Source: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-26732018000300093&lng=pt&nrm=iso&tlng=es
Timestamp: 2020-01-19 23:46:15+00:00

Document:
La educación como instrumento de la cultura de paz
Education as a tool for achieving a culture of peace
Said Bahajina
a Universitar Jaume I, España. The Dialogue, Empathic Engagement & Peacebuilding (DEEP) Network.
En la actualidad necesitamos una educación para la paz, que promueva no solamente lo material y lo técnico, sino también lo humano, que sea cosmopolita y transversal y que tenga como finalidad el desarrollo humano. Educar, como se presenta en este texto, es movilizar a las personas a que sean actores y no espectadores, a que tengan pasión por la paz, a que aprendan a utilizar la fuerza de las palabras, las ideas y los sentimientos y, sobre todo, a que fomenten con sus acciones diarias las culturas de la paz. De hecho, se presenta la historia y el proceso de la cultura para la paz subrayando su vinculación con la erradicación de la pobreza, de las desigualdades entre y dentro las naciones y con la transformación pacífica de los conflictos. Si queremos la paz, debemos aprender a ser pacífilos (amantes de la paz), gente que trabaja y siembra la paz en su tierra y en la tierra de los demás.
Palabras clave: Cultura de paz; educación para la paz; pacífilos; sentimientos; sociedad civil
Nowadays, we need an education for peace that not only fosters the material and technical matters, but also the human. An education which be cosmopolitan, and cross-sectorial and addressed to the human development. Educating, as stated in this text, means put people into motion so that they are actors and not audience. People who are passionate about peace, who learn to use the power of words, ideas and feelings. And above all, people who promote the cultures of peace through their daily actions. In fact, the history and process of the culture for peace highlights the link with the eradication of poverty, of inequalities both among and within nations, as well as through the peaceful transformation of conflicts. If we want peace, we must learn to be peace-loving -people that work and spread peace in their land and in others’.
Keywords: Culture of peace; civil society; feelings; peace education; peaceloving
En un mundo cada vez más heterogéneo que, debido a los nuevos medios de comunicación y a las nuevas tecnologías, se convirtió en una aldea pequeña con mucha diversidad cultural, es necesario escuchar las voces que demandan una educación más acorde con la realidad en que vivimos y con la diversidad que existe en nuestras sociedades.
Es cierto que la educación tradicional nos ha beneficiado con un avance tecnológico e intelectual que nos permite estar conectados. Sin embargo, al ser un avance que carece, hasta cierto punto, de una educación en valores morales de cuidado y de paz, nos ha llevado en varias ocasiones a sufrir guerras, violencias y terror. Por eso, hoy más que nunca necesitamos dar una nueva orientación a la educación en todos los niveles, promoviendo una educación que no atienda solamente lo material y lo técnico, sino también lo humano. Una educación que incluya la educación para la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la libertad, el respeto a las diferencias, la diversidad cultural y, sobre todo, al desarme, a la prevención de los conflictos armados y a la transformación pacífica de los conflictos.
Ese tipo de educación es lo que llamamos educación para la paz. Una cosmopolita y transversal, que tiene como finalidad el desarrollo humano de todos los ciudadanos del mundo, transmitiéndoles unos valores universales y comportamientos, en los cuales se basa la cultura de paz, porque esta es un valor y un comportamiento.
Por lo tanto, la educación en ese sentido es un instrumento esencial para la cultura de paz, porque permite a los ciudadanos del mundo ayudarse entre ellos, con el fin de gozar de las mismas oportunidades y utilizar tanto sus competencias como capacidades para hacer las paces. Por consiguiente, es importante saber ¿qué entendemos por educación para la paz?, ¿qué es una cultura de paz y cómo ha evolucionado? Y, ¿de qué manera puede la educación promover esa cultura de paz?
Hoy es necesario movilizar a las personas para que no sean espectadores que creen en todo lo que les presentan los medios de comunicación, sin ser reflexivos y críticos, y sin asumir su responsabilidad en mejorar el futuro de la humanidad y participar en la construcción de la paz.
Si queremos vivir en paz, tenemos que tener pasión por la paz y entender que la paz no se impone por algunos, sino se construye entre todos, y que el ser humano tiene capacidades para transformar sus conflictos de manera pacífica y hacer que el mundo sea más pacífico y más seguro. Una seguridad que se consigue con el esfuerzo de todos para luchar contra los terrorismos y los extremismos que amenazan la estabilidad internacional, utilizando lo que siempre defiende Mayor Zaragoza (1994), la fuerza de la palabra, y también la de las ideas y de los sentimientos, ya que la fuerza militar no es la solución viable y sostenible a los desafíos actuales de la humanidad.
Por lo tanto, para acabar con la idea de que las guerras y las violencias son normales e inevitables, y que son la única alternativa ante los conflictos, es importante el papel de la educación, que es un instrumento de transformación pacífica de los conflictos humanos. Se trata de una educación con amor que nos permite mejorar nuestro mundo y disfrutar de nuestras experiencias con el otro diferente, sin prejuicios ni discriminaciones. Asimismo, nos enseña a escuchar a nuestros corazones que nos pueden salvar de las guerras, porque “si las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en sus corazones donde deben erigirse las paces” (Bahajin, 2013).
De hecho, la educación tiene un enorme papel para alcanzar la paz. Según Ruiz Thierry, la educación es fundamental para formar a las personas a buscar lo que les une, en vez de lo que les separa.
El aprendizaje es pasivo y sigue enfocado desde la aceptación de la división, la negación del “otro” y la exclusión. La educación sigue entrenando en la capacidad para buscar y encontrar opuestos y aquello que nos separa, en vez de formar para buscar aquello que nos une y respetar la diferencia como una oportunidad para crecer (Ruiz Thierry, 2007, p. 76).
Eso muestra que algunos prejuicios y conflictos tienen su origen en la educación, y concretamente en algunos libros de texto, que, en vez de destacar los momentos de paz disfrutados en la historia humana, destacan más las guerras y los triunfos de los ejércitos, que muchas veces son celebrados y festejados.
Es imprescindible que hagamos todos, docentes, políticos, padres y madres, un esfuerzo para mejorar nuestra educación, ya que los programas de cultura de paz no podrán alcanzar sus objetivos sin una educación que transmita conocimiento en vez de ignorancia, que eduque a escuchar la voz de todos y no solamente de los nuestros, que enseñe a convivir con los diferentes y que mire el futuro con optimismo. Es importante que la cultura de paz esté presente en los sistemas educativos, que entre en las aulas y que llegue hasta los niños a través de proyectos y programas de educación para la paz.
Los docentes no tienen que esperar a que la UNESCO u otras organizaciones internacionales arriben a sus aulas, también pueden tomar la iniciativa y ponerse en contacto con los responsables de la educación en sus países, para contribuir con sus ideas e iniciativas en la presentación de planes nacionales e internacionales de cultura de paz.
Asimismo, la educación para la paz no debe ser exclusiva de las aulas, sino constituirse en el elemento nuclear también de los hogares, de las familias, de los centros deportivos y de ocio para los niños y los jóvenes, porque en definitiva ha de ser la herramienta de la cultura y de la diversidad de todas y cada una de las civilizaciones que conforman el mosaico de nuestro planeta.
Por consiguiente, la educación es responsabilidad de todos, en los aspectos formales, informales y no formales, y tiene que ser permanente, que englobe todas las edades, desde los más pequeños hasta los mayores, que enseñe a los ciudadanos la convivencia, el respeto y el enriquecimiento recíprocos.
Esa educación para la paz permite a los ciudadanos ser dueños de ellos mismos y de su futuro, y participar de manera directa en la construcción de la paz, la democracia y la estabilidad tanto en lo local como en lo global. Asimismo, desarrolla la capacidad crítica de los ciudadanos para que sean actores, capaces de decir no a todo lo que humilla al ser humano y daña el medioambiente, a todo lo que favorece el extremismo y el terrorismo y a todo lo que incita a la violencia y al uso de la fuerza. Por consiguiente, es una educación que -como siempre ha defendido Mayor Zaragoza- facilita la transición desde una cultura de violencia, imposición y fuerza a una cultura de comprensión, diálogo y paz.
Se trata pues de una educación que pone en las manos de las nuevas generaciones los comportamientos y los valores necesarios, para que desarrollen y opten más por una cultura de paz en vez de una de violencia, para que trabajen a favor del desarme, de la dignidad, la justicia, la paz y el desarrollo humano en todas sus dimensiones.
Es una educación que toma en consideración la realidad en que vivimos, a sabiendas que en muchos países los niños no tienen acceso a la educación formal, y que nuestra enseñanza en general va enfocada más a lo técnico y material, y que se olvida muchas veces de lo humano y de la enseñanza de la cultura de paz.
En las sociedades desarrolladas en términos económicos, se está perdiendo de forma alarmante la asignatura de filosofía, que es en sí misma la esencia y la herramienta del pensamiento individual y colectivo, que forma pensamientos libres, críticos y, por ende, creativos y pacíficos. Sería importante incluir la filosofía y sobre todo la filosofía para hacer las paces en los diferentes niveles y en todos los países, ya que favorece la educación para la paz.
Es interesante señalar que no se trata de una materia de valores, sino de una educación transversal, incluida en todos los niveles y que debe comprometer a todos: políticos, familiares, medios de comunicación y especialmente la sociedad civil.
Por eso, es una educación cosmopolita que se enriquece de todas las culturas del mundo. Si antes se propugnaba el derecho a la educación de todos los ciudadanos del mundo, ahora debemos hablar del derecho a la educación para la paz de todo el mundo, para que los ciudadanos cosmopolitas sean libres, iguales y disfruten del respeto, la dignidad y la hospitalidad estén donde estén. Sin que nadie los juzgue por su sexo, color, religión, o por ser del Sur o del Norte, de Oriente o de Occidente.
Es importante saber que la mayor riqueza que tiene la humanidad es nuestra diversidad, y la tenemos que fortalecer con la educación para la paz, que nos enseña a convivir y a practicar la solidaridad humana. De hecho, en un mundo global es necesaria una educación que proporcione herramientas para que los ciudadanos entiendan el complejo mundo en el que viven, para que participen con sus conocimientos e imaginación en la transformación pacífica de los conflictos que amenazan la humanidad, así como en la protección de los recursos naturales para su uso equilibrado entre todos ellos.
Por lo tanto, viendo la ola de violencia que se extiende en el mundo, los Estados deben comprometerse a reformar los currículos escolares y promover la investigación y la formación de los docentes para que participen en la construcción de la cultura de paz, no solamente en lo regional, sino también internacionalmente. Para ello, necesitan primero entender qué es la cultura de paz y conocer su proceso e historia.
Hablar de la cultura de paz es hablar de la alternativa que propone Johan Galtung para la violencia cultural en su mapa conceptual de los estudios para la paz (Martínez Guzmán, 2001, p. 71); es hablar de un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados, según el primer artículo de la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz (Tiempo de paz, 2010, pp. 111-112), en:
i) La adhesión a los principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia, solidaridad, cooperación, pluralismo, diversidad cultural, diálogo y entendimiento a todos los niveles de la sociedad y entre las naciones; y animados por un entorno nacional e internacional que favorezca la paz.
Hay que señalar que no se sabe con exactitud cuándo surgió el concepto de cultura de paz, porque ha existido desde la propia existencia del ser humano. De hecho, a través de la historia humana ha habido muchas experiencias de ella. Sin embargo, como término se utilizó por primera vez en Lima, Perú, como título de un manual para maestros, publicado en octubre de 1986 por el Ministerio de Educación del Perú. Según el padre Felipe MacGregor:
En el año Internacional de la Paz (1986) el Ministerio de Educación del Perú nombró una Comisión Permanente de Educación para la Paz. Nombrado presidente de la Comisión decidí dedicar las primeras sesiones a oír la concepción de Paz de cada uno de los quince miembros. Las variadas y ricas exposiciones se referían con frecuencia a conflicto, violencia, resolución pacífica de conflictos, estructura moral de la persona, conflictos existentes en la sociedad peruana incompletamente resueltos o conflictos no resueltos en la historia del Perú. Decidimos organizar el rico material aportado para comunicarlo a los profesores y estudiantes peruanos (Tunnermann Bernheim, 2003, p. 249).
Posteriormente, y en una reunión regional de ministros de Educación, organizada por la UNESCO en Bogotá, en 1987, la ministra peruana presentó lo que sería la primera noción de la cultura de paz como contrapropuesta a la cultura de guerra:
Cultura de paz se asocia, por oposición, a “cultura de violencia” o “cultura violenta”, que habita en el interior del hombre y campa hoy en el mundo. Cultura de paz está en la corriente de la historia; hoy los gobiernos declaran la paz como su gran meta (Tunnermann Bernheim, 2003: 249).
En el libro Cultura de paz, publicado en 1986, en Perú, junto con el manifiesto de Sevilla sobre la violencia -este último afirmaba “que la guerra es una invención social, y que, en su lugar, se puede inventar la paz” (Adams, 1992, p. 7)-, se basó la UNESCO para usar el término cultura de paz en la Declaración de Yamusukro (Costa de Marfil) de 1989, sobre la paz en la mente de los hombres. Una declaración que invitaba a las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, y a la comunidad científica, educativa y cultural del mundo a contribuir
a la construcción de una nueva concepción de la paz, mediante el desarrollo de una cultura de paz, fundada en los valores universales del respeto a la vida, a la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres (UNESCO, 1989).
Es importante señalar que el llamamiento a una cultura de paz llegó en el momento adecuado, ya que 1989 conoció varios eventos históricos que permitían a la humanidad por fin tener esperanzas de poder vivir en paz. Entre estos, se destaca el final de la guerra fría y la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán; la visita del presidente Benjdid de Argelia a Marruecos, después de unas críticas relaciones, y la creación de la Unión del Maghreb Árabe (UMA), con la participación de Marruecos, Libia, Argelia, Túnez y Mauritania; la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética; la desaparición en Suráfrica del terrible apartheid; los procesos de paz en Guatemala, Mozambique y El Salvador. Sin embargo, los intereses de los países poderosos terminaron con aquellas esperanzas de paz, sobre todo con la elección de George H. W. Bush, padre, quien tomó posesión como presidente de Estados Unidos ese mismo año, y, al siguiente, lideró la primera guerra del golfo contra Irak.
Aun así, y a pesar de la Guerra del Golfo y sus consecuencias especialmente en el mundo árabe, donde ha sido denominada como la primera guerra de civilizaciones (ElMandjra, 1991), la cultura de paz se extendía cada vez más y se hacía más fuerte con conferencias y programas diferentes. De hecho, el presidente de la comisión de programas de la UNESCO, Ahmed Assayad de Yemen, presentó el 17 de julio de 1992, al consejo ejecutivo de la misma organización la propuesta 140EX/28, respecto a un programa de cooperación para promover la cultura de paz, que aprobó por unanimidad en su reunión de septiembre.
En el programa propuesto por Ahmed Assayad para promover una cultura de paz, se podía leer:
It has become clear that military force cannot solve the global problems of violence and injustice. Military force can only continue the vicious cycle. We need peace-building, not just peacekeeping, as stated by United Nations Secretary General, Boutros Boutros-Ghali. We need peace culture, not war culture, as stated at Yamoussoukro, and now we should make the ideas operational. We should put the ideas into action (UNESCO, 1992).
Por consiguiente, la necesidad de plasmar la filosofía de una cultura de paz en ideas concretas que se puedan transformar en acciones motivó el lanzamiento de varios programas nacionales. El primer programa fue lanzado en 1993 por El Salvador seguido por Mozambique, Burundi, El Congo, Filipinas, Guatemala, Ruanda y Somalia. Después se firmaron varias declaraciones sobre la cultura de paz, y se realizaron varios foros internacionales, como el Primer Foro Internacional de Cultura de Paz, celebrado en El Salvador en febrero 1994, seguido por otro en Filipinas, en noviembre del siguiente año (Naciones Unidas, 1997, p. 2).
El 22 de diciembre de 1995, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su 99 sesión plenaria, pidió al Secretario General que, en consulta con el director de la UNESCO, presentara “un informe, en su quincuagésimo primer periodo de sesiones, sobre los progresos logrados en las actividades educativas, en el marco del proyecto transdisciplinario titulado Hacia una Cultura de Paz” (Naciones Unidas, 1996: 2). Un informe que el secretario general entregó a todos los miembros de la Asamblea General el 23 de septiembre de 1996, a un mes del quincuagésimo primer periodo de sesiones, en donde la Asamblea General aprobó la resolución A/RES/51/101 sobre cultura de paz, el 12 de diciembre de 1996. Una resolución que a su vez solicitaba al secretario general que se coordinara con el director de la UNESCO, para “la preparación de los elementos de un proyecto de declaración y programa de acción provisionales sobre una cultura de paz” (Naciones Unidas, 1997, p. 3). Más tarde se aprobó otra resolución sobre la cultura de paz en la 59 sesión plenaria, celebrada el 20 de noviembre de 1997, con número A/RES/52/13, que pedía la presentación, por parte del secretario general y el director de la UNESCO, de “un informe consolidado que contenga un proyecto de declaración y programa de acción sobre una cultura de paz” (Naciones Unidas, 1998, p. 2).
Es importante aclarar que la cultura de paz, propuesta por la UNESCO en 1995, exigía un respeto a todos los derechos, en lugar de una dominación de los débiles por los más fuertes, además -como especifica Joseph de Rivera- sugiere una identidad global que se basa en identidades locale.
The culture of peace imagined by UNESCO (1995) requires a respect for the rights of others rather than a domination of the weak by the strong, and it suggests a global identity that is based on local identities, with a global solidarity against common threats to our earth (De Rivera, 2004, p. 545).
Siguiendo esa filosofía, en la 50 sesión plenaria del 20 de noviembre de 1997, la Asamblea General en su resolución A/RES/52/15 proclamó el 2000 como Año Internacional de la Cultura de Paz (Naciones Unidas, 1998a, p. 1). Asimismo, y con el objetivo de motivar a los gobiernos, organizaciones internacionales y la sociedad civil, a unir sus esfuerzos y pasar de una cultura de guerra a una de paz, se publicó el manifiesto 2000, donde se especifica que la cultura de paz estimula el desarrollo sostenible, y hace posible la protección del medio ambiente y la satisfacción personal de cada ser humano. Los firmantes del manifiesto se comprometían a respetar todas las vidas, rechazar la violencia, liberar su generosidad, escuchar a los demás para comprenderse, preservar el planeta y reinventar la solidaridad.
Aquel manifiesto fue firmado por cien millones de personas de todo el mundo, incluso por varios premios Nobel de la Paz, como ha señalado Mayor Zaragoza:
It was signed by more than 100 million people all over the world as it was considered to be logical to begin the new century and millennium with the essential transition from force to the word, from imposition to dialogue» (Mayor Zaragoza, 2011, p. 16).
Más adelante, el 10 de noviembre de 1998, la Asamblea General adoptó la resolución A/RES/53/25 sobre el Decenio Internacional de una Cultura de Paz y No Violencia para los Niños del Mundo (2001-2010). Esta resolución tenía una importancia particular porque dejaba claro que una cultura de paz es un proceso que empieza por la educación de los niños de las futuras generaciones, que madura con el tiempo, y que necesita la participación de las organizaciones no gubernamentales, los grupos religiosos, las instituciones de enseñanza, artistas y medios de difusión, en beneficio de todos y cada uno de los niños del mundo (Naciones Unidas, 1998b, pp. 2-3).
Es necesario señalar que la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, aprobada en la resolución A/RES/53/243 por la Asamblea General, en su 107 sesión plenaria del 13 de septiembre de 1999, la vinculaba con la erradicación de la pobreza y del analfabetismo, con la reducción de las desigualdades entre y dentro de las naciones, y no solamente con el arreglo pacífico de los conflictos. Era una declaración que reconocía que la paz “no sólo es la ausencia de conflictos, sino que también requiere un proceso positivo, dinámico y participativo en que se promueva el diálogo y se solucionen los conflictos en un espíritu de entendimiento y cooperación mutuos” (Naciones Unidas, 1999, p. 2).
Uno de los aspectos importantes de esa declaración era destacar, en su artículo 6, el papel de la sociedad civil y su compromiso en el desarrollo total de una cultura de paz. Por eso, en su programa de acciones, señala: “La sociedad civil debería participar en los planos local, regional y nacional a fin de ampliar el ámbito de las actividades relativas a una cultura de paz” (Naciones Unidas, 1999, p. 5).
Asimismo, el programa proponía medidas que se deberían llevar a cabo por los gobiernos y las personas para que se alcanzaran los objetivos de aquella declaración, divididas en ocho apartados: educación; derechos humanos; desarrollo económico y social; igualdad entre el hombre y la mujer; democracia; comprensión, tolerancia y solidaridad; libertad de información y de comunicación; paz y seguridad internacionales.
Sobre el Decenio Internacional de una Cultura de Paz, Federico Mayor Zaragoza afirma que:
Ha contribuido en gran manera de este despegue hacia la paz: ya hay frutos que recolectar pero, sobre todo, están ahí las semillas, plantadas con gran esfuerzo en tiempos hoscos y lugares inhóspitos. Germinarán -si damos continuidad al Decenio, especialmente- y será la palabra la que prevalecerá. La que proporcionará la sonrisa de la paz de la Tierra. Y a todos sus habitantes, en particular a los niños (Mayor Zaragoza, 2010, p. 13).
Mayor Zaragoza subraya aquí que los frutos del Decenio no se harían visibles sin la continuidad de las actividades en pro de una cultura de paz, porque esta no se realiza en un tiempo limitado de diez o veinte años, sino se trata de un proceso dinámico y continuo que necesita del esfuerzo de todos. Algo que hasta hoy no se ha alcanzado, ya que siguen los mercados y la economía ampliando la brecha entre ricos y pobres, los humillados y los que les privan de su dignidad, los que creen en una cultura de paz y los que creen en la cultura del mercado y de la violencia. De hecho, ¿cómo se puede transmitir a los niños la cultura de la paz, si ni siquiera los adultos la están practicando? Para lograr la transición de una cultura de violencia a una cultura de paz, se necesita el esfuerzo de todos los adultos y niños de varias generaciones, y, sobre todo, una voluntad política para pasar de las buenas palabras a las acciones concretas, que se desarrollan con la colaboración de todos, incluida la sociedad civil.
En España, durante el decenio de la cultura de paz, se realizaron varias actividades, y se promulgaron leyes interesantes, como la 21/2003, del 4 de julio, para el foment de la pau, aprobada en el parlamento de Cataluña; y la 27/2005, del 30 de noviembre, de fomento de la educación y la cultura de la paz, aprobada en el parlamento español. Una ley que “reconociendo el papel absolutamente decisivo que juega la educación como motor de evolución de una sociedad, pretende ser un punto de partida para sustituir la cultura de la violencia que ha definido el siglo XX por una Cultura de paz que tiene que caracterizar al nuevo siglo” (Tiempo de Paz, 2010a, p. 117).
Hay que destacar otro aspecto de gran relevancia en la ley catalana 21/2003 de fomento de la cultura de paz, que es a la creación de estructuras estables de participación política como el Consejo Catalán de Fomento de la Paz y el Instituto Catalán Internacional por la Paz (ICIP).
Es importante, motivar a los demás países a seguir el ejemplo de España y elaborar leyes que fomenten la educación y la cultura de paz, para acabar con esa noción errónea que tienen algunos de esos términos. En una entrevista publicada en el periódico Asharq al Awsat, Ahmed Assayad, quien presentó por primera vez la propuesta de una cultura de paz a la UNESCO en 1992, decía que algunas personas desviaron el concepto de su verdadera esencia (Al-Mezdiwi, 2007).
Una cultura de paz que ayuda a la humanidad a superar sus desafíos mediante la educación y la acción, porque se necesita una acción común para fomentar el diálogo intercultural, la prevención y la transformación pacífica de los conflictos, aligual que la lucha contra la exclusión y la pobreza.
Por eso, cuando hablamos de cultura de paz, no nos limitamos a demandar la educación para la paz, los derechos humanos y la democracia en las escuelas, sino que insistimos en el diálogo intercultural e interreligioso (Alianza de Civilizaciones), en la superación de la exclusión y la pobreza (Objetivos del Milenio), en la resolución pacífica de los conflictos o en la prevención y consolidación de la paz (Dios Diz, 2010, p. 40).
Por consiguiente, para que los programas de la cultura de paz den sus frutos, es necesario que la sociedad en general, y la sociedad civil en particular, asuman sus responsabilidades en dar los pasos necesarios en el camino hacia la paz, invirtiendo más esfuerzos en su obtención y exigiendo a los gobiernos que destinen recursos financiero para ello y reduzcan los presupuestos de guerra promoviendo un buen cultivo de las relaciones humanas, que provocará unas relaciones institucionales e interpersonales basadas en la justicia y el amor (Martínez Guzmán, 2010, p. 15). De hecho, “la cultura de paz que proponemos trata de recuperar la transparencia en las relaciones humanas para deconstruir la opacidad moral y hacer explícitas las responsabilidades que tenemos por cómo cultivamos las relaciones humanas” (Martínez Guzmán, 2010, pp. 16-17).
Con estas palabras de Martínez Guzmán, queda clara la responsabilidad de los seres humanos y de los pueblos de participar en el fomento de una cultura de paz desde lo local, al hacer un buen cultivo de sus relaciones interpersonales, y también en lo global, al apoyar el trabajo y las actividades de las Naciones Unidas, creando un mecanismo que pueda vigilar y controlar las decisiones de su Consejo de Seguridad, para que no viole el orden internacional.
Por lo tanto, cada individuo puede generar espacios de paz y está llamado a participar con sus acciones para afianzar el fomento de la cultura de paz, mediante el buen cultivo de sus relaciones personales y su apuesta por la educación para la paz, porque como señala Rosales López: “La educación constituye un estímulo poderoso a la democracia y la cultura de paz al hacer a las personas críticas y libres, capaces de adoptar decisiones” (2004, p. 16).
Por ello, es preciso un plan de acción internacional de educación para la paz, que promocione la introducción de valores, actitudes y comportamientos que favorezcan la paz o paces en los programas de estudios de todos los niveles de enseñanza, formal o informal, con el fin de frenar la violencia en todas sus formas (directa, estructural y cultural).
En este sentido, es indispensable un compromiso a escala nacional e internacional para impulsar estrategias educativas globales e interactivas. Es tiempo de trabajar en redes, en todos los niveles y entre diversos actores.
De ahí que la creación de redes de educación para la paz sea esencial en la consolidación de la cultura de paz en el mundo, porque la paz se construye cuando cada uno aporta algo de su parte. Políticos, maestros, periodistas, adultos, jóvenes y hasta niños, que son el motor de cualquier proceso de transformación, están llamados a participar. Cada pasión, sentimiento y contribución es necesaria para la construcción de la paz.
Por ello, la educación para la paz reconoce que en la actualidad hay que aprender de todos, incluso de los niños que tienen mucho que enseñarnos en ese rubro. Los niños pueden educar a los adultos a ser pacífilos (amantes de la paz) como ellos, a entender el papel del amor en la educación y a hacer las paces entre los seres humanos, porque para ellos la convivencia entre personas de diferentes culturas no solamente es posible, sino es lo más natural que pueda existir. Ellos sienten y reconocen que las diferencias existen para hacer del mundo un arco iris de culturas que, cuando le falta una, pierde su encanto.
Es lo que muestran los tres proyectos educativos e internacionales que se presentan a continuación, y que he tenido la oportunidad de coordinar junto con Manuel Moreno Ortega, educador y asesor técnico de la Asociación Acción Solidaria para el Cambio Social en Sevilla. Los proyectos tenían como objetivo crear espacios de paz, no solamente local o regionalmente, sino de manera internacional, puesto que, si los desafíos de la humanidad son globales, las respuestas y las actuaciones habrán de ser globales.
Los niños del mundo que participaron en estas experiencias nos enseñaron que la historia no se escribe en un solo rincón del mundo ni por un solo pueblo, sino entre todos los pueblos y en cada rincón del mundo, además nos aclararon que la paz es posible y que cada amanecer es una oportunidad para teñir la historia humana de paz.
Una historia que depende de nuestras acciones que siempre podemos hacer que sean violentas o pacíficas, y si algunos adultos optan por utilizar la violencia para transformar sus conflictos, nuestra experiencia con los niños en estos proyectos, muestra que la mayoría de ellos optan más por las vías pacíficas. Por eso, es interesante compartir estas experiencias que nos permiten seguir soñando con un futuro mejor.
Primera experiencia: Burbujas de Ilusión
Cuando muchos adultos del presente creen que las diferencias culturales y religiosas podrían llevar a un choque entre las civilizaciones, es interesante escuchar a los adultos del futuro cuando presentan sus diferentes culturas, para saber si verdaderamente debemos hablar de un choque o de una alianza de culturas y religiones. Una alianza que podría ser el puente para pasar de la cultura de la fuerza y el uso de la violencia a la cultura de la paz y del diálogo.
Con Burbujas de Ilusión (www.slideshare.net/ceiplosrosales/proyecto-burbujas-de-ilusin-2), los niños participantes han sido capaces de transformar pacíficamente muchos de los conflictos creados por los adultos, mostrando que la paz que se necesita en la actualidad es un proceso que demanda la participación de todos los componentes de la sociedad, sobre todo, de los niños del presente. Todos deben de ser actores y no solamente espectadores para que el mundo que compartamos sea más justo y seguro.
Burbujas de Ilusión fue una experiencia que vivieron 258 niños de Argentina, Colombia, España, Guatemala, Marruecos, México, Palestina y Pakistán, escribiendo entre todos un cuento que narra las aventuras de personajes imaginarios, que ellos mismos crearon. Amine, Chapincito, Enas, Evelyne, Gauchito Martín y Brisa, Luna, Paula Andrea, Rola y Shaharyar, son los nombres que eligieron los niños para sus héroes, que realizaron juntos un impresionante viaje en el que descubrieron diferentes culturas y religiones del mundo.
Asimismo, Burbujas de Ilusión fue fruto del esfuerzo y la dedicación de 24 educadores y un equipo de 30 voluntarios, quienes creían en el papel del cuento como un instrumento para mejorar el entendimiento entre las personas y conocer cómo ven los niños el mundo en donde vivimos. La idea no era de una organización internacional o de unos expertos en proyectos de educación, sino -como lo señala Manuel Moreno, autor del proyecto, en una entrevista con Daniel Jiménez-, fue de dos profesores que pertenecen a culturas diferentes:
En realidad, Burbujas de Ilusión es continuación de un proyecto anterior que arrancó en 2004, llamado Un Mundo de Colores. Este último surgió porque mi amigo Said, que trabaja como educador en Tánger, y yo veíamos en esos momentos cómo los medios de comunicación, tras los atentados terroristas de Madrid y Londres, presentaban continuamente a la cultura islámica como si estuviera en continua oposición con la cultura occidental. Como éramos amigos desde hacía mucho tiempo y nunca habíamos tenido esa percepción, y ambos somos profesores, decidimos hacer algo en conjunto. Pensamos que a través de los niños sería más fácil, ya que los mayores suelen tener muy asentados sus prejuicios, pero los niños sin embargo son como una esponja y siempre quieren aprender. Said empezó a trabajar en esto desde Tánger, a través de la asociación Creadores Sin Fronteras, y yo hacía lo propio desde la Asociación de Vecinos Casco Antiguo de Mairena del Aljarafe (Jiménez, 2010).
De hecho, se trata de un proyecto que nos ha permitido conocer las culturas de los ocho países participantes a través de los ojos de los niños participantes, asimismo, y, como se especifica en la introducción del libro Burbujas de ilusión, “Nos ha permitido, además, crear puentes de amistad entre personas de diferentes países, distintas culturas, lenguas y religiones. Nos ha permitido superar las fronteras, tanto físicas como psicológicas, que nos separan y han sido los niños y las niñas las que nos han guiado por ese camino” (Salvatierra Ortega y otros, 2009, p. 17).
Un camino que los adultos deberían de seguir: aprender de los pequeños que el futuro será mejor con ellos si les dejamos construir un mundo sin fronteras, en donde las burbujas se unen en una sola, en donde se juntan todos los seres humanos, sin excluir a nadie por su cultura, color de piel o credo.
Por lo tanto, Burbujas de Ilusión fue una de las experiencias de educación para la paz que pretendía crear puentes de comunicación entre menores de diferentes culturas y credos. Sus objetivos fueron básicamente presentar las culturas de los países participantes por los niños y hacerles reflexionar sobre el mundo en donde viven, utilizando el dibujo como medio de expresión; al mismo tiempo, promover la cooperación y la aceptación entre las personas asumiendo la idea de que las diferentes culturas enriquecen a todas las comunidades sin ninguna excepción.
Es importante señalar que el proyecto se realizó para responder a la pregunta ¿qué pasaría si la burbuja, que cada uno de nosotros ha creado pensando que es una manera de protegerse e identificarse, se juntara con otras burbujas de diferentes culturas? Se buscaba la respuesta de niños entre 8 y 12 años; edad en que comienzan a descubrir que son miembros de una sociedad, lo que hace que cobre más sentido el trabajo y la colaboración en grupo.
El proyecto se realizó en tres fases: la primera de preparación, desde septiembre 2008 a enero 2009; la segunda de ejecución, de enero a mayo de 2009; y la tercera de recopilación de datos y la publicación del libro Burbujas de ilusión en castellano, inglés y árabe, de junio a septiembre de 2009.
Por ende, hay que señalar que Burbujas de Ilusión recibió el apoyo y la felicitación de la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas, la Presidencia del Gobierno de España, la Cátedra UNESCO de Filosofía para la Paz y del presidente de la Junta de Andalucía, entre otros. También recibió el apoyo de la Fundación de la Obra Social de la Caixa, la Diputación de Sevilla, y el Ayuntamiento de Mairena del Aljarafe. Asimismo, ganó el primer premio en el V Certamen Iniciativa Solidaria.
Segunda experiencia. Radiominiatura, un mundo para compartir
Es un proyecto de educación para la paz, que pretendió crear un espacio de encuentro entre los niños de diferentes países a través de una radio online, donde todos se sentían miembros de una misma comunidad, en la que quedaban superadas las fronteras, las culturas, las lenguas y las religiones. Fue un proyecto que dio la voz a los niños de todos los países participantes y enseñó a los mayores a escucharlos y aprender de ellos.
En un mundo que se hace cada vez más pequeño es necesario aprender a compartirlo entre todos, independientemente del país, de la cultura y de la religión de cada uno. De hecho, Radiominiatura tenía como objetivo dar a los niños la oportunidad de compartir el mundo a través de una radio online, que hicieron entre ellos, mostrando que siempre hay caminos para la paz, mientras el ser humano tenga la capacidad de escuchar y aprender a intercambiar sus experiencias con el otro diferente.
Con edades entre 7 y 12 años, los participantes de diez colegios y asociaciones de ocho países de tres continentes, concretamente de Alemania (Berlín), Argentina (Sta. Sylvina), Colombia (Currulao), España (Mairena del Aljarafe, Sevilla y Talavera de la Reina-Toledo), Guatemala (San Juan Tecuaco), Marruecos (Tánger), México (Oaxaca de Juárez) y República Dominicana (Barahona), dieron sus voces y experiencias en la emisión mensual de un programa de radio, siendo ellos los verdaderos protagonistas.
El proyecto se realizó gracias a la positiva experiencia de la Asociación Casco Antiguo de Mairena del Aljarafe, Sevilla, que desde 2010 empezó a trabajar en un programa de radio localmente.
Una experiencia que sirvió después para realizar el programa de Radiominiatura Internacional, que se emitía una vez al mes en diferentes estaciones, como Radio Guadalquivir, Radio Sevilla Abierta, Cadena COPE de Sevilla, Radio Stereo Solar en Guatemala y Radio Stereo Éxito en Oaxaca de Juárez, en México.
El programa, como se describe en su blog www.radiominiatura.blogspot.com, era un falso directo, que se grababa sin cortes y se enviaba a España para su edición final, que se colgaba en el blog, con el fin de que pudiera escucharse en cualquier parte del mundo. Además para garantizar una participación más amplia de los niños que no tuvieron la suerte de grabar la emisión, se permitía hacer comentarios a los programas ya situados en el blog, y, a través de skype se organizaban videoconferencias entre los participantes para que comentaran e intercambiaran sus experiencias.
Así, el programa sirvió de ayuda a los profesores y educadores participantes para fomentar la participación en la clase y mejorar la comprensión lectora, la expresión oral y el aprendizaje intercultural.
Al final del proyecto se grabó el DVD Radiominiatura, que pretendió dar visibilidad al trabajo realizado por 250 niños, en donde ellos y los profesores presentaron sus experiencias y respondieron sobre la utilidad del proyecto.
Tercera experiencia. Pachamama: los niños y los objetivos del milenio
Después del éxito de las dos iniciativas anteriores, algunos educadores decidieron poner en marcha un nuevo proyecto que involucraría a los niños, ahora con los objetivos de desarrollo del milenio. El proyecto se llamó Pachamama: Los Niños y Los Objetivos del Milenio. La idea era trabajar desde la sociedad civil y con la ayuda de los niños para hacer visibles los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), y encontrar las estrategias que se podrían utilizar para cumplirlos.
Pachamama es un proyecto de educación para la paz que nos permitió aprender de los niños que la diversidad podría ser una fuente que favoreciera el desarrollo humano, si todos los seres humanos participaran con sus deferencias en un diálogo intercultural, dinámico y sostenible, que garantizara los derechos humanos fundamentales y fortaleciera un mejor entendimiento entre los diferentes pueblos.
Personalmente creo que Pachamama es uno de esos proyectos que nos hacen repensar nuestras ideas y confiar en el futuro que estará en manos de los niños de hoy. De hecho, es una experiencia que nos enseña como adultos que nada es imposible a los ojos de los líderes de mañana, que tienen la capacidad de imaginar un mundo más desarrollado y humano. Para ellos, las fronteras culturales no existen, al contrario, la diversidad es un factor esencial que aporta desarrollo y contribuye en el crecimiento de los individuos.
Viendo los resultados de Pachamama, se puede concluir que los niños pueden contribuir con su creación e imaginación en el desarrollo humano, que según ellos es un derecho y una necesidad para lograr la paz.
Dicho esto, queda agradecer a todos los participantes el hecho de enseñar a los mayores que la paz no se impone por algunos, sino se construye entre todos, y que el ser humano tiene capacidades para transformar sus conflictos de manera pacífica y hacer que el mundo sea más seguro y más pacífico.
En la actualidad necesitamos una educación enfocada también en lo humano, que hace que los ciudadanos sean actores, libres, responsables de sus acciones diarias y críticos con las injusticias que se viven en el mundo. Esa educación es un estímulo para la cultura de la paz, porque promueve valores, actitudes y comportamientos que respetan la diversidad y promueven la práctica de la no violencia.
Por consiguiente, la educación es un instrumento fundamental de la cultura de paz y la transformación pacífica de los conflictos, y su contribución resulta decisiva para que los nuevos y futuros ciudadanos del mundo sean dueños de ellos mismos; capaces de entender la realidad en la que viven; de participar con sus acciones diarias en mejorar el entendimiento entre las personas y los pueblos; fomentar la cultura de paz y construir juntos un mundo que incluye y no excluye, que une y no divide. Para lograrlo, es imprescindible, además de educar para la paz e invertir en la paz, realizar una yihaād pacífica y humana, entendiendo la yihād como el esfuerzo que debemos hacer todos: niños, adultos y ancianos, para contribuir con nuestra imaginación y creatividad a que los invisibles vuelvan a ser visibles, y los silenciados vuelvan a ser escuchados, así, entre todos, podemos teñir con nuestras paces el mundo que compartimos.
Al final, y como muestran las experiencias de educación para la paz presentadas, si los niños crecen en un entorno familiar, escolar y social pacífico, o, por lo menos, en uno de estos tres, ellos mismos podrán ser agentes de la paz. Por ello, es importante el papel de los padres, los docentes y la sociedad civil, para que los niños entiendan que ser pacífilo y buen ser humano no significa ser tonto y débil, sino, al contrario, significa ser fuerte e inteligente, ya que los pacífilos conocen sus sentimientos y necesidades, y no se dejan llevar por la ira y el miedo tan fácilmente. Al mismo tiempo, son actores participativos, creativos, reflexivos y conectados con sus corazones.
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Recibido: 14 de Junio de 2018; Aprobado: 12 de Septiembre de 2018

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 artículo 6
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