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Timestamp: 2020-01-25 10:19:05+00:00

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El primer paso. V.I. Lenin.
Anibal el 19/11/2014, 3:14 pm
V.I. Lenin, 11 de octubre de 1915
El desarrollo del movimiento socialista internacional avanza con lentitud en la época de crisis, increíblemente grave, suscitada por la guerra. Pero, de todos modos, avanza hacia el rompimiento con el oportunismo y el socialchovinismo.
Así lo ha mostrado con claridad la Conferencia Socialista Internacional celebrada en Zimmerwald (Suiza) del 5 al 8 de septiembre de 1915.
Durante todo un año se ha observado entre los socialistas de los países beligerantes y neutrales un proceso de vacilaciones y expectativas: temían confesarse a sí mismos la profundidad de la crisis, no querían mirar cara a cara a la realidad, daban largas por miles de medios a la ruptura inevitable con los oportunistas y los kautskianos, predominantes en los partidos oficiales de Europa Occidental.
Sin embargo, la apreciación de los acontecimientos que hicimos un año atrás en el Manifiesto del Comité Central (núm. 33 de Sotsial-Demokrat) [2] ha resultado exacta; los acontecimientos han demostrado su justeza; los acontecimientos han seguido precisamente tal camino que en la primera Conferencia Socialista Internacional han estado representados los elementos protestantes de la minoría (de Alemania, Francia, Suecia y Noruega), que actúan en contra de los acuerdos de los partidos oficiales, es decir, de hecho, como disidentes.
Como resultado de esta Conferencia han sido aprobados un manifiesto y una resolución de simpatía con los encarcelados y perseguidos. (...) La Conferencia rechazó, por 19 votos contra 12, la propuesta de que pasara a la comisión el proyecto de resolución presentado por nosotros y por otros marxistas revolucionarios, (...). (...) el Manifiesto aprobado muestra claramente que se consiguió hacer triunfar una serie de ideas fundamentales del marxismo revolucionario.
El Manifiesto aprobado representa, de hecho, un paso hacia el rompimiento ideológico y práctico con el oportunismo y el socialchovinismo. Mas, al mismo tiempo, este Manifiesto padece, como demostrará su análisis, de inconsecuencia y falta de precisión.
El Manifiesto declara que la guerra es imperialista, destacando dos rasgos de este concepto: el afán de los capitalistas de cada nación de obtener beneficios, de explotar, y la aspiración de las grandes potencias a repartirse el mundo y “sojuzgar” a las naciones débiles. Se repite aquí lo más esencial de lo que debe decirse del carácter imperialista de la guerra y de lo que se dice en nuestra resolución.
El Manifiesto se limita, en esta parte, a popularizar nuestra resolución. La popularización es una cosa útil, indiscutiblemente.
Ahora bien, si queremos conseguir claridad de pensamiento en la clase obrera, si concedemos importancia a la propaganda sistemática y tenaz, habrá que determinar con exactitud y plenitud los principios que deben ser popularizados. Sin hacer esto, corremos el riesgo de repetir precisamente el error, el pecado de la II Internacional, origen de su bancarrota, a saber: dejamos lugar para los equívocos y las falsas interpretaciones.
Por ejemplo, ¿se puede negar que tiene importancia esencial la idea, expresada en la resolución, de que han madurado las premisas objetivas del socialismo?
En la exposición “popular” del Manifiesto ha sido omitida; ha fracasado el intento de unir en un todo único la resolución, clara y precisa desde el punto de vista de los principios, y el Manifiesto.
“Los capitalistas de todos los países... afirman que la guerra sirve a la defensa de la patria... Mienten...” Así sigue el Manifiesto. Una vez más se declara abiertamente que la idea principal del oportunismo en esta guerra, la idea de la “defensa de la patria”, es “una mentira”; con ello se repite la idea más esencial de la resolución de los marxistas revolucionarios. Y una vez más resulta una lamentable falta de precisión, una prueba de timidez, de temor a decir toda la verdad
¿Quién ignora ahora, después de un año de guerra, que ha sido una verdadera desgracia para el socialismo la repetición y el apoyo de la mentira de los capitalistas no sólo por la prensa capitalista (para eso es precisamente capitalista, para repetir la mentira de los capitalistas), sino por la mayor parte de la prensa socialista?
¿Quién ignora que no es “la mentira de los capitalistas” la que ha suscitado la grandísima crisis del socialismo europeo, sino la mentira de Guesde, de Hyndman, de Vandervelde, de Plejánov y de Kautsky?
¿Quién ignora que la mentira precisamente de tales jefes ha revelado súbitamente toda la fuerza del oportunismo, que los ha arrastrado tras de sí en el momento decisivo?
Véase lo que resulta. Para popularizar, se dice a las grandes masas que la idea de la defensa de la patria en esta guerra es una mentira de los capitalistas. Pero las masas de Europa no son analfabetas, y casi todos los que leen el Manifiesto han oído y oyen precisamente esta mentira de centenares de periódicos, revistas y folletos socialistas, que la repiten haciendo coro a Plejánov, Hyndman, Kautsky y Cía.
¿Qué pensarán, pues, los lectores del Manifiesto?
¿Qué ideas acudirán a su mente al ver esta palmaria demostración de timidez de sus autores?
No prestéis oído a la mentira capitalista de la defensa de la patria, enseña el Manifiesto a los obreros. Bien. Casi todos responderán o pensarán para sí: la mentira de los capitalistas ha dejado de turbarnos hace ya mucho, pero la mentira de los Kautsky y Cía...
El Manifiesto repite más adelante otro pensamiento esencial de nuestra resolución al decir que los partidos socialistas y las organizaciones obreras de distintos países ‘’han pisoteado las obligaciones que se desprenden de las resoluciones de los congresos de Stuttgart, Copenhague (3) y Basilea”, que tampoco ha cumplido con su deber el Buró Socialista Internacional (4), que este incumplimiento del deber ha consistido en votar los créditos, en participar en el ministerio, en reconocer “la paz cívica” (el Manifiesto califica de servil el sometimiento a ella, es decir, acusa a Guesde, Plejánov, Kautsky y Cía. de sustituir la prédica del socialismo con la prédica de ideas serviles) .
Y yo pregunto si es consecuente hablar en un manifiesto “popular” de incumplimiento del deber por una serie de partidos –es del dominio público que se trata de los más fuertes partidos y organizaciones obreras de todos los países más avanzados, de Inglaterra, Francia y Alemania– y no explicar este hecho sorprendente, inaudito e inusitado. ¡Incumplimiento del deber por la mayoría de los partidos socialistas y por el propio Buró Socialista Internacional!
¿Qué es esto? ¿Casualidad y bancarrota de algunas personas? ¿O un viraje de toda una época?
Si es lo primero, si nosotros admitimos en las masas semejante idea, equivaldrá a nuestra abjuración de las bases de la doctrina socialista.
Si es lo segundo, ¿cómo es posible no hablar de ello claramente?
Nos hallamos en un momento de importancia histórica universal, ante la bancarrota de toda la Internacional, ante un viraje de toda una época, y tememos decir a las masas que es preciso buscar y rebuscar toda la verdad, que es necesario llevar hasta el fin nuestros pensamientos, que es absurdo y ridículo admitir la suposición de la bancarrota del Buró Socialista Internacional y de una serie de partidos sin relacionar este fenómeno con la larga historia del surgimiento, desarrollo, maduración y sobremaduración de la corriente oportunista de toda Europa, que tiene profundas raíces económicas: profundas en el sentido de su ligazón con cierto sector de la sociedad, y no en el sentido de ligazón indisoluble con las masas.
Pasando a “la lucha por la paz”, el Manifiesto declara: “Esta lucha es una lucha por la libertad, por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo”, y más adelante aclara que los obreros hacen sacrificios en la guerra “al servicio de las clases dominantes”, pero que hay que saber hacer sacrificios “por la causa propia” (subrayado dos veces en el Manifiesto), “por los fines sagrados del socialismo”.
Y en la resolución de simpatía con los luchadores encarcelados y perseguidos se dice que “la Conferencia se compromete solemnemente a honrar a estos luchadores vivos y muertos imitando su ejemplo”, y que se señala la tarea de “despertar el espíritu revolucionario en el proletariado internacional”.
Todas estas ideas son una repetición de la idea esencial de nuestra resolución: la idea de que la lucha por la paz sin la lucha revolucionaria es una frase huera, falaz, de que el único camino para desembarazarse de los horrores de la guerra es la lucha revolucionaria por el socialismo.
Y de nuevo falta de precisión, inconsecuencia, timidez: llamar a las masas a imitar a los luchadores revolucionarios, declarar que los cinco miembros del grupo parlamentario socialdemócrata obrero de Rusia confinados a Siberia han continuado “las gloriosas tradiciones revolucionarias de Rusia”, proclamar la necesidad de “despertar el espíritu revolucionario“ y...¡no hablar franca, abierta y concretamente de los medios revolucionarios de lucha!
¿Debía nuestro Comité Central haber firmado un manifiesto que adolece de inconsecuencia y timidez? Creemos que sí.
De nuestro desacuerdo –del desacuerdo no sólo del Comité Central, sino de toda la parte izquierdista, internacional, marxista-revolucionaria de la Conferencia– se ha hablado francamente tanto en la resolución especial como en el proyecto especial de manifiesto y en la declaración especial con motivo de la votación en pro de un manifiesto de transacción (5).
No hemos ocultado ni un ápice de nuestras opiniones, consignas y táctica. En la Conferencia se repartió la edición alemana del folleto El socialismo y la guerra (6).
Hemos divulgado, divulgamos y divulgaremos nuestras opiniones no menos de lo que se divulgará el Manifiesto. Es un hecho que este Manifiesto da un paso adelante hacia la lucha auténtica contra el oportunismo, hacia el rompimiento con él y la separación de él. Sería sectarismo negarse a dar este paso adelante junto con la minoría de los alemanes, franceses, suecos, noruegos y suizos cuando conservamos la plena libertad y la plena posibilidad de criticar la inconsecuencia y conseguir más (7).
Sería una mala táctica militar negarse a marchar junto con el creciente movimiento internacional de protesta contra el socialchovinismo por el hecho de que este movimiento sea lento, de que dé “únicamente” un paso adelante, de que esté dispuesto y desee dar mañana un paso atrás y reconciliarse con el viejo Buró Socialista Internacional. La disposición a hacer las paces con los oportunistas es por ahora sólo un deseo, nada más.
¿Aceptarán los oportunistas la paz? ¿Es posible objetivamente la paz entre las corrientes,que divergen cada día más profundamente, del socialchovinismo, el kautskismo y el marxismo internacionalista revolucionario?
Creemos que no, y seguiremos aplicando nuestra línea, alentados por su éxito en la Conferencia del 5 al 8 de septiembre. Porque el éxito de nuestra línea es indudable.
Comparen los hechos. En septiembre de 1914, el Manifiesto de nuestro Comité Central parece estar solo. En marzo de 1915 la Conferencia Internacional de Mujeres (8) aprueba una pobre resolución pacifista, que sigue ciegamente el Comité de Organización. En septiembre de 1915 nos unimos estrechamente en el grupo de la izquierda internacional, exponemos nuestra táctica, conseguimos que toda una serie de ideas fundamentales nuestras sean recogidas en un manifiesto común, participamos en la formación de la I.S.K. (Comisión Socialista Internacional), es decir, de hecho, en la organización de un nuevo Buró Socialista Internacional, en contra de la voluntad del viejo Buró y sobre la base de un manifiesto que condena abiertamente su táctica.
Los obreros de Rusia, que en su inmensa mayoría seguían a nuestro Partido y a su Comité Central ya en 1912-1914, verán ahora, tomando como base la experiencia del movimiento socialista internacional, que nuestra táctica se ve confirmada en una palestra más amplia todavía, que nuestras ideas fundamentales son compartidas por la parte mejor y cada día más numerosa de la Internacional proletaria.
Obras Completas, tomo 27, Editorial Progreso, Moscú, 1985, pp. 39-45.
“Sotsial-Demokrat”: periódico ilegal, órgano central del POSDR, que apareció desde febrero de 1908 hasta enero de 1917. (...). Desde diciembre de 1911, Sotsial-Demokrat fue dirigido por Lenin. (...) Durante la Primera Guerra Mundial, Sotsial-Demokrat desempeñó un papel descollante en la lucha contra el oportunismo internacional, el nacionalismo y el chovinismo, en la divulgación de las consignas bolcheviques, en despertar a la clase obrera y a todas las masas trabajadoras para la lucha contra la guerra imperialista y sus inspiradores, contra la autocracia y el capitalismo. (...) . Ídem, 39.
El Congreso Socialista Internacional de Copenhague (VIII Congreso de la II Internacional) se celebró del 28 de agosto al 3 de septiembre de 1910. En su resolución Los arbitrajes y el desarme convalidó la resolución del Congreso de Stuttgart (1907) Militarismo y los conflictos internacionales, que exigía a los socialistas de todos los países que aprovechasen la crisis económica y política provocada por la guerra para derrocar a la burguesía. La resolución del Congreso de Copenhague obligaba también a los partidos socialistas y a sus representantes en los parlamentos a exigir a sus gobiernos que redujesen los armamentos y dirimiesen los conflictos entre los estados por medio de tribunales de arbitraje y exhortaba a los obreros de todos los países a organizar actos de protesta contra el peligro de la guerra. Ídem, 42.
Buró Socialista Internacional (BSI): órgano permanente informativo y ejecutivo de la II Internacional. (...). Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el BSI se convirtió en un instrumento sumiso de los socialchovinistas. Ídem, 42.
En la Conferencia de Zimmerwald se dio lectura a las siguientes declaraciones de la izquierda de Zimmerwald: “Los abajo firmantes declaramos: “El Manifiesto aprobado por la Conferencia no nos satisface plenamente, no contiene una caracterización ni del oportunismo franco ni del que se encubre con frases radicales y que no sólo es el principal culpable de la bancarrota de la Internacional, sino que quiere perpetuar esa bancarrota. El Manifiesto no contiene una clara definición de los métodos de lucha contra la guerra. “Seguiremos defendiendo, como hasta ahora, en la prensa socialista, en las reuniones de la Internacional, la posición marxista consecuente respecto de las tareas planteadas al proletariado por la época del imperialismo. “Votamos a favor del Manifiesto porque lo consideramos un llamamiento a la lucha, y en esa lucha queremos ir mano a mano con las demás secciones de la Internacional. “Pedimos que esta declaración sea agregada al informe oficial”. (...).
Véase: Lenin, V.I., Obras Completas, tomo 26, Editorial Progreso, Moscú, 1985, pp. 325-373.
Y no nos asusta que el “Comité de Organización” y los socialistas revolucionarios hayan firmado el Manifiesto, como diplomáticos, conservando todos sus vínculos –y todas sus ataduras– con Nasha Zariá, Rubanóvich y la Conferencia de julio (1915) de socialistas populares y socialistas revolucionarios en Rusia [esta conferencia, celebrada en Petrogrado, aprobó una resolución que exhortaba a las masas a participar activamente en la “defensa de la patria” en la guerra imperialista]. Disponemos de posibilidades suficientes para luchar contra la diplomacia podrida y arrancarle la careta. Ella misma se desenmascara cada vez más. Nasha Zariá y la fracción de Chjeídze nos ayudan a desenmascarar a Axelrod y Cía.
(Nota del autor, Obras Completas, tomo 27, Editorial Progreso, Moscú, 1985, pág. 44).
(...) Lenin calificó la Conferencia de tentativa de restablecer los vínculos internacionales y procuró aprovecharla para cohesionar a los elementos internacionalistas en posiciones revolucionarias. Pero, como él mismo señaló más tarde, esta y otras conferencias internacionales que se celebraron en ese período, animadas con los mejores deseos, “no trazaron la línea de combate de los internacionalistas”, “se limitaron a repetir las antiguas resoluciones” y “en el mejor de los casos... fueron pasos dados sin moverse del sitio”.
Obras Completas, tomo 26, pág. 358). Ídem 44, Ed. 1985, tomo 27, Editorial Progreso, Moscú, nota 38, pág. 518

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