Source: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/gildardo/5_7.html
Timestamp: 2018-01-20 17:18:18+00:00

Document:
Triunfa el Plan de Ayala en la Convencion, Capitulo septimo del Tomo Quinto de Emiliano Zapata y el agrarismo en Mexico del General Gildardo Magaña. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
TOMO V - Capítulo VI - Segunda parte - La Convención se declara soberana
TOMO V - Capítulo VIII - El general Eulalio Gutierrez, presidente de la República
TRIUNFO DEL PLAN DE AYALA EN LA CONVENCIÓN
Memorables fueron las sesiones matutina y vespertina del miércoles 28 de octubre, en las que se discutieron y aprobaron los principios del Plan de Ayala. En la primera hubo algunas rachas; pero no la tormenta que esperaban algunos por el caldeado ambiente de la Convención.
La presencia de los surianos y la exposición de sus ideas eran, desde la víspera, él apasionado tema de las conversaciones. Se comentaban el mesurado discurso del señor Martínez, y la fogosa, resuelta y agresiva peroración del licenciado Díaz Soto y Gama. Sin faltar los que seguían reprobando acremente las ideas vertidas, muchos convencionales opinaban que el orador había puesto el dedo en la llaga y elogiaban su viril actitud, pues ni las amenazas ni el torrente de injurias lograron amilanarlo. Además, los sucesos del día anterior habían demostrado que los hombres del sur contaban con numerosos simpatizadores dentro de la asamblea, y que fuera de ella tenían un fuerte apoyo popular.
Entre el público causó gran interés la noticia de que se discutirían las proposiciones de los representantes surianos; en primer término, sus principios revolucionarios.
Los carrancistas comprendieron que no sería posible rebatir con éxito los argumentos que iban a esgrimirse, pues no había una plataforma que oponer al Plan de Ayala. El de Guadalupe sólo auspiciaba el restablecimiento del orden constitucional y era innegable que carecía de solidez lo expuesto por el señor Carranza. En esas condiciones, oponerse a la aceptación de los principios del sur era tanto como colocarse a la zaga de los más estancados conservadores; pero convenía, políticamente, derrotar a los surianos en otro campo, por enemigos del Primer Jefe.
Los villistas se aprestaban a apoyar el contenido social del Plan de Ayala, en parte por convicciones, y en parte para acabar de definir su situación. La División del Norte se colocaba en un plano socialmente revolucionario uniéndose ideológicamente al movimiento del sur. Al prestarle toda su fuerza se ahondaría el distanciamiento con el señor Carranza, pero a la vez quedaría justificado.
Los zapatistas estaban colocados en situación ventajosa: si se aceptaban los principios del Plan de Ayala, el triunfo sería rotundo; en caso contrario, la nación sabría muy bien por qué continuaría la lucha del Ejército Libertador.
El público esperaba ansioso los debates, pues en ellos iba a decidirse el rumbo de los acontecimientos. Si la delegación suriana triunfaba, la Convención tendría una bandera que enarbolar y podría, con el sacrificio de unos cuantos, hacer la unificación revolucionaria. Si la delegación suriana se retiraba, dejaría la certidumbre de una prolongada lucha.
La sesión matutina
Desde temprana hora, una multitud atestaba las plateas, los palcos, las galerías y los pasillos del teatro Morelos. La delegación suriana ocupó varias plateas porque, conforme a las prácticas establecidas, sus integrantes no estaban admitidos como delegados.
Se pasó lista; se declaró que había quorum, la bandera apareció con su guardia de honor y fue recibida con respetuosa actitud por el público, los delegados y los representantes surianos. A las diez y quince minutos, el presidente declaró abierta la sesión.
El secretario González repitió la lectura del documento firmado por el general Zapata y que, enviado la víspera a la comisión de credenciales, ésta lo devolvió con el dictamen de que era de concederse voz y voto a los representantes, pues según el informe del general Angeles tenían autorización para proponer y discutir algunos asuntos, dos de ellos importantes, porque determinarían si el Ejército Libertadot se unía a la Convención.
Al discutirse el dictamen, el doctor Siurob opinó que para conceder voz y voto era necesario que los miembros de la representación fueran admitidos como delegados, y para ello debían llenar todas las condiciones acordadas, incluyendo la firma en la bandera. En apoyo hablaron los señores delegados Obregón, Hay, Santos, Garda Vigil y otros. En favor del dictamen hablaron los señores delegados Angeles, Buelna, González Garza y varios más.
La discusión fue innecesariamente larga por las constantes interrupciones a los oradores, pues con demasiada frecuencia se presentaban mociones de orden, se pedía la palabra para aclaraciones y rectificaciones, y no fueron pocos los diálogos entablados con un orador o entre dos delegados que desde sus asientos exteriorizaban opiniones opuestas. En algunos convencionales era notable la tendencia de impedir que los surianos expusieran sus asuntos y para ello hacían valer la circunstancia de que no estaban admitidos aún como delegados.
La intención era bien clara: de ganar el punto, tendría cada uno que acreditar la representación de un jefe distinto; de no hacerlo, quedaría automáticamente excluído. En el caso de presentar credencial, se turnaría a la comisión revisora, sería necesario esperar el dictamen y, en la discusión, podrían hacerse todas las objeciones posibles para que pocos salieran bien librados.
Comprendida la intención, otros delegados sostenían que se trataba de una representación extraordinaria, con misión específica, de cuyo resultado dependía que los generales surianos enviaran a sus delegados o se abstuvieran de hacerlo. Debía, pues, procederse conforme al caso especial, sin que fueran aplicables los precedentes establecidos, pues la presencia de los surianos obdecía a una invitación expresa, clara y escrita de la asamblea.
Quienes más insistieron en que debían seguirse las prácticas establecidas fueron los delegados Berlanga, González y García Vigil, a los que rebatieron varios convencionales, entre ellos, el general Angeles y el coronel González Garza. Por la áctitud de los primeros, surgió el comentario: obedecen instrucciones de México.
La Convención se constituye en junta previa
Hubiera sido inconveniente someter a los representantes del sur a las pretensiones que dejamos dichas, pues en el acto se habrían retirado, con muy justifjcadas protestas de la División del Norte, puesto que era grave inconsecuencia invitar al Ejército Libertador y luego eliminar a sus enviados. Se solucionó el caso suspendiendo la sesión ordinaria para que en trabajos de junta previa los representantes del Ejército Libertador pudieran hacer proposiciones y sostenerlas sin contravenir las prácticas establecidas.
Ya en junta previa, el presidente de la asamblea preguntó a la representación suriana cuáles eran las razones fundamentales que le asistían para desear que se le concediera voz y voto. Peregrina pregunta que el licenciado Díaz Soto y Gama contestó:
Las dos razones que tenemos son tan claras, que mis compañeros no quieren una inconsecuencia. La primera es que se acepte el Plan de Ayala, y la segunda, que se quite al hombre-estorbo, como yo califico al ciudadano Venustiano Carranza, a quien no hemos reconocido ni reconoceremos. Se trata de condiciones sine qua non de la pacificación. Ustedes tienen dos proposiciones en cartera; se va a presentar dictamen sobre ellas, y nosotros, los más interesados, los más castigados por Carranza, no tendremos voto. Dejamos al criterio de ustedes, al criterio honrado y sereno, que digan si esto es racional, si es de sentido común y si esta razón tan clara y tan lógica no está por encima de las razones que han invocado muchos miembros de la asamblea.
Siguió diciendo que las comunicaciohes en el territorio dominado por el Ejército Libertador eran difíciles, y por ello no se podía, en breve plazo, contar con las credenciales debidamente autorizadas de los generales surianos. Añadió:
El Ejército Libertador se compone de sesenta mil armados; tenemos derecho, pues, a sesenta delegados, y hay aquí solamente veinticuatro ...
Opina el general Obregón
El general Obregón pasó a la tribuna.
El cortísimo tiempo que tiene de revolucionario el señor Soto y Gama -dijo- no le ha dado la oportunidad de conocer a los elementos del sur. Yo creo que es ingrato con esos elementos y creo que los favorece muy poco pretendiendo defenderlos.
Nosotros admiramos y hemos admirado al Ejército Libertador, precisamente por los pocos elementos con que cuenta. Hemos admirado esas energías inquebrantables con que ha podido sostenerse un reducido número de hombres, lejos de las fronteras, lejos de los aprovisionamientos de parque, sin un centavo, quizá, para conjurar las necesidades de la guerra. Eso es lo que ha causado admiración en la República; eso es lo que ha hecho grande el genio del general Zapata y de todbs sus revolucionarios. Sería hacerles poco favor, señores, decir que tienen sesenta mil hombres armados y pertrechados, cuando nosotros, con veintiséis mil, hemos recorrido cuatro mil kilómetros para venir a ocupar la capital de la República. No causarían la admiración que causan si tuviesen esos elementos; diríamos que es un ejército cobarde que con sesenta mil hombres nunca pudo ocupar la capital. De suerte que yo sostengo que es ingrato el señor Soto y Gama ...
Réplica de don Paulino Martínez
Inmediatamente don Paulino Martínez contestó al general Obregón Visiblemente molesto por la ironía de su preopinante y por un dejo de jactancia al decir que había recorrido cuatro mil kilómetros para tomar la capital, dijo:
He pedido la palabra para aclarar un punto importante al señor general Obregón. Si entró en la capital de la República fue sin disparar un tiro y porque el Presidente Carbajal y el Ejército Federal se pusieron de acuerdo para entregarle la plaza. Si el Ejército Libertador no ha entrado es porque no pretende arrogarse ningunas facultades, pues quería ponerse de acuerdo primero con todos los revolucionarios para que entraran los generales Villa, Obregón y Zapata, porque en el sur no hay ambiciones de mando ni de poder; allí hay buena fe para todos los hombres de la República (Aplausos de los villistas y siseos de los carrancistas).
Unas palabras de aclaración
El señor licenciado Díaz Soto y Gama hizo una apreciación de conjunto y puede haberse equivocado, pero no mucho, en cuanto al número de elementos armados. Recuérdese lo que afirmó el señor licenciado y general José Inocente Lugo sobre el número de hombres que estaban a las órdenes del general Salgado, en Guerrero. En el IV tomo de esta obra dijimos cuál era la zona dominada por el Ejército Libertador y señalados doce Estados en los que había luchadores. El movimiento suriano era de pueblos, y su propia índole lo alejaba mucho de la organización del Ejército Constitucionalista, que era él prisma a través del cual veía las cosas el general Obregón, pues tampoco él había tenido oportunidad de examinar la situación de los surianos. Estaba en lo justo al referirse a la falta de parque, armas y elementos pecuniarios; pero no lo estaba al suponer que con un puñado de hombres se había sostenido inquebrantablemente el general Zapata.
Los principios del Plan de Ayala
Siguieron otros oradores; pero, desgraciadamente, la discusión se alejaba con frecuencia de los puntos que debían debatirse. La secretaría dió lectura a la siguiente proposición:
Proponemos que por ser unánime la opinión de la asamblea se declare que se aceptan los principios contenidos en el Plan de Ayala, y que según el mismo Plan, están contenidos en los artículos 4°, 6°, 7°, 8°, 9°, 12° y 13°, excluyendo los otros, por no entrañar ningún principio revolucionario.
J. Siurob.
Por solicitud de algunos convencionales, la secretaría leyó los artículos mencionados. Se concedió la palabra al licenciado Díaz ,Soco y Gama, quien pidió que lo propuesto se pusiera a discusión en lo general. Luego dijo que el Plan de Ayala no era fruto de la experiencia de cuatro años de lucha, sino de toda nuestra existencia como nación, pues al través de todo el pasado histórico se había visto que el régimen feudal latifundista era el motivo de nuestras constantes revoluciones. Siguió diciendo que el Plan de Ayala podía dividirse en dos grandes partes, que iba a analizar separadamente: la parte social, o sea la agraria, y la parte política.
La parte social, dijo, se reduce a destruir el latifundio, a aniquilar al señor feudal, al hacendado que en sus grandes extensiones territoriales ejerce dominio absoluto, no sólo sobre sus intereses, sino sobre los intereses y personas de los peones. También ejerce una poderosa influencia, emanada de su fuerza económica, sobre las autoridades locales, convertidas así en instrumentos. Para modificar la situación y que pueda salir el proletario del campo de la condición de esclavo, el Plan de Ayala establece tres procedimientos: la restitución de los ejidos usurpados a los pueblos, acto justiciero, puesto que el despojo sólo es reparable con la restitución. El segundo procedimiento es la expropiación a favor de los pueblos y ciudadanos que no tengan tierras; pero debe llevarse a cabo mediante indemnización a los latifundistas y no reza con los pequeños propietarios. El Plan de Ayala lleva su moderación hasta pedir que se expropie una tercera parte de la tierra a que se refiere el procedimiento. El tercero de ellos consiste en la confiscación a los hacendados que ayudaron a las dictaduras porfirista y huertista.
Parte política del Plan
Con respecto a los artículos de contenido político, el orador dijo:
La parte política del Plan de Ayala quiere evitar la imposición; es el reverso del Plan de Guadalupe. Este llama a la Presidencia con anticipación, con una anticipación peligrosa, a un hombre que puede variar durante el curso de la Revolución, y que de hecho ha variado. El Plan de Guadalupe llama al poder a don Venustiano Carranza; con sólo ochenta firmas de sus principales jefes, por sorpresa llegó al poder. Los resultados de esta sorpresa son tan notorios que casi no es preciso señalarlos. Don Venustiano Carranza, al poco tiempo de ser Primer Jefe, empezó a descuidarse, y por algunas dificultades tuvo que refugiarse en Sonora; don Venustiano Carranza ha resultado cada vez menos afín con la Revolución ...
Podría suceder, como realmente ha acontecido, que al fin de la Revolución hubiera otras personalidades más vigorosas y más robustas que la elegida al principio; y por esto es racional, y es justo, y es político, lo que prevé el Plan de Ayala: reunir a todos los revolucionarios en una asamblea después de la Revolución, después de los hechos consumados, cuando se ha visto el proceder y la conducta de los revolucionarios todos del país, para decir: el que conviene para la primera magistratura es Fulano ,..
Así continuó el orador, y al final de algunos períodos fue muy aplaudido por el público y por no pocos convencionales, pues si bien las alusiones eran directas al señor Carranza, en cambio con ellas favorecía a los diversos grupos que se habían formado, como consecuencia de que la generalidad estaba inclinada a la separación del señor Carranza.
A las dos de la tarde se suspendió la sesión y se citó para las cuatro y media para reanudar los trabajos.
El interés que había despertado el debate hizo que los delegados estuvieran presentes con desusada puntualidad. Tras las formalidades de rigor, el presidente declaró reanúdados los trabajos.
Era notable el cambio qué se había operado en el ambiente. Ahora había un entusiasmo que no decayó un solo instante en las seis horas de sesión, lo que hace suponer que los señores delegados recibieron algunas indicaciones de sus guías. La índole del asunto que se discutía contribuyó a dar un sesgo a la situación. Los surianos ya no fueron atacados como en la víspera y en la mañana, sin que por ello faltaran algunas alusiones; pero no tuvieron la virulencia ni el objeto de las anteriores.
Con la exposición de la mañana, la representación del sur aventajó mucho, pues, fuera de los más intransigentes carrancistas, la asamblea en lo general se manifestó convencida de hacer suyo el contenido social del Plan de Ayala, puesto que con él se daba un objeto claro a la Convención. Además, lo expuesto por el licenciado Díaz Soto y Gama sobre la parte política del Plan de Ayala abría una amplia brecha a los presidenciables y a sus simpatizadores, mientras que el Plan de Guadalupe les cerraba el paso. Por ello, y salvo una inconsecuencia que ya no hubiera permitido la mayoría, era necesario dejar que la representación suriana siguiera exponiendo su sentir, cada vez más apoyado por los representantes de la División del Norte.
Triunfo del Plan de Ayala
Se pusieron a discusión los artículos 4°, 5°, 6°, 7°, 8° y 9°. Al consultarse el sentir de la asamblea sobre los artículos discutidos, se aceptaron por aclamación. Se pasó entonces a discutirlos en lo particular, con idéntico resultado; pero la Convención no quiso ser menos que el Ejército libertador, pues declaró que adoptaba los principios como un mínimo de las exigencias de la revolución.
El Plan de Ayala había triunfado y la delegación suriana podía anotarse, con toda justicia, con toda satisfacción, el éxito de la jornada, pues antes de aquella memorable sesión nada se había hablado en concreto sobre un problema social de tanta trascendencia como el agrario. El voto de la asamblea fue rubricado con vivas a la Revolución, al Plan de Ayala y al general Zapata.
Pasado el entusiasmo, se pusieron a discusión los artículo 12° y 13° del documento, cuyo contenido político había explicado en la junta matutina el señor licenciado Díaz Soto y Gama. La discusión fue extensa, como todas; frecuentemente interrumpida, como siempre; desordenada, aun cuando no en las proporciones de otras veces; pero durante ella se vió que los carrancistas se batían en retirada. Se pidieron adiciones, que al fin no se aprobaron, para el artículo 12°
Con la discusión y el voto de la asamblea, claramente se vió el camino que ésta debía seguir, pués el artÍculo 12° llamaba a una junta de todos los revolucionarios del país para designar al Presidente interino de la República, y al adoptarse, quedaban abrogadas las disposiciones del Plan de Guadalupe.
Nuevos y más entusiastas vivas al general Zapata, al Plan de Ayala y a la Revolución, cerraron este interesante capítulo. Eran las diez y media de la noche.
Concluídos los trabajos de la junta previa, la asamblea se declaró en sesión secreta para tratar algunos asuntos que por el momento convenía que no trascendieran al público, según se dijo. El general Obregón informó, en nombre de la comisión por él presidida, que al visitar al señor Carranza e invitarlo a que por sí o por medio de un representante asistiera a las sesiones de la Convención, el invitado había hecho entrega de cincuenta mil pesos para dietas de los delegados, y también había puesto en manos de la comisión un pliego cerrado y sellado que deseaba fuese abierto en una de las sesiones, pues contenia su respuesta a la invitación. Terminó su informe pidiendo que en aquella sesión fuese abierto el pliego y que se acordara el destino que debía darse a la cantidad recibida.
A la proposición se opuso el delegado González Garza, quien dijo que siendo inconveniente que hubiera secretos para el pueblo, la respuesta del señor Carranza debía conocerse y discutirse en sesión pública, para que el país se diese cuenta de la actitud de los hombres que estaban interviniendo en el gran drama nacional, de cuyo desenlace dependían la paz y la grandeza del país o la continuación de la guerra, con sus tremendas consecuencias. Refiriéndose al dinero enviado como dietas, dijo que podía considerarse en aquellos momentos como la compra de votos y de conciencias.
Mucho desagradó al general Obregón lo expuesto, por lo que pidió contestar. Poco a poco fue subiendo el tono de su exposición, hasta el punto de llamar a su preopinante un monigote con aspecto de Cristo de aldea, que a cada momento repetía la gastada frase: Yo, como representante del general Villa ...
El aludido protestó; pero cuando el incidente estaba a punto de terminar de mala manera terciaron algunos convencionales para calmar los ánimos. La asamblea acordó que el sobre que contenía la respuesta del señor Carranza se abriera en sesión pública y que en ella se acordara el destino del dinero enviado.
El señor Martínez comunica sus impresiones
Veamos cómo don Paulino MartÍnez comunicó al general Zapata sus impresiones. Como, sin duda, causará extrañeza el laconismo del informe, diremos que el entonces coronel Gildardo Magaña había salido hacia el sur para informar al Jefe del Ejército Libertador de lo que estaba sucediendo.
Al terminar la sesión matutina, el señor Martínez escribió con premura una carta en la que puede verse que no había tenido tiempo de informar del asunto que puso en gran aprieto a la comisión; igualmente puede verse el efecto causado por las discusiones, pues pide el pronto envío de su credencial, para hacer frente a las exigencias del grupo carrancista, y, además, anuncia triunfos que ya eran evidentes. Dice:
Senor general don Emiliano Zapata
Muy estimado general y fino amigo:
Tengo la pena de manifestarle que el señor don Atenor Sala, burgués por los cuatro costados, hizo poco aprecio de la recomendación de usted y no me facilitó ni un centavo.
En consecuencia, venimos pasando algunas escaseces hasta el domingo, en que el señor general Angeles, en Guadalupe, Zac., antes de visitar oficialmente al general Francisco Villa, me facilitó $ 4,000.00, los que repartí entre los compañeros, reservándome mil pesos para gastos de propaganda, de impresos y otros imprevistos que surgieren.
Le ruego me mande lo más pronto que le sea posible mi nombramiento como delegado para presentarlo a la Convención y poder con ese carácter tomar parte en todos los debates y formación del programa de gobierno que surja de esta Convención.
Lo felicito muy sinceramente por los triunfos que hemos obtenido hasta hoy en la Convención, toda vez que ellos se deben al prestigio y gloria del Ejército Libertador del cual es usted el jefe supremo.
Deseándole mayores triunfos en el futuro, me es grato suscribirme de usted afmo. y atto. S.S., que mucho lo estima,
Paulino Martínez.
El general Zapata contestó esta carta con otra que, aun cuando tiene fecha posterior a los sucesos que estamos relatando, conviene reproducirla desde luego para que se vean las ideas del jefe del Ejército Libertador, así como también que el entusiasmo del señor Martínez no lo hizo variar en su actitud serena y firme.
Dice así la contestación:
Correspondencia particular del general Emiliano Zapata.
Cuartel General.en Cuernavaca, noviembre 2 de 1914.
Señor don Paulino Martínez
Recibí la atenta carta de usted de fecha 28 del pasado octubre.
Quedo enterado de que don Atenor Sala no proporcionó el dinero que se le pidió y que el señor general Angeles lo proporcionó, por lo cual se servirá usted presentarle mis saludos y agradecimientos, con la buena intención de reintegrárselos en mejor oportunidad.
También quedo enterado de que hizo la distribución y está conforme para mí la forma de dicha distribución del dinero que recibió usted.
Todavía no puede mandarse la credencial de delegado que solicita usted para representarme en la Convención, pues eso será hasta que esa asamblea haya aceptado las demandas del sur, y que son: que la Convención espere a que el sur mande a sus delegados y que mientras tanto no deberá resolver asuntos de alta trascendencia para la patria, lo cual, según me dice usted, está aceptado y por eso no veo razón para que se vaya a discutir el programa de gobierno, lo cual debe hacerse hasta que las demandas del sur estén aceptadas y se forme en la capital de la República la verdadera Convención; que se acepten los principios del Plan de Ayala, los cuales ya se aceptaron, según me dice usted,. que don Venustiano Carranza salga del poder, y no basta que la Convención lo acepte, sino que éste salga, pues ya sabrá usted que ha puesto condiciones inaceptables y no es él el que debe establecer esas condiciones, sino que en todo caso el sur tiene más derecho para imponerlas, por lo que el retiro de Carranza debe ser incondicional; que se designe la junta de gobierno que debe substituir a Carranza, entre tanto se reorganiza la Convención en México, para designar Presidente interino; que la Convención se traslade a México.
Cuando Carranza haya salido del poder y la Convención, o asamblea más bien dicho, haya firmado solemnemente la aceptación de las demandas del sur, entonces se mandará a los delegados del sur para que en la Convención que se forme en México se designe al que deba asumir la Presidencia de la República con el carácter de interino, y entonces será cuando se discuta y forme el programa de gobierno, lo mismo que otras muchas reformas importantes, y se presentarán iniciativas de alta importancia para la futura administración que surja de la verdadera Convención de México. Ahora, si Carranza no se separa del poder, como según parece que sucederá, entonces tendrá que desbaratarse esa Convención y por medio de la fuerza de las armas derribaremos a ese hombre que se obstina en no abandonar el poder.
Siga usted gestionando en unión de sus compañeros la aceptación de las demandas del sur, y cuando Carranza salga del poder y esté firmada por los convencionales la aceptación de esas demandas, me avisará usted para que desde luego marchen los delegados del Ejército Libertador, para lo cual ya se están llamando a este Cuartel General, para que concurran personalmente o por medio de representantes.
Sin otro particular por el momento, y felicitando a usted lo mismo que a sus compañeros por el triunfo que se ha alcanzado, lo saludo y deseo que se conserve bien.
Soy de usted afmo. atto. amigo y seguro servidor.
El general Émiliano Zapata.
Nota: Haga uSted presentes mis saludos a los demás compañeros y que deseo no tengan ningún contratiempo a su regreso.
Otro comunicado del señor Martinez
En la noche del 28 de octubre, al terminar los trabajos de la Convención, don Paulino Martínez envió al general Zapata un nuevo documento en el que puede notarse la satisfacción que lo embargaba, así como la nerviosidad producida por aquella jornada. Dice así:
C. general Emiliano Zapata, Jefe Supremo de la Revolución.
Su campamento en Morelos.
Hónrome en comunicar a usted que hemos logrado alcanzar los primeros triunfos en la Convención, obteniendo de ella el reconocimiento de los principios del Plan de Ayala y la separación del Poder Ejecutivo del señor general don Venustiano Carranza.
También está concedido el plazo necesario para que el Ejército Libertador del Sur nombre todos sus delegados a esta Convención.
Y como el tiempo apremia, estando pendientes de resolución todos los grandes problemas nacionales, me permito suplicarle, en nombre de varios delegados de la Convención, vengan cuanto antes todos los delegados del Ejército Libertador, debidamente acreditados con sus respectivas credenciales.
El Presidente de la Comisión, Paulino Martínez.
Conviene decir que tanto el documento que acabamos de reproducir como el anterior fueron enviados por conductos especiales, y por ello, el general Zapata alude a puntos que no figuran en el texto que hemos transcrito. Refiriéndonos a la segunda nota del señor Martínez, diremos que recibió la siguiente respuesta:
Al C. coronel Paulino Martínez, Presidente qe la Comisión del Sur cerca de la Asamblea de Aguascalientes. Aguascalientes, Ags.
Contesto la atenta comunicación de usted fechada el 28 del pasado octubre y le manifiesto que: quedo enterado de que se ha alcanzado un triunfo con la aceptación por la Convención de los principios del Plan de Ayala; de que Carranza salga del poder, y de que se espera a que lleguen los delegados del Ejército Libertador.
Como Carranza no ha salido del Poder Ejecutivo y las demandas del Sur no están firmadas sus aceptaciones, de ninguna manera pueden marchar los delegados del Sur, aun cuando ya se están reuniendo; pero ya repito, es altamente necesario que las demandas del Sur estén llenadas para que puedan asistir los delegados del Ejército Libertador y para lo cual sólo deberá usted, y lo mismo que sus compañeros, sujetarse a las instrucciones que se les fijaron.
Y lo comunico a usted para su inteligencia y demás fines, protestando a usted mi consideración y aprecio.
Cuartel General en Cuernavaca, noviembre 2 de 1914.
Más extensa y explícita, pero con el mismo fondo, es una carta que en la misma fecha envió el coronel Manuel Palafox a don Paulino Martínez. Sólo difiere en sus personales opiniones respecto de la condición, que para entonces ya se conocía, impuesta por el señor Carranza para separarse del Poder Ejecutivo, siempre que lo hiciesen de sus fuerzas los generales Villa y Zapata. El señor Pafafox opinó que era una condición inaceptable para el Ejército Libertador, pues no encontraba la razón para que dicho Ejército quedara decapitado, tanto más, cuanto que tenía la seguridad de que sus integrantes no se someterían a un jefe que designara la Secretaría de Guerra y Marina, pues no garantizaría el cumplimiento de las demandas del Plan de Ayala. Refiriéndose al general Villa, también encontró el señor Palafox inaceptable la condición de que dejara sus fuerzas, pues dice que le eran conocidas las comarcas y las necesidades de los habitantes del norte.
Excusas del señor Sala
Como se vió en la carta del general Zapata, nada sabía del resultado de la que envió al señor Sala. Muchos días después de recibida, este señor dió la contestación que vamos a reproducir por las excusas que contiene; pero especialmente por la insistencia de que el movimiento del sur adoptara su sistema, lo que equivalía a cambiar de paracaídas en mitad de un descenso o de cabalgadura a medio río. Dice así el documento:
Si usted ha tenido correspondencia suficientemente detallada con su comisionado en Aguascalientes, señor Paulino Martínez, seguramente le habrá referido todos los esfuerzos que hice por servirlo de acuerdo con las indicaciones de usted; pero me fue imposible porque se me presentó en hora inoportuna y yo no disponía en mi caja privada de la suma de que se trataba.
Tampoco he dispuesto después de ella, porque el Banco Hipotecario de Crédito Territorial, S. A., ha creído necesario consultar con su Consejo de Administración en París, una operación en la que me sacrifica, pero que me urge concluir, pues los enormes sacrificios y gastos en efectivo que desde tres años a la fecha he erogado por la causa agraria, los que no bajan de ttescientos mil pesos, han agotado completamente mis personales recursos pecuniarios.
Esta razón me imposibilita de momento 'para satisfacer cualquier demanda de usted en ese sentido, hasta que cierre la operación que he indicado y que se detalla en los documentos que acompaño, por los cuales verá usted que se trata de saldar mi deuda con el indicado Banco mediante una operación en que podrían quedar ochenta y siete mil pesos, como saldo a mi favor, de no duplicarme ese Banco el valor de las fincas que me da por dicho saldo; pero como esto es lo que sucede, en realidad no sé con qué suma contaré; pero evidentemente que será mucho menor que la calculada por mí con anterioridad.
Ultimamente hice gastos cuantiosos por ponerme en contacto con la Revolución del Norte, en virtud de que yo la creí perfectamente de acuerdo con la del Sur en lo que se refiere al problema agrario, que es objeto capital y casi único de todas mis actividades, como a usted le consta, pues no he procurado otra cosa en nuestra correspondencia que persuadir a usted de la conveniencia de adoptar como ley de la Nación el Sistema Sala. Lo mismo procuraré con los jefes del Norte.
A pesar de mis esfuerzos no he tenido éxito, pues aun en estos momentos no puedo fijar de una manera cierta y del todo exacta las diferencias reales que tal vez existan entre los procedimientos para la expropiación que yo indico en mi sistema y los que usted se propone desarrollar, de acuerdo con la interpretación que se está dando al Plan de Ayala, interpretación que difiere, sin duda, de la que yo le di al principio de expropiación que el mismo Plan contiene.
Estas diferencias de interpretación pueden separarnos sobre los procedimientos de realizar la reforma agraria del país, finalidad última en la que siempre estaremos de acuerdo; pero que sólo el tiempo se encargará de comprobar quién, entre usted y yo, está en lo cierto.
Esto no quiere decir que disminuya mi deseo de servir, en cuanto pueda, al buen amigo que en usted tengo, cualesquiera que sean las incompatibilidades de nuestras miras agrarias en cuanto a los procedimientos de realizarlas.
De todos modos, en la actualidad me veo impedido de prestar a la causa mi modesto contingente pecuniario, pues aun cuando tengo riqueza territorial, así lo exigen las dificultades que actualmente se me presentan aun para las más fáciles transacciones y el hecho de habérseme agotado por completo los recursos, como trato de demostrárselo al amigo, al darle conocimiento de la desastrosa operación a que me veo obligado, precisamente por falta de dinero, hasta para cubrir compromisos de poca monta contraídos con anterioridad, en la certeza de que podía disponer de un buen capital en tierras.
Considero inútil entrar en consideraciones sobre el problema agrario antes de conocer tanto el decreto de septiembre último, así como el largo estudio que me tiene prometido nuestro amigo Palafox y que usted se digna ratificar me será enviado.
Al recibir esos documentos haré el último esfuerzo por persuadirme de que soy yo quien está en error, y en caso contrario, presentaré a usted mis argumentos ea contra, pues tratándose de la patria, ninguna diligencia debe omitirse en pro de sus grandes intereses, como son, sin duda, los vinculados con el problema agrario.
Me tomo la libertad de manifestar a usted que con gran sorpresa de este su amigo he notado que le ha invadido el torbellino político y mucho he de alegrarme dentro de algún tiempo, que no sea para mal suyo, porque lo juzgo hombre de buena fe y la política no se hizo para esta clase de hombres.
Siete días después de la fecha que tiene el anterior documento le dió el general Zapata la siguiente respuesta:
Cuartel General en, Tlaltizapán, noviembre 16 de 1914.
Recibí la atenta carta de usted de fecha 9 del preseme, de la cual separe unos documentos que se relacionan con una deuda que tiene usted con el Banco Hipotecario de Crédito Territorial Mexicano, S. A., pendiente de pago, y con lo cual pretende usted demostrarme que está usted imposibilitado para ayudar a la Revolución con elementos pecuniarios; pero tenga en consideración que no se le exige la entrega de dinero, y si se le pidió fue en vista de que usted manifestó estar dispuesto a cooperar con dinero para afrontar situaciones de esa naturaleza; pero si usted no puede, qué vamos a hacer; veremos de qué otra manera se cubren los gastos de los comisionados. Devuelvo a usted los documentos a que hago mención.
Ya sabe usted en qué forma se está resolviendo el problema agrario aquí en el Sur, y que será igual en toda la República, y cuando usted conozca a fondo todos los documentos que se relacionan con la parte agraria que contiene el Plan de Ayala, verá usted que difiere mucho de su Sistema Sala.
Sin otro asunto por el momento, saludo a usted y deseo se conserve bien.
Soy de usted afmo. amigo y seguro servidor.
Actitud del general Domingo Arenas
Vamos a reproducir dos documentos, que aun cuando no tienen conexión con los anteriores, conviene que se conozcan para que por ellos se vea la actitud que asumió el general Domingo Arenas en aquellos días de grandes inquietudes. El primero de esos documentos dice:
Al ciudadano general don Emiliano Zapata.
Jefe del Ejército Libertador del Sur.
Cuartel General de Cuernavaca.
Tengo el honor de remitir a usted, para su superior conocimiento, un tanto del acta levantada con motivo de mi adhesión que una vez más protesto al Plan de Ayala, permitiéndome manifestarle que desde 1910 en que me levanté en armas contra el mal gobierno, mi bandera fue y sigue siendo la enarbolada por usted, pues si hice cesar la lucha armada al entrar Venustiano Carranza a México se debió a que se me habían agotado los eleméntos de guerra y deseaba proveerme de ellos, como ya lo verifiqué.
En tal virtud, espero se sirva comunicarme sus instrucciones o ampliarme las que recibí por conducto del señor presidente de la Junta Revolucionaria a fin de normalizar mis trabajos para las operaciones que deben emprenderse en lo de adelante e indicarme quién es el jefe de esta División con el objeto de no salvar conductos, facilitándose de esta manera la forma de que puedan llegar con oportunidad las órdenes necesarias.
No creo por demás indicar a usted que actualmente cuento con un efectivo de mil cien hombres armados, entre los que ochocientos son de caballería y trescientos de infantería, sin contar con gran número de individuos que están listos para entrar en campaña al primer aviso mío.
Igualmente ruego a usted que, si a bien lo tiene, ese Cuartel General se sirva mandar expedir algunos nombramientos, que se llenarán aquí, para los jefes que operan a mis órdenes, quienes, en mi concepto, deben tener la representación que corresponde para estímulo de los demás, no obstante que, según tengo conocimiento, ya la Junta que preside el señor doctor Antonio Sevada hizo la solicitud respectiva, cuya Junta también debo hacer constar que ha luchado con abnegación desde 1910, siendo la mayor parte de sus miembros personas de convicciones bien definidas.
Protesto a usted, mi general, mi subordinación y respeto.
Tlaxcala, octubre 28 de 1914.
El general Domingo Arenas.
El coronel Jefe de Estado Mayor. A. L. Paniagua.
El otro documento dice así:
Respetable señor general:
Tenemos el gusto de remitir a usted dos fotografías en las que, entre otras personas revolucionarias, estamos retratados nosotros, y cuyas fotografías le rogamos se digne aceptar en prueba de la admiración y respeto que le profesamos.
Refiriéndonos a otro asunto, nos permitimos manifestar a usted, salvando su mejor opinión, que como por estos lugares es bastante difícil proporcionarse fondos para el sostenimiento de las fuerzas al continuar la lucha armada, sería conveniente autorizar a la Junta Revolucionaria o a los jefes respectivos a fin de que se pudiera lanzar determinada cantidad de bonos o papel sellado que se haga de circulación forzosa, para que de esta manera la tropa pueda proveerse de lo más indispensable que pueda obtener comprando.
Con nuestro respetuoso saludo, quedamos en espera de su contestación, sus adictos subordinados y attos. SS. SS.
El general Zapata no autorizó la expedición de papel moneda, pues le repugnaba ese procedimiento para sostener a las fuerzas.
Comentarios en la Convención
La sesión del 29 debió comenzar, según la convocatoria, a las cuatro de la tarde, pues se suspendió la junta de la mañana para que los convencionales tuvieran un razonable descanso por sus trabajos del día anterior; pero el público, impaciente, invadió el teatro Morelos mucho antes de la hora señalada y lo llenó de bote en bote.
Mientras comenzaban los trabajos, los señores delegados en su localidad y el público en las suyas, formaron corrillos para comentar los sucesos de la víspera, así como las noticias de la prensa capitalina o que por otros conductos habían llegado.
La emisión de los nuevos billetes constitucionalistas fue motivo para que se exteriorizasen acres opiniones en contra del señor Carranza, pües se decía que aun cuando el decreto por él expedido fijaba el monto de la emisión, lo cierto era que los bilimbiques estaban saliendo a millones de la Oficina Impresora del Timbre, en la ciudad de México.
También se decía que no obstante haberse declarado soberana la Convención no por ello lograría imponerse al señor Carranza, quien ya estaba haciendo preparativos para dejar la capital y establecerse en otra entidad con ánimo de continuar la lucha antes que dejar la Presidencia. Se comentaba el hecho de que en Sonora y en el sur no habían cesado las hostilidades, pues seguíanse sosteniendo combates de poca importancia, pero combates al fin. Las fuerzas carrancistas gritaban a las surianas: ¡Bandidos zapatistas, vengan por sus tierras!, a lo que contestaban los aludidos: ¡Mercenarios carrancistas, vengan por sus haberes! Y los haberes y las tierras eran balazos que se enviaban.
Se hablaba de la derrota del general Maclovio Herrera, quien se había apoderado de la plaza del Parral, de donde lo desalojaron las fuerzas villistas destacadas. Por los comentarios surgía el pensamiento de que la unificación era imposible. Algunos decían tener la seguridad de que se había intentado dar un golpe de mano a la Convención; pero que sabiéndolo oportunamente el general Villa había hecho avanzar fuertes contingentes con algunos cañones. El delegado Jesús Garza había descubierto esas armas, por lo que fueron trasladadas a otros lugares; pero el comentario más sensacional fue el que vamos a relatar con algunos pormenores.
El Gaucho Múgica
En aquellos días, y por órdenes del general Villa, fue fusilado en Zacatecas el argentino Francisco Múgica, apodado El Gaucho. Su ejecución produjo revuelo por las circunstancias que la motivaron.
Este pintoresco personaje había llegado al país formando parte de un circo. El 18 de febrero de 1911 dió muerte al señor Carlos Gilberto Schnerb en el hotel Iturbide, y por ese delito se le internó en la cárcel de Belén. Un año más tarde, un disparo de artillería hecho por los infidentes que estaban posesionados de la Ciudadela abrió una brecha en los muros de la prisión, accidente que aprovechó El Gaucho para escapar en compañía de otros presos.
El Gaucho Múgica se unió a los que combatían en contra del señor Madero; mas no por ello se olvidó su delito. Durante el gobierno usurpador fue reaprehendido y nuevamente se le recluyó en la cárcel de Belén. Se fingió loco y fue enviado al manicomio de La Castañeda, en donde logró que se utilizaran sus servicios como loquero. En esa condición se hallaba cuando llegaron a México las fuerzas constitucionalistas, y logró que se le pusiera en libertad después de haber implorado clemencia a uno de los jefes militares.
Poco más tarde hizo un viaje a Zacatecas para presentarse al general Villa y ofrecerle sus servicios, que suplicó fueran aceptados por ser un decidido y ardiente partidario del jefe de la División del Norte. Como demostración de sinceridad narró todos sus antecedentes, incluso el de haber dado muerte a dos personas en la República Argentina, por lo que tuvo que emigrar.
El continente simpático y desparpajado de El Gaucho causó muy buena impresión al general Villa, quien lo comisionó para que volviera a la capital y se pusiera en contacto con algunos elementos villistas que don Venustiano Carranza tenía recluídos en diferentes prisiones, y los ayudara en su fuga, si era posible.
El general Villa no dijo a El Gaucho que en la ciudad de México tenía otros comisionados; pero uno de ellos -un señor que decía llamarse Cabiedes Silva- sí supo cuál era la comisión de Múgica y habiéndose enterado de que visitaba con frecuencia al general Pablo González y al entonces inspector de policía, general Francisco Cosío Robelo, tuvo sospechas que le hicieron seguir todos los pasos que daba el argentino.
Cabiedes Silva supo que El Gaucho Múgica tenía relaciones amorosas con la doctora Victoria Lima, y hábilmente, por mediación de una amiga de la doctora, obtuvo la más valiosa y oportuna información: El Gaucho acababa de recibir fuerte cantidad de dinero, la que dejó en manos de su amante, la doctora Lima, y se estaba disponiendo para salir a Zacatecas con objeto de entrevistarse con el general Villa.
Silva le tomó la delantera.
Cuando anunciaron al general Villa la presencia del argentino mandó llamar al señor Carothers, quien desempeñaba las funciones de agente confidencial del Presidente Woodrow Wilson.
- He mandado llamarlo -dijo Villa- para que usted presencie cómo se comporta el carrancismo conmigo. Ha comisionado a un agente para que me asesine y quiero que usted dé fe de ello.
El señor Carothers demostró asombro por lo que oía, hizo algunas preguntas, a las que Villa contestó mandando llevar a su presencia a El Gaucho. Sin sospechar éste lo que sucedía, se presentó sonriente y tendió la mano al general, quien, con el rostro encendido y la mirada relampagueante, le dijo:
- Usted, hijo de ... está comisionado par las carrancistas para asesinarme. Ya conozco las tratas de usted can Pablo González. ¡Miserable, cobarde, perro! Usted vino a sorprenderme ofreciéndome sus servicios.
Sin poder contenerse, desenfundó su pistola y con ella dió un golpe en la cabeza de El Gaucho, por cuyas mejillas comenzó a correr la sangre.
- ¡Registren a ese desgraciado! -ordenó.
Registraron a El Gaucho y le encontraron una daga bien afilada, una pistola calibre 38, una tarjeta que lo acreditaba como agenté confidencial de la Inspección General de Policía del Distrito Federal y una hoja firmada por el general Pablo González en la que se le daba a reconocer como agente suyo y se ordenaba franquearle la entrada a cualquiera hora del día o de la noche, para que pudiese hablarle.
Con aquellos documentos que el señor Carothers examinó detenidamente, y a pregunta incisiva del general Villa, dijo El Gaucho:
- Mire, mi general; yo, sin conocerlo, acepte la comisión de asesinar a vos y recibí dinero. Lo confieso; pero, al conocerlo, me convencí de que sos todo un hombre. Me recibió usted muy bien y yo me arrepentí de mi compromiso con los carrancistas. Yo nunca hubiera asesinado a vos; al contrario; a vos hubiera servido de rodillas. Mi general: no. me matés. Yo soy hombre capaz de todo.
El general Villa dió la seca arden:
- ¡Fusilen a ese traidor!
Estaba dan Pablo González en Querétaro cuando se publicó la noticia del fusilamiento de El Gaucho Múgica. Inmediatamente envió a la prensa unas declaraciones que nada pesan ante la confesión de El Gaucho y las pruebas documentales que se le recogieron. Dicen así las declaraciones:
La prensa trae la calumniosa noticia de que mandé al gaucho argentino. Francisco Múgica con el fin de que asesinase al general Villa. Si no fuera porque esa noticia ha sido dada con carácter oficial a la prensa extranjera por parte de personas allegadas al citado general, la hubiese despreciado; pero como tengo la firme convicción de que el hombre de honor nunca debe recibir las ataques del enemigo, por eso hablo como hombre, como revolucionario y como jefe de Cuerpo de Ejército, no puedo ni debo ni quiero permanecer callado; esto sería indigno de mí y no deseo que más tarde alguien tenga algo que echarme en cara; por eso protesto; por eso se alza mi voz enérgica; para que se sepa que sólo han sido muertos por mí aquellos que tenían un rifle en la mano y podían, por tanto, defenderse. No tengo odios ni rencores personales; mis odios son contra la tiranía; mi rencor es contra de los enemigos del pueblo. Me he impuesto una misión y la cumpliré con honor y dignidad; nunca recurriré al puñal del esbirro ni al tóxico del asesino; no usaré los medios ni me mancharé con los crímenes contra los cuales combatí y combatiré si necesario fuere. De una vez por todaS sepa la nación que Pablo González no es ni ha sido ni será un vulgar asesino. La historia y la nación darán a cada quién el lugar que debe corresponderle en la actual crisis política por la que atravesamos.
Nueva junta previa
A las cuatro en punto de la tarde el presidente de la Convención abrió los trabajos de la junta previa, cuyo objeto era el de ultimar lo relativo a la adopción de los principios del Plan de Ayala. Surgió una discusión extensa, tediosa, llena de incidentes, que ocupó dos horas de impaciencia para el público, pues los delegados entraron en pormenores hasta de carácter gramatical. Los más interesados volvieron a la carga pidiendo que se discutieran las credenciales de los surianos, puesto que ya se habían adoptado los principios del Plan de Ayala. Los aludidos dijeron que el asunto estaba ya resuelto por la asamblea al concederse una prórroga para que el Ejército Libertador enviara a sus delegados; pero que tenía otra proposición sine qua non que hacer, consistente en que fuera separado el señor Carranza.
Los delegados, en mayoría, estaban comprometidos a votar por la separación del señor Carranza, y entre los candidatos a substituido figuraba, como hemos dicho, el general Eduardo Hay; pero el general Villarreal contaba con no menos de cien votos a su favor, y ya fuera porque el delegado Hay necesitase tiempo para atraer nuevos adeptos, ya porque quisiera retardar la discusión sobre don Venustiano, ya por el desorden que imperaba en la asamblea, pidió la palabra para exhortar a los convencionales a que abandonaran las discusiones estériles y que con toda buena fe procedieran al estudio de los asuntos de fondo. En apoyo de su exhortación invocó la necesidad de impedir que la sangre mexicana siguiera derramándose, como estaba sucediendo.
El resultado fue que se suspendiera la junta previa y que la asamblea se declarase en sesión ordinaria, a los cuarenta y cinco minutos después de las seis de la tarde.
Los cincuenta mil pesos y el voto de los surianos
Ocupó la atención de los convencionales el informe del general Obregón sobre los cincuenta mil pesos donados por el señor Carranza. En la discusión hubo sátiras, opiniones encontradas, alusiones mordaces, y se llegó a proponer que la cantidad se regresara al donante. Esos extremos, propios de un ambiente caldeado, motivaron protestas y aclaraciones interminables.
La presidencia envió el informe a la Comisión de Hacienda para su dictamen y puso nuevamente a discusión el asunto de que se concediera voz y voto a los surianos. Se dió lectura a un dictamen de la Comisión de Poderes, integrada por los generales Eugenio Aguirre Benavides, Felipe Angeles y Esteban Márquez, quienes ópinaron así:
Para comprobar si efectivamente la delegación tiene encomendados otros asuntos, el general Angeles inquirió con las personas de la delegación sobre esta cuestión y fue autorizado para declarar que, entre los asuntos que la delegación tiene a su cargo, existen dos de tan grande importancia, que de su resolución dependerá el que el Ejército Libertador se una al Ejército Constitucionalista.
En vista de lo cual; la Comisión de Poderes dictamina que: dependiendo de la resolución de esos asuntos la pacificación de la República, la Convención debe resolver favorablemente la petición hecha por el general Emiliano Zapata de que se conceda voz y voto a sus delegados en los asuntos que se les han encomendado.
Pero un nuevo cambio se había operado en el ambiente. Como ya no existía interés político que obligara a tratar con suavidad a los representantes dél sur, volvían ahora los delegados carrancistas a su primitiva posición. Para opinar en pro y en contra del dictamen se inscribieron muchos oradores, entre ellos los señores Siurob, González Garza, Hay, García Vigil y Enrique W. Paniagua.
La muy extensa y tediosa discusión tuvo momentos regocijantes por los ademanes y la forma de expresarse del último de los mencionados oradores, especialmente cuando se refirió a los sinequanones de la delegación suriana.
Quienes hablaron en pro del dictamen basaron sus argumentos en que se cometería grave inconsecuencia si la representación del sur no podía apoyar los asuntos que presentara. No menos inconsecuente resultaba invitar al general Zapata y luego reducir a sus enviados al papel de simples espectadores. Si se había reconocido plena razón a las demandas y a la lucha del sur, era de elemental buena fe oír a sus representantes y dejar que sumaran su voto a los convencionales que estuvieran de acuerdo con lo que expusiesen.
Los opositores argüían que la voz y el voto eran prerrogativas de quienes, discutidas y aprobadas sus credenciales, habían firmado en la bandera al otorgar la protesta de cumplir y hacer cumplir los acuerdos de la asamblea.
En vano se les hacía ver que nada de lo expuesto era aplicable al caso excepcional de los representantes del Ejército Libertador, como lo probaba el hecho consumado de que sin llenar los requisitos que ahora se exigían se adoptaron los principios del Plan de Ayala. La representación suriana tenía un fin específico y no estaba autorizada para comprometerse y comprometer a quien la enviaba. El compromiso vendría como consecuencia de la unión del Ejército Libertador, en el caso de que sus proposiciones se aceptaran.
Los opositores rebatían con el manido argumento de que no era posible contravenir los acuerdos de la asamblea, e insistían tendenciosamente en que se sometieran los surianos a esos acuerdos, con objeto, que bien se comprendía, de colocados en un callejón sin salida, pues no llevaban más credencial que la presentada en conjunto.
La situación se veía con mayor claridad cada vez. El factor carrancista no pudo impedir el triunfo del Plan de Ayala y por ello lo favoreció, con un cambio brusco de su táctica; pero convenía ahora opacar ese triunfo y detener la marcha hacia el éxito de la delegación suriana. Igualmente convenía que la División del Norte no apareciese superior, revolucionariamente, al carrancismo. Con el apoyo a la representación del sur conquistaría grandes simpatías en todo el país, puesto que demostraba estar muy dispuesta a satisfacer las demandas populares, que el constitucionalismo no había tomado en cuenta.
No siendo posible eliminar a la División del Norte, quedaba el recurso de reducir a la impotencia a la representación del sur. Aceptados los principios del Plan de Ayala, bien podía la Convención prescindir de los hombres que lo sostenían, pues la bandera revolucionaria del Ejército Libertador pasaba a la asamblea. Si los integrantes de ese ejército quedaban sin bandera no tendrían ya razón alguna para continuar la lucha, y de continuarla, podría la Convención declarados rebeldes a sus disposiciones y batirlos.
Además, dolía que los descamisados surianos, sin más preparación que la espontánea y libre de la vida, hubieran demostrado a los intelecuales, a los pensadores, a los preparados, a los guías de la sociedad, que no se habían dado cuenta del dolor humano en que aquellos descamisados fundaban sus demandas. ¿Hasta dónde llegaría la representación suriana por el camino que había emprendido? No era posible admitir que hombres obscuros llegaran a imponerse. Pero, sobre todas las cosas, estaban considerados como enemigos del Primer Jefe.
Solamente voz para los surianos
Al fin, se probó conceder solamente voz a la representación del sur para que pudiera sostener sus proposiciones; pero como sus miembros no eran, delegados se les privó hasta del honor de tomar asiento en las butacas destinadas a los convencionales.
Así correspondió, y muy luego, el intransigente carrancismo a la aportación del movimiento suriano.
A pesar de lo aprobado, continuó discutiéndose capciosamente el asunto. Uno de los délegados preguntó a don Paulino Martínez qué proposiciones tenía que hacer, a lo que el interrogado contestó que eran varias; una de ellas podía presentarse desde luego; otras requerían cierta reserva de momento, por lo que estimaba. conveniente darlas a conocer en sesiones secretas. La respuesta indignó al elemento carrancista, alentado por el general Obregón cuando dijo que la representación suriana había pedido primero que se ampliara el plazo para el envío de los delegados del Ejército Libertador; luego, la aprobación de los principios del Plan de Ayala y la separación del señor Carranza, y ahora resultaba que eran varias las proposiciones faltantes.
El general Chao llamó la atención de su preopinante y de la asamblea sobre el hecho de que acababa de votar una resolución; pero que sin haberla tomado, se permitió a los representantes del sur exponer sus asuntos en las juntas previas, porque en ellas podían hacerlo sin el carácter de delegados; pero que ni antes ni ahora se había limitado el número de asuntos, por lo que estimaba ociosa la discusión.
Mal encauzados como estaban los debates, se puso a consideración de la asamblea el voto que acababa de dar. Fue ratificado.
La respuesta del señor Carranza
El presidenfe ordenó que se leyese la respuesta del señor Carranza. Con gran expectación se rompió el sóbre, y el secretario leyó:
He recibido la atenta invitación que usted se sirve hacerme para que concurra a Aguascalientes a tomar parte en las discusiones que allí se están verificando. Entiendo que esta invitación se me hace por creerse que mi presencia contribuirá a decidir con más facilidad las cuestiones que están pendientes de tratarse en esa junta y sobre todo lo relativo al personal del gobierno que debe regir los destinos del país. Tengo la pena de no poder aceptar la invitación que se me hace; pero al mismo tiempo deseo que la Convención entienda que al rehusar mi concurrencia a esa junta lo hago precisamente con el propósito de facilitar, hasta donde de mi depende, la mencionada resolución de las cuestiones pendientes.
Yo no podría, en efecto, concurrir a esa reunión más que con uno de estos dos caracteres: o como individuo o como Jefe del Ejército Constitucionalista. Como individuo no podría concurrir a la junta de Aguascalientes a menos que abandonara mi cargo de Primer Jefe, tomando la denominación de general, o concurriera, como gobernador del Estado de Coahuila; pero en uno y otro caso tendría la necesidad de asumir un carácter igual al de los demás míembros de esa conferencia, lo cual me colocaría en el caso de no poder desempeñar libremente el cargo de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación que ustedes mismos me confiaron. Como Jefe del Ejército Constitucionalista no podría concurrir, porque mi presencia en la asamblea de Aguascalientes podría ser interpretada como un intento de coartar la libertad de deliberación, de la cual he dado pruebas de ser muy respetuoso; por otra parte, para el mejor logro de los propósitos de la Convención, y especialmente para que no se frustre el objeto único que tuvo la traslación de la junta a Aguascalientes, donde fuera posible el contacto con la División del Norte, a fin de llegar a una pronta solución de las dificultades entre el jefe de esa División y yo, creo que es prudente mi alejamiento de ese lugar.
La ausencia mía, así como la del general Villa personalmente, contribuirá a facilitar la solución que patrióticamente está tratando de buscarse. De propósito no quiero hacer referencia de las condiciones en que se halla la ciudad de Aguascalientes porque no deseo que se crea que declino la invitación por consideraciones de peligro personal, aunque como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo tengo el deber de no cometer actos imprudentes que en un momento dado pudiera dejar acéfalo el gobierno de la República.
Al declinar la invitación que se me ha hecho para concurrir a Aguascalientes debo, sin embargo, expresar de una vez por escrito, con toda claridad, para conocimiento de la asamblea y para conocimiento del país entero, la disposición en que me encuentro de ayudar, en todo lo que de mí personalmente dependa, a la solución de las dificultades que se pretende resolver. Tengo la convicción de que la verdadera causa de las dificultades por las cuales atraviesa el país en estos momentos es la reacción natural que siempre sobreviene al día siguiente del triunfo de toda revolución; es decir: los intentos de defensa que se hacen con objeto de evitar que las consecuencias del triunfo revolucionario recaigan con toda la fuerza de su peso sobre los elementos del régimen renovado.
Estos elementos reaccionarios casi siempre procuran rodearse de algunos de los jefes más conspicuos, sugiriéndoles ambiciones personales de mando para agruparse a su alrededor y obtener así protección. Por lo que a mí hace, ignoro si en el ánimo de los miembros de esa Convención existe la idea de que pueda yo abrigar ambiciones personales; pero en todo caso, mis hechos hablarán con toda claridad, pues no soy afecto a hacer ampulosas declaraciones de desinterés personal; por lo que hace a los jefes militares que considero enemigos míos, debo decir que a pesar de sus protestas de patriotismo y de su desinterés personal el móvil de sus actos es la ambición, pues mientras declaran renunciar a la Presidencia de la República, ni una sola vez han declarado estar dispuestos a renunciar el poder militar efectivo que tienen en sus manos y que desean conservar como instrumento de dominio.
Hay una ambición más grande que la de ser Presidente de la República, y es la de tener una omnipotencia militar tal que permita a un hombre dominar a todos los Poderes de la Unión. La insistencia del general Villa tendiendo a conservar el mando de una División a la cual se supone omnipotente, pretendiendo al mismo tiempo restablecer un orden constitucional sobre las bases del antiguo régimen y designando para la Presidencia de la República a un civil, indica claramente que el sueño de este jefe es el de constituirse en árbitro de los destinos de México, con facultades de nombrar Presidente, elegir Cámaras, designar la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dominar a los gobiernos de los Estados y, en general, abarcar el Poder de la República. Ignoro cuáles sean las pretensiones del general Zapata; pero creo que no difieren mucho de las del general Villa.
Por lo que a mí toca, nunca se me ha llegado a expresar cuáles son las verdaderas razones que existen para considerar necesaria mi inmediata eliminación del gobierno de la República y mi separación de la Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista. Pero precisamente porque no han llegado a expresar esas razones, creo que el verdadero motivo que pudiera existir para desear mi separación del gobierno del país es el de que se ve en mí un hómbre< demasiado radical, aunque pausado en la acción, lo cual hace que por un lado los elementos me teman, y por otra parte, los elementos revolucionarios impacientes desconfíen de mis capacidades para llevar a cabo los ideales de la Revolución que acaba de triunfar. Cualquiera que sea, sin embargo, la opinión que de mi persona se tenga, estoy dispuesto a hacer todo aquello que pueda contribuir al bienestar del país y ante todo, y desde luego, a poner a un lado mi personalidad como hombre público, mis títulos como Jefe de la Revolución y hasta mis derechos como ciudadano.
Deseo declarar solemnemente que estoy dispuesto a abandonar mi cargo de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y mi puesto de Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, y si necesario es, a ausentarme del país, siempre que estos actos míos sean considerados por la Convención como necesarios y se tomen las medidas necesarias para que este sacrificio de mi personalidad produzca los efectos que de él debe esperar para recobrar su tranquilidad; deseo, por lo tanto, que la Convención de Aguascalientes manifieste claramente su opinión acerca de esta materia, expresándose en concreto: primero, si la Convención de Aguascalientes cree necesario que yo me retire del poder como medio más efectivo de que se restablezca inmediatamente la armonía entre los elementos revolucionarios; segundo, si, la Convención de Aguascalientes cree necesario que yo me retire del poder para que pueda lograrse el triunfo completo de la Revolución y el subyugamiento de los elementos hostiles a ella, cosas ambas que aun no se han acabado de obtener; tercero, si la Convención de Aguascalientes cree necesario que yo me retire del poder para que pueda hacer las reformas sociales y pólíticas que exige el país para la conquista de la paz definitiva; cuarto, si la Convención de Aguascalientes cree, en suma, que mi presencia en el poder es un obstáculo para la realización de los ideales revolucionarios. Tales son las razones de necesidad que la junta de Aguascalientes debe pensar, y si después de pensarlo serena y patrióticamente encuentra que mi persona no es ya necesaria para la Revolución, sino un obstáculo para el bien de la patria, estoy dispuesto a retirarme.
Si la Convención de Aguascalientes cree necesario que yo me retire del poder, como el medio más efectivo de que se restablezca inmediatamente la armonía entre los elementos revolucionarios, las únicas condiciones que yo pondré para ese retiro no serán absolutamente de carácter personal ni tendrán por objeto preparar un futuro regreso al puesto que hoy ocupo, ni mucho menos esconderán intenciones de quedarme con una parte del poder que ahora tengo en mis manos, sino que serán todas desinteresadas. Esas condiciones tienen por objeto garantizar que mi retiro del poder no será estéril y de que no voy meramente a ceder el campo a los enemigos de la revolución y a jefes militares con ambiciones personales.
Si me retirara pura y simplemente, mi retiro equivaldría a abandonar el poder en manos de los que ahora quieren adueñarse o entregárselo a cualquiera otra personalidad, que pudiera fácilmente convertirse en instrumento de los conservadores enemigos de la Revolución. Mi retirada no debe tener tampoco por objeto escombrar el camino para una restauración ni para una dictadura militar; tampoco debe tener por objeto restablecer inmediatamente un régimen de apariencia constitucional en el cual la Revolución volviera a fracasar.
Por lo tanto, manifiesto a la Convención que me encuentro dispuesto a entregar el mando del Ejército Constitucionalista y el Poder Ejecutivo de la Nación, y si es necesario, a retirarme del país, bajo las siguientes condiciones:
Primera. Se establecerá un Gobierno preconstitucional apoyado por el Ejército Constitucionalista, que se encargue de realizar las reformas sociales y políticas que necesita el país antes de que se restablezca el Gobierno plenamente constitucional.
Segunda. El general Villa renunciará, no a su candidatura a la Presidencia y Vicepresidencia de la República, que nadie le ha ofrecido, sino a la jefatura militar de la División del Norte, retirándose, como yo, a la vida privada, y renunciando a toda pretensión de dominio político de él, saliendo de la República si la Convención acuerda que yo también deba expatriarme.
Tercera. El general Zapata renunciará al mando de sus fuerzas y a toda pretensión a puestos políticos, locales o federales, retirándose igualmente del país y entregando sus fuerzas, que ahora lo reconocen como jefe, al gobierno que la Convención constituya.
Mas si lo único que se desea es alejarme de la Jefatura de la Revolución y del Poder Ejecutivo de la Unión, para que las ambiciones personales o la reacción encuentren escombrado el camino, entonces desde ahora declaro que estoy firmemente dispuesto a servir a la causa por la que he venido luchando. Mientras la junta de Aguascalientes encuentra la posibilidad de solucionar patrióticamente las dificultades existentes, marcharé de acuerdo con ella; pero si llegado el momento en que dicha junta no pudiera seguir adelante porque en otros no hay el mismo espíritu de abnegación y de patriotismo que en mí, entonces, si la salvación del país y el triunfo de la Revolución así lo exigen, en mi carácter de Jefe llamaré a mi lado al Ejército Constitucionalista que me reconoce como tal para luchar contra los enemigos de la libertad del pueblo mexicano.
Palacio Nacional de México, D. F., a 23 de octubre de 1914.
El Primer Jefe del, E. C. Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión.
La nota fue enviada a las comisiones de guerra y gobérnación unidas, para que emitieran dictamen, y se dieron por terminados los trabajos del día. Esta suspensión dió lugar a que los señores convencionales se dedicaran a hacer los más variados comentarios sobre el documento.
Por su parte el señor Carranza dió a conocer la nota a los gobernadores, a los jefes políticos de los Territorios y a los generales con mando de fuerzas, por medio de una circular.

References: artículo 12
 artículo 12
 artÍculo 12
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 resolución