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Timestamp: 2020-05-27 02:21:00+00:00

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Academia de la Historia de Cuba en el Exilio: 2018
Murió el historiador Antonio de la Cova
Diario de Cuba informa:
El profesor, periodista e historiador cubano Antonio de La Cova murió este domingo a la edad de 68 años en West Columbia, Carolina del Sur, EEUU, después de recibir los últimos ritos de la Iglesia Católica y la Bendición Papal de Juan Pablo II. Falleció después de una larga lucha contra un rabdomiosarcoma, según informaron fuentes familiares.
Nacido en La Habana, Cuba, el 27 de noviembre de 1950, se fue a los EEUU el 1 de febrero de 1961 con su familia, sin dinero, como refugiados que huían del recién instaurado Gobierno de Fidel Castro.
Su padre, René Antonio De La Cova, era dueño de un negocio farmacéutico y su madre Nancy Lourdes González-Abreu tenía un doctorado en pedagogía de la Universidad de la Habana y fue superintendente escolar.
Después de crecer en Memphis, Tennessee, Louisville, Kentucky y Fort Lauderdale, Florida, De La Cova se ofreció como voluntario para el Ejército de los EEUU en Fort Jackson y sirvió durante 1968-1969.
Posteriormente, vivió en la ciudad de Nueva York y trabajó para una compañía de seguros de vida durante tres años antes de graduarse de Historia en la Florida Atlantic University en 1975.
Miembro emérito de la masónica Amelia Lodge 47 en Fernandina Beach, Florida, también fue un maestro de 32 grados del rito escocés.
Estuvo activo en el movimiento de luchadores por la libertad cubana durante toda su vida adulta. Fue periodista de investigación y editor de la revista Crónica Gráfica en San Juan, Puerto Rico, durante 1982-1988, antes de obtener una maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Estatal de San Diego en 1989.
Más tarde se doctoró en Historia por la Universidad de Virginia Occidental en 1994 y enseñó en varias universidades, la última fue la Universidad de Carolina del Sur en Columbia (USC), de la cual se jubiló en 2018.
Es el autor de The Moncada Attack. Birth of the Cuban Revolution, publicado por The University of South Carolina Press, el libro más investigado sobre el fallido ataque del Ejército Rebelde al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.
También publicó Coronel Confederado de Cuba: La vida de Ambrosio José Gonzales (USC Press, 2003), otros libros y numerosos ensayos sobre la historia de EEUU y Cuba.
Antonio De La Cova será enterrado en el cementerio nacional de Fort Jackson. La familia pidió que en lugar de flores se envíen donaciones al Hospital de Investigación para Niños St. Jude.
De la Cova es también el creador del formidable sitio Latinamericanstudies.org
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EL GUERRILLERO SOLITARIO
En homenaje al miembro fundador de la AHCE Fidel González, fallecido días atrás, reproducimos aquí su testimonio (ya publicado en el primer número de nuestro anuario) de una de las mayores injusticias que le tocó presenciar como abogado defensor en los primeros años de dictadura castrista.
Felicito Acosta tenía poco más de 16 años cuando tomó un rifle viejo y unas cuantas balas y se fue al monte con su intención de combatir a la dictadura comunista que se había apoderado de su patria por engaño. No obstante su corta edad y una elemental instrucción escolar, su sentido común le había indicado que aquel sistema político resultaba contrario a la naturaleza humana y al concepto de dignidad del pueblo cubano. Felicito no se resignó a vivir sin libertad y permanentemente vigilado y perseguido.
Por espacio de muchos meses deambuló, completamente solo, por el norte de la Provincia de Matanzas en las proximidades del municipio de Martí, su pueblo natal. No pudo o no quiso este soldado de la libertad unirse a ninguno de los grupos armados que operaron en la Provincia de Matanzas, con posterioridad a la fracasada invasión de Bahía de Cochinos.
Para identificarse con su condición de guerrillero, se dejó crecer la melena y una barba que le llegaba a la cintura. Frustrado y cansado de andar solo por esos intrincados caminos de la campiña cubana, regresó subrepticiamente a la casa paterna, pues ambos serían el símbolo de una rebeldía intacta y, además, por estar convencidos como me dijo más tarde al Fiscal de su causa, que sería fusilado con barba o sin barba si resultaba apresado.
Un aciago día, nuestro héroe fue descubierto por las autoridades locales, quienes después de rodear la casa con gran despliegue militar, lo capturaron sin darle tiempo para nada, remitiéndolo rápidamente al Departamento de Seguridad del Estado (G-2) en la capital yumurina y más tarde al tristemente célebre Castillo de San Severino a disposición del Tribunal Provincial Revolucionario.
Este Tribunal funcionaba en el mismo local de la Audiencia de Distrito y solicitaba la asistencia del cuerpo de Abogados de Oficio de este organismo judicial. Por esta última razón es que se me asignó para representar al acusado Felicito Acosta como Abogado Defensor, en el juicio sumarísimo que le seguía.
Solo unas horas antes del comienzo del juicio me fue entregado el pliego de conclusiones provisionales del Fiscal. Y ese mismo tiempo debía también emplearlo en entrevistar al acusado. El Fiscal solicitaba la pena de muerte por fusilamiento para mi defendido, al amparo de lo establecido en la ley del Gobierno Revolucionario #425, tal y como quedó modificada por la ley #988.
La simple lectura del pliego de cargos y su correspondiente calificación alertaban al más torpe de los abogados sobre lo improcedente de la petición fiscal. El precepto legal en que fundamentaba su petición de pena de muerte el representante del régimen comunista, decía más o menos lo siguiente:
“El que para cometer cualquiera de los delitos contra los poderes del estado, organizar o formar parte de un grupo armado, será sancionado con la pena de muerte por fusilamiento.”
Ni en las diligencias del sumario, ni en los hechos relatados en el pliego de posiciones del acusador, se mencionaba la participación de otra persona en las actividades delictuosas de Felicito Acosta.
Durante el juicio oral el único testigo de cargo, el investigador del Departamento de Seguridad del Estado (G-2), afirmó, a preguntas del defensor, que el acusado siempre había estado solo y que en ningún momento tuvo contacto o formó parte de ninguno de los grupos que operaban en esa zona.
Cuando le tocó el turno al señor Fiscal (abogado mediocre y ser humano despreciable) no se cansó de repetir hasta el agotamiento que resultaba bien conocido de todos que quien se alzaba en armas contra el gobierno comunista, recibiría la pena máxima, porque así lo establecía la ley revolucionaria que se había proclamado recientemente con estruendosa publicidad. Se hinchaba de gozo este sujeto al anunciar que esa misma noche y ante este propio tribunal, se juzgaban otros tres alzados de la zona, y para los cuales se solicitaba la pena capital.
Cuando me correspondió hablar para refutar las alegaciones del Acusador Público, me dirigí al Tribunal para indicarles que no podían condenar a muerte al acusado Felicito Acosta sin violar grandemente la interpretación de la ley dictada por el Gobierno Revolucionario y que pretendían aplicar. “Para disponer el fusilamiento del acusado al amparo de este precepto legal –les dije con cierto aire de superioridad– tendrán que sentar a una persona más en el banco de los acusados. Es decir, para aplicar correctamente la ley tiene que existir, necesariamente, otro acusado en esta causa. Y esa otra persona no está aquí esta noche, ni ha sido declarada en rebeldía, así como tampoco se ha mencionado en el sumario de esta causa”. “El acusado no se unió a nadie durante sus actividades bélicas”…, declaró el investigador de este caso. “Felicito estuvo solo todo el tiempo…” afirmó el señor Fiscal. “Como pueden Uds. ver, señores jueces de la Revolución que se proclama humanista –continué diciendo– esa figura delictiva contempla dos modalidades en su ejecución: a) organizar un grupo armado y b) formar parte de un grupo armado. En ambas modalidades se requiere la participación de más de un infractor de la ley. Las actividades de un solo hombre, por grave que sean, no pueden encajar en el precepto legal invocado. No basta con tomar las armas y declararse guerrillero, como erróneamente afirma el Fiscal; es requisito imprescindible la acción de organizar o de formar parte de un grupo armado y es necesario, como es natural, el grupo que es la reunión de dos o más personas. Una sola persona, repito, no puede ser autor de la violación de esta norma penal.”
“No crean los que me escuchan –agregué– que estamos en presencia de lo que llamamos una laguna de la Ley o de un olvido del legislador revolucionario al no contemplar un caso como el de Felicito Acosta. ¡No es eso!, es que un combatiente romántico y solitario como fue nuestro defendido, no puede constituir una amenaza ni para un Alcalde de barrio, mucho menos para un gobierno bien armado y muy fuerte militarmente. La pena de muerte en este caso sería desproporcionada e injusta”.
Al final de mi perorata, fundamentada en argumentos legales irrefutables, se hizo un silencio profundo en la sala de audiencia, que fue seguido por un murmullo de aprobación cada vez más creciente producido por el público que esa noche abarrotaba la tribuna pública.
Mi emoción alcanzó el límite jamás experimentado antes. Estaba yo seguro que le había salvado la vida a un hombre joven, casi un niño. Aquellos jueces, legos en materia legal, habían entendido mis argumentos y, a pesar de que eran el instrumento de represión de un régimen comunista, debían de tener –pensé yo– el mínimo de sentido político y no se atreverían a condenar a muerte a aquel joven ante imputación tan ridícula y mezquina.
Mi euforia duró muy poco, 30 minutos más tarde regresaba el Tribunal, tras deliberar. “El letrado defensor tiene razón…”, expresó el Presidente al hacer público el fallo. “No es posible aplicar el precepto legal invocado por el Fiscal, pero este Tribunal, haciendo uso de las facultades que le conceden las leyes revolucionarias, varía la calificación de los hechos al señalar como violado el Artículo 128 del Código de Defensa Social, tal y como quedó modificado por el Decreto Ley Número 988 y le impone al acusado la pena de muerte por fusilamiento.” El artículo 128 decía “el que al servicio de una potencia extranjera realice un acto por el cual sufra detrimento la integridad y la estabilidad de la República…” de alzado se convertía el joven Felicito en reo del delito más grave que contemplaba la ley penal: del delito de Alta Traición.
No habría palabras lo suficientemente duras para calificar esta monstruosidad jurídica, esta mascarada de justicia revolucionaria ocurrida en la provincia de Matanzas y de la que fue testigo una gran parte del pueblo matancero.
Dos motivos me impulsan a recordar y escribir sobre este triste caso 25 años más tarde. Primero, incorporar a la lista de mártires por la independencia a este humilde joven que soñaba con la libertad y quien se enfrentó con dignidad y valor personal a sus verdugos y asesinos. En segundo lugar, poner de manifiesto y demostrar más –para consumo de los ingenuos y dialogueros– que en Cuba los Derechos Humanos se vienen violando en forma grotesca y criminal desde los primeros años de la dominación comunista y que lo seguirán haciendo mientras los camaradas detenten el poder. De eso no hay duda, miremos el ejemplo actual de China.
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Cuando ya creíamos que habíamos agotado nuestra cuota de tristeza de 2018 por el deceso de dos de nuestros distinguidos miembros (Antonio A. Acosta y Luis Israel Abreu), el 25 de diciembre tuvimos la sensible pérdida de Fidel González, nuestro Asesor Jurídico y uno de los fundadores de la AHCE. Abogado de profesión, su carrera legal siempre estuvo caracterizada por un sentido estricto de la justicia y el derecho de todo ciudadano a tener acceso a juicios imparciales. Para Fidel “El Bueno” ‒como, jocosamente, se le llamaba entre amigos para diferenciarlo del dictador homónimo‒, aplicar la ley en su sentido orgánico no tenía sentido si no se tomaba en cuenta la condición humana de los acusados y el contexto político y social de los supuestos delitos. De ahí que a la llegada al poder del dictador de su mismo nombre, Fidel se dedicó a defender en corte, con honor y lealtad a la verdad, a los prisioneros del régimen castrista, hasta que no vio otra alternativa que partir al exilio para no terminar ocupando él también, por su verticalidad histórica, el banquillo de los acusados. Su labor en el destierro fue de entrega total a denunciar las atrocidades del tinglado legal totalitarista. Su último trabajo publicado con ese fin, titulado “El Guerrillero Solitario”, apareció en el número inaugural del Anuario Histórico Cubanoamericano que edita nuestra institución. Fidel, además, desarrolló una importante labor en la constitución y desarrollo del Colegio Nacional de Abogados de Cuba en el Exilio y otras organizaciones del destierro. Vaya hasta su esposa Justa y el resto de su familia, así como a sus colegas del Colegio de Abogados, las más sinceras condolencias de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. El ejemplo de su vida queda para siempre inscrito en quienes lo conocimos y tuvimos el honor de ser sus amigos y colegas. Que en Paz Descanse.
Su cuerpo será velado hoy 27 de diciembre en la funeraria Morgado (525 45Th St, Union City, NJ 07087) entre 3:00 pm y 9:00 pm.
Junta Directiva Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.
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PRESENCIA DE NUESTRA ACADEMIA EN EL FESTIVAL VISTA DE MIAMI, FL.
En la décima edición del Festival Vista de Miami, que tuvo lugar recientemente en el Miami Hispanic Cultural Center de la ciudad floridana, dos miembros de nuestra institución desarrollaron una destacada labor: Manuel Gayol Mecías y Luis Leonel León, Presidente del Capítulo de California y Secretario del de la Florida, respectivamente. En una de las actividades, el segundo tuvo a su cargo la presentación del libro 1959: Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada del primero. A continuación transcribimos sus palabras.
Diez años le tomó a redactar este ensayo, cuyo título no podía ser otro. 1959 es un año que marca a los cubanos. Y no se trata de historia: aún 6 décadas después, es una realidad. Una espantosa realidad, intensamente defectuosa, que nos toca las narices con absoluta desfachatez y perversidad sociológica. Y aunque nuestro espíritu se niegue a creerlo, o incluso a aceptarlo, no son pocas las veces en que, dentro y fuera de la isla, sentimos que, a pesar de sus amagos y señales, este fantasmal epílogo que nos parece vivir -vivir y morir a cada rato- pudiera otra vez enredarse en el largo y tortuoso camino de alegres murallas, tales como la esperanza, el desespero y la imaginación. El yin y el yang de nuestros intentos perdidos. Ojalá nuestra agenda de golpes y eternos retornos se equivoque. En eso andamos, desde 1959.
Contraportada del lib
De esa Cuba, recuerda el ensayista, con todo el peso de la historia como cimiento: “era un referente en tanto ejemplo a imitar por haber sido síntesis de lo posible en este continente, como ya Fernando Ortiz lo constataba, en otro sentido, al señalar que Cuba era modelo de transculturación —y la transculturación resultaba ser, a su vez, un abanico de posibilidades por la rapidez del cruzamiento de razas en la Isla, y porque el cubano en la década de los años 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos. Hasta que en 1959 comenzó la debacle”.
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RELACIONES INTERNACIONALES DE LA REPÚBLICA DE CUBA
Por Guillermo A. Belt
Desde su instauración el 20 de mayo de 1902 hasta el 31 de diciembre de 1958, la República de Cuba desarrolló sus relaciones internacionales con notables éxitos en el ámbito bilateral y en el multilateral. Al conmemorarse un siglo del nacimiento de Cuba como nación independiente, la revista "Herencia", en un nuevo esfuerzo por preservar los más altos valores patrios, ha querido recoger en sus páginas un recuento de los hitos que señalan la trayectoria internacional de nuestro país en la época republicana.
Imposible resultaría enmarcar en un artículo más de cincuenta años de gestión. En lo bilateral, las relaciones de mayor trascendencia son las de Cuba con España y con los Estados Unidos. Un trabajo sobre las primeras ha sido confiado a otro autor; aquí nos referiremos solamente a las segundas. Las relaciones multilaterales de Cuba con las naciones del hemisferio occidental se resumen presentando dos iniciativas principales que lanzó nuestro país, primero en la etapa precursora de la Organización de los Estados Americanos y luego en el desarrollo de este organismo regional. Por último, se examinará someramente la destacada actuación de Cuba en las Naciones Unidas.
Relaciones de Cuba con los Estados Unidos
En la época colonial, Cuba y las trece colonias de Norteamérica mantuvieron relaciones comerciales sujetas a los intereses de las dos potencias europeas que las gobernaban: España y Gran Bretaña. El profesor de la Universidad de Carolina del Norte, Louis A. Pérez, Jr. , autor de varios libros sobre Cuba, presenta los ejemplos siguientes.
La participación de España en la guerra entre Inglaterra y Francia de 1756 a 1763 tuvo por consecuencia la toma de La Habana por los ingleses en 1762. La ocupación británica dio lugar a un aumento considerable del comercio con los norteamericanos al quedar abierto el puerto de La Habana a Gran Bretaña y sus posesiones en el Nuevo Mundo.
Cuando las ex colonias británicas declararon su independencia en 1776, España autorizó el comercio de la isla con ellas. Nuevamente Cuba se benefició de la rivalidad entre España e Inglaterra, especialmente por el crecimiento que tuvo la industria azucarera ante la demanda del nuevo mercado.
En 1784 España reclamó nuevamente la exclusividad del comercio con Cuba. A fines del siglo XVIII se restablece el comercio cubano con Norteamérica a raíz de la guerra entre España y Francia. En 1798 el volumen comercial entre Cuba y los Estados Unidos llegó a superar el comercio entre Cuba y España. Poco después, España impondría una vez más la exclusividad.
Los vaivenes de la política comercial de España con respecto a Cuba continuaron en el siglo XIX. En cada período de apertura, el comercio de Cuba con los Estados Unidos siguió creciendo, llegando a representar el 48 por ciento en 1859.
Con este telón de fondo, pintado aquí a grandes trazos, se desarrolló la política de los Estados Unidos hacia Cuba. Tres presidentes norteamericanos tantearon con España la compra de Cuba. Aún después de la explosión del acorazado Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898, el Presidente William McKinley ofreció privadamente 300 millones de dólares por la isla. La respuesta de Madrid fue negativa como en las ocasiones anteriores.
Al fracasar los primeros intentos de adquisición de Cuba y todas las iniciativas de anexión, Estados Unidos decidió que el menor de los males sería que Cuba continuara bajo el régimen colonial español, con tal de que la isla no pasara a manos de otra potencia extracontinental. Esa fue la premisa fundamental de la política de la Casa Blanca a partir de 1823, cuando se promulgó la Doctrina Monroe. No hubo, pues, respaldo norteamericano a la independencia de Cuba durante casi todo el siglo XIX.
En la última década de ese siglo, José Martí funda el Partido Revolucionario Cubano en Tampa y reivindica el ideal de Cuba Libre. Preparando los ánimos para la guerra, hace este llamamiento el 19 de agosto de 1893, desde las páginas de Patria, en Nueva York:
"Del Norte hay que ir saliendo. Hoy más que nunca, cuando empieza a cerrarse este asilo inseguro, es indispensable conquistar la patria. Al sol, y no a la nube. Al remedio único constante y no a los remedios pasajeros. A la autoridad del suelo en que se nace, y no a la agonía del destierro... A la patria de una vez. ¡A la patria libre!"
Es a fines de la guerra de 1895 cuando se escuchan las más fuertes voces en Estados Unidos en apoyo de la independencia para Cuba. El Congreso norteamericano, decidido por la guerra contra España, aprobó la Resolución Conjunta del 19 de abril de 1898 declarando que el pueblo de Cuba era y por derecho debía ser libre e independiente. En la resolución se incluyó la enmienda presentada por el senador Henry Teller, afirmando que Estados Unidos no ejercería soberanía, jurisdicción ni control sobre Cuba excepto para su pacificación y que, lograda ésta, dejaría el gobierno de la isla en manos de su pueblo.
La participación militar de los Estados Unidos para la liberación de Cuba fue brevísima y de muy bajo costo cuando se la compara con nuestras guerras de independencia y sus estragos. Hugh Thomas cita estos datos: en 1895 Cuba tenía una población de aproximadamente 1,800,000 personas, la cual quedó reducida a 1,572,797 según el censo de 1899. Dice este autor que la pérdida de casi 300,000 vidas se compara en términos porcentuales con la sufrida por Rusia en la segunda guerra mundial y representa probablemente el doble de la proporción de pérdidas humanas en las guerras civiles de los Estados Unidos y España.
No obstante, al concluir la guerra en Cuba un general norteamericano, John Brooke, recibió las llaves de la ciudad de La Habana de manos del Capitán General Jiménez Castellanos, el 1 de enero de 1899. Su sucesor, el General Leonard Wood, convocó en julio de 1899 a elección de delegados para redactar una constitución en la que debía incorporarse un acuerdo con el gobierno norteamericano estableciendo las bases de su relación con el gobierno de Cuba.
En Cuba hubo fuerte oposición al pretendido injerto. Los delegados a la asamblea constituyente rechazaron mayoritariamente las limitaciones de soberanía que implicaba la propuesta. Mientras tanto, en los Estados Unidos el senador Orville Platt presentó una enmienda al proyecto de ley de presupuesto del ejército en la que recogía las ideas de Wood. Según la enmienda Platt, ningún gobierno de Cuba podría celebrar tratados ni contraer compromisos con una potencia extranjera que pudieran atentar contra la independencia de Cuba, sin el consentimiento previo de los Estados Unidos. Tampoco podría asumir deudas públicas en exceso de su capacidad de pago. Además, Cuba debía aceptar que los Estados Unidos se reservaran el derecho de intervenir en el país para preservar su independencia y mantener un gobierno estable que garantizara vidas y haciendas. Por si fuera poco, Cuba ratificaría todos los actos del gobierno militar norteamericano y se comprometería a ceder a los Estados Unidos bases navales en su territorio.
Al asegurar Wood a la convención constituyente que el Presidente McKinley no retiraría las tropas norteamericanas de Cuba a menos que en la nueva Carta Magna se incorporara la enmienda Platt, el apéndice se aprobó por 16 votos contra 11, con cuatro delegados ausentes.
La oposición a la enmienda Platt continuó a lo largo de los primeros treinta años de vida republicana. Después de la caída del gobierno de Machado en agosto de 1933, el doctor Ramón Grau San Martín, Presidente del Gobierno Provisional Revolucionario, proclamó al tomar posesión que abrogaría la enmienda. La abolición formal se produjo mediante el tratado suscrito entre Cuba y los Estados Unidos el 29 de mayo de 1934, el cual puso fin a esa etapa de intervención en los asuntos internos de nuestro país.
Relaciones de Cuba con los estados americanos
Antes de crearse la Organización de los Estados Americanos en 1948, estos países se reunían cada cinco años aproximadamente para tratar asuntos de interés común.
Cuba no había logrado su independencia cuando la Primera Conferencia Internacional Americana se reunió en Washington entre octubre de 1889 y abril de 1890. La Segunda Conferencia tuvo lugar en México de octubre de 1901 a enero de 1902, estando Cuba bajo la ocupación militar norteamericana. De manera que la primera vez que la República de Cuba se hizo representar en el foro americano fue en Río de Janeiro, donde la Tercera Conferencia se desarrolló en julio y agosto de 1906. En aquel estreno ante la asamblea de gobiernos de América Latina y Estados Unidos, los delegados cubanos fueron Rafael Montoro, Gonzalo de Quesada y José Antonio González Lanuza.
La Cuarta Conferencia tuvo por sede Buenos Aires, en 1910, y la Quinta Conferencia se celebró con retraso en 1923, en Santiago de Chile. Cuba participó activamente en los tres encuentros y La Habana fue designada sede de la Sexta Conferencia Internacional Americana. Hay que tener presente que Estados Unidos, México, Brasil, Argentina y Chile eran los países más influyentes en el escenario interamericano y por ende fueron anfitriones de las primeras cinco reuniones. La selección de Cuba fue, por tanto, un reconocimiento a la incipiente diplomacia de la joven república.
La Sexta Conferencia se celebró en La Habana desde el 16 de enero hasta el 20 de febrero de 1928. El doctor Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén presidió la delegación cubana y las representaciones de los países americanos le dieron su voto unánime como Presidente de la Conferencia. Néstor Carbonell fue el Secretario General de la reunión. Integraron la delegación de Cuba, además de los nombrados, Orestes Ferrara, Enrique Hernández Cartaya, José Manuel Cortina, Arístides Agüero, José B. Alemán, Manuel Márquez Sterling, Fernando Ortiz y Jesús María Barraqué.
La reunión de La Habana fue una de las más fructíferas. Adoptó diez convenciones sobre los siguientes temas: derecho internacional privado; aviación comercial; la Unión Panamericana; condiciones de los extranjeros; tratados; funcionarios diplomáticos; agentes consulares; neutralidad marítima; asilo; y deberes y derechos de los Estados en caso de luchas civiles. Además aprobó una multitud de acuerdos y resoluciones. Entre estas últimas, las que crearon la Comisión Interamericana de Mujeres y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, que hasta hoy funcionan como Organismos Especializados Interamericanos de la OEA.
Pero el logro más importante de la Sexta Conferencia fue la adopción del Código de Derecho Internacional Privado, redactado por el doctor Antonio Sánchez de Bustamante. Su texto había sido presentado a la Comisión de Jurisconsultos en Río de Janeiro en 1927. Ese órgano (hoy denominado Comité Jurídico Interamericano) aprobó el texto del doctor Bustamante y lo envió a la Sexta Conferencia. Ésta, al adoptar la Convención sobre Derecho Internacional Privado, aceptó el Código y lo puso en vigor, dándole el nombre de Código Bustamante en honor a su autor.
Un distinguido jurisconsulto cubano logró lo que varias comisiones técnicas, desde la Segunda Conferencia en 1902, no habían podido hacer: redactar un código para regir las relaciones entre las naciones de América en el campo del derecho internacional privado y obtener su aprobación. Más que un éxito diplomático, fue un reconocimiento de la capacidad intelectual que existía en un país con sólo un cuarto de siglo de vida independiente.
La doctrina de la agresión económica
En 1947 los Estados americanos suscribieron en Río de Janeiro el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que es el pacto de defensa colectiva de este hemisferio. El Embajador de Cuba en Washington, doctor Guillermo Belt Ramírez, presidió nuestra delegación en la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente.
En la tercera sesión plenaria, el Embajador Belt, refiriéndose al texto del tratado en discusión, hizo el planteamiento siguiente:
"La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicará sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada como amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión."
La iniciativa del delegado cubano respondió a la necesidad de defender los derechos de nuestro país a su cuota azucarera en el mercado norteamericano ante presiones que el poderoso vecino podría ejercer por razones políticas o comerciales. Así lo entendieron claramente los asistentes a la conferencia de Río. No es de extrañar, en consecuencia, que los Estados Unidos se opusieran a prohibir la agresión económica en el tratado que este país quería suscribir con los demás gobiernos americanos.
Los argumentos en contra de la propuesta de Cuba se basaron en consideraciones de forma. El Embajador Belt les salió al paso con estas palabras en el mismo discurso:
"Se ha dicho que la cuestión relativa a asuntos económicos no debe ser objeto de discusión en esta Conferencia, debiendo por ello ser aplazada hasta la Conferencia de Bogotá. No se trata de un tema económico. Se trata precisamente de amenaza y agresión y, por lo tanto, el único momento adecuado para debatirlo es precisamente el actual, en que se van a definir las amenazas y los actos de agresión."
En Río de Janeiro Cuba no ganó la batalla diplomática. El TIAR se aprobó sin incluir ninguna referencia a la agresión económica. Pero el año siguiente, en la Novena Conferencia Internacional Americana celebrada en Bogotá, la tesis cubana triunfó al quedar consagrada en el Artículo 16 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos en los términos siguientes:
Artículo 16. Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener de éste ventajas de cualquier naturaleza.
El Embajador Belt presidió la delegación de Cuba en Bogotá. Por haber regresado a Washington antes del término de la Novena Conferencia para pronunciar un discurso en la sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos conmemorando el cincuentenario de la resolución del 19 de abril de 1898 sobre la independencia de Cuba, no pudo escuchar el reconocimiento que le hizo el Presidente de la Delegación de Brasil:
"La Honorable Delegación Cubana, por la voz de su eminente jefe (actualmente ausente), el Embajador Belt, propuso a la Conferencia de Bogotá, como ya lo había sugerido en la de Río de Janeiro, la creación de una norma firme jurídica de derecho internacional, esto es, que la agresión económica queda prohibida tanto como la política."
Guillermo Belt, padre del autor de este artículo, saludando al presidente norteamericano Harry Truman
Por su parte, el Presidente de la Novena Conferencia, Eduardo Zuleta Ángel, Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, reconoció el trabajo de la Delegación de Cuba con estas palabras:
"Me permito recordar a los señores delegados que este texto aprobado por la Comisión de Iniciativas, sobre la llamada 'agresión económica', tiene orígenes bastante antiguos… Una de las delegaciones, la de Cuba, ha trabajado con gran tenacidad y esmero en torno de esta cuestión, presentando en diversas formas el problema y defendiendo vigorosamente la incorporación de este principio."
La diplomacia cubana, en defensa de los intereses de la patria, logró un éxito que aún hoy le reconocen los estudiosos de estos temas. Un tratadista de derecho internacional, Félix Fernández-Shaw, le dió el nombre de Doctrina Belt a la prohibición de la agresión económica, afirmando que "también podría llamarse Corolario Belt a la Doctrina Drago". Mi padre prefirió llamarla Doctrina Grau, en homenaje al Presidente de Cuba, doctor Ramón Grau San Martín, cuyo gobierno representó ante el de los Estados Unidos, en la OEA y en la ONU.
En la Conferencia de San Francisco de 1945 se suscribió la Carta de las Naciones Unidas. Cuba tuvo una participación muy destacada. El presidente de la delegación cubana, que nuevamente fue el Embajador Belt, fue elegido por unanimidad como relator de la comisión integrada por todos los jefes de delegación (Steering Committee) que dirigió los trabajos de la reunión. Durante las deliberaciones sobre el articulado de la Carta, Cuba se opuso al veto por considerarlo antidemocrático e injusto para los países más pequeños. Además, Cuba defendió la posición de América Latina en el organismo mundial, lográndose la inclusión de los mecanismos regionales en la Carta de la ONU. En 1947 Cuba votó en contra de la partición de Palestina por entender que esa medida causaría graves conflictos en el futuro.
La delegación cubana en las Naciones Unidas tuvo una participación sumamente importante en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Como lo señala Humberto Medrano, Cuba presentó "uno de los borradores más completos entre los anteproyectos de Resolución que fueron considerados para la confección del texto" de la Declaración.
Cuba hizo otra contribución muy importante al desarrollo del derecho internacional. Junto con los jefes de las delegaciones de Panamá y la India, el Embajador Belt presentó un proyecto de resolución declarando que el genocidio es la denegación a grupos humanos del derecho a la existencia, así como el homicidio es la denegación a un individuo de su derecho a la vida. El 11 de diciembre de 1946, la Asamblea General adoptó por unanimidad una resolución afirmando que el genocidio es un delito bajo el derecho internacional. El 9 de diciembre de 1948 la Asamblea adoptó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. La Convención entró en vigor el 12 de enero de 1951.
Como lo demuestran los ejemplos anteriores, Cuba condujo sus relaciones internacionales con criterio independiente, inteligencia y valentía. Ojalá que los éxitos del pasado sean útiles para trazar el rumbo futuro de un país que pagó un alto precio por su soberanía y que luego supo preservarla dignamente a lo largo de la era republicana.
iPara una explicación excelente de los orígenes de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, véase Louis A. Pérez, Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy, 2nd. ed., University of Georgia Press, Athens, Georgia, 1997, Cap. 1.
iiJosé Martí, "La Crisis y el Partido Revolucionario Cubano", en José Martí, Obras escogidas en tres tomos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, Tomo III, p. 243.
iiiHugh Thomas, Cuba: The Pursuit of Freedom, Harper / Row, New York, 1971, p. 423.
ivConferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente, "Discurso pronunciado por Su Excelencia el señor Guillermo Belt, Delegado de Cuba, en la Tercera Sesión Plenaria", CRJ/58, SG/34, 19/8/47-M182, Unión Panamericana, Washington, D.C., p. 4.
vIbid., p. 6.
viNovena Conferencia Internacional Americana, Actas y Documentos, Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, Bogotá, 1953, Vol. II, p. 395.
viiIbid., p. 466.
viiiFélix Fernández-Shaw, La Organización de los Estados Americanos (O.E.A.), Una nueva visión de América, 2a. ed., Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1963, p. 425.
ixHumberto Medrano, Declaración Universal de los Derechos Humanos; en Cuba, 40 años de violación, versión electrónica en www.sigloxxi.org/medrano, p. 5.
xRaphael Lemkin, paladín de la definición del genocidio como delito internacional, expresó su profundo agradecimiento al Embajador Belt y a sus colegas de Panamá y la India por haber patrocinado la resolución sobre el tema en las Naciones Unidas, en el artículo "Genocide as a Crime under International Law" publicado en The American Journal of International Law (1947), Vol. 41 (I), pp. 145-151(facilitado al autor por la Biblioteca Conmemorativa Cristóbal Colón, de la OEA).
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¿Cómo y cuándo terminará el experimento cubano de Fidel Alejandro Magno?*
Muchas gracias por invitarme a estar junto a ustedes, amigos queridos. Gracias muy especiales a Frank Calzón y a James Cason.
Por cierto, Fidel hizo matar a dos de los jefes de esa expedición, sus enemigos jurados, Eufemio Fernández y Rolando Masferrer cuando tuvo el mando de Cuba.
El intervencionismo de Fidel Castro llegó a su apogeo durante su invasión a Angola, en África: la más larga operación militar que recuerda la historia de América: de 1975 a 1991. Fueron los soviéticos los que, contra la voluntad del cubano lo forzaron a dejar su presa africana. Quedó muy molesto por ese abandono de Gorbachov.
Es verdad que hay unos cuantos centenares al frente de la banda que se benefician del “modelo” cubano del Capitalismo Militar de Estado, pero no son suficientes para detener el curso de la historia. No creo que falte mucho tiempo antes de que el sistema y el gobierno comiencen a desmoronarse. Tal vez tendrán que desaparecer Raúl Castro y la generación del Moncada. Ya todos andan cerca de los noventa años. De manera que, al menos para la oposición, “a luta continua”.
* Conferencia dada en el Center for a Free Cuba en Washington el 8 de diciembre de 2018
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