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Timestamp: 2018-01-21 06:31:49+00:00

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Primera parte de la sesion del 23 de marzo de 1915, en, Cronicas y debates de las sesiones de la Soberana Convencion Revolucionaria, recopilacion de Florencio Barrera Fuentes. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
Segunda parte de la sesión del 22 de marzo de 1915
Segunda parte de la sesión del 23 de marzo de 1915
SESIÓN DEL 23 DE MARZO DE 1915
Acta de la sesión anterior.- Se ponen a discusión los artículos 13 y 14 del Proyecto de Reformas político-sociales de la Revolución. Informa el C. Encargado del Poder Ejecutivo, en cumplimiento de un acuerdo de esta H. Asamblea. Dictamen de la Comisión de Gobernación que consulta no es de concederse al C. Encargado del Poder Ejecutivo la prórroga que solicita, para presentar la lista de las personas que deben integrar su Gabinete.- Orden del día.
El C. secretario Treviño pasó lista.
En seguida el ciudadano secretario dio cuenta con el acta de la sesión anterior, y puesta a discusión, sin debate fue aprobada en votación económica.
Continúa la discusión del Proyecto de Reformas político-sociales de la Revolución.
Esta a discusión el artículo 13, que dice:
Restringir las facultades del Ejecutivo de la Nación y de los Estados, y para ello. adoptar un parlamentarismo adecuado a las condiciones del país.
Favor de darle lectura nuevamente.
Artículo 13. (Leyó)
Tiene la palabra, en contra, el ci.udadano Velázquez, Francisco. R.
He pedido la palabra en contra, porque no sé de qué manera interpretar este artículo. Que se establezca el sistema parlamentario en la República, se comprende, supuesto que ya hemos dado una ley para establecerlo; pero que con ese parlamentarismo se restrinja al Poder Ejecutivo de los Estados, no se comprende. ¿Se van a nombrar también Ministros responsables en los Estados? o, ¿cómo va a ser aquello?
¿Va a ser responsable el respectivo secretario de Estado? En ese caso vamos a tener en la República, como diria el señor delegado Soto y Gama, muchas figuras decorativas. Yo entiendo que debe borrarse la palabra Estados y decirse que solamente se establecerá el parlamentarismo en la República.
¿Algún otro señor delegado desea tomar la palabra?
Para una interpelación, pido la palabra.
El señor delegado Velázquez acaba de manifestar que no entiende en qué forma se aplicará el parlamentarismo a los Estados. Yo creo que la pregunta es lo suficientemente importante para que la Comisión de Programa se sirva ilustrarnos sobre la materia, porque habemos varios delegados, que nos encontramos en las mismas condiciones en que se encuentra el señor delegado Velázquez; esto es, no comprendemos en qué forma o cómo interpreta la Comisión de Programa, el Palamentarismo, al pretender aplicarlo a las Entidades de la República. Ruego, pues, a la Comisión, se sirva contestar nuestra pregunta.
La lectura de ese artículo a discusión, me pone en el dilema de aceptar que, o no lo comprendo o es un disparate.
Justamente en oposición con ese artículo, aunque formo parte de la Comisión, deseo interpelar a los autores de él para que se sirvan decirme cómo entienden ellos que se adoptará un Parlamentarismo adecuado a las especiales condiciones del país en los Estados de la Federación.
Yo recuerdo que, según una definición que nos presentó alguno de los señores defensores de esa ley, el parlamentarismo es la forma de Gobierno en la que los Ministros son directamente responsables ante la Asamblea Legislativa, de todos los asuntos que se refieren a los Ministros respectivos.
Yo no entiendo cómo esa definición puede ser aplicable a los Estados, y por eso es que me permito hacer la interpelación a los autores del artículo, porque si vamos a imaginar que por una similitud inadecuada se consideran con funciones de Ministro a las autoridades subalternas de los Gobernadores de los Estados, como los secretarios de Gobierno, los oficiales mayores, el tesorero, etc.; yo francamente no entiendo esa pretendida aplicación del Parlamentarismo.
Suplico, pues, a los señores delegados autores de ese artículo especialísimo, que se sirvan ilustrarme sobre el asunto.
Es muy extraño que esas observaciones las haga hasta ahora el señor Cervantes, que fue el presidente de la Comisión de Programa; entiendo que cuando una Comisión discute una iniciativa, debe ponerse de acuerdo sobre los puntos de que esa iniciativa se compone, y puesto que el señor Cervantes firmó el proyecto, yo entiendo que estaba de acuerdo con el artículo; a pesar de que no comprende ahora, ni lo comprendió antes, sin embargo firmó el Programa.
Voy a tener que explicarle a él y a los compañeros que no entienden el artículo, cómo se puede establecer el Parlamentarismo en los Estados, adecuado a las necesidades del país, y desde luego, para que no se crea que es innovación absolutamente radical, contestaré con hechos.
En el Estado de Puebla, dice el artículo 63 de su Constitución (que es un poquito anticuada, pero lo hago para que se vea que estas cosas son casi comunes) ... La Constitución de Puebla fue expedida el 14 de septiembre de 1861, y dice:
Artículo 63. Para el despacho de los negocios oficiales del Departamento Ejecutivo, habrá un secretario General.
Primer punto de contacto con el Parlamentarismo:
... que se harán personalmente responsables cuando pugnen con la Constitución ...
Segundo punto de contacto con el Parlamentarismo:
La Constitución del Estado de México tiene preceptos análogos y, aunque también es antigua, la cito para que se vea que son cosas perfectamente conocidas; es de 1870 y dice en su articulo 75:
Todos los reglamentos, leyes, decretos y órdenes del gobernador, deberán ir firmados por el secretario del Despacho. Sin tal requisito, no serán obedecidos; siendo este funcionario responsable de todas las órdenes y providencias que autorice contra la Constitución y leyes del Estado.
Para que se vea más clara todavia la tendencia al Parlamentarismo, que han tenido siempre las Constituciones locales en época atrasada, siendo en esto superiores a la Constitución Federal, tenemos este articulo, que casi es la sanción del Parlamentarismo; articulo 74:
El secretario del Despacho será el órgano preciso e indispensable de comunicación por donde el Gobierno haga saber sus resoluciones. El mismo llevará en el Congreso la voz de aquél, cuando uno u otro lo crea necesario.
¿Qué más Parlamentarismo se quiere, que la obligación impuesta al secretario, de informar siempre al Gobernador, y de que no serán válidos sus actos sin la firma del secretario del Despacho; y la obligación y responsabilidad personal que asume un secretario de Gobierno que autoriza actos contrarios a la Constitución y a las Leyes del Estado? ¿Y qué cosa más natural en una Revolución como ésta, tan profunda y radical, que tratar de innovar un poco y decir que los secretarios del Despacho serán responsables, no sólo de todas las órdenes que autoricen contra la Constitución y Leyes del Estado, sino de aquellos actos que pugnan con los principios de la Revolución, consignados en el Programa de Gobierno acordado por la Soberana Convención, y con las leyes que de ese Programa emanen? Esto podria ser perfectamente realizable, lógico, y además, serviría de garantía para la realización de los ideales de la Revolución; esto es lo que quiere decir el artículo.
Como de las frases dichas por el señor Soto y Gama parece desprenderse que me hace el cargo de haber firmado el Programa de Gobierno como Presidente de la Comisión, y ahora resultar en desacuerdo con algunos artículos, pido a la Secretaría que se dé lectura a la hoja adjunta que yo dirigí a esta Asamblea, para que se enterara de mi pensar y de mi sentir a ese respecto.
A los CC. delegados de la Soberana Convención Revolucionaria.
Cuernavaca, Mor., febrero de 1915.
La presentación ante esta H. Asamblea, del Proyecto de Programa de Gobierno que, junto con los señores compañeros de Comisión tengo el honor de subscribir, exige, en mi concepto, una explicación que aclarará posibles dudas:
En la discusión del Programa hemos tropezado mutuamente con diferencias de doctrinas, de semejanza de puntos de mira y de criterio y hasta pasionalismo de secta, de tal modo que la serie de artículos que presentamos tendrá que ser imperfecta y hasta combatida en la discusión por nosotros mismos.
Como por otra parte el Programa de Gobierno debe limitarse, en mi concepto, a contener ideas de principio expresadas en forma general, pero desarropadas de literatura que distrae y desvirtúa, como un apunte de lineamiento de tendencias de esta Asamblea Revolucionaria, después de discutido deberá ser acompañado de una parte expositiva o, mejor, explicativa, que lo haga fácilmente comprensible para la clase humilde y en general fácil de entender por el pueblo mexicano.
Yo me permito invitar respetuosamente a los señores delegados, mis colegas, a que, más que en otras ocasiones, se presenten a esta discusión armados con el saber de sus especialidades profesionales y de su estudio, para que con el afán común de una labor trascendental y patriótica, salgan avantes en la formación definitiva del Programa de Gobierno, obra complicada y difícil a todas luces.
Y me permito declarar que las firmas que autorizan el Proyecto presentado sancionan solamente el acatamiento a la opinión de la mayoría dentro de la Comisión, y que, por tanto, a nadie deberá sorprender que del seno de ella misma, salgan impugnadores del Programa.
De manera que queda contestada la insinuación que su señoría hace, y no debe extrañarse de que alguno de los miembros de la Comisión combatamos los artículos que presenta la misma, porque esos artículos fueron aprobados por mayoría dentro de la Comisión, y no veo yo con qué lógica puede estar obligado alguno de sus miembros a defender todos los artículos, si está en pugna con varios de ellos.
Respecto a las explicaciones que pretende hacernos el señor licenciado Soto y Gama yo veo que completan mi desacuerdo con el artículo a discusión, porque estimo que la designación de una forma especial, especialísima de Gobierno, hasta con detalles para cada uno de los Estados de la Federación, es un nuevo pretendido ataque a la soberanía de esos Estados; veo que de nuevo germina en el cerebro de los defensores de ese artículo la idea que yo tanto he combatido del Gobierno de las pluralidades; es decir, veo que en la inteligencia de los señores que proponen ese artículo se afirma la idea de que en vez de un gobernador haya varios gobernadores, pues a eso equivale el que los secretarios de Gobierno tengan facultades tantas, tan amplias, como las de los gobernadores, tendencia que he combatido cuando hablando de Parlamentarismo se expresaron ideas que querían decir que se pretendía que el Gobierno fuera de muchos, hasta el grado de que se quiso llegar al error fundamental de desear que el Gobierno fuera ejercitado por esta Asamblea, es decir, que en vez de tener un individuo gobernante, fuera una multitud la que gobernara, y ya muchas veces he afirmado que esas tendencias no conducen más que a la anarquía, es decir, al desgobierno.
Creo que con lo dicho es bastante para contestar las pocas afirmaciones que defienden el artículo, y manifiesto desde luego que me opongo a él con mi voto.
Pido la palabra, para una interpelación al señor licenciado Díaz Soto y Gama.
Señor licenciado Soto y Gama:
Los secretarios a que usted se refiere y que ha habido en los Gobiernos de los Estados, ¿tienen el derecho de iniciar leyes ante la Legislatura respectiva?
¿Me permite la Presidencia contestar?
Puede usted contestarlo.
Los secretarios del Despacho del régimen anterior, que es enteramente distinto del que tratamos de establecer, no tenían esas facultades, ni se está discutiendo en estos momentos si deben tener todas las facultades que en el Parlamentarismo tienen los ministros, toda vez que ni para el Parlamentarismo central hemos aceptado el mismo sistema que se usa en Europa. Queremos un Parlamentarismo que sea adecuado a las necesidades del país.
Como se ve, la frase es sumamente elástica, simplemente tiende a que los secretarios de Gobierno, qu~ son generalmente los elementos peores de cada Estado, peores que los mismos gobernadores, que son los causantes de los males en los Estados, el foco de las intrigas de donde salen las consignas, los individuos más corrompibles, los que están en más contacto con los que quieren corromper a la Administración, sean nombrados de acuerdo con el Legislativo, y a que también esos secretarios sean más cautos al aprobar las resoluciones de los gobernadores, exigiéndoles responsabilidades efectivas que sean personalmente responsables; lo que jamás se ha hecho.
Por otra parte, cuando acuerde algún acto el Ejecutivo, que sea contrario a la Constitución, a las Leyes del Estado, a los principios de la Revo]ución, etc., etc., con esto simplemente se fija una base general, no se va a decir que es un parlamentarismo igual al europeo, y no se va a señalar detalle ni a fijarse hasta dónde va a llegar el parlamentarismo; simplemente, se les impone a los Estados esta obligación general.
Es la respuesta que debo dar al señor delegado Velázquez.
Pues en ese caso, sería suficiente con que se díjera que se establecerá el parlamentarismo en el país, porque, como dice muy bien el delegado Cervantes, estamos a cada rato pretendiendo invadir la soberanía de los Estados. Con decir que se establece el parlamentarismo en el país, ya está todo dicho.
Le suplico muy atentamente al señor licenciado Soto y Gama, que haga el favor de decirme si la idea fundamental de ese artículo es la de restringir las facultades del Presidente de la República y las de los gobernadores de los Estados; en ese caso, yo creo que se ha cometido un error fundamental al decirse que se restringirán las facultades del Ejecutivo, porque Poder Ejecutivo y presidente, o Poder Ejecutivo y gobernador, son dos cosas diferentes.
Con el parlamentarismo, el Poder Ejecutivo no estará restringido, estará simplemente dividido o fraccionado entre el presidente y sus ministros, o entre el gobernador y sus secretarios, como pretende el licenciado Soto y Gama.
De manera que la idea no es restringirle facultades al Ejecutivo, sino reglamentárselas, dándole nueva forma; el Ejecutivo, y creo que está de acuerdo conmigo el señor licenciado Soto y Gama, no es simplemente la persona del presidente ni la persona del gobernador; en la forma que actualmente lo tenemos está dividido entre los secretarios de Estado y el presidente; pero no está restringido, sigue teniendo las mismas facultades y las mismas prerrogativas y sigue teniendo igualmente, dentro de su esfera de acción, exactamente la misma fuerza moral y legal que antes tenía.
Si la idea fundamental es restrigir las facultades del presidente, dígase así claro, porque eso de restringir las facultades del Ejecutivo, me parece que está muy mal dicho y creo que no llena el propósito de los señores que proponen ese artículo.
Yo estoy en desacuerdo con él, por las razones que ha expresado el señor Cervantes y el señor Velázquez; pero, en todo caso, estoy en desacuerdo con el hecho de que queriéndose decir una cosa se diga otra.
Que se diga claramente que se restringen las facultades del presidente o de los gobernadores, o que se restringen las facultades del Poder Ejecutivo.
El poder es la entidad; el presidente es sencillamente una parte integra] de las personas que representan ese poder en la actualidad.
Me permito contestar la interpelación.
Está en lo justo el señor Nieto; se trata de una cuestión de estilo; está mal redactado el artículo y no hay inconveniente en reconocerlo. Lo que pasa es que todos tenemos la idea fija de que el Ejecutivo es el gobernador y el presidente; de manera que no habría inconveniente, y sí ventajas, de que se aprobara este artículo.
Yo quiero sostenerlo, porque la idea general del artículo no va sólo al parlamentarismo; estaba redactado en esta forma en el Proyecto: (Leyó el artículo 13)
Es una de las ideas que surgen de su redacción: el restringir facultades.
Los gobernadores deben ser ayudados por grupos consultivos, como pasa en el Estado de Jalisco, en el ilustre Jalisco, que siempre ha sido modelo de Estado y, sobre todo, lo fue en épocas pasadas; allí hay un precepto muy hermoso en su Constitución -yo, por lo menos, así lo considero, no sé si estará de acuerdo la Asamblea-, que yo quisiera ver reproducido en todas las constituciones de los Estados.
A la vez que se elige al gobernador, se eligen tres o cuatro personas más, con el nombre de insaculados, para suplir a los gobernadores en sus faltas temporales o absolutas; formando éstos un Consejo Consultivo que tiene ciertas facultades que limitan las del gobernador, y entre otras cosas, está encargado de vigilar que el gobernador cumpla con las leyes del Estado, con la Constitución General y con la Constitución local.
Hay una serie de maneras de restringir las facultades del Ejecutivo, que no se pueden precisar en un Programa, ni se deben precisar; pero sí hay la tendencia en el país, de que por lo mismo no abuse el presidente en sus facultades y se le ponga una cortapisa a los gobernadores; esta es la idea general.
Todo lo que sea reforma de redacción, yo estoy conforme con ella; pero creo que en la mente de la Revolución no hay más que dos reformas que realizar: la reforma social y esencialmente las reformas agrarias.
En materia política quitarnos ese coco, esa amenaza eterna de los Ejecutivos que tan malos han sido, quizá peores que los famosos gobernadores, que los presidentes, y si al presidente le restringimos sus facultades o lo sometemos a esta reglamentación, ¿cómo quiere el señor Nieto que no lo hagamos, con mayor o con igual razón, con los gobernadores de los Estados?
El artículo tendrá todos los defectos posibles de redacción, pero tiende a una mejora nacional. Ya la Comisión de Estilo lo perfeccionará; pero yo creo que la idea es digna de tomarse en consideración.
El C. Montaño (en pro)
Por un largo transcurso de tiempo se ha notado que quienes han ocupado los altos puestos de la Administración, desde el Presidente de la República hasta los gobernadores de los Estados, han sido una sarta de imbéciles, porque no han tenido conciencia propia.
Generalmente, como he dicho, tenemos que lamentar primeramente que las personas que han ocupado esos altos puestos, si los llamáramos a un examen de conciencia, resultarían absolutamente unos inconscientes, y de aquí ha resultado, señores delegados, que los Encargados del Ejecutivo, una de dos: o son los maniquíes de los secretarios o de los consejeros, o esos Ejecutivos proceden conforme a su voluntad, conforme a su capricho. No han tenido más ley que su voluntad; porque conocen tanto de leyes, de cuestiones políticas, de cuestiones administrativas, de cuestiones sociales, como puede conocer cualquier analfabeto, y si no, dígalo la Historia.
¿Qué pudo conocer de cuestiones políticas Mucio Martínez en Puebla? ¿Qué pudieron conocer de cuestiones políticas, sociales y administrativas, aquí en México, los Ejecutivos que hemos tenido, por ejemplo, Bustamante, Paredes Arrillaga, Porfirio Díaz?
Porfirio Díaz no fue más que un astuto que pudo, por medio de su astucia, dominar a los hombres; pero en cuestiones políticas, en cuestiones administrativas, se atuvo a los segundones, y éstos eran precisamente los que manejaban al país.
Porfirio Díaz no tuvo más que conceder privilegios a los segundones, como los han concedido los gobernadores de los Estados.
Señores, casi nunca los gobernadores han desempeñado el papel de gobernadores, ni los presidentes aquí, de México, han desempeñado el papel de presidentes.
Los gobernadores de los Estados, generalmente, dejan el cargo a los secretarios de gobierno; pero en México los Presidentes de la República, generalmente, tienen que ser tutelados por los Secretarios del Despacho.
No conozco hasta ahora en México, un presidente verdaderamente consciente, después de una ligera excepción de dos o tres personalidades que la Historia juzgará, que son los únicos que tal vez hayan tenido la conciencia del puesto que ocupaban; pero en la generalidad la mayor parte de los presidentes que hemos tenido en México, no han sabido serlo.
Si se procediera como se procede en otros altos puestos públicos, a hacer un reconocimiento de sus aptitudes, tengo la seguridad de que la mayor parte de esos hombres que han ocupado puestos públicos, resultarían absolutamente ineptos, porque ineptos son los hombres que no tienen conciencia del cargo que van a desempeñar.
En la conciencia de todos vosotros está que por un largo transcurso de tiempo los hombres de machete son los que han gobernado al país, pues son los que más miedo inspiran a las multitudes, los que conquistan galones y estrellas al amparo de las revoluciones. Son esos hombres los que han venido a entronizarse en los puestos públicos. Algunos han venido a humillar al pueblo; son los hombres que han venido a suscitar las destrucciones, los hombres que no tienen conciencia y que al no tenerla no conocen la justicia ni la razón. Pisotean la justicia, pisotean la razón y pisotean nuestras instituciones.
En lo sucesivo queremos poner cortapisas a esos inconscientes que ocupan los poderes, y si no, dígalo también don Eulalio Gutiérrez, que no fue capaz ni para dar garantías en la propia capital de la República: dígalo Carranza, que no pudo aquí, en el seno de la capital, como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, dar garantías.
Vosotros habéis visto que Carranza asesinó, poniendo a las víctimas un letrero en la frente. El era el dueño absoluto de vidas y de haciendas: se nombró constitucionalista, y bien lo habéis visto que de constitucionalista no tenía más que el bandidaje puro, descarado. Con el nombre de constitucionalista, porque ahora ese nombre de constitucionalismo es sinónimo de bandidaje, pues ha prostituido la Constitución, cuando ésta ha sido para todo el mundo la concentración de los derechos del hombre, el sol de nuestras libertades políticas.
En la actualidad, señores, el pueblo ha recibido una profunda decepción, y por eso este artículo tiende a que los gobernadores de los Estados no sigan siendo los sátrapas, no sigan siendo la representación del caciquismo, no sigan siendo la representación de un poderío fenomenal supeditado al mismo gobierno; queremos que se implante el parlamentarismo en los Estados, en la forma tan clara como la ha expresado aquí el compañero Soto y Gama; queremos que en lo sucesivo esos gobernadores de los Estados, que no han sido más que verdaderos déspotas, tengan cortapisas, que su poder se debilite, que ya no tengamos esos gobernadores que, en corto tiempo, no han tenido empacho en manifestarse millonarios, no han tenido empacho en robar al pueblo y usurparle sus propiedades.
Los gobernadores de los Estados, como los malos gobiernos que hemos tenido, han sido los que han provocado la Revolución, los que han llevado al pueblo al sacrificio de su sangre y de su vida.
Por esas circunstancias pido a los señores delegados que con toda conciencia mediten acerca del artículo a discusión, para que de este modo restemos ese poderío fenomenal de los inconscientes gobernadores de los Estados y de los inconscientes Presidentes de la República, que hemos tenido.
Casi, generalmente, todos los hombres que llegan al poder se corrompen, se ponen sobre las leyes, ponen su planta sobre la majestad de la justicia, y si queremos que en lo sucesivo sean los gobernantes positivamente los genuinos representantes del pueblo, que estén supeditados a la majestad de la ley, adoptemos medidas y reformas para que hagan perfectamente su papel de gobernantes, y no el papel de déspotas.
Entiendo, señores delegados, que en la conciencia de todos vosotros está el que no debemos mantener ese sistema conservador que hasta aquí han tenido los Ejecutivos de todos los Estados: ese sistema conservador de todos los Ejecutivos de la República; porque sobre esos Ejecutivos dictadores de la República, sobre esos Ejecutivos dictadores de los Estados, que hasta aquí hemos tenido, debemos colocar una lápida mortuoria, debemos colocar una losa sobre esa tumba de los Ejecutivos pasados, y no debemos derramar lágrimas sobre esas tumbas.
Tengo la suficiente entereza, señores delegados, para proclamar la reforma, para que los Ejecutivos desde ahora sean los positivos gobernantes del mañana, para que esos gobernantes se inclinen delante de nuestras instituciones, se inclinen ante la reforma, se inclinen delante de la justicia y de la libertad del pueblo. (Aplausos)
Hace poco me decía el señor licenciado Soto y Gama, que estaba de acuerdo en que era un error, aunque él lo calificaba de error de estilo, emplear la palabra Ejecutivo en vez de la palabra presidente o gobernador. Yo lo considero cuestión de fondo, porque no es lo mismo presidente que Ejecutivo, y si se aprueba en esa forma, aprobamos un error que en este momento podemos enmendar. Así, pues, le suplico a él y a los demás miembros de la Comisión, me hagan el favor de decirme si están dispuestos a reformarlo en ese sentido, porque yo insisto en que es de fondo la cuestión.
Por mi parte, también.
Señor Piña. Que si están dispuestos a reformar el articulo.
¿En qué sentido? Perdone usted, no me he dado cuenta.
Que se adopte el parlamentarismo para restringirle las facultades al presidente y a los gobernadores; pero no para restringirle las facultades al Ejecutivo.
No estoy conforme. Pido la palabra como miembro de la Comisión.
Llamará a ustedes la atención que siendo yo uno de los miembros de la Comisión dictaminadora, manifieste en esta vez mi inconformidad con el artículo a discusión.
De la nota a que se ha dado lectura momentos antes, subscrita por el delegado Cervantes, se desprende claramente que algunos de los miembros de la Comisión respectiva nos reservábamos para expresar nuestra inconformidad con varios de los artículos del Programa que actualmente se discute; entre esos miembros figuro yo.
Así se explica, pues, el que yo no esté conforme con el texto del artículo 13, y voy a dar mis razones:
Dice el artículo 13: (Leyó)
Se desprende de este artículo que la idea fundamental de los autores del mismo, es la de crear el parlamentarismo con el exclusivo objeto de restringir las facultades del Presidente de la República o de los gobernadores de los Estados, en su caso.
No estoy conforme con que se pretenda por medio de ese artículo inmiscuirse en los asuntos interiores de los Estados, porque yo, como pocos, soy respetuoso para la soberanía de las distintas entidades de la República, y pretender legislar acerca del gobierno interior que deben adoptar los distintos Estados de la República, constituye, en mi concepto, un directo ataque a la libertad o sea a la soberanía de los Estados de la República.
Por lo tanto, no estoy conforme con este artículo, toda vez que pretende obligarlos, estrecharlos a que adopten el parlamentarismo los Estados, aun cuando esto vaya en contra de nuestra Constitución y en contra quizá de sus propios intereses.
Si los distintos Estados de la República estiman ser ventajosos para ellos adoptar un parlamentarismo que sea adecuado a su medio, ellos, los Estados, en vista de los favorables resultados que en la práctica nos diera la adopción del parlamentarismo para la República, ellos, repito, tendrán buen cuidado de adoptar un gobierno semejante al que se haya adoptado para el Centro; y en ese caso debemos dejarlos en absoluta libertad para que organicen su gobierno interior como mejor convenga a sus intereses o a su medio particular.
Algunos ejemplos tenemos en la República, que nos demuestran que los diferentes Estados de la misma tienen adoptado, si bien el mismo sistema de gobierno, pero siempre está constituido en forma distinta, en detalle, si se quiere, con respecto a como está integrado u organizado en otras entidades del país.
Esos ejemplos que ha traído a colación el señor licenciado Soto y Gama, haciéndonos notar que en el Estado de Jalisco se nombran cuatro insaculados, cuya misión es servir de Cuerpo Consultivo o de consejero para el gobernador en funciones, y el de suplir en su caso las faltas temporales o absolutas del gobernador de aquella entidad; en otros Estados el procedimiento es enteramente distinto: se nombra un gobernador en unos Estados, en otros, gobernador y vicegobernador del mismo, y las faltas temporales o absolutas son suplidas conforme lo expresa la Constitución local de cada Estado.
Por lo tanto, insisto en que seamos siempre respetuosos para la soberanía de las distintas entidades de la República, porque pretender violar esa soberanía en alguna forma, ya sea directa o indirectamente, en mi concepto constituye ese hecho un peligro para un futuro inmediato, pues todos sabemos que los pueblos de la República son celosos de su integridad y celosos de su soberanía.
Yo entiendo que quedaría del todo satisfecha la feliz idea que ha tenido el autor o los autores de este artículo, con reformar el mismo en estos o parecidos términos:
Adoptar el parlamentarismo como forma de gobierno de la República, toda vez que tenemos el criterio de que adoptando el parlamentarismo como forma de gobierno en la República, habremos de restringir las facultades del Ejecutivo de la nación, y al haber ya de hecho adoptado ese nuevo sistema de gobierno, puesto que hace unas cuantas semanas hemos votado una ley que ha establecido ese nuevo sistema de gobierno, no hacemos más que consultar en el Programa el que se introduzca esa innovación más en la Carta fundamental de la República.
Yo sinceramente afirmo que, reformando el artículo en los términos ya indicados, queda del todo satisfecha la noble idea del autor del mismo, y, al efecto, me permito invitar atentamente a los demás miembros de la Comisión Dictaminadora, a que solicitemos el permiso respectivo de la Asamblea, para retirar este artículo y reformarlo en los términos que dejo expresados.
El C. Montaño (para aclaraciones)
Respecto a lo que se dice de que se ataca a la soberanía de los Estados, verdaderamente yo no entiendo qué clase de ataques se dirige a los Estados; porque en el Pacto Fundamental que se llama Constitución, figura un artículo que manda que debe adoptarse la forma republicana, representativa popular, y desde luego tienen que adoptarla los demás Estados. ¿Y qué diremos de un Estado que adoptase la forma monárquica? ¿Vamos a respetar la soberanía del Estado que adopte la monarquía? ¿Qué diremos si se estableciera, por ejemplo, una monarquía de derecho divino o constitucional, si se les da la gana, o de tener un gobierno patriarcal? ¿Vamos, por la decisión de la soberanía del Estado, a consentir ese retroceso? Creo que no. Nosotros, al fijar precisamente un precepto, éste viene a ser un pacto fundamental para toda la República, y ese pacto reside en ese artículo; a los Estados se les debe fijar un principio y ese principio de orden general debe ser observado por todos los Estados, para que adopten un sistema de gobierno.
Es muy natural que si aquí en la capital de la República se adopta el parlamentarismo, los Estados deben adoptar el mismo sistema, y no entiendo en qué forma se ataque la soberanía de los Estados, porque si la soberanía es para que el Estado haga lo que le dé la gana, ya nos resultaría con una testa coronada y nosotros tendríamos que aceptar, por la mentada soberanía, la testa coronada, y a tener marqueses, condes, etc., etc.
Tres miembros de la Comisión, o cuatro con el señor Montaño, estamos de acuerdo con la reforma del artículo tal como la propone el señor.
El señor general Pasuengo ha manifestado su conformidad, el señor coronel Orozco, el señor Montaño y yo, cuatro, el señor Piña, cinco; de manera que hay mayoría. Por lo mismo podemos suplicar a la Presidencia se sirva a su vez rogar a la Asamblea nos dé permiso para modificar el artículo en la forma dicha.
Tengo entendido que hay algunos otros miembros que también adoptan esta nueva forma del artículo, así me lo acaba de manifestar, momentos antes, el compañero Cervantes, que es el presidente de la Comisión Dictaminadora.
Con una salvedad, señor presidente. Esa reforma entraña una confusión. No quiero disertar sobre el asunto, porque es poco discutible; pero en mi concepto una es la forma de gobierno y otra cosa el sistema de gobierno.
Forma de gobierno se puede decir de la forma monárquica, de la forma representativa, con relación a la Constitución; pero sistema de gobierno es el sistema parlamentario. Si se entiende esa palabra nada más, enhorabuena.
La Presidencia, por conducto de la Secretaría, pregunta a la Honorable Asamblea si da permiso para retirar el artículo y presentarlo modificado según el sentir de la Comisión.
Se retira el artículo para modificarlo.
Se suplica a la Comisión que pase desde luego a modificarlo.
Se suspende por diez minutos la sesión.
Artículo 13. Adoptar el parlamentarismo como sistema de gobierno de la República.
¿No hay ningún ciudadano delegado que desee hacer uso de la palabra?
Pido la palabra para una interpelación a la Comisión.
Suplico al señor presidente de la Comisión se sirva decirme cómo entiende que se pueda adoptar el sistema parlamentario dejando subsistente el régimen federal.
Voy a ser franco con el señor delegado Fierro.
Creo haber significado ya en otra ocasión, que yo no tengo fe en la aplicación del parlamentarismo en México, no la tengo, por razón de principios y por razón de hechos prácticos; puedo citar uno de ellos, que está en contraposición directa con lo que ahora sancionan los genuinos defensores de ese artículo, y es el siguiente: la delegación morelense pretende el establecimiento del sistema parlamentario en los Estados, lo cual constituye un parlamentarismo tan sui generis que no es parlamentarismo; pero la prueba de que eso no podrá ser práctico, la tenemos, desde luego, en la actitud que los mismos señores dirigentes de la cosa pública en el Estado de Morelos, han asumido. En efecto, ellos, los señores revolucionarios de ese Estado suriano, se reunieron para el nombramiento de la primera personalidad del Estado, y a pesar de que profesan la idea del parlamentarismo sui generis en el Estado, nombraron un gobernador y no nombraron más que uno. De manera que eso le podrá dar al señor delegado Fierro la idea de cómo debe pensar sobre el particular.
No habiendo quedado satisfechos mis deseos, suplico al señor Piña, que parece que es el autor del artículo, me diga si no habría peligro de que se entendiera que se iba a suprimir la Federación, adoptando el régimen parlamentario como sistema de gobierno.
Para contestar la interpelación.
Como claramente lo hice notar al señor delegado Fierro, yo me he opuesto a que se aprobara el artículo tal como se consultaba, porque, en mi concepto, constituye un ataque a la soberania de los Estados; mi deseo ha sido simplemente que se consigne la idea que hemos tenido de adoptar el sistema parlamentario, como forma de gobierno en la República, tal como tenemos la pretensión de ponerlo en práctica muy en breve.
Por lo demás, y en cuanto al temor que tiene el señor delegado Fierro, de que en alguna forma se afecte la organización general de nuestro gobierno, en nuestra República, creo que no tiene razón de ser, toda vez que subsistirá ese sistema. Los gobiernos de los Estados continuarán rigiéndose conforme a las leyes locales y siempre unidos y siempre enlazados esos Estados con el gobierno del Centro, conforme a la Carta Fundamental.
¿Ningún otro ciudadano delegado desea hacer uso de la palabra?
Se pone a votación el articulo 13, reformado, que dice: (Leyó)
Está a votación.
Los ciudadanos delegados que lo aprueben sírvanse ponerse de pie.
Artículo 14. Reconocer amplia personalidad ante la ley, a los sindicatos y sociedades de obreros, dependíentes o empleados, para que el gobierno, los empresarios y los capitalistas tengan que tratar con fuertes y bien organizadas uniones de trabajadores y no con el operario aislado e indefenso.
¿Ningún ciudadano delegado desea hacer uso de la palabra en contra del artículo a discusión?
La lista de oradores es como sigue: En pro los ciudadanos Pérez Taylor, Méndez, Orozco, Treviño; en contra, el ciudadano Cervantes.
Tiene la palabra en contra el ciudadano Cervantes.
Señores delegados ponentes de ese artículo:
No me faltan argumentos para discutirlo; pero tendría yo interés especial en escuchar a algunos señores delegados del pro, ya que son tantos, para tener un más inmediato apoyo en las afirmaciones que haga.
Yo les pido éso como una cortesía, puesto que soy el único orador en contra.
Tiene la palabra en pro el ciudadano Pérez Taylor. (Aplausos)
Pocas veces en mi vida de luchador por la clase proletaria, he sentido un tan hondo y profundo desconsuelo al saber que después de tres años de propaganda sindicalista, al saber que después de una lucha azarosa de tres años, de continua agitación de las clases trabajadoras, todo se vino abajo, se derrumbó; las columnas que sostenían el templo de la nueva generación, de la emancipación de los trabajadores, que debería ser obra de los trabajadores mismos, cayó por los suelos, ciudadanos delegados, y la Casa del Obrero Mundial, tristemente, dolorosamente, aquellos compañeros en los cuales habíamos puesto nosotros nuestro entusiasmo, creyendo que llevaríamos la nave de la clase trabajadora al puerto de palisandro y oro del triunfo; pero se vendieron de la manera más lastimosa, por un mísero mendrugo de pan que les aventó el bárbaro de Sonora, Alvaro Obregón. (Aplausos)
Pero las ideas no se mutilan, los principios no se sobornan; sigue potente la idea, sigue rugiente el ideal, el ideal del trabajador libre, el ideal del trabajador consciente, el ideal del trabajador que trata de romper las cadenas que lo han unido al capitalista por tanto tiempo; sigue, sigue la bandera; allá, los compañeros que se fueron no pueden plantar ninguna bandera de principios; han plantado como bandera el pañuelo de sus apetitos, el cual ya están preparando para taparse el rostro que se les cubre de vergüenza.
Así, pues, señores delegados, este artículo que se pone a discusión es un artículo netamente revolucionario y que trae consigo la idea que ha persistido, que persiste y que persistirá por siempre en la idea de todos los trabajadores; es decir, que los trabajadores unidos en agrupaciones obreras, en sociedades mutualistas, cooperativas o sindicatos, que es la última manifestación avanzada de la organización en los cuerpos colectivos, que todos ellos sean reconocidos perfectamente por el Gobierno y tengan su representación jurídica al mismo tiempo, con objeto de que posean crédito ante él y no sirvan para las explotaciones del capitalista y la explotación del hombre adinerado, que siempre trata de vengarse contra hombres solos, pero que siempre y más tarde tiene que temerles a todos aquellos hombres que, formando una colectividad, se vuelven potentes, porque en masa y con la amenaza de la huelga general, toda la avaricia y todo el poderío de los hombres adinerados tendrá que caer por los suelos sencillamente por la potencia avasallador a de las clases que se saben organizar aquí en nuestro medio actual; pongamos en nuestro ambiente el sindicalismo y el reconocimiento de estas agrupaciones obreras, que son bonancibles para los trabajadores; yo sinceramente os contesto que, si no obstante el fracaso sufrido, porque el fracaso sufrido, y ténganlo esto en gran consideración todos aquellos que tienen la sociología como una especie de microscopio, para ir estudiando y analizando los organismos pequeños, de que el fracaso brutal, el derrumbamiento de la Casa del Obrero, no fue por finalidad económica, no fue por falta de una organización sindicalista, no fue por falta de ideas perfectamente compenetradas para la lucha y la finalidad que se llevaba a cabo, sino sencillamente por esa finalidad que siempre nos ha de abatir, por esa finalidad que siempre nos ha de dividir, por esa finalidad que tiene un soplo demoníaco sobre nuestros corazones, que agita nuestros espíritus de la manera más brutal, por aquello que tanto odian los hombres de corazón, por aquello que tanto odian los hombres de pensamiento, por aquello que tanto odian las masas y los artistas y los bohemios que tratan siempre de surgir sobre toda la cloaca miserable de la vida de la política, de esa miserable ramera que siempre se vende al mejor postor, de esa miserable ramera que prefiere una hora de palabrería hueca, una hora de retórica palabrera y que nunca oye un minuto de sinceridad.
Tengamos ahora ese minuto de sinceridad, ciudadanos delegados; que la maldición no caiga sobre la Casa del Obrero, oídlo bien, sobre los compañeros que por la lucha del hambre tuvieron que dejar sus hogares y fueron a exponer sus pechos a las trincheras de los enemigos; no, sino contra los miserables enganchadores que cambiaron la túnica del apóstol por la túnica denigrante y maldita del que compra carne de cañón; caiga, pues, sobre ellos nuestro baldón. (Aplausos)
Aquí en la capital, la organización de los sindicatos ha dado maravillosos resultados; entre varias agrupaciones que a mi mente vienen revoloteando en estos momentos, figuran la Gran Unión de Conductores, Maquinistas y Garroteros y Fogoneros y la Alianza de Ferrocarrileros Mexicanos.
La potencialidad y el gran prestigio del elemento ferrocarrilero, sencillamente siempre se ha debido a que esta Unión se encuentra perfectamente coordinada con su Presidente, su Tesorero y sus Comités de Ajustes; han sido reconocidos a maravilla por el Gerente de las Líneas Nacionales, y brota el ejemplo claro y grandilocuente: un maquinista es vejado en su trabajo, de manera injusta, y éste, en lugar de ir en lo individual, en lo personal, en lugar de hacer antesala al Superintendente de su División respectiva, aquel maquinista, que pertenece a la Unión, acude a su Comité de Ajuste de Maquinistas y Fogoneros, allí se le explica de una manera clara y concreta cuál ha sido el objeto y la causa de su percance, y el Comité de Ajustes paga, a cargo de la misma Unión, un sueldo relativo al que ganaría estando en ejercicio de sus funciones; se acerca al Superintendente, ya no con el carácter de un individuo aislado, sino con el carácter colectivo de su agrupación; el Superintendente siempre tiene, según un Reglamento que existe entre el capital y el trabajo, que recibir con toda clase de consideraciones al Comité y poner a su disposición el archivo y todo aquello que tenga referencia al caso de su defenso; si el Superintendente no atiende las indicaciones del Comité de Ajustes, entonces el Comité escala el siguiente puesto: acude al G€rente general, y ya con él estudia el caso y éste, con la práctica que ha tenido sobre los asuntos y que está perfectamente convencido de que la multa es injusta y que conoce la potencialidad de la agrupación, perfectamente organizada, le tiene que dar la razón, y, además, como existe un Reglamento de esa misma Unión, tiene que pagarle al maquinista aludido todo su sueldo corrido en todo el tiempo que ha dejado de trabajar.
Como este caso existen otros muchos en la Alianza de Ferrocarrileros, en la Unión de Forjadores, en la Gran Liga de Carpinteros, de Mecánicos y en todas aquellas agrupaciones que dependen directamente del trabajo de ferrocarriles.
De aquí brotan inmediatamente dos grandísimas ventajas: primera el trabajador, como un individuo que continuamente está desarrollando su ejercicio físico en el trabajo material, no puede estar muy al tanto ni tiene la verbosidad necesaria para poderse defender de la acusación que le haga el empleado superior, y de esta manera el Comité de Ajustes, que se escoge siempre entre los trabajadores de la Unión, al más hábil, al más competente, tendrá siempre que sacar avante a aquella agrupación.
Además, este artículo va en directa consonancia con otro artículo de nuestro mismo Programa de la Convención Revolucionaria, que dice se reconocerá sencillamente el derecho de huelga a los trabajadores, reconociéndose a los sindicatos, y como los sindicatos tienen por obligación directa y como una de sus armas, la huelga general o parcial, están perfectamente coordinados los dos artículos y el éxito del reconocimiento de los sindicatos será perfecto.
Otra de las causas también que debemos tomar en alta consideración para el reconocimiento de los sindicatos, es la situación intelectual la situación educativa, porque en nuestro México, y debemos hablar con toda claridad, las ideas socialistas han sido la mayoría de las veces un fracaso y siempre se les ha considerado como ideas disolventes, como hombres que traen en la mano una bomba de dinamita y en la otra un puñal,
tal es la impresión que el socialismo ha dejado en esta capital. Cuando yo he recorrido el Colegio Josefino y he sentido dentro de mi alma un eterno desconsuelo y he ido a guardar en el arca de las chucherías de mi desilusión lo que aquellos compañeros describen como anarquismo, que es sencillamente la alta acción educativa del individuo, y que habían transformado el socialismo y el anarquismo por la más brutal manifestación del saqueo y del bandidaje.
¿A qué se debe eso, ciudadanos delegados?
Sencillamente a la falta de confianza, a la falta de conciencia y a la falta de vergüenza.
En los sindicatos, teniendo ya el apoyo de los gobiernos, el sindicato tendrá sus bibliotecas, tendrá su gimnasia, el obrero nuestro, que desgraciadamente es muy sucio, muy pocas veces se lava, que desgraciadamente muy pocas veces se cuida de sí mismo, y aquí os lo hablaré con entera franqueza, más vale un minuto de sinceridad que una hora de retórica palabrera, yo muchas veces en la Casa del Obrero he tenido que ir con los zapatos sucios, con el cuello sucio y con el traje lleno de lamparones, para que no se me tildara que yo estaba convertido en un perfecto burgués.
Así, pues, los sindicatos, por medio de esa conciencia, por medio de esa educación, se llevará al perfecto conocimiento de sus cerebros, de que así como el burgués anda limpio, de que como el empleado se presenta aseado y usa zapatos de charol, el obrero tiene la necesidad y el derecho de usar también zapatos de charol y de lavarse con jabón, cuando menos dos veces por semana. (Risas)
Eso sencillamente se lleva por medio de la educación, por medio de conferencias y desarrollando una cultura perfecta, iniciando al obrero a que se acostumbre a pensar porque ése es otro de los grandísimos defectos que yo he notado en nuestra clase trabajadora.
Vino el doctor Tal, el Doctor Atl, ese individuo que ha perdido toda clase de vergüenza, ese individuo que en sus mocedades se hizo pasar como pintor, como bohemio, y que en el fondo no es, sencillamente, más que un vividor político; ese hombre -me cuenta un compañero, con las lágrimas en los ojos- cuando dijo: Ahora sí ya cumplí con la consigna del Primer Jefe, le he dado la estocada de muerte, hemos acabado con la Casa del Obrero Mundial, hemos acabado con esa Institución; y aquellos compañeros que predicaban socialismo, que le tenían verdadero cariño a ese centro donde habían puesto todos sus entusiasmos, prorrumpieron en un estrepitoso y desbordante aplauso. ¡Oh, la eterna ironía de las masas de inconscientes! Es éste uno de los asuntos principales: que el gobierno reconozca a las sociedades obreras, que cunda la ilustración; sopa de letras es la que necesita el pueblo de aquí, muchas escuelas (no hacer lo que hizo Palavicini: venir a cerrar las escuelas, vituperar al profesorado, insultar a los maestros); para llegar al apoteosis de la fuerza organizada, de la cultura nacional, es necesario el sindicato de los obreros, reconocido por el Gobierno para que tengan crédito, para que tengan potencialidad; y el día que en nuestra Nación no exista el vergonzante porcentaje del 86 por 100 de analfabetos, ese día podemos decir: el socialismo comienza a abrirse paso en la República Mexicana. (Aplausos)
El C. delegado Cervantes
(En contra. Aplausos) ¡Oh eterna ironía de las masas inconscientes! (Risas)
Habló el poeta, mi simpático amigo, el de los ojos azules (risas), y su hermosa frase me conmovió de tal manera, sobre todo en el exordio de su peroración, que yo creí estar escuchando un relato de la leyenda de las Mil y una noches (risas); habló el compañero, mi simpático amigo, en verdad bien y en prosa rimada; nada más que la rima se fue a un lado y la prosa quedó del otro; porque nos refería que, en su afán por aparecer como hermano de los de la Casa del Obrero Mundial, iba mugroso y mal vestido, a bañarse a esa casa y después a tomar sopa de letras, y para terminar su exordio simpático, el señor delegado preopinante afirma con vehemencia, que la organización de los sindicatos ha dado maravillosos resultados. ¡Ya se ve el resultado, por lo que sucedió durante el imperio de Obregón!
El resultado material no sólo fue una consecuencia natural de esa ignorancia de la clase obrera, sino también, como lo dijo muy bien, fue consecuencia del hambre; pero algo más grave que eso es el resultado intelectual manifestado por uno de los miembros conspicuos de esa Casa del Obrero Mundial, que pronunció un flamante discurso.
Me encontré este párrafo en un periódico, y no resisto a la tentación de darle lectura; ese orador, como alguno de los señores delegados, se titulaba al mismo tiempo socialista, anarquista y sindicalista, cosas que voy a probar, sobre todo en lo que se refiere a socialismo y anarquismo, por un lado, y a sindicalismo por el otro, son inconexas y constituyen un contrasentido al unirlas.
Decía ese orador:
Ha llegado la hora de la libertad y del progreso, nuestros ideales han dejado de ser ideales para convertirse en hechos claros y derechos. De ahora en adelante dejaremos de ser esclavos para irnos a vivir a la casa del señor Casasús y a la de Nacho de la Torre.
(Voces: ¡No cabemos, no cabemos!)
El orador prosigue: No importa que no quepamos, lo que importa es que los dueños de tales casas se vengan a vivir a la casa del Obrero Mundial -eso confirma lo que nos decía el señor Pérez Taylor-, para que cojan chinches y se pongan más sucios que un perro sarnoso. (Risas)
Sí, señores, éste es el momento decisivo. Ahora no nos queda sino encender una hoguera -y ahí entra lo anarquista- en cada puerta y colocar una calavera en cada ventana. ¡Viva el socialismo! ¡Viva la libertad! ¡Abajo la burguesía! He dicho.
Si no hubiera yo visto de antemano quién era el autor de ese párrafo, habría estado en la tentación de atribuírselo a algún señor delegado. (Risas y aplausos)
Voy a combatir el artículo, que encierra, ciertamente, un asunto de gran fondo.
Si despojamos ese artículo de un resto de palabrería que no le pudimos quitar, a pesar de nuestros intentos, quedan las dos primeras líneas, que encierran un concepto fundamental.
Dice el artículo en esa parte a que me refiero:
Reconocer amplia personalidad ante la Ley, a los sindicatos de sociedades de obreros, dependientes o empleados.
A ese concepto, que no es otra cosa que el concepto conocido y perfectamente llamado con el nombre de contrato colectivo, al reconocimiento por el Gobierno, de esos sindicatos, es a lo que voy a oponerme, y téngase bien entendido que no me voy a oponer al sindicalismo; porque contrariamente a lo que se imaginan ciertos señores sindicalistas, el sindicalismo es un movimiento social perfectamente estudiado ,por la Sociología, del que no podrá escapar sociedad alguna que progrese. Pero aceptar un hecho como una evolución reconocida por los principios sociológicos, no quiere decir llegar hasta el extremo de que el Gobierno reconozca personalidad a los sindicatos, porque eso, como voy a probarlo, constituye un peligro, constituye una amenaza.
Al paso que haga yo mis argumentaciones voy a probar también que los señores que se titulan socialistas o anarquistas y sindicalistas al mismo tiempo, no hacen más que enunciar un error, no hacen más que cometer algo que yo me atrevería a llamar un disparate; voy a probar que el socialismo y el sindicalismo están perfectamente divididos.
Empezaré por hacer enunciación del dogma de los sindicalistas, que en esencia puede reducirse a estas palabras -no sé si van a ser del agrado de los señores que se titulan sindicalistas-:
El obrero -dicen- es el creador de la riqueza social y no aprovecha de esta riqueza, al contrario, sólo los hombres que no la crean son !os que se benefician con ella. Para remediar esta injusticia se necesita simplemente destruir a la sociedad actual, en provecho de la clase obrera, y, en consecuencia, dar fuerza a aquellos agrupamientos que sean aptos para llevar a término la expropiación capitalista y capaces de proceder a una reorganización social sobre el plan comunista.
Yo creo que ese es el dogma, y en esas frases lo aceptan los señores sindicalistas. ¿Verdad, señor Pérez Taylor?
No se lo permito a usted.
Yo le ruego que se lo permita.
Ya un poco calmado, le voy a contestar al compañero Cervantes lo siguiente, por ser de honradez y por no ponernos nosotros en ridículo ante los grupos sindicalistas de Europa:
Desde el momento en que una de las bases del sindicalismo es desconocer la acción del Gobierno, mal puede el Gobierno reconocer las acciones del sindicalismo. (Aplausos)
Que diga el artículo, y esto lo hablo con entera franqueza, que se reconocerán a las uniones obreras, a las sociedades mutualistas y de empleados o de obreros, pero no al sindicalismo, porque el sindicalismo está peleado con toda forma de gobierno. (Aplausos)
Tributo mi aplauso sincero a la sinceridad de mi amigo el señor delegado Pérez Taylor, que me va a ahorrar mucho esfuerzo para convenir con mis argumentaciones. Voy a insistir en que el movimiento de solidaridad social, una de cuyas bases es el sindicalismo, es enteramente ajeno al socialismo. Yo pido perdón a los señores delegados que estén fuertes en materia de socialismo, lo mismo que aquéllos que están fuertes en materia anárquica; pero les ruego que escuchen lo que voy a decir.
El socialismo predica el establecimiento del mismo nivel, como si fuera un rasero bajo la mano del Estado; después demostraré que ese nivelamiento no traería progreso ni mejoría de ninguna naturaleza a los obreros. Los señores socialistas predican que la sociedad debe ser rehecha a fuerza de decretos, y aprovechan como una ocasión refulgente, la de las revoluciones triunfantes; prueba de ello es que en el seno de esta Asamblea los señores socialistas o anarquistas han pretendido que legislemos a derecha, a izquierda y a todos lados, y es que esos señores socialistas incurren en el error fundamental de todos los hombres de la raza latina: le atribuyen a las leyes un poder fenomenal, se imaginan que las costumbres de un pueblo se modifican por medio de la producción inconsiderada o inconsiderable de leyes y no quieren convencerse de que a un pueblo sólo se le eleva cuando haciendo abstracción de las leyes, como lo hace el pueblo inglés, se le educa, ante todo.
Los señores socialistas pretenden también que el capitalismo es el origen de todos los males, y siendo ése el origen de todos los males, quieren suprimir el capitalismo y uno de los ataques que en forma concreta, aforística, dirigen al capitalismo, es haciendo uso de una frase muy sonada en terreno socialista, frase por la cual estuvimos a punto de no llegar a ningún acuerdo en la discusión del Programa: esa frase a que hago referencia es la traída y llevada explotación del hombre por el hombre.
Después voy a explicar cómo el capital es materia indispensable para el progreso de la clase obrera. Finalmente, los socialistas pretenden que el Estado sea quien administre y que su administración sea tan pura y tan igualitaria que los productos se repartan igualmente entre todos los ciudadanos. De este idealismo no haré mención, porque no lo necesito.
Ahora voy a expresar cuáles son las palabras pronunciadas por un eminente sindicalista francés, en el Congreso de 1907.
Ese sindicalista connotado le dijo a los señores socialistas:
Vuestras concepciones son utópicas, porque dan a la fuerza coercitiva del Estado un valor creador que no tienen. Vosotros no haréis surgir de un dia al otro una sociedad hecha de nuevo, no daréis a los obreros capacidad para dirigir la producción y el cambio. Vosotros seréis los amos del momento, poseeréis toda la potencia que pertenecía a la burguesía, amontonaréis decreto sobre decreto, pero no haréis nunca el milagro de hacer con ellos aptos a los obreros para reemplazar a los capitalistas; decidme, señores socialistas, en qué la posesión del poder por algunos hombres políticos habrá transformado la psicología de las masas, modificando los sentimientos, acrecentando las aptitudes y creando nuevas reglas de vida.
Estas solas palabras bastarán para demostrar qué escisión tan completa existe entre socialistas y sindicalistas; qué diferencia tan grande hay entre los idealistas que pretenden a todo trance producir leyes perniciosas, en parangón con las necesidades económicas modernas que tiene perfectamente estudiadas la sociología actual; una cosa es la supresión de la propiedad y de la fortuna y la administración de las industrias por el Estado, o sea la lucha eterna del pobre contra el rico, y otra es la necesidad sociológica del mutualismo, que es la base del progreso de toda sociedad.
El peligro de reconocer en forma de ley a los sindicatos, es bien grande en todos los países de raza latina; porque el sindicalismo para los latinos no es más que una forma de mal conducir a las clases ignorantes, a las clases trabajadoras que, especialmente en nuestro país, son de escasísimos conocimientos; el peligro es, repito, que sean conducidas por hombres que se titulan sus salvadores y que no son en esencia más que sus conductores demagógicos, y esos conductores llevan a los grupos de obreros, cuando se les da el pomposo nombre de hombres sindicados, a todos los excesos; esos hombres, en las naciones más adelantadas, como la Francia, han llegado con su audacia hasta el extremo de proclamar un principio que es un absurdo, el principio antidemocrático y antisocialista del derecho de las minorías, porque viendo ellos, como lo vio el sindicalismo francés, la C. G. T., que no componía más que el cinco por ciento de los sindicalistas de Francia, viendo que era muy pequeño su número, pero considerando que sus teorías disolventes tenían una influencia positiva sobre la clase popular, cuya instrucción hasta en ese país, tan adelantado, es deficiente, sostuvieron que las minorías debían ser las obedecidas por las leyes y sancionadas por los hombres, porque las minorías eran, por el hecho de ser unos cuantos hombres escogidos, las llamadas a decir la verdad sobre todos los asuntos políticos y económicos del país, puesto que siendo escogidos eran los hombres más intelectuales y más capaces de hacer todo en todas las materias; es decir, esos señores sindicados pretendían llegar al extremo verdaderamente abusivo de constituir dentro del sindicalismo la aristocracia de un pequeño número, del número de los demagogos.
La intransigencia de esos conductores de hombres se puede reconocer por los múltiples atentados que se han cometido en todos los países en que tiene poder el sindicalismo, y sería positivamente largo, muy largo, el hacer un relato de la serie de inconveniencias y de atropellos y de medidas absolutamente anárquicas que el sindicalismo ha pretendido llevar a las sociedades civilizadas.
En Francia yo tuve ocasión de presenciar cuántas veces el ánimo público se encontraba positivamente en alarma, cuando la palabra soberana del tirano síndicalista Patau, u otros, decía sencillamente a los sindicatos: Señores obreros, grandes obreros libres: Mañana no habrá luz para la ciudad de París, mañana no habrá ómnibus para París, mañana no habrá tranvías para París; y era de verse cómo, sin explicación ninguna, sin razonamiento ninguno, sólo por el espíritu colectivo de esos sindicados, se obedecían aquellas órdenes bárbaras, y cómo la ciudad parisina entraba en alarma por los excesos cometidos por el sindicalismo, y finalmente todavía se podía ver cómo a la voz de mando de los directores de esas sociedades, que no comprendían su enorme y elevada misión, se recurría al sabotaje, se recurría a la destrucción, se recurría a todos los procedimientos violentos, y cómo entonces quedaba patentizado el hecho de que los anarquistas no son más que unos ilusos, de que los anarquistas no son más que unos poseídos, como estaban poseídos los primeros hombres del Cristianismo, de fe en una verdad suprema, y como están poseídos ahora de un misticismo que se puede calificar de religión de actualidad, para ir hasta el sacrificio de sus vidas por defender una insensatez.
El ideal del sindicalismo es llegar, y alguno de los señores oradores nos hizo mención de ese concepto en una de las sesiones anteriores, al establecimiento de instituciones tales como las que existieron en las Repúblicas italianas, que eran federalízaciones de sindicatos industriales, bajo la dirección de un Consejo.
Eso que los señores sindicalistas llaman un ideal, no es más que una ficción forjada a través de la Historia: voy a dar lectura a expresiones de un distinguido profesor del Colegio Francés, Renard, quien da una idea sintética de lo que eran aquellas Repúblicas italianas cuando estuvieron bajo el dominio del sindicalismo; y debo advertir que ese señor profesor del Colegio Francés, es un socialista humanitarista, es decir, es uno de los que profesan las ideas más avanzadas en materia social y que, al mismo tiempo, tiene los sentimientos más avanzados en materia humanitaria. Dice el señor Renard, que las Repúblicas italianas eran querellas de ciudad a ciudad, de barrio a barrio, de familia a familia, interminable sucesión de venganzas, de tumultos, de incendios, de asesinatos, de barricadas, de destierros y de confiscaciones.
He ahí -dice textualmente- el espectáculo desordenado, tumultuoso que ofrecieron durante siglos las comunas italianas; en Italia se creía por momentos que se descendía con el Dante en uno de esos círculos infernales en donde se persiguen, se debaten, se muerden, se devoran grupos de monstruos, de demonios y de condenados.
De manera que ya se ve claramente que no es para idealizar el deseo de que se llegue al establecimiento de las teorías sindicalistas externadas, y que se debe por todos los medios y por las formas rigurosamente racionales, impedir que el sindicalismo, siendo una cosa imposible de combatir, porque es un fenómeno social, abarque una extensión tan desmedida, tenga un reconocimiento por el Gobierno, tan grande que pueda constituir un peligro y una amenaza para la sociedad.
No hay que olvidar por los señores que nos hacen frecuentes citas de la misma Revolución francesa, cuyos principios, cuyos medios y cuyos resultados tanto alaban, que en esa misma Revolución francesa había corporaciones que tenían el aspecto del sindicalismo, y que esas corporaciones que eran infinitamente menos opresivas y tiránicas que éste, fueron abolidas por la Revolución francesa.
Algunos sociólogos califican el exceso de predominio del sindicalismo en las naciones, como una regresión social, es decir, que en vez de constituir una manifestación grande y patente del progreso de las sociedades, se convierte en una manifestación de la declinación de la civilización en las naciones en que toma incremento.
Yo quiero insistir en que el sindicalismo favorecido e incrementado por la sanción gubernamental, es un peligro, porque los latinos, sobre todo, entienden en una forma demadado inconveniente lo que significa el sindicalismo; los latinos dicen, en una de sus concepciones sindicalistas, que ellos quieren el taller sin jefe, y hay que ver cómo en oposición con esos conceptos de los sindicalistas latinos, están los sindicalistas sajones, que son, seguramente, la raza que por su mesura en todas sus manifestaciones de la vida y por su mejor civilización, han comprendido bien cuál es el papel fundamental del sindicalismo en las naciones.
La C. G. T. americana ha llegado a hacer esta declaración que está en pugna abierta con la declaración de los sindicalistas latinos del taller sin jefe, dicen que la supresión del patronato no sería progreso alguno, sino que podría, al contrario, ser una vuelta a la esclavitud.
Como prueba de las consecuencias graves que acarrean los excesos del sindicalismo en las naciones puedo citar una muy elocuente estadística, con referencia a la Marina francesa; allí se comprueba que la Marina francesa, debido al sindicalismo y a sus manifestaciones, es decir, debido a la huelga y debido a la elevación de salarios, vio que en el año de 1900 los dividendos, que se elevaban hasta 40 francos, bajaron hasta la cifra de ocho francos solamente.
El sindicalismo es una verdadera amenaza en toda nación, porque hay que persuadirse bien de que una de las tendencias más marcadas del sindicalismo es la inmoderada pretensión de que el obrero gane cada día más y más salario; voy a decir por qué es inmoderada esa pretensión.
Siendo una simple pretensión sería muy loable, porque cuando se pretende un mejoramiento individual, obra uno con lógica respecto a intereses personales; pero es inmoderada, porque al subir el salario, el elevarlo continuamente, no trae otra consecuencia que la paralización de la industria nacional, porque aquellos individuos que en una industria tengan un determinado capital y vean, por ejemplo, que en México los sindicalistas pretenden que se suba el salario de un peso a diez, por agregaciones sucesivas, no serán tan tontos de continuar su industria en el país, sino que tendrán el sentido común de recoger sus capitales e ir a otros países en que se les ofrezcan mejores condiciones, porque de otro modo ellos mismos sancionarían el hundimiento de sus propias especulaciones, y ahora me ocurre decirle a algún señor que tuvo esa duda en su ánimo, que justamente en Francia se dio el caso singular, singularísimo, de que un magnánimo hombre industrial que tenía un capital de varios millones de francos, invertidos en determinada fábrica, sintiéndose viejo tuvo la notabilísima, la noble y humanitaria idea de dejar ese capital repartido a todos los obreros de sus fábricas, y entonces también se vio algo de lo que he venido relatando, que la C. G. T., que la Directiva del sindicalismo manifestó de una manera ostensiblemente torpe, que los sindicados no recibían limosnas ni favores de un señor capitalista, y le dieron el chasco al señor capitalista, de hacerle reflexionar y retirar su sana pretensión.
Los excesos de los sindicalistas constituyen amenazas al capital, por lo que vengo de expresar; constituyen amenazas a la libertad del trabajo y del comercio, constituyen atentados, constituyen destrucción y fomentan -cosa que yo en todos los tonos criticaré a todos los sindicalistas, socialistas y anarquistas- algo que es muy grave para la grandeza y para la formación del alma nacional de un país; el antimilitarismo y el antipatriotismo, que muchos defienden aquí y que yo estaré siempre dispuesto a atacar, porque, en mi concepto, no hay nación fuerte sin patriotismo y no hay nación fuerte sin ejército que la sostenga. (Aplausos)
Lo que quiero combatir en ese artículo, oponiéndome a que el Gobierno sancione el reconocimiento de los sindicatos, es la obra destructora de los demagogos, conductores de la clase humilde obrera, clase que en sí es grandemente respetable, clase que yo admiro por que es una de las que contribuyen más poderosamente al progreso de una nación, porque significa el trabajo rudo a que muchos de nosotros no podríamos acostumbrarnos; pero lo que no pretendo combatir justamente es que esos sindicatos, conducidos por manos torpes y cerebros locos, lleguen a un crecimiento inmoderado de pretensiones y lleguen a establecer el reconocimiento del gobierno de esa ley del contrato colectivo, que no da lugar más que a abusos de los sindicatos, sobre todo en países latinos.
Finalmente, las razones con que quiero terminar, son que el sindicalismo, puesto que, como llevo dicho, tiene que imponerse por necesidad, por evolución sociológica, no necesita del amparo del Gobierno; los sindicatos tendrán que imponerse, repito, por evolución social, y los que pretenden que el Gobierno les reconozca personalidad a esos sindicatos, es decir, los que pretenden establecer como ley la del contrato colectivo, son, seguramente, individuos que desconocen el asunto o tienen falta de fe, puesto que temen que haya falta de vigor en los sindicatos.
Ya dije y no necesito incurrir en demostraciones de esta verdad, que asiento que la dominación de los sindicatos constituye la más terrible de las tiranías, porque al obrero se le dice: tú eres libre, se le deja la idea de libertad; pero de hecho se le somete a la dictadura del sindicato: como dictadura es desde luego reprochable en todos conceptos, y en vez de mejorar las condiciones del obrero, en vez de mejorar el salario, lo que hace es producir la anarquia en los países en que pretende imperar, lo que hace es atacar la prosperidad de las industrias, especialmente de las industrias nacionales, y lo que hace es atacar la paz, el orden, el capital y la dirección que, aunque pese a los señores anarquistas, es la base de los progresos industriales.
La riqueza de un país se mide, sin duda alguna, por la mano de obra; pero la mano de obra no es más en su crecimiento, en su mejoramiento y en su perfección, no es otra cosa que la consecuencia ineludible de dos cosas fundamentales: de la educación, que es muy larga de adquirir y que se consigue sólo por procedimientos de orden, y de la inteligencia que aunque los señores socialistas quisieran nivelarla, no podrán conseguirlo jamás.
Digo eso, porque los señores socialistas quieren llevarnos hasta el extremo de imaginar que con el rasero, de que hacía yo mención hace rato, se puede equiparar la condición de un hombre a la de otro cualquiera, y eso jamás podrá conseguirse, porque hasta ahora no se ha descubierto el procedimiento para conseguir que un hombre que tiene una inteligencia grande pueda equipararse en frutos, en trabajo, en explotación, en cultivo, con un hombre que tiene una mediocre inteligencia.
He dicho, señores delegados. (Aplausos)
Se suspende la discusión del Programa y estando el señor Presidente de la República a las puertas de la Cámara, la Mesa ha nombrado una Comisión que lo introducirá en el acto. (Aplausos)
(El ciudadano González Garza, al entrar al salón, es recibido con aplausos nutridos)
¡El señor Presidente de la República, en cumplimiento de la ley parlamentaria que esta Asamblea tuvo a bien aprobar, viene a informar y a cumplir con uno de sus preceptos, y en tal virtud, el señor presidente va a hacer uso de la palabra.

References: artículo 13

Artículo 13
 artículo 63

Artículo 63
 artículo 13
 artículo 13
 artículo 13

Artículo 13
sui generis
sui generis

Artículo 14