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Timestamp: 2019-03-21 05:44:01+00:00

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Distrito Forestal - Primitivo Artigas y Teixidor
Pero la gran labor en selvicultura de Artigas fue muy amplia. Se preocupó por la explotación sostenible de los alcornocales, buscando mejorar la producción en cantidad y calidad del corcho con la divulgación de las técnicas adecuadas en muchísimas publicaciones desde libros a folletos divulgativos. En este sentido al dirigir los folletos a los propietarios de los alcornocales, también fue pionero de la divulgación forestal, que es tanto como decir la extensión agraria y la educación medio ambiental.
Su preocupación por la fijación de las dunas litorales le llevó a interesarse por los trabajos hechos en Francia con esa finalidad. En 1883 como profesor de selvicultura organizó un viaje con sus alumnos para comprobar el estado y evolución de las dunas del golfo de Rosas. Tras ese viaje elaboró un memorándum, publicado en 1885, dirigido al Ministerio de Fomento titulado "Memoria relativa a la excursión verificada por los alumnos de tercer año de la Escuela Especial de Ingenieros de Montes a los montes públicos, dunas y alcornocales de la provincia de Gerona" en que se exponía la grave situación y las soluciones posibles. El merándum fue atendido y en 1894 dieron comienzo los trabajos de corrección de las dunas.
Hombre polifacético, fue también uno de los pioneros en el estudio de la biología y métodos de control de las plagas forestales con sus estudios sobre las defoliaciones en los alcornocales gerundenses provocadas por la lagarta peluda (Lymantria dispar L.) y mostró sus interés por las relaciones entre la superficie de los montes y su importancia para la salud pública.
Fue un socio muy activo de la Sociedad Española de Historia Natural, figurando en su directiva muchas veces y fue su presidente durante 1899.
Pero además de su gran labor técnica, Artigas fue un publicista y polemista defensor de los montes que no escatimó las críticas al gobierno que fuere y en la publicación que se pudiera. Al igual que Laguna fue colaborador de la revista Montes y Plantíos, que había fundado el periodista Cobeño a fin de criticar las insuficiencias de la política agraria y forestal de los gobiernos de la Restauración. Unas veces publicando con su nombre, otras sin firmarlos y otras con el pseudónimo “Un forestal”, por lo que podemos considerarle un precursor de los movimientos regeneracionistas que a partir de 1898 se extendieron por España. Tal vez por ese motivo resultara molesto y nunca recibió ninguna distinción ni condecoración, salvo la de ser presidente de la Sociedad Española de Historia Natural que era asunto que no dependía de ningún gobierno sino de los socios de la entidad.
Está pendiente por hacer el estudio que recopile los artículos de Artigas críticos con la política forestal existente en su tiempo. Pero hemos podido ofrecer una recopilación de sus publicaciones profesionales que, posiblemente no estará completa.
Hemos reproducido su artículo Economías en el Ramo de Montes, publicado en la revista El Europeo, que, escrito a finales de 1875, es de rabiosa actualidad. En el artículo repasa las actuaciones de los gobiernos de los diez años anteriores, desde que la crisis económica de 1866 azotó el país. Entre 1866 y 1875 se habían sucedido el final del reinado de Isabel II, el reinado de Amadeo de Saboya, la Primera República y el inicio de los gobiernos de la Restauración, y todos los gobiernos habían tenido algo en común, y es que, debido a la crisis económica, habían reducido las plantillas del servicio forestal y reducido las inversiones en montes hasta ser menos que simbólicas. Ambas cosas nos suenan como actuales. Destaca que en 1875 el ratio de ingenieros y técnicos para la gestión forestal en Alemania estaba en uno cada 1.200 ha aproximadamente mientras que si alcanzáramos hoy en España ese ratio, que en Alemania había hace 170 años, las plantillas de técnicos de las Comunidades Autónomas, que son las administraciones que tienen las competencias en la gestión forestal, con ese ratio, ya que hay más de 18 millones de hectáreas arboladas en España, deberían sextuplicarse por lo menos.
Además en aquellos años se había hecho un cambio en los planes de estudios de las ingenierías que, sin ningún criterio razonable, hacia empeorar la formación en las escuelas de los ingenieros de España, entre ellas las de Montes. Otra cuestión que tras el Plan Bolonia también está de plena y rabiosa actualidad. Respecto a las inversiones se han reducido a menos del 30% de las que había antes de la crisis en toda España. Qué triste comprobar que la reacción de las administraciones en España en 170 años no ha cambiado nada y se siguen haciendo economías en el ramo de montes en cuanto llega una crisis.
PUBLICACIONES TÉCNICAS DE D. PRIMITIVO ARTIGAS
• 1875. El alcornoque y la industria taponera. Madrid. Imp M. Tello.
• 1875. Bosquejo relativo a las dunas procedentes del Golfo de Rosas. Revista Forestal.
• 1877. Inundaciones y repoblación de montañas. Revista de Montes. Vol. 1, pp. 418-425.
• 1878. Breves apuntes sobre repoblación y encespedamiento de montañas. Revista de Montes. Vol. 11, pp. 225-228.
• 1879. Cuatro palabras sobre los alcornocales de Cataluña. Revista de Montes. Vol. III, p. 330.
• 1880. Bosquejo forestal de los alrededores de Bagur. Gerona. Revista de Montes. Vol. IV, p. 145 Yss.
• 1881. Reseña crítica la obra intitulada”Le cheneliege en Algerie de M.A. Lamey”
• 1881. Los torrentes de Barcelonnette (Bajos Alpes). Madrid. Imp. Moreno y Rojas, pp. l-16.
• 1882. La enseñanza forestal en Francia. Revista de Montes. Vol. VI, p. 269 Yss.
• 1883. Breve reseña crítica relativa a la obra intitulada “Nota sobre los alcornocales y la industria corchera de la Argelia” por D. José Jordana y Morera
• 1885. La repoblación de los montes y las obras públicas en Francia. Revista de Montes. Vol. IX, pp.105-109.
• 1885. Memoria relativa a la excursión forestal a la provincia de Gerona en 1882. Madrid. Imp. Moreno y Rojas, pp. 1-132.
• 1886. La Fiesta del Ramío en Torroella de Montgrí
• 1886. El cólera y los montes. Revista de Montes. Vol. X, pp. 183-185.
• 1887. Las dunas de Torroella de Montgrí. Revista de Montes.
• 1888. Noticias sobre el alcornoque y la industria corchera. Revista de Montes. Vol. XII, pp. 282-291, 345-349, 362-370 y 383-389. ~
• 1888. El corcho. Revista de Montes.
• 1888. Repoblación de las cabeceras de las cuencas hidrológicas. Revista de Montes.
• 1888 Observaciones sobre la plaga de Ocneria dispar L. Anales de la Sociedad Española de Historia Natural (Actas). XVIII, p. 79. Madrid.
• 1888 Plaga de orugas en los alcornocales del Bajo Ampurdán. La Publicidad 1888.10.11. Barcelona.
• 1889. Dunas procedentes del Golfo de Rosas. Revista de Montes.
• 1890. Selvicultura o cría y cultivo de los montes. Madrid.
• 1894 La lagarta de los encinares y alcornocales. Revista de Montes, p. 209.
• 1895. Alcornocales e industria corchera. Madrid.1895, 1907.
• 1897. Las dunas del Golfo de Rosas. Revista de Montes.
• 1901. Trabajos hidrológico forestales
• 1902. Noticia necrológica de D. Máximo Laguna Villanueva
REVISTA EUROPEA. 12 DE DICIEMBRE DE 1875. N. 94
ECONOMÍAS EN EL RAMO DE MONTES.
Ardua empresa fue siempre para los publicistas antiguos y modernos, extranjeros y españoles, armonizar, con benéficos resultados para las naciones, las tendencias tan opuestas y contradictorias que, con la mayor decisión, sostienen respetabilísimas autoridades de las diversas escuelas económicas, ya considerando unos al individuo como el único puerto de salvación para la propiedad montuosa y al Estado como el azote más poderoso contra el fomento del arbolado forestal, ya invirtiendo los términos y procurando demostrar otros que el segundo es la única áncora bienhechora de los terrenos forestales, y el interés individual impotente para dar vida a este ramo tan interesante de la riqueza pública, o ya, por último, defendiendo otros, principios conciliatorios entre los dos extremos, sentando como base la intervención más o menos directa del Estado, sea que los montes le pertenezcan o estén en poder de otras corporaciones o de particulares. No es este el lugar de discutir tales sistemas, de suyo siempre espinosos y llenos de triste recordación al traer a la memoria las perniciosas consecuencias de las doctrinas individualistas en materia forestal, cuando no se admiten o no se conocen las razones que hacen de los montes una propiedad de carácter algo distinto de las demás. Estúdiense las leyes de crecimiento de los rodales de monte alto; fíjese en las diversas clases de productos que rinden en el tiempo de su elaboración y en el interés que aquel da; tómese la grata molestia (y permítaseme la frase) de examinar la influencia del arbolado en el clima, regularizando las lluvias y la temperatura, el curso de las aguas en la superficie e interior de los terrenos, dando vida a los animales y a las plantas, y entonces se pondrá de manifiesto la edificante verdad del principio que ha poco hemos apuntado. Presentando la propiedad forestal algunas diferencias respecto a las demás, no podemos aplicarle los principios exclusivos y generales de otra distinta. El principio, por algunos absoluto, «el Estado no debe ser propietario» no puede referirse a la relativa a nuestro objeto, al tratarse de montes altos o que den productos maderables, por cuanto al individuo no le tiene cuenta, atendiendo al corto interés que saca del capital, el crear ni conservar unas existencias de las que pudiera, realizándolas, obtener mejores beneficios pecuniarios; en su consecuencia, como se disminuiría la producción de los montes altos desde el momento que se entregara dichos predios al interés privado, y el principio expuesto se funda precisamente en el mayor aumento sufrido por la riqueza al trasmitirla al particular, no puede, en manera alguna, tener aplicación al presente caso. En vista de esas ligeras indicaciones, podemos ya emitir nuestra humilde opinión de que el poder central de la nación debe intervenir, en representación de ésta, en la creación, conservación y fomento de los montes públicos, en concepto de prestar un servicio de interés general, tanto por la producción de maderas, como por la influencia del arbolado en el clima y en los terrenos agrícolas. De ahí la necesidad de un personal facultativo y administrativo para llevar a cabo un servicio de tan vital interés. Que estos funcionarios deben reunir especiales condiciones de aptitud y moralidad, no hay para qué recordarlo. Los difíciles y complicados problemas dasonómicos exigen para su resolución profundos conocimientos en la materia, que sólo se alcanzan con maduro y continuado estudio; así lo reconocen las naciones más adelantadas de ambos hemisferios. Alemania, Suiza, Francia, Inglaterra, los Estados Unidos de América y aun de España no ponen en tela de juicio semejante verdad; sin embargo, refiriéndonos a nuestra heroica cuanto desgraciada patria, no podemos vislumbrar horizontes tan halagüeños como en las primeras, dada la servil actitud de algunas inteligencias privilegiadas, que ignoran o pretenden ignorar las verdades más triviales, a favor de un ramo y de un personal a él afecto, de necesidad suma para el Erario público y el bien común.
Sentida por el gobierno en 1833 la necesidad de establecer o prescribir algunas reglas encaminadas a fomentar la riqueza forestal, se dictaron las ordenanzas de 22 de Diciembre, que organizaban cierto personal encargado de cumplimentar las disposiciones contenidas en sus varios títulos. Aumentando la necesidad de velar más y más por la conservación del arbolado, sujetando su cultivo y aprovechamiento a los verdaderos principios científicos, se creó un personal a quien se le exigía mayores condiciones de actitud, los selvicultores, de que habla el Real decreto de 18 de Noviembre de 1846 expedido por el ministro de la Gobernación de la Península, estableciendo la Escuela Especial de Selvicultura y la creación, por Real decreto de 17 de Marzo de 18S4, del Cuerpo de Ingenieros de montes, debiendo constar en su totalidad únicamente de 45 individuos. Por análoga disposición de 12 de Junio de 1859, suprimiéronse los comisarios o ingenieros delegados, y se formaron los distritos forestales por provincias, a cuyo frente debía estar un ingeniero de montes. Por este tiempo se consideraban necesarios para atender al ramo de que nos venimos ocupando 238 individuos, como lo había decretado el Gobierno en 16 de Marzo del mismo año. Paulatinamente se iba formando una institución administrativo-facultativa que debía ser un dique poderoso a los torrentes desamortizadores, evitando la completa ruina de una gran parte de la riqueza nacional, tan codiciada y combatida por el espíritu individualista del siglo.
La ley de montes de 24 de Mayo de 1863 y el reglamento de 17 de Mayo de 1865 para la ejecución de la misma, fijaron a los ingenieros del ramo ciertas atribuciones de que debían estar revestidos en armonía con la naturaleza de los estudios verificados en la Escuela especial establecida en Villaviciosa de Odón, y consecuencia éstos del objeto de su fundación. Por dichas disposiciones y su complementario el reglamento orgánico del cuerpo de 23 de Junio de 1865, quedaba muy detallada y concreta la misión de los referidos funcionarios, y a poco que se fije la atención en las múltiples y variadas cuestiones técnicas que entraña el cumplimiento de la ley y reglamentos indicados, se echa de ver el gran vacío que existía entonces en el número de individuos del ramo y los grandes perjuicios que indudablemente irrogaría al Estado el haber desatendido de un modo tan manifiesto y por tanto tiempo una cuestión, no diré social, pero sí nacional, de sumo interés. Las consecuencias de una desidia tan palmaria, fueron por demás calamitosas y denigrantes. España, privilegiada por sus frondosos montes de superior madera para las construcciones civiles y navales, ha visto desaparecer, en este siglo solamente, vastísimos montes bajo la malevolencia, ya pública, ya privada, y para satisfacer a veces el capricho de un cacique ávido de obtener el vasallaje de un pueblo. ¡Cuánto material pudiéramos sacar de la memoria si fuera nuestro objeto ilustrar enteramente esta cuestión! Pero no, tiempo queda y lugar más oportuno para hacer luz sobre hechos, olvidados hoy, para recordar mañana.
Llegamos al 19 de Agosto de 1866, y con asombro de cuantos saben apreciar en algo la importancia de la riqueza forestal y conocían la organización del Cuerpo de Montes y las disposiciones ya referidas de 1863 y 1865, apareció una Real orden, cuyo primer artículo es como sigue:
«Los Cuerpos de Ingenieros de Caminos, Minas y Montes se considerarán cerrados con el personal de que constan en el dia y con el que llegue a ingresar en ellos de los alumnos que se hallen cursando en la actualidad en sus respectivas escuelas.» ¡Los caminos, las minas y los montes están de enhorabuena! Con los individuos que existían en los tres Cuerpos y los alumnos de la Escuela que ingresaran en ellos, están atendidos holgadamente los tres ramos indicados; el servicio está completo: sin embargo, en el artículo 3." del mismo decreto prevé el Gobierno el caso de necesitar mayor personal, y dice que lo elegirá de los ingenieros salidos de las respectivas escuelas especiales; pero ¿no comprendía el Gobierno que estos centros de enseñanza no podrían facilitar al Estado el número de ingenieros reclamados por un aumento de servicio o para completar bajas en los mismos, cuando aquel los pidiese, puesto que el seguir una carrera tan costosa exige condiciones de seguridad o inmediato lucro, mucho más en la de ingeniero de montes? Si el principal objeto de semejante reforma era debido, según se desprende del preámbulo que precede a la Real orden, a concurrir eficazmente al crónico sistema español de las economías, pudieran haberse conseguido estas por otros medios mucho más lógicos y en armonía con aquellos tiempos, fijando un reducido número de alumnos como ingreso en las escuelas. Desde aquella memorable y aciaga fecha recibió el Cuerpo de Montes, en unión de los de Caminos y Minas, el primero y más trascendental golpe de gracia, cuyos tristes resultados no se hicieron esperar. Por grandes que sean nuestras simpatías para con los respetabilísimos Cuerpos de ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, y de ingenieros de Minas, no me haré cargo hoy por hoy de las reformas que han corrido parejas con el de Montes, ya por haberse ocupado ventajosamente y de un modo muy honrosísimo para ellos personas de gran competencia en el asunto, y ya también porque nos alejaríamos demasiado del círculo en que pretendemos encerrar esta breve reseña crítica que escribimos en oposición al espíritu desamortizador que en un momento dado podría aniquilar un capital secular que arrostraría en pos de sí la miseria y desolación de dilatadas comarcas, cuyo peligro debe conjurarse á tiempo, si no quiere el país llorar más tarde o más temprano los desaciertos de hoy. No llegaba el Cuerpo a 80 ingenieros de los 238 de que debía constar, según el decreto de 16 de Marzo de 1859, y vióse acosado ya por el desastroso cáncer de las fascinadoras economías. El número de alumnos disminuyó notablemente desde aquella fecha en la Escuela, viéndose concurrida entonces por unos 50, poco más o menos, cuando hoy, gracias a esta y otras reformas posteriores, no cuenta la cuarta parte. Las economías no dieron tampoco el resultado apetecido. Cuando se suprimen gastos reproductivos suelen trocarse los papeles; esto tuvo lugar con el planteamiento de dicha disposición, según veremos más adelante.
Vino la revolución con el 29 de Setiembre de 1868, y una de las primeras disposiciones relativas al ramo de Montes fue reducir a tres los cuatro años que debían cursar los alumnos en la Escuela, con notable perjuicio para la enseñanza, según se viene confirmando desde aquella fecha.
Las atenciones del servicio, cada vez más numerosas y delicadas, han hecho ingresar en el Cuerpo a cuantos alumnos han terminado hasta la fecha sus estudios en la Escuela especial del ramo. ¡Prueba evidente del error cometido al cerrarlo en el año de 1866!
En el diario oficial de 2 de Setiembre de 1871 apareció un decreto del día anterior, reduciendo a 80 ingenieros en activo el número de 154 que formaban el Cuerpo, fundada esta disposición en la necesidad de introducir economías en el servicio, en cumplimiento de la ley de 27 de Julio del propio año. Se lee en el preámbulo del decreto: «no es de temer que los importantes servicios que a dichos Cuerpos están confiados (se refiere a los de Montes y Minas) dejen de llenarse con la misma exactitud que hasta aquí, porque los ingenieros que hayan de ocupar plaza efectiva en el cuadro del Cuerpo redoblarán sus esfuerzos para conseguir tan importante objeto...» ¡Vano e ilusorio presentimiento del ministro, que tan de ligero parece haberse ocupado de una cuestión tan vital! Si aun con los 154 ingenieros, ocupándose muchas veces en actos del servicio propios de sus subalternos y en horas robadas a sus quehaceres particulares o al sueño, no podía llevarse el servicio cual dispone la legislación del ramo y las necesidades del país, ¿cómo, reducido el personal superior a 80 individuos, podrían acudir con oportunidad a todas partes, aun cuando cuadruplicaran su actividad, su inteligencia, y, a ser posible, hasta sus brazos? Imposible nos parece que en las columnas del diario oficial, do se vislumbra y se aprecia la civilización, cultura y adelantos de un país, hayamos leído semejantes elucubraciones. Si el ministro hubiese expuesto desapasionadamente los hechos, sin género alguno de paliativo, tomando causa del pie forzado sobre reducción de gastos a 600 millones de pesetas, y hubiese dicho que no podía llenarse el servicio con regularidad atendida esa economía, entonces hubiera merecido un voto de confianza en sus propósitos, en vez de la intencionada sonrisa que, sin querer, asomaba a muchos labios en vista de una confesión tan especiosa. Campeones forestales, desde uno de los centros administrativos no vacilamos un momento en afirmar pública y privadamente , en el terreno particular y oficial, que una medida de tamaña importancia debía producir irreparables y gravísimos trastornos al ramo, y, como consecuencia, grandes pérdidas a los intereses generales del país; más tarde, tuvimos la honda pena de ver confirmadas, y con exceso, por el mismo ministerio nuestros fatales pronósticos, esto es: que las prometidas economías dieron por resultado una disminución tan grande en los ingresos, que aumentaban en una cantidad muy elevada el déficit que se. intentaba saldar: léase, si no, el decreto expedido por aquel departamento en 17 de Enero de! año siguiente, y se verá confirmado nuestro aserto. En aquella disposición se dice lo siguiente: «Por otra parte, sería aventurado afirmar que el exiguo personal facultativo que se halla encargado actualmente de la dirección de los montes públicos logre jamás regirlos y administrarlos como su importancia aconseja, ya se miren como objeto de renta, bien, con más acierto, como uno de los más preferentes servicios del Estado.»
«Un ingeniero y un ayudante en cada provincia tienen a su cargo una extensión media de 170.000 hectáreas de monte; no pueden vigilar la guardería... (sigue luego); se agotan sus fuerzas para contener los daños, que alcanzan una cifra aterradora, dos millones de pesetas en un año; y de aquí resulta, señor, que los vínculos de la disciplina del personal subalterno se han relajado, los disfrutes de los productos en este período del otoño y el invierno han sufrido un descenso cinco veces menor que la cantidad economizada... A su estudio se ha dedicado (el ministro) asiduamente, y por fortuna, sin aumentar, antes bien, disminuyendo todavía en 3.375 pesetas la cifra de las economías acordadas por V. M. en el decreto do 1." de Setiembre último con respecto al servicio de los montes, pueden evitarse muchos males y entrar de firme en el buen camino de la verdadera economía, que consiste también, en este género de riqueza, en el aumento constante, ordenado y progresivo de la producción, ya ampliando directamente los recursos que ofrece la, ciencia, bien empleando los que promete la estricta observancia de las reglas de buena policía.»
Más verdad en menos palabras no es posible; estamos en un todo conformes con los anteriores conceptos, omitidos, al parecer, con la mayor sinceridad. A tanto dio origen el malhadado decreto de 1° de Setiembre de 1871. No podía el nuevo ministro llevar más allá sus buenos deseos en la verdadera gestión forestal, debiendo sujetarse a no traspasar la exigua cifra que, para gastos del personal de montes, estaba fijada por la ley de 27 de Julio; de lo contrario, otra indudablemente hubiera sido la reforma del ramo, evitándose el disgusto de suprimir una gran parte del personal subalterno para dar cabida a todo el de ingenieros, como más útil y necesario.
Digno es en verdad de elogio el ministro que, a lo anteriormente manifestado, añade la profesión del principio relativo a la residencia del personal facultativo dentro de las principales zonas montuosas; mas no nos parecía oportuno que se estableciera aquella reforma en circunstancias tan precarias para el Tesoro y do la autoridad estaba poco monos que anulada, principalmente intervenir para el restablecimiento del orden a consecuencia de las continuas contravenciones en los predios forestales. El tiempo vino en apoyo de las ideas sustentadas por nosotros, teniendo sólo aplicación dicho principio en un reducidísimo número de distritos, de lo cual no pudimos menos de felicitarnos por las tristes consecuencias que indudablemente hubieran tenido lugar si se llevaba a cabo en la Península sin ir acompañada esta reforma de otras indispensables que permitieran disponer a todos los ingenieros subalternos de mayor material y personal.
En Octubre de 1872 presentáronse en las Cortes los presupuestos para el ejercicio económico de 1872 a 1873, y de nuevo aparecen las excedencias en el ramo de Montes, fijándose en 106 el número de los ingenieros permanentes, y en 52, el de los excedentes, cuyos últimos debían (al parecer y según averiguamos oficiosamente) pasar a las órdenes del ministerio de Hacienda, para intervenir en la formación de un catálogo de Montes públicos reservables y vendibles, y conservar y aprovechar estos últimos hasta su enajenación, lo cual se deduce igualmente del artículo 9." del presupuesto de Ley de Montes presentado con fecha 5 de Noviembre último en el Senado por el ministro autor del arreglo verificado en el personal del ramo. Dicho funcionario consideraba necesarios, en su consecuencia, a todos los ingenieros del Cuerpo para desempeñar con el mayor acierto y actividad posibles un servicio tan importante; y lo prueba más y más el número de cuatro inspectores generales de segunda clase, igual al de excedentes, que figuran en el artículo 9." de la mencionada Ley, quienes, unidos a la Junta superior de ventas, debían entenderse en las consultas y propuestas que les hiciese el personal de los distritos. No existía, pues, para el Estado economía alguna, por cuanto el sueldo e indemnización de los excedentes se completaba por Hacienda; podrían resultar ventajas o perjuicios para los intereses generales de la nación si se hubiese llevado al terreno de la práctica una modificación de esta índole, mas el gasto total para el cuerpo de Montes no se alteraba.
No le cupo la suerte o desgracia al ministro que tanto celo mostró en el arreglo del ramo forestal ver realizados íntegramente sus planes por su sucesor. Acontecimientos varios, de diversa índole y más o menos trascendentales todos, obligaron al poder legislativo a confeccionar leyes, y por fin tocó el turno al presupuesto de Fomento; y en una cuestión vital, de tanto interés y de trascendencia tanta, cual es la que nos ocupamos, apenas consagró una media hora escasa, aprobando lo aceptado por la comisión, de la que, si bien no tenemos datos para dudar de su celo, laboriosidad e inteligencia en el asunto, sin embargo no estamos convencidos de que todos sus individuos lo trataran con ánimo desapasionado y tranquilo, en vista del resultado de las varias gestiones oficiosas hechas, al parecer, para dirigir las reformas por distinto camino, y que creíamos ser más adecuado al espíritu de las verdaderas economías y menos expuesto a producir en cierta esfera disensiones que considerábamos inminentes, si no se hubiese atajado con prontitud y eficacia el mal. Si dolorosa fue la impresión que nos causaron las excedencias, por las grandes pérdidas que indudablemente creímos que sufriría el Tesoro público y el municipal, y en general los intereses nacionales, mucho más lo fue el ver la desigualdad que creaba entre las clases de activos y excedentes: los hechos son a veces más elocuentes que las palabras, y en este caso, tanto por consideraciones ajenas, como propias, creímos oportuno abstenernos de comentarios, dejando que, el tiempo diera a conocer el éxito de la innovación. La plantilla del personal activo de ingenieros de montes contaba, con arreglo al capítulo 5.°, artículo 2." de la dirección de Agricultura, Industria y Comercio, de un inspector general de primera clase, cuatro idem de segunda clase, 30 ingenieros jefes de primera clase, 20 idem de segunda clase, 25 ingenieros primeros, 17 idem segundos y seis aspirantes primeros; resultando excedentes un inspector general de primera clase, seis idem de segunda clase, un ingeniero jefe de primera clase, 10 ingenieros jefes de segunda clase, 18 ingenieros primeros y 23 ingenieros segundos; pero descontando de esta clase (excedentes) los que por servir destinos en otros ramos de la administración, o por haber ingresado en plantilla por ausencia de otros que debían figurar en ella, cobraban todo el sueldo, quedaban de hecho en verdadero estado de excedencia o espectación de destino, y a medio sueldo, uno o dos ingenieros jefes de segunda clase, 11 ingenieros primeros y 21 ingenieros segundos; total, unos 34 ingenieros, ¡la inmensa mayoría de las clases inferiores! 'La economía por este concepto se redujo a unas 89.250 pesetas; ¡vergonzosa cifra que debía representar en los intereses del país una pérdida o disminución de ingenieros por lo menos ocho o diez veces mayor! ¡Qué lastimoso estado el de la gestión forestal! ¡Con cuánta razón nos sonrojábamos ante la vecina República, tan celosa en la repoblación, cultivo y aprovechamiento de sus montes!
Como consecuencia de la ley de presupuestos de 28 de Febrero de 1873, tuvieron que distribuirse y sujetarse los distritos al número de ingenieros-jefes en activo, expidiéndose en su virtud por el ministerio del ramo, en 21 de Marzo de 1873, un decreto, por el cual se hacía nueva división forestal de la Península e islas adyacentes, consignando además la dotación del personal administrativo-facultativo superior en cada uno de ellos, principio altamente justo, equitativo y oportuno, a fin de evitar las anomalías y perniciosos abusos que traía consigo la facultad discrecional en la dirección del ramo en materia tan importante, desapareciendo con esto la anomalía de ver al frente de un distrito de la mayor importancia forestal sólo a un ingeniero de la clase de primeros o segundos, como sucedió por largo tiempo en el de Segovia, y otros cinco individuos en alguno de última fila, como pasó en el de Tarragona.
En el art. 10 del referido decreto se hablaba de los ingenieros excedentes que pasasen a Hacienda, prueba evidente de que existía todavía acuerdo oficioso, si no oficial, entre ambos ministerios sobre la conveniencia de que los ingenieros de esta clase continuaran al servicio del Estado, y, por consiguiente, cuanto más pronto se realizase su ingreso en activo, menos debieran ser los perjuicios irrogados al mismo con una medida altamente contraria a las verdaderas leyes económicas. Abrigábamos la íntima confianza de que los entonces ministros de Fomento y Hacienda, cuyos vastos conocimientos en la materia eran de todos conocidos, sabrían, inspirándose en la rectitud e imparcialidad que les caracterizaba, escogitar los medios más convenientes para que no se hubiese prolongado una situación, en los individuos excedentes, anómala bajo todos conceptos y germen poderoso de abatimiento y abandono en el servicio del ramo.
Si España no quiere llorar sobre sus ruinas su propia destrucción, cesen los maquiavélicos y egoístas rencores de partido, cálmense las inficionantes pasiones, aúnense todas las fuerzas de un ramo para dar vida e imprimir valerosa marcha a la producción, sepárese definitivamente la política de la administración, y, aleccionados con la experiencia de otras naciones y echando una mirada retrospectiva a la nuestra, establézcase definitivamente y con ánimo resuelto y decidido un plan forestal que nos asegure: maderas para las construcciones civiles y navales y para ciertas industrias; benéficas lluvias y continua alimentación de los ríos en provecho de la agricultura, industrias varias y de la navegación fluvial; la disminución de esas grandes sequías, azote de los cereales, árboles frutales, y principalmente de las plantas de verano; y, por fin, que nos evite esas poderosas é imponentes avenidas, cuyas funestísimas consecuencias lloran todavía Alcira, Almería, Zaragoza, Gerona y otros puntos de la Península.
La escasez de productos leñosos preocupa hoy día a todas las naciones de Europa y a muchas de las Américas. Los Estados-Unidos del nuevo continente, ocupados en destruir montes para colonizar el país y satisfacer las demandas de las construcciones civiles y navales y de la industria, agotan por momentos sus existencias: a este paso, y si no se piensa en una repoblación inmediata, dentro de medio siglo no podrá indudablemente exportar madera alguna; los montes existentes apenas bastarán á satisfacer sus necesidades. Así lo han comprendido los Estados de Nebrasca, Mississipí, California, Illinois, etc., y la Sociedad agrícola de Massachussets, concediendo un premio a los propietarios que cubran de arbolado una cierta extensión de terreno. Las grandes sequías y devastadoras avenidas del Mississipí, así como la frialdad de los vientos del Oeste, coincidiendo con la desaparición del arbolado, han preocupado vivamente la opinión de aquellos habitantes, que, ante un peligro tan colosal cual sería el verse obligados a emigrar más o menos tarde del suelo patrio, no ven otro medio más eficaz y más pronto para conjurarlo que el de la repoblación de sus dilatados montes. Durante el invierno de 1871 a 1872 perecieron en el Estado de Illinois, por falta de abrigo, un número de árboles frutales cuyas pérdidas se calcularon en diez millones de francos. Europa, en vista de semejante perspectiva, no puede mirar con indiferencia la desaparición de su arbolado; aquellos seculares productos de allende los mares, venero de riqueza, necesitan largo tiempo para reaparecer, aun cuando se atendiera con urgencia a su repoblación; y he aquí por qué la previsora Alemania invierte cuantiosas sumas en la repoblación y beneficio de sus montes. En las sesiones de 17 y 19 de Diciembre de 1872 se discutió en Prusia, ante la Cámara de los diputados reunidos en Berlín, el presupuesto de la administración forestal, fijándose los ingresos en 14.540.000 thalers (un thalers vale 14,84 reales); los gastos totales en 7.562.000 thalers; los gastos del personal de montes figura por 3.065.748 thalers; el material por 4.335.852 thalers. En repoblaciones deben invertirse 850.000 thalers, y en caminos forestales 250.000. Mientras Prusia invierte en el personal de montes más de 10 millones de pesetas, invierte España poco más de un millón (1.128.135 pesetas) (nota 1). Respecto a lo consignado para gastos de material, todavía es más notable la diferencia; pues mientras en Prusia se invierten más de 4S millones de pesetas, España no llega siquiera a medio millón (128.000), dejando aparte, tanto en el personal como en el material, lo correspondiente para España a otros servicios del Cuerpo en distinto ramo, como" en la Escuela, Ultramar, Instituto geográfico, etc., que añaden una insignificante cifra a lo expresado: de aquí el que casi no sea posible repoblar siquiera una hectárea de terreno, ni levantar una mala choza para un guarda, ni abrir caminos forestales, ni, en fin, le es permitido al personal de montes poner de manifiesto, en breve plazo, los beneficios de una entendida gestión forestal, mucho más cuando por una mal entendida economía de 89.250 pesetas se expidió en época no muy lejana carta de excedencia a unos 34 individuos del Cuerpo. Alemania está disfrutando las ventajas obtenidas por una sabia administración económico-política en este ramo; España, por el contrario, sufre con resignación los perjuicios dé la falta de protección a los intereses forestales, viendo desaparecer anualmente de sus montes una cantidad de productos fraudulentos valorados, según datos oficiales, en unos dos millones y medio de pesetas, cifra mucho mayor de lo que importan los gastos de personal y material de montes reunidos.
Prusia y los países anexionados en 1866, con 2.588.220 hectáreas de montes públicos (año 1868), sostiene un cuerpo de ingenieros de montes compuesto de 900 individuos, mientras España, con mayor extensión de montes análogos (4.652.059 hectáreas), sostenía en Mayo de 1873 la exigua cifra de 123 ingenieros (no se cuentan a los individuos excedentes) (nota 2). Francia también, con menos montes públicos que España, sostiene un personal facultativo de más de 850 ingenieros. Baviera, con •1.332.167 hectáreas de montes públicos, retribuye un cuerpo de 716 individuos. En Sajonia, con 180.117 hectáreas de montes de igual clase, hay un personal de 151 individuos. En todas estas parles, gracias a la mayor protección dispensada por el Estado al desarrollo de los intereses forestales, oscila el producto líquido por hectárea desde nueve a unas 40 pesetas, mientras que en España quizás no llega a tres. Rusia, Austria, Suiza, Italia y Bélgica, y aun la misma Inglaterra, antes poco solícita para la conservación de sus montes, han llegado a comprender toda la importancia de la cuestión en materia forestal, invirtiéndose hoy día crecidas sumas en su cultivo y aprovechamiento, así como en sostener un personal facultativo que, si escaso en la última, se va formando, no obstante, a toda prisa para beneficiar los predios montuosos de sus colonias asiáticas.
En vista del ejemplo que nos ofrecen los Estados más cultos y ricos de Europa, ¿no debe estudiarse con la mayor detención y aplomo posibles un asunto que entraña un problema social que preocupa a todas las naciones? Aun cuando sean de difícil solución algunos puntos capitales en materia forestal, ¿hay causa suficiente para rehusar una discusión amplia y levantada ante la prensa y ante la tribuna? ¿No está el Gobierno en el caso de abordar enérgica y simultáneamente, pero con sinceridad o inteligencia, una reforma en armonía con las saludables y verdaderas leyes económico-forestales? Si el régimen liberal, que tanta prosperidad puede legar a las generaciones futuras beneficiando a la presente, no ha de ver defraudadas sus halagüeñas esperanzas, debe entrar de lleno en el terreno de las verdaderas economías, procurando aumentar los gastos reproductivos, esto es, cuidando de dar vida y desarrollo a los ramos productivos, cuyo resultado debe ser el aumento de los ingenieros. No es más rica la nación que menos gastos consigna en sus presupuestos.
Al escribir este ligerísimo estudio crítico sobre las economías del ramo de montes en España, no nos guía otro móvil que el de contribuir con nuestras escasas fuerzas a prestar un bien al país exponiendo con toda sinceridad y desinterés personal una de las necesidades que le afligen, y el medio eficaz en nuestra opinión de satisfacerla y combatir ventajosamente el mal; y puesto que los poderes públicos habrán de introducir en su día trascendentales reformas en todos los ramos, creemos llegada la hora de que se interese la opinión pública en materia forestal y emita más tarde su voto por medio del poder legislativo en un sentido favorable a la verdadera causa nacional.
En armonía con lo expuesto, y guiados solamente por el mejor y más desinteresado deseo, creemos de absoluta e imperiosa necesidad:
1." Que se declare abierto el Cuerpo hasta que conste por lo menos de 238 ingenieros, según el Real decreto de 16 de Marzo de 1859.
2." Que se fije en cuatro, con arreglo al art. 79 4 (como estaba antes) del reglamento do la Escuela especial del ramo de 24 de Octubre de 4870, el número de años para recibir en la misma la enseñanza teórica de la carrera.
3." Reforma de la ley de montes de 24 de Marzo de 1863 con arreglo a unas bases más científicas.
Otras reformas, si bien no tan urgentes, reclama la gestión facultativo-administrativo-forestal; pero como quiera nos proponemos seguir paso a paso la marcha que se imprima a la misma en lo sucesivo, ocasión y lugar tendremos para dedicar unas cuantas horas al estudio crítico de la cuestión y proponer lo que en nuestro concepto sea digno de ocupar las elevadas y claras inteligencias de las personas encargadas de poner a salvo los altos intereses de la sociedad española.
(1) Presupuesto de gastos del Estado correspondiente al año económico de 1872 a 1873, y que, salvo ligeras modificaciones, continuó rigiendo en el año económico de 1874 a 1875.—En el presupuesto de 1874 a 1875: Persona! de montes, 1.171.750 pesetas; material, 192.500 pesetas. Los presupuestos de 74-75 fueron aprobados por decreto de 26 de Junio de 1874.
(2) Según el escalafón del Cuerpo, publicado por la dirección general de Agricultura, Industria y Comercio en 15 de Marzo último, éste consta de 165 ingenieros, 17 de ellos supernumerarios. Recientemente han pasado a la clase de ingenieros los tres aspirantes primeros que en aquel figuran.
PRIMITIVO ARTIGAS.
Real Sitio de San Lorenzo, Octubre de 1876
(Artículo obtenido de la página Filosofía en español)

References: resolución 
 Real decreto 
 Real decreto 
 artículo 3
 artículo 9
 artículo 9
 artículo 2
 Real decreto