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Timestamp: 2018-01-18 01:10:37+00:00

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La cuestión aymara en bolivia by Alberto A. Zalles - issuu
Alberto Zalles Cueto De la revuelta campesina a la autonomía política: la crisis boliviana y la cuestión aymara
Artículo aparecido en Nueva Sociedad 182, noviembre-diciembre 2002, pp 106-120.
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La crisis boliviana es una crisis de viabilización de la democracia. Pero también es una crisis de integración de las autonomías regionales y sociales dentro de un proyecto de Estado nacional que no ha podido producirse eficazmente, que no se ha pensado de otra manera que centralista y unitario. Al contrario, el centralismo y el unitarismo bolivianos han sido largamente reforzados a lo largo del siglo pasado; primeramente por los liberales quienes enarbolaron el federalismo que en la práctica les sirvió para cumplir con un objetivo prosaico: trasladar la sede del Gobierno, de Sucre a La Paz, para favorecer el desarrollo
Alberto Zalles Cueto: sociólogo boliviano, especializado en sociedad boliviana, campesinado y estratificación y movilidad social en las áreas rurales. Universidad Laval, Québec. Palabras clave: movimiento aymara, crisis política, Bolivia.
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de sus intereses económicos; en segundo lugar por el nacionalismo revolucionario del MNR cuyo fin fue consolidar al Estado-nación. Esos dos ensayos reformadores en realidad fueron adecuados muy bien a los propósitos caudillistas de los dirigentes y dieron continuidad a una cultura política premoderna –lo cual merece otra reflexión. Ahora bien, el inoperante centralismo quiso ser atenuado en la actualidad a través de la Ley de la Participación Popular, la cual, sin embargo, a estas alturas, sufre dificultades en su aplicación, como lo hace notar la evaluación crítica de Lupe Cajías (La Prensa, 3/7/01). Una cosa es evidente: a través de la mencionada ley el Estado aceptó un problema de fondo: la presencia de distintos sistemas y autonomías sociales y regionales que conviven incómodamente dando una existencia forzada a una Bolivia compuesta por varios países (la retórica multiculturalista habla de un país multiétnico y pluricultural), los cuales están subordinados a un poder central y a una estructura política floja para canalizar sus demandas específicas y con escasa voluntad de representarlos. Una de esas autonomías sociales es la población aymara, la cual se ha distinguido a lo largo de la historia por su cohesión cultural y orgánica, manteniendo de forma paralela al Estado sus autoridades tradicionales. Asimismo la manifestación de su fortaleza autonomista se plasma en la conservación y el desarrollo de su idioma, pero también en la capacidad que tienen los aymaras para actuar en las esferas económicas del mercado interno y en ciertos sectores particulares del comercio internacional de pequeña y mediana escala. El pueblo aymara se ha desarrollo a pesar del Estado, y en su voluntad de contar con operativas instituciones culturales, económicas y sociales, en el presente, incluso podríamos decir que viene reinventando la tradición. Por lo tanto, la resolución de la crisis societal boliviana debe contar al pueblo aymara como a uno de sus principales actores, que, si revisamos los conflictos que se agudizan a partir de septiembre de 2000, se expresa mediante una especie de insurrección permanente, bajo la forma de revuelta campesina. Esa manifestación conflictiva exige un prolijo análisis para comprender su carácter, sus alcances y la conducta de sus líderes; asimismo para comprender la actitud de los principales actores políticos nacionales y de las elites tradicionales.
El pueblo aymara y su historia El pueblo aymara, si nos sujetamos a lo que dice el etnólogo Víctor von Hagen, se constituye en uno de los seis grandes sistemas socioculturales que precedieron al imperio de los incas (p. 39). De otro lado, este pueblo andino logró existir
como una confederación de ayllus entre los siglos IV y X de nuestra era, teniendo como centro político ceremonial a Tiahuanacu, una verdadera urbe situada en las proximidades del lago Titicaca (Ibarra Grasso). Pero el carácter más notable de la sociedad aymara fue su persistencia cultural y organizativa, a pesar de sufrir la dominación, primero de los incas, en segundo lugar de los españoles y luego la marginalización social y política del Estado boliviano, hasta 1953. De ahí que, en la actualidad, su innegable autonomía cultural y su cada vez más evidente deseo de autonomía política han inducido a que los antropólogos definan la sociedad aymara como un «mini-Estado» al interior de Bolivia (Albó/ Carter). El porcentaje de población que habla el aymara alcanza 23% del total de la boliviana, lo que quiere decir que alrededor de un cuarto de los bolivianos son aymaras, apreciación prudente si consideramos las imprecisas fronteras étnicas existentes en el país, donde la «raza» no es más que un término social, de estatus, antes que una cuestion genética o de fenotipo (Klein). Desde el punto de vista político la evolución de su autodeterminación, a lo largo del siglo XX, es decir, en la historia contemporánea, puede ser dividida en tres periodos: – 1874-1900: el periodo de movilización colectiva espontánea de lucha agraria, cuyo impulso contribuye a redefinir al Estado boliviano a comienzos del siglo XX, gracias a la alianza que estableciera José Manuel Pando con las fuerzas campesinas dirigidas por Pablo Zárate Willca (Condarco). Nosotros lo llamamos movilización colectiva espontánea, para enfatizar que el movimiento depende de un liderazgo único y que es casi neutralizado una vez que Zárate Willca es asesinado por los liberales. La consigna de revolución federal fue un argumento movilizador utilizado por el liberalismo de fines del siglo XIX, pero olvidada luego que éstos alcanzaron su principal objetivo político: desplazar del poder a la oligarquía «minero-feudal», postergando, asimismo, la vocación emancipatoria, si no autonomista, de la revuelta aymara. – 1900-1953: el periodo de acción educativa y lucha legal por el reconocimiento de los títulos de composición coloniales, para preservar el derecho a la propiedad de las comunidades ante la expansión latifundista (Antezana; Mamani; Ticona). Este periodo se caracteriza por la emergencia de las escuelas indigenales, autogestionadas por las comunidades y por la revitalización de las autoridades tradicionales al influjo de la legitimación de los títulos coloniales. En suma es una etapa de acción pedagógica y cultural y de aggiornamiento de la estructura organizativa con vistas a la participación ciudadana dentro del proceso de modernización que prometía el siglo XX.
– 1953 hasta nuestros días: el periodo de consolidación de una elite política capaz de disputar el poder a las elites tradicionales –al menos en la región andina boliviana– y la emergencia de líderes campesinos con gran capacidad de negociación frente al Estado. Este periodo culmina con la elección de Víctor Hugo Cárdenas como vicepresidente de la República y la presencia de diputados indígenas en el Parlamento, por ejemplo los diputados Untoja, Loza o Vazques, quienes reivindican sus orígenes étnicos. Asimismo tiene sus antecedentes en la acción sindical de unificación del movimiento campesino, en 1979, cuando se destaca como principal líder Jenaro Flores, y que hoy tiene continuidad en la dirigencia de la Confederación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb).
Ciencias sociales y construcción de la problemática aymara La visión contemporánea de las ciencias sociales sobre los aymaras bolivianos se ha desarrollado a partir de los estudios antropológicos y lingüísticos, entre los cuales se destacan, por su constancia y cantidad, los dirigidos por Xavier Albó. Si bien este antropólogo no es el único que ha dedicado sus trabajos a este pueblo andino, se puede decir que él ha tratado múltiples y diferentes aspectos de los problemas actuales de la sociedad aymara y señalando los rasgos de la modernidad y la urbaniEl Estado zación. A ese propósito, un trabajo sintético es la trireconoce como logía: Chukiyawu, la cara aymara de La Paz. lenguas oficiales De otro lado, los etnólogos e historiadores en su indagación de los orígenes, del proceso y del desarrollo de la cultura aymara han construido una historia que abarca desde la época colonial hasta nuestros días; en este aspecto podemos destacar a Ramiro Condarco, Roberto Choque, Olivia Harris, Carlos Mamani, Tristan Platt, Silvia Rivera, Esteban Ticona.
el quechua, el aymara y el guaraní; sin embargo la misma Constitución no ha sido traducida todavía a esos idiomas
Otro tipo de estudios, de corriente filosófica y culturalista, son los trabajos que se centran en la reflexión sobre el pensamiento aymara. Así, por ejemplo, la obra de Fernando Montes (1986), donde se ensaya definir la mentalidad aymara a partir de las teorías modernas de la psicología. De otra parte, los trabajos de Hans van den Berg, quien, desde una antropología de la religión, analiza algunos aspectos fundamentales de la cosmovisión contemporánea de este pueblo. Además, no se puede dejar de mencionar la literatura de orientación
política, dentro de la cual es esencial la obra de Fausto Reynaga, quien ha diseñado el pensamiento político indianista contemporáneo en Bolivia. Todo este movimiento de las ciencias sociales ha contribuido, a su turno, a definir el marco ideológico del movimiento autonomista aymara, pero sobre todo, ha puesto en debate los problemas centrales de la sociedad y los clivajes del Estado boliviano, de la democracia y de la cultura.
Los factores del conflicto actual El análisis de la crisis actual del Estado-nación y el conflicto que éste muestra respecto al pueblo aymara, sin entrar en un esquema enumerativo, debe centrarse en los factores que exponemos a continuación, los cuales juegan e influyen de manera decisiva en la actual coyuntura política boliviana. El primer factor es la indefinición del Estado boliviano respecto de la evidente autonomía que de facto vive el pueblo aymara, la cual solo es reconocida simbólicamente por el orden constitucional. En tal sentido, es necesario advertir que el Artículo 1º de la Constitución es retórico y voluntarista, pues establece que Bolivia es un país multiétnico y pluricultural sin tomar en cuenta las consecuencias políticas de la «multietnicidad» y el «pluriculturalismo», y sin actuar en consecuencia con esta caracterización, salvo ciertas políticas pedagógicas y culturales que son alegóricas y paternalistas antes que verdaderos elementos de proyección de la autonomía ciudadana para los pueblos indígenas. Es así, por ejemplo, que el Estado reconoce como lenguas oficiales el quechua, el aymara y el guaraní; sin embargo la misma Constitución no ha sido traducida todavía al aymara, al quechua o al guaraní, y tampoco existen los códigos civil o penal en esos idiomas. Es decir no se viabiliza la base jurídica y política del Estado en correspondencia con el artículo en cuestión. Para ilustrar la incapacidad del Estado, digamos entre paréntesis, que las instituciones religiosas fueron y son más dinámicas en el proceso de reconocer y asimilar la autonomía cultural, pues recordemos que la traducción de catecismos y materiales de evangelización tiene sus orígenes en el siglo XVII, y hoy día las iglesias difunden diversas versiones de la Biblia en los principales idiomas nativos. El segundo factor está constituido por el empobrecimiento del país y el estancamiento de la economía agraria y campesina en la región andina (Albarracín 2001). Es innegable que una de las condiciones que influyeron en la pobreza boliviana fue la debacle de la economía minera, patrón central de acumulación del Estado desde 1952. Sin embargo la crisis de aquel modelo económico quiso
ser reencauzada por una política de reformas de un radicalismo privatizador que cubrió toda la institucionalidad, destruyendo virtualmente el tejido económico y social de la nación bajo un pretexto neoliberal. Así, lejos de incentivar el desarrollo de la economía privada y la inversión exterior, se crearon las condiciones de inestabilidad para que ésta no se realizara. No vamos a analizar el problema de la política neoliberal, aunque es necesario subrayar que las consecuencias son duras, pues el empobrecimiento del pueblo es el único resultado de un reformismo que perdió toda su orientación reactivadora y protectora del desarrollo interior. En cuanto a la crisis económica agraria, su resolución es difícil: 1) la reforma agraria de 1952 no aportó nada al desarrollo agrícola de los Andes; lo único que resolvió, de manera política, fue el problema de la propiedad de la tierra, es decir reconoció la propiedad de las comunidades y distribuyó la tierra de las haciendas a propietarios
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individuales inaugurando también el minifundio; 2) a nivel económico, todos los planes de desarrollo estatales y luego no gubernamentales (ONGs, agencias internacionales de cooperación) no pudieron lograr, salvo excepciones, el bienestar económico para el campesinado respetando el régimen comunitario o dinamizando la propiedad individual; 3) la regulación jurídica del estancamiento agrario se pretende encauzarla a través de la Ley INRA, promulgada en 1996. Los campesinos resisten esa ley pues, a pesar de que favorece una nueva redistribución de la propiedad agraria, justifica el libre mercado de la tierra (Deere/ León, p. 36); 4) el Estado en su pobreza y abulia ha resignado la iniciativa del desarrollo Un elemento agrícola al espontaneísmo y a las ONGs; en que coadyuva ese contexto se plantean diversos como fraca la apreciación cionados planes de desarrollo en concordansesgada y parcial cia con la diversidad de fines y visiones de la del movimiento realidad. En resumen, la pobreza rural boliaymara es que viana es insostenible.
tanto los dirigentes, como algunos de sus ideólogos, mitifican al campesinado presentándolo como un «motor» de las transformaciones sociales
El tercer factor es el resultado de la existencia de una elite mezquina, autodestructiva, la cual en gran parte es la principal responsable del atraso de Bolivia. Esa elite está conformada por blancos, mestizos e indígenas, guste o no, se acepte o no, pues una parte de la elite boliviana es indígena. El problema es que quien asciende socialmente reproduce la cultura política de una sociedad premoderna, participa de los prejuicios raciales, de la corrupción y se desespera por acceder al poder a cualquier precio y al más breve corto plazo, como si evidenciara que a largo o a mediano plazo no quedará recurso de que usufructuar.
El movimiento aymara: sus actores El movimiento autonomista aymara tiene tres principales actores: los sindicatos campesinos y organizaciones tradicionales de la comunidad, los intelectuales aymaras y la dirigencia política. Hecha esa breve explicación, podemos decir que lo aymara no es totalmente lo campesino1, aunque el campesinado por
1. Petras y Veltmeyer (p. 100) en una crítica a los estudios de orientación posmodernos señalan la existencia de una diferenciación al interior de los grupos étnicos, lo cual ha difundido la idea de un campesinado uniforme y una sociedad indígena homogénea socialmente.
su volumen y por su cohesión orgánica, se presenta como el dinamizador actual de este movimiento autonomista. Entonces, si bien la Csutcb se atribuye la representatividad de la mayoría, en el fondo, sus dirigentes, intentan deslegitimar a los otros actores y extender su dirección al conjunto del movimiento. El aislamiento campesino, su conducción por un liderazgo personalizado, puede comprometer el sentido autonomista del movimiento en su conjunto y, en casos extremos, provocar la neutralización de los dirigentes, como sucedió en el pasado con Zárate Willca, o que estos sean cooptados por la elite dominante. De otra parte, un elemento que coadyuva a la Si bien es claro apreciación sesgada y parcial del movimiento que la elite política aymara es que tanto los dirigentes, como alguaymara compite nos de sus ideólogos, mitifican al campesinado por el poder –como se hizo en otro tiempo con la clase minera– presentándolo como un «motor» de las transcon las elites formaciones sociales; de más está decir que en tradicionales, Bolivia el sindicalismo y las ciencias sociales vitambién es claro ven esa tradición. que en su interior se
De otra parte, a partir de los años 80, se habla de sobre la gran masa una intelectualidad aymara. En un sentido rescampesina y sobre tringido como intelectualidad aymara se consila población urbana dera generalmente a aquellas personas que desarrollan su trabajo en el ámbito de la investigación social, del trabajo académico y de la promoción de la cultura aymara. Sin embargo de un modo extensivo podemos decir que la nueva intelectualidad aymara se constituye a partir de la primera generación de aymaras que accedieron a los estudios superiores, luego de la Revolución de 1952. En ese sentido la Encuesta Nacional del Empleo del INE de 1997 puede aclararnos el significado cuantitativo de esta población, ya que nos revela la existencia de 998 profesionales universitarios y 14.332 educadores cuyo «idioma habitual es el aymara»; anotemos también que esta encuesta es una muestra y de ninguna manera abarca todo el universo de la población boliviana. Los campesinistas frecuentemente niegan la representatividad identitaria a los profesionales o la gente que ha accedido a la universidad, incluso los representan como mestizos, «alejados de sus orígenes». Sin embargo, desde un punto de vista sociológico, hay que decir que los profesionales expresan la voluntad que tuvieron sus familias, las más de las veces campesinas, de conquistarles un nuevo estatus social y ocupacional. Sin pensar, en desmedro del campesinado, que los intelectuales y profesionales son los llamados a redefinir el proyecto aymara, es bueno decir que este sector puede ser un actor importante en la resolución de la autonomía aymara con menor costo humano
y no violento. Dicho de otra manera, este recurso humano puede ser la base para crear la institucionalidad de la moderna democracia aymara. Esta idea la sugirió ya Tristan Platt cuando se refirió al desarrollo del pensamiento político de esta población. En lo que toca a la elite política aymara, ella ha logrado un importante espacio en el sistema político, especialmente luego de que Víctor Hugo Cárdenas accediera a la vicepresidencia de la nación. No creemos pertinente realizar un resumen histórico de su emergencia, de las influencias y de las circunstancias en las cuales fue formada, ya que sobre el tema existe un amplia literatura. Lo que nos interesa señalar son los siguientes aspectos: primero, la elite política aymara no ha logrado articularse alrededor de un partido único, es decir los aymaras no han sabido explotar su ventaja de constituir una nación, un «mini-Estado». Las diferentes tendencias existentes actúan –políticamente– como pequeños partidos y todavía están dispersos al interior de los partidos tradicionales. El fraccionamiento de la elite política también responde a la segmentación de la población aymara, la cual, en el decir de los antropólogos, contiene al menos una subcultura: los aymaras de la urbe (Albó 1980). En segundo lugar, la clase política aymara no parece haberse liberado de la cultura que impregna el ambiente de la política boliviana. Los principales dirigentes políticos aymaras, los diputados y los representantes locales participan material y culturalmente del sistema clientelar, de ahí que, los juicios morales que se lanzan entre sí tienen la característica de mostrar un ideal de renovación de la política, pero autolegitimando a cada quien como genuino representante del pueblo aymara. Además, si bien es claro que la elite política aymara compite por el poder con las elites tradicionales, también es claro que en su interior se disputa el liderazgo sobre la gran masa campesina y sobre la población urbana de La Paz y de las principales ciudades intermedias del altiplano andino. Un cuarto actor, que no debe ser olvidado, es el conjunto de aquellos aymaras que han alcanzado un importante nivel de riqueza mediante el dominio de ciertos sectores específicos de la economía regional, del comercio y del transporte. Sin embargo, este sector no expresa, de cara a la sociedad global, intereses homogéneos y étnicamente reivindicativos: su movilidad social ascendente y éxito económico parece condicionar su prudencia política, aunque no cabe duda que prefieren manifestarse y ostentar su riqueza a través de la simbología cultural de las festividades religiosas, especialmente la del Gran Poder, fiesta que se realiza en junio en La Paz2. 2. Esa conducta y la emergencia misma de esta elite se retrata en el libro Los señores del Gran Poder.
El espíritu conservador y el miedo de las elites tradicionales bolivianas Las elites tradicionales, es decir las legitimadas, estos últimos años, fueron eco de una retórica multiculturalista sin percibir las consecuencias políticas y responsabilidades que ello supone. Pareciera que el país multiétnico y pluricultural lo aceptan en tanto solamente sea un lúgubre epíteto constitucional que sirve para autoconvencerles que la democracia también existe en los extramuros de la ciudad, es decir más allá de la plaza Murillo, de Miraflores y de Cala-Cala. De esa forma esa elite demuestra falta de una sincera voluntad para redefinir el Estado y coadyuvar a hacer posible el desarrollo democrático, la reforma social y cultural; pero lo que es peor, esa elite reacciona de manera primaria y temerosa: ¡juzga y no analiza!, pues la innegable emergencia de la autonomía aymara, a través de una revuelta campesina, que no deja de ser continua y permanente, les escandaliza. Y en ese sentido hay que decirlo bien: la revuelta campesina implica una vieja cuestión no resuelta, la cual ha sido muy bien explicada por la antropología, la historia, las ciencias sociales (Xavier Albó, Ramiro Condarco, Carlos Mamani, Tristan Platt, Esteban Ticona, Nathan Watchel). La cuestión aymara simplemente ha encontrado una coyuntura crítica para expresarse y la acción sindical, a la que la reducen las elites tradicionales, debe ser comprendida con sus otros actores que, usando la caracterización de Víctor Hugo Cárdenas, son el katarismo cultural –los intelectuales aymaras– y el katarismo político, quienes, en última instancia pueden completar el sentido profundo del deseo autonomista que tarde o temprano será un factor central en el cual se apoye la redefinición del Estado-nación. Ahora bien, nos parece increíble el sentimiento flojo y poco reflexivo de las elites tradicionales, un conservadurismo que invade a los intelectuales y a los principales editorialistas de la prensa. Para ilustrar lo que decimos, de manera clara y empírica, veamos algunas ideas que se grabaron en las páginas de los periódicos las últimas semanas de julio, momento crítico en el cual algunos advertían la descomposición misma de la nación boliviana. Comencemos con las reflexiones del sociólogo Fernado Mayorga quien en un tono liberal, de defensa de las minorías dice: «No es para sonreír el ‘nuevo contrato social’ que quiere ser la base de la ‘nación aymara’ porque se sustenta en el despotismo de una mayoría conducida por un caudillo poseído de mesianismo apocalíptico» (La Razón, 20/7/01). A su turno Orlando Mercado Camacho, no solamente juzga el momento político, sino que se anima a definir toscamente el régimen político de las sociedades andinas: «No olvidemos que las sociedades andinas han sido autoritarias (…) La autoridad en las sociedades andinas
Es totalmente irreal negar la existencia de la cuestión aymara como una cuestión de voluntad de autodeterminación. La autonomía aymara de otra parte no tendría por qué escandalizar a los otros bolivianos o sembrar la sospecha
se ejerció de manera vertical e inconsulta, siendo la misma manifestación del ‘Estado’ autocrático y teocéntrico» (Los Tiempos, 20/ 7/01). De otra parte, en tono patriótico y policial Ramiro Prudencio Lizón pide una «enérgica» intervención: «Si el Gobierno y las instituciones democráticas no efectúan una enérgica reacción nacionalista y anteponen a esas iniciativas separatistas los ideales de nación boliviana y de patriotismo integral, Bolivia podría comenzar un proceso de desintegración que a la larga podría degenerar en una verdadera ruptura de la unidad nacional» (La Razón, 20/7/01).
Por último Carlos D. Mesa Gisbert, cuya opinión, por su prestigio, suele influir en el curso de la vida boliviana, en un tono realista advierte: Felipe Quispe es quizás el ejemplo más dramático pero a la vez más ilustrativo de la lógica de la guerra… Si por él fuera, este país como lo concebimos sería sustituido de un plumazo por otro, pero él sabe hasta dónde puede llegar, sabe lo que está detrás de su discurso ultrista (que si pudiera imponer impondría sin un milímetro de duda)… Felipe Quispe sabe lo que quiere y actúa en consecuencia (La Prensa, 22/7/01).
Nosotros podríamos hacer una verdadera antología con ese tipo de pronunciamientos, sin embargo pasemos al análisis. Naturalmente, ese ambiente conservador no ayuda a la resolución de los conflictos por la vía del debate, del argumento sociológicamente fundado y no coadyuva a la redefinición del Estado boliviano y a la producción de una democracia que incluya prácticamente en su proyecto las aspiraciones autonomistas del movimiento aymara y con ello de las regiones. Los intelectuales y los periodistas no proponen metodologías operativas para una reforma estatal y societal o simplemente para la consulta ciudadana; no conciben la democracia como un mecanismo de transformación y de reforma permanente y no proponen un referéndum, una constituyente, ni se prestan como mediadores de un proyecto autonomista que podría ser único entre los países donde las poblaciones indígenas son mayoritarias y donde la clasificación racial es ante todo una atribución de estatus o una autorrepresentación. En lugar de la exhortación temerosa los periodistas debían dar paso a los diferentes actores de la nación aymara, para comprender que el proyecto autonomista es pluralista en sus fuerzas interiores, para comprender ese «mini-Estado».
NUEVA SOCIEDAD  De la revuelta campesina a la autonomía política: la crisis boliviana y la cuestión aymara írez/Nueva ilberto Ram © 2002 G Sociedad
Desafíos, cuestionamientos y escenarios en torno de la cuestión aymara Primeramente digamos que es totalmente irreal negar la existencia de la cuestión aymara como una cuestión de voluntad de autodeterminación. La autonomía aymara de otra parte no tendría por qué escandalizar a los otros bolivianos o sembrar la sospecha. Naciones como Bélgica, Canadá, España, Estados Unidos, Suiza han favorecido las autonomías locales y lingüísticas sin comprometer su soberanía; al contrario por esa vía han fortalecido sus sociedades globales.
De otra parte, el problema de la resolución de esta voluntad de autodeterminación corresponde a los aymaras mismos; a una elite emergente que debe ponerse de acuerdo para redefinirse a sí misma y para redefinir a Bolivia. Es decir, los principales actores del movimiento aymara tendrán que dotarse de una institucionalidad política y organizativa que funcione en el presente y que permita conciliar las tendencias e intereses particulares de sus dirigentes, de los grupos, respetando las reglas de la democracia (tradicional o moderna), para de esa manera activar la promoción de los talentos de la base y garantizar la fluidez de las ideas; una actitud similar debe fomentarse entre las elites tradicionales, pues sin duda ellas son también responsables de la construcción ciudadana y del desarrollo del país, ya que la democracia consiste en evitar que las elites sean cerradas, y que el poder y los recursos sean monopolio de unos cuantos. Una autonomía aymara, sólo puede ser posible si los actores establecen una política interior y exterior clara, mecanismos de representación operativos y sobre todo fomentar el desarrollo ciudadano. Si no se trabaja en función de la institucionalización democrática, la legitimación interna y externa de la autonomía será imposible. Asimismo, el movimiento autonomista tiene todavía un largo camino por recorrer en la construcción de su imagen hacia el exterior de Bolivia, es decir dar a conocer la dimensión de sus proyecciones a las instituciones suprapolíticas internacionales, pues es evidente que, en la actualidad, el desarrollo de la política interior de los Estados depende fuertemente de la comunidad internacional. De otra parte, es posible que el desarrollo autonomista de los aymaras bolivianos repercuta en la región andina; en ese sentido es de esperar diversos tipos de pronunciamientos, positivos y negativos, de la parte de Chile y del Perú, ya que no hay que olvidar que la población aymara tiene presencia en el norte chileno y en buena parte del sur peruano. Por último es importante decir que la autonomía sobrepasará la condición de revuelta rural solamente si se conforma una constituyente aymara, un parlamento aymara, donde se representen todas las tendencias del movimiento y sobre todo actúen en comunidad de objetivos sus diferentes líderes y personalidades. Asimismo, los líderes deben sobrepasar sus propios prejuicios: la tradición implantada como ideología, el abuso de la memoria –como diría Tzvetan Todorov– y la asunsión del rol excluidos que sobredimensionando las desdichas bolivianas. De otro lado, las elites aymaras tienen el desafío de afinar su proyecto autonomista y formular su opción societal sometiéndola a un amplio debate y a una reflexión crítica.
Conclusiones El pueblo o la nación aymara, a partir del proceso de desarrollo de su autonomía, se perfila como uno de los actores fundamentales en la redefinición del Estado boliviano. Los actores del movimiento aymara son varios y si bien la revuelta campesina parece mostrar su fuerza, el movimiento como proyecto autonomista no ha integrado a todos los actores, los cuales están políticamente fraccionados. Los líderes del movimiento no dejan de tener una tentación mesiánica; sin embargo, es importante considerar que se abre un nuevo periodo en la historia de la lucha política y reivindicativa del pueblo aymara. Las elites tradicionales y los intelectuales, especialmente en su pronunciamiento a través de la prensa nacional expresan una cerrada ortodoxia y conservadurismo en la visión de la realidad social, de las fuerzas sociales emergentes. Los actores políticos aymaras proponen un proyecto autonomista, el cual no es exclusivo de su construcción, pues el mismo deviene de la propia historia de este pueblo, de las ideas que le aportaron los cientistas sociales y los intelectuales indigenistas, y de la movilidad social que se ha producido en los últimos 50 años de la sociedad boliviana.
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