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Timestamp: 2018-10-23 04:13:15+00:00

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Historia | viajeporlascienciassociales
Posted by igorbarrenetxea in Conflictos actuales, Cultura y sociedad, Democracia y libertades, Derechos humanos, Estados Unidos, Historia, Terrorismo
Se puede afirmar, sin mayor género de dudas, que Trump cumple lo que dice. Se ha puesto enseguida manos a la obra a base de decretos presidenciales. Ha convertido su furibunda dialéctica electoral en hechos, y lo que nos queda todavía por ver. Por un lado, el primer paso fue el simbólico decreto que desmantelaba buena parte de la reforma sanitaria de Obama. Igual no fue perfecta, pero daba cobertura médica a más de veinte millones de ciudadanos que no se la podían permitir, Trump, en vez de impulsar algo positivo, lo que ha hecho ha sido dar un paso atrás. Pero más que el hecho en sí, es lo que significa: pretende volver al espíritu retrógrado de la frontera. Seguidamente, ha decidido congelar los fondos para las ONGs que predican en contra del ideario ultraconservador del presidente, esto es, aquellas que incluyen el aborto como parte de la planificación familiar. Como señal inequívoca de esto, se han clausurado de la web de la Casa Blanca, llamativamente, todo lo que tenga que ver con tales aspectos, sanidad, homosexualidad, cambio climático o planificación familiar, incluida aquella parte que se podía leer en castellano, para los miles de habitantes hispano parlantes. Además, ha anunciado la construcción del muro con México, y gravará los productos mexicanos con un 20% para sufragarlo, lo cual ha soliviantado al Gobierno de este país, como cabe suponer. Ha tomado medidas más drásticas como el retirar los fondos federales a las urbes que no combatan debidamente la inmigración ilegal.
En poco más de una semana de hacerse cargo del gobierno, ya empieza a polarizar no solo a la opinión pública norteamericana sino al resto de países aliados. La última decisión, entre otras, ha sido el vetar la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, que es tanto como decir que ellos son los responsables del terrorismo internacional. Prejuicios, egolatría, vanidad, retórica altisonante, showman, extremista y excesivo, ese es Trump, quien se cree investido por Dios, pese a quien pese, para devolver la gloria a EEUU. El peligro de que todo esto se le suba a la cabeza es mucho, ya ha mostrado muchas pruebas de ello, sin caer en la cuenta de que está jugando con personas que sufren, padecen y que sienten, aunque su desprecio para todo aquel que no sea un buen norteamericano es bien marcado. Ahora, explica que tuvo menos votos que su rival en las elecciones, tres millones menos, porque hubo un fraude masivo, y debieron participar inmigrantes ilegales. Y piensa investigarlo.
Ya vemos que, incluso a agua pasada, quiere cambiar la historia, no pasar por un presidente favorecido por el sistema, sino que ha sido apoyado por todos los norteamericanos de bien. Por supuesto, se vanagloria de que es el presidente que más ciudadanos congregó en las calles, el día de su investidura. Sabemos que no. Pero Trump ve lo que solo quiere ver… el temor a que se convierta en una especie de fascismo encubierto está ahí. De hecho, las ventas del libro de Orwell, 1984, se han disparado en estos días. Si bien, eso no va a impedir que Trump siga actuando como lo hace, salvo que su partido, los republicanos, le llamen al orden. De momento, su guerra particular contra los inmigrantes musulmanes ha provocado una multitudinaria respuesta ante la injusticia de dicha medida. Varios fiscales generales y jueces han decidido enfrentarse a ella, va a en contra de la Constitución. ¿Qué criterio es ese de que se niegue la entrada por razones religiosas o nacionales?
Eso no deja de ser un insulto a los países señalados dentro de ese eje del mal, una manera de enturbiar las aguas de la diplomacia internacional, cuando Obama había logrado que Irán se reincorporara, por ejemplo, a ella para normalizar las relaciones. Ya se han convocado nada menos que dos manifestaciones que han reunido a miles de personas para rechazar los nuevos decretos. ¿De qué manera pretende, por tanto, restablecer los valores norteamericanos si está derivando en excluir a una parte de la sociedad y en establecer el prejuicio como punto de partida para determinar quién tiene derecho a entrar o no en EEUU o a ser reconocido o no? Respuesta. Imponiendo valores reaccionarios y dando un paso atrás, claramente, en el impulso de mentalidades tolerantes y abiertas. Porque si algo ha tenido una enorme importancia en este gigante es la inmigración y las minorías, la tolerancia frente a las persecuciones religiosas en Europa y, ante todo, unas leyes que han permitido que cada ciudadano pudiera pensar y vivir en libertad, han hecho lo que es hoy EEUU. Pero Trump ha declarado la guerra a los medios y a todos los que no piensan igual que él, que son muchos. Los inmigrantes, la base fundamental del país, ahora, dependiendo de la procedencia, han sido tildados por este como delincuentes, violadores o terroristas. Aunque Trump se olvida de que, en comparación con el dañino efecto del terrorismo internacional, por ejemplo, la delincuencia de las calles, la que preocupa mayormente al ciudadano corriente, procede de la pobreza, la corrupción y la injusticia social, no de la lacra del terrorismo yihadista que ha afectado al país de manera ínfima (a excepción del 11-S). Y que los mexicanos buscan mejor suerte en EEUU por culpa de su salvaje neoliberalismo.
Trump nunca ha tenido que preocuparse demasiado por el bien común, porque su altanería le hace ser incapaz de sentir empatía por alguien que no sea él mismo. Ha decidido gobernar a contracorriente, al margen de consensos o de diálogo, porque cree que es la única manera de no perder el tiempo. Su fin es actuar, ya lo dejó claro en su campaña, se sabe un magnate con instinto para los negocios, es un tiburón, pero el dinero no es igual que las personas. No quiere medias tintas, ni a gentes acobardadas ni timoratas. Pretende renovar el país, al margen del país, y enfrentarse a la parte más dinámica de una sociedad cuya naturaleza se ha mostrado rica y plural. Vive un empacho de poder y los efectos los sufren, tristemente, otros.
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UNICEF nos recuerda en estas fechas que hay 250 millones de niños en todo el mundo que padecen guerras o bien se han visto afectados por desastres naturales. Y que todo ello trae consigo que se vean privados de servicios esenciales ya sean de salud, educación y protección, lo cual les expone de forma invariable a abusos, maltrato o a la explotación. En breve, comenzará la campaña de Navidad. En la televisión se emitirán infinidad de anuncios sobre colonias, juguetes y otros productos propios de estas señaladas fiestas. Si bien, es seguro que no necesitamos la mayoría de todo esto. Es el placer del consumismo. Mientras nuestros niños, en general, se ven abrumados por un sinfín de regalos, hay quien no tiene nada, quien sufre la ira de la naturaleza o, bien, la ira humana, y verá cómo su incierto devenir estará marcado por el dolor y el sufrimiento. Si nos detenemos a pensar ya solo un momento en estas circunstancias tan especiales de infortunio, tal vez, podríamos darnos cuenta entonces no solo de lo humanitario del fenómeno sino de los efectos negativos que esto podría tener para el futuro de nuestras sociedades. Porque 250 millones es una cifra tremenda, equivale a la mitad aproximadamente de la Unión Europea, casi la población de EEUU… si solo una parte de esos niños consigue salir adelante de una forma sana, estaríamos logrando más que el alcanzar una victoria militar contra el Estado Islámico, porque se les habría ofrecido un futuro de bienestar y seguridad. Y eso es importante porque, sin duda, evitará que esos jóvenes puedan adscribirse a la llamada de fanatismos, grupos terroristas o que acaben en manos de gentes sin escrúpulos y alimenten la gris y terrible red de tráfico de personas.
No hay duda de que por mucho que nos sensibilicemos y por mucho que nos queramos comprometer, es cierto que los gobiernos son los que deben actuar. Por eso, hemos de apostar por ganar esta batalla a la desigualdad y a la brutalidad. Pero hay demasiados intereses encima de la mesa para hacerlo de forma contundente. Y tampoco hay nadie que haya inventado una receta mágica para que las personas dejen de intentar imponerse o solucionar sus litigios a través de la violencia. Otra cuestión son los dramas naturales que, en ocasiones, golpean de forma terrible a países ya de por sí débiles, y donde la solidaridad internacional apenas llega porque se trata de rincones olvidados. Cuando los medios de comunicación informan de lo sucedido, enseguida los gobiernos dan un paso al frente y se comprometen con generosas o rácanas partidas presupuestarias. Luego, sabemos que no llega ni la mitad del capital prometido y que, incluso, va a parar a manos que malversan esos fondos en su propio beneficio. Y cuando el suceso pierde el foco principal de interés, entonces, nos olvidamos de él salvo porque algún que otro reportero valiente decide escribir un reportaje, que pocos leen, pero que no es capaz de reactivar nuestra conciencia. El mundo se mueve muy de prisa. La información ya no se absorbe, sino que se consume, así que las noticias han de estar al servicio de la actualidad más absoluta, por lo que quien se queda atrás en esta carrera ya no es competitivo y la pierde.
Sin embargo, cuando se trata de temas serios las macrocifras no evitan pensar hasta qué punto queremos ocultar la verdad. Las medidas o resoluciones acordadas en el G8 o G7, los foros internacionales contra el hambre y la pobreza, los intentos de frenar el cambio climático que chocan contra las economías emergentes (y que no cierran la brecha norte-sur), solo son paños calientes. Claro que, sin ellos, todavía el mundo en el que vivimos sería menos habitable. Sin embargo, aunque ha surgido una cultura sensible con la salvaguarda de los derechos humanos y la naturaleza, esta tiene sus serias limitaciones. Solo surge un verdadero interés cuando disponemos de la seguridad y los medios suficientes para vivir bien, lo cual únicamente incluye a los países desarrollados, y no siempre. Aquí disponemos de nuestras propias lacras sociales, está la droga, la trata de blancas, la criminalidad mafiosa, la corrupción y la contaminación… pero no del mismo modo que en otros lugares del planeta en donde no hay ningún gobierno ni estado que los frene. Así, cuando se produce una catástrofe natural, muchos de estos países han de pedir ayuda, pero, aún así, es insuficiente. Hay que desplazarla a lugares remotos y en circunstancias extremas. Y, allí, los medios con los que se cuentan para administrar tales ayudas son muy limitados. La ayuda es sincera, pero, por desgracia, no así el alcance de esa colaboración internacional. Peor aún son las guerras, un mal endémico que ha formado parte de la historia de la Humanidad desde la Prehistoria. Las guerras son tremendamente nocivas y destructivas, no traen tras ellas nada bueno incluso cuando se hondea la bandera de la libertad. Pero en muchos países la guerra se ha convertido en una forma de vida y, en otros, la única forma de dirimir las diferencias humanas. Las guerras se enquistan y no tienen vencedor. Solo víctimas. Y los niños son las primeras que padecen, en su indefensión, sus crueldades. Bien porque se les obliga a luchar y a combatir, a endurecerse y a ser brutales, destrozando por ello su infancia e inocencia, bien porque se ven afectados muriendo de hambre, cayendo víctimas del fuego cruzado o esclavizados, porque los límites de la perversión humana, ya lo sabemos, son infinitos.
Llega la Navidad. Las calles de las grandes y pequeñas ciudades europeas se llenan de adornos. Los escaparates de las tiendas resplandecen, se respira un cierto aire de alegría consumista. Unos kilómetros más allá, al otro lado del Mediterráneo, en cambio, los refugiados se preparan para los rigores de un gélido invierno. Solo llevan consigo un manto de esperanza, lo que les queda, lo único que nadie podrá arrebatarles, incluso cuando lleguen a Europa.
No cabe duda de que son más ricos que nosotros.
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Durante el periodo que abarca la civilización romana (s. VIII a. C hasta el V), el imperio iba a conocer una serie de grandes invasiones de los pueblos del norte. Roma se expandiría por toda la cuenca del Mediterráneo conformando una estructura administrativa increíble muy longeva en el tiempo. De ahí que su herencia cultural todavía pesa sobre nosotros. A partir ya del siglo III, el imperio empezó a sufrir una seria amenaza sobre sus fronteras del este. Su propia inestabilidad política, con luchas internas y guerras civiles, aceleró un proceso de descomposición que vino favorecido por la llegada de germanos, eslavos, iraníes y otomanos, integrados por miles de personas que buscaron en el imperio su tierra prometida.
La presión de otros pueblos y los fríos del interior de Asia llevaron a estos nómadas hasta el corazón de Europa para asentarse. Esta amenaza permanente contra sus fronteras fue, sin duda, acelerando el proceso descompositivo del imperio hasta que en el 476 fue depuesto el último emperador y el otrora trono de los césares desapareció.
Las consecuencias para Europa fueron enormes. Como resultado ya no había unidad territorial ni cultural. Los territorios se fueron fragmentando hasta irse, poco a poco, perfilando los países y naciones que la componen. Fue un largo periodo conocido como la Edad Media cuya lectura oscurantista siempre se ha hecho muy presente en el imaginario, aunque fuera la clave para entender nuestro desarrollo humano.
Ahora bien, este breve panorama sobre las migraciones de los pueblos norteños se compara, ahora, con la llegada de los refugiados-inmigrantes. De nuevo, las costas cálidas de Europa son un lugar seguro y salvador para miles y miles de personas que huyen en unos casos de la guerra y en otros de la pobreza. Si bien, las comparaciones con la caída del imperio romano son engañosas. Para aquellos que temen la llegada de estos nuevos invasores, la Historia es utilizada como un instrumento de advertencia llena de prejuicios y sesgos imaginarios. Occidente es, sin duda, el referente de las sociedades modernas y democráticas, pero no un paraje perfecto ni, por supuesto, exento de oscuridad (hay mafias, corrupción, tiranías y fanatismos). Vivimos, eso sí, mucho mejor que nuestros homólogos al otro lado del Mediterráneo u Oriente Medio. Pero aunque dispongamos de unas sociedades liberales, eso no nos evita actuar y comportarnos como seres humanos vanidosos y egoístas.
El drama de los refugiados es muy revelador en este sentido. Los miles y miles de personas apátridas que están llegando a Europa huyen porque temen por sus vidas. La furia bélica o la inquietud han llegado a tal fin que prefieren arriesgarse a un viaje largo lleno de peligros que permanecer allí. Los campos de refugiados en los países limítrofes están desbordados y tienen muchas dificultades en absorber a más personas. Y no nos podemos hacer una idea de cómo estarán viviendo ni la angustia que tendrán que soportar ante su situación de indefensión. Su huída a Europa es su última esperanza. Pero, en mayor medida, estos grupos proceden de muchos países y pertenecen a culturas muy distintas a la nuestra, tanto a nivel religioso, como racial, idiomático o de costumbres, lo cual siempre es una desventaja a la hora de integrarse en la sociedad receptora. Son diferentes. Y, ante todo, muchos ciudadanos europeos temen, por tanto, ver como las libertades y seguridades que hemos conocido se vean comprometidas por estos nuevos invasores. Que sean algo así como una plaga que arrase con todo lo que tenemos, en esa natural desconfianza que se suele tener hacia lo desconocido. Pero es el tiempo que nos toca vivir y los refugiados-inmigrantes no dejan de ser personas.
La prueba a la que nos enfrentamos es muy exigente, no vamos a decir que será sencilla, porque se están poniendo a prueba, a la vista está, aparte de nuestros valores y prejuicios, una serie de intereses sociales y políticos, nuestra capacidad de acoger a tanta población. Por ello, la respuesta de los Estados es clave. La alternativa que algunos proponen de cerrar las fronteras y de expulsarles como si fuesen una lacra, allá se las compongan, no es una solución sino, como se sabe, dejarlos a su suerte, un comportamiento entre frío, cruel e inhumano. Y no podemos hacerlo porque eso sería ir en contra de nuestros principios. Existen unos derechos universales inherentes a todo ser humano que debemos garantizar. En ocasiones, eso nos complica mucho las cosas porque nos exige tener que cargar sobre nuestros hombros la suerte de personas que están desamparadas y que lo han perdido todo y eso significa un sacrificio para la población receptora. Pero no hay otra alternativa, aparte de detener la guerra en Siria e impulsar políticas de desarrollo humano efectivas y eficaces. Las corrientes migratorias han sido una constante en la historia humana. Los europeos fuimos los que colonizamos otros continentes y, ahora, se nos devuelve la jugada. Así que nos toca implicarnos y no limitarnos a contener el flujo y el reflujo de la marea, que tiene todo los visos de desbordarnos, sino de aprovechar esta coyuntura para aprender a canalizar tales fuerzas humanas en positivo.
Es hora de que Europa no piense solo en salvaguardar un modelo envejecido occidental cuando se está demostrando débil e inoperante. Hemos de abrir los ojos a este siglo XXI. Somos los descendientes de los pueblos bárbaros que entraron en el imperio. Ellos no hablaban latín ni tampoco eran cristianos y, aún así, acabaron por transformarlo todo constituyendo nuestras sociedades democráticas. Quién lo iba a decir.
Pues bien, hoy día contamos con mecanismos mucho más eficaces para que el choque cultural sea mucho más atenuado y no pase por un periodo de guerras ni violencia hasta recuperar la normalidad. Es hora de que aceptemos ver a esos hombres y mujeres que conforman nuestro futuro. A fin de cuentas, todos tenemos algo de bárbaros.
Integrismo y terror
Posted by igorbarrenetxea in Conflictos actuales, Cultura y sociedad, Democracia y libertades, Derechos humanos, Educación, Europa, Historia, Historia Contemporánea, Terrorismo, Yihadismo
La noche del 13 de noviembre, en París, pasará a los anales de la Historia como uno de esos capítulos negros de la Humanidad. Este día, 8 terroristas, siguiendo instrucciones del Estado Islámico, se vengaron en la indefensa población civil como represalia por la participación de Francia en la guerra de Siria e Irak. Era la extensión del sufrimiento, siguiendo el ejemplo de Al-Qaida, socializando el terror para expresar su impotencia… sin embargo, el saber que la tragedia pudo haber sido mayor, si uno de los terroristas hubiese accedido al estadio, tampoco nos consuela ante el innumerable número de víctimas y heridos ocasionados. Aunque lo peor ha sido descubrir que, al menos, uno de los que provocaron tal masacre, era parisino. Ante esta triste evidencia todos nos preguntamos qué puede mover a una persona a asesinar a sus propios vecinos. El hecho es que Francia se ha convertido en un lugar de referencia para atentar. La misión encomendada a tales grupos por el EI no es otra que debilitar la coalición, desestabilizar a aquellos países que amenazan su supervivencia mediante actos desesperados de terror. El ingrato destino ha querido que fuese en París, pero todo apunta a que no sea el último de los intentos por parte de estas células que buscan provocar el mayor daño posible, sin preocuparse de las víctimas.
Sin embargo, la gran pregunta es cómo es posible que ciudadanos europeos decidan inmolarse a causa de esta insensatez y por qué la comunidad musulmana no se moviliza de una manera más rotunda contra ellos… para los occidentales es una cosa inexplicable.
Comprender qué mueve a una persona a este horror es difícil cuando vive en una sociedad integrada y pacífica, en la que la religión, no sin sobresaltos, ha ido acomodándose al cambio social que se ha producido en su seno a lo largo de los siglos. El cristianismo ha tenido sus persecuciones, sus cismas y sus quebrantos, pero cuando aún su influencia es considerable no dictamina la política de un país. El nacionalismo es más fuerte en nuestra identidad que los valores religiosos o incluso, a veces, vienen de la mano. Pero no para muchos creyentes musulmanes inmigrantes o descendientes de aquellos.
El fútbol nos ofrece una visión muy plural de la sociedad francesa, y aunque hay jugadores musulmanes que defienden los colores de la tricolor, cuyos progenitores pertenecen a alguna de las antiguas colonias del imperio francés, hay ciertos grupúsculos que no se sienten muy identificados con la nación sino con el Islam. Francia es, actualmente, el mayor productor de yihadistas para el EI, seguido de cerca de España, donde también la desarticulación de redes está siendo muy activa. En ambos países hay importantes comunidades de musulmanes. Pero la marginación, la amargura y la decepción se han convertido, entre la segunda o tercera generación, entre otras cosas, en ingredientes esenciales para que muchos de estos jóvenes acaben atrapados y absorbidos por el radicalismo. Su identidad musulmana les hace tener una raíz común pero, ante todo, un elemento sublimador que, en el actual contexto, les arrastra hacia estas redes yihadistas. Pero también hay que pensar que de los millones de musulmanes que hay en Europa, son solo unos pocos cientos los que acaban en manos de estos grupos pero, aún así, no podemos desdeñar su impacto, son suficientes para provocar mucho daño, como acabamos de comprobar.
Ahora bien, la desventaja del Islam frente al cristianismo es que aparte del cisma entre chiíes y suníes, no existe una institución que establezca unas directrices sobre el papel de sus creencias en este siglo XXI. Las interpretaciones que se dan de Mahoma y el Corán son rígidas y no permiten una lectura actualizada frente a los retos crecientes de la sociedad actual. Aquellos que predican la pureza de su fe confunden la defensa de una estricta moralidad con unos valores absolutos que se contradicen con el mundo presente.
De este modo, en unas sociedades tan desestructuradas o fallidas como las islámicas la fuerza y expansión del yihadismo se agudiza, surge como reacción ante la modernidad, que ve como una amenaza y la yihad, la conciencia de un martirio activo, no pasivo y autosacrificado como el católico, es su válvula de escape. Así, los atentados de París fueron concebidos como una venganza pero también como un acto de fe. Y el impacto moral que esto supone para Europa es tremebundo porque los países se movilizan para defenderse de un enemigo exterior, pero cuando lo es desde dentro es más complejo y hay que tener cuidado de no acabar por alimentar esta llama de odio y rencor. Hay que reforzar no el nacionalismo sino los valores de la dignidad humana. El proceder de esta manera no es sencillo porque no hay respuestas definitivas ante los fanáticos que saben que hacer daño en una sociedad civil puede ser muy fácil. No bastan, esa vez, las frases grandilocuentes y exaltadas de la clase política. Porque la verdadera lucha se sitúa en un terreno más delicado y menos visible a la opinión pública, como es que los Estados han de hacer un esfuerzo mayúsculo por integrar a las comunidades musulmanes nacionales, ya que estas son las que mayor pedagogía pueden hacer contra ese peligroso fanatismo, las que pueden, en verdad, desarmar su ideología criminal.
No se trata de una guerra a la vieja usanza, no hay ejércitos contra los que luchar sino enemigos invisibles. Y estos no dejan de ser personas corrientes que por motivos totalmente equívocos pergeñan destruir la convivencia del lugar en el que viven. Es terrible pensar y actuar de este modo, y no estaremos nunca lo suficientemente preparados para reaccionar ante algo semejante, pero tampoco podemos denigrar por ello al mundo musulmán ni olvidar que el respeto es el motor social que nos ha traído hasta aquí, el que garantiza que avancemos como sociedades frente al miedo, la intolerancia (del signo que sea) y el maleficio del terror.
La Educación, la LOMCE y las Ciencias Sociales
Posted by igorbarrenetxea in Ciencias Sociales, Didáctica de la Historia, Educación, Historia
Aunque las cifras suelen ser relativas, y nunca son reflejo exacto de la realidad, lo cierto es que la pérdida de más de 24.000 docentes del sistema de enseñanza es bastante elocuente a raíz de los importantes recortes que ha sufrido la educación en España. Todos los sectores estratégicos del país se han visto afectados. No había suficientes recursos para atender a servicios como sanidad o educación, y había que materializar unos ajustes. Pero, además, ello ha venido acompañados por una reforma educativa (LOMCE) que va a suponer para las comunidades autónomas un considerable gasto. En ese sentido, y contradicciones aparte, el resultado es que las plantillas docentes se han precarizado, se ha aumentado el gran número de interinos, repuntándose de nuevo y han empeorado tanto la jornada laboral (más horas lectivas) como los salarios (se han reducido). Si la enseñanza pública ha sufrido, lo mismo le sucede a la enseñanza privada que ha visto como la merma de ingresos ha obligado a muchos padres a tener que buscar otros centros para sus hijos o bien dejar de pagar los gastos con el consiguiente impacto en el centro… Entre manos tenemos un gran problema.
La nueva ley educativa que aboga por ofrecer un salto de calidad a la enseñanza no solo no ha conseguido el consenso general de los sectores implicados sino que se ha encontrado con fuertes resistencias en algunas comunidades. Para cuando la ley, si todo va bien, haya conseguido implantarse, se producirán nuevas elecciones nacionales y de no ser el PP quien gane, cabe la franca posibilidad de que el gobierno entrante la derogue. En ese caso, la situación sería catastrófica. No hay duda de que hay virtudes y defectos, ni la enseñanza española está tan mal como se pinta, ni tampoco está tan bien como otros sugieren. El perfil de la realidad educativa es tan diverso, plural y complejo como lo es el propio país.
La cuestión es que una ley que integre todas las sensibilidades socioeducativas, y no digamos lingüísticas, es un auténtico encaje de bolillos. Sin embargo, el error de crear un marco normativo desde Madrid sin tener en cuenta esta multiculturalidad pesa demasiado. Después de todo, la ley no tiene competencias en el tema de hacer posible que las familias alcancen el pleno bienestar. Ese es un talón de Aquiles que no se ha tenido en cuenta. Si hay más de cuatro millones de personas en paro y unos índices de pobreza preocupantes, aunque el Gobierno lo soslaye o niegue, eso significa que la perspectiva de futuro de muchos chicos y chicas sea muy oscura. No tienen por qué seguir la suerte de sus padres, pero tras el recorte de becas o su complicada asignación (rebajada y tardía) o el empeoramiento de las condiciones normales en el aula, más alumnos y peor atención a la diversidad, conforman todo ello en indicadores poco alentadores. A esto hemos de sumar que no se procede a la renovación del cuerpo docente de la manera natural que se producía antaño. Eso está provocando envejecimiento en las propias plantillas y que muchos jóvenes educadores se vean en la necesidad de tomar otros caminos. Todo esto apunta a unos malos síntomas de cara a los años venideros.
Pero la reforma tampoco parece que nos va a sacar de la encrucijada. Las reválidas y la evaluación externa que se va a llevar a cabo a centros y docentes es un paso a la hora de analizar las virtudes y flaquezas del sistema. En algún punto habría que valorar si se progresa y saber dónde no, o ponderar qué necesidades nuevas han surgido. Ahora bien, ¿a eso se reduce todo? Y, ¿los programas educativos? La impresión resultante es que lo que se mira más es conseguir una mejor calificación en los informes PISA, el dichoso ranking, que en ofrecer una verdadera enseñanza de calidad. Evaluar la educación siempre es complicado y subjetivo. Es un proceso en el que hay que tener en cuenta muchos indicadores y hacerlo de forma sistemática. Pues saber si el nivel académico de nuestros alumnos/as es mayor o menos respecto a épocas precedentes es imposible, solo nos podemos fijar en indicadores muy concretos de índices de escolarización, analfabetismo o acceso a la enseñanza superior.
En la actualidad, existen sistemas de evaluación cada vez más sistemáticos pero eso, pese a todo, tampoco nos ofrece las claves de la perfecta educación. Educar consiste en adaptarse a las necesidades de cada momento. Sin embargo, los nuevos procesos de enseñanza por competencias, el reto de la escuela del siglo XXI, todavía se hallan en mantillas. El uso de las TICs, el trilingüismo y el desarrollo de unidades didácticas en el aula son piezas claves de una pedagogía renovadora que, a su vez, requiere de una reformulación de los contenidos.
En Ciencias Sociales, por ejemplo, la enseñanza de la Historia reproduce los viejos cánones del siglo XIX. El pasado no se comprende ni se entiende, solo se memoriza y se olvida con suma facilidad. No estudian la lista de reyes godos pero los mecanismos de estudio y trabajo de la asignatura son los de siempre. No conforma ciudadanos modernos ni activas conciencias sino que los chicos y chicas se limitan a retener datos y vomitarlos en una prueba escrita pero sin dotarles de profundidad ni darles un sentido más atento de la realidad, como debería ser. Tampoco les hace mejores españoles, salvo en contados casos. Por lo tanto, hay que repensar a cada paso la Educación desde arriba hacia abajo, desde abajo hacia los lados, no ofreciéndonos tampoco una idea categórica de que la LOMCE es el modelo que necesita el país. No lo es, por muchos de los defectos expuestos antes. Se asoma, como mucho, a observar y valorar algunos de los retos de la educación futura pero sin atreverse a mirarlos directamente a los ojos. Aún hay tiempo para rectificar, para dejar de maltratar desde la política a la educación y alcanzar un quórum que active una escuela moderna y, sobre todo, eficaz.
Siria, derechos humanos y armas químicas
Posted by igorbarrenetxea in Derechos humanos, Historia, Noticias de Historia
Estados Unidos ha confirmado oficiosamente que se han utilizado armas químicas por parte del régimen de El Asad. Esto significa haber traspasado la línea roja que el gigante americano había establecido para intervenir en el conflicto. No se ha despejado la incógnita de cómo lo hará (imaginamos que será mediante acciones aéreas y ayuda militar directa a los rebeldes). Fiel a su palabra, Obama no puede mostrar más signos de debilidad, tras una política exterior un tanto dubitativa y el escándalo de las escuchas ilegales. Pero esta reacción se presenta hipócrita y tardía porque la violación de los derechos humanos ha sido sistemática y reiteradamente dándose desde que empezó el conflicto hace cosa de dos años
¿Qué son, en este cómputo global, 100 o 150 muertos provocados por estos gases letales en comparación con los 93.000 muertos que se han contabilizado oficialmente?
Más bien poco. Una vez más, la guerra se configura como un elemento paradójico, al determinarse que existen víctimas de primera y de segunda categoría, cuando todas deberían ser igual de relevantes a la hora de encarar el problema desde su arranque. Por desgracia, no hay conflictos buenos ni malos, solo excusas para pisotear la dignidad humana.
No debemos olvidar que, a pesar de su horror, las bajas que han ocasionado tales armas químicas han sido puntuales, un centenar de muertos, seguramente utilizadas por tropas que tirarían de lo que tenían a mano para frenar el avance rebelde. Es más, los gases han afectado, principalmente, a tropas y no a la población civil. En contraste, la comunidad internacional se ha limitado a lanzar advertencias vacías e inútiles mientras se bombardeaban núcleos urbanos de forma indiscriminada (con el daño consiguiente), se detenía a miles de personas que han sido, y lo siguen siendo, torturadas o violadas (hombres y mujeres, tanto da) sin las garantías mínimas procesales, lo que ha generado la mayor parte de las víctimas.
Además, las milicias afines al régimen han hecho suya la justicia, tanto como los rebeldes, de forma arbitraria, y esta prosigue. Las ONG ya han elevado la cifra de muertos a casi los cien mil pero, claro, en un tipo de confrontación civil de esta naturaleza nadie lleva la cuenta del carnicero y serán muchas más, anticipan. Hay, además, cientos de miles de sirios, mujeres, niños y ancianos, vagando por el interior del territorio, sobreviviendo penosamente, a merced de los grupos armados que pululan por el interior. No existe una autoridad competente a la que apelar, porque unos y otros están empeñados en una guerra de desgaste, de tal manera, que el hambre y las privaciones comienzan a afectar duramente a la indefensa población civil. Esto también, es otro grave crimen humanitario. Ante tal desesperación, hay quienes expresan su deseo de que gane El Asad solo para recuperar la normalidad dejada atrás, aunque no haya libertad, porque se han visto sumergidos en una pesadilla de la que no saben como escapar. No importa quien obtenga la victoria, solo quieren que cese el fuego inmediatamente para dejar de sufrir. Moscú, mientras tanto, advierte contra cualquier implicación que fuerce las cosas, y no cree que se hayan empleado armas químicas. Debate estéril porque sea o no así, hay que buscar una solución. Pues la conferencia desarrollada en Ginebra por parte de Estados Unidos y Rusia, para poner fin a la guerra, ha resultado vana.
Claro que, a todas luces, es incongruente horrorizarse por el empleo de armas químicas, aunque sea un acto contrario a la Convención de Ginebra (lo único bueno que hizo Hitler en la Segunda Guerra Mundial fue no utilizarlas, y eso no evitó la mayor carnicería de todos los tiempos), cuanto hay tantos otros elementos atroces que se han ido dando en Siria. Lo peor es que no se incide en por qué el régimen sirio logra mantenerse, gracias a la ayuda que está recibiendo de Rusia, con envíos de armas, o de Irán, pues cortando este cordón umbilical se forzaría al régimen a plantear una negociación. Además, la prolongación de las hostilidades ha llevado a la participación de Hezbolá y ha complicado la situación, radicalizando este escenario bélico, cobrándose nuevos desafíos y tensiones.
El desarrollo de la primavera árabe debería habernos ofrecido algunas claves para enmendar los errores pasados. Pero, incluso, la misma Unión Europea ha demostrado sus flaquezas al no encontrar un quórum para adoptar unas medidas comunes de ayuda o colaboración eficaces hacia los rebeldes. Tardíamente, ha decidido comprometerse con la oposición siria, pero hasta agosto no se enviará material de guerra, y solo llegará, se afirma, a aquellos grupos moderados. Pero para entonces, se habrán dado más muertos y El Asad bien puede haber recuperado la iniciativa militar, si la oposición se fragmenta aún más o se encuentra sin medios para continuar. Sin contar que estos grupos yihadistas, que han acabado por desembarcar en Siria, han hecho que la contienda cobre un sesgo religioso preocupante. Estas fuerzas subvencionadas por Catar y Arabia Saudí se han convertido, asimismo, en la punta de lanza del temor a una revolución que puede derivar en que Siria acabe instaurando una república islámica. El régimen sirio, de momento, se ha podido mantener gracias a su superioridad en armamento pesado pero, aún con todo, ha perdido relevantes posiciones en el interior del país que no tiene visos de recuperar.
La batalla por Siria está sumamente trabada. Por ello, el control del tráfico de material de guerra, esencial para sostener cualquier contienda, y que debería haberse cerrado para reforzar a las dos partes a dialogar, es la clave. No es la primera vez que un ineficaz embargo afecta negativamente a la parte más débil, como sucediera en España (1936), o en la extinta Yugoslavia. Es hora de actuar rauda y eficazmente, no solo por la incidental utilización de armas químicas, sino para que acabe, prontamente, este despiadado derramamiento de sangre.
Películas: Bárbara (2012) y la RDA
Posted by igorbarrenetxea in Derechos humanos, Historia, Historia y cine
El pasado o su revisión llama a nuestra puerta. Es una necesidad de conocer lo ocurrido, cómo es posible que nos hayamos consagrado al silencio y a la amargura, a la más ingrata de las resignaciones cuando los sistemas políticos que nos rodeaban, tan idealizados en su haber, fallan y su única manera de mantenerse es mediante un control asfixiante de la población hasta que se acaba por renunciar a tener una voluntad propia. La película Bárbara (2012), de Christian Petzold, siguiendo esta revisión crítica iniciada en La vida de los otros sobre la vida en la RDA, ganadora del León de Oro del Festival de Venecia y candidata a los Oscar como mejor película de habla no inglesa, se convierte en un áspero retrato social de la (in)humanidad que, pese a todo, habita en nosotros. Aunque en el filme, sí se echa de menos un prólogo que nos ayude a situarnos mejor en la trama, años 80, una localidad costera junto al mar Báltico, en la antigua Alemania Oriental, país cerrado a cal y canto para todo aquel que desea salir.
Bárbara es una médico que, tras pedir su salida del país para emprender una nueva vida en Occidente, es degradada y enviada a esta localidad donde trascurre la historia. La petición, algo tan difícil de comprender para la sociedad democrática, es considerada como una afrenta al Estado comunista, aquel que se ha sacrificado por haberle dado unos estudios superiores, mostrándose ese rostro autoritario y perverso del comunismo mal entendido. Por lo que a partir de ahí es desterrada del prestigioso hospital donde trabaja en Berlín, y vigilada a todas horas por la Stasi y sus propios vecinos, en un destartalado inmueble que le han asignado.
El ambiente recrea la pura y lisa desconfianza que se detecta en cada ruido de motor, en las miradas tras las cortinas, cuando Bárbara comienza a preparar clandestinamente su huída, ayudada por Jörg, un alemán occidental que hace negocios en la RDA, que se ha convertido en su amante, para pasar al otro lado. Otras mujeres, tristemente, lo intentan como ella; Bárbara conocerá a otra mujer que cree que casándose con un alemán occidental la dejarán salir, y ella sabe que no es así. Pero la desesperación hace que no les quede otro remedio que intentarlo. Existe una gramática del silencio que envuelve cada instantánea, una pureza estilística minimalista (la información va dándose a cuenta gotas, como muestra de esta realidad descolorida llena de recelos y temores) que desvela una sociedad desnuda de ornamentos superfluos pero, también, atrasada y sometida a la tiranía de una cotidianidad sin expectativas de futuro y falta absoluta de libertades. Los gestos simpáticos de André, el superior de Bárbara en el hospital, son respondidos por ella con desconfianza y frialdad a su llegada al hospital, como si en ella formasen una segunda piel. Hasta que el compromiso de los dos por la medicina les lleva a unirse de cara a ofrecer una oportunidad a la nueva generación de jóvenes alemanes que padece esta misma opresión social. Así, el relato va trascendiendo poco a poco en la medida en que aparece Stella, una joven adolescente que ha huido de un campo disciplinario y que está embarazada, a la que tratan de meningitis, o Mario, otro joven que se ha querido suicidar y que ha sufrido una fuerte conmoción (perdiendo, simbólicamente, sus emociones). Todos tienen, en el fondo, una historia triste que contar que se desvela como una manera de mostrar que aquellos que están allí, en provincias, son personas estigmatizadas en su sistema rígido e impermeable. Es la radiografía turbia y desangelada de un mundo encerrado en sí mismo que ha de sobrevivir en su día a día en la precariedad tanto a nivel emocional como profesional.
André fue, antes de acabar aquí, un prometedor investigador, marcado por el oprobio, que ha montado su propio laboratorio ya que no cuenta con los recursos propios de un hospital, lo que demuestra, con ello, las deficiencias del sistema de sanidad comunista. El mismo fue víctima del hecho de haberse responsabilizado de un error de una ayudante en el uso de una maquinaria comprada (irónicamente para un régimen tan moderno y avanzado) en Nueva Zelanda, cuyas instrucciones estaban en inglés. Pero su propia fe en la medicina es lo que le hace seguir adelante, hasta cuidar a la mujer del oficial de la Stasi que vigila, gravemente enferma de cáncer, como un perro fiel día y noche a Bárbara. El oficial le controla cada uno de sus pasos, la humilla en cada registro. Y, aún así, se muestra el gesto compungido como hombre cuando se siente impotente ante la enfermedad de su mujer.
Es un cine en el que cada gesto y situación conlleva una pincelada muy sutil sobre esta sociedad constituida sobre la rigidez de un sistema de valores en el que la obediencia y la lealtad al régimen se acaban confundiendo por el control y la coerción, en el que la dignidad y plenitud humana acaba abatida y pisoteada. La pintura y la literatura se combinan, además, como sugerentes insinuaciones hacia el simbolismo e importancia de estas artes plásticas en nuestra propia espiritualidad y salvación interior (lo que nos queda cuando se nos cercena todo lo demás), como cuando André le indica la importancia que tiene el cuadro de Rembrandt, Clase de anatomía, o Bárbara lee a Stella, con la que ha surgido una relación especial, Las aventuras de Huckleberry Fink, que parecen animar a la joven a no perder su espíritu de lucha. O, ya, cuando André le regala a Bárbara la novela Memorias de un cazador, de Turguénev, que, finalmente, llevará a esta a tomar una decisión que ayudará a que Stella tenga un futuro. Bárbara es un filme de estilo sumamente depurado, frío y esquemático pero eso es lo que pretende recoger, el pulso y ambiente de una sociedad alemana comunista en la que la felicidad brilla por su ausencia, en la que la gris textura de la vida cotidiana se deja sentir hasta en el momento en el que la protagonista deambula por el campo y se gira nerviosa siempre, atenta a cualquier ruido de motor que comporte su detención y olvido.
Preparación para la Selectividad (Zaragoza): Declaración de Munich (1962)
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“El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:
1. La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el Gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.
2. La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.
3. El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.
4. El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios, por el de huelga.
5. La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.
El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa […].”
Resolución aprobada por los 118 delegados españoles y remitida al Congreso Europeo (S. de MADARIAGA, España, Madrid, 1978, pp. 542-543). Reproducido en J. A. HERNÁNDEZ y otros, Historia de España. 2º Bachillerato. Fuentes documentales, Madrid, Akal, 2004, pp. 139-140.
“La declaración del Congreso de Munich del Movimiento Europeo (1962)” es una resolución aprobada por los 118 delegados españoles presentes en la misma y remitida al Congreso Europeo (recogida en la obra de Salvador de Madariaga, España, Madrid, 1978, pp. 542-543), reproducido en J. A. HERNÁNDEZ y otros, Historia de España, 2º Bachillerato. Fuentes documentales, Madrid, Akal, 2004. Se trata de una fuente primaria de naturaleza político-ideológica y de carácter público, redactado entre el 7 y 8 de junio de 1962. Estos 118 delegados que componen la Delegación Española del Movimiento Europeo fue integrada por miembros de la oposición interior y otros que se hallaban en el exilio y adscritos a diversas sensibilidades políticas (desde monárquicos, derecha tradicional, nacionalistas a representantes de izquierdas). Se dirigen en este documento a la opinión pública internacional con el fin de denunciar al régimen franquista y socavar con ello el reconocimiento que este tiene en Europa y a nivel internacional, de acuerdo a las exigencias planteadas por los países occidentales.
2.- Análisis del contenido del texto
El texto es un fragmento de una declaración integrada en el IV Congreso del Movimiento Europeo cuyo fin no es otro que denunciar la situación irregular democrática existente en España. Así, ateniéndose a la Convención Europea de los Derechos del Hombre y a la Carta Social Europea, se estima que en España se deben dar una serie de condiciones para su incorporación a Europa como sería: instaurar un régimen democrático (instituciones “representativas”); la existencia de una garantía de los derechos individuales como son la “libertad personal y de expresión”, así como el fin de la censura por parte del gobierno (puntos 1 y 2). Además de un reconocimiento de las distintas identidades existentes en el país (nacionalismos vasco, catalán y gallego) (punto 3). Finalmente, el establecimiento de la libertad sindical y el derecho a la huelga, tanto como el permiso para la existencia del pluralismo y de una oposición política (puntos 4 y 5). Con el impulso de estas reformas se confía en que España pueda incorporarse de forma plena al conjunto de países europeos.
3.- Comentario o desarrollo del tema
Antecedentes. Durante el desarrollo y, finalmente, consecución de la victoria en la Guerra Civil española (1936-1939) se instauró una dictadura dirigida de forma autoritaria por el general Francisco Franco. Se desmontaron las estructuras del estado democrático republicano, se anuló la pluralidad de partidos, se persiguió a la oposición fundamentalmente, a todos los partidos integrantes del Frente Popular pero, también, afectó a aquellos sectores que habían apoyado al franquismo durante la guerra y se sintieron frustrados por su deriva (carlistas, falangistas y monárquicos fundamentalmente).
A partir de los años 40, se conformó lo que iba a considerarse un Estado corporativo, sin Constitución, rígidamente articulado y con algunos elementos fascistas, hasta la derrota del Tercer Reich y la Italia de Mussolini, en Europa, en 1945. Sin el apoyo de los dos inestimables aliados que le habían ayudado y posibilitado el triunfo en la guerra, la España de Franco se aisló a nivel internacional. Pero, en paralelo, en Europa, se fueron gestando una serie de movimientos y de procesos influidos directamente por los efectos destructores y traumáticos que habían traído consigo el impulso y triunfo de los fascismos en Europa en los años 30. De estas instituciones, por su relevancia, podemos encontrar citadas varias en el documento el Movimiento Europeo, una organización internacional, fundada en 1948, durante el Congreso de la Haya, abierta a todas las tendencias políticas. Su objetivo principal era impulsar una Europa unida y federal. Dos de sus logros más importantes serían la creación del Consejo de Europa (1949) –España solo pudo ingresar en él en 1977, tras el fin de la dictadura- y la Comunidad Económica Europea o Mercado Común (1957). Del mismo modo, La Convención Europea de los Derechos del hombre fue una institución creada en 1950, en el Consejo de Europa, con el fin de proteger los derechos humanos a todos los niveles y garantizar las libertades fundamentales de los ciudadanos europeos (defendidos por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, creado en 1954, con sede en Estrasburgo). Y, finalmente, otro de los elementos que se señalan en el texto es la Carta Social Europea (1961). Es una declaración entre los países miembros de la comunidad europea, que fue firmada, también, por España en 1961, que establece los derechos sociales fundamentales como son una remuneración equitativa de los trabajadores, seguridad social y una negociación colectiva, junto con el derecho a la sindicación libre. No sería más que a partir de 1950 cuando el franquismo comenzaría un periodo de apertura coincidiendo con el acercamiento a los Estados Unidos, instalación de bases militares, utilizando la baza de haber sido el único país en Europa de haber logrado una victoria contra el comunismo. Este aval le permitió al régimen integrarse en el bloque occidental, tras los pobres y oscuros años de la autarquía, durante este periodo de la Guerra Fría (1945-1991), si bien sin proceder al impulso de una reforma interna que diera lugar a la apertura del sistema franquista. Esto condujo a España a abandonar, por fin, las cartillas de racionamiento y abrirse al mercado internacional.
Desarrollo. La derrota en la guerra trajo consigo el impulso de una oposición, tanto a nivel interno como externo, al franquismo. Por un lado, estaban los integrantes de los partidos del Frente Popular, fuertemente divididos, que buscaron en todo momento un respaldo, sobre todo, a partir de la derrota del fascismo en Europa, que derivaría en el derrocamiento del franquismo que, finalmente, no se produjo. En México, se establecería el gobierno y las Cortes republicanas en el exilio, pero debido a las tensiones generadas en la última fase de la guerra, estaba seriamente debilitado. En 1977, se acabaría por disolver para facilitar la transición española. Paralelamente, se mantuvieron activos tanto el Gobierno vasco, encabezado por el lehendakari José Antonio Aguirre, y la Generalitat catalana.
En los años 40, durante la etapa de la autarquía, la represión fue tan dura que los partidos y sindicatos desaparecieron de la vida pública, teniendo que pasar a la clandestinidad, guardándose mucho de significarse para no acabar encarcelados o ajusticiados. Sí se produjeron algunas protestas sociales en 1945 (Cataluña) y en 1947 (País Vasco), pero fueron rápidamente reprimidas.
El único intento de reconstruir seriamente el Partido Comunista en Madrid fue abortado brutalmente por el franquismo, en 1939, en el proceso a las 13 rosas.
El otro núcleo activo de resistencia armada fue la actividad de los maquis, fundamentalmente en las zonas de montaña, grupos guerrilleros que apoyados por la población local aún se resistían a entregar las armas y someterse. En octubre de 1944, un grupo numeroso se internó por el Valle de Arán, facilitado aún por el contexto de la Segunda Guerra Mundial, tras la liberación de Francia, pero no logró provocar un levantamiento general antifranquista. Aunque sí mantuvo preocupado este foco de resistencia al régimen, en 1952, ante la imposibilidad de cumplir sus objetivos, el PCE ordenó su retirada al otro lado de la frontera. Quedando algunas partidas residuales en las zonas más agrestes del país.
Del mismo modo, los grupos monárquicos, compuestos principalmente por la nobleza y la burguesía tradicional, así como algunos militares que habían liderado la rebelión, descontentos con el sistema, apoyaban a Don Juan de Borbón, conde de Barcelona, como candidato al trono, quien firmaría el Manifiesto de Lausana, pidiendo la restauración de la monarquía. Sin embargo, las condiciones del contexto internacional no fueron favorables. El mismo general Alfredo Kindelán, compañero de armas de Franco, fue encarcelado por pedirle a este la apertura del régimen[1].
A finales de los años 40, la situación de la oposición interna cambió debido, sobre todo, a un cambio social en el que se empezaron a exigir mejores condiciones laborales en el marco del Sindicato Vertical (Organización Sindical Española. OSE). El sindicato había nacido en 1940, siguiendo el modelo corporativista ideado por el franquismo. De esta manera, los enlaces sindicales dirimían con los patronos, con intermediación del Estado, las exigencias laborales. Por supuesto, los enlaces eran elegidos en el marco de este sindicato, para ser designados como Jurados de Empresa, supuestamente afines a los principios del régimen. Si bien, eso no evitaba que se empezase a producir un cambio generalizado más crítico con la situación establecida. De este modo, se produjeron fuertes movilizaciones en las zonas mineras e industriales de Asturias y País Vasco. Lo que permitió unas mayores exigencias que dieron pie a la aprobación de la Ley de Convenios Colectivos (1958) y una mayor capacidad de presión sobre la clase empresarial. Sería, precisamente, las huelgas en la minería asturiana (1957-1958) lo que crearían el embrión de las futuras Comisiones Obreras. Del mismo modo, se procedió a la introducción de otras corrientes de pensamientos más liberales y críticas en el sindicato estudiantil universitario.
A partir de 1959, daría comienzo la denominada etapa del desarrollismo que haría que la eclosión de este espíritu contestatario, en el marco de un régimen restrictivo y represivo, aumentase, aunque solo en el aspecto social y sindical, principalmente (no político). Todo ello motivado por las nuevas condiciones económicas generadas por este crecimiento y mejora de la situación que se vivía en España tras años de penuria durante la autarquía (1939-1951).
Así, se iniciaron una serie de movimientos de protesta social (las huelgas estaban prohibidas) que darían pie a la creación de Comisiones Obreras, en 1964. El principal partido clandestino activo de la oposición era el PCE que buscaba la “reconciliación nacional” mediante una amplia alianza de fuerzas de trabajo y de cultura (sin conseguirlo). Aumentó la protesta juvenil universitaria que provocó altercados y encierros. Del mismo modo, se impulsó un movimiento vecinal que reclamó mejoras en las infraestructuras y en los servicios que se orientaron como oposición al régimen.
En este marco de crecimiento económico y modernización social, que no político, España pidió el ingreso en la CEE (Comunidad Económica Europea) lo que llevó a los sectores más moderados de la oposición (Democracia Cristiana) a participar en el IV Congreso del Movimiento Europeo que se celebraba en Munich, en 1962. Se envió una delegación de 118 miembros, tanto de la oposición interna como externa, participando representantes de todas las tendencias salvo comunistas (contexto de la Guerra Fría) y anarquistas. Entre ellos se encontraban el antiguo ministro de la República Salvador de Madariaga, que presidía el Congreso, encarnando la oposición exterior, y José María Gil Robles, que fuera líder de la CEDA, en 1933, como representante de la oposición interior.
Este contexto les condujo a consensuar la declaración de Munich. En ella no se buscaba dar un paso atrás en el tiempo sino conciliar a las dos Españas nacidas de la contienda. Tampoco se hizo una crítica incisiva al franquismo sino que, únicamente, se reivindicó, en este simbólico acuerdo entre Madariaga y Gil Robles, el entendimiento entre dos antagonismos (uno encarnaba la España exiliada y el otro la España oficial) que en ese contexto pedían la apertura del régimen franquista y, por ello, la reconciliación tras la guerra. La declaración se apoyaba en varias reformas importantes que aparecen en el texto, entre ellas cabe destacar: cese de la represión, apertura democrática, reconocimiento del pluralismo político, libertad de expresión y asociacionismo sindical, fin de la censura (que no acabaría hasta la llegada de la democracia), derecho a la huelga, etc. Tanto la Iglesia española como Don Juan, que esperaba una restauración monárquica, decidieron guardar silencio ante la declaración.
Pero quien sí respondió de forma rotunda y taxativa fue el régimen quien tildó despectivamente el encuentro como de contubernio de Munich, en modo alguno estaba dispuesto a aceptar nada que no fuera su legitimación de origen. De hecho comparó el congreso con el Pacto de San Sebastián de 1930 que condujo a la II República. Y Gil Robles escribiría por ello: “Para Franco no hay mayor peligro que el desgaste de la memoria de la guerra civil”. Y aquellos integrantes de la delegación española que regresaron a España fueron encarcelados, depurados o enviados a las Canarias (otros decidieron, por precaución, no volver). De hecho, el franquismo aprobaría un decreto en el que se suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los españoles (establecía que estos eran libres para fijar su lugar de residencia), condenando de este modo al exilio o al destierro a los representantes que habían acudido a Munich. La prensa fue muy dura y crítica con todos aquellos que participaron en Munich tildándolos de traidores, reavivando los fantasmas de la Guerra Civil, impulsándose manifestaciones de apoyo al régimen y diversas muestras de adhesión. El intento de reconciliar a las dos Españas fue rápidamente abortado por el franquismo que, en modo alguno, estaba dispuesto a olvidar la guerra.
Así, en 1963, nacía el Tribunal de Orden Público (TOP), para procesar delitos políticos y se ajusticiaba al comunista Julián Grimau[2], a pesar de no tener ningún delito de sangre. Lo que demostraba que el régimen ni olvidaba ni, por supuesto, perdonaba a sus presuntos enemigos. Otra reacción negativa fue cuando, en 1965, ante los movimientos estudiantiles de protesta que habían prendido en ciertos sectores universitarios, el Gobierno destituyó a varios prestigiosos catedráticos (Aranguren, Tierno Galván o Montero Díaz) por haber apoyado tales manifestaciones y focos de protesta.
En 1969, por otro lado, viendo la posibilidad del fin de la dictadura (Franco ya se encontraba viejo y enfermo), se aprobó la Ley de Amnistía para los crímenes cometidos antes del 1 de abril de 1939, pero no solo estaba llegaba treinta años tarde, sino que podía entenderse, y tal era su efecto inmediato, como una manera de exonerar, principalmente, sus propios crímenes. La Causa General y los tribunales de justicia ya habían hecho pagar a las izquierdas su apoyo y lealtad a la República (o si no estaban en el exilio), en cambio, ningún integrante del régimen había sufrido juicio alguno.
En los años 70, el movimiento de oposición y de protesta contra el régimen franquista abarcó sectores muy diversos, incluida la Iglesia católica, que en 1971, dentro de la Asamblea Conjunta de Sacerdotes y Obispos, propuso redactar una carta pidiendo perdón por su complicidad con la dictadura. Los movimientos estudiantiles se radicalizaron, la prensa se arriesgó a difundir ideas democráticas y de apertura (el diario Madrid) y muchos otros colectivos se sumaron a la crítica a la dictadura. En el seno del Ejército se conformó la (UMD) Unión Militar Democrática pidiendo un sistema democrático.
En cuanto a las fuerzas políticas, el PCE era el que tenía más base social. El PSOE llevó a cabo una renovación de los cuadros del partido, en Suresnes (1974), con la elección de Felipe González como secretario general. La Democracia Cristiana aglutinaría diferentes grupos de prestigio, liderados por José María Gil-Robles, aunque de escasa base social. Mientras que los partidos nacionalistas vascos (PNV) y catalanes (CDC) gozaban de un fuerte arraigo. Y, nacerían, desgraciadamente, las organizaciones terroristas ETA (1959), movimiento de liberación nacional vasco, su primera víctima no se produjo hasta 1968, y el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico, constituido en 1971), y con posterioridad el GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre).
El carácter represivo del régimen se mantuvo hasta el final, con el Proceso de Burgos (1971) y el fusilamiento, el 27 de septiembre de 1975, de 3 activistas del FRAP y 2 de ETA, a pesar de las presiones internacionales y de la Iglesia para que no se llevaran a efecto. Con el asesinato del almirante Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, por un comando de ETA; y el declive físico de Franco, las fuerzas de la oposición al régimen se prepararon para el fin. Paralelamente, se fueron creando Juntas y Plataformas en la que se fueron integrando políticamente los distintos partidos políticos allanando el terreno para lo que sería, finalmente, la consecución de una Transición pacífica y el derribo definitivo del franquismo.
El último presidente del Gobierno del régimen, Carlos Arias Navarra, anunciaría, lastimeramente, por la televisión, el 20 de noviembre de 1975, la muerte de Franco. En pocos meses más tarde, se daba un proceso de apertura que acabaría desmontando la vieja dictadura franquista, se legalizarían los partidos políticos, incluido el Partido Comunista (el gran enemigo del régimen) y se instauraría, a partir de ese momento, una monarquía constitucional, refrendada, en 1978, por la Constitución.
4.- Valoración crítica
La importancia de la Declaración de Munich radicó, principalmente, en la demostración de que el franquismo no estaba dispuesto a perdonar ni a reconciliar España, permitiendo que las heridas de la contienda perduraran. Para el régimen franquista la dictadura era un sistema de gobierno consolidado y firme que no iba a renunciar a su verdad, frente a las corrientes críticas internas o externas que hubieran dado lugar a una transición política. También, mostraba la existencia de grupos de oposición que se mostraban conciliadores, con tal de lograr una apertura del sistema político existente. Sin embargo, la actitud y reacción contra aquellos delegados que participaron en el congreso derivó en que España no fuera admitida en la CEE; no sería hasta 1970 cuando lograría un acuerdo comercial preferente, retrasándose su ingreso, como país de pleno derecho, hasta 1985.
Obras como la de Paloma Aguilar, Memoria y olvido de la Guerra Civil española (1996), de Robert Graham, España. Anatomía de una democracia (1985) o la obra firmada por Santos Juliá y José Carlos Mainer, El aprendizaje de la libertad (1973-1986), revelan el impulso interno que hubo de llevar a cabo la sociedad española para superar el pasado a pesar de las resistencias del franquismo para proceder a la constitución de una democracia en España. Películas como La paz empieza nunca (1960), de León Klimovsky, recordatorio de las obsesiones del régimen franquista contra sus enemigos, Tata mía (1986), de José Luis Borau, sobre la figura del general Kindelán o El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, nos revelan esa otra España franquista, en la que el silencio y el acallar cualquier disidencia fueron fundamentales a la hora de caracterizar su cerrazón y hermetismo.
[1] Considerado el fundador del actual Ejército del Aire de España (1879-1962), era un monárquico acérrimo. En 1946, encabeza el Manifiesto de Lausana, para impulsar la restauración borbónica. Fue encarcelado y exiliado a Canarias. Sería, finalmente, rehabilitado por el régimen hasta su muerte, en 1962.
[2] Nació en Madrid, en 1911, y fusilado el 20 de abril de 1963. Juzgado y condenado por los supuestos crímenes cometidos durante la guerra cuando era jefe de la Brigada de Investigación Criminal.
Preparación para la Selectividad (Zaragoza): Ley de Responsabilidades Políticas (1939)
Artículo 1º. Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde 1º de octubre de 1934, y antes de 18 de julio de 1936, contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave.
Artículo 2º. Como consecuencia de la anterior declaración […] quedan fuera de la Ley todos los partidos y agrupaciones políticas y sociales que, desde la convocatoria de las elecciones celebradas en 16 de febrero de 1936, han integrado el llamado Frente Popular, así como los partidos y agrupaciones aliados y adheridos a éste por el solo hecho de serlo, las organizaciones separatistas y todas aquellas que se hayan opuesto al triunfo del Movimiento Nacional […].
Artículo 3º. Los partidos, agrupaciones y organizaciones declarados fuera de la ley sufrirán la pérdida absoluta de sus derechos de toda clase y la pérdida total de sus bienes. Estos pasarán íntegramente a ser propiedad del Estado […]
Boletín Oficial del Estado, 13 de febrero de 1939. Reproducido en José HERNÁNDEZ y otros, Historia de España, 2º de Bachillerato. Fuentes documentales, Madrid, Akal, 2004, p. 132.
1.- Clasificación del texto
La “Ley de Responsabilidades Políticas” apareció publicada en el Boletín Oficial del Estado, el 13 de febrero de 1939, semanas antes de la conclusión de la Guerra Civil (1936-1939). Este texto está reproducido en José Hernández y otros, Historia de España. 2º Bachillerato. Fuentes documentales, Madrid, Akal, 2004. Es una fuente primaria directa y su carácter es de naturaleza jurídica y política. Con esta ley se fijan los fundamentos legales de lo que sería la represión política franquista, incidiendo, sobre todo, en los primeros años de la posguerra. Publicada en el Boletín Oficial del Estado del bando nacional, se trata de un documento oficial. El autor del documento es Francisco Franco, Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Caudillo de España y jefe del Estado, desde octubre de 1936, en el que fue proclamado, hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975. Su intención fue la de activar una justicia de la venganza contra aquellos partidos, sindicatos o formaciones que integraron antes de la guerra el Frente Popular (partidos republicanos de izquierdas, socialistas, comunistas y algunas otras formaciones menores), así como a todos aquellos a los que, por razones indistintas, no se adhirieron a la sublevación militar. La finalidad no fue otra que constituir las bases legales (y represivas) del nuevo régimen, destruyendo así la legitimidad de la República, poco antes de la conclusión de la guerra.
El texto presenta en tres artículos los aspectos punitivos que determinarán la actuación del régimen franquista frente al bando perdedor de la contienda, pudiéndose clasificar en tres aspectos:
a) Ámbito temporal de las responsabilidades y carácter de la misma (art. 1). La ley de 1939 retrotrae su aplicación a las actuaciones anteriores a la guerra, desde el 1 de octubre de 1934 (Revolución de Asturias y Cataluña) hasta el 18 de julio de 1936 (alzamiento militar). Y otra desde el 18 de julio de 1936 hacia delante. Responsabiliza a todas aquellas personas o ya entidades que se opusieron o se han opuesto, o ya favorecieron la “subversión” (directa o indirectamente).
b) Organizaciones prohibidas (art. 2). La ley se aplica contra todos los integrantes de los partidos y organizaciones políticas y sociales que se han integrado en el Frente Popular desde la convocatoria de elecciones del 16 de febrero de 1936. Así como contra todas las agrupaciones aliadas y adheridas al mismo, las de carácter separatista (nacionalistas gallegos, catalanes y vascos, principalmente) y los que se opongan al Movimiento Nacional.
c) Sanciones (art. 3). Establece la pérdida de derechos de “toda clase”, lo que muestra su carácter abusivo, antiliberal y de corte totalitario, y bienes de las formaciones o personas que por los anteriores motivos se dispongan fuera de la ley.
Todo ello marca este punto de inflexión del régimen franquista de instaurar un nuevo orden, condenando al anterior (la etapa republicana) al oprobio y anulación.
Antecedentes. La instauración de la Segunda República española, el 14 de abril de 1931, derivó en un periodo de cinco años en donde emergieron con fuerza partidos políticos, sindicatos y agrupaciones de diversa índole que convirtieron al periodo en uno de los más ricos de la historia española, favorecida por la propia legislación republicana, con los problemas que, desgraciadamente, ello traería consigo de debilidad del sistema parlamentario (al primar las coaliciones pero favorecer la representación de pequeñas formaciones que daba pie a un mosaico de pequeñas formaciones).
El periodo republicano estuvo caracterizado, además, por una serie de reformas que pretendieron consolidar un proyecto democrático y de modernización del país (principalmente, en materia educativa, religiosa, militar, agrícola y la laboral). Sin embargo, una parte de la sociedad no lo entendió así y lo asumió como una amenaza: la revolución social. La Segunda República estuvo, asimismo, jalonada por amplios periodos de conflictividad social, como la Revolución de Asturias y Cataluña (1934) –fecha de donde parten las responsabilidades políticas-, durante el bienio conservador, que se entendió falsamente como un prolegómeno a una revolución bolchevique.
Tras este bienio, en febrero de 1936, las fuerzas de la izquierda unidas en el denominado Frente Popular ganaron las elecciones y prosiguieron con sus reformas políticas, económicas y sociales. Sin embargo, ante esta situación de tensión social un grupo de militares, Mola, Franco y Sanjurjo, apoyados por ciertos sectores conservadores de la sociedad (la derecha integrada en la CEDA, falangistas y carlistas) decidió dar un golpe de Estado y restaurar el orden social que, equívocamente, se creía estaba siendo destruido. El fallido golpe militar, 17 y 18 de julio de 1936, derivó en una cruenta guerra civil, que finalizó, el 1 de abril de 1939, con la derrota de la República, y la marcha al exilio del legítimo Gobierno republicano. Esto condujo a una amplia movilización social de los dos bandos enfrentados. El bando nacional, que pronto adquirió ventaja por la llegada de las tropas africanas a la península y el apoyo de Alemania e Italia, tuvo que ir “liberando” las zonas republicanas. Esto comportó la recreación de un gobierno propio (Junta de Defensa) y una depuración todos los desafectos al nuevo régimen.
Así, el fracaso de la rápida toma del poder alteró visiblemente las intenciones originales de los militares rebeldes. Ya no se buscó el instaurar una república militar autoritaria, sino que se iba a institucionalizar una “Nueva España”, apoyada por los sectores conservadores del país afines al bando nacional durante la guerra, que daría lugar a lo que el historiador Alberto Reig Tapia definió como una “política de la venganza”. La “Ley de responsabilidades Políticas” (febrero de 1939), así como la “Ley de Represión del Comunismo y la Masonería” (1940) –se perseguía a quienes tuvieran ideas contrarias a la religión, a la patria y sus instituciones-, más tardía, se iban a convertir en los elementos “legales” de esta represión. La ley de 1939, aprobada a escasos meses al final de la contienda, respondía así de una forma cortante e inapelablemente negativa a las peticiones por parte del jefe del gobierno Juan Negrín, a través de los 13 puntos (abril de 1938), de acabar la guerra de una manera ponderada para todos los españoles.
El socialista Negrín buscó una manera de reconducir la situación de una manera loable para que no hubiese vencedores ni vencidos. Sin embargo, el rechazo de Franco a esta propuesta fue rotundo. No iba a haber una restauración democrática, ya que se culpaba a ello de los males del país, ni tampoco una restauración monárquica como aguardaban algunos de los sectores que apoyaron al bando nacional. Sencillamente, se iba a imponer una dictadura militar que acabaría con el fallecimiento del caudillo invicto que había dirigido los ejércitos españoles durante el conflicto contra aquellos enemigos de la patria.
Desarrollo. La Nueva España iba a alzarse triunfante sobre lo que se consideraba la anti-España (todos aquellos que habían defendido a la República de la rebelión militar). No iba a existir piedad ni perdón para los vencidos. Una línea que iba a marcar de una manera drástica el trato y la situación social de miles de españoles. Y aunque la ley sancionaría exclusivamente a nivel político, también, acabaría afectando a muchos de los que participaron en la contienda a favor de la República (acusados de desafectos al régimen franquista), aún cuando no hubiesen formado parte ni votado a los partidos del Frente Popular (la tercera España), impulsándose a una represión o depuración social a todos los niveles.
Aunque esta legislación pretendió crear un marco legal, la violencia y represión fue dándose de forma arbitraria y terrible ya en los primeros meses, a la par que se iban ocupando los territorios en manos de la República, en parte como respuesta a la violencia en la retaguardia republicana (terrible mientras la República perdió el control de los resortes del Estado), en parte como política de terror dispuesta por el mismo general Mola, desde los primeros momentos de la sublevación militar, para infundir miedo al bando contrario. Miles de españoles fueron asesinados sin ningún tipo de garantía ni juicio, en unos casos, producto de los odios desatados entre vecinos, en otros, por la espiral de violencia y terror que acompañaba a los ejércitos a su paso. Aún, en la actualidad, a través de la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica (2007), se siguen encontrando fosas individuales o colectivas en simas, descampados o bien en lugares recónditos de la geografía española.
El fin de la contienda se convirtió en un escenario más para proseguir con esta política vengativa e institucionalizada hacia todos aquellos que habían militado en sindicatos o partidos vinculados al Frente Popular, los defensores del legítimo gobierno republicano (incluidos anarquistas, por supuesto) se les consideró los anti-españoles, mientras que los alzados se convertían en los verdaderos defensores de las esencias patrias. De ahí lo de la denominación de la justicia al revés.
Se establecieron con estas leyes distintas penas que iban desde la pena de muerte hasta repetir años del servicio militar, hacer trabajos forzosos (“redención por el trabajo” de los años de condena), en los tristes y amargos batallones de castigo (encargados de reconstruir el país), años de cárcel, expulsión del trabajo (“depuración”), internamientos en centros especiales, etc. Hay quienes, en cambio optaron por redimirse, unos pocos, presentándose como voluntarios en la División Azul, luchando en la URSS contra el comunismo. Todo ello partía de la idea de llevar a cabo una justicia rigurosa pero, en modo alguno, respondía a la que se hubiese establecido en un marco constitucional y democrático.
En la práctica, fue una manera de controlar a la sociedad civil y de restablecer el orden desde una perspectiva estrictamente militar y anti-republicana, constituyendo así los fundamentos de un régimen que lejos de allanar el camino hacia la reconciliación, buscó en la dura ejemplaridad del castigo, el acallar cualquier signo de disidencia y contestación. Para ello se reforzó el aparato militar, se alentó la delación de amigos, familiares y vecinos, y no hubo ningún problema en la utilización de la tortura (con tácticas aconsejadas por la Gestapo) para extraer la verdad a los detenidos. Desapareció el aparato de justicia independiente. El Ejército se convirtió, así, en el principal ejecutor y director de esta represión (ayudado por las otras organizaciones afines, como la Falange, pero siempre bajo la supervisión y autorización militar correspondiente), hasta 1963, cuando se creó el Tribunal de Orden Público (TOP). Hasta entonces, eran los tribunales militares los encargados de juzgar tales delitos, en los que los procesados nunca disfrutaban de las garantías legales correspondientes a un Estado de derecho (como el poder contar con un defensor imparcial, que solía ser un oficial afecto al régimen, o un juez sin prejuicios políticos).
Se persiguió, por supuesto, toda posible disidencia o se aniquilaron los restos de los partidos políticos o sindicatos que hubiesen pasado a la clandestinidad. Así, con la aplicación de estas leyes, el régimen franquista depuró de forma sistemática la sociedad española de la “canalla roja”, cercenando las corrientes liberales progresistas que habían sido protagonistas en España durante el siglo XIX y XX.
Las leyes vinieron acompañadas, además, por un incisivo proceso de confiscación del patrimonio de los partidos políticos republicanos, de izquierdas o sindicatos obreros, asociaciones, entidades afines, así como la incautación de las propiedades de los exiliados (que no serían devueltas hasta la Transición). Además, las organizaciones afines al régimen se apropiaron o se hicieron cargo de periódicos, cerrando otros, sedes de partidos o sindicatos, etc. (como se señala en el texto).
Todo esto se concretaría en la Causa General, decretada el 26 de abril de 1940, en donde se recopiló toda la información relativa a los delitos cometidos contra España por parte de la República. Ello fue posible gracias a la incautación de los documentos recogidos de partidos, sindicatos, particulares o de la distintas administraciones públicas (Generalitat, por ejemplo) que cayeron en las manos del bando nacional durante la guerra y que, finalmente, constituyeron el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Del mismo modo en la documentación relativa al Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (1936-1945), que se conserva en el Archivo General de la Administración (AGA), se vislumbra el celo con que procedió esta justicia del régimen a la hora de fiscalizar las simpatías políticas de la sociedad española.
Paralelamente, se fue completando un intenso proceso de depuración general (colegios profesionales, administración pública, instituciones, etc.), que ya se llevaba practicando durante la misma contienda en los territorios que pronto cayeron en manos de los militares rebeldes (y los que fueron, a partir de ahí, liberando), de los funcionarios públicos, médicos, maestros, administración, que culminaría con una ley en la que solo se garantizaría el trabajo a los que se hubiesen adherido a la causa nacional. Esta represión profesional provocó, en estos casos, una renovación en los cargos administrativos que afectó a todas las instituciones públicas y profesionales relacionadas con la educación que fueron ocupadas por gentes afines al régimen que, en general, estaban poco preparadas o derivó en el empobrecimiento de la cultura general del país que con tanto empeño había intentado la República desarrollar. Un legado que, por supuesto, fue suprimido o denigrado, instaurando una visión en la que se reprochaba al liberalismo todos los males que aquejaban al país. Se impuso, con ello, una visión reaccionaria del pasado y de la sociedad que se iba a moldear en esos momentos. Abolidas las leyes laicistas la educación religiosa ocupó un papel preponderante en el sistema educativo. Se repusieron los crucifijos en los edificios públicos. Aumentaron los actos religiosos de carácter público, las costumbres se volvieron más conservadoras, se acabó con el divorcio y el matrimonio civil.
También, se reprimió con suma dureza a los nacionalismos vasco, catalán y gallego, y otros (como el andalucismo, aunque con escasa base social) imponiéndose la lengua castellana como la única vehicular en la educación y en la sociedad, y reprimiendo todo símbolo identitario particular.
Se anularon los estatutos autonómicos y los fueros, salvo en Navarra y Álava, se persiguió las lenguas autóctonas (pasaron a utilizarse de forma privada o clandestina).
Muchos intelectuales, que se habían destacado en defensores del ideario republicano, se exiliaron por temor a las represalias (Machado, Ayala, Salinas, Buñuel, Severo Ocha, Marañón, Ortega), otros murieron en la guerra o como consecuencia de ella (Federico García Lorca o Miguel Hernández), silenciándose la generación del 27, aunque algunos de ellos retornaron, finalmente.
La otra cara más dura y gris de la represión fue la eliminación física de miles de españoles en asesinatos arbitrarios (los temidos paseos), en algunos casos, sin ningún tipo de proceso, calculándose en unos 130.000 (y otros cuyos restos, todavía, no se han recuperado), estimados por Francisco Espinosa, Julián Casanova y otros especialistas en el tema; otros 270.000 fueron internados en campos de prisioneros (1940) –unos 23.300 eran mujeres-, viviendo en unas condiciones miserables (lo que la historiadora Carmen Molinero denominó “una inmensa prisión”), hambre, maltrato y enfermedades (que, también, provocaría otras miles de muertes), y otros 28.000 acabarían en los Batallones de Trabajadores o Disciplinarios para reducir sus penas. Amén de todas aquellas mujeres o familias de presos que vivieron el oprobio de la marginación social, la humillación pública o el desprecio en este marco social de miedo y temor frente al vencido. La posguerra española, por tanto, años 40, vino a estar caracterizada por lo que el hispanista Richard denominó “un tiempo de silencio”.
Si bien, en las posteriores etapas del franquismo el carácter y naturaleza de la represión se fue suavizando, a lo largo de los años 40, liberando a la población presa y reduciendo el número de ajusticiados. A todo esto, debemos situar a los miles de exiliados que fueron acogidos en muchos países europeos o americanos (desde Francia, México, Argentina a la URSS) y que vivieron el trauma del exilio. Muchos de ellos acabarían regresando, si bien, marcados por el oprobio de un régimen que nunca se avino a impulsar políticas de conciliación nacional, tal y como destaca el pionero libro de Paloma Aguilar, Memoria y olvido de la Guerra Civil española (1996). Así, de los 400.000 españoles que se fueron al terminar la guerra, más de la mitad retornaron con las promesas de paz del régimen, al pensar que solo sufrirían un proceso judicial o penal aquellos que hubiesen cometido delitos de sangre. Pero ya hemos podido comprobar que no fue así, y todos aquellos que estuvieron vinculados a partidos o sindicatos de izquierdas, aún solo como militantes, sufrieron la misma persecución. El régimen no alivió ya el duro trauma de la pérdida en la guerra ni tampoco evitó sufrimientos a la población civil. Tampoco podemos olvidarnos de aquellos miles de españoles que refugiados en Francia, unos 10.000, acabaron en manos de los nazis y fueron enviados a Mauthuasen y otros campos, viviendo la pesadilla no solo de haberse visto obligados a irse de su país sino de sufrir la pesadilla del horror de la Segunda Guerra Mundial.
Hasta la década de los 50 la sociedad española no se normalizó, en el marco de la dictadura, claro está, vaciándose las cárceles y apagándose el fuego ardiente del castigo ejemplarizante (si bien nunca renunció a la violencia y a la represión, aunque en términos más tolerables). La sociedad padeció una clara despolitización, que permitiría la pervivencia de la dictadura hasta su final, aunque eso no evitó las manifestaciones y protestas sociales en diferentes ciudades a finales de los años 40, en los años 50, y de forma más activa en los 70, surgiendo grupos clandestinos como CCOO y el PCE. Finalmente, ya muy tardíamente, en 1969, el régimen aprobó la Ley de Amnistía, que prescribía los delitos cometidos anteriores al 1 de abril de 1939, durante la Guerra Civil, cualquiera que fuera su gravedad y quienes fueran los autores. Lo cual, por otro lado, exoneraba al régimen de sus propios crímenes y violencias. Se hacía tabla rasa con el pasado, aunque beneficiaba a los autores de delitos de sangre del bando nacional porque prácticamente todos los del republicano ya habían ido o juzgados o ajusticiados.
La represión es una temática de estudio tardío, cuyo primer referente importante fue la obra coordinada por Santos Juliá, Victimas de la Guerra Civil (2004), al que seguirían otros como el de Julián Casanova, Morir, matar, sobrevivir (2002), hasta alcanzar las nuevas actualizaciones realizadas por Paul Preston, Holocausto español (2011) o el coordinado por el reputado historiador Francisco Espinosa, Violencia roja y azul, España, 1936-1959 (2010) o de Julio Rodríguez, La España masacrada (2010), así como innumerables monografías territoriales y locales que han permitido afinar más en la comprensión de esta depuración y represión en los últimos años debido a los problemas existentes de acceso a buena parte de los archivos y la documentación pública relativa al periodo.
El texto, a todas luces, pone de relieve el carácter vengativo del franquismo que, una vez ganada la contienda, se negó a desarrollar políticas de reconciliación nacional, que tuvieron que aguardarse hasta la llegada de la Transición (1975), marcando muy bien la distancia entre vencedores y vencidos. Tales políticas no hicieron más que incidir en cómo el régimen se amparó en la legitimación de origen, como señala Paloma Aguilar -la victoria en la guerra-, para consolidarse y justificar sus actos, así como encubrir sus crímenes, juzgando únicamente aquellos del bando republicano. Para el bando nacional la guerra no fue una contienda civil sino una guerra de liberación contra un enemigo que pretendía acabar con las esencias patrias, de ahí este carácter vengativo de su legislación. Se quería con ella erradicar la raíz de ese presunto mal que consistía en las ideas liberales, democráticas y, por supuesto, el comunismo.
De todos modos, los mitos posteriores de la conspiración comunista o la fraudulenta victoria del Frente Popular en las elecciones de 1936 perduraron, aunque no pretendieron más que encubrir las verdaderas causas de la tragedia de la guerra que no fue otra que el fallido golpe militar.
Cierto es que en el bando republicano se cometieron innumerables crímenes (50.000), en modo alguno justificados ni justificables, fueron, asimismo, provocados por el fallido golpe propugnado por los militares, en el caso del franquismo se actuó de una forma brutal y deliberada, depurando ampliamente a la sociedad española, como ya he explicado. Filmes como El lápiz del carpintero, Las 13 rosas, La buena nueva, Estrellas que alcanzar, La voz dormida, etc., ilustran muy bien el carácter y alcance sistemático de esta represión en la que se desvela cómo el franquismo no tuvo ninguna clase de consideración con los perdedores de la guerra (tanto hacia hombres como hacia mujeres), negando tanto el perdón como la conciliación de los bandos enfrentados. Este documento se destaca, por tanto, porque recoge el carácter de esta justicia retroactiva, fría y áspera, de la que fueron víctimas miles de españoles cuyo único delito fue el haber defendido la legalidad republicana frente a quienes se alzaron contra ella.
Libros: El final (1944-1945) de Ian Kershaw
Posted by igorbarrenetxea in Historia, Noticias de Historia
Ian Kershaw se encuadra en ese reducido, sugerente y selecto grupo de historiadores que es capaz de aunar erudición y amena narrativa. Alguno de sus pioneros trabajos, fundamentalmente, El mito de Hitler, o ya la monumental biografía de Hitler, nos han hecho comprender desde una perspectiva social la entidad y complejidad del Tercer Reich. Han transcurrido más de setenta años desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial y, todavía, hay muchas incógnitas e interpretaciones enriquecedoras que desvelar del periodo para seguir aprendiendo del mismo. En esta obra, se propone completar lo que otros historiadores o interesados al periodo han pretendido contestar: ¿Por qué los alemanes resistieron hasta el final?
Obras tan conocidas como las de Joachim Fest, El hundimiento, o ya las de Antony Beevor para el frente del Este, Berlín, o el frente del oeste, El Día-D, sin olvidarnos de otras obras bibliográficas más antiguas, pero igual de presentes todavía, como Comenzó en el Vístula y terminó en el Elba, de Jurgen Thornwall, no han hecho más que describir, en su mayor o menor intensidad, el drama del fin de la guerra. Pero lo que parece tan obvio, en esta retrospectiva en la que conocemos el desenlace de la guerra, no lo fue para los propios alemanes que no fueron capaces de intuir lo que se les venía encima, y hay autores que todavía afirman, por ejemplo, que la “rendición incondicional” exigida por los aliados para poner fin a la guerra fue el impedimento para empujar a los alemanes a la claudicación. Para Kershaw es más complejo. A todo esto, hay que contar con otro factor determinante en la sociología humana: la influencia nefasta del nazismo en las conciencias y en las voluntades, además de la seducción y el atractivo que tuvo para ellos Hitler y el mundo prometido, aunque ya hacía tiempo que la mayoría de los alemanes se habían desengañado del nazismo.
Kershaw analiza, en perspectiva, los hechos a partir del atentado del 20 de julio de 1944 y el proceso de destrucción tanto interna como externa del Reich. No se preocupa tanto de las operaciones o los frentes de batalla, aunque todo entra en relación, como de la descripción y hondo análisis de los mecanismos con los que contó el régimen para enfatizar una resistencia hasta el final e, incluso, más allá de la muerte de Hitler, prolongando la agonía de los alemanes una semana más tras su suicidio. El historiador británico nos va respondiendo a tales consideraciones en una lectura ágil y ensayística (no hay verdades cerradas solo interpretaciones fundamentadas) en la que va situándonos en este marco histórico, mostrándonos sus aspectos humanos e ideológicos, la autoridad inquebrantable de Hitler, por parte de la cúpula militar, y el favor de una mayoría de los alemanes cuando aún no creían la guerra perdida, hasta el momento en el que el nazismo se radicalizó, queriéndoles arrastrar hacia el abismo, y no supieron actuar para poner fin a la espiral de violencia. De hecho, de haberse puesto fin a la contienda, en 1944, Alemania y los demás países se hubiesen ahorrado la mitad de víctimas mortales de la guerra.
Las causas que determinaron este fin tan destructivo fueron muy diversas, desde la mencionada lealtad de los altos mandos de la Wehrmacht que, salvo excepciones, como el atentado del 20 de julio, siguieron firmes en sus puestos, aún cuando debían cumplir órdenes absurdas; la falta de una entidad centralizada de poder, salvo Hitler, que derivaba en diferentes estructuras solapadas de autoridad como el partido, comandado por Bormann, los Gauleiter regionales, pasando por el complejo de las SS o los distintos ministerios y las distintas ramas del Ejército, con sus rivalidades, que delegaban en el Führer toda decisión. Una primacía de Hitler, como mito y amo del régimen, aunque su control no fuera absoluto, pero que seguía legitimando los poderes de estas facciones que le hacían aferrarse a él.
Sin olvidarnos del nocivo y despiadado aparato de terror que se tradujo, cuando los eslóganes ya no calaban entre la población, en un rígido control social y una militarización que impidió poner freno a la deriva suicida del régimen nazi.
La combinación de tales elementos, lealtad, identificación de Hitler con el Estado y el patriotismo mal entendido, aunque, por supuesto, empleando la violencia contra aquellos sectores desafectos, hicieron contener la fragmentación e implosión interna del Reich, al no tener otra alternativa de gobierno. El cuadrunvirato que rodeó a Hitler, Bormann (jefe del partido) Goebbels (plenipotenciario de la guerra total), Himmler (seguridad interna) y Speer (armamento) se destaparon, a su vez, como los pilares de esta resistencia numantina.
En cierta manera, señala Kershaw, entre la convicción, la manipulación de la que habían sido presos por el nazismo y el poder carismático de Hitler (ya sin carisma), el deber y la obligación, los alemanes, aunque fundamentales piezas claves del sistema, los altos mandos del ejército y la administración, a pesar de padecer los peores horrores del conflicto en esos meses finales de 1945, no lideraron una rebelión como la de noviembre de 1918, cuando el régimen agonizaba. Todos ellos fueron conscientes de los horrores a los que habían sometido al mundo, los campos de exterminio, la apocalíptica confrontación bélica o las trágicas marchas de la muerte, y temían las consecuencias. Pero los alemanes, señala Kershaw, en este final, también se creyeron víctimas de esta espiral de violencia sin juzgar el papel que ellos mismos habían protagonizado en ella en los momentos triunfales del régimen. Los bombardeos aliados arrasaron las ciudades alemanas, los soldados soviéticos violaron y cometieron mil y un desmanes, pero todo ello vino a precipitarse ante la actitud virulenta y destructiva del nazismo que acabó por condenar a sus ciudadanos, incapaces de actuar, para evitar un sufrimiento atroz, cuando la guerra estaba irremediablemente perdida. Pero, a pesar de todo, el Tercer Reich luchó hasta la derrota total, en ese heroico y wagneriano final que tanto era del gusto de Hitler y que estuvo a punto de llevar consigo a los alemanes hacia la autodestrucción.
El ISIS sigue vivo
¿Romeo y Julieta en Palestina?
Educarse frente a ETA

References: Resolución 
 resolución 
 artículo 14

Artículo 1

Artículo 2

Artículo 3