Source: https://sites.google.com/site/teimrevista/numeros/numero-12-enero-2012-junio-2012/arabe-marroqui-vulgar-y-dialectal-el-interes-por-su-aprendizaje-y-su-metodologia-de-estudio-durante-el-protectorado
Timestamp: 2018-11-16 20:17:46+00:00

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Árabe marroquí: vulgar y dialectal. El Interés por su aprendizaje y su metodología de estudio durante el Protectorado - Revista de Estudios Internacionales Mediterráneos
Números‎ > ‎Número 12 (enero-junio 2012)‎ > ‎
Abordamos el interés por el estudio del árabe marroquí durante el Protectorado, tanto en la Península como en el norte de Marruecos. Presentamos la actividad docente en relación al árabe marroquí que se llevaba a cabo en la Academia de Árabe y Bereber y el Centro de Estudios de Tetuán. Por último, nos centramos en la metodología empleada en la enseñanza del árabe marroquí y qué se entendía por este en una buena parte de los manuales y diccionarios publicados durante el Protectorado.
Palabras clave: Árabe; árabe marroquí; manuales; metodología; Protectorado.
The aim of this article is to approach to the interest for the study of the Moroccan Arabic during the Protectorate, both in the Peninsula and in the north of Morocco. We present the educational activity in relation to the Moroccan Arabic that was carried out in the Academy of Arabic and Berber and the Studies Center of Tetuan. Finally, we’ll focus on the methodology in teaching the Moroccan Arabic and how is treated this language in a good part of the textbooks and dictionaries published during the Protectorate.
Keywords: Arabic; Moroccan Arabic; Textbooks; Methodology; Protectorate.
En 1906 tiene lugar la conocida Conferencia de Algeciras tras la que España y Francia logran otorgarse el derecho de ocupar Marruecos en 1912. Ese mismo año se firma el convenio franco-español en el que se detallan los territorios que controlaría nuestro país (Morales 2006: 271). Será un período que se extenderá hasta 1956. España llega al Protectorado con un bagaje en lo que se refiere al estudio del árabe marroquí. En el siglo XIX destacan los trabajos realizados por Patricio José de la Torre, Manuel Bacas Merino, Pedro María del Castillo y Olivas, Juan Albino Tarsén, José María Lerchundi y Antonio Almagro Cárdenas, cuyas obras hemos analizado en trabajos recientes[1]. Los intereses, que seguirán siendo los mismos durante la ocupación española, fueron –según nos refieren Aguilar y Bouhrass (2011: 167)– comercial, religioso y estratégico. Pero a estos, añadiremos uno más que, por ser tan evidente, rara vez se trae a colación. Nos referimos al placer por el estudio de una lengua que estos autores veían como un vehículo de comunicación y de conocimiento de la cultura del otro.
Abordaremos en este trabajo el estudio del árabe marroquí durante la etapa inmediatamente anterior al Protectorado y hasta finales de la misma, aunque si bien es cierto que, habiendo acabado este en 1956, todavía se publican una obra en 1957, cuya autora es María Valenzuela de Mulero, y otra en 1982, cuyo autor es Manuel Martínez Martín, textos que hemos incluido en nuestro análisis. La primera de las obras a la que hemos tenido acceso está publicada en 1900 y su autor es D. Miguel A. F. El-Kazen
Foto 1: El-Kazen. Nuevo silabario árabe-español.
Se trata de un Silabario para aprender a escribir en árabe, que –en palabras del autor en su “Advertencia”– “ha sido adoptado, aún antes de imprimirse, en todas las escuelas de Tánger”. Incluimos esta obra, porque la escritura árabe será empleada también en los libros para el aprendizaje de árabe marroquí que presentamos y porque el autor recomienda en su introducción el estudio del “árabe vulgar”, pero después de hacer lo propio con el literal. Por consiguiente, el período escogido, para ser más preciso, abarca cincuenta y siete años, entre 1900 y 1957. Para nuestro cómputo hemos partido del artículo de Gómez Font (1995b: 18). Este autor incluye cuarenta y seis obras, ya que su presentación empieza en 1859 con el libro de Juan Albino Tarsén, Manual del lenguaje vulgar de los moros de la Riff. Se trata de “manuales, cartillas, métodos, vocabularios, diccionarios, silabarios, ejercicios, modelos de conversaciones, gramáticas y lecturas” y fueron escritos para “los españoles con intereses en la zona”: civiles –funcionarios o profesores de comercio–, militares y el franciscano Lerchundi (Gómez Font 1995a: 18). Descartamos en nuestro análisis las obras anteriores a 1900 enumeradas por Gómez Font y la Gramática árabe de Alfonso de Cuevas, publicada en 1906[2], por ser ésta enteramente de árabe clásico, de tal forma que rebajamos su cómputo a cuarenta, las cuales hemos podido consultar. Por otro lado, debemos destacar que no hemos encontrado en la lista de Gómez Font las obras siguientes: El-Kazen (1900), Fernández Berbiela (1916), Gómez Martínez et al. (1955b) y Valderrama (1951). Tampoco cita el manuscrito, sin publicar –al menos que sepamos– de Ben Yelun, ni la obra de Martínez (1982). Esta última, aunque publicada veintiséis años después de finalizar el Protectorado, ha sido incluida porque el autor se formó en el Centro de Estudios de Tetuán y por la metodología de su exposición. Si unimos a las cuarenta obras de la lista de Gómez Font estas, el número total de obras a las que hemos tenido acceso ha sido cuarenta y seis. Hemos optado por no diferenciar aquellos libros que fueron escritos por civiles y militares. Tampoco lo hace Gómez Font (1995a) en su trabajo sobre las “obras en español para el aprendizaje del árabe dialectal marroquí”, aunque sí que dedicó un trabajo con posterioridad a las escritas por militares y a las que, no escritas por ellos, les fueron destinadas (1995b: 171).
Dividiremos nuestra exposición en tres partes: el interés por el estudio del árabe marroquí; la Academia de Árabe y Bereber y el Centro de Estudios de Tetuán; y la metodología que se empleaba. Para esta aproximación, nos han parecido de especial relevancia las obras de Valderrama (1939 y 1952), Cordero Torres (1943) y García Figueras (1940), quienes abordan en sus trabajos el estado de la enseñanza en el territorio marroquí controlado por España. Hemos dejado a un lado la imagen de España y de Marruecos que reflejan las obras analizadas, ya que de ello da debida cuenta Arias (1995: 326-334) en su artículo.
El interés por el estudio del árabe marroquí
Abordaremos en este apartado el interés por el estudio del árabe marroquí sobre todo en los años inmediatamente anteriores al Protectorado y los primeros años del mismo. Veremos cómo se produjo el divorcio entre el arabismo universitario y el africanismo y cómo empieza a impulsarse el estudio del árabe marroquí a partir de las escuelas de comercio y las academias militares.
Desde el arabismo universitario
García Figueras (1940: 11-14) nos recuerda que por Real Decreto de 3 de abril de 1913, se crea la Junta de Enseñanza[3]. Entre los objetivos que se perseguían estaban la preparación de personal cualificado y el fomento de las publicaciones en árabe y español, tanto en España como en Marruecos. Aunque esta situación no era novedosa, ya que el Ministerio de Estado había establecido en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación un ‘Instituto libre de enseñanza de las carreras diplomáticas y consular’ que servía igualmente de ‘Centro de Estudios Marroquíes’. Se habían llevado a cabo otras actuaciones como el envío por parte del Ministerio de Instrucción Pública de intérpretes a los colegios de Siria y la creación de las cátedras de árabe en las escuelas de comercio y en algunas facultades de letras. Y finalmente destacaron los esfuerzos realizados por la Real Sociedad Geográfica, la Junta para la Ampliación de Estudios y los centros comerciales hispano-marroquíes. La Junta de Enseñanza, con el fin de asesorar al Ministerio de Estado, crea una comisión, dirigida por el delegado para asuntos indígenas, con el fin de que supervisara las escuelas españolas y la administración local, redactara un vocabulario geográfico, administrativo y legal hispano-árabe y desarrollara los estudios relacionados con el pueblo judío. La responsabilidad de esta comisión recayó en Julián Ribera Tarragó[4]. A la vuelta de su viaje, redactó junto a Miguel Asín Palacios, un Pequeño Vocabulario Hispano-Marroquí, que fue publicado en el Boletín Oficial de la Zona del Protectorado Español. González (2010) nos dice que en este Vocabulario aparecen voces relacionadas con la geografía, el ejército, la política y la administración y que los autores pretendían presentar con él, publicado tres meses después de la creación de la Junta de Enseñanza, “un borrador de una obra más amplia” cuya ejecución, a pesar de los intentos, fue fallida[5]. El Vocabulario introduce las entradas en transcripción latina, la cual es explicada detalladamente en la introducción, y en letras árabes.
En 1899, Francisco Codera y Zaidín publica un artículo en la Revista Contemporánea titulado “Enseñanza del árabe vulgar”[6]. Lo más destacado, a favor del estudio del árabe marroquí, son estas palabras: “aplaudiría como medida preventiva o previsora que se implantase el estudio del árabe vulgar”; y esto, teniendo en cuenta que nunca estuvo en Marruecos, solo visitó Argelia y Túnez para buscar manuscritos andalusíes por encargo de la Academia de la Historia (López 2008: 143). López nos recuerda que al volver, escribió una memoria en la que alude a la “dificultad de entender a los indígenas”. Nos interesa también destacar que en su artículo hace alusión a la enseñanza del árabe marroquí desde hacía unos años en la Academia de Estado Mayor, en la Escuela Superior de Guerra y en el Casino Militar. Y en relación a la Universidad, sus palabras son bastante claras: “En mi sentir, en manera alguna debería pensarse en la creación de cátedras de esta lengua en las universidades […] ¿quiénes deberían aprenderlo? En mi sentir, algunos oficiales del Ejército y los que hubieran ser cónsules o agentes diplomáticos en países musulmanes, especialmente en Marruecos”. Codera concibe el árabe marroquí tal como lo hacían sus predecesores y contemporáneos: “En realidad el árabe vulgar es el mismo árabe clásico ó literal, más o menos corrompido por el pueblo, en unos puntos de un modo, en otros de otro, ya sea modificando la fonética, suprimiendo las sílabas finales (y esta es la modificación más importante), ya suprimiendo sílabas por el principio, por prescindir de la primera vocal, ya introduciendo palabras de las lenguas habladas por los pueblos con quienes los musulmanes han estado en mayor comunicación”. En la misma línea se expresaba Lerchundi (1872: V): “la lengua árabe es una, y tiene unas mismas reglas fijas é invariables en los diferentes países en que se habla”, lo cual le lleva a concluir que “el árabe vulgar es el mismo árabe literal, despojado de las dificultades más principales de su gramática, y reducido á formas más sencillas”. Más adelante, Codera compara la situación de diglosia con el castellano, por un lado está el de Cervantes y por otro el “hablado hoy por la gente más ruda”, de tal forma que un extranjero que haya aprendido el español, si viene a España, encontrará difícil entenderse con alguien que no esté instruido. ¿Por qué no debe enseñarse el árabe marroquí en una cátedra en Madrid? Según el padre del arabismo español contemporáneo por lo mismo que no se enseña el castellano “de nuestra gente más ruda”. Y en relación a la enseñanza en las escuelas de comercio, afirma que no es necesario, ya que para entenderse con “los moros” es suficiente el español u otras lenguas europeas, debido a que las transacciones se hacen en la costa.
En su segundo artículo publicado en 1907 en El Imparcial, titulado “El llamado árabe vulgar: quiénes deben aprenderlo y cómo”, Codera duda de que “si de hecho se establecen las cátedras de árabe vulgar, que se han creado para algunas Escuelas de Comercio, lleguen á dar por resultado un alumno, que habiendo tenido una constancia extraordinaria, pueda entenderse con los moros fuera de los ejercicios de conversación preparados en las Gramáticas”. Hablaremos en el apartado dedicado a la metodología de los manuales sobre la cuestión del origen del árabe marroquí y la desafortunada creencia de que este procede del árabe clásico. También abordaremos la polémica de si enseñar antes el árabe clásico o el marroquí, a la que apunta Codera en este artículo cuando habla de la enseñanza del árabe en el Centro Hispano-Marroquí de Barcelona: “es de absoluta necesidad, para llegar á hablar el llamado árabe vulgar, haber estudiado previamente el árabe clásico […] sólo así comprendemos que la Escuela de Barcelona llegue á dar frutos sazonados si hay algún alumno que tenga suficiente constancia, y conste que se necesita mucha”. Y nosotros, también comprendemos con estas palabras aquellas que nos dirigió un profesor de árabe en la Universidad de Cádiz durante nuestros estudios de Filología Árabe a mediados de los años 90: “¿por qué has estudiado árabe argelino antes de estudiar árabe clásico? Es un error”. No podemos dejar de mencionar en este párrafo la respuesta que en 1909 dirigió Guillermo Ritwagen a los arabistas en general y a Codera en particular a través de un artículo publicado en la revista Europa en África y que López incluye en su artículo (2008: 146-147). Ritwagen habla del prejuicio de los arabistas al pensar que la clase culta de los países árabes hablan habitualmente el árabe literal, lo cual es erróneo según este autor, ya que tanto esta clase como la no instruida hablan el árabe marroquí. Sobre las cátedras de árabe vulgar dice que son inútiles, porque quien quiera aprender este idioma, debe de ir a Marruecos.
Julián Ribera viajó a Marruecos en 1894, acompañando a la embajada de Martínez Campos, y en ese viaje pudo constatar las necesidades españolas en cuanto al aprendizaje del árabe clásico y marroquí, lo cual le llevó a proponer al Ministerio de Instrucción Pública que abriera un “Centro de Arabistas” para formar al personal destinado a Marruecos que no vio nunca la luz (López 2011: 210-224). Este autor nos comenta las ideas que Ribera tenía sobre la enseñanza en este centro, las cuales plasmó en la redacción de un Real Decreto que vio la luz en 1904 cuando Maura era ministro. La enseñanza de la lengua árabe, tanto literal como marroquí, tendría una proyección práctica que se reflejaría en la colonización de Marruecos. No cabe duda de que Ribera estaba influenciado por las ideas krausistas que estuvieron en la base de la creación de la Institución Libre de Enseñanza. La razón por la que el Centro no vio la luz la explica López (2011: 219) con estas palabras: “era una contradicción para los gobiernos conservadores fomentar un organismo que controlara al personal ejecutivo y tecnocrático que iba a gestionar los asuntos de Marruecos”.
El 15 de enero de 1907 se constituye la Junta para la Ampliación de Estudios[7], de la que formó parte este arabista y, dependiente de esta, en 1910 se crea el Centro de Estudios Históricos de la que formaban parte tanto Ribera como Asín
Fotos 2 y 3: Acta de Constitución de la Junta para la ampliación de estudios e investigaciones científicas. Museo de la Ciencia, Madrid
Marín et al. (2009: 110) refieren que el objetivo de la Junta –según algunos– era “acoger a las mejores mentes del país sin tener en cuenta sus posiciones ideológicas”. Con estas palabras describe Marín (2009b: 130) la importancia de este hecho: “la integración del arabismo en una empresa de tales características, y desde el primer momento de su creación, muestra hasta qué punto sus principales representantes habían conseguido situarse en la primera línea de las humanidades consideradas como ámbito científico”. La Junta otorgó a varios arabistas españoles subvenciones entre 1910 y 1914 para ir a estudiar a Marruecos con el objetivo de aprender el árabe marroquí (Marín 2009b: 127). Uno de estos pensionados fue Maximiliano Alarcón y Santón[8], que a su vuelta publicó en 1913 un libro titulado Textos árabes en dialecto vulgar de Larache, cuyo estudio lingüístico publicamos en 2003. Marín sigue recordándonos que poco después, en 1911, se crea un Instituto Libre de Enseñanza de las materias que constituyen las carreras diplomática y consular y un Centro de Estudios Marroquíes, dependientes de la Real Academia de Jurisprudencia. Aquí también encontramos a Julián Ribera, junto a su discípulo Ramón García de Linares, en calidad de profesores. En el plan de estudios del instituto se incluía el estudio del árabe literal y “el vulgar”. Este dato prueba que existía “el proyecto de implicar a los estudios árabes universitarios en la acción colonial española en Marruecos” (Marín 2009b: 128). Julián Ribera –según apunta Marín (2009b: 120)– tenía claro que el arabismo universitario tenía que extender sus alas y abrirse al africanismo marroquí: “se trataba de adiestrar a los arabistas para convertirlos en africanistas o, por decirlo en sus propias palabras, en ‘arabistas prácticos’ que ejercieran un ‘arabismo africanista’ del que la nación estaba entonces necesitada”. Pero todos estos esfuerzos, cuyos principales méritos debemos a Julián Ribera, por acercar el arabismo universitario al africanismo marroquí se fueron al traste y poco se hizo con posterioridad. Los arabistas abandonan el Centro de Estudios Históricos en 1916 –nos explica Marín (2009b: 146)– a raíz de “un conflicto personal con el secretario de la Junta para Ampliación de Estudios, José Castillejo”, aunque “se les ofreció a los arabistas la creación de un instituto dedicado a los estudios ‘orientales’, independiente por completo del Centro y que serviría no solo para proseguir el programa de investigaciones en marcha, sino para aumentar ‘nuestro peso cultural en Marruecos’. Ribera rechazó la oferta [...]”. Esta investigadora también apunta a un conflicto entre conservadores y neocatólicos arabistas y el espíritu laico de la Institución (pp. 126-138). López (2011: 229) recuerda que el origen de este conflicto está en las oposiciones a cátedra de Sociología de la Universidad de Madrid, en las que Asín Palacios fue miembro del tribunal, apoyando al candidato oponente al secretario de la Junta de Ampliación de Estudios, José Castillejo. El asunto fue llevado a la prensa “y Ribera y Asín lo convirtieron en una cuestión de orgullo”.
Y aquí acaba una iniciativa que pudo haber hecho que los Bani Codera hubieran entendido la necesidad de estudiar la lengua hablada en nuestros centros universitarios españoles a lo largo del Protectorado y con posterioridad hasta tiempos recientes. Bajo nuestro punto de vista, el fracaso del Centro de Arabistas y la salida del Centro de Estudios Históricos, unido a las opiniones de Codera, que manifestaba su rechazo por la lengua hablada, ya fuera clásica, ya marroquí, tuvieron que ver con esta ruptura entre el arabismo español y el africanismo. La Universidad Española quedó anclada en un monolingüismo militante, cuyo abanderado –en palabras de Tusón– es aquel que està convençut que, de llengua, nomès n’hi ha una: la bona, la clara, la fácil, la que és portadora de cultura, la internacional, la que té més parlants i la que et salvarà si et troves en perill de mort (Tusón 2011: 19).
Sí es cierto que más tarde, en 1932 (ley de 27 de enero), se creaban las escuelas de estudios árabes de Madrid y Granada. La primera fundó la revista al-Andalus y se dedicó a las investigaciones sobre Historia, Civilización y Sociedad Islámica, incluyendo entre estas los Estudios Marroquíes y la Dialectología. La segunda estaba centrada, sobre todo, en el estudio de la Lengua y Civilización árabes y el Hebreo, incluyendo dos cursos de árabe marroquí y uno de egipcio (García Figueras 1940: 44-45). Marín (2009b: 146) nos trae el recuerdo de las palabras de García Gómez, quien en 1943 “afirmaba que en España no se había dado la unión del arabismo erudito y universitario con el arabismo colonial o africanista, como había sido el caso en otros países europeos”; y también de Asín, quien en 1914 hablaba de una falta de “política coherente y práctica en este sentido”, aunque poco hubiera hecho este sacerdote por salvar la lengua hablada, ya que desconfiaba de las cátedras de “árabe vulgar” que se habían instaurado en las escuelas de comercio, con el argumento de que para las transacciones comerciales se necesitaba el árabe literal, por la sencilla razón de que los documentos se redactan en este registro (Marín 2009b: 143). Federico Corriente nos trae a colación en el prólogo al Sketch[9] estas palabras de García Gómez: “Antaño fueron los «africanistas», que entre nosotros no dieron gran cosa de sí para la gran ciencia (quisiera salvar con el símbolo del benemérito P. Lerchundi lo que entre ellos hubo de bueno). El fin del «colonialismo» ha dado al traste con este movimiento, que en general no rebasó la diferencia en otros tiempos existente entre la filología latina de las Universidades y el latín de los Seminarios diocesanos”. José Aguilera Pleguezuelo[10], egresado del Centro de Estudios de Tetuán en 1951, quien fue funcionario en la Delegación de Asuntos Indígenas, integrándose en la Escala Técnica del Cuerpo de Traductores de Árabe y Bereber y que después de la Independencia ejerció diversos cargos de traductor en la Administración española, dice en relación a este asunto que “el arabismo español –que siempre dirigió su interés hacia al-Andalus o hacia los dialectos de Oriente Medio– mantuvo hacia el Norte de África una actitud de desinterés y marginalidad”; y también: “Fue la Universidad Española, los profesores o gente formada de la misma, quienes se inhibieron de una labor de investigación y práctica que les correspondía a ellos encabezar, como habían hecho los franceses: sociólogos, filólogos, economistas, etc.”
Desde las Escuelas de Comercio y los Centros comerciales hispano-marroquíes
Rafael Arévalo Capilla[11], que ostentaba la cátedra de árabe en la Escuela de Altos Estudios Mercantiles de Barcelona, nos hace un retrato del divorcio entre el arabismo universitario y el africanismo, y la consecuencia que trajo consigo para los alumnos de aquél durante la etapa del Protectorado, en un artículo titulado “Las cátedras de Árabe en las Escuelas de Comercio”, que escribió en La Vanguardia el trece de mayo de 1949[12]. Arévalo hace referencia a los últimos números del BOE en los que se menciona la provisión de cátedras, entre las que están las de “árabe vulgar” en las escuelas de comercio de Valencia y Palma de Mallorca, y dice que hace ya algunos años que se habla de la desaparición del árabe en estos centros en general, después de que el 14 de enero de 1907 fuera publicado el Real Decreto por el que se inauguraban[13]. Pero, lo especialmente relevante de su artículo es su afirmación de que las universidades le han dado poca importancia al “árabe dialectal marroquí”, a pesar de que es asignatura en estas. Como consecuencia de ello, dice que un licenciado en lenguas semíticas encuentra muchas más dificultades para comunicarse en Marruecos que uno que lo haya estudiado en las escuelas de comercio. La enseñanza del árabe y bereber, al margen de la universidad, se ofertaba en estas escuelas y en academias militares de infantería de Ceuta y Melilla (desde 1906) y Larache, Alcázarquivir y Arcila (desde 1913) (Cordero 1943: 237).
Nos parece de especial importancia la conferencia que pronuncia María Jardiel Poncela[14] en el Centro de Instrucción Comercial de Madrid el veintitrés de mayo de 1915 para entender el interés que las escuelas de comercio tenían en el estudio del árabe marroquí.
Foto 4: María Jardiel Poncela
En ella, la oradora aboga por la necesidad de “la expansión comercial en el Mogreb” (p. 7), apelando a los jóvenes comerciantes a que lo aprendan tanto a nivel hablado como escrito, ya que así se podrán ganar “las simpatías de los marroquíes” (p. 8). Y puntualiza en esto diciendo que los marroquíes ven poco probable que un europeo pueda aprender su idioma, ya que es bastante difícil, por lo que “consideran como un gran honor para ellos que un europeo, cuya superioridad reconocen, hable su lenguaje”. La expansión comercial va unida en muchas ocasiones a la contienda militar, por lo que la conferenciante no duda en destacar la importancia de que los militares conozcan esta lengua (p. 10). Jardiel es sabedora de las diferencias dialectales y de las dificultades que trae aparejadas la comunicación debido a este hecho, aunque no tiene muy clara la denominación y la situación lingüística en el país vecino. Así lo manifiesta: “[...] porque en el Mogreb, como en todas las naciones, existen dialectos cuyo léxico difiere grandemente del idioma nacional. Tal ocurre con el dialecto shelja hablado por los habitantes del Rif” (p. 11). El shelja (variante del bereber) es una denominación errónea para el árabe marroquí que estaba extendida entre la gente durante el Protectorado y que todavía he oído en Ceuta hoy en día. A los comerciantes y militares añade ahora los cónsules y agentes consulares, a quienes anima para que conozcan la lengua del país vecino y reconoce la labor que llevan a cabo los centros hispano-marroquíes para enseñar el árabe marroquí en España (p. 11). Se pone de ejemplo en Madrid entre los pocos alumnos que no han abandonado su estudio en el Centro Hispano-Marroquí (p. 12) y pasa a dar una serie de pautas para su aprendizaje, haciendo hincapié en la dificultad de la pronunciación (pp. 13-15). Termina su conferencia animando a los profesores españoles de las escuelas marroquíes para que conozcan el árabe marroquí (p. 18). Queda claro con este discurso, el interés que perseguían los centros comerciales hispano-marroquíes por el estudio de esta lengua. Las sedes de estos centros en Barcelona, Madrid, Tánger y Ceuta ven la luz en 1904 y meses después alientan la creación de la revista España en África (López 2008: 144).
De 1907 a 1910, cada año, se celebraron cuatro congresos de africanistas por iniciativa de los centros comerciales hispano-marroquíes. En las actas de estos congresos se puso de manifiesto el interés porque se implantara en España el estudio del árabe marroquí, llegando incluso a afirmarse lo siguiente: “No ofrece a los españoles grandes dificultades el estudio del árabe vulgar, existiendo gramáticas como la del P. Lerchundi y de D. Alfonso de Cuevas[15], en las cuales las reglas están expuestas con una sencillez admirable” (Primer congreso, p. 64). Este último autor, en el prólogo a la obra de Iglesias Seisdedos (Método A.I.S, 1931), expresa igualmente la necesidad por el estudio del árabe marroquí: “un instrumento eficaz para los fines de España en Marruecos” […] “El día en que los españoles que vienen a Marruecos a ‘traer algo, o a dirigir algo’ sepan árabe, España habrá ganado más de la mitad de lo que falta aún para conquistar el corazón y la actividad de los musulmanes”. En el primer congreso, al que antes hacíamos mención, se dice que el Centro Comercial Hispano-Marroquí de Barcelona había fundado en 1905 su cátedra de “árabe vulgar”[16], “completamente gratuita, bajo la dirección de D. Alfonso Cuevas[17]”, a la que asistían militares, comerciantes, facultativos y estudiantes. También se informa de la existencia de una cátedra en la Cámara de Comercio de Cádiz, de que el Ministerio de Instrucción Pública intenta establecer cátedras en las Escuelas de Comercio de Madrid, Barcelona y Cádiz, y de que el Ministerio de la Guerra ha abierto centros para enseñar “el árabe vulgar” en Ceuta y Melilla. Se hace hincapié en que “la lengua árabe vulgar” sea obligatoria en todas las escuelas de comercio y con posterioridad en otras carreras (p. 65), llegando incluso a proponer en los centros docentes la fundación de cátedras, optándose en ellos entre el estudio del francés o del “árabe vulgar”. En este año ya se enseñaba en la Escuela Superior de Guerra y de Infantería y había una propuesta para que se enseñara en las academias de Caballería, Ingenieros, Artillería, Administración y Sanidad (p. 66). En el segundo congreso se pide al Gobierno español que estimule los estudios de árabe mediante la creación de escuelas de árabe en las que hubiera “faquíes que dirigieran esta institución” y que se haga lo mismo entre los militares y civiles que se encuentran en los dominios españoles. Se propone también el envío de los alumnos más sobresalientes a Marruecos para que perfeccionen la lengua. Se habla de las escuelas de árabe de Ceuta y Melilla y el estudio del árabe en las escuelas de comercio y los centros comerciales hispano-marroquíes, valorando el que existan, y se insiste en que los funcionarios que vayan destinados a las plazas españolas en el norte de África conozcan el árabe (Segundo congreso, p. 137-145). El tercer congreso supone un cierto avance con respecto a los anteriores, ya que se argumenta sobre la obligatoriedad del estudio del árabe, ya establecido en las escuelas superiores de comercio de la Península y se propone la implantación de forma voluntaria en las escuelas normales para los maestros que quisiesen ir a trabajar a Marruecos y la creación de un ejército colonial en el que los jefes y oficiales conozcan el árabe hablado y escrito o que tuvieran nociones para continuar su estudio en territorio marroquí (Tercer congreso, pp. 122-127). Más adelante, en las actas de este mismo congreso, se hace constar que los centros comerciales hispano-marroquíes tienen cátedras de árabe (p. 136). El cuarto congreso vuelve a incidir en la necesidad de fomentar el estudio del árabe en España y en Ceuta y Melilla para los civiles y se informa de la creación de un cuerpo de intérpretes de árabe, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública para las “Secciones de asuntos indígenas” que funcionan en el norte de África, así como de las condiciones para el personal de las carreras diplomáticas y consular y la organización de un Centro de Estudios Marroquíes (Cuarto congreso, pp. 27-28).
Está claro que el interés por el estudio del árabe marroquí queda depositado en las escuelas de comercio, en los centros comerciales hispano-marroquíes, en las cámaras de comercio, en las academias militares y en los africanistas en general. La universidad española, excepto alguna excepción en los años treinta, se desentiende y se encierra en su monolingüismo militante hasta tiempos recientes en el que apuesta por incluir en sus planes el estudio del árabe marroquí, que si bien deja de llamarse “vulgar”, se le sigue llamando “árabe dialectal marroquí”, como si todavía se pensara que el árabe marroquí es una deformación del clásico o literal.
Es cierto que el africanismo está ligado, y así lo hemos constatado, a la colonización. En el extremo de la acción colonizadora, tenemos el espíritu patriótico que considera al pueblo colonizado inferior en todos los sentidos. Así lo expresa el Teniente de infantería Navas de Alda en el prólogo a su obra Modelos de conversaciones árabes aparecida en 1924: “El deber de las actuales generaciones es ir modelando patrióticamente esta burda masa que se nos ha entregado, disponiéndola y adaptándola a nuestra sicología en tal forma, que llegado el ineludible momento de su despertar a la civilización, existan, más que ultrajes que vengar o resquemores que satisfacer, íntimas compenetraciones y filiales agradecimientos a la desinteresada Nación española que sin economizar vidas y dinero, supo con suprema habilidad, como otras muchas veces, elevar a sus protegidos hasta su propia altura. No sabemos de otro camino mejor a seguir para lograr adueñarse de estos espíritus vírgenes que el aprendizaje de su idioma y el conocimiento de sus costumbres” (pp. 4-5). Y en el otro extremo, nos ha parecido interesante reproducir aquí las palabras de Francisco Barceló Sicilia, Interventor en el Servicio de Intervenciones del Protectorado de España en Marruecos, en las que podemos ver el interés afectivo que nace también por el contacto directo con el pueblo marroquí: “Los africanistas, al menos los relativos específicamente al Mogreb, no son simplemente seres que pisaron o vivieron en aquellas tierras, sino verdaderos enamorados de las mismas, de una acción fértil, eficaz y pacificadora, y, al propio tiempo, defensores de las tradiciones y cultura de un pueblo al que los lazos que nos unen no podrán ser desanudados por políticas coyunturales o mal entendidas de uno u otro lado del Estrecho de Gibraltar”. (Una embajada a Marruecos, p. 8).
La Academia de Árabe y Bereber y el Centro de Estudios de Tetuán
La preocupación de España por la enseñanza en la zona del Protectorado no empieza a manifestarse verdaderamente hasta 1923 (Valderrama 1946: 17). Con total seguridad, podemos aducir que el erario público no podía hacer frente a la educación como hubiese querido, ya que España estaba ocupada en la pacificación de la Zona, especialmente del Rif, en donde la guerra se extendió entre los años 1921 y 1926. El resultado fue un coste militar y humano bastante grande entre 1913 y 1927 (Morales 2006: 306-310). A partir de aquella fecha, los esfuerzos por la educación, en la que entraba la enseñanza del árabe marroquí, se hicieron evidentes. Así lo manifestaron Gómez Martínez et al. (1955:5) en sus cursos de Arabe dialectal marroquí: “La administración ha dirigido siempre sus esfuerzos a fomentar este conocimiento, creando desde un principio cursos de árabe vulgar y concediendo gratificaciones a los funcionarios que demostraron su suficiencia en este idioma y ahora generalizando este estudio en las escuelas públicas de la Zona y aumentando considerablemente la gratificación de sus funcionarios por su dominio del árabe” (Gómez Martínez et al. 1955: 5).
La Academia de Árabe y Bereber
En la Península, se habían creado siete cátedras de “árabe vulgar” en las escuelas superiores de comercio: dos en 1909, tres en 1911 y dos en 1914 (García Figueras 1940: 43). Haciendo mención a Valderrama (1956: 499 y ss.), Arias (1995: 324-325) nos recuerda que hasta 1924, la enseñanza del árabe marroquí en el norte de Marruecos y en Ceuta y Melilla (cf. §1) recayó sobre todo en los militares. Esta situación dispersa del aprendizaje del árabe marroquí acabó en 1929 con la creación de la Academia de Árabe y Bereber, que nació por Real Decreto de 21 de septiembre de 1929 (Cordero 1943: 237-238). Fue inaugurada el 6 de abril de 1930 y las asignaturas que se estudiaban eran las siguientes: dos cursos de Árabe literal, tres de “Árabe vulgar”, Religión y Derecho musulmán, Derecho administrativo marroquí, Bereber-rifeño, Geografía de Marruecos, Mecanografía, Gramática castellana y Aritmética (García Figueras 1940: 43-44).
La finalidad de esta Academia, según se hace constar en el artículo 29 del decreto que hemos mencionado, es la “organización del servicio de interpretación en dichas lenguas”. En el mismo artículo, se hace referencia a la sede, que estaba en Tetuán, y que constaba de dos secciones: una similar a la que existían en las academias dependientes del Ejército que se suprimieron, la cual tenía como objetivo la formación de funcionarios, militares y civiles; y la segunda servía como escuela preparatoria de alumnos intérpretes. En el artículo 30 se dice que la primera sección estaba compuesta de tres grupos divididos a su vez en tres cursos anuales. Los diplomados civiles y los militares tenían preferencia a la hora de optar por destinos en la Zona del Protectorado, ya fueran centros de enseñanza, comisiones científicas, pensiones o premios en metálicos. La segunda sección –de la que habla el artículo 31– se componía de dos grupos de un solo curso y era obligatorio poseer un diploma para acceder a ella. En el artículo 33 también se menciona la creación de una Oficina Central de Interpretación y un Negociado de Personal de Interpretación en la Delegación General –luego se llamaría Secretaría General– que la integran funcionarios del archivo adscritos a la Academia para dar el ‘visto bueno’ a las traducciones oficiales. (Cordero 1943: 237-238).
El Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán
La función de este Centro es definida por Valderrama[18] (1995: 323) con estas palabras: “[…] tenía como principales objetivos la preparación de intérpretes de árabe y beréber rifeño, y los cursos a funcionarios que desearan conocer mejor el ambiente o perfeccionar lo ya aprendido”.
Por decreto de 15 de febrero de 1935, la Academia de Árabe y Bereber se transforma en Centro de Estudios Marroquíes. El reglamento interno de la Academia, de 22 de agosto de 1930, fue reformado el 9 de diciembre de 1935, separando la sección encargada de la formación en Árabe literal, Marroquí y Bereber a los funcionarios, militares y civiles, compuesta de tres grupos, de aquella que estaba dedicada a la preparación de intérpretes, ocho grupos. Y se añade el estudio de la Religión y el Derecho, Geografía, Gramática, Aritmética, Mecanografía y Régimen del Protectorado. Los profesores ingresaban por oposición y eran profesores de árabe del Centro Cultural Español, funcionarios e intérpretes mayores o de primera, licenciados en Derecho o Filosofía y auxiliares. El Centro de Estudios Marroquíes pasaba por ley de 8 de noviembre de 1935 a la Delegación de Educación y Cultura a la que más tarde se uniría el Instituto General Franco para la Investigación Hispanoárabe (Cordero 1943: 238-239).
Gracias al interesante Manual del maestro español en la escuela marroquí que nos dejó Valderrama, conocemos con más detalle el plan de estudios nuevo que fue aprobado en 1947 (1952: 162-164).
Foto 5: Manual del maestro español en la escuela marroquí.
Por Dahir de 1º de yumada et tani de 1366, correspondiente al 22 de abril de 1947, se publicará en el Boletín Oficial de la Zona, en el nº 17 de 25 de abril, p. 495, un nuevo reglamento, que será modificado dos años más tarde por Dahir de 13 de rayeb de 1368, correspondiente al 12 de mayo de 1949, y publicado en el Boletín Oficial de la Zona, nº 20, de 20 de mayo, p. 548. Los objetivos del Centro eran crear intérpretes, formar a los funcionarios del Protectorado en la cultura marroquí y la investigación científica. El tiempo que se dedicaba al árabe marroquí y al bereber dentro del plan de estudios era el siguiente:
a) Primer curso: “Árabe vulgar” 1º (6 horas semanales), Bereber 1º (3 horas semanales).
b) Segundo curso: “Árabe vulgar” 2º (6 horas semanales), Bereber 2º (3 horas semanales).
Después de estos dos años se concedía el Certificado de Estudios Marroquíes con el que se podía trabajar en todo tipo de cargos en la Administración del Protectorado.
c) Tercer año: “Árabe vulgar” 3º (6 horas semanales), Prácticas de “Árabe vulgar” (3 horas semanales), Beréber 3º (3 horas semanales).
Con estos tres años se conseguía un Certificado de Estudios Medios de Interpretación.
d) Cuarto curso: Prácticas de “Árabe vulgar” (3 horas semanales).
e) Quinto curso: Prácticas de “Árabe vulgar” (3 horas semanales).
Al finalizar estos dos cursos se optaba al Certificado de Estudios Superiores de Interpretación. Estos dos últimos certificados servían para trabajar de intérpretes en la escala auxiliar o en la técnica.
Los maestros podían matricularse sin examen de ingreso y estudiar las asignaturas por grupos, por ejemplo las de “árabe vulgar”. Los funcionarios que aprobaran tres cursos de árabe vulgar, tenían derecho a un diploma de árabe y una gratificación anual de 2.000 pesetas. Pero tenían que pasar una prueba a los dos años y luego otra a los tres para demostrar sus conocimientos y poder seguir recibiendo la gratificación mientras trabajaran en la Zona del Protectorado.
Y en una conferencia que pronunció en 1946 con motivo de la inauguración de un curso de orientación profesional para maestros de la Zona del Protectorado, que tuvo lugar en el Centro de Estudios Marroquíes, después de exponer las materias que se enseñarían, dice que Sid Abderrahim Yebbur, traductor y profesor del Centro, impartirá treinta y ocho lecciones de árabe marroquí, y Ginés Peregrín Peregrín, intérprete auxiliar y profesor del Centro, dará veinticinco lecciones de rifeño (Valderrama 1946: 21). También es interesante destacar en esta conferencia las recomendaciones que el africanista hace a los profesores españoles que vienen a trabajar a Marruecos. Les anima a que conozcan las costumbres del país y a que aprendan árabe marroquí y rifeño, ya que “[…] no es tan difícil como pueda parecer a primera vista. Muchas personas de escasa cultura lo aprenden. Con mayor razón lo hará, pues, quien pueda disponer del placer de un libro. Conocer el idioma es conocer al pueblo que lo habla” (Valderrama 1946: 20). A pesar de estas palabras de aliento y como cualquier profesor interesado en que sus alumnos aprendan, Valderrama se lamentaba de que, aunque el Centro tenía cada año un mayor número de alumnos matriculados, muchos abandonaban tras el primer año (Valderrama 1952: 157).
La Ordenanza de S. E. el Alto Comisario de 29 de enero de 1937, por la que se reorganizaba la enseñanza en la Zona del Protectorado, en su artículo 4 decía que se arabizaría “a fondo” la enseñanza hispano-árabe, modernizando los estudios y haciendo que el árabe sea el vehículo por el que el conocimiento llegue al niño. Valderrama tenía un especial empeño en que los profesores españoles destinados a la escuela pública en Marruecos conocieran el árabe y la cultura del país. En el caso de las escuelas hispano-árabes, el español seguía siendo aprendido en estas escuelas y su enseñanza continuaba a cargo de profesores españoles para los que se pedía, en la medida de lo posible, que se especializaran en árabe y en cultura islámica (Valderrama 1939: 15-17).
Metodología en la enseñanza del árabe marroquí
Presentamos a continuación las consideraciones de tipo metodológico que hemos analizado en los manuales, silabarios, gramáticas y diccionarios. En todas ellas se alude al árabe marroquí con los calificativos de “vulgar” o “dialectal”. Sólo se alude al calificativo “árabe marroquí” en el Tratado práctico para aprender a hablar el árabe marroquí; y en Método A.I.S, publicado en 1931, obra de Iglesias Seisdedos, quien en su introducción, en un apartado que titula “El idioma árabe y su evolución histórica”, habla de “lenguaje de las madres y del comercio del Mogreb”. No vamos a entrar a hacer valoraciones basadas en nuestras preferencias o en lo que debieran de haber sido estos libros. Nuestra intención es observar estos trabajos en el momento histórico en el que fueron escritos y presentar los métodos que guiaron a sus autores a la hora de redactarlos. Es difícil saber exactamente por qué corriente metodológica estaban guiados, si por la dialógica, la tradicional o gramatical o el método directo, ya que no tenemos constancia de cómo se desarrollaban las clases con exactitud y porque en general, los manuales ofrecen rasgos de cada una de las tres escuelas anteriores. Aún así, nos hemos arriesgado a clasificarlos y a presentarlos en cada una de estas tendencias. Es muy probable que sus autores no reprodujeran de forma clara los parámetros de cada una de ellas, pero sí es cierto que se guiarían por los métodos de otras lenguas que existían en su época, los cuales sí se ajustarían con más claridad a los criterios de estas escuelas metodológicas. Coincidimos con Arias (1995: 321) en sus palabras: “Con independencia del grado científico que pudieron alcanzar tales obras, era bien evidente la existencia de toda una colección de métodos encaminadas a enseñar la lengua árabe y a responder, en la medida de lo posible, a los problemas suscitados en dicha tarea”.
En el siglo XVI, en paralelo al desarrollo de la imprenta, surgió un método que se conoce con el nombre de “tradición dialógica”[19]. Se trataba de escribir vocabularios acompañados de textos de tipo comercial, religioso o cualquiera que pudiera interesar en la época con el fin de que sirvieran en los viajes. Se estudiaban los textos y las palabras mediante la lectura y la memorización. Algo de esto quedó reflejado en algunos manuales como el publicado en 1906, El español en Marruecos, de Rafael Arévalo, quien ofrece una lista de vocabulario y giros clasificados por categorías. También en el Tratado práctico para aprender a hablar el árabe marroquí que fue publicado en el semanario El África Española[20] en 1905.
Foto 6: Tratado práctico.
Hemos podido consultar sólo las entregas cuatro, cinco y sexta, aparecidas a partir del 15 de julio de este año. En ellas no aparece el nombre del autor. Se trata de una presentación de palabras, divididas en categorías. Cada entrega va acompañada de un apartado titulado “Voces hispano-árabes”, en el que se anota el origen árabe de algunas palabras del español. Tres años más tarde, se editan los Ejercicios de árabe marroquí, cuyo autor fue Máximo Aza Álvarez[21]. El libro está estructurado en un Vocabulario, en el que las voces están ordenadas por categorías relacionadas con la vida militar, cinco diálogos en árabe, diecisiete textos geográficos en español con su traducción correspondiente y siete cuentos y fábulas. En la introducción a su libro queda recogido su objetivo: “que el estudiante del árabe marroquí, al ejercitar la traducción, se familiarice con lo más saliente de la Geografía de Marruecos, adquiriendo con un solo esfuerzo, los dos conocimientos principales para estudiar un país: el idioma y la Geografía” (p. VII). Le sigue la Guía Manual de la Conversación Marroquí, publicada en 1914 y escrita por Ángel Muñoz Bosque; está compuesta por modismos y giros relacionados con la sociedad en general y las actividades comerciales en particular, además de incluir una colección de refranes y proverbios árabes, nombres de poblaciones y ríos y otros datos de interés. Dos años más tarde, en 1916, José Góngora y Rodríguez[22] saca a la luz su Cartilla de Lectura y Escritura Español y Árabe. Esta obra, de la que sólo conocemos que publicara el libro primero, está dedicada a los soldados indígenas. Se trata de una cartilla para enseñar a leer y escribir, dividida en treinta lecciones, cada una dedicada a una letra (en español y en árabe), recogiendo en la última un texto en español y en árabe marroquí. Dice en la introducción que adopta “el procedimiento lento y progresivo”, tanto en este volumen como en el siguiente que está preparando. De este afirma que estará dedicado a “las reglas gramaticales más corrientes”, imaginamos que siguiendo las mismas líneas metodológicas que analizamos en este párrafo. En 1919, Villalta y Llamas[23] publica su Método para el estudio del árabe hablado. La obra, compuesta de ciento ochenta y ocho páginas, está basada en una gramática sucinta, un vocabulario agrupado por categorías, proverbios y expresiones útiles. A continuación tenemos la obra Árabe vulgar al alcance de todos de Juan Alcántara Ruíz[24], publicada en 1923, que está compuesta de dos partes. La primera lleva por nombre “Traducción de cosas diversas”, y se compone de un vocabulario español-árabe marroquí, y la segunda “Traducción de preposiciones, conjunciones, oraciones y frases”. Navas de Alda[25] nos ofrece un libro en 1924 titulado Modelos de conversaciones árabes. Consta de doscientas cincuentaiuna páginas divididas en dos partes: la primera se extiende hasta la página cuarenta y en ella se exponen la transcripción y la grafía árabe, ejercicios de escritura en árabe y aspectos gramaticales; la segunda, que ocupa el resto de la obra, se titula “diálogos” y está compuesta de textos a tres columnas –árabe, transcripción y traducción–, algunas frases, cualidades y afecciones, partes del cuerpo, números, reglamento táctico moderno y algunas páginas en español con palabras y frases en árabe que contienen aspectos culturales. El autor de esta obra anuncia en el prólogo (p. 6) que publicará un compendio de gramática con ejercicios, pero de esto no tenemos noticia. Nos parece interesante destacar su idea sobre la gramática del árabe marroquí: “[…] ha sido preciso del cauce gramatical que por otra parte es bien arbitrario en este idioma” (p. 5). Otro autor que sigue esta línea pedagógica es Fermín De Villalta y Llamas[26], cuyo libro La clave de la conversación hispano-árabe sale a la luz en 1927. Tras presentar el alfabeto árabe y unas normas de pronunciación, divide cada parte de su obra en ejercicios de conversación, consistente en frases, y una lista de palabras divididas en categorías; todo ello en relación con la vida militar. Seguimos con el Método A.I.S teórico-práctico para la enseñanza del idioma árabe y los Diálogos hispano-marroquíes de Antonio Iglesias Seisdedos[27], ambas obras aparecidas en 1931. En el subtítulo de la segunda obra, se hace constar que los diálogos han sido recopilados del Método A.I.S. Los Diálogos están estructurados en frases y diálogos agrupados por situaciones, acabando con unas breves consideraciones fonéticas. En cuanto al método A.I.S, el autor no nos dice qué significan estas abreviaturas, pero en el prólogo a la primera obra sí nos da unas pautas metodológicas sobre cómo aplicarlo: “Es muy importante emplear en clase cuadros o fotografías de la vida marroquí, ya que es un método directo”. Y propone una serie de pautas basadas en la conjugación de verbos, el aprendizaje de temas y versiones, el estudio de las reglas gramaticales según juicio del profesor y el estudio del vocabulario. Termina afirmando que ha experimentado este método y que da resultado. Emplea la transcripción y la grafía árabe. Encabeza el libro un apartado llamado “Capítulo de diálogos”, basado en expresiones, diálogos y vocabulario. Le sigue un apartado dedicado al aprendizaje de la escritura y la transcripción y las lecciones, que están estructuradas en contenidos gramaticales que van acompañados de vocabulario, “versión” (texto en árabe) o tema (en español para traducir al árabe), también a veces ejercicios de lectura. Los temas y versiones van de menor a mayor dificultad. Acaba el libro con un apéndice en el que incluye cuestiones gramaticales sobre el nombre, el género y la equivalencia de los modos y tiempos, las partículas y algunos fenómenos fonéticos. Y por último, tenemos el Manual de la conversación de árabe vulgar marroquí escrito por José Linares Rubio y publicado en 1941, el cual está basado en frases, vocabulario y diálogos basados en situaciones variadas.
La “tradición dialógica” fue el paso previo a lo que conocemos con el nombre de “modelo tradicional o gramatical”, el cual surgió del estudio del latín como lengua de conocimiento que ya no se empleaba a nivel oral sino en la Iglesia. En los siglos XVII y XVIII se crearon gramáticas y colecciones de textos con el fin de traducirlos únicamente. Esto se trasladó al estudio de otras lenguas. Durante los años veinte y treinta del siglo XX, se desarrolló un método conocido como “situacional de la lengua” o “enfoque oral”. Consistía en seleccionar el vocabulario y ver cuáles eran las estructuras de las frases con el fin de analizar la lengua que se fuera a enseñar. En la enseñanza, se trataba de repetir textos o hacer ejercicios de sustitución hasta que el alumno era capaz de hablar correctamente. Podemos afirmar que muchos de los textos que se escriben durante el Protectorado seguían de cerca el “modelo tradicional” y “situacional de la lengua”. El primero en inaugurar este tipo de textos fue Ruíz Orsatti[28], quien redacta su Guía de la conversación, la cual fue publicada en 1901. En la introducción a la obra, queda constancia de que ha empleado “muchas reglas” presentes en los Rudimentos del P. Lerchundi. Divide la obra en cuatro partes: la primera recoge nociones gramaticales, la segunda un vocabulario clasificado por categorías, la tercera diálogos y conversaciones y la cuarta epístolas en árabe clásico. Se incluyen al final proverbios y máximas y los nombres de las principales ciudades del Imperio de Marruecos. Fausto Santa Olalla Millet[29] escribe un Compendio de Gramática Árabe Vulgar y Vocabulario Hispano-Árabe-Militar, que apareció en 1908. Entre la Gramática y el Vocabulario, incluye un apéndice con apuntes sobre medidas, saludos, materias de ilustración, correspondencia en árabe literal y proverbios. El final del libro está coronado por un “Reglamento para los cuerpos de policía instituidos en los ocho puertos de la costa marroquí, con arreglo al Acta de la Conferencia de Algeciras”, redactado en árabe literal y español. Santa Olalla está convencido de que en poco tiempo se pueden obtener resultados con su Compendio, siendo de utilidad para militares, comerciantes e industriales (p. 4). También este año es publicado el Método práctico para hablar el árabe marroquí de Rafael Arévalo, cuando este contaba con tan sólo diecisiete años. En el prólogo hecho por Antonio Ramos en Ceuta, se dice que el objetivo principal es “facilitar la relación” y “que los españoles puedan estudiar con manuales escritos por españoles”. Está estructurado en cuarenta y siete lecciones, cada una con nociones gramaticales, voces y ejercicios de traducción al árabe. La obra acaba con poesías populares, rogativas, juego de palabras y con dos apéndices, uno con voces de origen español en árabe marroquí y otro con apuntes geográficos de Marruecos. Y llegamos a 1911, en donde encontramos el libro Ensayo de gramática de árabe vulgar escrito por Mariano Fernández Berbiela[30]. Está estructurado en cinco partes en las que recoge contenidos gramaticales, ejercicios de traducción del árabe al español y viceversa y un vocabulario. Resulta un tanto curioso resaltar que en el prólogo (p. VIII) deja constancia de que el método de su libro es el ideado por “el general de división y gobernador militar de esta plaza, Felipe Alfau y Mendoza”. Es –según este autor– “más rápido y racional”, da importancia al verbo como base principal, presenta ejercicios y temas, y selecciona palabras de uso frecuente. Este mismo año también ve la luz las Lecciones de árabe marroquí de Pelayo Vizuete, un libro bastante extenso, trescientas sesenta y tres páginas, dividido en veintinueve lecciones, con ejercicios de repaso al final y un Vocabulario Marroquí-Castellano y Castellano-Marroquí. Cada lección está compuesta de contenidos gramaticales, vocabulario, lectura y traducción.
Foto 7: Pelayo Vizuete. Lecciones de árabe marroquí
Fernández Berbiela también publicará en 1916 la Clave de ejercicios y tema de su Ensayo de gramática de árabe vulgar. Este manual para las academias militares está compuesto de cuarenta y dos ejercicios de traducción del español al árabe basado en frases y otros tantos para traducir del árabe al español. En 1918 sale a luz un Curso de árabe cuyo subtítulo es Método graduado de enseñanza por la imagen sin caracteres árabes adaptado al castellano conforme al sistema de la escuelas establecido en Argel. Se compone de setenta y nueve páginas y nueve más numeradas en números romanos al final y no se dice quién es el autor. Cada apartado ocupa una página y está dedicado a estudiar frases, textos y preguntas a partir de imágenes. Las últimas nueve páginas son ejercicios para aprender a escribir en grafía árabe. Llegados a 1939, tenemos la publicación Nociones de árabe vulgar escrita por Yebbur y Abbud[31]. En el prólogo del libro, escrito por Pablo Quirós, director del Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán, se argumenta que está destinado a los niños españoles escolarizados en la Zona del Protectorado, al igual que los niños árabes, quienes estudian español en las escuelas hispano-árabes, ya que aquéllos se ven en la necesidad de entenderse con los marroquíes. Está dividido en tres partes: la primera de ellas está dedicada al aprendizaje de la lectura, la segunda a la gramática y la tercera recoge una serie de diálogos precedidos de un vocabulario. Ginés Peregrín y Peregrín redacta un trabajo titulado Método P. P. para el rápido aprendizaje del árabe vulgar marroquí, que fue editado en 1944. El autor es consciente de la dificultad de la gramática, tal como deja constancia en el prólogo (p. 6) cuando explica el objetivo de su método: “[...] servir de ayuda al laborioso estudiante que, a pesar de su esfuerzo, no comprende las reglas de una gramática que, cada vez que consulta, parece multiplicar las dificultades del idioma”. Pero se sigue haciendo hincapié en los contenidos gramaticales, ya que la primera parte del libro está dedicada a ellos, y la segunda son textos. Cada uno de estos encabeza una de las veinte lecciones y va acompañado de su traducción, un glosario, un ejercicio de lectura, escritura y traducción. La obra va acompañada de un Vocabulario Árabe-Español. Hemos consultado además unos apuntes mecanografiados en A4, sin fecha, en la colección de García Figueras que se encuentra en la Biblioteca Nacional, los cuales podríamos incluir en esta línea metodológica. Se trata de un trabajo que lleva por título Apuntes de árabe vulgar y que fue escrito por un tal Si Mohamed Ben Yelun. Se compone de veinticuatro lecciones, cada una en un folio por una cara, que están divididas en una lista de palabras, frases y preguntas. Hemos tenido acceso también a una obra sin publicar, pero en perfecta encuadernación, escrita por Rafael Arévalo con fecha de 1951, titulada Ejercicios de árabe marroquí. Primer curso. Está mecanografiada en español y con versiones en grafía árabe escritas a mano. Se divide en veinte lecciones, cada una de ellas encabezada por elementos gramaticales, seguida de versiones en árabe para que sean traducidas y acabada con un proverbio. Dice que estos ejercicios, escritos para sus alumnos, han sido sacados de su “Método para el Primer Curso de Árabe Dialectal de Marruecos, obra que actualmente tengo en prensa” (p. I). Y seguimos con el Método de árabe vulgar de María Valenzuela de Mulero, publicado en 1957, que es –a nuestro parecer– el mejor de todos los que hemos consultado. La autora es consciente del desaliento que produce en los alumnos el estudio de la lengua árabe, que –según ella refiere en la introducción (p. 13)– se debe a la “[…] carencia de un método de aprendizaje adecuado a la calidad del idioma”. El Método se compone de cincuenta y dos lecciones. Cada lección está estructura de la manera siguiente: gramática, vocabulario, ejercicios, frases y versiones en árabe y español de oraciones o lecturas sobre temas relacionados con la sociedad marroquí con el fin de que se traduzcan de una a otra lengua. Completa el libro un apéndice para “dar a conocer muy someramente las diferencias más notorias entre el árabe vulgar y el literal” y algunos relatos en árabe literal. Cerramos este apartado haciendo referencia a una obra manuscrita y mecanografiada, sin año, escrita por Rafael Arévalo, Ejercicios progresivos de árabe. Se trata de un primer curso, en el que se emplea sólo la grafía árabe, basado en veintidós lecciones. Cada una de ellas está compuesta de contenidos gramaticales, versiones, vocabulario y refranes. El autor dice en la introducción que los ejercicios están extraídos de una obra que tiene en prensa, Primer Curso de Árabe Marroquí, de la que no sabemos si llegó a publicarse; se trata del mismo dato que nos dice en su obra mencionada más arriba y con fecha de 1951. Las versiones están ordenadas, a lo largo de las lecciones, de menor a mayor dificultad y en consonancia con los contenidos gramaticales.
“El método directo” se caracterizaba por privilegiar la competencia oral sobre la escrita y prescindir de los contenidos gramaticales hasta estadios avanzados del proceso de aprendizaje. La adquisición de una lengua, según los presupuestos de este método, se hacía de forma natural, como lo hace un niño. El profesor debía de ser forzosamente nativo y el aprendizaje se hacía a fuerza de repetir, hasta que se conseguía imitar la pronunciación y la expresión del docente. Puede que en esta línea estuviera pensando Beneitez Cantero al publicar su Vocabulario en 1943, argumentando que “[...] el mejor procedimiento para aprender el Árabe Vulgar en Marruecos, es ir hablándolo por lo que se oiga a los musulmanes. Cuando se haya iniciado en la conversación, cualquier texto -de los varios que existen- y un buen profesor, harán el resto” (p. 3). Mucho más precisos en esta cuestión son los dos cursos que escribieron Bonifacio Gómez Martínez, Abderrahim Yebbur Oddi y José Aragón Cañizares[32], Árabe dialectal marroquí, ambos editados en 1955. Los tres autores afirman en el prólogo (p. 8) lo siguiente: “hemos, pues, seguido el proceso natural”, tal como el niño aprende, con “datos gramaticales mínimos indispensables”. En la página siguiente dicen que este sistema ya ha sido experimentado con las cartillas de Aragón, en los grupos escolares de la Zona y con los textos de Valderrama en el Instituto Hispano-Marroquí de 2ª enseñanza; haciendo hincapié en que “no se trata, pues, de una innovación sino de aprovechar una experiencia ya corriente del estudio del árabe dialectal tanto aquí como en otros países, y del estudio de idiomas en general”. El primer curso está estructurado en treinta temas, cada uno de los cuales se compone de un texto, un vocabulario y ejercicios con preguntas. A estos se añaden treinta lecciones con “elementos de gramática”. En el segundo de los libros, que se imparte en las clases de segundo de árabe, los autores dicen que el alumno deberá contar con dos mil palabras al finalizarlo (p. 5). La estructura de esta parte es igual que la primera.
Foto 8: José Aragón. Árabe dialectal marroquí.
Las cartillas de Aragón[33], a las que estos autores aluden en su prólogo, llevaban por título Árabe dialectal marroquí. Hemos tenido acceso a la edición de la Primera parte de 1944 y la Segunda parte de 1940, ambas dirigidas a la enseñanza en los centros de primaria españoles. En el prólogo a la primera parte (p. 5), deja constancia de su propósitos en la enseñanza del árabe marroquí: “Por ello orientamos nuestras lecciones de Árabe Vulgar hacia fines, uno, inmediato, el de facilitar rápidamente a nuestros compatriotas un instrumento indispensable de relación con los marroquíes”. La primera parte está estructurada en quince lecciones; cada una de ellas está formada por la presentación de las letras árabes para aprender su escritura, un vocabulario y reglas de pronunciación. Al final del libro se incluyen tres páginas con un “resumen del vocabulario”. La segunda incorpora dieciséis lecciones, cada una estructurada de la siguiente forma: nociones gramaticales, vocabulario, ejercicio de lectura y ejercicio de traducción al árabe. Se incluye al final un “resumen del vocabulario”. En 1950, aparecieron dos partes de su obra titulada Cartilla escolar de árabe. La primera tenía treinta y dos lecciones, contenía 171 palabras y estaba dirigida a los alumnos de primer grado. Cada lección, en la que iba poniendo en tinta roja la palabra nueva, se compone de frases con dibujos y preguntas, incluyéndose a partir de la cuarta un ejercicio que consiste en la sucesión de frases. La segunda son quince lecciones, cada una con un texto sencillo, imágenes, preguntas y un ejercicio. Está dirigida a los estudiantes de segundo grado. Incluye un apéndice con canciones, nociones gramaticales y un vocabulario con las doscientas ochenta y nueve voces empleadas. Las palabras nuevas también van apareciendo en las lecciones en color rojo. Sobre la metodología que debe de seguirse, Aragón Cañizares precisa que para el primer curso, “[...] el profesor deberá de hablar mucho” [...], subrayando las palabras con los gestos o movimientos adecuados, ora para mostrar un libro, ora para borrar el encerado o cerrar la puerta” y limitándose los alumnos a “escuchar y repetir las preguntas o las contestaciones”. Advierte de que no se corra y de que se cuide la pronunciación (p. 5). En el segundo libro sigue la misma línea e insiste, escribiendo en mayúsculas lo siguiente: “pero si la clase no puede seguir, que no se dé entera”. Para ello, propone que se alternen las clases “con la lectura a coro de los verbos, de los números y de las cancioncillas; pero, insisto, sin exigir su conocimiento de memoria hasta fin del curso” (p. 3). Valderrama escribió dos libros de un Método de Árabe Dialectal Marroquí. Del segundo manejamos la edición de 1951 y del primero la segunda de 1956. En ambos, el autor afirma que el método es una adaptación del de Lengua española para extranjeros que él mismo había publicado. Está dirigido a las clases de bachillerato hispano-marroquí y a quien quiera aprender este idioma. Cada una de las lecciones se compone de voces, frases interrogativas, un texto en árabe y un ejercicio. Acaba con observaciones gramaticales por cada lección y el segundo libro incluye el vocabulario del libro primero, tanto en árabe-español como en español-árabe.
Foto 9: Valderrama. Método de Árabe Dialectal Marroquí. Libro II
En el Programa que se editó en 1949 (pp. 42-45) para las clases de bachillerato, se propone para el primer curso que eviten términos y comparaciones gramaticales y que el alumno adquiera doscientas cincuenta palabras. Para el segundo curso propone que se incida en la conversación, sugiriendo ejercicios de interpretación basado en grabados de objetos conocidos, completar frases, aprender las horas, convertir tiempos verbales en otros, empleo de pronombres, contrarios de palabras, etc. Cada curso va aumentando el nivel de dificultad de la conversación y los ejercicios. Solo en el tercero y cuarto curso aparece la gramática, “sin necesidad de usar muchos términos gramaticales, y más bien mediante la observación. En el quinto curso dice “no es preciso perder mucho tiempo en teoría gramatical. Lo importante es que el alumno al terminar este curso esté en condiciones de sostener conversaciones, por lo menos corrientes, y para ello la gramática debe de ser un auxiliar, estudiándose solo aquellas reglas u observaciones que puedan conducir a facilitar el lenguaje oral. En todos, hay una progresión de vocabulario indicando el número de voces que cada curso debe de aprender el alumno.
Durante los años cuarenta se desarrolló un método conocido como “audiolingual”, basado en la lingüística estructuralista y en la sicología conductista, que siguió el camino trazado por el anterior, pero del que no hemos encontrado ningún manual de los vistos que pueda ajustarse a este, aunque intuimos que hay apartados de estos que pudieron ser enseñados con los presupuestos metodológicos de esta escuela. Empezó a desarrollarse a partir de los años cuarenta, en un principio como método destinado a la formación de los soldados estadounidenses que partían para Japón o Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Partía de la base de que el nativo era el modelo a seguir en el aprendizaje de tal forma que este se llevaba a cabo a través del método de inmersión consistente en sesiones intensivas de bastantes horas semanales junto a un informante. La lengua era considerada un conjunto de conductas adquiridas por el hábito de un grupo determinado de personas que implicaban intercambios verbales y para aprenderla había que imitarlas hasta conseguir convertirse casi en un nativo. Desarrollaron ejercicios que se conocían con el nombre de drill basados en la repetición hasta conseguir memorizarlos. Estos perseguían sobre todo la adquisición de competencias orales. Se valieron también de principios sicológicos procedentes del Conductismo, ya que esta corriente promulgaba que había que crear hábitos mediante la repetición de actos. El fallo de estos ejercicios estaba en potenciar el estudio de estructuras y no el uso de las mismas en situaciones reales. El alumno era capaz de formular frases correctas desde un punto de vista gramatical, pero sin sentido. Esto hacía que cayera en la monotonía y el aburrimiento y se viera a veces frustrado porque no conseguía aplicar las estructuras aprendidas a la realidad. Sería el caso, quizás, de las frases y textos que contienen los manuales y que se harían aprender de memoria a los alumnos sin que luego tuviera una proyección real. Pero esto no son más que suposiciones.
Presentamos a continuación una serie de obras que clasificaremos en dos clases: recopilaciones de textos y vocabularios. De la primera de ellas tenemos los Textos árabes en Dialecto vulgar de Larache de Maximiliano Alarcón y Santón, publicados en 1913, y de cuya persona y obra ya hemos hablado en § 1.1. Los textos fueron recogidos por él mismo en Larache entre el 27 de julio y el 13 de octubre de 1910. Son once y están escritos en grafía árabe y transcripción, se refieren a costumbres y cuentos populares. Al final se incluye su traducción y un pequeño vocabulario que “contiene las voces y modismos que no se encuentran en los diccionarios clásicos o aparecen en estos con acepciones distintas” (p. VII). A esta obra le sigue la de José A. Martínez Drisien[34], Lecturas de árabe vulgar, que se editaron en 1952. Se trata de una colección de dieciséis cuentos en letras árabes, seguidos cada uno del vocabulario más relevante en grafía árabe y transcripción latina. Van acompañados al final de una colección de refranes, también en árabe y transcripción, con su correspondiente traducción y explicación. Se incluye un glosario con voces y giros que figuran al final de cada capítulo. El objetivo principal –como dice Martínez Drisien en la introducción– es recoger una selección de textos y ofrecer material de estudio a los estudiantes de árabe marroquí. Y terminamos con Jaime Busquets[35] y su libro El hijo del sultán y la hija del carpintero, publicado en 1953. En la introducción (pp. 9-10), de valor dialectológico para los investigadores en esta materia, describe los rasgos del dialecto árabe de Tetuán, nos dice el nombre de su informante y que fue recogido en 1935. Emplea la grafía árabe y una transcripción basada en el sistema fonético internacional simplificando las vocales. El texto va acompañado de una traducción y un vocabulario con todas las voces empleadas.
En la segunda categoría, la de los vocabularios, contamos, en primer lugar con el Vocabulario militar hispano-mogrebino redactado por Antonio García Pérez[36] en 1907. Se trata de un pequeño glosario de treinta páginas, en grafía árabe y transcripción, que está dedicado al General de División D. Ramón Echagüe y Méndez-Vigo, conde del Serrallo. Poco después, aparece el Pequeño Vocabulario hispano-marroquí, que escribieran Ribera y Asín en 1913 y que ha sido expuesto en § 1.1. Otro Vocabulario español-árabe de corta extensión, sesenta y tres páginas, sólo en transcripción, ve la luz en 1922. Su autor es Enrique Escribano. El vocabulario de mil quinientas voces está agrupado por campos semánticos y a partir de la página treinta y tres comienza un diccionario. Le sigue el Vocabulario de Árabe Marroquí de la Zona Española de Marruecos, publicado en 1943 y escrito por un tal C.B.C., abreviaturas que se corresponden con Comandante Beneitez Cantero[37], quien en 1952, como anotamos más abajo, volverá a publicar su obra. Este trabajo, que emplea las normas de transcripción propuestas por la Delegación de Asuntos Indígenas para los escritos oficiales, y a las que añade algunas precisiones, se inicia con nombres de cargos, oficios y profesiones, saludos y algunas frases de interés. Más adelante aparece el Diccionario arábigo-español, escrito al alimón por José Solís Pascual y José Madrid López en 1950[38]. En el prólogo a la obra, escrito por Tomás García Figueras, se dice que la obra ha sido hecha en El-Aiún, Cabo Juby y Tantán, habiéndose consultado las publicaciones españolas y extranjeras que hasta el momento se habían publicado sobre este tema, añadiéndose que se han introducido nuevas voces del Sáhara, de otras regiones de Marruecos –imaginamos que de la zona del Protectorado español en el Norte– y del árabe literal. En la introducción de los autores, éstos hablan de árabe marroquí, a pesar de que su fuente de información más importante es el Sáhara, y de que dicen que han incluido voces empleadas en Argelia y orientales. La obra va acompañada de un texto en el que se orienta al usuario sobre su uso, y una tabla de las formas verbales derivadas, con participios activos y pasivos. Y, por último, el Vocabulario de árabe marroquí de la zona española de Marruecos, escrito por Valentín Beneitez Cantero y publicado en 1952. Los dos autores anteriores, Pascual y López, mencionan en su introducción a Beneitez, quien puso a su disposición las oficinas de prensa de la Delegación de Asuntos Indígenas de Tetuán en donde continuaron la composición de su Diccionario. De este autor, reproducimos aquí las recomendaciones que da para aprender árabe marroquí en su prólogo: “Creo que el mejor procedimiento para aprender el Árabe Vulgar en Marruecos, es ir hablándolo por lo que se oiga a los musulmanes. Cuando se haya iniciado en la conversación, cualquier texto –de los varios que existen– y un buen profesor, harán el resto. Pero sobre todo, para soltarse a hablar, de todo punto necesario sacudirse la vergüenza que produce el creer que lo hace uno mal y que los demás se van a reír”.
Cerramos este apartado incluyendo aquí una obra que fue publicada mucho después de que acabara el Protectorado, en 1982. Se trata del Árabe vulgar escrita por Manuel Martínez Marín que fue, y así se hace constar en la portada, “traductor, por oposición, de la escala técnica del cuerpo de interpretación de árabe y bereber” y en la introducción dice que fue “alumno del Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán”. Lo redactó porque en la UNED de Melilla se había empezado a impartir el “árabe dialectal”. La estructura de la obra nos recuerda a las que hemos analizado. Está enteramente en transcripción y se compone de cincuenta y una lecciones; cada una de ellas consta de frases en árabe marroquí seguidas de contenidos gramaticales y al final del libro ofrece la conjugación de algunos verbos y un pequeño glosario.
Árabe marroquí y árabe clásico: ¿una misma lengua o dos diferentes?
En el apartado § 1.1, veíamos cuál era la concepción que Lerchundi y Codera tenían de este asunto. Para ambos estaba claro que la lengua era una y que el árabe marroquí era un registro con una estructura simplificada. Por consiguiente, desde estos presupuestos, no podía denominarse al árabe marroquí sino “árabe vulgar” o “árabe dialectal marroquí”. En un artículo anterior (Moscoso 2010c) abordamos la cuestión de si llamar al árabe marroquí dialecto o lengua, decantándonos por la segunda acepción y proponiendo unas pautas para una posible estandarización. Entonces argumentábamos: “Aunque la cuestión no está clara entre los especialistas, creemos que pensar que los diferentes registros árabes surgen a partir de la lengua del Corán como consecuencia del posterior contacto de los árabes con las poblaciones que iban conquistando, resulta un tanto simplificador y creemos que se apoya en una conciencia religiosa y política que pretende salvar como primigenio el registro coránico. Lo más acertado y lógico es pensar que en época preislámica ya existían distintos registros o dialectos árabes, siendo difícil precisar el tronco común del que procedían (Ferrando 2001: 135-145)”. Apoyándonos en este último autor (2001: 83-85), decíamos que “[...] el registro empleado para escribir el texto coránico puede ser el qurayšī, la lengua materna del profeta, una coiné que utilizaban los poetas o una simbiosis de ambas. La teoría que más aceptación tiene es la que mantiene que la lengua del Corán está entre la de al-Ḥiǧāz –occidental– y la de la poesía –oriental–”.
Hay quien argumenta que solo podemos considerar una lengua como tal si posee literatura escrita. Es el caso de Alvar ( :12): “Teniendo en cuenta todas las dudas que suscitan las posiciones extremas, intentaría definir lengua como ‘un sistema lingüístico caracterizado por su fuerte diferenciación, por poseer un alto grado de nivelación, por ser vehículo de una importante tradición literaria y, en ocasiones, por haberse impuesto a sistemas lingüísticos del mismo origen’”. Siguiendo esta premisa, el árabe marroquí no ha llegado a este “alto grado de nivelación” al que sí llegaron el árabe antiguo y el árabe moderno, que se impusieron a cualquier otro registro árabe, y es por lo que debe de ser tratado como “dialecto”, minusvalorando y minorizando toda la expresión literaria oral y los intentos de algunos por crear con la lengua materna desde la escritura, aunque no esté normalizada oficialmente. Pero más adelante, este autor nos da una definición de dialecto en la que podemos apoyarnos para defender el carácter de lengua del árabe marroquí: “dialecto es, de acuerdo con lo que hemos dicho, ‘un sistema de signos desgajado de una lengua común, viva o desaparecida; normalmente, con una concreta limitación geográfica, pero sin una fuerte diferenciación frente a otros de origen común’. De modo secundario, pueden llamarse dialectos ‘las estructuras lingüísticas, simultáneas a otras, que no alcanzan la categoría de lengua’”. (p. 13). El árabe marroquí, al contrario de lo que sostenían Lerchundi y Codera, y apoyándonos en la definición de Alvar, no es un sistema “de signos desgajado de una lengua común”, el árabe clásico –tal como hemos argumentado más arriba en este apartado–, y por consiguiente debe de ser considerado una lengua con pleno derecho a expresarse, de forma oral o escrita. Entendemos que las “estructuras lingüísticas, simultáneas a otras” son aquellas que comparten un mismo sistema y cuyos hablantes pueden mantener una comunicación de forma fluida, a pesar de las variantes. En el caso del árabe marroquí, consideramos estas estructuras las distintas variantes o dialectos que encontramos en las fronteras de Marruecos.
Esta idea de lengua única se repite en los prólogos de algunos de los textos que hemos analizado en este trabajo. Arévalo (1908: XIII) llega a decir que “el árabe vulgar es una corrupción del verdadero árabe llamado clásico o literal”, llegando al extremo de decir que también del árabe clásico procede el turco y el persa, las dos únicas lenguas que han llegado a ser oficiales, mientras que el árabe marroquí o argelino solo “se emplean en la conversación vulgar”. Del “árabe vulgar” que se habla en Marruecos, llega a decir Arévalo, quien vivió en Tánger, que “es el más parecido al castellano no sólo por su construcción gramatical, sino por el sinnúmero de voces que posee de él”, lo cual hace que no sea tan difícil de aprender. En su Método práctico se incluye un apartado titulado “Voces de origen castellano introducidas en el árabe vulgar” (pp. 149-172) que es para el dialectólogo una fuente preciosa para seguir el rastro a los préstamos del español y otras lenguas peninsulares en el árabe marroquí. Fernández Berbiela, en su Ensayo de gramática (1911: V-VI), nos da una explicación detallada de cómo se formó el árabe marroquí. Según él, el árabe se mezcló con la lengua de los habitantes de los países conquistados, en un primer momento acogió “vocablos extraños, viéndose el árabe influido por el persa, el griego, latín, turco, etc.” Más tarde, “el vulgo”, que simplifica la expresión con fines comunicativos, va “suprimiendo mociones, adoptando giros distintos, dando en fin al traste con todas las reglas gramaticales que se oponían a esta brevedad en la enunciación de las palabras, en la expresión de las ideas, para dar forma inmediata al pensamiento”. Y el resultado es el [...] “árabe vulgar o hablado que, por las razones expuestas, se diferenciaba bastante del literal o clásico, y que necesita, por lo tanto, su gramática especial”.
Aragón, en su Árabe dialectal marroquí (1944: 5), ahonda en las mismas ideas, aunque es más claro en su exposición al decir, sencillamente, que el árabe hablado en Marruecos es uno de tantos dialectos que nacen “por la corrupción del árabe literal al contacto con las lenguas indígenas y por influjo de la convivencia europea”. De todos estos autores, quien expone mejor esta teoría es Valderrama en su Manual del maestro español (1952: 36). El árabe marroquí es un dialecto del “árabe puro, literal o clásico”, y la misma situación es la que podemos encontrar en el resto de países árabes, añadiendo que este solo se emplea “en la escritura y en el lenguaje de cátedra y conferencia”, comparando esta situación de diglosia con la del “latín de Cicerón en sus discursos y el sermus rusticus del hombre de la calle”. Pero hay algo novedoso en Valderrama (1952: 157-158) en la descripción de los registros del árabe, divididos en clásico, vulgar y moderno. A la situación diglósica que se mantenía hasta entonces, él introduce un nuevo registro que llama “árabe moderno”, que es el resultado del enriquecimiento del árabe clásico con voces modernas de las lenguas europeas, haciendo incluso que la sintaxis haya sufrido modificaciones. Este registro “es una lengua hablada por el elemento culto de las ciudades, que coloca al marroquí en condiciones de poder expresar en árabe la terminología científica, filosófica, industrial y administrativa de las lenguas europeas”. Y además es una lengua hablada y a la que se traducen libros europeos para que se empleen en los centros de enseñanza y en la prensa. El resultado es un registro que varía notablemente con respecto a un texto medieval. Solís y Madrid, en la introducción de su Diccionario, ven en las voces de su diccionario un origen clásico, ya que “el idioma vulgar es una corrupción del literal” (p. XII), y –como Valderrama– entienden la necesidad de incluir en su obra entradas procedentes del registro culto moderno que emplea cada vez más la clase instruida.
¿Qué estudiar antes, árabe marroquí o árabe clásico?
En un interesante trabajo escrito por Gómez Font (2000) sobre la controversia entre estudiar primero uno u otro de los dos registros durante el Protectorado, habiendo analizado el parecer de quince personas, africanistas y arabistas, este autor concluye con una estadística cuyo resultado es el siguiente: “uno habría votado por la necesidad de conocer los dos tipos de árabe; cuatro hubiesen votado a favor del árabe literal y casi en contra de la existencia de estudios de árabe dialectal, y diez se habrían pronunciado por la enseñanza y el uso del árabe marroquí, aunque para dos o tres de ellos ese sería el primer paso para ponerse a conocer y estudiar el árabe literal” (pp. 140-141). Nosotros, presentamos a continuación este debate a través de las obras que hemos consultado.
Linares Rubio (1941:5), en su Manual de conversación hace alusión a las “polémicas sobre, si es preferible anteponer la enseñanza del árabe vulgar, la del árabe clásico o literal, o viceversa; si ha de ser aprendido antes el idioma de la calle”. Haciendo mención a Lerchundi, recuerda que el árabe que todos entienden en Marruecos es el “árabe vulgar”. El autor se queja de que no se ha hecho el esfuerzo necesario para difundir el estudio de este idioma, ya que “se ha generalizado la creencia de que no es un idioma de porvenir”, existiendo “una apatía absoluta por todo lo que sea aprender árabe y solo hay que buscar el origen de este fenómeno, en la falta de utilidad práctica que se le supone”.
El pionero en esta polémica fue El-Kazen, que en su Silabario publicado en 1900, defiende que el estudio del árabe literal facilita y es indispensable para emprender el estudio del “árabe vulgar” (1900: IX). Arévalo (1908: XIII), pocos años después, afirma que una vez que se haya aprendido el dialecto, no vendría mal aprender algunas nociones de árabe clásico “á fin de poder leerlo y escribirlo con alguna ortografía”. Fernández Berbiela (1911: VI-VII) es categórico al respecto y dice que “en opinión de los doctos indígenas y los eminentes arabistas”, hay que estudiar primero el literal y luego el “vulgar”. Aunque puntualiza y argumenta que este proceder solo sirve para aquellos que quieran estudiar filosofía o literatura, pero no para quien persiga solo objetivos comerciales, industriales o diplomáticos. Estos solo buscan “entablar relaciones con ellos”, y solo les serviría el árabe literal para relacionarse con “algunos tólba o fókha o sea los intelectuales del país [...]”. Villalta y Llamas, en su obra Método práctico, aparecida en 1919, es quizás el más contundente en su opinión, que queda reflejada en la introducción a su obra. Este autor considera más práctico el estudio del árabe marroquí en primer lugar y luego el literal, aseverando que el aprendizaje de este será más provechoso habiendo estudiado primero aquel: “[...] a cambiar con ellos las ideas más esenciales dándose a comprender y comprendiendo fácilmente sin buscar rodeos literarios, pues al aprendizaje del árabe literal podrán dedicarse mas tarde y con mayor provecho” (pp. 7-8) y además: “De todos es sabido que bajo el punto de vista práctico, el árabe llamado vulgar tiene una marcada superioridad sobre el literal ya que todos los indígenas le hablan y comprenden, mientras que el último solo es para cierto número de letrados” (pp. 8-9).
En la misma línea que Fernández Berbiela, aunque introduciendo un tercer registro, el árabe moderno, Valderrama (1952: 157), defiende que solo quien tenga un interés filológico estudie el registro clásico, que quien lo necesite por su profesión o porque quieran hacer turismo, que aprenda “el árabe vulgar” y los demás aprendan el árabe moderno. Aragón (1944: 5) también es claro y afirma que su enseñanza del “árabe vulgar” tiene dos fines: que el discente se relacione con los marroquíes y despertar en el alumno el interés por aprender “el árabe literal, el único y maravilloso árabe”. Y esto –afirma– es lo que le ha conducido a emplear la grafía árabe en la enseñanza del dialecto, “huyendo tan pronto como posible de la pronunciación figurada, como tal, imperfecta e insista para que algún amigo marroquí repita numerosas veces la letra hasta que aprenda su correcta pronunciación”. Codera, como hemos visto en §1.1. es dogmático, primero hay que estudiar árabe clásico y luego el “árabe vulgar”. Ya hemos hablado sobre la visión de Codera, por lo que solo recordaremos que su manera de entender el estudio del árabe caló en el arabismo español y todavía existe entre algunos colegas esta idea.
Nos ha llamado la atención haber encontrado sólo una obra, junto al diccionario de Solís y Madrid, dedicada al hasanía, aunque su autor ya nos advierte en la introducción que no hay nada escrito en español sobre este registro (p. 7). Nos referimos a Algo sobre el hasanía o dialecto árabe que se habla en el Sáhara Atlántico, publicada en 1940 y escrita por Antonio de Oro Pulido. Está dividida en veinte lecciones basadas en el verbo, en diferentes situaciones de conversación y refranes. Es cierto que este autor no se hace la pregunta de qué estudiar antes, si el árabe marroquí o el árabe clásico, pero sí se da a entender que lo correcto sería primero el registro clásico, ya que asevera lo siguiente: “[...] no tenemos la pretensión de que sea de utilidad para los que no tengan ningún conocimiento de árabe, cosa que nos llevaría un tiempo del que no disponemos” (pp. 6-7). Por otra parte, es interesante resaltar su idea de que quien conozca el “árabe vulgar” que se habla en el Protectorado español del norte de Marruecos “[...] puede hacerse entender aquí desde el momento que llegue y, con un poco tesón, hablar en corto plazo de forma parecida a los habitantes del país” (p. 5). Igualmente cierto también sería que alguien que haya estudiado primero hasanía, pudiera luego ir al Norte y adquirir la variante hablada en esta zona. El árabe que se habla en Maruecos se divide en tres zonas dialectales: norte, centro y sur. Esta última se extiende desde el valle del Draa hasta Mauritania y se conoce con el nombre de hasanía[39]. Para Oro Pulido, la diferencia entre el árabe del norte y del sur es la misma “que existe entre un andaluz cerrado y un asturiano” (p. 6).
¿Transcripción o grafía árabe?
En cuanto a este asunto, en general, la mayoría de los autores emplean la transcripción junto a la grafía árabe, a excepción de algunos que optan solo por la transcripción por motivos que veremos argumentados más adelante y una obra se vale sólo de la grafía árabe. Partimos en este apartado del Silabario que escribió El-Kazen, publicado en 1900, el cual –según su autor– “ha sido adoptado, aún antes de imprimirse, en todas las escuelas de Tánger” y “una enseñanza de muchos años en Tánger ha podido comprobar su eficacia” (p. III). Con respecto a la grafía árabe, El-Kazen destaca su sencillez y facilidad para ser aprendida, incluso más que la de las lenguas europeas. El docente, como hemos dicho en el apartado anterior, recomienda estudiar primero árabe literal y luego el “vulgar” y esto es lo que le mueve a enseñar la grafía árabe para la enseñanza del árabe marroquí. El método que emplea es a través de la lectura por sílabas, asegurando que en un mes se puede llegar conocerla (pp. VIII-IX). Hay otro Silabario que es publicado por Arévalo en 1908, quien también viene a defender que la grafía árabe es más sencilla que las lenguas europeas “por no existir ninguna discrepancia entre ella y su pronunciación” (p. IV). Valenzuela (1957: 14) es tajante al afirmar que escribir la transcripción junto a la grafía árabe “es acumular dificultades fatigosas”, aunque no prescinde de ella, sino que propone –a su parecer– una forma sencilla de hacerlo “[...] porque los árabes dan cierta independencia a la consonante sin vocal, y aun cuando puedan ligarla a la letra siguiente, formando una sílaba compuesta como las castellanas, no lo hacen. Por eso he creído que, como forzosamente la pronunciación figurada ha de ser siempre aproximada, era preferible optar por la más fácil y más cómoda a nuestra fonética, y en modo alguno no más inexacta que las anteriormente mencionadas”. “El perfeccionamiento en la pronunciación no se adquiere en ningún idioma desde los primeros estudios, sino que viene más adelante y a fuerza de práctica”. Antonio de Oro Pulido emplea tanto la grafía árabe como la transcripción en su obra sobre el hasanía, aparecida en 1940, aunque no es muy partidario de esta: “[...] la pronunciación figurada, cuando se quiere estudiar un idioma, especialmente tratándose del árabe, más que una ayuda, como parece a quien empieza a estudiar, es un estorbo que termina viciando la pronunciación” (p. 9). Por otro lado, Solís y Madrid, sin valorar la necesidad de transcribir o no, emplean en su diccionario únicamente la grafía árabe y ordenan las entradas por raíces.
En otro extremo se sitúa Valderrama (1952: 159), quien considera que “el árabe marroquí no se escribe”, recomendando que no se emplee la grafía árabe sino la transcripción por una sencilla razón, porque “si más adelante se aprende el árabe literal, entonces será muy corriente equivocarse bajo la influencia de la escritura de las voces marroquíes. Solo el pueblo inculto, sin conocimiento del árabe clásico, pero en posesión de los caracteres escritos, los empleará para escribir una carta cuya lectura nos hará el efecto del más vulgar estilo dialectal andaluz en comparación con el castellano correcto”. Es lo mismo que repite en la introducción a sus dos tomos del Método de árabe dialectal marroquí. Del mismo parecer son Gómez Martínez et al. (1955: 5), añadiendo que la grafía árabe dificulta el aprendizaje de un español. En el programa de estudios del Bachillerato hispano-marroquí (1948: 11), en el apartado dedicado al Cuestionario de árabe marroquí para españoles se abordan una serie de cuestiones de tipo didáctico como el carácter práctico de la misma para que el alumno consiga en un plazo de cinco cursos los objetivos perseguidos. Para el primer curso, se propone que no se abuse de términos y comparaciones gramaticales y se adquieran doscientas cincuenta palabras, cuidando la pronunciación. Y más adelante, se añade que “no es preciso enseñar el alfabeto árabe, ya que el árabe marroquí no se escribe”, porque “podría dar lugar a dificultades de pronunciación cuando el alumno llegue a estudiar el árabe literal”, proponiendo el sistema oficial de transcripción en aquel momento, que imaginamos sería el de las Normas de Transcripción editadas por la Delegación de Asuntos Indígenas.
Alcántara (1923: 2) es más conciliador. Después de anotar que lo que se ha editado para aprender árabe marroquí se ha hecho en grafía árabe y transcripción, argumenta que la primera forma de escribir el árabe es “natural para enseñar el idioma sólidamente desde su principio”, aunque apostilla diciendo que es “muy difícil para aquellas personas que carecen de medios, o que por sus obligaciones no pueden asistir a clase (que hay muy pocas), donde se les enseñe la pronunciación exacta...” Con esta justificación, opta en su Árabe vulgar al alcance de todos por la transcripción.
El divorcio consumado ente el arabismo y el africanismo se produjo a raíz de la salida de los arabistas del Centro de Estudios Históricos, dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios, en los años 10 del siglo pasado. Ribera, tras su viaje a Marruecos a finales del siglo XIX, comprendió perfectamente la necesidad de que el arabismo se abriese a Marruecos proponiendo, entre otros asuntos, el estudio del árabe marroquí. Esta idea se plasmó en el proyecto de apertura de un Centro de Arabistas. Es muy probable que también influyera en esta separación el pensamiento de Codera, quien no comprendía que el árabe marroquí se enseñara en la Universidad, aunque sí en las Escuelas de Comercio y Centros Comerciales, y ello, después de haber estudiado árabe clásico. El monolingüismo militante del padre de los arabistas contemporáneos y, probablemente, su rechazo de la lengua árabe hablada en cualquiera de sus registros, mantuvo alejada a la Universidad Española del estudio del árabe marroquí hasta tiempos no muy recientes.
Durante el Protectorado, el estudio de una de las lenguas maternas de nuestros vecinos solo fue acogido, principalmente, en las Escuelas de Comercio, los Centros Comerciales y las Cámaras de Comercio de España. En territorio marroquí, su enseñanza destacó en la Academia de Árabe y Bereber primero y después en el Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán.
Los métodos que se emplearon para su aprendizaje estaban basados sobre todo en dos corrientes metodológicas: “la tradicional o gramatical” y la “situacional de la lengua”. En la mayor parte de ellos se concibe la lengua árabe como una, considerándose el árabe marroquí como una “corrupción” del árabe clásico. Esta idea les lleva a denominarlo “árabe vulgar” o “árabe dialectal marroquí”. En general, también se coincide en que primero hay que aprender el árabe literal y luego el marroquí, aunque si el interés es comunicarse con fines comerciales o militares, es posible empezar con el segundo registro. Y finalmente, se emplea la transcripción latina y la grafía árabe, pero hay autores –Valderrama es el ejemplo– que abogan solo por la transcripción, porque si después se aprende el árabe literal, el discente puede equivocarse al haber aprendido el árabe marroquí con las letras árabes.
Manuales, diccionarios y textos analizados
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ARAGÓN CAÑIZARES, José (1944): Árabe dialectal marroquí. Primera parte. Larache, Editora marroquí.
ARAGÓN CAÑIZARES, José (1950): Cartilla escolar de árabe. Primera parte. Tetuán, Editora Marroquí.
ARAGÓN CAÑIZARES, José (1950): Cartilla escolar de árabe. Segunda parte. Tetuán, Editora Marroquí.
ARAGÓN, José (1940): Árabe dialectal marroquí. Segunda parte. Tetuán, Editora Marroquí.
ARÉVALO, Rafael (1906): El español en Marruecos. Método sencillísimo y práctico para hablar el árabe marroquí por medio de la pronunciación figurada. Tánger, Librería española.
ARÉVALO, Rafael (1908a): Silabario árabe. Primera parte. Método práctico para hablar el árabe marroquí. Tánger, A. Arévalo, Librería española.
ARÉVALO, Rafael (1908b): Método práctico para hablar el árabe marroquí. Precedido de un Silabario práctico de lectura y escritura. Tánger, A. Arévalo, Librería Española.
ARÉVALO, Rafael (1951): Ejercicios de árabe marroquí. Primer curso [en español mecanografiado y con grafía árabe a mano].
ARÉVALO, Rafael (sin año): Ejercicios progresivos de árabe. El que se habla en Marruecos. Primer curso. Barcelona.
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BENEITEZ CANTERO, Valentín (1952): Vocabulario de árabe marroquí de la zona española de Marruecos. Larache, Editora Marroquí.
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C. B. C. (1943): Vocabulario de Árabe Marroquí de la Zona Española de Marruecos. Larache, Editora Marroquí.
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EL-KAZEN, Miguel A. F. (1900): Nuevo silabario árabe-español. Traducido del francés por A. S. Tánger, Imprenta de la Misión católica.
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FERNÁNDEZ BERBIELA, Mariano (1916): Ensayo de gramática de árabe vulgar. Clave de ejercicios y tema. Madrid, Imprenta de Blas y Cía.
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[1] Moscoso 2011b, 2011a, 2010a, 2010b, 2012 y 2000-2001.
[2] Que apareció en la revista quincenal España en África, órgano de los centros comerciales hispano-marroquíes, a partir del número 13 del 15 de mayo de 1906. La referencia exacta es: CUEVAS, ALFONSO. 1906. Gramática Árabe. Barcelona, Imprenta de la Revista “España en África”. Está dedicada a Don José Roig y Bergadá, presidente del Centro Comercial Hispano-Marroquí de Barcelona, en donde Cuevas fue profesor. Hemos podido consultar la revista, con su correspondiente entrega de la Gramática, hasta el 30 de octubre de 1906. En el siguiente número al que hemos tenido acceso, 30 de diciembre de ese año, ya no aparece. Desconocemos si se siguió publicando con posterioridad, ya que no hemos podido tener acceso a posteriores números.
[3] Cf. Boletín Oficial del Protectorado 1 de 10 de abril de 1913.
[4] Sobre esto, puede consultarse García Figueras (1940: 13) y, en la misma obra, la “Memoria sobre la situación presente de la Enseñanza en la Zona del Protectorado de España en Marruecos” escrita por Julián Ribera (pp. 15-23).
[5] Acerca de esto, cf. González 2010. Puede descargarse en este artículo, cuyo enlace se recoge en la Bibliografía de este trabajo, el Pequeño Vocabulario, que fue publicado en el Anejo al Boletín Oficial de la Zona de Influencia Española en Marruecos, 31 pp.
[6] Este y otro publicado en 1907 en El Imparcial aparecen íntegros en López 2008.
[7] Sobre la Junta y los arabistas que participaron en ella, puede consultarse el detallado estudio que ofrecen Marín et al. (2009: 107-138).
[8] Catedrático de árabe en la Escuela de Comercio de Barcelona cuando publica el libro sobre los textos de Larache. Luego fue catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada (Ramallo 1976: 87 y Escuela de Estudios Árabes de Granada, p. 24.)
[9] Cf. Corriente 1977: XI.
[10] Sobre este autor, cf. Feria & Arias 2005, Moscoso 2006 y Moscoso 2007.
[11] Sobre este autor, hemos podido consultar sus trabajos de 1906, 1908a, 1908b, 1951 y uno sin año.
[12] Puede consultarse el artículo en la sección “Enseñanza-Cultura”, p. 484 de la Biblioteca García Figueras, Miscelánea España en África. Tomo LXVI, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de España.
[13] Véase más adelante en esta sección la alusión que se hace a la creación de una cátedra de “árabe vulgar” en el Centro Comercial Hispano-Marroquí de Barcelona en 1906.
[14] María del Rosario Jardiel Poncela, hermana del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela.
[15] Gramática árabe. Barcelona, 1906 (Gómez Font 1995a: 18).
[16] Pero, contradiciendo esta fecha, en la portada de la revista quincenal España en África –15 de mayo de 1906, año II, número 13– hay una columna en la que se habla de la inauguración, el 7 de abril de 1906, de una cátedra de árabe vulgar “establecida a expensas del Centro Comercial Hispano-Marroquí de Barcelona”. En este número, y empezando en la misma columna en la que se ofrece esta noticia, se recoge la memoria hecha por el secretario del mencionado Centro, D. Adolfo Alegret. En ella se dice que hace un año que se han inaugurado los centros comerciales hispano-marroquíes de Madrid, Barcelona, Ceuta y Tánger. En el texto de la Memoria se recoge el espíritu que guiaron a estos centros. Destacamos de este discurso las siguientes palabras, que expresan el espíritu colonizador: “Convino en que no hay que pensar en una política guerrera y de conquista, é hizo observar que la civilización no se extiende únicamente por estos medios, sino por los de la paz, por la creación de colonias, como la hicieron los fenicios y los rodios” […] “Llamó la atención sobre el hecho de que Marruecos, no civilizado, es un peligro que reclama á cada instante la atención de las potencias y que, en cambio civilizado e independiente, es una garantía para nosotros, que no debemos pensar de ningún modo en su conquista, pero sí en su civilización, que ha de ser española”. Por otro lado, en la Memoria, se hace alusión al discurso que pronunció Cuevas, a quien se le adjudica la cátedra de “árabe vulgar”, con motivo de su inauguración, el cual estuvo basado en “un concienzudo resumen de los caracteres que distinguen la lengua árabe vulgar, de sus diferencias con el clásico, de su estructura, formación y particularidad gramaticales, dando muestras de sus profundos conocimientos en la materia”.
[17] Quien nació en Marruecos, de familia española, y publicó en la revista España en África una gramática árabe a partir del número 13 del 15 de mayo de 1906 (López 2008: 145).
[18] (Melilla 1912- Madrid 2004). Estudió Filosofía y Letras en Granada (sección Filología Semítica), se doctoró por la Universidad de Madrid en 1951, trabajó veintiséis años en Marruecos como maestro, catedrático de lengua española en el Instituto Marroquí de Enseñanza Media de Tetuán, fue profesor de sociología marroquí y asesor de educación para la Alta Comisaría de España en Marruecos. Y después de la independencia, destacó en su etapa como funcionario de la Unesco para cuestiones educativas (cf. Homenaje).
[19] Sobre los distintos métodos que se han empleado a lo largo de la historia de la enseñanza de las lenguas, cf. Pastor 2006: 131-169.
[20] “Semanario que se editaba en Tarifa, con gran parte de noticias de la ciudad de Tánger y el norte de África. Comenzó a publicarse en el año 1904 y terminó a los cuatro años. Fue el órgano del sindicato español en el norte de África. Fue fundado y dirigido por Saturnino Jiménez” (En: “Compendio tangerino, Diccionario de Tánger, Enciclopedia tangerina” - http://sanfrancisco70.jimdo.com/letra-e-2-e-h-a-ez/).
[21] En portada se dice que es “capitán de Estado Mayor del Ejército de la Comisión del Cuerpo en Marruecos”.
[22] Comandante Mayor del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla núm. 2.
[23] En el prólogo escrito por Enrique Arques (pp. 1-2), se dice del autor que estudió en la Universidad de Beirut y que es recopilador de literatura popular. Destacamos que el prologuista le da el tratamiento de arabista y no africanista. Sobre el libro, Arques dice: “He aquí un libro bien útil a la acción de España en Marruecos. Será desde hoy compañero inseparable del comerciante, del viajero, del hombre de negocios, del funcionario del protectorado, de cuantos vengan en nombre de la colonización a crear un interés y a afianzar más nuestra influencia en tierra de moros”.
[24] En la portada de su obra queda reflejado que es “Funcionario de Telégrafos del Protectorado español en Marruecos”.
[25] Se dice que es Teniente de infantería, Diplomado de Árabe, Premio Extraordinario, Profesor con Concurso de la Academia de Árabe de Larache, y de Francés y Dibujo de la misma plaza, Caballero de la Orden Hafidiana-Xerifiana, etc. La obra está dedicada al Teniente Coronel Don Salvador Múgica Buigas.
[26] En la portada del Método consta que es “Intérprete de 1ª y Profesor Mercantil, con destino en la Delegación General de la Alta Comisaría de España en Marruecos, diplomado por el Ministerio de la Guerra, en los idiomas Árabe y Chelja (rifeño); Ex-profesor-Secretario de la Academia Oficial de Árabe, de Melilla; Ex-director de la de Arzila; y en los Diálogos figura que es “intérprete de 3ª clase de la Carrera de Intérpretes del Ministerio de Estado, agregado a la Alta Comisaría de España en Marruecos. Primer Intérprete de la Dirección de Intervención Civil y Asuntos Generales. Intérprete afecto a los Tribunales de Justicia de la Zona”.
[27] En la primera página se anota que el autor es Intérprete de 1ª y Profesor Mercantil, con destino en la Delegación General de la Alta Comisaría de España en Marruecos, diplomado por el Ministerio de la Guerra, en los idiomas Árabe y Chelja (rifeño); ex-profesor-secretario de la Academia Oficial de Árabe de Melilla; ex-director de la de Arzila.
[28] Se hace constar en la portada que es aspirante a joven de lenguas en la Legación de España en Marruecos. La segunda parte del libro de Zarrouk (2009) está dedicado a los truchimanes Reginaldo Ruiz Orsatti y Clemente Cerdeira como los más destacados de la etapa del Protectorado hasta 1939. El libro acaba con un epílogo en el que se le dedica una parte a Reginaldo Ruiz Orsatti y Emilio Álvarez Sanz y Tubau, truchimanes que siguieron trabajando para el régimen franquista y murieron en 1945.
[29] En la portada queda constancia de que fue “comandante de Infantería. Sub-gobernador Político-Militar que fue de la Costa Occidental de África y Jefe Principal de las Factorías de Río de Oro. Actualmente Jefe Instructor Español de la Policía Militar de Marruecos”.
[30] En portada se recoge que el autor es “capitán de Infantería, con diploma y premio de posesión completa del idioma y profesor de la Academia de Ceuta”.
[31] En portada se dice que Yebbur es “profesor de árabe vulgar en el Centro de Estudios Marroquíes e Intérprete Traductor del Cuerpo de Interpretación” y Abbud “Profesor de árabe literal en el Centro de Estudios Marroquíes”.
[32] Profesores del Centro de Estudios Marroquíes. Así queda patente en la portada de los libros. En su Cartilla escolar de árabe (1950), se dice de Aragón Cañizares que es “profesor por oposición de los Grupos Escolares Españoles de la Zona”
[33] En la portada de la Primera parte se dice que Aragón es “profesor de árabe, por oposición, de los grupos escolares españoles de la zona”. Y en una carta de la Delegación de Educación y Cultura que recoge al inicio: “traductor de 3ª clase de la Escala Técnica del Cuerpo de Interpretación de Árabe y Bereber”.
[34] En portada está escrito: “Traductor de 1ª clase, jefe de negociado de Primera de la Escala técnica del cuerpo de Interpretación de árabe y bereber, diplomado del Centro de Estudios Marroquíes, jefe del Servicio de Interpretación de la Delegación de Cultura”.
[35] Profesor de Lengua árabe en el Estudio General Luliano de Mallorca y Catedrático de Árabe Vulgar de Mallorca.
[36] Se dice en la obra que el autor es capitán de infantería y diplomado de E. M.
[37] Comandante de Caballería y profesor en la Escuela de Interventores (dato proporcionado en Solís & Madrid, Diccionario arábigo-español).
[38] Del primer autor se dice que fue capitán y del segundo teniente, ambos del grupo de tiradores de Ifni, número 1. La obra, que contiene 630 páginas, ha sido revisada por el teniente coronel D. Luciano Garriga Gil, Interventor Territorial.
[39] Acerca de esto, cf. Heath 2002, 1-10.

References: Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 Real Decreto 
 artículo 29
 artículo 30
 artículo 31
 artículo 33
 artículo 4