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Timestamp: 2019-11-13 04:17:57+00:00

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Revista San Gabriel | Parroquia – Colegio
octubre 27, 2016 Revista San Gabriel	Dejar un comentario
La promoción de los derechos del hombre, camino hacia la paz (1969)
Educarse para la paz a través de la reconciliación (1970)
Todo hombre es mi hermano (1971)
Si quieres la paz, trabaja por la justicia (1972)
La paz es posible (1973)
La paz depende también de ti (1974)
La reconciliación, camino hacia la paz (1975)
Las verdaderas armas de la paz (1976)
Si quieres la paz, defiende la vida (1977)
No a la violencia, sí a la paz (1978)
Oh, Bendito Jesús,
haz que mi alma
se aquiete en ti.
que tu poderosa calma
reine en mí.
Gobiérname,
oh, Rey de la Calma,
Rey de la Paz.
Vatican Insider, La Stampa http://www.lastampa.it/vaticaninsider/es
No había una sola encuesta que diera por ganador al sector del NO en el plebiscito del proceso de paz con las FARC el pasado domingo dos de octubre. Aunque la diferencia fue de apenas el 0.43% (60.116 votos) el gran ganador fue el abstencionismo que superó el 60%.
Después de más de medio siglo de guerra, muerte, secuestros, extorsión, narcotráfico y desolación, el pueblo colombiano dijo NO al acuerdo de la paz con las FARC lo que deja en evidencia un país polarizado y dividido.
El Presidente Juan Manuel Santos se ha jugado su capital político y su popularidad en este proceso de negociación con la guerrilla más antigua de América latina. Después de aprobado y firmado apostó a legitimarlo, sometiéndolo a la aprobación popular en un plebiscito pero algo falló, porque algo tan anhelado como la paz no fue suficiente para que en las urnas los colombianos lo aprobaran.
Sin embargo no es acertado reducir al resultado de la votación del plebiscito a la definición que Colombia no quiere la paz. El país está cansado de tres generaciones en guerra y esto lo ha llevado a que sea una inmensa minoría los que simpatizan con las FARC, guerrilla que a sus inicios tuvo motivaciones ideológicas y políticas pero luego se convirtió en un grupo terrorista.
En la votación del domingo pasado quedó en evidencia que ante la opinión pública las FARC están debilitadas. Para un sector del país no era aceptable que luego de cometer cientos de delitos luego tuvieran entre otros beneficios 10 curules en el congreso, 31 estaciones radiales en frecuencia modulada y un canal de televisión. Pero, ¿qué son unas emisoras frente a vivir en paz? ¿No es mejor que sus propuestas las presenten con los argumentos de las palabras y no con las balas?. Sin embargo los hechos son contundentes. En las urnas ganó el NO al acuerdo con las FARC.
Esta situación llevó también a algo inesperado. Después de 6 años, ayer en el Palacio Presidencial Juan Manuel Santos y su equipo se sentaron a hablar con el expresidente y ahora senador Alvaro Uribe, quien pasó de ser su mentor político a su máximo opositor.
Mientras tanto, en las calles de Bogotá miles de personas se manifestaban en favor de un arreglo inmediato para llegar a la paz. Pero ¿cuántos de los que colmaron las calles salieron a votar? Aunque la abstención en las elecciones en Colombia ha sido siempre mayoría, no se entiende que en una situación tan relevante como la paz con las FARC, el 60% de los votantes no hayan acudido a las urnas contribuyendo así a dividir más el país.
Es cierto que es más fácil ser historiador que profeta pero, ¿cuántos dolores de cabeza nos hubiéramos evitado los colombianos si esa reunión entre los sectores del SI y del NO se hubiera realizado antes de la votación del plebiscito?
La discordia entre Santos y Uribe tiene sus antecedentes: solo unos meses después de que el Presidente Juan Manuel Santos había iniciado su primer período presidencial en 2010, varios nombramientos de opositores del anterior gobierno y la reunión con el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez (QEPD) a quien llamó su nuevo mejor amigo, desató la ira de su exjefe Álvaro Uribe Vélez, quien desde ese momento se consolidó como la cabeza de la oposición.
Ese escenario no estaba previsto ni por el más agudo de los analistas políticos. Santos había sido su Ministro de defensa y “punta de lanza” para dar hasta ese momento los golpes más contundentes a la guerrilla de las FARC, incluido el rescate de “la joya de la corona”, la excandidata presidencial colombo-francesa Ingrid Betancourt. Muchos de los votos que lo llevaron al Palacio de Nariño eran de los seguidores de Uribe, quien esperaba que Santos continuara con su política de mano dura contra la guerrilla y por eso el expresidente se sintió traicionado.
Cuando Santos en agosto de 2012 anunció a los colombianos el inicio de diálogos con las FARC, esta decisión fue el punto de quiebre definitivo con Uribe, quien desde su curul como senador desató la más dura campaña de desprestigio contra el gobierno de su exministro. Aunque tuvieron que pasar más de 6 años para que Santos y Uribe se sentaran de nuevo a buscar puntos de acuerdo, es esperanzador que haya diálogo porque en este largo y complicado conflicto, entre los cuales las FARC es uno de los actores, no hay un solo de los más de 47 millones de colombianos que no haya sido tocado de manera directa o indirecta por el conflicto en el país.
¿El Papa Francisco es la clave?
Aunque el Papa Francisco dijo la semana anterior, primero en la reunión con los dirigentes hebreos en Roma y luego en la rueda de prensa de regreso de Azerbaijan, que su viaje a Colombia en 2017 dependía de la aprobación del plebiscito y el blindaje del proceso de paz, no se puede descartar su visita ya que ésta puede ser un impulso definitivo para que el Pontífice contribuya a encontrar puntos de acuerdo a la división en Colombia. El Santo Padre ha demostrado con hechos concretos que para él las puertas nunca se cierran con llaves sin duplicado.
Desde el inicio del proceso, el Santo Padre ha promovido la posibilidad de encontrar la paz en Colombia. Cuando recibió en la Santa Sede al Presidente Santos en junio de 2015, le confesó que era la persona por la que más rezaba y le dijo sí al llamado del mandatario colombiano para que lo ayudara a encontrar la paz. Luego, tres meses después en su visita a Cuba, desde la plaza de la Revolución lanzó un claro mensaje al decir que “No tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación” y en su ida a Armenia en junio pasado ya había expresado su interés para que los países que trabajaron para hacer la paz blindaran este acuerdo, para que no se regresara hacia un estado de guerra.
Por eso, una visita apostólica a Colombia sería un gran espaldarazo a reconstruir la unidad en el país, ya que su presencia traería esperanza y ambiente de paz porque como lo ha demostrado en sus periplos por zonas de conflicto, ha sido muy efectiva su manera de tender puentes animando a trabajar en los puntos en común y no en las diferencias y por eso en este momento cuando las FARC y el gobierno ya han aceptado recorrer el camino de la paz, son las diferencias políticas e ideológicas las que han llevado a dividir a Colombia en tres: los que votaron SI, los que votaron NO y la gran mayoría LOS INDIFERENTES, que prefirieron ignorar cita democrática.
Aunque como lo escribió hoy el Ossevatore Romano, el desenlace del proceso de paz es incierto, no hay nada claro en qué punto están las gestiones para concretar esta visita apostólica. Sin embargo, para el Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Arzobispo Augusto Castro Quiroga, la visita del Papa Francisco a Colombia sigue en pie argumentando que el Sumo Pontífice vendría como pastor y en nada pueden influir motivos políticos para condicionar su presencia en Colombia.
Por eso, la reunión entre el Presidente Santos y el sector opositor que lidera Uribe es un mensaje concreto que el país está buscando trabajar unido por la paz y sería el momento de recordar las declaraciones que nos concedió el Papa Francisco a la W Radio durante el viaje a Polonia: “Para que cualquier país pueda ir adelante, tiene que tener tres referencias: memoria de la historia recibida, coraje para afrontar el presente y esperanza hacia el futuro”.
Su Pontificado durante estos tres años se ha basado en la misericordia y uno de sus componentes más importantes es la reconciliación. Esa reconciliación no solo se refiere a los conflictos entre gobiernos y grupos armados, sino que sus argumentos van hasta la base de la sociedad que es la familia, los entornos personales y así desde esos pequeños núcleos, construir unas bases sólidas para por fin tener en Colombia una paz sólida, duradera y blindada.
Por Verónica Carabajal, Licenciada en Psicología
Hace un tiempo leí una nota de una psicoanalista suiza, Alice Miller, que me impactó por la sencillez con la que resumió algo que creo absolutamente cierto y relevante.
Puntualiza con profunda claridad, que los efectos de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitable y, directamente, sobre la sociedad.
Las situaciones de maltrato infantil se repiten con frecuencia, y tal como lo menciona Miller, “ante la situación de maltrato la reacción normal del niño debiera ser el enojo y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor no podría tolerarla y el enojo muchas veces le sería castigado, entonces, no tiene otra salida que reprimir el recuerdo. Es esta angustia no expresada, esta impotencia .desconectada de su verdadero origen la que se expresa luego en actos destructores, que se dirigirán contra otros o hacia él mismo” (desde cosas severas como la criminalidad o adicción, hasta trastornos psíquicos de distinta índole).
“Cada niño en su fragilidad e inexperiencia, tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad”, pero no sin un costo interno que de alguna forma cobrará como adulto a la sociedad.
“Sin duda las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona”, finaliza Miller.
La palabra traumatismo es tan severa, que pareciera alejar el riesgo de criar niños discordantes en nuestros entornos o en nuestras propias familias, suponiendo que estas cosas suceden solo en ambientes marginados con carencias de educación o materiales.
Sin embargo el espectro de acciones que pueden alejar a los niños de la posibilidad de salud psíquica y emocional plena, es amplio y variado.
Nuestros modelos de crianza están tan basados en patrones heredados y socialmente aceptados que repetimos conductas casi automáticamente sin cuestionarnos.
Venimos de modelos educativos en los que se autorizaba a docentes a usar la vara para castigar en el aula o era común que los padres mandaran al rincón a los niños.
Parece una obviedad describir esos métodos, hoy en desuso, como inaceptables, sin embargo la impronta de la violencia autorizada socialmente sobre los niños sigue muy presente.
En la vida cotidiana no es poco frecuente encontrar adultos que aún creen que “un cachetazo de vez en cuando” o “un tirón de orejas dado a tiempo” no vienen nada mal.
Tampoco es poco usual circular por la calle, la plaza o el supermercado y encontrarse con escenas de padres que llevan a los chicos arrastrándolos o gritándoles en forma continua como forma de trato habitual.
Menos frecuente aún es presenciar escenas de manipulación a chicos con “pequeñas mentiras” que sin duda nos demandan menos esfuerzo que decirles la verdad a nuestros hijos y contener la reacción adversa de un chico que se frustra porque algo que esperaba no va a llegar.
Sin duda no nos gusta que nos ridiculicen o burlen en público, pero muchas veces lo hacemos con ellos “en broma” para reírnos con otros adultos.
Pareciera que en nuestra vida cotidiana plagada de obligaciones y exigencias, no queda tiempo ni paciencia para buscar formas distintas de abordar a nuestros hijos.
Este artículo debía ser sobre la paz y muchos se preguntarán por qué mencioné todo lo anterior
Las noticias nos inundan con conflictos e imágenes que nos desconsuelan. Nos rodea la violencia expandida por cada vez más rincones del mundo.
Es poco lo que podemos hacer para menguar esa violencia pero es mucho lo que podemos hacer para revisar la que ejercemos cada día en nuestras casas.
Para sembrar paz no tenemos que sentirnos llamados a solucionar el conflicto en Medio Oriente, tenemos que sentirnos llamados a sembrar respeto y buen trato en nuestra vida cotidiana y especialmente en nuestras casas, con nuestros hijos.
El mix más sano de crianza incluye no solo el buen trato, la palabra y la honestidad para con nuestros hijos sino también lo que ellos pueden aprender de nosotros viéndonos interactuar en la sociedad.
Sería un logro enorme criar hijos evitando gritos y tironeos, cachetazos y engaños, pero mucho mejor aún sería si no nos vieran gritar a otros ni mentir en nuestra vida cotidiana.
La paz comienza por casa, en cada familia y los pequeños actos de violencia no desatan guerras en el mundo pero sin duda minan el camino de bienestar, diálogo y respeto que hacen al bienestar de todos.
La sociedad (y la sociedad somos nosotros) está ávida de valores que contrarresten el desinterés, la falta de respeto y la indiferencia que prima en muchos lugares por los que transitamos.
Sepamos que cada uno de nosotros tiene el poder de alterar lo que no nos gusta no solo siendo el cambio que queremos ver sino además criando hijos que puedan salir al mundo cargados de experiencias y recuerdos de respeto, empatía y sinceridad.
Inyectar adultos alegres, optimistas y energizados puede que sea una gran parte de la misión personal de cada uno de nosotros.
Revisar nuestro manual de crianza puede que valga la pena. Si cerramos los ojos y podemos visualizar el mundo que queremos tener, es probable que haya tradiciones muy aceptadas que ya deban dejar de figurar. .
Por Esther Córdoba, Presidenta de la Fundación Música Esperanza
y Nicolás Aulet, Profesor Coordinador de Talleres Musicales
El movimiento humanitario Música Esperanza surgió de la historia del pianista argentino Miguel Ángel Estrella. Artista no convencional, Miguel Ángel deseaba desarrollar una actividad socio-musical en los lugares más desfavorecidos de su país. En diciembre de 1977, es secuestrado y encarcelado por la dictadura argentina. Fue liberado en 1980, luego de una campaña de solidaridad que reunió a artistas y amigos del mundo entero.
En 1982, Miguel Ángel Estrella funda con su amigo Yves Haguenauer, Música Esperanza, cuya sede está en París y tiene como objetivo contribuir, por medio de la música, a la construcción de un mundo sin fronteras, más solidario y más humano. Desde hace 30 años, desarrolla actividades internacionales, que pone la música al servicio de los Derechos Humanos, la Paz y la Juventud.
Musique Espérance Paris
Uno de sus principios básicos consiste en favorecer esencialmente entre un público de niños y adolescentes, la igualdad de oportunidades y la apertura a una Cultura de Paz, por medio de programas musicales capaces de suscitar en ellos una participación activa, así como de despertar su solidaridad.
El trabajo de Música Esperanza se apoya en el trabajo en terreno de 20 asociaciones, distribuidas en los siguientes 6 países: Argentina, Bélgica, España, Francia, Portugal y Suiza.
MÚSICA ESPERANZA ARGENTINA
A través de la música, la Fundación trabaja por la creación de vínculos solidarios, la dignidad de la persona en los sectores más desprotegidos de la sociedad y la comunicación, como base para una cultura de paz.
Su misión es poner la música al servicio de todos los sectores de la comunidad, sin discriminación de ninguna índole, como reafirmación de los derechos esenciales de la persona.
Las actividades se realizan en escuelas de zonas vulnerables, hospitales, escuelas especiales, establecimientos penitenciarios, barrios populares, centros comunitarios, institutos para menores.
Escuela N°39, Barrio de La Loma, Del Viso, Buenos Aires
Creemos que la música es una herramienta poderosa en relación a la construcción de paz. Música Esperanza entiende la música como un derecho, al cual cualquier persona que lo desee debería poder acceder. Por eso desarrolla proyectos donde este derecho está vulnerado.
Por un lado, a nivel personal, la música promueve la escucha, la reflexión, el encuentro con lo que pensamos y con lo que sentimos. Todo esto nos acerca a estar en paz con nosotros mismos y asumir desde ahí nuestra propia vida. Además, el hecho de poder elegir una actividad en la cual desarrollarse y hacerlo en un contexto de cuidado, respeto y contención, también favorece la idea de vivir en paz.
Por el otro, esta paz la pensamos también desde lo colectivo. Música Esperanza trabaja con proyectos comunitarios en los que se enseña la música, respetando los tiempos y deseos de cada persona y apuntando al mismo tiempo, a la construcción colectiva. Solemos cantar: “juntarse y ser canción”.
Para esto es necesario escucharnos, respetarnos, crear espacios inclusivos en los que la diversidad sea un aspecto enriquecedor y todos/as seamos parte. En estos espacios aflora la solidaridad, la idea de un NOSOTROS. Creemos que trabajar en esa búsqueda aporta su granito de arena al sueño de una Humanidad con más derechos, lo cual está en íntima relación con un camino de paz.
Talleres musicales que están a cargo de talleristas idóneos, de sólida formación musical y pedagógica, preparados ética y humanamente para abordar las peculiaridades de cada medio en el que se desempeñan. Asimismo, las actividades de este programa procuran proporcionar a sus destinatarios, los medios para ser protagonistas de su vida cultural.
Los Encuentros Musicales Solidarios son experiencias periódicas “en vivo”, a cargo de músicos voluntarios, con el fin de romper aislamientos culturales y físicos de personas afectadas por la enfermedad, la vejez, la discapacidad o la marginalidad. Estos encuentros se realizan en hogares geriátricos, hogares para madres solteras con sus niños/as pequeños/as, institutos de menores, institutos penitenciarios.
Estos Encuentros Musicales Solidarios permiten, por medio de la vivencia directa, establecer un puente entre el “adentro” y el “afuera”, un pasaje hacia otras libertades, para aquellos que sufren limitaciones especiales o encierros prolongados.
Vuelta de obligado, Buenos Aires
Si usted desea apoyar y/o compartir la tarea, de la Fundación Música Esperanza, brindando tiempo como voluntario en tareas musicales y/o administrativas, aportando una contribución voluntaria, o donando instrumentos musicales. Comuníquese a través del mail fmusicaesperanza@hotmail.com
Por Dr. Carlos Villán Durán[1], Presidente de la Asociación Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos
[1] Profesor de Derecho Internacional de los Derechos Humanos; Codirector del Máster en Protección Internacional de los Derechos Humanos de la Universidad de Alcalá (Madrid); Miembro de la Fondation René Cassin, Institut International des Droits de l’Homme (Estrasburgo) ; Antiguo miembro de la oficina del alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (1982-2005) (Ginebra). cvillan@aedidh.org http://www.aedidh.org
Trasladar el valor universal de la paz a la categoría jurídica de derecho humano ha sido el propósito de la iniciativa legislativa llevada a cabo por la Asociación Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (AEDIDH) a partir de la Declaración de Luarca sobre el Derecho Humano a la Paz, que fue adoptada el 30 de octubre de 2006 por un comité de redacción de 15 expertos españoles[1]. Desde entonces, la AEDIDH lideró exitosamente la campaña mundial a favor del reconocimiento del derecho humano a la paz (2007-2010), por medio de la cual la Declaración de Luarca fue compartida y debatida por personas expertas independientes en consultas organizadas por la AEDIDH en todas las regiones del mundo.
Las contribuciones regionales a la Declaración de Luarca se recopilaron en las declaraciones sobre el derecho humano a la paz adoptadas por personas expertas de la sociedad civil en La Plata, Argentina (noviembre 2008 y septiembre 2013); Yaundé, Camerún (febrero 2009); Bangkok, Tailandia (abril 2009); Johannesburgo, Sudáfrica (abril 2009), Sarajevo, Bosnia y Herzegovina (octubre 2009); Alejandría, Egipto (diciembre 2009); La Habana, Cuba (enero 2010); Morphou, Chipre (octubre 2010); Caracas, Venezuela (noviembre 2010); Nagoya y Tokio, Japón (diciembre 2011); Slovenj Gradec, Eslovenia (octubre 2012); San José, Costa Rica (febrero 2012, 2013 y 2014); Oswiecim, Polonia y Londres, Reino Unido (mayo 2013).
Al final de la campaña mundial, las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) adoptaron el 10 de diciembre de 2010 en un congreso internacional, la Declaración de Santiago sobre el Derecho Humano a la Paz y los Estatutos del Observatorio Internacional del Derecho Humano a la Paz (en adelante OIDHP)[2].
Este recorrido puso de relieve que una iniciativa legislativa conjunta de la sociedad civil y la academia, puede abrir el camino a la codificación y el desarrollo progresivo del derecho internacional de los derechos humanos[3], incluso en un campo particular –guerra y paz– que tradicionalmente se reserva a los representantes de los Estados soberanos.
Mientras la Declaración de Santiago recogió en términos jurídicos las aspiraciones de paz de las OSC de todo el mundo, los Estatutos del OIDHP aportaron a las OSC la estructura institucional apropiada, para promover y supervisar la aplicación de la Declaración de Santiago en todo el mundo.
Además, ambos textos —normativo e institucional— definieron la posición de las OSC ante el proceso de codificación oficial del derecho humano a la paz, que inició en 2010 el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a instancias de la sociedad civil.
EL CONTENIDO DEL DERECHO HUMANO A LA PAZ
El preámbulo de la Declaración de Santiago defiende una visión holística de la paz[4], pues esta no se limita a la estricta ausencia de conflicto armado (paz negativa). Tiene también una dimensión positiva orientada a alcanzar tres objetivos, a saber: en primer lugar, satisfacer las necesidades básicas de todos los seres humanos, con miras a erradicar la violencia estructural originada en las desigualdades económicas y sociales mundiales. En segundo lugar, eliminar la violencia cultural (por ejemplo, violencia de género, familiar, en la escuela o el puesto de trabajo, etc.). En tercer lugar, la paz positiva requiere el efectivo respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales de todos, sin discriminación.
En consecuencia, el preámbulo de la Declaración de Santiago subraya la necesidad de establecer un nuevo orden económico internacional que elimine las desigualdades, la exclusión y la pobreza, porque son las causas básicas de la violencia estructural, la cual es incompatible con la paz, tanto a nivel nacional como internacional.
Además, el nuevo orden económico internacional debe ser sostenible, con el debido respeto al medio ambiente. También debe dedicar al desarrollo económico y social de los pueblos, los recursos liberados por el desarme internacional, que deberá llevarse a cabo bajo un estricto y eficiente control internacional.
Los 29 párrafos del preámbulo de la Declaración de Santiago, también proporcionan el fundamento jurídico a los derechos reconocidos en la parte dispositiva, que a su vez constituyen los elementos principales del derecho humano a la paz (Parte I). Además, se hace una distinción entre derechos (Sección A: artículos 1 a 12) y obligaciones (Sección B: artículo 13). La Parte II se dedica al mecanismo de supervisión de la futura declaración de las Naciones Unidas (artículos 14-15). La Declaración finaliza con tres disposiciones.
El artículo 1 de la Declaración de Santiago reconoce los titulares (personas, pueblos, grupos y humanidad) y los sujetos obligados del derecho humano a la paz (Estados y organizaciones internacionales). Los artículos 2 a 12 desarrollan el contenido material del derecho humano a la paz, a saber: derecho a la educación en y para la paz y los derechos humanos (artículo 2); derecho a la seguridad humana y a vivir en un entorno sano y seguro (artículo 3); derecho al desarrollo y a un medio ambiente sostenible (artículo 4); derecho a la desobediencia civil y a la objeción de conciencia (artículo 5); derecho de resistencia y oposición a la opresión (artículo 6); derecho al desarme (artículo 7); libertad de pensamiento, opinión, expresión, conciencia y religión (artículo 8); derecho a obtener el estatuto de refugiado (artículo 9); derecho a emigrar y a participar (artículo 10); derechos de las víctimas de violaciones de derechos humanos a la verdad, justicia y reparación (artículo 11); y derechos de las personas pertenecientes a grupos en situación de vulnerabilidad (artículo 12).
El artículo 13 de la Declaración de Santiago se refiere a las obligaciones de todos los actores internacionales para la realización del derecho humano a la paz. Mientras la responsabilidad principal de preservar la paz recae sobre los Estados y organizaciones internacionales (párrafos 2 a 6), todos los actores internacionales, incluyendo empresas, personas, grupos en sociedad, y la comunidad internacional en su conjunto, deben reconocer sus obligaciones para realizar el derecho humano a la paz.
En particular, los Estados tienen la responsabilidad de proteger a la humanidad del flagelo de la guerra. Esto, sin embargo, no implica autorización a ningún Estado para intervenir en el territorio de otros Estados. Además, toda acción militar fuera del marco de la Carta de las Naciones Unidas es contraria al derecho humano a la paz (párrafo 7).
Para garantizar la realización del derecho humano a la paz, el sistema de seguridad colectiva establecido en la Carta, debe ser fortalecido. Con este propósito, se deben revisar urgentemente la composición del Consejo de Seguridad (CS), el derecho de veto de los cinco miembros permanentes y los métodos de trabajo del mismo CS. Por último, debe permitirse a los representantes de la sociedad civil tomar parte en las reuniones ordinarias del CS (párrafo 8 del art. 13).
La supervisión de la aplicación de la futura declaración de las Naciones Unidas sobre el derecho humano a la paz (Parte II), se confía al grupo de trabajo sobre el derecho humano a la paz (artículo 14), compuesto por 10 personas expertas independientes, elegidas por la Asamblea General para un mandato de 4 años. Entre sus funciones principales (artículo 15), el grupo de trabajo debe promover el derecho humano a la paz; adoptar acciones urgentes; realizar investigaciones in loco sobre violaciones del derecho humano a la paz; presentar informes anuales a los órganos políticos relevantes de las Naciones Unidas; preparar un proyecto de convención internacional sobre el derecho humano a la paz; y contribuir a la elaboración de definiciones y normas relativas al crimen de agresión y a los límites jurídicos del derecho de los Estados a la legítima defensa.
Finalmente, las disposiciones finales sitúan a la Declaración de Santiago en el contexto de los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional de Derechos Humanos. También aseguran la prevalencia del principio pro persona. Por último, subrayan que todos los Estados deben aplicar de buena fe las disposiciones de la Declaración “adoptando las medidas pertinentes de carácter legislativo, judicial, administrativo, educativo o de otra índole, que fueran necesarias para promover su realización efectiva”.
LA CODIFICACIÓN EN LAS NACIONES UNIDAS
Las estrategias desarrolladas por el OIDHP y la AEDIDH, junto con 2.000 OSC, ciudades e instituciones públicas asociadas de todo el mundo, aseguraron que la Declaración de Santiago y sus trabajos preparatorios fueran tenidos debidamente en cuenta tanto por las 18 personas expertas del Comité Asesor, como por los 47 Estados miembro del Consejo de Derechos Humanos.
El resultado fue inicialmente muy positivo, dado que la Declaración sobre el derecho a la paz que presentó el Comité Asesor al Consejo DH el 16 de abril de 2012, incluyó el 85% de las normas propuestas por la Declaración de Santiago.
Por su parte, el Consejo DH culminó cuatro años de trabajos preparatorios el 1 de julio de 2016 con la adopción de la resolución 32/28, por la que recomienda a la Asamblea General la aprobación de la Declaración sobre el derecho a la paz. Tal Declaración es claramente insuficiente pues, a diferencia de la Declaración de Santiago, no reconoce el derecho humano a la paz ni sus elementos esenciales.
En efecto, el art. 1 se limita a afirmar que “toda persona tiene derecho a disfrutar de la paz de tal manera que se promuevan y protejan todos los derechos humanos y se alcance plenamente el desarrollo”. Se añade en el art. 2 que “los Estados deben respetar, aplicar y promover la igualdad y la no discriminación, la justicia y el estado de derecho y garantizar la liberación del temor y la miseria, como medio para consolidar la paz dentro de las sociedades y entre estas”.
Aunque se presentó como un texto que representaba el consenso de los Estados, lo cierto es que la citada resolución fue adoptada por 34 votos a favor (Estados en vías de desarrollo africanos, asiáticos y latinoamericanos, además de China, Qatar, Federación de Rusia y Arabia Saudita), 9 en contra (Alemania, Bélgica, Eslovenia, Francia, Letonia, Macedonia -antigua República Yugoslava de-, Países Bajos, Reino Unido y República de Corea) y 4 abstenciones (Albania, Georgia, Portugal y Suiza). Con esa mayoría de votos, el texto de la Declaración pudo haber sido mucho más ambicioso.
La Asamblea General se deberá pronunciar sobre esta cuestión en diciembre de 2016. Las OSC rechazaremos la Declaración propuesta por el Consejo DH y continuaremos defendiendo la pertinencia de la Declaración de Santiago.
Luarca (España), agosto de 2016.
[1] Vid. RUEDA CASTAÑÓN., C. R. y VILLÁN DURÁN, C., (eds.), La Declaración de Luarca sobre el derecho humano a la paz, 2ª ed., Granda-Siero, Madú, 2008, 560 p. Véase también VILLÁN DURÁN., C., “The human right to peace: A legislative initiative from the Spanish civil society”, Spanish Yearbook of International Law, XV (2011), p.143-171, y VILLÁN DURÁN, C., “Civil society organizations contribution to the Universal Declaration on the Human Right to Peace”, International Journal on World Peace, XXVIII, No. 4 (2011), pp. 59 – 126.
[2] Véase VILLÁN DURÁN., C. y FALEH PÉREZ, C., (eds.), Contribuciones regionales para una declaración universal del derecho humano a la paz. Luarca, AEDIDH, 2010, 638 p. Véanse los textos completos de la Declaración de Santiago y los Estatutos del OIDHP en diferentes idiomas en www. aedidh.org/?q=node/1852 y www. aedidh.org/?q=node/1855.
[3] Véase VILLÁN DURÁN., C. y FALEH PÉREZ., C., (Directors), The International Observatory of the Human Right to Peace. Luarca (España), AEDIDH, 2013, 545 p., at 34. Véase también SYMONIDES, J., “Towards the universal recognition of the human right to peace”, The International Affairs Review, 2006, Nº 1 (153), pp. 5 – 9, at 18 – 19.
[4] Véase FALEH PÉREZ., C.: “Civil society proposals for the codification and progressive development of international human rights law”, en VILLÁN, D., C. y FALEH PÉREZ, C., The International Observatory of the Human Right to Peace. Luarca, AEDIDH, 2013, pp. 105 – 132.
Por Khatchik DerGhougassian*, Dr. en Estudios Internacionales
* PhD en Estudios Internacionales de University of Miami (Florida, Estados Unidos), profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.
En un artículo publicado en el diario francés del Líbano L’Orient-Le Jour el 29 de agosto pasado, el príncipe jordano Hasan Ben Talal considera que la desaparición del cristianismo destruiría “el rico mosaico del Medio Oriente”. “La realidad es que somos una sola comunidad unida por creencias compartidas y una historia común,” sostiene el Príncipe que acusa al llamado “Estado Islámico” de ser única en perseguir el objetivo de la aniquilación de los cristianos. En la prensa regional el Estado Islámico se referencia como Daesh –las siglas en árabe del Estado Islámico en Iraq y Siria–, organización derivada de al-Qaeda que nació en el contexto de la ocupación estadounidense de Iraq después de 2003, se expandió en un vasto territorio que controla entre Siria e Iraq. Luego de la ocupación de Mosul, segunda ciudad iraquí después de Bagdad, cambió su nombre mientras su líder, Abu Bakr al-Bagdadi, declaraba el restablecimiento del Califato. Ben Talal cita el último número de la revista digital de la organización islamista Dabiq (una ciudad norteña en Siria donde según el Corán tendrá lugar la última batalla apocalíptica de la historia de la humanidad) cuyo principal tema titulado “Quemar la cruz” rechaza la idea de que los creyentes de las tres religiones monoteístas son todos gente del Libro.
No hay dudas de la sinceridad del Príncipe en querer una región que se distinga por su diversidad y donde la convivencia entre las tres religiones abrahámicas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, se transforme en la mayor prueba del mensaje de la paz del Libro en cualquiera de sus tres versiones el Torá, la Biblia y el Corán. Tampoco se cuestiona su tesis que considera a Daesh como la organización que abiertamente persigue el objetivo de borrar toda huella no solo del cristianismo sino de cualquier otra religión, incluyendo a las interpretaciones del islam que no responde a la que propaga como el único verdadero islam.
El problema es que cuando pensamos en la condición de los cristianos en Medio Oriente nos olvidamos que Daesh no es más que la última y más violenta expresión de la militancia islámica que empezó en el siglo XIX en el contexto de la decadencia del Imperio Otomano y el proceso de despertar de los pueblos árabes conocido como al-Nahda fuertemente inspirado por la Ilustración europea. Desde que con la conquista de Constantinopla cayó Bizancio los cristianos del Medio Oriente perdieron la última representación estatal que les quedaba y se transformaron en dhimmi, “pueblo del Libro bajo protección”, una condición que, igual que a los judíos, si bien no les negaba el derecho a la existencia pero tampoco les otorgaba igualdad con los musulmanes ante la Sharía –el derecho islámico. Además, los cristianos deberían pagar un impuesto adicional por la protección que recibían. A lo largo de la historia del islam como imperio, mucho de la condición de los cristianos dependió de las épocas de bienestar y expansión cuando sobre todo las grandes familias y los religiosos de alto grado tuvieron oportunidades de ascenso social y, hasta, formaron parte de la corte del Califa. Cabe aclarar que el término de “cristianos de Medio Oriente” no debería confundir; nunca se trató de una sola iglesia, la Ortodoxa en este caso, tampoco de una representación estatal para pueblos antiguos como asirios, armenios, caldeos, coptos y hasta árabes se consideran los primeros en aceptar la enseñanza de Jesús el Nazareno directamente de sus discípulos y de ser bautizados por ellos; así como desde la Gran Cisma entre Roma y Constantinopla en 1054 la rivalidad entre la cristiandad occidental y oriental fue un constante a tal punto que para los historiadores pocas dudas quedan acerca de la responsabilidad de Europa feudal en la caída de Bizancio por el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada (1204) que golpeó fuertemente al imperio y el silencio de los príncipes cristianos cuando dos siglos después el Imperador Constantino pedía su ayuda ante la inminente amenaza de los turcos otomanos. Con la decadencia del Imperio Otomano en el siglo XVIII la condición cristiana empeoró; la expectativa de reformas inspiradas por la Ilustración que abrazaron muchos musulmanes preocupados por el atraso del Imperio entusiasmó a los cristianos por la oportunidad que les ofrecía para transformarse en un ciudadano con igualdad ante la ley. Sin embargo, la perspectiva de una eventual secularización de la sociedad y de la política alarmó a los sectores más conservadores del Imperio y de los musulmanes que consideraron a los cristianos traidores y cómplices de Occidente en su nueva agresión contra el islam.
La militancia del islam, entonces, comenzó en el siglo XIX contra la secularización que consideró como la mayor amenaza al califato, o el orden islámico. Pese a los esfuerzos de los pensadores de la renovación del islam y los intentos de una movilización de la Umma para una nueva guerra santa para salvar al califato, el curso de la historia impuso en un Medio Oriente estados territoriales sobre las ruinas del Imperio Otomano diseñado por las potencias coloniales y de acuerdo a sus aspiraciones de dominación. Los asirios, armenios y griegos sufrían durante la Primera Guerra Mundial y en la época posterior inmediata una aniquilación sistemática y expulsión de sus tierras ancestrales de parte del gobierno otomano, un plan estatal que años después el jurista Rafael Lemkin consideró el primer genocidio en el siglo XX que antecedió al Holocausto. Aun así, los cristianos jugaron un rol central en el esfuerzo colectivo de las sociedades árabes en la construcción y modernización de los países emergentes, participaron de la formación de los mayores partidos políticos árabes sobre todo en Siria, Líbano e Iraq, estuvieron en la vanguardia del proceso de descolonización, fueron protagonistas en la Organización de Liberación Palestina, y ocuparon cargos importantes en las administraciones después de la independencia. Minorías en prácticamente todas las sociedades árabes y no árabes comparado a la mayoría musulmán dominante salvo en el Líbano hasta la guerra civil (1975-1990), los cristianos entendieron el nacionalismo árabe y el estado secular como el contexto donde siglos de discriminación ante la ley desaparecían. No les ha ido mal en el contexto convulsivo de una región que creció y ocupó un lugar central en la política internacional durante la Guerra Fría. Sobre todo en el Líbano donde a diferencia de todos los demás países árabes la república se construyó sobre la base de un pacto nacional entre las distintas comunidades religiosas que se repartieron el poder y crearon un sistema democrático que sin ser liberal ni perfecto y tampoco exento de las luchas por el poder aseguró la convivencia casi ejemplar de todas las confesiones. Por mucho tiempo se consideró que el Líbano era la miniatura de una región convulsiva y el escenario donde los árabes y otros actores regionales competían por el liderazgo y el poder; la tesis se comprueba en parte y es válida hasta para la actualidad; pero las guerras confesionales en los países vecinos, donde supuestamente la ideología de una identidad secular había homogenizado la sociedad y abierto camino para el progreso y desarrollo para todos, vino a comprobar que en el fondo el Líbano era el espejo de una realidad regional que todos ignoraron así como ignoraron que quizá el sistema confesional con todos sus defectos podría ser mejor garante de la paz social… Es que pese a la consolidación de las estructuras estatales y la secularización oficial en todos los países la discriminación silenciosa y el prejuicio contra los cristianos siguió en estas sociedades aunque su denuncia haya sido un tabú incluyendo para los propios cristianos.
La derrota árabe en la Guerra de los Seis Días en 1967 marcó el fracaso del proyecto nacional y el auge lento pero seguro de la convicción de que “el islam es la solución”. La Revolución Islámica en Irán en 1979 y su impacto en la movilización y politización de la identidad de los Shía, el apoyo de Estados Unidos a la resistencia islámica en Afganistán contra la ocupación soviética en los 80 y la guerra Irán-Iraq que pocos en su momento se dieron cuenta que se trataba de la primera confrontación abierta entre los Sunni y los Shía en el siglo XX, aceleraron el proceso de la islamización de la política de poder en los 90 marcados por episodios sangrientos en Argelia, Chechenia, Afganistán los territorios palestinos, Asia Central el Cáucaso y los Balcanes.
En este avance de la islamización en Medio Oriente agravado con la pésima conceptualización de la “guerra contra el terrorismo” y la intervención y ocupación de Iraq de parte de Estados Unidos en 2003, la condición de los cristianos se deterioró rápidamente. El fenómeno es observable en la disminución de la población cristiana en Iraq y Siria pero también en Egipto, Argelia, los territorios palestinos. Ataques contra iglesias, asesinato de curas e intelectuales, amenazas y humillaciones son incidentes que se registraron y se registran hasta en países como Turquía y Egipto donde supuestamente el estado debería proteger a todos sus ciudadanos. El problema es que con el afán de apaciguar a los sectores más intransigentes de sus poblaciones estos estados a menudo hacen la vista gorda a la violación de los derechos de los cristianos que, así, viven un calvario silencioso.
Es cierto, los Shía, los kurdos, judíos y hasta los Sunni que no aceptan la versión del islam de Daesh son potenciales víctimas. Sin embargo, mientras cada uno de estos grupos tiene su organización de autodefensa y/o estados que los protejan, los cristianos del Medio Oriente se encuentran solos. El problema es uno de los dilemas que enfrentan los países desarrollados que en el pasado se reconocían como cristianos; el cristianismo, según el pensador francés Luc Ferry, es la única de las tres religiones monoteístas que se secularizó, entendiendo por el concepto en general la separación del estado y de la religión. Lo que para el mundo moderno rige desde la Ilustración es la universalidad de los Derechos Humanos y la razón de Estado como criterio de resolución de conflictos. Abogar por los cristianos, por lo tanto, ¿no sería discriminar/favorecer un grupo de víctimas sobre otro? Más aún, ¿no sería reavivar la terrible memoria de la barbarie de los Cruzados que marcaron a los musulmanes y que, precisamente, los islamistas evocan como justificación de la violencia que ejercen?
Ciertamente la defensa de los cristianos no debe aspirar a “privilegiar” la pena y el dolor de un grupo por encima de los demás. Pero también es cierto que dentro de todos los grupos que enfrentan la amenaza de la barbarie de los islamistas, incluyendo los propios musulmanes, los cristianos son los más vulnerables. En la misa de conmemoración del Genocidio armenio en el Vaticano en abril de 2015 en ocasión del centenario, Francisco recordó que los cristianos seguían enfrentando la amenaza de extinción. No ha sido una casualidad que los barrios armenios de la castigada ciudad siria Alepo fueran blanco de un bombardeo terrible en el mismo día…
El 7 de septiembre pasado se celebró en Amman, Jordania, la 11 conferencia del Consejo de Iglesias del Medio Oriente. En su discurso inaugural, Su Santidad Aram I, Católicos de la Gran Casa de Cilicia de la Iglesia Apostólica Armenia con sede en Antelias (Líbano) declaró que el Medio Oriente no solo ha sido la cuna del cristianismo sino que el cristianismo era parte inseparable del Medio Oriente, y presentó ocho prioridades para las iglesias del Medio Oriente enfatizando particularmente la participación de los cristianos de los procesos democráticos, la defensa de sus derechos y su unidad.
La defensa de los cristianos del Medio Oriente no pasa por la organización de una nueva cruzada, ni pretende privilegiar los derechos de un grupo sobre los demás. Se trata en primer lugar de reconocer su condición de mayor vulnerabilidad y asegurarles un lugar en las mesas de negociaciones.
Por Josefina Díaz Colodrero, Miembro de la Comunidad San Gabriel
Doblando la ruta un tramo de tierra.
Un tramo, no más!
Y, a la derecha, el Monasterio!
…Allá en el fondo, la Capilla, bellísima en su humildad.
Adelante, en el parque, las flores que dan la bienvenida.
A la izquierda, la Hospedería, acogedora también en su simpleza absolutamente clara y limpia!
La sonrisa nos recibe en el rostro de la hospedera.
Y, finalmente, el cuarto, a mí destinado, que habla de silencio tranquilizador, a pesar del bullicio de los recién llegados, que rompe la geografía con el abrir y cerrar de puertas.
…Y me quedo embobada mirando el paisaje que se adelanta a la ventana y termina allá en el fondo de una avenida de árboles frondosos, desde donde calandrias, pilinchos y tantos otros pájaros nos saludan a su modo…
Oigo el tañer algo lejano de una campanita tan humilde, que pareciera pedir permiso para avisar que en la Capilla van a celebrar “las horas de la tarde”.
Todavía extasiada con el entorno casi irreal, voy al encuentro de los Salmos cantados…
Se abre la puerta!
Allá en el fondo se ve la Cruz, presidiendo el espacio sagrado.
Abajo, a derecha e izquierda, los altos sillones, donde contemplándose unos a otros los frailes cantan alabanzas a Dios.
Más adelante, en el medio, el altar.
Bajando un peldaño están, en dos hileras los bancos de los visitantes.
Acá atrás, desde la puerta, a mi derecha veo la hornacina, desde donde la Virgen Negra mira con ojos de dulzura infinita.
…Y, a mi izquierda, guardado, el Santísimo… espera.
Son las nueve, se ha cerrado la puerta y ha bajado la barrera de la entrada…
Es la noche del viernes…
Ya cenamos en un clima donde nuestras alegrías mundanas nos impiden guardar el silencio monacal y se entremezclan con el ruido de platos, vasos y cubiertos…
El salón va quedando vacío.
Vuelven el silencio y el descanso.
Pero yo, no voy a dormir.
Nos reuniremos con mi Comunidad.
Necesitamos desnudarnos de nuestras preocupaciones y contarnos qué esperamos de estos días de proceso interior.
Luego, sí, cada uno se retira a descansar.
Acompañamos los cánticos de “las horas monacales” y en la Misa al Señor Eucaristía…
En distintos momentos conversamos, algunos con los monjes, otros nos confesamos.
Vamos entrando en el interior de nosotros mismos!
Si pareciera que la fragancia de las rosas fuera más profunda y el canto de los pájaros más melodioso!
…Claro, además de espíritu tenemos materia que se deleita comprando dulces, quesos y otros productos de elaboración monacal!
Finalmente retomamos momentos espirituales en la nutrida biblioteca a nuestra disposición!
El domingo es el último día en el Monasterio.
La Misa, con procesión de los monjes, nos emociona!
Y, en la salida, el “entrevero” con monjes, curas, hermanos y visitantes!
Después… el último almuerzo… y… risas, abrazos, y una nostalgia que nos invita… no a decir… Adiós!… si no…“¡Hasta siempre queridísimos hermanos a quienes llevamos, para siempre ya, adheridos a nuestros corazones, convertidos en fraternas oraciones”!
Por Emilio J. Cárdenas, Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
La tarea de preservar la paz en el mundo es la más importante de todas aquellas que conforman el enorme y complejo universo de la diplomacia contemporánea. Tan es así, que la propia Carta de las Naciones Unidas la define, al tiempo de comenzar su texto, como una resolución adoptada por todos los pueblos que decidieran conformar esa organización, y como la tarea de: “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles”.
La paz es, en los hechos, la relación mutua entre quienes no están en guerra. Es, entonces, en esencia, la ausencia de conflictos. Pero es ciertamente también mucho más que eso. Es sosiego, es reconciliación, es concordia, es tolerancia y es hasta el regreso a la amistad.
Para el Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, la paz debe defenderse disminuyendo sistemáticamente aquellas amenazas que puedan generar la violencia o la guerra. Esto supone, en primer lugar, que las relaciones entre las naciones deben ser amistosas. Pero también que la función asignada a las Naciones Unidas es una permanente, de carácter estabilizador, cuyo objeto es la disminución del riesgo de los conflictos armados. Para ello, asegurar la paz y seguridad internacional incluye la necesidad de acometer constantemente distintas empresas, como son el desarme, la proscripción de armas nucleares y de todo tipo, la descolonización, y hasta el impulso al desarrollo.
Ocurre que la defensa de la paz requiere de una acción permanente y positiva, de modo de enfrentar todas las amenazas que –de tiempo en tiempo- aparezcan y sean capaces de afectarla. Como hemos dicho más arriba, eso supone acciones de distinto tipo, pero también el respeto de diversos principios. Como, por ejemplo, la renuncia al uso de la fuerza, la solución pacífica de las controversias, la promoción y defensa de los derechos humanos, así como de las libertades civiles y políticas, la eliminación de las discriminaciones raciales, la protección del ambiente y hasta la mejora del nivel de vida de los pueblos.
Para la defensa de la paz, las Naciones Unidas edificaron un sistema de seguridad colectiva que todos deben respetar, porque obra a la manera de garantía común. Esto incluye la protección a todos los miembros de la Organización respecto de posibles acciones violentas o ataques por parte de cualquier otro Estado miembro del sistema.
Como la membresía de las Naciones Unidas es universal, la protección de la paz en el concierto de las naciones es muy amplia. Hablamos siempre de una paz genuina y duradera y de un mundo en el que quien de pronto tenga un poder hegemónico esté sujeto a normas y reglas que lo moderen, así como a estándares comunes en materia de conductas que las hagan previsibles. Un mundo que funcione entonces, edificado sobre la cooperación mucho más que sobre los esfuerzos individuales.
A lo que cabe agregar que no hay paz que pueda edificarse si no hay además justicia y equidad real para todos, como en su momento sostuviera el pontífice Pío XII, en su encíclica “Summi Pontificatus”, de octubre de 1939.
Todos los 21 de septiembre de cada año, las Naciones Unidas celebran el “Día Internacional de la Paz”, que está consagrado al fortalecimiento de los ideales de la paz, tarea que conforma un desafío realmente constante. Tanto entre las naciones, como entre todos los pueblos y entre los miembros de cada uno de ellos.
Ese día, el Secretario General de la organización hace sonar la campana de la paz que fuera donada por el Japón y se guarda enseguida un respetuoso y simbólico minuto de silencio. Eso ocurre en medio de una liturgia corta, pero ciertamente directa y conmovedora.
Este año, el tema elegido para conmemorar el Día de la Paz es particularmente sugestivo. Es: “Los Objetivos de Desarrollo Sustentable: elementos constitutivos de la paz”. Los que fueran aprobados por los 193 Estados Miembros de la ONU, en septiembre de 2015.
Se trata de la llamada “Agenda 2030”, que propone una labor de quince años y contiene las tareas que son consideradas esenciales para que el mundo actual pueda efectivamente preservar la paz. Con tres objetivos centrales, como son la eliminación de la pobreza; la protección del planeta; y el garantizar la prosperidad para todas las personas.
La Agenda en cuestión contiene una lista explícita de las diecisiete principales acciones que deberían priorizarse para empeñarnos todos en mantener la paz. Porque la paz no se cuida sola, sino que requiere de la atención, esfuerzo y de la responsabilidad constante de la humanidad, en su conjunto.
Veamos de qué se trata ese listado actual de acciones concretas. Sucintamente, al menos.
Es necesario poner fin a la pobreza. En todas partes del mundo. Especialmente donde ella es más manifiesta, o sea en Asia Meridional y África. Hay razones para ser optimistas, desde que los índices de la pobreza mundial se han reducido a la mitad desde 1990. Pero todavía una de cada cinco personas en las regiones en desarrollo aún sobrevive con menos de 1,25 dólares diarios. A veces, con hambre y otras con malnutrición. Por esto, entre otras cosas, uno de cada cuatro niños menores de 5 años no tiene una altura adecuada. Se puede mejorar, según sugiere la experiencia.
“Hambre cero”. En esto la Argentina, uno de los productores y exportadores más eficientes del mundo, debería definir y mantener una posición de liderazgo.
Garantizar a todos una vida sana y el bienestar a todas las edades, incluyendo la de nuestros ancianos. Hay que trabajar mucho aún sobre la salud materna y las enfermedades endémicas.
Es necesario promover una educación inclusiva, con oportunidades para todos. En el mundo, unos 103 millones de jóvenes no tienen un nivel mínimo de alfabetización. Y, de ellos, el 60 % son mujeres.
Lograr la igualdad de género y empoderar a las mujeres cuando están efectivamente postergadas.
Garantizar -a todos por igual- el acceso al agua y al saneamiento. En esto hay también mucho que hacer en nuestro propio país, por razones de dignidad.
Posibilitar, asimismo, el acceso a la energía eléctrica. Otra materia pendiente entre nosotros.
Promover eficazmente el crecimiento y el empleo. Generar trabajo, entonces, que es un objetivo permanente e ineludible.
Construir la infraestructura necesaria y fomentar la innovación. Para la Argentina, otra gruesa asignatura pendiente de reacción.
Reducir las desigualdades. Lo que –en esencia– supone generar oportunidades.
Lograr que los centros urbanos sean inclusivos y seguros. Tarea, esta última, donde existe una enorme disconformidad, en casi todo el mundo. Es obvio, además, que la marginalidad alimenta la inseguridad.
Garantizar modalidades de consumo y de producción que sean sostenibles. Cada año, el mundo desperdicia nada menos que la tercera parte de los alimentos que produce, todavía hoy. Algo muy parecido sucede con el agua y con la energía. Promover la eficiencia es entonces una labor urgente.
Combatir el cambio climático. Hablamos del calentamiento mundial y sus efectos. Y de las emisiones contaminantes. De preservar el mundo que recibimos para aquellos que nos seguirán.
Conservar los recursos marinos y su diversidad, evitando su agotamiento.
Defender los ecosistemas y la diversidad biológica. Esto incluye la defensa y el cuidado de los bosques. Y la necesidad de evitar la desertificación.
Facilitar el acceso a la justicia y defender las instituciones. Pocas cosas hay más peligrosas para la libertad del hombre que enfrentar jueces corruptos o no independientes. Y no hay desarrollo sostenible sin que exista Estado de Derecho.
Revitalizar la alianza para el desarrollo. Para, por ejemplo, hacer cosas que parecen simples: como impulsar sistemáticamente el acceso de todos a la Internet o financiar el desarrollo.
Como queda visto, hay un sinnúmero de andariveles muy diversos en los que todos podemos trabajar para tratar de edificar un mundo capaz de vivir en paz. Más equilibrado. Más justo. Más tolerante. Más moderno. Más estable. Más predecible. Más humano. Más inclusivo.
Es necesario comprender que la paz siempre se construye entre todos, todos los días. Ese y no otro es el mensaje que nos llega desde las Naciones Unidas. La paz se defiende. Se mantiene. Se promueve. Se vigila. Pero todo eso requiere de una toma real de conciencia de la importancia central que cabe asignarle, seguida de una labor comprometida que, en los hechos, nos integre en un esfuerzo en pro de la paz que necesariamente es común.
Por Miguel Ángel D’Annibale, Obispo de Río Gallegos
Cuando llegué a la Diócesis de Río Gallegos en el año 2011 visité por primera vez la ciudad de 28 de Noviembre ubicada al suroeste de la provincia de Santa Cruz. Es vecina de la ciudad de Río Turbio y la mayoría de la población de ambas ciudades se dedica a la extracción del carbón en la mina.
El párroco de la parroquia María Auxiliadora convocó a una reunión de la comunidad para que podamos conocernos. Como yo venía del Gran Buenos Aires les pregunté a los participantes de donde habían venido. Una señora compartió que ella había venido de La Rioja en la década del 70. Primero vino su esposo solo y consiguió trabajo en la mina. Cuando pudo obtener una casa ella se vino con sus hijos muy pequeños.
Al llegar a 28 de Noviembre se encontró con una pequeña población, en medio de la Patagonia, al pie de la Cordillera, con mucha nieve y mucho frío. Fue a vivir a una modesta casa calefaccionada a carbón. La angustia fue grande porque comenzó a extrañar y mucho a su familia, su pueblo, su gente, su tierra y su cultura.
En medio de esta situación un domingo a la mañana se dijo: “voy a misa a la Parroquia porque allí seguro voy a encontrar la paz que estoy buscando”. Y así fue. Cuando llegó a la parroquia las personas que ya habían llegado antes a la ciudad la recibieron con mucho cariño, ella pudo contar cómo estaba, cómo se sentía y lo que hacía en la Parroquia de la ciudad donde venía. La participación en la misa la conectó con toda su historia de fe que había dejado en La Rioja. “Aquí encontré mi lugar” fueron sus palabras. El párroco le encargó algunas tareas en la catequesis. Y esa misa fue el comienzo de un arraigo en la ciudad que hasta hoy la mantiene muy comprometida con la tarea evangelizadora y con el corazón en paz.
Cuando me pidieron que escriba sobre la relación entre la paz y la liturgia, enseguida me vino al corazón el rostro de esa señora y la paz que transmite. Y cómo esa paz la había encontrado en una celebración litúrgica. Y me puse a pensar cuántos vínculos se pueden encontrar entre la celebración litúrgica y la paz.
La reforma litúrgica encarada por el Concilio Vaticano II hace ya más de 50 años se propuso que la liturgia se celebrara con noble sencillez en sus ritos. De ese modo priorizaba el lenguaje de los signos como comunicadores del misterio de Dios. Ordenó la celebración de los sacramentos en un ritual que se desarrolla en cuatro partes: Ritos iniciales, Liturgia de la Palabra, Liturgia del Sacramento y Ritos finales.
La finalidad de los ritos iniciales es congregar una comunidad con personas venidas de distintas culturas, experiencias, modos de obrar, situaciones sociales. Se reúnen en un lugar común y conforman la asamblea litúrgica. Esta asamblea es un signo de la convivencia en paz a la cual estamos llamados a vivir los hombres que habitamos este mundo. Durante estos ritos iniciales se canta el Gloria. Este himno dice al comienzo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.
Una de las celebraciones más populares del año es la del Domingo de Ramos. La característica peculiar de esta celebración es que en los Ritos iniciales se propone una procesión con ramos de olivo u otras plantas por las calles de la ciudad. Y esta procesión tiene mucha afluencia de gente que con sus ramos bendecidos camina y recibe a Cristo Resucitado, Rey de Paz. El olivo es signo de paz.
En la ciudad de Río Gallegos los conflictos sociales se manifiestan en las calles. Casi todos los días hay una marcha reclamando algún derecho. Y son reclamos legítimos que hacen diversos sectores de la sociedad. Pero perturban la paz de la ciudad. En al año 2013, apenas elegido el Papa Francisco, convoqué a los sacerdotes de la ciudad para hacerles la propuesta de celebrar juntos el Domingo de Ramos con una procesión por las calles de la ciudad y una misa concelebrada. A todos les gustó la propuesta y elegimos el domingo a la mañana, comenzando la celebración en la puerta de la Catedral y caminando unas 15 cuadras por la ciudad, pasando por la puerta del Hospital Central hasta un gimnasio cerrado y calefaccionado donde celebramos la misa. La misma celebración comunitaria se realiza en las ciudades de Río Grande y Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego. La convocatoria es caminar las calles de la ciudad con un ramo en la mano como signo de la paz que queremos vivir. Esas mismas calles que día a día se transitan con reclamos y protestas, poder recorrerlas juntos, con participación de diversos, pero unidos por la paz. Cada año crece la cantidad de fieles y ya se espera ese signo de paz en las ciudades de la Patagonia austral.
Podemos ampliar la mirada sobre este Rito Inicial y reconocer en las peregrinaciones a los santuarios otro signo de paz. Participé muchos años en la Peregrinación a Luján del primer fin de semana de octubre. Cuánta gente que camina esos 60 km con profunda fe y devoción. Cuánta gente ayuda en los puestos de servicio para que el peregrino alcance su meta. Cuántos servidores reciben a los peregrinos en Luján y les permiten llegar hasta la Virgen. Cuántos sacerdotes ofrecen el sacramento de la reconciliación para que el peregrino regrese en paz a su hogar. En Río Gallegos se organiza el 8 de diciembre una peregrinación a la Virgen de Güer Aike (lugar del agua) ubicada en un cerro a 35 km de la ciudad a orillas del Río Gallegos. Es una caminata que se realiza en condiciones climáticas a veces muy adversas, con viento en contra y mucho frío. Pero los peregrinos caminan y llegan con mucho gozo al pie de la Virgen. Y los servidores los reciben con mucho cariño.
La peregrinación es un signo de paz, es una muestra que es posible caminar juntos, ayudarnos para llegar a la meta, sostenernos en las dificultades, perdonarnos en lo que le hicimos mal al otro.
En la Liturgia de la Palabra la comunidad reunida se dispone en primer lugar a escuchar a Dios. La Palabra de Dios contenida en la Biblia es proclamada, es leída en voz alta por un lector, para que la asamblea la escuche y la interiorice. Encuentro aquí otro signo de paz, porque la actitud de escuchar a otro y al Otro que es Dios, nos aleja del encierro y del peligro que nos da creer que tenemos todo resuelto. El escuchar con el corazón, no solo el oír, es un camino de paz.
En la Liturgia de la Palabra una vez que escuchamos, respondemos con la oración. Y así manifestamos las necesidades de este tiempo a Dios. Y Dios nos escucha como Pueblo, como asamblea. Poder comunicar lo que nos pasa y saber que alguien nos escucha es también un camino hacia la paz.
La Liturgia de la Palabra está propuesta en clave de diálogo, de escucha profunda y de manifestación de lo que nos pasa. Dialogar es un camino necesario para la paz.
La Liturgia del Sacramento toma diversos caminos de acuerdo al sacramento que se celebra. Si es el Bautismo se centrará en derramar el agua, si es la Confirmación en la imposición de manos y la unción con el crisma, si es la Eucaristía en consagrar el pan y el vino para luego comerlo y beberlo. Y así con los demás sacramentos.
La asamblea congregada y presidida por el ministro ordenado toma los elementos de la naturaleza y por medio de ellos recibe la gracia y el amor de Dios. Podemos vislumbrar aquí otro signo de paz. La tierra y la naturaleza brindan lo necesario para el sustento del cuerpo y también de la vida de fe. Estamos comprometidos a que se cuiden estos elementos de la naturaleza y que a nadie le falte el agua y el pan para vivir. Cuando esto falta, falta paz, cuando esto se brinda se alcanza la paz. La reciente encíclica Laudato Si del Papa Francisco nos propone recorrer este camino de paz.
En la Liturgia del Sacramento de la Eucaristía, se propone el saludo de la paz. Es un momento muy significativo, donde se entrelazan saludos, abrazos y profundos deseos de paz. Previo a eso en muchas comunidades se reza o se canta el Padre Nuestro tomados de la mano. Un gesto de unidad. Todo prepara la comunión con Cristo eucaristía. Si vamos a entrar en comunión con Cristo ya intentamos y deseamos vivir en comunión con los que viven a nuestro lado. Como creyentes que participamos de la celebración eucarística estamos llamados a que este rito de la paz no se quede dentro de nuestros templos sino que se transmita en los lugares donde estamos.
En los Ritos finales recibimos la bendición y somos enviados. La bendición es un don de Dios que toca nuestras vidas. Cuánta gente pide la bendición en tantas circunstancias de la vida. Bendecir es comunicar paz. En los santuarios los peregrinos piden bendición. En las iglesias la gente pide que se los bendiga. La práctica pastoral de salir a la calle durante unas horas, en alguna plaza, con imágenes de la Virgen María y de San Cayetano, trae como consecuencia que la gente se acerque y pida la bendición. Esa bendición trae paz. La gente continúa recorriendo su día en paz.
Somos enviados con la formula “Pueden ir en paz”, al final de la misa. Experimentamos la paz y nos comprometemos a llevarla allí donde estamos. La participación plena conciente y activa en la celebración litúrgica nos lleva a comunicar la paz que recibimos para que podamos vivir en paz.
Por medio de este ritual en cuatro partes la Liturgia actualiza, hace presente, el Misterio Pascual de Cristo en nuestras vidas. El paso de la Muerte a la Vida, la Pascua, no queda anclada en el pasado sino que por la celebración litúrgica se hace presente y actual. La Pascua del Señor, su triunfo sobre la muerte, es fuente de paz. Vivir en clave pascual es vivir en paz.
Considero que la paz no es solo la tranquilidad por la ausencia de conflictos, que no “pase nada”. Vivir en paz y con paz es encontrar día a día el sentido de lo que nos pasa, el apoyo para recorrer situaciones a veces muy complicadas y difíciles. La sociedad necesita la paz de sus habitantes para lograr la paz social.
La liturgia en su lenguaje de signos, actualiza la paz, comunica la paz, dentro de ella se vive de modo real la paz y se nos envía como testigos para comunicarla. La vecina de 28 de Noviembre venida de la Rioja así lo experimentó.
octubre 11, 2016 Revista San Gabriel	Dejar un comentario
El mismo día en que María Magdalena se acerca al sepulcro vacío en el que estaba Jesús, el mismo Jesús resucitado se aparece frente a dos discípulos que estaban camino a un pueblo llamado Emaús, a pocos kilómetros de Jerusalén. Sin reconocer quién era el que estaba acompañándolos en el camino, le comentaron acerca de la condena, muerte y crucifixión de aquel profeta “poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo”. Tiempo después “cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: `Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’. Él entró y se quedó con ellos. Y estando en la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: `¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y quizás, a veces, se trata de eso. De quitarle un poco de análisis por demás sesudo a aquello que se muestra por simple calor. Esa suerte de fuego en nuestro corazón que indica que está lleno. Y de la misma manera que el fuego hipnotiza a todo aquel que lo tenga cerca, también es sabido que si no se lo alimenta se apaga con facilidad. Como cristianos que somos, sabemos que es más simple sentirse –habitual para muchos, también– lejos de lo que experimentaron los discípulos de Emaús. Pero la invitación a la Resurrección está, siempre. No siempre está encendido nuestro corazón, pero siempre existe la posibilidad de que lo esté, por el enorme hecho de que Jesús nos invita a encenderlo. No sólo en la Pascua, sino día a día. Es mucho lo que nos dice Jesús resucitado, como para restringirlo a la Semana Santa. Mientras muchos esperamos encontrarnos con el Reino de los Cielos en nuestro descanso eterno, Él nos invita enfáticamente a construirlo y vivirlo ahora. Nos llama a vivir llenos de fuego en este momento, no después. La Resurrección es el hecho y el símbolo de que la vida del cristiano tiene como norte, y por sobre todas las cosas, su felicidad y el sinónimo de compartirlo con quien tenemos al lado. Únicamente desde la razón es muy difícil (sino imposible) entender que la Resurrección es el triunfo de la vida sobre la muerte, de que con Jesús resucitado la muerte pasa a la insignificancia, es por eso que nos llama a alimentar la llama de nuestra fe.
Por Ing. José M. Pérez Rodríguez – Grupo 5 Panes
El trabajo en nuestra vida
Juan Pablo II en su encíclica “Laborem exercens” nos enseña que con el trabajo los seres humanos comparten sus actividades con la acción de Dios, el trabajo imita la acción de Dios y otorga dignidad al trabajador.
Nuestro Señor Jesucristo nos dio el ejemplo, siendo un carpintero junto a su padre terrenal San José, y su madre Nuestra Señora trabajaba en las tareas domésticas, y la Sagrada Familia se mantenía como fruto de este trabajo.
El Maestro eligió como discípulos a trabajadores.Hay en la biblia muchas referencias al trabajo:
“…a todo hombre a quien Dios da bienes y riquezas, le da también facultad para que coma de ellas, tome su parte y goce de su trabajo. Esto es don de Dios” (Eclesiastés 5:19);
“…les rogamos por Cristo Jesús, que trabajen sosegadamente y coman su propio pan” (2Tesalonicenses: 12)
La iglesia nos dice que el trabajo es necesario para el progreso terreno y para el desarrollo del Reino.
Sabemos que el trabajo es un bien esencial en la vida del hombre actual.
¿Qué pasa entonces cuando no tenemos trabajo, cuando un joven no puede encontrar su primer trabajo o cuando un padre o madre no tiene un trabajo para mantener a su familia? Y más aún, quienes lo hemos vivido, sabemos lo duro que es perder el trabajo sobre todo si somos ya mayores para el mercado, después de haber trabajado muchos años y dados los mejores años de nuestra juventud a una empresa y de pronto ésta cierra o decide prescindir de nuestros servicios. De pronto nos encontramos sin ese lugar de pertenencia, sin nuestro ingreso y hasta sin esa posición social que teníamos perteneciendo a una empresa durante años y que nunca nos habíamos preparado para esta situación. Lamentablemente todos sabemos que fue una realidad muy extendida en nuestro país y en el mundo también con el avance de la automatización. La falta de trabajo no es de Dios, es una responsabilidad directa de las acciones de los hombres.
Cuando en tales circunstancias se pierde el trabajo, es como si todo se derrumbara. Dependiendo de la persona y del tiempo que transcurra sin encontrar una nueva oportunidad laboral, puede ser una de las experiencias más solitarias y frustrantes en la vida. Incluso puede traer consecuencias sobre la autoestima y el ánimo de la persona que, de no tener una contención adecuada y un soporte espiritual, puede afectar emocional y psicológicamente su ámbito familiar y social y hasta su propia salud.
Uno se pregunta ¿por qué? ¿Por qué a mí?
Es bueno releer los pasajes de Jonás, todo lo que le pasó y el no perdía la Fe en su Dios.
En el camino de la vida, algunas veces tenemos que atravesar situaciones muy duras, esas que nos ponen a prueba, son nuestro Desierto: un problema de salud, una pérdida familiar, un fracaso importante, la pérdida del trabajo. Es como que en nuestro camino hacia nuestra morada eterna el Desierto es algo que hay que pasar. El propio Jesús pasó por el Desierto en el camino hacia la Gloria.
Lo que nunca debemos olvidar es que siempre contamos con la ayuda de nuestro Padre Dios, Él no nos abandona nunca, y su misericordia y fidelidad infinita hace que no permitirá pruebas más allá de nuestras fuerzas y nos ayudará siempre que se lo pidamos con Fe.
“todo cuanto orando pidiereis creed que lo recibiréis y se os dará” (Mateo 21-22)
Los seres humanos en general tenemos un ego tan grande que creemos saber cosas cuando en realidad somos como cieguitos que van por el camino sin ver.
Una imagen que me llegó por casualidad (Diosidad…?) que me gusta recordar es la de una persona que camina por un verde y hermoso valle, lleno de árboles con frutos preciosos, pero que él no es capaz de apreciar porque tiene los ojos tapados. Detrás de él, viene Jesús con sus manos extendidas como guiándolo para que no tropiece con los obstáculos del camino. Por lo menos yo, me siento el protagonista de esa imagen.
“Te instruiré, te señalaré el camino que debes seguir, te aconsejaré con mis ojos puestos en ti” (Salmo 32,8)
Servir através de 5 Panes
Cuando en 2010 nos sentimos llamados a servir dentro de la Parroquia, con la experiencia de haber vivido dos veces la pérdida de trabajo, pensamos que podíamos ayudar a otros con lo que habíamos aprendido en ese proceso.
Teníamos un conocimiento de cómo plantear una búsqueda laboral por haber pasado por reconocidas consultoras de outplacement, pero sobre todo por haber sentido la ayuda de Dios en esa búsqueda.
Con la anuencia del Párroco Javier, formamos el grupo 5Panes y 2 Pescados, nombre que pusimos recordando el milagro de Jesús que con lo poco que nosotros le damos, el resto lo hace Él.
El propósito es Contener, Acompañar en la Búsqueda, Hacer de puente entre empleadores y empleado y también, si el candidato lo acepta, Acercarnos juntos a Dios.
Ayudamos al candidato en forma personal, a desarrollar una estrategia de búsqueda, a resaltar sus valores y logros profesionales, a prepararse para entrar en el mercado laboral.
Para eso, empezamos conociéndonos y conociéndose él a sí mismo, resaltando sus valores y logros y armamos o mejoramos su currículum para que sea la carta de presentación que le posibilite llegar a una gran meta: la entrevista laboral.
Empleamos las técnicas de las consultoras profesionales pero de manera gratuita. Hacemos Red de Contactos, Presentaciones espontáneas, Búsquedas en la web, en las Redes sociales, etc. Ayudamos a prepararse para una entrevista y las practicamos.
También tenemos una cartera de postulantes para hacer de puente entre las personas de la comunidad que pudieran necesitar trabajadores. Los publicamos en nuestra cartelera y tratamos de difundirlo entre una red de las parroquias y en la comunidad.
Esta es la parte que nosotros hacemos, nuestros 5 panes, luego se lo entregamos al Señor.
Contamos con la ayuda intercesora de San Cayetano, patrono del Pan y del trabajo, de quien tenemos una imagen junto a San José dentro del templo. Cuando año tras año voy a la cola de San Cayetano los 7 de Agosto y veo las miles y miles de personas que vienen a agradecer y a pedirle al Santo, compruebo una vez más su poderosa intersección.
Dar trabajo:
Nuestra comunidad de San Gabriel, tiene seguramente muchas personas con potencial de empleadores, muchos recurren a nosotros con pedidos de personal doméstico. ¡Qué bueno sería que pudiéramos ampliar esas búsquedas a otras profesiones!
¡Qué bendición el que tiene la posibilidad de generar empleos y dar trabajo a los demás! Es como el administrador de los bienes del Señor, que no son nuestros, que es fiel en lo poco y en lo mucho. No es esta una forma de expresar nuestra Fe a través de las obras como lo dice Santiago:
“muéstrame tu Fe sin obras y yo te mostraré mi Fe a través de las obras”(Santiago 2.18)
¡Qué bueno sería poder conseguir más ayuda dentro de nuestra comunidad! Soñamos que, como los primeros cristianos, pudiéramos compartir lo que tenemos.
Recordemos las palabras de Jesús.
“Todo lo que hiciste por el más pequeño de mis hermanos, lo hiciste por mi”(Mateo25:40)
A lo largo de estos años muchas personas han venido a 5 panes, algunos ya grandes que habían perdido su trabajo y estaban con pocas esperanzas de reinsertarse y hemos sido testigos del resurgir de su trabajo.
No todos consiguieron el éxito inmediato, pero sí aprendieron algo de cómo seguir buscando y a quién pedirle ayuda.
Agradecemos al Señor, siempre por la bendición que nos dio con esos trabajos.
Hacemos también aquí una oración de corazón, por medio de san Cayetano para todos los que están buscando trabajo y que el Señor los bendiga y les ayude a conseguirlo.
El trabajo es también un camino hacia el Señor, un camino de Santidad. Podemos hacer de nuestro lugar de trabajo un lugar donde mostrar la lámpara que tenemos que llevar como seguidores de Cristo, ofreciéndolo al Señor como agradecimiento y poniendo en acción el Amor al prójimo a través de las buenas relaciones, la rectitud de intención, el trabajo justo.
“por los frutos conoceréis….” ( Lucas 6:44) Dice el Señor
Siempre tener Fe en que Dios nos rescatará de cualquier situación y como lo hizo con Jesús en la Cruz, también en el trabajo o en cualquier situación de la vida, con Él siempre habrá Resurrección, si lo tenemos a Él “qué me puede faltar…”, como decía Santa Teresa:
En 5 Panes y 2 Pescados nos reunimos todos los martes a las 18:30 hasta las 21 hs. Estamos abiertos a recibir a quienes quieran participar y ayudar a mejorar e impulsar esta forma de servir a nuestros hermanos.
Estamos disponibles en 5panesy2pesacados@gmail.com y en el 1563783466 o en la secretaría de la parroquia pueden pedir información.
Le pedimos a la Virgencita de Luján nos consiga la gracia de poder servir a nuestros hermanos con esta nota.
Por Sergio Barrés y Luis Cosentino, coordinadores de Cáritas San Gabriel
Seguramente, en muchas oportunidades, todos escuchamos hablar de Cáritas y de la caridad. Muchas definiciones, muchos documentos y también muchas personas y agentes pastorales que nos hablaron, nos pidieron donaciones y nos brindaron su testimonio. Al mismo tiempo, en nuestra vida cotidiana, el día a día nos pone frente a situaciones que nos cuestionan respecto de nuestra caridad.
Paramos en un semáforo y alguien nos pide dinero, estamos en misa y nos reparten el sobre de la colecta de Cáritas o alguien nos cuenta que a pocas cuadras de casa hay gente en situación de calle. En fin, basta detenernos y pensar un poco, para que muchas otras situaciones como éstas vengan a nuestra mente.
Se cuenta de la Madre Teresa que un día encontró un hombre a punto de morir, en una cloaca al aire libre; lo tomo consigo, lo llevó a casa, lo lavó, lo consoló y aquel hombre dijo: “He vivido como un desgraciado y muero como un rey”. Es admirable y todo un testimonio de vida la actitud de la Madre Teresa para quien la caridad es verdadero amor a Dios que vive en el prójimo; tan grande es su acción que podemos llegar a sentirnos mal pensando que quizás nosotros no seamos capaces de poder hacerlo. Sin embargo, queremos invitarte por un instante, a poner la mirada en aquel moribundo, en su situación de abandono, en su dolor físico y espiritual y en cómo después de haber sido objeto de ese acto gratuito seguramente sintió que quizás, por primera vez, tenía “un lugar”, que dejó de ser “un extraño”, que pudo experimentar el “ser querido” y entonces el contraste de sus palabras revela que su vida cambió.
No resulta fácil comprender la caridad si no tomamos conciencia de nuestra naturaleza de “necesitados”. Todos tenemos necesidades, todos necesitamos de alguien nos escuche, de alguien que nos acompañe, de alguien que nos dé una palabra de aliento en los momentos difíciles, que nos tienda una mano y nos ayude. Es en ese momento, cuando recibimos de los otros y tenemos la oportunidad de vivir la experiencia de la caridad, cuando todo cobra significado. La caridad no puede ser neutral, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y se compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita.
Las Cáritas parroquiales son espacios para la acción caritativa y social con los más pobres y los excluidos procurando que crezcan en dignidad y sean protagonistas de su propio desarrollo. En nuestra parroquia, Cáritas tradicionalmente se ocupa en forma ininterrumpida de la asistencia de aquellos que la vienen solicitando ocasionalmente o desde hace ya mucho tiempo. Un grupo de voluntarias que dona su tiempo, se esfuerza denodadamente por clasificar y repartir los muchos elementos que la comunidad acerca permanentemente. Se reparte ropa y alimentos a quienes no tienen recursos y se vende ropa a un precio justo a quienes pueden afrontar con dignidad el gasto. El producto de lo recaudado se lo destina a la compra de alimentos que normalmente hacen falta y que no se reciben en la cantidad necesaria así como también para las contribuciones que, anualmente en la misa del Jueves Santo, elegimos los miembros de la comunidad que participamos entre un conjunto de opciones que se presentan.
En este sentido, durante los meses de enero y febrero, hemos comenzado a reformular toda esta actividad para poder realizar una asistencia más eficiente que, aunque se siga ocupando de las necesidades básicas e inmediatas, comience también a ocuparse también de brindar un espacio para escuchar y estar atentos a las necesidades espirituales de quienes vienen y compartir con ellos la Palabra. Intentamos generar un espacio que procure transformar el asistencialismo en asistencia sin dejar de tener en cuenta que nuestra parroquia se encuentra ubicada en una zona donde actualmente no hay tantas situaciones de pobreza como en otras parroquias vecinas y que, al mismo tiempo, tenemos una comunidad parroquial con capacidad de hacer donaciones materiales. Por este motivo entendemos que una de nuestras misiones debe ser la de colaborar en la asistencia material de esas otras parroquias que se encuentran en zonas carenciadas y cuentan con menos recursos organizando la distribución de la ropa.
Este tiempo de cuaresma es una buena oportunidad para que como comunidad podamos reflexionar sobre nuestro caminar junto a los más necesitados, los marginados y oprimidos. Todas nuestras respuestas desde la caridad que contribuyan al crecimiento verdaderamente humano, todo lo que signifique auténtica justicia en la relaciones sociales, todo lo que signifique auténtica justicia en las relaciones sociales y todo lo que signifique aumento de vida, constituye una forma de actualizar la resurrección, anticiparse y preparar su plenitud futura. Esto es lo que realizó la Madre Teresa.
Como un posible punto de partida para comenzar a pensar e implementar nuevas acciones desde nuestra Cáritas parroquial, puede ser interesante tener en cuenta dos cuestiones a las que el Papa Francisco nos invita permanentemente a todos los cristianos.
En primer lugar, nos parece importante que insista en que quiere una iglesia que “salga a la calle”, una iglesia que recupere el protagonismo saliendo a misionar. Podemos, en línea con esto, comenzar a pensar en una Cáritas parroquial que no espere a que vengan sino que salga activamente al encuentro de los más necesitados para darle respuestas a sus requerimientos en propios ámbitos. Esta puede ser también una forma más dinámica de involucrarnos más fuertemente con los desafíos que presenta una realidad cambiante y de este modo para poder llevar las respuestas del evangelio.
En segundo lugar, cuando el Papa se dirigió a los líderes del apostolado laical en Corea del sur y destacó su labor con los pobres y necesitados, les dijo: “Esta tarea no se puede limitar a la asistencia caritativa, sino que debe extenderse también a la consecución del crecimiento humano. Asistir a los pobres es bueno y necesario, pero no basta”. En este sentido, en Cáritas parroquial podemos comenzar a ocuparnos de la “promoción” para que, como también expresó el Papa, todos los hombres y mujeres puedan conocer la alegría que viene de la dignidad de ser persona.
Tenemos que pensar en generar los espacios para ayudar a crecer a partir de las necesidades, a acompañar procesos de inclusión de los más desposeídos para que puedan desarrollar sus potencialidades y capacidades para dar solución a sus propios problemas ayudando y acompañando un proceso que genere crecimiento no solo en su persona sino en toda la comunidad, en una comunidad “en caridad”.
Es claro que todas estas acciones y desafíos que planteamos requieren de nosotros y de nuestro compromiso con el evangelio. No es necesario un compromiso tan grande como el de la Madre Teresa. Todos podemos hacer nuestro aporte. Porque así como experimentamos la caridad cuando nos sabemos necesitados, también todos tenemos diferentes “talentos” que estamos llamados a poner al servicio del Reino. Todos tenemos mucho para dar y sabemos que hay muchas personas que tienen necesidades de nosotros.
Para llevar adelante todos estos desafíos, Caritas parroquial necesita el compromiso y la colaboración de cada uno de nosotros como integrantes de la comunidad, de una comunidad generosa que sienta la alegría de compartir con aquellos que más necesitan, de hombres y mujeres dispuestos a donar algo de su tiempo para escuchar, asesorar, acompañar, asistir, dar trabajo, de jóvenes con espíritu de salir al encuentro de los más desposeídos, de cuestionar, de querer transformar situaciones injustas.
Como dijo el Papa Francisco: “Cada cristiano y cada comunidad están llamado a ser instrumentos de Dios para la liberación de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo”.
Por Jorge Eduardo Scheinig, Párroco de San Gabriel
No es lo mismo vivir como personas creyentes y confiadas, abiertas, alegres, esperanzadas, serenas y seguras, arrepentidas de lo mal obrado y misericordiosas con los que nos ofenden, comprometidas con el prójimos y la realidad, con ganas de amar más y mejor y de trabajar por el bien común; que vivir temerosos, encerrados en nosotros mismo, con un pesimismo agobiante, quejosos, protestones, siempre enojados, desinteresados e indiferentes, juzgando todo y a todos, sin deseos de cambiar, sin arrepentimiento, sin misericordia ni perdón.
Los primeros viven como resucitados, los segundos viven…
Sé, que presentar las cosas así, en blanco o negro, sin matices de grises o sin una paleta de colores que muestren la vida como es en realidad, llena de situaciones y circunstancias distintas, no es más que caer en un simplismo ingenuo muy proclive para fomentar en algunos los fundamentalismos y en otros la indiferencia.
Estoy seguro que hay otra manera de vivir.
En la Pascua celebramos que Jesús murió y resucitó. Jesús padeció la humillación de la pasión, el dolor de la cruz, la oscuridad y el silencio de la muerte, pero el Padre Dios lo resucitó regalándole la Vida Nueva y convirtiéndolo en el VIVIENTE.
Jesús tiene vida eterna, ha sido el primero y nosotros lo seguimos. Su promesa es que los que creen en él alcanzarán la vida convirtiéndose también en vivientes.
“Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 25-26)
Estamos siendo permanentemente desafiados a creer que esta manera tan humana de vivir, es decir, como resucitados, como vivientes, no es una condición sólo para después de la muerte, sino que el creyente se adhiere a la resurrección de Jesús de tal manera, que el hoy de la vida cotidiana es asumida como vida para la vida, vida resucitada, vida de vivientes.
Sabemos que hay formas de vidas para la muerte, se vive como sobrevivientes, como transitando la vida a duras penas, como resignados y bajando los brazos, o como aquellos que dejan pasar todo y pasan de todo. Se vive mal.
Jesús resucitado nos invita a vivir todos los días y en todo lugar de una manera nueva. Se trata de vivir las circunstancias de nuestra historia personal y colectiva, como resucitados, como vivientes.
Vivir la resurrección de todos los días no son sólo palabras que nos ilusionan en un tipo de vida idealizada o fantasiosa, alejada de la realidad. De ninguna manera puedo pensar que la resurrección de Jesús es inocua a la vida. Los creyentes en el resucitado se contagian de su vida, de su fuerza y no por una especie de voluntarismo prometeico, no. Se trata de una experiencia inédita, original, “nueva”, no hay nada parecido en el mundo y en la historia.
Por la fe en el resucitado quedamos también resucitados nosotros mismos, ya, aquí y ahora. Desde y gracias a la resurrección de Jesucristo, hay otra manera de vivir.
Entonces, será siempre un enorme reto, vivir nuestra vida cristiana como una condición del ser y del hacer y no como un aspecto agregado, lateral, pegado y anexo, como si lo cristiano fuese una especie de aditamento muy bueno y eficaz para vivir, algo así como se hace con los motores de los autos, que se le agrega un líquido –un aditamento-, para que tenga mejor funcionamiento. Añadimos “lo cristiano” como para mejorar nuestro “funcionamiento”, nuestros estándares de calidad de vida.
El problema es que la fe en Dios no es algo funcional y no conviene que lo sea. Creer mientras nos funcione en la vida puede convertirse en algo confuso, porque mientras todo vaya bien, Dios existe y está, pero si alguna circunstancia nos hace dudar, si la vida se pone dura y difícil, si Dios no responde a mis necesidades, Dios no está, se murió.
Una fe funcional es una fe a medias y el problema es que según mi perspectiva, si dejamos de creer, corremos el riesgo de dejar de ser.
Sin fe en el Cristo Vivo, nosotros somos y obramos de otra manera.
Lo que deseo expresar, es que la fe del creyente en el Resucitado, lo transforma también a él en resucitado, le da aquí y ahora Vida Nueva y transforma su manera de vivir, modifica su conducta, su comportamiento, cambia su cotidianidad.
No puedo dejar de pensar que si esto es así, y yo creo que es así, también nosotros podríamos encarar la vida, el día a día de otra forma.
Pienso en tantas situaciones en las que uno se cree como muerto, y la fe concreta y vital en el resucitado, es como una luz intensa y cálida que me cambia todo: mi manera de estar, de ver, de entender, de sentir.
La fe en la resurrección cambia todo!
En este tiempo histórico, donde cada día aparecen “noticias” que impactan directamente a nuestro modo de vivir, es muy importante que nos animemos a emplear nuestra fe en el resucitado como un cierto “filtro” que nos ayude al discernimiento.
Más allá de la variedad y gravedad de cada acontecimiento, nos corresponde y esto es una seria responsabilidad que tenemos como creyentes, tratar de ponderar qué y cómo debemos estar frente a la realidad.
Justamente, vivir como resucitados nos hace en primer lugar “estar”, es decir, ceder a las tentaciones de “no estar”, como por ejemplo, los análisis superficiales y evasivos, la crítica sin fundamento, la falta de interés por el país y los otros, la no preocupación y ocupación por las cosas del bien común, el desentendimiento del fortalecimiento de la vida democrática exigiendo por ejemplo claras plataformas políticas a los candidatos a los distintos niveles de gobierno.
Aunque parezca algo extraño, la fe en el Viviente, nos da una nueva visión y un nuevo pensamiento. Desde Él todo se ve y piensa distinto. Se ve y se piensa para que haya más vida, para que todos tengamos vida plena.
Pero en segundo lugar, pienso que el Señor Resucitado nos impulsa a vivir muy en serio el compromiso por y con Su Reino. Esto significa que cada uno de nosotros no puede estar ausente de algún compromiso existencial y vital, que lo ubique con corazón y vida en algún espacio de la realidad. El trabajo, el estudio, la vida familiar, el vecindario, la calle, lo social, lo político, lo cultural, lo solidario, alguna institución, ONG, dentro de la comunidad, en un espacio no eclesial, con personas concretas, con los más desprotegidos, niños, jóvenes, ancianos, en fin, en algún lugar debemos volcar la fuerza que nos viene del Resucitado.
Ser creyentes en el Cristo Viviente, nos fortalece para optar todos los días, con sus más y con sus menos, a intentar entregarnos todos los días con renovadas esperanzas en que las cosas pueden cambiar para bien y que cada uno de nosotros, somos un grano de arena pero importante para que así sea.
Finalmente, la resurrección no es una experiencia intimista que nos calienta el corazón para acurrucarnos en lo religioso y sentirnos a gusto y en paz, mientras “afuera” se multiplican los conflictos y que otros se hagan cargo.
Con el Resucitado vamos a los conflictos de la vida, allí misionamos, con la seguridad que hay una luz nueva, una fuerza y una vida nueva, porque el Señor “hace nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5). No solo no nos escapamos, sino que tenemos la certeza que es Él el que nos envía y además, sabemos que no vamos solos, El Viviente, está con nosotros todos los días de la vida y hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28, 20).
lo humano y lo divino!”

References: artículo 13
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