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Timestamp: 2017-10-21 04:39:03+00:00

Document:
Divulgando el Pensamiento - Xavier Díez de Urdanivia
Lunes, 28 de Octubre de 2013 07:49
¿Libro electrónico o libro impreso?
Publicado en No. 141
Lunes, 21 de Octubre de 2013 07:35
Cuando los pobres se vuelven número
Publicado en No. 140
Domingo, 13 de Octubre de 2013 23:40
La mujer y los derechos
Hace casi sesenta años que se reformó la Constitución para hacer explícito, en el texto fundamental, el derecho de las mujeres a votar y ser votadas.
Publicado en No 139
Lunes, 07 de Octubre de 2013 16:38
Publicado en No. 138
Domingo, 29 de Septiembre de 2013 20:52
Uruguay en la ONU
El martes 24, el Presidente de la República Oriental del Uruguay pronunció, ante la Asamblea General de la ONU, un discurso que bien merece la pena de ser leído, releído y comentado.
“Soy del sur, vengo del sur”, dijo en un arranque retórico que daría pie para introducir un justiciero reclamo que quiso, además, pronunciar en nombre de la América Latina toda.
“Cargo –dijo- con los millones de compatriotas pobres en las ciudades, páramos, selvas, pampas y socavones de la América Latina, patria común que está haciéndose cargo con las culturas originarias aplastadas, con los restos del colonialismo en Malvinas, con los bloqueos inútiles y tristes a Cuba, con la vigilancia electrónica hija de las desconfianzas que nos envenenan, a países como Brasil. Cargo con una gigantesca deuda social, con la necesidad de defender la Amazonia, los mares, nuestros grandes ríos. Cargo con el deber de luchar por Patria para todos y para que Colombia pueda encontrar la paz, y cargo con el deber de luchar por tolerancia para quienes son distintos y con el deber de respetar y nunca intervenir contra la voluntad de las partes”.
Frente a tan efusivo discurso, resulta ineludible –sobre todo en cuanto a la parte postrera se refiere- evocar la memoria de don Genaro Estrada, el ilustre diplomático mexicano cuyo ingenio desarrolló la doctrina que lleva su nombre y que ha sido, desde el mes de septiembre de 1930 en que se dio a conocer, un pilar fundamental de la política exterior mexicana.
¿Cómo pasar por alto, además, el recuerdo de la postura discriminatoria de Samuel Huntington en “¿Quiénes somos?”, esa obra suya dada a la luz poco antes de morir hace unos pocos años?
A diferencia del temor romano frente a los “bárbaros del norte”, Huntington convoca a los “anglos” a poner valladares para evitar que la amenaza de las “hordas” del sur pusieran en jaque a la civilización de su imperio.
Ocurre que esta semana llegó del sur un muy digno representante de quienes, según Huntington, debían ser proscritos del “melting pot”, esa política de que tanto ha hecho gala el país del norte, aduciendo ser el gran caldero en que se funden todas las culturas de quienes, a través de los siglos, han llegado a su suelo como inmigrantes, política que, a todas luces parecen no querer honrar bien a bien cuando los inmigrantes vienen del sur.
José Mújica, el Presidente de aquel país situado en la “esquina del Atlántico y el Plata”, según él mismo lo describió, llegó a la ONU para hablar fuerte. Sin aspavientos y con ese tono prudentemente mesurado, templado por muchos años de lucha social y política, dijo muchas cosas dignas de ser atendidas por quienes se comportan como dueños del mundo.
En una suerte de exhortación para hacer un examen de conciencia colectivo, manifestó, entre otras cosas, que “hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales, y ocupamos el templo con el dios Mercado. Él nos organiza la economía, la Política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y tarjetas, la apariencia de felicidad. Parecería que hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos cargamos con la frustración, la pobreza y la autoexclusión”.
¿Cómo puede vivirse en una civilización contraria a la sencillez, a la sobriedad, a todos los ciclos naturales? Cabría preguntarse, haciendo eco de uno de sus planteamientos.
El discurso es extenso. Las ideas y figuras retóricas en él son abundantes, y faltaría mucho espacio para darles cabida. Ya habrá ocasión de volver a ellas después.
Dejemos, por lo pronto, que esta entrega sea rematada con palabras del propio Pepe Mújica –como le gusta que se le llame- quien en su discurso asevera que carece de futuro, sobre todo, una “civilización contra la libertad que supone tiempo para vivir las relaciones humanas, amor, amistad, aventura, solidaridad, familia. Civilización contra el tiempo libre que no paga y puede gozar escudriñando la naturaleza…”
Twitter: @XDUF
Publicado en No. 137
Domingo, 22 de Septiembre de 2013 21:32
Todas y todos incluidos
Según el informe mundial sobre discapacidad emitido en 2011 por la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial, hay en el mundo más de mil millones de personas con alguna discapacidad. Esa cifra representa el 15% de la población mundial, en números redondos, mientras que en México la cifra alcanza el 5%, es decir, alrededor de 5’739,270 de personas que, en términos absolutos, son muchas.
Pese a ello, el conjunto de personas con discapacidad continúa siendo un grupo de gran vulnerabilidad en nuestro país –y en el mundo- debido, según el diagnóstico formulado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, principalmente, a la visión asistencial asumida respecto de quienes están incluidos en él por la mayoría de las sociedades y los gobiernos.
Esa visión se ha modificado y el tema, gracias a importantes movimientos sociales, ha cobrado relevancia y es hoy un asunto de prioridad social por tratarse la inclusión de las personas con discapacidad de un derecho fundamental, desde que el 3 de mayo de 2008 entra en vigor la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.
Cinco tipos básicos de discapacidades pueden darse: la motriz, que se presenta por la pérdida o limitación para moverse, caminar, mantener algunas posturas de todo el cuerpo o de una parte del mismo; visual, que incluye la pérdida total de la vista o la dificultad para ver con uno o ambos ojos; menta, que comprende toda limitación para aprender habilidades, así como la alteración de la conciencia y las capacidades de comportamiento y de relación social; auditiva, que implica la pérdida o disminución de la capacidad de oír, y la de lenguaje, que tiene que ver con toda limitación para hablar o problemas relacionados con la transmisión de significados inteligibles por la vía oral.
En el XII Censo General de Población y Vivienda 2000, se define a una persona con discapacidad como "aquella que presenta una limitación física o mental de manera permanente o por más de seis meses que le impide desarrollar sus actividades en forma que se considera normal para un ser humano", y según los datos que arrojó ese censo, los grupos de edad de 10 a 14 y de 60 a 79 años son aquellos en los que aumenta el porcentaje de personas con discapacidad, mientras que los puntos más bajos se presentan en los grupos de edad de 0 a 4, de 15 a 39, y también –lo que no deja de ser de alguna manera sorprendente- en el de 80 años y más.
Siempre será importante proveer los medios para que quienes presenten una o varias de tales características tengan pleno acceso a la vida en comunidad, no sólo porque se trata de un derecho de tales personas, sino porque su exclusión es, además de ilegítima, una limitación autoimpuesta por el grupo social a su propia productividad y, lo que importa mucho más, a su desarrollo cívico.
No hacerlo así, además, implica discriminación según la convención mencionada, cuyo artículo 2 dice que debe entenderse por ella “cualquier distinción, exclusión o restricción por motivos de discapacidad que tenga el propósito o el efecto de obstaculizar o dejar sin efecto el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en los ámbitos político, económico, social, cultural, civil o de otro tipo”, lo que incluye todas las formas de discriminación.
Para evitarla, la convención, obliga a efectuar los “ajustes razonables” que sean necesarios, y entiende por ellos “las modificaciones y adaptaciones necesarias y adecuadas, que no impongan una carga desproporcionada o indebida, cuando se requieran en un caso particular, para garantizar a las personas con discapacidad el goce o ejercicio, en igualdad de condiciones con las demás, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales”.
En términos de equidad, ese deber a cargo de los estados, resulta ineludible, a pesar de lo cual todavía, en Coahuila y en el país entero, resta mucho por hacer.
Publicado en No. 136
Domingo, 15 de Septiembre de 2013 21:28
Septiembre, el mes de la Patria, el de las fiestas que se suceden unas a otras y las noches iluminadas por focos y reflectores que replican la tricolor composición de la bandera.
Escapar al tópico de escribir sobre el tema resulta difícil e inoportuno, especialmente en el día del “grito”, el que media el mes, es decir hoy, “el mero día 15”.
Por eso, y ya que la efemérides constriñe el espacio temático, no dudo en proponer al lector algunas reflexiones sobre tal tema.
En primer lugar debo decir que me he topado en las últimas horas con algunos comentarios, en las redes sociales, que niegan que haya este día motivos de celebración, aludiendo evidentemente a la circunstancia difícil que enfrenta nuestro país en los días que corren.
Es cierto, de alguna manera resulta penoso celebrar una independencia dudosa todavía, después de poco menos de doscientos años de haberse alcanzado, según los hitos históricos oficiales.
Según la historiografía oficial, el movimiento inició en 1810, cuando el Pbro. Miguel Hidalgo convocó al pueblo a levantarse en armas, a fin de liberarse, no de España, sino de quienes, invasores en ella, la gobernaban según los designios de Napoleón Bonaparte. Si no ¿a qué la proclama de “viva Fernando VII”?
En el fondo, lo que buscaban los criollos –españoles nacidos en la Nueva España, que fueron los promotores de la independencia respecto de los españoles nacidos en Europa- era alcanzar el poder que les estaba vedado por no ser peninsulares. Eso lo consiguieron más o menos pronto, pero el resto de los ya mexicanos, los indígenas y mestizos, no alcanzaron independencia alguna, sino apenas algunas importantes reivindicaciones jurídicas, hasta 1857.
Hoy, en pleno siglo XXI, después de guerras y revoluciones cruentas, seguimos celebrando una independencia que nunca hemos realmente alcanzado.
En este tiempo no son más los españoles metropolitanos quienes imponen sus decisiones y normas -¡cómo podrían, si ellos mismos, perdido el rumbo, no atinan a dónde dirigir su propio destino!- sino los nuevos imperios generados desde la hegemonía económica que se gestó desde el siglo XIX, pero que ha crecido exponencialmente en los últimos 40 años.
Ya no es el rey de las Españas quien dicta los designios a que habrá de sujetarse nuestro país. Ahora provienen de Washington y otros centros globales de poder económico y político que, como culmen de contubernios, actúan en alianzas públicas y encubiertas imponiendo sus decisiones a los “soberanos” países del mundo.
Doscientos años han pasado –y algo más, si nos atenemos a los empeños de Primo de Verdad y demás comerciantes de la ciudad de México que, en 1808, intentaron la independencia por primera vez- desde que inició, según el reconocimiento oficial, la independencia de México, y casi doscientos desde que se alcanzó el 27 de septiembre de 1821.
Mientras el grueso del pueblo se llena de júbilo y festeja tocado con sombreros de palma y bigotes postizos, en medio de fuegos artificiales, algunos, en “lo oscurito”, brindan con champaña y celebran que la fortuna haya prodigado para ellos sonrisas convertidas, no ya en doblones de oro, sino en dólares puestos a buen resguardo de los voraces fiscos que se ensañan con los demás.
Cuando en México la mitad de los mexicanos son pobres, no pocos en la miseria, mientras un puñado de ricos aparece en Forbes, y mientras los intereses de ellos y sus socios mayoritarios extranjeros impongan sus voluntades en nuestro suelo, dudo mucho que la “independencia” pueda ser alcanzada.
¿No será que tenemos que liberarnos de nuestros propios mitos y rezagos, para ser a cabalidad independientes?
De una cosa estoy seguro: en nosotros están las respuestas, el potencial de lo que podemos ser y la libertad para desarrollarlo. Hacen falta, solamente, reflexión, honor y determinación.
Que los días patrios sirvan para asumirlo así y entonces, sin reservas ni ambages, poder decir ¡viva México! Hagámoslo de tal manera, de verdad, independiente.
Publicado en No. 135
Domingo, 08 de Septiembre de 2013 21:53
La Corte y los Derechos Humanos
En la semana que concluye, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió la contradicción de tesis 293/2011, definiendo el criterio que debe prevalecer respecto de la jerarquía constitucional de los tratados sobre derechos humanos.
El Pleno resolvió, por mayoría de diez votos contra uno, que del artículo 1º constitucional se desprende un conjunto de normas de derechos humanos, de fuente tanto constitucional como convencional, que se rigen por principios interpretativos, entre los cuales no se distingue la fuente de la que derivan dichos derechos.
Eso es correcto, pero no porque se derive de la reforma al artículo 1° constitucional, según se adujo –al menos, no nada más- sino, sobre todo, por lo dispuesto en el artículo 133, el que –el que, por cierto, recoge y repite lo que ya desde 1857 disponía el artículo 126 constitucional- que en su primera parte dice: “Esta Constitución, las leyes del Congreso de la Unión que emanen de ella y todos los Tratados que estén de acuerdo con la misma, celebrados y que se celebren por el Presidente de la República, con aprobación del Senado, serán la Ley Suprema de toda la Unión”.
¿Deja eso duda acerca de que los tratados así formalizados tienen la misma eficacia normativa que los dispositivos previstos en la Constitución en tanto no la contravengan? A mi juicio no, y eso es algo que he sostenido desde hace ya muchos años en el seno de la academia, incluidas las publicaciones científicas.
El criterio derivado de la reciente interpretación constitucional hecha por la Corte a partir de la perspectiva ofrecida por la reforma al artículo 1º puede parecer novedoso, pero no es en absoluto nuevo, pues se trata de una previsión constitucional que, como se dijo en renglones anteriores, se remonta al siglo XIX, y aun antes si nos atenemos a su antecedente estadounidense de finales del siglo XVIII, que ya contenía una disposición similar a la del actual artículo 133 mexicano, del que fue modelo indiscutible.
También se determinó que cuando haya una restricción expresa en la Constitución al ejercicio de los derechos humanos, se deberá estar a lo que indica la norma constitucional, lo cual es congruente con el ineludible principio llamado de “supremacía constitucional”.
Esta parte, no obstante, causó no pocas voces de alarma, pretendiendo, en un exceso a mi juicio irracional –suponiéndolo bien intencionado- que tal interpretación significaba un retroceso, lo que resulta inexacto.
¿De dónde deriva la supremacía compartida de los tratados? ¿De dónde los principios y deberes a cargo de las autoridades en materia de derechos humanos a partir de la reforma constitucional? ¡De la constitución misma! ¿No es a ella que se acude para invocar la prevalencia de principios y obligaciones a cargo de las autoridades?
A mi juicio, la Corte resolvió bien y en congruencia con el esquema jurídico que configura la estructura básica de nuestro sistema civilizado de vida, que descansa en la piedra angular de la constitución. Pensarlo de otra manera –y esto lo digo sin incurrir en “soberanismos” anacrónicos- sería tanto como destruir los cimientos del edificio social, con el consecuente derrumbamiento de todo lo edificado sobre ellos, y eso no puede ser.
El tema es polémico y sin duda da para mucho más, pero es necesario aquí presentar no más que los argumentos básicos –eso sí, con sustento- para afirmar que, aunque en rigor podría considerarse que la enmienda introducida a la constitución mexicana no era necesaria para tener por incorporados, en el primer rango de la jerarquía normativa, a los tratados internacionales, el anquilosamiento prevaleciente en los criterios jurisprudenciales previos a ella y el cambio, aunque todavía tenue, que ha experimentado la Corte en su posición frente a los derechos humanos, induce a concluir que ese cambio resultó positivo para la historia de las libertades en México, lo que no se ve afectado, ni un ápice, por el certero criterio fijado en la reciente resolución emitida por ella.
Publicado en No. 134
Domingo, 01 de Septiembre de 2013 21:06
Xenias en honor de Mutis
La semana que concluye fue pródiga en acontecimientos y efemérides.
Políticamente, en el nivel nacional, destaca el primer informe presidencial de Enrique Peña Nieto, que merece un análisis más profundo del que la corta distancia entre él y la publicación de este artículo ha permitido.
En el nivel estatal, lo relevante ha sido la designación de consejeros de la Comisión de los Derechos Humanos del Estado de Coahuila de Zaragoza, respecto de la cual ya he expresado mi profundo beneplácito, pues no sólo conjuga, en estricta paridad de género, experiencia, prestigio bien ganado y experiencia de los designados por el Congreso del Estado, sino que también, por primera vez en ambos casos, se integran verdaderos representantes de la sociedad civil, activos promotores de los derechos humanos en sus comunidades, sino también representantes de regiones del estado distintas de su capital Saltillo.
Ello enriquece el potencial de la comisión y trae aires de renuevo que sin duda demanda la nueva era que ella inicia.
Se celebró también, hace ocho días, el nonagésimo aniversario de ese culto y refinado escritor que es Álvaro Mutis, colombomexicano que por igual ha cultivado la narrativa que la poesía y el género dramático, así como la conmemoración del nacimiento de Johann Wolfang von Goethe, considerado por algunos como el más importante poeta alemán de todos los tiempos.
Frente a toda esa gama de temas, he optado por dar tiempo al tiempo para poder opinar sobre algunos y, en cambio, dedicar esta columna para rendir homenaje a don Álvaro Mutis, recordando un género cultivado por Goethe –con Schiller, por cierto- emparentado con el que entre nosotros se conoce como epigramático: las xenias.
Para hacerlo, me he permitido escoger el trabajo de otro autor, mucho mejor conocido por su prolija obra en materia de filosofía y teoría del derecho, pero que también ha cultivado, con maestría y fina agudeza a mi juicio, el género que Goethe y Schiller inauguraron en Alemania: Emilio Suñé.
De él son la xenias que transcribo –unas cuantas- que son una invitación a la reflexión sin duda para todos.
En estos tiempos nuevos, por ejemplo, cuando prolifera la creencia de que las crisis que padece el mundo son, en el fondo, crisis de valores, Suñé dice: “Intenta siempre que, en pro de uno u otro principio, no pierdas el sentido común”, ese sentido que, según un viejo refrán anglosajón, es el menos común de los sentidos y que, sin embargo, es la piedra angular de toda construcción social.
De la naturaleza humana dice que “el hombre es un ser incontrolado que aspira a controlar” ¿Es eso inexacto?
Sobre virtudes y vicios trata cuando recomienda y previene: “Conoce tus defectos y ten cuidado con el que los convierta en virtudes”, y afirma también que “el clasista pretende elevarse sobre el pobre, en la misma medida de su propia bajeza y miseria moral”.
Más, mucho más dice Suñé -y se podría seguir diciendo con él aquí- sobre lo trascendente, el bien y el mal, la hipocresía y muchos otros temas, pero baste por esta entrega, que lo que se busca no es sobrecargar la máquina del pensamiento, sino proponer motivos de reflexión en tiempos que se dicen propicios para ella.
Queden las otras xenias que a su pluma se deben para otra ocasión, y sirvan por lo pronto las transcritas para cumplir con el confeso propósito de homenajear a Mutis y para abrir boca, porque Suñé, que merece también homenaje, ofrece un mar de mayor amplitud y más profundo en este conciso género literario que, si se pone atención, en la era de la telemática bien podría encontrar cabida en las redes sociales que, como tuiter, requieren precisión y síntesis, al mismo tiempo que profundidad y solidez.
Que tengan todas y todos un feliz domingo y una mejor semana.
@XDUF
Publicado en No. 133
Domingo, 25 de Agosto de 2013 20:30
La Organización Internacional del Trabajo ha informado que en el mundo hay alrededor de 215 millones de niños entre 5 y 14 años que son víctimas de “trabajo infantil”, una nueva forma de esclavitud.
Más de la mitad de ellos, según la misma organización, trabajan en las peores formas de trabajo –en pleno siglo XXI- entre las que se encuentran horarios que no sólo les impiden asistir a la escuela, sino que resultan además altamente perjudiciales para su salud e impiden su pleno y normal desarrollo.
De los salarios, ni que decir: mano de obra barata, sin protestas, contratos o sindicatos, pero sí sociedades y gobiernos complacientes que no sólo propician, sino que también fomentan esa inicua situación.
La cosa se pone peor cuando se constata que ello, que de suyo es por sí mismo motivo de condena desde cualquier perspectiva, de pronto se ve disfrazado por el “éxito” económico de algunos países en que tiene lugar tal esclavitud, como son, evidentemente, dos de los países pertenecientes al ensalzado BRIC: China y la India.
Ya se ha visto que no hay tratados, convenios, constituciones o leyes que detengan el fenómeno de la esclavitud si no hay una voluntad seria de las comunidades y los seres humanos que las integran por construir una sociedad igualitariamente libre y civilizadamente solidaria.
No es una cuestión nada más de las autoridades -¿son ellas acaso quienes aprovechan los beneficios del “trabajo infantil”, o las inescrupulosas corporaciones que enrolan a los niños?- ni de quienes, sometidos por la miseria, se ven forzados, como única opción de sobrevivencia, a poner a sus hijos a disposición de esos explotadores del tercer milenio, muchas veces parapetados tras marcas comerciales de “prestigio” gracias a la propaganda y las estrategias del “marketing”.
La OIT, en 2010, se propuso eliminar esas “peores formas” de trabajo infantil –como si hubiera “mejores”- para 2016. Nada digno de reconocerse ha pasado en el camino hacia ese propósito, y aun pareciera que una retención intencional, sino es que un retroceso, hipócritamente encubierto por una muy generalizada suscripción de los convenios promovidos por aquella organización internacional, sin que concluyan los procesos de aprobación que permitirían convertirlos en ley interna de cada país ¿Valores entendidos?
Lo mismo podría decirse de esas otras formas nuevas de esclavitud conectadas con, por ejemplo, la trata de personas, algunas anacrónicas formas del trabajo doméstico, la violencia contra la mujer, etc., pero de todas esas –y otras- formas de esclavitud de nuevo cuño en los albores de este tercer milenio, dadas las condiciones de vulnerabilidad de los niños y jóvenes, ésta es sin duda la más dolorosa y la que mayor apremio debiera concitar para su solución.
Pero no es así. Todo parece quedarse en el discurso, en la declaración de tal o cual día como día mundial contra o en pro del trabajo infantil” o de lo que se quiera, sin que nada modifique una realidad que parece no querer modificarse, porque a los verdaderos dueños del poder global –que trabajan en redes perfectamente armonizadas- no les conviene.
No hay duda: vencer a la pobreza moral es un requisito previo para la erradicación de la económica.
Publicado en No 132

References: artículo 2
 artículo 1
 artículo 1
 artículo 133
 artículo 126
 artículo 1
 artículo 133
 resolución