Source: http://www.libertadidioma.com/2004/20040910.htm
Timestamp: 2020-05-28 11:28:55+00:00

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Recortes de Prensa Viernes 10 Septiembre 2004
El teléfono del Foro Ermua
Iñaki Ezkerra La Razón 10 Septiembre 2004
ZP quiere que cunda su ejemplo; los terroristas también
Guillermo Dupuy 10 Septiembre 2004
LA RECETA UNIVERSAL DE ZAPATERO
Editorial ABC 10 Septiembre 2004
MIKEL BUESA ABC 10 Septiembre 2004
DÍA TRES DESPUÉS DEL IBARRAZO
Carlos HERRERA ABC 10 Septiembre 2004
Farruquito mansea ante Montilla
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 10 Septiembre 2004
ZAPATERO BUSCA SU CAMELOT
Valentí PUIG ABC 10 Septiembre 2004
Son terroristas, no activistas
Daniel Pipes Libertad Digital 10 Septiembre 2004
¡Viva Zapatero, viva Ben Laden!
Isabel Durán Libertad Digital 10 Septiembre 2004
Gabriel Albiac La Razón 10 Septiembre 2004
Aleix Vidal-Quadras La Razón 10 Septiembre 2004
Antonio Jiménez La Razón 10 Septiembre 2004
Jorge Vilches Libertad Digital 10 Septiembre 2004
David Gistau La Razón 10 Septiembre 2004
Una España bajo sospecha
Lorenzo Contreras Estrella Digital 10 Septiembre 2004
El tenor abandonado
Carmen Martínez Castro La Razón 10 Septiembre 2004
Juan BRAVO La Razón 10 Septiembre 2004
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 10 Septiembre 2004
FERNANDO ÓNEGA La Voz 10 Septiembre 2004
Cartas al Director ABC 10 Septiembre 2004
Los constitucionalistas responden al PNV con un tributo a Sancho III, «Rey de los españoles»
Marcos S. González La Razón 10 Septiembre 2004
El Foro Ermua nació un viernes 13, el de febrero de 1998, y hasta el sábado 14 no pudo llegar a los periódicos. Para mí siempre fue un insondable misterio de la oficina de Correos cómo pudimos encontrar una veintena de cartas en el apartado postal el mismo lunes día 16; cartas escritas por ciudadanos que mostraban su entusiasmo por esa iniciativa que supondría la explosión del movimiento cívico en el País Vasco. Recuerdo perfectamente una de aquellas emotivas cartas en las que un jubilado explicaba su total identificación con aquel segundo punto del manifiesto fundacional del Foro en el cual podía leerse: «Sentimos como un agravio constante la colaboración de las instituciones que nos representan con quienes sustentan y alientan el fascismo, no habiendo dado otro fruto esta condescendencia sino un incremento constante de la coacción, el miedo y la muerte». El hombre contaba en su carta cómo ese ambiente de «colaboración y condescendencia» se hallaba tan extendido y conformaba de tal modo el discurso de un buen número de políticos y medios de comunicación que había días en que su mujer se sentía preocupada al verlo dar vueltas indignado y desesperado por el pasillo de su casa y en que él mismo se llegaba a preguntar si no estaría loco o equivocado: «Qué bien que están ahí ustedes para decirme que no soy yo el único que siente y piensa así, que no estoy loco, que no estoy equivocado, que no estoy solo».
Me he acordado de aquellas cartas esta semana durante las entrevistas que Cristina López Schlichting y Federico Jiménez Losantos le han hecho en la Cope a Gotzone Mora y con motivo de la cuenta que abrió esa emisora para compensar la decisión del Gobierno vasco de negar las ayudas al Foro Ermua, Covite y la Fundación Gregorio Ordóñez, iniciativa que ha sido secundada por este mismo diario. Me acordé de esas cartas al escuchar las voces de ciudadanos anónimos que llamaban para aportar lo que podían cuando Gotzone Mora explicó que tenía que pagar de su bolsillo el teléfono Movistar del Foro Ermua del que hoy es secretaria. Quién iba a decir que la palabra Movistar iba a pasar a la historia de la resistencia democrática vasca. Yo creo que lo grande que tiene Gotzone y lo que resulta demoledor para quienes la calumnian es esa naturalidad para hablar de su teléfono móvil y pronunciar la palabra Movistar en antena. En ese momento el ciudadano que oye la radio sabe que esa mujer no miente. Lo sabe esa viuda mayor con dos hijos y con una pensión de 66.000 pesetas que quería ingresar seis euros. Como aquellas cartas de febrero del 98, ese ingreso de seis euros vale más que todas las ayudas de todos los gobiernos vascos y no vascos. Por esa gente merece la pena quedarse en Euskadi por muchas querellas que nos ponga el tétrico Gobierno de Ibarretxe. A esa gente, gracias.
¿Se imaginan que habríamos pensado los españoles de un dirigente extranjero que en aquellas trágicas horas del secuestro de Miguel Ángel Blanco hubiera criticado la política de dispersión de presos y hubiera recomendado a nuestro Gobierno hacer lo que los terroristas exigían a cambio de la vida del concejal? Pues eso mismo ha hecho Zapatero quien, sin importarle la durísima situación que vive Italia, ha recomendado a todos los gobiernos europeos que retiren sus tropas de aquel Irak, tal y como exigen los terroristas que mantienen retenidas a dos ciudadanas italianas.
Nuestro presidente de Gobierno, contradiciendo la última resolución de la ONU que él mismo ha firmado y haciendo oídos sordos a nuestros aliados y al propio gobierno iraquí, considera que “si hubiera más decisiones en la línea del Gobierno español —la retirada de tropas— se abriría una expectativa más favorable". ¿Más favorable para quién? ¿Quién, que no sean los terroristas, saldría beneficiado dejando a los iraquíes sin ayuda militar contra el criminal fanatismo que les azota y que trata de abortar su transición al progreso y a la democracia? ¿Quién saldría beneficiado haciendo en Irak justo lo contrario que el propio Zapatero está haciendo en Afganistán a donde ha enviado más tropas?
Zapatero, en lugar de tratar de hacernos olvidar la apestosa forma que tuvo de dar la vuelta a las urnas en aquellos días de infamia del 11-M, nos la recuerda con total desfachatez. Y lo hace precisamente poniéndose como ejemplo y haciendo apología de una anticipada retirada de tropas que ha significado una verdadera puñalada por la espalda para nuestros aliados y una carga de aliento y esperanza para todo el movimiento terrorista islámico.
Ningún dirigente democrático del mundo ha elogiado la irresponsable decisión de ZP. La triste y silenciada realidad es que sólo ha recibido elogios de dirigentes terroristas, entre los que cabe recordar al propio "Mohamed el Egipcio", ¡uno de los cerebros del 11-M!. Este terrorista, detenido en junio en Italia, dijo en una de sus conversaciones interceptadas que “Madrid era una lección para Europa” y no dudó en elogiar a Zapatero, quien “ha entendido inmediatamente el valor de los árabes y nada más llegar al poder ha abierto un diálogo".
Este responsable de la mayor masacre terrorista que ha sufrido nuestro país, también ponía de ejemplo “las decisiones en la línea del Gobierno español”, mientras auguraba a Berlusconi el mismo final político que a Aznar. Claro que esto no lo recordarán los medios de comunicación que, con tal de dar rienda suelta a su rencor contra Aznar y Bush, sembraron la posibilidad de que el Once M supusiera un éxito político para sus autores. Pero en fin. Claro que ZP es un "ejemplo"; un infame y peligrosísimo ejemplo.
AUNQUE sólo fuera por respeto a la palabra dada por España en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, debería haber evitado la invitación que ayer cursó desde Túnez a las potencias integradas en la fuerza multinacional presente en Irak, una propuesta que parte de una concepción fatua del escenario internacional en donde los problemas se solucionan simplemente orillándolos o dejando que las cosas vuelvan felizmente a su cauce por una suerte de ensalmo universal. La invitación de Zapatero a la coalición aliada para que abandone Irak se produce apenas unos meses después de que el Gobierno del PSOE avalara la resolución 1.546, en la que se «aprueba la formación de un Gobierno provisional soberano», se «reafirma la autorización de la fuerza multinacional bajo un mando unificado establecida en virtud de la resolución 1.511» y se «decide que la fuerza multinacional estará autorizada a tomar todas las medidas que sean necesarias para contribuir al mantenimiento de la seguridad y la estabilidad en Irak». Las desafortunadas palabras del presidente del Gobierno no sitúan a España en oposición a George Bush y a la coalición de Las Azores, sino contra Naciones Unidas y la legalidad internacional sobre Irak, que es lo que se refleja en los treinta y dos apartados de la resolución 1.546. Ya no es Estados Unidos, sino el Consejo de Seguridad de Naciones quien pide tropas para Irak, a fin de estabilizar sus frágiles instituciones, proteger a la población, combatir el terrorismo y facilitar su transición a la democracia. Esto es lo que votó el Gobierno del PSOE.
Es la segunda vez que Zapatero se escuda en los prejuicios cultivados durante su paso por la oposición para justificar el incumplimiento de sus compromisos políticos. La primera fue la orden de retirar las tropas sin esperar a una resolución de Naciones Unidas antes del 30 de junio, como prometía en su programa electoral. La segunda ha sido animar a los demás países a frustrar el plan de la ONU para Irak, que es el resultado al que conduciría la puesta en práctica de lo que ha dicho Zapatero. Probablemente, el debilitamiento de la coalición liderada por Estados Unidos satisfaría la ideologización de la nueva política exterior española, pero tendría como contrapartida dejar Irak en manos del fanatismo criminal de sujetos como Moqtada al-Sadr, de la violencia terrorista de Al Qaida o de la guerra civil entre iraquíes de distintas etnias y religiones. Afirmar, como ha hecho Zapatero, que la retirada de tropas abriría expectativas favorables para la región pone a España en un atolladero frente a la comunidad internacional en la que debería sentirse integrada, que es la de las democracias, donde ni siquiera los Gobiernos francés o alemán se han atrevido a proponer semejante dislate. En un momento en que Australia, en vísperas de elecciones, ha recibido un zarpazo terrorista con rasgos de 11-M; cuando el Gobierno de Berlusconi ha declarado que está dispuesto a todo, menos a la retirada de tropas, para salvar las vidas de las cooperantes secuestradas; cuando se ha puesto fin a la revuelta de Al-Sadr, la aportación verbal de Zapatero es de una inoportunidad preocupante.
En Irak, tanto como en Afganistán, hace falta una democracia que actúe como dique de contención del terrorismo islamista internacional y abra una brecha para los derechos humanos en una región dominada por dictaduras, repúblicas integristas y monarquías feudales. También para combatir la pobreza y el atraso, como pide Zapatero, aunque él no predique esta relación de causa-efecto, que es la que fundamenta la estrategia democratizadora de Naciones Unidas, la OTAN y la Unión Europea. Las declaraciones de Zapatero cuestionan más a España como aliado, empujan al desánimo al Gobierno iraquí y decepcionan a millones de musulmanes que quieren superar la difícil convivencia entre Islam y democracia.
Por MIKEL BUESA Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid ABC 10 Septiembre 2004
HA transcurrido un semestre desde que aquel aciago 11 de marzo se cometieran en Madrid los atentados más terribles de los que se tiene noticia en la historia del terrorismo en España. Aunque esa historia se remonta a todo un siglo y, sólo en las últimas tres décadas, contabiliza sus víctimas mortales por centenares y sus damnificados por miles, nunca hasta ahora la sociedad española había asistido a un acontecimiento tan destructivo como el de aquel día en el que, alrededor de las ocho menos cuarto de la mañana, las explosiones provocadas por unos terroristas islámicos en cuatro trenes de cercanías que se aproximaban a la estación de Atocha, se llevaron para siempre las vidas de 191 personas y dejaron heridas en otros dos millares. Un semestre vivido como un suspiro; seis meses que nos prometían un conocimiento completo de tan sobrecogedora experiencia colectiva y, más aún, el aprendizaje de las lecciones que pudieran extraerse de ella; seis meses en los que, a pesar de los sumarios abiertos, de la investigación parlamentaria y de la atención periodística, parece, para nuestra frustración, que sabemos cada vez menos, como si el aluvión de noticias hubiese arrasado nuestra memoria.
Desde mi punto de vista, para situar adecuadamente la significación del terrorismo teniendo en cuenta principalmente a sus víctimas, es necesario establecer tanto su historia vivida individualmente, como su sociología colectiva. No puedo ahora detenerme en la primera -como, por lo demás, se ha hecho excelentemente en varios libros elaborados a partir de testimonios de primera mano-, pero sí en algunos de los aspectos más notorios de la segunda. Tomando como referente a las víctimas mortales, puede decirse que en los atentados perdieron su vida seres de todas las edades: algunos niños y adolescentes, jóvenes estudiantes o trabajadores, sobre todo personas maduras que se encaminaban a su actividad laboral, y también algunos mayores jubilados. Una buena parte de ellos -casi seis de cada diez- eran hombres y los demás mujeres, tal vez porque éstas todavía tienen en España menos oportunidades de trabajo que aquellos. Porque, en efecto, casi todas las víctimas -el 92 por ciento- eran trabajadores con empleo y sólo una minoría estaba, en aquel momento, inactiva. Y sus ocupaciones abarcaban un amplio abanico de oficios, la mayoría de los cuales requerían bajos niveles de cualificación, pues en sólo un tercio se anotan en profesiones medias o superiores. Más de la mitad de ellos estaban casados y cuatro de cada diez solteros, lo que no excluye que algunos de éstos ya hubieran emprendido un proyecto de vida en común con su pareja; unos pocos vivían separados y también había algún viudo. Además, el 44 por ciento tenía descendencia -1,9 hijos por cada uno, en promedio-, lo que añade un punto más de tristeza a esta tragedia. Tres cuartas partes eran españoles y el otro cuarto extranjeros: inmigrantes que vinieron a esta tierra prometida que, para ellos, es Madrid, el lugar donde encontrar una nueva vida. Y casi todos murieron solos. Pero uno de cada diez compartieron tan terrible destino con familiares que viajaban con ellos en los trenes.
Eran, pues, gente corriente como cualquiera de los millones de personas que pueblan Madrid. Algunos parten de esta constatación para sostener que el terrorismo islámico es indiscriminado. No han entendido nada, pues éste, como los demás terrorismos, discrimina siempre a los inocentes. Ninguna de las víctimas era merecedora de un castigo y, menos aún, del horrible final que se cruzó en su destino. Su radical inocencia denuncia la perversión de quienes, buscando el poder, no dudan en emplear la muerte como portadora de un mensaje de terror hacia toda la sociedad, de un chantaje que busca su desistimiento. Los terroristas prometen que, si se accede a sus pretensiones, se acabará todo. Y, en efecto, si ocurriera así, todo se acabaría: los aromas de la primavera, el mar que se adivina bajo la luz crepuscular del verano, más allá del Parque del Oeste, cuando la mirada se pierde en el horizonte, la algarabía nocturna del Madrid despreocupado, los infinitos tonos del cielo en noviembre, la libertad.
Es esa perversión la que hace ilegítimo el método de combate político de los terroristas. Por ello, ninguna causa, ninguna opresión cierta o imaginaria, ningún pasado remoto o histórico pueden justificar el terrorismo, haciéndolo aceptable, o al menos tolerable, a nuestros ojos. Y, sin embargo, es el discurso sobre las causas el que ha inspirado casi por completo el trabajo de la comisión parlamentaria. Un discurso que engaña, pues promete terminar con el origen del mal que anida en el alma humana; que, de alguna manera, les dice a las víctimas que deben resignarse pues son partícipes de esa culpa colectiva que a todos nosotros, por no ser como desean los terroristas, nos corresponde; que amordaza los sentimientos impidiendo que inspiren el intelecto que necesariamente ha de orientar la lucha de la sociedad contra esta opresión; que, en definitiva, nos deja inermes, tanto en lo material como en lo moral, frente a los liberticidas.
Siendo esto así, no puede sorprendernos que nuestros representantes parlamentarios no hayan sido capaces de ofrecernos un diagnóstico certero sobre los hechos, que no se hayan adentrado en el espinoso problema de la organización de la lucha antiterrorista, que no hayan sabido valorar los recursos financieros de los que ha de disponer el Estado para sostener a las unidades policiales, militares y de inteligencia destinadas a ella, que no hayan propuesto medidas legislativas para perfeccionar el marco jurídico con el que defender la democracia, que ni siquiera hayan establecido la nómina de los que, siendo viajeros en los trenes de Atocha, directamente padecieron el embate del once de marzo. Pues si es cierta la lista de los muertos, no lo es, sin embargo, la de los heridos. Así, mientras el Ministerio del Interior informa de unos mil quinientos, la Audiencia Nacional los eleva hasta mil ochocientos -aunque, de momento, su oficina judicial sólo ha ofrecido acciones a poco más de doscientos- y la Comunidad de Madrid afirma haber atendido en sus hospitales a 2.062. De manera que sobre lo más relevante, el consuelo y la protección de las víctimas, dándoles las indemnizaciones a las que tienen derecho, regularizando su situación si son inmigrantes, atendiendo a las secuelas físicas y psicológicas de sus heridas, se ha extendido un manto de silencio. Parecería como si los próceres de la nación quisieran hacer otra vez verdadero el aforismo que formulara Martin Heidegger: «La luz pública lo oscurece todo». Porque, ciertamente, después de tanta comparecencia, de tantas horas de declaraciones, de los virtuosos razonamientos de los intelectuales llamados por la comisión, el interés espurio que parece haber inspirado a los legisladores ha logrado impregnarlo todo, y hemos acabado sin saber nada, sin haber aprendido nada. Y todo el sufrimiento de aquel día se ha convertido en polvo que se lleva el viento.
Por Carlos HERRERA ABC 10 Septiembre 2004
LOS primeros compases de la vuelta a clase han dado una primera muestra evidente de lo que va a ser el debate más grueso de este próximo curso político. No han pasado ni seis días desde que Rodríguez y los suyos se reinstalaron en el BOE y Rodríguez Ibarra, ese tocapelotas, ha dado con la clave para amargarle el desayuno a los que se las proponían muy felices en el trasiego permanente a la refederalización de las Españas y su transformación en una amalgama de cosas desuniformemente arrejuntadas.
Ibarra podría haber esperado unas semanas, haber dejado que el presidente del Gobierno recibiera en las escaleras de Moncloa hasta al lucero del alba, haber moderado el ariete de su deslenguado verbo en atención al buen rollito que lo preside todo... pero no, ha preferido segar al delantero contrario con su pierna buena en los primeros minutos del partido, sin piedad ninguna.
Justo cuando Rodríguez y Rajoy escenificaban su desencuentro de sofá y café -del malísimo café que, presidente tras presidente, siguen dando en palacio-, llegó el Ibarrazo en forma de declaración institucional y contaminó la información de dos largos días: ¿ha sido casual la elección del momento? Buena pregunta para ser contestada por los medidores de tiempo y estrategia. Analicemos: dice Ibarra que lo que él ha dicho no deja de ser lo que piensa su partido, lo que piensan las bases históricas y lo que pensaron en Santillana los santones del «burubatzar» del PSOE, pero algo hace pensar que no es así y que la apoteosis de lo políticamente correcto en la que viven los sociatas impide que nadie afirme con tanta rotundidad una obviedad, por otra parte, llena de sensatez y cordura.
Ese algo no es otro que el proceso de intenciones que desvela cada día todo el establishment pesoíta cuando, para diferenciarse del PP y su excrecencia, subraya alborozado todo lo que le llega desde las campas del PSC, sea lo que sea y diga lo que diga.
Para un bizarro representante de la España más equilibrada, esa sobredosis permanente de asimetrías y demás estupideces supone un aguijón diario en su balance de cuentas, y, ante la expectativa de ver difuminarse un sistema de reparto que le ha permitido evolucionar tímidamente desde su legendario subdesarrollo, reacciona mascando el verbo áspero de la verdad. El dirigible llega directamente al corazón del laberinto socialista y despierta el mohín nuestro de todos los días.
Han pasado tres días desde el sereno borbotón del extremeño y se atisban signos de irritación mal disimulada en el seno de la llamada izquierda española: los catalanes del PSC deben defender los intereses de Cataluña y, si se puede, hacerlo levantando polvo para que tosa la España incómoda a la que no acaban de renunciar pero a la que sitúan en el centro de sus desafecciones; los demás, un tanto aturdidos por la entrada en el baile de un provocador suelto e incontrolado, buscan al líder para que calme las cosas y esperan su palabra balsámica. Pero el líder no dice nada. El que tiene ahora que hablar es Rodríguez Zapatero, y no decir sólo «yes».
El que decide qué se va a hacer y cómo se va a hacer es RZ, pero a la hora de escribir este libelo tan sólo se puede asegurar que ha esbozado la mejor de sus sonrisas y se ha puesto a ver a través de los cristales blindados de Moncloa mientras constataba la pasión con la que habla el presidente de la hermosa esquina extremeña. ¿Con quién está Rodríguez? ¿Con los que encuentran cómico a su homónimo o con éste mismo?
Tres días después del Ibarrazo seguimos sin saberlo y nos sentimos un tanto huérfanos. Nos sea dicha, por compasión, la verdad revelada cuanto antes. www.carlosherrera.com
Al final, todas las rebeldías del PSOE desembocan, espumean y desaparecen en la SER En el PSOE han bautizado al presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra con el mote de "Farruquito", no tanto por su similitud con el gran bailaor y execrable ciudadano, como porque si se pone farruco le dura muy poquito el valor. Aunque, por razones de escalafón y antigüedad en la malicia, se atribuya el remoquete a Rubalcaba esto del "Farruquito extremeño" recuerda lo del "socialismo de Puerto Hurraco" con que los Semprunes, Praderas y Aguilares descalificaban al guerrismo como preludio a su eliminación por el felipolanquismo, desde entonces reinante. Ibarra fue el último guerrista y en Extremadura quiso anunciar Guerra que se rendía ante Tigrekán. Pero ya hasta Guerra se ha unido a la ortodoxia zapateril, que se reduce simplemente al viejo sectarismo felipista, y hace de palmero de ZP (como Chaves, según Ibarra) y se dedica a contar chistes bastos a los mineros leoneses como telonero del Jefe, así que poco podía durar la elocuente soflama antinacionalista del Bellotari. Al final, todas las rebeldías del PSOE desembocan, espumean y desaparecen en la SER.
Pero decir como ha dicho Ibarra, que a quien realmente se refería con lo del cuadro flamenco invitado a la mesa de los poderosos era a Jaume Matas y otros líderes del PP, sobrepasa el índice normal de toxicomanía autocrítica que exhiben todos los socialistas cuando se apartan del discurso habitual. Se ha pasado de ridículo y de tardón, porque ya Chaves había respondido airadamente que el flamenco era muy importante para Andalucía y que un respeto para los palmeros, ya Montilla había dicho que las gracietas de Ibarra tenían muy poca gracia, ya Paco Vázquez había dicho que Ibarra tenía razón y ya todos estábamos al cabo de la calle de lo que había dicho y que lo había dicho contra Maragall y Chaves. Eso, salvo que el Bellotari tenga a todos sus compañeros de partido por idiotas, incapaces de entender sus críticas a la Derecha, hasta el punto que las toman por autocríticas. En resumen, que, como dicen con regocijo los taurinos gobelianos, "Farruquito ha manseado ante Montilla". Dehesa obliga.
Por Valentí PUIG ABC 10 Septiembre 2004
EN el castillo de Camelot estaban la Mesa Redonda y las vidrieras con las hazañas del rey Arturo. Desde entonces hablar de Camelot es hablar de un club carismático y muy exclusivo, como lo fueron Arturo, el mago Merlin y los caballeros de la Mesa Redonda. Todos habían ido por ahí buscando el Santo Grial. Lo mismo se pensaba de Kennedy y por eso su club de poder fue equiparado a Camelot, aunque fuese más bien un mito del sexo a domicilio y no de la entrega heroica según el código de los libros de caballería. La juventud y el talante de Zapatero también le aureolan con el nimbo político de un posible Camelot. Le asiste todavía el estado de indemnidad que graciosamente concede el electorado y le flanquean un puñado de damas dispuestas a salir en «Vogue» cuando no a morir por Lanzarote.
Rodríguez Zapatero busca su Camelot, pero no se diría que vaya a encontrarlo en el Título VIII de la Constitución de 1978, donde se dibuja la organización territorial del Estado. Incluso hay quien sospecha que ni los profundos saberes del brujo Merlin podrían precisar de forma aproximada cuál es el modelo de Estado que está en la inteligencia política de Rodríguez Zapatero. Es comprensible porque, si nos retrotraemos al espíritu de concordia histórica que inspiró la Constitución de 1978, pocos hubieran podido pensar que poco más de veinticinco años después aquel modelo de Estado sería considerado como un viejo paquebote al que hay que poner en dique seco para renovarle el eje y los motores. A pocos se les hubiera ocurrido entonces esa estrambótica tesis: más o menos al cuarto de siglo, cada generación se merece un ajuste constitucional, como se pasa del «rock» a los Beatles, o de la minifalda a la maxi, del yogur al botellón.
EL Camelot de Rodríguez Zapatero puede encarnarse en un espectro variable de opciones y políticas, pero difícilmente en un nuevo modelo de Estado porque ahí cabalgan caballeros con propósitos y causas no tan sólo dispares, sino incluso antagónicos. No todos los barones del socialismo toman asiento en la misma Mesa Redonda. Lo que diga el ministro Jordi Sevilla y lo que diga Carod-Rovira tienen un encaje real y simbólico de bajísima coincidencia. Acaba de aparecer en las librerías una crónica épica del encuentro entre Carod-Rovira y ETA con un lema explícito que no puede sonarle del todo bien -por ejemplo- al ministro José Montilla. Según esa interpretación, Carod-Rovira tuvo que pagar por su generoso viaje el mismo precio que Dreyfus tuvo que pagar por su inocencia. Los lectores más jóvenes -y sobre todo los del nuevo bachillerato- recordarán sin duda el caso Dreyfus. En la Francia de finales del siglo XIX, el capitán Dreyfus fue condenado por traición, por espionaje. En el fragor de turbulencias antisemitas, ser judío fue su perdición: el traidor era otro. Al cabo de mil penalidades, Dreyfus fue rehabilitado, en plena crisis de la Tercera República francesa. Paralelamente, Carod-Rovira fue crucificado al revelarse su charla con ETA. Ciertamente, esas cosas no se escriben todos los días.
NO es Carod-Rovira, aunque esté en proceso de beatificación, un paladín de los que vayan a contribuir a que el Camelot de Zapatero cristalice luminosamente en el nuevo modelo de Estado. Por el momento, ya pide ERC que en el nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña quede fijado a modo de tótem inexpugnable el derecho a la autodeterminación. Yo me autodetermino, tú te autodeterminas, él se autodetermina: este proceso confirma las sabias sospechas de Popper y de Lord Acton, pero no funda un nuevo Camelot. vpuig@abc.es
FRENTE al terrorismo sólo cabe la resolución de combatirlo. Quien crea que va a eludir su horror escurriendo el bulto de la visibilidad se equivoca de plano. La cortina de humo de las buenas intenciones no evita las bombas, las balas o los secuestros. Con el terrorismo no valen las estrategias que traten de apaciguarlo. Quien piense que puede desplegar una pedagogía antiterrorista que evite eficazmente su violencia apelando al entendimiento, se engaña.
El terrorista es terrorista, sin matices ni casuismos. Las sociedades abiertas que lo combaten mediante la acción legítima de sus instituciones no pueden incurrir en el error de mixtificarlo con argumentos exculpatorios ni fórmulas elusivas, sean del tipo que sean; y hay muchas, no lo olvidemos. En la lucha antiterrorista debe trazarse una intraspasable línea moral y jurídica: la que separa a los criminales de sus víctimas. Cualquier concesión -por mínima que sea-, no sólo es un acto de cesión a su chantaje, sino, sobre todo, una afrenta a la justicia que demandan quienes han sido sus víctimas.
Este planteamiento de base se proyecta sobre cualquier forma de terrorismo. Máxime cuando desde el 11-S nos hallamos ante un terrorismo global que no oculta su intención de desestabilizar a los países libres y conducirlos hacia el caos que provoca la interiorización de una inseguridad que va haciéndose desgraciadamente cotidiana. Podrá etiquetarse este terrorismo como se quiera, pero es indudable que la autoría que está detrás de sus atentados comparte un denominador común: el islamismo integrista. Se vio hace una semana en Beslán y ayer mismo en Yakarta con el atentado contra la Embajada australiana en Indonesia. La finalidad del terrorismo islamista no es otra que destruir la forma de vida que encarna la civilización occidental. Por eso, todos podemos ser sus víctimas. Lo pueden ser unos oficinistas que trabajan en un rascacielos; unos emigrantes que se desplazan en un tren de cercanías; unos niños que acuden al colegio; unas cooperantes en misión humanitaria o, incluso, dos periodistas de nacionalidad francesa que hacen su trabajo en las calles de Bagdad, demostrándose así que ni siquiera la apaciguadora y diplomática Francia es capaz de librarse de su chantaje, ya que, por lo visto, sus leyes laicistas ofenden a los islamistas de todo el mundo.
Frente al terrorismo global no caben salvoconductos ni santuarios nacionales. La única solución es erradicarlo y para eso hace falta la resolución de acabar con él a escala planetaria mediante la cooperación antiterrorista de los países occidentales a los que amenaza. Lo contrario no sólo sería una iniquidad, sería además una cobardía.
los múltiples eufemismos para la palabra terrorista obstruyen un claro entendimiento de las violentas amenazas que afronta el mundo civilizado "Lo sé cuando lo veo" fue la famosa respuesta de un veredicto del Tribunal Supremo de los Estados Unidos al farragoso problema de definir la pornografía. Puede que el terrorismo sea igual de difícil de definir, pero la matanza indiscriminada de párvulos, de asistentes a un funeral, o de empleados en sus mesas en rascacielos encaja seguramente en la definición de lo-sé-cuando-lo-veo.
- Asaltantes - National Public Radio.
- Atacantes - el Economist.
- Armados con explosivos - el Guardian.
- Captores - Associated Press.
- Comandos – la Agence France-Presse se refiere a los terroristas como "membres du commando" y "commando".
- Criminales - el Times (Londres).
- Fundamentalistas - United Press International.
- Combatientes - el Washington Post.
- Grupo - el Australian.
- Guerrillas: en un editorial del New York Post.
- Pistoleros - Reuters.
- Toma de rehenes - el Los Angeles Times.
- Insurgentes - en un titular del New York Times.
- Secuestradores - el Observer (Londres).
- Militantes - el Chicago Tribune.
- Autores - el New York Times.
- Radicales - la BBC.
- Rebeldes - en un titular del Sydney Morning Herald.
- Separatistas - el Christian Science Monitor.
- Activistas - el Pakistan Times.
La repugnancia a llamar a los terroristas por su nombre puede llegar a cotas absurdas de inexactitud y apología. Por ejemplo, la edición de la mañana de National Public Radio anunció el día 1 de abril del 2004 que "tropas israelíes han arrestado a 12 hombres que dicen que son militantes”. Pero CAMERA, el Comité para la Precisión en la Información de Oriente Medio en América, señaló la inexactitud en ello y NPR publicó una corrección leída en el aire el 26 de abril: "se citó a funcionarios del ejército israelí diciendo que habían arrestado a 12 hombres que eran 'militantes buscados'". Pero la frase real utilizada por los militares israelíes fue 'terroristas buscados'.
(Al menos NPR lo corrigió. Cuando Los Angeles Times cometió el mismo error, escribiendo que "Israel efectuó una serie de incursiones en el West Bank que el ejército describió como búsquedas de militantes palestinos buscados", su editor rehusó la solicitud de CAMERA de una corrección con el argumento de que su cambio de terminología no tuvo lugar en una cita directa).
La televisión pública como instrumento legitimado por las urnas al servicio del Partido Socialista, al decir de su directora Carmen Caffarell, se ha desmelenado de tal manera que en su antiamericanismo está a punto de hacer apología del terrorismo. Y si no, vean ustedes.
Tras el atentado en las inmediaciones de la embajada de Australia en Yakarta que ha costado la vida a nueve personas, ese genio de la comunicación, paradigma del periodismo independiente destacada en la zona, Rosa María Calaf, ha realizado una crónica de antología del periodismo. Afirmó que los atentados se producen en un contexto en que faltan once días para que los indonesios acudan a las urnas y lo que es más importante, a sólo un mes para las elecciones en Australia, país en el que tras conocer el atentado su primer ministro, "desafiante" ha dicho "no nos van a intimidar". ¡Desafiante, sí!. Acto seguido, Elena Resano, la bella locutora que sustituyó a Letizia Ortiz, ha explicado a la audiencia que claro, es que Australia apoya a la coalición liderada por los Estados Unidos y que ya ha sufrido otros ataques como los producidos en Bali.
Todo ello bien precedido con todo un argumentario cantando las alabanzas de la política del presidente del Gobierno del todavía Reino de España y sus efectos beneficiosos a la comunidad internacional instándola a retirarse del escenario iraquí. Feliz con sus enormes coincidencias con el primer ministro Túnez, Mohamed Ghanouchi, desde la capital tunecina en lo que constituye su primer viaje al exterior tras sus largas y felices vacaciones, Rodríguez Zapatero ha expuesto la necesidad de "la restitución de la soberanía del pueblo iraquí".
Pues bien. Que mienta siendo jefe de la oposición en aras de atacar al anterior jefe del Ejecutivo con toda suerte de manipulaciones sobre la intervención de España en la guerra, vale, ya lo sabíamos. Ahora que lo haga siendo presidente de todos los españoles, es verdaderamente impresentable. ZP debe saber, y si no Moratinos debería dedicarle una tarde junto con algún experto, que hay una resolución de Naciones Unidas, la 1546, que su propio Gobierno ha votado para instaurar esa legalidad internacional que dice reclamar ahora.
Todo un dislate pero no por ello menos grave. Porque, como ha recordado el portavoz del PP en la Comisión de Exteriores del Congreso, Gustavo de Arístegui, las palabras de Zapatero se producen además en un momento en que hay dos cooperantes italianas secuestradas cuyos captores demandan la salida de los soldados italianos del país para no matarlas. A lo mejor Rodríguez Zapatero no le llama a eso ceder al chantaje terrorista. ¡Viva Ben Laden!
Teatro de identificaciones, lo político es, ante todo, regulación de lo imaginario. Puesto que imaginario es eso a lo cual la identidad finge densidad real. ¿Qué es ser idéntico? Nada. Una ingeniosa finta de la imaginación humana, sin la cual los malentendidos que sustentan el lenguaje se desmoronarían. El político debe dar una vuelta más de tuerca a esa ficción, para que su gesto adusto sea creíble. Y para que en el cerebro de sus votantes quede el reconfortante poso de ser parte de una comunidad de iguales: los míos. No hay mío –eso es obvio– sin ajeno que, al contraponérseme, me defina. No hay nosotros sin otro; ni otro que no me sea potencial amenaza. El genio –escalofriante, pero genio– de Carl Schmitt consistió en hacer de eso el fundamento de la política: inventar al enemigo. El político debe crear ex nihilo la enfermedad –el otro–, para poder ofrecerse a sí mismo como médico o curandero de un nosotros en riesgo de infección mortífera. El Otro da, así, en ser el nombre más teológico del Diablo.
Los socialistas nacionales de Hitler y Goebbels fueron virtuosos absolutos de eso. En España, sólo en los años González alcanza madurez este arte, cuando una dicharachera bandada de jóvenes camisas azules impone a la nación la evidencia de ser ellos la identidad antifranquista de la España naciente. ¿Su ideólogo? El último jefe de informativos de la tele de Franco. Cebrián, de apellido.
Quedó lejos el franquismo, ahora. Y el retorno de estos socialistas a quienes el tiempo degradó de nacionales en nacionalistas, requiere un enemigo acorde. Tan inventado como el otro. Y tan convincente. Aznar es el candidato. Y a su satanización milimétrica se han ajustado los seis meses de Gobierno Maragall-Zapatero. ¿Por qué Aznar? Porque sólo la exhibición de un enemigo tan mitologizable cuanto amenazante puede soldar identidades políticas muy resquebrajadas. Aznar da el tipo. Por su rareza, ante todo: un gobernante español que no roba ni asesina, y que, encima, restringe voluntariamente su mandato, es lo más parecido a un marciano. Si el descompuesto PSOE de las baronías nacionalistas aspira a rehacerse una identidad ficticia, la demonización de esa figura anómala le es imprescindible.
No ha gobernado Zapatero en estos seis meses. Cierto. Ha hecho lo que debía hacer, si es que aspira a cristalizar el proyecto PRI a la mexicana que se le fue de las manos a González. Sonreír, angélico. E inventarse un Satán cejijunto, amenazante. Sonreír. ¿Por qué los ángeles de los apocalípticos pórticos sonríen tanto?, se preguntaba el gran Lacan, hace treinta años. Respuesta del loquero: «Porque son gilipollas».
En la política abundan los licenciados en leyes y en otras ramas de las ciencias sociales, y también de las Humanidades, pero no suelen dedicarse a tan noble actividad personas procedentes del mundo de las ciencias duras, como la física, las matemáticas, la química, o de las variantes más áridas de las disciplinas técnicas, como las ingenierías de caminos o aeronaval. Una pregunta que me he visto obligado a responder infinidad de veces en las muchas entrevistas que me han hecho ha sido la de por qué un catedrático de Física Atómica y Nuclear decide en un cierto momento de su vida dedicarse a los menesteres parlamentarios. Sin embargo, de la misma forma que para abordar determinados problemas políticos unos sólidos conocimientos de Derecho, de Sociología, de Economía o de Historia, resultan extraordinariamente valiosos, hay ocasiones en las que no viene mal una buena formación en álgebra o en cálculo. La reciente entrevista del presidente del Gobierno con el presidente del Partido Nacionalista Vasco es un ejemplo interesante de una situación de este tipo. Para ello, examinemos primero el concepto de serie convergente.
La suma de sucesivos términos definidos en función de los números naturales, desde 1 hasta infinito, puede diverger, así 1+2+3+4+…, o puede converger, tal como hace 1+1/2+1/4+1/8+…, cuyo límite es claramente 2. Pues bien, José Luis Rodríguez Zapatero, en su conversación con Josu Juan Imaz, parte de la Constitución de 1978, que se sitúa a medio camino entre el Estado centralista y la disgregación de España en micronaciones separadas. Su interlocutor, en cambio, desea llegar a la liquidación del sistema vigente para alcanzar la independencia de su hoy comunidad autónoma. Si el unitarismo a ultranza es el 1 y la fragmentación de la soberanía nacional es el 2, el PP y el PSOE se colocan en el 1,5. Ahora bien, una negociación que parte de este punto intermedio es lógico que termine en algún lugar entre 1.5 y 2, digamos, 1.75.
La propuesta del Partido Socialista Vasco de reforma estatutaria, en la medida que va más allá del Estatuto de Guernica e introduce elementos como la transferencia de la gestión de los fondos de la Seguridad Social o la facultad de casación para el Tribunal Superior de Justicia vasco, se acerca en este sentido a las pretensiones nacionalistas. Suponiendo que al final se llegue a un acuerdo, el PNV habrá dado un paso más hacia su meta. Dentro de cinco o diez años, un nuevo lehendakari de ánimo dialogante se sentará a hablar con un presidente del Gobierno central de buen talante con mayoría relativa en el Congreso y buscarán un pacto constructivo, que nos pondrá en, digamos, el 1.875. Supongo que ya van viendo la relación entre las reformas constitucionales y estatutarias y las series convergentes.
Por eso a veces es bueno recurrir a las matemáticas también en política. Los números nunca engañan.
Toda una pléyade de analistas políticos esforzándose por comentar, negro sobre blanco, la inquietud y el desasosiego que produce la indefinición territorial de España y resulta que esa suerte de incertidumbre es ficticia y que el debate abierto es un ejercicio inútil y artificial. La portavoz del Gobierno, su vicepresidenta, lo dijo tras la entrevista de su jefe con Rajoy: «El Gobierno sí tiene un modelo territorial; un modelo de Estado». Sorprendentemente ningún colega interpeló a la portavoz del Ejecutivo sobre las características del citado modelo que no alcanzan a entender ni los suyos tal y como ha puesto en evidencia el presidente extremeño.
O sea, que según De la Vega el ejecutivo de ZP lo tiene claro y los demás nos dedicamos a enredar con el «ibarrazo» y las consiguientes reacciones que sigue suscitando. Y a todo esto, el presidente Rodríguez Zapatero, callado y sonriente. No sabemos si está con el racial y vehemente «Juan Carlos», que ha denunciado lo que piensa la mayoría de los socialistas pero calla por no reconocer que coincide con el PP, o está del lado del «infantil» Maragall. ¿Piensa como Ibarra o se decanta por el «palmero» Chaves, el «pillo» presidente andaluz, que «intenta subirse al carro de los poderosos»?
Me pregunto si ZP y su vicepresidenta, además de talante, tienen claro lo que pretenden hacer con España.
Ibarra se queja y Montilla se ríe. El presidente extremeño critica el abandono de la defensa de la igualdad de todos los ciudadanos, el desdén hacia lo español, y el ministro catalán lo califica de "cómico". Ya no se trata de si existen varios partidos socialistas, si hay proyectos distintos bajo las siglas del PSOE, o si han resucitado Prieto y Largo Caballero. Incluso el atribuir a las palabras de Ibarra un interés meramente electoral, un discurso exclusivo para los extremeños, se antoja ingenuo.
Normalmente, el ascenso al poder cohesiona un partido entorno a un líder, un proyecto y al objetivo de permanecer en el gobierno, máxime cuando éste es disputado por otro partido. De esta manera, es posible la coordinación de la actividad gubernamental de un gabinete recién formado. La relación también funciona a la inversa: la política del grupo en el poder es un reflejo de sus condiciones como organización partidista. Así, el desbarajuste entre ministerios, o entre el Gobierno, su grupo parlamentario o el partido, da lugar a la incertidumbre política, las contradicciones y los fracasos.
El partido fuerte debería ser aquel que gobierna, y en España no es así. Lo triste del caso socialista es que el poder no sólo ha aumentado las graves discrepancias que existían en el PSOE respecto a qué es España –lo más importante-, sino que no ha reforzado al líder, ni ha mostrado un proyecto. Tan sólo ha quedado patente su deseo de continuar en el poder.
La cuestión es, por tanto, quién nos gobierna. Y esta es la gran preocupación. El socialismo se ha convertido en una federación de izquierdas autónomas. La dirección del gobierno socialista está marcada, no por su programa, sino por el de los pequeños partidos no nacionales. Se ha anunciado el inicio de un nuevo periodo casi constituyente, el nacimiento de un nuevo pacto entre los elementos que conforman el Estado español, sin que se haya adelantado el plan gubernamental al respecto. Los dirigentes del PSOE, incluidos los ministros, se manifiestan sobre la reforma territorial sin una pauta o un fondo común. El líder del partido, y presidente del Gobierno, no marca la dirección, ni pone fronteras a las declaraciones. La autoridad que otorga el poder ni siquiera ha surgido. Y se recuerdan con demasiada frecuencia las componendas que permitieron ganar congresos partidistas y encabezar carteles electorales.
El PSOE tiene mayoría parlamentaria suficiente como para gobernar en solitario, pero no quiere, prefiere que le aten de pies y manos, que le obliguen. No es únicamente una cuestión de imagen, ese halo progresista que corona a la palabra "talante", sino la carencia más absoluta -esa pobreza venida a menos- de un proyecto político. ¿Qué modelo territorial? El que digan otros.
Imaz ha salido más contento que Rajoy de su entrevista con Zapatero. Dicho de otro modo. El jefe de un partido independentista, minúsculo a nivel estatal, que desprecia la Constitución y el Estatuto de Autonomía de su comunidad, ha terminado su aparición en La Moncloa repitiendo las palabras de Fernández de la Vega: hay que escuchar y dialogar. Mientras, el jefe de un partido nacional, constitucionalista y autonomista, que tras ocho años de gobierno ha sido votado por casi diez millones de españoles, ha manifestado su creciente inquietud por la posible quiebra del régimen de 1978.
La intranquilidad, y con ella la desconfianza interior y exterior, la motiva el Gobierno y su falta de proyecto para el país. Pero la preocupación la origina la incapacidad de los socialistas para crear un partido fuerte que genere seguridad o entusiasmo, y que esto ocurra recién llegados al poder. No es una cuestión de método o teoría, es que sobre él se edifica el futuro inmediato de la nación.
En «Inglaterra, Inglaterra», Julian Barnes inventa una isla convertida en parque temático que contiene todos los símbolos esenciales de su nación. Si nos diera por copiarle la idea, en el parque temático de «España, España», además de la Tizona del Cid y del toro de Osborne, tendría que estar el bombo de Manolo, cuya silueta esférica también podría reproducirse, agrandada, para que nos surgiera en las carreteras alternada con las del astado, eufemismo gráfico de España. A punto estuvieron de robarle el bombo a Manolo la otra tarde en Bosnia, en las vísperas de un partido al que el hombre había acudido en cumplimiento de su misión de forofismo aerotransportable. Lo cual que, de haberse consumado, el robo nos habría enfrentado a un «cassus belli» semejante al rapto de Helena por los troyanos: la guerra por recuperar el bombo/reliquia habría sido recordada, por qué no, como la «Manoleida» o la «Manolíada». Si enviamos a los boinas verdes por Perejil, por qué no por el bombo, que tiene más o menos el mismo tamaño y mucha más importancia simbólica.
En política, y según la revista «El jueves», el bombo del forofismo lo llevaba José Bono. Así se hizo la parodia del intento de Bono de construir un discurso españolista que, expresado desde la izquierda, servía para acabar con esa extorsión intelectual, propagada desde la periferia, según la cual de todos los patriotismos locales sólo el español es por definición fascista. Pero a Bono, como a Manolo en Bosnia, le robaron el bombo cuando le hicieron ministro –le desactivaron comprometiéndole mediante cargo con el gobierno–, y por eso ahora permanece en silencio, sin que se le oiga el España ra ra ra, justo cuando la izquierda tiene el españolismo hipotecado por sus vasallajes con la periferia. De ahí que el bombo de Bono lo haya levantado ahora Ibarra para seguir recordando que existe un españolismo de izquierda que ni se acojona porque le amenacen con el estigma de «facha» –la campana del leproso en la España contemporánea– ni va a aceptar que el país se rompa mientras Zetapé dice «yes». Lo más probable es que, para silenciarlo como a Bono, a Ibarra lo nombren pronto ministro de algo. Que le van a robar el bombo, vaya.
Algunos observadores pueden tener la impresión de que a Zapatero le está estallando en las manos el partido. Ahora todos los esfuerzos de la Moncloa y Ferraz se orientan a paliar los efectos de esa sensación. Del “no es para tanto” puede pasarse gradualmente al “no pasa nada”, para que sólo exista un problema normal de adaptación del Estado, bajo el Gobierno socialista, a otro modelo de organización territorial y política siempre dentro, como suele decirse, del marco constitucional. Pero al romperse los diques de la crítica con la rebelión verbal y declarativa de Rodríguez Ibarra, el presidente de Extremadura, todos los demonios familiares del PSOE se han desmandado y andan sueltos por ahí. Se está concediendo tal vez excesiva importancia a las diferencias que se advierten entre Rodríguez Ibarra y Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía y además del partido. Pero, sobre todo, lo primero, que es lo que importa en la incipiente “guerra de barones”. El problema es, como siempre, que los árboles no dejen ver el bosque, o que determinados árboles no permitan ver el último y definitivo tronco del problema, no otro que Maragall. Ahí empezó todo. Cuando el hoy presidente de la Generalitat planteó su proyecto federalista como inicial hipótesis de trabajo, ocultaba seguramente su verdadero designio: la fórmula confederal y además asimétrica del Estado español, donde, por otra parte, no todos los elementos constitutivos de este Estado tendrían que recibir la estricta consideración de españoles, involucrándose en el problema una cuestión denominativa.
De este modo, la España de los cinco siglos de unión pasaba a ser una España bajo sospecha. Y curiosamente no era tanto Ibarretxe con su famoso Plan, sino Maragall, con su proyecto todavía flotante e implícito, quien entraba en el núcleo central de la polémica. Ibarretxe, a fin de cuentas, es un nacionalista vasco perfectamente dimensionado y de perfiles concretos. El caso de Maragall es distinto y distante. Maragall es evanescente. Es tan peligrosamente nacionalista que intenta no parecerlo. Su gran ventaja actual, aparte de la victoria sobre el pujolismo, que le ha dado el Gobierno de Cataluña, es que ha incrustado su influencia y parte de sus efectivos humanos en el PSOE, del que todavía se considera componente, pero componente diferenciado, una especie de socio con contabilidad aparte, mercado específico y clientela propia. Por añadidura, su “plan de ventas” es también de cuño propio. Y lo que faltaba para consolidar la ventaja o el ventajismo maragalliano es un liderazgo débil en Ferraz y en la Moncloa: el liderazgo, si cabe llarmarle así convencionalmente, de Zapatero.
Maragall hizo en su momento algo que pudo pasar por ser una concesión a Zapatero: le “cedió” a José Montilla, su hombre de confianza en el PSC. Se lo sentó en el Consejo de Ministros. Un caballo de Troya disfrazado de ministro de Industria que ha empezado por incordiar en los Presupuestos Generales que se preparan. Un cordobés equívoco que cumple a la perfección su tarea desequilibrante, tan leal a Maragall como Rubalcaba lo es a Felipe González. Y Zapatero, mientras tanto, entregado al alto turismo político.
Del mismo modo que vivimos la separación de los Beatles o el final de la serie «Friends» esta semana hemos asistido a un hecho notable en la vida nacional: la disolución de la sociedad política integrada por históricos barones territoriales del PSOE. Bono, Chaves e Ibarra han dejado de ser los tres tenores del socialismo español y ahora hacen bolos en solitario; otra consecuencia de la nueva situación política.
El rugido que desde Mérida retumbó en los despachos de la madrileña calle de Ferraz no ha sido tanto una queja del presidente extremeño contra la falta de solidaridad de los socialistas catalanes, como el lamento del cuate abandonado por sus colegas de antaño. Lo novedoso de las declaraciones de Juan Carlos Rodríguez Ibarra no han sido sus críticas, más o menos veladas, más o menos certeras, más o menos argumentadas, contra Pascual Maragall; lo más sonoro, lo más hiriente y lo más lúcido ha sido el recado trasladado a su colega andaluz Manuel Chaves: no se puede ir de palmero a una fiesta de señoritos... de señoritos catalanes, obviamente. Hubo un tiempo en que Chaves, Bono y Rodríguez Ibarra, se constituyeron en garantía de la vocación nacional del PSOE; con sólidas mayorías absolutas consiguieron defender sus feudos en plena barrida popular; ofrecieron sus votos y sus presupuestos como el maná en la dura travesía de desierto. Fueron el espinazo de un partido quebrado. Hoy lo que se ha quebrado es su discurso común.
Si Bono ha dilapidado en su breve ejecutoria ministerial -medallas por medio- el capital atesorado durante años de gestión autonómica, peor está resultando lo de Chaves. El líder de la federación más poderosa y presidente de la comunidad más grande de España va deglutiendo sin pestañear cada una de las desarticuladas y siempre insolidarias ocurrencias maragallianas. Respira Ibarra, principalmente, por la herida de la financiación autonómica; pagar por renta y cobrar por población es una fórmula que ensanchará cada vez más las diferencias territoriales. Lo saben Ibarra y todos los que conocen medianamente los entresijos del sistema autonómico. Lo saben los numerosos socialistas que asisten perplejos y alarmados al desarrollo del llamado «debate territorial». En esa inquieta militancia hay que buscar otra de las claves del discurso de Mérida. Lo de Ibarra ha sido cualquier cosa menos un calentón de boca.
«No saben ustedes con quiénes están hablando» o algo similar, debieron responder los parlamentarios de ERC cuando los agentes osaron denunciarlos por llevar en la matrícula de sus vehículos los adhesivos distintivos «CAT», que les fueron retirados. La indignación de esos padres de la patria alcanzó límites estruendosos, al sentirse tratados como unos ciudadanos cualquiera y sufrir las consecuencias del incumplimiento del Reglamento o Ley de turno. Josep Huguet, Jordi Ausàs y Jordi Castells anunciaron su intención de exigir explicaciones al delegado del Gobierno en Catalunya, Joan Rangel, «por la dudosa profesionalidad de la Policía Nacional, teniendo en cuenta el trato recibido». O sea que, para el ínclito trío, ¿la profesionalidad policial debiera pasar por hacer la vista gorda con la infracción, sea circulatoria o delictiva? O, lo que es peor, ¿la profesionalidad tendría que limitarse a mirar para otro lado mientras los privilegiados parlamentarios desobedecían, incumplían o violentaban cualquier disposición que les incomodara? La reacción de soberbia y pataleta de los independentistas descubre la prepotencia de quien se cree por encima de los demás. Un pésimo estilo de quien debería dar ejemplo responsable con el cumplimiento de las leyes, sobre todo de las que no se comparten.
IBARRA ha venido a poner el dedo en la llaga de los males del actual socialismo ¿español? Por lo que se ve, el malestar y preocupación entre los socialistas tradicionales ante la deriva que quieren imponer al clásico PSOE algunos dirigentes no puede ocultarse más. Y no sólo con Maragall, un nacionalista disfrazado, insolidario y promotor del ventajismo capitalista catalán que considera al resto de España como una colonia, sino con el extraño comportamiento del que sigue siendo presidente del partido. El caso de Chaves tiene más de síndrome de Estocolmo (o de san Jaime) que de coherencia con los verdaderos intereses de su organización y votantes en toda España y en Andalucía, en particular.
Ibarra ha estado lúcido y oportuno en el fondo, y brillante en la forma, adoptando los aires de la copla, que con tanta eficacia y economía expresivas habla en un lenguaje tradicional y popular de injusticias irredentas, amores y desamores. Pero más allá de si Chaves, abandonando las veleidades marxistas de juventud, se considera o no buen imitador de la bien pagá, el PSOE debería aclararse. En vez de contribuir a apuntalar una histérica futura república bananera de Catalunya con los votos de sus inmigrantes del resto de España, quizás haría mejor en defender los símbolos e intereses de las gentes que, vivan donde vivan, no quieren renegar de su condición de ciudadanos españoles, ni contribuir a agrandar las injusticias y desequilibrios territoriales entre sus regiones de origen y de residencia o adopción. A grandes males, grandes remedios. Mejor que reformar la constitución, el PSOE debería refundar el partido en Cataluña, País Vasco ¿y quizás Galicia? Y donde no llegue el actual desfigurado socialismo, buscar una solución habitacional común con republicanos radicales españoles que, como Lerroux en su momento, den batalla ideológica a la amenaza nacionalista.
CUANDO el señor Josu Jon Imaz, presidente del PNV, explicó a la prensa su encuentro con Zapatero, utilizó varias veces el concepto «proyecto de convivencia». Hablaba, como es natural, del Plan Ibarretxe y otros planes más o menos ocultos que estos días ocupan los medios informativos. Nuestra clase política, sobre todo la nacionalista, gusta mucho de hablar de convivencia, que es un término que siempre queda muy bien en declaraciones y discursos. Sobre todo, cuando se produce una circunstancia: la convivencia está rota o en peligro. En esos casos, ofrecer convivencia es signo de paz y buen gobierno.
Por eso, al escuchar al señor Imaz, que transmite todo, menos agobio, me quedé preguntando: ¿qué significará para él esa palabra, que casi acaricia al pronunciarla? ¿Será que su País Vasco y el resto de España no logran convivir? Hice un repaso mental de la información reciente, y los únicos que tienen problemas graves son los ciudadanos amenazados por el terrorismo que tienen que salir a la calle con escolta. Ése sí que es un problema, pero no es el que vino a resolver el señor Imaz en La Moncloa.
En lo que se refiere a la vida diaria, ¿dónde está esa falta de convivencia que hay que restablecer? Entre los pueblos vasco y gallego, vasco y leonés, vasco y catalán, o vasco y andaluz o extremeño, o castellano, o valenciano, no existe ningún problema visible. Tomamos el chacolí con la misma fruición que ellos saborean un pulpo a la gallega. Aplaudimos a sus jugadores de fútbol con normalidad y sentido deportivo. Nos hemos cruzado en el veraneo y hasta hemos terminado cantando las mismas canciones en las noches de farra. Existirán otros problemas políticos, fiscales o de inversiones públicas, pero no un déficit de convivencia.
Estamos, por tanto, ante un gran invento de los nacionalismos. De la misma forma que algunas comunidades reinventan y falsifican la historia ante la pasividad del mundo educativo e intelectual, me temo que ahora se esté fabricando un problema de dificultad de las comunidades para convivir entre sí. Estoy hablando de Euskadi, porque el señor Imaz fue quien usó el concepto. Pero también podría hablar de quienes más influyen en el actual gobierno de la nación.
Por eso más de un ciudadano se llevará una sorpresa el día que descubra lo que se esconde detrás de algunas reformas estatutarias y constitucionales: cambios de nombre artificiosos, dinero vulgar y corriente y atributos de poder. Lo que ocurre es que sólo un dirigente, Rodríguez Ibarra, se atrevió a levantar la voz. Y sólo un alcalde, Paco Vázquez, le dio la razón. Los demás se conjuraron para dejarlo en «las cosas de Ibarra»: el hombre que se atrevió a romper el pensamiento único.
La lucha abierta que se desarrolla a diario entre los nacionalistas y los no nacionalistas en España y, más concretamente, en el País Vasco, tiene uno de sus más sangrantes reflejos en la aberrante política de subvenciones de los estamentos de Gobierno de esa Comunidad.
Resulta muy, muy doloroso e indignante comprobar cómo asociaciones de carácter constitucionalista, compuesta por ciudadanos que se sienten vascos y españoles en igual medida, son ignorados (cuando no atacados), tanto en la relación oficial con los representantes de Gobierno como en los presupuestos de aquella Comunidad Autónoma.
Al mismo tiempo, nos encontramos con que ciertas asociaciones y publicaciones pronacionalistas que defienden la exclusión de los españoles no vascos y hasta del español/castellano como lengua propia, reciben importes superiores incluso a los 80.000 euros en concepto de ayuda institucional a su labor.
La profesora de la UPV Gotzone Mora y mucha más gente valiente que reside y es acosada por los nacionalistas vascos en aquellas tierras merecen, desde aquí, todo el apoyo y consideración que allí difícilmente encuentran, al menos a nivel institucional.
Y es que el Gobierno vasco estima que hay dinero para pagar las visitas de los familiares a los presos de ETA o para ingresar a dichos presos en las universidades, pero no para apoyar la acción de asociaciones que deben luchar a diario, arriesgando en ello sus vidas, por la justicia, la libertad y los valores democráticos.
Lamentablemente, hay lugares en esta España nuestra en los que la oposición radical y absoluta al terrorismo, la defensa de nuestra Constitución y el rechazo de cualquier negociación institucional con la banda criminal ETA y sus adláteres se castiga con el ostracismo, la vil amenaza y el ninguneo.
Francisco de Paula Pérez de la Parte. Sevilla.
Al acto, que se celebrará en la atalaya de Fuenterrabía, se llevarán banderas de España e ikurriñas
Colectivos pacifistas, el PSE y el PP responderán mañana a la «manipulación histórica» impulsada desde el PNV y el Gobierno vasco y secundada por el entorno abertzale. Los constitucionalistas se han unido para homenajear mañana a Sancho III el grande, «hispaniarum rex», en un acto que se celebrará en la misma atalaya de Fuenterrabía (Guipúzcoa) donde los nacionalistas erigieron un monumento al que denominaron «Rey de Euskal Herria» y señor de los vascos. En el evento, al que se llevarán banderas de España, intervendrán entre otros Santiago Abascal, Gotzone Mora.
Madrid-. El monarca que los nacionalistas se han querido adjudicar como «rey de los vascos» y que fue, en realidad, el precursor de la unidad de España, obtendrá mañana el reconocimiento de personas del ámbito no nacionalista, que pretenden contrarrestar las «mentiras» históricas difundidas por el Gobierno de Juan José Ibarreche.
La Plataforma para la Libertad y la Unidad ha convocado a la ciudadanía a un homenaje al Monarca que estará arropado por la Fundación para la Libertad. Además, al acto acudirán la concejal del Partido Socialista en Guecho, profesora de la Universidad del País Vasco y secretaria del Foro Ermua, Gotzone Mora, el parlamentario del Partido Popular en la Cámara vasca y presidente de nuevas generaciones en la comunidad autónoma, Santiago Abascal Conde y el doctor en Historia y vicepresidente de la Fundación Leyre, Pascual Tamburri.
En el evento, también está prevista la alocución del presidente de la plataforma convocante, Ricardo Garrudo, que explicó a este periódico que la idea de este acto surgió «cuando las fuerzas vivas del nacionalismo en general» realizaron un homenaje al monarca, presidido por el lendakari, «para reivindicar la figura de Sancho III el grande como rey de Euskal Herria». Según denunció Garrudo «se trata de una manipulación de la historia con fines políticos para obtener unos réditos», por lo que explicó que «queremos reivindicar la realidad histórica» y «hacer ver la manipulación y la mentira» que los nacionalistas han impulsado.
El acto tendrá lugar mañana en la misma explanada en la que el lendakari Ibarreche erigió un monumento al «Rey de los vascos», es decir, en el privilegiado enclave de la atalaya de Fuenterrabía (Guipúzcoa), que fue elegido por el Gobierno vasco para su homenaje ya que es el único punto desde el que se dominan todos los territorios de la entelequia nacionalista salvo Álava.Garrudo explicó que «vamos a ir con banderas de España y alguna Ikurriña, porque tenemos un proyecto de inclusión, de no enfrentarnos a los nacionalistas que no se sienten españoles».
Además, el doctor en Historia Pascual Tamburri se encargará de desmontar las tesis difundidas desde entonces por los nacionalistas y relatar por qué se considera al Monarca precursor de la unidad de España y rey de los españoles. La concejala del Partido Socialista en el País Vasco, Gotzone Mora resaltó que «queremos demostrar la manipulación practicada por los nacionalistas, que se apropian una serie de personajes que han tenido un peso específico en la historia de España». «El nacionalismo como no tiene historia necesita símbolos y reinventan una historia que nunca ha existido», subrayó Mora. Desde que los nacionalistas hicieran su particular homenaje (incluido Arnaldo Otegui) el pasado 30 de mayo, ese ámbito ha orquestado toda una campaña, financiada con dinero institucional y privado (con aportaciones de empresas como Tubacex TTI o Tubos Reunidos S A, que cotizan en bolsa). Entre esa campaña se incluyen carteles, como el que muestra la reproducción, que anuncian representaciones teatrales en las que, según denunció el Partido Popular, se reinterpreta la historia de los vascos. Se da la circunstancia de que la primera de estas obras se representará en Amurrio también mañana.

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