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Timestamp: 2019-07-24 05:36:01+00:00

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Ricardo Díaz Alarcón
La creación de un Consejo Nacional de Bienestar Animal plantea la discusión sobre la mejor forma de proteger a los “animales de producción”: ¿regular o abolir el maltrato?
Ricardo Díaz Alarcón*
El pasado 16 de mayo, el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural expidió la Resolución 153 de 2019, mediante la cual creó el Consejo Nacional de Bienestar Animal y el Comité Técnico de Bienestar Animal.
Aunque en 2017 el Decreto 2113 había ordenado al Ministerio de Agricultura crear ambos órganos en un plazo no mayor de seis meses, la norma fue cumplida dos años después. Aunque tardía, la resolución tiene un objetivo necesario: adoptar las recomendaciones sobre bienestar animal de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) en el trato que se les da a los llamados “animales de producción”, es decir, aquellos de los cuales extraemos “productos” para consumo humano.
De acuerdo con el artículo 5 de la Resolución 153, el Consejo Nacional de Bienestar Animal deberá proponer políticas, planes y estrategias para llevar a la práctica las recomendaciones de la OIE. Por su parte, el Comité Técnico de Bienestar Animal deberá hacer recomendaciones sobre proyectos de investigación y normas relacionadas con el bienestar animal.
Tanto el Consejo como el Comité estarán integrados por representantes del Gobierno Nacional, profesionales de medicina veterinaria, y los gremios. Por eso, aunque este parezca un nuevo escenario para el bienestar de los animales, hay razones para dudar de que en verdad sea así:
Porque la resolución dejó por fuera a las organizaciones civiles que abogan por la protección de los animales;
Porque el ministro de Agricultura, Andrés Valencia Pinzón, fue presidente de la Federación Nacional de Avicultores de Colombia (FENAVI), lo que sin duda inclina la balanza a favor de los gremios –que tradicionalmente y por diferentes motivos se han resistido a las reformas más significativas para el bienestar de los animales–.
Con todo, la creación de estos dos organismos revive una discusión frecuente en la materia: ¿basta con regular la explotación de los animales para hacerla “humanitaria” o es necesario abolir el uso de los animales? O en otros términos, ¿basta con garantizar jaulas más grandes o más bien deberíamos buscar jaulas vacías?
Puede leer: Los animales tienen derechos: ¿cuáles animales? ¿cuáles derechos?
La protección legal de los animales
Aunque la Constitución colombiana no menciona el bienestar animal, desde 2010 la Corte Constitucional ha reconocido a los animales como “seres sintientes”, y ha dicho que existe un deber constitucional de protección que se deriva, entre otras cosas de:
¿Basta con regular la explotación de los animales para hacerla “humanitaria” o es necesario abolir el uso de los animales?
Las disposiciones que protegen medio ambiente;
La función social y ecológica de la propiedad;
El principio de solidaridad, y
La dignidad humana como fundamento de la relación humano-animal.
Aunque el debate sobre los derechos de los animales apenas comienza (el Consejo de Estado y la Corte Suprema de Justicia han otorgado derechos a los animales en dos fallos que después han sido revocados), en la práctica son cada vez más las decisiones que eliminan escenarios de explotación animal:
Los decretos 1666 de 2010 y 178 de 2012 autorizaron la sustitución de vehículos de tracción animal por vehículos automotores;
La Ley 1638 de 2013 prohibió el uso de animales silvestres en circos;
En sentencia C-045 de 2019 la Corte declaró inconstitucionales las normas que autorizaban la caza deportiva.
A merced de la producción
Sin embargo, este discurso que reconoce la necesidad de proteger los intereses de los animales y de abolir los escenarios más crueles e injustificados de su explotación no ha llegado a los llamados “animales de producción”.
De hecho, la resolución que crea el Consejo Nacional de Bienestar Animal establece en sus consideraciones que Colombia debe acoger las medidas de bienestar de la OIE “en el marco del sistema de medidas sanitarias y fitosanitarias, y su efecto sobre la inocuidad alimentaria nacional, así como para cumplir requisitos de admisibilidad sanitaria hacia mercados internacionales que lo exijan”.
Ministro de Agricultura, Andrés Valencia, anterior gerente de FENAVI.
Foto: Agronet Min Agricultura
En ese discurso, el bienestar de los animales queda supeditado a la productividad y, por lo tanto, se vuelve un criterio que “puede esperar”. Por eso, en la práctica los llamados “animales de producción” son los más violentamente explotados:
Las gallinas que son explotadas por sus huevos pasan sus vidas en jaulas en batería: espacios tan pequeños como una hoja de papel, donde las aves no pueden abrir sus alas ni caminar.
Lo mismo sucede con las cerdas “reproductoras”, que son confinadas durante toda su vida en jaulas de gestación que les impiden moverse y expresar sus comportamientos naturales.
Las vacas son inseminadas artificialmente para que produzcan leche, y son separadas de sus crías antes del destete natural para evitar que el ternero se tome la leche que se destinará a los humanos. Esto produce tanto sufrimiento como el que podría producir la separación de una madre humana y su hijo.
Además, Colombia es uno de los pocos países latinoamericanos que exporta animales vivos para consumo. En barcos dirigidos hacia Medio Oriente, estas vacas y toros deben soportar semanas en medio de un calor que los hierve vivos, sin ningún tipo de tratamiento veterinario y en medio de sus propias heces, donde a menudo mueren. Posteriormente, sus cadáveres son desechados en el mar.
Lea en Razón Pública: Exportación de ganado vivo.
¿Abolición o regulación del maltrato?
Entonces, ¿cuál es la mejor forma de proteger a los animales contra el maltrato y el sufrimiento? A esta pregunta, los teóricos y activistas de la protección animal han planteado dos respuestas:
1. La aproximación abolicionista
El principal abanderado de esta posición ha sido Gary Francione, quien considera que es éticamente necesario y posible abolir todas las formas de explotación animal, incluidas la explotación para consumo, vestimenta, entretenimiento y experimentación, entre otras.
De acuerdo con Francione, todos los seres sintientes tienen el mismo valor moral que los humanos: aunque existen diferencias entre humanos y animales, así como entre los humanos mismos, ambos tenemos interés en no sufrir y en preservar nuestras vidas.
Por lo tanto, usar a un animal como si fuera un recurso es tan reprochable como usar a un humano como un simple medio; más aún si el argumento para usar a los animales es que son “cognitivamente inferiores”.
En verdad, si fuera moralmente aceptable usar a los “cognitivamente inferiores”, ¿no podríamos vestirnos con la piel de un recién nacido, o experimentar con una persona con discapacidad mental? Por supuesto, la respuesta es negativa.
En la práctica los llamados “animales de producción” son los más violentamente explotados.
Por eso, Francione sostiene que los animales deberían ser considerados personas ante la ley y sujetos de derechos, comenzando por el derecho más básico de todos: el de no ser tratados como propiedad.
Si los animales tienen derecho a no ser tratados como propiedad, todo uso de los animales es éticamente reprochable, independientemente de si los usamos de forma “humanitaria” o no. Según Francione, no deberíamos pedir que los animales sean explotados de forma “más humanitaria”, así como tampoco pedimos que las mujeres sean violadas de forma “más humanitaria”.
Por eso, para Francione, la única forma de proteger a los animales y abolir su explotación es que las personas se hagan veganas y que, por medio de una educación creativa y no violenta, promuevan una transición masiva hacia el veganismo.
2. El bienestarismo
La segunda respuesta considera, en cambio, que lo reprochable no es el uso, sino el trato que les damos a los animales.
La mayoría de los autores que podrían llamarse bienestaristas considera que es moralmente aceptable usar y explotar a un animal para provecho humano, siempre que no se le inflija un “sufrimiento innecesario”.
Autores como Robert Garner o Peter Singer sostienen que para un animal, la vida no tiene el mismo valor que para nosotros, pues aquél es incapaz de trazarse un proyecto de vida, o de aprehender lo que significa vivir. Por lo tanto, siempre que se garantice el bienestar de los animales, es legítimo tomar su vida para provecho humano.
En todo caso, quienes asumen esta posición consideran necesario adoptar medidas para proteger a los animales del sufrimiento y garantizar sus intereses, lo que incluye asegurar un tratamiento adecuado, espacio suficiente, la posibilidad de manifestar los comportamientos naturales de cada especie y respetar sus relaciones filiales.
Otros autores, llamados “nuevos bienestaristas” por algunos, creen que debemos buscar la abolición de la explotación animal, pero que la regulación y el bienestar son un paso necesario para acercarnos a esa meta.
Puede leer: Zoociedad: maltrato animal, el derecho, el deber y el compromiso.
Aunque en principio pueda parecer que la posición bienestarista es “más práctica” y realista, existen varios obstáculos para que las políticas de bienestar tengan éxito:
¿Debería abolirse el uso de los animales para consumo humano?
Dependen de lo que se considere “sufrimiento innecesario”, que es un criterio bastante relativo. Además, esa “necesidad” podría depender de criterios económicos o productivos, que dejen de lado los intereses de los animales.
En un contexto como el colombiano, algunos pueden oponerse a las políticas de bienestar con el argumento de que “son costosas” o difíciles de aplicar, sin ninguna evidencia de que en verdad sea así.
En Colombia no existe un marco jurídico para el bienestar de los “animales de producción”, ni instituciones sólidas o independientes capaces de liderar y vigilar el cumplimiento de las normas en cuestión.
Por último, adoptar políticas de bienestar animal puede hacer sentir más “cómodos” a los consumidores, lo cual paradójicamente puede hacer más lenta y difícil la eliminación de ciertos escenarios de explotación animal.
Por todo lo anterior, los consumidores deberían informarse sobre las condiciones en las que viven los animales explotados en Colombia, consumir de forma ética y exigir que se eliminen las formas más crueles de explotación.
Para adoptar decisiones significativas y coherentes con el mandato constitucional de protección animal, el Consejo Nacional y el Comité Técnico de bienestar animal deben identificar y eliminar los escenarios más violentos de la explotación de los “animales de producción”, como las jaulas o la exportación de animales vivos. Sólo así es posible tener jaulas vacías, incluso antes de abolir todas las formas de explotación animal.
* Literato y estudiante de Derecho de la Universidad de los Andes, editor de Razón Pública. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Tags: bienestar animal,	Consejo Nacional de Bienestar Animal,	animales de producción,	abolición,	Ricardo Díaz Alarcón
0 # Gracias — Luisa 01-07-2019 11:20
Excelente y directo artículo sobre los "paños de agua tibia" que representan estos decretos, porque si bien significan un avance en el respeto por TODOS los animales, con un líder como Andrés Valencia el panorama es oscuro, por no decir imposible.

References: Resolución 
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 artículo 5
 Resolución 
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