Source: https://profesorcastro.jimdo.com/rep%C3%BAblica-de-cuba/
Timestamp: 2018-10-19 05:06:00+00:00

Document:
República de Cuba - La Cuba de Fidel Castro |Martí, Habana, dictadura, Castro, miseria, racismo, crisis, educación, salud, revolución, socialismo, castrismo, castrista, izquierdista, derecho, tiranía, embargo, película
El 19 de mayo de 1902 se cumplieron siete años de la caída en combate de José Martí Pérez. Al día siguiente al mediodía nació la República de Cuba.
Izamiento de la bandera cubana
el 20 de mayo de 1902 en La Habana.
Fue hecho por el general Máximo Gómez
en su primer cuarto de siglo de vida republicana
Cuando el 10 de diciembre de 1898 se firmó en París el tratado por el cual concluía la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, Cuba se encontraba en ruinas y con su población reducida, como consecuencia de la guerra y la reconcentración ordenada por Valeriano Weyler, Capitán General y General en Jefe del Ejército de España en Cuba.
De 1.609.075habitantes reportados por el censo de 1887 la población decreció a 1.572.797 en el de 1899. Las pérdidas materiales ocurridas entre 1894 –el año anterior al inicio de la Guerra de Independencia- y 1899 fueron cuantiosas. De 1.100 fábricas de azúcar quedaron sólo 207 en condiciones de laborar. La zafra disminuyó de un millón de toneladas de azúcar a menos de la tercera parte. La cosecha tabacalera disminuyó de medio millón de tercios a menos de noventa mil. El ganado vacuno se redujo en un 75%: de 2,5 millones de cabezas a 0,4.
Desde la proclamación de la República el 20 de mayo de 1902, con todas las sombras que existieron, es innegable que en pocos años Cuba alcanzó logros económicos y sociales sorprendentes para la época, que sentaron las bases para que después se le conociese como la Perla del Caribe. ¿Por qué?
Porque la República de Cuba nació sin plena independencia -la enmienda Platt no fue derogada hasta 1934-, pero con derechos civiles y políticos reconocidos: el hábeas corpus, la libertad de expresión, los derechos de reunión y asociación, la libertad de movimiento, la libertad de cultos, la división de poderes y otros que le permitieron emerger de la postración económica.
Con el fin de aumentar la población rural que satisficiese las necesidades para el crecimiento de la agroindustria azucarera, se priorizó la política migratoria: Cuba recibió unos 700 mil inmigrantes españoles entre 1902 y 1931, y miles de braceros antillanos. Entre ellos se encontraba el gallego Ángel Castro Argiz; dos de sus hijos varones –Fidel y Raúl- demostrarían ser émulos de Valeriano Weyler, a quien han superado con creces. Véanse los vídeos sobre la destrucción física y el daño antropológico causados a Cuba por el castrismo.
En menos de un cuarto de siglo de vida republicana, la economía de Cuba demostró fortaleza. En el período 1900-1925 se registró un alto crecimiento económico -8% como promedio anual-, basado fundamentalmente en la agroindustria azucarera: la producción de azúcar se elevó a 5,4 millones de toneladas en 1925, lo que propició el auge del intercambio comercial con el resto del mundo.
El ingreso nacional se cuadruplicó entre 1903 y 1924. Antes de cumplir un cuarto de siglo como república, Cuba tenía un ingreso anual promedio y per cápita excelentes para su época.
Aunque la contribución de la industria al ingreso nacional cubano -estimado entre 11 y 13% para inicios de la década del veinte-, era inferior a la de Argentina -18%- y la de Chile -20%-, era similar a la de México -14% en 1925- y superior a la de Colombia, que no es hasta 1941 que llegará a un 12,3%.
La masa ganadera vacuna se cuadruplicó, superando los 4 millones de cabezas, para una población de 3,3 millones de habitantes. La producción y exportación de tabaco también creció significativamente.
Las exportaciones de bienes se multiplicaron más de siete veces, mientras que las importaciones lo hicieron en menos de cinco veces, transformándose así la brecha comercial negativa de 18 millones de dólares en 1900 en un superávit de 57 millones en 1925.
El saldo positivo en la balanza comercial propició un incremento de las reservas internacionales de divisas y estimuló el proceso de formación de capital con recursos foráneos, lo cual contribuyó a aquella expansión económica.
Al analizar la economía del casi primer cuarto de siglo de vida republicana, el historiador marxista Oscar Pino Santos afirma en su obra El Imperialismo Norteamericano en la Economía Cubana, publicada en 1957:
“El incremento en el ingreso nacional que de todas maneras debió experimentar Cuba entre 1902 y 1925, determinado por el auge en las inversiones azucareras, dio lugar a la creación de algunos ahorros en ciertas clases de la población, independientemente de los ahorros que emigraban al exterior por la vía de las remisiones de las compañías extranjeras que controlaban el azúcar, los servicios públicos y otras empresas”.
Pino Santos añade:
“Fue surgiendo así un empresario nacional incipiente, que hacía extraordinarios esfuerzos por arrebatar a las mercancías importadas algunos fragmentos del mercado nacional”.
Al empresario nacional los hermanos Castro le declararían la guerra, para décadas después recibir con los brazos abiertos al empresario extranjero. ¿Alguien del régimen militar cubano tiene moral para hablar de soberanía nacional?
Otro sector que se fue desarrollando fue el de la construcción, como lo demuestran las construcciones realizadas durante la década del veinte. Para ello se contó con excelentes arquitectos egresados de la Universidad de la Habana, tales como Félix Cabarrocas Ayala y Evelio Govantes que constituyeron la firma Govantes y Cabarrocas, que en 1916 proyectó el Hospital General Freyre de Andrade, conocido coloquialmente como ‘Emergencias’. Cabarrocas reinició en 1917 el proyecto del Capitolio Nacional.
El historiador Ramiro Guerra Sánchez expresó en 1924:
“Cuba se ha conquistado su lugar en el mundo y gana en el respeto y en el aprecio universales. Esto no son fantasías, son hechos”.
Yo comparto la tesis de Leví Marrero de que la nación cubana era aún, en el momento del colapso de la república, un proyecto en desarrollo o en ascenso y, en consecuencia, sus instituciones constituidas adolecían de una necesaria precariedad. A esta flaqueza se fue sumando una degradación del espíritu cívico, una relajación de los criterios normativos y un rebajamiento de los estamentos jerárquicos en que se sostiene cualquier organización social. Socavaban estos naturales soportes, obrando mancomunadamente, cierto nivel de corrupción de la clase política y el mito de la Revolución, con el agravante de que a veces la corrupción y el espíritu revolucionario coincidían en los mismos individuos.
Decía Orestes Ferrara –que participó en nuestra última guerra de Independencia y que luego desempeñó un destacado papel en la república– que los políticos cubanos surgidos de la lucha contra España eran hombres con una gran pureza de ideales. Yo no me atreveré a contradecirlo pero es el propio Ferrara quien registra, en el texto de sus memorias, las graves alteraciones que ya aquejaban a la gestión pública desde el mero comienzo. Es la tozudez y la soberbia de Tomás Estrada Palma, hombre por lo demás ejemplar, quien –al respaldar los fraudes e intimidaciones que llevó a cabo su partido para reelegirlo en 1906– provocó nuestra primera guerra civil. Esta crisis se repetirá, con mayor gravedad en 1917 y de nuevo en 1933 cuando, con el derrocamiento de Gerardo Machado, se quiebra el orden institucional y los revolucionarios asaltan el poder. Lo demás algunos lo juzgan como secuela.
La relativa precariedad de las instituciones y la Revolución como ideología política del último cuarto de siglo que antecede al castrismo explican un poco lo que vino después, pero en nada lo justifican. A pesar de que hubiera corrupción administrativa, el país prosperaba en todos los órdenes, y aunque se practicara la demagogia y el favoritismo políticos, la democracia se arraigaba. Éramos más adelantados que la gran mayoría de los países de América Latina (preciso es decirlo) y nuestros “dictadores” no tenían parecido con los que habían asolado el continente desde el primer día de la independencia. En esos 57 años de experiencia republicana, no tuvimos nada parecido a Rosas (Argentina), ni al tenebroso Dr. Francia (Paraguay) ni a Juan Vicente Gómez (Venezuela), ni a Porfirio Díaz (México) ni a Trujillo (República Dominicana) ni a Somoza (Nicaragua).
¿Por qué esta excepcionalidad nuestra habiendo padecido el despotismo colonial por mucho más tiempo que otros países de la región y sin que nos faltaran caudillos en el bando insurgente? La diferencia está, en mi opinión, en nuestra especial relación con Estados Unidos, donde vivió y se educó la clase política cubana que fundó la república, y la providencial intervención estadounidense al final de una guerra devastadora. Otros juzguen como humillante la intervención y culpen a la calumniada Enmienda Platt de nuestros vaivenes políticos. Yo creo que los cubanos tuvimos la inmensa suerte de nacer a la vida internacional con esa oportuna partera que fue la intervención. A ella debemos lo mejor de nuestros hábitos democráticos y los adelantos que nos distinguieron. Los vicios eran nacionales. Sin los americanos en la fórmula hubiéramos estado infinitamente más atrasados y, políticamente, habríamos sido mucho peores.
El castrismo es precisamente la reafirmación de los más graves defectos autóctonos. Se nos propuso, con estulta soberbia, como expediente de autoafirmación frente a una presunta insolencia extranjera, y lo único que ha conseguido es la destrucción física del país y el envilecimiento de su pueblo. La república surgida el 20 de mayo de 1902 fue, por el contrario, el resultado de la inteligencia y el tacto para saber aprovechar las ventajas de vivir en el traspatio de un vecino rico, poderoso y magnánimo. Fue lo mejor que pudimos tener dados nuestros orígenes. Lástima que la lanzaran por la borda en un acto de colectiva insensatez.
El torbellino revolucionario arrasó con la historia de Cuba. De pronto, una república de 57 años era deleznable. El 20 de Mayo, día de su constitución, se eliminó como fiesta nacional y en su lugar se impuso el 1 de enero, triunfo de la revolución o el 26 de julio fecha del ataque al Cuartel Moncada en 1953, todo al mando de Fidel Castro. El primer presidente, Don Tomás Estrada Palma, fue degradado al extremo de derribar su estatua en la Avenida de los Presidentes en La Habana y otros lugares.
Los emblemáticos edificios no se adecuaban al nuevo poder, que al denostarlos, identificándolos solo con sucesos negativos, ocultaba sus verdaderos propósitos. El Capitolio, sede de la cámara de representantes y el senado, cayó en la depauperación constructiva e higiénica, en su paso por diversos usos, tanto como sede del Museo de Ciencias Naturales como de la Academia de Ciencias de Cuba. Se disminuyeron sucesos muy notables ocurridos allí, donde sesionaron los delegados, incluidas 3 mujeres, que redactaron y adoptaron la Constitución de 1940, muy avanzada para la época.
Igualmente ocurrió al Palacio Presidencial, cuya construcción fue iniciada en 1909 por el general Ernesto Asbert, entonces gobernador de La Habana, para la sede del gobierno provincial, pero que en 1918 se arregló judicialmente para que albergara al presidente Mario García Menocal a partir de la inauguración, el 31 de enero de 1920. Tan temprano como el 12 de diciembre de 1959 se convirtió en Museo de la Revolución por decreto del Ministerio de las Fuerzas Armadas, firmado por el entonces ministro Raúl Castro. Luego, el edificio en construcción para el Palacio de Justicia en la Plaza Cívica fue remodelado para albergar las presidencias del Consejo de Estado y de Ministros, así como los altos escalones del Partido Comunista de Cuba.
En cuanto al parlamento cubano, denominado Asamblea Nacional del Poder Popular, constituida tan tarde como en 1976, ha tenido oficinas en edificios sin personalidad ni arquitectura notables, y realizado sus dos sesiones anuales en el Palacio de las Convenciones, un centro de reuniones construido en 1979 para la Sexta Conferencia Cumbre del Movimiento de Países No Alineados.
No se trataba sólo de que el nuevo mandatario cubano necesitara un lugar que se identificara únicamente con él y sus instituciones, sino que se disponía a barrer con todas las instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales de la república democrática que se había estado forjando durante los 57 años anteriores, con sus luces y sus sombras, a pesar de que en 1959 la mayoría de los cubanos apoyaban la revolución con la aspiración de eliminar la dictadura y profundizar el proceso democrático.
La pretensión de borrar de la memoria histórica a Don Tomás Estrada Palma se sitúa entre las acciones más deplorables contra las generaciones de cubanos que han recibido instrucción deformada y adoctrinamiento ideológico para desvirtuar los hechos y trocar los próceres y dignatarios. El maestro a quien José Martí distinguió como persona sacrificada y honrada, y a quien legó la presidencia del Partido Revolucionario Cubano, había sido presidente de la República en Armas entre 1876-1877, y el primero al instaurarse la República el 20 de mayo de 1902. Procuró lograr lo mejor para el país y su pueblo en las difíciles y complejas circunstancias de su época. No se corrompió ni robó, sino que impuso la austeridad para procurar mayores ingresos que gastos, por lo que en 1905 había un increíble superávit de 20 millones de dólares. Lamentablemente, su pretensión de reelegirse en 1906 provocó choques de intereses, que llevó al alzamiento del partido liberal y otras fuerzas, por lo que convocó la intervención militar norteamericana, prevista en la Enmienda Platt, y renunció a la presidencia.
Inicialmente se trasladó a Matanzas y poco después se estableció en La Punta, una finca heredada de su familia cercana de Bayamo. Allí vivió en un bohío hasta que construyó una pequeña casa de tejas, pero no logró beneficios de la ganadería y los cultivos. A fines de 1908 padeció pulmonía y, sobre todo, gran decaimiento de ánimo. Murió el 4 de noviembre y fue enterrado, como pidió, en el cementerio Santa Ifigenia, cerca de la tumba de José Martí.
Cuando el Capitolio está siendo restaurado y el presidente Raúl Castro ha mencionado la restitución “actualizada” de su utilización, a través de la Asamblea Nacional del Poder Popular, debería rectificarse en el abordaje de la historia. Todos los cubanos tenemos derecho a acceder a los hechos históricos y juzgarlos sin condicionamientos, conocer a personalidades como Don Tomás Estrada Palma, y festejar el nacimiento de la república de Cuba, el 20 de mayo, como tampoco pudimos hacer este año.
Una vez arriada la bandera de las barras y las estrellas en medio del júbilo popular, el 20 de mayo de 1902 el generalísimo Máximo Gómez procedió a izar la enseña nacional en el Palacio de los Capitanes Generales. “Creo que hemos llegado”, fueron sus palabras ese día.
En el intento de rebajar su alcance y adecuar lo sucedido a la ideología y a los objetivos del poder, se ha llegado a comparar el 20 de mayo con el Golpe de Estado de 1952, e incluso a negarlo como momento de nacimiento de la República. Un ejemplo de esto último fue el criterio emitido en una oportunidad por el historiador Rolando Rodríguez, cuando planteó que el 20 de mayo “no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869. […] Es ahí donde está el origen de la República cubana”.
Elaborado el texto se creó una Comisión encargada de formular dichas relaciones, cuyo resultado fue rechazado por las autoridades norteamericanas. Después de múltiples debates, gestiones y desencuentros, los Delegados recibieron un golpe definitivo. La Enmienda aprobada y firmada por el presidente de Estados Unidos se entregó a los Delegados cubanos para su incorporación a la Constitución, con una nota firmada por el secretario de la Guerra, donde se decía que el Presidente “está obligado a ejecutarlo [el ultimatum], y ejecutarlo tal como es […] no puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”, como condición para cesar la ocupación militar.
A principios del siglo XIX los movimientos de independencia nacional triunfaban por toda América Latina, excepto en Cuba, que fue el último país en obtenerla, prácticamente un siglo después de Haití.
El 10 de octubre de 1868 comenzó la Guerra de los Diez Años (1868-1878), cuando el abogado Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) liberó a sus esclavos en su ingenio La Demajagua, Manzanillo, Oriente, y se alzó en armas contra el poder colonial español:
“¡Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar la independencia!”
Céspedes pronunció la declaración de independencia conocida como Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba o Manifiesto del 10 de Octubre.
A la Guerra de los Diez Años la siguieron la Guerra Chiquita (1879-1880) -organizada por el general Calixto García no alcanzó carácter nacional- y la Guerra de Independencia (1895-1898), organizada por José Martí.
El 29 de enero de 1895 se dio desde Nueva York la orden del alzamiento en Cuba. Estaba firmada por Martí -delegado del Partido Revolucionario Cubano-, el general Mayía Rodríguez -representante de Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador- y el comandante Enrique Collazo -enviado de la Junta Revolucionaria de La Habana-.
La orden especificaba que el alzamiento se haría “con la mayor simultaneidad posible”, “durante la segunda quincena y no antes, del mes de febrero”.
El documento fue dirigido a Juan Gualberto Gómez, principal hombre de confianza e intermediario de Martí en Cuba. Los revolucionarios de la provincia de Oriente habían ofrecido acatar la fecha que se les señalara. En seguida que llegó la orden a La Habana, se reunieron los jefes que habrían de encabezar los alzamientos de occidente y acordaron que los mismos se efectuarían el 24 de febrero.
Un día después de firmar la orden de levantamiento en Nueva York, el 30 de enero de 1895, Martí embarcó hacia República Dominicana, donde se hallaba el general Máximo Gómez, oriundo de esa tierra. El jefe civil y el jefe militar de la revolución firmaron el célebre Manifiesto de Montecristi, en el cual Martí expuso al mundo los propósitos de la guerra de Cuba, se enteraron de los alzamientos del 24 de febrero y juntos recibieron a personas que de Cuba fueron a informarles de los primeros sucesos de la guerra.
Martí escribió entonces: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar... Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable al sacrificio”. Y se dispuso a embarcar con el general Gómez hacia Cuba. El general Gómez quería que Martí se quedara en el extranjero, dirigiendo la propaganda y el aprovisionamiento de la insurrección, pero Martí no se dejó convencer: “de que un pueblo se deja servir, sin cierto desdén y despego, de quien predicó la necesidad de morir y no empezó por poner en riesgo su vida”.
Desde Montecristi, pueblo del noroeste de República Dominicana donde vivía el general Máximo Gómez, lanzó Martí un manifiesto el 25 de marzo de 1895. Empieza el Manifiesto de Montecristi declarando, “La revolución de independencia iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra”, y afirma que esta guerra “no es el insano triunfo de un partido sobre otro”, ni “tentativa caprichosa”, sino “la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior” y “el producto disciplinado de la reunión de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento, las virtudes necesarias para mantenerla”.
Después de formular la tesis de la superación del pueblo cubano por el sacrificio, mejor que por la evolución pacífica dentro del régimen colonial español, como sostenían los autonomistas, el manifiesto asegura que la guerra iniciada no es una cruzada de odio contra los españoles ni contra los cubanos “tímidos o equivocados” y sólo será inflexible “con el vicio, el crimen y la inhumanidad”.
Sustenta el manifiesto la capacidad cubana “para salvar la patria desde su raíz de los desacomodos y tanteos, necesarios al principio del siglo, sin comunicaciones y sin preparación, en las repúblicas feudales y teóricas de Hispanoamérica”; y destaca con vivas expresiones el contraste entre la civilidad del pueblo insular, formado en “el crucero del mundo” y la incultura de “las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América”.
Se pronuncia luego contra “el temor insensato, y jamás justificado a la raza negra”, con el cual siempre se quiso levantar “por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la revolución”; promete respeto a la libertad y la propiedad de los españoles “de trabajo y honor”; y acaba afirmando que la guerra de independencia de Cuba “es suceso de gran alcance humano”.
Finalmente el manifiesto contiene una invocación “a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido” y la ratificación enfática de la identidad de la obra de dos generaciones y de “la unidad y solidez de la revolución cubana”, como prueba de lo cual firman el documento “el delegado del Partido Revolucionario Cubano, creado para ordenar y auxiliar la guerra” y “el General en Jefe electo en él por todos los miembros activos del Ejército Libertador”.
Hasta el primero de abril no pudieron salir Martí y Gómez de territorio dominicano. En la noche del 11 de abril un barco frutero los dejó en un bote frente a los acantilados de la costa meridional de Baracoa, en el Oriente de Cuba. Afrontando peligro alcanzaron la Playita de Cajobabo, en compañía de dos dominicanos y dos veteranos de la Guerra de los Diez Años.
A los tres días de marcha por las sierras de la región, encontraron el primer campamento de insurrectos; y el día 25, tras durísimas jornadas por riscos y despeñaderos, se incorporaron a las fuerzas del general José Maceo, en Arroyo Hondo, jurisdicción de Guantánamo.
El 5 de mayo de 1895 realizaron su primera reunión en Cuba los tres grandes jefes de la revolución: Martí, Gómez y Maceo. Fue en el ingenio La Mejorana, cerca del pueblo de Dos Caminos, San Luis, Oriente.
En la reunión Martí abordó la necesidad de reunir en asamblea a la representación del pueblo en armas y dar forma republicana a la revolución. Maceo insinuó por su parte su temor al predominio de organismos civiles durante la guerra y su simpatía por un gobierno formado por “una junta de generales con mando, por sus representantes, y una secretaría general”.
Convenida en principio la reunión de delegados de todas las fuerzas insurrectas, Martí y Máximo Gómez tomaron aquel mismo día rumbo a Camagüey, donde se proponían promover la revolución. Por el camino tenían planeado reunirse con el general Masó y otros jefes.
Martí amaneció el 19 de mayo de 1895 acampado en un lugar conocido por Las Bijas, cerca de la confluencia de los ríos Contramaestre y Cauto. Estaba con él desde la noche anterior el general Bartolomé Masó, quien había llegado allí con 300 jinetes. A media mañana, llegó también Máximo Gómez.
Alrededor de las o­nce de la mañana, sonaron unos disparos y se dijo que una columna española se movía con rumbo al campamento cubano. A atajarla cabalgaron los jefes mambises, seguidos de la tropa. A poco de vadear el Contramaestre, en Dos Ríos, sobrevino el choque. Los españoles esperaron en formación escalonada la agresión de la caballería cubana en lugar ventajoso para la defensa y recibieron a los jinetes delanteros con descargas cerradas, obligándolos a retroceder.
Martí, quien desoyendo el consejo de Gómez había tomado parte en aquella cabalgada, no regresó de ella. En el ímpetu de la carga había avanzado hasta desembocar frente a la línea de tiradores enemigos y un balazo mortal lo había derribado del caballo. Su cadáver, rápidamente identificado, fue recogido por los españoles, que se alejaron del lugar del combate con aquel insigne trofeo.
El general Gómez, quien en seguida se dio cuenta de la superioridad numérica y táctica del enemigo, planeó emboscarse al paso de la columna española y rescatar el cadáver de Martí, que fue llevado al pueblo fuerte de Remanganaguas, donde se le dio sepultura. Después se le exhumó y embalsamó para llevarlo a Santiago de Cuba, donde tuvo lugar el sepelio definitivo.
Así ocurrió el primer gran desastre de la revolución. El segundo gran desastre fue cuando el general Antonio Maceo Grajales cayó en combate, el 7 de diciembre de 1896. De Maceo dijo Martí que tenía tanta fuerza en su mente como en su brazo.
Dos años después, en la noche del 15 de febrero de 1898 estalló en la bahía de La Habana el crucero acorazado norteamericano Maine. Doscientos sesenta y seis marinos murieron durante la explosión. Hacía tres semanas que el Maine estaba anclado en el puerto de La Habana. Había sido enviado como un aviso al gobierno español, so pretexto de desórdenes en la capital, donde los integristas, opuestos a la implantación de la autonomía y a toda clase de concesiones políticas, habían asaltado las redacciones de varios periódicos conciliadores y formado motines, prontamente reprimidos.
La voladura del Maine causó un estallido de ira colectiva en Estados Unidos. La excitación popular fue en aumento cuando periódicos de gran circulación llegaron a afirmar que se estaba sobre la pista de individuos pagados por enemigos de Estados Unidos, que habían colocado una mina en la parte exterior del casco del Maine.
Una comisión investigadora nombrada por el Gobierno español dictaminó que la catástrofe había sido causada por una explosión en el interior del buque. Otra, norteamericana, atribuyó el hecho a un agente exterior. El 11 de abril de 1898, al dar cuenta al Congreso de este último informe, el presidente McKinley pidió autorización para tomar las medidas que dieran por resultado “la completa terminación de las hostilidades entre el gobierno de España y el pueblo de Cuba”.
Al ambiguo mensaje de McKinley respondió el Congreso norteamericano con la Resolución Conjunta (Joint Resolution) del 19 de abril, en la cual se dio la autorización solicitada, incluyendo la de emplear todas las fuerzas de mar y tierra de EEUU para conseguir la pacificación de Cuba y el establecimiento de un gobierno capaz y estable.
“Que la isla de Cuba es, y de derecho debe ser libre e independiente”, expresa enfáticamente el artículo primero de la Resolución Conjunta, antes de ordenar que se pidiera o se obtuviera por las armas, que el Gobierno de España abandonase Cuba.
En el artículo 4 de la resolución se aseguraba que Washington no albergaba intención alguna sobre Cuba, pero luego no dudaron en contradecirlo en los hechos. Derrotada España, no reconocieron la beligerancia de los independentistas cubanos, cuya ayuda había sido decisiva para la victoria, y los excluyeron de las negociaciones de paz en la capital francesa. El 10 de diciembre de 1898 se firmaría el Tratado de París, que estipuló en su artículo 1 que Estados Unidos ocuparía Cuba, en absoluta negación de la Resolución Conjunta.
La Delegación de la República de Cuba en Armas, con el concurso de numerosos escritores, oradores y periodistas emigrados -intelectuales de la talla de Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Manuel de la Cruz, Gonzalo de Quesada, Eduardo Yero, Nicolás Heredia y otros-, llevó a cabo una labor constante de información y propaganda, al propio tiempo que solicitaba el reconocimiento del Gobierno cubano por el de Estados Unidos y ofrecía ventajosamente bonos de la República a especuladores, para interesarlos en el triunfo de la revolución independentista.
Después de la voladura del Maine, cuando era evidente que Estados Unidos marchaba a la guerra, el gobierno español tomó dos disposiciones encaminadas a conjurar la catástrofe que se avecinaba; la primera de ellas fue el cese de la reconcentración, anunciada por el general Blanco el 30 de marzo; y la segunda, una orden suspendiendo las hostilidades en Cuba “con objeto de preparar y facilitar la paz”. Esta última medida, adoptada cuando se tenía la certidumbre de que el presidente McKinley había redactado su mensaje al Congreso pidiendo autorización para intervenir en Cuba, fue dictada con tal precipitación a fin de que fuera publicada el 10 de abril, que dejó a instrucciones posteriores el fijar la duración del armisticio.
Al conocer dicha medida, el Consejo de Gobierno y el general en jefe cubanos la rechazaron, anunciando que era tarde para llegar a un arreglo pacífico y que no aceptarían otra paz que la de la independencia absoluta.
La guerra se desarrolló en dos escenarios tan distantes uno de otro como las Filipinas y las Antillas, y tuvo cuatro meses de duración. Iniciada la guerra, el Estado Mayor General de Estados Unidos decidió invadir a Cuba por la parte oriental, que era donde los españoles resultaban más débiles y los cubanos más fuertes.
Andrew Summers Rowan (1857-1943) -oficial de la Armada de Estados Unidos, a quien la prensa de su país ha glorificado como el héroe del ‘Mensaje a García’-, fue enviado a Cuba, por medio del Departamento de Expediciones cubano, a solicitar del general Calixto García (1836-98) la colaboración indispensable. Rowan fue convertido en mito por el periodista Elbert Hubbard, quien, apremiado por la entrega de la revista Philistine, recurrió a fabricar una leyenda digna de una novela de aventuras.
Dos oficiales cubanos marcharon a Washington con instrucciones del general Calixto García. Poco después partió de La Florida el ejército expedicionario norteamericano, dirigiéndose a Santiago de Cuba. En las cercanías de esa ciudad, el general Calixto García recibió antes del desembarco la visita de los jefes de mar y tierra de la expedición -almirante Sampson y general Shafter-. Allí se fijó el punto de arribo.
Al día siguiente, 400 soldados cubanos fueron transportados del Aserradero -al oeste de Santiago-, a Daiquirí -al este-, estableciendo la ‘cabeza de playa’ por donde desembarcaría el ejército norteamericano: 15 mil hombres.
Inmediatamente los mambises distrajeron la atención de los españoles, ocupando todos los desfiladeros por donde Santiago de Cuba se comunica con el interior. “El mismo día del desembarco”, según un oficial de marina español -el capitán Concas-, que combatió allí, “quedó Santiago privado de todo el recurso que recibía de su zona de cultivo, recrudeciéndose el hambre; quedaron cortadas todas las comunicaciones; bosques, avenidas y alturas, todo cubierto por los cubanos…”
Una sola columna española de refuerzo entró en Santiago durante el sitio. Pero de ella dice el historiador de esta campaña, teniente Muller:
“Los insurrectos, haciendo como siempre, fuego a mansalva, consiguieron, aunque sin detenerla, retardar su marcha lo suficiente para que no llegara antes del día primero de julio”, o sea, el día en que se decidió la caída de Santiago, al ser tomados los fuertes de El Caney y San Juan.
En Holguín reunieron los españoles a doce mil hombres para enviarlos a reforzar las defensas de Santiago y, al decir del general Miles, jefe del Ejército de Estados Unidos, “fueron detenidos y forzados a retirarse por las fuerzas cubanas del general Feria”. Y según las palabras del mismo jefe norteamericano, “el general García envió dos mil hombres a las órdenes de Pérez contra los seis mil españoles de Guantánamo y lograron su objeto”: impedir que reforzaran a Santiago.
Pero no fue sólo en estas operaciones que colaboraron los cubanos con los norteamericanos; más de doscientas bajas tuvieron los cubanos entre muertos y heridos en El Caney y San Juan. Algo más de un millar los norteamericanos. Pero, en proporción al número de combatientes de unos y otros, las bajas cubanas resultaron mucho mayores que las de sus aliados, según el corresponsal de guerra Stephen Bonzal.
Con el pretexto de que la guerra era para liberar a Cuba de España, Estados Unidos se apoderó de las colonias españolas de Guam y Filipinas en el Pacífico, y Puerto Rico y Cuba, en el Caribe.
El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París, que puso término definitivo a la guerra y a la soberanía española en Cuba. El primero de enero de 1899 fue señalado para el traspaso del gobierno del archipiélago cubano a Estados Unidos.
Terminada prácticamente la guerra al pedir los españoles la paz a los norteamericanos, el Consejo de Gobierno de Cuba creyó que se aproximaba el momento previsto en la Constitución de La Yaya en que debía reunirse la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador y extendió la convocatoria para la misma.
Esta Asamblea, que fue la última de su clase, es conocida como la Asamblea de Santa Cruz del Sur o Asamblea del Cerro, porque primero funcionó en la población camagüeyana citada y posteriormente en el barrio del Cerro de la capital. Ella desenvolvió sus labores desde octubre de 1898 a abril de 1899.
Frente al hecho de que España iba a entregar la administración de Cuba a Estados Unidos y de que el Gobierno norteamericano había ignorado oficialmente durante la guerra la existencia del Consejo de Gobierno cubano, entendiéndose de manera informal con la representación del mismo en Estados Unidos y con jefes y oficiales del Ejército Libertador, la Asamblea de Santa Cruz del Sur prudentemente renunció a la misión que tenía señalada en la Constitución de La Yaya de organizar la administración de Cuba al producirse la evacuación española, y limitó su actuación a planear el licenciamiento del Ejército Libertador, nombrar una comisión ante el Gobierno norteamericano y colaborar con éste, mediante otra comisión, en la administración y el mantenimiento del orden en los lugares que ocupaba el Ejército Libertador.
La Asamblea fracasó en todo, menos en ayudar a mantener el orden en Cuba mientras se iba completando la ocupación por fuerzas norteamericanas. El Gobierno de Estados Unidos, siguiendo la tradicional política de no reconocer la existencia de ningún gobierno cubano en Cuba, procuró y logró la disolución del Ejército Libertador por medio del general Máximo Gómez, a espaldas de la Asamblea; y no atendió oficialmente a la comisión de asambleístas que trató de establecer relaciones formales con el ejecutivo norteamericano. Esa comisión iba presidida por el mayor general Calixto García -cuya cooperación había sido decisiva en las operaciones que determinaron la rendición española en Santiago de Cuba-, el cual murió en Estados Unidos en diciembre de 1898, antes de terminar la difícil misión que le había sido encomendada.
El artículo 16 de la Resolución Conjunta expresaba que Washington “aconsejaría” al futuro gobierno cubano, pero en realidad impuso la enmienda Platt, como apéndice a la Constitución de 1901 de Cuba.
Pese a una férrea oposición, la disyuntiva para los cubanos era aceptarla o quedar bajo la intervención estadounidense indefinidamente, por lo que tuvieron que aceptarla el 12 de junio de 1901.
Esa enmienda era un giro de 180 grados respecto a la Resolución Conjunta porque dejaba sentado que Estados Unidos tendría derecho a intervenir en Cuba cuando lo considerase oportuno, según el artículo 3. En eso se parecen la enmienda Platt y los tratados Torrijos-Carter de 1977, que le permite a Estados Unidos intervenir en Panamá, si considera que la seguridad del Canal de Panamá está en peligro.
Los tratados firmados por el dictador Torrijos y el presidente Carter no tomaron en cuenta la decisión del pueblo panameño aprobada en el Congreso de la Soberanía de enero de 1964, que reunió a más de 180 organizaciones panameñas, y en el que no participó Torrijos ni oficial alguno de la Guardia Nacional. Todo lo contrario, persiguieron y encarcelaron a los que lucharon el 9 de enero de 1964.
Fue esa enmienda Platt, en su artículo 7, la que dio paso -como estación carbonera- a la actual base naval de Guantánamo, supuestamente, “para defender a Cuba y a los propios Estados Unidos”.
Además, Estados Unidos pretendía establecer bases en Bahía Honda -en occidente-, Cienfuegos -en el centro- y Nipe -en Oriente-, pero finalmente se quedaron con Guantánamo.
El artículo 1, firmado por el presidente Theodore Roosevelt, indicaba que el arrendamiento sería “por el tiempo que la necesitaren”. Todo el proceso por el cual Estados Unidos retiene esa parte del territorio cubano es ilegal y nulo de origen, al partir de una imposición de la enmienda Platt a los delegados de la Constituyente de 1901.
Esta ley del Congreso de Estados Unidos fue impuesta a la primera Constitución cubana bajo la amenaza de que de si no se aceptaba, Cuba permanecería ocupada militarmente. Al respecto, la Convención Internacional sobre Derecho de tratados, celebrada en 1969 en Viena, Austria, en el artículo 52 declara nulo todo tratado cuyo consentimiento se alcance con la amenaza o uso de la fuerza, como ocurrió en este caso.
Por otra parte, el arrendamiento de las tierras y aguas cubanas al Gobierno de Estados Unidos para el establecimiento de la base naval en Guantánamo según el Tratado Permanente de 1903 y el de Relaciones de 1934, sustituto del primero, se realizó por el tiempo que necesitaren los norteamericanos. Al no fijarse fecha de devolución y quedar a perpetuidad si así lo deseaban los norteamericanos, se viola lo establecido legalmente para este tipo de convenio, pues resulta un absurdo jurídico que el propietario de algo no sea capaz de recuperar en un momento dado su propiedad.
La base naval de Guantánamo está ubicada cerca del extremo oriental de Cuba, en una posición estratégica en el Caribe. Es una bahía de aguas profundas, con 38,8 km2 de agua, 49 km2 de tierra firme y el resto de los 117,6 km2 es terreno pantanoso.
Originalmente, el pago era de dos mil dólares anuales en oro, pero más tarde pasó a realizarse mediante un cheque anual por 4.085 dólares -o sea 35 dólares por km2-, depositado en un banco en Suiza.
Una de las medidas más importantes del Gobierno de ocupación -conocido como primera intervención militar de Estados Unidos en Cuba-, durante el mando del general Brooke fue la de realizar un censo general, ajustado a los métodos usuales en Estados Unidos.
El censo puso estadísticamente de manifiesto las tremendas pérdidas que sufrieron la población y la riqueza de Cuba en el curso de los tres años de la Guerra de Independencia; así como el atraso secular de la sanidad y la educación del pueblo, y la pobreza de los servicios públicos de comunicación, faros y puertos.
La población total de Cuba en 1899 disminuyó: De 1.609.075habitantes reportados por el censo de 1887 la población decreció a 1.572.797 en el de 1899. Según el censo, “cerca de 100 000 niños representa aproximadamente el límite mínimo de la pérdida de niños en Cuba, tanto por la muerte como la prevención de nacimientos”, durante el período de guerra de 1895 a 1898. A los niños seguían en la disminución los varones adultos.
Las pérdidas materiales ocurridas entre 1894 –el año anterior al inicio de la Guerra de Independencia- y 1899 fueron cuantiosas. De 1.100 fábricas de azúcar quedaron sólo 207 en condiciones de laborar. La zafra disminuyó de un millón de toneladas de azúcar a menos de la tercera parte. La cosecha tabacalera disminuyó de medio millón de tercios a menos de noventa mil. El ganado vacuno se redujo en un 75%: de 2,5 millones de cabezas a 0,4.
En los tiempos de la dominación española, la enseñanza pública era uno de los ramos peor atendidos. En los últimos años de la colonia existían aproximadamente 500 escuelas, la mayoría privadas.
Durante la ocupación norteamericana se implementaron notables medidas y acciones relativas a la enseñanza. El teniente Alexis E. Frye y M. Hanna, como Superintendente General el primero y como Comisionado de Escuelas el segundo, por la parte norteamericana, y Enrique José Varona y otros ilustres ciudadanos, por la parte cubana, contribuyeron de manera relevante en la reorganización y desarrollo de la enseñanza primaria en el país.
Enrique José Varona fue una de las voces eximias de la intelectualidad cubana del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Martí expresó sobre Varona:
“yo no veo en mi tierra, fuera de los afectos naturales de la familia, persona a quien debo querer yo más que usted, por la limpieza de su carácter y la hermosura de su talento”.
Durante la ocupación norteamericana, Enrique José Varona (1849-1933) desempeñó el cargo de Secretario de Hacienda; posteriormente, el de Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, implantando la modernización de la enseñanza mediante el Plan Varona.
El 19 de mayo de 1902 se cumplieron siete años de la caída en combate de José Martí. Al día siguiente, nacería la República de Cuba.
Ambos documentos estaban dirigidos al presidente y al congreso de la República de Cuba. A las 12:10 el general Wood ordenó que arriaran la bandera de Estados Unidos. En ese instante, a los acordes de nuestro glorioso himno nacional y después de 45 cañonazos, el general Emilio Núñez izó la bandera de la República de Cuba en el Castillo de los Tres Reyes del Morro.
Enrique José Varona escribió:
“Sube, sube, bandera de la patria; fulgura como el sol que disipa las sombras del terror y de la ignominia; abre tus pliegues como alas para que cobijen corazones amasados por el dolor y ensanchados por el triunfo merecido; tiende tus franjas como iris perenne de paz y de bonanza sobre esta tierra manchada por el crimen y purificada por el sacrificio. Sube, sube, bandera de Cuba, y que ese jirón sangriento que ostentas como símbolo de nuestro martirio, restañe para siempre la sangre de las heridas de la patria”.
A las 12:20, Tomás Estrada Palma, presidente electo de la República de Cuba, requerido por el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, prometió por su honor desempeñar fielmente su cargo, cumpliendo y haciendo cumplir la Constitución y las leyes de Cuba.
En la emigración cubana en La Florida -que tanto había contribuido a las luchas por la independencia-, se celebró el 20 de mayo de 1902 con el mayor entusiasmo. El acontecimiento fue recogido en las páginas de The Morning Tribune, el periódico de Tampa, al día siguiente de la fecha, donde con grandes titulares en la primera páginas se lee: “Big Day in Havana. President Estrada Palma is Sworn In. Cuba's Flag Flíes”. “Cuba Now Free. Great Enthusiasm Attends Advent of the Long-Suffering Island Among the Nations of the Earth. Cuba Libre!” “President Roosevelt Proclaims the New Republic of Cuba”.
Sobre la celebración en Tampa, Estados Unidos, dice una noticia con el título “The Cuban Citizens Hail Their New Republic”:
“Pocas fueron las casas de Ybor City y West Tampa que no pusieron en evidencia la consagración de Cuba Libre. Los hogares y los negocios de los cubanos residentes en Tampa estaban engalanados con banderas y retratos de los héroes cubanos... Los comerciantes norteamericanos mostraron su alegría adornando, también entusiastas, sus negocios con los colores de Cuba. Auspiciados por el Club Nacional Cubano, hubo varios actos con saludos de artillería, música, discursos, voladores, fiestas y servicios religiosos, los cuales hicieron que esta celebración del 4 de Julio cubano en Tampa no pueda olvidarse por los cubanos ni por toda la ciudadanía.
El edificio del Club Nacional Cubano, situado en la esquina de la Novena Avenida y la calle Catorce, estuvo bellamente adornado y se celebró un banquete. Los ciudadanos más prominentes de la ciudad asistieron a él... En todas las fábricas de tabaco se suspendieron las labores, como si fuera un día de fiesta. Fue la celebración más entusiasta en toda la historia de la colonia cubana”.
La excepcionalidad hizo su aparición en la historia de Cuba desde su formación como Nación. Cuba fue el último país de América Latina en obtener su emancipación, prácticamente un siglo después de Haití. Un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín, Cuba es el único país occidental donde es ilegal ser opositor: marxistas, liberales, socialistas, trotskistas, democristianos y anarquistas han sufrido difamación, ostracismo, destierro, cárcel, tortura y asesinato.
Soy enemigo del chovinismo –o sea, el patriotismo fanático, la exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero-, pero tengo que reconocer que no existe un campo de la actividad humana donde no nos encontremos con al menos, un cubano que haya descollado.
Cuba ha producido centenares de excelentes pensadores, entre ellos, Félix Varela Morales (1788-1853), filósofo y sacerdote nacido en La Habana, que fue profesor de nuestra primera universidad. Varela se opuso al escolasticismo imperante en el ambiente filosófico de su tiempo.
“Vemos llegar el momento en que las cosas deben variarse y que lo más prudente sería preparar al pueblo para un cambio político inevitable; pero decir esto es un crimen”.
Fue “el primero que nos enseñó a pensar”, dijo uno de los mejores discípulos del padre Varela, el también ilustre cubano José de la Luz y Caballero (1800-1862).
Entonces, ¿por qué Cuba es el único país de América donde no rige un Estado de derecho?, ¿por qué en Cuba no se realizan elecciones libres desde hace más de sesenta años?
Dicen que cuando Don Tomás Estrada Palma, el primer presidente de la República de Cuba, dijo “Cuba será la Suiza de América”, le preguntaron: “Pero, ¿dónde están los suizos?”.
Efectivamente, somos un pueblo desconcertante. Si en 1959 los cubanos se hubieran acordado de la democracia:
- No hubiesen permitido que recién llegado Fidel Castro Ruz a La Habana violase los derechos humanos y el debido proceso a los integrantes de la tiranía batistiana que cayeron en sus manos, asesinara la Revolución cubana y realizara el segundo juicio a los aviadores.
- No hubiesen aceptado que Fidel Castro Ruz incumpliese su compromiso con el pueblo cubano, recogido en el Manifiesto de la Sierra Maestra –firmado por Felipe Pazos, Raúl Chibás y Fidel Castro el 12 de julio de 1957 y publicado en la revista Bohemia el 28 de julio de 1957.
El 25 de marzo de 1895 se firmó la declaración conocida como Manifiesto de Montecristi en la ciudad dominicana de ese nombre. El documento, de carácter programático, firmado por José Martí, en su condición de Delegado del Partido Revolucionario Cubano y por el General en Jefe del Ejército, Máximo Gómez, contiene las ideas y propósitos que caracterizarían al movimiento revolucionario y que guiarían la Guerra de Independencia de 1895. La conmemoración del aniversario constituye una magnífica oportunidad para reflexionar acerca de la relación entre esa declaración y la realidad actual de Cuba.

References: Resolución 
 Resolución 
 artículo 4
 resolución 
 artículo 1
 Resolución 
 artículo 16
 Resolución 
 Resolución 
 artículo 3
 artículo 7
 artículo 1
 artículo 52