Source: http://politicaderecho.blogspot.com/2010/03/
Timestamp: 2019-04-25 02:21:38+00:00

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POLITICA Y DERECHO: marzo 2010
En 1994, Chiapas y los estados del sur resentían con mayor crudeza los efectos del abandono del campo y el sometimiento de las tradiciones indígenas debido a la imposición del modelo neoliberal a partir de los años ochenta. Hoy, Ciudad Juárez y otras ciudades norteñas desnudan de manera particularmente dolorosa las contradicciones de la “inserción” de México en el “mercado global”, que envía cada vez más mexicanos al subempleo maquilador y al extranjero para trabajar como “ilegales” en condiciones infrahumanas. En su dinámica política, Chiapas había sido durante mucho tiempo, y realmente sigue siéndolo, ejemplo de una sociedad dominada por caciques y un gobierno de oprobio que ejercía una sistemática violencia de Estado. Hoy, estados del norte como Coahuila, Tamaulipas y Durango todavía ni siquiera conocen los agridulces sabores de la alternancia política, ya que han venido siendo gobernados por el viejo partido de Estado sin interrupción desde la Revolución Mexicana. Otros estados, como Chihuahua y Sonora, que sí han experimentado la alternancia política en sus elecciones locales, todavía se encuentran bajo el férreo control del clientelismo y los caciques locales. El rechazo actual de los ciudadanos juarenses a la intervención del Ejército en su territorio, y su clara exigencia por encontrar estrategias para lograr la paz y el desarrollo, son muy parecidos a aquellas demandas de los zapatistas y de la sociedad civil de mediados de los noventa en Chiapas. Aquella imagen que dio la vuelta al mundo con las mujeres indígenas de la Selva Lacandona repeliendo con nada más que sus gritos, sus manos y toda su dignidad el avance del Ejército en sus territorios, es hoy revivida por la señora Luz María Dávila, quien con toda la fuerza de su indignación se ha atrevido a confrontar públicamente a Felipe Calderón.
Del mismo modo en que los indígenas chiapanecos llegaron a un punto límite que los llevó a dejar de seguir soportando sin respuesta la muerte, la violencia y los despojos cotidianos, hoy los jóvenes, mujeres, universitarios y trabajadores de Ciudad Juárez empiezan a perderle el miedo a la participación política y exigen soluciones inmediatas al deterioro social de la frontera norte
Existen, desde luego, un par de diferencias radicales entre la Selva Lacandona en 1994 y la Ciudad Juárez de nuestros días. Por un lado, los valores, la unión y dignidad de los pueblos indígenas, así como el carisma y liderazgo del Subcomandante Marcos y los comandantes de las comunidades, imprimieron un sentido democrático y una dirección clara a aquel emergente movimiento social y político. En Juárez aún no ha surgido un sujeto social con las mismas características. Además, la destrucción del tejido social a lo largo de la frontera norte hace que el trabajo de construcción de un auténtico movimiento social similar a la experiencia en Chiapas enfrente retos particularmente pronunciados. Por otro lado, un eventual movimiento en la frontera norte inspirado en la experiencia de los zapatistas de ninguna manera podría incluir el elemento de la resistencia armada. Dada la situación de violencia generalizada que se vive en la zona y el abuso de la fuerza que predomina tanto entre los narcotraficantes como por parte de las fuerzas del Estado, el movimiento tendría que ser totalmente pacífico. La paz y la justicia tendrían que ser sus principales banderas de lucha, tal y como éstas llegaron a ser las causas principales del zapatismo civil.
En los últimos 10 días la narcoviolencia y el caos se apoderaron de Nuevo León; la delincuencia organizada lo mismo bloqueó importantes avenidas que enfrentó a militares en concurridos espacios urbanos, con la lamentable pérdida de vidas inocentes.
La población civil sufrió directamente las consecuencias: en dos enfrentamientos suscitados el pasado fin de semana, se reconoce oficialmente el fallecimiento de tres víctimas inocentes, los dos estudiantes fallecidos en el enfrentamiento frente al Tecnológico de Monterrey, Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo Verdugo; y en la persecución de unos secuestradores, la madre de familia, Sandra de la Garza; los sicarios además, en su huida, embistieron un vehículo y provocaron la muerte de una inocente más, Carmen Gómez Loera; también hay que considerar los daños y molestias que provocaron los bloqueos de 31 arterias o cruceros importantes del área metropolitana de Monterrey, para lo que los delincuentes utilizaron, al menos, 60 vehículos robados a particulares.
Mientras la población paga con daños en sus bienes y vidas las consecuencias del desbordamiento de la inseguridad, también descubre que todo esto lo hacen con la colaboración de diversas autoridades: así en el enfrentamiento entre delincuentes y militares frente al Tecnológico de Monterrey, policías estatales y municipales ayudaron a huir a los delincuentes; lo mismo pasó en algunos de los 31 bloqueos viales; su participación es tan común, que ya los bautizaron como los "polizetas".
Sin embargo, la colaboración no se queda en esos niveles, se extiende a directores y hasta alcaldes: en San Pedro Garza García, los marinos detienen a Alberto Mendoza, "El Chico Malo", capo del grupo de los Beltrán Leyva, y el Alcalde de dicho municipio, Mauricio Fernández Garza, reconoce que era uno de sus informantes, uno de los integrantes de su "grupo rudo"; unos días antes, la misma Marina, había ingresado al Palacio Municipal de Monterrey, para detener en su oficina al Director del departamento de Alcoholes, Rogelio Ángel González Heredia, por presunta vinculación con "Los Zetas", y poco después se conoce que dicho funcionario había reprobado el llamado examen de confianza, pero aun así había sido designado por el mismo alcalde Fernando Larrazábal; también capturaron al director de la Policía Municipal de Villaldama, José Rodríguez, y al subdirector operativo de Tránsito de San Nicolás de los Garza, Jorge Medina Rodríguez.
Por otra parte, esta misma población afectada por la inseguridad, se entera que la Policía Municipal de Santa Catarina detiene a dos presuntos narcomenudistas, que un comando armado pretende rescatarlos durante su traslado para consignarlos ante las autoridades competentes y, tras eso, la Marina se encarga de transportarlos en un helicóptero; pero un día después uno de los presuntos delincuentes aparece asesinado en un municipio aledaño y el otro, que había resultado herido en el enfrentamiento, desaparece; reaparece y vuelve a desaparecer, sin que hoy se conozca su paradero.
En un mismo evento se conjugan violación de derechos humanos y negligencia policial, pues todo indica que el primero fue ejecutado por alguna de las fuerzas de seguridad, Marina, Policía Municipal o Policía Estatal, y el segundo, logró huir del Hospital Universitario, sin que hoy se sepa dónde se encuentra. El director de la Policía Municipal de ese municipio, que también se encontraba desaparecido, se presentó ante la Marina y se manifestó dispuesto a declarar, pero pedía la protección de dicha instancia.
Todo esto sin considerar hechos que ya se convirtieron en parte del paisaje urbano cotidiano: el enfrentamiento de 40 sicarios contra militares en un concurrido restaurante de la carretera Monterrey-Reynosa, donde afortunadamente oficialmente no se conoce la pérdida de vidas inocentes; la decapitación del director de la policía de Agualeguas, Heriberto Omar Cerda Cadena y el asesinato de su hermano, Jesús Eloy; otro enfrentamiento entre militares y sicarios en Cerralvo, entre otros.
Y frente a todo esto la respuesta del Gobierno estatal más allá de exclusivamente mediática es además violatoria de la Constitución mexicana. El Gobierno estatal primero promovió la firma de un desplegado de apoyo por parte de organizaciones intermedias locales; después, el lunes, el Gobernador publicó un desplegado en los periódicos locales, anunciando el cese de los 85 policías, no consignación ni arraigo, únicamente cese, y convocando a una concentración para el domingo 28 de marzo para "exigir que cesen las agresiones contra un pueblo ejemplar", como sí él no fuera autoridad responsable.
El domingo se realizó la concentración, con la participación, de acuerdo a los cálculos oficiales, de 18 mil personas, sin embargo, los extraoficiales son bastante más conservadores, únicamente 8 mil. Y, lo que sí es una realidad es que muchos de los asistentes lo hicieron obligados, con la amenaza de sufrir repercusiones en sus empleos, principalmente burócratas y agremiados de las centrales afiliadas al PRI, como la CROC que fue una de las que más participantes llevaron.
El mismo lunes, que publicó el desplegado, inició una campaña en las televisoras locales y nacionales con promocionales, en los que él dirige personalmente un mensaje a la teleaudiencia, en flagrante violación al Artículo 134 de la Constitución que prohíbe expresamente incluir en la propaganda oficial incluir "nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen la promoción personalizada de cualquier servidor público" y en este caso incluye nombre, imagen y voz.
El combate a la inseguridad y la delincuencia organizada requieren una estrategia integral y coordinada, que vaya mucho más allá de lo estrictamente policiaco y/o militar, para nada sirven las acciones mediáticas y mucho menos los desplegados, promocionales y concentraciones humanas.
Y tampoco puede ser pretexto para violar impunemente la Constitución, como hizo en esta ocasión el Gobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina, que aprovechando la ausencia de una ley reglamentaria del Artículo 134 de la Constitución y la ausencia de una reforma a la Ley estatal de responsabilidades de los servidores públicos, inunda las televisoras locales y hasta nacionales con promocionales en los que él aparece personalmente.
Aunque no con el pretexto de combatir la inseguridad, los promocionales de los gobernadores en los cortes de los noticieros de televisión nacional son hoy cotidianos. Todos los días aparece alguno de los gobernadores difundiendo su acción de gobierno en espacios contratados expresamente para ello; los gobernadores, que protestaron guardar y hacer guardar la Constitución, son los primeros que la violan diariamente, con lo que contribuyen directamente a esa cultura de falta de respeto a la ley, que está en la base de la inseguridad que hoy rige la vida nacional.
Son los primeros obligados a respetarla y hoy son los primeros que la violan impunemente en televisión nacional.
La inseguridad no puede combatirse con acciones violatorias de la Constitución y mucho menos si éstas son tan cínicas y ostensibles, pues a lo único que contribuyen es a seguir promoviendo una cultura de la ilegalidad, precisamente desde la autoridad.
Desde la comunidad de Twitter, esa red social en internet que se ha convertido en auténtica república de las letras, donde el debate es el reto permanente y la concreción de las ideas el mayor desafío intelectual, se han lanzado interesantes cuestionamientos y preguntas sobre el futuro de la recién aprobada reforma a la Constitución que incorporó las “acciones colectivas”. Tal y como lo anticipé en este espacio editorial, la semana pasada, la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión aprobó por unanimidad de los diputados presentes en el pleno de sesiones, adicionar un párrafo tercero al artículo 17 de la Constitución, para quedar de la siguiente manera: “Artículo 17. …. El Congreso de la Unión expedirá las leyes que regulen las acciones colectivas. Tales leyes determinarán las materias de aplicación, los procedimientos judiciales y los mecanismos de reparación del daño. Los jueces federales conocerán de forma exclusiva sobre estos procedimientos y mecanismos”. A simple lectura quizá no se perciba la importancia de incorporar esto en nuestro texto legal fundamental, sobre todo la conexión de los vocablos “acciones colectivas”. Más incomprensible puede resultar cuando en la misma disposición no se encuentra definido el concepto que forman. Pero resultan de la mayor trascendencia, porque constituyen un parteaguas en el orden jurídico mexicano, el hito con el que se inaugura la entrada mexicana a los derechos humanos de tercera generación. La ley secundaria definirá el concepto y las materias a cuya protección se destinarán las acciones colectivas. Este proceso para definir la reglamentación debiera dar inicio cuanto antes en las cámaras del Congreso, pues el segundo artículo transitorio del decreto aprobatorio por la cámara de diputados señala que “El Congreso de la Unión deberá realizar las adecuaciones legislativas que correspondan en un plazo máximo de un año contado a partir del inicio de la vigencia de este Decreto”, esa vigencia empezará al día siguiente de su publicación. La batalla que viene debe partir de esta conciencia: en medio de tantos intereses estrictos o particulares que circundan a los legisladores, y en muchos casos que los tienen como sus operadores directos, definir la ley reglamentaria será el reto mayor y un acto de consecuencia con lo que en la tribuna expresaron los representantes de los partidos, al señalar el parteaguas que en el orden jurídico mexicano abre la nueva figura. Ello supone clarificar los mecanismos, plazos, consecuencias. ¿Se enfrentarán los legisladores, dígase diputados y senadores, al poder de los monopolios que expolian a los ciudadanos con tarifas y precios? Esta es la gran incógnita, pues varios mandamientos constitucionales legislados hace décadas esperan aún el marco reglamentario que las haga derecho positivo y vigente, esto es, que realmente se puedan aplicar y que se cumplan. Entre los principales temas de la legislación secundaria en materia de acciones colectivas están: quiénes serán los sujetos legitimados para promover una acción; de que manera se adhieren los ciudadanos al proceso, cuáles son las materias de protección de los intereses colectivos, quiénes serán los sujetos que pueden ser demandados, cuáles son las pretensiones que pueden buscar los demandantes, los efectos de las sentencias, la competencia legislativa y la jurisdicción. Si las cámaras son capaces de garantizar en la ley y resolver de cara al interés público estas definiciones, se afirmará entonces la realidad y la evolución que en el mundo tiene el componente de la sociedad civil en la estructuración del Estado moderno. Soy un convencido de que el Estado debe fincarse cada vez más, de manera directa, en el esfuerzo de las organizaciones sociales civiles, y que sean los propios ciudadanos los que realicen y operen los más diversos programas, realicen las gestiones y administren la mayor parte de los recursos públicos. Aunque hay que decirlo con todas sus letras, nuestro país tiene en esta visión y en el impulso de esa vertebración social un retraso enorme. Por eso señalo que las acciones colectivas, además de constituir un paso firme en la instauración de la promoción de derechos humanos de tercera generación, serán detonantes de la constitución de grupos y organizaciones sociales dedicadas a los más diversos temas, causas y preocupaciones que escapan al interés de la autoridad, o de plano encuentran en ésta su desidia o negligencia. Que crezca la organización social en torno de temas esenciales, dará más poder a los ciudadanos. Las acciones colectivas serán un cauce para ello.
El mismo guión. La misma obra. Las mismas escenas. Las mismas promesas vertidas. Los mismos compromisos firmados, con alguna que otra pequeña variante, o nuevos actores con nombres y apellidos distintos aunque los cargos sean iguales. Antes era Madeleine Albright y ahora es Hillary Clinton. Antes era el general Gutiérrez Rebollo y ahora es el general Guillermo Galván. Antes era Barry McCaffrey y ahora es Gil Kerlikowski. Antes era Ernesto Zedillo y ahora es Felipe Calderón. Pero la gran obra teatral de combate al narcotráfico continúa en la cartelera binacional, sin grandes cambios aunque se insiste en que “ahora sí” habrá un enfoque diferente, un reconocimiento de responsabilidades compartidas, un método distinto de encarar la lucha contra las drogas y la violencia que engendra. Pero en realidad no es así, y la reunión de alto nivel más reciente lo revela. Como lo sugiere Ethan Nadelmann en la revista Foreign Policy, en cuanto al tema de las drogas se refiere, México y Estados Unidos parecen ser adictos al fracaso. Año tras año, cumbre tras cumbre, acuerdo tras acuerdo, las discusiones se desarrollan tal y como ocurrieron esta semana. Quizás los discursos se hayan vuelto más sofisticados o la encargada de pronunciarlos lo haga con mayor elocuencia, como es el caso de Hillary Clinton. Pero son versiones facsimilares de posiciones reiterativas. Son reuniones ceremoniales, convocadas para demostrar sensibilidad ante incidentes recientes –como los asesinatos de funcionarios consulares en Ciudad Juárez– pero siempre concluyen de modo similar. El espaldarazo estadunidense al presidente mexicano en turno, al que se congratula por su “valentía” y “compromiso”. La llamada solidaria desde la Casa Blanca. La lista acostumbrada de acciones conjuntas, acuerdos logrados, esfuerzos para combatir la oferta de drogas en México y limitar el consumo en Estados Unidos. La lista ampliada de los programas piloto que se echarán a andar, el flujo de armas que se controlará, los estudios sobre la drogadicción que se pondrán en marcha. Incluso en estos días se habla de la “novedad” que incluye el “enfoque social” que se le dará a los recursos de la Iniciativa Mérida. Se enfatiza que tanto el gobierno de México como el de Estados Unidos han aprendido que no basta con enviar al Ejército o desplegar una estrategia puramente delincuencial en la “guerra contra el narcotráfico” y ahora la atención abarcará el desarrollo económico y social en las comunidades más afectadas por la violencia. Se subraya la inversión en el combate a la corrupción, en las reformas judiciales, en la atención integral a las comunidades fronterizas en ambas naciones. Pero en el fondo, no hay nada nuevo bajo el sol ni en Ciudad Juárez ni en El Paso ni en Tijuana ni en el Distrito Federal ni en Washington. Y por ello la recitación reciente suena tan hueca, tan cansada. Probablemente la reunión de alto nivel que acabamos de presenciar sea el preludio de un mayor involucramiento estadunidense –en términos de presencia, asesoría, equipo, entrenamiento y recursos– pero no entraña un viraje sustancial en la visión simplista y contraproducente que ha predominado desde hace décadas. Esa visión desde la cual el combate al narcotráfico parte de premisas supuestamente inamovibles e incuestionables: la “guerra” contra las drogas puede ser ganada; Estados Unidos puede reducir la demanda de drogas y lo intentará; la respuesta real se halla en la reducción de la demanda y México si se lo propone puede lograr ese objetivo; la política antidrogas de Estados Unidos debe ser la política antidrogas del resto de América Latina; la legalización podría ser buena pero jamás ocurrirá. Estas son ideas escritas en piedra, repetidas hasta el cansancio por funcionarios en ambos lados de la frontera, diseminadas por policy-makers estadunidenses y memorizadas por políticos mexicanos. Pero como lo ha sugerido Nadelmann, cada una de estas premisas puede y debe ser confrontada. Cada uno de estos argumentos puede y debe ser revisado. La futilidad de la guerra contra las drogas –librada como se hace hoy– es cada vez más obvia. Más evidente. Más dolorosa. Basta con mirar la tristeza ovillada en los ojos del rector del Tecnológico de Monterrey para confirmarlo. La guerra contra el narcotráfico no ha mejorado la salud de México, la ha empeorado. No ha contribuido a combatir la corrupción, la ha exacerbado. No ha llevado a la construcción del Estado de Derecho, más bien ha distraído la atención que siempre debió haber estado puesta allí. No ha atendido el problema del crimen organizado, más bien ha contribuido a su enquistamiento y expansión. No ha encarado los problemas históricos de corrupción política y complicidad gubernamental, tan sólo ha ayudado a profundizarlos. Y por ello llegó la hora de reflexionar seriamente en otras opciones, en otras alternativas, en otras maneras de pensar sobre las drogas y reaccionar ante los retos que producen. Como lo han sugerido distintas voces desde distintas latitudes y convicciones políticas, el curso más racional para México sería contemplar la legalización de la mariguana. Lo han propuesto expresidentes latinoamericanos como César Gaviria, Ernesto Zedillo y Fernando Henrique Cardoso en su estudio Drogas y democracia: hacia un cambio de paradigma. Lo han argumentado quienes piensan que la legalización de ciertas sustancias sería la manera de reducir los precios de las drogas y así proveer el único remedio a las múltiples plagas que provocan: la violencia, la corrupción, el colapso del andamiaje del gobierno en sitios como Ciudad Juárez y Monterrey.México necesita demostrar la capacidad para determinar su propio destino y tomar decisiones que fortalezcan su seguridad nacional, promuevan su estabilidad política, construyan su cohesión social. Caminar en esa dirección entrañaría empezar un amplio debate público sobre la despenalización limitada como un instrumento –entre otros– capaz de desmantelar un mercado demasiado poderoso para ser vencido por cualquier gobierno. Significaría mirar y emular lo que han hecho otros países e incluso estados dentro de la Unión Americana, como California, donde avanza la despenalización. Pero implicaría, más que nada, reconocer nuestra propia adicción y lidiar con ella. El gobierno mexicano se ha vuelto adicto a una política antidrogas fallida que lo lleva a dedicar cada vez más recursos, más dinero, más armas y más tropas a una guerra que nunca podrá ganar.
Los recientes acontecimientos en Ciudad Juárez y Monterrey dan cuenta de que algunas de las premisas en que se ha sustentado el discurso en torno al combate a la delincuencia organizada no son tan sólidas. En primer lugar ha quedado claro que no todas las víctimas están vinculadas directamente con la así llamada guerra. Es falso que las bajas las aporten sólo los sicarios y las fuerzas del orden. Y en segundo lugar ha quedado claro también que el sólo despliegue masivo de efectivos de diversas corporaciones no ha inhibido la comisión de delitos ni ha detenido la violencia callejera. Parece necesario, pues, replantear la estrategia, no sólo recomponer el discurso. Ciertamente es difícil saber con exactitud cuántas víctimas han sido presentadas como sicarios sin serlo; pero el número no importa, lo que importa es que la violencia ha rebasado los contornos de la delincuencia, y es frente a ello que debiera haber una reconsideración de la estrategia. Ha quedado claro también que la capacidad de infiltración de la delincuencia no parece haberse detenido, es decir, que no hay todavía una “nueva” policía y, lo que es peor, si no hay modificaciones de fondo, el riesgo es que desaparezca también el “viejo” Ejército. Insisto: es necesario revisar la estrategia. Revisar no es replegarse, revisar es corregir, adecuar, admitir fallas. No sólo creo que es indeseable un repliegue, creo que además es imposible reconstruir las condiciones de convivencia existentes antes del inicio de la así llamada guerra. No hay, entonces, vuelta atrás posible. Por lo pronto, la visita de funcionarios estadunidenses del más alto nivel confirma que hay una genuina preocupación por el cauce que ha tomado la batalla contra el narcotráfico. Pareciera que debiéramos pasar del discurso de la guerra que vamos ganando, a un replanteamiento de la estrategia de la guerra. Sin embargo, el Ejecutivo tiene cierta incomodidad con la percepción de que no han sido las mejores estrategias las que se han implementado; parece acusar cierta incomprensión de la sociedad hacia su visión del problema y, ciertamente, eso no ayuda a un replanteamiento. Pero la realidad está imponiendo condiciones. Por un lado, el incremento de la cooperación internacional es una nueva herramienta que habrá que explotar adecuadamente. Los cuatro ejes que se desprenden de la reciente visita de Clinton ofrecen una ruta para encauzar los nuevos términos de la cooperación. El combate basado únicamente en la presencia de la fuerza pública ha conocido sus límites. En ese sentido, es saludable que el debate en torno a un nuevo modelo policial (32 policías estatales) haya vuelto a ponerse sobre la mesa. Es evidente que lo necesario de allanar todos los obstáculos para la emergencia de una nueva policía. Por otro lado, si en efecto el despliegue de un número elevado de efectivos no ha conseguido inhibir a la delincuencia, se hace necesaria la reconstrucción de la inteligencia. Y no sólo en términos de mejorar los sistemas de información, sino de combatir financieramente a los grupos delincuenciales. Finalmente, parece ineludible replantear estratégicamente el tema de la prevención. Cómo alinear políticas públicas para verdaderamente incidir en algunas de las circunstancias que propician el incremento de la delincuencia, parece ser la pregunta. Ojalá pronto se den las condiciones para replantear la estrategia. A nadie conviene acostumbrarnos a la violencia.
Publicado por ISRAEL ALBERTO HERNÁNDEZ en 16:10 No hay comentarios:
El aeropuerto de la ciudad de México, a las 23:50 horas, en domingo, es un páramo desierto. La situación es extraña o, por lo menos, mi sensación lo es. Abordaremos el último vuelo del día: el MX375 con destino a Caracas. El aeropuerto de una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo, por el que pasan miles de pasajeros diariamente, está vacío. Las tiendas cerradas, los trabajadores de limpieza haciendo su tarea, los guardias de seguridad, cansados, bostezan. La terminal 1 del Benito Juárez parece una ciudad que se acaba de dormir y aún no quiere despertarse. Y el único lugar activo, en el que se encuentra un grupo de personas sentadas y ansiosas, es la puerta 21 en la que nos han convocado para abordar el vuelo. Estoy cansado pero curioso porque voy a un país y a una ciudad que no conozco. Además, tengo la impresión de que soy el único mexicano en la sala de espera. Así que éste es ya mi primer contacto con Venezuela. El vuelo, de hecho, está lleno. ¿Qué vinieron a hacer tantos venezolanos a México? Imagino que están de vacaciones (predomina un perfil de clase media y alta). Yo, al menos hasta ahora, no habría contemplado la posibilidad de vacacionar en su país. Ya es domingo, 6 de diciembre, el vuelo saldrá a la 1:05 a.m. Nunca había despegado de madrugada. La situación me desagrada.
A la salida me espera una comitiva de jóvenes de protocolo, elegantes y amables, con una batería de automóviles haciendo guardia cada uno con su respectivo conductor. Me asignan un auto que me llevará directamente al hotel. El chofer es un personaje de película: fuerte, moreno, grande, simpático. Además, como descubro de inmediato, es un convencido seguidor de Chávez. Con un lenguaje popular y florido me explica los peligros que enfrenta el régimen bolivariano: nuestro presidente tiene muchos enemigos de dentro y de fuera. Los de dentro son todos golpistas: “Fulano de tal, gobernador de la región tal… ¡golpista!; el otro, gobernador de este otro lugar… ¡golpista!; el diputado ‘X’, también él, ¡golpista!”. Y, como una reminiscencia de un discurso congelado en el tiempo, al voltear hacia el mundo, está convencido de que los americanos tienen la culpa de todo lo malo que pasa en el continente. La mejor prueba —y en ello lleva razón— son las bases militares norteamericanas en Colombia: “Los americanos quieren que peleemos con nuestros vecinos para meterse hasta acá; pero este presidente, Chávez, es muy inteligente. Si se meten con nosotros, se las verán con nuestros amigos: Rusia, Irán, Bolivia, Ecuador, Brasil y tantos más. ‘Nomás con Cuba ya tienen’ porque los cubanos están esperando el momento de vengarse de los americanos”. Pasamos unas villas miseria en la montaña de camino a la ciudad y él me dice que eso no debería estar ahí “porque da una mala imagen a los visitantes”, pero me cuenta con orgullo que “hay mucho médico cubano trabajando con esa gente”. No me queda duda, desde mi aterrizaje, que el discurso bolivariano tiene anclaje (aunque no olvido que se trata de un conductor al servicio del Estado).Conforme pasan los minutos confirmo que el señor es un seguidor auténtico del gobierno. Y eso hace la charla más interesante. Me cuenta partes de su vida y destaca el crédito que obtuvo —“gracias al presidente”— para comprase un departamento. Antes, “uno como yo —me dice— no hubiera obtenido un crédito, nunca”. En todo momento subraya que, en el pasado reciente, su país era elitista y excluyente y ahora predomina lo popular. Obviamente, no es un hombre educado: por ejemplo, me pregunta si el avión que me trajo desde México puede volar todas esas horas sin tener que cargar gasolina. Pero ostenta un grado de politización sorprendente y, junto con el mismo, un notable nivel de ideologización. Poco antes de llegar al hotel nos cruzamos con un maratón en el que los corredores vestían, todos y todas, de rojo. “Ese es el color del partido del presidente”, me dijo. “Los ‘escuálidos’, en cambio, se visten de amarillo”. Se despide recomendándome encarecidamente aprovechar que es domingo para sintonizar, a partir de las 11:00 a.m., aproximadamente, Aló Presidente. El hotel —Gran Meliá Caracas— es el más fastuoso de la ciudad y, como en todas partes, el lujo es idéntico: grande, majestuoso, elegante. Mi habitación es espaciosa y cómoda. Me esperan, como bienvenida, dos canastas de frutas y unas nochebuenas, regalo de la presidente del Tribunal Supremo. El lujo no me apantalla pero me sorprende. Simplemente, en Venezuela, invitado por el régimen supuestamente socialista (que se empeña en transmitir, dentro y fuera del país, una imagen popular), no esperaba un hotel en el que, por ejemplo, puedo elegir “almohadas a la carta”: de “semillas de trigo”, “ortopédica”, “plumas de ganso”, “almohada de bebé”, “plumas sintéticas”, “anatómica”, “alérgica poliéster & policron”. Unas semanas antes estuve hospedado, invitado para participar en otro seminario, en el Hotel Victoria de Turín, Italia. Mi habitación en aquel viaje y el resto de las instalaciones del clásico hotel turinés medían la tercera parte. ¿De dónde nos viene a los latinoamericanos esta vocación por lo ostentoso y esta manía por lo monumental? Cuando algunos amigos europeos visitan México, con frecuencia, si son invitados por las autoridades me hacen notar el exceso y el dispendio con el que son recibidos. Esta es la primera vez que vivo esa sensación en carne propia. Y, tienen razón mis amigos, surte el efecto contrario al que los anfitriones esperan.A las pocas horas de llegar al hotel tengo la sensación de que nada es lo que parece. El lugar es igual a los grandes hoteles de todo el mundo —quizá lo único que delata algo de descuido es el estado de los baños, grandes y viejos—, sin embargo, el ambiente y el modo de comportarse del personal es singular. Pareciera que, detrás de la fachada del hotel de cinco estrellas, descansara un fresco latinoamericano. Para muestra un botón: no logro retirar dinero de un cajero automático (me pide dos números de un carnet de identidad que, obviamente, por ser extranjero, no tengo). La señorita de recepción —joven, muy guapa y simpática— me sugiere pedir orientación con el conserje —también joven y simpático— quien me explica que, tal vez yo no lo sepa, “existe un problema con el tipo de cambio en Venezuela”. Por aquello de la “falta de divisas”, puntualiza. Así que no me recomienda seguir intentando obtener dólares en los cajeros (además, apunta, ello supone correr riesgos innecesarios). Él propone otra cosa: una operación “segura y secreta”, con un tipo de cambio preferencial, ni más ni menos que del doble a mi favor (el cambio oficial es de 2.5 bolívares por dólar; él me cambia 100 dólares por 500 bolívares). Así, sin más, en el lobby de un hotel de gran lujo. Por eso no me sorprende la devaluación que anunció Chávez en enero de 2010 ni me sorprendería un quiebre de la economía venezolana. Dado que no acepté la generosa oferta del conserje tuve que cambiar unos cuantos dólares en efectivo por unos cuantos bolívares pagando, además, el 1% de comisión en el hotel. Todavía recuerdo la cara del conserje y de la recepcionista ante mi decisión (supongo que, para ellos, absurda). Con ese dinero, después de nadar en la enorme piscina al aire abierto, decidí ir a conocer el centro de la ciudad. Justo antes de salir de mi habitación recibo las cartas de invitación para las cenas oficiales y un directorio telefónico en el que —entre otras cosas— se me indica el número de Protocolo, el de Seguridad y el de Servicio Médico que están a mi disposición, permanentemente, ahí mismo en el hotel. Todo junto, más el cansancio, profundizan mi extrañamiento. Al abandonar el hotel lo primero que noté es que éste estaba custodiado, en su entrada, por dos destacamentos de tres militares armados. Quizá la explicación reside en que el mismo se ubica en una zona caótica y popular. Los alrededores de este majestuoso edificio son muy parecidos al once en Buenos Aires o a la calle de Regina, antes de su rescate, en la ciudad de México. En pocos minutos me encuentro en el meollo de una caótica ciudad latinoamericana en la que todo puede pasar. Por ejemplo, la vendedora del puesto en el que me detengo a comprar dos botellas de agua, antes de atenderme, con discreción fallida, despacha algo que debe ser droga —por la manera en la que tiene lugar el intercambio entre el billete y el producto— a una joven veinteañera. Nada que no suceda en la ciudad de México (o en pleno centro de cualquier ciudad del mundo) pero que aquí observo con la sorpresa de un visitante que, técnicamente, acaba de llegar. Viajo en metro, es domingo y aquello está a reventar. La muchedumbre es popular, colorida y las mujeres —ya me lo habían advertido—, en verdad, son atractivas. Mi primera impresión es que ésta es una sociedad relativamente igualitaria —con un status de clase media baja generalizado— que contrasta en su composición con la ostentosa desigualdad mexicana. Acá todo parece popular, parejo, uniforme. Obviamente, estoy en una zona popular, en pleno centro de la ciudad, pero no salta a la vista lo que en México o en Río de Janeiro es común, frecuente y está por todas partes: autos de marca y gente de esa clase alta latinoamericana, altiva y ostentosa. El metro de Caracas podría estar en cualquier ciudad del mundo. Nada especial, nada que merezca un comentario. Pero el centro de la ciudad me parece un sitio desolador. Algún edificio interesante —el Capitolio— pero, el resto, incluida la plaza Bolívar, en verdad decepcionante. Cuernavaca es una metrópoli frente a esto. Al menos si comparamos el centro histórico de aquella ciudad con este lugar caótico, ruidoso y tremendamente sucio. Me acerco a dos vendedores de artículos varios para preguntar por un restaurante para comer y, sin satisfacer mi inquietud, me ofrecen dólares, droga, compañía. Constato que mi condición de extranjero es inocultable. Y eso me desagrada pero, al mismo tiempo, me consuela. O mejor dicho, me ayuda a soportar mejor mi propio sentimiento de extranjería. Y aunque eso me puede pasar también en los sitios turísticos de México —“España, olé” nos gritaban a mí y a mi esposa para llamar nuestra atención los vendedores ambulantes de Playa del Carmen hace algunos meses—, aquí mi extranjería es real, definitiva. No logro encontrar en mí —al menos no ahora— la fibra que hace latir los corazones de muchos amigos y familiares con fervor latinoamericano. Soy extranjero y me siento extranjero en medio de este caos que mezcla la vitalidad ruidosa con el más desolador deterioro. No me gusta la arquitectura irregular y sin estilo alguno que hermana a Caracas con Villahermosa, ni disfruto el escándalo sin censura de decenas de chiquillos que juegan entre las mesas a arrojarse pequeñas explosiones de pólvora (de esas que en México llamamos “brujitas”). Hay algo que me impide dejarme abrazar por un sol que, a pesar de ser diciembre, quema. “Ragazzi, non aborghesatevi”, nos decía Franco, un viejo comunista y amigo italiano, a mi esposa y a mí hace algunos años. Me doy cuenta que su advertencia, al menos en mi caso, fue desatendida. O quizá era simplemente imposible de cumplir: cada uno es fruto de su medio y de su tiempo. Tal vez por ello, observo esta ciudad con una mirada de extranjería que no tiene su origen en las coordenadas de la geografía sino en los recintos de la cultura, las concepciones políticas, los gustos y las formas de vida. En medio de una plaza enorme que descansa detrás del espantoso edificio del Congreso Nacional —decorado con un enorme cintillo que, por un lado, tiene los retratos de los libertadores de América (Bolívar a la cabeza) y por el otro dos enormes fotos de un Chávez tomando juramento y saludando a la masa y que, irónicamente, recoge la consigna “la sede del poder del pueblo”—, ante la suciedad, el abandono y la indigencia que merodea y escarba en los basureros en busca de comida, me descubro completamente ajeno, fatalmente distante de esta realidad en la que no veo ninguna “revolución progresista”. No encuentro un socialismo con rostro moderno en el que la igualdad social vaya de la mano del progreso ni una democracia en la que el concepto sea algo más que un recurso legitimador del caudillo en turno. Me pregunto si es este caos que se inclina al precipicio lo que emociona a algunos intelectuales europeos que celebran la revolución bolivariana, denuncian con aburrimiento el impasse y la mediocridad intelectual en el que —según dicen— está atrapada la sociedad europea y declaman su encanto por Latinoamérica (pero suelen tener un boleto de avión —de regreso a casa— en el bolsillo). Yo, definitivamente, no encuentro en lo que veo el germen de una sociedad moderna, libre e igualitaria. Y me niego a claudicar ante la idea de que ésta es la igualdad y libertad que nos toca a los latinoamericanos: una seudomodernidad folklórica, ad hoc para los países del tercer mundo. La idea provinciana de que debemos encontrar nuestra identidad y destino sin mirar hacia otra parte siempre me ha parecido mediocre. Una cosa es aceptar la realidad y sentirse parte de ella y otra, muy distinta, conformarse con un estado de cosas en el que la marginalidad es destino.
Regreso al hotel. Son las 17:10 horas y prendo la TV. Ahí está, en vivo, Aló Presidente. Lo que escucho y veo es un adelanto de lo que —sin saberlo— me tocará presenciar al día siguiente. Reporto solamente un par de imágenes. Hugo Chávez interactúa con su público y provoca su entusiasmo: habla de un fiscal chavista asesinado “por la burguesía” y el público de pie, todos de rojo, en un mitin televisivo y televisado, comienzan a gritar: “¡Honor y gloria a todos los caídos!”. Minutos después, como quien habla de cualquier cosa, dice que teme por la vida su hermano, Nacho, porque los burgueses podrían asesinarlo para dañarlo a él. El público, de nuevo, entusiasmado, irrumpe al grito de: “¡Chávez amigo, el pueblo está contigo!”. Ante las porras, el presidente asegura que seguirá luchando contra los latifundistas “así me quede solo; moralmente solo”. Y, como si nada, advierte que, para evitar que eso suceda, es necesario “pulverizar” al enemigo. Este espectáculo ya ha sido narrado en muchas crónicas y artículos por lo que no me extenderé en su desarrollo pero, en verdad, no tiene desperdicio: es la personalización mediática del poder en su máxima expresión. Una forma de demagogia que, según me dicen, comparte con su enemigo Uribe. Michelangelo Bovero llama, con razón y filo, a esta nueva clase dirigente, los “caudillos posmodernos”.El discurso de Chávez reivindica insistentemente lo popular y desprecia todo lo que huela a burgués: le encanta, por ejemplo, manifestar su desprecio por los que beben whisky. Pero yo estoy hospedado en un hotel de lujo pagado por el propio Estado venezolano. Alguien podría apuntar que la invitación proviene del Poder Judicial y no del Poder Ejecutivo pero, en la Venezuela de Chávez, como confirmaré después, esa distinción no tiene mayor sentido. Por lo mismo, la habitación me permite palpar el tamaño de la farsa. Y, entonces, reconfirmo la razón profunda de mi toma de distancia radical con el proyecto bolivariano y su presunta revolución hacia el socialismo del siglo XXI: detesto a los caudillos. La simulación, la retórica y el uso y abuso de las emociones con las que alimentan su poder, es la materialización de las formas políticas que más aversión me generan. Chávez hablando de Chávez y de su proyecto para el bien de Venezuela activa los resortes más sensibles de mis convicciones democráticas y me permite confirmar que, en efecto, en mi caso, soy un demócrata antes que otra cosa. Hijo legítimo de mi tiempo histórico creo en la necesidad de reemplazar periódicamente a los gobernantes y limitar sus poderes como una condición para el ejercicio de una verdadera libertad política. Además, la retórica schmittiana —colorados vs. escuálidos; bolivarianos vs. burgueses—, venga de quien venga, me resulta violenta, excluyente y peligrosa. La política es conflicto, por supuesto; pero la política democrática es superación del conflicto. Me pregunto cómo es que no ha estallado la violencia en este pobre país gobernado durante décadas por una elite clasista y explotadora y ahora por un general carismático que cuenta con un ejército —diría Bovero— de “siervos contentos”.Antes de la cena oficial de bienvenida —que resultará discreta y sin mayores lujos— nos reunimos en el lobby del hotel los participantes del congreso. La composición es interesante: académicos de Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, España, Cuba. También hay funcionarios judiciales del más alto nivel. Por ejemplo, están presentes magistrados de los Tribunales Constitucionales de Chile, Ecuador y Bolivia; el presidente del Tribunal de Cuba y el secretario del Consejo de Estado de ese mismo país. Seguramente por ello el aparato de seguridad es impresionante: una decena de hombres de físico portentoso y actitud vigilante. Ese cuerpo de protección y vigilancia, a partir de entonces, estará presente en todos los recintos, lo cual no deja de ser desconcertante porque supone que existe un riesgo real de que se verifique algún tipo de atentado. De lo contrario no me explico por qué la presidente del Tribunal Supremo está permanentemente rodeada de un cuarteto de matones que le doblan la estatura y calibran con cara de pocos amigos a todos los que la rodean. Durante la cena comparto mesa, entre otras personas, con un juez y un diputado, chavistas ambos. La defensa del gobierno es excesiva y raya en lo ridículo: la crisis no ha llegado a Venezuela, el petróleo es sólo una parte de su economía, la popularidad del presidente es muy alta (las encuestas mienten), la inseguridad es un problema real pero explotado por la oposición (una de sus causas principales —me explican— es la presencia de colombianos desplazados que antes se quedaban en la frontera pero ahora llegan hasta Caracas), etcétera. Ya en el extremo de la complacencia, una joven juez que no quiere quedarse fuera del concierto, remata: “Venezuela es el mejor país de mundo”. Ni el más mínimo asomo de crítica. De hecho, el afán por superarse unos a los otros en la celebración de los éxitos del chavismo llega a extremos patéticos. Reproduzco de memoria dos intervenciones emblemáticas. La primera es del diputado. Y comienza con el reconocimiento de un dato de hecho inocultable: el calentamiento global ha provocado una fuerte crisis de agua en el país. Por lo mismo, reconoce, hay problemas de abasto en amplias regiones. Sin embargo, Chávez, me explica con una sonrisa socarrona, ha sorteado la crisis de manera ejemplar pidiendo a los ricos que aprendan a bañarse con jícaras (ellos usan otra palabra pero no recuerdo cuál es) como siempre lo ha hecho el pueblo. “Fíjese usted”, me dice, hasta “la naturaleza está teniendo un papel igualador en Venezuela”.La segunda perla proviene de la boca del juez (un joven simpático, bien enterado, enamorado de México y muy preocupado porque me lleve una buena impresión de su gobierno): “La historia de este país es increíble, ¿usted sabe que la historia del Quijote es, en realidad, venezolana? Un escudero —me explica— la llevó a Madrid y de ahí la tomó Cervantes”. Me recordó a algunos amigos catalanes que, en su nacionalismo, pierden la brújula de lo sensato. Antes de irnos a dormir llegó la noticia de la victoria electoral aplastante de Evo Morales en Bolivia. El ánimo generalizado es de fiesta. “¡Y luego dicen que estos tíos no lo hacen muy bien!”, celebraba un colega español muy vinculado con lo que han llamado “nuevo constitucionalismo latinoamericano”.Inicia el congreso: Lunes 7 de diciembreTemprano nos reunimos en el lobby del hotel. Nos espera un convoy de seis camionetas, escoltadas por motoristas (que fueron abriendo el paso) y seguidos por una ambulancia. En las camionetas delanteras nos acompañaron unos escoltas de físicos, en verdad, amenazantes. Llegamos al tribunal después de rodear la ciudad hacia lo alto (lo que me permitió constatar que es más grande de lo que me había parecido el día anterior y que tiene muchos edificios altos e irregulares, algunos de ellos modernos). Caracas, en definitiva, no es una ciudad bonita ni ordenada pero ahora descubro que no carece de una cierta personalidad. A pesar de las favelas que rodean una parte de la montaña que a su vez circunda a la ciudad (y que es escenario común en toda Latinoamérica), si debo encontrar un adjetivo, diría que a Caracas la caracteriza más el desaliño que la miseria. Sin embargo, por lo que puedo apreciar, por desgracia, ya no tendré oportunidad de recorrerla. Un colega brasileño me comentó que intentó salir a correr por la mañana y no logró evitar que lo siguiera un guardia de seguridad; algún otro comentó que le sucedió lo mismo la noche anterior. Se ve que el tema de la inseguridad —y la posibilidad que le pase algo a algún miembro del congreso— los tiene, en verdad, preocupados. O quizá sus preocupaciones y las causas de su marcaje individualizado sean otras. El Palacio de Justicia es grande e imponente. Lo corona un vitral que es orgullo de sus miembros y que no deja de ser interesante (“es el más grande del mundo” me repiten un par de veces). La hospitalidad y la atención por parte del personal y del comité organizador siguen siendo impecables. En el auditorio dos grandes mantas anuncian el propósito del Tribunal Supremo de Justicia: “Construyendo un Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia”. Poco a poco el auditorio se llena y se va integrando el presidium con algunos invitados especiales, los miembros del gobierno y los titulares de los órganos del Estado bolivariano. Detrás de ellos se sentarán los 31 jueces constitucionales. Junto al presidente Chávez estará nuestra anfitriona, la presidente del tribunal, Dra. Luisa Estella Morales. A mí, quién sabe por cuáles suertes del destino, me tocará sentarme en la primera fila, prácticamente enfrente del presidente. Detrás de mí estarán los embajadores de Cuba, Italia, Bolivia y Ecuador y, como después constataré, el diputado que conocí la noche anterior.Chávez llegó 40 minutos tarde y su intervención estaba programada (según consta en el programa) para durar unos 20 minutos. Nos sorprendió llegando por la entrada principal y, entre su arribo y el inicio del evento, se detuvo a platicar e intercambiar bromas con distintos grupos de los presentes. Desde ahí quedó claro que no tenía prisa. Su carisma y dominio del escenario son indiscutibles, abrumadores. Es la representación del poderoso que disfruta sus enormes potestades. Un par de invitados le dicen de pasada, ¡venimos de Cuba!, y él grita en respuesta ¡Viva Fidel!, a lo que le sigue un aplauso espontáneo y animado por parte del respetable. Ya en el estrado, antes del discurso de la presidente, escuchamos de pie el himno de Venezuela. El evento inicia con el discurso de la presidente. A partir de ese momento el evento adquiere un significado y un interés distinto para quien esto escribe. La Dra. Morales, cabeza del Poder Judicial del Estado venezolano, abre boca advirtiendo la necesidad de superar la “odiosa separación de poderes”. Lo dice así, textualmente. Después puntualiza: de lo que se trata es de dejar atrás la barrera clásica liberal de la separación entre los poderes que ha impedido que el Estado se erija como un solo ente. Esa concepción “liberal burguesa” debe abandonarse en el “nuevo paradigma constitucionalista” de Sudamérica. No doy crédito. Frente a ella están sentados sus pares, los jueces constitucionales, que escuchan (me pareció que algunos con cierta incomodidad y disimulada sorpresa) su llamado a lograr una dinámica “coordinada, interrelacionada, de cooperación” entre los poderes estatales. Su adversario, nos dice, es la concepción liberal —francesa y americana del checks and balances— porque no corresponde a la realidad actual y a las necesidades de nuestros países. Al menos no, remata, al presente de Venezuela.
Hugo Chávez Frías comenzó a hablar a las 11:50 aproximadamente. Se levantó hacia la palestra y no lo acompañó el aplauso de algunos de los jueces constitucionales (a los que él no ve; pero nosotros sí, desde las butacas de enfrente). Pero el público lo recibe con entusiasmo. Y aquí comenzó una historia aparte. El presidente nos recetará un discurso de casi tres horas, que será interrumpido 30 veces por aplausos —las conté una a una y participé en tres de ellas: una por distracción, otra por prudencia y la última porque finalmente el martirio se había acabado— y que contendrá decenas de —supuestas o reales— citas de Bolívar (muchas de ellas de memoria), bromas, anécdotas, canturreos y, sobre todo, desvaríos. Una breve reseña del contenido me resulta irresistible. Narraré partes de su discurso en desorden (lo que no altera en nada su sentido porque él mismo es completamente desordenado) para ofrecer una síntesis sustantiva y no una reseña periodística (que no sería capaz de hacer). Todo lo que transcribo entre comillas proviene de mis notas y, por lo mismo, puede tener algunos errores menores pero el sentido es preciso y en la mayoría de los casos textual.Para explicar por qué llegó tarde al congreso cuenta que tuvo que atender una llamada del mandatario de Rusia y, después, se entretuvo jugando con unos niños en la entrada del auditorio que estaban en una guardería organizada por el propio Tribunal Supremo. Y ahí deja caer una frase que anuncia su concepción de la autonomía entre los poderes: guardería que yo celebro “[entre otras razones] porque la organizaron sin pedirme un solo peso [risas]”. Volteo a ver a los magistrados y magistradas y me da la impresión que muchos de ellos lo observan cansados, aburridos, con cierto hastío. Él, supongo que lo nota y remata con actitud burlona: “¡ay, qué severos son los magistrados y yo que llegué tarde por jugar con los niños y porque tenía que hablar con el primer ministro de Rusia… ¡Viva Rusia!”. Su auditorio aplaude y alguno deja escapar un par de “vivas”. La autonomía del tribunal, su independencia frente al Poder Ejecutivo, quedó así arrollada entre la anécdota y la ironía. Con lo que, de paso, hizo eco directo con el discurso de la presidente Morales.En su discurso, Chávez, salta de un tema a otro sin aparente coherencia: desde la cumbre en Uruguay a la que está por asistir, hasta el triunfo de Evo Morales (“Bolivia: Pueblo que se alza como Lázaro y se reivindica”), pasando por aparentes confesiones retóricas de humildad (“No quiero parecer presuntuoso ante sabios […] A mí siempre me ha apasionado esto del derecho pero yo soy solamente un soldado”). Y de ahí construye una implícita conexión entre él y Bolívar (cita de memoria al libertador): “Yo soy sólo un soldado, nacido entre esclavos y no he visto más que hombres encadenados y compañeros con armas dispuestos a romper las cadenas”. No hace falta decir que el tono es histriónico —aunque no exagerado— y el gesto raya en lo profético. A lo largo del discurso regresará, una y otra vez, sobre otra conexión —digamos ideal— con Bolívar que parece obsesionarlo: la derrota y traición por su pueblo. En algún momento defenderá la necesidad de educar al pueblo —“educación, moral y luces deben ser los polos de una República”— para evitar que, desde la ignorancia, “sea un instrumento ciego de su propia destrucción” (esta frase es repetida a sotto voce por el diputado con el que cené la noche anterior y que está sentado detrás de mí). Me siento en el ritual de una secta cuyo guía teme que le suceda lo mismo que al profeta: a Bolívar, insiste, lo acechó la “Crónica de una muerte anunciada, para citar al Gabo”. Y al igual que el libertador y supuestamente como él decía, Chávez se declara: “una débil paja arrastrada por el vendaval revolucionario” (esta clase de frases le encantan porque las repite dos o tres veces modulando tonos distintos). Pero, cuando expulsaron a Bolívar de Venezuela, se pregunta preocupado: “¿dónde estaba el pueblo que no salió a defenderlo?”. Al hablar de Bolívar adquiere un tono místico-religioso: Bolívar, como él mismo, fue “crístico”; “vivió cual Cristo y murió crucificado”; a los venezolanos “nos guía su fata morgana”. Así, tal cual. Y, para rescatar a su otro pilar ideológico, remata: Fidel también es “crístico en lo social” (y lo repite un par de veces en voz más baja). El tono mesiánico y profético se expresa en esta y otras frases más adelante (él mismo ironiza sobre el hecho de que la oposición lo pinta como un predicador protestante “puertorriqueño”): “yo soy católico pero, sobre todo, soy cristiano”. Más adelante, en medio de una frase, advierte que construir una patria verdadera es “una tarea homérica y bolivariana”. Y mucho después, en la tercera parte del discurso, citando a un tal Mesaro, advierte: “¿Cómo conciliar la vida del individuo humano limitada en el tiempo con el carácter radicalmente ilimitado del tiempo histórico?”. Recupero una última anécdota —que él narra entre bromas, chistoretes y calculados titubeos de (falsa)memoria— para redondear el tono profético y mesiánico del discurso: dice que un día, en Cuba, se encontró a unos niños que lo saludaron (“Hola, Chávez”, dice que le dijeron) y le contaron que iban a la escuela; al poco rato, por el mismo camino, se encontró a un pastor evangélico que también lo reconoció y dijo con tono severo: “Chávez, te exhorto a que continúes y dile a Fidel que es un cristiano en lo social”. Después, como es debido, juntos, “terminamos orando”. En su discurso los conceptos de “occidente”, “liberalismo”, “capitalismo”, “revolución francesa”, “revolución americana” —todos juntos— forman parte del mismo proyecto que debe abandonarse y superarse. En un momento exclama con voz convocante: “Jamás volveremos [a ese modelo], cueste lo que cueste y pasé lo que pasé”; “por nuestros niños, ¡no podemos volver atrás!”. El auditorio lo premia con un aplauso. Su discurso, a partir de este momento, incluirá reflexiones seudofilosóficas alrededor de un dilema supuestamente bolivariano: ¿en dónde será posible desentrañar la “misteriosa incógnita del hombre en libertad”? De vez en vez, entre anécdotas, desvaríos y chascarillos, regresará al punto para concluir que eso sólo es posible en la América Latina que su proyecto revolucionario encarna. En paralelo, su arenga va y viene sobre los males del capitalismo. Ese capitalismo que produce una televisión que “corrompe la mente” y que activa “lo que Fidel llama ‘los reflejos condicionados’ ” (la referencia a Pavlov no puede faltar y no falta). Acto seguido, cierra la pinza de su razonamiento: “¡O el imperio yanqui o el mundo; los dos no caben en este planeta!”. Para aterrizar esa retórica advertencia en tierras venezolanas advierte que la oligarquía engaña a los venezolanos diciéndoles que Chávez (se refiere a sí mismo como Hugo Sánchez, en tercera persona) regala casas a los bolivianos (mientras los venezolanos viven en la pobreza). Ésa, nos dice para retomar su tesis, es una estrategia científicamente diseñada: “¡están haciendo activar los reflejos condicionados!”. Nos quieren vender un lenguaje y unas ideas sugerentes y peligrosas: “¡cuidado con la igualdad de oportunidades”; “¡necesitamos la igualdad de condiciones!”. Detrás de mí, el diputado, de nueva cuenta, repite en voz baja las frases de Chávez: ¿cuántas veces las habrá escuchado? Se me antoja voltearme y decirle que entendió muy bien; que precisamente ésos son los “reflejos condicionados”. Obviamente, me abstengo.
No es difícil adivinar la otra veta de su argumento: la burguesía venezolana es el enemigo “movido por el imperio” y por eso “necesitamos educación”. “Hay muchos jóvenes venezolanos —explica— que no saben en dónde está Quito pero sí en dónde queda Miami”. Aprovecha la idea para jugar con nombres de localidades y bromear con la incapacidad de los ignorantes oligarcas imaginarios para pronunciarlos. Es, en verdad, simpático: el público ríe, yo mismo sonrío. Aprovecha el aplauso que levanta su chascarrillo para continuar el espectáculo: “apláudanme más porque voy a tomar café” (y le da un sorbo al café que le han puesto en atril). Por un segundo me siento en una trova o en una peña. Pero estoy en el auditorio del Tribunal Supremo de Justicia de la República de Venezuela. Y, por lo mismo, el espectáculo resulta tragicómico. Pero Chávez recupera mi atención porque sube el tono de manera alarmante: “si la burguesía recupera el poder acabará con la constitución”. Y narra que Fidel le ha hecho una advertencia muy severa: “Chávez: es bueno que los venezolanos sepan que, con el odio que tienen acumulado, si la burguesía recupera el poder cometerá un genocidio de proporciones enormes”. A mí se me hiela la espalda cuando alguien del público —una voz de mujer— grita: “¡lo sabemos, presidente!”. Esta escena me vendrá a la mente al día siguiente cuando, como narraré a continuación, acudimos al Cuartel San Carlos y en la fachada divisé una gran manta que decía: “Todos de pie; presidente Chávez, ordene!”. De la constitución, Chávez tiene una idea meramente política: lo que importa no es su contenido, ni los límites institucionales que pudiera contener, sino el proceso que llevó a ella. Por eso, con tintes rousseaunianos, advierte que no pueden ponerse límites al poder transformador del pueblo. “¿Qué constitución es inamovible?”, pregunta. “¿Qué constitución no debe adaptarse al ritmo de los tiempos?”, remata. Y como el tema de la reelección está implícito en el circunloquio justificativo, continua: “en España se puede reelegir el presidente todo lo que quiera; ¡ah!, pero aquí no, ¡los indios no podemos hacerlo!”. De ahí desarrolla una veta más de su discurso: “¡el constitucionalismo [del siglo XXI] nació en Caracas!”. Para él, de hecho, el tiempo que vivimos es maravilloso: “una ideología que se apodera de las masas y que se convierte, de nuevo, en ideología”. Marx y “su dialéctica” son invocados para celebrar la fiesta. Chávez, afirma, pertenecen a una corriente llamada “el historicismo” que consiste, simplemente, en ser parte de la historia. Y hoy, en la Venezuela bolivariana, la división de poderes es una institución del pasado. La razón es simple: esa medida liberal y burguesa, debilita al Estado. Aunque “los reaccionarios nos quieren hacer pasar como dictadores”, dicho principio debe ser sustituido por el de la “autonomía entre poderes”, que es propio del “constitucionalismo popular”. Un constitucionalismo “histórico y bolivariano” al que, según asegura, “le tienen pavor los yanquis y sus lacayos”. Yo no podía dejar de pensar en el texto del artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 (y que sería el eje de mi intervención del día siguiente): “una nación en la que los poderes no están divididos y los derechos no están garantizados, no tiene constitución”. Pero lo que pudiera pensar quien esto escribe y los otros constitucionalistas, magistrados y profesores extranjeros, invitados (y a quienes llamó “sabios” al iniciar su arenga) lo tenía completamente sin cuidado. No es mi interpretación, el propio Chávez se tomó la molestia de aclararlo: “prefiero las opiniones del pueblo que las de los sabios”. Por eso —y aunque no soy sabio— escribo esta crónica sin cargo de conciencia. Chávez dejó de hablar después de más de 180 minutos de perorata. Estoy convencido que el despotismo también descansa en esos detalles (aparentemente sin importancia): el tirano se apodera de nuestro tiempo a capricho; obliga a escucharlo hasta que se agota el caudal de sus ocurrencias. Cuando miraba hacia el presidium me dio la impresión de que más de un magistrado, durante el discurso, pensaba lo mismo. Cuando lo hice notar en una sobremesa recibí una respuesta cerrada: en efecto, algunos de ellos son “escuálidos”, de derecha. El blindaje ante cualquier crítica, por mínima que sea, es absoluto. Yo no soy de derecha y celebro no tener que soportar otro discurso de esos, nunca más en mi vida. En la noche, con malicia y sarcasmo, un colega español, en el lobby del hotel, ante un pequeño grupo de invitados y funcionarios de diversos países (Venezuela incluida) me disparó a quemarropa: “¿Calderón también hace esos discursos?”. Mi reacción fue a bote pronto: “No —le dije—, Calderón, seguramente, no sería capaz”. Pero, “sobre todo —rematé consciente de lo que hacia—, nosotros no le tenemos tanta paciencia”. Sé que es estúpido pero me sentí infantilmente complacido con mi respuesta. Cuartel San Carlos: Martes 8 de diciembreTemprano nos trasladan, de nueva cuenta y como todos los demás días, escoltados (seguridad, motocicletas, ambulancia, etcétera) a la sede del Tribunal Supremo de Justicia. Sin embargo, un pequeño grupo nos separamos para participar en una reunión programada con la finalidad de analizar el proyecto de una red de constitucionalistas “por un nuevo constitucionalismo” que impulsan algunos colegas desde hace tiempo. En abstracto la idea de la red tiene aristas interesantes. No existe algo así en el continente y, en principio, podría ser una plataforma para promover la idea de que el derecho puede ser un instrumento para transformar a la realidad y no necesariamente para conservarla. El manifiesto en el que se recogen los principios básicos de la propuesta no está mal: habla de democracia, justicia social, división de poderes, circulación de los gobernantes. Por eso acepto asistir al encuentro. La reunión tendrá lugar en el Cuartel San Carlos, ubicado a unos 200 metros del Palacio de Justicia y que fue una cárcel durante varios años. Se trata de un edificio cuadrado y amplio con un enorme patio central —bien podría haber sido una hacienda mexicana— en cuyo centro colocaron algunas sillas alrededor de una mesa, con un toldo y un equipo de sonido. Todo rigurosamente de rojo. En el fondo del patio, sirviendo de telón al encuentro, cuelga una enorme manta con una foto de Chávez deteniendo en su mano una pequeña constitución bolivariana y rematada con la frase “Nuevo Constitucionalismo del Pueblo Bolivariano”. La puesta en escena es burda y, a mis ojos, constituye una provocación. Solamente acepté ser fotografiado —junto con un grupo de colegas extranjeros— dando la cara a la manta para evitar que ésta coronara la imagen. La reunión, a mi juicio y a juzgar por el tinglado, desde su inicio, se precipitaba al fracaso.Antes del encuentro un par de guías populares —uno de ellos ex presidiario— nos cuentan que el recinto fue “rescatado por el pueblo” porque el Ministerio de Cultura quería convertirlo en una escuela. La historia suena inverosímil en la Venezuela chavista pero ésa es la versión oficial. Y el valor del lugar, nos dicen, reside en que ahí fueron encarcelados muchos luchadores sociales. Uno de ellos —“el último gran soñador que pasó por aquí”— fue preso por “el imperio y la oligarquía criolla servil”. Por supuesto, se trata del mismísimo Chávez, quien estuvo encarcelado ahí mismo después de intentar dar un golpe de Estado. La historia la escriben los vencedores, no cabe duda: el intento de golpe chavista es celebrado como un acto heroico; el golpe en contra de Chávez, en cambio, es muestra de la falta de escrúpulos de la oligarquía. Defino, de inmediato, mi postura en este tema: ningún golpe de Estado es aceptable. En todo caso, en situaciones de opresión, es legítimo el derecho de resistencia.La reunión, finalmente, bajo un sol insoportable, inicia en el templete del patio (yo me siento intencionalmente en la esquina de frente a la manta chavista). El coordinador, el colega español que se divirtió provocándome la noche anterior, narra los objetivos de la iniciativa en términos básicamente académicos. Sabe, supongo, que está en medio de una emboscada política. Los venezolanos presentes están, de hecho, esperando que su líder, Carlos Escarrá —el diputado del que ya he hablado en un par de ocasiones—, tome la palabra. Él mismo, con orgullo, dice ser el coordinador del movimiento de constitucionalistas bolivarianos. En su primera intervención se declara “militante de la esperanza” y habla de actividades e iniciativas populares venezolanas (como la “parlamentarización social de calle”) que se orientan a una “apropiación popular de la constitución”. Mientras habla cita a Chávez reiteradamente y su tono, no sé por qué, me parece amenazante. Será unos minutos después, en una segunda intervención del mismo diputado, cuando la baraja quedará expuesta. En respuesta a la lectura de una relación de nombres de posibles integrantes de la red —el Dr. Fulano, la Dra. Mengana— a cargo del coordinador del encuentro, el diputado Escarrá, desenvainó la espada bolivariana (cuya réplica en miniatura, por cierto, nos había sido regalada la noche anterior): “el lenguaje que se está usando en este encuentro es capitalista; porque ‘red’ es un concepto capitalista” y porque en la presentación de los nombres se incluyó el grado académico de los mencionados. Mirando con desprecio a los presentes, remató: “Yo no puedo participar en una organización de elite —aunque no perdió la oportunidad para recordarnos que él tenía un doctorado, tres maestrías y 31 años de experiencia en la docencia— porque yo estoy por un constitucionalismo mestizo”. La perorata es interesante por exagerada y, a mi juicio, resulta demoledora para la reunión. Su discurso es delirante: “en Venezuela el derecho constitucional se está haciendo en las calles y no en la academia”. Y lo dice, nos advierte, un profesor que en el pasado fue “discriminado por no ser blanco” y que, “aunque no es un chavólogo”, tiene muy presentes las enseñanzas del presidente. Sobre todo la que ya conocemos y que él repite: “es menester escuchar más al pueblo que a los sabios”. En ese momento caigo en cuenta de que, en ese país, todos los poderes y todos los sectores —en este caso la academia y los estudios constitucionales— han ido perdiendo autonomía y se están alineando, paulatinamente, con el proyecto del comandante. Soplan aires totalitarios. De hecho, el diputado aprovecha para expresar su total “coincidencia” con la presidente del Tribunal Supremo: “el poder del Estado es uno sólo; el poder es sólo uno”; “por eso hay un jefe de gobierno que también es un jefe de Estado”. Y concluye sonriente y con turbia mirada: “¿hasta cuándo seguiremos con las vetustas ideas del Espíritu de las Leyes?”. Es ahí cuando decido abandonar la reunión e irme al hotel. Estoy cansado y me siento profundamente incómodo. Me levanto y, caminando hacia la salida, veo apostado en el fondo del patio un equipo de grabación con dos grandes antenas que captan todo lo dicho en la mesa. Ahora entiendo la insistencia del diputado en hacer recurrentes y redundantes muestras de lealtad presidencial. Sé que es absurdo pero, en ese momento, padecí un sentimiento de pérdida de libertad. Mismo que se incrementó cuando me comunicaron —con amabilidad pero de manera tajante y definitiva— que no podía irme en un taxi, por mi cuenta. Deseo abandonar el lugar de inmediato porque no quiero legitimar con mi presencia un minuto más esa farsa y tengo que esperar a un chofer/escolta. Mientras espero resignado su llegada, leo distraído unos carteles en los que se pide la inmediata liberación de Illich Ramírez Sánchez, alias Carlos o El Chacal, terrorista detenido en Francia que, en el lugar en el que me encuentro, es considerado “un luchador social”. Es inagotable la capacidad que tenemos los seres humanos para manipular los hechos. Eso pienso cuando llega el auto que me llevará al hotel. Lo conduce el mismo chofer que pasó por mí al aeropuerto. Aprovecho la confianza que ese encuentro previo me brinda para enterarme que es un instructor de boxeo; que él y todos sus colegas son guardias de seguridad; que tiene instrucciones de llevarme o seguirme a todas partes; que es responsable por mi integridad física, y que no puedo abrir las ventanas del auto. El tipo —como ya he tenido oportunidad de reportar— es bonachón, simpático y platicador pero no me cuesta trabajo imaginarlo “obedeciendo órdenes”, incluso, sobre mi persona. Sobra decir que es enorme: pesa 105 kilos, según me cuenta. Decido quedarme toda la tarde en el hotel, antes de regresar para las mesas de trabajo al tribunal. La noche siguiente descubriré que en el mismo piso en que estaba mi cuarto —el piso 12—, a dos puertas de distancia, dos habitaciones idénticas a la mía, una frente a la otra, estaban ocupadas por el personal de protocolo y de seguridad. Hasta ese momento entendí cómo era posible que, cada que salía de la habitación y caminaba a los elevadores, invariablemente, aparecía un escolta a mis espaldas. La mesa de trabajo vespertina del martes es interesante porque en las intervenciones de los participantes —público inscrito compuesto por estudiantes o funcionarios judiciales en su mayoría— es palpable un orgullo sincero por su constitución. Obviamente, aquí sólo están presentes los que piensan eso (el evento es una celebración de su documento constitucional) pero el dato, para mi sorpresa, es real. La constitución bolivariana tiene una base social indiscutible. Existe una apropiación popular de algunas de sus normas y un sentido de reivindicación política representado por su texto. No puedo dejar de pensar en el tipo de oligarquía que debió gobernar a este país y que logró generar este sentimiento de emancipación simbólica en los jóvenes estudiantes que —según narran— participan en las misiones populares y se sienten orgullosos de promover el socialismo por todo el país. Al contestar una pregunta del público expreso una banalidad: eso que llamamos pueblo no existe en cuanto tal y, en todo caso, con frecuencia “se equivoca”. La respuesta no tarda en llegar: “como ha dicho el presidente Chávez, el pueblo educado nunca se equivoca”, me dice un joven funcionario judicial. Ese mismo muchacho, más adelante, en un significativo desliz, me llama el “camarada norteamericano que viene de México”. A pesar de este episodio, al final, mi sensación es que el nivel de la discusión, desde un punto de vista académico, fue elevado. La cena, ese día, tendría lugar en un bonito jardín ubicado a la mitad de la ciudad que fue recuperado como espacio cultural “abierto al pueblo”. La tranquilidad del lugar, sus más de cinco hectáreas de verde y el canto de los grillos, contrastan radicalmente con el caos y el desorden de la ciudad que nos rodea, que nos atrapa. Mi lugar en la mesa está ubicado junto con un colega argentino y otros dos cubanos en la mesa de la presidente del tribunal. La charla resulta amena e interesante. La Dra. Morales cuenta que es de una provincia pobre y de origen popular. Mi tierra, nos dice, no sin un dejo de orgullo, “siempre fue cuna de guerrilleros”. Su historia es ejemplar: abogada en Venezuela, estudiante de posgrado en Italia y Francia (vivió en Europa ocho años), experta en derecho agrario y juez por mérito propio (de hecho, años atrás, antes de la llegada de Chávez al poder, la expulsaron del Poder Judicial por conceder un amparo, en aplicación directa de la constitución, para proteger unas tierras comunales). No me queda duda que es una persona inteligente y calculadora. Y, al narrar su experiencia como presidente, destaca un dato verdadero en el que yo no había reparado: cuatro de los cinco titulares de los poderes en Venezuela son mujeres. Ningún otro país en América Latina puede presumir un dato como éste. Es cierto.Pero, al entrar al terreno de la política, cae el telón. Su independencia frente a Chávez es, a todas luces, inexistente. Y, sin un Poder Judicial independiente, como nos enseñó MacIlwain, no hay espacio para las libertades. La Dra. Morales conoció a Chávez cuando éste la invitó a asesorarla para hacer la Ley Agraria (según escuché en diversas oportunidades, el presidente, al menos al inicio de su gobierno, mostró un inteligente talento para allegarse de consejeros valiosos) y, después, la convirtió en juez constitucional. De ahí, el paso a la presidencia —con el apoyo del comandante— fue sencillo. El colega argentino se interesa por las tesis que expuso en su discurso inaugural y ella, sin reparos, confirma lo dicho: la división de poderes, al menos en la Venezuela bolivariana, debe superarse. “En mi país —nos dice—, ahora, no miramos hacia Europa”. Su posición es nítida: el Estado debe tener objetivos únicos y comunes y todos los poderes deben abonar en esa dirección; lo contrario debilitaría su capacidad transformadora. Y, en Venezuela, no hay duda, “Hugo Chávez es el jefe de ese Estado”. Yo no logro contenerme y, con cierto maquillaje teórico pero sin rodeos, le recuerdo una obviedad: el poder corrompe y que los seres humanos no tenemos llenadera. Nunca un lugar común tan manoseado me había resultado tan pertinente. Su rostro permaneció inmutable.Intervención y clausura: Miércoles 9 de diciembreEl día de mi exposición en el pleno el ambiente fue amable. Leí, sin mayores ajustes, el texto que había escrito en México y que se publicará en la Revista Internacional de Filosofía Política. Mi tesis central venía como anillo al dedo y era todo menos obsequiosa: las constituciones no son —al menos no solamente— proclamas políticas, sino un conjunto de normas vinculantes, y parte de esas normas, junto a los derechos fundamentales y como una garantía de protección para los mismos, es la dimensión orgánica de la constitución que se funda en el principio irrenunciable de la separación/división de los poderes. El auditorio me acompañó con atención y con un aplauso prudente, moderado y en ese contexto y a la luz de mis tesis, generoso. Al terminar se acercaron algunos magistrados de dos de los tres países aludidos —Venezuela, Bolivia y Ecuador— y me pidieron que les envíe mi ponencia. Los tres, cada uno por su parte, me solicitan que no lo hiciera a sus correos oficiales. Una señora —que se quedó mi ponencia con anotaciones— se acercó para decirme: “gracias, porque nos trajo un poco de oxígeno”. Lo más gratificante fue el abrazo de un magistrado que me felicitó por el valor para decir lo que dije en el contexto en el que lo expuse. Al escucharlo no pude dejar de pensar con cierto orgullo nacionalista —poco común en mi caso— que, a pesar de nuestros múltiples problemas, en México los profesores universitarios no necesitamos valor para decir este tipo de cosas.Después de mí, para cerrar el evento, expuso el colega español al que he hecho más de una mención y que ha jugado un papel importante en la confección de las constituciones venezolana, ecuatoriana y boliviana. Su ponencia me pareció sólida. Y me resultó particularmente interesante porque, al ser un promotor del “nuevo constitucionalismo latinoamericano”, delineó algunas de sus tesis principales: la importancia de las asambleas constituyentes populares; el peso de la fuerza democrática sobre las instituciones elitistas de garantía (cortes constitucionales); la participación ciudadana constante; el referéndum como instrumento de consulta de todas las reformas a la constitución; la iniciativa popular; el poder constituyente recogido en la propia constitución, básicamente. Al escucharlo me acordé de los dilemas que ocuparon mis reflexiones cuando escribí mi tesis de doctorado, precisamente sobre las tensiones entre el constitucionalismo y la democracia. Y no pude dejar de sorprenderme ante lo mucho que nos cuesta entender que el poder, en las manos de quien sea, si no se limita, se vuelve tiránico. Después de pasar por el hotel partimos hacia la cena de clausura. Para llegar subimos por un teleférico durante 20 minutos, lo que me permitió divisar una bella vista de esa ciudad desordenada, ruidosa y ajena con la que no logré conectarme. En el hotel en el que tendrá lugar la cena nos espera un recibimiento cálido y discreto que promete una velada tranquila. Sin embargo, una desafortunada intervención de la presidente del tribunal me regresa a la realidad: esto es la Venezuela de Chávez. Narro solamente la médula de la anécdota. Aunque el viejo hotel en el que estamos no reviste el mayor interés turístico, dado que solía ser un sitio lujoso y elitista, nos anuncian que tiene un valor simbólico. Convencernos de ello será la tarea encomendada a una joven trabajadora del lugar. Su misión parecía simple: contarnos en dónde existía una pista de baile, cómo era el bar de los años setenta, etcétera. Pero la presidente del tribunal esperaba otra cosa. Así que, cuando la muchacha se disponía a concluir, la Dra. Morales le preguntó a bocajarro: dinos, por favor, ¿quién está recuperando y remodelando el lugar? A lo que la chica, que no dio muestras de aptitudes para la esgrima mental, respondió: “pues…, unos trabajadores”. La tensión se dejó sentir de inmediato y la presidente no contribuyó a diluirla: “sí, claro, pero ¿cuál es la autoridad que decidió recuperarlo?”. En respuesta, la muchacha, balbuceó: “el ministerio del poder popular para el turismo”. La contestación, obviamente, fue insatisfactoria: “y…, quién está por encima de ese ministerio”, reclamó sin tapujos la anfitriona del evento. “Ah —alcanzó a mascullar la niña—, el presidente Hugo Chávez Frías”. El silencio fue general y la escena fue patética. Pero lo fue todavía más la preocupada intervención del jefe de protocolo del Tribunal Supremo de Justicia de la República Bolivariana, quien se aprestó a confirmar que, en efecto, el presidente había ordenado la recuperación del hotel y también había decretado que éste ostentara el nombre indígena del parque en el que está ubicado: Waraira Repano. Finalmente, pasamos a cenar —una comida, como la de todos los días, buena y austera— amenizados por una estupenda banda integrada por músicos que habrán tenido una edad promedio de 65 años. Al término de la cena, con la hospitalidad de siempre, nos regalaron recuerdos y materiales gráficos del evento y nos acompañaron a presenciar un espectáculo de fuegos artificiales en la cúspide del monte en el que nos encontrábamos. El congreso, ahora sí, había terminado.EpílogoEn el aeropuerto, a las 5:00 a.m. del 10 de diciembre, aumentó mi deseo de volver a casa. Me parecía extraño que entre ciudad de México y Caracas sólo existieran cinco horas de vuelo (y una hora y media de diferencia). Para mí la distancia era más grande: representaba dos modos de vida y dos proyectos de futuro diametralmente distintos. Nuestro país, con sus miles de defectos, a contraluz con Venezuela, se me antojaba como una bocanada de oxígeno para el devenir latinoamericano; una promesa que no se ha cumplido pero que, si logramos atender los rezagos sociales sin abandonar las libertades, todavía puede materializarse. Quizá por ello pagué sin mayores reparos los 120 dólares que me costó salir de aquel país. Los primeros 60 me los cobró un personaje vulgarmente sentado en un banco, enfrente del mostrador de Mexicana, con una pequeña caja de madera abierta y repleta de dinero y dedicado a la tarea —a todas luces oficial— de cobrar un impuesto para el turismo. A cambio del dinero, como si fuera mi tarjeta de embarque, me entregó, nada más y nada menos, que la forma migratoria de salida. Obviamente, aunque lo intenté, no fue posible pagar con tarjeta de crédito. La sensación de estafa fue fuerte pero eran más intensas mis ganas de regresar al Distrito Federal. Y eso que todavía tuve que pagar 60 dólares más: antes de entrar a la sala de espera que, para nosotros los ponentes era una sala VIP tapizada con fotos de Chávez (una de las cuales encabezaba una curiosa “cadena de mando” y venía acompañada por los retratos de sus inferiores, obviamente, colgadas en secuencia descendente), tuve que desembolsar, ahora, el impuesto de aeropuerto. También en efectivo. Por eso y porque el amable personal de protocolo que nos acompañó en el aeropuerto retuvo nuestro pasaporte hasta el último momento, cuando por fin nos acompañaron a la sala de espera general, un simpático y ocurrente profesor brasileño —con el que, ante la experiencia, desarrollé una relación de complicidad y camaradería— me abrazó bromeando al grito ¡libres!, yo, en verdad, celebré la broma. Y, en efecto, al despegar el avión hacia México, mi país, con sus miles de problemas y su indignante injusticia social, se me antojó moderno, democrático y libre. Lástima que no lo sea tanto.
LAS SENTENCIAS PENALES NO REQUIEREN SER EXPLICADAS
El texto que se ha propuesto para el procese penal oral, según Decreto de reformas y adiciones a la Constitución mexicana, previene en el cuarto párrafo del artículo 17 de la Constitución, cuya vigencia está diferida por ocho años y que requiere expedición de la legislación secundaria correspondiente, que las sentencias que pongan fin a los procedimientos orales deberán ser explicadas en audiencia pública previa citación a las partes. En concepto nuestro, es desafortunado el párrafo cuarto del artículo 17 constitucional que se propone. Las sentencias penales no requieren ser explicadas y, menos convocar a una audiencia pública, previa citación a las partes. Lo que requieren es ser notificadas a las partes, una vez que han sido dictadas, por escrito, y, permitir que las partes conozcan ese texto de manera detallada y cierta, con la posibilidad de obtener copia simple o copia certificada de la misma para permitir su conocimiento cabal. La explicación en una audiencia, sin que se diga en el precepto constitucional, quien debe hacer esa explicación, si es el juez u otro funcionario judicial, es innecesaria pues, su texto debe ser claro y accesible y si se cumple con este requisito se explica por sí misma. Si se supone que la explicación a las partes debe ser en una audiencia pública, se desprende que la explicación es verbal y las palabras se las lleva el viento. Además, el texto de una sentencia penal puede ser extenso y abarcar diversos aspectos, según lo que sea controvertido en el proceso penal. La sentencia tiene un contenido detallado, tan amplio como pueden ser los puntos controvertidos que resuelva. Para su mejor entendimiento, no requiere explicación, lo que requiere es una lectura cuidadosa y concentrada de las partes, inculpado u ofendido, del defensor del sujeto procesado y del representante social. La sentencia puede ser leída y releída cuantas veces sean necesarias para su adecuado entendimiento y si algo resultare obscuro puede promoverse la aclaración respectiva. También la lectura de la sentencia puede suscitar reflexiones, en varios sentidos, y puede cotejarse con las constancias del expediente que sirvieron de base para su sentido condenatorio o absolutorio.Conforme a nuestro criterio, las sentencias, en los llamados juicios orales futuros, no deben ser emitidas por el juez en la audiencia del juicio, pues esto daría pábulo a que se actuase con ligereza por parte del juzgador. El expediente correspondiente, que contendrá las respectivas pruebas escritas, y, también las orales, éstas últimas a través de las actas levantadas o a través de los datos escritos recogidos en las audiencias, deberá ser estudiado por el juez, antes de resolver. El juez tomará todo el tiempo necesario para un estudio acucioso de todo el expediente penal que debe resolver, por supuesto, con el único límite que tiene de no resolver más allá del término que legalmente se le otorga para dictar su sentencia. No deberá resolver sobre las rodillas. No deberá omitir el análisis de todas las constancias de autos pertinentes, considerar las argumentaciones de los interesados y abogados, deberá fundar y motivar todas las consideraciones en las que apoye su sentencia.El texto y el sentido de la sentencia deben ser resultado de una tarea jurisdiccional realizada por un juzgador de capacidad idóneamente suficiente, con suficiente dedicación al trabajo eficaz, con la experiencia necesaria para el desempeño de su función, con la responsabilidad de quien debe saber el alcance de una sentencia por él dictada, con la imparcialidad que debe gozar sin la más mínima sombra de duda. El juez deberá valorar las pruebas y esa apreciación de las mismas no es subjetiva, sino que ha de ceñirse a las normas legales que rigen la apreciación de las pruebas y debe eliminar cualquier subjetividad atentatoria de todo aquello que está por encima de su voluntad personal. El juez ha de dictar la mejor de las sentencias posibles y la mejor explicación del contenido de ella es el texto de la misma sentencia, debidamente fundada y motivada y con apego a todas las constancias de autos. Una sentencia bien dictada no requiere explicación alguna.

References: Artículo 134
 Artículo 134
 artículo 17
 artículo 16
 artículo 17
 artículo 17