Source: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0486-65252019000200169&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Timestamp: 2019-10-17 10:21:33+00:00

Document:
http://dx.doi.org/10.22380/2539472x.804
Los sinuosos caminos de la etnografía política*
The Winding Paths of Political Ethnography
Javier Auyero**
** The University of Texas Austin, Estados Unidos. Doctor en Sociología de The New School for Social Research. Profesor en The University of Texas at Austin. Es coautor del libro Inflamable: estudio del sufrimiento ambiental (Buenos Aires: Paidós, 2008), premiado con el Robert Park Best Book Award y el Charles Tilly Best Book Award, de la American Sociological Association. auyero@austin.utexas.edu
El texto pasa revista a la extensa y productiva trayectoria del autor en el difícil oficio de la etnografía política. Mediante un relato reflexivo de su propia experiencia etnográfica, se destaca la relevancia y complejidad del oficio, razón por la que nos remite a los hallazgos, los obstáculos, problemas, limitaciones y proyecciones del ejercicio etnográfico en lo político. El escrito se divide en cinco apartados, correspondientes a los temas de investigación abordados en su trayectoria etnográfica, en los que se revisan la relación y utilidad de la etnografía política en el estudio de las redes clientelares, de la acción colectiva, el estudio de la zona gris de la política, el sufrimiento ambiental y el tema de la espera como una expresión de las relaciones de dominación social. El escrito cierra con una invitación y advertencia en torno al oficio etnográfico.
Palabras-clave: etnografía política; clientelismo; acción colectiva; zona gris; sufrimiento; sociología de la espera
The text reviews the author's extensive and productive career in the difficult craft of political ethnography. Through a reflective account of his own ethnographic experience, he highlights the importance and complexity of the craft; and therefore refers us to the findings, obstacles, problems, limitations and projections of ethnographic practice in politics. The document is divided into five sections, each corresponding to the research topics addressed by the author's ethnographic career. These review the relation and usefulness of political ethnography in the study of clientele networks, collective action, and in the study of the gray area of politics, environmental suffering, and the topic of waiting as an expression of the relations of social domination. The document closes with an invitation and a warning in regard to the craft of ethnography.
Key words: Political ethnography; clientel-ism; collective action; gray area; suffering; sociology of waiting
Han pasado quince años desde que comencé mi primera investigación etnográfica -aquella que concluyera con el libro La política de los pobres. Las prácticas clientelistas del peronismo-. En esos quince años llevé a cabo cuatro investigaciones que, en distinto grado, incluyeron observaciones y entrevistas en las zonas más desposeídas de mi país, Argentina. En esta presentación quiero repasar las lecciones -sustantivas, analíticas y metodológicas- que aprendí en este tiempo, haciendo eco de la distinción propuesta por Clifford Geertz, en ese ir y venir entre "estar allí" (en el campo) y "estar aquí" (entre académicos). El funcionamiento de las redes clientelares, su relación con la acción colectiva, el papel que juegan las conexiones clandestinas en la política, el sufrimiento ambiental experimentado por quienes viven en los márgenes urbanos y el tiempo de espera de los pobres como mecanismo de dominación: esos son los cinco temas -por cierto, muy generales- que, en orden cronológico más o menos cierto, me han obsesionado durante esta década y media. ¿Que aprendí?, ¿qué creo que todavía está por saberse sobre estos temas?
I. Clientelismo
Lo que mi primer libro identificó en su momento como una generalizada ausencia de estudios sobre "clientelismo político" en el país ya no es tal. Durante la última década se han multiplicado los trabajos sobre el tema dando lugar a lo que Szwarcberg (2010) denomina un "inusitado interés" por el clientelismo y las máquinas políticas. Hoy sabemos bastante más que hace una década y media sobre los factores asociados con el gasto clientelar (Calvo y Murillo 2004; Remmer 2007) acerca de la relación entre los programas de empleo, cash transfer programs y clientelismo (Giraudy 2007; Weitz-Shapiro 2006). Tenemos también modelos sobre la lógica del funcionamiento de la maquinaria electoral peronista (Nichter 2008; Stokes 2005) y estudios cualitativos sobre las relaciones entre clientes, mediadores y patrones que describen con bastante certeza los "sistemas de incentivos" en el interior de la red clientelar (Szwarcberg 2010, 142). Sin embargo, la mayoría de los estudios aún se focalizan en el clientelismo como forma de obtener el voto y como forma de dominación política.
Sin negar el hecho de que esta particular práctica política es útil en cuanto estrategia electoral, como una forma de resolver problemas organizacionales del partido y como una forma de poder político sobre poblaciones destituidas, pienso que perdemos mucho de "dónde está la acción" -citando a Goffman- y nos obnubilamos sobre las razones de por qué el clientelismo persiste y se reproduce en la política, si no examinamos el patronazgo o clientelismo como una estrategia que utiliza la gente pobre para resolver sus problemas. Necesitamos -y aquí descansa una de las lecciones analíticas centrales que trato de expresar en mi trabajo- cambiar el centro de atención en los estudios sobre clientelismo y poner mucha más atención al lugar que este tipo de acuerdo político ocupa en la vida de los más desposeídos, en sus estrategias de sobrevivencia. ¿Cuán importante es el patronazgo como estrategia de resolución de problemas entre los pobres urbanos? ¿Cómo compite, o deja de competir, con otras estrategias de resolución de problemas asociados al mercado, al Estado de bienestar, etc.? Sabemos qué significa el patronazgo para los líderes partidarios y para los mediadores, pero ¿qué representa el clientelismo para los clientes?
No es este el lugar para realizar una revisión exhaustiva acerca de la literatura que existe sobre clientelismo y patronazgo. Lo que me interesa resaltar es una crítica hacia buena parte de la ciencia política que sigue exhibiendo lo que Stathis Kalyvas (2003) denomina preferencia epistémica por datos que son fácilmente codificables (como gasto público o respuestas a encuestas de opinión) sobre aquellos que son más "desprolijos" por ser de carácter cualitativo, pero que, a mi entender, son más adecuados para dar cuenta de la "doble vida del clientelismo político", tanto respecto a la objetividad de los recursos, como a la subjetividad de los actores (este, de paso, era el mensaje central de mi libro y NO la supuesta pre-valencia del clientelismo en la vida de los sectores populares). En consecuencia, buena parte de los estudios existentes nos dice mucho sobre "objetos preconstrui-dos" (elecciones y actos partidarios, por ejemplo) y poco sobre la organización cotidiana del clientelismo en la vida de los sectores más destituidos y sobre las lógicas prácticas de los actores involucrados. Como resultado se obtienen, a mi entender, análisis de la política clientelar que excluyen la pregunta por la realidad del modelo con sus presuposiciones sobre juegos entre máquinas y clientes, cálculos racionales realizados por individuos estratégicos, etc. El principal problema, creo, es que se sigue centrando el análisis en individuos y organizaciones (máquinas, clientes) a expensas de las relaciones que existen entre ellos.
La fuente de la acción clientelar eficaz -lo aprendí cuando trabajaba en la política de los pobres- yace en las relaciones que se producen entre los sujetos -patrones, clientes, mediadores- y no en las intenciones más o menos aviesas y/o estratégicas de estos. Cierto es que políticos y funcionarios tienen
[...] formas variadas de construir su base de apoyo político: focalizando o prometiendo focalizar los recursos gubernamentales hacia los seguidores políticos (política de patronazgo), o distribuyendo o prometiendo distribuir bienes colectivos hacia amplios sectores del electorado (política programática), o una combinación de los dos. (Remmer 2007, 3)
Pero un político o un funcionario no se acerca a estas opciones ex novo cada vez que hay un recurso para distribuir (un plan o un subsidio), como si se tratara de juegos reiterados que comienzan cada vez que hay una elección (Stokes 2005, 316). Por el contrario, este político o funcionario se enfrenta a redes duraderas que constriñen tanto objetiva como subjetivamente sus acciones. Esto parecen saberlo mejor los punteros1 que los cientistas políticos.
Es en las relaciones entre punteros y clientes, durante las elecciones, pero también durante la vida cotidiana, donde hay que centrar el análisis del clientelismo. Estas relaciones, si bien difíciles de observar, son centrales a la hora de entender los límites y obstáculos que cualquier funcionario más allá de sus intenciones más o menos "clientelísticas" debe confrontar. Se trata de sistemas de relaciones que no se dejan ver fácilmente -no las podemos reconstruir utilizando encuestas de opinión, por ejemplo- pero que son cruciales a la hora de entender la lógica de los actores políticos y, de manera más mediada, la implementación de políticas sociales.
Las impugnaciones morales (y moralizantes) realizadas por periodistas (algunas veces con las mejores intenciones) y por analistas que se centran en los actores colectivos que se oponen a la maquinaria peronista (como, por ejemplo, el movimiento piquetero2) nos harían creer que, dentro del universo social específico de las redes peronistas, la práctica dominante es la orden explícita dada por los punteros a sus clientes cada vez que se entrega un bien o se hace un favor. La política "clientelar", para sus críticos, es básicamente una política de órdenes, amenazas y recursos materiales.
Cuanto más tengan los patrones y punteros para repartir, más será el apoyo con el que cuenten, más el poder que acumulen. El acaparamiento de recursos y la dominación política, sin embargo, no viven una sola vida en la objetividad de la distribución de recursos. Parafraseando a Bourdieu, podríamos decir que la red peronista vive otra vida en las disposiciones que inculca en los agentes. La apariencia de automaticidad que tiene el intercambio de bienes por apoyo no debe ser interpretada en términos mecánicos, sino, por el contrario, como resultado de la habituación que genera en los beneficiarios o "clientes". El funcionamiento diario de la red de resolución de problemas infunde, en quienes reciben los favores y bienes, un conjunto de disposiciones (y enfatizo la actividad regular y rutinaria de la red para marcar que esta relación de intercambio trasciende sus actos singulares). Estos esquemas de percepción, evaluación y acción son, a su vez, reconfirmados por las acciones simbólicas que los patrones y punteros realizan, también de manera constante, en sus discursos públicos (donde acentúan su "amor a los pobres" o su "sacrificada tarea") y en sus formas personalizadas de dar beneficios, enfatizando las dificultades sorteadas y creando, de esta manera, la impresión de que si ellos, los benefactores, no estuviesen donde están, no habría bienes y/o servicios para repartir.
La red inscribe las relaciones de dominación en los beneficiarios-seguidores bajo la forma de disposiciones duraderas. Estas disposiciones quedan evidenciadas en las innumerables manifestaciones de respeto ("creo que él [el puntero] debería ser reconocido por todo lo que hace por los vecinos"), admiración ("la forma en que se ocupa de los vecinos, es un ser humano excepcional") e incluso amistad ("nosotros nos consideramos sus amigos", "ella está siempre presente cuando algo pasa... es tan buena", "está en todos los detalles") que los beneficiarios articulan discursivamente sobre sus benefactores. Sin embargo, con mayor frecuencia, estas disposiciones se expresan en la práctica mediante lo que los clientes simplemente saben ("porque si me consiguió el medicamento o algo de leche o un paquete de yerba, yo sé que tengo que ir al acto, para cumplir con él, para mostrarle mi agradecimiento"). Los actos de conocimiento son, nos recuerda este último testimonio, actos de sumisión.
En otras palabras, el patronazgo está indudablemente basado en bienes materiales, pero tiene una cardinal dimensión simbólica que la mayoría de los analistas que recurrentemente profetizan la "crisis del clientelismo" ("crisis", debo enfatizar, que ya lleva más de quince años gestándose, de acuerdo con los periódicos vaticinios) pierden de vista por completo. El orden social de la máquina clientelar tiene efectos duraderos a través de las disposiciones que instila en las creencias de los clientes. La autoridad de patrones y punteros particulares bien puede provenir de los recursos que detentan; pero la autoridad del clientelismo, la autoridad de patrones y punteros como actores generales, proviene de la habituación que el propio funcionamiento de la red genera.
En este sentido, La política de los pobres también aporta argumentos para entender la durabilidad del clientelismo: para hacerlo tenemos que comprender que este arreglo vive una doble vida y que es una manera de resolver problemas. Esto sigue siendo central. Si uno piensa en las discusiones sobre los efectos de la Asignación Universal por Hijo (el programa de transferencia condicionada de ingresos), tiene que pensar en las necesidades que cubre y en el amplio espacio que queda en el presupuesto popular para este tipo de arreglos. Entonces, qué lecciones aprendí en estos años sobre el tema:
En términos sustantivos, sostengo que la persistencia del clientelismo se debe a la consolidación y legitimación de dos tipos de prácticas. Por un lado, la búsqueda de votos y/o de participantes para la máquina política -incluidas sus fuerzas de choque- mediante la distribución personalizada de recursos; por el otro, la resolución de problemas de sobrevivencia mediante el establecimiento de relaciones duraderas con mediadores políticos, por medio de la oferta de votos, la asistencia a actos y, en definitiva, la participación en la máquina o en su fuerza de choque, a través de dos esferas vinculadas pero diferenciadas: el campo político y la vida cotidiana de los sectores populares.
En términos metodológicos, planteo que los estudios sobre clientelismo necesitan más "etnografía política", entendida como la investigación basada en la observación cercana, en el terreno, de actores e instituciones políticas en tiempo y espacio reales, donde el investigador se inserta cerca (o dentro) del fenómeno a estudiar, para detectar cómo y por qué los actores en la escena actúan, piensan y sienten. La etnografía política nos permite trascender la superficialidad de las encuestas de opinión ("¿qué opina sobre el clientelismo?", "¿recibió usted o alguno de sus vecinos algún bien de parte de un político durante la última elección?") y adentrarnos en el verdadero funcionamiento del clientelismo. Investigando sus soportes objetivos y sus experiencias subjetivas, el clientelismo puede ser considerado no solo como mecanismo de dominación política, sino también como estrategia de resolución de problemas por parte de los pobres urbanos.
En términos analíticos -y esto es algo que comenzó a surgir cuando estaba trabajando en mi segundo libro, Vidas beligerantes, y tomó forma cuando estudié sistemáticamente el problema de los saqueos- debemos prestar atención, tanto empírica como teórica, a lo que denominé zona gris: un área de relaciones clandestinas donde convergen y se yuxtaponen vida cotidiana, política partidaria y violencia colectiva.
II. Clientelismo y acción colectiva
Si bien la investigación sobre el tema se ha multiplicado y diversificado sustantivamente, se sigue reproduciendo una dicotomía -a mi juicio- perniciosa, entre clientelismo y acción colectiva (Auyero, Lapegna y Page 2009), de la que yo también fui víctima (en buena medida, me dediqué a hacer la investigación que dio origen a Vidas beligerantes en Cutral Co y en Santiago del Estero, en parte motivado por la falta de atención a la acción colectiva que había en La política de los pobres). Entre los hallazgos más establecidos en la investigación de movimientos sociales y acción colectiva, se encuentra la noción de que "los lazos sociales previos operan como base para el reclutamiento en los movimientos y que los contextos sociales establecidos son el locus de la emergencia de los movimientos" (Diani y McAdam 2003, 7). En este sentido, la literatura existente concuerda en el rol clave que juegan las organizaciones autóctonas o redes asociativas en la emergencia de un movimiento.
Lejos de ser un reino de posible cooperación, las redes clientelares son, por el contrario, una estructura (des)movilizadora. Conceptualizado como lo que Julian Pitt-Rivers llamó "una amistad asimétrica" (1954, 140), los vínculos patrón-cliente son vistos como el exacto opuesto de las redes horizontales del compromiso cívico que, según se dice, promueven una comunidad verdaderamente cívica y que, además, "hacen funcionar la democracia" (Putnam 1993, 5) y hacen posible la actividad de los movimientos sociales. Por consiguiente, la inserción (embeddedness) en relaciones clientelares es entendida como supresora de la participación en los contextos relacionales más horizontales que fueron pensados como conducentes a varias formas de compromiso colectivo (Diani y McAdam 2003).
Investigaciones llevadas a cabo en enclaves de pobreza urbana (villas miseria, favelas, asentamientos de ocupas, colonias, etc.) y en movimientos sociales populares en Latinoamérica muestran que el clientelismo y la movilización colectiva pueden coexistir en el mismo lugar geográfico, usualmente, de manera conflictiva. En su crónica de la emergencia y desarrollo del movimiento piquetero en Argentina (como el movimiento social que agrupaba a los desocupados y que usaba el bloqueo de rutas, piquetes, como táctica principal), Svampa y Pereyra (2003), por ejemplo, afirman que las organizaciones piqueteras representan un "primer desafío concreto contra los mediadores políticos" (93) de la maquinaria clientelar del partido peronista. Otro ejemplo reciente se encuentra en el trabajo de Claudio Holzner (2004) quien, a pesar de notar la "empecinada resiliencia de las organizaciones clientelares y las prácticas en México", la presencia "de una sociedad civil que se fortalece y una competencia electoral creciendo en todos los niveles" (77), identifica la emergencia de formas "rivales" de organización política: una jerárquica y clientelar, y otra que enfatiza la participación democrática, la autonomía política y que "resiste activamente al clientelismo político" (77).
Pero aun cuando apuntan a la complejidad de la política popular y a la diversidad de estrategias de resolución de problemas usadas por los destituidos, todos estos estudios describen las redes clientelares y las relaciones movilizado-ras como dos campos diferentes y opuestos de acción política; dos esferas de interacción social e intercambio que pocas veces se superponen y que generalmente "rivalizan", "resisten" o se desafían entre ellas3. El predominio del clientelismo entre los pobres -la investigación existente coincide en ello- no solo frustra el reclamo colectivo, sino que también aísla y atomiza a los ciudadanos, impidiendo, de esta manera, el trabajo organizacional y relacional en la base de la acción colectiva.
Sin embargo, la literatura también parece concordar en que hay un caso en el que el clientelismo puede transformarse en acción colectiva: cuando la red clientelar deja de funcionar, las protestas pueden, de hecho, emerger desde el patronazgo, cuestión que, generalmente, ocurre de manera explosiva. Cuando un sistema bien mantenido de relaciones de patrón-cliente, crucial para la sobrevivencia de la población local, deja de proveer o colapsa de manera súbita, la reciprocidad puede transformarse en rivalidad. La mayoría de la literatura apunta al mal funcionamiento de las redes clientelares como generadoras de súbitas demandas que crearían la oportunidad de acción colectiva y, solo recientemente, se comenzó a analizar redes clientelares bien aceitadas, en buen funcionamiento, como soporte relacional de la acción colectiva. En estos estudios, las redes verticales no necesitan romperse para que la acción colectiva emerja; algunos de sus actores claves (patrones, mediadores y/o clientes) pueden, por muchas razones -desde amenazas a acuerdos actuales o intentos de mejorar la posición en el campo político-, llegar a organizar la acción colectiva, que en algunos casos puede ser violenta.
Más que dos esferas de acción opuestas o dos formas de sociabilidad diferentes, el patronazgo y la política de controversia pueden estar mutuamente imbricados. El clientelismo puede descansar en la raíz de la acción colectiva, ya sea cuando prospera, ya cuando no funciona adecuadamente, una inserción que quienes han estudiado los repertorios de acción colectiva han ciertamente anticipado, pero no estudiado en detalle (Tilly 1986, 2006).
La evidencia empírica sobre lo que denominé el escenario de apoyo mutuo entre acción colectiva y patronazgo, esto es, su relación recursiva, es limitada. Sabemos que la red clientelar no necesita colapsar ni su flujo verse interrumpido para que haya acción colectiva originada en esta misma. Se necesita mucho más trabajo, tanto empírico como teórico, sobre esta relación de imbricación para entender la dinámica de la política popular tanto rutinaria como extraordinaria. Concentrarnos allí nos permitirá ver mejor dos procesos que han sido identificados como cruciales en La política beligerante: 1) la mediación -creación de conexiones entre actores previamente aislados- y 2) la certificación -validación de actores, de sus demandas y de sus performances públicas por parte de las autoridades-.
III. La zona gris
Un área de investigación particularmente difícil en este tema es lo que di en llamar la zona gris de la política popular. Fue a partir de un estudio sistemático de los saqueos del 2001 en Argentina que comencé a ver que ciertas conexiones de la dinámica política podrían ser conceptualizadas desde la idea de zona gris. Lo que Tilly denomina especialistas en violencia -actores que se especializan en la perpetración del daño físico- juega un papel central en el origen y curso de la violencia colectiva. Algunos de estos actores son parte del Estado y otros, no, pero aun estos tienen importantes conexiones con sectores de aquel. Y son estos lazos "oscuros-oscurecidos-sombríos" los que definen la zona gris, una dimensión que desvanece las distinciones simples y simplificadoras entre Estado y sociedad, que buena parte de la literatura sobre acción colectiva todavía da por descontadas (como aquellas que se dan entre fuerzas del orden, miembros de la polity, outsiders, marginales, etc.).
La zona gris, noción que Primo Levi utiliza para entender la dinámica de los campos de concentración, se refiere a un conjunto de conexiones clandestinas que se dan entre distintos actores (funcionarios, fuerzas represivas, mediadores políticos, vecinos, etc.). No tengo tiempo aquí para extenderme sobre esta noción; solo quiero puntualizar que ya existe bastante conocimiento acumulado en trabajos como los de Paul Brass y Veena Das para el Sudeste Asiático, Linda Kriscke para África, Desmond Arias (2006) para Brasil y Mary Roldán (2002) para Colombia, que apuntan a lo que Jane Schneider y Peter Schneider (2003), en su estudio sobre la mafia palermitana, denominan un intreccio o superposición constante entre las acciones del Estado, las prácticas de los partidos políticos y la violencia colectiva.
Las implicancias sustantivas de un estudio detallado de los saqueos del 2001 -estudio que excavó esa especie de coordinación implícita que existía entre policías y dirigentes barriales en el curso de la violencia colectiva que sacudió al conurbano en diciembre del 2001, y una exploración más o menos profunda sobre episodios como los de Villa Cartón en el 2007 y el Parque Indoamericano más recientemente- nos hacen pensar que la zona gris es central no solo a la hora de entender los episodios de violencia colectiva, sino también a la hora de entender la política clientelar y, más aún, la política en general.
Esta zona es, creo, la infraestructura, el fundamento de la práctica política tal y como existe hoy en el país. No es un remanente del pasado, no es algo ajeno a la política ni algo primitivo. Por el contrario, está en el corazón de la política realmente existente. Los saqueos y la quema de Villa Cartón, de manera disímil, ilustran que son las relaciones que se construyen en esa zona las que determinan buena parte del cómo, cuándo y dónde de la implementación de políticas públicas. Basta recordar que, a pocos meses de los saqueos, se estableció el programa de asistencia a los desempleados más abarcador de los hasta ahora implementados (el Plan Jefas y Jefes de Hogar) y que, a menos de un mes de los episodios, los habitantes de la desaparecida Villa Cartón fueron considerados prioritarios a la hora de distribuir la vivienda pública.
Los analistas políticos deberían hacer un mejor trabajo en incluir la zona gris en el estudio de la política "normal". La desatención de estas conexiones clandestinas tiene efectos análogos a la desatención de las "instituciones informales", descrita por los cientistas políticos Gretchen Helmke y Steven Levitsky (2004). En ambos casos, nos arriesgamos a ignorar lo que empuja al comportamiento político, cuestión que puede impedirnos entender buena parte de los fenómenos políticos más importantes.
Creo que, en lugar de desmerecerla como un fenómeno aberrante o denunciarla en términos morales, el desafío para el análisis científico de la política es incorporar la zona gris a nuestros modelos de comprensión de la acción política. Una integración analítica de este tipo nos permitirá, a su vez, incorporar la violencia en el estudio de la política popular, algo que, como argumenta Tilly, buena parte del análisis político aún ignora. Es mucho el trabajo empírico y teórico que falta en este terreno.
IV. El sufrimiento ambiental
La investigación de campo sobre clientelismo, acción colectiva contenciosa, una política de zona gris, me llevó a algunas de las zonas más relegadas, destituidas de mi país natal, Argentina: barrios pobres, asentamientos ilegales, villas. Durante los muchos años que anduve conversando con jóvenes en las esquinas, hablando con vecinos en sus hogares, acompañándolos a reuniones y mítines políticos, jugando con los niños en sus jardines, etc., una cosa que nunca llamó mi atención, sino hasta recién, fue el ambiente físico miserable en que viven.
El territorio real de la historia de los pobres, para usar una expresión de Karl Marx, permanece como una preocupación marginal entre quienes estudian la pobreza en América Latina, a pesar de haber sido formados con algo de la literatura actual sobre problemas medioambientales urbanos. Una reciente revisión comprensiva de estudios de pobreza e inequidad en América Latina (Hoffman y Centeno 2003) y un simposio sobre la historia y el estado de los estudios de marginalidad y exclusión en América Latina publicados en la más prominente revista de estudios latinoamericanos (González de la Rocha et al. 2004) no hicieron mención a factores ambientales como determinantes clave en la reproducción de la destitución y la desigualdad.
Con muy pocas excepciones (Farmer 2003; Paley 2001; Scheper-Hughes 1994), las etnografías sobre pobreza urbana y marginalidad en América Latina también han fallado en considerar el simple hecho de que los pobres no respiran el mismo aire, no beben la misma agua ni juegan en el mismo terreno en que juegan los niños que no lo son.
Su ambiente es a menudo un ambiente contaminado que afecta seriamente su salud actual y sus futuras capacidades, algo acerca de lo que los investigadores, incluido yo mismo, hemos permanecido silenciosos por mucho tiempo. Este silencio -otra encarnación de lo que Sherry Ortner (1995) famosamente llamó negación etnográfica- es chocante dado el prominente lugar del contexto material de las vidas de la gente pobre en el texto fundante del estudio de la pobreza y la desigualdad de Friedrich Engels, Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra, y también en uno de los textos seminales sobre las vidas de los parias urbanos en ciudades de Latinoamérica: Un niño en la oscuridad, el diario de Carolina Maria de Jesus, donde una residente de una favela durante los años cincuenta provee una descripción de primera mano sobre la vida cotidiana en un barrio pobre localizado en São Paulo, Brasil. Carolina se refiere a su favela con palabras que sonarán dolorosamente familiares a los habitantes de barrios pobres de América Latina: es una "pocilga", escribe, "solo cerdos pueden vivir en un lugar como este. Es el vertedero de São Paulo" (2003, 27). A través del libro, Carolina habla de aguas contaminadas y de lo que denomina "perfume" de "barro en descomposición y excremento" (40), como características distintivas de las vidas de los enclaves pobres. Medio siglo después, los barrios pobres aún permanecen rodeados de suciedad, olores desagradables, tierras y aguas contaminadas.
¿Cómo la gente pobre le da sentido (y enfrenta) el peligro tóxico? ¿Cuándo y por qué fallan en entender (y actuar) sobre aquello que es objetivamente un peligro claro y presente? ¿Cómo y por qué percepciones erradas son compartidas por una comunidad? Estas fueron las preguntas generales que me llevaron a Villa Inflamable, un barrio marginal rodeado por una de las más grandes zonas petroquímicas de Argentina (sitio de la única refinería de petróleo que Shell tiene en Sudamérica); por un río altamente contaminado que trae desechos tóxicos de curtiembres y otras industrias; por un peligroso incinerador de desechos (no supervisado por mucho tiempo), y por un relleno sanitario no monitoreado.
Lo que vi en Villa Inflamable (Auyero y Swistun 2009) fue la construcción de la desigualdad duradera, una desigualdad que está siendo creada, no alrededor de una de las dimensiones más estudiadas como el ingreso (Tilly 1998), sino alrededor de la relación que existe entre el ambiente y la salud. Esta es una faceta que, repitiendo lo dicho, es crucial para el bienestar de la población, pero que ha sido tradicionalmente negada en los estudios que abordan la inequidad persistente en Latinoamérica.
La lección que surge de este estudio de caso para quienes investigan la pobreza y la desigualdad de clase alrededor del mundo es la siguiente: cualquier descripción sociológica de la marginalidad urbana y sus efectos sobre el sufrimiento organizado socialmente debería prestar atención empírica, sostenida y sistemática a los ambientes más o menos contaminados y/o peligrosos donde habitan los pobres. Esto es crucial para poner la (in)justicia ambiental en el centro del análisis de la pobreza. Junto con el sueldo, el empleo, la educación y otras variables convencionales, los análisis científicos sociales de las causas y las manifestaciones de la deprivación urbana deberían tener en cuenta la diferencia de exposición a peligros ambientales de los pobres. La marginalidad es, para parafrasear a la geógrafa Doreen Massey (1994), construida espacialmente y ese espacio está más o menos cargado con contaminación y riesgos. Tal organización espacial de la marginalidad hace una diferencia entre cómo funciona y cómo es experimentada. En otras palabras, dado que vivir en constante peligro y bajo el asalto lento de tóxicos deja a veces marcas indelebles en las mentes y cuerpos de la gente pobre, la investigación sobre ciudades necesita, de manera urgente, una geografía social del peligro ambiental y del sufrimiento.
En uno de los últimos capítulos de Inflamable usamos la imagen mítica de Tiresias para describir una de las características que definen las vidas de quienes residen en poblaciones altamente contaminadas. Como en la figura griega, ellos están forzados a llegar a ser "simples observadores de lo que pasa más allá de su control" (Schutz 1964, 280). Los habitantes de estos lugares están siempre esperando que algo pase. Aquellos marginados envenenados están viviendo en un tiempo orientado y manipulado por agentes poderosos: viven en un tiempo alienado y están obligados, como Pierre Bourdieu elocuentemente lo dice, a "esperar que todo llegue desde otros" (2000, 237). Nosotros argumentamos que la dominación funciona cediendo el poder a otros y que es experimentada como un tiempo de espera. Encontramos, sin buscarlo, muchas versiones de la historia de Tiresias entre los contemporáneos habitantes de la población.
Dándole los últimos toques al manuscrito, me di cuenta de que, aunque la relación particular y extrema entre tiempo, comportamiento y sumisión examinada allá es particular a Inflamable, esta dinámica puede ser aplicada a muchas de las poblaciones subalternas que he estado investigando a lo largo de los años. De aquí surgió mi reciente interés por la espera de la gente pobre y por desarrollar una sociología de la espera.
V. Sociología de la espera
La espera, escribe Pierre Bourdieu en Meditaciones pascalianas, es una de las formas privilegiadas de experimentar los efectos del poder. Según Bourdieu, "hacer que la gente espere... retrasar sin destruir la esperanza... aplazar sin decepcionar totalmente" (2000) es parte integral del funcionamiento de la subordinación. Si bien los vínculos entre el poder y el tiempo han sido examinados en las ciencias sociales, la espera, como región temporal y actividad que posee intrincadas relaciones con la constitución y la reproducción de la dominación, no ha sido ni mapeada ni documentada.
Es posible entender, así, que el foco en la espera y su (aparentemente) relacionada inacción va en contra del foco preferido por las ciencias sociales: la acción individual y colectiva, y el evento, entendido como ese "hecho histórico que deja una huella singular y única, una que marca la historia por sus consecuencias particulares e inimitables" (Dumoulins, citado en Tarrow 1996, 587).
Escribiendo, precisamente, acerca de esta ausencia, Pierre Bourdieu (2000) afirma que necesitamos
[...] catalogar y analizar todos los comportamientos asociados con el ejercicio del poder sobre el tiempo de otras personas tanto del lado de los poderosos (suspendiendo, aplazando, retrasando, creando falsas esperanzas o por el contrario apurando, tomando por sorpresa), como del lado del "paciente" como se dice en el ámbito médico, uno de los sitios por excelencia de espera ansiosa e impotente. (228)
Basado en dieciocho meses de trabajo etnográfico comparativo, mi actual proyecto busca crear una tempografía de la dominación, esto es, una descripción densa de las formas en que los dominados perciben la temporalidad y la espera.
Las múltiples formas en que los seres humanos piensan y sienten (y actúan) sobre el tiempo en sus vidas ha sido objeto de mucho trabajo académico en las ciencias sociales, desde tratamientos generales (Durkheim 1965; Flaherty 1999; Giddens 1986; Hall 1959; Levine 1997; Munn 1992; Sorokin y Merton 1937; Schutz 1964) a otros más empíricamente informados, muchos de ellos basados en trabajo etnográfico (Flaherty, Freidin y Sautu 2005; Geertz 1973; Mann 1969; Roth 1963; Zerubavel 1979). Las relaciones entre los trabajos de poder (Lukes 2005) y las experiencias del tiempo también han sido objeto de mucho análisis científico social.
El tiempo, por ejemplo, ha sido examinado como una dimensión crucial en los trabajos de intercambio de dones (Bourdieu 1977) y en la operación de redes de patronazgo (Scott y Kerkvliet 1977). En ambos casos, la verdad objetiva de estos intercambios (usualmente desiguales) necesita pasar desapercibida de modo que el intercambio pueda funcionar aceitadamente (Bourdieu 1998; Ortner 2006). El tiempo es, según estos análisis, el responsable del ocultamiento.
La temporalidad es manipulable, como demuestran muchos trabajos históricos y etnográficos -el tiempo es impuesto, negociado, resistido, marcado-. El tiempo puede ser objeto de un "proceso continuo de negociación", como muestra Julius Roth (1963) en su perspicaz etnografía de las formas en que pacientes y doctores estructuran el paso del tiempo en un hospital de tuberculosis. El tiempo puede ser objeto de un "marcado" frenético, como demostraron Stanley Cohen y Laurie Taylor en su fenomenología del ala de seguridad de una prisión inglesa (1972). El tiempo también puede ser el objetivo de un ataque violento constante, como Paul Willis (1997) ilustra en su análisis del rechazo de los muchachos hacia el horario arduamente construido de la escuela, o el medio a través del cual la disciplina es impuesta y negociada, como E. P. Thompson (1994) muestra en su análisis clásico de los cambios de las notaciones de tiempo hacia el interior, en la temprana época del capitalismo industrial. Los sentidos del tiempo colectivo están relacionados con los trabajos de (y la resistencia a) la dominación social. El tiempo es el locus del conflicto, pero también, y de manera muy importante, del consentimiento.
Pero la espera, como experiencia particular de tiempo, no ha recibido la misma atención académica. Extensos periodos de espera desaniman a la gente y/o actúan como obstáculos para acceder a programas estatales particulares. Si las esperas no son solo sufridas, sino también interpretadas, ¿qué sentidos les dan aquellos que se ven rutinariamente expuestos a ellas? Si la espera hace sentir a quien espera "dependiente y subordinado", ¿cómo es que la espera objetiva se transforma en sumisión subjetiva?
Estas son las preguntas generales que han guiado mi etnografía comparativa en tres diferentes sitios donde el pobre urbano espera decisiones de los agentes del Estado: la sala de espera de la principal oficina de bienestar de la ciudad de Buenos Aires (Ministerio de Desarrollo Social), la fila fuera del Registro Nacional de las Personas (Renaper) donde otros legales esperan para postular su DNI (Documento Nacional de Identidad) e Inflamable, la población donde recientemente conduje una revisita etnográfica.
No voy a entrar en detalles aquí, solo voy a puntualizar las implicaciones sustantivas y analíticas del trabajo desarrollado sobre la espera:
En primer lugar, la etnografía comparativa se hace eco del giro relacional en el estudio de los procesos políticos, centrándose en las interacciones diarias entre los pobres urbanos y el Estado. Esta relación tiene una importancia teórica central porque es una dimensión definitoria tanto del carácter de la ciudadanía como del funcionamiento de la democracia.
En términos sustantivos, el Estado sigue siendo un actor central en la vida de los más desposeídos porque sigue estando implicado en su cotidianidad -una de mis investigaciones en curso procura, justamente, dar con las distintas maneras en que el Estado aparece en la vida diaria de los destituidos-.
Necesitamos más y mejor trabajo sobre las prácticas relacionales que vinculan las formas cotidianas de operación del Estado con las vidas de los más destituidos. Porque le dan forma concreta a lo que de otra manera sería una abstracción, estos encuentros diarios con las burocracias estatales son un ingrediente central en la construcción rutinaria del Estado y en el ordenamiento, formación y transformación de las relaciones entre las clases. El Estado es, por una parte, una estructura macro, un tanto abstracta, y por otra, una serie de instituciones micro con la cual los pobres urbanos interactúan de manera directa e inmediata. Allí, los Estados definen ciertas subjetividades e identidades. No lo hacen solo mediante la policía y las fuerzas del orden, sino en sus oficinas, con sus papeleos y sus trámites. Estas rutinas, según el antropólogo Akhil Gupta, han sido muy poco estudiadas. La investigación en que se basa mi próximo libro, Paciente del Estado, se centra en ellas. Ahí el Estado se personifica en lo que Lipsky llama burócratas de la calle, empleados públicos que interactúan de manera directa con los ciudadanos. Mi argumento es que, en las relaciones recursivas entre ellos y los pobres, el Estado da lecciones políticas que socializan a los ciudadanos: cursos, si se quiere, sobre el funcionamiento del poder.
La espera no es una práctica negativa porque se enuncie en una forma del tipo "todavía no es tu turno". Hacer esperar a los más desposeídos tiene efectos que, como diría Foucault, si bien marginales a primera vista, son positivos y productivos. Entre estos, resulta central la construcción de sujetos que saben -y actúan en consecuencia-, que cuando interactúan con el Estado tienen que doblegarse pacientemente a los requisitos arbitrarios, ambiguos, siempre cambiantes de este último. Quizás aquí valga la pena recordar la raíz latina de la palabra paciente, pati, sufrir, aguantar. En sus interacciones con el Estado, los más destituidos aprenden a ser ignorados, pospuestos; aprenden a ser no ciudadanos sino pacientes del Estado. "Si quieres algo acá, te sentás y esperas". Al ser forzados, de manera recurrente, a acomodarse a los dictados del Estado, los pobres urbanos reciben sutiles lecciones de subordinación política.
Muchas han sido las lecciones analíticas y sustantivas que he aprendido en estos años, al decir de Robert Park, uno de los fundadores de la escuela de Chicago, de ensuciarme la sentadera de mis pantalones en investigaciones empíricas en las zonas más marginales. Algunas de estas lecciones pueden servir de herramientas para quienes se aventuren en la investigación etnográfica. El "intercambio de favores por votos" que define al clientelismo es algo bastante más complejo de lo que parece a primera vista; el clientelismo se relaciona con la acción colectiva de maneras que aún no han sido suficientemente estudiadas; la violencia colectiva se relaciona con el sistema político de maneras oscuras y oscurecidas que deben ser cuidadosamente examinadas; el sufrimiento ambiental define la vida de los pobres en formas que aún desconocemos, y lo mismo sucede con la espera.
En estos años procuré llevar a cabo un tipo de etnografía política que evaluara críticamente las fortalezas y las limitaciones de importantes conceptos sociológicos, como "clientelismo" y "acción colectiva", para demostrar cuán adecuados eran al ser confrontados con detalladas descripciones de los procesos que se suponía servían para estudiar, dando cuenta así de sus virtudes y limitaciones para describir y explicar la realidad política. Creo que el tipo de etnografía política que llevo a cabo, y por la cual abogo, es una herramienta esencial para dar una fundación más sólida al trabajo sociológico -tanto empírico como teórico-.
Me fui dando cuenta, en el camino, del valor que tiene la etnografía para mirar microscópicamente los fundamentos de las instituciones políticas, las prácticas concretas y los sentidos que las actualizan. Esa lección vino con una advertencia de quien fuera mi maestro. En una carta escrita como reacción al manuscrito de Vidas beligerantes, Charles Tilly dijo sobre la etnografía política:
Es una tarea arriesgada, con una intensa sociabilidad pero profundamente solitaria. Por un lado, para llevarla a cabo de manera efectiva se requiere involucrarse muy cercanamente con actores políticos, y eso entraña el peligro de convertirse en sus representantes, sus mediadores, sus títeres o sus cómplices. Por el otro, reportar de manera en que otros puedan entender depende de muchas traducciones: historias que cuentan los protagonistas traducidas a historias que las audiencias puedan entender, circunstancias locales traducidas a temas que puedan ser reconocidos fuera de esa localidad, explicaciones concretas de acciones particulares traducidas a descripciones que quienes están fuera puedan al menos reconocer mediante alguna analogía con tipos de acción con las cuales tengan alguna familiaridad.
Si lo suyo es la etnografía política, si su "libido académica" los lleva por ahí, ahora ya lo saben. Esta tiene sus riesgos.
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* "Los sinuosos caminos de la etnografía política" fue publicado originalmente en la revista Pléyade 10 (julio-diciembre, 2012): 15-36. El ICANH agradece al autor yala revista original la autorización para su reimpresión en el presente volumen de la RCA. La RCA ha realizado correcciones de estilo a la versión original para adaptar el texto a las normas formales de la revista, que se rige por The Chicago Manual of Style, 16 th. [N. de la e.]
1 En Argentina se llama punteros a los dirigentes políticos barriales o locales que, en ocasiones, se valen de sus conexiones con funcionarios públicos para gestionar peticiones de los ciudadanos (medicamentos, medidas de seguridad, solicitud de beneficios sociales brindados por el Estado, etc.), incrementando su capital político. [N. de la e.]
2 El movimiento piquetero se refiere a las protestas o piquetes que realizaron los trabajadores sin empleo en la década de 1990 en Argentina. [N. de la e.]
3 Para una reciente e iluminadora excepción de las formas en las que los ciudadanos, en su intento de resolver problemas urgentes de sobrevivencia, pueden ir y venir entre redes "opuestas", véase Quirós (2006). Para una postura teórica análoga concerniente a la falsa oposición entre políticas institucionalizadas y no institucionalizadas, véase Goldstein (2003).

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