Source: https://www.marxists.org/espanol/mandel/1960/julio/a.htm
Timestamp: 2019-10-15 04:55:34+00:00

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Ernest Mandel: Treinta preguntas y treinta respuestas
Treinta preguntas y treinta respuestas en torno a la nueva "Historia del Partido Comunista de la Union Soviética"
Escrito: Julio 1960
Esta edición: Marxists Internet Archive, septiembre de 2009.
1. Desarrollo y enseñanza de la revolución de octubre
2. Origen y luchas de la oposición de izquierda en el partido bolchevique
3. La explicación marxista del ”culto de la personalidad”, es decir, de la/ época de la dictadura staliniana
En el XX congreso del partido comunista de la Unión Soviética, Mikoyan afirmó, de paso, que el Manual de historia del partido comunista bolchevique de la URSS, editado en 1938 por una comisión del comité central de dicho partido, no era ni suficiente, ni verdaderamente marxista. Otros oradores, citando ejemplos precisos, le siguieron los pasos. La historiadora Pankratova afirmó audazmente que el Manual contenía falsificaciones históricas, y pidió que se publicara una nueva versión, científica, de la historia del partido. En su informe secreto, Kruschev ridiculizó la forma en que Stalin había hecho es­cribir su propio elogio en esa historia.
Al cabo de tres años de esfuerzos, he aquí que la nueva ver­sión de la historia' del partido comunista soviético acaba de salir a la luz. Es obra de un colectivo compuesto por Ponomarev, Volkov, Volin, Zaintsez, Kuckin, Mints, Slepov, Sobolev, Timofeienski, Khovtov y Chiateguin. En su mayoría son autores poco conocidos, exceptuando a Ponomarev, que es uno de los jefes de la sección agitprop del comité central del PC soviético. Una primera traducción de esta larga obra acaba de publicarle en Italia, en Editori Riuniti. Tiene nada menos que 812 páginas. Es esta traducción la que someteremos ahora a un examen crítico.
La nueva Historia difiere del viejo Manual staliniano en tres aspectos principales, dos de ellos formales y uno sustancial. Hace un análisis más extenso de algunos fenómenos objetivos, así como de las principales obras de Lenin, y da cuenta con mayor detalle de la prehistoria del movimiento obrero ruso. Prolonga la historia de la URSS, que en el Manual se detenía en el año 1938, hasta el XXI congreso, es decir, hasta comienzos de 1959. Modifica – y en parte trastorna – el juicio de la ver­sión staliniana sobre la naturaleza de determinados problemas políticos y económicos que se plantearon en el estado soviético y en el partido comunista entre 1918 y 1938, suprimiendo las más monstruosas de las falsificaciones stalinianas. El viraje más importante concierne a los procesos de Moscú, a los que el Manual de 1938 consagraba todo un subcapítulo. En la nueva versión no se rehabilita a los viejos bolcheviques, dirigentes del partido, miembros del comité central leninista, creadores del estado soviético, que fueron falsa e ignominiosamente acusados de los peores crímenes en el curso de esos procesos. Tampoco se afirma que estos procesos fueran infames comedias. Sencillamente, se pasa en silencio todo ese episodio significativo de lo que hoy la opinión pública oficial de la URSS denomina culto de la personalidad. Los procesos de, Moscú se convierten de este modo, en un no hecho (”an un-fact”), por decirlo con un término de George Orwell.
Este fenómeno refleja una paradoja trágica: el colectivo de autores antes citado, teniendo por punto de partida la eli­minación de una falsificación histórica, ha reemplazado ésta, en definitiva, por una nueva falsificación. Esta última es, indu­dablemente, menos monstruosa que la anterior; pero no deja de ser una falsificación. Es típica de la obra en su conjunto, ya que en ella las interpretaciones abusivas, las mentiras por omi­sión, o incluso las falsifica­ciones puras y simples, siguen con­tándose a centenares, por mucho que se haya dado un tímido paso en dirección a la verdad.
Pero al dar este tímido paso, sin dejar de mantener nume­rosas mentiras ni de fabricar otras nuevas, los autores se han enredado en contradicciones inextricables.
La versión staliniana de la historia del partido bolchevique era, eso sí, coherente. La historia era decididamente maniquea. De un lado, estaban \los buenos, esencialmente Stalin y sus fieles compañeros (con Lenin en un segundo plano). Del otro estaban los malos, los traidores y espías vendidos a las potencias capitalistas, que querían restablecer el capitalismo ya en 1918: eran todos aquellos que se opusieron a Stalin en un momento u otro durante su ascenso al poder.
Para que la historia se ajustara a este esquema simplista, era preciso, naturalmente, trabajar sobre los hechos como si fueran materia plástica. Fechas, personas, acontecimientos, fue­ron transformados inexorablemente, por no hablar ya de las ideas. Esta Historia se remite a la historia real como la pesa­dilla se remite a la realidad vivida. Sus actores toman en prés­tamo a lo real el lívido rostro de los vivos y la forma exterior de las cosas, y ahí acaba el vínculo patente entre verdad y mitología. Pero eso no quita que no sea posible discutirle a ese Manual la virtud de la cohesión interna, haciendo salvedad de algunas contradicciones burdas.[1]
La nueva Historia conserva la mayor parte de esos vicios. Pero al mismo tiempo ha perdido aquella única virtud. El mani­queísmo ha desaparecido; y, sin embargo, era el hilo conductor de esa interpretación demonista de la historia propia de Stalin y del stalinismo. No ha sido reemplazado por ningún otro hilo conductor. La nueva versión se nos muestra, pues, como un amasijo de contradicciones.
El héroe de la historia de la URSS ya no es Stalin, sino el comité central leninista. Pero los autores se cuidan muy mucho de nombrar a los miembros de este comité central, ya sea en 1917, en 1920, en 1923, o, incluso, en 1927. Y sus razones tienen: ¡en su mayoría murieron asesinados por el terror staliniano!
Los distintos opositores no son ya espías o agentes a sueldo del imperialismo. Ahora son unos oportunistas, unos revisio­nistas, unos adversarios implacables del leninismo. Aparecen, pues, como representantes de corrientes ideológicas. Pero los autores se guardan de precisar cuáles eran sus ideas, de citar sus obras, sus plataformas, sus artículos. Y sus razones tienen: ¡lo justo de estas ideas estallaría a los ojos de todos lo ciudadanos soviéticos a la luz de las revelaciones del informe se­creto de Kruschev en el XX congreso!
Ya no se pasan en silencio los peores excesos de la era staliniana, ni en lo que se refiere a la violación de la legalidad so­viética ni en lo que se refiere a los errores catastróficos en política económica (especialmente el fracaso evidente de la política agrícola). Pero estos acontecimientos, que cambiaron la suerte de millones de seres humanos, que costaron al pueblo soviético unos sacrificios inhumanos perfectamente evitables, que comportaron la desaparición de todo ese famoso comité central leninista que, según ahora dicen, fue el verdadero crea­dor del estado soviético, estos acontecimientos ¡sólo se expli­can mediante la sola referencia al culto de la personalidad, y, en parte, se disculpan!
Curiosos marxistas esos que interpretan uno de los dramas más terribles de la historia de nuestra época sin ninguna refe­rencia a la lucha de clases, a las luchas entre grupos sociales, a los problemas económicos y sociales, remitiéndose exclusiva­mente a la sicopatología...
No hace falta, pues, ser profeta para predecir que, si el viejo Manual sólo fue considerado como la biblia de los partidos co­munistas durante quince años (1938-1953), no hará falta, segu­ramente, tanto tiempo para que la nueva Historia vaya a hacer compañía al Manual en el montón de las obras de circunstancia olvidadas y despreciadas, y eso si la edición no es directamente destruida. Se publicarán otras historias, que irán siguiendo la misma ruta del olvido, hasta que aparezca una historia sin falsificaciones ni mentiras, sea cual sea el juicio político de sus autores ante los distintos acontecimientos relatados.
Esta evolución es tanto más ineluctable cuanto que, poco a poco, empieza a levantarse en la URSS el velo de silencio so­bre las primeras fases de la historia de la república de los so­viets. Han vuelto a publicarse las actas de los comités centrales de 1917; las de 1918 están en vías de publicación. La célebre obra de John Reed (Los diez días que conmovieron al mundo), las memorias de Antonov Ovseenko, distintos relatos de testi­gos presenciales de la revolución de octubre, han acabado por ser nuevamente editados. El testamento de Lenin, las cartas y las notas escandalosamente eliminadas de las primeras edicio­nes de sus obras completas bajo Stalin[2], han salido a la luz. En estas condiciones, basta con que los jóvenes historiadores, los jóvenes economistas y, simplemente, los jóvenes comunistas, tanto en la URSS como fuera de ella, comparen estos originales con la versión presente de la Historia para que atrapen de in­mediato a sus autores en flagrante delito de deformación. Y no dejarán de hacerlo, ahora que la policía ha perdido el poder de impedírselo o de castigar con la deportación ese crimen de lesa-burocracia.
La reconstitución de la verdad histórica es, en la URSS, un corolario necesario e inevitable de la abolición del régimen bu­rocrático. Necesario, porque el renacimiento del pensamiento marxista no puede tener lugar en el vacío, sino que tiene que partir de lo mejor que haya legado el pasado (lo cual no sig­nifica que se identifique con éste). Inevitable, porque, en su lucha por una verdadera democracia soviética, la joven gene­ración comunista empezará por condenar las violaciones de esta democracia cometidas con todas las tendencias comunistas so­viéticas en la época staliniana.
Así pues, el carácter híbrido de la Historia del PC de la Unión Soviética, a mitad de camino entre las falsificaciones stalinianas y la verdad histórica, no es, a fin de cuentas, más que el reflejo de la realidad soviética de hoy, cuando la presión de las masas y de las condiciones objetivas ha obligado a la burocracia a abolir los aspectos más monstruosos de la dicta­dura staliniana, pero sin que dejen de subsistir, al mismo tiem­po, las características fundamentales de la degeneración buro­crática.
Uno de los aspectos más típicos de la ideología staliniana fue la puesta en cuestión del carácter y la utilidad de una cien­cia objetiva, al menos en lo que se refiere a las ciencias socia­les. La historia, se decía, debe ser un instrumento de la lucha de clases. Y si para conservar el estado soviético, para asegurar el futuro del género humano, para defender los intereses de millones de proletarios, hay que falsificar algunos hechos históricos de segundo orden, tan sólo unos objetivistas pequeño-burgueses podrían resistirse a ello. Ni siquiera hoy se ha abandonado por completo esta teoría entre los cuadros stalinianos.
En realidad, los marxistas afirman precisamente que la verdad histórica es un arma de la lucha de clases, por lo menos en manos de clases o de formaciones sociales progresivas. Son las formaciones históricas conservadoras o reaccionarias, con privilegios que defender y vicios que ocultar, las que tienen que ocultar la verdad o deformarla.
En la lucha de clases, sin duda, el proletariado o su partido no pueden comprometerse a decir la verdad al enemigo bajo cualquier circunstancia. Ningún comandante revelará el estado exacto de sus fuerzas o sus proyectos al adversario en vísperas de una batalla; y ningún sindicalista serio revelará a la patronal, a comienzos de una huelga, sus intenciones, su estrategia o el estado de su caja de resistencia. Pero esto no tiene que ver con la ciencia, ni con la historia. Deformar la historia ante la propia clase o el propio partido significa prostituir un instrumento teórico indispensable para los combates y las victorias presentes y futuras. Mentir a la propia clase significa hacer bajar su nivel de conciencia. Lenin se expresó al respecto con un máximo de claridad, afirmando, en La enfermedad infantil, que es preciso saber aplicar toda táctica ”de tal forma que se eleve, y no que disminuya, el nivel de conciencia general del proletariado, su espíritu revolucionario, su capacidad de luchar y vencer”.
Ahora bien, cuando se falsifica la historia, cuando se miente a la propia clase, cuando se la pone en situación de tener que descubrir tarde o temprano estas mentiras, no se hace más que sembrar la desmoralización, el escepticismo y el cinismo respecto al partido y al marxismo en general. Si se transforma el método marxista de instrumento de análisis crítico de la realidad objetiva en instrumento de apología servil de tal o cual táctica subjetiva de un jefe genial, víctima del culto de su propia personalidad; si en lugar de analizar lo que es real se lo disfraza burdamente, se es entonces incapaz de elaborar una estrategia y una táctica correctas, ya que éstas deben partir de lo real. También se mina la confianza de los trabajadores en sus propias fuerzas y en las de su partido.[3]
Aunque sólo fuera por eso, la rectificación, que vamos a llevar a cabo en las páginas siguientes, de algunas de las más escandalosas de las falsificaciones históricas contenidas en la nueva Historia del PC de la Unión Soviética es enormemente útil y necesaria. Algunos dirán que todo esto son cosas viejas y superadas. Pero el que ignora la historia de su propio movimiento y de su propia clase no está armado para rectificar viejos y nuevos errores. Será incapaz de resolver las tareas que le plantearán las batallas por venir.
La rectificación de las falsedades y mentiras por omisión contenidas en la nueva Historia no sirve tan sólo una causa que nos interesa especialmente: la plena y entera rehabilitación de León Trotsky, de la oposición de izquierda soviética, de todos los viejos bolcheviques. También aporta enseñanzas políticas extremadamente importantes para los revolucionarios de los países atrasados, para los militantes de la revolución colonial, que se encuentran ante problemas estratégicos y tácticos comparables con aquellos frente a los que se encontraban los bolcheviques antes y después de 1917. El estudio de la verdadera historia del PC de la Unión Soviética les ayudaría mucho en la resolución de estos problemas. La nueva Historia del PC de la Unión Soviética, igual que el Manual de 1938, es un obstáculo a superar en la ruta de tal estudio.
1.a pregunta: En toda esta Historia del partido comunista de la Unión Soviética se presenta al comité central leninista como verdadero inspirador, organizador y garante de la victoria de la gran revolución de octubre. Pero se oculta cuidadosamente al lector la composición de este comité central leninista. ¿Cuáles fueron sus miembros antes, durante y después de la victoria de octubre, y cuál fue su suerte ulterior?
Respuesta: En agosto de 1917, veintiún bolcheviques fueron elegidos miembros del comité central. De estos veintiuno, siete murieron de muerte natural: Sverdlov, Lenin, Noguin, Dzerjins­ki, Artem, Kollontai y Stalin. Dos fueron asesinados por la contrarrevolución: Uritski y Shaumian. Once cayeron víctimas del terror staliniano: uno, asesinado por un agente de la GPU en el extranjero (Trotsky), y diez en las mazmorras stalinianas (Zinoviev, Kamenev, Rykov, Bujarin, Miliutin, Krestinski, So­kolnikov, Bubnov, Smilga, Berzin); el restante, Muranov, de­sapareció sin dejar rastro; presumiblemente fue también liqui­dado en 1938.
Entre 1918 y 1921, treinta y un bolcheviques fueron miembros del comité central. De estos treinta y uno, ocho murieron de muerte natural (Lenin, Dzerjinski, Sverdlov, Artem, Noguin, Stutchka, Stalin, Kalinin). Uno fue asesinado por la contrarre­volución (Uritski). Uno fue empujado al suicidio por Stalin (Tomsky). Dieciocho fueron asesinados bajo el terror stalinia­no: Zinoviev, Kamenev, Evdokimov, Smirnov, Trotsky, Radek, Serebriakov, Sokolnikov, Rykov, Bujarin, Rakovski, Beloboro­dov, Smilga, Krestinski, Rudzutak, Bubnov, Miliutin y Preobraz­henski. Uno fue víctima del terror staliniano, pero sobrevivió: Stasova. Uno desapareció sin dejar rastro: Muranov. Uno sigue vivo y en el comité central: Andreev.
En octubre de 1917, se eligió por primera vez un buró político del comité central. Estaba compuesto de siete miembros: Lenin, Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Sokolnikov, Bubnov y Stalin. De estos siete, dos (Lenin y Stalin) murieron de muerte natural; los otros cinco fueron muertos por el terror staliniano. Hasta 1923, formaron parte del buró político: Lenin, Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Stalin, Preobrazhenski, Serebriakov, Tomsky y Rykov. De los diez, ocho fueron víctimas del terror staliniano.
La conclusión está clara: la gran mayoría de los miembros del comité central leninista fueron ejecutados bajo el reinado de Stalin. En la vieja versión de la historia del partido (el Manual de 1938), se explicaba que estos revolucionarios eran, en el fondo, unos contrarrevolucionarios, unos agentes del im­perialismo, unos espías, e incluso fascistas y hitlerianos. Inevi­tablemente, esto reducía los méritos de Lenin: en efecto, ¿qué se puede pensar de un revolucionario que se rodea de una mayoría de contrarrevolucionarios en calidad de sus más fieles colaboradores?
Hoy, Lenin ha sido rehabilitado; su comité central es puesto por las nubes. ¿Cómo no concluir que el exterminio de la ma­yoría de los miembros de este comité central no pudo ser ni un lamentable accidente, ni un simple capricho de un sicópata (el culto de la personalidad), sino que constituye la prueba más tangible de una colosal transformación política de la URSS en­tre la época de Lenin y el triunfo de Stalin? ¿Cómo no concluir que hubo una contrarrevolución, y, más exactamente, una con­trarrevolución política, tal como precisaremos más adelante?
2.a pregunta: ¿Se habla, en la Historia del partido comunista de la Unión Soviética, del papel desempeñado por los miembros de este comité central leninista en la historia del movimiento obrero ruso de antes de 1917?
Respuesta: Se habla de ellos... ¡pero tan sólo para dejarlos mal! Cuando se cita a los eminentes colaboradores de Lenin, a los organizadores del partido, apenas se les menciona. Sólo se citan sus apellidos cuando se trata de emitir críticas vene­nosas. Hay en eso algo totalmente ilógico. Nos falta espacio para examinar todas estas críticas. Pero aunque fueran exactas segui­ría habiendo mentira por omisión. ¿Cómo suponer, en efecto, que, durante la revolución y los primeros años del poder sovié­tico, Lenin propusiera un comité central cuyos miembros sólo tuvieran en su activo... una serie de errores?
Algunas veces, estas mentiras por omisión llegan a ser grotescas. Así, por ejemplo, se olvida (t. I, p. 193) que Kamenev fue enviado a Rusia por el comité central, en 1914, para dirigir la fracción de la Duma y la Pravda. Se olvida que Zinoviev fue elegido presidente de la Internacional Comunista en su congre­so fundacional, y que ocupó este puesto hasta 1926. Se olvida incluso la composición de la delegación bolchevique en este congreso; y no faltan razones: la componían Lenin, Trotsky, Zinoviev, Stalin, Bujarin y Chicherin. Se olvida que los soviéti­cos miembros del ejecutivo dela IC eran Lenin, Trotsky, Zi­noviev, Bujarin y Radek. Se olvida que fue Trotsky el que habló en nombre de la fracción bolchevique en el Preparlamento, anun­ciando que esta fracción iba a abandonar la asamblea (pp. 253­-54, t. I). Se olvida el dar la composición del primer gobierno revolucionario (el consejo de los comisarios del pueblo presi­dido por Lenin, elegido en el segundo congreso panruso de los soviets) (t. I, p. 260); composición que puede encontrarse, sin embargo, en el libro de John Reed, que actualmente se vende en la URSS: Lenin, Miliutin, Chliapnikov, Antonov-Ovseenko, Kri­lenko, Dybenko, Noguin, Lunacharski, Stepanov, Trotsky, Lo­mov, Teodorovich, Avilov, Stalin...
3.a pregunta: ¿Cuáles eran las tareas que tenía que resolver la revolución rusa de 1917?
Respuesta: La revolución rusa derribó el poder de la burgue­sía y de los terratenientes, estableció la dictadura del proleta­riado y abrió la vía para la expropiación de los capitalistas y la nacionalización de los medios de producción. Al mismo tiempo, resolvió las principales tareas de la revolución democrática bur­guesa, que la burguesía se había mostrado incapaz de resolver: reforma agraria radical, cuestión nacional, unificación del país, etcétera.
Sin embargo, la Historia del partido comunista de la Unión Soviética siembra una enorme confusión en este tema. Esta confusión procede del hecho de que los autores de la obra siguen sin querer admitir la evidencia de que Lenin (y, tras él, la ma­yoría del partido bolchevique) modificó la estrategia bolchevique en abril de 1917, y que adoptó, en lo esencial, la teoría de la revolución permanente.
En la revolución rusa de 1905 se confrontaban tres posiciones en el partido obrero socialdemócrata ruso:
– La posición de los mencheviques, que, partiendo de la constatación de que Rusia no había atravesado aún una revolución burguesa victoriosa, afirmaban que la revolución tenía esencialmente por objeto el derrocamiento del zarismo y la eliminación de los residuos semifeudales de la economía y la sociedad rusas. El proletariado tenía que apoyar críticamente a la burguesía liberal, con objeto de obligarla a llevar a cabo esta revolución de la forma más radical, sin dejar de combatir, al mismo tiempo, por las propias reivindicaciones inmediatas (derecho de huelga, sufragio universal, jornada de ocho ho­ras, etc.).
– La posición de los bolcheviques, que partían de la consta­tación de que la burguesía, en la época contemporánea, en pre­sencia de un proletariado industrial fuertemente concentrado y muy consciente, organizado en partidos marxistas, era inca­paz de llevar a cabo las tareas clásicas de la revolución demo­crática burguesa, por miedo a la acción revolucionaria de las masas. Al mismo tiempo, Lenin constataba que, debido al escaso número de proletarios en la sociedad y a la fragilidad de la in­fraestructura capitalista del país, el partido del proletariado no podía esperar conquistar él solo el poder. Si se llevaba la revolución hasta el final, ésta desembocaría en tina ”dictadura del proletariado y el campesinado”, en cuyo seno el partido obrero podía participar en un gobierno de coalición junto a un partido campesino. Esta revolución victoriosa no sería más que una revolución democrática burguesa radical, y no tomaría de inmediato la forma de una revolución socialista.
– La posición de Trotsky. Igual que los mencheviques y que Lenin, Trotsky comprendía que la cuestión clave era la cuestión agraria. Pero así como los mencheviques creían que la burguesía liberal podía llevar a cabo una reforma agraria radical, y así como Lenin pensaba que esta reforma podía ser obra de un gobierno de coalición entre un partido obrero y un partido campesino, Trotsky, por su parte, afirmaba que tan sólo la dictadura del proletariado era capaz de entregar de forma radical la tierra a los campesinos. Señalaba, en efecto, que la historia habla demostrado que el campesinado era incapaz de constituir grandes partidos nacionales realmente campesinos, y que siempre seguía ya fuera la dirección de un partido bur­gués, ya la dirección de un partido obrero.
La historia de la revolución de octubre le dio la razón a Trotsky, puesto que tan sólo cuando el poder fue conquistado por el proletariado, cuando el gobierno bolchevique quedó constituido, que se votó el decreto sobre la distribución de las tierras a los campesinos.
Lenin, para lograr la victoria de octubre, modificó la orien­tación del partido en la conferencia de abril de 1917; modificó el programa del partido, que exigía tan sólo la constitución de una república democrática, e hizo inscribir como objetivo la constitución inmediata de la dictadura del proletariado, de un estado soviético.
Todo esto está hoy muy claro. Pero la Historia del partido comunista de la Unión Soviética riza el rizo de distintas for­mas. Trata de negar que hubo un cambio en la estrategia del partido bolchevique en abril de 1917.
Con este objeto, define el objetivo de las tesis de abril elaboradas por Lenin y de las decisiones de la conferencia de abril de 1917 del partido bolchevique como ”la lucha por el paso de la revolución democrática burguesa a la revolución so­cialista” (t. I, p. 225). Volveremos más adelante sobre lo que esta fórmula tiene de erróneo. Pero podemos ya ahora constatar que se encuentra en oposición con el objetivo estratégico de los bolcheviques en 1905, tal como la misma Historia lo define, puesto que afirma, correctamente (t. I, p. 92), que la ”dictadura democrática de los obreros y los campesinos”, prevista por Lenin en 1905, no era una dictadura socialista, sino tan sólo una dictadura ”democrática”. ¿Pretenden acaso los autores de la Historia poner en duda que la revolución de octubre estable­ciera en Rusia una dictadura proletaria, socialista?
Contra este intento desesperado de negar el cambio de orien­tación estratégica de Lenin en 1917 – intento que embrolla el conjunto del problema de la estrategia del partido revoluciona­rio en un país atrasado, especialmente en los países coloniales – atestiguan, sin embargo, innumerables testimonios de la época. Citemos dos, que los autores de la Historia difícilmente podrán recusar.
En 1924, Molotov publicó un artículo titulado ”Lenin y el partido en la época de la revolución de febrero”, artículo del que extraemos el pasaje siguiente:
”Pero hay que decirlo abiertamente: el partido no tenía ni la claridad de visión ni el espíritu de decisión que requería el momento revolucionario. No los tenía, porque no tenía una clara actitud de orientación hacia la revolución socialista. En ge­neral, la agitación y toda la práctica del partido revolucionario carecían de una fundamentación sólida, ya que el pensamiento aún no había avanzado hasta la conclusión audaz de la necesidad de una lucha inmediata por el socialismo y por la revolución socialista”.
El pensamiento de Trotsky había extraído esta ”conclusión audaz” ya en 1905. Lenin llegó a ella ya a comienzos de la re­volución de febrero de 1917. He aquí la verdad histórica.
El tomo XX de las Obras completas de Lenin fue publicado en 1928. La edición fue preparada por el Instituto Lenin, bajo el control del comité central. El primer volumen de este tomo se refiere, especialmente, a la conferencia de abril de 1917 del partido bolchevique. He aquí lo que afirma una nota en las pá­ginas 557-558 (edición alemana), a propósito de esta conferencia:
”En esta conferencia, hubo un pequeño grupo, compuesto esencialmente por una parte de los delegados del comité de Mos­cú y de la región de Moscú (Noguin, Rykov, Smidovich, Ovsian­nikov, Angarski y otros); su concepción de la revolución corres­ponde más o menos a la posición de los bolcheviques del año 1905 (fórmula ‘dictadura del proletariado y el campesinado’)... Kamenev, que tenía una posición cercana a la de este grupo, fue encargado por el mismo de presentar un contrainforme.”
Es a esta posición ”moscovita” a la que Lenin se refiere, oponiendo la tesis de la conquista del poder por los soviets (pp. 334-36). Cierto que considera que este poder no será ”aún” socialista, aun siendo va ”más que democrático burgués”. Pero sobre este punto la historia ha corregido al camarada Lenin. Nadie discutirá hoy el carácter socialista de la revolución de octubre. No querer comprender este problema significa cerrar toda posibilidad de ayudar a los partidos comunistas de los paí­ses coloniales a elaborar una estrategia justa. Significa perder de vista no sólo la enseñanza de la revolución de octubre, sino también las enseñanzas de la revolución yugoslava y de la re­volución china – por no hablar ya de las decenas de enseñanzas negativas allí donde los partidos comunistas se han aferrado a las tesis superadas de 1905 y se han negado a orientarse hacia la dictadura del proletariado apoyado por el campesinado pobre.
4.a pregunta: ¿Cuáles son las enseñanzas generales de la revolución de octubre en este terreno?
Respuesta: La enseñanza de la revolución de octubre en lo relativo a las fuerzas motrices principales de la revolución en países que aún no han conocido una revolución democrática burguesa consumada reside en que la alianza de los obreros y los campesinos, la única capaz de llevar a su término la reforma agraria radical, sólo puede realizarse por medio de la dictadura del proletariado (de la conquista del poder por el proletariado). Esta enseñanza se ve confirmada por la historia de la revolución rusa, la historia de la revolución china y la historia de la revolución yugoslava. En la historia de los últimos cuarenta años, no se da ningún ejemplo de ningún país que haya logrado llevar a cabo las tareas clásicas de la revolución burguesa sin pasar por la conquista del poder por el proletariado.
Sí hay, en cambio, innumerables ejemplos de revoluciones que, por no haber desembocado en la dictadura del proletariado, se detuvieron tras la conquista de la independencia política (India, Indonesia, Birmania, Egipto, Marruecos, Túnez, etc.), o tras el derrocamiento de los agentes políticos del imperialismo (Irak, Venezuela), sin haber conseguido resolver el problema agrario, por no hablar ya del de la industrialización del país. La historia de la segunda revolución china (1925-27) confirma esta misma enseñanza.
5.a pregunta: ¿Han formulado esta enseñanza los autores de la Historia del PC de la Unión Soviética?
Respuesta: No lo han hecho, pese a que está consignada en numerosos documentos de la Internacional, así como en el siguiente texto de Lenin:
”Nuestra experiencia nos ha enseriado – y nos lo confirma el desarrollo de todas las revoluciones del mundo, si tomamos en cuenta la última época, digamos los últimos ciento cincuenta años – que en todas partes y siempre ha sucedido lo mismo: todas las tentativas llevadas a cabo por la pequeña burguesía en general, y por los campesinos en particular, para tomar conciencia de su fuerza, para dirigir a su manera la economía y la política, han terminado en un fracaso. O se colocan bajo la dirección del proletariado, o bajo la de los capitalistas. No existe término medio. Los que sueñan en un término medio son unos soñadores, unos chiflados.” (Discurso en el congreso de los obreros del transporte, marzo de 1921.)
Ahora bien, ésta es exactamente la idea que guía a Trotsky en la elaboración de su teoría de la revolución permanente. Trotsky escribía, en 1905:
”La revolución rusa impide... la constitución de ningún régimen constitucional burgués capaz de resolver las tareas más primitivas de la democracia... Por esta razón, la suerte de los intereses revolucionarios más elementales del campesinado – incluso del conjunto del campesinado como capa – está ligada a la suerte del conjunto de la revolución, es decir, a la suerte del proletariado. El proletariado, una vez en el poder, se mostrará a los campesinos como la clase que los libera. Pero, ¿quizá el campesinado echará a un lado al proletariado y ocupará su lugar? No, esto es imposible. Toda la experiencia histórica se rebela contra semejante hipótesis. Demuestra que el campesinado es absolutamente incapaz de desempeñar un papel político independiente.
La burguesía rusa ha legado todas las posiciones revolucionarias al proletariado. Tendrá que cederle también la hegemonía revolucionaria sobre el campesinado.”
En vez de admitir francamente esta identidad de puntos de vista, o, cuanto menos, de apuntarla, los autores de la Historia balbucean (en el más puro estilo staliniano) en torno al tema de que ”Trotsky quería saltar por encima de la etapa de la revolución democrática burguesa” y ”negaba el papel revolucionario del campesinado”; de que quería ”aislar al proletariado del campesinado” (t. I, p. 95). Basta con comparar este análisis de la teoría de la revolución permanente con la definición que de ella daba su autor y que acabamos de citar para comprender hasta qué punto el carácter de este análisis está deformado, si no falsificado.
6.a pregunta: ¿Han observado esta enseñanza en la práctica los stalinianos y los kruschevianos, aunque en teoría se hayan burlado de ella?
Respuesta: Desgraciadamente, no. En todos los casos en que los partidos comunistas se han visto confrontados con poderosos movimientos revolucionarios en las colonias, lejos de luchar por la hegemonía del proletariado, han idealizado a la burguesía na­cional, han concluido con ella alianzas duraderas, han subor­dinado a ella el movimiento de masas, y han acabado por ser reprimidos brutalmente por esta misma burguesía. Así sucedió ya en la trágica experiencia con Chang Kai-chek en 1925-27; y volvió a suceder en Irán con Mossadegh, en Guatemala con Arbenz, en Egipto con Nasser, en Argentina con Frondizi, en Marruecos con el rey Mohamed V. Ahora está sucediendo en Irak con Kassem, en la India con Nehru, en Indonesia con Su­karno. Los resultados no serán mejores.
No se trata, desde luego, de exigir que un partido comunista luche por el poder en las condiciones que sea, ni de prohibirle que conceda apoyo crítico a un movimiento nacional burgués mientras éste dirija efectivamente un movimiento de masas con­tra el imperialismo. Desgraciadamente, todos los ejemplos que hemos citado indican que tanto bajo Stalin como bajo Kruschev los comunistas han desperdiciado enormes oportunidades de convertirse, a corto o medio plazo, en la fuerza dominante en el pueblo, porque se han sometido servilmente a la dirección na­cional burguesa y han contribuido a consolidar sus cimientos entre las masas.
Las únicas excepciones chocantes son las del PC yugoslavo y el PC chino, que, en contra de las directrices de Stalin, enta­blaron y ganaron la lucha por el poder. Mediante el estableci­miento de la dictadura del proletariado, resolvieron de paso las tareas de la revolución democrática burguesa, sin poder de­tenerse en esta etapa y pasando rápidamente a las medidas colectivistas, tal como había previsto Trotsky... ya en 1905.
7.a pregunta: ¿Cuál fue la naturaleza de la revolución de febrero?
Respuesta: La Historia del partido comunista de la Unión Soviética caracteriza la revolución de febrero como una revo­lución democrática burguesa que debía ser transformada en revolución proletaria (t. I, p. 220). Es cierto que algunas frases pronunciadas por Lenin en abril de 1917 – frases que no vuel­ven a encontrarse en ningún análisis posterior de la revolución rusa por Lenin – dan algún peso a esta definición. En realidad, los datos que nos ofrecen los propios autores de la Historia permiten subrayar el carácter confuso, o por lo menos incom­pleto, de esta definición.
La revolución de febrero de 1917 fue tan sólo una revolución democrática burguesa, que no resolvió la tarea principal. Los autores de la Historia del PC de la Unión Soviética explican, en efecto, en la página 214, que el gobierno provisional creado por la revolución de febrero no podía ni quería dar la tierra a los campesinos. Precisan, también, que la revolución de octubre, ”que cumplió directamente tareas socialistas, también condujo hasta el final la revolución democrática burguesa” (p. 273). Ahora bien, la Historia afirma, en otro momento, que la tarea más candente de la revolución democrática burguesa era ”la des­trucción del poder de los terratenientes...” (p. 78); o, es más, ”la liquidación de todo vestigio de feudalismo” (p. 205). Mani­fiestamente, estos objetivos no fueron alcanzados en febrero de 1917; si lo hubieran sido, de ningún modo hubiera el cam­pesinado concedido su apoyo a la revolución de octubre. Al afirmar, en la página 212, que ”la revolución democrática bur­guesa de febrero cumplió el primer objetivo del partido, el derrocamiento del zarismo, y abrió la posibilidad de liquidar el capitalismo e instaurar el socialismo”, los autores de la Historia sí que saltan por encima de la tarea principal de la etapa demo­crática burguesa, es decir, la distribución de la tierra, e ignoran el peso decisivo del campesinado. Todas estas lamentables con­tradicciones son el resultado del intento de ignorar la teoría de la revolución permanente...
8.a pregunta: ¿Quién dirigió la revolución de octubre, y cuán­do y cómo triunfó?
Respuesta: La Historia del PC de la Unión Soviética repite, en cuanto a esto, aunque atenuándolas, las burdas falsificacio­nes del Manual de 1938. Este último no tuvo empacho en afir­mar que en la histórica sesión del comité central del 10 de oc­tubre de 1917, en la que se decidió la insurrección, ”Trotsky no votó directamente contra la resolución, pero presentó una en­mienda destinada a hacer fracasar la insurrección, a aniquilarla. Propuso que no se iniciara la insurrección antes de la apertura del II congreso de los soviets. Esto hubiera dado largas a la insurrección, y hubiera significado anunciar por anticipado su fecha, advertir al gobierno provisional”.
Posteriormente, al haberse vuelto a publicar la célebre obra de John Reed, Los diez días que conmovieron al mundo, ha sido preciso dejar de lado esta falsificación desmedida que presen­taba a Trotsky, el principal organizador y dirigente de la insu­rrección, como alguien que pretendió hacerla fracasar. El libro de John Reed, en efecto, no es una obra cualquiera. Lenin es­cribió un prefacio para ella. Este prefacio, reproducido en el nuevo tomo XXXVI de sus obras completas, caracteriza el libro de John Reed del modo siguiente:
”De todo corazón recomiendo esta obra a los obreros de todos los países. Me gustaría que este libro se difundiera a mi­llones de ejemplares y que se tradujera a todas las lenguas, ya que relata de forma verídica y extremadamente viva unos acon­tecimientos que son enormemente importantes para comprender qué es la revolución proletaria, qué es la dictadura del prole­tariado.”
Ahora bien, el libro de John Reed cuenta que en esa misma reunión Lenin y Trotsky defendieron la idea de la insurrección; que al día siguiente Lenin publicó en Pravda un artículo en el que defendía la idea de la insurrección inmediata; que el go­bierno, enterándose de este modo del secreto, tomó medidas inmediatamente... y que, finalmente, la insurrección se produjo de todos modos, tal como había propuesto Trotsky, en el mo­mento de convocarse en Petrogrado el II congreso panruso de los soviets. El libro de John Reed invalida hasta la última pa­labra de la falsificación staliniana.
La nueva versión de los acontecimientos ofrecida por los autores de la Historia, sin embargo, es muy poco más verídica. Dado que puede ser confrontada por todos los lectores soviéticos (y por comunistas del mundo entero) con la obra de John Reed, está rozando el ridículo.
Se empieza por volver, corrigiéndolo, al pasaje antes men­cionado:
”En la reunión del comité central, Trotsky no votó contra la resolución sobre la insurrección. Pero insistió en que se aplazara hasta la convocatoria del II congreso de los soviets, lo cual significaba, en la práctica, hacer fracasar la insurrección, ya que los socialistas-revolucionarios y los mencheviques hubie­ran podido atrasar la convocatoria del congreso, y el gobierno hubiera podido tener la posibilidad de concentrar, el día de su apertura, todas las fuerzas suficientes (!) para la derrota de la insurrección.”
El autor de esta ”corrección” no brilla demasiado en sus encadenamientos de ideas. Olvida explicarnos por qué la insu­rrección, que sí coincidió con la convocatoria del II congreso panruso de los soviets, no fracasó ”por esta causa”. Olvida re­cordarnos que si Trotsky propuso esta coincidencia fue precisa­mente porque las fuerzas militares de que disponía el gobierno eran insuficientes para hacer fracasar la insurrección puesto que iban poniéndose, regimiento tras regimiento, bajo el mando del soviet de Petrogrado. Y olvida explicarnos por qué el go­bierno, que estaba al corriente de la fecha de la insurrección, no comprendió eso que Stalin, Ponomarev y Cía. veían... veinte años más tarde.
En el Manual de 1938 se decía:
”El 16 de octubre se celebró una sesión ampliada del comité central del partido. Eligió un centro del partido para dirigir la insurrección, con el camarada Stalin a su cabeza. Fue este centro, núcleo dirigente (sic) del Comité Militar Revolucionario del soviet de Petrogrado, el que guió prácticamente la insu­rrección.”
En la nueva versión, esta falsificación ha sido ligeramente corregida:
”El órgano encargado de llevar a cabo la insurrección en la capital fue el Comité Militar Revolucionario, creado a propuesta del CC junto al soviet de Petrogrado” (p. 255).
Es cierto que este Comité efectuó todo el trabajo práctico de la insurrección. La única mentira por omisión que cometen en este caso los autores de esta Historia consiste en no recordar que su presidente fue León Trotsky.
En la página siguiente, se afirma que, el 16 de octubre, ”al final de la sesión, se eligió un Centro Militar Revolucionario para dirigir la insurrección, integrado por Bubnov, Dzerjinski, Sverd­lov, Stalin y Uritski. Se decidió que el Centro Militar Revolucio­nario entrara en el Comité Militar Revolucionario del soviet” (p. 256).
Dicho de otra forma: el órgano que tenía que dirigir se limitó a entrar en el órgano ya existente, y no modificó ni su trabajo, ni sus tareas, ni su personal dirigente, puesto que Trotsky siguió siendo su presidente, con Antonov-Ovseenko y Pod­voiski como principales lugartenientes técnicos. Y, para coronar sus torpes ”correcciones”, los autores añaden:
”Todo el trabajo de organización de la insurrección fue diri­gido por Lenin” (p. 256).
En el libro de John Reed puede leerse, sin embargo, que todo el trabajo de organización fue llevado a cabo por el Comité Militar Revolucionario. Y, para citar, finalmente, a un testigo difícilmente sospechoso de simpatías... trotskistas, he aquí lo que afirmó el propio Stalin:
”Todo el trabajo de organización práctica de la insurrección fue puesto bajo la dirección inmediata del presidente del soviet de Petrogrado, el camarada Trotsky. Puede afirmarse sin vacila­ción que el partido le debe el rápido paso de la guarnición al campo de los soviets y el hábil método de trabajo del Comité Militar Revolucionario, ante todo y esencialmente, al camarada Trotsky.” [4]
9.a pregunta: ¿Quién creó el ejército rojo? ¿Quién dirigió sus operaciones durante la guerra civil?
Respuesta: También en este caso la Historia del PC de la URSS pone en evidencia un mezquino espíritu de falsificación. No consigna que León Trotsky fue el primer comisario del pueblo para la Defensa, por no mencionar ya el hecho de que fue el creador del ejército rojo y el padre de la victoria, tal como lo atestigua el decreto que le concedió la Orden de la Bandera Roja, el 7 de noviembre de 1919.
Menciona, a bulto, a algunos de los principales dirigentes militares y políticos del ejército: Frunzé, Vorochilov, Budenny y otros; S. Kamenev, Karbichev, Chapochnikov, Stankievich y Nikolaiev en t. I, p. 307; Andreev, Bubnov, Vorochilov, Gussev, Dzerjinski, Zhdanov, Zemliachka, Kalinin, Kirov, Kossior, Kui­bichev, Mechlis, Mikoyan, Ordzhonikidzé, Petrovski, Postichev, Sverdlov, Stalin, Frunzé, Kruschev (sic), Chvernik, Chiadenko, Yaroslavski. Pero en esta lista se olvidan los principales jefes comunistas del ejército, como los futuros mariscales Tukhachevski y Yegorov. Se olvidan todos los dirigentes bolcheviques colocados a la cabeza de las operaciones militares.
La Historia sólo nos informa, de paso, que hubo ”en un mo­mento determinado” un consejo de guerra revolucionario. Olvida que todas las operaciones militares fueron dirigidas por este consejo de guerra revolucionario de la República de los Soviets. Cuando se constituyó, en 1918, este consejo lo componían Trots­ky (presidente), Sklianski (vicepresidente), Vatzetis, I. N. Smir­nov, Rosengoltz, Raskolnikov, Muralov y Yureniev. De estos ocho miembros, cinco fueron más tarde liquidados por Stalin. En 1919, I. N. Smirnov, Rosengoltz y Raskolnikov fueron reem­plazados por Smilga y Gussev. Para la dirección de las operacio­nes en Ucrania, el comité destacó, especialmente, a Piatakov, Smilga y Lachevich; los tres caerían víctimas del terror stali­niano.
El papel determinante desempeñado por Trotsky como crea­dor del ejército rojo queda atestiguado por tres testigos que los actuales ambientes oficiales de la URSS difícilmente podrán re­cusar: Jacques Sadoul, Gorki y el propio Lenin.
Jacques Sadoul, cuando tomó la palabra en el primer con­greso de la Internacional Comunista, declaró:
”Estamos en una gran deuda de gratitud con los dirigentes de este ejército [rojo], pero, en primer lugar, con el camarada Trotsky, cuya energía indomable, unida a una gran inteligencia y a un auténtico genio, pudo devolver una auténtica fuerza vital al ejército ruso, que se encontraba en total descomposición .” [5]
En la primera edición de las Obras Completas de Lenin en ruso (vol. XVI, p. 73), Lenin elogia a Trotsky por haber sido capaz de crear el ejército ”con los ladrillos que quedaban del edificio destruido del antiguo régimen”.
Gorki, en su obra Lenin y el campesino ruso, relata una entrevista con Lenin, en la que éste le dice, hablando de Trotsky:
”Señáleme a otro hombre capaz de organizar un ejército casi modelo en un solo año, y de ganarle el respeto de los expertos militares. Nosotros tenemos un hombre de esta especie.”
Cierto que ambos pasajes fueron eliminados (o suavizados) en las ediciones posteriores tanto de las Obras Completas (sic) de Lenin como de la obra de Gorki. Pero no pasará mucho tiempo sin que la verdad histórica recobre sus derechos también en este punto.
Añadamos que la nueva Historia añade incluso una mezquindad suplementaria respecto a las falsificaciones del viejo Manual. Este último, hablando de los avatares de la intervención extranjera contra la República de los Soviets, dice:
”Así, por ejemplo, los marineros franceses, dirigidos por André Marty, se rebelaron en Odessa.”
En la nueva Historia, la rebelión se mantiene (t. I, p. 316), pero el nombre de André Marty desaparece...
En cuanto a las innumerables falsificaciones respecto a las operaciones del ejército rojo, es imposible rectificarlas aquí; se necesitaría mucho más espacio. El lector interesado puede recurrir útilmente al capítulo que habla de ellas de Mi vida, de Trotsky[6], y, sobre todo, a El profeta armado, de Isaac Deutscher[7], que reúne una bibliografía impresionante para desenredar las leyendas stalinianas.
10.a pregunta: ¿Fue Trotsky partidario de la militarización del trabajo en Rusia?
Respuesta: Con objeto de desnaturalizar el sentido de la lucha sistemática desarrollada por la oposición de izquierda contra la amenaza de degeneración burocrática del partido bolchevique y del estado soviético, la Historia del PC de la Unión Soviética, siguiéndole los pasos al Manual, presenta las cosas como si, en vísperas de la formación de la oposición, Trotsky se hubiera ”pronunciado contra el desarrollo de la democracia sindical, prefiriendo los métodos administrativos que, por lo demás, aplicó en el sindicato de los obreros de los transportes ferroviarios y fluviales cuando presidió el comité central de esta organización” (t. I, p. 354). Dos páginas más adelante, la Historia llega a acusar a Trotsky de haber preconizado el empleo de métodos coercitivos en lugar de métodos de persuasión en los sindicatos (p. 356).
Se trata de una burda deformación de la verdad histórica.
Ante todo, la fórmula de militarización de la economía y de utilización de ejércitos de trabajo no es ninguna fórmula que Trotsky inventara en 1920, sino una fórmula empleada por todo el partido, ¡tal como atestigua una resolución del IX congreso del partido bolchevique que se cita en la página 335 de la misma Historia! Se trataba de evitar que la desmovilización del ejército, al terminar la guerra civil, en un momento en que las fuerzas productivas habían caído a su nivel más bajo, dispersara a esta vanguardia proletaria, la condenara al paro, la diseminara por el campo. Había que emplearla, por el contrario, en tareas de reconstrucción económica, haciéndole ejecutar grandes trabajos urgentes para la recuperación del país. Dado que, en aquella época, incluso la disciplina militar era una disciplina comunista, es decir, muy distinta de los hábitos actuales del ejército soviético; dado que existía libertad de discusión en el seno de aquel ejército, y que se emplearon en él, ampliamente, métodos de persuasión, ni siquiera la fórmula de ejércitos de trabajo adoptada por todo el partido fue exactamente un sinónimo de ”sustitución de la persuasión por la coerción”.
El verdadero objeto del debate de 1921 sobre la cuestión sindical era otro. De lo que se trataba era de determinar el lugar de los sindicatos y de la clase obrera en el seno de la industria socializada. Se confrontaron tres tesis. La tesis anarcosindicalista pretendía entregar inme­diata­mente la administración de la industria a los sindicatos y suprimir toda administración centralizada; la tesis de Lenin y de los dirigentes sindicales apuntaba a conservar la indepen­dencia de los sindicatos respecto al estado, considerando a los sindicatos como instrumento de defensa de los intereses de los trabajadores como consumidores, sin modificar el sistema de gestión de la industria; la tesis de Trotsky y Bujarin pretendía lograr una participación decisiva de los sindicatos y de los trabajadores en la gestión de la industria nacionalizada.
Si examinamos hoy este debate a la luz de la experiencia posterior, veremos en seguida que la tesis de Lenin y la de Trotsky eran, ambas, en parte acertadas y en parte erróneas. Lenin tenía, indudablemente, razón al insistir en la necesidad de pre­servar la independencia de los sindicatos respecto a un estado obrero burocráticamente deformado (la fórmula es de Lenin). Pero Trotsky tenía también razón al precisar que la lucha con­tra la burocracia era utópica mientras a ésta no se la golpeara en el auténtico centro de sus poderes: la administración de la gran industria.
Lo cierto es que la lucha contra la deformación burocrática del estado obrero, en la época de transición entre el capitalis­mo y el socialismo, exige, al mismo tiempo, independencia de los sindicatos (como instrumentos de defensa de los intereses de los trabajadores como consumi­dores) y una participación cada vez más activa de los trabajadores en la administración de la industria (para defender sus intereses como productores). El instrumento más adecuado para garantizar esta participa­ción no es, sin embargo, el sindicato, sino el consejo obrero (consejo de fábrica).
11.a pregunta: ¿Cuál fue la tesis defendida por Lenin en cuanto a la administración de la industria soviética?
Respuesta: La Historia del PC de la Unión Soviética, que quiere justificar las medidas que Stalin tomó posteriormente, en 1930, concentrando todos los poderes de la empresa en ma­nos del director, resume (t. I, p. 291) del siguiente modo la posición de Lenin en esta cuestión:
”Los intereses del socialismo – enseñó Lenin – exigen la obediencia incondicional de las masas a la voluntad única del dirigente del proceso de trabajo. Por esta razón, la dirección de la economía debía ser centralizada, y en cabeza de las em­presas tenía que haber directores designados por el poder so­viético. La dirección centralizada por parte del estado y la unidad de dirección tenían que combinarse con la participación activa y consciente de las masas en la vida económica y con un control de la base bajo distintas formas.”
Será útil señalar, de paso, que este último párrafo relativo a las ”distintas formas de control desde abajo” no figuraba en absoluto en el Manual de 1938. ¡Y se entiende! Bajo el régimen de Stalin, desde los años 1932-33, no quedaba ya ni rastro de semejante control. La admini­stración de la economía y la direc­ ción de las fábricas estaban totalmente burocratizadas. Y, aunque las reformas de Kruschev hayan introducido una aparien­cia de control desde abajo, prácticamente no existen ejemplos de una verdadera participación de los trabajadores en la ges­tión de las empresas soviéticas en la actuadidad. Pero más ade­lante volveremos a este tema.
¿Es conforme a la verdad la descripción que da la nueva Historia de la concepción de Lenin? Peca gravemente por omi­sión. He aquí lo que escribe Lenin al respecto en Las tareas inmediatas del poder de los soviets:
”Cuanto más resueltamente tengamos que afirmarnos hoy en favor de un poder fuerte e inexorable, de la dictadura per­sonal en tales procesos de trabajo, en tal momento del ejercicio de funciones puramente ejecutivas, tanto más variadas deberán ser las formas y medios de control desde abajo, con objeto de paralizar todo asomo de posibilidad de deformación del poder de los soviets, con objeto de extirpar una y otra vez la cizaña burocrática.”
Primera discrepancia entre Lenin y la nueva Historia: Le­nin no afirma que el principio de la dirección única sea un principio absoluto, sino que sólo es válido hoy, es decir, que se desprende de las condiciones particulares en que se encon­traban el estado soviético y la clase obrera rusa después de la victoria de octubre. Transformar una necesidad momentánea en principio general significa ya cometer un error de gran mag­nitud.
Segunda discrepancia entre Lenin y la nueva Historia: Lenin reconoce francamente que el principio momentáneo de la direc­ción única implica un peligro de deformación burocrática. La Historia del PC de la Unión Soviética no abre boca al respecto. Ahora bien, en el mismo folleto, Lenin se pronuncia severamente respecto a aquellos que silencian este tipo de peligros ante las masas:
”Ocultar a las masas el hecho de que atraer a los especia­listas burgueses ofreciéndoles altas remuneraciones significa alejarse de los principios de la Comuna de París equivaldría a descender al nivel de los políticos burgueses y engañar a las masas. Explicar francamente cómo y por qué hemos dado este paso atrás, examinar luego públicamente por qué medios po­demos compensarlo, significa educar a las masas y aprender junto a ellas, gracias a la experiencia, a construir el socialismo.”
Los autores de la Historia, al mutilar de este modo el pen­samiento de Lenin, han descendido, pues, al nivel de los ”polí­ticos burgueses” que ”engañan al pueblo”.
Tercera discrepancia entre Lenin y esos autores: Lenin afir­ma implícitamente que si no se acrecientan y amplifican las formas de control desde abajo la deformación burocrática será inevitable, o, por lo menos, altamente probable. Así lo afirma explícitamente, por lo demás, refiriéndose a las elevadas remu­neraciones momentáneamente concedidas a los especialistas:
”Es innegable la influencia desmoralizadora que ejercen las altas remuneraciones sobre el poder soviético... así como sobre la masa obrera. Pero todos los elementos honestos y reflexivos entre los obreros y los campesinos pobres estarán de acuerdo con nosotros y reconocerán que no estamos en condiciones de desembarazarnos de golpe de la funesta herencia que nos ha legado el capitalismo, que sólo podemos emancipar a la Repú­blica soviética del tributo de 50 a 100 millones de rublos (tri­buto que pagamos por nuestro propio retraso en la organiza­ción de la supervisión y el control ejercidos desde abajo por el pueblo entero) si nos organizamos, si reforzamos la disciplina entre nosotros... Si los obreros de vanguardia y los campesinos pobres conscientes consiguen, en el plazo de un año (sic), con la ayuda de las instituciones soviéticas, organizarse, discipli­narse, tensar sus energías, crear una poderosa disciplina del trabajo, en este caso, al cabo del año, nos desembarazaremos de este tributo... .” [8]
Y Lenin precisa, incluso:
”Existe una tendencia pequeñoburguesa que trata de trans­formar a los miembros de los soviets en parlamentarios, o, por otro lado, en burócratas. Debemos combatir esta tendencia haciendo que todos los miembros de los soviets participen en la gestión del país. En muchos sitios, las secciones de los soviets se transforman en organismos que poco a poco se fusionan con los comisariados. Nuestro objetivo es que todos los pobres, sin excepción, participen prácticamente en el gobierno del país; y todas las medidas que se tomen en este sentido –cuanto más variadas sean, tanto mejor – deben registrarse cuidadosamente, estudiarse, sistematizarse, ser puestas a prueba en una experien­cia más amplia, legalizada. Nuestro objetivo es que todos los trabajadores cumplan gratuitamente las funciones del estado una vez hayan terminado sus ocho horas de labor en la produc­ción. La transición en este orden de cosas es particularmente difícil, pero tan sólo ahí está la garantía de la consolidación de­finitiva del socialismo.” [9]
Ahora bien, durante todo el período 1930-1955, no sólo no se ”multiplicaron” los métodos de control ”desde abajo” o de ”ejecución gratuita de las funciones del estado por parte de todos los trabajadores”, sino que se abolieron por completo. Las remuneraciones elevadas no disminuyeron, sino que incluso se extendieron a los miembros y dirigentes del partido (¡la céle­bre desmoralización prevista por Lenin!). Las funciones del estado no las cumplieron gratuitamente todos los trabajadores, ni trabajando ocho horas al día, ni trabajando siete o incluso seis, como ocurre hoy en algunas industrias soviéticas. Por consiguiente, el socialismo no se ha ”consolidado definitivamen­te”, no se ha extirpado la ”cizaña burocrática”, sino que ha crecido monstruosamente, y la deformación burocrática se ha ido afianzando hasta convertirse en una degeneración. He aquí las conclusiones ineluctables del primer pasaje de Lenin citado (de forma mutilada) por la Historia...
12.a pregunta: ¿Fue tan sólo de modo ocasional que Lenin emitió esta opinión referente al peligro de una deformación burocrática del estado soviético?
Respuesta: No. Las advertencias de Lenin al respecto cons­tituyen un verdadero leit-motiv de sus últimos años de activi­dad política. Fueron haciéndose cada vez más apremiantes a medida que fue abandonando la dirección cotidiana del par­tido y el estado. Es como si, movido por un trágico presenti­miento, Lenin hubiera hecho lo imposible por movilizar a los cuadros del partido contra este peligro, desgraciadamente en vano, tal como la historia iba a demostrar. Sólo la oposición de izquierda y, luego, la oposición unificada siguieron sus consejos.
Así, por ejemplo, durante las discusiones contra la oposición obrera (Chliapnikov, Sapronov, Kollontai, etc.), en el IX congreso del PC de la URSS, y después de este mismo congreso, Lenin volvió una y otra vez al problema del burocratismo, y admitió que la oposición de ultraizquierda tenía razón en parte. Hablando ante la conferencia del partido de la provincia de Moscú, afirma:
”La tarea del poder de los soviets consiste en destruir por completo el viejo aparato y en entregar el poder a los soviets. Sin embargo, en nuestro programa, admitimos ya que el burocratismo ha reaparecido, que aún no existen los cimientos de una sociedad verdaderamente socialista... Se comprende que el burocratismo nacido en las instituciones soviéticas tenía que ejercer una influencia disolvente también sobre las organizaciones del partido, ya que las eminencias del partido son las eminencias del aparato soviético.” [10]
En el mismo discurso, más adelante, Lenin subraya que, en las afirmaciones de la oposición obrera, hay ”muchas cosas sanas, necesarias e inevitables”.[11] Añade que la lucha contra la burocracia por medio de la Inspección Obrera y Campesina (dirigida por Stalin) es muy difícil, ya que ella misma es una institución burocratizada, y no existe más que como ”deseo piadoso”.
En 1921, durante la discusión sindical en el X congreso del PC de la URSS, Lenin rectifica a Trotsky cuando éste habla de la URSS como ”estado obrero”; precisa que la República de los soviets es un estado obrero burocráticamente deformado.
En su informe al XI congreso del partido, el 27 de marzo de 1922, Lenin declara:
”Si contemplamos Moscú – 4.700 comunistas responsables –, si contemplamos esta máquina burocrática, esta montaña, ¿quién conduce y quién es conducido? Dudo mucho que pueda decirse que los comunistas conducen esta montaña. A decir verdad, no son ellos los que conducen. Son ellos los que son conducidos.” [12]
En el mismo informe, Lenin afirmó, por lo demás, que el aparato de estado era ”francamente malo”.
El 23 de enero de 1923 vuelve sobre el mismo tema en una propuesta presentada en el XII congreso del partido:
”No niego que el problema de nuestro aparato de estado y su perfeccionamiento sea muy difícil: está muy lejos de haber sido resuelto, y es, al mismo tiempo, un problema apremiante.
”Nuestro aparato de estado, excepción hecha del comisariado del pueblo de Asuntos Exteriores, constituye, en enorme medida, una supervivencia del pasado que ha sufrido un mínimo de modificaciones serias. Sólo está algo embellecido por fuera; por lo demás, es el verdadero tipo de nuestro viejo aparato de estado.” [13]
En su último artículo, Más vale poco y bueno, escrito el 2 de marzo de 1923, reaparece la misma idea, como una verdadera obsesión:
”Las cosas van tan mal con nuestro aparato de estado, por no decir que son detestables, que debemos ante todo reflexionar seriamente acerca de cómo combatir sus defectos que, no lo olvidemos, se remontan al pasado... Nuestra nueva Inspección Obrera y Campesina, así lo esperamos, dejará muy atrás esa cualidad que los franceses denominan pruderie, y que nosotros podríamos llamar afectación ridícula o ridícula ostentación, y que le hace perfectamente el juego a toda nuestra burocracia, tanto la de nuestras instituciones soviéticas como la del partido, ya que, dicho sea entre paréntesis, la burocracia existe entre nosotros no sólo en las instituciones soviéticas, sino también en el partido.” [14]
En el tomo XXXVI de las Obras Completas, en el que se reúnen escritos no publicados en la precedente edición llamada ”completa” de las obras de Lenin, encontramos decenas de ejemplos de esta obsesión:
”Todo ha caído, entre nosotros, en el infecto cenagal burocrático de las administraciones. Para luchar día a día contra esto se precisa mucha inteligencia, autoridad y fuerza. ¿Las administraciones? ¡Basura! ¿Los decretos? ¡Basura!.” [15]
”El Banco del Estado, actualmente, no es más que un jue­go de transcripción burocrática de papel. Ahí la tenéis, la verdad, si es que lo que queréis conocer es la verdad y no las monsergas acarameladas de los burócratas comunistas....” [16]
”No tener miedo a revelar los errores y la incompetencia; popularizar ampliamente y hacerle publicidad, con todas nues­tras fuerzas, en el sitio mismo, a todo trabajador que se distin­ga mínimamente, darlo como ejemplo. Cuanto más se haga este trabajo, tanto más nos sumergiremos en la práctica viva, des­viando nuestra atención y la de nuestros lectores de esa atmós­fera hedionda de los burócratas y los intelectuales de Moscú (y, en general, de los burócratas soviéticos), y tantas más me­joras presenciaremos....” [17]
”Veo las cosas de este modo: si algunas docenas de obreros entraran en el comité central, podrían, mejor que nadie, re­visar, mejorar y reorganizar nuestro aparato... Los obreros que formen parte del comité central no deberán, en mi opinión, reclutarse sobre todo entre aquellos que han permanecido tra­bajando largo tiempo en el seno de los soviets (entre los obreros que designo en este pasaje de mi carta cuento también, en todas partes, a los campesinos), porque entre esos obreros se han creado ya ciertas tradiciones y ciertos prejuicios que precisa­mente habría que combatir. Entre los obreros miembros del comité central deben figurar, ante todo, obreros situados por debajo de esta capa que, desde hace cinco años, se ha unido a las filas de los funcionarios de los soviets, y que más bien per­tenezcan a la categoría de los simples obreros y los simples campesinos....” [18]
Cuando se releen estos pasajes (y podríamos citar varias decenas más) es imposible dejar de concluir que, en vísperas de su muerte, Lenin estaba obsesionado por la conciencia de la deformación y la degeneración burocrática posible en el aparato del estado y el aparato del partido.
13.a pregunta: ¿Siguió la dirección del partido los consejos de Lenin, respondió ante sus advertencias?
Respuesta: No. Ocultó al partido (salvo a los delegados al XIII congreso) el texto de su testamento, e incluso negó públi­camente su existencia. A propuesta de Trotsky, votó, en 1923, una resolución poniendo la lucha contra la burocracia a la or­den del día y afirmando que podía ampliarse la democracia obrera. Pero cuando Trotsky publicó, en 1923, Nuevo curso, don­de asumió – a veces incluso textualmente – el llamamiento de Lenin por una renovación del aparato, la dirección reaccionó vio­lentamente, identificándose con la burocracia.
En lugar de unirse a esta lucha de Trotsky contra la burocracia en nombre del Testamento de Lenin, se unió a la buro­cracia ”contra el trotskismo”, pisoteando, de este modo, los últimos vestigios de la democracia obrera, y desembocando en la dictadura bonapartista de la burocracia, que hoy se intenta presentar bajo el eufemismo de culto de la personalidad.
Esta opción de la dirección del partido fue decisiva. Puesto que, si bien el poder de la burocracia en la Rusia de 1923 se derivaba sin ninguna duda de las condiciones objetivas (la revo­lución, aislada en un país atrasado; el peso del pasado y del entorno capitalista; la carencia de cultura y de cualificación técnica de las masas trabajadoras; el reducido número y el peso específico insuficiente del proletariado en la población, etc.) y era, en este sentido, inevitable, no era, en cambio, inevi­table la actitud del factor subjetivo – de la dirección y de los cuadros del partido – al respecto.
El partido podía reaccionar contra este estado de cosas, ampliando las bases democráticas del poder, haciendo que un número cada vez mayor de obreros de base participaran en el ejercicio del poder, profundizando la libertad de discusión y de crítica en el partido y en los soviets, llevando una política econó­mica que acelerara la industrialización e hiciera aumentar el peso de los obreros en el país.
Fue en este sentido que Lenin le hizo un llamamiento con todas las fuerzas que le quedaban. Fue en este sentido que, posteriormente, le hicieron un llamamiento Trotsky y la opo­sición de izquierda. Fue por no haber comprendido, o por haber comprendido demasiado tarde, el peligro de degeneración burocrática que la dirección del PC de la URSS dejó de ser un obstáculo frente a esta degeneración para convertirse en su principal vehículo. La mayoría de los dirigentes del partido, por lo demás, pagaron con la vida este trágico error.
14.a pregunta: ¿Restablece la Historia del PC de la Unión Soviética la verdad histórica respecto al Testamento de Lenin?
Respuesta: En el Manual de 1938 no se menciona en abso­luto el Testamento de Lenin. En la nueva Historia, viene men­cionado en la página 397 del primer tomo, pero de una forma increíblemente fragmentaria y falsificada.
Así, por ejemplo, la Historia no menciona los elogios dedicados por Lenin a los bolcheviques que designa por sus nombres en su testamento (Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Pia­takov), y sí menciona en cambio las críticas. Se calla la opinión de Lenin de que Trotsky es el miembro más dotado del comité central. Se calla la opinión de Lenin de que Bujarin y Piatakov eran los más señaladamente competentes entre los más jóvenes. Se calla la opinión de Lenin de que Bujarin era ”uno de los teó­ricos más sobresalientes y muy valioso (que) goza con todo de­recho del afecto del partido entero”.
A estas omisiones se añaden dos falsificaciones puras y sim­ples. Según la Historia, Lenin puso en guardia al partido ante ”los muy peligrosos virajes de Trotsky hacia la reincidencia en el menchevismo”. ¡No hay ni una sola línea en todo el Testa­mento que aluda a semejantes ”virajes”!
Estas omisiones y falsificaciones son tanto más grotescas cuanto que el Testamento ha sido ya publicado en la URSS, pudiendo, pues, darse cuenta cada uno de los lectores, compa­rando ambos textos, de hasta qué punto los burócratas redac­tores siguen ”engañando al pueblo”, como vulgares ”políticos burgueses”, por emplear la fórmula de Lenin.
15.a pregunta: ¿Por qué se constituyó la oposición de izquierda del PC de la Unión Soviética?
Respuesta: La Historia del PC de la Unión Soviética afirma que la oposición de izquierda se forma en octubre de 1923:
”Aprovechándose de que el jefe del partido, Lenin, estaba gravemente enfermo y no se encontraba en condiciones de com­batir, Trotsky reanudó la lucha contra el comité central leninista y contra el partido. Creyó que las dificultades que se habían creado en el país podrían favorecer su proyecto: tomar la direc­ción del partido y adoptar una línea que, en último análisis, hubiera conducido a la restauración del capitalismo.
A comienzos de octubre de 1923, Trotsky envió una carta al comité central en la que, en sustancia, calumniaba la actividad de este órgano... Poco después de la carta de Trotsky, el co­mité central recibió la declaración de los 46, firmada por los trotskistas, los detsistas y los elementos que pertenecían ya desde antes a los grupos de los comunistas de izquierda y de la oposición obrera. También algunos miembros del CC habían firmado la declaración. Los 46 afirmaban, calumniadoramente, que el aparato había ocupado el lugar del partido, e intentaban levantar a los comunistas contra el aparato dirigente.” [19]
Si la denuncia del lugar ocupado por el aparato en el partido y el estado constituye menchevismo y significa trabajar... en último análisis por la restauración del capitalismo, en este caso el mayor culpable de semejante desviación es el propio Lenin, que, en el tercer codicilo de su testamento, exige también ”la renovación del aparato”. Ya hemos visto con qué violencia atacó Lenin la podredumbre burocrática. La plataforma opositora de los 46 repitió las fórmulas de Lenin menos vigorosamente, pero, sobre todo, pedía medidas concretas que permitieran el relan­zamiento de la democracia obrera en el partido y en los soviets. La justificación de estas exigencias la encontramos en los ata­ques de Lenin que antes hemos mencionado.
La Historia, realizando una amalgama burda, prosigue afir­mando que la oposición ”expresó, en el fondo (!), las reivindica­ciones de los mencheviques, de los SR y de la nueva burguesía, que deseaban reaparecer abiertamente en la escena política de conformidad (?) con la NEP”.[20]
Esta calumnia olvida un pequeño detalle: que la oposición de izquierda, que, según se dice, ”expresó en el fondo” los intereses de los Nepmen y de los elementos burgueses, quería que se tomaran medidas económicas contra ellos, mientras que la mayoría del CC quería protegerlos. En cuanto a la afirmación de que Trotsky quería, en último análisis, restaurar el capita­lismo, resulta curioso que sus contemporáneos no se enteraran de ello, como lo demuestra el que le permitieran durante años ejercer funciones dirigentes en el partido y el estado. Se trata de calumnias sin ninguna base, de miserables vestigios de las calumnias stalinianas que tuvieron que eliminarse tras la con­dena del culto de la personalidad.
La faceta tragicómica de esta tesis falsificadora es que la mayoría de los miembros de este famoso comité central de oc­tubre de 1923 que, según parece, encarnaba las virtudes leninistas... fue posteriormente liquidada por Stalin como contra­rrevolucionaria. Los autores de la Historia se encuentran, pues, ante la tarea imposible de tener que condenar a la vez a esta mayoría y a la oposición, y prefieren, antes que eso, pasar en silencio la composición de ese comité central excesivamente molesto.
16.a pregunta: ¿Qué política económica propuso la oposición de izquierda a partir de octubre de 1923?
Respuesta: Basta con plantear esta pregunta para darse cuenta de hasta qué punto la calumnia de que la oposición ex­presó ”en el fondo”, ”objetivamente, en último análisis”, la ”presión” del ”enemigo de clase”, de los kulaks, de los Nep­men, de la ”nueva burguesía”, resulta insostenible y fácil de desenmascarar. La oposición de izquierda exigió, desde su cons­titución, una política de industrialización acelerada, de lucha intensificada contra los kulaks, de lucha de clase más acentuada tanto en la ciudad (mediante el reforzamiento de las posiciones económicas y políticas de los obreros) como en el campo (con­tando con el apoyo de los campesinos pobres y favoreciendo el desarrollo de las cooperativas de producción).
E. H. Carr, que, sin embargo, en términos generales, es hos­til a Trotsky y aprueba los hechos asentados, describe las pro­puestas de la oposición del siguiente modo: un plan económico de conjunto y más créditos a la industria pesada.[21] Basta con la lectura de cualquier publicación comunista de la época para verlo.
Así, por ejemplo, en Pravda del 1.0, 3 y 4 de enero de 1924, se publica el texto de un largo debate entre Rykov, que habla por la mayoría del comité central, y los portavoces de la opo­sición (Osinski, Preobrazhenski, Piatakov, I. N. Smirnov). El proyecto de resolución de la oposición atribuye la crisis econó­mica que está sufriendo entonces la URSS ”a la falta de un plan que unifique el trabajo de todos los sectores de la econo­mía del estado”.
Y este proyecto de resolución insiste en el hecho de que la clave del auge económico es el desarrollo de la industria, y re­chaza la idea de la supremacía del mercado en beneficio del plan económico. No añadiremos sino que Mikoyan, portavoz de la fracción staliniana, atacó la idea ”trotskista” de un plan de desarrollo único de la industria como ”la cima de la uto­pía”.[22]
Podríamos seguir citando. Pero no hace falta. Bastaría con reproducir cualquier revista o diario comunista ruso de los años 1923-27 para darse cuenta de que, efectivamente, la opo­sición realizó una campaña sistemática a favor de un plan de industrialización acelerada y de una acentuación de la lucha contra los kulaks. Claro que, por esta misma razón, la burocra­cia en el poder mantiene todos estos textos bajo siete llaves. Por razones análogas, Stalin evitó cuidadosamente que el pú­blico tuviera acceso a los documentos de 1917-18 que permiten ver el papel real de Trotsky, de los viejos bolcheviques y... de él mismo antes, durante y después de la revolución de octubre. Sin embargo, estos textos están siendo hoy publicados. No ha­brá que esperar mucho antes de que la juventud soviética sepa la verdad respecto a la lucha de la oposición, gracias a los do­cumentos de la época y pese a las mentiras de la Historia del PC de a Unión Soviética.
17.a pregunta: ¿Es cierto que la oposición ”lanzó consignas aventureras” de aumento de los impuestos agrícolas y de los precios de los productos de consumo en sus propuestas de in­dustrialización del país?
Respuesta: ¡Ahí puede verse cómo la acumulación de falsificaciones conduce a contradicciones manifiestas! En la página 393 del primer tomo, la Historia afirma que los opositores no hacían más que apoyar a los Nepmen; mientras que en la página 390 se acusa a Trotsky de haber predicado ”el desarrollo de la industria mediante la explotación de los campesinos”. Explotar al kulak es una extraña manera de apoyarlo... La misma acusación vuelve a hacerse en la página 16 del segundo tomo:
”Especialmente peligrosas fueron las propuestas trotskistas de aumentar el impuesto agrario que pesaba sobre los campesinos, y de aumentar los precios de venta de los productos industriales... La política de capitulación (?) de los trotskistas y los zinovievistas hubiera conducido, en la práctica, a la restauración del capitalismo en el país soviético”.
¿Cómo es posible que una política que aumenta el impuesto que deben pagar los campesinos sea, al mismo tiempo, una política de capitulación ante estos mismos campesinos, o ante los elementos burgueses del campesinado (a los que Trotsky propuso gravar especialmente; volveremos a ello)? He aquí un misterio que sólo puede resolver la lógica burocrática.
¿Qué sucedió en realidad? Ya en 1923, Trotsky desveló el fenómeno de las tijeras: el precio de los productos agrícolas bajaba bajo la presión de una recuperación de la producción más acentuada en la agricultura que en la industria. El precio de los productos industriales aumentaba bajo la presión de una demanda de estos bienes superior a la oferta. No es cierto, pues, que Trotsky fuera partidario de un aumento de precio de los productos industriales. Quería, por el contrario, que, gracias a un más rápido desarrollo de la industria, los precios industriales aumentaran menos rápidamente que los precios agrícolas, o incluso bajaran en relación a ellos. Este era el medio más seguro de conservar la alianza de los obreros y los campesinos.
Pero el campesinado no era una clase unida. Ya en 1923, Trotsky y la oposición llamaron la atención del partido en torno al hecho de que el trigo que se vendía en la ciudad sólo estaba en proporción creciente en relación a los kulaks: éstos empezaban a concentrar en sus manos todos los excedentes agrícolas. Aprovechándose de la libertad de comercio, los Nepmen, comerciantes y traficantes privados de la ciudad, concentraban igualmente buena parte del fondo de acumulación en sus manos. Preobrazhenski evaluaba esta acumulación privada, durante los años 1923-25, en unos quinientos millones de rublos-oro. La oposición propuso que una parte considerable de ambos excedentes, que se encontraban en manos de las capas explotadoras de la sociedad, fuera absorbida gracias a una política fiscal y a una política de precios adecuadas. Los fondos obtenidos de este modo debían ser empleados en la aceleración de la industrialización y en una mejora, especialmente, de la situación de los campesinos pobres.
Esta política no fue adoptada. Durante cinco años, la dirección del partido negó los peligros denunciados por Trotsky y la oposición. Bujarin y Stalin afirmaron que no existía contradicción alguna entre la acumulación privada y los intereses del desarrollo económico del estado. Decían que la oposición ”exageraba” el peligro de los kulaks. Acusaron a las propuestas de la oposición de llevar al peligro de que se precipitara una ruptura de la alianza de los obreros y los campesinos.
Pero los acontecimientos iban a dar la razón, dramáticamente, a Trotsky y la oposición. Tal como constata la misma Historia del PC de la Unión Soviética[23], durante el invierno de 1927-28 ”los kulaks, que poseían grandes reservas de cereales, se negaron a vender (este trigo) al estado a los precios fijados por el poder soviético”, tal y como había previsto la oposición a lo largo de varios años.[24] En la página 54 del segundo tomo, se repite este mismo argumento con aún más energía. La reac­ción de la fracción staliniana no fue menos violenta: ¡”confis­có el grano” de los kulaks! [25]
Dicho de otro modo: tras haber acusado a Trotsky de haber querido ”destruir la alianza de los obreros y los campesinos” gravando más a los kulaks, se vio obligada a expropiarlos, pura y simplemente, lo que provocó una terrible crisis social y un descenso de la producción agrícola que significó una catástrofe cuyos efectos aún hoy pueden sentirse.
Si se hubiera seguido la opinión de la oposición, se hubiera dispuesto de una parte creciente de los excedentes de los kulaks desde 1923. La industrialización se hubiera acelerado a partir del mismo año. El esfuerzo, que se condensó en los años 1928-34, se hubiera extendido al período 1923-34. Con ello, los sa­crificios impuestos al pueblo soviético hubieran sido infinita­mente más livianos, las pérdidas y despilfarros mucho menores, y los resultados mucho más impresionantes que los que se ob­tuvieron mediante la industrialización tardía, pero febril, de­cidida por Stalin.
Todo esto podrá constatarlo por sí misma la juventud so­viética mediante el estudio y la comparación de los documentos de la época. Todas las falsificaciones de la Historia del PC de la Unión Soviética serán incapaces de ocultar por más tiempo esta verdad manifiesta.
18.a pregunta: La Historia del PC de la URSS afirma que ”en el centro de los desacuerdos de principio entre el partido y el bloque trotskista-zinovievista, figuraba la cuestión de la posibilidad de victoria del socialismo en la URSS... El bloque antipartido trotskista-zinovievista negó obstinadamente la posi­bilidad de la victoria del socialismo en un solo país, en la URSS. Se componía de capituladores encubiertos, hostiles a las con­quistas de la revolución socialista de octubre”.[26] ¿Es esto cierto?
Respuesta: Es cierto que la posibilidad de llevar victoriosa­mente a término la construcción del socialismo en un solo país fue una de las principales cuestiones teóricas que se debatieron entre la oposición de izquierda y la fracción staliniana del co­mité central durante los años 1923-1927. Pero contrariamente a lo que afirman los autores de la Historia, esta cuestión no estuvo referida al problema de la industrialización de la URSS, de la elaboración de los planes quinquenales, del desarrollo de las fuerzas productivas. No podía referirse a estos problemas por cuanto fue la oposición, y no la fracción mayoritaria, la primera en elaborar proyectos en este sentido, en contra de la resistencia y de los sarcasmos por parte de la fracción stali­niana.
El verdadero problema no fue el de la puesta en marcha de la industrialización, del inicio de la construcción del socialis­mo, sino el de la terminación de esta construcción en un solo país. Se trataba pues, en el fondo, al menos en apariencia, de una discusión sobre definiciones.
Si se define como sociedad socialista una sociedad en la que los principales medios de producción son, en lo esencial, de propiedad colectiva, entonces, naturalmente, sí que es posible llevar a término este proceso en un gran país (aunque en la URSS esto no se da ni siquiera actualmente: los koljoses siguen poseyendo muchos medios de producción; acaban incluso de obtener la propiedad de la maquinaria agrícola; y los campe­sinos privados siguen poseyendo buena parte del ganado y mi­llones de hectáreas de tierra).
Pero esta definición, inventada por Stalin, no corresponde en absoluto a la tradición marxista-leninista. Sólo se la puede justificar con la ayuda de unas pocas citas de Lenin, aisladas de su contexto, en las que Lenin emplea el término de ”socialismo” como sinónimo de revolución socialista (en especial, el célebre artículo de 1915 sobre los Estados Unidos de Europa, invocado miles de veces a este propósito por los autores stali­nianos). Existen, en cambio, numerosísimos pasajes en los que Marx y Lenin definen la sociedad socialista como una sociedad en que todas las clases han desaparecido, en que el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y de la productividad del trabajo es notablemente superior al de los países capitalistas más avanzados, etc. En este sentido clásico del término, la URSS está lejos de haber llevado a su término la construcción del so­cialismo, y eso hoy, por no hablar ya del año 1936, año en que su terminación fue oficialmente proclamada (cosa que desacre­ditó al socialismo, identificado, a los ojos de las masas obreras de muchos países, con un nivel de vida inferior al de los países capitalistas más avanzados).
Limitémonos a citar algunos pasajes de Lenin en apoyo de esta definición clásica de la fórmula llevar a término la cons­trucción del socialismo:
”Para la victoria del socialismo, no basta con derribar el ca­pitalismo; también hay que suprimir las diferencias entre pro­letariado y campesinado.” [27]
”¿Ha habido acaso alguna vez alguien entre los bolcheviques que haya cuestionado el que la revolución no puede vencer definitivamente más que cuando haya englobado a todos los países o, al menos, a algunos de los países más avanzados?” [28]
”La revolución social en un solo país no puede llevar a una victoria definitiva más que con dos condiciones: a condición de que se vea apoyada a tiempo por la revolución social en un país o en varios países avanzados. La segunda condición es un acuerdo del proletariado, que realiza su dictadura y toma en sus manos el poder del estado, con la mayoría de la población campesina... .” [29]
El propio Stalin escribió, aún en 1924, en su libro Lenin y el leninismo:
”Para derribar a la burguesía basta con los esfuerzos de un solo país. Pero para la victoria definitiva del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un país, y especialmente de un país agrícola como Rusia, son in­suficientes. Para ello se necesitan los esfuerzos de los obreros de cierto número de países altamente desarrollados.” [30]
¡Y volvemos a encontrar la misma fórmula incluso en la primera edición de las Cuestiones del leninismo!... Añadamos que si, en la actualidad, el problema de la terminación del socialismo adquiere un cierto aire realista (en un futuro aún bastante lejano, eso es cierto), ello se debe a que:
1. El aislamiento de la revolución rusa ha sido roto por la gran revolución china y por la creación de numerosos estados obreros deformados en Europa y en Asia;
2. La URSS, contrariamente a lo que era en 1923-28, se ha convertido en una potencia industrial que está entre las más avanzadas, en la segunda del mundo.
Es lícito preguntarse: ¿por qué la discusión sobre este pun­to oscuro de la teoría marxista, discusión, después de todo, puramente académica, ha llegado a ocupar un lugar tan impor­tante en la historia del partido bolchevique? Algunos han afir­mado que, al oponerse a la teoría del socialismo en un solo país, Trotsky contrapuso ”la extensión internacional de la revolución a la industrialización de la URSS”. Hemos demostrado ya que esta interpretación de la lucha de fracciones en el partido ruso es errónea, ya que la oposición exigía simultáneamente la in­dustrialización acelerada y el abandono de la ”teoría sobre la posibilidad de llevar a término la construcción del socialismo en un solo país”.
Es preciso, pues, invertir los términos del problema. El pro­blema de esta posibilidad adquirió tanta importancia para una parte de los dirigentes del PC de la URSS porque reflejó objetiva­mente la formación nacionalista, pequeñoburguesa, de su pensamiento, que pretendió subordinar el desarrollo de la re­volución internacional a los supuestos intereses de la construc­ción del socialismo en la URSS. Esto llevó a la fracción stali­niana a unos errores catastróficos, ante todo en la revolución china y en Alemania en 1930-33, que desembocaron en la toma del poder por Hitler. Esto llevó, posteriormente, a una política abiertamente contrarrevolucionaria en Francia, España, etc. (1934-1938), en Francia, Italia, etc. (1944-1948). Esta ideología no hace más que expresar los intereses sociales particulares de una formación social determinada, la burocracia soviética.
Es evidente que, objetivamente, esta política, lejos de ayudar al desarrollo económico del país o de proporcionarle un tiempo de respiro antes de una agresión imperialista, causó un daño inmenso a la URSS. Permitió que Hitler reuniera las fuerzas concentradas de toda Europa contra la Unión Soviética, tal como admite la Historia en las páginas 162-163 del segundo tomo. Una política que conduce a un resultado tan desastroso es con­traria a los intereses de la URSS. No concuerda más que con los intereses de la casta burocrática.
19.a pregunta: ”En materia de política exterior, los trotskis­tas y los zinovievistas negaban (!) la necesidad de defender a la URSS contra una agresión imperialista”, se dice en la Historia[31]. ¿Es cierto?
Respuesta: Se trata, una vez más, de una pura y simple calumnia. Trotsky luchó hasta su último aliento por el princi­pio marxista de la defensa de la URSS, estado obrero, aunque degenerado, contra el imperialismo. Todos sus escritos así lo atestiguan. Su última batalla política – véase su libro En de­fensa del marxismo[32] – se refería precisamente a esta cues­tión. La IV Internacional, trotskista, sigue hoy fiel a este prin­cipio marxista. La historia atestiguará, en todo caso, que los trotskistas supieron seguir fieles a los principios, haciendo ri­gurosa abstracción de todo subjetivismo político, ya que han seguido comprometidos en la defensa de la URSS a pesar (y en el mismo momento de producirse) de los peores excesos come­tidos por la burocracia soviética contra ellos (asesinato de Ios viejos opositores en la URSS; asesinatos y secuestros en Es­paña y en otras partes; asesinato de Trotsky; asesinatos come­tidos durante e inmediatamente después de la segunda guerra mundial).
20.a pregunta: ¿Estaba la oposición de izquierda por la cons­titución de un segundo partido soviético?
Respuesta: Hasta 1934, la oposición de izquierda defendió el punto de vista de que era inútil crear un nuevo partido, de que había que luchar por el enderezamiento del PC de la URSS, de la Internacional Comunista y de todos los partidos comu­nistas deformados por la dirección staliniana. La oposición luchó, primero, como tendencia, y luego como fracción, porque se vio obligada a ello por la represión burocrática.
En un partido democrático sano, cuya política general sea correcta, las formaciones de tendencia conservan un carácter pasajero. Así ocurrió en el partido bolchevique en la época de Lenin. Cuando aparecen fracciones, eso es síntoma de un mal objetivo. Así interpretó Lenin las cosas, incluso en la época de la fracción de Chliapnikov (oposición obrera), a la que, sin embargo, combatió. Stalin no quiso admitirlo. Sustituyó la con­cepción marxista-leninista del partido revolucionario como aso­ciación de iguales por la concepción burocrática y conservadora según la cual toda tendencia discrepante con la mayoría del comité central era, automática y necesariamente, una agencia objetiva del enemigo de clase. La aplicación práctica de esta concepción no podía, de hecho, dejar de impedir toda discusión democrática en el partido.
Ahora bien, tanto la teoría como la experiencia nos enseñan que es absurdo dar por supuesto que la mayoría de los organismos dirigentes logren adoptar posiciones justas automáticamente y en todo momento. Los problemas que se plantean a un partido revolucionario – y a fortiori a un partido revolucio­nario que ejerce el poder en un estado obrero – son, a menudo, problemas nuevos cuya solución no queda demasiado garan­tizada mediante la referencia a los clásicos, mientras que una confrontación de nuevas y sucesivas experiencias permite en­contrar, en definitiva, esta solución.
En más de una ocasión, Marx y Lenin, por sólo tomar estos dos ejemplos, se encontraron en minoría en los organismos dirigentes de los partidos a los que se habían adherido. Estran­gular la discusión y la lucha de tendencias significa, en defi­nitiva, hacer más difícil el proceso por el que el partido revo­lucionario se apropia la realidad incesantemente móvil con objeto de reaccionar de la forma más conforme con los inte­reses del proletariado.
Tampoco se puede defender la tesis según la cual esta dis­cusión sólo debería admitirse en el seno de los comités centrales y de otros organismos dirigentes. En efecto, toda práctica de este género hace inclinar la balanza a favor de la mayoría del comité central y del aparato del partido. Ahora bien, si se ad­mite que esta mayoría puede equivocarse, impedir una discusión democrática en la base significa hacer más difícil la corrección de los errores cometidos, lo cual puede comportar consecuencias desastrosas para el partido, la clase obrera y el estado obrero.
Una discusión democrática supone que las distintas tendencias del comité central puedan exponer libremente, antes de los congresos, sus posiciones ante la base, en plataformas y en debates orales y escritos en torno a estas plataformas. En otros términos, supone la libertad de organizar tendencias. Pero si se prohiben las fracciones, se puede entonces asfixiar toda lucha de tendencias acusando a una tendencia minoritaria de haberse transformado en fracción. Y si se suprime el derecho a la constitución de distintos partidos soviéticos, se puede entonces asfixiar la lucha de fracciones o de tendencias afirmando que la minoría se transforma objetivamente en un segundo partido.
En la práctica, por lo demás, cuando unas divergencias políticas sobre las que la historia no ha dicho aún su última palabra se hacen demasiado agudas y se manifiestan durante demasiado tiempo, es preferible, desde el punto de vista de los mismos intereses del partido, permitir que una minoría se organice aparte antes de paralizar en amplia medida la vida del partido con una lucha incesante. Será la confrontación entre las plataformas de distintos partidos la que hará surgir la posición justa.
Los stalinianos – y los kruschevianos – justifican su oposición al derecho de formación de distintos partidos soviéticos, al derecho de formación de fracciones y al derecho de tendencia mediante argumentos objetivos y subjetivos igualmente engañosos.
El argumento objetivo consiste en que, cuando no existen oposiciones de clase, no se justifica la existencia de distintos partidos. Este argumento supone, ante todo, que en la URSS no se dan conflictos de intereses de clase, y, en segundo lugar, que cada clase, históricamente, expresa sus intereses a través de un solo partido. Ambas afirmaciones son falsas. En la URSS hay dos clases sociales cuyos intereses, tanto históricos como inmediatos, difieren a menudo. En segundo lugar, la historia nos enseña que las distintas clases sociales conocen, en su seno, intereses de capas, de grupos, de sectores lo bastante distintos para justificar la existencia de distintos partidos durante largos períodos.
En cuanto al argumento subjetivo, se centra en la situación difícil en que se encuentra el estado soviético, rodeado de enemigos, fortaleza asediada, con una clase obrera muy minoritaria. Este argumento tiene cierta validez en el período de la guerra civil abierta, durante la cual puede resultar inevitable una cierta limitación de la democracia soviética.
Pero, ¿no resulta sorprendente que, en plena guerra civil, no sólo hubiera, en distintas ocasiones, lucha de tendencias en el seno del partido bolchevique, sino que además existieran distintos partidos soviéticos (especialmente SR de izquierda, mencheviques, anarquistas, el bund) legalizados durante largos períodos, mientras que en la URSS actual, que ya no está ni desarmada, ni cercada, ni apoyada por un proletariado minoritario, sino que es la segunda potencia militar e industrial del mundo, no haya ni libertad de constituir partidos soviéticos, ni derecho de fracción, ni derecho de tendencia?
La Historia del PC de la Unión Soviética afirma, en la página 20 del segundo tomo, que la oposición de izquierda violó abiertamente las leyes soviéticas al organizar manifestaciones públicas en el X aniversario de la revolución de octubre. En realidad, no había nada en la constitución soviética de la época que prohibiera la organización de distintos partidos soviéticos, la organización de reuniones públicas o la organización de manifestaciones en la calle. Estos derechos democráticos tradicionales de los trabajadores nunca han sido revocados formalmente. La cínica afirmación de la Historia permite ver mejor el abismo que separa la legalidad soviética de la práctica arbitraria de la burocracia.
21.a pregunta: ¿Por qué fue excluida la oposición de izquierda del partido comunista de la Unión Soviética?
Respuesta: La oposición de izquierda fue excluida porque sus miembros se negaron a renegar de sus convicciones. Esto puede verse claramente en la resolución del XV congreso del PC de la Unión Soviética, donde se decía, por ejemplo:
”El congreso exige el desarme ideológico y orgánico de la oposición, pide que se consignen los puntos de vista antes expuestos como antileninistas y mencheviques, así como la acepta­ción de la obligación de defender en todas partes las concepcio­nes y decisiones del partido, de los congresos del partido, de las conferencias del partido y del CC del partido.”
Rykov, en el discurso de clausura del XV congreso, hablan­do en nombre de la mayoría del CC, había precisado, por lo demás:
”Respecto a cada uno de los integrantes activos de la oposición, en la medida en que renuncie a sus errores ideológicos y prácticos, y al volverlo a acoger el partido en su seno, deberá elaborar las medidas y condiciones que excluyan la posibilidad de que se repita lo que ha ocurrido en el curso de los dos últimos años.” [33]
La Historia del PC de la Unión Soviética, por lo demás, repite sustancialmente la misma idea.[34]
En nombre de la oposición, Kamenev había respondido por anticipado a esta reivindicación inadmisible (Trotsky y Zino­viev, los dos principales portavoces de la oposición, habían sido excluidos del partido en vísperas del XV congreso, y no habían podido tomar la palabra en él). Había declarado:
”...(Decidimos) someternos a todas las decisiones del con­greso del partido, por duras que puedan resultarnos (Interrupción: ’eso es de forma’), y ejecutarlas.
Actuando de este modo, actuamos al estilo bolchevique; pero si a esta sumisión completa y sin condiciones a todas las deci­siones del congreso del partido, a la renuncia completa, a la completa liquidación de toda lucha fraccional bajo todas sus formas y a la disolución de las organizaciones fraccionales, le sumamos aún la renuncia a nuestros puntos de vista, esto, en nuestra opinión, no sería bolchevique. Esta exigencia de renun­cia a las propias opiniones nunca se ha planteado en nuestro par­tido. Si por nuestra parte se produjera una renuncia a las opinio­nes que defendíamos hace tan sólo una o dos semanas, esto se­ría hipocresía, y no nos concederíais ningún crédito.” [35]
Aquí se confrontan dos concepciones distintas de la orga­nización: la del centralismo democrático, que obliga a la ejecución, aplicación y defensa pública de las decisiones adoptadas por la mayoría, pero que deja a las minorías el derecho a con­servar sus opiniones, a defenderlas dentro del partido y a vol­ver a cuestionar las decisiones mayoritarias después de la prue­ba de los hechos, en el curso de períodos de discusión decididos por los organismos de dirección (especialmente en los períodos que preceden a los congresos y conferencias nacionales), y la con­cepción del centralismo burocrático, que obliga a las minorías a rendir las armas en el terreno ideológico, a abandonar la de­fensa de sus ideas incluso dentro del partido, a renunciar a toda tentativa de revisión de las decisiones mayoritarias, y que im­pide, con todo ello, la corrección de los errores que corneta la mayoría. No es necesario decir que toda la práctica leninista es contraria al centralismo burocrático, y que Lenin jamás exigió que los bolcheviques en desacuerdo con él en tal o cual cuestión renunciaran a sus ideas para permanecer en el par­tido.
Este asunto tuvo, como es sabido, una continuación trágica. En contra de la misma declaración firme que acabamos de re­producir, Kamenev y sus compañeros de tendencia hicieron, al final del XV congreso, una declaración de renuncia a sus ideas. Tal como era de esperar – y tal como lo había previsto la oposición, y tal como el propio Kamenev había anunciado –, los dirigentes del partido no tardaron en iniciar contra los opositores que habían capitulado las acusaciones de ”duplici­dad”, ”hipocresía”, etc..[36] No podían creer que unos viejos bolcheviques hubieran abandonado unas convicciones que ha­bían defendido durante años. Pero, ¿por qué entonces habían exigido semejante abjuración pública, si no para quebrar a aquellos hombres moralmente y conducirlos al camino que llevaría a las monstruosas confesiones de los procesos de Moscú?
3. La explicaciónmarxista del ”culto de la personalidad”, es decir, de la época de la dictadura staliniana
a pregunta: ¿Cómo se colectivizó la agricultura soviética, y cuáles fueron los resultados de esta forma particular de co­lectivización?
Respuesta: La agricultura soviética fue colectivizada por la fuerza, en contra de la resistencia de la gran mayoría de los campesinos, tanto ricos como medios. Los resultados fueron desastrosos: matanza sistemática de las bestias y descenso de­sastroso de la producción agrícola. Se produjo, consecuente­mente, una crisis de aprovisionamiento de las ciudades (y de los trabajadores) soviéticas, que, según admitió el propio Kruschev, seguía sin estar resuelta al cabo de veinticinco años.
Según el bloc estadístico La economía nacional de la URSS[37], publicado por el gobierno soviético, el ganado bo­vino ascendía, en 1928 (en los límites de las actuales fronteras de la URSS), a 66,8 millones de cabezas. En 1930 había descen­dido a 50,6 millones, en 1931 a 42,5 millones, en 1932 a 38,3 mi­llones, y en 1934 a 33,5 millones: ¡la mitad del ganado había desaparecido en cinco años! La evolución de la producción de cereales no fue menos catastrófica. Hubo que esperar hasta 1937 para recobrar el nivel de producción de 1927, y la pro­ducción de 1937 por habitante aún no se ha igualado en 1960...
En vista de estos hechos indiscutibles, determinadas afir­maciones de la Historia del PC de la Unión Soviética adquieren un carácter especialmente odioso. Así, por ejemplo, en ella se afirma[38] que la formación de los koljoses se hizo con retra­so (!) respecto a ”la amplitud del movimiento de las masas campesinas” por la colectivización; y se habla explícitamente de las masas de campesinos pobres y medios. Ahora bien, los cam­pesinos pobres y medios constituían el 85 % del campesinado soviético. Si realmente esta masa se hubiera precipitado entu­siásticamente hacia los koljoses, ¿cómo explicar el trágico he­cho de que, entretanto, abatiera la mitad de su ganado para no tener que entregarlo a las cooperativas de producción?
En las páginas 44-45 y 51 del segundo tomo, los autores de la Historia aseguran que la colectivización íntegra de la agri­cultura soviética fue preparada por el partido y el estado me­diante una serie de medidas económicas que permitieron la creación de una base técnica y agrotécnica adecuada para las grandes empresas koljosianas. En realidad, ya hemos visto que los dirigentes de la fracción dirigente del PC se habían negado a escuchar las advertencias de la oposición de izquierda, se habían negado a preparar la colectivización progresiva de la agricultura, y habían actuado, a partir de 1928, precisamente bajo el efecto del pánico y sin preparación adecuada.
Durante largos años, los koljoses no dispusieron de la base técnica necesaria para una elevación apreciable de la produc­tividad del trabajo. Peor aún: ¡la fuerza de tracción que había sido destruida por la matanza masiva de caballos fue superior, hasta mediados de los años 50, a la fuerza de tracción de los tractores! Y, pese a una fuerte extensión de los cultivos, la producción aumentó muy poco (salvo en el caso de los cultivos industriales), lo que prueba que la productividad no había aumentado, sino disminuido.
Más adelante, los autores de la Historia admiten, por lo demás, que durante la colectivización se cometieron ”errores y excesos”, y que ”muchos campesinos, cediendo a las provocaciones de los kulaks, habían matado vacas, puercos, corderos y gallinas”.[39] Sin embargo, repitámoslo, más de la mitad
del ganado fue abatido porque no eran tan sólo ”muchos cam­pesinos”, sino gran parte (la mitad, casi la mitad o más de la mitad) del campesinado el que era hostil a la colectivización
y se vio obligado a entrar por la fuerza en los koljoses. Y, sien­do así, ¿cómo creer a los autores de la Historia cuando afirman que ”el paso a la colectivización total señala un viraje radical de las masas campesinas fundamentales hacia el socialismo”? [40]
23.a pregunta: ¿Por qué no se corrigieron los errores de la política agrícola staliniana durante veinticinco años?
Respuesta: La Historia del PC de la Unión Soviética, al ex­poner el balance del primer plan quinquenal, no sólo subraya los saltos adelante, incuestionables e impresionantes, de la pro­ducción industrial, sino también la ”mejora radical de la si­tuación material de los trabajadores”, tanto en la ciudad como en el campo[41]. Más adelante, afirma que ya en 1934 el problema del aprovisionamiento de las ciudades quedaba entera­mente resuelto.[42]
Sin embargo, veinticinco años más tarde, en 1955, Kruschev confesó brutalmente que ese problema del aprovisionamiento seguía sin estar resuelto, y dos años más tarde atacó violenta­mente a Malenkov por haber dicho lo contrario en 1952. Júz­guese pues hasta qué punto la afirmación de los autores de la Historia está hecha con ligereza y sin base alguna.
En realidad, la política agrícola staliniana provocó una cri­sis de aprovisonamiento de víveres en el pueblo soviético, crisis que duró de 1928 a 1955-56, es decir, veintisiete años, y que impuso al pueblo unos sacrificios terribles que hubieran podido ser evitados. Es manifiestamente imposible explicar un fenó­meno social de tanta envergadura a través de un mero hecho sicológico (el culto de la personalidad). Como marxistas, noso­tros partimos de la concepción de que los fenómenos sociales (fenómenos que implican a millones de individuos) deben tener una explicación social y no pueden explicarse por el papel de determinados individuos, sean reyes o generales, césares o tri­bunos.
La imposibilidad por parte del PC de la URSS de modificar esta política errónea durante más de un cuarto de siglo, pese a sus desastrosas consecuencias para el país, para su clase obrera y para la alianza de los obreros y los campesinos, de­muestra perentoriamente que en aquel partido había algo po­drido, que en él no había ya ni centralismo democrático ni libertad de discusión, ni en la cumbre ni en la base. La tesis según la cual ese partido había sufrido un proceso de degene­ración burocrática, tesis defendida por la oposición de izquier­da desde 1927, queda de este modo confirmada.
Pero esta degeneración burocrática de un partido obrero que gobernaba un estado obrero no debe entenderse como un fe­nómeno puramente político (ausencia de democracia obrera). Tiene, forzosamente, raíces sociales concretas. Hay que desve­larías, y así lo haremos más adelante.
24.a pregunta: ¿Cómo pudo Hitler tomar el poder?
Respuesta: El acceso de Hitler al poder es el hecho domi­nante de la historia mundial de los años 30. Tuvo unas conse­cuencias terribles, ante todo para la clase obrera alemana, en segundo lugar para la clase obrera europea, y, por último, para el propio pueblo y el propio estado soviéticos, a los que costó veinte millones de muertos y unas devastaciones incalcu­lables.
A imitación del Manual de 1938, los autores de la Historia del PC de la Unión Soviética se contentan con constatar que, pese al ”despertar revolucionario” de la clase obrera alemana, que se ”manifestó con una fuerza particular”, los burgueses ”decidieron entregar el poder a los hitlerianos”.[43] Y ahí se quedan.
Sin embargo, en un país desgarrado por la lucha de clases, la decisión de una de las partes en presencia no basta para obtener la victoria. Es preciso, además, que la relación de fuer­zas le sea favorable, o que la política seguida por el campo adverso le permita imponerse. En Alemania, la clase obrera tenía tanta fuerza que imponer al país una dictadura fascista y destruir todas las organizaciones obreras sólo fue posible a consecuencia de la división y la pasividad de la clase obrera.
Indiscutiblemente, los dirigentes socialdemócratas tienen buena parte de la responsabilidad de ese estado de cosas. Esto se subraya en el Manual de 1938[44]; ¡y se suprime en la Historia de 1959! Pero, ¿qué hay de los comunistas? El Manual de 1938 señala que obtuvieron seis millones de votos; la Historia de 1959 suprime pudorosamente este hecho significativo, sin duda para evitar que se plantee la pregunta: ¿y cómo esa fuerza impresionante no se mostró capaz de cortarle el paso al fascismo?
Los hechos nos dan la triste respuesta a esta pregunta. Los dirigentes comunistas de entonces, incluido Stalin, subestima­ron por completo la importancia del peligro fascista. Pensaron que la ”aventura hitleriana” no sería más que un breve inter­ludio antes de la conquista del poder por el PC alemán. No previeron en absoluto los efectos desastrosos de una victoria fascista, tanto sobre la clase obrera alemana como sobre la situación en Europa.
Pese al ascenso del peligro fascista, sabotearon, en la práctica, la política de unidad de acción de la clase obrera, al afirmar que la socialdemocracia era el ”principal peligro”, y al asumir la estúpida tesis de Stalin según la cual ”la socialdemocracia y el fascismo son gemelos”, la teoría del socialfascismo.[45] Trotsky y el movimiento trotskista internacional pusieron en guardia a los comunistas rusos, alemanes e internacionales ante esta política errónea. Hicieron un llamamiento a la constitución de un frente único comunista-socialista, desde la cumbre hasta la base, para repeler la ofensiva fascista y luego, con las fuerzas así consolidadas, lanzarse al asalto contra el capitalismo. Cundo Hitler fue nombrado canciller, y durante los meses en que las organizaciones obreras tuvieron aún un respiro, no se llevó a cabo ningún intento de organizar un levantamiento antifascista.
25.a pregunta: ¿Qué ocurrió en la URSS entre el asesinato de Kirov y la dimisión de Iejov como jefe de la GPU?
Respuesta: Según la Historia del PC de la Unión Soviética, entre el 1.° de diciembre de 1934 y el 1.° de noviembre de 1936 no hubo, en el seno del PC de la URSS, más que un solo hecho que merezca ser relacionado: el control de los carnets de los miembros del partido.[46] Dado que el asesino de Kirov, el primer secretario del partido en Leningrado, tenía carnet de miembro del partido, se decidió verificarlos para expulsar a los elementos indignos. Se cometió el error, sin embargo, de expulsar a elementos pasivos.
Aunque parezca mentira, así es: eso es todo lo que la Historia (sic) del PC de la Unión Soviética tiene que decir de los acontecimientos más bien tumultuosos de aquellos años.
El Manual de 1938 era algo más explícito. Afirma, en su página 308, que el asesinato de Kirov fue perpetrado por ”esa banda de los trotskistas y zinovievistas unidos”. Prosigue diciendo que esa ”banda” se había vendido ”a los servicios de espionaje fascistas”. Describe luego, satisfechamente, los tres procesos de Moscú en los que esos ”pérfidos” ( ¡los miembros del famoso comité central leninista!) confesaron haber preparado el asesinato ”de todos (!) los demás dirigentes del partido y del gobierno”. Finalmente, explica por qué esos ”desechos del género humano” [47] fueron ejecutados, después de haber perpetrado ”fechorías durante veinte años”.
Nada de todo esto reaparece en la Historia de 1959. Lo único que queda en ella es ”la verificación de los carnets de los miembros del partido”...
Pero hoy disponemos, para conocer la plena y entera verdad de los acontecimientos que se produjeron entonces en la URSS, de un testigo de peso: N. I. Kruschev, primer secretario del PC de la URSS, declaró, en su célebre informe secreto al XX congreso del PC:
”Se ha establecido que de los 139 miembros suplentes del CC del partido elegidos en el XVII congreso, 98 personas, o sea, el 70 %, fueron detenidas y fusiladas (la mayoría en 1937-38)... Esta misma suerte la sufrieron no sólo los miembros del CC, sino también la mayoría de los delegados al XVII congreso del partido. De los 1.956 delegados con voz deliberativa o consultiva, 1.108, o sea, más de la mitad, fueron detenidos bajo la acusación de crímenes contrarrevolucionarios. Este mismo hecho pone en evidencia hasta qué punto eran fantásticas y contrarias al buen sentido las acusaciones de crímenes contrarrevolucionarios levantadas, como vemos ahora, contra la mayoría de los participantes al XVII congreso (1934)... Este fue el resultado de los abusos de poder de Stalin, que empezó a recurrir al terror de masas contra los cuadros del partido.”
En otro discurso ”secreto”, Kruschev evaluó en ”varios millones” los comunistas liquidados durante el período 1935-38. Pero toda esta sucesión de tragedias y de crímenes en una escala colosal, que desembocó en la liquidación física de la mayoría de los cuadros comunistas en la URSS, todo esto se reduce, para los autores de la Historia del PC de la Unión Soviética, a... la verificación de los carnets.
Cierto que más adelante – sin relación alguna con el asunto Kirov o con las persecuciones contra los opositores, o con los procesos de Moscú – la Historia menciona ”la represión ma­siva contra los enemigos ideológicos políticamente vencidos”, de la que también fueron víctimas ”numerosos (!) comunistas y ciudadanos honestos”, así como ”persecuciones y muertes” que tuvieron por autores a Iejov y Beria. Pero no se trata más que de dos o tres frases en un pasaje sobre el culto de la personalidad, integrado, a su vez – es difícil de creer, pero así es –, a un largo desarrollo relativo al ”fortalecimiento de la democracia soviética” y a ”una mayor democracia en el par­tido”... [48]
26.a pregunta: ¿Aportan los ”errores” de Stalin derivados del culto de la personalidad una explicación satisfactoria de todos estos fenómenos desconcertantes?
Respuesta: Hemos examinado, sucesivamente, tres ”errores” de Stalin que tuvieron las más funestas consecuencias para el estado y la clase obrera soviética, así como para el proletaria­do mundial: lo colectivización forzosa, con sus secuelas de mi­seria y hambre; la política del socialfascismo, con el acceso al poder de Hitler, la destrucción del movimiento obrero organi­zado en gran parte de Europa, la invasión de la URSS que, dicho sea de paso, Stalin no había querido prever pesa a múltiples advertencias[49]; y la destrucción física de buena parte de los cuadros del PC soviético mediante el terror de masas.
No es en absoluto suficiente, desde el punto de vista mar­xista, explicar unos fenómenos sociales de tanta envergadura por un mero accidente de sicopatología individual. Tal como he­mos ya indicado, los fenómenos sociales no pueden tener más que una explicación social. La sola explicación marxista válida del problema staliniano está en que una capa burocrática, con unos privilegios que defender – aunque gozando de estos privilegios sobre la base de un modo de producción surgido de la revolución de octubre –, usurpó el poder político en la URSS, expropiando políticamente al proletariado.
Esta tesis marxista – defendida por León Trotsky y por la IV Internacional – permite explicar simultáneamente los dos aspectos contradictorios de la realidad soviética de los últimos treinta años: el magnífico auge industrial y cultural, que ates­tigua la existencia de un modo de producción superior al capitalismo, por un lado; y, por otro, los terribles crímenes come­tidos contra los intereses del proletariado soviético e interna­cional por esta misma burocracia soviética. Decir que en la URSS ”ha triunfado el socialismo”, o que en ella impera un ”capitalismo de estado”, no permite explicar simultáneamente estas dos caras de la medalla soviética.
27.a pregunta: ¿Es la burocracia soviética una nueva clase?
Respuesta: No. No tiene raíces propias en el proceso de producción o en la vida económica del país. No tiene un papel histórico determinado que desempeñar. Se trata de una ex­crecencia parasitaria surgida en el seno del proletariado sovié­tico, en el estado obrero, en una época particular de su histo­ria, debido a fenómenos históricos absolutamente particulares: el aisla­miento del primer estado obrero, su mantenimiento pese al reflujo temporal de la revolución mundial, pero en un país pobre y exangüe que sufría un enorme retraso económico y cultural.
De modo que para suprimir la degeneración burocrática no se precisa una revolución social, no hay que derribar el modo de producción o el orden social: basta con una revolución po­lítica, con un cambio de forma de gobierno que restablezca las libertades políticas de los proletarios soviéticos y la democracia interna en el partido, los soviets y el estado.
28.a pregunta: ¿No demuestran los acontecimientos que se han producido en la URSS desde la muerte de Stalin que la burocracia no es ninguna capa social con intereses propios, con privilegios que defender?
Respuesta: Giuseppe Boffa, enviado especial de L'Unità en Moscú entre 1953 y 1958, y portavoz inteligente de las tesis kruschevianas, escribe, en El gran viraje – de Stalin a Kruschev:
”La acusación de origen trotskista y socialdemócrata – y luego yugoslavo – según la cual la burocracia staliniana se había convertido en una nueva clase cae por su propio peso. Jamás pudo modificar en beneficio propio las relaciones de pro­ducción. Ningún principio esencial del comunismo se vio en ningún momento amenazado. Está en la naturaleza de los ele­mentos burocráticos el tender a diferenciarse y estratificarse, a desvincularse del pueblo. Pero esta tendencia no concuerda con la estructura de la sociedad soviética, sino que entra en abierto conflicto con ella. Esto es lo que confirma la historia de estos últimos años. La acción antiburocrática que desarrolla hoy la Unión Soviética tiene, a través de los discursos y las publicaciones, el acento propio de una lucha de clases. Este método ha sido criticado, y con razón, ya que desorbitaba la magnitud del blanco. Sin embargo, es un exponente adecuado de la intolerancia de ese pueblo frente a todo aquello que, de cerca o de lejos, parece atacar sus principios. Lenin había ob­servado que la lucha contra los fenómenos burocráticos se extendía a decenas de años; la sociedad socialista contiene las condiciones de su derrota definitiva.” [50]
Hemos querido citar este largo fragmento de un texto de un ideólogo oficial de los partidos comunistas con objeto de des­velar las deformaciones y contradicciones que encierra esa ideología.
Acabamos de recordar que León Trotsky y el movimiento trotskista nunca han considerado a la burocracia soviética como una nueva clase. Para ser justos, hemos de añadir que tampoco los comunistas yugoslavos han asumido tal posición, salvo en el corto período en que Milovan Djilas ejerció sobre ellos una influencia predominante. En cuanto a los socialdemócratas, eternos adversarios de la revolución de octubre y de la Unión Soviética, no es más que un amalgama confundir sus posicio­nes con las de unas tendencias comunistas como los trotskis­tas o los titistas.
En el pasaje de Boffa que acabamos de citar, se admite que ”la acción antiburocrática” desarrollada hoy en la URSS toma el acento propio de una lucha de clases, o, para ser más pre­cisos, de una lucha social. La afirmación de que es la Unión Soviética, es decir, el propio estado, el que lleva a cabo tal acción, se ve contradicha en la frase siguiente, en la que se afirma que ”este método ha sido criticado, y con razón”. En realidad, es el estado el que ha sido criticado, y han sido unas capas sociales determinadas (jóvenes, intelectuales progresis­tas, obreros) las que han llevado a cabo, vigorosamente, ”la ac­ción antiburocrática”.
Pero si estas capas han llevado efectivamente a cabo la ac­ción antiburocrática como una lucha social, ¿cómo puede se­guirse negando que ése sea efectivamente un fenómeno so­cial, es decir, un fenómeno de aparición de una capa de perso­nas privilegiadas?
Recordando la posición de Lenin sobre el problema de la burocracia, Boffa subraya, justificadamente, que el fundador del estado soviético puso de relieve su carácter complejo y de larga duración. Pero se guarda mucho de recordar las citas que aquí hemos reproducido y que confirman que Lenin no excluía la posibilidad de una degeneración burocrática de la URSS. ¿Tendremos que recordar que el propio Stalin no excluía esta posibilidad, y eso en 1925?
La afirmación de que la burocracia soviética jamás pudo ”modificar en beneficio propio las relaciones de producción” parece exacta. En realidad, se basa en un malentendido. La bu­rocracia no tenía el menor interés en ”modificar” las relacio­nes de producción existentes, por la sencilla razón de que éstas no impedían la eclosión y extensión de sus privilegios. Estos privilegios están, grosso modo, limitados a la esfera de la distri­bución. Sólo que, para garantizarse estos privilegios, la buro­cracia tiene que mantener el control de todo el sobreproducto social. Es en este control, a la vez arbitrario y parasitario, del sobreproducto social soviético por parte de una capa de per­sonas perfectamente delimitada donde reside, en último análisis, la raíz de la degeneración burocrática. Esta raíz no ha sido extirpada después de la muerte de Stalin o del XX congreso.
La desigualdad social en la URSS, aunque se haya atenuado un tanto, sigue siendo, sin embargo, enorme para un país que se proclama socialista. Hay directores de trusts y otros buró­cratas de alto rango que, en muchos casos, tienen ingresos de diez a veinte veces superiores a los de un obrero mediana­mente cualificado (por no hablar de las capas peor pagadas: barrenderas, empleadas de comercio, etc., cuyo salario se ve a veces superado treinta veces). La gestión de las empresas y de la economía en su conjunto está reservada estrictamente a los miembros de la capa privilegiada. No existe ni una autén­tica cogestión obrera, ni tan siquiera una apariencia de control obrero democrático. La masa de los trabajadores no tiene nin­gún medio de valorar colectivamente las decisiones centrales en materia de planificación y de política económica. Sólo pue­de, todo lo más, protestar contra los efectos de esta política sobre su nivel de vida inmediato y ejercer, de este modo, una presión sobre el gobierno.
La llegada de la era Kruschev no ha modificado los rasgos fundamentales de este régimen. Sólo ha habido ”democratización” en la cumbre de la burocracia, para la cual el comité central se ha convertido en un auténtico pequeño parlamento. Y, por lo demás, ha habido minorías (como el ”grupo antipar­tido”) que no han dispuesto de la posibilidad de defender sus tesis ante la base. Indudablemente, muchas de las reformas de la era kruscheviana han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de las masas; pero han sido concedidas a las masas bajo los efectos de una presión creciente, a lo largo de los años 1953-56, presión que encontró su culminación lógica en las revoluciones polaca y húngara, que Kruschev ha procurado, a cualquier precio, evitar que se produjeran en la URSS. Estas reformas no atestiguan la desaparición del régimen burocrático en la URSS en mayor ni menor medida que las reformas arran­cadas al capitalismo en Occidente desde que se inició el ascenso del movimiento obrero pueden atestiguar la desaparición del capitalismo.
Al afirmar que ningún principio esencial del comunismo se vio nunca amenazado, Boffa contradice lo que él mismo dice unas páginas antes, cuando recuerda que, en contra de las en­señanzas de Lenin, las altas remuneraciones de los ”especialis­tas” se extendieron a los funcionarios del partido y del estado, con lo que se violaban las ”normas de la Comuna de París”.
Ahora bien, Lenin afirmó explícitamente – siguiendo, por lo demás, las huellas de Marx – que estas altas remuneraciones constituían la fuente principal de una ”posible desmoraliza­ción” del poder soviético y de su posible degeneración buro­crática. Así, pues, de esto es de lo que se trata en la URSS desde la victoria de Stalin.
29.a pregunta: La política exterior, que es una prolongación natural de la política interior, ¿atestigua también una degene­ración burocrática en la URSS?
Respuesta: Sin duda alguna. Para no remontarnos a los fe­nómenos anteriores a la segunda guerra mundial (derrota de la revolución china, acceso de Hitler al poder, política de frente popular en Francia y en España, etc.), podemos obtener las pruebas de ello en los desarrollos (sumamente breves) del se­gundo tomo de la Historia del PC de la Unión Soviética refe­rentes a la política internacional de posguerra de la Unión Soviética.
Así, por ejemplo, la Historia menciona, en efecto, la con­quista del poder por el PC yugoslavo y por el PC chino, pero se guarda de precisar que, en estas dos únicas revoluciones so­ciales victoriosas producidas durante y después de la segunda guerra mundial, Stalin y el PC soviético desaconsejaron a Tito y a Mao Tse-tung la toma del poder. ¿No resulta curioso que un estado obrero puro, que un gobierno ”socialista”, frene el desarrollo del comunismo en el mundo?
Cuando los autores de la Historia hablan de la primera fase de la posguerra[51], mencionan, en efecto, el fortalecimiento de los partidos comunistas francés e italiano y la agravación de la lucha de clases. Pero saltan de inmediato a... ¡la ofensiva de la burguesía y la amenaza de regímenes fascistas y criptofas­cistas!
Es forzoso preguntarse: ¿por qué, de entrada, no intentaron estos partidos emplear las armas ofensivas, aprovechándose del terrible debilitamiento del capitalismo en sus respectivos paí­ses, debilitamiento que la Historia reconoce? La respuesta es obvia: en el momento en que el capitalismo estaba más debi­litado, los PC francés, italiano, belga, arrojando por la borda las enseñanzas de Lenin, entraron en gobiernos burgueses de coalición, colaboraron en la reconstrucción del aparato de es­tado burgués (Maurice Thorez: ”Un solo estado, un solo ejér­cito, una sola policía”), frenaron las huelgas, impulsaron con todas sus fuerzas la reconstrucción de la economía capitalista. No fue sino cuando esta política criminal hubo reforzado lo suficiente al capitalismo que la burguesía pudo pasar a la contraofensiva, a partir de 1947-48, tras haber quedado las masas desmoralizadas y decepcionadas por la política reformista seguida por esos PC.
¿Puede semejante política, dictada, sin embargo, por Moscú, ser emanación de un gobierno verdaderamente comunista?
Por último, a partir del XX congreso, el PC de la URSS predica, cada vez más alto, que la guerra puede ser evitada sin la destrucción del capitalismo, que el capitalismo puede hundir: se sin revolución proletaria, que la victoria mundial del socialismo puede ser resultado, más o menos automático, más o menos directo, del reforzamiento de la economía soviética. Semejante síntesis desarma a los trabajadores, siembra la pasividad y el escepticismo en cuanto a las posibilidades revolucionarias del proletariado mundial, y contrarresta, en la práctica, revoluciones auténticas que han estallado pese a la política de los PC, como la revolución argelina.
Por lo demás, es incuestionable que el gobierno soviético llevó una guerra victoriosa contra el imperialismo nazi, organizó la destrucción del capitalismo (desde arriba, sin revolución) en los países de Europa oriental, y ha favorecido la emancipación de los países coloniales. Pero estos dos aspectos contradictorios de la política internacional soviética no son más que el reflejo de la naturaleza contradictoria de la burocracia: está vinculada a las nuevas formas de propiedad y al nuevo modo de producción surgidos de la revolución de octubre, pero constituye al mismo tiempo una fuerza conservadora que explota estas formas nuevas para sus intereses egoístas. Este doble aspecto de la burocracia se refleja perfectamente en su política internacional.
30.a pregunta: ¿Es la Unión Soviética una sociedad sin clases, una sociedad socialista?
Respuesta: Los autores de la Historia del PC de la Unión Soviética afirman ([52] que las clases explotadoras han sido eliminadas en la URSS. Esta afirmación es exacta. Pero eso no impide que subsistan en el país dos clases distintas: la clase obrera y la clase campesina, cuyos intereses, sin ser permanentemente antagónicos, chocan a menudo, y violentamente.
La supervivencia de estas clases se debe, en último análisis, al insuficiente grado de desarrollo de las fuerzas productivas. La supervivencia de la producción mercantil, del dinero, del salario, tiene, en definitiva, las mismas raíces. Como marxistas, entendemos que la supervivencia del estado se debe también a esta causa. La afirmación de que la supervivencia del estado se debe a la necesidad de organizar la economía o de defender el país[53] es insostenible desde el punto de vista marxista; ya que estas funciones pueden cumplirse de un modo mucho más adecuado en una sociedad sin clases mediante otras formas de organización social.
Por consiguiente, la URSS aún no ha llevado a término la construcción del socialismo en una sociedad sin clases; se encuentra todavía en una fase de transición entre el capitalismo y el socialismo. Y cuando las fuerzas productivas se desarrollen y se eleve el nivel cultural, las masas barrerán al régimen burocrático, que constituye un obstáculo para el desarrollo óptimo de la sociedad.
[1] El Manual afirma, por un lado, que los ”trotskistas, zino­vievistas, bujarinistas”, etc., de corriente ideológica se transforman en un ”amasijo contrarrevolucionario” a partir de 1932; pero en otro lugar afirma que eran espías extranjeros... ¡desde 1918!
[2] En la introducción del tomo XXXVI de las Obras Completas de Lenin, se dice:
”Por decisión del comité central del partido comunista de la Unión Soviética, el Instituto de Marxismo-Leninismo publica cinco tomos (del 36 al 40) como complemento a la cuarta edición de las Obras de Lenin. El tomo 36 incluye obras que figuraban en la ter­cera edición, pero que no habían sido incluidas en la cuarta, así como textos de Lenin publicados con posterioridad (!) a la cuarta edición de sus obras (completas)...”
[3] En el XX congreso del PC de la Unión Soviética, Pankratova declaró:
”Si se presenta la verdad histórica de modo no conforme a la verdad, pueden verse obstaculizados los esfuerzos de nuestros cuadros y de nuestros amigos en el extranjero para valorizar correctamente las experiencias válidas de la lucha del partido comunista de la Unión Soviética. Desgraciadamente, no estamos llevando una lucha resuelta contra la desviación respecto al modo en que Lenin juzgaba los acontecimientos históricos, contra todos los elementos antihistóricos y de simplificación, contra la actitud subjetivista ante la historia, contra la modernización (!) de la historia y una concepción de la historia adaptada (!) a cada situación dada y puramente coyuntural (!).”
[4] Pravda, 6 de noviembre de 1918.
[5] Informe íntegro en alemán, p. 63.
[6] León Trotsky, Mi vida, Zero, Madrid, 1970.
[7] Isaac Deutscher, El profeta armado, Ed. Era, México.
[8] Lenin, Las tareas inmediatas del poder de los soviets. El autor cita según Oeuvres choisies, ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1946, t. II, pp. 379-80.
[9] Ibid., p. 401.
[10] Lenin, Obras completas, edición alemana de 1930, t. XXX, pp. 616-17.
[11] Ibid., p. 617.
[12] Lenin, Oeuvres choisies, cit., t. II, p. 962.
[13] Ibid., p. 1.026.
[14] Ibid., pp. 1.031, 1.038.
[15] Carta a Tsiurupa del 21 de febrero de 1922, O.C., t. XXXVI, p. 578.
[16] Al presidente del Banco del Estado, 28/2/1922, O.C., t. XXXVI, n. 579.
[17] Carta a Osinski del 12/4/1922.
[18] Carta al Congreso, 26/12/1922, tercer codicilo del Testamento, t. XXXVI, pp. 609-610.
[19] Historia del PC de la URSS, t. I, p. 392.
[20] Ibid., t. II, p. 393.
[21] E. H. Carr, A History of Soviet Russia, t. IV, The Interregnum, Penguin Books, pp. 91-92.
[22] E. H. Carr, op. cit., p. 128.
[23] Historia del PC..., t. II, p. 33.
[24] Bujarin, hablando, en la 7. sesión del ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, en nombre de la mayoría del CC contra la oposición (según el acta, es ”recibido con vivos aplausos. Los delegados cantan la Internacional”), declaró, especialmente:
”¿Cuál era el más sólido argumento de la oposición contra el comité central? (Pienso en el ario 1925.) Decía, entonces: las contradicciones crecen desmesuradamente, y el comité central no está en condiciones de comprenderlo. Decía: los kulaks, que han acaparado casi todo el excedente de cereales, organizan contra nosotros "la huelga del grano"... Ahora bien, los resultados dicen lo contrario.” (Reprod. en Correspondance internationale, 14 de enero de 1957, 7.° año, n.° 6, p. 92.)
Un año más tarde, ”los resultados” confirmaron por completo este pronóstico de la oposición, y la Historia del PC de la Unión Soviética, en la página 54 del segundo tomo, describe ese mismo fenómeno con los mismos términos: huelga de entregas de trigo por los kulaks...
[26] Ibid.. t. II, pp. 15-16.
[27] Lenin, Discurso en el tercer congreso panruso de los sindicatos, O.C., t. XXV, p. 175, edición alemana de 1930.
[28] Lenin, Obras Completas, primera edición rusa, t. XVI, p. 195.
[29] Lenin, Obras Completas, primera edición rusa, t. XVIII, pp. 137-38.
[30] Stalin, Lenin y el leninismo, pp. 40-41.
[31] Historia del PC..., t. II, p. 16.
[32] Versión castellana en esta editorial: León Trotsky, En de­fensa del marxismo, Fontamara, Barcelona, 1977.
[33] Cit. según Correspondance Internationale, 1927, n.° 129, p. 1.991.
[34] Historia del PC..., t. II, p. 31.
[35] Correspondance Internationale, 1927, n.° 128, p. 1.965.
[36] Historia del PC..., t. II, p. 32, p. 103 y al.
[37] Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1957.
[38] Cf. Historia del PC..., t. II, p. 40.
[39] Historia det PC..., t. II, p. 59.
[40] Ibíd., t. II, p. 51.
[41] Ibid., t. II, p. 84.
[42] Ibid., t. II, pp. 105-106. 102
[43] Ibid., t. II, p. 89.
[44] Manual..., p. 285.
[45] Véase León Trotsky, Escritos, t. III, dedicado en gran parte a estos problemas.
[46] Historia del PC..., t. II, pp. 103-104.
[47] Manual..., pp. 308 y 327.
[48] Historia del PC..., t. II, pp. 124-127.
[49] Ibid., t. II, p. 163.
[50] El autor cita según la edición francesa, Giuseppe Boffa, Le grand tournant – de Staline á Khrouchtchev, Maspero, París.
[51] Historia del PC..., t. II, pp. 230-31.
[52] Ibid., t. II, p. 113.
[53] Ibid., t. II, p. 129.

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