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Buenos días, tristeza… caminando hacia la depresión
30 enero, 2019 - Artículo escrito por Inmaculada Jaén
Buenos días tristeza, una vez más tengo que levantarme y quisiera quedarme en la cama. No quizá, más bien quisiera dormir por siempre, sin que nadie molestase. Hoy claramente no tendré fuerzas para ponerme en marcha, hoy sí que sí, pongo de nuevo el edredón sobre mi cabeza y que le den a todo y a todos. La luz me hace daño no sólo en los ojos, hasta en el corazón me hiere como un puñal.
No soporto ni el olor a café que siempre despertaba en mí gratos recuerdos. Oigo sin escuchar, asiento sin entender y no me importa nada ni nadie, qué terrible, me odio por eso, porque ya no me importa ni lo que más quiero en este mundo.
A unos pocos he intentado decirles cómo me siento, I N C O M P R E N D I D A, así es cómo me siento cuando las palabras salen de mi boca y veo sus caras. Algunos pensarán que todo está en mi cabeza, incluso la curación, otros que ni siquiera necesito curarme de nada, es simplemente que no tengo problema graves en la vida. ¡Aaaggg! me odio por eso y odio todo lo que me rodea y me vuelvo a odiar por odiar.
¡Estoy tan cansada!, solo quiero dormir. Me paso las noches en vela y los días dormitando.
Buenos días tristeza, he tirado definitivamente la toalla. Ya nada merece la pena desde esta pena negra que todo lo tizna dentro de mí.
España es el cuarto país de Europa con más casos de depresión según datos de la Organización Mundial de la Salud OMS, (2015), casi dos millones y medio de personas el 5,2% de la población. En todo el mundo afecta a unos 350 millones de personas, siendo la mayor causa mundial de discapacidad y contribuyendo de manera importante a la carga mundial general de morbilidad y en el peor de los casos llevando al suicidio. Sin embargo es quizá una de las enfermedades menos reconocibles y más incomprendidas que existen.
En España la depresión es más del doble en mujeres(una tasa de 9,2%) que en hombres (4%), según datos de la Encuesta Nacional de Salud del año 2017, que explican que la prevalencia de depresión se duplica entre quienes se encuentran en situaciones de desempleo o vulnerabilidad.
¿Por qué estamos tan “deprimidos”?
Aunque hay tratamientos eficaces para la depresión más de la mitad de los afectados en todo el mundo no recibe tratamiento según la OMS. Las causas de que no se reciban estos tratamientos contra la depresión son:
Falta de personal sanitario capacitado
Estigmatización de los trastornos mentales
Evaluación clínica inexacta o errónea (las personas con depresión a menudo no son correctamente diagnosticadas, mientras que otras que no la padecen, en realidad son diagnosticadas erróneamente y tratadas con antidepresivos)
La OMS explica la depresión como un trastorno que se caracteriza por la presencia de tristeza, la pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.
La depresión es un trastorno frecuente, que además se manifiesta y desarrolla en pocas semanas. Los síntomas que pueden ir asociados son:
Apatía, tristeza y ganas de no levantarse
Trastornos psicosomáticos, dolores indeterminados
La depresión puede llegar a hacerse crónica y recurrente y dificultar sensiblemente el desempeño laboral y escolar, así como la capacidad para afrontar la vida diaria. En su forma más grave puede conducir al suicidio. Es muy incapacitante, y en la mayoría de los casos se vive en silencio, si no en el entorno inmediato, sí en el ámbito profesional y social.
Melancolía vs Depresión
Casi todos nosotros en algún momento de nuestra vida hemos sentido una inmensa tristeza. Esto es normal. La diferencia entre un estado melancólico normal y la depresión clínica está en muchos factores:
La duración, si existe una prolongación de ese estado de tristeza quizá nos deberíamos plantear buscar ayuda profesional.
La falta de apetito y los trastornos del sueño
La falta de placer y de interés por cualquier cosa que se nos presenta.
Los sentimientos de culpa y la caída en picado de nuestra propia autoestima
La falta de energía para abordar el día a día.
La depresión clínica no es simplemente una angustia, es también una tristeza permanente. Nos lleva a sentirnos inútiles, sin esperanza; a veces, es posible que nos queramos dar por vencidos. La depresión clínica causa pérdida del placer en la vida diaria, tensión en el trabajo y en las relaciones, agrava condiciones médicas e incluso puede llevarle al suicidio.
Factores que pueden contribuir a la aparición de la Depresión
Alguno de los factores que podrían contribuir a la aparición de la Depresión clínica son:
Género: como he dicho anteriormente las mujeres sufren más de depresión que los hombres. Aunque las razones no son claras, existen diferencias genéticas y hormonales que pueden contribuir a ello.
Antecedentes familiares: cuando algún miembro de su familia padece de depresión severa, hay el doble de posibilidades para adquirirla. Aunque puede ocurrir en personas que no tienen parientes con depresión.
Uso de ciertas medicinas: algunos medicamentos con o sin receta médica pueden causar depresión clínica.
Cambios o dificultades en la vida: tales como divorcio, jubilación, la muerte de un ser querido, pérdida del trabajo, cambio de país y estilo de vida, crecientes presiones en el trabajo o incremento en la pobreza.
Sentimientos de pérdida de control sobre nuestras vidas: aquellas personas a menudo sienten que perdieron el control y pasan mucho tiempo lamentándose por ello, tienen mayor probabilidad de desarrollar una depresión mayor.
Presencia de otras enfermedades: tales como Alzheimer, cáncer, diabetes, afecciones al corazón, desórdenes hormonales, mal de Parkinson o trombosis. Así como también otros trastornos mentales como la ansiedad y trastornos de la alimentación.
Abuso del alcohol o drogas: cuando se tiene problemas de consumo de alcohol y otras drogas se tiene mayor probabilidad de desarrollar una depresión mayor.
Sin embargo, la depresión se puede prevenir y tratar. Una mejor comprensión de qué es y de cómo puede prevenirse y tratarse contribuirá a reducir la estigmatización asociada a la enfermedad y por lo tanto a reducir ostensiblemente tanto los factores de riesgo como su presencia en nuestra sociedad.M
Si has notado alguno de los síntomas que he descrito en este artículo y consideras que puedes estar sufriendo una depresión clínica, consulta a un médico especialista y busca una solución profesional. Aquí podríamos haber dado algunos consejos para salir de la depresión, pero, como psicóloga, he considerado mejor NO “dar recetas caseras” y recomendar un tratamiento profesional. Si lo necesitas puedes consultarme a través del formulario de contacto de la web o de los comentarios de la propia entrada (si nos lo pides mantendremos el comentario sin publicar para proteger tu intimidad).
Si quieres profundizar en alguno de estos temas puedes encontrar más información en:
Mindfulness o atención plena. Aprende a vivir el presente
Resolución de Conflictos, una obra en tres actos en la que sobran consejos
Cómo detectar la ansiedad cuando modificamos hábitos de vida
Qué es el estrés ¿es siempre nocivo?
Diez hábitos de vida saludables para un cambio en nuestras vidas
Te invitamos a que compartas en los comentarios de este blog cualquier idea, sugerencia o problema que puedas ver en estos artículos. Nuestra comunidad te lo agradecerá.
22 enero, 2019 - Artículo escrito por Inmaculada Jaén
La atención plena o mindfulness es una manera consciente, intencionada, de sintonizar con lo que está pasando dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Vivir el presente, o como más me gusta decir a mí, presentes en el vivir, en nuestro día a día siendo conscientes del ambiente, circunstancias, situaciones que nos rodean, así como de nuestro propio universo interior, físico y emocional, si es que después de conseguir la atención plena puede existir esa dicotomía.
Como ya dije en anteriores artículos el ser humano tiene dos capacidades adaptativas que le han hecho, como especie, distinguirse del resto. Una de ellas es la de anticiparse a los diferentes futuros alternativos que se le presentan. Posibilidades aún no realizadas, pero que podemos imaginar y desarrollar, así como medir sus posibles consecuencias. La otra, no menos importante, es recordar el pasado, no como una tortura de lo que pudo ser y no fue, sino como un aprendizaje de lo que salió bien y mal, y de las infinitas o finitas posibilidades que quedan en situaciones similares.
Ambas son importantes, más diría yo, trascendentales para nuestra supervivencia, pero, más que ninguna de ellas, es mantener ambas capacidades en perfecto equilibrio con la acción de la vida presente, del momento. Ni la ensoñación del mañana, ni el recuerdo del pasado generan acción de presente y por lo tanto no crean el verdadero futuro.
¿Qué nos aporta la atención Plena?
Son muchos y muy variados los beneficios que aporta el mindfulness o atención plena, prestar atención y pulir la conciencia mejora:
el enfoque mental y la consciencia,
aumenta el rendimiento a todos los niveles,
aumenta la atención y la concentración,
fomenta la autorreflexión y el sosiego,
mejora las pautas de control de impulsos,
refuerza las habilidades que contribuyen al equilibrio emocional,
mejora nuestras mejores cualidades: bondad, empatía y solidaridad,
contribuye a una buena salud en las relaciones personales,
incrementa el aprendizaje y la satisfacción laboral y escolar y
disminuye los niveles de estrés continuado y mejora los síntomas de los Trastornos por Ansiedad y Depresión.
Es cierto que la atención plena no es una panacea para todos los problemas del mundo, pero aporta una estrategia práctica para trabajar directamente con la realidad. En la mayoría de los casos puede que no se puedan cambiar muchas de las cosas que nos suceden en casa o en el trabajo, aunque sí podemos cambiar la vivencia de ellas, de estos aspectos inmutables de la vida.
El mero acto de detenerte para respirar puede ayudar a “desacelerarte”, a ver las cosas con una perspectiva más amplia y a redirigir la energía de la situación.
Una de las realidades básicas de la vida es que no podemos cambiar a los demás a nuestra voluntad. Sin embargo, sí podemos cambiar nuestros propios hábitos y nuestra relación con nuestras reacciones emocionales. Para ello es necesario aplicar unas estrategias efectivas, responder (o actuar más) y reaccionar menos.
Algunas estrategias útiles para mejorar nuestro día a día
Cambiar de hábitos y de rutinas no es tarea fácil, cualquiera que sea nuestra intención, de mejora o de sanación. Tendremos que introducir patrones nuevos de comportamiento, adaptarlos a nuestras vidas y sobre todo ser perseverantes, al menos durante 21 días que estos nuevos patrones se introducirán y se acomodarán como nuevas rutinas en nuestro día a día.
Al principio se requiere que iniciemos las prácticas en un lugar tranquilo y silencioso sin distracciones. Alguna de las actividades informales de atención plena que puedes realizar son:
Respiración con atención plena
Respira con normalidad, atendiendo a la sensación de la respiración que te llena los pulmones y que después vuelve a fluir hacia arriba, a salir por donde entró.
Advierte cuando pierdes la conciencia de la respiración y empiezas a pensar en otra cosa, a soñar despierto, a preocuparte por algo o a quedarte dormido.
Dirige de nuevo tu atención a la respiración, con amabilidad hacia ti mismo y con el mínimo posible de comentario interior.
Puedes realizar este ejercicio tantas veces como desees.
Saludar el día
Cuando empieza el día es importante abrir los ojos en un primer momento, pestañear varias veces, desperezarse y posar los pies en el suelo, tomando conciencia del peso del cuerpo.
Ducharte, desayunar o vestirte con atención plena
Advierte cuando pierdes la conciencia de la tarea que estás realizando y empiezas a pensar en otra cosa, dirigiendo de nuevo tu atención a la tarea, con amabilidad…
Haz una pequeña declaración de intenciones para el día que se avecina (no lo confundas con un repaso de agenda).
Saluda y despídete atentamente de las personas que encuentres dentro de casa
Si tienes familia, dedica unos segundos a saludar a las personas que hay en casa. Si vives solo, procura saludar, incluso cruzar unas palabras con los vecinos o las personas con las que trabajas.
Realizar estas sencillas tareas en atención plena cambiará tu forma de comenzar cada día y mejorará la conciencia que tienes de algunas rutinas que realizamos sin prestar atención, mientras pensamos en lo que nos va a ocurrir a lo largo del día, generamos un estado de estrés y de ansiedad derivado de la incertidumbre de pensar en el futuro y no en el presente. Recuerda: aprende a vivir el presente, está presente en tu vivir.
Entorno estresantes, entornos motivantes. Hablemos de Resiliencia
16 enero, 2019 - Artículo escrito por Inmaculada Jaén
Si alguien pudiese resolver nuestros problemas ¿Cuál sería nuestra respuesta?
En un primer momento seguro que cualquiera de nosotros no dudaría en aceptar de buen grado el ofrecimiento, cuántos desvelos resueltos de un plumazo, si un alma caritativa se aviniese a resolverlos todos sin más.
Tras un período de reflexión, empezaríamos a preguntarnos, cómo podría solucionar algo que, seguramente, llevamos tiempo intentándolo nosotros, de qué manera lo haría, por qué alguien querría hacerlo, y lo más importante de todo, tras mucho deliberar con nosotros mismos, empezaríamos a desconfiar de que la resolución del conflicto fuese la “correcta”.
La resolución de conflictos es una de las cuestiones más habituales de nuestras vidas. Puede que tengamos problemas más o menos importantes, complejos o urgentes, pero vivir es, dicho de una forma simple, una constante resolución de conflictos. Pero el hecho de que sea algo habitual no quiere decir que sea una tarea que tengamos bien resuelta. Sin embargo que nuestros problemas se asemejan a los de otros, no quiere decir que puedan resolverse siguiendo las indicaciones o las soluciones de otras personas. Veamos por qué nos cuesta tanto la resolución de conflictos.
Acto 1: presentación
Según una de las muchas definiciones, Problema es una situación de difícil solución. Una situación, que no es irresoluble. Pero su solución puede que no sea fácil de encontrar o que no esté de momento a nuestro alcance.
¿Cuántos de las situaciones que nos rodean y nos preocupan son verdaderos problemas?
¿Cuántos de estos problemas tienen una solución al alcance de nuestra mano, pero, admitámoslo, adoptarla nos traería una situación difícil, es decir nos provocaría un Conflicto (apuro, situación agitada o difícil)?
Durante este primer acto se nos presenta el problema con una solución todavía por determinar, pero además de dicho problema tenemos que distinguir quién o quiénes intervienen en él, quién o quiénes son sus protagonistas y quién o quiénes desarrollan otros papeles secundarios.
Tenemos pues un nudo gordiano, un problema con una solución que se nos presenta cuanto menos poco apetecible, nosotros valorando pros y contras y sin mover un dedo entre tanto y un cúmulo de personas dándonos múltiples consejos, cuando no diciéndonos expeditivamente lo que ellos harían “si estuviesen en nuestra posición”.
En este acto, normalmente no se avanza en la resolución, incluso se puede agravar el problema si pasa demasiado tiempo y, sobre todo, se pueden reproducir las situaciones en las que se multiplican los consejos, las preguntas y las malas explicaciones. Pero ¿Por qué no aceptamos las soluciones que nos dan? ¿Por qué resultan inútiles los consejos? ¿Son poco resolutivos? ¿No son buenas soluciones?
Quizá no sea nada de esto. Los consejos, generalmente, suelen acertar en cuanto a la resolución de los problemas que pretenden tratar, porque los que los dan ven esos problemas con cierta distancia e impersonalidad (si ofreces un consejo a alguien que tiene un problema no sueles sentirte afectado por dicho problema y tu solución no está sesgada por la emocionalidad que provoca el propio problema). Sin embargo, no nos sirven porque se dan pensando en el que los emite y no en el que los va a recibir.
Los consejos forman parte del acerbo personal, único e intransferible de la persona que los da, de cómo ve la vida, de su manera de actuar y de cómo ve el dilema, al margen, en muchos casos, de la implicación emocional que tiene el que sufre el problema. Y, sobre todo, no hace un balance adecuado de lo que se pierde y lo que se gana en caso de que se tomen esas decisiones. Valora la resolución del conflicto, no las consecuencias de dicha resolución.
Nadie da un consejo, por muy cabal que sea, pensando en la persona que lo tiene que poner en acción. Solo un profesional, un terapeuta, podrá en marcha el tratamiento adecuado para dotar a la persona de las herramientas y capacidades necesarias para la resolución de sus problemas, de los que tiene ahora y de los que le vayan llegando a lo largo de su trayectoria vital.
Si hemos llegado al desenlace de esta obra, es porque de algún modo hemos encontrado la forma de resolver el problema, o como sucede la mayoría de las veces hemos resuelto el conflicto sobre si adoptar la solución que ya teníamos en mente o seguir como estábamos.
Sea como sea hemos llegado a este punto saltándonos los consejos de muchos, adoptando en alguna ocasión alguna medida (por puro compromiso) que no nos convencía, y al final de todo el camino nos hemos dado cuenta de que el mejor de los consejos es el que no se da, el mejor consejero es el que está mudo y solo escucha, o bien el que nos acompaña en nuestra ardua tarea de desentrañar la solución más adecuada, no la mejor, quizá no la más acertada, sino aquella que nosotros somos capaces de llevar a término, con nuestras herramientas, destrezas y nuestra voluntad, por supuesto.
Así y solo así esta obra tendrá un final feliz o al menos el final, del problema. Por tanto, en la resolución de conflictos existen dos caminos para llegar a una solución óptima: ser un terapeuta y ofrecer un dictamen profesional o, en la mayoría de las ocasiones, ser un buen pañuelo para las lágrimas, un hombro en el que poder apoyarse, un oído que escuche pacientemente a la afligida persona y ayude a que encuentre por sí misma su solución a su conflicto.
9 enero, 2019 - Artículo escrito por Inmaculada Jaén
Dicen las malas lenguas que los tiempos modernos nos están haciendo seres quejumbrosos, personas poco resistentes a la frustración y con una tendencia insana a querer pasar por la vida “anestesiados”, dependientes de la química de las pastillas para sobrellevar la tristeza, la angustia o incluso poder mantener nuestras funciones vitales. Lo dicen las malas lenguas y las estadísticas, ya que empezamos a escalar en el ranking de países en los que sus habitantes visitan más veces al médico, no tantas al psicólogo (¿por qué será?), afectados de depresión, trastornos del sueño y ansiedad a distintos niveles.
¿Somos más débiles que nuestros antepasados?
Piensan, aunque no lo digan estas malas lenguas, que generaciones anteriores a las nuestras, habrían podido con esto y con mucho más, de hecho ya podían con mucho más porque la vida era más dura hace unos cuantos años que ahora cuando todo son facilidades.
Como siempre que se hace un análisis, a mi juicio tan simplista de situaciones un tanto más complejas de lo que parecen, la demagogia está servida y hay muchas voces a favor de estas valoraciones.
Un análisis más objetivo empezaría por preguntarse qué es lo que motiva esta tendencia y que vayamos tanto al médico a requerir medicación pertinente. Aquí encontraríamos de nuevo los partidarios de las teorías de la conspiración farmacéutica o los que se decantan más bien por una predisposición (ya casi genética) a lo endeble y blando de nuestra naturaleza. Yo prefiero, como en muchos casos, aplicar el principio de la navaja de Ockham, ¿será que las condiciones vitales, la gestión del tiempo, las necesidades, las exigencias, la anticipación y requerimientos que se dan hoy en día, además de la problemática específica de los tiempos que nos toca vivir determina en alguna medida la sensación de un ambiente un poco más hostil?
La Ansiedad es una respuesta de anticipación involuntaria del organismo frente a estímulos que pueden ser externos o internos (pensamientos, ideas, imágenes), que son percibidos como amenazantes o peligrosos. Esta respuesta suele ir acompañada de una sensación desagradable o de síntomas somáticos de tensión. Es, por lo tanto, una señal de alerta que nos permite adoptar medidas necesarias para enfrentarnos a la amenaza.
No hay que confundirlo con Los Trastornos de Ansiedad, la ansiedad adaptativa o no patológica es un estado emocional normal ante situaciones cotidianas estresantes. Cierto grado de ansiedad es deseable para el manejo saludable de las exigencias y demandas del medio ambiente.
si se sobrepasa cierta intensidad
si existe un desequilibrio de los sistemas de respuesta normales.
si supera la capacidad adaptativa entre la persona y el medio ambiente
​entonces es posible que la ansiedad se convierta en patológica provocando un malestar significativo, con síntomas físicos, psicólogicos y de comportamiento inespecíficos.
Ansiedad patológica o el Trastorno de Ansiedad
Cada vez más personas han cruzado este límite que separa lo patológico de lo que no lo es, lo que es saludable de lo que es perjudicial, lo que nos resulta una ventaja adaptativa, de lo que nos hace acudir a la consulta de nuestro médico de familia.
No hay un único porqué, ni una única razón, supongo que habrá tantas y tan variadas como personas que día a día sufren este tipo de trastorno, pero lo que sí es general y debe aplicarse a todas ellas es que cuando se traspasa esa frontera, deben cuanto antes ponerse en manos de un especialista. No sólo acudir a su consulta del médico de familia, sino tomárselo en serio e intentar que un psicólogo les acompañe en el camino para desentrañar las causas y cómo volver a la normalidad.
Para resolver esta situación que sale de lo normal, pueden hacerse muchas cosas pero siempre asesoradas y personalizadas por un buen profesional, alguien que trate nuestro caso en concreto, que aplique los tratamientos adaptados a nuestras necesidades y que nos ayude a redirigir nuestra vida, encauzándola en la salud, volviendo a los niveles beneficiosos de ansiedad, sin necesidad de estar anestesiados para sobrellevar nuestro día a día.
¿Cómo detectar la ansiedad patológica? Los síntomas
Aunque ya dije que la mayoría de los síntomas son inespecíficos los más frecuentes que podemos encontrar, algunos de los cuáles interactúan entres sí son:
Sudoración, sequedad de boca, mareo, inestabilidad.
Temblores, tensión muscular, cefaleas, parestesias.
Palpitaciones, taquicardias, dolor precordial.
Náuseas, vómitos, dispepsia, diarrea, estreñimiento, aerofagia, meteorismo.
Micción frecuente, problemas sexuales.
Psicológicos o del comportamiento:
Aprensión, preocupación.
Miedo a perder el control, a volverse loco o sensación de muerte inminente.
Dificultad de concentración, sensación de pérdida de memoria.
Inquietud, irritabilidad, desasosiego.
Conductas de evitación de determinadas situaciones.
Obsesiones o compulsiones.
Inhibición o bloqueo psicomotor.
Alguno de los síntomas de la ansiedad suelen parecerse, superponerse o confundirse con los de otros padecimientos o enfermedades, por lo que siempre es conveniente acudir cuanto antes a un especialista.
Cómo salir de nuestra zona de confort y reducir el estrés
¿Vivir el momento o vivir estresado?
6 diciembre, 2018 - Artículo escrito por Inmaculada Jaén
Si hiciésemos una clasificación de aquellas palabras utilizadas entre la población en las últimas 24 horas, ya sea a través de los dispositivos móviles, en persona o, a través de esa rareza que empieza a ser el teléfono de sobremesa, diría que una de las que se harían con el oro sería la palabra estrés. No lejos de ese “oro olímpico”, la plata y el bronce se lo disputarían dos, una de ellas, hasta hace poco creo que incluso habría ganado de calle, pero ahora, es la otra la que está ganándole terreno. Ansiedad y depresión, se incluyen en nuestro lenguaje, se han hecho tan comunes en nuestras conversaciones junto con el estrés que han pasado, por derecho propio a formar parte del patrimonio del diccionario común, saliendo de los manuales de Psicología, Psiquiatría y Medicina. Pero ¿qué es el estrés?
El estrés es un proceso adaptativo y de emergencia, es, por tanto, imprescindible para la supervivencia de la persona; no se considera una emoción en sí mismo, sino que es agente generador de emociones. En todo caso, el estrés es una relación entre la persona y el ambiente, en la que nosotros percibimos en qué medida las demandas ambientales constituyen un peligro para nuestro bienestar, si exceden o igualan nuestros recursos para enfrentarnos a ellas (Lazarus y Folkman, 1984).
¿Es el estrés nocivo?
La confusión llega cuando no encontramos un término, una palabra, que distinga ese proceso adaptativo y transitorio, del mantenimiento continuado, persistente y, por lo tanto, dañino para nuestra salud de ese estado de alerta ante estímulos que normalmente no serían vistos como potencialmente amenazadores.
Normalmente en todas nuestras conversaciones hablamos del estrés refiriéndonos a éste como:
la tensión que experimentamos en la sociedad actual (Sierra, Ortega y Zubeidat, 2003),
el creciente nivel de exigencia laboral, personal y/o familiar al que nos sometemos,
el ambiente que facilita poco el contacto social y personal de esparcimiento,
la sensación permanente de que el tiempo nos es escaso, y
la falta de hábitos de vida saludables (ejercicio físico moderado y continuado, alimentación y patrones de descanso y de sueño adecuados).
Esto nos hace percibir el estrés como algo total y absolutamente nocivo, y/o, algo peor, un trastorno, una enfermedad. Y esto es ciertamente poco riguroso.
El Síndrome de Estrés Continuado
Con este panorama tan poco halagüeño raro es que nuestro protagonista, más que detentar el oro olímpico, no aparezca en esos carteles del Oeste en los que se pedía una recompensa vivo o muerto.
Ya he dicho que el estrés no es nocivo si solo es una respuesta a una emergencia o amenaza. Sin embargo, sí existe un estrés nocivo, o dicho de una forma más profesional, existe un Síndrome de Estrés Continuado (éste será el termino con el que me refiera a continuación para distinguirlo del anterior), que puede provocar distintos problemas de salud como asma, resfriados frecuentes, infartos, alteraciones intestinales e inmunológicas, crisis nerviosas recurrentes, depresión, ansiedad, infelicidad en las relaciones personales, etc.
Esto es debido a que mantenemos y sometemos a nuestro organismo de manera persistente a unos niveles de actividad anormalmente elevados, desoyendo frecuentemente las señales que nuestro cuerpo nos hace llegar como aviso de que debemos bajar el ritmo, lo cual va creando un deterioro implacable en todos nuestros sistemas vitales.
¿Cómo podemos evitar el estrés nocivo?
El remedio, como ya he dejado caer antes es sencillo. Voluntad de cambiar nuestros hábitos, tomar conciencia de nuestro nivel de exigencia, expectativas. Cambiar algunas de nuestras rutinas que permitan salir de nuestra incómoda pero segura zona de confort, vivir más el presente o más bien, presente en el Vivir.

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