Source: http://uniseria.blogspot.com.es/2010/04/
Timestamp: 2017-10-20 10:23:52+00:00

Document:
- Cómo menguan los recursos destinados a I+D+i.
-Otra vez: el futuro del doctorado en España. Por Miguel Díaz y García Conlledo.
- Doctorados y tesis doctorales. Crónica de una decadencia acelerada. Por Juan Antonio García Amado.
- ¿Qué cara tiene la ANECA?
Publicado por CríticaUniversitariaa en 9:31 No hay comentarios:
La revista de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM) publica en su número de marzo (nº 163) un documentadídimo estudio sobre "Análisis de los recursos destinados a I+D+i (Política de Gasto 46) contenidos en los PGE para 2010)". Lo firman Miguel G. Guerrero, José Molero, José de Nó, Miguel Toro y F. Javier Trívez.
No tiene desperdicio. Échen un vistazo a las cifras y las tablas y luego reflexionemos sobre si vamos a salir de la crisis y la decadencia conviertiéndonos en un país investigador e innovador. Parece que no.
Pueden ver el informe AQUÍ.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 9:22 1 comentario:
En mis reflexiones de 20 de marzo y de 29 de marzo en este foro me ocupé de los que considero algunos problemas del doctorado actual en España y de lo que parece va a ser el futuro doctorado en nuestro país. Advertía en una nota después de mi última entrada que había leído en prensa alguna noticia sobre el contenido del borrador de Proyecto de Real Decreto regulador de los Estudios de Doctorado, anunciando que, cuando me hiciera con él, valoraría los aspectos que supusieran alguna novedad sobre el documento que manejé en mi segunda entrada. Pues bien, ya he podido consultarlo. No me detendré en cuestiones ya comentadas (dense por reproducidas aquí) respecto del documento anterior (salvo en la del plazo, en que añadiré algún comentario) y seleccionaré algunas entre las que plantea el borrador.
Confirma el borrador que la duración de los estudios de doctorado será, en el supuesto normal, de cuatro años, prorrogables por uno más (art. 3.2): “La duración de los estudios de doctorado será de un máximo de cuatro años, a tiempo completo, a contar desde la admisión del doctorando al programa hasta la presentación de la tesis doctoral./No obstante lo anterior, y previa autorización de la comisión académica responsable del programa a que se refiere el artículo 5.2 de este real decreto, podrán realizarse estudios de doctorado a tiempo parcial. En este caso tales estudios podrán tener una duración máxima de seis años desde la admisión al programa hasta la presentación de la tesis doctoral./Si transcurrido el citado plazo no se hubiera presentado la solicitud de depósito de la tesis, la comisión responsable del programa podrá autorizar la prórroga de este plazo por un año más, o dos en el caso de dedicación parcial, en las condiciones que se hayan establecido en la correspondiente Escuela de Doctorado o programa de doctorado./A los efectos del cómputo del periodo anterior no se tendrán en cuenta las bajas por enfermedad, embarazo o voluntarias”.
Al respecto, reitero mis observaciones críticas sobre la disposición (sobre todo existiendo los informes anuales de actividad) y recuerdo el ejemplo de Kant. Por cierto que en ese periodo el doctorando no estará dedicado a su tesis sólo, sino que tendrá que realizar actividades de formación “transversal” y “específica del ámbito de cada programa”, a las que se refiere el art. 4 del borrador. Además, queda la duda de qué pasará si el doctorando (investigador en formación) no presenta en plazo (con prórroga) su tesis. Al no decirse nada, parece que el investigador en formación puede despedirse de llegar a ser doctor. Pero quizá la idea sea otra: que tenga que empezar de nuevo, tal vez en otra Universidad o Escuela de Doctorado, previo paso por caja, claro. Si así fuera, no parecerían muy presentables las razones de la limitación temporal, desde luego. En todo caso, es como mínimo sorprendente que el borrador no se refiera en absoluto a las consecuencias de la finalización del plazo sin presentación de la tesis. A los doctorandos actuales (a todos, lleven el tiempo que lleven) se les da un plazo de cinco años para la defensa de su tesis desde la publicación del Real Decreto (disposición transitoria segunda), sin mención tampoco de qué sucederá si la defensa no se produce en plazo.
El director de tesis deberá ser “un doctor con experiencia investigadora acreditada” (art. 13.1), lo que resulta algo más claro que el documento anterior; no obstante, la fijación de las condiciones para ser director se deja a las universidades o escuelas de doctorado (art. 13.2), no limitando la remisión a requisitos añadidos y facultativos, como hacía el anterior documento. Como casi siempre, me temo que ello dará lugar a desigualdades poco justificables entre universidades o escuelas. Eso sí, no sólo va a haber control anual de lo que hace el doctorando (art. 12.5), sino que incluso, según los números 6 y 7 del art. 12, “Las universidades establecerán las funciones de supervisión de los doctorandos, mediante sendos compromisos doctorales firmados por el doctorando y su tutor y su director. Dicho documento incluirá un procedimiento de resolución de conflictos” y “Las universidades o las escuelas de doctorado establecerán los mecanismos de evaluación y seguimiento indicados anteriormente, la realización de la tesis en el tiempo proyectado y los procedimientos previstos en casos de conflicto y aspectos que afecten al ámbito de la propiedad intelectual de acuerdo con lo que a este respecto se establezca en la legislación vigente”. Todo y todos, por lo tanto, aparentemente muy controlado(s). Y, claro, muchos papeles … todavía más.
En mis reflexiones anteriores, me refería a la necesidad de variar el modo de nombramiento del tribunal de tesis doctoral y a la efectiva utilización de las distintas posibilidades de calificación de la tesis. Pues bien, frente al silencio del documento anterior, que yo denunciaba, el borrador habla … ¡pero más habría valido que callara!. Transcribo completo el art. 15: “1. El tribunal que evalúe la tesis doctoral se compondrá de acuerdo con las normas que establezca la universidad. Todos los miembros deberán tener el título de doctor y experiencia investigadora acreditada. En todo caso, el tribunal estará formado por una mayoría de miembros externos a las entidades colaboradoras en el programa de doctorado./2. El tribunal que evalúe la tesis dispondrá del cuaderno de seguimiento del doctorando, a que se refiere el artículo 3.3 de este real decreto, con las actividades formativas llevadas a cabo por el doctorando. Este documento de seguimiento no dará lugar a una puntuación cuantitativa pero sí constituirá un instrumento de evaluación cualitativa que complementará la evaluación de la tesis doctoral./3. La tesis doctoral se evaluará en el acto de defensa que tendrá lugar en sesión pública y consistirá en la exposición y defensa por el doctorando del trabajo de investigación elaborado ante los miembros del tribunal. Los doctores presentes en el acto público podrán formular cuestiones en el momento y forma que señale el presidente del tribunal./4. Una vez aprobada la tesis doctoral, la universidad se ocupará de su archivo en formato electrónico abierto en su repositorio institucional y remitirá, en formato electrónico, un ejemplar de la misma así como toda la información complementaria que fuera necesaria al Ministerio de Educación a los efectos oportunos./5. En circunstancias excepcionales determinadas por la comisión académica del programa, como puede ser los convenios de confidencialidad con empresas o la posibilidad de generación de patentes del trabajo de la tesis, las universidades habilitarán procedimientos para desarrollar los puntos 4 y 5 anteriores que aseguren la o publicidad de estos aspectos./6. El tribunal emitirá un informe y la calificación global concedida a la tesis de acuerdo con la siguiente escala: «no apto», «apto». El tribunal podrá proponer que la tesis obtenga la mención de «cum laude» si se emite en tal sentido el voto secreto por unanimidad. La Universidad habilitará mecanismos para la concesión final de dicha mención, siempre que no supere anualmente el 20% de las tesis defendidas”.
Bien está que se nos aclare que lo del repositorio institucional es después de aprobada la tesis y será utilísimo sin duda tener el cuaderno de seguimiento del doctorando (aunque no se sepa bien cómo será esa evaluación-no evaluación que se menciona).
Pero en lo que de verdad importa, me parece que no se soluciona nada e incluso puede empeorarse la situación actual: más allá de que sus miembros sean doctores (¡no faltaba más!) con experiencia investigadora acreditada (¿cómo?) y de que una mayoría no pertenezca a las entidades colaboradoras en el programa de doctorado, la normativa de composición de tribunales de tesis la determinará la propia universidad. Mucho me temo que las diferencias serán clamorosas y que serán las menos las universidades que establezcan normas de composición de tribunales que garanticen la independencia y especialización de sus miembros (que van a juzgar, no se olvide, a candidatos locales, cuyos resultados aparecerán en la memoria de la universidad correspondiente, que pagan sus tasas en ella, que a menudo serán ayudantes o becarios en la universidad, etc.). Pero, aunque me equivocara, y las universidades compitieran por ver cuál es la más seria en la cuestión, me seguiría pareciendo un dislate dejar asunto tan importante a la cacareada autonomía universitaria y crear así nuevas posibilidades de desigualdad.
Y en otro punto clave, el de las calificaciones, paso atrás: en vez de potenciar que reflejen diferencias, se vuelve al puro y feo “apto” o “no apto”, con la sola posibilidad de añadir el “cum laude”, que será una mera propuesta del tribunal en voto secreto, de ser unánime, sobre la cual decidirá finalmente la universidad, con un límite numérico: no más del 20 % de las tesis defendidas en ella anualmente. Este límite, que aparentemente tiende a garantizar que el “cum laude” no se regale automáticamente, es muy discutible. En primer lugar porque el límite cuantitativo no tiene sentido (¡ojalá casi todas las tesis fueran excelentes!), sino que el otorgar esa mención debería depender de requisitos de calidad o excelencia que, contra lo que se establece, deberían ser generales para no crear nuevas desigualdades no justificables entre universidades (desigualdades que casi nunca suponen una competencia por la excelencia). Esperemos que circunstancias tales como la fecha de lectura, la afinidad de la materia de la tesis con la mayoría de los miembros de una eventual comisión decisora de los “cum laude” o el que el doctorando (o, mejor, nuevo doctor) sea más o menos de la casa (por citar tres posibilidades sólo) no resulten determinantes de quién obtiene y quién no el “cum laude”, pero no sé, no sé…
Naturalmente, no todo lo que contiene el borrador es decepcionante o poco relevante en realidad; hay cosas buenas, aunque no siempre muy novedosas, como, entre otras, la apuesta por la internacionalización y la movilidad (arts. 16, 17 -aunque éste me plantea alguna duda- y 18.4) o la previsión, junto al sello de excelencia para programas destacados (veremos los criterios, pues las experiencias previas no siempre han hecho justicia), de la convocatoria de ayudas para la realización del doctorado, en forma de contratos para investigadores en formación (tradicionales becas) y préstamos-renta (art. 18). Pero me temo que, tras grandes declaraciones, palabras y disposiciones orientadas a la mayor calidad (aparte de todo lo relativo a los procesos de convergencia internacional, acreditación, etc., v., finalmente, las complejas pautas de evaluación del doctorado que propone el anexo II del borrador), algunas de las cuales van a hacer del doctorado algo especialmente complicado en cuanto a gestión y burocracia, no mejora sustancialmente lo esencial, que, por otro lado, es relativamente sencillo. Por ello, mi pronóstico para el futuro doctorado en España sigue siendo pesimista. Pero acabo igual que la última vez que escribí al respecto en este foro: ¡ojalá me equivoque!
Publicado por CríticaUniversitariaa en 9:08 3 comentarios:
Uno de estos días tendremos que ponernos a pensar en alguna parte de la universidad que no esté en vías de desmoronamiento, pues, si no, acabarán llamándonos fatalistas. Prometo que lo intentaré. Entre tanto, vamos hoy con una práctica, la tesis doctoral, que, me temo, está cayendo en picado, hasta convertirse en un trámite burocrático sin más relevancia que la puramente ritual. Y hasta del rito, en lo que pudiera valer, va quedando muy poquita cosa.
En la universidad preboloñesa y anterior a la ola de trivialización académica que nos invade, la tesis de doctorado constituía un hito de la mayor importancia. No sólo porque habilitaba para ascensos y nuevos pasos académicos, pues eso se mantiene, sino, y sobre todo, porque se daba por sentado que constituía un trabajo muy serio con el que se medía por primera vez y rigurosamente la valía del investigador.
Es cierto, sin duda, que en toda época hay de todo y que, al igual que hoy en día y mañana -de esto, del mañana, ya no estoy tan convencido, pero concedámoslo- podemos dar con trabajos doctorales de la mayor solvencia, también en el pasado más o menos reciente podemos toparnos con casos lamentables y variados amaños. Tengo en la punta del teclado algunas muestras, pero las voy a omitir, que ya bastante se complica uno. Digamos sólo que algún catedrático de lo mío, bien acostumbrado a mandar, no habría llegado a nada si lo hubieran “matado” de pequeño, en lugar de cocinarle una tesis juvenil y lamentable, por ser él quien era. Pero dejémoslo ahí.
Me refiero sólo a tendencias dominantes y ambientes generales. En otro tiempo, no tan lejano, una buena tesis era la mejor carta de presentación en la sociedad académica, otorgaba fama y prestigio y ese efecto positivo perduraba y predisponía a los colegas de la mejor manera. También hay que decir, en aras de la verdad, que las circunstancias en que se solía elaborar la tesis eran bien distintas y mucho más favorables. El doctorando solía disfrutar de un contrato, todo lo modesto que se quiera y, sobre el papel, necesitado de renovación periódica, lo que no quitaba para que pudiera contar con una relativa estabilidad y confiar en su futuro docente e investigador si iba siguiendo los pasos marcados.
Hablaré de mi propio caso. Después de licenciarme en Oviedo, tuve mi primer contrato y lo primero que se me dijo fue que durante los dos primeros años no tenía ni que impartir clases ni que preocuparme siquiera de fijar tema para el doctorado, sino que debía empaparme de los mejores manuales y tratados. Luego llegó la beca para marcharme a Alemania y fue allí donde elegí el tema y me dediqué a leer (y a fotocopiar) como un poseso sobre todo lo que tenía que ver con él. La redacción propiamente no la inicié hasta el regreso, con lo que queda dicho que habían pasado cuatro años. Sí, cuatro. La redacción me tomó dos o tres más, con lo que se puede hacer la cuenta del tiempo que había transcurrido hasta la defensa. Mi caso no es único ni mucho menos, ni resulté de los más tardones, pues conozco excelentísimos colegas, de mi disciplina y de otras, que gastaron de la mejor manera ocho, diez o doce años para ese menester. Eso sí, cuando fueron doctores contaban con algo más que un nuevo título, pues derrochaban dominio de la materia completa de su área. De propina, durante ese tiempo se habían aprendido todos los idiomas necesarios para manejar la mejor doctrina del mundo.
Hoy ese panorama es impensable. Por fas o por nefas, la tesis tiene que estar concluida en cuatro años. Generalmente porque se comienza con una beca de investigación que, en el mejor de los casos, dura ese tiempo y, si se quiere seguir comiendo -cosa de la que no suele haber ninguna garantía-, hace falta el título de doctor. ¿Obligada solución? Temas más sencillos, exigencia menor, pragmatismo forzado.
Es curiosa la evolución de estos asuntos. Antes, en la tesis se gastaba un periodo largo, pero después las etapas se quemaban deprisa, pues no había saturación en las plantillas y eran tiempos de crecimiento de todo, época de vacas gordas, demasiado gordas, incluso, y algunas bastante pendonas. Hoy los doctorados terminan mucho antes, pero es cada vez más frecuente ver a perfectos cuarentones, doctores desde los veintipocos, esperando por su oportunidad de ganar algo más de cuatro duros y, sobre todo, de asegurarse un puesto estable. Seguramente en esto la virtud, si alguna hubiera, habría que buscarla en un término medio entre lo anterior y lo presente.
La presión sobre el profesorado (directores, tribunales...) para aligerar la carga de la tesis no viene solamente de esas urgencias de los jóvenes investigadores locales. Téngase en cuenta que si en España hoy -al menos en los campos que yo conozco- los programas de doctorado tuvieran que nutrirse sólo de los aspirantes locales, serían inviables casi todos por falta de clientela. Los alimentan los investigadores venidos de Latinoamérica. Visto en términos puramente administrativos, es una bendición ese refuerzo de allende los mares, pero ha introducido nuevas distorsiones. Espero que no se me entienda mal lo que voy a decir seguidamente.
En muchos países latinoamericanos en los que el doctorado no tenía tradición ninguna -ni falta que les hacía, podría añadirse- se ha desatado la fiebre doctoral en los últimos tiempos. ¿Por qué? Porque las autoridades ministeriales han decidido que se debe subir el nivel profesional del profesorado y, para ello, o bien exigen a las universidades un porcentaje de doctores en sus plantillas, o bien priman a aquellas que lo tienen. Eso provoca, por un lado, una desconcertante proliferación de programas doctorales allá, de calidad bien irregular, alta en algunas ocasiones y descarado negocio en otras. Mas ese no es el tema en este momento.
Lo que ocurre es que, entre los muchos doctorandos que aquí acuden hay de todo, por supuesto, y algunos absolutamente excepcionales. Mas arrastran casi todos varios lastres. Uno, que suelen estar acostumbrados a una enseñanza muy desvinculada de cualquier inquietud investigadora, tremendamente dogmática y memorística y muy a menudo impartida por profesores que se dedican a sus asuntos laborales y nada más. Muchos quedan sumidos en el desconcierto cuando en estos pagos se les muestran las solitarias y repletas bibliotecas y se les dice que allí han de dejarse las pestañas leyendo.
Su otro inconveniente es la falta de tiempo. O pueden pasarse aquí unos años o, por lo general, no van a terminar nunca su trabajo, pues la vida en sus países de origen suele ser una locura laboral, unida a la falta de medios para la investigación. ¿Resultado? También con ellos hay que aminorar la exigencia y permitirles componer tesis para salir del paso y que no retornen a su tierra sin nada en las manos. Súmese, si se quiere, la displicente actitud de tanto profesor de acá que dice aquello de que total qué importa, si se marchan y a nadie harán sombra aquí con su título (me apuesto una cena a que me cae algún gorrazo por escribir esto y porque algún cafre entiende que yo mismo pienso así).
Los anteriores son elementos del contexto que ayudan a explicar por qué las tesis van perdiendo calidad y rigor. Pero hay más, mucho más. Por ejemplo, que para culminar una tesis sólo hacen falta estas poquitas cosas: un licenciado que quiera hacerla y esté dispuesto a escribir un puñado de páginas, un director presto a dirigirla o a firmar que la dirigió y un tribunal que dé el veredicto. Y pagar matrículas y tasas, claro. O sea, que no se exige ninguna capacidad o talento para poner manos a la obra o conseguir el título, y, sobre todo, puede ser director cualquier doctor, hasta el más indocumentado.
¿Y qué razones puede tener un doctor indocumentado para aparecer como director? Ahí iremos luego, pero primero hablemos del tribunal, que es propuesto por el director -burocracias y disimulos aparte-, seleccionando sus miembros en función del óptimo resultado pretendido. Cuando un director de tesis tiene unas pocas relaciones en su disciplina y está interesado en el cum laude, es absolutamente inusual que la máxima calificación no se obtenga. ¿Aunque la tesis no valga nada o sea un despropósito? Sí. Hoy por ti, mañana por mí, para qué enemistarse, arrieros somos, etc., etc. Es lo que hay, aunque nos duela reconocerlo.
Con todo, mientras contaban algo la fama y el buen nombre en el gremio, tanto de directores como de doctorandos, la gente se lo pensaba un poco y, además, la calificación positiva del trabajo no quitaba para que en el sentir general se pusiera un negativo. Pero eso importaba cuando todos nos conocíamos y cuando había cosas importantes que dirimir en la “casa común” de la disciplina. Eso también se ha modificado. Por una parte, por causa del furibundo localismo. Por otra, porque ya no hay que verse las caras para casi nada, pues todo sucede en la oscuridad de las aplicaciones informáticas, las comisiones evaluadoras anónimas y los baremos a tanto el kilo. Por ser doctor, tantos puntos; por haber sido investigador principal en un proyecto, tanto; por haber dirigido una tesis doctoral, tanto; por haber publicado unos artículos, tanto por cada uno; etc. ¿Y si la tesis es horrible, los artículos malísimos y el proyecto un timo? Da igual, va a tanto alzado y sin que quien evalúa lea ni una línea ni, posiblemente, conozca nada de aquel a quien puntúa. Dicen que así se gana objetividad. Será.
Podríamos seguir con la enumeración de factores que coadyuvan a toda esta decadencia. Uno más, no desdeñable, es el desembarco en las universidades de títulos y estudios sin la más mínima tradición investigadora, y del correspondiente profesorado, que suple con picaresca lo que le falta de hábito de estudio sosegado. Lo uno y lo otro ha dado lugar a un agravio comparativo difícil de digerir para muchos, y con razón. Puede haber un doctorando que en Biología, Filología, Derecho u otras facultades se parte el alma con un tema complicado y lleno de experimentos o bibliografía, al tiempo que ve cómo en el edificio de al lado salen tesis como churros sobre la ocupación hotelera en un hotel rural de Espinosa de los Monteros durante la primavera del año 2008 o sobre el número de moscas que el 30 de agosto del 2009 se posaron en una determinada caca de vaca colocada en un prado del campus. Tal cual. Todos doctores por igual, pardos todos los gatos.
Así es como estamos ahora mismo. Pero vamos a empeorar a velocidad de vértigo. ¿Por qué? Porque, en ese marco, es muy importante para los candidatos a acreditaciones el haber dirigido tesis doctorales, entre otras cosas. Algo se ha de poner en esa parte de la aplicación, pues en caso contrario puede la Comisión venirse (nunca mejor dicho) con esa cantinela tan común: no se acredita porque no ha dirigido tesis doctorales (o no ha dirigido proyectos de investigación o no ha presentado comunicaciones en congresos al baño María). ¿Y si dirigió diez pero eran espantosas, puro recorta y pega o plagio brutal? Ah, eso no importa, la Comisión valora lo que hay en la aplicación y eso va a misa: tal cosa, tanto. Y punto pelota. ¿Resultado? Pues que andan los jóvenes doctores como locos buscando algún doctorando que se deje y que esté dispuesto a presentar cualquier engendro como tesis. Tendremos avalancha y la cantidad ahogará la calidad, ya exigua. Si hasta ahora los miembros de los tribunales se decían aquello de cómo vamos a chafar a este pobre doctorando, ahora pensarán que cómo van a perjudicar al director, tan necesitado de tesis que llevarse a la aplicación.
Hasta ahí el diagnóstico de la situación. ¿Tratamiento? ¿Soluciones? No hay. Lástima. Y, si las hubiera, no podrían depender de nosotros, del personal académico ejerciente, viciado hasta la médula, ahogados en corruptelas unos y desmoralizados otros, pensando los mejores en quitarse de en medio a la primera ocasión y encantados los pésimos con este sistema que de cualquier ratón hace un maestro y de cualquier sabandija una figura de su facultad, pues ratones y sabandijas son los que mejor montan esos currículos que ahora se llevan, llenos de aire y de desvergüenza.
Piense usted en alguno de los grandes maestros de la disciplina que sea y pregúntese si con el currículum que tenía y lo que había hecho y escrito a sus cuarenta o cincuenta años podría hoy acreditarse como catedrático. La respuesta es no, y ningún sujeto informado me la discutirá. ¿Y por qué no? Porque no habría asistido a cursos de innovación docente, no habría dirigido aún tesis doctorales, no habría tenido proyectos de investigación, no habría ocupado cargos de la burocracia universitaria y no habría publicado en revistas indexadas. ¿Y por qué no hicieron esas cosas, los muy taimados? Porque estaban trabajando, rediez, porque se dedicaban al estudio y la investigación y por eso fueron lo que fueron; por eso hoy no tendrían dónde caerse muertos.
No hay solución, pues, de haberla, tendría que venir de arriba, de muy arriba. Habría que comenzar por permitir que al doctorado accediera solamente quien demuestre grandes aptitudes, por impedir que cualquier mindundi pudiera figurar como director y, sobre todo, por cambiar el sistema de evaluación y de tribunales, estableciendo filtros y controles reales. Una tesis doctoral marca una especialización científica y un nivel que merece una toma en consideración muy seria y que la valoren sólo los que mejor pueden hacerlo. Tampoco habría de poder cualquier doctorcillo hacer de juez y ganarse gratis unos méritos. Ah, porque también puntúa el haber formado parte de tribunales. El círculo se cierra y no se libra ni el Tato. Tonto el último.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 9:07 2 comentarios:
Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Otras veces una imagen nos deja sin palabras, anonadados. Vamos a contarles la historia de una imagen. Una imagen de ida y vuelta.
Resulta que hace una temporada la Universidad de Zaragoza organizó en Jaca el "Encuentro 10 años de evaluación de calidad de las universidades españolas, 1996-2006". Y el logo era tal que así:
¿Para qué lado carga esta "Calidad Universitaria"? Depende del sentido de la mirada. Vista con buenos ojos...
El caso es que hasta hace tres meses esa imagen seguía luciendo, lozana, en la web de la Universidad de Zaragoza. Ahora la han quitado. ¿Pensarán someter a la Agencia de Calidad a algún nuevo estiramiento? Lo sabremos pronto. Por sus obras la conoceréis.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 9:05 No hay comentarios:
- La creación del "hombre esclavo", principal objetivo de "Bologna". Por Fco. Javier Álvarez García.
- Extrañas exigencias para acceder al cuerpo de profesores titulares (I). Haber dirigido tesis doctorales. Por Jacobo Dopico Gómez-Aller.
- ¿Por qué se ha de incentivar el ejercicio de cargos académicos? Por Juan Antonio García Amado.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 5:12 No hay comentarios:
Publicado por CríticaUniversitariaa en 5:06 15 comentarios:
Otra praxis desviada de la ANECA: justificar el rechazo de la solicitud de acreditación en cualquier cosa que le falte a un titular. Así, resulta que a un titular se le dice: “a usted no le acreditamos porque (…) no ha dirigido tesis doctorales”.
¡No dirigir tesis doctorales! Se le dice a un investigador junior (a un ayudante doctor, o a un contratado doctor) que no puede acceder al cuerpo de titulares porque no ha dirigido tesis doctorales… de investigadores junior.
En cuanto se ha corrido la voz, los candidatos se han adaptado a esta nueva exigencia, y ya están todos los ayudantes doctores intentando marcar la casilla de las tesis, para que no te la echen en cara. Resultado: se multiplican las habituales “tesis B”, de doctorandos que no se quedan en la Universidad (frecuentemente, ni en el país), porque han pasado a ser una necesidad de los profesores jóvenes para desarrollar su carrera. Ahora nos hacen falta tesis malas (sólo un suicida dirigirá una tesis comme il faut perdiendo tiempo de investigación seria: bastará con una tesis pasable y tribunal de amiguetes para hacerle el favor no al doctorando, sino al profesor). Clama un catedrático amigo: “¡la evaluación modifica el objeto evaluado!”.
¡Por los dioses, que se deje de exigir este requisito! Sólo sirve para banalizar aún más la investigación universitaria: un investigador universitario, para estabilizarse laboralmente, no necesita sólo realizar buena investigación universitaria sino, además, dirigir investigación universitaria… que por motivos obvios no será excelente.
Volvamos a la dicotomía normativa estatal – praxis ANECA. La normativa estatal dice en el caso de acreditación para el cuerpo de profesores titulares “se considera de gran relevancia que el solicitante se haya iniciado en las actividades de dirección de trabajos de estudiantes (trabajos fin de estudios y DEA) y en la dirección de tesis doctorales incluidas en el segundo bloque”. Y el esquema de la tabla orientativa de puntuaciones máximas da un máximo de CINCO PUNTITOS a todo el bloque “dirección de tesis doctorales, trabajos de estudiantes y otros méritos docentes” (2.A.2 a 2.A.4).
La mera lectura de esta normativa permite deducir con claridad:
1. que sólo cabe valorar en CINCO PUNTOS todo este conjunto de méritos;
2. que si alguien ha dirigido trabajos de estudiantes y presenta otros méritos docentes puede obtener una alta puntuación en este apartado, incluso sin dirigir tesis doctorales; y
3. que perfectamente puede alcanzarse el máximo en este punto sin dirigir tesis doctorales cuando esa “iniciación en dirección” de trabajos y tesis sea muy satisfactoria.
Pero la ANECA sigue justificando la “evaluación negativa” en cosas como que el candidato no había dirigido tesis doctorales. Muy probablemente, esto trae causa de algo que ya hemos criticado en otras ocasiones: las comisiones justifican las negativas en cualquier elemento que el candidato no haya cumplimentado en el “cuestionario”. Y lo más fácil es referirse a las casillas donde hay un sí/no (sí/no… ha dirigido suficientes tesis doctorales, hecho suficientes cursillos de formación pedabóbica, ha hecho suficientes estancias en el extranjero), en vez de entrar en las siempre subjetivas evaluaciones de la calidad de la obra. Y así olvidamos que lo importante era la investigación y la docencia, y no las “otras hierbas”.
Con esto no se pretende sugerir que la ANECA abra la mano. Todo lo contrario: ANECA debe exigir mucho y cada vez más, pero debe exigir donde realmente importa: en la calidad de la investigación: los demás méritos deberían considerarse adicionales a la docencia y la investigación.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 4:49 5 comentarios:
En el amistoso debate que hace unas semanas mantenían aquí, en FANECA, Jacobo Dopico y María Ángeles Rueda, acababan bastante de acuerdo en que bien está que, en las evaluaciones del profesorado a efectos de acreditación, se concedan, adicionalmente, puntos por el ejercicio de cargos académicos, pues de esta manera se incentiva esa labor profesoral o, al menos, se evita la curiosa situación de que nadie quiera tales ocupaciones de dirección y gestión. Me permito algunas dudas a ese respecto, que paso a argumentar.
Por un parte, creo que es muy conveniente reordenar el trabajo de gestión en las universidades. Por otra, quién deba gobernar las instituciones universitarias y con qué estímulo es asunto que se debe analizar con sumo cuidado. Veamos lo uno y lo otro.
Alegaba la profesora Rueda que hasta se debían tomar en cuenta, a efectos de oportuna recompensa, esas tareas de organización de la docencia por grupos, aulas y horarios, labor pesada y poco agradecida que muchas veces cumplen, en las áreas y los departamentos, quienes ni siquiera tienen un cargo que llevarse al currículum. Entiendo muy bien la sana intención de María Ángeles Rueda y la justicia de su planteamiento, pero me parece que el problema hay que atajarlo en su origen, preguntándose por qué han de ser precisamente los profesores los que gasten su tiempo y su esfuerzo en tales quehaceres administrativos. Todos tenemos la experiencia frecuente y desconcertante, pero que asumimos como normal, de ver (o vernos) a algún profesor devanarse los sesos para tratar de cuadrar tiempos y espacios de docencia -por seguir con el ejemplo-, mientras el personal administrativo del departamento o la facultad correspondiente anda a lo suyo. ¿Lo suyo? Lo suyo sería eso. El personal de administración y servicios administra y sirve; el docente e investigador enseña e investiga. Cada uno en su tarea propia y Dios en la de todos. Si no, modifíquense las etiquetas... o aligeremos las plantillas del PAS y contratemos más profesorado.
Pondré otro ejemplo sencillo, de entre tantísimos posibles. En mi Facultad siempre es un problema engatusar a algún profesor para que acepte ser responsable del programa Erasmus. Es un considerable lío organizativo, consume tiempo y no se paga. ¿Y por qué ha de ser un profesor el que se dedique a labores que pasan más que nada por aplicar baremos, intercambiar datos y gestionar documentos?
Lo primero por lo que no hay que animar al profesorado para la ocupación de cargos administrativos es porque sobran cargos. Sobran, por lo general, en facultades, departamentos y vicerrectorados. Están de más por varias razones.
Una, porque a menudo son usados como moneda de cambio y para recompensar a los que los ambicionan. ¿Los ambicionan y es recompensa lograrlos? Pues ya está. Que lo pongan en la tarjeta de visita y misión cumplida, ésa es la compensación. Si además se paga por dichos puestos, mejor que mejor. ¿También vamos a pedir que la ANECA los premie?
Y otra, porque esos cargos y esos trabajos, pagados o no y aun cuando correspondan con tareas necesarias, sólo son expresión de una errónea distribución de funciones. Repito, la administración para los administrativos, la gestión para los gestores y la docencia e investigación para los profesores. Que las decisiones que importan y que versan sobre lo académico las tome el personal académico, que gobiernen profesores o tengan éstos mayoría. Pero para eso se necesitan pocos, no tantos como cargos existen en la actualidad y por lo común en facultades, departamentos y rectorados.
En cuanto a los móviles para desear cargos de gobierno universitario y los estímulos que hayan de aplicarse, me parece que el actual sistema, que combina remuneración económica más reconocimiento curricular generoso, es el más inconveniente de todos los posibles, pues hace buscar dichos puestos a quienes o bien se mueven por motivos espurios, como el simple deseo de influencia o sobresueldos, o bien pretenden sólo rellenar huecos curriculares, sin más voluntad ni superior designio. ¿Queremos que por ser decano o director de departamento se pelee un montón de colegas que o bien no tienen mayores ganas de estudiar, pero quieren darse un poco de importancia, o bien ninguna idea llevan y nada que aportar, pero sienten que así aumenta su consideración a efectos de títulos y ascensos? Así nos va y así nos irá.
Ha de gobernar quien tenga una idea sobre la institución y trate de llevarla a cabo con el beneplácito de la mayoría, no uno que pasaba por allí y descubrió que si se hacía decano recibía unos puntos como acicate y unos euros. Descartado en el apartado anterior que haya que cazar a lazo gestores y administrativos, pues para eso está el PAS capacitado y escalafonado, los cargos con mando deben desempeñarlos profesores con un programa sobre la institución. Programa, programa, programa. Ése es el único estímulo legítimo y el único admisible. El premio de gobernar consiste en poder aplicar el programa y ver los resultados. El objetivo es la obra, no los puntitos; la recompensa es lo hecho, no lo cobrado.
O, ya puestos a reconocer el sacrificio de los que con buen ánimo y debido criterio desempeñan cargos, que no se recompense a tanto alzado, sino que se evalúe la labor efectivamente hecha. No tengo ni idea de cómo, pero cosas más raras se han inventado. ¿O es que cada decano, por ejemplo, vale lo mismo, igual el zote que el despierto, el incapaz que el aplicado, el que hace buena labor o el que echa a perder la facultad, el que soluciona problemas o el que sólo los crea?
A más de cuatro cargos universitarios que he conocido habría que darles puntos, sí, pero de sutura. Ustedes ya me entienden.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 4:44 6 comentarios:
- Desgraciadamente, tenía razón: se consagra el aprobado por compensación. Por Miguel Díaz y García-Conlledo.
- Sobre acreditaciones, baremos, la ANECA and all that ( 2ª y última parte). Por Adolfo de Azcárraga.
- Comentarios. Por Inés Olaizola.
- Carta de Roque Carrión Wam desde Venezuela.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 17:48 No hay comentarios:
Hoy voy a ser muy breve y prácticamente voy a limitarme a darles una noticia que, además, muchos conocerán ya por la prensa. El pasado 30 de enero publicaba yo en este foro una entrada titulada “No es sólo Bolonia. El ejemplo del aprobado por compensación”. En ella explicaba cómo no todos los males que aquejan a nuestra universidad proceden del proceso de Bolonia y ejemplificaba esto con el aprobado por compensación, que permite al alumno en muchas universidades terminar la carrera sin haber superado alguna asignatura. Después de explicar cómo funciona el invento y criticarlo, señalaba: “Comenzaba diciendo que la Bolonia a la española no es culpable de todo. Ahora bien, me temo que el aprobado por compensación, como prueba (una más) de un ‘alumnismo’ barato y de una cómoda falta de exigencia, encaja perfectamente en nuestra Bolonia particular, tan preocupada por las habilidades y competencias y tan poco por la formación en contenidos, por la ‘empleabilidad’ más que por la calidad de los profesionales, por eliminar el fracaso escolar, aunque sea considerando un demérito en la evaluación del profesorado una alta tasa de suspensos, etc.”.
Pues bien, desgraciadamente tenía razón: la última versión del borrador del Estatuto del Estudiante Universitario, de 10 de marzo de este año, dispone en un nuevo número 5 de su artículo 24: “Las Universidades, en el marco de la libertad académica que tienen reconocida, establecerán mecanismos de compensación que permitan enjuiciar, en conjunto, la labor realizada por el estudiante, y decidir si está en posesión de los suficientes conocimientos y competencias que le permitan obtener el título académico al que opta, a pesar de no haber superado la totalidad de los créditos del plan de estudios correspondiente”. O sea, el aprobado por compensación. Se podrá decir que la norma, de ser aprobada con esta disposición, no cambia en realidad gran cosa, pues la mayoría de las universidades (si no todas) ya prevén el aprobado por compensación. Sin embargo, siendo esto cierto, la nueva norma consagraría la institución y obligaría a todas las universidades a preverla (eso sí, dejando a cada una la libertad de hacerlo como le plazca, lo que, una vez más, conducirá a nuevas desigualdades y competencia a la baja), mostrando bien a las claras cuál es la concepción de nuestras autoridades en materia universitaria y cuál el grado de exigencia al estudiante que les parece adecuado. Otra vez: ¡qué pena!
Publicado por CríticaUniversitariaa en 17:33 4 comentarios:
Muchas gracias a Jacobo, Inés, Miguel y Luis (por orden ‘de aparición’ en la web) por sus amables comentarios sobre mi contribución a FANECA del 29 de Marzo ‘Por qué el baremo de la ANECA para las acreditaciones como catedrático no es adecuado’. Inés me emplaza a que trate la cuestión de la LRU y la endogamia, así que lo haré ahora, mencionando algún otro asunto en passant. Y, puesto que la web fanecana tiene un carácter franco y coloquial, lo haré en román paladino, como en mi anterior contribución.
Si no recuerdo mal, la LRU preveía, para prevenir la endogamia, que todo profesor debía permanecer dos años en otra universidad antes de poder ser contratado por la propia. Era una magnífica medida, pero se pervirtió rápidamente. Me consta de forma directa que ese requisito (que es norma y/o tradición en las universidades serias) fue soslayado por la práctica, por ejemplo, de nombrar ayudante de una facultad al discípulo de un colega de otra universidad con tal que ese colega hiciera lo mismo con el doctor propio. Ambos doctores cobraban lo mismo, no se mudaban de universidad, y continuaban ‘calentando la silla’. En muchas ocasiones, los propios compañeros y potenciales competidores del doctor que se había ido al extranjero a hacer una estancia postdoctoral argumentaban a su regreso que la experiencia y conocimientos adquiridos por éste no podían compensar la docencia de quienes se habían quedado trabajando [sic] (léase ‘dando clase’, un lamentable anticipo de lo que prima en exceso[1] el baremo de la ANECA). Yo creo que la LRU (muy semejante, por cierto, a la fallida LAU –ley de autonomía universitaria, no de arrendamientos urbanos- de la UCD) no fomentó directamente la endogamia; sí lo hizo el comportamiento de la comunidad académica y los dos representantes de las universidades en las comisiones 2+3. Idéntico sistema, por ejemplo, habría funcionado mucho mejor en una universidad anglosajona: no habría gustado, cierto, pero no habría producido la endogamia que originó en España (y que la LOU[2] y en especial la ANECA, ahora, han elevado a norma). Pese a todo, el antiguo sistema aún permitía que los tres de fuera pudieran, literalmente, sublevarse: en mi facultad hubo dos plazas distintas, ambas con sendos candidatos locales únicos, que fueron declaradas desiertas dos veces (por 3 votos contra los dos 2 ‘de casa’)… antes de cubrirse finalmente -¡a la tercera!- por los eternos candidatos, siempre únicos. La LRU podría haber sido mejor, cierto, pero no nos engañemos: fue la comunidad académica, por encima de todo, la responsable de la endogamia. Pues no hay ley de universidades que funcione si la comunidad que la aplica no es académicamente sana, y la nuestra tiene fiebre bastante alta. Recordemos –por ejemplo- las plazas con nombres matizados (es un eufemismo) por ‘perfiles’ iguales al título de la tesis doctoral del candidato oficial, etc. Por otra parte, la autonomía mal empleada de las universidades, la degradación de las facultades en favor de los departamentos etc., ha fomentado extraordinariamente el caciquismo local. Y, como es bien sabido, éste es tanto peor cuanto más próximo es, pues la única manera efectiva de combatirlo es tener la capacidad de denunciarlo ante foros cuanto más altos y amplios mejor, ya que en ellos el cacique se mueve con dificultad creciente. Por eso ahora hay, para sorpresa de ingenuos, más caciquismo que hace veinte años.
El baremo de la ANECA es malo; cualquier baremo lo es, pues no puede prever toda la casuística. ¿Qué haría la ANECA con un premio Nobel que ha dado pocas clases, con aversión a la administración y que saca 70 puntos? Pues no podría acreditarlo como catedrático porque aún le faltan diez. Os parecerá increíble pero, cuando un amigo mío hizo a un vicerrector de Santiago una reflexión parecida, éste le respondió “aquí no necesitamos gente así”. Quizá el vicerrector compostelano pensaba que las universidades con premios Nobel son perversamente elitistas, confundiendo –el también gallego Cela dixit, no yo- el culo con las témporas. El problema, por otra parte, no va ir a menos, sino a más, pues ¿cómo van a denunciar los nuevos catedráticos los ‘méritos’ e.g. burocráticos si (algunos) se beneficiaron de ellos? Por eso aludía yo a la cita de Cajal (en Ciencia y universidad: una asignatura pendiente, en http://www.uv.es/azcarrag/articulos.htm). Cajal ironizaba sobre la autonomía universitaria como solución mágica...¡hace 110 años! Yo estoy a favor de la autonomía de las universidades, cómo no, pero tal como la conciben Harvard o Cambridge, no como la usan casi siempre las universidades españolas. Y si, encima, esa autonomía se utiliza para fomentar los nacionalismos, mucho menos todavía.
No hay sistema ideal para la promoción a catedrático; sólo menos malo. Y ninguna universidad seria utiliza baremos de ningún tipo: mis colegas anglosajones se asombran ante el sistema y ante la ingeniería curricular creativa que ha fomentado el baremo de la ANECA. Las acreditaciones, por cierto, son de la antigua ministra Mercedes Cabrera, de quien, como miembro de una muy ilustre familia de científicos (como el lanzaroteño Blas Cabrera), habría cabido esperar mucho mejor criterio. De los sistemas ensayados, las habilitaciones fueron lo menos malo. La exposición oral era pública: otra ventaja, la de luz y taquígrafos. Y siete miembros por sorteo hacen difícil el control del tribunal.
¿Cómo, pues, acceder a una cátedra? Resumiendo y siendo preciso al mismo tiempo, creo que lo mejor sería:
a) habilitaciones, con pruebas públicas y con siete miembros por sorteo
con cuatro sexenios o más (esto es esencial; si en algún área esto fuera difícil, bastaría tomar el valor medio de sexenios del área más uno). Y sin cupos políticamente correctos: la presencia artificial de mujeres en los tribunales es degradante, pues presupone que éstas –y los hombres- favorecen a los candidatos de su propio sexo. Ninguna catedrática que conozca quiere ser miembro por razón de ‘cupo’.
b) adscripción posterior a las universidades, con penalización (= desaparición de la plaza y de su dotación) si la universidad se niega una segunda vez a acoger a un solicitante ya habilitado.
Esto debería ser combinado paralelamente con la
c) evaluación externa de las propias universidades (externa = comités 100% externos, formados por miembros con al menos 5 sexenios o los máximos que permita el área menos uno o, mejor aún, por comités internacionales). Esto es esencial para que las universidades (y sus magníficos) no puedan ocultar sus vergüenzas y sigan impunemente malas políticas. Pues, pese al tamaño de las universidades y sus presupuestos, los rectores son los ‘directivos’ más ‘irresponsables’ de España: sólo dan cuenta de su gestión a sus claustros y, por mala que sea, nunca son responsables de casi nada. A mí me gustaría ver a todas las universidades españolas ordenadas de mejor a peor. Ya sé que no hay ordenación perfectamente justa y que muchos factores intervienen en ello; pero, pese a todo, la sociedad en general y los estudiantes en particular se merecen disponer de esa clasificación, que se hace en muchos países. Todas las universidades afirman pomposamente en sus estatutos que son un servicio público. Pues bien, esa ordenación forma parte del servicio público que deberían dar pues, ¿qué menos que orientar grosso modo a los estudiantes sobre la calidad de la institución donde van a transcurrir varios -e importantísimos- años de sus vidas? (ver ‘La evaluación de las universidades’ en mi web de arriba). A mí me parece una obligación inexcusable.
Añadiría incluso una condición más, que
d) ninguna universidad pueda contratar a ningún doctor de esa misma universidad si previamente no ha estado al menos dos años en otra institución académica e/o investigadora.
La combinación a) + b) + c) + d) haría milagros (a medio plazo).
Pero el futuro no es prometedor. A ello contribuyen dos factores, uno interno y otro externo. El interno es que es difícil que el cambio necesario sea propiciado desde dentro: en particular y como ya dije, el baremo de la ANECA establece criterios que inevitablemente se autoperpetuarán en (algunos de) los nuevos acreditados, pues difícilmente serán éstos quienes propicien el cambio de baremo. Tampoco lo harán -donde los haya- los caciques locales, pues el actual sistema les permite colocar a los suyos en su entorno sin competencia exterior. El segundo factor es externo y no menos importante para un posible cambio: la sociedad española no ha sido nunca informada –yo diría que ha sido sistemáticamente engañada- sobre sus universidades: se le ha hecho creer que multiplicar su número es fantástico per se, que el que todo el profesorado sea ‘de casa’ es maravilloso, que es preferible que una asignatura se explique en lengua vernácula (hasta en bable y llingua llïonesa, que todo se andará) a que sea un buen científico o humanista quien la imparta, etc. Ni siquiera se ha propiciado un auténtico debate público sobre estas cuestiones. En UK, el baremo de la ANECA sería un escándalo nacional: no en vano allí están orgullosos de sus Cambridge, Oxford o del Imperial College.
Aquí mejoraremos, sí, pese a todo y a golpe de talonario (cuando pase la crisis), aunque será gracias a la sociedad –que paga impuestos- y al esfuerzo individual del PDI, como siempre o, si hay suerte, porque la concesión de un Nobel (ver mi contribución anterior a FANECA) obligue a muchos rectores (¿magníficos?) a redefinir sus políticas. La junta de gobierno de la universidad de Sevilla, por ejemplo, en lugar de dedicarse a legislar sobre las chuletas (sí, ya sé que no es como lo contó la prensa, pero la realidad basta para sentir vergüenza ajena), ejemplo paradigmático de memez políticamente correcta, tendría otras referencias que considerar. Lo peor del chuletagate sevillano es que toda una junta de gobierno estudió y aprobó la directiva en cuestión. Claro que luego se descolgó con el consabido “no se nos ha entendido bien” para dejarla en suspenso, cerrando así la faena: no satisfechos con aprobar una estupidez, llamaron estúpida a la sociedad, como si el chuletagate fuera algo tan arcano que requiriera una inteligencia especial para entenderlo, la de quienes concibieron la directiva. Pero no: todo el mundo captó al vuelo el nivel académico de quienes la aprobaron y sus preocupaciones. Es por estas cosas por lo que no cabe mucho optimismo (y, desde luego, menos en la universidad de Sevilla visto lo visto). Hoy existe el riesgo de que alguna autoridad académica, emulando al vicerrector que mencioné antes, afirme que hacer investigación del calibre de un Nobel no es el objetivo (‘prioritario’, of course) de una universidad. Me la imagino afirmando con grave semblante, inspirado/a quizá por el librito que repartió la universidad de Valencia a todos sus PDI (ver mi anterior contribución fanecana) o tras beber en otras fuentes hoy al uso, “que lo mejor es que los alumnos sean atendidos por profesores que ‘piensen metacognitivamente’, ya que el conocimiento original y profundo que dan la investigación y el estudio serio constituye, como es bien sabido, un instrumento de poder clasista ajeno al bienestar social verdadero, que surge (espontáneamente) de la adquisición de ‘destrezas’, ‘estrategias’ y ‘habilidades sociales’ ”. Así, no less, quizá acompañando la frase de un displicente desdén hacia quien no comparte la verdad revelada (porque la efectividad de esas ‘pedagogías’ y lugares comunes es cuestión de fe y no otra cosa). La frase, por supuesto, es imaginaria, pero no imposible: si alguien cree lo contrario, que lea los surrealistas formularios del Ministerio para los últimos planes de estudio (a los que ya me referí en mi anterior contribución fanecana), escritos al amparo de la muy sufrida Bolonia; yo mismo he sido testigo de afirmaciones no muy diferentes. Stultorum infinitus est numerus, como ya decía el Eclesiastés.
Y un comentario final. La escasa financiación suele citarse como fácil excusa de todo mal universitario, y es cierto que algunos rectores tienen que hacer auténticos equilibrios para pagar las nóminas. Pero no nos engañemos: la financiación es importante, pero el problema de la universidad española no es el económico. Es cierto que faltan recursos, pero no lo es menos que no se administran demasiado bien y que, incluso si se doblaran, los problemas estructurales de la universidad española y su deficiente funcionamiento subsistirían. Es lógico que así sea: muchos de esos problemas ni siquiera son percibidos como tales. Y difícilmente puede solucionarse un problema que, oficialmente, no existe.
Insisto: vale la pena leer la cita completa de Cajal a la que me refería en mi anterior contribución a FANECA (está en Ciencia y universidad: una asignatura pendiente, ver http://www.uv.es/azcarrag/articulos.htm ). Tiene 110 años, pero parece escrita hoy. Muchas gracias a los cuatro por vuestros comentarios y a los lectores de FANECA por llegar hasta aquí. Y dejo ya este asunto para volver a ‘mis labores’.
[1] Que nadie me interprete mal y concluya que no doy importancia a la experiencia docente; todo lo contrario. Pero no da mejores clases quien lleva dándolas diez años que quien sólo lleva tres (y no digamos si, como es frecuente, no cambia de asignatura). Por otra parte, quien ha dado menos clases por haber realizado estancias en centros de investigación es seguro que las dará más al día y mucho más interesantes. Y esto, claro está, al margen de que la universidad es algo más que una fábrica de títulos.
[2] La LOU (ley orgánica de universidades) que hoy nos gobierna es del 13-IV-07. Esta ley estableció el actual sistema de acreditación para el acceso a las plazas de titular y catedrático, que hoy se rige por el baremo de la ANECA que critico. Y aclaro: mi crítica es al baremo, no a la ANECA como tal. La ANECA se creó el 19 de julio de 2002 en cumplimiento de lo previsto por la antigua LOU del 21-XII-2001, hoy reemplazada por la LOU de 2007. La existencia de una agencia nacional de evaluación de la calidad y acreditación es una buena cosa. Pero eso no garantiza un buen funcionamiento, hoy manifiestamente mejorable.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 17:32 No hay comentarios:
Publicado por CríticaUniversitariaa en 17:31 2 comentarios:
Publicado por CríticaUniversitariaa en 17:30 1 comentario:
El próximo número de FANECA aparecerá aquí el sábado 10 de abril. Nos tomamos un breve descanso para nadar luego con más ímpetu.
Saludos pascuales a todos los amigos de este foro.
Publicado por CríticaUniversitariaa en 14:10 No hay comentarios:

References: Real Decreto 
 artículo 5
 Real Decreto 
 resolución 
 artículo 3
 artículo 24