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Programa 134:Promoviendo el Bienestar de sus Hijos (8 de 8) | apoyandofamilias
Programa 134:Promoviendo el Bienestar de sus Hijos (8 de 8)
Publicado en marzo 27, 2014 por apoyandofamilias	Miércoles 26 de marzo del 2014
Programas # 134
APOYANDO FAMILIAS – APRENDIENDO JUNTOS Octavo y último programa en la serie:
Promoviendo el Bienestar de sus Hijos
Escucha la primera parte: https://apoyandofamilias.files.wordpress.com/2014/03/2014-03-26-1104.mp3
La segunda parte: https://apoyandofamilias.files.wordpress.com/2014/03/2014-03-26-1134.mp3
Las edades que cubriremos en esta serie son las siguientes: 1. Bebés (0 a 1 año)
2. Niños pequeños (1 a 2 años)
3. Niños pequeños (2 a 3 años)
4. Niños en edad preescolar (3 a 5 años)
5. Niñez mediana (6 a 8 años)
6. Niñez mediana (9 a 11 años)
7. Adolescentes jóvenes (12 a 14 años)
8. Adolescentes (15 a 17 años)
En las hojas informativas sobre el desarrollo de niños de 15 a 17 años, encontramos información de las cosas que pueden hacer los niños a esta edad y en ausencia de estas habilidades, lo que podemos hacer para apoyar su desarrollo saludable.
Consejos de crianza positiva para el desarrollo saludable del niño de 15 a 17 años
www.cdc.gov/spanish/publicaciones
La violencia entre los niños y adolescentes constituye una preocupación importante en materia de salud pública. En 19971, violencia causó la muerte de más de 3700 estadounidenses de 19 años o menos -es decir, un promedio de 10 decesos al día- lo cual hace que la tasa de homicidios entre los jóvenes de los Estados Unidos sea la más alta de los países desarrollados. El homicidio es la segunda causa de muerte entre las edades de 15 a 24 años y la cuarta causa de muerte entre los niños de 1 a 14 años.
Los tiroteos de las escuelas, los cuales han recibido mucha publicidad, han abierto los ojos de las comunidades que podrían haber pensado que eran inmunes a la violencia juvenil. Se pensaba que éste era únicamente un problema de las zonas desfavorecidas, pero ahora se considera que la violencia juvenil constituye una crisis a nivel nacional, y las comunidades están ansiosas de encontrar maneras de detener la violencia.
Los expertos en prevención de violencia juvenil no tienen todas las respuestas para solucionar este problema de salud pública, se debe continuar realizando muchas más investigaciones y evaluaciones. Pero sabemos lo suficiente para ofrecer al público alguna información acerca de cosas que funcionan para prevenir la violencia infantil y juvenil. Este libro–que está basado en la publicación realizada por los CDC en 1993, La prevención de la violencia juvenil: un marco de acción comunitaria–parte de esta premisa.
Al elaborar este libro hemos contado con la contribución de individuos que trabajan para prevenir la violencia juvenil y con la de otras personas que están en posiciones clave para desempeñar un papel importante en los esfuerzos de prevención de la violencia. Hemos entrevistado a maestros, administradores de escuelas, miembros de organizaciones comunitarias, empleados y voluntarios de agencias de servicio social, personal de departamentos de salud, planificadores de programas y profesionales, así como investigadores de universidades de todo el país a fin de determinar qué les gustaría ver en un libro de referencia para la prevención de la violencia infantil y juvenil. Sus respuestas nos ayudaron a redactar el contenido y diseñar el formato de este libro.
Además de obtener información de expertos, realizamos un amplio estudio de la literatura científica en el campo de la prevención de la violencia juvenil a fin de recopilar la información más actualizada disponible sobre el tema. Este análisis de la literatura nos proporciona la base científica sobre la que se apoyan recomendaciones de prácticas.
Estrategia basada en los padres y la familia
Visión general de la estrategia basada en los padres y la familia
Se ha demostrado que el trato entre los padres, el comportamiento hacia sus hijos y su estado emocional son elementos importantes que pueden predecir la aparición de conductas violentas en los niños (Webster-Stratton 1997). Por ejemplo, Hendrix y Molloy (1990) hallaron que una interrelación madre-hijo deficiente, cuando el niño tiene un año de edad, es una señal de problemas de conducta y agresividad para cuando el niño tenga 6 años. Se ha determinado que el niño que a la edad de 4 tiene un padre emocionalmente angustiado puede desarrollar trastornos de conducta y un comportamiento antisocial (Buka y Earls 1993). También se han identificado como factores de riesgo para la violencia juvenil los conflictos maritales y la falta de comunicación entre los padres (Biglan y Taylor, en imprenta; Buka y Earls 1993; Tolan y Guerra 1994).
Las intervenciones basadas en los padres y la familia están diseñadas para mejorar las relaciones familiares. Día tras día crece la evidencia que demuestra que dichas intervenciones, en especial aquellas que comienzan a una edad temprana y reconocen todos los factores que influyen en una familia, pueden tener efectos sustanciales y de larga duración en la reducción de conductas violentas por parte de los niños. Las intervenciones basadas en los padres y la familia combinan la capacitación en las destrezas que necesitan los padres para la crianza, educación sobre el desarrollo infantil y sobre los factores que predisponen al niño a una conducta violenta, así como ejercicios que ayudan a los padres a adquirir habilidades para comunicarse con sus hijos y resolver los conflictos sin violencia. Este tipo de intervención es la ideal para familias con niños muy pequeños y para padres en situaciones de riesgo que esperan un hijo.
Prácticas óptimas en intervenciones basadas en los padres y la familia
Mientras que la base de evidencias para las intervenciones basadas en los padres y la familia es cada vez mayor, es necesario realizar una mayor investigación en evaluación. Aquellas intervenciones que se han evaluado, por lo general, no establecen la reducción de la violencia como una medida del resultado. Generalmente, miden la disminución de las conductas delictivas, de los trastornos de conductas o del consumo de drogas, las cuales se consideran precursoras de la violencia.
Sin embargo, a pesar de la necesidad de una mayor evaluación, hemos aprendido varias lecciones sobre lo que funciona al utilizar esta estrategia. Esta sección ofrece las prácticas óptimas de intervenciones basadas en los padres y la familia, en las que se combinan las recomendaciones de los expertos con las conclusiones generales que aparecen en la literatura estudiada. Las prácticas óptimas se han organizado en torno a los pasos relacionados con la planificación, ejecución y evaluación de la intervención (para la revisión de dichos pasos véase el Capítulo I).
Identifique la población que desea atender
La intervención en la crianza, por lo general, tiene más éxito si para su ejecución se toman en cuenta las características y necesidades particulares de los posibles participantes. Antes de desarrollar su intervención, identifique el grupo al cual desea llegar.
Gran parte de la investigación se ha dedicado a identificar los factores, dentro de la unidad familiar, que puedan ser la causa para que el niño desarrolle un comportamiento violento. Tales factores pueden estar relacionados con la conducta y las características tanto de los padres como del niño.
Factores que determinan la situación de riesgo en los padres Algunos de los factores de situación de riesgo en los padres son evidentes y obvios, como por ejemplo, conducta delictiva y violenta, uso indebido del alcohol y otras drogas, maltrato y abandono infantil. Otros elementos de predicción, más sutiles, incluyen una disciplina severa o incoherente, falta de interacción emocional entre los padres y el niño y falta de supervisión por parte de los padres (Patterson, Reid, y Dishion 1992; Buka y Earls 1993). Muchas otras conductas se asocian también con una conducta infantil violenta, aunque no estén relacionadas directamente con la crianza. Se puede mencionar la falta de comunicación entre los cónyuges, los conflictos maritales, el divorcio, el aislamiento social de los padres y la depresión o el estrés padecido por los padres (Buka y Earls 1993; Tolan y Guerra 1994).
Un estudio determinó que las madres solteras pobres, quienes enfrentan numerosos desafíos y situaciones de estrés, tienen las mayores posibilidades de desarrollar patrones maternales que pueden llevarlas a conductas violentas ante sus hijos (Patterson, Reid, y Dishion 1992). Con frecuencia, los padres cuyo idioma materno no es el inglés presentan factores de riesgo que provienen de los conflictos de adaptación a otra cultura. El dirigirse a familias de bajos ingresos ha resultado en la disminución del maltrato y abandono infantil (Campbell y Taylor 1996).
Evite identificar únicamente la condición socioeconómica como elemento determinante de riesgo. La percepción de que la intervención se dirige a ciertos individuos simplemente porque son pobres es ofensiva. Encuentre formas no peyorativas para identificar a las personas en distintos niveles de riesgo.
Factores que determinan situaciones de riesgo en la infancia La investigación ha determinado que los niños propensos a la violencia pueden ser identificados ya para el momento en que tienen tres años de edad (Olweus 1978). Los factores que suponen un riesgo para el niño incluyen vivir en vecindarios en los que la violencia es un hecho común, presenciar actos de extrema violencia, ser víctima de maltrato y tener trato con jóvenes rudos o antisociales de su misma edad. Se ha asociado otros factores menos evidentes a la aparición de una conducta violenta. Entre éstos se incluyen problemas de aprendizaje, historial de ausentismo escolar y visitas frecuentes al consejero escolar. El inicio de tendencias violentas puede también estar marcado por un cambio repentino de conducta.
intimidar a otros niños o ser el blanco de los abusos
mostrar una conducta agresiva o ser a veces agresivo y a veces introvertido
ausentarse de la escuela sin permiso
ser arrestado antes de los 14 años
pertenecer a grupos de compañeros delincuentes o violentos
consumir alcohol u otras drogas de manera indebida
participar en conductas antisociales, como por ejemplo iniciar incendios o tratar cruelmente a los animales
Niños (de 10 años y menores)
La efectividad de la intervención por parte de los padres parece aumentar de manera exponencial cuando los niños son pequeños, es decir antes que la conducta antisocial o agresiva se haya desarrollado completamente (Webster-Stratton y Hancock 1998; Webster-Stratton y Spitzer 1996). Para el momento en que el niño llega a la adolescencia, tanto el niño como los padres siguen ya patrones bien establecidos y son más resistentes a los cambios de larga duración (Patterson, Reid, y Dishion 1992; Taylor y Biglan 1998). Un joven de 14 años depende mucho menos de su familia y es mucho más susceptible a la influencia externa que un niño de 7 años (Hendrix y Molloy 1990).
Padres que esperan un hijo
La intervención basada en los padres tiene mayores probabilidades de éxito mientras menor sea el niño al momento de iniciarla. Tomando esto en cuenta, tal vez pueda considerar el dirigirse a padres que estén esperando un bebé. La investigación sugiere que la intervención con una madre durante la última etapa de su embarazo y la continuación de dichas actividades de intervención durante los primeros años de vida del bebé puede disminuir significativamente el riesgo de trastornos de conducta y de conducta violenta (Olds 1997).
Considere el contexto cultural y demográfico de los futuros participantes
Al elegir a los posibles participantes, tome en cuenta su ubicación, edad, condiciones de vida, grupo étnico o raza y sus necesidades. Trate de elegir un grupo de personas que vivan cerca unos de otros y que sean parecidos en las características clave. Al dirigirse a un grupo completamente homogéneo, podrá adaptar mejor los materiales y las actividades, de manera que tengan mayor significado para los participantes. La selección de un grupo homogéneo aumenta las probabilidades de que los participantes formen grupos de apoyo y de que su amistad vaya más allá del ambiente de la intervención. Tal resultado lo logró el Centro para el Desarrollo de Padre-Hijo de Houston, el cual atendía a un grupo de padres estadounidenses de origen mexicano de bajos ingresos (Johnson 1988).
Además, si su grupo es homogéneo se puede satisfacer las necesidades de los participantes de manera más efectiva. Wood y Baker (1999) crearon un cuestionario que aplicaron a un grupo de 395 padres culturalmente diferentes y de bajos ingresos, de dos escuelas primarias, para examinar sus preferencias, su conducta y opinión en relación con programas escolares para la educación de padres. Los resultados indicaron que los padres de bajo nivel socioeconómico deseaban participar en la educación para padres; sin embargo, no estaban tan dispuestos a asistir a eventos en la escuela como aquellos padres con un mayor nivel de educación. Entre los mayores obstáculos para su participación se encuentran la dificultad para obtener permiso para faltar al trabajo (27%), el costo (27%), la falta de transporte (21%) y el no estar en capacidad de encontrar o poder costear los servicios de una niñera (18%).
Seleccione un entorno apropiado
El entorno para la intervención sobre crianza podría ser una escuela, un centro comunitario, una iglesia u otro lugar donde se pueda reunir un grupo de personas. Asegúrese de que el entorno sea propicio para los ejercicios interactivos y el debate.
Para atender a las personas que habitan en áreas apartadas o que tienen dificultades para ir y regresar del lugar de la intervención, puede que sea necesario llevar ésta al sitio donde ellos se encuentran. Por ejemplo, en las áreas apartadas y rurales al sudeste de Queensland, Australia, se puso en práctica un programa de intervención autodirigida y realizado por vía telefónica, acompañado de información impresa (Connell, Sanders, y Markie-Dadds 1997).
Se reclutó un grupo de veinticuatro niños en edad preescolar con problemas de conducta así como sus respectivas familias para un estudio controlado y aleatorio de la intervención en la crianza. Se asignó a los participantes, durante un período de 10 semanas, una lectura semanal de las secciones de un libro sobre crianza, completar las actividades del cuaderno de ejercicios adjunto y participar semanalmente en una consulta telefónica con un terapeuta (con una duración de hasta 30 minutos). Se alentó a los padres a observar tanto su propio comportamiento como el de sus hijos, fijar metas para cambios de conducta, seleccionar estrategias, identificar los puntos fuertes y las áreas para mejoramiento y seleccionar eventuales recompensas para ellos y sus hijos. Los resultados indicaron que esa intervención mínima y autodirigida aumentó la percepción de capacidad por parte de los padres; redujo prácticas disfuncionales de crianza; disminuyó la conducta perturbadora de los niños y redujo considerablemente los sentimientos de depresión, ansiedad y estrés de las madres. El mejoramiento alcanzado en la conducta infantil y en las prácticas de crianza al finalizar la intervención se mantenían cuatro meses después.
Otra intervención autodirigida es un programa en CD-ROM, llamado Crianza de Adolescentes con Sensatez. Su ejecución fue todo un éxito en la región de los Apalaches, donde los participantes contaban con escaso o ningún conocimiento sobre el uso de la computadora (Olds 1997). Dado que los ejercicios para el desarrollo de destrezas no requieren orientación o supervisión por parte del personal, pueden realizarse en cualquier momento y en el lugar más conveniente para los participantes (Kacir y Gordon 1999). Esta intervención ha tenido éxito también con las madres adolescentes, así como con los adolescentes y padres referidos por las clínicas (Lagges 1999; Segal 1995). Sin otra intervención o apoyo, la tasa de problemas de conducta infantil durante la intervención se reduce a la mitad luego de uno, tres y seis meses después de que las madres han participado en la intervención.
Haga que la comunidad y los padres participen en la planificación de la intervención
Las organizaciones que patrocinan las intervenciones basadas en los padres y la familia deben participar en el diseño de la intervención. Tal participación propiciará un sentido de “propiedad” de la intervención, de manera que será más factible que apoyen sus objetivos, que se comprometan a evaluar sus resultados y se responsabilicen por el efecto de la intervención.
Es necesario que los padres también participen en este proceso. Mientras más activo sea el papel desempeñado por los padres desde el principio, mayor será su sentido de responsabilidad y de capacidad, tanto durante la intervención como después de ésta. Los padres pueden además ofrecer una perspectiva única para ayudar a los profesionales en la adaptación de la intervención a las necesidades y prioridades de los participantes.
Establezca metas y objetivos bien definidos para la ejecución y resultados de la intervención
Establezca metas y objetivos bien definidos, específicos y observables para cada intervención. Esto le ayudará a evaluar la efectividad de la intervención y le dará a los padres y al personal un sentido de logro día tras día. Asegúrese de que las metas y los objetivos estén basados en la conducta y orientados hacia resultados; por ejemplo, la reducción de ausentismo escolar en un 50% o la elaboración y cumplimiento de un presupuesto semanal familiar. Si está diseñando su intervención a partir de otra que ya ha demostrado su efectividad, utilice la estructura original de evaluación de la intervención para dar forma a sus metas y objetivos.
Haga que los padres fijen los objetivos y que, bajo la guía del profesional, resuman lo que consideran qué su familia puede lograr y en cuánto tiempo. Al principio, este tipo de iniciativa nueva puede parecerle agobiante a los padres: se les pide que cambien la forma de crianza de sus hijos, incluso la forma en que llevan sus asuntos diariamente. El establecimiento de metas bien definidas aumenta el sentido de control y responsabilidad por parte de los padres (McMahon et al. 1996).
Seleccione la mejor intervención para sus participantes y elabore el material adecuado
La intervención que elija deberá ser apropiada para la edad de los hijos de los participantes, para el grado de violencia de la conducta o nivel de riesgo para desarrollar dicha conducta y para las características culturales del participante. Además, deberá tomar en cuenta la dinámica familiar (cómo interactúan los miembros uno con otro), el ambiente externo (por ejemplo, la escuela, el hogar) y la situación económica de la familia.
Tome en cuenta la edad de los niños
La edad del niño determina muchos factores del proceso de crianza, desde los cuidados y atención prestados hasta la disciplina impuesta. Por ejemplo, los padres de un niño pequeño deben establecer límites para la conducta del niño, pero si se trata de un niño de más edad, tal vez los padres quieran negociar dichos límites. Por consiguiente, el contenido de la intervención será determinado, en parte, por la edad del niño.
Niños pequeños (de 10 años o menores)
Por lo general, la intervención en el caso de padres de niños pequeños tiene las mejores posibilidades de realizar cambios positivos de larga duración, dado que los patrones de conducta tanto de los padres como de los hijos no están claramente establecidos; todavía son bastante maleables (Taylor y Biglan 1998). Al diseñar una intervención para padres de niños en edad preescolar o que asistan a la escuela primaria, incluya un resumen del desarrollo infantil, de manera que los participantes puedan fijar expectativas reales acordes con la edad en lo que respecta a la conducta de sus hijos.
A continuación se citan algunos principios que deben incluirse en las intervenciones para padres de niños pequeños:
Jugar con el niño en lugar de dirigir al niño
Elogiar y premiar la conducta positiva y corregir la conducta no deseada
Para modificar la conducta infantil, el refuerzo positivo debe acompañarse de medidas y coherentes ante conductas no deseadas (Taylor yBiglan 1998). disciplinarias apropiadas
Tanto los hijos como los padres tomarán las decisiones que les competan a cada uno
Supervisión y disciplina
Los niños necesitan de un conjunto de reglas coherentes para seguir y cuando no lo disciplinar a sus hijos sin violencia. hacen, los padres necesitan
La influencia de quienes atienden a los niños en las opiniones, actitudes y conducta de estos últimos
El efecto de ver la violencia, tanto en persona como en la televisión y en el cine.
Una de las intervenciones que ha funcionado muy bien en las familias con niños pequeños es la Capacitación para la Interrelación Padre-Hijo. En dicha intervención, padres estadounidenses de origen africano y de bajos ingresos, con niños en edad preescolar que presentaban problemas de conducta asisten a cinco sesiones en grupos pequeños, de dos horas cada una, en las que se imparten enseñanzas, realizan actividades de actuación y sesiones de juego supervisadas. Un año después, los niños del grupo experimental mostraron menos agresividad, hostilidad, ansiedad e hiperactividad que los niños del grupo de control (Strayhorn y Weidman 1991).
Reformulación de los motivos subyacentes de la conducta del niño en términos no peyorativos (por ejemplo: pertenencia, competencia, disminución del temor)
Aumento de los patrones de comunicación positivos y disminución de los negativos entre los miembros más cercanos del grupo familiar, el resto de la familia y los compañeros
Mejoramiento de la habilidad de los padres para identificar los modelos positivos entre la totalidad de los familiares y en la comunidad, además, para reducir las influencias negativas
La intervención llamada Programa de Transición del Adolescente ha demostrado su efectividad para aquellas familias que tienen niños mayores. Ideado para padres de estudiantes de educación secundaria en situación de riesgo de consumo de drogas y alcohol, fracaso en los estudios y conducta antisocial; esta intervención busca mejorar las siete destrezas clásicas necesarias en la crianza: la formulación de solicitudes de manera neutra, el uso de la recompensa, el seguimiento de actividades, la elaboración de normas, la estipulación de consecuencias razonables por violación de las normas, la resolución de problemas y el escuchar en forma efectiva. Las clases se imparten semanalmente durante 12 semanas en grupos de 8 a 16 padres y siguen un programa basado en destrezas. En una prueba aleatoria de control del programa, en la cual se trabajó con 303 familias durante un período de cuatro años, los participantes se compararon con los de una lista de espera de tres meses. Los padres en el programa presentaron una menor tendencia a reaccionar de manera exagerada ante la conducta de sus hijos, una mayor prontitud para tratar los problemas de conducta y menos depresión. Además, se observó cierta indicación de niveles diarios de conducta antisocial más bajos por parte del niño. Mientras mayor era el número de sesiones a las que asistían los padres (muchos no completan el programa de 12 semanas), mayor es el mejoramiento observado en la conducta. Se debe señalar, sin embargo, que esta evaluación es restringida, dado que se basa en la estimación e interpretación de la conducta por parte de los padres, en lugar de tomar en cuenta una medición objetiva (Irvine, Biglan, Smolkowski, Metzler, et al. 1999; Irvine, Biglan, Smolkowski y Ary 1999).
No tema seleccionar a familias en situación de alto riesgo
Muchos padres cuyos hijos han demostrado ya una conducta antisocial o han cometido actos delictivos viven en un ambiente aislado y lleno de tensión. Estos padres pueden estar en apuros económicos y aislados socialmente, con escasas posibilidades de apoyo financiero o psicológico. La opinión general es que es extremadamente difícil aplicar programas efectivos de capacitación para padres en inferioridad de condiciones, en especial para madres solteras de bajos ingresos. No obstante, esta percepción es engañosa. Las intervenciones que hacen partícipes a los padres en la planificación, reclutamiento, liderazgo de grupo y establecimiento de prioridades han enlistado y retenido de manera exitosa a los participantes de bajos ingresos, han influido positivamente en la conducta de los padres y han mejorado las redes de apoyo familiar y comunitario (Webster-Stratton 1998).
Las investigaciones sobre la prevención de la violencia en poblaciones en situación de alto riesgo han demostrado la efectividad de trabajar con los padres que, por factores socioeconómicos y psicológicos, como por ejemplo, bajos ingresos, ser madre soltera o haber sufrido maltrato, se encuentran en situación de gran riesgo de criar hijos antisociales. Varias de las intervenciones han investigado la efectividad de ofrecer a los padres en situación de alto riesgo la capacitación adecuada antes o inmediatamente después del nacimiento del bebé. Tales iniciativas fueron diseñadas para ayudar a los padres a manejar a sus hijos y sus vidas de manera más efectiva y a reducir el estrés que, por lo general, experimentan los padres durante los primeros años de vida de su hijo. La intervención ofrece una gama de servicios: asesoría para padres, estrategias para resolución de problemas, capacitación en técnicas de crianza y ayuda para desarrollar sistemas de apoyo social. Algunos incluso cubren los gastos de cuidado diario de los niños y asistencia médica. Como ejemplo de este tipo de intervención se puede citar la del Centro de Desarrollo Padre-Hijo de Houston, el cual funciona como una “escuela para padres” para familias estadounidenses de origen mexicano. Hasta ocho años después de la intervención, los niños de los padres participantes presentan una incidencia menor de informes escolares sobre conductas problemáticas que los niños del grupo de control (Johnson 1988).
Intervenciones para padres de niños delincuentes
Muchos de los padres de niños con graves problemas de conducta emplean técnicas disciplinarias ineficaces. Por ejemplo, los padres de niños delincuentes tienden a no participar de manera apropiada en la supervisión de las actividades diarias de los hijos, a ser incoherentes en la aplicación de castigos y a mostrar escasa preocupación en áreas tales como el progreso académico del niño (Dishion, Patterson, y Kavanagh 1992; Buka y Earls 1993; Bank et al. 1991). Con frecuencia, existe entre los padres y el niño, un patrón destructivo de “interacción coercitiva” caracterizado por un ciclo de mal comportamiento por parte del niño y de amenazas al niño por parte de los padres (Patterson, Reid, y Dishion 1992). Esta reacción por parte de los padres puede que sea efectiva a corto plazo; sin embargo, a largo plazo promueve una mayor agresión por parte del niño. El primer paso para romper este ciclo es cambiar la táctica de los padres y enseñarles respuestas alternativas para las acciones negativas de los hijos.
El modelo de coerción es una intervención que puede romper este ciclo. Éste utiliza a ocho grupos familiares que participan en 12 sesiones semanales, cada una de las cuales dura 90 minutos. Las sesiones de grupo se complementan con cuatro sesiones familiares individuales. Este modelo enseña destrezas para la conducta de padres, tal como supervisión de las acciones de los niños, fomento de conductas prosociales, disciplina sin agresión y resolución de problemas mediante ejercicios, actividades de actuación y discusión en grupo. Diversos procedimientos de evaluación con el tiempo han demostrado que este modelo es efectivo en la reducción de conductas problemáticas y en el fortalecimiento de la unidad familiar (Patterson, Reid y Dishion 1992).
Otra intervención efectiva para familias con niños delincuentes crónicos fue desarrollada por el Centro Social de Aprendizaje de Oregon (OSLC). En este estudio, 55 familias de varones que habían sido arrestados en múltiples ocasiones y habían cometido al menos un delito considerado “grave” por la corte fueron asignadas a la intervención de capacitación para padres de OSLC o al grupo de tratamiento comunitario en el que se aplican sesiones de terapia familiar de 90 minutos durante cinco meses aproximadamente. A los padres en el grupo de OSLC se les enseñó a supervisar, registrar y reaccionar ante la conducta diaria de sus hijos. Los padres y los niños desarrollaron contratos de conducta que especificaban la conducta que fomenta la adaptación a la sociedad y la conducta antisocial así como las consecuencias positivas y negativas. Cada familia recibió un promedio de 21,5 horas de terapia y 23,3 horas de contacto telefónico. Las familias tenían libertad de contactar al personal de intervención para sesiones de apoyo complementarias después del año de tratamiento.
Se logró una reducción considerable en el número de arrestos tanto en el grupo de intervención como en el grupo de control. Sin embargo, el tratamiento del OSLC produjo resultados más rápidamente y con un tercio menos de dependencia en los encarcelamientos. Los investigadores manifestaron que la principal consecuencia del tratamiento puede haber sido la de ayudar a los padres a mantener una participación activa y responsable en la conducta de sus hijos. Se debería señalar que los investigadores hallaron que el trabajo clínico con tales familias era extremadamente difícil y requirió de un gran esfuerzo para evitar el total desgaste del personal (Bank et al. 1991).
La intervención para los padres maltratantes
Los padres que maltratan a sus hijos necesitan desarrollar destrezas de crianza como una alternativa a su conducta y actitudes de maltrato. The Nurturing Parenting Programs, intervención centrada en la familia y basada en una filosofía de aprendizaje de los hábitos de crianza, enseña estas destrezas. Los padres y los hijos asisten a grupos separados que se reúnen al mismo tiempo. Se asignan actividades cognoscitivas y afectivas para fomentar el conocimiento de sí mismo, un concepto o autoestima positivo y la empatía; enseñar una alternativa a los gritos y los golpes; aumentar la comunicación entre los miembros de la familia y el conocimiento de las necesidades; remplazar la conducta de maltrato con educación; promover un saludable desarrollo físico y emocional; enseñar expectativas adecuadas sobre el desarrollo y la función del individuo. Trece intervenciones distintas se dirigen a grupos específicos de edad (niños pequeños, niños en edad escolar y jóvenes), por cultura (hispana, del sudeste asiático, de origen africano), y por necesidades (necesidades especiales de aprendizaje, familias en recuperación de alcoholismo).
El Programa de Atención y Cuidados para Padres e Hijos de 4 a 12 Años inicial fue probado ampliamente en campo con 121 adultos que exhibían conductas de maltrato y 150 niños víctimas de maltrato. Se hallaron mejoras significativas en la actitud tanto de los padres como de los hijos, en las características de la personalidad tanto de los padres como de los hijos y en los patrones de interacción familiar. La evaluación de los subsiguientes programas de cuidados y atención han mostrado resultados similares (Bavolek 1996).
Empodere a los padres
Un principio fundamental de las intervenciones efectivas de crianza es capacitar a los padres para tratar con sus hijos. Los padres, en particular aquellos que tienen hijos delincuentes, tienden a sentir que no tienen control en muchos aspectos de sus vidas. Pueden sentirse desanimados, frustrados o deprimidos por causa de incapacidad para llevar a cabo una crianza efectiva (Dishion, Patterson, y Kavanagh, 1992). Las intervenciones deben aumentar el sentido de autocontrol y eficiencia de los padres, darles confianza en la interrelación con sus hijos y hacerlos sentir responsables, de una forma positiva, de los progresos en la conducta de sus hijos (Prinz y Miller 1996).
Una forma de empoderar a los padres es proporcionándoles la información que les ayudará a comprender y a reaccionar adecuadamente ante la conducta de sus hijos. La intervención debe proporcionar una capacitación sobre cómo criar a sus hijos y comunicarse con ellos de manera efectiva, negociar las normas familiares y las consecuencias, aprobar y recompensar a los hijos por una conducta que fomenta su adaptación a la sociedad así como disciplinar sin violencia. Las intervenciones deben enseñar a los padres formas de castigo efectivas, como por ejemplo, privación temporal de salida y pérdida de privilegios, que no fomenten una interacción agresiva entre padres y hijos.
Otra técnica para dar autoridad a los padres es animarlos para que participen en el proceso de resolución de problemas (Cunningham 1996). Por ejemplo, en un modelo de colaboración de terapia de grupo utilizado en la Clínica para Crianza de la Universidad de Washington, el terapeuta solicita que los padres expresen ideas, sentimientos e información sobre antecedentes culturales. En este modelo, los padres y terapeutas comparten la propiedad de las soluciones y de los resultados (Webster-Stratton y Herbert 1994). En un programa dirigido a familias latinoamericanas y denominado Los Niños Bien Educados, se le pidió a los participantes definir importantes conceptos culturales sobre la crianza. Los participantes definieron lo que “bien educados” significaba para ellos y mencionaron los proverbios existentes en su cultura y que eran utilizados en su hogar y en el de sus abuelos (Alvy y Rubin 1981). También se pueden incorporar actividades que comprometan y capaciten a los padres, que los hagan sentir contribuyentes importantes en la intervención. Por ejemplo, haga que los padres lleven el refrigerio para la reunión, haga que supervisen el progreso de su familia o reclute participantes para que dirijan sesiones de estímulo.
Tome en cuenta los aspectos culturales y demográficos
Algunos participantes tienen creencias o conductas culturales que representan grandes desafíos para los profesionales. Identifique los problemas culturales desde el principio y diseñe los materiales de intervención para hacerles frente. Un contenido importante culturalmente fomenta un fuerte sentido de propiedad de grupo, identidad étnica, formación de comunidad y el progreso del grupo como un todo (Alvy 1994).
El programa Effective Black Parenting Program es una adaptación cultural de una intervención para formación de destrezas de crianza en general llamada Confident Parenting (Alvy y Rubin 1981). Este programa reduce el rechazo a los padres, mejora la calidad de las relaciones familiares y reduce los problemas de conducta de los niños de las familias estadounidenses de origen africano, que viven en la zona centro sur de Los Angeles. Los componentes clave de la intervención, además del formador de destrezas, incluyen las discusiones en que se compara la disciplina tradicional (por ejemplo, castigo, tunda) con la autodisciplina “moderna” (estándares internalizados de conducta efectiva); discusión y refuerzo de temas relacionados con “el orgullo del color negro”; el uso de la perspectiva de logro de los negros para enlazar las metas de vida que tienen los padres para sus hijos con las habilidades y características que necesita el niño para lograrlas (Myers et al. 1992).
En algunas familias de baja condición socioeconómica, los padres con un bajo nivel de educación pueden hacer que los canales tradicionales de comunicación sean ineficaces. Para hacer frente a este reto, los planificadores del programa deben diseñar las intervenciones de manera que no se haga énfasis en material escrito y métodos verbales de enseñanza, sino más bien que utilice las técnicas de actuación y elaboración de modelos (Knapp y Deluty 1989).
Para muchos grupos, las técnicas de enseñanza interactiva son las más efectivas. Dichas técnicas incorporan no sólo la enseñanza didáctica, sino métodos tales como ejercicios de actuación y de resolución de problemas. Sin embargo, algunos padres prefieren personas figuras didácticas con autoridad y desconfían de los extraños excesivamente amigables. En estos casos, el profesional debería comenzar con un estilo más formal y pasar lentamente hacia los métodos de enseñanza interactiva, de esta manera evita que se le considere como irrespetuoso.
Responda a las preocupaciones financieras y de contexto
Las intervenciones que se centran solamente en la conducta de los padres podrían no causar cambios que los padres puedan mantener fuera del ambiente de la intervención. Para lograr efectos duraderos, la intervención debe también tomar en cuenta el contexto en el cual se lleva a cabo la crianza. En la actualidad, las intervenciones más exitosas se han ampliado para ayudar a los padres a que mejoren sus propias “destrezas de vida” y para ayudarlos con problemas, tales como aislamiento social, estrés, depresión, conflictos maritales, vivienda y cuestiones de dinero. El principio general subyacente en estas amplias intervenciones es que aquellos padres que están mejor capacitados para manejar los asuntos de la vida diaria contarán con los recursos físicos, psicológicos y sociales para llevar acabo una crianza más efectiva.
Muchas intervenciones incluyen destrezas de vida para la crianza. Una de las más estudiadas, el Programa de Terapia Multisistemática de Henggeler funciona de acuerdo a la premisa de que la familia es una unidad interconectada, en la cual una serie de individuos (padres, hijos, hermanos y otros miembros de la familia) junto a factores externos (trabajo, escuela, condición de la vivienda) se interrelacionan entre sí para crear una dinámica familiar progresiva (Borduin et al. 1990). Las actividades de intervención están diseñadas para cada familia sobre la base de los riesgos de la familia y los factores protectores.
En una serie de pruebas de control aleatorias, en una variedad de ambientes, el enfoque multisistemático ha tenido éxito. Como por ejemplo, en un estudio realizado en Simpsonville, Carolina del Norte, con jóvenes implicados en por lo menos un delito violento. Luego de 59 semanas, los jóvenes que recibieron la terapia multisistemática (MST, siglas en inglés) tuvieron un número de arrestos mucho menor (0,87 contra 1,52) y menos semanas de encarcelación (5,8 contra 16,2) en comparación con los jóvenes que recibieron el servicio acostumbrado. Las familias de la intervención MST también informaron sobre un mejoramiento en la cohesión familiar. Un estudio en Columbia, Misuri, realizado entre jóvenes delincuentes de 17 años y sus familias, comparó el MST con el de terapia individual (IT, siglas en inglés). Durante 5 años de seguimiento, se demostró menos probable que los jóvenes del MST fueran arrestados nuevamente, las familias que recibían el MST informaron y demostraron más cambios positivos en su ambiente familiar y los padres MST mostraron una mayor reducción en los síntomas psiquiátricos (Henggeler et al. 1996). También se encontró que el MST es efectivo en el tratamiento de adolescentes delincuentes sexuales. Los jóvenes en los grupos MST tenían un número menor de arrestos posteriores por delitos sexuales que los jóvenes en los grupos
Seleccione el personal adecuado para su intervención
Con la estrategia basada en los padres y la familia, la calidad de la relación entre el profesional y los padres puede afectar profundamente el resultado de su intervención; por consiguiente, el personal debe seleccionarse con gran cuidado, se debe tener presente tanto las necesidades como los deseos de los participantes, además de las exigencias de su intervención.
Las personas más óptimas para la intervención de capacitación para padres cuentan con las siguientes características:
Compromiso con los objetivos de la intervención
Experiencia en intervenciones para la familia
Conocimiento directo de la comunidad (viven o trabajan allí)
Buenas destrezas para comunicación interpersonal
Conocimiento de dinámica de grupo
Habilidad para manejar la resistencia de los participantes
Además, el personal debería vivir lo suficientemente cerca de los participantes como para permitir el contacto frecuente. También deben estar disponibles para trabajar en el horario más conveniente para los participantes, generalmente, por las noches y fines de semana.
Podría ser útil seleccionar aquellos miembros del personal que presenten características similares a las de los participantes. Por ejemplo, puede unir a las madres solteras con un miembro del personal que sea también madre soltera o a los participantes de origen africano con personal de la misma raza. El Programa de Consolidación Familiar encuentra efectivo combinar los terapeutas con padres lo más parecidos posible en cuanto a la edad, posición social y antecedentes culturales (Kumpfer, Molgaard, y Spoth 1996).
Considere la posibilidad de lograr que algunos participantes de intervenciones anteriores colaboren para salvar la brecha entre el profesional y los padres, además de ofrecerle a los padres el apoyo de alguien que ya “ha pasado por eso”. Por ejemplo, en el Modelo de Coerción de Patterson participan padres, que ya han vivido esta experiencia, en calidad de tutores de los padres participantes; el Programa de Consolidación Familiar contrata a padres que ya han participado en el mismo para que brinden apoyo y den seguridad a los padres que comienzan en el programa, en un intento de reducir el número de deserciones (Dishion, Patterson, y Kavanagh 1992; Kumpfer, Molgaard, y Spoth 1996).
Capacitación de los miembros del personal
En las intervenciones exitosas para padres, el profesional debe crear un lazo de confianza, respeto y colaboración con los padres (Taylor y Biglan 1998; Johnson 1988; Webster-Stratton y Spitzer 1996; Prinz y Miller 1996). La capacitación para su intervención debe preparar al personal para desempeñar el papel de docente, asesor y facilitador.
Aparte de capacitar al personal en la manera de llevar a cabo las actividades de su intervención, la capacitación debe incluir información sobre los principios para educar a los hijos, los valores de los participantes y otros aspectos culturales y religiosos que puedan afectar la forma en que los padres se relacionan con sus hijos o con el personal de la intervención. Además, debe mostrar al personal como emplear los métodos de enseñanza interactiva, como hacer que los asistentes participen en los ejercicios de discusión en grupo y actividades de actuación; esta técnica es más efectiva que el estilo didáctico formal. Ofrezca al personal un manual de capacitación al cual puedan remitirse durante la intervención.
Reclutamiento de familia
Para reclutar a los participantes de su intervención para padres, trabaje con los grupos comunitarios, iglesias, centros de salud mental, tribunales y escuelas de su área. Participe personalmente en el proceso de reclutamiento. Llame por teléfono o visite a los padres en sus hogares o hable con ellos en lugares públicos, hágales ver que usted comprende y respeta los retos que ellos enfrentan. Considere la posibilidad de contratar o asignar personal administrativo o de relaciones públicas para ayudar con el reclutamiento. Cuando el objetivo sean familias en situación de alto riesgo, puede que necesite incluir la ayuda de un miembro de la comunidad que sirva de intermediario—por ejemplo, un funcionario de confianza de la escuela, un miembro mayor de la comunidad o un representante de la iglesia—para facilitar las referencias.
Puede ser necesario que ofrezca un incentivo a los padres para animarlos a participar, en especial, si se dirige a padres en situación de riesgo. Después de todo, usted les pide que se comprometan a realizar profundos cambios, algo en lo que los padres no participan a la ligera. Piense en algo que pueda atraer a los padres, como dinero, el precio del transporte (en metro, autobús, taxi), comida o cuidado gratis de los niños. Solicite a los comerciantes locales que contribuyan con productos y servicios que pudieran interesar a los posibles participantes.
Ejecute su intervención
La ejecución de su intervención dependerá de varios factores, entre los que se incluyen las actividades planificadas y los participantes que asistirán. No obstante, los principios que aparecen a continuación rigen cualquier intervención para formación de padres:
Programar las actividades en horarios y locales que convengan a los padres.
Dar al personal títulos apropiados, es decir, si su intervención no es en realidad una terapia, refiérase al personal como guía de sesión, profesional, facilitador o instructor en lugar de llamarlo terapeuta.
Aprovechar el conocimiento que ya los padres tienen.
Minimizar las conferencias; maximizar las oportunidades de enseñanza interactiva.
Asegurar que el personal modele las conductas enseñadas (por ejemplo, destrezas para escuchar de forma efectiva, reacciones no agresivas ante los conflictos).
Ofrecer oportunidades para los padres de hacer preguntas, comentarios y practicar las destrezas enseñadas.
Poner en práctica todos los componentes de una intervención que hayan demostrado su efectividad. El emplear sólo algunos componentes puede que no produzca los resultados de la intervención original.
Puede resultar útil explicar las teorías de la conducta que son la base de las técnicas para formación de padres que se están enseñando. Por ejemplo, es más probable que los padres perseveren en utilizar tácticas disciplinarias recomendadas, si cuentan con una buena comprensión general de los principios sobre los que se basa dicha táctica, en especial cuando el progreso en la conducta del niño no es inmediato.
La ejecución de la intervención puede variar según la edad de los niños y los factores de riesgo de las familias
La edad de los niños de las familias participantes afectarán las técnicas de ejecución. Lo que está bien para padres con niños muy pequeños puede que no sea tan efectivo para padres con niños de más edad.
En las intervenciones diseñadas para influir en familias con niños pequeños, las intervenciones para formación de padres que se basan en grupos (lo ideal es de siete a nueve familias) han demostrado ser tan efectivas como la capacitación individual, además de ser más eficaces en función de los costos (Webster-Stratton 1984). Otro método que ha funcionado con familias de niños en edad preescolar y de primaria es el Programa de Capacitación para la Interrelación Padre-Hijo, el cual enseña a los padres conductas y estrategias productivas para interrelacionarse con sus hijos. Esto incluye sesiones supervisadas de juego de cada grupo de padre-hijo, de esta manera los padres tienen la oportunidad de ensayar sus nuevas destrezas.
Las técnicas que aparecen a continuación también han demostrado su efectividad en este grupo de edad:
Visitas en los hogares que complementan las sesiones de grupo
Permitir que por su cuenta vean grabaciones audiovisuales de capacitación y lo combinen con una breve consulta en dos sesiones.
Cintas de vídeo que presenten modelos de técnicas de crianza efectivas (siempre que los participantes puedan identificarse con los personajes representados) y viñetas de técnicas ineficaces
Sesiones de grupo sólo con los padres
Terapia con cada familia
Sesiones de grupo con varias familias
Ayudar a los padres a que entren en contacto unos con otros y que participen en actividades fuera de las sesiones regulares de capacitación puede contribuir a maximizar los resultados de su intervención
Para familias con niños mayores en situación de alto riesgo—en particular niños con múltiples factores de riesgo—las intervenciones familiares particulares y con base en el hogar son más efectivas. Las intervenciones para estas familias deben:
Responder a los retos logísticos;
Apegar a un formato claramente definido;
Asegurarse el apoyo de grupos que puedan contribuir a reforzar las conductas deseadas.
Al trabajar con familias en situación de alto riesgo, es fundamental vincular la intervención para la formación de los padres con intervenciones centradas en el niño, que lo hagan participar de forma activa. El Programa de Terapia Multisistemática, por ejemplo, desarrolla estrategias y metas progresivas para cada miembro importante de la familia. Éste exige que el niño realice ciertas tareas y siga ciertas conductas, asimismo exige que los padres realicen un seguimiento de las acciones del niño y lo recompensen o lo disciplinen (Henggeler et al. 1996).
Utilice toda la gama de actividades para la capacitación de los padres
Las intervenciones basadas en los padres y la familia que han demostrado ser más efectivas incluyen una variedad de actividades, entre las que se pueden mencionar clases en sesiones múltiples para grupos pequeños, seminarios de un día para grupos grandes, material de capacitación en cintas de vídeo o sólo de audio, actividades autodidácticas y proyectos para realizar en la casa y poner en práctica las destrezas. Numerosos estudios han demostrado el éxito de las cintas de vídeo, como mecanismo para educar a los padres y estimular la discusión, cuando presentan modelos de conducta. En tanto que las intervenciones basadas en videos pueden ser utilizadas por los participantes sin supervisión, los mejores resultados se obtienen cuando el vídeo se combina con interacciones en grupo (Webster- Stratton, Kolpacoff, y Hollinsworth 1988). En cinco estudios aleatorios con más de 500 familias, la intervención que incluía la presentación de modelos en vídeo y discusiones de padres en grupo arrojó como resultado una mayor reducción en los problemas de conducta del niño y progresos más significativos en el enfoque disciplinario de los padres y en la interrelación padre-hijo, en comparación con la capacitación de padres en sesiones individuales, grupos de discusión sin presentar modelos en cintas de vídeo o cintas de vídeo sin discusión (Webster-Stratton 1996).
Se ha llevado a cabo una investigación adicional sobre las intervenciones tempranas con cintas de vídeo que presentan modelos de conducta usando la intervención BÁSICA y AVANZADA de Audiovisuales con Modelos de Conducta para Capacitación de Padres, la cinta COMPAÑEROS 1 intervención para padres de Capacitación en Destrezas Académicas, la cinta COMPAÑEROS 2 intervención para docentes y KIDVID intervención para niños de 3 a 8 años, Capacitación en Resolución de Problemas y Destrezas Sociales para Niños. Aún cuando la intervención que sólo incluía actividades autodirigidas disminuyó las dificultades de conducta, los mejores resultados se lograron cuando la intervención también incluía capacitación para los padres en destrezas interpersonales y destrezas para hacer frente a situaciones difíciles (Webster-Stratton 1996).
El modelo de Terapia Funcional para la Familia (FFT, siglas en inglés) combina la evaluación, la terapia y la educación para presentar los estilos de comunicación disfuncional en familias con niños delincuentes (Alexander y Parsons 1982). En la etapa de evaluación, el terapeuta evalúa los patrones de conducta familiar y recopila información sobre problemas de conducta. La etapa de la terapia está diseñada para cambiar las actitudes, expectativas, reacciones emocionales y percepciones con el fin de reducir la culpa entre los miembros de la familia. La etapa de educación enseña las destrezas para la comunicación en familia, como son formación de relaciones y resolución de problemas; refuerza la interacción positiva y maneja conflictos; además, enseña a los padres como recompensar y reforzar la conductas que favorecen su adaptación a la sociedad.
En varios estudios controlados se ha demostrado que el modelo FFT modifica la comunicación disfuncional y reduce la tasa de delincuencia entre los jóvenes tratados y sus hermanos (Barton et al. 1985). Gordon y sus colegas (1988) aplicaron nuevamente el modelo FFT en un grupo de 54 delincuentes juveniles de baja condición económica y de la zona rural del sudeste de Ohio. La mitad del grupo fue seleccionado específicamente para recibir en su casa el modelo FFT por parte de estudiantes de post-grado en psicología. La mayor parte de este grupo había cometido múltiples delitos graves y la corte los había asignado a terapia familiar. El grupo de control de 27 jóvenes delincuentes de menor riesgo recibieron solamente servicios de libertad condicional. Después de 2 años y medio, las tasas de reincidencia fueron de 11% en el grupo bajo tratamiento y de 67% en el grupo de control. Un estudio posterior que medía los cambios en el grupo al final de un período adicional de 32 meses (ya los sujetos eran adultos) determinó una tasa de reincidencia del 9% por delitos menores y faltas graves en el grupo del tratamiento y una tasa del 41% en el grupo de control (Gordon, Graves, y Arbuthnot 1995).
Fije una duración realista para su intervención
Es difícil modificar los patrones de crianza, no hay soluciones rápidas. Piense en que su intervención durará, al menos, varios meses. El período de duración recomendable para intervenciones orientadas hacia familias situación de riesgo es de aproximadamente 22 sesiones; para familias que no se consideran en situación de riesgo, por lo general, es de 12 sesiones.
En la mayoría de los casos, las sesiones deben fijarse a intervalos regulares (por ejemplo, una o dos veces por semana) y no deben durar más de dos horas. Sesiones de mayor duración han tenido éxito en algunos programas, siempre que se programen varios recesos. La modalidad de intervención que incluye sesiones de grupo fuera del hogar debe ser conveniente en términos de cuidado de los niños, transporte y disponibilidad de alimentos.
Apoye al personal de intervención para prevenir su agotamiento
Las intervenciones basadas en los padres y la familia pueden constituir un desafío y una experiencia emocionalmente abrumadora para el personal de la intervención. Es de suma importancia que les brinde apoyo y estímulo. El personal necesita de alguien que los dirija y a quien consultar con regularidad y se le debe brindar suficientes oportunidades para hablar con un supervisor sobre qué tan adecuadamente cumplen con los objetivos de la intervención, al igual que sobre sus objetivos personales relacionados con el trabajo. Considere la posibilidad de contratar personal para que trabaje medio turno o de hacer que el componente de ejecución de la intervención forme parte de la carga de tiempo completo. Esto puede contribuir a prevenir el agotamiento del personal. También brinda la posibilidad de ofrecer a los miembros del personal horarios flexibles.
Estimule a los participantes para que participen continuamente
La intervención basada en los padres y la familia puede durar varios meses con resultados sutiles y graduales. Será necesario mantener a los participantes interesados en su intervención, así como mantenerlos centrados en el objetivo a largo plazo. Además de ofrecer incentivos como comida gratis, transporte y cuidado de los niños, planifique eventos que atraigan a los padres para que finalicen la intervención. Por ejemplo, celebre una ceremonia de graduación u ofrezca un certificado de regalo como recompensa por culminar la intervención.
Haga un seguimiento del avance y calidad de la ejecución
A medida que avance su intervención, haga un seguimiento de las actividades para estar seguro de que se realizan según el plan. Este punto es muy importante si usted pone en práctica una intervención evaluada, es necesario que siga todos los pasos para garantizar que obtendrá los mismos resultados.
Los pasos que aparecen a continuación le ayudarán a determinar si su intervención va por buen camino.
Fundamente la supervisión del personal en los resultados.
Tome nota de los logros a medida que se presentan.
Lleve un control de la asistencia a las sesiones.
Cuente con alguien que no participe en la ejecución de la intervención para que realice evaluaciones de las actividades.
Solicite a los padres que mantengan un registro del tipo de actividades e información presentadas.
Compile las respuestas adicionales de los padres y del personal, las cuales le puedan ayudar a afinar la intervención.
Piense en cómo evaluar los resultados de su intervención desde el principio. Haga que los participantes estimen los cambios en su conducta y en la de sus hijos. El personal de la intervención también debe evaluar dichos cambios. Puede utilizar a un tercero para que también identifique los cambios. Por ejemplo, revise el expediente escolar de los niños cuyas familias participaron en la intervención para comprobar si disminuyeron los índices de conducta delictiva o de ausentismo.
Cuente con reveses
Los cambios de conducta no ocurren de la noche a la mañana. Los asuntos familiares, crisis y problemas de disciplina que han durado algún tiempo no pueden solucionarse con un único tratamiento. Establezca expectativas reales para su intervención y deje que los padres sepan de los obstáculos y reveses que afrontarán en el camino (Taylor y Biglan 1998). Si los padres saben de antemano que existe la posibilidad de que encuentren resistencia y problemas de conducta recurrentes por parte de sus hijos, estarán mejor preparados para enfrentar dichas dificultades y por consiguiente podrán seguir comprometidos con la intervención (Prinz y Miller 1996).
Mantenga los resultados después de la ejecución
Sin la guía y el apoyo del personal de la intervención, puede que a los participantes se les dificulte mantener el impulso después de que termine la intervención. Puede tomar algunas medidas para mantener los resultados positivos de la intervención después de que ésta haya finalizado. Por ejemplo:
Proporcione un contacto de seguimiento de manera que los padres puedan hacer preguntas y exponer sus preocupaciones.
Ofrezca sesiones de refuerzo.
Ayude a los padres a formar grupos de apoyo.
Refiera a los padres a centros de ayuda para problemas conyugales y financieros.
Vincule a los padres con organizaciones que puedan reforzar los valores y conductas enseñadas durante la intervención.
Enlace su intervención con las actividades de otros grupos importantes dentro de la comunidad (tal como grupos cívicos y religiosos) con actividades recreativas y en parques y también con programas escolares.
Las actividades de seguimiento, realizadas a los pocos meses o más, después de la culminación de la intervención original, pueden aumentar también los beneficios duraderos de su esfuerzo. Tales actividades pueden ser efectivas, en especial, cuando se dirigen a familias con niños pequeños. Buka y Earls (1993) compararon las estrategias para la prevención de la violencia con el proceso de inmunización: una “vacuna” en los primeros meses de vida y luego “dosis de refuerzo” periódico durante la infancia y la adolescencia. La programación de las actividades de refuerzo para que coincidan con períodos difíciles del desarrollo, como cuando el niño va a la escuela por primera vez o el período de transición en una escuela nueva (por ejemplo, pasa de la escuela primaria a secundaria), puede ser de gran ayuda cuando se orienta hacia los problemas de conducta. Si participan los profesionales y el personal de la intervención original se le confiere continuidad a las actividades.
Vincule la intervención basada en los padres y la familia con otras estrategias
Aunque la intervención basada en los padres es una de las estrategias más efectivas que se conocen hasta la fecha para le prevención de la violencia infantil y de los adolescentes, una vez que el niño alcanza la edad escolar es de suma importancia complementar esta estrategia con una que presente la influencia de los factores externos al hogar (Taylor y Biglan 1998; Brestan y Eyberg 1998).
Las experiencias negativas en la escuela, tanto en el aspecto académico como social pueden dar como resultado que el niño desarrolle una conducta violenta o factores de riesgo asociados.
Las evidencias demuestran que el esfuerzo conjunto entre los padres y la escuela es más efectivo que únicamente la aplicación de las estrategias basadas en los padres (McMahon et al. 1996; Webster- Stratton 1993; Coleman 1997). Un esfuerzo coordinado entre los padres, los maestros, el psicólogo escolar y la enfermera de la escuela permite identificar los problemas a tiempo, de manera que el profesional pueda intervenir con programas que enseñen resolución de problemas, que desarrollen habilidades de solución de conflictos y que aumenten las destrezas académicas (Honig 1999; Schweinhart 1999).
La relación entre padre e hijo puede desempeñar un papel importante en el desarrollo de conductas violentas por parte del niño o de conductas que han demostrado ser precursoras de la violencia. Se ha demostrado que la intervención basada en los padres y la familia es bastante efectiva en la prevención de estas conductas, en especial, cuando responden a las necesidades financieras, culturales y ambientales de la familia y se les acompaña de otras intervenciones basadas en la escuela o la comunidad.
Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC Centers for Disease Control and Prevention) – Aprenda los Signos Reaccione Pronto: www.cdc.gov/pronto
http://www.cdc.gov/NCBDDD/Spanish/childdevelopment/index.html
http://www.cdc.gov/violenceprevention/pub/practicas_optimas/01_prologo.html
Thornton TN, Craft CA, Dahlberg LL, Lynch BS, Baer K. Prácticas óptimas para la prevención de la violencia juvenil: libro de referencia para la acción comunitaria. Atlanta: Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, Centro Nacional para el Control y Prevención de Lesiones, 2000

References: resolución 
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