Source: http://ciudadanodelmundo-capa.blogspot.com/2017/
Timestamp: 2018-04-20 02:48:05+00:00

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CIUDADANOS DEL MUNDO: 2017
La imaginación recobrada
Del reciente libro de Fernando Schwarz El ocultamiento de lo sagrado (Edit. NA, 2017), extraigo unas líneas que me han llamado poderosamente la atención. “En un mundo donde reina la confusión del reduccionismo positivista, la imaginación se convirtió rápidamente en sinónimo de [...] irrealidad, y fue considerada como “la loca de la lógica”. [...] hoy en día nos damos cuenta de hasta qué punto la disminución de la capacidad imaginativa vuelve al hombre mecánico, incapaz de regenerarse y de recargarse a sí mismo, siempre dependiente de estímulos exteriores”.
El reduccionismo positivista es un término filosófico que se refiere a la visión del mundo como proveniente de la materia y que finaliza con la materia. Se cree que aplicando las leyes que rigen la dimensión material a la vida humana se consigue el real progreso y la felicidad. Aunque el positivismo, como intento de explicación del mundo, ha fracasado estrepitosamente, la sociedad occidental se empeña en seguir adorando el fantasma divino del nihil sunt omnia. ¿Qué es la materia? Tiene más de vacío que de entidad real. Y, sin embargo, lo basamos todo en tener cosas, en comprar y desechar, en vender y generar riquezas ficticias que tan pronto como llegan se desvanecen. ¿No nos damos cuenta que todas las cosas son provisionales? El status, el dinero, los gobiernos, las amistades colaterales, la familia, la felicidad... ¿Por qué? Porque lo basamos en tener cosas. Así nació la “vida stándar” y se firmó la defunción de la imaginación para vivir.
Fracasó el reduccionismo en la educación. Una educación que se basaba en programar los cerebros para repetir los dogmas científicos, sociales y religiosos. En la que lo que se valoraba no era el saber, sino la capacidad de memorizar y pasar exámenes. Las escuelas generaban más autómatas que seres humanos despiertos. Y así nació la masa, ese órgano formado por cientos o miles de cuerpos que se mueven instintivamente, manejados por los poderes de turno. Desapareció la imaginación educacional. Si el positivismo es de mediados del siglo XIX, la masa aparece a principios del XX. Lo terrible del caso es que todavía los sistemas educativos siguen repitiendo ese criterio grabador/reproductor. No es de extrañar que siga fracasando y que cada vez haya más fracaso escolar y menos integración del amor por el saber en las almas de los jóvenes.
Nos hace falta más imaginación.
Imaginar es representarse la vida mediante símbolos. Un símbolo es la imagen sintética de una realidad interior y exterior. Por ejemplo, una antorcha representa llevar luz a un lugar oscuro, que puede ser una cueva o nuestra alma. Poner luz nos permite ver y conocer. Lo interesante de la imaginación simbólica es que cada individuo agrega y obtiene matices diferentes del mismo símbolo que le permiten extraer significados propios, personales y sumamente creativos. Por lo tanto, imaginar es crear desde el interior.
La imaginación destruye lo stándar, lo monótono, lo mecánico y aporta la alegría interior de la creatividad. Los humanos somos creativos por naturaleza y si desaparece de nuestras vidas el factor creativo nos desumanizamos, nos destruimos y, al final, nos desvaloramos, olvidamos amarnos quedándonos completamente vacíos. Pero con la imaginación hacemos de lo poco mucho, de los sentimientos tesoros, de los pequeños detalles universos de convivencia, de una cuartilla una misiva de amor o amistad, de un paseo un viaje interior, de una desgracia una escuela, de una escuela una universidad, de una universidad un mundo de sapiencia y virtud.
La imaginación es necesaria para aprender. Los niños aprenden si imaginan. La imaginación amplía las fronteras y favorece la convivencia, el respeto, la integración cultural, el hallazgo de soluciones y respuestas, así como el desarrollo del arte y la ciencia. Un niño que no pierde su capacidad imaginativa da paso a un adolescente que sueña un mundo mejor, quien a su vez dará nacimiento a un adulto con ideales, cuya responsabilidad le permitirá mejorar el mundo, es decir, su entorno.
La imaginación permite ir más allá de lo establecido, romper cadenas y derrocar dogmas, malear todo status quo y derrumbar murallas. La imaginación es revolucionaria. Precisamente, vivimos tiempos pre-revolucionarios. Se está fraguando un cambio profundo, un cambio de valores y de marco social. Sin imaginación el cambio es violencia. Con imaginación el cambio es desarrollo y progreso pacífico.
Por todo ello, pedimos ¡más imaginación!
Los camiones kamikazes
En los últimos tres años, el terrorismo de corte yihadista ha golpeado con especial énfasis a los países occidentales. Recordemos que en el año 2015 dos terroristas irrumpieron en el edificio donde se encuentra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y abrieron fuego contra los trabajadores. Ese mismo año, también en París, un grupo de desconocidos abrió fuego en un restaurante del X distrito de la ciudad, momentos después, un tiroteo se produjo en la sala de conciertos Bataclan. Simultáneamente, se produjeron tres explosiones cerca del Estadio de Francia donde se disputaba un amistoso Francia-Alemania. En diciembre, un matrimonio musulmán provoca una masacre en San Bernardino, California, en una residencia para discapacitados. En 2016, atentado en el aeropuerto de Bruselas, otro en Niza producido por un camión de gran tonelaje, otro en Berlín con el mismo método. Y en 2017, los camiones kamikazes provocan atentados en Jerusalén, Londres, Estocolmo y Barcelona.
¿Quién está detrás de estos atentados? ¿Son simples fundamentalistas o grupos organizados, bien financiados, adiestrados y adoctrinados? Podríamos pensar que los servicios de inteligencia de todas las potencias están detrás de algún que otro atentado, pero serían simples conjeturas, eso sí, no carentes de cierta verosimilitud. Porque para los estados es más importante la macroeconomía, que la vida. Así lo han demostrado demasiadas veces a lo largo de los últimos siglos.
Según los datos de los servicios de inteligencia, actualmente operan varias organizaciones terroristas que presentan el yihadismo como un componente ideológico importante. Hizbollah, Hamas, Al Qaeda, Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, Grupo Islámico Combatiente Marroquí, Yihad Islámica Al Qaeda en la península arábiga, Al Qaeda en la tierra de los dos ríos, Ansar Al-Sunah. Y el último grupo en crearse es el ISIS o DAESH, liderado primero por Al Zarqawi y, tras su ejecución por Abu Omar Al-Bagdadi.
Todos estos grupos terroristas han surgido en un país que ha sufrido la colonización, el protectorado o directamente la invasión de estados que han participado activamente en la Guerra Fría. Ésta finaliza formalmente con el idilio Reagan/Gorvachov en la década de los ochenta. Rusia, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Italia, España y Alemania, a los que hay que sumar la cada vez más influyente China, apoyaron y apoyan a las oligarquías que gobernaron en la zona con mano de hierro. En Argelia a la dictadura militar, en Libia a Muammar Al-Gadafi, en Egipto a Nasser y después a Mubarak, en Irak a Sadam Hussein, en Siria a Hafed Al-Aasad y después a su hijo heredero Bashar. Estos dictadores se habían formado en las metrópolis europeas y quisieron modernizar sus países apartando a la religión e introduciendo costumbres y modos occidentales bajo férreo control policial y militar, de tal manera que en las grandes ciudades y en el seno de las clases medias la religión llegó a ocupar un lugar muy secundario.
Pero las élites se olvidaron de los sectores más humildes y desprotegidos de la sociedad. La corrupción creció hasta límites insospechados. Los clérigos musulmanes comenzaron a construir escuelas islámicas y a dar de comer a los hambrientos que eran la inmensa mayoría del país, un país rural ajeno a las modernidades de Occidente. Ante esa coyuntura, el discurso de muchos sacerdotes musulmanes –sobre todo los pertenecientes al grupo religioso los Hermanos Musulmanes- se fue radicalizando. Su discurso político es que Occidente es el enemigo, ha destruido sus costumbres, se lleva sus riquezas y mata mujeres y niños desde aviones que ni siquiera alcanzan a ver. La Guerra Santa abría, de ese modo, un doble camino, por un lado, se podría devolver parte del daño a los causantes, por otro, convertida la vida terrenal en un valle de lágrimas, cabía la posibilidad para los más valientes guerreros de pasar al Paraíso mediante el heroísmo y la inmolación. Este discurso ha sido la principal motivación de los miles de jóvenes que se han ido uniendo a los grupos terroristas.
Por otro lado, muchos soldados del oriente medio que sirvieron en las guerras y guerrillas patrocinadas por la Unión Soviética y los EE.UU., se quedaron sin trabajo al retirarse la URSS de Afganistán. Muchos fueron contratados por los grupos terroristas que surgieron en los ochenta para formar y actuar. Estos veteranos formaron a la nueva generación y les enseñaron cómo jugar con y engañar a las grandes potencias. La invasión de Iraq y Afganistán por parte de los EE.UU. fueron un auténtico fracaso que dejó, sin embargo, dos países destruidos y traumatizados.
Los movimientos de las grandes potencias occidentales en el tablero de la política internacional, ha generado unos efectos que no sospecharon y que han ido estallando en forma de terrorismo que asola la propia zona de Oriente Medio y, desde el 11 de septiembre de 2001, también a aquellos países que no querían tener problemas en casa y por esta razón organizaban guerras en otras partes del mundo. El tiro les ha salido por la culata.
Si buscamos las auténticas causas del terrorismo yihadista, tenemos que irnos varios siglos atrás y descubrir que una visión de la vida mercantilista, economicista y materialista está detrás de esta lacra y muchas otras, como el hambre en el mundo, las enormes bolsas de pobreza y miseria y las constantes guerras y persecuciones de pueblos y minorías étnicas y religiosas. La colonización y el neocolonialismo son páginas de nuestra historia que nunca debían haberse tolerado. Ningún país tiene legitimidad ni derecho de saquear a otro país. El día que se comprenda el daño efectuado por las ansias de enriquecimiento de todos los países de economías importantes, comenzará el principio del fin de los obstáculos que impiden la paz.
En realidad, no nos enfrentamos a una amenaza yihadista global, estamos enfrentando una amenaza mercantilista global. Escribió Antoni Segura en su libro “Señores y vasallos del siglo XXI” que “El falso debate sobre la incompatibilidad entre islam y democracia oculta, en realidad, el verdadero trasfondo político, económico y social de la mayoría de los conflictos”.
Una ciudad necesita ciudadanos
La ciudad es lo contrario de la caverna. Así como en las cavernas se vivía una realidad mágica e intimista reservada a los chamanes iniciados, en la ciudad se exterioriza todo el potencial civilizatorio del ser humano, se construye un ámbito social regulado donde vivir de acuerdo al ideal de la convivencia. La caverna fue un lugar donde conectar con el “yo” espiritual. La ciudad es un locus para el “yo” terrenal. En las cavernas el hombre se perdía en el mundo insondable de los espíritus, mientras que en la ciudad los hombres se encuentran con sus semejantes.
La historia de las ciudades tiene más de 10.000 años. En la Anatolia central se han hallado los restos arqueológicos de las ciudades más antiguas. Ciudades construyeron también los antiguos americanos en medio de las selvas y en África en el curso de río Zambeze. Pero, nuestra idea de ciudad viene de los griegos y los romanos. La Grecia Clásica pensó que los hombres debían vivir en la tierra según el modelo del logos tal y como se expresaba en el kosmos. Así nació la polis. La ciudad griega tomaba como modelo la armonía de los cielos. Debía regirse por el conocimiento de la naturaleza y ser gobernada por los sabios. Aunque ni la esplendorosa Atenas logró plasmar al cien por cien el modelo ideal, los griegos nos legaron ideas políticas que no han sido superadas en dos mil quinientos años. Una de esas ideas era que el ciudadano debía cumplir un papel protagonista principal en la conducción de la ciudad. Además del gobernante, el ciudadano debía participar activamente en los asuntos públicos que afectaban a todos, todos los días.
Los romanos, mucho más prácticos, pero menos filosóficos que los griegos, nos legaron el plan general urbanístico, el cómo hacer una ciudad racional y saludable. Para ellos también jugaba el ciudadano un papel de primer orden en la política cotidiana. Los pater familias, así como el resto de ciudadanos de la Plebe a través de sus tribunos, participaban activamente en las decisiones que afectaban a la ciudad.
La Revolución Francesa, más modernamente, recogió el ideal grecorromano y propuso la figura del ciudadano como pieza clave en el desarrollo de las sociedades hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad. Claro que, tras unos siglos de monarquías ociosas e irresponsables, todo estaba por hacer en aquella Francia prenapoleónica. Y hoy, ¿no sigue estando todo por hacer?
Vivimos la crisis de la ciudad. Las ciudades se han vuelto inhumanas, están sucias, con grandes desigualdades, falta de infraestructuras para todos, deficiente transporte público, burocracia asfixiante, paro, saturación de hospitales y juzgados, centros escolares sin calefacción o aire acondicionado, etc. En Palma, además se añaden los problemas de la vivienda, la saturación turística y un trazado viario medieval. Desde todas las direcciones se oyen quejas, todos levantamos la voz para señalar los problemas que nos encontramos en nuestra ciudad y todos les exigimos a los políticos y gobernantes que solucionen todos esos problemas. Pareciera que creemos que los gobernantes son como el dios hebreo: omnipotente. Sin embargo, me pesa decirlo, ni los políticos ni los gobernantes pueden solucionar todos los problemas.
Pongamos un ejemplo. La recogida de los residuos sólidos urbanos. El ayuntamiento habilita contenedores en casi todas las calles, papeleras en los parques y aceras, servicio de recogida, etc. Además, aprueba unas ordenanzas en las que se sanciona el depósito de las basuras fuera de los lugares habilitados, así como otras conductas como arrojar escombros descontroladamente. ¿Cuántas personas incumplen lo ordenado por las ordenanzas y ensucian la ciudad? Miles. Por mucho que limpien los servicios municipales, mientras sigamos ensuciando de manera insensata, la ciudad seguirá estando sucia. ¿Qué puede hacer el ayuntamiento frente a las conductas incívicas? Muy poco.
¿Por qué se encarecen los alquileres, cuyo caso paradigmático es la ciudad de Ibiza? ¿Por culpa de los turistas? Obviamente, no. La culpa la tienen aquellas personas que ansían lucrarse con sus propiedades. ¿Qué puede hacer el gobierno frente a esto? Muy poco, porque no puede frenar las tiránicas leyes del Mercado, ni saltarse la defensa de la propiedad privada como un derecho fundamental constitucional.
Entonces, ¿qué podemos hacer para tener una ciudad en condiciones? Rescatar la idea del ciudadano. Fomentar los valores de consciencia pública, responsabilidad y participación activa como bastiones de un civismo civilizado. Somos todos y cada uno de los que vivimos en la ciudad los responsables de cómo está. No podemos evadir esa responsabilidad cargándola a las espaldas de los gobernantes, porque ellos no son como el dios hebreo que ve lo que hace el hombre a todas horas. No. Pero cada uno de nosotros sí que ve lo que hace en cualquier momento y ahí entra el valor o atributo de la conciencia pública. Conciencia de lo público es tener presente que la ciudad es de todos y que es tan valiosa como nuestras casas particulares. La calle es de todos quiere decir que es responsabilidad de todos. Las plazas públicas son responsabilidad de todos, forman parte de la casa común: la ciudad.
Paradójicamente, hemos regresado a las cavernas que son nuestras casas, en este caso no para perdernos en la inmensidad de lo insondable, sino para evadirnos del trabajo común, de la res publica. Acurrucados en las modernas cavernas, adorando al espejo de ilusiones de la televisión o de la internet, nos vamos –permítaseme la expresión- primitizando, perdiendo una parte importante de nuestra esencia humana que es lo social.
¡Salgamos –como aconsejaba el divino Platón- de las cavernas y pongámonos manos a la obra colectiva que es nuestra ciudad! Nadie puede hacerlo ni por ti ni por mí. Volvamos a ser ciudadanos de plenos derechos y dignos deberes.
El compromiso social de la filosofía
El pasado lunes 10 de julio, participé como filósofo voluntario de Es Racó de ses Idees en la primera sesión que, sobre el sentido de la vida, ha organizado la asociación pro-salud mental Estel de Llevant. Esta asociación tiene el objetivo de mejorar las condiciones personales, sociales y laborales de las personas con problemas de salud mental y de sus familias en el entorno donde viven, las comarcas de Llevant y Migjorn. Los usuarios siempre han sido los verdaderos protagonistas de todos sus proyectos. La escuela de filosofía Es Racó de ses Idees y Estel de Llevant colaboran desde hace años aportando ideas filosóficas a los usuarios del centro. Cuando nos propusieron abordar el difícil tema del sentido de la vida con estas personas, nos alegramos profundamente, porque teníamos una nueva oportunidad de demostrar a todos que la estigmatización de las personas que tienen afectada su salud mental es un prejuicio injustificado. Íbamos a reflexionar con ellos, nada más y nada menos, que sobre el sentido de la vida.
Nada más comenzar surgieron preguntas y dudas. ¿Por qué cuando tratas de hacer el bien a los demás, a veces sufres? ¿Qué es mejor dejarse llevar o planificar nuestras vidas? ¿Hay que prepararse para afrontar la muerte? ¿De dónde viene el ser humano? ¿Qué nos aporta la religión? Las preguntas se fueron alternando con las opiniones e ideas de cada uno. Por ejemplo, conversamos acerca de la importancia del amor y de cuidarse de los seres queridos y cercanos. Y así, volaron raudos los 60 minutos de que disponíamos. Afortunadamente, quedaban dos encuentros más para continuar con un tema tan apasionante y que interesa a todos.
Al finalizar, los rostros de todos los usuarios se habían transformado, ya no eran los mismos porque un destello de conciencia prendió en su interior. Aina Mascaró, coordinadora y enfermera de salut mental, nos lo hizo notar. En Estel de Llevant son partidarios de darle prioridad a la actividad física, artística e intelectual, sobre la medicación. La medicación sola no cura. A veces no queda más remedio que administrarla, pero la curación es un proceso más complejo que engloba entorno familiar y social, diagnóstico y tratamiento y un buen alimento interior. Es lo que se conoce en los ámbitos profesionales como la atención integral.
En la década de los 80 surge en España el movimiento de salud mental comunitaria que tiene como eje fundamental la rehabilitación psicosocial e integración laboral. El profesor y psicólogo Alejandro Arribas explica que “La rehabilitación psicosocial forma parte de la atención integral a enfermos mentales crónicos y trata de complementar el tratamiento farmacológico para conseguir la mejora del funcionamiento personal y social. Se sitúa en el ámbito de la prevención terciaria, es decir, intentando disminuir las secuelas de la enfermedad, aprendiendo y potenciando la recuperación del mayor número de capacidades posibles. De este modo la rehabilitación apoya a los enfermos mentales en el desempeño de sus roles y capacidades en todas las áreas de su vida, promoviendo la mayor autonomía e independencia posible”.
Una herramienta útil para promover en los usuarios de centros de salud mental una mayor autonomía personal es, sin duda, la filosofía. Por esta razón, la entidad que dirijo tiene asumido el compromiso de ser útil a la sociedad, de hacer de la filosofía un componente más de la cultura al servicio de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, sin exclusiones. Para ello, debe el filósofo ser claro y alejarse tanto de los tecnicismos como de la arrogante erudición. Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo. Ser claros y sencillos en la expresión de las ideas no es síntoma de ignorancia o falta de preparación, sino de inteligencia, pues sólo los inteligentes pueden sintetizar las ideas y los razonamientos en pocas palabras. Decía Confucio que las palabras del sabio son concisas pero expresivas, casuales pero plenas de un significado oculto y el sabio es experto en presentar ejemplos ingeniosos para que las gentes lo entiendan.
Tal vez, la crisis que enfrenta la filosofía desde hace décadas y que ha propiciado que muchas personas la vean como algo inútil y prescindible, venga causada por el alejamiento de los filósofos de la sociedad. Un alejamiento no tanto físico, sino intelectual. Es como si las facultades de filosofía hubieran construido torres de marfil donde el filósofo se solazó pensando teorías que nada tenían que ver con la realidad profunda cotidiana. Mientras los médicos, dentistas, ingenieros y payasos se comprometían con los problemas del mundo y promovían asociaciones de voluntariado y ayuda social, los filósofos permanecían en su solitaria torre. Si queremos que la filosofía vuelva a brillar como en la Grecia Clásica tenemos que arrimar el hombro en la construcción de un mundo mejor.
Las personas necesitamos filosofía y la filosofía necesita comprometerse con la sociedad. Esta mutua necesidad hace que las ideas se conviertan en herramientas de progreso humano.
¡Gracias a los amigos de Estel de Llevant por regalarnos una nueva ocasión de cumplir con nuestro compromiso!
¿Cómo es conveniente morir? ¿De pie, estampado al volante de un ferrari, en la cama de un hospital, arropado de arrugas y nietos o fulminado por una bala anónima? ¿Cómo preferiría, queridísimo lector, el escenario y las circunstancias de su último suspiro? ¿ Una noche lluviosa y etílica, un atardecer heroico o una mañana en el hospital mientras el médico les deja caer a sus familiares el “no hemos podido hacer nada más” como si se refiriera al motor del coche? Sea como sea, esa no es la cuestión más importante. El tema realmente importante es qué van a hacer los demás con uno, tras nuestra marcha hacia el misterioso ocaso.
Hay quien dice que el hecho de la muerte es incómodo para nuestra sociedad y que las personas tratamos de evitarlo porque no sabemos cómo gestionarlo. ¡Obviamente que la muerte es incómoda y hasta dolorosa! ¿Gestionarla? ¿Se puede gestionar la muerte, el sufrimiento, la despedida? No. Se puede gestionar un negocio, una compraventa, un patrimonio, pero no el alma humana y su destino. Es que hay terapeutas superficiales que lo arreglan todo gestionando, las emociones, el dolor, el pasado, el subconsciente, el temor, el odio, etc., y algunos hay que pretenden gestionar la muerte. Me pregunto, ¿cómo vas a gestionar algo en lo que no tienes experiencia? ¿Es que te has muerto ya varias veces?
¿Qué es la muerte y qué se debe hacer con los muertos? Para algunas culturas la muerte lo es del cuerpo, pero no del alma, que sobrevive y se traslada a otra dimensión más beatífica, tras pasar por el lugar de la purga. Para otras, la muerte es un aletargamiento de la conciencia en lo físico, disolviéndose éste al faltarle el principio animador –el ánima. La conciencia se desprende del cuerpo, como el vapor del mar y asciende a lo que se ha convenido en llamar el Cielo entre los cristianos, el Devakán entre los hindúes, el Valhalla en la mitología nórdica, etc. tras un periodo más o menos largo, regresa a lo físico renaciendo en un nuevo cuerpo, como regresa el vapor en forma de agua al océano. Dependiendo de la forma de entender la muerte y el alma, las sociedades han ideado maneras diferentes de tratar el cuerpo del difunto. Unas lo entierran bajo tierra – de ahí la palabra “entierro”-, otras lo sepultan en un nicho o tumba, otras los incineran y culturas ha habido que dejaban el cadáver expuesto para que las aves carroñeras devolvieran el cuerpo a la naturaleza.
Aquellas culturas lo tenían muy claro, sabían qué era la muerte y qué hacer con sus muertos. El problema lo tenemos nosotros que hemos perdido el conocimiento del más allá tras haberle vendido el alma al materialismo ateo. Los budistas tibetanos dejaron explicaciones muy concretas sobre el viaje del alma en el Bardo Thodol, así como los egipcios antiguos lo hicieron en el Libro de la Salida del Alma a la luz del Día –mal traducido como Libro de los Muertos. Dante se esmeró en describir los paisajes que se encuentra el alma en el otro lado. Decenas de miles de personas han experimentado experiencias cercanas a la muerte y relatan qué ocurre cuando morimos con una sorprendente coincidencia de datos. Pero el materialismo ateo niega todo esto y coloca este conocimiento en el cajón de las supersticiones. Pero, ¿cómo puede negarle valor a lo que no investiga? La muerte es un trauma para el materialismo y se enfrenta a ella con miedo, pavor o infantiloide indiferencia.
Es cierto que este tema no suele ser centro de conversaciones. Tampoco aparece entre las materias de estudio de los niños. Cuando algún ser cercano fallece muchos padres no saben cómo decírselo a sus hijos y muchas personas reconocen su incapacidad de acompañar a los familiares en el sentimiento. En el fondo no sabemos cómo estar en los dominios de la parca fatídica. Desde pequeños nos enseñaron a comportarnos en la mesa, a limpiarnos el culito y a saludar por la calle, pero nadie nos mostró cómo proceder en el momento de la muerte, ni profesor alguno nos explicó qué es la muerte. ¡Con razón nos sentimos ignorantes y desamparados! Esta sociedad materialista y desganada, negacionista del alma y de todo aquello que no pueda explicarse como “cosa”, nos niega, asimismo, un derecho y un deber fundamentales: vivir la muerte de manera natural.
¿Qué hacemos con nuestros muertos? Esta cuestión es un verdadero trauma. Y como no sabemos qué hacer, nos enzarzamos en asuntos periféricos como monumentos, homenajes y pomposas muestras de dolor ficticio. El caso del monolito de Sa Feixina es una clara muestra de nuestra incompetencia ante la muerte. Unos desean conservarlo porque es un homenaje a chicos muertos en una guerra. Otros desean derribarlo porque es un homenaje a chicos muertos que no eran republicanos. Unos declaran que es un monumento fascista y otros que es un monumento patriótico. Siguen los bandos en pie de guerra. Las guerras intestinas que sufrió este país provocaron decenas de miles de muertos. Los muertos no son de un bando ni del otro, son muertos. ¿Qué hacer con ellos? ¿Nos seguiremos peleando y enfrentando en su nombre? ¿Es esta la mejor manera de honrar sus muertes? Parecemos ciegos que se pegan de tortazos sin saber quién es su amigo y quién su enemigo. Esperpéntica estampa que, de vivir Goya, inmortalizaría en algún papel. Dejemos tranquilos a los muertos y vivamos en paz sabiendo que la vida sigue, pero sigue hacia adelante.
El eco de Descartes
La Edad Moderna tiene dos inspiradores: Newton en la ciencia y Descartes en la Filosofía. El primero puso las bases de la investigación del mundo y el segundo del pensamiento. Se acostumbra a considerar a René Descartes (1596-1650) como el fundador de la filosofía moderna. En su obra encontramos una frescura que no se halla en ningún otro filósofo desde Platón. Descartes no escribe como un profesor, sino como un descubridor y explorador, afanoso por comunicar sus hallazgos en el mundo del pensamiento.
Desde joven buscó la tranquilidad necesaria para dedicarse a pensar y ello le llevó a viajar continuamente, hasta que en Holanda encontró el anonimato suficiente para no ser molestado. Personaje tímido y conocedor de las ideas de Galileo, tuvo la prudencia de no publicar su primer libro para evitar ser molestado por la Inquisición romana. No obstante, sufrió persecuciones y ataques desde las iglesias y las universidades, en las que, a pesar del paso renovador de filósofos como Giordano Bruno, todavía se dogmatizaba en torno a la figura de Aristóteles. Matemático, filósofo, soldado, hombre de delicada salud, pasaba horas enteras seguidas meditando, convencido de que viajando por fuera no iba a encontrar cosas más válidas que “moviéndose” por dentro.
Su contribución a la geometría fue la invención de la geometría coordenada, es decir, la que se basa en la determinación de la posición de un punto en un plano por su distancia a dos líneas fijas. En física, Descartes se posicionó mecanicista, porque consideraba que las cosas y los seres eran como máquinas, regidos absolutamente por las leyes de la física, si bien los seres humanos disponían de un alma ubicada en la glándula pineal que podía desviar el movimiento de los cuerpos a voluntad. Dios era la condición necesaria para darle sentido a la existencia de este universo mecánico.
Sus dos obras más importantes son el Discours de la Méthode (1637) y las Meditations (1642). Descartes comienza explicando el método que llamamos la “duda cartesiana”. Para encontrar una base firme para su filosofía decide dudar de todo aquello que sea realmente dudoso. Comienza dudando de los sentidos, de los sueños, de las cosas corpóreas y aun de las ciencias “perfectas” como la aritmética y la geometría. Pero de lo único que no cabe dudar es que el que duda y el que piensa que duda es algo que existe, que está ahí. El “pienso, luego existo” (o “soy” según las últimas traducciones), da más certeza a la mente que a la materia. Esta posición tuvo gran eco en el idealismo alemán por contraposición al empirismo británico. En su teoría del conocimiento tomamos contacto real con las cosas externas cuando las pensamos, no cuando las tocamos, vemos o sentimos. Los hechos indubitables, para Descartes, son el “yo pienso” y estas primeras certezas empíricas halladas en los pensamientos y no en los objetos externos fueron muy importantes para toda la filosofía posterior. La mente toma un valor y una importancia fundamentales. Todo es más verdadero cuando se piensa claramente y estas ideas serán los orígenes del Racionalismo.
En su teoría del mundo, el cartesianismo es rígidamente determinista. Tanto los organismos vivos como la materia inerte están regidos por las leyes de la física. Esta es la base filosófica de la ciencia moderna. Todo, absolutamente todo, puede ser encerrado en leyes matemáticas, puesto que toda la naturaleza está ordenada matemáticamente.
De Descartes dijo Bertrand Russell: “La coherencia le habría convertido simplemente en el fundador de un nuevo Escolasticismo; en cambio, la incoherencia le convirtió en el punto de partida de dos escuelas filosóficas importantes, pero divergentes”, el Idealismo y el Racionalismo.
Hoy día van superándose las concepciones cartesianas por cuanto dividieron la naturaleza en clasificaciones y el pensamiento en especialidades, regresando a una visión integradora de lo que es naturalmente una unidad. Sin embargo, Descartes es un claro ejemplo de buscador independiente y original que trabajó para construir un criterio válido. No puedo dejar de compartir un párrafo de su célebre Discurso que me parece consejo y ejemplo digno de tener en cuenta: “Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir para dirigir bien su razón, sino sólo exponer el modo como yo he procurado conducir la mía. Los que se meten a dar preceptos deben de estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan, y son muy censurables, si faltan en la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino a modo de historia o, si preferís, de fábula, en la que, entre ejemplos que podrán imitarse, irán acaso otros también que con razón no serán seguidos, espero que tendrá utilidad para algunos, sin ser nocivo para nadie, y que todo el mundo agradecerá mi franqueza.”
El eco de Descartes resuena entre las hojas de los libros susurrándonos al oído ´tú eres, no dudes de ello, no dudes de ti´. Hoy necesitamos construir cada uno de nosotros nuestro propio criterio personal, nuestra manera propia de caminar por la vida, de pensar, de decidir, de amar, de reír, de recuperar fuerzas y de compartir. Un criterio propio, fruto de la propia experiencia y afán de crecimiento, es el mejor escudo contra la presión de las circunstancias y las opiniones ajenas.
Director de Es Racó de ses Idees
Cuando Kundera escribió la novela La insoportable levedad del ser, en 1984, expresó la angustia y el dolor del ser humano ante una vida leve, sin peso, sin esencia y sin raíces, sin alma. Todos los personajes, excepto la mascota de Tomás y Teresa, viven experiencias provisionales sin expectativas que reflejan un insoportable estado de nadidad. El ser se reduce al ir/existiendo. La vida renuncia a la conquista, al ir más allá, a la búsqueda de su propio interior. La novela del escritor checo fue un éxito de ventas y de lecturas, llevándose al cine en 1988. La década de los ochenta fue prolífica en temática existencial porque el sueño de la modernidad había fracasado, la construcción de un mundo en el que todos seríamos iguales pereció con la demolición de los edificios Pruitt- Igoe en 1972. Y al despertar de ese profundo sueño, la sociedad de aquella década se preguntó “¿dónde estamos?, ¿quiénes somos?”.
Los ochenta fueron sepultados por los noventa y la aparición de las nuevas tecnologías. Los “felices años noventa” produjeron un efecto euforia en muchos sectores de la sociedad. El sector de la construcción comió y engordó. La ciencia biológica se creyó la dueña del mundo de la mano de la genética. Los Aliados desafiaron al mundo con sus súper ejércitos manipulados por súper ordenadores. Los partidos políticos se dedicaron a montar campañas fastuosas, casi versallescas, con tremendos efectos especiales. Todo era excelente, paradisíaco, hasta los bancos regalaban hipotecas para celebrar el advenimiento de la Era Perfecta. La temática existencialista casi desapareció de escena. Los filósofos dejaron de hablar del ser porque el existir no necesitaba de metafísicas ni ontologías. El yuppie no quería calentarse la cabeza mientras saboreaba la vida. Fabricamos una nueva quimera, un nuevo sueño de felicidad constante, en el que la ciencia podía explicarlo todo y arreglar todo lo que se estropeara.
Como ocurre en las familias de alta alcurnia que llegan a la ruina financiera, en las que todos sus miembros lo saben pero ninguno se atreve a hablar de ello en la mesa para no malograr los excelentes manjares, así vivimos en la primera década del nuevo milenio, con bienestares y felicidades, móviles, eurovisiones y promesas en forma de primer presidente negro de EE.UU., pero sin hablar del tema no resuelto de la existencia, del por qué vivimos y del para qué.
Todos somos conscientes del terrible agujero financiero que atraviesan la mayoría de estados, entre ellos el nuestro. Sabemos que la falta de una educación en valores cívicos y humanos hace insostenible las ciudades. Los expertos alertan sobre el cambio climático y sus consecuencias que ya están ad portas. Las enfermedades raras, las que no tienen curación y las epidemias amenazan la salud mundial. Y, además de todo ello –por si no tuviéramos poco-, permanece en la carpeta de cola de impresión esperando su turno el tema de la existencia. Cuestión crucial e importante, porque no sabiendo quiénes somos tampoco podemos encontrar el tipo de vida que nos conviene realmente. Muchos filósofos y científicos han reflexionado sobre las consecuencias de la ignorancia suprema, del quién soy, y las consecuencias son precisamente esas que he mencionado hace unas líneas.
¿Qué solución hemos elegido? ¿Conocer nuestro ser? No. Hemos elegido hacer soportable la levedad del ser. Para logar soportar el vacío interior que cada vez es más grande, hemos magnificado la diversión, llevado al extremo el deporte, histrionizado la publicidad, exagerado los premios y sorteos, intensificado los efectos de las drogas, priorizado la ganancia, maximizado el beneficio a corto plazo, entronizado la mentira alagadora. Nos hemos rodeado de efectos especiales increíbles para que su fulgor y volumen de sonido tape la pequeña voz interior de nuestra alma. Y ¡cómo no!, hemos desterrado la filosofía de los planes de estudio para que no nos moleste. Esta ha sido nuestra elección. Así nos hemos convencido de que no hace falta saber quiénes somos para estar bien. Y si de vez en cuando nos llega algún rumor proveniente del ser que nos trastoque el bienestar, siempre tenemos a nuestro alcance los miles de falsos terapeutas que harán todo lo posible para llevarnos por la senda de la inteligencia emocional para liberarnos de la inteligencia del ser.
Conviene llamar la atención sobre la insoportable soportable situación actual. Es apenas un espejismo. Si volvemos a la filosofía a la manera clásica, a esa forma de vida profunda, que busca el contacto con el ser para vivir mejor, despejaremos los espejismos peligrosos y cada uno, en su individualidad, en su genuinidad, abandonará el mundo de lo soportable para llegar al reino de la realización.
Desde hace muchos años vengo llamando la atención sobre el error fundamental de la teoría darwiniana y su vástago, la teoría neodarwiniana, que supone considerar la competencia un factor clave de la evolución. Y no es difícil demostrarlo porque en la naturaleza encontramos muchos más casos de colaboración que de competencia. Es claro que las imágenes de machos mamíferos luchando entre ellos en la época de celo son muy ilustrativas y casi demoledoras de cualquier otro intento de explicación. No obstante, son casos aislados comparados con los otros millones de especies que no compiten, sino que colaboran y sobreviven.
Hace pocos días, mientras jugaba con unos amigos a voleibol en el Parc de Sa Riera, se nos acercaron dos jóvenes de unos doce o trece años de edad y uno de ellos nos preguntó: “¿puedo jugar con vosotros?”. Nos alegró mucho compartir el entrenamiento con él. Rápidamente se integró en el grupo y ejecutamos jugadas francamente buenas. Al cabo de unos quince minutos volvimos a escuchar: “¿puedo jugar con vosotros yo también?”. Era el otro jovencito –el más tímido- que, habiéndose cerciorado del buen clima que había en la pista y venciendo la traba de la vergüenza, se moría de ganas de participar del juego. Les explicamos que en el deporte, como en la vida, no se trata de competir, sino de colaborar para alcanzar la excelencia (la aretḗ de los griegos); que si cada uno comparte lo mejor de sí mismo con los demás, todos salimos ganando y que el resultado más válido del partido es disfrutar de ser un equipo y no la victoria de unos sobre otros.
Nos escuchaban con los ojos entornados como cuando la luz es demasiado intensa, como si lo que oían fuera un espejismo. Nunca nadie les había hablado así del deporte ni de la vida. Y aunque el pasmo interior no les dejó dar las gracias, sé que volvieron a casa con un sentimiento de agradecimiento profundo y verdadero. ¡Qué alegría escuchar de unas personas mayores palabras tales! Así confirmábase para ellos lo que es duda para tantos jóvenes: no es necesario competir con los demás para vivir bien. ¡Cuántos jóvenes se sienten frustrados ante el adocenado futuro que les promete la sociedad actual! Un futuro distópico, sangriento y cruel, apocalíptico, en la que unos zombis saltan sobre otros zombis para chuparles la sangre. ¿Acaso no es esta la imagen más clara de las consecuencias de la salvaje competencia en el mercado laboral entre seres humanos que, más que personas, parecen muertos vivientes? No es de extrañar que los adolescentes se distancien y no quieran saber nada de ese plan que los mayores les proponen. Es comprensible que busquen evadirse de tan nefasto plan con el alcohol, los juegos virtuales o la crueldad.
Afortunadamente, las nuevas generaciones quieren construir un mundo mejor porque el presente no les basta. Sienten en su corazón que las relaciones humanas deben ser más naturales y los nuevos descubrimientos que permiten una mejor comprensión de las leyes de la naturaleza les confirman que su deseo no es locura, sino clara intuición. En la naturaleza no hay izquierdas ni derechas, ni buenos ni malos, ni privilegiados ni desheredados, hay cooperación de todos con todos. No hay pérdidas ni ganancias, ni victorias ni fracasos, hay evolución sincronizada, destino creativo en el que incluso los antepasados arriman el hombro para bien de todos.
Me llama poderosamente la atención que uno de los apartados de la encuesta verse sobre una serie de temas tan diferentes entre sí como la suerte, el horóscopo, los curanderos, la acupuntura, la homeopatía y los fenómenos paranormales, y que se agrupen bajo la rúbrica de “pseudociencias”. ¿Qué tienen que ver métodos médicos de probada eficacia como la acupuntura y la homeopatía con los números de la suerte? Es como meter en un mismo saco El Quijote, una sandía, un sextante, un ratón y una tarjeta de crédito y etiquetarlo con el nombre de “pseudocosas”. Esta metedura de pata que podría hacernos suponer que los redactores de la encuesta han cometido una falta de cultura general, me indica que hay gato encerrado. Con esta encuesta se ha fabricado, intencionalmente, una mentira.
La encuesta no solo recoge la percepción de un tanto por ciento de la población -seis mil de cuarenta millones-, también persigue generar opinión. Esta es la segunda fase de la fabricación de una mentira. Y aquí es donde entran los medios de comunicación. Los diarios han publicados informaciones como esta: “Los españoles no creen en horóscopos, fenómenos paranormales ni en curanderos, pero sí confían en otras pseudociencias como la acupuntura o la homeopatía. La encuesta del Gobierno que periódicamente pulsa el nivel de conocimiento científico de los ciudadanos revela un dato preocupante: más de la mitad confía «mucho», «bastante» o «algo» en la homeopatía y la acupuntura, pese a que ninguna de estas disciplinas ha demostrado su eficacia desde un punto de vista científico”. Esta información es doblemente falsa. En primer lugar, el dato no es preocupante. Ninguno de los encuestados ha dicho eso. Son más preocupantes, según la encuesta, la energía nuclear o la clonación. Es más, el informe dedica al tema de las pseudociencias 20 de las 417 páginas que tiene. En segundo lugar, estas dos disciplinas sí que han demostrado su eficacia y su base científica.
Una de las más funestas sensaciones que tenemos los ciudadanos es que esta sociedad marcha sin rumbo. Muchos filósofos han comparado la ciudad o la sociedad con un barco que surca el mar de la vida. Este es uno de los significados de la nave de Odiseo. El héroe es el prototipo del gobernante, la tripulación es el pueblo y la odisea es el camino o ruta que debe seguir la sociedad para arribar a Ítaca, es decir, a la realización colectiva o civilización. Actualmente, nos hallamos perdidos en el océano de las circunstancias. No sabemos hacia dónde debemos ir, qué rumbo tomar y ni siquiera si existe un rumbo acertado.
Esta sensación de desorientación no es una valoración subjetiva. Es la percepción interior de una serie de hechos objetivos. Describiremos algunos y muchos otros los omitiremos para no alargar en demasía este artículo de opinión. Comenzaremos por las religiones. Cada vez hablan menos del alma y de dios y más de otras cuestiones periféricas a la religión. La Sangha –iglesia- budista prácticamente no habla de la divinidad y presta más atención a la meditación, a la felicidad y al bienestar interior. Hace poco escuché decir a un conocido que se profesa budista que le gusta esta religión porque en ella no hay dioses. Seguramente, ninguno de los sacerdotes con los que tomó contacto le habló del Addi Budha o del Avalokiteshvara, divinidades importantísimas del panteón budista. La Iglesia Católica cambia de parecer respecto a temas teológicos en cada concilio. Sus sacerdotes y dirigentes publican opiniones sobre la inferioridad de la mujer respecto del hombre, sobre la homosexualidad como enfermedad o sobre la traición que supone no marcar la casilla respectiva en la declaración de la renta, mientras los creyentes les preguntan cómo pueden conocer a dios y llegar a él, sin obtener respuestas convincentes.
En el ámbito de la ciencia la desorientación es, asimismo, enorme. El último siglo ha sido el más fértil en inventos y desarrollo de la tecnología de la historia. Ha sido tal el frenesí y la ansiedad en la carrera de la superación de los límites de la técnica y del conocimiento que se ha perdido la referencia moral necesaria para no aniquilarnos usando los aportes de la ciencia. Parecía que el uso de la bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima por parte de los EE.UU., en agosto del 1945, había sido una llamada de atención para blindar el uso de la tecnología con unos valores éticos universales. De hecho, tres años más tarde se aprobaría por la Asamblea de Naciones Unidas la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero no fue suficiente y a día de hoy la producción científica está a merced de grandes multinacionales que la usan sin ningún tipo de control ético. Por ejemplo, la industria farmacéutica dedica billones de dólares a producir fármacos que no curen del todo y usa en la experimentación millones de animales tratados como carne de cañón. Desorientados están los científicos y divididos en cuanto a si la ciencia debe tener límites éticos o no.
Leemos a menudo declaraciones de artistas en las que expresan su desorientación en clave de búsqueda de nuevas técnicas de expresión. Se buscan nuevos conceptos, nuevas tendencias creativas, se prueba con una cosa y con su contraria, se exploran los extremos de lo concebible y permitido, los tabúes y los instintos psicológicos, de tal manera que se entra en el terreno de lo histriónico, lo injurioso, atentando contra la dignidad del público. Obviamente que hay artistas y obras de arte maravillosas, tanto en épocas pasadas como en la actual. Pero la falta de rumbo en el arte produce regularmente subproductos artísticos que son una verdadera tomadura de pelo. A veces al artista se cree por encima del bien y del mal porque es artista y cree que se le debe permitir todo en aras de la libertad de creación. ¿Hay que poner límites éticos a los artistas o se les debe permitir cualquier tipo de expresión con cualquier contenido? No sabemos muy bien que responder porque no conocemos el rumbo que debería seguir el arte, como tampoco sabemos qué es el arte.
Y, por último, tocaremos la falta de rumbo en la política. ¿Cómo podemos demostrar objetivamente que en la política nadie sabe hacia dónde ir? Es fácil, sólo tenemos que repasar los temas que todos los partidos han puesto sobre la mesa en sus respectivos congresos de los últimos 5, 10 y 20 años. Son totalmente diferentes. Nadie sigue una línea definida. La falta de rumbo ha provocado que en todos los congresos o asambleas se hayan producido profundas disensiones y rupturas. Se han dado casos de transformismo ideológico, como el que se ha producido en todo el arco de la izquierda. En el otro extremo, en la derecha, la corrupción se ha desvelado institucional y crónica. No obstante los abundantes casos de engaño a los ciudadanos por parte de las formaciones políticas, todavía no se ha aprobado por el Congreso una ley estatal para regular la actividad política, estableciendo las infracciones y sanciones correspondientes, así como sí se ha aprobado una ley del voluntariado, otra ley del funcionariado o de la función pública, otra de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, entre muchas otras. ¿Deben establecerse límites éticos y jurídicos a la actividad política? Y, ¿quién debe establecerlos, los mismos políticos o los ciudadanos?
En una sociedad adoradora del credo de la competencia como es la nuestra, en una nave cuya tripulación y capitanes se enzarzan en disputas continuas, estalla la violencia porque nadie sabe hacia dónde nos dirigimos, cuáles son las finalidades de la vida en sociedad y cada uno ve en el otro a su contrario. ¿Acaso no es un subproducto de esta sociedad esa persona que arremete indiscriminadamente con una escopeta o un hacha contra la gente que pasea pacíficamente por su ciudad?
¿Cómo podemos recuperar el rumbo? ¿Dónde podemos encontrar fines y principios que orienten nuestra vida en sociedad? En la filosofía. Necesitamos, más que nunca, conocer la naturaleza del individuo y de la sociedad, investigar quiénes somos y quiénes queremos ser. Necesitamos saber si la concordia es más natural que la competencia, si la ética es más importante que el beneficio crematístico, si el ser humano es materia y energía o, además, conciencia y destino.
Termino con unas palabras del profesor Jorge A. Livraga que reflejan este ideal de la filosofía. “¡Qué hermoso sería que todos los seres humanos entendiesen que es imposible perforar la oscuridad de nuestros tiempos, sus mentiras o mitos, con el bastón de la violencia, y recurriesen a encender la lámpara de la sabiduría para poder reconocerse los unos a los otros, tal como somos…!”
Sector eléctrico: un lobo disfrazado de cordero
Pocos sectores están tan regulados como el eléctrico. La normativa que regula este sector es de las más complicadas y técnicas que existen en nuestro país. Ningún ciudadano puede comprender estas disposiciones, a menos que sea un experto ingeniero y abogado. Es imposible averiguar de antemano qué derechos y deberes tenemos cuando contratamos el suministro eléctrico para nuestros hogares y lugares de trabajo. Si la factura de la luz es tan difícil de entender es porque la ley así lo establece y la ley es, asimismo, difícil de entender. Veamos si podemos poner un poco de “luz” en tan enrevesado tema, aunque este sea un propósito quijotesco.
La ley principal que regula el sector eléctrico es la Ley 24/2013, de 26 de diciembre. Curiosamente, en el artículo 1 se establece que “La presente ley tiene (...) la finalidad de garantizar el suministro de energía eléctrica, y de adecuarlo a las necesidades de los consumidores en términos de (...) mínimo coste.” ¡Oh, qué bien suena! La ley asegura que tendremos electricidad al mínimo coste. Pero, ¿cómo lo consigue? Con el Real Decreto 2019/1997, de 26 de diciembre, por el que se organiza y regula el mercado de producción de energía eléctrica. ¡Muy bien! Y, ¿qué establece esta norma? Entre otras cosas, dice que “el precio se fijará mediante un proceso de casación de ofertas en el mercado diario de producción”. ¡Vaya, ya empezamos con los tecnicismos! Más o menos, lo que se establece es que las empresas presentan ofertas de contratación de suministro eléctrico y en función de las ofertas se establece el precio. La cosa es como en una lonja de pescado. Sigamos que lo bueno viene ahora. “Las sesiones de contratación del mercado diario se estructuran en períodos de programación equivalentes a una hora natural, considerando como horizonte de programación los 24 períodos de programación consecutivos”. ¡Más claro imposible! ¡Hasta un niño de meses lo comprendería perfectamente!
Pero, ¿cuál es el precio que finalmente me van a cobrar por la luz? Dependerá del precio al que lo compre la distribuidora y este precio se fija según el procedimiento que establece el artículo 23. Dice así: “A efectos de la liquidación del mercado diario e intradiario, el precio de la energía eléctrica a pagar por el comprador y a percibir por el vendedor incorporará el precio obtenido de la casación de las ofertas y demandas en el mercado diario y el precio obtenido de la casación en el mercado intradiario” ¡Bon Jesús, ni el monstruo Coco de Barrio Sésamo se explicaba con tanta sencillez! ¡Vamos, que como no hagas un máster en sinónimos y antónimos estás más perdido “que un torero al otro lado del telón de acero”, parafraseando al Sabina.
Vamos a hacer un esquema para poder comprender todo esto. Tenemos un mercado en el que se presentan vendedores y compradores de electricidad. Por supuesto que no podemos ser ni usted ni yo. Sólo las grandes empresas pueden acceder a esta “lonja del electrón”. Los productores de electricidad suben y bajan el precio de venta en función de la demanda. Si hace mucho frío o mucho calor y se les va a comprar mucha electricidad suben el precio. Y si la previsión es de poca demanda no lo bajan, porque comprar les tenemos que comprar. El consumo eléctrico está asegurado y es casi imposible que se reduzca. Por esta razón, el precio de la luz casi nunca baja.
Y estos productores/vendedores de la luz ¿pueden establecer el precio que les de la gana? Por supuesto que sí. Porque fijen el precio que fijen les vamos a comprar. Algún economista liberal me objetará que el precio lo regula el mercado mediante la ley de la oferta y la demanda. Yo no me lo creo. Primero porque esta ley sólo funciona en una sociedad ideal, donde los vendedores y compradores no engañen. Segundo, porque cuando los productores, los vendedores y los suministradores conforman un mismo grupo empresarial, tenemos un monopolio disfrazado. Y esto es lo que tenemos en España, un lobo feroz disfrazado de cordero.
Y, además, las leyes no les han puesto ningún límite. ¿Por qué? Porque los consejeros-delegados de las compañías eléctricas son exministros, exconcejales, expresidentes, es decir, los mismos que hacen las leyes. Como son astutos, los políticos que han redactado las leyes del sector eléctrico han introducido algunos artículos sobre el bono social y los consumidores vulnerables. De esta manera pueden presumir de tener en cuenta el interés general y se lavan la cara. En realidad, han actuado concientemente aprobando leyes tan complicadas para que no podamos ver cómo benefician a unos pocos.
Un ejemplo de lo que digo es el Real Decreto 900/2015, de 9 de octubre, por el que se regulan las condiciones administrativas, técnicas y económicas de las modalidades de suministro de energía eléctrica con autoconsumo y de producción con autoconsumo. Este real decreto dispone que todo aquel que instale un panel solar en su casa o empresa, deberá pagar a las compañías distribuidoras un peaje, además de todos los impuestos añadidos y tasas administrativas ¡Curiosa manera de promover el uso de energías renovables y cumplir con el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París! Es que las grandes hidroeléctricas siguen usando la energía nuclear, el carbón y los pantanos para producir electricidad.
Deben los políticos acabar con este monopolio disfrazado. Deben dejar de beneficiar a unos pocos y legislar para que el más fuerte no pueda aprovecharse del más débil. Al fin y al cabo, este es uno de los principios de la justicia y la política, corregir la fuerza del egoísmo para que podamos convivir en armonía.
Lo bueno que hay alrededor
Fugaz y tímido, esta tarde ha asomado el sol. Su luz, tras casi una semana sin verla, ha deslumbrado a las pupilas perezosas y se han alegrado como niños que salieran a la calle a pisotear charcos fulgurantes. Esa llamarada de luz tranquila y sabia me hecho recordar todo lo bueno que hay en mi vida. ¡Qué necesario es prestar atención a las cosas y las personas que hacen el bien en un mundo donde abundan la frustración y las sombras!
La lista de las cosas que hacen bien es infinita. Ese paraguas un poco quebrado que nos preserva de la intensa lluvia. Los calcetines gruesos hechos a mano por nuestra suegra y que son el refugio perfecto de esos pies que parecen exploradores de la Antártida. ¡Y qué decir del calentador de agua, callado, sumiso, habitante del rincón más humilde de la casa!
El listado de establecimientos en los que estamos bien es extenso. Qué me dicen de la tienda de frutas y verduras donde nos atiende esa dependienta a quien no le importa escuchar decenas de veces los mismos comentarios sobre el tiempo porque sabe que, a veces, es la única persona con la que podemos hablar sin necesidad de estar midiendo nuestras palabras. Es curioso que cuando no estamos tensos solemos hablar del factor meteorológico, como si al relajarnos regresáramos a nuestras raíces campestres, a esa mentalidad primigenia más cercana a la naturaleza. No nos olvidemos, por favor, de la cafetería. Los café con leche de las tardes de invierno sirven de sustitutos perfectos a las chimeneas que no tenemos o que no queremos encender. Hay cafeterías que saben a hogar, a pan recién hecho, a consejos de la abuela, a cercanía de pueblo, a humanidad fraterna.
Recuerdo, tras apurar los últimos destellos del sol de invierno, todas las entidades y organizaciones que están haciendo el bien. Las hay que, honradamente, protegen a los animales abandonados en las ciudades o en peligro de extinción en las selvas, invirtiendo grandes sumas de dinero de manera recta y eficaz. Las hay que se ponen al servicio de las personas más desfavorecidas, más desprotegidas y menos atendidas por las instituciones públicas, como son los refugiados, los huérfanos y los esclavos. Asociaciones hay dedicadas a la cultura popular, a recoger la memoria cotidiana de hombres y mujeres que han construido el país en el que vivimos. Otras que divulgan el pensamiento, la filosofía y la libertad del individuo, tan necesarios para construir una sociedad de ciudadanos libres y conscientes.
Y, ¡cómo no, cuántas personas de bien nos acompañan en el camino de la vida! Conozco a una bella persona que trabaja en los juzgados de Vía Alemania, a otra que conduce el autobús de la línea 10 y al que considero el mejor conductor de la EMT, por su profesionalidad y el buen trato que ofrece a todos los usuarios si excepción. Aquella camarera siempre ofrece una sonrisa y este funcionario me alivia la carga burocrática. Recuerdo a mis padres, trabajadores, siempre dispuestos a hacer el bien, sensatos y generosos. También regresa a mi mente el recuerdo de mi profesor de Lengua que me abrió la puerta del mundo de la poesía y me regaló el entusiasmo por la lectura. Otra buena persona con la que comparto es mi maestro de filosofía, un ejemplo de persona íntegra, ética y generosa. Y mi esposa me enseña cotidianamente valores positivos para mejorar la convivencia.
Todos tenemos cerca personas y colectivos que son, en el buen sentido de la palabra/buenos. En el momento presente, es más necesario que nunca recordarlo y tener presente que, por muchas maldades y crueldades que ocurran en el mundo, por muchos casos de corrupción que se descubran y por variadas que sean las formas de engañar y manipular, siempre hay y habrá buenos ejemplos en los que inspirarse. No dejemos de descubrir lo bueno que hay alrededor.
¡Se ha vuelto a caer el sistema!
“¡Vaya mañanita llevamos!”, se quejaba el otro día una funcionaria de los juzgados de Vía Alemania, maldiciendo el enésimo cuelgue del sistema informático. La digitalización de la Justicia era una de las grandes apuestas de la agenda del ministro Rafael Catalá, y la obligatoriedad de que las comunicaciones y trámites entre los colectivos jurídicos y las sedes judiciales se hagan de manera electrónica en todos los órganos jurisdiccionales, uno de sus primeros retos. Hazaña por el momento fallida. Cada vez que me conecto al sistema de comunicaciones telemáticas, Lexnet, del Ministerio de Justicia, aparecen avisos de paradas. Cada vez que tiene que cargarse la nueva documentación en los servidores centrales de los juzgados, el sistema queda paralizado. En un artículo publicado el 8 de enero del 2016, el Ministro de Justicia, Rafael Catalá, indicaba que los problemas son normales con la siguiente expresión: "El sistema tiene fallos, sólo faltaría". Para un sistema que empezó a prepararse en el año 2000 y que ha costado millones de euros, no es normal que tenga tantos fallos.
En principio, las nuevas tecnologías deberían facilitar el trabajo y posibilitar la prestación más ágil de los servicios. Sin embargo, en el ámbito de la justicia está ocurriendo todo lo contrario. Las condiciones de trabajo de los funcionarios cada vez son peores. Su salud se resiente. Hay más lentitud en la resolución de los expedientes. Esta semana pasada la Audiencia Provincial de Baleares pedía perdón por haber tardado nueve años en resolver un caso de negligencia médica. Los abogados y procuradores tenemos más inseguridad con el tema de los plazos, porque es obligatoria la presentación de escritos por vía telemática y esta vía telemática deja de funcionar a determinadas horas casi cada día. Ante todo esto, he querido conocer quién es el responsable de todos estos perjuicios que se están causando a los ciudadanos.
La gestión telemática de la justicia empezó a desarrollarse en el año 2010. Inicialmente lo desarrollaban IECISA (Informática El Corte Inglés, SA) y SIA (Sistemas Informáticos Abiertos). La primera empresa, por cierto, fue inhabilitada para contratar en el sector público durante tres años por cesión ilegal de trabajadores y vulneración de sus derechos en 2016.
En marzo del 2011 ya comenzaron los primeros “problemillas”. El sistema Lexnet debido al uso de componentes Active X y, por tanto, a su dependencia del navegador y sistema operativo de Microsoft, no cumplía con lo establecido en los artículos 5 y 6 del anexo IV del Real Decreto 84/2007. ¡Huy, qué descuido! Descuido o interés. Recomiendo leer el artículo del abogado José Muelas “El Ministerio de Justicia y el software propietario”, para conocer un tema de fondo muy preocupante: el Ministerio se está gastando una millonada en software propietario (Microsoft) en lugar de usar software libre, a pesar de que el libre es más seguro y tiene las mismas prestaciones que el propietario.
En junio del mismo año el TSJ de la Comunidad Valenciana informa en un comunicado que los problemas en el sistema informático de los juzgados de Primera Instancia y los Mercantiles se han generado por disfunciones en la implantación de la nueva versión del programa Lexnet y su coordinación con el programa Cicerone. El mismo fallo fue denunciado en Alicante por fuentes judiciales. Un funcionario aseguró que ese problema llevaba en activo al menos quince días.
En junio de 2012, a pesar de los fallos iniciales en la implantación del sistema, la empresa Avalon consigue otro contrato para la mejora de Lexnet por valor de 150.000 euros. De hecho no se presentó ninguna otra empresa a la licitación de ese contrato. Parecía que las cosas iban a mejorar. Sin embargo, era sólo un espejismo. A principios del 2014, Los procuradores se rebelan contra los fallos del sistema Lexnet. ¡Huy otro descuido!, resultaba que el portal “Adriano” no generaba acuse de recibo de los escritos presentados. Por si esto fuera poco, en noviembre del 2015, la empresa Avalon consigue otro contrato para la “mejora” de Lexnet.
Y llegó el 1 de Enero de 2016, fecha en que terminaba la moratoria, entraba en vigor la directiva por la cual todos las nuevas notificaciones deben ser digitales y se terminaba con la presentación de escritos en papel. Todo ello, sin haber resuelto los problemas del sistema. A los ocho días el presidente del Colegio de Abogados de Córdoba, José Luis Garrido, declaró que el problema radica en que se trata de un sistema que no funciona y que “al prohibir la presentación de documentos por la vía convencional en papel resulta que es como si nos cerraran los juzgados, lo cual es una barbaridad. Se dan situaciones tan curiosas como que la presentación de una demanda por vía telemática tarde 24 horas en cargarse".
Y a día de hoy continúan los problemas. Han transcurrido diecisiete años, se han invertido millones de euros y tenemos una situación caótica. ¿Quién o quiénes deben responder por esta situación? Han participado varios organismos privados y públicos en la historia de Lexnet. IECISA como desarrollador, Indra Sistemas o Software Labs en la coordinación de la implantación del producto en varias ciudades así como en algunos aspectos de desarrollo, Avalon como desarrollador de la implementación analítica de notificaciones y documentos adjuntos, Satec que ha participado en todas las fases (análisis, diseño software y hardware, construcción, implantación y aceptación), Novasoft y Semicro como soporte técnico y, desde el ámbito público, la Subdirección General de Nuevas Tecnologías de la Justicia y los Ministros de Justicia correspondientes.
A día de hoy, nadie ha pedido disculpas ni ha asumido sus responsabilidades ¡Qué injusticia!

References: artículo 1
 Real Decreto 
 artículo 23
 Real Decreto 
 real decreto 
 resolución 
 Real Decreto