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Timestamp: 2017-03-24 06:25:44+00:00

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Lectura sesión 2 by leandro cisneros - issuu
PRINCIPALES TENDENCIAS Y PROPUESTAS
CAMPANARIO, JUAN MIGUEL y MOYA, AIDA
Grupo de Investigación en Aprendizaje de las Ciencias. Departamento de Física.
Universidad de Alcalá de Henares. 28871 Alcalá de Henares. Madrid
In this article we review the main current tendencies and approaches for teaching science. We analyze each one of these
proposals and evaluate their main advantages and shortcomings.
INTRODUCCIÓN: LA ENSEÑANZA TRADICIONAL Y LA NECESIDAD DE NUEVOS
La investigación en didáctica de las ciencias ha identificado diversas dificultades en los procesos de aprendizaje de las ciencias que podríamos denominar «clásicas».
Entre estas dificultades cabe citar la estructura lógica de
los contenidos conceptuales, el nivel de exigencia formal de los mismos y la influencia de los conocimientos
previos y preconcepciones del alumno. En los últimos
años se detecta un cierto desplazamiento en los centros
de interés de la investigación y se presta cada vez más
atención a factores tales como las concepciones epistemológicas de los alumnos, sus estrategias de razonamiento o a la metacognición.
alumnos piensan que el conocimiento científico se articula en forma de ecuaciones y definiciones que tienen
que ser memorizadas más que comprendidas. Hoy sabemos que este tipo de factores constituye un obstáculo
formidable para el aprendizaje de las ciencias y es
responsable de muchos de los fracasos que registran los
enfoques que se proponen para la enseñanza de las
ciencias (Linder, 1993). Lo peor de todo es que los factores anteriores no son meros obstáculos pasivos que hay
que eliminar, sino verdaderos elementos opositores
activos que sesgan y filtran los conocimientos académicos.
Las concepciones epistemológicas se refieren a las ideas
acerca del conocimiento en general o, en nuestro caso,
acerca del conocimiento científico: cómo se estructura,
cómo evoluciona y cómo se produce (Hammer, 1994).
Las concepciones epistemológicas sobre la ciencia guardan relación con las concepciones sobre cómo se aprende el conocimiento científico. Por ejemplo, muchos
Por otra parte, existe amplia evidencia de que, cuando
los alumnos abordan el análisis de problemas científicos, utilizan estrategias de razonamiento y metodologías
superficiales (Carrascosa y Gil, 1985) o aplican heurísticos importados del contexto cotidiano pero de dudosa
utilidad cuando se trabaja con contenidos científicos
(Pozo, Sanz, Gómez y Limón, 1991).
ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS, 1999, 17 (2), 179-192
Para acabar de complicar las cosas, en muchas ocasiones
las estrategias metacognitivas de los alumnos son realmente pobres. Uno de los «nuevos» problemas detectados en los alumnos de ciencias es que aplican criterios de
comprensión limitados, de manera que no siempre son
capaces de formular sus dificultades como problemas de
comprensión; es decir, no saben que no saben (Otero y
Campanario, 1990; Campanario, 1995). Las destrezas
metacognitivas son especialmente relevantes en el aprendizaje de las ciencias, dado que la interferencia de las
ideas previas obliga a disponer de un repertorio de
estrategias de control de la comprensión adecuado que
permita detectar fallos en el estado actual de comprensión (Otero, 1990). Como indica Baker, si los alumnos
no son conscientes de que mantienen concepciones erróneas sobre los contenidos científicos, es difícil que
tomen alguna postura para clarificar su comprensión
(Baker, 1991).
A la vista de los problemas anteriores podía parecer que
existiese una especie de conspiración cognitiva contra
el trabajo del profesor (Pozo, 1987, p. 83). Ante esta
realidad anterior parece claro que las estrategias tradicionales de enseñanza de las ciencias son poco eficaces
para promover el aprendizaje significativo. Es innegable
que en muchas de las aulas predomina un modelo de
enseñanza por transmisión. Según Calatayud, Gil y Gimeno, este modelo tiene su fundamento en unas suposiciones inadecuadas (Calatayud, Gil y Gimeno, 1992):
a) Enseñar es una tarea fácil y no requiere una especial
b) El proceso de enseñanza-aprendizaje se reduce a una
simple transmisión y recepción de conocimientos elaborados.
información, la organización de las actividades de enseñanza que conducen al aprendizaje significativo está
lejos de ser evidente o unívoca (Driver, 1988). Precisamente, el objetivo fundamental de este artículo es revisar
y analizar críticamente los enfoques más influyentes
que se han propuesto para intentar vencer con mayor
o menor éxito los muy diversos elementos que configuran las dificultades del proceso de aprendizaje de las
En las secciones siguientes se revisan y analizan críticamente algunos de los puntos de vista alternativos que
más influencia han tenido y tienen en el área de enseñanza de las ciencias. Los enfoques que se analizan están
influenciados por suposiciones y teorías acerca de cómo
se aprende. Sin embargo, las teorías del aprendizaje
tienden a ser descriptivas, mientras que las teorías de la
instrucción tienden a ser prescriptivas. En las teorías
sobre el aprendizaje pueden tenerse en cuenta las condiciones en que se desarrolla el proceso de enseñanza. Las
teorías sobre la enseñanza deberían tener en cuenta
dichas condiciones. Pero, además, las teorías sobre la
enseñanza de las ciencias deben tener en cuenta factores
tales como lo que el alumno ya sabe, la especial naturaleza de las disciplinas científicas, la organización social
de la enseñanza, las características sociales y cognitivas
de los alumnos, sus concepciones epistemológicas y
destrezas metacognitivas, las relaciones psicosociales
en el aula, los factores motivacionales, los recursos y
medios disponibles, etc. No todos los enfoques que se
revisan en este artículo tienen en cuenta todos los factores anteriores de manera explícita. El objetivo que se
persigue es disponer de criterios para analizar críticamente las propuestas y elegir, en la medida de lo posible,
los aspectos positivos entre las que se consideren más
c) El fracaso de muchos alumnos se debe a sus propias
deficiencias: falta de nivel, falta de capacidad, etc.
Cómo enseñar más eficazmente es un problema abierto.
Por tanto, es conveniente abandonar la noción de método
de enseñanza y cambiarla por estrategia de enseñanza.
Estas estrategias de enseñanza se concretan en unas
actividades de enseñanza en las que «se maneja cierta
información procedente de unas determinadas fuentes,
mediante procedimientos concretos (asociados a unos
medios didácticos) y en relación con unas metas explícitas o implícitas» (García y Cañal, 1995, p. 7). El modo
de orientar las estrategias de enseñanza de las ciencias ha
sido el objeto central de un apasionado debate y de no
pocos trabajos de investigación. Aunque todavía no
hemos conseguido una respuesta definitiva al problema
de cómo enseñar ciencias, disponemos de criterios más
exigentes para analizar y evaluar críticamente las distintas propuestas.
Como punto de partida, los enfoques alternativos a la
enseñanza tradicional de las ciencias descartan el modelo del aprendizaje por transmisión hoy unánimemente
combatido por los especialistas e investigadores en enseñanza de las ciencias. Una vez descartados enfoques
de enseñanza basados únicamente en la transmisión de
¿TIENE VIGENCIA EL APRENDIZAJE POR
Se tiende a asociar el aprendizaje por descubrimiento a
los niveles de enseñanza primaria y secundaria y, de
hecho, fue una de las primeras alternativas que se ofrecieron a la enseñanza repetitiva tradicional en estos
niveles. Los defensores del aprendizaje por descubrimiento fundamentaban su propuesta en la teoría de
Piaget. Esta teoría alcanzó gran difusión en un momento
en que muchos profesores, especialmente de ciencias,
buscaban alternativas al aprendizaje memorístico y repetitivo y al fracaso generalizado en la enseñanza tradicional. Tras años de dominación del enfoque del aprendizaje receptivo de contenidos, las concepciones piagetanas
conducían al aprendizaje por descubrimiento en lo que
Novak llamó «un matrimonio de conveniencia» (Novak,
1982, p. 110). La predilección de Piaget por el aprendizaje por descubrimiento se pone de manifiesto en su
conocida afirmación según la cual, «cada vez que se
enseña prematuramente a un niño algo que hubiera
podido descubrir solo, se le impide inventarlo y, en
consecuencia, entenderlo completamente» (citado en
Pozo y Carretero, 1987, p. 38).
ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS, 1999, 17 (2)
El aprendizaje por descubrimiento, con su énfasis en la
participación activa de los alumnos y en el aprendizaje y
aplicación de los procesos de la ciencia, se postulaba
como una alternativa a los métodos pasivos basados en
la memorización y en la rutina. Dado que este punto de
vista prescribe una dirección de enseñanza y aboga por
determinadas estrategias, es razonable considerarlo también
como una teoría de la enseñanza. Cabe preguntarse si el
aprendizaje por descubrimiento tiene algo que aportar
hoy día a la enseñanza en los niveles obligatorios e
incluso en la universidad. Para ello es conveniente revisar brevemente la experiencia y los resultados del aprendizaje por descubrimiento.
El enfoque de la enseñanza por descubrimiento conoció
un gran desarrollo durante los años sesenta y parte de los
setenta. Diversos proyectos de renovación educativa
siguieron este enfoque en el que se fomenta a toda costa
la actividad autónoma de los alumnos. Incluso a veces se
llega a rechazar, como señalan Ausubel, Novak y
Hanesian, cualquier tipo de guía o dirección del aprendizaje (Ausubel, Novak y Hanesian, 1983). En consonancia con los postulados piagetanos, en el aprendizaje
por descubrimiento se presta escasa atención a los contenidos concretos que el alumno debe aprender frente a
los métodos (Gil, 1994). Lo importante es aplicar a toda
costa las estrategias de pensamiento formal. De acuerdo
con este enfoque, la enseñanza debería basarse en el
planteamiento y resolución de situaciones abiertas en las
que el alumno pueda construir los principios y leyes
científicos. Éste sería el método ideal para fomentar la
adquisición de destrezas de pensamiento formal que, a
su vez, permitirían al alumno resolver casi cualquier tipo
de problema en prácticamente cualquier dominio del
conocimiento. Además, encontrando sus propias soluciones a los problemas, los alumnos serían capaces de
aprender las cosas haciéndolas y ello haría más probable
que las recordaran (Pozo y Carretero, 1987). Por otra
parte, se argumentaba que la implicación activa en el
aprendizaje y el contacto directo con la realidad redundarían en una mayor motivación de los alumnos.
Sin embargo, tanto las evidencias experimentales como
los análisis críticos pusieron de manifiesto inconsistencias y deficiencias en el aprendizaje por descubrimiento
(Gil, 1994; Pozo y Carretero, 1987; Driver, 1988). Como
señala Gil, es muy probable que una búsqueda a tientas
por parte del alumno «dé como resultado el aprendizaje
de un conjunto de adquisiciones dispersas» (Gil, 1983,
p. 30). Otros críticos señalan que en muchas ocasiones la
participación activa se confunde con la mera manipulación. No es raro que los alumnos de enseñanza secundaria e incluso de universidad apliquen estrategias de
pensamiento nada formales e incluso heurísticas sesgadas por lo que a veces «descubren» otras cosas distintas
a las que se pretendía (Rowell y Dawson, 1983). Además, es frecuente que la experiencia empírica refuerza
ideas previas erróneas de los alumnos sobre los fenómenos científicos (Gunstone y White, 1981; Driver, 1988).
Parece claro, por otra parte, que los alumnos suelen tener
dificultades en una de las tareas básicas del aprendizaje
por descubrimiento, como es la capacidad para contrastar hipótesis. Diversas investigaciones señalan que la
capacidad para eliminar hipótesis mediante la falsación
se desarrolla a una edad relativamente tardía (entre los
14 y los 16 años) y no siempre en todos los alumnos
(Carretero, 1987).
Otra crítica que se formula al aprendizaje por descubrimiento es que está basado en unas concepciones epistemológicas hoy día superadas. Con su énfasis en la observación y en la formulación de hipótesis, este enfoque tiene
mucho que ver con concepciones excesivamente inductivistas sobre la ciencia y el trabajo científico. Lo que
empezó siendo una justificación psicológica del aprendizaje se acabó basando en una justificación epistemológica
sobre la estructura de la ciencia y de los procesos científicos según concepciones que prestan demasiada atención al
proceso de observación y formulación de hipótesis. De
hecho, según Hodson, una de las características del aprendizaje por descubrimiento que más facilitó su extensión es
que la visión de la ciencia que lo sustenta es más «sencilla»
que la de otros modelos de la ciencia y los alumnos pueden
comprenderla con más facilidad (Hodson, 1994). Las
preferencias por los procedimientos frente a los contenidos es discutible además por otras razones: tal como
demuestran las investigaciones sobre la influencia de las
ideas previas de los alumnos de ciencias, y en contra de la
supuesta independencia del pensamiento formal, los contenidos concretos sí son importantes a la hora de aprender
Una de las críticas más certeras al aprendizaje por
descubrimiento es la que realiza Ausubel cuando distingue entre aprendizaje memorístico y aprendizaje significativo (Ausubel, Novak y Hanesian, 1983). Según
Ausubel, ni todo el aprendizaje receptivo es forzosamente memorístico, ni todo el aprendizaje por descubrimiento es necesariamente significativo. Lo importante
no es que el aprendizaje sea receptivo o sea por descubrimiento, sino que sea memorístico o sea significativo.
Estas categorías formarían unos ejes independientes
(«ortogonales» en palabras de Ausubel) que permitirían
clasificar las situaciones de aprendizaje en el aula de
acuerdo con los componentes según cada uno de los ejes.
Así, por ejemplo, la búsqueda de soluciones a problemas
complejos por ensayo y error sería un ejemplo de aprendizaje por descubrimiento que difícilmente daría lugar a
Las teorías de aprendizaje por descubrimiento han sido
tachadas de ser un tipo de «enfermedad infantil» del
profesorado. Realmente, cuando se pregunta a los profesores en ejercicio o en formación qué se puede hacer para
mejorar el aprendizaje en el aula, una de las primeras
respuestas es que se debe aumentar la participación de
los alumnos en actividades prácticas (Gil, 1994, Campanario, 1998a). Existe la creencia ingenua entre los profesores de ciencias de que la mera actividad práctica por
sí misma puede conseguir efectos radicales en el aprendizaje de los alumnos.
A pesar de sus muchas limitaciones, el enfoque del
aprendizaje por descubrimiento tiene algunos aspectos
positivos aprovechables en la enseñanza de las ciencias
experimentales. Por una parte, se insiste en el papel de
los alumnos como responsables de su propio aprendizaje. Se presta, además, cierta atención a un aspecto del
trabajo científico que a menudo había sido olvidado en
la enseñanza tradicional de las ciencias: el aprender a
descubrir. Este aspecto todavía constituye una de las
más graves carencias de la formación en ciencias (Campanario, 1996; Lenox, 1985, Bavelas; 1987). Hay que
tener en cuenta que no pocos descubrimientos científicos se deben a observaciones accidentales de fenómenos
inesperados o a las consecuencias afortunadas de errores
de procedimiento (Campanario, 1996; van Andel, 1994).
Aprender a detectar anomalías debería ser, pues, uno de
los objetivos educativos dignos de atención. Para que
una observación pueda considerarse anómala es preciso
conocer previamente qué cosa no resulta anómala; de ahí
la relevancia de los conocimientos específicos. Numerosos ejemplos extraídos de la historia de la ciencia demuestran que ciertos hechos son considerados anómalos
o dignos de ser explicados sólo en retrospectiva, es decir,
cuando existe un marco conceptual en el que tales hechos desempeñan un determinado papel (Lightman y
Gingerich, 1991). Como señala Polanyi, «ver un problema es una contribución significativa al conocimiento»
(Birch, 1986, p. 79). No cabe duda de que el enseñar a los
alumnos a observar con ojos críticos es quizás una de las
aportaciones más dignas de consideración de una teoría
del aprendizaje y la enseñanza que hoy día es casi
unánimemente combatida por los especialistas en enseñanza de las ciencias, a veces, casi de oficio.
desembocó en el aprendizaje a partir de problemas, un
enfoque orientado típicamente a la enseñanza universitaria (Barrows y Tamblyn, 1980). La Facultad de Medicina
de la Universidad McMaster en Ontario y el Worcester
Polytechnical Institute fueron instituciones líderes en el
uso de esta estrategia (Birch, 1986).
LA ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS BASADA
EN EL USO DE PROBLEMAS
Aunque aparentemente este enfoque puede tener ciertos
rasgos superficiales comunes con el aprendizaje por
descubrimiento, son más las diferencias que las semejanzas. Tal vez la diferencia más notable sea que con este
método no se espera que el alumno descubra por sí
mismo los conocimientos científicos. Más bien, la selección y sucesión de problemas le orienta para que aprenda, a partir de fuentes diversas, los contenidos que se
estiman relevantes en una disciplina dada. El uso sistemático de los problemas estaría destinado a dar relevancia a tales contenidos, no a provocar su descubrimiento.
Esta estrategia tiene también puntos en común con las
concepciones constructivistas sobre el aprendizaje. Aunque
los defensores del aprendizaje basado en problemas han
argumentado que los puntos de vista recientes en psicología cognitiva son consistentes con el aprendizaje a
partir de problemas, y existen justificaciones globales
del modelo (Lopes y Costa, 1996), lo cierto es que la
fundamentación epistemológica, filosófica y psicológica de esta orientación está menos elaborada que la de
otros enfoques, como puede ser aprendizaje como
investigación. Los defensores del aprendizaje a partir de
problemas se basan, casi siempre, en evidencias relacionadas con el rendimiento académico y grado de motivación de los estudiantes.
Desde puntos de vista pragmáticos se plantea basar, si no
toda, la mayor parte de la enseñanza y el aprendizaje de
las ciencias en el nivel universitario en la resolución de
problemas por parte de los alumnos (Boud y Feletti,
1992). Como un ejemplo del vigor de esta línea de
pensamiento pueden citarse los números especiales que
las revistas Instructional Science y Journal of Education
of the Gifted dedicaron en 1995 y 1997, respectivamente, a este tema. En esencia, la propuesta consiste en
organizar unidades didácticas articuladas fundamentalmente como colecciones de problemas. El sistema no es
tan simple como parece: los problemas han de ser seleccionados cuidadosamente y secuenciados de forma que
se consiga el aprendizaje significativo (Lopes y Costa,
1996). La palabra problema debe ser entendida en un
sentido amplio, ya que incluye, por ejemplo, pequeños
experimentos, conjuntos de observaciones, tareas de clasificación, etc. Este enfoque deja entrever cierta influencia
del método tradicional de aprendizaje del derecho en
países anglosajones, basado en el análisis de casos concretos más que en el aprendizaje de códigos y sistemas
completos y tiene como antecedente remoto las posturas
filosóficas de John Dewey (Schmidt, 1995; Lopes y Costa,
1996). En el área de ciencias, el origen próximo de este
enfoque se encuentra en la percepción de que gran parte de
los conocimientos que tenían que aprender los estudiantes
de medicina eran irrelevantes para su futuro desempeño
profesional. La búsqueda de alternativas más prácticas
A pesar de que, como se ha indicado, este enfoque se
plantea fundamentalmente para su aplicación en la enseñanza universitaria, es conveniente analizarlo con cierto
detalle con el fin de aprovechar, en la medida de lo
posible, las aportaciones que puedan ser de utilidad en la
didáctica de las ciencias en los niveles de la enseñanza
obligatoria. Según Schmidt, la propia dinámica interna
de esta estrategia fomenta el aprendizaje autorregulado
(Schmidt, 1995). Así, durante el análisis inicial del
problema, el alumno debe crear un modelo mental relativo a la situación que se describe en el enunciado. Es
muy posible que este primer modelo inicial sea incompleto y tenga lagunas importantes. Asimismo, descubrirá posibles alternativas y enfoques válidos que, en principio, pueden resultar apropiados para avanzar en la solución
del problema o para explorar posibilidades. El que aprende
debería entonces buscar y aprender contenidos relevantes.
Cuando este enfoque se complementa con una organización cooperativa del trabajo en el aula, los problemas
pueden hacerse más complejos y la búsqueda de información puede prolongarse durante más tiempo, a veces varios
días o incluso una semana. Es evidente que en la formulación anterior gran parte de la responsabilidad del aprendizaje recae en el propio alumno.
Según Birch, el aprendizaje a partir de problemas es el
mejor medio disponible para desarrollar las potencialidades generales de los alumnos (Birch, 1986). Este autor
ha resumido las ventajas que se atribuyen al aprendizaje
a partir de problemas. En primer lugar, el aprendizaje
basado en problemas es más adecuado que los métodos
tradicionales por transmisión para las necesidades de los
alumnos, ya que entre las situaciones más frecuentes que
se deben afrontar en las ciencias experimentales se
encuentra la búsqueda de soluciones a situaciones problemáticas. Este aspecto es especialmente relevante en
la enseñanza universitaria de cara a un futuro desempeño
profesional. Dado que esta estrategia docente hace explícita la aplicación de los conocimientos teóricos a
situaciones problemáticas, fomenta la percepción de la
utilidad de los mismos, y contribuye, por tanto, a incrementar la motivación intrínseca. Dado que el alumno
debe movilizar constantemente sus conocimientos y que
existe una interrelación continua entre teoría y aplicación práctica, el aprendizaje basado en problemas puede
conseguir una mejor integración de los conocimientos
declarativos y procedimentales.
Como cualquier estrategia, el aprendizaje a partir de
problemas presenta algunas limitaciones que es preciso
tener en cuenta. Un posible inconveniente es que exige
una mayor dedicación por parte del profesor. En efecto,
la tarea del profesor no se reduce a seleccionar problemas que puedan ser más o menos compatibles con
determinados contenidos teóricos. Por el contrario, la
dirección en que se orienta el aprendizaje de los alumnos
estaría determinada por la acertada selección de problemas y por la correcta secuenciación de los mismos. De la
selección y secuenciación de los problemas depende
además el interés que se logre despertar y el grado de
coherencia interna que adquieren los contenidos que
componen la asignatura. Se trata, además, de conseguir
que el alumno convierta en suyos los problemas que
elige el profesor como punto de partida del proceso de
aprendizaje. Es evidente que esta estrategia exige prestar atención a los aspectos motivacionales y actitudinales de la enseñanza de las ciencias. El aprendizaje a partir
de problemas requiere también mayor dedicación por
parte del alumno y ello puede chocar con los hábitos
pasivos de éstos, desarrollados tras años de inmersión en
ambientes tradicionales.
Al igual que sucede con otras orientaciones educativas,
el aprendizaje a partir de problemas es, más que una
solución definitiva, una propuesta de trabajo y experimentación que merece sin duda un esfuerzo adicional de
investigación. Entre los diversos aspectos del aprendizaje a partir de problemas que todavía no son bien comprendidos se pueden citar el papel que pueden desempeñar las nuevas tecnologías y la relación con factores
personales propios de los alumnos, tales como la dependencia o independencia de campo (Birch, 1986). Por otra
parte, las orientaciones sobre cómo desarrollar eficazmente este enfoque en la práctica son todavía objeto de
vivo debate (Schmidt, 1995).
EL CAMBIO CONCEPTUAL COMO PUNTO
DE PARTIDA DE LAS IDEAS CONSTRUCTIVISTAS
Ante la evidente persistencia de las ideas previas de los
alumnos y como una alternativa tanto a la enseñanza
tradicional por transmisión como a la enseñanza por
descubrimiento, diversos autores han planteado la búsqueda del cambio conceptual como punto de partida de
las posiciones llamadas constructivistas (Driver, 1988;
Nussbaum y Novick, 1982; Hewson y Hewson, 1984;
Champagne, Klopfer y Gunstone, 1982). Desde estas
posiciones se insiste en la necesidad de ofrecer oportunidades para que los alumnos expliciten sus ideas previas. En su ya clásico artículo, Posner, Strike, Hewson y
Gertzog formulan su conocida concepción sobre el cambio conceptual y describen las condiciones necesarias
para el mismo (Posner, Strike, Hewson y Gertzog, 1982):
a) Es preciso que exista insatisfacción con las concepciones existentes.
b) La nueva concepción debe ser inteligible, esto es, el
alumno debe entender el modo en que la nueva concepción puede estructurar las experiencias anteriores.
c) La nueva concepción debe parecer inicialmente plausible. Esta condición es especialmente difícil de cumplir
a veces, dado que algunas teorías científicas tienen
aspectos que son contraintuitivos.
d) La nueva concepción debería ser útil, es decir, debería
sugerir nuevas posibilidades de exploración y debería
proporcionar nuevos puntos de vista al alumno. La
nueva concepción debe resolver los problemas creados
por su predecesora y explicar nuevos conocimientos y
Esta visión del cambio conceptual en el aprendizaje de
las ciencias se inspira en parte en las concepciones
epistemológicas de Kuhn y Lakatos sobre el cambio
conceptual en ciencia y en los puntos de vista de Toulmin sobre la evolución conceptual en ciencias en el
marco de una ecología conceptual (Mellado y Carracedo, 1993). La propuesta inicial del cambio conceptual
sería un modelo de las condiciones necesarias para un
tipo de aprendizaje (Hewson y Beeth, 1995). Al ser una
teoría descriptiva, no prescribe un modelo docente determinado. Sin embargo, a la vista de los numerosos
intentos de llevar a la práctica esta estrategia, puede
considerarse como una propuesta acerca de cómo debe
orientarse la enseñanza.
En 1992, diez años después de su formulación inicial,
Hewson señalaba el gran número de artículos publicados
en revistas internacionales y de sesiones en congresos
dedicados a la investigación sobre el cambio conceptual
como un indicador del grado desarrollo que ha alcanzado
este frente de investigación y práctica educativa en el
área de enseñanza de las ciencias (Hewson, 1992). Además, como un indicador adicional de la robustez de este
punto de vista, Hewson constataba el hecho conocido de
que el cambio conceptual como paradigma se ha extendido a otras áreas e incluso hay documentos de la reforma educativa en España que se refieren al aprendizaje
como un cambio conceptual en la estructura cognitiva
del alumno y proponen como uno de los objetivos de la
enseñanza de las ciencias el propiciar cambios en las
ideas previas de los alumnos. La posiciones que abogan
por el cambio conceptual conciben el currículo como un
conjunto de experiencias mediante las cuales el alumno
construye una concepción del mundo más cercana a la
concepción de los científicos (Driver, 1988). En general,
las estrategias que promueven el cambio conceptual
reflejan un estilo de enseñanza en el cual tanto alumnos
como profesores están implicados activamente y en el
que los profesores «animan a los alumnos a expresar sus
ideas, a pensar rigurosamente y, a su vez, modifican sus
explicaciones dependiendo de los puntos de vista que
consiguen elicitar en sus alumnos» (Smith, Blakeslee y
Anderson, 1993, p. 114). Las pautas generales que deberían seguirse en cualquier programa de enseñanza para el
cambio conceptual han sido revisadas recientemente por
Hewson y Beeth, quienes ofrecen una serie de recomendaciones que se resumen a continuación (Hewson y
Beeth, 1995):
a) Las ideas de los alumnos deberían ser una parte
explícita del debate en el aula. Se trata de que los
alumnos sean conscientes de sus propias ideas y de las
ideas de los demás. Además, a diferencia de los enfoques
tradicionales, las opiniones de los alumnos deberían
considerarse al mismo nivel que las del profesor. Los
alumnos han de darse cuenta de que las ideas tienen
autoridad por su poder explicativo, no por la fuente de
donde proceden.
b) El estatus de las ideas tiene que ser discutido y
negociado. Como una consecuencia de la primera condición, una vez que todas las ideas han sido elicitadas, los
alumnos deben decidir acerca del estatus de sus propias
opiniones y de las opiniones de los demás. En esta
elección intervienen, además de la propia ecología conceptual, sus criterios epistemológicos acerca del conocimiento científico y acerca de qué constituye una explicación aceptable.
c) La justificación de las ideas debe ser un componente
explícito del plan de estudios. Que los alumnos consideren que las nuevas concepciones son plausibles y útiles
puede depender de varios factores: que las nuevas concepciones parezcan verdaderas y compatibles con otras
concepciones previas o aprendidas, que las concepciones no contradigan las ideas metafísicas de los alumnos,
que la idea aparezca como general o como consistente y
que ello coincida con los compromisos epistemológicos
de los alumnos, etc.
d) El debate en el aula debe tener en cuenta la metacognición que, según Gunstone y Northfield, desempeña un
papel central en el cambio conceptual (Gunstone y
Northfield, 1994). Cuando los alumnos comentan, comparan y deciden sobre la utilidad, la plausibilidad y la
consistencia de las concepciones que se presentan, están
explicitando sus propios criterios de comprensión. La
aceptación o no de las nuevas ideas y el rechazo de las
ideas previas depende en gran medida de los patrones
metacognitivos de los alumnos: ¿satisface una nueva
concepción las lagunas que plantea la anterior?, ¿es
capaz el alumno de detectar fallos en la capacidad
explicativa de sus propias ideas?, ¿cómo comparar el
poder explicativo, sin duda elevado, de las concepciones
previas con el de las nuevas concepciones, etc.? Los
interrogantes anteriores responden a la necesidad de
tener en cuenta problemas como las dificultades de los
alumnos para detectar discrepancias o inconsistencias
en un razonamiento científico (Otero y Campanario,
De la descripción anterior se desprende la necesidad de
disponer de un repertorio de técnicas y recursos acordes
con las condiciones que se han explicado. Las ideas
previas pueden ponerse de manifiesto utilizando ejemplos adecuados, cuestionarios, demostraciones, técnicas
de discusión en grupo, etc. Una vez que se ha conseguido
lo anterior, las estrategias para disminuir el estatus de las
ideas erróneas de los alumnos y para justificar las nuevas
ideas deben hacer hincapié en los principios científicos
de buscar la máxima simplicidad o la máxima consistencia; se basan en el empleo, entre otros recursos, de
analogías (Brown, 1994), discusiones guiadas, modelizaciones (Raghavan y Glaser, 1995), comparaciones,
etc. El uso de estas actividades incide, además, sobre las
concepciones epistemológicas de los alumnos. Por último, es necesario enseñar a los alumnos a detectar inconsistencias entre diversos puntos de vista (algo que se da
por supuesto, aunque no siempre esté garantizado) y a
que aprendan a aplicar criterios de comprensión adecuados en tales situaciones.
En la literatura existen numerosos ejemplos de aplicación de los principios generales del cambio conceptual a
áreas diversas y a temas y contenidos concretos. Osborne y Freyberg han descrito varios modelos consecuentes
con esta orientación (Osborne y Freyberg, 1985). La
revista española Enseñanza de las Ciencias es una fuente notable de este tipo de propuestas. Aunque no parecen
existir revisiones sistemáticas o metaanálisis comprensivos de los resultados, los trabajos publicados demuestran cierto grado de efectividad, sin que los resultados
sean espectaculares (Carretero y Limón, 1995; Linder,
1993). Parece ser que, como reconocen Strike y Posner
(1990), las ideas previas pueden resistir incluso a la
enseñanza que se propone explícitamente erradicarlas.
Las causas de que el éxito no siempre acompañe a los
intentos de conseguir el cambio conceptual son variadas.
Algunos críticos señalan que el fundamento epistemológico basado en las ideas de Toulmin y Kuhn puede ser
útil para entender los procesos de cambio conceptual en
poblaciones de científicos. Sin embargo, la aplicación
casi directa de tales ideas para entender los cambios
individuales en la mente de los alumnos es más que
discutible (Pintó, Aliberas y Gómez, 1996; Osborne,
1996). Además, el efecto de las evidencias contrarias a
las ideas previas de los alumnos de cara a lograr el
cambio conceptual parece ser menor del que se pensaba
en un principio, de manera que los contraejemplos o los
conflictos cognitivos por sí mismos no siempre son
útiles para provocar el cambio conceptual (Carretero y
Baillo, 1995; Clement, Brown y Zietsman, 1989; Hewson y Thorley, 1989). Este aspecto es relevante para el
profesor de ciencias porque algunos sesgos en el funcionamiento cognitivo, comunes a casi todos adultos, hacen
que los alumnos sean selectivos cuando interpretan las
observaciones experimentales, lo que podría explicar la
relativa falta de eficacia de los contraejemplos como
único recurso para cuestionar sus ideas previas. Además, parece claro que ni siquiera los propios científicos
utilizan la falsación simple para rechazar un punto de
vista (Chalmers, 1982). De hecho, los científicos hacen
gala a veces de una resistencia notable a las nuevas ideas
en ciencia (Campanario, 1993, 1997).
Entre los investigadores en enseñanza de las ciencias
existe la percepción de que para que las estrategias de
cambio conceptual tengan algún efecto importante es
preciso que no se apliquen como un conjunto de estrategias aisladas, sino como un enfoque de enseñanza coherente. Para ello sería necesaria, en primer lugar, una
orientación común en varias asignaturas de ciencias y
una cierta persistencia temporal en cada una de ellas
(Smith, Blakeslee y Anderson, 1993). Además, mientras
los profesores tienen una perspectiva a largo plazo de las
actividades de enseñanza, los alumnos no tienen, en
general, esta perspectiva (Duit, 1991). Es aconsejable,
pues, que el profesor explicite los objetivos de las actividades de enseñanza-aprendizaje. Por otra parte, aunque las estrategias de cambio conceptual den resultado
en casos concretos, los profesores reconocen que no
pueden aplicar este enfoque a gran escala sin el apoyo de
materiales curriculares adecuados (Smith, Blakeslee y
Anderson; 1993). Los libros de texto son el material
curricular más utilizado en la enseñanza a todos los
niveles y sólo en raras ocasiones incorporan esta orientación didáctica (Apple, 1984).
Las formulaciones iniciales del cambio conceptual se
centran casi exclusivamente en los conocimientos. Ciertamente, este enfoque parece destinado a sustituir las
ideas previas de los alumnos por otras concepciones
acordes con las comúnmente aceptadas por los científicos como un fin en sí mismo. Aunque en formulaciones
posteriores del cambio conceptual se destaca la importancia de otros factores, como los compromisos epistemológicos (Hewson, 1985) y los factores afectivos y
estéticos (West y Pines, 1983; Hewson y Thorley, 1989),
y metacognitivos (Hewson, 1992), el marco anterior no
presta, en principio, excesiva atención a otras variables
relevantes y aún considera que los nuevos elementos
añadidos deben servir casi exclusivamente como ayuda
para el cambio conceptual. Sin embargo, los factores
afectivos son importantes e incluso decisivos. Por ejemplo, Dreyfus, Jungwirth y Eliovitch han comprobado
que las condiciones de conflicto cognitivo son bien
recibidas por los alumnos más brillantes, mientras los
alumnos con dificultades de aprendizaje pueden llegar a
desarrollar actitudes negativas y a dar muestras de ansiedad ante tales situaciones (Dreyfus, Jungwirth y Eliovitch,
1990). Si no se tienen en cuenta estos factores, es posible
que las estrategias de cambio conceptual no sean efectivas.
El papel de la metacognición en el cambio conceptual es
especialmente relevante desde otra perspectiva. Por una
parte es un medio para que tenga lugar el cambio conceptual, pero también puede considerarse un resultado deseable del cambio conceptual. La insatisfacción del
alumno con sus propias concepciones implica el reconoENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS, 1999, 17 (2)
cimiento de dificultades (Gunstone y Northfield, 1994),
mientras que la evaluación de las nuevas concepciones
para decidir sobre la plausibilidad de las mismas y su
utilidad implica comparación entre dos estados de comprensión. En esta comparación juegan un papel determinante los compromisos epistemológicos que tenga el
alumno. Possner, Strike, Hewson y Gertzog llaman compromisos epistemológicos a los criterios mediante los
que una persona utiliza y juzga el conocimiento (Posner,
Strike, Hewson y Gertzog, 1982). Un alumno puede
tener compromisos epistemológicos que enfaticen la
coherencia interna o la generalidad del conocimiento.
Enfrentado a la tarea de reconocer el conflicto entre dos
concepciones inconsistentes, un alumno puede elegir
entre admitir las dos versiones como correctas cada una
dentro de su propio dominio o rechazar una de las dos
concepciones. Es evidente que en todo el proceso anterior el alumno necesita controlar constantemente el estado actual de la propia comprensión. Si se consigue que
los alumnos sean conscientes del carácter constructivo
del aprendizaje, el cambio conceptual puede ser un
medio para fomentar la metacognición.
Movidos, en parte, por las limitaciones anteriores, algunos autores hablan del cambio conceptual y metodológico (Carrascosa y Gil, 1985; Gil, 1994; Segura, 1991).
Ciertamente, la inclusión de este último término es algo
más que un mero complemento: se argumenta que sin un
cambio metodológico no puede producirse un cambio
conceptual. De ahí que, según estos puntos de vista, los
enfoques que sólo tienen en cuenta el cambio conceptual
resulten, por fuerza, limitados.
PUEDE SER UN PROCESO DE INVESTIGACIÓN DIRIGIDA
Aunque la concepción del aprendizaje como un proceso
de investigación no es nueva, en los últimos años las
propuestas coherentes con esta idea han adquirido un
desarrollo notable, especialmente desde posiciones llamadas constructivistas. García y Cañal han revisado las
propuestas que defienden el aprendizaje como investigación más difundidas en nuestro país y han encontrado
una serie de componentes comunes en todas ellas y
algunas diferencias de matiz (García y Cañal, 1995). El
lector interesado en un análisis comparativo de las diferentes propuestas puede consultar la obra citada. A
continuación se analiza brevemente una de las formulaciones más difundidas en España y de la cual el profesor
Daniel Gil es quizá el más conocido defensor.
Según Gil, uno de los mayores problemas de la enseñanza de las ciencias es el abismo que existe entre las
situaciones de enseñanza-aprendizaje y el modo en que
se construye el conocimiento científico (Gil, 1994). En
consecuencia, es útil partir de la metáfora del científico
novel que, como es sabido, puede alcanzar en un tiempo
más o menos corto un grado de competencia relativamente elevado en un dominio concreto. Ello es posible
porque cuando un científico novel se integra en un grupo
de investigación empieza a desarrollar pequeñas investigaciones en las que replica los trabajos previos en un
área determinada y aborda problemas en los que sus
supervisores son expertos. De este planteamiento se
desprende la conveniencia y aun la necesidad de plantear
el aprendizaje de las ciencias como una investigación
dirigida de situaciones problemáticas de interés (Gil,
1993). Esta propuesta se orienta, fundamentalmente, a la
enseñanza de la ciencia en el nivel de enseñanza secundaria, si bien en la literatura didáctica existen ejemplos
de aplicación orientados a la enseñanza universitaria
Gil y sus colaboradores proponen una serie de estrategias que se detallan a continuación sin que ello implique
la necesidad de seguir forzosamente una secuencia predeterminada (Gil, 1993; Gil, 1994, Gil, Carrascosa,
Furió y Martínez-Torregrosa; 1991):
a) Se plantean situaciones problemáticas que generen
interés en los alumnos y proporcionen una concepción
preliminar de la tarea.
b) Los alumnos, trabajando en grupo, estudian cualitativamente las situaciones problemáticas planteadas y,
con las ayudas bibliográficas apropiadas, empiezan a
delimitar el problema y a explicitar ideas.
c) Los problemas se tratan siguiendo una orientación
científica, con emisión de hipótesis (y explicitación de
las ideas previas), elaboración de estrategias posibles de
resolución y análisis y comparación con los resultados
obtenidos por otros grupos de alumnos. Es ésta una
ocasión para el conflicto cognitivo entre concepciones
diferentes, lo cual lleva a replantear el problema y a
emitir nuevas hipótesis.
d) Los nuevos conocimientos se manejan y aplican a
nuevas situaciones para profundizar en los mismos y
afianzarlos. Éste es el momento más indicado para hacer
explícitas las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad.
Como señala Gil, el cambio conceptual adquiere ahora
un carácter instrumental y deja de ser un objetivo en sí
mismo: «la investigación no se plantea para conseguir el
cambio conceptual, sino para resolver un problema de
interés» (Gil, 1994, p. 27), el cambio conceptual «se
produce a lo largo de todo el proceso como un resultado
más» (Gil, 1993, p. 203), de ahí el énfasis en el necesario
cambio metodológico que debe acompañar todo el proceso. Sin embargo, se rechaza la idea de reducir todo al
aprendizaje de un método científico «como conjunto de
reglas perfectamente definidas que se aplican mecánicamente» (Gil, 1983, p. 26). Ésta y otras formulaciones
insisten también en el cambio actitudinal (Mellado y
Carracedo, 1993, p. 335).
El modelo que emerge del aprendizaje de las ciencias
aparece así contrapuesto tanto a la mera recepción de
conocimientos como al descubrimiento de los mismos
por los alumnos (Gil, 1993). Por otra parte, según los
defensores de este enfoque, tanto los diseñadores del
currículo como los profesores deben cuestionar la ciencia que se debe (y que es posible) enseñar. Concretamente, es preciso descargar los programas de ciencias de
contenidos puramente conceptuales y prestar más atención a los aspectos metodológicos, al estudio de la
naturaleza del conocimiento científico, a los procesos de
construcción del mismo y a la relación ciencia-tecnología-sociedad (Gil, 1994).
Las estrategias propias del aprendizaje como investigación deben ir acompañadas por actividades de síntesis
que den lugar a la elaboración de productos como
esquemas, memorias, mapas conceptuales, etc., y que
permitan concebir nuevos problemas. Coherente con
este enfoque, la resolución de problemas como investigación se propone como alternativa a los problemas y
ejercicios tradicionales (Gil, Martínez-Torregrosa y Senent, 1988). En formulaciones recientes del modelo, se
insiste en cuestionar la separación tradicional entre prácticas,
resolución de problemas y teoría y se ofrecen alternativas de integración concretas (Gil y Valdés, 1995).
Como se ha explicado más arriba, los puntos de vista que
proponen la investigación como medio de enseñanza y
aprendizaje no son nuevos, y autores clásicos como
Locke, Rousseau, Ferrer i Guardia y Dewey ya formularon propuestas en tal sentido (García y Cañal, 1995). Sin
embargo, tal vez los rasgos más distintivos de los enfoques actuales del aprendizaje como investigación sean
su afán integrador de los diversos aprendizajes (Gil,
1993) y su orientación «radicalmente constructivista»
(Gil, 1994, p. 29) fundamentada en las teorías y puntos
de vista actuales en filosofía, historia y epistemología de
la ciencia. Los autores que trabajan desde estas perspectivas constructivistas han consolidado una línea de investigación y práctica escolar sólida y fructífera. Si nos
ceñimos a nuestro país, basta un análisis somero de
revistas como Enseñanza de las Ciencias o Investigación en la Escuela para constatar el número elevado de
trabajos que se publican siguiendo esta orientación teórica. En una interesante revisión sobre las tendencias
actuales en la formación del profesorado de ciencias,
Furió abogaba por la integración de las nuevas exigencias prácticas de una enseñanza constructivista (Furió,
1994). Sin embargo, como señalan Mellado y Carracedo, «el constructivismo se ha mostrado como un paradigma coherente y fundamentado para el aprendizaje de
las ciencias, pero no puede considerarse como un paradigma dominante único, al estilo kuhniano, que excluya
absolutamente a los demás» (Mellado y Carracedo, 1993,
Al igual que sucede con otros enfoques, el aprendizaje
como investigación no está exento de problemas. En su
aplicación práctica existen algunas dificultades que es
preciso tener en cuenta. Una de estas dificultades tiene
que ver con la capacidad investigadora de los alumnos.
La metáfora del alumno como científico ha sido cuestionada por autores que llaman la atención sobre las pautas
sesgadas de razonamiento que utilizan con frecuencia
los alumnos (Thiberghien, Psillos, Koumaras, 1995).
Ello obliga casi siempre a plantear situaciones muy
simplificadas y a que el profesor deba anticipar muchas
de las dificultades conceptuales y de procedimiento que,
sin duda, surgirán durante el desarrollo de las clases. De
ahí el marcado carácter de investigación dirigida que
presenta este enfoque. De hecho, como reconoce Gil, no
resultará extraño que el profesor deba reforzar, matizar
o poner en cuestión los resultados obtenidos por los
alumnos mediante los resultados «correctos» obtenidos
por los científicos (Gil, 1994, p. 29). Por otra parte, el
desarrollo de las actividades de investigación dirigida
exige bastante tiempo y obliga, en cierta medida, a un
delicado equilibrio entre las necesidades contrapuestas
de profundización y visión coherente y ello exige con
frecuencia el sacrificio de parte de los contenidos (Gil,
1987). Otro riesgo no desdeñable tiene que ver con la
actitud de los alumnos. Al igual que sucede con otros
enfoques innovadores, es posible que los alumnos no
estén dispuestos a realizar la inversión de esfuerzo que
conlleva un modo de aprender distinto al que generalmente están acostumbrados. Muchas veces es más cómodo para los alumnos recibir explicaciones o puede
que no encuentren interesantes las situaciones que se
abordan en el trabajo de investigación. Como señala Gil,
los inconvenientes anteriores no son desdeñables e inciden negativamente en el desarrollo de las actividades de
clase, aunque ello tiene una contraparte positiva y es
que, en cierta medida, «se evitan las expectativas simplistas en soluciones-milagro» (Gil, 1987, p. 12).
procesamiento de la información se lleva a cabo a partir
de textos, el paralelismo es aún más claro. Así, la
formulación de inferencias en el laboratorio de ciencias
requiere, en primer lugar, que el alumno tenga en cuenta
toda la información disponible en cada momento. Esta
información puede ser fragmentaria, contradictoria o
incompleta, lo cual muchas veces se debe a limitaciones
experimentales. El alumno debe formular determinadas
predicciones que le ayuden a completar la información
de que dispone y, como paso final, debe comprobar que
las inferencias eran apropiadas. En todos los pasos
anteriores existe un paralelismo con los procesos de
formulación y comprobación de inferencias durante las
tareas de lectura de textos. El aprendizaje a partir de
textos se postula, pues, como uno de los medios más
eficaces de fomentar la metacognición, especialmente
en el aprendizaje de las ciencias (Baker, 1991).
LA ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS Y EL
Precisamente, la escasez de propuestas para desarrollar
las capacidades metacognitivas en el marco general del
aprendizaje de las ciencias es un rasgo común a los
enfoques orientados al cambio conceptual o al aprendizaje como investigación, a pesar de la importancia que se
concede actualmente a la metacognición en dichas propuestas. Una forma posible de desarrollar la metacognición en el marco del cambio conceptual consiste en el
empleo de actividades que siguen el esquema predecirobservar - explicar (Gunstone y Northfield, 1994). En
estas actividades se hace que los alumnos formulen, en
primer lugar, predicciones acerca de determinadas experiencias o demostraciones de cátedra. Se pone especial
atención en que los alumnos expliciten las razones en
que se basan para sus predicciones. El objetivo es que los
alumnos sean conscientes del papel de los conocimientos previos en la interpretación de los fenómenos. A
continuación se desarrolla la experiencia para que los
alumnos contrasten el desarrollo y los resultados de la
misma con sus predicciones. Por último, los alumnos
deben intentar explicar las observaciones realizadas,
que muchas veces serán distintas a sus predicciones. A
lo largo de este proceso, el profesor debe hacer explícitas
las relaciones entre las ideas previas de los alumnos y las
teorías que permiten explicar adecuadamente las observaciones realizadas durante las experiencias. Como señalan Gunstone y Northfield, este tipo de actividades
tiene un marcado carácter metacognitivo en la medida
en que, si se desarrollan adecuadamente, ayudan a los
alumnos a ser conscientes de sus propios procesos cognitivos (Gunstone y Northfield, 1994). Que los alumnos
comprendan que los conocimientos previos guían la
observación ya es un objetivo valioso en sí mismo y lo es
Como se ha indicado más arriba, las destrezas metacognitivas son una de las componentes del aprendizaje a las
que se ha empezado a prestar atención en los últimos
años. La metacognición puede concebirse como una
ayuda al aprendizaje, pero también puede y debe constituir un objetivo legítimo de la enseñanza (Novak y
Gowin, 1988). Se ha argumentado incluso que la enseñanza de las ciencias puede resultar especialmente adecuada para este propósito (Baker, 1991). En la literatura
educativa se citan diversas propuestas en este sentido,
algunas de las cuales se revisan a continuación.
Linda Baker y otros autores han llamado la atención
sobre la relación que existe entre una de las componentes
de la metacognición, el uso de estrategias metacognitivas, y otros aspectos relacionados con el aprendizaje de
las ciencias (Baker, 1991; Carin y Sand, 1985; Carter y
Simpson, 1978; Esler y Esler, 1985; Resnick, 1983).
Entre las destrezas básicas que se espera que desarrollen
los alumnos de ciencias destacan las capacidades de
observación, clasificación, comparación, medición, descripción, organización coherente de la información, predicción, formulación de inferencias e hipótesis, interpretación de datos, elaboración de modelos, y obtención
de conclusiones (Esler y Esler, 1985; Carter y Simpson,
1978). Según Baker, existe un paralelismo notable entre
algunas de las destrezas básicas anteriores y ciertas
estrategias cognitivas y metacognitivas que se necesitan
y aplican en el procesamiento de información. Cuando el
Se han desarrollado algunos programas de enseñanza
explícita de la metacognición como un contenido educativo más. La idea que subyace es que los alumnos poseen
las capacidades necesarias para aplicar destrezas metacognitivas, pero con frecuencia no son capaces de hacerlo de manera espontánea. La mayor parte de los programas de instrucción directa en capacidades metacognitivas que se han publicado se destinan a mejorar el aprendizaje a partir de textos (Campanario, 1995) y no están
orientados explícitamente al aprendizaje de las ciencias
(Campanario, en revisión).
más si contribuye a que sean conscientes de que sus
concepciones sobre el conocimiento científico suelen
ser inadecuadas. Este tipo de actividades ha sido utilizado con éxito con profesores en formación y con profesores en servicio (Gunstone y Northfield, 1994). Otra
ventaja de este tipo de tareas es que con ellas se llama la
atención sobre el papel de la observación en ciencia: no
basta con dar por supuestos los resultados, es preciso
Otra estrategia, si bien a largo plazo, consiste en hacer
que los alumnos lleven un diario de campo en el que
registren las experiencias realizadas en clase, sus concepciones iniciales y los procesos de cambio conceptual.
De esta manera, a medida que se avanza en el desarrollo
de las asignaturas, existe una base documental a la que se
puede recurrir para fomentar la autoevaluación por parte
de los alumnos del cambio en sus concepciones sobre el
aprendizaje (Fulwiler, 1987).
Aunque no están únicamente orientados al desarrollo de
la metacognición, los mapas conceptuales y los diagramas UVE pueden servir para este objetivo y a menudo se
presentan como dos recursos realmente útiles tanto para
el aprendizaje de los contenidos como para el desarrollo
de las capacidades metacognitivas (Novak y Gowin,
PARA LA ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS
La preparación de las clases constituye una tarea que ha
de acometer diariamente el profesor. La preparación de
una clase conlleva la elección de los contenidos, la
organización y secuenciación de los mismos, el diseño
de actividades de clase y de posibles tareas extraescolares, la anticipación de las dificultades que pueden encontrar los alumnos, etc. Todos estos componentes se traducen, en definitiva, en una secuencia determinada de
acciones. Como señalan García y Cañal, es indispensable complementar los enfoques «macro» (de orientación
teórica y que proporcionan modelos de enseñanza generales) con otros de tipo «micro» (más orientados a la
acción) que, en definitiva, implementen los modelos
generales de enseñanza en la dinámica del aula y en las
actividades de enseñanza (García y Cañal, 1995). De ahí
que las diversas concepciones sobre la enseñanza y
aprendizaje ofrezcan recomendaciones concretas para
secuenciar las actividades de enseñanza de acuerdo con
sus postulados (Lledó y Cañal, 1993).
Sánchez y Valcárcel han presentado una serie detallada
de recomendaciones para el diseño de unidades didácticas en el área de ciencias experimentales (Sánchez y
Valcárcel, 1993). El modelo de estos autores incluye
cinco componentes: análisis científico, análisis didáctico, selección de objetivos, selección de estrategias didácticas y selección de estrategias de evaluación. En el
trabajo citado, los autores detallan los objetivos y proponen procedimientos para cada una de las componentes
anteriores. Así, por ejemplo, para el análisis científico se
requiere un proceso de selección de contenidos y de
delimitación de los esquemas conceptuales, de los procedimientos científicos y de las actitudes. En el análisis
didáctico hay que averiguar las ideas previas de los
alumnos, analizar las exigencias cognitivas de los contenidos y delimitar las implicaciones para la enseñanza.
Para la selección de estrategias didácticas, otro de los
componentes del modelo, los autores sugieren el diseño
de una secuencia global de enseñanza, la selección de
actividades de enseñanza y la elaboración de materiales
Los programas-guía de actividades representan otra aplicación del modelo constructivista de aprendizaje de las
ciencias (Gil, 1987). Las ideas básicas que subyacen en
la elaboración de estos programas-guía son favorecer la
construcción de los conocimientos por parte de los
alumnos y lograr que se familiaricen con algunas características del trabajo científico. Los programas-guías
son propuestas de desarrollo de unidades didácticas y,
aunque deben ser cuidadosamente preparados, han de
estar abiertos a posibles modificaciones a la vista de los
resultados que se obtengan durante su aplicación. Sería
contrario a la orientación constructivista utilizar los
programas-guía como una receta inflexible de la que no
se puede salir. Los programas-guía describen una secuencia de enseñanza en términos genéricos, relacionando el conjunto de actividades que se incluyen en ella y
posibles alternativas de trabajo adicionales. Las actividades que conforman los programas-guía pueden ser
muy variadas, pero se pueden clasificar en tres categorías fundamentales (Gil, 1987): actividades de iniciación (sensibilización del tema, explicitación de las ideas
que posean los alumnos, etc.), actividades de desarrollo
(introducción de conceptos científicos, manejo reiterado de dichos conceptos, detección de errores, emisión y
fundamentación de hipótesis, conexión entre partes distintas de la asignatura, elaboración de diseños experimentales, etc.) y actividades de acabado (elaboración de
síntesis, esquemas, mapas conceptuales, evaluación del
aprendizaje, etc.). Como se puede apreciar, algunas de
las actividades tienen una marcada orientación metacognitiva.
La forma en que se utiliza el programa-guía consiste en
la realización ordenada por los alumnos de las actividades propuestas. Los alumnos abordan las actividades
que se plantean en el programa-guía trabajando en grupos pequeños. De esta manera se incrementa el nivel de
participación y la motivación de los alumnos. El profesor debe supervisar el trabajo de los grupos, ofrecer
ayudas puntuales cuando sea necesario, estar atento al
desarrollo de las tareas y, tras la realización de cada
actividad, coordinar la puesta en común y reformular los
resultados, a la vez que clarifica y complementa el
trabajo de los grupos. Los programas-guía se orientan
fundamentalmente a la enseñanza secundaria.
En una línea diferente, pero complementaria, Villani y
Orquiza abogan por el uso de experimentos cualitativos
en las unidades didácticas como medio de crear conflictos cognitivos en los alumnos (Villani y Orquiza, 1995).
Estos autores clasifican los conflictos en externos e
internos. Los conflictos externos tienen su origen en una
divergencia entre los modos de ver de los alumnos y
elementos externos a él, como son el resultado de un
experimento, los contenidos de un libro de texto o la
explicación de un profesor, mientras que los conflictos
internos tienen su origen en una divergencia entre elementos cognitivos de los alumnos, como sus ideas, sus
exigencias epistemológicas o cognitivas o su ecología
conceptual. Villani y Orquiza insisten en que los alumnos no siempre son conscientes de que existe un conflicto externo o interno, algo que hemos podido comprobar
también en nuestras propias investigaciones (Otero y
Campanario, 1990; Otero, Campanario y Hopkins, 1992;
García-Arista, Campanario y Otero, 1996; Campanario,
1995). Otras veces los alumnos niegan, deforman o
minimizan los elementos divergentes. Los autores aconsejan estrategias tales como evitar el exceso de información, estimular las preguntas de los alumnos, soslayar
los problemas poco maduros, distinguir las situaciones
problemáticas, insistir en las condiciones de validez de
las afirmaciones de los alumnos, etc.
La revisión anterior ofrece un abanico de posibilidades
para el profesor de ciencias que no excluye otras propuestas alternativas (por ejemplo, el análisis y aplicación de las estrategias de enseñanza que utilizan los
profesores modelo (Tobin y Fraser, 1990) o la enseñanza
de las ciencias basada en una orientación histórica (Lombardi, 1997; Campanario, 1998b)). Los distintos enfoques presentan diferencias evidentes entre sí, y quizá sea
la fundamentación psicológica, filosófica o epistemológica uno de los aspectos que diferencia las propuestas.
Sin embargo, las orientaciones revisadas también tienen
aspectos comunes o similares que vale la pena resaltar.
En primer lugar, los enfoque alternativos a la enseñanza
tradicional insisten en la necesidad de que los alumnos
desempeñen un papel más activo en clase. Esta actividad
puede consistir en tareas diversas, desde realizar experiencias hasta resolver problemas, y se concibe como
una elaboración o aplicación de los conocimientos que
constituya una alternativa a la memorización simple de
Las propuestas que se revisan en este trabajo son consistentes, a veces de forma implícita, con algunas de las
recomendaciones basadas en las teorías cognitivas sobre
la motivación intrínseca de los sujetos. En efecto, uno de
los rasgos que definen el interés intrínseco por una tarea
o un contenido es la aplicabilidad percibida del mismo y
su utilidad para resolver o entender problemas o situaciones de interés (Alonso Tapia, 1991), un rasgo común
a los enfoques anteriores.
Por otra parte, parece existir un cierto consenso en que
estas propuestas requieren, en general, más tiempo para
desarrollar los contenidos que el que se requiere en la
enseñanza tradicional. La consecuencia inmediata de
esta percepción es una recomendación para reducir los
programas de las asignaturas.
La metacognición comienza a ser tenida en cuenta explícitamente en algunos de los enfoques, que hacen de este
factor un elemento importante de su formulación. Desgraciadamente, no parece que todavía existan muchas
propuestas para incidir sobre este factor orientadas a la
enseñanza de las ciencias y que estén debidamente contrastadas (Campanario, en revisión).
Los defensores de algunas de las alternativas revisadas
coinciden en señalar que una parte de las dificultades
derivadas de la implementación de las mismas tienen su
origen en las resistencias previsibles por parte de los
alumnos o de los profesores. Los profesores y las autoridades educativas tienden a ser conservadores a la hora
de aceptar e implementar las nuevas propuestas. Así, por
ejemplo, en otros países, el mayor impedimento al progreso del aprendizaje basado en problemas «ha sido el
conservadurismo y la resistencia a la innovación»
(Birch, 1986, p. 74). No cabe duda de que un profesor
decidido a aplicar alguna de las estrategias de enseñanza
alternativas que se proponen en este artículo debe reconsiderar cuál es su papel en el aula, lo que se traducirá, sin
duda, en un menor protagonismo y ello puede interpretarse, erróneamente, como una cierta merma en su
Las consideraciones anteriores nos llevan al arduo problema de la formación de los profesores de ciencias. La
formación psicopedagógica inicial de los profesores de
enseñanza secundaria en España es deficiente en muchos aspectos. Además de una reforma en profundidad
de esta formación inicial que contribuya a eliminar las
ideas «de sentido común» sobre la enseñanza, sería
necesario inculcar en los futuros profesores la necesidad
de una formación continuada. Esta formación continua
implica una transformación continua. Creemos que un
buen profesor debe conocer, además de su disciplina, los
puntos de vista vigentes sobre la enseñanza de las ciencias para, tras un análisis crítico, adaptar aquello que
encuentre valioso, corregir lo que sea deficitario y aportar, en un proceso de experimentación continuado, nuevas ideas y puntos de vista.
Este trabajo fue realizado en el marco del proyecto de investigación
PB-93-0478 financiado por la DGICYT. Expresamos nuestro
agradecimiento a tres asesores anónimos de la revista Enseñanza
de las Ciencias por sus sugerencias y comentarios.
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[Artículo recibido en junio de 1997 y aceptado en marzo de 1998.]
Lectiura sesión 2

References: resolución 
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