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Timestamp: 2017-10-21 10:22:20+00:00

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Diario Pampero Archivos: “SERÁS LO QUE DEBAS SER”
“SERÁS LO QUE DEBAS SER”
El era español, él no era argentino, no era criollo. Sólo su decisión de avanzar en un escalafón militar ajeno a su juramento era argentino.
Sabía San Martín que nadie alteraba el reloj de la Identidad.
Editorial del Nuevo Amanecer
Buenos Aires. Mayo 2012
SUMARIO: Varón de los ejércitos, vívido Averroes de su propia Identidad, buscó el amparo de la teoría de la “doble verdad” para justificarse por un lado español por la razón, al tiempo que por otro argentino por la fe. No pudiendo ser otra cosa que español ya que sus padres y el árbol de antepasados de su genealogía lo eran, ¿podía ser argentino sólo porque el carro en tránsito del destino de su familia se detuviese para que viese la luz en Yapeyú?
José Francisco de San Martín y Matorras, que de él hablamos, enganchó en algún momento el oportunismo de su teoría de las dos verdades a la idea de reimpulsar su carrera militar. ¿Podría de ese modo sustraerla de un destino de soldado del montón del Rey que veía venírsele encima, a pesar de haber sido distinguido, oportunamente, en los combates de Arjonilla y de Bailén? Lo intentaría.
¿Podía ser un hombre el hijo de dos madres, servir a dos banderas, y honrar a dos lealtades contrapuestas? Fuera de esto la rareza que fuese, San Martín puso la mira en ello. Quiso creer que eso era posible.
Accedido a Coronel, José Francisco de San Martín, soldado español, viajó a América para hacerla, dándole vida al personaje. Y aquí realizó más de lo pensado, llegando a héroe de los argentinos.
Al momento de pegar la vuelta de estos pagos hacia Europa, y arropando el relumbrón de una destacada actuación militar como redentor sudamericano e impedido de pisar España a causa de su deslealtad, se radica en Bélgica donde escribe su máxima “Serás lo que debas ser o no serás nada.”, en 1825
Esta sentencia pareció precipitar en él algunas intuiciones que imaginó lo estuvieran aguardando tiempo ha. En la ocasión aprende, súbito, lo que él mismo se va enseñando. Entre otras cosas, que en cuestiones de orden moral y a pesar de las buenas intenciones que nos quepan, no hay Averroes que valga. Que allí dos más dos, son cuatro.
Nunca un día es un día más.
Tampoco lo será ese 3 de Febrero de 1825, doce aniversario del Combate de San Lorenzo, para José Francisco de San Martín y Matorras, fecha bisagra a sangre y fuego de su lealtad hacia sus camaradas españoles de siempre en dirección de los cuales vuelve su sable, fecha en que decide nazca el personaje imaginado por él en España.
Frágil lealtad la suya, que enterrarán al galope los caballos del Regimiento de Granaderos ese 3 del Febrero.
Los argentinos juzgarían ese día como el de un significativo y auspicioso triunfo de sus armas, en tanto que los españoles habrían de aceptarlo como un luto inesperado, cosido al recuerdo de sus cuarenta muertos en combate.
Después de dar vueltas en el aire la moneda de la derrota española, y ya sobre la palma de la mano de los hechos consumados, mostró en su faz visible la imagen de aquel hombre, el creador del Regimiento de Granaderos a Caballo de La Argentina.
¿En qué independencia pensaba San Martín al marchar con sus hombres desde el Cuartel del Retiro en Buenos Aires hacia el Norte el 28 de Enero de 1813? ¿Pensaba en la independencia de los países sudamericanos o en su propia independencia personal de una vez por todas de los mandos naturales a los que se debía y que decidiera desconocer al viajar a América en 1812?
Mientras cabalgaba hacia su objetivo a fines de Enero de 1813, réprobo a esa altura en su corazón de su rey, no podría ir un paso más allá del umbral de su conciencia que le reclamaba, insistente, su inconducta. No importaba, pensó, si ese era el precio por habitar la piel de un aventurero lo pagaría. La fidelidad no era un estado de ánimo, y él lo sabía y sólo se podía ser aquello para lo que se había nacido de una manera determinada, no de cualquiera.
Si algo caracterizaba a la Identidad era su intangibilidad, más allá de favores o de olvidos que se tuvieran para ella. La Identidad de un hombre, de un pueblo, era inmodificable. Lo que podía hacer el sujeto con la suya era reconocerse en ella.
La Identidad era el destino andando a la par del tiempo. Los sueños, pensó el veterano de Chacabuco y de Maipú, eran el pulso de la propia Identidad que uno podía llevar consigo viviente, palpitante o bien como sus propios restos mortales camino del cementerio.
Y sabía también que hablando en horas nadie podía dar otras que las dictadas por el reloj de la Conciencia.
Siendo todo esto así, Argentina se había valido de San Martín para ser libre. Y San Martín por su parte utilizó la palanca de su lugar de nacimiento que hasta su viaje a América estaba en una vía muerta, para alejarse de España. Cosa que íntimamente nunca lograría.
Pero San Martín no pudo nunca valerse de Argentina para sustraerse del pensamiento que lo obsedía. “Serás lo que debas ser”. Entendiendo por esto que se debía, corresponder en los hechos el mandato tácito que habitaba en el orden de las cosas: Ser leal al propio destino. A la propia Identidad, con la cual no se podía romper juramento alguno contraído.
El Combate de San Lorenzo y cada una de las acciones que había librado al frente de las fuerzas argentinas nunca habían podido alejarlo de su sangre española ni de su espíritu español.
El General terminó de escribir aquello y se detuvo,
Es curioso cómo la gente vive lo que pasa, se dijo.
La mayoría de los mortales parece creer que la vida se cumple, puntualmente, sólo algunos días del año, que la Historia depende sobre todo de las efemérides, de los días en que han ocurrido hechos memorables como aquellos en los que se han librado las batallas, por ejemplo. Tal vez porque alguno de nosotros prepondera en esos días en los cuales se abren flores de su destino, y después se difumina, desaparece y todo se oculta detrás de sí mismo. Cuando la monotonía alcanza a la vida cotidiana a lo largo de los días el común dice que “no pasa nada”. En este caso, el tiempo semeja un eslabonamiento huero.
El regresado de América pensó que en la guerra que libraran los argentinos por su derecho a un destino propio, muchos se asomaron a los hechos pareciendo interesarse en esa suerte, las más de las veces con actitudes generosas y fraternas. Pero a poco, una inercia como de lejanía se imponía a la constancia patriótica.
San Martín pensó que lo que no parecía nunca ser objeto del interés del común es cómo transcurría la existencia en su devenir cotidiano, qué pasaba en sus vidas, qué era de ellos, los guerreros y, en mi caso particular, cómo resuelvo si es que están enterados de ello, o cómo resolví, los constantes entreveros que no pude evitar.
Entreveros librados contra las milicias de las distintas afecciones que han aquejado históricamente a mi salud; úlceras, gastritis, reumatismo, neuralgias de distinto tipo, y hasta temblores en mis manos y jaquecas,
Conste en este punto que llegué a confiar y a creer en la Homeopatía, pero se ve que la Homeopatía no confió ni creyó en mí, ya que a pesar de las gotas y los comprimidos con su método infinito de ingestión todo siguió igual.
En este punto San Martín estuvo cierto en que la aparición del grueso de sus afecciones así como la densidad, lo espeso de las mismas tuvo directa relación con el surgimiento en su mente y posterior puesta en ejecución y práctica del personaje al que imaginara en España y pusiera en escena en América.
La decisión de abrir esa puerta tan delicada e íntima de su existencia, que resolviera trasponer para dar paso a una nueva orientación a su vida fue acompañada por una revulsión intensa de su Ser.
Uno tiene que estar siempre bien, continuó diciéndose, íntegro, dispuesto, más allá de cualquier inconveniente que pudiera limitarlo en su desempeño. Pero desgraciadamente no es así, hay otras cosas.
El supuesto señor de dos identidades pensó con ostensible sosiego y manifiesto desasosiego: Dios me ha permitido, derrotar a enemigos poderosos pero no he logrado todavía poner de rodillas a mis preocupaciones, que las he tenido y las tengo. Sí, y a mis enfermedades.
San Martín, que nunca había estado del todo a gusto con la suerte que el destino adivinaba le tenía reservada, se vio verse haciendo cuentas que, en el mejor de los casos, no aclaraban las cosas.
El vencedor de Chacabuco y de Maipú siguió el hilo de su pensamiento que se desovillaba a su pedido, y con naturalidad.
Preocupaciones que fueron de distinto tipo, y no sólo de carácter militar, continuó el General para sí. Y esta intranquilidad que aún hoy me alcanza por el rumbo que tomará mi vida después que se produzcan determinados acontecimientos de un futuro inmediato. Desasosiego al reconocer que mi vida viaja en algunos afectos no del todo correspondidos, inquietud por la rutina diaria que me impongo alejada ya del condicionamiento militar y tan ganada por la mezquindad política.
Como a todo el mundo, en la consideración forzada de determinados asuntos que imponen su resolución, está la obligación de repasar problemas una y otra vez, y eso se lleva mis buenas energías.
He allí cuestiones que han comprometido en su momento mi funcionamiento estomacal y, totalmente, la función reparadora del sueño. Ahora ya no. Pero ¿en cuántas oportunidades, pensó, el insomnio se ha quedado con recursos de descanso que necesité muchas veces?
Quiso fijar su atención en aquel amanecer en el Convento de San Carlos del que se cumplían años, la decisión tomada de pelear contra los suyos, los nervios sujetos al igual que los caballos a punto de pisar la barranca al cabo de la cual habían comenzado a subir los españoles, momento en el cual se encontraba a punto de pasar de bando su lealtad de soldado.
¿Cuántas veces había considerado si estaba bien o mal tomar ese camino, a pesar de tener su decisión en el bolsillo previa a cualquier simulacro de examen de conciencia?
¿Cuántas veces imaginó a los españoles bajándole indignados el pulgar por aquella deslealtad, quizás tantas como imaginó a los argentinos cubriéndolo de Gloria?
Una cosa era cierta: Las veces, y eran tantas, que había vuelto sobre el asunto no confirmaban ningún acierto suyo sino que acercaban pruebas que su Conciencia gozaba de buena salud. Ni reuma ni neuralgias en ella.
El 3 de Febrero de 1813 el personaje de redentor sudamericano que San Martín había reservado para sí mismo, salía a escena.
Y la apelación constante a Dios, a un poder superior, expresada públicamente al poner bajo la advocación de la Virgen a sus ejércitos, antes que significar un amparo de marchar por el buen camino se le hacía que era la forma que el Señor lo auspiciara aún cuando se equivocaba.
San Martín buscó el mate que tenía junto a la pava hirviente en una pequeña mesa al lado de su escritorio y cebó el primero. Cosa de argentinos el mate, se dijo, al que se había apegado.
Pensó: Cuántas veces ha ido mi caballo y yo sobre él tratando de resolver cuestiones tantas veces lejanas del lugar donde nos hallábamos. Mi mente repasando asuntos que recorriera una y otra vez y que trataba de desentrañar, buscando los pasos angostos a recorrer que los dilemas ocultaban, haciendo el esfuerzo por escuchar palabras que mi boca me debía.
¿Había hecho bien al tomar aquella decisión? ¿había planteado el problema como correspondía? ¿La misma marcha de los acontecimientos los resolvería en parte, o pensar en ello era un disparate? ¿Es sólo la envidia de los otros lo que los pone hoy frente a mí, o es mi conducta la que dispara sin necesidad tantos enojos?
Ese era un asunto complejo. Los españoles sabían muy bien qué había hecho él con la lealtad que les debía. Pero los argentinos, muchos argentinos, favorecidos con sus acciones, dudaban. ¿Porqué había hecho lo que había hecho? ¿Por ganar unas cuantas monedas de oro? Y si no era eso ¿qué necesidad tuvo de abandonar a España y guerrear en su contra?
San Martín sorbió el mate y pensó que había algo que seguramente podían pensar los argentinos, y que no tenía forma de revocarlo: Así como un día le dio la espalda a España, bien podía dársela a Argentina.
Como siempre, las preocupaciones se terminan comiendo mis energías, pensó, energías que después cuesta reponer. Uno siempre pone el pecho a las dificultades, pero también en esto debe haber una técnica adecuada que no siempre dominamos. Por lo menos a mí se me escapa. También hace falta destreza y dominio de una técnica para navegar contra la corriente.
Es cierto que no he perseguido a lo loco la resolución de los problemas que, sin ser todos dramáticos, piden una salida. A veces he tratado de dejarlos flotar esperando que perdiesen algo de su peso. Pero las situaciones no son todas iguales y las respuestas, por momentos, urgen.
De resulta de todo esto, he allí mi prolongada excitación nerviosa, que sufro y que ha ido por delante y por detrás de las acciones de guerra propiamente dichas que he protagonizado. A veces he pensado que intentar prevalecer sobre la adversidad a lo bestia, correte que te mato, sólo a fuerza de una voluntad que gracias a Dios no me ha faltado ni me falta, no es lo más conveniente.
Algo hermana a los opuestos, y así como a la tentación, al deseo, no se lo neutraliza compulsivamente, a lo indeseado, a las preocupaciones, tampoco.
San Martín pensó en sus úlceras que, Dios santo, eran heridas que nadie tenía en cuenta ni veía y en las cuales los problemas una y otra vez dejaban caer su sal. Hizo una pausa y miró de costado para ver si estaba allí nuevamente el temblor de su mano derecha. No, eso parecía en buena hora haber pasado. Sin embargo, en otros tiempos…
¿Quién, a más de él, sabía de las incontables veces que su alma había hablado de hombre a hombre con su mano derecha recordándole el compromiso con su sable, su dominio esperado, la esgrima histórica del mismo, la fuerza del golpe recibiendo órdenes precisas de cómo debía descargarse, el pasaje sucesivo y veloz del sable cortando el aire y otros elementos más densos, al tiempo que le ordenaba a esa diestra calmar la tos seca de su temblor?
El guerrero pensó en el insomnio que despertaba tan seguido su sueño. Su oficio militar no era una sencillez. Así, pasó de considerar el temblor de su mano a la calma de su pulso, Imaginó sus tripas heridas, esas úlceras que alteraban el peso muerto de su necesaria tranquilidad, llegando a desconcertar su estabilidad nerviosa.
Seguramente a nadie le resultaría sin cargo darle un curso a su vida, para ser el que fuese. Ahora bien, creía que pocos imaginaban que para él ser San Martín estaba muy lejos de serle gratis, de caerle todo bien, de dejarlo en paz. No sólo por lo que los demás esperaban de él como se lo hacían saber de distintas maneras sino por lo que él mismo esperaba de su persona. Y lo que había tenido que dejar de esperar para siempre.
Uno podía decirse, consideró, se daba un camino de vida y todo se encaminaba tras él, pero no era así. Había desvíos de la atención, fracturas de los intereses, retardos en la constancia que por momentos volvía engorrosa la marcha de la propia vida.
Hacía años que arrastraba la sensación de tener que pagar más de lo debido al retirarse de la ventanilla de recaudación del Impuesto al Ser. ¿Había tratado de dar el paso más abierto que lo que el paso daba?
Sorbió reflexivo y matinal su mate lentamente, le pareció sorber mecánico la vida. Creía que en un momento dado y sin demasiados atenuantes él había forzado a su deber ser más allá de lo debido,.sí, esto era algo que se le imponía con el correr del tiempo con mayor nitidez.
También podía ser que hubiese colocado la varilla de su Identidad demasiado alta, llevándola a un punto que nadie podía pasar por sobre ella sin voltearla.
De alguna manera y en un momento dado había obligado a su decisión de vida a seguirlo sin chistar, le gustase o no, le había impuesto acompañarlo fuere donde fuese.
Esa decisión temeraria e insolente por donde se la mirase, esa resolución sin marcha atrás de cambiar de bandera, debía seguirlo.
Volvían los planteos a su mente casi como obsesión de algo que no encontraba la salida, volvía la pregunta reiterada: ¿Podía hacer otra cosa que tomar el camino que tomé siendo el que soy?
San Martín, que ya era San Martín, que decididamente había querido serlo, acompañó con su mirada la pluma que todavía sostenía en su mano, colocándola cuidadoso en el tintero. Nada lo distraía de las distintas e importantes cuestiones que lo ocupaban. Deslizó su atención hacia la mesa, buscando el papel que había dejado para releerlo, había algo en ese manuscrito aún fresco de tinta que reclamaba, todavía, cortesías de su mirada. Volvió hasta él para repasarlo, y se le hizo que al levantar el texto con sus ojos algo pasaba.
Tuvo la sensación que al asir aquella hoja sin que nadie lo observase se alineaban en el Patio de Armas de su Conciencia varios años de su vida, se alineaban momentos, hechos, lugares, personas y recuerdos que parecían ahora ordenarse naturalmente para acompañarlo mejor en sus análisis.
Podía pensar que en su aforismo se encontraba su suerte. No en el sentido que pudiera dársele a esta idea dando a entender que lo que ocurriera dependía de él. En sus manos la caligrafía daba cuenta de lo que su suerte había sido. Cómo la había vivido él. De qué cara habían caído los dados.
No era simplemente leer lo ya leído, comprobaba que su relectura le terminaba abriendo puertas dentro del que era, le franqueaba pasos de intelección, pasajes de su interioridad que habían estado seguramente siempre allí ubicuas e ignoradas, aberturas tras la cuales asomaban informaciones, datos, lo veía ahora, al alcance de su mano.
Tenía que aceptar la evidencia que lo obvio traía consigo sus vueltas, sus pliegues y sus profundidades que advertía.También se había propuesto alguna vez volver a considerar cuestiones que terminaron cayendo en el olvido.
En definitiva, se sorprendió, porque habiendo sido él quien pensara aquel concepto lo sentía casi ajeno en su epifanía. Había metido su mano en el cajón de las intuiciones mecánicamente, sacando ésta. Le pareció que hasta ese momento no sabía que sabía algo así.
Puedo decir que mi vida más allá de la Literatura que pueda haber generado o de los partes de guerra, abundante documentación con la que trabajarán los historiadores, ha sido siempre encaminarse al cumplimiento de su ser debido aunque, claro está, a mi manera.
No está mal, pensó.
Esa idea “Serás lo que debas ser, o no serás nada” que acababa de agarrar al vuelo y registrarla le había caído bien de entrada, porque lo saciaba tanto en la justeza conceptual que le atribuía, que consideró vasta, como en la belleza de su forma. ¿Exageraba al ver en esa idea algún rastro de sabiduría?
Y como viendo la cola de un pájaro al pasar, la cola de su aforismo, pudo advertir que el “Serás…” era el fin de toda la historia en la culminación de su recorrido, como si se tratase de la aparición de las generales de la ley que le cabían: El había hecho a un lado su lealtad de soldado. Era cierto, a partir de ese momento había obtenido una gloria enorme. Así y todo él debía ser (lo recordaba su aforismo) el que debía ser, leal.
San Martín veía que su aforismo después de levantar vuelo y de conmover a propios y extraños, pasaba frente a él. Como en un vuelo de reconocimiento, recordándole su deslealtad.
Era posible que el tiempo, que tantas veces le faltaba, le hubiese permitido ahora que lo tenía analizar sin urgencias algunas cosas. Y entre tantos temas tironeados por las circunstancias, debidos en su resolución más que al apuro de la reflexión a la urgencia de las mismas, se hallaba ese breve floreo proverbial que, lejos de ser nuevo en su contenido, lo acompañaba desde hacía tantísimo tiempo.
Era cierto que nunca lo había anunciado de esa forma, taxativamente, ni puesto por escrito. Pero ahora, desangrado todo apuro, detenía su vista en aquella recova de su conciencia y daba con el floreo. Vieja recova. Bello floreo.
Seguramente que en ese mismo momento, en el que pensaba esto, habría un sin fin de ideas en su entendimiento como aletargadas, más cerca de un estado vegetal que animal, que podrían estar aguardando, a su manera, el momento preciso para ser escuchadas. ¿Tendrían su oportunidad? El ex soldado del Rey sorbió el mate.
Sí, se dijo el español por la razón y argentino por la fe José Francisco de San Martín, una cosa es saber, y una muy distinta es saber que se sabe. Y tocando suavemente, lo necesario, al caballo de su deducción éste echó a andar.
Vaya si una cosa era saber y otra, bien diferente, saber que se sabía.
En este último caso soplan sobre la conciencia muy fuertes vientos de convicción que pueden determinar ciertas acciones. Vientos que ayudan a mover las piernas para comenzar a andar.
Saber, siguió diciéndose el Gran Capitán, como le llamaban algunos en Sudamérica, es como sostener la idea que hay caballos en la inmensidad de la Pampa. En cambio, saber que se sabe es contar desde ya con que al chiflar a mi caballo que está en el potrero, vendrá corriendo hasta mí.
Pensó en el ejemplo que le daba el Ejército de los Andes. Esa epopeya que había comenzado al ser pensada por él, tanto tiempo antes del día que utilizara los pasos cordilleranos de Uspallata y Los Patos.
Paseó lentamente de tiro a su pensamiento y se dijo: Saber hubiese sido confiarme en aquella oportunidad a mí mismo “si consigo los hombres y los recursos, tengo que poder cruzar los Andes.” Había un desafío, en eso, un desafío más, yo me encontraría de vuelta de la sorpresa y me dispondría a ejecutar la idea que concibiera al respecto.
Era moverme en otro terreno. Teniendo resuelto el paso de los Andes mentalmente, habiéndolo cruzado en ideas de distintas formas no retenía ni distraía ninguna energía interna en resolver incógnitas al paso. Todo mi ser se volcaba a la resolución victoriosa del proyecto como impulsando su éxito antes de repensar el tema.
Saber que se sabe algo, pensó, es como abrir en abanico un mazo de cartas de una situación y tomar el naipe que se prefiera y jugarlo como se debe.
Saber es mirar esa calle por primera vez, irla descubriendo.
Saber que se saber es anticipar, vivir ya el placer que produce recorrer esa veredas, anticipar el placer de la vista de los árboles que volvemos a ver y escuchar el rumor de la belleza de ese barrio.
Hay diferencia entre una cosa y otra.
Yo sabía que terminaría pudiendo con los Andes, se dijo San Martín. No tenía pruebas de ello pero lo sabía. Y así fue. Saberlo por anticipado me brindó otras posibilidades.
San Martín se encontraba a gusto con sus pensamientos, a los que nunca había detenido pidiéndoles documentos, solicitando se identificasen, aunque se había tomado el trabajo a lo largo de su vida de averiguar en qué andaba cada uno. No descubría nada al reconocerles una importancia palpitante, una importancia latente sin entrar a valorar a cada uno por separado, se le hacía que era como la respiración de su espíritu De una significación vital, aunque no se hubiese detenido a pensar que pudiera respirar de otra manera de lo que lo había hecho siempre. Tal vez más pausado, más largo, pero respirar al fin.
El Oficial de dos lealtades caía en la cuenta que así como en distintas batallas que lo tuviesen al frente de sus tropas había levantado su mano guiada por su Índice señalando el lugar de la próxima carga, el Índice aforístico de su caligrafía mostraba el sendero a seguir en la vida.
Todo aforismo era una sentencia cuyo significado cumplía, pero el significado de aquel “Serás lo que debas ser…” era para San Martín como los ojos del imperativo, ese imperativo que viajaba en los seres, marcándolos, desde que tenía memoria.
En la serenidad de su estar, llegada un poco retrasada a su existencia, su comprensión se replegó detrás de su frente, al parecer del mismo modo que se apretaran los granaderos según escribiera el poeta casi un siglo después en la “Marcha de San Lorenzo” los instantes previos al combate. Allí señalaba el bardo que “sordos ruidos” se dejaban oír de “corceles y de aceros,” detrás de los paredones del Convento de San Carlos previos a la lucha, divisorias que vendrían a ser ahora las paredes de su frente, detrás de las cuales continuaban dándole vueltas estos asuntos
Pensó que la reciente originalidad de su máxima tenía que ver no sólo con la elección de un camino en la vida, cuya virtualidad pendía como una obligación sobre los hombres sensatos, sino con la vida de todo camino que pudiera elegirse. Que no había vida posible sin deber que la infundiera, sin que ésta se desplazase hacia lo debido a menos que se entregase en brazos del caos.
San Martín acababa de escribir: “Serás lo que debas ser o no serás nada.”
Ese soy yo, pensó divagando por el delta del sorbo de su mate. Se le hacía que un aforismo era como un pasaje de las Escrituras que uno abría al azar, aunque en modo alguno se considerara un profeta. Todo refrán expresaba Verdad, y ésta correspondía a una encrucijada de lugar y tiempo.
Pensando en esta máxima se me hace que ha existido antes, desde mucho antes que yo la concibiese. Me parece, por ahí, las recomendaciones que me daba mi madre al despedirme al marchar a la escuela.
Siempre he sentido una gratitud por la sabiduría sintética y ágil de estas proposiciones. Si fuese ello posible, me gustaría volver una vez más de la escuela y decirle “gracias, madre, todo lo que me dijiste era cierto.”
Efectivamente, San Martín ya vivía su aforismo repetido mentalmente, como a un familiar directo que cualquiera puede tener, que fuera a saber uno dónde había estado hasta entonces, ausente tanto tiempo, y que ahora se encontraba allí sentado a la mesa del trato coloquial, y al cariño tanto gnoseológico como genealógico.
Había dicho “Serás”, porque desde que tenía memoria llevaba inscripta en la piel de su razón la obligación de las cosas de alcanzar su destino. Nada boyaba en el infinito sin un Ser, sin una identidad, y sin un deber ser al que se debía como ente.
Había sabido desde el vamos que el Orden natural no deliberaba, que iba cumpliéndose con una meticulosidad que oreaba todas las mañanas. Y en ese Orden, él lo sabía, no se trataba de acceder a cualquier destino sino al destino providencial que a los entes le cabía.
Como mirando a los ojos a esa idea, a esa mujer reencontrada a la que sometía a una vertiginosa sesión de reconocimiento, halló en ella una mirada que podía definirse como de “todo no es lo mismo” . Los ojos de esa idea, los ojos de esa madre se lo decían. Al tiempo que advertía que tampoco todo era para todos.
Cada cosa, en definitiva, debía encontrarse con la que era, pensó. Tendría que hacer su camino, caminando su hacer. Fuera lo que fuese.
San Martín entendía que ese “Serás” debía considerarse siempre como un vuelo, como algo que había despegado de la inercia desde la situación en el mundo de algo que ya existía. Veía que ese “Serás…”, haciendo su camino por separado, esperaba a ese algo que existía en su mismo punto de encuentro: su destino.
Si se tomaba por caso a un hombre, éste llegaba a convertirse en esa cualidad que no era otra que su propia realización. Cualidad ésta fuese la del sabio, la del santo, la del héroe o la de un simple hombre vulgar que debía alcanzar a lo largo del tiempo. Todo costaba, a todos les costaba, se dijo. Incluso a aquel, el más abandonado y ordinario de la vida que debía arrastrar a cada paso la pesadez sin horizonte del propio desamparo que prohijara.
Esa mañana José Francisco tenía la sensación de saber, de ir sabiendo cosas interesantes, pero no de saber de ahora para siempre. Como si esa hermosa joya que había labrado por escrito en un instante fuera susceptible de ir siendo conocida más y más según la voluntad y constancia que tuviese quien se decidiera a impulsara mentalmente. Él, en primer lugar.
Ahora, el caballo de la mente de San Martín iba al descansado paso de lo fácil, más cerca de soltar un saludo que de articular una ayuda, como volviendo a las casas de las que saliera hacía tiempo llevando no sólo a su jinete, llevando todo tipo de avíos para su espíritu, que oportunamente éste le pidiera.
El observador observado que era había dicho “Serás lo que debas ser” utilizando el “serás” como atributo final a conseguir, llegado el caso, de la existencia que precedía en la base y hacía posible ese futuro.
¿Dónde se hallaba el banco genético natural, el reservorio vital desde el que crecía todo “deber”, todo “serás” de los propios sueños? se preguntó el residente en Bélgica. Y sucedió a su pregunta pensando que: corresponder los sueños era iniciar la marcha por el cumplimiento del “serás”.
Y respondiéndose a la pregunta por el origen del Deber supo que el Deber era inseparable del Ser. Que no había Ser sin Deber. Y que lo debido del Ser era su destino.
El hombre podía proponerse ser fiel a sus sueños a lo largo de su vida, pensó. Que no todos los hombres eran capaces de esa fidelidad. En el caso que esta se diese, primero debía ir por sus sueños. Esto era con lo que debía arrancar su camino. Ubicar sus sueños, tarea que no siempre era una sencillez y, mucho menos, en quienes no eran dados a mirar dentro de sí mismos. ¿Por qué ir por los sueños? Porque los sueños son el destino del Ser.
En otras palabras: El Deber, de lo que fuera, era cumplir los sueños de ese Ser que era.
Los sueños de un hombre podían hallarse en lugares impensados, próximos o lejanos para su reconocimiento en los vastos territorios de la conciencia personal. Pero siempre estaban.
No siempre llegaba a darse con ellos en un momento interesante de la adolescencia, o en alguna sorpresa de la infancia, o al salir a la calle buscando un poco de aire fresco después de experimentar una desgracia.
Por lo general la gente no sabía, pero en oportunidades los sueños debían ser rescatados, debían ser objeto también ellos de liberación. Por variadas razones que incluía la negligencia, la cobardía, la timidez o una determinada confianza en sí mismos mal entendida, los sueños del hombre podían haber caído en cautividad, yendo a parar a oscuros sótanos de la conciencia personal.
De ser así, el hombre debía ponerlos en libertad como ocurría tantas veces, liberándolos de la indolencia o de la vulgaridad. Pero eso estaba lejos de ser todo lo que debía hacer el hombre por sus sueños. Reunido con ellos en el momento de su vida que fuese, correspondía que los pusiese en condiciones. El hombre que fuere debía buscar dotar a sus anhelos primeros de un elemental estado físico.
Que los músculos de sus sueños fuesen adquiriendo el tono adecuado, capaz de enfrentar el esfuerzo y de resistir el cansancio. Y casi en el comienzo de la preparación de los mismos, juramentarse fidelidad para marchar juntos a su destino.
A San Martín le constaba que había una necesidad recíproca del hombre con sus sueños: Aquel era la garantía de la realización de éstos.
Pensó San Martín que de un hombre se diría: En su vida le fue fiel a sus sueños, convirtiéndolos en realidad. Allí, el “Serás lo que debas ser” habría encontrado su destino.
El ahora General San Martín divisó a través de la puerta entreabierta de su Entendimiento, tal cual la viese por primera vez años atrás en su fresca adolescencia, a esa hipótesis temeraria e insolente que hiciera suya en cuanto vista, hipótesis que no pudo blanquear ni sus extraordinarios éxitos militares: Que alguien pudiese tener dos madres en la vida, servir a dos banderas en la guerra, ser fiel a dos lealtades en el alma.
Esa fue la cuestión de su vida.
Se dijera que esta disyuntiva fue la que le abrió los ojos a la vida antes que sus ojos viesen. Su sangre, su familia, su espíritu, todo lo que era su Identidad española había dejado que los soles sudamericanos la repasaran, y José Francisco se forzó equívocamente desde entonces a reconocer que su bronceado argentino era más que eso, era un rasgo patrio.
Sabiendo que él era español permaneció siempre asonado a esa ventana ingenua de una Identidad escolar que pretendía definir como natural de un lugar, o miembro del pueblo del mismo, a quien tan sólo hubiese nacido allí, sin importarle qué sangre corría por sus venas y a qué familia pertenecía.
El olvidado de Bailén y de Arjonilla sabía positivamente que así como llenar a una vida de trabajo, por no saber qué hacer, no era darle contenido, del mismo modo el haber visto la luz al momento de nacer en un lugar del mundo, no lo hacía propio de él. Menos, mucho menos, si los padres del nacido no eran de allí.
San Martín sabía bien que eran necesarias por lo menos tres generaciones consecutivas de nacimiento en un lugar para arriesgarse a decir que se era “natural” de él. Que se pertenecía a ese pueblo allí establecido.
En la mañana belga del aniversario del 3 de Febrero de 1813 San Martín entrevió esto y siguió adelante.
Del filósofo árabe Averroes José Francisco había tenido noticias hacía mucho tiempo. Si bien sus lecturas más frecuentes habían sido sobre temas militares, la Filosofía no había estado ausente de sus manos. Aquella Edad Media, Edad Quieta, la presencia de la Iglesia en todos los rincones de Occidente. Y los tres sabios: Tomás de Aquino, Maimónides y Averroes.
De Tomás de Aquino le sorprendía a San Martín esa tardanza de siglos que parecía colgarle a los pasos del monje una lentitud patética, una lentitud histórica. Estaba visto , aún para el menos advertido, que Tomás de Aquino siempre quiso ser Aristóteles. Pero Aristóteles ya había sido.
Del sabio judío Maimónides le asombraba esa capacidad que parecía no tener fin para explicar, lavar y planchar si se quiere, a las Sagradas Escrituras. Dejándolas listas para estar en hoja y ser lucidas en la fiesta de la Teología. Todo eso aparecía en su obra magna “Guía de los Perplejos”.
Y de Averroes, ¿quién lo había puesto en su camino?, le fascinaba la capacidad atlética de su espíritu, la velocidad de éste, su fuerza, su vista de lince, su capacidad para anticiparse a las trampas y su ascenso victorioso a ese coloso montañoso del que llegaba a alcanzar la cima: La Teoría de la doble verdad.
Gracias a Averroes San Martín no estuvo nunca solo en su aventura brava de conciencia.
Porque con Averroes, la cuestión de su vida había encontrado una salida. Sin que esto fuese a valer por más que una resolución formal del asunto.
Y no sólo una salida había encontrado con el árabe Averroes, San Martín. Había dado con una entrada , pero no una entrada cualquiera. Esa posibilidad de argumentar sobre la duplicidad de algo al mismo tiempo le parecía más un Arco de Triunfo que una simple puerta.
Con Averroes ganaba el derecho teórico a defender lo indefendible, que algo pudiese ser y no ser lo que era al mismo tiempo. No sólo era un recurso extraordinario para fogonear su doble lealtad sino la ocasión no buscada de transformar a Averroes en el Gólgota del Principio del tercero excluído.
La Doble verdad, San Martín lo sabía, y Averroes lo supo siete siglos antes que él, era una reverenda falsificación de la Verdad, una adulteración cuidada de la buena fe, un engaño filosófico rapaz, un liso y llano fraude. Las cosas en su lugar.
La cuestión no se cifraba en que dos cuerpos de doctrinas, la Filosofía y la Religión, pudiesen explicar a un objeto desde distintas perspectivas, una desde la razón y la otra desde la fe, cabiéndoles a amas una suerte de mágica verdad delegada en cada caso.
Porque si bien es cierto que en el hombre pueden alojarse sin problemas infinitos cuerpos de doctrinas, eso no habrá de significar que exista más de una Verdad.
Averroes sabía, y José Francisco también, que el hombre no se dividía, y que dividido no podía vivir su vida según el día que le tocase vivir, de acuerdo a la razón si eso precisaba, o de acuerdo a la fe si lo requerían las circunstancias. Eso era un mamarracho conceptual.
Pero además, y como cortesía de conocimiento cabía decir que la razón estaba llena de fe.
Y había más, porque la fe se encontraba colmada de razón.
Entonces, pudo pensar el Jefe de Granaderos, para dejarse guiar por la razón, más allá del mamarracho teórico de Renato Descartes y del desaguisado filosófico del Racionalismo, uno debía atribuirle a la razón una certeza, una veracidad, una autoridad que nada hacía sensato de otorgarle.
¿Por qué? Porque el hombre no ha sido nunca su fundamento. El hombre no se ha dado nunca el Ser, y la razón y la posibilidad de hacer Filosofía le han sido concedidas como instrumentos de los cuales valerse para orientarse en medio del milagro de la vida. Instrumentos estos mucho más precarios que la intuición pura o que la misma iluminación espiritual.
San Martín tuvo frente a sí al filósofo musulmán y creyó agradecerle por esa parte que le debía de puro ilusionismo, que vaya si le había servido. Y le serviría llegado el caso para argumentar Y al tiempo parecía comunicarle que el planteo era falso.
Si algo necesita de la fe del hombre, en el sentido que no va a engañarlo como puede hacerlo una mujer, eso es la razón.
En segundo lugar, tampoco es lícito ni cuerdo que el hombre viva dividido, habiendo entregado su corazón y entregando en ese estado su confianza a la idea que la fe es ciega. Porque si algo ve la fe es todo aquello en que la razón la asiste.
Nadie tiene fe en cualquier cosa, porque sí.
Ni las supersticiones más audaces se sostienen en el aire.
Y si la Doble verdad es una falsificación, una reverenda falsificación de la verdad, una adulteración cuidada de la buena fe, un engaño filosófico rapaz, un liso y llano fraude, no por eso dejó de servirle al nunca bien ponderado y talentoso filósofo árabe Averroes para evitar que la por entonces omnipotente Iglesia lo arrojase a la hoguera.
Del mismo modo, esa Doble verdad fraudulenta le sirvió al Libertador General José Francisco de San Martín para evitar ser llamado “traidor”. Y muchos dejaron que el silencio alcanzase al adjetivo.
Traidor, por haberse pasado olímpicamente de bando.
Porque habiéndose formado en las armas del Rey de España, un buen día le dio la espalda. Tanto a uno como a otra, transformando la previsible fidelidad de cualquier buen soldado en todo tiempo y lugar en una deserción injustificable, en un renegado de la peor especie.
Desde que escuchara la teoría de “la doble verdad” que sostuviera el musulmán tratando de matar dos pájaros de un tiro, salvar su filosofía y salvar su vida, se había precipitado a leerlo. ¿No tenía él, San Martín, dos maneras distintas de presentarse, como español y como argentino, al menos en lo formal?
Que el hombre buscase y terminase pudiendo probar sus argumentos por la razón y, cuando se hallaba complicado conceptualmente recurriese a la fe, le parecía un hallazgo.
Después de pensar en esto San Martín pensó en la inteligencia sutil de lo creado. En términos generales, todos los hombres podrían alcanzar su destino. Que la sabiduría del Creador había colocado en los humanos ese deseo recóndito de satisfacción, deseo que correspondía en cada uno a su propia naturaleza, sueños que los hombres constantes podrían realizar. De allí que los dotara de distintas habilidades innatas que los orientaban, vocación mediante, hacia el destino debido.
Quien fuera soldado del Rey se paró, respiró hondo y caminó lentamente por su gabinete. Le agradaba el curso que su pensamiento iba tomando esa mañana.
“Serás, serás…” se repitió. ¿Qué cosa?: Seguramente, lo que cada ser humano debiera ser. Que no era en absoluto algo uniforme. El hombre debía colocarse sobre los hombros aquello en lo que debía realizarse. Como un arnés, como una mochila según el caso, como un saco o vestimenta existencial que lo emprolijaba desde adentro y desde afuera.
Tierra adentro del pensamiento también se dijo San Martín: En el hombre hay algo que aguarda. En el hombre siempre hay algo que aguarda, algo a lo que no se debe dejar esperando.
Siempre es el alma el baúl que guarda lo que en el hombre aguarda, creyó.
Pero si el hombre, un hombre como ese que tenía en mente San Martín, no correspondía a aquello a lo que se debía, entonces vería secarse delante de sus ojos todo fruto de su existencia.
Sí, esa imposición tajante que leía en la naturaleza de las cosas y que en su máxima expresaba como “serás lo que debas ser”, comprobaba que venía al hombre tanto desde su interioridad, como desde afuera en su trato con el mundo exterior. Desde el ser por un lado, y desde el estar por otro.
San Martín se convencía que en la vida el hombre debía rendirle tributo a lo que terminaría siendo su atributo de vida. Creía que si bien había distintas formas de cumplir con lo debido, lo esencial era inclinar el cuerpo hacia delante y comenzar a caminar en ese sentido. Que todo nos predispusiera sabiendo que aceptábamos nuestra responsabilidad de ser.
En lo que a él se refería era obvio que lo suyo era lo militar, y lo que quedaba para pensar era la manera de serlo. ¿Valía para él lo de Averroes? Ese era el nudo de la cuestión. Valor. Se descontaba que un soldado debía ser valeroso. Sí, ¿Pero valeroso para qué?
Pensó que había razones por las cuales el hombre no podía hacer sin más lo que le viniese en ganas, y la primera de esas razones era que él no era su propio fundamento. El hombre no se había dado ni su razón de ser ni su vida. El hombre debía corresponder y corresponderse a la dinámica de su espíritu. Y ese espíritu tenía sus leyes.
El General acercó su boca a la bombilla y chupó prolongadamente del mate cebado mientras miraba un poco más allá el papel recién escrito. ¿Eran las enfermedades manifestaciones de los problemas no resueltos?
Concedía que el hombre podía alcanzar su verdadero destino cuando respetaba las leyes de su espíritu, debiéndose a las mismas. Pero no deseaba prolongarse demasiado en cuestiones espirituales, no fuese que éstas terminasen distrayéndolo de su interés primero: Qué ser. O, por mejor decir, cómo ser lo que se debía.
El entendimiento de San Martín parecía estirar una y otra vez sus manos en saludo para estrecharlas a otras manos, las palmas de las comprensiones sucesivas que se iban dando paso unas a otras.
Veía que el Ser, como no podía ser de otra manera, venía a ser la patria de todos los destinos posibles de los entes. Todos los “Serás” que pudieran ser se encontraban dentro del Ser.
Dicho de otra manera: La realización o el fracaso de la vida de un hombre tenía que ver con la correspondencia de ese hombre con su Ser. Dar con sus sueños, y luego de su encuentro con los mismos llevarlos, al cabo del viaje desde sus orígenes, transportándolos en su espíritu, vehículo del Ser, hasta su realización.
San Martín pensó en lo que lo hacía pensar.
No era que volviese sobre sus pensamientos por primera vez, pero había cuestiones sobre las que, a esa altura, no deseaba mirar atrás. ¿Resoluciones tomadas, tal vez? Cuestiones a las que había decidido darles un rumbo determinado en el pasado y que, más allá de críticas posibles, le habían sido útiles en la vida.
Allí estaba el tema recurrente e inacabable de su Identidad, que más que revolverlo de una vez y para siempre San Martín había buscado que no lo molestase para llevar a cabo lo que tuvo decidido desde un principio: Moverse en este mundo como si fuese posible hacerlo con dos identidades: Ser español y ser, también, argentino. Qué tal.
Al reflexionar con detenimiento sobre el Ser sintió que comenzaba a pisar una impensada tierra firme, a hacer pie en el solar de los conceptos, nación inteligible de los mismos, que a unos les concedía gallardía, a otros la impronta de la Sabiduría, y a casi todos esa Voluntad para la acción y el poder en las cosas.
San Martín vivenciaba desplazarse por momentos al galope corto, distendido y fácil de su discernimiento. Y la ductilidad con que parecía ir obteniendo esas primicias de conocimiento parecía volverse sin solución de continuidad en galope de primavera, primavera inesperada, cuando la mente ecuestre de José Francisco de Yapeyú florecía en conceptos varios.
En primer lugar revivía la impresión de prodigarse en su tema general recién escrito y, tras él, el Jefe veía crecer ante los ojos de su vivo interés los aspectos puntuales que aquel encerraba.
Por acá tenía al Ser, al fundamento de todo lo que existía, el principio de todo lo que se manifestaba. Y por allá su atención se ubicaba en el destino del hombre, lo que éste pudiera llegar a ser en su vida, el atributo que terminaría dibujando su propio camino en este mundo.
Recordaba a Séneca que decía que la vida era milicia, no faltándole razón en ello en sus cartas a Lucilio se lo recordaba para su gobierno.
Cuántas veces había releído esa carta donde el romano se refería al destino como causa inteligente de las adversidades que debía enfrentar el hombre, no para frustrarlo sino para probarlo y conducirlo al éxito. Que las piedras en el camino no tenían nada de accidente fortuito.
Séneca le deseaba a su hijo que no fuese favorecido por los hados. Que no lo acompañase la suerte. Y enseguida le preguntaba qué prefería, si vivir en el mercado o en un campamento. Porque no había duda, la vida era milicia. Los hombres arriesgados sabían que podían ser juguete de la fortuna. Esos eran los más valerosos.
En cambio, continuaba Séneca, aquellos que se entregan a un reposo indigno, a un descanso vergonzoso, son vagos que respiran desprecio.
San Martín sabía de memoria ese pasaje, y volvía a saludar militarmente al Orador famoso en el respeto formal de su recuerdo. Pensó que si bien era imposible que todos los hombres fuesen soldados, a todos le cabía procurarse un espíritu de riesgo y de coraje.
Al Santo de la Espada, al decir de Ricardo Rojas, le hizo bien pensar en esto. ¿Acaso no estaba hablando de sí mismo?
Pero claro, el sancta santorum de su dilema no era el coraje, al que nunca puso en cuestión y al que siempre se había debido, era el tema de la Identidad.
¿Alguien me creerá si digo que de chico, estando entonces como Cadete en el Murcia, yo sabía que la cifra de esta vida, el santo y seña para poder cruzar ese paso fronterizo para dejar atrás tierras de la ignorancia primera, el santo y seña para seguir tierra adentro del conocimiento era “Serás lo que debas ser o no serás nada”? Yo lo sabía. Con otras palabras, o con ninguna palabra, pero lo sabía tanto como que ahora puedo explicarlo. Como que ahora pude escribirlo.
Yo no había leído eso en ningún lado ni me interesaba demasiado por asuntos de Filosofía por aquel entonces, era muy chico, a una edad en que ningún joven trata esas cuestiones, pero sabía de alguna manera con alguna parte mía que existía una obligación de ser lo que me correspondía. La sensación era que aquel mandato se había disparado en algún lado, que aquella flecha había partido de lo que hoy puedo llamar Ser y por entonces llamaba simplemente “vida”. Que eso había ocurrido cuando lo que hoy era, el hombre que existía, había llegado a esta vida cicatrizando la herida de no ser.
Y volvió San Martín a Séneca, y pensó que al decir lo que decía tenía que ver con no poder sustraerse a un rigor, a una obligación del Cielo que ya estaba en camino. Que iba del Ser al deber ser. Hizo una pausa pensando que a esa altura hasta la yerba era parte de la reflexión.
Y continuó: Es cierto que este ser lo que yo debía ser, aún en su acatamiento sin reparos de mi parte de ningún tipo se ha llevado algunos paraísos de mi salud, como recordaba hacía un momento.
Veo, hoy veo, cómo distintas imposiciones que hacían al progreso de la realización de mi destino como militar llegaron a desgarrar una y otra vez las ropas de mi tranquilidad.
Dios mío, ¿estaría escrito que en este día debía tomar conocimiento de alguna idea que ya sabía? ¿Será así? Valga la honestidad, de momento estoy delante del mismo horizonte del que he estado a lo largo de cuarenta y siete años y veo lo que nunca antes había viso. Allí detuvo el curso de su pensamiento, y puso su atención en algunos pasos que dio con su mirada perdida orientada a la ventana del ambiente.
Se encontraba esa mañana de pie delante de una pared que se extendía hacia derecha e izquierda y que, en lugar de obstruirle el paso a su camino, se lo facilitaba.
A esa altura San Martín veía y veía.
Y captó algo fugazmente que no deseó retener con su intención.
Fue como un golpe de conciencia y nada más. Como un rayo iluminando la noche de sus recuerdos. Había pasado por su entendimiento la utilitaria teoría de la Doble verdad que lo habilitaba imaginariamente a tener dos madres en la vida, servir a dos banderas en la guerra, y ser fiel a dos lealtades en su alma. Tal vez, demasiado. Pero cosa juzgada para él.
Cosa juzgada pero no cerrada, porque aunque hubiese arriesgado su vida en lo que la terminó arriesgando, su historia no había cambiado, los hechos no se habían modificado tal cual habían sucedido a lo largo de su vida, y se hallaba en Bélgica. Sin poder volver a España, que mal que le pesara era su Patria.
Y España seguía estando donde había estado siempre, lo mismo que sus símbolos patrios que él había soslayado un día, increíblemente.
La cuestión de su vida estaba y no estaba resuelta, desde el momento que nadie debatía sobre su propia nacionalidad, en tanto que él se encontraba con aquello a cuestas.
Ahora que el recuerdo era un jubileo de sorpresas y bastante más que puntos sobre las íes, muchas íes levantándose del suelo irguiéndose, buscando su lugar entre palabras o bien entre las sílabas, él no revería lo que fuera su autorización a sí mismo a suponerse una excepción en el orden de las cosas.
Era cierto que ahora veía el Ser como no lo viera hasta entonces, soporte de todos los soportes, piedra sobre la cual levantar toda iglesia de vida, y acababa de ver cómo esa máxima le salía al encuentro desde sus entraña llegando hasta la pluma entintada de su lapicera, permitiéndole comprobar su exactitud fuera de tiempo.
Sin embargo se negaba a volver sobre algunos de sus pasos, pasos de vida, pasos con los que acortara camino campo traviesa entre el equilibrio de la Naturaleza y su necesario equilibrio personal. En el mundo se podía tener sólo una madre, una bandera, y una fidelidad, aunque nunca había descartado que él pudiese ser ese uno en millones que escapase a la regla.
Sorbió el mate en paz en el exilio de sus enfermedades y molestias. En el doble exilio, el exilio del que era originalmente, y el del personaje que había creado en detrimento de aquel. Y se dijo: Sea.
Y al mirarse en ese momento a la distancia de su doble historia se sintió en el exilio de su exilio.
José Francisco, sorbió por la bombilla otro trago de su mate y se vio volviendo de esa noche de signos en las cosas, de señales que traían las ideas que pensaba, ese amanecer de sentencias en las máximas que la cuestión de ser unía una con otra en la vida. También la cuestión del Ser, de aquello que daba pie para que cada cosa fuese, había estado inextricablemente unido a su Identidad
Un instante. Una fugacidad de conciencia. Como un destello de percepción fue lo que experimentó y en ese momento su acto reflejo fue como levantar el pie de un charco que apenas si había pisado en su ras sin llegar a hundirlo del todo, tocando el agua pero retirando el pie sin mojarlo por dentro, solamente la suela, la base del zapato.
No había advertido que ese pañuelo de agua estuviese allí, se lo había llevado por debajo y ahora retrocedía veloz y apenas, como evitando anacrónico lo que de hecho no pudo evitar.
Se detuvo mentalmente después de lo que había visto. Seguramente que por el lugar de esa evidencia que ahora lo sorprendía había pasado cantidad de veces, ignorándola. Como ignorara el charco. Y en ese momento cuando estaba por pasar una vez más como siempre algo había tirado de la manga de su atención de manera que no pudo sustraerse al llamado. Debía detenerse, mirar hacia allí.
Las letras habían volado delante de sus ojos, abiertas y ubicuas, todas saliendo de algún lado y en camino a otro. Eran dos grupos escasos de letras, dos grupos de tres que saltaran al paso de sus ojos ya formadas en dos palabras y que, al mismo tiempo marcaban a fuego su entendimiento. Como si se tratara de la fatalidad de dos palabras. Una de ellas comenzaba con minúscula, la otra con mayúscula
Esas dos palabras decían “del Ser”.
Dos palabras de tan corto recorrido y al mismo tiempo de enorme significación para él. De un valor que nadie podría apreciar si él no lo revelaba. Él, que recién a los cuarenta y siete advertía ese valor. A la primera, a esa contracción, parecía corresponderle la función de presentar el tema: A la segunda etimología bifronte, sustantivo y verbo, le iba todo el peso. Se trataba del Ser, pensó San Martín. Nada menos De eso que había estado ostensiblemente presente en las reflexiones de ese día
Frente a él todo lo que significaba el Ser, nada menos. El ser de todo lo que existía. Y si ese era un gran tema entre otros temas, lo era más aún para él. Porque esa intuición furtiva que acababa de tener le recordaba, más allá de su significado explícito, lo que supo siempre y nunca retuvo: Que su madre se llamaba Gregoria Matorras del Ser. Del Ser. Del Ser. Del Ser.
San Martín movió apenas la cabeza como para comprobar si lo habían escuchado. Si alguien había registrado el pasaje de ese dato que había hecho mucho ruido dentro suyo al caer.
Matorras del Ser había tenido hacía cuarenta y siete años un hijo que hoy se ocupaba del Ser de los seres, aunque no como apellido suyo que le entregase en su filiación. Desde algún lugar su madre ahora le hacía presente un tema entrañable que llevaba latiendo en su Identidad: Del Ser. Que si no se había detenido a considerar antes quizás fuese porque su mirada interior no pudiese bajar todavía a los abismos de la Identidad.
Todas las madres les daban el ser a sus hijos, pensó el Vencedor de los Andes, pero casi ninguna hacía referencia a eso en su propio nombre.
El nombre de su madre era una muda docencia que, puesta a desarrollar su índole, podía llevar una vida entera considerarla.
¿Cómo podía ser que nunca antes a lo largo de su existencia el segundo apellido de su madre le hubiese llamado la atención?
Y aunque hiciese instantes que eso había ocurrido, ese segundo apellido recién llegado tenía para él más peso que el primero, el de siempre: Matorras.
¿Matorras del Ser? ¿Matorral del Ser?
¿Lo suyo era un lugar del suelo en el cual las ramas, los arbustos, la vegetación, rodeaban, ornamentaban, daban realce al Ser que crecía allí, más que como una especie de árbol como una especie de símbolo?
Sí, él, San Martín tenía un trato marcado, explícito, una señal con el Ser, con lo que era. Y ese vínculo, esa ligazón parecía de buenas a primeras estar auspiciado por un significativo condicionamiento genealógico.
Y ahora esto. No, no lo sabía de siempre, lo acababa de ver: su madre se llamaba Gregoria Matorras del Ser. Dios santo. ¿Me estaré por morir? ¿Serán estas las vísperas que ocupan los últimos momentos de alguien que comienza a ver la vida que ha vivido, en segundos?, bromeó con su mayor seriedad.
No estaba bromeando ni había estado tomando:
Delante suyo se hallaba, de pie, esa evidencia: El nombre completo de su madre. No se movió para no corregir en nada la visión de ese concepto, quedó detenido a merced del mismo. Acabo de escribir que el hombre será lo que deba ser, o no será nada, se dijo, Me repongo como puedo de esta grata sorpresa, trato de ponerme a la par de mi mismo dado que a veces me saco ventaja mentalmente, que después me cuesta descontar. Y reparo que mi madre se llama “del Ser”.
Del Ser, repitió como una invocación. Del Ser, dijo, como un mantra, del Ser, una vez más, pasando la cuenta de un rosario de estupefacta alegría.
Esto no sabía que lo sabía, esto lo sé por primera vez en mi vida.
Siento que mi madre, siendo la misma de siempre parece salirme al encuentro en un lugar de ayer que ubico en hoy, florecida de significados que se arraciman en su hermosa sonrisa, como diciéndome “Esto también es para vos, hijo”. Y yo siento una enorme gratitud por decirme lo que me dice, que valoro instintivamente con la mayor ponderación.
San Martín detuvo en el acto la Ceremonia del Mate y miró fijo a ese concepto, a ese nombre, Ser, que era nombre de su madre: Gregoria Matorras del Ser. Como si todo lo que ella era , que en efecto era así, fuese devuelto por el espejo etimológico de la Identidad.
Aquel era más que un día.
Lo que su madre era estaba sujeto, pautado y dependía del Ser. Y si todo lo que existía era silenciosamente hijo del Ser, él, el General nacido en Yapeyú, era doblemente hijo por recibir del Ser su ser y por haber recibido a través de su madre, que se llamaba así, su vida.
Ese nombre de nombres, que yacía en el interior de todo lo que se levantaba sobre los pies de su existencia se hallaba frente a él. Gregoria Matorras del Ser. Gregoria de todo lo que existe. Gregoria del Ser de Gregoria. El General detuvo nuevamente su caballo mental y aguardó que llegara todo el sentido que venía dentro del sentido de esa presencia.
El Padre de los Andes miró a los ojos a ese término, al nombre propio aparecido, al sustantivo de noble linaje: Ser. Eso ha estado siempre ahí, se dijo, esto no ha aparecido ahora, ocurre que hoy lo he visto. Pasa que después de 47 años, vaya a saber uno por qué, he levantado la vista de mis cosas en las que estaba ocupado, he llevado mi mirada más allá de la inmediatez de las ocupaciones de siempre, y mis ojos han visto ese nombre: Ser.
O tal vez, no. Yendo más lejos podría decir que tal vez haya hecho algo bien y esta es la retribución, el premio, dar con lo que siempre estuvo dado tan cerca y tan lejano.
¿Tan atropellado he sido? Tal vez de allí mis problemas de salud, que recién hoy los veo en una perspectiva de comprensión de los mismos.
Ocurre que en fecha aniversario del bautismo de fuego del segundo San Martín que quise ser veo al Ser. Al Ser que da entidad a cada cosa que existe, formando parte del nombre de mi madre. ¿Qué más cerca de mí podía estar?
Porque “Del Ser” no es un nombre como el de Yapeyú, en el que un día caí y otro día me fui. “Del Ser” es lo que soy y seré hasta el último día de mi vida. Del Ser, como Matorras, como San Martín, es lo que me hace ser el español que soy y al que en un momento dado me he negado.
Y la secuencia en la cual lo termino reconociendo, ubicándolo en mi familia no es otra que la que sucede naturalmente a la secuencia en la que escribí la máxima “Serás lo que debas ser…” Como si habiendo comprendido ese principio elemental que exige el poder ubicarse uno en la vida, se me concediese ir un poco más allá, después de advertir y aceptar la obligación moral de ser aquello para lo que uno ha nacido.
San Martín no se sentía mejor persona por lo que experimentaba, pero sí gozoso receptor de esas blancas intuiciones que se iban sucediendo, dejándole en la piel de su mente un bronceado de sol de sabiduría y de descanso necesario. Porque si otras cosas que había llegado a saber en su vida le produjeron inquietud, el descubrimiento de lo que hoy develaba lo llenaba de tranquilidad, de calma necesaria, de placidez.
San Martín miró al Ser que lo miraba y al momento vio a su aforismo en flor, ofrecido por esa rama del árbol de su conocimiento.
El hijo de España nacido en tránsito en América supo que había tenido tanto peso ese apellido “del Ser” en nombre de los nombres, en el de su madre en primer lugar, que seguramente por eso había él terminado escribiendo esa máxima que lo satisfacía.
Allí, en esa situación en la que reconocía una y otra vez el momento en el cual el Ser debía culminar en lo que debía ser, amaneció su cabal comprensión del que era en cuanto a su gentilicio, gentilicio que le hacía justicia, y cuál era su verdadera pertenencia nacional.
Si es por eso, nunca tuve dudas que era español, pensó. Y, si se quiere, patriota y militar argentino en cuanto he luchado para la causa de ese noble pueblo y contribuido a la obtención de su soberanía política, la del pueblo argentino entre otros pueblos.. Pero, no hay duda, de nacionalidad española.
El hijo de del Ser, a esta altura General en Jefe de los Ejércitos del Ser, miró por la ventana, y pensó lo que había pensado en otras oportunidades, que sabía que en cualquier lugar del mundo un hombre sólo puede pertenecer a un pueblo, en todo sentido, si tiene como mínimo tras suyo dos generaciones, las de sus padres y las de sus abuelos también nacidos en el lugar.
San Martín reanudó la Ceremonia del Mate en ese tiempo en que las presuntuosas úlceras parecían haberlo abandonado o encontrarse en un estado de incapacidad generalizado. Y continuó: Debían ser dos las generaciones precedentes del natural de un lugar, porque a más de nacer en un lugar determinado debía tener la sangre y tener el espíritu de ese pueblo si pertenecían al mismo, si eran de ahí. Para ello era preciso que fuese hijo de quienes fueran hijos del lugar y que, a su vez fueran hijos de nacidos en ese suelo.
Sorbiendo el caldo de su yerba convino en que la Identidad y sus formas de aparición y conservación eran las mismas en cualquier lugar del mundo. Tres generaciones consecutivas, al menos, en un lugar para tener derecho a decir que se era de allí.
Mis padres son españoles, continuó, hijos y nietos de españoles, de Palencia ambos, que marcharon a América donde nací. Yo estuve 5 años en el Nuevo Continente, y a esa edad mis progenitores quisieron que me educara como español, y así fue que de muy chico nos volvimos a España, ingresé al Regimiento de Murcia. Pasé 29 años en España, y recién entonces volví a América. Y volví por lo que quise ser, por lo que hube proyectado.
El Jinete de dos mundos acompañó a la bombilla en la entrega de su correo de Mate. Le haría todo el honor que fuese necesario a ese chasqui de yerba. Chupó y continuó ordenándose mentalmente.
¿Qué podría ser él sino español? Siempre lo he sido pero, me marché de España. ¿Por qué me marché de España? ¿Por qué participé de las luchas de los pueblos americanos que buscaban su independencia de España siendo español?
Bueno, ese es el tema de mi vida. Es el rumbo que le di a mi existencia creyendo que la resolvía, pero no. Es cierto que los éxitos fueron muchos, las banderas obtenidas y las medallas colgadas, pero nada de eso hizo a la necesaria paz de mi Identidad.
¿Quién se tomaría el tiempo y el trabajo de cuestionarme cuando yo, sabiendo más de lo que decía, afirmaba: Nací en Argentina, que era cierto, era un hecho, como también lo era que el simple acontecimiento de ver la luz en un lugar del mundo determinado no hace a nadie perteneciente al pueblo del mismo.
Ahora bien, ¿a quién le interesan esas puntualizaciones? El tipo vulgar dice: Nació allí y es de allí. Y eso es un disparate.
Y otra cosa, sabiendo que los españoles tienen de mí la peor opinión puedo afirmar que pasarán los años, un siglo, dos, antes que un argentino haga público un juicio negativo o dudoso sobre mí apoyándose en mi traición a España. ¿Tomarme por mercenario? Ha sido tanta la gloria que Dios me permitió acercar a La Argentina que la cuestión moral, si a alguien le interesa, queda para más adelante.
Sí, en aquel entonces volvía a América embarcado en una falacia que me servía: Que esa tierra fuera mi patria, también sabía que no se escupe la mano que nos da de comer. si en mí estuvo alimentar la libertad de los argentinos, estaba a cubierto de cualquier cuestionamiento.
¿Cómo se expresaba mi máxima por entonces? ¿Cuál era ese que debía ser yo, en aquel momento y de allí en más?
Es posible, se siguió diciendo San Martín, que el Ejército, la milicia, ser soldado, fuera la respuesta que mejor respondía a la pregunta “¿Deber que?”. Todo en el Ejército es lo debido que halla su justificación al cumplirse. Para mí ser español fue ser soldado, y ser soldado fue ser el que debía ser.
A los cinco años, al viajar a España mis padres me dijeron que esa era mi tierra, aunque yo ya lo sabía. Por ser ellos españoles. Todo nuestro aire, nuestro estilo, nuestra idiosincrasia familiar era española.
Mis padres apreciaron y respetaron siempre a los argentinos, de ahí quizás aprendí yo a valorarlos, pero nunca se olvidaron de su nacionalidad.
Argentina era un lugar en el mundo, de paso para el trabajo de mi padre en un momento dado, también lo era para el resto de mis hermanos, creo que me empreñé en tomarlo por más de lo que era.
Volví a España para formarme como hombre, como soldado, porque en ningún otro lugar podía educarme en lo que me correspondía. Y si España corría riesgo de perder sus colonias en América, que yo tuviese mi carrera encaminada. Y, llegado el caso, luchara para que las siguiera manteniendo.
Es posible que visto desde afuera, quiero decir desde otro lugar que el de los argentinos y los americanos en general, que me han concedido su favor y su reconocimiento, mi persona pueda pasar por la de un traidor a España.
Eso es algo que arrastra mi alma desde siempre, desde que arropé la hipótesis de la “doble moral”, esa bajada del filósofo Averroes, de la “doble verdad” a mi vida.
El antiguo Cadete del Regimiento de Murcia sorbió lentamente su Mate americano en su suelo europeo. Nunca, continuó hilvanando su reflexión, me movió sentimiento alguno contra España. Ni falta que hacía. Dios no lo hubiese permitido, simplemente me pareció que podía ser útil en la independencia de pueblos americanos, los que ya estaban en condiciones de hacer su propio camino en la Historia, que la fuerza de las cosas tarde o temprano terminaría imponiendo.
Bueno, todo eso enganchado a la posibilidad de continuar mi carrera militar por otros medios, delicados medios es cierto, e ir más allá de lo hecho en Arjonilla y en Bailén.
No. No voy a discutir sobre esto. No pondré en cuestión mi elección, ese punto de inflexión en mi vida que fue el viaje a América, para el cual la teoría de la “doble verdad” me ha asistido con su generosidad a lo largo de mi vida. Creo que desde que tomé esa decisión, siendo por entonces bastante chico, le até a mi elección la idea de no volver nunca sobre el asunto, es decir, no brindarme posibilidad alguna de modificarla. Y así lo he hecho hasta hoy, y moriré con esa misma determinación.
Pensando esto San Martín juzgó que no había sido del todo justo con él, ya que en numerosas oportunidades la resolución de su encrucijada existencial lo había ocupado.
Prueba que España nunca ha sido vista como enemiga de esos pueblos, siguió reflexionando, era que ni un ápice de la cultura, de la influencia sabia de España en las artes y en las ciencias y en la idiosincrasia de los mismos se ha debilitado en absoluto. Se había ido fortaleciendo, por el contrario.
A nadie se le ocurrió en razón de la independencia de su país americano incendiar los templos de ese Dios que los españoles dieron a conocer a los criollos, ni prenderles fuego a los institutos de educación creados por España en esas tierras, nobles casas de Educación, ni las escuelas ni las bibliotecas ni las universidades, todo lo contrario.
A nadie se le pasó después de una noche de alcohol cambiar el nombre con que nacieron ciudades americanas, desarrolladas, humanizadas, socializadas por nosotros los españoles, muchas de ellas homónimas de ciudades españolas. Y como una suave tristeza se instaló en su alma.
El parto de la libertad, siguió diciéndose San Martín, de los dignos pueblos americanos ya se producía, estaba a punto, y mi espada ayudó a cortar ese cordón umbilical. Es cierto, pude no estar. Pero estuve. Las simpatías que me ganara entre los argentinos por mi actuación militar nunca fue la contrapartida de ninguna clase de odio o enemistad o de reclamo a España.
Pueda ser que hubieran conflictos con la Iglesia, pero la Iglesia no fue España aunque existió por ella. Hubo tironeos pero no odio, que los ha habido en todo tiempo y en todo el mundo, pero nunca como muestra de un encono dirigido a España.
Hoy veo como natural y absolutamente posible que los argentinos de entonces a mi llegada, recelasen de mí. ¿Quién era ese español desertor? ¿Estaba en verdad del lado de los argentinos? ¿Por qué razón? San Martín sabía que eso del “amor a la libertad” era algo que se prestaba a las mayores mentiras. ¿Qué libertad? ¿La libertad de quién? ¿Para qué?
Aún después de los triunfos militares más resonantes que Dios me permitió obtener en las luchas por la Independencia percibí recelo de parte de muchos argentinos. Recelo que no fue un hecho aislado, y que no se debió sólo a la envidia que ha habido siempre en todo tiempo en los seres humanos. Sino a lo difícil de sostener una posición como la mía.
¿Un soldado del Rey que se daba vuelta? ¿Haber defendido su bandera por más de veinte años y, de pronto, darle vuelta la espalda, por decirlo de una manera elegante?
Inspiró hondo, retuvo unos segundos el aliento y fue dejando salir lentamente el aire de su boca. ¿Le quedaban cosas por hacer en esta vida?
Evidentemente la mañana avanzaba a paso un poco más lento que sus reflexiones. Hasta allí había considerado distintos asuntos, y no precisamente los más sencillos, con algún detenimiento, y el sol estaba lejos de haber subido demasiado. Pensaba en silencio en un día agradable. No sabía si le quedaban cosas por hacer. Le parecía que si alguna le faltaba no era de mayor importancia.
Había arriesgado la vida muchas veces como arriesgan su vida los soldados, y había podido luego contar el cuento. Tal vez no fuese comprendido por la gente, en razón de lo difícil que le resultaba a cualquiera adherir a su posición de vida.
Decir que estaba solo era muy poco. Pudiera decir que ahora parecía filtrarse una soledad distinta.
Ya que estaba, San Martín decidió concederle entonces, nuevamente, la palabra a la Filosofía.
Volvía a ver que el Ser, por ser lo que era, no pedía aquiescencia ni asentimiento de nadie, no reclamaba anuencia ni consenso de nada para ser. Y eso no estaba mal Le pareció que hablaba de un Ser como se habla de un Jefe.
En el ámbito del Pensamiento su máxima recién escrita era un concepto delicadamente bordado, como las puntadas de una conquista.
¿Y no era el Pensamiento, en sí mismo, un conquistador? se inquirió agudo y preciso. el español que volviera un día su espada contra España.
En la mañana belga de las revelaciones se le hacía que el Pensamiento era como un Hernán Cortés, un gran Hernán Cortés del Espíritu.
Instintivamente, como produjera su máxima de un tirón y conociéndola a medida que la sacaba de lo que no era, el General volvía a dar con puntas de conceptos, resoluciones completas de ideas, como persianas de conceptos que se abrían al sol de esa mañana.
A través de una de ellas pudo ver que el Ser era propiamente, si se le permitía, como un Golpe de estado. Ese Ser que lo tenía entretenido en su reconocimiento, su alcance, su importancia.
Día de revelaciones que se sucedían a sí mismas en el aniversario de San Lorenzo, combate al que guardaba un querido recuerdo por distintas circunstancias. La primera de ellas, porque en la oportunidad se le había vuelto a acercar la Muerte, tal vez demasiado cerca y, también porque aquel combate había sido consagratorio para la formación de caballería que él creara.
Día de revelaciones amanecidas con la máxima que escribiera, “Serás lo que debas ser…” ironía si las había, a una mujer: Su hija. ¿Qué podía entender ella de la misma? ¿No era acaso el Pensamiento un atributo masculino?
Y en esa precipitación de vislumbres conceptuales ahora veía que podía considerar al Ser, según se le acababa de presentar, en su manifestación propia como un Golpe de Estado. Como uno de esos movimientos de efectos políticos que llevaban a cabo grupos de poder civiles o militares, para hacerse de los destinos de una ciudad, de una nación.
En este caso que le cabía el Ser había pasado, en cada ente y para que este fuera, del estado de inexistencia al estado de manifestación.
El soldado de dos clarines captaba, en la mañana de las novedades, que todo lo que existía en el universo tenía ese carácter de Golpe de Estado, el de ser de facto, el carácter extremo de sí para ser.
Era evidente que su máxima no había salido de nada Entre mate y mate la analizaba cuidadosamente en su irrupción, esa manera de imponerse sin atenuantes que tenía el Ser, y no ya la forma concluyente de su contenido. Vio también con toda nitidez en su “Serás…” esa “caducidad del término medio” que ella expresaba. Veía que su idea de democrática no tenía nada, gracias a Dios.
“Serás lo que debas ser…” tenía un origen y una causa evidentes. El origen había tenido lugar en su entendimiento. En cuanto a la causa, se hallaba en el Orden natural.
La puerta que San Martín abriera con su aforismo y que traspusiera muy poco después con las finas preguntas y respuestas sucesivas que se iba dando lo llevaban, comedidas, como a un jardín amplio y florido de expectación que limitaba en sus fondos con el campo abierto en el que se perdía su mirada. La inmensidad del pensamiento posible.
Su “Serás lo que debas ser…”se le aparecía ahora como intolerante. Buenamente, inexcusablemente intolerante.
En el “Serás…”, no había búsqueda de aquiescencia del destinatario de la máxima, ni asentimiento ni consenso alguno para cumplirse. No había duda de ello, el Ser mismo era intolerante.
Intolerante como el deseo, le escuchó decir a su entendimiento de fiesta el General de regreso de su periplo de vida.
La idea “intolerante como el deseo” le pareció un lujo de concisión.
En lo que pudiera referirse a experiencias morales o intelectuales de las cuales llegaran a depender avances de conciencia, al Jefe de los Granaderos a Caballo le gustaba no perderse pisada. Y, puesto a prueba, tirar parejo hacia delante siempre un poco más. Que saliera, para ver, todo el contenido de una idea.
El militar, en tratos desde hacía tantos años con el pensamiento de Averroes, reconocía que si había algo en el mundo de carácter vehemente en su solicitud de satisfacción, eso era el deseo. ¿Porqué decía esto? Porque desde su propia experiencia, que tenía presente, creía que los vientos del deseo lo habían empujado, una y otra vez, a determinadas respuestas que retrasadas en el tiempo lo ponían realmente nervioso llegando a alterarlo
Se refería al deseo de obtener este o aquel resultado militar, por ejemplo, en la planificación de una táctica para una batalla determinada. En la obtención de datos de inteligencia sobre movimientos del enemigo. El deseo, pensó, era como el amanecer de la sed y el hambre de algo, que se manifestaba por y como necesidad.
Y volvía a lo que sabía por acabarlo de saber, y comprendía mejor ahora: El Ser era deber.
¿No era eso lo primero que había comprendido en la vida instintivamente, antes de iniciarse como Cadete en el Regimiento de Murcia “El Leal” ¿No era eso , que el Ser era deber, con la mano en el corazón, todo lo que sabía en la vida? ¿No había surgido de allí naturalmente mientras dormía esa máxima que esperó que él despertase para que la escribiese?
Se formuló esta pregunta: ¿Se debía amar el deber, su cumplimiento, o el deber del hombre era amar antes que nada? ¿Amar? ¿Amar qué y para qué?
El mate humeó en su diálogo interior, apareciendo en el umbral de su intuición una certeza sin vueltas que le proporcionó gran comprensión al tema, se dijo: Tampoco el Amor era en verdad amor. O, dicho de otra manera, lo que se creía de él.
Nuevamente respiró hondo, sonrió apenas y agregó para sí: Lo que une al hombre a la mujer, lo estaba viendo, no es el amor sino el deseo. Lo que pasaba comúnmente por “amor” era una exterioridad que ocultaba en su alma a otra.
Lo que el mundo llamaba Amor, pensó San Martín ganado por la especulación intelectual, aquello que los trovadores y poetas cantaban desde tiempos inmemoriales no era precisamente eso. No era lo invocado. Versos, cumplidos, flores, las palabras de ocasión que no eran más que el dar vueltas, aproximarse, medir la distancia para saltar sobre la hembra llegado el momento.
Algo ocurría en San Martín porque sobre el tema había pensado muchas veces, habiéndolo hablado con muy pocos.
Lo que pasaba por Amor, no era tal. San Martín lo tenía en el lazo: El Amor era un simple merodeo, un acechar al objeto amoroso. Lo tenía: El Amor era el merodeo sentimental del deseo.
Estaba bien, era eso que era, y nada más. ¿Lo demás? : Hojarasca.
El deber ser del “Serás…”, el Ser, el nombre de su madre, y ahora el Deseo. Por un momento San Martín creyó que estaba para todo en cuestión de respuestas que pudieran exigírsele. Y cuanto más avanzaba en sus reflexiones ese 3 de Febrero de 1825 en Bélgica, mejor se sentía.
“¿Qué deber debía cumplirse en el Amor”? se preguntó. Y al instante tuvo la respuesta antes de lo que él mismo esperaba: “La satisfacción del deseo.”
Ahora veía que esa “drasticidad” que se manifestaba una y otra vez en el Ser, ese imponerse como tal al aparecer en el mundo, era lo que cohesionaba a las cosas en su propia entidad. ¿Alcanzaba esto al tema del Amor? En principio, pensó, el amante debía ser quien diera satisfacción a su deseo, y al deseo de ambos. Eso era lo primero, sin eso todo se caía.
El deseo era al hombre lo que la “drasticidad” era al Ser. Pensó ese San Martín sin úlceras, sin acoso reumático alguno, llevando flores a la tumba de su asma. En cuestiones de Pensamiento no le tembló en ningún momento la mano que sostenía el sable de su Entendimiento.
“El deseo es al hombre lo que lo drástico y lo extremo es al Ser” repitió sin trastorno digestivo alguno, apretando el sable corvo del concepto recto el Vencedor de los Andes.
Sorbió ese mate lentamente y hubo como un algo que se le movió en el estómago, sin llegar a ser el ruido de los muebles cambiando de lugar pero registrándolo. Fue al pensar fugaz en España.
La sucesión de ideas que le bajaban en cascada por la mente esa mañana le volvían a traer ahora una cierta nostalgia de su verdadera tierra, la tierra de su Identidad, la tierra de sus padres, sus abuelos y de allí hasta el Cielo.
Hoy se encontraba en Europa, en Bélgica, de regreso de su carrera por América, había regresado a Francia, a Inglaterra a otros países que no eran España.¿Podía acaso volver después de haber combatido contra ella que lo había forjado soldado, Oficial?
Todo lo que era gloria sudamericana era traición española, pensó
El General miró el papel donde había escrito hacía minutos la máxima a su hija, y volvió al lugar por el que había pasado anteriormente:
Mi deber en la vida, se dijo retomando su reflexión activa, lo que he debido ser, eso fue siempre la carrera militar. Avanzar todo lo posible en ella, profesionalmente hablando. Y si estaba de Dios, trascender. Hizo una pausa y agregó para sí: Me parece que todo esto, algún día, debiera dejarlo por escrito, debiera guardarlo para volverlo a leer.
Me cuesta creer lo que he aprendido de mí mismo en estos pocos minutos de la mañana del 12 aniversario del Combate de San Lorenzo. Y digo que he aprendido de mí porque es así, no lo sabía y no lo he tomado de nadie, lo he aprendido de mí mismo.
El hombre caminó unos pasos por el lugar y al mirar por la ventana hacia el extenso jardín de su casa pensó lo diferente de esta situación que se daba: Había aprendido de lo que se enseñaba. Puedo decir, continuó, que no recuerdo nada que se le parezca en tantísimas veces que me he planteado otras cuestiones. Algunas con el objeto de analizarlas simplemente, y otras para hallarles una solución.
Reconocer que ignoraba totalmente que algo así pudiera darse en una reflexión, como fruto que vendría a corresponder al desarrollo que pudieran obtener algunas ideas impulsadas por uno mismo en nuestro propio entendimiento.
No sé porqué sentí la necesidad de escribirle esta máxima a mi hija. Mi acción no respondió a deducción alguna. Fue como si de pronto me dirigiese a un cofre y sacase algo de allí guardado- Con esta salvedad: Sabía que debía tomar aquello y darlo a conocer, pero ignoraba qué era. Qué contenido guardaba.
Tal vez la forma de funcionar del Entendimiento consista en ir llenando su propio recipiente evidencial, su saco conceptual, y cuando esto ocurre motivar al sujeto a que tome conciencia de ello.
Ahora que lo pienso, pudiera no ser mi hija la verdadera destinataria de ese pensamiento, tal vez sea para todos sin distinción de afecto o proximidad familiar. ¿Lo escribí para el mundo, para aquellos que no me conocen personalmente ni los conozco a mi vez, que nunca nos lleguemos a ver, como si al decidir esa máxima por escrito hubiese colgado del viento algo que de pronto me urgiera la conciencia?
Me siento luminosamente, placidamente solo, pero en nada solo de mí. Nunca me he faltado, a decir verdad.
Bien, después de escribir eso, lo estoy viendo, comencé a caminar lentamente por el sentido que le reconocía a la máxima de mi autoría. Y una comprobación siguió a otra, todo sobre un fondo de sorpresa, algo que sabía y algo que no tenía idea que sabía se fue elaborando, fue surgiendo como brotando de esa tierra sembrada en algún instante por otro concepto Así se fueron poniendo delante de mí sencillas certezas como cerrándome el paso cortésmente .
Tuve la sensación de ir siendo llevado por el desarrollo que yo mismo proponía. Pero no porque lo hubiese pensado de antemano, no, fue como seguir una huella, como precipitarme tras una visión, perseguir un olor, un dato, reconocer una presión sobre mi alma y entonces sí, encaminarme naturalmente como llevado por mí mismo de un tema a otro obteniendo hallazgos que todavía me sorprenden.
Sin lugar a dudas en este día he aprendido de mí mismo, de lo que me he ido enseñando en un modesto vértigo de novedades. Por primera vez. Quién soy. Quién debí ser. ¿Qué hubo detrás de mis intuiciones, decidiéndolas?
No es que nunca haya pensado en el Ser, que de hecho tantas veces ha sido objeto de mi fugaz reflexión, como lo ha sido el principio de las cosas. Pero de un momento a otro me encontré haciéndolo con una propiedad y una justeza a la que no le reconozco antecedentes y que me ha servido. En algún momento me detuve en cómo se acomoda el Ser en cada cosa o, por mejor decir, cómo cada cosa se acomoda a su Ser. Lo que en el ser humano es fundamental. ¿Me estaré por morir? ¿Será la lucidez postrera?
Y ahora pienso que cada vez que el hombre se acomoda a su Ser, es lo que debe ser. Digo, en relación con el “Serás…”
Porque las cosas, siguió el desterrado, son lo que son porque les va un Ser. Y cómo en el Orden natural que nos rige, en el Orden natural que nos movemos hay una suerte de obligación tácita que las cosas sean lo que son y no otra cosa, y en los hombres viaja desde que llegan a este mundo, mandatos. O por decir mejor, un mandato: Ser aquello para lo que se ha nacido.
Tal vez ese sentido innominado, aquel que tantas veces lo alertase de un peligro del cual no había tomado conocimiento, el mismo que en oportunidades le inquietaba el corazón moviéndolo en su interés como un perro que iba y venía en busca algo, ese sentido anónimo y veraz le dio a entender en ese momento porqué había hecho algunas cosas, como escribir la máxima, y otras de alto contenido existencial como fuera su camino militar en su camino de vida.
Sí, en algún lugar suyo el Entendimiento había completado las evidencias que, en este caso, se convertían en aforismo, en sentencia, y pensamiento cátedra.
San Martín, este hombre que se parecía mucho a un español que se reencontraba después de largo tiempo con el que era, movió la bombilla y cebó otro mate. Y se dijo: También ha caído en este patio interior de mi mente la cuestión de las enfermedades. Que bien sé lo que las enfermedades son, vaya si las he padecido, pero que después de notar al pasar que hacía tiempo que no me acometían veo, como si fuesen pájaros de un alero de una casa de ideas, descubro entre ellas dos o tres nociones nuevas.
Espero que las enfermedades no volverán a levantar vuelo, ya no como antes.
En este mismo momento, como cruzando a paso rápido mi Conciencia, algo me hace pensar que analizar las cosas en su propiedad, en su dificultad conceptual pareciera aliviar la presión de los problemas en el hombre. Y en mi caso, de mis enfermedades.
Me pareció ver, no es que lo tenga probado, que de haber detenido al pasar ciertos pensamientos, tratando de analizar en ellos las causas de mis dolencias, eso hubiese contribuido a aliviarlas.
Y de pronto, después de esa cosecha conceptual infrecuente, que fue desde el tema de la Identidad hasta España y desde mis enfermedades a La Argentina, descubro que el apellido de mi madre es “del Ser”. Cosa que sabía y no sabía.
Cuarenta y siete años, pensó sorbiendo la infusión americana, repitiendo del nombre de mi madre, “del Ser”, y hoy empiezo a conocerlo, bendito sea Dios, empiezo a tratarlo, a tomarlo por algo real. Cargado de una extraordinaria significación que nunca había advertido.
Poniéndose de pie, el hijo de su asombro y de Del Ser pensó que daría una vuelta a caballo. Seguramente que camino del potrero seguiría dan vueltas las páginas de su pensamiento.
Tomó el mate, sorbió por última vez dejándolo sobre la pequeña mesa que tenía cerca de su escritorio a tal fin. Nadie podrá negar que hoy abrí caminos, que traspuse umbrales sutiles, que hoy me he asomado a escenas que nunca antes había captado, pensó, y entonces se me atropella algo que siempre estuvo allí cerca de mí, como si me comenzara a soplar la nuca de la conciencia: La cuestión de mi Identidad.
Es un hecho que en esta mañana en que bajaran en cascadas conceptuales aguas de mi Identidad, también lo han hecho esas otras aguas, diáfanas y delicadas, las aguas de la fidelidad. Hablo de mi fidelidad con lo que me hace ser el que soy, con lo que me ha hecho ser el que soy: Mi espíritu y mi sangre, que son las de mis padres, el espíritu y la sangre española.
Ahora leo en mi entendimiento sin borrones ni tachas a qué cosa le he sido fiel en la vida, a qué cosas no, y el porqué de todo ello.
Sí, sobre todas las cosas he sido fiel conmigo mismo. también en el error. Aunque siempre malicié que al tomar el camino que tomé algo se malograba a pesar de todos los triunfos.
Siempre consideré que mis padres harían y desharían según les pareciera en la responsabilidad omnímoda de mi educación que les cabía. Lo que ellos pensaran para mi era lo que debía ser.
Veo que mi padre viajó a América en la resolución del proyecto de sus días. Por su trabajo. Luego viajó mi madre, uniéndose en matrimonio años después, para servir de la mejor manera al Rey de España y del modo más provechoso a sus intereses personales. En América, en Argentina, mi padre fue funcionario de España sirviendo en distintas funciones administrativas.
Yo nazco en Argentina y mi padre, a mis cinco años, mi padre decide la vuelta a España. Y, vuelto a su tierra, nuestra tierra familiar, se ocupa entre otras cosas de mi educación, enganchándome a los once años en el Regimiento de Murcia.
Esta parte de la historia la recuerdo bien. Yo debía ser soldado. Deseaba ser soldado. Anoticiado de mi inminente ingreso en el Regimiento comprendí que mi padre había leído en algún momento mis sentimientos, mi inclinación natural. ¿Por qué me gustaba ser soldado? Me gustaba, eso era todo.
Soldado del Rey, vestir el uniforme de España, hallar mi camino en el camino real me parece hoy una obviedad. Siendo español ¿a quién iba a servir? ¿A Napoleón? ¿Acaso a alguna nobleza extranjera? Imposible. Sin embargo ese “imposible” se marchitó, y priorizando otro lugar para mí en el mundo, puso mi interés por ascender por sobre mi lealtad.
Todo lo que vino años después cuando viajé a América en el año 1811 no agregó ni restó absolutamente nada a mi Identidad, a mi condición de español. Pero sí demandó de mi aceptar cosas que antes rechazaba.
Yo sabía que al viajar a América con el grado de Coronel con el que España me honrara estaba dando vuelta la espalda a lo que pudo esperarse de mí.En el mes de Septiembre de 1811 el Rey me concede autorización para viajar a Lima, amparándome en mi fuero militar y por lo tanto con derecho a usar mi uniforme.
¿Iba a servir yo a los mandos de ilustres guerreros que combatieron en América por España como el General Joaquín de la Pezuela, el General Rafael Maroto, el Comandante Mariano Osorio, el Comandante Diego O’Reilly o el Capitán General Mariano Ricafort, o al mando del General José de Canterac, el Mariscal Miguel de la Torre o el Brigadier Jerónimo Valdés? No, decididamente, no.
Cuando solicité el permiso yo sabía que ya no iba a luchar más con ellos.
Todo esto que era de una gravedad inaudita, yo la hacía pasar al cuarto no queriendo tratarlo como tal. Debía darme una oportunidad de ascender militarmente por otros caminos que los previsibles, de un modo excepcional si se quiere. Yo me valía de mi nacimiento en Yapeyú para justificar lo que a mis ojos nunca se justificó.
Hasta ese momento había puesto en riesgo mi vida sin reserva alguna en las acciones militares en las que participé desde los quince años, y lo hice por España, para España y con España.
José Francisco de San Martín y Matorras inspiró hondo y largo. Bajó hasta los bordes inferiores de su estómago el recuerdo que traía de tiro y al paso. Eran las cosas más importantes de su vida en las que se venía deteniendo enhorabuena,
Se miró brevemente en su memoria y siguió adelante.
Por entonces, año 1811, él había decidido rumbear hacia otros horizontes. Horizontes de amor y odio en juego desconocidos para él hasta entonces. ¿Con quién hablarlo? Con nadie.
¿Cómo un soldado español de vasta campaña profesional, con grado de Coronel y distinciones ganadas en combate, podía volver su sable contra su casa, contra quien lo formó y lo honró como militar, luchando contra ella, traicionándola?
El hombre que bebía esa bebida argentina en Brusela en el trece aniversario del Combate de San Lorenzo, que había formado el Regimiento de Granaderos para combatir contra España, miró por la ventana. Tal vez se viera pasar en algún momento por allí como se veía cruzar por su mente. Lo que hice, pensó, y lo volvería a hacer.
El hombre de la reflexión histórica hizo una nueva pausa y caminó unos pasos por el lugar tenuemente iluminado por el sol mañanero.
Nunca se me pasó por la cabeza que yo fuera argentino, se dijo.
Sabía que nadie pertenecía a un pueblo por ser la primera generación nacida en el suelo de un pueblo, menos, por haber estado en tránsito con sus padres. Pero cuando decidí continuar mi carrera militar en América conté con ese recurso providencial e invalorable: Había nacido en La Argentina.
José Francisco de Yapeyú caminó solo como venía estando desde que tenía memoria los sorbos de ese mate.
Volvió en ese momento a la cabeza de ese viajero de la Identidad el tiempo aquel en que conversando con sus camaradas en el Regimiento de Murcia, o escuchando a su padre en su casa tomaban protagonismo nombres del orgullo de España, de la gloria de España y de la Humanidad.
Nombres que a él lo seguían conmoviendo: Blas de Lezo, El Cid Campeador, y los nombre epopéyicos de los grandiosos conquistadores:
Juan de Salazar, Domingo Martínez de Irala, Vasco Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Andrés Niño. Gil González Dávila, Francisco Hernández de Córdoba, Diego Losada, Diego de Ordaz, Juan Sedeño, Diego de Almagro, Hernando de Soto, Rodrigo de Bastidas, Pedro de Heredia, García de Lerma, Pedro Fernández de Lugo, Gonzalo Jiménez de Quesada, Pedro de Valdivia, Juan Díaz de Solís, Sebastián Caboto, Pedro de Mendoza, Francisco de Montejo, y claro, Martín del Barco Centenera, Hernán Cortés, Francisco de Pizarro, Ortiz de Zarate y la larga lista de aquellos que sacaron lustre al coraje en las noches más oscuras de la adversidad e hicieran tremolar la Bandera de España bajo el cielo de los espíritus.
Se emocionó un poco viéndose muchacho, vio su empeño silencioso por ser el que debía ser, como buscándose en el tránsito de dos continentes. Ser soldado, bajo el sol de esos ejemplos había sido su vida.
Decidió salir.
Al abrir la puerta de su espaciosa residencia belga, que daba a un jardín amplio en cuyos fondos se hallaba el potrero con algunos caballos, creyó escuchar la música de una fanfarria.
Tal vez un día ese Combate de San Lorenzo del cual hoy se cumplen años , tenga una marcha que lo recuerde. Fuese uno a saber.
Y así como al correr de sus pensamientos en esa mañana evocativa se habían ido trazando líneas para efectuar cuentas que iban incorporando su resultado a lo que continuaba pensando, tuvo la sensación que algo en él había trazado una raya final.
Ahora sabía por qué había escrito “Serás lo que debas ser, o no serás nada.”, y con qué objeto.
El mundo debía regirse por el deber.
Nada escapaba al mismo, y lo más importante en su vida había sido testimoniar que su existencia había estado regida por ese principio.
Tuvo presente que cuando arrancó hacía muchos años de correr con dos lealtades, supuestamente justificadas por razones geográficas de nacimiento y biológicas familiares, sabía que iba muerto.
Que cuando en su alta mar de Identidad adhirió a la “Doble verdad” de Averroes, supo que era para ganar tiempo, en un tiempo perdido de antemano.
Entonces se precipitó en la Conciencia de José Francisco de San Martín y Matorras del Ser un irrevocable y exacto resumen de su vida.
Se dijo escuchando en ese instante su voz:
-Lo militar fue brillante. Pero lo moral, fue atroz.
*Editó: gabrielsppautasso@yahoo.com.ar DESDE EL BUNKER nos complace presentar SERÁS…del maestro de la Guardia RUIZ DE LOS LLANOS
Córdoba de la Nueva Andalucía, 8 de mayo, NTRA SRA DE LUJÁN, de 2012.
Gspp *
Publicado por Antoine en 10:45
*Bibliografía de Gabriel Ruiz de los Llanos*
“Los últimos días de Perón” por Enrique Pavón Pere...
*COMANDOS EN ACCIÓN* EL EJÉRCITO EN MALVINAS*
*HISTORIA de FRACASOS*
*RICHARD RHODES: “AMOS DE LA MUERTE. LOS SS EINSAT...
*EL “CHE” GUEVARA y la RELIGIÓN* por ENRIQUE DÍAZ ...
*PERONISMO: Fuentes y Desarrollo Histórico. Ensayo...
*CLAVE: CINCO*
El Combate de Obligado - 20 de Noviembre de 1845 ...

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