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Timestamp: 2020-01-18 12:07:53+00:00

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EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA - El Teólogo Responde - IVE-
EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA
(Recopilación y engarce de textos por el canónigo F.Vidal)
(cap. 5-6)
DOCTRINA DE SAN FRANCISCO DE SALES
5. HUMILDAD Y DULZURA CONSIGO MISMO
Sapricio y Nicéforo
Humildad y dulzura de corazón
La dulzura consigo mismo
Dulzura en las exigencias de nuestra vocación
Dulzura en las miserias de nuestra condición humana
Dulzura en nuestras pruebas
6. HUMILDAD Y DULZURA CON EL PRÓJIMO
La flor de la caridad
En el obispado de Annecy
La dulzura de corazón para con todos
El precio de la dulzura
El “corazón de carne” de S. Francisco de Sales
La firmeza en la dulzura
«Estudiad bien esta lección porque es la única lección de nuestro soberano Maestro: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón»
En el año 260 de nuestra era, bajo los emperadores Valerio y Galo, vivían en Antioquía un sacerdote, Sapricio, y un laico, Nicéforo, unidos desde hacía mucho tiempo por una estrecha amistad que un día se rompió repentinamente por un disgusto. Y la amistad se tornó odio, odio terrible como suele suceder entre personas que han estado íntimamente unidas. Sin embargo, Nicéforo sintió pronto remordimientos. Por tres veces, a través de amigos comunes, hizo llegar a Sapricio sus excusas, que éste no quiso aceptar. Entonces fue él en persona a arrojarse a sus pies y le dijo: «Padre mío, os suplico que me perdonéis, por amor de nuestro Señor».
Pero su sincero esfuerzo se estrelló contra el desprecio de Sapricio. Llegó una persecución. Sapricio, apresado y sometido a tortura, mostró tanto valor en medio de los tormentos que el gobernador, irritado por su constancia, le condenó a muerte. Cuando lo conducían al suplicio, Nicéforo corrió a su encuentro, y, postrado en tierra, le suplicó: «Mártir de Jesucristo, perdonadme porque os he ofendido». Sapricio seguía inquebrantable, y Nicéforo, dando un rodeo, volvió a encontrarse ante él para tratar de conmoverlo. Su incansable perseverancia asombraba a los verdugos, que decían: «jamás hemos visto un loco semejante; si este hombre va a morir, ¿para qué necesitas su perdón?». Y Nicéforo respondió: «No sabéis lo que pido al confesor de Jesucristo». En efecto, estos hombres eran incapaces de entender las exigencias de una conciencia cristiana; no comprendían el deseo de Nicéforo de no separarse de Sapricio estando enemistados porque ignoraban las palabras que el Señor había pronunciado: «Si al presentar tu ofrenda ante el altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano».
Ya en el lugar del suplicio, Nicéforo renovó su apremiante petición: «Os lo ruego, mártir de Jesucristo, perdonadme; porque está escrito: «pedid y se os dará». El sacerdote permaneció inflexible, obstinado en su orgullo, tanto que el Señor no quiso aceptar su ofrenda, y, en el momento de arrodillarse para que le cortaran la cabeza, Sapricio sintió que le faltaba el valor. En vano le seguía suplicando Nicéforo que fuera fiel al Señor; Sapricio renegó de su fe. Y por orden del gobernador, Nicéforo fue ejecutado en su lugar. Su dulzura y su humildad le valieron la gloria del martirio, mientras que el sacerdote, duro y orgulloso, cayó en la vergüenza de la apostasía.
¿No os parece que, bien pensado, este caso no es extraño, sino muy humano? San Francisco de Sales lo ha hecho notar muchas veces: estamos dispuestos a las grandes ocasiones, que se presentan raras veces, si es que se presentan; y descuidamos las pequeñas, tan numerosas cada día, de cumplir sencillamente con nuestro deber. Sapricio tuvo mucho valor en los tormentos, pero, obstinado en su terquedad, no pudo con-sentir en olvidar una injuria y en hacer un gesto de reconciliación fraterna. ¿No pensáis que si su corazón hubiera estado lleno de humildad y dulzura -que siempre van juntas- no hubiera concedido enseguida ese perdón, que su amigo de manera tan emocionante le imploraba?
Pero es que ésas son virtudes difíciles y raras, pues suponen un sincero conocimiento y un perfecto dominio de sí; y el destello divino que se refleja en la frente de quien las posee, revela su valor y su encanto. Porque ellas, en efecto, tienen su fuente en el Corazón de Cristo: «Venid a Mí, que soy manso y humilde de corazón».San Francisco de Sales se hace eco de esta invitación del Maestro. Escuchemos sus enseñanzas sobre la humildad y la mansedumbre, antes de aplicarnos las lecciones que nos da sobre la humildad y, más aún, acerca de la dulzura para con nosotros y los demás.
«De entre todas las virtudes -escribía a la Sra. de Chantal-, os recomiendo las dos más queridas de nuestro Señor, las que tanto desea que aprendamos de Él: la humildad y la dulzura de corazón; pero poned atención en que sean virtudes del corazón, recordando lo que ya os he dicho: que es una de las grandes astucias del diablo el conseguir que muchos se entretengan en decir palabras y dar muestras externas de las virtudes; pero, como no examinan los afectos de su corazón, creen que son mansos y humildes sin serlo en absoluto».
No descuidemos este aviso del santo obispo. Procuremos que de verdad sean «virtudes del corazón» y que estén sólidamente arraigadas en nosotros. Hacerse ilusiones es fácil, pero muy peligroso, puesto que san Francisco de Sales nos asegura que «la dulzura y la humildad son las bases de la santidad».Por eso nos invita a practicar estas dos virtudes y a cultivarlas con esmero. Escribe a una de las destinatarias de sus cartas: «Sed humilde y dulce con todos».
Y a otra:«Cultivad cuidadosamente la humildad y la dulzura interior. Sin cesar os deseo mil bendiciones, y especialmente que seáis humilde, suave y… muy dulce».
Nos pide que nos mantengamos firmes en estas dos virtudes, evitando los escollos en los que ellas podrían tropezar. «Hay que mantenerse firmes en estas dos queridas virtudes: la dulzura para con el prójimo y la amabilísima humildad para con Dios… Hay que arrancar de cuajo el afán de preferencias y privilegios, pues nunca se tienen tantos honores como cuando se los desprecia; y además nos turban el corazón y nos hacen caer en faltas de dulzura y de humildad».«En suma, hay que tener el corazón dulce para con el prójimo y humilde para con Dios». Así estaremos seguros, si lo pedimos con confianza, de recibir el socorro del cielo en todas nuestras dificultades.
«En la soledad podemos sentirnos repentinamente asaltados; en el mundo no nos faltarán dificultades; para todo necesitamos mucho ánimo, pero el cielo está dispuesto a socorrer en todo a los que confían en Dios y con humildad y dulzura imploran su paternal ayuda».Por este camino, que nada tiene de extraordi-nario, van hacia las cimas de la santidad las almas que Dios llama a la vida de perfección. Así se lo afirmaba él a la joven y ardiente abadesa de Port Royal, Angélica Arnauld:
«Sin embargo, decid a esta hija tan amada que os he encomendado y por la que tengo tanto interés, que persisto en decirle que Dios la quiere llevar a un excelente género de vida por el cual bendecirá a la infinita bondad que la ha mirado con tan buenos ojos. Pero también debo decirle que el camino que deberá seguir en esta vocación no es en absoluto extraordinario; porque consiste, mi muy querida hija, en una dulce, pacífica y firme humildad; y una humilde, pacífica y firme dulzura».
Lo mismo deseaba para las almas que son totalmente de Dios:
«Nada puede dañar a los que están resueltos a amar a Dios sobre todas las cosas y en todas las cosas. Y vuestro corazón es así, mi querida hija; que Dios lo bendiga para siempre y lo conserve en la santa humildad y dulzura interior».” Aunque estas dos virtudes están muy unidas una a la otra en estrecha dependencia, la preeminencia es, sin embargo, de la humildad:
«La humildad hace nuestro corazón dulce», asegura san Francisco de Sales, porque esta virtud «es la primera y el fundamento de las demás».«Nunca -nos dice- llegaremos a la altura de la perfección del amor de Dios sin habernos rebajado profundamente por la humildad. Nuestro Señor estima tanto la humildad que no tiene dificultad en permitir que caigamos en pecado con tal de sacar de esto una mayor humildad».Y añade:«Nuestro Señor ama tanto la humildad que prefiere correr el riesgo de que perdamos todas las demás virtudes con tal de que la conservemos».”
Todas las demás virtudes están situadas entre estos dos extremos: la perfección del amor de Dios y la humildad, incluso si ésta ha sido originada por el pecado. Y de estas dos emanan todas como de su fuente.
«La humildad y la caridad son las dos cuerdas clave, las otras van unidas a ellas y es necesario que se apoyen en esas dos: una es la más grave y la otra la más aguda. La conservación de un edificio depende enteramente de los cimientos y del tejado. Si nuestro corazón está ejercitado en la humildad y la caridad, las otras virtudes vendrán a él sin dificultad. Son las madres de las virtudes, que las siguen como los pollitos a las gallinas».”
No tengamos miedo al esfuerzo necesario para adquirir la humildad.«Cuanto más trabajo os cueste la santa humildad, más gracia os proporcionará».Sobre este punto, el pensamiento del obispo está claro:
«Quien desee muchas gracias ha de sentir humildemente de sí y no envanecerse».«El gran secreto para mantener mucha devoción es tener mucha humildad».
«El sagrado don de la oración está preparado en la mano derecha del Salvador, que lo derramará en vuestro corazón tan pronto como éste se vacíe de sí mismo, es decir, del amor de vuestro cuerpo y de vuestra propia voluntad. O sea, cuando seáis humilde».
Efectivamente, la humildad es la actitud más apropiada para nuestra condición de pobres criaturas, tanto para esperar los beneficios divinos como para aceptar los designios de la Providencia.
«Hay que esperar, orar, confiar; y sobre todo, humillarnos ante su divina Majestad».«En una palabra, hay que tener los ojos fijos en la Providencia, cuya dirección tenemos que aceptar con toda la humildad de nuestro corazón».
Así anima vivamente él a las almas que se han puesto bajo su dirección, a que se ejerciten en la humildad. Entre los consejos que da a una dama del mundo están los siguientes:
1. Haréis un acto de humildad cada día, saludando por la mañana, o dando las buenas noches a alguno de vuestros servidores, mientras interiormente hacéis un acto por el que reconocéis en esa persona a alguien que, como vos, ha sido redimida por nuestro Señor.
2. Siempre que podáis, trataréis familiarmente, con sencillez, a vuestra doncella»
A otra de sus dirigidas le escribía:
«Mientras tanto, mi querida hija, humillaos a menudo ante Dios y ante toda criatura por amor de Dios. Y como el amor fiel se reconoce en las ocasiones, aprovechad bien todas las que se os presenten para ser amable con quienes son de inferior clase social; tratadlos afablemente; usad para con ellos palabras corteses y cordiales. Mi querida hija, no hay que tener demasiado en cuenta la condición de cada uno en esta vida; en realidad, somos lo que somos ante Dios; la humildad será lo único que se considere cuando todos tengan la condición de hijos de Dios. Feliz vos, si sentís repugnancia en familiarizaros, igualaros y uniros a ciertas personas, porque al sobreponeros, vuestra humildad será más excelente.Sed valiente y tened el corazón elevado hacia Dios; no os maravilléis de sentiros débil porque si invocáis a Dios, Él será vuestra fortaleza para llevar a cabo diligentemente el deseo que tenéis de no vivir más que para Él».
¡Cuánto goza su corazón cuando encuentra en un alma esa querida virtud!
«Soy y seré en adelante del todo y sin reserva vuestro humilde y afectísimo servidor, que os desea un cúmulo de gracias de nuestro Señor y, sobre todo, que progreséis continuamente en la santísima dulzura de caridad y en la sagrada humildad de la amabilísima sencillez cristiana. No puedo dejar de deciros que he encontrado muy dulces las palabras de vuestra carta cuando decís que vuestra casa es de las corrientes y nada más; esto es muy de apreciar en un tiempo en el que los hijos del siglo presumen tanto de sus casas, de sus apellidos y de sus ascendientes».
A la priora del carmelo de Chartres, asustada por su cargo, le predica la confianza sobrenatural, fundada en la humildad:«Os digo que seréis fiel si sois humilde.-¿Y podré serlo?. -Sí, si lo queréis.-Claro que lo quiero.- Pues ya lo sois. -Veo claro que no soy.- Pues mucho mejor, porque eso ayuda a serlo más.
No seáis tan sutil, caminad sencillamente y, puesto que Dios os ha encargado de sus almas, encargadle a Él la vuestra, para que sea Dios quien lleve esa carga y os lleve a vos y a ella. Su corazón es muy grande y quiere que el vuestro tenga sitio en él. Descansad en Dios, y, cuando caigáis en faltas o tengáis defectos, no os asustéis, sino que, después de humillaros ante Dios, recordad que la fuerza divina se muestra más gloriosa en nuestra debilidad. En una palabra, hija mía, vuestra humildad tiene que ser animosa y valiente, por la confianza que debéis tener en Aquél que os ha elegido para el cargo.Y para cerrar el camino a las muchas réplicas que la prudencia humana, disfrazada de humildad, suele hacer en esas ocasiones, recordad que el Señor no quiere que le pidamos nuestro pan de cada año, ni de cada mes, ni de cada semana, sino el de cada día. Esforzaos en hacer bien lo de hoy, sin pensar en el mañana; y al día siguiente, haced lo mismo; no discurráis sobre lo que tendréis que hacer mientras estéis en el cargo, haced vuestra tarea día tras día y no deis oídos a vuestras preocupaciones, pues vuestro Padre celestial, que hoy se ocupa de vos, también mañana y pasado mañana se preocupará de guiaros si, a la vista de vuestra incapacidad, lo esperáis todo de su Providencia».
Ni el sentimiento de nuestra imperfección ni las dificultades que encontremos en nosotros mismos, deben impedirnos dar prudentes consejos a quienes nos los pidan:
«¡Hija mía!, si solamente pudiesen ayudar a las almas aquéllos que no tienen dificultades en su
tarea y que son perfectos, vos no tendríais ahora un padre en mí. Nunca debemos dejar de aliviar a otros, aunque nos encontremos nosotros mismos en vacilaciones y dudas. ¡Cuántos buenos médicos hay que no están sanos! ¡Cuántos cuadros preciosos salidos de las manos de pintores muy feos! Así que, cuando vuestras Hijas acudan a vos, decidles con toda claridad y en caridad todo lo que Dios os inspire; no las dejéis salir vacías de vuestra presencia».
Él mismo encontraba su descanso en la humildad. Cuando se conocieron, ¡con cuánta admiración hablaba la baronesa de Chantal del obispo de Ginebra! Y esto le disgustaba a él.
«Hija mía, voy a escribir a vuestro suegro, según vuestro deseo; pero vos no escribís según el mío, ni a mi madre ni a la Sra. de Charmoisy cuando decís `nuestro bueno y santo obispo’, porque donde esas señoras leen santo obispo, deberían leer `tonto obispo’. Sé bien que en tiempos de san Jerónimo se llamaba santos a todos los obispos, por su cargo; pero ahora ya no es así» 1
Parece que la Sra. de Chantal no hizo caso de esta observación, porque en otra carta, el obispo se expresaba así:
«Por lo que veo, va a ser preciso que yo os prohíba emplear la palabra `santo’ cuando habléis de mí, porque es mucho más la apariencia que la realidad. Aparte de que, canonizar santos no es cosa vuestra».
Esta prohibición tampoco surtió efecto, lo cual entristeció al obispo:
«Hija mía, aunque soy muy vanidoso, no me estimo tanto como vos me estimáis. Me gustaría que me conocieseis bien; no dejaríais de tener total confianza en mí, pero dejaríais de estimarme. Y diríais: he aquí un junco que me da Dios para que me apoye; me apoyo con seguridad, puesto que Dios así lo quiere, pero el junco en sí, no vale nada.Ayer, después de leer vuestra carta, anduve dando unas vueltas y con los ojos llenos de lágrimas al ver lo que soy y en lo que se me estima. Veo lo que me estimáis y me parece, hija mía, que esta estima que os da tanta satisfacción es un ídolo».Pensáis quizá que él se siente tentado de vanidad al ver a tantas almas que recurren a sus luces. Pues todo lo contrario. Esos testimonios de confianza le empujan a la humildad y le sirven de estímulo para tratar de merecer la estima que se le muestra.«No creáis en absoluto que me haya pasado por la cabeza el pensamiento de que vais buscando la excelencia de mi persona, pues, aunque esa idea es muy propia de mi miseria, no me viene en esas ocasiones. Todo lo contrario; quizá no haya nada más a propósito para encaminarme hacia la humildad y me admiro de que muchos siervos y siervas del Señor tengan tanta confianza en la opinión de una persona tan imperfecta como yo. Y eso me da ánimo para tratar de ser tal como me creen, y espero que Dios, que me da la amistad de tantos hijos suyos, me concederá también la suya santísima, por su misericordia, después de hacer la penitencia que corresponde a lo que he merecido».
Estaba tan profundamente anclado en esta virtud que cuando el cardenal de Retz, en 1619, le propuso aceptar ser su coadjutor en París, permaneció indiferente ante esta oferta y a los honores que llevaba consigo. Y confió sencillamente a la Madre de Chantal:
«Mi alma sintió un gran placer en no mirarlos siquiera y en no tenerlos más en cuenta de lo que los hubiera tenido en el trance de la muerte, cuando todo lo del mundo parece solamente humo».
Quería que la Visitación estuviera impregnada de este espíritu de humildad.
«Venid en buena hora con nuestras Hermanas de la Visitación, decía a una persona inquieta y que ardía en deseos de entrar en el monasterio. Pero daos cuenta de que la casa en la que vais a entrar es una Congregación pequeña, aún mal alojada, y en la que todo es pobre, humilde y modesto, salvo los deseos de las que están en ella, que son nada menos que llegar a la perfección del divino amor».Y añadía:«El verdadero espíritu de nuestra pobre Visitación es considerarse muy sencilla y pequeña y no estimar nada más que tener a Dios contento al ver esa sencillez. Por tanto, la Visitación estima y honra todas las otras formas de vivir en Dios y, como digo, se considera entre las otras Congregaciones como las violetas entre las flores: baja, pequeña, de colores menos vivos, pues le basta con que Dios la haya creado para servirle y para que dé un poco de buen olor a la Iglesia». La Visitación debería tener una humildad tan profunda que hasta llegase a aceptar con gusto dejar de ser ella misma y desaparecer, si tal fuese el beneplácito divino. Hace saber a la superiora del monasterio de Lyon, donde el cardenal de Marquemont sueña con introducir importantes cambios en la Congregación fundada por san Francisco de Sales, lo siguiente:
«Si Dios quiere, en vista de todo esto, que esta Congregación cambie de nombre, de estado y de condición, os atendréis a su beneplácito y toda la Congregación os seguirá; pues de cualquier forma que Dios sea servido en esa comunidad en que ahora le servís, estaréis satisfecha. Sí, mi queridísima hija, ése es el espíritu que debe reinar en nuestra Congregación, pues es el espíritu perfecto y apostólico. Si ella pudiera contribuir a que se estableciesen muchas otras Congregaciones de buenas siervas de Dios sin lograr establecerse ella misma, con eso sería mucho más agradable a Dios, pues estaría menos expuesta al amor propio».Y tiene que poseer una humildad tan sincera que no tenga dificultad en reconocer la excelencia de las otras órdenes.
El obispo aseguraba a la R.M. María de Jesús, priora del carmelo de Orleans, que siempre serían honradas y respetadas por las Hijas de la Visitación, «según la regla que yo les he inculcado tan a menudo, de que es preciso que cada cual cultive la viña en la que está, con fidelidad y cariño, por amor de Aquel que nos ha enviado; sin que, por ello haya que dejar de conocer y reconocer francamente la mayor excelencia de las otras, y, según eso, tenerles toda reverencia y veneración».
Con admirable delicadeza expresaba san Francisco de Sales su pensamiento al cardenal de Lyon. Como éste le preguntase un día cuál era su proyecto al fundar una congregación de mujeres, cuando ya había tantas fundadas, el obispo respondió:
«Es para dar a Dios hijas de oración y almas tan interiores que sean dignas de servir a su infinita Majestad y adorarla en espíritu y en verdad. Dejando a las grandes órdenes ya establecidas en la Iglesia que honren a nuestro Señor mediante excelentes ejercicios y resplandecientes virtudes, quiero que mis Hijas no tengan otra pretensión que la de glorificarle por su humildad; que este pequeño Instituto de la Visitación sea como un pobre palomar de inocentes palomas, cuyo cuidado y ocupación es meditar en la ley del Se-ñor, sin dejarse ver ni oír del mundo; que vivan escondidas en el hueco de la peña y en lo secreto de los escarpados escondrijos, para dar allí a su Amado, en vida y en muerte, pruebas del dolor y del amor de sus corazones, con su delicado y humilde gemido».
Esa era la humildad que deseaba para aquélla a la que miraba como «la piedra fundamental» del edificio espiritual que proyectaba levantar para gloria de Dios:«Deseo que seáis extremadamente humilde en todas vuestras obras. Tratad humildemente con todos siempre, sin preocupación por ser ensalzada y alabada, sino deseando ser despreciada y rechazada. Y hasta que no hayáis llegado a ese grado de humildad, no penséis haber sacado provecho. Somos de verdad siervos inútiles; no hay mejor ejercicio que despreciarse a sí mismo. Mirad como un beneficio para vuestra alma los ultrajes e injurias que se os hagan, y alegraos por ellos. No os atribuyáis el mérito de las buenas acciones, sino llevad todo a los pies de Jesucristo, que es su autor. De lo contrario le estaríais sustrayendo su gloria. No queráis ser tenida por humilde, sino por vil y poca cosa».
San Francisco de Sales escribía a la Sra. Bourgeois, abadesa de Puits d’Orbe:
«La humildad hace que no nos turbemos por nuestras imperfecciones, recordando las de los demás; pues, ¿por qué íbamos a ser nosotros más perfectos que los otros? Y hace también que no nos turbemos por las imperfecciones de los demás al acordarnos de las nuestras; pues, ¿por qué nos va a parecer raro que los demás tengan imperfecciones, teniendo nosotros tantas? La humildad nos suaviza el corazón respecto a los perfectos e imperfectos: con aquéllos, por reverencia; con éstos, por compasión. La humildad nos hace recibir las penas con resignación, sabiendo que las merecemos; y los bienes con reverencia, sabiendo que no los merecemos».9
Y así, la humildad nos lleva a la dulzura, virtud característica de la santidad de san Francisco de Sales.
«No creo, afirmaba santa Juana de Chantal, que se pueda expresar con palabras la exquisita
dulzura que Dios derramó en su alma, en su rostro, en sus ojos, en sus palabras».Uno de sus amigos decía: «Siempre se ve al obispo de Ginebra con un rostro tan dulce y tan sereno que llena el corazón de devoción».Y otro, añadía:
«Me parecía que toda la mansedumbre que puede haber en un hombre estaba concentrada en él. Nunca me cansaba de verle y oírle por lo dulce y agradable que era; no hacía ni decía nada que no se inspirase en la dulzura de nuestro Señor».Su amigo, el obispo de Belley, veía en él la encarnación de la dulzura:
«Parecía que esta virtud se hubiera personificado y que él era la dulzura misma más que un hombre dotado de esta virtud».
La dulzura supone el dominio de sí mismo. Admiremos cómo se manifiesta hasta en el porte del obispo, sin desmentirse jamás:
Su amigo, Mons. Camus, llevado por una curiosidad piadosa, aunque indiscreta, había mandado hacer agujeros en la puerta del apartamento donde se alojaba el obispo de Ginebra cuando venía a su casa, para «poder observarle estando retirado en su habitación y ver cómo se comportaba en el estudio, en la oración, en la lectura, enla meditación, al sentarse, al andar, al escribir, o sea, en las situaciones comunes, en las que al estar solos nos solemos permitir algunas licencias.
Jamás vi, afirmaba, que infringiera la más pequeña ley de la modestia, igual solo que acompañado, y acompañado igual que solo. La igualdad de su compostura corporal era semejante a la de su corazón… Cuando rezaba, se diría que estaba en presencia de los ángeles y de todos los bienaventurados, inmóvil como una estatua v con porte muy respetuoso.Incluso me fijé si, descuidadamente, cruzaba las piernas; si apoyaba la cabeza sobre el codo: nunca. Siempre una gravedad acompañada de dulzura, que llenaba de amor y de respeto a quienes le miraban»
Y bien sabemos cómo se esforzaba por mantener la igualdad de ánimo. Un día vio a una joven que llevaba en la cabeza un cubo de agua y dentro de él había puesto un trozo de madera; quiso saber la razón y ella le explicó que era para detener el movimiento del agua e impedir que se derramara al caminar.
«Desde ahora, pensó el obispo, tenemos que poner la Cruz en medio de nuestros corazones para que ese madero detenga el movimiento de los afectos y así no se derramen fuera, con las inquietudes y turbaciones del espíritu».
Para conservar el alma en la «suavidad y mansedumbre» entre las contrariedades, disgustos y
dificultades diarios, se necesita una mortificación continua del espíritu y del corazón.Desde muy pronto, Francisco de Sales tuvo empeño en ejercitarse en el dominio propio. Había domado la violencia de su carácter de tal modo que lo creían «lento y tardo por naturaleza» . Su solicitud por el equilibrio y la mesura, que tanto favorecen a la suavidad, le llevaba, aunque poseía un «estómago robusto» y una «constitución predispuesta para una larga vida», a la «prudencia en cuidar su salud para el servicio de Dios y a la moderación en las comidas». Por el orden y cuidado que ponía en sus asuntos, pudo asegurar a la Chantal (sic) que, buscando bien, encontraría «un recibo» extraviado, porque él «jamás había perdido ningún papel importante». Y finalmente, en cuanto a la serenidad que ponía en sus ocupaciones, preguntaba: «¿No debemos hacer todo con un cuidado diligente, pero con dulzura, con tranquilidad, con paciencia?».
Se comprende que un hombre así, siempre unido a Dios, siempre y enteramente entregado, con total abnegación, con la más exquisita caridad para quienes le rodeaban, tuviera empeño en recomendar -y es éste un punto esencial de su dirección espiritual- que practiquemos en toda circunstancia la dulzura para con nosotros mismos.«Mantengamos nuestro corazón en suavidad», escribía a la M. de Chantal. El secreto para ello es recibir con benevolencia las molestias que nos causan las exigencias de nuestro estado de vida, la miseria de nuestra condición humana y las pruebas que Dios nos envía.
Faltamos a la dulzura para con nosotros mismos porque no aceptamos las exigencias de nuestro estado de vida.La Sra. Brúlart, casada y madre de familia, está convencida de que no es posible santificarse en el matrimonio. De ahí la irritación sorda que bulle en su corazón y las repugnancias que la revuelven. El obispo trata de persuadirla de que la santidad no es privilegio del claustro y que debe aspirar a ella adaptándose suavemente a su vocación.
«Quisiera que consideraseis, le escribía, cuántos santos y santas han vivido en vuestra vocación y estado, y todos se han adaptado con una gran dulzura y resignación, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento: Sara, Rebeca, santa Ana, santa Isabel, santa Mónica, santa Paula y otras cien mil. Eso debe animaros; encomendaos a ellas en vuestras oraciones».”
Pero, en realidad, ¿cuál es la idea que tiene la Sra. Brúlart sobre la santidad? ¿No persigue acaso un ideal de perfección según sus propias preferencias, en lugar de someterse humildemente al orden establecido por Dios? San Francisco de Sales le muestra su error:
«No hay que juzgar las cosas según nuestro gusto, sino según el de Dios. Eso es lo importante: si queremos ser santos siguiendo nuestra voluntad, no lo seremos jamás; tenemos que serlo según la voluntad de Dios».
Tal es, en frase feliz, la ley general; veamos ahora la aplicación particular:
«La voluntad de Dios es que, por amor a Él, obréis libremente así: que améis francamente las obligaciones de vuestro estado. Digo que las améis realmente, las queráis, no por lo exterior y que puede estar relacionado con la sensualidad en sí, sino por lo interior, porque Dios lo ha mandado, porque bajo esa pobre corteza se cumple la santa voluntad de Dios. Y ¡cuántas veces nos equivocamos en esto!».
Y para que no se engañe en adelante, el obispo insiste:«Os digo una vez más que no hay que fijarse en la condición exterior de las acciones, sino en la interior, es decir: si Dios lo quiere o no».
Preocupado por iluminar con la luz de los principios santos a esta alma generosa y recta, le sigue diciendo:
«No os fijéis nunca en la naturaleza de las cosas que hagáis, sino fijaos en lo que valen, a pesar de lo mezquinas que son, pues son queridas por la voluntad de Dios, ordenadas por su Providencia, dispuestas por su sabiduría. En resumen, si a Dios le son agradables y así lo vemos, ¿cómo pueden desagradarnos a nosotros?»
Y saca esta conclusión:
«Cuidad, mi queridísima hija, de ser cada día más pura de corazón. Esta pureza consiste en valorar todas las cosas y pesarlas en el peso del santuario, que no es otro que la voluntad de Dios».” Hemos llegado al punto crucial: la voluntad de Dios. Es la regla suprema. Tenemos que someterle toda nuestra conducta y todos los afectos de nuestro corazón.«Os suplico que tengáis ánimo; acostumbrad poco a poco a vuestra voluntad a que siga la de Dios dondequiera que os conduzca; que se sienta firme cuando vuestra conciencia le diga: Dios lo quiere; y poco a poco, esas repugnancias tan fuertes que sentís se irán debilitando y pronto acabarán por desaparecer».
«Hay que amar lo que Dios ama: Él ama nuestra vocación, amémosla nosotros también sin entretenernos en pensar en las de los demás; cumplamos con nuestro deber; llevar cada uno su cruz no es demasiado».
Hay cruces mucho más pesadas que las nuestras; los santos han hecho sacrificios mucho más duros que los que a nosotros se nos piden. Su ejemplo tiene que estimular nuestra generosidad.
«Antes de hacer o de disponeros a hacer algunas de las cosas de vuestra vocación que os resulten molestas, pensad que los santos hacían con alegría cosas mayores y más enojosas: unos, sufrieron el martirio; otros, el desprecio del mundo. San Francisco y muchos religiosos contemporáneos nuestros han besado repetidamente las llagas y úlceras de leprosos y enfermos; unos se han retirado al desierto; otros han sufrido en galeras con los soldados; y todo esto para hacer algo agradable a Dios. ¿Acaso nosotros hacemos cosas tan difíciles?».
Pero todas estas consideraciones serían inútiles si a ellas no añadiera la oración. Hay que pedir a Dios a menudo la gracia de amar la propia vocación y de llenarse de espíritu de fe para disponerse a servirle humildemente en todo lo que repugna a la naturaleza:
«Quisiera que frecuentemente durante el día, invocaseis a Dios implorando el amor a vuestra vocación y que dijeseis como san Pablo en su conversión: Señor, ¿qué queréis que haga? ¿Deseáis que os sirva en lo más vil de vuestra casa?
Aún me tendría por demasiado feliz: con tal de serviros, no me preocupo de lo que sea. Y si hay alguna cosa que os disguste especialmente, decidle: ¿Queréis que haga esto? Señor, ni de esto soy digna; lo haré con gusto. Y de ese modo os humillaréis mucho. Y ¡qué tesoro ganaréis! Mucho mayor de lo que podáis pensar».
San Francisco de Sales indica a su dirigida el modo de conseguir ese tesoro: convencerse de que Dios quiere que le sirva en el estado de vida que tiene y que, en consecuencia, por amor de Él, se esfuerce en amar mucho su vocación y todos los deberes que ella comporta. Así no tendrá ni impaciencia, ni inquietudes, ni repugnancias:
«El remedio sería convenceros y empapar vuestro espíritu en la idea de que Dios quiere que le sirváis allí donde estáis y mediante los ejercicios propios de ese estado y los actos que de él dependen; y una vez persuadida, tenéis que enamoraros de vuestro estado y de las obligaciones del mismo, por amor de quien así lo quiere. Pero, querida hermana, esto no hay que pensarlo como de pasada; estos pensamientos tenéis que incrustarlos bien dentro del corazón; y mediante retiros y cuidados especiales, lograréis que esta sa-brosa verdad os resulte grata a vuestra mente. Creedme, todo lo que sea contrario a este consejo, no es sino amor propio».
El Santo resumía así sus consejos:«Servid a Dios con mucho ánimo y lo más que podáis, en los ejercicios de vuestra vocación… rebajaos con gusto a aquello cuya corteza parece menos brillante, si veis que Dios lo quiere; pues de cualquier manera que se haga la voluntad de Dios, no importa que sea por acciones elevadas o bajas. Suspirad con frecuencia para que vuestra voluntad esté unida a la de Dios…
Mi querida hermana, avanzad siempre y con suavidad. Si Dios quiere que corráis, Él dilatará vuestro corazón, pero por nuestra parte, quedémonos con esta lección: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón».
Faltamos a la dulzura para con nosotros mismos porque no aceptamos la miseria de nuestra condición humana. Nuestras imperfecciones y nuestras faltas nos irritan; nos exaspera nuestra mediocridad y nuestras repetidas debilidades llenan de amargura y de despecho nuestro corazón.
San Francisco de Sales nos sitúa frente a la realidad, contra la que sería inútil rebelarse.
«Nos gustaría ser perfectos, pero, hija mía, hay que tener paciencia por ser de la naturaleza humana y no de la angélica».
«Os gustaría más no tener fallos que veros llena de imperfecciones. A mí también, pues eso querría decir que ya estaríamos en el paraíso».
Tenemos que aceptar nuestras miserias sin asombrarnos.
«No deben asombraron vuestras debilidades y miserias: Dios ha visto muchas, y su misericordia no rechaza a los miserables, sino que les hace el bien; y levanta el trono de su gloria sobre su miseria».
«No os asombréis nunca de veros miserable y llena de mal humor… no os asombréis de esas importunidades y violencias que sentís… No, hija mía, no os asombréis por eso».
Pero, ¿cómo es posible que tengamos la sincera voluntad de ser enteramente de Dios y que a la vez estemos llenos de miserias, que al ir tras el bien nos deslicemos por la pendiente del mal? Es porque hay dos hombres en nosotros: uno que fabrica magníficos sueños de perfección y otro que los echa por tierra; uno que trata de escalar las cimas y otro que se esfuerza por detenerlo y lo hace rodar hasta abajo. Esto lo explica san Francisco de Sales con gracia a la Hna. Petra María de Chátel.Esta religiosa de la Visitación, ecónoma de su monasterio, era, al parecer, muy sensible a las advertencias que se le hacían, por lo que experimentaba «molestos sentimientos de pena y de despecho». Y san Francisco de Sales le escribía así:
una es una tal Petra que, como en otro tiempo san Pedro, su patrono, es débil y se resiente y se revuelve airadamente si se la toca; esa Petra María es la hija de Eva y, por tanto, tiene mal genio. La otra es una Petra María que tiene muchos deseos de ser toda de Dios y para eso, ser sencillamente humilde y humildemente dulce para con el prójimo. Y ésta es la que querría imitar a san Pedro, que era tan bueno después que lo convirtió nuestro Señor. Esta Petra María es hija de la gloriosa Virgen María y por consiguiente de muy buen natural. Y las dos jóvenes, de madres distintas, luchan entre sí, y la que no vale nada es tan mala que algunas veces a la buena le cuesta trabajo defenderse, y entonces le parece a la bue-na que la mala es más fuerte. Pero eso no es así, mi querida Petra María, la mala no es más fuerte que vos, pero es más apegada a sus ideas; quiere hacerse notar, es perversa, engañosa y terca; y, cuando os ve llorar, está contenta porque perdéis el tiempo y se conforma con ello cuando no puede conseguir que perdáis la eternidad».
No nos asombremos de nuestras miserias, y, puesto que vienen del fondo mismo de nuestro ser, soportémoslas con paciencia. San Francisco de Sales insiste en ello.
«Tenemos que tener paciencia con nuestro modo de ser y no asombrarnos».
«Tened paciencia con vos misma y con vuestras imperfecciones».«Tened paciencia con todos, pero sobre todo con vos misma. Quiero decir que no os turbéis por vuestras imperfecciones y que siempre tengáis el valor de levantaros de ellas: me alegro de que cada día empecéis de nuevo; no hay nada mejor para avanzar en la vida espiritual que volver a empezar, sin creer nunca que ya se ha hecho bastante».
«Es imposible que hayáis dominado tan pronto vuestra alma y que ya de entrada la tengáis en vuestras manos. Contentaos con lograr de vez en cuando alguna victoria sobre vuestra pasión dominante. Hay que soportar a los demás, pero lo primero, soportarse a sí mismo y tener paciencia por ser imperfecto»
Nos será tanto más fácil ser pacientes con nuestras imperfecciones cuanto mejor comprendamos el provecho espiritual que nos procuran nuestras miserias, pues nos enseñan la humildad. «Sabed que la virtud de la paciencia es la que mejor nos asegura la perfección, y, si tenemos que tenerla con los demás, también deberemos tenerla con nosotros mismos… Hay que sufrir las propias imperfecciones para conseguir la perfección; quiero decir, sufrirlas con paciencia, sin amarlas y acariciarlas; la humildad se alimenta con este sufrimiento». ”
«Os quejáis de las muchas imperfecciones y defectos que se mezclan en vuestra vida a pesar
del deseo que tenéis de la perfección y pureza en el amor de Dios. Os respondo que no es posible desprendernos del todo de nosotros mismos. Mientras estamos aquí abajo, tenemos que soportarnos hasta que Dios nos lleve al cielo; y, al soportarnos, no estamos cargando con nada que valga la pena. Por tanto, hay que tener paciencia y no creer que algún día nos vamos a ver libres de tan malos hábitos, contraídos por el poco cuidado que hemos tenido de nuestra salud espiritual. Dios ha curado a algunos de repente, sin que les quedara ninguna huella de sus anteriores enfermedades. Así lo hizo con la Magdalena, que en un instante dejó de ser un pozo de agua corrompida y se convirtió en manantial de agua de perfección y ya nunca más volvió a ser agua turbia. Pero el mismo Dios dejó en varios de sus queridos discípulos muchos rastros de sus anteriores malas inclinaciones después de su conversión, para mayor provecho de ellos: buena prueba es el bienaventurado san Pedro, quien, después de la primera llamada, tropezó muchas veces en imperfecciones y cayó miserablemente una vez por sus negaciones.
Dice Salomón que la criada que de pronto se convierte en señora es una gran insolente. Habría asimismo mucho peligro de que el alma que sirvió mucho tiempo a sus pasiones y afectos se volviera vana y orgullosa si en un momento se convirtiera en dueña de sí misma. Tenemos que ir adquiriendo poco a poco y paso a paso este dominio en cuya conquista los santos y santas han empleado decenas de años. Necesitáis tener paciencia con todo el mundo, pero, sobre todo, con vos misma».
A una de sus hijas, a la que su evidente falta de dulzura enerva e irrita mucho, le escribe: «Vamos a hablar un poco acerca del corazón de mi queridísima hija: Si estuviera ante un ejército enemigo, ¿podría hacer maravillas cuando ante la sola vista de una niña mal educada y sin seso se turba tantísimo? No os inquietéis, queridísima hija; nada hay más molesto que el fastidio que producen muchas pequeñas incomodidades que agobian y que importunan continuamente. Y nuestro Señor permite que en estas ocasiones nos sintamos débiles, para que nos humillemos y sepamos que cuando hemos superado ciertas tentaciones grandes, no ha sido por nuestras fuerzas, sino por la ayuda de la bondad divina». Y san Francisco de Sales no se cansa de recordarnos nuestra debilidad incurable y de exaltar la bondad de Dios, que se digna aceptar nuestros pobres esfuerzos. «Hay que confesar la verdad: somos pobres gentes que no podemos hacer nada bien. Pero Dios, infinitamente bueno, se contenta con nuestros pequeños servicios y se complace en que preparemos nuestro corazón».
¿Y en qué consiste la «preparación de nuestro corazón»? Nos lo explica el obispo: «Cuando nuestro corazón, en su meditación piensa en lo que debe dar a Dios, es decir, cuando hace sus proyectos de servir a Dios y honrarle, de servir al prójimo, de mortificar sus sentidos interiores y exteriores y demás propósitos, entonces hace maravillas. Se prepara y dispone para que sus actos tengan un grado de perfección admirable. Sin embargo, toda esa preparación es nada en comparación con la grandeza de Dios, que es infinitamente más grande que nuestro corazón».”
Pero qué lejos de su puesta en práctica quedan los deseos que suscitan en nuestro corazón esas maravillosas «preparaciones».
«Un alma que considera la grandeza de Dios, su inmensa bondad y dignidad, no puede conformarse con una gran preparación, por maravillosa que sea. Tiene que ofrecerle también una carne mortificada y sin rebeliones, una atención a la oración exenta de distracciones, una dulzura de trato sin amargura, una humildad sin ningún arranque de vanidad. Todo esto está muy bien; es una magnífica preparación; pero, aún falta algo para cumplir nuestro deber de servir a Dios. Después hay que ver si se cumple lo planeado; porque en la práctica nos quedamos cortos y vemos que todas esas perfecciones no pueden ser en nosotros ni tan grandes ni tan absolutas. Podemos mortificar la carne, pero no tan perfectamente que se sofoque toda rebelión; nuestra oración tendrá distracciones, y así irá ocurriendo en todo lo de-más».¿Debemos «inquietarnos, turbarnos, agitarnos, afligirnos» por esta radical impotencia nuestra para servir a Dios perfectamente? Sería un error «querer ser ángeles», puesto que la perfección a realizar debe ser propiamente humana, que nunca se logra sin tropiezos y sin sacar provecho de nuestros propios fallos, para que nos ayuden a santificarnos.
«Voy a deciros una cosa y la debéis retener bien: muchas veces nos entretenemos en ser ángeles buenos, y, mientras tanto, dejamos de ser buenos hombres y buenas mujeres. Nuestras imperfecciones nos acompañarán hasta el sepulcro. No nos es posible caminar sin pisar tierra; no hay que echarse en ella ni revolcarse, pero tampoco debemos soñar con volar porque todavía somos pollitos que aún no tienen alas. Vamos muriendo poco a poco, y lo mismo deben ir muriendo nuestras imperfecciones de día en, día».
Y, arrebatado por un soplo de lirismo, ensalza las riquezas que nuestras imperfecciones encierran:
«¡Queridas imperfecciones -exclama-, que nos hacen reconocer nuestra miseria, nos ejercitan en la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y diligencia y que no son impedimento para que Dios tenga en cuenta esa perfecta preparación de nuestro corazón! ».Por tanto, debemos aborrecerlas y amarlas a la vez.«Aborreced vuestras imperfecciones porque son imperfecciones, pero amadlas porque os hacen ver vuestra nada y vuestra insignificancia y porque son objeto para el ejercicio y la perfección de la virtud y merecer la misericordia de Dios».
Más exactamente, no amemos nuestras imperfecciones, sino la humildad que nos proporcionan.
«No hay que amar las imperfecciones, pero sí la humildad que nos proporcionan. No debemos dejarnos turbar y agobiar por nuestras miserias, sino tratar de salir de ellas con paz. Dichoso desprecio que mis imperfecciones y defectos me aportan, yo os amo; detesto el mal, pero me gozo de la vergüenza que me causa. En esta vida debemos cargar con nosotros mismos, y hacerlo tranquilamente. Pero, ¿qué es lo que soportamos cuando nos soportamos a nosotros mismos? Algo que nada vale, lo cual no debe asombrarnos».Esto tampoco debe desanimarnos, ni hacernos dudar del amor que Dios nos tiene. «Nuestras imperfecciones no deben agradarnos; hemos de decir con el Apóstol: “¡Oh, miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” No deben tampoco asombrarnos ni quitarnos el ánimo. De ellas debemos sacar sumisión, humildad y desconfianza en nosotros mismos; pero no desánimo ni aflicción del corazón, ni mucho menos desconfianza del amor de Dios hacia nosotros; porque Dios no ama nuestras imperfecciones y pecados veniales, pero nos ama a nosotros a pesar de ellos. Tampoco la madre ama la debilidad y las enfermedades de su hijo, pero no sólo no deja de amar al niño por eso, sino que lo ama más tiernamente y con compasión; y así Dios no ama nuestras imperfecciones y pecados veniales, pero no deja de amarnos tiernamente. David estaba en lo cierto cuando le decía al Señor: `ten misericordia, Señor, porque soy débil».
Sería un error entristecernos por nuestras imperfecciones, pero tenemos que tratar de corregirnos. Para eso acudiremos a la oración y deberemos poner orden y moderación en nuestras ocupaciones, de modo que aseguremos algún tiempo a lo largo del día, para dedicarlo a nuestros ejercicios de piedad.
«No os enojéis ni os asombréis de ver vivas aún en vuestra alma todas esas imperfecciones que me confiáis. ¡No!, os lo suplico… pues, aunque haya que rechazarlas y detestarlas para corregirse, no se debe uno afligir con aflicción deprimente, sino con una aflicción valiente y tranquila, que genera un firme y sólido propósito de enmienda; y este propósito, decidido con paz y con madura reflexión, nos hará elegir los verdaderos medios para llevarlo a la práctica; entre estos medios, creo que la moderación de los afectos ordinarios es muy útil. No digo que se dejen totalmente, sino que se moderen, pues esta moderación nos hará encontrar tiempos libres para la oración, para la lectura espiritual, para elevar muchas veces el corazón a Dios, para enderezar de vez en cuando nuestro talante interior y nuestra actitud cordial de paz, dulzura y humildad. Pero el gran secreto en esto es saberse aprovechar de todo».
Hemos de luchar siempre con dulzura contra nuestros defectos e imperfecciones, impulsados más por el amor que por la necesidad de combatir. La abadesa de Port-Royal, Angélica Arnauld, se había quejado al obispo de Ginebra de tener pensamientos de vanidad, y éste le escribió:
«Hija mía, os veo enredada en pensamientos de vanidad; vuestro espíritu es fértil y sutil y da pie a estas sugestiones; pero, ¿por qué os preocupáis? Cuando venían las aves a picotear en el sacrificio de Abraham, ¿qué hacía él? Con una rama las espantaba del holocausto. ¡Hija mía!, una pequeña reflexión sobre alguna palabra de la Cruz espantará todos esos pensamientos, o por lo menos impedirá que os hagan daño. Repito que hay que luchar para desecharlos por amor y no por necesidad de combatir».”‘
Pero no nos hagamos ilusiones. Nuestros progresos serán lentos y siempre precarias nuestras victorias:
«Tened la paciencia de ir paso a paso, hasta que tengáis piernas para correr o, mejor, alas para volar. Estad contenta de ser todavía una pequeña larva; pronto seréis una hermosa abeja» .Ciertamente, es tarea a largo plazo la de nuestra santificación y que nuestra actividad natural podría a veces estorbar.
«Os conozco bien, y sé que lleváis en el corazón una invariable resolución de vivir toda para Dios; pero sé también que vuestra viveza natural os hace caer en una serie de arrebatos. No creáis, hija mía, que la obra que hemos emprendido en vos se puede hacer tan pronto. Los cerezos dan pronto su fruto porque las cerezas duran poco; pero las palmeras, que son las reinas de los árboles, tardan cien años en dar sus dátiles, según se dice. Sólo hace falta un año para lograr una vida mediocre, pero nosotros aspiramos a la perfección, y para ésta, hija mía, se necesitan, de ordinario, muchos años». ¿Muchos años? ¡Toda la vida tendremos que seguir con incansable esfuerzo buscando la perfección! San Francisco de Sales nos lo ha advertido, pero no es inútil que lo repita.
«Seguís con las mismas cosas que antes, me decís, y yo os contesto:En primer lugar, que debéis soportaros con dulzura, humillándoos mucho ante Dios, pero sin pena ni desánimo.Segundo: tenéis que renovar los propósitos de enmienda que habéis hecho antes y, aunque hayáis comprobado que a pesar de vuestras resoluciones seguís teniendo las mismas imperfecciones, no dejéis de procurar la enmienda,
apoyándoos en la ayuda de Dios. Toda la vida seréis imperfecta y tendréis mucho que corregir, por lo que tenéis que aprender a seguir incansablemente en este ejercicio».
«Hay que someter la naturaleza a la gracia y no asombrarse por las dificultades que van saliendo al paso; porque siempre es preciso un continuo anonadamiento, y en este ejercicio hay que perseverar hasta el fin de nuestra vida, que es cuando veremos terminada nuestra tarea, si hemos perseverado, pero no antes. Tenemos que ir tejiendo nuestra perfección poco a poco, ya que nunca la encontramos totalmente hecha a no ser que, por un milagro, nuestro Señor la conceda en un instante, como hizo con san Pablo…
En fin, no tenemos que asombrarnos ni acobardarnos por nuestros fallos e inconstancias, sino, con dulzura y paz, humillarnos, y elevar el corazón a Dios para proseguir en esta santa empresa, confiando y apoyándonos en Él, que desea darnos todo lo que para ella necesitamos y sin pedirnos a cambio nada más que nuestro consentimiento y nuestra fidelidad».
Y si nos faltase esa fidelidad y, a pesar de nuestra firme resolución y la lealtad de nuestro esfuerzo, cayésemos en alguna falta, aceptaremos humildemente esa humillación y enseguida nos levantaremos para continuar la marcha por el buen camino. Es éste un punto esencial en la dirección espiritual salesiana, tan profundamente humana, siempre rebosante de confianza y de optimismo generoso y muy alentadora.
«No debemos asustarnos de las muchas caídas por debilidad, dice el Santo; pero sí debemos, por una parte, detestar la ofensa que Dios recibe, y por otra, tener una cierta humildad gozosa que se alegra al ver y reconocer nuestra miseria» . Y en este mismo sentido escribe:
«Mirad tanto vuestras faltas como las de los demás con compasión más que con indignación, con más humildad que severidad» .«Hay que tener paciencia en lugar de amargarse por el descontento que se siente al caer en una falta».
Y explica la razón de esto a una de sus dirigidas:
«Hay dos cosas que debemos mantener unidas: un gran amor al bien y al exacto cumplimiento de nuestros ejercicios de oración y de virtudes; y nunca turbarnos, inquietarnos ni asombrarnos si cometemos faltas. La primera depende de nuestra fidelidad, que debe ser total y crecer cada minuto; la segunda depende de nuestra debilidad, que nos acompañará durante toda nuestra vida mortal.Queridísima hija, al caer en una falta, examinemos enseguida nuestro corazón y preguntémosle si sigue teniendo una viva y total resolución de servir a Dios; espero que nos responda que sí y que sufriría mil veces la muerte antes que separarse de esta resolución. Sigamos preguntándole: ¿por qué entonces esos tropiezos, por qué eres tan cobarde? Y él responderá: me cogió por sorpresa… no sé cómo… pero estoy muy pesaroso. ¿Qué vamos a hacer sino perdonarlo? Pues no ha faltado por infidelidad, sino por debilidad».
En la Introducción se extiende largamente sobre este punto:
«Aunque lo razonable es que nuestras faltas nos den pena y disgusto, debemos cuidar de que esa pena no sea amarga, malhumorada, despechada y colérica. Porque caen en otra gran falta los que, habiéndose encolerizado, se enfadan por haberse enfadado, se apenan por haberse apenado y se indignan por haberse indignado. Con lo cual tienen el corazón agriado y destemplado por la cólera; y aunque parezca que la segunda cólera acaba con la primera, lo cierto es que sirve de paso a otro nuevo estallido de cólera en cuanto se presente la ocasión. Además, esa cólera, indignación y amargura contra sí mismo tienden al orgullo y proceden del amor propio, que se turba e inquieta al vernos imperfectos».
Ya hemos descubierto la llaga de nuestro corazón. Sólo la humilde dulzura podrá curarla. «En cuanto a mí -continúa san Francisco de Sales-, si tuviera, por ejemplo, mucho empeño en no caer en el vicio de la vanidad y, sin embargo, hubiera tenido una caída grande, no reñiría a mi corazón diciéndole: `¿Ves qué miserable y abominable eres? Después de tantos propósitos te has dejado llevar de la vanidad. Muérete de vergüenza y no levantes los ojos al cielo. ¡Ciego, desvergonzado, traidor y desleal para con tu Dios! Y otras cosas semejantes. Sino que le corregiría razonando y compadeciéndole: Vaya, ¡pobre corazón mío!, ¡ya estamos otra vez en la fosa de la que habíamos resuelto escapar! ¡Levantémonos y dejémosla para siempre! Pidamos la misericordia de Dios y esperemos que ella nos ayude para ser de ahora en adelante más firmes y vayamos por el camino de la humildad. ¡Ánimo! Desde hoy estemos vigilantes, Dios nos ayudará y haremos mucho».Y termina:
«Levantad, pues, el corazón cuando esté caído, suavemente, humillándoos mucho ante Dios al conocer vuestra miseria, sin asombraros de la caída, ya que no es nada extraño que la debilidad sea débil y la miseria miserable. Detestad, sin embargo, con toda el alma, la ofensa que habéis hecho a Dios, y, confiando en su misericordia, con mucho ánimo volveos al camino de la virtud que habíais abandonado».”
No cesa de aconsejar eso en sus cartas:
«Ya desde por la mañana, preparad vuestra alma para la tranquilidad; tened gran cuidado a lo largo del día de recordárselo a menudo y de no dejarla de la mano. Si os viene algún disgusto, no os asustéis ni os entristezcáis; al daros cuenta, humillaos ante Dios y tratad de recuperar la paz de vuestro espíritu. Decid a vuestra alma: ¡ay!, hemos dado un mal paso; prosigamos ahora con más cuidado. Y haced lo mismo cada vez que caigáis».
La abadesa de Port-Royal, Angélica Arnauld, era demasiado exigente consigo misma: «Querida hija, sois demasiado severa con esa pobre joven; no hay que hacerle tantos reproches ya que está llena de buenos deseos; decidle que por muchas veces que caiga, nunca se asombre, ni se indigne contra sí misma. Que mire más bien a nuestro Señor, que desde el cielo la contempla como un Padre a su hija, todavía muy pequeña, para ayudarla en sus primeros pasos, y le dice: `Muy bien, hija mía’, y, aunque ella se caiga, la anima… se acerca y le tiende la mano. Si la niña es humilde y se sabe niña, no se asustará de haber caído porque no habrá sido de muy alto».
Por el contrario, la Hna. Roget merece ser elogiada; por ese camino de dulzura, de alegre humildad, marcha segura hacia la santidad. El obispo le escribe:«Hay que ser muy valiente para superar todos esos pequeños disgustos y la tristeza que los produce. Sé muy bien que sois muy fiel en esto y que, si dais un mal paso, enseguida os levantáis con humildad, con dulzura y sin turbaros; así escomo debéis hacer, querida hija, para llegar a la perfecta santidad, que es lo que pretendéis».
Por último, corremos un gran riesgo de no tener dulzura para con nosotros mismos en las pruebas que Dios nos envía. Si nos descuidamos, con facilidad nos irritaremos por el fastidio de la enfermedad, por la desolación de las arideces espirituales, por los dardos de la maledicencia y de la calumnia. ¿La enfermedad? Quiere san Francisco de Sales que tengamos un cuidado razonable de nuestra salud. Escribe a la abadesa de Puits d’Orbe: «Cuidad vuestra salud para que os sirva para servir a Dios».Y a la abadesa de Port-Royal:«Dormid bien. Poco a poco volveréis a esas seis horas que deseáis. Comer poco, trabajar mucho, tener muchas preocupaciones y rehusarle al cuerpo el sueño es como querer que rinda mucho un caballo enflaquecido al que no se le da pienso».
No puede aprobar que uno se prive de dormir: «Empiezo por vuestras horas de acostaros y levantaros. ¿Por qué hacéis eso, hija mía?, le escribe a la Sra. de Chantal. No hay que agobiar el espíritu a fuerza de castigar el cuerpo; san Francisco se lo decía a sus discípulos. Yo lo hago, es cierto, pero es por pura necesidad; cuando no es así, duermo muy bien, todo lo que me es necesario y quiero que vos hagáis lo mismo. La presente carta la escribí a media noche, pero hacía tiempo que no trasnochaba tanto. No hay que fatigarse de esa manera por poca cosa, sobre todo siendo mujer, pues luego uno no vale nada a lo largo del día».
Tampoco quería oír que se descuidara un catarro:
«Estáis muy acatarrada, queridísima hija, y yo muy apenado de que lo estéis. Guardaos del sereno y también del sol, os lo suplico».
Aconseja a una de sus dirigidas «frecuentar la oración»:
«Hacedla todos los días -le escribe-, una hora por la mañana antes de salir, o bien, antes de cenar, pero no la hagáis después de la comida ni después de la cena, pues podría dañar vuestra salud».”
Lo que aconseja a los otros, trata de practicarlo él mismo. Tranquilizaba a la Sra. de Chantal asegurándole que en adelante tendría más cuidado en administrar sus fuerzas:«¿Sabéis qué voy a deciros? Que en adelante tendré más cuidado con mi salud, aunque es mucho mejor de lo que merezco. Gracias a Dios, me siento muy fuerte ahora, pues he suprimido las largas vigilias de la noche en las que solía escribir mucho, y cuido más mi alimentación» .
Y en 1621, cuando la Chantal convalecía de una grave enfermedad, le escribió: «Debéis de haber estado muy enferma, ya que vuestro corazón no pudo disimular su imposibilidad de dar suficiente fuerza al cuerpo para ir a Bourges. Cuidad ese cuerpo porque es de Dios, queridísima Madre. Lo que no se puede hacer hoy, se hará mañana, y lo que no se puede hacer aquí, se hará en el cielo».
Y añadía:«En cuanto a mí, yo he reglamentado las comidas y no escribo por la noche porque mis ojos no lo pueden soportar, ni tampoco mi estómago. Si no llego a viejo, no será por culpa mía».
Saboread los cariñosos consejos que le prodiga cuando ella está alarmada por el estado de salud de una novicia:
«Descargad la cabeza llorando, descansad convenientemente y distraeos lo que podáis; tomad frecuentemente uvas maceradas al vino en agua caliente; en fin, cuidaos bien y no os preocupéis por mí, que cuando algo me pase ya lo diré».
Si Dios nos envía la enfermedad, conservaremos la paz aceptando sobrenaturalmente la prueba y plegándonos a la voluntad divina.
«No basta con querer lo que Dios quiere; hay que quererlo de la forma y en las circunstancias que Él quiere. Por ejemplo, en la enfermedad hay que querer estar enfermo, pues así lo quiere Dios, y de esta manera y no de otra, y en este lugar, y ahora, y entre las personas que Dios quiere. En fin, en todas las cosas nuestra ley ha de ser la santísima voluntad de Dios».
A una enferma le escribe: «Estad contenta con querer todo lo que Dios quiere que seáis».
Y a otra: «No os preocupéis de no poder servir a Dios como queréis, pues, si os adaptáis a las incomo-didades, le serviréis como Él quiere, que es mucho mejor».¿Las sequedades? No nos asombremos de en-contrarlas a lo largo de nuestra vida espiritual. «Veo que todas las estaciones del año están reunidas en vuestra alma: tan pronto sentís el invierno de muchas esterilidades, distracciones, disgustos y fastidios, como sentís las rosas del mes de mayo, con el olor de santas florecillas; o tenéis los ardores del deseo de agradar a nuestro Dios. Sólo falta el otoño, pues, según decís, no veis muchos frutos. Pero a menudo sucede que, después de trillado el trigo y pisados los racimos, resulta que la cosecha y la vendimia han sido mucho mejores de lo que prometían. Os gustaría que siempre fuera primavera y verano. ¡No, hija mía!, tiene que haber vicisitudes externas e internas. Sólo en el cielo habrá siempre primavera en cuando a belleza; habrá siempre otoño en cuanto al gozo; siempre verano en cuanto al amor. Y no habrá invierno. Pero aquí es necesario el invierno para practicar la abnegación y otras mil pequeñas y hermosas virtudes que se ejercitan en el tiempo de la esterilidad. Vayamos a nuestro paso; con tal de que nuestro corazón sea bueno y esté decidido, sin duda vamos bien».
Si seguimos siempre a nuestro paso lento, siendo fieles a los ejercicios de piedad y a nuestros buenos propósitos, por muy penosa que sea la marcha, nuestras frialdades no nos alejan del Señor.
«Vuestras frialdades, queridísima hija, no os deben asombrar, con tal de que tengáis un verdadero deseo del calor y que el frío no os haga apartaros de vuestras pequeñas prácticas. ¿No nació el Niño Jesús en lo más crudo del invierno? ¿Y por qué no se le heló el corazón? Me parece que el frío de que me habláis no relaja nuestras resoluciones, sino que es solamente un cierto cansancio y dejadez de espíritu que nos hace avanzar con dificultad por el camino que hemos emprendido y del que no queremos apartarnos nunca, hasta que lleguemos al puerto. ¿Verdad, hija mía?”
Además, las sequedades son para nosotros más provechosas que los consuelos:
«¡Ay, hija mía, cuánto nos gusta la dulzura, la suavidad y la deliciosa consolación! Pero la aspereza de la sequedad es más fructífera. Y aunque a san Pedro le gustó tanto el monte Tabor y huyó del Calvario, éste le fue más provechoso que aquél y la sangre derramada en éste es más deseable que la claridad esparcida en el otro. El Senor os trata ya como a una mujer valiente; vivid así. Mejor es comer el pan sin azúcar que el azúcar sin pan».
«Trabajad fielmente, queridísima hija, con la parte superior de vuestra voluntad entre esas tinieblas y sequedades; una onza del trabajo hecho en esas circunstancias vale más que cien libras del que se hace entre consuelos y sentimientos agradables, y, aunque éste sea más dulce, el otro es mejor».
Es que los consuelos son dulces a la naturaleza; pero las dificultades y las contradicciones nos conducen junto a Cristo en su dolorosa agonía de Getsemaní:«Si no tenemos las ternuras y emociones del corazón, los gustos y sentimientos en la oración, las suavidades interiores en la meditación, ya nos ponemos tristes; si tenemos algunas dificultades en obrar bien, si surge un inconveniente ante nuestros justos proyectos, enseguida nos apresuramos a vencer todo eso y a deshacernos de la inquietud. ¿Por qué obramos así? Indudablemente porque preferimos nuestras consolaciones, nuestros gustos, nuestras comodidades. Quisiéramos orar en un baño de agua de rosas y ser virtuosos comiendo dulces, y nos olvidamos de mirar al dulce jesús que, postrado en tierra, suda sangre y agua lleno de angustia por el terrible combate que se agita en su interior entre las inclinaciones de la parte inferior del alma y las resoluciones de la superior».”
Tener dulzura consigo mismo en esos momentos de sequedad supone una gran energía; no es una sensiblería necia, sino firme, robusta y vigorosa:
«Hay mucha diferencia entra la ternura del corazón que deseamos porque nos consuela y la firmeza de corazón, que debemos desear porque es la que nos hace verdaderos servidores de Dios».”‘Esta firmeza de corazón nos impedirá irritarnos ante el mal que intenten hacernos con maledicencias y calumnias.
¿Por qué alterarse ante palabras mal intencionadas?
«No son más que cruces de palabras, tribulaciones que se lleva el viento y cuyo recuerdo se va al mismo tiempo que su sonido. Hay que ser muy delicado para no aguantar ni el zumbido de una mosca. ¿Quién nos ha dicho que somos irreprensibles…? ¿Qué mal nos hacen cuando tienen mala opinión de nosotros? ¿No la debemos tener también nosotros mismos? Esas personas no son adversarios nuestros, sino partidarios, porque se unen a nosotros para destruir nuestro amor propio. ¿Por qué vamos a enfadarnos con quienes vienen a ayudarnos contra un enemigo tan poderoso?».
He aquí cómo ayuda a soportar la pena a una de sus hijas espirituales, muy afligida por las críticas de que era objeto:
«¿Pensáis que el mundo va a creer esas tonterías? Quizá a algunos les diviertan; quizá otros sospechen algo; pero recordad que si nuestras almas son buenas y se resignan en manos de Dios, todos esos ataques se disiparán como el humo, y, cuanto más fuerte sea el viento, antes desaparecerán. Como mejor se cura el mal de la calumnia es no haciéndole caso, despreciando el desprecio y demostrando por nuestra firmeza que no estamos a su alcance…Postraos ante el Crucificado y ved las injurias que Él recibió; suplicadle, por la dulzura con que las aceptó, que os dé la fuerza de soportar esas astillitas que como a servidora fiel os han tocado en suerte… Bienaventurados los que son injuriados y calumniados, porque Dios los honrará» .
También él iba a saborear esta bienaventuranza. Durante su estancia en París, en 1619, aprobó el proyecto de boda de su amigo Guillermo de Foras con una joven viuda de dieciocho años,Ana Le Beau. Dicho casamiento disgustaba mucho a los familiares de la viuda, que hubieran querido para ella un magistrado. Sin embargo, el enlace se celebró poco después de dejar el obispo la capital. Y enseguida se desencadenó la tormenta contra él. El Foras declaró más tarde en el proceso de canonización: «Se inventaron si-niestras conjeturas sobre el inocente afecto con que el obispo me honraba, hicieron correr por todo París mil falsedades contra su honor, diciendo que era él quien había manejado este asunto, llevándolo a cabo con poca buena fe, a base de persuasiones y sorpresas engañosas, contrarias a su aparente sencillez y a la santidad de vida de la que tenía fama».
«En cuanto a mí -escribía el obispo a la Madre de Chantal a propósito de esta boda-, he contribuido solamente en aquello que no podía rehusar a la verdad sobre las cualidádes del Foras, y no debía negar su amistad».
Y como ella se alarmara por esos malévolos rumores que podían perjudicar a la reputación del obispo, éste le escribió:
«La suprema Providencia sabe bien cuál es la medida de la reputación que necesito para llevar bien a cabo el servicio en el que ella me ha colocado, y ni quiero más ni menos que lo que ella quiera para mí».
Y confiaba a un amigo suyo: «Me he alargado un poco con vos para desahogarme; no es que me hayan afectado mucho las censuras y los vituperios que han lanzado contra mí por este asunto, pues sé que ante Dios no tengo culpa; pero me da tristeza ver soliviantarse tantas pasiones por algo que a mí me ha dejado casi indiferente. Quienes me conocen bien saben que no quiero nada con apasionamientos ni violencias; y las faltas que cometo son por ignorancia. Pero sí quisiera recobrar ante esas personas el prestigio de mi ministerio. No quiero ni más vida ni más reputación que la que Dios quiere que yo tenga, y siempre será demasiada para mis méritos»
Le gustaba citar esta frase de san Gregorio: «Si vuestro corazón está en el cielo, los vientos de la tierra no podrán agitarlo en absoluto».
Sobre el valor de los juicios del mundo tiene desde hace tiempo una opinión muy clara:
«Si el mundo nos desprecia, alegrémonos porque tiene razón, ya que nosotros mismos reconocemos que somos despreciables; si nos estima, despreciemos su estima y sus juicios, porque es ciego. Preocupaos poco de lo que diga el mundo. Que os tenga sin cuidado; despreciad su aprecio y su desprecio y dejadle que diga lo que quiera, bueno o malo».
Porque, en realidad, «somos lo que somos ante Dios».
Y, en última instancia, tenemos que ampararnos en la Cruz en tiempo de contradicciones:
« ¿Sabéis lo que hacen los pastores en Arabia cuando ven los relámpagos, oyen los truenos y notan el aire cargado de rayos? Se cobijan con el ganado bajo los laureles. Cuando nosotros veamos que las contradicciones o las persecuciones nos amenazan con algún gran disgusto, debemos cobijarnos con todos nuestros afectos e inclinaciones bajo la santa Cruz, confiando vivamente que todo redundará en provecho de los que aman a Dios».
Todas nuestras penas debemos mirarlas a través de la Cruz:
«No os voy a decir que no miréis vuestras penas, pues sois pronta a la réplica, y me diréis que ellas se encargan de que se las mires por la fuerza del dolor que causan; pero sí os diré que sólo las miréis a través de la Cruz y así las encontraréis pequeñas, o por lo menos tan agradables que llegaréis a amar más el sufrimiento que el goce de las consolaciones que están lejos de él».
Porque el amor de Cristo crucificado hace nuestras cruces ligeras y suaves.
«Plantad en vuestro corazón a Jesús crucificado, y todas las cruces del mundo os parecerán rosas. Los que tienen clavada alguna espina de la corona de nuestro Señor, que es nuestra Cabeza, apenas sienten los otros pinchazos».
Entonces, ¿qué podría turbar la paz de un corazón que está seguro del amor de su Dios? «Nada sale de esas manos divinas sino para el bien de las almas que le temen, ya para purificarlas, ya para acrisolarlas en su santo amor. Mi queridísima hija, seréis muy dichosa si recibís con un corazón lleno de amor filial lo que nuestro Señor os envía con un Corazón que cuida paternalmente de vuestra perfección».
Esto supone vivir con el corazón en alto, con pensamientos generosos y magníficos, y decidido a sufrir todo por Dios.
«Yo suelo decir a todas las almas que se dirigen a mí, y muy especialmente os lo digo a vos, que sois tan particularmente mi hija, que hay que elevar el corazón a lo alto, como dice la Iglesia en el Santo Sacrificio. Fomentad en vos pensamientos generosos y magníficos, que os mantengan muy unida a esa eternidad y a esa sagrada Providencia, que ha preparado esta vida mortal solamente con vistas a la vida eterna. Un corazón así, elevado, es siempre humilde, pues está establecido en la verdad y no en la vanidad; es dulce y pacífico porque no se preocupa de lo que pueda turbarle. Pero decir que es dulce y pacífico no es decir que no tenga dolores ni penas. No, mi querida hija, yo no digo eso; digo que los sufri-mientos, las penas, las tribulaciones, en ese caso van acompañadas de una resolución tan firme de sufrirlas por Dios, que toda esa amargura, por amarga que sea, es con paz y tranquilidad».
San Francisco de Sales dirigía un día estas líneas a una de sus hijas:
«Mi queridísima hija: cada vez que veáis que vuestro corazón se ha alejado de la dulzura, tenéis que cogerlo suavemente con la punta de los dedos y volverlo a poner en su sitio; y no a golpes, como se dice, ni bruscamente. El corazón necesita ser ayudado en sus enfermedades y a veces hasta necesita ser acariciado; y hemos de atar nuestras pasiones y nuestras inclinaciones con cadenas de oro, que son las del amor, para que todo en él esté ordenado según el beneplácito de Dios».
No se podría decir nada mejor. Es una gran empresa, laboriosa y difícil, el tratar de conservar en cualquier circunstancia la dulzura para con uno mismo.
Con su profundo conocimiento de la naturaleza humana y su penetración psicológica; con su tacto y sus manos llenas de suavidad, que nunca ofenden ni hieren la susceptibilidad de nadie, Francisco de Sales regula los movimientos de nuestro corazón y los modera, sujetándolos con las cadenas de oro del amor. Porque sólo el amor divino es lo suficientemente fuerte para, con una dulzura inviolable, preservarnos del despecho, de la cólera, del obstinado orgullo, de la irritación, de la exasperación y de la rebelión sorda; y hacer que estemos sin cesar abandonados «a merced de la voluntad de Dios».
«Procurad adquirir la suavidad de corazón para con el prójimo».
En su Introducción a la vida devota san Francisco de Sales trata sobre «la dulzura para con el prójimo», que él llama «la flor de la caridad».
En efecto, «el que es dulce -escribe en una de sus cartas- no ofende a nadie y soporta y aguanta de buen grado a los que le hacen mal. El que es dulce sufre con paciencia los golpes y no devuelve mal por mal. El que es dulce no se turba jamás, sino que impregna todas sus palabras en la humildad y vence el mal con el bien».
No nos cansemos de contemplar y de escuchar a aquél que es, de entre todos los santos, el que más se ha empeñado en reproducir la mansedumbre y la benignidad de Cristo. Su ejemplo y sus enseñanzas serán para nosotros una luz benéfica. Lo mismo si vemos cómo acoge san Francisco de Sales a la gente en su obispado, que si leemos su correspondencia, admiraremos la dulzura amable y paciente, siempre igual, para con todos. Adquirida a costa de un prolongado esfuerzo, y cuidada con esmero, como una gran vir-tud, se alimenta de la caridad de este obispo de tan gran corazón. Delicada y alegre, indulgente y compasiva, no abdica nunca de su firmeza. Si la practicamos, nos conducirá muy lejos en el camino de la santidad, mediante el renunciamiento escondido bajo el velo de una sonrisa.
Acerquémonos al obispo de Ginebra. No vacilemos en entrar a su obispado de «Nécy, su querido Nécy».
La puerta estaba siempre abierta para todos los que vinieran a llamar. Los criados habían recibido órdenes «de no despedir a nadie que le quisiera hablar. Y si por una urgente necesidad hubiera que despedirlos, les exigía que lo hicieran con tanta afabilidad que los visitantes no temieran volver».
¡Con qué elegancia recibía a las personas distinguidas! «Así como no hay nadie que se preocupe menos de los honores que yo, decía, tampoco hay nadie que quiera tributar tantos a los demás como yo». Una vez prodigó grandes atenciones al criado de un caballero, y, como se lo hicieran notar, replicó: «Yo no entiendo de estas cosas del mundo, sólo me fijo en que todos tienen el sello del cristiano».
De hecho no era solamente a las personas de calidad a las que acogía así, sino a cuantos se le aproximaban; y eran muchos los que le confiaban sus penas, porque sabían que «todo el que se dirigía a él, volvía consolado».
Los de su casa lo ponían en guardia contra «las rusticidades y simplezas» de esos visitantes humildes, a lo que él respondía: «¿Y nosotros, qué somos?». Le insistían: «Hacéis mal en sufrir esas molestias». Y él decía: «Pero, ¿qué queréis que haga? Hay que dar consuelo a quienes vienen a buscarlo».
En una ocasión se excusó ante una noble señora de haberle hecho esperar por «escuchar durante todo el tiempo que ella lo deseó» a una pobre mujer que acababa de perder a sus hijos y desahogaba su pena con él. «Amo mucho a estos pobres aldeanos, confesaba, ¡son almas tan buenas, tan sencillas, tan llenas de temor de Dios!».
¡Con qué dulzura abría sus brazos a los más grandes pecadores! Sus amigos se escandalizaban por ello. Uno llegó a decirle: «Sin duda que Francisco de Sales irá al paraíso; pero el obispo de Ginebra, no lo sé; temo que su dulzura le juegue una mala pasada». «¡Ah!, respondió él, más vale tener que dar cuentas por demasiada dulzura que por demasiada severidad. ¿Es que Dios no es todo amor? Dios Padre es el Padre de las misericordias; Dios Hijo toma el nombre de Cordero; Dios Espíritu Santo se nos muestra bajo la forma de una paloma, que es la dulzura misma. Si hubiera algo mejor que la mansedumbre, Jesucristo nos lo habría dicho, y sin embargo no nos dijo que aprendiéramos de Él más que dos lecciones: la mansedumbre y la humildad de corazón. ¿Queréis impedirme aprender la lección que Dios me ha dado? ¿Sois más sabio que Dios?».
Le objetaban: «Son apóstatas, hombres perdidos, indignos de vuestro cariño». «¡Ay!, respondía, ¡sólo Dios y yo amamos a esos pobres pecadores! ¿Me queréis hacer olvidar que son ovejas mías, queréis que niegue mi compasión a aquellos por quienes Jesucristo ha dado toda su sangre? ¿Y con quién ejerceré yo la misericordia si no es con los pecadores…? Quien ame el rigor, que se aleje de mí, porque yo no quiero tenerlo»
Jamás se apartaba de esta dulzura tan admirable; ni siquiera cuando se presentaba ante él alguien arrebatado de cólera. Como aquel caballero que, considerándose ofendido por el obispo, entró en el patio del obispado llevando a sus perros, que ladraban sin cesar, «tocó el cuerno en son de desprecio y burla» y luego subió a encontrarse con él y le injurió, llegando hasta poner la mano en la empuñadura de su espada. O ese otro comendador de Malta, que, contrariado por el fracaso de un candidato al que él patrocinaba en un concurso, se presentó ante el obispo sin quitarse el sombrero, le lanzó a la cara las injurias más groseras y salió bruscamente. A los indignados testigos de esta escena, el Santo les dijo sola-mente: «Tengo que agradecerle que me haya evitado el trabajo de oponer mis razones a su indignación».
Analizando la dulzura de san Francisco de Sales, descubrimos un maravilloso conjunto de esas pequeñas virtudes, modestas y escondidas, que crecen al pie de la Cruz, como él decía, y que estimaba tanto: la humildad, la paciencia, la cortesía respetuosa, la estima sincera de los demás, ligadas todas entre sí por el amor sobrenatural que tenía a las almas y le mantenía siempre al servicio del prójimo, con una perfecta abnegación.
Incluso al servicio de sus criados… Dijo un día a uno de ellos que, sorprendido por la llegada de su amo, había echado lejos pluma, tintero y papel:
-«Amigo mío, al entrar vi que estabais escribiendo. ¿Qué escribíais? ¿No soy lo suficiente amigo vuestro como para que me hagáis una confidencia?».
El pobre muchacho, todo confuso, tendió el papel al obispo, que lo leyó y dijo:
-«No entendéis nada de estas cosas».
Luego se sentó y se puso a escribir. Cuando hubo terminado, le devolvió el papel al criado, diciéndole:
-«Tened, copiadlo, firmad y enviadlo y veréis lo bien que sale todo».
Algunos días más tarde, una joven viuda, muy halagada por la delicadeza con que el criado le pedía la mano, fue a consultar con el obispo, el cual la animó al matrimonio.
Pero aún hay algo mejor. El obispo tenía un ayuda de cámara al que no le gustaba acostarse tarde. Pero tampoco consentía en retirarse pronto cuando su señor, por sus muchas ocupaciones, tenía que prolongar la velada. Francisco de Sales le invitaba a irse a descansar para que no se le hiciera larga la espera.
-«¿Me tomáis por un dormilón y un perezoso?», refunfuñaba el criado.
Y entonces el obispo se daba prisa en terminar para no importunar al sirviente.
A la hora de levantarse, ocurría otro tanto. Si le llamaba, venía con aire de queja por haber dormido poco. Si no le llamaba… sucedía como aquella mañana en que, entrando bruscamente en el despacho del obispo, que estalla absorto en su trabajo, con la precipitación de quien ha dormido hasta saciarse y tiene los ojos hinchados por el sueño sin poder soportar la luz del día, le preguntó:
-«¿Quién os ha vestido?». Le contestó el obispo:
-«Pues yo, yo mismo me he vestido; ¿o es que no soy ya mayorcito y lo suficientemente fuerte para ello?».
-«Y ¿tanto os costaba llamarme?», gruñó el criado.
-«Os aseguro que os he llamado varias veces; incluso he ido a vuestro cuarto, y estabais tan profundamente dormido y tan a gusto que no he querido despertaros».
-«Muy bien, encima os burláis de mí».
-«Amigo mío, no lo he dicho por burla sino para reírnos un poco. Estad tranquilo que, puesto que así lo queréis, otra vez no me vestiré sin vos. Os despertaré y os haré levantar».
¿Os habéis fijado en el tono, la dulzura de la voz de san Francisco de Sales ya trate con sus criados, o reciba visitas descorteses; ya acoja a pobres pecadores o consuele a los afligidos; ya converse con gente importante o con humildes aldeanos?
Una vez, alguien se admiraba de la moderación con que había reprochado a un joven su conducta culpable. Y contestó:«Me daba miedo derramar en un cuarto de hora este escaso licor de mansedumbre que estoy tratando de recoger desde hace veintidós años, como preciado rocío, en el vaso de mi corazón».
¡Qué imagen tan deliciosa, admirable a la vez por su delicadeza y por su realismo! Hay personas que sólo saben pronunciar frases agrias, porque tienen en el corazón un licor amargo y corrosivo que envenena todas sus palabras. En los labios del obispo de Ginebra, por el contrario, todo es dulzura y suavidad porque, antes de salir de su boca, sus palabras han pasado por ese mar de mansedumbre con la cual, como rocío refrescante, se ha esforzado en llenar el vaso de su corazón.
Pidamos a san Francisco de Sales que nos enseñe la dulzura a nosotros, que tantas veces acogemos a los demás de malos modos, somos duros con los que vienen a pedirnos algo, damos contestaciones secas, hacemos reflexiones desagradables…
«No perdáis ninguna ocasión, por pequeña que sea, de practicar la dulzura de corazón para con todos».
No olvidemos este consejo. Y, para intentar seguirlo con mayor fidelidad, tratemos de descubrir por qué carecemos de dulzura con los demás. ¿Por qué? Porque nosotros estamos descontentos; descontentos de nosotros mismos y descontentos de los otros, que nos parecen antipáticos o importunos.
¡Descontentos de nosotros mismos! Bien sabe el Santo que, en efecto, muy a menudo tenemos motivos para estarlo y que esto nos predispone contra el prójimo. Por eso nos recomienda llenarnos de amor de Dios y que, sean cuales sean nuestros contratiempos, permanezcamos siempre apacibles y dulces con los otros.
«¿Qué puedo deciros, mi querida hija, sino lo que tanto os he repetido? Que continuéis con vuestro plan de vida lo mejor que podáis por amor a Dios, haciendo muchos actos de amor interiores, e incluso exteriores, conformando lo más posible vuestro corazón a la santa dulzura y serenidad: dulzura hacia el prójimo, aunque os sea desagradable y molesto; serenidad para con vos misma, aunque os sintáis tentada o afligida, aunque os veáis miserable».
Esta serenidad para con nosotros mismos nos ayudará a soportar con paz al prójimo. El prójimo nos resulta a veces antipático, sin que en multitud de ocasiones sepamos decir por qué. Su aspecto, su postura, el tono de su voz, no nos cae bien. Otras veces sí que tenemos razones para encontrarle desagradable: sus tics nos enervan, nos lastiman sus salidas de tono, sus incorrecciones al hablar o al actuar. San Francisco de Sales apela a nuestro espíritu de fe:
«Hay que mirar al prójimo en Dios; …después de implorar el amor de Dios, siempre hay que pedir el del prójimo, especialmente el de aquellos hacia los que nuestra voluntad no siente ninguna inclinación».
¿Cuándo llegará el día en que nos sintamos empapados de dulzura y suavidad hacia nuestros prójimos? ¿Cuándo veremos las almas de nuestro prójimo en el sagrado pecho del Salvador? ¡Ay! Quien mire a su prójimo fuera de ese pecho divino, corre el peligro de no amarle ni pura ni constante ni igualmente. Pero ahí, en ese lugar, ¿quién no le amará?, ¿quien no lo soportará?, ¿quién no sobrellevará sus imperfecciones?, ¿quién lo considerará fastidioso?».
«Sobre todo -insiste- es preciso tener un corazón bueno, dulce y cariñoso hacia el prójimo, especialmente cuando nos parece pesado y desagradable, ya que entonces no tenemos otra razón para amarlo sino el respeto al Salvador, lo que, sin duda, hace al amor más excelente y más digno, puesto que es más puro y más libre de condicionamientos efímeros».
Esta visión sobrenatural nos la recuerda san Francisco de Sales siempre que nos exhorta a ser dulces con el prójimo y a soportarle con amor fraternal.
«Trabajad por adquirir la suavidad de corazón para con el prójimo, considerándolo como obra de Dios, y que un día, si le place a la bondad celestial, gozará también del paraíso que nos está preparado. Y si el Señor lo soporta, debemos soportarlo también nosotros con cariño y con gran compasión de sus flaquezas espirituales».
Impulsados por estos motivos de fe, combatiremos fielmente nuestras impaciencias, reprimiremos nuestros brotes de cólera, dominaremos las aversiones y repugnancias mediante la practica de la dulzura.
«Combatid fielmente vuestras impaciencias, ejercitando, con ocasión o sin ella, la mansedumbre y la dulzura con aquellos que os son más molestos, y Dios bendecirá vuestro propósito».
«Tratad con extrema dulzura y caridad al prójimo y a las Hermanas, sobre todo a aquéllas que, por sus imperfecciones de carácter, falta de gracias naturales o mal comportamiento os ocasionan alguna aversión o disgusto».
«Sed buena con el prójimo y, a pesar de las rebeldías y los brotes de ira, pronunciad a menudo estas divinas palabras del Salvador: Yo amo, Señor, Padre Eterno, a estos prójimos, porque Vos los amáis, me los habéis dado por hermanos y hermanas y deseáis que los ame como Vos los amáis. Sobre todo amad a esas queridas Hermanas con las cuales la mano de la divina Providencia os ha asociado y ligado con un vínculo celestial. Soportadlas, queredlas y llevadlas dentro de vuestro corazón».
«No dudo que sintáis aversiones y repugnancias en vuestro espíritu; pero, mi queridísima hija, ésas son otras tantas ocasiones para ejercitar la verdadera virtud de la dulzura; porque hay que cumplir bien, santa y amorosamente nuestros deberes para con el prójimo, aunque sea con disgusto».
No dejemos nunca entrar en nuestro corazón sentimientos de odio, y seamos lo suficientemente dueños de nosotros mismos parar retener la lengua y no permitirnos quejas y lamentos sin fin respecto a quienes nos han censurado.
«Sobre todo, hay que combatir el odio y los disgustos con el prójimo y abstenerse de una imperfección pequeña, pero muy dañina, de la cual poca gente se abstiene. Y es que, cuando censuramos al prójimo o nos quejamos de él (cosa que no debiera sucedernos sino muy raramente), no terminamos nunca, sino que volvemos a empezar una y otra vez y repetimos nuestras quejas y lamentos sin cesar, lo cual es signo de un corazón rencoroso que todavía no tiene la verdadera salud. Los corazones fuertes y grandes no se que-jan sino por graves motivos y, ni siquiera por ellos guardan resentimiento o, al menos, no lo hacen con turbación ni agitación» .
Cuidemos de seguir estos consejos de san Francisco de Sales, aunque no se nos pague con la misma moneda, puesto que la llama del amor puro y desinteresado hacia el prójimo se aviva en nuestros corazones en el Corazón de Cristo.
«Nuestro gran bien, nuestra dicha en la perfección, sería no tener el menor deseo de ser amados por las criaturas. ¿Qué os puede importar que os amen o no? Si en alguna ocasión os parece que no os aman, seguid vuestro camino sin entreteneros en considerarlo. Tenemos que amar al prójimo e interesarnos por él, a cada uno en su orden, como quiere nuestro Señor, haciendo todo lo posible por darle gusto y ayudarle, pues así lo quiere Dios. Si Dios quiere que seamos correspondidos, será un gran consuelo y una bendición de Dios; si su bondad no lo quiere así, debemos contentarnos con el amor del Corazón de nuestro Señor, que es tan grande».
Aun siendo simpático, el prójimo puede irritarnos por sus importunidades, sus opiniones diferentes a las nuestras y en especial, si es de nuestra familia o de nuestro entorno, por sus olvidos o incluso por sus demostraciones de afecto.
Sus «inoportunidades». El obispo no disimula que «las incursiones que nuestros amigos hacen en nuestra libertad son muy molestas»; y escribe: «pero, en fin, hay que soportarlas, después llevarlas y, en último término, amarlas como muy queridas contradicciones» .
Estamos sumergidos en un trabajo que reclama toda nuestra atención y vienen a distraernos por tonterías; nos sacan de nuestra concentración por futilidades, nos distraen con preguntas ociosas.
«Amad la santa virtud de la tolerancia y de la santa comprensión» escribía san Francisco de Sales; y con su condescendencia acostumbrada vemos cómo se adapta a todos los estados de ánimo y cómo se esfuerza por responder a cuanto se le pide.Una religiosa de la abadía de Sainte-Catherine tiene algún escrúpulo en rezar el padrenuestro para que se le quiten sus dolores de cabeza:
«E1 padrenuestro que rezáis por el dolor de cabeza no está prohibido; pero ¡por Dios, hija inía!, yo no tendría valor de pedir a nuestro Señor que, por el dolor que Él tuvo en su cabeza, se me quitase el mío. ¿Es que Él ha sufrido para que nosotros no suframos? Santa Catalina de Siena, al ver que su Salvador le ofrecía dos coronas, una de oro y otra de espinas, le dijo: Quiero el dolor para este inundo, lo otro será para el cielo. Yo querría que la coronación de espinas del Señor me sirviese para obtener una corona de paciencia en mi dolor de cabeza…
Vivid completamente entre las espinas de la corona del Salvador, y, como el ruiseñor en el arbusto, cantad, hija mía: ¡Viva Jesús!».
Una de sus Hijas de la Visitación se entristece y se inquieta por no tener el don de lágrimas. «No tengo nada que deciros, querida hija, sobre lo que me escribís de que no tenéis lágrimas. No, hija mía, nada tiene que ver aquí el corazón, ya que eso no os sucede por falta de resoluciones ni de vivos deseos de amar a Dios; es falta de capacidad de emocionarse, cosa que no depende en absoluto de vuestro corazón, sino de otra clase de disposiciones que nosotros mismos no podernos procurar; lo mismo que en este mundo, querida hija, nos es imposible hacer que llueva cuando queremos o impedir la lluvia cuando no la queremos, así tampoco está en nuestra mano llorar por devoción cuando la emoción nos embarga, o no hacerlo cuando carecemos de ella. En general no sucede esto por culpa nuestra, sino por la Providencia de Dios, que quiere que caminemos por tierra árida y por desierto, y no en medio del agua, para que nos acostumbremos a los trabajos y rigores».
Una señora cuyo nombre ignoramos, le preguntó la manera de ahuyentar el sueño que le perturbaba en la oración:
«No os inquietéis por ese adormecimiento, contra el cual hay que hacer dos cosas: una, cambiar a menudo de postura en la oración, como cruzar las manos, juntarlas, abrirlas y estirarlas; ponerse de pie, arrodillarse con una rodilla y luego con la otra, cada vez que nos asalta el sueño. La segunda cosa es pronunciar palabras en voz alta, entremezcladas con vuestra oración, con más o menos frecuencia, según os asalte el sueño».6
Esto no ocurría de ningún modo con la Chantal; pero, bendita sea esta señora desconocida, pues gracias a ella tenemos estas líneas que enriquecen tan originalmente la espiritualidad de san Francisco de Sales. ¡Que sea bendita y que duerma en paz!
Algo más importante es lo que cuenta una religiosa de la Visitación de Lyon: «Nuestras Hermanas disfrutaban de esa santa alegría que suele ser propia de un alma que nada tiene que reprocharse y que nada niega a Dios. El enemigo las tentó por el lado de la alegría. Les entró la risa en el coro durante el Oficio». La superiora, la Madre Favre, se inquietó y lo consultó con el obispo. He aquí su respuesta:
«La tentación de reír en la iglesia y en el Oficio es mala, aunque parezca cosa de broma y sin importancia, porque después de la caridad, la virtud de la religión es la más excelente; pues, así como con la caridad damos a nuestro Señor el amor que le es debido, según nuestras posibilidades, la religión le rinde el honor y la reverencia que merece y, por tanto, las faltas que se cometen contra ella son muy graves. Es cierto que en lo que decís no veo gran pecado, pues lo hacen contra su voluntad, pero no hay que dejarlo pasar sin alguna penitencia. Cuando el enemigo no logra vencer nuestras almas, trata de conquistar nuestros corazones; lo que le interesa es que perdamos el tiempo, que se disipe nuestro espíritu y que alguien se escandalice. Pero, cuidado, querida hija, de no atemorizar a esas buenas Hermanas, porque podrían pasar de un extremo al otro, lo cual no conviene» .
El prójimo también puede parecernos importuno cuando no comparte nuestras ideas. Y entonces nos acaloramos en la discusión y defendemos nuestro criterio con terquedad. Francisco de Sales no se obstinaba. Tenía como regla «no contradecir nunca a nadie, a no ser que hubiera pecado o un perjuicio grande en no hacerlo». Decía:
«Cuando es necesario contradecir a alguien o dar una opinión en contra de alguien, hay que hacerlo con gran dulzura y destreza, sin ánimo de violentar a nadie, pues nada se gana actuando con aspereza… La razón humana puede ser persuadida pero no forzada. Si se la fuerza, se rebela». Por eso, mejor que la discusión con los protestantes, que pronto se convertía en apasionamiento, prefería la simple exposición de la doctrina cristiana. Es verdad que ponía en ello tal ardor, tal acento de amor que conmovía los corazones, inclinándoles así a aceptar la verdad. Sobre este punto escribía a la Sra. de Chantal:
«Cuando predicaba yo en París, en la capilla de la reina, sobre el día del juicio (lo cual no se presta a discusión), una señorita llamada `mademoiselle Perdreauville’, que había venido a escucharme por curiosidad, cayó en las redes, y, tras el sermón, tomó la resolución de instruirse, y tres semanas después trajo a toda su familia a confesarse conmigo, y fui padrino de confirmación de todos ellos. Ya veis, un sermón que no fue pensado para ir contra la herejía, se ve que inspiraba contra ella, porque Dios me concedió ese don para bien de esas almas. Desde entonces siempre digo que quien predica con amor está predicando contra los herejes, aunque no pronuncie ni una palabra contra ellos».
En el mismo sentido, le decía en otra carta: «Debemos influir en la gente como lo hacen los ángeles, mediante movimientos delicados, sin violencia».
Donde más expuestos estamos a sentirnos molestos y a faltar a la dulzura es en casa, con nuestra familia, con los nuestros, con los que viven con nosotros. Es precisamente allí donde menos nos vigilamos y donde disminuimos nuestra tensión y nuestro esfuerzo. Basta un olvido de un criado para precipitarnos en la cólera; incluso el demasiado celo que ponen por sernos agradables o el afecto que nos demuestran, nos excita los nervios; y, por poco que estemos cansados o no nos encontremos bien, nos volvemos insoporta-bles y odiosos para los que nos rodean.
Y él ¿qué hacía? Una tarde de invierno, su criado se olvidó de encender las luces de sus habitaciones y de la escalera, por la que el obispo acompañó, a oscuras, a un gran señor que había venido a visitarle. Se contentó con decir al criado olvidadizo: «¿Sabéis, mi querido amigo, que dos cabos de vela nos hubiesen valido esta noche diez escudos de honra?».
Una de sus hijas espirituales -y seguimos en la intimidad de la familia- le escribió una vez una carta desbordante de admiración y con exageradas alabanzas. ¡No hay nada que le irrite más! Y le va a demostrar su descontento. Ved su respuesta:
«Queridísima hija: Sabed que tengo una hija que me escribe diciendo que mi ausencia le aumenta sus dolores; que si no se contuviera, sus ojos derramarían tantas lágrimas como gotas caen del cielo, para llorar mi partida; y otras cosas semejantes. Pero aún sigue mucho más adelante, porque dice que no soy un hombre, sino alguna divinidad enviada para hacerse amar y admirar y, lo que es peor de todo, añade que seguiría diciendo más cosas, si se atreviera. ¿Qué decís de todo esto, mi querida hija? ¿No creéis que hace mal en hablar así? ¿No son palabras excesivas? Sólo las puede excusar el amor que me tiene, que es del todo santo, pero expresado en términos mundanos. Decidle, mi querida hija, que, nunca, bajo ningún pretexto, se debe atribuir la divinidad a las miserables criaturas; y que pensar, además, que se pueden decir aún elogios mayores, es un pensamiento desordenado; o que, al menos, son desordenadas las palabras que así lo expresan; que hay que poner más cuidado en evitar la vanidad en las palabras que en los cabellos y en los vestidos. Decidle que en adelante su lenguaje sea sencillo y no rebuscado. Pero decídselo tan dulce, amable y santamente, que le caiga bien esta reprimenda, pues sale del corazón más que paternal que vos conocéis, como hija queridísima de mi corazón, hija en la que he puesto toda mi confianza».
Y si la alabanza inmoderada nos exaspera, ¿qué decir del sufrimiento?
A una enferma le decía: «Animo, hija mía, que vuestro amor no sea solamente fuerte, sino también tierno, dulce y suave para aquellos que os rodean. Yo digo por experiencia que las limitaciones físicas no nos quitan la caridad pero pueden quitarnos la dulzura para con el prójimo si no estamos muy en guardia».
Si debemos tener «la dulzura de la miel» para con los extraños, también es preciso que en nuestro comportamiento habitual tengamos «la dulzura de la leche» para con los que viven con nosotros; «en lo que faltan mucho quienes en la calle parecen ángeles y en casa demonios».I
A una madre de familia le escribía:
«Haced con particular cuidado todo lo que podáis por adquirir la dulzura con los vuestros, o sea, en vuestra casa; no digo que haya que ser blando ni flojo, sino dulce y suave. Tenéis que pensar en esto al llegar a casa, al salir de ella, por la mañana, al mediodía, siempre; que sea éste vuestro principal cuidado, durante algún tiempo, dejando un poco de lado lo demás».
Y a otra: «Procurad ser dulce y afable con todo el mundo y, sobre todo, en casa… Soportad las
imperfecciones de todos, pero principalmente las de los de casa».
Y una vez más: «Esforzaos en practicar la humilde dulzura que debéis a vuestro marido, y a todo el mundo, porque es la virtud de las virtudes que tanto nos ha recomendado nuestro Señor».
En el mismo sentido escribía a una señora: «Todas las mañanas, deberíais pedir a Dios que os diese la verdadera dulzura de corazón que Él desea para las almas que le sirven; y tomar la resolución de practicar esta virtud especialmente con las dos personas con quienes estáis más obligada. Debéis ejercitaros en esto, recordándolo cien veces al día y encomendando a Dios este buen deseo; creo que lo que más necesitáis para someteros a la voluntad de Dios es ser cada vez más dulce, poniendo vuestra confianza en su bondad. Qué feliz seréis, querida hija, si hacéis esto, porque Dios habitará en vuestro corazón y en él reinará con toda paz. Pero si cometieseis alguna falta, no perdáis el ánimo, recobraos enseguida, como si no hubieseis caído. Esta vida es corta y se nos ha dado para ganar la otra; y la emplearéis bien si sois dulce con esas dos personas con las que Dios os ha puesto».
¡Es posible que os moleste un modelo tan perfecto; quizá, como excusa para no imitarlo de cerca, os digáis: ¡al fin y al cabo, él era un santo…!
¿No sabéis que san Francisco de Sales tuvo que luchar para conseguir esta perfecta dulzura? Alguna vez se le escapó el genio, como «el día de nuestra Señora», cuando el sacristán tocó la campana antes de que hubiese acabado el sermón. «Esa fue una falta más, dijo, entre otras muchas». Y pudo confesar: «No hay vez que me haya enfadado, por mucha razón que tuviera, sin que después haya tenido que reconocer que hubiera hecho mucho mejor en no encolerizarme»
Incluso cuando ya las lecciones de la experiencia y el trabajo secreto de la gracia le habían llevado a una indiferencia y a un desprendimiento casi absoluto, como refleja esta confesión: «Quiero pocas cosas, y las que quiero, las quiero poco. Apenas tengo deseos y si volviera a nacer, quisiera no tener ninguno», incluso entonces, se le ocasionaba casi un movimiento de impaciencia si, olvidando la regla que él dio en otro tiempo a la Chantal -«hay que hacerlo todo por amor, nada por fuerza»-, se pretendía con-vencerle de que el mérito de nuestros actos se mide por su dignidad o por la dificultad en su ejecución, y no por el amor que los inspira y anima. Dice Mons. Camus: «Siempre que se le decía: hay mucho más mérito en hacer esto que esto otro; esta acción es de mayor mérito que esa otra… sin hacer mención de la caridad, fruncía el ceño y demostraba su disgusto y su pena».
San Francisco de Sales tuvo que vigilar constantemente su naturaleza. Él mismo nos cuenta que una vez, a causa de una injuria, había sentido «hervir la cólera en su cerebro como el agua en un puchero sobre el fuego»; y que otra vez, «con ocasión de un enfado muy fuerte y muy justo, se vio forzado a tomar las riendas de su cólera con las dos manos, para pararla».
No le faltaban ocasiones de ejercitar la dulzura conteniendo una irritación que nos hubiera parecido muy justificada. Cuando la construcción del monasterio de Annecy, unos bribones «con mucha impertinencia, expulsaban a pedradas a los obreros y les hacían otras muchas faenas pesadas». Uno llegó, incluso, a dar golpes a los andamios con un hacha.Advirtieron de ello al obispo, que acudió enseguida. «Amigo mío, suplicó por tres veces al descarado, os ruego no sigáis». Y como el otro no hacía caso, Francisco le cogió el hacha de las manos y con voz firme le dijo que iba a «hacerle saber hasta dónde llega el poder de un obispo». El incidente dio mucho que hablar, hasta el punto que Francisco tuvo que escribir a uno de sus amigos:
«Os aseguro que me he reído de buena gana al leer al final de vuestra carta que os habían dicho que yo estaba irritadísimo y que había dicho todo eso que me contáis… Soy un pobre hombre, sujeto a pasiones, pero, por la gracia de Dios, desde que soy pastor no he dicho nunca una palabra de cólera apasionada a mis ovejas. Es cierto que al ver cómo se resistían estos pobres N N, amenacé a uno con su superior y al otro con N; pero no hice nada más que lo que tenía que hacer y lo repetiría en ocasión similar. Yo estaba realmente alterado, pero contuve mi emoción y he confesado mi debilidad a nuestra Madre, quien en esta ocasión, igual que me sucedió a mí, tampoco tuvo ninguna palabra acalorada».
También le confesó que «había tenido que sujetar su corazón con ambas manos,… para que no se le escapase ningún movimiento ni ninguna palabra que no fuesen según justicia y razón».
Y es que sabía el valor de la dulzura, que nos hace semejantes al Corazón de Cristo, nos gana la simpatía de cuantos se nos acercan y edifica a todos los que nos ven. Por eso exhorta sin cesar a la estima y a la práctica de esta virtud.A una de sus hijas, que tenía «el corazón propenso a arrebatos», le escribe:
«Procurad tener cada vez más en vuestro corazón el espíritu de dulzura y de tranquilidad, que es el verdadero espíritu de Jesús».
Y a la abadesa de Puits d’Orbe, que piensa reformar su monasterio:
«Os recomiendo sobre todo el espíritu de dulzura, que es el que roba los corazones y gana las almas».
A una señora:
«Hay que tener una dulzura sin límites para con el prójimo, hasta la simplicidad, y jamás utilizar la revancha con los que nos han hecho algún mal. Si perdonamos por eso alguna cosa, creed que el Señor nos recompensará muy bien».”
A propósito de su hijo Celso Benigno, escribía a la M. de Chantal:
«Quien pudiera persuadirle de que la dulzura y la cortesía son incomparablemente más honorables que la violencia y el orgullo, lo dispondría para hacer grandes maravillas».
Y refiriéndose a las religiosas que están a su cargo, después de haberle pedido que «se deje manejar enteramente por Aquél que se digna tener cuidado de ella», el obispo añade:
«Preocupaos únicamente de agradarle por esta total dependencia y confianza en su amor y por la suave vigilancia que debéis poner en hacer avanzar a sus queridas esposas en la pureza de su servicio, mediante una santa observancia, estando vos extremadamente atenta a ser dulce y paciente, sin miedo de excederos en estas santas virtudes. Sed generosa, alegre y suave en esta práctica, y en ella encontraréis abundantes gracias de nuestro Señor» .
¡Y qué poder de edificación tiene esta virtud tan poco frecuente!
«Había diez doncellas y solamente cinco tenían el aceite de la dulzura misericordiosa y la mansedumbre. Este equilibrio, esta dulzura y bondad de corazón es mucho más rara que la perfecta castidad, pero por eso mismo es más deseable. Os la recomiendo, queridísima hija, porque de ella, igual que del aceite en la lámpara, depende la llama del buen ejemplo y no hay nada que edifique tanto como una mansedumbre caritativa».
Quizá esta igualdad en la dulzura sonriente, esta constante suavidad, esta serenidad que ninguna nube ensombrece, acaben al final irritándoos un poco; querríais un santo más próximo a nosotros, más real, o al menos más enérgico, según vuestro parecer.
Pero antes, fijaos que la dulzura de san Francisco de Sales no muestra, en absoluto, debilidad
ni afectación; al contrario, es muy viva, siempre delicada y a menudo jovial. ¿Sabéis cómo invitaba a la M. de Chantal a pensar en nuevas fundaciones?
«La razón humana no puede comprender cómo nuestras pobres, humildes y pequeñas violetas de la Visitación sean tan solicitadas para muchos jardines. Venid, querida Madre, a buscar aquí esas plantitas de bendición, y transplantadlas a otros lugares para gloria de nuestro dulce Jesús, al que suplico os bendiga».
En otra ocasión, indicaba:
«Vais a formar un nuevo enjambre de abejas, y ellas, en su nueva colmena, formarán un hogar para el divino amor, más delicioso que la miel». Decía:
«Os ruego, queridísima Madre, que preparéis cariñosamente a nuestras abejitas para que hagan su salida al comenzar el buen tiempo y vengan a trabajar en la nueva colmena para la que el cielo ya está preparando su rocío».
¿Os gustaría conocer algunas de esas «abejitas»?
Una es «la Hna. Francisca Margarita… Es una buena persona, prudente, constante y verdadera sierva de nuestro Señor; su rostro tiene una expresión un poco seca e indiferente, pero tiene un corazón muy bueno; es de pocas palabras, pero delicada. Ni ella ni yo damos rodeos.»
«La Hna. Paula Jerónima es muy buena, sirve para todo, tiene mucho espíritu y entereza; posee tantas cualidades como la salvia».
«La Hna. Francisca Agustina es una ‘oveja’ muy observante y devota».
En cuanto a la Hna. Francisca Gabriela, «es un vaso bien pulido, vacío y dispuesto a recibir grandes gracias celestiales, porque es un alma recta,un alma desnuda y vacía de todo lo de este mundo, que no tiene pensamientos ni deseos, sino sólo para Dios».
«La pobre Hna. María Magdalena es muy buena, pero no sé cuándo podremos sacarla de sí misma».
«La Hermana N. nos ha dado mucho trabajo y todavía sigue… Le hice una seria corrección, con tanto vinagre como aceite, y se la repetiré, con otras palabras, tan a menudo que le hará efecto, con la gracia de Dios».
Ciertamente, la dulzura de san Francisco de Sales tiene su fuente en su gran corazón, en su «corazón de carne», tan «tierno y cariñoso para con sus amigos».
Como él mismo decía: «Pienso que no hay persona en el mundo que quiera más cordialmente, más tiernamente y para hablar claro, más amorosamente que yo».
Por eso, no debemos extrañarnos de la emoción contenida que dejan ver las líneas finales de una carta que dirigió a la Madre Favre, superiora de la Visitación de Lyon:
«¡Mi queridísima hija, cuántas bendiciones os desea mi alma! Saludo a las Hermanas profesas con el corazón que ellas conocen y a nuestras novicias con un corazón que ellas no conocen. ¡Dios mío!, derramad sobre ellas el espíritu de dulzura y de sencillez, de amor y de humildad, de obediencia y de pureza, el espíritu de gozo y de mortificación».
Y prosigue: «Saludo con un corazón del todo paternal a nuestras queridas hijas, a las que cada día amo más y creo que es por el deseo que tienen de servir bien a Dios». Y, como excusándose, dice: «Este comienzo está un poco rebosante de afecto y de palabras cariñosas, pero sabéis bien que refleja la verdad y la variedad del verdadero amor que tengo a las almas».
Y ese amor le hace ponerse enteramente al servicio de ellas. ¡Con qué delicadeza pide que no duden en escribirle tan extensamente como quieran y cuantas veces lo deseen!
«Hija mía queridísima, no seáis tan discreta, con el pretexto del respeto que me tenéis, que
dejéis de escribirme cuando vuestro corazón lo desee, pues os aseguro que el mío siempre estará contento de recibir vuestras cartas».
«No me digáis que abusáis de mi bondad por escribirme cartas largas, pues de verdad que las estimo profundamente».
«Sí, estoy muy agobiado de trabajo; pero vuestras cartas, hija mía, no son trabajo sino refrigerio y alivio para mi alma».
«Mi deseo es que si os consuela escribirme, lo hagáis con confianza».
Quiere que le escriban con sencillez: «Escribidme con toda libertad, sincera y sencillamente».
«No andéis con prolegómenos para escribirme; no hay necesidad, puesto que me dedico con tanto gusto a vuestra alma».
«Mi queridísima Hermana: En esta primera carta que os escribo quiero mandaros dos o tres palabras de prólogo que os sirvan para todas las que en adelante os envíe:
1. Que en adelante ni vos ni yo volvamos a hacer ningún preludio; porque el amor que tenéis a Dios será mi prólogo para con vos; y mi deseo de amarle será vuestro prólogo para conmigo.
2. En virtud de este mismo amor, poseído o deseado, estad segura, hija mía, de que vos y todas vuestras Hijas encontrarán siempre un alma abierta y dedicada al servicio de las vuestras.
3. Pero todo ello sin ceremonias, sin artificio, pues aunque nuestras vocaciones sean diferentes en rango, el santo amor al que aspiramos nos iguala y nos une a Él».
En otra ocasión, se inquieta por un largo silencio:
«¿Qué hacéis, hija mía, alejada en ese bello país de Auvernia? Me parece que hace mucho tiempo que no sé una palabra de vos; sin embargo, el amor nunca es mudo, ni siquiera el filial, que tiene siempre algo que decir a su padre». Sabe llevar la iniciativa para sacar a las almas de una somnolencia mohína:
«Esta querida hija que no me escribe, merecería que yo también la olvidase, pero mi afecto no me lo permite»”.Y sufre si se interpreta mal su pensamiento: «¡Dios mío, qué admirable es esta hija mía! Ha leído mi carta en un sentido distinto del que yo había pretendido».
¡Y con qué bondad trata de curar la llaga de un corazón demasiado susceptible!
«Puesto que ahora es costumbre que sea el padre el que comience una y otra vez las relaciones santas y afectuosas, podéis decir lo que queráis, querida hija, pero es claro que estáis equivocada; mi carta no era tan ácida como para que una joven dulce no la pudiera endulzar estaba llena de paternal confianza. Sin duda, era algo fuerte, pero ¿es eso como para disgustarse? Ya sabéis de dónde procedo; ¿cómo esperar frutos delicados de un árbol de las montañas y además un árbol tan pobre que como yo? Me atengo a lo queráis pensar de mí, pero por mi parte os digo que seré siempre vuestro y, si no me es posible de otra manera, lo testimoniaré ante Dios en el Santísimo Sacrificio que ofreceré a su bondad» .
Sí, san Francisco de Sales dice la verdad, cuando asegura la fidelidad de su amistad:
«Tengo un corazón tenaz, que jamás suelta su presa».
«Tengo un afecto fuerte y casi inmutable a los que me conceden la dicha de su amistad»
«El que quiera competir conmigo en la amistad, escribe al presidente Benigno Frémyot, tiene que ser muy fuerte, porque yo no la escatimo».
Y más detalladamente le explica al conde de Tournon:
«Ciertamente, señor, no soy delicado, ni amante de ceremonias ni de cumplidos; no, ni siquiera las ofensas me enemistan con nadie, a menos que lleven la intención de romper la amistad (hablo de la amistad, no de la caridad con todos, que es algo que nada debe romper); porque las ofensas que provienen de negligencia, de debilidad, de falta de consideración o, incluso, de un arrebato súbito de cólera, de enfado y de odio, creo que una amistad fuerte debería soportarlas, considerando que nuestra naturaleza está sujeta a esos accidentes».
Ahí se ve sin duda que es un alma grande. ¡Y qué delicada!
Escribiendo a la M. de Chantal, no omite un detalle que haría sonreír dulcemente a la Hna. María Amada de Blonay: «la más pequeña, a la que no olvidaré esta tarde, pues iré a casa de su padre, donde la vi por primera vez, vestida de blanco, con un sombrero de paja».
Hace esta confidencia a la la Fléchére: «Nuestra querida Chantal os quiere mucho. La última vez que hablé con ella se refirió a vos, pero no recordaba vuestro nombre: ‘La querida hermana que tanto os ama’, me dijo. ¿Quién sino yo hubiera adivinado por esas palabras que se trataba de vos? ¡Ay, todo es para Dios!: el amor y el corazón que ama. A Él sean el honor, la gloria y la alabanza por siempre».
Y ¿qué decir de la amistad que le une con la Chantal? Fue una de las más santas amistades que jamás ha unido a dos corazones humanos.
El obispo ve en ella la mano de Dios y se abandona dulcemente al influjo de este afecto. «Nada os diré de la intensidad de mi amor respecto a vos, solamente que sobrepasa toda comparación; y este afecto es más blanco que la nieve, más puro que el sol: por eso le he soltado las riendas… dejándole correr a su aire».
«Este afecto me parece como un rocío que llena mi corazón sin ruido y sin violencia. Y, si he de decirlo todo, no era tan suave cuando Dios empezó a enviármelo (porque fue Él, sin duda), como lo es ahora, que ya es muy fuerte, y cada día lo parece más, aunque sin sobresaltos ni impetuosidades».
Es tan poderoso, que hace del corazón de Juana de Chantal y del de Francisco de Sales un solo y único corazón; y el obispo presiente el motivo de esta maravillosa unidad:
«Tengo que decir que llevo a nuestra Congregación en el corazón, pues sueño con ella, contra mi costumbre, y al despertar la encuentro allí como una idea fija. Quiera Dios poner en ella su mano buena y poderosa…Sí, el otro día estaba yo encomendando este proyecto a su divina Majestad, y no comprendía cómo se servía para ello de mi corazón y del vuestro, quiero decir de nuestro corazón; pues, aunque la razón no lo quiera, no puedo separar en dos este corazón, ni para mi gozo ni para mi confusión. Seremos muy felices de poder servir así a la bondad divina».
«Necesitamos mucho valor para servir a Dios lo más sincera y valientemente que podamos, pues ¿por qué ha querido hacer de estos dos corazones uno solo, sino para que éste sea extraordinariamente decidido, valiente, animoso, constante y enamorado de su Creador y Salvador?».
Esta amistad no es solamente sana y pura, sino santa y sagrada:
«Buenas tardes, hija mía, toda mía. Me gustaría poder deciros lo que he sentido hoy en la comunión respecto a nuestra querida unidad, pues ha sido algo grande, perfecto, dulce, poderoso, casi a modo de voto y de consagración».
«Mi queridísima Madre, tengo una luz muy particular que me hace ver que la unidad de nuestro corazón es obra del gran Forjador de unidad”‘ y por eso quiero desde ahora no sólo amar, sino querer y honrar esta unidad, como cosa sagrada».
Dios, que así los ha unido, actúa soberanamente en ellos para que sean una sola alma en la prosecución de una misma obra:
«¡Oh Dios!, hija mía, llenemos nuestro corazón de valor y hagamos desde ahora maravillas
para el progreso en este amor celestial. Me doy cuenta de que nunca os envía nuestro Señor profundas inspiraciones sobre la pureza y perfección de vuestro corazón, sin que me las envíe a mí también, para que conozcamos que a un solo corazón le basta una sola inspiración sobre una misma cosa; y así, por una única inspiración, la Providencia nos indica que debemos ser una misma alma para trabajar en la misma obra y por la pureza de nuestra perfección».Y en su agradecimiento, el obispo exclama: «¡Que Dios nuestro salvador sea el todo para nosotros! Nuestro único corazón en Él y por Él es indivisible. ¡Ojalá viva siempre para su santo amor!».
Esta amistad, tan evidentemente sobrenatural y santa, es al mismo tiempo profundamente humana. San Francisco de Sales no piensa en mortificar su deseo cuando recibe carta de la Chantal:
«Os contesto dos palabras, le dice en una ocasión, sin haber releído vuestras cartas, que leo siempre con tanto gusto la primera vez, que sólo me queda como un gran consuelo, pero apenas sé lo que he leído».
Y al hacer el elogio de su prima, la Charmoisy, dice: es «un alma buena, admirable por su serenidad, que nunca se apresura. No me había hablado de su alma hasta hace unos días».
Y al releer lo que ha escrito, añade a pie de página:
«No digo esto para alabarla, pues me gusta que me escriban y con frecuencia; y prefiero un poco de afán antes que no recibir ninguna carta en tres o cuatro meses. Aclaro esto para que vos, temiendo parecer apresurada, no dejéis de escribirme lo más a menudo que podáis. Hacedlo, hija mía, escribidme siempre».
Pero el obispo, que no dispone ni de una hora par él, – no puede escribir a la baronesa con tranquilidad y siempre que quisiera. Y la exhorta amablemente a practicar con él la santa indiferencia.
«Decidme, hija mía, ¿no me es penoso también a mí, no poderos escribir más que como a hurtadillas? Por eso necesitamos tener el mayor espíritu de santa libertad e indiferencia; es bueno para todo, incluso para que un padre tan cariñoso como yo y una hija como sois vos, estén seis o siete semanas sin recibir noticias uno del otro».
Con ese don de simpatía y esa exquisita caridad, el obispo sabe reconfortar perfectamente en las tribulaciones:
«Estoy muy conmovido al saber que no carecéis de diversas amarguras interiores… Tengo un corazón de padre, pero tiene también algo de corazón de madre. Me interesa vuestro adelanto en la piedad sólida, pero ese avance siempre llevaconsigo dificultades; son necesarias para ejercitaros en la escuela de la cruz, que es la única que puede perfeccionar nuestras almas. Pero no puedo dejar de sentir ternuras maternales, que me hacen desear los consuelos para mis hijos. Sed valiente, queridísima hija. No sucede lo mismo en los rosales espirituales que en los corporales. Pues en éstos, las espinas duran y las rosas pasan; en aquéllos, las espinas pasarán y perdurarán las rosas».
¡Con qué dulzura sabe sostener y serenar a quienes invita a aceptar la cruz con toda su alma! «Ciertamente, la humildad, la paciencia, el amor de Aquél que nos envía la cruz, merecen que la recibamos sin quejas; pero, mirad, querida hija, es diferente expresar un dolor que quejarse de él. Por tanto, se puede hablar de él, y a veces es obligación hacerlo, como hay obligación de remediarlo; pero, hay que hacerlo con paz, sin exagerarlo con palabras ni quejas. Es lo que dice la Madre Teresa; porque quejarse no es revelar el mal, sino hacerlo con lamentaciones, gemidos y señales de mucha aflicción. Expresadlo, pues, con sencillez y verdad, sin escrúpulo alguno; pero de tal forma que no deis la sensación de que lo rechazáis, pues hay que aceptarlo de buena gana.
¡Con qué afecto y con qué ingeniosos argumentos modera el celo excesivo de una de sus Hijas que se da sin límites!
«Me han advertido que os estáis agotando de tanto trabajar, que no os desvestís durante varias noches seguidas, que no coméis apenas, que hacéis los oficios más penosos de la enfermería y enseguida corréis al coro para acompañar el canto. Hija mía, hija mía, yo no quiero que seáis tan valiente porque, ¿os figuráis lo que me diría nuestra Madre si en su ausencia le sucediese algo malo a nuestra amadísima Juana Carlota? Seguro que me reprendería como a un padre poco vigilante con su queridísima hija.Haced caso a vuestro pobre padre: descansad, descansad y comed suficientemente; dejad trabajo amorosamente a las otras, y no queráis llevaros todas las coronas, también querrá alguna el querido prójimo. El fervor del santo amor que os impulsa a querer hacerlo todo, también os debe frenar, dejando hacer a las otras algo para su consuelo».
¿Creéis que la Blonay se sentiría ofendida por el siguiente «elogio» que le hace el Santo?
«Mi queridísima hija, escribís muy bien, pero, para llegar a ser maestra en el oficio, debéis esforzar vuestra mano durante algún tiempo y escribir así a todos, y no solamente a mí, que soy el que, posiblemente, soportaría mejor que nadie vuestra mala letra».
Tampoco debió quedar resentida la que recibió la siguiente nota:
«Hija mía, debería enfadarme con vos, pero no lo haré porque no puedo, no tengo humor para hacerlo».
Y qué alegría tan dulce derramaría sobre el corazón de otra religiosa esta respuesta del obispo, que, sin duda, releería con frecuencia:
«Pero, querida hija, ¿me tenéis envidia porque yo predico por el mundo las alabanzas de Dios? ¡Oh, qué gran gozo es para el corazón el publicar la bondad de lo que se ama! Pero si deseáis predicar conmigo, os ruego que lo hagáis siempre, pidiendo a Dios que ponga en mi corazón palabras según su Corazón y vuestros deseos. ¡Cuántas veces sucede que decimos cosas hermosas porque algún alma buena las está impetrando para nosotros! Y esa alma buena, al hacerlo, también está predicando; y con la ventaja que, al no saberlo ella, no corre peligro de envanecerse. Nos parecemos a los órganos, en los que quien articula los fuelles realmente lo hace todo y nadie le alaba. Rogad por mí frecuentemente, hija mía, y estaréis predicando conmigo».
Y si, por uno de esos celos tan femeninos, alguna de sus dirigidas se le queja de no ocupar un lugar privilegiado -el primero de todos- en el corazón del obispo, pronto se sentirá tranquilizada y satisfecha al leer:
«No, hija mía, no temáis sorprenderme, yo entiendo bien vuestras palabras: vuestras quejas no
tienen acritud, son dulzuras de un niño con su padre; si están aderezadas con vinagre, es para que tengan mejor sabor. Quejaos siempre que queráis, hija mía, para que tantas veces como os parezca que no sois mi muy particularmente querida hija, pueda yo por mi parte contestaros que lo sois y lo seréis para siempre invariablemente; para mí será un auténtico placer repetiros esta verdad». Nos hace sonreír, pero se percibe claramente que no hay ironía ni engaño en sus palabras, sino la expresión amable y gozosa de un sentimiento de exquisita lozanía. En cuanto san Francisco de Sales se inclina sobre un alma, la mete en su corazón y la «quiere» con un afecto muy tierno y absolutamente sobrenatural.
«Os querré toda mi vida», escribía a la señora que padecía de sueño en la oración. Cuánta estima del precioso don de la amistad se encierra en estas líneas:
«Soy de la opinión del P. Binet en cuanto a nuestra Hna. des Gouffiers, pero ¡cómo quisiera volver a ganar su corazón!, pues creo que no encontrará otro que la quiera como el mío; y no se deben abandonar las amistades que sólo Dios nos da».
Nada en el mundo debería romper esas amistades:
«No es posible que una amistad verdadera y sólida pueda terminar jamás».
«Amar mucho y poder dejar de amar mucho, son dos cosas incompatibles. Las amistades de los hijos del mundo son de naturaleza mundana: el mundo pasa y todas sus amistades pasan; pero la nuestra es de Dios, en Dios y por Dios».
Eso es precisamente lo que la hace imperecedera. «Una cualidad que tienen las amistades que el cielo nos da, es la de no perecer nunca, lo mismo que la fuente de donde ellas brotan tampoco se agota; y ni la presencia las alimenta ni la ausencia las hace languidecer y morir, pues su fundamento está en todas partes, porque es Dios». Por eso puede afirmar a la Chantal: «Sabéis bien, mi querida Madre; que la santa unidad que Dios ha hecho es más fuerte que toda separación y que la distancia de los lugares no tiene poder sobre ella. Que Dios os bendiga por siempre con su santo amor. El nos ha dado un solo corazón, único en espíritu y en vida».
El corazón de san Francisco de Sales está hecho a imagen del Corazón de Cristo. Siempre pensó que la Visitación debía procurar el beneficio de la vida religiosa a aquéllas que no podían pensar en las grandes órdenes ya existentes, demasiado austeras para las naturalezas débiles, e imposibles para las enfermas. Y escribe a la Madre de Chantal:
«Mucho me place que améis a las cojas, jorobadas, tuertas e incluso ciegas, con tal que ellas lleven recta intención; pues serán hermosas y perfectas en el cielo. Y si perseveramos en la caridad para con las que tienen imperfecciones corporales, Dios se encargará de enviar, contra la prudencia humana, muchas hermosas y agradables hasta a los ojos del mundo».
«La joven del brazo corto debe ser admitida, si no tiene el cerebro corto, porque esos defectos físicos no son nada ante Dios».
«Mi opinión será siempre que no se deje nunca de recibir en la Congregación a personas enfermas, a menos que se trate de las enfermedades señaladas en la Regla, lo que no es el caso de esta joven, pues, aunque no puede utilizar sus piernas, sin ellas puede cumplir todos los ejercicios esenciales de la Regla: obedecer, rezar, cantar, guardar silencio, coser, comer y, sobre todo, tener paciencia con las Hermanas que la llevan, cuando no las vea dispuestas o prontas a hacer esa caridad; porque tendrá que llevar con paciencia a las que la llevan a ella, si a esas Hermanas no las mueve el espíritu de caridad. Si puede hacer un bien a las que la cuiden, no veo nada que impida recibirla, si no tiene dañado el corazón; amo a esa pobre joven con toda mi alma».
También acoge las miserias morales aun en casos en que otros estarían tentados de perder la esperanza. Ciertamente, la «desgraciada joven» que él pide a la Chantal sea recibida en su monasterio de Annecy, ha causado mucho escándalo y les ha defraudado mucho, a pesar de su compasiva caridad. ¡No importa! La experiencia ha enseñado al obispo a «no ser duro con las almas esquivas mientras quede esperanza de ganarlas por la dulzura».
«He pensado en esta pobre joven de la que os escribí; y creo que si quiere hacer un retiro para decidirse, debemos no sólo recibirla, sino, si es posible, animarla. ¡Quién sabe si Dios tendrá piedad de ella y la perdonará! Su mala índole no me sorprende nada porque nuestro Señor, a veces, saca hijos de Abraham de las piedras. La conversión no depende de la naturaleza, sino de la gracia. Sé que os va a ocasionar incomodidades, pero benditas sean las incomodidades que nos vienen por acoger al extraño con hospitalidad espiritual. Me acuerdo de san Pedro, príncipe de los penitentes, que fue muy dulce con los pecadores cuando ya él había dejado de serlo». Como a pesar de sus nuevos extravíos, la joven había sido recibida otra vez en la Visitación, esto dio lugar a habladurías, sin que faltaran apreciaciones severas ni protestas indignadas. El obispo reprueba ese alboroto:
«Se equivoca el mundo al interpretar mal la obra de caridad que las Hermanas de la Visitación han pensado hacer con ella. Dios ha ocultado el futuro a los hombres, y, si únicamente debiéramos servir a las almas que van a perseverar, nos resultaría ciertamente difícil distinguir unas de otras. Debemos impedir el mal del prójimo, aunque sólo fuera por una hora».
Pero tengamos cuidado, esta extrema indulgencia nunca llegará a la debilidad. La dulzura de san Francisco de Sales, por ser virtud cristiana, siempre va acompañada de firmeza. La mayoría de las veces, esa firmeza va envuelta en suavidad y escapa a las miradas superficiales; pero cuando el deber lo exige, aparece.
En los comienzos de su episcopado, para cortar en seco discusiones por cuestiones de precedencias, envió esta nota al Deán del Capítulo de nuestra Señora de Annecy:
«Señor Deán: es mi expreso deseo, que no admite réplica, que vuestros chantres, el subdiácono que me asignéis y el turiferario sean canónigos, a pesar de vuestras costumbres, porque los de mi iglesia tienen esa dignidad. Lo ordeno así a vuestro Capítulo y a vos en virtud de la santa obediencia y bajo pena de excomunión latae sententiae. En fe de lo cual, firmo la presente».
Los canónigos se apresuraron a obedecer y el obispo nunca tuvo que perder su sonrisa con ellos.
Esta misma firmeza es la que inspira su decisión, cuando, en concurso, tiene que otorgar un beneficio eclesiástico con cura de almas. Siempre lo concederá por los méritos, y nunca por las influencias.
En 1615, en un concurso para un curato, descartó a un caballero recomendado por el duque de Saboya, Carlos Manuel. Este candidato «actuaba con una insolencia insoportable, por ser de la nobleza». En el examen tenía que «explicar el pasaje del Evangelio donde la madre de los hijos de Zebedeo pidió a nuestro Señor para ellos que los sentara a uno a su derecha y al otro a su izquierda, a lo que nuestro Señor respondió: «No sabéis lo que pedís». El pobre candidato no supo explicarlo, y no logró decir ni una palabra acertada, pero habló sin embargo con insolencia y presunción, como si fuera el más capaz del mundo. El buen obispo le dijo: «Caballero, me voy a servir de las mismas palabras de nuestro Señor: No sabéis lo que pedís. No creo que podáis desempeñar bien el cargo de cura de almas con esa poca capacidad que tenéis, y, por tanto, me es imposible conferiros el beneficio, porque no regalo los beneficios, sino que los doy a los más preparados».
Luego escribió al duque de Saboya: «Monseñor, en cuanto a la recomendación que plugo a vuestra Alteza hacerme respecto al Chatelard, que es para mí una orden, hubiera sido mi mayor deseo poder otorgarle el beneficio que pretendía. Pero, por una parte, no está en mi mano disponer de él, pues el que confiere el nombramiento es el Capítulo de mi iglesia; y, por otra, ni el indicado Capítulo ni yo mismo podemos de ninguna manera apartarnos de las ordenanzas del Concilio de Trento, que hemos jurado observar, las cuales no nos permiten conferir los beneficios eclesiásticos sino mediante concurso, al más capacitado y, de no hacerlo así, nos expondríamos a caer en desgracia de nuestro Señor y a la condenación. Este beneficio, Monseñor, no dará al sacerdote más que cincuenta ducados de ganancia y el trabajo de la cura de almas es muy grande por la cantidad de personas que dependen de él, y, como tienen mucho trato con Alemania, necesitan un pastor que cuide de edificarlos y de que conserven la fe.
Deseo toda clase de felicidad al dicho Chatelard, que afirma amar el servicio de la iglesia; pero en cuanto a beneficios, se los deseo de otra clase que los de cura de almas, y espero que no le faltarán si os place seguirle favoreciendo».
Y aún hay más, pues el obispo no duda en recordar a los príncipes sus deberes cuando parecen haberlos olvidado. Con valor y nobleza admirables, suplica al duque de Nemours que no condene en su corazón, sin antes haberlos escuchado, a algunos altos personajes, y a sus hermanos, que han sido injustamente acusados ante él.«Vuestra Excelencia ha recibido acusaciones contra estos pobres afligidos y contra mis hermanos. Si se ha limitado a escuchar las acusaciones, ha hecho bien. Pero si las ha aceptado en su co-razón, me tendrá que perdonar que, siendo además de su humilde servidor, su afectísimo aunque indigno Pastor, le diga que ha ofendido a Dios y está obligado a arrepentirse, incluso aunque tales acusaciones fueran ciertas; porque ninguna palabra en perjuicio del prójimo debe ser creída antes de ser probada y no puede ser probada sin antes oír a las partes. Quienquiera que os hable de otra manera, traiciona vuestra alma».
Conoceréis vosotros mismos si os ponéis bajo la guía de un director, cuya suavidad a pesar de todo os atrae, la firmeza que se esconde bajo esa inalterable dulzura. Ya lo veis por la manera en que recomienda a sus Hijas de la Visitación que tengan energía en la conquista de las virtudes, por ejemplo, de la dulzura:
«¿Es necesario ser dulces? ¡Sin duda! Aunque la cólera perturbe mi corazón y lo desconcierte, aunque mi cabeza eche humo por todas partes, aunque mi sangre hierva como una olla puesta al fuego, no por eso dejaré de ser todo lo amable y dulce que pueda; y todas las razones que la naturaleza me presente para descargar mi ira, las estrangularé y no escucharé ni una».
He aquí lo que escribió a la superiora del monasterio de Moulins, que estaba sufriendo turbaciones espantosas:
«Nunca habéis sentido tanta pena ni tanto dolor de corazón como en esta turbación. Bendecid a Dios, permaneced humilde y animosa y no os canséis de sufrir mucho».
Mirad cuál era el espíritu en el que deseaba que se formase a las novicias:
«Inculcadles, en lo posible, a esas almas que están a vuestro cargo, un espíritu de humilde pero valiente sencillez y mucho amor a la Cruz para que sean agradables a Aquél que quiere hacerlas sus esposas» .
Quiere también que las Hermanas tengan una piedad generosa:
«He dicho a nuestra Hna. des Gouffiers que desde hoy me esforzaré en poner generosidad en
la devoción de las Hermanas y en quitarles la ternura que solemos tener para con nosotros mismos, esas sensiblerías que nos impiden la paz y nos hacen desear particularidades espirituales e interiores, que excusan nuestros enojos y halagan nuestras inclinaciones».
No le gusta que se prodiguen las dispensas: «Una obediencia muy agradable a Dios es no desear dispensas sin grave necesidad. Nuestra Señora no las pidió para que su Hijo naciera antes de tiempo, ni para hablar con Él antes de la edad en que los niños suelen hablar».
Prefiere a las penitencias corporales, las mortificaciones espirituales, que son mucho más difíciles. Cuando Jacobina Coste le pidió «licencia para prepararse y acostumbrarse a ser religiosa, ayunando a pan y agua todo el adviento y yendo descalza todo el invierno», el obispo le respondió que él desearía «que las hijas de nuestra Congregación llevasen los pies bien calzados, pero el corazón muy descalzo y desnudo de afectos terrenos; que tuviesen la cabeza bien cubierta y el espíritu bien descubierto por una perfecta sencillez y por el despojo de la propia voluntad».
Desea que se ejerciten en las necesarias renuncias, procurando hacerlo con alegría: «Sed siempre fiel a Dios y a vuestra alma. Corregíos siempre de algo, pero no lo hagáis a la fuerza; tratad de hacerlo con gusto, como hacen los amantes del campo, cuando podan los árboles de sus huertos».
Al poco de conocerse, escribe a la Chantal: «Cuánto deseo vuestro consuelo, mi querida hija; lo deseo, por supuesto, si es la voluntad de su divina Majestad, porque si Él os quiere en la cruz, yo lo acepto. Y vos también, mi querida hija, ¿no es verdad? Estoy seguro. ¿Acaso no están las cruces de Dios llenas de dulzura y consuelos? Sí, con tal de morir en ellas, como hizo el Salvador. ¡Animo, hija!, muramos en la Cruz si es necesario» .
A la baronesa no le faltaron las penas, y ella sentía, sin duda, alivio al contarlas. En una carta a ella dirigida, el obispo le dice:
«Acabo de interceder por vos ante nuestro Señor, en la santa Misa, mi queridísima hija, pero no me he atrevido a pedirle que os libere totalmente, pues si le place desollar la ofrenda que se le presenta, no seré yo quien desee que no lo haga… Haréis muy bien en mirar únicamente a nuestro Señor crucificado y declararle vuestro amor y vuestra total resignación, por seca, árida e insensible que ésta sea, sin deteneros a considerar y examinar vuestra pena, ni siquiera para contármela a mí».
Probad a poner en práctica la abnegación que supone el ejercer las virtudes que serenamente enumera en un breve párrafo del Tratado del amor de Dios: «La condescendencia con los caprichos de los demás; el soportar actuaciones y modales de mala educación del prójimo; las victorias sobre nuestros propios malos humores y pasiones; el renunciar a nuestras pequeñas inclinaciones; el esfuerzo contra nuestras antipatías y repugnancias; la confesión dulce y cordial de nuestras imperfecciones; el esfuerzo continuo por mantenernos ecuánimes; el amor a nuestra pequeñez; la benigna y amable acogida que hacemos cuando se nos desprecia y se censura nuestro modo de ser, nuestra vida, nuestro trato, nuestras acciones… todo esto es más fructífero para uestra al ma de lo que pensamos, siempre que vaya acompañado del amor celestial».
Si sois dóciles, el obispo de Ginebra os conducirá suavemente a la más alta santidad, sin tropiezos ni perder el aliento jamás, por el total renunciamiento.«¿No os había anunciado, hija mía, que os iba a despojar de todo?». Y santa Juana de Chantal respondía: «¡Oh, Dios mío!, ¡qué fácil es dejar todo lo que nos rodea externamente!; pero, despojarnos de la propia piel, de la carne, de los huesos y penetrar hasta lo íntimo de la médula, que lo que hemos hecho, es algo tan grande y difícil que es imposible sin la gracia de Dios».Sólo en el cielo se conocerá la multitud de almas que san Francisco de Sales ha ganado para Dios, conduciéndolas por esos ‘caminos floridos’ al fervor, e incluso hasta la perfección de la vida cristiana y al heroísmo de la santidad.
Esta «dulzura incomparable con la cual, sin violencia alguna, sometía todo a su voluntad». Admiraba a su amigo el obispo de Belley. Este decía un día a otro santo prelado, refiriéndose al de Ginebra: «Hace lo que quiere y de una manera tan suave pero a la vez tan firme, que nada se le resiste. Caen mil a su izquierda y diez mil a su derecha. Todo cede a su persuasión; logra el objetivo que se propone, con dulzura y tenacidad; diríais que apenas toca un asunto y ya está concluido.» El otro le respondió: «Es esa misma dulzura la que le hace tan poderoso»¿Cómo resistir, ciertamente, ante el encanto seductor de una virtud tan amable? San Francisco de Sales lo sabía bien. Por eso, solía decir que «se atraen más moscas con una cucharada de miel que con cien barriles de vinagre» y que «si el espíritu humano se rebela contra el rigor, mediante la suavidad se pliega a todo».Y resumía así sus experiencias: «Bienaventurados los mansos porque poseerán la tierra, o, lo que es lo mismo, serán dueños de los corazones y todas las voluntades estarán en sus manos».
Leed, en último término, otra admirable carta, de la misma época y para la misma destinataria, y convendremos en que no tiene nada de ñoña esa «compasión dulce y suave» que sabe encontrar tales acentos para cantar la inmolación de la esposa que Cristo asocia a su Cruz:
«La verdad es que os tengo compasión, pero una compasión dulce y suave, dada la esperanza que me embarga de ver renovada vuestra juventud por estas aflicciones interiores. Sabéis que no se ofrecía ningún sacrificio de la antigua Ley, sin que la víctima fuese desollada. Así, vuestro corazón tiene que ser desollado vivo para ser ofrecido en holocausto viviente a nuestro Dios. Hay que resignarse y renunciar a consuelos externos e internos, del cuerpo y del corazón: ¿qué puede importarnos todo eso, con tal de que Dios nos ame? Y nos ama, mientras que en lo más profundo del alma nos agarremos a Él. ¡Animo, hija mía! Este viento tempestuoso nos conducirá a buen puerto. Adiós, querida hija; os digo que seáis toda de Dios, en cuerpo, alma y corazón. Él se ha hecho todo nuestro: su cuerpo, en cruz; su corazón, en angustias; su alma, en tristeza y todo lo que había en Él. Aceptó sufrirlo todo para unirse a su esposa. ¡Dios mío! ¿se pueden acaso comparar con ésos nuestros sufrimientos? Es razonable que la esposa sufra algo para testimoniar sus recíprocos amores y unirse a su Esposo. Jesucristo está en la cruz; el que quiera besarle tendrá que subir a ella y lastimarse con las espinas de su corona». El obispo sabe que «la Cruz es la puerta real para entrar en el templo de la santidad y el que la busque por otra parte no hallará ni una brizna de ella». Por eso, escribe:
«Hay que permanecer constante y firme junto a la cruz, incluso en la cruz, si Dios quiere que estemos en ella. Dichosos los crucificados porque serán glorificados».’
Y juzga «vano y vil» al corazón «que hace su nido en árbol distinto al de la cruz»
Se podría extraer de su correspondencia una serie de pensamientos semejantes, de una exigencia tal que impresiona mucho.
«Las virtudes que crecen en la prosperidad suelen ser débiles e inconsistentes, y las que han nacido entre aflicciones son fuertes y firmes. Como se suele decir, «los mejores vinos crecen entre las piedras».
«El bien que se hace sin dificultad no parece ser de la misma especie que el bien de los antiguos cristianos».
«Sin embargo, es seguro que esa buena obra”‘ no se hará sin algunas contradicciones, pues sin ellas, no sería buena ».
«Las tribulaciones no serían tribulaciones si no afligieran y los servidores de Dios no están libres de ellas, porque la felicidad les está reservada para la vida futura». «Las tribulaciones son más preciosas que el oro y que el descanso, para las almas que Dios ha escogido» .«En resumen: siempre será cierto que los que aspiran a tener parte con Jesús glorificado, deberán antes tenerla con Jesús crucificado».
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