Source: http://www.eroj.org/biblio/luxembur/luxembur.htm
Timestamp: 2017-11-19 06:56:29+00:00

Document:
Ediciones del Serbal. Witardo 45, 08014 Barcelona
Edición electrónica de Lorenzo Peña (ESPAÑA ROJA)NOTA 1
De: Nuevas corrientes en el movimiento socialista polaco en Alemania y AustriaNOTA 2
[...] Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, la conquista de la independencia de Polonia basada en la fuerza del proletariado polaco se presenta como una tarea que nunca se ha mostrado tan difícil a ningún otro proletariado de la Tierra. Aquí no se trata ya de luchar por la adquisición de determinadas aunque amplias concesiones políticas, como por ejemplo una constitución en Rusia o el sufragio universal en Austria, concesiones que no chocan para nada con el desarrollo capitalista de estos países, sino que son por el contrario su producto natural. No, los socialpatriotas dan a nuestro proletariado un hueso bien duro de roer. Mientras hasta hoy nuevas estructuras estatales fueron creadas por las clases poseedoras en su propio interés, y precisamente para usar mejor a las clases populares como un instrumento inconsciente, ahora el propio proletariado consciente deberá crear un nuevo estado clasista. Pero hay más: contra su propia voluntad e interés, contra la propia burguesía --es decir, contra tres burguesías-- que se defienden con uñas y dientes contra él, debe trasplantar en ese estado la específica tendencia del desarrollo económico que se manifiesta en las regiones individuales. Por consiguiente, para conquistar la independencia de Polonia, el proletariado deberá no sólo destruir el dominio de los tres gobiernos más poderosos de Europa, sino que deberá también ser bastante fuerte para superar las condiciones de vida materiales de la propia burguesía. En otras palabras, deberá, no obstante su condición de clase sometida, asumir la actitud de una clase dominante y servirse de su dominio para construir conscientemente, a través de la formación de su nuevo estado clasista, un ulterior instrumento de su propia opresión.
De la simple exposición de la cuestión surge por sí sola la siguiente consideración: si hasta cierto punto el proletariado polaco está en condiciones de arribar a la reconstitución de Polonia no obstante los gobiernos de los países anexionistas y no obstante la burguesía polaca, entonces también está, ciertamente, en condiciones de iniciar la revolución socialista. El grado de fuerza y de conciencia de clase necesario para alcanzar el primer objetivo es sin duda suficiente para alcanzar también el segundo; en este caso se trata simplemente de aprovechar el desarrollo económico, en el otro, de destruirlo. Los partidos socialistas de todos los países se han pronunciado exactamente sobre una cuestión análoga. En los debates sobre la huelga general en caso de guerra, donde se trataba de una cuestión mucho más simple --o sea, sólo de una pasiva oposición contra la decisión de los gobiernos burgueses-- los congresos internacionales se pronunciaron afirmando que el proletariado, en el ámbito del orden constituido, no estaba en condiciones de paralizar las más vitales funciones del estado clasista, Pero puesto que el proletariado no está en condiciones de impedir a las clases dominantes hacer la guerra, ni, por lo tanto, de impedir los sucesivos cambios en el mapa político de Europa, evidentemente está todavía menos capacitado para construir nuevos estados, en contradicción con los intereses vitales de las clases dominantes, como, menos aún,para destruir estados ya existentes. De este modo, desde el punto de vista de su realizabilidad, el programa de los socialpatriotas aparece como decididamente utópico, del mismo modo que lo es su construcción teórica.
[...] Sobre cuanto hemos dicho es posible estar o no de acuerdo, pero de las afirmaciones de Marx y Engels se puede como máximo deducir la deseabilidad de la reconstitución de Polonia. Los socialpatriotas olvidan sin embargo que no todo lo que es objeto de deseo es también por eso posible, y que no todo lo que es de por sí posible lo es también específicamente para el proletariado. Y nadie sino Marx y Engels mismos enseñaron ante todo al proletariado a no buscar lo simplemente deseable aquello que es solamente querido o deseado--, a no hacer de ello la rueda motriz de todas sus aspiraciones. Por el contrario, ellos han enseñado a la clase obrera a formarse un criterio propio de las reales relaciones materiales de la sociedad en su desarrollo, las únicas que pueden determinar silo deseado es también posible y silo posible es también históricamente necesario. [...]
De: La cuestión polaca en el congreso internacional de LondresNOTA 3
[...] La aceptación de la resolución patriotaNOTA 4 constituiría un precedente importante para los movimientos socialistas en otros países. Lo que vale para uno vale para otro. Si la liberación del Estado polaco es elevada a la categoría de tarea política del proletariado internacional, ¿por qué no tiene que ocurrir lo mismo en Bohemia, Irlanda o Alsacia-Lorena? Son tareas tan utópicas y no menos justificadas que la liberación de Polonia. En lo que se refiere a Alsacia-Lorena, en particular, su liberación sería incluso más importante para el proletariado internacional, y al mismo tiempo más probable; detrás de Alsacia-Lorena hay cuatro millones de bayonetas francesas, y en las cuestiones de anexiones burguesas las bayonetas son mucho más importantes que las manifestaciones morales. Además, si los polacos de las tres partes ocupadas se organizan según el principio de las nacionalidades para la liberación de Polonia, ¿por qué no tienen que actuar de la misma forma las diferentes nacionalidades de Austria?, ¿por qué los alsacianos no se organizan con los franceses, etc.? En una palabra, quedaría la pueda abierta a las luchas nacionales y a las organizaciones nacionales. En lugar de la organización de los trabajadores en función de datos políticos y estatales, se rendiría culto al principio de la organización según la nacionalidad, procedimiento que suele funcionar mal desde el primer momento. En lugar de programas políticos basados en los intereses de clase, se elaborarían programas nacionales. Se consagraría el sabotaje a la lucha política unitaria llevada a término por el proletariado en cada Estado, sustituyéndola por una serie de luchas nacionales estériles.
Ése es el significado principal de la resolución socialpatriota, si es que llega a ser aceptada. Decíamos al principio que el mayor progreso del movimiento proletario desde que existe la Internacional es el de haberse convertido en un gran partido combativo a partir de pequeñas sectas. ¿A qué debe el proletariado este progreso? Exclusivamente al hecho de haber comprendido que la tarea fundamental de su actividad era la lucha política. La vieja Internacional tenía que disolverse en partidos organizados en cada Estado en función de consideraciones políticas, sin tener en cuenta la nacionalidad de los obreros. Sólo un combate político basado en esta línea de conducta puede hacer grande y potente a la clase obrera. La resolución socialpatriota sigue una línea exactamente contraria. Su aceptación en el Congreso supondría renegar de treinta y dos años de experiencia y de formación teórica del proletariado.
La resolución socialpatriota ha sido hábilmente formulada. Tras la protesta contra el zarismo se oculta la protesta contra la anexión, porque en realidad la reivindicación de la independencia polaca se dirige tanto a Austria y a Prusia como a Rusia, y se sirve de los intereses internacionales para consagrar su línea nacionalista. Bajo la apariencia de una manifestación más o menos moral intenta obtener una base de apoyo para su programa práctico. Pero la debilidad de sus argumentos puede más que la astucia de su formulación, y todo lo que la resolución es capaz de producir en última instancia es una trivialidad sobre el peligro de las anexiones y un absurdo sobre la importancia de Polonia para el zarismo.
De: Prefacio a «La cuestión polaca y el movimiento socialista»NOTA 5
[...] Desde el punto de vista político, el objetivo principal de la discuSión en la Neue Zeit fue totalmente alcanzado. Estimuló los espíritus de los socialistas de la Europa occidental y les hizo reflexionar sobre la importancia política y las consecuencias de la toma de postura de los socialpatriotas, aunque la moción de éstos no fue tomada en consideración en el Congreso de Londres; por el contrario, se aceptó por unanimidad la resolución que confirmaba una vez más, en líneas generales, las simpatías de los socialistas por todas las nacionalidades oprimidas y el reconocimiento de su derecho a la autodeterminación. Sin embargo,antes del Congreso ya no había, naturalmente, ninguna duda sobre la simpatía y la compasión de los socialistas con respecto a los pueblos oprimidos, porque esos sentimientos se desprenden de la misma concepción socialista del mundo. Igual de claro estaba, y lo sigue estando para los socialistas, el derecho de cada pueblo a la independencia, porque ese derecho también se desprende de los principios elementales del socialismo. La moción de los socialpatriotas no pretendía expresar la simpatía por todas las naciones en general, sino que quería hacer del problema específico de la independencia de Polonia una necesidad política específica del movimiento obrero; se trataba, pues, no de reconocer el derecho de todo pueblo a la independencia, sino solamente la exigencia y la justeza de la tendencia de los socialistas polacos a la realización de ese derecho en Polonia. El Congreso de Londres, desde este punto de vista, dio una orientación completamente opuesta. No solamente puso en pie el problema polaco y los de todos los demás pueblos oprimidos, sino que al mismo tiempo, como único remedio a la opresión nacional, invitó a los obreros de todas las naciones afectadas a no dedicarse cada uno en su país a edificar Estados independientes capitalistas, sino a unirse en las filas del socialismo internacional, para acelerar la creación del sistema socialista que eliminará radicalmente, al mismo tiempo que la opresión de clase, cualquier otro tipo de opresión, incluida la opresión nacional.
Este resultado inmediato de nuestra crítica demuestra que, en la cuestión polaca, las tradiciones, en las que la corriente socialpatriota basaba su existencia en el movimiento internacional, estaban superadas y en contradicción con los intereses reales del movimiento obrero. Este hecho se puso de manifiesto porque, al plantear el problema de la independencia de Polonia en el terreno de la política práctica del proletariado, inmediatamente afectaba a toda otra serie de problemas internacionales y suscitaba opiniones que no existían en la época de la Neue Rheinische Zeitung y de la revolución de 1848. En seguida se planteaba esta pregunta: si el proletariado internacional tiene que reconocer como tarea de la política socialista el restablecimiento del Estado nacional polaco, ¿por qué no reconocer de la misma forma, como tarea de la socialdemocracia, la separación de Alsacia y Lorena de Alemania y su restitución a Francia e incluso apoyar la tendencia nacionalista italiana, que quiere recuperar Trento y Trieste, y las tendencias separatistas de Bohemia, etc.?
Por otra parte, el reconocimiento de la tendencia de las organizaciones socialistas polacas a separarse de los partidos socialistas existentes en los países que se reparten Polonia y , recíprocamente, la tendencia a unir al proletariado de los tres territorios polacos ocupados en un único partido obrero ha suscitado una serie de problemas de organización. En Alemania, aparte de la población alemana, no sólo hay polacos, sino también muchos daneses, franceses, alsacianos y, en la Prusia occidental, lituanos. La consecuencia del principio adoptado por la tendencia socialpatriota, en lo que respecta al proletariado polaco, ha sido la de fraccionar la socialdemocracia unida de Alemania en partidos separados determinados según las fronteras de las nacionalidades. Este principio tendría las mismas consecuencias en otros Estados, porque no hay casi ningún gran Estado moderno que tenga una población perfectamente homogénea. Así, pues, la aceptación de la tendencia socialpatriota habría provocado una revisión fundamental de la posición actual de la socialdemocracia internacional, un desplazamiento en el programa, en la táctica y en los principios de organización desde posiciones puramente políticas y de clase a posiciones nacionalistas.
[...] Los socialpatriotas tienen en común con todos los utópicos pequeñoburgueses que consideran el descubrimiento de hechos históricos discordantes con su utopía como una prueba de indignidad personal de los que hacen tales descubrimientos. No son capaces de comprender de ninguna manera que la «torpeza» es, ante todo, del proceso objetivo de la historia y no de los que denuncian su tendencia, y que este indigno proceso no deja de actuar porque se cierren los ojos. Ni siquiera son capaces de comprender que tampoco se podría hablar de «indignidad» de la historia, porque el proceso dialéctico de la historia tiene de particular que al negar y hacer desaparecer algunas formas tradicionales de satisfacción de las exigencias sociales proporciona, a la vez, nuevas formas para satisfacerlas.
Por otro lado, estos «intereses», a los que el desarrollo social no otorga absolutamente ninguna garantía económica, son en el fondo, si se les examina de cerca, intereses retrógrados, defectuosos, o bien intereses imaginarios.
Cuando los demócratas alemanes y franceses proclamaban en 1848 su posición sobre la cuestión polaca, por una parte, tomaban efectivamente en consideración el movimiento nacional de la nobleza polaca y, por otra parte, se dejaban guiar únicamente por los intereses de su propia política democrática. No tenían ni podían tener relación alguna con el movimiento socialista polaco porque éste no existía. Actualmente, lo que nos importa a nosotros, socialistas polacos, es conocer el impacto de este fenómeno sobre los intereses de clase del proletariado polaco. El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y, como tales, sólo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida. Por ello, actualmente la socialdemocracia polaca rechaza la posición nacionalista, desde el punto de vista de los intereses del movimiento socialista polaco, y toma una posición diametralmente opuesta a la de los demócratas occidentales de la época. De la misma forma que este cambio en el desarrollo histórico de Polonia ha hecho de la independencia de este país una utopía contraria a los intereses del socialismo polaco, ha propuesto, para dar respuesta a los intereses democráticos internacionales, soluciones nuevas a este problema. Si bien la idea de hacer de la Polonia independiente un tapón, una muralla defensiva para Occidente contra la reacción del zarismo ruso, resulta hoy irrealizable, el desarrollo capitalista, que ha enterrado esta idea, ha creado en su lugar, tanto en Rusia como en Polonia, un movimiento de clase revolucionario del proletariado unificado, y con él un nuevo aliado de Occidente, mucho más combativo, que no sólo puede proteger mecánicamente a Europa del absolutismo,sino minarlo y destruirlo.
Esta solución no está en contradicción con los intereses nacionales del proletariado polaco. Sus intereses reales en este terreno, la libertad de la vida y del desarrollo nacional cultural, la igualdad de los ciudadanos, la abolición de toda opresión nacional, encuentran una única expresión posible, completa y al mismo tiempo eficaz en las aspiraciones generales de clase del proletariado a una mayor democratización de los países ocupantes, de la que forma parte integrante y natural la autonomía del país. En cambio,la necesidad de poseer además el aparato de un Estado de clase independiente, que es un arma para oprimir a los obreros, en las circunstancias actuales, y teniendo en cuenta el carácter utópico de esta aspiración, no puede ser un interés real de los obreros, sino que se basa en una concepción pequeño-burguesa del mundo, tan extraña a los intereses reales del proletariado como al socialismo científico en general.
[...] No hay duda de que entre la lucha de clase del proletariado y el problema nacional existe una relación histórica específica. Pero no en el sentido que querrían los socialnacionalistas, que toman al movimiento moderno del proletariado por un testaferro, al que se le puede imponer la reivindicación de las deudas morales de la nobleza y de la pequeña burguesía, ya enjugadas por la historia, y el pago de todas las deudas de las clases decadentes. Esa relación tiene un significado muy distinto y, en el espíritu de la lucha de clase del proletariado polaco, el problema nacional toma una forma muy distinta de las aspiraciones de la nobleza y de la pequeña burguesía.
El problema nacional no es ni puede ser algo extraño a la clase obrera. La opresión bárbara más insoportable y la represión de la cultura espiritual de la sociedad no le pueden dejar indiferente. Es un hecho indiscutible, para honra de la humanidad de todos los tiempos, que ni la opresión más inhumana de los intereses materiales puede suscitar una rebelión tan fanática y tan ardiente, un odio tan grande, como el que engendra la opresión de la vida espiritual: la opresión religiosa y nacional. Pero las rebeliones heroicas y los sacrificios para defender esos valores espirituales sólo los pueden llevar a cabo las clases que, por su situación material social, son revolucionarias.
Adaptarse a la opresión nacional, soportarla con la humildad de un perro, era algo que podía hacer la nobleza y tal vez la burguesía, es decir, las clases poseedoras y hoy radicalmente reaccionarias por sus intereses, esas clases que constituyen la imagen más fidedigna del «materialismo» grosero del estómago, en el que suelen convertir, en las mentes de nuestros publicistas caseros, la filosofía materialista de Feuerbach y de Marx. Nuestro proletariado, como clase que no posee «bienes terrenales» en la sociedad actual, está llamado por el desarrollo histórico a la misión de derrocar todo el sistema existente. Como clase revolucionaria, debe sentir y siente la opresión nacional como una dolorosa herida, como una vergüenza, hasta que esta injusticia se convierta en una gota en el océano de la miseria social, de la inferioridad política, de la indigencia espiritual, que es el destino del mercenario del capitalismo en la sociedad actual.
Nadie puede afirmar, después de lo dicho, que el proletariado sea capaz, como lo desean aún los espíritus anacrónicos de nuestro impotente nacionalismo pequeño-burgués, de asumir la tarea histórica de la nobleza, es decir, de devolver a Polonia su existencia como Estado de clase, tarea a la que la misma nobleza ha renunciado y que nuestra burguesía ha hecho imposible por su propio desarrollo, Pero nuestro proletariado sí puede y debe combatir por la defensa de la nacionalidad como cultura espiritual específica, distinta, con sus propios derechos a la existencia y al desarrollo. Y, actualmente, la defensa de nuestra nacionalidad sólo puede llevarse a cabo no a través del nacionalismo separatista, sino solamente a través de la lucha por el derrocamiento del despotismo y por conquistar en todo el país esas formas de vida cultural y cívica de que goza desde hace tiempo la Europa occidental.
El movimiento exclusivamente de clase del proletariado polaco, que junto con el desarrollo del capitalismo ha llevado a la tumba a los movimientos independientes, es, pues, la mejor y la única garantía para conquistar, con la libertad política, la libertad nacional-cultural, la igualdad de derechos y la autoadministración para nuestro país. Desde este punto de vista, e incluso desde una óptica estrictamente nacional, todo lo que contribuya a desarrollar y acelerar ese movimiento de la clase obrera debe ser considerado como un factor patriótico, nacional, en el mejor sentido de la expresión. En cambio, todo lo que obstaculiza y se opone al desarrollo de este movimiento de clase, todo lo que sea capaz de frenarlo o de deformarlo, debe ser considerado como un factor nocivo y hostil a la causa nacional. Desde este punto de vista, el culto a las tradiciones del viejo nacionalismo y el esfuerzo por desviar a la clase obrera polaca de la vía de la lucha de clase para llevarla al callejón sin salida de la utopía de la independencia de Polonia, que es lo que ha estado haciendo durante doce años el socialpatriotismo, es, en el fondo, una política esencialmente antinacional, a pesar de su carácter nacionalista.
La socialdemocracia, que navega bajo las velas del socialismo internacional, lleva a Polonia, en su barco, el tesoro de la causa cultural nacional; ése es el objetivo actual de la dialéctica histórica, que sólo el método marxista de análisis social ha permitido comprender, prever y guiar en la acción.
De: La cuestión nacional y la autonomíaNOTA 6
La Revolución Rusa de 1905 ha puesto sobre el tapete, entre otros, el tema de las nacionalidades, que hasta ahora solamente había sido objeto de polémica en Austria-Hungría. Sin embargo, hoy se ha convertido en un tema crucial también en Rusia, debido a que el proceso revolucionario ha hecho que todas las clases sociales y todos los partidos políticos tomen consciencia de la necesidad de una solución concreta al problema de las nacionalidades.
Todos los partidos políticos formados recientemente en Rusia, o que están en periodo de formación, tanto radicales como liberales o reaccionarios, se han visto obligados a tomar posición en sus programas frente al tema de las nacionalidades, que está estrechamente vinculado a algo más general: su política interior y exterior. Para un partido obrero, la cuestión nacional es tanto un asunto de programa como de organización de clase. La posición que un partido obrero adopte a la hora de considerar la cuestión nacional, así como cualquier otro problema, debe diferir en el método y en su forma de las posiciones de los partidos burgueses, incluso de los más radicales, así como de las posiciones pseudosocialistas de los partidos pequeñoburgueses.
La Social Democracia ofrecerá una solución esencialmente uniforme, solamente enfocando el problema desde el criterio del socialismo científico, aun cuando su programa debe tener en cuenta la amplia variedad de formas de la cuestión de la nacionalidad que tiene su origen en la diversidad social, histórica y étnica del Imperio ruso.
[...] De hecho, los programas políticos de los partidos obreros modernos no contienen principios abstractos relativos a un ideal social, sino únicamente la formulación de esas reformas prácticas, sociales y políticas, que el proletariado consciente necesita y reclama en el marco de la sociedad burguesa para facilitar la lucha de clases y su victoria final.
Los elementos de un programa político se formulan siempre con unos objetivos bien definidos: proporcionar una solución clara, práctica y realizable, para todos aquellos problemas cruciales de la vida social y política que están dentro del área de la lucha de clases del proletariado; servir de guía a la política cotidiana y sus necesidades;iniciar la acción política del partido obrero y dirigirlo en una dirección correcta; y, finalmente, diferenciar claramente la política revolucionaria del proletariado de la política de los partidos burgueses y pequeño burgueses.
La fórmula del «derecho de las nacionalidades a la autodeterminación», no tiene en absoluto tal carácter, ya que no ofrece ninguna indicación práctica para la praxis política cotidiana del proletariado, ni ofrece ninguna solución práctica para los problemas de las nacionalidades. Esta fórmula no muestra al proletariado ruso cómo reclamar una solución al problema nacional polaco, a la cuestión finlandesa, a la del Cáucaso, a la judía, etc. En lugar de esto, concede tan sólo una autorización ilimitada para que todas las naciones interesadas solucionen sus problemas nacionales como mejor les parezca. La única conclusión práctica que puede deducirse de la fórmula antes citada para la política cotidiana de la clase obrera es la idea-guía de que para esta clase social es un deber luchar contra toda manifestación de opresión nacional. Si reconocemos el derecho de cada nación a autodeterminarse, resulta lógica la conclusión de que debemos condenar cualquier intento de dominio de una nación sobre otra, o de que una nación imponga a otra una determinada forma de existencia nacional. Sin embargo, el deber de todo partido de clase del proletariado de protestar y oponerse a la opresión nacional no procede de ningún «derecho de las nacionalidades» especial --como, por ejemplo, la lucha por la igualdad política y social de los sexos tampoco procede de unos especiales «derechos de la mujer», tal como pretende el movimiento burgués de emancipación de la mujer-- sino que éste debe proceder únicamente de una oposición general al sistema de clases y a cualquier forma de desigualdad y de dominación social, es decir, de los principios básicos del socialismo. Pero dejando esto aparte, la única orientación que se ofrece para una política práctica es puramente negativa. El deber de oponerse a toda forma de opresión nacional no incluye ninguna explicación acerca de qué condiciones y formas políticas debe adoptar hoy el proletariado ruso consciente para solucionar los problemas nacionales polacos, lituanos, judíos, etc., o qué programa debe presentar para desbancar a los presentados por los partidos burgueses, nacionalistas y pseudosocialistas en la actual lucha de clases. En una palabra, la fórmula del «derecho de las naciones a la autodeterminación» no es en esencia una directriz política para abordar la cuestión nacional, sino únicamente un medio de eludir esta cuestión.
El carácter general y de cliché del punto 9 del Programa del POSDR muestra que esta forma de resolver el problema es ajena al socialismo científico marxista. Un «derecho de las naciones» válido para todos los países y para todos los tiempos no es más que un cliché metafísico del tipo de «los derechos humanos» y los «derechos del ciudadano».
El materialismo dialéctico, que es la base del socialismo científico, ha acabado de una vez por todas con esta clase de fórmulas «eternas'. Porque la dialéctica de la historia ha demostrado que no hay verdades ni derechos «eternos». [...] En palabras de Engels, «Lo que es correcto y razonable bajo ciertas circunstancias puede ser un sinsentido y un absurdo en otras». El materialismo histórico nos ha enseñado que el contenido real de estas verdades, derechos y fórmulas «eternas» viene determinado solamente por las condiciones sociales materiales del medio, en una época histórica determinada.
Sobre estas bases, el socialismo científico ha revisado todo el acopio de clichés democráticos y de ideología metafísica heredados de la burguesía. La actual socialdemocracia hace mucho tiempo que ha dejado de tomar en consideración frases tales como las de «democracia», «libertad nacional», «igualdad», y otras lindezas como verdades y leyes eternas que trascienden naciones y épocas concretas. Por el contrario, el marxismo las considera y las trata solamente como expresiones de unas ciertas condiciones históricas específicas, como categorías que, en términos de su contenido material y de su valor político, están sujetas a un cambio constante, y ésa es la única verdad «eterna».
Cuando Napoleón o cualquier otro déspota de su misma especie utiliza un plebiscito --la forma más elevada de democracia política-- para conseguir los objetivos del Cesarismo aprovechándose de la ignorancia política y de la dominación económica de las masas, no dudamos un momento en oponernos con todas nuestras fuerzas a esta «democracia», sin vernos apabullados ni por un momento por la omnipotencia del pueblo, la cual viene a ser para los metafísicos de la democracia burguesa algo así como un ídolo sacrosanto.
Cuando un alemán como Tassendorf, o un gendarme zarista, o un «auténtico polaco» Nacional Demócrata defiende la «libertad personal» de los esquiroles, protegiéndolos frente a las presiones morales y materiales del proletariado organizado, no dudamos ni un momento en ponernos de parte de estos últimos, garantizándoles el derecho moral e histórico de forzar la solidaridad de sus rivales desconcienciados, aunque desde el punto de vista del liberalismo formal aquellos que «quieren trabajar» tienen de su parte el derecho a «la libertad individual» para hacer lo que la razón o la sinrazón les dicte.
Cuando, finalmente, los liberales de la Escuela de Manchester exigen que el trabajador asalariado sea abandonado a su suerte en su lucha contra el capital en nombre de la «igualdad de los ciudadanos», nosotros desenmascaramos este cliché metafísico que no hace más que camuflar la más manifiesta desigualdad económica, y exigimos de una forma radical la protección legal de la clase trabajadora asalariada, rompiendo abiertamente con «la igualdad ante la ley» de tipo formal.
La cuestión nacional no puede constituir una excepción entre los problemas políticos, sociales y morales que el socialismo moderno ha analizado desde este punto de vista. No puede solucionarse utilizando una especie de vago cliché, ni siquiera con una fórmula tan bien sonante como «el derecho de las naciones a la autodeterminación», porque tal fórmula expresa o bien absolutamente nada y, por tanto, es una frase vacía; o bien expresa, como mucho, el deber incondicional de los socialistas de apoyar todas las aspiraciones nacionales, en cuyo caso es simplemente falsa.
En base a los presupuestos generales del materialismo histórico, la posición de los socialistas respecto a los problemas nacionales depende, en primer término, de las circunstancias concretas de cada caso, que difieren sustancialmente de una nación a otra, y que además sufren variaciones a lo largo del tiempo en cada país. Además un conocimiento superficial de los hechos permite ver que la cuestión de las luchas de las nacionalidades bajo el Imperio Otomano en los Balkanes tiene un aspecto completamente diferente, una base económica e histórica diferente, un grado de internacionalización diferente y diferentes perspectivas de futuro, que la cuestión de la lucha irlandesa contra la dominación británica. De igual manera, la complejidad de las relaciones entre las nacionalidades que forman parte de Austria es completamente diferente de las condiciones que influyen en la cuestión polaca. Además, el problema nacional en cada país cambia de carácter con el tiempo, y esto significa que deben realizarse nuevas y diferentes evaluaciones del mismo.
[...] La fórmula del «derecho de las nacionalidades» es inadecuada para justificar la posición de los socialistas ante la cuestión nacional, no sólo porque no tiene en cuenta las diferentes condiciones históricas (lugar y tiempo) que se dan en cada caso concreto y no cuenta con las líneas generales del desarrollo de las condiciones globales, sino también porque ignora completamente la teoría fundamental del socialismo moderno, la teoría de las clases sociales.
Cuando hablamos de «el derecho de las naciones» a la autodeterminación» estamos utilizando el concepto «nación» como una entidad política y social homogénea. Pero en realidad un concepto como el de «nación» es una de esas categorías de la ideología burguesa a las que la teoría marxista sometió a una radical revisión, mostrándonos cómo este engañoso velo, al igual que los conceptos de «libertad de los ciudadanos», «igualdad ante la ley», etc., enmarcaran en cada caso un contenido histórico bien definido.
En una sociedad clasista, «la nación», como entidad política y social homogénea, no existe. Lo que existe, en cambio, en cada nación son clases con intereses y «derechos» antagónicos. No existe literalmente ningún área social --desde las relaciones materiales más groseras a las más refinadamente morales-- donde la clase poseedora y el proletariado con consciencia de clase mantengan la misma actitud y donde aparezcan ambas como una entidad «nacional» consolidada. En la esfera de las relaciones económicas, la clase burguesa representa los intereses de la explotación, el proletariado los intereses del trabajo. En el terreno de las relaciones legales, la piedra angular de la sociedad burguesa es la propiedad privada; los intereses del proletariado exigen que los hombres desposeídos se emancipen de la dominación de la propiedad. En el área judicial, la sociedad burguesa representa la «justicia» de clase, la justicia de los bien-alimentados y de los potentados; el proletariado defiende el principio de tener en cuenta la importancia de las influencias sociales sobre el individuo. En las relaciones internacionales, la burguesía representa la política de guerra y anexión, y en la etapa actual, un sistema de guerra comercial; el proletariado exige una política de paz universal y de libre comercio. En la esfera de las ciencias sociales y de la filosofía, las corrientes de pensamiento burguesas y las que representan al proletariado se encuentran en posición diametralmente opuesta. Las clases poseedoras tienen su visión del mundo, representada por el idealismo, la metafísica, el misticismo, el eclecticismo; el proletariado moderno tiene su propia teoría, el materialismo dialéctico. Incluso en la esfera de las llamadas condiciones «universales» --ética, arte o comportamiento-- los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, y aquellos del proletariado consciente, representan dos campos distintos, separados uno de otro por un abismo.
Y siempre que los afanes y los intereses formales del proletariado y los de la burguesía (en su conjunto o en sus aspectos más progresivos) parecen idénticos --por ejemplo en el terreno de las aspiraciones democráticas--, allí, bajo la identidad de formas y eslóganes, se esconde la más completa divergencia de contenidos y de cuestiones políticas esenciales.
No puede hablarse de voluntad colectiva y uniforme, de la autodeterminación para la «nación» en una sociedad así constituida. Si en la historia de las sociedades modernas encontramos movimientos «nacionales» y luchas por los «intereses nacionales», se trata generalmente de movimientos de clase de las capas dirigentes de la burguesía, que sólo pueden representar los intereses de otros estratos de la población en la medida en que bajo la forma de «los intereses nacionales» defiendan formas progresivas de desarrollo histórico y en la medida en que la clase trabajadora no se haya independizado o diferenciado de la masa de la «nación» (dirigida por la burguesía) para convertirse en una clase política independiente y consciente.
En este sentido la burguesía francesa tuvo el derecho de aparecer como el tercer estado en la Gran Revolución en nombre del pueblo francés, e incluso la burguesía alemana en 1848 podía considerarse --hasta un cierto grado-- como la representante de la «nación» alemana --aunque el Manifiesto Comunista y, en parte, la Neue Rheinische Zeitung fueran ya indicadoras de la existencia de una política de clase propia del proletariado en Alemania. En los dos casos esto significó únicamente que en aquel grado de desarrollo social los intereses de clase revolucionarios de la burguesía eran los intereses del pueblo, el cual formaba junto con la burguesía una masa políticamente uniforme con respecto al feudalismo reinante.
Esta circunstancia muestra que el Partido Socialdemócrata no puede tomar como punto de referencia para elaborar su posición frente al tema de las nacionalidades 'los derechos de las naciones», ya que la propia existencia de este partido muestra que la burguesía ha dejado de ser la representante de todo el pueblo, y que el proletariado ya no está escondido bajo las faldas de la burguesía, sino que se ha configurado como clase independiente con sus propias aspiraciones sociales y políticas, Puesto que los conceptos «nación», «derechos» y «voluntad del pueblo», considerados como un todo uniforme, son residuos de los tiempos del antagonismo inmaduro e inconsciente entre el proletariado y la burguesía, la aplicación de los mismos por un proletariado organizado consciente e independiente supondría una profunda contradicción, y no una contradicción para la lógica académica, sino una contradicción histórica.
Con respecto al tema de las nacionalidades en la sociedad contemporánea, un partido socialista debe tener en cuenta el antagonismo de clases. La cuestión nacional checa tiene connotaciones diferentes para la pequeña burguesía y para el proletariado checo. No podemos intentar dar una solución al problema nacional polaco, que sirva al mismo tiempo a Koscielski y su fiel hijo en Miroslavia, a la burguesía de Varsovia y Lodz y a los trabajadores con consciencia de clase polacos a un mismo tiempo; de igual forma, la cuestión judía aparece de una manera para la burguesía judía y de otra para el proletariado judío ilustrado. Para la Social Democracia la cuestión nacional es, como todos los demás problemas políticos y sociales, fundamentalmente una cuestión de intereses de clase.
[...] «El derecho de las naciones a la autodeterminación» deja de ser un cliché únicamente en un régimen social donde el «derecho al trabajo» ha dejado de ser una frase vacía. Un régimen socialista que acabe no sólo con la dominación de una clase sobre otra, sino también con la propia existencia social de las clases y con su antagonismo, con la división de la sociedad en clases con diferentes intereses y deseos, traerá consigo una sociedad que sea la suma de todos los individuos vinculados unos a otros por la armonía y la solidaridad de sus intereses, un todo uniforme con una voluntad común y organizada que posibilita su realización.
El socialismo realizará directamente la «nación» como una voluntad uniforme --en la medida en que las naciones constituyan organismos sociales separados, o, como afirma Kautsky, constituyan una sola-- y realizará las condiciones materiales para su libre autodeterminación. En una palabra, los pueblos alcanzarán la capacidad de determinar libremente su existencia nacional cuando tengan capacidad para determinar su existencia política y las condiciones necesarias para su creación. Las «naciones» serán dueñas de su destino histórico cuando la sociedad humana controle sus procesos sociales.
Por tanto, la analogía que los partidarios del «derecho de las naciones a la autodeterminación» encuentran entre este «derecho», y el resto de las reivindicaciones democráticas, como el derecho a la libertad de expresión, de prensa, de asociación y reunión, es totalmente incongruente. Esta gente dice que apoyamos la libertad de asociación porque somos el partido de la libertad política; pero que, en cambio, luchamos contra los partidos burgueses hostiles. También afirman que tenemos la obligación democrática de apoyar la autodeterminación de las naciones, pero esto no nos obliga a apoyar cualquier táctica individual de los que luchan por su autodeterminación.
Este punto de vista olvida completamente el hecho de que estos «derechos», que tienen una cierta similitud superficial, están ubicados en niveles históricos totalmente diferentes. Los derechos de asociación, reunión, la libertad de expresión y de prensa, etc., son las formas legales necesarias para la existencia de una sociedad burguesa madura. Pero el «derecho de las naciones a la autodeterminación» es únicamente la formulación metafísica de una idea que en la sociedad burguesa es completamente inexistente y que solamente podrá ser llevada a cabo en un régimen socialista.
Sin embargo, el socialismo, tal como se practica actualmente, no es en absoluto una colección de todos estos «bellos» y «nobles» deseos, sino tan sólo la expresión política de unas condiciones bien definidas, es decir, la lucha de clases del proletariado moderno contra la dominación de la burguesía. El socialismo representa los esfuerzos del proletariado por establecer su dictadura de clase para librarse de la actual forma de producción. Ésta es la tarea fundamental y motriz para el Partido Socialista, como partido del proletariado; determina la posición del partido respecto a todos los problemas de la vida social.
La Social Democracia es el Partido de clase del proletariado. Su tarea histórica es la de expresar los intereses de clase del proletariado, y también los intereses revolucionarios del desarrollo de la sociedad capitalista, para la realización del socialismo. Por tanto, la Social Democracia está llamada a realizar no el derecho de las naciones a la autodeterminación, sirio sólo el derecho de la clase obrera, que está oprimida y explotada, a la autodeterminación. Desde esta perspectiva es desde la que la Social Democracia analiza todas las cuestiones sociales y políticas sin excepción, Y desde esta posición formula sus exigencias programáticas. La Social Democracia no contempla que sea la «nación» la que decida su destino según su propia visión de la autodeterminación, ni por lo que se refiere a las formas políticas de Estado que exigimos, ni a cuestiones de política interior y exterior, ni a la cuestión de las leyes o de la educación, o de impuestos o del ejército. Todos estos temas afectan a los intereses de clase del proletariado de una forma muy diferente a como lo hacen cuestiones de política o cultura nacional. Pero entre estas cuestiones y las de política y cultura nacional existen por lo general estrechos lazos de mutua dependencia y causalidad y' por tanto, la Social Democracia no puede eludir aquí la necesidad de formular aquellas reivindicaciones individualmente, ni de exigir activamente las formas de existencia política y cultural nacionales que mejor se adecúen a los intereses del proletariado y a su lucha de clase en un tiempo y un lugar determinado, asi como a los intereses del desarrollo revolucionario de la sociedad. La Social Democracia no puede dejar la solución de estas cuestiones en manos de las «naciones».
Esto resulta perfectamente evidente desde el momento en que bajamos el problema de las nubes de la abstracción al terreno firme de las condiciones concretas.
La «nación» debiera tener «derecho» a autodeterminarse. Pero, ¿quién es esta nación y quién tiene la autoridad y el «derecho» de hablar en su nombre y de expresar su voluntad? ¿Cómo podemos saber lo que la «nación» quiere en realidad? ¿Existe siquiera un partido político que no reclame ser el único representante entre todos, el único portavoz de la voluntad de la «nación» mientras que los demás partidos son únicamente expresiones falsas y pervertidas de esta voluntad nacional? Todos los partidos liberales burgueses se consideran a sí mismos la encarnación de la voluntad del pueblo y reclaman el monopolio exclusivo para representar a la «nación». Pero los partidos conservadores y reaccionarios también hacen referencia a la voluntad y a los intereses de la nación y, dentro de ciertos límites, también tendrían el mismo derecho a hacerlo. La Gran Revolución francesa fue, indudablemente, la expresión de las aspiraciones de la nación francesa, pero Napoleón, que acabó con la revolución con su golpe del 18 Brumario, basó toda su reforma del estado en el principio de «la volonté générale» (la voluntad general).
En 1848 la voluntad de la «nación», dio lugar primero a la República y al gobierno provisional, más tarde a la Asamblea Nacional y' finalmente, a Luis Bonaparte que suprimió la República, el gobierno provisional y la Asamblea Nacional. Durante la Revolución Rusa [de 1905], el liberalismo exigió, en nombre del pueblo,un ministro «cadete»; el absolutismo, en nombre del mismo pueblo, organizó los progroms contra los judíos, mientras los campesinos revolucionarios expresaban su voluntad nacional incendiando las fincas de la nobleza. En Polonia, el partido de las Centurias Negras (Democracia Nacional) dijo encarnar la voluntad popular y' en nombre de la «autodeterminación de la nación», incitó a los trabajadores «nacionales» a asesinar a los trabajadores socialistas.
Con la «verdadera» voluntad de la nación sucede lo mismo que con el verdadero anillo de Nathan el sabio en la historia de Lessing: se perdió y parece casi imposible encontrarlo, ni distinguir el verdadero del falso. En apariencia, el principio de democracia proporciona un medio para distinguir la auténtica voluntad popular, determinando la opinión de la mayoría.
La nación quiere lo que la mayoría del pueblo quiere. Pero ¡ay del Partido Social Demócrata que tomara tal principio como su propia medida!: estaría condenado a muerte como partido revolucionario. La Social Democracia, por su propia naturaleza, es un partido que representa los intereses de una gran mayoría de la nación; pero, mientras exista en el marco de una sociedad burguesa y en la medida en que se trata de expresar el deseo consciente de la nación, es también el partido de una minoría que pretende sólo convertirse en mayoría. En sus aspiraciones y en su programa político no busca reflejar el deseo de la mayoría de la nación, sino al contrario, encarnar exclusivamente la voluntad consciente del proletariado. E incluso dentro de esta clase la Social Democracia no es y no reclama ser la personificación de la voluntad de la mayoría, Expresa únicamente la voluntad y la consciencia del sector más avanzado y revolucionario del proletariado urbano industrial. Trata de propagar esta voluntad y clarificar el camino para la mayoría de los trabajadores, haciéndoles conscientes de sus propios intereses. «La voluntad de la nación», o de su mayoría, no es ningún ídolo para la Social Democracia, ante el cual se postre humildemente. Por el contrario, su misión histórica consiste sobre todo en revolucionar y en formar la voluntad de la «nación», es decir, de la mayoría obrera. Porque las formas tradicionales de consciencia que la mayoría de la nación, y por tanto de la clase trabajadora, manifiesta en la sociedad burguesa, son las formas habituales de la consciencia burguesa, hostil a los ideales y a las aspiraciones del socialismo. Incluso en Alemania, donde la Social Democracia es el partido político más poderoso, es todavía hoy, con sus tres millones doscientos cincuenta mil votantes, una minoría si se la compara con los ocho millones de personas que votan a los partidos burgueses y con los treinta millones que tienen derecho al voto. Las estadísticas sobre los electores parlamentarios ofrecen tan sólo una idea aproximada de la correlación de fuerzas que existe en tiempos de paz. Así pues, la nación alemana se «autodetermina» eligiendo a una mayoría de conservadores, clérigos, librepensadores, y poniendo su destino político en sus manos. Y lo mismo está ocurriendo, todavía en mayor medida, en todos los demás países.
[...] El POSDR deja la solución de la cuestión polaca en manos de la «nación» polaca. Los socialdemócratas polacos deberían intentar con todas sus fuerzas solucionarlo de acuerdo con los intereses y las aspiraciones del proletariado. Sin embargo, el partido del proletariado polaco está ligado organizativamente al partido de todo el Estado, es decir, la SDKPiL es una parte del POSDR. Por lo tanto, la socialdemocracia de toda Rusia, unida tanto en ideas como tácticamente, mantiene dos posiciones diferentes. Como un todo está a favor de las «naciones»; en sus partes constitutivas está a favor del proletariado de cada nación. Pero estas posiciones pueden ser muy diferentes e incluso completamente opuestas. El agudizado antagonismo de clases existente en toda Rusia convierte en norma general el hecho de que ante la cuestión nacional, y ante cuestiones de política interna, los partidos obreros adopten posiciones completamente diferentes de las sustentadas por la burguesía y por la pequeña-burguesía de cada una de las nacionalidades. ¿Qué actitud deberá, pues, adoptar el Partido en Rusia, en caso de que una coalición similar se presente? [..ù]
Tendrá dos alternativas. El «derecho de las naciones a la autodeterminación» podría ser en esencia idéntico a la solución que el proletariado de cada nacionalidad aporte a la cuestión nacional --es decir, idéntico al programa de los partidos socialdemócratas de las nacionalidades afectadas por el programa--, en cuyo caso la fórmula del «derecho de las naciones» en el programa del partido socialdemócrata de toda Rusia es sólo una paráfrasis mistificadora de la posición de clase; o bien el proletariado ruso como tal reconoce y respeta tan sólo la voluntad de las mayorías nacionales en las nacionalidades sometidas al yugo ruso, aunque el proletariado de esas «naciones» resultara estar en contra de esta mayoría y presentara su propio programa de clase. En cuyo caso topamos con un dualismo político muy especial: expresa dramáticamente la discordia entre las posiciones «nacionales» y las posiciones «de clase»; y pone de manifiesto el conflicto entre la posición del partido obrero federal y la de los partidos de cada nacionalidad concreta que lo integran. [...]
[..] La política nacional del proletariado choca frontalmente con la de la burguesía, hasta el punto de que, en esencia, es puramente defensiva, nunca ofensiva; depende de la armonía de intereses de todas las nacionalidades, no de la conquista y subyugación de una por la otra. El proletariado consciente de cada país necesita, para su propio desarrollo, de la existencia pacífica y del desarrollo cultural de su propia nacionalidad, pero no necesita en absoluto que su nacionalidad domine sobre otras. Por tanto,>' considerando el asunto desde esta perspectiva, la «nación»-estado como aparato de dominación y conquista de otras nacionalidades, si bien es indispensable para la burguesía, no tiene sentido alguno para los intereses de clase del proletariado.
Así pues, de las «tres raíces de la moderna idea nacional» que Kautsky enumera, solamente las dos últimas tienen importancia para la clase proletaria: la organización democrática y la educación de las masas. Es vital para la clase trabajadora, y una condición para su madurez política y espiritual, poder utilizar libremente su propia lengua nativa y el desarrollo libre y sin trabas de la cultura nacional (enseñanza, literatura, arte) y la normal educación de las masas sin el agobio de la presión de los nacionalistas, en la medida en que todo ello pueda ser «normal» en el sistema burgués. Es indispensable que la clase trabajadora pueda disfrutar de los mismos derechos nacionales que el resto de nacionalidades dentro del mismo estado. La discriminación política de una nacionalidad concreta es el arma más fuerte con que cuenta la burguesía, siempre dispuesta a enmascarar los conflictos de clase y a mistificar a su propio proletariado.
Los abogados de la «mejor» condición social (los nacionalistas polacos) dicen al respecto que cualquiera que sea la situación, la garantía más segura del desarrollo cultural y de los derechos de cada nacionalidad es precisamente la independencia del estado, su propia nación-estado y que, por tanto, la nación-estado es también, finalmente, un interés de clase indispensable para el proletariado. Apenas nos interesa determinar lo que es o seria lo «mejor» para el proletariado. Tales observaciones no tienen ningún valor práctico. Además, desde el momento en que el tema de «lo que sería mejor» desde el punto de vista del proletariado se aborda de forma abstracta, deberíamos concluir que «la mejor» cura para la opresión nacional, como para cualquier tipo de desórdenes de naturaleza social es, indudablemente, el sistema capitalista. Un argumento utópico nos conducirá siempre a una solución utópica, dando un salto al «estado del futuro», mientras que en realidad el problema debe solucionarse en el marco de la realidad burguesa existente.
Además, metodológicamente, el razonamiento anterior contiene otro error histórico. El argumento de que una nación-estado independiente es, a pesar de todo, la mejor garantía para la existencia y el desarrollo nacionales, implica estar operando con una concepción totalmente abstracta de la nación-estado, ya que la nación-estado, considerada exclusivamente desde una perspectiva nacionalista, como la encarnación y la promesa de la libertad y la independencia, es simplemente un residuo de la ideología decadente de la pequeña burguesía alemana, italiana, húngara y de toda Centro-Europa en la primera mitad del siglo XIX. Es una frase sacada de las reliquias de la desintegración del liberalismo burgués.
[...] Si la independencia política de la nación-estado,por ejemplo, es necesaria para el capitalismo y los intereses de clase de la burguesía, en la medida en que es un arma de dominación y conquista, la clase obrera, por el contrario, está interesada en el contenido cultural y democrático del nacionalismo, es decir, está interesada en este sistema político en la medida en que asegure el libre desarrollo de la cultura y la democracia en la vida nacional por medios defensivos, no de conquista, y dentro de un espíritu de solidaridad y cooperación entre las diversas nacionalidades que pertenecen históricamente a un mismo estado burgués. La igualdad ante la ley de todas las nacionalidades y organizaciones políticas, la garantía de un desarrollo cultural nacional, son exigencias generales del programa del proletariado, un programa que es resultado lógico de su propia posición de clase, que nada tiene que ver con el nacionalismo burgués. [...]
[...] La producción y el intercambio capitalistas se caracterizan por una considerable sensibilidad y elasticidad, por la capacidad y aun la inclinación al cambio constante en función de miles de influencias sociales que provocan constantes fluctuaciones en las condiciones del mercado y de la producción misma, Como resultado de estas fluctuaciones, la economía burguesa precisa un tipo de administración de los servicios públicos flexible y perceptiva que la burocracia centralizada --con su rigidez y su rutina-- no está en condiciones de ofrecer. Por tanto, y como correctivo al centralismo del estado moderno, se desarrolla en la sociedad burguesa, junto a una legislación a cargo de grupos representativos, una tendencia natural hacia la autonomía local, que posibilita un mejor ajuste del aparato del estado a las necesidades sociales, puesto que la autonomía local tiene en cuenta las múltiples variaciones de las condiciones locales y consigue la influencia y la cooperación directas de la sociedad por medio de sus funciones públicas.
Pero hay otra circunstancia más importante que las deficiencias, inseparables del dominio de la burocracia, de las que se sirve la teoría del liberalismo burgués para explicar la necesidad de autonomía. La economía capitalista, desde el momento en que se da comienzo a la producción masiva en las fábricas, crea toda una serie de nuevas necesidades sociales que exigen imperiosamente su satisfacción.
[...] La acumulación de habitantes, el desarrollo de la economía y los transportes municipales, convierten la ciudad en un pequeño organismo independiente; sus necesidades y funciones públicas son más numerosas y variadas que las de la ciudad medieval, que con su producción artesanal era casi completamente independiente en lo político y en lo económico.
La creación de diferentes estados y de nuevas áreas urbanas constituye la infraestructura de los nuevos gobiernos municipales, producto de las nuevas necesidades sociales. Es necesario un gobierno municipal o provincial en orden a satisfacer las necesidades específicas de estos organismos sociales en los que el capitalismo, siguiendo el principio económico de los intereses contrarios de la ciudad y el campo, ha transformado la ciudad por una parte y el mundo rural por otra. Dentro del marco de la especial conexión capitalista entre la industria y la agricultura, es decir, entre la ciudad y el campo, dentro del marco de la estrecha dependencia mutua de su producción e intercambio, los millares de vínculos que ligan los intereses cotidianos de la población de las grandes ciudades con la existencia de la población de los pueblos vecinos llevan de forma natural a la autonomía provincial, (como ocurre en Francia), departamental, cantonal o comunal. La moderna autonomía no es, bajo todas estas formas, ni mucho menos la abolición del centralismo del estado, sino su complemento ;juntos constituyen la forma característica del estado burgués.
Junto a la unificación política, la soberanía del estado, la legislación uniforme y el gobierno del estado centralizado,la autonomía local se convirtió en todos estos países en una de las alternativas políticas fundamentales tanto de los liberales como de la democracia burguesa. La autonomía local, que tiene su origen en el actual sistema burgués, tal como hemos dicho, no tiene nada en común con el federalismo o el particularismo heredados del pasado medieval. Es incluso todo lo contrario. Mientras que el federalismo o el particularismo medieval constituye una separación de funciones políticas del estado, la autonomía moderna es solamente una adaptación de las funciones del estado centralizado a las necesidades locales y la participación en ellas del pueblo.
Así que, mientras el particularismo comunal o el federalismo, según el ideal de Bakunin, constituyen un plan para dividir el territorio de un gran estado en pequeñas áreas parcial o completamente independientes unas de otras, la actual autonomía sólo es una forma de democratización de un gran estado centralizado. La ilustración más clara de este punto es la historia de la moderna autonomía, que ha crecido en el seno de los más importantes estados modernos, sobre las cenizas de los antiguos particularismos y en completa oposición a éstos.
[...] La autonomía local --provincial, municipal y comunal-- no acaba en absoluto con el centralismo administrativo; la autonomía afecta solamente a los asuntos locales, mientras que la administración del estado como un todo queda en manos de la autoridad central que, incluso en estados democráticos como Suiza, muestra una tendencia constante a ampliar sus competencias.
Un rasgo característico de la moderna administración opuesto al particularismo medieval es precisamente la estricta supervisión por parte de las instituciones centrales y la subordinación de la administración local a la dirección uniforme y al control de las autoridades del Estado. Una ilustración típica de esto es la dependencia que los funcionarios autónomos actuales tienen en Inglaterra con respecto a los departamentos centrales, e incluso la creación por encima de ellos de un Cuerpo de Administración Local que elimina la auténtica descentralización administrativa representada por el antiguo sistema en el que, es preciso recordarlo, los omnipotentes jueces de paz eran completamente independientes del gobierno central. De la misma forma, el reciente desarrollo de la autonomía en Francia allana una vez más el camino a la democratización, a la par que, gradualmente, elimina la independencia de las prefecturas frente a los ministerios centrales, sistema que había caracterizado al gobierno del Segundo Imperio.
El anterior fenómeno también se corresponde completamente con la dirección general del desarrollo político. Un gobierno central fuerte es una institución característica no solamente de la época del absolutismo en los inicios del desarrollo burgués, sino también de la sociedad burguesa misma en el punto de su máximo apogeo, de su florecimiento y de su declive. Una política exterior más amplia --comercial, agresiva, colonial-- se convierte en el eje de la vida del capitalismo, tanto más cuanto más nos adentramos en el periodo de la política imperialista «global», que es una fase normal del desarrollo de la economía burguesa, y cuanto más precisa el capitalismo de una autoridad fuerte, un gobierno central poderoso que concentre en sus manos todos los recursos del estado para la protección de sus intereses en el exterior. Por tanto, la moderna autonomía, aun en los casos de más amplia aplicación, topa con murallas insuperables en todos aquellos atributos del poder relacionados con la política exterior del estado.
Por otra parte, la misma autonomía tiende barreras a la centralización legislativa, porque sin algunas competencias en materia de legislación no es posible ni tan siquiera la autonomía local más limitada. El poder de dictar, dentro de un cierto ámbito, y por propia iniciativa, una serie de leyes que afecten a la población en vez de limitarse a supervisar la aplicación de las leyes dictadas por el cuerpo legislativo central, constituye precisamente el núcleo del autogobierno en sentido democrático moderno; es la función básica de los consejos municipales y comunales, y también de los regímenes provinciales o los consejos departamentales. Solamente cuando estos últimos alcanzaron en Francia el derecho a decidir en última instancia sobre sus propios problemas en vez de someter sus opiniones como órganos consultivos, y sobre todo cuando consiguieron el derecho a recaudar su propio presupuesto, solamente entonces da comienzo verdaderamente la autonomía de los departamentos. [...]
[...] Al igual que en Lituania, el único medio de solucionar la cuestión nacional en el Cáucaso en un sentido democrático, garantizando a todas las nacionalidades libertad de existencia cultural sin que ninguna de ellas domine a las demás y asegurando al mismo tiempo la necesidad de un desarrollo moderno, es prescindiendo de los límites etnográficos e introduciendo autogobiernos locales amplios --comunales, urbanos, de distrito y provinciales-- sin un carácter nacional definido, es decir, sin privilegiar a ninguna nacionalidad. Solamente unos gobiernos autónomos de este tipo harán posible la unión de varias nacionalidades para cuidar en común de los intereses económicos y sociales locales y, por otra parte, para tener en cuenta de una forma natural las diferentes proporciones de las nacionalidades en cada condado y en cada comuna.
Los gobiernos autónomos comunales, de distrito y provinciales harán viable que cada nacionalidad, por medio de una decisión mayoritaria en los órganos de administración local, establezca sus escuelas y sus instituciones culturales en aquellos distritos o comunas en los que posea una preponderancia numérica. Al mismo tiempo, una ley lingüística que abarque todo el territorio y que defienda los intereses de las minorías puede establecer una norma en virtud de la cual las minorías nacionales que reúnan un mínimo numérico puedan constituir la base para la creación obligatoria de escuelas en sus respectivas lenguas nacionales en la comuna, el distrito o la provincia; y que su lengua pueda establecerse en las instituciones locales públicas y administrativas,junto a la lengua de la nacionalidad preponderante (la lengua oficial). Una solución de este tipo sería viable, si es que alguna solución es posible dentro del marco del capitalismo, y dadas las condiciones históricas. Esta solución combinaría el principio general de autogobiernos locales con las medidas legislativas especiales que garantizasen el desarrollo cultural y la igualdad de derechos de las nacionalidades por medio de una estrecha cooperación entre ellas y no por su separación por medio de las barreras de la autonomía nacional. [...]
De: La crisis de la socialdemocraciaNOTA 7
[...] Del mismo quidproquo (malentendido) trágico no se sustrae la Socialdemocracia cuando para justificar su actitud en esta guerra invoca el derecho de las naciones a la autodeterminación. Es cierto: el socialismo concede a todo pueblo el derecho a la independencia y a la libertad, a disponer autónomamente sobre su propio destino. Sin embargo, es una verdadera burla al socialismo poner a los actuales estados capitalistas como expresión de ese derecho de las naciones a la autodeterminación. ¿En cuál de esos estados ha decidido la nación, hasta ahora, sobre las formas y condiciones de su existencia nacional, política o social?
Lo que significa la autodeterminación del pueblo alemán, lo que ésta quiere, es algo que ha sido defendido y anunciado por los demócratas de 1848, por los luchadores de vanguardia del proletariado alemán, Marx, Engels y Lasalle, Bebel y Liebknecht: una sola gran república alemana. Por este ideal derramaron su sangre en las barricadas los luchadores de mano en Viena y Berlín, para la realización de este programa querían Marx y Engels empujar a Prusia a una guerra contra el zarismo ruso. El primer requisito para el cumplimiento de este programa nacional era la liquidación de ese «cúmulo de putrefacción organizada» denominado monarquía habsburguesa y la supresión de la monarquía militar prusiana, así como de las dos docenas de monarquías enanas de Alemania. La derrota de la revolución alemana, la traición de la burguesía alemana a sus propios ideales democráticos condujeron al régimen bismarckiano y a su creación: la actual Gran Prusia con las veinte patrias bajo un casco puntiagudo que se llama Deutsche Reich. La Alemania actual ha sido construida sobre la tumba de la revolución de marzo, sobre las ruinas del derecho a la autodeterminación nacional del pueblo alemán. La guerra actual, que junto con la conservación de Turquía tiene como objetivo la conservación de la monarquía habsburguesa y el reforzamiento de la monarquía militar prusiana, representa un nuevo enterramiento de los caídos de marzo y del programa nacional de Alemania. Y es una verdadera broma diabólica de la historia que los socialdemócratas, que son los herederos de los patriotas alemanes de 1848, tomen en sus manos, en esta guerra, el estandarte del «derecho de las naciones a la autodeterminación». ¿O acaso es una expresión de la «autodeterminación de la nación francesa» la Tercera República con sus posesiones coloniales en cuatro continentes y las relativas atrocidades en dos? ¿O lo es el Imperio Británico con la India y el dominio surafricano de un millón de blancos sobre cinco millones de población de color? ¿O lo es Turquía o el Imperio de los zares? Sólo en el caso de un político burgués, para el que las razas de dominadores representan la humanidad y las clases dominantes la nación, puede hablarse de «derecho a la autodeterminación nacional» en los estados coloniales. En el sentido socialista de este concepto no hay nación libre si su existencia estatal se basa en la esclavización de otros pueblos, pues también los pueblos coloniales cuentan como pueblos y como miembros del Estado. El socialismo internacional reconoce el derecho a constituir naciones libres, independientes e iguales, pero sólo él puede crear esas naciones,sólo él puede hacer realidad el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Al igual que todas las demás, esta consigna del socialismo no es una santificación de lo existente, sino una guía y un acicate para la política revolucionaria, transformadora y activa del proletariado. Mientras existan estados capitalistas y, en particular, mientras la política mundial imperialista determine y configure la vida interna y externa de los estados, el derecho a la autodeterminación nacional no tendrá, tanto en la paz como en la guerra, ni lo más mínimo en común con su práctica.
Todavía más: en el milieu imperialista actual ya no pueden darse en general guerras nacionales de defensa, y toda política socialista que no tome en cuenta este determinante milieu histórico, que en medio del torbellino mundial se quiera dejar guiar sólo por el punto de vista aislado de un país, construye a priori sobre arena. [...]
De: La Revolución RusaNOTA 8
[...] En el hecho de que la derrota militar se haya convertido en el derrumbe y en la ruina de Rusia los bolcheviques tienen una parte de culpa. Los bolcheviques han agravado en gran medida las dificultades objetivas que presentaba la situación como consecuencia de una consigna que ellos han situado en el primer plano de su política: el denominado derecho de las naciones a la autodeterminación o lo que realmente se escondía tras esta fórmula: la desmembración estatal de Rusia. La fórmula del derecho de las diferentes nacionalidades del Imperio ruso a determinar por su cuenta sus destinos «incluida la separación estatal de Rusia» proclamada una y otra vez con doctrinaria obstinación era un grito de guerra peculiar de Lenin y sus camaradas durante su oposición tanto contra el imperialismo de Miliukov como contra el de Kerenski, constituía el eje de su política interior después de la revolución de octubre y formaba toda la plataforma de los bolcheviques en Brest-Litovsk, la única arma con que contaban para oponerse a la posición de fuerza del imperialismo alemán.
En principio sorprende en la obstinación y la rígida consecuencia con que Lenin y sus camaradas se aferraron a esta consigna el hecho de que está en abierta contradicción tanto con su tan proclamado centralismo como con la actitud adoptada por ellos en relación con otros principios democráticos. Mientras que hacia la Asamblea constituyente, el sufragio general, la libertad de prensa y de reunión, en síntesis, todo el aparato de las libertades democráticas fundamentales de las masas populares que en su conjunto constituyen el «derecho a la autodeterminación» de la misma Rusia, mostraban un frío desdén, trataban el derecho a la autodeterminación de las naciones como la joya de la política democrática en beneficio de la cual todos los puntos de vista prácticos de la crítica real debían ser silenciados, Mientras que no se habían sometido en lo más mínimo al pronunciamiento popular con respecto a la Asamblea constituyente rusa, un pronunciamiento popular basado en el sufragio más democrático del mundo y realizado en la plena libertad de una república popular, declarando simplemente nulos sus resultados en base a unas consideraciones críticas bastante triviales, en Brest defendieron la «determinación popular» de las naciones no rusas con respecto a su pertenencia estatal como el verdadero pináculo de toda libertad y democracia, como la auténtica quintaesencia de la voluntad popular y la instancia decisoria suprema de los destinos políticos de las naciones.
Esta contradicción tan flagrante es tanto más incomprensible cuanto que en el caso de las formas democráticas de la vida política de todo país, como lo veremos más adelante,se trata de hecho de las más valiosas e incluso indispensables bases de la política socialista, mientras que el famoso «derecho de las naciones a la autodeterminación» no pasa de ser vacua palabrería y embuste pequeño-burgués.
En realidad, ¿cuál es el sentido de este derecho? Pertenece al abc de la política socialista que el socialismo,al igual que contra todas las demás formas de opresión, lucha también contra la opresión de una nación por otra.
Si a pesar de todo esto políticos por lo demás tan sensatos y críticos como Lenin y Trotski y sus amigos, que ante la fraseología utópica de toda especie como el desarme, la liga de las naciones, etc., no hacen sino encogerse irónicamente de hombros, hicieron en este caso concreto de una frase vacía de exactamente la misma categoría que las anteriores precisamente su caballo de batalla, la explicación hay que buscarla, nos parece, en una especie de política oportunista. Lenin y sus camaradas contaban obviamente con que no había ningún medio más seguro para vincular a la causa de la revolución socialista, a la causa del proletariado socialista, a las muchas nacionalidades alógenas del Imperio ruso que garantizarles en nombre de la revolución y del socialismo la más extrema e ilimitada libertad para disponer de sus destinos. Era esto una analogía con la política de los bolcheviques con respecto a los campesinos, cuya hambre de tierra tenía que ser satisfecha por la consigna de ocupación directa de la tierra de la nobleza, lo que tenía que encadenarlos a la bandera de la revolución y al gobierno proletario. Pero desgraciadamente en ambos casos los cálculos han salido mal, Mientras que Lenin y sus camaradas esperaban evidentemente hacer en tanto que defensores de la libertad nacional, «hasta la separación estatal», de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, de los países bálticos, de los caucásicos, etc., otros tantos fieles aliados de la revolución rusa, el espectáculo al que hemos asistido ha sido el contrario: una detrás de otra, todas esas «naciones» utilizaron la libertad que se les acababa de regalar para declararse enemigos mortales de la revolución rusa y aliarse con el imperialismo alemán para llevar bajo su protección la bandera de la contrarrevolución incluso a la misma Rusia. El episodio de Ucrania en Brest, que significó un giro decisivo en aquellas negociaciones y en el conjunto de la situación política interior y exterior de los bolcheviques, es un ejemplo modélico de lo dicho. El comportamiento de Finlandia, Polonia, Lituania, de los países bálticos, de las naciones del Cáucaso muestra convincentemente que no estamos ante una excepción casual, sino que se trata de un fenómeno típico.
Es cierto que en cada uno de estos casos no son en realidad las naciones» las que siguen esa política reaccionaria, sino solamente las clases burguesas y pequeño-burguesas, que hicieron, en la más encarnizada oposición con sus respectivas masas proletarias, del «derecho a la autodeterminación nacional» un instrumento de su política contrarrevolucionaria de clase. Pero --y con esto llegamos al punto clave de la cuestión-- en ello estriba justamente el carácter utópico y pequeño. burgués de esa fraseología nacionalista: en la dura realidad de la sociedad de clase y sobre todo en una época de exasperación máxima de los antagonismos se convierte simplemente en un instrumento del dominio de clase de la burguesía. Los bolcheviques debieron aprender a costa de los mayores daños para ellos mismos y para la revolución que bajo la dominación del capitalismo no hay precisamente ninguna autodeterminación de la nación, que en una sociedad de clases cada clase de la nación se «autodetermina» de manera diferente y que para las clases burguesas la perspectiva de la libertad nacional cede absolutamente la primacía a la de la dominación de clase. La burguesía finlandesa y la pequeña burguesía ucraniana estaban completamente de acuerdo en preferir la dominación violenta alemana a la libertad nacional en el caso de que ésta llevase aparejado el peligro del «bolchevismo».
La esperanza de darles la vuelta a estas relaciones de clase reales por medio de la «determinación popular», en tomo a la cual se movía todo en Brest, y la confianza en que las masas populares revolucionarias diesen un voto mayoritario favorable a la unión con la revolución rusa era, si Lenin.Trotski eran sinceros, de un optimismo inconcebible y en el caso de que no fuese sino un golpe de florete en el duelo con la política de fuerza alemana, era jugar peligrosamente con fuego. Incluso sin la ocupación militar alemana, en el caso de que en los países periféricos se hubiese llegado a la famosa «determinación popular», dada la mentalidad de la masa campesina y de vastos sectores de proletarios todavía indiferentes, la tendencia reaccionaria de la pequeña. burguesía y los mil métodos para influir en el voto a disposición de la burguesía, con toda probabilidad habría dado en todas partes un resultado que les habría proporcionado escasa alegría a los bolcheviques. En estas cuestiones de plebiscitos sobre la cuestión nacional puede admitirse como regla infalible que las clases dominantes o bien los impedirán allí donde no les convenga o bien allí donde se lleven a cabo sabrán influir sobre sus resultados haciendo uso de todo tipo de medios y de maniobras, lo que hace que sea imposible introducir ningún socialismo por caminos plebiscitarios.
El hecho de que la cuestión de las aspiraciones nacionales y las tendencias particularistas hayan sido lanzadas en medio de las luchas revolucionarias y que por la paz de Brest hayan pasado a ocupar un primer plano e incluso se hayan convertido en el santo y seña de la política socialista y proletaria ha introducido la mayor de las confusiones en las filas del socialismo y ha debilitado la posición del proletariado precisamente en los países periféricos. En Finlandia el proletariado socialista, mientras combatió como una parte de la cerrada falange revolucionaria de Rusia, disponía de un poder determinante; poseía la mayoría en la Asamblea, en el ejército,había reducido a la burguesía por completo a la impotencia y era el dueño de la situación del país. A comienzos de siglo, cuando todavía no se habían inventado las chifladuras del «nacionalismo ucraniano», con el Karboventze y los «Universales», ni Lenin había hecho de la «Ucrania independiente» su caballo de batalla, la Ucrania rusa había sido el feudo del movimiento revolucionario ruso. De allí, de Rostov, de Odessa, de la región del Donets fluyeron los primeros ríos de lava de la revolución (ya hacia los años 1902.1904) que encendieron todo el Sur de Rusia en un mar de llamas preparatorio del levantamiento de 1905; lo mismo se repitió en la revolución actual, el proletariado del sur de Rusia ha sido la tropa de élite de la falange proletaria. Polonia y los países bálticos fueron, a partir de 1905, los focos más poderosos y seguros de la revolución, en los que el proletariado socialista jugaba un papel predominante.
¿Cómo es posible que en todos estos países de pronto triunfe la contrarrevolución? El movimiento nacionalista, separando precisamente de Rusia al proletariado ,lo paralizó y lo entregó a las burguesías nacionales de los países periféricos. En vez de buscar justamente en el espíritu de una auténtica política de clase internacional, que por lo demás defendían, la más compacta unión de las fuerzas revolucionarias de todo el territorio del Imperio, de defender con uñas y dientes la integridad del Imperio ruso en tanto que territorio revolucionario y de oponer a todas las aspiraciones separatistas nacionalistas la cohesión y la unión inseparable de los proletarios de todos los países en el interior de la revolución rusa en tanto que ley suprema de la política proletaria, los bolcheviques, por el contrario, con toda su tonante fraseología nacionalista del «derecho a la autodeterminación hasta la separación estatal» no hicieron sino proporcionar a la burguesía de los países periféricos el pretexto más vistoso, el más deseado, casi el estandarte de sus aspiraciones contrarrevolucionarias. En vez de prevenir a los proletarios de los países periféricos ante cualquier separatismo como de una trampa burguesa, lo que han hecho los bolcheviques es introducir con su consigna la confusión entre las masas de todos los países periféricos y entregarlas a la demagogia de las clases burguesas. Con esa exigencia del nacionalismo lo que han hecho es preparar ellos mismos la ruina de Rusia, provocaría y poner así en manos de sus propios enemigos el cuchillo que éstos tenían que clavar en el corazón de la revolución rusa.
Es cierto que sin la ayuda del imperialismo alemán, sin los «fusiles alemanes empuñados por alemanes» como escribió la Neue Zeit de Kautsky, ni los Lubinsky y los demás canallas de Ucrania, ni los Erichs y los Mannerheim de Finlandia, ni los barones bálticos habrían podido nunca con las masas proletarias socialistas de sus países. Pero el separatismo nacional fue el caballo de Troya en el que los «compañeros» alemanes, empuñando sus fusiles, fueron introducidos en todos esos países. Los antagonismos de clase reales y las relaciones militares de poder condujeron a la intervención alemana, Pero los bolcheviques habían proporcionado la ideología que sirvió para enmascarar esa cruzada contrarrevolucionaria; ellos debilitaron la posición del proletariado y reforzaron la de la burguesía. La mejor prueba de esto es Ucrania, que tan nefasto papel había de jugar en los destinos de Rusia. El nacionalismo ucraniano era en Rusia de un tipo completamente diferente al checo, al polaco o al finlandés, por ejemplo;no era más que una estupidez, una extravagancia de un par de docenas de intelectuales pequeño-burgueses sin las más mínimas raíces en la realidad económica, política o espiritual del país, sin la más mínima tradición histórica, ya que Ucrania nunca formó una nación o un Estado, sin la más mínima cultura nacional, con la excepción de los poemas romántico-reaccionarios de Chevtchenko. Es justo lo mismo que si un buen día la gente de la zona costera quisiese fundar sobre la base de Fritz Reuter una nueva nación y un nuevo Estado bajo-alemanes (plattdeutsche). Y esta ridícula pose de unos cuantos profesores y estudiantes universitarios fue lo que Lenin y sus camaradas elevaron artificialmente con su doctrinaria agitación en tomo al «derecho a la autodeterminación, etc.», a la categoría de factor político. A esa pose inicial le dieron importancia hasta que la pose demostró una sangrienta seriedad: no la de un movimiento nacional serio, para el que jamás han existido raíces, sino la de reclamo y la de banderín de enganche de la contrarrevolución. De ese bluff salieron en Brest las bayonetas alemanas.
Este género de fraseología ha tenido a veces en la historia de las luchas de clases una importancia muy real. El sino fatal del socialismo ha querido que en el curso de esta guerra mundial haya sido utilizado para proporcionar pretextos ideológicos a la política contrarrevolucionaria. La Socialdemocracia alemana se apresuró nada más estallar la guerra a decorar la expedición de rapiña del imperialismo alemán con un membrete ideológico sacado del cuarto trastero del marxismo al declarar que se identificaba con la expedición liberadora contra el zarismo ruso que habían esperado nuestros viejos maestros. A los antípodas de los socialistas gubernamentales, a los bolcheviques, les estaba reservado, con su fraseología en tomo a la autodeterminación de las naciones, llevar agua al molino de la contrarrevolución, proporcionando así una ideología apta no sólo para el sofocamiento de la revolución rusa misma, sino para la liquidación contrarrevolucionaria planificada de toda la guerra mundial. Tenemos buenos motivos para examinar en esta perspectiva muy a fondo la política de los bolcheviques. El «derecho de las naciones a la autodeterminación» junto con la Sociedad de Naciones y el desarme por la gracia de Wilson van a ser el grito de guerra del inminente enfrentamiento entre el socialismo internacional y el mundo burgués. Está completamente claro que la fraseología de la autodeterminación y todo el movimiento nacional, que constituyen en la actualidad el más grave peligro para el socialismo internacional, han salido precisamente a causa de la revolución rusa y del tratado de Brest extraordinariamente reforzados. Más adelante nos ocuparemos con más detenimiento de esta plataforma. La suerte trágica de esta fraseología en la revolución rusa, al haberse dejado coger los bolcheviques entre sus espinas hasta sangrar por su causa, ha de servir de advertencia para el proletariado internacional.
La consecuencia de todo esto ha sido la dictadura alemana. De la paz de Brest al «tratado anexo»! Las 200 víctimas expiatorias de Moscú. Esta situación ha engendrado el terror y el sofocamiento de la democracia. [...]
Extractos reproducidos en ESPAÑA ROJA por amable autorización de la traductora, Mª José Aubet.
Sobre el impacto de las ideas de Rosa Luxemburgo en el movimiento comunista v. nuestras reflexiones sobre el problema de las nacionalidades.
Reproducido de R.L., El desarrollo industrial de Polonia y otros escritos, Ed. Pasado y Presente, México 1979, pp. 172-194. Originalmente publicado en Die NeueZeit, abril de 1896.
Reproducido de R.L., Textos sobre las cuestión nacional, Ed. de la Torre, Madrid, 1977, Pp. 2941. Originalmente publicado en Sprawa Robotnicza el 25 de julio de 1896.
Se refiere a la resolución propuesta por el PPS para que la Internacional hiciera suya la reivindicación de la independencia de Polonia que ellos defendían como prioritaria.
Reproducido de R.L., Textos sobre la cuestión nacionaL.., Pp. 63-69. Originalmente publicado en Cracovia, 1905.
Traducido de «The National Question and Autonomy», en H.B. Davis (ed.) The National Question. Selected Writings by Rosa Luxemburg, Monthly Review Press, Nueva York, 1976, Pp. 101-287. Serie de artículos publicados originalmente en Pi-reglad Socialdemokratyczny, nº 6-15, 1908-1909.
Reproducido de Rosa Luxemburg, Escritos Políticos, citado, pp. 255-398. Publicado originalmente en Zürich, enero de 1916.
Reproducido de R.L, Escritos políticos, citado, pp. 551-593. Escrito en 1918 en la cárcel y publicado póstumamente en 1922.
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