Source: http://www.aperturas.org/articulo.php?articulo=0000778
Timestamp: 2019-09-21 02:30:36+00:00

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Otra masculinidad es posible. Propuesta de Intervención con hombres violentos en la pareja
Autor: Medina Jara, Inmaculada
Este estudio forma parte de un trabajo de fin de grado en Trabajo Social realizado durante el curso 2011/2012 en la Universidad Pontificia de Comillas
Todo mi agradecimiento a Eva Rubio por su orientación y apoyo durante todo el tiempo que duró este proyecto.
“La violencia contra la mujer es quizás
la más vergonzosa violación de los derechos humanos.
No conoce límites geográficos, culturales, o de riquezas.
Mientras continúe, no podemos afirmar que hemos realmente avanzado
hacia la igualdad, el desarrollo y la paz”
(Kofi Annan, Antiguo Secretario General de la ONU)
La violencia contra las mujeres es una realidad soportada desde muy antiguo por la mitad de la Humanidad. De las diferentes manifestaciones que presenta, la que tiene lugar en el ámbito de la pareja o ex pareja es una de las más frecuentes y terribles, tanto por el sufrimiento que produce a nivel individual y familiar, como por sus nefastas consecuencias para el conjunto de la sociedad.
La inclusión de este tipo de violencia en la agenda de organismos internacionales como Naciones Unidas o la Organización Mundial de la Salud, así como de la mayor parte de los gobiernos, ha contribuido a su visibilización y a una mayor concienciación respecto a un problema social de enorme magnitud, que, hasta época bien reciente, era considerado exclusivamente como algo privado.
El ámbito académico y científico del que formamos parte no podía permanecer ajeno al interés y preocupación suscitados por esta lacra social y está contribuyendo, con estudios cada vez más exhaustivos y rigurosos, no sólo a poner de relieve la magnitud y gravedad del maltrato a las mujeres en el seno de la pareja, sino al diseño y puesta en marcha de diferentes estrategias de prevención e intervención para combatir el problema y atajar o, al menos, aminorar sus graves consecuencias.
La intervención con hombres violentos, como estrategia de intervención psicosocial en el ámbito de la violencia en la pareja ha adquirido un gran impulso en nuestro país, a raíz de la puesta en marcha de la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.
La mayor parte de los programas existentes van dirigidos a la intervención con hombres maltratadores, juzgados por delitos de violencia de género y que se encuentran en prisión o en suspensión de condena, con la obligación de realizar trabajos en beneficio de la comunidad y un tratamiento rehabilitador, bajo la dirección de un psicólogo. Consecuentemente, la práctica totalidad de las publicaciones referentes a la intervención con agresores de pareja es obra de profesionales de la psicología, que suelen contemplar a los hombres que maltratan como sujetos con patologías. Son estas patologías las que les llevarían a cometer delitos más o menos graves. La asistencia a estos programas resulta de obligado cumplimiento. A todo esto hemos de unir la influencia social de los medios de comunicación con la amplificación que realizan de este tipo de delitos. Como resultado encontramos, por una parte una gran alarma social y por otra la idea de que la violencia de género es únicamente una cuestión de agresiones físicas graves o, en el peor de los casos, de asesinato de mujeres.
Los abusos de la vida cotidiana, esos tics comportamentales, derivados de la socialización- que aún sigue discriminando en función del sexo de las personas-, las actitudes de dominio y la asunción de privilegios, que nuestra sociedad aún sigue ofreciendo al varón, no son fácilmente detectables. Y menos aún, cuando quedan minimizados por el potente foco de los “mass- media”, que sólo alumbra los casos de violencia grave.
El concepto de maltrato técnico -referido a mujeres que responden afirmativamente a cuestiones referidas a abusos y actitudes de control y dominación, pero que no se sienten maltratadas- empleado por el Instituto de la Mujer, en las macroencuestas sobre violencia de género, ilustra, de manera evidente, la invisibilización que aún persiste en relación a este tipo de violencia “menos grave”.
Con nuestra propuesta de intervención pretendemos enfocar problemáticas relacionadas con esos malos tratos que no aparecen nunca en los telediarios, pero que hacen sufrir a las mujeres que los padecen y aumentan la tensión y el malestar de la familia.
Los hombres que los realizan no se sienten maltratadores porque nunca, o muy rara vez, han golpeado a su mujer- quizá algún empujón se les ha escapado, aunque lo nieguen-, tampoco se les ocurriría abusar sexualmente de ella y se niegan a ser comparados con los asesinos de las noticias, ésos sí, los “verdaderos maltratadores”. Se trata de comportamientos que no ponen en peligro la vida de sus parejas, conductas y actitudes difícilmente denunciables y con las que, en último término, pretenden mantener una posición de superioridad y dominio en la relación y en la familia.
Nunca han sido denunciados (ni verían razón alguna para ello), tampoco son pacientes de ningún Centro de Salud Mental. Ahí suelen ser sus parejas las que acuden para ser tratadas médicamente por presentar una sintomatología depresiva o ansiosa. Nuestros futuros usuarios se consideran personas “normales” y, si leyeran en el anuncio de nuestro programa algo susceptible de ser relacionado con el maltrato a las mujeres, el rechazo sería automático.
En algunos casos, la mujer está tomando conciencia de su situación – probablemente tras un periodo de participación en un grupo de intervención con mujeres- y ya les ha hecho saber que no está dispuesta a continuar la relación en esas condiciones, provocando en ellos el temor a perder a su pareja y a quedar alejados de sus hijos. En líneas generales, este es el perfil de hombres a los que se dirige nuestra propuesta de intervención “Otra Masculinidad es posible”.
Con ella hemos pretendido hacer una aportación desde el Trabajo Social a la lucha contra la Violencia de Género, sin ocuparnos directamente de las víctimas reales o potenciales. El título revela que pondremos más el acento en lo positivo a lograr que en los aspectos negativos que, por descontado, habremos de trabajar y ayudar a superar.
Partimos de la base de que la violencia no es algo estático que surge en un momento y queda tal cual, sino que las actitudes y comportamientos abusivos se deslizan a lo largo de un continuum, que puede ir desde actos nimios de desprecio, hasta conductas de aniquilación psicológica y física. Intervenir en las primeras fases puede ser decisivo para detener el maltrato. En este punto situamos nuestra propuesta.
Si bien nuestra intervención se centra en trabajar con estos hombres los aspectos cognitivos, emocionales y comportamentales- derivados de una socialización de género basada en la desigualdad y la discriminación de la mujer- que subyacen en las conductas violentas, ello no implica , por nuestra parte, una consideración del maltrato, como resultante de patologías mentales. Más bien opinamos que las actitudes de prepotencia y dominación- y su correlato conductual- son fruto de aprendizajes sociales y nuestro objetivo se centra en contribuir a un desaprendizaje de los mismos.
Aunque, como trabajadores sociales nuestra postura en contra de la discriminación de la mujer y de la violencia de género debe quedar fuera de toda duda, no somos partidarios de la confrontación descarnada, que sólo conduce a que las personas se reafirmen en sus prejuicios y mecanismos defensivos. Esto podría tener como resultado un atrincheramiento en las posiciones machistas, con el consiguiente perjuicio para las mujeres, con las que, ya desde el principio, habremos contactado.
Nuestro objetivo primero es motivar a los futuros participantes de nuestro programa para que asuman el coste y los esfuerzos de un cambio que, básicamente, consiste en abandonar una visión de las relaciones entre hombres y mujeres como operación de suma 0: una parte gana, si la otra pierde. Posteriormente nos planteamos el objetivo de colaborar con ellos en la construcción de un modelo de masculinidad que no necesite infravalorar ni discriminar al otro género para afirmarse.
· Realizar una contribución, desde el Trabajo Social con hombres, a la lucha contra la violencia de género en nuestra sociedad.
· Colaborar en la construcción de un modelo de masculinidad respetuoso y colaborativo, alejado de actitudes de dominación y control.
· Profundizar en el conocimiento de la violencia de género y las perspectivas de análisis de esta realidad.
· Analizar los distintos perfiles de varones “violentos” para poder plantear alternativas de intervención.
· Contrastar los diferentes enfoques en el tratamiento de hombres que maltratan a sus parejas, para realizar una propuesta de intervención, coherente con los principios del Trabajo Social.
· Prevenir escaladas de violencia grave en la pareja, atajándola en sus primeras fases.
· Ofrecer un apoyo indirecto- vía la pareja- a las mujeres, víctimas reales o potenciales de maltrato.
· Colaborar con nuestros participantes en el “desaprendizaje” de estereotipos de género, basados en el poder y el control.
· Promover actitudes y comportamientos de autocuidado y de “buen trato” consigo mismos y con sus parejas.
Nuestro trabajo se ha desarrollado partiendo del estudio de fuentes secundarias entre las que destacan sobremanera las aportaciones acerca de los maltratadores de pareja, llevadas a cabo en el campo de la Psicología.
También han sido objeto de nuestro estudio proyectos de intervención con hombres penados por delitos de violencia de género, algunos realizados en nuestro país y otros procedentes de autores extranjeros. Norteamericanos, como el conocido proyecto Duluth, de corte feminista o europeos como el conocido Work- with- Perpetrators, enmarcado en un proyecto más amplio de lucha contra la violencia, el proyecto DAPHNE (2004-2008).
Es destacable la escasez de publicaciones en nuestro país, referidas a este tema, que incorporen la figura del trabajador social en el entorno de la intervención con maltratadores. Como contraste, sí que puede encontrarse en publicaciones de corte anglosajón que recogen intervenciones en países como Canadá o Estados Unidos.
El segundo y tercer nivel harían referencia a un tipo de violencia invisible, relacionado con los valores de una sociedad. A este respecto el sociólogo Pierre Bourdieu (Bourdieu, 1990) acuñó el término violencia simbólica para aludir a aquélla que se ejerce sobre un colectivo que socialmente se encuentra dominado, pero sin ser consciente de la opresión que sufre. Es más, este segundo grupo actúa en muchas ocasiones de manera cómplice en su propio disfavor, ya que el dominante se ha valido, más que del uso de la fuerza, del control de las ideas. El sistema patriarcal sería un claro ejemplo de este tipo de violencia.
Galtung (1998) diferenció tres niveles de violencia:
o Directa: visible en las conductas de los individuos o grupos
o Estructural: en relación con las teorías que sustentan las injusticias, desigualdades y las situaciones de dominación, explotación o marginación.
o Violencia cultural: que alude a los razonamientos, actitudes e ideas que subyacen a la violencia estructural.
La clasificación utilizada por la OMS (Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud, 2003) divide la violencia en tres categorías: violencia dirigida contra uno mismo, la infligida por otro individuo o grupo pequeño (violencia interpersonal) y la violencia colectiva que es infligida por grupos más grandes como estados, grupos políticos organizados u organizaciones terroristas.
Sanmartín (2007) distingue los siguientes tipos de violencia:
o Activa/pasiva; hay violencia por acción pero también la omisión puede ser un acto de violencia contra alguien
o Según el tipo de daño causado:
· Física, causando daño corporal.
· Emocional que ocasiona un daño psicológico.
· Sexual cuando una persona es utilizada para obtener estimulación o gratificación sexual.
· Económica: utilización ilegal, no autorizada de los recursos económicos de una persona.
o Según el tipo de víctimas:
· Maltrato infantil que es una acción u omisión que atenta contra la integridad física, psíquica o sexual de un niño.
· Violencia contra mayores que atenta por acción o por negligencia contra el bienestar de una persona mayor.
· Violencia contra las mujeres que se traduce en muchos tipos de discriminación y maltrato contra la mitad de los seres humanos. Esta violencia la sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. Adopta múltiples modalidades: en el hogar, en la escuela, en la pareja, en el trabajo… La ONU en su declaración de Beijing (4ª Conferencia Mundial sobre la Mujer, 1995) afirma que “la violencia contra las mujeres es una manifestación de las relaciones desiguales entre los hombres y las mujeres que han conducido a la dominación de la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo.”.
Corsi (Corsi y Peyrú, 2003) muestra la existencia de cuatro procesos básicos que contribuyen al desconocimiento o la ocultación de los hechos violentos. Estos procesos se dan tanto a nivel individual como social.
En nuestro proceso de socialización hemos aprendido que lo que podemos percibir con nuestros sentidos es lo real y que aquello que no se puede ver o tocar no lo es tanto. Esto ha hecho que, durante gran parte de nuestra historia, únicamente hayan sido percibidos como tales los daños que tuvieron una inscripción en el cuerpo. Muchas de las violencias sociales, al no verse materializadas y el observador no contar con herramientas adecuadas que permitieran registrarlas como tales, quedaron cubiertas por un manto de invisibilidad que impedía que salieran a la luz y se pudiera intervenir sobre ellas.
Se trata de un conjunto de procesos sociales que llevan a aceptar los comportamientos violentos como algo legítimo y propio de la vida real. Los actos violentos se naturalizan siguiendo las lógicas de un ejercicio del poder de los de arriba contra los que se encuentran en posiciones de debilidad. Un ejemplo clásico lo tenemos en el famoso “la letra con sangre entra” que consagró como legítimo y deseable el abuso de poder por parte de los profesores. Otro de los procesos naturalizadores (Corsi, 2003) es el entusiasmo y profusión de detalles con que los medios de comunicación nos “informan” de los actos violentos que tienen lugar en nuestra sociedad. Pasar de una violencia a otra con total naturalidad, algo tan propio de nuestros telediarios, nos transmite el mensaje de que “eso es lo normal de la vida”.
Es la consecuencia inmediata del anterior proceso. El acostumbramiento que genera la profusión de noticias acerca de violencia y la conculcación de derechos humanos va aumentando nuestro nivel de tolerancia, siendo necesarias dosis cada vez más elevadas para conmover y movilizar a la sociedad.
Encubrimiento de la violencia
Se da en el seno de instituciones y en muchos casos se la justifica para no dar carnaza a los opositores. Es muy frecuente que los encubridores sólo tomen conciencia del daño que han causado cuando surge el escándalo y no pueden continuar ocultando los actos violentos perpetrados.
Operaciones facilitadoras de la violencia
Son mecanismos circunscritos a acciones concretas que actúan como lubricantes en los engranajes de los actos violentos. Corsi (2003) distingue los siguientes:
o Negar la propia vulnerabilidad: La persona que ejecuta la acción violenta está persuadida de que no le va pasar nada malo, únicamente los otros sufrirán daño.
o Subrayar y aún exagerar las diferencias. El caso extremo sería la discriminación. Con esta operación se agranda la distancia emocional entre el/los perpetradores del acto violento y las víctimas, no quedando lugar para la empatía, el reconocimiento o la consideración por el otro. Este mecanismo comienza por marcar exageradamente los defectos del otro, dando lugar a un convencimiento cada vez mayor de que la verdad sólo está en un sitio, o la normalidad o la razón y, desde ese sitio, la persona o grupo agresor se arroga la legitimidad para violentar al otro.
o Exageración de la incompatibilidad entre los bandos en conflicto de tal manera que no cabe lugar a la negociación respetuosa: sólo una de las partes puede ganar. A partir de aquí el uso de la violencia queda justificado.
o Exaltación e Idealización: en determinadas organizaciones este mecanismo favorece sentimientos de omnipotencia mesiánicos e incompatibles con el respeto a otras opciones. En el ámbito familiar es uno de los pilares del autoritarismo. Hay una persona en la familia que siente que ha realizado tales proezas y sacrificios en beneficio de los demás, que se siente legitimado a detentar una autoridad sin límites.
o Definir y polarizar la pertenencia: O conmigo o contra mí. Las lealtades quedan rígidamente establecidas y toda discrepancia se verá violentamente penalizada.
o Minimizar los costos de la destructividad que implica el acto violento.
o Negación de la violencia. Las operaciones de negación y ocultamiento --adecuadamente envueltas en un manto de silencio- son fundamentales para la ejecución repetida de conductas violentas, ya que consiguen reforzar el poder del agresor y actúan como inhibidores de respuestas defensivas de las víctimas. Éstas no llegan a contar con el necesario apoyo de la comunidad para liberarse de la opresión y/o aniquilamiento ejercido sobre ellas.
Intervenciones frente a la violencia
La OMS (2003) en su Informe Mundial sobre la Violencia y Salud hace referencia a intervenciones en tres niveles:
o Prevención Primaria: Son actuaciones con el objetivo de que la violencia no llegue a ocurrir.
o Prevención Secundaria: Intervenciones que constituyen respuestas inmediatas a los actos violentos
o Prevención Terciaria: El objetivo de estas actuaciones es la atención prolongada una vez que se han consumado los actos violentos. Entre ellas situamos la rehabilitación o reintegración de los violentos, así como la lucha por minimizar los efectos traumáticos o devastadores que sus actos hayan podido causar en las víctimas.
En la anterior clasificación prima un punto de vista temporal (antes, inmediatamente después o a más largo plazo) en referencia a cuando tiene lugar el acto violento.
Sin embargo cada vez adquiere más relevancia la prevención en función del grupo hacia el que se dirigen las actuaciones, diferenciándose entre:
o Intervenciones generales que no tienen en cuenta el riesgo individual.
o Intervenciones seleccionadas dirigidas a personas en mayor riesgo de cometer o sufrir actos violentos.
o Intervenciones indicadas dirigidas a personas que ya han cometido actos violentos.
La OMS hace hincapié en la necesidad de poner el acento en las actuaciones encaminadas a la prevención primaria de la violencia para evitar que llegue a producirse.
La violencia contra las mujeres se da en todas las sociedades, grupos étnicos, edades y clases sociales. Independientemente del lugar del planeta, de la religión a que pertenezca o del tipo de cultura, cualquier mujer puede ser objeto de violencia. Nos encontramos ante una de las principales lacras sociales de comienzos del siglo XX.
El término “Violencia contra la Mujer” fue definido en 1993 por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Declaración para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.
Los estudios realizados sobre la violencia que, a lo largo de la historia, han padecido y siguen sufriendo las mujeres demuestran que se trata de un grave problema social y están vinculados a un desequilibrio histórico en las relaciones de poder entre los sexos.
La ONU en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Beijing en 1995 afirma que la violencia contra las mujeres “es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre los hombres y las mujeres, que han conducido a la dominación de la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo. La violencia contra la mujer a lo largo de su ciclo vital dimana especialmente de pautas culturales, en particular de los efectos perjudiciales de algunas prácticas que perpetúan la condición inferior que se asigna a la mujer en la familia, el lugar de trabajo, la comunidad y la sociedad”.
Se ha podido constatar, especialmente a raíz de las aportaciones del Movimiento Feminista, que la gran mayoría de manifestaciones violentas contra las mujeres en los diferentes ámbitos de la vida social, familiar, laboral… ejemplifican el intento de perpetuar la posición de inferioridad asignada a la mujer con respecto al hombre. Se trata de entender este tipo de violencia, ejercida contra una mitad de la humanidad, como una violencia estructural, basada en relaciones de dominación y opresión, lo que supone un flagrante atentado contra los derechos humanos. Como afirman de los Riscos et al. (2005:300): “No es una violencia gratuita. El factor de riesgo es ser mujer”. El mensaje es la dominación: “O te mantienes en tu lugar o tendrás que temer”.
El concepto de género –acuñado en 1975 por la antropóloga feminista Gayle Robin y convertido en categoría central de las teorías feministas posteriores- ilustra la traslación a un plano ideológico y cultural de las diferencias naturales existentes entre hombres y mujeres. Ha configurado una normatividad masculina y femenina, que ha dado lugar a la subordinación social, la explotación y exclusión de las mujeres.
Este concepto (De Miguel, 2005) alude a una dimensión política y social, establecida a partir de la diferencia biológica entre ambos sexos. La representación social de la masculinidad y la feminidad asigna roles y valores en función del sexo de las personas desde el momento de nacer.
Diferentes autores (Corsi, 2003, Cobo 2005, Lomas, 2005, De Miguel, 2005) hacen referencia al hecho de que a las mujeres se las socializa para que estén enfocadas al ejercicio de tareas de cuidado, valorándose en ellas las capacidades afectivas y empáticas. El ideal femenino señala que las mujeres son emotivas, sensibles y dependientes, mientras que el ideal masculino afirma que los hombres son fuertes, racionales y autónomos.
Ya desde la infancia los padres educan y tratan de manera diferente a los niños y a las niñas, se les viste de forma distinta, los juguetes están determinados en función del sexo y, posteriormente, es la escuela junto con la familia la encargada de transmitir estos valores estereotipados.
Socialmente a los hombres se les prepara para asumir un rol dominante, vinculado al poder y a la autoridad. Por el contrario, en las mujeres se han valorado rasgos como la dulzura, la pasividad y la obediencia, así como la capacidad para expresar emociones.
En esta organización patriarcal de la sociedad (Lomas, 2005) tanto hombres como mujeres se ven constreñidos por los roles que se les asignan rígidamente, en función del sexo biológico; esto ha dado lugar a una construcción de la identidad del hombre y de la mujer ocupando posiciones de dominio y sumisión respectivamente. Estas posiciones marcan de manera esencial el mundo de las relaciones y si uno de los dos no “cumple” con los roles adjudicados se le considera en déficit. Es lo que ocurre cuando de una mujer emprendedora y activa se dice que “es poco femenina” y a un hombre poco agresivo y dominante se le tilda de “poco varonil”.
Como señalan Auman e Iturralde (Corsi, 2003) contamos con una ingente variedad de hechos que confirman la consideración de la mujer como inferior a lo largo de la historia:
o La religión judeocristiana sustenta el mito de la mujer surgida de una costilla del hombre al que quedaba subordinada.
o El Dios de la Biblia está caracterizado por rasgos masculinos.
o La mujer antes del Concilio de Trento no “tenía” alma.
o Durante la Edad Media las mujeres pertenecían a la casa feudal paterna de la cual se salía para ser objeto de pertenencia de la casa feudal del marido o del convento, el feudo de Dios.
En la actualidad sólo el trabajo productivo extradoméstico es reconocido, mientras que el doméstico –tarea que todavía sigue siendo predominantemente femenina- continúa ignorado, cuando no claramente desvalorizado.
Según un informe reciente de UNIFEM – El progreso de las Mujeres en el Mundo (2011- 2012) - la situación de la mujer dista todavía mucho de lograr la equiparación con la del hombre. La tasa de alfabetización de la mujer a escala mundial es del 71,8% frente a un 83, 7% de los hombres. En materia de ingresos aún no se ha logrado la equiparación. Únicamente un 30% de mujeres ocupó cargos de responsabilidad en 28 países desarrollados a lo largo de la década de los 90 y las mujeres, todavía hoy, constituyen el 70% de los 1300 millones de personas en situación de pobreza.
Como afirman Auman e Iturralde (Corsi, 2003: 87), con la exaltación de la figura de la madre y la confinación del mundo de la mujer al interior del hogar a partir del siglo XVIII la trampa para ésta quedaba perfectamente diseñada al quedar “la subjetividad de la mujer domesticizada, aislándola y excluyéndola de cualquier actividad social extradoméstica”.
La perpetuación de la situación de desigualdad entre hombres y mujeres se sustenta en algunos discursos religiosos tradicionales y hasta filosóficos. De Miguel (2005: 235) refiere cómo la violencia contra las mujeres entra como referente normativo en el discurso de la modernidad. Filósofos como Kant, Rousseau o Nietzsche asumen como “natural” un discurso discriminador y hasta justificador de la violencia contra las mujeres y cita numerosas expresiones populares que justifican y contribuyen a la transmisión de mensajes perversos como: “la mujer en casa y con la pata quebrada”; “la maté porque era mía”; “golpea a tu mujer de vez en cuando, que aunque tú no sepas porqué lo haces, ella sí lo sabe”.
La violencia de género: delimitación conceptual
Una vez que hemos establecido que la violencia contra las mujeres es algo estructural y está basada en la justificación y mantenimiento de una subordinación de las mismas en las relaciones de poder, establecida por el sistema patriarcal, hemos de proceder a una clara precisión de los conceptos con que denominamos los hechos violentos.
Para referirse a este tipo de violencia se han empleado los términos de violencia doméstica, violencia familiar, violencia conyugal, violencia en la pareja… dando lugar a confusiones que son decisivas a la hora de determinar y llevar a cabo las intervenciones.
Anteriormente, hemos hecho referencia a la declaración de la ONU de 1993 acerca de la violencia contra las mujeres y la posterior insistencia en torno a este tema en la IV Conferencia sobre la Mujer celebrada en Beijing en 1995. En esta última se hace referencia a que la violencia contra la mujer se ve sustentada en pautas culturales que perpetúan la condición inferior que se asigna a la mujer, tanto en espacios públicos como privados.
El Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia en el II Informe Internacional acerca de la Violencia contra la Mujer en las Relaciones de Pareja (2003: 11) define la violencia de género como “cualquier acción u omisión intencional que dañe o pueda dañar a una persona porque se aleja de los estereotipos socialmente construidos. Como la violencia de género contra el hombre no es numéricamente significativa, habitualmente la expresión “violencia de género se refiere sólo a la violencia contra la mujer”.
La Violencia de Género abarca todas las formas de violencia que se ejercen sobre la mujer por el mero hecho de serlo: violencia sexual, acoso laboral, mutilación genital, tráfico y explotación sexual. Uno de los casos más frecuentes y en el que enfocamos este estudio es el de violencia contra la mujer en el seno de la pareja. Este tipo de violencia, con frecuencia, contiene elementos propios de la violencia familiar y doméstica. En la mayoría de los casos se trata de una forma de maltrato que ejerce el hombre sobre la mujer que es o ha sido su compañera sentimental e íntima.
La violencia doméstica alude a las diferentes formas de maltrato que se dan dentro del hogar: puede darse entre los miembros de la pareja, entre padres e hijos… Se trata de un concepto que remite al espacio físico y, por lo tanto, no tiene en cuenta los casos en los que no se da la convivencia.
Otro término frecuentemente empleado (Alonso y Castellanos, 2006) es el de Violencia Familiar o Intrafamiliar (utilizado muchas veces como equivalente al de violencia doméstica) que se da cuando las agresiones (físicas, psicológicas o sexuales) se producen en el seno de las familias contra los miembros más vulnerables (mujeres, niños, ancianos…).
De todo lo anterior colegimos que nuestro objeto de estudio es la Violencia de Género, pero en el ámbito de una relación sentimental, que puede tener lugar en el seno de una familia o entre dos personas que no conviven.
La Violencia contra la Pareja es ejercida mayoritariamente por varones y como afirma Pueyo (2009: 23-24) “es un patrón de conductas violentas y coercitivas que incluye los actos de violencia física, pero también el maltrato y el abuso psicológico, las agresiones sexuales, el aislamiento y control social, el acoso sistemático y amenazante, la intimidación, la coacción, la humillación, la extorsión económica y las amenazas más diversas… Tiene como finalidad someter a la víctima al poder y control del agresor… Incluye parejas de esposos o ex esposos, de novios y ex novios y también parejas íntimas más esporádicas”.
Violencia estructural versus violencia circunstancial
Muy interesante respecto al entrelazamiento entre las nociones de violencia de género y violencia de pareja resultan apreciaciones de autores como De los Riscos (2005) o Quinteros y Carbajosa, (2008). Estos últimos, siguiendo a Johnson (2005), establecen la definición de violencia estructural como aquélla que es ejercitada de manera sistemática y permanente como modo de relacionarse con otros. El agresor busca el completo dominio de la víctima. Dentro de esta violencia encontramos a agresores que sólo maltratan a sus parejas (exclusiva) y personas que recurren a la agresión también en sus otras relaciones como medio para resolver conflictos (violencia estructural generalizada). El agresor generalmente es un hombre.
En la violencia estructural exclusiva las diferencias inherentes al género son absolutamente determinantes. así como los prejuicios sexistas.
En la violencia estructural generalizada el factor determinante –según estos autores- sería un trastorno psicológico: psicosis, psicopatía, trastorno de personalidad antisocial…
La violencia circunstancial, en cambio, se produce de manera puntual en situaciones de conflicto o crisis familiares o de pareja. Puede ocurrir en repetidas ocasiones, sin que el nombre implique que se dé un único incidente y puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres.
Según estos autores en la violencia circunstancial el factor género interactúa con factores como la clase de vínculo establecido, los conflictos o crisis por los que atraviesa la pareja y las características de la persona.
Violencia expresiva versus violencia instrumental
Las conductas violentas (Quinteros y Carbajosa, 2008; Madina, 2003) pueden también manifestarse de forma expresiva o de forma instrumental.
En la primera encontramos una emoción (celos, ira, frustración) que es descargada sin control por parte de quien la experimenta. Supone un alivio instantáneo de la tensión. Este tipo de violencia puede ser unilateral o mutua y surge a partir de una escalada de tensión. Las consecuencias psicológicas no suelen ser tan graves como en la violencia instrumental.
En esta última el comportamiento agresivo se emplea para conseguir un objetivo. El agresor lo utiliza para dominar la situación y a la víctima. Suelen ser acciones planificadas a sangre fría y, por regla general, no se da arrepentimiento.
Modalidades de actuación de la violencia de género
Tal como señala la Declaración de la ONU (1994) sobre la Eliminación de la Violencia, la violencia contra las mujeres que se manifiesta en forma de maltrato puede ejercerse de manera visible y tangible, como el maltrato físico o sexual, o bien de manera encubierta, como en el maltrato psicológico.
Autores como Quinteros y Carbajosa (2008) o García- Mina (García- Mina y Carrasco (eds.), 2003) diferencian las siguientes modalidades de maltrato en la pareja:
o Maltrato psicológico que es el intento de una persona por controlar a otra de una manera sutil, permanente y dañina para conseguir poco a poco adueñarse de la mente del otro con el objetivo de manipularlo.
Esta violencia ya se presenta desde el inicio de la relación. Se puede expresar en forma de seducción, donde el intento de dominio se disfraza con palabras y gestos de afecto y cuidado. Es conocido el caso de los hombres que ocultan sus celos patológicos, mostrando interés y preocupación por sus parejas a las que van alejando poco a poco de familiares y amigos “por su propio bien”. La forma más perceptible es aquélla en que el agresor, con insultos y desvalorizaciones, va minando, de manera progresiva, la autoestima de la pareja.
El objetivo que persiguen es anular la capacidad de autonomía de la mujer, convirtiéndola, poco a poco, en un ser cada vez más subordinado y dependiente.
El maltrato psicológico comprende el abuso emocional en que, por medio de la desvalorización, el menosprecio, la crítica sistemática y, a menudo, el chantaje emocional el agresor, de manera sutil y progresiva, va minando la autoestima y seguridad de la víctima. Es una violencia muy difícil de detectar y no suele denunciarse.
En el abuso verbal estos autores señalan tres tipos de manifestaciones: la cosificación, la denigración y la amenaza. Suele darse antes de que el abusador pase a la violencia física.
El abuso espacial y verbal se refiere a las prohibiciones y controles que el hombre maltratador establece en su relación con la mujer. Poco a poco la va separando de sus amistades e incluso familia de origen. En muchos casos, comienza intentando persuadirla de que esas compañías no le hacen bien y puede llegar al chantaje emocional. Su objetivo es hacerla sentir culpable si elige otras compañías, en lugar de estar con él.
El abuso económico es otra forma de ir despojando a la mujer de recursos que favorezcan su autonomía y sentimiento de autoestima. Muchas veces logra persuadirla de que deje de trabajar “por el bien de la familia” y, en otros casos, él se convierte en el administrador del dinero o el jefe al que rendir cuentas.
o En el abuso físico el maltratador utiliza golpes, empujones, manotazos… al ver que fallan las estrategias de control anteriores.
También se considera violencia física controlar la ropa que se pone o los comportamientos de la mujer en sociedad, tales como hablar con otros, sus gestos…
El agresor puede intimidar a su víctima destruyendo objetos apreciados por la mujer o utilizando armas. Este tipo de maltrato no sólo afecta al cuerpo, sino que la mujer se ve también muy dañada a nivel psicológico.
o El abuso sexual podría incluirse en el físico pero posee características específicas que conducen a una consideración aparte.
Según Quinteros y Carbajosa (2008: 30) son considerados abusos “el burlarse de la sexualidad de la mujer, acusarla de infidelidad, demandar sexo con amenazas o el chantaje emocional para tener relaciones”. Este maltrato deja profundas secuelas a nivel físico y psicológico, ya que destruye los cimientos identitarios de la víctima, despojándola de su propia subjetividad para, de manera progresiva e insidiosa, irla convirtiendo en un objeto manipulable, según las necesidades y antojos del agresor.
La primera en sistematizar las fases de repetición que se dan en las parejas en las que existe maltrato fue Eleonore Walker (1979). Distingue tres fases:
o Fase 1: Acumulación de tensión
o Fase 2: Explosión violenta
o Fase 2: Luna de miel
En la primera fase el hombre, a partir de cualquier hecho o conflicto que le hace sentir inseguro y le provoca malestar, va sintiéndose cada vez más tensionado. Se aísla y va rumiando en su interior pensamientos cargados de negatividad contra la pareja. Comienza a criticarla y, a medida que esos pensamientos rumiantes le absorben, las manifestaciones hostiles aumentan. Se vuelve cada vez más crítico, posesivo y celoso. En estos momentos puede proferir insultos, amenazas o críticas que merman la autoestima de la víctima. Ésta piensa que se trata de algo pasajero; hasta puede que intente calmarlo, con poco éxito. Aún siente que posee cierto control sobre la situación.
García-Mina (2003) afirma que en esta fase el maltrato es fundamentalmente psicológico. Muchas parejas no pasan de aquí, alternando etapas de cierta calma con hostilidad, sin que se dé maltrato físico y/o sexual. Este tipo de interacciones provocan un gran deterioro en las mujeres y un profundo sentimiento de anulación de su personalidad.
La segunda fase o de explosión. En ella la violencia adquiere gran intensidad y aparece la violencia física y/o sexual. El maltratador descarga su furia mediante golpes, palizas, amenazas de muerte. Suele durar muchos menos que las otras dos y a las mujeres que la padecen sólo les queda callar. Es en esta fase cuando algunas optan por pedir ayuda o denunciar.
La fase de luna de miel se caracteriza por el arrepentimiento del agresor. Este se muestra cariñoso, amable, promete que no volverá a suceder…. En muchos casos la mujer perdona y opta por creer que lo anterior no se volverá a repetir, que el amor podrá con todo.
García-Mina (2003: 45) afirma a este respecto: “este ciclo no tiende a detenerse por sí solo. Una vez se desencadena por primera vez la fase de explosión las situaciones de malos tratos son más frecuentes, los incidentes crecen en intensidad y severidad y cada vez son menores los momentos de arrepentimiento y de reconciliación”.
Enfoques teóricos explicativos de la violencia en la pareja
Existen diferentes enfoques a la hora de explicar la violencia en la pareja. Muchos de ellos (Dutton y Golant, 1997; López, 2001) así como las teorías de base psicoanalítica hacen hincapié en factores psicopatológicos del agresor que hunden sus raíces en las relaciones y vivencias infantiles. También las teorías basadas en la violencia generacional explican la existencia del maltrato, básicamente a partir de factores psicológicos.
Otras, como las teorías feministas (Expósito y Ruíz, 2010) o las basadas en el aprendizaje social (Echeburúa y Loínaz, 2010; Lila, 2010) otorgan un papel decisivo a los condicionantes ambientales y/o culturales. En cambio las teorías sistémicas (Whaley, 2003) ponen el acento en las interacciones y las dinámicas relacionales en ellas reflejadas.
Finalmente la OMS propone el modelo ecológico al hacerse eco de que el fenómeno de la violencia siempre es resultado de una combinación de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales.
El Psicoanálisis pone el acento en los aspectos patológicos de la personalidad del hombre que maltrata, intentando establecer una articulación de las pautas culturales con los procesos por los que atraviesa el ser humano para constituirse como sujeto.
López (2001) parte de la base de que cada persona realiza un filtraje particular y personalísimo de las pautas de socialización, de tal manera que, en función de las vivencias infantiles que la persona haya tenido, dichas pautas quedarán inscritas en su psiquismo de forma absolutamente singular.
El bebé (Dio Bleichmar, 1999) establece vínculos profundos con la persona que lo cuida. En un primer momento estos vínculos están marcados por la dependencia extrema, ya que está en juego la supervivencia. El otro es un objeto que proporciona cuidados y que tiene el “poder” de transformar con sus atenciones el universo del sujeto, de darle de comer, limpiarlo, calmarlo. Estamos hablando de una relación fusional, de simbiosis, en que sujeto y objeto no se diferencian. El otro no está representado en el psiquismo como alguien con deseos y necesidades propias, prevaleciendo la imagen de ser todopoderoso, capaz de proporcionar todo lo que al sujeto le falta.
Cuando la madre (López, 2001), que es generalmente la persona que se encarga de los cuidados, no cumple “adecuadamente” sus funciones surge la frustración, la rabia y, por tanto, la agresividad. Estamos hablando de etapas muy tempranas, cuando aún no hay un sistema simbólico estructurado y falta el lenguaje.
El acceso al mundo de las palabras será decisivo para la socialización del pequeño individuo. Por medio del lenguaje le serán transmitidos aspectos tan importantes para su existencia como son los valores y normas de la sociedad en que él y su familia se encuentran. También le serán transmitidos conceptos que afectan a lo que él es para los otros y a lo que debe ser. Todo un entramado de identificaciones irán marcando su desarrollo y aportándole información, no sólo acerca de los roles a desempeñar, sino también acerca de lo que él/ ella es.
Uno de los aspectos más importantes- dado el tema que nos ocupa- es el género. Para el Psicoanálisis (Dio Bleichmar, 1999) no sólo forma parte del universo simbólico cultural, sino que constituye una de las marcas de la estructuración del yo, de tal forma que ya desde época bastante temprana, a lo largo del segundo año de vida, el niño o la niña se refiere a sí mismo como alguien de uno u otro género. Las pautas culturales transmitidas por las personas que se relacionan con él/ ella, los juguetes elegidos, las diferencias de trato en función de si es niño o niña, etc… están surtiendo efecto.
Ahora bien, desde este enfoque, la influencia cultural no es suficiente para explicar por qué algunos hombres maltratan a sus parejas o ex parejas, ya que hay muchos otros que no lo hacen, a pesar de haberse socializado en el mismo ámbito cultural. Las experiencias vinculares de apego con la persona que cuida (Echeburúa y Loínaz, 2010) resultan sumamente importantes a la hora de explicar el comportamiento adulto y las fallas en los procesos de estructuración del sujeto son factores muy a tener en cuenta para explicar los fenómenos de violencia en la pareja.
Según López (2001) cuando la figura materna no ha propiciado un vínculo “suficientemente bueno”, el proceso de separación del objeto primigenio no puede llevarse a cabo de manera satisfactoria, quedando el sujeto atrapado en una búsqueda compulsiva del mismo. El otro no ha podido constituirse como sujeto con deseos propios y, cuando el pequeño, ya adulto, establece una relación amorosa, lo hace desde esa posición de inseguridad e incompletud profundas. La pareja asume, para este tipo de hombres, una función ortopédica del yo precarizado.
Si a todos estos procesos añadimos (Quinteros y Carbajosa, 2008; Dutton y Golant, 1997)) el hecho de que el hombre que maltrata generalmente está muy identificado con los ideales masculinos de la sociedad machista, nos encontramos ante personas imposibilitadas para asumir sus “debilidades”. Se trata de individuos escasamente empáticos, ya que la ternura y la expresión de sentimientos han sido asumidos como pertenecientes al universo femenino, del cual se sienten obligados a distanciarse para poder afirmarse como “verdaderos hombres”.
Cuando un acontecimiento exterior les produce malestar, experimentan una especie de regresión a su frustración inicial y esperan que su pareja se encargue de “transformar” su realidad, de proporcionarles una compensación de la infelicidad, imposible de realizar. Aparece la frustración y la ira, con la consiguiente descarga de la violencia.
Quinteros y Carbajosa (2008) subrayan el hincapié del Psicoanálisis en la necesidad de que el sujeto asuma la responsabilidad por los actos que realiza. Matizan que la acción de la justicia es un paso importante para que los hombres que maltratan se sientan responsables, no sólo a nivel jurídico, sino también subjetivo. La asunción de la propia responsabilidad es requisito indispensable para realizar un cambio profundo y duradero, que acabe con las conductas violentas hacia sus parejas.
Teorías basadas en la violencia generacional
Estas teorías subrayan la influencia de ciertas experiencias vividas en la infancia como factores de riesgo para un ejercicio posterior de la violencia. Dutton y Golant (2006) consideran necesaria la confluencia de tres factores en la primera infancia de la persona que maltrata a su pareja de manera cíclica:
Haber sido rechazado, humillado y maltratado por su padre. Estas actitudes y comportamientos paternos producirán un sentimiento de identidad débil e inestable, que haría que estas personas vivieran cualquier conflicto como un ataque. A esta base insegura de la personalidad, habría que añadir la influencia de la cultura patriarcal acerca de la masculinidad. Ellos se adhieren a los postulados machistas de manera absoluta, sin una pizca de cuestionamiento, para justificar sus comportamientos violentos.
El segundo factor a tener en cuenta se refiere al tipo de apego establecido en la infancia con la madre. Sonkín (2007) considera que los individuos que maltratan a sus parejas han vivido un apego conflictivo con sus madres en las primeras etapas de su desarrollo. Se trata de personas que mantienen, ya adultos, relaciones ambivalentes. Por una parte necesitan al otro, pero, al mismo tiempo, rechazan una intimidad que descubra sus puntos débiles.
Se trataría de individuos que vivieron de manera traumática el alejamiento de la persona cuidadora, la cual no supo- o no pudo- restablecer el contacto de manera aseguradora con el pequeño. Esto llegó a provocar reacciones de ira ante la frustración, que el adulto repite con la pareja.
Para Sonkín (2007) todos los hombres que maltratan han vivido una relación de apego inseguro, ya sea en la modalidad ansiosa/ambivalente (60%) o rechazante (40%). En muchos de esos casos, también se dio un comportamiento de maltrato de los padres hacía sus parejas, factor que Dutton (Dutton y Golant, 1997) considera más decisivo que la respuesta inadecuada de la madre en la relación de apego con el hijo.
El tercer factor necesario para producir una personalidad maltratante es haber vivido y sido socializado bajo los parámetros de una cultura que fomenta la primacía de los valores masculinos, en detrimento de los femeninos.
Dutton (Dutton y Golant, 1997) consideran, sin embargo, que, sin los dos primeros factores, el adolescente y luego el adulto son capaces de discriminar y rechazar los modelos de comportamiento agresivo proporcionados por el medio social.
El representante más genuino de las mismas es Bandura. Para este autor (Bandura, 1980) uno de los aspectos más importantes a la hora de considerar el aprendizaje humano es la observación y la posterior imitación de los modelos observados. Este autor considera la personalidad como resultado de la interacción entre el ambiente, la conducta y los procesos psicológicos de los individuos.
A partir de una serie de experimentos con niños pequeños a los que se les mostraban imágenes de adultos con comportamientos violentos, se comprobó que esos niños tendían a imitar la conducta agresiva que habían observado. Bandura (1980) denomina a ese fenómeno aprendizaje observacional.
Para que este proceso se lleve a cabo es importante que el individuo cuente con habilidades y medios necesarios para reproducir la conducta observada y que se encuentre motivado para hacerlo. Estas conductas se ven reforzadas en los individuos cuando llevarlas a cabo les supone una serie de recompensas.
Corsi y Peyrú (2003) establecen tres tipos de procesos involucrados en este tipo de aprendizaje:
Procesos vicarios: El aprendizaje por observación ahorra al sujeto experiencias de ensayo y error para aprender nuevas conductas. Se trata de aprender de modelos como héroes televisivos, compañeros, familiares…
Proceso de simbolización: El sujeto va adquiriendo representaciones mentales útiles para su comportamiento futuro.
Procesos autorregulatorios: Mediante éstos el sujeto determina si le compensa realizar o no esas acciones, en función de las consecuencias que conllevan. En esta autorregulación intervienen tres elementos: la autoobservación para mantener, mejorar o eliminar la conducta, el juicio que implica poner en relación la conducta con las normas de comportamiento adquiridas y la retroalimentación correcta.
Para Bandura (1980) todos estos elementos se encuentran vinculados a la autoestima: el sujeto tiende a realizar conductas que le refuercen la valoración de sí mismo. Cuando fracasa en las mismas puede recurrir a la violencia como medio para recuperar un sentimiento de poder o dominio que refuerce su autoconcepto.
Según esta teoría (Corsi y Peyrú, 2003) los adultos violentos con sus parejas realizan conductas aprendidas en sus familias de origen en un porcentaje nada desdeñable. Se considera que el haber sido testigo de violencia aumenta sensiblemente la probabilidad de que un niño se convierta en maltratador futuro, siendo considerado un factor de riesgo.
Esta perspectiva (Amor et al. 2010; Echeburúa y Loínaz, 2010; Corsi, 2003) forma actualmente parte de un enfoque global, de corte cognitivo/conductual, que estima fundamentales en los fenómenos de maltrato la existencia de creencias erróneas, firmemente ancladas en la mente de los agresores, así como déficits de habilidades en la comunicación o problemas en el manejo de emociones como la ira.
Las conductas violentas se mantienen porque el maltratador las ve reforzadas y obtiene con ellas unos beneficios superiores a los que supondrían la eliminación de las mismas.
El feminismo (De Miguel, 2005; Cobo, 2005; Bonino y Corsi, 2003) ha puesto de relieve la importancia de la perspectiva de género a la hora de analizar los procesos intelectuales e históricos de la humanidad, remarcando el lugar periférico y casi invisible que se le ha asignado a las mujeres.
Vivimos inmersos en una sociedad patriarcal y androcéntrica (Lomas, 2005) en la cual, ya desde el nacimiento, los bebés son considerados y tratados de manera diferente en función del sexo biológico. Todas las familias transmiten la desigualdad de roles y valores atribuidos a lo masculino y a lo femenino, contribuyendo a la perpetuación de los estereotipos.
La representación social de la masculinidad (Bonino y Corsi, 2003) conlleva un comportamiento agresivo, competitivo y dominante. Desde muy pequeños, a los niños se les enseña a ser fuertes y valientes y a no expresar los sentimientos, especialmente aquellos que son considerados señales de debilidad o vulnerabilidad. Por el contrario, tradicionalmente, a las niñas se les han inculcado valores relacionados con el cuidado, la expresión de sentimientos, la docilidad y la dependencia.
Los modelos transmitidos por la publicidad, libros de lectura y medios de comunicación en general han reforzado los aprendizajes de los roles de género.
El enfoque feminista ha iluminado parcelas de la realidad social invisibles con anterioridad, especialmente aquéllas que ponen de relieve la posición hegemónica que el sistema patriarcal ha adjudicado a los varones, en detrimento de las mujeres.
Como afirman Auman e Iturralde (2003) se ha procedido a una sobrevaloración de las características y aptitudes masculinas, lo que ha conducido a las mujeres a una situación de inferioridad, algo absolutamente reforzado al quedar relegadas al ámbito de lo privado, mientras los hombres se adueñaban del espacio público.
Desde la perspectiva de género se contempla el maltrato de los hombres hacia sus parejas o ex parejas como una acción realizada con el objetivo de mantener el control y dominio sobre la mujer. Estas acciones forman parte de la estructura de dominación impuesta por el sistema patriarcal. En palabras de Luis Bonino (Bonino, 2003: 3) no se trata de un problema de pareja sino de un problema de “causalidad estructural, compleja, social e histórica que consiste en el ejercicio de la violencia contra las mujeres, específicamente por el hecho de serlo, en una matriz cultural que propicia, legitima y perpetúa ese ejercicio.”.
La mayoría de los varones que ejercen violencia no padecen ningún trastorno que justifique dichas conductas. Se trata de personas con capacidad para elegir el momento y el lugar más “convenientes” a sus intereses, en general el ámbito privado del hogar. En la mayoría de los casos las personas del entorno, una vez descubiertos los comportamientos de maltrato, afirman de ellos que eran “personas normales”.
Ante la pregunta de por qué los maltratadores son varones en la mayor parte de los casos, Luis Bonino (2003, 2005) plantea que la violencia de los hombres manifiesta una manera determinada de entender la condición masculina, basada en un modelo sociocultural que propugna una consideración del hombre como superior. Esto da lugar a unas relaciones en las que se cercena la autonomía de una de las partes, la mujer, a la que se busca dominar y controlar.
Se rechazan los planteamientos de la violencia generacional ya que se podría correr el riesgo de desresponsabilizar al agresor, justificando su comportamiento en base a que “maltrata porque fue maltratado”. El maltrato no obedece a causas patológicas, ni encuentra justificación en la historia vital del agresor. Tampoco vale justificar el uso de la violencia con argumentos como el consumo de alcohol u otras sustancias tóxicas, ni como fruto de unos celos patológicos incontrolables.
Según Bonino (2008) la violencia de género sería la manifestación más agresiva de un continuum que abarcaría el espectro desde la no violencia hasta la agresión extrema. En uno de los polos de ese espacio encontraríamos hombres conscientes de la discriminación sufrida por las mujeres a lo largo de la historia y dispuestos a colaborar activamente por la reparación de la misma; a continuación vendría todo el espacio ocupado por varones que no ejercen una violencia activa, pero que tampoco son conscientes de los estereotipos con que han sido socializados y ejercen lo que el autor denomina micromachismos. Así hasta llegar a los que claramente maltratan a sus parejas.
En este sentido afirma que “dados los diferentes formatos de ejercicio de violencia, no existen hombres violentos y hombres no violentos hacia las mujeres como categorías dicotómicas. Todos los hombres se encuentran en algún punto del continuum violencia/no violencia y por eso todos ellos son y deben ser sujetos posibles de intervención en las estrategias de prevención” (Bonino, 2008: 18)
Causas y factores que inciden en la violencia de género en la pareja
Entre las causas que suscitan unanimidad entre los diferentes enfoques y autores (Corsi, 2003; Bonino, 2003; Lomas, 2005) destacamos:
o La estructura androcéntrica de nuestra sociedad que otorga al varón una superioridad y poder del que la mujer carece, situando a ésta en una posición subordinada respecto a aquél.
o Los mecanismos de ocultación de la violencia contra la mujer han contribuido de manera significativa a su perpetuación.
Hasta hace poco –teniendo en cuenta que una gran parte de las agresiones tienen lugar en el ámbito doméstico- la violencia en la pareja ha sido considerada como un problema “privado” que afecta a la intimidad y el entorno cerraba los ojos porque se partía de la base de que era un problema a resolver por las partes interesadas.
o La socialización de las mujeres y de los hombres, siguiendo pautas absolutamente diferenciadas: las mujeres han sido tradicionalmente socializadas para ser dulces, sumisas, abnegadas y entregadas a cuidar de los demás. Su sentimiento de valor está muy ligado a la aprobación del “otro”, de ahí que se hayan fomentado actitudes de pasividad y dependencia.
o Los hombres han sido tradicionalmente socializados en la valoración de actitudes de fuerza y poder, en detrimento de otras más emotivas.
La representación social de la masculinidad, hasta hace poco, se asentaba en roles extrafamiliares, donde el varón podía desarrollar las cualidades de mando, conocimiento y éxito que el sistema exige.
En estos aprendizajes juegan un papel importante no sólo la familia, sino también la escuela y los medios de comunicación.
o Algunos autores (Ferrer y Bosch, 2006) apuntan como posible causa del aumento de los casos de violencia de género, especialmente del número de feminicidios, el resquebrajamiento de los pilares de la sociedad patriarcal debido a la incorporación de la mujer al mercado laboral.
Plantean la existencia de una “hipótesis de escalada” que contemplaría la existencia de una reacción violenta de muchos varones, en países donde la mujer está avanzando en la lucha por alcanzar mayores cotas de libertad y poder.
o Hay autores (Corsi, 2003) que hacen hincapié en la legitimación social de la violencia. El agresor incrementa su violencia al comprobar que, mediante el uso de la misma, consigue aumentar su poder y logra la sumisión de la víctima.
Otros estudios provenientes del campo de la Psicología (Dutton y Golant, 1997) hacen especial hincapié en el hecho de que el agresor haya sido víctima de malos tratos en la infancia por parte del padre y de que la relación de apego con su madre haya sido poco segura.
En lo que respecta a las mujeres víctimas de la violencia, durante décadas, desde la Psicología se les atribuía unas características de masoquismo innato que, en mayor o menor grado, justificaban su permanencia en la relación violenta, contribuyendo a una victimización secundaria (“si sigue es porque le gusta”).
Nos parece muy interesante el enfoque ecológico que contempla la existencia de factores de riesgo asociados con un incremento de la probabilidad de la violencia. También hay factores de protección que reducen la probabilidad de las agresiones.
Este es el modelo que utiliza la OMS (2003, 2011) que contempla la multicausalidad de la violencia y que queda esquematizado como en la siguiente tabla:
Fuente: Pueyo, A. (2009: 38).)22 (2009)
El Centro Reina Sofía (2003) establece factores de riesgo en los niveles social, familiar e individual (ver. tabla 2).
Fuente: Elaboración propia a partir del II Informe sobre violencia en las relaciones de pareja
del Centro de Estudios Reina Sofía (2003:16-17)
Corsi (2003) diferencia tres tipos de factores de riesgo asociados con las distintas formas de violencia familiar:
o Factores de riesgo con eficacia causal primaria. Constituidos básicamente por aspectos culturales y educativos que están en la base de la violencia como modo naturalizado de imposición de las propias posiciones.
o Factores de riesgo asociados cuya presencia aumenta la probabilidad de que ocurran fenómenos de violencia.
o Factores que contribuyen a la perpetuación del problema son aquellos que impiden la detección temprana del problema y la pronta respuesta de intervención para solucionarlo.
La tabla siguiente sintetiza la posición del autor.
Fuente: Corsi (2003: 43)
Marco legislativo de la violencia de género
La Comunidad Internacional ha adquirido diferentes compromisos en torno a la protección y defensa de los derechos de las mujeres.
Ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se afirma que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” sin que el sexo pueda ni deba ser motivo de discriminación.
En 1993 tuvo lugar la Declaración de la Asamblea General de la ONU para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Esta declaración exige a los Estados que condenen y luchen para eliminar la violencia contra las mujeres.
En la cumbre de Madrid de 1995 la Unión Europea manifestó al más alto nivel su apoyo a las conclusiones y recomendaciones de la ONU (expresadas en la Plataforma de Pekín) en torno a esta cuestión.
Desde 1999 el Consejo de la Unión europea realiza cada año un seguimiento de las medidas tomadas por los países miembros en torno a esta lacra social. La Resolución 2005/2215 del Parlamento Europeo enumera actuaciones y medidas a adoptar por parte de los países miembros de la Unión para luchar contra la violencia de género.
En nuestro país, en 1989 se realizaron reformas jurídicas que afectaban a la violencia contra las mujeres y que quedaron plasmadas en el Nuevo Código Penal aprobado en 1995.
La Ley Orgánica 3/1989 de reforma del Código Penal realizó progresos al reconocer, por ejemplo, como bien jurídico la libertad sexual de la mujer.
Una nueva Ley Orgánica, la LO 19/1995 introdujo el concepto de violencia habitual en el ámbito doméstico pero no incluyó la violencia psicológica.
Todos estos avances eran considerados insuficientes por los Movimientos Feministas ((Antón y Larrauri, 2009) que estaban absolutamente en contra de la tipificación de los malos tratos a las mujeres como faltas y, sólo a partir de la LO 11/2003 se consiguió que quedaran tipificados como delito, con las consiguientes repercusiones en lo referente a las penas.
El revulsivo para los cambios legislativos que se dieron respecto a la violencia contra las mujeres fue el impacto social que tuvo el asesinato por parte de su pareja de Ana Orantes, brutalmente incendiada en 1997 por el hombre al que había denunciado 15 veces. La víctima había participado en un programa de televisión y este hecho dio lugar a que su asesinato (y con él las agresiones a mujeres) y el Movimiento Feminista adquiriesen notoria actualidad y divulgación mediática.
Como consecuencia y de forma inmediata se aprobó el I Plan de Acción contra la Violencia Doméstica 1998-2000.
No obstante, todavía durante el período 2000-2002 continuaba la sensación de impunidad en referencia a los agresores. Estudios como el de Calvo (2006) ponen de manifiesto que, tras las reformas de 1999, todavía predominaba en los juicios la consideración de los actos violentos como delitos de faltas. Este autor pone de relieve cómo en este período continúan siendo escasas las medidas cautelares de alejamiento y las denuncias terminan mayormente en absoluciones, obteniéndose sentencias condenatorias únicamente en un 15,6% de los casos.
No será hasta la Ley 27/2003, de 31 de julio, reguladora de la Orden de Protección de las Víctimas de Violencia Doméstica, cuando se dé en nuestro sistema jurídico una articulación más efectiva de medidas penales y cautelares para la defensa de las víctimas. El 5 de marzo de 2004 se aprobó un Real Decreto regulador de los contenidos, procedimientos y funciones del Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica.
En diciembre de 2004 se promulgó la LO 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Esta ley aborda de manera integral el problema de la violencia contra las mujeres, por parte de quienes son o han sido sus parejas, sin circunscribirse al ámbito familiar o doméstico. La denominación violencia de género sólo es compartida por Suecia en el ámbito de la Unión Europea.
En su Exposición de Motivos concibe la violencia del hombre sobre la mujer como una manifestación de la situación de desigualdad en las relaciones de poder.
Para que la violencia entre la pareja sea considerada de género es necesario que constituya una manifestación de la discriminación y abuso de poder contra la mujer por parte del hombre, es decir, cuando se dé en un contexto de dominación. Las sentencias son más severas en el caso de que sea el hombre quien lleve a cabo los comportamientos violentos.
El Centro Reina Sofía para Estudios de Violencia (2010: 53-54) destaca como características más relevantes de los cinto títulos de que consta la ley las siguientes:
o Título I (medidas de sensibilización, prevención y detección). Hace hincapié en la necesidad de formar a nuestros escolares en el respeto al derecho a la igualdad entre hombres y mujeres, así como de adquirir habilidades para resolver los conflictos sin violencia en todos los ámbitos de la vida.
También manifiesta la necesidad de medidas para la sensibilización y formación del personal sanitario a la hora de afrontar pacientes víctimas de violencia de género.
o En el Título II se atiende a los derechos de las mujeres víctimas de violencia: representación legal gratuita en caso de no disponer de recursos económicos, ayudas sociales y apoyo en la problemática laboral de las mujeres que sea consecuencia de su situación de maltrato, como por ejemplo derecho a la movilidad geográfica, al cambio de centro de trabajo…
o El Título III aborda la constitución del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer para el Análisis y Evolución de los Casos de Violencia de Género.
Este organismo tiene encomendada la elaboración de planes contra la violencia y el impulso de la colaboración entre las diferentes instituciones que se ocupan de las cuestiones de violencia de género (servicios sociales, fuerzas y cuerpos de seguridad y otros organismos y servicios de las diferentes administraciones del estado).
o En el Título IV: se aborda el endurecimiento de las penas, de tal forma que delitos antes tipificados como faltas ahora pasan a ser considerados hechos punibles, con pena de prisión de tres meses a un año o trabajos en beneficio de la comunidad, especificándose en el artículo 35 que el juez o tribunal además ordenará “la sujeción a programas específicos de reeducación y tratamiento psicológico” por parte de los agresores.
o El Título V aborda la creación de Juzgados de Violencia contra la Mujer y la creación de un Fiscal contra la Violencia de Género que se encargará de coordinar las diferentes fiscalías, así como la elaboración de informes y memorias de seguimiento.
La lucha contra la Violencia de Género en las relaciones íntimas se ha convertido en un tema prioritario a la hora de garantizar la dignidad y los derechos humanos de las personas por parte de gobiernos, instituciones y organizaciones no gubernamentales.
La OMS en su Informe Mundial sobre Violencia y Salud (Lila, 2010), en las encuestas que realizó en diferentes países, recogía datos que mostraban que, entre el 10% y el 69% de las mujeres, manifestaba haber sido maltratada por su pareja alguna vez en la vida.
Otro informe realizado para UNICEF en el año 2000 por el Innocenti Research Center (Lila, 2010) mostraba que, incluso en países industrializados como Japón, el porcentaje de mujeres alguna vez maltratadas ascendía al 59%.
En Europa, entre el 6% y el 10% de las mujeres, declaran sufrir violencia doméstica en algún momento de su vida en un Informe para el Consejo de Europa elaborado en 2002.
En España el Instituto de la Mujer viene realizando desde 1999 macroencuestas, la última de las cuales acaba de publicarse en febrero de 2012 y fue realizada a lo largo del año 2011.
La primera surgió en 1999 con el objetivo de cuantificar la violencia contra las mujeres en el ámbito doméstico en el marco del I Plan de Acción contra la Violencia Doméstica. También se pretendía ver los factores determinantes para que estos actos tuvieran lugar, las consecuencias a nivel individual, familiar y social que acarrean, así como la opinión de las víctimas acerca de las medidas a tomar por parte de las diferentes Administraciones.
En el primer informe se consideran dos tipos de maltrato:
o El maltrato técnico que es aquel en que la víctima no se declara como tal, pero sí que es considerada víctima, pues responde afirmativamente a una batería de preguntas acerca de si su pareja la insulta, amenaza o controla con cierta frecuencia.
o Maltrato declarado o reconocido como tal por las mujeres encuestadas.
La macroencuesta de 2011, a diferencia de las anteriores (1999, 2002 y 2006), se ha realizado a base de entrevistas presenciales en el domicilio de las mujeres encuestadas: una muestra representativa de mujeres a partir de los 18 años, residentes en España.
De acuerdo con esta encuesta, un 3% de las mujeres declara haber sufrido maltrato de género en el último año y un 10,9% declara haberlo padecido alguna vez en la vida. Aumenta considerablemente el porcentaje de mujeres que hace esta última declaración, 10,9% frente al 6,3% del año 2006, 6,2% del 2002 y 5,1% del año 1999.
Esto significa que una población femenina de más de 2.000.000, de un total de algo más de 19.000.000, declara haber estado en la situación de maltratada.
En cuanto a las denuncias, sólo el 27% de las mujeres que declaran haber sufrido violencia han denunciado a su maltratador, frente a un 72,6% que no lo ha hecho. De las que han denunciado un 25%, es decir una de cada cuatro, retiró posteriormente la denuncia.
Uno de los aspectos más llamativos de esta macroencuesta es el incremento del maltrato a mujeres jóvenes (por debajo de 30 años) que ha pasado del 10,9% de la encuesta de 2006 a un 12,3% en la de 2011(Gráfico 1)
También sorprende que las mujeres extranjeras- residentes en España- declaren haber sufrido maltrato en mayor proporción que las españolas en todas las franjas de edad, nivel educativo y estado civil. El 20,9% declara haber sufrido maltrato de género alguna vez en la vida frente al 10,1% de mujeres españolas (Gráfico 2
Lo anterior queda ilustrado en los siguientes gráficos:
Gráfico 1: Ha sufrido maltrato. Fuente: macroencuesta de violencia de género (2011:9)
Fuente: elaboración propia a partir de la macroencuesta de la violencia de género (2011: 22)
Según los datos actualizados del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, a fecha del 27 de marzo de 2012, el número de femicidios de pareja, en lo que va de año, es de 10, con dos casos aún en investigación. Ninguna de las mujeres asesinadas en lo que va de año había denunciado. De estas víctimas 8 eran españolas y 2 extranjeras lo que supone una sobrerrepresentación de este último grupo, un 20% del total de víctimas, cuando el porcentaje de población extranjera en España no sobrepasa del 11%.
Según el IV Informe del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial referido al 2011 el total de hombres denunciados en ese año asciende a 35.087 de los cuales el 66,3% son de nacionalidad española y el 33,7% extranjeros.
En la actualidad 5.560 hombres están en prisión de un total de 14.551 sentencias condenatorias, lo que supone un 75% del total de denuncias que han llegado a los tribunales en 2011.
Uno de los pilares para el abordaje de la violencia contra la pareja es la intervención con los agresores. Ésta no trata de eximir al hombre violento de su responsabilidad, sino que se intenta trabajar con él para lograr una modificación en sus cogniciones y actitudes frente a la violencia, de tal manera que el objetivo planteado es siempre doble: prevenir la reincidencia y proteger a las víctimas.
Tener en cuenta los factores que inciden en el maltrato y la motivación delictiva (Echeburúa y Loínaz, 2010) resulta decisiva para el diseño de programas de tratamiento efectivos. Partiendo de esta base son numerosos los estudios que han intentando establecer perfiles diferenciados de agresores. Nos vamos a limitar a citar los más conocidos.
Clasificación de Dutton y Golant (1997)
Estos autores establecen tres grandes grupos de agresores:
o Agresores psicopáticos
Estos agresores además de agredir a sus parejas pueden ejercer violencia con otras personas.
Este grupo de hombres muestran una gran incapacidad para imaginar lo que sufren otras personas y las consecuencias que sus acciones tienen sobre otras.
No sienten remordimiento por el daño causado y en general desarrollan conductas antisociales.
Los autores afirman que los maltratadores de este tipo es “muy improbable que mejoren. Los psicópatas no miran hacia atrás. En consecuencia, nunca aprenden de sus pasados errores”. (Dutton y Golant, 1997: 45).
o Agresores hipercontrolados
Muestran un acusado grado de evitación y agresión pasiva. Son individuos distanciados de sus sentimientos y que obtienen un puntaje muy alto en el factor de agresividad- dominación/aislamiento. En general se trata de hombres reacios a que sus mujeres cuenten con recursos propios. Suelen utilizar numerosas formas de maltrato emocional para lograr la sumisión de su pareja.
Los autores distinguen dos subtipos:
· Tipo activo: Son descritos por las esposas como minuciosos y extremadamente perfeccionistas. Pueden extender a otras personas su necesidad de dominar.
· Tipo pasivo: Suelen mostrar el rechazo por medio del distanciamiento y el abandono emocional.
Ambos tipos suelen mostrarse sumisos ante el terapeuta al que se esfuerzan por complacer.
o Agresores cíclicos/emocionalmente inestables
Oscilan entre sentirse abandonados o absorbidos en exceso. Son hombres que se valen de instrumentos, como la humillación y vergüenza de sus parejas, para sentir que controlan la situación.
Suelen ser hombres con una gran propensión a sentir celos y a explosiones de ira sobre sus mujeres. Principalmente ejercen violencia emocional.
Loínaz (2010) resalta como muy interesante la importancia que en Dutton y Golant (1997) adquieren variables poco estudiadas pero que en los últimos años parecen cobrar cada vez más relieve: el apego adulto y la organización de la personalidad límite.
Clasificación de holtzworth-munroe y stuart(1994)
Se centra en tres variables: funcionamiento psicológico, extensión de la violencia y gravedad de las conductas. Distinguen tres tipos:
o Limitados al ámbito familiar (sobrecontrolador)
Se limitan a ejercer la violencia en el seno de la familia y es poco probable que agredan sexualmente a su pareja. No suelen presentar trastornos de personalidad y muestran arrepentimiento tras las conductas violentas.
Según estos autores es el grupo que presenta menos factores de riesgo, pudiendo haber sufrido niveles bajos o moderados de agresión en sus familias de origen. Se les considera maltratadores de bajo riesgo. Equivaldrían al grupo hipercontrolado de la clasificación de Dutton y Golant y generalmente son sujetos que a los ojos de la sociedad mantienen conductas normalizadas.
o Disfóricos o Borderline (impulsivos)
Suelen desarrollar violencia física, psicológica y sexual. Según estos autores son los que presentan más problemas psicológicos. Pueden ser violentos también fuera del ámbito familiar y la intensidad de su violencia es moderada-alta. Presentan características parecidas al tipo impulsivo-subcontrolado de Dutton y muestran rasgos como apego temeroso, ira crónica y tendencia a justificar la violencia que ejercen.
Algunos de ellos han vivido experiencias de violencia moderada o grave en su familia de origen.
o Maltratadores violentos en general/antisociales (instrumentales)
Utilizan la violencia física y psicológica como estrategia generalizada de afrontamiento de conflictos y para lograr, de manera calculada, sus objetivos.
Su violencia es más frecuente e intensa que en los grupos anteriores observándose en ellos una elevada tendencia a la manipulación psicopática.
Suelen haber sufrido maltrato grave en su infancia y/o haber sido testigos de violencia entre sus padres. Es muy probable que realicen consumos abusivos de alcohol y drogas; se les considera agresores de alto riesgo.
Tipología de Jacobson y Gottman (2001)
Distinguen dos categorías de maltratadores:
o Cobras: Son más propensos a utilizar armas en las agresiones físicas. En las discusiones de pareja su frecuencia cardíaca desciende, mantienen la calma, por lo que pueden llegar a grandes extremos de violencia y sadismo.
Suelen ser violentos también fuera de la familia. Presentan características antisociales y se muestran incapaces de mantener relaciones que no sean superficiales. Sus parejas son instrumentos para satisfacer impulsos hedonistas y, en general, necesidades propias.
Con frecuencia en su familia de origen han sido objeto de maltrato o abuso emocional.
o Pitbull: Su frecuencia cardíaca aumenta en las conductas violentas. Presentan alto grado de dificultad en el control de impulsos, pero en general no presentan historial delictivo.
Suelen ser muy dependientes y celosos y es bastante común que el padre haya maltratado a la madre en su familia de origen.
Son sujetos con un alto grado de dependencia de sus parejas. Sienten pánico a ser abandonados, por lo que su peligrosidad aumenta considerablemente en los momentos de separación y/o divorcio. No dejan en paz a sus parejas, ni siquiera tras la separación. Suelen abusar del alcohol más que de otras sustancias.
Clasificación en función del riesgo para las víctimas y de la gravedad de los actos violentos.
Atendiendo a consideraciones que tienen en cuenta el peligro que pueden correr las víctimas, en los últimos años se percibe un enfoque en el estudio de las características de los hombres agresores tendente a minimizarlo. Autores como Amor, Echeburúa y Loínaz (2010) se hacen eco de las clasificaciones, en función de variables como la gravedad de la violencia ejercida, el riesgo que corren las víctimas, el control de la ira y la motivación para el cambio.
Estos investigadores realizan una síntesis que establece los siguientes tipos de maltratadores:
o De bajo riesgo: Con ellos recomiendan estrategias de control de la ira y el abordaje de las ideas distorsionadas en torno a las mujeres y de la utilización de la violencia como medio para la resolución de conflictos. Consideran útil en los casos de violencia bidireccional –de ambos miembros de la pareja- la terapia conjunta si las dos partes están de acuerdo.
Naturalmente que todo esto se asienta sobre la base de la aceptación de la responsabilidad por los comportamientos violentos, la concienciación de los daños que ocasionen y la motivación para el cambio.
o De riesgo moderado: La terapia de pareja en estos casos está contraindicada. Las intervenciones han de enfocarse hacia la regulación de la ira, los celos patológicos y el ánimo depresivo. La duración del tratamiento es mayor y no debe faltar el entrenamiento para la adquisición de habilidades, la comunicación y afrontamiento de problemas…
o De alto riesgo: Presentan violencia generalizada en muchos casos, historial delictivo, así como abuso de alcohol y otras drogas. El grupo de los violento/antisociales es el que peor responde al tratamiento. Son casos en que éste se debe realizar en contextos muy controladores.
Clasificación en función de la ira
También los autores arriba citados hacen mención a la clasificación de Murphy et al. (2007) que han diferenciado entre:
o Violentos con ira patológica: Que se caracterizan por presentar baja autoestima, rasgos psicopatológicos, abuso de alcohol y drogas, problemas consecuentes al establecimiento de relaciones basadas en el control y el dominio. En este grupo estarían los hombres que ejercen una violencia grave y, cuando acuden a tratamiento, la posibilidad de abandonarlo es muy elevada. Tendrían una estructura de personalidad borderline.
o Violentos con bajo control de la ira: Las conductas violentas son bastante frecuentes. Tras el tratamiento continúan teniendo conductas de maltrato hacia sus parejas, especialmente maltrato psicológico.
o Violentos con ira normal: Las conductas maltratantes son de menor gravedad y el tratamiento es más efectivo con este grupo.
Clasificación de Boira Sarto (2010)
Como conclusión, Santiago Boira (2010) después de pasar revista a diferentes estudios acerca de la cuestión de las tipologías de hombres maltratadores distingue los siguientes grupos:
o Hombres violentos que muestran comportamientos agresivos sólo con la pareja. De éstos, aproximadamente un 50% presentarían una violencia de menor gravedad que la violencia física, y poca probabilidad de abusar sexualmente de sus parejas. La probabilidad de existencia de trastorno psicopatológico también sería baja. Se trata de personas con miedo a ser abandonadas, alto grado de dependencia y posesividad, lo que les llevaría a experimentar celos y necesidad de controlar la vida de sus parejas.
o Un segundo grupo, aproximadamente un tercio de hombres violentos en el hogar serían más fríos y calculadores con comportamientos antisociales delictivos, presentando rasgos psicopáticos.
o El resto estaría constituido por un grupo (aproximadamente un 20%) que presentaría mayores dificultades psicológicas y rasgos de trastorno límite de la personalidad.
Los maltratadores de riesgo bajo no parecen presentar rasgos patológicos, su historial delictivo y la violencia que ejercen se considera de baja severidad, siendo poco frecuentes los episodios violentos.
Por el contrario en el otro extremo de la gradación encontraríamos agresores con acusados rasgos psicopatológicos y mostrando episodios frecuentes de ejercicio de la violencia, siendo ésta de gran severidad.
Rasgos de personalidad frecuentes en los hombres que maltratan a sus parejas
Quinteros y Carbajosa (2010) considera más adecuado, para la elaboración de programas de intervención, pensar en términos de rasgo más que de tipologías. De esta forma- opinan- es posible definir mejor al agresor, comprendiendo más a fondo la dinámica interna de cada caso, en el sentido de tener en cuenta cómo se ha desarrollado en estos hombres el proceso por el que las diferentes variables se interrelacionan entre sí.
Estos autores circunscriben sus consideraciones a maltratadores que únicamente ejercen violencia contra sus parejas, teniendo en cuenta los aspectos referidos a los ámbitos cognitivo, emocional, comportamental e interaccional.
Rasgos en el ámbito cognitivo
Diferentes autores (Echeburúa y del Corral, 1998; Boira, 2010; Quinteros y Carbajosa, 2008) hacen alusión a los siguientes rasgos cognitivos en los hombres que maltratan a sus parejas:
o Rigidez en la definición de los roles masculinos y femeninos
Estos hombres se rigen por ideas estereotipadas acerca de los que es ser hombre o mujer. Se trata de un rasgo central para explicar los malos tratos en la pareja, uno de cuyos pilares básicos es la cultura machista, con un claro predominio del ideal masculino de poder y dominación.
Muchos hombres recurren a conductas agresivas en un claro intento de mantener ocultas sus autopercepciones de debilidad. La adscripción al estereotipo de hombre como dominador los “salva” del temor a “no ser un verdadero hombre y comportarse como tal”.
o Justificación y minimización de las conductas violentas cuando no la negación de las mismas.
Tachan a la mujer de inventora o “loca” y en un primer momento suelen afirmar que “no han hecho nada”, culpando a la mujer, a la ley o a los tribunales en el caso de haber sido enjuiciados.
o Generalizaciones: No suelen hablar en primer persona y su lenguaje neutro (la mujer, los hijos…) les aleja de la asunción de responsabilidad por sus comportamientos agresivos.
o Externalización de la responsabilidad: La culpa de lo que ocurrió está siempre fuera del sujeto, llegando en muchos casos a considerarse ellos las verdaderas víctimas.
o Falta de empatía: Este déficit les impide colocarse en el lugar del otro, especialmente en el de las mujeres a las que maltratan y de las cuales esperan absoluto acuerdo con las propias posiciones.
o Rumiación: De pensamientos, especialmente los que conciernen a los celos. Desarrollan monólogos internos que contribuyen al progresivo afianzamiento de las ideas obsesivas en lo referente a la infidelidad de su pareja. Las fantasías iniciales se les vuelven certezas, lo que les lleva a frecuentes estallidos violentos. Pensamiento polarizado: Su idea es la verdadera y el que no está con él está en el error. No hay espacio para la matización ni las consideraciones personales. Su visión es la única correcta.
o La vida como un ring donde o se gana o se pierde sin que exista espacio para la negociación. Los conflictos son vividos como lucha de poder donde el hombre tiene que ganar para poder seguir siendo hombre y no un pelele.
Rasgos del ámbito emocional
Muchos autores (Boira, 2010; Quinteros y Carbajosa, 2008, Echeburúa y Loínaz, 2010) coinciden al referir las siguientes características:
o Baja autoestima y sensación interna de inadecuación. La adhesión a los estereotipos de rol masculino constituyen una prótesis para su inseguridad. Tienen dificultades para expresar sentimientos como el dolor, el miedo o la tristeza. Son personas que no suelen hablar ni exteriorizar este tipo de emociones que se van acumulando hasta el estallido colérico.
o Alto grado de dependencia e inseguridad que les hace establecer relaciones de pareja basadas en el control y la posesividad. Esta característica suele ir asociada a unos celos desmesurados.
o Escasa tolerancia a la frustración: Los problemas laborales o de cualquier otra índole que les lleve a sentirse insatisfechos o frustrados son descargados contra la pareja, mostrándose como personas normales y hasta agradables en otros ámbitos fuera del espacio íntimo.
Es común que diferentes autores (Quinteros y Carbajosa, 2008; Lila, 2010; Expósito y Ruiz, 2010; Echeburúa y Loinaz, 2010) hagan referencia a características como: 2010, Expósito
o Condescendencia: Que les hace mantener una doble fachada evitando los conflictos con amigos, compañeros de trabajo o vecinos mientras que las actuaciones violentas se reservan para la pareja.
o Repetición de la violencia con otras parejas: Este es uno de los factores de riesgo muy a tener en cuenta y que nos indica que la violencia “no es a consecuencia de la mujer o de las características de la relación”.
o Resistencia al cambio: Está en relación con rasgos como la tendencia a la minimización o negación del maltrato.
o Abuso de sustancias como el alcohol o las drogas que por sí solo no explica el maltrato sino que funciona como factor de riesgo.
Dutton y Golant (1995) ya afirmaban que no se puede culpar al alcohol o a las drogas de los comportamientos abusivos y maltratantes. No es un factor causal sino que puede favorecer la desinhibición de la ira que ya estaba.
o Dificultades en el control de los impulsos en algunos grupos de maltratadores, no todos. A este respecto conviene recordar que no pocos de ellos únicamente descargan su violencia con sus parejas, mientras que sí consiguen controlarse en otros contextos.
Aspectos interaccionales
Lila (2010), Quinteros y Carbajosa (2008) Boira (2010), Corsi (2003), entre otros destacan los siguientes aspectos presentes en la mayoría de hombres que ejercen maltrato sobre sus parejas:
o Aislamiento: Muchos agresores muestras grandes dificultades para establecer relaciones afectivas íntimas.
o Dificultades para resolver de una manera no violenta los conflictos: No consiguen sentir enojo y poderlo expresar sin violencia. Suelen acumular las tensiones hasta que éstas se desbordan y le hacen estallar de forma violenta con su pareja.
o Evitación y negación del conflicto en las otras relaciones que no sean con la pareja íntima.
o Escasez en sus habilidades de comunicación, sobre todo en lo que concierne a la expresión de pensamientos y sentimientos propios.
Algunas variables importantes para el estudio de los agresores
En el caso de la investigación y tratamiento de fenómenos sociales (y la violencia contra la mujer trasciende el ámbito de lo meramente privado) se impone la consideración de una serie de variables que van más allá de los aspectos individuales. Se trata de variables referentes al contexto familiar y social en que el maltratador ha crecido y desarrolla su vida.
Con el aumento de las denuncias y la progresiva implantación de programas de intervención y tratamiento las lagunas de datos en lo referente a los individuos violentos se van subsanando poco a poco.
Vives et al. (2007) llegaron a la conclusión de que no se puede establecer una relación causal entre la existencia de comportamiento violento y la pertenencia a un determinado estrato o clase social. Lo que ocurre es que las parejas de más bajo nivel socioeconómico son las que en su mayoría acuden a servicios sociales y, por lo tanto, la violencia en su seno es susceptible de mayor visibilización.
Familia de origen y socialización
La experiencia de violencia en la familia de origen es un factor de riesgo, especialmente el hecho de haber estado expuesto a escenas de violencia entre los padres, más que haber sufrido maltrato en la infancia. Particularmente propensos son aquellos hombres que, además de haber presenciado violencia entre los progenitores, vivieron en un ambiente social y cultural que justificaba las actitudes y comportamientos violentos.
A este respecto, Dutton y Golant (2003) consideran un factor importante para el desarrollo posterior de comportamientos violentos haber tenido un padre autoritario y con comportamientos humillantes y vejatorios para el hijo. También haber mantenido y desarrollado un vínculo de apego inseguro con la madre; en muchos casos ésta era también víctima de la violencia paterna y se veía sometida a un alto grado de estrés y tensión que le impedía brindar apoyo y protección adecuados al niño.
Pero ambos factores no se consideran suficientes si el individuo no se ha desarrollado en un contexto donde el uso de la violencia goza de cierto grado de tolerancia y aceptación.
Numerosos estudios (Fernández Montalvo et al. 2005; Boira, 2010; Echeburúa y Loinaz, 2010) asocian los comportamientos violentos con el consumo de alcohol y otras sustancias. Estos consumos, especialmente el de alcohol, suelen estar presentes en más del 50% de los hombres que maltratan a sus parejas. Cuando el consumo es de alcohol y otras sustancias la probabilidad de comportamientos violentos graves aumenta de manera notable.
El alcohol actuaría como desinhibidor de los mecanismos de control de las conductas violentas, facilitándolas. Las víctimas de violencia perciben la frecuencia de este consumo como algo amenazante para su integridad. Asimismo parece bastante probado que las peleas con la pareja son mucho más frecuentes en los hombres que abusan del alcohol.
La intervención con hombres que maltratan a su pareja
Los programas de rehabilitación de los agresores contra la pareja
Los programas de intervención con agresores ya condenados forman parte de los mecanismos sociales de prevención terciaria, que tienen como objetivo reducir los efectos del problema y evitar recaídas favoreciendo procesos de rehabilitación. Como afirman Echeburúa y Loinaz (2010: 85) “se trata de colaborar activamente para que los sujetos modifiquen las características que les llevan a maltratar, sin que eso implique que se considere que son enfermos o no responsables de sus actos”, cosa que sólo ocurre en los casos de patología mental grave, por cierto un porcentaje mínimo del total.
Estos programas surgieron a finales de los 70 en Estados Unidos y Canadá, con el objetivo de fomentar la responsabilización frente a la violencia contra las parejas y el cambio en los hombres que la ejercían. Se trataba de una respuesta social ante el aumento de los casos de maltrato o, por lo menos, de la visibilización de los mismos.
La historia de estos programas (Boira, 2010) es relativamente reciente y no está exenta de controversia, no sólo acerca de su conveniencia y utilidad (hay grupos que piensan que la respuesta penal es suficiente) sino también acerca de los enfoques y contenidos de los mismos.
Santiago Boira (2010) hace referencia a tres tipos de posicionamiento frente a los programas para hombres maltratadores:
o Los que piensan que es una pérdida de tiempo porque estos hombres no asumen su responsabilidad y su motivación para el cambio es escasa o nula.
o Los partidarios de un modelo de intervención psicoeducativa, basados en la perspectiva de género y orientados al cuestionamiento de las relaciones de poder y dominación que, históricamente, han ejercido los hombres sobre las mujeres.
o Los que conciben estas intervenciones como verdaderos tratamientos psicológicos de corte cognitivo conductual, destinados a promover un cambio en las cogniciones y comportamientos de los hombres violentos.
Principios básicos de los programas de tratamiento
La Conferencia sobre Violencia contra las Mujeres celebrada en Finlandia en 1999 plantea las siguientes recomendaciones:
o Los programas con agresores no pueden sustituir a las medidas penales.
o Deben incluir mecanismos que garanticen la seguridad de las víctimas, objetivo prioritario.
o La financiación de estos programas no debe suponer una merma en la inversión en servicios a las víctimas.
o Las víctimas recibirán información sobre la estructura de estos programas y los cambios experimentados por el agresor.
o La conceptualización de la violencia por parte de los que imparten los programas debe incluir agresiones no sólo físicas sino también psicológicas, sexuales y económicas.
o Lo prioritario es el cambio en la mentalidad de los agresores, que deben aprender ante todo a respetar los derechos de las mujeres a las que maltrataron.
o La duración máxima de los programas será de 12 meses, con una sesión semanal como mínimo y han de tener formato tanto individual como grupal.
o Deben basarse en investigaciones adecuadas sobre las que se fundamenten los métodos de intervención.
o El seguimiento y evaluación de los programas son necesarios.
o Estos programas deben formar parte de un conjunto de medidas contra la violencia hacia las mujeres en la que han de involucrarse y coordinarse los organismos de la policía, la justicia, educativos y de bienestar social.
Riesgos de diseño de los programas
Jorge Corsi (2005) señala algunos riesgos a la hora de diseñar programas de intervención con este grupo de población:
o Tendencia a psicopatologizar y, por tanto, a tratar a los hombres que maltratan a sus parejas como en el caso de una psicoterapia convencional, cuando en este problema concurren factores históricos, culturales, sociales, institucionales y familiares, además de los factores personales del individuo violento.
La mayoría de los hombres agresores no presentan trastorno mental, de ahí que este autor (Corsi, 2005: 139) afirme que “en tanto no hay patología a tratar, es conveniente pensar los programas como de reeducación, rehabilitación o de tratamiento psicosocial”.
o Intento de abordar el problema desde modelos de psicoterapia convencional- que en algunos casos pueden llegar a culpabilizar a la víctima- y adoptando medidas y propuestas para abordar la solución de conflictos que están completamente contraindicadas cuando hay violencia por medio.
o No tener en cuenta la variable género en el diagnóstico del problema, cuando esta variable y el desigual reparto de poder entre el hombre que maltrata y la víctima, resultan indispensables para un abordaje efectivo de la situación.
o Las nociones de neutralidad, secreto y privacidad -fundamentales en psicoterapia - no han de prevalecer en estos programas, si con ello se pone en riesgo a las víctimas. En particular, no cabe una posición de neutralidad frente al maltrato, como no cabe esa posición frente a cualquier otra situación en que se estén vulnerando los derechos humanos.
o La etiqueta con que se define a los participantes en el programa. Corsi (2005) se opone al término “maltratador” o “violento” que en su opinión implica considerar como un rasgo de identidad lo que no son sino conductas, que el sujeto puede optar por llevar a cabo o no.
Asimismo, este autor considera inadecuados los usos de los términos “tratamiento” o “terapia” que aluden a la curación de una enfermedad, que en estos casos no es tal. Tampoco está de acuerdo con apelar a los términos de “rehabilitación” o “reeducación” que implican pensar que se trata de habilidades o aprendizajes perdidos que se han de recuperar, como si se hubieran perdido por accidente o traumatismo. Este autor huye de psicologizar o medicalizar el problema, optando por colocar el acento en el componente cultural de estos comportamientos y en los tintes machistas de los mismos.
Intervenciones contraindicadas en el tratamiento de hombres maltratadores
Raquel Espantoso (2004) resume del siguiente modo las intervenciones que estarían contraindicadas para el tratamiento de los hombres violentos:
o Cualquier modelo que intimide, culpabilice a la víctima o la sitúe en riesgo.
o Terapias familiares o de pareja antes de que el hombre complete un trabajo educativo y la mujer se encuentre en una posición de decidir sin estar enredada en las trampas que la violencia física y psicológica producen en las víctimas.
o Las que consideran los mitos de la violencia masculina como causa primera de la violencia.
o Intervenciones psicodinámicas que excluyan el riesgo interpersonal o aquellas de corte cognitivo-conductual centradas exclusivamente en el control de la ira.
o Intervenciones basadas en modelos de terapia familiar que sitúen a la víctima en el mismo nivel que el agresor.
Primeros programas para agresores contra la pareja
La primera propuesta de un programa de rehabilitación para agresores se dio en Estados Unidos en 1977. Un colectivo de hombres llamado EMERGE constató que muchas mujeres continuaban viviendo con su parejas a pesar de las situaciones de maltrato que sufrían y otras volvían a sufrir violencia cuando entablaban nuevas relaciones.
Este programa consideraba la violencia como fruto de un aprendizaje y no como una patología. Proponía una intervención educativa para los hombres que agredían a sus parejas, la cual tenía como objetivos prioritarios que el agresor tomara conciencia del daño que provocaba en la víctima y también en los hijos con sus acciones violentas y cesara en sus comportamientos de agresiones físicas y psicológicas. Se desarrollaba en un formato grupal y constaba de 40 sesiones en dos niveles (Boira Sarto, 2010: 136). Al finalizar la octava sesión, sólo esos individuos, que habían dado cuenta detallada y asumido la responsabilidad por sus conductas violentas, podían pasar al siguiente nivel.
En 1980 en Duluth (Minnesotta) se puso en marcha el DAIP (Domestic Abuse Intervention Program) que, basado en el modelo feminista, otorgaba un papel decisivo a la influencia del entorno comunitario.
Para este programa lo principal es la seguridad de las víctimas y considera fundamental una respuesta integrada de toda la sociedad al problema de la violencia de género. Se trata de reprogramar la ideología del maltratador en lo referente al poder y al control. Incluyen sesiones psicoeducativas acerca de las relaciones históricamente abusivas de los hombres sobre las mujeres, poniendo el acento en el desarrollo en los participantes de habilidades relacionadas con el respeto, la confianza, y la negociación de los conflictos.
El comportamiento violento no se reduce sólo a las agresiones físicas, sino que abarca estrategias de control y manipulación que tienen como objetivo mantener una posición de poder, con el consiguiente sometimiento de la pareja como queda plasmada en la rueda del control y del poder.
En Quebec (Canadá) también se desarrollaron programas para agresores a comienzos de la década de los 80. Al principio, crearon grupos de reflexión sobre la condición masculina, con el objetivo de que fueran los propios hombres los que propiciaran el cambio de los agresores, surgiendo con posterioridad una política gubernamental específica para compartir este tipo de violencia contra las mujeres.
Programas de tratamiento en la Unión Europea
Este tipo de programas se inició en Europa hace más de 25 años pero no se disponía de información centralizada sobre las diferentes intervenciones que se llevaban a cabo en los países miembros. El proyecto europeo “Trabajo con hombres que ejercen la Violencia Doméstica” (WWP), realizado entre 2006 y 2008 (en el marco del programa Daphne II para combatir la violencia contra niños/as y mujeres), tenía como objetivo disponer de información sobre esas intervenciones para poder fomentar el intercambio entre los diferentes países, en orden a avanzar hacia el establecimiento de estándares y criterios de calidad comunes.
Heinrich Geldschläger (Geldschläger et al. 2010), en colaboración con otros profesionales de la Unión Europea, ha realizado una síntesis de los resultados de esa encuesta. En Alemania, por ejemplo, desde 2007 existe una organización central de los diferentes programas con perpetradores. La mayoría de los programas siguen un enfoque cognitivo conductual, a veces mezclado con un enfoque sistémico, más centrado en la dinámica relacional. Sólo 1/5 de los programas cuentan con financiación permanente.
La mayoría de estos programas tienen sesiones de equipo pero sólo siete, de un total de los 66 participantes en la encuesta, cuentan con evaluación externa.
En Francia se combinan en muchos de los programas los enfoques psicodinámicos (de corte más psicoanalítico), cognitivo-conductual y sistémico. La financiación es mixta (regional, municipal y estatal) y la mayoría trabajan con hombres que acuden por mandato judicial; sólo un pequeño porcentaje acude desde otras instituciones o por propia iniciativa. Casi ningún programa realiza medidas de seguimiento y sólo dos cuentan con evaluación externa. Desde 2003 cuentan con una organización centralizada.
En Inglaterra y Gales cuentan con al menos 450 programas operativos. Los enfoques más relevantes son psicodinámico, cognitivo-conductual y análisis de género. La financiación corre a cargo del Ministerio del Interior y las entidades locales. La asociación RESPECT es la referencia en Reino Unido sobre los programas con hombres maltratadores.
Todas las garantías de calidad y evaluaciones se realizan por medio de sesiones de equipo, supervisión y pruebas psicométricas.
En España más de 2/3 de los programas trabajan con los hombres que acuden por mandato judicial. La mitad cuentan con un enfoque cognitivo conductual y la otra mitad otros enfoques: de género, sistémicos, eclécticos…
La mayor parte de los programas ofrece terapia grupal y uno de cada cuatro terapias de pareja. Sólo la mitad cuenta con supervisión; una gran mayoría dice medir el resultado de su trabajo, pero sólo un 10% cuenta con evaluación externa.
Condiciones para el trabajo con maltratadores en la unión europea
El WWP – Work with Perpetrators of Domestic Violence in Europe –, incluido en el Proyecto europeo de lucha contra la violencia DAPHNE (2004-2008), define las siguientes condiciones para el trabajo con hombres violentos con la pareja:
o Objetivo: el principal objetivo del trabajo con los agresores es incrementar la seguridad de las víctimas y –si los hay- de sus hijos.
o Necesidad de colaboración con los servicios de apoyo a las víctimas y con los otros programas de intervención en violencia de género.
o En cuanto al modelo teórico cualquier programa dirigido a maltratadores debe incluir los siguientes aspectos:
· Definición de violencia doméstica y tipos de maltrato.
· Consideración de las teorías de género y comprensión de las influencias sociales, culturales, religiosas… que marcan las desigualdades en la relación entre hombres y mujeres.
· Orígenes de violencia y mecanismos que desembocan en las conductas de maltrato.
· Teorías que subyacen en la intervención que se lleva a cabo.
o Las intervenciones deberán tener en cuenta –como plantea el modelo ecológico- los factores socioculturales, relacionales y personales del individuo que concurren en los comportamientos violentos.
o Estos programas se fundamentan en la convicción de que las personas tienen la posibilidad de cambiar, pero antes han de asumir la plena responsabilidad por los actos cometidos y por las consecuencias de los mismos. El uso de la violencia ha de ser considerado como una opción de comportamiento, no como una enfermedad.
o La valoración del riesgo para las víctimas ha de ser realizada tanto al principio, en la etapa de admisión al programa, como a lo largo de las diferentes etapas del mismo. En ella deberá incluirse el mayor número posible de fuentes de información, especialmente la de la víctima.
o El equipo profesional deberá contar con las siguientes capacidades:
· Compromiso con la igualdad de género y con las relaciones sin violencia.
· Formación especializada y especial sensibilización frente a la violencia.
· Comprensión de las dinámicas que se dan en las relaciones violentas.
· Formación y supervisión continuas.
· Autoanálisis sobre posibles tendencias personales hacia la dominación y concienciación sobre la propia historia personal en lo referente a violencia.
· Autorreflexión personal en lo referente a los roles de género y al propio desempeño o sensibilidad frente a las cuestiones sexistas o de género.
· Habilidades en la conducción de grupos.
· Regulación específica de los temas éticos referentes a la confidencialidad, protección de datos, relación entre facilitadores y participantes.
o Medidas de documentación del trabajo, supervisión y reuniones de equipo periódicas así como evaluación interna y externa de los programas.
Los programas para maltratadores en España
Durante muchos años (Boira, 2010) no se dio una estrategia clara por parte de la Administración Central acerca del establecimiento y realización de esta medida de intervención con agresores de sus parejas, debido probablemente a la sensibilidad social que suscita, a la desconfianza acerca de la oportunidad de este tipo de intervenciones, así como al escepticismo social reinante acerca de la efectividad de las mismas.
Con el tiempo se pudo comprobar que, más allá de las condenas por este delito, muchos agresores seguían conviviendo con las víctimas y, tanto en este caso, como si la pareja se rompía, la probabilidad de reproducción de los comportamientos violentos con la misma u otra mujer era muy elevada.
Echeburúa y del Corral (1998) ofrecieron la primera propuesta estructurada de trabajo para víctimas y maltratadores. El programa para maltratadores se integró en el marco de un programa global contra la violencia doméstica, propiciado por el Instituto Vasco de la Mujer, las Diputaciones y la Universidad del País Vasco. Se trataba de una intervención de corte cognitivo-conductual, orientada a la modificación de cogniciones y conductas de hombres violentos.
También en 1999 se puso en marcha un Programa de Tratamiento para Maltratadores en la Rioja. Era de carácter voluntario, con una duración de entre 4 y 5 meses; el objetivo prioritario que se planteaba era que el hombre aprendiera, por medio de una terapia individual, técnicas de autocontrol que mejoraran su capacidad de convivencia.
El Centro de Estudios de la Condición Masculina desarrolló en 1996 un Plan Psicoasistencial para Varones, con una perspectiva de género, que buscaba la concienciación de las desigualdades inherentes a las diferencias entre ambos sexos y que los hombres desarrollaran conductas que aumentaran su calidad de vida y la de las personas que les rodeaban.
Asimismo, la Secretaría de Instituciones Penitenciarias comenzó a desarrollar programas de tratamiento para hombres en prisión por delitos de violencia contra las mujeres. El modelo a seguir fue el programa implementado anteriormente por Echeburúa y su equipo en el País Vasco.
En 2004 el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales realizó un estudio en el que se puso de manifiesto que estos programas no se llevaban a cabo en todas las Comunidades Autónomas y que los organismos impulsores de los que se realizaban eran de lo más variado: Diputaciones Forales en el País Vasco, Instituto de la Mujer, Servicio Social de Justicia, entidades sociales varias, Colegios Oficiales de Psicólogos, etc.
A finales de 2004 se promulgó la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (LO 1/2004) que, en su artículo 42, establecía que la Administración Penitenciaria llevaría a cabo programas para hombres condenados por delitos contra su pareja o ex pareja.
En respuesta al mandato legal, la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias también asumió en 2007 el tratamiento de hombres en suspensión de condena, es decir, aquellos casos en que, por tratarse de un delito con menos de dos años de pena de prisión y no haber antecedentes penales, el juez opta por sustituir el encarcelamiento por la realización de trabajos en beneficio de la Comunidad; en muchos casos esta medida se ve complementada por la asistencia a un tratamiento de rehabilitación.
Los encargados de ejecutar estas medidas penales son los servicios sociales penitenciarios según el Real Decreto 515/2005 de 6 de mayo. Estos servicios sociales realizan un plan individual de intervención y seguimiento, que presentan al juez o tribunal y -tras su aceptación- este plan es presentado al servicio correspondiente para que el penado pueda iniciar el tratamiento.
Estructura y evaluación de los programas
La mayoría de los programas (Echeburúa y Loinaz, 2010) se asientan sobre una estructura bastante parecida, aunque luego cambien el formato (individual, grupal o mixto), el promedio (15-20 sesiones) y la duración de las sesiones (de 1 a 3 horas). Estos autores nos plantean una estructura básica de programa que consta de tres grandes apartados:
a) Motivación que ocuparía de la 1ª a la 4ª sesión.
b) Tratamiento de síntomas psicopatológicos (5ª a 18ª sesión) en que se abordarían, en primer lugar, cuestiones relacionadas con el control de la ira, distorsiones cognitivas acerca de los roles sexuales y de la violencia como instrumento para resolver los conflictos y técnicas para abordar el estrés.
A continuación se tratarán los déficits de autoestima, la problemática en torno a los celos y las conductas derivadas del consumo de alcohol y otras sustancias.
Por último se realizará un abordaje de los déficits de los sujetos respecto a la comunicación, asertividad, así como errores a la hora de resolver problemas.
Un último apartado de esta etapa estaría destinado a la educación en materia de sexualidad en la pareja.
c) Las dos últimas sesiones se dedican a la prevención de recaídas.
En cuanto a las técnicas terapéuticas, estos autores enumeran las siguientes:
o Exposición a imágenes audiovisuales.
o Discusión racional y reestructuración cognitiva.
o Explicación del ciclo de la violencia y escalada de ira.
o Distracción cognitiva.
o Entrenamiento en autoinstrucciones.
o Educación sobre la igualdad de los sexos.
o Relajación.
o Reevaluación cognitiva de los celos.
o Programa de bebida controlada.
o Entrenamiento en asertividad y habilidades de comunicación.
o Entrenamiento en solución de problemas.
o Educación sobre la sexualidad en la pareja.
o Entrenamiento en la aplicación de pautas de actuación urgentes.
Estos autores citan los siguientes instrumentos básicos para evaluar a los sujetos participantes y su evolución durante y al final del tratamiento:
o Entrevista Estructurada – Inventario de Pensamientos Distorsionados.
o Escala de Autoestima de Rosenberg –Inventario Clínico Mutiaxial de Millon III en su adaptación española para la detección de trastornos de personalidad.
o Inventario de Expresión de Ira Estado-Rasgo (STAXI–2)
o Escala de Impulsividad de Barratt (BIS–11) en su versión española.
o Conflict Tactics Scales - 2 (CTS) de Straus, Hamby, Money-McCoy y Sugarman (1996) para evaluar el modo de resolución de conflictos en la pareja así como el grado de severidad de violencia física.
o Cuestionario de Apego Adulto (Melero y Cantero, 2008) para evaluar el tipo de estilo afectivo.
o Índice de Reactividad Interpersonal para evaluar el grado de empatía del sujeto.
Los protocolos de evaluación serán adaptados en función de los objetivos y el contexto de aplicación.
El PRIA (Programa De Intervención Para Agresores) de la secretaría general de instituciones penitenciarias
La intervención denominada terapéutica se estructura en tres fases:
o Evaluación pretratamiento
o Intervención terapéutica
o Evaluación postratamiento en que se aplicarán los mismos instrumentos que en la fase de pretratamiento.
El programa consta de las siguientes unidades de intervención distribuidas en dos bloques o partes:
a) Parte I que comprende las siguientes unidades:
Unidad 4: Asunción de responsabilidad y mecanismos de defensa.
b) Parte II que abarca las siguientes unidades:
La duración del programa puede oscilar de 6 meses a un año, dependiendo del nivel de violencia de los usuarios, riesgo de reincidencia, duración de la condena… El número de sesiones puede ser de 25 para el programa básico y 50 en caso de que sea necesaria una mayor intensidad. Cada sesión tendrá una periodicidad semanal y una duración aproximada de 2,5 horas.
El terapeuta decide, tras una evaluación inicial, si el trabajo con el agresor se realiza en formato individual o grupal. Si se decide por este último, se recomiendan sesiones individuales durante y al final del programa para trabajar los aspectos oportunos. El número máximo de participantes por grupo no excederá de 12. Se propone la modalidad de grupo cerrado.
Las unidades han sido estructuradas con una introducción justificativa de los contenidos a tratar. Posteriormente se enumeran los objetivos específicos para cada una. También hay un apartado con las técnicas terapéuticas en el que se incluyen una exposición psicoeducativa y las dinámicas a realizar en las sesiones.
El terapeuta comenzará cada sesión con una explicación teórica a la que seguirá la realización de una serie de dinámicas y tareas por parte de los asistentes, concluyendo con una reflexión. Es posible que al final se introduzca el tema de la siguiente sesión y se propongan tareas, lecturas o ejercicios de una sesión a otra.
Programa de intervención psicosocial de la UGR (Universidad de Granada) para la prevención y el tratamiento de la violencia de género
Este programa es fruto de la colaboración entre el Centro Penitenciario de Albolote y la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada (Expósito y Ruiz, 2010: 147). Sigue la estructura de contenidos del modelo Duluth, con una clara orientación de género. La duración aproximada es de 6 mees con sesiones de 2,5 horas y periodicidad semanal.
El formato del grupo es cerrado, aunque no se descarta la posibilidad de algún caso de grupo abierto. Los participantes son penados en suspensión de condena y cada grupo consta de dos coordinadores que se recomienda sean un hombre y una mujer.
Antes del inicio del programa se realiza una entrevista individual para evaluar la idoneidad y motivación de cada candidato. En esta entrevista se pasa un Cuestionario de Deseabilidad Social, se administra la Conflict Tactics Scale para evaluar las conductas prevalentes del sujeto en la resolución de conflictos, la Escala de Ajuste Diádico para determinar el grado de armonía/conflictividad en la pareja y otros instrumentos para evaluar las creencias del penado en relación a la violencia y al maltrato en la pareja, así como a sus actitudes de tipo sexista.
Este modelo, de clara tendencia formativo-psicológica, está muy enfocado a la reeducación. Utiliza muy a menudo técnicas de confrontación ante la resistencia de muchos participantes a asumir la responsabilidad por sus conductas violentas; también presta atención a clarificar los distintos tipos de violencia.
El programa se estructura en las siguientes unidades temáticas:
Unidad 1: Presentación del grupo, objetivos del Programa y compromisos.
Unidad 2: Minimización, negación y culpabilización.
Unidad 3: Privilegios masculinos.
Unidad 4: Coacciones y amenazas.
Unidad 5: Intimidación.
Unidad 6: Abuso emocional.
Unidad 7: Abuso sexual.
Unidad 8: Aislamiento.
Unidad 9: Abuso económico.
Unidad 10: Manipulación de los hijos.
El objetivo último del programa –cuyo contenido temático coincide con el modelo del control y el poder- es conseguir que los penados modifiquen sus comportamientos y se impliquen en relaciones de pareja más libres e igualitarias.
El programa Contexto
Este programa comienza a diseñarse en 2006, fruto de una colaboración entre los Servicios Sociales Penitenciarios de Valencia, el Centro de Inserción Social de Picassent y un equipo del Departamento de Psicología Social de la Universidad de Valencia (Lila et al., 2010)
El modelo teórico en el que se asienta el programa es el Modelo Ecológico, que tiene en cuenta los niveles individual, interpersonal, contextual y social. Como considera la violencia de género un problema social que se mantiene en gran parte por el entorno que rodea al agresor, intervenir también sobre sus redes sociales, es uno de los objetivos importantes. En esto se diferencia de la mayoría de programas, más enfocados al individuo. El programa consta de tres fases:
o Fase de evaluación en la cual los objetivos son obtener información en profundidad de los penados, comprobar que cumplen los requisitos para acceder al programa- que no haya trastornos o patologías mentales graves ni adicciones, tampoco conductas agresivas contra los compañeros o los profesionales, que formalicen el acuerdo de participación con las normas establecidas para el grupo- y un trabajo previo para fomentar la motivación a participar y trabajar en el grupo. Esta fase puede durar hasta tres meses.
o Fase de Intervención de duración aproximada de un año (40-46 sesiones de periodicidad semanal). Es una intervención grupal- 10 a 12 personas- con algunas entrevistas individuales en caso necesario. El grupo está dirigido por dos profesionales que cuentan con un supervisor.
Se trabaja el control de la ira, el logro de habilidades de comunicación y negociación así como actitudes y estereotipos de género que facilitan los comportamientos de violencia contra la mujer. Además – de acuerdo con la perspectiva ecológica- se implica a la red social de los sujetos, a la que se concede una gran importancia por la influencia que puede tener para el abandono de las conductas de maltrato.
El contenido del programa (Lila et al. 2010: 169) desarrolla los cinco módulos siguientes que se componen de una o más unidades con sus correspondientes actividades:
· Toma de contacto
· Violencia contra la mujer en las relaciones íntimas. Principios Básicos. En el que se abordan los conceptos, tipos y ciclos de la violencia, así como la asunción de responsabilidad y los mecanismos de defensa.
· Estrategias de cambio: variables personales. Con las unidades referentes a la autoestima y autoconcepto, abordaje de las emociones y estrategias de autocontrol.
· Estrategias de cambio: variables interpersonales. Contiene dos unidades referidas a las relaciones de pareja y los hijos.
· Estrategias de cambio: variables situacionales. Se desarrolla en una unidad referente a las redes sociales y el contexto social.
· Estrategias de cambio: variables socioculturales en que se trabajan los roles de género, los estereotipos y las desigualdades.
· Fin de la intervención y prevención de recaídas
o Fase de seguimiento que se lleva a cabo por teléfono cada tres meses y de forma presencial, cada seis, durante un periodo de 18 meses.
Cada módulo tiene sus objetivos específicos aunque, de forma transversal, se tratan la asunción de responsabilidad por las conductas violentas que va evolucionando a lo largo de las intervenciones, los aspectos culturales de la violencia contra las mujeres y -algo sumamente novedoso- la figura del informante clave, persona que forma parte del entorno del sujeto. Se trata de alguien que, en las primeras entrevistas, ha sido designado por él, como persona que puede aportar información sobre su comportamiento, cuando se le solicite y que actúa de nexo con el entorno social del penado.
Eficacia de los programas con hombres agresores de pareja
Uno de los aspectos que más han preocupado a los estudiosos de la violencia de género (Echeburúa, 2009; Echeburúa y Loinaz 2010; Lila, 2010) es el alto índice de abandonos en los casos en que los sujetos no acudían al tratamiento por orden judicial y las consecuencias que la adherencia o no al programa tiene, como es lógico, en el éxito del mismo, así como la reincidencia de los participantes en conductas violentas. En este sentido, no hay una respuesta concluyente acerca de la efectividad de los programas con hombres maltratadores.
Ismael Loínaz (2010) considera que para hacer una correcta evaluación de la eficacia de las intervenciones se debería disponer de una tasa base de reincidencia del conjunto de los agresores de pareja y ver si las cifras difieren en función del seguimiento de estos programas, de haber pasado por la prisión o de otro tipo de variables individuales o del entorno. “La conclusión general – afirma este autor- respecto a la eficacia de los tratamientos en agresores de pareja es que tienen poco efecto en la reducción de la reincidencia y que la mayor cifra de reincidencia se da tras los primeros meses de la intervención” (Loinaz, 2010: 22).
Según estudios internacionales (Hamberger, 2008a; Hamberger, 2008b) la reincidencia se puede duplicar en los que no completan el tratamiento y las tasas de abandonos suelen ser bastante elevadas, especialmente en aquellos casos en que no hay condena judicial que imponga una condición de obligatoriedad.
En nuestro país se ha realizado un amplio estudio por parte del profesor Echeburúa y su equipo (Echeburúa et al. 2009), con el objetivo de evaluar la eficacia de un programa de corte cognitivo- conductual y de formato individual. Se ha llevado a cabo con una muestra de 196 participantes voluntarios sometidos a tratamiento a lo largo de 10 años, de 1997 a 2007. Los sujetos que habían acudido por vía judicial eran escasos, dado que hasta 2005 no entró en vigor la ley contra la violencia de género. Pero hemos de tener en cuenta que el grado de motivación ha podido ser mayor que cuando los sujetos acuden a tratamiento obligados por una sentencia judicial.
La tasa de rechazos y abandonos reflejada en este análisis asciende al 45% y se dan, sobre todo, al comienzo, cuando la motivación es menor y los participantes utilizan estrategias de minimización o negación de sus comportamientos violentos o la atribución externa de responsabilidad, ya sea a la víctima, al sistema judicial o incluso a la sociedad.
En este estudio se constató que, en la evaluación posterior al tratamiento, un 88% de los sujetos habían abandonado las conductas de maltrato. En seguimientos posteriores se pudo comprobar que, al menos un 53% de los agresores, seguían sin recurrir a ningún tipo de violencia un año después de la finalización del tratamiento.
Marisol Lila (2010) considera que, dado que los tamaños del efecto de estas muestras son pequeños, la evidencia disponible acerca de la eficacia de los tratamientos no es de absoluta fiabilidad. Los investigadores se han centrado más en establecer los factores que favorecen el cambio para incluirlos o ampliar su desarrollo a la hora de diseñar los programas y han tratado de identificar déficits y problemas metodológicos a la hora de evaluar la efectividad de los mismos.
Autores como Boira (2010) consideran importante el diseño de programas que tengan muy en cuenta las características individuales de los participantes, porque no creen en un perfil específico de maltratador. Finalmente Lila y su equipo (Lila et al. 2010) abogan por la necesidad de tener en cuenta, a la hora del diseño de los programas, variables situacionales, contextuales y culturales, para que una orientación y apoyo más específicos garanticen la eficacia de las intervenciones.
Investigadores como Loínaz y Echeburúa (2010) focalizan su atención en factores de riesgo que pueden ser modificados mediante tratamiento psicológico. Su interés se centra en establecer protocolos de evaluación, cada vez más ajustados a las características individuales de los agresores de pareja, con el objetivo de poder determinar con mayor precisión lo que resulta efectivo para cada individuo. Consideran que, tal vez, lo ideal- aunque imposible, dados los recursos existentes- sería un tratamiento individualizado para cada sujeto.
Sin embargo, para aumentar la eficacia de los que se llevan a cabo, se impone la necesidad de que la asignación a grupos terapéuticos esté basada en un examen riguroso de la tipología de estos hombres, en base a las siguientes variables: extensión de la violencia, tipo de violencia, versatilidad delictiva, estilo de apego, dependencia emocional, consumo de alcohol y drogas, Ira/ hostilidad, Distorsiones cognitivas, estilo de personalidad y riesgo.
Asunción de responsabilidad y motivación al cambio: dos factores decisivos para el éxito de los programas
Un gran número de autores (Echeburúa et al. 2009; Lila et al. 2010; Quinteros y Carbajosa, 2008; Alexander y Morris, 2008; Hamberger, 2008b) consideran la asunción de responsabilidad y la motivación al cambio como factores decisivos para el éxito de un tratamiento.
Si tenemos en cuenta que una gran parte de los hombres que agreden a sus parejas utilizan mecanismos de defensa como la negación o la minimización, cuando no la culpabilización de la víctima, de la sociedad o de la ley, podemos deducir que las intervenciones únicamente pueden ser efectivas si en ellos se produce una transformación en referencia a hacerse cargo de sus problemáticas y a asumir la responsabilidad por sus conductas violentas.
Sólo a partir de esta premisa- que el profesional ha de construir al principio en muchos casos con el agresor- puede surgir una motivación inicial para acudir y adherirse al tratamiento. Posteriormente, este factor de motivación ha de ser revisado a lo largo de las diferentes fases, ya que resulta fundamental para que el participante se mantenga en el mismo, no porque le obligue la instancia judicial, sino porque realmente esté convencido de que tiene problemas que le hacen comportarse de una manera lesiva para él mismo, su pareja y los hijos, si los hay.
Hamberger (2008 b) - en su estudio acerca de la evolución que los tratamientos con hombres agresores han experimentado en los últimos 25 años- habla de la importancia de la aplicación a este campo del modelo transteorético del cambio- MTC- propuesto por Prochaska & DiClemente (1982) en el tratamiento de las adicciones. Asimismo Alexander y Morris (2008) consideran este modelo también como una vía para comprender las actitudes de denegación y minimización de muchos sujetos, en relación a comportamientos problemáticos.
El MTC propone una visión del cambio como un proceso - no totalmente lineal - en la modificación de las conductas, que consta de las siguientes fases:
o Precontemplación. En esta fase la persona no ve que tiene un problema ni por supuesto que éste se encuentre en la base de determinadas conductas suyas que tienen consecuencias en él y en los demás. En este estadio las personas que se someten a una intervención lo hacen exclusivamente debido a presiones externas.
o Contemplación. Supone el principio del reconocimiento de la existencia del problema y de los efectos negativos del mismo. El sujeto aún no ha adquirido un compromiso de cambio ni ha tomado ninguna decisión acerca de los pasos a realizar para llevarlo a cabo, únicamente se interesa por saber las causas que han originado el problema y las consecuencias que éste tiene.
o Preparación. El grado de compromiso con el cambio aumenta. Piensan en qué hacer para modificar determinados comportamientos.
o Acción. El nivel de compromiso con el cambio es grande y se traduce en la modificación de determinadas conductas o contextos que las propician.
o Mantenimiento. El sujeto ha logrado modificar las conductas perjudiciales y en esta etapa se trata de consolidar los cambios y desarrollar estrategias de prevención de recaídas futuras.
Quinteros y Carbajosa (2008), basándose en estudios empíricos, que avalan la propuesta de este modelo al tratamiento del problema de la violencia de género, optan por reducir el proceso a cuatro fases, eliminando la de preparación, por entender que en este campo no se ha demostrado su existencia específica.
Se trataría (Quinteros y Carbajosa, 2008) de realizar un proceso de evaluación de los sujetos en relación a las fases de cambio y estos autores proponen hacerlo teniendo en cuenta los siguientes factores:
o Grado de reconocimiento de la conducta violenta.
o Internalización o externalización de la culpa: nivel de autojustificación.
o Grado de motivación teniendo en cuenta si acude por mandato externo o por decisión propia.
o Nivel de rigidez en cuanto a la consideración de los roles de género.
El tratamiento de estos hombres ha de adecuarse- para garantizar un cierto nivel de eficacia- a las características que presenten y éstas guardan estrecha relación con la fase del cambio en la que se encuentran.
Adaptar las estrategias para inclinar la balanza en favor de un cambio que comporte el abandono de las conductas de maltrato no es tarea fácil para los profesionales. Ni condescendencia ni acusación: el respeto por la persona y la aceptación incondicional han de estar en equilibrio con una adecuada y oportuna confrontación del hombre violento con sus actos. Estas conductas vulneran los derechos humanos de otras personas que son sus parejas y que, por lo tanto, no sólo nunca nos pueden parecer aceptables, sino que hemos de esforzarnos por que llegue el día en para ellos tampoco lo sean.
Propuesta de un programa de intervención con hombres que ejercen maltrato ocasional y de baja peligrosidad con sus parejas.
La intervención con hombres maltratadores, cada vez más frecuente en nuestro país a raíz de la ley orgánica de medidas integrales contra la violencia de género- LO 1/ 2004- se da prioritariamente en contextos penitenciarios y/o judiciales, llevándose a cabo mayoritariamente con hombres penados o en suspensión de condena por delitos de violencia de género.
Por el contrario nuestra propuesta pretende ser una medida de prevención primaria en algunos sujetos - evitar que se dé un determinado problema social- y, en otros casos, secundaria, destinada a disminuir la prevalencia del maltrato a las mujeres.
Nuestra intención es contribuir a la disminución de los comportamientos violentos- mejor si logramos su erradicación- en un grupo de hombres que no se encuentran en ningún proceso judicial. Partimos de la base de que en determinadas situaciones la violencia aún se encuentra en ciernes, los comportamientos agresivos son circunstanciales y entrañan un riesgo poco elevado para la seguridad de la mujer que, sin embargo, siente que se ve sometida, más psicológica que físicamente.
Se trata de hombres que entrarían en el grupo de maltratadores limitados al ámbito familiar, también llamados por autores como Loínaz Tipo 1 o “normalizado”. Presentan un tipo de violencia limitada a la pareja, circunstancial y de bajo riesgo para la supervivencia de la víctima. Suelen arrepentirse tras las explosiones de ira y pedir perdón; se trata de personas que no presentan ningún tipo de comportamiento antisocial, muy al contrario, pueden incluso ser consideradas absolutamente normales, sin que arrastren ningún tipo de historial delictivo o tengan ficha en los centros de salud mental. El consumo de sustancias en ellos se da en porcentajes similares al resto de la población y el abuso de las mismas suele ir asociado a los episodios violentos. En cuanto a la modalidad de apego adulto que suelen presentar, se trata de un apego seguro, que en algunos casos puede ser preocupado. En el factor dependencia emocional figuran como moderados y presentan un cierto grado de empatía.
El tipo de tratamiento que se recomienda para este perfil consiste en intervenciones de poca duración y centradas sobre todo en la adecuada expresión de las emociones y en el control de la ira.
Son hombres a los que de alguna forma su pareja les está mostrando que así no está dispuesta a continuar la relación y que pueden encontrar en este programa una posibilidad de mejorarla y evitar el posible abandono.
Nuestra propuesta parte de la base de que una intervención con hombres que muestran conductas maltratantes hacia sus parejas no tiene por qué ser enfocada como un tratamiento psicológico propiamente dicho, lo cual no quiere decir que no se aborden aspectos de la personalidad que inciden en ese tipo de comportamientos.
El objetivo no es curar a quien no se siente ni está diagnosticado como enfermo, sino colaborar con la persona en la adquisición, desarrollo y utilización de recursos relacionales más empáticos y respetuosos con los derechos de la mujer, de tal manera que deje de recurrir a tácticas de violencia o dominación, tan lesivas para la pareja y él mismo, además de los hijos si los hay. En este sentido nuestro enfoque es de tipo psicoeducativo, lo cual no excluye la posibilidad de efectos terapéuticos, que mejoren la relación del sujeto consigo mismo y con su pareja.
Teniendo en cuenta que se trata de un programa voluntario, partimos de la base de la existencia de una motivación inicial que no se suele dar en hombres que acuden por prescripción judicial. Esta motivación será evaluada al inicio y a lo largo de la intervención porque la consideramos un elemento fundamental para que se dé el cambio en las cogniciones, manejo de las emociones y conductas violentas. La asunción de responsabilidad por las acciones realizadas es la otra cara de la motivación.
Consideramos fundamental el contacto inicial con la mujer antes del comienzo, así como otra entrevista al final de la intervención. Durante el desarrollo de las sesiones la pareja podrá contactar con los coordinadores en caso necesario. Estos procedimientos nos permiten, en primer lugar determinar el riesgo que pueda correr la posible víctima –cuya seguridad siempre constituye un objetivo prioritario- así como evaluar los resultados de las intervenciones.
o Promover un modelo de masculinidad no fijado por rígidos estereotipos.
o Favorecer relaciones más igualitarias y respetuosas en el seno de las parejas y en las familias.
o Prevenir escaladas de violencia grave en la pareja.
o Sensibilizar sobre estereotipos de género y las conductas y roles asignados en función del sexo de las personas.
o Aumentar el grado de conciencia y la responsabilidad por los comportamientos de dominación y violencia psicológica en la relación con su pareja.
o Favorecer actitudes y conductas de corresponsabilización en las tareas domésticas, cuidado y educación de los hijos.
o Promover conductas respetuosas y empáticas a la hora de relacionarse.
o Incrementar las habilidades de comunicación y negociación en las situaciones de conflicto.
o Facilitar la adquisición de recursos para gestionar la propia impulsividad.
o Potenciar el desarrollo de conductas asertivas y el aumento de sentimientos de autoestima que disminuyan la dependencia emocional.
o Los participantes. Características y requisitos
· Hombres en franja de edad entre 30 y 60 años
· No están inmersos en ningún proceso judicial por violencia de género.
· No presentan adicciones a ningún tipo de sustancia ni consumo abusivo de alcohol.
· No presentan ningún tipo de patología mental
· Mantienen una relación de pareja en la actualidad
· Asistencia libre y voluntaria
· Aceptación y firma de un contrato que contempla reglas básicas de funcionamiento como el compromiso de confidencialidad, de comunicación respetuosa, compromiso de no resolver fuera del grupo los posibles conflictos con otros miembros, no realización de conductas violentas…
o Los coordinadores
Las sesiones grupales y de pareja serán desarrolladas por dos profesionales. Este equipo será mixto (un hombre y una mujer) con el fin de constituir para el grupo un modelo de relación y comportamiento cooperativo entre dos personas de distinto sexo.
La presencia de un hombre abiertamente a favor de un modelo diferente de masculinidad constituye un refuerzo para los integrantes del grupo. La existencia de una coordinadora mujer a la hora de cuestionar prejuicios y estereotipos de género consideramos que es de enorme utilidad.
Ambos coordinadores se benefician del apoyo e intercambio mutuos y el hecho de ser dos permite observar y registrar de manera más efectiva las dinámicas de grupo sin perder de vista aspectos de lenguaje no corporal, así como el grado de implicación y participación de los participantes.
Ambos coordinadores contarán con la ayuda de una persona con la que compartir un espacio de supervisión quincenal. Este espacio ofrece la posibilidad de contar con el apoyo de una persona experta en aquellas dificultades técnicas o escollos que puedan surgir a lo largo del proceso de intervención. También se encarga de ofrecer a los profesionales una posibilidad de autocuidado, en relación a las experiencias emocionales que puedan estar desgastándoles.
o El formato de la intervención
· Entrevistas individuales para seleccionar los participantes del grupo y al final para evaluar los resultados del proceso.
· Entrevista individual con la mujer al inicio para evaluar el estado de la relación y el grado de peligrosidad de los participantes. Al final, entrevista de evaluación con la mujer para determinar los resultados.
· Intervención grupal. Contemplamos realizar el grueso de las intervenciones con un grupo cerrado de no más de 10 participantes.
El grupo es un espacio que ofrece las siguientes ventajas:
· Compartir con otras personas la información que se recibe y escuchar una gran variedad de puntos de vista.
· Posibilidad de realizar interacciones, juegos y tareas en torno a las diferentes temáticas.
· La persona siente que otros tienen problemas similares. En este sentido combate las posibles sensaciones de vergüenza y aislamiento.
· Posibilita el desarrollo habilidades de socialización posibilitando el ejercicio de actitudes y conductas de escucha activa, empatía y solidaridad. Esta práctica ayuda a superar las dificultades para relacionarse dentro y fuera del grupo.
· Ocasiones de realizar aprendizajes en base a la experiencia de otros.
· Facilita la apertura individual al proporcionar la posibilidad de compartir situaciones de la vida íntima y personal.
· Dar y recibir ayuda y apoyo mutuo contribuye a elevar la propia autoestima y – lo que es importante en estos casos- ofrece a los hombres que forman parte del grupo la oportunidad de entablar relaciones que no se basan en la competitividad o el ejercicio del poder.
o Las Sesiones
En total prevemos 28 sesiones grupales de 2- 2,5 horas de duración y una periodicidad semanal, hasta la fase de mantenimiento en que se darán quincenalmente.
Durante la primera etapa- contemplación- cada sesión tendrá una primera parte de exposición de contenidos. En total se trata de siete unidades cada una de las cuales abarca dos sesiones. A continuación se procederá a la realización de dinámicas grupales (role- playing, escenificaciones, grupos de discusión…) con las cuales pretendemos, por una parte fomentar la cohesión grupal, poniendo en práctica actitudes de apertura personal, respeto y empatía y, por otra, que los contenidos teóricos se asimilen de una forma experiencial, no meramente teórica.
Cada sesión finaliza con, al menos, 15 minutos de relajación, basada en las técnicas de “mindfulness” o atención plena, de gran utilidad para el control de impulsos. A continuación, se procede a un resumen de la sesión y se comunican los contenidos de la siguiente. Las tareas de una sesión a otra son voluntarias, pero su realización es un dato que nos informa del grado de motivación de los participantes.
Durante la etapa de acción las sesiones son de corte experiencial y la estructura cambia. No hay contenido expositivo, sino que cada participante se erige en protagonista de una sesión, aportando la experiencia personal en torno a la cual va a girar toda la dinámica grupal. En este período el tiempo de relajación tiene lugar al principio, de tal manera se crea un clima de calma que favorece la apertura y la fluidez comunicativa.
o Técnicas empleadas
En las sesiones de grupo las dinámicas están enfocadas a conseguir cambios de los participantes en los niveles cognitivo, emocional y comportamental, con especial hincapié en los aspectos relacionales. Se hace necesaria una revisión de los pensamientos, creencias, suposiciones, mitos que están en la base de las conductas desconsideradas, hostiles o violentas hacia la mujer y se persigue el propio cuestionamiento de lo que implica ser un hombre. Las técnicas siguientes contribuyen a promover cambios en la dirección de asumir una identidad masculina basada en presupuestos distintos y más igualitarios:
· Técnicas de auto-observación:
Para favorecer la reflexión utilizamos los apuntes en el diario de las sesiones. Las tareas consisten en anotar en un cuaderno los aspectos referentes a situaciones reales en las que deben diferenciar entre lo que ocurrió, lo que pensaron, lo que sintieron y lo que hicieron. Se busca un aprendizaje que les lleve a establecer conexiones entre los procesos internos y las conductas, de tal manera que los primeros no tienen por qué determinar los comportamientos
Con los autorregistros, además, contribuimos a que el sujeto asuma esos comportamientos de una manera responsable y no pueda escudarse en argumentos como “me pudo la rabia” o “no supe lo que hacía”.
· Técnicas de reestructuración cognitiva:
Se trata de analizar las ideas, creencias, mitos que están en la base de los comportamientos de imposición o violencia. Cada participante trabajará a solas y en el grupo situaciones reales de su vida de pareja. A este respecto, compartir este tipo de situaciones es muy positivo, no sólo para el que narra su experiencia, sino que los otros compañeros pueden identificar aspectos disfuncionales propios al escuchar ese tipo de narraciones y analizar los supuestos que han dado lugar a conductas que hacen daño al partenaire y a quien las realiza porque dañan la relación de la que forma parte.
· Técnicas para el desarrollo de la asertividad.
La conducta asertiva- decir lo que se piensa o se siente con respeto y consideración por quien nos escucha- se diferencia de la conducta agresiva y de la pasiva.
Las personas muchas veces recurren a la violencia, entre otros muchos motivos, por falta de asertividad. El esfuerzo por fomentarla está siempre ligado a la construcción de una sana autoestima.
Ya el hecho de trabajar la comunicación en el grupo, de expresar lo que uno siente- aunque sea rabia o enojo- y piensa constituye un buen entrenamiento en este sentido. Y más, si tiene lugar en un contexto de respeto y consideración del otro.
· Técnicas de control de impulsos
Se trata de entrenar a los participantes para que puedan detectar los primeros indicios de pre-violencia o de sentimientos de cólera, con especial hincapié en las situaciones de enfrentamiento entre los miembros de la pareja.
Con técnicas como la del “time- out”, el sujeto puede abandonar el escenario donde tiene lugar la interacción que le encoleriza y postergarla para otro momento, previa comunicación a la otra persona. Estas técnicas son de utilidad para los participantes con pobres recursos para controlar la impulsividad y tendrán lugar ya al principio del programa.
El autocuidado y atención corporales en el imaginario masculino se encuentran ligados al universo de lo femenino. Desde el principio – y de manera experiencial- pretendemos, con el ejercicio de diferentes formas de relajación, combatir la idea estereotipada del hombre fuerte y sin necesidades.
En nuestro programa utilizamos técnicas de “mindfulness” - traducido por atención o conciencia plena, cuyo origen se remonta a la meditación oriental y al budismo Zen- que ha demostrado ejercer efectos muy benéficos a nivel corporal y psicológico sobre las personas que lo practican.
Con ejercicios como El Observador de sí mismo, desde una actitud relajada y con los ojos cerrados, se pretende fomentar la auto-observación por medio del distanciamiento cognitivo. El participante repasa momentos de su vida, visualizándose en el desempeño de multitud de roles: hijo, padre, pareja de…y se le hace tomar conciencia de que siempre hay algo de sí mismo que permanece y trasciende a lo que él hace e incluso a con quien se relaciona. Esta técnica está demostrando su utilidad para que la persona consiga un distanciamiento de emociones negativas, como la cólera, pudiendo así manejarlas.
Con las técnicas de “mindfulness” no se persigue tanto el control de las emociones o su eliminación como aprender nuevas formas de relacionarse con ellas, por medio del desarrollo de un estado de conciencia diferente que permite dejarlas fluir.
Nuestra propuesta se divide en tres etapas: Inicial, intermedia y de finalización.
o Etapa inicial de evaluación y selección de los miembros del grupo. Consta de tres entrevistas individuales las dos primeras semiestructuradas y la tercera abierta.
La primera será de tipo psicosocial y semiestructurada con el futuro participante. En ella el objetivo prioritario será recabar información acerca de las características de personalidad, relaciones con la pareja o expareja, situación familiar, laboral y otros datos de interés. También indagaremos acerca de su idoneidad para formar parte del grupo- no patología mental, bajo grado de peligrosidad para la pareja, no abuso en cuanto al consumo de alcohol u otras sustancias así como su motivación para participar en el grupo y sus expectativas acerca del mismo.
Se le informará de los contenidos que serán tratados, duración del programa y estructura de las sesiones así como de las normas a respetar. También se le comunicará nuestro requisito de mantener una entrevista con su pareja.
La segunda entrevista será con la pareja del futuro participante o con un miembro muy allegado de su familia, a falta de ésta. Queremos evaluar el grado y tipo de violencia y cómo ésta es percibida por la posible víctima. Si el futuro integrante del grupo no está emparejado en la actualidad ésta persona nos proporcionará información acerca de las dificultades relacionales o de otro tipo que éste haya podido tener en el pasado. Nos interesa informarnos acerca de cómo él es percibido por los que se relacionan de forma estrecha con él.
Recabaremos información acerca de la situación en que se encuentra la pareja, datos acerca de su historia relacional, también del clima que se respira en el hogar, con especial hincapié en los hijos, si los hay. La persona entrevistada también será informada acerca del programa que su pareja seguirá con nosotros y se le facilitará el contacto con los coordinadores en caso de que lo necesite.
La tercera entrevista volverá a ser con el futuro integrante y será totalmente abierta. Se trata de una entrevista de motivación. En ella el objetivo es lograr establecer un rapport positivo con el usuario así como aumentar el grado de motivación intrínseca para participar en el proyecto.
o Etapa intermedia
En estas sesiones se trabajarán los contenidos programados en las unidades temáticas. Teniendo en cuenta que partimos de la base de que los integrantes de nuestro grupo se encuentran en una fase contemplativa- asumen un cierto grado de responsabilidad por sus conductas-, los contenidos se darán de acuerdo a un objetivo de progresión hacia las etapas de acción y mantenimiento en el continuum del cambio proyectado. Esta progresión no la imaginamos como algo lineal, sino que, a lo largo del proceso, volveremos en muchas ocasiones a contenidos ya explicitados para observarlos desde perspectivas nuevas.
Abarca las dos primeras fases – contemplación y acción – de las tres que describe el modelo transteorético del cambio.
· 1ª fase correspondiente a la etapa de contemplación que viene marcada por la necesidad de consolidar el grupo, facilitando la apertura de sus componentes, el desarrollo de un clima de respeto y confianza entre los miembros y con los coordinadores, respeto de las normas, en orden a la creación de una dinámica grupal favorecedora del proceso de cambio. Estimamos una duración aproximada de 4 meses, con un total de 16 sesiones.
El objetivo prioritario en esta etapa es aumentar el grado de motivación interna y compromiso por el cambio, paralelo a la asunción de la propia responsabilidad por las conductas que hacen daño a la pareja. Los participantes tomarán conciencia de sus ideas distorsionadas en torno a los roles y estereotipos de género y a la rigidez de su adhesión a los mismos. Se harán eco de cómo estas ideas y actitudes condicionan sus comportamientos y afectan a su mundo emocional y relacional.
Podrán adquirir conocimientos y realizar experiencias que les posibiliten una evolución a la hora de expresar sus deseos y necesidades, también en la consideración de los propios sentimientos y de los ajenos, fomentándose un mayor grado de conciencia emocional y de empatía, que resultará beneficioso para ellos mismos y las personas con las que se relacionan. Todo esto requiere su participación activa y esfuerzo personal.
· 2ª fase correspondiente a la etapa denominada de acción que constará de 10 sesiones, con una duración aproximada de algo más de dos meses. En ella reforzaremos positivamente los cambios que se están dando. Los integrantes del grupo se cuestionan cada vez más unos a otros porque también suponemos que el proceso de apertura y exposición personal ha aumentado.
En esta etapa se trata de poner en práctica, por medio de escenificaciones, “role- playing”, narraciones en primera persona…cuestiones que preocupan o problemas de los miembros del grupo. Se requiere haber logrado un grado de cohesión grande porque la exposición será mayor. Los coordinadores actúan más como facilitadores y los protagonistas ahora son los miembros del propio grupo.
Hemos de estar muy atentos a las posibles crisis, derivadas de unas expectativas que, probablemente, no se cumplen del todo en la realidad. Los cambios requieren tiempo y esfuerzo: lo importante es encontrarse en el camino.
Fomentaremos el progreso en el manejo de las situaciones conflictivas, sin necesidad de recurrir a la imposición, así como los avances en habilidades comunicativas y de relación, basadas en un mayor grado de asertividad y una profundización en las actitudes de respeto y empáticas.
Esto conlleva una apertura comunicativa de preocupaciones y sentimientos, así como una práctica de tener en cuenta a otros, que se traducirá en una mejora del mundo relacional del sujeto tanto dentro como fuera de la familia.
o Etapa de finalización
Corresponde a la 3ª fase –mantenimiento- del modelo transteorético, aplicado a la intervención con hombres violentos.
La duración aproximada será de 2 meses durante los cuales tendrán lugar 2 sesiones grupales –periodicidad mensual- y una entrevista individual de cada participante, así como de su respectiva pareja. En esta etapa el objetivo es consolidar los cambios y las entrevistas con la mujer nos permitirán evaluar los progresos realizados por el participante en los aspectos de comunicación y relación.
o Etapa de seguimiento
La duración prevista es de 6 meses durante los cuales realizaremos dos entrevistas individuales, alternando entrevista presencial- a los tres meses del cierre del grupo- con otra telefónica a los seis meses. Mantendremos también dos contactos telefónicos con la mujer, con el fin de obtener feed- back acerca de la situación de la pareja.
La entrevista es un instrumento fundamental para obtener información y establecer contacto con el futuro participante. En el caso de las dos primeras entrevistas se pretende recoger información general sobre la historia personal, familiar, laboral y social. Nos interesaremos por los motivos que le llevan a querer participar en nuestro programa, qué problemas desea solucionar – alusión a los conflictos con la pareja- y cuáles son sus expectativas. Recabaremos información acerca de si se dan o han dado conductas de maltrato hacia su pareja en alguna ocasión, intentando que concretice lo más posible para poder establecer la intensidad de la violencia y el grado de peligro para la mujer. También nos interesaremos por el tipo de relación con sus hijos y cómo cree que éstos se ven afectados por los problemas de la pareja de sus padres.
En todo momento manifestaremos una actitud de respeto y consideración positiva, sin llegar nunca a justificar el comportamiento violento, si lo ha habido.
A este respecto conviene señalar que no nos parece oportuno en estos primeros momentos confrontar a la persona directamente con los aspectos violentos que podamos ir percibiendo. Esta prisa por precipitar el cambio puede afectar negativamente a la relación de confianza, ya que el futuro participante puede situarnos en la posición de un juez, pasando a reforzar mecanismos de defensa –tendencia a minimizar los hechos violentos o a culpabilizar a otros-.
Se trata más bien de conducir la entrevista hacia los puntos de contradicción existentes en su discurso entre aquello que le gustaría- y que le mueve a solicitar su inclusión en nuestro programa- y la realidad de los hechos que nos está narrando. De esta forma logramos que sea él quien- al exponer lo que le parece positivo para él y su relación – vaya marcando sus propios objetivos y se erija en protagonista y principal responsable de su cambio. Si además connotamos positivamente el hecho de acudir de forma voluntaria al programa habremos conseguido crear condiciones para que el futuro participante se adhiera al proyecto.
La tercera entrevista será con la mujer. Recabaremos información que nos permita evaluar el grado de riesgo que corre en la relación. En este caso hemos de estar particularmente atentos al lenguaje no verbal, dado que muchas mujeres, cuando el miedo las atenaza, no comunican con palabras la verdadera dimensión de los hechos violentos. Los datos que obtengamos de esta entrevista serán claves para determinar si el aspirante reúne o no los requisitos para participar en el programa, especialmente el que hace referencia a una violencia de baja intensidad, más de tinte psicológico, en que la víctima no corre peligro grave.
En caso de que detectemos otra clase de violencia informaremos a la mujer del apoyo que le brinda la ley y la derivaremos a otro tipo de recurso, explicándole que nuestra intervención, no sólo no sería de ayuda en su caso, sino que podría hasta hacer empeorar su situación.
En ella tiene lugar la intervención grupal y, siguiendo el modelo transteorético del cambio aplicado a las intervenciones con hombres violentos, distinguimos tres fases:
o Fase I: Contemplación
Unidad 1: Primera toma de contacto. Los coordinadores se presentan y explican las líneas generales del programa y los objetivos que se persiguen con el trabajo conjunto.
A continuación se procede a la presentación de cada uno de los componentes del grupo que hablará de sí mismo y de los objetivos y expectativas con que comienza.
Con la colaboración de los participantes se elaborarán un conjunto de normas de funcionamiento y un contrato de colaboración donde se explicarán las obligaciones y derechos que el grupo confiere a sus miembros: respeto mutuo, confidencialidad, escucha activa, no interrupción de los compañeros…
Inicio en la práctica de la relajación: concentrarse en la respiración y dejar que el pensamiento fluya.
Tarea para la segunda sesión: Dibujo, imagen y/o reflexión escrita acerca del momento en que se encuentran y adónde pretende llegar con la asistencia a nuestro programa.
Anuncio del contenido de la unidad siguiente.
Unidad 2: Sexo y género. La atribución de características en función del sexo. Roles y estereotipos de género: El hombre ideal. La mujer ideal. Desigualdades y Cambios a lo largo de la historia. Con la igualdad los hombres también ganan.
Ejemplos de estereotipos. Lo que se le exige a un hombre de verdad, Ventajas e inconvenientes de responder a ellos: lo que han ganado los hombres. Lo que se pierden. Visionado de videos.
Ejemplos de consignas recibidas para ser un hombre en la familia, escuela, grupo de amigos, vecinos…
Role- playing de situaciones en que los hombres no lloran, los hombres tienen que mantener el tipo, los hombres tienen que proteger a las mujeres, los hombres son los que mandan; actividades y tareas que no se consideran “masculinas”.
Ejemplos del cambio en la percepción de lo masculino y lo femenino: contribución al desarrollo de una sociedad más igualitaria y respetuosa con los derechos humanos: Los hombres pueden llorar y dejarse ayudar, las mujeres también pueden ejercer la autoridad…
Ejercicio de relajación: desarrollo de la conciencia de la respiración e introducción a la técnica de la exploración corporal.
Resumen de la sesión y anuncio de la siguiente
Tarea: Reflexión acerca de los roles de hombres y mujeres en mi familia de origen. Anotaciones en cuaderno de autorregistro.
Unidad 3: La pareja. Componentes de la relación de pareja. La comunicación en las parejas: dificultades y conflictos. Equilibrio/ Desequilibrio en el reparto de tareas. El cuidado y educación de los hijos: una tarea de dos.
Tormenta de ideas acerca de los ingredientes de una pareja feliz
Dinámicas en torno a los mitos del amor: los celos y la dependencia emocional
Fragmento de película de cine clásico con una escena de celos. Discusión en torno al tema ¿Es normal sentir celos cuando se ama? Dos grupos: los celosos y los que no se consideran tales. Conclusiones
Fragmento de película con una escena en que se plasma una relación igualitaria.
Ejercicio de relajación. Pantalla mental. Visión de la historia con mi pareja. Diferentes imágenes de momentos felices o conflictivos sin pararme en ellos. Si alguno me afecta demasiado vuelvo a concentrarme en la respiración.
Resumen de la sesión y anuncio de la temática de la siguiente.
Tarea: Anotar en mi cuaderno de autorregistros experiencias que guarden relación con el tema tratado.
Unidad 4: El mundo de las emociones. Diferenciar pensamientos de sentimientos. Emociones positivas y negativas. Autopercepción de las emociones y expresión de las mismas. Desbordamiento y control emocional. Especial hincapié en la ira.
Visionado de diferentes caras para identificar la emoción expresada.
Puesta en común acerca de las emociones socialmente permitidas a los hombres y las prohibidas. Relación con los estereotipos de género. ¿Los hombres lloran, se sienten solos, piden ayuda cuando lo necesitan…?
En grupos de dos narrarse un momento en que alguien haya actuado ciego de furia. Detallar paso a paso los momentos y sentimientos experimentados.
Visionado de una escena en que una persona actúa desbordada por la ira. Tormenta de ideas en torno a la conducta realizada. Descripción progresiva de los sentimientos, paso a paso, hasta llegar a la ira incontrolada.
Peligros y traiciones de la ira. Estrategias de control de las explosiones coléricas. Nuevos modos de afrontamiento. Escenas de práctica de “time out”.
Escultura de una situación en que alguien se descontroló: diferentes momentos. No hay palabras.
Relajación. Ejercicios de distanciamiento cognitivo. Metáfora de las hojas en el río.
Síntesis de la sesión y anuncio de la temática siguiente.
Tarea: Descripción de momentos y experiencias en que apliqué lo aprendido. Anotaciones en el cuaderno personal.
Unidad 5. El discurso interno: abordando las distorsiones cognitivas y las creencias irracionales. La retroalimentación entre pensamiento emoción y conducta. Los esquemas con que miramos la realidad. Tipos de pensamiento. El pensamiento empático.
Visionado de video para que el grupo perciba las acciones, pensamientos y emociones en juego. Identificar los tipos de pensamiento que se presentan.
Dinámicas de grupo con el objetivo de comprobar las diferentes versiones que se pueden dar en torno al mismo hecho.
Textos donde se plasman diferentes formas de pensamiento.
Listado de creencias irracionales. Cuáles reconozco como mías.
Ejercicios de inversión de roles.
Relajación. Ejercicio del observador de sí mismo para desarrollar el yo- como- contexto.
Etiquetado de los pensamientos y sentimientos, permitirles fluir sin hacer nada para controlarlos. Aceptación de la experiencia que se está visualizando.
Síntesis de la sesión y anuncio de la temática siguiente
Autorregistro: Plasmación en mi cuaderno de reflexiones y experiencias ocurridas en esta semana en relación al tema tratado.
Unidad 6: La comunicación verbal y no verbal. Diferentes estilos comunicativos. Lo que pienso y siento y lo que transmito. Asertividad y autoestima. Resolución de conflictos.
Textos de comunicaciones con respuestas agresivas, sumisas y asertivas: expresiones verbales y no verbales.
Identificar y diferenciar los diferentes estilos de comunicación más frecuentes.
Role- playing con situaciones diversas de la vida cotidiana. Cómo expresamos nuestros deseos, necesidades, acuerdos y desacuerdos, cómo decir no…
Recursos para manejar el conflicto: descripción del problema, propietario del mismo, soluciones intentadas, redefinición y recontextualización, definir objetivos mínimos de cambio, análisis de los recursos existentes, reforzamiento de los logros…
Ejercicio de reproducción de un conflicto en la pareja, con el objetivo de tomar conciencia de los obstáculos que impiden llegar a una situación en que ambos ganan.
Escultura de diferentes momentos en el manejo de un conflicto en la pareja. No se utiliza el lenguaje verbal.
Relajación. Visualizar una escena en que el sujeto haya tenido que defender su punto de vista. El yo funciona como observador de lo que ha sucedido- distanciamiento cognitivo- en la interacción, empezando por la propia imagen del sujeto en el momento de la comunicación. Aceptación de lo que ocurrió y dejar pasar la imagen. El observador no es lo observado. Nuevas experiencias son posibles.
Síntesis de la sesión y anuncio del contenido de la siguiente
Tarea. Autorregistro de una situación en que se hayan desplegado habilidades de comunicación. Pensamientos, sentimientos y acciones realizadas. Aspectos comunicativos no verbales detectados en mí y en el otro. Cómo hemos resuelto el conflicto.
Unidad 7: La violencia contra la pareja. Tipos de violencia y gradaciones en la misma: los micromachismos. Mecanismos de defensa para no admitir la propia violencia. El manejo del poder en las relaciones. Consecuencias en la mujer y los hijos.
Visionado de una película con escenas de violencia doméstica física y psicológica.
Escenas de la vida cotidiana donde se detectan situaciones de trato discriminatorio contra la mujer.
Puesta en común de diferentes opiniones acerca de lo anterior.
Role- playing con parejas alternando la misma persona rol masculino y femenino. Desarrollo de actitudes empáticas hacia la mujer.
Ejercicio de percepción de límites: diferentes formas de acercamiento.
Escultura con una situación violenta que se haya dado en su vida de pareja. A continuación escultura con el conflicto ya solucionado. No hay palabras.
Relajación. Concentrarse en la respiración, atención plena…
Síntesis de la sesión y contenido de la siguiente.
Tarea. Reflexión acerca de los pasos que se han tenido que dar para pasar de una a otra escultura.
Unidad 8. Reflexión y evaluación del camino recorrido en esta primera parte. Escollos y logros realizados. Propuestas para acometer la segunda parte.
Cada participante hace y recibe una devolución de los miembros del grupo. También los coordinadores.
Se evalúan los contenidos y dinámicas realizados. Cuál es el que más ha costado.
Evaluación del grado de integración de los diferentes miembros, cómo se han sentido.
Posibilidad de leer en voz alta, de manera voluntaria, algún contenido del cuaderno de auto-registros que se desee compartir.
Se acuerda por consenso los contenidos que se trabajarán de manera dinámica- ya sin exposición teórica psicoeducativa- en la segunda parte de la intervención.
Acuerdo acerca del tema que se trabajará de manera experiencial en la siguiente sesión. Todo el mundo se compromete a traer los cuadernos de autorregistros para trabajar en base a las anotaciones personales.
Relajación. Concentrarse en la respiración, escáner corporal…
o Fase II: Acción
Consta de tantas sesiones como miembros del grupo. En ella no hay un orden de unidades psicoeducativas como en la anterior. Al final de cada sesión los facilitadores realizan una síntesis de los contenidos trabajados a partir de la problemática presentada inicialmente.
En este caso el grupo comienza cada sesión con unos 15 minutos de relajación.
Trabajaremos fundamentalmente con escenificaciones, role playing, grupos de discusión…a partir de exposiciones personales de preocupaciones, problemas, conflictos derivados de situaciones reales de los miembros del grupo.
Cada uno de los componentes se compromete a traer situaciones de su vida real presente o pasada que guarden relación con los contenidos que se han tratado para trabajar sobre ellos a lo largo de la sesión que se le haya asignado.
En estas intervenciones los miembros del grupo serán los encargados de analizar, cuestionar o validar las conductas descritas, también de poner de relieve los mecanismos defensivos que el que se expone ha utilizado, así como patrones de pensamiento o de conducta. Al final del trabajo concluiremos con una escultura donde quede reflejada la situación futura y la solución que desea la persona que ha traído su problema.
Se procederá a la verbalización de los pasos y acciones necesarios para llegar a esa resolución
El objetivo fundamental de esta parte es aumentar el grado de cohesión del grupo, fomentando la participación y apertura de cada miembro así como la implicación y empatía hacia los otros componentes. Las exigencias de respeto, consideración y confidencialidad serán recordadas al inicio de cada sesión.
Las intervenciones de los coordinadores son más de orientación y encauzamiento y menos directivas que en la etapa precedente. Se trata de actuar más como facilitadores para que los cambios iniciados en lo referente a percepción de uno mismo y de los demás, a las nuevas formas de pensar sentir, comunicar e interaccionar con otras personas se vayan consolidando. Reforzaremos positivamente los avances.
Al final de cada sesión se procederá al reconocimiento por parte del grupo de la valentía y coraje del participante que ha realizado una exposición personal tan delicada. El grupo y los coordinadores agradecerán la muestra de confianza y expresarán su apoyo y consideración por ese miembro.
Mantendremos dos sesiones grupales – periodicidad quincenal-. Continuaremos con la línea de la etapa anterior, centrada en las experiencias de los miembros del grupo. En el último encuentro cada participante tendrá ocasión de manifestar al grupo lo que esa experiencia ha supuesto en su vida y los cambios que ha podido realizar. Al final de la sesión pasaremos un cuestionario.
Asimismo en esta etapa llevaremos a cabo una entrevista individual con cada participante. Esto nos permitirá abordar con él las cuestiones en las que tiene dificultad, así como connotar positivamente aquéllos aspectos en los que ha avanzado. También recabaremos información acerca de la situación en la relación de pareja y la influencia que el proceso de cambio vivido por el hombre ha tenido en la misma.
Todo lo anterior quedará contrastado con la información procedente de una entrevista individual que realizaremos con cada mujer.
Nos encontramos en fase de mantenimiento del modelo transteorético del cambio. En ella nuestro objetivo prioritario consiste en consolidar los cambios realizados y recibir feed- back acerca de la experiencia vivida y cómo ha sido asimilada.
Realizaremos una evaluación continuada del proceso teniendo en cuenta:
o Asistencia a las sesiones
o Participación en las dinámicas de grupo
o Realización de las tareas consignadas en un cuaderno de autorregistros
o Feed- back de la mujer en las llamadas telefónicas- opcionales- y en la entrevista final.
o Última entrevista individual y cuestionario de autoevaluación
o Cuestionario de la última sesión grupal.
Prevemos una etapa de seis meses de duración, durante los cuales mantendremos una entrevista personal con cada uno de los componentes del grupo y otra telefónica con sus parejas, a los tres meses de finalizada la intervención.
A partir de esta entrevista - donde recibiremos feed- back de ambos acerca de cómo se mantienen los cambios y los efectos positivos en la relación y en la familia- tomaremos decisiones consensuadas con ellos sobre cómo proseguir durante los tres meses siguientes.
En el mejor de los casos, es decir, si se ha logrado un progreso en el mantenimiento de una relación más igualitaria y positiva para todos, quedaremos en volver a contactar con ellos, tres meses más tarde para dar por finalizada nuestra intervención.
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References: Resolución 
 Real Decreto 
 artículo 35
 resolución 
 artículo 42
 Real Decreto 
 resolución 
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 Resolución 
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