Source: http://revistaeconomicadevenezuela.blogspot.com/2012_11_01_archive.html
Timestamp: 2017-10-21 21:12:00+00:00

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Con este título, José Toro Hardy, ofrece a profesores y estudiantes ahora en versión digital una obra que presenta, de la forma más objetiva posible, los conceptos fundamentales de la Teoría Económica, aplicados a ejemplos extraídos de la realidad tanto internacional como de Venezuela.
Disponible en el iBookstore, Amazon/ Kindle, Barnes & Noble y Kobo.
Publicado por Daniel Gonzalez en 21:49
Etiquetas: Fundamentos de Teoría Económica, José Toro Hardy
El mercado de alquileres en Venezuela está muerto y si no muerto, en etapa ya casi terminal. En los tiempos de la mal llamada cuarta República, el alquiler de vivienda era una opción para aquellos que no podían comprar una vivienda. Hoy, quienes no pueden adquirir una vivienda, tampoco pueden alquilar y es que de entre las poquísimas opciones que hay en el mercado, no hay una que pueda ser pagada por una familia promedio. A mediados de marzo, quien suscribe, se preguntó en una investigación: ¿Cuánto cuesta alquilar un apartamento en Caracas. En ese momento, un apartamento de 70 metros cuadrados y un baño, era alquilado por Bs. 9.000. Estaba ubicado en el municipio Chacao. Hoy, un apartamento de similares características no baja de Bs. 12.000.
¿Qué pasa con el mercado de alquileres en Venezuela?
Con el mercado de alquileres pasa lo mismo que ocurre en todos los mercados cuando se reduce la oferta del bien o servicio que se presta. Observemos el Gráfico 1.
Voy a explicar la dinámica como se haría ante un salón de estudiantes de Introducción a la Economía. Se parte de una situación inicial, donde se intersectan las curvas de oferta y demanda en el punto A y para ese punto, hay una cantidad Q1 y un precio P1. Asumamos que por cualquier evento (legal, político, de producción, etc.) se produce una disminución de la oferta. La disminución de la oferta en nuestro gráfico de referencia, corresponde a una traslación hacia la izquierda de la curva de oferta. Nuestra nueva curva de oferta será O’, que interceptará a la curva de demanda en el punto B. A esa nueva situación (Situación A), le corresponde una cantidad Q2, que será menor a la de la situación inicial y un nivel de precios P2, mayor al precio inicial. Conclusión: Cuando disminuye la oferta y no hay movimientos importantes de demanda, los precios tienden al alza.
Con el mercado de alquileres en el país, no ha pasado nada distinto. Una legislación poco clara, acompañada de un marco institucional que pareciera vulnerar los derechos de propiedad, han sido los principales ingredientes que han contribuido a un descenso abismal en la oferta de viviendas para alquilar, con la consecuente y prácticamente inexorable alza de precios.
El problema de la legislación
La llamada Ley de Arrendamientos ha cumplido ya un año y es poco lo que se ha hecho para regularizar la situación de propietarios e inquilinos. De hecho, el presidente de la Asociación de Propietarios de Inmuebles Urbanos (Apiur) ha expresado que todavía no se han fijado los cánones de arrendamiento como lo exige la ley.
El artículo 39 de la ley, establece que no podrá cobrarse un canon de arrendamiento que no esté calculado según los métodos que ofrece el mencionado instrumento legal o producto de una regulación emitida por la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda. En otras palabras, el canon de arrendamiento no puede ser según esta ley, establecido por los propietarios.
El artículo 77 indica que la fijación de los cánones de arrendamiento estará basada en una banda de entre el 3% y 5% de rentabilidad anual del inmueble determinable según el tipo de arrendador. En este artículo se deja a discreción del Ejecutivo Nacional la modificación de los porcentajes de rentabilidad por razones de interés público o social.
El valor del canon de arrendamiento se fijará de acuerdo a la fórmula que aparece en el artículo 78 de la ley, que expresa que CA = (VI/12)*%RA. Donde CA, es el valor del canon de arrendamiento; VI es el valor del inmueble que toma en consideración el valor de reposición, las dimensiones, el valor de depreciación, la vulnerabilidad sísmica y la región geográfica; y %RA, se corresponde con el porcentaje de rentabilidad anual.
El artículo 83 menciona que los cánones de arrendamiento serán revisados por la Superintendencia con competencia en la materia cuando haya transcurrido un año desde la última fijación, cuando se cambie el uso o destino para el que fue arrendado el inmueble o cuando el arrendador haya ejecutado mejoras cuyo costo excedan el 20% del valor del inmueble.
La ley obliga al sector privado de la construcción, en especial a las constructoras de desarrollos habitacionales de más de diez inmuebles, a destinar un porcentaje de esas viviendas para alquilar y quien fijará ese porcentaje será el Ministerio del Poder Popular con competencia en vivienda y hábitat. El artículo 85 señala que los propietarios de estos inmuebles tienen el compromiso de ofertar la venta al arrendatario que esté ocupando la vivienda y el precio de venta será establecido por la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda.
Para los desalojos, no basta que el propietario del inmueble lo desee. Según la ley, deben existir una serie de causales que se mencionan en el artículo 91. Entre estos se cuentan que el arrendatario haya dejado de pagar cuatro cánones de arrendamiento sin causa justificada, la necesidad justificada que tenga el propietario de ocupar el inmueble, el que el arrendatario hubiese destinado el inmueble a usos deshonestos o indebidos, que el arrendatario haya ocasionado al inmueble deterioros mayores que los provenientes del uso normal del inmueble o que haya incurrido en violación de la normativa que regule la convivencia ciudadana.
Si el Estado hubiese cumplido su compromiso constitucional y hubiese construido viviendas de forma planificada, además de fomentar la construcción del sector privado, hoy la realidad fuese otra. Y es que cuando hay una oferta amplia, los precios tienden a la baja y esto beneficia precisamente a las personas con menores recursos, que son hoy las que no pueden comprar ni pagar lo que cuesta un alquiler (Ver Situación B del Gráfico 1).
Etiquetas: alquileres, Ley de arrendamientos, mercado de alquileres, Venezuela
Conozca de cerca detalles de las acciones que derivaron la terrible situación que viven hoy cientos de familias españolas tras la “ola de desahucios”.
En la edición anterior, en un interesante artículo sobre la banca venezolana, se advertía sobre las consecuencias de otorgar créditos sin un estudio minucioso del riesgo asociado y como muestra de los dramas que puede generar una política de créditos errada, se puede citar como ejemplo la situación que en materia de viviendas se vive hoy en España, escenario que ha sido catalogado como de locura y lo cierto es que esta locura tiene cifras concretas. Desde el comienzo de 2008 se han abierto 350.000 casos de “desahucios” –lo que en Venezuela llamaríamos desalojos- y de este total se han ejecutado 172.000. De este total, una buena parte corresponde a primeras residencias, mientras el resto son viviendas en la playa, en la montaña o locales comerciales. Los otros 178.000 casos están en procedimiento judicial y después del último suicidio relacionado con los desahucios, el Gobierno español quiere actuar con urgencia.
Aunque no toda la banca española reconoce sus errores, algunos ejecutivos los admiten. Un ejecutivo de Bankia admitió que si no se hubiera concedido “créditos sin control, no se podría haber llegado a esta situación. Ha habido errores claros. La mejor demostración de ellos es que la morosidad en el crédito hipotecario en el segmento de los inmigrantes supera el 5% frente al 3% del conjunto del sector”. Una cifra que de seguro se incrementará por el aumento del paro y por la duración de la crisis, lo que ha provocado que haya dos millones de desempleados que no reciben prestación de desempleo y según la banca, es precisamente el desempleo una causa directa de este problema. “En un país con seis millones de parados es normal que mucha gente no pueda pagar sus deudas. Ahí se origina el problema y nos ha rebotado a nosotros”, dice la banca. Lo que generalmente no se dice es que muchos de sus clientes eran trabajadores con contratos temporales a los que les vendieron casas y apartamentos que suponían enormes deudas en relación con sus ingresos, situación que no cumple con el manual de las buenas prácticas bancarias de España y que nunca fue denunciado ni por el Banco de España ni por los auditores. Se llega a decir que algunas Cajas llegaron a confundir su vocación social con entrar completamente en el segmento hipotecario de los inmigrantes, así como las clases sociales más populares. Tomaron ese camino sin contar con los sistemas de control de riesgos adecuado.
El círculo vicioso puede ser descrito fácilmente. El auge inmobiliario necesitó mano de obra intensiva, lo que requirió el trabajo de los inmigrantes. Fueron a España a construir viviendas y les fueron concedidos créditos para que las compraran. Con la caída de la construcción, todo se desplomó. Ellos perdieron sus trabajos y van camino de perder sus viviendas.
Una oferta de aquellos tiempos del boom inmobiliario fue la “hipoteca bienvenida”. Se trató de un producto financiero especialmente pensado para inmigrantes y que era ofrecido por la intermediaria financiera CreditServices. Lo único que se necesitaba para acceder a este producto era contar con tres meses de trabajo en España. Así, el inmigrante podía obtener un crédito que cubría el 120% del valor de la vivienda. Los gastos y comisiones de gestión quedaban cubiertos y pasaba a tener una vivienda en España sin haber puesto un solo euro. El crédito lo concedían entidades de Estados Unidos y lo cierto es que este producto financiero conseguía unos 50.000 clientes al año.
En 2010, el presidente de CreditServices señaló que había siete millones de hipotecas, que si los bancos no hacían esfuerzos por refinanciar, iban a caer. Esas son precisamente las hipotecas “bomba” sobre las que ahora pende la espada de Damocles de posibles desalojos o en el mejor de los casos, impagos.
Uno de tantos dramas
El que se narra es un fragmento de un trabajo de la corresponsal en España del The New York Times, Suzanne Daley. “Francisco Rodríguez Flores y su esposa, Ana López Corral durmieron en el portal de su edificio la primera noche tras ser desahuciados. Sus hijas, ambas desempleadas, lo hicieron en la furgoneta de un vecino”. Como esta, hay cientos de historias que se repiten a lo largo y ancho del territorio español.
Publicado por Daniel Gonzalez en 12:47
Etiquetas: desahucios, desalojos, España, viviendas
De acuerdo a las últimas cifras divulgadas por el Banco Central de Venezuela, la variación intermensual del INPC fue de 1,7% y la acumulada en el año asciende a 13,4%. Se observa un descenso importante en la variación de los precios del grupo Alimentos y bebidas no alcohólicas, mientras las mayores observaciones se presentan en los rubros Salud, servicio de educación y restaurantes y hoteles.
El Banco Central de Venezuela difundió los resultados del Índice nacional de precios al consumidor (INPC), donde se evidencia durante el mes de octubre una variación porcentual de 1,7%, observación que fue superior una décima a la del mes de septiembre (1,6%) e inferior en esa misma fracción a la obtenida en octubre del año anterior.
Con este resultado la variación acumulada en estos diez meses se sitúa en 13,4%, más de 9 puntos porcentuales por debajo de la correspondiente al mismo período del 2011 (22,7%). Por su parte, la variación anualizada se ubicó en 17,9%. Con esta cifra anualizada se mantiene la desaceleración continua observada por 10 meses consecutivos, y que se inició a partir del 27,6% obtenido en diciembre de 2011. Por grupos, el de Alimentos y bebidas no alcohólicas registra una variación acumulada de 13,5%, una décima por encima del acumulado del índice general pero 14 puntos porcentuales menor a la observada en igual período del año pasado. Mientras tanto, el grupo de Bebidas alcohólicas y tabaco muestra una variación acumulada de 25,8%. Los rubros de Salud, servicio de educación y restaurantes y hoteles aglutinan los mayores crecimientos de precios, 17,3%, 19,9% y 18,7%, respectivamente.
Al evaluar los resultados del INPC por agrupaciones se aprecia que 8 de las 13 categorías presentaron en octubre una variación intermensual no mayor a la del mes previo: Servicios de la vivienda (de 0,2% a 0,1%), Comunicaciones (de 0,5% a 0,2%), Vestido y calzado (de 0,8% a 0,7%), Bienes y servicios diversos (de 0,9% a 0,8%), Transporte (de 1,6% a 1,1%), Restaurantes y hoteles (de 1,9% a 1,1%), Servicios de educación (de 4,4% a 3,5%) y Alquiler de vivienda mantuvo la variación (1,0%). En las 5 agrupaciones restantes se evidenció un comportamiento acelerado: Esparcimiento y cultura (de 0,6% a 1,1%), Salud (de 1,1% a 1,2%), Equipamiento del hogar (de 0,9% a 1,4%), Bebidas alcohólicas y tabaco (de 1,7% a 2,0%) y Alimentos y bebidas no alcohólicas (de 1,9% a 2,6%).
Los resultados geográficos del INPC muestran que 6 de los 11 dominios de estudio registraron variaciones que no exceden al promedio global: Mérida (1,3%), Maracaibo (1,5%), Caracas (1,7%), Maracay (1,7%), Ciudad Guayana (1,7%) y Resto Nacional (1,7%). Los mayores incrementos relativos de precios, en cambio, se manifestaron en: San Cristóbal (2,5%), Barcelona- Puerto La Cruz (2,0%), Barquisimeto (2,0%), Valencia (1,8%) y Maturín (1,8%).
La reagrupación de los rubros de la canasta del INPC en bienes y servicios, desveló variaciones de 2,0% y 1,2%, respectivamente, para estas 2 categorías. Los Bienes aceleraron, de 1,6% a 2,0%, contrario a los Servicios, que desaceleraron de 1,6% a 1,2%.
El núcleo inflacionario reflejó una variación de 1,3% en octubre, con lo que desacelera respecto al 1,4% reportado en septiembre. Este comportamiento uniforme de la tasa obedece xseptiembre 2012 una variación intermensual de 2,5%, al ubicarse en Bs. 1.881,96. (En el mes de Agosto el valor de la canasta fue de BS 1.835,28).
La variación acumulada a septiembre de 2012 es de 8,08% con lo cual se mantiene menor al 10% y significativamente menor a la acumulada de 19,29% registrada en el mismo periodo de 2011.
Publicado por Daniel Gonzalez en 22:38
Etiquetas: BCV, inflación octubre 2012, INPC
Para realizar mi trabajo con éxito debía ser un buen actor, eso lo entendí desde el principio. Ocultar los miedos y temores y conducirme con naturalidad, era la regla que debía seguir incluso en las peores circunstancias; eventos inesperados que podían ir desde interrogatorios, hasta detenciones en cualquier lugar del mundo. Sin duda, el que más me costó fue el primer viaje. Nunca antes me había subido a un avión, es más, en la vida había visitado el aeropuerto. Estaba algo desorientado y no sabía como actuar en aquel edificio de dimensiones gigantescas, con efectivos de seguridad por doquier. El jefe sólo indicó, en una especie de recomendación general, que debía actuar como si nada pasara y justamente eso hice. Boarding pass y pasaporte a estrenar en mano, y con los nervios recorriéndome el cuerpo de pies a cabeza, así como lo hace un antibiótico inyectado para combatir una infección; pasé por los escáneres de seguridad y unos minutos más tarde entraba a la plataforma de embarque sin ningún problema. Mi corazón, que latía con una fuerza que superaba lo normal, se tranquilizó un poco al abordar el avión. El peor de los peligros había pasado. Diez horas después, desembarcaba en el aeropuerto de Barajas en Madrid. A pesar de sentirme muy débil, tuve que hacer un esfuerzo inmenso por caminar en el terminal como si mi cuerpo era dueño de todos sus ímpetus. No debía levantar sospechas en los funcionarios españoles de migración. La carga había llegado sin contratiempos a la capital de España, que según el jefe, era su niña mimada de Europa. Más de un millón de españoles demandaban asiduamente la mercancía cada año y la organización, decía el jefe, era un importante proveedor de ese mercado.
Unos meses antes de ese viaje, la empresa donde trabajaba cerró sus puertas. Sus directivos decidieron establecer las operaciones en Colombia, donde al parecer, los costos de producción eran menores y por ende, las ganancias podían ser mucho más elevadas. Eso fue lo que dijeron. ¿Verdad? ¿Mentira? Únicamente ellos lo sabían. Lo cierto es que miles de trabajadores quedamos en la calle y a partir de ese momento, la búsqueda de un nuevo empleo se convertía en un auténtico vía crucis. Pasé a formar parte de esa legión de venezolanos cada vez más creciente, con un título universitario pero sin especialización de ningún tipo; que para los departamentos de recursos humanos, o estamos muy cualificados para un puesto o sencillamente nos falta la bendita maestría. Son tiempos, en los que para ser analista de cualquier cosa, debes tener postgrado en lo que sea y para ser vendedor de una tienda, un grado universitario completo es motivo suficiente para que no te llamen a una entrevista. No parece haber términos medios. Los tiempos cambian, sin duda. Ser licenciado hoy, es el equivalente a ser el bachiller de ayer.
Durante los primeros meses, logramos sobrevivir con el sueldo de Juliana y el que fue mi último pago, una no muy larga suma de conceptos laborales multiplicados por días prorrateados. Pero cuando la liquidación se evaporó como lo hace el agua del mar ante los efectos de los rayos de sol, mantener la casa empezó a hacerse cuesta arriba. Después de enviar cientos de currículos y tras meses esperando una llamada que me hiciera salir corriendo a ponerme la chaqueta negra y la corbata azul, finalmente me contactaron de una empresa de telemercadeo para vender paquetes turísticos. Estuve allí un mes. La empresa no pagaba sueldo base, sólo comisiones y trabajaba ocho horas, de lunes a domingo, con un día libre a la semana. Durante ese mes no logré concretar una sola venta, no tanto por ser mal vendedor, sino porque la gente no es muy confiada a la hora de dar sus datos de las tarjetas de crédito a desconocidos y mucho menos, cuando ese extraño los contacta sin poder explicar de qué fuente obtuvo la información. Además, intenté hacer tortas, aprovechando una habilidad que había heredado de mi madre, pero las tendencias lights me sabotearon el negocio.
Unas semanas después del intento fallido de vender paquetes turísticos, a la casa llegó una correspondencia del banco. Uno de esos sobres, más temido que un paquete con una bomba casera o esporas de ántrax. Nos habíamos retrasado en el pago de la hipoteca y el departamento de crédito quería conversar con nosotros. Fui al banco y después de una conversación amenazante, llegamos a un acuerdo de pago. Tan sólo tenía sesenta días para juntar unos cuantos miles de bolívares. Insistí con el envío diario de hojas de vida y el comprar todas las mañanas el periódico, se convirtió en una actividad recurrente y habitual, tanto como alimentarme, ir al baño o tener fantasías sexuales. Fue una de esas mañanas cuando vi el anuncio en el periódico. Era pequeñísimo y realmente no decía mucho. Si quieres ganar mucho dinero, llama al 0555-6352698. No se necesita experiencia. Altos ingresos garantizados. Viajes internacionales. Yo tenía pasaporte, aunque nunca lo había usado. No tenía ninguna visa en todo el documento. Durante mis días de estudiante, el dinero únicamente me alcanzaba para costear los estudios y de empleado, las quincenas se diluían entre los pagos del carro, las cuotas del apartamento, el mercado y el pago de los servicios básicos.
Llamé al número escrito en el anuncio y me atendió una señorita con una dicción excelente, como de comercial de televisión. Me hizo algunas preguntas e indicó que el gerente me esperaba al día siguiente a las diez de la mañana. Debía llevar mi hoja de vida actualizada. Pensé que se trataba de ventas, a fin de cuentas, eran esas las ofertas que inundaban cuál aguas desaforadas, los anuncios de prensa y las páginas de búsqueda de empleo por internet. Venda paquetes administrativos. Venda espacios publicitarios. Venda condones. Y lo peor de todo es que entre los requisitos te exigen que seas especialista y hables inglés, para pagarte cuando mucho dos sueldos mínimos. No sabía que ese en particular, era un anuncio para vender el alma.
Llegué puntual a la cita. Ni un minuto más, ni un minuto menos. La secretaria solicitó mi hoja de vida y se la entregué. Ubicada en La Castellana, una zona muy exclusiva de Caracas, estaba la oficina; en el piso diez de un edificio que lleva el nombre de una importante entidad bancaria. Era pequeña pero lo suficientemente lujosa como para dar una buena primera impresión a los visitantes. Piso de mármol, asientos negros de buen cuero y las paredes cubiertas de lustrosa madera de nogal; engalanaban todo el salón de recibo. Unos minutos más tarde, el jefe me recibía en su despacho.
El jefe, un hombre de unos cuarenta años, dueño de una gran barriga que no le restaba elegancia a su andar, estaba muy bien vestido; con ropa, zapatos y reloj de marcas reconocidas. Me preguntó si era ambicioso y cuánto quería ganar. La indagación me sorprendió. No es común que en una entrevista de trabajo te pregunten de entrada, cuánto quieres ganar. Esperaba preguntas más sosas cómo: cuéntame sobre tus empleos anteriores, háblame de un logro laboral importante o nómbrame tus tres animales favoritos en orden de preferencia. A pesar de la extrañeza que me causó la pregunta, respondí. Me gustaría ganar lo suficiente como para poder pagar unas cuantas deudas, dije sin vacilar. Me habló de la empresa. Era una organización recién instalada en esa oficina, que se encargaba de transportar mercancías a distintos lugares del mundo y por ello pagaba excelentes comisiones. Cuando pregunté de qué tipo de mercancía se trataba, me contestó que antes de la respuesta, debía saber que ya todos mis datos estaban en los archivos de la organización y que de ese momento en adelante, la conversación se tornaba absolutamente confidencial. Si yo los denunciaba, tenían mi dirección para ir a buscarme y el poder necesario para acabarme en cuestión de segundos. Me habló del mercado del producto y de los proveedores. Dijo que en el país se debían aprovechar las ventajas de ser el vecino cercano del mayor productor del mundo y de contar, con una ubicación geográfica estratégica y envidiable para la distribución en los mayores centros de consumo, principalmente Estados Unidos y Europa. Fue entonces cuando me dijo que a los pedidos provenientes de Estados Unidos y España, se les brindaba un tratamiento preferencial. Con esos países se tenían las mejores relaciones comerciales. El primero, es el mayor demandante de la mercancía en el mundo y el segundo, el mayor de toda Europa. La posición estratégica del país no la tiene ningún otro de América Latina, repitió. Los riesgos eran altos pero los beneficios de alguna manera los compensaban. Podía ganar con un sólo viaje unos cuantos miles de dólares, que convertidos a bolívares, eran buenos para empezar a pagar las deudas. Recordé en ese momento las palabras de algún profesor de economía, quien decía que los agentes económicos compensan altos riesgos con actividades que generan grandes rendimientos.
Lo cierto es que salí de la oficina con una propuesta concreta por primera vez en muchos meses. Los empleados estaban todos en misiones y tenían otras programadas al regresar. El jefe me dijo que la organización contaba con nueve distribuidores, quienes se encargaban de llevar la mercancía a cualquier parte del mundo donde esta fuese solicitada. En ese momento, un pedido para España esperaba por distribuidor. Si yo quería, podía hacer esa entrega. El boleto de avión, así como el resto de los gastos y una estadía de tres días, corrían por cuenta de la organización. Tan sólo tenía dos días para pensarlo.
Me fui a la casa y la propuesta no se me quitó de la cabeza ni por un minuto en todo el camino de vuelta. Se metió en mis pensamientos más profundos y me acompañó en el ascensor mientras bajaba de la oficina, en el Metro y en la panadería donde me tomé el café de media mañana, acompañado por mi soledad. Yo fui formado en una familia con valores, en la que mamá nos enseñó a distinguir entre lo bueno y lo malo. Entre lo correcto y lo incorrecto. Estaba seguro, más que eso, convencido de que aquello no era bueno y que si decidía dar ese paso, no habría vuelta atrás. Sabía que si entraba a ese lado oscuro, retornar a la luz sería imposible. Calculadora en mano, saqué cuentas. Las cuotas vencidas de la hipoteca las podía pagar con la comisión e incluso podía amortizar algunas cuotas del carro. Sencillo. Lo pragmático iba ganando en la balanza donde competía con lo moral.
Mi vida de pareja también se estaba tornando monótona; más que monótona, fría, helada a modo de un iceberg del Ártico. El sexo con Juliana cada vez era menos frecuente. Las preocupaciones se acumulaban en nuestras mentes durante el día y al llegar la noche, se convertían en un muro infranqueable que impedía que nuestros cuerpos se fundieran en el placer de la pasión. Ella no me lo decía, pero era obvio que se sentía agobiada con la situación. Era el sostén de la casa gracias a su empleo y sé que el verme disminuido, desempleado y agobiado por las deudas, de alguna manera le perturbaba. No importa lo que pase, la sociedad está diseñada para que los hombres proveamos lo necesario a nuestras familias y a nuestras mujeres y está así, encriptado como un microchip en la mente de todos. Yo tampoco me sentía bien conmigo mismo. La vida estaba perdiendo su sentido. No sólo mi relación de pareja estaba deteriorándose. Ya ni mis amigos me llamaban. Los amigos, buenos o malos, no quieren gente sin dinero, eso es así. Lo decidí. España esperaba por mí. Por mí y por la mercancía. Sobre todo por la mercancía.
Antes de partir por primera vez, debía entrenarme. No sólo se entrenan los jugadores de la Vinotinto antes de partir a un encuentro internacional. Cada oficio tiene sus intríngulis y el que yo estaba a punto de ejercer no era la excepción. Así como un futbolista no mete goles sin práctica, no puede alguien transportar la mercancía sin entrenamiento. El traslado de la mercancía tiene sus propias reglas y es preciso conocerlas en detalle, para no cometer errores que la pongan en peligro. La preparación comenzó el mismo día que regresé a la oficina con la respuesta, muy temprano en la mañana. Por teléfono no se conversaba absolutamente nada, eso había quedado claro desde el primer día. Antes del viaje, debía suprimir de mi dieta las harinas y el licor. Me limité a no cuestionar y acaté la instrucción como una verdad irrefutable, como buen católico. Al tercer día de entrenamiento, empezaron a darme pequeñas peloticas de leche en polvo, envueltas en la punta de guantes para cirugía. Poco a poco, decía el jefe. Al principio, las vomitaba y las nauseas eran terribles, pero ya al final de la práctica, pude ingerirlas sin mayor problema. Realmente lo más complicado del proceso es la expulsión de la mercancía. Eso definitivamente cuesta más.
Dos días antes del viaje, me embargó una duda. Me había dicho el jefe que por la premura, no podría ver una fase del entrenamiento. La parte que no podía darme era la de la visita al aeropuerto. Fue en ese momento cuando pregunté cómo debía actuar para no llamar la atención de las decenas de oficiales de seguridad que patrullaban el recinto. A la mayoría de los que hacen este trabajo, las autoridades los detienen por no saber comportarse. Con normalidad, como si en tu estómago sólo llevaras la merienda de la tarde, me respondió. También me dijo que no tenía motivos para preocuparme, yo llevaría el mayor cargamento y para despistar, delatarían a un anzuelo, alguien que llevaba una menor cantidad de mercancía, quizá unos cincuenta gramos. Eso haría que la seguridad del terminal aéreo estuviese concentrada en él, disminuyendo las presiones sobre el resto de los viajeros. Ya en ese momento había entrado al lado oscuro. No me importaba que otra persona fuese aprehendida por los efectivos de seguridad y enviada a la cárcel. Únicamente me importaba cobrar el dinero suficiente para seguir con mi vida. En Barajas, un funcionario policial vinculado con la organización, estaría de guardia al momento de mi llegada. En ese momento entendí que las organizaciones tras la mercancía son como un inmenso pulpo de mil tentáculos que intentan controlar al mundo, con sus extremidades llenas de billetes verdes que alimentan en todas partes la corrupción y la complicidad de mucha gente.
El viaje fue demasiado estresante. Durante el vuelo no se puede comer, so pena de poner en riesgo la mercancía o la propia vida. Si bien la mercancía da una sensación al cuerpo de no tener hambre, realmente el organismo pasa horas sin alimentarse; consumiendo sus propias reservas de grasas, proteínas y azúcares. Durante el periplo a Madrid, mientras sobrevolaba el Atlántico, toda la comida que me fue servida en el avión, la deposité muy discretamente en una bolsa que llevaba en el bolso de mano y luego, con mayor prudencia, me deshice de ella. Así no despertaba sospechas en la tripulación. Eso lo aprendí en los días de práctica.
Al regresar de España, pude pagar algunas deudas con lo que cobré como comisión por la entrega. Pero a pesar de sentirme más tranquilo por no estar en peligro de perder mi casa, la conciencia empezó a molestarme. Mamá hizo un buen trabajo, sin duda. No había evitado que entrara en el negocio, pero estaba a punto de hacerme salir. ¿A cuántos niños les venderían unos gramos de la mercancía?, ¿cuántos crímenes se perpetrarían bajo sus efectos?, ¿cuántas mujeres serían atacadas sexualmente por hombres que la hubiesen consumido?, ¿qué cantidad de consumidores morirían por alguna sobredosis? Esas preguntas sin respuesta empezaban a aturdir mi mente. La angustia por las consecuencias de mis actos no me dejaba dormir. Pero por otro lado, me inquietaba que Juliana y yo nos quedáramos sin un lugar donde vivir. Si dejábamos de pagar la casa, el banco ejecutaba la hipoteca y perderíamos todo el dinero que habíamos invertido; además, pagar un alquiler con lo que estaba ganando Juliana era imposible en una Caracas, donde alquilar un apartamento de sesenta metros cuadrados es un lujo que sólo se pueden dar empresarios, estrellas de la televisión o mafiosos de alto rango.
Al retornar, después de hacer los pagos correspondientes, llegó la noche. Juliana me buscó en la cama. Hicimos el amor como nunca. No la recordaba tan apasionada, tan avasallante, tan sensual, tan activa, tan dadora de placer. Su boca buscó la mía con ímpetu y fue recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi falo erecto. Con cariño, la acosté y besé su boca con pasión. Jugué con mi lengua sobre sus pezones erguidos, mientras sus gemidos de placer se convertían en música que acariciaba mi golpeado ego. Después, descendí lentamente por su vientre. Luego de brindarle placer con mi boca y mis dedos, junté nuestros sexos. Comenzamos la cabalgata desenfrenada de dos seres que se aman y se gustan. Por primera vez en semanas, hacíamos el amor.
El negocio es complejo. Complejo, injusto y riesgoso. Visto desde afuera, como lo veía yo cuando lo más cerca que estaba de él, era por las noticias de las páginas de sucesos de los periódicos o los informes de los reporteros en cualquier ciudad de México; era como algo lejano, como un extraño que nunca va a llamar a tu puerta. Pero cuando lo miras desde adentro, una vez que dejaste entrar al desconocido a casa, la visión es totalmente distinta. Rápidamente caí en cuenta de que yo no era más que un simple medio de transporte, como un camión, un barco o un avión, al que se le paga un flete por trasladar unos cuantos gramos de la mercancía. No importa lo que le pase al medio, lo importante es que la mercancía llegue a donde tiene que llegar. Al principio creí que me habían pagado bien, pero pronto me di cuenta de que yo no llegué a cobrar quizá, ni el cinco por ciento de lo que costó el cargamento que trasladé. Es un negocio que mueve miles de millones de dólares en todo el mundo y quienes hacemos esto, apenas si cobramos una ínfima parte del valor de la carga.
Antes del viaje a Buenos Aires le comuniqué al jefe mi decisión de hacer un sólo viaje más. La conciencia me carcomía la cabeza como un ácido corroe un metal. Me respondió que eso era imposible. Al negocio no se renuncia, me dijo. Quien trabaja para él, es muy distinto de aquel que trabaja para un banco, que puede renunciar cuando ya no se siente a gusto, cuando consigue algo mejor o cuando el jefe le obstina la paciencia. Del negocio sólo se sale muerto, replicó jocosamente, pero yo entendí de inmediato sus palabras. Es peligroso dejar ir a alguien de un negocio tan lucrativo pero al mismo tiempo tan riesgoso. Una vez que esa persona sabe nombres, direcciones, contactos y modus operandi, bien puede intentar hacerse de una parte del negocio, con lo cual los demás involucrados ven reducidas sus ganancias o sencillamente puede buscar a la policía. Por eso es que hay tantas muertes en el mundo vinculadas a la mercancía. La pelea por el control de los mercados y por la distribución de los beneficios es a sangre y fuego, a muerte. Sí, salir del negocio era imposible. Dijo que si quería terminar con la organización, debía tomar un poco del licor que servían en los aviones.
En el momento en que decidí transportar la mercancía, únicamente pensé en las causas que me llevaron a escoger esa opción y la verdad es que no tuve más alternativas entre las cuales zanjar. Si me retrasaba con un pago más, el banco ejecutaba la hipoteca que pesaba sobre la casa, así de sencillo. Juliana estaba distante, lejana, como decepcionada de tenerme a su lado. Mis amigos ya no me llamaban y yo me sentía inservible. Jamás pensé en las consecuencias, ni para mí, ni para los demás. Pero desde el momento en que me convertí en eso, mi esposa dormía con un delincuente, ni más ni menos, en eso me había convertido, en un bandido, en uno más de la cadena. Un facineroso a quien el Estado persigue y en quien gasta cantidades tremendas de dinero. La gente no lo sabe, pero la mercancía, esa obra del diablo y sus demonios, genera costos inmensos en todas partes.
Muy temprano en la mañana, antes de partir a Argentina, fui a la oficina y empecé a ingerir los dediles que debía entregar. Me tocaba transportar dos kilos y medio de mercancía, distribuidos en sesenta pequeñas bolsitas de unos treinta gramos cada una. Era un viaje más corto, de unas siete horas. El vuelo estaba previsto para las tres de la tarde y llegué al aeropuerto de Maiquetía, faltando media hora para la una. Caminé como si nada, como un ciudadano normal, con tranquilidad. Disimulando como un actor ganador de Oscars, el miedo y el terror que aquel tránsito me producía. Era como un gusano intentando sortear los picos de las gallinas en el gallinero. Hice todos mis trámites y antes de abordar el avión de Aerolíneas Argentinas, un efectivo de seguridad se me acercó. Me preguntó si me sentía bien. ¿Qué había fallado?, pregunté a mis adentros. Respondí sin titubear, que sí, que todo estaba en orden. Me miró con cierta sospecha por unos segundos y al final, me deseó un buen viaje. A pesar de que el pánico me recorría las venas como un veneno inoculado por una serpiente venenosa, no me permití fallar. Actuar con naturalidad era la regla y la cumplí a cabalidad. Siete horas después aterrizaba en el aeropuerto Ezeize de la ciudad de Buenos Aires.
A mi llegada al país del tango, de Juan Domingo y Evita Perón, el contacto me dirigió al hotel en el cual me hospedaría y donde al cabo de unas horas entregaría la mercancía. La totalidad la entregué casi al amanecer, luego de varias horas de afanoso trabajo. El proceso de expulsión me cansó muchísimo. Terminé la entrega sin fuerzas, así que decidí tomar una siesta por unas horas para reponerme y luego salir a conocer un poco la ciudad.
El hotel quedaba a pocas cuadras de la 9 de Julio, la que según algunos es una de las avenidas más anchas del mundo. Yo no lo sé. No había visto muchas otras. Lo que si sé, es que me sorprendió con sus catorce canales de circulación y rodeada a ambos lados de frondosos árboles de un verdor magnífico. La temperatura estaba genial, rondaba los trece grados. El Obelisco que adorna la avenida y que emerge imponente entre su centro, es un espectáculo que estaba obligado a disfrutar. Al anochecer, tomé un taxi hasta la avenida Mayo 829 y llegué al célebre Café Tortoni. Mi contacto me lo había recomendado como lugar ineludible para visitar durante lo que me quedaba de estancia. El anuncio de letras rojas en fondo blanco sobre la fachada estilo art nouveau, invitaba a entrar para escuchar un poco de tango entre sus paredes cubiertas de madera y disfrutar de sus suculentos platos. Me salí de la obligada dieta del oficio. Comí un bife de chorizo con ensalada, acompañado de un buen tinto argentino. De postre, pedí una torta de manzana caliente con helado y lo acompañe con el mejor café vienés que me tomé en la vida. Al terminar, compré un juego de tazas de porcelana para Juliana, decoradas con el nombre del famoso café. La mercancía deja sus beneficios, sin duda. En otras circunstancias no hubiese podido pagar un viaje así. Si la conciencia no me hubiese molestado tanto, casi como un clavo dentro del zapato, tal vez hubiese asumido el riesgo un par de veces más.
Al regresar, cobré por ese transporte un poco más de lo que había cobrado por el primero. Hice que Juliana abriera cuentas en varios bancos para no depositar de golpe todo el dinero en la misma, evitando levantar sospechas por eso de la legitimación de capitales, aunque la verdad es que hasta la gasolina con la que había llenado el tanque del auto, fue pagada con dinero producto de la venta de la mercancía. Pronto esas monedas pasaban a circular sin dejar ningún tipo de rastro y cualquiera, sin sospecharlo siquiera, las tenía en su cartera, para después dejarlas de propina en cualquier restaurante. Lo cierto es que ese dinero después que entra a circular en la economía, pasa de mano en mano como una puta de las baratas. Juliana me preguntó otra vez qué era eso tan valioso que transportaba la empresa para la que trabajaba y tuve que repetir nuevamente la historia de que era una organización que transportaba antigüedades muy costosas a diversas partes del mundo. Yo sabía que ella sospechaba, pero nada podía hacer. Ya yo tenía un plan trazado. En vista de que no me podía retirar del negocio, sí podía desaparecer sin dejar rastro. Luego de unos viajes más, tendríamos ahorrado suficiente dinero como para empezar una vida nueva en otro lugar. Escaparíamos sin dejar huella. Bueno, eso era lo que yo pensaba. Sabía que para Juliana no sería fácil separarse de su familia, como para mí tampoco lo sería hacerlo de mis padres, hermanos y sobrinos. Pero los errores se pagan y ese era el precio que yo debía pagar por haberle vendido el alma al diablo, que quizá es el único que disfruta, que se regocija viendo al mundo revuelto por culpa de la mercancía.
El tercer viaje debía hacerlo a un país, donde un kilo de la mercancía al por mayor puede costar más de setenta mil dólares. Grecia me esperaba. El precio de la mercancía depende entre otras cosas del nivel de pureza y según el jefe, la que comercializaba la organización era de las mejores del mundo. Allí, un contacto de habla castellana me esperaba para hacerle la entrega. Era el viaje más largo y por tanto más riesgoso. Doce horas de vuelo más una parada de cuatro horas en el aeropuerto de Barajas, me separaban de una comisión bastante atractiva. Unos días antes fue noticia el asesinato de más de veinte personas en Ciudad Juárez, supuestamente miembros de un cártel. Sentía que faltaba poco para poder desaparecer y dejar de hacer tanto daño a otros. La noche anterior hice el amor con Juliana. El sexo era cada vez más intenso. Nuestros cuerpos se fundieron en una exaltación avasallante y danzaron al ritmo de nuestras ganas desbordadas. Si no podía salir del negocio, debía hacer suficientes viajes como para poder hacer una buena cantidad de dinero antes de desaparecer. Pero pronto descubrí que el destino tenía otros planes.
Cuando el avión tenía unas tres horas de vuelo, empecé a sentir un dolor insoportable en el abdomen. Nada comparable a cualquier otro malestar abdominal que hubiese sufrido antes. Una molestia incluso peor que la producida por la inflamación del apéndice, dolencia que me había llevado al quirófano unos cuantos años atrás. Procuré disimularlo, pero las inconscientes maniobras del cuerpo en busca de una posición que le permitiera sentirse mejor, llamaron la atención de mi compañero de asiento, quien enseguida llamó a la azafata. De mi boca empezó a brotar un líquido como blancuzco. Segundo a segundo, de mi cuerpo se escapaban las fuerzas necesarias para mantenerme con vida. Las palabras de mi jefe vinieron a mi mente como un atroz epitafio. Del negocio sólo se sale muerto. De seguro algún dedil se había roto. Sí, eso era. A miles de metros de altura, mi vida se extinguía con el paso abrumador de los segundos. Son tan lentos para hacer una hora y a la vez tan rápidos para acercar inexorablemente a la muerte. Sí, le había vendido el alma al diablo y éste estaba pasando la factura. Estaba próximo a pagar con mi vida unas cuotas de la casa, unos giros del carro y las estancias en Madrid y Buenos Aires. Mientras mi pulso se hacía cada vez más lento, me arrepentí de verdad, pero ya era muy tarde. Casi no podía respirar. Estaba muriendo. La mercancía me tenía tan sólo a un paso del final…

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 artículo 77
 artículo 78
 artículo 83
 artículo 85
 artículo 91