Source: http://www.international-communist-party.org/BasicTexts/Espanol/26TeLyon.htm
Timestamp: 2018-01-20 20:43:12+00:00

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Tesis presentadas al III Congreso del P.C.d'I., Lyon, 1926
3er Congreso - Lyon - enero 1926
PROYECTO DE TESIS PRESENTADO POR LA IZQUIERDA
(Tesis de Lyon, enero 1926)
1. Principios del comunismo - 2. Naturaleza del Partido - 3. Acción y táctica del Partido
1. La constitución de la III Internacional - 2. Situación económica y política mundial - 3. El método de trabajo de la Internacional - 4. Cuestiones organizativas - 5. Disciplina y fracciones - 6. Cuestiones de la táctica hasta el V Congreso - 7. Cuestiones de la «nueva táctica» - 8. Cuestión sindical - 9. Cuestión agraria - 10. Cuestión nacional - 11. Cuestiones rusas
1. La situación italiana - 2. Orientación política de la Izquierda Comunista - 3. La obra del Centro de Izquierda - 4. Relaciones entre la Izquierda italiana y la Internacional Comunista - 5. El ordinovismo como tradición del Centro actual - 6. El trabajo político del Centro actual del Partido - 7. La actividad sindical del Partido - 8. Actividad del Partido en las cuestiones agrarias y nacionales - 9. Trabajo de organización del Centro - 10. El trabajo del Centro en la cuestión del fraccionismo - 11. Esquema de programa de trabajo del Partido - 12. Perspectivas de la situación interna del Partido
Los fundamentos de la doctrina del Partido Comunista son los del marxismo, sobre cuyas bases, reconstituida contra las desviaciones oportunistas, se funda la III Internacional. Dichos fundamentos consisten: en el materialismo dialéctico en cuanto sistema de concepción del mundo y de la historia humana; en las doctrinas económicas fundamentales contenidas en El Capital de Marx en cuanto método de interpretación de la economía capitalista actual; en las formulaciones prográmaticas del Manifiesto de los Comunistas en cuanto trazado histórico y político de la emancipación de la clase obrera mundial. La grandiosa experiencia victoriosa de la revolución rusa y la obra de Lenin, su jefe y maestro del comunismo internacional, son la confirmación, la restauración y el desarrollo consecuente de aquel sistema de principios y métodos. No es comunista ni puede militar en las filas de la Internacional quien rechace aunque solo sea una parte del mismo.
El Partido Comunista condena igualmente las escuelas políticas que cuentan con cierta aprobación entre la clase obrera, como son: el reformismo socialdemócrata, que concibe una evolución pacífica y sin luchas armadas en el paso del poder capitalista al poder obrero, invocando la colaboración de clases; el sindicalismo, que desprecia la acción política de la clase obrera y la necesidad del partido como órgano revolucionario supremo; el anarquismo, que niega la necesidad histórica del Estado y de la dictadura proletaria como medios de transformación del orden social y de supresión de la división de la sociedad en clases. Del mismo modo, el Partido Comunista combate las múltiples manifestaciones de revolucionarismo espurio, encaminadas a hacer sobrevivir tales tendencias erróneas a través de su compenetración con tesis aparentemente comunistas; este peligro es designado con el término bien conocido de "centrismo".
El proceso histórico de la emancipación del proletariado y de la fundación de un nuevo orden social deriva de la lucha de clases. Toda lucha de clases es una lucha política, o sea, tiende a desembocar en una lucha por la conquista del poder político y de la dirección de un nuevo organismo estatal. Por consiguiente, el órgano que conduce la lucha de clases a su victoria final es el partido político de clase, único instrumento posible de la insurrección revolucionaria primero, y de gobierno después. De estas elementales y geniales afirmaciones de Marx, restablecidas en su máxima evidencia por Lenin, surge la definición del partido como una organización de todos aquellos que son conscientes del sistema de opiniones que resume la tarea histórica de la clase revolucionaria y están decididos a obrar por su victoria. Gracias al partido la clase obrera adquiere conciencia de su camino y la voluntad de recorrerlo; por lo tanto, en las sucesivas fases de la lucha, el partido representa históricamente a la clase, aunque tenga en sus propias filas sólo una parte más o menos grande de ésta. Esta es la significación de la definición del partido dada por Lenin en el II Congreso Mundial.
Este concepto de Marx y de Lenin se contrapone al concepto por oportunista por excelencia del partido laborista u obrerista, en el que participan por derecho todos los individuos que son proletarios por su condición social. Dado que en un partido semejante, aunque de apariencia numérica más fuerte, pueden y en ciertas situaciones deben prevalecer las directas influencias contrarrevolucionarias de la clase dominante (representada por la dictadura de organizadores y jefes que indiferentemente pueden provenir como individuos del proletariado o de otras clases), Marx y Lenin no solo han combatido este error teórico fatal, sino que en la práctica no han dudado en hacer pedazos la falsa unidad proletaria con el fin de asegurar, aun en momentos de eclipse de la actividad social del proletariado, y por medio de pequeños grupos políticos unidos al programa revolucionario, la continuidad de la función política del partido en la preparación de las tareas sucesivas del proletariado. Este es el único camino posible para realizar en el futuro la concentración de la mayor parte posible de los trabajadores en torno a la dirección y bajo la bandera de un Partido Comunista capaz de luchar y vencer.
Una organización /inmediata de carácter económico de todos los trabajadores no puede elevarse a la asunción de tareas políticas, o sea, revolucionarias, pues cada uno de los grupos profesionales y locales no sentirá más que impulsos limitados para la satisfacción de exigencias parciales determinadas por las consecuencias directas de la explotación capitalista. Es solo la intervención de un partido político a la cabeza de la clase obrera, definido por la adhesión política de sus miembros, lo que realiza la progresiva síntesis de esos impulsos particulares en una visión y acción común, en la cual los individuos y grupos llegan a superar todo particularismo, aceptando dificultades y sacrificios para el triunfo general y final de la causa de la clase obrera. La definición del partido como partido de la clase obrera tiene en Marx y en Lenin un valor histórico y finalista, no vulgarmente estadístico y constitucional.
Toda concepción de los problemas de organización interna del partido que lleve nuevamente al error de la concepción laborista del partido revela una grave desviación teórica por cuanto sustituye una visión revolucionaria por una visión democrática, y atribuye más importancia a los esquemas utópicos de proyectos de organización que a la realidad dialéctica del choque de las fuerzas de dos clases opuestas; ella representa un peligro de recaída en el oportunismo. En cuanto a los peligros de degeneración del movimiento revolucionario, y a los medios para asegurar la necesaria continuidad de dirección política en los jefes y militantes, no es posible eliminarlos con una fórmula de organización. Aún menos los elimina la fórmula por la cual solo el trabajador auténtico puede ser comunista, que es desmentida por la inmensa mayoría de ejemplos que nuestra propia experiencia nos ha suministrado relativos a los individuos y a los partidos. La garantía contra la degeneración hay que buscarla en otra parte, si no se quiere contradecir el postulado marxista fundamental: "La revolución no es una cuestión de forma de organización", postulado que resume toda la conquista realizada por el socialismo científico respecto a las primeras elucubraciones del utopismo.
La cuestión de cómo actúa el partido sobre las situaciones y sobre las otras agrupaciones, órganos e instituciones de la sociedad en que se mueve, es la cuestión general de la táctica, de la cual se deben establecer los elementos generales en relación con el conjunto de nuestros principios. En un segundo estadio, se deben precisar las normas de acción concreta en relación con cada uno de los grupos de problemas prácticos y con las sucesivas fases del desarrollo histórico.
Al asignar al partido revolucionario un puesto y una función en la regeneración de la sociedad, la doctrina marxista ofrece la más brillante de las resoluciones al problema de la libertad y de la determinación en la actividad del hombre. Mientras sea planteado con referencia al "individuo" abstracto, dicho problema proveerá por mucho tiempo aún material para las elucubraciones metafísicas de los filósofos de la clase dominante y decadente. El marxismo lo plantea correctamente a la luz de una concepción científica y objetiva de la sociedad y de la historia. Está muy lejos de nuestra concepción la opinión de que el individuo - y un individuo - pueda actuar sobre el ambiente externo deformándolo y plasmándolo a su gusto, y con un poder de iniciativa que le habría sido trasmitido por una virtud de tipo divino; del mismo modo, para nosotros es condenable la concepción voluntarista del partido, según la cual un pequeño grupo de hombres, habiéndose forjado una profesión de fe, la difunden e imponen al mundo con un esfuerzo gigantesco de voluntad, actividad y heroísmo. Por otro lado, sería una concepción aberrante y necia del marxismo creer que el proceso de la historia y de la revolución se desarrolla según leyes fijas y no nos queda a nosotros más que indagar objetivamente cuales son estas leyes y tratar de formular previsiones sobre el futuro, sin intentar nada en el campo de la acción; tal concepción fatalista equivale a anular la necesidad de la existencia y de la función del partido. En su potente originalidad, el determinismo marxista no está en el medio, sino por encima de estas dos concepciones. La solución que da al problema es dialéctica e histórica, precisamente porque no es apriorística y está exenta de la pretensión de que una única respuesta abstracta sea válida para todas las épocas y grupos humanos. Si el actual desarrollo de las ciencias no permite la indagación completa de las causas que llevan a obrar a cada individuo partiendo de los hechos físicos y biológicos para remontarse a una ciencia de las actividades psicológicas, el problema, sin embargo, se resuelve en el campo de la sociología, aplicándole, como lo hizo Marx, los métodos de indagación propios de la moderna ciencia positiva y experimental que el socialismo hereda íntegramente y que son algo totalmente distinto de la filosofía supuestamente materialista y positivista que la clase burguesa adoptó en el curso de su ascenso histórico. Teniendo en cuenta racionalmente las influencias recíprocas entre los individuos, gracias al estudio crítico de la economía y de la historia, tras haber despejado el campo de todo prejuicio de ideologías tradicionales, se elimina así, en un cierto sentido, la indeterminación en el proceso que se desarrolla dentro de cada individuo. Desde este punto de partida, el marxismo llega a establecer un sistema de nociones, que no es un evangelio inmutable y fijo, sino un instrumento vivo para seguir y reconocer las leyes del proceso histórico. El fundamento de este sistema está en los descubrimientos de Marx sobre el determinismo económico, por los cuales el estudio de la forma y las relaciones económicas, y del desarrollo de los medios técnicos de producción, nos ofrece la base objetiva en la cual se puede apoyar sólidamente la enunciación de las leyes de la vida social y, en cierta medida, la previsión de su desarrollo ulterior. Dicho todo esto, hay que observar, que la solución final del problema planteado no es una fórmula inmanente según la cual, una vez encontrada esta clave universal es posible decir que, si se deja que los fenómenos económicos se desarrollen, se determinará con seguridad una serie prevista y establecida de hechos políticos.
La humanidad, y también sus más potentes agregados, como clases, partidos y Estados, se han movido casi como juguetes en manos de las leyes económicas que ellos ignoraban hasta ahora en su mayor parte. Al mismo tiempo, estos agregados estaban privados de la conciencia teórica del proceso económico y de la posibilidad de dirigirlo y gobernarlo. Pero el problema se modifica para la clase que aparece en la época histórica presente, el proletariado, y para los agregados políticos - partido y Estado - que deben emanar de ésta. Esta clase es la primera que no se ve obligada a basar su advenimiento en la consolidación de privilegios sociales y en una división de la sociedad en clases, para someter y explotar a una nueva clase. Al mismo tiempo, es la primera que logra forjarse una doctrina del desarrollo económico, histórico y social: el comunismo marxista, precisamente.
Por primera vez, una clase combate por la supresión de las clases en general, y por la supresión general de la propiedad privada de los medios económicos, y no solo por una transformación de las formas sociales de esa propiedad.
El programa del proletariado es, conjuntamente con su emancipación de la clase dominante y privilegiada actual, la emancipación de la colectividad humana de la esclavitud de las leyes económicas que, una vez comprendidas, podrán ser dominadas en una economía finalmente racional y científica en la que intervendrá directamente la acción del hombre. Por esto, y con este sentido, Engels escribió que la revolución proletaria señala el paso del mundo de la necesidad al de la libertad.
Esto no significa resucitar el mito ilusorio del individualismo que quiere liberar al Yo humano de las influencias externas, cuando por el contrario, su entrelazamiento tiende a volverse cada vez más complejo y la vida del individuo es una parte cada vez menos distinguible de la vida colectiva. Al contrario, el problema está planteado en otro terreno; la libertad y la voluntad son atribuidas a una clase que está destinada a volverse la humanidad unitaria misma, que algún día luchará únicamente contra las fuerzas adversas externas del mundo físico.
Solo la humanidad proletaria - de la cual estamos aún lejos - podrá ser libre y poseer una voluntad que no sea una ilusión sentimental, sino la capacidad de organizar y dominar la economía en el más amplio sentido de la palabra. Todavía hoy la clase proletaria - aunque menos que las otras clases - sigue estando determinada en los límites de su propia acción por influencias que le son externas; en cambio, el partido político es el órgano en el cual se concentra, precisamente, las máximas posibilidades en cuanto a voluntad e iniciativa en todo el campo de su acción: no cualquier partido, por cierto, sino el partido de la clase proletaria, el partido comunista, ligado, por así decirlo, por un hilo ininterrumpido a los objetivos últimos del proceso futuro. En el partido, dicha facultad volitiva, así como su conciencia y preparación teórica, son funciones colectivas por excelencia. Con respecto a la tarea asignada en el partido mismo a sus jefes, la explicación marxista considera a estos últimos como instrumentos a través de los cuales se manifiestan mejor las capacidades de comprender y explicar los hechos, de dirigir y desear las acciones, pero tales capacidades conservan siempre su origen en la existencia y los caracteres del órgano colectivo. Por consiguiente, el concepto marxista del partido y de su acción, como ya hemos enunciado, rechaza tanto el fatalismo (espectador pasivo de fenómenos sobre los cuales no es capaz de influir directamente) como toda concepción voluntarista en el sentido individual, según el cual las cualidades de preparación teórica, fuerza de voluntad, espíritu de sacrificio, en suma, un tipo especial de figura moral y un requisito de "pureza", deberían ser exigidos indistintamente a cada militante del partido, que quedaría reducido a una élite distinta y superior al resto de los elementos sociales que componen la clase obrera. Por su parte, el error fatalista y de la pasividad conduciría, si no a negar la función y la utilidad del partido, al menos a acomodarlo sin más a la clase proletaria entendida en un sentido económico, estadístico. Por tanto, hay que reafirmar las conclusiones señaladas en la tesis que precede sobre la naturaleza del partido, condenando tanto el concepto obrerista como el de la élite de carácter intelectual y moral: ambos están alejados del marxismo y destinados a encontrarse en la vía del oportunismo.
Al resolver la cuestión general de la táctica en el mismo terreno que el de la naturaleza del partido, se debe distinguir la solución marxista, tanto del alejamiento doctrinario de la realidad de la lucha de clases, que se contenta con elucubraciones abstractas y descarta la actividad concreta, como del esteticismo sentimental que querría determinar situaciones nuevas y movimientos históricos con gestos clamorosos y actitudes heroicas de exiguas minorías, y también del oportunismo que olvida el nexo con los principios, es decir, con los fines generales del movimiento, y que, teniendo en vista sólo el éxito inmediato y aparente de las acciones, se contenta con agitarse por reivindicaciones limitadas y asiladas, sin preocuparse si contradicen las necesidades de la preparación de las conquistas supremas de la clase obrera. El error de la política anarquista adolece, al mismo tiempo, de esterilidad doctrinaria, por ser incapaz de comprender las etapas dialécticas de la evolución histórica real, y de ilusión voluntarista, por ilusionarse con poder anticipar los procesos sociales gracias a la eficacia del ejemplo y del sacrificio de uno o de pocos. El error de la política socialdemócrata se remonta teóricamente tanto a una falsa concepción fatalista del marxismo, según la cual la revolución maduraría lentamente y por su cuenta, sin la intervención insurreccional de la voluntad proletaria, como a un pragmatismo voluntarista que, al no saber renunciar a los resultados inmediatos de su iniciativa e intervención cotidiana, se contenta con luchar por objetivos que interesan sólo aparentemente a grupos del proletariado, pero cuyo logro satisface al juego conservador de la clase dominante en vez de servir a la preparación de la victoria del proletariado: reformas, concesiones, parciales ventajas económicas y políticas obtenidas de la patronal y del Estado burgués.
La introducción artificial en el movimiento clasista de preceptos teóricos de la "moderna" filosofía voluntarista y pragmática con bases idealistas (Bergson, Gentile, Croce) no hace más que preparar la afirmación oportunista de nuevas fases reformistas y no puede ser admitida como reacción al reformismo con el pretexto de que éste muestra ciertas simpatías aparentes con el positivismo burgués.
La actividad de partido no puede ni debe limitarse sólo a la conservación de la pureza de los principios teóricos y de la pureza del complejo organizativo, o bien sólo al logro a toda costa de éxitos inmediatos y de popularidad numérica. Ella debe englobar siempre y en todas las situaciones los tres puntos siguientes:
a) la defensa y precisión, en relación con los nuevos grupos de hechos que se presentan, de los postulados prográmaticos fundamentales, o sea, de la conciencia teórica del movimiento de la clase obrera;
b) el aseguramiento de la continuidad del complejo organizativo del partido y de su eficiencia, y su defensa contra las infecciones de influencias extrañas y opuestas al interés revolucionario del proletariado;
c) la participación activa en todas las luchas de la clase obrera, incluso en las suscitadas por intereses parciales y limitados, para alentar su desarrollo, pero aportándoles constantemente el factor del enlace con los objetivos revolucionarios finales y presentando las conquistas de la lucha de clase como vías de acceso a las indispensables luchas futuras, denunciando el peligro de acomodarse con las realizaciones parciales, consideradas como puntos de llegada, y de sacrificarles las condiciones de la actividad y combatividad clasista del proletariado, tales como la autonomía e independencia de su ideología y de sus organizaciones, en el primer rango de las cuales está el partido.
El objetivo supremo de esta compleja actividad del Partido es preparar las condiciones subjetivas de la preparación del proletariado para ponerlo en condiciones de aprovechar las posibilidades revolucionarias objetivas que presentará la historia, en cuanto éstas se manifiesten de manera que salga vencedor de la lucha, y no vencido.
Hay que partir de todo esto para responder a las preguntas acerca de las relaciones entre el partido y las masas proletarias, y entre el partido y los otros partidos políticos, así como entre el proletariado y las otras clases sociales. Debe considerarse errónea la formulación táctica que dice: todo verdadero partido comunista debe poder ser en toda situación un partido de masas, o sea, tener una organización muy numerosa y una influencia política amplia sobre el proletariado, por lo menos como para superar la de los otros partidos supuestamente obreros. Esta formulación es una caricatura de la tesis de Lenin, el cual en 1921 establecía una consigna práctica y contingente muy justa: para la conquista del poder no bastaba con haber formado "verdaderos" partidos comunistas y lanzarlos a la ofensiva insurreccional, sino que era necesario contar con partidos numéricamente potentes y con una influencia predominante sobre el proletariado. Dicha fórmula equivale a la afirmación de que, en el período que precede a la conquista del poder y en el cual se avanza hacia esta última, el partido debe tener consigo a las masas, debe ante todo conquistar a las masas. En dicha fórmula, en cierto modo es sólo peligrosa la expresión de mayoría de las masas, porque a los leninistas "literales" los expone y los ha expuesto al peligro de caer en interpretaciones teóricas y tácticas socialdemócratas, y al no precisar dónde debe medirse la mayoría, si en los partidos, en los sindicatos, o en otros órganos, a pesar de expresar un concepto muy justo y de obviar el peligro práctico de emprender acciones "desesperadas" con fuerzas insuficientes y en momentos inmaduros, deja paso al otro peligro, el de desviar la acción cuando ésta, en cambio, es posible y necesaria, si se la afronta con decisión e iniciativa verdaderamente "leninista". Pero esta fórmula, según la cual el partido debe tener consigo a las masas en la víspera de la lucha por el poder, ha sido estúpidamente interpretada por los pseudoleninistas actuales que la han convertido en una fórmula por excelencia oportunista, al afirmar que "en toda situación" el partido debe ser un partido de masas. Hay situaciones que, como consecuencia de las relaciones de fuerza, son objetivamente desfavorables para la revolución (aunque puedan estar menos alejadas de ella que otras en el tiempo, ya que la evolución histórica - tal como lo enseña el marxismo - presenta velocidades muy distintas) en las que el querer ser a toda costa partidos de masas y de mayoría, el querer tener a toda costa una influencia política predominante, no se puede alcanzar más que renunciando a los principios y a los métodos comunistas, y haciendo una política socialdemócrata y pequeño-burguesa. Hay que decir bien alto que, en ciertas situaciones, pasadas, presentes y futuras, el proletariado ha estado, está y estará necesariamente en su mayoría en una posición no revolucionaria, de inercia y de colaboración con el enemigo según los casos; mientras tanto, y a pesar de todo, el proletariado continúa siendo siempre y por doquier la clase potencialmente revolucionaria y depositaria de la recuperación de la revolución, ya que en su seno, el partido comunista, sin renunciar jamás a todas las posibilidades de afirmarse y manifestarse de manera coherente, sabe evitar las vías que aparecen más fáciles para conseguir una popularidad inmediata, pero que lo desviarían de su tarea y privarían al proletariado del punto de apoyo indispensable para su reanudación. Sobre dicho terreno dialéctico y marxista, y jamás sobre el terreno estético y sentimental, debe rechazarse la bestial expresión oportunista de que un partido comunista es libre de adoptar todos los medios y todos los métodos. Al afirmar que el partido, precisamente por ser verdaderamente comunista, es decir, sano en los principios y en la organización, puede permitirse todas las acrobacias en la maniobra política, se olvida que el partido es para nosotros, al mismo tiempo, factor y producto del desarrollo histórico, y que frente a las fuerzas de este último, el proletariado se comporta como una materia más plástica aún. Lo que tendrá influencia sobre el proletariado no serán las explicaciones tortuosas que los jefes del partido presentasen para justificar ciertas "maniobras", sino los efectos reales que es necesario saber prever, utilizando sobre todo la experiencia de los errores pasados. Solo si se sabe actuar en el campo de la táctica y rechazar enérgicamente las falsas vías con normas de acción precisas y respetadas, el partido podrá preservarse de las degeneraciones, lo que jamás logrará solamente con credos teóricos y sanciones organizativas.
Otro error en la cuestión general de la táctica, que con toda claridad lleva nuevamente a la clásica posición oportunista refutada por Marx y Lenin, es aquella que sostiene que el partido, al saber que las condiciones de la revolución maduran solamente a través de una evolución de las formas políticas y sociales, y aunque represente en el momento oportuno el factor de la revolución proletaria total y final, deba escoger entre las fuerzas en contienda, cuando tengan lugar luchas de clase y de partidos que no sean todavía las que correspondan a su terreno específico, aquella que represente el desarrollo de la situación en un sentido más favorable para la evolución histórica general, y deba apoyarla y coaligarse más o menos abiertamente con ella.
Ante todo, falta el presupuesto de semejante política, porque el esquema típico de una evolución social y política que este precisada en todos sus detalles, y que equivalga a la mejor preparación del advenimiento final del comunismo, es un concepto que solo los oportunistas han querido atribuir al marxismo y es el fundamento de la difamación por parte de los Kautsky de la revolución rusa y del movimiento comunista actual. Ni siquiera se puede establecer como tesis general que las condiciones más propicias para el trabajo fecundo del partido comunista se encuentren en ciertos tipos de régimen burgués, por ejemplo, en los más democráticos. Si es verdad que las medidas reaccionarias y de "derecha" de los gobiernos burgueses han detenido muchas veces al proletariado, no es menos cierto, y ha sucedido con mucha más frecuencia, que la política liberal y de izquierda de los gobiernos burgueses ha atenuado muchas veces la lucha de clases y ha desviado a la clase obrera de acciones decisivas. Una valoración más exacta y verdaderamente democrática, evolucionista y progresista, muestra que la burguesía intenta y a menudo logra alternar periódicamente sus métodos y partidos de gobierno según su interés contrarrevolucionario, mientras toda nuestra experiencia nos demuestra cómo el triunfo del oportunismo ha pasado siempre a través del apasionamiento del proletariado por las vicisitudes sucesivas de la política burguesa.
En segundo lugar, incluso si fuese cierto que ciertas transformaciones a nivel de gobierno en el régimen actual facilitan el desarrollo ulterior de la acción del proletariado, la experiencia demuestra con evidencia que esto presupone una condición expresa: la existencia de un partido que haya advertido a tiempo a las masas de la desilusión que seguiría a lo que le era presentado como un éxito inmediato; y no solo presupone la simple existencia del partido, sino también su capacidad para actuar, incluso antes de la lucha a la que aquí nos referimos, de una manera autonóma ante los ojos del proletariado, el que lo sigue según su actitud concreta y no solo según los esquemas que le fuese cómodo adoptar oficialmente. Por lo tanto, el partido comunista, en presencia de luchas que no pueden desarrollarse aún como la lucha definitiva por la victoria proletaria, no será el gerente de transformaciones y realizaciones que no interesan directamente a la clase que representa, y no renunciará a su carácter y a su actitud autónoma participando en una especie de sociedad de seguros para todos los movimientos políticos supuestamente "renovadores", o para todos los sistemas y gobiernos políticos amenazados por un pretendido "gobierno peor".
A menundo, contra las exigencias de esta línea de acción se utiliza falsamente la fórmula de Marx según la cual "los comunistas apoyan todo movimiento dirigido contra las condiciones sociales existentes", así como la doctrina de Lenin contra "la enfermedad infantil del comunismo". La especulación intentada en torno a estas enunciaciones dentro de nuestro movimiento no difiere en su naturaleza íntima de la especulación análoga y continua por parte de los revisionistas y los centristas a la Berstein o Nenni que, en nombre de Marx y Lenin, han pretendido burlarse de los revolucionarios marxistas.
Ante todo, hay que observar acerca de estas enunciaciones, que ellas tienen un valor histórico contingente, pues se refieren, por parte de Marx, a la Alemania aún no burguesa; y, en cuanto a la experiencia bolchevique ilustrada por Lenin en su libro, a la Rusia zarista. Estas bases no son la únicas sobre las cuales se deba fundar la resolución de la cuestión táctica en las condiciones clásicas: proletariado en lucha con una burguesía capitalista plenamente delineada. En segundo lugar, hay que observar que el apoyo del que habla Marx y los "compromisos" de los que habla Lenin (término preferido por Lenin sobre todo por "coquetería" de ese magnífico dialéctico marxista que es el campeón de la verdadera y no formal intransigencia, tensa y dirigida hacia una meta inmutable), son apoyos y compromisos con movimientos aún constreñidos a abrirse camino mediante la insurrección contra las formas pasadas, incluso contra las ideologías y la voluntad eventual de sus dirigentes; y la intervención del partido comunista se presenta como una intervención en el terreno de la guerra civil: así formula Lenin la cuestión de los campesinos y de las nacionalidades, el episodio de Kornilov y tantos otros casos. Pero, aun al margen de estas dos observaciones sustanciales, el sentido de la crítica que Lenin hace del infantilismo, y el de todos los textos marxistas sobre la agilidad de la política revolucionaria, no está de ningún modo en contradicción con la barrera que los mismos elevan voluntariamente contra el oportunismo, definido por Engels y después por Lenin, como la "ausencia de principios", o sea, como el olvido del objetivo final.
Construir la táctica comunista según un método no dialéctico, sino formalista, sería estar en contra de Marx y Lenin. Sería un error garrafal afirmar que los medios deben corresponder a los fines no en virtud de su sucesión histórica y dialéctica en el proceso del desarrollo, sino según la semejanza y analogía de los aspectos que los medios y los fines pueden tener desde el punto de vista inmediato y casi diremos ético, psicológico o estético. En materia de táctica, no debe cometerse el error que anarquistas y reformistas cometen en materia de principios, cuando a éstos les parece absurdo que la supresión de las clases y del poder estatal haya que prepararla a través del predominio de la clase y del estado dictatorial proletario, y que la abolición de toda violencia social se realice a través del empleo de la violencia ofensiva y defensiva, violencia revolucionaria con respecto al poder actual y conservadora con respecto al poder proletario. Análogamente, se equivocaría quien afirmase que un partido revolucionario deba estar en todo momento por la lucha sin tener en cuenta las fuerzas de amigos y enemigos; que en una huelga, por ejemplo, el comunista no pueda propugnar más que su continuación a ultranza; que un comunista deba rechazar ciertos medios como el disimulo, la astucia, el espionaje, etc., porque carecen de nobleza y son poco simpáticos. La crítica marxista y de Lenin contra el seudorrevolucionarismo superficial que apesta el camino del proletariado constituye el esfuerzo por eliminar esos criterios estúpidos y sentimentales de la resolución de los problemas tácticos. Esta crítica forma parte de manera definitiva de la experiencia del movimiento comunista.
Un ejemplo de los errores de deducción táctica que según esta crítica hay que evitar es aquel para el cual, dado que nosotros realizamos la escisión política de los comunistas para con los oportunistas, debemos sostener también la escisión en los sindicatos dirigidos por los amarillos. Solo en razón de un engaño polémico organizado se continúa afirmando desde hace tiempo que la izquierda italiana habría basado sus conclusiones en argumentaciones como aquella según la cual sería indecoroso aproximarse a las personas de los jefes de los partidos oportunistas, y en otras semejantes.
El examen y la comprensión de las situaciones deben ser elementos necesarios para adoptar las decisiones tácticas, pero no en cuanto puedan conducir, según la arbitrariedad de los jefes, a "improvisaciones" y "sorpresas", sino en cuanto indicarán al movimiento que ha llegado la hora de una acción lo más prevista posible. De lo que se trata es de prever lo que deberemos hacer en las distintas hipótesis posibles en el curso de las situaciones objetivas, y no de prever las situaciones, lo que todavía es menos posible con seguridad. Negar la posibilidad y la necesidad de prever las grandes líneas de la táctica, - no de prever las situaciones, cosa posible con una seguridad aún menor, sino de prever qué deberemos hacer en las diversas hipótesis posibles sobre la marcha de las situaciones objetivas - significa negar la tarea del partido y negar la única garantía que podemos dar de que, en cada eventualidad, sus militantes y las masas responderán a las órdenes del centro dirigente.
En ese sentido, el partido no es un ejercito, ni tampoco un engranaje estatal, o sea, un órgano en el cual la parte de la autoridad jerárquica es preponderante y la de la adhesión voluntaria nula; es obvio que para el miembro del partido queda siempre una vía para no ejecutar las ordenes, contra lo cual no existen sanciones materiales: el abandono del partido mismo. La buena táctica es aquella que, con el desarrollo de las situaciones, cuando el centro dirigente no tiene tiempo de consultar al partido, y menos aún a las masas, ella no provoca en el seno del partido mismo ni en el del proletariado repercusiones inesperadas y que puedan ir en un sentido opuesto al éxito de la campaña revolucionaria. El arte de la táctica revolucionaria es el de prever cómo reaccionará el partido a las órdenes y cuáles son la ordenes que obtendrán la buena reacción: ese arte sólo puede ser confiado a la utilización colectiva de las experiencias de acción del pasado, resumidas en claras reglas de acción. Al dejar la ejecución de las mismas a los dirigentes, los militantes se aseguran de que éstos no traicionarán su mandato, y se comprometen sustancialmente, y no en apariencia, a ejecutar de manera fecunda y decidida las órdenes del movimiento. No dudamos en decir que, al ser el partido mismo algo perfectible y no perfecto, mucho debe ser sacrificado a la claridad, a la capacidad de persuasión de las normas tácticas, aunque esto comporte cierta esquematización. Cuando las situaciones destruyan los esquemas tácticos preparados por nosotros, nada se solucionará cayendo en el oportunismo y en el eclecticismo, sino que se deberá hacer un nuevo esfuerzo para adecuar la línea táctica a las tareas del partido. No es solo el buen partido el que da la buena táctica, sino que es la buena táctica la que da el buen partido, y la buena táctica tiene que ser comprendida y elegida por todos en sus líneas fundamentales.
Nosotros negamos sustancialmente que, con la exigencia de un acatamiento puro y simple a un hombre, a un comité, o a un único partido de la Internacional y a su tradicional aparato dirigente, sea lícito sofocar el esfuerzo y el trabajo colectivo del partido para definir las normas de la táctica.
La acción del partido asume un aspecto de estrategia en los momentos culminantes de la lucha por el poder, en los cuales dicha acción asume un carácter esencialmente militar. En las situaciones precedentes, la acción del partido no se reduce, sin embargo, a la función puramente ideológica, propagandística y organizativa, sino que consiste, como se ha dicho, en participar y actuar en cada una de las luchas suscitadas en el proletariado. Por consiguiente, el sistema de las normas tácticas debe ser edificado precisamente con el fin de establecer en qué condiciones la intervención del partido y su actividad en dichos movimientos, su agitación al calor de las luchas proletarias, se coordinan con el objetivo revolucionario final y garantizan simultáneamente el progreso útil de la preparación ideológica, organizativa y táctica.
En los puntos siguientes se aclarará, en relación con los diferentes problemas, cómo se presenta ésta elaboración de cada una de las normas de acción comunista en el actual estadio de desarrollo del movimiento comunista.
1. La constitución de la III Internacional
El factor fundamental para la formación de la nueva Internacional ha sido la revolución rusa, primera victoria gloriosa del proletariado mundial. Respecto a los problemas tácticos, y debido a las condiciones sociales de Rusia, la revolución rusa no ha dado el tipo histórico general para las revoluciones de los otros países bajo el aspecto de los problemas tácticos. En dicho país, en el paso que va del poder feudal autocrático a la dictadura proletaria, no existió una época de dominio político de la clase burguesa con su aparato estatal exclusivo y estable.
Precisamente por esto, la confirmación histórica de la concepción del programa marxista ha tenido en la revolución rusa su alcance más grandioso, y ha servido poderosamente para derrotar al revisionismo socialdemócrata en el terreno de los principios. Pero en el terreno organizativo, la lucha contra la Segunda Internacional, parte integrante de la lucha contra el capitalismo mundial, no ha tenido un éxito igualmente decisivo, y han sido cometidos múltiples errores por los cuales los partidos comunistas no han alcanzado la eficiencia que las condiciones objetivas les hubieran permitido.
Otro tanto debe decirse en el terreno táctico, en el cual han sido resueltos y se resuelven hoy insuficientemente muchos problemas propios del tablero en el que figuran la burguesía, el Estado burgués parlamentario moderno con un aparato históricamente estable, y el proletariado; y no siempre los partidos comunistas han obtenido cuanto era posible para el avance del proletariado contra el capitalismo y para la liquidación de los partidos socialdemócratas, órganos políticos de la contrarrevolución burguesa.
2. Situación económica y política mundial (1926)
La crisis del capitalismo permanece abierta y su agravamiento definitivo es inevitable. En el terreno político se asiste a un debilitamiento del movimiento obrero revolucionario en casi todos los países más avanzados, contrarrestado felizmente, sin embargo por la consolidación de la Rusia soviética, y por la acción de las poblaciones de los países coloniales contra las potencias capitalistas.
A la ofensiva proletaria de la posguerra le siguió una ofensiva patronal contra las posiciones proletarias, a la que el Comintern respondió con la consigna del frente único. A continuación se planteó el problema del advenimiento de situaciones democráticas-pacifistas en varios países, denunciado justamente por el camarada Trotsky como un peligro de degeneración para nuestro movimiento. Hay que evitar la interpretación de la situación que presenta, como una cuestión vital para el proletariado, la lucha entre dos fracciones de la burguesía, la de derecha y la de izquierda, que se ha querido identificar demasiado esquemáticamente como expresiones de grupos sociales distintos.
La justa interpretación es que la clase dominante posee diferentes métodos de gobierno y defensa sustancialmente reducibles a dos: el reaccionario y fascista, y el liberal democrático.
Partiendo del análisis económico, las tesis de Lenin prueban que las capas más modernas de la burguesía tienden no solo a unificar el
mecanismo productivo, sino también a defenderlo políticamente recurriendo a los métodos más enérgicos.
El marxismo no habla de la política como del arte común o de la técnica que consiste en las astucias de la intriga parlamentaria o diplomática, y que cada partido adoptaría para sus fines especiales. Anticipando formas superiores de relaciones para culminar en el arte de la insurrección revolucionaria, la política proletaria se contrapone al método de la política burguesa. Esta oposición, de la que se omite aquí una exposición teórica más amplia, es una condición vital para la fructuosa ligazón entre el proletariado revolucionario y su estado mayor comunista, o para la buena selección del personal de éste último.
La práctica del trabajo de la Internacional está contradiciendo esta necesidad revolucionaria. Muchas veces, en las relaciones entre los órganos del movimiento comunista prevalece la política que tiene dos aspectos: una subordinación de las motivaciones teóricas a los movimientos ocasionales; y un sistema de negociaciones y pactos entre personas que, al no llegar a traducir felizmente las relaciones de los partidos y de las masas, ha conducido a graves desilusiones.
En la fundación del Comintern tuvo mucho peso la consideración de la urgencia de una vasta concentración de fuerzas revolucionarias, previéndose entonces un desarrollo mucho más rápido de las situaciones objetivas. Sin embargo, se ha podido constatar que hubiera sido más conveniente proceder con mayor rigor en los criterios de organización. A los efectos de la formación de los partidos o de la conquista de las masas, los resultados no han sido favorecidos ni por las concesiones a grupos sindicalistas o anarquistas, ni por pequeñas transacciones admitidas sobre las 21 condiciones con los centristas, ni por las fusiones orgánicas con partidos y fracciones de partidos obtenidas con el "noyautage" político, ni por tolerar la doble organización comunista en ciertos países con los partidos simpatizantes. La consigna de la organización de los partidos sobre la base de las células, lanzada después del V Congreso, no logra su objetivo que era el de eliminar los defectos unánimemente constatados en las secciones de la Internacional.
Por su generalización, y sobre todo con la interpretación que le ha dado la Central italiana, dicha consigna se presta a graves errores y a una desviación tanto del postulado marxista según el cual la revolución no es una cuestión de formas de organización, como de la tesis leninista según la cual una solución orgánica jamás pude ser válida para todo tiempo y lugar.
Respecto a los partidos que actúan en la época presente y en los países burgueses con un régimen parlamentario estable, el tipo de organización por células resulta menos adecuado que el de base territorial. Por lo demás, es un error teórico afirmar que el partido basado en células es un verdadero partido comunista. En la práctica, el segundo tipo permite desarrollar menos fácilmente la tarea unificadora del partido entre los grupos proletarios de categoría e industria, tarea tanto más importante cuanto más desfavorable es la situación y más reducidas las posibilidades de organización proletaria. Diversos inconvenientes prácticos acompañan a la organización por células, consideradas como base exclusiva del partido. En cambio, en la Rusia zarista las cosas se presentaban de otro modo, por las diferentes relaciones existentes entre la patronal industrial y el Estado, mientras que el peligro corporativo era menos grave porque la cuestión central del poder se planteaba de manera inminente.
Conservar en el partido la organización de base territorial no significa renunciar a tener órganos del partido en las fábricas: éstos deben ser los grupos comunistas ligados al partido y dirigidos por éste, e insertados en el encuadramiento sindical del partido. Este sistema resuelve mucho mejor el contacto con las masas y mantiene visible la organización fundamental del partido.
Otro aspecto de la consigna de la bolchevización es considerar como garantía segura de la eficiencia del partido una completa centralización disciplinaria y una severa prohibición del fraccionismo.
La última instancia para todas las cuestiones controvertidas es el órgano central internacional, en el cual tiene - si no jerárquicamente, al menos políticamente - la hegemonía el Partido Comunista Ruso.
Esta garantía en realidad no existe, y todo el planteamiento del problema es inadecuado. De hecho, no se ha evitado el desenfreno del fraccionismo en la Internacional, sino que, por el contrario, ha sido estimulado bajo formas disimuladas e hipócritas. Por otra parte, desde el punto de vista histórico, la superación de las fracciones en el partido ruso no ha sido un expediente ni una receta de efectos mágicos aplicada en el terreno estatutario, sino que ha sido el resultado y la expresión de un feliz planteamiento de los problemas de doctrina y de acción política.
La solución no está en una exasperación vana del autoritarismo jerárquico, (a la que le falta la investidura inicial, ya sea porque las experiencias históricas rusas, aunque grandiosas, son incompletas, o porque, de hecho, en la vieja guardia misma, custodia de las tradiciones bolcheviques, surgen desacuerdos cuya solución no puede ser considerada a priori como la mejor. Del mismo modo, tampoco lo está en una aplicación sistemática de los principios de la democracia formal, que en el marxismo no tiene otro lugar que el de una practica organizativa que puede ser cómoda.
Los partidos comunistas deben realizar un centralismo orgánico que, con la máxima compatibilidad con las consultas de la base, asegure la eliminación espontánea de toda agrupación que tienda a diferenciarse. Esto no se obtiene con prescripciones jerárquicas formales y mecánicas; sino, tal como dice Lenin, con la justa política revolucionaria.
La represión del fraccionismo no es un aspecto fundamental de la evolución del partido, más bien lo es la prevención del mismo.
Es absurdo y estéril, y además muy peligroso, pretender que el partido y la Internacional estén asegurados misteriosamente contra toda recaída o tendencia a la recaída en el oportunismo, que pueden depender tanto de cambios de la situación como del papel que juegen los restos dejados por las tradiciones socialdemócratas. En la resolución de nuestros problemas, se debe admitir, entonces, que toda diferencia de opinión que no pueda reducirse a casos de conciencia o derrotismo personal puede desarrollarse útilmente para preservar de graves peligros al partido y al proletariado en general.
Si estos peligros se acentuasen, la diferenciación asumiría inevitablemente, pero útilmente, la forma del fraccionismo; esto podría conducir a escisiones, no por el infantil motivo de una falta de energía represiva por parte de los dirigentes, sino solo en el caso que se verificase la maldita hipótesis del fracaso del partido y de su sometimiento a influencias contrarrevolucionarias.
Un ejemplo del falso método se reconoce en las soluciones artificiosas dadas a la situación del partido alemán después de la crisis oportunista de 1923, con las que, sin llegar, por otra parte, a eliminar el fraccionismo, se ha obstaculizado así, en las filas de un proletariado tan avanzado como el alemán, la determinación espontánea de la justa reacción clasista y revolucionaria contra la degeneración del partido.
El peligro de la influencia burguesa sobre el partido de clase no se presenta históricamente como organización de fracción, sino a través de una penetración astuta que agita una demagogia unitaria y que opera como una dictadura desde lo alto, inmovilizadora de las iniciativas de la vanguardia proletaria.
Los resultados de este método perjudican al partido y al proletariado, y retrasan el logro del "verdadero" partido comunista. Este método, aplicado en muchas secciones de la Internacional, es de por sí un grave síntoma de un oportunismo latente. En la situación actual, en el Comintern no se delinea la constitución de una oposición internacional de izquierda; pero, si continuase el desarrollo de los factores desfavorables mencionados, la formación de una oposición tal será, al mismo tiempo, una necesidad revolucionaria y un reflejo espontáneo de la situación.
En la resolución de los problemas tácticos planteados por las situaciones mencionadas anteriormente en el campo internacional, se han cometido errores análogos, en general, a los errores organizativos, y resultantes de la pretensión de deducir todo de los problemas planteados en el pasado al Partido Comunista Ruso.
Por lo tanto, debe elegirse como base del frente único a organismos proletarios en los cuales los trabajadores entren por su posición social e independientemente de su fe política y de su encuadramiento en las filas de un partido organizado. Y esto, con el doble objetivo de no excluir la crítica de los comunistas contra los demás partidos, como tampoco la progresiva organización, en los encuadramientos propios del partido comunista y en sus mismas filas, de nuevos elementos provenientes de estos partidos; y con el fin de asegurar la comprensión por parte de las masas de las sucesivas consignas dirigidas por el partido para movilizarlas sobre su programa y bajo su exclusiva dirección.
La práctica ha demostrado la esterilidad de este método y ha desacreditado su efectividad, incluso inicial, después del abuso que se ha hecho de él.
Cuando el frente único político toma como base una reivindicación central referente al problema del Estado, se convierte en la táctica del gobierno obrero. Aquí no se trata sólo de una táctica errónea, sino de una contradicción estridente con los principios del comunismo. El partido, al lanzar una consigna que significa la toma del poder por parte del proletariado a través de organismos representativos propios del aparato estatal burgués, o incluso al no excluir explícitamente semejante eventualidad, lo que hace es abandonar y desmentir el programa comunista, no solo por las nefastas e inevitables consecuencias que esto tiene sobre la ideología proletaria, sino también en la misma formulación ideológica que el partido anuncia y acredita. La revisión de esta táctica por parte del V Congreso, después de la derrota alemana, no ha sido satisfactoria, y los posteriores desarrollos de las experiencias tácticas justifican las peticiones de que se abandone también la consigna misma del gobierno obrero.
Respecto al problema central del Estado, el partido sólo puede dar la consigna de la dictadura del proletariado, pues no existe otro "gobierno obrero".
Todo esto no contradice en absoluto la consigna "todo el poder a los Soviets" y a organismos de tipo soviético (representaciones elegidas por los trabajadores solamente), aun cuando los partidos oportunistas prevalezcan en su seno. Dichos partidos están en contra de la toma del poder por parte de los órganos proletarios, siendo ésta la dictadura proletaria misma que excluye a los no trabajadores de los órganos electivos y del poder, y que sólo el partido comunista podrá ejercer.
No es necesario, ni tampoco se propone aquí, formular la consigna de la dictadura proletaria con solo uno de sus sinónimos, es decir: "gobierno del partido comunista".
El frente único y el gobierno eran justificados así: para nuestra victoria no basta con tener partidos comunistas, también es necesario conquistar a las masas; para conquistarlas hay que eliminar la influencia de los socialdemócratas en el terreno de las reivindicaciones comprensibles por todos los trabajadores.
Hoy se da otro paso y se plantea el peligroso problema: para nuestra victoria hay que conseguir primero que la burguesía gobierne de un modo más tolerante y flexible, o bien que gobiernen clases intermedias entre la burguesía y el proletariado, para permitir así nuestra preparación. Al admitir un posible gobierno original de las clases medias, la segunda concepción cae de lleno en el revisionismo de la doctrina de Marx y equivale a la forma contrarrevolucionaria del reformismo.
La primera concepción se referiría solamente a la utilidad objetiva de condiciones que nos permiten desarrollar mejor la propaganda, la agitación y la organización. Pero de ésta, que no es menos peligrosa que la otra, ya se ha hablado a propósito del análisis de las situaciones.
Todo permite prever que el liberalismo y la democracia burguesa, en antítesis con el método "fascista", se desarrollarán en el sentido de excluir al partido comunista de sus garantías jurídicas, que ya valen muy poco, como alguien que se excluiría a sí mismo por negarlas en su programa. Esto ni siquiera está en contra de los principios de la democracia burguesa; y, en todo caso, tiene precedentes de hecho en la obra de todos los llamados gobiernos de izquierda: por ejemplo, en el programa del Aventino italiano. La "libertad" dada al proletariado será esencialmente una mayor libertad de acción y de organización en su seno para los agentes contrarrevolucionarios. La única libertad para el proletariado reside en su dictadura.
Ya se ha dicho que en los límites en los que un gobierno de izquierda puede ofrecernos condiciones útiles, éstas podrán ser aprovechadas sólo si el partido ha mantenido continuamente con anterioridad una posición claramente autónoma. Esto no equivale a prever una diabólica habilidad de la burguesía, sino a la certeza, fuera de la cual no se tiene el derecho a llamarse comunista, de que la lucha final pondrá en contra de las conquistas del proletariado al frente único de las fuerzas burguesas, se llamen éstas Hindenburg o Mac Donald, Mussolini o Noske.
Cualquier preparación del proletariado para distinguir en este frente a elementos que, incluso involuntariamente, le serían favorables, será un coeficiente de derrota, aun cuando toda debilidad intrínseca de sectores del frente mismo será un evidente coeficiente de victoria.
Por estas consideraciones, hay que declarar inaceptables los métodos tácticos preconizados en Alemania después de la elección de Hindenburg, donde se ha practicado la alianza electoral con la socialdemocracia y con otros partidos "republicanos", o sea, burgueses; como también la alianza parlamentaria al Landstag prusiano para evitar un gobierno de derecha y la táctica de favorecer el cartel de izquierda adoptada en Francia en las elecciones administrativas (táctica de Clichy). Incluso, como consecuencia imperiosa de las Tesis del II Congreso sobre el parlamentarismo revolucionario, el partido comunista sólo puede descender al terreno electoral y parlamentario con posiciones rigurosamente independientes.
Las recientes manifestaciones tácticas mencionadas más arriba presentan una afinidad histórica de indudable evidencia, aunque no completa, por cierto, con los métodos tradicionales de bloque y de colaboracionismo adoptados en la II Internacional, que también se pretendían justificar en el terreno del marxismo.
Tales métodos representan un peligro efectivo para el planteamiento ideológico y para la edificación de la Internacional: además, no están autorizados por ninguna deliberación de los congresos internacionales y mucho menos por las tesis tácticas del V Congreso.
Primero se sostuvo la admisión de los sindicatos en la Internacional Comunista; a continuación, se constituyó una Internacional Sindical Roja afirmando que, mientras el partido comunista debe luchar por la unidad de los sindicatos, en la que se produce la más idónea zona de contacto con las masas, y no debe tender a la formación de sindicatos propios escindiendo incluso los dirigidos por los amarillos, en el campo internacional, sin embargo, la oficina de la Internacional de Amsterdam era considerada y tratada no como un organismo de las masas proletarias, sino como un órgano político contrarrevolucionario de la Sociedad de las Naciones.
No obstante, no es de excluir la utilidad de una táctica de frente único a escala mundial con todos los organismos sindicales, incluso los que se adhieren a Amsterdam.
La izquierda del partido ha sostenido y luchado siempre por la unidad proletaria en los sindicatos, actitud que contribuye a diferenciarla claramente de las falsas izquierdas de tipo sindicalista y voluntarista combatidas por Lenin. Además la izquierda representa en Italia la concepción rigurosamente leninista del problema de las relaciones entre los sindicatos y los consejos de fábrica, rechazando sobre la base de la experiencia rusa y de las tesis del II Congreso al respecto, la grave desviación de principio que consiste en vaciar de importancia revolucionaria al sindicato, basado en adhesiones voluntarias, para sustituirlo por el concepto utopista y reaccionario de un necesario aparato constitucional adherido orgánicamente en toda su extensión al sistema de producción capitalista, error que en la práctica se concreta en la sobrevaloración de los consejos de fábrica y en un efectivo boicot al sindicato.
La cuestión agraria está definida fundamentalmente en las tesis que Lenin presentó en el II Congreso de la Internacional. La línea fundamental de Lenin consiste ante todo en la rectificación desde el punto de vista histórico del problema de la producción agrícola en el sistema marxista. En la economía agrícola faltan las premisas de la socialización de las empresas en una época en que ya están maduras en la economía industrial.
Lejos de retrasar la revolución proletaria (sobre cuya base únicamente aquellas premisas se realizarán de forma general), esto hace que el problema de los intereses generales de los campesinos pobres sea insoluble en el marco de la economía industrial y del poder burgués, permitiendo al proletariado unir a su propia lucha la emancipación del campesino pobre de un sistema de explotación por parte de los terratenientes y de la burguesía, aunque ésta emancipación no coincida con una transformación general de la economía productiva rural.
En la propiedad que es grande desde el punto de vista jurídico, pero que se compone técnicamente de pequenísimas empresas productivas, la destrucción de las superestructuras legales se presenta como el reparto de la tierra entre los campesinos. En realidad, esto no es otra cosa que la liberación de una explotación común de las pequeñas empresas que anteriormente estaban ya separadas. Esto no puede hacerse sin romper revolucionariamente las relaciones de propiedad, pero sólo el proletariado de la industria puede ser el protagonista de esta ruptura, porque éste no es solamente, a diferencia del campesino, una víctima del sistema de las relaciones burguesas de producción, sino el producto histórico de su madurez para ceder el paso a un sistema de nuevas y diversas relaciones. Por consiguiente, el proletariado encontrará una ayuda preciosa en la insurrección del campesino pobre. Pero en las conclusiones tácticas de Lenin es esencial, en primer lugar, la diferencia fundamental que existe entre las relaciones del proletariado con la clase campesina y las relaciones entre el proletariado con las capas medias reaccionarias de la economía urbana, expresadas - sobre todo - por los partidos socialdemócratas; y, en segundo lugar, el concepto de la preeminencia y hegemonía intangible de la clase obrera en la conducción de la revolución.
En el momento de la conquista del poder, el campesino se presenta como un factor revolucionario; pero aunque su ideología se modifica en la revolución con respecto a las viejas formas de autoridad y legalidad, no se modifica mucho en relación con las relaciones productivas que siguen siendo las tradicionales de la empresa familiar aislada y en competencia con las otras, de modo que el campesino sigue siendo un grave peligro para la construcción de la economía socialista. Sólo un gran desarrollo de la energía productiva y de la técnica agraria podrá suscitar el interés del campesino por esta economía.
Según Lenin, en el terreno táctico y organizativo el proletariado agrícola no ligado a la tierra (jornalero) debe ser considerado y encuadrado en el mismo plano que el resto del proletariado. La alianza con el campesino pobre, que trabaja solo su parte de tierra o un lote insuficiente, se vuelve simplemente neutralización respecto al campesino medio, en el que se superponen las caracteres de víctima de ciertas relaciones capitalistas y de explotador de mano de obra; estos últimos caracteres son preeminentes en el campesino rico, que es enemigo directo de la revolución.
El campesino que se ha vuelto consciente del programa de los comunistas y susceptible de organizarse políticamente debe volverse un miembro del Partido Comunista, sólo así podrá combatirse el surgimiento de partidos exclusivamente campesinos, influenciables inevitablemente por la contrarrevolución.
Esta norma táctica no contradice las relaciones establecidas entre los bolcheviques y los "socialistas revolucionarios" en el periodo de la guerra civil y cuando ya existían las nuevas instituciones representativas del proletariado y de los campesinos.
Sin embargo, en el planteamiento leninista son fundamentales los conceptos de la dirección de la lucha mundial por parte de los órganos del proletariado revolucionario, y de la instigación (jamás el retraso o la obstrucción) de la lucha de clases en las zonas indígenas, de la constitución y del desarrollo independiente del partido comunista local.
Representa un peligro la extensión de estas apreciaciones a los países en los que el régimen capitalista y el aparato estatal burgués están construidos desde hace tiempo, puesto que en estas condiciones la cuestión nacional y la ideología patriótica son directamente recursos contrarrevolucionarios que tienden al desarme del proletariado en cuanto clase, por ejemplo, estas desviaciones se han verificado con las conocidas concesiones de Radek a los nacionalistas alemanes en lucha contra la ocupación de los aliados.
Por consiguiente, la elevación de la lucha de las minorías nacionales en sí misma a una cuestión de principio es una deformación de la concepción comunista, pues depende de otros criterios muy distintos discernir si tal lucha presenta posibilidades revolucionarias o desarrollos reaccionarios.
En la Internacional Comunista es indiscutible la importancia de la nueva política económica del estado ruso, tal como resulta sobre todo del discurso de Lenin de 1921 acerca del impuesto en especie y el informe de Trotsky al IV Congreso mundial. Dadas las premisas de la economía rusa y el hecho de que en los otros países la burguesía permanece en el poder, no se podía plantear de otro modo la perspectiva marxista del desarrollo de la revolución mundial y de la construcción de la economía socialista.
Las repercusiones del debate en el seno del partido fueron inadecuadas y artificiales a causa del método notorio de poner en primer plano una intimidación antifraccionista o, lo que es peor, antibonapartista, absolutamente sin fundamento. En cuanto a la muy reciente discusión, hay que advertir ante todo que ésta está centrada en problemas de naturaleza internacional y que el hecho de que sobre la misma se haya pronunciado la mayoría del Partido Comunista Ruso no puede ser alegado como argumento en contra de que la Internacional discuta sobre ella y se pronuncie a su vez, siendo totalmente indiferente que la oposición derrotada renuncie a esa demanda.
Como en otros casos, la cuestión de procedimiento y de disciplina sofoca la cuestión esencial. No se trata de una defensa de los derechos violados de una minoría, la cual - al menos en lo que respecta a los jefes - comparte la misma responsabilidad de muchos errores internacionales, sino que se trata de cuestiones vitales del movimiento mundial.
La cuestión rusa debe ser llevada ante la Internacional para su estudio completo. Los términos de su planteamiento deben ser los siguientes. Según Lenin, en la economía rusa actual hay elementos preburgueses, burgueses, de capitalismo de Estado y de socialismo. La gran industria estatal es socialista en la medida en que se refiere a los planteamientos productivos del Estado políticamente proletario. Pero la distribución de sus productos se realiza de forma capitalista, mejor dicho, con el mecanismo del mercado libre de la competencia.
En principio, no se puede excluir que este sistema mantenga a los obreros en una condición económica poco floreciente (como es el caso hoy) aceptada por ellos gracias a la conciencia revolucionaria adquirida, e incluso que se desarrolle en el sentido de un aumento de la sustracción de plusvalor, que puede efectuarse a través del precio que los obreros pagan por los productos alimenticios, del precio pagado por el Estado y de las condiciones obtenidas por éste en las compras, en las concesiones, en el comercio y en todas las relaciones con el capitalismo exterior. La cuestión debe ser planteada así para saber si hay un progreso o un retroceso de los elementos socialistas en la economía rusa, y este problema se plantea incluso como un problema de rendimiento técnico y de buena organización de la industria de Estado.
La construcción del socialismo integral extendido a la producción, a la distribución, a la industria y a la agricultura debe considerarse imposible en un solo país. En cambio, hay que estimar realizable un desarrollo progresivo de los elementos socialistas en la economía rusa, es decir, el fracaso del plan contrarrevolucionario que cuenta con factores internos (los campesinos ricos y la nueva burguesía y pequeña burguesía) y con factores externos (las potencias imperialistas). Sea que este plan tome la forma de una agresión interior o exterior, sea la de un sabotaje progresivo y una influencia en la vida social y estatal rusa para obligarla a una involución progresiva y a una desproletarización de sus caracteres, en estos casos la estrecha colaboración y contribución de todos los partidos de la Internacional es una condición fundamental del éxito.
Sobre todo, se trata de asegurar a la Rusia proletaria y al Partido Comunista Ruso el apoyo activo y enérgico de la vanguardia proletaria, especialmente la de los países imperialistas, no solo en el sentido de que se impidan las agresiones y se ejerza una presión acerca de las relaciones de los Estados burgueses con Rusia, sino porque es necesario que el partido ruso sea ayudado por los partidos hermanos en la resolución de sus problemas. Por cierto, estos últimos no poseen una experiencia directa de los problemas de gobierno; pero, a pesar de eso, contribuirán a la resolución de los mismos aportándole un coeficiente clasista y revolucionario que deriva directamente de la realidad de la lucha de clases que se desarrolla en sus países respectivos.
En relación con lo dicho más arriba, las relaciones internas de la Internacional Comunista resultan inadecuadas para estas tareas y exigen urgentes modificaciones, sobre todo en sentido contrario a las exageraciones organizativas, tácticas y políticas de la llamada bolchevización.
Son erróneas las apreciaciones sobre la situación italiana que dan un valor decisivo a las consideraciones acerca del insuficiente desarrollo del capitalismo industrial.
A su menor extensión cuantitativa y al relativo retraso histórico de su aparición se contraponen otra serie de circunstancias, en virtud de las cuales, en la época del Risorgimento, todo el poder político ha podido pasar sólidamente a las manos de la burguesía, y su tradición de gobierno es muy rica y compleja.
No es posible identificar sistematicamente las diferencias sociales existentes entre terratenientes y capitalistas, y entre gran y pequeña burguesía con las antítesis políticas sobre las cuales se han alineado históricamente los partidos en lucha: derecha e izquierda histórica, clericalismo y masonería, democracia y fascismo.
El fascismo, directamente favorecido en este periodo por los gobiernos, la burocracia, la policía, la magistratura, el ejército, etc., ha efectuado después una sustitución completa del viejo personal político burgués, pero este hecho no debe engañar y aún menos servir para rehabilitar a partidos y agrupaciones que han fracasado no por haber creado condiciones favorables para la clase obrera, sino sólo por haber agotado ya toda una fase de su tarea contra ella.
En el curso de las situaciones mencionadas, el grupo que dio lugar a la formación del Partido Comunista ha obedecido a los siguientes criterios: ruptura de los dualismos ilusorios presentados por la escena política burguesa y parlamentaria, y planteamiento del dualismo clasista revolucionario; destrucción en el seno del proletariado de la ilusión de que las clases medias sean capaces de producir un Estado mayor político, de asumir el poder y de abrir para el proletariado la vía de sus conquistas; difusión en la clase obrera de la confianza en su propia tarea histórica gracias a una preparación apoyada en sucesivas posiciones críticas, políticas, y tácticas originales y autónomas, sólidamente vinculadas entre sí en el desarrollo de las situaciones.
Las tradiciones de esta política existen desde antes de la guerra en la izquierda del Partido Socialista. Desde los congresos de Reggio Emilia (1912) y Ancona (1914), no solo se forma una mayoría capaz de oponerse al mismo tiempo tanto al error reformista como al sindicalista (que hasta entonces había encarnado a la izquierda proletaria), sino que, dentro de esta mayoría se delinea una extrema izquierda que tiende a soluciones cada vez más radicales y clasistas. Así son resueltos correctamente importantes problemas clasistas a propósito de la táctica electoral, de las relaciones con los sindicatos, de la guerra colonial, de la masonería.
Durante la guerra mundial, si bien todo el partido (o casi todo) se opuso a una política de unión sagrada, en su seno se distinguió aún más el trabajo de una extrema izquierda bien individualizada, la que en las reuniones de Bolonia (mayo 1915), Roma (febrero 1917), Florencia (noviembre 1917) y en el Congreso de Roma de 1918 sostuvo directivas leninistas, como la negación de la defensa nacional y el derrotismo, la utilización de la derrota para plantear el problema del poder, la lucha incensante y la demanda de que fuesen expulsados del partido los jefes oportunistas, sindicales y parlamentarios.
Inmediatamente después de la guerra, la posición de la extrema izquierda se concretó en el periódico Il Soviet. Este fue el primero en plantear y defender las directivas de la revolución rusa, negando las interpretaciones antimarxistas, oportunistas, sindicalistas y anarcoides, planteando correctamente los problemas esenciales de la dictadura proletaria y de la tarea del partido, sosteniendo desde el primer momento la escisión del Partido Socialista.
Este grupo sostenía el abstencionismo electoral y sus conclusiones fueron rechazadas por el II Congreso de la Internacional. Pero su abstencionismo no partía de errores teóricos antimarxistas de tipo anarco-sindicalista, tal como lo prueban las decididas polémicas dirigidas contra la prensa anarquista. La táctica abstencionista era preconizada ante todo en el ambiente político de completa democracia parlamentaria, la cual crea particulares dificultades a la conquista de las masas para volverlas conscientes de la justa consigna de la dictadura, dificultades que creemos insuficientemente valoradas todavía por la Internacional.
Con las elecciones de 1919, el gobierno burgués de Nitti abrió una inmesa brecha a la presión revolucionaria, desvió el impulso del proletariado y la atención del partido explotando las tradiciones de electoralismo desenfrenado. El abstencionismo de Il Soviet fue entonces la única reacción justa contra las verdaderas causas del desastre proletario ulterior.
Más tarde, en el congreso de Bolonia (octubre de 1919) sólo la mayoría abstencionista planteó correctamente el problema de la escisión de los reformistas, y buscó en vano un acuerdo con parte de los maximalistas, renunciando en este terreno a hacer del abstencionismo una cuestión previa. Después del fracaso de esta tentativa, la fracción abstencionista fue la única que hasta el II Congreso mundial trabajó a escala nacional para la formación del Partido Comunista.
Una vez constituido el partido comunista en Livorno (enero de 1912), los abstencionistas hicieron toda clase de esfuerzos para ligarse estrechamente con los otros grupos del partido. Si para algunos de éstos la separación de los oportunistas derivaba solamente de la cuestión de las relaciones internacionales, para el grupo de izquierda existía una completa coincidencia entre las tesis de la Internacional y las enseñanzas de las experiencias políticas precedentes. Los abstencionistas, por disciplina y por muchos otros factores, habían renunciado expresamente a su posición sobre las elecciones.
El Centro del partido inspiró su trabajo en la interpretación de la situación italiana y de las tareas del proletariado que han sido trazadas más arriba. Ahora es evidente que el retraso en la constitución del partido revolucionario, cuya responsabilidad debía atribuirse a todos los otros grupos, hacía inevitable la ulterior retirada del proletariado y la había determinado ineluctablemente.
Para lograr las mejores posiciones posibles para el proletariado en las luchas sucesivas, el Centro basó su acción en la necesidad de hacer toda clase de esfuerzos para utilizar el aparato tradicional de las organizaciones rojas, pero era necesario convencer al proletariado de que no debía contar con los maximalistas y reformistas, quienes llegaban hasta la aceptación del pacto de pacificación con el fascismo.
El partido planteó desde un principio el postulado de la unidad sindical, y después presentó la propuesta central de frente único, que culminó en la constitución de la Alianza del Trabajo. Aparte de las opiniones sobre el frente único político, es un hecho que este era coyunturalmente imposible en Italia en 1921-1922, y que nunca llegó al partido comunista la invitación para una reunión que debiera fundar la alianza de los partidos. En la reunión convocada por los ferroviarios para constituir la alianza sindical, el partido no intervino para no prestarse a maniobras que habrían comprometido la alianza misma y las responsabilidades del partido; en vez de eso, afirmó previamente su paternidad de la iniciativa y de la disciplina de los comunistas con respecto al nuevo órgano. Sin embargo, existieron sucesivos contactos con los partidos políticos a los cuales el partido comunista no se negó para nada, sino que fracasaron, demostrando la imposibilidad de un acuerdo en el terreno político y de la acción, y el derrotismo de todos los otros grupos. En el marco de la retirada, el Centro supo defender también la confianza de los obreros en la propia clase y elevar la conciencia política de la vanguardia al impedir a tiempo las tradicionales maniobras hacia el proletariado de grupitos y partidos seudorrevolucinarios. A pesar de los esfuerzos del partido, sólo se llegó más tarde (en agosto de 1922) a la acción general; pero la derrota proletaria fue inevitable. Desde entonces, el fascismo, abiertamente apoyado en la lucha violenta por las fuerzas del Estado dirigido por la democracia liberal, fue el dueño del país, y sólo más tarde se legalizó formalmente su predominio con la marcha sobre Roma.
En este punto, a pesar de restringirse el campo de la acción proletaria, la influencia del partido se estaba imponiendo sobre la de los maximalistas y reformistas, después de haber manifestado ya su progresión en los resultados de las elecciones de 1921 y de las grandes consultas sucesivas de la Confederación del Trabajo.
El congreso de Roma (marzo de 1922) puso de manifiesto una divergencia teórica entre la Izquierda italiana y la mayoría de la Internacional, la cual fue muy mal expresada en un principio por nuestras delegaciones en el III Congreso y en el Ejecutivo Ampliado de febrero de 1922. Estas, especialmente en la primera ocasión, cometieron errores efectivos en un sentido infantilista. Las tesis de Roma fueron la feliz liquidación teórica y política de todo peligro oportunista de izquierda en el partido italiano.
Desde ese momento las dos líneas políticas divergen definitivamente. En el IV Congreso Mundial (diciembre de 1922) el viejo Centro del partido se opuso a la tesis que prevaleció en él. Al retornar los delegados a Italia, delegó unánimemente la responsabilidad de la fusión confiándola a una Comisión, pero conservando naturalmente sus propias funciones administrativas. Se produjeron entonces los arrestos de febrero de 1923 y la gran ofensiva contra el partido. Finalmente, en el Ejecutivo Ampliado de junio de 1923 se depuso al viejo ejecutivo y se lo sustituyó por otro totalmente diferente. Ante esta situación, las dimisiones de una parte de los miembros del Centro del partido fueron una simple consecuencia lógica. En mayo de 1924, una conferencia consultiva del partido daba todavía a la izquierda una aplastante mayoría contra el centro y la derecha, y así se llegó en 1924 al V Congreso mundial.
El grupo del "Ordine Nuovo" surgió en Turín entre algunos elementos intelectuales que se pusieron en contacto con las masas proletarias de la industria, cuando la fracción abstencionista contaba ya en Turín con un gran séquito. En la ideología de aquel grupo predominaban concepciones filosóficas burguesas, idealistas, propias de Croce, las que naturalmente sufrieron y sufren una transformación. Este grupo interpretó muy tarde las directivas comunistas y siempre con residuos de errores ligados a sus orígenes. Sólo comprendió la revolución rusa cuando era demasiado tarde para aplicar positivamente sus enseñanzas a la lucha proletaria italiana. En noviembre de 1917, el camarada Gramsci publicó en el "Avanti" un artículo dando una explicación esencialmente idealista de la revolución rusa, en el cual sostenía que ésta había desmentido al materialismo histórico de Marx y a las teorías del Capital. Contra dicho artículo intervino enseguida la corriente de extrema izquierda, a la cual pertenecía también la Federación Juvenil.
El desarrollo ulterior de las ideas del grupo ordinovista, tal como resulta de las publicaciones del "Ordine Nuovo", no se dirigía hacia una teoría marxista y leninista del movimiento obrero. En esta teoría se plantean erróneamente los problemas de la función de los sindicatos y del partido, las cuestiones de la lucha armada, de la conquista del poder y de la construcción del socialismo. Estableció, por el contrario, la concepción de una organización sistemática no "voluntaria", sino "necesaria" de la clase trabajadora, estrechamente unida al mecanismo industrial productivo capitalista.
Todas las posiciones de esta ideología de características no marxistas: utopismo, sindicalismo de sabor proudhoniano, gradualismo económico antes de la conquista del poder, es decir, reformismo, han sido aparentemente abandonadas para ser sustituidas alternativamente por las muy distintas teorías del leninismo. Pero dicha sustitución sólo se habría podido efectuar de un modo no exterior ni ficticio si el grupo ordinovista no se hubiese apartado y alineado contra el grupo cuyas tradiciones de izquierda convergen espontáneamente de modo bien diverso, como lo hemos demostrado, con la orientación bolchevique, y que aportó una contribución seria extraída de la experiencia proletaria de clase y no de ejercicios de academia y de biblioteca sobre textos burgueses. Por cierto, esto no excluye que también el "Ordine Nuovo" pudiese aprender y mejorar en el curso de la estrecha colaboración con la Izquierda, que luego se interrumpió. Esta situación hace irónica la pretensión de los líderes ordinovistas de bolchevizar a aquellos que fueron en realidad quienes los encaminaron a ellos mismos en una dirección bolchevique en el sentido serio y marxista, y no con procedimientos mecánicos, burocráticos y de comadres.
En abril de 1920, la Sección de Turín aprobó las conocidas tesis del "Ordine Nuovo" redactadas por el camarada Gramsci y adoptadas por el Comité compuesto de ordinovistas y abstencionistas. En realidad, y dejando de lado el desacuerdo sobre la cuestión electoral, estas tesis – citadas en la resolución del II Congreso – expresaban el pensamiento común de la fracción comunista en formación y su contenido no formulaba las construcciones particulares del ordinovismo, sino más bien los puntos aceptados mucho antes y con absoluta claridad por el grupo de izquierda del partido.
Los ordinovistas se unieron durante algún tiempo a la posición de la izquierda respecto a la Internacional; pero, en realidad, su pensamiento se diferenciaba del de las Tesis de Roma, a pesar de que creyeron oportuno votarlas.
Dados los caracteres del grupo ordinovista, su particularismo y concretismo, heredados en realidad de posiciones ideológicas idealistas burguesas, y la posibilidad de adhesiones superficiales e incompletas que permite al método de dirección de la Internacional, debe considerarse que, a pesar de las clamorosas declaraciones de ortodoxia, la adhesión teórica de los ordinovistas al leninismo (adhesión que tiene una importancia decisiva para los efectivos desarrollos políticos que se preparan) no vale mucho más que su adhesión anterior a las Tesis de Roma.
La participación en las elecciones de 1924 fue un acto político muy acertado, pero no puede decirse lo mismo de la propuesta de acción común hecha anteriormente a los partidos socialistas ni de la etiqueta de "unidad proletaria" que ésta ha tomado, y también fue deplorable la tolerancia excesiva de ciertas maniobras electorales de los "terzini". Pero los problemas más graves se manifestaron a propósito de la crisis ocasionada por el asesinato de Matteotti.
La política del Centro se basó en la interpretación absurda de que el debilitamiento del fascismo habría puesto en movimiento a las clases medias primero y al proletariado después. Esto significa desconfiar de la capacidad clasista del proletariado, que permanece vigilante aun bajo el aparato sofocante del fascismo, y sobrestimar la iniciativa de las clases medias. Por el contrario, aparte de la claridad de las posiciones teóricas marxistas al respecto, la enseñanza central extraída de la experiencia italiana es la que demuestra cómo las capas intermedias se dejan arrastrar, siguiendo pasivamente al más fuerte: en 1919-20 al proletariado; en 1921-22-23 al fascismo; hoy, después de un período de ruidosa e importante emoción en 1924-25, nuevamente al fascismo.
El Centro cometió un error al abandonar el parlamento y al participar en las primeras reuniones del Aventino, ya que debería haber permanecido en el parlamento para hacer una declaración de ataque político al Gobierno y para tomar una posición inmediata contra el prejuicio constitucional y moral del Aventino, el que representó el factor determinante del desenlace de la crisis a favor del fascismo. No hay que excluir que a los comunistas les hubiera podido convenir abandonar el parlamento, pero con una fisonomía propia y sólo cuando la situación hubiera permitido llamar a las masas a la acción directa. El momento era de esos en los que se deciden los desarrollos de las situaciones posteriores. El error, por tanto, fue fundamental y decisivo para formarse un juicio acerca de las capacidades del grupo dirigente, y determinó una utilización muy desfavorable por parte de la clase obrera del debilitamiento del fascismo primero y del fracaso clamoroso de Aventino después.
El retorno al parlamento en noviembre de 1924 y la declaración de Repossi fueron benéficas, como lo demostró la ola de aprobación proletaria, pero demasiado tardías. El Centro osciló mucho tiempo y sólo se decidió por la presión del partido y de la izquierda. Se preparó al partido sobre la base de instrucciones insignificantes y de una apreciación fantásticamente errónea de las perspectivas de la situación (relación de Gramsci en el Comité Central, agosto de 1924). La preparación de las masas, que no estaba dirigida en la perspectiva de la caída del Aventino, sino en la de su victoria, a través de la propuesta que el partido hizo a las oposiciones de constituirse en Antiparlamento, fue en todo sentido la peor. Ante todo, esta táctica se apartaba de las decisiones de la Internacional, que jamás consideraron propuestas a partidos netamente burgueses; además, ésta era de las que conducen tanto fuera del campo de los principios y de la política comunista como de la concepción histórica marxista. Independientemente de toda explicación que el Centro podía intentar dar acerca de los fines e intenciones que inspiraban la propuesta, explicación que habría tenido de todos modos una repercusión muy limitada, éste daba por cierto a las masas la ilusión de un Anti-Estado que se opone y lucha contra el aparato estatal tradicional, mientras que, según las perspectivas históricas de nuestro programa, la única base de un Anti-Estado podrá ser la representación de la única clase productora, es decir, el Soviet.
La consigna del antiparlamento, con el apoyo en el país de los comités obreros y campesinos, significaba confiar el Estado Mayor del proletariado a representantes de grupos sociales capitalistas, como Améndola, Agnelli, Albertini, etc.
Se cometió otro error grave en la huelga metalúrgica de marzo de 1925. El Centro no comprendió cómo la desilusión proletaria con respecto al Aventino permitía prever un impulso general de las acciones clasistas bajo la forma de una ola de huelgas, mientras que, si lo hubiera hecho, se habría podido impulsar decididamente más allá a la Federación Italiana de los Obreros Metalúrgicos (F.I.O.M.) (tal como se la arrastró a intervenir en la huelga iniciada por todos los fascistas), hasta la huelga nacional, a través de la formación de un comité metalúrgico de agitación apoyado en las organizaciones locales, que estaban muy dispuestas a la huelga en todo el país.
Las relaciones correctas entre asociaciones de campesinos y sindicatos obreros deben ser establecidas claramente en el sentido de que los asalariados agrícolas forman una federación que adherida a la Confederación del Trabajo, mientras que entre ésta y la asociación de defensa debe existir una estrecha alianza central y local.
En la cuestión agraria se debe evitar una concepción regionalista o meridionalista, de la cual ya se han manifestado algunas tendencias. Esto se refiere también a las cuestiones de las autonomías regionales reivindicadas por ciertos partidos nuevos que debían ser combatidos abiertamente como reaccionarios, en vez de entablar engañosos tratos con ellos.
La táctica de buscar la alianza con la izquierda del Partido Popular (Miglioli) y con el partido de los campesinos ha dado resultados desfavorables.
Una vez más se han hecho concesiones a hombres políticos extraños a toda tradición clasista sin obtener el deseado desplazamiento de las masas y desorientando muchas veces a partes de la organización del partido. También es erróneo sobrestimar la maniobra entre los campesinos a los efectos de una hipotética campaña política contra la influencia del Vaticano, problema que ciertamente se plantea, pero que es resuelto así de manera inadecuada.
Después de la ráfaga fascista, el trabajo de reorganización del partido fue indudablemente rico en buenos resultados. Sin embargo, ese trabajo de organización conservó un carácter demasiado técnico, en vez de asegurar la centralización con la puesta en vigor de normas estatutarias claras y uniformes aplicables a todo camarada o comité local, y no sólo a través de la intervención del aparato central. Se podían hacer mayores progresos permitiendo a las organizaciones de base volver a elegir sus propios comités, sobre todo en el período más favorable de la situación.
En lo que respecta al aumento de los efectivos del partido y a su sucesiva disminución, además de la facilidad con que se alejan hoy los elementos reclutados con la misma facilidad durante la crisis Matteotti, queda demostrado así cómo tales hechos dependen del desarrollo de las situaciones y no de beneficios hipotéticos del cambio general de orientación.
Se exageró la valoración de los efectos del mes de reclutamiento y las ventajas de una campaña semejante. Acerca de la organización por células, el Centro debía realizar evidentemente las disposiciones generales del Comintern, a las que se hizo referencia en otro lugar. Pero esto fue realizado de modo no uniforme, discontinuo y con múltiples contradicciones, y sólo después de reiteradas presiones de la periferia se obtuvo una cierta sistematización.
Sería deseable sustituir el sistema de secretarios interregionales por un cuerpo de inspectores, estableciendo un vínculo político directo, si no técnico, entre el Centro y los organismos tradicionales de base del Partido, las Federaciones provinciales. La tarea de los inspectores debería ser principalmente la intervención activa donde sea necesario reconstruir la organización fundamental del partido, siguiéndola hasta que sea capaz de funcionar normalmente.
La campaña que ha culminado con la preparación del congreso ha sido deliberadamente planteada después del V Congreso mundial no como un trabajo de propaganda y de elaboración en todo el partido de las directivas de la Internacional tendente a crear una verdadera y útil conciencia colectiva más avanzada, sino como una agitación con miras a lograr del modo más rápido y con el mínimo esfuerzo la renuncia de los camaradas a su adhesión a las opiniones de la izquierda. No se ha considerado si tal método era útil o perjudicial para el partido a los efectos de su eficiencia respecto a los enemigos externos, sino que se ha procurado por todos los medios el logro de ese objetivo interno.
Ya se ha hablado en otro lugar de la crítica desde el punto de vista histórico y teórico del método ilusorio de reprimir el fraccionismo desde arriba. En el caso italiano, el V Congreso había aceptado la demanda de la izquierda de que se renunciase a las imposiciones desde arriba y de que se tomase acto de su compromiso de no hacer un trabajo de oposición y de participar en todo el trabajo del partido, pero no en la dirección política. Dicho acuerdo fue roto por el Centro con una campaña no de postulados ideológicos y tácticos, sino de acusaciones disciplinarias a camaradas individuales, que han sido planteadas en los congresos federales bajo un aspecto unilateral.
Al anunciarse el congreso, la constitución del Comité de Acuerdo era un acto espontáneo tendente a evitar reacciones individuales y de grupos en un sentido disgregativo, para encaminar la acción de todos los camaradas de la izquierda en una línea común y responsable dentro de los estrechos límites de la disciplina y con la garantía del respeto de los derechos de todos los camaradas en la consulta del partido. Este hecho fue cogido por el Centro e introducido en su plan de agitación para presentar a los de izquierda como fraccionistas y escisionistas, a través de la campaña en la que se prohibió a estos defenderse antes de que se obtuvieran, con imposiciones desde arriba, los votos contra la izquierda de los Comités federales.
El partido debe preparar al proletariado para reanudar la actividad clasista y la lucha contra el fascismo utilizando las severas experiencias recorridas por el proletariado en los últimos tiempos. Al mismo tiempo, debe prepararlo para no ilusionarse con los cambios de la política burguesa y con la posibilidad de ayuda de las clases medias urbanas, utilizando las experiencias del período liberal democrático para evitar que se repitan las ilusiones pacifistas.
Para la movilización de las masas en torno a su programa, el partido se prefijará una táctica de frente único desde abajo, siguiendo atentamente las situaciones económicas para formular las reivindicaciones inmediatas. El partido evitará plantear como reivindicación política central el advenimiento de un gobierno que conceda garantías de libertad; no planteará como objetivo de las conquistas de clase la existencia de la libertad para todos, sino los postulados que evidencien cómo la libertad para los obreros consiste en lesionar la libertad de los explotadores y burgueses.
Al plantearse hoy el grave problema de que los sindicatos de clase y de los otros órganos inmediatos del proletariado se enralecen, el partido agitará ante todo la consigna de la defensa de los sindicatos rojos tradicionales y de la necesidad de su resurgimiento. El trabajo en las fábricas evitará crear órganos susceptibles de vaciar la eficacia de las consignas sobre la reconstrucción sindical. Teniendo en cuenta la situación actual, el partido promoverá el funcionamiento de los sindicatos en las "secciones sindicales de fábrica", las cuales, representando la fuerte tradición sindical, se presentan como los organismos aptos para la dirección de las luchas obreras, ya que precisamente la defensa de éstas hoy es posible en las fábricas. Se intentará hacer elegir la comisión interna ilegal de la sección sindical de fábrica, a reserva de reemplazar apenas sea posible a la comisión interna por un organismo elegido por la masa de la fábrica.
a) La consigna de la constitución de los Comités obreros y campesinos no será lanzada con una periodicidad intermitente y casual, sino imponiéndola con una enérgica campaña en un viraje de la situación que ponga en evidencia ante las masas la necesidad de un nuevo encuadramiento, o sea, cuando se la pueda identificar con una clara consigna de acción del proletariado, y no con una simple consigna de organización.
b) El núcleo de los Comités deberá estar constituido por los representantes de organismos conocidos tradicionalmente por las masas, aunque estén mutilados por la reacción, tal como los sindicatos y organismos análogos, y no por convocaciones de delegados políticos.
c) Se podrá dar sucesivamente la consigna de la elección de los Comités; pero, en el primer período, deberá estar claro que éstos no son los Soviets, o sea, los órganos del gobierno del proletariado, sino la expresión de una alianza local y nacional de todos los explotados por la defensa común.
En cuanto a las relaciones con los sindicatos fascistas, tanto más hoy cuanto que no se presentan ni siquiera formalmente como asociaciones voluntarias de las masas, sino como verdaderos órganos oficiales de la alianza entre la patronal y el fascismo, hay que rechazar en general la consigna de penetrarlos para disgregarlos. La consigna de la reconstrucción de los sindicatos rojos debe ser contemporánea de la consigna contra los sindicatos fascistas.
La situación política y organizativa interna de nuestro partido no puede tener una solución definitiva en el marco nacional, sino que depende de los desarrollos de la situación interna y de la política de toda la Internacional. Los dirigentes nacionales e internacionales cometerán un grave error y una verdadera falta si continuan empleando contra la Izquierda el método insensato de las presiones desde arriba y de la reducción del problema complejo de la ideología y de la política del partido a casos de conducta personal.
Al permanecer firme la Izquierda en sus posiciones, a todos los camaradas que no tienen la intención de renunciar a esas opiniones se les debe consentir la posibilidad de ofrecer, en una atmósfera libre de negociaciones y amenazas recíprocas, el compromiso más leal de ejecutar las disposiciones de los órganos del partido y de renunciar a todo trabajo de oposición, sin pretender empero que participen en el órgano central del partido. Es evidente que esta propuesta no corresponde a una situación abstractamente perfecta, pero sería peligroso ilusionar al partido con que los inconvenientes de la situación interna puedan ser eliminados con simples medidas mecánicas y organizativas, y con posiciones personales. Quien lo hiciese cometería un grave atentado contra el partido.

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