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Timestamp: 2018-09-19 03:17:30+00:00

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Vipassana experience – Un deja vu de 9 días - Sinmapa
Sinmapa 27 diciembre, 2015 11 septiembre, 2018 MI BLOG 16 Comentarios
Esta es la segunda –y última- entrega de mi experiencia vipassana. Si te has perdido la primera parte, puedes leerla aquí.
El primer día de curso con sus eternas sesiones de meditación, sus recreos y comidas solitarias se repitieron casi de forma idéntica durante 9 días más… con algunas excepciones.
Vipassana días 2 al 9. Espiral de Deja vu
Deja vú del primer día en un bucle infinito. Pequeñas y sutiles diferencias:
Las campanadas matutinas, con el correr de los días, se llevaron peor y desde el 2º día una empieza a odiar a la ayudante del profesor que es quien la hace sonar con un disfrute fuera de lo normal. Estoy segura que se regodeaba de placer parándose frente a cada una de las habitaciones torturándonos en las horas difíciles de la madrugada.
Los desayunos no mejoraron… ni las comidas. El menú tuvo pocas modificaciones a lo largo del curso y la base siempre fue el arroz blanco. El té de las 5.00pm fue exactamente el mismo durante los 10 días: una banana y arroz inflado.
Los tres momentos más esperados y deseados del día fueron las comidas. Todo el resto del día era “relleno” entre comidas.
Desde el segundo día -y hasta mi último segundo de estancia en el centro- la manta de la cama y yo fuimos inseparables… ¡vaya frío hacía en ese lugar! Venía conmigo a meditar, a comer, a dar paseos y ¡de vuelta a la cama!
A partir del segundo día comencé una intrincada operación para “robarme bananas” de la cocina y llevarlas a la habitación para comerlas por la noche (estoy segura de que a Goenka no le hubiera importado!). También comencé el trazado de los primeros borradores mentales para crear una red de tráfico ilegal de galletitas y dulces a los centros de vipassana para los estudiantes hambrientos. Veo un buen negocio ahí.
El tercer día me cambiaron de sitio en el comedor y me entró paranoia al pensar que mi compañera se había quejado por haberla estado observando comer los últimos 2 días casi con una obsesión enfermiza.
Después de 3 días de “duchas” de agua fría las mujeres indias consiguieron una cacerola de 50litros y comenzaron a calentar agua con una fogata creada en la puerta del bloque B de residencia de mujeres (frente a mi ventana, vamos!). Finalmente todas pudimos disfrutar de un reconfortante baño de agua “caliente”. A partir del cuarto día me percaté que ellas calentaban el agua de madrugada (sobre las 3.30am y 4.00am) para “bañarse” lo que me llevó a buscarme la vida para hacer fuego durante el recreo después de la comida (una hora decente para ducharse, sobre todo porque las temperaturas ya estaban por encima de los 0º de nuevo!). Allí comprendí que más de 6 años de estudios universitarios y más de una década trabajando para empresas internacionales no te preparan para sobrevivir en el mundo… ¡necesitas saber hacer y encender una fogata! Las indias, el primer día, se entretuvieron unos 20 minutos viéndome luchar por encender -y mantener- el fuego hasta que se apiadaron y me ayudaron. Desde ese día en adelante siempre tuve alguna mujer india a mi lado para ayudarme con esta tarea tan primitiva y ¡básica!
La súper olla donde calentábamos el agua para el baño*
A partir del tercer día empecé a hablar conmigo misma en la habitación. Me invadieron serias dudas sobre si hablar conmigo misma infringía alguna de las reglas del curso. Me propuse no hablar más conmigo misma. Además me auto-aburría… ¡siempre pensando en los mismos temas!
Por el contrario de lo que había pensado, imaginado o, mejor dicho, temido: a pesar de que mis ganas de fumar fueron constantes a lo largo de los 10 días, nunca fueron tan intensas como para dejar el curso ni lo “padecí” exageradamente. Creo que el no tener “vida social” y estar atada a una estricta rutina de meditación ayudaron a que esos 10 días sin nicotina fueran “llevaderos”.
El cuarto día comencé a hablar con los insectos y animalejos de mi habitación. Pero por las dudas de que eso tampoco estuviera permitido decidí no hablarles de temas trascendentales ni sobre el curso. Les hablaba sobre temas triviales como el clima o les preguntaba qué tal había sido su día. Tommy, la lagartija escurridiza, no era muy propensa a charlar conmigo, pero la comunidad de arañas de mi baño siempre tenía alguna historia que contar: la araña de la esquina derecha había atrapado una mini mosquita en su telaraña, otra estaba haciendo malabarismo sobre la cuerda para tender ropa y una araña blanca había agrandado considerablemente su red. Cada día había algo diferente en sus experiencias.
Araña en mi mosquitera*
Presencié el suicidio de una araña en el cubo de agua. Como Alfonsina en el mar… se metió para no volver a salir… ahogó sus penas, literalmente.
(Alfonsina y el mar – Mercedes Sosa)
Araña ahogada en el cubo de agua rojo!*
A partir del cuarto día comenzamos a practicar vipassana propiamente dicho (el anapana de los primeros tres días había sido un entrenamiento rápido para prepararnos para ese gran momento). Cada vez me sentía más frustrada. Desde ese día, además de sentir el pequeño triángulo que conforma el labio superior y las fosas nasales ¡debía sentir cada parte de mi cuerpo! Debía tener “sensaciones”… y yo ¡no sentía nada! Excepto un dolor fuerte en la espalda, las rodillas y los mosquitos no pararon de picarme -y yo de rascarme!-.
A partir de la cuarta noche dejé de despertarme de madrugada con pesadillas y comencé a soñar más y descansar mejor. Incluso un día me desperté riéndome a carcajadas.
Los eructos apocalípticos y estremecedores siguieron a lo largo de los 10 días. O cada vez peor. Todos eructaban a mi alrededor sin pudor alguno. Nunca me acostumbré.
Algunas sesiones de meditación se llevaban a cabo en las celdas individuales dentro de la pagoda. Se trata de una celda bien ventilada y con mosquitera en las ventanas de no más de 1 metro cuadrado con un cojín. Empecé a notar a partir del sexto día que las alumnas –yo incluida- pedíamos ir a meditar allí para la sesión justo después del almuerzo… ¿¡siesta time!? Si te quedas dormida en el hall central las ayudantes del profesor, que lo vigilan todo, te despiertan. Pero si estás en la celda de la pagoda nadie te ve y puedes dormir una horita y media sin interrupciones –aunque algo de culpa!-.
Alguna tarde en vez de tumbarme en mi cama durante el “recreo” caminé por la zona habilitada para mujeres del centro, pero literalmente son 100 metros de camino que son justamente los que te llevan desde el comedor hasta el hall central de meditación, pasando inevitablemente por el bloque B, donde estaba mi habitación. Resultaba muy difícil caminar sin mirar a las otras estudiantes que estaban también allí caminando o sentadas al borde del camino. Una parecía una esquizofrénica caminando de aquí a allí una y otra vez.
De haber tenido acceso a un bolígrafo y papel, hubiera apuntado la maravillosa trama que se me ocurrió para un policial/thriller… hubiera sido un best-seller! Pero se me ha olvidado. El mundo se lo pierde por culpa de Goenka.
Me empecé a exasperar por no lograr “meditar” propiamente hablando más de 30 minutos al día! (¡30 minutos en 10 horas!). Me sentí un caso perdido y una deshonra para el mundo de los yoguis-meditativos.
Al sexto día comencé a tener palpitaciones durante las meditaciones. “Voy a ser la primera persona en morirse de un ataque al corazón en cursos de meditación!!”.
Séptimo día, al finalizar la jornada y durante la hora de consulta le conté a mi profesor sobre mi incapacidad de concentrarme o dominar mi mente y sobre las palpitaciones. Me recomendó volver a la etapa de “anapana” hasta que me sintiera preparada para hacer vipassana. Me tranquilizó y me dijo que era completamente normal -sobretodo para personas que nunca en su vida habían meditado.
El séptimo día me pasé la tarde analizando la oscura y turbia teoría conspiratoria de la araña parada en mi mosquitera, justo a la altura de mi cabeza. Comencé a creer que estaba esperando a que por la noche me durmiera para envolverme en su tela y comerme lentamente por el resto de su vida.
Octavo día: Logré sentir cosquilleo en mi cabeza y cara y tuve un microsegundo de gloria absoluta.
Octavo día. Preparé mentalmente un discurso para el gerente del curso con argumentos más que válidos para que se replantee la duración del curso. 10 días son demasiados, se tienen que hacer cursos de 7 días, que es lo máximo que un humano puede tolerar.
Durante los 9 días mi mente se ocupó de desempolvar decenas de recuerdos que habían quedado tapados bajo millones de otros pensamientos, recuerdos y preocupaciones.
No hubo un cambio radical de actitud hacia el curso… me resultó tan difícil el primer día como el último. Nunca me acostumbré a madrugar, a no hablar, a no fumar, a no beber café, a tener sólo 2 comidas al día… ¡ni a las 10 horas de meditación! Pero tengo que admitir que al final, el décimo día, cuando pude verbalizar mis emociones entendí, finalmente, por qué estaba ahí y comprendí cuánto bien me había hecho. Los días dentro del centro transcurrieron como un sueño letárgico y soporífero que cobraron sentido y vida cuando pude pronunciar las palabras que delineaban las emociones y sensaciones.
Día 10. Rompemos el silencio
El último día, después de la sesión de meditación de las 9.00am finalmente se levanta el voto de silencio. Cuando suena la campana a las 11.00am me quedo sentada unos segundos en mi cojín. Veo cómo todas mis compañeras abandonan la sala y al final, salgo yo. Están todas de pie frente a la puerta mirándose las unas a las otras a los ojos –después de 10 días de cero contacto visual-. Una de ellas, mi vecina de habitación, me mira con los ojos llorosos y me pregunta cómo me siento. Mi primera respuesta fue, literalmente: “Absolutely fucking happy. This is finally over!” (¡Completamente feliz! ¡Por fin esto se ha acabado!). Estaba eufórica y orgullosa de mi misma. Y, al contrario de lo que me imaginé, en vez de hablar quería seguir en silencio -no sabía cómo entablar una charla!, por lo que me dirigí rápidamente a mi habitación. Pero esa sensación me duró unos segundos. A los pocos minutos estaba llorando abrazada a una de mis compañeras (aunque oficialmente no podíamos tener contacto físico hasta el día siguiente). Luego se dibujó una sonrisa genuina y compasiva en mi cara que no se borró por días… e incluso ahora, un par de semana después sigue ahí. La sensación, además de felicidad absoluta, es de paz y armonía. Es de comunidad y comunión. Esto que siento es… ¿calma? Wow! Hacía años que no experimentaba la “calma”.
Luego de la comida nos fuimos todas las mujeres a la terraza de la pagoda para una sesión de fotos (luego se sumaron los hombres) e intentar comunicarnos en semi-inglés, semi-hindi y semi-lenguaje no verbal. ¡Estábamos todas pletóricas!
Foto grupal en la pagoda*
Todo es normal durante el curso vipassana
Cuando finalmente pudimos hablar, nos juntamos el grupo de extranjeras después de la sesión de meditación de la mañana para compartir las sensaciones e intercambiar ideas y opiniones sobre el curso. Yo les confesé que no había logrado casi superar la fase de anapana, les conté sobre mis pesadillas, sobre mis conversaciones con las arañas y sobre los recuerdos de la infancia. Ellas me dijeron que les había pasado lo mismo y que el tema de que los recuerdos irrumpieran con tanta fuerza era completamente normal. Las sensaciones que me generaban esos recuerdos (bronca, euforia, rabia, alegría, tristeza, etc.) eran parte de las “sensaciones” de las que Goenka hablaba en sus videos. No era sólo sentir un cosquilleo o electricidad recorriendo el cuerpo, era también las emociones que generaban los pensamientos y recuerdos. Con el correr de las horas, y tras la conversación con mis compañeras, fueron aflorando otras sensaciones: paz, alegría, tristeza, emoción, orgullo. ¡Estaba a tan sólo 16 horas de finalizar con éxito el curso!
Grupo de extranjeras en el curso de Vipassana*
Ese día el comedor se llenó de risas, charlas y confesiones entre las estudiantes y una de ellas me contó que esta era la cuarta vez que realizaba el curso y mi primera pregunta fue: ¿¡por qué!? No entendía qué demonios internos tendría que tener una persona para pasar por esa experiencia 4 veces. Días después lo comprendí. Hoy en día yo misma me planteo realizarlo por segunda vez en algún momento (lejano).
Conclusiones a unas semanas de concluido el curso
Tras más de 3 meses viajando por India y hablando con diferentes viajeros y locales, he descubierto que muchos de quienes recorren los contrastes del país –fuera del tour del triángulo de oro y excluyendo por supuesto los 10 días de vacaciones en las playas de Goa- lo hacen buscando, del alguna manera, respuestas. Sin necesidad de ser religiosos o filósofos ni de estar padeciendo un estado emocional extremo, quienes “peregrinan” estas latitudes necesitan respuestas que no encuentran en un libro ni en una charla con amigos en los bares ni en confidencia con los más cercanos. Necesitan respuestas que saben que llevan dentro pero precisan encontrar la forma de descifrarlas e interpretarlas… y ¿qué mejor que el país de la espiritualidad para conseguirlo? La gran mayoría de personas asistentes al curso de vipassana que realicé me confesaron que buscaban encontrar respuestas en relación a su realidad única y personal –quizá, sin saberlo, yo también-.
Si bien vipassana no te ofrece las respuestas que tanto anhelas, pone a tu disposición las herramientas para que las encuentres.
Vipassana es un encuentro con una misma. Son 10 días de introspección en los que no puedes tener comunicación (verbal o no verbal) con absolutamente nadie, sólo puedes concentrarte en tu cuerpo y en tu mente en un ambiente que favorece la auto-observación.
Aunque no los estés buscando, empiezan a aparecer recuerdos olvidados que de una u otra manera han influenciado tus decisiones y actitudes en la vida, así como han forjado tu personalidad. Regresan, con fuerza, momentos de tu vida que habías decidido borrar –quizá no de forma consciente- y ahora los tienes frente a ti, mirándote y desafiándote pero a la vez permitiéndote que entiendas algunas de tus reacciones y emociones. A través de esta técnica de meditación te acercas a ti misma, no a un dios o a un gurú. No es una técnica de lavado de cabeza para que te conviertas en budista, ni para que dejes de creer en tu religión si tienes una.
La técnica no tiene otra pretensión que ayudarte a ordenar tus pensamientos, abandonar tu ego, liberar tu mente de las cosas que te hacen sufrir y te hacen daño a través de una observación ecuánime de todas las emociones: buenas o malas. Es una forma de aceptar el cambio, que al final es lo único constante en la vida. Te ayuda a entender que la vida es cambio permanente, tanto físico como mental; y a observar las cosas como son. Pase lo que pase en tu vida, te sientas como te sientas, siempre podrás aplicar la siguiente frase: “Esto también cambiará” (“This will also change”). Ya sea que estas en la cúspide de la ola de la felicidad o hundida en la miseria más grande todo pasará, porque todo cambia. Nada permanece estático. Ni siquiera tú misma. Aceptar esto no es fácil, y la técnica de meditación vipassana te ayuda a lograrlo (tras muchos muchos muchos años de practicarlo).
Foto con algunas de mis compañeras de curso*
No tienes que ser un yogui ni estar metido en la nueva ola hípster de yoga-meditación y búsqueda de la realización personal a través de técnicas alternativas y que parecen “cool” para disfrutarlo. Sólo tienes que desear acercarte al lado más espiritual que todos llevamos dentro y que olvidamos entumecidos por la vorágine de la rutina diaria. Vipassana te ayuda a dejar de lado el ego, que es lo que nos hace sufrir, y a alcanzar la felicidad a través de medios naturales, como la respiración, en vez de utilizar las sustancias artificiales que hoy en día se consumen para estar en calma o en paz, tener más confianza en una misma o divertirnos y ser felices (si, hablo de drogas y alcohol). La técnica vipassana te ayuda a ser más consciente de tus emociones, de tu mente y de tu cuerpo y te permite disfrutar de tu realidad desde otras perspectivas y obtener, al final del camino si eres constante con la meditación, la felicidad absoluta. Pero si no quieres ser Buda, no te interesa iluminarte ni acariciar el nirvana, la técnica la puedes aplicar en tu vida diaria para asimilar de otra forma tu realidad y tus emociones y no padecer cada momento.
La experiencia es única para cada persona, por lo que no hay dos estudiantes que hayamos sentido exactamente lo mismo o hayamos experimentado el curso de igual forma, por lo que cada persona tiene que vivirlo para sacar de él todos sus beneficios y sus propias conclusiones. Para mi ha sido muy intenso, un reto muy duro y una oportunidad para empezar a adentrarme un poco en mis memorias y en mi mente para intentar entenderme mejor y quizá corregir todo aquello que no me gusta de mi, a la vez que me permita no sufrir ante algunas situaciones o a asumir las cosas tal y como son.
Os cuento una intimidad, a los pocos días de terminar el curso tuve un sueño rarísimo: soñé que la puerta de salida del centro de meditación daba directamente al salón de mi casa y que, al entrar, encontraba a un bebé recién nacido, desnudo y con los ojos abiertos, en el sofá. Yo me senté junto a él y lo miré unos segundos hasta que alguien se acercó a mi –no sé quién era- y le pregunté de quién era el niño. “Tuyo” – me contestó esta persona anónima. Completamente atónita volví a mirar al bebé e intenté comprender cómo podía ser mío si yo nunca había estado embarazada… pero de todas maneras decidí coger a ese bebé en brazos y me juré cuidarlo, alimentarlo y darle cobijo. Quizá otros interpreten este sueño de otras maneras, pero para mi es una metáfora de esta “nueva vida/nueva oportunidad” para admirar el mundo y experimentar mi realidad. Este nuevo perfil más espiritual que estoy desarrollando está aún en pañales y necesita años de atención y cuidados hasta que llegue a la madurez necesaria para –no llegar al nirvana- sacarle el máximo provecho y vivir en mayor conexión conmigo mismo. Ahora queda ser constante y meditar dos horas al día, una por la mañana y otra por la noche. Viajando es más complicado pero es una actividad que realmente me gustaría hacer por el resto de mis días.
Vipassana no es para todo el mundo, pero todo el mundo puede probarlo y si no le parece adecuada la técnica o no se siente cómodo puede luego simplemente aplicar a su vida las áreas de la técnica que le ayuden y descartar el resto. Pero si me preguntáis si lo recomiendo tengo que decir: rotundamente si.
Café, galletitas de chocolate y cigarrito a la salida del curso vipassana! (siempre con la manta a cuestas!)*
–> Si quieres realizar un curso vipassana puedes consultar la web oficial donde podrás ver dónde se encuentran los centros. Hay en todos los continentes, asi que seguro que encontrarás uno cerca de tu casa… no tienes que cruzar medio mundo para venir a India a hacerlo.
*Sorry por la mala calidad de las imágenes. Son de móvil y con poca luz!
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16 pensamientos sobre “Vipassana experience – Un deja vu de 9 días”
Angelica 11 abril, 2018 en 7:22 am
Hey 🙂 acabo de conocerte y me a encantado tu crónica y tu forma de escribir,
Llegue aqui buscando tips para mi segundo curso, ya que estoy a puertas de él y estoy bastante nerviosa, ya el que el primero decir que fue dificil es poco, literalmente convulsioné.
Sinmapa Autor del artículo 11 abril, 2018 en 9:43 am
Angélica! Qué bien que lo hagas por segunda vez… -aunque entiendo tus miedos-. Yo también quiero volver a hacer un vipassana, pero aún estoy juntando coraje! jajajaj Mucha suerte y ya me cuentas de tu experiencia! Un abrazo
Llevame lejos 24 abril, 2017 en 5:05 pm
Qué divertida, Verónica! Nunca me animo a comentar tu blog, pero con estos me has recordado tanto a Come, reza, ama…no pudiendo dejar de rascarte las picaduras y pensando en hostales…lo dicho, genial!
Sinmapa Autor del artículo 24 abril, 2017 en 9:54 pm
Hola, linda! Cómo es eso de que nunca te animas a comentar en mi blog… ¡¡no muerdo!! y me encatna qu me dejen sus impresiones, anecdotas, consejos.. preguntas!:) Me alegro que finalmente hayas dado el paso! Yeah! Lo del curso de Vipassana fue una locura! ahora lo miro, releo mi post y me rio… pero te juro que no lo pasé bien! jajaja Un abrazo y sigamos en contacto!
Tania Llevame lejos 6 mayo, 2017 en 12:24 pm
Ay, claro que sí! Es la vergüenza que no comenta por mí 😉 Hoy mismo he leído tu post de Bocas del toro y espero ansiosa la segunda parte.
Sinmapa Autor del artículo 6 mayo, 2017 en 1:59 pm
Jajjajajaja deja la vergüenza fuera, mujer! 😉 Mañana sale el 2º post de Bocas… 🙁
Juan 25 febrero, 2017 en 9:46 pm
Yo llevo siete cursos. Cada vez que voy me repito… ¡otra vez aquí!, que no se me olvide que aquí no vuelvo. Que no se me olvide…
Pero la verdad es que llevo mas de dos años sin poder asistir a un curso de 10 días y estoy deseando. Mi esposa está en estos momentos en un curso, debe ser su décimo. Y eso que intentó escaparse cuando hizo el primero.
Sinmapa Autor del artículo 26 febrero, 2017 en 3:11 pm
Wow, Juan! SIETE cursos!!! Wow!!! ya estarás más que iluminado!! 😉 Ahora en serio… es una experiencia muy profunda y yo estoy deseando hacer la segunda! Gracias por pasarte por aquí y compartir tu experiencia!
Romina 30 abril, 2016 en 12:49 am
Hola ! Justo estaba buscando que hacer en India (algo como esto) y apareció esta genial publicacion!!! es muy buena, es exactamente lo que estaba buscando y me gusto mucho tu relato. Pero me gustaria saber mas de como aplicar, en que lugar lo hiciste y si es pago (y cuanto aprox).?? Muchas gracias!! En julio arranco mi viaje gracias a tu inspiradores relatos! Besos y gracias!
Sinmapa Autor del artículo 30 abril, 2016 en 10:05 am
En la web http://www.dhamma.org tienes toda la info que precisas: hay un listado con todos los centros que hay en el mundo, te indica cuáles tienen plazas vacantes y cuáles no, y en el momento que escojas un centro, en la misma web tienes que completar un formulario para solicitar tu plaza. Según el centro demoran entre 24h y una semana en responderte por correo electrónico para confirmar tu plaza. Yo lo realicé en Shravasti, pero hay cientos de centros en toda India y en todo el mundo. El curso es “gratuito” pero se espera una donación. Un saludo y espero que disfrutes tu viaje a India!
Fani 10 enero, 2016 en 10:51 am
wow! Desde luego no parece una experiencia fácil, pero es una de las primeras cosas que está en mi lista cuando me lance a mi gran viaje.
Sinmapa Autor del artículo 10 enero, 2016 en 6:48 pm
Gracias Fani por pasarte por aquí! No es una experiencia fácil, pero es muy gratificante al final! 🙂 Sin dudas muy recomendable! Un saludo 🙂
Ana Milena 29 diciembre, 2015 en 4:08 pm
maravillosa experiencia. que delicia de vida. Es una bendición.
Sinmapa Autor del artículo 29 diciembre, 2015 en 4:58 pm
Gracias, Ana por pasarte por aquí! Una experiencia enriquecedora! 🙂
Irene 28 diciembre, 2015 en 8:57 am
Me ha llamado la atención lo de los erutos. Parece que es típico en los centros indios. Yo tampoco me acostumbré. Me provocaban miniataques de risa.
La verdad es que una experiencia vipassana es algo que recomiendo vivir una vez en la vida. Es todo un reto y sales un poquito cambiada. Luego el reto mayor es continuar la meditación fuera del centro. Yo he fracasado.
Un abrazo y sigue disfrutando del viaje!
Sinmapa Autor del artículo 29 diciembre, 2015 en 11:44 am
Jajaja Irene, al principio también me quería reír… pero luego no daba lugar a mi asombro: ¡vaya pedazo de eructos! Y no hablemos de los peditos 🙁
Es cierto que de ahí sales cambiada y lo más difícil es, como bien dices, seguir con la meditación dos horas al día. A mi se me está haciendo muy cuesta arriba, sobre todo porque viajando tengo unos horarios locos! Un saludo y gracias por pasarte por el blog!
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