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Timestamp: 2019-08-20 11:35:45+00:00

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El modo de existencia de las imágenes a la luz de Simondon – Reflexiones Marginales
Home Número 48 Dossier El modo de existencia de las imágenes a la luz de Simondon
Este artículo presenta una interpretación de Imaginación e invención de Gilbert Simondon apoyada en diversos elementos de su teoría de la individuación, su filosofía de la tecnicidad y sus estudios de psicología. Para ello, primero, nos dedicamos a algunas fuentes de las tesis simondonianas sobre las imágenes. Luego, nos ocupamos de la estructura del curso recorriendo los cuatro momentos del ciclo genético de las imágenes (anticipación, percepción, conservación e invención). En tercer lugar, analizaremos ciertas hipótesis subyacentes que aceleran el ciclo e impiden una lectura lineal de las actividades de reconstrucción y reorganización (de la causalidad acumulativa a las tecnofanías). Por último, nos detendremos en el rol de la fuerza de imaginar en el plano programático para nuestro autor.
Palabras claves: Simondon, imágenes, imaginación, invención, tecnofanías, individuación.
This paper presents an interpretation of Gilbert Simondon’s Imagination and Invention based on some elements of his theory of individuation, his philosophy of technicity and his studies on psychology. To achieve such aim, first, this study will explore the sources of simondonian thesis about images. Then, attention is turned to the structure of the course throughout four moments of the genetic cycle of the images (anticipation, perception, conservation and invention). Thirdly, this study will present an analysis of the underlying hypotheses that accelerate the cycle and prevent a linear reading of reconstruction and reorganization activities (from cumulative causality to technophanies). Finally, the paper will explore the role of the force of imagination in the programmatic plan of our author.
Keywords: Simondon, images, imagination, invention, technophanies, individuation.
El anastomosado pensamiento simondoniano desarrolla una ontogénesis en la que medio (milieu) e individuo se forman y crecen en procesos conjuntos a partir de una realidad preindividual (ápeiron o estado tenso rico en potenciales, indeterminado). En los vivientes esa mutua génesis implica una individuación ralentizada que favorece los intercambios comunicacionales de energía e información con el medio (asociado) y permite la emergencia de otro medio (interior) que indica el estar en el medio de una actividad. Se trata de una propagación desacelerada o neotenia que prolonga las transformaciones entre operación y estructuración bajo los principios de la mutua pertenencia de ser y devenir, y del realismo de las relaciones.[1] Consecuentemente, las individuaciones vivientes psíquicas y colectivas no escapan a esta lógica de relaciones problemáticas entre actividad y medio. Así, por ejemplo, sensibilidad e instinto transmutan en una dinámica compleja de percepción y afecto-emotividad al tiempo que, como veremos, se reestructuran en contacto con la cultura material. Pues, para Simondon, la invención de objetos (técnicos, sagrados y estéticos) y su concretización trazan una reorganización del medio apoyada en territorios que constituyen la envoltura cambiante de las individuaciones. De esta forma, tanto normatividad biológica como técnica se mezclan con medios simbólicos y psicosociales a través de actividades singulares (anticipación, percepción, conservación e invención).
Entre 1965 y 1966, Simondon compone Imaginación e invención (Iei). En el curso, cuyo símbolo es la transcripción que recorreremos, su filosofía de la individuación, la de la tecnicidad y su psicosociología de la invención se reúnen en una teoría original que intenta comprender tanto las cargas potenciales que habitan los medios (biológicos, geográficos y psicosociales), así como las operaciones o actividades del viviente que se informa y cambia individuando el pensamiento y desencadenando reestructuraciones en las individuaciones concretizadas del medio (exterior) salvaje. Estas actividades genéticas se llaman imágenes y constituyen la carga sub–individual que atraviesa la objetividad y la subjetividad, al tiempo que la fuerza de la operación del viviente que se transforma al desarrollarse y con la que el medio se modifica es llamada imaginación. De ese “complejo modo de existencia y de proliferación de las imágenes”[2] nos ocuparemos, teniendo en cuenta que nos acercamos a nuestro autor in medias res. Su viaje filosófico ha zarpado y sus remos nocionales surcan las aguas de la psicología en un movimiento constante hacia los problemas de la individuación y hacia los de la técnica. Así, en el primer apartado, sin intentar agotarlas, referiremos a algunas fuentes de sus preguntas y tesis sobre la imaginación, luego nos detendremos en la estructura y en los argumentos del curso y, en el último acápite, visitaremos ciertas hipótesis que complejizan lo que nuestro autor denominará el ciclo genético de las imágenes (de la causalidad acumulativa a las tecnofanías) para comprender el rol programático de la fuerza de imaginar.
Algunas fuentes de las tesis simondonianas sobre la imaginación
Es sabido que diversas filosofías y psicologías francesas[3] abordaron, en una historia de marchas y contramarchas cuyo pináculo parece haber sido el bergsonismo, las nociones de imagen y de imaginación. De allí que, si bien Simondon refiere explícitamente al “Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia”, el cuadro del mundo intelectual francés, a principios de la pasada centuria, pudo haber excedido a Bergson. De hecho, Pierre-Maxime Schuhl,[4] una de las fuentes de nuestro autor, subrayará en “Les puissances de l’imagination”[5] que los problemas de la imaginación fueron rechazados por parte de la generación de maestros franceses posteriores a la Primera Guerra Mundial bajo el signo de un profundo racionalismo. Frente a este intelectualismo, desde finales de la década de 1930, las tendencias del pensamiento comenzaron a favorecer, en una dominante que llamará “romántica”, el desencadenamiento de la fantasía. Por esto, Schuhl rastreará la rehabilitación de los problemas de la imaginación, no solo en ciencias humanas y en filosofía, sino también en su extensión en la cultura en general. Su amplio recorrido abarca desde la literatura y la dramaturgia hasta diversos artistas plásticos, para detenerse en pasajes de la psiquiatría y en diferentes afecciones mentales. Así, para el autor de Imaginer et réaliser, aun si es evidente que Freud, Sartre[6] y el surrealismo median en esta revigorización del problema, el dinamismo del mismo no se extinguirá en ellos, sino que podrá ser rastreado tanto en sus discípulos como en sus detractores (en psicología, antropología, sociología, etc.). Se trata de una época en la que, a los ojos del helenista, se hace evidente una relación aristotélica[7] entre imaginación y deseo.
En ese escenario, una pieza fundamental para “[…] considerar a la imaginación como una de las mayores potencias de la naturaleza humana”[8] será G. Bachelard.[9] Como es sabido, el simbolismo bachelardiano, más allá y más acá del psicoanálisis y de la fenomenología, gira en torno a diversos elementos alquímicos que sobresaturan la imaginación poética (fuego, tierra, agua, aire) y propulsan la ensoñación hacia el cosmos. Aunque sin seguir el orden de estos elementos, como señala Bontems,[10] Simondon no sólo encuentra inspiración en el realismo de las relaciones del epistemólogo, sino que, además, Iei puede ser pensado como una prolongación de varios aspectos de la teoría bachelardiana sobre la serie analítica de los ensueños. Sin pretender agotar todas las relaciones posibles, señalemos que, en primer lugar, en ambos filósofos hay un recurso a la composibilidad (lógica sin tercero excluido) de las imágenes en unidades de diadas tensas y ricas en potenciales que conforman operadores poéticos dinámicos y ambivalentes (como el aire envolvente y lanzador, la tierra nutricia y devoradora, el alcohol coadyuvante de fuego y agua, etc.). En segundo lugar, ambos filósofos señalan el constante franqueo de las divisiones entre el dominio subjetivo y el objetivo en lo que Bontems recupera como el operador de la covariación entre los soñadores y la ensoñación.
Así, las imágenes guardan una función activa de apertura del psiquismo que conjura la pasividad y el carácter residual de meros derivados perceptivos o entidades de la represión. Cargan una energética de transformación.[11] En tercer lugar, la potencia de la imaginación se les presenta como espontaneidad creadora, despilfarradora –dirá Favez-Boutonier[12]–, teniendo por principio funcionar en prospectiva y bajo la tendencia a enriquecerse, amplificarse y decantar en la creación. Por último, quizás se podría destacar que, detrás de las huellas del ritmoanálisis de la fenomenología bachelardiana (y la exploración de la relación existencial de las imágenes con el tiempo), es legible un anticipo de lo que Simondon llamará sincronización del ciclo de las imágenes, donde será clara la imposibilidad de reducir a estas últimas a un concepto estático e invariante. Por supuesto, a diferencia de Bachelard, el autor de El modo de existencia de los objetos técnicos (MEOT), aun si incorpora leyendas y cuentos, no seguirá el derrotero alrededor de la forma literaria de la imaginación (sino que, el análisis de diversas producciones de la industria cultural ganará presencia en su trabajo).
De la mano de Bachelard, se reconoce la influencia de C.G. Jung, quien será incorporado en las referencias del curso y permitirá que analistas como Chabot[13] vean en Iei una teoría del subconsciente simondoniano (capa fundamental de la individuación[14] psíquico-colectiva[15]). Para el autor de Símbolos de transformación, las raíces de la imaginación, de los onirismos y de las fantasías se encuentran en matrices inconscientes que confirman cierta exterioridad y poder de propagación universal de las imágenes. Se trata de arquetipos o “[…] elementos estructurales numinosos de la psique [con] cierta autonomía y energía específica”[16] que sufren transformaciones por transferencias simbólicas de cargas energéticas (numen) entre distintas formas (de allí su carácter sobredeterminado[17]).[18] Pero además, para Jung, los arquetipos evidencian que la conciencia es “[…] solo la inflorescencia y fructificación estacional que nace del perenne rizoma subterráneo”[19] constituido por la historia colectiva del espíritu, descripción con la que Simondon, al menos preliminarmente, acordaría. No obstante, a pesar de algunas coincidencias, ciertas divisiones que recorre el pensador suizo (como las que esgrime entre el pensamiento dirigido y el sueño o fantaseo) no tendrían lugar en el filósofo francés, para quien el ciclo de las imágenes, de darse por completo (y no terminar en esquizofrenia), señala una continuidad entre los símbolos y la resolución de problemas.
Asimismo, para Jung, los arquetipos son formas innatas, primitivas y arcaicas cuyo origen no puede atribuirse a experiencias individuales. Diferenciándose de esta interpretación, Simondon trastoca los términos del análisis al intentar comprender la génesis de esos arquetipos a partir de lo que veremos como una modificación de las tesis gnoseológicas (§ III) y de los problemas de la causalidad acumulativa (§ IV). Como señala A. Bardin[20], para Simondon el arquetipo no es dado naturalmente, ni construido colectivamente a partir de la convergencia de normas individuales, sino que opera transductivamente en un régimen de transindividuación. Una función arquetípica depende de los procesos de producción de objetos y de los símbolos que son la base de la cultura material.
La biografía de nuestro pensador también nos indica otra herencia pues, a mediados de la década de 1960, Simondon se hará cargo de una cátedra de Psicología general alternativa a la dictada por J. Favez-Boutonier en la Sorbona.[21] De acuerdo con algunos autores, se trata de una decisión estratégica del psicólogo experimental P. Fraisse para compensar el peso del psicoanálisis. No obstante, lejos de una ruptura radical entre ambas cátedras, como han señalado Bardin[22] y Chateau[23], Simondon se apoyará constantemente en las lecciones sobre la Imaginación que Mme. Favez-Boutonier desarrollará en 1963. En las mismas se abordan las corrientes del pensamiento que, desde el cartesianismo en adelante, anudaron las imágenes al mundo sensible (teniendo como exponente el empirismo de Taine).
Al mismo tiempo, Favez-Boutonier diseccionará las tendencias filosóficas decimonónicas que reducen la imaginación a una realidad subjetiva, recorrido que será decisivo para que Simondon rechace la noción de imágenes como designando solo un contenido mental del cual se puede tener conocimiento permanentemente. Para la psicoanalista y el filósofo, los aspectos conscientes de las imágenes son excepcionales y refieren a una trama continua (un fondo, dirá el MEOT) que caracteriza modos de existencia y de proliferación autónomos; una exterioridad primitiva respecto a los vivientes, como se advertía ya con los simulacros de Lucrecio. Al mismo tiempo, Favez-Boutonier presenta otro escenario que está en el centro de la teoría de nuestro autor, a saber, la ruptura irreconciliable entre imaginación reproductiva y creadora (como podía leerse en H. Piéron). De allí que Simondon apunte directamente a superar ese problema heredado de la psicología de su tiempo, acentuando el carácter psicosocial de la invención en un ciclo en el que las imágenes rara vez caen en dichas categorías.
Siguiendo la herencia bachelardiana, que desde mediados de la pasada centuria excede a la filosofía y a la psicología,[24] encontramos otra de las fuentes de Simondon en Las estructuras antropológicas del imaginario.[25] En esa obra, Gilbert Durand presenta una sistematización de lo imaginario en un recorrido que comienza en el plano neurobiológico de esquemas sensorio-motrices, reflejos y posturas corporales, y se esparce hacia la formación de imágenes propias de una vasta red de producciones culturales (que incluirá obras de arte, mitos, leyendas, etc.). Evidentemente, Simondon, aun si es crítico de la disciplina, recupera la dirección del antropólogo, pues —para Durand— las imágenes tampoco encontrarán pleno dominio por parte del sujeto, sino que se presentarán como una realidad intermediaria entre individuo y medio. Se trata de intrusas o locas de la casa que desbaratan el orden psíquico, al resistir e incomodar a la conciencia que emerge como epifenómeno de un polípero de imágenes (frase de Durand que nuestro autor atesorará). Siguiendo estas lecturas, Simondon formulará la inquietante tesis de que el gobierno de las imágenes es indirecto como el que se ejerce sobre
“[…]una población extranjera en el seno de un estado bien organizado. […] [P]arásitas o coadyuvantes, son como mónadas secundarias que habitan en ciertos momentos el sujeto y lo abandonan en otros. Pueden ser, contra la unidad personal, un germen de desdoblamiento, pero también pueden aportar la reserva de su poder y de su saber implícito en el momento en que deben resolverse problemas. A través de las imágenes, la vida mental contiene algo de social, puesto que existen agrupamientos estables o movientes, de imágenes en devenir”.[26]
Al mismo tiempo, para Durand lo imaginario se organiza en estructuras que permiten reducir su diversidad a un número finito de esquemas cristalizados en arquetipos y símbolos, entrando en regímenes nocturnos y diurnos de imágenes y relatos. Aquí se encuentra otro antecedente de la tesis simondoniana que sostiene que el ciclo genético y temporal de las imágenes se sincroniza con otras actividades cíclicas en la naturaleza y en la historia.[27] Por ejemplo, las imágenes de las estaciones y su mitología se acompasan con las edades de la vida, con el ritmo nictemeral y con el contenido de las culturas, para decantar en las etapas de la génesis imaginaria (proyecciones, experiencias, recuerdos e invenciones). Pero también esta hipótesis se nutre del profundo conocimiento que tendrá Simondon de las investigaciones de P. Fraisse,[28] para quien las estructuras rítmicas de la duración se sincronizarán con múltiples fenómenos y actividades que engendran imágenes por doquier. Se trata, como veremos en el cuarto acápite, de una tesis que permite acelerar el ciclo y romper con la linealidad del mismo.
Por último, señalemos que Durand es uno de los autores que reintegra al objeto técnico su dignidad cultural al rastrearlo como fruto de las imágenes y entretejerlo con fuentes mito-poéticas. Pero, a diferencia del antropólogo, Simondon no se va a dedicar exhaustivamente al análisis de leyendas, creencias y mitos. Pues, tal como indica hacia el final del tercer capítulo de Iei, se trata de una temática de interés incomparable para la historia de los grupos y de las culturas; no obstante, sus estudios seguirán la intuición, como diría Schuhl, de que “la imaginación no es solo un medio exquisito de evasión, sin ella, no hay invención”.[29] Así, para Simondon, el ciclo de las imágenes debe decantar en la creación de objetos, y el problema de su psicología general será explicar las condiciones de la misma. De allí que otra fuente del pensamiento simondoniano sea La teoría general de la invención de René Boirel.
PRIMERAS MÁQUINAS DE IMPRENTA
De acuerdo con ciertas noticias bibliográficas[30], la conciencia inventiva se presenta para el fenomenólogo como el diálogo activo del espíritu y de las estructuras circundantes, en vista a la resolución de problemas en los más diversos sectores de la actividad humana (técnicas, matemáticas, física, arte, historia, etc.). Al mismo tiempo, las construcciones e invenciones humanas, hasta las más abstractas, referirán a la actividad corporal que constituye el término medio entre el espíritu y el mundo. De ese modo, la invención se presenta para Boirel como “una de las características principales de la vida” (citado por Bouligand).[31] Aunque Simondon coincidiría con esta última aseveración y verá en la resolución de problemas al cuerpo como primer mediador, debemos aplazar aquí las relaciones con Boirel, pues, aunque referido también en el MEOT, no hemos encontrado investigaciones sobre esta subyacente relación.
El ciclo de las imágenes
Más allá de la riqueza y multiplicidad de sus fuentes, como anticipamos, la estructura del curso de Simondon intenta comprender cómo sucede el proceso cíclico entre imaginación e invención. Para ello, el filósofo describirá a las imágenes como realidades distintas al objeto (aun si ellas pueden tener como resultado uno) y diferentes al sujeto (incluso si en él encontrarán morada), al tiempo que recuperará su actividad como intermediarias entre lo abstracto y lo concreto, entre pasado y porvenir. El modo de existencia de las imágenes tendrá una dinámica que permite ciclos de crecimiento y de desarrollo que atraviesan estados de equilibrio metaestable.
WILLIAM BURGES, “DISEÑO PARA LA CATEDRAL DE TRURO” (1878)
Así, en tanto elementos sub–individuales, las imágenes se presentan como subconjuntos de actividades, por un lado, bajo un movimiento que podríamos denominar invariantes funcionales (perceptivo-motrices, informativo-energéticas) y, por otro, estructurándose en dos sistemas de organización que integran energía e información, uno afectivo-emotivo (o mental[32]) de sobresaturación de esos elementos sub-individuales y otro inventivo (o de exteriorización). Los primeros dos regímenes de funcionamientos invariantes y la sistematización de la simbolización corresponden a la mixtura de los niveles[33] biológicos y psíquicos de la actividad en los que se logra un equilibrio metaestable (es decir, propenso al cambio), mientras que la invención realiza una transformación en el nivel de la actividad que reinicia el ciclo. Así, las imágenes no serán simples prolongaciones de la percepción,[34] sino que existirá ya en ellas una actividad de construcción (formalización) que les permitirá no solo estar lanzadas al porvenir y presentarse en las experiencias, sino también reestructurarse en sistemas que las exceden a partir de la posibilidad de generar realidades tensas, ricas en potenciales y sobresaturadas. De este modo, el plan de Simondon constituye una descripción de funciones y organizaciones en tanto progresión cualitativa en la dinámica de toma de forma de las imágenes que implica una reestructuración permanente de las mismas de acuerdo a las actividades anteriores. Este último punto abre la posibilidad para, como veremos más adelante, la constitución de una tesis sobre la causalidad acumulativa.
De acuerdo con Simondon, el ciclo genético de las imágenes comenzaría, como vimos con Durand, con una actividad de anticipación de los objetos por esquemas y coordinaciones de las acciones de los vivientes. En esta etapa a priori de la experiencia, el contenido de las imágenes está dado por la motricidad (como pensaba la psicología de su tiempo) y por la espontaneidad del organismo: una anticipación pre-adaptativa, no controlada y no relacionada a otros subconjuntos de la vida psíquica. Se trata de un nivel de normatividad biológica de la génesis dinámica de las imágenes que contiene programas de comportamiento de cada especie (pararse, huir, atacar, etc.), y que sirve para desplegar las significaciones de una situación en gradientes de intensidad (polarizaciones como el peligro, la alimentación, el refugio, etc.).
Pero Simondon subraya que, en los seres vivos con sistemas nerviosos altamente centralizados, esta espontaneidad está integrada a la representación analógica del medio; es decir, solo analíticamente ciertos esquemas y coordinaciones de los mismos pueden tener un contenido a priori de la experiencia.[35] Por ello, los ejemplos desconciertan. Como veremos en el cuarto acápite, Simondon supone que en el viviente psíquico y colectivo las anticipaciones se modifican en el medio perceptivo, motor concreto a través de lo que llama patterns of culture.
Así, las imágenes a priori siempre se encuentran en diversos contextos culturales en los que aportan su fuerza amplificante que permite la metamorfosis de los objetos. De allí que, en un primer orden, Simondon recorrerá las anticipaciones de los mundos imaginarios analizando desde el juego de rol (con muñecas, pelotas, etc.) y los fenómenos de inducción simpática por transmisión de secuencias temporales (propaganda nazi, películas eróticas, leyendas, etc.), hasta las fobias exageradas por costumbres civilizadas. Son ejemplos de objetos que reciben un abanico de anticipaciones y organizaciones gestaltizadas de movimientos; de allí que nuestro autor se extienda sobre períodos sensibles de impronta (imprinting o Prägung) que sirven de vectores para la reestructuración por aprendizaje de las representaciones de padres, de educadores y del socius.[36] En un segundo orden, bajo un movimiento argumentativo que excede toda reducción de los esquemas de proyección a estadios sensorio-motrices, Simondon[37] ve en las anticipaciones un recurso de lo maravilloso y de lo sobrenatural, propias de los medios de comunicación masiva, una vía que permite desatar el poder amplificante de la imaginación pero que se ejerce al servicio de la evasión y de la monotonía. Por último, en un tercer orden, contra la imaginación como un mero irreal, Simondon se dedica a la anticipación por acción posible sobre una materia. Se trata de la labor propia del amateur que reinstala una suerte de “[…] artesanado de honor, desinteresado, en el marco del tiempo libre dejado por las ocupaciones de la sociedad industrial”.[38]
Este enraizamiento en las situaciones concretas nos lleva directamente al segundo capítulo del libro donde, como señala J.Y. Chateau,[39] los problemas de las imágenes se encuentran con los del Curso sobre la percepción (dictado entre 1964 y 1965). Puesto que, para Simondon, “[l]a capacidad de percibir está poco alejada de la fuerza de imaginar […], [e]xisten imágenes en lo real percibido [que] constituyen una “epifanía” de significaciones implícitas”.[40] En otros términos, las imágenes se arremolinan sobre sí en un nivel psíquico y permiten la aparición de un territorio que expresa el paso de las actividades de anticipación a las de recepción de informaciones del medio, posibilitando una captura diferencial y ajustada de señales incidentales. Esas diferencias y variaciones (señales de la experiencia) dan como resultado imágenes intra-perceptivas (de lo moviente, de la forma, de la proximidad y de la duración) que quitan a la percepción del lugar de la mera pasividad en la individuación perceptiva progresiva de las clases y de los objetos. Estas imágenes a praesenti, inscritas en un territorio de acción, sirven de instrumento de adaptación y de captura de significaciones individuantes de la realidad perceptiva.[41]
Así, si el contenido de las imágenes a priori estaba conformado por tendencias motrices, el de las imágenes a praesenti será cognitivo dado que la progresiva diferenciación implica grados de aprendizaje, experiencia y conocimiento. Por ello, Simondon comienza describiendo una relación biológica con el medio que se efectúa a partir de las categorías de valencia y de significación primaria como vía de adquisición de información. De ese modo, recorrerá varios ejemplos de medios aún no organizados que implican altos niveles de vigilancia (como el acecho de una presa, la llegada de personas amistosas u hostiles, una aglomeración alrededor de un accidente, la recepción de buenas o malas noticias, etc.). Ninguna de estas situaciones es calma, aunque progresivamente se organizarán y cualificarán por oleadas sucesivas de información que se cierran sobre la identificación del objeto. Allí comienza la actividad propiamente psíquica (el paso del medio al territorio) y la vigilancia se modifica pues las novedades ya no responden a los círculos funcionales. Es decir, se produce un pasaje de la percepción como individuación de clase a la percepción de objetos, permitiendo un acervo de conductas inteligentes en un territorio en el cual se puede desarrollar la imaginación inventiva. El detalle de este tránsito se da a través de los dinamismos de las imágenes que hormiguean en la percepción y que constituyen la noción lewiniana[42] de valencia (Aufforderungscharakter), cuya ascendencia se remonta a la fenomenología de las figuras[43] (Bild) de F. Buytendijk y a los estudios de J. von Uexküll.[44] El centro de la noción enfatiza que los objetos ejercen un efecto sobre las estructuras cognitivas y motivacionales[45] que direccionan la conducta en un campo.[46] Sin embargo, para Simondon el enfoque lewiniano aún era deudor de la idea de equilibrio estable que opacaba la sutil y delicada trama de la acción en la ontogénesis de un individuo individuándose (e individualizándose) en un medio variable.[47] Por ello, nuestro autor fijará su atención en el concepto a partir de la mirada de P. Guillaume, quien juzgaba la potencia futura de la Gestalt en la posibilidad de sobrepujar las figuras geométricas o musicales como modelos de la Buena Forma (con sus principios de regularidad, simplicidad y simetría) para describir las variaciones entre las formas[48] o intensidad de información[49] en la acción.
PAUL GUILLAUME EN SU ESTUDIO
Así, en el camino augurado por Guillaume, se encuentra cifrada la hipótesis ensayada por Simondon al sostener a la percepción como génesis o invención de una forma en tanto resolución de una incompatibilidad en la relación entre el ser viviente y el medio.[50] Dicha invención se da a partir de estas disparidades[51] intensivas conformadas por las valencias (llamado o repulsión, negatividad o positividad, etc.) o imágenes intra-perceptivas que crean un campo de forma temporal con diadas de polaridades que tienden hacia un estado de carga de energía potencial (motivación), abriendo un cierto margen de indeterminación que le permite decir a Simondon que “[…] los mundos perceptivos y el viviente se individúan juntos como universo del devenir vital”.[52] Ese sistema cumple con lo que en Forma, información y potenciales Simondon denominaba adquisición de la ἐμπειρία[53] o condensación de la experiencia pasada en una población de imágenes mentales por largos aprendizajes. Así, las imágenes se muestran como sistemas de composibilidad que no se explican bajo la lógica de tercero excluido y que serán la base para un conocimiento imagético (o, quizás, transductivo).
A partir de recuperar a las imágenes intra-perceptivas como complejos de información y motivación, Simondon trabajará las tensiones y armonías entre elementos y configuraciones. Para ello describirá el acto del percipiente como el de alguien que encuentra sentido a la diferencia entre órdenes molares y moleculares de las realidades. Allí, las imágenes intra-perceptivas aparecen como sistemas de compatibilidad del viviente que soportan la relación con el medio (son como un punto clave de inserción en el mundo). Dicho acoplamiento es variable y Simondon reconoce la especificidad de las situaciones señalando, por ejemplo, la pregnancia derivada de las singularidades (como lo accidental del bache que destaca en la ruta) y de las regularidades en un fondo caótico (como encontrar una forma geométrica en la naturaleza). Así también, gracias a las imágenes en la percepción, Simondon explicará la intuición de composibilidad de los estados como los que operan entre el experto y la realidad técnica (entre el pastor y su rebaño, la madre y el niño enfermo, el montañista y la avalancha, el orador y su público, etc). Asimismo, como veremos en el próximo apartado, Simondon suponía que en la percepción de los objetos tanto la composibilidad como las reversibilidades de las imágenes permitían reestructuraciones de las valencias. Tal como aparece de forma latente, por ejemplo, cuando señala, en Cultura y Técnica,[54] que con la variación y evolución del gesto técnico inscripto en la invención,[55] la malla perceptiva se transforma y nuevos esquemas intelectivos y axiológicos se desarrollan.
HEXÁGONOS EN NIDOS DE AVISPAS
Esta tensión propia de las reversibilidades de las imágenes nos lleva a otro nivel de la actividad de estas. Pues, pasada la experiencia de la acción sobre los objetos, las imágenes (a posteriori) se convierten en el punto remarcable o la actividad que conserva los intercambios intensos entre el sujeto y la situación vivida. Así, las características funcionales (anticipación y experiencia) son completadas y condensadas por un poder de sistematización afectivo-emotivo que permite un sistema de ligazones, evocaciones, resonancias y comunicaciones, produciendo un mundo mental polarizado y tenso, una organización poblada de puntos claves cualitativos bajo los cuales el sujeto posee un análogo (analogon) del medio exterior. Simondon llama “símbolos” a estas imágenes-recuerdos o complejos memoriales que producen una síntesis de energía endógena motriz y de información de la experiencia; un mixto que permite la inserción de la actividad mental en el medio. “El símbolo nunca es flatus vocis, supone un realismo implícito”.[56] Se abre con este análogo un nivel psíquico que no compromete al organismo en cada situación, pues surge cuando el medio ya ha sido explorado e inventariado según categorías que conforman un territorio. Pero, al mismo tiempo, para nuestro autor, el símbolo, considerado en su sentido etimológico, es una realidad binaria que albergará diadas en tensión e incluirá un camino hacia la formalización; esto es, las imágenes no son ni simple espontaneidad, ni mera prolongación de la percepción, sino que en ellas existe una continua actividad constructiva. Esa construcción opera en una formalización que le da a las imágenes su significación y alcance simbólicos como realidades reguladoras en una ralentización de la individuación donde la percepción y la afecto-emotividad han devenido problemáticas. Ello permitirá a nuestro autor esbozar una reforma de las teorías gnoseológicas inductivas y deductivas.
A diferencia de la teoría inductiva, donde los casos individuales son comprendidos y generalizados a partir de su contenido común anulando sus diferencias, para Simondon la inducción puede ser reformulada si se reintegra la historicidad de los distintos aportes de información en la experiencia del sujeto. Se trata de la composibilidad (o lógica sin tercero excluido) en una nueva versión para este conocimiento por imágenes. De acuerdo con las modificaciones que sugiere nuestro autor, las imágenes dejan huellas que conforman clases y gestan el rol arquetípico de primer modelo (las primeras araucarias, madres, casas paternas, etc.). Luego, las experiencias posteriores se definen por divergencias y ramificaciones secundarias sobre las fuentes originales,[57] forjando diadas ricas en potenciales. Así, las primeras huellas fundan clases mucho más primitivas que las generalizaciones y las totalizaciones; se forma un sistema de tendencias opuestas de las huellas sucesivas que conduce a un estado de sobresaturación de la imagen-recuerdo en estado metaestable. Hay símbolo desde que existe esta formalización binaria o terciaria de huellas (como la Imago lacaniana) que conforma un sistema tenso y que se presenta como la condición necesaria para la invención, es decir, para un cambio de estructura que restituye la compatibilidad en un sistema nuevo.
Al nivel de los procesos psíquicos, el símbolo es imagen mental. Por ello, Simondon analiza detalladamente todo el reino de imágenes que se conservan deteniéndose en las consecutivas, inmediatas, eidéticas y en las imágenes-recuerdo. Se abocará al eidetismo de la imaginación artística e inventiva como actividad primitiva integrada al desarrollo del simbolismo pues permite la exploración de los recuerdos (como las mecánicas de los desplazamientos sin el detalle físico de las piezas en los jugadores de ajedrez, o la imagen del olor a nafta que dispara recuerdos de rutas y viajes en los turistas). Los caracteres conservados son puntos de soldadura entre el sujeto y su entorno, sobre todo en situaciones intensas que suscitan emoción y vigilancia elevadas como lo demuestra Fraisse[58] para distintos tipos imaginativos (visual, auditivo, motor, táctil, etc.). Asimismo, la simbolización también puede, para Simondon, recurrir a objetos intermediarios, cuyo primer exponente es el propio cuerpo en la imitación y en la evocación de la actividad mimética, para luego derivar en los souvenirs que constituyen modos de acceso a la realidad de la que fueron extraídos (prendas, recuerdos de batallas, reliquias, etc.). Como vimos, además, para Simondon los símbolos arquetípicos pertenecen al pasado de la humanidad actuando siempre en un régimen individual y colectivo, y soportan la tarea de asegurar la continuidad cultural de los grupos. Esa población de imágenes sobresaturadas que conllevan los símbolos puede ser gobernada o modulada por una meta en la invención (producto de un proceso de decantación que evita la degradación del símbolo en mera fantasía, ensoñación o enfermedad mental).
Como dijimos, si la conformación del símbolo es, primero, organización de las imágenes, hay un segundo momento tan crucial como el anterior. Las situaciones problemáticas que impiden la continuidad de la acción y la recepción de nuevas experiencias instan al sujeto sobresaturado a modificar su estructura para entrar en una organización más vasta, en un orden de magnitud nuevo. El ciclo de crecimiento, saturación y decantación de los elementos sub-individuales o moleculares de la actividad mental concluye en la invención, que es un tercer nivel de la génesis de las imágenes (luego del biológico y del psíquico). Consecuentemente, Simondon describirá, a grandes rasgos, tres tipos de invenciones que, al resolver problemas, generan nuevas compatibilidades entre órdenes de magnitudes diferentes.
Así, la invención en su tipo más elemental “[…] existe desde que una conducta finalizada encuentra un obstáculo en su realización”.[59] Por ello, nuestro autor trabaja con resoluciones de problemas planteados en forma de interrupción operatoria (por rodeo, Einsicht, por cambio de estrategia, etc.). Por supuesto, las vías de resolución no son exclusivas del ser humano y suponen una reorganización del medio en territorio de acción.[60] Así la invención es entonces, en un primer momento, la aparición de una doble compatibilidad: extrínseca (entre el medio y el organismo) e intrínseca (entre los subconjuntos de la acción propia de los sujetos). Por ejemplo, la roca en el camino (que no puede ser movida por un solo viajero, sino por varios) encuentra la raíz de su solución en la mediación entre dos órdenes de magnitud: el del resultado (camino abierto para todos) y el del acontecimiento problemático (ruta obstruida). La solución es colectiva e individual a un tiempo. Además, este rodeo también puede decantar en mediación instrumental entre órdenes de magnitud como la búsqueda de un cuenco para transportar un líquido, adaptadores de impedancia, protectores de tóxicos, etc.
PRIMER AVIÓN CONSTRUIDO POR LOS HERMANOS WRIGHT (1903)
Evidentemente, la mediación por el instrumento implica un rodeo cognitivo cifrado en la fabricación o selección del objeto para un fin. Por supuesto, la invención instrumental para Simondon no se resume solo en cadenas operatorias o perceptivas, sino que involucra una imagen mental completa formada por aprendizajes anteriores en ocasiones de manipulación, exploración y juego donde la actividad está débilmente tensada por los gradientes problemáticos. En las verdaderas situaciones problemáticas habrá un proceso de amplificación en la formalización, es decir, una relación entre el campo de la meta y el de la experiencia acumulada (simbolización). Esta relación implicará una modulación o un gobierno de la población de imágenes mentales (realidades más amplias) organizadas para obedecer a la situación finalizada (realidad más restringida) en torno a la cual se organizan, evitando las polaridades demasiado acentuadas de los símbolos (por ello, por ejemplo, para el filósofo francés el símbolo del vuelo de pájaro imitado por los seres humanos contribuyó poco a la invención del avión).
Luego del rodeo y de las mediaciones instrumentales, Simondon analiza un segundo tipo de invenciones que se apoyan en símbolos y signos. Se enfocará en el examen del pasaje entre situaciones concretas a formalizaciones que permiten resolver tanto problemas prácticos como teóricos. De ese modo, abordará dos niveles de formalizaciones: operatorias y normativas.
Así, afrontará primero la exploración de las formalizaciones operatorias señalando que, tanto en la mediación de la actividad por animales adiestrados como en el esclavismo y en formas de trabajo que implican subordinación, las tareas comenzaron a ser formuladas mediante modos de compatibilidad entre procedimientos de ejecución de la tarea. Se trata de sistemas de transmisión de información cuyo pináculo se encuentra en la formalización de tareas de las máquinas complejas capaces de recibir órdenes en forma de datos y de reglas (antes del comienzo de la operación). Por el mismo motivo, Simondon señala que hay una reinvención lógica de las tareas (como en la explicitación de reglas para las máquinas que en el hombre son implícitas). Asimismo, la formalización de modelos operatorios está supuesta en procesos de enseñanza no sostenidos solo en la manipulación sino también en la exposición (números, gráficas, transposiciones didácticas, etc.).
Para Simondon, el segundo nivel de formalizaciones excede a los órdenes operatorios y se expresa en relaciones afectivo-emotivas. Estas formalizaciones de la acción por comunicación de un sentimiento (o subjetivas) no tienen como modos de compatibilidad procedimientos, sino la creación de normas morales, políticas, sociales, religiosas, jurídicas, etc. Con esto el filósofo expresa de manera clara que los campos anteriormente señalados son problemáticos, y que estas construcciones axiológicas son verdaderas invenciones que dan a luz modos de expresión y de comunicación necesarios para la participación colectiva mediante el descubrimiento de compatibilidades con el conjunto de los ideales de distintos grupos (o un acto de gobierno tecno-político).[61] Estas invenciones pueden ser conservadoras, pero, como en otras partes de su obra,[62] Simondon pone el ojo en las revoluciones y en el pensamiento político que crea nuevos sistemas de compatibilidades entre individuos y grupos para modos de existencia que no tienen inserción en las estructuras normativas precedentes, y que funcionan como ariete contra los pilares de la homeostasis social (mitos, creencias, sobrehistoricidad, etc.). Por último, Simondon, se dedica a las invenciones artísticas que operan una formalización del ocio y que descubren compatibilidades entre datos y formas de orígenes heterogéneos. Recorrerá así las invenciones arquitectónicas, literarias, cinematográficas y televisivas como vehículos de las diversas artes (visuales, musicales, dramáticas, etc.) en tanto sistemas de compatibilidad descansando sobre invenciones técnicas en vías de desarrollo.
LA CÁMARA MAMUT (1900)
El tercer tipo de invención que Simondon describe es la creación de objetos o de obras y, a partir de allí, piensa la génesis de las imágenes como fundamento de la cultura material. Aquí la invención, bajo el dinamismo de la imaginación, vuelve a mostrarse como el emplazamiento de un sistema organizado que incluye al ser viviente a través del cual adviene, operando un cambio de orden de magnitud. Pues, para nuestro autor, la invención realiza una relativa exteriorización en el emplazamiento de objetos creados que posibilitan una reorganización de los medios geográficos y psicosociales, permitiendo un acoplamiento comunicante entre el mundo subjetivo y el objetivo. Se trata, en las especies sociales, de un triple punto que puede devenir en una vía para relaciones inéditas o soportar nuevos procesos de individuación (las invenciones operativas, normativas y objetivas, pueden abrir procesos de transindividuación).[63]
Esta producción de un objeto u obra independiente del sujeto y transmisible (en tanto formalización más acabada) escenifica la distancia humana con las sociedades animales, a las que no les falta capacidad de organización, pero sí poder de crear objetos que permitan un progreso en invenciones apoyadas unas sobre otras, así como efectos de causalidad acumulativa y cierta universalidad. Consecuentemente, en este último punto, Simondon se abocará a la descripción de los procesos de invención de objetos técnicos y, en menor medida, a la creación de objetos sagrados y artísticos.
VAJRA, INSTRUMENTO TIBETANO PARA RITUALES
Desde MEOT y a lo largo de toda su obra, para nuestro autor, cuando el examen de los objetos técnicos excede la concepción pragmática, utilitaria y protésica, se hace evidente el carácter universal y atemporal de lo que llama núcleo de tecnicidad: “[…] [l]as técnicas no están nunca completamente y para siempre en el pasado. Detentan un poder esquemático inalienable […] que merece ser conservado, preservado”.[64] Así, no es extraño que en Iei Simondon describa a los objetos técnicos formados por tres capas: en el centro está su contenido técnico puro y, sobre él, como parásitos, se desarrollan dos capas adicionales que dependen de las circunstancias psicosociales. En la superficie aparece una capa de manifestación externa, una semántica arraigada a la época específica y a la civilización en la que nace. En ella se alojan modificaciones ilimitadas que desatan procesos de sobrehistoricidad (que son contralores de la hipertelia descrita en MEOT). Fiel a su estilo, Simondon[65] advierte sobre los efectos de la publicidad y de la obsolescencia programada, señalando que el relativo aspecto creativo de la capa de manifestación está ligado a descubrir compatibilidades entre los objetos técnicos y ciertas vías de comunicación con los seres humanos. Así, por ejemplo, los detalles cromados de un auto que emulan a la aeronáutica no concretizan el funcionamiento técnico y pueden entorpecerlo. No obstante, la incorporación de instrumentales en el tablero permite transponer al manejo del automotor algunas pericias del pilotaje. Esta irradiación de normas perceptivo-operatorias es posible porque la capa de manifestación recubre otra que llama de expresión o realidad intermediaria, mitad técnica y mitad lenguaje (como la incorporación de la cilindrada en los vehículos), y que busca dirigirse, parcialmente, al entendido o al amateur.
Sin embargo, las capas externas y medias solo tienen una organización de compatibilidad extrínseca que pone en comunicación a los seres humanos y a sus técnicas, mientras que la capa interna formaliza concretamente al objeto técnico y lo aproxima a un organismo que tiende a buscar condiciones de compatibilidad intrínsecas (o correlaciones de estructuras y funcionamientos inventadas consciente y voluntariamente en diversos linajes técnicos[66] [67]). Se trata, como dijimos, del núcleo resistente de tecnicidad que soporta a las demás y que, en algunas ocasiones, puede sufrir regresiones causadas por las capas externas. El caso recorrido por Simondon en Iei será la fotografía, que incorpora automatismos que la extienden a un público ignorante de la óptica, de la fotometría y de la química obturando su desarrollo técnico. Pero el filósofo anticipa algo sobre lo que volveremos: hay invenciones (como la cámara Polaroid Land) que, al hacer funcionar las tres capas volviéndolas compatibles entre sí (permitiendo, por ejemplo, que los procesos del revelado instantáneo tengan una retroacción sobre el proceso fotográfico), pueden ser una vía para irradiar tecnicidad. Con ello la teoría de las capas, que se apoya sobre la idea de que la mayoría de los objetos inventados son objetos-imágenes, le permite pensar vías alternativas para cambiar el valor de las técnicas en nuestra cultura empobrecida y alienante.
Por último, Simondon subraya que la verdadera invención sobrepasa las metas particulares de la resolución de un problema y la búsqueda de adaptación, aportando una superabundancia funcional. Así, las invenciones tienden a superar las expectativas de los inventores, pues los objetos creados poseen propiedades que exceden las condiciones de un problema particular y permiten resolver otros (al tiempo que sobrepasan las barreras temporales y culturales). De allí que pueda predicarse existencia de los objetos.[68] Además, como ya era legible en MEOT, las redes de objetos creados (más allá de la concretización cifrada en la convergencia de funciones y estructuras de los elementos o de la individuación de las máquinas) incorporan efectos del medio que se vuelven funciones de la nueva realidad reticular organizada por ellos. Por esto Simondon subraya la emergencia de un proceso de naturalización que pasa por la incorporación de efectos naturales y psicosociales al mundo de las técnicas. Además, estos objetos en su reticularidad (a medida que reorganizan los medios biológicos, geográficos y psicosociales) producen efectos en esos nuevos territorios abiertos. Por ello, Simondon[69] recorre tanto los casos de los caminos y acueductos romanos, como los de las autovías, estaciones de servicio y automóviles, así como los de los conjuntos técnicos de las máquinas de información y comunicación que evidencian que la tecnicidad reside en las redes.[70] Desde Cultura y Técnica (1965), sabemos que las técnicas reticulares industriales y post-industriales, sobre todo cuando son gestos técnicos mayores, guardan un efecto de largo plazo (estructuración) sobre los medios[71] (milieux). Para Simondon[72] la tecnicidad se propaga sobre los medios modificándolos y con ello se transforman las cascadas de moduladores[73] que son los organismos que acceden a los regímenes de individuaciones psíquico-colectivas.
Así, luego de haberse dedicado extensamente a los objetos técnicos, Simondon aborda, desde la teoría de las capas, tanto a los objetos sagrados como a los estéticos, reintegrando una multiplicidad de problemas que ya están presentes en el MEOT y que, si bien están en el centro de las discusiones sobre tecnoestética, por cuestiones de espacio, no podemos abordar aquí.[74] Simplemente señalemos que, según Iei, los objetos religiosos tienen un núcleo de sacralidad que se propaga por fragmentación de una pieza única como lo hacen las reliquias religiosas, que terminan por exceder los procesos de ritualización. Al tiempo que en los objetos estéticos, para el filósofo francés, si bien se puede utilizar la analogía de las capas (señalando, por ejemplo, la superficialidad de los usos decorativos), lo importante no es la constitución estratigráfica del objeto, sino la incorporación (por amplificación) de realidades no-humanas a un mundo que tiene sentido para el hombre (en las que la obra de arte se vuelve independiente de las condiciones de su creación). Pero, a diferencia del objeto técnico industrializado (en tanto completamente organizado), el objeto estético es creado con características particulares y únicas manifestando que la ejecución es contemporánea a la creación.
Por último, señalemos que, en las conclusiones de Iei, Simondon vuelve sobre la categoría de objetos creados (que incluye a los inventados propiamente técnicos) y da cuenta de objetos físicos que tienen la suficiente coherencia y estabilidad por haber sido inventados voluntariamente y por la fuerza de haber sido acumulativamente organizados. La pluralidad de funciones de estos sistemas de objetos conforma lo que llamará la envoltura del individuo que mediatiza las relaciones de aquel con el medio, o, mejor dicho, que permite compatibilidades o comunicaciones entre lo que nuestro autor llama medio salvaje (no elaborado) y la individuación viviente (psíquico-colectiva), puesto que el objeto creado o la red de ellos es el mundo como realidad organizada en territorio.[75] Así, esta envoltura concreta actúa sobre los otros niveles de las imágenes, pues para Simondon el territorio biológico y psicosocial del ser humano se compone de objetos que, en su mayoría, son objetos-imágenes expuestos a procesos de causalidad acumulativa.
El ciclo acelerado: causalidad acumulativa y tecnofanía
Los diversos autores que han explorado Iei suelen coincidir en que la cuádruple constitución de su estructura no parece hacer justicia a las velocidades y dinamismos que habitan las clases transcriptas. Tal complejidad se debe a que las imágenes para Simondon conforman una suerte de base de la cultura material,[76] lo que supone que el ciclo entre en un proceso de aceleración permanente. De hecho, como vimos, hay un primer dato que conspira contra la lectura lineal. Es que cada capítulo implica actividades reconstructivas constantes de las imágenes que no se suceden, sino que se transforman cualitativamente al integrar los contenidos (motrices, cognitivos y afectivo-emotivos) anteriores. El filósofo francés apunta en esa dirección al subrayar el carácter intermediario de las imágenes como realidades reguladoras que, por un lado, permiten extraer al sujeto de situaciones intensas y urgentes pero, por otro, son lo suficientemente concretas como para ser fieles a la situación: “[…] la imagen, como realidad intermediara entre lo abstracto y lo concreto, en el yo y el mundo, no es sólo mental: ella se materializa, se convierte en institución, producto, riqueza, se difunde tanto por las redes comerciales como por los mass media que difunden la información”.[77] Gracias a este carácter intermediario las imágenes logran una intensa capacidad de propagación y se convierten no sólo en resultado sino también en germen del devenir social. De allí que Simondon rechace considerarlas como superestructurales y que las trabaje como muestras de vida que revitalizan la dinámica misma de medios y fines, posibilitando la gestación de nuevas finalidades.
Asimismo, cuando Simondon explica el tándem de las imágenes entre lo abstracto y lo concreto, nos deja otra hipótesis del curso (ya anticipada en otros escritos): los ciclos de las imágenes están expuestos a fenómenos de causalidad acumulativa o circular y, por tanto, a transformaciones sucesivas: “los efectos de causalidad acumulativa sólo reaparecen, de manera clara y decisiva, con la especie humana y bajo forma de objetos creados que tienen un sentido para una cultura”.[78] Esta causalidad se hace cada vez más fuerte cuando el territorio está balizado por redes de objetos industriales y si, por un lado, puede acentuar los aspectos de la alienación cifrados en la separación entre productor y usuario[79], por otro, puede ser la puerta para la reintegración de los objetos técnicos a la cultura. En el primer caso, Simondon señala la existencia recurrente de una sobrehistoricidad proveniente de las condiciones culturales (para grupos cerrados) que se corresponde con las capas de manifestación y expresión, mientras que, en el segundo caso, nuestro autor alude al posible conocimiento por imágenes de la evolución, progreso o historia de los linajes técnicos. No obstante, antes de sacar todas las consecuencias de estos problemas, volvamos sobre esta causalidad en los distintos momentos del curso.
ESTATUILLAS ESTEATOPIGIAS
Hemos dicho que el ciclo de las imágenes contiene funciones y organizaciones en una progresión cualitativa en la que existe una reestructuración de las actividades anteriores. Así, los contenidos motrices (motivacionales), cognitivos (perceptivos) y afectivo-emotivos no se suceden, sino que se entretejen, desencadenando procesos de aprendizaje. Esto explica que en los fenómenos del socius (como la presentación del extranjero, del desviado, etc.) y en la relación primaria con el medio (como en la elección de objetos), para Simondon, existan categorías perceptivas colectivas ya gestaltizadas (de la sobrehistoricidad psicosocial). Nuestro autor sostiene así una hipótesis implícita sobre la reconfiguración de las imágenes intra-perceptivas o de la casualidad acumulativa instalada en patrones o condiciones culturales sobre el mundo de los objetos-imágenes. Esta conjetura supone que las imágenes están sometidas a evolución o que tienen una margen de indeterminación o composibilidad lo suficientemente grande como para recibir múltiples formulaciones que quedarán evidenciadas en distintas formas estéticas, sagradas, así como en representaciones de culturas ancestrales (como el caso de las estatuillas esteatopigias) o en la industria cultural misma (vórtice de propagación de imágenes en nuestra era). Por ello señalará que
“La idea de que el dominio de las realidades sociales es el de los aprendizajes mientras que las categorías directamente biológicas según los instintos serían espontáneas es muy teórica. Sobre el plano de los fenómenos, hay imágenes intra-perceptivas que tienen un sentido para las situaciones psicosociales; ellas no son menos espontáneas ni menos primarias. […] esto permite prever la importancia del carácter perceptivo y primario de los estereotipos [clichés] culturales. El hombre es zoon politikon”.[80]
De allí que dedique largos pasajes de Iei a revisar los estereotipos con los que cargan las minorías, los adolescentes y las mujeres. Al mismo tiempo, a la luz de estas hipótesis, no resulta extraño que el filósofo explique que tras las estrellas cinematográficas hay condensaciones de configuraciones perceptivas que, por ejemplo, generan patrones recurrentes de ambivalencia de las imágenes (como los que se dan entre la figura femenina y aniñada de S. Temple y B. Bardot, o en las imágenes del soldadito entre niño y héroe viril); así como que entre imágenes disparadoras e inhibitorias, Simondon tome ejemplos de los medios de comunicación masiva como los fotoreportajes de víctimas de atentados (Delphine R.) y de guerras.
El mismo proceso de causalidad circular y de reestructuración de la organización de las imágenes sucede con la percepción inscrita en sistemas de compatibilidades y armonías entre órdenes de magnitudes diferentes, entre elementos y configuraciones. En la construcción de un tren, para Simondon, paredes laterales con chapones verticales gestarían una contradicción entre la textura y la esencia perceptiva de la configuración del tren constituida por la horizontalidad de las vías, de las construcciones catenarias, y del sentido del movimiento aerodinámico. La misma chapa en sentido horizontal en una techumbre también sería contraria a la armonía perceptiva e impediría el desagüe pluvial. Lo que hay detrás de estas críticas es la idea de una reconstrucción de las imágenes intra-perceptivas por una coherencia de percepción técnica. Ya en el curso de 1964 y 1965, el filósofo francés subrayaría que, antes de comenzar por figuras geométricas puras, el trabajo perceptivo e imaginativo captura la coherencia de las organizaciones vivientes y técnicas bajo la forma de símbolos coherentes de realidades objetivas. Es que, para nuestro autor, como vimos, las invenciones como resoluciones de problemas de composibilidad también modifican los procesos perceptivos y cognitivos,[81] al tiempo que hacen tambalear los sistemas axiológicos (los signos más claros de estos cambios se dan en la tecnoestética).
Asimismo, la causalidad acumulativa es un proceso que atraviesa la creación de objetos (estéticos, protésicos, religiosos y técnicos) y que se acelera con las sociedades (post)industriales haciendo evidente, por un lado, la profunda alienación del desconocimiento técnico (leitmotiv del MEOT), pero también, por otro lado, como veremos más abajo, permitiendo desencadenar una nueva Cultura enriquecida. De hecho, cuando nuestro autor trabaja los problemas de mediación instrumental y de creación, subrayará que los mismos implican no solo la utilización exploratoria, sino también cadenas de preparación y transformación con poder amplificante, pues tienen como condición de posibilidad la conservación de todo lo que ha servido en la cultura material: “Las técnicas humanas pueden progresar porque el mediador, aunque sea simple por su forma y su funcionamiento, forma parte de una familia de posibles, al término de un proceso de fabricación en el que las bases se mantienen disponibles”.[82] Es decir, si bien hay objetos y obras que tienen limitaciones propias de su época, hay otros que guardan universalidad y eternidad virtuales; entre ellos destacan los objetos técnicos que entran en procesos de causalidad recurrente (o concretización).
FOTOGRAFÍA DE JULIEN LEGRAND
Así, detrás de la idea de la causalidad acumulativa aparece la capacidad de descubrir el linaje técnico (que es la contracara de la familia de posibles), pero para indagar en ello, Simondon necesita dar un paso más allá y reformular, como vimos, la tesis gnoseológica empirista. Traslapada bajo el modelo de la inducción reformada de Iei, subyace la noción de toma de forma de un campo o reacción en cadena que se propaga por proximidad y que transforma cualitativamente las estructuras por las que avanza (como un incendio forestal). En otros momentos de su obra, nuestro autor llama transducción a esta individuación del pensamiento[83] por imágenes que permite desencadenar la invención.[84] En Salvar al objeto técnico (1983) señalará que hay, al menos, tres modos de invención, cuya relación con las teorías gnoseológicas es central. En primer lugar, uno inductivo (o analítico) ligado a múltiples reconstrucciones del objeto en una serie de perfeccionamientos (como las técnicas de ventilación, transporte e iluminación de la minería).
Luego, hay un modo deductivo (o sintético) que surge de sistemas de axiomas científicos (como la radio) que no guardan vínculo directo con lo concreto (por ello, la invención se presenta rígida y conteniendo lagunas). Mientras que hay, por último, una tercera modalidad del progreso técnico, que Simondon
“[…] intent[a] pensar bajo la noción de transductividad. El paso de un conjunto constituido a un conjunto a constituir. Es transductivo lo que se transmite paso a paso, lo que se propaga con eventual amplificación. Es el paso del tríodo (tubo electrónico) al transistor; es decir, de un sistema a otro en el que las tensiones y las corrientes no son las mismas. Otro ejemplo sería el del motor de avión obtenido sin duda a partir del motor de la moto, ligero, confiable, y que no demanda un enfriamiento por medio de agua. En todos esos casos se hace referencia a una analogía real en la que se tienen en cuenta las diferencias, y no un simple razonamiento aproximativo”.[85]
Este modo transductivo de la invención se apoya en una imaginación desplegada sobre la formación de símbolos concretos que permiten acceder a la tecnicidad. Por ello Simondon, desde MEOT, describe a la imaginación, más allá del entendimiento, como la fuerza que hace reaccionar los esquemas mentales unos sobre otros de la misma forma en que reaccionarían los esquemas técnicos entre sí; es decir, que el acto de invención constituye un momento en el que se realiza un isodinamismo transductivo entre el pensamiento que se apoya en las imágenes y el funcionamiento técnico. De allí que los objetos técnicos y su conservación, para Simondon, contengan los gérmenes de invenciones futuras que pueden aparecer cuando se encuentran con el intérprete adecuado.
Estas ideas lo llevan a distinguir en Psicosociología de la tecnicidad (1960-1961) dos efectos de propagación o amplificación transductiva que se apoyan en lo que luego denominará el ciclo de las imágenes y causalidad acumulativa. Por un lado, lo que llama efecto de halo, con lo que determina el proyecto comercial y publicitario montado sobre objetos técnicos. Es un dominio propiamente imagético que tiene eficacia a nivel de las motivaciones de las relaciones interindividuales de uso, de trabajo y de consumo comercial, aunque a veces también implica una irradiación de la tecnicidad del objeto cifrada en la construcción de comunidades que se apoyan en el vínculo con el objeto. De allí que Simondon[86] se detenga en las anticipaciones imagéticas del tigre de Esso que extienden su potencia a los surtidores, en la fidelidad a las marcas de automóviles (haciendo un análisis de lo que hoy llamaríamos tuning) o en el marketing de las aerolíneas suizas que se aprovechan de la precisión vernácula de sus relojes. Pero no se trata sólo de un reino de mentiras e ilusiones que hacen del objeto algo cerrado o criptotécnico, sino que este efecto demuestra que puede haber una transmisión transductiva de los objetos-imágenes que permite una participación[87] en la realidad técnica (aunque relativamente baja[88]) cuando se forman arquetipos y estructuras cognitivas acordes (o dispersión del efecto de halo[89]).
PUBLICIDAD ESSEX (1929)
Pero si las capas de expresión y manifestación psicosociales de los objetos-imágenes, por un lado, son asiento de posibles regresiones del objeto, nuestro autor describirá, por otro lado, un movimiento más complejo que permitirá apuntalar su proyecto completo de reintegración de la tecnicidad y la cultura ya inscriptas en los procesos de formalización insertos en la causalidad acumulativa. Se trata de lo que llama epifanía de las técnicas o tecnofanía de los objetos-imágenes y expresa la capacidad de entrar en una relación con ellos a través de sus capas numinosas. No obstante, para Simondon, solo los grupos que entablan con la tecnicidad una relación que desintegra las relaciones interindividuales de la propiedad, de la aplicación, de la utilidad, del consumo y del trabajo pueden entrar, a través de estas capas (que parecen inesenciales), en relación con el núcleo de la invención. Por esto el filósofo no rechaza de plano los efectos de las imágenes sobre los objetos técnicos y se detiene en la posibilidad de sostener líneas de investigación-acción sobre la relación y las actitudes que frente a los objetos técnicos tienen las mujeres, los niños, los grupos rurales, los amateurs[90] y otros grupos en condiciones especiales (como ciertos marinos). Estas relaciones difieren de las del subgrupo dominante y tienen la potencialidad de reintegrar la tecnicidad a la cultura.
Para Simondon uno de los ejemplos más claros de esta apertura será el de los niños. En las situaciones lúdicas observará que objeto y sujeto forman una unidad dinámica rica en participaciones, cuya categoría fundamental es la de pregnación. Allí se conforma una suerte de despertar de la atención, un margen de indeterminación del comportamiento. Por ello, además de los signos de la aceleración del ciclo de las imágenes a nivel primario biológico y perceptivo, Simondon[91] vuelve sobre ese problema cuando trabaja las imágenes de contenido afectivo-emotivo. Como vimos, las valencias son reconstruidas en períodos sensibles (impronta) que acompañan el curso de la ontogénesis y, ciertamente, como lo quieren la etología y el psicoanálisis, estas imágenes giran alrededor de otros seres vivos (como los padres). Pero Simondon da un paso más allá y señala que, a menudo, se descuida la categoría de los aprendizajes en relación a los objetos. De allí que repase las experiencias de M. Montessori y la organización de un territorio sin recurrir al adulto. No obstante, más allá de la pedagoga italiana, se detendrá en el mundo de los juguetes como verdaderos asistentes del yo en el medio, símbolos de símbolos que provocan una dinastía de objetos elegidos. Por ello, Simondon, en Iei, rechazará los juguetes que enfatizan roles interindividuales (desde las muñecas a la serie Mickey Mouse) y que imponen barreras de normatividades económicas, ritualizaciones y formas de imagineering.
Para el filósofo el carácter del juguete como objeto de elección debería contener normas de confiabilidad elevada (normas de funcionamiento), ya que es prototipo del mundo para el niño. Pero también porque, para Simondon, el conocimiento que surge de estas situaciones intensas de juego no es ni inductivo, ni conceptual o deductivo; es transductivo, es la captura de un esquema o isodinamismo. En ellas, objeto y sujeto forman parte de la unidad dinámica y funcional de la situación, tienen el mismo devenir y forjan un a-dualismo primitivo. Las niñas y niños no solo se divierten con la reproducción de un automóvil o una locomotora, sino que al jugar sufren y esbozan los dinamismos del motor y, por participación tecnofánica, se vuelven parte de él. Así, primero, “el organismo vivo representa los esquemas de funcionamiento técnico”[92], para luego poder objetivarlos y conceptualizarlos. Este tipo de juguetes técnicos es arquetípico, pues está plagado de posibilidades y de amplificaciones imaginativas que favorecen una comprensión intuitiva, una familiaridad, una connaturalidad primitiva con el objeto técnico. Estas situaciones lúdicas, donde se produce aprendizaje por reestructuración de estructuras cognitivas y cambios motivacionales en el seno de la fuerza de imaginar, son los prolegómenos de una formalización que desencadenará invenciones por rodeo y por organización. El sistema metaestable de composibilidad de los símbolos y la lógica transductiva de las imágenes podrían cumplir así con la “comprensión intuitiva del ser técnico por la joven inteligencia”.[93]
Así, Simondon ve en las tecnofanías, desencadenadas por las imágenes, un medio para reintroducir en la Cultura[94] a los objetos técnicos (condenados injustamente al ostracismo), en tanto se encuentran dotadas de un poder de apertura, de expansión y de desarrollo que se apoya en el carácter fanerotécnico o abierto. Por ello, contra la afirmación heideggeriana que subraya que la esencia de la técnica es alétheia (sin ser algo técnico), Simondon,[95] instando a aceptar el peligro de la invención, señalará bajo el ejemplo enciclopédico y bajo su propio proyecto pedagógico que: “La iniciación tecnofánica no es solamente un desvelamiento, sino ciertamente, en el sentido etimológico, un movimiento hacia el interior de lo real visto desde cada vez más cerca y entendido cada vez más esencialmente en su intimidad estructural y funcional”.[96] Así, esta epifanía de la técnica o tecnofanía expresa la manifestación del poder de irradiación y comunicación de los objetos-imágenes,[97] en la medida en que esa comunicación está estrechamente ligada a los esquemas operatorios y concretos de funcionamiento del objeto y no a un efecto de sobredeterminación (consumismo psicosocial). Pero también en la medida en que puede gestar la base para nuevas invenciones axiológicas.
En este sentido, nuestro autor ensayará diversos proyectos pedagógicos que tienen como eje la enseñanza de una reflexión tecnológica mediada por la filosofía que intenta crear las condiciones de participación afectivo-emotiva en estudiantes invitados a aprehender los objetos técnicos a partir de un respeto cuidadoso (tecnología genética), y cuyo objetivo último es apuntalar la formación de una mentalidad técnica apropiada a su tiempo. Una relación de amistad con las realidades técnicas, pero sin desmesura ni fanatismo, sino con los andamiajes necesarios para exceder a los usuarios y convertirse en inventores amateurs que puedan redescubrir los esfuerzos pasados de construcción e invención[98] (o tecnología profunda). A partir del momento en que el objeto técnico es aprehendido a nivel afectivo-emotivo, se vuelve símbolo y soporte (como mantiene en la conclusión del MEOT) de relaciones transindividuales que se apoyan en la imaginación.
Como vimos, Simondon es un teórico de las relaciones entre estructura y operación, entre ser y devenir. No obstante, las relaciones en los vivientes psíquico-colectivos suelen estar cristalizadas o estructuradas en sistemas interindividuales. Estos sistemas sostienen la adaptación del viviente a agrupamientos de seres individuados distanciados parcialmente de las cargas potenciales preindividuales (y sub-individuales) presentes en los medios y territorios que comparten con ellos la misma génesis. Las relaciones capitalistas del trabajo, del consumo, de la propiedad, así como las de la educación humanista fácil y de la aplicación científica ciega, cierran una suerte de mundo en el cual la potencialidad para gestar un margen de indeterminación (disparité) que recupere el trazo temporal de orden y cambio ha sido contenida o, mejor dicho, taponada. Las relaciones interindividuales contienen una vía hacia la degradación o pérdida de información, pero Simondon confía en que la individuación viviente psíquico-colectiva es lo suficientemente porosa como para permitir que las significaciones formadas en las diadas tensas perceptivas y afectivo-emotivas desencadenen nuevas propagaciones amplificadoras (y nuevos colectivos) que solucionen los problemas que se presentan ante la estabilidad y la estructuración de los sistemas sociales anquilosados.
Como señala Bardin,[99] aunque los vivientes psíquico-colectivos tienen sus sistemas simbólicos desadaptados ante la posibilidad de resolución de problemas que surgen de las normatividades técnicas[100] y naturales, la Cultura en su sentido más profundo, para nuestro autor, puede aparecer como una nueva realidad reguladora. De allí los múltiples ensayos simondonianos para dar nacimiento, en un humanismo difícil, al mecanólogo, al amateur, al ingeniero, a aquel que portará la mentalidad técnica. Se trata de figuras del o de la intérprete viviente de la tecnicidad (entendida como manojo relacional de los vivientes psíquicos colectivos entre sí y de ellos con el mundo), donde la téchne pedagógica,[101] el juego y las distintas vías exploradas por los proyectos simondonianos de action-research cifran la clave para descubrir nuevas formas de participación en la formación de una Cultura[102] ampliada que reintegre a los objetos técnicos. En ella, reducir la alienación significaría aceptar que los objetos técnicos no son lo otro del hombre, sino que ellos mismos contienen lo humano, llevando consigo una carga de naturaleza que contiene potenciales y virtualidad.[103]
MUESTRA DE TRAJE DE BUCEO INVENTADO POR LEONARDO DA VINCI
Así, los procesos de transindividuación pueden nacer de esos estados tensos, ricos en potenciales, en el equilibrio metaestable dispuesto por esta sobresaturación intelectivo-valorativa problemática que busca transformarse cuando, en las relaciones interindividuales, aparece un germen cristalino que permite a las realidades transportadoras comunicar las cargas sub-individuales y desencadenar procesos de invención. Estas realidades son las imágenes y conforman el sustrato de la cultura material en tanto dinámicas reguladoras que pueden tanto estabilizar como dejar pasar invenciones que integren la normatividad técnica y natural en sistemas simbólicos o de significaciones. De ese modo, las imágenes como realidades hacen porosas las relaciones interindividuales al funcionar como vectores de transformación que problematizan nuestros esquemas cognitivos y valorativos. Como vimos, esa reintegración o participación es acceso, a partir de las imágenes, a los esquemas técnicos, a una fase transindividual montada sobre una carga de realidad preindividual (o sub-individual) asociada a la individuación psíquico-colectiva; de allí el rol fundamental de la descripción del modo de existencia de las imágenes y de la imaginación.
Una Cultura enriquecida, nacida de una verdadera transformación en el pensamiento, no estaría desadaptada al peligro del gesto técnico mayor ni a la invención que se presenta como sucedánea, a nivel simbólico y mental, de la vida. Aceptaría su estatuto técnico de manipulación humana,[104] escaparía a su dinámica de crianza que actúa sobre el viviente generando artificios,[105] y se volcaría a gestar las formas de conocer y valorar adecuadas para técnicas que tienen como superficie de aplicación a todo el mundo (o los medios biológicos, geográficos y psicosociales). Esas técnicas post-industriales son las nuestras y Simondon refería a ellas como redes o conjuntos de comunicación, energía e información. Por eso, las soluciones actuales se presentan más acá y más allá de sus problemas. Así, no es extraño que diversos autores se pregunten hoy cuán desfasados están nuestros esquemas intelectivos y valorativos de la red de redes. Estos análisis de los conjuntos técnicos que se montan sobre tecnologías del espíritu, de la memoria, de la atención y de las imágenes son quizás el fruto de la “simondialisation” (evidenciada en los hypomnemata stieglerianos, el big data en S. Mills, los objetos digitales de Y. Hui, la gubernamentalidad algorítmica de Rouvroy, la noopolítica de Lazzarato, la computación ubicua de Ekman, la filosofía de los medios de J. D. Peters, la filosofía de la técnica de Blanco y Berti, entre otros). Pero quizás, como subrayan dos simondonianos como P. E. Rodríguez y J. M. Heredia,[106] el hecho fundamental de que los objetos creados se conviertan en una red naturalizada propia del gesto técnico mayor contemporáneo debería disponernos a abrir la tecnicidad e inventar los esquemas intelectivos, afectivo-emotivos y axiológicos que nos faltan, liberando la fuerza de imaginar a la luz de Simondon.
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[1] Cfr. Barthélémy y Bontems, “Relativité et réalité”, ed. cit.; Chabot, La Philosophie de Simondon, ed. cit.; Chabot (comp.) Simondon, ed. cit.; Chateau, Le Vocabulaire de Gilbert Simondon, ed. cit.; Rodríguez y Blanco (comp) Amar a las máquinas, ed.cit.
[2] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 22.
[3] Aunque bien podría argumentarse que no es una situación restrictiva al suelo francés por la diversidad de filósofos y pensadores que han teorizado sobre las imágenes y la imaginación (cfr. Kind, The Routledge handbook of philosophy of imagination, ed. cit.).
[4] Es sabido que Schuhl, habiendo estado presente en la defensa de las tesis simondonianas, encargó a G. Deleuze la reseña de L’individu et sa genèse physico-biologique (1964).
[5] Texto incluido en la compilación Imaginer et réaliser (1963) de Schuhl.
[6] Otros autores han profundizado la lectura simondoniana de Sartre. Nosotros preferimos volver sobre otras fuentes de Iei.
[7] Simondon en Dos lecciones sobre el animal y el hombre (ed. cit.) se detiene sobre la noción de phantasia aisthetike para señalar que sobre ella el estagirita demuestra su teoría de las equivalencias funcionales en los seres vivientes.
[8] Cfr. Schuhl, Les puissances de l’imagination, ed. cit., p. 176.
[9] Cfr. Bachelard, Psicoanálisis del fuego, ed. cit.
[10] Cfr. Bontems, Bachelard, ed. cit.
[11] Cfr. Wunenburger, Antropología del Imaginario, ed. cit.
[12] Cfr. Favez-Boutonier, L´imagination, ed. cit.
[13] Cfr. Chabot, La Philosophie de Simondon, ed. cit., p. 97 y ss.
[14] Pueden seguirse las discusiones sobre las diferencias y similitudes del pensamiento jungiano y simondoniano en el tópico de la individuación desde Bardin, Epistemologia e Politica in Gilbert Simondon, ed. cit.
[15] Cfr. Simondon, La Individuación, ed. cit.
[16] Cfr. Jung, Símbolos de transformación, ed. cit., p. 245.
[17] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit.
[18] Jung referirá, como Simondon, a la noción de Imago, pero sostendrá que ha decidido reemplazarla por la de arquetipo por su potencia para expresar motivos impersonales y colectivos, razón que también podría rastrearse detrás de la recuperación parcial de la categoría lacaniana por parte de nuestro autor. Simondon y también Bachelard recuperan y se distancian del psicoanálisis (freudiano y lacaniano), sobre todo por la falta de reconocimiento de la actividad detrás de las imágenes.
[19] Cfr. Jung, op. cit., p. 17.
[20] Cfr. Bardin, Epistemologia e Politica in Gilbert Simondon, ed. cit.; Bardin y Carrozzini, “Simondon: mito e oggetto técnico”, ed. cit.
[21] Cfr. Bontems, “Por qué Simondon?”, ed. cit.
[22] Cfr. Bardin, Epistemologia e Politica in Gilbert Simondon, ed. cit.
[23] Chateau, “Presentación” en Simondon, Imagination et invention, ed. cit.
[24] Cfr. Wunenburger, op. cit.
[25] Cfr. Durand, Las estructuras antropológicas de lo imaginario, ed. cit.
[26] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 15.
[27] Futuros estudios filosóficos podrán desandar el camino que vincula este ciclo al pensamiento nietzscheano.
[28] Cfr. Fraisse, Manual Práctico de psicología experimental, ed. cit.
[29] Cfr. Schuhl, “Les puissances de l’imagination”, ed. cit. , p. 185.
[30] Cfr. Henry, “Théorie générale de l’invention de René Boirel”, ed. cit.
[31] Cfr. Bouligand, “A propos de l’invention dans les champs théoriques.”, ed. cit., p. 169.
[32] Pero las imágenes no agotan la realidad mental. Por ello Simondon (Sur la psychologie), en distintos cursos, describe procesos (como la memoria, el aprendizaje, la percepción, la sensación, la inteligencia, etc.) que no se limitan a ellas, aun si su actividad encuentra comunicaciones con todas.
[33] Simondon (Communication et information) en su curso de 1971 Comunicación e información analiza una división comparable entre niveles ecológicos, etológicos y psicológicos, donde la comunicación aparece en el centro de los procesos de individuación.
[34] Si en las invariantes funcionales el curso tiene cierta semejanza con la teoría de la inteligencia piagetiana, Simondon cifra su distancia con el epistemólogo afirmando, en todo momento, el carácter constructivo de las imágenes.
[35] En lugar de disparar conductas de ejecución, desencadenan actividades de consumación.
[36] Cfr. Simondon, Sur la technique, ed. cit. p. 117 y ss.; y Simondon, Communication et information, ed. cit.
[37] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 61 y ss.
[38] Ibid., p. 66.
[39] Cfr. Chateau, op. cit.
[40] Cfr. Simondon, Curso sobre la percepción (1964-1965), ed. cit., pp. 201-202.
[41] Ibid.; cfr. Simondon, La individuación, ed. cit.
[42] Como señala B. Balan (en Simondon, Sur la psychologie), nuestro autor analiza la psicología de su época como un encadenamiento de fases entre monismos, dualismos y pluralismos. En estos escritos no deja de valorar el dinamismo que encontrará en la teoría lewiniana del espacio hodológico y su ruptura parcial con los vestigios de la teoría hilemórfica.
[43] Futuros estudios deberían desentrañar la relación con las Ideas husserlianas citadas brevemente en el curso.
[44] Cfr. von Uexküll, Mondes Animaux et Monde Humain, ed. cit.
[45] Simondon (Communication et information) denomina gnosie al mixto informacional y motivacional de toda comunicación.
[46] Cfr. Lewin, Principles of topological Psychology, ed. cit.; y Marrow, The Practical theorist, ed.cit.
[47] Lewin, como señalan Bardin (Epistemologia e Politica in Gilbert Simondon) y Guchet (Pour un humanisme technologique), es el blanco de reiteradas críticas en la Individuación. Pues para Simondon (La Individuación, ed. cit., p. 310 y ss.) la teoría topológica necesita ser complementada con una comprensión de los seres en tanto susceptibles de operar en ellos individuaciones sucesivas; es decir, capaces de dar cuenta de la captura de significaciones en un mundo problemático que exige iniciar procesos de individuación de la acción como modificación, a un tiempo, del medio, de los sujetos y de los objetos.
[48] Cfr. Guillaume, La Psicología de la forma, ed. cit., p. 260 y ss.
[49] Como señala Simondon: “Por encima de la información como cantidad y de la información como cualidad existe lo que podríamos llamar la información como intensidad. […] La intensidad de información supone un sujeto orientado por su dinamismo vital: la información es entonces lo que permite al sujeto situarse en el mundo” (La Individuación, p. 359).
[50] Cfr. Carrozzini, “How to Invent a Form…”, ed. cit.
[51] Podría señalarse que hay una sombra heraclítea detrás de la noción de disparidad constituida por díadas.
[52] Cfr. Simondon, La individuación, p. 316.
[53] Cfr. Simondon, “Forme, information, potentiels” en L’individuation à la lumière des notions de forme et d’information, ed.cit., p. 554.
[54] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit.
[55] La invención del objeto que se separa de las condiciones de su creación rebasa el problema que le dio nacimiento e inaugura una progresión que se apoya en el tejido de invenciones y de aprendizajes perceptivos.
[56] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 12.
[57] Así, por ejemplo, las figuras de la mala madre y la de la madrastra tienen relación a la imagen materna primaria.
[58] Cfr. Fraisse, op. cit.
[59] Cfr. Simondon, L´invention dans les techniques, ed. cit., p. 299.
[60] De allí que, en cursos de la década de 1970, Simondon (L´invention dans les techniques) estudie estas mediaciones en una gama zoológica variada.
[61] Cfr. Bardin, “Philosophy as political technē…”, ed. cit. y Bontems en Guchet, Loeve, y Bensaude-Vincent, French Philosophy of Technology, ed. cit.
[62] Cfr. Simondon, Communication et information, ed. cit., p. 173 y ss.
[63] Cfr. Simondon, El modo de existencia de los objetos técnicos, ed. cit., p. 257 y ss.
[64] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., p. 439.
[66] Cfr. Simondon, El modo de existencia de los objetos técnicos, ed. cit.; y Simondon, L´invention dans les techniques, ed. cit.
[67] Cfr. Guchet, Loeve, y Bensaude-Vincent, op. cit.
[68] Cfr. Los trabajos de Guchet en su obra con Loeve y Bensaude-Vincent, op. cit.
[70] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., pp. 89 y ss.
[71] Así, para Simondon en Cultura y técnica las culturas de grupos cerrados, semejando la crianza, evocan una delimitación artificial del viviente.
[72] Cfr. Simondon, Communication et information, ed. cit.; y Simondon, Sur la psychologie, ed. cit.
[73] Simondon (Communication et information, Sur la psychologie) analiza en algunos pasajes a los organismos como tríodos con niveles correlacionados genéticamente que cierran la circularidad de la comunicación con el medio (motivación, información y acción).
[74] Cfr. Chateau; Chabot; particularmente, N. Ortíz Maldonado en Rodríguez y Blanco, op. cit y Bontems en Guchet, Loeve y Bensaude-Vincent.
[75] Uno se podría preguntar si Simondon decide llamar elementos sub-individuales (del territorio) a las imágenes (antes que cargas preindividuales), pues median entre el medio salvaje y el viviente.
[76] Cfr. Bardin, op. cit.
[77] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 19.
[78] Ibíd., p. 184.
[79] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., p. 61 y ss.
[80] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 81.
[81] Simondon señala en la dirección de dos líneas de investigación entrelazadas. En primer lugar, un análisis de las armonías y tensiones perceptivas en el predominio de pequeñas microestructuras (como en la arquitectura barroca) o en las configuraciones subrayadas por sus elementos (como las técnicas de balizamientos y opticalización y en las indumentarias y modas). En segundo lugar, una exploración tecnoestética de la arquitectura, pues para el filósofo francés se trata de un vehículo de las artes que reelabora el lazo entre naturaleza y tecnicidad a través de una reunión de la configuración con la realidad geográfica en la que se inserta, como punto de soldadura, la obra. Una autopista bien iluminada, una antena de comunicaciones que se acopla al medio geográfico, son signos de esta tecnoestética en la que el contexto permite subrayar el funcionamiento del objeto técnico (cfr. Guchet, Loeve y Bensaude-Vincent, op. cit.).
[82] Cfr. Simondon, L´invention dans les techniques, ed. cit., p. 311.
[83] Cfr. Combes, Simondon. Una filosofía de lo transindividual, ed. cit.
[84] Concepto que, en términos psicológicos, aparece, sin una valoración positiva, ya en El juicio y el razonamiento infantil de Piaget.
[85] Simondon, Sobre la técnica, p. 436.
[86] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit.
[87] Simondon cuenta la anécdota de un paseo en una extraña scooter italiana en el que recibe el saludo de un desconocido montado sobre una moto de la misma marca. Para él, bajo la fidelidad a la escudería, hay un vestigio de participación técnica, fundado en el lazo sobre el objeto sin una comunidad de base.
[88] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., p. 271 y ss.
[89] Ibid., p. 284.
[90] Para Simondon este artesanado de honor se conforma por jóvenes y adultos que están en estado de neotenia.
[91] Cfr. Simondon, Imaginación e Invención, ed. cit., p. 111 y ss.
[92] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., p. 51 y ss.
[93] Cfr. Ibid., p. 214.
[94] Simondon (Sobre la técnica) diferencia entre cultura en minúsculas y en mayúsculas para subrayar el carácter enriquecido de esta última que, a través del humanismo difícil, reintegra a los objetos técnicos (cfr. Guchet, Pour un humanisme technologique). Así, de acuerdo con Bontems (en Guchet, Loeve y Bensaude-Vincent, op. cit.), Cultura implica todos los logros humanos incluidas las invenciones técnicas, mientras que cultura se limita a las creaciones literarias y a una espiritualidad restringida.
[95] Ibid., p. 309.
[96] Ibid., p. 104.
[97] Guchet, Pour un humanisme technologique, ed. cit.
[98] Cfr. Bardin; Guchet, op. cit.
[99] Cfr. Bardin, “Philosophy as political technē…”, ed. cit.
[100] Al respecto, Simondon (Sobre la técnica, p. 42) señala que “[…] las instituciones jurídicas, el lenguaje, las costumbres, los ritos religiosos se modifican menos velozmente que los objetos técnicos”.
[101] Cfr. Bardin, “Philosophy as political technē…”, ed. cit.
[102] Bontems (en Guchet, Loeve y Bensaude-Vincent, op. cit.) llama tecno-política a esta rama de los estudios simondonianos.
[103] Cfr. Guchet, op. cit.
[104] Cfr. Simondon, Sobre la técnica, ed. cit., p. 304 y ss.
[105] Sería interesante, como han comenzado Guchet, Loeve y Bensaude-Vincent (op. cit.), proseguir una crítica de los artefactos y artificios (en favor de la categoría de las realidades existentes). Aquí solo podemos indicar tres figuras de artificio para Simondon: la flor de invernadero o los animales domesticados (artificios vivientes), el autómata cibernético o el robot amenazante (artificio técnico), y el hombre cultivado en una cultura humanista fácil cuyo leitmotiv es ser una defensa contra las técnicas (artificio educativo). Todos se podrían oponer a los procesos de individuación (físicos y vivientes), a los procesos de concretización (de los objetos técnicos) y a los procesos de significación (culturales o psicosociales).
[106] Cfr. Rodríguez y Heredia en Combes, op. cit.
[107] Citamos aquí el Manual, pero Simondon conoce acabadamente la psicología de la duración, del tiempo y de las estructuras rítmicas de Fraisse que nutren dicha obra.
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