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Timestamp: 2019-07-17 10:24:07+00:00

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TLAXCALA: LA ONU Y EL SÁHARA OCCIDENTAL
CSIM-UCM. Editado por Luis Portillo
Intervención del autor en el Congreso Internacional sobre Multilateralismo y Derecho Internacional: Estudio del caso del Sáhara Occidental, celebrado en Pretoria (Sudáfrica) en diciembre de 2008.
Distinguidos miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático, distinguidos miembros de la Universidad, amigos del Sáhara Occidental:
Estoy en deuda con nuestros anfitriones de hoy por patrocinar esta Conferencia sobre Derecho Internacional y el Sáhara Occidental, y aplaudo a la República de Sudáfrica por su continuado apoyo al pueblo saharaui. Doy las gracias, en particular, al Departamento de Asuntos Exteriores y al embajador Van Tonder, Director de África del Norte, así como a la Universidad de Pretoria y a la profesora Michelle Olivier, de la Facultad de Derecho, por proporcionarnos a nosotros y a todos aquellos interesados en el Derecho Internacional este extraordinario foro de intercambio de ideas. Quiero indicar a la profesora Olivier que ya pronuncié una conferencia aquí mismo, en la Facultad de Derecho, hacia el año 1971, sobre el caso de Angela Davis, una causa muy célebre en aquella época. Agradezco también su asistencia a todos nuestros distinguidos colegas venidos aquí desde distintas partes del mundo para añadir brillantez a este programa. Admiro al profesor El Ouali, que ha venido desde Marruecos para defender lo indefendible. No estoy de acuerdo con su postura, pero he de reconocer que tiene agallas. Como dicen los abogados en mi país, cuando no tengas el Derecho de tu parte, argumenta los hechos; cuando no tengas los hechos de tu parte, argumenta el Derecho; y cuando no tengas ninguna de las dos cosas, probablemente no sea mala idea irse con cajas destempladas, que es lo que ha optado por hacer hoy el profesor El Ouali.
Ahora que estoy en el capítulo de agradecimientos, déjenme añadir que, a lo largo de mi carrera como funcionario, he tenido el honor de trabajar con dos autoridades destacadas en las Naciones Unidas: la embajadora ya fallecida Jeane Kirkpatrick, que conocí cuando trabajaba en el Departamento de África subsahariana de USAID, y el embajador John Bolton, con el cual trabajé en USAID cuando era un simple abogado. Estoy en deuda con ambos por sus numerosas ideas, que se reflejan en mis reflexiones de hoy.
Hace once años compartí una tienda de campaña en Tinduf con José Ramos Horta, que acababa de ganar el premio Nobel por su valor en la lucha por la independencia de su pueblo de Timor Oriental. Antes de conocerle, creía que los héroes eran personajes de novela. Cuando conocí a Ramos Horta, tuve el placer de encontrarme con uno de carne y hueso.
Hoy estamos viviendo de nuevo algo déjà vu. Es un honor para mí estar en el mismo programa que Aminatu Haidar, una heroína saharaui que acaba de ganar el Premio Robert F. Kennedy de los Derechos Humanos en Washington, D.C. Fue un honor ser uno de los que la avalaron para ese Premio.
La señora Haidar es una persona que se manifiesta de forma pacífica, no violenta, en su hogar, el Sáhara Occidental, por la autodeterminación de su pueblo y por la liberación de los prisioneros políticos saharauis de las cárceles marroquíes. Debido a sus protestas, los invasores marroquíes de su país la han pegado, encarcelado y mantenido incomunicada durante meses a lo largo de los últimos 20 años. Todo esto ha conseguido minar gravemente su salud. Así que la próxima vez que oigan a los marroquíes hablar del bien que van a hacer por el pueblo saharaui, recuerden lo que le hicieron y aún le siguen haciendo al pueblo saharaui. Recuerden a esta mujer frágil y valiente que ven hoy aquí con sus propios ojos, y lo que los marroquíes le han hecho.
Los marroquíes le han prometido a Aminatu más de lo mismo si no renuncia a sus protestas. Si han visto ustedes una copia pirata del informe del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 2006 sobre el Sáhara Occidental -y digo copia pirata porque la ONU no está dispuesta a publicarlo oficialmente (al parecer, no es para consumo público)- sabrán que los marroquíes hablan en serio. Freedom House y otras organizaciones similares de defensa de los derechos humanos otorgan a Zimbaue y al Sáhara Occidental ocupado por Marruecos la misma bajísima puntuación, apenas por delante del Tibet, Cuba y Corea del Norte. ¿Renunciará Aminatu a sus protestas? ¿O continuará con ellas, siguiendo las enseñanzas de Elie Wiesel? : «Habrá veces en que no podamos impedir que se cometa una injusticia, pero nunca tenemos que dejar de protestar por ella». Yo conozco la respuesta. Ustedes también. Parafraseando al poeta irlandés William Butler Yeats: todos los que estamos hoy aquí nos honramos de tener una amiga como tú, Aminatu.
El referéndum que nunca se celebró
Mi primera experiencia en la ONU fue como el guión de una película de Woody Allen. Fui contratado por Sahabzada Yaqub Khan, un destacado político paquistaní que era entonces el representante del Secretario General Boutros-Ghali para el Sáhara Occidental. Me recordaba a Nigel Bruce, ese buen actor de los viejos tiempos especializado en interpretar al Dr. Watson en las películas de Sherlock Holmes, un poco pesado y excéntrico a veces, como supongo lo son muchos hombres de iguales méritos. Recuerdo muy bien cómo contaba Erik Jensen la visita de Yaqub Khan al Sáhara Occidental. Cuando vio la gran bandera que ondeaba en la fachada del despacho de Jensen, que estaba por aquel entonces al frente de la MINURSO, le preguntó: «¿Por qué tienes izada la bandera israelí?» Por supuesto que la bandera no era israelí, sino marroquí. Ambas banderas tienen una gran estrella en el centro y, en fin, nadie es perfecto.
Erik Jensen tenía muchas anécdotas como ésta y las contaba de maravilla. Era un gran imitador de Boutros-Ghali, entre otros, y en general una compañía muy amena, una versión viva de Bertie Wooster, el inglés tontuelo de Wodehouse, con sus polainas y su monóculo. Jensen era un caballero, sin polainas ni monóculo, y, desgraciadamente, no estaba a la altura del oficial marroquí de enlace con la MINURSO, Mohamed Azmi, un matón que hacía cumplir la voluntad del rey Hasán en el Sáhara Occidental. Azmi era la viva encarnación del capitán Segura de Graham Greene en Nuestro hombre en La Habana, encantador de día y despiadado cuando caía la noche y corría el Johnnie Walker Black. No obstante, era un tipo que observaba escrupulosamente los preceptos de su religión: nunca se iba de juerga antes de las 9 de la noche durante el Ramadán. Pero el personaje más perturbador de esta obra teatral era el Secretario General de Naciones Unidas, Boutros Boutros-Ghali. Era íntimo amigo del rey Hasán y esa condición debería haberle hecho renunciar a tomar parte en el asunto del Sáhara Occidental. El desmesurado ego de Boutros-Ghali y sus errores garrafales propiciaron su destitución como Secretario General, algo inaudito en la historia de la ONU, en la que casi todo, desde la malversación de fondos hasta la exigencia de favores sexuales a los subordinados, era considerado como un desliz sin importancia. También era culpable de lo que Winston Churchill llamaba «inexactitud terminológica» y ustedes y yo llamaríamos cuentos chinos. Recuerdo haber leído en un periódico de Washington el relato de su visita al Sáhara Occidental. Decía que había tardado 4 o 5 días en comprender la complejidad de las posiciones rivales de Marruecos y el Frente Polisario. De hecho -y lo sé porque yo también estaba allí-, pasó un solo día en el Sáhara Occidental, y la mitad de ese tiempo comiendo cuscús con los marroquíes.
Estas historias habrían proporcionado un gran tema de conversación si las cosas hubieran salido de otro modo. Mi trabajo en la MINURSO era llevar a cabo un referéndum sobre el futuro del Sáhara Occidental, una de las razones por las que fue creada la MINURSO; pero estos mismos personajes irrisorios convirtieron ese referéndum en una tragedia, una tragedia enormemente costosa para el pueblo saharaui.
Expuse ante el Congreso de los Estados Unidos, en testimonio documentado, mi experiencia en la MINURSO. Y pude hacerlo gracias al hoy difunto Chuck Lichenstein, antiguo embajador de los Estados Unidos ante la ONU y viceembajador de la embajadora Kirkpatrick. Pese a su proximidad a la ONU, o quizás precisamente por ello, no era un gran entusiasta de esta Institución. Fue él quien, después de que los soviéticos derribaran impunemente un avión coreano de pasajeros en 1983, dijo: «Si los miembros de las Naciones Unidas han llegado a la sensata conclusión de que no son bienvenidos ni tratados con la amistosa consideración que merecen, Estados Unidos anima encarecidamente a los Estados miembros a que se planteen seriamente abandonar -y que esta Organización abandone- la tierra de los Estados Unidos. No pondremos obstáculo alguno en su camino, y les diremos adiós con la mano desde el puerto mientras se alejan hacia el ocaso». Pero fue precisamente Chuck quien, escandalizado por los actos de la ONU en el Sáhara Occidental, vergonzosos incluso para los principios de la ONU, consideró que mi relato debía conocerse públicamente. Y me cedió su puesto para que pudiera dirigirme al Comité del Congreso aquel día.
Redacté a toda prisa mi testimonio, que fue breve. Dije, en pocas palabras, que el referéndum había tenido graves problemas desde el principio. Inexplicablemente, Erik Jensen había decidido permitir a las propias partes en contienda procesar solicitudes para votar en el referéndum. Como resultado de ello, los marroquíes pudieron privar del derecho al voto a un gran número de votantes saharauis. Los centros del Polisario en Argelia no tuvieron el mismo problema, pues todos los solicitantes apoyaban al Frente Polisario: no había a quién privar del derecho al voto.
El referéndum continuó su caída en picado una vez comenzado el proceso de las solicitudes. En el Sáhara Occidental, muchos saharauis, aterrados, nos pedían que les vigiláramos, pero discretamente, porque cualquier contacto manifiesto con la ONU podría hacer que se convirtieran en «desaparecidos». Manifesté en aquella ocasión que la situación me recordaba a este país, Sudáfrica, durante el apartheid, cuando podía encontrarme con los negros y hablar con ellos con toda libertad en la seguridad de la embajada de Estados Unidos, pero esos mismos negros hacían como si no me conocieran si me los encontraba en público, ya que temían represalias si se les veía hablando con un funcionario extranjero. Y sus temores eran absolutamente razonables. ¡Ah sí!, me olvidaba mencionarlo: Bajo la ocupación marroquí, el Sáhara Occidental era y es un Estado policial.
Hubo retrasos y más retrasos. En una ocasión, como si se tratara de una farsa francesa, el referéndum se retrasó durante dos semanas -lo que suponía un coste de 100.000 dólares al día- porque Marruecos provocó un intercambio de cartas formales discutiendo si un adverbio que se utilizaba en un anuncio sobre el referéndum era o no el más apropiado.
Además de los interminables retrasos, hubo infiltración de las Fuerzas de Seguridad marroquíes, que fotografiaron a todos los saharauis en el proceso de identificación, pusieron escuchas en todas las líneas telefónicas internacionales en la MINURSO y fuera de ella y, en una palabra, Marruecos pasó a controlar lo que debía ser una operación de las Naciones Unidas. Las facultades de Erik Jensen para la comedia no iban acompañadas de la respetabilidad suficiente —digámoslo así por no utilizar una palabra más fuerte— para enfrentarse a un matón como Azmi. Para completar este cuadro, al final de mi estancia en la MINURSO elaboraba mis informes simultáneamente para Erik Jensen y para Mohamed Azmi. Así que incluso el barniz de misión independiente de la ONU había desaparecido por aquel entonces.
Resultó que lo que yo creía haber descubierto por mi cuenta era vox populi. Como publicó el periodista del New York Times Chris Hedges en ese periódico, a los diplomáticos extranjeros destinados en Rabat les divertía el descaro de Marruecos, pero ninguno de los observadores de Marruecos estaba realmente sorprendido. El responsable político de la embajada estadounidense sabía lo que estaba sucediendo en la MINURSO; y otro funcionario de la MINURSO, como la embajadora de la ONU Albright, licenciada en Wellesley, informó personalmente al equipo del embajador de que Marruecos estaba convirtiendo el referéndum en una farsa. Un funcionario de los servicios de Inteligencia me preguntó, el 4 de julio de ese verano: «¿Por qué la MINURSO tiene esa [pitido] debilidad que permite a Marruecos dominar el referéndum?» Incluso Human Rights Watch pudo redactar un documento de 44 páginas sobre las violaciones por parte de Marruecos de los derechos de los saharauis, porque parecía que todo el mundo sabía lo que estaba pasando en la MINURSO.
La acción de la ONU en el ínterim, o más bien la inacción de la ONU
Pero primero, como dicen en televisión, un mensaje de nuestros patrocinadores: una breve ojeada a las Naciones Unidas, su historia, su retórica y la realidad.
En 1693, William Penn publicó su «Ensayo para la paz presente y futura de Europa». En él abogaba por la creación de «un parlamento de príncipes,... para juzgar las controversias territoriales y mantener el gobierno de la ley». Este parlamento tendría jurisdicción sobre dichas controversias e impondría sentencias, que se harían cumplir por las armas a los Estados que no estuvieran dispuestos a cumplirlas. Penn pensaba que esto, una versión temprana de lo que ahora llamaríamos ius cogens, garantizaría la paz en Europa y restauraría la reputación de la cristiandad.
Pasemos ahora rápidamente a la Sociedad de Naciones: El fracaso de la Sociedad de Naciones, como observó Harold Nicolson, se debió a la falacia de que se podían aplicar a los asuntos exteriores las instituciones y las prácticas de los procesos legislativos de la democracia liberal. «Entre las gentes que aman la paz… la violencia podría ser sustituida o sería sustituida por la razón», como se define por el voto mayoritario, un Estado, un voto. Una bonita utopía, que simplemente no funcionó.
Una guerra mundial después del fracaso de la Sociedad de Naciones, el antiguo secretario de Estado de Estados Unidos, Cordell Hull, que volvía de la conferencia de Moscú de 1943 -en la que Gran Bretaña, la Unión Soviética y los Estados Unidos habían acordado crear una organización internacional para mantener la paz en la postguerra-, anunció: «Ya no habrá necesidad de esferas de influencia, alianzas, equilibrios de poder… con los cuales, en un pasado desgraciado, las naciones luchaban por salvaguardar su seguridad o promover sus intereses». Este tipo de ensoñación sigue vigente, como se puede comprobar leyendo los comunicados de grupos como la Asociación de las Naciones Unidas. Hace tan sólo unos cuantos años, Lewis Henkin, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia, hizo una declaración igualmente peculiar: «Casi todas las naciones cumplen los principios del Derecho Internacional y casi todas sus obligaciones casi todo el tiempo».
A lo largo de los últimos sesenta años, la ONU no se ha ahorrado retórica hueca en sus promesas, como la de Bernard Baruch: «Debemos elegir la paz mundial y la destrucción mundial»; y aún sigue haciéndolo. Incluso los presidentes han sido crédulos. Como dijo el doctor Johnson, «Los lapidarios no están bajo juramento». Lo que la ONU realmente cumple difiere muy mucho de sus promesas, como observó un antiguo diplomático de la ONU, Conor Cruise O’Brien: «Puedes recurrir a la ONU con toda tranquilidad: seguro que te decepciona».
Dean Acheson, que estaba allí cuando se crearon las Naciones Unidas, contaba que se había vendido la Carta al pueblo americano como «poco menos que las Sagradas Escrituras», creando expectativas que sólo podían conducir a una amarga decepción. El antiguo Vicesecretario General de la ONU, Brian Urquhart, lo describía así: La Carta de la ONU establece «un sistema de mantenimiento de la paz y la seguridad mundiales que da por sentado que todos los gobiernos van a cumplir las funciones que se les han asignado. Los que se vean envueltos en disputas se valdrán de los medios disponibles en la Carta para solventar esas disputas de forma pacífica. Si no lo consiguen, los miembros de las Naciones Unidas, con el asesoramiento del Consejo de Seguridad, tomarán una serie de medidas concebidas para persuadirles de que lo hagan. Los gobiernos implicados tendrán en cuenta y obedecerán los mandatos del Consejo. Y si persiste la amenaza para la paz, el Consejo, encabezado por sus miembros permanentes, aplicará medidas conminatorias, que van desde sanciones económicas a sanciones militares, para restablecer la paz y la seguridad».
El comportamiento de las naciones demostró muy pronto que las presunciones que la Carta había hecho sobre ese comportamiento eran erróneas. Era la diferencia entre retórica y realidad, entre una carta a Santa Claus y el mundo real.
En palabras de la embajadora Kirkpatrick,…«la Carta de las Naciones Unidas reflejaba nuestro característico optimismo nacional y nuestra predilección por la fe en las buenas obras. Era idealista hasta el extremo de la utopía...Y estaba condenada al fracaso desde el principio». La ONU ha tenido varios éxitos en el mantenimiento de la paz pero, añadió, «pocos hoy en día que puedan justificar su existencia, si nos guiamos única o principalmente por la relación de sus éxitos en la resolución de conflictos». «La simple realidad», como recordó el general Marshall a Ernest Bevin en 1947, es que «la transferencia de los problemas más engorrosos a la ONU no hace que se vuelvan más fáciles ni sencillos».
La embajadora Kirkpatrick añadió: «Me preocupa mucho más la tendencia que tiene la ONU a hacer que la resolución de los conflictos sea más difícil de lo que podría ser, al menos en muchos casos». Alguien le preguntó una vez a Chuck Lichenstein que habría pasado si hubiera existido la ONU cuando tuvo lugar nuestra guerra civil. «Probablemente aún no se habría terminado», respondió.
La paradoja de llevar los problemas a la ONU, como observó la embajadora Kirkpatrick, es que el número de partes implicadas aumenta extraordinariamente, llevando conflictos a naciones que no se implicarían en estos problemas si no fuera por la ONU y exigiéndoles que tomen partido, lo cual contribuye a polarizar, en lugar de resolver, los conflictos. Como observaron Yeselson y Gaglione en su libro sobre la ONU, llevar un tema a la ONU se ve con frecuencia como un acto hostil, debido a la reputación de partidismo y exacerbación de conflictos que tiene este Organismo.
Como contaba en su reciente libro, Surrender is not an Option [Rendirse no es una opción], John Bolton esperaba tener la oportunidad de hacer algo para resolver la cuestión del Sáhara Occidental -el conflicto más largo y postergado de la historia de las Naciones Unidas- cuando fue embajador de Estados Unidos ante la ONU. Pero el sistema de mantenimiento de la paz de la ONU no lo permitió. Marruecos había acordado celebrar un referéndum pero «ejercía un bloqueo sistemático sobre los pasos necesarios para llevarlo a cabo, como por ejemplo la identificación y el registro de votantes. Ése era un claro ejemplo de las limitaciones del mantenimiento de la paz de la ONU…, simplemente no había ninguna posibilidad de éxito si una de las partes se cerraba en banda y se negaba a cooperar. En ese sentido, al menos, casi todos los miembros de la ONU tienen una especie de veto respecto a las operaciones de la ONU que les afectan directamente, y no sólo los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Éste es, sin lugar a dudas, el motivo por el que la ONU recuerda tan a menudo a la Sociedad de Naciones en sus logros».
Algunos ilustres comentaristas —como Pedro Pinto Leite, que nos acompaña hoy, y la embajadora Salka Embarek, ambos con una extraordinaria capacidad de defender sus posiciones- han criticado al anterior Representante Especial, Peter van Walsum, por declarar, con mucha verborrea, que aunque el Derecho Internacional está a favor de los saharauis, el Consejo de Seguridad tendría que encontrar una solución intermedia entre la legalidad y la realpolituk. Lo increíble de esta declaración, como señaló John Bolton, fue que Van Walsum «había hablado por fin de lo que no se podía hablar». Hasta entonces, los políticos serios no se atrevían a admitir públicamente que la ONU iba a buscar un compromiso entre la «legalidad internacional» y la «realidad política». Van Walsum estaba deseando decirlo: El emperador va desnudo.
La conclusión que Bolton extrae sobre la metedura de pata o la franqueza de Van Walsum -depende de cómo se mire- da qué pensar: Marruecos nunca permitirá que se celebre un referéndum, así que no hay razón para que la ONU intente montar uno. No obstante, como a nadie se le ocurre qué se puede hacer con la MINURSO, ésta va camino de adquirir una «existencia casi perpetua». En dicha capacidad, aunque no pueda promover una resolución del conflicto, sí que es capaz de prolongarlo o complicarlo. Por lo tanto, acabar con la MINURSO es una posibilidad tentadora. Ello forzaría a Marruecos a ponerse seria con el referéndum, o bien, si no consigue eso, al menos eliminaría el obstáculo que impide a Marruecos reunirse con Argelia, la protectora de la soberanía saharaui, para tratar directamente el problema. El Departamento de Estado [de EE.UU.] se oponía al plan de Bolton, por medio de Eliot Abrams, vendiendo lo que ahora llamamos el plan de autonomía.
Obstáculos actuales a la resolución del conflicto: el plan de autonomía
Como decía George Orwell, siempre hay sitio para un pastelito más. Incluso en discusiones serias como ésta, es crucial poder distanciarse para ver los elementos absurdos. Es sabido que 168 miembros del Congreso se han significado firmando una carta de apoyo al plan de autonomía marroquí. Hay que contemplar esto con cierta perspectiva, como acaba de hacer Ian Williams, del periódico británico The Guardian. Él recuerda una encuesta que hizo en 1992 Spy Magazine a 24 miembros republicanos del Congreso, preguntándoles qué proponían hacer respecto a la situación de Freedonia. Ese país no existe, por supuesto. Es el país ficticio de la película Sopa de ganso, de los hermanos Marx. No obstante, todos los congresistas encuestados «discurseaban a la manera de un político sobre los esfuerzos que emprenderían para garantizar la estabilidad allí». Williams concluye que 160 de los 168 signatarios de la carta de autonomía no habían oído nunca hablar del Sáhara Occidental hasta un mes antes de enviar la carta. «Cuando los doctos miembros del Congreso se abalanzan a firmar una carta sobre política exterior que no contiene hechos probados, puedes estar seguro de que hay un lobby detrás». Como persona que ha pasado mucho tiempo en las salas del Congreso, no tengo otra cosa que decir que amén.
Sin embargo, más importante que lo anterior es el hecho de que la mayor parte de los 50 miembros del Subcomité para Africa de la Cámara de Diputados —es decir, congresistas que verdaderamente tratan día a día asuntos africanos— firmaron una carta en sentido opuesto, en la que requerían el apoyo de los Estados Unidos a la autodeterminación saharaui. Pero, como señala Williams, al no haber dinero marroquí detrás, pocos prestaron oídos a esta cuestión.
Cuando James Baker asumió el cargo de Representante Personal del Secretario General [de la ONU] para el Sáhara Occidental, se reunió con el rey Hasán y con los líderes del POLISARIO y les consultó sobre sus aspiraciones. Ambos dijeron: «Queremos un referéndum libre y justo. No queremos hablar de autonomía. Queremos hablar de un referéndum». Y Baker comenzó la serie de reuniones europeas que concluyeron en los Acuerdos de Houston, firmados por ambas partes.
Baker fracasó porque, aun cuando Marruecos había firmado y sellado el acuerdo para celebrar un referéndum (¡dos veces!), se negó en la práctica a dar los pasos necesarios para que se celebrara. Como dijo André Malraux, tirar el tablero de ajedrez es, sin lugar a dudas, un movimiento eficaz, si no legítimo, en el ajedrez.
La ley que rige la disputa entre marroquíes y saharauis es clara. Simplemente, carece de importancia:
El Tribunal Internacional de Justicia falló que los lazos históricos de Marruecos con el Sáhara Occidental no eran suficientes para establecer la soberanía; pero Marruecos ha pasado por alto esa decisión.
El Tribunal tampoco encontró ningún motivo legal por el que no se pudiera cumplir la Resolución 1514 (XV) de la Asamblea General, sobre la descolonización del Sáhara Occidental, ni proceder a la celebración de un referéndum específico, basado en el principio de autodeterminación, que reflejara la expresión libre y genuina de la voluntad del pueblo de ese territorio. Pero Marruecos no ha permitido que nada de eso sucediera.
Marruecos ha roto dos veces sus obligaciones contraídas en un Tratado, de celebrar el referéndum, y ahora simplemente dice: «Ni hablar, José».
Marruecos invadió ilegalmente el Sáhara Occidental en 1975 y desde entonces lo ocupa ilegalmente. The Economist tildó la acción de Marruecos de Anschluss [anexión, en alemán]. Marruecos ha ignorado las resoluciones del Consejo de Seguridad que condenan sus actos y no ha cedido un ápice. Como ha observado John Bolton, Marruecos tiene el control de facto del Sáhara Occidental. Y ahora pretende ampliarlo a un control de jure mediante su plan de autonomía, que es, a juzgar por las apariencias -como señaló Emhamed Khadad en el Wall Street Journal- una argumentación completamente circular: Que Marruecos ofrezca un plan de autonomía, en un lugar en el que no tiene ningún derecho legal a estar, al pueblo de un territorio que Marruecos ocupa ilegalmente, es un absurdo digno de figurar en Alicia en el país de las maravillas.
Respecto a la comunidad internacional, ésta no sólo no abuchea el plan de autonomía, sino que lo apoya, aun cuando el plan de Marruecos jamás permitirá a los saharauis ser independientes, aunque sea su derecho en virtud de la ley. ¡Increíble! El mencionado plan está recibiendo apoyo a pesar de basarse en la suposición de que el Sáhara Occidental pertenece a Marruecos, algo que ha negado específicamente el Tribunal Internacional de Justicia. Está recibiendo apoyo aunque ello equivaldría a respaldar el concepto, ya desacreditado y de dudosa reputación, de lebensraum [espacio vital, en alemán], la expansión del territorio de un país por la fuerza militar. De hecho, como ha señalado el profesor [Stephen] Zunes, sería la primera vez desde la creación de la ONU y la ratificación de la Carta que la comunidad internacional habría refrendado dicho concepto, algo impensable para los fundadores de las Naciones Unidas, que acababan de luchar en una guerra cuyo objetivo era precisamente terminar con ese tipo de abusos.
Algunos de mis colegas, antiguos embajadores de los Estados Unidos en Marruecos, han redactado una carta que apoya el plan de autonomía de Marruecos. Estoy seguro de que su intención era buena, pero sus hechos y razonamientos generan lo que los españoles llaman vergüenza ajena, esto es, la turbación que uno siente ante las meteduras de pata de otros. Por ejemplo, llaman al POLISARIO «un grupo de rebeldes apoyados por Argelia» que «desafía la soberanía histórica de Marruecos» sobre esta zona, «a la que a veces se denomina Sáhara Occidental». El embajador [saharaui] Breica contestó a estas afirmaciones, a esta propaganda a fin de cuentas, con contundencia. Todos los que estamos aquí sabemos de lo que hablamos, y sería tedioso repetir las refutaciones pertinentes. La carta en cuestión muestra el tipo de sucias maniobras y -llamemos a las cosas por su nombre- las mentiras que Marruecos no se priva de utilizar para influir en la opinión pública.
¿Los POLISARIOS rebeldes? ¿De verdad? Prefiero pensar que este pareado les retrata mejor:
En su reciente exposición ante el Cuarto Comité de la ONU sobre Descolonización, el Dr. Pedro Pinto Leite señaló que la Segunda Década de la Erradicación de la Colonización estaba llegando a su fin, y sin embargo la colonización del Sáhara Occidental por parte de Marruecos sigue incólume y con total impunidad. Permítanme recordarles que si el plan de autonomía de Marruecos fuere aceptado por la comunidad internacional, podemos olvidarnos entonces de la descolonización. El día que se aceptara el plan de autonomía de Marruecos estaríamos contemplando el principio de la primera década del Nuevo Colonialismo.
Ya he dicho anteriormente que la ley sobre esta cuestión es muy clara y que está a favor de los saharauis; pero eso no importa. Algunos hechos recientes parecen refrendar esta conclusión. Los cínicos siempre han pensado que la ley no tiene importancia: «¿Un derecho internacional para todas las naciones?», se preguntaba Voltaire. «¡Ya sólo les falta inventar un código de conducta para los gángsteres y salteadores de caminos!»
Perspectivas de resolución
Un referéndum directo que permita que los saharauis tengan la opción de su independencia o un referéndum que permita la independencia saharaui como parte de un plan de autonomía de Marruecos. Seamos realistas: no va a pasar ninguna de esas dos cosas, a no ser que se pueda presionar a Marruecos para que se tome en serio el referéndum. El papa Juan Pablo II habló una vez de dos posibles soluciones para Europa Central, una práctica y otra sobrenatural: «En una, Dios nuestro señor, la Virgen María y los santos descienden de los cielos y guían a los gobiernos a la rectitud. Y en la otra, la sobrenatural, los gobiernos acuerdan una cooperación mutua». Lo que necesitamos, en este caso, es la solución sobrenatural.
El vilipendiado Peter Van Walsum estaba en lo cierto, aunque algunos quieran matar al mensajero. Se equivocaba, por supuesto, al sugerir que el Consejo de Seguridad tomara una decisión sobre el tema confrontando lo bueno y lo malo de la situación; en una palabra, la ley frente a la realidad política. Pero reflejaba lo que piensan muchas personas, muchas de ellas, por desgracia, en el Departamento de Estado de mi propio país. Maquiavelo habrá muerto hace ya casi cinco siglos, pero su filosofía política sigue vivita y coleando; y tenemos que lidiar con ella y con sus acólitos, como Herr van Walsum.
Los saharauis no tienen futuro alguno en la MINURSO, tal y como es hoy en día, y no hay razón alguna para que apoyen su continuidad.
A mi juicio, John Bolton hace bien en apoyar la eliminación de la MINURSO porque, aunque no tuviera lugar, la mera amenaza de eliminarla probablemente forzaría a Marruecos a tomarse en serio el referéndum o a enfrentarse a la realidad de tener que lidiar con el país protector de los saharauis, Argelia, una situación que beneficiaría a ambos contrincantes. Me parece que es la mejor opción: la que tiene más probabilidades de éxito y menos riesgos. Sustituir a la MINURSO ofrece la esperanza de una solución, algo que escasea hoy.
Pero los críticos de esta opción se preguntarán qué va a reemplazar a la MINURSO cuando ya no esté. Volviendo a mi viejo amigo Voltaire, si tienes un oso en el salón de tu casa, no te preguntas por qué lo vas a sustituir. Simplemente te deshaces de él.
Artículo original publicado en enero de 2009
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor, al revisor y la fuente.
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