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Timestamp: 2018-04-27 08:37:06+00:00

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Ciberbitácora de Ricardo Sanz y Tur » TEORÍA DE LA POLICÍA (marzo de 2014)
Exploro el mundo que me rodea. Yendo por la calle veo coches y furgonetas, «zetas» y «lecheras» con la inscripción Policía en la carrocería (de hecho, hay uno o varios de estos vehículos apostados a diario enfrente de la puerta de mi centro de trabajo).
«Lecheras» de la Policía enfrente de mi trabajo
Observo que hay individuos, muchos de ellos uniformados y todos portando placa y pistola, que también muestran la inscripción Policía, tanto en las placas como en los trajes reglamentarios (asumiendo que no sean «pasma ful»). Con relativa frecuencia me los encuentro deambulando por los pasillos del centro, porque utilizan nuestros aseos (son los que les quedan más a mano) y en alguna ocasión nuestra cafetería. Últimamente leo en prensa y veo por televisión muchas noticias relacionadas con la Policía (los desahucios, los acontecimientos de Melilla, las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo, la huelga general de estudiantes de los días 26-27 de marzo…).
Y me pregunto qué son, como se lo preguntaría un niño con ganas de satisfacer su curiosidad (pero no con la misma ingenuidad).
Experiencias personales con funcionarios de Policía
Tengo muchas experiencias de primera mano con funcionarios de Policía. Como a todo el mundo, conduciendo me han parado para realizar controles de alcoholemia. En carretera, guardias civiles de tráfico me han dado el alto y me han revisado los papeles del coche o de la moto en varias ocasiones. En ciudad, lo mismo policías municipales. He sido sancionado con algunas multas por exceso de velocidad —en la última el radar marcó 5 km/h de más, ya ves— y me han puesto multas de aparcamiento, poca cosa. En el mar, miembros de la Unidad de Actividades Subacuáticas me han pedido los papeles del buceo (carné, seguro) y han comprobado que en los bolsillos del chaleco compensador de flotabilidad no viajaban pulpos o langostas de polizones.
He sido «retenido» (ese dudoso limbo o situación intermedia entre la libertad y la detención) en España y en el extranjero en varias ocasiones, porque el «olfato», el «pálpito» o la «corazonada» ( = la desencaminada intuición) del/de los funcionario/s de turno le/s hizo sospechar, en el ejercicio de sus funciones de indagación y prevención del delito, que era terrorista (unas pocas veces) o traficante de drogas (bastantes más veces), según me han dicho ellos mismos.
Por ejemplo: en cuanto presunto terrorista, me ha «retenido» la Interpol francesa. El proceso fue muy peliculero: era la primera vez en mi vida que visitaba París. De madrugada y sin compañía, paseaba contemplando estéticamente la Torre Eiffel por el Champ de Mars —claramente, una condición de alta peligrosidad social y de gran riesgo de lesión de bienes jurídicos— cuando en este aquel un Mercedes Benz azul oscuro da media vuelta a gran velocidad —derrapando y todo—, se pone a mi lado y se bajan tres tíos del coche. Sin mediar palabra (y sin yo oponer ninguna resistencia: perplejo, intentaba comprender de qué iba aquello), en un pispás estaba contra el lateral del vehículo, brazos y piernas abiertas, mientras uno me cacheaba e interrogaba («est-ce que vous portez des armes?», «qu’ est-ce que vous faites ici?», &cétera), el segundo (que ya me había requisado la cartera) verificaba mi identidad llamando a la central por radio y el tercero cubría la acción con la mano en la pistola. Un auténtico show desmesurado.
En mi jaez de presunto narcotraficante, «camello» o «mula» y regresando de un viaje relámpago en el que con diecinueve o veinte años —antes del Acuerdo de Schengen— visité cuatro países europeos en apenas unos días, en Metz (frontera de Francia con Bélgica y Luxemburgo) mi identificación, el registro del vehículo y el control superficial de mis efectos personales para comprobar que no portaba sustancias o instrumentos prohibidos o peligrosos fueron llevados demasiado lejos: me seguían los movimientos desde que crucé la frontera española a la ida.
La fría mirada de un sociópata de 19 años. Salta a la vista que oculta algo…
Estuve unas cuatro horas en las dependencias policiales; me interrogaron, yo acabé en bolas (cacheo vejatorio), desmontaron hasta las bandejas de las puertas del coche y descosieron los forros de la maleta. Aquello fue surrealista; una detención por sospecha en toda regla, sin orden judicial, sin flagrante delito, sin indicio de culpabilidad ni nada que se le pareciera: solo el delirante prejuicio de la Policía francesa y su etiquetado o labeling. El policía fronterizo (nunca mejor dicho) más inquisitivo estaba en la creencia de que había cogido al malo («on vous attendez!») y, al no encontrar nada, se iba poniendo progresivamente más nervioso, metiendo cada vez más la pata (defendella y no enmendalla). Me acuerdo de cómo se le iluminó el rostro cuando descubrió mi «delictiva» caja de pastillas Juanola (—Qu’est-ce que c’est que ça? —De la réglisse!) y su frustración al probar una. Cuando me soltaron, el muy necio todavía me dijo: «Vous avez eu de la chance» (¡¿?!). Me dio a entender que, dando por sentado más allá de toda duda razonable que era «camello» (¿cómo podía ser de otra manera?: era un joven de diecinueve o veinte años circulando solo por Europa en coche y cruzando países a diario), en esa específica ocasión no habían encontrado pruebas para imputarme un delito de algo que ellos parecían tener clarísimo, tan fuerte era su convicción. A la presunción de inocencia, que le vayan dando. Es totalmente cierto que habían estado vigilando mis movimientos por Europa a través de los pagos de la tarjeta VISA (combustible, comidas…). Si me equivocaba en el relato de dónde había parado a echar gasolina o dónde había dormido, ellos sabían que eso no era así: disponían del listado de todos los pagos realizados con la tarjeta desde que entré en Francia. Fueron muy insistentes en que explicara un décalage de unas horas que no tenían controlado (no pienso confesar, pero sí aclararé que «el paquete» tenía que ver con una colección de partituras de orquesta de mi Maestro Raymond Andrès, compositor de música de la Radio Televisión Belga). No hace falta abundar en más detalles: aquello fue una intervención policial desgraciada, o sea, una cagada total. El conocimiento inmediato y sin pruebas de que yo era traficante (había de serlo) fue falible y falseable. (Eso por no hablar de que, reduciendo el examen del episodio a su aspecto puramente económico, estimo mi libertad en un precio superior a seis mil euros, que es la retribución media de una «mula» europea transportando droga en su equipaje).
En la frontera de Suecia con Finlandia fui paciente de otra detención preventiva (privado provisionalmente de mi libertad durante el tiempo necesario para efectuar las oportunas averiguaciones) igualmente fantasiosa. Vehículo a un hangar, cierre de compuertas, un policía vigilándome, otra policía inspeccionando el coche… En el maletero llevaba una sandía ibicenca. En aquella época, hace unos veinticinco años, en Finlandia no se debían de ver muchas sandías. Pero yo no tengo la culpa de que la funcionaria no supiera inglés: —What’s this? —A watermelon. La tía ni entendía el término ni sabía lo que era un watermelon. Su cara era un poema: a ver si pretendía que le explicara qué es una cucurbitácea en finés. Reconozco que no debió de ayudar que le preguntara entre risas si se pensaba que era una bomba: «Are you thinking the watermelon is a bomb?». Al final, la sandía-bomba acabó pasando por el escáner, deviniendo así en sandía radiactiva (buenísima, estaba muy dulce). Para entonces, como ya me habían «retenido por sospecha» en varias ocasiones (la experiencia es la madre de la ciencia), aquella situación me pareció bastante cómica.
La sandía sospechosa
He tenido unas cuantas más «retenciones por sospecha» de este tipo, casi siempre relacionadas con el tráfico de drogas (componentes de diversos cuerpos policiales parecen estar empeñados en que yo soy narcotraficante porque a ellos les da por ahí): Guardia Civil en Denia x 3 (antes de subir al barco), Policía Nacional en Ibiza (bajándome del barco: sale un automóvil, sigue su camino sin problemas; sale otro automóvil, sigue su camino sin problemas y así uno tras otro hasta que desembarco yo con el coche… y recibo las correspondientes indicaciones de dirigirme hacia la Policía para el consabido registro y control. A fuerza de costumbre, ya ni me inmuto). Por lo que se refiere a los dos últimos registros, el número de la Guardia Civil fue más bien cortés y educado y los policías nacionales más bien broncos en el trato. Me pareció mucho más correcta la actuación del verde que la de los azules, lo que no es en absoluto generalizable, y habría que ir analizando caso por caso.
Así, puedo mencionar una situación en la que me vi envuelto con la Policía Municipal de Madrid. Empecé a discutir con un funcionario no demasiado profesional y, advirtiendo que algo no marchaba bien, se acercó un superior (un sargento o suboficial, no lo recuerdo) muy competente para enterarse de qué pasaba, haciéndose cargo de la situación. Todo aquello finalizó con una carta de reconocimiento y agradecimiento que dirigí a la unidad correspondiente.
Actualización (31-08-2015).—Recientemente, en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, un vigilante de seguridad registró a fondo mi equipaje de cabina (la maletilla), la ropa que vestía, &cétera, buscando «restos de pólvora y explosivos» con un papel obra similar a los filtros de café y un potenciostato. El dispositivo actúa como sensor electroquímico y colorimétrico, y presenta la propiedad de detectar la presencia de los explosivos más utilizados actualmente en acciones terroristas.
Íbamos juntos tres personas. Descalzo y demás, ni pité en el arco ni nada (uno ya se quita hasta los empastes de la dentadura para cruzar el detector de metales). Con todo, de los tres viajeros, solo me exploraron a mí. Supuestamente, estas inspecciones tienen carácter «aleatorio». Trola, y gorda. No me lo creo: los resultados estadísticos fallan. ¿Y cómo aleatorizas la muestra de pasajeros, muchacho? ¿Qué haces: muestreo de fichas, muestreo de cuota, muestreo de zona? ¿De verdad que no hay ni un poquito de sesgo en tu selección de registrandos? Que no le gustaba mi careto al tío y ya está. Fin de la actualización.
Estas experiencias se corresponden con interactuaciones de un ciudadano «de a pie» (aunque a pie voy poco, lo mío es más bien la moto o el coche) con funcionarios de diversos cuerpos policiales en las condiciones sociales ordinarias, similares a las de cualquier otro ciudadano (bueno, lo de acabar en unas dependencias policiales como mi madre me trajo al mundo quizá no es tan habitual).
Pero tengo también otro tipo de experiencias con los policías y con la Policía. Durante un tiempo estuve colaborando en un proyecto sin ánimo de lucro (un taller carcelario) con las internas del Centro Penitenciario Madrid I (mujeres) de Alcalá-Meco. En esa época tuve mucho contacto con funcionarios (sobre todo, funcionarias) de Prisiones, de la Guardia Civil y de la Policía Nacional (por los traslados y las tareas de vigilancia: hacíamos actividades culturales y llevábamos a las reas por varios teatros de la Comunidad de Madrid. A propósito, en la actualidad un alumno mío es un «boqui» o funcionario de prisiones). También he participado varios años en la organización de cursos de buceo a los que asistían guardias civiles, policías nacionales y policías municipales. En el agua, el que les «protegía», «ayudaba», «controlaba» y demás era yo a ellos; los roles usuales quedaban invertidos. He tenido una estudiante de Pedagogía policía municipal en activo. Con el tiempo, algunos de mis exalumnos han devenido policías en diversos cuerpos. Aunque luego la cosa se enfrió, durante un par de años mantuve amistad con un «tenedor» (teniente) de la Guardia Civil (Policía Judicial); hay un policía nacional entre mis amigos y sé de alguien cercano que lleva un par de años presentándose a oposiciones a diversos cuerpos policiales (sin éxito hasta la fecha).
Conforme a lo dicho, me he relacionado con aspirantes y funcionarios de policía pertenecientes a diversos cuerpos y escalas en varios contextos y circunstancias, muy desagradables y más agradables, profesionales y personales, como paciente y como agente. He experimentado el abuso policial de la Police aux Frontières francesa y en la actualidad tengo un amigo que sucede que es policía nacional. En síntesis: desde una perspectiva afectiva, podría llegar a decir que odi et amo a la Policía, como Catulo, en función del hecho que recuerde (quizá lo de amo no tanto, realmente apenas puedo citar dos o tres experiencias positivas con la Policía en el ejercicio de sus funciones, pero ya se sabe que yo oculto algo —a causa de mi temperamento introvertido—).
Con todo, es muy dudoso que los fenómenos subjetivos y los acontecimientos vividos por uno mismo (incluso disponiendo de una perspectiva más amplia) hagan una contribución seria al conocimiento objetivo de lo que la Policía es. Suscitadas las preguntas ¿qué es la Policía?, ¿qué es un policía?, hay varias posibles respuestas. Una es adoptar posiciones gnoseológicas constructivistas, más o menos radicalmente pragmático-subjetivistas. Dicho en términos más llanos, ‘la Policía’ o ‘un policía’ es lo que a mí se me pase por el magín, construyéndome «mi propia realidad». De esta manera, un policía puede ser (en el contexto que estoy examinando, ser = «ser percibido y valorado por mí como») «un fascista al que le gusta maltratar», «un hijo de puta cabrón de mierda», «un colaborador» o alguien más o menos «heroico», en función de cómo me vaya a mí en la fiesta.
Ha de recalcarse que a un pragmático consecuente, centrado en la acción, los conceptos de ‘prueba’ o ‘verdad’ le traen al fresco: lo importante es que su discurso o la película que se monte en su cabeza le proporcione alguna clase de ventaja (psicológica, económica, política…) con independencia de que sea mentira. (Aclaración: las mentiras que nos cuentan en la televisión políticos, presentadores, &cétera; las «fantasías animadas de ayer y hoy» a las que asistimos en programas de debate, tertulias, Sálvame y demás son manifestaciones de pragmatismo gnoseológico de baja estofa). Y si a mí me «funciona», «me resulta útil» de algún modo o me reporta alguna ventaja creer que los policías son todos unos «fascistas hijos de puta», entonces —qua pragmático-subjetivista o constructivista más o menos radical o posmoderno— esa creencia es «verdadera» («verdadera» para mí, claro está: «es mi opinión»), porque se utiliza pragmáticamente la creencia para la acción (política, por ejemplo). Todo esto acontece con independencia del ajuste o correspondencia del discurso o las ideas con la realidad: se procede al método de «estampación», inventando una idea-fuerza y poniéndola en circulación como si un billete de banco se tratara, a la espera de que sea aceptada y asumida por la sociedad incluso antes de aportar pruebas documentales o empíricas. Piénsese que al pragmático le interesa más la construcción de una realidad futura que la descripción-explicación de una realidad dada.
No es mi rollo, porque procuro ser poco posmoderno-pragmático-subjetivista-constructivista y siento fuerte inclinación por el intuitivo-racional-empirismo, que es el enfoque epistemológico que nos pone en contacto con la verdad. Y de eso va este artículo. He sentido el impulso de escribirlo porque últimamente he estado leyendo muchas cosas en relación con la Policía, y me gustaría hacer mi propia aportación. (Dado que todo el mundo dice lo que le da la gana de la Policía, yo también expondré lo que quiera. Pero yo procuraré hacerlo de una manera algo más objetiva, no en plan twittero-emotivista).
Policía y verdad
Podemos empezar analizando la cuestión con una «verdad de diccionario» o veritas ex vi terminorum. El Diccionario de la Real Academia Española define la Policía como «cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas» (desde la primera acepción, la palabra Policía designa el colectivo policial) y un policía como «cada uno de los miembros del cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público» (la quinta acepción alude a un individuo perteneciente al colectivo).
Ni que decir tiene que las «verdades de diccionario» no son más que meras convenciones sociolingüísticas. Nos hemos puesto de acuerdo (o, más bien, se han puesto de acuerdo los académicos) para que la sarta de letras o sonidos p-o-l-i-c-í-a designe el concepto expresado en la definición. Cuestión bien distinta es si el término se refiere a cosas, procesos y propiedades reales, en relación con el significado proporcionado: idealmente, la verdad ha de preceder a la convención social.
Nótese que hay una diferencia entre las palabras y los conceptos. Esos mismos conceptos pueden ser expresados con otras voces, aun con connotaciones diferentes. Así, puedo hablar de la Policía o de un policía utilizando —según épocas y contextos sociales— los vocablos la Bofia, la Pasma, la Pestañí, la Madera, los grises, los azules, los chapas, los monos, los de West Point (oficiales de academia), poli, polizonte, agente, madero, mono, plasta, polilla… (si se trata de la Policía Nacional); la Benemérita, la Picada, los picos, picoletos, migueles, cigüeños, triquis, tricornios, guris, guripas, lagartos, caimanes, lacostes, aceitunos, cipayos… para aludir a la Guardia Civil y guardias, guindillas, pitufos, munipas, tablillas, municipayos, chiris… para referirme a los policías municipales. En Chile, a los agentes de Policía se les llama pacos o tortugas ninjas, algo que resultará muy emotivo y caro a alguien que conozco. Todos esos términos designan conceptos análogos, aunque hay diferencias (sutiles y no tan sutiles: su valor o sentido secundario cambia no poco) entre unos y otros.
A mi amigo Paco le gustaría que se le invocara con la locución señor agente. De ilusión también se vive. En aras de la propiedad —racional-semántico que es uno—, yo suelo utilizar el vocativo agente, porque es el rol social que desempeñan (en nuestro contexto sociojurídico, los policías tienen la consideración de agentes de la autoridad).
“Pacos” o “tortugas ninjas”
En suma: con las palabras y las definiciones de diccionario no llegamos muy lejos; es un camino poco prometedor. (Ha de recordarse que las definiciones no son verdaderas o falsas, sino solo útiles o inútiles). Porque si para la Real Academia la voz policía designa lo expresado en las proposiciones examinadas anteriormente, para Foucault «la policía y el sistema penal son instituciones de poder que no se proponen eliminar el crimen sino controlarlo dentro de ciertos límites y hacer uso de él según sus propios intereses» (Wikipedia), lo cual puede corresponderse con la realidad en el caso de policías corruptas como la mejicana o la colombiana y —conjeturo— resulta menos creíble respecto a la Policía de Dinamarca, uno de los países más transparentes del mundo.
Así pues, habrá que examinar verdades de hecho y de derecho, enunciados fácticamente verdaderos, proposiciones que se ajusten al estado de cosas real (tanto desde una perspectiva social como jurídica). Para lo cual hay que hacer un poco de filosofía y de ciencia.
Policía, sociedad y valores
En primer lugar debemos observar que el término-concepto ‘policía’ conlleva una carga valorativa. Lo primero que se advierte es que la palabra policía ora denota al que combate la delincuencia, ora llega a atribuirse la condición de delincuente al propio policía (mordidas, coimas). Esto ha forzado a establecer la distinción entre ‘policía honesto’ (o «policía limpio») y ‘policía corrupto’ (o «policía sucio»).
Propongo que podría ayudar a aclararnos utilizar los conceptos valorativos ‘policía’ (propiamente dicho) y ‘antipolicía’, ‘contrapolicía’ o ‘dispolicía’. Por pura racionalidad semántica y lógica, si la idea de ‘policía’ viene a ser la de portador de ciertas destrezas, competencias, características y valores socialmente constituidos (¿cómo atribuir responsabilidad criminal en ausencia de instituciones sociojurídicas?), su ausencia (o peor aún, el manifestar las propiedades fácticas y valorativas opuestas) conlleva que no pueda usarse el término con precisión y exactitud. Del mismo modo que no es lo mismo un académico que un antiacadémico, un terrorista que un contraterrorista, un buen lector que un disléxico, no veo razón alguna para aplicar el término-concepto ‘policía’ a aquellos sujetos cuya actuación práctica y pública se aleja de la sociojurídica y moralmente establecida (apunto al origen social de los conceptos). En puridad, son «dispolicías». Resumiendo: tanto la idea de ‘Policía’ como de ‘un policía’ son nociones fundamentalmente normativas (lo mismo puede predicarse de profesionales que desempeñan funciones socialmente relevantes como médicos, profesores, jueces, &cétera).
El complejo papel del policía
Hemos visto en la definición de diccionario que los que ejercen como policías forman parte de una institución (la Policía) inserta en un contexto social (sociopolítico, sociojurídico, sociocultural…). Se sigue que un puesto oficial como policía implica responsabilidades, deberes y obligaciones (el deber de sacrificio y auxilio es uno obvio, consecuencia directa del empleo que desempeña), lo que nos conduce a ocuparnos del estatus policial como rol ocupacional.
En principio, el asunto puede parecer sencillo; ya hemos constatado que el DRAE lo resuelve con una simple frase: «Cada uno de los miembros del cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público». Pero enseguida la cosa se complica, debido al carácter profundamente valorativo o normativo (y por tanto, esencialmente discutible) de lo que sea ‘el orden público’ (social y/o jurídico) deseable. Al existir puntos de vista opuestos sobre 1) cuál debe ser ‘el orden público’ (pues es seguro que un libertario no concibe el orden público del mismo modo que un autoritario), 2) sobre la función social de la policía (si el proceso de independencia de Cataluña se lleva a cabo, ¿los mossos d’esquadra —qua Policía autonómica— deberían defenderlo o combatirlo?), 3) en cuanto al fundamento de su autoridad sobre los ciudadanos, n)… también existen concepciones diferentes sobre lo que los policías han de llevar a cabo o cuál debe ser su actuación. No es lo mismo concebir a la Policía como un servicio público de seguridad y protección de la comunidad democrática y brazo del Poder Judicial que como una pandilla de prepotentes o matones que se ocupan de invadir tu intimidad, «retenerte» o detenerte preventivamente cuando se les antoja, imponerte multas —justificadas o no— para recaudar, recibir sobornos en provecho propio y/o apalear a los disidentes de un régimen político.
Mi amigo se ve a sí mismo como alguien que «está para ayudar y solucionar problemas»; pero él no es miembro de la UIP (Unidad de Intervención Policial, los «antidisturbios», «pirañas», «mecánicos», «lobos», «uiperos», «Gestapo» o «SS»). Si es cognitivamente riguroso, es poco plausible que un componente de esta unidad se conceptúe a sí mismo como alguien que «está para ayudar». Como mínimo, más bien pensará que «está para intervenir», especialmente en grandes concentraciones de masas. Cómo interpreten sus mandos y/o él en qué acciones concretas se traducen «sus intervenciones» es otro cantar.
El conflicto me parece que tiene mala solución (los problemas se solucionan, los conflictos se manejan). Yo he participado en protestas masivas, y no he tenido nunca el menor incidente con la Policía. A decir verdad, en una de las últimas (la del 19 de julio de 2012, contra los recortes del Gobierno) hasta disfruté, porque nos manifestamos prácticamente todos los cuerpos y escalas de la función pública: Educación (camisetas verdes), Sanidad (batas y camisetas blancas), la Asociación Unificada de Guardias Civiles, Policía Nacional, diversas Policías Locales, Bomberos (animaron mucho y nos regaron con agua porque hacía un calor asfixiante), &cétera. «Está con nosotros esa Policía», se coreaba. Puedo calcularme qué sentían los miembros de la UIP que controlaban la manifestación viendo protestar a sus propios compañeros. Por supuesto, nadie quemó papeleras ni contenedores y no hubo rotura de marquesinas ni ningún acto de vandalismo: todo fue ordenado, pacífico e incluso festivo, por lo menos hasta la hora que me quedé yo (no pasé de Cibeles; acceder a Sol fue imposible). Tengo entendido que por la noche sí hubo disturbios, aunque desconozco los detalles.
No soy optimista en cuanto a la resolución de los conflictos violentos (batallas urbanas) de los grupos antisistema (antiglobalización, anticapitalismo, anarquistas, libertarios…) versus policías antidisturbios.
La razón es la siguiente: el Estado ejerce el poder político. El poder político consiste en la capacidad para obligar (coaccionar) a los ciudadanos para que hagan ciertas cosas, como pagar impuestos, o para que no hagan ciertas cosas, como no superar determinados límites de velocidad. Asimismo, el poder político tiene una decisiva influencia sobre la economía, la educación, las relaciones internacionales, &cétera.
La Policía (a la que, en casos extremos, se le agrega el Ejército —recordemos la crisis de los controladores aéreos de 2010—, constituyendo conjuntamente las Fuerzas Armadas del país, en el sentido literal de utilizar la fuerza y portar armas) es uno de los instrumentos que emplea el Estado para controlar las conductas individuales y colectivas y mantener el orden público. Lo del uso de la fuerza y las armas (la ultima ratio del control social) me recuerda a la locución vltima ratio regvm, divisa que hizo grabar Luis XIV de Francia en sus cañones; o a la frase estos son mis poderes del cardenal Cisneros. Todo muy pacífico y conciliador.
De acuerdo con Max Weber, «el Estado reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima», preservando de este modo su poder y el orden social. Personalmente, opino que la expresión correcta es «violencia física legal» (legal = «jurídicamente válida»), que no necesariamente legítima. Para Weber, el hecho de que la violencia física provenga del Estado la legitima, equiparando ‘legal’ y ‘legítima’. Yo comparto el parecer del jurista Carlos S. Nino según el cual «el juicio de legimitidad requiere juicios normativos extrajurídicos» (citado en José Antonio Marina: La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación. Barcelona: Anagrama, 2008, p. 140), pues en caso contrario se incurriría en un legalismo reduccionista. Las leyes del Tercer Reich eran legales, pero no legítimas.
Está en el corazón del anarquismo oponerse y atacar cualquier tipo de autoridad, poder o control social porque el anarquismo no juzga legítimo ningún tipo de imposición o represión («cualquiera que niegue la autoridad y luche contra ella es un anarquista», dijo Sébastien Faure); mucho menos si dicha imposición o represión procede en un sentido top-down (jerarquizada) desde una organización centralizada (el Estado). A esto se añade que el comunismo libertario es anticapitalista.
La contienda política puede llevarse a cabo por medios pacíficos (trabajo sindical, concentraciones, protestas), pero el sector más radical de estos grupos considera la acción violenta (el enfrentamiento directo con la Policía antidisturbios y el destrozo de símbolos capitalistas como las sucursales bancarias o los McDonald’s) como una herramienta de lucha política.
Desde esta óptica ideológica, «la acción directa violenta no sólo es válida, sino también necesaria como complemento a la lucha pacífica, por su carga de expresión, desobediencia y justicia» (Por la extensión de los disturbios: Manifiesto en favor de la acción directa violenta. Documento elaborado por activistas sociales de Madrid, Euskadi y Argentina).
Por consiguiente, los disturbios son una actividad prepensada, planificada, consciente y sistemática, encaminada a un fin (abolir el Estado y/o desestabilizar la globalización neoliberal capitalista) y que utiliza las barricadas, el lanzamiento de piedras y botellas, la quema de contenedores y papeleras, la rotura de cabinas de teléfono y escaparates y la agresión a los policías antidisturbios (incluyendo el apuñalamiento por la espalda) como método. Los policías antidisturbios se conciben como «[…] el enemigo violento que se nos presenta defendiendo ésta [sic] miseria con sus porras y escudos» (Daniel Gutiérrez: Crítica al Manifiesto en favor de la acción directa violenta). De resultas, los policías antidisturbios «son» (= son percibidos como) esbirros o «sicarios» del sistema, convirtiéndose así en objetivo inmediato.
Sintetizando, se defiende la revolución violenta con la intención de cambiar un orden social injusto protegido por la Policía, que se identifica con la fuerza enemiga a batir. Ya he dicho que no soy optimista sobre este punto: el enfrentamiento seguirá, si es que no se recrudece.
Deseo dejar constancia de que estoy consternado por todo lo que he visto y leído de los disturbios del 22-M. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los policías también tienen derecho a su seguridad. Eso por no hablar de lo establecido en el artículo 29.2.
«¡Ahora sin casco, ahora vamos a matarle!». «¡Os teníamos que haber matado perros de mierda, joderos!». «¡Vamos a matarlos, que son pocos!»
(Actualización del 26 de marzo de 2014)
Comenzaré el planteamiento de esta sección con un recordatorio:
Me dedico profesionalmente a la enseñanza y tengo a mi cargo una cátedra superior de Pedagogía; por lo tanto, promoveré el respeto a los derechos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
No hay medias tintas, ni es interpretable. La única interpretación admisible del artículo invocado es según el sentido propio de sus palabras: «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona». Por ende, los miembros de la Policía también tienen derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. ‘¿Ahora sin casco, ahora vamos a matarle?’ ‘¿Os teníamos que haber matado perros de mierda, joderos?’. ‘¿Vamos a matarlos, que son pocos?’ ¿Estas imprecaciones reflejan la idea de ‘justicia’ que defienden los radicales? ¿Asesinar? ¿Todo vale? Pero de qué vamos…
(Actualización del 7 de abril de 2014)
Un nuevo recordatorio:
Artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, relativo a los derechos al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen
Los descerebrados de la UIP también son vulnerables, la Red está llena de información. Podréis golpearnos fisicamente [sic], pero nosotros podemos exponer información sensible acerca de cada uno de vosotros y ya sabéis, la información a día de hoy puede hacer mucho daño, hasta el punto de marcar vuestro futuro para siempre.
Sigue más texto —incluyendo amenazas— y la divulgación en Internet de los nombres, cuentas de correo electrónico y contraseñas de 284 policías pertenecientes a la Unidad de Intervención Policial.
Los antisistema radicales no juegan limpio, ni respetan la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Constato que el orden social al que aspiran pasa por vulnerar un Derecho Humano tras otro. Una forma muy pintoresca de cargarse de razón…
Además, no está claro que los datos revelados pertenezcan a 284 componentes de la UIP. Puede que la web hackeada sea la de un sindicato policial. Alternativamente, es posible que lo que hayan publicado los antisistema sean los datos de 284 miembros de un foro policial, los cuales son opositores aspirantes a policía en un número indeterminado. De modo que, si esta última versión del hecho es cierta, se quebranta la privacidad de las comunicaciones de personas distintas a las que se pretende dañar. Una acción moral, legal e instrumentalmente irracional.
Profesionalidad de la Policía
Un discurso muy extendido en la actualidad es el de la profesionalidad de la policía. Frente a la concepción de un ‘estado policial-dictatorial’ en el que los policías han de ser «altos para que se vean, tontos para que no piensen y fuertes para pegar» (utilizando la expresión de un portavoz del Sindicato Unificado de Policía), de un tiempo a esta parte parece ponerse más énfasis en la formación, el perfeccionamiento y la especialización de los funcionarios. Supuestamente, están profesionalmente preparados para el ejercicio de sus funciones.
Pero esto tampoco parece resolver la cuestión, pues resulta anti-intuitivo concebir, en un sentido profesional, a un ‘buen policía’ del mismo modo que a un ‘buen acuchillador de parqué’. La profesión policial tiene una arista jurídico-moral que impregna el concepto complejo de ‘buen policía’, cosa que no sucede con el concepto complejo de ‘buen acuchillador de parqué’.
En el extremo, un policía te pega un tiro y te mata o bien te salva la vida; un acuchillador de parqué te levanta mucho polvo o te deja el suelo lustroso. Ciertas actuaciones policiales presentan propiedades de indudable trascendencia sobre la vida y la integridad física de las personas y pueden tener consecuencias sociales, jurídicas y morales cruciales para el desarrollo de la sociedad civil; esto no sucede con los procesos llevados a cabo por un acuchillador de parqué.
Reaparece una y otra vez la dimensión profundamente normativa y valorativa de la profesión policial: por esta razón, no evaluamos del mismo modo al policía deshonesto que al acuchillador de parqué incompetente. También por esta razón se desencadenan interminables discusiones políticas, públicas y profesionales (en diarios, televisión, foros de Internet, Facebook, Twitter…) sobre las funciones, los fines y los métodos policiales, lo que no ocurre con las funciones, los fines y los métodos de los acuchilladores de parqué. Es más: un acuchillador de parqué diestro podría ser tenido por buen acuchillador aunque su sometimiento a la Ley y al Derecho fuera por lo menos dudoso («¿la factura la quiere con IVA o sin IVA? ¿O mejor, sin factura?») o tuviera antecedentes penales. Resulta difícil considerar que pueda ser un buen policía quien no cumpla con ciertos aspectos legales y éticos esenciales pues, en un estado social y democrático de Derecho, no es fácil separar la acción policial de la preocupación por garantizar la seguridad de los ciudadanos, un derecho fundamental.
Sigamos con el asunto de la profesionalidad. Portando armas, siendo un servicio público importante y debiendo desarrollar actividades de responsabilidad, no acabo de entender mucho que para ingresar en la categoría de policía de la escala básica se exija estar en posesión del título de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria, el cual certifica un nivel educativo muy bajo. Bien que los tres casos que conozco son titulados superiores (niveles Meces 1 y 2), y que, además de los ejercicios de oposición, han de superar un curso de formación selectivo, opino —esto es opinión subjetiva, no ciencia— que sería deseable la exigencia de mayor formación académica inicial (qué menos que un título de bachiller). De este modo, su preparación intelectual de base se incrementaría y estaría más acorde con los tiempos. Posteriormente se añadiría la formación continua a lo largo de toda la carrera profesional, que ya está establecida legalmente. Además, ello tendría como consecuencia una mejora de sus retribuciones iniciales. Sin embargo, y aunque no dispongo de datos, sospecho que en realidad muchos aspirantes se presentan con titulaciones superiores a la exigida, así que más bien habría que convertir una situación de hecho en una de derecho.
El caso es que, más allá de unas destrezas de tipo físico-corporal y manual (técnicas de intervención policial, de defensa personal, pericia en el manejo del arma…), los policías necesitan conocimiento más avanzado, no solo de tipo tecnológico (psicología social, informática, derecho, idiomas…), sino también de las complejidades axiológicas de su práctica profesional, dotándoles así de recursos deliberativos para enfrentarse a trances complicados, tanto más cuanto una parte importante de su tiempo lo dedican a la resolución de conflictos entre particulares (discusiones entre conductores con motivo de alguna abolladura, disputas entre vecinos, peleas familiares, intentos de suicidio y cosas así) más que a actividades relacionadas con el Código Penal.
En efecto, las situaciones a las que se ha de enfrentar la Policía pueden ser abiertas, a veces imprevisibles y con frecuencia jurídica y moralmente complejas. Desde este punto de vista, sostengo que ha de proporcionarse a los policías una mixtura de conocimiento técnico, tecnológico y teórico (axiológico, ético, jurídico). Precisamente, las conversaciones serias (no las de guasa) que a veces surgen con mi amigo el policía (un policía bastante vocacional) giran en torno a cuestiones de índole moral y al concepto de ‘buena praxis’: diferencias entre autoritario y autoritativo, poder y autoridad (potestas, auctoritas, imperium), egoísmo y altruismo y otras. Adviértase que conceptos tales como ‘imparcialidad’, ‘integridad’, ‘dignidad’, ‘honestidad’, ‘impedir la violencia moral’, ‘congruencia de medios’, ‘código deontológico’… 1) son todo menos sencillos de dilucidar; 2) son todos conceptos filosófico-jurídicos que hay que insertar en sus respectivos marcos teóricos; 3) a la vez, son todos principios básicos que orientan la actuación de la Policía. ¿Cómo va a actuar un policía conforme a dichos principios si no ha penetrado en las dificultades y complejidades teórico-prácticas que entrañan? Todo esto va mucho más allá de una mera instrucción técnica, y siguiendo a David Carr, debería ser una condición sine qua non de un eficaz profesionalismo cierta capacidad de dedicarse de un modo auténtico e intelectualmente responsable a estos asuntos controvertidos. Eso es lo que hacemos mi amigo el policía y yo de vez en cuando. Fruto de esas conversaciones me he animado a redactar esta entrada de mi bitácora.
Actualización (4-9-2014).—Casi todas mis amistades se caracterizan por un travieso sentido del humor, cuya manifestación más conspicua consiste en vacilarme con aguda y fina ironía. Una amiga que ha estado de vacaciones en Nueva York me ha traído de recuerdo… ¡un coche del Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York! No es coincidencia, me lo ha regalado con intención aviesa. Mi amiga Mar asegura que es un anti stress car, un juguete maleable para despachurrarlo y manipularlo y liberarme así de mis «tensiones policiales». (Anda que no hace burla ni na’, la tía). Pues, mira: hasta me viene bien para ilustrar la sección del profesionalismo.
Programa CPR del New York City Police Department: Courtesy, Professionalism and Respect
En respuesta a un aumento del número de quejas contra la Policía de Nueva York relativas a la conducta descortés de muchos de sus agentes con los residentes, en junio de 1996 el Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York comenzó a implementar un programa denominado Programa de cortesía, profesionalismo y respeto (CPR). Estas tres ideas-eje aparecen enunciadas en los propios coches de policía, tal y como se observa en la imagen (me he enterado al contemplar el souvenir).
El programa CPR promueve el profesionalismo entre los miembros del Departamento, poniendo especial énfasis en el trato cortés y respetuoso con la gente de Nueva York. A los agentes se les adiestra en la Academia de Policía y se les entrena en diversas actividades de formación continua para referirse a las personas como señor o señora, para que expliquen a la gente por qué y para qué están haciendo lo que hacen, incluso para que exhiban unos modales exageradamente educados, todo con el fin de inculcarles la importancia de mostrarse considerados con los ciudadanos.
Según el Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York, los objetivos finales del programa CPR son:
Una relación más productiva entre la Policía de Nueva York y los residentes;
la mejora de la seguridad de los agentes a través de un mayor apoyo público;
más éxito en todas las estrategias de prevención y persecución del delito y
una imagen de los miembros de la Policía de Nueva York como profesionales de la ley.
Prima facie, no me parece ninguna majadería. Las metas que orientan el proyecto son razonables y se puede predicar coherencia práctica entre los fines perseguidos y los medios dispuestos para alcanzarlos. Uno está más inclinado a empatizar y cooperar con la poli si es tratado con gentileza que si el agente que te toca en gracia es un patán. Naturalmente, estoy hablando de situaciones corrientes, no de si, vistiendo un chaleco bomba y con un subfusil ametrallador en cada mano, me dirijo con cara de pocos amigos al centro educativo correspondiente, conforme a la costumbre estadounidense. En esos casos, salvar vidas prevalece sobre la cortesía.
Con todo, el éxito del plan parece haber sido muy modesto. Se ha percibido por la ciudadanía más como una campaña de imagen o un ardid de la oficina de Relaciones Públicas de la Policía neoyorkina que como una mejora real de su profesionalidad.
El New York City Police Department de Times Square, más que una comisaría de la Policía Local, parece un teatro de Broadway con esos efectistas neones que me luce. Demasiada estética Las Vegas style. (Cortesía de Mar Gutiérrez)
En lo concerniente a la imagen, y por lo que acabo de comprobar, el New York City Police Department tiene montada una micromercadotecnia de su marca registrada (increíble: NY$PD®, como la Coca-Cola®). Comercializan todo tipo de productos rigurosamente licenciados y con número de serie: gorras, camisetas, camisas, sudaderas, tazas y utensilios de cocina, toallas, juguetes, llaveros, adhesivos, instrumentos de escritura, agendas, barajas de cartas, insignias, emblemas, baberos, &cétera. Bueno, por lo menos el cochecito antiestrés es «oficial».
Producto licenciado (tie-in) oficialmente por la ciudad de Nueva York
Los estadounidenses hacen negocio con todo. En nuestro país también he visto merchandising policial, pero hasta donde sé los productos no están licenciados por el Ministerio del Interior®. (Hay momentos en los que verdaderamente me agrada haber nacido en la vieja Europa y no ser yanqui). Aunque preveo que ya falta poco… «la pela és la pela, nen». A propósito: daré tres ideas para el próximo coche de merchandising policial que algún amigo se anime a regalarme: este, este o este otro. Fin de la actualización.
¿Qué es la Policía? ¿Qué es un policía?
En los apartados anteriores me he centrado en los aspectos valorativos o normativos del concepto ‘policía’. No obstante, este enfoque quedaría incompleto sin ensayar una explicación científica de la Policía.
La Policía es un sub-subsistema social, conectado con dos subsistemas sociales: el subsistema político y el subsistema jurídico. Estos dos son subsistemas del sistema social. En esquema:
Subsistema político ↨ ↨ Subsistema jurídico
↑ Sub-subsistema policial ↑
Aparte de las Cortes, el subsistema político Ejecutivo está compuesto por presidente (Presidente del Gobierno), ministros (Ministro del Interior), secretarías de Estado (Secretaría de Estado de Seguridad), subsecretarías (Subsecretaría del Ministerio del Interior), direcciones generales (Dirección General de la Policía, Dirección General de la Guardia Civil…) y policías (comisarios, inspectores, subinspectores, oficiales, policías), los cuales son componentes del subsistema. A esta colección de personas y colectivos se añade el soberano pueblo español, del que emanan los poderes del Estado según el artículo 1.2 de la Constitución Española, esa bonita obra de ficción (carácter que emerge cuando comparamos la norma jurídica y los hechos sociales).
El subsistema judicial está compuesto por magistrados, jueces, fiscales, abogados, procuradores, secretarios judiciales, administrativos, policías judiciales, delincuentes y partes litigantes.
La estructura del subsistema político alude al conjunto de actuaciones consistentes en el mando, la organización, la gestión y la inspección de la Policía, la coacción legal y reglamentaria de los ciudadanos (armas), el mantenimiento del orden público y la seguridad ciudadana, la protección de la comunidad, la defensa del ordenamiento democrático… dispararte con pelotas de goma o zurrarte con el bastón o defensa, detenerte arbitrariamente, hacerte desaparecer forzadamente, torturarte, cobrarte mordidas o coimas, vender puestos de policía por cuantiosas sumas, amañar los concursos u oposiciones, (presuntamente) falsificar pruebas… Nótese que aquí es donde se entremezcla e interpenetra la dimensión descriptivo-explicativa con la normativo-evaluativa, lo que es la fuente de todas las discusiones.
La estructura del subsistema judicial alude al conjunto de actuaciones consistentes en acusar, defender, investigar, averiguar el delito, descubrir y asegurar a los delincuentes, poner a los delincuentes y criminales a disposición judicial, colaborar con la Administración de Justicia, hacer cumplir las sentencias, evadir su cumplimiento (los delincuentes), &cétera.
Todo esto se lleva a cabo por medio de tribunales de justicia, despachos de abogados, bibliotecas legales, comisarías de policía, centros penitenciarios, Guantánamos variados y, si el subsistema es suficientemente corrupto, cámaras de tortura, parientes (nepotismo), amigos (amiguismo) y clientes (clientelismo) de los implicados, &cétera.
Como se recoge en el preámbulo de la Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (Boletín Oficial del Estado núm. 63, viernes 14 de marzo de 1986, 9604-9616, p. 9605), «los funcionarios de policía materializan el eje de un difícil equilibrio, de pesos y contrapesos, de facultades y obligaciones, ya que deben proteger la vida y la integridad de las personas, pero vienen obligados a usar armas; deben tratar correcta y esmeradamente a los miembros de la comunidad, pero han de actuar con energía y decisión cuando las circunstancias lo requieran […]». Aunque me temo que las dificultades son muchas más: como dice Mario Bunge, el funcionario de policía «[…] ha de saber que es un servidor público, y no un sirviente del ministro o comisario de turno» (100 Ideas. El libro para discutir en el café), razón por la cual hay que destacar el significado que se da al principio de obediencia debida a los superiores, que en ningún caso podrá amparar actos manifiestamente ilegales ordenados por ellos.
También se impone a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad la obligación de evitar cualquier práctica abusiva, arbitraria o discriminatoria que entrañe violencia física o moral, lo que es más fácil de decir que de hacer.
La verdad es que cuando uno se lee la Ley Orgánica 2/1986 (por definición, un texto normativo), los principios básicos de actuación de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad son sumamente idealistas, asentando la acción supererogatoria como norma: si se cumplieran en sus propios términos, todos los miembros de la Policía serían unos santos o unos héroes. Por ejemplo: «a) Impedir, en el ejercicio de su actuación profesional, cualquier práctica abusiva, arbitraria o discriminatoria que entrañe violencia física o moral», pero yo mismo he sido víctima de prácticas policiales abusivas y arbitrarias (en Francia, todo hay que decirlo). Otro ejemplo: «c) Actuar con integridad y dignidad. En particular, deberán abstenerse de todo acto de corrupción y oponerse a él resueltamente», pero hay corrupción en la Policía (Udyco de Sevilla, Policía Local de Coslada, guardia civil de Lavacolla, ertzaina de Trapagaran, Unidad de Motoristas de la Policía Local de Sevilla, subinspector de Marbella…). Uno más: «b) Observar en todo momento un trato correcto y esmerado en sus relaciones con los ciudadanos, a quienes procurarán auxiliar y proteger, siempre que las circunstancias lo aconsejen o fueren requeridos para ello. En todas sus intervenciones, proporcionarán información cumplida, y tan amplia como sea posible, sobre las causas y finalidad de las mismas». Bueno, hay de todo: tratos más correctos y tratos menos correctos; a veces me han informado sobre las causas y finalidades de sus intervenciones y a veces no (no valoraré la pertinencia o procedencia de tales intervenciones, los motores que las impulsan o los fines a los que se dirigen); solo recuerdo haber recibido auxilio de la Policía un par de veces que me he quedado tirado con la moto (me preguntaron si necesitaba algo) y no se ha dado la circunstancia de haber sido protegido de forma directa (¡a buenas horas, mangas verdes!).
En fin: este análisis lo único que pone de manifiesto es el hiato que hay entre el deber ser (establecido por la Ley, la ética y los usos sociales, algo apropiado en un estado social y democrático de Derecho) y el ser; lo normativo (valores) y lo fáctico (hechos); es decir, la guillotina de Hume. Y también que la Policía, como todo lo humano, no es perfecta (a veces sucede que los primeros que son corruptos son sus propios superiores: recordemos el caso del ex Director General de la Guardia Civil Luis Roldán).
Pero esto mismo puede ser de aplicación a otras organizaciones humanas y sociales importantes como el sistema sanitario (hay negligencias médicas y enfermeras asesinas), el sistema educativo (ahora estamos con el caso del profesor de música presuntamente abusador de menores. No hablaré de los resultados que obtenemos en los informes PISA año tras año), &cétera. Esto prueba que hay profesionales perniciosos (malos profesionales) en todas partes.
No obstante, alguien se encarga a diario de atrapar a los malos y conducirlos al juzgado (estando un número indeterminado de esos malos armado hasta los dientes). Eso lo hace la Policía, trabajando a menudo bajo gran estrés, arriesgando su vida, con escasez de medios materiales y humanos —por no darles, a los funcionarios no se les da ni chaleco antibalas como dotación individual; se lo tienen que comprar ellos de su dinero, es un despropósito— , horarios intempestivos, &cétera. Los artefactos explosivos no se desactivan solos: alguien los desactiva. Los asesinos, secuestradores, atracadores, estafadores, abusadores de menores, contaminadores del medio ambiente, incendiarios de bosques y demás miembros de lo más granado de la sociedad no suelen entregarse motu proprio: alguien los pone a disposición de los jueces y magistrados. Esto prueba que también hay buenos policías, en el sentido que he apuntado en secciones anteriores: hay policías comprometidos con su trabajo; aun con lagunas o «puntos oscuros» (quien esté libre de pecado que tire la primera piedra), hay policías con coraje y una profunda conciencia. Haciéndoles justicia, merecen nuestro respeto, alabanza y hasta admiración (y no nuestro insulto y desprecio).
Desde una perspectiva subjetiva y como ciudadano, personalmente creo que no he tenido suerte con la Policía. La última que me han «perpetrado» ha sido cambiarme los apellidos recientemente, una movida con la i latina y la y griega entre aquellos. Según la Dirección General de la Policía, se trata de un error administrativo. Pues es un error administrativo que ha perdurado pacífica y públicamente desde hace por lo menos más de dos décadas, y que prosigue:
Tarjeta de Muface (1991): SANZ Y TUR, RICARDO
Y que ha sido reiterado en más de una ocasión. Corrección de apellidos, Boletín Oficial del Estado núm. 177, del martes 23 de julio de 1996, p. 22982:
Corrección de error: se rectifica la “I” latina mayúscula por la “y” griega minúscula entre mis apellidos. BOE (1996): Sanz y Tur, Ricardo.
Mi DNI de los últimos 10 años:
Mi anterior DNI, del 2000 al 2010, igual —a su vez— que los anteriores. 2000-2010: RICARDO SANZ Y TUR
Una peculiar manera de solucionar problemas. No podían dejarlo estar. Pues nada, claudico. Que la Policía me ponga los apellidos como estime conveniente. Yo, a estas alturas, desde luego no pienso cambiármelos (estoy en la constructivo-emotiva —que no realista, según se comprueba— creencia de que mis apellidos son míos, yo también poseo mi corazoncito y mis hábitos), y no tengo fuerzas para pleitear por una letra. Mi cuenta de estrés está en números rojos desde hace años.
Con todo, anda que no hay ejemplos en Ibiza del uso de la partícula copulativa entre los apellidos:
Partícula copulativa i/y entre los apellidos de gente ibicenca
Aclaración: la cuestión de los apellidos en el ámbito catalano-valenciano-balear
De acuerdo con eminentes expertos en onomástica en lengua catalana, como Enric Moreu-Rey, la inclusión de la conjunción copulativa entre el apellido paterno y el materno —institución social conservada y con refrendo legal en lengua catalana, y especialmente visible en zonas de ámbito lingüístico catalán (incluyendo la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares)— es, paradójicamente, influencia del castellano. Y si bien no puede negarse de buena fe que son incontables los catalanes del pasado y del presente (Pi i Margall, Prim i Prats, Balmes i Urpiá, Llorens i Artigas, Narcís Serra i Serra, Pasqual Maragall i Mira, Josep Antoni Duran i Lleida…), valencianos (Josep Lluís Albinyana i Olmos, Joan Lerma i Blasco…) y baleares (Llorenç Villalonga i Pons, Baltasar Porcel i Pujol, Maria Antònia Munar i Riutort, por citar unos pocos) que han hecho uso de la copulativa i entre sus apellidos, no es menor el número de castellanos (lingüísticos) que han incluido e incluyen la partícula y entre los suyos: Santiago Ramón y Cajal, José Ortega y Gasset, Manuel Tamayo y Baus, Francisco Bayeu y Subías, Arturo Soria y Mata, Vicente López y Planes, Carlos Sánchez del Río y Sierra, José Echegaray y Eizaguirre, Elías Tormo y Monzó, José Gascón y Marín). El escritor en castellano y catalán José/Josep Feliú y/i Codina (autor del drama en castellano La Dolores) o el historiador Antonio/Antoni Rubió y/i Lluch alternaban entre ambas grafías en la unión de sus apellidos, en función de la lengua que utilizaban (a mi juicio, un modelo a seguir). Fin de la aclaración.
Aun cuando a mí me haya ido mal con la Policía (no le gustan ni mis apellidos), como tengo claro que los sistemas sociales complejos no pueden funcionar sin control y que los delincuentes, los criminales, los psicópatas y los sociópatas existen, concluyo que también es funcional y necesaria la existencia de la Policía. Y dado que es necesaria, y que debe cumplir un servicio público esencial, cuanto más profesional sea, mejor. Esto es: prefiero disponer de una buena Policía.
Pienso que echarle un vistazo de vez en cuando a la Ley, leer acreditados textos de ética (cognitivismo ético: no hace todo, pero hace algo) y dejar de psicologizar a la remanguillé puede contribuir a evitar que la grieta entre lo que debería ser y lo que es mude de una zanja a un abismo. La Ley (el orden jurídico) y los principios éticos (el orden moral) establecen ciertos ideales deseables; en cuanto ideales, marcan la tendencia o el camino a seguir. Eso afecta a todos: policías y no policías.
En cualquier caso, a mí toda esta investigación me ha servido para conocer, comprender y empatizar más con un buen amigo que, además, es policía.
24/03/2014 a las 04:41
Dificil profesión la mía..pero como te dije a tí una vez, me lo aplíco, por ese 1% merece la pena seguir siendo una tortuga ninja
24/03/2014 a las 12:17
Es una profesión difícil cuando se ejerce responsablemente. No es para blandos y pusilánimes, sino para resilientes. Seguimos, abrazo fuerte.
28/03/2014 a las 08:52
“Vamos a matarlos, que son pocos” y esto se grita… ¡en la Universidad!!!… Si la frase pone los pelos de punta, el lugar donde se produce amplifica el horror que produce… ¿Esto es lo que se enseña en la Universidad?… No sería una huelga por la Educación lo que estaban reclamando sino más bien una auténtica “huelga de Educación” de esos energúmenos. Me crié en un país donde la policía no tiene buena fama, donde aprendes a disparar antes de cumplir 10 años como “kit de supervivencia” y donde una de las primeras cosas que aprendías era… nunca preguntes a un policía pero… ¿Ir a matarlos porque son pocos?… eso jamás lo oí… Es de una cobardía sin parangón. Algo tendrán que hacer los responsables porque… como dice Vd. en su blog “hay buenos policías” y éstos “haciéndoles justicia, merecen nuestro respeto, alabanza y hasta admiración y desde luego no el insulto y el desprecio”…… y mucho menos el intento de linchamiento…
Gracias por esta documentada entrada en su blog… Muy oportuna y clarificadora con la que se ha liado.
Me pregunto para cuándo se deja la aplicación del artículo 550 del Código Penal:
30/03/2014 a las 11:31
Existe una tradición pedagógica que concibe la ‘educación’ como «la acción ejercida por una generación sobre la siguiente con vistas a adaptar esta última al medio social en el cual está destinada a vivir» (Émile Durkheim). Aunque la educación no se reduce a eso, si se es intelectualmente riguroso no puede negarse que la educación tiene funciones sociales. La de promocionar la agresión a policías no es una de ellas, y la de promover la cultura de la paz, el rechazo a la violencia, el diálogo y la resolución pacífica de conflictos sí lo es. Se puede ser crítico con un determinado régimen político democrático sin causar lesiones a los agentes de Policía y sin producir daños en bienes públicos. Viendo los métodos, me resultan muy poco creíbles los nobles ideales que los grupos radicales violentos dicen defender.

References: resolución 
 artículo 3
 artículo 29

Artículo 12
 resolución 
 artículo 1
 artículo 550
 resolución