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Timestamp: 2020-04-02 00:12:46+00:00

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Discurso del primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu en la Universidad Bar Ilán | CIE
Discurso del primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu en la Universidad Bar Ilán
Netanyahu, Benjamín. Universidad Bar Ilán, Ramat Gan. 14 de junio de 2009. Discurso.
En un discurso de treinta minutos sobre política exterior, el Primer Ministro presentó su plan para una resolución del conflicto palestino-israelí. Si bien se refirió brevemente a la amenaza que Irán suponía para Israel, la crisis económica y cómo hacer frente a ella en lo que afectaba a Israel, y su deseo de establecer un Gobierno de unidad nacional, sus palabras se centraron en la resolución del aspecto palestino del conflicto. El discurso de Netanyahu tuvo importancia histórica, pues en su esbozo de un plan sugirió una solución de dos Estados. Su pronunciamiento tuvo lugar diez días después de que el presidente estadounidense Barack Obama diera un discurso de gran importancia en El Cairo; no obstante, este no se dio como respuesta al esfuerzo de Obama por lograr un mayor acercamiento con el mundo musulmán.
Figura 3: El primer ministro israelí Ehud Olmert, el predecesor de Netanyahu (mostrado aquí con la secretaria de estado Rice y Mahmoud Abbas), también reconoció públicamente la necesidad de un Estado palestino. (De dominio público, EE. UU.)
Dos de los predecesores de Netanyahu, Ariel Sharon (en diciembre de 2003) y Ehud Olmert (en enero de 2006), aceptaron públicamente la idea de una solución de dos Estados al conflicto. Hasta el momento, otros predecesores habían dirigido sus esfuerzos a buscar formas para que Israel pudiera desvincularse, ya fuera política o físicamente, de regir sobre los palestinos sin ceder el control absoluto de estas zonas por razones de seguridad. Netanyahu se diferenciaba de sus predecesores porque apoyaba una serie de detalles con relación al inminente Estado palestino, a la vez que aseguraba que dicho Estado debía ser desmilitarizado. En 1978, el primer ministro Menájem Beguin sugirió el establecimiento de una autoridad política autónoma de naturaleza imprecisa para el pueblo palestino, y en los acuerdos de Oslo de 1993 y en acuerdos posteriores relacionados, el primer ministro Isaac Rabin sugirió la posibilidad de restituir territorios específicos al control palestino. En el año 2000, el primer ministro Ehud Barak procuró llegar a un acuerdo negociado con el entonces líder de la OLP, Yasser Arafat, que conduciría a una solución de dos Estados. Al igual que Sharon y Olmert, Netanyahu se refirió a la necesidad de lograr una solución de dos Estados y a las preocupaciones de seguridad que tenían los israelíes; no obstante, fue el primer Primer Ministro en proponer un marco detallado para lograr dicha solución, sin mencionar directamente las fronteras o a Jerusalén. Israel permanecía temeroso de un Estado palestino que tuviera control sobre su propio espacio aéreo, los altos de la Ribera Occidental o permitiera el acceso de tropas extranjeras a su territorio.
El primer ministro Ariel Sharon, mostrado aquí con Bush y Mahmoud Abbas, de la Autoridad Palestina, también reconoció la necesidad de un Estado palestino. (De dominio público, EE. UU.)
Debido a un consenso de muchos años del público israelí de que una solución de dos Estados era práctica siempre que se pudiera garantizar la seguridad de Israel, su discurso fue recibido sin protestas en Israel. El discurso, pronunciado en una de las mejores universidades de Israel, fue interrumpido media docena de veces por aplausos. Los palestinos de todas las posturas se mostraban escépticos o en contra de sus declaraciones, debido a que el plan incluía limitaciones a las prerrogativas del Estado palestino. Contrario al léxico de términos diplomáticos empleado por otros al describir el futuro Estado palestino, Netanyahu no lo describió como un Estado “independiente, viable, soberano o contiguo”, términos que los políticos palestinos a favor de un Estado palestino hubieran exigido o reclamado.
El plan de Netanyahu contenía cinco puntos principales y se presentó sin establecer un calendario para su implementación. El discurso abogaba por la resolución de este segmento del conflicto mediante las negociaciones, y no a raíz de una acción unilateral emprendida por Israel. No mencionó a Siria ni al Líbano, y tampoco se refirió a las negociaciones en curso del antiguo Enviado Especial de los EE. UU. al Medio Oriente, George Mitchell. Si bien el tema central fue la creación de dos Estados para dos pueblos, no dijo específicamente “dos Estados para dos pueblos”, como lo habían hecho otros, entre ellos, los presidentes Obama y Bush II, de los Estados Unidos, en declaraciones anteriores sobre la resolución del conflicto.
La sección inicial de su discurso estuvo dedicada a la evolución de Israel como Estado y, en particular, a la conexión histórica del pueblo judío con la tierra de Israel. Evocó por su nombre a algunos sionistas importantes de la historia, incluidos Herzl, Ben Gurión, Beguin y Rabin (no a Jabotinsky) y se refirió a Israel como la “tierra de nuestros ancestros” (Eretz Avoteiynu). Se refirió en un tono positivo al presidente egipcio Sadat y al rey jordano Hussein, pues buscaron la paz, dando a entender la necesidad de que los dirigentes palestinos hicieran lo mismo.
Si cabe destacar un tema central, este sería la siguiente exigencia de Netanyahu (que reiteró en más de media docena de oportunidades): “Israel es y seguirá siendo el estado-nación del pueblo judío”.Con estas palabras, Netanyahu dejaba en claro que cualquier resolución del problema de los refugiados no incluiría un regreso masivo de palestinos a lo que eran los límites de Israel antes de 1967.
Tercero, se centró en la necesidad del desarrollo económico palestino, eligiendo cuidadosamente sus palabras al afirmar que “una paz económica no es sustituto de una paz política”. Netanyahu comprendía el fuerte deseo de los palestinos de tener su propio Estado, y quería dejar en claro que tanto él como Israel creían que cada uno debería tener su propia bandera, su propio himno nacional y su propio gobierno; ninguno supondría una amenaza a la seguridad o la supervivencia del otro. “Dos hechos: nuestro vínculo con la Tierra de Israel y la población palestina que vive aquí […] no queremos dominarlos, no queremos gobernar sus vidas, no queremos imponerles nuestra cultura ni nuestra bandera”.
Respecto al tema de los asentamientos, afirmó: “no tenemos la intención de construir nuevos asentamientos o expropiar tierras para ampliar asentamientos existentes; pero la expansión natural del asentamiento continuará”. Aquellos observadores que buscaban poner fin de forma absoluta y definitiva a cualquier forma de expansión de los asentamientos no estuvieron satisfechos con su declaración sobre el crecimiento natural.
Y quinto, se pronunció específicamente sobre el establecimiento de un Estado palestino desmilitarizado, con exigencias específicas y “supervisión efectiva”, un claro reproche al manejo inadecuado que las fuerzas de la ONU en el Líbano habían dado al alto el fuego, permitiendo la infiltración masiva de cohetes al sur del Líbano después de la Guerra del verano de 2006 entre Hizbulá e Israel. En especial, hizo un llamado a los amigos de Israel “en la comunidad internacional, liderados por Estados Unidos, [para contraer] un compromiso explícito en un acuerdo de paz futuro… con medidas de seguridad efectivas…”.
En los meses siguientes, cuando Netanyahu se refería a la resolución del conflicto, mencionaba varios de esos cinco puntos; once meses después, en mayo de 2010, cuando el Gobierno estadounidense planteó sus objetivos estratégicos oficiales para la región, mencionó nuevamente la necesidad de adoptar una solución de dos Estados para dos pueblos, así como el planteamiento de Netanyahu de “Israel como un Estado judío”. Este importante punto, que fue sugerido primero en el discurso de Netanyahu y luego reiterado por los Estados Unidos, dejaba en claro a los observadores interesados que una solución al problema de los refugiados —al menos en lo que concernía a los EE. UU. e Israel— no comprendería un retorno de los refugiados palestinos al territorio que constituía Israel antes de 1967.
–Ken Stein, agosto de 2010.
Distinguida asistencia, ciudadanos de Israel:
La paz siempre ha sido el anhelo supremo de nuestro pueblo. Nuestros profetas legaron al mundo una visión de paz, nuestro saludo es un deseo mutuo de paz y nuestras oraciones concluyen pidiendo la paz.
Estamos reunidos aquí esta noche en un centro que lleva el nombre de dos pioneros de la paz: Menájem Beguin y Anwar Sadat, y compartimos su visión.
Hace dos meses y medio presté juramento al cargo de Primer Ministro de Israel. Prometí constituir un Gobierno de unidad nacional, y así lo he hecho. Consideraba entonces, y sigo haciéndolo, que ahora más que nunca la unión es indispensable para nosotros, pues nos enfrentamos a tres enormes desafíos: la amenaza iraní, la crisis económica y la promoción de la paz.
La amenaza iraní se cierne sobre nosotros, como quedó demostrado ayer. El mayor peligro para Israel, para el Medio Oriente y para el mundo entero radica en el nexo entre un Islam extremista y las armas nucleares. Conversé sobre ello con el Presidente Obama en mi visita a Washington y hablaré también de este tema la semana próxima con dirigentes europeos. He trabajado sin tregua durante años con el fin de formar un frente internacional para impedir que Irán adquiera armamento nuclear.
Actuamos con prontitud frente a la crisis económica mundial para asegurar la estabilidad económica de Israel. El gobierno ha adoptado un presupuesto bienal y pronto lo someteremos a la aprobación del Knesset.
El tercer problema al que debemos hacer frente, y esto es de suma importancia, es el de la promoción de la paz. También de esto he hablado con el presidente Obama, y apoyo firmemente la idea que él promueve de una paz regional.
Comparto el anhelo del Presidente de los Estados Unidos de entrar en una nueva era de reconciliación en nuestra región. Con este mismo propósito me reuní con el presidente Mubarak en Egipto y con el rey Abdullah en Jordania, a fin de lograr el apoyo de estos dos líderes a los esfuerzos tendientes a ampliar el círculo de la paz. Desde esta tribuna dirijo un llamamiento a los dirigentes de los países árabes y les digo: “Reunámonos, hablemos de paz y hagamos la paz”. Estoy dispuesto a reunirme con ustedes en cualquier momento. Estoy dispuesto a que sea en Damasco, en Riad, en Beirut, en cualquier parte. Y también en Jerusalén.
Exhorto a los países árabes a cooperar con los palestinos y con nosotros para promover la paz económica. Una paz económica no es sustituto de una paz política, pero sí es un factor de peso para alcanzarla. Juntos podremos desarrollar proyectos que ayuden a superar las limitaciones de nuestra región, como la desalación del agua de mar, o a sacar partido de sus ventajas, como el aprovechamiento de la energía solar, la construcción de gasoductos y oleoductos y vías de transporte para conectar a Asia con Europa y con África.
El éxito económico de los países del Golfo Pérsico ha causado una impresión favorable en todos, y también en mí. Invito a los talentosos emprendedores del mundo árabe a venir aquí a invertir, para ayudar a los palestinos, y a nosotros, a impulsar la economía. Juntos podremos desarrollar parques industriales que crearán millares de empleos, y sitios turísticos que atraerán a millones de turistas deseosos de hollar los senderos de la historia, en Nazaret y en Belén, en las murallas de Jericó y las de Jerusalén, a la orilla del lago de Tiberíades y en el lugar del bautismo de Jesús en el Jordán. Existe un inmenso potencial para el turismo arqueológico, si tan solo lográramos cooperar y desarrollarlo.
Me dirijo a ustedes, palestinos, nuestros vecinos, liderados por la Autoridad Palestina, diciendo: iniciemos negociaciones de inmediato, sin condiciones previas.
Israel tiene una obligación en virtud de sus compromisos internacionales, y espera que todas las demás partes cumplan también sus compromisos. Deseamos vivir con ustedes en paz y como buenos vecinos. Deseamos que nuestros hijos y los hijos de ustedes no conozcan más guerras, que los padres, hijos y hermanos no tengan que llorar a sus familiares víctimas de las guerras, que nuestros hijos sueñen con un porvenir mejor y lo alcancen; que nosotros y ustedes invirtamos nuestras energías en hoces y rejas de arado y no en espadas ni lanzas.
Conozco los horrores de la guerra. He participado en combates. He perdido a buenos amigos; he perdido a un hermano. He visto el dolor de las familias en duelo. No deseo la guerra. El pueblo de Israel no desea la guerra.
Si nos damos las manos y trabajamos juntos para alcanzar la paz, el progreso y el desarrollo que podremos traer a nuestros dos pueblos son ilimitados: en lo económico, la agricultura, el comercio, el turismo, la educación y, por encima de todo, en la posibilidad de dar a nuestros jóvenes un mundo mejor donde vivir, una vida apacible, llena de creatividad, con un horizontes de oportunidad y esperanza.
Si las ventajas de la paz son tan evidentes, cabe preguntar, ¿por qué la paz sigue estando tan lejana, pese a nuestras manos tendidas hacia a ella? ¿Por qué este conflicto se ha prolongado durante más de 60 años?
Para poner fin al conflicto debemos responder de forma franca y sincera a la siguiente pregunta: ¿Cuál es la raíz del conflicto?
En su discurso ante el Congreso sionista en Basilea sobre la visión de un hogar nacional judío, el fundador del sionismo, Theodor Herzl, declaró: “Se trata de algo tan grande que debemos expresarlo solo con las palabras más simples”. Hoy me propongo hablar del gran reto de la paz en los términos más simples.
Aun si dirigimos nuestra mirada al horizonte, debemos asentar nuestros pies en el suelo firme de la realidad, de la verdad. La simple verdad es que la raíz del conflicto fue y sigue siendo el rechazo a reconocer el derecho del pueblo judío a tener un país propio en su patria histórica.
En 1947, cuando las Naciones Unidas propusieron el plan de partición para constituir un Estado judío y un Estado árabe, el mundo árabe rechazó la resolución, en tanto que la población judía la acogió con bailes y alegría. Los árabes rechazaron cualquier forma de Estado judío, con cualquier frontera.
Quien cree que el prolongado antagonismo hacia el Estado de Israel se debe a nuestra presencia en Judea, Samaria y Gaza, confunde causa con resultado. Los ataques contra nosotros se iniciaron en los años veinte del siglo pasado, se convirtieron en un ataque generalizado en 1948, al proclamarse la independencia, y continuaron con los ataques de los fedayines en los años cincuenta, culminando en 1967, en vísperas de la Guerra de los Seis Días, con un intento de atarle una soga al cuello al Estado de Israel. Todo esto sucedió en los cincuenta años previos a que el primer soldado israelí pusiera un pie en Judea y Samaria.
Afortunadamente, Egipto y Jordania se han retirado de este círculo de hostilidad. Los acuerdos de paz con estos dos países han puesto fin a sus reclamaciones contra Israel y al conflicto. Lamentablemente, no es así en el caso de los palestinos. Cuanto más nos acercamos a un acuerdo de paz con ellos, tanto más ellos se alejan y presentan exigencias incompatibles con el deseo de poner término al conflicto.
Son muchos los que con buenas intenciones nos han dicho que la retirada es la clave de la paz con los palestinos. Pues bien, nos retiramos, pero lo cierto es que cada retirada nuestra trajo en pos de sí una gran ola de terror suicida y millares de misiles.
Intentamos retirarnos con un acuerdo previo y sin él. Intentamos retiradas parciales y totales. En el año 2000, y de nuevo el año pasado, Israel propuso una retirada casi completa a cambio del cese del conflicto, y en ambas oportunidades sus ofertas fueron rechazadas. Desocupamos la Franja de Gaza hasta el último centímetro, desarraigamos decenas de poblaciones y millares de israelíes, y a cambio de ello obtuvimos una lluvia de misiles sobre nuestras ciudades, nuestros pueblos y nuestros niños.
La tesis según la cual la retirada traerá la paz con los palestinos, o cuando menos nos acercará a ella, no ha demostrado hasta ahora su validez. Es más, Hamás en el sur y Hizbulá en el norte proclaman una y otra vez que su intención es “liberar” las ciudades israelíes de Ashkelón y Beer Sheva, Akko y Haifa.
Las retiradas no han disminuido la hostilidad. Lamentablemente, incluso los palestinos moderados no han estado dispuestos hasta ahora a pronunciar una frase sencilla: “Israel es y seguirá siendo el Estado-nación del pueblo judío”.
Para conseguir la paz se requiere valentía y sinceridad de ambas partes, no solo de parte de Israel. Los dirigentes palestinos deben decir sin rodeos: “Ya basta con este conflicto. Reconocemos el derecho del pueblo judío a tener su propio país en esta tierra y nosotros viviremos a su lado en una paz genuina”.
Anhelo la llegada de ese día, porque cuando los dirigentes palestinos pronuncien estas palabras ante nuestro pueblo y el suyo, se abrirá un camino a la resolución de todos los demás problemas, por arduos que sean. Por ello, la condición fundamental para poner término al conflicto es un reconocimiento público, vinculante y sincero por parte de los palestinos de la existencia del Estado de Israel como el Estado nacional del pueblo judío. Para que tal declaración tenga un significado real, se requiere también la aceptación clara de que el problema de los refugiados palestinos debe ser resuelto fuera de las fronteras del Estado de Israel, pues resulta claro que el reasentamiento de los refugiados palestinos en Israel es incompatible con la existencia del Estado de Israel como Estado del pueblo judío.
El problema de los refugiados palestinos se debe resolver, y se puede resolver, del mismo modo que nosotros lo hicimos en una situación similar. El diminuto Estado de Israel absorbió con éxito a cientos de miles de refugiados judíos de los países árabes, que abandonaron sus hogares con las manos vacías. Por ello, la justicia y la lógica dictan que el problema de los refugiados palestinos debe ser resuelto fuera de las fronteras de Israel. Existe al respecto un consenso muy amplio en Israel. Estoy convencido de que con buena voluntad y con inversiones internacionales, es posible resolver de forma definitiva este problema humanitario.
Hasta aquí me he referido a la necesidad de que los palestinos reconozcan nuestros derechos. En seguida hablaré de nuestra necesidad de reconocer los derechos de los palestinos. Pero antes, debo decir esto: los vínculos del pueblo judío con la Tierra de Israel se prolongan a lo largo de 3500 años. Judea y Samaria, los lugares donde vivieron Abraham, Isaac y Jacob, David y Salomón, Isaías y Jeremías, no son tierra extranjera para nosotros. Esta es la tierra de nuestros antepasados.
El derecho del pueblo judío a un país propio en la Tierra de Israel no deriva de la sucesión de catástrofes que se abatió sobre nuestro pueblo. Cierto es que durante dos mil años los judíos hemos conocido sufrimientos terribles, por causa de expulsiones, pogromos, libelos de sangre y las masacres que culminaron en el Holocausto, una tragedia sin parangón en la historia de los pueblos. Hay quien dice que de no ser por el Holocausto, no habría nacido el Estado de Israel. Yo digo, en cambio, que si se hubiera fundado a tiempo el Estado de Israel, nunca se habría producido el Holocausto.
Las tragedias debidas a la indefensión del pueblo judío aclaran bien por qué nuestro pueblo necesita una fuerza de defensa soberana propia. Su derecho a establecer su Estado aquí, en la Tierra de Israel, deriva de un hecho sencillo: esta es la patria del pueblo judío y aquí es donde se forjó su identidad.
Como bien lo dijo David Ben Gurión, el primero en ocupar el cargo de Primer Ministro de Israel, al proclamar la independencia del Estado: “En la Tierra de Israel se formó el pueblo judío, en ella se forjó su identidad espiritual, religiosa y política; en ella logró alcanzar su soberanía; en ella legó al mundo tesoros culturales y nacionales, así como el eterno Libro de los Libros”.
Sin embargo, también debemos decir toda la verdad: en esta patria vive hoy un gran núcleo de palestinos. No queremos dominarlos, no queremos gobernar sus vidas, no queremos imponerles nuestra cultura ni nuestra bandera.
En mi visión de la paz, viven en nuestro pequeño país dos pueblos libres, uno junto al otro, en concordia y en respeto mutuo. Cada uno tendrá su bandera, su himno y su gobierno propio, sin que ninguno de ellos amenace la seguridad o la existencia del otro. Dos hechos: nuestro vínculo con la Tierra de Israel y la población palestina que vive aquí, han creado profundas divisiones dentro de la sociedad israelí. La verdad es, sin embargo, que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa.
He venido esta noche a expresar esa unidad, y también los principios de paz y de seguridad sobre los cuales existe un amplio consenso en la sociedad israelí. Estos son los principios que guían nuestra política. Esta política debe tomar en cuenta la situación internacional que se ha creado en los últimos tiempos. Debemos ser conscientes de esta situación, y a la vez mantener firmemente nuestra postura sobre los principios fundamentales para el Estado de Israel.
Ya he mencionado el primer principio: el reconocimiento. Los palestinos deben otorgar un reconocimiento claro e inequívoco de Israel como Estado del pueblo judío.
El segundo principio es la desmilitarización. El territorio que esté en manos de los palestinos deberá ser desmilitarizado, con disposiciones férreas de seguridad para Israel. De no cumplirse estas dos condiciones, existe un fuerte temor de que a nuestro lado se establezca un Estado palestino armado, que se convierta en otra base terrorista contra el Estado judío, al igual que sucedió en Gaza. No queremos que caigan cohetes Kassam en Petah Tikva o cohetes Grad en Tel Aviv u otros misiles en el Aeropuerto Ben Gurión. Queremos paz.
Por lo tanto, para conseguirla, debemos asegurarnos de que los palestinos no podrán introducir misiles, ni constituir un ejército o impedirnos acceder a su espacio aéreo, ni establecer alianzas con elementos como Irán o Hizbulá. También respecto a este punto existe un amplio consenso entre los israelíes. No se puede esperar que aceptemos de antemano el principio de un Estado palestino sin obtener garantías sobre su desmilitarización. En un asunto de importancia tan fundamental para Israel, debemos obtener ante todo una respuesta adecuada a nuestras necesidades de seguridad.
Por ello, pedimos hoy a nuestros amigos en la comunidad internacional, liderados por los Estados Unidos, lo que es imperativamente necesario para la seguridad de Israel: un compromiso explícito de que en los acuerdos de paz, el territorio bajo el control palestino estará desmilitarizado, es decir, sin fuerzas armadas y sin control de su espacio aéreo, con medidas de seguridad efectivas que impidan el contrabando de armas hacia el territorio; una verdadera supervisión, no lo que ocurre actualmente en la Franja de Gaza. Y, por supuesto, que los palestinos no puedan forjar pactos militares. Sin ello, tarde o temprano tendremos otro “Hamastán”, y eso no podemos aceptarlo.
Dije en Washington al Presidente Obama que si nos ponemos de acuerdo sobre el fondo, la terminología no será el problema. He aquí el fondo, que expreso ahora en palabras claras y explícitas:
Si obtenemos estas garantías de desmilitarización y los arreglos de seguridad necesarios para Israel, y si los palestinos reconocen al Estado de Israel como Estado del pueblo judío, estaremos dispuestos a llegar a la solución de un Estado palestino desmilitarizado al lado de un Estado judío en un futuro acuerdo de paz.
Respecto a los otros puntos centrales que se debatirán como parte de un arreglo definitivo, mi postura ya es conocida: Israel necesita fronteras defendibles, y Jerusalén debe permanecer indivisible como la capital de Israel, preservando siempre la libertad de culto de todas las religiones. Los aspectos territoriales se discutirán en los acuerdos definitivos. Entretanto, no tenemos la intención de construir nuevos asentamientos o expropiar tierras para ampliar los asentamientos existentes.
Sin embargo, se debe asegurar a los pobladores una vida normal, permitiendo a las madres y los padres criar a sus hijos al igual que cualquier familia en cualquier parte. Los pobladores de los asentamientos no son enemigos del pueblo ni enemigos de la paz. Son nuestros hermanos y hermanas, pioneros, sionistas, personas de fuertes principios.
La unidad entre nosotros es esencial, y nos ayudará a reconciliarnos con nuestros vecinos. La reconciliación debe empezar desde hoy, mediante la modificación de las realidades existentes. Estoy convencido de que una economía palestina sólida fortalecerá la paz. Si los palestinos quieren lograr la paz —mediante la lucha contra el terror, el fortalecimiento de la gobernanza y el estado de derecho, educando a sus hijos en un espíritu de paz y poniendo fin a la incitación contra Israel— entonces, nosotros haremos todo lo posible por permitirles la libertad de movimiento y de acceso, así como el desarrollo de su economía. Todo ello ayudará a promover un acuerdo de paz entre nosotros.
Por encima de todo, sin embargo, los palestinos deben decidir entre la vía de la paz o la vía de Hamás. La Autoridad Palestina debe imponer el estado de derecho en la Franja de Gaza y vencer a Hamás. Israel no se sentará a negociar con terroristas que desean destruirlo. Hamás ni siquiera está dispuesto a permitir que la Cruz Roja visite a nuestro soldado secuestrado, Gilad Shalit, que está prisionero hace tres años, sin contacto con sus padres, su familia y su pueblo. Estamos comprometidos a devolverlo a su hogar, sano y salvo.
Con dirigentes palestinos deseosos de paz, con una participación activa del mundo árabe y con el apoyo de los Estados Unidos y de la comunidad internacional, no hay razón para que no podamos allanar el camino de la paz.
Nuestro pueblo ya ha demostrado que es capaz de lograr lo imposible. En sesenta y un años, mientras defendíamos día a día nuestra existencia, hemos logrado milagros.
Los microchips producidos en Israel potencian las computadoras de todo el mundo; los medicamentos israelíes ofrecen tratamiento a enfermedades consideradas incurables en el pasado; los sistemas de riego israelíes hacen florecer desiertos en todo el mundo, e investigadores israelíes amplían los límites del conocimiento humano. Si tan solo nuestros vecinos respondieran a nuestro llamado, también la paz estará al alcance de nuestra mano.
Me dirijo a los dirigentes del mundo árabe y a los palestinos diciendo: continuemos juntos el camino emprendido por Menájem Beguin y Anwar Sadat, por Isaac Rabin y el rey Hussein. Hagamos realidad la visión del profeta Isaías que hace 2700 años proclamó en Jerusalén: “No alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra”.

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