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Timestamp: 2015-03-28 05:11:47+00:00

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La “Doctrina Betancourt” | LIBERTAD Y DEMOCRACIA
La “Doctrina Betancourt”	Publicado por Luis Loaiza Rincón el 30 enero, 2011
Publicado en: Opinion, Politica, Reflexión, Universidad.	1 comentario
La “Doctrina Betancourt” fue el instrumento de política exterior utilizado durante los primeros años de existencia del régimen político inaugurado en Venezuela a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Fue la respuesta de un sistema político en proceso de consolidación frente a lo que pudiera ser entendido como un mal ejemplo o equivocado precedente en la región: el derrocamiento de gobiernos legítimamente electos.
Se considera ampliamente que la política del Estado es una sola, que tanto la política interior como la exterior son las dos caras de una misma moneda. Por tanto, la “Doctrina Betancourt” fue durante cierto tiempo la expresión de un nuevo proyecto nacional que ligó el futuro del país a la democracia representativa liderada por los partidos políticos. Ella sirvió también para encauzar apoyos externos que fortalecieran la naciente democracia frente a las amenazas internas y externas.
En Venezuela, aún antes de iniciarse el movimiento guerrillero inspirado por la Revolución Cubana, hubo una considerable agitación social, tanto en las principales ciudades del país como en el campo. Este ambiente fue, entre otros factores, el producto de la falta de confianza de algunos sectores sociales y políticos hacia el nuevo régimen. La agitación social se expresó a través de manifestaciones, huelgas y ocupaciones violentas de fundos agrícolas que obligaron, en varias oportunidades, a suspender las garantías constitucionales.
La “Revolución Cubana” sirvió de catalizador del proceso de agitación social e inestabilidad política que caracterizó a la Venezuela de principios de los años sesenta. La ruptura de relaciones diplomáticas y consulares con el gobierno de Cuba el 11 de noviembre de 1961 estimuló el recrudecimiento de la violencia que adoptó las formas de la insurgencia guerrillera. Surgieron las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), el Frente de Liberación Nacional (FLN) y las Unidades Tácticas de Combate (UTC).
En este contexto adverso, los principales actores políticos y sociales comprometidos con el ensayo democrático asumieron el compromiso de consolidar el régimen y ello implicó atender tanto el frente interno como el externo.
En el ámbito nacional se desplegó una política populista de conciliación de intereses y en el plano externo se apeló a la “Doctrina Betancourt”, que es el mecanismo específico que se usó en política exterior para buscar la consolidación de la democracia venezolana.
La Doctrina Betancourt.
La doctrina Betancourt fue esbozada formalmente por su autor en el discurso pronunciado ante el Congreso de la República al asumir la Presidencia en 1959. Esta “doctrina” se entiende como “un instrumento concreto (ruptura de relaciones diplomáticas), cuya aplicación estaba clara y taxativamente condicionada a la concurrencia de un hecho contingente pero definible a priori (golpe de estado), en un marco geográfico identificable (América Latina), para el logro de un fin igualmente concreto, definible e identificable (defensa de los regímenes democrático-representativos)” (Guerón, 1972:233-234).
Esta línea de acción en la política exterior venezolana permitió alcanzar dos objetivos básicos para la estabilidad de la democracia recién instaurada: legitimación internacional y proyección del compromiso democrático de Venezuela.
Pese a la inicial inestabilidad social y política, el ensayo democrático venezolano durante los años sesenta contó efectivamente no sólo con legitimidad cualitativa, sino también, con una base social mayoritaria, lo cual generó una situación propicia para magnificar el impacto de la personalidad de los decisores involucrados en la formulación de la política exterior, en este caso la del presidente de la República.
La personalidad del decisor.
Según los postulados del modelo interactivo de la Psicología Política, resulta clave, en la comprensión del proceso de formulación de la política exterior, las influencias que sobre tal proceso ejercen los decisores. Para tal enfoque, la personalidad de los decisores influye sobre las políticas que formulan. Pero esa influencia no es generalizada, sino que está condicionada más bien tanto por el tipo de situaciones que enfrentan los decisores, como por los valores o intensidades de sus características personales (por ejemplo, su grado de interés en los asuntos internacionales).
Por tanto, el comportamiento constituye el producto de un proceso continuo de interacción o retroalimentación entre el individuo y las situaciones que encuentra. De parte del individuo, los factores cognitivos y motivacionales son los principales determinantes de su conducta. De parte de las situaciones, el significado que las mismas tienen para el sujeto constituye el principal determinante conductual (Koeneke, 1987:3).
En virtud de todo esto, los decisores tendrán mayores posibilidades de influir sobre la política exterior si tienen lugar algunas de éstas condiciones:
*. Cuando enfrentan situaciones no rutinarias que demandan la aplicación de algo más que procedimientos operativos estándar.
*. Cuando la situación sobre la cual se decide es muy ambigua y, por ende, abierta a distintas interpretaciones.
*. Cuando se trata de decidir en presencia de sobrecarga informativa.
*. Cuando el jefe del gobierno o el máximo decisor en política exterior tiene un alto interés en los asuntos internacionales.
*. Cuando el decisor es un líder carismático.
*. Cuando los organismos encargados de la política exterior son poco desarrollados y diferenciados.
La intervención de estas condiciones y la existencia de una amplia base social de sustentación política pueden hacer que los gobernantes cuenten con mayores márgenes de libertad a la hora de tomar decisiones en política exterior (Koeneke, 1987:4).
Resulta clave, entonces, comprender tanto el contexto como la influencia de los factores personales en la formulación de la política exterior. En el caso venezolano de principios de los sesenta, queda en evidencia que uno y otro factor se articulan y encuentran, dando como resultado una línea de acción en política exterior que fue incluso preanunciada por su autor antes de llegar al poder.
La no intervención y el reconocimiento de gobiernos.
La no intervención constituye un principio internacional que propugna la abstención de los países en cuanto a los asuntos internos de otros. Dado que la “Doctrina Betancourt” implicaba romper relaciones diplomáticas y aislar a los regímenes de facto que en Latinoamérica irrumpieran contra los legítimamente electos, se llegó a pensar que la misma vulneraba el principio de no intervención. El punto es que entre este principio y el de reconocimiento de gobiernos existe una tensión que no siempre resultó fácil resolver.
La OEA establece criterios considerablemente flexibles en materia de no intervención y reconocimiento de gobiernos. Su carta constitutiva señala como uno de los propósitos de la organización el de “promover y consolidar la democracia representativa dentro del respeto al principio de la no intervención” (OEA, 1990: Artículo 2,b) y que “la solidaridad de los Estados Americanos y los altos fines que con ella se persiguen, requieren la organización política de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo de la democracia representativa” (OEA, 1990: Artículo 3,d).
Por otro lado indica, que “todo Estado tiene derecho a elegir, sin injerencias externas, su sistema político, económico y social, y a organizarse en la forma que más le convenga, y tiene el deber de no intervenir en los asuntos de otro Estado. Con sujeción a lo arriba dispuesto, los Estados Americanos cooperarán ampliamente entre sí y con independencia de la naturaleza de sus sistemas políticos, económicos y sociales” (OEA, 1990: Artículo 3,e).
Posteriormente insiste, “ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, y sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro. El principio anterior excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de tendencia atentatoria de la personalidad del Estado, de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyan” (OEA, 1990: Artículo 18).
¿Cómo es posible conciliar entonces, la promoción de la democracia representativa, tal cual como lo estipula la carta constitutiva de la OEA con el principio de no intervención?. ¿Es que acaso calificar el sistema político de un país, no entraña ya de por sí una injerencia en sus asuntos internos?. ¿Hasta dónde es saludable la abstención internacional frente a situaciones de injusticia y de violaciones de derechos humanos?
Pues bien, estas interrogantes, aún vigentes, intentaron ser respondidas con un instrumento de política exterior que dio al principio de no intervención un “aspecto positivo, y no simplemente negativo. En otros términos, no se debe intervenir en los asuntos internos de otro país, pero no se debería permanecer indiferente frente al sistema democrático”(Calvani, 1979: 469-470).
El Canciller Arcaya en 1960 señalaba que “dentro del inoperante sistema interamericano, integrado por hermosas teorías y abruptas realidades a veces intangibles, el concepto de no intervención es un término de comodidad que sienta bien a los déspotas: en él se abroquelan y con él se defienden. Por tanto, es necesario determinar qué se entiende por no intervención. En mi discurso ante la Conferencia de Cancilleres de Santiago, al referirme a la antigua frase de un Canciller latinoamericano según la cual <>, dije categóricamente: <> (Calvani, 1979:470).
En cuanto al reconocimiento de gobiernos la Carta de la OEA establece, en el capítulo referente a los derechos y deberes de los Estados, que “la existencia política del Estado es independiente de su reconocimiento por los demás Estados. Aun antes de ser reconocido, el Estado tiene el derecho de defender su integridad e independencia, proveer a su conservación y prosperidad y, por consiguiente, de organizarse como mejor lo entendiere, legislar sobre sus intereses, administrar sus servicios y determinar la jurisdicción y competencia de sus tribunales. El ejercicio de estos derechos no tiene otros límites que el ejercicio de los derechos de otros Estados conforme al derecho internacional” (OEA, 1990: Artículo 12). Así mismo, indica la Carta de la OEA que, “el reconocimiento implica que el Estado que lo otorga acepta la personalidad del nuevo Estado con todos los derechos y deberes que, para uno y otro, determina el derecho internacional” (OEA, 1990: Artículo 13).
La doctrina Betancourt fue un instrumento útil y, en su momento, cumplió la importante función de coadyuvar a la consolidación democrática en Venezuela, propiciando el surgimiento de un entorno internacional en el cual la necesidad de preservar la democracia representativa se asumiera como objetivo prioritario.
El asunto es que hoy, frente al surgimiento de regímenes de clara y definida vocación autoritaria, el tema del respeto a la soberanía y el de la no intervención en los asuntos internos de un país, se convierten en burladeros para ocultar atropellos y disimular el asesinato de la democracia y del pluralismo político, como en Venezuela.
Si se aplicara la “Doctrina Betancourt” en este momento, el régimen chavista estaría bajo observación de la comunidad internacional y se estuviera evaluando ya si en efecto todo lo que estamos viviendo con las leyes del paquete habilitante, no constituye un evidente golpe contra la democracia y la constitución.
La comunidad internacional no puede seguir indiferente con lo que sucede en Venezuela y con el retroceso que ha sufrido la democracia frente al proyecto político de un líder ególatra, caprichoso, ineficiente y autoritario que pretende eternizarse en el poder y controlar a su antojo todo un país.
La defensa de la democracia y de los derechos humanos trasciende el ejercicio coyuntural de la demagogia alimentada por dádivas con las que se pretenden comprar apoyos y ocultar la verdad.
Betancourt, Rómulo. “La culminación de un proceso”. Acción Democrática en la Historia Contemporánea de Venezuela. [Ramón Rivas Editor], Universidad Popular Alberto Carnevali, Mérida, 1991, Tomo II.
Betancourt, Rómulo. “Discurso al asumir la Presidencia de la República (1959)”. Acción Democrática en la Historia Contemporánea de Venezuela. [Ramón Rivas Editor], Universidad Popular
Alberto Carnevali, Mérida, 1991, Tomo II.
Betancourt, Rómulo. “Discurso en el acto de promulgación de la nueva Constitución de la República”. Acción Democrática en la Historia Contemporánea de Venezuela. [Ramón Rivas Editor], Universidad Popular Alberto Carnevali, Mérida, 1991, Tomo II.
Betancourt, Rómulo. Posición y doctrina. (Colección Textos Políticos). Editorial Cordillera, Caracas, 1959.
Calvani, A. (1979): “La política internacional de Venezuela en el último medio siglo”. Venezuela Moderna. Medio siglo de historia, 1926-1976. Fundación Eugenio Mendoza. Editorial Ariel. Caracas.
Guerón, C. (1972): “La Doctrina Betancourt y el papel de la teoría en política exterior”. Politeia. Instituto de Estudios Políticos. Universidad Central de Venezuela. Caracas, I.
Koeneke R., H. (1987): “Los factores personales en la formación de la política exterior. Política Internacional. Caracas, No.6.
Koeneke R., H. (1986): “Pretorianismo, legitimidad y opinión pública”. Nueva Sociedad. Caracas, No.81.
OEA (1990): Carta de la Organización de Estados Americanos. Reformada por el Protocolo de Buenos Aires en 1967 y por el Protocolo de Cartagena de Indias en 1985. Centro de Experimentación para el Desarrollo de la Formación Tecnológica. OEA. México.
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Luis Granadillo Rodríguez el 22 julio, 2014 en 10:42 pm dijo:
Persuadido por la irrefutable realidad de la difícil crisis sistématica que atraviesa Venezuela motivado a la implementación y fracaso del modelo socialista, me permito exhortar a la dirigencia Política aplicar la “Doctrina Betancourt” en el restablecimiento del pacto social y politico Venezolano contemplado en la Carta Magna el cual fué roto por los que propusieron el socialismo radical. Vienen tiempos de cambio y la inevitable salida del poder de los que hoy promueven el socialismo radical, será Constitucional, pacifico y electoral. Luego los verdaderos demócratas deberán aplicar la “Doctrina Betancourt” para unir, respetar e incluir a toda la sociedad Venezolana en la Nueva Democracia. POR UNA VENEZUELA LIBRE Y DE TODOS LOS VENEZOLANOS..!!!
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