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Timestamp: 2020-08-05 13:44:24+00:00

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La Comisión Nacional de Monumentos y su sede histórica en el solar del Cabildo (ochenta y dos años de una historia poco conocida) | Revista Habitat
Revista Hábitat — 20 julio, 2020
El contexto de este texto, y una pizca de filosofía aplicada al Patrimonio
El cuerpo colegiado de la Comisión Nacional de Monumentos, presidido por el Dr. Ricardo Levene, reunido en su sede del Cabildo. También se halla presente el Arq. Mario Buschiazzo. Diciembre 1939 (Col. OADM)
En los últimos días ha tomado estado público la decisión de mudar las dependencias de la Comisión Nacional de Monumentos, desde su edificio en el solar del Cabildo, al ex Palacio Casey, en la avenida Alvear.
Según el discurso oficial, ello dotaría al organismo migrante, de mayores comodidades de espacios operativos. De igual modo se beneficiaría el Museo del Cabildo, al obtener espacios necesarios para atender al numeroso público que lo visita y alojar mejor sus colecciones y sus oficinas.
Estas razones funcionales y operativas que se invocan son, sin duda, ciertas y atendibles.
Ello ha motivado, como reacción casi inmediata, algunas opiniones (tanto de una parte del personal de la Comisión Nacional, como de algunos ex directivos, asesores y ex asesores, delegados y ex delegados, y de profesionales, docentes e investigadores que actúan en el ámbito del Patrimonio) que, sin menoscabo de las demandas espaciales del Museo del Cabildo, sin embargo ponen en duda el acierto de la mudanza de la Comisión Nacional, basándose en el carácter fundacional de esa sede histórica, ya desde 1938, cuando se obtuvo el Cabildo para instalar el flamante organismo.
Por otra parte, y aunque desde finales de los años 40 haya pasado a la jurisdicción estatal, las invariantes estéticas del Palacio Casey (con la impronta irresistible de su truculencia formal tardo-victoriana) lo vinculan, en su origen, a la arquitectura doméstica «de representación» opulenta, preferida por los comitentes particulares porteños de finales del siglo XIX, pero no a la edilicia propia y representativa del Estado, ni a los hechos fundantes del país, ni a la epopeya cultural del colectivo-Nación.
Sería, en verdad, difícil encontrar un edificio civil comparable al Cabildo en ese aspecto identitario y «aurático» (quizá, el único lugar que en Buenos Aires podría ofrecer similares fortalezas históricas sea la la Manzana de las Luces).
Estas razones simbólicas e identitarias también son ciertas y atendibles.
Ambas posturas parecen, a simple vista, razonables. Pero he aquí, en la ambigüedad de «lo razonable», un punto problemático que, una hendidura más filosófica del problema, podría poner en términos de aquel dictum acuñado por Voltaire, de «encontrar un sentido a las cosas absurdas, poner la razón en la locura»; lo cual equivale a usar la razón para apoyar lo que no es razonable, o usar la inteligencia para disimular un desacierto.
No se trata, por supuesto, de venir a plantear esas narrativas maniqueas, donde una grieta insalvable divide, con claridad y distingo cartesianos, a «los buenos» de «los malos». Aquí, sin duda, ambas posturas ponen su mirada en el quid del Patrimonio (en términos amplios y mayúsculos) : mientras de un lado se pretende un mejor aprovechamiento, social, museal y administrativo de esos dos espacios patrimoniales que son el Cabildo y el Palacio Casey, del otro se pronuncia, desde el lugar de la historia, la voz identitaria de un organismo de características singulares, arraigado en un sitio, también singular, desde hace ochenta y dos años.
Ambas posturas, claramente, difieren en sus puntos de vista y en su ponderación de la potencia, la polisemia y la teleología que, como «semióforos«, pueden desplegar ante el escrutinio social los bienes patrimoniales. En definitiva, si el Patrimonio no opera en favor del conjunto social ¿cuál sería su función cultural?. Porque en este caso que parece tan prosaicamente administrativo (un cambio de sede de un organismo público…), también se cifra ese tipo de interés social que vinculamos a los vectores de memoria identitaria.
Existe, pues, una tensión dialéctica entre dos posiciones que postulan argumentos que merecen , quizá, una más detenida reflexión y que darían motivo privilegiado a un amplio debate, más abarcador y federal en su convocatoria, y más rico en los matices de sus resonancias corales.
No sería la primera vez, entre nosotros, que el Patrimonio, problematizado en un caso concreto, convida a voces diversas, ante una decisión gubernamental «rupturista» de continuidades históricas. Recuérdese que en 1883, cuando el intendente Alvear se proponía derribar la Pirámide de Mayo, el Concejo Deliberante convocó a una «encuesta» de opinión acerca del destino (o la permanencia) del monumento, en la cual tomaron parte Sarmiento, Mitre, V. F. López, Carranza, Trellez, Estrada, Lamas, Avellaneda y otros.
De algún modo, la Pirámide dio excusa y motivo para un debate que trascendía al propio monumento y que permitió discutir la identidad de ese espacio de representación histórica que Alvear pretendía refundar bajo la razón «progresista», en contraste con esa razón «identitaria» que era el recuerdo fundacional y el carácter de los padres fundadores. Andrés Lamas llegó a decir, frente a la tentadora perspectiva de obtener un monumento más sofisticado desde el punto de vista artístico, que, cuanto más rico y artístico fuera el nuevo monumento, menos representaría el espíritu austero de aquellos fundadores.
¿Podría establecerse cierta analogía conjetural con la operación de traslado de la Comisión Nacional a un palacio en la Recoleta que no fue concebido como edificio estatal?: lo que hipotéticamente se gane en glamour du quartier, en riqueza de arquitectura, en galanuras de ornamentación y moblaje, y en confort de metros cuadrados, ¿no se perdería en espíritu e identidad?. Quizá sea ésta la pregunta más crítica que deberíamos formularnos.
Porque no cabe duda de que el Palacio Casey es un magnífico ejemplo de la formidable arquitectura «del liberalismo» (como la hubiera llamado Federico Ortiz), que su ubicación es inmejorable y que su espacialidad es generosa y elegante. Pero, estos valores que satisfarían las demandas simbólicas y operativas de cualquier organismo estatal con trayectoria, ¿son simétricamente transferibles a la Comisión Nacional de Monumentos? ¿alcanzan para impostarle el registro de identidad y de consistencia con su misión que, desde hace ochenta y dos años, encuentra en el solar del Cabildo? ¿Existen alternativas conciliadoras de ambas posturas, que resuelvan el problema funcional (tanto del Museo del Cabildo como de la Comisión Nacional) sin menoscabo de los componentes identitarios? Son las preguntas cuya respuesta, cualquiera sea, deberían surgir de un debate.
Si únicamente se hicieran visibles las razones de sólo una parte en esta discusión, ¿no estaríamos ante una suerte de «discurso hegemónico», en términos de Foucault, donde se anulan las posibilidades de consensos inter-subjetivos derivados de otros discursos «emergentes» (de nuevo, Foucault) , aun cuando postulen una nota de respetuoso disenso?
La omisión del debate no parece consistente con esa legitimación axiológica a la cual aspira el Patrimonio cultural, como espacio de construcción identitaria democrática y, a la vez, como un modo de conocimiento social, teórico-práctico, que va encontrando su lugar epistemológico merced a un creciente e interdisciplinario apego al método de la ciencia.
No tomamos, aquí, partido por una u otra postura, porque entendemos que, sopesando los argumentos de cada lado, alguna solución arbitral debería hallarse en el «justo medio». Pero, ¿dónde se ubica ese justo medio?, no es un tema que vayamos a responder en las lineas que siguen. Cada lector formará su criterio.
El presente texto que me ha solicitado la revista «Habitat» intenta ofrecer un panorama histórico de la presencia de la Comisión Nacional de Monumentos en el solar del Cabildo de Buenos Aires desde 1938 y del por qué de esa presencia, lograda por el fundador Levene. También, intentamos una primera indagación filosófica acerca del valor simbólico de ciertos espacios de representación estatal. No todos los edificios, los lugares, y los no-lugares, se revisten de la misma capacidad semántica, en este punto.
Y, de paso, no está de más que abordemos la cuestión de por qué, cómo y desde cuando coexiste un Museo dedicado al Cabildo y la Revolución de Mayo (1).
Porque conocer estos detalles, saber más acerca de por qué los bienes patrimoniales son lo que son y están donde están, develar la trama de su derrotero histórico y explicitar los repliegues de sus sentidos, nunca será, como decía Martín Fierro, para mal de ninguno/ sino para bien de todos.
La Comisión Nacional de Monumentos y su instalación en el Cabildo
Puede decirse que la apropiación histórica y jurídica del edificio del Cabildo, como primera sede oficial de la Comisión Nacional de Monumentos (llamada, entonces, Comisión Nacional de Museos y Lugares Históricos, sucesora de la fugaz Superintendencia de Lugares Históricos) se verificó en horas de la tarde del 23 de mayo de 1938, en el despacho del Ministro de Justicia e Instrucción Pública, que era el Dr. Jorge E. Coll.
La Comisión Nacional había sido creada mediante un decreto del PEN del 29 de abril de ese año. El presidente del organismo, el Dr. Ricardo Levene, acompañado por algunos vocales, había concurrido al despacho del Ministro para cumplir las cortesías protocolares y nimbar con un comienzo auspicioso la tarea institucional, que consistía en el cuidado del patrimonio moral de la Nación, representado por los tesoros de sus reliquias históricas, por sus monumentos, por los lugares vinculados a los hechos notables del pasado, y por todo aquello que representa una tradición o un ejemplo legado por nuestros mayores…
Nótese la amplitud del universo patrimonial identitario que el Estado Nacional confiaba al nuevo organismo: allí quedaban implicadas todas las vertientes y las escalas del Patrimonio cultural: lo material-monumental (monumentos, lugares), lo coleccionable-museal (reliquias históricas) y lo inmaterial (tradición, ejemplo de los mayores). Aunque aún no estuviera formulado un corpus transversal e interdisciplinario del Patrimonio, no estaban mal orientados nuestros «padres fundadores» de la disciplina patrimonial: echaron mano al herramental y a las semánticas de su época.
En aquella reunión hablaron, primero el Ministro, después Levene, luego los vocales (que aceptaron formalmente los cargos), de nuevo el Ministro, seguidamente el vocal Cárcano, a continuación el vocal Udaondo, y, por último, nuevamente Levene. Quiero referirme a esta última intervención, que pone de relieve la habilidad diplomática de Levene.
En efecto, agradeció la hospitalidad del Ministro, por haberlos recibido en su propio despacho, «pero hizo presente que para sus reuniones futuras y para el funcionamiento administrativo, que será intenso, era menester un local propio» (2). Acaso hubiera en la frase una premeditada y elegante exageración, por cuanto la Comisión, pese a tener existencia legal, carecía de sede propia. Probablemente el tema haya sido previamente conversado por Levene y Coll, ya que este último ofreció, en el acto, a la Comisión Nacional, «el edificio del Cabildo frente a la plaza de Mayo» (en el estado en que se hallaba por entonces, bien diferente de su estado actual) «por entender que ningún otro sería más propio y adecuado». Recordemos que el Cabildo se había salvado de la demolición, hacía poco tiempo, merced, principalmente, a las gestiones de Federico Santa Coloma Brandsen, (director del Museo Histórico Nacional) y a la llamada «Ley Pueyrredon».
Allí mismo, Coll recordó que existía una ley, no cumplida, que disponía «la organización en las salas del Cabildo de un museo recordatorio de Mayo»; y encomendó a la Comisión la organización de una exposición de las reliquias de la Revolución que se custodiaban en el Museo Histórico Nacional, utilizando «la sala capitular y alguna otra contigua, y reservando el resto para las dependencias del organismo» (3). Adicionalmente, el Ministro se pronunció en favor de restaurar el Cabildo.
Para la instalación de la Comisión Nacional, el Ministerio había dispuesto una suma de $ 10.000.-, que incluía el mobiliario (del cual hablaremos al final). También, se había dispuesto la mudanza de la Inspección de Enseñanza, desde el piso alto del Cabildo, a otro inmueble. Y, en breve, se haría igual desalojo de la planta baja, mudando dependencias del Ministerio de Marina. En suma, sólo quedarían como ocupantes del histórico edificio, la Comisión Nacional y, provisoriamente, la Dirección de Estadística del Ministerio de Instrucción Pública (4).
Levene añadió (quizá para sorpresa de sus colegas) que ya había encargado al arquitecto Mario J. Buschiazzo, un proyecto de refacción y restauración de algunas salas.
Continuaba señalando el acta de aquella reunión que los miembros de la Comisión acogieron con agrado estas manifestaciones «y hubo parecer unánime de que la instalación de la Comisión Nacional en el Cabildo facilitará la labor de la misma» (5).
Me parece relevante recalcar que el cuerpo colegiado se mostró de acuerdo, unánimemente, en ocupar el Cabildo, atribuyendo a esa locación la virtud de «facilitar» la labor institucional. Es decir, en términos de la lengua española, hacer fácil o hacer posible la consecución de esos propósitos de alcance nacional que se mencionaron antes. Esta «facilitación» aludía, entonces, al plano de lo simbólico y no meramente a la comodidad administrativa, que bien podía satisfacerse en cualquier otro edificio público disponible.
Pero, como la instalación no iba a ocurrir de inmediato, se decidió que las reuniones se realizaran en la sala de la Academia Nacional de la Historia, ubicada en el Museo Mitre (recordemos que Levene presidía la Academia); y que el despacho administrativo de la secretaría se alojaría en las oficinas que el Ministerio poseía en la avenida Las Heras nº 2585, un edificio expropiado por causa de utilidad pública en 1937, mediante la ley 12.352, junto con el resto de la manzana de la «Quinta Unzué» (6).
De este modo, luego de una hora de saludos rituales y conversación en registro patriótico, concluyó la sesión inaugural o «constitutiva» de la Comisión Nacional. No todo había sido protocolo y etiqueta: habían quedado selladas varias decisiones de trascendental importancia. Y, en lo que concierne a nuestro tema, el Gobierno Nacional había asignado, ab initio, el edificio del Cabildo (donde aún no existía ningún museo) al organismo.
Es interesante consignar que, respetuoso de las formas legales, Levene solicitó oficialmente, mediante nota del 22 de junio de 1938, dirigida al Ministro Coll, quiera disponer se dé posesión a la Comisión Nacional que presido, del edificio del Cabildo…(6 Bis). Levene aclaraba que, una vez en posesión del edificio, se organizaría allí un museo, y que en aquellas dependencias susceptibles de ser ocupadas por oficinas, funcionarán las de la Comisión Nacional y celebrará la misma sus sesiones.
El historiador y recordado ex presidente de la Comisión Nacional, Arq. Alberto de Paula, señaló con categórica precisión que en julio de 1938 el Poder Ejecutivo «designó al Cabildo como sede de la recién creada Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos» (6 Ter).
En efecto, el 1º de julio de 1938 el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública dictó una resolución mediante la cual ponía a la Comisión Nacional en posesión del Cabildo. El artículo 2º establecía que: la Comisión Nacional ocupará en el mencionado local las habitaciones necesarias para la instalación de la Presidencia, Consejo, Secretaría y demás oficinas (6 Quater).
Además, se encomendaba a la Comisión Nacional la restauración, con el concurso de la Dirección General de Arquitectura. El arquitecto Buschiazzo quedaba a cargo del proyecto.
También se indicaba que debían funcionar allí la Comisión Nacional de Cooperación Intelectual y la Comisión Revisora de Textos de Historia y Geografía, que integraba Levene.
Es interesante hacer notar, como lo señalé en alguna oportunidad, que esta asignación de espacios en el Cabildo contradecía la ley 11.688, desalentando las expectativas del Museo Histórico Nacional en cuanto a ocupar locales en el Cabildo. El proyecto de ley remitido al Congreso el 10 de abril de 1939 daba por cerrada la cuestión.
¿Cuándo comenzó a reunirse la Comisión Nacional en el Cabildo?
Como quedó dicho, las primeras reuniones del cuerpo directivo debieron realizarse en el Museo Mitre y fueron las siguientes: 30/V/1938, 8/VI/1938, 14/VI/1938, 22/VI/1938, 4/VII/1938 y 18/VII/1938.
Ya en la sesión del 18 de julio de 1938, Levene había informado que «se hallaba en ejecución el plan de devolver al histórico edificio a la ciudad de Buenos Aires, revestido con sus atributos tradicionales, pues los trabajos preliminares para que lo ocupe la Comisión estaban muy adelantados, al punto de que creía que la próxima sesión de la misma podría realizarse ya en el Cabildo» (7). Agregó que inmediatamente se gestionaría «la realización de las obras más urgentes para poder habilitar al público el Museo de la Revolución de Mayo».
Vale decir que el objetivo más perentorio era la instalación del organismo en el edificio que ahora era su sede, quedando diferido para un momento inmediatamente posterior, la adecuación de las salas destinadas a la exposición.
Las expectativas fueron cumplidas y la sesión siguiente, del 8 de agosto de 1938, ya pudo celebrarse en el Cabildo. Levene abrió la reunión y expresó ante sus colegas «su complacencia por hallarse reunidos en la sede definitiva de la Comisión, el edificio histórico del Cabildo de Buenos Aires» (8).
Como corolario, se aprobó el despacho de una nota al Museo Mitre, agradeciendo la hospitalidad de haber prestado un local para las reuniones. De esta manera, quedaba cerrado el ciclo de la sede provisoria y se abría la etapa de la «sede definitiva», es decir, el Cabildo.
Sin embargo, hubo que regresar al Museo Mitre poco después, y en forma transitoria, a raíz de las obras mayores de restauración del Cabildo, tal como se resolvió en la sesión del 1º de abril de 1940. Se esperaba volver al Cabildo entre agosto y setiembre del mismo año.
Es interesante añadir que en los membretes de diversos papeles oficiales de la Comisión Nacional, lucía, a modo de domicilio, la leyenda Edificio del Cabildo – Bolivar 65. Y que, con frecuencia, las actas de las reuniones del cuerpo colegiado se encabezaban con la frase ritual «En la Casa Cabildo, sede de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos».
La restauración del Cabildo fue una operación llevada a cabo por la Comisión Nacional, como parte de su propia instalación física.
Ya hemos visto de qué modo la necesidad de instalación del organismo motivó una serie de acondicionamientos urgentes en el edificio. Sin embargo, la ley 11.688, que había preservado el Cabildo, disponía, en su artículo 2º, una recuperación del aspecto que ofrecía en 1810. Tarea ésa virtualmente imposible, toda vez que la apertura de la Avenida de Mayo había eliminado tres arcos, y la alineación con la Diagonal Sur, en 1931, había arrasado con otros tres. Hubo, en el ínterin, algunas propuestas de restauración que no prosperaron.
Levene había revelado en la sesión inaugural su previo entendimiento con Buschiazzo, cuya propuesta de intervención consistía en «una inmediata restauración de las salas propiamente históricas de la planta alta, sin incurrir en gastos extraordinarios» (9). En esta primera etapa podía llegar a reconstruirse «la torre y la vieja fachada». El programa de Buschiazzo comprendía: la Sala Capitular, el local llamado «secretaría de Mariano Moreno» y otros dos locales situados a la derecha. Para ello debían picarse los revoques modernos en la sala histórica, su recomposición en estilo de época, la sustitución de pisos de madera por ladrillones del tipo colonial y el reemplazo de las carpinterías. Con ello, ahorrando tiempo y dinero, se daría a los salones «el aspecto sencillo que tuvieron», Buschiazzo dixit (10).
Una vez blanqueadas las salas, Buschiazzo proponía llevar allí algunos muebles y objetos que existían en el Museo Histórico Nacional (el tintero y el escritorio de Moreno, por ejemplo), dotando así a la Sala histórica y a la llamada «secretaría», reservando los otros dos salones para la Comisión Nacional (11).
En suma, Levene y su sistema de oficinas (tres comisiones nacionales) ocuparía la planta baja que ya estaba bastante adaptada al uso administrativo por el Ministerio de Marina, derivando la economía de gastos a los trabajos en la Sala Capitular.
La dignidad que recuperó el edificio, gracias a la gestión de la Comisión Nacional, motivó una medida adicional (en rigor, una iniciativa de Enrique Udaondo) por parte de la Municipalidad: el desalojo de los vendedores ambulantes de la recova del Cabildo (12).
Las obras de esta primera etapa (la Sala Capitular) fueron oficialmente inauguradas el 11 de noviembre de 1939. Tanto el presidente de la República, Roberto Ortiz, como el ministro Coll, expresaron a Levene su deseo de continuar con la restauración completa del edificio. Días después, en el marco de una visita de cortesía al presidente de la Nación, se repitió aquel deseo. Levene no perdió tiempo y el 27 de noviembre solicitó la aprobación del «proyecto Buschiazzo», que contemplaba la demolición de los locales contiguos al Cabildo y la formación de una plaza, alertando asimismo acerca de la necesidad de proceder por ley a la expropiación de la finca sobre la calle Victoria, y de regular el cuadrado destinado a plaza pública (13).
No relataremos los pormenores del proyecto, que debía ser evaluado por una «Comisión Asesora Técnica, Artística e Histórica», creada en diciembre de 1939, e integrada por Levene, el Director General de Arquitectura Antonio Vaquer, el arquitecto Noel por las Academias Nacionales de Bellas Artes y de la Historia, y el arquitecto Buschiazzo como «adscripto» a la Comisión Nacional. Hubo algunas objeciones de Udaondo en lo tocante a la demolición de sectores que no se etiquetaban como «históricos» (13 Bis).
Interesa referirnos, porque atañe a nuestro asunto, a los edificios que existían donde hoy se levanta el edificio de la Comisión Nacional (inaugurado en 1960). Efectivamente, a propuesta del arquitecto Noel se aprobó que, haciendo fondo con la plaza o jardín (detrás del volumen del Cabildo) quedaran en pie los calabozos, a modo de volumen de cierre de ese espacio abierto que se perfilaba como plaza pública. La Municipalidad había expresado, el 27 de diciembre de 1939, su deseo de convertir todo el terreno remanente del Cabildo en plaza pública, a lo cual adhirió la Comisión Nacional el 18 de marzo de 1940 (14).
El 8 de julio de 1940 una subcomisión interna de la Comisión Nacional aprobó el proyecto de la Dirección General de Arquitectura de destinar los fondos para la restauración y expropiaciones, con un adicional de $ 30.000.- para la restauración del sector de los antiguos calabozos y tareas de jardinería en el patio (más tarde, el 14 de octubre, Udaondo pidió que en ese jardín únicamente se plantaran especies nativas). Ese sector de los calabozos es la parte más antigua del edificio cuya planta forma una «U», completado en 1960 para uso de la Comisión Nacional.
La segunda etapa del plan de restauración fue inaugurada el 12 de octubre de 1940. Levene declaró formalmente inaugurado «el edificio del Cabildo, en nombre del Poder Ejecutivo Nacional y de la propia Comisión Nacional». Obraba, así, digamos que como «dueño» y comitente, ya que nada se hizo sin la participación activa del organismo que él presidía. Una exposición iconográfica acerca del Cabildo, el Fuerte, la Catedral, la Plaza de Mayo y la Recova, organizada por don Alejo Gonzalez Garaño (un operador de la confianza de Levene, director del Museo Histórico Nacional y, antes, vocal de la Comisión Nacional) completaba el festejo (14 Bis).
4.1. La identidad del Cabildo se hizo definitivamente solidaria con la Nación
El edificio del Cabildo registraba, desde décadas atrás, una historia de tensiones jurídicas entre la Municipalidad y la Nación derivadas de su propiedad (su origen como ayuntamiento y sus funciones coloniales «de barrio», lo caracterizaban como municipal; pero en 1879 el Gobierno Nacional solicitó la desocupación por parte de la Municipalidad, para instalar allí los tribunales civiles, derivándose de la nueva ocupación, en 1880, diversos reclamos comunales) (14 Ter).
Sin embargo, con esta operación de restauración, de «musealización» y de instalación de la Comisión Nacional, en adelante, el Cabildo quedaría ubicado en el imaginario colectivo como un símbolo «nacional» y no como un edificio del catastro metropolitano.
Su condición identitaria quedaba, así, solidarizada con la gesta histórica del colectivo-Nación, como hasta ahora. Y ello se lo debemos a Levene y al primer cuerpo de vocales de la Comisión Nacional.
La «musealización» del Cabildo fue una operación también llevada a cabo por la Comisión Nacional en el edificio que era su sede oficial.
La exitosa operación simbólica de restauración del Cabildo de Buenos Aires motivó el re-equipamiento de sus salas con muebles, objetos auténticos de exhibición, obras de arte y otras piezas para adorno. Comenzaba de este modo un proceso de «musealización» (sepan disimular el neologismo) efectiva del Cabildo, vale decir, la transformación en institución-museo del emblemático monumento nacional.
En el Archivo Institucional de la Comisión Nacional de Monumentos se conserva abundante documentación que da cuenta de aquellos trámites orientados a obtener objetos en préstamo, o en donación o por vía de compra. Me he ocupado de este tema, in extenso, en anterior ocasión (15).
Me interesa aquí resaltar el despliegue de gestiones que cumplió, per se, la Comisión Nacional para dotar al museo y a la biblioteca del Cabildo de objetos e impresos. ¡Hasta la vieja campana del edificio, que se hallaba en San Ignacio, fue recuperada merced a la favorable respuesta del cardenal Copello! (16). También la iconografía mereció especial atención de la Comisión Nacional, ya que Levene sostenía el valor docente de los óleos con los retratos de los cabildantes de 1810. Algunos de esos retratos, pintados por Tomás Del Villar, todavía lucen en dependencias de la Comisión Nacional.
El Museo del Cabildo fue una creación de la Comisión Nacional que presidió Ricardo Levene: antes no existía como institución, carecía de personería jurídica-administrativa, carecía de edificio y de colecciones, y era una mera expresión legal sin concreción. Al recibir como sede propia el edificio del Cabildo, la Comisión Nacional recibió (y cumplió) la encomienda de organizar ese museo que era una necesidad de memoria argentina.
Un intento de separación del Museo del Cabildo respecto de la Comisión Nacional, luego de la renuncia de Levene
Aunque fundado y gerenciado por la Comisión Nacional, ciertamente, el «Museo del Cabildo y la Revolución de Mayo» había sido nutrido, en parte, con piezas de la colección del Museo Histórico Nacional. Más aún, debía ser considerado desde el punto de vista museológico, una «sección» de este último, según lo había tipificado Levene en el discurso de inauguración de las obras de restauración, en octubre de 1940.
Esta ambigua calificación administrativa ¿despertaba en las autoridades del Museo Histórico Nacional alguna expectativa de avance sobre el edificio del Cabildo? Al parecer así fue.
En 1950 se planteó la cuestión de si el Museo Histórico Nacional debía tomar a su cargo el edificio del Cabildo y sus objetos. Antes, en 1949, la propia Comisión Nacional había iniciado el expediente nº 158.054, a efectos de precisar el alcance jurídico de una situación que había creado la resolución ministerial del 17 de noviembre de 1947, que colisionaba con la ley 12.665. Finalmente, la controvertida resolución fue dejada sin efecto, y el Cabildo permaneció bajo superintendencia directa, técnica y administrativa, de la Comisión Nacional, lo mismo que sus colecciones (17). Más aun, mediante un dictamen del Ministerio de Educación se habilitaba a la Comisión Nacional a disponer el reintegro, al edificio del Cabildo, de algunas piezas que habían sido trasladadas al Museo Histórico Nacional.
Un nuevo edificio para la Comisión Nacional en el mismo solar histórico: el «plan de siete puntos» y un cambio en el programa edilicio
La plazuela por detrás del Cabildo y el sector de los antiguos calabozos, al concluir la restauración a cargo de Mario Buschiazzo. Foto MOP, 1940.
Transcurrieron veintidós años, entre 1938 y 1960, de pacífica ocupación y uso del edificio principal del Cabildo y de su edificio secundario (los «calabozos», en el sector del fondo del patio-plaza) por parte de la Comisión Nacional de Monumentos, que allí radicaba su sede oficial.
Esta función administrativa coexistía con la función de museo, en el mismo monumento, y es obvio imaginar que el crecimiento de las colecciones de objetos y el mayor flujo de visitantes, comenzaría a crear incomodidades de espacio.
Por otra parte, las distintas reorganizaciones administrativas en la jurisdicción de Cultura, ya desde tiempos del gobierno justicialista y luego del golpe de estado de 1955, complejizaba el mismo desempeño de la Comisión Nacional. La incorporación de la Comisión Nacional a la Subsecretaría de Cultura, convertida luego en Dirección General (por decretos nº 5415/48 y 16251/50) , supuso una mengua de hecho en las facultades del organismo o, al menos, de su investidura institucional, que sólo iba a recuperarse en 1962, mediante la resolución nº 1443/62 del Ministerio de Educación y Justicia. A su vez, el decreto del PEN nº 17.097/ 58 había establecido como «miembros natos» del cuerpo colegiado a los titulares de determinadas dependencias estatales, en lugar de especialistas en las disciplinas inherentes al organismo.
En marzo de 1959 falleció Ricardo Levene y la Comisión Nacional decidió colocar en la sala de sesiones su retrato (en rigor, la costumbre de colgar retratos de miembros fallecidos la había inaugurado el propio Levene, en 1940, ante la muerte del vocal Tomás Cullen).
Ese mismo año comenzaban a proyectarse, desde una «comisión ejecutiva» nacional que presidía el Ministro del Interior, los homenajes oficiales con motivo del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, que iba a cumplirse en 1960.
En mayo de 1959 la Comisión Nacional fue citada (junto con la Academia Nacional de la Historia y otras entidades) por la Comisión Ejecutiva del Sesquicentenario, a efectos de iniciar conversaciones sobre el mejor modo de organizar el festejo. De allí surgió el «plan de siete puntos» presentado por la Comisión Nacional (18) que incluía:
1º. Organización de una exposición histórica (bibliografía, documentos, iconografía y numismática);
2º Catálogo de esa misma exposición;
3º Organización del Museo de la Revolución de Mayo;
4º Proyecto de maqueta de la Plaza de Mayo en su aspecto 1810-1816;
5º Sala del Periodismo en el Museo Histórico Nacional;
6º Exposiciones subsidiarias;
7º Sugerencias edilicias relativas al Cabildo.
Obviamente, el punto 7º atañe a nuestro tema.
De la exposición histórica merece señalarse que fue exitosa, que convocó a un público muy numeroso y que ocupó una enorme porción del edificio (vestíbulo central, dos salas contiguas, y ocho salones restantes). ¿Quizá este hecho haya marcado una nueva escala para el Cabildo en su rol como museo? Es probable.
Lo cierto es que al programarse la exposición, su magnitud «hizo pensar bien pronto que la capacidad del histórico Cabildo resultaría insuficiente para su exhibición, resolviéndose entonces la ejecución de un proyecto del señor Vicente Nadal Mora -ex asesor de la Comisión Nacional-, dirigido y conducido en la emergencia por el vocal Ricardo J. Conord, por el que se prolongaba el local de la Comisión a todo lo largo del muro que cerraba la plazuela por el lado sur» (19).
Aquí aparecen en escena dos actores nuevos en nuestro relato: Vicente Nadal Mora y Ricardo Conord. Digamos una palabra acerca de ellos.
Vicente Nadal Mora había nacido en Palma de Mallorca, España, en 1895. En 1909, con estudios de artes plásticas, llegó a Buenos Aires, donde se empleó como cadete en una casa de comercio. Pero, pronto, obtuvo empleo como escultor y dibujante. Pasó, más tarde, a la Dirección General de Arquitectura, donde tomó contacto con Buschiazzo y orientó su trabajo hacia los monumentos coloniales, entre ellos, las ruinas de San Ignacio Miní, acerca de las cuales compuso un registro gráfico excepcional. Desde 1949 se desempeñó en la Comisión Nacional de Monumentos, como asesor técnico, interviniendo en numerosos proyectos. Publicó varias obras histórico-artísticas sobre estética de la arquitectura colonial, sobre oficios coloniales y postcoloniales tales como la herrería, la cerrajería y la carpintería, sobre ornamentación prehispánica etc. Nadal Mora murió en 1957. Su colega y amigo, el historiador jesuita P. Guillermo Furlong, le dedicó un estudio póstumo, del cual extraigo estos datos, y cuyo título es Vicente Nadal Mora: un alma sensible a la belleza (20).
El arquitecto Ricardo J. Conord se destacó como escenógrafo en más de medio centenar de películas, y, también, como decorador y director artístico, ya desde finales de los años 30. Había sido designado en 1957 como asesor técnico de la Comisión Nacional (en reemplazo de Nadal Mora), y se desempeñó como vocal desde 1959 hasta su jubilación en1980 (21). Falleció dos años después.
Tenemos, entonces, un proyecto de Nadal Moral, cuya ejecución póstuma recayó en Conord y que comenzó a concretarse, tal vez en 1959. Era un proyecto modesto: prolongar el cuerpo existente por todo el largo del muro del lado sur de la plazuela.
Sin embargo, «ya adelantada la obra, el vocal de la Comisión Nacional, arquitecto Alejandro Bustillo sugirió la construcción de un nuevo cuerpo, que aparte de aumentar el espacio disponible, satisfaría la necesidad de dotar, a la parte subsistente del Cabildo, de un fachada que cubriera el deslucido hueco dejado sobre la Avenida de Mayo, cuando la apertura de ésta obligó a su lamentable mutilación. Los planos del arquitecto Bustillo fueron aprobados y así se levantó sobre la Avenida de Mayo una edificación inspirada en el estilo de la casa que, en las láminas de Palliére y Pellegrini aparece contigua al antiguo Cabildo y que Leónie Matthis reproduce en uno de sus celebrados cuadros…» (22).
Como puede advertirse, el proyecto tomó una nueva escala, más acorde con las representaciones que el Sesquicentenario pretendía resignificar. El diario La Prensa del 22 de enero de 1960 consignaba la noticia con algo de desacierto en su título:
«SE RECONSTRUIRÁ UN ALA DEMOLIDA DEL CABILDO
Diario La Prensa, 22 de enero de 1960 (Col. OADM)
La Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos aprobó un proyecto del vocal ingeniero Alejandro Bustillo por el cual se construirá, contiguo al Cabildo y siguiendo el costado de la plazoleta que da a la Avenida de Mayo, un cuerpo similar al que existía en el pasado, siguiendo la linea de la calle Bolívar, y que fue demolido.
La casa que se procura reconstruir era llamada «los altos de Riglos» y su reproducción será casi igual, pues el proyecto ha sido documentado sobre la base de los grabados que publicó Taullard en «Nuestro antiguo Buenos Aires» y en «Carlos Enrique Pellegrini: su vida, su obra, su tiempo», editado por la Asociación Amigos del Arte.
Expresa la Comisión que con esta construcción se ha de enmendar parcialmente un grave error del pasado, cual fue el cercenamiento de tres arcos en cada costado del Cabildo. Afirma, además, que se persigue de este modo dejar a la posteridad una evocación aproximada de lo que eran los contornos del edificio histórico…» El texto sigue, pero detengámonos aquí, de momento.
Las motivaciones de este proyecto nuevo que aportó Bustillo fueron de orden funcional («aumentar el espacio disponible») y, a la vez, de orden estético-arquitectónico ( dotar a la parte subsistente del Cabildo de una fachada que cubriera el deslucido hueco dejado sobre la Avenida de Mayo…»).
El lenguaje elegido para esta operación de «falseamiento histórico», prestigiada por la celebridad del proyectista, era, naturalmente, el neo-colonial, inspirado en un ejemplo concreto, ya demolido, de la arquitectura hispánica de Buenos Aires, según lo informaba la propia Comisión Nacional, remitiéndose a la iconografía tradicional (sólo faltó mencionar el dibujo litografiado en 1844 por Albérico Isola).
La planta de las nuevas construcciones, unidas al volumen sur, iría a formar una «U» en la fachada posterior del Cabildo, generando a la vez «un corredor que unirá la Avenida de Mayo con Hipólito Yrigoyen. En el espacio abierto que quedará en el centro de la «U», se modelará un patio colonial…» (23).
La intervención quedó ahora dividida en dos autorías proyectuales: mientras Bustillo retenía el proyecto de los nuevos volúmenes edificados, Conord lograba imponer su idea de la plazuela, donde «las plantas y los juegos de luces adecuados que se instalarán ofrecerán al público una visión de antaño…» (24). Tal vez, en este último aspecto, Conord diera cauce a su inspiración como escenógrafo.
Ciertamente, podríamos seguir discutiendo lo acertado o no de esta intervención en cuanto a los valores de autenticidad, ya que mantenía la ruptura del sistema de referencias urbanas históricas del Cabildo, al impostar la plazuela escénica y el portal monumental que le daba acceso por la Avenida de Mayo. Pero es harina de otro costal.
En cuanto a si Bustillo cobró honorarios o no, por su proyecto, es un tema que aún se plantea como interrogante y que no he podido precisar. Ciertamente, en 1962, cuando presentó su renuncia como vocal «por motivos particulares», le fue aceptada la dimisión pero «le fueron aceptados sus ofrecimientos de colaborar en forma honoraria» en temas puntuales. Esto equivale a asimilar su situación con la de una «asesor honorario».
Ya vimos cuál fue la motivación funcional y estética del proyecto, en el marco celebratorio del Sesquicentenario (podemos imaginar, incluso, la satisfacción de Bustillo, ya maduro, al lograr que un segundo edificio de su autoría fuera a levantarse en torno de la Plaza Mayo; recordemos que ya existía la casa central del Banco de la Nación Argentina). Interesa precisar el destino de las nuevas construcciones, ya que se advierte, en este punto, la secuencia de dos fases en la utilización de aquellos espacios nuevos. Decía el diario La Prensa en la nota que vengo citando:
«La nueva construcción será destinada a la sala de la exposición documental histórica de iconografía y numismática referente a la Revolución de Mayo que la Comisión Nacional Ejecutiva del Sesquicentenario ha encomendado a la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos Históricos. Una vez finalizada dicha muestra será utilizada por esta última comisión en su plan de extensión cultural».
«Utilizada por esta última comisión», es decir, por la Comisión Nacional de Monumentos. El párrafo no ofrece dudas acerca de qué organismo iba a disponer del nuevo edificio. El mismo organismo que lo venía ocupando desde entonces: no ha había cisura ninguna en la continuidad de esa ocupación, desde 1838 hasta 1960, lo mismo que desde 1960 hasta ahora. Otra cuestión es indagar acerca de la frase «su plan de extensión cultural». Honestamente, ignoro su alcance.
El Museo del Cabildo va adquiriendo un nuevo perfil institucional, aunque ligado aún a la Comisión Nacional
No es difícil conjeturar qué pudo haber ocurrido en 1960, en el marco de una efemérides tan importante como el Sesquicentenario. Ese edificio, que alojaba a la Comisión Nacional junto a un museo temático, resultó ya insuficiente para ambas funciones. La sola proyección de la exposición, antes de su montaje, hacía pensar, como de hecho lo expresó la Comisión Nacional, en la insuficiencia de la capacidad del Cabildo. Las nuevas construcciones (la «U») vinieron a aliviar la congestión de los locales.
¿Quizá ya se insinuara, aún antes de la exposición, una próxima autonomía relativa del Museo del Cabildo, desprendido de la tutela de la Comisión Nacional? ¿Fue ese nuevo perfil la consecuencia del éxito explosivo de la exposición? No podría precisarlo.
Lo cierto es que en 1960, la propia Comisión Nacional «con el fin de jerarquizar el funcionamiento del Museo del Cabildo, decidió designar una comisión integrada por los vocales Gelly y Obes, Gancedo, Rodriguez Galán y Etchepareborda, para que tomara a su cargo estudiar la reorganización del museo…» (25). En este punto, la Comisión Nacional puso de manifiesto lo que señalé más arriba: «que el museo del Cabildo nunca dispuso de presupuesto ni de personal. Los gastos eran solventados por la Comisión Nacional, la cual, asimismo, destacaba parte de su personal para realizar las tareas de limpieza, vigilancia y atención del público» (26).
Este comité presentó el plan encomendado, que aprobó la Comisión Nacional, sugiriendo la designación de Gancedo como director honorario. Es decir, que aún se mantenía la solidaridad funcional entre el Museo y la Comisión Nacional, como partes de un todo, ya que en la misma figura de uno de sus vocales recaía la dirección del museo.
Pero esta situación debió modificarse ese mismo año, cuando una ley del Congreso creó el «Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo», como parte de los homenajes del Sesquicentenario. Aquí debería ubicarse el comienzo de cierta diferenciación entre la Comisión Nacional y el Museo del Cabildo: lo que antes era unidad institucional y unidad de gestión, ahora ya no lo era. En cualquier caso, ambos organismos iban a compartir, sino los mismos edificios, al menos el mismo solar del histórico Cabildo.
Sin perjuicio de ello, la Comisión Nacional seguía reteniendo su jurisdicción sobre todos los museos históricos dependientes de la Nación, en los términos de la ley 12.665, incluido naturalmente el del Cabildo. Este último, reorganizado, reabrió sus puertas oficialmente el 22 de mayo de 1961, aún bajo la órbita de la Comisión Nacional y dirigido, como dije antes, por el vocal Gancedo. Quizá la primera exposición organizada per se por el Museo del Cabildo, junto a la Secretaría de Marina, aunque auspiciada por la Comisión Nacional, fue una exhibición relativa a episodios navales, en 1962.
La propuesta de instalación en la Manzana de las Luces, en el marco de un proyecto integral
No estaría completo este panorama, si no mencionáramos un proyecto de instalación que existió hace varios años, resuelto por la Comisión Nacional de Monumentos en un marco de amplios consensos con otras instituciones culturales y con los trabajadores y trabajadoras del organismo: el proyecto de crear en la Manzana de las Luces un «Centro Nacional del Patrimonio» (donde se alojarían, entre otras entidades, la Escuela Nacional de Museología, el ICOM, el ICOMOS, el CICOP, IAIHAU, además de un centro de interpretación del Patrimonio jesuítico con guión regional de la provincia «Paraquaria», un centro de interpretación de la propia Manzana, bibliotecas especializadas etcétera). La Comisión Nacional de Monumentos también estaba incluida en ese programa, pero con el tácito acuerdo de retener espacios protocolares (sala de sesiones) en el solar del Cabildo, como un gesto de apego simbólico a la sede original.
Se trataba de una propuesta superadora e integral, alojada en un lugar histórico, con rango monumental nacional, de análoga densidad identitaria que el Cabildo.
El proyecto fue aprobado preliminarmente en diciembre de 2009 (en el marco de una reunión plenaria conjunta entre la Comisión Nacional de Monumentos, la Comisión Nacional de la Manzana de las Luces, donde hubo incluso una representación de la Universidad de Buenos Aires , de la Escribanía General de Gobierno y de la Ciudad de Buenos Aires) y se dijo entonces que, de concretarse, se estaría «preservando y reutilizando un monumento señero para la construcción del saber y la identidad cultural de los argentinos y concentrando en su solar las principales instituciones nacionales, gubernamentales y no gubernamentales, e internacionales con filial nacional, dedicadas al Patrimonio cultural».
Ese proyecto fue ratificado por el Decreto del PEN nº 108/ 2013.
Un detalle adicional: con aquella propuesta de intervención, se intentaba, de paso, reparar ante la sociedad una deuda histórica: revertir la «herida urbana» infringida a la Manzana, al haberse demolido el núcleo central que había ocupado la Facultad de Ingeniería y Ciencias Exactas, perdurando un espacio vacío, con sus muros descarnados y función de playa de estacionamiento.
Todo esto indica que, en rigor, no sería consistente comparar aquel proyecto integral (recaído en el solar histórico de la Manzana de las Luces, aprobado en pluralidad de consensos institucionales, conocido previamente en sus alcances y detalles por el personal del organismo y que motivó un concurso nacional de anteproyectos de arquitectura) con la mudanza que ahora se propone, al Palacio Casey. Difieren en sus alcances, en su metodología de implementación de la decisión y en la fortaleza identitaria del lugar elegido.
La identidad simbólica de una sede histórica: el aura de ciertos lugares
Fue la voluntad de Levene y del primer cuerpo colegiado que la Comisión Nacional estableciera su sede oficial en el Cabildo. Esa voluntad fundacional fue complacida por el Poder Ejecutivo Nacional. Para ello, hubo que realizar refacciones urgentes que posibilitaron que el directorio del organismo sesionara allí, por vez primera, el 8 de agosto de 1938. Desde entonces, ya en el edificio principal del Cabildo, ya en sus edificios subalternos refaccionados (los antiguos «calabozos»), ya en el edificio construido en 1960, la Comisión Nacional nunca se desarraigó de aquel solar. Han sido ochenta y dos años de continuidad en un mismo lugar (idoneus loco, dirían los romanos) cuya semántica identitaria y su condición aurática son evidentes.
En la visión fundacional de la institución, y aún luego, prevalecieron las razones simbólicas por encima de las razones funcionales.
Esa «cultura histórica» que postulaba Levene como quien recita una antífona, se volvía, a su criterio, memoria materializada en el solar del Cabildo. Y la Comisión Nacional, llamada a ser el organismo estatal rector en materia de Patrimonio histórico (recordemos todas las escalas implicadas en el concepto inicial, en aquella época), debía reconocerse visiblemente a través de una sede indisolublemente ligada a la memoria identitaria argentina y que cualquier ciudadano, aún los niños en edad escolar, pudieran reconocer. Por eso eligió el Cabildo.
Desde entonces, esa sede (no obstante las evidentes estrecheces de espacio que afronta) se ha consolidado como un sitio de memoria institucional activa, tanto para el propio organismo como para quienes operan en el ámbito del Patrimonio Cultural e interactúan con la institución.
Las implicancias inmateriales que conlleva esta asociación física-histórica de todo «gesto» y «suceso» del organismo (al fin y al cabo, hubo «gesto y suceso» en el mismo acto de fundar allí la Comisión Nacional de Monumentos; y se reiteró ese «gesto y suceso» en 1960, al dotarla de una nueva representación arquitectónica en el mismo sitio; y perduró, re-semantizado, ese «gesto y suceso» en acto-rememorante-continuo, con cada día de permanencia) con su «lugar» de funcionamiento, nos lleva al terreno de lo simbólico-mítico, según la postulación de Cesare Pavese en Sobre el mito, el símbolo y otras cosas:
«Esta unicidad del lugar es parte, además, de esa general unicidad del gesto y del suceso, absolutos, y por lo tanto simbólicos, que constituye la forma de manifestarse del mito. Una definición no retórica de esto podría ser la siguiente: hacer las cosas de una vez por todas. Así, esta cosa se llena de significados y siempre seguirá colmándose de ellos, gracias, justamente, a su estabilidad, que ya no es realista. En la realidad natural, ningún lugar vale más que otro. En el proceder mítico, simbólico, hay, en cambio, toda una jerarquía.»
Para quienes prefieran las categorías de la Estética, similares marcas relativas al modo simbólico de conocer y de operar podrían quedar expresadas en la noción de lo «aurático», asignada a ciertos objetos o imágenes. Permítanme una cita de George Didi-Huberman, en linea, naturalmente, con el pensamiento de Walter Benjamin. Baste con decir «lugar» o «edificio», donde el autor dice «objeto»:
«Por consiguiente, aurático sería el objeto [edificio, lugar] cuya aparición despliega, más allá de su propia visibilidad, lo que debemos denominar sus imágenes, sus imágenes en constelaciones de nubes, que se nos imponen como otras tantas figuras que surgen, que se acercan y se alejan para poetizar, labrar, abrir tanto su aspecto como su significación, para hacer de él una obra de lo inconsciente (…) ¿Cómo negar, en efecto, que es todo el tesoro de lo simbólico -su arborescencia estructural, su historicidad compleja, siempre recordada, siempre transformada- lo que nos mira en cada forma visible investida de ese poder…»
(Ce que nous voyons, ce qui nous regarde).
Si la sede del Cabildo (en tanto asiento consolidado del máximo organismo nacional a cargo del Patrimonio) posee ese poder «simbólico-mítico» (Pavese) o «aurático» (Benjamin, Didi-Huberman), es oportuno preguntarse: ¿Lo posee, también y en igual medida, el Palacio Casey? ¿Lo posee cualquier otro edificio disponible en el inventario del Ministerio de Cultura? ¿Lo posee algún otro lugar concreto del casco histórico, como la Manzana de las Luces?
Son las preguntas, entre otras, que, sin duda, valdría la pena discutir, con el objeto de redefinir o redescubrir o resemantizar, a partir de la identidad de una sede física, la «hipóstasis», como decían los griegos, de un organismo cuya materia prima operativa es, precisamente, la memoria identitaria de la Nación Argentina.
Que el Museo del Cabildo necesita ampliar sus espacios parece indudable; que la Comisión Nacional de Monumentos requiere mayores comodidades, también parece indudable. La cuestión a resolver, sin menoscabo de los valores identitarios y simbólicos implicados, es cómo y dónde.
Apéndice: archivo, mobiliario y biblioteca
Un componente de singular naturaleza, que se aloja en el contenedor material de la sede oficial, es el cuantioso y valioso archivo documental de legajos, donde se registra la memoria histórica institucional y los antecedentes de las declaratorias de monumentos, de bienes y de lugares en todo el país, desde el año 1938. Son cientos de biblioratos que contienen correspondencia, fichas, informes, fotografías y planos. La vocación federal , en estos ochenta y dos años de labor de la Comisión Nacional, queda implícita en ese archivo, cuyo origen se remonta al Inventario o Censo de los monumentos y lugares históricos, acordado tempranamente por la Comisión, en las sesiones del 22 de agosto, 19 de setiembre, 17 de octubre y 24 de octubre de 1938 (27). De ahí surgió el modelo original de la «ficha», que debía ilustrarse con fotografías. Cualquier iniciativa de mudanza debería prever los protocolos de resguardo patrimonial de este archivo. ¿Se han previsto tales protocolos? ¿Qué especialistas los han planificado?
El mobiliario con el cual se equipó inicialmente la sede de la Comisión Nacional también forma parte de su patrimonio auténtico, y su origen merece un comentario (28): en la sesión del 4 de julio de 1938, Levene informó de la norma ministerial que ponía a disposición, como sede del organismo, el edificio del Cabildo. Ello dio motivo al vocal Udaondo para plantear la conveniencia de obtener «un mobiliario a tono con la antigüedad del edificio». Como el vocal Zabala adhirió a la moción, se les encomendó a ambos (que, además, poseían el expertise en materia de mobiliario colonial) un proyecto para la adquisición de muebles ad hoc. En la sesión del 18 de julio, Zabala informó avances en la tarea, aunque el acta no especifica en qué consistieron. El tema volvió al directorio el 22 de agosto, cuando Zabala obtuvo la conformidad para abonar a la Casa Pardo una factura por «la provisión de muebles antiguos». Este dato es sumamente revelador, por cuanto, al existir en la Comisión Nacional algunos muebles de época cedidos en préstamo por el Museo Histórico Nacional, algunas vez se conjeturó, erróneamente, que todo el mobiliario era de la misma procedencia. Más aún, el 19 de setiembre se analizaron diversos presupuestos y se adjudicó la ejecución de «una gran mesa para las sesiones de la Comisión, doce sillones y una mesa escritorio para el presidente» a la Casa López Zamora. Vale decir, la mesa y las sillas donde, hasta el presente, sesiona el cuerpo colegiado.
En cuanto a la biblioteca institucional especializada (que incluye, como contenedor, un mueble-librero de madera, fabricado a medida), también comenzó a formarse en tiempos de Levene, con una activa participación de Buschiazzo en cuanto a la sugerencia de obras a incorporar. Me he ocupado con anterioridad de este tema, cuya síntesis ofrezco ahora.
Teniendo presente la función asesora que la Comisión Nacional debía cumplir, se consideró oportuno comenzar a reunir bibliografía. El 11 de mayo de 1939 Buschiazzo dirigió una nota donde proponía una lista de obras relativas a conservación de monumentos y arte americano, para ser adquiridas. La lista agrupaba prolijamente las obras por países y consignaba su precio. He allí el punto de partida, tanto del fondo bibliográfico existente en el organismo, como de la praxis de seguir incorporando bibliografía especializada.
Una vez aprobada la propuesta y el presupuesto (dictamen del 26 de mayo de 1939), se encargó un mueble de madera a la Casa López Zamora, cuyo costo de $2.850.- lo hizo prevalecer ante la oferta de la Casa Nordiska (29). Al carecer de un croquis o de fotografías, no podemos precisar si el mueble que actualmente luce en la sala de sesiones se corresponde con aquel, provisto en 1939.
*Oscar Andrés De Masi
Ex Regente y docente de la Escuela Nacional de Museología
Profesor a cargo de los contenidos de Identidad socio-cultural en la Universidad Nacional de Almirante Brown
Investigador e intérprete del Patrimonio monumental argentino
Autor de diversos libros y realizador de documentales sobre la Patrimonio histórico y artístico.
(1) Dediqué a este tema de la relación entre la Comisión Nacional de Monumentos y el Cabildo de Buenos Aires, tres artículos: el primero de ellos en la sección dedicada a la historia institucional en el Boletín on line del organismo, Algo más acerca de la sesión inaugural. Un comienzo auspicioso (Diciembre 2010) y dos notas en la revista Habitat: La «reinvención» del Cabildo, una operación simbólica de Levene y Buschiazzo (nº 79) y La «musealización» del Cabildo, segunda fase de la operación simbólica de Levene y Buschiazzo (nº 80). En ninguno de ellos he abordado, como lo hago ahora, el tema del edificio inaugurado en 1960.
(2) Boletín de la Comisión Nacional de Museos y der Monumentos y Lugares Históricos, Año I, nº 1, Buenos Aires, 1939, p.187 (transcripción del Acta de sesión constitutiva del 23/V/1938).
(3) DE MASI, Oscar A., Algo más acerca de la sesión inaugural, un comienzo auspicioso. En Memorias de la Comiisón, Boletín on line de la CNMMyLH, diciembre de 2010. Para el párrafo textual, Boletín de la Comisión Nacional…nº 1, Ibídem.
(4) Boletín de la Comisión Nacional…nº 1, p.188.
(5) Boletín de la Comisión Nacional…nº 1, p.188.
(6) DE MASI, Oscar A., Adrián Beccar Varela: la tradición como identidad, el progreso como mandato. Maizal ediciones, San Isidro, 2018, p. 208.
(6 Bis) Boletín de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, Año I, nº 1, 1939, pp. 121-122.
(6 Ter) DE PAULA, Alberto S.J., El Cabildo de Buenos Aires, en diario Clarín (suplemento Cultura y Nación), 25/V/1978, p. 2.
(6 Quater) Boletín de la Comisión Nacional…Año i, nº 1, 1939, pp.123-124.
(7) Boletín de la Comisión Nacional…nº 1, p.207. Acta de la sesión del 18/VII/1938.
(8) Boletín de la Comisión Nacional…nº 1, p.208.
(9) BUSCHIAZZO, Mario J., «El histórico Cabildo de Buenos Aires. Antecedentes para su reconstrucción y restauración», citado por DE MASI, Oscar Andrés, La «reinvención» del Cabildo, una operación simbólica de Levene y Buschiazzo, en revista Habitat, nº 79, p.33.
(10) BUSCHIAZZO, Mario J., «El histórico Cabildo de Buenos Aires. Antecedentes para su reconstrucción y restauración», citado por DE MASI, Oscar Andrés, La «reinvención» del Cabildo, una operación simbólica de Levene y Buschiazzo, Ibídem.
(12) DE MASI, Oscar Andrés, La «reinvención» del Cabildo, una operación simbólica de Levene y Buschiazzo, en revista Habitat, nº 79, p. 35. Para la redacción de este artículo consulté, hace ya varios años, el Archivo Institucional de la CNMMy LH, Caja 13, Restauración edificio del Cabildo.
(13) DE MASI, Oscar Andrés… Ibídem
(13 Bis) DE MASI, Oscar Andrés, Algunos rasgos de la actuación de don Enrique Udaondo en la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos entre 1938 y 1943. CNMMy LH / Secretaría de Cultura de la Nación, Buenos Aires, 2012, pp.26-27.
(14) DE MASI, Oscar Andrés… pp. 35/36.
(14 Bis) La restauración del Cabildo. Discurso pronunciado por el Dr. Ricardo Levene el 12/X/1940.
(14 Ter) BECCAR VARELA, Adrián, La propiedad del edificio del Cabildo, separata de la Revista Argentina de Ciencias Políticas, año II, Tomo III, nº 15. Buenos Aires, 1911, pp.16-18.
(15) DE MASI, Oscar Andrés, La «musealización» del Cabildo, segunda fase de la operación simbólica de Levene y Buschiazzo, en revista Habitat, nº 80, pp. 58-66
(16) CNMMyLH, Archivo Institucional, Caja nº 7, Nota del Cardenal Copello del 17/VIII/1940, citada por DE MASI, Oscar Andrés, La «musealización» del Cabildo…p. 61.
(17) CNMMyLH, Archivo Institucional, Expte. SE nº 198.054-749, y, recaída en él, la resolución ministerial de fecha 2/XII/1948.
(18) Síntesis de la labor realizada por la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, 1958-1962. Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, Buenos Aires, 1964, pp.16-17.
(19) Síntesis de la labor realizada por la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, 1958-1962. Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, Buenos Aires, 1964, p.18.
(20) FURLONG S.J., Guillermo, Vicente Nadal Mora, un alma sensible a la belleza. Buenos Aires,
(21) DOMINGUEZ KOCH, Santos, Los hombres de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos. Buenos Aires, 1981, texto mecanografiado.
(22)Síntesis de la labor realizada por la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, 1958-1962. Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, Buenos Aires, 1964, p.18.
(23) La Prensa, 22/ I / 1960.
(25) Síntesis de la labor realizada por la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, 1958-1962. Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, Buenos Aires, 1964, p.21.
(26) Síntesis…Ibidem.
(27) DE MASI, Oscar Andrés, El «censo de monumentos»: una primera aproximación cuantitativa y cualitativa a nuestro patrimonio histórico. En Memorias de la Comisión, nº XVIII, Boletín on line de la CNMMyLH, marzo 2012.
(28) DE MASI, Oscar Andrés, La flamante Comisión se instala y se organiza, en Memorias de la Comisión, nº III, Boletín on line de la CNMMyLH, enero 2011.
(29) DE MASI, Oscar Andrés, La formación de la biblioteca de la Comisión, en Memorias de la Comisión, s/
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