Source: http://prod.wsws.org/es/articles/2017/04/18/beam-a17.html
Timestamp: 2018-01-23 19:52:45+00:00

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Guerra y Revolución: 1914-1917 - World Socialist Web Site
Aquí publicamos el texto de una conferencia pronunciada el 8 de abril por Nick Beams, miembro del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site . Es la tercera de cinco conferencias internacionales en línea presentadas por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa de 1917 . Para inscribirse, puede visitar wsws.org/1917 .
El eje de mi conferencia de hoy, “Guerra y Revolución: 1914-1917” es un punto muy importante que hizo David North al inicio de esta serie de conferencias.
En el punto siete de sus diez razones por las que se debería estudiar la Revolución Rusa, hizo la siguiente observación:
“La Revolución Rusa exige ser estudiada de forma seria al ser un episodio crítico en el desarrollo del pensamiento social científico. El logro histórico de los bolcheviques en 1917 demostró y actualizó la relación esencial que existe entre la filosofía del materialismo científico y la práctica revolucionaria”.
Este enfoque es vital por tres razones interconectadas:
En primer lugar, un enfoque materialista es la clave para entender la naturaleza de la Primera Guerra Mundial, sus orígenes, causas subyacentes, significado y relevancia perdurable para nuestros tiempos.
En segundo lugar, nos permite identificar las causas objetivas de la Revolución Rusa que se derivaron de las mismas transformaciones en el capitalismo global que produjeron la guerra.
En tercer lugar, nos permite comprender el contenido esencial de la estrategia revolucionaria desarrollada sobre todo por Lenin, la cual dio lugar a la exitosa conquista del poder de la clase obrera bajo la dirección de los bolcheviques en noviembre de 1917.
Los puntos aquí presentados, en forma algo abstracta, se esclarecerán, espero, al presentar los acontecimientos y el análisis político de Lenin.
Las causas objetivas de la Primera Guerra Mundial
Volvamos a la cuestión de la Primera Guerra Mundial. Más de cien años después de su estallido el 4 de Agosto de 1914, la cuestión de su origen sigue siendo controversial por su relevancia directa para el análisis de los acontecimientos contemporáneos.
A grandes rasgos, hay dos posturas en cuestión: la del marxismo y la de las diversas formas de erudición liberal burguesa.
El análisis marxista, en resumidas cuentas, es que la guerra fue el resultado de conflictos arraigados en una contradicción objetiva e irresoluble en particular del modo de producción capitalista: entre el carácter global de la economía y el sistema de Estado nación en el que se basa.
Las teorías que se le oponen se reducen al argumento que la guerra surgió de errores políticos, errores de cálculo y el mal juicio de varios políticos burgueses; si tan sólo hubiesen prevalecido mentes más sabias, la guerra podría haber sido esquivada.
Estas apreciaciones opuestas suscitan una serie de conclusiones políticas. Si el análisis marxista es correcto, lo que le sigue inmediatamente es que no se puede acabar con las guerras ni las amenazas de una calamidad masiva sin poner fin al sistema capitalista de lucro privado y Estados nación y crear un nuevo orden social y económico.
Es por ello que, desde un principio, los políticos burgueses que presidieron la mayor destrucción de la historia humana tras cuatro años de guerra, trataron de absolverse a ellos mismos y al sistema capitalista de cualquier responsabilidad. La guerra se presentó casi que sin avisar, señaló el primer ministro británico durante la guerra, Lloyd George. Fue algo ante lo que las grandes potencias “se deslizaron, o más bien se asombraron y tropezaron”. Las naciones “se deslizaron al borde del caldero hirviente de la guerra”.[1]
Los historiadores burgueses han seguido la estela de los políticos capitalistas, sin escatimar esfuerzos para intentar refutar el análisis marxista de la Primera Guerra Mundial como una erupción violenta de las contradicciones del sistema capitalista mundial. Según el historiador británico Niall Ferguson, por ejemplo, si caso hay evidencia de que los empresarios querían la guerra; de hecho, temían sus consecuencias. Por lo tanto, insiste, la interpretación marxista de los orígenes de la guerra “puede ser consignada a la basura de la historia, junto con la mayoría de los regímenes que la fomentaron”.[2] Uno podría responder que ningún empresario quiere recesiones ni crisis económicas, pero suceden.
Si todo fue un producto de errores de cálculo y de juicio, ¿por qué, apenas dos décadas después de la “guerra para acabar con todas las guerras”, tuvo lugar una catástrofe aun más grande en 1939, en la forma de la Segunda Guerra Mundial? ¿Y por qué es que el mundo de hoy se enfrenta a una situación que se asemeja notablemente a la que condujo a las dos guerras mundiales — con innumerables focos de conflicto entre grandes potencias capitalistas en Europa del Este, el mar de China Meridional, la península coreana y Oriente Medio?
El marxismo basa su análisis de la guerra en el aforismo propuesto por el teórico alemán Clausewitz en el siglo XIX: La guerra es la continuación de la política por otros medios.
Entonces, ¿cuáles eran las relaciones políticas que existían en el período que precedió y dio lugar al estallido de la Primera Guerra Mundial?
Estas sólo pueden captarse a través de un análisis científico, es decir, materialista, que ubique las relaciones políticas, en última instancia, en los desarrollos económicos de la economía capitalista.
Los políticos capitalistas, por supuesto, toman decisiones, incluyendo si ir a la guerra o no. Ninguna ley económica dice que la guerra debe estallar en tal y tal día.
Pero sus decisiones están determinadas por el marco político y económico en el que trabajan y a través del cual buscan promover los intereses del Estado nación capitalista que dirigen. En cierto momento, por muy deseable o indeseable que sea, la decisión de irse a la guerra se convierte en la opción menos mala que se les presenta.
Si tomamos una perspectiva de más lejos, el período previo al estallido de la Primera Guerra Mundial se divide en dos épocas distintas.
La gran Revolución Francesa de 1789-93 dio inicio a una nueva época histórica con el derrocamiento de los ya caducos regímenes feudales y desarrollo de los Estados nación capitalistas.
El período comprendido entre 1789 y 1871 supuso el establecimiento, mediante una serie de guerras y revoluciones nacionales, del sistema moderno de Estados nación capitalistas, un proceso que culminó con la fundación del Estado nacional alemán por parte de Bismarck al concluir la guerra franco-prusiana.
Junto con la Guerra Civil de EE.UU., que terminó con la victoria para el norte industrial, dichos Estados nación le proporcionaron un tremendo salto para el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo. Sin embargo, este mismo proceso dio paso a una nueva época.
El último cuarto del siglo XIX y la primera década del siglo XX no se caracterizaron por guerras nacionales contra los restos del absolutismo feudal, sino por disputas entre las grandes potencias capitalistas en busca de colonias. África, por ejemplo, apenas había empezado a colonizarse en 1875, pero veinticinco años después, Reino Unido, Francia, Alemania y Bélgica ya se habían repartido casi todo el continente.
La estructura política del mundo estaba siendo transformada por estos cambios económicos. Durante la primera mitad del siglo XIX, Reino Unido fue la primera potencia mundial. Era la fábrica del mundo y gobernaba el mar.
Pero, aparecieron nuevos rivales: en el continente europeo en forma de una Alemania sometida a una enorme industrialización, en Oriente, Japón, y en Occidente, Estados Unidos, el cual ingresó a la lucha colonial con la Guerra Hispanoamericana de 1898 y la consiguiente anexión y subyugación de Filipinas.
Cada una de estas potencias capitalistas buscaba, para usar una frase desarrollada en Alemania, “un lugar en el sol”. Pero chocaron al hacerlo.
A cierto punto, un diplomático alemán le preguntó a uno de sus homólogos británicos si el Gobierno de Su Majestad se opondría al establecimiento de colonias alemanas. El diplomático británico le respondió que a Whitehall le parecía bien la creación de colonias alemanas, siempre y cuando no fuesen contiguas a o en medio de colonias británicas. En otras palabras, el diplomático alemán le respondió: “En ninguna parte”.
Las tensiones entre las potencias capitalistas iban intensificándose. Reino Unido y Francia casi se fueron a la guerra a raíz del llamado incidente de Fachoda en 1898 cuando sus fuerzas armadas se enfrentaron en Alto Nilo.
También, se dio un altercado cuando el Káiser alemán expresó su apoyo a los Boers en Sudáfrica. Los Balcanes, bajo el dominio del Imperio austrohúngaro, se estaban convirtiendo en un barril de pólvora a raíz de la oposición nacional contra el gobierno austriaco, un conflicto en el que Rusia tenía intereses directos ya que buscaba expandirlos hacia el oeste.
En las oficinas gubernamentales y las cancillerías, se estaban evaluando las implicaciones de este nuevo período.
En 1907, un subsecretario del ministerio de Relaciones Exteriores británico, Eyre Crowe, produjo un extenso memorándum para el canciller, Lord Grey. Crowe se encargó de evaluar si, bajo condiciones de acelerado crecimiento económico y de influencias, las intenciones de Alemania eran pacíficas o militaristas.
Concluyó que al final no importaba porque el propio desarrollo de Alemania y la expansión de sus intereses globales amenazaban al Imperio Británico. Por lo tanto, independientemente de la evaluación que se hiciera sobre las intenciones alemanas, Reino Unido tenía que prepararse para la guerra. Esa guerra estalló apenas siete años más tarde.
El hecho inmediato que desencadenó la Gran Guerra de 1914 — el asesinato del archiduque austríaco Ferdinand por un nacionalista serbio en Sarajevo, Bosnia, el 28 de junio — fue un accidente. Lo que le siguió no lo fue.
El régimen austriaco, un imperio que controlaba el centro y sudeste de Europa, temía despedazarse. Por ende, estaba decidido a aplastar la creciente oposición nacionalista en los Balcanes que encabezaba Serbia y era respaldada por una amenaza aún mayor en forma de Rusia. Con una guerra en mente, el régimen le impuso una serie de demandas imposibles a Serbia en relación con la investigación del asesinato.
La guerra pudo haberse limitado a una escaramuza local si no hubiera sido por el hecho de que la situación austriaca se entrelazaba con los intereses económicos y estratégicos de todas las grandes potencias europeas.
En Berlín, el régimen de los Hohenzollern le envió un comunicado a su aliado austriaco que equivalía a un “cheque en blanco” para tomar las medidas necesarias contra Serbia, a pesar de la posibilidad de desencadenar una guerra con Rusia. Según una declaración oficial del gobierno, si se les seguía permitiendo a los serbios, respaldados por Rusia y Francia, poner en peligro la estabilidad de la monarquía austriaca, se debilitaría la posición alemana. Sus intereses económicos vitales también estaban en juego.
En 1917, el político alemán, Gustav Stresemann, resumió la opinión de los poderosos círculos industriales que él representaba. Alemania había visto a “otros conquistar mundos”, un mundo “bajo el cetro de otros”, en el que “nuestro aliento económico de vida” se estaba tornando cada vez más restringido.[3]
Para Francia, su interés en apoyar a Rusia en un conflicto con Alemania no era menos vital. La anexión alemana de la provincia de Alsacia-Lorena en 1871 conllevó, como lo había predicho perceptiblemente Marx, a una alianza entre Francia y Rusia contra Alemania.
En el conflicto entre Alemania y Rusia, Francia no podía permanecer neutral porque, como más tarde explicó el presidente francés, Poincaré, haber roto la alianza que había estado vigente por un cuarto de siglo “nos hubiese dejado aislados y a la misericordia de nuestros rivales”.[4]
Reino Unido también se enfrentó a cuestiones estratégicas y económicas de vital importancia. Su política buscó preservar la balanza de poder en Europa, para asegurar que ningún otro poder o grupo pudiera desafiar su hegemonía global que se basaba en su imperio, sobre todo en el saqueo de India.
En comentario marcadamente sincero, el entonces primer señor del almirantazgo, Winston Churchill, resumió su posición durante un debate de 1913-14 sobre el gasto naval:
“Tenemos todo lo que queremos en territorios, y nuestra pretensión de seguir disfrutando sin ninguna molestia las vastas y espléndidas posesiones, adquiridas principalmente por la violencia, mantenidas en gran medida por la fuerza, a menudo parece menos razonable para los demás que para nosotros”.[5]
De esta manera y después de cierto titubeo, Reino Unido decidió apoyar a Francia y declararle la guerra a Alemania.
Los objetivos reales de la guerra, por supuesto, nunca fueron declarados. ¿Cómo puede un gobierno decirle a su población que está enviando a la flor de su juventud a morir y ser mutilada en los campos de batalla por el afán de lucro, la adquisición de recursos, colonias y mercados? Las grandes potencias trataron de encubrir sus motivos reales mediante un bombardeo constante de mentiras en la prensa.
En Alemania, proclamaron que la guerra era para la “defensa de la patria”, para defender la cultura y la economía alemanas contra la barbarie de Rusia.
Francia declaró que iba a la guerra para defender los ideales de la vida política francesa, el legado de libertad e igualdad de la Revolución Francesa, en contra de la autocracia prusiana, a pesar de haber estado aliada con el despótico régimen zarista.
Reino Unido declaró que había entrado a la guerra para defender la neutralidad de la “pequeña Bélgica”, tan brutalmente violentada por los “hunos”, a pesar de que habría hecho lo mismo en su posición.
Y cuando EE.UU. ingresó a la guerra en abril de 1917, para defender sus propios intereses estratégicos y financieros, lo justificó declarando que la guerra era para “garantizar un mundo seguro para la democracia”.
La traición de la Segunda Internacional
El estallido de la guerra no fue ninguna sorpresa para el movimiento marxista. De hecho, fue anticipada por Friedrich Engels en 1887.
La única guerra que le quedaba a Prusia-Alemania, escribió, sería una guerra mundial, cuya violencia sería de proporciones hasta entonces inimaginables.
“De ocho a diez millones de soldados se aniquilarán mutuamente y, al hacerlo, devastarán toda Europa como nunca lo han hecho las nubes de langostas. Será una devastación como la causada por la Guerra de los Treinta Años pero comprimida en un plazo de tres o cuatro años y extendido a todo el continente. El hambre, las epidemias, el embrutecimiento general de las tropas y de las masas populares provocado por la extrema miseria, el desorden irremediable de nuestro sistema en el comercio, en la industria y en el crédito. Todo esto terminará con la bancarrota general; el derrumbamiento de los viejos Estados y de su sabiduría estatal rutinaria, derrumbamiento tan grande que las coronas se verán tiradas por decenas en las calles y no habrá nadie que quiera recogerlas”.
Era imposible prever cómo terminaría la guerra y quién sería el vencedor, continuó. “Pero un solo resultado es absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera”.[6]
La Segunda Internacional, formada por partidos socialdemócratas que se proclamaban marxistas, ya había trazado el auge de grandes rivalidades, tensiones de poder y los peligros de la guerra, surgiendo de la lucha por mercados y ganancias.
Pero, si el estallido de la guerra no fue una sorpresa, la reacción de los principales partidos de la Internacional sí lo fue.
El 4 de agosto de 1914, cuando los soldados alemanes marcharon a Bélgica con el objetivo de conquistar Francia, los representantes parlamentarios del SPD alemán, el partido líder de la Internacional, votaron unánimemente a favor de los créditos de guerra. Hubo 14 de los 92 que se oponían, pero votaron en disciplina con el partido en el Reichstag. Los socialistas franceses siguieron su ejemplo, declarando su apoyo a Francia.
Estas decisiones eran totalmente contrarias a las resoluciones aprobadas en los congresos de la Segunda Internacional. En 1907, en un congreso celebrado en Stuttgart, Alemania, la Internacional aprobó una resolución que declaró como deber para cada partido “hacer todo lo posible” para impedir la guerra, utilizando los medios que consideraran necesarios.
La resolución estipulaba:
“Si la guerra estallase aun así, es su deber intervenir en favor de su pronta terminación, y hacer todo lo posible por utilizar la crisis económica y política causada por la guerra para despertar al pueblo y así acelerar la abolición del capitalismo”. [7]
El congreso en Basilea de 1912, celebrado mientras se espesaban las nubes de la guerra, reforzó la resolución. Conservó el fraseo de Stuttgart, pero luego se refirió a la Comuna de París de 1871 y a la Revolución Rusa de 1905 para dejar aun más claro el mensaje.
La respuesta de Lenin a la guerra se basó en el análisis que había desarrollado en los años que precedieron al estallido. Era una guerra imperialista por colonias y ganancias.
Desde un principio, Lenin insistió en que la traición de la Segunda Internacional significaba que había muerto. Era necesario romperla política, ideológica y organizativamente.
Contra todo intento de encubrir el significado de lo ocurrido, el colapso “tuvo que ser reconocido y sus causas comprendidas para poder construir una nueva y más duradera unidad de los trabajadores de todos los países”.
Lenin y el derrotismo revolucionario
La línea estratégica de Lenin para la construcción de una nueva Tercera Internacional quedó plasmada en la perspectiva de “convertir la guerra imperialista en una guerra civil” enunciada después de que comenzó la guerra.
“La conversión de la actual guerra imperialista en una guerra civil es el único eslogan correcto del proletariado, que se desprende de la existencia de la Comuna y fue esbozado en la resolución de Basilea (1912). Ha sido dictado por todas las condiciones de una guerra imperialista entre países burgueses altamente desarrollados”, declaró en un anunciado titulado “La guerra y la socialdemocracia de Rusia”, publicado en noviembre de 1914.[8]
Todo el trabajo político de Lenin en el período siguiente, previo a la Revolución Rusa, y en el transcurso de ésta, culminando con la conquista del poder político en octubre de 1917, fue dirigido a llevar a cabo esta perspectiva, no sólo en Rusia, sino internacionalmente.
El propio carácter mundial de la guerra, la cual arrastró a los trabajadores de todos los países al torbellino de la muerte y la destrucción, significó que la estrategia y la táctica del proletariado sólo podía desarrollarse a escala internacional y con base en una perspectiva común. Trotsky comentaría más adelante que en agosto de 1914 sonó la campana de la muerte para todos los programas nacionales.
Antes de examinar los diferentes aspectos de la obra de Lenin, permítanme disipar algunos de los conceptos erróneos sobre lo que realmente significaba la consigna de “convertir la guerra imperialista en una guerra civil”.
No era una frase radical. Lenin, antes que nadie, estaba en contra del tipo de política pequeñoburguesa tan característica de las tendencias anarquistas, semianarquistas y sindicalistas, sus fuertes declamaciones a favor de la acción radical.
No significaba ir a la calle y proclamar la necesidad de una guerra civil. Tampoco significaba involucrarse en sabotajes u otras acciones similares — la “explosión de puentes”, como Lenin lo expresó una vez — para profundizar la crisis por medios artificiales.
Al contrario, significaba la elaboración de una línea de trabajo político para dejarle claro a la clase obrera internacional, a través de la propaganda, la educación y la agitación, el significado histórico de la guerra y las tareas revolucionarias a las que se iban a enfrentar pronto.
Lo diferente que fue esta perspectiva de la fraseología radical se puede ver en una resolución escrita por Lenin en marzo de 1915, donde señaló los primeros pasos a seguir para convertir la guerra imperialista en una guerra civil. Deben incluir: 1) una negativa absoluta a votar por créditos de guerra; 2) una ruptura total con la política de tregua de clases; 3) la formación de una organización clandestina donde sea que los gobiernos hayan abolido las libertades constitucionales e impuesto ley marcial; 4) el apoyo a la fraternización entre los soldados de las naciones beligerantes; 5) el apoyo a toda clase de acción revolucionaria de masas por parte de la clase obrera.[9]
Lenin reconoció claramente que tal actividad revolucionaria podría debilitar al país que estaba librando la guerra y conducir a su derrota. Sin embargo, un proletario no podía darle un golpe de clase a su “propio” gobierno, ni extenderle la mano a los trabajadores de otros país que estaban en guerra contra “nuestro lado” sin contribuir a la desintegración y derrota de su “propia” potencia imperialista.[10]
La naturaleza del imperialismo
La elaboración de la estrategia del derrotismo revolucionario, de convertir la guerra imperialista en una guerra civil, a diferencia del defensismo, estuvo enraizada en un análisis científico de la naturaleza del imperialismo.
En el periodo previo a la guerra, la cuestión del imperialismo fue objeto de discusión, tanto en las filas del movimiento marxista como fuera de ellas. En 1902, después de la Guerra de los Boers, el social-liberal inglés, John Hobson, publicó un libro muy influyente bajo el título Estudio del imperialismo .
El término “imperialismo” no era nuevo. Pero en el pasado se refería a la consolidación de un Estado nacional fuerte. Hobson señaló que el “nuevo imperialismo” era diferente a los anteriores ya que involucraba “la teoría y la práctica de imperios competidores” y el predominio del capital financiero sobre los intereses comerciales. Esto llevó al crecimiento del parasitismo financiero con el cual la riqueza no se acumula en mayor medida a través de la manufactura y el comercio, sino a través de un enorme tributo procedente de las colonias y dependencias. También surgió una aristocracia financiera que utiliza su vasta riqueza para doblegar a las clases bajas con sobornos.
En 1910, el marxista austríaco, Rudolf Hilferding, publicó su obra Capital Financiero, donde trata de ampliar el análisis de Marx para temar en cuenta el enorme crecimiento del sector financiero que había tenido lugar desde que murió.
“No es posible un entendimiento de las tendencias económicas actuales ni, por lo tanto, algún tipo de economía o política científica sin un conocimiento de las leyes y el funcionamiento del capital financiero”, escribió.[11]
Estas dos obras tuvieron una gran influencia en Lenin mientras intentaba darle un fundamento teórico a su perspectiva. Se sintió particularmente atraído por el análisis de Hobson del parasitismo financiero y las conclusiones a las que llegó Hilferding del impacto del capital financiero en la política.
Hilferding había señalado que la dominación del capital financiero significaba el fin de la política burguesa liberal del siglo XIX basada en la libre competencia y en el avance de la democratización. El capital financiero tuvo que formar una nueva ideología para satisfacer sus necesidades. “Esta ideología... es completamente opuesta a la del liberalismo. El capital financiero no quiere libertad, sino dominio”.
Mientras que el viejo liberalismo se oponía a una política de potencias internacionales, el capital financiero exige un Estado fuerte “que pueda intervenir en cada rincón del mundo y transformar el mundo entero en una esfera de inversión”.[12]
Esto llegó a determinar la política de todas las potencias, ya fuera en forma de república democrática o de un régimen absolutista. La política del capital financiero era, como lo formuló Lenin, reacción “en toda la línea”.
En su obra El imperialismo: Fase superior del capitalismo, en la que trabajó a lo largo de 1915, Lenin reunió todos los hilos del análisis que había estado desarrollando desde el estallido de la guerra. A través de la presentación de los datos expuso el carácter de la nueva época, mostrando cómo es que la guerra era el resultado del impulso depredador del capital financiero en busca de mercados, ganancias y colonias.
Como todas las grandes obras marxistas, El imperialismo de Lenin es una polémica. La dirige contra el principal teórico de la socialdemocracia alemana, Karl Kautsky, quien desempeñó el papel central en dar justificaciones teóricas para el chauvinismo social.
Según Kautsky, el imperialismo no surgió de una fase o etapa definida en el desarrollo del capitalismo, sino que fue simplemente la política “preferida” por secciones de la burguesía como parte de los esfuerzos de las naciones industriales para tener bajo su control grandes extensiones de territorio agrario.
Esta definición pasaba por alto la característica principal del imperialismo que no concierne al papel del capital industrial sino el financiero.
Por otra parte, si el imperialismo era simplemente una política “preferida” y, por lo tanto, no estaba arraigado en el desarrollo objetivo de la economía capitalista, entonces el movimiento obrero podía orientarse a buscar alianzas con una u otra sección de la burguesía que “prefiera” otra política.
Las definiciones de Kautsky tenían un propósito político central: justificar la oposición a la perspectiva de la revolución socialista.
El análisis de Lenin en El imperialismo tenía tres componentes principales:
1. Demostró cómo la guerra había surgido de una etapa objetiva del desarrollo capitalista, el crecimiento de los monopolios fuera de la competencia y el ascenso del depredador capital financiero a una posición dominante, no de una política “preferida”.
2. El dominio del capital financiero, la transición al capital monopolista con gigantescas empresas, bancos e instituciones financieras que operan a escala mundial no sólo habían conducido a la guerra. Estos mismos procesos dieron lugar a un gran cambio en las relaciones sociales de producción, una tremenda socialización de la producción y el trabajo.
Por lo tanto, el imperialismo, basado en la dominación del capital financiero parásito, no era sólo un capitalismo moribundo. Entre los cambios que había provocado, la socialización de la producción significaba el comienzo de la transición al socialismo dentro de la misma economía capitalista. Sin embargo, esa transición sólo podía realizarse, actualizarse, mediante la derrota del oportunismo y su control del movimiento obrero.
3. El oportunismo no era simplemente un producto de la traición de este o aquel líder. En cambio, era un fenómeno asociado a los procesos objetivos del imperialismo y atado orgánicamente a los intereses de las clases dominantes capitalistas. El imperialismo les permitió a las grandes potencias capitalistas la adquisición de superganancias en las colonias. A partir de esto, la burguesía de estos países pudo crear una capa privilegiada de sectores de la pequeña burguesía, de periodistas, burocracias sindicales, trabajadores mejor colocados y un sector privilegiado de la clase obrera que recibía beneficios materiales — migajas del banquete imperialista.
De este análisis, Lenin sacó conclusiones políticas de gran alcance.
El imperialismo había transformado a las organizaciones oficiales de la clase obrera en agencias abiertas de la burguesía. Esta era la necesidad material para la formación de una Tercera Internacional.
La cuestión del momento era cómo llevar a cabo esa lucha.
La lucha contra el oportunismo
Las capas privilegiadas, que formaron la base social para la “defensa de la patria”, eran sólo una minoría. Era necesario ir a “las masas más bajas” y explicarles la necesidad de romper con el oportunismo y educarlos para la revolución.
Aquí línea de fuego tenía que ir contra aquellos que desempeñaron un papel aún más peligroso de proporcionarles una cobertura con fraseología marxista a los oportunistas y chovinistas sociales. El líder de esta tendencia fue Kautsky.
Desde el comienzo de la guerra, rechazando cualquier oposición a los créditos de guerra, Kautsky trató de dotar al chauvinismo social de un matiz internacionalista.
En octubre de 1914, escribió: “Es el derecho y el deber de todos defender su patria; El verdadero internacionalismo consiste en que este derecho sea reconocido por los socialistas de todas las naciones, incluidos los que están en guerra con mi nación”.[13]
En otras palabras, el internacionalismo auténtico consistía en justificar que los trabajadores alemanes le dispararan a los trabajadores franceses y viceversa, en nombre de “la defensa de la patria”.
Otro intento de darle una cobertura “internacionalista” al oportunismo vino de aquellos que invocaron la actitud de Marx a las guerras del siglo XIX, que llevaron a la formación de los Estados nación de Europa.
En todas esas guerras, Marx mantuvo un punto de vista internacionalista, tratando de evaluar cuál victoria sería más ventajosa para la causa de la democracia y, de ese modo, para la clase obrera. Se argumentó que este mismo método debía ser adoptado en la guerra actual. Con base en una evaluación “internacionalista”, se debía determinar de qué lado sería más ventajosa una victoria para la clase obrera y el socialismo.
No es difícil discernir cómo tal posición le añadió leña al fuego de los chauvinistas sociales. Los oportunistas alemanes afirmarían que la derrota del despotismo ruso era la más ventajosa desde el punto de vista internacionalista, mientras que sus homólogos franceses argumentarían también que la derrota de la autocracia prusiana era la más ventajosa, desde el punto de vista internacionalista.
Este intento de darle una envoltura internacionalista al chovinismo social ignoraba por completo los grandes cambios desde que Marx escribió sobre la guerra.
En las primeras siete décadas del siglo XIX, las guerras nacionales se vincularon con el derrocamiento del absolutismo y tuvieron lugar donde las condiciones objetivas para el socialismo no habían madurado. Pero desde entonces, durante casi medio siglo, las clases dominantes de Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Austria y Rusia habían seguido una política de saquear colonias y oprimir otras naciones. Era esta la política de la guerra actual, escribió Lenin, siguiendo el aforismo de Clausewitz.
Haber definido en dicha situación la victoria de cuál lado sería más beneficiosa hubiese sido determinar si era mejor que India fuese saqueada por Alemania o Reino Unido, si era mejor que China fuese dividida por Japón o EE.UU., o si África debía ser saqueada por Francia o Alemania.[14]
Contra los defensistas
Al avanzar la perspectiva de “convertir la guerra imperialista en una guerra civil”, Lenin se opuso a otros dos argumentos importantes.
El lema de terminar la guerra “ni una victoria ni una derrota” planteó dos cuestiones decisivas.
En primer lugar, le daba una cobertura política a los defensistas. Después de todo, los partidarios de los esfuerzos militares de sus “propios” gobiernos afirmaron estar luchando contra ser derrotados. Como señaló el líder derechista de la socialdemocracia alemana, Eduard David: “La importancia de nuestro voto del 4 de agosto es que no estamos a favor de la guerra sino en contra de la derrota”.[15]
Si uno no está a favor de una victoria, sino en contra de la derrota, esto implica que están en contra de una lucha revolucionaria, ya que esto podría asestarle una derrota militar definitiva a su “propio” gobierno. Por lo tanto, tal acción debía ser contrariada.
En segundo lugar, la consigna “ni una victoria ni una derrota” suscitaba otra pregunta aun más importante. Asumía que era posible retroceder al statu quo ante, negándose a reconocer que la guerra marcaba un giro histórico cualitativo.
Toda una era de desarrollo orgánico relativamente pacífico había sido bombardeada y hecha añicos por los cañones de agosto. No podía haber vuelta atrás.
La erupción de la guerra fue el resultado del desarrollo económico del período 1871-1914. Había nacido una nueva época, de tal manera que si la paz llegaba sin cambiar las bases del orden socioeconómico existente, entonces tal “paz” sólo sería el caldo de cultivo de nuevas guerras. Todo el sistema tenía que ser derribado por medio de una revolución socialista internacional.
El eslogan de la “paz”, el cual cobraba un mayor protagonismo a medida que se profundizaba la privación de las masas y se hacía evidente cuál era la naturaleza real de la guerra, tenía los mismos problemas que los otros, aunque de forma ligeramente distinta. A finales de 1914, las mismas trincheras que ya se extendían por toda Europa Occidental, permanecerían ahí durante los próximos cuatro años. Las ofensivas y las contraofensivas no trajeron ningún cambio, sólo una masacre en masa, y la perspectiva de un final rápido se evaporó.
En abril de 1915, Rosa Luxemburgo, la revolucionaria germanopolaca, escribió desde su cárcel en Berlín tras ser detenida por su oposición a la guerra: “La escena ha cambiado completamente. Las seis semanas de marcha hacia París se han convertido en un drama mundial. El asesinato en masa se ha convertido en una tarea monótona, y sin embargo la resolución definitiva no está ni un paso más cerca. El gobierno capitalista está atrapado en su propia trampa. Se acabó el primer delirio... El espectáculo ha terminado. La cortina ha caído en los trenes llenos de reservistas, mientras se retiran en medio de los alegres gritos de las doncellas entusiastas... En la desilusionada atmósfera de luz pálida, suena un coro diferente; el rujido ronco de los halcones y las hienas del campo de batalla... Y la carne de cañón que ha sido empacada en los trenes de agosto y septiembre se pudre en los campos de batalla de Bélgica y los Vosgos, mientras que las ganancias brotan como hierbas sobre los campos de los muertos”.[16]
Conforme se acumulaban los horrores de la guerra, uno sobre otro, Lenin señalaba la importancia del deseo de paz cada vez más amplio entre las masas de los países beligerantes. Insistió que era el deber de los socialistas “participar de la forma más ardiente en cualquier manifestación motivada por ese sentimiento”.
Pero sobre todo tenían que dejar claro que cualquier paz sin opresión, anexión y saqueo y sin la creación del embrión de nuevas guerras no podría suceder sin un movimiento revolucionario.
“Quien quiera una paz duradera y democrática debe defender la guerra civil contra los gobiernos y la burguesía”, escribió. Es decir, deben luchar por la revolución socialista.[17]
Kautsky desempeñó el papel principal en atacar esta perspectiva.
La justificación ofrecida por Kautsky y otros para repudiar los compromisos de la resolución de Basilea de 1912 era que ésta preveía el desarrollo de una situación revolucionaria.
Esto no ocurrió con el estallido de la guerra — las masas quedaron atrapadas en la campaña militar imperialista —; por lo cual, las condiciones supuestamente previstas en la resolución no ocurrieron. La idea de que era factible la revolución socialista era por lo tanto una ilusión, una quimera. El marxismo, como perspectiva científica, debía basarse en una evaluación objetiva de la situación, no en delirios.
Sin duda, amplios sectores de la población se quedaron enganchados en la campaña de guerra cuando se ordenó la movilización en los países beligerantes. Trotsky explicó la razón de esto en la psicología de las masas y el aparente aislamiento de la vanguardia revolucionaria al estallar la guerra.
En un período de paz, la influencia de los socialistas llega sólo a los sectores más avanzados de la clase obrera. Gran parte de la población permanece fuera de las luchas políticas inmediatas. Pero, con el estallido de la guerra y el comienzo de las movilizaciones, se acercan a la política.
Se enfrentan a cuestiones inmediatas de vida y muerte, en las que el gobierno y el ejército se erigen como protectores y defensores. Estos sentimientos se mezclan con sentimientos confusos de cambio, esperanza y aspiraciones para mejorar su situación.
“Lo mismo sucede”, escribió Trotsky, “al comienzo de una revolución, pero con una diferencia muy importante. Una revolución vincula estos elementos recién despertados con la clase revolucionaria, pero la guerra los vincula con el gobierno y el ejército!”.
Por una parte, las confusas esperanzas y sufrimientos se expresan en entusiasmo revolucionario; pero, por otra parte, estas mismas emociones sociales “toman temporalmente la forma de la embriaguez patriótica”, un estado de ánimo que infecta a amplios sectores de la clase obrera, incluso a aquellos que han sido influenciados por el socialismo.[18]
En tales condiciones, añade Trotsky, el partido no podía iniciar una lucha revolucionaria inmediata. Sin embargo, podría expresar su oposición a la guerra, declarar una falta de confianza en el gobierno, negarse a votar por créditos de guerra y, de esa manera, prepararse para los cambios en la conciencia de las masas que inevitablemente traería el curso de la guerra.
El hecho de que esto no sucedió, que la movilización para la guerra conllevó a la caída de la Internacional y que todos los partidos socialdemócratas y laboristas “se pusieran en línea con sus gobiernos sin una sola protesta” significó que había causas profundas.
Lenin, por encima de todos los demás, investigó a fondo esas causas y, al hacerlo, desarrolló la estrategia política y las tácticas que condujeron a la exitosa conquista del poder político por parte de la clase obrera.
Aquellos que trataron de defender a los oportunistas empezaron con un retrato falso de la situación con la guerra.
Según Kautsky, escribiendo en octubre de 1914, “el gobierno nunca es tan fuerte y los partidos tan débiles como en el estallido de una guerra”.
De hecho, Lenin respondió, “los gobiernos nunca tienen tanta necesidad de contar con la aprobación de todos los partidos de la clase dominante, o la sumisión ‘pacífica’ de las clases oprimidas a su control como en tiempos de guerra”.[19]
Además, los gobiernos parecen ser todopoderosos, pero lo que aparenta no coincide con lo real, y para comenzar nadie estaba vinculando las expectativas de la revolución simplemente con el estallido de la guerra. Este sólo era el comienzo de un proceso. Lenin escribía ya para 1915 que los síntomas de una situación revolucionaria se estaban desarrollando en todos los países conforme crecía el descontento de las masas y los sacrificios que exigían los gobiernos.
“¿Durará mucho esta situación, qué tan aguda se convertirá? ¿Llevará a la revolución? Eso es algo que no sabemos. Y nadie puede saberlo. La respuesta sólo puede ser proporcionada por la experiencia que adquiera la clase más avanzada, el proletariado, durante el desarrollo del sentimiento revolucionario y la transición a una situación revolucionaria”.[20]
Además, la falta de luchas revolucionarias inmediatamente después del estallido de la guerra fue también un producto de la situación que afrontaba la clase obrera. En todos los países, tuvo que encarar la censura y la ley marcial, una situación empeorada por la alianza entre sus líderes y los gobiernos imperialistas que ejecutaban estas políticas.
La filosofía materialista y la práctica revolucionaria
Más allá de la situación inmediata, las cuestiones planteadas por Lenin son de enorme importancia metodológica, llevándonos de nuevo al punto siete de la conferencia introductoria de David North, donde destaca “la relación esencial que existe entre la filosofía del materialismo científico y la práctica revolucionaria”.
El punto que subraya Lenin fue el siguiente: la situación era objetivamente revolucionaria en el sentido de que las clases dominantes eran cada vez menos capaces de gobernar a la antigua y las masas podían vivir cada vez menos así. Pero, ante dicha situación objetivamente revolucionaria, era imposible evaluar si iba a resultar en una revolución con sólo contemplarla. Para ello, era necesario desarrollar una práctica revolucionaria.
Lo que la situación contenía realmente, independientemente de que se pudiese o no concretar su potencial, sólo podía ser descubierto a través de la intervención del factor consciente y subjetivo, el partido revolucionario, tratando de desarrollar el movimiento obrero, revelándole la situación objetiva que lo encaraba y armando sus luchas con un programa claro, pensado hasta el final y dirigido hacia la conquista del poder político.
La insistencia de Lenin en la necesidad de capturar la situación real en sí, y no sólo su “apariencia” subrayaba el punto vital de Marx en sus Tesis sobre Feuerbach, donde puntualizó su decisivo desarrollo de la filosofía materialista.
Kautsky y otros afirmaban que seguían dentro del ámbito del materialismo contra las ilusiones que Lenin alimentaba en cuanto a su perspectiva de una guerra civil y una revolución para derrocar a la burguesía.
Sin embargo, no era sobre el materialismo de Marx donde estaban parados, sino que se basaban en una perspectiva materialista que él había sido superado con la incorporación de los logros de la filosofía idealista alemana, sobre todo de Hegel, quien enfatizó el factor activo, es decir, la actividad humana, en el proceso histórico.
En la primera de sus Tesis sobre Feuerbach, Marx escribió: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior — incluido el de Feuerbach — es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensualidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo”. De ahí que la filosofía materialista anterior no había comprendido “la importancia de la actuación ‘revolucionaria’, ‘práctico-crítica’”.[21]
En oposición a Kautsky, Lenin explicó que ningún socialista había garantizado nunca que la guerra actual, o la siguiente, produciría una revolución. Sino, que era el deber de los socialistas despertar la conciencia revolucionaria de la clase obrera, revelándole la existencia de una situación revolucionaria.
Marxismo contra chauvinismo social
La cuestión decisiva era explicar, ¿cómo es que los representantes más prominentes del socialismo internacional lo hayan traicionado? La respuesta radicaba en un análisis materialista de los orígenes de la tendencia social chauvinista.
En el período previo a la guerra, que se remonta más de una década y media, el movimiento socialista estuvo divido de manera fundamental sobre su perspectiva.
¿Llegaría el socialismo a través de un desarrollo pacífico y gradual, la acumulación de reformas a través de la actividad parlamentaria y sindical, o vendría a través de una ruptura del sistema capitalista y la erupción de luchas revolucionarias?
En 1898, el socialdemócrata alemán, Eduard Bernstein, propuso un cambio fundamental en la perspectiva básica del partido. Resumiendo la perspectiva de la tendencia gradualista, dijo que el movimiento lo era todo y el objetivo final nada. La tendencia revisionista fue rechazada en lo que respecta a la posición formal del SPD. Pero las prácticas en las que se basaba – la colaboración de clases y la integración en la estructura misma del gobierno burgués — continuaron adquiriendo fuerza.
La cuestión volvió a estallar después de la revolución de 1905 en Rusia. ¿Era la revolución, con sus huelgas generales de masas y la formación de sóviets o consejos obreros, que Fred Williams describió tan vívidamente en su conferencia hace dos semanas, la precursora de la revolución europea, anticipando las formas que tomaría, como insistió Rosa Luxemburgo? ¿O era, como sus adversarios, sobre todo en los sindicatos, una expresión del atraso ruso, sin relación alguna con la avanzada Europa occidental?
La traición de la Segunda Internacional puso este tema en un enfoque claro. Su origen había sido el crecimiento y desarrollo de la tendencia oportunista que había llegado a plena floración y madurez, apoyando directamente a su propia burguesía en la guerra.
El análisis de Lenin sobre las raíces materiales de esta tendencia tenía implicaciones políticas profundas. Resultaba que una nueva Internacional, la Tercera Internacional, no podía ser reconstituida a partir de los restos de la Segunda, ni podía establecerse sobre la base de su teoría y práctica.
La Segunda Internacional, explicó Lenin, realizó importantes trabajos preparatorios en el período de desarrollo “gradual”. Pero la Tercera Internacional se enfrentó a nuevas tareas: la lucha revolucionaria directa contra los gobiernos capitalistas, una guerra civil contra la burguesía, la toma del poder político y el triunfo del socialismo.
Eso requería la total separación política, ideológica y organizativa del oportunismo, que en el período de la Segunda Internacional había sido considerada como una tendencia “legítima” dentro del socialismo.
En Rusia dicha separación política y organizativa se dio con los mencheviques. Para Lenin, la importancia internacional de esta división adquiría un enfoque más claro.
La brecha entre los bolcheviques y los mencheviques comenzó a darse en el congreso de 1903 del Partido Laborista Socialdemócrata de Rusia. Era algo difusa ya que se desarrolló a partir de una frase sobre qué constituía la calidad de miembro del partido.
Con la erupción de la revolución de 1905, las cuestiones de clase en relación con dicha divergencia comenzaron a emerger. La política de los bolcheviques se basaba en la hostilidad y la oposición a la burguesía liberal. La de los mencheviques era una acomodación a la burguesía liberal, expresada gráficamente por Plejánov, quien declaró que los obreros de Moscú no debieron haber recurrido a las armas en la sublevación de diciembre.
Sostuvieron que la tarea en Rusia era una revolución democrático-burguesa, el fin del régimen absolutista feudal y la llegada al poder de un régimen burgués. Las acciones en Moscú sólo empujarían a la burguesía liberal a cumplir su papel histórico asignado. Era necesario, por lo tanto, proceder con “tacto” en relacionarse con el partido burgués, los cadetes, según Plejánov.
Estas disputas continuaron después de 1905 y dentro de la Internacional fueron consideradas como una peculiaridad rusa. Están “de nuevo peleando” ara una reacción común.
La traición a la Segunda Internacional planteaba la necesidad de separarse completamente del oportunismo y sus apologistas. A Lenin le quedó claro el significado internacional de la ruptura con los mencheviques.
La separación completa del movimiento proletario en Rusia de los elementos oportunistas pequeñoburgueses había sido preparada por toda la historia del movimiento, escribió Lenin. “Aquellos que desprecien esa historia y declamen contra el ‘faccionalismo’ serán incapaces de comprender el proceso real de la formación de un partido proletario en Rusia...”.
La lucha en Rusia tenía un significado internacional porque estaba enraizada, en última instancia, en los mismos procesos que dieron lugar al crecimiento y predominio del oportunismo en la Segunda Internacional, hasta que fue traicionada en 1914. El mismo tipo de desarrollo “europeo”, en el que ciertos estratos de la pequeña burguesía adquirieron ciertos privilegios de “gran poder” de su “propia” nación, tuvo su contraparte rusa en la forma del menchevismo, escribió Lenin.
Pero en Rusia, se había llevado a cabo una división, tanto política como organizativa, con estas fuerzas. Éstas eran las tácticas “internacionalistas”, consistentemente revolucionarias, que ahora debían extenderse.[22]
La arena en la que comenzó esta lucha fue la conferencia socialista contra la guerra celebrada en el pequeño pueblo suizo de Zimmerwald, del 5 al 8 de septiembre de 1915. Se celebró en secreto. La reserva del hotel se hizo en nombre de una sociedad ornitológica y, a pesar que no hubo ningún avistamiento de aves, si llegaron varias verdaderas águilas de pensamiento humano, especialmente Lenin y Trotsky.
La conferencia de Zimmerwald fue organizada por el socialista suizo, Robert Grimm. Su perspectiva, y la de sus partidarios, que formaban la mayoría de los delegados, 43 en total, estaba muy lejos de la de Lenin.
El objetivo de Grimm no era iniciar un movimiento revolucionario contra la guerra, sino borrar la mancha de la traición del 4 de agosto de la Segunda Internacional y restaurar sus fundamentos de antes de la guerra bajo el lema general de la paz.
La facción de izquierda era amplia pero constituía una minoría, y dentro de ella había una facción aún más pequeña, con alrededor de cinco personas que se agrupó alrededor de Lenin.
Lenin no tenía ninguna ilusión en cuanto a lo que la conferencia traería. Él lo vio como un paso adelante para reunir a las verdaderas fuerzas marxistas a nivel internacional, por pequeñas que fuesen.
El socialista suizo de izquierda, Fritz Platten, apuntó luego que durante los debates de la conferencia, Lenin era el oyente más atento, hablando poco y nunca por mucho tiempo. Pero cuando lo hacía, sus palabras tenían “el impacto de una lluvia cáustica”. Fue la perspectiva de Lenin, rl único que presentó un proyecto de resolución para la conferencia, que marcó el tono de muchas de las discusiones.
Según Platten, “la fuerza de Lenin consistía en el hecho de que veía las leyes del desarrollo histórico con una claridad fenomenal”.[23]
Precisamente su atención en aquellas leyes determinaba la actitud de Lenin hacia todos los intentos de revivir la Segunda Internacional que buscaban borrar la mancha del 4 de agosto.
El colapso de la Segunda Internacional no era simplemente el resultado de la traición de sus líderes. Al contrario, marcaba el fin de toda una época histórica de desarrollo relativamente pacífico. Una nueva era de guerras y revoluciones había comenzado. Una Internacional nueva tenía que ser construida, sobre fundaciones nuevas, para cumplir tareas nuevas.
El eslogan que fue propuesto era el de la paz. Sin embargo, contenía todas las cuestiones: ¿cómo podría haber paz sin el derrocamiento del sistema capitalista, cuyo desarrollo histórico en el imperialismo había llevado a la guerra? Dicha tarea no podía llevarse a cabo sin un quiebre completo con y una lucha intransigente contra todos aquellos que representaban los intereses del imperialismo dentro del movimiento obrero.
Durante la sesión vespertina del 7 de septiembre, el delegado francés, Alphonse Merrheim, resumió los temas. La mayoría quería una acción de paz del proletariado, no fórmulas estrechas, dijo. Merrheim no estaba en contra de la revolución, pero insistió: “Un movimiento revolucionario sólo puede crecer a partir de un esfuerzo por la paz. Usted, camarada Lenin, no está motivado por una lucha por la paz, sino por el deseo de establecer una nueva Internacional. Esto es lo que nos divide”.[24]
El resultado de la conferencia de Zimmerwald fue la publicación de un manifiesto redactado por Trotsky y firmado por todos contra la guerra imperialista. No representaba todo lo que Lenin, o incluso Trotsky, había querido. Pero fue un avance, un paso, como dijo Lenin, “hacia una ruptura ideológica y práctica con el oportunismo y el chovinismo social”.[25]
En los próximos meses, Zimmerwald sería asociado con el auge de la oposición a la guerra, mientras que los contenidos del manifiesto, denunciando al imperialismo, alcanzaron la conciencia de sectores más amplios de la clase obrera internacional en medio de una masacre incesante y privaciones cada vez más pesadas.
Las bases para una nueva Internacional
Pero, las cuestiones esenciales por las que fue llamada la conferencia, siguieron ahí.
En marzo de 1916, Rosa Luxemburgo publicó una resolución que artículo estos temas en relación con los cimientos para una nueva Internacional. Sólo pía nacer, escribió, como resultado de las luchas revolucionarias de las masas, cuyas primeras palabras fueron manifestaciones de masas para lograr la paz.
“La existencia y la viabilidad de la Internacional no es una cuestión de organización, no una cuestión de entendimiento dentro de un pequeño círculo de individuos que se presentan como representantes de los estratos opositores dentro la población trabajadora, sino más bien una cuestión del movimiento de masas del proletariado de todas las tierras”,[26] escribió Luxemburgo.
Aquí hay una diferencia fundamental con el concepto de Lenin.
Lenin no tenía ninguna duda de que la guerra provocaría luchas revolucionarias de masas. Pero la cuestión crucial para él era si, antes de estas luchas, iba a existir una dirección revolucionaria que ya había elaborado los elementos principales del imprescindible programa y que, aun más importante, había puesto de manifiesto su hostilidad hacia todas esas tendencias políticas que apoyaron la guerra y buscarían descarrillar la revolución, sobre todo las que habían emergido dentro del propio movimiento obrero.
Sólo dicha preparación permitiría que el estallido de la revolución — un producto de las mismas condiciones que desataron la guerra — llevara a una conquista exitosa del poder político por la clase obrera.
Lo correcta que fue esta perspectiva fue verificado en el transcurso de 1917. Apenas un año y medio después de la conferencia de Zimmerwald, estalló la revolución de febrero y ocho meses después la Revolución de Octubre.
En su carta de despedida a los trabajadores suizos, cuando comenzó el viaje de regreso a Rusia en 1917, Lenin escribió:
“Cuando nuestro partido lanzó en noviembre de 1914 la consigna de ‘transformar la guerra imperialista en guerra civil’ de los oprimidos contra los opresores, por el socialismo, esta consigna fue acogida con hostilidad y burlas malignas por los socialpatriotas, con un silencio desconfiado y escéptico, psulánime, y expectante de los socialdemócratas del ‘centro’… Ahora, después de marzo de 1917, sólo un ciego puede dejar de ver que esta consigna es justa. La transformación de la guerra imperialista en guerra civil pasa a ser un hecho. ¡Viva la naciente revolución proletaria en Europa!”.[27]
1. Citado en Hamilton and Herwig, Decisions for War, 1914–17 (Cambridge, 2004), p. 19 [Nuestra traducción al español]
2. Niall Ferguson, The Pity of War (Allen Lane, 1998), p. 31[Nuestra traducción al español]
3. Citado en Fritz Fischer, War of Illusions: German Policies from 1911 to 1914 (London: Chatto & Windus, 1975), p. 449
4. Citado en David Stevenson, Armaments and the Coming of War (Oxford: Clarendon Press, 1996), p. 391
5. Citado en Paul Kennedy, The Rise of Anglo-German Antagonism (London: The Ashfield Press, 1987), p. 467
6. Engels, Introduction to Borkheim Abstract, disponible en https://www.marxists.org/archive/marx/works/1887/12/15.htm [Nuestra traducción al español]
7. Resolution of the Second International Stuttgart Congress, disponible en https://www.marxists.org/history/international/social-democracy/1907/militarism.htm [Nuestra traducción al español]
8. Lenin, Collected Works Volume 21, p. 34 [Nuestra traducción al español]
9. Lenin, Collected Works Volume 21, p. 161[Nuestra traducción al español]
10. Lenin, Collected Works Volume 21, p. 279 [Nuestra traducción al español]
11. Rudolf Hilferding, Finance Capital (London: Routledge & Kegan Paul, 1985), p. 22 [Nuestra traducción al español]
12. Hilferding, op cit, p.334 [Nuestra traducción al español]
13. Citado en Lenin, Collected Works, Volume 21, p.219 [Nuestra traducción al español]
14. Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 187 [Nuestra traducción al español]
15. Cited in Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 278 [Nuestra traducción al español]
16. Rosa Luxemburgo, The Junius Pamphlet: The Crisis in the German Social Democracy in Rosa Luxemburgo Speaks (New York: Pathfinder Press, 1970), p. 261–262 [Nuestra traducción al español]
17. Lenin, Collected Works, Volume 21, pp. 315-316 [Nuestra traducción al español]
18. Leon Trotsky, War and the International, pp. 51-52 [Nuestra traducción al español]
19. Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 215 [Nuestra traducción al español]
20. Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 216 [Nuestra traducción al español]
21. Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm
22. Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 258 [Nuestra traducción al español]
23. Catherine Merriedale, Lenin on the Train (Allen Lane, 2016), p. 86 [Nuestra traducción al español]
24. Citado en R. Craig Nation, War on War (Chicago: Haymarket Books, 2009), p. 89 [Nuestra traducción al español]
25. Lenin, Collected Works, Volume 21, p. 384 [Nuestra traducción al español]
26. Cited in R. Craig Nation, War on War, p. 95 [Nuestra traducción al español]
27. Lenin, Obras escogidas, Tomo VI, p. 104
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