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Timestamp: 2020-08-12 18:32:30+00:00

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NAVARRO ORIGEL LUIS; el primer cristero - Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
NAVARRO ORIGEL LUIS; el primer cristero
(Pénjamo, 1897; Cuchilla del Guapala, 1928)
Resumen del libro de Martín Chowell, Luis Navarro Origel, el primer cristero. Editorial JUS, México, 1959
1 LOS NAVARRO DE PÉNJAMO
4 QUIERO MORIR POR ÉL
5 EL PROCESO REVOLUCIONARIO
6 EL ALCALDE LUIS NAVARRO
7 CALLES Y LA LEY
8 ARRECIA LA PERSECUCIÓN
9 NOS VEREMOS EN EL CIELO
10 EL GUERRERO
11 CAMPAÑA TRIUNFAL
12 ANHELO CUMPLIDO
LOS NAVARRO DE PÉNJAMO
En Pénjamo, Guanajuato, vivió a fines del siglo XIX, la familia Navarro Origel; la fundó Don Bardomiano Navarro y Doña Guadalupe Origel. Él fue agricultor; de espíritu religioso, que inculcó a sus hijos. Ella, una mujer de excelsas cualidades. Tuvieron quince hijos; llegaron a adultos: Margarita, María, Guadalupe, María de la Luz, Concepción, Ignacio, Luis, Jesús, Manuel, María Teresa, José y Carlos.
Doña Guadalupe fue modelo de las madres heroicas mexicanas, su indomable carácter señala este hecho: después que dos de sus hijos murieron defendiendo la libertad religiosa de México, el gobierno despojó a la familia de sus bienes; la señora conservó hasta las últimas horas del despojo, las llaves de alguno de los graneros, que fueron exigidas con palabras violentas, a lo cual la señora contestó cortésmente ”Señores míos, si entregué a mis hijos para que los mataran por Cristo ¿cómo no os voy a entregar las llaves de uno de mis graneros? ¡Tomadlas!”.
Un sacerdote llegó con la noticia del martirio de sus hijos Luis e Ignacio, la señora Navarro contestó escuetamente: “entregué la vida de cuatro de mis hijos a Cristo; sólo ha tomado dos. ¡Se ha quedado corto!”.
Tres de las hijas –Margarita, Guadalupe y Concepción- educadas con las madres Teresianas de Morelia, a las que el Gobierno expropió el colegio, llamadas a la vida consagrada, eligieron la compañía de Santa Teresa de Jesús, pero salieron de la patria por las revoluciones; la Madre Concepción fue superiora por más de cuarenta años en colegios de España, donde brilló por su virtud y ciencia; de regreso a México continuó en otro instituto de su orden.
Luis Navarro Origel fue el octavo hijo del matrimonio. Nació en Pénjamo el 15 de febrero de 1897. Creció en una casa donde reinaba la paz, los bienes materiales y las costumbres cristianas, diariamente trabajadores y familia rezaban el santo Rosario. Desde niño se mostró piadoso, dedicando a Dios parte de su tiempo.
Estudió primaria en la escuela del Padre Crisóforo Guevara; después en Morelia, en 1909, se inscribió como alumno interno en el Seminario Conciliar de Morelia, el cual tenía gran fama académica: “… como Seminario Menor, no fue igualado por otro alguno del país y llegó a superar a muchos europeos… una admirable revelación para las escuelas libres de altos estudios de México, Guadalajara y Puebla, que ven en los alumnos que allá van a especializarse una capacidad sintética por ningunos otros superados para comprender y aventajar en las más altas facultades… testimonios del Cardenal Mercier, el Águila de Lovaina, de haber sido la primera escuela en América que estudió, implantó y enseñó con textos propios la admirable doctrina neo-escolástica. Que hace de cada profesor una especialidad en su disciplina…”.
Luis tuvo claras capacidades intelectuales y pronto aprendió, forjó su carácter y sus convicciones, educó su voluntad en los más altos ideales del espíritu, modeló su mente y se hizo un hombre íntegro. Estalló la Revolución maderista y cayó el régimen de Porfirio Díaz. Parecía que la Revolución tenía como objetivo la reforma política, el sufragio efectivo, la justa participación del pueblo en el gobierno, además la preocupación de atender a los pobres mediante su participación en la riqueza producida. Pero la Revolución, también pretendió: destruir la Iglesia.
El 22 de febrero de 1913, el Presidente Madero era asesinado y Victoriano Huerta usurpaba el poder; además, se animaba la revolución de Carranza. Vencido Huerta, se dividieron los vencedores y siguió la lucha, una encarnizada guerra civil en que los mexicanos morían a millares; obispos expulsados, sacerdotes encarcelados, religiosas arrojadas de sus conventos, templos profanados y colegios católicos cerrados.
Luis fue testigo de los atropellos que cometieron en su Seminario. La persecución continuó implacable, los seminaristas fueron lanzados violentamente de sus aulas, continuando clases en lugares ocultos, improvisados o en el campo. Se preguntaba el estudiante Navarro “¿Con qué derecho nos persiguen? ¿Qué razón hay para que unos hombres ataquen a otros por causa de su fe religiosa? ¿Qué derecho tienen para quitarles lo que es suyo?”
Posiblemente hiciera otras preguntas del Libro de los Macabeos: “¿Por qué he venido yo al mundo para ver la ruina de mi patria y la destrucción de la ciudad santa, y para estarme sin hacer nada por ella al tiempo que es entregada en poder de los enemigos?” La solución está en el mismo Libro: “Y Judas les habló de esta manera: tomad las armas, y tened buen ánimo…” “Porque nos vale más morir en el combate, que ver el exterminio de nuestra nación y del santuario” “Y venga lo que el cielo quiera”.
Al concluir el terrible año de 1914, Luis volvió a la casa paterna para pasar las vacaciones. La revolución había perturbado la estabilidad familiar, devastado los campos, y la armonía laboral y productiva; Luis se dolía por los apuros que pasaba su padre para hacer frente a la situación. Parte de estas vacaciones las pasó en Irapuato, con un compañero de estudios, Leopoldo Alfaro. Su familia integrada por nueve hijos: cuatro hombres y cinco mujeres; una de ellas, Carmen, tenía catorce años, una creatura dulce y apacible. Luis de 17 años, se enamoró de la linda niña, y comenzaron las relaciones, que nunca terminaron.
En 1915 Luis volvió a Morelia a concluir su curso de Filosofía. El internado del Seminario se había cerrado; vivía en casa particular con una familia piadosa. Escribía a su novia: “En la casa en que me asisten me prodigan mil atenciones y finezas. Comen otros señores sumamente acomedidos, corteses y atentos conmigo; son dos médicos por recibirse, y dos estudiantes del Colegio de San Nicolás (del Estado), los que, en mil discusiones que hemos tenido, siempre terminan por concederme la razón; y nos despedimos muy amigablemente. Sólo me disgustan sobremanera las discusiones con uno de los que se va a recibir: muy afectado y presuntuoso, pedante y ridículo en extremo; a pesar que fue seminarista, siempre está hablando mal de la Religión y de los sacerdotes. Yo, ex-seminarista iracundo y quisquilloso, lo atajo en sus discusiones y peroratas, entablando a veces acaloradas disputas en las que siempre sale con la muletilla acostumbrada de los liberalillos petulantes: «Yo sé la vida de tal o cual Padre». Además, es cínico, calumniador y cobarde…”. Se descubre el carácter combativo de Luis contra la ofensa gratuita e injustificada.
En otra carta a su novia: “Te voy a referir algo de mi vida actual… vivo muy lejos del centro y estoy todo el día ocupado…Como no tengo reloj, me he levantado todos estos días a las 5 a.m., a veces antes, pero nunca después; porque se me figura que no voy alcanzar Misa, y por consiguiente a recibir el Pan de los Fuertes. Figúrate, no hay Misa que empiece antes de las 6 a.m. y muy buenos plantones he sufrido, pues cuando voy ni aun siquiera han abierto los templos. No me he pasado un día sin Misa y he recibido la Sagrada Eucaristía diariamente. Tampoco he dejado de rezar el Rosario un solo día. Cuando no estoy muy cansado voy hasta el Sagrario de la Catedral aunque me queda a ocho cuadras; y cuando lo estoy mucho, voy a un templecito muy bonito que sólo está a dos cuadras de mi casa…”.
QUIERO MORIR POR ÉL
Luis terminó su curso de Filosofía, volvió a su casa en Pénjamo y se dedicó al trabajo del campo, ayudando a restaurar el patrimonio familiar. En el Bajío se habían sostenido ‘las grandes batallas de la Revolución’ entre los ejércitos de Villa y Obregón, que costó la vida a más de veinte mil mexicanos.
“Ensangrentados los campos del Bajío, quemadas las haciendas, convertidos en patíbulos los atrios de los templos, enjaezadas las mulas de los revolucionarios con ornamentos eclesiásticos; cerradas las escuelas donde se enseñaba a amar a Dios y al prójimo, la Patria estaba llena de odio y terror…” Luis meditaba el destino de México y de sí mismo, hallándose en una encrucijada: o seguía el camino del sacerdocio, o se quedaba en la vida civil a luchar por Cristo; para tal decisión asistió a los ejercicios espirituales de San Ignacio, que dirigió Don Luis María Martínez, vicerrector del seminario de Morelia. Del retiro dejó algunos escritos; tomamos algunas ideas:
“La preparación que debe tener el hombre para cumplir la misión que Dios le haya encomendado debe consistir en: oración, trabajo y sumisión”. 25 de octubre de 1916 “La mañana de este día ha sido para mí un reñido y continuo combate…” “…Hoy puedo decir con toda verdad que Dios Nuestro Señor ha creado de nuevo a mi alma, que hoy he sido nuevamente redimido por Jesús; estaba muerta mi alma y hoy la ha resucitado el Señor; estaba perdida y mancillada y ha sido purificada por Jesús, mi Redentor amorosísimo”.
“No sé cómo agradecer al Señor la muchedumbre de sus bondades; le he consagrado mi vida para glorificarlo; quiero sufrir por Él que me ha amado tanto. Le he ofendido mucho; quiero padecer mucho, quiero morir por Él. ¡Que le plazca concedérmelo! ¡Él me dará fortaleza! Le he consagrado a mi niñita, a mi Carmela querida, que hoy ha querido confirmármela por esposa. Él me ha dicho interiormente que quiere que le sirva con ella. ¡Bendito sea! Él moderará nuestros afectos. Le he suplicado que nos haga castos, que le amemos mucho, que sirvamos siempre; que busquemos su gloria y nos encienda en su ardiente caridad; que nos haga pobres de espíritu y aun actualmente pobres si nos conviene. ¡Es tan dulce y hermoso no pensar más que en el cielo!”
En esta encrucijada Luis tomó la cruz, tuvo la idea de “morir por Jesucristo”, “morir de un balazo por la causa del bien”. El 5 de febrero de 1917 se promulgó la nueva Constitución, una ley que no estaba formada por cláusulas sino por cápsulas destinadas a vencer al catolicismo mexicano. Llevaba los gérmenes de la guerra civil, que sólo cesaría cuando los artículos persecutorios de la Constitución dejaran de aplicarse.
El 5 de mayo de 1917, Luis, de 20 años, contrajo matrimonio con Carmen Alfaro Madrigal, de 16; se preparó al matrimonio comulgando diariamente e imponiéndose penitencias como dormir sin colchón y una viga por almohada. Fueron a la capital en paseo de bodas. El tren en que viajaban fue asaltado, “y ésta fue –dijo su esposa- la primera ocasión que tuve de admirar su valor”, defendiendo a los pasajeros y ayudando a la escolta; no hubo disparos.
La idea de Luis de morir por Dios, fue tema de los esposos al inicio de su matrimonio. Tenía la mirada puesta en los valores altos y duraderos; una de sus cualidades fue su congruencia entre vida y pensamiento, perfecta armonía interior.
Se establecieron en Pénjamo, buscando trabajar y reconstruir lo que la Revolución había deshecho. Los negocios familiares sufrieron otro golpe, al caer don Bardomiano, su padre, enfermo de apoplejía. Haciendas y ranchos de la región fueron invadidos por las chusmas de Inés Chávez García; Luis se enfrentó a ellos.
La inseguridad en el campo y la falta de oportunidades en Pénjamo los obligaron a mudarse a Irapuato. Asociado a su hermano mayor, Ignacio, le fue mal porque no estaba preparado para emprender negocios prácticos. La familia pasó una época de penuria y ensombreció más la situación con la muerte de don Bardomiano; casi al mismo tiempo nace su primogénito, Ignacio, y regresando a Pénjamo, se presentó la epidemia de influenza española.
Luis creó fuentes de trabajo en apicultura, aún no explotada. Fracasó dos veces, a la tercera triunfó y propagó sus conocimientos. Cuando salió del Seminario se ocupó de la técnica agropecuaria. La avicultura se practicaba según viejas costumbres, pero Luis lo convirtió en una fuente de riqueza conforme a la nueva técnica, Dios lo bendijo. También desarrolló la crianza de cerdos y vacas.
En su trato humano, fácilmente se exaltaba, pero dominó sus impulsos, no profería insultos, era cortés, especialmente con los pobres. En su vida espiritual, la relación con Dios era constante. Oía misa y comulgaba diariamente, ayunaba los días de cuaresma, rezaba en familia el rosario; fundó en Pénjamo la Adoración Nocturna. Su pasión era la lectura de grandes místicos: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Su vida en el hogar fue dichosa, tuvo cinco hijos: el primero, Ignacio, nacido en 1918, misionero del Espíritu Santo; la segunda, Guadalupe, nacida en 1920; la tercera, Carmen; la cuarta, Margarita, y el quinto, Rafael, nacido en 1925 y muerto en 1927. Al mayor, en su Primera Comunión, le dijo Luis al oído que “le alcanzara de Dios para su padre la gracia del martirio, muriendo por la fe”.
La Constitución de 1917 provocó el conflicto civil, y Luis tomó parte. Las disposiciones de esta ley sobre la dignidad de la persona humana y los derechos de la sociedad religiosa originaron la pugna.
El primer artículo de la Constitución de 1857 decía: “El pueblo mexicano reconoce que los derechos del hombre son la base y el objeto de las instituciones sociales. En consecuencia, todas las leyes y todas las autoridades deben respetar y sostener las garantías que otorga la presente Constitución”. Se sustituyó la nueva ley por lo siguiente: “En los Estados Unidos Mexicanos todo individuo gozará de las garantías que otorga esta Constitución, las cuales no podrán restringirse, ni suspenderse, sino en los casos y con las condiciones que ella misma establece”.
La innovación fue substancial, la nueva ley redujo los derechos humanos a los “otorgados” por la Constitución, es decir, se estableció que el Estado es fuente y origen de los derechos que tiene el hombre, si el Estado no garantiza expresamente esos derechos, por ejemplo, el derecho de dormir, esos derechos no existen.
El texto revela que el Estado es una sociedad superior a todo lo que dentro de ella existe, y con una soberanía tan ilimitada, que el derecho que imponga, así sea absurdo, contrario a la razón y al sentido común, debe ser aceptado por todos.
Conforme al criterio de soberanía absoluta, los ciudadanos estarían obligados a observar fielmente una ley que el Congreso hubiese expedido, por ejemplo, el artículo 5° dice: “El Estado no puede permitir que se lleve a efecto ningún contrato, pacto o convenio que tenga por objeto el menoscabo, la pérdida o el irrevocable sacrificio de la libertad del hombre, ya sea por causa del trabajo, de educación o de voto religioso. La ley, en consecuencia, no permite el establecimiento de órdenes monásticas, cualquiera que sea la denominación u objeto con que pretendan erigirse”.
Este artículo ataca una de las libertades fundamentales del hombre: la libertad de casarse o no casarse. El Estado usa de un poder que nunca ha tenido, pide a los súbditos cuentas de su soltería, invade el campo individual de las vocaciones e impide que una persona, ejercitando la libertad que Dios le concedió, se mantenga célibe y haga voto de mantenerse en ese estado temporalmente o para siempre. Relacionado con esta disposición se encuentra una definición comprendida en el artículo 130, dice: “El matrimonio es un contrato civil”, pero el Estado no puede cambiar la naturaleza de las cosas porque su poder es limitado.
El artículo 24 aparentemente garantiza la libertad religiosa, pero la reduce. Declara que todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade “y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, en los templos o en su domicilio particular, siempre que no constituya un delito o falta, penados por la ley”.
Interpretando este artículo, quiere decir que está prohibido todo acto de culto fuera de los templos o domicilios particulares; si un hombre eleva una plegaria en lo alto de la montaña, quebranta la ley. Por supuesto, la llamada ley no es tal, sino un mandato tiránico y brutal, que no se está obligado a cumplir.
El artículo 3o, según la forma original, prohibió a las corporaciones religiosas y a los ministros de culto establecer y dirigir escuelas primarias, prohibiendo al pueblo mexicano ser educado conforme a sus creencias.
El artículo 27 prohíbe a las asociaciones religiosas poseer y administrar bienes raíces. El artículo 130 facultó a los poderes federales de intervenir en materia de culto religioso; desconoció personalidad a la Iglesia; clasificó como profesionistas a los ministros de culto; autorizó a las legislaturas de los Estados a fijar el número de sacerdotes; impuso como requisito para ejercer el ministerio de cualquier culto la calidad de mexicano por nacimiento; vedó a los ministros religiosos el derecho de crítica a las leyes, así como el voto activo y pasivo y los declaró incapaces de heredar.
Estas disposiciones proyectan un Estado monstruoso que pretende subyugar con su poder a todas las personas individuales o sociales. Es un Estado que se sale de su órbita, de la esfera de competencia que le corresponde e invade un campo que le es ajeno. De acuerdo a la filosofía tradicional, el Estado es una sociedad jurídicamente perfecta en cuanto forma un sistema completo que le confiere plenitud de competencia; y si bien es una sociedad soberana porque no está sujeta a ninguna otra, su soberanía está limitada por su naturaleza, fin y misión. El fin limitado es: el bien público temporal; por tanto, no está facultado para sobrepasar el ámbito temporal y público ni menos intervenir en el dominio espiritual.
El Estado Mexicano saltó la barrera que no le correspondía, invadió el dominio de la Iglesia –otra sociedad jurídicamente perfecta y soberana- dejó de ser un poder de derecho y se convirtió en un fenómeno de fuerza.
El destino del hombre no está encerrado en la perspectiva del tiempo. El hombre dotado de alma inmortal tiene vocación de eternidad, a esa vocación se une un bien eterno, divino, cuya conquista y posesión son procuradas por la religión: relación del alma con Dios. El bien eterno dejó de pertenecer a la competencia del Estado.
El Estado Mexicano, por medio del artículo 130, fingió ignorar a la Iglesia, al desconocer su personalidad jurídica; pero la personalidad sigue existiendo, tan incólume como si la hubiesen reconocido.
La Constitución que estableció la persecución jurídica en México causó la condenación de los Prelados mexicanos, que expresaron su memorable Pastoral el 24 de febrero de 1917: “… la Constitución dictada en Querétaro el 5 de febrero de 1917, eleva a estado la persecución religiosa, sancionándola definitivamente… Ese código hiere los derechos sacratísimos de la Iglesia Católica, de la sociedad mexicana y los individuales de los cristianos; proclama principios contrarios a la verdad enseñada por Jesucristo, la cual forma el tesoro de la Iglesia y el mejor patrimonio de la humanidad, y arranca de cuajo los pocos derechos que la Constitución de 1857, admitida en sus principios esenciales como ley fundamental por todos los mexicanos, reconoce a la Iglesia como sociedad y a los católicos como individuos…”
El Papa Benedicto XV aprobó la propuesta de los obispos mexicanos, manifestando en la carta de 15 de junio de 1917: “… sabed que al protestar, aguijoneados por la conciencia de vuestro deber, contra la injuria inferida a la Iglesia y los detrimentos ocasionados a la causa católica, habéis hecho una cosa muy conforme al oficio pastoral y dignísima de nuestra alabanza”.
Venustiano Carranza se negó a aplicar en su integridad la ofensiva ley. Pronto se arrepintió de su obra y con ánimo de llevar paz al pueblo mexicano, presentó ante el Congreso un proyecto de reformas a la Constitución, que fue publicado en el Diario Oficial de 21 de noviembre de 1918. Proponía la reforma de los artículos 3º y 130, fundándose en que “el respeto a todos los credos religiosos, sin más limitación que las exigencias de la moral, es un derecho natural que el Poder Público no estaría capacitado para restringir, mayormente en el estado actual de la civilización”. Carranza fue asesinado en Tlaxcalaltongo; entre sus ropas ensangrentadas, se encontró una medalla de la Virgen con la inscripción: “Madre mía, sálvame”.
Muerto Carranza, tuvo camino abierto el ambicioso Álvaro Obregón, que poseía esa forma inferior de la inteligencia que es la astucia, con la que alcanzó el mando y lo conservó. No urgió la observancia de la Constitución de 1917, pero tuvo manifestaciones hostiles contra el catolicismo, enemigo gratuito y acérrimo.
El sagaz general autorizó provocaciones a los católicos. En febrero de 1921 manos criminales estallaron una bomba en el Arzobispado de México. Una muchedumbre se reunió en la calle 8 para pedir a las autoridades la investigación del atentado y el castigo de sus autores, pero fueron atacados por chusmas de rojillos que intentaron disolverla. El gobierno no investigó los hechos, pero culpó al “clero” de intervenir en política.
El 14 de noviembre estalló una bomba en el altar de la Basílica de Guadalupe, a los pies de la venerada imagen, que milagrosamente quedó intacta. El atentado provocó manifestaciones de protesta en todo el país. El Procurador General de Justicia, no sólo no cumplió con su deber de investigar el delito, sino que “aplicó un bofetón villano al rostro lloroso del católico mexicano, que “no era para tanto”, que “no había pasado nada” y por lo tanto carecían de motivo las protestas”.
Se supo que el atentado sacrílego fue perpetrado por un empleado de la Secretaría particular de Obregón, que llegó a la Basílica escoltado con cincuenta soldados que vestían de civiles para protegerlo después explotar la bomba. Obregón llamó minutos después de la explosión al presidente municipal de la Villa de Guadalupe ordenando que diera garantías “al reo que acababan de aprehender” y lo entregara a la escolta que lo recogería.
El 1 de mayo de 1922, so pretexto de la fiesta del trabajo, una turba de mil socialistas armados atacó la casa de la A.C.J.M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana), que defendieron veinticinco muchachos, esperando inútilmente el auxilio de la policía. Agotado el parque, huyeron los defensores y la casa cayó en poder de los asaltantes. El gobierno que debía proteger a los ciudadanos dejó impune el delito.
El 11 de enero de 1923 se puso la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete. El Delegado Apostólico, monseñor Ernesto Filippi, que presidió la ceremonia, fue expulsado del país. Las razones que dio Pani, secretario de Relaciones Exteriores, fue que el acto se había celebrado al aire libre. La Constitución no fue violada, pues el artículo 24 protege la libertad de practicar actos de culto en los templos o en el domicilio particular, y el lugar donde se celebró la ceremonia fue un predio particular, perteneciente a un constituyente, el licenciado José Trinidad Macías.
No era la ley la que se violaba, era la libertad de los mexicanos, su derecho a creer y a manifestar sus creencias. ¡Y en nombre de una mala ley escrita e inexactamente aplicada, el tirano atropellaba todas las leyes de la razón y la justicia! El enojo del tirano era explicable. El caudillo vencedor pensaba que estaba en sus posibilidades impedir todo sentimiento religioso del alma de México.
EL ALCALDE LUIS NAVARRO
Durante el carrancismo inició en México, según el modelo de la Asociación Católica de la Juventud Francesa, la que sería la gloriosa A.C.J.M., que atrajo a los mejores muchachos de México. Luis fundó en Pénjamo la A.C.J.M. y reclutó socios activos que trabajaran en el programa de la agrupación, sintetizado en el lema Piedad, Estudio, Acción.
Al desatarse con furia la persecución, los “acejotaemeros” constituirían la más admirable falange de héroes del México moderno. Luis trabajó por fortalecer la A.C.J.M. y recurrió a medios legítimos para conseguir prosélitos, uno de ellos el deporte, organizó grupos de futbol y llevó a cabo competencias y excursiones. También formó bibliotecas y círculos de estudio. Convencido de la agremiación de trabajadores, formó la Unión de Comerciantes en Pequeño, fundó una caja de ahorros, una mutualidad y una cooperativa.
El terreno de la política era lugar despreciable que la “gente honesta” no invadía por miedo, aunque sufriera las consecuencias de su inacción. Luis pensó estar presente donde corrieran peligro los derechos de Dios, y era necesario dar pelea al enemigo en todos los terrenos y con las armas que hubiese a mano: entró a la política.
La Revolución fue huracán que sopló del Norte, específicamente de los Estados Unidos; era natural que sacara sus elementos de la frontera. Ahí estaban las armas que los Estados Unidos entregaban para matarnos, ahí estaban los hombres que las empuñarían: Villa en Chihuahua, Carranza en Coahuila, Obregón y sus secuaces en Sonora, formaron la clase armada de la Revolución que habría de mandar en México por varias décadas. Luis no permitió embusteros ni matones, sin disimular su ferviente catolicismo, entró de lleno en la actividad electoral. Reunió en asambleas a sus conciudadanos y logró un partido fuerte por número y calidad de hombres.
Aceptó el cargo de Alcalde de Pénjamo, porque se lo propuso la comunidad de familias del municipio. Participó en la contienda cívica de 1923 y ganó las elecciones por abrumadora mayoría de votos; entró a la Casa Municipal por sufragio libre. Fue un alcalde legítimo nombrado por su pueblo. En pleno mandato de Obregón, bajo un régimen ateo y perseguidor del creyente, un alcalde de un pueblo mexicano –Luis Navarro- proclamaba al tomar posesión de su cargo el principio eterno de que toda autoridad viene de Dios.[1]
En su discurso inaugural, el nuevo alcalde Navarro, tres veces invocó a Dios, para señalar que Dios está presente en la política mexicana, proclama su fe, y desde el Salón de Cabildos de la Casa Municipal invoca la ayuda divina.
Pénjamo era una comunidad casi aislada por falta de caminos. Luis, como alcalde, empleó recursos del municipio en abrir y mejorar caminos, participaba con faenas a tapar hoyos o reparar puentes.
Pénjamo, como otras ciudades pequeñas, sufría escasez de agua potable, la presa estaba azolvada y era insuficiente. El alcalde puso a trabajar a todo mundo y participó en el desazolve y ensanchamiento de la presa. Sabía, como cristiano, las necesidades de los pobres, pues el bien común exige que se provea a los menesterosos.
Todos los días visitaba a los encarcelados –especialmente hombres que delinquían impulsados por la pobreza- y repartía entre ellos la miel de sus panales. Intervenía en pequeños litigios, evitando a las partes el pago de honorarios de abogado; trabajó en una campaña contra la prostitución, procurando regenerar a las mujeres explotadas, brindó asilo y protección en las “casas de arrepentidas” a cargo de religiosas. Enemigos suyos como la logia, el politicastro y otros, lo señalaban con animadversión. Esos enemigos destaparon una vieja acusación por la participación en la protesta de los penjamenses por el atentado a Santa María de Guadalupe. Su propósito era anular políticamente al alcalde. Formaron un voluminoso legajo que fue consignado al juez; la víspera que se dictara la orden de aprehensión en su contra, el calumnioso legajo desapareció de las oficinas del juzgado.
El término de su gestión coincidió con las elecciones presidenciales: escoger al sucesor de Álvaro Obregón, entre José Vasconcelos o Adolfo de la Huerta; pero el vencedor de Celaya eligió al más impopular de sus ministros, Plutarco Elías Calles. Posiblemente el alcalde reveló sus simpatías por De la Huerta en contra de Calles.
↑ Chowell, Martín. Luis Navarro Origel –el primer cristero-. Jus, México, 1959. Texto del discurso inaugural, Pág. 44
El general Obregón mandó, según datos, que el Ayuntamiento de Pénjamo fuera disuelto y dio instrucciones al general Escobar de que se presentara en Pénjamo y acatara la orden sin chistar. Pero Navarro respondió: “El pueblo me nombró alcalde y sólo el pueblo me puede quitar. Yo no obedezco órdenes ilegales, aunque vengan del Presidente de la República”.
Escobar ordenó que Luis fuera conducido al tren militar, que era cuartel ambulante. Entre ambos se dio un diálogo en que Luis demostró al general que si éste “era capitán vivo”, “él no era alcalde muerto”, el resultado fue que Navarro exigió su derecho de jurisdicción, se mantuvo en su puesto y terminó ganándose la simpatía del divisionario. Se cuenta que Álvaro Obregón al saber de la actitud del Alcalde de Pénjamo comentó: “Con una docena de alcaldes como éste, nos aviábamos”.
Navarro terminó su gestión en diciembre de 1924, cuando se iniciaba El Proconsulado, o sea, el régimen cuya cabeza era Plutarco Elías Calles. Luis continuó la carrera política en otras circunstancias, bajo una democracia legítima, en un ambiente de respeto al sufragio libre y a la dignidad de la persona cívica. Después vino el oprobio de la vida política: el callismo, el período más negro de la historia de México.
CALLES Y LA LEY
El historiador mexicano, Carlos Pereyra, dice de Calles: “Turco, sirio, libanés, judío, yuma o apache, lobo o raposa, su presencia en el centro de México es la conquista realizada por un extraño, que nada tiene de común con sus víctimas, pues aun la parte de indio que puede haber en él es la del merodeador sanguinario y rapaz, no del labrador sedentario”. Estrictamente, en Calles poco hay de mexicano, ¿Existía en su sangre sedimento de rencor musulmán contra Cristo? Persiguió con furia la religión y costumbres de México. Adolfo de la Huerta afirma que conoció a Calles como ayudante de profesor de párvulos en una escuela de Hermosillo; al saber que era de Guaymas afablemente le preguntó de qué familia, le respondió hurañamente “De la mía”. A Calles se le aplicó la frase común: “Éramos basura; vino el remolino y nos levantó”.
En Guaymas se le señaló haber dispuesto del dinero de una agrupación de profesores. Fue ascendiendo en la política nacional. Como gobernador de Sonora, llegó con ayuda de Obregón. Se caracterizó por su manía persecutoria, cerró templos, escuelas católicas y expulsó sacerdotes; por ello fue premiado en el Congreso de Querétaro. Desde entonces, en su Estado, mostró tendencias para matar. Un periodista apodado “El Chorizo”, editor de Nueva Era, fue arrastrado y ahorcado con un ejemplar de su periódico en los pies.
El 1° de diciembre de 1924 comenzó El Proconsulado, o sea la era sangrienta. “Aplicó al pie de la letra las prescripciones de la Constitución del 17, consistía en el programa íntegro del poinsettismo: eliminación de propiedades rurales españolas y mexicanas, la agitación obrera en contra de las industrias poseídas por europeos y mexicanos, y la persecución a la iglesia Católica”.
La parte más importante del programa era la persecución a los católicos, que Carranza y Obregón habían dejado pendientes. Calles, fiel a los compromisos firmados en las logias, se propuso ejecutarlos hasta sus últimas consecuencias. Lanzó la primera ofensiva con la intención de provocar un cisma.
El 21 de febrero de 1925 un grupo armado con pistolas y garrotes tomó violentamente el templo de la Soledad, puso al clérigo Joaquín Pérez, lo declaró Patriarca de la Iglesia Católica Mexicana. Después los promovedores del cisma aceptaron su fracaso. El patriarca Pérez arrastró una miserable existencia y murió en 1931, después de abjurar públicamente.
El motivo del conflicto fue el odio a Cristo, la masonería es fiel depositaria, y el instrumento fue el siniestro Calles. El periódico romano «La Tribuna» publicó la solemne declaración, reproducida en la prensa mundial: “La masonería internacional acepta la responsabilidad de lo sucedido en México, y se dispone a movilizar todas sus fuerzas para la ejecución completa del programa que se ha fijado para este país”.
Con el apoyo de la masonería norteamericana, Calles persiguió al pueblo católico y permaneció en el poder contra la voluntad del pueblo. En uso de ilegales facultades, fijó el 14 de junio, la denominada Ley de Adiciones y Reformas al código penal. Ésta fue la famosa Ley Calles.[1]
Concluida su alcaldía, Navarro se dedicó a su militancia cristiana. En marzo de 1925 se fundó la «Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa», a la que Luis se inscribió desde el primer día. En su primer manifiesto su programa declaró:
“La Liga es una asociación legal de carácter cívico, que tiene por fin conquistar la libertad religiosa y todas las libertades que se derivan de ellas en el orden social o económico, por los medios adecuados que las circunstancias irán imponiendo… La Liga quiere ser una asociación de todos los verdaderos católicos mexicanos, cansados de tantos atropellos en contra de su religión, del orden social y de sus derechos cívicos, tan cínicamente burlados en los comicios electorales… La Liga es una asociación de carácter legal: según la Constitución, no se podrá coartar el derecho de asociarse o de reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito; pero los ciudadanos de la república podrán hacerlo para tomar parte en los asuntos políticos del país… La Liga será de carácter cívico. La Jerarquía católica no tiene nada que ver con ella, ni con su organización, ni en su gobierno, ni en su actuación”.
Los católicos, al organizar la Liga, una asociación legítima, para defender sus libertades y derechos esenciales, actuaban de acuerdo al pensamiento de Pío XI en su alocución del 22 de septiembre de 1925, que decía:
“Es preciso defenderse de una confusión que puede surgir cuando parece que Nos, que el Episcopado, que el Clero, que los seglares católicos hacemos política, cuando en realidad hacemos obra de religión al combatir por la libertad de Iglesia, por la santidad de la familia, por la santificación de los días consagrados a Dios; en todos estos casos y en otros semejantes no se hace política, sino que la política ha tocado al altar, ha tocado la religión… y entonces es deber nuestro defender a Dios y a su Religión, es el deber del Episcopado y el Clero, es nuestro deber…” Las palabras del Santo Padre se aplicaban precisamente al caso de México.
La Liga crecía espléndidamente; tres años después, en el Distrito Federal, sobrepasaba 300,000 socios. Su programa difundía ideas y formaba una poderosa corriente de opinión nacional, una fuerza moral que dominara la tendencia de Calles y su gente, empleaba un periódico de combate, titulado «Desde Mi Sótano». Las publicaciones semanales llegaron a ser de entre 400,000 y 600,000 ejemplares.
Al entrar en vigor la Ley Calles, la Liga organizó un bloqueo económico que al principio Calles fingió creer que era un “ridículo boicot”, pero su risa se transformó en una mueca de rabia por los resultados alcanzados; quien excitara a los demás terminaba en el sótano de la inspección de policía. Calles se propuso aterrorizar a los católicos rabiosamente, comenzando por perseguir el culto privado. Luis participó en toda actividad pacífica: recogiendo firmas, elevando protestas, organizando grupos; pero la opinión no contó, fue necesario usar la fuerza. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, viendo el peligro de brotes armados, acordó transformarse de asociación cívica a resistencia a la tiranía; antes de esta decisión, Luis empuñó las armas para defender los derechos de Dios, oyéndose el grito de miles de hombres que ratificarían con su sangre: ¡Viva Cristo Rey!
Si Calles y su facción escribieron las páginas más dolorosas de la historia al perseguir con saña a Cristo y a su Iglesia, los mexicanos católicos escribieron las páginas más sublimes de nuestra historia. Luis fue el primer mexicano en tomar las armas para defender a Cristo. Decidió ser guerrero, y la guerra es lícita cuando se hace por causa justa: levantarse contra un gobierno tiránico cuando es intolerable. En la práctica la Ley Calles consistió en: matar sin proceso, sin oír al supuesto acusado en defensa, sin permitirle la menor oportunidad de demostrar su inocencia; equivalía a la barbarie más sangrienta. Antevíspera del levantamiento, refería su esposa: «Ha llegado mi hora, Dios nos pide un supremo sacrificio; ofrezcámonos como víctimas para que Jesús vuelva a los sagrarios, y nuestros hijos lo amen y lo conozcan. Cuando mis hijos sean grandes les dirás que su padre murió por dejarles la fe».
El 28 de septiembre Luis llegó a casa a recoger sus cosas, ya casi en la puerta de la casa le pregunté cuándo nos volveríamos a ver, el respondió con gran serenidad: «Aquí no, Carmela; nos veremos en el Cielo». Montó su caballo, y yo con mis cuatro hijos lo vi caminar hasta que se perdió de vista, para no verlo nunca más”.
Una esperanza brilló en México cuando Luis se levantó en armas; surgía un libertador el 29 de septiembre de 1926. Con su hermano Ignacio, Luis se dirigió al sur de Pénjamo. Seis meses pasó solitario en la Tebaida, quizá la etapa más interesante de su corta y fecunda vida porque en ese tiempo se acendra su espíritu, se purifica en las llamas del amor sobrenatural, se desase y se deshace de lo terreno, inclusive de lo que más quiere en este mundo, su esposa e hijos, amores que sobrenaturaliza.
Luis fue el primer cristero, y consiguió lo que nadie, estableciendo su autoridad de modo firme por la libertad. En la Sierra Madre Occidental fue donde, de acuerdo con las órdenes del control militar de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, organizó su ejército, con el que peleó y venció a las tropas de Calles, y al grito de ¡Viva Cristo Rey!, hizo ondear la bandera del pueblo de México. Luis Navarro –que se cambió el nombre por Fermín Gutiérrez- expuso la ilegitimidad del gobierno perseguidor de la religión. El 23 de abril de 1927, la población de Coalcomán, Michoacán, se declaró independiente del gobierno callista, nombrando Presidente Municipal, secretario y tesorero, teniendo autoridades independientes del tirano. Al día siguiente una guarnición federal se estableció en Aguilillas, pero el general Fermín Gutiérrez (Luis Navarro) entró sigilosamente una madrugada de abril al poblado, que despertó con repique de campanas que habían permanecido mudas en los últimos meses. La gente salió gozosa al correr la noticia: ¡Son los soldados de Cristo Rey! ¿Y el enemigo? Se desvaneció. El pueblo había caído en poder de la guerrilla cristera sin disparar un tiro. Se celebró una Misa Solemne en la iglesia, y terminando, salieron los feligreses en procesión; a la cabeza, bajo palio, el Santísimo Sacramento. La campaña había empezado, Luis volvió de Coalcomán, con sus tropas y atacó Tepalcatepec. Se unió a dos figuras legendarias: Serapio Cifuentes e Ibáñez conocido como “El Perro”. Navarro avanzó con 200 hombres, 100 del coronel Mendoza y 200 de Serapio y El Perro, en total 500, mal armados y sin conocimientos de guerra.
Serapio e Ibáñez entraron de madrugada a Tepalcatepec con su gente, desplegándose en línea de combate y con las armas listas. Al entrar, disparó varios tiros sin recibir respuesta; izó una bandera en la parroquia y se apoderó de las oficinas municipales. Enviaron un mensajero al general Gutiérrez con las noticias de triunfo; Serapio y el Perro salieron al encuentro del general; al regresar se vieron rodeados por las tropas gubernamentales, y Navarro ordenó retirada.
Dos días permaneció Navarro atrincherado con su ejército en las Ánimas, donde se unió un muchacho apellidado Castillo, con extraordinarias cualidades, dándosele el mando de fuerzas como capitán. Primero participó en la toma de Chinicuila o Ciudad Victoria, que fue tomada por Luis junto con la gente de Lucatero, ranchero padre de un muchacho buen tirador de pistola. La plaza de Chinicuila fue tomada sin disparar un solo cartucho al grito de ¡Viva Cristo Rey!
Luis sostuvo batallas con los callistas de abril a octubre de 1927, con descalabros y traiciones, pero también causando bajas al enemigo y haciéndose de elementos, escapando de ser detenido. Pero no podía aplazarse la reconquista de Coalcomán, que habían perdido el 12 de junio. Su recuperación se logró el 13 de octubre. Después de sufrir un completo desastre, los callistas evacuaron la ciudad, retomándola Luis. Navarro se quejaba con el Control Militar de la Liga, pues no suministraban elementos, pero sostuvo la guerra, que al mismo tiempo le proveía de pertrechos. A falta de recursos, Luis confiaba en la asistencia de Dios, y a Él atribuía las victorias. En la campaña, el 15 de septiembre de 1927, recibe la noticia de la muerte de su hijo Rafael, el pequeño, que dejó en brazos de su madre. Escribe enseguida a su esposa diciéndole que debe alegrarse porque “el alma que el señor nos prestó, ya la recogió para hacerla partícipe de su propia e infinita felicidad y para siempre”.
El 10 de agosto de 1928, después de comulgar, en la Cuchilla de Guapala, Luis entró en combate con tropas callistas al mando de Rodrigo M. Quevedo, cuando fue herido de muerte por las balas del enemigo. Su hermano Ignacio -que habría de morir en combate ocho meses después-, narra el episodio en una carta a la esposa del héroe:
“Tantas veces y con tan ardientes deseos le pidió a Dios N.S., mi hermano (que no merezco) y general don Luis Navarro Origel, el honor de derramar su sangre y dar su vida en lucha por la libertad de la Iglesia Católica y por la salvación de la Patria, hasta que le arrancó la corona del martirio (…)
Murió con una sonrisa de inmensa alegría que le vimos su asistente y yo, no sólo en los labios sino en todo el rostro, radiante de felicidad, a las 7 de la mañana del viernes 10 de los corrientes, en la Cuchilla del Guapala, en un combate con tropas callistas al mando del General Rodrigo M. Quevedo… dejándonos combatiendo a mi general, a su asistente Alejandro Larios, al Mayor Calvario y a mí.” (…)
Dios no quiso que cayera su cuerpo en manos del enemigo. Esperamos el asistente y yo la retirada de los guachos. Al poco rato lo recogimos. Había muerto (…) Lo llevamos al Vallecito de Cristo Rey, campamento a poca distancia del lugar de combate. Rezamos el Te Deum en medio de mi hondo, indescriptible dolor. Él así lo pidió al Señor, el Señor quiso oírlo (…)
Le hicimos guardia de honor en la tarde, en la noche y todo el día siguiente, por turnos de cuatro. El Padre Marín y yo lo velamos toda la noche; el día once le pusimos en caja de cedro rojo; celebró el Padre Marín solemnes honras fúnebres de cuerpo presente. A las seis de la tarde lo llevamos como el rito de sepultura eclesiástica lo manda, acompañado de la guardia fúnebre, compuesta de un centenar de soldados; lo pusimos en bóveda, a lo largo del altar mayor de la capilla. No supe qué hacer por él en representación tuya y de sus hijos y por mí mismo, además de acompañarlo, sin apartármele un momento (…)
No fue comprendido. Aun yo, ruin, que viví con él durante 31 años y medio, su edad, que recordaré siempre su rectitud en el servicio de Dios, su vivísima fe, su práctico amor para con el prójimo (…) Te guardo con reverencia y con amor sus ropas tintas en su sangre, derramada por Jesucristo, por la Iglesia ultrajada, por N.S. Padre el Papa Pío XI, cuyas muestras de predilección por los mexicanos no se le apartaban de su memoria.”
La prensa nacional dio la noticia de la muerte de Luis Navarro de manera breve y despectiva. El 19 de agosto, el diario “Excélsior” publicó este informe:
“Guadalajara, Jal., 18 de agosto… Hoy se recibió aquí del general Rodrigo M. Quevedo el archivo y varias fotografías recogidas al cadáver del llamado general de división Fermín Gutiérrez, que se hacía pasar como jefe de las operaciones en Michoacán, y que fue muerto el pasado día 10 de los corrientes, combatiendo en Las Higuerillas, perteneciente al sector de Tuxpan. Se sabe que dicho individuo tenía numerosos parientes en la población guanajuatense de Pénjamo, y que su verdadero apellido era Navarro. Con la muerte de este cabecilla se tiene las seguridad de la pacificación de esta gran zona”.
Para concluir, reproduzcamos las palabras que Luis escribió el 26 de octubre de 1927, hablando de los cristeros: “Dios sabrá cuál de los dos títulos, espléndidos y gloriosísimos, les dará: si el de víctimas propiciatorias o el de mártires, o el no menos glorioso de vengadores de su divino derecho ultrajado, burlado y escarnecido por los tiranos despreciables de este pobre santo pueblo mártir y predilecto. De todas maneras es sublime nuestra misión y seremos siempre triunfadores de la muerte… siempre será espléndida nuestra victoria sobre la muerte, como espléndida fue la de nuestro Cristo, el amado Rey”.
El 21 de diciembre de 1934 salió de Guadalajara Carmen Alfaro de Navarro para recoger los restos de su amado Luis, sepultado en el Vallecito de Cristo Rey, Colima. Con su hermano menor dejó a sus hijos Ignacio, Guadalupe, Carmen y Margarita. Abordó el tren a Tonilita, estación pequeña, la esperaba Salvador Amezcua, quien sabía dónde reposaban los restos. Emprendieron el camino a caballo, atravesando el río Tizapán, subiendo y bajando cuestas, era largo el camino.
“Me reanimaba el pensamiento de que llegaría al fin… Además me confortaba la idea de que vendría acompañándome y bendiciendo mi obra. Él sabe ya lo que este viaje me ha costado: desde pedir limosna para los gastos que se originaron, hasta los trabajos y fatigas que he pasado.”
La mañana del 23 de diciembre, entraron a una planicie; Salvador identificó el lugar, una cruz en medio de piedras. Llamaron a un hombre que había cavado la sepultura; las señoras del lugar acompañaron a Carmen y los hombres ayudaron a excavar. Oscureciendo encontraron la caja. Al ver los restos amados, Carmen estalló en todo su dolor contenido. Recogieron los huesos, que depositaron en una bolsa. Al terminar, rezaron el Rosario y se fueron a descansar.
El 24 de diciembre caminaron desde las 7 de la mañana, llegaron a La Esperanza, de noche. Descansaron el 25 de diciembre. Celebraron esta festividad escuchando tres Misas. El día 26 a las cinco horas, tomaron el camino a la estación, se despidieron de Salvador, un gran hombre. Carmen Alfaro escribió a sus hijos los pormenores del viaje para recoger los restos de su padre: “Amados hijos, en estas cuántas páginas encontraréis todo el amor y el sacrificio que en la vida se necesita para cumplir con el santo deber que será el que nos lleve al Cielo.”
↑ Chowell, Martín. Luis Navarro Origel –el primer cristero-. Jus, México, 1959, pág. 67
MARÍA ASUNCIÓN SÁNCHEZ Y DE MENDIZÁBAL
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