Source: http://www.libertadidioma.com/20200228.htm
Timestamp: 2020-04-07 22:16:07+00:00

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AGLI Recortes de Prensa Viernes 28 Febrero 2020
OKDIARIO 28 Febrero 2020
El PSOE y el PNV firmaron un acuerdo de doce puntos en los que, bajo una redacción calculadamente ambigüa, el Gobierno vasco obtenía la mayor cuota de autogobierno desde el Estatuto de Guernica de 1978. Sánchez, con tal de asegurarse La Moncloa, pasó por el aro de todas y cada una de las reivindicaciones de los nacionalistas. Les dio todo: de menor a mayor, la titularidad de la autopista A-68, el seguro escolar, los productos farmacéuticos, las ayudas a la jubilación a las empresas con expedientes de regulación de empleo, la gestión económica de los puertos, aeropuertos y de la Seguridad Social. Les habría dado la Luna, si pudiera. Un catálogo interminable de cesiones que el PNV quiere cobrarse pronto para vender el logro ante su parroquia.
La gestión de los aeropuertos es lo que ocupa ahora al PNV. Después de que los separatistas catalanes hayan exigido, con bastante éxito, por cierto, la gestión económica de El aeropuerto de El Prat, los nacionalistas vascos han redoblado sus peticiones para que Sánchez se avenga pronto a darles lo pactado. Quieren hacerse con el control de los aeropuertos vascos y lo quieren ya.
La Constitución establece en su artículo 149 que el Estado tiene competencia exclusiva sobre aeropuertos y puertos de interés general. La trampa que planea el Gobierno, todo un fraude constitucional, es considerar que El Prat en Barcelona (52 millones de pasajeros al año) Sondica en Bilbao (6 millones de pasajeros) o Foronda en Vitoria (el cuarto de España en mercancías) no son de interés general. Alucinante.
El Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez está dispuesto a entregar las competencias exclusivas del Estado consagradas en la Constitución para mantenerse en el poder. Una estrategia de jibarización del Estado que amenaza con convertir a España en una nación menguante. El PNV, que puede salir reforzado en las próximas elecciones autonómicas, sabe que nunca encontrará una oportunidad como esta para conseguir ahora lo que lleva reclamando desde hace décadas.
En su voluntad de ser más que nadie, los nacionalismos nunca han digerido la autonomía plena de las demás comunidades
Ignacio Camacho ABC 28 Febrero 2020
Cuando Andalucía se plantó, hace hoy cuarenta años, contra la asignación de una autonomía de segunda clase, fue por un sentimiento de agravio y de ultraje que empujó a un pueblo de tradición conformista a levantarse para decir, por métodos democráticos legales, que no estaba dispuesto a ser menos que nadie. (Por cierto que las condiciones de aquel referéndum no las superarían hoy los separatistas catalanes: mayoría absoluta en cada provincia contada sobre el total del censo, no de los votantes). Aquella sacudida social que comenzó a cavar la tumba política de Suárez sirvió para desactivar una España de dos velocidades y creó un modelo territorial igualitario que ha funcionado con éxito aceptable a pesar de su posterior desparrame. Los nacionalismos nunca digirieron bien que el autogobierno fuera accesible a otras comunidades; su actual designio de desmembración no es más que la expresión de una voluntad supremacista de vivir aparte para proteger privilegios particulares. Lo sorprendente es que el partido que lideró aquel combate por una nación de ciudadanos sea el que ahora, bajo el liderazgo de Sánchez, se preste a un nuevo chantaje que en el mejor de los casos puede desembocar en un Estado de estructuras confederales.
Ése es el fondo de la cuestión: que el socialismo contemporáneo haya dado la vuelta completa a sus postulados para acabar abrazando los del soberanismo identitario. Y quizá por las mismas razones que entonces: mero cálculo táctico. González y Guerra apoyaron la reivindicación andaluza para acelerar su acceso al poder y Sánchez se alía con los independentistas para conservarlo. Sólo que los primeros acertaron, como demostró la Historia, y el segundo ha emprendido el camino equivocado, el que dirige al régimen constitucional hacia el fracaso. Porque ya no es posible ir más allá sin dejar un país desestructurado en el que Cataluña y el País Vasco se desvinculen al margen de cualquier compromiso con un desarrollo solidario. Los errores acumulados en cuatro décadas de centrifugación política tienen ya difícil remedio, pero los que este Gobierno está cometiendo conducen a la ruptura de los hilos de convivencia que aún resisten mal que bien el paso del tiempo. No es posible un futuro compartido sin una mínima lealtad mutua al mismo proyecto y sin el respeto imprescindible a las reglas del juego.
La paradoja histórica reside en que ahora es el centro-derecha, que en 1980 se opuso -enorme desatino- a la reclamación de Andalucía, el encargado de la defensa contra el desafío nacionalista ante la renuncia de una izquierda replegada en un oportunismo de cortas miras. Si entonces se trataba de impedir que nadie quedara por debajo, hoy la prioridad consiste en evitar que algunos se sitúen por encima. El conflicto es el mismo aunque haya cambiado la perspectiva. Y el bien común amenazado se sigue llamando soberanía.
Carlos Herrera ABC 28 Febrero 2020
ÁLVARO CARVAJAL El Mundo 28 Febrero 2020
González y Aznar, culpables
Emilio Campmany Libertad Digital 28 Febrero 2020
Felipe González y José María Aznar han vuelto a coincidir en un foro para poner a caldo al actual presidente del Gobierno. Naturalmente, el popular ha sido más severo que el socialista, pero en esencia han venido a decir lo mismo. Aparte las metáforas, no muy bien escogidas, como la de los cuchillos en la boca, las habituales críticas a los populismos, la añoranza de un tiempo pasado que, como siempre, fue mejor y las concesiones al lenguaje posmoderno, recurriendo a gobernanzas, resiliencias y performances, lo demás fue lo de siempre. Y, como siempre, tampoco reconocieron la mucha culpa que los dos tienen de lo que está pasando.
Por empezar con quien podría alegar alguna atenuante, Aznar cedió más de lo que debía con tal de ser presidente en 1996 y cortó la cabeza de Alejo Vidal-Quadras, haciendo que el PP desapareciera de Cataluña. La conculcación de derechos civiles de los catalanes que no son nacionalistas creció exponencialmente a partir de entonces y todo se hizo a vista, ciencia y paciencia de Aznar. En cuanto a Felipe González, no sólo cedió ante los catalanistas siempre que necesitó redondear su mayoría, sino que intentó con Pujol algo típico en él, meterlo en la cárcel. No digo que no lo mereciera, pero es una clase de trabajo que, antes de empezarlo, hay que estar decidido a rematarlo. Y encima, cuando perdió las elecciones de 1996, se dedicó, junto con Juan Luis Cebrián, a ver cómo el PSOE podía evitar que volviera a haber una mayoría absoluta de la derecha y decidió que la única salida era suscribir una alianza estratégica con los nacionalistas. Lo que hizo Zapatero y ahora hace Sánchez no es más que seguir el libro de instrucciones que González dejó en alguna estantería de Ferraz.
Está muy bien que se quejen de la deslealtad de los nacionalistas, pero ésta no es nueva. En sus tiempos era bien palpable y ninguno hizo nada por alcanzar un pacto que hiciera del nacionalismo algo irrelevante. Pudieron acordar que ninguno se opondría al otro, sino que tan sólo se abstendrían para que siempre ganara las votaciones el que más votos tuviera, sin tener que recurrir a los nacionalistas. Pudieron arbitrar una reforma constitucional que hiciera que el presidente del Gobierno fuera elegido por sufragio universal directo para evitar depender en la investidura de los votos nacionalistas. Pudieron hacer muchas otras cosas y no las hicieron.
González y Aznar son por supuesto mucho mejores que Zapatero, Rajoy y Sánchez. Pero eso no les absuelve. Que fueran otros los que recogieron las tempestades, y que lo hicieran o lo hagan, como es el caso de Sánchez, muy a gusto, no quita para que quienes sembraron los vientos fueran ellos. Y no sobraría que lo reconocieran o que al menos, cuando coincidan, se lo echaran el uno al otro en cara en vez de intercambiar almibarados halagos.
Antonio Robles Libertad Digital 28 Febrero 2020
Estábamos preparados para enfrentarnos al separatismo, pero no para ser traicionados por el Gobierno de la nación. Todo es mentira. Nos formamos en el respeto a la Ley, nos tragamos que el Estado de Derecho es inviolable, que todos seríamos ciudadanos iguales y nadie saldría impune de violar los derechos fundamentales que nuestra Constitución consagra. Pero vemos un día tras otro cómo cae todo su peso sobre los humildes mientras los nacionalistas se la saltan cuando y cuanto quieren.
Todo es mentira. Nuestros mayores, que a duras penas sabían leer y escribir, pero les sobraba experiencia, nos repetían: "Quien no tiene padrino no se bautiza". Una fórmula tosca de desconfianza en el progreso del comportamiento humano. Los mirábamos con condescendencia. Pero aquí estamos, a merced de su refrán. ¡Ojo!, ningún régimen está a salvo si los ciudadanos creen que, efectivamente, todo es mentira.
Escribo bajo la profunda tristeza que siempre me produjo la soledad y la muerte de Antonio Machado camino del exilio en Colliure. Como dice mi buen amigo el poeta Aarón García: "El hombre es un ser irracional que se pasa toda la vida disimulándolo". Sigamos disimulando, este Gobierno de ineptos y felones no debe ni puede decidir el destino de esta nación y, aún menos, el de nuestras vidas y haciendas.
Es difícil expresar desde Cataluña lo evidente: cuando el separatismo estaba en sus horas más bajas y en franca retirada, Pedro Sánchez les pone una "mesa de negociación bilateral", asumiendo su lenguaje. O sea, la materia con la que construyen la realidad. Podemos enumerar los destrozos, pero por encima de todos está esa asunción y su capacidad simbólica; porque, al fin y al cabo, en ello consiste su realidad.
Cuando habían dejado de creer en sus chamanes, viene Sánchez y les dice a dos millones de ilusos: ¿lo veis? Si persistís, si seguís confiando en vuestros profetas, un día u otro España cederá.
Aceptar la bilateralidad, el conflicto político; escamotear la Constitución tras la triquiñuela de la seguridad jurídica, normalizar referéndum de autodeterminación, amnistía, mesa de diálogo… y hacerlo ante secesionistas y peronistas con nostalgia de comunistas es como sacar a bailar a un puercoespín para tener relaciones afectivas. En la práctica, la asunción de su lenguaje significa aceptar que
– Cataluña es una nación; y como tal, con derecho a la autodeterminación por estar expoliada por un Estado opresor. Los mantras al uso. Como la lengua propia. Sánchez les está legitimando la inmersión en la escuela, y excluyendo el español en las instituciones;
– toda nación tiene una historia, la nostra, no la de los opresores. La mesa acaba de otorgar veracidad a todo lo inventado por el romanticismo catalanista desde el s.XIX, incluidas las apropiaciones de todos los hombres ilustres de media Europa, como Cervantes o Leonardo Da Vinci. Aunque parezca un chiste, todos estos sofismas y mentiras son la base emocional donde amparan su construcción nacional.
Con esta mesa de negociación, Pedro Sánchez ha logrado imponer lo que tantos años persiguió Pujol con empeño sin lograrlo por entero, confundir Cataluña con el nacionalismo, legitimar la etnia y excluir la pluralidad cultural, lingüística y nacional. En una palabra, Pedro se desentiende de la Cataluña constitucional y sus derechos.
Y, lo peor, al sentarse a negociar la naturaleza del Poder Judicial y las penas impuestas por sedición, malversación y desobediencia con representantes de los propios condenados, está socavando la separación de poderes y el propio Estado de Derecho.
Con esa actitud, Pedro Sánchez da verosimilitud a todas las mentiras del procés y sus causas ante el resto del mundo. Y a los nacionalistas les alienta a que persistan, pues España, un día u otro, cederá. Como lo está haciendo él ahora.
PS: mientras se producía el debate en la sesión de control al Gobierno en el Congreso, la vicepresidente Calvo se acicalaba para asistir a la mesa de diálogo con separatistas y populistas. Cayetana Álvarez de Toledo jugó irónicamente con la ausencia. Una intervención de una liberal de libro que debe escuchar, antes que nadie, la izquierda. Intervención y réplica.
Un CP a la carta a favor de los delincuentes
“Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo” Albert Camus
Miguel Massanet diariosigloxxi 28 Febrero 2020
No hay duda de que estamos viviendo, en España, lo que se podría fácilmente calificarse de una etapa política abracadabrante, en la que los principios de la lógica no tienen cabida y las reglas del sentido común han quedado relegadas a meras ilusiones ficticias sin ningún valor, ante la evidencia de que estamos en manos de unos gobernantes que han decidido prescindir de cualquier freno moral o ético sin que, al parecer, les importe lo más mínimo saltarse las normas de actuación cuando ello les reporta beneficios personales, partidistas o les proporcione poder.
El ejemplo de lo que parece que este gobierno, del señor Pedro Sánchez, un personaje siniestro que no abre la boca más que para engañar, mentir o calumniar a sus opositores, está dispuesto a llevar a cabo para un futuro inmediato, lo estamos viendo en la continua retractación, avasallamiento, humillación y sometimiento a los que está dispuesto a someterse, el señor Presidente, ante los separatistas catalanes; hasta el punto de que está predispuesto a cambiar el propio Código Penal para adecuarlo, en lo que tipifica el gravísimo delito de sedición, para convertirlo en un delito menor con el fin de que, con ello, se consigan beneficios inmediatos para todos aquellos políticos catalanes condenados, por el Tribunal Supremo, a importante penas por su participación en hechos delictivos, con motivo de la convocatoria de un referéndum ilegal el 1 de octubre del año 2017, que fueron calificados por el alto tribunal como delito de secesión y, en algunos casos, como malversación de caudales públicos.
Y es que, cuando un ministro de Justicia, como es el caso del nuestro, Juan Carlos Campo, no tiene empacho alguno en considerar, en un momento en el que se está negociando, en una mesa en la que el gobierno se ha prestado a negociar con los separatistas catalanes, de tú a tú; con un planteamiento maximalista del señor Torra que ha exigido hablar de “la resolución del conflicto político” que, según su entender, abarca “el reconocimiento y ejercicio del derecho de autodeterminación” y el “fin de la represión, amnistía y reparación”, unas palabras que suenan a sacrilegio político en quienes no han tenido inconveniente a enfrentarse a todo un Estado democrático, desobedecer las sentencias de sus tribunales de justicia y contravenir al TS y al TC cuando se les ha ordenado que se ajustasen a las leyes vigentes y a la Constitución; como un delito que está excesivamente castigado, en unos momentos en que los propios separatistas piden la amnistía de los condenados, ya nos podemos dar cuenta de cómo pintan las cosas en cuanto a lo que podemos esperar de estas absurdas e inoportunas conversaciones respeto a la modificación que se pretende introducir en el nuevo CP. No contentos con la anterior boutade y por si no fuera suficiente la bofetada que le han propinado a España y a los españoles, han añadido una segunda condición consistente en que se establezcan “unas condiciones favorables para la negociación”
Otras peticiones que consistirán en “un calendario de trabajo, un sistema de validación y una propuesta de mediación internacional (es decir, el volver a lo del famoso “relator”) y reconocimiento de todas las partes en conflicto, incluyendo presos y exiliados”. Los alemanes, cuando firmaron la paz de Versalles, al final de la I Guerra Mundial no fueron sometidos a una humillación semejante ni tuvieron que tragar tanta bilis como la que parece estar dispuesto a hacer este señor que está al frente del Gobierno y que parece que, con tal de mantenerse en el poder, parece que no tiene el menor escrúpulo de ceder de una manera ignominiosa ante los soberanistas catalanes. Y este mismo señor, junto a su cohorte de ministras feministas, a cual más fanatizada, siempre dispuestas a apoyar cualquier medida que decida tomar su líder; es el que, cuando es interpelado en el Parlamento, se pone su cara de cemento y todavía se burla de la oposición cuando le piden aclaraciones sobre la supina metida de pata en el caso de Delcy Rodríguez o se le hablan de lo que ha sucedido en Baleares cuando unos organismos públicos han permitido que unas adolescentes de las que eran responsables, se pudieran prostituir libremente, sin enterarse de nada.
Y, como simples ciudadanos de a pie, nos preguntamos si es posible que, para que unos políticos descastados se sigan manteniendo al frente del gobierno español, puedan ceder a una petición tan absurda, tan contraria al sentido común, tan anticonstitucional, antijurídica e ilegal, como es cambiar el CP, reducir el alcance penal del delito de secesión (nada menos que un intento de alterar la unidad de la nación española) aplicado a unos señores que estaban especialmente obligados, en virtud su condición de funcionarios y haber acatado la Constitución, a defenderla y poner todos los medios adecuados, precisamente para enfrentarse a aquellos sediciosos que intentaran contravenir las normas constitucionales; con el evidente y único fin de liberar a los condenados por la Justicia del cumplimiento de las penas que les fueron impuestas y volverlos a dejar en libertad para que, como todos ellos ya han venido anunciando a los cuatro vientos, tengan la oportunidad de volver a seguir conspirando ( en esta ocasión con mayor libertad y con el “beneplácito” del Gobierno) para que, en un plazo que, con toda seguridad, se podrá acordar en lo que se decida en semejante contubernio, se intente un cambio de Constitución, de manera que se les den facilidades para que puedan conseguir sus objetivos de independencia.
No vale que los miembros del Gobierno aleguen que no van a ceder en cuestiones de independencia porque, el mero hecho de prestarse a mantener conversaciones sobre tan escabroso tema; la simple aceptación de establecer una disputa, de tú a tú, entre el Gobierno de la nación y una autonomía, que no es más que una parte de la Administración del Estado, y la opacidad y exclusividad con la que se ha llevado a término semejante componenda, excluyendo de participar ( es evidente que ninguno de ellos se hubieran prestado a semejante deshonra) a todos los partidos de la oposición, como hubiera podido ser si de lo que se tratase hubiera sido de una rendición incondicional de los sublevados y el retorno a (lo que nunca debió haberse puesto en cuestión) a la disciplina constitucional de región de Cataluña, como una autonomía más de la nación española.
Como hemos repetido en muchas ocasiones, no tenemos más remedio que culparnos a nosotros mismos, los ciudadanos, de haber llegado a una situación en la que es difícil encontrarle una salida que no sea traumática y en la que alguna de las partes deba de pensar con sensatez si, lo que queremos para España los muchos millones de españoles que no estamos de acuerdo con la deriva que está tomando la política en nuestro país, se ha de conseguir recurriendo a dejarse pisotear todas las libertades, derechos constitucionales ( léase propiedad privada o la aplicación de impuestos incautatorios) o sentimientos patrios o bien, estos partidos que tradicionalmente se han venido caracterizando por defender las libertades de la ciudadanía, los derechos constitucionales, las creencias religiosas, la vida y las buenas costumbres, se ponen las pilas, se arman de valor y se deciden a formar un frente común que les permita sumar y no dividir; todo en bien de una patria que, de seguir por el camino al que nos conducen estos gobernantes que se han hecho con el poder; es evidente que no vamos a tardar mucho en ver los resultados de una política tan equivocada y padecer sus consecuencias.
Una economía, en la que los despilfarros de la Tesorería del Estado, la nueva estrategia fiscal, mediante la cual van a intentar que, todo el dinero que precisan para llevar a cabo esta política comunistoide que van a tener que aplicar para contentar al comunismo del señor Pablo Iglesias y de esta feminista, libertaria e inconsciente, la señora Irene Montero, mediante la cual van a fomentar la famosa “igualdad”, va a tener como consecuencia el que, los ricos, asustados, abandonen España para evitar pagar los impuestos con los que se los amenaza y, el resto, los que quedemos, porque no estamos en condiciones de abandonar el país, vamos a tener ocasión de conocer de cerca las delicias de un régimen estalinista como el que ayudaron a implantar, en la Venezuela del señor Maduro, estos señores de la cúpula de Podemos, que ahora son los que, habiendo perdido en las elecciones pasadas una serie de escaños, han sido los que, finalmente, más beneficio han sacado de las circunstancias que han acompañado la subida al poder del PSOE.
O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con perplejidad la tranquilidad con la que una parte de la ciudadanía, no precisamente la más izquierdista, junto a los representantes de la prensa, ya no hablemos de este abrumador tanto por ciento que ,siempre ha venido apoyando a las izquierdas y al separatismo, sino a otros sectores más conservadores que, ignoramos si debido al miedo de posibles represalias de los nuevos gobernantes o por pertenecer a este sector que siempre existe de los llamados “chaqueteros”, siempre está dispuesto a formar parte de los siguen a los que están al mando y, para los cuales, las ideas, las convicciones políticas, los valores morales y éticos, no son más que molestos acompañantes, de los cuales conviene prescindir cuando lo que resulta más rentable es colocarse de la parte que soplan los vientos. Tiendo la vela de aventura/ que hay otro mundo que encontrar/ siembro la flor junto a la espiga/ y se hacen versos en mi hogar
Juan Francisco Martín Seco republica 28 Febrero 2020
Entre los factores más odiosos del sanchismo ocupa un lugar destacado esa continua pretensión de que la historia comienza con ellos; hasta ahora, por lo visto, no se había hecho nada que mereciese la pena. El discurso que Pedro Sánchez está elaborando acerca de Cataluña es vomitivo, una mezcla empalagosa de buenismo y de embustes que tan solo procura ocultar esa enorme vergüenza que supone estar obligado a postrarse ante los golpistas para mantenerse en el gobierno. Expresiones como conflicto político, reencuentro, desjudicialización de la política, diálogo, etc., son todas ellas manifestación de la deshonra a la que ha llegado el Gobierno de España, de cómo pretende partir de cero y borrar cinco siglos de historia.
El aburrimiento y el asco que produce el comportamiento de este Gobierno con respecto a Cataluña es de tal calibre que cuesta hasta comentarlo. Tal vez la mejor forma de mostrar su oportunismo, levedad y vileza es compararlo con la intervención de Ortega y Gasset, hace cerca de 90 años, en las Cortes Españolas, con motivo del debate del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Prestemos pues estas páginas al catedrático de Metafísica y filósofo del perspectivismo. Dada su extensión, no podemos transcribirla por completo, aun cuando sería de sumo interés hacerlo. Contentémonos con aquellas partes que, aunque de forma parcial y subjetiva, he considerado más importantes:
“…Se nos ha dicho: «Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no acertó a solventar…
… ¿Qué es eso de proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre y de raíz un problema, sin parar en las mientes de si ese problema, él por sí mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, nos había invitado al suicidio. Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles…
…el problema catalán es un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista. No temáis, señores de Cataluña, que en esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco, doloroso para todos. ¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos. Y no se diga que es, en pequeño, un sentimiento igual al que inspiran los grandes nacionalismos, los de las grandes naciones; no; es un sentimiento de signo contrario. Sería completamente falso afirmar que los españoles hemos vivido animados por el afán positivo de no querer ser franceses, de no querer ser ingleses. No; no existía en nosotros ese sentimiento negativo, precisamente porque estábamos poseídos por el formidable afán de ser españoles, de formar una gran nación y disolvernos en ella. Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta. En cambio, el pueblo particularista parte, desde luego, de un sentimiento defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte. Por eso el nacionalismo particularista podría llamarse, más expresivamente, apartismo o, en buen castellano, señerismo…
…Por eso la historia de pueblos como Cataluña e Irlanda es un quejido casi incesante; porque la evolución universal, salvo breves períodos de dispersión, consiste en un gigantesco movimiento e impulso hacia unificaciones cada vez mayores. De aquí que ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma; ese pueblo que está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive, casi siempre, preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Y así, por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos, enzarzados sobre cuestiones de soberanía, sea cual sea la forma que de la idea de soberanía se tenga en aquella época: sea el poder que se atribuye a una persona a la cual se llama soberano, como en la Edad Media y en el siglo XVII, o sea, como en nuestro tiempo, la soberanía popular. Pasan los climas históricos, se suceden las civilizaciones y ese sentimiento dilacerante, doloroso, permanece idéntico en lo esencial. Comprenderéis que un pueblo que es problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para los demás y, así, no es extraño que si nos asomamos por cualquier trozo a la historia de Cataluña asistiremos, tal vez, a escenas sorprendentes, como aquella acontecida a mediados del siglo XV: representantes de Cataluña vagan como espectros por las Cortes de España y de Europa buscando algún rey que quiera ser su soberano; pero ninguno de estos reyes acepta alegremente la oferta, porque saben muy bien lo difícil que es la soberanía en Cataluña. Comprenderéis, pues, que, si esto ha sido un siglo y otro y siempre, se trata de una realidad profunda, dolorosa y respetable; y cuando oigáis que el problema catalán es en su raíz, en su raíz –conste esta repetición mía–, cuando oigáis que el problema catalán es en su raíz ficticio, pensad que eso sí que es una ficción…
…Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España…
…Pero los que ahora me interesan más son los otros, todos esos otros catalanes que son sinceramente catalanistas, que, en efecto, sienten ese vago anhelo de que Cataluña sea Cataluña. Mas no confundamos las cosas; no confundamos ese sentimiento, que como tal es vago y de una intensidad variadísima, con una precisa voluntad política… No, muchos catalanistas no quieren vivir aparte de España, es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, no aceptan la política nacionalista, ni siquiera el Estatuto, que acaso han votado. Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son un sentimiento, pero siempre hay alguien que se encarga de traducir ese sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, a un grupo exaltado, les parecen mejores. Los demás coinciden con ellos, por lo menos parcialmente, en el sentimiento, pero no coinciden en las fórmulas políticas; lo que pasa es que no se atreven a decirlo, que no osan manifestar su discrepancia, porque no hay nada más fácil, faltando, claro está a la veracidad, que esos exacerbados les tachen entonces de anticatalanes…
…Pero una vez hechas estas distinciones, que eran de importancia, reconozcamos que hay de sobra catalanes que, en efecto, quieren vivir aparte de España. Ellos son los que nos presentan el problema; ellos constituyen el llamado problema catalán, del cual yo he dicho que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar. Y ello es bien evidente; porque frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que problema de tal condición puede ser resuelto de una vez para siempre. Pretenderlo sería la mayor insensatez, sería llevarlo al extremo del paroxismo, sería como multiplicarlo por su propia cifra; sería, en suma, hacerlo más insoluble que nunca…
…Yo creo, pues, que debemos renunciar a la pretensión de curar radicalmente lo incurable. Recuerdo que un poeta romántico decía con sustancial paradoja: «Cuando alguien es una pura herida, curarle es matarle.» Pues esto acontece con el problema catalán…
…soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el poder que crea y anula todos los otros poderes, cualesquiera sean ellos, soberanía, pues significa la voluntad última de una colectividad. Convivir en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida. Y si hay algunos en Cataluña, o hay muchos, que quieren desjuntarse de España, que quieren escindir la soberanía, que pretenden desgarrar esa raíz de nuestro añejo convivir, es mucho más numeroso el bloque de los españoles resueltos a continuar reunidos con los catalanes en todas las horas sagradas de esencial decisión. Por eso es absolutamente necesario que quede deslindado de este proyecto de Estatuto todo cuanto signifique, cuanto pueda parecer amenaza de la soberanía unida, o que deje infectada su raíz. Por este camino iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional. Yo recuerdo que una de las pocas veces que en mis discursos anteriores aludí al tema catalán fue para decir a los representantes de esta región: «No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Presentadlo, planteadlo en términos de autonomía». Y conste que autonomía significa, en la terminología juridicopolítica, la cesión de poderes; en principio, no importa cuáles ni cuántos, con tal que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene. Esto es autonomía. Y en ese plano, reducido así el problema, podemos entendernos muy bien, y entendernos –me importa subrayar esto– progresivamente, porque esto es lo que más conviene hallar: una solución relativa y además progresiva…
…nos parece un error que, en uno de los artículos del título primero, se deslice el término de «ciudadanía catalana». La ciudadanía es el concepto jurídico que liga más inmediata y estrechamente al individuo con el Estado, como tal; es su pertenencia directa al Estado, su participación inmediata en él. Hasta ahora se conocen varios términos, cada uno de los cuales adscribe al individuo a la esfera de un Poder determinado; la ciudadanía que le hace perteneciente al Estado, la provincialidad que le inscribe en la provincia, la vecindad que le incluye en el Municipio. Es necesario, a mi modo de ver, que inventen los juristas otro término, que podamos intercalar entre el Poder supremo del Estado y el Poder que le sigue –en la vieja jerarquía– de la provincialidad; pero es menester también que amputemos en esa línea del proyecto de Estatuto esa extraña ciudadanía catalana, que daría a algunos individuos de España dos ciudadanías, que les haría en materia delicadísima, coleccionistas.
Por fortuna, ahorra mi esfuerzo, en el punto más grave que sobre esta materia trae el dictamen, el espléndido discurso de maestro de Derecho que ayer hizo el señor Sánchez Román. Me refiero al punto en el cual el Estatuto de Cataluña tiene que ser reformado, de suerte tal que no se sabe bien si esta ley y poder que las Cortes ahora otorguen podrá nunca volver a su mano, pues parece, por el equívoco de la expresión de este artículo, que su reforma sólo puede proceder del deseo por parte del pueblo catalán. A nuestro juicio, es menester que se exprese de manera muy clara no sólo que esto no es así, sino que es preciso completarlo añadiendo a esa incoación, por parte de Cataluña, del proceso de revisión y reforma del Estatuto, otro procedimiento que nazca del Gobierno y de las Cortes. Parece justo que sea así…
…Y si no fuera porque en uno de sus lados sería petulancia, terminaría diciéndoos, señores diputados, que reflexionéis un poco sobre lo que os he dicho y olvidéis que yo os lo he dicho…”.
Hasta aquí las palabras de Ortega. Cuan de importante sería que todas ellas se pronunciasen de nuevo en las Cortes españolas. Sonarían como latigazos que pondrían en ridículo esa payasada de la mesa bautizada por Sánchez de diálogo, mesa como mínimo “alegal” y “aconstitucional”, pues se ha establecido de forma querida y consciente al margen de todo ordenamiento jurídico y de la estructura política, con la intención de que sus sesiones y acuerdos, si los hubiese, no pudieran ser recurridos ante el Tribunal Constitucional. No es cierto, por tanto, que con esta mesa -tal como afirman algunos comentaristas- los independentistas catalanes vuelvan a las instituciones. Desde el punto de vista institucional, esta mesa no existe. Se podría decir que se ha creado en el aire, es tan solo un contubernio. Ver a un gobierno central embarrado en tales aquelarres es patético, pero también trágico.
Editorial ABC 28 Febrero 2020
La primera convocatoria de la «mesa de negociación» entre el Gobierno y el separatismo ha supuesto la normalización de una anomalía democrática porque Pedro Sánchez ha aceptado pactar la resolución de un «conflicto político» con un guión basado en ilegalidades y en la humillación del Estado por pura estrategia de supervivencia. Compartir mesa con imputados y condenados refleja, además, un cinismo notable y la doble vara de medir de la izquierda en su exigencia de ejemplaridad. Sobre esta base, la cita jamás debió producirse. Pero tuvo lugar, y han empezado a trascender algunos detalles de las conversaciones. El Govern reveló ayer que Carmen Calvo propuso el retorno de los huidos de la Justicia y la excarcelación de los condenados si eso suponía el final del «conflicto». Desde el punto de vista de las formas, una vicepresidenta habló por todo el Parlamento y por todo el Poder Judicial, como si España estuviese en un régimen autoritario, lo cual refleja el talante del Gobierno de Sánchez. La oferta de Calvo no deja de ser el blanqueamiento de unos gravísimos delitos, un pasaporte de inmunidad e impunidad para unos golpistas y el salvoconducto para que unos delincuentes regresen a la política como si nada hubiese pasado. O como si sus sentencias fuesen una nadería impresa en papel mojado. Además, se trata de independentistas que no solo se han jactado de pisotear la legalidad, sino que han expresado con orgullo victimista su voluntad de reincidir mientras entran y salen de prisión: Oriol Junqueras y Raül Romeva serán los siguientes. Es incomprensible que Sánchez haya accedido a semejante extorsión. No es nada más que la concesión de un indulto encubierto o una amnistía vergonzante, ofrecidos por la puerta de atrás de nuestro Estado de Derecho, y con la cobardía de no pasar siquiera por el Consejo de Ministros.
A día de hoy, la excarcelación de los condenados ya se está produciendo por la vía de los hechos consumados gracias al control que ejerce la Generalitat sobre las instituciones penitenciarias en Cataluña. Y con un notorio agravio comparativo respecto a miles de presos comunes. A su vez, el compromiso de deconstruir el delito de sedición para que pueda aplicarse de modo favorable y a la medida de los golpistas es una rendición absoluta del PSOE. Fabricar delitos bajo la excusa de su actualización para provocar excarcelaciones ad hominem es romper el principio de separación de poderes, ningunear a nuestros tribunales e imponer una mentira flagrante a la opinión pública. El Gobierno está pidiendo perdón a unos delincuentes a los que la democracia ha acusado, condenado y encarcelado con todas las garantías. Y lo hace en nombre de todos los españoles para contentar a una minoría. Lo que ha ocurrido no es una exaltación del «diálogo», sino la más despreciable negación de la democracia.
Editorial El Mundo 28 Febrero 2020
Burla carcelaria de los golpistas
Editorial larazon 28 Febrero 2020
Nada puede haber peor que la aplicación de las sentencias judiciales pierda su apariencia de equidad, no sólo por el daño que se inflige a la imagen de una Justicia que deja de percibirse por el cuerpo social como igual para todos, sino que, además, quiebra el contrato no escrito de confianza entre los ciudadanos y sus jueces, mucho más, en un país como España, con uno de los códigos penales más duros de la OCDE y en el que se dictan las condenas carcelarias más largas, incluso, para delitos de orden civil.
De ahí que la aplicación permisiva por parte de la Consejería de Justicia de la Generalitat, que preside la militante de ERC Ester Capella, de un artículo excepcional de la Ley General Penitenciaria, el 100.2, para beneficiar directamente a los políticos separatistas condenados por el procés suponga un agravio comparativo para con el resto de la población reclusa y represente, en sí mismo, un escándalo mayor que nuestro sistema judicial no debería dejar pasar.
Ciertamente, los padres de la Constitución, siguiendo un criterio afianzado en el corpus jurídico español, al menos, desde la Segunda República, establecieron que la finalidad de las penas privativas de libertad deberían ir orientadas a la reeducación y reinserción social de los penados, principio moral que está desarrollado en varios artículos de la ya citada Ley General Penitenciaria, pero, también es cierto que no es posible entender el proceso de reinserción sin el reconocimiento del delito por parte del condenado, es decir, la asunción de la responsabilidad, y el arrepentimiento, expreso o no. Son dos elementos de convicción en el tratamiento individualizado de los reclusos y, como de hecho estaba presente en el ánimo del legislador, deberían ser más determinantes que otras consideraciones, como el arraigo social o disponer de un entorno familiar estable.
Pues bien, ninguno de esos dos factores se verifica en las actitudes de los condenados por la intentona golpista de octubre de 2017. Muy al contrario, no sólo se declaran públicamente víctimas de una justicia arbitraria y de un Estado vengativo, sino que manifiestan su intención de volverlo a hacer. Son, a nuestro modo de ver, conductas rebeldes que no pueden ser alzaprimadas, precisamente, por aquellos representantes de la Administración que tienen entre sus principales obligaciones la de cumplir y hacer cumplir la Ley sin que padezca gravemente el ordenamiento jurídico.
Pero es que, además, la flagrante permisividad penitenciaria de la Generalitat traslada a la opinión pública el mensaje inequívoco de que las condenas impuestas por el Tribunal Supremo viene contaminadas por un procedimiento injusto, lo que es tanto como decir, desde una institución pública, que los delincuentes han sido, en efecto, víctimas de un Estado opresor. Con todo, lo peor es que está deriva política se daba por descontada desde el mismo momento en que los reos pasaron a depender del sistema penitenciario catalán, lo que motivó la petición de la Fiscalía al Tribunal Supremo de que se incluyera en la sentencia el artículo 36.2 del Código Penal, que establece que cuando la duración de la pena de prisión impuesta sea superior a cinco años y se trate de una serie de delitos, entre los que se encuentra la sedición, la clasificación del condenado en el tercer grado de tratamiento penitenciario no podrá efectuarse hasta el cumplimiento de la mitad de la misma.
No lo entendió así el magistrado Manuel Marchena, presidente del tribunal sentenciador, por entender que las penas accesorias de inhabilitación impedían la reiteración delictiva. Fue un error, como ha demostrado la realidad, que ha hecho un flaco favor a la dignidad de la Justicia española, al tiempo que ha dado a los partidos separatistas un fatal instrumento para mantener su desafío al Estado.
Sergio Fidalgo okdiario 28 Febrero 2020
Queda claro que el separatismo, tanto el catalán como el vasco, tiene desde hace décadas un plan para destruir España. Ya han conseguido en sus respectivas comunidades autónomas ser hegemónicos, y la siguiente fase es el “pancatalanismo” y el “panvasquismo”, batallando en los frentes de Valencia, Baleares, Aragón y Navarra. Con paciencia, y día tras día, van avanzando, como si fuera un salchichón del que, loncha a loncha, se van apoderando.
La pregunta es, ¿existe un plan para salvar a España del separatismo? Visto lo visto, parece que no. La ‘mesa de diálogo’ no parece la mejor manera de plantarles cara, sobre todo porque se visualiza la presencia de un “Gobierno de España” y un “Gobierno de Cataluña”, como si la reunión de ambos Ejecutivos fuera la comisión encargada de pactar una paz tras una contienda bélica. Solo con la existencia de la misma el secesionismo ya se ha apuntado una victoria importante.
Queda claro que Pedro Sánchez no tiene un plan para salvar a España del separatismo. ¿Lo tuvo Mariano Rajoy? Si leemos el estremecedor libro ‘La telaraña’, de Juan Pablo Cardenal, queda claro que tampoco. Porque leer en sus páginas la mezcla de indolencia, falta de voluntad y carencia de arrojo del Gobierno de España a la hora de intentar plantar cara a la red de propaganda del secesionismo catalán en el extranjero, da ganas de llorar. Que uno de los Estados más antiguos de Europa se dejara comer la tostada por un gobierno regional como el de la Generalitat indica que lo importante no es el tamaño, ni el potencial, sino la voluntad de usar las herramientas de las que se dispone.
El ‘Govern’ de Mas, Puigdemont o Torra no ha dudado en poner toda la carne en el asador para expandir su propaganda tanto en Cataluña, como en el extranjero. Ni Felipe, ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy, ni Sánchez han querido plantar cara de verdad al secesionismo catalán. Las opciones fueron desde el intento de conllevancia, el mirar hacia otra parte o esperar que el tiempo solucionara los problemas. Pero nada de un plan para reconquistar las almas de los muchos españoles envenenadas por el separatismo. La aplicación del artículo 155 sobre el Govern tuvo buenas intenciones, y consiguió algunos resultados destacables, pero fue solo un parche temporal.
Para poder ganar al secesionismo, al menos hay que presentarse en el campo de juego. Y desde la restauración democrática los nacionalistas catalanes han ganado todos los partidos por incomparecencia del contrario. Por muchos desafíos que plantearan, nunca perdían, siempre ha sido un “win-win”. Si no ganaban, se quedaban como estaban, si se salían con la suya, los réditos fueron siempre notables. Miremos la situación actual: JxCAT y ERC intentan dar un golpe de Estado. Con apenas un par de años de prisión los presos van encadenando permisos y terceros grados encubiertos; siguen dominando el presupuesto de la Generalitat y lo siguen saqueando; presumen de que “lo volverán a hacer” y su maquinaria de propaganda interior y exterior es más fuerte que nunca.
¿Por qué no lo van a intentar de nuevo con tantos incentivos para repetir? Si pierden, unos meses en prisión, a cuerpo de rey, y de nuevo a casa. Si ganan, todo el pastel para ellos. Lo raro es que el PNV y Bildu no se apunten a la fiesta. Y según lo que pase en Galicia en las próximas autonómicas, también el frente secesionista con el BNG al frente. Porque si el Gobierno, los altos funcionarios del Estado o la Santísima Trinidad tienen un plan para salvar a España de la ruptura, yo no lo veo por ningún sitio. Veo, en general, mucho cortoplacismo. En Cataluña hay un refrán que dice ‘qui dia passa, any empeny’, que significa “quién pasa un día, empuja un año”. Así está nuestro país. Los separatistas van “passant” días, y poco a poco van consiguiendo avanzar hacia su objetivo final.
Sigo siendo optimista en cuanto a la reacción de la ciudadanía para evitar la ruptura de España. Pero me temo que cada día estamos más solos, y necesitamos crear ya las herramientas indispensables para una respuesta transversal al separatismo. O conseguimos construir un frente amplio, o perderemos.
ESdiario 28 Febrero 2020
La cárcel de Lledoners sigue la estela de otras prisiones catalanas y aplicará el artículo 100.2 del reglamento penitenciario para permitir que Oriol Junqueras y Raúl Romeva, condenados a trece y doce años de prisión por un delito de sedición, salgan tres días a la semana para trabajar. La decisión depende de la consejería de Justicia de Generalitat de Cataluña ( o sea, de Quim Torra), que ya ha concedido beneficios penitenciarios a Jordi Cuixart, Jordi Sánchez, Joaquim Forn, Dolors Bassa y Carmen Forcadell, bien para realizar tareas de voluntariado, trabajar o cuidar a familiares con edad avanzada.
Estamos ante un escándalo de proporciones mayúsculas, porque los permisos se están concediendo en un claro fraude de ley. La Fiscalía se ha opuesto a los beneficios penitenciarios porque no es habitual ni es estético que presos condenados a penas tan elevadas puedan disfrutar de un régimen de semilibertad tan pronto cuando ni «aceptan» que cometieron un delito ni se han comprometido a no volver a hacerlo. Más bien todo lo contrario.
El fiscal superior de Cataluña, Francisco Bañeres, ha defendido la posición de la Fiscalía en contra de que la Generalitat de Quim Torra, inhabilitado, además, por un delito de desobediencia, esté concediendo permisos a los golpistas condenados por el Supremo, como si de un «tercer grado» encubierto se tratase. «No es frecuente» aplicar el artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario a quienes están en la cárcel con penas de hasta 13 años «en un plazo tan corto» de tiempo.
La Fiscalía sostiene que flexibilizar la estancia en prisión de los líderes separatistas catalanes supone una manera de eludir los cauces de oposición y recurso que tiene el Ministerio Público contra las decisiones de las Juntas de Tratamiento Penitenciario de las cárceles catalanas. Y ha manifestado que si se consideraba que los internos ya estaban en condiciones de ser puestos en libertad «lo más razonable habría sido un tercer grado».
Un Estado de Derecho que permite que un delicuente como Torra abra las puertas de la prisión a los golpistas no es un Estado de Derecho: es una vergüenza. Estamos ante un fraude de ley revestido de apariencia de legalidad con la connivencia del Gobierno.
No ha habido ni una petición realizada por los partidos que quieren romper España que Sánchez haya denegado
Ramón Pérez-Maura ABC 28 Febrero 2020
Esquerra Republicana de Catalunya es un partido agradecido. Sánchez cumplió con su promesa de crear una «mesa» y en menos de horas 24 el partido independentista dio luz verde al techo de gasto y la senda de déficit, que son el primer paso para la aprobación de unos Presupuestos Generales del Estado. Sánchez va camino de cumplir dos años como presidente del Gobierno y no ha gobernado un solo día con presupuestos presentados por su partido. La clave ahora está en lo que dijo ayer Gabriel Rufián antes de que sus republicanos catalanes anunciasen su respaldo tácito a ese techo de gasto: «ERC siempre cumple sus acuerdos».
Lo que se celebró el miércoles por la tarde en La Moncloa no tenía como objetivo buscar «vías de solución» en Cataluña. Al menos no en la mente del convocante, el presidente del Gobierno. Lo que buscaba allí Sánchez es consolidarse en el Gobierno. Y para eso todos sabemos que tiene que hacer concesiones porque él es el presidente del Gobierno con menos diputados en su grupo parlamentario desde la restauración de 1975. El rollo buenista del paseo por los jardines -como si fueran un grupo de amigos de toda la vida- con un recorrido calculado para el tiro de cámara es propio de la perfecta agitación y propaganda cinematográfica que perpetraba Leni Riefenstahl para el régimen nazi. El paseo entre antorchas de aquellas juventudes se ha sustituido esta vez, sutilmente, por el caminar bajo el arco formado por los plátanos del jardín. ¡Qué sutileza! Al menos no tuvieron el valor de corresponder al recibimiento que hizo Torra a Sánchez en Barcelona con un cuerpo paramilitar rindiéndole honores cuasi de ordenanza. Salvo por eso, Quim Torra y sus hoy rivales de ERC lograron con creces su objetivo: que el presidente de la Generalidad fuese recibido en la sede de la Presidencia del Gobierno del Reino de España en igualdad de condiciones. Y que se le permitiese emplear las mismas facilidades que usan los jefes de Estado extranjeros que visitan el Palacio de la Moncloa.
Los independentistas catalanes están ahora obligados a mantener el respaldo parlamentario a Sánchez. O, lo que es lo mismo, tienen que impedir su caída. Aunque esa caída es virtualmente imposible porque para derribar al Gobierno hace falta una mayoría alternativa y los independentistas y nacionalistas vascos y catalanes saben que éste es el régimen soñado por ellos para conseguir su objetivo final. En esta fiesta hay barra libre. Desde que Sánchez anunció su acuerdo con Podemos tras las últimas elecciones no ha habido ni una sola petición realizada por los partidos que quieren romper España que Sánchez les haya denegado. Jamás soñaron los nacionalistas vascos que se pudiera romper la caja única de la Seguridad Social para que ellos se llevaran su parte. Pero ahora lo han conseguido.
El objetivo de Sánchez es aprobar unos presupuestos con el apoyo de quien sea. Sabedores de la riqueza de la ubre que amamanta en esta barra libre, hasta el Partido Regionalista de Cantabria, que tan dignamente negó su apoyo cuando Sánchez se alió a los independentistas, ha vuelto raudo para beneficiarse del nuevo caudal que mana. A nadie puede sorprender lo que nos espera. Ya lo dijimos cuando fue derrocado Rajoy en junio de 2018: por primera vez en Occidente un país está regido por un Gobierno sostenido por los que quieren destruir ese país. Éste es el resultado. Que nadie diga que no era previsible. Y lo que nos espera.
Salidas de prisión para trabajar
Hughes. ABC 28 Febrero 2020
El indulto de los golpistas catalanes ya es una costumbre en España. En 1931, Macià, fundador de ERC que había participado en el complot de Prats de Molló con el que pensaba invadir Cataluña desde Francia y por el que allí fue condenado solo a dos meses de cárcel, proclamó tras su estancia en Bruselas (nos suena) un Estado Catalán el 14 de abril. De ahí saldría otra negociación inmediata con el gobierno provisional de la Segunda República que daría como resultado el Estatuto de Autonomía catalán. Y aquí estamos de nuevo ante algo parecido pero diferente, incruento, por fortuna, pero quizás más grave. Cataluña buscaba empujar hacia la federalización de España. En la actualidad, la izquierda española admite fórmulas federativas y el Estatuto parece un lugar de salida ante unas pretensiones separatistas explícitas. Este proceso se parece al 34, pero coge maneras del 31 y encubierto con eufemismos como «diálogo» o «encuentro» repite la convergencia entre nacionalismo e izquierda que ya forzó el cambio de régimen en los años 30. Reaparece a modo de farsa, con personajes que cuesta tomar en serio, y un lenguaje equívoco y cursi con el que el español que quiera podrá aducir engaño. Lo que entonces no se aceptó se tragaría ahora envuelto en la larga melaza conceptual elaborada desde Rodríguez Zapatero.
Muchos españoles observan con impotencia las regalías a los separatistas
Luis Ventoso ABC 28 Febrero 2020
A Sánchez se le puede objetar con pruebas su elástica relación con la verdad y sus desinhibidos bandazos. También que antepone su híper yo a los intereses generales de España, que por razón de cargo está llamado a defender. Pero toca reconocer que se trata de un adversario temible, un político habilidoso en el sentido maquiavélico del término. Lo demostró reconquistando su sillón de Ferraz, casi haciendo autostop, tras ser defenestrado por el sector constitucionalista. También cuando tejió una alianza subterránea con los separatistas para echar a Rajoy, al tiempo que en un atrevido doble juego lo visitaba en La Moncloa garantizándole lealtad plena frente a los sediciosos catalanes. Un superviviente que maniobra con audacia extrema, pues su ambición se
ve espoleada por un punto de amoralidad. Ahora acaba de cerrar una jugada maestra para sus intereses (que no para los del país). Sin ceder en la autodeterminación, concesión que no podría otorgar sin delinquir, ha logrado que los separatistas catalanes y Bildu apoyen su techo de gasto. Lo ha logrado engatusándolos con el vistoso espectáculo de la mesa en La Moncloa y ofreciéndoles fórmulas que de facto equivalen a una amnistía. Un triunfo relevante, porque supone el paso previo a la luz verde a los Presupuestos. Si logra sacarlos adelante, completará la legislatura. Nada le importará prorrogar las cuentas lo que haga falta. De hecho gobierna encantado con las de Montoro.
Los bloques de izquierda y derecha prácticamente empataron en las últimas elecciones. Pero cunde un aroma de derrota entre quienes ven cómo se afloja la unidad del país y se ponen en solfa principios democráticos. Según contaron fuentes del Govern ayer a ABC, el Gobierno les ofertó en La Moncloa sacar a los presos a la calle y traer de vuelta a los fugitivos («los exiliados», en la jerga separatista ya asimilada por el tertulianismo progresista). Una oferta así supone cepillarse pilares de cualquier Estado de Derecho, pues lo que está diciendo el Ejecutivo es que él se pone a la Justicia por montera y si quiere liberará a los presos a la calle y perdonará a los fugados cuando le dé la gana, digan lo que digan los jueces, proteste lo que proteste la oposición, se ofendan lo que se ofendan la mayoría de los españoles.
¿Es normal que Junqueras, condenado en firme a 13 años hace solo cinco meses por declarar la república catalana, salga ya de permiso tres días por semana? ¿Es normal que el nuevo ministro de Justicia le enmiende la plana al máximo tribunal del país y declare que sus penas fueron «excesivas» y que se aplicó una figura penal «del siglo XIX»? ¿Es normal que se reforme el Código Penal a la carta solo para comprar a Junqueras a fin de que apoye los presupuestos de Sánchez? ¿Es normal colocar en la Fiscalía General a una exministra del PSOE, que además ha elegido como su segundo a un fiscal que participaba en mítines socialistas? ¿Es normal la cadena de embustes del caso Ábalos y la chulería sin explicaciones? Lo anormal es la nueva normalidad. Y así será durante al menos tres años (o más, si los tres partidos de derechas no se unen).
Cristian Campos elespanol 28 Febrero 2020
Existe una regla no escrita de la historia que dice que las civilizaciones caen a manos de los bárbaros y los bárbaros, a manos de las civilizaciones. No siempre es fácil saber a cuál de los dos grupos pertenece tu nación.
Si una horda de hombres de armas, de colonos, de funcionarios o de comerciantes cruza la frontera de tu país y amenaza con apropiarse de él, no los mires a ellos. Mírate a ti mismo, pregúntate qué eres y deduce, por descarte, si vas a ser civilizado o embrutecido.
La peculiaridad española, una nación tan civilizada que sólo cabe la opción de embrutecerla, es que los invasores no han tenido que cruzar la frontera porque siempre han estado dentro de ella.
"Existen diferentes maneras de sentirse español", dicen los que han sentado a los peores de los españoles en el Consejo de Ministros o en mesas de diálogo y les han concedido mando en plaza para dictar cómo será en el futuro ese país al que aborrecen.
En algo tienen razón. Existen diferentes formas de sentirse español. La de los civilizados y la de los bárbaros. Considerar a los segundos como elemento digno de integración es sólo una de las burdas trampas conceptuales, puramente sentimentales y relativistas, es decir populistas, que nos han conducido hasta aquí.
Hasta en los momentos más oscuros de la historia de España los españoles al frente del resto han tenido una visión. La visión podía ser brillante, buena, mediocre, mala o criminal. Podía arrastrar a más o menos españoles. Pero la visión existía. ¡Hasta el Frente Popular tenía una visión de España, aunque fuera la de un campo de concentración!
Pero cuando sólo los bárbaros tienen una visión de país es que la nación ha empezado a entonar su canto del cisne. Es lo que ocurre ahora.
Es fácil adivinar cuál es la España que tiene en mente Podemos, que es la misma que la de Bildu o la CUP. Está también claro cuál es la de ERC, JxCAT y PNV.
Pero es imposible saber cuál es la de Ciudadanos y PP más allá de unos programas electorales que en el mejor de los casos son táctica, no estrategia.
En realidad, comprendo el desconcierto del centro y el centroderecha español. La enfermedad que aqueja a los españoles no es muy diferente de la que aqueja a unos ciudadanos europeos que no sólo han dejado de creer en Europa, sino que han dejado de creer en su civilización para pasar a creer en la barbarie de sus enemigos.
El caso peculiar, sin embargo, es el del PSOE. Un PSOE que, a falta de visión propia, ha decidido que este país sea algo que integre las visiones de aquellos que aborrecen todo lo que ha sido, es o podría llegar a ser España.
Pretende, además, hacerlo con tolerancia, empatía y diálogo. Ideas con resonancias angelicales y mucho tirón en las redes sociales, pero sobre las que no se ha construido jamás una sola sociedad que no se haya desmoronado al simple contacto con la barbarie.
La integración de la desintegración como proyecto político no es más que la versión castiza de ese cansancio de civilización tan habitual en las sociedades más prósperas del planeta. Tampoco a la hora de suicidarnos hemos resultado ser los españoles diferentes al resto de los europeos.
El PSOE presupone que es posible construir un país con más derechos, más bienestar y más riqueza destruyendo la fuente de esos derechos, de ese bienestar y de esa riqueza: el pacto entre españoles del 78.
Es un error paralelo al de esos gobiernos europeos que pretenden construir un continente multicultural de derechos para todos pulverizando las raíces cristianas en las que se basan esos derechos para todos.
Obviamente, fracasarán con estrépito y verán sus preciados derechos, más cristianos que ilustrados, siendo laminados por un nuevo sistema de creencias más joven, más vigoroso y más bárbaro. Al tiempo.
Lo mismo ocurre en España. El PSOE vende la metáfora de un coche que, después de algunos años de uso, debe renovar varios de sus componentes para seguir funcionando como el primer día.
En realidad, lo que está diciendo es que sólo desguazando el coche y repartiendo sus piezas entre los bárbaros que reclaman su propiedad podremos seguir viajando a bordo como si no hubiera ocurrido nada.
La idea se explica sola. De momento, el PSOE ya le ha regalado el volante a la Unión Europea, las ruedas a los nacionalistas catalanes, el motor a los nacionalistas vascos y los frenos a Podemos. Es probable que se lleve una sorpresa cuando intente arrancarlo tras la crisis que se avecina.
Un espectáculo denigrante. El Gobierno negociando la entrega de Cataluña
Se ha abierto la veda para que el separatismo, catalán y vasco, vayan quemando etapas
Miquel Giménez. vozpopuli 28 Febrero 2020

References: artículo 149
 resolución 
 resolución 
 resolución 
 artículo 36
 artículo 155
 artículo 100
 artículo 100