Source: http://www.portaldesalta.gov.ar/gobernadores/uriburu.htm
Timestamp: 2018-11-15 06:53:00+00:00

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Juan Nepomuceno Uriburu Hoyos
JUAN NEPOMUCENO DE URIBURU HOYOS — “Tata Juan” para sus descendientes — nació y lo bautizaron en Salta el 18-X-1805. La primera actuación pública suya que conozco — frisaba en los 25 años — ocurrió en 1832, cuando el Gobernador Pablo Latorre fue derrocado por los soldados que custodiaban a sus enemigos políticos presos en la hacienda de Castañares, a cuyo destacamento amotinaron Cruz Puch y Napoleón Güemes. Acéfala, en consecuencia, la provincia, el Juez ordinario Hermenegildo Diez Saravia convocó, el 25-X-1832, a 48 vecinos principales - entre ellos mis dos bisabuelos Juan N. de Uriburu y Antonino Ibarguren —, y tal selecto conjunto, en función de “pueblo”, eligió en el Cabildo de Salta, por pluralidad de sufragios, Gobernador provisorio a José María Saravia hasta que se reuniese la Legislatura. Veinticinco meses después, Don Juan elegía como fiel compañera de su vida a Casiana Castro y Sancetenea, nacida en Oruro, Alto Perú, el 13-VIII-1815, hija de un veterano Coronel realista salteño. (Ver el apellido Castro y el capítulo referente a los De la Cámara, Morel y Sancetenea). La correspondiente partida matrimonial expresa:
“En esta Ciudad de Salta a veintinueve de Noviembre del año del Señor de mil ochocientos treinta y cuatro, yo el Cura Rector más antiguo que suscrive, después de corridas las proclamas de derecho y no haber resultado impedimento alguno, previo el mutuo consentimiento y el Sacramento de la Penitencia, desposé y velé in facie Eclesie, a Dn. Juan Uriburu con Da. Casiana Castro, hija legítima de Dn. Pedro Antonio Castro y de Da. Matilde Sancetenea, natural de esta Ciudad; fueron testigos D. Francisco Alicedo y su esposa Da. Joaquina Sancetenea y para que conste lo firmo: Mro. José Manuél Salguero” (libro 8 folio 28).
En 1837 mi bisabuelo era Procurador de la ciudad de Salta. Un decreto promulgado el 11 de febrero de ese año, por el Gobernador Felipe Heredia y su Ministro Marcos Paz, consigna: “Viva la Federación!: Deseando el Gobierno arreglar la Administración de los bienes del Hospital, e imponerse de la inversión que se hace de ellos y de los conventos, he venido a decretar: Art. 1º - Se establece una comisión compuesta por los ciudadanos D. Victorino Solá, D. Andrés Ugarriza y el Procurador de la Ciudad D. Juan Uriburu, para que estos señores eleven al gobierno los informes sobre el particular”. Dos años más tarde, el 2-XI-1840, ante el Escribano Francisco Pinto, Juan N. Uriburu, mediante el precio de 350 pesos, compró “la chacarilla del finado Mariano Díaz” (el abuelo materno de mi abuelo Federico Ibarguren). Ese predio había soportado una Capellanía y el gobierno provincial lo sacaba a venta “a fin de ocurrir a los gastos que demanda el sostén de la causa de libertad y constitución de la República”. Su terreno medía 150 varas de frente y 300 de fondo bordeando el río Arias. A mi tatarabuelo Díaz le correspondió por compra que hizo a Felipe Pardo, el año 1828. Con posterioridad, el 12-I-1849, ante el mismo Notario Pinto, Uriburu transfirió la “chacarilla” en 200 pesos — perdió plata — a Juan Blanco.
Fue mi “Tata Juan” “federal neto”, por tanto opuesto a los fautores lugareños de la Coalición del Norte, que pretendía derribar a Rosas; y como él sus hermanos, inclusive Dámaso, otrora enemigo de Güemes y Quiroga. Los apuntes de un diarista anónimo del año 1841, aluden a ciertos manejos conspirativos de los Uriburu contra los unitarios. Y al invadir La Madrid a Salta, con su soldadesca desbaratada y, por lo mismo, ávida de venganza, dichos apuntes registran: “Abril 11 (Domingo) ... Se decretó el destierro de los Hermanos Juan y Camilo Uriburu” — a Bolivia; desde donde el hermano Vicente les aconsejaba a Juan y a Dámaso “que no se metieran en política”, pero como ya estaban los Uriburu tan complicados en el asunto, fueron todos a parar, proscriptos o huidos para salvar sus pellejos al otro lado de la raya fronteriza.
Superfluo resulta agregar, que al restablecerse el gobierno federal en Salta, tornaron a sus hogares la mayor parte de los Uriburu; y así, el 25-VII-1842, en ocasión de la aparatosa quema en la plaza pública salteña, del acta por la cual, el año 40, las autoridades unitarias se habían pronunciado contra Rosas, entre los funcionarios y vecinos de pró asistentes a ese verdadero auto de fe, que dispuso el Gobernador Manuel Antonio Saravia, se encontraban el Juez Pedro de Uriburu, el Coronel Evaristo de Uriburu, y mi bisabuelo Juan de Uriburu.
Derribado Rosas, la Constitución de 1853 prescribía, en sus artículos 100 al 103, que las provincias “se dan sus propias instituciones locales”, y que “cada provincia hace su constitución”, que no ha de alterar los principios fundamentales de la general del Estado. Conforme a ello, Salta dictó su ley suprema el 6-XI-1855. La asamblea constituyente respectiva fué presidida por el coronel Evaristo de Uriburu, asistido por el doctor José Evaristo Uriburu, su hijo, como Secretario de la misma; y entre los “licurgos” salteños de ese cuerpo deliberante, destaco a Juan Nepomuceno de Uriburu, y al suegro y al sobrino de él, Pedro Antonio Castro y José Uriburu Poveda.
La política salteña en tiempos de Urquiza y Mitre. “Constitucionales” y “Liberales”
El 28-X-1856, la señora Gregoria Beeche de García le informaba a su hijo Sergio, de paso en Cobija, que había sido elegido Gobernador de Salta Dionisio Puch, por 21 votos de la Legislatura (Martín Güemes tuvo 13 y Manuel Solá, José María Todd y José Arenales un sufragio cada cual). “Estamos muy contentos — expresaba esa matrona politiquera — y tenemos grandes esperanzas, agregando a esto que se espera a Villafañe (Benjamín), que será el ministro, y don Pedro José Pérez el intendente. Con estas gentes el país marchará a su completo engrandecimiento, a pesar de la rabia que tienen los Uriburus, porque no lo pueden pasar a Puch” — claro!, como que Puch nunca dejó de ser un redomado “salvaje unitario”.
En 1858 don Juan Nepomuceno era Presidente de dicha Honorable Sala Legislativa. En aquel tiempo gobernaba a Salta Martín Güemes, quien había sucedido a su tío Dionisio Puch. A Güemes lo reemplazó luego Manuel Solá, y a este el sanjuanino Anselmo Rojo, cuyo Ministro fue el joven José Evaristo Uriburu. Rojo dimite en julio de 1861. Asume entonces la autoridad Moisés Oliva, Presidente de la Legislatura, hasta que dicho cuerpo elige Gobernador a José María Todd, el 30-VIII-1861. Pero 18 días más tarde (17 de septiembre), allá lejos en el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fé, se riñe la batalla de Pavón. Mitre — tras un combate lleno de alternativas — queda dueño del campo, ante la insólita retirada de Urquiza. Cáe, en consecuencia, el gobierno de la Confederación presidido en “el Paraná” por Derqui; y el escenario político del país cambia bruscamente de aspecto.
Hasta ese momento Salta respondía políticamente a Urquiza, cuyo partido “constitucional” — los enemigos le llamaban “mazorquero” —, tenía por patriarca al General Rudecindo Alvarado y Toledo Pimentel; y el Gobernador Todd — Toledo Pimentel por su madre — era sobrino de Alvarado, y con Facundo Zuviría, Apolonio Ormaechea, Miguel Araoz, los Güemes, los Puch, Manuel Solá, Bernabé López, Aniceto Latorre, Damián Torino, pertenecía al núcleo directivo de aquella agrupación.
A dichos “constitucionales”, orientados por la influencia del gobierno de la Confederación, establecido en el Paraná, se les oponían en Salta los hombres del partido “liberal”, vinculados a los Taboada y a “Pepe” Posse — señores de horca y cuchillo en Santiago del Estero aquellos, y educacionista y gobernante de prestigio en Tucumán el otro —, cabezas de la política de Mitre en el norte argentino. Más allá de los intereses y las personas del localismo, esos “liberales” salteños — “libertos”, al decir de sus contrarios “mazorqueros” — daban, en el orden nacional, apoyo a la bandera de Buenos Aires. Asì el General Anselmo Rojo, el clan de los Uriburu, Hilario Carol, Inalecio Gómez (padre), Segundo Díaz de Bedoya, Cleto Aguirre — entonces arrimado a los Uriburu —, los Ugarriza, Pedro Cornejo, Salustio Lacroix, Ramón Zuviría, los Valdez, Desiderio Ceballos, Baldomero Castro, Gualberto Torena, entre los de mayor notoriedad.
El Gobernador Todd, resultaba hechura de su tío el General Alvarado: “hombre de monosílabos que navega siempre a favor de la corriente, el Señor del Milagro en aquella provincia” — cual lo definió “Pepe” Posse al veterano guerrero de San Martín. “En Salta … la mazorca alza insolente la cabeza, ignorando los sucesos de abajo (Pavón) — le comentaba Antonino Taboada a Marcos Paz el 28-XII-1861 —, y entre las medidas violentas que ha tomado, una es la prisión del General Rojo. El General Alvarado, que nunca erró desatinos, ha delegado el mando de las fuerzas de Salta en Latorre, cuyos vicios y relajación conoce usted”. Y Aniceto Latorre — una de cuyas partidas “constitucionales” asesinó a Indalecio Gómes (padre) en su finca de Molinos — invade la provincia de Tucumán, junto al “mazorquero” tucumano General Celedonio Gutiérrez — el “Peludo” de esa época —, y ambos derrocan al Gobernador “liberal” Benjamín Villafañe y a su Ministro el cura José María del Campo.
Todd, mientras tanto, en Salta — erróneamente informado y creído que Urquiza había vencido a Mitre — suprime por decreto al partido “liberal” lugareño, considerando ese úcase suyo del 9-XII-1861: “Que dada la Constitución Nacional cesaron y debieron desaparecer para siempre los partidos o bandos políticos que sembraron la discordia y causaron la desunión, el atraso y los mayores desastres de que el país ha sido víctima. Que es un absurdo y un atentado reaparezcan partidos y bandos políticos ante la Constitución jurada…” Por tanto. “Decreta: Artículo 1º — Se prohíbe en la Provincia la existencia de partidos políticos. Artículo 2º — Debiendo ser los ciudadanos todos constitucionales, sumisos a la Constitución que nos rige y hemos jurado, el que hoy en adelante proclame algún bando, o se titule del partido liberal será reputado sedicioso y estará bajo la vigilancia de la Policía de esta Capital y de los Jefes Políticos y militares en la campaña.
A todo esto el cura Campo, aliado a Antonino Taboada, recupera el gobierno de Tucumán para los “liberales”, derrotando a Celedonio Gutiérrez en “el Ceibal”. Seguidamente se le hace el campo orégano a dicho preste de sable e hisopo — ahora Gobernador de su provincia —, y resuelve tomar venganza por aquellas invasiones a sus lares de los urquicistas salteños que encabezara Latorre. Al efecto dirige su tropa hacia los dominios de Todd. Este sale de la ciudad a fin de contener el desborde del vecino fronterizo. Antes de echarse a andar pone, espectacularmente, su bastón de mando a los pies del Cristo del Milagro, patrono de Salta. Nada le vale, no obstante, a Todd, el recurso de querer complicar a la Divina Providencia en sus malandanzas de político. Su cruzada marcial no fue más que un despliegue aparatoso; aunque le sirviera para abrirle los ojos y hacerle ver la realidad histórica circundante, cambiada de golpe después de Pavón, y, a la cual, trató de acomodarse enseguida, virando en redondo a favor de la corriente mitrista.
Sobre la marcha, el mandatario salteño canta la palinodia en una inusitada carta al lugarteniente de Mitre, General Paunero, a quien le dice: “una invasión anónima del gobierno de Tucumán me ha obligado a armar esta provincia y salir en su defensa … parece increíble, pero yo se lo aseguro a usted, a fé de hombre de honor, que recién he conocido la situación de la República, y no me puedo explica cómo ha podido ocultárseme tan bien … he repetido en Salta hasta el fastidio, que los hombre más culminantes y patriotas que había conocido eran Urquiza y Mitre … me presto a un arreglo pacífico que fije de una vez la actualidad de la República … dígame usted todo lo que se requiere porque se hará con la prontitud necesaria, para no diferir la organización nacional”.
Y Paunero responde a Todd: “la invasión de Tucumán, que usted llama anónima … fue motivada por los ataques de Salta de que usted es responsable … Tucumán … ha sufrido ocho invasiones lanzadas sobre su territorio por Aniceto Latorre, que ha sido el azote de esa provincia por mucho tiempo. Esas invasiones dirigidas por el General Alvarado … y toleradas por usted, no le permiten hablar de invasiones, ni recordar siquiera perjuicios ni reclamos, porque eso parece un sarcasmo en boca de usted … Yo no tenía de usted más noticias que la actitud hostil que asumía, enviando al doctor Torino a solicitar la alianza de La Rioja y Catamarca (es decir del “Chacho” Peñaloza y del “Peludo” Guitérrez) para oponerse a la reacción liberal y progresista que inició Buenos Aires … veía, además, un célebre decreto de usted en que abatía completamente al partido liberal, representado por un club que nos era afecto, y prohibía a los salteños hasta el derecho de tener opiniones … Hoy — concluía el exarca de Mitre — que lo veo con placer uniformar su opinión con la de Buenos Aires, como las demás provincias hermanas, no dudo que usted apoyará con todos sus esfuerzos la nueva situación que ha asumido la República”.
Cual era previsible, a Todd le fracasa la súbita voltereta, y, a los veinte días de llegar a la ciudad de Salta, de noche y en el mayor sigilo, hace mutis por el foro para refugiarse en Jujuy. “¡Albaricias! — le informa Paunero a Mitre desde Córdoba (8-IV-1862) — Acaba de llegar el correo de Salta y trae la noticia de la fuga de Todd y del presidente de la Sala (Miguel Araoz), de cuyas resultas el pueblo ha nombrado Gobernador provisorio al General Rojo, que ha sido reconocido por toda la provincia. Este cambio no cuesta ni una lágrima ni una sola gota de sangre”
Dos meses atrás, en medio de un ambiente cargado de pasión, Todd — que estaba en la frontera — para congraciarse con los recientes triunfadores “pavoneantes”, había permitido, de nuevo, la actividad de los partidos políticos en Salta. La señora Gregoria Beeche de García y su hija Deidamia — urquicistas extremas —, cada una por separado, le hacían al ausente Adolfo García la crónica de esos pormenores del terruño. Escribe Deidamia: “Acá estamos en unos barullos sin fin. El tres de febrero hicieron un baile en el club de los Liberales (los “libertos” estampa en su carta la madre) y hubieron brindis por Mitre (lo vivaron “hasta las niñas” recalca doña Gregoria), y lo hicieron morir a Urquiza y su círculo. Entonces los Constitucionales se reunieron para contrarrestar a los otros, y convidar a todas las familias tucumanas emigradas (urquicistas). Este baile — prosigue Deidamia — tuvo lugar anoche, y los Liberales hicieron otro en lo de Don Juan Uriburu. Se emborracharon luego estos, y salieron a insultar a los del baile constitucional. Felizmente había guardia, y no los dejaron entrar. Ellos insistieron, y el oficial le dió tres cintarazos a Jándula, y le han lastimado la cabeza; y a otros les tocó también de los palos. Dicen que anoche ha sido una trifulca el pueblo; y por fin hubieron que llevar con gente armada a las señoras a sus casas, de miedo a los insultos de los malcriados que ya tú los conoces. Nosotras estamos muy contentas de estar lejos de las bullas … Acá corre que están en tratos Mitre y Urquiza, pero todas las provincias se han pronunciado por Mitre, hasta Jujuy; sólo Todd a reasumido la soberanía en el gobierno, que él lo tiene hasta que venga una cosa decisiva de abajo. Todavía está en la frontera, y dicen que está en tratados con el clérigo Campo, y que en pocos días más se vuelven (los milicianos) a sus casas … Esto no se entiende de noticias, bullas, mentiras y cuanto hay”.
El 13 de marzo doña Gregoria lo enteraba a su hijo de estos ajetreos del mundillo político salteño: “Principiaré por decirte que el Carnaval lo han pasado muy divertido en Cerrillos reunidos puros Constitucionalistas, todas las noches han tenido bailes … Regresó el Ejército la víspera de Carnaval, y desde muy antes ya se ocupaban los Libertos de seducir a éste para hacerle revolución a Todd, pero no lo han podido conseguir. Han seguido en el periódico La Prensa, han hablado las mayores iniquidades del Gobierno y del exterminio para todos los Constitucionales. Estos han formado un otro Club en los altos de Galo (Leguizamón), y hoy sale un nuevo periódico rebatiendo a este. Si hay tiempo te lo mandaré. Por una pura desgracia perdió la batalla el Chacho en Tucumán, y se encuentra en posesión de Tucumán el Clérigo Campo, con motivo de los malditos pronunciamientos de Todd y los demás Gobiernos. El enviado de Mitre, Don Marcos Paz no pasa de la raya de Tucumán y Catamarca, parece que tiene miedo al Chacho que se retiró a la Rioja … En días pasados ha llegado un correo de Tucumán y han venido algunas cartas que … daban noticias … que el General Urquiza estaba, con un fuerte ejército y 48 cañones, en tratados con Mitre … Ayer recién se ha reunido (en Salta) la Sala. Todos los Liberales iban muy creídos que Todd renunciaría al bastón (de Gobernador), porque no dejan medio para conseguirlo, y para este caso estaba preparado Don Juan Uriburu para recibirlo, y Don Cleto (Aguirre) el Ministerio, pero viendo que no sucedía esto se levantó Don Cleto, tomó su sombrero y salió; lo siguieron otros varios que estaban combinados, y la Sala siguió con casi puros constitucionales. Señalaron las 12 de hoy para reunirse. Quiera Dios que se arreglen y que los hagan callar, a estos hombres, que todos sus proyectos les salen fallidos. Yo doy mil gracias a Dios, a cada momento, de verte lejos en el día”. (Adolfo cobijábase, a la sazón, en la boliviana Cobija).
“Te avisaré — le refería el 28 de marzo Deidamia García a su hermano Adolfo — que nuestro Gobernador Todd había estado en conbinación con los liberales para darles el bastón, pero de un modo el más indecente. Todos los constitucionales se reunieron el diez y ocho a la noche, a la instalación de un Club, con el objeto de sostener a Todd; y después de su instalación, como a las doce de la noche, salieron por las calles vivando a todo el mundo, y no hubo un solo muera a nadie. Inter tanto nuestro Todd había estado ensillando su caballo para fugarse, y el otro día no apareció el Gobernador en Salta: se había trocado a Jujuy. Los constitucionales cuanto supieron hicieron un propio a Cerrillos llamando a Don Miguel Araoz como presidente de la Sala, pero no dieron tiempo los liberales: en el acto que supieron se fueron al Cabildo, se apoderaron de las armas, y dijeron que no reconocían la Sala porque era ilegal (es decir por que era la mayoría de constitucionales) y lo pusieron a Rojo de Gobernador interino y a Joaquín (Díaz de Bedoya) de Ministro. Así estamos en Salta, y hasta ahora viene ninguna orden de Mitre, ni de nadies, y no se sabe quien es el que manda por allá, porque los correos vienen y llegan unos con cartas atrasadas, otros con seis o siete cartas, y por fin llegó uno anoche sin ninguna”.
Ocurrió que al haberse disuelto la Legislatura tras la huida y renuncia de Todd, la Cámara de Justicia salteña, único poder público que se hallaba en ejercicio legal, integrada por los doctores Pedro Uriburu, Vicente Anzoategui y Emilio Torres, nombró Gobernador Interino al general Anselmo Rojo. Este, en su corto interinato, preocupóse en reorganizar la Legislatura, quedando como presidente del cuerpo Juan Nepomuceno de Uriburu, quien resultó elegido por los legisladores Gobernador de Salta, en propiedad, el 7-V-1862. “Lo han nombrado de Gobernador legal a don Juan Uriburu y se ha recibido, están en bastante tranquilidad todo esto” — le escribió el 27 de mayo doña Gregoria Beeche a su hijo. Y al mes siguiente, la señora ampliaba su información: “Aquí hacen días que se ocupan de nombrar diputados para el Congreso y para la nueva Sala, como la que echaron abajo cuando se perdió Todd; y se ven en grandes apuros, porque es tan pequeño el círculo de los Libertos. De contado van de diputados Don Cleto, Bedoya y José Uriburu; Senadores Rojo y Don Pedro Uriburu; Don Juan se asegura quedará de Gobernador aquí, pero la más irascible es la Sala. Me han asegurado que es nombrado Torenita uno de los diputados, y también Baldovino. Ningún Constitucional se ha llegado a la mesa a dar su voto, ellos solos están haciendo las cosas”.
A su vez Deidamia le ponía a su hermano Adolfo en otra carta: “Este país sigue ahora tranquilo, porque nadie les hace oposición a nada. Están en lo preparativos los diputados para irse a Buenos Aires. Creo que va José Uriburu y Bedoya, o en su lugar don Cleto. Rojo también pretende de senador y están en nombrarlo, y en ese caso queda de Gobernado Don Juan. Lo cierto es que ahora todo esta bueno y antes estaban en barullos. Todd sigue en Jujuy, no sé cuando volverá”.
Sentado en la silla del gobierno y ya con el bastón ejecutivo en su puño, don Juan nombró Ministro a Juan Manuel Arias Cornejo, a quien sustituye el poco tiempo por el presbítero Genaro Feijóo; la Legislatura, en tanto, era presidida por Segundo Díaz de Bedoya, actuando de Secretario del organismo el sobrino y futuro yerno del Jefe de la Provincia, Francisco — “Pancho” — Uriburu, el cual luego sería reemplazado por Andrés de Ugarriza.
El historiador Bernardo Frias esboza, con tintas muy personales, la semblanza del Gobernador Uriburu: “Era comerciante en trapos — plumea displicente el retratista — y, a diferencia de su hermano don Evaristo, alto, elegante, dicen que hasta buen mozo, pareciéndose en todo lo demás, especialmente en aquello que era como atributo predominante de familia: el desenfado, el decir fuerte, el acaloramiento en el debate y el espíritu inquieto y aspirante”.
“Desde los tiempos que gobernaba allí el famoso canónigo Gorriti — prosigue Frias —, no se había visto la sotana ocupando los sillones del gobierno civil. Aquí don Juan quiso restaurar la cosa, puesta siempre en desuso, y llevó por su ministro a D. Genaro Feyjóo, doctorado en teología y derecho canónico en la famosa Chuquisaca; canónico ya, en la época de su gubernativa figuración, de la Catedral de Salta”. Feijóo era “coto o cotudo, en mejor castellano; pero a diferencia de su jefe actual, D. Juan Uriburu, petizo, crespo el pelo y renegrido; las facciones finas, vulgar el rostro, suave y retobado de carácter y lujoso y aseado en el vestir”.
El 12-VI-1862 Deidamia García comentábale a Adolfo, su hermano: “Dicen que Don Juan se prepara a hacer fiestas para el nueve de julio, y que estrenarán la casa de Gobierno, que ha quedado muy bonita; tienen globos, fuegos artificiales, misa de once y baile de jóvenes en esa sala que dicen tiene diez y nueve varas”. “Hubo algo de notable en la administración de don Juan” — expone sesenta años después el cronista Frias. “No diremos el abrir un pozo en medio de la plaza mayor, angosto y profundo, hasta dar con la capa de agua que por cuatro o cinco metros bajo la superficie visible del santo suelo dormía en los tenebrosos senos virginales de la madre tierra; no tampoco la agradable sorpresa que causó en el público espectador las proezas de acróbatas en aquel mismo sagrado recinto, al ver, al final de la fiesta patria del 9 de Julio, volar, en el acto de recoger en el balcón grande del Cabildo la bandera nacional, bandadas de palomas que, partiendo de los restantes balcones de aquella histórica casa, cruzaron el espacio pendientes del cuello cintas blancas y celestes, colores significativos de la venerable insignia de la patria; pero sí diremos de frente, que bajo su administración se hicieron las modificaciones al edificio del cabildo en la parte que ya no daba a la plaza, dotándolo de puertas, balcones modernos, cielo-rasos, escalera propia con baranda de hierro y todo lo demás e indispensable para constituir una Casa de Gobierno”.
“Hecho este adelanto — nos ilustra Frias —, no más los Gobernadores tuvieron que abrir las oficinas de su despacho en su casa particular, como había sido la costumbre desde que Salta fue Salta, y cada cual siguió en adelante viviendo en lo que era propio, el Gobernador ciudadano en la Casa de Gobierno, y el ciudadano Gobernador en su casa particular, con su mujer y sus hijos”.
“Aquel edificio así arreglado por don Juan, para tan públicas y oficiales funciones — sigue Frias con la palabra —, albergó a los Gobernadores que vinieron tras él: D. Cleto Aguirre, Dávalos, Ovejero, Zorrilla, Leguizamón, D. Pablo Saravia, Araoz, Solá, Ortiz, Oliva, Solá en segundas nupcias, como se lo decían, y Martín Güemes, que tuvo la loca ocurrencia de dividirlo en lotes y venderlo en pública subasta, como cosa que se iba a derrumbar y matar gente, y que, sin embargo, pasó él a los reinos de la muerte, hará cosa de 20 años, y el señor Cabildo sigue riéndose del tiempo y de la integridad de la conciencia de aquellos ingenieros que le informaron al vandálico Gobernador, que el edificio se encontraba entre peligros de muerte”.
En el año referido — 1-XI-1862 —, ante el Escribano Francisco Niño, Juan N. Uriburu le compró a Carlota T. de Oro, esposa de Juan de Dios navarro, por el precio de 1.700 pesos, un terreno “a espaldas del Convento de la Merced”, de 22 y 1/2 varas de frente al Norte y 42 y 1/2 de fondo; lindante por el Norte con la calle “Real”, por el Sud con el albañil José Ponce, por el Poniente con la casa de Petrona Arias (casada 1º con José Ignacio Sierra y luego con Justo Ruiz de los Llanos), y por el Naciente con “terreno del Colegio” — San José, futuro Colegio Nacional. Ahí, en dicho solar, edificó mi bisabuelo Uriburu su amplia morada, en uno de cuyos aposentos surgiría a la vida, en 1877, su nieto Carlos Ibarguren.
Esa casa familiar, de altos, “descollaba entre las del barrio por lo elevada y soberbia” — consigna Frias (que la ubica frente a la plaza, cuando en realidad se levantaba a dos cuadras y media de la Catedral, en la hoy calle España, entonces “de la Victoria”, antes “de la Independencia” y primitivamente “Real” o “del Yocsi”, vale decir “de la salida”, en quichua). Tal vivienda “llamaba la atención del vecindario por la altura que se le daba — agrega el célebre tradicionalista salteño —; supuesto que, en comparación con las demás salidas de manos españolas, y de sus discípulos, no alcanzaban sino a sus dos terceras partes, siendo, por tal suerte, la más alta, erguida, elegante y atrevida de cuantas a la sazón habían en Salta”.
“El Chacho” revuelve las provincias. Luchas contra sus montoneras. Su trágico fin
No fue para mi “Tata Juan” poltrona la silla del gobierno. Cuando asumió el mando de Salta el panorama general de la República no podía ser más turbulento. Por marzo de 1863 el “Chacho” Peñaloza habíase vuelto a levantar en armas en La Rioja contra la autoridad nacional, desplazando al Gobernador Francisco Solano Gómez para colocar en su lugar a Juan Bernardo — “Berna” — Carrizo, en tanto preparaba una invasión a Catamarca, a fin de derrocar al Gobernador Ramón Rosa Correa. El 8 de abril, el mandatario salteño Uriburu le comunicaba al Presidente Mitre, estar enterado del “movimiento revolucionario mediante el cual ha sido depuesto el señor gobernador Gómez de La Rioja por las fuerzas de Peñaloza o Chacho, las que amenazan invadir la provincia de Catamarca, para deponer al señor Correa y hacer volver a la escena los hombres que fueron separados a consecuencia del espléndido triunfo de Pavón, y aumentar sus fuerzas para invadir, sea la provincia de Tucumán o ésta” — Salta. “Por la hesitación que estos últimos incidentes ha producido en los malos hombres que tenemos aquí — agregaba Uriburu —, me he visto obligado a mandar salir de la provincia al médico doctor Damián Torino, joven muy apasionado contra la actualidad”, quien “hizo venir al Chacho a Tucumán a fines del 61 y ofreció 100.000 pesos que sacaría de esta ciudad”. Asimismo don Juan expulsó de Salta a Julio Achaval, que “es un vago y malentretenido, autor de todos los chismes y noticias falsas”.
Entretanto el Chacho concreta su ataque a Catamarca, por intermedio de su lugarteniente Felipe Varela, y de Carlos Angel, Severo Chumbita, Jerónimo Agüero, Calancha, Ardiles, Alamo y otros capitanejos. El gobierno nacional, a su vez, nombra director de la guerra a Sarmiento, gobernador de San Juan entonces, y los soldados de línea que comanda el General Arredondo son puestos a las órdenes de aquel que había aconsejado a Mitre “no trate de economizar sangre de gauchos”.
Por su parte, los gobernantes “liberales” de Santiago del Estero (Manuel Taboada) y de Salta (mi bisabuelo Uriburu), abren campaña sobre Catamarca para destruir a “los elementos de anarquía”; y Varela sufre una serie de derrotas: en Callecita, Villaprima, Capayán y Chumbicha.
El Chacho y sus montoneros, a todo esto, son batidos también por las fuerzas de Manuel Taboada y del Coronel Ambrosio Sandes, en Mal Paso y Lomas Blancas, el 3 y 20 de mayo respectivamente. Al mes de esos contrastes, el caudillo de La Rioja incursiona revolucionariamente hasta la ciudad de Córdoba, aliado a los “rusos” — federales — que encabezados por el Sargento Simón Luengo y el Coronel Pedro Oyarzabal, en complicidad con José Pio Achaval y otros políticos antimitristas, le quitaron el poder al Gobernador Justiniano Posse. Las tropas nacionales del General Paunero, sin embargo, un par de semanas más tarde — 28 de junio —, desbarata a los rebeldes en el combate de Las Playas.
El 28 de abril anterior, desde su “Cuartel General de Cafayate”, el Gobernador Uriburu habíales escrito al Presidente Mitre: “Después que salí de Salta, a la cabeza de la columna que he movilizado, me he convencido más y más de la necesidad que había de esta medida, pues con ella he hecho desaparecer en estos departamentos los gérmenes de desorden de que algunos enemigos de la actualidad querían aprovecharse con el dañado intento de perturbar la paz pública. Felizmente he salvado ya a esta provincia de la azarosa situación en que ha estado por algunos días, y aunque es indudable que aquí se conspiraba de acuerdo con los anarquistas de La Rioja, puedo asegurar a V.E. que tengo más que suficiente poder para contener a los sediciosos, y que no peligra ya la tranquilidad pública. El movimiento militar que me he visto obligado a hacer, me ha dado a conocer los muchos elementos que hay en esta provincia para sostener el orden de ella y de la Nación; tengo muchos hombres, pero también una gran escasez de armas y demás pertrechos de guerra. Desearía que si Vuesencia lo creyese conveniente y posible, me mande algunos fusiles, pues de quinientos que había en la provincia, sólo trescientos estarán en buen estado. Con el resto de la fuerza que he movilizado, permaneceré en este punto hasta que regrese la vanguardia que ha marchado a Catamarca, y no ofrezca el más remoto cuidado la tranquilidad interna de esta provincia … No hay, como he dicho, cuidado de que los revoltosos triunfen; pronto serán vencidos y escarmentados, y volviendo a gozar de completa paz trabajaremos con ardor por el bien del pueblo”.
Dos meses más delante, el 27 de junio, mi bisabuelo le expresaba a Mitre: “Aprovecho la oportunidad de la marcha a esa capital de mi sobrino don José Uriburu para tener la complacencia de dirigirme a V.E. … Sé que V.E. ha tenido repetidas denuncias de los muchos elementos de desorden y reacción que había en ésta, capaces de perturbar la paz pública; no es del todo infundado esto. Mucho he tenido que trabajar para vencerlos y ahora mismo persigo a los cómplices de una revolución que se urdía en la frontera de esta provincia, con ramificaciones muy vastas en varios otros puntos. Se han tomado tercerolas, fusiles, lanzas, municiones, etc., que debían servir para el movimiento, y ocho de los cómplices están ya en proceso. Sin embargo, no trepido en asegurar a Vuecencia que esos malos elementos están hoy vencidos y en lo sucesivo pueden anonadarse. No descansaré hasta conseguir este objeto por los medios que la ley ha puesto en mi mano. La expedición de las fuerzas salteñas a La Rioja ha hecho que la mayor parte del pobre armamento que tenía esta provincia quede en varios departamentos de Catamarca y la Rioja, así como las municiones que llevaron … Es por esto que encargo a mi dicho sobrino para que solicite a V.E. algunas tercerolas, fusiles y espadas de tropa”.
“Cuando entré al gobierno de esta provincia — le agregaba Uriburu a Mitre —, mi principal anhelo era vivificar la acción gubernativa que por tanto tiempo había permanecido en la más completa inercia, gracias a la indolencia de los gobiernos. Este era un pueblo sin monumentos públicos, sin ningún establecimiento de aquellos que más imperiosamente reclama una sociedad civilizada; en fin, parecía que nunca hubiera tenido quien pensara en las necesidades públicas, y que siempre hubiera carecido de elementos para poder llenarlas. Yo me proponía, a fuerza de constante trabajo, cortar esos malos precedentes y dejar terminadas, al salir del gobierno, algunas obras de utilidad pública. Esto no lo deseaba conseguir tan solo para halagar mi vanidad; otro era el principal objeto que le daba: quería que el pueblo se convenciera prácticamente de la diferencia que había hecho entre el partido caído, que nada había hecho en favor de él, durante su largo dominio, y el partido triunfante que en muy poco tiempo había hecho algo en bien de todos: quería que esta provincia, donde tenemos tantos enemigos de nuestra causa, pudiera poner en paralelo la época pasada con la presente, y fallar en vista de los adelantos que hubiera introducido mi gobierno; pues creo que este es el medio más eficaz para persuadir a los pueblos, y engrandecer a los partidos que dominan. Para conseguir esto había vencido los principales obstáculos, regularizando el cobro de las rentas; pero desgraciadamente los últimos movimiento políticos vinieron a defraudar mis esperanzas. Los gastos que ha sido necesario hacer, me han quitado los recursos con que contaba para realizar mi pensamiento, y hoy nada puedo hacer por falta de recursos, pero ni siquiera pagar con regularidad a los empleados. Mi sobrino José hablará más extensamente con V.E. sobre este importante asunto y le hará presente las necesidades de este gobierno: va suficientemente instruído para ello” — terminaba mi “Tata Juan”, con sus ilusiones frustradas de convertirse en un Pericles salteño.
El 8º de línea. Los “constitucionales” conspiran para voltear al Gobernador “liberal”
A raíz de aquel levantamiento del Chacho, el Presidente Mitre, por decreto del 10-IV-1863, dispuso la formación del regimiento de infantería 8º de línea, sobre la base de 100 soldados nacionales destacados en Catamarca. Fue nombrado jefe del cuerpo el Coronel Diego Wellesley Wilde, y 2º jefe el Mayor Emilio Alfaro. Con estos comandos dicha fuerza prosiguió la campaña en las provincias del interior. “La indicación de Vd. respecto a la creación de un batallón de línea en esa provincia — le escribió Mitre al Gobernador Uriburu, el 6 de mayo — estaba ya realizada de antemano, nombrando jefe del mismo al coronel Wilde, persona del aprecio de usted, según creo. Dicho batallón residirá en las tres provincias de Catamarca, Salta y Tucumán”. En el 8º de línea — como dijimos en otro lugar — iniciaron su carrera los jóvenes salteños — primos hermanos y futuros Generales — Napoleón y José María Uriburu, sobrinos de mi bisabuelo don Juan.
Mientras las armas chocaban con furia, o vomitaban fuego, y corría sangre argentina en La Rioja, Catamarca, Córdoba, San Luis y San Juan, los desplazados urquicistas constitucionales de Salta — ahora frenéticamente “chachistas” — se salían de la vaina para entrar en acción y derribar al Gobernador “liberto” Uriburu, esperanzados en el descalabro del régimen de Mitre en todo el ámbito nacional.
José — “Pepe” — Uriburu le escribía a Mitre el 18-IV-1863. “Solo en días de conflicto creo conveniente dejar el silencio de la vida comercial para llamar la atención de V.E. sobre hechos que tienen importante influencia en la mayor de todas las necesidades actuales: la paz de la República … Tenemos el enemigo a 15 leguas de la frontera y en perspectiva de una revolución que, aunque parece comprimida, el gobierno, sin embargo, no ha podido tomar los hilos de ella”. “El Gobernador — dice don Pepe — marcha en persona a Santa María con una división de 1.200 hombre para prevenir la invasión del Chacho a Salta y prestar auxilio al gobierno de Catamarca”.
Es de hacer notar que Celedonio Gutiérrez — celebérrimo “Peludo” tucumano — que estaba exilado en Bolivia, se había introducido en Salta, por lo cual las autoridades de Tucumán solicitaron la extradición del personaje en términos amenazantes; cuya nota rechazó, con altivez, el gobierno conminado. El proscripto, entretanto, traspasa la línea divisoria con Bolivia, como también lo hace el ex Gobernador de Córdoba Fernando Allende, según se lo comunicó a Mitre, el 23-XI-1862, Pedro Uriburu. Empero, algo más tarde, el errátil Gutiérrez cáe de vuelta al territorio salteño “como peludo de regalo”. Manuel Taboada, desde Santiago del Estero, le da cuenta a Mitre que en la noche del 31-IX-1863, hubo de estallar un complot en Salta, encabezado por el “mazorquero” Celedonio Guitérrez, “prevalido de la extrema bondad y tolerancia de ese gobierno”. Tal maquinación intentó sorprender “a la guardia del principal”, pero fue descubierta a tiempo, y el Gobernador Uriburu apresó al “Peludo” y a varios de sus compinches, encerrándolos en la cárcel pública, “por conato de sedición o revolución contra la actualidad de la provincia”.
“Hacen 8 días que hubo un gran alboroto que denunciaba revolución” — consigna una carta de la señora Beeche de García a su hijo Adolfo, cobijado en Cobija. “Mandan traer con una partida a Gutiérrez, que está cazando por la Isla con Cuestas y don Manuel Tamayo; los meten a la cárcel a todos y los ponen incomunicados; levantan sumario a Gutiérrez; por las noches los tiros de costumbre para alarmar al país; y por fin han soltado a todos los presos y nada han podido probarle a Gutiérrez. Reunieron la Sala, en sesión privada, para pedir el gobierno facultades extraordinarias, y gracias a los esfuerzos de don Isidoro López y Apolonio Ormaechea, que sostuvieron (la oposición), no le han concedido las facultades. De rabia ha estado por renunciar don Juan”.
Los siguientes párrafos de la correspondencia íntima de misia Gregoria Beeche — escritos el 25 de octubre y 10 de noviembre es ese año 63 — revelan el estado de ilusión que embargaba a los urquicistas salteños, y con que miraje optimista seguían los acontecimientos políticos en desarrollo, factores de apasionante relieve en aquella etapa histórica de nuestra organización nacional: “La política sigue fermentando; el Chacho hace algunos progresos en su campaña. En el Paraná hubo una serenata donde vivaron al Chacho, a Urquiza y al presidente Berro, por el triunfo completo sobre Flores, y todos los papeles del Litoral descorchan contra Mitre. Ya esto se cáe por su propio peso, y no será extraño que a tu vuelta todo esté cambiado” — pudo leer entonces Adolfo García. “Antes de ayer — 8 de noviembre — llegó la diligencia y trae la noticia del pronunciamiento de Entre Rios. Como 7 jefes se han levantado; protestan que no reconocen autoridad ninguna en Mitre, y animan a sus compañeros de las provincias, con tal entusiasmo, para que sacudan el yugo de los Liberales. Estos jefes entrerrianos tienen a sus órdenes unos 2.000 hombres; otros mil y quinientos hacen la suma de cinco mil y tantos hombres. Al mismo tiempo se asegura la completa derrota que a hecho el Chacho a Arredondo cerca de La Rioja. Esta noticia los ha puesto (a los Uriburu y sus amigos) con las caras de media vara de largo; y como se sabe la conclusión de Flores en las inmediaciones de Montevideo, todo se les ha juntado, y han inventado un alcance, diciendo que hay una carta de Córdoba en la que dice que Urquiza iba a tomar a estos jefes y remitirlos a Mitre para que los juzgue. Todos han hecho una farsa del alcance, y nadie lo cree, porque se asegura que llegaban buques de guerra del Paraguay en protección del General Urquiza. Ya se desmorona esto”.
A propósito de aquella intentona revoltosa de Celedonio Gutiérrez, que previno mi bisabuelo en Salta, el Gobernador de Santiago del Estero y enérgico adalid de la política mitrista en el norte argentino, Manuel Taboada, le daba estos consejos a su colega salteño, no sin un retintín de censura por el moderado proceder del destinatario: “Gutiérrez y demás que han maquinado esa revolución, han sido, hasta cierto punto, autorizados para ello, pues el gobierno de usted, amnistiándolos, los ha colocado en medio de sus relaciones y de los elementos de que pueden echar mano para trastornar el orden … Gutiérrez y demás cómplices de él, en el movimiento abortado, debían ser entregados para ser juzgados por el juez de letras del fuero criminal … Opino que una vez establecida la justicia nacional y reglados sus procedimientos, es a ésta y no a la de la provincia a quien compete el conocimiento de la causa … Veo también que la Legislatura se había reunido a consecuencia de esos sucesos, sin haber resuelto nada. No entiendo qué rol puede jugar la representación provincial en hechos de esta naturaleza; pues la conservación del orden es un deber atribuido exclusivamente al P.E., y las medidas que al efecto se dicten de resorte puramente administrativo. Los Gobernadores de provincia, como agentes naturales del Gobierno Nacional, a quien compete sofocar y reprimir los conatos de revolución, pueden, en casos como el presente, aun levantar fuerzas para sostener su autoridad, pues es lo que se llama conmoción interior … No veo que necesidad haya de reunir un cuerpo legislativo, que no resolviendo nada, disminuye hasta cierto punto el prestigio moral que debía investir el gobierno … La diversidad de opiniones, a este respecto, no obstará para que le felicite por la oportunidad y acierto de las medidas que han impedido se altere el orden en esa provincia y se comprometa la paz del norte de la República”.
Estas moniciones de Taboada produjeron su efecto en el acto, y el Gobernador Uriburu empezó a apretar la mano. Buscó el apoyo de aquel regimiento 8º de línea, que la Nación había movilizado para combatir contra los rebeldes de La Rioja. “Desde que se inició la creación de este cuerpo hasta el presente — le decía don Juan a Mitre —, no he economizado sacrificio, quizá desatendiendo las necesidades de la provincia, teniendo que hacer uso de mi crédito particular, por la exhaustez del erario provincial, para subvenir sus crecidos gastos, como lo demuestra la letra girada por el Coronel Wilde a favor de este gobierno y a cargo del Ministerio de Guerra y Marina”. La 1ª compañía del 8º quedó para guarnecer a la plaza de Salta subordinada al Capitán Napoleón Uriburu; mientras que las otras dos marcharon a Jujuy, con el ulterior destino de amparar a las poblaciones nacientes de la frontera sobre el Chaco. Por lo demás, contaba el Gobernador de Salta con el batallón de la Guardia Nacional, “de muy excelente infantería, y con los oficiales subalternos que tiene hoy, que son jóvenes decentes y de muchas esperanzas para la patria” — cual se lo adelantó mi bisabuelo al Presidente de la República.
El nunca ecuánime Bernardo Frias, estampa que bajo el ala de don Juan tomaron libertad (sic) “los cachafaces”: “un coya Otaiza (es el Coronel José de Oteiza Bustamante) hacía de comisario de policía, sino de Intendente de ella, y tomó buen expediente en zurrar a la gente. Otro de nombre Borelli (Luis E., del 8º de línea), oficialito forastero, también se hacía conocer por el mismo género de diversiones, aplicando palizas por quítame estas pajas … Mulatos alzados — insiste el criticador de ‘La familia afortunada’ — se habían tomado igualmente la libertad de injuriar y aún de herir a los más señalados de los adversarios. Y estaría demás decir que un estado tal de desbordamiento de los chicos, salpicara de culpas la cara de los grandes; y, que, no conteniéndose los males, tomaron éstos vuelo e incremento, y desarrollaron sus lástimas hasta formar un estado de fuerza insoportable”.
“La oposición — apunta Frías — hinchó también su cuerpo, tomó cara de fiera, afiló sus garras y bajó a tomar plaza en la arena. El Libre fue el periódico con que se comenzó a fustigar dura, acre y reciamente al gobierno, y el gobierno respondía y atacaba también con voz de trueno. La riña quedó con ésto de todo en todo armada. Personas y familias se dividieron con odios y profundos deseos de venganzas”.
Frente a los Uriburu aparecían en primera fila alborotando el ambiente estos personajes: el foliculario de El Libre “Pepe” Araoz (José Samuel Araoz Ormaechea), a quien Bernardo Frías califica de “joven resuelto y audaz como cualquier alma de pelea”; el impresor de los brulotes de éste, Román Anzoategui; el tío de Araoz, Apolonio Ormaechea, portavoz urquicista en la Sala de Representantes; el desaforado Isidoro López, “lujo literario de la oposición, … elocuente clarín que sonaba en la Legislatura” — en opinión de Frías; el preste Emilio Castro Boedo, futuro apóstata abarraganado que colgó la sotana e intentó formar una iglesia cismática propia; y Martín Cornejo, “único Cornejo bravo por no ser perteneciente a los mansos que constituyen la dilatada familia que carga el apellido” — al decir de Frías que alcanzó a conocerlo.
Los políticos salteños, caídos a raíz de Pavón, habían quedado mascando rabia. Impacientes y esperanzados aguardaron el triunfo del Chacho para prorrumpir, a su vez, contra los agentes locales “de la actualidad”. Pero las malandanzas y el trágico final del errabundo montonero riojano; el amotinamiento abortado del “Peludo” Celedonio Gutiérrez; y, sobre todo, la desconcertante inercia de Urquiza, allá lejos, en su palacio de San José; exacerbaron el rencor de aquellos “constitucionales” de Salta.
Día tras día, oleadas de rumores calumniosos, impulsadas por ellos, golpeaban al gobierno a fin de socavar su prestigio. La maledicencia se infiltra en todas partes. Zacarías Tedín, empleado nacional en la aduana, “es enemigo de la actualidad — le avisaba el Gobernador Uriburu al Presidente Mitre —; me he permitido alguna ocasión reconvenirlo particularmente, por sus exageradas noticias, y bien poco he podido conseguir”. Pepe Araoz, entretanto, tonante y fanfarrón, echaba espumarajos en El Libre contra los Uriburu, escudándose en la libertad de prensa. Y como esas escrituras suyas no eran sagradas, y, se me ocurre, difícilmente despertarían la mansedumbre de Job, cierta noche, algunos partidarios de mi bisabuelo realizaron un operativo comando — llamémoslo a la moderna — contra el local del pasquín: asaltaron su imprenta, cargaron las letras de molde en varios ponchos y, sin más ni más, las arrojaron al tagarete.
El 7-III-1864 el Gobernador Uriburu lanzó un manifiesto que decía: “A pretexto de las elecciones para Diputados al Congreso de la Nación (en las que salió electo José Evaristo Uriburu), que tuvieron lugar el 14 de Febrero último, se promovieron reuniones sediciosas, en que se procuraba levantar al pueblo contra las leyes fiscales del impuesto, se le incitaba a la resistencia contra el Gobierno y se propendía a minar la autoridad de éste, usando de la calumnia y de la impostura; … se pretendía operar el extravío total de la opinión en las masas, a fin de conducirlas sucesivamente de la asonada a la rebelión … Para impulsar su obra de desquicio, la facción que pretende levantarse como antagonista del gobierno, tomó por órgano de su propaganda una publicación periódica (El Libre) de que no nos ofrecen modelo ni aún los extravíos más licenciosos de la prensa en parte alguna del mundo civilizado. Inspirándose en el odio y en las pasiones feroces que pervierten el corazón humano, aquella publicación ha soplado sobre la sociedad el aliento de la discordia, propendiendo a dividirla en facciones hostiles entre sí, a quienes se incita todavía a combatir recíprocamente en lucha exterminadora … Esa publicación contiene en cada línea un agravio personal o una infamia a las autoridades … Esa misma publicación hace de mi persona el blanco de sus iras, pretendiendo herirme en mi honor, en mi dignidad y hasta en mis afecciones …, que quiere ultrajar, en mi persona, la autoridad, desprestigiarla por la calumnia y la injuria, para arrojarla después como botín a la turba facciosa, de entre la que se proponen recojerla sus instigadores. En semejante situación, conciudadanos, el primer deber de la autoridad consiste en preservar la sociedad de los furores de la anarquía, y en poner a cubierto el orden público contra los amagos desastrozos de la revuelta … He adoptado sin vacilar las medidas conducentes a devolver al pueblo la tranquilidad … ordenando la prisión de los ciudadanos Román Anzoategui, Isidoro López, Julio Achábal y José S. Araoz, principales agitadores del pueblo … más sólo en el primero han podido cumplirse las órdenes expedidas, habiendo los otros tres sustraídose por la fuga y la ocultación a la prisión que fue a intimárseles. El grave delito contra el orden público de que aquellos individuos son culpables, sin embargo de ser notorio, quedaría escudado no obstante por la impunidad si se llevase su conocimiento a la justicia ordinaria. Los tribunales, por una aberración inconcebible, han llegado a dejar fuera de toda jurisdicción, y de toda ley, los delitos cometidos por el uso licencioso de la libertad de imprenta; y en cuanto al juzgamiento de los delitos de conspiración o de otros que se relacionan con el orden político, ya el gobierno sabe, por triste experiencia, que ni aun la comprobación de ellos es un obstáculo serio que se oponga a la absolución de sus perpetradores. En casos de urgencia perentoria y de naturaleza análoga a la presente, el gobierno se encuentra inhabilitado para recurrir a la acción de los tribunales … Compatriotas: Me hallo próximo a devolver la autoridad que me confiasteis; hasta que llegue ese caso he de mantener la posición enérgica que he asumido en presencia de la facción reaccionaria que sin cesar conspira, pretendiendo envolvernos de nuevo en los desastres de la guerra civil. Yo os respondo que he de preservar el orden público contra las acechanzas de sus enemigos, mientras llega el momento en que tenga el honor de trasferir la insignia del poder al ciudadano que designen vuestros representantes, por medio del voto libremente emitido para sucederme”.
Lo que alarmaba a mi “Tata Juan”, en ese momento, era la alianza establecida entre el partido constitucional urquicista y los liberales opositores de su política de entre casa; y creyó haberla roto con aquellas drásticas resoluciones. Sin embargo tales medidas de fuerza sólo acentuaron la impopularidad del Gobernador; quien, el 8 de marzo, le escribía al Presidente Mitre: “Don Isidoro López, hombre de pasiones vehementes y de perversos instintos, pretendía la diputación al Congreso. El partido liberal al que López pertenecía antes, no apoyaba su candidatura. Entonces buscó el apoyo que le faltaba en el partido caído. El partido caído, entre el cual figuraba como director el doctor don Ezequiel Colombres, se puso de pie. López se aprovechó de la prensa, haciendo de ella el uso más infame; pero sin embargo fueron derrotados en las elecciones. La derrota les inspiró mayor osadía y principiaron entonces la conspiración contra las autoridades constitucionales de la provincia para hacerse dueños de ella. Empezaron a predecir la sedición por todas partes; la prensa, con un desenfreno espantoso inducía al pueblo a la sublevación, ofreciéndole la rebaja de los impuestos, exagerando las cargas que pesaban sobre él, desprestigiando y atacando las leyes, ultrajando y calumniando de todos modos al gobierno. El pueblo, alucinado por tan infames promesas, empezaba a dejarse arrastrar por los sediciosos, y el orden público se veía amenazado. Dejándolos en la más completa libertad, permanecí impasible cuando despedazaron con salvaje crueldad mi dignidad de hombre y las más caras afecciones que tenía; pero no pude permanecer lo mismo viendo peligrar el orden público confiado a mi custodia. En casos anteriormente acaecidos, de conspiración comprobada y por desmanes licenciosos de prensa, busqué en los tribunales y en la ley los medios de represión contra los autores de estos delitos ... pero por un conjunto de debilidades, connivencias y errores lamentables, sólo se consiguió que los jueces incompetentes, y sin aptitudes por lo general en estos pueblos, sancionasen la impunidad. Ahora, la proximidad de un conflico probable, me ha inducido a la adopción de medidas directamente encaminadas a conservarlo (al orden), por el alejamiento temporal de los principales instrumentos de la agitación sediciosa … Tal vez ello será calificado de arbitrario, pero mi conciencia reposa tranquila, porque tengo la convicción de que con ello he salvada a Salta del compasivo estado de Córdoba, de mucha sangre que se habría derramado, y de los innumerables males que había de traer una desenfrenada anarquía … Don Isidoro López es yerno de Wilde y se muestra claramente que ha hecho participar a su suegro de sus planes de anarquía. El Coronel Wilde es hoy una amenaza en vez de una garantía de orden para esta provincia…”.
Tenía razón el Gobernador Uriburu, el aire que se respiraba olía a pólvora. Oliscaban esto también los Honorables Representantes de la Legislatura — calientes “mazorqueros” y “libertos” tibios — que estaban en malos términos con el Primer Mandatario. Y el 10 de marzo — dos días después de aquella carta de mi bisabuelo a Mitre — los Diputados Apolonio Ormaechea, Francisco J. Ortiz, Sixto Ovejero, Luis Alfaro, Francisco Ugarriza, Pedro José Figueroa, Rudecindo Torena, Mariano Cornejo, José M. Fernández, Héctor López y José María Arias, suscribieron un documento que declaraba: “en vista de los hechos que han tenido lugar en estos últimos días, ella (la Legislatura) en manera alguna se hace solidaria de los actos administrativos del Poder Ejecutivo”. Ipso facto “Pancho” Ortiz, Apolonio Ormaechea y Emilio Torres dieron a la estampa ese testimonio, mediante (sic) los “restos de la Ymprenta del Pueblo Soberano oficialmente destruída” — vale decir, con los plomos que quedaron de El Libre en casa del imprentero Román Anzoategui.
En dicho impreso se calificaba a la resolución opositora de los Diputados, como “hecho grandioso”; advertía que el Presidente Bedoya y el colega Martínez, adheridos a la misma, “no la han suscrito por motivos especiales”; que la Sala tenía quorum con sólo 14 Diputados (y ya 13 eran adversos al P.E.); y, en conclusión, los firmantes aconsejaban “al pueblo a que no crea en la conveniencia de revoluciones para obtener reparaciones … pues al fin todo cambiará constitucionalmente dentro de dos meses, con la elección de nuevo Gobernador”.
Apenas transcurridos cinco días del manifiesto de los “padres conscriptos” que sabemos, estalló en Jujuy la sublevación del 8º de línea, y, simultáneamente, irrumpen formaciones guerrilleras en los departamentos salteños de Chicoana y Rosario de Lerma; estos grupos y aquella tropa decididos a dar por tierra con la administración de mi bisabuelo Uriburu. Así, los sañudos rivales políticos suyos jugaron la doble carta del procedimiento legal y la rebelión armada, en esos idus de Marzo de 1864.
No solo mi Tata Juan — cual se apuntó más trás — desconfiaba del Jefe del 8º de línea Diego Wellesley Wilde. El 1º de enero de ese año “Pepe” Uriburu se quejó a Mitre del Coronel en estos términos: “Su notoria informalidad lo pone en situaciones difíciles a cada instante”. No tiene crédito ninguno, y la gente a sus órdenes “es un grupo de hombres que ni apariencia tiene de tropa, a pesar del constante reclamo que se dice hacen cada día los oficiales”.
De las cosas que ocurrían en Salta le informaba por esas fechas el General Anselmo Rojo al gobernante Manuel Taboada. Allí incursionaban “Gutiérrez, Colombres y Cia … Isidoro López les sirve de pantalla por odio personal a los Uriburu”. Un año atrás el tucumano Pedro Garmendia habíales advertido también al Presidente Mitre: “La aparición en Salta de los caudillos caídos a consecuencia de la brillante jornada de Pavón … ha puesto en inquietud y expectativa a los ciudadanos y gobierno de esta Provincia … El señor Uriburu, Gobernador de Salta, tiene muy mala política en admitir a estos hombres”.
Pero concretemos los hechos. A las dos de la madrugada del 15-III-1864 se sublevó el batallón 8º de línea acantonado en Jujuy. Desacatados por los clases y soldados, sus oficiales no pudieron sofocar el motín, aparentemente encabezado por un sargento Guzmán, aunque — según afirmación rotunda de José Uriburu — “el Coronel Wilde puso el batallón al servicio de su hijo político don Isidoro López”. La soldadesca hirió de gravedad al sargento italiano Garelli, en tanto el Capitán Salguero “fue separado por el Coronel por haber querido contener la sublevación, so pretexto que lo habían de matar” — cual denunció Pepe Uriburu. El entonces cadete porta-gión José María Uriburu intentó frenar en vano el tumulto. Algunos exaltados quisieron fusilarlo, mas valientemente lo impidió el sargento Nepomuceno Visnarez, al disuadir a los furiosos. José María pudo así salvar su pellejo; “y mi primera idea — lo recordó él muchos años después — fue encaminarme a Salta a dar cuenta al gobierno de lo que había ocurrido en Jujuy, pues los amotinados debían dirigirse a aquella capital con la intención de derrocar su autoridad”.
Entretanto los insurrectos alborotan las calles de Jujuy, y frente al Cabildo reclaman a gritos la paga de los sueldos que se les debían desde varios meses atrás. Al pronto, el Teniente Alejandro Fábregas Mollinedo y el Subteniente Alfredo Wilde aparecen “capitaneando a la jente sublevada por disposición del Sr. Coronel”. (Esta frase reveladora se inserta en una carta del 17 de marzo de Fábregas a su madre Agustina Mollinedo). Y ya sin titubeos, unos 80 “cochinchinos” (tal su mote debido a las polainas blancas que usaban, análogas a las plumosas patas de los gallos de esa raza) “perfectamente armados y municionados”, se ponen en marcha rumbo a Salta en son de riña, para derrocar al gobierno, maliciosamente convencidos por los opositores de que era culpable el gobierno de la no paga del prest; cuando el abono del mismo correspondía al Ministerio de Guerra nacional.
En lo que atañe al Coronel responsable de la fuerza anarquizada (padre político de Isidoro López y carnal del Subteniente Alfredo Wilde), él habíase evadido lamentablemente de la escena; y entre las cuatro paredes de su casa le despachó una líneas al Ministro salteño Genaro Feijóo, dándole parte del “tal desagradable acontecimiento”, y que los insurrectos del 8º “han elegido (sic) dos oficiales que los conduzcan … quienes por un acto de abnegación y en el deseo de mantener el orden, se han prestado a conducirlos”, y “por el inminente riesgo que corren estos oficiales en su marcha a Salta con la tropa desbandada, trato de tocar todos los medios para hacerlos regresar”. Y prevenía, el suscripto, a las autoridades salteñas, tomaran recaudos en procura del desarme de aquella tropa.
Con posteridad (25 de marzo, 10 de abril y 10 de noviembre de ese año 64), el aludido Coronel se dirigió epistolarmente al Presidente Mitre, pretendiendo justificar su equívoca conducta en el “desgraciado acontecimiento”, “en que vi disolverse una parte considerable del cuerpo que con tantos afanes había creado”. “La prensa de Salta y su gobierno quieren suponerme hasta enemigo de la actualidad (esto le preocupaba al Coronel), causa a que he pertenecido desde mi infancia, sin haber variado jamás” — decía muy suelto de cuerpo Diego Wellesley Wilde, nativo de la Gran Bretaña y ahijado de Lord Arturo Wellesley, Duque de Wellington, venido crecidito al Río de la Plata antes de 1822, siendo estudiante de ingeniería. Finalmente, el desairado Coronel del 8º de línea — que perdió la idem — solicitaba se investigara su proceder en resguardo de su honor comprometido.
Contraataca Uriburu. Combate de “Los Sauces”
Pues bien: veamos como continuó la cosa. En tanto aquellos milicos amotinados, por personajes que no daban la cara, avanzaban desde Jujuy hacia Salta para consumar la destitución del Gobernador Uriburu, éste, no bien se enteró de que la soldadesca se le venía encima, dispuso el contraataque. Su sobrino Pepe Uriburu, “Coronel del 2º batallón de la Guardia Nacional”, fue puesto a la cabeza de los “defensores del orden”, con encargo de aplastar “la anarquía armada que levantó el estandarte de la guerra civil”. Don Pepe, aceleradamente, moviliza y pone en marcha una columna de 300 hombres (100 infantes de la Guardia Nacional; media compañía veterana del 8º que guarnecía a Salta, subordinada al Capitán Napoleón Uriburu, y con el primo José María incorporado a sus filas; y 100 milicianos a caballo). El 18 de marzo esa fuerza se topa con los “anarquistas”, al amanecer, en la estancia “Los Sauces”, a 9 leguas de la ciudad. Desde La Caldera, Nicolás Carenzo había partido a avisar a los sublevados que venía Uriburu en tren ofensivo, pero al soplón lo pescó y capturó una patrulla, en una senda desviada.
Frente al casco arbolado de “Los Sauces”, los efectivos de Uriburu toman posición de ataque. Al centro de la línea, el Napoleón de la familia capitanea a la infantería; apoyada su ala derecha por los jinetes del Comandante Juan Puentes, y en el extremo izquierdo por los del Comandante José Valdés; ambas formaciones a caballo dependientes del Teniente Coronel José Oteiza Bustamante. Bajo copioso aguacero, Pepe Uriburu manda avanzar dobles guerrillas con orden de no abrir fuego mientras no lo hiciera el enemigo. Llegados los infantes como a 300 varas de éste, cargan al trote con la bayoneta calada detrás del Capitán Napoleón, y, a su empuje, se rinden los “cochinchinos” rebeldes en menos de media hora. Todos los vencidos — le informaría después Pepe Uriburu a Mitre — “a una voz declaraban ser inocentes, puesto que ellos habían obrado por mandato expreso de su Coronel, que les ordenaba hacerlo, y que los mandara su hijo el Alférez Wilde y el Teniente Fábregas”.
El señor Royo, propietario de la finca “Los Sauces”, al abrir las puertas de su casa, en medio del combate, recibió dos balazos en el pecho que le ocasionaron la muerte. Las familias de Royo y de Zenón Arias — dueño éste del predio vecino “El Angosto” — hicieron causa común con los sublevados, “con quienes mantenían estrecha relación”. “Son las siete de la mañana” —estampaba el Coronel don Pepe en su parte de victoria. “El resultado de este combate son 12 heridos y 4 muertos de los revolucionarios o sublevados del batallón 8º de línea, cuarenta y tantos prisioneros, muchos fusiles, municiones y pertrechos del batallón, cuyo detalle remitiré a V.E. más tarde. Por nuestra parte hemos tenido la fortuna de no perder un sólo hombre … sólo tenemos unos pocos heridos … La división se ha portado con valor … Sensible es no haber tomado ningún cabecilla de los que esperaba encontrar aquí reunidos. Hoy permaneceré todo el día haciendo descansar la tropa, y esperando la invasión del caudillo Gutiérrez, Aniceto Latorre, Belisario López, el mulato Nola, Martín Cornejo y otros que están en este momento nombrando los prisioneros, según les había dicho el renombrado don Isidoro López, que ha tenido especial cuidado en no mezclarse con el humo de la pólvora. Creo, señor Gobernador, que los malvados han sido escarmentados, y que han de permanecer tranquilos después. Felicito a V.E. por el triunfo obtenido, al partido liberal de la provincia y a la Nación, por el escarmiento de los sublevados”.
Simultáneamente a esta insurrección, puesta en marcha desde el norte sobre la ciudad de Salta, políticos opositores del gobierno de Uriburu levantan, de pronto, cuadrillas armadas en los departamentos salteños de Chicoana y Rosario de Lerma, estableciendo un segundo foco revolucionario por el sur. Acaudillan a los revoltosos el cura Emilio Castro Boedo, promotor principal de la revuelta, y el Coronel urquicista Manuel G. Reyes con Lucas Castro, Bernardino Peña, Rosario Córdoba, Silvio Castellanos (padre del futuro poeta don Joaquín, niño entonces de 3 años), Gaspar Burela, Franklin Cuestas, Julio Achával, Jacinto Bernadete. De movida, más de 100 insurgentes arrollan a una partida gubernista del Teniente Coronel Emilio Echazú, que había salido a su encuentro, resultando heridos de lanza el Comandante Arancibia, el joven Fanor Novillo y alguna gente de tropa. Por su parte otro columna de 100 “soldados de la ley”, comandada por Ramón Zuviría, persigue a los guerrilleros hasta el lugar de “El Brete”, y el 19 de marzo, a las tres de la tarde, tras una hora de entrevero, resultan descalabrados los facciosos, con el saldo de 5 muertos, varios heridos y bastantes prisioneros.
Siete días más tarde, el Gobernador de Salta les dirigió un manifiesto a sus “compatriotas conciudadanos” y a “la Guardia Nacional movilizada”: “… Acabamos de asistir al triunfo definitivo alcanzado por los soldados de la ley sobre la facción anarquista” — decía mi bisabuelo, entre otras cosas. “Nos hallábamos en el momento supremo del peligro para el orden público: el gobierno llegó a adquirir la convicción muy fundada de que la ausencia de medidas enérgicas e instantáneas adoptadas contra los agitadores de la sociedad, espondría a ésta a presenciar desde luego el espectáculo desmoralizador de la asonada y a conmoverse ante el desastre sangriento de la lucha inminente. Quiso la autoridad, entonces, prevenir el estallido de la revuelta, por el alejamiento de algunos de los principales instrumentos de que se servía la facción anarquista para promoverla … Pero no había contado con la ciega obstinación con que los enemigos de la paz de estos pueblos conspiran a envolverlos en la conflagración de la guerra civil … Les hemos visto hacer estallar en Jujuy un motín militar, que tenían preparado aquí con mucha anticipación, lanzando la soldadesca sublevada contra la autoridad legal de esta Provincia … y también responder a esa invasión levantando montoneras en los departamentos de Chicoana y Rosario de Lerma … Pero los bravos soldados que permanecieron siempre fieles a su bandera, y los generosos hijos del pueblo que forman la Guardia nacional, corrieron presurosos a escarmentar la rebelión … Dos combates necesarios, gloriosos … han anonadado la anarquía armada y afianzado el orden público … El crímen es notorio; sus perpetradores son conocidos de todos; el fallo de la justicia no puede hacerse esperar mucho tiempo, debiendo ser severo y ejemplar, cual lo requiere la naturaleza del delito … Valientes Guardias nacionales … Al dejar las armas que habéis llevado con honor … la gratitud pública ha de seguiros bajo el techo de vuestro modesto hogar, y en todas partes la consideración de los hombres honrados … También debéis contar siempre con la estimación de vuestro compatriota y amigo: Juan N. Uriburu”.
Un año antes de los cruentos choques en “Los Sauces” y “El Brete”, el Gobernador de Tucumán, José María del Campo, le anticipaba al Presidente Mire: “A estar a los rumores que hace circular el partido federal, y a pesar de las seguridades que me da el Gobernador de Salta de que no se conmoverá allí el orden, abrigo temores de que alguna montonera o alguna perturbación intenten en el interior de aquella provincia, donde tienen base los federales, muy especialmente por los emigrados que allí han ahijado indiscretamente. Muy advertido está de ello el señor Uriburu, para que los sucesos le sorprendan”.
Sin embargo, el 22-III-1864, el mandatario se Salta, en carta al caudillo santiagueño Manuel Taboada, admitió que: “A favor de las garantías que el gobierno concedía a los ciudadanos, los anarquistas empezaron a conspirar”; y que en vano se tomó “la medida de alejar temporalmente a cuatro de los corifeos de la oposición, esperando que esta medida sería suficiente para apagar la conspiración”. Y Taboada, por su parte — después de leer en otra misiva de Anselmo Rojo: “la mazorca encontró en don Isidoro López una bandera a quien apoyar … hasta producir una revuelta que empezó por una parte del 8º de línea que se hallaba en Jujuy … y la frontera del Rosario está llena de emigrados tucumanos que indudablemente harán o pensarán hacer su revuelta” –, le acotó a Mitre, sobre el mismo asunto: “La tolerancia del señor Uriburu va dando sus frutos, bien amargos por cierto, que le servirán de lección para lo sucesivo”.
Pepe Uriburu, en la hora amarga de la posterior derrota, llegaría a calificar a su tío de “hombre débil y bondadoso, que ha comprometido hasta el extremo la paz de la provincia”; pues “dejó y consintió en los puesto públicos a todo hombre del partido personal (urquicista) de muchos años atrás”; y era “su gobierno tolerante hasta la debilidad”.
En cambio Isidoro López expuso muy de otro modo en el papel sus comentarios para Mitre: “La familia de Uriburu, tradicionalmente empeñada en el monopolio de los destinos públicos, dió en perseguir a los que se oponían a ese propósito. Para esto necesitó, el gobierno de esa familia, tener facultades amplias durante la administración Uriburu; y al efecto se buscó el pretexto de un plan de rebelión por el general Gutiérrez, asilado, hombre sin prestigio alguno; pidiendo de la Cámara Provincial, por medio del ministro y con el nombre de medidas, verdaderas facultades que la ley prohibe. Llenando mi deber de Diputado me opuse a que se acordasen. Allí empezó la persecución de ese gobierno; por que no quise ser uriburista … mandaron una partida armada a matarme en mi casa, de la que salvé por casualidad … Refugiado en Jujuy, presencié la sublevación de las dos compañías del 8º que estaban al mando de mi suegro, el Coronel Wilde. Los Uriburu me calumniaron, imputándome participación en esa sublevación, sólo para deshonrarme … No habría conspirado contra mi causa y contra mi padre político. Los soldados mal pagados, con sueldos atrasados, sufriendo necesidades … rehusaron ir al Chaco, declarando que se volvían a Salta a sus casas … después … se desbandaron en Sauces, sin combate alguno…”.
Y el reverendo energúmeno Castro Boedo — después de haber trocado el hisopo y las bendiciones por la lanza y la guerrilla montonera — en sus epístolas a don Bartolo escribía: “Comenzaré por afirmar a V.E. que como el más franco y firme liberal … dí mi voto a don Juan Uriburu para gobernador de la provincia, a don Pedro Uriburu y al general Rojo para senadores, y a Feijóo toda mi influencia para ministro … Que la comprobada anticonstitucional conducta del gobierno Uriburu me compulsó a desempañar el papel de caudillo del pueblo … y trabajé lo posible para que la Legislatura provincial contuviese los desbordes del gobierno Uriburu … Que quedando el pueblo sin representación y en manos del criminal absolutismo del gobierno Uriburu, no había otro recurso que asumir el pueblo de hecho su soberanía … Con ese objeto me puse al frente de las masas populares desde el 15 de marzo, así en la ciudad como en la campaña … y puse de mi parte todos los medios para hacer huir al gobierno Uriburu, y dejar Salta en el libre uso de sus legales funciones … En cada uno de mis actos, a la cabeza del pueblo, mi primer propósito ha sido invocar con respeto y adhesión el nombre del Presidente Mitre…”.
Cleto Aguirre candidato de la oposición. Pepe Uriburu maquina el golpe de Estado
Así las cosas — fuera blando o duro el gobierno Uriburu, según ello se mirara con cristal claro u oscuro —, lo cierto es que Salta habíase convertido en un hervidero de pasiones. Abocada la Legislatura a designar el Gobernador reemplazante de mi bisabuelo, que concluía su período legal, los representantes de la oposición, en mayoría, pusieron sus ojos sobre el sagaz oftalmólogo Cleto Aguirre, y acordaron elegirlo para el alto cargo. El hombre resultaba bien visto por los legisladores “constitucionales”, dada su característica de “liberto” tibio en la política de entrecasa; ello sin mengua de un ardoroso liberalismo progresista, como masón activo que era — de mandil, banda y mallete — graduado vaya uno a inquirir en que “taller” extrasalteño.
La instalación de don Cleto en el sillón gubernamental de Salta, mediante el voto de los diputados “constitucionales” y “libertos” contrarios al Poder Ejecutivo presidido por Juan Uriburu, traía consigo el fracaso político de éste, y, sin duda, iba a añadir un enredo mayor al contexto general del país en el que Mitre devanaba su madeja.
Aquella mudanza de autoridades salteñas, acarrearía — a juicio de Pepe Uriburu, transmitido posteriormente al Gobernador santiagueño Manuel Taboada — “la reacción del partido personal, haciendo de esta provincia el centro de operaciones para perturbar la paz y tranquilidad de las vecinas, envolviendo así a la República en la más desastrosa anarquía”. Comoquiera, el instinto de conservación de los Uriburu se exacerbó ante la posibilidad de que sus encarnizados enemigos, a pique de triunfar legalmente con la candidatura del doctor Aguirre, asumieran el mando de la provincia dispuestos a la venganza, tras de haber sido reprimidas, durante dos años, sus confabulaciones con arrestos y destierros, y vencidos en cruentos entreveros recientes.
Por ello, el círculo gobernante, a fin de conservar el poder, preparó un golpe de Estado contra la Legislatura hostil; suerte de 18 Brumario; sólo que Napoleón, en este caso — con el resto de la parentela y unos cuantos militares adictos —, secundaría al verdadero deux ex machina del brumoso lance: el primo y cuñado suyo, Pepe Uriburu.
Mas antes de recurrir al extremo de violar la legalidad, se habían sucedido cabildeos entre diputados y políticos del partido oficial, y el Gobernador don Juan, su Ministro Feijóo y Pepe Uriburu. Este último era el candidato a Gobernador del oficialismo. Sin embargo, muchos correligionarios “libertos” resistían al sobrino como sucesor del tío, y los parciales de don Pepe no cejaban en sus pretensiones de imponerlo a sus objetantes. El Ministro Feijóo y Ramón Zuviría, “cediendo a las influencias del doctor Zorrilla y de otros caballeros que se interpusieron como árbitros componedores”, propusieron la candidatura transaccional del Dr. Juan Pablo Saravia. “Don Juan, el Gobernador — relata Bernardo Frias —, aparentó avenencia con el cambio, y don Pepe por delicadeza, según fue su expresión, aparentó avenir también con los diputados electores sobre la eliminación de su nombre. Fue en seguida como a trabajar en el ánimo de ellos por si aceptaban la novedad, pero los así hablados, antes de aceptar cambios ni majaderías, se mostraron indignados, y que había de ser don Pepe Uriburu y no otro el Gobernador, pese a quien pese y proteste quien proteste; y antes de ceder, resolvieron operar en grande. El cuartel de la guarnición de la ciudad se sublevaría, proclamaría la caída de don Juan y entregaría el gobierno interino a don Pepe, hasta tanto la Legislatura eligiera el Gobernador, que no habría de ser otro”.
“Don Pepe — prosigue Frias — en su entusiasmo belicoso llegó a exigirle a su tío don Juan, el Gobernador, a que diera un manotazo, opinando que debía armarse de energías para dominar favorablemente el conflicto. Y el tío se asustó y no lo quiso. Pero se convino en que don Pepe hiciera el alboroto y cargara con las responsabilidades, o, como se decía en familia, diera la cara. Y resultó conforme se convino”.
Sobre el mismo asunto Segundo Díaz de Bedoya — entonces Presidente de la Legislatura, y Gobernador interino de la provincia tras el uribúrico trastorno — le comentó a Mitre: “Desgraciadamente equivocándose los Uriburu, quisieron colocar de Gobernador a don José Uriburu, a pesar de conocer que era muy mal querido en el país, y de la oposición franca que hicimos los amigos. Si los Uriburu, conviniendo con sus amigos, hubieran dejado elegir otro candidato, hubiera gobernado éste con ellos, y el partido liberal se hubiera ensanchado”.
Faltaban apenas tres días para que la Sala de Representantes eligiera nuevo Gobernador, y el médico Aguirre era ya el favorito de la mayoría legislativa; en tanto la minoría — sin probabilidad ninguna de triunfo — se mostraba aferrada a dar sus sufragios a Pepe Uriburu. Tensa expectativa saturaba la atmósfera política de Salta. Aquella mañana (8-V-1864) las dos compañías del regimiento 8º de línea de guarnición en la ciudad, al mando del Mayor Emilio Alfaro (que reemplazó al Coronel Wilde, destituido a raíz del amotinamiento expuesto más atrás), salen de su cantón en pie de guerra a pretexto de realizar maniobras, y se apostan en las afueras del poblado. Dichas compañías están subordinadas en forma inmediata a los Capitanes Napoleón Uriburu y Luis E. Borelli, a los Tenientes Ramón Vázquez y José Olivera, al Alférez José María Uriburu y a otros oficiales “troperos”. Horas más tarde, los batallones “Arenales” y Nº 2 de la Guardia Nacional, más varios milicos de policía — unos 500 hombres en total —, encabezados por el Coronel Aniceto Pérez, abandonan también sus cuarteles, ubicados en los bajos del Cabildo, ganan la plaza frontera y, “a nombre del pueblo”, declaran disueltos los poderes provinciales, ponen custodia en casa de quien dejaba de ser Gobernador, don Juan Uriburu (a órdenes la custodia de Baldomero Castro, cuñado e hijo político del protegido) y proclaman mandatario provisorio de Salta a José — Pepe — Uriburu. Tras ello, a tambor batiente, regresa el 8º de línea a la ciudad, con Alfaro, Napoleón Uriburu y demás subalternos, que reconocen al nuevo gobernante impuesto y aclamado por sus camaradas de la Guardia Nacional.
Adviértase que el 8º de línea formalmente no se sublevó: fuerza regular de la Nación, se pone a cubierto de aparecer como actora desencadenante del conflicto político salteño, alejándose del teatro de los sucesos. Los milicianos de la provincia — Guardia Nacional — son entonces los que se encargan, directamente, de asestar el golpe de Estado. Después, torna el 8º a la ciudad y reconoce y respalda los hechos consumados.
Segundo Díaz de Bedoya, Presidente de la Legislatura derrocada, le informó al Gobernador de Jujuy, Daniel Araoz, que al día siguiente de haberse Pepe Uriburu apoderado del mando, “me hizo llamar para que le legalice el motín, haciéndolo presidente de los Representantes, lo que no pudo conseguir, a pesar de sus amenazas. Como amigo le aconsejé que restableciera la autoridad del Gobernador don Juan Uriburu, a lo que se negó de un modo brusco”. Entonces “los Representantes fueron citados a junta electoral que no pudo tener efecto, tanto por la presión de la fuerza cuanto porque el titulado Gobernador quitó las llaves al edecán de la Sala y mandó cerrar las puertas. El 10 — sigue Bedoya — cité a los Representantes a mi casa particular; cuando estábamos reunidos fuimos todos presos y conducidos al Cabildo por orden de aquel. Allí permanecía con centinela a la puerta e incomunicado hasta el día 12 a las 11 de la noche, en que se me condujo a mi casa por el titulado Gobernador don José Uriburu”.
“Escapado recién anoche clandestinamente” (13 de mayo) Díaz de Bedoya instalóse en el pueblo de La Caldera — a 2 leguas de la ciudad —, para “ejercer la autoridad que me confiere la constitución provincial”. “Mi programa político — le aseguraba don Segundo a Mitre — estará trazado por las reglas constitucionales y los principios que triunfaron en Pavón”.
Pepe Uriburu, tras ganar la primera baza, recibió así un contragolpe tremendo. La constitución salteña de 1855, en su artículo 34, preceptuaba que el Presidente de la Legislatura debía asumir el gobierno si por cualquier accidente no se verificase el nombramiento de Gobernador en el término de la ley, y, en ese carácter, Díaz de Bedoya, a nombre de la legalidad, acababa de declararse Gobernador interino de Salta en La Caldera; y, en el acto, ordenó la movilización de todas las milicias departamentales, a fin de eliminar a la autoridad facciosa instalada en la ciudad; al propio tiempo que nombraba como Ministros al camarista Pio José Tedín y a Andrés Ugarriza; junto con un Consejo Consultivo, compuesto por la flor y nata enemiga de los Uriburu: Isidoro López, Cleto Aguirre, Francisco — “Pancho” — Ortiz, Apolonio Ormaechea, Coronel Diego Wilde, Damián Torino, Rudecindo Aranda, Juan Pablo Saravia, Domingo Funes y Pio J. Tedín.
De tal modo surgen dos gobiernos en Salta: el revolucionario que, en su capital, obedece a Pepe Uriburu — asistido por el Oficial Mayor Segundo Linares Sancetenea (marido de Lucía Uriburu, prima de Pepe) —, y el de “los defensores de la ley”, agrupado en torno del presidente de la Legislatura Díaz de Bedoya, con su cuartel general en La Caldera, primero, y después sucesivamente en Castañares, Tres Cerritos y en el Campo de la Cruz. Este movedizo e improvisado Poder Ejecutivo, con más de 1.000 hombres levantados por los Comandantes de campaña Francisco Centeno (de Cerrillos), Alejandro y Pedro Figueroa (de Campo Santo), Pedro José — “Peque” — Frias (de los Valles), David Villagrán (de Guachipas), Juan Solá (de La Caldera); todos ellos bajo la directa potestad del Coronel Martín Cornejo, que hacía de Jefe de Estado mayor; secundado, asimismo, por el clerizonte apóstata Castro Boedo, el infatigable Isidoro López, y el Coronel Wilde y sus hijo Alfredo y Guillermo; a más de Aniceto Latorre y otros capitanejos de la oposición; y, desde luego, con el espectante visto bueno del insigne “mazorquero” tucumano Celedonio Gutiérrez — aunque éste le negara su participación directa en el asunto a Mitre, en carta del 16 de mayo fechada en Jujuy.
Entretanto Pepe Uriburu, al día siguiente del golpe de Estado, daba cuenta a Mitre de lo sucedido: “La situación azarosa y de lucha que atravesamos, desde marzo pasado — le decía al presidente de la República —, la consideración que me merecen los hombres comprometidos del partido liberal, los que sofocaron la revolución de marzo, los que se veían, en fin, con tres días de término para ser entregados a sus enemigos, pues el Gobernador Juan Uriburu debía entregar el mando mañana, no quisieron seguramente resignarse a esperar la elección que debía practicarse hoy, porque de antemano sabían que el candidato de la reacción, don Cleto Aguirre, con todos los malos elementos combatidos y vencidos en marzo, era el que destinaba la representación, compuesta en su mayor parte de hombres que son enemigos sin rebozo de la actualidad de la República”. Producido ayer tarde el golpe de Estado, “sólo por evitar las consecuencias desastrosas que sin duda hubieran venido, he aceptado como una transacción entre los del pronunciamiento, (milicias cívicas del Coronel Aniceto Pérez) y las fuerzas nacionales a órdenes del mayor Alfaro, el gobierno interino de la provincia. No me es desconocido, señor, que el hecho del pronunciamiento por sí sólo, no está revestido de la legalidad que exigen nuestras instituciones; pero no por eso carece de justicia, y más que todo de la ley suprema de la necesidad”.
Y el mismo día que don Pepe despachaba esta carta con el joven Francisco Valdés (marido de su cuñada y prima Asunción Uriburu Arenales), que la llevó a Buenos Aires, remitía aquel otra misiva para el Ministro del Interior, Guillermo Rawson, denunciando la “tenacidad del partido vencido en Pavón, que no cesaba un momento de conspirar contra la actualidad”, y que aprovechándose de la inminente elección de Gobernador constitucional, “trabajaba por colocar en este elevado puesto a un candidato surgido de su seno, para hacer partir de ésta Provincia la reacción a las vecinas, estableciendo aquí un centro para ulteriores operaciones”. El partido liberal no podía mirar con indiferencia — destacaba Uriburu — que “los hombres de Urquiza y Derqui” llegaran a dominar la situación; por eso los jefes y oficiales de la Guardia Nacional, que habían actuado a favor de la causa de Pavón, llevando sus armas hasta La Rioja contra el Chacho; los vencedores de “Los Sauces” y “El Brete”; al darse cuenta “que la mayor parte de los Diputados a la Sala Provincial pertenecen al partido personal”, aprovechando la ausencia del mayor Alfaro y de su regimiento 8º de línea, dieron el golpe que barrió de la sala aquellos elementos “reaccionarios”.
Dos semanas más tarde don Pepe le informaba a Manuel Taboada que se había sublevado la campaña de Salta, no “para deponer al solamente gobierno creado por el pueblo en el pronunciamiento del 8 del corriente; se trata de operar la reacción del partido personal (de Urquiza), haciendo de esta provincia el centro de sus operaciones … El caudillo Celedonio Gutiérrez — puntualizaba Uriburu — es el General en jefe de las fuerzas que sitian la plaza, en número de mil o mil doscientos hombre. Los jefes subalternos son: el clérigo Castro Boedo, Alejandro Figueroa, Pedro José Figueroa, el ex comandante Zenteno, N. Ramayo célebre criminal”, Aniceto Latorre, Martín Cornejo, Rudecindo Aranda, el doctor Isidoro López, “las personas más conspicuas del partido personal, que desde muy atrás trabajan incesantemente por agitar las provincias del norte”. “La presencia de estos hombres funestos a la cabeza de una fuerza de conspiración, amenaza la actualidad de la República”. “Es indispensable que todas las provincias que se encuentran más inmediatas al teatro de los sucesos, acudan presurosas a conjurar la reacción y los grandes desastres que trae consigo la dominación de los caudillos, que tan de cerca nos amenazan.” “Hace días que los enemigos han circunvalado la ciudad. La plaza está regularmente fortificada y contiene en su recinto quinientos infantes. Los enemigos destacan alguna pequeñas partidas, las que están en constante tiroteo en las calles con nuestras guerrillas; quedando todos los días seis u ocho muertos del enemigo, el que vuelve a ocupar sus posiciones tan luego como se les hacen de la plaza tres o cuatro disparos de cañón. la plaza podrá sostenerse todo el tiempo que quiere, pués no dudo rechazará cualquier ataque”.
Taboada habíale escrito el 19 de mayo a Mitre que aquel pronunciamiento salteño dio por resultado la deposición del Gobernador Juan N. Uriburu, y que nombró “el pueblo (sic), para sucederlo en ese destino, al señor don José Uriburu”. “Dicho movimiento — explicaba el caudillo santiagueño — ha tenido por orden impedir que nuestros enemigos políticos se apoderen de la situación en aquella provincia, pues habiendo fracasado en su primera tentativa con la sublevación del 8 de línea, habían organizado nuevos trabajos para hacer triunfar una candidatura que los pusiera en posesión del poder que no habían podido alcanzar por las vías de hecho”. El cuerpo legislativo que debió proceder a elegir sucesor de Juan N. Uriburu se ha disuelto. El período de Uriburu ha fenecido el 13 de mayo. Opinaba entonces Taboada que para calmar los ánimos y dar forma legal a los hechos y “salvar a nuestro partido, que se hallaba próximo a caer vencido, no hay más medio que reconocer el poder que inviste el señor Uriburu (Pepe), pues lo tiene al sufragio popular, único medio conocido hasta ahora por nosotros para suplir la falta de los cuerpos deliberantes”.
A su vez el General Anselmo Rojo, desde Tucumán, le señalaba a Mitre el 30 de mayo: “Las cabezas del partido personal, obrando a espaldas del señor Bedoya, Presidente de la Legislatura, no dudo que si triunfan van a sobreponerse y organizarse en aquella provincia (Salta) para extender su dominio en las provincias vecinas”.
De muy distinta opinión era el Gobernador de Jujuy Daniel Araoz, quien el 16 de mayo, le dio aviso al Presidente de la República de “los graves sucesos que acaban de ocurrir en Salta”. “Así como he sido muy celoso en el cumplimiento de mis deberes — expresaba el mandatario jujeño —, sosteniendo con energía y con una abnegación ejemplar a don Juan Uriburu, Gobernador de Salta, mientras representaba la autoridad legal … así también hoy que don Juan Uriburu ha sido desnudado de aquel carácter, para colocarse en su lugar don José Uriburu en el gobierno, contra el torrente de la opinión pública, impidiendo por medio de la fuerza la elección de la Legislatura, conculcando la constitución y las leyes … me veo precisado a hacer conocer a V.E. … todas las comunicaciones que he recibido hasta hoy de las autoridades o gobiernos que allí han creado los acontecimientos y la fuerza de los hechos … Adjunto a V.E. copia de la carta que acabo de dirigir a don José Uriburu, y debo prevenir a V.E. que no he contestado ni contestaré las notas que él me ha escrito … Creo conveniente advertir a V.E. que no existe hasta hoy reacción alguna en Salta constituída por hombres que pertenezcan al bando que se ha denominado federal o constitucional … Por datos que tengo juzgo que el señor don José Uriburu ha nombrado en comisión cerca de V.E. y de algunos gobiernos de provincia, a su amigo don Francisco Valdés, con objeto de persuadir a V.E. de lo contrario, y hacerle comprender que se ha visto obligado a apoderarse de Salta para evitar que ella caiga en manos de los que se titula partido personal, federal, etc., calificativos muy gastados ya, y que sirven de fraseología obligada a todos los bandos políticos en lucha”. Y Araoz le transcribía a Mitre el texto de una carta de Díaz de Bedoya, fechada el 14 de mayo en el campamento de La Caldera, donde éste, entre otras cosas, le decía a aquel: “Una escandalosa revolución, que no tiene otro fundamento que el no haber querido los Representantes elegir a D. José Uriburu para Gobernador de la provincia, me ha colocado, por la ley, de Gobernador interino … Todo el pueblo decente de Salta ha desaprobado tanto este motín, que ni un sólo hombre notable le ha acompañado”.
Mitre, a cuatrocientas leguas de distancia del teatro de los sucesos, recibe esos informes con beneficio de inventario. Cada corresponsal le transmite su versión particular sobre los mismos, de acuerdo con los intereses políticos que defiende. Comoquiera, hay que reconocer que don Bartolo apreció con claridad la verdadera dimensión del conflicto salteño y sus alcances, que no traspasaría las fronteras lugareñas, por ser aquella pugna fundamentalmente de entre casa, localista, enderezada sólo a conquistar el poder de la provincia. Entonces, el no acarrearle “la revolución de los Uriburus” peligro cierto al status de su gobierno en el orden nacional, colocóse el Presidente en el filosófico terreno de los principios.
El 1º de junio le escribió el Primer Magistrado a Pepe Uriburu: “Debo declarar a usted que no he podido mirar tales sucesos, sino en el verdadero carácter que tienen, tal es el de una revolución contra el gobierno legal de esa provincia, que no puede justificarse de ninguna manera ni aún con el temor que Vd. me participa de que la elección del nuevo Gobernador recayese en el señor don Cleto Aguirre, pues no puedo persuadirme de que aún realizado ese temor, pudiera ponerse en peligro la actualidad del país … No es por medios violentos que hemos de alcanzar nunca el remedio de los males que pueden aun afectarnos … uno de los propósitos más firmes de mi administración es … que pueblos y gobiernos no se separen jamás de la senda de la ley … Siendo estas las ideas del gobierno que presido (pontificaba el revolucionario del 11 de septiembre y derrotador a mano armada de Urquiza, Derqui y de todos los agentes de ellos en el interior del país) comprenderá usted bien que por mucho que simpatice con su distinguida persona, así como con todos los amigos que le acompañan, es clara la imposibilidad en que está para prestar su aprobación a los sucedido en Salta”.
También ese 1º de junio Mitre le escribe al Gobernador de Santiago del Estero Manuel Taboada: “La revolución que ha tenido lugar en Salta, dos días antes de la expiración del término legal de don Juan Uriburu, ho ha tenido otro objeto, y ella misma lo confiesa en los documentos oficiales, que impedir se consume un hecho pacífico y legal, a lo que parece que el mismo Juan Uriburu no hacía oposición. Esto es lo que se llama una revolución no sólo contra la ley, sino contra los principios democráticos que nos rigen. Los autores de tales escándalos, lejos de apoyar la situación y consolidarla, no hacen sino desacreditarla y comprometerla”.
El mismo día Mitre le expresaba al Gobernador de Tucumán, José — “Pepe” — Posse, su extrañeza por haber éste aceptado los “hecho consumados” en Salta. “Tal aceptación — opinó — no podrá en ningún tiempo producir ningún bien al país, ni a la actualidad de la República. Ud. sabe, como yo, que no es por el empleo de medios violentos que se remedian los males que puedan aquejar a los pueblos”.
En idéntica fecha, Rufino de Elizalde, Ministro de Relaciones Exteriores, reitera los argumentos de su jefe, y le comenta epistolarmente a Taboada: “Tengo el pesar de decirle que no es posible reconocer la revolución de Salta. La fuerza que tiene nuestro partido nos viene no de las personas sino de los principios que representamos. Lo que ha tenido lugar en Salta es contra todo principio, y acatar y reconocer los hechos sería colocarnos en la vía de la violencia y de la fuerza … Por más simpática que nos sea la persona del Sr. Uriburu, hay la Constitución y los principios que nos impiden aplaudir y apoyar la revolución”.
Empero nuestro improvisado viandante no permanecería muchos días “preso e incomunicado”: pronto lo liberaron sus captores y siguió rumbo a Tucumán. Allí el Gobernador Posse habíase empeñado en “ofrecer una misión confidencial de carácter pacífico, y conciliar a los partidos de Salta, a nombre de los gobiernos de Santiago y Tucumán”. “El Gobernador depuesto don Juan Uriburu, que también se hallaba aquí — escribíale Posse a Mitre —, aceptó el pensamiento. Taboada me contestó formalmente — proseguía la carta — autorizándome para elegir el comisionado”. (Ese comisionado resultó el doctor Uladislao Frias, que arribó a Salta cuando ya los uriburistas habían caído y abandonado la defensa de la ciudad).
El 7 de junio el Gobernador Posse le comunicaba a su colega santiagueño Taboada: “Don Juan Uriburu acaba de estar a verme pidiendo muy seriamente la intervención armada de esta provincia para reponerlo a él en el Gobierno. Yo le he contestado que puede ser requerida. Me dijo que contaba con el Gobierno de Santiago y con el General Rojo; le contesté que no creía que ni Ud. ni Rojo cargasen con la responsabilidad de una intervención que no tiene explicación ni pretexto justificable hasta hoy. Me observó sobre la conveniencia de sofocar la maroma antes que se organizase, abundando en conjeturas sobre la posibilidad de que tal cosa debía suceder. Yo le repliqué que sobre una probabilidad no podía una Provincia levantarse en armas para llevar la guerra a otra, y que para creer en la reacción era preciso que se levantara francamente la bandera colorada, rebelándose contra el orden actual. Aquí terminó el asunto, no sin que se separase el Sr. Uriburu algo desabrido”.
Al cabo de tantas vicisitudes, una existencia de aciagos días tuvo que encarar mi bisabuelo en el destierro, y lugo en su provincia junto a su familia, que compartió con él estrechez y amarguras. Cinco lustros más tarde, el 29-XII-1890, mi abuela Margarita Uriburu, ya radicada en Buenos Aires donde acababa de perder a su marido, recibió una carta de su madre que le infundía fortaleza y resignación para sobrellevar su congoja. Máma Casiana, en un párrafo, alude a las malandanzas políticas de antaño que todos los suyos hubieron de padecer: “Recordarás, hija, que hubo un tiempo en que perdimos todos los intereses y nos vimos en la necesidad de ir a mendigar una casa que era poco más que un rancho, y que teníamos muchas cotradicciones, y sin embargo Dios nos protegió y pudimos pasar ese tiempo y pasar a otro”.
Tras de su renuncia como primer magistrado de Salta, finaliza la vida pública de mi bisabuelo Uriburu. El golpe de Estado que suplantó el tío Juan por el sobrino Pepe en el mando lugareño, estuvo lejos de ser una frívola comedia nepotista impulsada sólo por tremendo apetito de poder. Los Uriburu se hallaban entonces rodeados por implacables enemigos de alto copete, que no habían vacilado en conspirar, difamar, unirse al “mazorquero” Celedonio Gutiérrez, anhelar el triunfo del Chacho y urdir, por cuenta propia, dos levantamientos armados con el triste saldo de muertos y heridos. Tales enemigos lograron finalmente imponerse como mayoría en la Legislatura, provocando la división del partido liberal, de suerte que, a través del candidato a Gobernador Cleto Aguirre, se aprestaban al apoderamiento del gobierno con todas las de la ley.
Conviene tener presente que, en la generalidad de las provincias, las simpatías de la mayor parte de la opinión estaban a favor de Urquiza. Sin los destacamentos de tropas nacionales al mando de Paunero, Arredondo, Sandes, Iseas, Irrazábal, Anselmo Rojo y el 8º de línea de Wilde — que en parte intentó darse vuelta en Jujuy contra las autoridades salteñas —; sin la poderosa cooperación de los Taboada desde Santiago del Estero; tanto Córdoba, como La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy y las provincias cuyanas, hubieran escapado de la órbita política que giraba en torno a la estrella de Pavón, desplazando a los mandatarios locales adictos al Presidente Mitre.
Por lo demás, en aquellos últimos doce años — o sea después de la caída de Rosas —, para los vencidos en las luchas políticas argentinas, el clásico vae victis seguía cobrando su cuota de sangre. En efecto: en dicho lapso fueron ultimadas, por ejemplo, estas personalidades: Martiniano Chilavert y Gerónimo Costa, en Buenos Aires; Juan Crisóstomo Alvarez, en Tucumán; Nazario Benavídez, José Antonio Virasoro y Antonino Aberastain, en San Juan; José Mariano Iturbe, en Jujuy; el Chacho Peñaloza, en La Rioja. Y en 1864, precisamente, Sarmiento renunciaba a la gobernación sanjuanina diciendo que “procedía así porque no tenía cogote de repuesto”.
Tal era el panorama que se ofrecía a la vista de los Uriburu, jaqueados por la oposición: meses atrás descaradamente subversiva, y ahora — luego de un par de derrotas campales — acogida al legalismo parlamentario, descontando empuñar el bastón ejecutivo que podía trocarse contra aquellos en garrote.
El Gobernador Uriburu, resistente a las acometidas de sus tenaces contrincantes, era tachado por estos de ejercer una insoportable tiranía; mientras los amigos Taboada, Rojo, del Campo y el mismo sobrino Pepe, le reprochaban su lenidad. El propio Mitre habíale sugerido (19-XI-1862) que tirara la piedra al adversario ocultando la mano. “Mi política será esencialmente constitucional y reparadora” — le escribió don Bartolo a don Juan, con palabras que en el porvenir repitiría Hipólito Yrigoyen —, y “no podría realizarse sino cerrando el período revolucionario y, por consiguiente, las persecuciones políticas”. “Sin embargo de esto — agregaba textualmente el Jefe de Estado —, toda situación tiene sus exigencias … Considero que, cuando en una provincia como la de Salta, se asila un caudillo como Gutiérrez, que ha sido el azote de Tucumán, y que hace diez años que la mantiene en constante alarma y revolución, es un deber de buena vecindad el alejar de su inmediación ese elemento perturbador, por medios indirectos, aunque sin apelar a la violencia, para no dar lugares a reclamaciones y desinteligencias”.
Así, “la situación y las exigencias” salteñas, al iniciarse el mes de mayo de 1864, planteaban como único candidato para Gobernador aceptado por los legisladores oficialistas en minoría, a Pepe Uriburu; y sólo a éste se empecinaban en votarlo ellos; desechando el nombre conciliatorio, propuesto por los liberales disidentes, de Juan Pablo Saravia — tan poco de fiar, que lugo formó parte del Consejo Consultivo del gobierno rival de Díaz de Bedoya, con Isidoro López, Cleto Aguirre, Pancho Ortiz y tutti quanti. Aquellos oficialistas netos — exhonerados después como Representantes por los que derribaron al uriburismo — fueron: los primos Pepe y Pancho Uriburu y Juan Navea Uriburu, además de José Hilario Carol, Pedro José Pérez, Aniceto Pérez (el golpista jefe de la Guardia Nacional), Federico Morales, el Presbítero Luis Alfaro y Desiderio Ceballos; 9 votos, contra los 13 que hubieran sufragado por Cleto Aguirre.
Enfrentado a esta perspectiva, Pepe Uriburu, ardiente, audaz y agresivo, organizó y dirigió el golpe de Estado para evitar el encumbramiento, en Salta, del partido vencido “en la jornada de Pavón”. Y fue él sólo quien asumió la responsabilidad de empuñar la palanca revolucionaria, ya que su tío no quiso, ni podía moralmente, prolongarse en el mando.
He aquí como pinta, el 24 de mayo, el Gobernador de Jujuy Daniel Araoz al Presidente Mitre la realidad salteña: “Hoy sólo queda la plaza y una cuadra en el circuito de la ciudad obedeciendo al señor Uriburu: todo lo demás, es decir la provincia entera, exceptuando esa mínima fracción que acabo de mencionar, obedece completamente al señor Bedoya”. Dos mil hombres de infantería y caballería tenía Bedoya en su campamento; sólo 400 Uriburu, y de éstos sesentitantos de caballería. Su situación era desesperada. La única fuerza de Uriburu que salió el 15 de la ciudad hacia Campo Santo, antes de la concentración de los contingentes de Bedoya, fue batida, hecha prisionera, a excepción de tres hombres, que fueron los únicos que salvaron. Luego de este hecho aislado y significativo no sucedió ningún otro combate serio, ni han vuelto a salir a dos cuadras de la ciudad las pocas fuerzas uriburistas. “No tiene en torno de sí el señor Uriburu — calculaba Araoz — quince personas decentes o distinguidas, exceptuando los de su familia, que lo apoyen o secunden sus miras; todos los demás, especialmente los ricos propietarios, las familias más respetables, la juventud de primera clase, los hombres más notables y, por último, toda la población de la campaña, están decidida y entusiásticamente pronunciados en contra de él, y rodeando al señor Bedoya”.
El 31 de mayo los efectivos “bedoyistas” tomaron sitios inmediatos a la plaza, como el convento de San Francisco, que está a una cuadra exacta de ella. Tal acción produjo pérdidas por una y otra parte, que ascendieron a 26 o 28 muertos y otros tantos heridos. Cien hombres de Uriburu se pasan luego a Bedoya, de manera que aquel solo se queda con 300, pero aún resiste obstinadamente. Por fin el 4 de junio, a las 4 de la mañana, José Uriburu evacuó la capital, y la mayor parte de sus sostenedores se allegaron al campo contrario. Bedoya entonces entró en la ciudad sin disparar un tiro.
Corridos cinco meses (el 5 de noviembre), Díaz de Bedoya le sintetisa a Mitre, en una carta, los antecedentes y su actuación en los sucesos de Salta, así: “Agitado el pueblo con las elecciones de febrero, con orgías y después con el mal uso de la prensa, puso al gobierno de don Juan Uriburu en una situación difícil, completamente desprestigiado; creyendo un remedio, exitó el gobierno también al pueblo, hasta que llegó a cometer el escándalo de la destrucción de la imprenta de Anzoategui, que denominaron del pueblo soberano. Este hecho trajo por consecuencia mayor agitación, convirtiéndose después en una revolución armada, que combatido en Los Sauces y Brete restableció bastante el prestigio del gobierno. Desgraciadamente equivocándose los Uriburu, quisieron colocar de Gobernador a don José Uriburu, a pesar de conocer que era muy mal querido en el país … En este estado de efervecencia … estalló el motín del 8 de mayo. Engañados los amigos por una revolución injustificable, comprendimos desde ese momento que no había más medio que encabezar y dar dirección a la contrarrevolución … De los elementos que tuve que usar, muchos fueron de los que traían odio a esta familia, que desde el año 40 había estado figurando en la política de un modo exaltado, tanto en el partido de Rosas como en el liberal … Me habían visto al lado del Gobernador Uriburu hasta la víspera de la revolución — decía Bedoya —, por esto la gente vulgar desconfiaba de mis acciones … A los que estuvieron disidentes con nosotros (los urquicistas) les fue fácil aumentar el plantel de oposición que antes habían tenido reunido contra el gobierno de don Juan Uriburu; fácil les era agitar al pueblo que deseaba ver fusilamientos y reparto de los intereses de los Uriburu”.
De un relato del testigo de vista Evaristo Moreno, anotador tardío en 1896 de la revolución aludida, son los siguiente párrafos: “Las fuerzas de la plaza que sostenían a la familia Uriburu, consistían en uno 500 hombres, formados por el batallón 8 de línea, de vallistos y unos 100 ciudadanos, la mayor parte de los cuales habían sido conducidos contra su voluntad. Esta fuerza bien disciplinada y provista con abundancia de armas y municiones … En una guerrilla el 20 de mayo, cayó herido en una pierna el cadete José María Uriburu … El 26 de mayo, a las 5 de la tarde, penetraron en las calles de Salta las fuerzas del gobierno legal … estableciéndose en el paso de cada bocacalle un nutrido fuego de fusilería, que cesó por la oscuridad de la noche, pero no sin que los asaltantes tuvieran unos 20 o 25 heridos, entre ellos el teniente segundo Guillermo Wilde. A las 5 de la mañana del día 27 se inició otro ataque … el Coronel Juan Solá sufrió un completo descalabro, dejando 200 hombres tirados en las calles, entre muertos y heridos. Todas las compañías fueron completamente rechazadas, con excepción de la del Capitán Chavarría, que logró apoderarse de San Francisco … Emilio Torre (Capitán) desplegó un valor heroico conduciendo a sus soldados hasta la puerta de la botica de Mendioroz, a veinte varas de la trinchera, pero sin otro resultado que dejar el espacio de la vereda sembrado por 32 hombres de la compañía … Estos hechos fueron favorables, sin duda, para los Uriburu … El 29 de mayo, a la tarde, una compañía compuesta de 60 y tantos hombres de la banda de música del batallón 8, al mando de los Tenientes Rodríguez y Generoso Galínez, salió de la plaza en dirección al rio en busca de víveres y forrajes. El Coronel Centeno … dividió su escuadrón de caballería … en un callejón … y cuando la compañía desembocaba en el callejón … Centeno dió tiempo apenas a los infantes para hacer una descarga, el resto fue cuestión de bayoneta, lanza y sable … quedando, en definitiva, muerto el Teniente Rodríguez y 14 soldados … y el resto de la compañía prisioneros o heridos, encontrándose entre estos últimos el Teniente Galíndez. El 1º de junio reorganizadas las fuerzas del gobierno legal, se puso sitio a la plaza a dos cuadras de distancia, y en la madrugadas del día 4 se rindieron los sitiados a discreción … los fugitivos cayeron en poder del gobierno, con excepción de don José Uriburu y del jefe del batallón 8 de línea, Mayor Alfaro” — quien resultó apresado más tarde.
Otro publicista, malqueriente retroactivo de los Uriburu, Francisco Centeno, autor del centón Virutas Históricas, le dirigió, el 30-IV-1925, una carta al General Ricardo Solá. De esa comunicación extraigo estas referencias: “José Uriburu … le echó una zancadilla fingida a su tío don Juan Nepomuceno Uriburu, Gobernador titular; lo que hizo brotar un nuevo gobierno de familia, que desde el negro año 40 se venía entronizando en los destinos salteños … Aquella asonada tuvo la virtud de alzar en armas a toda la provincia como un sólo hombre. Algo más de dos mil ciudadanos rodearon a la ciudad … El batallón octavo de línea, mandado por el coronel Oteiza, Mayor Alfaro, el titulado Gobernador don José Uriburu, Napoleón y José María del mismo apellido, se parapetó detrás de aquellas pétreas barricadas. En la noche el 27 y 28 de mayo, don Juan Solá y otros amigos, seguidos de contada infantería y gauchos desmontados, asaltaron las barricadas siendo repelidos. El 29 del propio mes, el jefe de la división del Sur ‘Defensores de la Ley’, hizo pata ancha entre El Infiernillo y el río Arias, y se enfrentó a los cochinchinos … el entrevero fue a lanza y a sable. El jefe Oteiza (Otaiza, como le decían en Salta) perdió su quepí y la tropa de salida se acogió a las trincheras en completa derrota, dejando el campo con prisioneros, muertos y heridos. El Teniente Rodríguez, de los defensores de la plaza, rindió su vida, y resultó herido el Teniente Galíndez. El gauchaje prosiguió el cerco, hasta el 4 de junio. Don Pepe Uriburu se apretó el gorro para Tucumán, cuya fuga fue algo milagrosa, de que los hombres, sus adversarios — luego que se enfriaron — se felicitaron, ya que, de haberlo apresado, el pueblo lo hubiera linchado”.
“No importa, señor, que me hayan vencido — le escribió Pepe Uriburu a Mitre, desde un escondrijo salteños el 13 de junio —; no señor, por el contrario, hemos sido vencedores en los combates del 27 y 28 del anterior, únicos serios que hemos tenido … El día 3 del corriente, por la noche, después de agotar todos los medios de transacción imaginables, tan sólo con el objeto de salvar el honor de las armas nacionales, con los enemigos que nos asediaban desde el 14 del anterior, resolví disolver los cantones, conociendo ya el desaliento de la tropa por la escases de víveres, antes de rendirme y consentir entregar a los enemigos de la actualidad las armas nacionales. Desocupé la plaza a las 12 de la noche y el enemigo se apoderó de ella al amanecer”.
“Llegado el caso de nombrar Gobernador, al expirar el período de don Juan Uriburu — le explicó, después, a Mitre el desapacible Isidoro López, trocado y trucado, de pronto, en bienpensante —, el pueblo en su inmensa mayoría hacía prevalecer su candidato en la Legislatura, pues sólo los diputados de la familia Uriburu opinaban por el gobierno. Fue entonces que don José Uriburu, alucinando al Mayor Alfaro y al Coronel Pérez de milicias, se precipitó al motín del 8 de mayo, que tantas desgracias ha causado y tanta sangre ha hecho verter … Los Uriburu querían otro Uriburu de Gobernador … El pueblo se defendió, sosteniendo en el Presidente de la Sala su Gobernador legal. La compañía del 8º, al mando del Mayor Alfaro, sostuvo la usurpación. Don José Uriburu, que asaltó el mando, pasó noticias falsas a V.E. y a los gobiernos vecinos, hablando de reacción, de reacción federal, invasión y otros planes que no tenían lugar. La sangre corrió abundante”.
Y el sacrílego “cura de armas” Emilio Castro Boedo le decía a Mitre: “Que desde el 15 de marzo hasta hoy día (13 de junio), no ha habido más partidarios ni más combatientes que todo el pueblo de Salta contra el gobierno o la familia de Uriburu … que en todo el tiempo de las sublevaciones o expediciones del pueblo contra el despótico gobierno de don Juan y del intruso don Pepe, no se ha cometido, por los expedicionarios, ningún desorden que merezca juicio … que ningún caudillo urquicista, derquista o chachista que figuraron hasta Pavón, ha figurado militarmente en nuestras filas”.
Denigrante “Manifiesto” contra la familia caída
“Del árbol caído todos hacen leña”: astillas de la reputación pública y privada y de los bienes y fortuna de los gobernantes vencidos. Más de medio centenar de jefes y oficiales del autotitulados “Ejército defensor de la Constitución”, dieron a publicidad un Manifiesto, explayando colectivamente su furor contra los derrocados Uriburu. De entre esos campeadores de barricada, predominantes, a la sazón, en el avispero político salteños, destaco algunos personajes conocidos: los Coroneles Pedro José — “Peque” — Frias, Martín U. Cornejo, Alejandro Figueroa, Francisco Centeno, Manuel Tejada; los Comandantes: Antenor Saravia, Manuel S. Burela, Santiago Castellanos, José — “Pepe” —Díaz; el Sargento Mayor Juan N. Solá; los Capitanes: Emilio Torres, Policarpo Ruiz de los Llanos y el Teniente Alejandro Fábregas Mollinedo.
He aquí algunos trozos, en do de pecho, de aquella diatriba, que en 1864 tipografió la Imprenta del Comercio: “La familia Uriburu tradicionalmente ocupada en buscar asiento en el Poder Supremo de la Provincia, se aprovechó del triunfo de Pavón para encaminarse a su constante propósito: la dominación absoluta y el monopolio de las funciones públicas. Colocando en el gobierno uno de los miembros de esa familia, los atentados se sucedieron unos a otros, la dignidad del ciudadano fue hollada, la Constitución violada, las leyes pisoteadas, la independencia de los Poderes herida con violencia, la moral ultrajada, el sistema representativo destruido en sus fuentes … Entonces el pueblo de Salta tomó el arma de la ley … ¡Elecciones de Gobernador! Esta voz lanzada por la ley hizo palidecer a los monopolistas del poder; contaron sus sufragios, se vieron perdidos … Entonces sobrevino el escándalo del 8 de Mayo … Este pueblo pacífico … lanzó un grito de indignación, y se citó a la campaña que ha terminado gloriosamente. ¿Contra quién ha luchado? Contra una oligarquía de sangre, que había asegurado 20.000 pesos de renta anual a hermanos, primos y sobrinos, y que usurpando el nombre del pueblo se alzó contra la Constitución, encarceló a la Sala Provincial y se dispuso a resistir a la Provincia levantada en masa. Sus recursos fueron la traición infame que hizo de sus deberes el Mayor Alfaro … El fue quien sublevó la fuerza del 8º de línea que en hora malhadada le confiara el Gobierno Nacional … con la insensata esperanza de que sería socorrido por los gobiernos vecinos … La familia Uriburu y dos o tres aventureros han compuesto la brillante falange de esta jornada. Los oficiales del 8º de línea habían descendido al papel de sicarios, encargándose de vengar en cuadrilla los rencores de esta familia, y dando palizas en las calles a jóvenes decentes señalados para este ultraje; era de esperar que ellos sostuvieran tenaz lucha contra la parte distinguida de la sociedad que con entusiasmo ha figurado en estos sucesos a la cabeza del pueblo … Declaramos en alta voz que somos adictos al régimen constitucional … Declaramos que nuestro esfuerzo no ha tenido otro fin que derrocar el despotismo de una familia que deshonraba nuestra Provincia y comprometía con sus crímenes el respetable nombre del Gobierno General…”.
Por su parte el “gobernador legal de la Provincia”, Segundo Díaz de Bedoya, produjo una Proclama dirigida a los “valientes soldados de la ley”, “ciudadanos armados” y “compatriotas”, cuya “presencia en esta plaza simboliza un hecho grandioso y de inmensos resultados”, por haber cimentado para siempre las instituciones salvadoras del país, y obtenido la admiración de las generaciones venideras”, con “el principio de la ley restablecido y la tranquilidad de la provincia asegurada”.
Entretanto, el 28 de julio, el Presidente Mitre le escribía al señor Bedoya: “Han llegado a noticia del Gobierno Nacional de actos de violencia y persecuciones perpetrados después del triunfo de las instituciones en Salta, que a ser ciertos deshonrarían y pondrían en peligro la causa del derecho, que a usted le ha tocado presidir. Habiendo reprobado desde el primer momento el movimiento revolucionario que tuvo lugar en esa ciudad … no obstante la estimación que he profesado a algunas de las personas que habían tomado parte en él, nada me sería más doloroso que ver comprometido el triunfo legítimo de la ley con actos poco dignos de un pueblo libre”.
Y el 5 de septiembre contestábale Bedoya a Mitre: “Nada de podido conseguir del gobierno y del jefe de la plaza, que es el que maneja estos presos” — o sean Cleto Aguirre, que acababa de ser electo Gobernador y tomado posesión del mando el 3 de agosto, y el jefe de la plaza que lo era Martín U. Cornejo.
Pepe Uriburu habíalo puesto en antecedentes a Mitre de cómo los “legalistas” apresaron al Mayor Alfaro, a cuarenta y tantas leguas de la ciudad, en el trayecto hacia Tucumán. El célebre médico Colombres lo hizo prender, y con una barra de grillos remitir a Salta bajo la responsabilidad de Eugenio Figueroa. Una vez llegado frente al cementerio, en las orillas de la población, fue bajado el prisionero de su caballo por una multitud de hombres enmascarados, en medio de pedradas, insultos y de la algazara más salvaje producida por el tumulto. El jefe del 8º de línea, atado, resultó luego subido sobre una mula, y se le condujo — gloso a Uriburu — entre una bacanal hasta la plaza, donde la guardia del jefe del presidio, Martín Cornejo, lo insultó, le dió de culatazos y lo encerró en un calabozo, en cuya cárcel, durante tres días, no se le permitió ni cama, ni un vaso de agua. Cuando lo llevaron ante el Juez, Alfaro no podía hablar, pues tenía la lengua llena de contusiones por los golpes. El Juez mandó llamar a Cornejo para prevenirle que le proporcionara cama y comida al preso, y el impulsivo Coronel, en presencia del Juez, lo llenó de gruesos improperios al Mayor, con la amenaza de darle palos. “¡Oh señor! — le expresó enfurecido, don Pepe a Mitre — no sé cómo conservo la pluma en la mano”.
El 5 de julio — por intermedio de su hermano el Capellán don Luis — el Mayor Emilio Alfaro consiguió hacerle llegar a Mitre una carta, donde cuenta sus tribulaciones: “Sumido en un calabozo ha ya más de 20 días sin poder ver la luz del sol, cargado de duros grillos y sin esperanza de libertad”. Y veintiún días más tarde, otra vez escribe Alfaro a Mitre: “Diré cómo hemos sido tratados los oficiales presos: los han hecho pasear frente a todas las fuerzas con cajas y trompa, a paso de trote, haciéndoles sufrir los mayores vejámenes. Fuí recibido en medio de una multitud de gente puesta ex profeso para dirigirme los mayores insultos. A más de una porción de hombres enmascarados, vestidos de indios, que me rodeaba. Al llegar a la ciudad me hicieron bajar de mi caballo y que ensillase una mula flaca y patria, después de haber andado 48 leguas engrillado. Al entrar en la plaza no pude menos que gritarles que era un pueblo bárbaro, y que su gobierno era un tirano!” Luego el hombre fue arrojado a un inmundo cuchitril, y estuvo tres días sin comer ni tomar agua, por orden expresa de las autoridades. “Hace 13 años que peleo por la causa que triunfamos en Pavón” — concluía el desventurado mitrista.
Deidamia García Beeche, criticona pertinaz de los Uriburu, le dió a su hermano Adolfo por escrito la misma noticia el 27 de junio: “Al fin llegó el dichoso Mayor Alfaro. A este infeliz le tocó por su desgracia llegar en los días que hacían la fiesta de San Benito, y es cuando los mulatos se visten de cachis (comparsas enmascaradas). Estos, cuanto supieron que llegaba el infeliz se fueron hasta el portisuelo a encontrarlo, y ha entrado a la plaza en una mulita de mala muerte, y con el acompañamiento de los corcobados. Con sólo esa entrada tan bochornosa creo que ha pagado bastante lo que ha hecho”.
El 30 de agosto el Teniente José Olivera, férvido uriburista, le manifestaba en una carta a don Pepe Uriburu, refugiado en Tucumán: “Yo me he propuesto morir o sacar a mis compañeros de esa posición tan humillante en que han tenido la desgracia de caer, en donde se les trata como bandidos y no como caballeros, confundidos entre los más criminales de esta provincia, y sujetos a un verdugo como Martín Cornejo, y en su defecto a Pepe Ovejero, que salen a sus orgías todas las noches y de allí vienen borrachos a sorprender a los pobres presos que están durmiendo; para humillarlos en presencia de la tropa … Hoy descargan su ira contra don Pancho (Uriburu), para hacerlo morir a fuego lento; ya tienen de nuevo los grillos, mandados poner por la pantera de Salta (Isidoro López), ese fiscal miserable que se vale de la ocasión para vengarse de la antipatía que le tiene a don Pancho; sólo en Salta se ve ser juez y parte a un hombre tan miserable como el doctor López; pero ya ve, todos son leones de la misma camada … Mi vida importa poco cuando se trata de salvar a mis compañeros, y si hasta la fecha no he hecho nada, ha sido debido a que toda la familia Uriburu se hallaba en Salta. Así que le suplico ordene a su familia salga cuanto antes de esta ciudad, que yo me pondré de acuerdo con el Capitán Uriburu (Napoleón) para los fines que me propongo, y, como no dudo, tendré buen éxito”.
Poco más adelante los presos políticos se dirigen al Gobernador Cleto Aguirre: “encerrados y engrillados en los calabozos de la cárcel pública”, solicitándole “en el feliz aniversario de la gran batalla de Pavón”, “se sirva ordenar no se nos encierre en los calabozos a las cuatro de la tarde, como de costumbre, sino que se nos deje hasta la caída del sol en el patio de la cárcel … Es tan pequeña y humilde nuestra petición, que no dudamos se servirá V.E. concedernos lo que pedimos”. Firmaban: Emilio Alfaro, Napoleón Uriburu, Luis E. Borelli, Ramón Vázquez — herido en la revolución ‚, José Desiderio Cuevas y Francisco Uriburu. El gobierno ordenó entonces al “jefe principal” (Martín Cornejo) acceda al pedido de los reclusos, “pero — insistieron estos — nuestros guardianes contestaron que no importaba, y fuimos encerrados en los calabozos a la hora de costumbre, y en vez de ser tratados con la consideración que V.E. ordena, se nos privó hasta del aguardiente fuerte, único medio que tenemos de calentar agua, en nuestros calabozos, para tomar mate, té o café”.
Mitre — o sea el Gobierno Nacional — exige se pongan a su disposición los oficiales del 8º de línea presos. Cleto Aguirre pretende que a estos militares los deben juzgar los tribunales de la Provincia, y no las autoridades de la Nación. Mitre porfía se “entregue dichos oficiales para que sean juzgados por sus jueces naturales, satisfaciéndose la justicia, y poniendo a la vez término a los crueles padecimientos de que son víctimas desde su aprehensión, pués según noticias fidedignas recibidas en esta capital, esos oficiales han sufrido un tratamiento inhumano, contra lo que prescribía la Constitución Nacional”. Ante el enérgico reclamo cede Cleto Aguirre, y despacha al Mayor Alfaro, al Capitán Napoleón Uriburu y demás camaradas cautivos a Buenos Aires, para ser sometidos a un Consejo de Guerra. Pero no bien llegaron los encausados a Tucumán, el Poder Ejecutivo los dejó en libertad.
El 15 de noviembre, Micaela Gorostiaga Rioja de Carol le escribe, desde Salta, a Pepe Uriburu refugiado en Tucumán: “Deseo que sigas tan bueno como hasta ahora, para que seas la horrible pesadilla de tanto bribón. Hoy con la marcha de los presos hemos respirado a medias, porque Pancho (Uriburu) sigue y seguirá por un tiempo indefinido (en la cárcel); dicen que hasta que se concluya el proceso y juicio de los sargentos que de acuerdo con Pancho iban a hacer una revolución, en la que debía correr mucha sangre … Nosotros seguimos en aislamiento hasta de mi familia; la pobre Serafina (Uriburu, mujer de don Pepe) está extenuadísima, no ha habido día que no le proporcione disgusto”. Y al mes siguiente (20-XII), Gregoria Beeche de García le apunta a su hijo Adolfo, instalado en París: “De Tucumán había marchado el Coronel Elías conduciendo a los presos a Buenos Aires, pero van sin prisiones, y en Tucumán sus deudos les habían hecho bailes a Napoleón, la Asunción y su marido (Francisco Valdés), Pepe Uriburu y todos los que están allí de esta familia”.
Empero danzas aparte, un Decreto Legislativo salteño (16-XI-1864) había solicitado al P.E. encausar al ex Gobernador Juan N. de Uriburu y al ex Ministro Feijóo, “por los actos notoriamente refractarios de las garantías constitucionales y de otros muchos artículos o disposiciones de las Constituciones Nacional y Provincial: como atropellamiento a personas, arrestos, prisiones, destierros y otros más ejecutados sin forma ni figura de juicio; allanamiento de domicilio, flagelaciones hasta causar la muerte, tentativas de asesinatos, ataques a la libertad de imprenta y a la propiedad particular, malversación de fondos públicos, participación y connivencia en el motín escandaloso del 8 de Mayo, declaratoria de estado de sitio y arrogación de facultades extraordinarias”.
Frenéticas imprecaciones, bromas y ultrajes de El Libre
Mientras los triunfadores del 4 de Junio se incautaban de los bienes e intereses de don Juan y don Pepe — los cuales a fin de salvar sus integridades físicas viéronse forzados a buscar asilo en Tucumán —, una porción de calumnias, injurias y deslenguadas burlas contra la familia vencida cubrían las páginas de El Libre.
Tengo ante mis ojos el Nº 13, Año II, de ese pasquín, fechado en “Junio 29 de 1864”. Su redactor casi exclusivo era José Samuel Araoz Ormaechea, aunque el periódico recata la identidad del libelista. Sistema Uriburu, titúlase la editorial que, entre otros arrebatos rencorosos dice: “De todas las manchas que han cubierto de oprobio la dominación Uriburu, no atenderemos ni a los vejámenes que sufrió el ciudadano, ni a las exacciones por violencia, ni al peculado de las autoridades, ni al monopolio nepotista; nada de sus antecedentes federales (rosistas), nada de la selecta crianza de los Uriburitos, nada de tantos justificativos de la execración popular en que han caído. Escogeremos un sólo ramo en que han sido fuertes y en que hasta hoy se muestran invencibles: la mentira! … Hay que derrotar a los Uriburu como caudillos de la mentira … han mentido en documentos oficiales, en la prensa, en la Tribuna, en todas partes”.
José G —“Pepe” — Ovejero, “Intendente de Policía”, remite al pasquín una nota desvergonzada hacia “varias Sras. madres y esposas de los presos o reos del motín de D. José Uriburu”, que “se quejan de los malos tratamientos que se les dan en su prisión, aseverando al mismo tiempo que, del Intendente abajo, los insultan diariamente, que la comida que les mandan de sus casas no les es entregada, y que no les permiten entrar ni camas”. Según el policíaco jerarca esto no era cierto; y, sin galantería, prosigue así: “De doña Pepa Arenales, su sobrina Mercedes, Delfina Uriburu y alguna otra, no se puede extrañar este proceder“. Ovejero asegura haber tenido con ellas “consideraciones que no merecen, y que ellas no guardaban en sus felices tiempos … Diré de paso a la Oligarquía — agrega el susodicho — que yo jamás espero ver presos a los hombres para injuriarlos … es preciso ser héroe farisaico de Los Sauces para hacer esto. Es preciso saber asesinar ciudadanos indefensos y prisioneros rendidos. En fin, es preciso ser Uriburu y comparsa, para ser capaz de insultar a los hombres presos indefensos. Pero de algún modo es preciso que desahoguen su despecho estas furiosas (señoras), al ver desvanecidas sus halagueñas ilusiones: el reinado de los veinte años, y, en cambio, ver a sus príncipes reinantes en la cárcel”.
Y los distintos sueltos del papelucho están matizados con descargas de este jaez: “José Uriburu … es el monstruo que hace aparecer como Pronunciamiento el golpe bárbaro preparado por D. Juan N. Uriburu, Gobernador que iba a dejar de ser dentro de dos días … No es posible que bribones de esta naturaleza queden sin recibir el tremendo castigo que merecen los crímenes de tanta trascendencia como los perpetrados el 8 de Mayo … El revoltoso D. José Uriburu y su cara mitad el Sargento Alfaro, no han dejado crímen por cometer durante los funestos dos años que hemos aguantado como Gobernador a D. Juan Neque-pomuceno. Entre los oficiales cuyos grados se reconocen por decreto gubernativo de los Srs. Bedoya y Ugarriza, se encuentran el Teniente Coronel Baldomero Castro, el Coronel Jándula, el Capitán Patricio y el Teniente Juanito Uriburu, y otros muchos a quienes el país esta mui reconocido y que, más o menos, representan el círculo bárbaro de la oligarquía que ha caído, tales como los sonsos de los Valdeses”.
Libertades reconquistadas el 4 de Junio, expresa el encabezamiento de una enumeración venenosa de hechos atribuídos, por el cronista de El Libre, a mi Tata Juan y a mis tíos abuelos, cuya lectura — confieso a más de un siglo de distancia — no deja de causarme gracia, con la objetiva sospecha de que la irreverente caricatura refleja alguna pizca de verdad. He aquí tales 24 “menudas libertades”, textualmente reproducidas:
“1ª) Pasar al lado de S.E. con el sombrero calado hasta las orejas, si así le place a uno, sin que aquel le asiente sendos palos sobre la espalda. 2ª) Andar por las calles con talle esbelto y elegante, y no con los burujones y tapujos a que nos obligaba la necesidad de armarnos de punta en blanco, para defendernos de los Uriburu y de la tropa de línea que nos acechaba por doquier. 3ª) Ir a la retreta sin la exposición de que un Borelli, un Napoleón o un José María Uriburu se echen sobre nosotros a puñaladas y sablazos, con espadas afiladas un momento antes en la peluquería de la calle de la Libertad, y afiladas cono navaja de barba, a vista y paciencia de todo el mundo. 4ª) Andar tranquilo, oyendo la música, sin la exposición de que de lo grueso de la concurrencia nos envíen aleves pedradas Pio y Evaristo Uriburu, o de que saliendo de improviso nos suman la boya. 5ª) La de que las Señoras no sean intimadas por los soldados de abandonar los lugares mejores en aquel sitio de recreo, para ser reemplazadas en ellos por la real familia. 6ª) La de que la retreta no se pase en su mayor parte a las puertas de la casita bonita del fallido Juan. 7ª) La de asistir a los conciertos de Frenchel sin tener que devorar el espectáculo tan repugnante para un republicano, de que la familia del Tío Juan no quiera colocarse sino en asientos y colocaciones Uriburiales. 8ª) La de poder tener vidrieras a la calle, sin que Napoleón y comparsa las hagan pedazos. 9ª) La de poder ir a misa, los que temían ser esperados a la puerta para ser objeto de vejámenes. 10ª) La de dormir sin recordar sobresaltado, a cada rato, con los tiros Uriburiales, que el vértigo de ver enemigos hasta en las piedras de Salta, hacía disparar a nuestros opresores sobre cuanto caballo, perro o gato se echaba a andar por la calle, de las 10 de la noche en adelante. 11ª) La de pasar por la calle de los Uriburu: la Cañada de los Nogales, como la llama el pueblo de Salta, aludiendo a aquella famosa guarida de bandidos en Tucumán, por la que nadie podía transitar sino jugando con su vida, sin recibir vejámenes de la real familia. 12ª) La de encontrar las Sras. a algunas de las Sras. Uriburu sin que estas las acosen con insultos. 13ª) La de que el balcón de Navea no pueda volver a servir a nuestro digno Senador, el Cochero de Manuela Rosas, D. Pedro Uriburu, de tribuna para insultar, en medio de la más completa beodez, a todo este pueblo, amenazándole con una dominación uriburil de 20 años. 14ª) La de poder demandar justicia ante los Tribunales, sin que el demandado pueda terminar el juicio apuntando al demandante, sobre la mesa del Juzgado, con un revolver oligarca. 15ª) Libertad en los Jueces para mandar pagar lo que cobren de lo mucho que debe el tramposo Juan, sin que por esto se les declare mashorqueros, aunque jamás se hayan metido en política, y después les mande saquear 1.500 pesos el sobrino Pepe. Tal cosa le ha sucedido al virtuoso ciudadano Sr. Maldonado. 16ª) La de que los Jueces puedan proceder sin que el pavo Tío Juan vaya a abrirles los expedientes, a insultarlos por los decretos que hayan puesto, y a ponerlos por el suelo por que traten al otro tramposo, al hermano Camilo, como a fallido declarado. 17ª) La de asistir a la Representación Provincial los Diputados opositores, sin tener que salir desde su casa en medio de una numerosa guardia de amigos y de gente patriota del pueblo, para librarse de las tenebrosas acechanzas de los embozados diseminados desde las puertas de sus casas hasta las de la H.R. 18ª) La de reunirse los ciudadanos en casas particulares con el objeto de tomar té o café, sin que esto se califique de sedición, de clubsitos, como decía Tío Juan. 19ª) La de escribir en periódicos sin mostrar primero los originales al pavo Juan, para que éste no mandara a su Fiscal acusarlos como subversivos por este sólo hecho, aunque ellos trataran de las materias más abstractas. 20ª) La de leer periódicos, sin que se quiten yá los números por la Policía, haciendo sufrir un calaboso de 24 horas al lector. 21ª) La de escribir por el correo sin que se pierdan las cartas. 22ª) La de que yá no recibamos abiertas las que nos vengan de otra parte. 23ª) La de que tampoco se las apropie la Policía. 24ª) La de poder hacer bolsear en bailes a Pío Uriburu, sin que éste pueda volver con fuerza armada a apoderarse de su rival y demás danzantes, calificándolos de mashorqueros por el hecho de las calabazas”.
Tales brulotes de El Libre, sin embargo, llebavan los días contados. El 18 de julio siguiente le apunta Gregoria Beeche de García esta referencia a Adolfo, su hijo ausente: “Antes de ayer mandó el Gobernador Bedoya sellar la Imprenta del Libre, que está en la casita chica de Da. Rudecinda Ormaechea, y Araoz se ha escondido, porque escribían tales cosas en El Libre en contra del tal Bedoya, y de yapa han transcripto los insultos que les dice El Mosquito a todos estos hombres”.
Monumento de repudio a los Uriburu, los cuales no abandonan la lucha política
Cinco meses más tarde (15 de noviembre), misia Gregoria comunicábale al mismo destinatario: “En medio de la plaza están levantando una hermosa pirámide, encima del pozo, quedando ésta con sólo una puerta. Es en homenaje al 4 de Junio, fecha en que se triunfó y tomó la plaza defendida por los Uriburus. Cuesta 2 mil pesos y la están haciendo unos extranjeros. Don Cleto piensa arreglar muy bien la plaza”.
Después de todo, las cosas no estaban para obeliscos de pacotilla, ni para cuchufletas periodísticas, y era más que bastante la “sangre en el ojo” acumulada por los Uriburu, quienes no renunciaban a la brega política.
El 2-VI-1867 la incansable escribidora Gregoria Beeche lo enteraba a su Adolfo de que “estaban en un gran trabajo los uriburistas (luego de la muerte del Gobernador Benjamín Dávalos) para que se nombre uno de su partido: Ugarriza, Delfín Leguizamón y Ramón Zuviría, Valdeses, Ceballos y todos los que vos conoces, que son de esa catadura, y repartían papelitos a todo el pueblo para que a las 8 de la noche se reunan en la esquina de Galo (Leguizamón). Dicen que había como 500 hombres reunidos, y presentaron a Joaquín Bedoya para Gobernador … Don Cleto no se duerme, ni Pancho (Ortiz); éste dice que sabe que si vienen los Uriburus le han de quitar todo lo que tiene, y que está dispuesto a gastar el último peso para evitar que vuelvan”.
A propósito de los apasionados sucesos expuestos, el 12-X-1867, en otra misiva, Manuel A. Villegas lo enteraba a Adolfo García Beeche que “el cuatro del presente a la madrugada, con motivo de las votaciones para Diputados a la H.R., primeramente el sábado a la noche tuvieron club ambos partidos, el uno era de Constitucionales y muchos Liberales, y el otro partido de Sarmiento con todos los Uriburus … los del club del pueblo, que eran todos los Constitucionales, ocuparon la casa de los Srs. Torinos, y los otros ocuparon una casa un poco más adelante … A las dos de la mañana, empezaron los conflictos. Dn. José Ovejero y Napoleón Peña, y dos artesanos que los acompañaban, venían a entrar al club del pueblo, y se encontraron con unos cuantos del otro partido en la puerta, que vinieron directamente a insultar, y la salutación que les hicieron fue de tirarle un tiro a Ovejero, una pedrada a Peña y otra a un artesano …, después de esto dispararon a su cuartel. Y Ovejero se entró al Club del Pueblo, y estando allí todos tranquilos, se empezaron a subir por los interiores y tirar de pedradas a los del Pueblo, y entonces se les vió bajar, y tan luego como se bajaron empezaron a tirar con tizones de fuego. Viendo que no se les hacía caso, se callaron un poco. A las cuatro de la mañana salió Ovejero y Peña y cuatro artesanos más a la calle, y cuando los vieron en la calle los acometieron con revolver en mano y puñales. Entonces toda la gente quizo salir, porque le hacían tiros; y Ovejero tenía sólo tres individuos más, que no pudiendo contenerlos se los dejó salir, y cuando salieron afuera se trabó una pelea; y entonces dispararon todos, porque mayor gente tenía el Pueblo, y se metieron en la casa; e inmediatamente que se llegaron a la puerta le hicieron una descarga a los del Pueblo, y en esa fatal descarga le pegaron un tiro a mi hermano mayor que murió, y un artesano más murió, y quince heridos, y son todas las aventuras que han hecho. Y después sale el Gobernador diciendo que se suspendan las votaciones … pero no se le obedeció, y siguieron las votaciones. También diré a Ud. los individuos que estaban allí: el primer jefe Delfín Leguizamón, Salustio Lacroix, Pedro Cornejo, Francisco Ugarriza, y el famoso Gualberto Torena, quien ha muerto a mi hermano, y muchos más”.
A la sazón, según se ve, los Uriburu eran partidarios de la candidatura presidencial de Sarmiento — como mi abuelo Federico Ibarguren y su amigo Benjamín Zorrilla. De la correspondencia de la señora Beeche de García entresaco estos párrafos: “Se ocupan con gran afán los Sarmientistas por nombrar Diputados para la Sala, que saquen a Zorrilla de Gobernador, con el plan de que éste haga venir a los Uriburu a Salta y luego renunciar para que lo nombre Senador” (el Senador resultaría mi abuelo Ibarguren). “Los Constitucionales andan con una actividad para cruzarles los planes … A la noticia del nombramiento de Sarmiento, sólo los Uriburu, Zorrilla, Pancho Ugarriza y esos muy conocidos, salieron esa noche de serenata … Yo no sé cómo te figuras que Sarmiento hará nada de provecho — le comenta doña Gregoria a su hijo Adolfo. Te encargo que si de algún modo lo llegas a ver al Gral. Urquiza, le hagas una visita en mi nombre, y dile que en Salta nadie se conforma con otro que él”. De paso sea dicho que los 10 electores salteños en el colegio electoral (Bernabé López, Moisés Oliva, Manuel Arias, Alejandro Figueroa, Miguel T. Araoz, Zenón García, Benedicto Fresco, Cesáreo Niño, Juan Solá y Casiano Goitía), el 16-VIII-1868, votaron para Presidente de la República por Urquiza y para Vice por Adolfo Alsina.
Las cartas y posteriores trámites de sendas provocaciones a duelo que entonces tuvieron estado público, obran en mi poder en un impreso de aquel tiempo, conservado entre los papeles del doctor Andrés de Ugarriza, hasta que una sobrina suya, doña María Susana Castillo de Echegaray, puso el volante en manos del hijo de don Pepe, el Teniente General José Félix Uriburu. He aquí los violentísimos desafíos de Pepe y Napoleón a Pancho Ortiz y a Cleto Aguirre. Sin agregar ni quitar nada, el manifiesto de referencia reza así:
“AL PUBLICO”
“Ingrata tarea es por cierto llamar la atención pública con asuntos que son puramente personales, pero los agravios que las leyes no alcanzan a castigar, los hechos criminales que se han cometido amparados por el poder, nos ponen la pluma en la mano para hacer conocer al público los incidentes ocurridos en la provocación que hemos dirijido a D. Francisco Ortiz y a D. Cleto Aguirre.”
“No sólo en la ciudad de Salta son ya conocidos los atentados que estos dos señores han perpetrado con todas las personas de nuestra familia; la prensa de aquella ciudad manejada durante cuatro años por estos, ha hecho conocer, con mengua de aquella sociedad, las difamaciones, las calumnias, los más torpes insultos, dirijidos contra señoras indefensas, ultrajadas por estos que han ejercido el poder.”
“Si en el curso de estos incidentes nos es forzoso herir a personas que han perdido el derecho de nuestra consideración, no es la culpa nuestra, sino de aquellos cuyos atentados y ultrajes nos lanzan a un camino en el cual entramos, puesto que la justicia es ineficaz contra los que, como estos, son irresponsables ante la ley.”
“He aquí nuestras provocaciones:”
“Sr. D. Francisco Ortiz:”
“La incalificable persecución que Ud. ha hecho a toda mi familia durante cuatro años, la difamación constante que en la prensa ha hecho U. de ella y de mí, las infames calumnias con que U. ha ultrajado el buen nombre y el honor de señoras honorables, los sufrimientos bárbaros que U. impuso a parientes inmediatos míos, a quienes U. oprimió en la prisión que les impuso por medio de un bandido infame, perseguido y condenado por la justicia de dos repúblicas por falcificador de moneda, y ligado a U. por crímenes vergonzosos y por vínculos de sangre (el aludido es Martín Cornejo, marido de Isabel Alemán Tamayo; Pancho Ortiz era hijo de Francisco P. Ortiz Santos y de Azucena Alemán Tamayo): y finalmente el robo escandaloso de mi fortuna, del cual es U. el principal autor, necesitan una reparación que exijo aquí donde se halla U. separado de la fuerza con que U. ha garantido todos sus criminales procedimientos. Un cobarde e infame verdugo de mujeres indefensas como es U., no merece ser provocado como se hace con los que algún resto de dignidad queda en su conducta, y al proceder así, colocándolo en un lugar que un canalla no merece, entenderá U. que lo hago por el respeto que me debo a la sociedad en que vivo. No puede U. negarme la satisfacción que le ecsijo, si en su alma depravada queda un solo sentimiento y algún resto de pudor, debido siquiera a la mujer que lo acompaña, con cuya presencia ha querido U. estorbar un lance a que ha debido U. ser provocado más tarde o más temprano. Los conductores de ésta, caballeros y amigos míos, van encargados de exijir de U. el nombramiento de otros con quienes se haya de arreglar este negocio. Tucumán, Abril 28 de 1868: José Uriburu.”
“Después de la antecedente provocación, he aquí la carta de los padrinos:”
“Sr. D. José Uriburu. Presente. - Estimado amigo nuestro: Cumpliendo la honorable misión que tuvo a bien encomendarnos, nos trasladamos ayer a las tres de la tarde al hotel donde para el Sr. Dr. Francisco Ortiz, a quien entregamos personalmente la carta que U. le dirijió provocándole a un duelo, en la que al mismo tiempo consignaba U. los agravios que para esto le daban cumplido derecho.- En esta entrevista hisimos presente al Dr. Ortiz que eramos encargados por U. para arreglar los condiciones del lance. Pidiónos este Sr. una hora de tiempo para contestarnos. A las cuatro y media recibimos la contestación siguiente:”
“Señores D. Cesar Mur y D. Emidio Posse.- Señores míos: Adjunto a Udes. la contestación que doy a la carta de que han sido portadores para mí. Si a pesar de ella don José Uriburu insiste en la provocación, sírvanse avisármelo por medio de una esquela aunque sea para arreglar la cosa de otro modo. Soi de Uds. affmo. s. s. Francisco J. Ortiz.- Tucumán, Avril 30.”
“Con esta fecha venía la dirijida a U. y que ya conoce, puesto que nosotros, acto continuo, la entregamos a U., y en vista de la cual insistió U. con más violencia para que se llevara a cabo el duelo, pues que reputaba U. justamente esa carta como una nueva injuria que el Dr. Ortiz le injuriere. A las siete pasamos a ver a este Sr. y manifestarle su firme resolución de provocarlo. Díjonos entonces que a las seis estarían los padrinos que iba a buscar a entenderse con nosotros. Desde las seis pués, estubimos en casa de D. César Mur, punto señalado al Dr. Ortiz, y contiguo al hotel en que paraba, esperando a los caballeros que vinieran a nombre de este Señor. Eran las siete, y no habiendo sido hasta esa hora solicitados por nadie, dirijimos al Sr. Ortiz la siguiente, que, aunque no llegó a su dirección por las razones que ya diremos, la consignamos aquí, sólo como un insidente que arrojará más luz sobre los hechos.”
“Señor D. Francisco J. Ortiz: Muy señor nuestro: son la siete, esperamos pués desde hace una hora (la oración) a los señores que con nosotros debieron entenderse. La premura del tiempo de que U. dispone, y la exijencia de nuestro comitente nos hace incomodar a U. haciéndole presente nuestra espera. — Somos de Ud. affmos. S. S. Posse — Mur; Abril 30.”
“En el instante mismo que esta carta salía de nuestras manos, un ajente de Policía entregó a D. César Mur, a nombre del Ministro de gobierno don David Zavalía, la siguiente:”
“Sr. don César Mur: Sr. mio: esta tarde prometí a Ud. mandar mis encargados a arreglar, a la oración, el asunto de que Ud. fué portador; mas las visitas que desde ese momento he tenido ahora, no me han dejado salir a buscar dos amigos que quisieran aceptar mi comisión. A riesgo de ser impolítico y en casa ajena he pedido un pedazo de papel para satisfacer a Ud., diciendole al mismo tiempo que se sirva decir a don José Uriburu que si no tengo tiempo para mandarle padrinos, acepto en cualquier parte, y a cualquier hora, su reto, hoy, mañana o pasado, o en fin donde me encuentre o yo lo encuentre a él. De Ud. affmo. s. s. Francisco J. Ortiz; Tucumán, Abril 30.”
“Vista la cual suprimimos la que ibamos a remitir, y dirijimos la siguiente:”
“Sr. don Francisco Ortiz: Muy sr. nuestro: acabamos de recibir la suya de ahora un momento. En contestación decimos a U. que estamos autorizados por el sr. Uriburu para señalar el día de mañana, antes de su partida, para el duelo. Celosos del honor de todo caballero, deseamos que sea U. feliz en encontrar los señores quienes con nosotros desean arreglar, esta misma noche, las demás condiciones del caso. Somos de U. affmos. s. s. — Posse — Mur.”
“Esperamos pués a los srs. que el sr. Ortiz nos remitiera. Eran las nueve y media de la noche y aún esperábamos. A esta hora, viendo que el platón de tres horas y media de inútil espera era algo más que suficiente para tomar la cosa a lo serio; y teniendo conocimiento, por otra parte, de que el negocio era ya pasto de la conversación en los corrillos de la sociedad, a pesar de la absoluta reserba por nosotros guardad y por U., a juzgar por su circunspección, por el interés que nos había manifestado en que el lance se llevara a cabo, viendo pués todo esto, comprendimos que el Dr. Ortiz no quería entenderse con nosotros, y nos retiramos. Se nos olvidaba consignar que, durante las dos horas y media transcurridas, desde la en que dirijimos al señor Ortiz nuestra última, y en la q’ nos retiramos, solicitamos a esta señor dos veces en el hotel y no lo encontramos. En este instante son las doce y media del día, y no sólo no hemos recibido a ningún Sr. que represente al Sr. Ortiz, sino que no hemos tenido respuesta alguna de este caballero. Nos hemos abstenido hoy de solicitarlo, tanto por que nos parece haverlo hecho ya bastante, cuanto porque esta calle, en la que vive, está custodiada por gendarmes de Policía que parece aguardan algo. Dejando así consignados los hechos en la honorable misión que U. nos confirió, la que creemos que aquellos la dan por terminada, puesto que la dilijencia en que va el Sr. Ortiz parte en este momento, nos repetimos de U. sus affmo. amigos y s. s. Emidio Pose - César Mur.”
“Sr. D. Cleto Aguirre. Tucumán Abril 28 de 1868:”
“Cuatro años ha perseguido con látigo en mano U., que es un infame, a las mujeres indefensas, a quienes U. jamás mereció mirar. Cuatro años de violencias, de difamación y de la calumnia más constante, no debería tener de mi parte otro proceder q’ matarle a U. de una patada en el estómago; pero el respeto que ésta sociedad me merece, me impone el deber de traerle al terreno de los caballeros, a U. que es un canalla, para que los portadores, capitán D. Lucas Córdoba y D. Juan Nougués, suficientemente autorizados por mí, le pedirán a U. el nombre de los individuos q’ como padrinos de U. deban arreglar el duelo a que, con tan justos motivos, reto a Ud. Tengo la creencia de que Ud., que tan valientemente ha atropellado sin respeto ni consideración a los que oprimidos no podían pedirle cuento de sus atentados en ningún terreno, buscará pretestos para poder evadirse, y no satisfacerme en la justa exijencia que le hago, pero le prevengo que haré conocer del público esta carta, y las disculpas que Ud. dé, para vindicarme ante él, de la medida que me sea precisado a tomar después de su negativa. Si es q’ entre el cinismo q’ constituye su carácter existe tal vez algún sentimiento de honradez, él lo obligará a Ud. a no escuzar esta cuestión de honor: Napoleón Uriburu.”
“Sr. Mayor D. Napoleón Uriburu.- Tucumán Abril 30 de 1968. Distinguido amigo ntro: En cumplimiento de la honorable comisión que se sirvió U. dispensarnos, pasamos hoy a las tres de la tarde a la casa del Dr. D. Cleto Aguirre, a quien presentamos su justa y espresiva carta de desafío, manifestándole a más nuestra adhesión al derecho q’ a U. le asistía de resolver la cuestión pendiente entre ambos en un lance de honor, como también que la deuda q’ había contraído con U. era de tal carácter que no podía tener otra solución. A esto nos contestó el Sr. Aguirre con escusas q’ tal vez en la mente de éste sr. significaban una esplicación satisfactoria para U., pero nosotros penetrados de la gravedad de los agravios recibidos por U., y conociendo su resolución indeclinable sobre el particular, le exijimos una contestación esplísita sobre si acepta o nó el duelo a que era provocado. A esto, el Sr. Aguirre creyó conveniente contestar q’ no se batía; y q’ no podía batirse por ser U. un militar y encontrarse por lo tanto en condiciones superiores a él. — Sin embargo nosotros insistimos en preguntar a este sr. si tal contestación a la carta q’ había recibido le dejaba satisfecho, y dijo q’ sí, y q’ no tenía más que agregar. Quedamos con el sentimiento de q’ por el carácter inacsisible a la vegüenza a q’ le arroja la carta de U., haya quedado sin la satisfacción q’ se promete un caballero, sin el condigno castigo del injuriante. Con tal motivo nos repetimos: sus affmos. amigos s. s.— Lucas Córdoba — Juan L. Nouguéz.”
“Quedan así consignados los hechos, y nosotros pedimos disculpas al público por la medidas q’ alguna vez tengamos q’ tomar respecto de las gentes que resisten dar satisfacciones merecidas en el terreno de los caballeros; que se rodean de la fuerza pública en el momento de recibir una provocación lejítima, arrostrando su propia vergüenza y envolviendo en ella la dignidad de un Gobierno. Tucumán, Mayo 2 de 1868 — José Uriburu — Napoleón Uriburu.”
Tal esta Solicitada — digamos — referida a un par de incidentes ocurridos hace más de cien años; y que protagonizaron dos tíos abuelos míos. Por lo demás, como quedó apuntado en el lugar que corresponde, a fines del 1864 en Buenos Aires, José Evaristo Uriburu — futuro Presidente de la Nación — afrontó un duelo a pistola con Emilio Torres, por idénticos motivos, políticos y personales, que impulsaron los reclamos frustrados de Pepe y de Napoleón. También José María Uriburu estuvo a punto de batirse en Salta en 1869. Entre las gecetillas del epistolario íntimo de misia Gregoria Beeche de García, encuentro la información precisa: (13-II-1869). “Antes de ayer hubo de efectuarse un desafío. Había pasádole una carta el Uriburu José Má. a don Claudio Ortiz para las 6 de la tarde de ese día, nombrando de padrinos 2 oficiales porteños. Dn. Claudio le aceptó, y nombró padrinos a Dn. Pepe Obejero y Napoleón Peña. Asistieron al Campo de la Cruz a la hora prefijada, y sólo al fanfarrón Uriburu no le han visto la cara hasta ahora. Los porteños dicen que se afligieron mucho, y pidieron que ellos se batirían por él, que así se acostumbra en esos casos. Le contestaron que nada tenían que hacer ellos, que no lo habían agraviado ellos. Y de ese modo concluyó. Tal vez quiera dar por disculpa el cara manchada (José María) que esa mañana había muerto su primo Navea”.
Al cabo de tantos pormenores correspondientes a la pugnaz trayectoria política de los Uriburu, desde la época de Rosas hasta la presidencia de Sarmiento, es preciso que vuelva a ocuparme de mi bisabuelo Juan Nepomuceno, quien, a partir de la malaventurada revolución que desataron sus consanguíneos, abandonó la vida pública por completo. “Hacia 1877”, Groussac conoció y frecuentó en Salta “a una docena de familias de excelente tono e irreprochable elegancia, entre ellas la de Uriburu. El joven autor de De nuestra tierra (Carlos Ibarguren en 1917) — escribe el ilustre polígrafo francés — “sólo sabrá de oídas el júbilo sano y cordial que se sentía en el salón de su abuelo, siempre lleno de bellas personas, primas o amigos ... Don Juan, como le llamábamos con afectuosa familiaridad, que no amenguaba el respeto, era la alegría de la casa; divertido, chistoso, con la sonrisa en sus labios finos; listo siempre para lanzar una frase ocurrente o una anécdota oportuna. Era él con sus sesenta y seis años el que nos animaba. Tomando en broma a la política local, recordaba chuscamente el período de su gobierno en tiempo de Mitre, y nos relató un día, riéndose, la revolución de familia que le hizo su pariente don José, menos alegre que él”.
En 1882 Tata Juan acompaño a Buenos Aires a su hija Margarita Uriburu de Ibarguren y a sus pequeños nietos Carlos y Rosa Ibarguren, junto con otro de sus hijos, Pío Uriburu. Doña Margarita venía a instalarse para siempre en la flamante Capital Federal, llamada por su marido. El viaje duró más de 15 días: en diligencia hasta Tucumán; en ferrocarril hasta Córdoba y de allí la línea iba directamente al Rosario, donde los pasajeros se embarcaron en vapor hasta Campana, desde cuyo muelle, otra vez sobre rieles, continuaron rumbo a la estación “Central” porteña, en el bajo, frente a la Casa Rosada.
Después del largo traqueteo, don Juan permaneció corto tiempo en Buenos Aires, para emprender el tornaviaje a su provincia por le mismo derrotero. Cuatro años más tarde, el 26-XII-1887, mi bisabuelo acabó sus días octogenario, en medio del afectuoso respeto de la sociedad salteña, aventadas ya en humo tenue las pasiones que otrora, en llamaradas, incendiaron su rincón nativo.
Su viuda, Máma Casiana Castro, siguió viviendo hasta el 15-VII-1901, y los despojos suyos fueron depositados, junto a los de Tata Juan, en el viejo mausoleo familiar del cementerio de Salta. A propósito de esa muerte, el nieto Carlos Ibarguren, entonces anónimo periodista juvenil, escribió en el diario bonaerense “El País”, una nota necrológica de la que reproduzco los párrafos finales: “La señora Casiana Castro de Uriburu ha visto en su larga existencia todo el proceso de nuestra evolución histórica, y en los momentos difíciles de aquellas épocas lejanas, en que el interior de la República desgarrábase en luchas, ofreció ella desde su hogar patricio ejemplos de abnegación... Su vejez fue como la tarde apacible de un hermoso día...”.

References: Artículo 1
 Artículo 2
 resolución 
 artículo 34
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