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Portal Guaraní - LA GUERRA DEL PARAGUAY - CORRESPONDENCIAS PUBLICADAS EN EL SEMANARIO, 1958 - Por NATALICIO TALAVERA
LA GUERRA DEL PARAGUAY - CORRESPONDENCIAS PUBLICADAS EN EL SEMANARIO, 1958 - Por NATALICIO TALAVERA
CORRESPONDENCIAS PUBLICADAS EN EL SEMANARIO
1958 (137 páginas)
Este libro recoge las crónicas modestas pero llenas de vida y sentimiento de Natalicio Talavera, periodista paraguayo que contó en las páginas del Semanario las alternativas de la gran lucha.
Hemos creído que las mejores ilustraciones para este libro son las que nos ofrece el Cabichuí, diario de carácter satírico cuyo primer número apareció el lunes 13 de mayo de 1866. El último número fué el 95 del año 2º, y salió en el campamento de San Fernando. Fué fundado y dirigido por Juan Crisóstomo Centurión y Natalicio Talavera. Colaboraron el deán Eugenio Bogado, el padre Francisco Solano López, el padre Fidel Maiz y el político y periodista correntino Víctor Silvero. La mayoría de las ilustraciones corresponde a Gregorio Inocencio Aquino y el resto a Gregorio Cáceres, Francisco Velasco, Juan Bargas y Francisco Ocampos.
Las ilustraciones de Cabichuí son plenas de ironía y gracia, y constituyen una nota de arte y de vida en medio del drama nacional
I. Al comenzar 1866.
Violación del derecho de gentes por los aliados. - Comentario sobre la rendición de Uruguayana. - Constante regreso de prisioneros paraguayos. - Odio entre argentinos y orientales. - Exploraciones del enemigo y pasividad de su escuadra
II. Una Victoria en Corrales.
Preparativos de la acción; la emboscada enemiga. - El ataque argentino; derrota del enemigo. - Terrible golpe para la alianza
III. Estero Bellaco.
El ataque paraguayo. - La retirada. - La reacción del ejército aliado. - Dos victorias en un día. - Las pérdidas de los dos bandos. - Ejemplos de heroísmo. - El coronel José Díaz. - Un hecho escandaloso
IV. Comentario sobre Estero Bellaco.
La actuación del ejército paraguayo - Material tomado. - El cuerpo médico; la viruela. - Las fuerzas armadas brasileñas
V. Tuyuty.
Progresión del enemigo; el plan aliado. - El plan de López. - El ataque nacional. - La más grande batalla de América. - Inactividad aliada después de la acción
VI. Combate de Yataity-Corá.
El ataque. - Derrota del enemigo. - Retirada paraguaya. - Los héroes de la acción
VII. Antes de Boquerón.
Más detalles de la acción de las coheteras de Yataity-Corá. - Debilidad del ejército de la alianza: temor por el lado de Boquerón. - Triste papel de la escuadra.
VIII. Boquerón y Sauce.
Una trinchera provocadora. - Ataque del 16 de julio. - La actividad del día 17; desastre aliado. - El 18 de julio: Boquerón. - Importantes pérdidas aliadas. - Ascenso póstumo de Elizardo Aquino
IX. Curupaity.
La más brillante gloria de la República. - El plan enemigo; su ataque. - Un esfuerzo supremo; completo rechazo. - Mortandad sin igual. - Las pérdidas paraguayas. - El valor del general Díaz. - Se ha vengado a Curuzú. - Responsabilidad de Mitre por haber rechazado la paz en Yataity-Corá.
X. División en la Alianza.
La división entre los jefes aliados. - ¿Atacará el enemigo? - Impaciencia en las líneas nacionales. - La guerra se ha convertido en un gran negocio. - América está con el Paraguay; la opinión del Perú y Bolivia. - Actividad en el frente de Curupaity
XI. Al comenzar 1867.
La situación al comenzar el año 1867. - El imperio no quiere arriesgar su escuadra. - El ejército imperial. - Los argentinos. - Las fuerzas paraguayas: su espíritu.
XII. Bombardeo de la Escuadra Imperial.
Violento bombardeo a Curupaity. - Actividad en tierra. - Objetivo de los aliados; se habla de paz. - El ejército paraguayo espera el ataque. – Estreno del coronel Alén en Curupaity.
XIII. La Muerte del Gral. Díaz.
Bosquejo de su vida. - El coronel Alén en Curupaity. - Bombardeo de la escuadra. - Noticias del ejército argentino. - La escuadra. - La revolución en la Argentina.
XIV. Posibilidades de Paz.
Nuevos bombardeos de la escuadra. - La anarquía en la Argentina. - Se sospecha del general Urquiza. - Conjuración en Buenos Aires. - Mediación de los Estados Unidos.
Natalicio María de Talavera
AL COMENZAR 1866
CORRESPONDENCIA DEL EJÉRCITO
Violación del derecho de gentes por los aliados. - Comentario sobre la rendición de Uruguayana. - Constante regreso de prisioneros paraguayos. - Odio entre argentinos y orientales. - Exploraciones del enemigo y pasividad de su escuadra.
Paso de la Patria, enero 27 de 1866. – Señor Redactor de El Semanario. - Inicio a Vd. mi correspondencia de esta semana denunciando una nueva infamia de la alianza contra el Paraguay.
No contenta con las más escandalosas violaciones del derecho y de la humanidad, con el brutal atropellamiento de todas las prescripciones internacionales para arrastrarnos a la guerra, y la manera desatentada y atroz con que trata a los prisioneros rendidos, desahuciada por el éxito de su atentado contra la vida del Presidente de la República por mano de un asesino enviado por el primer jefe de sus fuerzas, ha querido ahora tentar un nuevo medio no menos reprobado, no menos infame para traernos la división, y con ella el desquicio.
Conoce que nuestra arma más poderosa e invencible es la unidad, que hoy más que nunca conservamos por el amor de la Patria amenazada; y no teniendo el coraje de luchar con nos otros frente a frente, abrigando la convicción de sus impotencias ante la decisión y brío del Ejército paraguayo, echa mano de los medios más rastreros y humillantes para introducir la cizaña en el cuerpo robusto y animado de los dignos defensores de la República.
El general Flores, ese instrumento degradado, que con un brazo sirve al Brasil por haber consumado la conquista de su país, y con el otro a Mitre por haber contribuido tan poderosamente a sentarlo sobre la codiciada silla de la Presidenta del Estado Oriental, ese hombre que no contento con arrasar a su Patria con una prolongada guerra civil, consagra la esclavitud de sus conciudadanos, no quiere ahora hacerse menos célebre que su protector Mitre en la cruzada contra el Paraguay y a su vez envía comisionados paraguayos que deben presentarse como desertores de su Ejército, para que bajo la capa de esta confianza puedan introducirse en nuestra División, y seducir con promesas, y la relación del imaginario poder de la alianza a los jefes principales, solicitando su defección contra la Patria a que piensa someter.
Los comisionados para la compra de los jefes paraguayos son varios; el que acaba de llegar es el cabo Facundo Cabral, a quien Flores ha hecho acompañar con el de igual clase José Rosa Villalba, dándoles el tratamiento de Alférez en el pasaporte que de propio puño les ha extendido; habiendo venido personalmente el General acompañado de Jefes y Oficiales a despedirlos en la ribera, haciéndolos conducir en una canoa hasta la isla inmediata, de donde facilitaron su pasaje con nuestras canoas correderas.
Cabral confiesa que al aceptar aquella comisión, no había tenido otro propósito que volver por aquel medio a su país, librándose de la servidumbre a que eran forzados, y que su lealtad y su deber para con la Patria le habían impuesto revelar la vil trama con que querían envolver a sus paisanos, la perfidia de sus enemigos.
Trae una clase de inteligencia para su correspondencia, y la recomendación especial de que en cualquiera necesidad u ocurrencia se dirija y se deje conocer a las familias de Machaín, Recalde, Decoud y Báez, en cualquiera de las cuales encontraría auxilio y apoyo para el desempeño de su comisión, pudiendo servirle también para la correspondencia. Dice además que como conductores podrán buscarse entre los correntinos que se encuentran en el país.
Mal nos conocen los espíritus infernales que vienen a la cabeza de la coalición; como ellos no tienen sentimientos de honor ni de nacionalidad, creen que no pueden abrigarse sentimientos nobles y patrióticos.
¿Acaso el ejemplo del miserable Estigarribia y algunos pocos desconocidos puede autorizar a juzgar igual vileza en el corazón de los demás jefes paraguayos? Es un nuevo insulto para nuestros jefes, para nuestra lealtad, de que hacemos y haremos justo alarde. ¿Somos nosotros mercancías que se venden y se compran, sin corazón, sin Patria, sin Dios?
¿Somos niños para asustarnos con fantasmas de poder y de amenazas?
¿Por qué no vienen esos infelices para desengañarlos de su error, para mostrarles el honor del Jefe Paraguayo que defiende su puesto, la decisión, el valor del soldado dispuesto a vengar los ultrajes de sus enemigos, la resolución unánime de toda la República de conservar su honor y su independencia, o enterrarse valerosamente bajo sus ruinas?
Entre tanto, la guerra que hasta hoy nos hace, son por los medios subterráneos, viles y degradantes; la corrupción en nuestros corazones de todo lo bueno, de todo lo noble, de todo lo grande, es lo que pretenden: entronizar la desmoralización y el vicio en lugar de las virtudes que nos son habituales son sus esperanzas, pero esta táctica diabólica y antisocial no redundará sino en daño de esa misma alianza por la justa reprobación y el desprecio que merece tan inusitado proceder en una guerra internacional.
Acaso la perversidad de Estigarribia ha dado un triunfo efímero al enemigo por aquellos reprobados medios; pero hoy están comprendiendo ya que los paraguayos de que han creído servirse contra el Paraguay corno elementos de guerra, no son sino prisioneros forzados que buscarán el abrigo de su patria, y la defenderán tan luego como tengan ocasión de dar pruebas de esa lealtad característica. Más trabajo va a costarles en vigilarlos que provecho, empleándolos contra su propia bandera.
Varios oficiales paraguayos han hecho decir a S. E. el señor Presidente, que no esperaban sino el momento de pisar este territorio para levantarse contra los aliados a que acompañan, por la fuerza. Todos los soldados suspiran por su país, y esperan la oportunidad de mostrar su lealtad a su Gobierno. Esas pobres víctimas de la traición de Estigarribia deploran cada día más la suerte a que los ha condenado aquel desconocido jefe.
Yo no sé por qué extraño impulso, tan pronto como el público fue instruido de la fatal nueva de la rendición de la Uruguayana, las palabras traidor, vendido, acompañaron al nombre de Estigarribia, y a fe que hasta aquí se van confirmando aquellos calificativos de la opinión. He dicho ya a usted otras veces la manera cómo fueron entregados los soldados en la Uruguayana. ¿En mérito de qué y por qué? He aquí lo que nadie podía sino sospechar, pero el crimen no se oculta jamás, es como aquellos cuerpos más livianos que el agua., que por más que se intenta echar al fondo siempre se levantan sobre la superficie para ser reconocidos. Se hablaba en el Ejército de Flores de que Estigarribia antes de su partida para Río de Janeiro había recibido once mil onzas de oro a cuenta del negocio que ha hecho con los aliados. ¡Ha vendido a nuestros pobres hermanos!, y será por ese derecho sin duda que los tratan con el rigor del esclavo. ¡Con el rigor del esclavo! Pero el castigo de tanto horror no se hará esperar, y la alianza la está recibiendo ya con el tremendo reproche del mundo culto, que no puede sino anatematizar una conducta tan impía e inmoral.
Y ahora creen que hay muchos Estigarribia en nuestros ejércitos y mandan a insultarlos para que vendan su honor por un poco más de galón, por la ofuscación que creen causar con el relumbre de su oro. Pero miserablemente se engañan esos cobardes: los pundonorosos y distinguidos jefes del Ejército son bravos, decididos y patriotas, conocen perfectamente la alta misión que les confía la Patria de salvarla con su inteligencia y con su espada, y claman sólo por la presencia de sus adversarios para darles el castigo de su temeridad y de los insultos con que nos cubren cada día.
Para motivar la defección de los paraguayos, aquellos perversos propalan de que no vienen contra el Paraguay sino contra el Presidente López, jefe de un Gobierno legalmente establecido en la República; he aquí uno de sus mayores absurdos. ¿Cómo pueden dejar de atacar el Paraguay si pretenden derrocar su más legítimo representante, que ha sobrepasado la confianza y las esperanzas del Pueblo, y que encuentra simpatías en todos los corazones sanos, su abnegación y supremos esfuerzos por la salvación de su país? No vienen contra el Paraguay, y, sin embargo, cada aliado tiene ya designado un Gobierno que suplantar al elegido de la Nación; no piensan, dicen, hacer el menor daño a los habitantes del país, y sin embargo vienen contando con su ganadería para la mantención de sus ejércitos y antes de nada están ya divulgando que el Paraguay quedará por cinco años en poder de la Alianza bajo pretexto de indemnizarse de los perjuicios y gastos de la guerra, para de esta manera legalizar el robo y comenzar el absoluto imperio sobre este país; pero se engañan dolorosamente si nos creen tan niños en dar crédito a las promesas y a las lisonjas que nos tienden en nuestros caminos como redes perfumadas para perdernos en ellas con nuestro nombre, nuestros intereses y nuestro porvenir.
Nada ha hecho la alianza que siquiera hubiese traído hacia sí la más lejana simpatía, perversa en sus propósitos, rastrera en los medios de alcanzarlos, ha revelado los instintos más feroces de inhumanidad y de barbarie, sin que haya hasta ahora mostrado al mundo un rasgo de nobleza y de desinterés; todo es arbitrariedad, crímenes, crueldades y miserias en aquella sociedad infernal. No sabiendo ni siquiera reconocer el triste derecho de prisioneros a soldados rendidos, esclavizan a unos y ponen las armas en manos de los otros para rebelarse contra su patria, dándoles el más bárbaro y duro tratamiento. Así se comprende la espantosa mortandad que han sufrido en su ejército hasta quedar reducido a 240 plazas el batallón de 500 paraguayos que formó Flores en Restauración, hasta reducirse a sólo 16 plazas de los 100 escogidos soldados que ese general eligió para su escolta, habiendo aparecido solamente dos hombres en su ejército de 260 paraguayos que habían quedado enfermos en Mercedes.
Pero la más elocuente protesta contra la arbitrariedad de los aliados es la deserción de los paraguayos que traen por la fuerza. Flores ha experimentado así una baja enorme en el ejército que manda y como medida de sujetar este desbordamiento, ha intimado a los paraguayos que arrastran la bárbara disposición, de que un solo desertor que hubiese en las filas de aquéllos se castigaría dando muerte a todos los soldados de su compañía. Tienen sobre ellos una especial vigilancia, y 140 hombres que creía los más sospechosos, los ha concentrado el Jefe Oriental, destinándolos como peones de sus estancias.
A pesar de todas estas medidas, nuestros leales hermanos buscan su suelo querido; y vienen a reunirse con nosotros a despecho de sus carceleros. Cada día tenemos el placer de saludar con la satisfacción más íntima a aquellos paisanos que no tetasen arrostrar los peligros y la muerte por volver bajo la sombra de su bandera. Tenemos pasados del Ejército brasileño, del de Flores y de Mitre, cuyos nombres le transmito en la siguiente lista para honor de los que los llevan, y consuelo de sus familias.
Sargentos: Dolores Bogarín, Francisco Alderete y Castor Ansoátegui.
Cabos: Sinforiano Méndes, Dolores Caballero, Ciriaco Aponte, Quiterio Duarte, Facundo Cabral, José Rosa Villalba y Dolores Sostoa.
Tropas: Pedro Talavera y José Eugenio Prieto.
Soldados: Francisco Mandagani, Pedro Martínez. Manuel Alvares, Miguel Martínez, Pedro Villanueva, Silvestre Palacios, Bernardo Cáceres, Vicente Bernal, Florencio Bernal, Anastasio Yarali, Julián Fretes, Francisco Ventos y Cayetano Galarsa.
No cuentan las notabilidades que vienen acompañándoles. El famoso Iturburo lleva el título de Coronel Comandante de la Legión paraguaya. También están allí los de igual pretensión Francisco Decoud, y Báez, como Sargento Mayor Carlos Losaga Capitán Felipe Recalde, Teniente Egusquiza, hijo de Camilo Egusquiza, y un Ortiz como alférez. He aquí todo el contingente de los revoltosos que tanto ruido han hecho en Buenos Aires.
Hay diferentes candidatos para la Presidencia del Paraguay en los ejércitos de Mitre y Flores: en el de éste último se divide la opinión entre Carlos Loisaga y Francisco Decoud, y en el de Mitre se designa, a un Machaín que frecuentemente viene desde la ciudad de Corrientes en coche a visitar al Presidente Mitre en su campo. Ya tenemos cómo reírnos de las pretensiones de esos farsantes que están representando perfectamente su papel en la comedia que se titula triple alianza.
El capitán Bordoy, uno de los rendidos en la Uruguayana se dice que es el más ardoroso servidor de los aliados, y el primer azote de los paraguayos que trae bajo sus órdenes por su excesivo rigor.
Los otros que han estado con Estigarribia, y que los acompañan, son los tenientes Arze y Román y Alférez Sorian, Coronel, Riera y González; estos dos últimos han recibido ese grado de simples practicantes que eran.
Eugenio López fué ascendido por ellos a Alférez de Sargento, e igual graduación ha recibido un Pérez Grance, de simple soldado.
El teniente Miguel Brite obtuvo retirarse en la campaña, y de allí pidió su dimisión, que no solamente no se le aceptó, sino que fué apremiado a comparecer en su cuerpo sin que por eso hubiesen conseguido su vuelta a las filas.
Hay un odio profundo, así entre los argentinos y orienta-les, como entre éstos y los orientales que trae Flores, y parece que hasta hoy no está resuelta la cuestión que se agita entre los aliados.
Se dice que los brasileños se habían comprometido formar la vanguardia del Ejército y por consiguiente los primeros que debían pisar nuestro territorio, pero que llegado a las orillas del Paraná se niegan aquéllos a cumplir lo prometido. Me parece que esta cuestión será de difícil solución entre ellos: ninguno quiere ser el primero.
El Paraná está crecido enormemente y se encuentra ya hasta el pie del campamento: sin embargo, ni una chalana de la Escuadra se muestra: parece que van a prolongar su demora para saborear sin duda los atractivos de la estación en las pintorescas costas del Paraná. Ahora ya no se habla de que pasarán el 29 del corriente: el plazo se prolonga, se habla de que están dispuestos a hacerlo en febrero y que están construyendo balsas y canoas en Corrientes, para formar un puente que les facilite el pasaje. Es preciso tener paciencia con la tal alianza.
Entre tantas desavenencias de los asociados, las enormes deserciones que sufren, el disgusto de sus soldados que pasan días sin comer por falta de ganado, son síntomas que no dejan de serles alarmantes.
Por otra parte, parece que tienen serias inquietudes de que el Ejército Entrerriano compuesto de 10.000 hombres caiga sobre su retaguardia, porque al fin no cabe duda de que el general Urquiza permanece en Entre Ríos, y que las disposiciones de esa provincia son del todo favorables al Paraguay.
Mitre tiene prisioneros como 600 correntinos, y han habido de éstos muchísimos desertores, muy especialmente después del encuentro del 17 de que le han dado cuenta.
El 22, 24 y 25 se ha repetido la exploración sobre el enemigo a la otra orilla del Paraná, sin que hubiese habido más encuentro por la extrema cobardía de los aliados, que tienen un miedo cerval al puñado de valientes que diariamente se pasea por las posiciones que ocupan sin ninguna oposición. Sensible es que no hagan alguna resistencia, viendo el espíritu con que nuestros bravos van a combatir.
Entre tanto hemos conseguido hacer desalojar al enemigo el campo de Corrales, donde le instruí había acampado una parte de sus fuerzas. No acierto a encontrar un calificativo bastante propio para designar este acto de los aliados, que temiendo afrontar a las pequeñas partidas paraguayas que en débiles canoas desembarcan cada día en sus playas, prefieren dar paso atrás, abandonando las posiciones que ocupaban. Es imposible que en ningún tiempo, ni en ninguna parte podamos ver tanta humillación producida por tanta cobardía.
¿A quién impone respeto su numerosa Escuadra? ¿Que son de esos ejércitos con que dicen vienen a tragar el Paraguay? ¿Si así huyen en presencia de algunos grupos tendrán el coraje de presentarse enfrente de nuestras decididas tropas? El día 25 la primera guerrilla que saltó a tierra, fué a sorprender a una guardia enemiga que huyó desesperadamente, habiendo estado a punto de ser tomado el oficial que la mandaba que tuvo que abandonar hasta su espada. Allí tomaron los nuestros varias armas, monturas, ropa y una mula que no tuvieron tiempo de llevar. No fué este único susto que llevaron ese día; algunas guerrillas emboscadas lograron encerrar otra vez a diez jinetes, de los que salvaron ocho por el ímpetu de sus caballos, habiendo sido muertos dos de ellos. Los expedicionarios de ese día comandados por el recomendable teniente Celestino Prieto cuentan el miedo extremo de los correntinos, pues más de 300 de aquellos fueron espectadores pasivos del apuro de su diez compañeros sin atreverse a batir por detrás a las débiles guerrillas que los circundaron, pareciendo más bien complacerse en la desgracia de sus hermanos. Esta mañana fué otra expedición, y penetrando más de una legua en territorio correntino no fueron más felices que los días anteriores de esta semana.
Los aliados no quieren pelear, son poco guerreros y más gustan ser comerciantes comprando defecciones.
Con vergüenza como paraguayo tengo que instruir a usted de la infame nueva que acabamos de recibir con la vuelta de la expedición de este día. El Alférez Bernardo Recalde, hijo de Hilario, de esa ciudad, que formaba parte como ayudante, ha desertado pasando al enemigo.
Este miserable, sin sentimiento de honor de Patria, ni de familia, ha abandonado sus filas al frente del enemigo para ofrecer con su ejemplo el acto de la más infame traición.
No deploramos la persona que así se hace indigna de la nacionalidad que tiene, porque maldita es la necesidad que tenemos de ella, pero sentirnos que entre tantos leales servidores de la Patria se encuentren almas tan perversas y cobardes que vengan a poner bajo mal punto nuestro nombre para con la opinión, y nuestros servicios para con nuestro gobierno.
La más profunda indignación ha causado en todo el Ejército esta nueva traición, y los de la expedición a que ha pertenecido han vuelto llenos de vergüenza, y maldiciendo al menguado y cobarde oficial que ha defraudado la confianza de todos con el acto más vil y vergonzoso.
Tengo que hacerle honorable mención de los sentimientos filantrópicos de don Juan José Molina y don Manuel Orihuela, que han ofrecido espontáneamente al hospital de este campo, el primero 100 pesos, y el segundo, dos arrobas de azúcar. Con la esperanza de añadir a las noticias que le doy algunas nuevas en la próxima semana, se despide de usted hasta entonces.
Su corresponsal
El Semanario, n° 615, 3 de febrero de 1866.
UNA VICTORIA EN CORRALES
Preparativos de la acción; la emboscada enemiga. - El ataque argentino; derrota del enemigo. - Terrible golpe para la alianza.
Paso de la Patria, febrero 3 de 1866. - Señor Redactor de “El Semanario”. - Tengo que contraerme en la correspondencia de esta semana en comunicar a usted brillantes hechos de armas que nos han dado la palma del triunfo, y que hacen honor al valor del soldado paraguayo.
He dado a usted cuenta de las exploraciones diarias que hacían nuestros soldados en el territorio enemigo, donde después de haber escarmentado a la caballería correntina en varios encuentros, eran libres ya de pisar y pasearse allí diariamente sin obstáculo de sus defensores.
El día 29 de enero, 200 hombres desembarcaron en aquellas playas, y a pesar de la numerosa caballería enemiga que se mostraba en dirección distinta, y que escaramuseaba a su alrededor avanzaron considerable trecho rechazándola, hasta que tratando de envolver a los nuestros, acometieron éstos a una gran columna con que se tirotearon, empeñándose una lucha bastante formal. Esta vez la caballería correntina fué acompañada por otra gente desprendida probablemente del Ejército de Mitre, y que fué reconocida así por los uniformes que llevaba, como por algún tanto más de serenidad, atreviéndose a aproximarse a nuestras guerrillas, sin por eso resistir a sus fuegos y a su resolución de lanzarse sobre ellos a la bayoneta, rechazándolos así después de haberles hecho como 80 muertos e igual número de heridos. Nuestros soldados los persiguieron hasta el Arroyo San Juan, donde tenían su campamento, que desalojaron con todo su parque, sin habérseles dado, sin embargo, tiempo de llevar muchos objetos que dejaron en poder de los nuestros, como armas, ropa, jabón, carne, etc. Esta jornada fué un considerable triunfo, atendida la superioridad de las fuerzas derrotadas, y la pérdida que tuvieron a costa de muy poco sacrificio por nuestra parte, porque este día no hemos tenido sino un muerto y dos heridos.
Esta derrota tan vergonzosa, continuación de las demás que he mencionado a usted anteriormente, hirió sin duda el amor propio de los aliados, que se veían injuriados así cada día por un centenar de hombres, mientras ellos ostentaban todo su poder a un paso de aquellos lugares; entonces hicieron propósitos de caer por sorpresa sobre los nuestros y combinaron una trampa en que debieran caer los primeros que volviesen a molestarlos. Se dice que el oficial desertor Bernardo Recalde ha dado los conocimientos para que el enemigo formase este proyecto.
El día 31, 240 hombres al mando del Teniente Prieto volvieron a las playas enemigas, y desembarcando en el puerto de Aranda siguieron marcha hacia adelante, extendiendo guerrillas en las alas y al centro, y llevando alguna reserva Nuestras guerrillas no vieron sino grupos de caballería en diferentes puntos, como en los demás días, los cuales se tiroteaban en retirada haciéndose perseguir con la intención de llevarlos sobre la numerosa infantería que se había ocultado y esperaba la aproximación de las guerrillas para caer sobre ella, cortándoles la retirada con la caballería. Nuestra partida siguió su marcha adelante hasta aproximarse al Arroyo San Juan, distante una legua del Puerto, y sólo la descarga de todo un batallón sobre ella le hizo conocer la presencia de la infantería que se había ocultado, y que desde luego apareció en distintos puntos, dirigiéndose a paso de carga sobre nuestras guerrillas; éstas respondieron a sus fuegos con la mayor serenidad, sin que aquella sorpresa hubiese causado en ellas más efecto que retemplar sus ánimos para la pelea, esperando que aquella gran superioridad los animase a aproximárseles, que era todo su deseo, pues hasta allí un solo soldado de la alianza no se había atrevido hacerles pie firme en sus propias posiciones.
El Comandante de la exploración, viendo el gran número de fuerzas enemigas que avanzaban con cuatro batallones de infantería, el centro con artillería, y tres regimientos de caballería que se posesionaban de las alas, y llevaban la intención de cortarles la retirada, resolvió replegar sus guerrillas sobre una posición que pudiese favorecerles para la resistencia.
Los nuestros así lo hicieron en efecto, haciendo fuego en retirada, bajo el más vivo tiroteo de la mosquetería y artillería enemiga. Cada vez que los batallones enemigos se aproximaban demasiado a los nuestros, éstos hacían pie firme para resistirles, y entonces aquellas gruesas columnas se detenían, sin atreverse a caer sobre ellos; de esta manera, sin cesar el fuego, pudieron nuestros soldados apoyarse sobre el monte de la ribera, donde hicieron una resistencia heroica, por un largo intervalo, hasta abalanzarse a la bayoneta sobre ellos, rechazándoles varias veces.
Esta posición pudieron sostener los nuestros, pero viendo que caballería e infantería desplegaban a derecha e izquierda, y trataban de envolverlos en aquel lugar, formaron la resolución de bajar a la playa y resistirse apoyados en un montillo que lame el Paraná. Cuando hacían esta retirada, el enemigo había bajado ya algunas piezas de artillería por la abra de la derecha y se mostraba en una cañada que presenta el lado izquierdo. Por ambos costados se trababan en una porfiada lucha, cuando el teniente Viveros con 200 hombres del Batallón número 12 llegó en su protección, y se abalanzó contra los que acometían hacia la derecha, pero el número de éstos era inmenso, y además le menudeaban sus tiros de cañón. A pesar de esto, los nuestros le hicieron un vivo fuego, y cargaron varias veces a la bayoneta para detener el ímpetu de aquellas masas, que eran repuntadas a rigor de sables por sus oficiales y jefes para tomar las posiciones que ocupábamos, sin poderlo conseguir por la bravura de los que heroicamente defendían sus puestos.
La playa se cubrió pues de combatientes, resistiendo el enemigo por su número, y los nuestros por su valor, entretanto que el montillo de la izquierda era también teatro de la lucha más encarnizada. Por esa parte habían avanzado gruesas columnas de infantería, y encontraron una resistencia tenaz, porque los nuestros no le cedieron un solo palmo de tierra. Unos y otros combatientes se fueron a las manos, y la bayoneta fué el arma favorita de aquel encuentro en que hubo el más formidable entrevero.
Grande era la superioridad numérica del enemigo, y había un grupo de hombres para cada paraguayo; pero fué mayor la serenidad y arrojo de nuestros soldados y estas cualidades supremas los han salvado, dando a la Patria un día de gloria. Los enemigos se llenaron de confusión y de espanto por los estragos que sufrían unos y viendo que no era posible vencer a aquel puñado de hombres que tan poco mezquinaban su vida, y destrozaban sus batallones en todas partes, empujados por las bayonetas de sus fusiles, tuvieron que declararse en derrota, huyendo en todas direcciones de la manera más desesperada, dejando en nuestro poder considerable número de armamento, sus muertos y sus heridos y algunos prisioneros sanos.
Algunas guerrillas los persiguieron fusilándolos por detrás, y el comandante Díaz que después de haberse pronunciado la derrota, llegó con alguna fuerza, avanzó hasta el Arroyo
San Juan sin poderles dar alcance por la precipitación con que corrían en el desorden más completo, haciéndoles dejar en el campo los heridos y muertos que habían pretendido llevar.
Hasta aquí no hemos hecho sufrir al enemigo una derrota más vergonzosa con tan inferiores fuerzas.
Se computa en 6.000 el número de los adversarios, compuestos de las mejores tropas argentinas al mando de los generales Emilio Mitre, Manuel Hornos y Nicanor Cáceres, mientras que de nuestra parte no han entrado en combate sino 440 hombres.
No hay bastante expresión para ponderar la bravura y el valor del soldado paraguayo, que ha hecho la más heroica resistencia y escarmentado crudamente al enemigo. Cada soldado ha sido un héroe en esta jornada, cada uno de ellos ha peleado con valor, con serenidad y con desesperado arrojo; ha sobrepasado todas nuestras esperanzas, y hoy más que nunca viene robusteciéndonos la confianza en el éxito final de nuestro empeño.
Cada soldado llevaba sesenta cartuchos y cuando acababan de tirar, pelearon hasta con piedra, y con la culata de sus fusiles cuando su bayoneta se hubiese roto en el cuerpo de sus competidores. Ha sido de aplaudir también su espíritu de compañerismo, porque todos se han distinguido en protegerse, subordinándose al que mejor disposición tenía, cuando se veían sin oficial desde que era para ofender más.
Casi no se sabe ponderar el que más se ha distinguido en la acción, porque todos han cumplido su deber; todos han sido denodados y bravos, y cada uno ha difundido el espanto y la muerte. Nosotros tenemos una baja de 200 hombres entre muertos y heridos, mientras se estima en más de 1.000 la pérdida sufrida por el enemigo, entre los que se cuentan varios jefes y muchos oficiales muertos.
Basta conocer esto para apreciar la naturaleza de la acción del día 31 de enero que se decidió en cinco horas de reñida lucha. Horrible fué la carnicería que le hemos hecho.
El cuadro que presentó el lugar de la acción mostraba, según se nos ha dicho, el encarnizamiento de la pelea.
Los cuerpos humanos agrupados por doquiera se dirigía la vista, el suelo cubierto de sangre, los árboles de los montes tronzados por la lluvia de balas.
Contaron nuestros enemigos con un triunfo seguro, e hicieron el propósito de tomar prisioneros a nuestros soldados, creyendo que no resistirían al número; pero los conocieron mal, su resistencia fué decidida y su valor los auxilió para mostrarles que se podía vencer con estas calidades, y hacer así mayor la vergüenza de la derrota.
Memorable es la victoria que nuestras armas han alcanzado ese día porque hemos conseguido humillar la arroganciade nuestros detractores, porque hemos hecho conocer una vez más nuestra decisión y valor, porque hemos peleado uno contra quince, y hemos triunfado.
Momentos de la más viva ansiedad hemos experimentado aquí durante aquella reñida pelea, oyendo distintamente el fuego no interrumpido de la artillería y mosquetería en el lugar de la acción, pero fué mayor nuestro regocijo cuando supimos que éramos vencedores, que el enemigo se pronunciaba en derrota, que nuestros bravos habían arrancado un laurel de las playas enemigas.
La alianza ha probado cuánto valen las armas republicanas, lo que pueden los soldados que tienen conciencia de la causa que defienden contra ese decantado poder compuesto de instrumentos envilecidos que vienen por la fuerza y por el interés personal a lanzarse contra la libertad de un pueblo, cuyos hijos saben apreciar su independencia, y resueltos están a morir por ella.
La acción del puerto de Aranda es un terrible golpe para ellos, así por su efecto material, como por su efecto moral. En ella no se ha presentado un solo brasileño, y sólo las mejores fuerzas del general Mitre, la Guardia Nacional de Buenos Aires y la caballería correntina sufrieron todo el descalabro.
¿No es ésta una lección para los argentinos, que haciéndose instrumentos viles de las pretensiones del Imperio, los empujan los primeros a la pelea, mientras que su Ejército se complace en su destrucción? ¿Cuándo despertarán de su letargo esas víctimas de tan fatal engaño? Esto no puede dejar de reflexionar el hombre que piense, y su efecto no tardará en hacerse sentir. Sus tropas descontentas tienen ahora una magnífica ocasión para abandonar sus filas, viendo con qué clase de hombres tienen que habérselas, y el dinero del enganche no es bastante atractivo para aventurar la vida a tan poca costa. Esto en cuanto al efecto moral; el efecto material ya lo hemos indicado. Tienen un millar de bajas, muchas de sus armas están en nuestro poder, sus heridos han sido tomados y son atendidos perfectamente en el hospital a la par de los nuestros, y tenemos además algunos prisioneros sanos.
El Boletín del Ejército que publica los detalles de la acción enviaré a usted, porque no es posible en los límites de la correspondencia suministrarle todos los incidentes gloriosos, los nombres de los bravos que sobresalieron, y los brillantes episodios que tuvieron lugar en el encuentro del 31. Las noticias que le adelanto por el telégrafo, no es sino un relato imperfecto hecho solamente para no retardarle la interesante noticia de nuestro triunfo.
Después de la acción, el comandarle Díaz permaneció por más de cuarenta y ocho horas en el campo del combate, y avanzó hasta el Arroyo San Juan que lo dividía del Ejército aliado, que presentó allí todas sus fuerzas, siendo bastante 700 hombres que acompañaron al Comandante Díaz, para imponer respeto a toda aquella fuerza que no se atrevió a avanzar.
Tal ha sido la impresión que les ha producido su derrota. No puedo dejar de aplaudirla la solicitud de las mujeres de este campo para con nuestros heridos. Ellas, que en cada expedición van a animar y entusiasmarlos, han ido a recibirlos en la ribera, y a aliviar sus padecimientos con sus cuidados. Estos heridos son atendidos con el mayor esmero en el hospital y aquellos que la Patria ha reclamado su vida y que tan pródiga y valerosamente han vertido su sangre en la lid, han sido enterrados con pompa, llevando a su tumba el honor del héroe que muere defendiendo la causa nacional.
No terminaré sin antes felicitarlo como paraguayo por el brillante triunfo de nuestras armas, que trae tanta gloria para el bravo Ejército de la República.
BOLETÍN DE CAMPAÑA N° 5
El ataque paraguayo. - La retirada - La reacción del ejército aliado. - Dos victorias en un día. - Las pérdidas de los dos bandos. - Ejemplos de heroísmo. - El coronel José Díaz. - Un hecho escandaloso..
¡Hemos triunfado! - ¡Dios ha combatido con nosotros! ¡Glorias mil para el Paraguay! ¡Gloria para nuestro supremo Jefe! ¡Gloria para el denodado ejército de la República!
El rutilante sol de Mayo, que ha iluminado los más brillantes sucesos nacionales, ha reflejado con purísimos rayos en el día de ayer la más espléndida victoria para nuestras armas.
Hemos triunfado y este laurel inmarcesible lo hemos recogido sobre el suelo querido de la patria, haciendo cara al enemigo su profanación impía.
Hemos triunfado, hemos arrollado al enemigo, hemos llegado hasta el mismo Paso de la Patria, hasta el cuartel general de los orgullosos Jefes enemigos, hemos recogido sus banderas y los cañones, y hemos sembrado el campo de cadáveres y de sangre.
En la presente guerra no hemos alcanzado aún una victoria tan completa, tan gloriosa y de importancia más trascendental para la sagrada causa nacional.
Dios ha estado con nosotros; y El nos ha pagado nuestra fe, nuestra abnegación y nuestro patriotismo.
El golpe que ayer recibió la triple alianza ha sido el más terrible. Muchos de sus batallones se han extinguido bajo el peso de la bayoneta, del sable y la lanza de nuestros valientes.
La superioridad de número del enemigo, la ventaja de su posición y elementos no ha servido sino para acreditar en más alto grado el temple heroico de nuestros soldados y hacer más meritoria y espléndida la victoria.
Los viles invasores, que traen sus armas para autorizar el saqueo de nuestras poblaciones, y la esclavitud de la Patria, han puesto sus plantas en nuestro suelo; pero primero lo han regado con su sangre, y deben solamente al amparo de sus vapores la estrechísima playa en que se abrigan, y de que no se atreven a avanzar. El estero Bellaco es el Rubicón de la República, que la alianza no ha tenido la resolución de pasar, y más bien se ha resignado a matar de hambre y consunción a sus soldados y animales.
Impacientes nuestros soldados por tanta demora e irresolución, el Supremo Jefe del Estado y General en jefe de sus Ejércitos ha dispuesto hacer avanzar sobre toda la fuerza aliada para hacer un reconocimiento de su posición, 4 batallones ligeros de infantería y 4 regimientos de caballería protegidos por la artillería.
Palpita nuestro corazón de entusiasmo al consignar el resultado de esta operación militar tan gloriosa para las armas nacionales, de tanta honra para el genio militar que ha trazado el plan de ataque.
El estero Bellaco es la divisoria de ambos ejércitos; una gran extensión de su costa fronteriza al campamento fué amagada por la aparición de nuestras tropas por varios puntos, sin hacerse efectivo sino por los pasos denominados Cidra, Carreta y Piris. El enemigo apiñaba más sus fuerzas a su izquierda, ocupada por infantería, alguna caballería y una batería de cañones, no desatendiendo su derecha donde tenía apostada también caballería e infantería en considerable número. Por los prisioneros que tenemos, llegamos a saber que los tres aliados tenían sus fuerzas en la vanguardia, componiéndose solamente la brasilera de ocho batallones y la batería a las órdenes del general Gerónimo Gómez Rodríguez Argollo; el fuerte destacamento de su derecha a las inmediatas órdenes de Flores, y que el general argentino Emilio Mitre componía con los suyos la reserva de la vanguardia.
Esta es la fuerza efectiva sobre la que cayó inmediatamente nuestra pequeña columna, pasando el Bellaco por los puntos indicados.
Por el paso Piris que es el más occidental, penetró el teniente José de Jesús Martínez, llevando a sus órdenes los escuadrones 3° y 4° del regimiento N° 4 para descubrir y arrollar la fuerza enemiga que pudiese quedar sobre nuestra derecha, y haciendo su movimiento sin obstáculo, pudo reunirse luego con el regimiento 21 comandado por el Capitán José de Jesús Páez, que había pasado en Cidra, formando la vanguardia de nuestro movimiento de la derecha; los primeros escuadrones del regimiento 4 mandados por el teniente Juan S. Silva eran encargados de recoger heridos, y los dos regimientos de este costado estaban a las órdenes del Teniente Coronel Valiente.
La infantería compuesta de los batallones 13, comandado por el Mayor Jiménez, el 24 por el teniente Moreno, el 36 por el teniente Zavala y el 40 por el Capitán Avalos, siguió las huellas de esta caballería.
El Teniente Coronel Basilio Benítez, llevando a sus órdenes los regimientos 7 y 43, comandado el primero por el Capitán Blas Ovando, y por el de igual clase José M. Delgado, el segundo, penetró en el campo enemigo por el paso Carreta, cargando su izquierda, sin más protección para su pasaje que dos compañías de infantería mandadas por el teniente Genaro Escato. La artillería, atendida por el coronel Bruguez, jefe de esta arma, fue colocada sobre el mismo estero, arriba del paso Cidra, y la primera que rompió su fuego a las 12:30 del día, simultáneamente con el movimiento de toda la columna
El Coronel Díaz era el Comandante de la expedición, y su segundo de infantería el Mayor Jiménez.
Nuestra artillería, y la aproximación sola de nuestra caballería apagaron los fuegos de la batería. Nuestra resuelta caballería chocó la primera con las masas que encontró a su paso, y con su vigorosa carga introdujo la confusión y el desorden en la derecha enemiga; obligando a los que guarnecían los cañones a abandonarlos en su poder; abriéndose luego y sirviendo de alas a la infantería, que con suma intrepidez cayó también sobre los batallones, completando el desorden iniciado por la caballería, y las certeras punterías de nuestros cañones.
En tanto que instantáneamente se conmovía y se dispersaba de esta manera la izquierda del enemigo, su derecha era vigorosamente sacudida por el Comandante Benítez.
El Capitán Delgado con dos escuadrones de su regimiento cayó como un relámpago sobre el primer regimiento que encontró a su paso a las órdenes de Flores; lo acuchilló sin compasión, y acababa de dispersarlo cuando otro regimiento y cuatro batallones que surgieron sucesivamente salieron a la defensa, y quisieron cortar, saliendo ellos envueltos por el Co-mandante Benítez.
El jefe enemigo que se cree sea Flores, fué perseguido por el teniente Rojas y debe su escape, después de la velocidad de su caballo, a un negro que salió a estorbar el paso al oficial paraguayo.
Magnífico espectáculo presentaba este costado de la batalla, en que desplegó la caballería un arrojo incontrastable, logrando con su irresistible choque destrozar y desbaratar completamente las columnas que encontraron, y arrollando a los derrotados, que fueron repuntados como majadas de ovejas, hasta confundirlos con los que eran igualmente arreados en nuestra derecha por la caballería e infantería combinadas, más allá del antiguo campamento de nuestra caballería, dejando a sus espaldas cinco líneas de carpas.
Ajenos estaban los enemigos de esperar que pudiesen ser asaltados en la ostentación de todo su poder, y fueron malditamente sorprendidos con el sol en el zenit.
Sin embargo, confiados en su superioridad numérica y su magnífica posición opusieron alguna resistencia, y debemos el buen éxito, a la buena dirección de los jefes y la impetuosidad y valor de nuestros bravos, que dieron el golpe con la resolución y prontitud en que esencialmente consistía la victoria. El enemigo no pudiendo resistir a tanta bravura, tuvo que recurrir a la fuga más atribulada e ignominiosa dejando en nuestro poder la batería de cañones de bronce rayado cargada y con todos sus pertrechos, sus carretas, sus tropas de caballos, sus tiendas de campaña con todos los objetos que contenían, y hasta la frugal comida que habían preparado para dar consuelo a sus famélicos estómagos. .
Los vivas de nuestros valientes resonaban por todo aquel terreno despejado por su resuelta arremetida, y la bandera nacional ondeaba orgullosa por el campo enemigo.
La vanguardia enemiga y la masa misma del ejército fue atacada confundiéndose en la confusión y la alarma más espantosa.
La caballería de ambos costados, y nuestra infantería se habían reunido, y formaban ya entonces una línea de batalla sobre nuestro antiguo campamento de la caballería en el Paso de la Patria. El fuego había sido vivísimo, los pertrechos de nuestros soldados casi estaban agotados, muchos heridos y muertos, en la refriega eran conducidos a nuestros hospitales, y por lo tanto nuestra columna debilitada, y cansados nuestros soldados después de una marcha larga y precipitada, y una persecución vigorosísima, y habiendo cumplido el objeto del reconocimiento general de la posición del enemigo, el Coronel Díaz mandó tocar retirada.
El ejército enemigo se contentó con contemplar estupefacto a los héroes que llegaban hasta sus reales, sin atreverse a atacar.
Bueno es consignar también para mostrar el apuro y desesperación en que se vieron, que los encorazados sin ver ni saber a quien tiraban viendo arrolladas sus tropas, y los nuestros en el Paso de la Patria, conmovían el aire con el ruido de sus bombas.
Si admirable fué el terrible asalto de nuestra vigorosa columna, muy gloriosa ha sido la retirada que ha hecho en que el valiente Coronel Díaz, y los jefes a sus órdenes han demostrado suma inteligencia y su perfecta serenidad en la pelea.
Seguida nuestra columna por todo el ejército aliado, ni se apresuró más en su retirada, ni temió hacerle frente cuando fué acosada de más cerca con un fuego vivísimo de fusilería y artillería, a que nuestra sufrida y valiente tropa contestaba en retirada, y elegía posiciones para esperarlo a lanza, sable y bayoneta: entonces no solamente detenía sus gruesas columnas, sino que eran rechazados a dos y tres cuerdas en desorden, dando así lugar a su serena retirada.
La artillería y algunas coheteras a la congreve atizaba a los perseguidores, abriendo en sus líneas anchos senderos. El batallón número 1 al mando del Capitán Orihuela, dió también un poderoso apoyo a la retirada, y él sólo fué bastante a detener a tres batallones enemigos, que quisieron cortar y dominar el paso Cidra por el de Piris.
Reñida fué aquí la pelea, porque se empeñaron en disputar el paso pero el ejército fué detenido aquí como por una mano de hierro, y toda nuestra caballería e infantería que se protegían mutuamente de la manera más bizarra pudieron repasar por Cidra el estero.
Cuando este ataque tenía lugar por nuestra derecha, una fuerza de 4 batallones y 4 piezas de cañón acometía por la izquierda al Teniente Escato para hacerle desalojar el paso Carreta que defendía, y flanquear nuestra artillería. El teniente Escato se hizo fuerte allí con sus 200 hombres, y sus competidores con su vivísimo fuego no tuvieron poder para rechazarlo, teniendo que renunciar a su propósito con grande pérdida. El teniente Escato y sus compañeros merecen vivos aplausos por el respeto que han sabido imponer a tan superiores fuerzas.
El enemigo se vió así terriblemente contrariado en sus planes; pero lleno de rabia por restituir los preciosos trofeos que le hemos arrancado avanzó con algunos batallones el Bellaco por Cidra y trató de flanquear nuestra infantería y tomar nuestros cañones; entonces la artillería con una hábil maniobra subió sobre una altura, y le presentó sus fuegos de frente, mientras el Coronel Díaz tomando en persona el batallón número 42 del mando del teniente Fernández, con alguna caballería a la orden del Comandante Cabral, le salió al encuentro, consiguiendo cortar dos batallones que quedaron en el campo tiran-do sus armas, y metiéndose en los montes, pidiendo misericordia los pocos que se salvaron de la carnicería. A este ejemplo los otros batallones volvieron cara y fueron perseguidos con mucha pérdida hasta el otro lado del estero.
Apláudase el arrojo del batallón N° 42, y la valentía de su Comandante el Teniente Fernández; éste mató a un jefe, y montando en su lujoso caballo ejecutó maravillas con su decidido batallón.
Cuando nuestra tropa quedó sola y triunfante en esta parte del estero, la artillería enemiga colocada al otro lado comenzó a bombardearla, y bajo su fuego volvieron a pasar algunos batallones; entonces el Coronel Díaz tomó de refresco el batallón N° 19, del mando del Capitán Zarza, y sin disparar un solo tiro hizo calar bayoneta y cargó resueltamente en medio del recio bombardeo de la artillería enemiga; al aspecto de tal intrepidez, el enemigo cedió, volvió otra vez cara, y se pronunció en desordenada fuga, dejando sus muertos, sus heridos y sus armas.
Eran las 6 de la tarde, y la derrota del enemigo estaba completada.
Hemos conseguido dos victorias en un día; una alcanzada sobre la vanguardia enemiga y su reserva al otro lado del estero, otra sobre toda la fuerza aliada reunida que comenzaba a pasar el Bellaco.
Terrible ha sido el escarmiento del enemigo. Sus muertos y heridos no pueden bajar de cinco a seis mil hombres. Los trofeos de la victoria consisten en la batería de cañones rayados, inapreciable adquisición para nosotros en estos momentos, muchos fusiles flamantes, una bandera brasilera tomada por el soldado Eusebio Avalos, y otra del batallón Florida, tomada y presentada a S. E. el Sr. Presidente por el soldado Andrés Yegros; banderolas, muchas gorras, charreteras, casacas y espadas de jefes y oficiales, una tropa de caballos, instrumentos musicales, y raro es el soldado que no haya traído una mochila una copa, y otros mil objetos que dejó a su disposición el campamento enemigo; también tenemos prisioneros, sanos y heridos; son considerarlos los primeros, y atendidos los segundos en nuestros hospitales.
Al consignar tan grande triunfo, de tanta gloria y honor para nuestra patria y nuestras armas, tenemos que exponer necesariamente la condición de toda guerra: las sensibles pérdidas que nos ha costado el triunfo.
Tenemos un jefe de menos. El Comandante Benítez cayó gloriosamente en la jornada del día, después que tuvo la fortuna de llenar cumplida y hábilmente la difícil operación de que estaba encargado, resaltando así su mérito y haciéndose más sentida su pérdida. Este bravo jefe fué el último que se retiró detrás de sus soldados; fué instado por sus oficiales para que pasase el estero, notando que era el blanco de la fusilería enemiga, pero no hacía atención, y repetido por uno de sus ayudantes, recibió por única respuesta la orden de atender a una de las alas. Tal fue el temple de acero de este jefe que tanto desprecio hacía de su vida; pero el mortífero plomo que cuajaba el aire, al fin llegó a traspasar su valeroso pecho.
No ha podido caer con mayor gloria, ni vender su vida a más caro precio en medio del acto de mayor arrojo; no podemos dejar de derramar una lágrima de gratitud sobre su memoria. La patria ha perdido con él en estos supremos instantes el más ardoroso de sus defensores; y sus compañeros, el más valiente y querido de sus jefes. Ayudaba a su animoso corazón, la inteligencia del mando militar; lo ha demostrado en la excelente defensa de Itapirú. Laborioso, constante y modesto fuera del campo de batalla, firme y sereno selló su muerte en la más brillante de las jornadas, trayendo en su mano una verde hoja de laurel para la patria de en medio del campamento enemigo.
Sensible desgracia. Hemos perdido a un héroe. Sea su epitafio la gratitud de la Patria.
Con el Comandante Benítez tenemos que deplorar también la muerte de los siguientes oficiales: Tenientes: Miguel Dávila; Agustín Moreno; Subtenientes: Tomás Benítez; Francisco González; Carlos González; Segundo Galealo; Ruperto Rojas; Rudecindo Guyray; Juan Ortiz; Carmen Rodríguez; Bonifacio Flor; Domingo Peres; Hilario Amarilla.
Calcúlase nuestra pérdida total en dos o trescientos hombres muertos y como mil heridos.
Infinitamente mayor es la pérdida del enemigo, porque bien cara se ha vendido esta vez la vida de cada paraguayo; pero una sola existencia nos es preciosa, porque cada vez que vamos conociendo a fondo el temple de alma de nuestros defensores, más mezquinamos y apreciamos su sangre; pero los grandes resultados no pueden conseguirse sin grandes esfuerzos y sacrificios, Y las glorias de la guerra no es dado alcanzar sino a cambio de preciosas vidas. Dios y la Patria premiarán a aquellos que con tanta abnegación y valor han derramado su sangre en el campo del honor, defendiendo la más sagrada de las causas.
El solo conocimiento de las bajas de una y otra parte, explica cuáles han sido las proporciones del combate y su naturaleza.
Se comprende que el enemigo hubiese tenido una pérdida cinco veces superior a la nuestra en el personal, por sus compactas y numerosas masas en que se cebó nuestra artillería y en que no se desperdiciaba una sola bala de fusil; y no se ignora tampoco los estragos que siempre produce una derrota, prestándose a ser lanceados y fusilados por detrás.
¡Oh! No es permitido que el extranjero plante tranquilamente sus reales en nuestro territorio, y saboree en él su dominación por instantánea que sea. Guardianes celosos de nuestro suelo llenaremos de sobresaltos y de zozobras los pocos días que permitirnos a esos infames, para hacer más tremenda la expiación de sus delitos.
El camino que los ha de conducir han regado con su sangre desde la playa a que se han aportado, y la valerosa división ha cavado ya la fosa, donde va a sepultarse su ejército con todas las negras maquinaciones de sus ambiciosos jefes.
El golpe moral de ayer ha hecho padecer terriblemente la endeble organización de la alianza, y acaso le han arrancado algunos de sus miembros más esenciales.
Nuestros pocos cuerpos que han entrado en acción se han cubierto de la gloria más espléndida. Son los héroes del 2 de Mayo.
Las tres armas se disputan en heroísmo y se confunden en una sola gloria, que es la gloria de la Patria que han alcanzado.
Quisiéramos consignar los nombres de los bravos de esta jornada y los preciosos e interesantes episodios de la acción; pero en un cuadro tan extenso, es imposible de una sola mirada recoger todos aquellos matices y accidentes que embellecen el conjunto.
Las hazañas de unos y de otros, según la ocasión que han tenido de singularizarse, han completado las cualidades del verdadero héroe, que corresponden a tan bravos combatientes
Unos, como el cabo Dolores Morla del Regimiento N° 13, que portando la bandera de su cuerpo, y perdiendo su caballo en el encuentro, fué atacado por tres enemigos para arrancarle esa preciosa enseña, mató con la moarra de la misma bandera al primero que se le aproximó, e hizo huir a los otros dos, han mostrado a la vez de su valor personal, el amor a su pabellón a cuya sombra la muerte les era dulce; otros como el soldado Eusebio Abalos del Regimiento N° 21 que en medio de lo más reñido de la pelea se enderezó a un abanderado brasilero, y que dándole una lanzada le arrancó la bandera, que la había hecho flamear un momento antes, y que la tenía escondida después en su puño, han mostrado su intrepidez, y su noble empeño de ofrecer un trofeo de gloria a su Patria; muchos como el soldado Antonio Prieto, animaba con sus palabras, con sus vivas y con su propio ejemplo a los combatientes, y en medio de la refriega tenía expresiones de consuelo y de animación para sus mismos compañeros heridos; otros como el Alférez Juan Ledesma que advertido de retirarse porque estaba herido en la cadera, acordándose de las palabras de S. E. el SeñorPresidente sobre la abnegación y sufrimiento de los oficiales dijo: “El Mariscal no quiere oficiales chillones y yo he de continuar mandando más que sea en pedazos”. Recibió enseguida otro balazo en un brazo y un tercero en el pecho, y vomitando sangre siguió atendiendo y mandando su compañía hasta que exhausto de sangre cayó y fué recogido y se halla en el hospital con esperanza de vida; a ejemplo de este bravo oficial hay muchos, que han peleado heridos hasta el último momento; otros se han, especializado con el desprecio que hacían de su vida con tal de que los enemigos recibiesen el castigo más severo y pronto como el Alférez Carlos González del batallón N° 13, que habiendo caído malamente herido, y viniendo a auxiliarlo algunos soldados de su cuerpo, les dijo: “Yo voy a morir por la Patria, no os detengáis en atenderme; id a escarmentar a los enemigos que nos atacan”; otros finalmente como el joven y decidido Alférez Angel Queirolo, mostró su alto amor a su patria, y la repugnancia que le inspiraban sus fieros enemigos, cuando herido en una pierna e imposibilitado de andar pedía antes la muerte a su jefe si tuviera que quedar en poder de los negros. Estos y otros muchos episodios imposibles de acabar de copiar, son hechos que reflejan la conducta de todos: su valor, arrojo, serenidad, el patriótico interés, el desprecio de la muerte bajo la bandera salvadora de la Patria.
Las figuras culminantes del drama, sus principales protagonistas son el Comandante de la expedición, el denodado Coronel Díaz, el esclarecido Comandante Benítez, el Comandante Valiente, el Mayor Jiménez, el Capitán Delgado, el Capitán Páez y el Teniente Martínez.
Mención honorable merece igualmente el inteligente Coronel Bruguez que con su artillería ha contribuido muy poderosamente a la victoria. Montado en uno de los caballos enemigos fué el blanco de las balas; pero su extrema serenidad lo sostuvo delante del enemigo, dando las más hábiles disposiciones en lo más recio de la refriega. En la artillería se han mostrado también con disposición, valor e inteligencia el Mayor Roa, el Alférez Amarilla y el Sargento Figueredo que perfectísimamente dirigió la cohetera que ha hecho muchos estragos.
Nos congratulamos en poder consignar también seguido de aplausos el nombre del Señor Comandante Paulino Alén, Jefe de la Mayoría, que acompañó al Coronel Bruguez, y que contribuyó con disposiciones muy oportunas al éxito brillante de la jornada.
El Coronel Díaz no ha podido inaugurar su coronelato más brillantemente. Trabajó con inteligencia y con ponderable valor y sangre fría. El y su segundo el Mayor Jiménez, digno e intrépido jefe, se multiplicaban por todas partes, recorrían, ordenaban, entusiasmaban las filas, y hacían en ellas verdaderos milagros. Las balas respetaron a estos héroes; su valor se impuso al plomo enemigo; en balde dirigían sobre ellos sus punterías gruesas columnas enemigas; al Coronel Díaz mandaban apuntar; una bala de cañón le llevó su gorra, otras dos más, de fusilería cortaron el bozal de su caballo, el Mayor Jiménez perdió dos caballos, a uno le llevó la cabeza una bala de cañón pero él quedó intacto. Estos bravos jefes fueron los Aquiles del combate del 2.
La columna del Comandante Valiente es la que nos ha traído los cañones. Este jefe no ha perdido la calma y la serenidad que le es característica; ha dispuesto y ordenado todo con oportunidad y precisión, y ha sido denodado en la pelea, siendo a esta razón dos veces valiente por su apellido, y valiente por su comportamiento en la lid.
El Capitán Páez, el mismo que en la campaña de Corrientes había derrotado a 200 hombres con 40, fué el que llevó los escuadrones de vanguardia sobre el campamento enemigo, y el primero que introdujo la confusión y el espanto. Este arrojado oficial, él sólo, dejó a sus pies con su propia espada, dos jefes y tres oficiales.
El Capitán Delgado fue digno compañero del Comandante Benítez, y se cuentan de él proezas de arrojo y de intrepidez El Teniente Caballero y el Alférez Amarilla fueron los conductores de los cañones.
El Sargento Agustín Jiménez del Regimiento N° 21 rindió importantísimo servicio y se mostró sereno, intrépido y bravo. Este decidido sargento llevó consigo doce hombres y fué encargado de explorar con ellos la posición del enemigo. Arrolló varias guardias avanzadas y dió a tiempo los avisos que le incumbían.
El sólo con sus pocos compañeros tomó tropas de caballería, se acercó hasta las columnas de vanguardia con la mayor serenidad y cuando el combate general se empeñó, fué él uno de los más valientes. Cuando cayó muerto el caballo del Comandante Valiente él se desmontó y le ofreció el suyo y después de haber hecho verdaderas proezas volvía en ancas del caballo de un prisionero que había tomado.
Fáltanos denunciar un Hecho escandaloso, una verdadera felonía cometida por el enemigo en medio de lo más encarnizado de la pelea.
Acosado el batallón oriental “Florida” por el decidido batallón 40, un jefe enemigo se adelantó para decir a los nuestros que suspendiesen el fuego, que el batallón no era enemigo, y que por el contrario iba a pelear en nuestro favor; los nuestros lo creyeron de buena fe, y comprendiendo la mente del Jefe Supremo de la República no querían castigar a los que venían llamándose nuestros amigos; pero logrando por esta traición suspender el fuego del batallón 40, se le acercó, y de repente le encara sus fusiles, y tira sobre él; ¡infamia! pero bien caro costó este miserable engaño a los que lo han usado tan villanamente; el batallón 40 con toda su indignación cayó sobre él, y uno sólo no escapó de su justo enojo: todo ese batallón quedó cegado bajo sus bayonetas, y su bandera es uno de nuestros trofeos. Muchos pedían misericordia con la punta de la bayoneta en el cuerpo, diciendo que no los matasen, que eran también paraguayos -desgraciados- todos lo eran ciertamente; Flores los había incorporado entre sus orientales. Lo que sucedió al 40 también se repitió por otro batallón enemigo con el 24.
He aquí la obra inicua de la alianza. Es el primer ejemplo en la República de que nosotros mismos derramemos nuestra sangre, de que combatamos hermanos contra hermanos, ¡vergüenza para ellos! ¡Desgracia para todos!, derramar la sangre hermana por el sostén de los que vienen a encadenar a su país. Pronto concluiremos con el germen de tantos males. El batallón Florida pagó ya su felonía, y los miserables paraguayos que los siguieron, cayeron víctimas de nuestra justa venganza.
Demos ahora el último retoque al imperfectísimo bosquejo que hemos trazado de la más memorable de nuestras hazañas. Es el combate más considerable que ha tenido lugar en la presente guerra, y acaso el primero de su clase en la América del Sud por estos tiempos, en que los llanos de batalla no tienen sino algunas docenas de bajas.
Es el primer combate campal en esta guerra en que se ha empeñado mayor número de combatientes, en que el ejército aliado fue batido por la columna paraguaya de reconocimiento.
Esta victoria es tal vez la mitad de la obra que tenemos en mano. El engañado ejército ha sido testigo de que no podrá pagarle los sueldos que les deben con el saqueo de las poblaciones como le han prometido, y desengañado de la clase de competidores con que tiene que habérselas, y la muerte segura que les espera, amén de la gran cantidad que hemos reducido a la alianza; nuestra obra está muy adelantada
Debemos al excelente plan de ataque y a su fiel ejecución el éxito que hemos alcanzado. El esclarecido talento militar del General en Jefe ha sido esta vez ventajosamente probado. El golpe no pudo ser mejor, la combinación más acertada., la operación más pronta y oportuna y de consiguiente más completa la victoria.
Seis horas de encarnizada pelea cuesta infinita sangre, infinita pérdida al enemigo, y sobre todo recae sobre él la vergüenza de haber hecho arrollar todo su ejército por un puñado de paraguayos.
La enseña tricolor se ha alzado preponderante sobre las tres banderas enemigas; ha lucido presuntuosa en medio de sus campamentos, y ha vuelto a nosotros con doble brillo adornado con el preciosísimo laurel de la victoria.
Entusiasta y cordialmente felicitamos al Supremo Jefe del Estado, porque hubiese sabido añadir esa nueva y refulgente estrella en el purísimo cielo de la Patria.
Nos congratulamos con la Nación porque sus valerosos hijos hubiesen sabido inscribir en su inmortal historia esa página de oro.
¡Viva la Nación Paraguaya! ¡Honor a su ilustrado Jefe! ¡Gloria a los valientes Jefes del 2 de Mayo! ¡Vítores a todos los denodados bravos combatientes!
Campamento en Rojas, mayo de 1866.
Semanario, n° 628, 5 de mayo de 1866.
COMENTARIO SOBRE ESTERO BELLACO
La actuación del ejército paraguayo – Material tomado - El cuerpo médico; la viruela - Las fuerzas armadas brasileñas.
Campamento en Rojas; Mayo 5 de 1866
Señor Redactar de “El Semanario”:
Ha llegado a mi noticia los transportes de júbilo de los habitantes de esa capital, con el conocimiento de la brillante victoria que han alcanzado nuestros valientes sobre la alianza en el combate del 2; merece la pena, y todo paraguayo debe sentirse enorgullecido al registrar en sus anales guerreros, la gloriosa jornada. Aquí nosotros que escuchábamos con creciente interés el estruendo del combate, no podíamos reprimir nuestro entusiasmo al seguir los pasos de nuestros valientes y al ver finalmente el definitivo resultarlo.
Excuso llamar su atención con los interesantes detalles de la acción porque están consignados en el boletín del Ejército, que será en su poder; allí examinará usted la sabia combinación del plan de ataque, su fiel ejecución, debida a las disposiciones y valor de los Jefes que lo han llevado, y el heroísmo de los soldados que han ilustrado su nombre, y el golpe mortal sufrido por la alianza, material y moralmente.
El combate del 2 le cuesta una tercia parte en sus tropas de tierra, y la sableada que ha recibido lo más florido de sus cuerpos a vista de todo el Ejército ha de cansar necesariamente ingratas sensaciones a los mercenarios y esclavos que traen alimentados con el engaño de nuestra impotencia y los ricos botines de nuestros despojos, que los hacen soñar.
Esta vez fuimos nuevamente nosotros que hemos vuelto a buscarlos, porque sin nuestra iniciativa no dan señales de vida, se contentan con bullir y revolverse en si mismos, como esos líquidos que hierven como la mala conciencia que se revuelca en sí misma, temiendo revelar los motivos de su inquietud. Bastante probado teníamos el irresistible empuje del brazo paraguayo, porque en cuantos desiguales encuentros, cuando lo ha alzado para castigar la torpe injuria del enemigo, ha surgido para éste la vergüenza de la derrota, para la Patria la Gloria, para el denodado Ejército, el renombre de intrépido y bravo; pero si en la presente guerra se ha descubierto tan altas prendas veladas por nuestra larga paz y de que no se había levantado, sino una punta del velo en los gloriosos combates del año 11, la victoria que hemos alcanzado esta vez, ha asentado para siempre el lustre de nuestras armas, y el valeroso temple del soldado paraguayo.
Caro ha costado ya al enemigo las pocas horas de zozobra e inquietud que los hemos consentido en el Paso de la Patria, la sableada del 2 ha derramado infinita sangre y lágrimas de la alianza, y debe tener en su consecuencia, una mortal debilidad. Casi en todos los encuentros hemos batido en detalle, por decirlo así, a la alianza, es decir, hemos tenido que combatir con brasileros, argentinos, u orientales aisladamente; esta vez, hemos batido a los tres en un mismo terreno, y nuestra fuerza exploradora de tres mil hombres combatiendo con todo el Ejército aliado, ha tenido el poder de arrancar cañones, banderas, caballos y mil otros preciosos trofeos que nuestros bravos han ofrecido en el Altar de la Patria. Si tal resultado hemos obtenido con tan poca gente, llevando el ataque sobre el mismo campamento, ¿cuál será la que obtendremos con todo nuestro poder sobre esas masas desmoralizadas e incoherentes? La respuesta es bastante obvia y ese resultado es el que dentro de pocos días va a despejar el horizonte, haciendo lucir el sol de gloria para nosotros; la situación no puede prolongarse mucho, las cosas han bajado por una pendiente rápida y tienen que buscar pronto su centro de gravedad. Las aéreas ilusiones de la alianza, sus dorados sueños tienen que evaporarse, y la descarnada realidad va a herir de muerte el orgullo y las pretensiones de los aliados.
Al cabo han llenado sus deseos esta vez nuestros soldados con una lucha campal, y no en balde la habían pedido, porque es ciertamente irresistible su valor, y sus enemigos no pueden soportar su vigoroso choque. Confiadamente debemos jugar la suerte de la Patria, poniéndola en manos de esa decidida falange.
Los que han estado en el combate cuentan la cobardía de sus enemigos, especialmente de esos brasileros: gritos, confusión, desesperadas súplicas; la más degradante humillación son actos comunes entre ellos, tan luego como se ven apurados. Algunas piezas de los cañones vienen cargados con balas solamente, habiéndose olvidado de poner antes el cartucho. El más sencillo ejercicio de la memoria se les entorpece desde que distinguen las facciones de un paraguayo.
Valiosísima es la adquisición que hemos hecho con los cañones rayados; son flamantes, casi sin uso y de la más moderna invención; debiéramos dar lo que no tuviéramos por ellos en estos momentos. Hay otros mil objetos preciosos que corren en manos de los soldados, y lo más general, es la mochila con sus haberes y la capa.
Después del 2 se hablaba en el campo enemigo de dos generales muertos, aun no sabemos sus nombres, y sólo hay indicio que sea Emilio Mitre, o Paunero, uno de ellos. Jefes y oficiales han perdido en gran número, y su tropa se ha desgranado en todo el campo del combate.
El boletín hace relación a la felonía que ha usado el ene-migo en la misma acción, con los batallones 40 y 24, pero el castigo ha venido inmediatamente tras de la maldad.
Con el más profundo dolor, hemos visto el primer ejemplo en la República, de derramarse la sangre del hermano en una guerra internacional. Muchos paraguayos han renegado de su Patria, seducidos por el enemigo, o por el instinto de su mal corazón, porque desgraciadamente otros de en medio del ejemplo de sus compañeros, tienen la impiedad de abandonar su bandera, esta vez ha ocurrido un solo caso: el soldado Adolfo Recalde, hijo de Isidoro, ha desaparecido de su fila, y pasádose al enemigo en el combate del 2. Caiga sobre tal traición la indignación pública.
Muchos de los heridos del combate van a visitarle, y por ellos tendrán ocasión de saber otros infinitos detalles de la acción, imposible de poder acabar de transcribirse.
Aplaudo a usted el sufrimiento de esos valerosos enfermos y el ánimo que tienen. S. E. el Señor Presidente los ha visitado y hablado con casi todos ellos, le pedían ardorosamente que no hiciese empeñar otra acción, antes que volviesen a estar buenos. El cuerpo médico los ha asistido con solicitud y esmero en las primeras operaciones, y no dudo que los cuidados muy especialmente del bello sexo de esa capital, para con los enfermos, cicatrizará muy pronto las heridas que son las señales de su valor.
Al tener ocasión de hablarle del cuerpo médico, debo en-carecer a usted los servicios importantísimos que ha hecho al Ejército su actividad y su incansable trabajo al lado de los que padecen.
El distinguido Dr. Rhynd, con la mejor voluntad y celo ha seguido en los hospitales de Humaitá, y previniendo el contagio de la viruela, que los enemigos han inoculado entre nosotros, ha trabajado en buscar la vacuna que ha llegado a descubrir y aplicar, habiéndose experimentado, que es más benigna que la introducida de Europa. Este importantísimo descubrimiento debemos a los trabajos inteligentes del Doctor Rhynd, cuyo mal estado de salud, que mucho sentimos; le ha obligado a subir a esa Capital.
Esta semana se ha dado vestuarios a todo el Ejército; están por lo tanto nuestros soldados limpios y arreglados, y dispuestos a hacer todos los honores y cumplimientos a los que quieran venir a visitarnos.
Los prisioneros que se han tomado, cuentan el malísimo estado de su movilidad, y sobre todo, ponderan el hambre que los hacían sufrir. Los jefes tratan de persuadir a sus soldados de que les engañamos, que todos los que se pasan son degollados, y este temor ayudado de la vigilancia extremada que tienen, hace que aun tengamos pocos pasados.
También sabemos por esos prisioneros, que Barroso ha muerto. Una bala de Itapirú acertó al encorazado de su mismo nombre -que montaba- y un pedazo de la coraza le tocó en la pierna, habiendo tenido que amputársela en Corrientes, causándole la muerte un gran derramamiento de sangre. En el “Tamandaré” con una bala que acertó a entrar en el portalón, murieron el Comandante, su segundo, cuatro oficiales y hubo 30 heridos. En el “Osorio” que se llamaba el primer vapor que fué a pique, murieron un Teniente Coronel de Ingenieros, Cabrita, que conocía estos lugares, por haber servido en nuestra artillería, hombre importantísimo por sus conocimientos, un Mayor, y dos oficiales más.
Para dar a conocer a usted el lujo de Generales que ostenta la alianza le transcribo los que hoy se encuentran en el Paso de la Patria.
Brasileros: Mariscal de Campo Osorio, Brigadier Argollo, íd. Andrea, íd. Anshid Sampallo, íd. Jacinto, íd. Victorino, íd. Neto.
Argentinos: General Presidente Mitre, íd. Emilio Mitre; íd. Paunero, íd. Hornos, íd. Rivas, íd. Cáceres.
Orientales: General Flores, íd. Suares, íd. Castro.
Según lo que hemos dicho ya, algunos se echan de Frenos en esta lista.
De seguro que si el número de generales debiera dar el triunfo, la alianza salía avante, pero en la última prueba tenemos que uno de nuestros Coroneles ha derrotado a una docena de éstos.
En el diario de Palleja que fué Comandante del Batallón Florida, de los días primero hasta cinco de Abril, he visto las largas conferencias, las vacilaciones que había entre los jefes enemigos para el pasaje de las tropas del otro lado. El retardo se disculpaba con la falta absoluta de hacienda para el abasto. Si tal carencia experimentaran antes de ahora, razonable es suponer que ese ejército muera de hambre en el Paso de la Patria.
Después de la batalla han redoblado su vigilancia y sus soldados pasan la mayor parte del día en formaciones, esto dice: mal rigurosa dieta que sufren pasando el día con café y galleta.
Están con un miedo cerval. Más de 500 de sus cadáveres, que están pudriéndose en las inmediaciones del estero, no han recogido de puro temor, de que sean atacados por nuestros destacamentos, prefiriendo mejor tener a la vista el espectáculo de su derrota y de su castigo.
Le daré próximamente noticias aún más importantes que en la presente, esto es, si puede levantarse la alianza de la postración a que la hemos reducido y se resuelve a andar; tengo sin embargo que darle la desagradable noticia de que el campamento enemigo se ha concentrado después del 2, que han trabajado atrincheramientos y que todas sus posiciones las han coronado de cañones. Esto quiere decir, que en lugar de venir nos esperan. El río baja; los encorazados van perdiendo su alimento, aun cuando nuestros soldados les ofrecen ruedas para su Brasil, y si mucho nos impacienta su demora, acaso volveremos a hacerles otra sacudida.
Saluda a V. con particular estima.
Progresión del enemigo; el plan aliado - El plan de López - El ataque nacional - La más grande batalla de América - Inactividad aliada después de la acción.
Campamento en Brito, Mayo 26 de 1866.
Señor Redactor de “El Semanario”.
Están cumplidos mis deseos. Tengo la satisfacción de poder anunciarle acontecimientos de la mayor importancia que han cubierto de gloria al heroico Ejército Paraguayo, y que aproximando la solución final de la gran cuestión que se agita inclinando a nuestro favor la balanza de la fortuna, que siempre acompaña a la justicia y a la verdad que nuestras armas defienden.
Dos actos culminantes presentan los grandes sucesos de esta semana: el avance del Ejército aliado sobre el Estero Bellaco, y la batalla librada contra ese Ejército el día 24 del corriente.
Ya sea porque no fuese posible sostenerse por más tiempo en el reducido espacio que le dejábamos libre en el Paso de la Patria, ya por cubrir su honor ante el mundo que no puede
interpretar tan completa inmovilidad, sino como una impotencia positiva, o ya acaso buscando una revancha de la mala pasada que le hemos dado el día 2 cayendo sobre nuestra vanguardia, el Ejército aliado avanzó el 20 con todas sus fuerzas, sin encontrar mayor oposición de nuestra parte, desde que nuestroobjeto es concentrarlo, para mejor asegurar el éxito que nos proponemos; sin embargo para no permitir a esos infames que pisen tierra paraguaya que antes no fuese regada con su misma sangre, nuestra vanguardia defendió heroicamente los pasos del Bellaco, y les dejó lugar haciendo fuego en retirada con mucho orden y valentía.
El Comandante Cabral estaba encargado de hacer esta difícil operación, que ha sabido cumplir con inteligencia y exactitud.
Llamaré un momento la atención de usted sobre esta operación militar, que es muy honrosa para nuestras armas, pues todos comprenden, que lo más difícil en la guerra, es una buena retirada, y la que hemos hecho entonces ha sido perfectamente dirigida con la fortuna de no haber tenido sino una insignificante pérdida con un daño notable del enemigo, que ha marcado su trayecto con reguero de sangre y cadáveres.
Precedido de una lluvia de balas de artillería, el ejército aliado se dirigió por todos los pasos que ofrece el Estero a esta parte, si bien cada uno de ellos no llegó a avanzar sino sobre sus propios cadáveres; el que ofreció el espectáculo de la más sangrienta carnicería fué el paso “Cidra” donde recargó más sus fuerzas. Nuestros cañones hicieron allí un servicio muy importante, y sobre todo los cohetes que abrieron largos varaderos en las gruesas y compactas columnas que avanzaban. La caballería y unos pocos infantes trabajaron perfectamente, siendo de aplaudirse entre los jefes a la par del Comandante Cabral, el Mayor Luis González que comandaba los infantes. También merece recomendación especial la actividad y disposiciones del Capitán Godoy, ayudante de S. E. que se encontraba en aquel acto y que con una sola guerrilla de infantería detuvo al torrente de hombres que subía del costado izquierdo con intención de cortar nuestra retirada, dando así tiempo a que se replegase tranquilamente nuestra tropa haciendo fuego. Los cañones hicieron mucha operación en esta retirada, derribando a los que les perseguían.
Desde Rojas éramos testigos de esta operación, y divisábamos sobre la última cuchilla que era nuestro horizonte hacia el sud, la línea enemiga que aparecía formando una extensa batalla, y a su frente; haciendo flamear orgullosa la bandera de la República, nuestra vanguardia.
No podía resistir a la satisfacción de ver avanzando al enemigo, porque todos comprendíamos de que cada paso que daba le aproximaba al precipio; sin embargo, todo aquel día sólo se contentó con mostrarnos su línea de batalla sin movimiento de avanzar más sobre nuestras posiciones.
Debo consignarle un acto que marca el espíritu de civilización que anima en la guerra al Ejército aliado. S. E. el señor Presidente salió a recorrer nuestra trinchera ese día, y tan luego como fué divisado por el enemigo dirigieron sobre él sus punterías los cañones de más alcance. Los jefes de los pueblos cultos suelen convenir tácitamente en respetarse mutuamente en la guerra, y hasta suelen dejar de tirar hacia donde saben está el Rey, o aquél que dirige las operaciones; pero, ¿por qué extrañarnos que no hubiesen cumplido este acto de caballerosidad y cortesía? Lo extraño fuera que lo hubiesen hecho. El que emplea todos los medios de más infame traición; el que paga el asesinato del jefe beligerante ¿puede concebirse que sepa cumplir con las leyes del decoro y la civilización? Bueno es, sin embargo, tener presente estos antecedentes porque va a sonar la hora de que la alianza dé cuenta de su insolente desprecio a las leyes de las Nación. No es la primera vez que esto sucede, ya que en el Paso de la Patria habían dirigido sobre S. E. sus punterías e hicieron igual cosa en la batalla del 24. La noche del día 20 se cerró sin que nuestras guerrillas hubiesen conseguido hacer mover al Ejército un paso de su línea de batalla. Simultáneamente con el Ejército de tierra, la escuadra, en número de más de 20 buques subió el río hasta cerca de Curupaity, y se hizo sentir con 6 tiros de cañón que no recibieron contestación alguna.
Pudiera creerse que la Escuadra, en combinación con las fuerzas de tierra quisiese tentar algún amago sobre nosotros al siguiente día; pero los buques volvieron a bajar esa misma noche, y el Ejército se contentó con avanzar el Estero, quedando a contemplar atónito nuestra fuerza, y comenzó desde luego por hacer grandes trabajos de defensa.
Los días 21, 22 y 23 levantaron en toda su línea altas trincheras y fosos para resguardar la infantería y colocar sus cañones, poniéndose del todo a la defensiva. Nuestras guerrillas les molestaban en los reconocimientos que querían practicar, y a la tarde del 23 simularon un avance que no llevó otro objeto que descubrir nuestras posiciones. Al mismo tiempo que hacía fuego nutrido con su artillería a la derecha de su línea sobre nuestra trinchera, amagaron por la izquierda con caballería e infantes, pero una guerrilla fué bastante para sostener, cargar y dispersar a los acometedores.
Necesitaban tantear y conocer todas las posiciones, porque el propósito que llevaban era caer sobre nosotros el día 25, distrayendo nuestra atención al mismo tiempo por Curupaity, pero la inteligencia militar de S. E. el Mariscal López había encontrado un medio de desbaratar las combinaciones y los planes de la alianza, resolviendo llevar el ataque sobre las posiciones que había elegido.
Son solemnes los momentos en que va a jugarse la suerte de un Pueblo de tan largos y brillantes antecedentes en algunas pocas horas, lleno de las más vivas impresiones, pero rebosando de fe y de confianza al ser testigo de la decisión de la tropa que unánimemente podía caer sobre el bárbaro invasor, esperaba que el estruendo del cañón anunciase el exterminio de las atrevidas hordas que vienen a buscar su tumba en nuestro suelo.
El plan del ataque había sido trazado con pleno conocimiento del terreno y con el claro talento estratégico del General en jefe.
El señor General Resquín debía caer con la caballería sobre la derecha del enemigo; en el centro el comandante Marcó con cuatro batallones y dos regimientos de caballería, y sobre la izquierda el señor Brigadier Díaz con cinco batallones y dos regimientos. Una operación aparte, pero que debía obrar simultáneamente, se había encargado al señor General Barrios, que desfiló su tropa por un sendero estrecho y sinuoso en la montaña, y que salía en el potrero “Piris” cayendo sobre el enemigo por su retaguardia.
El señor Brigadier Bruguez debía despertar al enemigo con su artillería cuando las tropas estuviesen a punto de avanzar, y su primer cañonazo fué la señal de ataque. Muy pronto apagó sus fuegos porque, nuestra fuerza de la derecha y del centro cubrió instantáneamente al enemigo, cargándose sobre sus atrincheramientos y fosos. El enemigo llevaba sobre nosotros no solamente la ventaja de su posición, porque había necesidad de que nuestra tropa avanzase largos esteros, para llegar a su trinchera, sino que hacía jugar sobre ella libremente su numerosa artillería y los infantes eran resguardados por altos parapetos.
El soldado paraguayo presentaba su pecho a las balas, y su valor y entereza suplieron todas las desventajas con que tenían que luchar cargando con resolución, desgranando a los atrincherados y obligándoles a abandonar en nuestro poder una parte considerable de sus baterías, su campamento, sus trastos, armas y caballos.
En tanto que esto tenía lugar en la derecha y el centro, la caballería de la izquierda hacía prodigios de arrojo y valentía. La columna a las órdenes del Comandante Cabral avanzó también sobre trincheras, que cruzaron sus fuegos de artillería e infantes sobre sus regimientos. El mayor Olavarrieta que pertenecía a esa columna con el solo regimiento 19 que mandaba, ha deshecho y derrotado dos batallones de infantes que estaban bajo la protección de los cañones de sus baterías, y este intrépido jefe, siendo destrozado su regimiento, mandó la infantería que había llegado en su auxilio. Cuatro regimientos, que atacaron por la parte más oriental y que consiguieron encontrarse con caballería, repuntaron a sus competidores llevándolos en desorden hasta hacerlos pasar el Bellaco. Una parte de esta caballería era correntina, y el general Cáceres que la mandaba estuvo a punto de ser cortado, y hubiera caído indudablemente en nuestro poder si no hubiese emprendido sobre su veloz caballo la más precipitada fuga al otro lado del Estero.
Las fuerzas del Brigadier Barrios arrolló todo lo que encontró por delante, peleó con infantería y artillería, que llegó últimamente como refuerzo al enemigo, que con toda la superioridad de su poder, fu^ rechazado hasta más allá del Estero, siendo la parte Irás comprometida y haciendo declarar al general que aquí mandaba, que estaba perdida la acción.
La noche obligó al brigadier Barrios a detener su persecución y hacer su retirada, que le era muy difícil y penosa por el varadero y allí quisieron acometerlo nuevas fuerzas que llevaron al socorro, pero fueron arrollados con un nuevo ata-que como los primeros.
Toda nuestra línea de batalla recibió al mismo tiempo orden para replegarse sobre sus posiciones.
Cinco horas y media de fuego, pero de un fuego incesante y estruendoso, en que la artillería acompañaba a las incesantes descargas de fusilería, apagándolos a veces, conmovía la atmósfera cubriéndola de un espeso humo.
Este largo gemido de tantos elementos de destrucción era el primer eco de una batalla campal sobre el territorio para-guayo, y creo que puede decirse sin error, la más grande batalla que se ha visto en la América del Sud, porque ni en la guerra con la Metrópoli, se ha librado con mayores elementos v número de combatientes.
Pero lo más grande, lo más satisfactorio es que el resultado de tan grande acción haya cubierto de gloria al pueblo paraguayo, dando un lustre inmortal a las armas victoriosas de la República.
El enemigo queda completamente destrozado y con una debilidad que no ha podido ocultar a nuestros ojos. Un nuevo esfuerzo, uno sólo, y no habrá ya invasor en nuestro suelo.
La última escena del desenlace va a llegar de momento en momento, y aquellos que vinieron a buscar la conquista del territorio van a conseguirla, sí, porque le concederemos algunos fosos para sepultarse.
Puede ya decirse que la República ha asegurado su porvenir; las armas aliadas, o tienen que declararse impotentes repasando el Paraná o sucumbir a nuestra mano. Ya son nuestros, el valor de los hijos del Paraguay los ha vencido, ha hecho bajar su orgullosa cerviz y mañana tal vez la pisoteará. Regocíjese el Pueblo, acaricie ya sus momentos de tranquilidad y reposo, después de tan prolongado y heroico sacrificio. El Ejército le alarga el laurel que ha recogido, y hoy debe esperar sus preciosos resultados. Nuestra obra era grande era inmensa, pero toca, a su término; nos cuesta mucho, es cierta pero nada que sea grande se consigue sin esfuerzo y sacrificio. Tenemos pérdidas muy sensibles en esta batalla; era indispensable, y mucho debemos a la Providencia Divina porque nuestra baja consista casi toda en heridos: hay pocos muertos. No hemos perdido un solo jefe, aun cuando tenemos heridos a muchos de ellos.
El comandante Aguiar, con dos heridas, continuó mandan-do en el campo de batalla. El mayor Jiménez, también herido, no se retiró del campo de batalla sino después que ya no fué necesaria su presencia, y su jefe se lo ordenó; pero el mayor Delgado, herido desde el principio del ataque, y con pérdida ele mucha sangre, ro cesó de atender a sus deberes como si estuviese sano hasta el último momento, que fué el de campar los cuerpos de su mando, para apearse de su caballo en la cama. A este ejemplo hay oficiales que con heridas graves han imitado el ejemplo de estos jefes.
No sé a cuál de los jefes, a qué batallón y regimiento debo recomendarle con especialidad; pero con cada narración descubro nuevas proezas y verdaderos héroes.
Entre los oficiales ha corrido de boca en boca las hazañas de los capitanes José Martínez y Genaro Escato. El primero ha tomado gloriosa parte en los combates del Banco y Paso de la
Patria, y no estaba aún restablecido de su herida que recibió en este último combate, cuando hizo vivas instancias para volver a la pelea; le fué confiado el cargo del 2° de la caballería del centro; y llevó tan recia y valerosamente el ataque, que hizo llegar su caballería hasta la trinchera. La clemencia fué la compañera de su arrojo, pues viendo un batallón enemigo que no podía resistir de frente su ímpetu, tiró sus armas y de rodillas pidió perdón: el capitán Martínez mandó que se respetase la vida de aquellos rendidos y pasó adelante; pero estos infames volvieron a tomar sus armas y tirar de atrás a nuestra tropa. El capitán Martínez recibió desgraciadamente una grave herida, una bala de cañón le llevó un brazo y una parte de la carne de su costado, pero los facultativos esperan que pueda salvar. El capitán Escato, comandante de un batallón, se ha distinguido por su inteligencia militar, serenidad y sufrimiento. Matáronle su caballo en la refriega, entonces recorría a pie sus filas en medio de las balas, que una de ellas le hirió en ambos músculos; ésto no le impidió el continuar mandando, cuando otro plomo volvió a tocarle, y la abundancia de sangre que vertió le hizo desfallecer. El no quería aún abandonar el campo del combate, pero sus compañeros le condujeron. Este bravo oficial también da esperanzas de que se restablezca.
No acabaría nunca si fuera a referirle tantos interesantes incidentes. Estoy viendo cada momento nuevos jefes, nuevos oficiales, nuevos tenientes y capitanes. Hay una gran venta de galones por su valor y esto abunda en el Ejército.
Los señores coroneles Bruguez y Díaz han recibido el grado de brigadier. Es una justa recompensa de la inteligencia mi-litar, trabajos y valor de estos afortunados jefes. Otra vez en esta batalla les han respetado las balas, y el señor Brigadier Díaz ha estado en lo más recio y sangriento de la refriega. El Ejército ha hecho manifestaciones entusiastas por el nuevo grado de tan meritorios jefes.
Nuestros muertos en la batalla y los del enemigo han sido enterrados; entre éstos se ha hallado el cuerpo de varias mujeres vestidas de soldados. Nuestros heridos están atendidos en lo posible; la mayor parte ha pasado ya a Humaitá y pronto acaso los recibirán en esa Capital, donde espero que se esmerarán por el pronto restablecimiento de esos héroes.
Entre estos heridos he hablado con un soldado del Batallón N° 4, vecino de esa Capital, llamado Hipólito Cañete, que peleó en Piris, y el interés de su relación me hace copiar sus palabras.
En la retirada de nuestra tropa de aquel campo, dice: “Me hallé a cuatro pasos de un jefe montado en un melado, con grandes charreteras y galones, y con elástico de plumaje blanco, alto, de buena edad, que venía animando a su desmoralizada tropa. Un balazo le derribó a mi vista con todo su caballo, y al mismo tiempo recibí yo una mala herida, que me tendió en tierra cerca de él; apercibidos de que este personaje había caído vinieron jefes, oficiales, sargentos y cabos al grito de: - ‘El general ha muerto!- y lo rodearon; yo quedaba con él, tendido en medio del círculo; entre otros cadáveres, me tiraron de la pierna, me abrieron los ojos y mi inmovilidad les persuadió que estaba muerto. El que llamaban general con apagada voz les dijo: “Esta acción está ya perdida los paraguayos nos rodean, y con poca gente pueden tomarnos; lo mejor que podemos hacer, es volvernos a embarcar”.
Dio después la orden de que se matase a todos los heridos que se encontrasen, sean paraguayos o de ellos mismos y así ejecutaron. Un coche llegó después, en el cual alzaron al general, que no habló más y que parecía había expirado ya: tenía su herida en la boca del estómago. A favor de la noche, libre de los que salían a matar heridos, me arrastré por ganar la montaña, y allí encontré a otro herido, Segundo Marecos, que me invitó a acompañarle. Nos encontramos en la montaña con tres de los que degollaban heridos; mi compañero tiró a uno a boca de jarro; matamos también al segundo; y huyó entonces el último quedándonos libre el paso”.
Marecos cuenta igualmente haber visto el círculo de jefes y oficiales desde el monte donde se había él abrigado; y si bien no sabía su objeto, esto apoya las razones de su compañero. Además de este general que no conocemos, se han visto caer muchísimos jefes y oficiales, y acaso no les sobra sino una cuarta parte de sus tropas según lo que hemos podido observar.
Todos los días forman su línea de batalla en la trinchera, y para aparentar mucha gente visten postes con capotes, y aún así no muestran más que de ocho mil bultos.
El día 25 designado por ellos para la batalla los esperamos; pero cuando no apareció ni una mosca nuestra tropa salió a desafiarlos nuevamente, teniendo la cobardía de esquivar el combate, y contentándose con hacer jugar su artillería con algunas de nuestras guerrillas.
Este día aparentaron grande movimiento, que ha concluído con el parte de las montañas.
Temiendo estoy de que se vuelvan antes de concluir con ellos, porque es gente que estima muy poco el honor, y ya sabemos la opinión al respecto de uno de sus generales.
Entre los papeles tomados se ven cosas de curiosidad. Pintados están en ellos el desaliento y la pobreza. Las familias, conociendo la miseria que pasan en el Ejército, mandan hasta dos y un peso a sus deudos que no son oficiales.
A la par de esto la gangrena, que tienen en su mismo corazón argentinos y orientales, muestra un síntoma alarmante. Tienen grandes recelos de su aliado el Brasil; penetrados ya de que sólo trabajan para él, y que hoy o mañana las armas brasileras volverán contra sus aliados.
Si este estado infeliz de cosas se hacía sentir antes de la batalla del 24 y del 2, ¿cuál será la situación de la alianza en estos momentos? Yo quiero consentir que han pisado 30 ó 40 mil hombres el territorio paraguayo, como ellos lo dicen; el descalabro que han sufrido de nuestras armas y el flagelo de las pestes que Dios les envía., están a punto de concluirlos. Entre tanto nosotros liemos reemplazado ya en el Ejército nuestras plazas con nuevos batallones que han llegado.
En entusiasmo de la tropa crece, y conociendo ya que le resta poco trabajo; quiere cuanto antes concluirla para ir a recibir el premio de las fatuas en el brazo de las familias bajo la sombra de sus laureles.
El pueblo debe felicitarse por las prendas del Ejército que va a salvar para siempre a la Patria. La Última batalla, tan gloriosa y de trascendencia, le ofrece títulos inmortales de heroísmo.
Olvidaba decirle que entre los muchos trofeos tomados al enemigo he visto tres muy hermosas banderas de seda, una brasilera, otra oriental y otra argentina. Son tres coronas que deben ondear sobre la frente laureada de la Patria; es el presente que le ha hecho su decidido Ejército. La bandera oriental ha sido tomada por el sargento del regimiento N° 7 Teodoro Rivas, que viéndola flamear atrás de algunas comunas de infantería dijo a su comandante que iba a traérsela, y en efecto en la primera carga abrió camino a sable hasta llegar a ella, y derribando al que la llevaba, se apoderó de ella y volvió sano y salvo; la moarra de plata do la bandera, tiene un golpe de su sable.
A última hora tengo conocimiento de que hay un pasado del ejército argentino, confirmando la muerte del general que dice ser brasilero sin acordarse del nombre. Cuando se le interrogó el efecto de nuestros fuegos en la batalla, no le pareció bastante decir que había muchos muertos y heridos.
Reciba mi felicitación de ciudadano y de amigo por la esplendorosa victoria que han reportado nuestras armas en la primera campal batalla.
Estamos a la expectativa de los sucesos, y acaso de un momento a otro le anuncie nuestro triunfo final.
Bajo una atmósfera de paz., de gloria, espera pronto apretarle la mano.
Semanario, N° 631. 26 de mayo de 1866.
DE YATAITY-CORA
BOLETIN DE CAMPAÑA N° 8
El ataque - Derrota del enemigo - Retirada paraguaya Los héroes de la acción.
Un combate ha tenido lugar el día de ayer entre los valerosos defensores de la Patria y los esclavos de la triple alianza, y la victoria que siempre ha acompañado a las armas de la justicia y el heroico esfuerzo de nuestros soldados, ha sido una vez más la recompensa de su noble empeño.
Y el triunfo obtenido sobre todo el ejército aliado es tanto más brillante y glorioso, cuanto mayor ha sido la desproporción del número, de los elementos y de la posición, que ha ido a asaltar un puñado de paraguayos con aquella resolución y valor inherentes a estos dignos sostenedores del pendón nacional.
Una lección tremenda, un castigo severo ha recibido el invasor cobarde probando una vez más la impotencia de sus elementos, ante el pecho esforzado de los nobles campeones de la libertad de su Patria.
Absorto el enemigo ante el espectáculo del heroísmo con que el ejército nacional ha confundido sus legiones de mercenarios, vino a estrellarse a los pies del trono donde la nación ha levantado su poder incontrastable sobre las firmes bases del patriotismo y del deber, y marca su derrotero de viaje hacia su completo exterminio por una serie de desastres, vicisitudes y derrotas que han postrado sus fuerzas.
Y estimulado la decisión del soldado paraguayo y la gloria de sus arreas.
La nueva victoria que hemos obtenido es la confirmación de esta verdad.
Nos complacemos en consignar la descripción del combate de tanto honor para los bravos que han llevado la confusión al enemigo, y recogido la palma del triunfo para la Patria.
El valiente general Díaz encargado de hacer un reconocimiento sobre la derecha del enemigo que ocupa el ejército argentino, encargó al coronel ciudadano Elizardo Aquino el mando inmediato de los batallones destinados a este servicio, llevando por segundo al sargento mayor Juan Fernández.
Una guerrilla de 50 hombres mandada por el Alférez Manuel Melgarejo del Batallón N° 21 fué destinada a la exploración del enemigo, de quien se hizo perseguir, dando parte de que aparecía mucha infantería.
El mayor Fernández recibió entonces la orden de avanzar con los batallones 13 y 20, el primero comandado por el teniente Matías Villalba, y el segundo por el de igual clase José Eliseche.
Las columnas enemigas compuestas como de cinco batallones, que ocupaban el lugar denominado Yataity-corá, fueron arrolladas por la impetuosidad de la carga, y entonces recibieron un refuerzo de igual número de fuerza, con el que formaron dos grandes triángulos, compuesto de tres batallones cada uno, ocupando su intervalos y a las fuertes columnas con una guerrilla doble al frente.
En esta disposición defendían el paso del Estero que borda su trinchera, denominado de Leguizamón, y quisieron hacer-se fuertes, ayudados por la artillería de sus baterías que hacían pasar sus bombas sobre la cabeza de nuestros bravos.
El alférez de artillería Hilario Amarilla ocupó el intervalo de los batallones 13 y 20 con dos coheteras, y dirigió su arma con tal acierto sobre el enemigo que causó una horrible mortandad, haciendo prolongados varaderos en sus columnas, lo que auxilió eficazmente a la infantería que avanzaba de frente sobre aquella fortaleza de hombres.
Nuestros soldados recibieron todo el fuego, que siendo muy incierto les causó poco daño, mientras que sus punterías barrían a sus contrarios; y el primer triángulo de la derecha, fué completamente desecho a su aproximación.
El segundo triángulo se sostuvo mediante los supremos esfuerzos que hacía el jefe enemigo para conservar su formación; pero el bizarro batallón 13 avanzó a la bayoneta, y al tiempo de caer sobre él, un cohete rompió sus filas y tiró al jefe que sostuviera sus tropas, con lo que el triángulo perdió su formación, y se pronunció en derrota como los primeros, envolviendo en su fuga las demás columnas las que de la manera más desordenada y fusilados por las espaldas, pasaron por el Leguizamón, dejando en poder de los nuestros el campo de batalla cubierto de muertos y heridos; que se recargaban especialmente por los lugares en que han puesto más resistencia.
A la vista de esta vergonzosa derrota de diez fuertes batallones por sólo dos; se descolgó todo el ejército aliado en su socorro, sin que este mismo refuerzo tuviese poder para sujetar a los derrotados, que se abrigaron en la trinchera; y no atreviéndose a pasar el paso Leguizamón durante la presencia de nuestros soldados en el campo de la victoria.
La artillería enemiga trabajaba sin fruto pues no logró herir a un solo soldado, y solamente produjo un incendio a retaguardia de los victoriosos batallones, tomando proporciones rápidas que amenazaban interceptarle la retirada en la estrechura del lugar donde se había producido.
Era imprudente competir al S. del estero con solo dos batallones, después de una hora de fatiga con el ejército de refuerzo que se aproximaba; habiendo llegado hasta los pies de la trinchera enemiga, después de una victoria y cumplido el objeto de la expedición, el general Díaz mandó que se replegasen las fuerzas que llenaron todo aquel ámbito con sus aclamaciones y gritos de triunfo.
El mayor Fernández vino entonces a incorporar sus fuerzas con la reserva compuesta de los batallones 30 al mando del mayor Cándido Mora y el 8 que obedecía las órdenes del capitán Casimiro Báez. Mucho tiempo después de esta retirada, y sólo después de oscurecer, cuando había creído que nuestros batallones se habían alejado del lugar, se atrevió el enemigo a vadear nuevamente el paso para volver a sus anteriores posiciones.
Nuestros soldados, no podían ser sujetados en su ímpetu de volver a la carga, y llegado el momento cayeron nuevamente sobre los batallones que reaparecían entrando en fuego el batallón n° 8 que no fué menos valiente y decidido que los compañeros de cuyo heroico ejemplo acababa de ser testigo, y sufriendo un nutridísimo fuego del enemigo por el frente y sus alas, los batallones 13 y 20, volvieron a su protección, quedando el 30 en reserva aunque el 8 no necesitó del auxilio de sus compañeros para repeler los batallones enemigos, y éstos para librarse de su activa persecución, acabaron de incendiar el campo que había comenzado por el fuego de las bombas.
Los cohetes del Alférez Amarilla los siguieron todavía con sus certeras direcciones. Rechazado así el enemigo por segunda vez sonó en sus trincheras una corneta indicando retirada, y allá fueron a abrigarse los restos de sus batallones.
La oscuridad de la noche ocultó a la vista, lo que sucedía con el grueso del ejército, cine con infantería y caballería se había movido en dirección al campo de la lucha.
En el segundo ataque fué más recio el fuego de la artillería, pero las balas siguieron el camino de siempre auxiliando bastante para este desacierto las bombas dirigidas por el general Bruguez.
El batallón 13 llevó la palma e n el combate de Yataity-corá con su bravo comandante el teniente Matías Villalba, lo mismo que el batallón 8 y su benemérito comandante, el capitán Báez. El batallón 20 ha sido también muy arrojado y decidido.
El capitán Báez que tan bizarramente peleó a la cabeza de su batallón cayó muerto de una bala, haciendo su comportamiento en la lid, más sensible su pérdida, si bien fué glorioso para él caer al pie de la bandera, llevando al sepulcro con su último aliento la satisfacción de la victoria. Este es el único oficial que hemos perdido.
El coronel Aquino ha llenado cumplidamente las órdenes que ha recibido de su jefe, desplegando sangre fría y disposiciones oportunas a que debió el brillante éxito de la empresa.
El mayor Fernández no desmintió antecedentes, viéndosele siempre sereno y con la presencia de ánimo que ha mostrado en todos los combates en que ha asistido. Perdió su caballo, y apenas le ha alcanzado un ligero rasguñón de bala.
El Alférez Amarilla merece mención especial, porque después de haber trabajado brillantemente con sus cohetes se incorporó a la infantería y desempeñó muy bien su puesto en el batallón 13, y después en el 8 hasta que fué herido.
La victoria no nos cuesta sino un cortísimo número de vidas, suceso providencial y milagroso en la naturaleza del ataque que se ha sostenido, en que han perecido batallones enemigos., de que eran testigos todos los combatientes; en cuyo poder quedaron, contándose entre los muertos muchos jefes y oficiales, cuyas espadas, gorras y charreteras se han traído como trofeos.
Una inmensa pérdida material y moral es la que abruma al ejército aliado, ya de sí desmoralizado y sin ánimo ni fuerza para combatir a los soldados de la libertad, pues se ha visto que a rigor de amenazas y cintarazos eran arreados al combate por sus jefes. Tal es el respeto que les han impuesto nuestros valientes.
Un nuevo título de orgullo para las armas nacionales, una gloria más para el ejército, una verde palma para la Patria, vergüenza y derrota para el enemigo, he aquí el espléndido resultado de la inolvidable jornada del 11 de julio.
La victoria de Yataity-corá formará una fecha grata y eterna recordación que va a confirmar en la historia el valor del guerrero paraguayo.
Pocas horas fueron bastantes para conseguir la derrota más atribulada del enemigo, inmensamente superior; sus esfuerzos han marcado dos triunfos sucesivos y espléndidos que llenan de satisfacción y de esperanza a los sostenedores de la buena causa. Avanzamos rápidamente en el terreno de la conquista de nuestros derechos, y seguimos hollando la frente del orgulloso conquistador.
Dios guía nuestras armas, y el soldado de la Patria es el brazo de su justicia para el escarmiento del invasor infamo.
El triunfo del 11 es la estrella que viene con la aurora a presagiarnos el día supremo de la victoria final.
Bien venido seas, id a adornar la frente de la Patria y a robustecer la ardiente fe y la noble esperanza del pueblo paraguayo.
Semanario, n° 638, 14 de julio de 1866.
ANTES DE BOQUERON
Más detalles de la acción de las coheteras de Yataity-corá –
Debilidad del ejército de la alianza; terror por el lado de Boquerón - Triste papel de la escuadra.
Campamento en Paso Pucú, julio 14 de 1866. Señor redactor de “El Semanario”:
Mi correspondencia de esta semana es el corolario de lo que he demostrado a usted en mis anteriores, y especialmente en la última, respecto a la situación angustiosa, la consternación y la debilidad del triple ejército que tenemos al frente.
Tenemos la gloria de contar con un nuevo combate ocurrido a los pies de la trinchera argentina, y al hablarle del combate, le hablo de un triunfo para nuestras armas, porque el soldado paraguayo cuando hace flamear en una lucha el pendón nacional, no vuelve sin el laurel que ha ido a buscar para la Patria.
A pesar de los detalles del boletín del ejército, que ya será en su poder me voy a permitir instruirle de algunos accidentes de la acción que aumentan la gloria de nuestro triunfo.
La tarde del 10, fué desprendida de nuestra vanguardia una guerrilla, al mando del capitán Godoy, destinada a explorar la posición del enemigo hacia su costado derecho, donde tienen su campamento los argentinos. Los pocos soldados exploradores pusieron en disposición sus guardias avanzadas, y a dos batallones que a su protección llegaron, retirándose oportunamente cuando otros refuerzos vinieron a hacerles frente. El tiroteo fué bastante recio y muchos enemigos se vieron caer en sus filas, habiendo solamente de nuestra parte tres heridos.
El enemigo muy receloso y siempre esperando un avance se fijó desde luego en la exploración de aquella tarde y tomó sus precauciones para recibir algún choque por ese costado. Esto aumenta el mérito del combate del 11, porque nuestros soldados no cayeron sobre él; por sorpresa, y fué batido a pesar de todas sus precauciones, y teniendo una inmensa ventaja en el número, y la artillería que corona su trinchera. La primera guerrilla que se adelantó la tarde de la acción, dió desde luego noticia de la numerosa infantería enemiga, que le persiguió encontrándose con nuestros dos batallones en el Yataity-corá, que fué el teatro de la lucha, altura poblada de Yatahí y casi circular de donde con propiedad ha tomado su nombre. De allí se baja al último estero que sirve de segunda muralla al enemigo y el paso de Leguizamón, por donde una parte de nuestra caballería, avanzó el día 24; es el paso indispensable al que quiera llegar por esa parte a la trinchera y fosos del enemigo.
Los primeros batallones que aparecieron traían bandera argentina, pero acometidos vigorosamente por el 20 y 13 fueron arrollados y perseguidos con lo que vinieron a su protección los brasileros. Entonces fué que se sirvieron de todas las figuras matemáticas en frente del paso, para defenderlo, pero en balde fueron los preámbulos, cuadrados, líneas rectas, oblicuas, etc., que formaron; pues todo lo llevó la trampa con el embate de nuestros dos vigorosos batallones. El alférez Amarilla con sus dos coheteras fue la admiración de sus compañeros pues a cada tiro se veía abrirse las filas y elevarse, esparciéndose miembros de los cuerpos por el aire, seguía en lo recio de la refriega un aplauso general y el entusiasmo del soldado se acrecentaba. Se cuenta de un cohete que habiendo enfilado tres batallones, cayó a la cabeza del primero y pasó hasta el último, haciendo una mortandad horrorosa, siendo bastante aquel solo cohete para derrotar los pocos que quedaron de esos cuerpos.
También fué excelente y del mejor efecto el cohete que derribando los soldados del último triángulo que quería hacerse fuerte, tiró por el aire a su jefe que era el único que lo sostenía a la presencia del nº 13, que avanzaba sobre él a la bayoneta. Aquí fué Troya; la dispersión se hizo general, el grito de “¡Sálvese quien pueda!” resonó en la confusión del resto de los batallones enemigos, y en el mayor desorden corrieron a meterse en los fosos de las trincheras, dejando en nuestro poder el campo de batalla, muertos y heridos, libre el paso de Leguizamón. Desde el principio de la refriega se había guarnecido la trinchera enemiga en toda su extensión y el general Bruguez molestaba de tal modo con sus piezas de la batería del centro a los artilleros enemigos, que desconcertados completamente, no llegó a ofender una sola de sus balas a los acometedores de su derecha a quienes las dirigían.
Con la derrota, todo el ejército, caballería e infantería, se puso en movimiento, pero no pasó el Leguizamón sino ya de noche cuando nuestra tropa se había retirado; ésta volvió sin embargo sobre él, y una nueva derrota fué el resultado, habiendo tenido que ocurrir hasta el incendio del campo, para librarse de la persecución.
Dos derrotas sufrió pues el enemigo, de las cuatro y media a las siete de la noche del día 11, y la pérdida que ha sufrido se aprecia en una baja de más de mil hombres, los más de ellos muertos. Cuentan nuestros soldados que casi todos los jefes que han venido, cayeron en el combate, y es también considerable el número de oficiales muertos. Nosotros tenemos muy poca pérdida consistiendo casi toda en heridos.
No podré expresarle el cuadro que presentó el campamento al anuncio de la victoria. Las cornetas, los tambores y las bandas de música entonaron diana, las aclamaciones, los vivas y el contento general, se contestaban de fila en fila y con creciente entusiasmo. Batallones salían aquí y allá, con sus músicas y haciendo flamear la bandera que los guiaban, iban de uno a otro cuerpo danzando su galopa. Brillante fué el recibimiento que tuvo el batallón 8 que ha dejado la trinchera; el 13 ha recibido igual demostración de sus compañeros. Aseguro a usted que el regocijo general fué digno del triunfo obtenido.
Se me olvidaba apuntarle que los soldados aliados eran arreados al combate por sus jefes y oficiales, y que los llevaban como bestias a sable y rebencazos. Esto no es la primera vez que sucede, pero ahora fué mucho más notable, hasta el punto de no servir este mismo brutal tratamiento a los jefes, para alinearlos. La desmoralización progresa a efecto del convencimiento que van teniendo de su mala causa, con el rigor y despotismo con que los tratan sus jefes, y el hambre que los hacen pasar, que los tienen en mal estado de debilidad. Nuestros combatientes dicen que todos los negros, cuyos cadáveres poblaban el campo de batalla, eran flacos, cuando en otras ocasiones hemos matado, dicen, negros muy gordos.
Este día ha amanecido de pésimo humor todo el ejército aliado; está sobre las armas en formación desde muy temprano, hasta la noche en orden de recibir un ataque, guarneciendo una parte toda la trinchera, y formando la segunda línea batallones apostados de trecho en trecho, y unidos en los intervalos con guerrillas. ¿Cuál es el motivo de tan formal alarma? Voy a satisfacer a usted.
Le he dicho más de una vez el gran temor que tienen de los montes de nuestra derecha por donde siempre nos esperan. Anoche nuestros infantes, fueron a cavar una trinchera, en ese costado a cuatro cuerdas de las baterías enemigas y con el día recién distinguieron que los paraguayos estaban sobre sus barbas. El susto fué terrible y creyeron próximo un ataque, al ver establecida aquella línea ofensiva a cuatro pasos de la boca de sus cañones; todo el ejército no comió, ni bebió todo el día, obedeciendo la más rigurosa formación, y el bombardeo fué incesante sobre los que continuaban el trabajo en aquella parte. No ha habido cosa que tanto los haya molestado como esta operación y fue tan terrible su enojo que hasta habíamos consentido un ataque para destruir aquel trabajo. El coraje no les auxilió y los batallones que ya se movían y se dirigían como para avanzar, concluían por tomar otro rumbo. Terrible fué su indecisión entre la conveniencia y el temor, y por fin triunfó este último, sin poder impedir la obra con más de 400 bombas, que arrojaron sobre los trabajadores y considerable número de cohetes.
Este es un acontecimiento nuevo en los anales guerreros de la triple alianza. En todo el curso de la guerra no han hecho uso de cohetes en ninguna circunstancia hasta este día, que han inaugurado esta arma contra la nueva trinchera. ¿Qué habrá podido moverlos a su aceptación? Esto se comprende. El Alférez Amarilla con el bárbaro efecto de sus cohetes en el combate del 11, les ha refrescado la memoria de los miles de hombres que han perdido al choque de esa terrible arma en los diferentes encuentros, y aun cuando ha sido cara la lección, parece que la han aprendido, pero como discípulos noveles, no saben arrojarla, y las que arrojan tienen poca diferencia de los “voladores”; por lo que los soldados les han hecho una burla incesante con su terrible grito.
Es gracioso que los insignes guerreros aliados que despreciaban a los paraguayos como reclutas, tengan que recibir instrucción de éstos; ellos sin embargo no quieren confesarlo, y así propalan de que son ingleses nuestros artilleros; no dicen mal, en muchas cosas el soldado paraguayo es el soldado inglés, y en esta guerra ha conquistado ya el renombre de primer soldado de la América del Sud.
Todavía le diré algo sobre el trabajo de la derecha, explicándole el motivo de la gran incomodidad de sus vecinos. Una vez nuestros cañones en esa trinchera, el enemigo tiene que retirar su línea, y perder la hermosa posición de sus baterías, con gran desventaja en cualquier otra en que quieran establecer, y después serán perfectamente barridas las baterías del centro que son las que responden al general Bruguez. Tienen pues razón de enojarse, y la posición, militarmente debe ser disputada, aun cuando no se atreven a caer sobre ella en su principio, de que se deduce, de que mucho menos, lo harán cuando esté artillada.
En mi próxima carta le diré algo con respecto a esta cuestión, y por ahora voy a separarme del ejército de tierra, que cada día va encerrándose más en un círculo de fierro, para llamar su atención sobre la mísera situación de la soberbia armada aliada.
La primera fuerza naval de la América del Sud, los 50 buques de la alianza, los vapores de alto bordo, y los terribles blindados y encorazados con sus relucientes y enormes cañones, terror de ltapirú y Paso de la Patria, y vencedora de los nocturnos torpedos, próximo a destruir las baterías de Curupayty, Humaitá, etc., todo esto yo comprendo que lo diría un aliado fanfarrón, pero no creo que tenga el coraje de añadir; reposa tranquila sobre el lecho dulce de las corrientes del Paraná y Paraguay.
La inquietud y la zozobra continua asalta a la escuadra aliada y su más terrible pesadilla son los torpedos contra los que no tiene defensa, y se entregan totalmente a su suerte.
Son muchos y graves los daños que han recibido ya, y hasta ahora no saben cómo defenderse; positivamente comprenden de que cada noche irá a visitarlo una o dos máquinas, y ellos resignados exclaman: “Sea enhorabuena, cúmplase la voluntad de esos torpedos”. Al principio habían querido precaverse, haciendo cruzar sus lanchas para perseguir a su conductores, pero éstas han sido muy mal tratadas indudablemente con apunas explosiones, y desde entonces no han vuelto a hacer esas arriesgadas hasta la mañana del 13, en que un torpedo fué a darles los buenos días. Seis lanchas se dirigieron a él, y trataron de cortar la línea para, salvarse de sus efectos, pero a su aproximación la terrible máquina estalló, y las lanchas sucumbieron en presencia de la consternada escuadra. A más de este revés, sufren siempre bastante, porque se ha conseguido dirigir bien esas máquinas, y es a causa de la oscuridad que no se puede apreciar sus pérdidas.
La escena de anoche fué terrible.
El torpedo reventó al costado mismo del encorazado “Brasil'” y al reflejo de la explosión, se vió tirado al través de la corriente, no habiendo podido verse más porque la densa oscuridad que sucede siempre a la siniestra iluminación; ocultó a los espectadores, lo ocurrido después, siendo indudable, que el buque si no ha ido a pique, ha sufrido terriblemente.
La narración de esta escena con el encorazado “Brasil” me ha llevado a apreciar como un símbolo del gran Imperio de este nombre. A los últimos reflejos de la guerra el “Brasil” se inclina a un abismo, y si a la oscuridad de la derrota no sigue su naufragio, el golpe que habrá sufrido aquel Estado de esclavos, será una lección para su conducta futura.
Algo más tengo que añadirle, respecto a la escuadra. Nuestros rifles apostados en la ribera que la vanguardia ocupa, se distraen en cazar negros en sus buques como pájaros, hasta que al fin tuvieron que cerrar herméticamente cada buque uno de sus costados, y privar todo trajín por esa parte, porque el primer negro que muestra su cabeza es víctima. Esta es una nueva humillación de la escuadra, muy digna de consignarse, y que apoya más mi persuasión de que no pueden decir los marinos imperiales que están muy sosegados.
Como he dicho a usted, nuestras tropas han tomado nuevo vigor después del triunfo. Los nuevos contingentes no cesan creciendo con el número de soldados el entusiasmo.
La comisaría tiene un despacho incesante. Nuestro ejército se provee de ropa, yerba mate, etc., y los últimos combatientes han recibido una nueva gratificación. Esto multiplica la satisfacción, y el general contento de la tropa.
Tengo que hacerle la distinción que S. E. el señor Presidente ha concedido a la señora doña Sinforiana Montiel de Céspedes, vecina de Pedro González y viuda del Alférez Vicente Céspedes, caballero de la Orden Nacional, que había muerto en el combate del 24. Esta señora solicitó llevar la estrella de la condecoración de su finado esposo en la punta de su cadena o collar, y S. E. le ha acordado este privilegio. Es digno de todo aplauso este acto de justicia, por que la mujer puede recibir como legado la distinción de su esposo, obtenido por el cumplimiento de su deber. Así se perpetúa el honor del marido, y la mujer conserva de él, el más bello recuerdo.
Por hoy no tiene más que decirle
Semanario, n° 635, 14 de julio de 1866.
BOQUERON Y SAUCE
Una trinchera provocadora. - Ataque del 16 de julio.
- La actividad del día 17; desastre aliado.
- El 18 de julio: Boquerón. - Importantes pérdidas aliadas.
- Ascenso póstumo de Elizardo Aquino.
Campamento en Paso Pucú., julio 21 de 1866.
Presentía en mi última correspondencia que el propósito hábil del Excmo. señor General en Jefe, con la medida estratégica de levantar una nueva trinchera sería alcanzado. Veíamos que el enemigo no se movía y que parecía iba a continuar perdurablemente en su estado defensivo, que es la actitud de la impotencia en un ejército que viene invadiendo un país, cuya conquista se proponía. Fué necesario crearle un compromiso y el gran golpe de la situación, era encontrar la manera de hacerlo. El talento militar del Mariscal López, halló el medio de poner al ejército aliado en la dura alternativa de retroceder, o avanzar para conseguir tan importante objeto, levantó la trinchera de que ya le he hablado, tirándola desde la Punta-Ñaró que linda con nuestras posiciones hasta la isla Carapá, que queda intermediando otra línea en la misma dirección que tropieza con el monte de Piris, posesión del enemigo
La trinchera en esta disposición a la vez de cerrar los boquerones y dominar las montañas que lindan con nuestra línea de trinchera, podía enfilar perfectamente las baterías céntricas del enemigo y- fusilar a los artilleros de su izquierda. El enemigo se veía en la necesidad de corregir su línea, y entonces retroceder con todas las desventajas del terreno o atacar aquella posición.
NATALICIO DE MARIA TALAVERA
La Patria ha perdido en el campo de la literatura un joven soldado, leal, decidido y entusiasta servidor de la santa causa de su soberanía combatida por inicuos conquistadores. “El Semanario”, el corresponsal que ha tenido en el Ejército desde el principio de esta colosal lucha, un importante colaborador, interesado en su crédito, y la literatura naciente del país una flor, una de sus más bellas y legítimas esperanzas.
Natalicio de María Talavera ha fallecido el viernes 11 del corriente a las tres de la tarde en el Campamento de Paso Pucú a la temprana edad de veintiocho años.
Después de cumplir con los deberes de una amistad pura, derramando sobre su memoria lágrimas de ternura, vamos a satisfacer lo que impone la gratitud pública, consagrando algunas líneas al recuerdo de sus virtudes cívicas y a las sobresalientes dotes naturales que poseía.
La carrera corta, pero limpia del joven Natalicio Talavera pertenece toda a la administración de S. E. el Señor Mariscal Presidente López, y a la historia de la presente guerra. Puede decirse que es un bello episodio de ella, y un testimonio del conocimiento que manifiesta S. E. del corazón humano, y del raro talento que posee para colocar a los hombres en el puesto que les corresponde.
Es por esto que si bien no disponemos ni del tiempo ni de la aptitud necesaria para escribir su biografía, queremos consignar siquiera los principales rasgos de su fisonomía, con el lápiz del soldado o del viajero que de paso recoge lo bello e interesante que encuentra en su camino para referirlo a la familia que no pasa, la Patria, la humanidad.
Su educación y sus estudios son puramente nacionales. Natural de Villarrica de donde son vecinos sus honrados padres Don José Carmelo Talavera y Doña Antonia Alarcón, en la puericia lo trajeron a la Capital y lo colocaron bajo la férula del antiguo y benemérito preceptor Don Juan Pedro Escalada. Adolescente ya, pasó con Monsieur Dupuis a estudiar elementos de matemáticas, y después con Don Ildefonso A. Bermejo en la Escuela Normal, donde aprendió los principios de literatura, manifestando las raras dotes que poseía, las que le conciliaron la estimación del maestro, a quien ayudó bastante en el desempeño de su delicado encargo.
La centella que irradiaba en su clara frente le mostraba el campo de la literatura, y le incitaba a avanzar en él a pesar de la, escasez de sus principios que suplieron el genio y la laboriosidad; y por el año sesenta publicaba era “El Semanario” y en “La Aurora” algunas traducciones y ensayaba algunos artículos originales, claros indicios de sus bellas disposiciones.
Pero desde que S. E. el Señor Mariscal López confió el servicio de la Prensa a los hijos del país, y llamó entre ellos al joven Talavera a esta ocupación, tan conforme a sus inclinaciones naturales, consagró una eficaz dedicación al estudio, e hizo rápidos progresos.
Estallada la guerra, él fué uno de los ardorosos jóvenes que merecieron el honor de acompañar a S. E. el Señor Mariscal López en su campaña que emprendió el 8 de junio de 1865.
Recordarnos la satisfacción con que cambió el frac y la levita por la camiseta militar y la espada, y el orgullo con que las estrenaba en las cortas horas de su despedida.
Desde que tomó la pluma en defensa de la santa causa de la Patria Soberana, jamás vaciló en su mano.
Su fe era firme y profunda en la causa de la Patria, como vigoroso y noble era su juvenil espíritu.
Su voz era llena, sonora y penetrante cuando hablaba., y sus palabras escritas llevan el acento de la convicción. Dios patria, gobierno, libertad, justicia, ley, derecho, tienen unción en sus labios, porque jamás las ha pronunciado como palabras vacías de sentido.
Era piadoso para con Dios, para con la patria y el gobierno. Buen hijo y fiel amigo.
Desde que fué llamado al servicio público, acreditó constante lealtad a la causa nacional, y una afectuosa adhesión a la persona de S. E. el Señor Mariscal Presidente López. Su recto espíritu y su generoso corazón le llevaban a reconocer y venerar el privilegiado genio de S. E. y su paternal bondad, mientras que los sanos principios religiosos y políticos que profesa balo ligaban tiernamente a la patria y al gobierno.
Su corazón sensible como generoso, incapaz de pegarse al limo de la tierra, era inclinado a lo bueno, a lo grande, a lo sublime. Jamás la vil envidia encontró asilo en su corazón; y era más indulgente con sus semejantes que consigo mismo.
Daba o gastaba con el desprendimiento propio de un opulento, no de un disipador. Perteneciendo a una decente medianía, no buscó por medios innobles las riquezas ni los honores, y supo, aunque joven, anteponer los deberes a las distracciones. Siempre estuvo buscando en el horizonte de la Patria los signos precursores de la bonanza, y parecía entrever en el porvenir una época gloriosa que constituía su ambición.
Murió sin verla satisfecha, sin presenciar, sin saborear y dar cuenta del éxito de la colosal lucha, coronado con el final triunfo de la Patria, y abierta una nueva era engalanada con todos los encantos de la poesía.
¿No era esto el presentimiento de su próxima transición a la mansión de la eterna bienaventuranza?
No puede dudarse al menos que eran los votos más caros a su corazón los que más tiernamente acariciaba, como diría él.
Entre los servicios que ha prestado a la nación, lo recomienda a la gratitud pública la serie de la correspondencia del Ejército nacional inserta en “El Semanario” desde el N° 583 hasta el N° 701 que abraza el período comprendido entre el 17 de junio de 1865 y el 28 de setiembre de 1867, fechas de la primera y última correspondencia escritas por él, según tenemos entendido.
“El Semanario” registra además artículos que ha escrito en el teatro de la guerra.
Entre estos últimos trabajos merece una especial mención la biografía del difunto General Díaz atribuida a la pluma del aventajado joven Natalicio Talavera, inserta en el N° 669 de “El Semanario” fecha 16 de febrero de este año.
Ese solo trabajo que consideramos de mérito literario en su género, sería bastante a acreditar las bellas dotes y el aprovechamiento de nuestro joven compatriota. Baste decir en su abono, que el carácter del General Díaz está fielmente retratado en ese escrito, y suficientemente apuntados los hechos meritorios que corresponden a la carrera del ilustre General.
Manejando el uno la espada y el otro la pluma en defensa de la Patria, presentan algo de común y de semejante.
Uno y otro han formado y han hecho su lucida, pero corta carrera al lado de S. E. el señor Mariscal Presidente López, bajo su inspiración y auspicios. Casi de una misma edad, e iguales en el tiempo de sus servicios más importantes, ambos dejan en la memoria de sus amigos, recuerdos inolvidables de un carácter dulce, bondadoso e igual, al par que recto, constante, y firme en el servicio de la Patria.
El uno ha colgado su espada sin haber empañado su lustre, y el otro su pluma, sin haberla prostituido.
S. E. el señor Mariscal Presidente, justo apreciador del mérito de los ciudadanos, ha reconocido y premiado el de nuestro deplorado colega, condecorándole en el 12 de mayo de 1866 con la estrella de caballero de la Orden Nacional del Mérito.
Tampoco era ajeno el joven Talavera a la inspiración de las Musas, según lo manifiestan algunos pequeños trabajos que han publicado sin pretensión alguna literaria. Como una muestra de su laboriosidad y bellas disposiciones en este género, y de la tierna afección que profesaba a S. E. el señor Mariscal Presidente López, nos permitimos insertar el Himno que ha dedicado a la celebración de su natalicio en 1865:
Venid, Paraguayos,
Venid y cantemos,
Y alegre entonemos
La dulce canción,
Que ya se encamina
Grandioso y radiante
El sol rutilante
Nuevo sol en el mundo aparece,
Derramando do quiera esplendor,
Y en su bella y radiante carrera
Ve nacer de esperanza la flor.
Venid, paraguayos.
Ya su luz se dilata esplendente,
Coronando una vasta región,
Y sus rayos prestando la vida
Aseguran riqueza y unión.
Es de López la luz protectora,
Que alentando con dulce calor
A su cara y espléndida Patria
Le da bríos, progreso y valor.
Ya la fama surcando el espacio
En el mundo su gloria anunció,
Y narrando prolija sus hechos
A la historia su nombre legó.
Aunque incompetentes en la materia,
debemos confesar que nos parece bella esta producción,
y hasta de mérito la estrofa final.
Nacido Natalicio de María el 8 de setiembre de 1839, recién tenía cumplidos los veintiocho años; y a pesar de su robusta constitución, de los recursos del arte y de una esmerada asistencia que mandó prodigar el Excmo. Señor Mariscal Presidente, tenaz el mal de que fué atacado, no pudo ceder, y expiró a las tres de la tarde del día 11 del corriente mes de octubre, rodeado de eclesiásticos y de sus amigos, después de haber recibido los auxilios espirituales.
Corta, pero meritoria y laudable ha sido la carrera de nuestro joven literato y soldado, coronada además con una muerte cristiana.
Son estos justos motivos de consolación para sus ancianos padres y estimable familia, no menos que para sus numerosos amigos.
Todos hemos perdido algo en él; pero la historia nacional recoge de su vida el buen ejemplo de su lealtad, probidad y dedicación al estudio y al servicio de la Patria para proponerlo a la gratitud e imitación de sus conciudadanos.
El hombre de bien es útil hasta después de su vida, así como el criminal y el malvado extienden hasta después de sus días los efectos del mal que han hecho.
¡Ay de aquéllos que con hábitos viciosos y criminales aumentan la depravación de la naturaleza humana, viviendo enteramente divorciados de la virtud!
¡Feliz el que deja una memoria laudable y edificantes ejemplos!
Entre estos últimos será contado siempre Natalicio de María Talavera, a quien esperamos abrazar un día en el seno de la luz inextinguible, unidos con el ósculo santo de la caridad.
El Señor le sea propicio, y su memoria sea siempre grata.
Ninguna celebridad puede ser gloriosa si no está basada sobre la virtud y ligarla al servicio de la Religión, de la Patria o de la Humanidad.
La memoria del hombre de bien permanece llena de alabanzas, perfumando el campo de la Patria con el aroma de las virtudes; pero el recuerdo del malo y del criminal sólo inspira horror.
Ésta es la constante enseñanza que de consuno nos están dando la religión, la razón y la experiencia.
Ciudadanos, hijos de este pueblo heroico empeñado en la natural defensa de su existencia política, veamos en el ejemplo de los buenos ciudadanos la senda que debemos seguir, y en el de los malos los escollos y precipicios que debemos evitar. Cuanto más grave sea nuestra situación, mantengámonos estrechamente asidos al deber para con la Patria y el Gobierno nacional, venerándolos, y sirviéndoles con amor y lealtad. Miremos como silbidos de la infernal serpiente todo lo que tienda a introducir la discordia entre nosotros, a aflojar los lazos de nuestra unión nacional, a corromper nuestra lealtad al Gobierno y a la Patria, o a debilitar nuestra fe en el triunfo de la justicia que defendemos.
Tal es la doctrina y el postrimer encargo que nos dejan los buenos ciudadanos como el Brigadier José Díaz, Natalicio de María Talavera y otros.
El Semanario, N° 703, sábado 12 de octubre de 1867.

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