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Timestamp: 2018-01-23 20:08:32+00:00

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Segunda parte del Tercer capitulo de Mexico declara la moratoria. Recopilacion, notas, captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
Plazo otorgado por Saligny.
Wyke suspende relaciones con México.
Respuesta de Zamacona a Wyke.
Carta explicativa de Zamacona a Wyke.
Saligny rompe relaciones con México.
Respuesta de Zamacona a Saligny.
Carta explicativa de Zamacona a Saligny.
Nueva carta de Wyke.
Carta de Zamacona a Saligny.
Respuesta de Saligny a Zamacona.
PLAZO OTORGADO POR SALIGNY
México, 24 de julio de 1861.
A S.E. el Sr. Manuel de Zamacona, Ministro de Relaciones Exteriores.
Contesto la comunicación que V.E. me hizo el honor de dirigirme el 21 de julio, poniendo en mi conocimiento oficialmente el decreto de 17 de este mes, que me apresuraré, según el deseo de V.E., a transmitir en copia al gobierno del Emperador. He experimentado más pena quizá que sorpresa, al saber, señor Ministro, que esa medida del 17 de julio, cuya existencia me rehusaba a creer por honor de México, es efectivamente un acto auténtico, adoptado por el gobierno de V.E. con ánimo deliberado y a la sombra de la clandestinidad, como si por un último remordimiento de su propia concíencia huyese de la luz del día ante el conocimiento de tal enormidad. La impresión que cause al gobierno de S.M.I. cuando sepa este nuevo atentado contra los derechos y la dignidad de la Francia, así como todas las circunstancias que son consiguientes, no ha de ser diversa, tengo la convicción de ello, de la que yo mismo he experimentado.
V.E. no espera de mí seguramente que entre aquí en la discusión del decreto de 17 de julio. Hay cosas que no se discuten. Por otra parte, qué necesidad tengo de entregarme a hacer inútiles esfuerzos para convencer a V.E. cuando en nuestras conversaciones no ha vacilado en reprobar casi tan enérgicamente como yo esta deplorable medida, en los momentos mismos en que por una contradicción que no puedo explicarme, emprendía el justificarla por medio de argumentos más especiosos que sólidos, fundados en no sé qué pretendidas consideraciones de necesidad y de salud pública.
La medida de que se trata corona dignamente ese sistema con cuyo auxilio el gobierno de V.E. desde hace muchos meses, se esfuerza en eludir, negar o violar sus compromisos con respecto al gobierno del Emperador.
De la manera que el gobierno acaba de hacerlo, no queda a la Francia más que un solo modo de defenderse y de vengar sus derechos y su honor indignamente ultrajados: el recurso inmediato de la fuerza.
Al gobierno de V.E. toca decidir si deja las cosas llegar a ese extremo. Al esperar su resolución, tengo, señor Ministro, un último deber que llenar y es, el de protestar solemnemente en nombre de la Francia, como lo hago aquí, contra el decreto de 17 de julio, declarando que hago a la República responsable de todos los daños que pueda causar a los súbditos de S.M.I. y, en fin, que si esta medida no se suspende y anula en el término de 24 horas, contadas desde este momento, romperé todas las relaciones oficiales con vuestro gobierno, pues que estas relaciones han llegado a ser incompatibles con la dignidad de la Nación que tengo el honor de representar.
Suplico a V.E., señor Ministro, se sirva aceptar las seguridades de mi consideración muy distinguida.
WYKE SUSPENDE LAS RELACIONES CON MÉXICO
México, julio 25 de 1861 (cinco de la tarde).
Al Sr. Manuel María Zamacona, Ministro de Relaciones Exteriores.
Antes de ayer a esta hora tuve el honor de informar a V.E., que, si el decreto de 17 del corriente no se derogaba en el espacio de 48 horas, creería de mi deber suspender toda la relación oficial con el gobierno mexicano, hasta que recibiese instrucciones del gobierno de S.M.B. acerca de los pasos que debía dar en este asunto, que no sólo implica una ruptura de un tratado internacional, sino que también envuelve tanto desprecio que casi parece un insulto directo a la Nación que tengo el honor de representar.
Habiendo expirado el término dentro del cual debía haber tenido una respuesta y no habiendo recibido alguna, tomo el silencio de V.E. como una negativa a mi petición y, por tanto, desde este momento en adelante, suspendo toda relación oficial con el gobierno de la República, hasta que el de S.M. adopte tales medidas que considere necesarias bajo unas circunstancias sin ejemplo.
Tengo el honor de ser, señor, el más obediente y más humilde servidor de V.E.
RESPUESTA DE ZAMACONA A WYKE
Palacio Nacional. México, julio 25 de 1861.
A S.E. Sir Charles Lennox Wyke, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de S.M.B.
El infrascrito, Ministro de Relaciones Exteriores, tiene el honor de recibir en este momento la nota que el Excmo. señor Ministro de Inglaterra se ha servido dirigirle, anunciando la suspensión de sus relaciones con el gobierno de México. El Exmo. Sr. Wyke, debe haber recibido la nota que desde las cinco de la tarde tuvo el infrascrito el honor de remitirle, demostrándole la falta absoluta de motivo para la suspensión de relaciones entre el gobierno de S.M.B. y el de la República mexicana. No puede, pues, tampoco servir de causa para la resolución que anuncia el Sr. Wyke, ni el lapso de las 48 horas que se sirvió fijar en su penúltima nota, una vez que ésta no se recibió en este Ministerio hasta las siete de la noche de antes de ayer.
El infrascrito se refiere al contenido de su última comunicación y aprovecha ésta para reproducir al Excmo. señor Enviado Extraordinario de la Gran Bretaña, las seguridades de su muy distinguida consideración.
CARTA EXPLICATIVA DE ZAMACONA A WYKE
La comunicación que el Excmo. señor Ministro de S.M.B. se ha servido dirigir al infrascrito, con fecha de ayer, relativa al decreto del Soberano Congreso, en que se declaró la suspensión de todo pago, incluso el de las convenciones diplomáticas y el de la deuda contraída en Londres, hace necesarias algunas explicaciones, cuya falta daría a entender que el gobierno del infrascrito acepta sin contradicción ciertos hechos a que en la mencionada nota se alude y ciertas versiones que en ella se adoptan.
Por última vez rebatirá el infrascrito el concepto en que el Excmo. señor Ministro de S.M.B. parece insistir, refiriéndose a sus notas de 19 y 22, sobre el carácter expoliatorio que atribuye al decreto de 17 del actual. De ningún derecho legítimo despoja esa disposición legislativa a los acreedores extranjeros. La Nación, cuyos representantes han votado aquel decreto casi por unanimidad, reconoce altamente cuantos derechos derivan de los pactos internacionales; pero se ve obligada a declarar que esos derechos no podrán, durante cierto período, seguir cebándose sobre los productos de las aduanas marítimas, porque éstos constituyen el único recurso expedito e inmediato del gobierno y no bastan para atender a los peligros graves, aunque pasajeros, de que está amagada esta sociedad y para los réditos y amortización de la deuda pública. El gobierno, que tiene a la vez obligaciones para con la sociedad y la civilización y para con sus acreedores y que no puede cumplirlas simultáneamente, no ha hecho, por medio del decreto que motiva esta nota, más que colocar esas obligaciones en el orden de su entidad, sin desconocer ni atacar ninguna de ellas. El Exmo. señor Ministro de S.M.B. para dar al acto del Congreso un barniz expoliatorio, se ha servido en una de sus notas anteriores de un símil cuya inexactitud salta a los ojos. S.E. compara a la Nación en estos momentos con una persona que impulsada por el hambre asalta y roba a un vendedor de comestibles. En este acto, señor Ministro, hay dos rasgos dominantes, uno de agresión y otro de despojo, que ni por asomos se encuentran en la conducta actual de la Nación mexicana para con sus acreedores. Nada absolutamente les ha arrebatado y si se ha de calificar por medio de un símil la conducta de México, el infrascrito la compararía con la de un padre de familia agobiado de deudas y que no poseyendo más que una suma, apenas bastante para alimentar a sus hijos, la emplea en comprar pan en vez de entregarla a sus acreedores. ¿Si el señor Ministro de S.M.B. fuera uno de ellos, se atrevería a dar a esa acción el nombre de despojo? Diariamente se suele ver en la esfera de las relaciones individuales a personas que por complicaciones pecuniarias, suspenden sus pagos sin que nadie se atreva a llamar a este acto una expoliación. No hay en todo el decreto de que el señor Ministro de S.M.B. ha formado un juicio tan severo, una sola palabra que pueda revelar tendencias expoliatorias. Se suspenden los pagos porque la Nación no puede hacerlos con el fondo que les estaba consignado; se suspenden, porque la Nación para entrar en orden cuanto antes, necesita arreglar sin pérdida de tiempo su administración, por un lado, y de arreglar simultáneamente por otro, el servicio de la deuda pública; pero al mismo tiempo, con una solicitud y una lealtad a que no se hace justicia, se dan a los acreedores de la Nación dos garantías, una en ese mismo arreglo completo y general que presenta una perspectiva, que antes no había, de estabilidad y solidez, y otra en la consignación de un fondo especial de algunos millones realizables en gran parte muy próximamente y que proporcionará a los acreedores extranjeros, aún durante el período de esta suspensión para ellos nominal, percepciones acaso tan importantes como las que tenían en las aduanas marítimas. No son los sacrificios ni el dinero lo que México regatea, señor Ministro; lo que defiende es el principio de orden, lo que desea es plan y arreglo porque ve que sin ello se arruina; lo que quiere es previsión y método para que ésta sea la última vez en que le hagan el cargo de desorden y despilfarro los que toman por un vicio nacional un fenómeno inseparable de las revoluciones.
Bueno es también que se precise la actitud que México ha tenido y tiene ante sus acreedores extranjeros, actitud que no es por cierto la que el Excmo. señor Ministro de S.M.B. le atribuye en su última nota. A juzgar por ella, nuestra República nunca fue más que un deudor indigno, que ha correspondido hasta hoy con ingratitud y mala fe la generosidad y la indulgencia no desmentida de sus acreedores. El infrascrito cierra los ojos del propósito sobre la historia de la deuda extranjera de la República, porque ni quiere emplear el tono acerbo de que S.E. Sir Charles Wyke ha tenido a bien servirse en la citada nota, ni quiere dar el menor indicio de que México pertenece a esos deudores de mala fe que para eludir el pago discuten la legitimidad de sus obligaciones. México reconoce altamente las suyas y las cumplirá sin excepcionarse en los antecedentes que han mediado para contraerlas. Pero si está seguro el infrascrito, de que cuando esta correspondencia llegue a ver la luz, todos aquellos a quienes es familiar la historia de nuestra deuda exterior, todos los que conocen los elementos originales de la convención inglesa, todos los que saben cómo los interesados en ella han obtenido ventajas y aumentos de asignaciones en medio de una revolución ruinosa y en los días de más conflicto para el país, verán algo de extraño en la mención que el Excmo. señor Ministro de S.M. B., hace de esa indulgencia que los acreedores extranjeros han prodigado a la República y de que ella constantemente ha abusado. Si las exigencias de los acreedores extranjeros hubieran sido menores, acaso los compromisos internacionales de la República no habrían llegado a exceder de su posibilidad; pero México ha sido como esos campos en que se cosecha en mayor proporción de su fuerza vegetativa, hasta que llega un día en que la tierra agotada nada produce y si es preciso dejarla descansar por uno o dos años.
El infrascrito no cree que debe dejar pasar sin contradicción el cargo que se hace a su gobierno, por la falta de cumplimiento a los compromisos que contrajo en cuanto a los fondos tomados por los reaccionarios en la Legación británica y a la conducta ocupada en Laguna Seca. Relativamente al primer caso, la obligación del gobierno consentida por esa Legación se redujo a hacer efectiva la responsabilidad de los culpables y arbitrar, si ese medio no conducía a la indemnización, otro que llenara el objeto. Nadie puede decir hasta ahora que se haya faltado a este compromiso. El contraído para cubrir en un plazo de cuatro meses el resto de la conducta ocupada en Laguna Seca, se refiere a una época en que el gobierno no podía prever que las reliquias refractarias de la reacción lo obligasen a emprender una campaña dispendiosa que trastornara todos sus cálculos financieros y, aun a pesar de esto, se han hecho todo género de sacrificios y de operaciones gravosas por amortizar ese crédito privilegiado, hasta el punto de estar reducido en la actualidad a un resto relativamente pequeño. Nadie que haga justicia a la Nación mexicana puede desconocer los esfuerzos ejemplares que ha hecho por contentar a sus acreedores extranjeros, estableciendo aún una desigualdad odiosa respecto a los nacionales. Es muy significativa la cifra de las sumas que durante la residencia del gobierno Constitucional de Veracruz, se han aplicado a la deuda exterior, en el momento en que la restauración del orden público se obraba trabajosamente y merced a exacciones y requisiciones ruinosas para el país.
La poca fe que manifiesta el Excmo. señor Ministro de S.M.B. en los resultados de la última Ley de Hacienda y en las garantías que ella da a los acreedores extranjeros, no la han tenido ni los mismos interesados en las convenciones diplomáticas, con quienes el gobierno había llegado a ajustar en estos últimos días un arreglo, tomando por base los mismos valores que ahora se les consignan y que dejó de llevarse a cabo sólo por haberle rehusado su sanción el Excmo. señor MInistro de S.M.B. Otro tanto ha sucedido con los interesados en el crédito de Laguna Seca. Los dueños de esos créditos, ilustrados por el instinto infalible del interés individual no han dudado, como el Excmo. señor Ministro de S.M.B. sobre la prudencia y sinceridad de la República. Y, a propósito de esta duda insultante, S.E. permitirá que el infrascrito le exhorte a entrar dentro de su conciencia, para preguntarle si el tono de su última comunicación es el que cumple a un acreedor que se dice generoso e indulgente, ante un deudor amigo y agobiado de dificultades.
A la cordura del Excmo. señor Ministro de la Gran Bretaña no puede ocultarse que pide un imposible al gobierno del infrascrito, al exigirle la derogación dentro de 48 horas del decreto del 17 del actual. Ni el gobierno podría iniciar esa derogación, porque sería iniciar la anarquía y la disolución social, ni el Congreso que ha votado esa ley casi por aclamación y convencido que es de trascendencia vital para la República, atendería la iniciativa.
La protesta con que el Excmo. señor Ministro de S.M.B. termina su nota, parece al infrascrito tanto más excusada, cuanto que él mismo la ha prevenido, por decirlo así, protestando desde sus primeras notas sobre este negocio, que las últimas resoluciones del Congreso en nada afectan los derechos legítimos de los interesados en la deuda exterior.
El infrascrito se permitirá, además, manifestar, salvo sus respetos al buen juicio de S.E. Sir Charles Lennox Wyke, que lejos de ver un acto propio del honor y la dignidad de la Gran Bretaña en la suspensión de relaciones que su representante anuncia, cree muy posible que las naciones imparciales viesen este paso como absolutamente inmotivado y espera de la cordura del Excmo. señor Ministro de S.M.B. que mientras recibe las instrucciones a que se refiere, conserve con este gobierno la inteligencia cordial para cuya interrupción no existe causa alguna y que tanto puede contribuir al desenlace satisfactorio de este negocio.
El infrascrito se complace en ofrecer con esta oportunidad a S.E. Sir Charles Lennox Wyke la seguridad de su distinguida consideración.
SALlGNY ROMPE RELACIONES CON MÉXICO
México, 25 de julio de 1861.
A S.E. el Sr. don Manuel de Zamacona, Ministro de Relaciones Exteriores, Palacio Nacional en México.
Anuncie a V.E. en la nota que tuve el honor de dirigirle ayer, que si el decreto de 17 de julio no se suspendia y anulaba en el término de 24 horas, romperia todas las relaciones oficiales con vuestro gobierno. El término fijado por mi nota ha expirado sin que haya recibido de V.E. una respuesta satisfactoria; debo ver su silencio como una negativa a mi demanda. En consecuencia, tengo el honor de advertirle, que desde este momento todas las relaciones oficiales están rotas entre la Legación de S.M.I. y vuestro gobierno.
Le suplico a V.E., señor Ministro, acepte las seguridades de mi consideración más distinguida.
RESPUESTA DE ZAMACONA A SALlGNY
Palacio Nacional, julio 25 de 1861.
A S.E. el Sr. Alphonse Dubois de Saligny, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Francia.
El infrascrito, Ministro de Relaciones Exteriores, tiene el honor de recibir en este momento la nota que el Excmo. señor Ministro de Francia, se ha servido dirigirle, anunciando la suspención de sus relaciones con el gobierno de México. El Excmo. señor de Saligny debe haber recibido la nota que desde las cinco de la tarde tuvo el infrascrito el honor de remitirle demostrándole la falta absoluta de motivo para la suspensión de relaciones entre el gobierno del Emperador y el de la República mexicana. No puede, tampoco, servir de causa para la resolución que anuncia el Sr. de Saligny, ni el lapso de las 24 horas que se sirvió fijar en su penúltima nota, una vez que ésta no se recibió en este Ministerio hasta las siete de la noche de ayer.
El infrascrito se refiere al contenido de su última comunicación y aprovecha ésta para reproducir al Excmo. señor Ministro de Francia las seguridades de su muy distinguida consideración.
CARTA EXPLICATIVA DE ZAMACONA A SALIGNY
Palacio Nacional. México, 25 de julio de 1861.
A S.E. el Sr. Alphonse Dubois de Saligny.
El infrascrito, Ministro de Relaciones Exteriores, se cree en el deber de hacer algunas observaciones al Excmo. señor Ministro de Francia, a propósito de las dos últimas notas que ha tenido a bien dirigir a este Ministerio con motivo del decreto de 17 del actual.
Antes que todo debe explicar el infrascrito que cualesquiera que hayan sido sus noticias privadas sobre la expresada disposición y de la iniciativa que le dió origen, no podía ponerla oficialmente en conocimiento del Excmo. Sr. de Saligny, antes que se le comunicase por el Departamento de Hacienda, trámite inevitablemente posterior a la promulgación del repetido decreto. Esto pondrá fin a la extrañeza que manifiesta el Excmo. señor Ministro de Francia y evitará que pueda adulterar el sentido de las explicaciones que sobre el particular ha dado el infrascrito.
La sorpresa y el dolor que el Excmo. señor Ministro de Francia manifiesta haber experimentado al saber oficialmente la promulgación del referido decreto, son cosas que no acierta a explicarse el infrascrito, tratándose de un paso que lleva mucho tiempo de estar en la conciencia pública, que se ha discutido por la prensa y cuya necesidad imprescindible ha pasado casi en proverbio. El infrascrito se cree excusado de demostrarla cuando el mismo representante del Imperio francés ha tenido la franqueza de reconocer esa necesidad en conversaciones privadas refiriéndose a las que tuvo con uno de los predecesores del infrascrito, sobre arreglar, no sólo una tregua en favor de México para el pago del crédito francés, sino aún un alivio del enorme peso que la deuda exterior hace gravitar sobre la República.
El infrascrito tiene también que rectificar la alusión del Excmo. Sr. de Saligny, a la censura que en conversaciones privadas dice haber hecho el que suscribe sobre la medida que motiva estas comunicaciones. Lo que el infrascrito ha manifestado al Excmo. señor Ministro de Francia es la preferencia decidida que habría dado a un arreglo convencional para la suspensión de pagos decretada por el Congreso y el dolor con que ha tenido que someterse a la dura ley de la necesidad, que no concedía al gobierno el tiempo necesario para entrar en previos arreglos consensuales. Los que en este sentido se tenían iniciados no habían podido dar resultado breve, por antecedentes extraños a la esencia del negocio y, entretanto, llegó un momento supremo en que el gobierno literalmente no pudo hacer otra cosa que suspender sus pagos y fiar para un arreglo general de la deuda pública en el consentimiento presunto de los interesados. He aquí lo que el infrascrito ha dicho constantemente al Excmo. señor Ministro de Francia y, cómo se combina que, deplorando la imposibilidad de entrar en arreglos previos, haya motivado la conducta de su gobierno en consideraciones supremas de necesidad y de salud pública.
El gobierno del infrascrito protesta contra la imputación que se le hace por haberse esforzado sistemáticamente en estos últimos tiempos por eludir, desconocer y violar sus pactos con el gobierno del Emperador. Los hechos y la correspondencia de este Departamento con la Legación francesa, atestiguan lo contrario.
De tres años a esta parte México, no obstante hallarse en dificultades y complicaciones sin ejemplo, en vez de eludir sus compromisos los ha ratificado, los ha robustecido, por medio de condescendencias en que ha habido acaso algo de imprevisión y que han contribuido en gran parte a las dificultades con que hoy brega el gobierno. En estos mismos momentos la Nación reconoce cuantos derechos derivan de sus pactos internacionales; pero se ve obligada a declarar que esos derechos no podrán durante cierto período seguir cebándose en los productos de las aduanas marítimas, porque éstos constituyen el único recurso expedito e inmediato del gobierno y no bastan para atender a los peligros graves aunque pasajeros de que está amagada esta sociedad y para los réditos y amortización de la deuda pública. El decreto de 17 del corriente no desconoce ninguna obligación ni hace otra cosa que colocar en su orden entitativo, las que tiene el gobierno con la civilización y la sociedad y las que tiene con sus acreedores. En todo ese decreto no hay una sola palabra que revele tendencias expoliatorias; no es sino una declaración de parte del pueblo mexicano en los mismos términos en que lo hacen diariamente los mercaderes y negociantes que se hallan en imposibilidad material de llenar sus compromisos. La sola diferencia es que entre individuos, las querellas de acreedor a deudor se llevan en tal caso a los tribunales y, entre Naciones, se llevan al tribunal supremo de la justicia y de la equidad. El Excmo. Sr. de Saligny, en su última nota, declara que declina esa jurisdicción y que prefiere llevar el negocio ante el tribunal de la fuerza.
Extraño es que el Excmo. señor Ministro de Francia, a cuya ilustración deben ser familiares las reglas que presiden a las revoluciones humanas, vea como un rasgo excepcional de la de México, el carácter irregular de los sucesos públicos, en los meses inmediatos al hundimiento de la reacción y que, armándose de esos recuerdos, hoy que cesa ya el peso de carga de la Reforma y el impulso que la revolución trajo de los campos de batalla; hoy que se hace oír la voz de los que pretenden organizarla y disciplinarla, declare al pueblo mexicano indigno de toda consideración equitativa y se oponga al advenimiento del orden y de la regularidad cabalmente en nombre de aquel inevitable desorden. Por otra parte, si es que lo ha habido, fuerza es que reflexione el Excmo. señor de Saligny, en que lejos de haber acarreado perjuicio a los intereses franceses, es proverbial que sus compatriotas han sido los más beneficiados, en lo que el Excmo. señor Ministro de Francia llama las prodigalidades de la revoluciÓn. Y, a propÓsito de esto, el infrascrito se toma la libertad de rogar al Excmo. señor de Saligny que entre dentro de su conciencia y examine si el lenguaje violento en que formaba sus acriminaciones contra México, es digno del noble paÍs que representa y en cuyos sentimientos es imposible que quepa el deseo de abusar de su carÁcter de acreedor. Y esto cuando la Francia no lo es con respecto a México, sino por una cantidad relativamente mezquina y cuando de este negocio no puede hacerse por otra parte una cuestión de dignidad, porque equivaldría a decir que la pobreza y las dificultades de México pueden afectar la dignidad de la Francia. La Nación se ha limitado a declarar, por medio del decreto del día 17, su estado de complicación y penuria, sin desconocer ninguno de los derechos creados en favor de sus acreedores y avanzándose, por el contrario, a ofrecer nuevas garantías.
A la cordura del Excmo. señor Enviado de francia, no puede ocultarse que pide un imposible al gobierno del infrascrito, al exigirle la derogación dentro de 24 horas, del decreto de 17 del actual. Ni el gobierno podría iniciar esa derogación, porque sería iniciar la anarquía y la disolución social; ni el Congreso que ha votado esa ley, casi por aclamación y, convencido de que es de trascendencia vital para la República, atendería la iniciativa.
La protesta con que el Excmo. señor Ministro de francia termina su nota, parece al infrascrito tanto más excusada cuanto que él mismo la ha prevenido, por decirlo así, protestando desde sus primeras notas sobre este negocio, que las últimas resoluciones del Congreso en nada afectan los derechos legítimos de los interesados en la deuda exterior.
El infrascrito se permitirá además manifestar, salvos sus respetos al buen juicio del Excmo. Sr. de Saligny, que lejos de ver un acto propio del honor y la dignidad del Imperio francés, en la suspensión de relaciones que su representante anuncia, cree muy posible que las Naciones imparciales viesen este paso como absolutamente inmotivado y espera de la cordura del Excmo. señor Ministro de Francia que, mientras recibe instrucciones, conserve con este gobierno la inteligencia cordial para cuya interrupción no existe causa alguna y que tanto puede contribuir al desenlace satisfactorio de este negocio.
El infrascrito se complace en ofrecer con esta oportunidad a S.E. el Sr. A. de Saligny las seguridades de su muy distinguida consideración.
NUEVA CARTA DE WYKE
Al Sr. don Manuel María de Zamacona.
Ayer noche a las siete, esto es, dos horas después de la expiración del término de 48 horas, dentro de las cuales pedí una contestación a mi nota del día 23, recibí la de V.E. del día 25, a la cual por consiguiente sólo puedo contestar con una carta particular, pues su contenido en nada cambia la resolución que tanto el Ministro francés como yo nos hemos visto forzados a tomar, a causa de la conducta extraordinaria e injustificable del gobierno mexicano con respecto al decreto del 17 del corriente.
Una lectura concienzuda de la mencionada nota de V.E. me ha convencido de que la mía del 23, a que sirve de respuesta, no ha sido traducida fielmente, pues V.E. pone algunas cosas en boca mia, que nunca he dicho y tuerce el sentido de otras de tal modo que les da un significado enteramente diferente al que realmente tienen. Dejando esto, sin embargo, sólo hablaré otra vez de la parte realmente esencial de la nota de V.E. que es la negativa a derogar un plan financiero cuya adopción, además de sumir a la República en nuevas dificultades pecuniarias, tendrá el efecto de traer la a una colisión con las dos primeras Naciones marítimas del mundo y esto es una cuestión que el gobierno ha originado y, en la cual, permítame V.E. que lo diga, absolutamente no tiene razón.
Como ahora escribo a V.E. libre de las trabas que la reserva de una correspondencia oficial impone, puedo francamente decir a V.E. que se apoya sobre una caña rota, cuando confía en la simpatía de aquellos cuyos intereses México ha sistemáticamente sacrificado. Esto se prueba con la historia de la deuda extranjera, por lo que hace a los tenedores de bonos; bueno sería que V.E. la estudiase cuidadosamente y verá entonces que los repetidos compromisos hechos con ellos casi siempre han sido o bien enteramente esquivados o sólo parcialmente cumplidos, como por ejemplo, cuando después de haber consentido a reducir el interés del 5 al 3 por ciento, a condición de recibir ciertos pagos de los derechos recaudados en los puertos del Pacífico, no reciben ni medio por ese lado y sólo se les paga muy parcialmente por las aduanas del Atlántico.
No me detendré a hablar sobre la larga y terrible lista de asesinatos cometidos en las personas de mis desgraciados compatriotas, que creo, con una sola excepción, han quedado impunes desde la fecha de la Independencia, hasta la horrorosa y reciente catástrofe del pobre Sr. Beale en Nápoles. ¿Cree V.E. que estos hechos lamentables puedan ganar simpatías o inspirarnos confianza en un pueblo que de esta manera viola sus compromisos con nosotros y mata a nuestros conciudadanos con perfecta impunidad? Positivamente es ya tiempo de que el gobierno de México abra los ojos ante las consecuencias naturales que trae semejante conducta y que sepa la opinión poco favorable que en Europa se tiene de él. ¿Quién tiene la culpa de que el país haya sido inundado de sangre desde la declaración de la independencia, sino sus mismos ciudadanos, que revolucionando contínuamente y sosteniendo una serie de guerras fratricidas entre sí, han reducido uno de los más hermosos países del mundo a la miseria y degradado su población hasta hacerla peligrosa no sólo para sí, sino para todos los que con ella tienen contacto?
V.E. apela a los sentimientos generosos de los acreedores de un deudor desgraciado y agobiado por sus dificultades, olvidando que ese deudor sólo con haber tenido la prudencia ordinaria, en los últimos seis meses, podía en este momento estar enteramente libre de deuda, si no hubiese voluntaria y ligeramente disipado los millones que entonces tenía a su disposición.
En cuanto a la manera de pagar a ciertos acreedores ingleses de que V.E. habla en su nota de ayer, era tan impracticable que no podía aceptarse por todos ellos: cuando se les hizo notar la naturaleza del negocio sobre lo que V.E. dice del robo de Laguna Seca y del ultraje a la Legación, es inútil el que el gobierno mexicano quiera engañarse llamando a la primera ocupación de fondos y al último un hecho ejecutado por los funcionarios de la reacción. Lo primero fue un robo y lo segundo una violación nunca oída del derecho internacional, perpetrada por un gobierno reconocido por todas las Naciones europeas y por estos dos crímenes que hasta ahora no se han castigado, la Gran Bretaña hará sin duda enteramente responsable a la República.
Ya he dado a esta carta una extensión que no debía y por tanto debo concluir; pero antes de hacerlo permítame V.E., por el bien del gobierno, que insista en que se revoque el error fatal que se ha cometido respecto de este decreto, derogándolo inmediatamente, pues de otro modo es imposible toda relación oficial entre esta Legación y ese gobierno, que será el responsable de un hecho que, tanto en su forma como en su esencia, es enteramente injustificable.
Confiando en que V.E. tomará lo que ahora he escrito en el espíritu que realmente me lo dicta, dejo un asunto que es mucho más serio de lo que parece o supone el gobierno mexicano.
En una segunda nota de V.E. recibida, V.E. se queja de que mi nota escrita a las cinco del día 23, fue recibida por V.E. hasta las siete del mismo día y que, por consiguiente, al escribirle a V.E. ayer a las cinco, solamente le quedaban 46 en vez de 48 horas de término, antes de suspender las relaciones oficiales. Siento esto, pero no fue culpa mía, pues en ambos días despache mis notas a las cinco y media de la tarde, bien que de hecho las dos horas perdidas por este incidente, son de ninguna importancia, puesto que V.E. se rehusó a derogar el decreto.
Reconozcame V.E. por su fiel amigo.
Sabado, julio 27 de 1861.
Al Excmo. Sr. Charles Wyke, Ministro de S.M.B.
He recibido la carta que me hizo usted el honor de dirigirme ayer y celebro que ella me dé una oportunidad para hacer llegar otra vez a sus oídos la voz sincera de un hombre honrado, que ama ardientemente a su patria, pero que ama, todavía mas, la equidad y la razón y que habiendo adivinado en usted el mismo espíritu, no desconfía de que llegue a hacer justicia a las actuales miras y tendencias del gobierno mexicano.
Es imposible que una persona tan racional y caballerosa como usted, haya juzgado extraña la renuencia de este gobierno para derogar el decreto de 17 del actual. La conciencia de usted, señor Ministro, debe decirle que se ha exigido al gobierno una cosa imposible, a sabiendas de que no podría obsequiar la pretensión. Sólo los tramites indispensablemente previos a la derogación de una ley votada por el Congreso, ocuparían mas tiempo que el plazo que usted tuvo a bien fijar para la suspensión de nuestras relaciones oficiales. Esta sola dificultad material, explicaría la resistencia del gobierno y su resolución a afrontar peligros y dificultades mayores todavía, que los que usted tiene la bondad de advertirme.
Pero el paso que se exigía de México, hubiera sido además el suicidio político de la Nación, pues que sería tanto como poner su Constitución y su soberanía, bajo la presión decisiva de la diplomacia extranjera y esto es una cuestión en que, lo digo con el convencimiento más íntimo, la justicia está de nuestra parte. A fuerza de leer lo contrario en la correspondencia que hemos seguido en estos días y de ver repetidas veces calificada de injustificable la conducta de mi gobierno, he llegado a desconfiar de mis propias inspiraciones de equidad y sentido común y he buscado mi justificación y la de la República en los principios del derecho internacional. Este trabajo ha acabado por hacer firmísimas mis convicciones. Yo veo, señor Ministro, que es general entre los escritores de derecho de gentes, el principio de que el cambio de las circunstancias del deudor y la imposibilidad de llevar a cabo un pacto, rescinden el vínculo obligatorio y, pues que a mi turno gozo de la libertad que me da el carácter privado de esta nota, en que puedo hacer algunas citas sin que tengan visos de una erudición impropia en comunicaciones oficiales, citaré la doctrina de Grotio y de Corcello, conforme a la cual termina la obligación que resulta del pacto, cuando la prestación es imposible. Citaré también estas palabras textuales de Wheaten: Se pueden rechazar los tratados aun cuando haya mediado la ratificación, fundándose en la imposibilidad física o moral de cumplir sus estipulaciones. La imposibilidad física tiene lugar, cuando la parte que ha estipulado, no está apta para cumplir, por falta de medios necesarios que dependen de ella. Copiaré además este pasaje de Martens: La imposibilidad física en que se encuentra una Nación de cumplir un tratado, concluido por ella, lo vuelve no obligatorio, pero no la dispensa de una indemnización, si la imposibilidad ha sido prevista o causada por culpa suya. Copiaré asimismo estas notables palabras del consejero Heffter: La parte obligada puede rehusarse a la ejecución del compromiso contraído, en el caso de una imposibilidad superviviente y durable, aunque relativa, de cumplirlo, especialmente en el conflicto con sus propios deberes, con los derechos y el bienestar del pueblo. Y podría citar otras muchas autoridades, si la larga lista de todos los escritores que adoptan este principio tan obvio de derecho de gentes, no estuviera fuera de lugar en esta carta.
Hay, señor Ministro, una inexplicable severidad, en negar a México la simpatía de sus acreedores y en decir que siempre ha sacrificado los intereses de éstos, a los suyos propios. He prevenido tiempo ha la invitación que me hace usted en su carta, de estudiar la historia de la deuda inglesa y ese estudio me ha hecho ver que, desde la primera operación del empréstito contratado en Londres, la República perdió ocho millones de pesos, que la segunda emisión de bonos hecha en el año de 24, no fue más que una operación en que México amortizó a la par, el papel que corría al 50%; que posteriormente, la República ha perdido algunos millones, en las quiebras de las casas inglesas que han intervenido en este negocio; que aun en medio de los conflictos que la guerra civil acarreó al país en estos útimos años, se hicieron considerables remesas a los tenedores de bonos, en cuya virtud estos útimos pudieron sostener en la bolsa, un precio que no era de esperarse, atendidas las circunstancias de la República. Y esto se refiere al ramo de la deuda exterior en que acaso se han hecho menos sensibles los gravámenes y sacrificios de México, porque ha habido en el particular algo de ese arreglo y de ese orden, que ahora quiere introducir la República en toda su deuda. La Legación británica al hablar sobre la historia de nuestra deuda exterior, debería fijarse más bien que en el empréstito de Londres, que no tiene carácter alguno diplomático, en el negocio de la convención inglesa y decir francamente de parte de quien han estado en este negocio los gravámenes y los sacrificios y si los ha escaseado la República, que en medio de sus dificultades de estos últimos años, ha ido aumentando y cubriendo con exactitud las asignaciones hechas a esa convención. En una de mis últimas notas oficiales manifesté a usted que por consideraciones de delicadeza, me abstenía de entrar en el análisis de la mencionada convención; pero en esta comunicación privada, puedo llamar la atención de usted sobre los elementos espúreos que entraron en ese arreglo diplomático y sobre su resultado, que un periódico inglés de la capital, ha sacado a luz hace tres días y que se reducen a que México ha venido a pagar una existencia de cigarros a razón de dos onzas de oro por cada cajetilla.
A las quejas que contiene la carta de usted sobre los asesinatos y depredaciones de que han sido recientemente víctimas no sólo los súbditos ingleses residentes en la República, sino también los mexicanos, nadie puede responder con menos rubor que un gobierno que se muestra profundamente preocupado por esas atrocidades y que quiere a todo trance ponerles término, comenzando por procurarse los medios de acción que debe producir ese arreglo contra el cual se ha declarado la Legación inglesa. ¿Quién tiene la culpa, pregunta usted, de este estado de cosas y de la guerra que ha ensangrentado por tanto tiempo a la República? Francamente, señor Ministro, diré a usted y no debe sorprenderle, si conoce bien, como lo supongo, nuestros sucesos posteriores a la independencia, que ellos tienen su raíz en circunstancias que no son obra ni de nuestra raza ni de esta generación y que por lo que hace a las catástrofes de estos tres últimos años, la conciencia pública atribuye gran responsabilidad a los funcionarios diplomáticos que reconocieron y dieron fuerza moral a un puñado de sediciosos repudiados por toda la Nación.
Insiste usted en su última carta, en la idea exagerada que se ha formado generalmente, sobre la prodigalidad con que se dice han sido gastados muchos millones procedentes de la nacionalización. Mi opinión, señor Ministro, no es recusable en este punto, yo he clamado como nadie en la prensa, por dar regularidad a la administración de los bienes nacionales; pero estoy seguro de que si se reduce a cifras esta cuestión, si se precisa la importancia de los bienes eclesiásticos, el menoscabo que sufrieron durante la revolución, la cantidad de la deuda pública que se ha amortizado con ellos; los descuentos legales que se han hecho por anticipaciones y lo mucho que queda de esos bienes, se verá que en esas imputaciones de desorden y prodigalidad, hay mucho de hiperbólico.
No alcanzo la razón porque califique usted de impracticable el arreglo que los interesados en la convención inglesa, habrian formado con el gobierno. Ese arreglo u otro cualquiera análogo, seria muy hacedero, sobre la base de los valores que el decreto de 17 del actual pone en manos de la junta superior de hacienda. El citado decreto no ha dejado indotado el ramo de la deuda pública. Lo único que quieren el gobierno, el Congreso y el pais, es que se nos permita acudir al restablecimiento de la paz y al arreglo de la administración; todo lo demás, la Nación lo sacrifica y lo concede.
Con respecto a la calificación que se sirve usted hacer de la conducta de los jefes del Ejército federal relativamente a los caudales ocupados en Laguna Seca, me limitaré sólo a preguntar a usted si en su concepto la palabra robo implica la idea de indemnización espontánea y empeñosa como lo ha habido en este caso, en que no queda por cubrir más que un resto de esa responsabilidad, relativamente pequeño. Por lo que hace al atentado cometido en la calle de Capuchinas, debo hacer una rectificación advirtiendo a usted que no es exacto que en la época a que se refiere ese hecho, los usurpadores que lo practicaron, estuviesen reconocidos por los representantes de las Naciones amigas.
Agradezco profundamente el acento de interés con que se sirve usted exhortarme, a facilitar el reanudamiento de nuestras relaciones oficiales, mediante la revocación inmediata del decreto de 17 del actual; pero ese interés se expresaría de una manera más digna, por medio de una excitativa, no para un paso material y moralmente impracticable, sino para un arreglo compatible con el honor y la posibilidad de la Nación.
Espero que usted tendrá la bondad de meditar sobre las observaciones que contiene esta carta y me lisonjea la esperanza, de que contribuyan al restablecimiento de nuestra correspondencia oficial, para cuya interrupción no alcanzo a ver todavIa motivo suficiente.
Me complazco en suscribirme con este motivo su afectísimo.
CARTA DE ZAMACONA A SALlGNY
México, 27 de julio de 1861.
Excmo. Sr. Alphonse Dubois de Saligny.
Muy estimado señor de mi atención:
No creo deber añadir a las explicaciones que he tenido el honor de hacer a usted oficialmente, con respecto a la hora en que recibí su comunicación de 24 del actual, más que la protesta solemne de que mi respuesta fue enviada a la Legación francesa antes de expirar el término que en la expresada comunicación se fijaba para la derogación del decreto de 17 del actual, o la interrupción de nuestras relaciones oficiales.
Aunque usted ha tenido a bien poner en práctica este último paso, no encuentro todavía razón bastante que lo motive y esto me induce a tomarme la libertad de incluir en ésta, una copia de las reflexiones que, en carta privada, he dirigido al señor Ministro de Inglaterra, a propósito de la resolución que ha tomado en el mismo sentido que usted y cuyos fundamentos tuvo a bien expresar con alguna amplitud, en una carta que ayer se sirvió dirigirme.
Me honro suscribiéndome de usted afectísimo y atento servidor q.b.s.m.
México, julio 30 de 1861.
Sr. Manuel María de Zamacona.
Realmente no encuentro razón ninguna para continuar sosteniendo una correspondencia, que no puede en ninguna manera alterar, como parece usted suponerlo, la resolución que he adoptado de suspender las relaciones oficiales con su gobierno; sin embargo, por un acto de cortesía, como usted mismo lo califica, no dejaré sin contestación su nota de 27 del actual, con la advertencia no obstante de que llenado este deber, me es preciso no volver a tocar este asunto.
Es notable que estando animados mutuamente por el deseo de establecer la verdad, nos cause a cada uno respecto del otro, la mayor admiración al tratar este asunto, sosteniendo opiniones tan diametralmente opuestas, cuando bien considerado sólo puede verse bajo un solo punto de vista.
Si usted se sorprende de que yo haya exigido la derogación del decreto de 17 del actual, con mucha más razón he debido sorprenderme al ver que el gobierno de usted se había resuelto a expedirlo sin contar conmigo, como representante de una potencia que es la una de las partes contratantes en una convención que ha sido escandalosamente violada en dicho decreto.
No puedo aprobar esa mal entendida dignidad que, según usted asienta, fue la razón principal para no obsequiar mi pedido, porque cuando una Nación o un individuo han obrado mal, no le es deshonroso confesarlo y ofrecer reparación por la ofensa hecha.
Nada habría de denigrante en que el gobierno de usted hubiera derogado el decreto; nadie creería que se subalternaba a la diplomacia extranjera, sino que habría retirado una falsa medida, quitándose con esto de encima una suma de responsabilidad, de que según parece no se tiene hoy una idea exacta.
Con el fin de sostener usted sus principios cita algunas doctrinas de varios autores que han escrito sobre el derecho internacional; haciendo a un lado el hecho de que tales cuestiones sean aplicables al caso por su contexto, hay uno, entre esos autores que condena de una manera directa una medida que según usted constantemente ha dicho, tenía por fin aliviar las dificultades pecuniarias del país. De Martens, dice usted, establece que la parte que viola sus compromisos, está obligada a indemnizar a la otra parte, siempre que tal violación del contrato sea originada por una transgresión sin razón.
Ahora bien, el gobierno del Presidente Juárez al entrar al poder, estuvo en posición muy ventajosa para liquidar todos los compromisos que pesaban sobre la República; pero por una voluntaria apatía se disiparon todos sus recursos y entonces vinieron las dificultades, de que hoy vanamente piensa desembarazarse, haciendo a un lado sus obligaciones; por consiguiente, es muy claro que ha quedado obligado a indemnizar a la Gran Bretaña; de manera, que como lo he dicho, usted agrava en vez de atenuar la responsabilidad procedente del decreto de 17 del actual.
Prosigue usted diciendo que muchas de las desgracias ocurridas han sido causadas por los agentes diplomáticos, por haber reconocido al gobierno que usted repugna; permItame usted a mi vez observar, que esos agentes estaban obligados, según el principio reconocido hoy universalmente, a reconocer con verdadera buena fe al gobierno de hecho que ocupaba la Capital y tenía los archivos de la Nación.
Con respecto a la advertencia que usted hace sobre la propiedad de la Iglesia, usted recordará que es dificil sobreponerse a la lógica inexorable de los hechos, con algunas frases escogidas. Todos sabemos que esa propiedad existió y estamos igualmente penetrados hoy, de que el gobierno de México se halla en estado de penuria.
En cuanto a los medios propuestos para el pago de las reclamaciones inglesas, creo haber ya dicho a usted que han sido desaprobados a juicio de las mismas partes y no por obstáculos que se les hayan puesto.
Con respecto al negocio de Laguna Seca, tengo razón de llamar robo al acto de tomar por la fuerza lo que pertenece a otro y no volvérselo. Las promesas y las buenas palabras nada valen en casos como éste y vuelvo también a asegurar, que el gobierno que cometió el ultraje de la Legación, era un gobierno reconocido de hecho por las potencias europeas representadas aquL Bajo estas circunstancias, pues, y con el mayor anhelo de secundar los buenos deseos de usted, no hallo en realidad nada en su nota que preste mérito a ello, sino motivos para confirmarme aún más en una resolución que la obstinación del gobierno y la necesidad de cumplir mi deber, me han compelido absolutamente a adoptar.
Si usted hubiese estudiado la historia de la deuda mexicana con los ingleses tenedores de bonos, con la intención que realmente merece, sabría que éstos verdaderamente han sacrificado, con el fin de aliviar a la República, en diversas ocasiones, la enorme suma de más de 59 000 000 de pesos. La última concesión de cuantía que se ha hecho fue en 1850, cuando el interés fue reducido del 5% al 3%, por medio de una transacción, que según el mismo agente financiero de México, el Sr. Payno, en su exposición sobre el asunto en 1852, ahorraba a la República la suma de 25 581 570 pesos.
Ahora, con referencia a lo que usted expone acerca de la convención británica, me es preciso recordarle, que se hallaba basada enteramente en reclamaciones británicas, cuya justicia reconoció el gobierno mexicano al autorizar este acto y que, si una gran parte de los bonos se hallan ahora en manos de mexicanos en lugar de ingleses, esto ha sido a virtud del curso naturai de las transacciones de cambio de moneda, en la cual los bonos y dividendos pasan de mano en mano según la necesidad de los compradores y vendedores.
Con respecto a lo que usted dice, en contestación a mi queja sobre los muchos asesinatos de ingleses por mexicanos, no me sirve de ninguna satisfacción el saber, como por vía de contrapeso, que los mexicanos también han sido asesinados por sus conciudadanos sin que haya habido castigo.
Estos crímenes y las guerras ocurridas aquí desde la declaración de la independencia, deben atribuirse a las malas inclinaciones de un pueblo viciado y que es el único responsable de un estado de cosas que no tiene ejemplo en los anales del mundo civilizado.
Por justicia a mí mismo no puedo concluir esta carta sin decir a usted francamente, que el solo hecho de mi conducta en las actuales circunstancias y la expresión de un interés sincero en el arreglo de la cuestión presente, me excusa de contestar sobre la especie de que mi propuesta al gobierno de México es incompatible con mi propia dignidad y con la suya y me eximo de añadir, que una proposición como la que he hecho no es indecorosa e impracticable sólo porque así parezca a una de las partes interesadas.
RESPUESTA DE SALIGNY A ZAMACONA
México, agosto 12 de 1861.
He estado de tal manera ocupado en estos últimos días, que no he podido acusar a usted recibo antes de su carta confidencial de 27 de julio, en que me trasmite copia de la comunicación que ese mismo día dirigió a Sir Charles Wyke.
Suplico a usted, mi querido señor, admita con mi excusa y mi gratitud, la nueva expresión de mis distinguidos y afectuosos sentimientos.

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