Hurtado, avancemos otros elementos sobre la conciencia “del tiempo de secuestro” del primero.
En la actualidad Don Bernardo no alcanza a fijar en qué proporción sus 24 largas y malhadadas horas diarias de oscuridad, que, sumadas a las siguientes, hicieron 48 y a las subsiguientes, 72 y así hasta alcanzar 2.400, se distribuyeron y redistribuyeron entre el sueño, el insomnio y la semivigilia. Pero, aguzando el recuerdo nos dijo que él creía que, sobre todo en la primera parte de su plagio, “lo que podía llamarse dormir, dormir…no había ido más allá de dos horas al día y eso ya por físico agotamiento”, pero, que “después lo predominante había sido ese estado entre estar dormido y estar despierto que llaman semivigilia”. De nuevo nos topamos con Meluk,” Si se tiene en cuenta que la amenaza contra la vida produce en casi todo el mundo un estado defensivo, de alerta permanente para protegerse de la amenaza y que el sueño es el estado contrario, de relajación, se entiende que durante el cautiverio se presente el insomnio en el secuestrado de una manera acentuada. Dormirse equivaldría a no defenderse, a bajar la guarda y correr el riesgo de ser asesinado por los plagiarios en medio del sueño”. (8) Como decir, “si me duermo, me matan”.
En general, el miedo, sea el que sea, es inherente a todas las fases del proceso de la experiencia de secuestro. Fue así como al corazón de Don Bernardo, durante esos cien días, siempre lo ahogó alguna forma de miedo. En un principio, a morir; luego, a la soledad, a los murciélagos; y finalmente, y fue éste el sentimiento que en definitiva en él se impuso, el miedo a que la aburrición se le hiciese eterna.
Confrontemos ahora sí este último y definitivo estado de ánimo de Don Bernardo, el de la monotonía y la aburrición, con la experiencia vital del otro hiperactivo ya señalado, Álvaro Gómez Hurtado. Aunque provenientes de experiencias muy disímiles de vida, del intensivo mundo de los negocios el uno y del absorbente ámbito de la reflexión el segundo, uno y otro, una vez trascendida la fase de miedo a la muerte, se aburrieron “hasta más no poder”. Don Bernardo por “no tener nada que hacer”. Gómez Hurtado por carecer de “temas para meditar”. Así se representó el tiempo psicológico Álvaro Gómez: “Los días transcurren casi en silencio, y por falta de temas para meditar, parecían muy largos. Ningún hecho diferenciaba uno del otro. En mi caso la monotonía no acortaba el tiempo como algunos prisioneros han escrito, si no que lo alargaba indefinidamente; era como si no transcurriese; como agua estancada”. (9) Entonces, como lo atestiguan estos dos casos, el secuestro es mucho más que el mero problema abstracto de la privación de la libertad personal. Es, más bien, la anulación radical o, mejor, la suspensión de la historia biográfica concreta de las víctimas con los espacios y tiempos que les son propios. De sus proyectos personal, familiar y social de vida. Por eso el secuestrado que logra pasar a una de las dos orillas del tormentoso río, a la de la vida por ejemplo, para bien o para mal queda marcado por el imaginario de renacimiento. De acuerdo con los estudiosos del tema, el tiempo psicológico, el subjetivamente vivido en la conciencia de cada quien, el que podríamos denominar el imaginario temporal, presenta dos importantes determinaciones. De un lado, la cantidad de eventos acaecidos durante una unidad dada de tiempo cronológico- minutos, horas, días o años- y, del otro, la manera diferenciada como esos sucesos afectan emocionalmente a cada persona Si los eventos son pocos y reiterativos y poco gratificantes, el tiempo se siente como largo y estirado. Por el contrario, si son numerosos y nerviosos y gratificantes, las horas se sienten y viven como si fuesen minutos. Para Álvaro Gómez Hurtado, como inquieto intelectual de intensa vida pública y privada, durante su cautiverio el tiempo le resultó alargado y monótono, pues, qué ironía, carecía de temas para pensar. Pero, a Don Bernardo, apurado hombre de negocios cuya jornada laboral histórica se iniciaba siempre a las cuatro de la mañana, el tiempo también se le hizo de lento ritmo y de paso de tortuga pues, qué tristeza, carecía de cosas para hacer. Temperamentos hiperactivos el uno y el otro, la experiencia sicológica ‘del tiempo del secuestro’ les resultó dramática por lo alargada.
“Mi día, nos contó Don Bernardo, consistía en 24 horas de oscuridad apenas interrumpida por dos instantes muy iguales, uno para recibir un plato de repetida comida y para entregar una bacinilla con los orines y otro para lo mismo” pues, para él, durante esos tres meses, días, de esos con aurora mojada y aire fresco y anochecer invitando al sueño, en la práctica, no hubo, a excepción de las dos ocasiones en las que le interrumpieron la oscuridad. En una, para hacerle al aire libre una teledirigida grabación y, en otra, para asistir en la manigua a la más apocalíptica tempestad chocoana.
Distinguiendo ahora períodos, es decir, tratando de periodizar, como decimos los historiadores, en la pequeña pero dramática historia de Don Bernardo, en ‘esa noche de cien noches’, podemos distinguir cinco largos “ratos” diferenciados, asociados a diversos estados socioanímicos que, al funcionar, como espacios virtuales dieron lugar a ciertas representaciones, como a maneras particulares de vivir, de sentir y de experimentar los tiempos del secuestro. Que me perdonen los psicólogos la osadía, pues al hablar de estados socioanímicos y de espacios simbólicos y de representaciones individuales y de tiempos sicológicos me estoy entrometiendo en la esfera de la psicología social. De todas maneras, como investigador interdisciplinario estallaría si no adelantase esta atrevida consideración metodológica. Primer ‘Rato’: Un cuartucho repleto de oscuridad reforzada por un grueso plástico negro forrando las paredes. Un tiempo que, al iniciarse alargado, a cada instante se hizo más alargado. Una representación de estar entrando al túnel de la muerte. Un miedo terrible.
Este primer momento psicosocial estuvo marcado por el sentimiento del miedo a la muerte. Como contrapartida, esta sensación se acompañó del anhelo de la más rápida liberación. “Si, mis hijos deben estar ya reuniéndose con los secuestradores, sólo es cuestión de algunos días, mientras reúnen el dinero”, eso era, nos contó, lo que ingenuamente imaginaba desde el segundo día cuando, al organizar un poco las ideas, se percató de que estaba secuestrado. Y que así soñase era sicológicamente explicable, pues la creencia en la una rápida liberación era la única forma que tenía para morigerar ese terrible y terrorífico sentimiento de encontrarse a las puertas del sepulcro. Esta sensación se le agigantaba cada vez que escuchaba la voz de alguna herramienta en el patio cuando sus cancerberos lo que seguramente estaban haciendo era rajar la leña para atizar el fuego.
Don Bernardo no alcanza a fijar ahora cuántos días duró esta primera fase de su cautiverio, “allí me tuvieron mucho tiempo”, nos dijo, pero al revisar el inédito “Diario de un Secuestro” de su hijo Bernardo, se logra inferir que duró unos 20 días. Fue éste el tiempo consumido en obtenerse la segunda prueba de supervivencia, que se construyó, como se verá, a campo abierto, a plena luz solar. La primera había sido el envío de un diario de circulación nacional con la firma y cédula del cautivo. “Cuando más o menos me estaba despertando después del secuestro, cuando me rociaron una sustancia de amoníaco por todo el cuerpo- así nos introdujo al primer sitio del cautiverio que, al fin y al cabo, fue el principal- me di cuenta que me estaban subiendo a una camilla en las orillas de una quebrada. Más tarde, serían como las seis, me llevaron a un rancho de tablas. Ahí tomé conciencia, pero como a los dos días, de que me tenían secuestrado. Allí me tuvieron por mucho tiempo en un cuartucho forrado de un plástico negro y grueso” en una de cuyas paredes superiores había una ventanita que medio se abría dos veces al día, una para recibir un plato de arroz con maduro, de vez en cuando adobado con un disimulo de carne, y, otra, para entregar la bacinilla con los orines y excrementos. Entre el cuartucho de tablas y la quebrada mediaba un patiecito donde a toda hora ladraba una ronca perra color canela. De modo permanente lo acompañaban cuatro hombres de rostros anónimos bajo los pasamontañas, que se turnaban permaneciendo uno, siempre armado, al pie de la puerta de entrada y otro en la cocina. Este, siempre el mismo, de modo particular le llamó la atención, pues “por sus harapientas pero coloridas ropas parecía un vagabundo, de esos venidos de la ciudad “. “De él y por él, precisó, en algunas ocasiones sentí compasión”. Fue éste personaje el que más tarde, cuando en un tercer ‘rato’ estaban en la manigua, lo invitó a jugar tute ganándole el vagabundo todos los granitos de maíz apostados. En el caso de Don Bernardo, constituyó ésta quizás la única expresión lejana del “síndrome de Estocolmo”, pues muy pronto tuvo claro que sus vigilantes no eran más que personas a las que les pagaban por su desvalorizado oficio. Que quizás ni siquiera conocían a alguno de las cabecillas de esa empresa del secuestro. Que eran meras fichas asalariadas dentro de la división del trabajo en ese negocio de compra venta de seres humanos. Que eran también una especie de secuestrados. Don Bernardo nunca emitió un juicio moral sobre ellos limitándose a decir que se trataba de personas “ignorantes y casi sin educación alguna y seguramente con muchas necesidades y amarguras en el alma”. Por idénticas razones, entre sus planes nunca estuvo el de negociar de modo directo su rescate con los plagiarios. Esto aunque, en algunas ocasiones, o soñó o pensó o imaginó que, encontrándose en presencia de alguno de los dueños de esa criminal organización, con facilidad llegaba con él a un acuerdo:”vea, le proponía, quédese con esta finca y asunto arreglado”.
Ni lo amenazaron ni lo maltrataron ni lo insultaron. Nunca ni en alguna ocasión. No había necesidad de hacerlo, pues con el mero secuestro ya había sido puesto en condiciones objetivas de sufrimiento. Las condiciones subjetivas para agudizar o suavizar la pena, se las labraría él solito a partir de su propia personalidad, de su acerbo acumulado de experiencias de vida, así como de sus formas personales de procesar y manejar esa situación, para él completamente inédita. Esto no obstante, en esta primera fase del secuestro, cuando el terror de muerte lo aplastaba, por dos vías, con eficacia le administraron y exacerbaron el miedo. Primero, profundizándole el silencio físico objetivo, una de las notas características de la oscuridad. Y segundo, creándole dudas sobre la lealtad de su familia, así como sobre la posibilidad de una rápida respuesta solidaria por parte de ella. En cuanto a lo primero, los vigilantes siempre se negaron a intimar con él, “no podemos ni medio abrirle la puerta”, le decían en unas ocasiones, “tenemos prohibido hablarle”, le afirmaban en otras, “en definitiva no nos hable más allá de lo necesario”, terminaron por manifestarle. El lenguaje de los monosílabos fue la táctica más eficaz para cortar toda posibilidad e intento de comunicación. Al ser ello así, Don Bernardo se vio obligado a aprender el lenguaje de la oscuridad, a escuchar sus voces, a dialogar con ella. Y fue así como, más adelante, al inventarse recursos para manejarla, pudo alcanzar cierto control sobre su entorno. En cuanto a lo segundo, terrible, aunque pasajero, fue para él el drama íntimo cuando pretendieron hacerle creer que su liberación no se había producido porque sus hijos se negaban a pagar por él “la ridícula suma de veinte millones de pesos “. Eso era lo que le decían. Duro golpe éste para ese afectuoso líder familiar que siempre quiso hacer de sus hijos excelentes empresarios de nivel universitario, formados en la filosofía práctica “del trabajo familiar asociado. Tras la dolorosa y lógica reacción inicial, muy ligada a la situación objetiva y subjetiva por la que pasaba, muy pronto alcanzó a reaccionar no obstante el explicable bajón de su capacidad de raciocinio Pudo entonces desenredar el ovillo de la trampa, pues, “haciéndome dudar de mi familia, nos dijo, lo que buscaban era reforzar el control que ya ejercían sobre mí. A partir de este momento, difícil por cierto, la confianza en la lealtad y solidaridad de los míos permaneció inconmovible”.
De todas maneras, a Don Bernardo, en esta primera fase, se le hizo difícil socializar la oscuridad, “mi deseo de ver y sentir la luz del sol, nos contó, a veces era superior al de ingerir alimentos”. Entonces, le suplicaba al cancerbero de turno, “vea, señor, se lo ruego, por caridad, déjeme ver el solecito”, pero siempre le respondía el mismo monosílabo, “no puedo… no puedo”. Un día, conmovido ante tantos ruegos, el vigilante de turno medio le abrió una de las puertas y entonces se dio cuenta que era de día cuando un pequeño recuadro de luz solar cortó la oscuridad del cuartucho y así fue durante cinco minutos, pues los contabilizó en el relojito que no le habían quitado. Eran las 11 y 30 de la mañana cuando de nuevo lo envolvieron en la oscuridad.
En definitiva, campesino de extracción y por historia, Don Bernardo culturalmente era un hombre de luz solar.
En resumen, fue durante esta primera fase de su cautiverio cuando más cercana sintió la muerte y cuando con seguridad sólo durmió dos horas al día y cuando sintió que la capacidad de raciocinio casi que lo había abandonado y que, definitiva, era un ser hecho para sentir meros miedos y temores. Pero, conforme fue asimilando la rutina de sus cancerberos, así como apropiándose de su nueva amiga, la oscuridad, la razón volvió a insinuarse en él y en sus actos, desplegándose hasta donde lo posibilitaba el estado de semivigilia en el que de modo progresivo se sentía ingresando. Segundo ‘Rato’: Una noche de luna y un día de sol a campo abierto. Un relojito contabilizando 36 horas, que se le hicieron minutos. Una repentina representación de haber salido del túnel de la muerte. Menos ‘miedo’, mucho menos ‘miedo’ pero todavía mucho‘miedo’.
Este segundo pero rapidísimo momento psicosocial estuvo marcado por las alegrías de una media luna y de un sol bañándole la cara.
Todo sucedió cuando de repente, entre un indiferenciado rato y otro igual, “yo no sé si al poco o al mucho de haber llegado”, nos precisó don Bernardo, lo metieron en una camilla y se lo llevaron montaña arriba. “Dichoso anochecer, rememoró sonriente, y más dichoso fue el amanecer” y no pudo si no haber sido así, pues ya casi había perdido la memoria de los límites entre el día y la noche y, sobre todo, los existentes entre los campesinos tragos y el desayuno paisa. La razón de la salida no había sido otra que la de una necesaria grabación. De la ciudad habían llegado dos señores con los rostros anónimos bajo los pasamontañas, quienes expresamente le reconvinieron lo que de modo obligatorio debía decir en la misiva que le iba a enviar a sus hijos. “Por lo demás, le ordenó uno de ellos, sin hablar mal de nosotros, puede decirle a su familia todo lo que de lindo le dicte el corazón”. Don Bernardo recuerda que la grabación fue extensa, que duró casi una tarde entera. Sin embargo, como la lectura del texto recibido no consume más de minuto y medio, puede inferirse que fue objeto de un cuidadoso trabajo de edición.
Este fue el texto recibido: “Buenas tardes, hijos (confusas se escuchan algunas voces en el fondo). Yo los saludo, estoy más o menos bien, lo único malo es el hipo que me molesta. Les pido el favor, a ver si logran retirar la autoridad para que estos señores puedan arreglar con ustedes. Me saludan a su mamá que cumplimos años el 8 de este mes… (pausa larga). Tengan mucha paciencia, vean a ver si arreglan este negocio. De todas maneras, yo estoy muy aburrido. De los negocios que yo les había encargado, de la letra de José María…(pausa larga y no se logra entender lo que dice). Consigan unos centavitos con don P.M (se colocan sólo las iniciales de la persona) para que puedan arreglar con estos señores de cualquier manera. Vean a ver qué transacciones hacen, no importa que su mamá tenga que firmar alguna cosa, lo importante es que esto se arregle. De todas maneras, no vayan a dejar sufrir a Juan Manuel y a su señora. Ayúdenle. Hay uno de ellos que cumple años, no me acuerdo cuándo, de todas maneras no los descuiden.(se escucha la voz de Don Bernardo preguntando, ¿qué más ponemos?) Hijos, con su mamá este mes cumplimos años. Habría sido muy bueno haber estado todos juntos en una reunión, pero desafortunadamente no alcanzamos a eso. Pero, pídanle al Señor que esto se arregle pronto. (De nuevo se escucha la voz de Don Bernardo preguntando, ¿qué más digo?). Ayúdenme en este problema, acuérdense que yo los he ayudado mucho a ustedes, de manera que no me vayan a abandonar, no me dejen solo. Me saludan a Bernardo, a Fabio, a Carlos y a todos mis 12 hijos y 15 nietos. Adiós hijitos, Bernardo”. (10)
Encierra este texto un contenido perversamente inteligente cuando se lo examina desde las lógicas de los intereses objetivos de los secuestradores: 1.no intervención de las autoridades; 2. rescate negociado con ellos; 3. realización de acciones expeditas y precisas para reunir el dinero; y 4. el más rápido arreglo. No hicieron los secuestradores un listado de supermercado si no que, con la ayuda o asesoría de una mente experta, con sutiliza envolvieron esas cuatro reivindicaciones básicas en un estéticamente lindo papel-regalo ribeteado de motivos afectivos, todos ellos muy sentidos: el cumpleaños de matrimonio con Doña Ana y la deseada pero imposible reunión familiar de celebración y los cuidados con uno de los hijos menores y la aburrición que lo embargaba y las necesarias oraciones al cielo para que ese asunto se arreglara pronto y los saludos a los 12 hijos sin olvidar los 15 nietos. Como remate, pusieron un coercitivo elemento afectivo para que, como cuenta de cobro, funcionase como factor de presión: “Ayúdenme en este problema, acuérdense que yo les he ayudado mucho a ustedes, de manera que no me vayan a abandonar, no me dejen solo”. A este respecto así analizó esta misiva un Comunicador de la Universidad del Valle, experto en procesos comunicativos: “Se nota en ella la mano de una persona experta o, por lo menos, con muy buena experiencia en la edición de este tipo de mensajes propios de ese universo complejo del secuestro. Se juega con habilidad con lo emotivo para inhibir o, por lo menos, para frenar o disminuir la acción de los juicios racionales; se introducen, sin alborotarlas, no más de las absolutamente necesarias demandas de los secuestradores; y así, en ese juego, éstas sin mayor criticidad logran imponerse casi como lógicas y naturales”. (11)
“Tercer Rato“: De nuevo, un cuartucho lleno de oscuridad ahora menos inamistosa. Una representación de la más próxima y segura liberación. Un nuevo e incipiente miedo, el de una eterna aburrición.
Este tercer momento psicosocial del cafetero quindiano estuvo marcado por los inicios de un importante cambio en su emotividad. Ahora, sin desaparecer del todo, el miedo a las voces del recatón que, como tañer de pueblerinas campanas fúnebres, le anunciaban que en el patio trasero probablemente estaban cavando su sepultura, se había atemperado. La centralidad la empezó a ocupar, entonces, un nuevo sentimiento, el miedo a la monotonía, a la aburrición a ella ligada y, sobre todo, a que ésta se le hiciese eterna. “De todas maneras, yo estoy muy aburrido” fue la única queja, al lado de la del preexistente hipo, que les trasladó a sus hijos en la misiva ya examinada. Fue ésta la sensación que, en definitiva, lo acompañó hasta el final de su cautiverio. Estado de ánimo éste, por cierto, altamente coherente con su temperamento hiperactivo. Coherente, además, con su cultura laboral marcadamente valorizadora del trabajo personal y familiar como única fuente legítima de éxito económico y de acumulación de riqueza. Congruente, finalmente, con su ahora suspendida y frenada historia biográfica de apurado, y siempre, hasta donde su nivel educativo lo posibilitaba, moderno e innovador hombre de negocios.
El día que lo regresaron al cuartucho, ahora con toda la luz del sol bien apresada entre sus ojos, desde el dintel pudo observar cómo encima del destartalado catre había un remedo de colchón propio de indigente extremo. “Así ¿cómo iba yo a dormir?”, nos dijo en el recuerdo de su cautiverio, pero, ahora, hasta lo aceptó, al fin y al cabo ése era su colchón, parte ya íntima de su drama. En ese momento, nos confesó, se sintió cercano al vagabundo que oficiaba de cocinero.
Pero, no hubo tiempo para que su nuevo estado de ánimo, el de la aburrición, se asentara y desplegara, pues sus cancerberos, asustados por el revuelo de un helicóptero sobre la zona, recibieron la orden de trasladarlo a un lugar previsto más seguro: la manigua, la selva chocoana, una de las zonas más lluviosas del mundo.
Cuarto ‘Rato’: Un no tan infeliz acampado bajo la techumbre del cielo. Un control diario del tiempo relojero. Una representación de haber regresado a la vida. Pero todavía, miedo, mucho miedo, ya no a la muerte o al aburrimiento, no sabía a qué…
Fue éste quizás el momento psicosocial menos infeliz de los cinco largos “ratos” que estuvo en cautiverio. Pero esto no obstante, ni los miedos se borraron del todo ni desapareció el desfase entre el tiempo real y el tiempo vivido. Sólo que ahora, éste se tornó menos alargado. Todo ello aunado, y sin dejar de ser y sentirse una vil mercancía, le permitió conquistar un mayor control relativo sobre su entorno.
Empezó así a revolotear en su interior la prometedora mariposa de una pronta liberación. Sus hijos, imaginaba, seguramente ya habían recibido la misiva donde los instruía para arreglar el rescate con esos “señores”, como él los llamaba. Con tanta gente que afectiva o comercialmente lo estimaba, de eso estaba seguro, no había razones de peso para que no hubiesen podido reunir el dinero requerido. Por lo demás, era así como se reanimaba, nada le habían vuelto a decir sobre que sus hijos eran unos berracos tacaños que se negaban a pagar por él “la mísera suma de veinte millones de pesos”. Finalmente, ¿por qué no tranquilizarse un poco si todo parecía jugar a su favor?
Fue ésta la primera vez que se hizo un llamado a aquietarse.
Cosas similares a éstas, aunque no tan precisas, venía anticipando en el cuartucho-túnel cuando de repente la puerta se abrió y “venga y vamos de prisa, que ahora el paseo será más largo, no tema, coopere que nos cogió el día, súbase a la camilla” fue lo que le dijeron en un discurso largo por lo desacostumbrado, pues siempre le hablaban en monosílabos. “En lo más íntimo, nos contó, les agradecí que me hablaran e informaran, pues casi siempre de su boca no salía si no una palabra, ‘no puedo’…no puedo’, ‘está prohibido’…’está prohibido’ “ . Más allá de este condensado y elemental discurso, el silencio era la norma cuando, al abrir la ventanita, aprovechaba la ocasión para hacerles alguna pregunta. En esta oportunidad, con él a cuestas, embutido en una camilla, subieron montes y bajaron laderas sembradas de piedras bobas y cruzaron bravas quebradas hasta llegar al corazón de la manigua. Aquí, bajo un amplio techo de árboles, lo metieron en un improvisado cambuche hecho de palos entrecruzados, éste también forrado de negro, aunque “para felicidad mía, los rayos del sol, nos señaló sonriendo, sin dificultad lo traspasaban“. Fue en esta ocasión cuando el vagabundo, que hacía de cocinero, lo invitó a jugar tute y mientras jugaban se sentía contento por la compañía en sí y porque la tarde se le iba más ligera Lo único que recuerda con relativo desagrado de esa fase de la estadía, es el comportamiento de los murciélagos. Ya tardecito al entrar la noche, se le venían en picada con sus redondos y luminosos y vidriosos ojos y él, por fin ocupado, zas y zaz y zaz los espantaba con un pedazo de plástico negro, que le había arrebatado al cambuche. Aunque al principio les tuvo miedo, “mucho más que el que a veces me imaginaba que le había cogido a ciertos seres humanos que, de modo cruel, hacían sufrir a otros seres”, en un segundo momento pasó a odiarlos porque “ahora, cuando ya podía dormir un poquito más, me perturbaban el sueño”. Sin embargo, en algunas veces, cuando ya había dormido lo suficiente, “notaba la falta que me hacía ese productivo entretenimiento de espantarlos”. En esta ocasión, como cama tuvo la dura y ambulatoria camilla sobre la que habían extendido dos costales paneleros. Al observarlos ahí, espléndidos, bajo aquel templo natural, a Don Bernardo se le subieron los ánimos. Se aventuró, entonces, a poner a prueba la dosis de compasión humana que les restaba a sus captores y “vea, por favor, le dijo al que más sonreía y que hasta contaba sus chistes - que, por flojos que fuesen, él aplaudía riéndose en su corazón- para hacer un colchoncito por qué no me permite llenar estos dos costales con la abundante hojarasca que hay debajo de esos árboles “y el sujeto de la demanda aunque en un principio titubeó, al final accedió. Esa noche los huesos de 68 años bien trabajados de Don Bernardo se sintieron durmiendo en un hotel de cinco estrellas. En uno de aquellos donde se hospedaba cuando con su familia se iba de vacaciones en la época en la que la bonanza cafetera lo permitía. Y en realidad de verdad, nos confesó este comprador de café, que guardadas las proporciones y “considerando los distintos sitios y momentos de aquel drama, que la estadía en aquel acampado fue para mí una especie de vacaciones”. Y en realidad de verdad que así debió ser pues ahora contó con juego de tute y colchoncito de hojarasca y hasta divertidos murciélagos y cobijas gruesitas y luna nochera y sol madrugador. “No era que me sintiese bien en aquel sitio, pues todavía persistían los miedos aunque ahora un poco vagos, si no que, más bien, ahora me encontraba menos mal”, observó cuando le preguntamos, muy en función de las lógicas de la situación objetivo- subjetiva de todo secuestrado, por el momento menos infeliz de los por él vividos. Y así debió ser, pues ahora hasta cuatro cobijas, de esas gruesitas que venden los indígenas, le habían dado. En esa manigua de noche el frío era muy intenso pues, a la madrugada la cobija de encima amanecía bajo una capa de escarcha.
Dadas estas relativas nuevas condiciones menos infelices, Don Bernardo pasó un poco por alto el peso de las cadenas materiales que ahora le sobrepusieron a las simbólicas pero dolorosamente eficaces con las que, desde semanas atrás, tenían encadenada su intimidad. Estas sí que le habían hecho mella. Pero, quizá por el nuevo clima psicológico que vivía, no se resentía tanto cuando a la oracioncita, como dicen los campesinos paisas, le sacaban el pie derecho de la camilla para amarrarle una cadena.
Sólo ahora a campo abierto, cuando el tiempo vivido no estaba ya tan alejado del tiempo real y cuando las condiciones para lograr dormir eran menos negativas y cuando ya había logrado cierto control relativo de su entorno, Don Bernardo se sintió oliendo muy ‘feo’. Desde el ‘ayer eterno’ de la llegada al cautiverio, ni se limpiaba los dientes ni se bañaba ni se mudaba de vestido. Sólo ahora lo advirtió. Por ejemplo, sus calzoncillos se habían convertido en unas podridas hilachas y el estado de su restante ropa solidariamente lo acercaba al vagabundo ese de la ciudad que oficiaba de cocinero. Al decírselo a sus vigilantes, se limitaron a traerle una pantaloneta que, más temprano que tarde, corrió con una suerte igual. Todavía estaban en la densa y no del todo infeliz manigua cuando una tarde hizo presencia un suceso de ruptura. El cielo se vino abajo con tanta agua como nadie jamás había imaginado que cupiese en una nube. “Nunca en mi vida había presenciado un diluvio así, nos paralizó a todos”, describió Don Bernardo. Un solo y continuo relámpago desataban la más diabólica ‘tronadera’. Gigantescos árboles, como veletas, se entrecruzaban en infernal azoteo, cuando un robusto roble se vino sobre el acampado. “Diez metros más y los cuatro que, calladitos y solidarios estábamos debajo del ‘cambuche’, habríamos muerto destripados”, nos terminó diciendo el experimentado cafetero.
No obstante las tremendas distancias, reales y simbólicas, entre cautivo y captores, la furia de la naturaleza los había solidarizado. Es que aún el secuestro, con toda su carga inhumana, no ha logrado desvanecer del todo lo humano. En definitiva, el ser humano, sin borrar su singularidad, por el contrario, enriqueciéndola, es ser y conciencia sociales. Hasta este plagio lo evidenció.
Al otro día, de mañanita, los asustados cancerberos decidieron regresar a Don Bernardo al inicial cuartucho-túnel. “Aunque me dolió salir del acampado, recordó ahora Don Bernardo, eso fue un verdadero milagro, pues allí en esa manigua por mucho inteligencia militar que hubiese, jamás me habrían encontrado”. “Quinto Rato”: Un cuartucho-túnel, el mismo, pero ahora sicológicamente “distinto”. Una representación de definitivo aburrimiento. Mucho, mucho miedo a que la monotonía, la aburrición y la ociosidad se le tornasen eternas. Este quinto momento psicosocial de Don Bernardo estuvo marcado por un ya anticipado pero ahora definitivo sentimiento de aburrición. Cuando nada tenemos para hacer, todos nos podemos aburrir. Pero, en el caso de personas portadoras de valoraciones sociales muy fuertes alrededor del trabajo, las situaciones pueden variar. Ya se lo dijo atrás: casi desde un principio se aburrió porque no tenía algo para hacer. Pero en esa primera fase de su cautiverio lo dominante había sido el miedo a la muerte. A ese perverso tañer de las herramientas montañeras que, como odiadas pregoneras, le gritaban que en el patio trasero estaban cavando el hoyo de su sepultura. Ahora, al entrar a este quinto largo rato, ese sentimiento ya se había debilitado. Le había cedido el paso a algo ya no tan propio del secuestro si no, más bien, ligado a su historia biográfica. Digámoslo así, a su pequeño pero fecundo proceso de formación como empresario cafetero.
Sin gritarlo nunca ni amenazarlo de muerte, sus cancerberos, de acuerdo con instrucciones técnicas muy precisas de sus amos, desde un principio lo controlaron apelando a dos procedimientos relacionados en sus consecuencias. Primero, como ya se vio, con la táctica de poder de los monosílabos. Con ésta, al bloquear el diálogo, se colocaba al paciente en estado de real e imaginada incomunicación. Y segundo, con discursos orientados a ponerle en crisis la intensa fe que tenía en toda su familia. Eso era lo que buscaban cuando le decían que sus hijos, sus queridos y adorados hijos, se negaban a pagar por él la mísera suma que ellos pedían y que no iba más allá de “veinte millones de pesos”. Su enriquecida cultura familiar le permitió superar con prontitud la pasajera crisis de identidad con sus hijos. Y la crisis de comunicación, en un principio la enfrentó buscando maneras de desatar el mutismo de sus cancerberos. “Era así, nos contó, como les hacía preguntas por las rendijillas de la puerta y cuando, durante unos escasos segundos, abrían la ventanita, pero nada “. Entonces resolvió enfrentar la crisis de comunicación aprendiendo a dialogar con la oscuridad. Aprendió a escuchar sus voces. Se refugió en su poco agradable seno. Y al final pudo manejarla haciéndola, por lo menos, no tan inamistosa. Fue así como al final ya no sintió tanto miedo de ella.
A la oscuridad, entonces, medio la domó a punta de encenderle velitas. Para él esto se constituyó en todo un ritual cotidiano. De las dos velitas diarias que le facilitaban, una la dedicaba a alumbrar el ejercicio de sus necesidades fisiológicas y la otra, cual velita mágica, la entrenaba en exorcizar la oscuridad. Al encenderla, apenas ahora lo advirtió, rompía casi del todo una partecita pequeña de la oscuridad mientras que otra, algo más grande, apenas medio se desvanecía. Pero la otra, la parte más grandota, permanecía inalterablemente oscura. Esto no obstante, Don Bernardo sentía que, poco a poco, iba adquiriendo poder sobre ella. Pero, ahí no terminaba la inventada y productiva ‘ocupación’. Prendida la velita mágica, sacaba el relojito, que tenía dañado el encendido, y miraba la hora cronológica. Como ya se dijo, a veces eran las cinco y otras las diez, sin importarle que se quedase sin precisar si se trataba de las diez de la mañana o de las diez de la noche. Esto no obstante, era una enormidad lo que se sentía avanzando en el manejo de la oscuridad y del tiempo cronológico.
Fue así como Don Bernardo, empresario medularmente anti-ociosidad, como secuestrado se inventó inéditos oficios y ocupaciones desconocidas. Entonces, para manejar la oscuridad se inventó nuevos oficios, pero cuando los hubo aprendido, el sentimiento de aburrición estaba ya en pleno despliegue y fue así como muy pronto se le convirtió en miedo de que esa monotonía y ociosidad se le hiciesen eternas.
Durante su cautiverio Don Bernardo, en medio de muchos y heterogéneos miedos, tuvo que realizar no uno si no muchos aprendizajes. Buscó siempre aprender la forma de manejarlos de adecuado modo. Como ya se dijo, aprendió a manejar la oscuridad apurándola con el encendido de velitas. Cuando sintió que la memoria le estaba fallando, se propuso retener el recuerdo fijando la cronología precisa de su esposa, sus doce hijos y quince nietos. Aprendió también a manejar el hambre con dos raciones diarias de arroz y maduro, de vez en cuando adobadas con algún simulacro de carne de res o con la realidad de una porción de carne de monte. “Esto último sucedía, nos dijo, de jueves a sábado cuando se habían terminado las siempre pobres y repetidas reservas de mercado.”. También aprendió a manejar la sed. “Recuerdo ahora, nos contó como introduciéndonos a un cuento de ficción, las ocasiones en que para paliarle la sed a una reseca garganta, hacía de las cuencas de mis manos un improvisado pocillo en el que orinaba y bebía para amainar el desespero de una boca como polvera”. Esto no obstante, aunque en un principio se inventó ocupaciones para disimularlas, lo único que Don Bernardo en definitiva no pudo aprender fue cómo controlar la aburrición y la monotonía. Tampoco logró controlar el miedo a que esos sentimientos se le hiciesen eternos.
Entra entonces a jugar ahora una hipótesis central de este relato- reflexión. Quizá no hay derecho de primera generación, como decimos los académicos, que no se vea suspendido por el hecho mismo del secuestro. Pero ocurre que en los secuestrados pueden emerger y tomar forma ciertos derechos sui generis, ligados no tanto a las condiciones mismas del plagio si no, más bien, a la pequeña historia biográfica de cada secuestrado en particular. Al desconocer los secuestradores este horizonte de la personalidad histórica de cada una de sus víctimas, se hace muy dificultoso que les puedan arrebatar también esos derechos sui generis asociados a la historia biográfica de cada quien. De conocerlos, como buitres se los arrebatarían como la forma más expedita y eficaz de no suspender en ningún momento la reproducción de controles sobre sus víctimas.
Es en un marco teórico así en el que puede decirse que a los secuestrados en general, como a Don Bernardo en particular, algún derecho humano tenía que haberle quedado. En el caso particular de este cafetero quindiano el derecho, más vital que constitucional, a la aburrición. Derecho éste sui generis muy asociado a su historia biográfica particular. Y vitalmente coherente, por otra parte, con su cultura laboral. Con una cultura altamente valorizadora del trabajo personal y familiar como fuente legítima de enriquecimiento y de acumulación de capital.
En general los psicólogos, al explicar la manera como una persona reacciona ante un evento que lo aproxima a la muerte, el secuestro, por ejemplo, tienden a darle mayor importancia a la personalidad preexistente de la víctima que a las características propias del evento mismo. Melluk, por su parte, en su ya citado estudio, destaca la importancia de la situación de secuestro en sí misma como determinante del tipo de reacciones psicológicas del secuestrado. (12) En el caso de Don Bernardo, sin embargo, aunque él nunca hubiese recibido ni la mínima preparación para enfrentar esa situación de riego extremo, su temperamento hiperactivo, su enriquecida cultura laboral, así como su condición de histórico hombre de negocios acostumbrado al cálculo racional implícito en la pareja costos-beneficios, resultaron claves en esos cinco momentos psicosociales ya esbozados. Fue esa la razón por la que él, finalmente, resultó sobre-imponiendo su personalidad histórica y, ligados a ella, unos modos de vivir el tiempo, unos estados anímicos y unas representaciones individuales elevadamente coherentes con su historia biográfica dando lugar a lo que hemos llamado su derecho sui generis a la aburrición.
Veamos más de cerca el carácter, pero también la génesis y la forma de eclosión de ese derecho sui generis, es decir, de la afirmación según la cual a todo secuestrado mientras no lo asesinen, algún derecho humano le debe restar. Como ya se dijo, en el caso de Don Bernardo ese derecho postrero, finalmente regulador de su condición sicológica de secuestrado, fue el derecho sui generis a la aburrición. En él, por su historia personal, era lógico que el sentimiento y la realidad de aburrición hubiesen tomado forma. Controlado, de modo relativo, el miedo a la muerte, el fantasma “del no tener nada para hacer” se le agigantó. Fue esa la forma específica como Don Bernardo, al margen de lo que estuviesen haciendo sus familiares, trató de salvarse a si mismo. Aburriéndose y tratando de domar la aburrición, lo que, en definitiva, nunca pudo lograr. Esto no obstante, alguna íntima satisfacción le debió haber causado ese aporte personal a su propia salvación.
Cada secuestrado, entonces, de acuerdo con su personalidad preexistente - constituye ésta una simple hipótesis- enfrentada con las condiciones específicas de su plagio, procesará y elaborará su propio derecho personal sui generis, califiquémoslo así, existencial secuestral. Este derecho vital, desconocido por los plagiarios, en la medida en que el secuestrado lo maneje de modo adecuado, puede contribuir a enfrentar con menor sufrimiento, y hasta de modo enriquecido, la cruel y bestial experiencia. Sería ésta una especie de autoresolución de conflictos. Álvaro Gómez Hurtado, por ejemplo, si en la evolución de las condiciones de su secuestro hubiese llegado al control relativo del sentimiento de miedo a la muerte, a lo mejor - de nuevo es ésta una hipótesis- se habría aliviado del imaginario y la realidad de monotonía. Y así, habría podido acceder, como aliviadora, a cierta recuperación del derecho a reflexionar, algo en él muy coherente con su historia biográfica personal.
En la actualidad sabemos que aún el ser humano en estado de ideal e histórica libertad personal, es decir, como habitante del país donde ella sea la de mejor calidad posible, es de entrada un ser limitado por las leyes naturales, sociales y culturales que lo gobiernan. A este respecto William Ospina se recomienda sólo por su rico y lúcido y lindo Ensayo “Los Esclavos de la Libertad” (13). En contraste extremo con la situación del habitante del país con la mejor libertad personal posible, un secuestrado es una de-persona humana, degradada a la condición de simple humanoide y limitada de modo radical y a la que sólo le falta que la asesinen para completar el ciclo de la negación total de la libertad personal. Esto no obstante, mientras al secuestrado no lo asesinen - a muerte ya ha sido condenado con el sólo hecho de su plagio - algo de humano le debe restar. Eso que en la reflexión inmediatamente anterior hemos llamado “algo o arrestos de humano” es lo que, en el caso de cada secuestrado en particular, puede potenciarse para darle forma, en unos casos, a un derecho sobreviviente actualizado a partir de la historia biográfica del cautivo, o en otros, a un derecho personal emergente muy ligado a las condiciones concretas de cada plagio. Pero sea el que el derecho persona vital que tome forma, ya el sobreviviente actualizado ya el emergente inédito o ya una combinación de ambos, el caso de Don Bernardo señala que ese derecho vital sui generis a la aburrición fue para él una herramienta de positiva autolucha. Y muy positiva, sobre todo, en la etapa post-secuestro.
Al ser éste, en lo básico, un estudio sicosocial de caso, evitamos la trampa de una generalización abusiva si decimos que, ‘para cada secuestrado con su personalidad histórica, su propio derecho vital sui generis.’
Esbozados ya esos cinco momentos psicosociales por los que, como cautivo transitó durante esos cien días, algunas representaciones de su familia en torno a su experiencia, nos pueden redondear un cuadro psicosocial más preciso.
“Mi vida, opinó Don Bernardo, no se partió en dos, como dicen por ahí, en un antes y un después del 17 de febrero de1991, pues, como ya les he dicho, en este país el secuestro no es más que un gaje del oficio”, y que sí la fracturó en dos, opinaron, al unísono, esposa e hijos e hijas y nietos y allegados. Como ya lo advirtió Melluk como resultado de su estudio, secuelas físicas y psicológicas. Y hasta simbólicas, podríamos agregar, pues un plagio puede presentar, como consecuencia central, una nueva forma de percibir la vida. Pero, en el caso de Don Bernardo, importantes indicaciones señalan que esos cambios fueron mayores que lo que él se representa, aunque menores que lo que sus allegados imaginan. En lo estrictamente físico, por ejemplo, preexistentes problemas gastrointestinales se le hicieron crónicos. Pero este paciente, que siempre ha tenido como uno de sus relajamientos el aguardientito cristal, a sus ya cercanos ochenta años mantiene una salud de hierro, condición no propia de todo exsecuestrado. “Claro que cambió”, la primera que habla es Doña Ana Valencia Jiménez, según él, la amada compañera de “muy cortas seis décadas”. “Fíjense no más, nos dijo Doña Ana, que ahora toma más aguardientico, que ya no es tan fácil llevarlo de paseo fuera del país, que el hipo y la gastritis se le han agudizado y que para comer casi de todo ya no es tan acomodado”. “Esa dramática experiencia, nos dijo Jaime, de tenerlo a uno semisepultado en un cementerio que nadie sabe donde queda, es así como yo defino el secuestro, lo hizo de sonrisa más difícil y menos comunicativo, amén que le quitó arrestos como empresario.” “Radicalmente el secuestro lo tornó otra persona, así habló Ligia la mayor de las hijas, pues a la mella como empresario, se le añade el hecho de que dejó de ser el centro y líder de las fiestas familiares”. Que participaba en ellas pero ya más a la zaga, que ahora parecía disfrutar más estando solo que acompañado y que se había olvidado de las corridas de toros y de las apuestas en las pollas futboleras, fue el concepto de Fabio, el más cercano a él en lo que a una enriquecida cultura telúrica se refiere. Vale la pena recordar ahora que Don Bernardo con el correr de los años había llegado a ser una persona de una enorme sabiduría práctica y muy dada a aplicarla, de modo crítico pero siempre ponderado, al conocimiento del alma de sus allegados, amigos y parroquianos. Fue sobre este acerbo de epistemología popular, perdóneseme la palabrita, donde Bernardo, el mayor de los hijos, notó la mayor mella del secuestro de su padre. “Por desgracia perdió el manejo del dicho oportuno, puntualizó, con el que examinaba siempre críticamente, pero muy a la positiva, la conducta de sus hijos, por ejemplo, eso de que ‘nunca ensuciaré el agua de la que van a beber mis hijos’, además de que no volvió a paseos de verano y parece temerle a la soledad”. Constituyen todos ellos, los observados por sus allegados, cambios, o percepciones de cambio, en la conducta cotidiana del Don Bernardo postsecuestro. Sin embargo, como ya se dijo, él en la actualidad se comporta como si nunca lo hubiesen plagiado. No le produce miedo hablar del drama. Según él, algo similar le podría haber pasado a cualquier empresario. No se mueve pensando que a la vuelta de la esquina lo van a re-secuestrar. Y lo más importante, en su corazón no ha acumulado odios hacia sus captores, “estos, nos reiteró, por lo general son personas ignorantes, sin acceso a educación alguna y quizás con muchas necesidades y problemas y amarguras en sus almas”. Es decir, hoy por hoy, este destacado cafetero, como explagiado, disfruta de la más excelente salud mental. Ha perdonado, pero no ha olvidado, “todo eso fue doloroso y terrible, nos dijo, y aunque creo no tener enemigos, sí algunos contradictores, si los tuviese, ni al más perverso de ellos le desearía una experiencia igual”. Al hablarle de penas y sanciones drásticas para combatir el secuestro, por ejemplo, de la posibilidad de establecer en Colombia la pena de muerte,”no estoy de acuerdo con que una medida así se aplique entre nosotros, señaló, recordemos las retaliaciones del pasado, cuando algunos con poder le aplicaban de hecho la pena de muerte o la ley de fuga a sus opositores, eso podría prestarse para muchas venganzas, habría que recurrir, más bien, a medidas más educadoras” Y entonces, con la mirada fija en nosotros, que tanto habíamos tratado de escarbar en su corazón sobre un asunto tan delicado y doloroso, y enarcando sus negras y pobladas pestañas, “me duele mucho éste país nuestro, así nos terminó la ya replicada tercera entrevista, yo adivino el drama que puede haber en los tres mil secuestrados que dicen que hay actualmente en Colombia, claro que eso no se adivina con palabras, eso hay que vivirlo para saber lo que es, claro que hay que liberarlos; sin embargo, no juzgo prudente y adecuado que se haga con medidas militares, por ellos mismos, que pueden verse en peligro, por las personas que los tienen, que todavía son poderosas y por todos, pues, este país, que desde que mataron a Gaitán no ha cesado de asesinarse, merece y necesita la pacificación”.
Como puede observarse en el Don Bernardo actual casi no pervive el secuestrado. Y si pervive, habita en él bajo la forma de una persona de un recuerdo sin odios. De un actor que, como autoliberación, también puso su granito de arena. De un ciudadano que, por humanamente perverso, maldice y odia el secuestro, pero que, al vivirlo de modo intenso y adecuado, aprendió de él lecciones importantes para su propio provecho espiritual-cutural, el de su familia, así como el de su país. * La Entrevista en profundidad que suministró la materia prima para elaborar este capítulo fue realizada por Humberto Vélez, Universidad del Valle, y por Diego Álvarez, fotógrafo profesional y excelente conocedor de la cultura agraria quindiana.
1. Datos del Departamento Nacional de Planeación, julio de 2004.
2. Muy enriquecida es la reflexión antropológica que sobre la base de una hipótesis así, pero formulada para el conjunto de la economía cafetera, hace Renzo Ramírez Bacca en, “formación y transformación de la cultura laboral cafetera en el siglo XX”, La Carreta Histórica, Bogotá, 2004.
3. El excelente libro, en materia de enfoque Psicológico del secuestro, de Emilio Malluk, “El Secuestro Una Muerte Suspendida Su Impacto Psicológico”, Programa de la Presidencia para la Defensa de la Libertad Personal, Fundación País Libre, Universidad de los Andes, Ediciones Uniandes, Bogotá, 1998, nos ha servido de base para ubicar de modo crítico algunas de las hipótesis empíricas, que el caso de Bernardo nos ha sugerido.
4. idem, p.100.
6. En realidad se trató de las profesionales manizalitas Amanda Quintero F, psicóloga, y Fabiola Marín, Trabajadora Social.
7. Gómez Hurtado, Alvaro, Soy Libre, en, Semana, No 351, 24-30 de enero de 1989 8. Melluk, Emilio, op.cit. p.105.
9. Semana, No 351, 24-30 de enero de 1989.
10. En el transcurso de esos años vinieron las primeras bachilleres, Amparo y Lyda. La primera, iniciada la carrera de derecho en la Universidad Gran Colombia de Armenia, pronto se fue para Bogotá a terminarla en la misma Universidad. Sus dos hijos, Jairo Andrés y Juan Camilo, le vienen pisando los pasos en Universidades bogotanas. Pasados cinco años, inició una exitosa carrera laboral que la llevó por el ICCE, el INTRA y la Dirección de Aduanas. Lyda, en cambio, se fue para la ‘culta’ Manizales donde, tras hacer un primer año con los “comunistas”de Trabajo social que “hablaban mal de los ricos”, eso nos dijo riendo Pachón, al final se decidió por el derecho en la Universidad de Caldas; posteriormente en Cali, postgraduada en dos oportunidades de la Universidad del Valle, hizo un rico recorrido profesional por CENCOA y la Alcaldía de Cali encontrándose actualmente en la Gobernación del Valle acompañando a Angelino Garzón. Abogado como ella es ya casi su hijo, Federico, mientras que Valentina, su hija de 17 años, se alista para ingresar a una carrera de moda, “Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales”. Marchado Jaime para Bogotá a estudiar Administración de Empresas en la Universidad El Externado, en Sears le compró un apartamento para que lo compartiese con Amparo. Terminados sus estudios y con un proyecto de tesis en mano, en unas vacaciones, al llegar a Armenia, Jaime encontró a su papá muy apurado y alcanzado de tiempo en la administración de la compra de café. En la coyuntura, en la cadena de compraventa de café Pachón se encontraba en un punto en el que el siguiente eslabón era el de exportador. Era ya el mayor comprador no exportador de café en la ciudad. Fue así como por un buen tiempo se quedó acompañando a Pachón. Evidenciadas sus capacidades de empresario shumpeteriano- Jaime nos diría que eso significa emprendedor e innovador y echado para adelante- le compró el Almacén de pintura La Brocha, uno de los más tradicionales de Armenia. Transcurridos unos meses, negoció con el banco de Bogotá un funcional edificio a donde Jaime se trasladó para exhibir muy pronto un portafolio altamente competitivo y exitoso en la línea de la cerámica. En el Quindío contemporáneo se ha destacado como innovador empresario cafetero y como proactivo directivo del gremio de comerciantes de Armenia. Su pequeña hija, María José, es ya egresada de Kinder. Bernardo el mayor hijodalgo, aferrado desde niño al mundo de su padre, prefirió reproducirlo antes que estudiar. Es padre de tres hijos, José Bernardo y Carolina, residenciados en los Estados Unidos, y Natalia, estudiante de psicología en una Universidad caleña. Avisado, inteligente y altivo, se independizó muy pronto manteniéndose en la actualidad en las líneas clásicas de Pachón: comprador de café y empresario cafetero. Carlos, bachiller con dos años de universidad, no se ha quedado atrás exhibiéndose como comprador y como administrador de la rubiácea. Carlos Andrés, su único hijo, es un aventajado estudiante de El San José. Bachiller también Fabio, entre todos ha sido el más entregado a la gestión cafetera desplegando, además, la más rica cultura del café. Angélica, su única hija, esta ya terminando bachillerato. Habrá que hablar ahora de la hijadalga, de Ligia, altiva y conversadora y atenta, que, flechada a los quince abriles, dejó los libros a la espera de ella en un colegio de Manizales. Iván, su hijo mayor, está dedicado al comercio mientras que su única hija, Liliana, es graduada en psicopedagogía en una Universidad de la capital caldense. Comentario especial merece Luz Marina. Con solo un hijo, estudiante de El San Solano, es egresada de Hotelería y Turismo y estuvo su tiempo en Boston estudiando inglés. En un medio machista, que todavía inhibe el ejercicio femenino del comercio, se ha destacado como vendedora y cuidadosa administradora de la herencia adelantada que le han asignado sus padres. En la línea de los hombres, Juan Manuel, al terminar el bachillerato quiso ser militar, y resultó siendo el más placenteramente campesino de todos. Para él la tierra, más que un medio de producción y de trabajo, ha sido un espacio de solaz y de divertimento, un estilo de vida. En el medio, él conoce a todos y todos lo conocen a él. Se da. Se entrega. No reclama correspondencia. Juan David y Julián son sus dos hijos, estudiante de Administración de Empresas el primero y en bachillerato el segundo. Vayamos ahora a los pichones, los más mimados, los más urbanos y citadinos, Gustavo y Patricia. Por razones ligadas a esas adjetivaciones, hace cerca de una década se fueron para los Estados Unidos. Gustavo, ahí pasó de modo burgués el bachillerato, fue el más ‘buenavida’de todos. Desafecto de lo rural, con entereza ha enfrentado la dura experiencia de ser colombiano y ganarse la vida en los Estados Unidos. Habida cuenta de la condición de género, un juicio similar es aplicable a Patricia. De todas maneras, ahora Ana y Pachón andan felices con ella por las tres gringuitas que orgullosamente les ha dado como nietas, Tatiana, Mariana y Jimena.
Finalmente Fernando, por último precisamente el más importante de todos. Conoce a toda Armenia y toda Armenia lo conoce a él. “Nanano”es su nombre familiar. Alguna dificultad de adaptación frente a una u otra dimensión de vida, tratada quizás de modo inadecuado, lo volvió niño y mimado para toda la vida. Pero, es la fuerza emocional, el referente simbólico central del cariño intrafamilia. En lo objetivo, es el mayor factor de unidad en la relación entre hermanos.
11. El analista del caso, que me proporcionó un texto más extenso, me solicitó que no diese a conocer su nombre.
12. Melluk, Emilio, op.cit. p.113.
13. Ospina William “Los Esclavos de la Libertad”, en, Los Medios de Comunicación Frente a la Libertad Personal, Programa Presidencial para la Defensa de la Libertad Personal, Bogotá, 1998, pgs. 15-33

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