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Timestamp: 2018-01-22 07:42:18+00:00

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Arquex – Blog de Arqueología y Patrimonio | Blog de noticias, comentarios y reflexiones sobre arqueología y patrimonio cultural desde Colombia.
Arquex – Blog de Arqueología y Patrimonio
Blog de noticias, comentarios y reflexiones sobre arqueología y patrimonio cultural desde Colombia.
Patrimonio arqueológico en Colombia: SOS
A la recientemente aprobada ley de contratación pública, Ley 1882 de enero de 2018, le fue introducido durante su trámite un “mico” que pone en riesgo la conservación y estudio del patrimonio arqueológico nacional cuando este se encuentre en zonas de impacto de obras de infraestructura, de manera particular, vías u otras iniciativas similares.
La alarma tiene que ver con un inciso que se introduce a la Ley General de Cultura en el sentido de que la titularidad de la licencia de intervención arqueológica no recaerá sobre el profesional debidamente acreditado ante el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), sino en el concesionario de la obra. En específico, señala la norma aprobada como ley ordinaria por las dos cámaras y sancionada por el Presidente Juan Manuel Santos el pasado 15 de enero:
“Artículo 3°. Adiciónese el siguiente inciso al numeral 2 del artículo 11 de la Ley 397 de 1997, modificado por el artículo 7° de la Ley 1185 de 2008 así:
Cuando se trate de proyectos de infraestructura la intervención a la que hace referencia el presente artículo deberá ser asumida por el concesionario o contratista encargado del proyecto quien para el efecto será el titular del permiso de intervención que otorgue el Instituto Colombiano de Antropología e Historia. No obstante, será obligación del concesionario o contratista contar con un profesional idóneo quien deberá hacer el acompañamiento al Plan de Manejo Arqueológico, bajo los parámetros que hayan sido definidos previamente por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Los proyectos que se encuentran en ejecución al momento de expedición de la presente norma y definida la gestión en cabeza del profesional registrado, el contratista o concesionario podrá optar por mantener la responsabilidad en cabeza de dicho profesional o adoptar la solución a que hace referencia el presente artículo” (Subrayado fuera del texto).
Aunque no se conoce todavía la reglamentación de la norma, se pueden prever los efectos nefastos de esta iniciativa para el conjunto de profesionales arqueólogos y antropólogos que trabajan en el sector de la arqueología preventiva, así como para el mismo patrimonio arqueológico nacional.
Las voces que rechazan la norma apuntan a señalar que los arqueólogos quedarán a merced de la conveniencia de la empresa o concesionaria, quien al ser responsable de la titularidad de la licencia de intervención podrá contar o no con los servicios de un determinado profesional, de acuerdo con criterios no necesariamente relacionados con las credenciales e idoneidad.
Y por esa vía, quedará el patrimonio arqueológico nacional a merced de un sector que en numerosas ocasiones ha visto la riqueza arqueológica del país como un obstáculo para las obras de desarrollo. De hecho, la idea de que esta es una “solución”, como señala el nuevo inciso, hace pensar que esta es la lógica bajo la cual se concibió el cambio normativo.
En tanto que es una ley aprobada por el Congreso de la República y sancionada por el ejecutivo, no parece quedar un destino diferente al artículo 3° de la ley 1882 de 2018, que una acción de inconstitucionalidad ante la Corte Constitucional.
Una rápida arqueología del historial de la norma permite concluir lo siguiente:
El mencionado artículo no aparece en el proyecto original del gobierno, en cabeza del ministro de transporte, quienes en 2016 radicaron el proyecto de ley 84 de 2016, en el Senado de la República.
El proyecto original está encaminado a fortalecer la contratación pública y el desarrollo de infraestructura en nuestro país, y hasta su primer debate en la Comisión Primera del Senado conservaba la unidad de materia que exige el trámite de las normas en el congreso.
No obstante, rompiendo la unidad de materia señalada anteriormente, en la versión aprobada en el primer debate, en la misma comisión primera, se introduce la modificación a la Ley General de Cultura sin más. Revisadas las actas de la comisión no se encuentra evidencia de que esta proposición haya sido discutida y mucho menos justificada su conveniencia, como ocurrió con otras modificaciones y adiciones al articulado presentado por el gobierno nacional.
El cambio señalado indicaba lo siguiente: “Cuando se trate de proyectos de infraestructura de la Nación la intervención deberá ser responsabilidad del respectivo concesionario con la supervisión del profesional registrado o acreditado ante la respectiva autoridad o instituciones de investigación especializadas o universidades con programas pertinentes debidamente acreditados” (Artículo 3°, PL 84 2016 Senado, subrayado fuera del texto).
Las expresiones subrayadas en el anterior texto fueron suprimidas en la versión final conocida la semana pasada y que fueron modificadas en la Cámara de Representantes, en el tercer debate de la norma.
En los diferentes escenarios de discusión del articulado del proyecto de ley participaron instituciones del orden nacional relacionadas con los temas tratados en el proyecto: Vicepresidencia de la República, los ministerios de Transporte y de Minas, Agencia Nacional de Infraestructura, Cámara Colombiana de Infraestructura, la Sociedad Colombiana de Ingenieros, así como la Contraloría y la Procuraduría General de la Nación, entre otros.
Llama la atención que en ninguno de los debates y audiencias públicas en las que se discutió este proyecto participaron delegados de las instituciones o entes rectores del sector, específicamente el Ministerio de Cultura ni el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), este último responsable de otorgar las autorizaciones a las que hace referencia el inciso mencionado.
Tampoco figuran entre los conocedores del proyecto de ley centros de investigación o universidades que trabajan de manera específica con el patrimonio arqueológico de la nación, como es el caso de los departamentos y,o programas de Antropología o de Arqueología de las universidades.
Este sucinto recuento de las actuaciones relacionadas con la modificación de la Ley General de Cultura contenida en la ley de contratación pública señalan, entonces, que al menos el principio de unidad de materia en los actos administrativos consagrado en la Constitución Nacional no fue tenido en cuenta en este proceso; así mismo, la nula participación durante el debate de los ramos o sectores públicos y privados, como los arqueólogos o sus agremiaciones, permiten pensar en la viabilidad de una acción de inconstitucionalidad de este artículo específico.
Con seguridad otros principios y derechos reconocidos por la Constitución, como el derecho a la cultura o el derecho al trabajo también podrán ser allegados a la discusión jurídica que suscitará tal acción. Y los llamados a dar la discusión no son solamente los arqueólogos, centros de investigación y universidades, sino también el Instituto Colombiano de Antropología e Historia y el Ministerio de Cultura y los entes de control, que no fueron tenidos en cuenta durante el trámite normativo.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría el 21 enero, 2018 por socarrasj.
Por: Laura Paola Fajardo Leal*
La apertura de la nueva sala temática del Museo Nacional de Colombia denominada “Tierra como recurso”, permite realizar un abordaje crítico más allá de la concepción de la tierra como medio o factor de producción y propicia una mirada hacia la tierra como multiplicidad de lenguajes, que hacen parte de un devenir histórico en el cual las prácticas culturales de los antiguos pobladores adoptan una significación propia que, en esencia, constituye un elemento fundamental de su identidad.
En consecuencia, se hace necesario cuestionarse acerca de las tensiones y contrastes que la sala propone a sus visitantes a partir de sus cuatro escenarios; ello, considerando la diversidad de lenguajes que componen los cuatro ejes temáticos del mencionado espacio (Tierra habitada, Tierra conquistada, Tierra explotada y Tierra representada) que permiten al espectador encontrarse con piezas arqueológicas, artefactos propios de actividades básicas de supervivencia de los pueblos que datan de tiempos anteriores al proceso de conquista del territorio, así como elementos significativos enmarcados dentro de este contexto y posterior al mismo. En efecto, la tierra es producto de una serie de trasformaciones, no solo de carácter geográfico e incluso ambiental, sino de cambios en los modos de concebirla. Es por esta razón que los cuatro escenarios exponen diferentes miradas en torno a cómo la relación del ser humano con la naturaleza ha sido una constante de variación conforme al desarrollo social.
En este sentido, el territorio se asume como polisémico en tanto coinciden en él numerosas miradas. Tierra habitada, el primer eje del recorrido en sala, presenta una visión panorámica frente a la biodiversidad y los primeros asentamientos humanos en las regiones que componen la geografía colombiana, haciendo especial énfasis en la manera cómo en los territorios se ha producido todo un vínculo con la tierra en términos de apropiación y aprovechamiento para la supervivencia; dos aspectos que se ven fuertemente trastocados por la conquista. En síntesis, Tierra habitada concibe el parentesco entre hombre y territorio de acuerdo con las prácticas sociales y culturales propias de los primeros habitantes.
El segundo eje temático referente a Tierra conquistada propone la tensión primaria de toda la exposición en tanto que permite realizar un abordaje de los cambios trascendentales en la adquisición y apropiación de la tierra durante el proceso de conquista, que trajo consigo la reacción en cadena de todo tipo de explotaciones de minerales de los sectores céntricos hasta las periferias y que, a su vez, dio apertura a nuevas rutas de comercio de la producción existentes en el marco de esclavización de la población indígena.
A propósito de ello, resulta pertinente rememorar los planteamientos de Leopoldo Zea (1986) frente al proceso de descubrimiento de América como un momento histórico de ocultamiento de la identidad de los pueblos: “El mundo indígena fue visto como expresión de lo demoníaco y, por ello, destinado a desaparecer u ocultarse como una vergüenza (…) El mundo con el cual se encontraron los descubridores y conquistadores fue encubierto por los prejuicios de los mismos” (p. 23).
En efecto, los tiempos de conquista no solo propiciaron el surgimiento de diversas técnicas de explotación de los recursos de la tierra, que generaron afectaciones e impactos geológicos, ambientales y hasta culturales; sino que a su vez dieron a luz, paradójicamente, al ocultamiento de las prácticas autóctonas de los pueblos asentados en determinados sectores geográficos, lo que pone en evidencia no solo la llegada de los conquistadores al territorio, sino el quebrantamiento de la identidad de la población indígena. Al respecto, Zea (1986) afirma:
No ya sólo los problemas de la pugna entre conquistadores y conquistados, españoles e indígenas, sino la pugna interna, la que dentro de cada nacido en esta región se expresará en diversas formas dando un sello peculiar a la historia de la misma. Pugna interna racial y cultural en hombres que se sentirán obligados a elegir entre dos expresiones de su identidad. (p. 24).
En este sentido, se esclarece la dualidad existente entre todo aquello que subyace como parte de un conjunto de tradiciones autóctonas antes de la conquista y el debilitamiento de las mismas en consonancia con la esclavitud y el mestizaje durante y después de esta época; ello pone de manifiesto que la identidad no solo se encuentra delimitada por las piezas halladas en tiempos posteriores, sino en el territorio mismo en donde se tejen relaciones humanas que se ven intensamente fragmentadas por la vulneración de la tierra.
Lo anterior permite adentrarse a la concepción otorgada por el tercer espacio de la exposición denominado “Tierra explotada”, en donde se materializa el acto de trabajar la tierra como parte de los hábitos comunes de la población asentada. En este orden, es pertinente considerar el cómo a partir de la línea cronológica situada al fondo de la sala se establece toda una perspectiva propia de las transformaciones en términos del territorio desde el siglo XVI a nuestros días. “Transformando la nación: ganadería, extractivismo y monocultivos” refiere precisamente a la amplitud de la noción de “Tierra como recurso”, en la cual la explotación de la misma adquiere un rol primario a considerar dentro del impacto social, ambiental y económico del país a lo largo de los años.
Las interpretaciones nacientes a partir de todo lo expuesto anteriormente desembocan en el último eje: “Tierra representada”, en donde se amplifica aquella diversidad de lenguajes que se postulaba al inicio del presente documento y se realiza un recorrido en torno al valor simbólico de las transformaciones subyacentes de la tierra como recurso y más allá del recurso a partir de réplicas pictóricas, piezas arqueológicas, resultados materiales de investigación etnográfica, producción textil, alimenticia, etc., y que reúnen sígnicamente el mundo prehispánico y posterior a la conquista. Es de resaltar la pertinencia del material audiovisual y la accesibilidad al contenido; este propicia un contraste entre la concepción moderna del territorio (instalaciones, publicidad, fotografía, obras de arte) y la consideración del territorio propia de los pueblos indígenas.
Para finalizar, resulta imprescindible acentuar el hecho de la vulnerabilidad de la identidad de los pueblos que no solo hace parte de la historia misma, sino de la tierra habitada y que, por supuesto, no puede reducirse a una mirada exclusiva de tierra como recurso representada a partir de cuatro espacios. Pareciese inconcebible pensar en el territorio dejando de lado las huellas de los pies que lo han recorrido y ocupado, en una tierra que, en palabras de Leopoldo Zea, es un “gigantesco crisol de razas y culturas en donde se forja la identidad” (p. 29)
Zea, L. (1986) “Capítulo 1: Descubrimiento e incubrimiento” En: Zea, L. (1986) América como autodescubrimiento. Bogotá, Colombia: Universidad Central (p. 19-31)
*Docente en formación en el área de Licenciatura en Educación básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana – Universidad Distrital Francisco José de Caldas.
Consideraciones acerca de la tierra más allá del recurso
¿Qué ocurre con las Humanidades?*
Por: Bruce Cole**
Seamos realistas: demasiados académicos de las humanidades están enajenando a los estudiantes y al público con su opacidad, trivialidad e irrelevancia. Un buen ejemplo de ello es este pasaje del Manifiesto de las Humanidades, un libro recientemente realizado por el director de un instituto de humanidades en una universidad de Estados Unidos:
“Al escribir este libro, llegué a ver el nuevo tema de los académicos como un acto performativo de singularidad apasionada, materialidad híbrida y de relacionalidad en red. Este es un modo en el cual el investigador de las ciencias humanas está posiblemente convirtiéndose en post-humano, y en académico posthumanista. El locus del pensamiento, para el estudioso prosteticamente extensible unido a lo largo de las corrientes de la relacionalidad en red, es un asunto de conjunto”.
Si bien no se puede negar la importancia de las humanidades, este tipo de escritura y pensamiento nos da una muy buena idea de por qué tantos académicos están enajenando a quienes podrían beneficiarse más de ellos.
Es innegable que, durante siglos, las humanidades han hecho importantes contribuciones a otros campos de investigación, tales como la medicina, el derecho y la ingeniería, por citar apenas algunos. Lo ideal sería que los administradores universitarios, ejecutivos de negocios, directores de fundaciones, políticos y muchos otros (tanto en el sector privado como en el público) pudieran y debieran beneficiarse de los conocimientos y la sabiduría arraigada en las humanidades. Por desgracia, estas personas se están alejando cada vez más de su estudio en nuestros colegios y universidades.
Noté esto cuando fui presidente de la Fundación Nacional para las Humanidades, una agencia federal constituida para llevar sus beneficios a todos los estadounidenses. Esto me dio una visión cercana y personal del estado de las humanidades a nivel nacional. Esa experiencia fortaleció mi fe en su importancia, pero también me dejó con serias dudas acerca de cómo se están transmitiendo sus valores y conocimientos.
Permítame explicarlo. El presidente es, por ley, la única persona en el organismo que decide lo que obtiene financiación. Grupos de pares examinadores integrados principalmente por académicos hacen recomendaciones para los premios. Tales recomendaciones se envían al Consejo Nacional de las Humanidades; una junta compuesta por veintiséis miembros académicos y ciudadanos. Seguidamente, el Consejo hace sus propias recomendaciones y las envía al presidente, quien toma la última y única decisión sobre el desembolso de los fondos.
Debido a que yo tenía que aprobar personalmente cada subvención, asistí a cientos y cientos de grupos de exámenes de pares para asegurarme de que había tomado decisiones informadas. También leí miles de postulaciones. Durante los siete años que fui presidente, esto me dio una visión única de todas las disciplinas dentro de las humanidades pero, para ser breve, limitaré mis observaciones al contenido de los solicitantes de becas de investigación NEH. Aproximadamente la mitad de todas las postulaciones a la NEH son para este tipo de becas, la mayoría de estas de profesores de humanidades en escuelas profesionales y universidades de la nación. En promedio, sólo el 8 por ciento de estas son financiadas.
Mi experiencia con estas postulaciones fue, por decir lo menos, decepcionante. Las debilidades y tendencias que he observado en estas merecen un examen, pues ilustran los problemas más grandes en la academia de hoy.
La oscuridad no es una virtud intelectual
Un gran número de postulaciones estaban escritas, y mal redactadas, en una jerga de moda impenetrable. La opacidad de la prosa académica, gran parte de ella apoyada en ese ininteligible hablar sobre teoría (como la carreta mencionada arriba), ha sido durante mucho tiempo objeto de debate, e incluso burla, gran parte bien merecida.
En algunas partes de la academia, esa escritura oscurantista es vista como un signo de genialidad, pero es algo que nunca he entendido. Supongo que soy muy pasado de moda en la creencia de que la escritura clara es el resultado del pensamiento claro y que el uso de la jerga a veces es la manera perezosa para evitar el esfuerzo de pensar. Cualquiera que sea la causa, muchos libros y artículos escritos por profesores de humanidades son innecesariamente opacos. Además, un gran número de las postulaciones que leí tratan sobre increíblemente diminutos fragmentos de los campos de conocimiento de los demandantes, una especie de atomización de la investigación.
Ahora, yo no estoy en contra de inmersiones profundas en temas aparentemente arcanos. No hubo más ferviente defensor y partidario de fondos para El Lexicon Integral Arameo o El Diccionario Sumerio que yo, porque esos trabajos con referencias aparentemente oscuras adelantan y enriquecen nuestro conocimiento sobre sus importantes temas. El problema era, sin embargo, que muchas de las propuestas que pidieron el apoyo para sus proyectos no lo hacían. Eran simplemente frívolas y no añadían ningún valor perceptible a sus campos de estudio. No todo el conocimiento es igualmente útil; algunas aplicaciones exitosas propusieron proyectos que eran comprensibles y podrían tener un impacto y contribución importante a los estudios humanísticos.
Igualmente decepcionante fue el hecho de que un gran número de postulaciones se apegaban a los mismos senderos agrietados, pisados por primera vez por las humanidades postmodernas de los años sesenta y setenta. Hubo uniformidad y conservadurismo entre ellos, lo que indica la falta de ideas nuevas. En lugar de generar nuevas ideas, estas propuestas me dejaron con la sensación de que su vida ya había expirado años atrás. Fueran cuales fueran sus temas, los solicitantes a menudo veían sus investigaciones exclusivamente a través de la misma lente predecible en cuanto a raza, clase, género, teoría, o aspectos triviales de la cultura popular. Eran muy raros los enfoques nuevos y originales en las diversas áreas de las humanidades.
Muchas de las postulaciones también se inclinaban fuertemente hacia la defensa de una causa u otra. El acta de NEH prohíbe la financiación de este tipo de aplicaciones, pero sería un error no verlos como un reflejo de la militarización de las humanidades académicas para la promoción de programas sociales o políticos, algo que, estoy seguro, todos desaprueban.
La mayor innovación de la que fui testigo fue el principio del uso serio y prometedor de la Internet y la tecnología digital para la investigación y difusión de las humanidades. Considero que este es uno de los campos más prometedores, pero todavía subutilizado, entre los nuevos desarrollos para la mejora de los estudios humanistas. Esto me resultó particularmente alentador, ya que como presidente de la NEH me tomé en serio la misión institucional de promover la amplia difusión de las humanidades para todos nuestros ciudadanos. Pocas becas de humanidades salen del contexto de la academia para influir en los que mueven los hilos de las políticas públicas.
Ahora bien, no todos los estudiosos pueden o deben escribir para el público en general, pero deben tratar. Tomemos la historia, por ejemplo. No hace mucho tiempo, los académicos escribían libros que eran bien recibidos y ampliamente leídos por el público en general. Hoy en día, con raras excepciones, son los periodistas quienes escriben los libros más leídos por miles de lectores. Es cierto que algunos de sus trabajos se basan en investigaciones académicas, pero su éxito radica en que ellos están entrenados en escribir narrativas convincentes. Ellos escriben los libros que la gente realmente quiere leer.
El trabajo de muchos humanistas académicos se mantiene dentro de la torre de marfil, precisamente, porque escriben solo para otros estudiosos dentro de sus propias sub-especialidades. Esta tendencia se agrava durante el proceso de revisión, en el que por lo general se premia a las becas que hayan sido revisadas por pares en escenarios académicos, pero se ve con recelo a los libros y artículos con un atractivo más popular.
Mala enseñanza amenaza el futuro de las Humanidades
Como ex miembro de un comité de planta y miembro del consejo de una gran universidad pública, vi que estos comités dan demasiada atención a la investigación y muy poca a una excelente enseñanza. La enseñanza es, después de todo, uno de los vehículos más importantes para la transmisión de las humanidades a los futuros formadores mundo.
Hay una máxima que dice algo como, “La investigación es a la enseñanza como el pecado es a la confesión: sin una no se puede tener la otra”. Sin embargo, gran parte de la investigaciones descritas en tantas solicitudes a la NEH tenían un vínculo sutil con las responsabilidades de enseñanza de los candidatos, lo que hacía imposible discernir la conexión entre las dos. Es por esto que instauré un nuevo concurso de becas para apoyar la investigación NEH que estuviera conectada directamente a la enseñanza de los candidatos.
No es ningún secreto que los departamentos de humanidades de todo el país han experimentado un descenso en el número de estudiantes matriculados. Un estudio encontró que entre 1970 y 2004 la inscripción a pregrados en departamentos de Inglés bajó del 7,6 al 3,9 por ciento, y que en Historia se redujo de 18,5 a 10,7 por ciento. Ha habido también disminuciones significativas en otros departamentos de humanidades. En una generación, de acuerdo con el mismo estudio, el número de “quienes estudian humanidades se redujo de un total de 30 por ciento a un total de menos de 16 por ciento.” Esto es lamentable. Los futuros abogados, médicos, científicos e ingenieros deberían estar tomando estos cursos y usar lo que aprenden para que puedan aplicar los beneficios del conocimiento humanista en sus propósitos creativos.
Creo que gran parte de este descenso se debe a que los estudiantes se alejan de ellas por la poca importancia e irrelevancia de alguna de las partes en el plan de estudios de humanidades. En otras palabras, ellos están detectando y rechazando los mismos atributos que observé mientras leía las postulaciones a las becas de la NEH.
Mucho del canon en humanidades estaría en desacuerdo con este diagnóstico. En su lugar, culparían la caída de las humanidades al auge de los estudios en administración, a un creciente énfasis en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas; y al hecho de que los padres solo quieren pagar por una especialidad que creen que puede ofrecer un trabajo lucrativo a sus hijos. Obviamente, hay algo de verdad en estas observaciones. Sin embargo, está claro que la profesión de las humanidades no ha logrado un argumento lo suficientemente fuerte sobre su propia importancia, en últimas, para la prosperidad de los departamentos de humanidades en las universidades. Es una lástima. Hay muchos académicos excelentes, sensibles, y creativos que deben lograr un mejor argumento a favor de una profesión que suele ser su pasión así como su carrera.
Periódicamente, hay estudios de la academia lamentando esta “Crisis de las Humanidades”. En mi opinión, tales informes ignoran o pasan por alto los problemas actuales de la investigación y enseñanza en humanidades. Ellos deliberadamente ignoran la raíz del problema, que es el estado de deterioro de las humanidades en sus propias instituciones, para lo cual deben asumir gran parte de la culpa.
Me temo que la NEH es responsable de una parte. Ha fracasado, sobre todo en los últimos años, en cumplir su tarea principal: promover las humanidades para todos los ciudadanos americanos. Su estructura de concesión de subvenciones es esclerótica. Ha cambiado poco desde el inicio del NEH hace medio siglo, cuando en las últimas cinco décadas ha tenido que ser testigo de un cambio importante en las ciencias humanas. Es una institución envejecida y anticuada, que requiere de grandes reformas o, si esto no fuera posible, su privatización o incluso eliminación.
De hecho, en los últimos años, los fondos de la NEH, y su propia existencia, han sido atacados por algunos miembros del Congreso que afirman, no siempre sin razón, que es una agencia federal financiada por los contribuyentes, pero que sirve principalmente a las élites culturales. Esta no es la primera vez que esto sucede, lo nuevo es que, aparte de sus varios cabilderos y presidentes de universidades, la NEH ahora tiene muy pocos defensores.
Esto dice mucho no solo sobre la NEH, sino también del apoyo para las humanidades en general. La situación no mejorará hasta que aquellos alarmados por lo que ha ocurrido en sus campos comiencen a construir un argumentación, más allá de sus propios intereses profesionales, para esta parte esencial de nuestra cultura y la sociedad.
*Publicación original What’s Wrong with the Humanities?
Traducción: Diana Carvajal Contreras. Revisión: Carlos Serrano.
**Bruce Cole es un becario senior en el centro de políticas públicas y ética en Washington, DC. Entre 2001 y 2009, fue presidente de la National Endowment for the Humanities (NEH). Él es un ex profesor distinguido en la Universidad de Indiana y autor de catorce libros.
Esta entrada fue publicada en Opinión, Sin categoría, Vida académica el 17 febrero, 2016 por Arquex.
Apuntes sobre el divorcio entre la arqueología y la antropología
Por Juan Carlos Vargas Ruíz*
Hace unos días leía una nota que publicó la colega Diana Carvajal sobre si debería la arqueología divorciarse de la antropología. Creo que la respuesta a esa pregunta no es tan fácil de responder. Uno diría inicialmente que sí cuando piensa en términos prácticos. Para nadie es un secreto que en muchos departamentos de Antropología como aquel que menciona la nota (al igual que en nuestro país), para los colegas sociales pareciera que no es importante invertir en investigación arqueológica. Puede ser porque los recursos en nuestras universidades son escasos y por tanto sujetos a competencia o porque sencillamente se desconoce y/o niega la importancia de la arqueología. Tanto el elemento económico como el político juegan un papel importante al momento de decidir esa separación entre la arqueología y la antropología. Si como un departamento independiente la arqueología logra recursos para investigación uno pensaría que el divorcio debería consumarse y de esta manera la cuestión quedaría saldada, cada uno reclamaría los hijos, repartirían los bienes y la arqueología y la antropología seguirían su propio camino. Sin embargo, creo que otros elementos deben considerarse. Por ejemplo, ¿este divorcio se daría en términos tan radicales que llevarían a la negación teórica, filosófica y moral de cada una de estas ciencias? De hecho ya está ocurriendo y es claro el divorcio que existe entre la antropología y la arqueología en el país desde ya hace más de dos décadas. Vivimos la era de la antropología compartimentalizada, donde cada una de las disciplinas vive alejada de la otra, en cajones asépticos donde ninguna puede contaminarse de la otra. Creo que este camino es errado ya que lo que le da sentido a la arqueología y la antropología es el mutuo diálogo. Recuerdo el viejo lema procesual, “la arqueología es antropología o es nada”. Nosotros los arqueólogos debemos nutrirnos de la antropología social en nuestras investigaciones, no podemos ignorar los aportes que nuestra disciplina hermana ha hecho y continua haciendo a nuestra disciplina. Es indudable que necesitamos la teoría antropológica cuando hacemos arqueología. No solo para guiarnos en el estudio de cuestiones como el poder, la desigualdad social, la dominación, la violencia, el género, los sistemas de explotación, la diversidad cultural, la identidad o la memoria. También como una forma de acercarnos a las comunidades entre las que trabajamos. Solo el conocimiento antropológico nos puede ayudar a comprender que en torno al patrimonio arqueológico hay distintas dinámicas que involucran distintos actores sociales, con intereses particulares y muchas veces contradictorios. Es la antropología la que nos lleva a pensar ¿cómo podemos hacer posible que a partir de lo que hacemos los arqueólogos las comunidades cambien su percepción de sí mismas? ¿Cuál es el sentido que puede tener la afirmación apropiación social del conocimiento? ¿Podemos pensar en una política cultural y científica desde el estado y las universidades en torno al patrimonio arqueológico? ¿Existe una economía política de la arqueología en Colombia? ¿El pasado tiene un uso político y por tanto una “intención”? Estas son preguntas que se han planteado en distintos momentos desde la arqueología en Colombia y que demuestran cómo el pensamiento antropológico es necesario en la disciplina. Para mi es claro que la arqueología lo quiera o no necesita de la antropología. La pregunta de si la antropología social necesita a la arqueología debe ser contestada por los colegas sociales. Así que volviendo a la cuestión de si la arqueología debería divorciarse de la antropología, la respuesta sería sí y no. Si, cuando pensamos en términos de independencia administrativa y de recursos para la investigación. No, cuando pensamos en la formación académica, la interacción con las comunidades, y la gestión del patrimonio. Creo que hablar de un divorcio entre la arqueología y la antropología se parece entonces a la pareja que se repartió los hijos y los bienes. Creo que es válido pensar en escuelas de arqueología siempre y cuando tengamos en cuenta las lecciones aprendidas y no echemos en saco roto el pensamiento antropológico. Como siempre es una simple opinión que pueden o no compartir y está como siempre sujeta a un respetuoso debate. Como decía un gran amigo y profesor en clase: “que se abra una flor y lluevan mil escuelas”.
*Juan Carlos Vargas Ruiz. Antropólogo, Doctoral Candidate Department of Anthropology University of Pittsburgh. Docente en el programa de Arqueología de la Universidad Externado de Colombia.
Esta entrada se publicó en Opinión, Vida académica y está etiquetada con Arqueología, Colombia, Public archaeology, representación en 11 septiembre, 2015 por Arquex.
En una infografía de Huffington Post sobre por qué las parejas se divorcian, basado en una encuesta de la firma de abogados Slater y Gordon, las razones que se aplican a las relaciones humanas también parecen aplicables a lo ocurrido en la antropología a lo largo de mi carrera. En la parte superior de la lista, razón 1 es “Infidelidad”, y si bien esto no parece inmediatamente aplicable a la antropología, voy a volver a este punto al final. Razón 2, “Éramos infelices” parece totalmente aplicable a la antropología. Como profesor asistente y parte de ese gran porcentaje de la comunidad académica que ha tenido dificultad para obtener en una posición titular, puedo decir desde mi propia experiencia en varios departamentos de antropología en universidades y colegios de artes liberales, en los Estados Unidos y Canadá, que todavía tengo que encontrar un departamento “feliz”. En su mayor parte, he enseñado en todos los departamentos y estos han sido fracturados en el mejor de los casos en grupos pequeños de individuos que socializan en su campo base. Los antropólogos biológicos parecen (quizá siguiendo a los primates que muchos de ellos estudian) para ser los más “sociales”, mientras que los antropólogos culturales y los arqueólogos raramente se mezclan fuera de la sala de comité.
Esta entrada fue publicada en Opinión, Vida académica el 19 agosto, 2015 por Arquex.
Por María Fernanda Martínez, Periodista Universidad Externado de Colombia.
Esta entrada fue publicada en Noticias, Vida académica el 3 julio, 2015 por Arquex.
¡Arqueólogos, a acreditarse! (Nuevos elementos para un viejo debate).
NOTA DE ADVERTENCIA: Este texto fue escrito hace poco más de dos años con ocasión de la noticia que está causando revuelo en el gremio arqueológico colombiano esta semana, la publicación de la Resolución 139 del 28 de junio de 2017, del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), por la cual se establece el procedimiento del Registro Nacional de Arqueólogos. Aunque pude escribir un nuevo texto, por dos razones simplemente actualizo algunos apartes de este y lo dejo para el debate tal como está: 1) En esencia mantengo mi criterio sobre las bondades del RNA, y 2) no quiero eliminar los comentarios hechos a este texto, especialmente los del colega Miguel Delgado. Lo nuevo irá en el mismo color que esta nota de advertencia.
La resolución establece que podrán ser inscritos en el RNA (modificado por la Resolución 139 de 2017):
Profesionales con título de pregrado en Arqueología*.
Profesionales con título de Antropología y especialización**, maestría o doctorado en Arqueología otorgado por instituciones académicas reconocidas por el Ministerio de Educación Nacional, en nuestro país o en el exterior. En Colombia no existen programas de formación de posgrado que conduzcan específicamente al título de Magíster o Doctorado en Arqueología como ocurre en países como Francia o Canadá.
Título profesional en Antropología y título de especialización o maestría o
doctorado en Antropología, y haber presentado la tesis o trabajo de grado en
Arqueología. Para los niveles de especialización o maestría o doctorado, se
deberá haber cursado la línea o énfasis en Arqueología.
Profesionales con título de pregrado en Antropología y que acrediten trabajo de grado en arqueología y que hayan cursado y aprobado al menos cinco cursos cuyos contenidos estén asociados directamente con la arqueología, cada uno con una duración mínima de 48 horas. Los cursos deberán ser certificados por la IES que ofreció el curso (subrayado y negrilla fuera de texto).
Profesionales con título de pregrado diferente al de arqueólogo o antropólogo y que acrediten actividades en el campo de la arqueología por un tiempo no menor a 5 años y/o la publicación de dos artículos o un libro de carácter científico sobre temas arqueológicos (Este criterio fue eliminado en la Resolución vigente); y
Profesionales que hayan obtenido previa y formalmente autorizaciones de intervención sobre el patrimonio arqueológico (es decir la mayoría de quienes de profesionales cuya actividad gira en torno al trabajo directo con el patrimonio arqueológico). La redacción de este apartado fue modificada, quedando así (para muchos colegas se trataba de los llamados ‘derechos adquiridos’, aunque con nuevas condiciones):
Título profesional en Antropología y tener experiencia en actividades propias
de la Arqueología en un tiempo no menor a (5) cinco años y haber publicado al menos un (1) libro o dos (2) capítulos de libros o dos (2) artículos de carácter
científico en materia de Arqueología (subrayado y negrilla fuera de texto).
La decisión del ICANH puede leerse en dos sentidos. Desde una perspectiva, no cambia nada. La resolución formaliza lo que antes era una simple lista de arqueólogos con algunos datos básicos publicada en la página web del Instituto. De hecho, los procedimientos de licenciamiento, por lo menos hasta ahora, seguirán igual: evaluación individual de los proyectos y de la idoneidad para intervenir el patrimonio arqueológico de cada solicitante. Ni siquiera será obligatorio obtener el carné que acredita a los profesionales ante el ICANH. Como expresó el Subdirector Científico Ernesto Montenegro (Hoy Director General), en la audiencia pública realizada en diciembre pasado para socializar la iniciativa, el registro estará en línea para consulta por parte de cualquier ciudadano y este procedimiento, el de registro, según el artículo cuarto de la resolución, será gratuito.
Otro tema que ha pasado desapercibido en relación con esta iniciativa es el hecho de que entre los arqueólogos registrados y acreditados se elegirá al representante del gremio ante el Consejo Nacional de Cultura, órgano de asesoría y consulta del Ministerio de Cultura y del Gobierno Nacional en materia cultural e instancia superior de asesoría del Sistema Nacional de Cultura en la cual hace varios años no participan arqueólogos representación del gremio.
Por ahora sólo sabemos que los dos primeros acreditados son los ilustres arqueólogos Gonzalo Correal Urrego y Héctor Llanos Vargas, profesores eméritos de la Universidad Nacional de Colombia. Por eso es que, arqueólogos, a acreditarse. (La nueva Resolución no contempla nada sobre el particular).
Sólo a manera informativa, valga resaltar que esta versión de la Resolución cuenta con el aval y la revisión del Departamento Administrativo de la Función Pública, el cual, según su página web es la entidad técnica, estratégica y transversal del Gobierno Nacional que contribuye al bienestar de los colombianos mediante el mejoramiento continuo de la gestión de los servidores públicos y las instituciones en todo el territorio nacional.
**Por lo pronto este requisito lo podrán cumplir únicamente los egresados de la Especialización en Arqueología de la Universidad del Norte, cuya primera cohorte debe iniciar actividades esta semana.
Actualizado 19/07/2017.
Esta entrada se publicó en Opinión y está etiquetada con Arqueología, Colombia, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Normativa en 15 marzo, 2015 por socarrasj.
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