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Timestamp: 2018-05-27 08:00:20+00:00

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HABÍA NACIDO EL KIRCHNERISMO | Panamá Revista
13 / 03 | A 10 años de la 125
Se cumplen diez años del conflicto de la 125. Y en el recuerdo de eso que nos marcó a todos, Panamá ofrece una serie de textos de análisis y memoria. La política cambió y no volvió a ser lo que era. Para bien o para mal. Aquí, un texto de Mariana Moyano que reconstruye el rol político de intelectuales, militantes, docentes e instituciones académicas y la interpretación temprana sobre el conflicto de fondo.
Mariana M. @mmlamoyano
El gesto y la expresión de este hombre parecían en línea con el sentimiento general de quienes estábamos esa madrugada del 17 de julio parados sobre la avenida Entre Ríos siguiendo a través de la pantalla gigante las alternativas de la votación en el Senado de la resolución 125. Pero él no estaba (solo) azorado. En la mirada de este experimentado hombre de la política y entonces intendente había algo más. Tenía el rictus de quien acaba de hacer un descubrimiento. Por eso no dijo “qué hijo de puta este traidor” ni pegó un alarido de furia. Se quedó quieto y calmo nos susurró a quienes estábamos cerca: “no sabe lo que hizo, Cobos no tiene la menor idea de lo que termina de crear: le acaba de desatar las manos a Néstor”. En ese instante no lo vimos con la total claridad de meses después, pero ese barón del conurbano que conocía a Kirchner en serio lo comprendió al instante: había nacido el kirchnerismo.
El 10 de marzo fue, burocráticamente, un día más en el Estado Nacional. A ninguno de los poderosos le simpatizaba la recién llegada como Presidenta, pero eso no era novedad ni era especialmente motivo de debate ese día. Nadie esperaba la tempestad. Martín Lousteau y Alberto Fernández les habían asegurado a Cristina Fernández y a su esposo que los cálculos no sólo estaban perfectamente hechos sino que con un par de reuniones limaban cualquier aspereza que la resolución, que el entonces Ministro de Economía había firmado ese día, pudiera generar.
"“no sabe lo que hizo, Cobos no tiene la menor idea de lo que termina de crear: le acaba de desatar las manos a Néstor”"
No es un texto ni especialmente extenso, ni particularmente complejo a excepción de las fórmulas matemáticas. Dice la letra fría de la administración pública: “Ministerio de Economía y Producción. NOMENCLATURA COMÚN DEL MERCOSUR. Resolución 125/2008. Derechos de exportación. Fórmula de determinación aplicable a determinadas posiciones arancelarias correspondientes a cereales y oleaginosas. Bs. As., 10/3/2008” al inicio. Explica ese texto las modificaciones que sufrirá la alícuota de los derechos de exportación y finaliza con los artículos noveno y décimo que son, apenas, de forma: “La presente resolución comenzará a regir a partir del día siguiente al de su publicación en el Boletín Oficial” y “Comuníquese, publíquese, dése a la Dirección Nacional del Registro Oficial y archívese. — Martín Lousteau”.
Y, así fue. El 11 de marzo era el día de la puesta en marcha de la resolución 125 y fue la jornada en que comenzó el estallido político más fenomenal que se recuerde desde la asonada carapintada de Semana Santa. Desde esa fecha y durante tres vertiginosos meses el país estuvo en vilo, en guardia y con niveles de movilización insospechados. Fueron 90 días que conmovieron a la Argentina, fue el hecho político bisagra en la historia política local.
Sólo quienes estaban empapados con la temática “campera” o formaban parte del sector, conocían la importancia de ese enfrentamiento aun sordo. Unos pocos sospechaban que ese “período ventana” terminaba en contagio masivo.
12, 13 y 14 de marzo fueron días de negociaciones, puteadas, alaridos y sorpresas dentro de casi toda la estructura del Estado. Pocos, muy pocos, vieron y previeron el huracán que una resolución tan específica iba a provocar. Pero los involucrados directos encontraron en ella un guiño, una señal de largada, para las broncas que acarreaban desde 2007 o porque Monsanto no reinaba ya a piacere en el gobierno, o porque la candidata terminó siendo ella en lugar de él o porque la cuota Hilton se negociaba con mano un poco más firme desde el Estado.
"dos personas y una institución olfatearon la que se venía: Nicolás Casullo, Luis D´Elía y las autoridades de esos años de Facultad de Ciencias Sociales de la UBA"
Clarín aprovechó la hendija y coló el veneno que ya venía juntando desde hacía un tiempito. Porque pese a la concesión -imperdonable- que Néstor Kirchner le había hecho con la fusión autorizada por él en 2007, “El Grupo” seguía sin digerir que la candidata hubiese sido ella. Necesitaban el pato rengo y no a esa señora altiva de tacos de 20 centímetros que los miraba con asco.
Todavía no habían partido pantalla, aún no habían desplegado el arsenal massmediático más fenomenal del que se tenga memoria de 1983 para acá contra un gobierno democrático, pero se olía. El clima que aún no había sido magistralmente definido como “destituyente”, en algunos sitios podía percibirse.
Con estilos, tipos de formación, modos, modales, vínculos y trayectorias muy disímiles, dos personas y una institución olfatearon la que se venía: Nicolás Casullo, Luis D´Elía y las autoridades de esos años de Facultad de Ciencias Sociales de la UBA entendieron de modo cabal que no estábamos comenzando una discusión sobre oleaginosas sino sobre uno de los nudos históricos del poder en nuestro país.
El 24 de marzo fuimos a la Plaza como en cada convocatoria. Aunque, como siempre, las manifestaciones de repudio a la dictadura cívico militar son cajas de resonancia de los conflictos, debates y peleas de la coyuntura, en esa marcha no sucedió nada en particular. Salvo que, un poco gracias a la memoria oral peronista y otro tanto a la especificidad del sector, al “paro” de “el campo” ya le habíamos podido poner nombre: se llamaba “lockout”.
Pese a contar con la definición y a comprender que algo estaba en marcha, nos costaba explicar acabadamente eso que sentíamos/pensábamos. Sin embargo, quienes estamos atravesados por la política tenemos el recuerdo intacto de que nuestras vidas privadas y colectivas estaban en estado de alerta y movilización. Algo se estaba jugando en la esfera pública; en la calle y en los medios. Quizás no sabíamos todavía exactamente qué.
"quienes estamos atravesados por la política tenemos el recuerdo intacto de que nuestras vidas privadas y colectivas estaban en estado de alerta y movilización"
“Por encima de claros errores del Gobierno en no diferenciar los universos socieconómicos de los productores (…) La actuación de lo massmediático audiovisual resultó una experiencia casi inédita de impudicia, obscenidad ideológica y violentación de toda ‘objetividad’ en cuanto a política de la imagen y de los encuadres de parte de los canales y sus noticias. Un cóctel de distorsión, analfabetismo, prejuicio y racismo. (…) Los acercamientos de cámaras donde 100 parecen 10.000, los diálogos donde es peor la ideología del cronista que la del propio entrevistado fascistoide, la conversión de la Sociedad Rural y Coninagro en revuelta de una suerte de ‘campesinado’ andino escapando del napalm, la falta de toda intención ordenadora de los significados que están en juego hacen del noticierismo porteño la ‘natural’ y/o alentada derechización ideológica con que se baña cotidianamente nuestra sociedad mirando la pantalla”, escribió Casullo. Pero recién en mayo de ese año lo dijo así, con esas palabras. Antes fue acción; una vertiginosa y apasionante secuencia de hechos que marcaron para siempre a la política argentina.
Desde temprano, ese 25 de marzo, empezaron a oírse cacerolas que tronaron a modo de escarmiento contra el “piquetes de la abundancia” con que la Presidenta Cristina Fernández había definido ese mismo día a los cortes de ruta y el paro por tiempo indeterminado que había lanzado la Mesa de Enlace. Estallaba oficial y abiertamente el enfrentamiento.
Por eso debe haber sido que me recosté a mirar la televisión a la espera del “Qué hacer”; indicaciones e invitaciones para las que no contábamos ni con Lenin, ni con Whatsapp, ni con posibilidades de viralización. La calle, el palacio y “la gente” sin Twitter.
Como a la 1 AM del ya 26, el rostro transpirado y la voz ronca de D’Elía ocupan todo el VIVO de la TV y convoca a Plaza de Mayo a “detener el golpe”. Era tan desprolijo el llamado como fenomenal la contraposición con esos ciudadanos de-a-pie-espontáneos que tanto ama la cámara y que aún estaban llegando a las cercanías de la Casa Rosada.
"no contábamos ni con Lenin, ni con Whatsapp, ni con posibilidades de viralización. La calle, el palacio y “la gente” sin Twitter"
Haberme acostado con el jean puesto me hizo ganar tiempo y desde aquel entonces mantengo la sensación de haber estado 90 días con la misma ropa y en vilo: como en un frente de batalla que combinaba marchar, pensar, escribir y crear pero sin solución de continuidad.
En Plaza de Mayo no éramos más de 500 o 1000 pero el canto a los alaridos de la marcha peronista funcionó como el ajo con los vampiros y los caceroleros que quedaban se “refugiaron” en las escalinatas de la Catedral, en una especie de remake de un corpus christi bastante menos orgánico y veloz, dos características que se expandirían por los tres meses por venir.
Ese día, esa noche, la maquinaria mediática puso en funcionamiento los más perversos y tramposos dispositivos, herramientas, mecanismos discursivos, narrativas y modos de selección a los que puede recurrir un discurso social. La mayoría de los y las periodistas (algunas de las cuales hoy se embanderan en causas inclusivas) fueron obscenos: no sólo avalaban y fomentaban la implicancia de partir una pantalla en TV -eso de poner al mismo nivel a una autoridad electa democráticamente por su pueblo y a un referente sectorial y permitir que sus gestos agraviantes la burlaran- sino que sin siquiera pestañear diferenciaban a “la gente” (adherentes a la Mesa de Enlace) de los “piqueteros” (quienes apoyaban al entonces gobierno nacional).
En aquel momento no había, fuera de casi cualquier ámbito universitario, ojo acostumbrado a analizar el poder de las formas de relatar y de las construcciones narrativas. Lo sabíamos quienes habíamos atravesado casi toda nuestra vida adulta en la carrera de Ciencias de la Comunicación y de la Facultad de Ciencias Sociales. Pero lo que sucedía frente a nuestros ojos y oídos era directamente intolerable por lo antidemocrático. Así que, aun a sabiendas de que íbamos a contrapelo del sentido común, actuamos.
El martes 1 de abril el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA votaría una resolución que junto al informe sobre la cobertura de medios del inicio del conflicto de la 125 pondría –y no exagero- patas para arriba la escena de debate comunicacional de nuestro país.
"Pero lo que sucedía frente a nuestros ojos y oídos era directamente intolerable por lo antidemocrático"
“VISTO, la actuación de la mayoría de los medios de comunicación con motivo de la cobertura del lockout planteado por los productores agropecuarios; y CONSIDERANDO, que los medios de comunicación son mayoritariamente empresas configuradas como sociedades comerciales que aún cuando desarrollen una actividad comercial lícita, cabe reclamárseles responsabilidad ética y función social distintivas. (…) Que el reconocimiento al derecho a la información como derecho humano importa garantizar no sólo la libertad de expresión sin censura previa por los propietarios de los medios de comunicación y los periodistas, sino también y fundamentalmente los derechos de quienes reciben informaciones y opiniones como un derecho humano esencial de contenido individual y social de doble vía;Que, durante el tratamiento periodístico de los hechos vinculados al lockout de la actividad agrícola-ganadera, han existido expresiones de periodistas – no corregidas ni enmendadas por colegas del propio medio o sus superiores – que lejos de importar afirmaciones de hechos o apreciaciones opinables, llenan de vergüenza e indignación por sus contenidos clasistas y racistas, y por la supina ignorancia que revelan;Que el público de los medios ha recibido muestras inadmisibles de trato discriminatorio de los actores sociales según su capacidad económica o su pertenencia de clase ante formas similares de reclamo de derechos; (…) Que ello pone de manifiesto, en particular para los medios audiovisuales una constatación empírica de la necesidad de la sanción de una ley democrática de radiodifusión que garantice los derechos del público a acceder a información plural, lo que conlleva la existencia de medidas tendientes a controlar los procesos de concentración mediática y de maniobras de monopolio informativo;Que para nuestra Facultad, que alberga a la Carrera de Ciencias de la Comunicación, los medios de comunicación y la actividad de los periodistas profesionales constituyen dos de sus principales objetos de estudio; EL CONSEJO DIRECTIVO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALESRESUELVE:Artículo 1º- Expresar el repudio a las expresiones discriminatorias a las que hemos asistido con motivo del conflicto provocado por el lockout de los productores agropecuarios, tanto por las referencias de clase o por invocar el color de la piel o la situación social.Artículo 2º- Exhortar al Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) para que en el ámbito de sus facultades: (…) Proceda a realizar las actividades previstas en la Propuesta Nº 208 del Plan Nacional contra la Discriminación, aprobado mediante el Decreto Nº 1086/05 por medio del Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión, y de acuerdo a sus objetivos, en los espacios referidos en el punto anterior publique el seguimiento de los contenidos de las emisiones de radio y televisión referidas en los considerandos y difunda las conclusiones respectivas”.
La única palabra que describe con precisión los acontecimientos que se sucedieron luego es vértigo. El diario Página 12 publica al día siguiente una nota sobre la resolución de la Facultad y a modo de Sauron, los ojos del poder mediático se posan sobre esa siempre díscola Facultad estatal. En paralelo, Nicolás Casullo y Horacio González comienzan una red vía correo electrónico en la cual nos transmiten su preocupación por lo que “estamos viviendo” y convocan a un grupo a una reunión que iba a tener lugar el feriado del 2 de abril en la Biblioteca Nacional. Los jóvenes del peronismo (la era paleozoica de La Cámpora, mal que le pese a la épica) comenzaban a tímidamente reunirse para convertirse en algo colectivo. Cristina Fernández de Kirchner se entera a través de Página 12 de la resolución de la Facultad y para interiorizarse invita a las autoridades de esa casa de estudios a una reunión en Casa de Gobierno que tiene lugar el viernes 4 de abril. No dimensionamos, pero estábamos gestando -y esto no lleva consigo ningún tipo de connotación negativa- la tormenta perfecta.
"La única palabra que describe con precisión los acontecimientos que se sucedieron luego es vértigo"
“Si no me llevás a esa reunión no te hablo más”, le dije impune al entonces Decano de Sociales, Federico Schuster, quien junto al vicedecano Damián Loreti y otras autoridades había sido invitado a la reunión con la Presidenta.
Por ese entonces además de docente era la encargada de las áreas de Prensa y Comunicación de la Facultad y había elaborado una reseña sobre la cobertura de los medios durante esos días del inicio del lockout, así que agregué: “No podemos caer con las manos vacías. Llevémosle el informe”.
Schuster, cuidadoso, dice:
-Pero no lo podemos llevar como algo de la Facultad. Es de las autoridades pero no podemos meter a toda la institución en esa mirada.
-Lo firmo yo y me hago cargo. Si hay problemas, tenés mi renuncia.
Concurrimos a la reunión en Casa de Gobierno. De un lado de la mesa del salón Presidencial estábamos los invitados de Sociales y enfrente una fila de funcionarios, entre los que se encontraba Gabriel Mariotto -flamante subsecretario de Medios-, un docente y compañero de siempre en nuestra larga batalla en pos de una democratización del sistema de medios.
No lo habíamos pergeñado pero no podíamos dejar pasar la oportunidad. Durante el extenso encuentro, mientras la jefa de Estado ojeaba el informe que había elaborado, sugerimos que era urgente que el Estado pensara en la necesidad de una ley de medios de la democracia. “Aunque, claro, si por unos porotos de soja pasa esto… Con los medios va a ser imposible”, dijo uno de nosotros. Sin mucha esperanza nos estábamos tirando el lance.
Nos miramos, sonreímos cómplices y ella pareció darse cuenta. Se detuvo el tiempo. Cristina Fernández nos clavó la mirada y lanzó: “Es imposible, pero alguien tiene que hacerlo”.
Cuando atravesamos la puerta de Casa de Gobierno, la tormenta perfecta se había desatado. Lo supe de inmediato: cuando encendí el teléfono celular tenía decenas de mensajes de voz de colegas. Una mayoría me puteaba por haber escrito un texto que “le regala a la política que conozca cómo trabajamos los periodistas”. Otro grupo me pedía “el informe de la UBA” que no era otra cosa que ese trabajo que decidí firmar con nombre y apellido no por figuración sino por responsabilidad. Y apenas dos periodistas nos felicitaban.
"-Lo firmo yo y me hago cargo. Si hay problemas, tenés mi renuncia."
Habrá quienes dirán que fue en otro momento, en otra oficina, en otras mentes, en otros escritorios, pero tengo la certeza de que allí nació algo absolutamente nuevo: Intelectuales de fuste ponían el cuerpo y su mente para pensar la coyuntura que tenían pegada. Leonardo Favio, Eduardo Grüner y León Rozitchner debatían de igual a igual con jóvenes militantes que se rompían la cabeza para pensar modos de convocatoria originales. Martín Rodríguez, Favio y yo perdimos una votación de Carta Abierta (cuando Martín solicitó una delegación de intelectuales en la carpa de la JP frente al Congreso). Fue nuestro fracaso ejemplar más exitoso.
El grupo de intelectuales más importantes y respetado de nuestro país no sólo se conformaba como espacio sino que iba a encontrar la palabra que mejor definiría el comportamiento de la derecha antidemocrática de la última década en América Latina: “destituyente” sería hasta hoy la definición más acabada de los movimientos subterráneos del poder real cuando lo tocan donde duele.
El poder absoluto de la televisión le refutaba a una Facultad Nacional y sus profesores y estudiantes llenaban las aulas de realidad tangible e inmediata. Los 10 mandamientos del sistema mediático eran puestos en cuestión. Y la derecha debía copar la calle con ciudadanía activa para mostrar su poder de fuego.
Estábamos tocando por primera vez el tótem sagrado del liberalismo, el periodismo y su estandarte mentiroso de la objetividad. La pelea se estaba desatando por apenas rozar intereses de ese sector que, durante 200 años, nos habían dicho era sinónimo de Patria y cuyos hijos dilectos habían establecido las reglas desde el inicio de nuestra Nación. Nada igual se había vivido en décadas en nuestro país.
¿Qué tienen que ver las oleaginosas con los periodistas? Preguntaba desde los medios de comunicación la mayoría de los presentadores en un gesto de cara de póker o de perro que mira para otro lado luego de tumbar el tarro. Nosotros nos habíamos dado cuenta. Ellos también.
"en medio de páginas y páginas sobre soja, sorgo, cereal y paros; de cortes de ruta, insultos y gritos; de apuestas numéricas en el Congreso, renuncias e internas, una nota que titula “Qué se esconde detrás del debate sobre la futura Ley de Radiodifusión”"
Por eso Clarín publica la -a mi juicio- nota más emblemática de todo el conflicto: en medio de páginas y páginas sobre soja, sorgo, cereal y paros; de cortes de ruta, insultos y gritos; de apuestas numéricas en el Congreso, renuncias e internas, una nota que titula “Qué se esconde detrás del debate sobre la futura Ley de Radiodifusión”. Iba sin firma, era la voz del grupo.
“La amplitud y riqueza de la comunicación está garantizada solamente por la debida rendición de cuentas del Ejecutivo sobre las cuestiones de interés público, y no, a la inversa, por el control del Estado sobre lo que se publica o lo que se dice en los canales y en las radios”, dice el texto y en ese párrafo perdido está la palabra que hace las veces de Aleph del conflicto. “Solamente”. Lo que para nuestro sistema de leyes escritas y no, para nuestro sistema de valores, garantiza el funcionamiento social es que solamente el Estado rinda cuentas. No los privados, no las empresas, no el poder económico. El mandato indicaba que solamente lo público debía ser puesto bajo la lupa. Pero un gobierno, un grupo social, una parte movilizada del pueblo había dicho que no. Sobre eso giraba la verdadera discusión.
Estábamos empezando a hablar claramente. Estábamos hablando de alícuotas, de soja, de exportaciones, de dólares. Pero, sobre todo, la Argentina había empezado a hablar y a nombrar al poder, el real, el que necesita ser invisible.
El gobierno había cometido -y siguió cometiendo- miles de errores y este texto sería incluso más largo de lo que ya es si nos pusiéramos a enumerarlos. Pero en ese abril de 2008 no le fueron al corazón por las equivocaciones. Lo que no le perdonaron (y quizás sea lo que no le perdonan aún hoy) es que desde el peronismo en el Estado haya decidido correr el velo y mostrar las bambalinas; dar a conocer quiénes son y cómo operan los dueños históricos del poder real y simbólico de la Argentina.
Algo había crujido. En 10 años sucedió de todo. Ganaron unos, perdieron otros. Hubo renuncias, partidas, traiciones y muertes. Pero nada volvió a conmover la columna vertebral de la política argentina como las consecuencias de aquella resolución. Por eso 125 más que un número en un expediente del Estado define ya a toda una época.

References: resolución 
 Resolución 
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